Las Noticias de hoy 13 Diciembre 2016

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DE INTERES PARA HOY    martes, 13 de diciembre de 2016        0001

Indice:

Newsletter Diario

La no violencia es el camino para la construcción de la paz: asegura el Papa

El Papa en la fiesta de la Emperatriz de América: “Con María le decimos sí a la vida y no a la indiferencia”

 Papa: dar la espalda al pobre es darla a Dios, que nos interpela aún hoy

El Papa pide a la Guadalupana por víctimas en Egipto 

Miércoles de la semana 3 de Adviento: Llucià Pou Sabaté

“El valor divino del matrimonio”: San Josemaria

 Ha fallecido Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei

Biografía y fotos de Mons. Javier Echevarría

 Velatorio y funeral de Mons. Javier Echevarría

Los papas reiteran la doctrina católica sobre laicidad y laicismo: Salvador Bernal

¿CUANDO COMIENZA A VIVIRSE LA NAVIDAD? :   primeroscristianos.

Hoy es Navidad : Salvador Casadevall 

 LA INDEPENDENCIA DE HISPANOAMÉRICA Y EL SALTO AL VACÍO DE NUESTRA IDENTIDAD.: Patricio Lons.

Vídeo "Ilumina el mundo en Navidad" (2'): Alfonso Mendiz

 Sólo porque está preocupado por nuestra salud: Jesús Domingo

Se nota a faltar cierta catolicidad : Jesús Martínez Madrid

¿Libertad religiosa?: Juan García.

IDEOLOGÍA DE GÉNERO.: Amparo Tos Boix, Valencia.

POBREZA Y RIQUEZA: ¿CÓMO DEFINIR AMBAS?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

 

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La no violencia es el camino para la construcción de la paz: asegura el Papa

El Papa Francisco lanza una paloma en la plaza de San Pedro, signo de paz. - RV

12/12/2016 12:28

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"La no violencia: un estilo de política para la paz": es el tema del Mensaje del Papa para la 50ma Jornada Mundial de la Paz, a celebrarse el 1° de enero 2017, publicado este lunes 12 de diciembre.

“Deseo la paz a cada hombre, mujer, niño y niña, a la vez que rezo para que la imagen y semejanza de Dios en cada persona nos permita reconocernos unos a otros como dones sagrados dotados de una inmensa dignidad”: con estas palabras el Pontífice comienza su mensaje para esta Jornada y resalta la necesidad de respetar la dignidad más profunda de las personas “especialmente en situaciones de conflicto” con la invitación a hacer “de la no violencia activa nuestro estilo de vida”.

En el mensaje el Obispo de Roma reflexiona sobre  “la no violencia como un estilo de política para la paz” y expresa su deseo de que ésta “se trasforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas”.

El Santo Padre constata una vez más la existencia de “un mundo fragmentado”, y reitera, con pesar, que hoy “estamos ante una terrible guerra mundial a pedazos” provocada por la violencia en distintos modos y niveles: guerras, terrorismo, criminalidad y ataques armados impredecibles; abusos contra los emigrantes y las víctimas de la trata; devastación del medio ambiente”.

La reflexión del Papa va después a la vida de Jesús, recordando que también Él vivió en “tiempos de violencia” y enseñó que el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz, es el corazón humano. Pero el mensaje de Cristo ante esta realidad, afirma el Papa, fue predicar “incansablemente el amor incondicional de Dios que acoge y perdona y enseñó a sus discípulos a amar a los enemigos”. Y por ello, dice Francisco, “ser hoy verdaderos discípulos de Jesús significa también aceptar su propuesta de no violencia”.

En el mensaje el Pontifice advierte que "la fuerza de las armas es engañosa", y recordando la lucha contra la no violencia de Madre Teresa de Calcuta evidencia que “mientras los traficantes de armas hacen su trabajo, hay pobres constructores de paz que dan la vida sólo por ayudar a una persona”

Francisco habla del compromiso de la Iglesia en el desarrollo de estrategias para la promoción de la paz en muchos países, “que no es patrimonio exclusivo de la Iglesia católica”, aclara, sino “que es propio de muchas tradiciones religiosas”. Y reafirma con fuerza, una vez más, que  “ninguna religión es terrorista”.

El Papa se refiere luego a la raíz doméstica de una política no violenta, a la familia, e invita a recorrer el sendero de la no violencia allí, "en el seno de la familia”, que define "lugar donde se aprende el diálogo y el respeto".

“Una ética de fraternidad y de coexistencia pacífica entre las personas y los pueblos no puede basarse sobre el miedo, la violencia y el cerrazón” afirma. De ahí su llamamiento a favor del desarme, la prohibición de las armas nucleares que “no pueden servir a este tipo de ética”. “Con urgencia suplico, que se detenga la violencia doméstica y los abusos a mujeres y niños “.

Finalmente el llamamiento del Pontífice a “construir la paz mediante la no violencia activa”, mediante la “aportación competente de tantos cristianos en la elaboración de normativas a todos los niveles” y la invitación a los líderes políticos y religiosos a “aplicar las bienaventuranzas en el desempeño de sus propias responsabilidades”. “Es el desafío – asegura el Papa -  de construir la sociedad, la comunidad o la empresa, de la que son responsables, con el estilo de los trabajadores por la paz; de dar muestras de misericordia, rechazando descartar a las personas, dañar el ambiente y querer vencer a cualquier precio”.

 

 

El Papa en la fiesta de la Emperatriz de América: “Con María le decimos sí a la vida y no a la indiferencia”

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, presidida por el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro en honor a la Patrona de México, América y Filipinas. - AP

12/12/2016 18:30

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 “Celebrar la memoria de María es celebrar que nosotros, al igual que ella, estamos invitados a salir e ir al encuentro de los demás con su misma mirada, con sus mismas entrañas de misericordia, con sus mismos gestos”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Misa con ocasión de la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, presidida por tercera vez consecutiva, en la Basílica de San Pedro en honor a la Patrona de México, América y Filipinas.

En su homilía, el Santo Padre recordó las palabras del saludo de la Virgen María a su prima Isabel narrados en el Evangelio de San Lucas, “palabras que logran hacer eco de todo lo que experimentó con la visita a su prima (Cfr. Lc 1,44-45)”. Es en este contexto, dijo el Pontífice que, “Dios nos visita en las entrañas de una mujer, movilizando las entrañas de otra mujer con un canto de bendición y alabanza, con un canto de alegría”. La escena evangélica – afirmó el Papa – lleva consigo todo el dinamismo de la visita de Dios: cuando Dios sale a nuestro encuentro moviliza nuestras entrañas, pone en movimiento lo que somos hasta transformar toda nuestra vida en alabanza y bendición. Es así que lo vemos en María, señaló el Obispo de Roma, la primera discípula y misionera, la nueva Arca de la Alianza quien, lejos de permanecer en un lugar reservado en nuestros Templos, sale a visitar y acompaña con su presencia la gestación de Juan.

Hoy en día, dijo el Obispo de Roma, la sociedad en que vivimos “está cada vez más marcada por los signos de la división y fragmentación, dejando fuera de juego a muchos, especialmente a aquellos a los que se les hace difícil alcanzar los mínimos para llevar adelante su vida con dignidad”. Es una sociedad que le gusta jactarse de sus avances científicos y tecnológicos, agregó el Pontífice, pero que se ha vuelto cegatona e insensible frente a miles de rostros que se van quedando por el camino, excluidos por el orgullo de unos pocos. “Una sociedad que termina instalando una cultura de la desilusión, el desencanto y la frustración en muchísimos de nuestros hermanos, precisó el Papa; e inclusive, de angustia en otros tantos porque experimentan las dificultades que tienen que enfrentar para no quedarse fuera del camino”.

Frente a todas estas situaciones, afirmó el Sucesor de Pedro, “tenemos que decir con Isabel: Feliz de ti por haber creído, y aprender de esa fe recia y servicial que ha caracterizado y caracteriza a nuestra Madre. Celebrar a María, agregó el Papa,  es en primer lugar, hacer memoria de la madre, hacer memoria de que no somos ni seremos nunca un pueblo huérfano. ¡Tenemos Madre! Y donde está la madre hay siempre presencia y sabor a hogar. Donde está la madre, los hermanos se podrán pelear pero siempre triunfará el sentido de unidad. Donde está la madre, no faltará la lucha a favor de la fraternidad”.

Mirar la Guadalupana, señaló el Papa Francisco, “es recordar que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que logran hacer carne su Palabra, que buscan encarnar la vida de Dios en sus entrañas, volviéndose signos vivos de su misericordia”. Celebrar la memoria de María, agregó el Pontífice, es afirmar contra todo pronóstico que en el corazón y en la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de la homilía del Papa Francisco

«Feliz de ti porque has creído» (Lc 1,45) con estas palabras Isabel ungió la presencia de María en su casa. Palabras que nacen de su vientre, de sus entrañas; palabras que logran hacer eco de todo lo que experimentó con la visita a su prima: «Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti porque has creído» (Lc 1,44-45).

Dios nos visita en las entrañas de una mujer, movilizando las entrañas de otra mujer con un canto de bendición y alabanza, con un canto de alegría. La escena evangélica lleva consigo todo el dinamismo de la visita de Dios: cuando Dios sale a nuestro encuentro moviliza nuestras entrañas, pone en movimiento lo que somos hasta transformar toda nuestra vida en alabanza y bendición. Cuando Dios nos visita nos deja inquietos, con la sana inquietud de aquellos que se sienten invitados a anunciar que Él vive y está en medio de su pueblo. Así lo vemos en María, la primera discípula y misionera, la nueva Arca de la Alianza quien, lejos de permanecer en un lugar reservado en nuestros Templos, sale a visitar y acompaña con su presencia la gestación de Juan. Así lo hizo también en 1531: corrió al Tepeyac para servir y acompañar a ese Pueblo que estaba gestándose con dolor, convirtiéndose en su Madre y la de todos nuestros pueblos.

Con Isabel también nosotros hoy en su día queremos ungirla y saludarla diciendo: «Feliz de ti María porque has creído» y sigues creyendo «que se cumplirá todo lo que te fue anunciado de parte del Señor» (v. 45). María es así icono del discípulo, de la mujer creyente y orante que sabe acompañar y alentar nuestra fe y nuestra esperanza en las distintas etapas que nos toca atravesar. En María tenemos el fiel reflejo «no [de] una fe poéticamente edulcorada, sino [de] una fe recia sobre todo en una época en la que se quiebran los dulces encantos de las cosas y las contradicciones entran en conflicto por doquier».[1]

Y ciertamente tendremos que aprender de esa fe recia y servicial que ha caracterizado y caracteriza a nuestra Madre; aprender de esa fe que sabe meterse dentro de la historia para ser sal y luz en nuestras vidas y en nuestra sociedad.

La sociedad que estamos construyendo para nuestros hijos está cada vez más marcada por los signos de la división y fragmentación, dejando «fuera de juego» a muchos, especialmente a aquellos a los que se les hace difícil alcanzar los mínimos para llevar adelante su vida con dignidad. Una sociedad que le gusta jactarse de sus avances científicos y tecnológicos, pero que se ha vuelto cegatona e insensible frente a miles de rostros que se van quedando por el camino, excluidos por el orgullo que ciega de unos pocos. Una sociedad que termina instalando una cultura de la desilusión, el desencanto y la frustración en muchísimos de nuestros hermanos; e inclusive, de angustia en otros tantos porque experimentan las dificultades que tienen que enfrentar para no quedarse fuera del camino.

Pareciera que, sin darnos cuenta, nos hemos acostumbrado a vivir en la «sociedad de la desconfianza» con todo lo que esto supone para nuestro presente y especialmente para nuestro futuro; desconfianza que poco a poco va generando estados de desidia y dispersión.

Qué difícil es presumir de la sociedad del bienestar cuando vemos que nuestro querido continente americano se ha acostumbrado a ver a miles y miles de niños y jóvenes en situación de calle que mendigan y duermen en las estaciones de trenes, del subte o donde encuentren lugar. Niños y jóvenes explotados en trabajos clandestinos u obligados a conseguir alguna moneda en el cruce de las avenidas limpiando los parabrisas de nuestros autos..., y sienten que en el «tren de la vida» no hay lugar para ellos. Cuántas familias van quedando marcadas por el dolor al ver a sus hijos víctimas de los mercaderes de la muerte. Qué duro es ver cómo hemos normalizado la exclusión de nuestros ancianos obligándolos a vivir en la soledad, simplemente porque no generan productividad; o ver —como bien supieron decir los Obispos en Aparecida—, «la situación precaria que afecta la dignidad de muchas mujeres. Algunas, desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas de violencia dentro y fuera de casa».[2] Son situaciones que nos pueden paralizar, que pueden poner en duda nuestra fe y especialmente nuestra esperanza, nuestra manera de mirar y encarar el futuro.

Frente a todas estas situaciones, tenemos que decir con Isabel: «Feliz de ti por haber creído», y aprender de esa fe recia y servicial que ha caracterizado y caracteriza a nuestra Madre.

Celebrar a María es, en primer lugar, hacer memoria de la madre, hacer memoria de que no somos ni seremos nunca un pueblo huérfano. ¡Tenemos Madre! Y donde está la madre hay siempre presencia y sabor a hogar. Donde está la madre, los hermanos se podrán pelear pero siempre triunfará el sentido de unidad. Donde está la madre, no faltará la lucha a favor de la fraternidad. Siempre me ha impresionado ver, en distintos pueblos de América Latina, esas madres luchadoras que, a menudo ellas solas, logran sacar adelante a sus hijos. Así es María con nosotros, sus hijos: Mujer luchadora frente a la sociedad de la desconfianza y de la ceguera, frente a la sociedad de la desidia y la dispersión; Mujer que lucha para potenciar la alegría del Evangelio. Lucha para darle «carne» al Evangelio.

Mirar la Guadalupana es recordar que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que logran «hacer carne» su Palabra, que buscan encarnar la vida de Dios en sus entrañas, volviéndose signos vivos de su misericordia.

Celebrar la memoria de María es afirmar contra todo pronóstico que «en el corazón y en la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza».[3]

María, porque creyó, amó; porque es sierva del Señor y sierva de sus hermanos. Celebrar la memoria de María es celebrar que nosotros, al igual que ella, estamos invitados a salir e ir al encuentro de los demás con su misma mirada, con sus mismas entrañas de misericordia, con sus mismos gestos. Contemplarla es sentir la fuerte invitación a imitar su fe. Su presencia nos lleva a la reconciliación, dándonos fuerza para generar lazos en nuestra bendita tierra latinoamericana, diciéndole «sí» a la vida y «no» a todo tipo de indiferencia, de exclusión, de descarte de pueblos o personas.

No tengamos miedo de salir a mirar a los demás con su misma mirada. Una mirada que nos hace hermanos. Lo hacemos porque, al igual que Juan Diego, sabemos que aquí está nuestra madre, sabemos que estamos bajo su sombra y su resguardo, que es la fuente de nuestra alegría, que estamos en el cruce de sus brazos.[4]

Danos la paz y el trigo, Señor y Niña nuestra,

Una patria que suma hogar, templo y escuela,

Un pan que alcance a todos y una fe que se encienda

Por tus manos unidas, por tus ojos de estrella. Amén.

 

[1] Romano Guardini, El Señor. Meditaciones sobre la vida de Jesucristo, Madrid 2005, 44.

[2] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 48.

[3] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 536.

[4] Cf. Nicam Mopohua, 119: «No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?».

 

Papa: dar la espalda al pobre es darla a Dios, que nos interpela aún hoy

El Papa Francisco en la Basílica de San Pedro - ANSA

13/11/2016 10:08

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 Siguiendo a Jesús, la Iglesia «por derecho y deber evangélico»tiene la tarea de cuidar de la verdadera riqueza, que son los pobres, su verdadero tesoro, destacó el Papa Francisco, poniendo en guardia ante la grave e inaceptable cultura del descarte y la injusticia.

En su homilía, de la Misa para el Jubileo de las personas socialmente excluidas, el Obispo de Roma aseguró a estos queridos hermanos y hermanas que son ellos los «que nos ayudan a sintonizar con Dios…», que «no se queda en las apariencias, sino que pone sus ojos en el humilde y acongojado ( Is 66, 2), en tantos pobres Lázaros de hoy».

«El Señor nos interpela sobre el sentido de nuestra existencia»

Ante la «esclerosis espiritual» y «contradicción de nuestra época», que centra su interés en las cosas que hay que producir, en lugar de «las personas que hay que amar», el Sucesor de Pedro recordó que Jesús nos advierte que «incluso los reinos más poderosos, los edificios más sagrados, las cosas más estables del mundo, no durarán para siempre, tarde o temprano caerán». Para luego hacer hincapié en que el Señor no hace caso a los profetas de desgracias, a la frivolidad de los horóscopos y predicciones que generan temores». Nos invita a «distinguir lo que viene de Él y lo que viene del falso espíritu.

Con la importancia de «distinguir» la llamada que «Dios nos dirige cada día, del clamor de los que utilizan el nombre de Dios para asustar, alimentar divisiones y temores, el Papa recordó también que «Jesús invita con fuerza a no tener miedo ante las agitaciones de cada época… que afligen a sus discípulos».

«El amor no pasa nunca» (1 Cor 13,38)

Al coincidir esta celebración con el día en que «en las catedrales y santuarios de todo el mundo, se cierran las Puertas de la Misericordia», alentando a pedir «la gracia de no apartar los ojos de Dios que nos mira y del prójimo que nos cuestiona», el Papa invitó a renovar la esperanza en el Señor, sol de justicia para los pobres a los que Jesús promete el reino de los cielos.

«Abramos nuestros ojos al prójimo, en especial al hermano olvidado y excluido», reiteró el Santo Padre, asegurando que «hacia allí apunta la lupa de la Iglesia».

Y deseando que «el Señor nos libre de dirigirla hacia nosotros. Que nos aparte de los oropeles que distraen, de los intereses y los privilegios, del aferrarse al poder y a la gloria, de la seducción del espíritu del mundo», recordó que nuestra Madre la Iglesia mira «a toda la humanidad que sufre y que llora; ésta le pertenece por derecho evangélico» (Pablo VI, Discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, 29 septiembre 1963). Por derecho y también por deber evangélico, porque nuestra tarea consiste en cuidar de la verdadera riqueza que son los pobres... Que el Señor nos conceda mirar sin miedo a lo que importa, dirigir el corazón a él y a nuestros verdaderos tesoros».

(CdM – RV)

 

Voz y texto completo de la homilía del Papa 

Pero para vosotros «os iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas» (Ml 3,20). Las palabras del profeta Malaquías, que hemos escuchado en la primera lectura, iluminan la celebración de esta jornada jubilar. Se encuentran en la última página del último profeta del Antiguo Testamento y están dirigidas a aquellos que confían en el Señor, que ponen su esperanza en él, que ponen nuevamente su esperanza en él, eligiéndolo como el bien más alto de sus vidas y negándose a vivir sólo para sí mismos y su intereses personales. Para ellos, pobres de sí mismos pero ricos de Dios, amanecerá el sol de su justicia: ellos son los pobres en el espíritu, a los que Jesús promete el reino de los cielos (cf. Mt 5,3), y Dios, por medio del profeta Malaquías, llama mi «propiedad personal» (Ml 3,17). El profeta los contrapone a los arrogantes, a los que han puesto la seguridad de su vida en su autosuficiencia y en los bienes del mundo. La lectura de esta última página del Antiguo Testamento suscita preguntas que nos interrogan sobre el significado último de la vida: ¿En dónde busco mi seguridad? ¿En el Señor o en otras seguridades que no le gustan a Dios? ¿Hacia dónde se dirige mi vida, hacia dónde está orientado mi corazón? ¿Hacia el Señor de la vida o hacia las cosas que pasan y no llenan?

Preguntas similares se encuentran en el pasaje del Evangelio de hoy. Jesús está en Jerusalén para escribir la última y más importante página de su vida terrena: su muerte y resurrección. Está cerca del templo, «adornado de bellas piedras y ofrendas votivas» (Lc 21,5). La gente estaba hablando de la belleza exterior del templo, cuando Jesús dice: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra» (v. 6). Añade que habrá conflictos, hambre, convulsión en la tierra y en el cielo. Jesús no nos quiere asustar, sino advertirnos de que todo lo que vemos pasa inexorablemente. Incluso los reinos más poderosos, los edificios más sagrados y las cosas más estables del mundo, no duran para siempre; tarde o temprano caerán.

Ante estas afirmaciones, la gente inmediatamente plantea dos preguntas al Maestro: «¿Cuándo va a ser eso? Y ¿cuál será la señal de que todo eso está para suceder? (v. 7). Cuándo y cuál… Siempre nos mueve la curiosidad: se quiere saber cuándo y recibir señales. Pero esta curiosidad a Jesús no le gusta. Por el contrario, él nos insta a no dejarnos engañar por los predicadores apocalípticos. El que sigue a Jesús no hace caso a los profetas de desgracias, a la frivolidad de los horóscopos, a las predicaciones y a las predicciones que generan temores, distrayendo la atención de lo que sí importa. Entre las muchas voces que se oyen, el Señor nos invita a distinguir lo que viene de Él y lo que viene del falso espíritu. Es importante distinguir la llamada llena de sabiduría que Dios nos dirige cada día del clamor de los que utilizan el nombre de Dios para asustar, alimentar divisiones y temores.

Jesús invita con fuerza a no tener miedo ante las agitaciones de cada época, ni siquiera ante las pruebas más severas e injustas que afligen a sus discípulos. Él pide que perseveren en el bien y pongan toda su confianza en Dios, que no defrauda: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (v. 18). Dios no se olvida de sus fieles, su valiosa propiedad, que somos nosotros.

Pero hoy nos interpela sobre el sentido de nuestra existencia. Usando una imagen, se podría decir que estas lecturas se presentan como un «tamiz» en medio de la corriente de nuestra vida: nos recuerdan que en este mundo casi todo pasa, como el agua que corre; pero hay cosas importantes que permanecen, como si fueran una piedra preciosa en un tamiz. ¿Qué es lo que queda?, ¿qué es lo que tiene valor en la vida?, ¿qué riquezas son las que no desaparecen? Sin duda, dos: El Señor y el prójimo. ¡ Estas dos riquezas no desvanecen! Éstos son los bienes más grandes, para amar. Todo lo demás ―el cielo, la tierra, las cosas más bellas, también esta Basílica― pasa; pero no debemos excluir de la vida a Dios y a los demás.

Sin embargo, precisamente hoy, cuando hablamos de exclusión, vienen rápido a la mente personas concretas; no cosas inútiles, sino personas valiosas. La persona humana, colocada por Dios en la cumbre de la creación, es a menudo descartada, porque se prefieren las cosas que pasan. Y esto es inaceptable, porque el hombre es el bien más valioso a los ojos de Dios. Y es grave que nos acostumbremos a este tipo de descarte; es para preocuparse, cuando se adormece la conciencia y no se presta atención al hermano que sufre junto a nosotros o a los graves problemas del mundo, que se convierten solamente en una cantinela ya oída en los titulares de los telediarios.

Hoy, queridos hermanos y hermanas, es vuestro Jubileo, y con vuestra presencia nos ayudáis a sintonizar con Dios, para ver lo que él ve: Él no se queda en las apariencias (cf. 1 S 16,7 ), sino que pone sus ojos «en el humilde y abatido» (Is 66.2), en tantos pobres Lázaros de hoy. Cuánto mal nos hace fingir que no nos damos cuenta de Lázaro que es excluido y rechazado (cf. Lc 16,19-21). Es darle la espalda a Dios. ¡Es darle la espalda a Dios!

Un síntoma de esclerosis espiritual es cuando el interés se centra en las cosas que hay que producir, en lugar de las personas que hay que amar. Así nace la trágica contradicción de nuestra época: cuanto más aumenta el progreso y las posibilidades, lo cual es bueno, tanto más aumentan las personas que no pueden acceder a ello. Es una gran injusticia que nos tiene que preocupar, mucho más que el saber cuándo y cómo será el fin del mundo. Porque no se puede estar tranquilo en casa mientras Lázaro yace postrado a la puerta; no hay paz en la casa del que está bien, cuando falta justicia en la casa de todos.

Hoy, en las catedrales y santuarios de todo el mundo, se cierran las Puertas de la Misericordia. Pidamos la gracia de no apartar los ojos de Dios que nos mira y del prójimo que nos cuestiona. Abramos nuestros ojos a Dios, purificando la mirada del corazón de las representaciones engañosas y temibles, del dios de la potencia y de los castigos, proyección del orgullo y el temor humano. Miremos con confianza al Dios de la misericordia, con la certeza de que «el amor no pasa nunca» (1 Co 13,8). Renovemos la esperanza en la vida verdadera a la que estamos llamados, la que no pasará y nos aguarda en comunión con el Señor y con los demás, en una alegría que durará para siempre, sin fin.

Y abramos nuestros ojos al prójimo, especialmente al hermano olvidado y excluido, al Lázaro postrado ante nuestra puerta. Hacia allí apunta la lupa de la Iglesia. Que el Señor nos libre de dirigirla hacia nosotros. Que nos aparte de los oropeles que distraen, de los intereses y los privilegios, del aferrarse al poder y a la gloria, de la seducción del espíritu del mundo. Nuestra Madre la Iglesia mira «a toda la humanidad que sufre y que llora; ésta le pertenece por derecho evangélico» (Pablo VI, Discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, 29 septiembre 1963). Por derecho y también por deber evangélico, porque nuestra tarea consiste en cuidar de la verdadera riqueza que son los pobres.

¡A la luz de estas reflexiones, Yo quisiera que hoy fuera la jornada de los pobres!

Nos lo recuerda una antigua tradición, que se refiere al santo mártir romano Lorenzo. Él, antes de sufrir un atroz martirio por amor al Señor, distribuyó los bienes de la comunidad a los pobres, a los que consideraba como los verdaderos tesoros de la Iglesia. Que el Señor nos conceda mirar sin miedo a lo que importa, dirigir el corazón a él y a nuestros verdaderos tesoros.

 

El Papa pide a la Guadalupana por víctimas en Egipto 

Francisco y Tawadros II en el Vaticano (Archivo) - AP

12/12/2016 17:18

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 El Papa Francisco  -informó el portavoz vaticano Greg Burke-   ha llamado la mañana del lunes a Su Santidad, el Papa Tawadros II, Patriarca de la Iglesia copto-ortodoxa de Alejandría, para expresar su pésame por el reciente ataque a la Catedral Copta de San Marcos, en El Cairo. Su Santidad -refiere Burke-  ha expresado su cercanía al patriarca y a la comunidad copta tan duramente golpeada, especialmente a las mujeres y a los niños que representan el número más alto entre las víctimas".   "El Patriarca Tawadros II - informó Burke -  ha recordado lo dicho por el Papa durante su encuentro en el Vaticano, o sea el ''ecumenismo de la sangre”. Por su parte, el Santo Padre ha subrayado que 'estamos unidos en la sangre de nuestros mártires'". El Pontífice, refiere además el director de la oficina de prensa vaticana, "ha prometido rezar por la comunidad copta durante la misa que celebra hoy, con ocasión de la fiesta de la Virgen de Guadalupe. El Patriarca también ha agradecido a Francisco por su cercanía en este momento y le ha pedido rezar por ellos y por la paz en Egipto, prometiéndole de hacer llegar sus condolencias a toda la comunidad copta".

 

 

 

Miércoles de la semana 3 de Adviento

 

Los cielos son llamados a destilar el rocío… ha llegado la salvación: “Anunciad a Juan lo que habéis visto y oído” 

En aquel tiempo, Juan envió a dos de sus discípulos a preguntar al Señor: - «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?» Los hombres se presentaron a Jesús y le dijeron: -«Juan, el Bautista, nos ha mandado a preguntarte: "¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?"» Y en aquella ocasión Jesús curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista. Después contestó a los enviados: -«Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y dichoso el que no se escandalice de mí»”  (Lucas 7, 19-23)

1. Juan envió a dos de sus discípulos a preguntar al Señor: - «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?» La pregunta del Bautista ha condensado su destino de mensajero que anuncia la llegada del juicio de Dios sobre la tierra. Cuando acaba su vida en el fracaso aparente de una cárcel, hace la pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir? Esta pregunta es el sentido de la historia de Israel. Esa pregunta sigue flotando en medio de la historia. Pensamos que al final de los tiempos, en el cielo nuevo y la nueva tierra, se realizará la buena nueva; pero todos ven que ya ahora Jesús curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista. Después contestó a los enviados: -«Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Vemos que en el mundo hay injusticias, que muchas cosas no van bien, y muchos suponen que Jesús ha fracasado. Pero la Palabra va haciéndose historia, la vida de Jesús, su amor y sus milagros es una semilla que ha irrumpido en el mundo fructificando en esa realidad definitiva que es la victoria de la vida sobre la muerte.

Dios se revela en la pascua del nacimiento de Jesús, su vida y milagros, y nos muestra el camino que conduce a la Vida, y estamos en el camino cuando ayudamos a los necesitados. Jesús es débil en poder humano, silenciosamente "pasa haciendo el bien", en su amor es "potente en la acción... en la palabra" (Hechos 10,38). Procuro imaginar a Jesús en medio de estos enfermos, tratando de hacerles bien... sus gestos, las breves palabras que les dirige. -Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan... Jesús cita al profeta Isaías (29, 18. 19; 35, 5-6) Así se inserta en la gran tradición de Israel, en la espera que le ha precedido. Adviento nos hace revivir este tiempo de espera. Son tantos los hombres que hoy también esperan la liberación de todo lo que pesa sobre sus vidas. En mi plegaria, expreso a Dios lo que percibo concretamente a mi alrededor de esta inmensa aspiración de la humanidad. -A los pobres... se les anuncia la Buena Nueva. Es el resumen de todos los otros beneficios. Hablar a los pobres, decirles alguna cosa "buena" para ellos. Hablar al corazón de los pobres para darles una noticia, la buena nueva de su liberación. Actuar primero antes que hablar. Y yo, ¿soy quizá de los que a menudo me contento con sólo mis buenas intenciones?

-Y bienaventurado aquel que no se escandalizare por causa mía. Una bienaventuranza nueva: No escandalizarse por las preferencias divinas (Noel Quesson).

Tantos y tantos formulan, más o menos conscientemente, la misma pregunta a Jesús: «¿eres tú o esperamos a otro?, ¿de dónde nos vendrá la felicidad, el pleno sentido de la vida? ¿de la Iglesia, de las ideologías, de las instituciones, de las religiones orientales, de las sectas, de los estimulantes? Porque no vemos que vayan reinando la justicia y la paz en este mundo». Nuestra respuesta debería ser tan concreta como la de Jesús, y en la misma dirección. Sólo puede ser evangelizadora una comunidad cristiana que cura, que atiende, que infunde paz y esperanza, que libera, que se muestra llena de misericordia. La credibilidad de la Iglesia, y de cada uno de nosotros, se consigue sólo si hacemos el bien a nuestro alrededor. Como en el caso de Jesús, de quien se pudo decir que «pasó haciendo el bien».

Como el Bautista ayuda a reconocer a Jesús, ¿actuamos también nosotros de precursores a nuestro alrededor? No hace falta ser sacerdote u obispo para eso. Todo cristiano puede, en este Adviento, ante todo crecer él mismo en su fe, y luego transmitirla a los demás, evangelizar, conducir a Jesús. Pueden ser precursores de Jesús los padres para con los hijos, los amigos con los amigos, los catequistas con su grupo. Y a veces al revés: los hijos para los padres, los discípulos para con el maestro. Según quién ayude y acompañe a quién, desde su fe y su convicción. Todo el que está trabajando a su modo en el campo de la evangelización, está acercando la salvación a este mundo, está siendo profeta y precursor de Adviento para los demás. Para que no sigan esperando a otro, Y se enteren que ya ha venido el Salvador enviado por Dios.

El programa mesiánico no se ha cumplido todavía. No reinan en la medida que prometían los profetas la justicia y la paz. El programa mesiánico sólo está inaugurado, sigue en marcha hasta el final. Y somos nosotros los que lo llevamos adelante. Cuanto más se manifieste la justicia y la esperanza en nuestro alrededor, tanto mejor estamos viviendo el Adviento y preparando la Navidad. En la Eucaristía, antes de comulgar, rezamos todos juntos el Padrenuestro. Y en esta oración hay una invocación que ahora en Adviento podemos decir con más convicción interior: «venga a nosotros tu Reino». Con el compromiso de que no sólo pedimos que venga el Salvador, sino también que nosotros trabajaremos en la construcción, en nuestro mundo de hoy, de ese Reino que trae paz y salvación a todos (J. Aldazábal).

No hay otro a quien esperar. Jesucristo está en nosotros y nos llama. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula (Hebreos 13,8). “¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. Somos los hombres los que a veces no alcanzamos a descubrir su rostro, perennemente actual, porque miramos con ojos cansados o turbios” (J. Escrivá). Nosotros queremos ver al Señor, tratarle, amarle y servirle. ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!, nos anima su Vicario (Juan Pablo II).

2. Isaías comienza con un oráculo de investidura dedicado a Ciro. Por primera vez en la historia del pueblo escogido un oráculo favorable se dirige a un rey extranjero llamándolo "el ungido". Después de las nefastas invasiones de Babilonia y Siria, Persia, más permisivo y conciliador, resulta una bendición para la nación judía. Es un canto a la libertad: "Que los cielos manden de lo alto la lluvia y que las nubes descarguen la justicia. Que se abra la tierra y produzca su fruto que es la salvación”. Es el anuncio de la venida del Salvador. Cristo es el primer "brote" de la nueva humanidad renovada. Justicia y salvación son los frutos de la humanidad fecundada por la misericordia divina. Esta es una de las profecías de Isaías que el Adviento ha tenido más en cuenta. La renovación mesiánica es anunciada como una «primavera». La naturaleza entera se renueva y participa a la eclosión del Mesías.

-“Que los cielos destilen el rocío. Que las nubes derramen la justicia y produzca la salvación. Que la justicia haga que crezcan a la vez todos sus brotes”... Visión poética y optimista. Una vez más, oímos esa revelación constante de la Biblia. La humanidad no puede ser feliz, sin que la naturaleza obtenga de ello un beneficio. La tierra reseca recibe un «rocío» que la hace "fecunda" y las yemas brotan de todas partes. Concepción optimista de la naturaleza. -¡Yo, el Señor, he creado todo esto! Así habla el Señor, el Creador de los cielos. Que ha modelado la tierra y la ha formado. No la creó como un desierto, sino para que fuera habitada. Constantemente debemos volver a encontrar ese sentido profundo de las cosas, ese optimismo enraizado. Efectivamente, Dios hizo hermosa la tierra; y quiere que sea bella, fecunda y dichosa. El anuncio de la era mesiánica, anuncia también ese renuevo. ¿Cuál es mi participación en esa renovación? Concebir todo mi trabajo, mi vida de familia, mis compromisos, como una cooperación a Dios creador.

-“Yo soy el Señor. No existe ningún otro. No hay otro Dios, sino Yo”. Ese optimismo está fundado en un monoteísmo feroz. Isaías es el más estricto defensor del monoteísmo: ¡un solo Dios! ¡No hay otro!

-“Un Dios justo y salvador, no hay otro fuera de mi. ¡Volveos a mí y seréis «salvados», habitantes de toda la tierra!” La reivindicación divina es la maravillosa primavera anunciada. Cumple, Señor, tu promesa. Cambia el corazón de los hombres (Noel Quesson).

3. El Señor derrama en nosotros la lluvia abundante de su gracia y de su Espíritu Santo, para que no sólo nos llamemos hijos de Dios, sino que lo seamos en verdad, y lo manifestemos con nuestras buenas obras, pues de lo que está lleno el corazón de eso habla la boca. Dios siempre ha sido bondadoso para con nosotros; si Él nos ha dado su Vida, demos frutos de justicia y de paz; sólo así nos habremos puesto en camino tras las huellas de Cristo hacia la Gloria del Padre. El único que puede salvar es Dios. Él es el todopoderoso, el creador de la luz y las tinieblas, de la paz y de las tribulaciones. Sólo a él podemos clamar pidiendo salvación y justicia. Los profetas intentaban recordar al pueblo -siempre olvidadizo y distraído- la existencia y la actuación de ese Dios trascendente, el único, el «todo Otro», lleno de poder y de misericordia a la vez, Señor del cosmos y de la historia. De esta convicción brota la oración más propia del Adviento: «cielos, lloved vuestro rocío, ábrase la tierra y brote el Salvador». El único que puede concedernos eso es Dios: «yo, el Señor, lo he creado. ¿Quién anunció esto desde antiguo? ¿no fui yo, el Señor?».

Este salmo es uno de los más propios del tiempo de Adviento: «la salvación está ya cerca de sus fieles». Seria bueno que lo rezáramos entero, reposadamente, por ejemplo después de la comunión, o en un momento de oración personal.

Debemos desear una nueva conversión para contemplarle en esta próxima Navidad. La Virgen nos ayudará a prepararnos para recibirle, y su fortaleza ayudará nuestra debilidad, y nos hará comprobar que para Dios nada es imposible.

Llucià Pou Sabaté

 

“El valor divino del matrimonio”

 

En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, sólo María advierte la falta del vino... Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como Ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios. (Surco, 631)

 

El amor puro y limpio de los esposos es una realidad santa que yo, como sacerdote, bendigo con las dos manos. La tradición cristiana ha visto frecuentemente, en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná, una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas ‑escribe San Cirilo de Alejandría‑ para santificar el principio de la generación humana.

El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.

Nos ha dado el Creador la inteligencia, que es como un chispazo del entendimiento divino, que nos permite ‑con la libre voluntad, otro don de Dios‑ conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad. (Es Cristo que pasa, 24)

 

 

Ha fallecido Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei

A las 21.10 del 12 de diciembre, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, ha fallecido Mons. Javier Echevarría, obispo y segundo sucesor de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Incluimos unas palabras de Mons. Fernando Ocáriz.

Del Prelado 13 de Diciembre de 2016

Opus Dei - Ha fallecido Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei​ Mons. Javier Echevarría (1932-2016).

Mons. Ocáriz: "A la pena por la marcha de un padre, se une el agradecimiento por el cariño y el buen ejemplo que nos ha dado"

(Actualizada a las 03.20)

A las 21.10 del 12 de diciembre, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, ha fallecido Mons. Javier Echevarría, obispo y segundo sucesor de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. El vicario auxiliar de la prelatura, Mons. Fernando Ocáriz, pudo administrarle los últimos sacramentos esta misma tarde.

El prelado del Opus Dei había sido hospitalizado el pasado 5 de diciembre en el policlínico Campus Bio-Medico de Roma a causa de una leve infección pulmonar.

Mons. Echevarría estaba recibiendo un antibiótico para combatir la infección. Fuentes del centro médico han señalado que el cuadro clínico se complicó hace tres días, agravándose en las últimas horas y provocando una insuficiencia respiratoria que ocasionó el fallecimiento.

Como prevé el derecho de la prelatura, el gobierno ordinario de la prelatura recae ahora sobre vicario auxiliar y general Mons. Fernando Ocáriz. Según los estatutos de la Prelatura, a él compete convocar en el plazo de un mes un congreso electivo que elija al nuevo prelado. El congreso ha de celebrarse en el plazo de 3 meses. La elección debe ser posteriormente confirmada por el Papa.

El Prelado ha fallecido a los 84 años de edad. Nació en Madrid en 1932, y en esa misma ciudad conoció a san Josemaría, de quien fue secretario desde 1953 hasta 1975.

Más adelante, fue nombrado secretario general del Opus Dei. En 1994 fue elegido prelado. Recibió de manos del san Juan Pablo II la ordenación episcopal el 6 de enero de 1995 en la basílica de San Pedro.

Mons. Ocariz celebró la primera misa en sufragio por el alma del Prelado en la capilla del "Campus Bio-Medico", hacia la 1 de la madrugada

A lo largo de esta noche se han celebrado diversas misas de corpore insepulto en la capilla del centro hospitalario. Mons. Fernando Ocáriz celebró la primera hacia la 1 de la madrugada.

Mons. Ocáriz: oración, serenidad, unidad

Al comunicar la noticia, Mons. Fernando Ocáriz, vicario auxiliar y general de la prelatura del Opus Dei, ha comentado que se trata de un momento “de oración, de serenidad y de unidad”.

Y ha añadido: “A la pena por la marcha de un padre, se une el agradecimiento por el cariño y el buen ejemplo que nos ha dado en estos 22 años como prelado”.

 

Mons. Fernando Ocáriz reza un responso por el alma del Prelado.​Mons. Fernando Ocáriz reza un responso por el alma del Prelado.

 

El vicario auxiliar ha explicado que justamente el pasado 3 de diciembre, fecha de su santo, Mons. Echevarría decía a las personas del Opus Dei que le acompañaban: “Quiero apoyarme en vosotros. Os necesito. Yo ya estoy de paso. La prelatura del Opus Dei está en vuestras manos. Sostened al prelado, sea quien sea”.

Mons. Ocáriz también ha relatado que en sus últimos momentos, el prelado “rezaba a la Virgen de Guadalupe. Quienes le acompañaban, le preguntaron: -¿Quiere que pongamos la imagen de la Virgen de Guadalupe a la vista? Y él respondió: -No hace falta, aunque no vea el cuadro, la siento conmigo”. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Biografía y fotos de Mons. Javier Echevarría

Apuntes biográficos y galería fotográfica de Mons. Javier Echevarría, segundo sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei (1994-2016).

Del Prelado 13 de Diciembre de 2016

Opus Dei - Biografía y fotos de Mons. Javier Echevarría

Mons. Javier Echevarría nació en Madrid el 14 de junio de 1932. Fue el menor de ocho hermanos. Hizo sus primeros estudios en San Sebastián, en el colegio de los padres marianistas, y continuó su formación en Madrid, en el colegio de los hermanos maristas.

En 1948, conoció a algunos jóvenes del Opus Dei en una residencia de estudiantes. El 8 de septiembre de ese mismo año, sintiéndose llamado por Dios a buscar la santidad en la vida ordinaria, pidió la admisión en el Opus Dei.

 

Comenzó los estudios de Derecho en la Universidad de Madrid y los continuó en Roma. Se doctoró en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad de Santo Tomás (1953), y en Derecho Civil por la Pontificia Universidad Lateranense (1955).

Recibió la ordenación sacerdotal el 7 de agosto de 1955. Colaboró estrechamente con san Josemaría Escrivá de Balaguer, de quien fue secretario desde 1953 hasta su muerte, en 1975.

En 1975, cuando Álvaro del Portillo sucedió a san Josemaría, Mons. Javier Echevarría fue nombrado secretario general del Opus Dei y, en 1982, vicario general.

En 1994, tras el fallecimiento del beato Álvaro, fue elegido prelado del Opus Dei y, el 6 de enero de 1995, en la basílica de San Pedro, recibió de manos de san Juan Pablo II la ordenación episcopal.

Desde el principio de su ministerio como prelado, tuvo como prioridades la evangelización en los campos de la familia, la juventud y la cultura. Promovió el inicio estable de las actividades formativas de la prelatura en 16 países, entre otros, Rusia, Kazajistán, Sudáfrica, Indonesia y Sri Lanka, y viajó a los cinco continentes para impulsar la labor evangelizadora de los fieles y cooperadores del Opus Dei. Alentó la puesta en marcha de numerosas iniciativas a favor de inmigrantes, enfermos y marginados. Seguía con especial atención varios centros de cuidados paliativos para enfermos terminales.

En sus viajes de catequesis y en su ministerio pastoral, fueron temas recurrentes el amor a Jesucristo en la cruz, el amor fraterno, el servicio a los demás, la importancia de la gracia y de la palabra de Dios, la vida familiar y la unión con el Papa. Precisamente en su última carta pastoral, además de agradecer la audiencia que le había concedido Francisco el 7 de noviembre, pedía, como siempre, acompañar al Papa con oraciones por su persona e intenciones.

Escribió numerosas cartas pastorales y varios libros de espiritualidad, como Itinerarios de vida cristiana, Para servir a la Iglesia, Getsemaní, Eucaristía y vida cristiana, Vivir la Santa Misa y Creo, creemos. Su última obra es una recopilación de meditaciones sobre las obras de misericordia que lleva por título Misericordia y vida cotidiana.

Fue miembro de la Congregación para las Causas de los Santos y de la Signatura Apostólica. Participó en los sínodos de obispos de 2001, 2005 y 2012 y en los dedicados a América (1997) y Europa (1999).

Falleció en Roma el 12 de diciembre de 2016. 

 

 

Velatorio y funeral de Mons. Javier Echevarría

El Santo Padre ha llamado para expresar su cercanía y asegurar su oración. Los restos mortales del prelado reposan ya en Santa María de la Paz. El funeral será el jueves 15 de diciembre a las 19.00 en la basílica de san Eugenio.

Del Prelado
Opus Dei - ​Velatorio y funeral de Mons. Javier Echevarría El Papa Francisco ha expresado su cercanía ante el fallecimiento de Mons. Echevarría.

Esta mañana a las 8.15, el Papa Francisco ha llamado por teléfono al vicario del Opus Dei para expresar su cercanía con ocasión del fallecimiento de Mons. Javier Echevarría. El Santo Padre ha asegurado sus oraciones por el prelado durante la celebración de la Eucaristía y ha enviado su bendición para todos los fieles y amigos de la prelatura.

Los restos mortales del prelado serán trasladados esta mañana a Santa María de la Paz, iglesia prelaticia del Opus Dei, situada en Viale Bruno Buozzi, nº 75 (Roma).

Del Prelado 13 de Diciembre de 2016

Opus Dei - ​Velatorio y funeral de Mons. Javier Echevarría​ El vicario auxiliar celebró la primera misa de sufragio en el "Campus Bio-Medico" (Roma).

Los fieles que lo deseen podrán velar al prelado a partir de las 12.00 de hoy.

Hasta ahora, Mons. Echevarría ha permanecido en la capilla del hospital “Campus Bio-Medico”, a la que acudieron numerosas personas durante toda la noche. Esta mañana se trasladará el cuerpo desde el centro médico a la iglesia prelaticia.

Más adelante ofreceremos información sobre la misa de funeral.

 

 

Los papas reiteran la doctrina católica sobre laicidad y laicismo

Salvador Bernal

En Occidente el debate es casi académico, aunque no faltan fundamentalistas que profanan lugares de culto o cementerios. El problema es gravísimo en la órbita islamista. Tenía previsto mencionar sólo a Indonesia, donde la llamada ley de la blasfemia causa estragos. Pero no puedo dejar de lamentar las noticias del domingo, con decenas de muertos en el atentado de una iglesia copta en Egipto. Y, sobre la base de que no es provocado, sino accidental, el derrumbamiento de la techumbre de una iglesia en Nigeria.

El gobernador cristiano de Yakarta, conocido como “Ahok”, será enjuiciado el 13 de diciembre, Se le acusa de una supuesta blasfemia, que ha generado en las últimas semanas manifestaciones masivas de sus antagonistas y seguidores. En un discurso pronunciado el pasado mes de septiembre, al anunciar su candidatura a la reelección, citó el verso de una sura del Corán, diciendo que todos los ciudadanos gozan del legítimo derecho a votar por él. En cambio, algunos líderes islámicos afirman que, de acuerdo con el libro sagrado, solamente un musulmán puede guiar a otros musulmanes.

Los extremistas exigen en la calle la destitución y el arresto del gobernador, mientras millones de ciudadanos de diversas confesiones luchan por principios de tolerancia y amor, dentro de la diversidad, con una gran oración por la unidad y un mensaje de paz. Los cristianos de Indonesia, junto con muchos musulmanes, manifiestan la urgencia de promover el bien del país, el respeto por la democracia y la “Pancasila”, el documento de cinco principios para la Constitución de Indonesia y la convivencia civil en el archipiélago.

Según observadores políticos, que menciona un despacho de la Agencia Fides, se está produciendo una gran confrontación entre los reformadores ‑guiados por el presidente Joko Widodo y el gobernador Ahok-, y la oposición liderada por el ex presidente Susilo Bambang Yudhoyono, que utiliza el islamismo militante para contrarrestar a los adversarios. Acusar de blasfemia al gobernador de Yakarta supone, a su juicio, una instrumentalización de la fe musulmana en un país, como Indonesia, que cuenta con el mayor número total de mahometanos en el mundo. Tratan de ahogar toda muestra de libertad religiosa.

El caso de Yakarta confirma la ley del embudo que aplica el fundamentalismo islamista. Apenas deja resquicio a la libertad donde es mayoritario, mientras no deja de protestar –a veces de modo violento- contra las supuestas y mínimas manifestaciones de islamofobia en Occidente. La historia confirma que prácticamente sólo en la órbita cristiana se produce la real separación entre religión y política, a partir de la famosa distinción de Jesús entre lo debido al César y a Dios. Su penetración en las costumbres no fue fácil, ni tampoco unívoca. Pero se puede decir que forma parte de la vida y la doctrina desde el refrendo formal del Concilio Vaticano II.

Lo expresó claramente Juan Pablo II, entre otros lugares, en la famosa encíclica Centesimus annus, de 1991. Exige el reconocimiento de los derechos humanos, también en los Estados democráticos, donde se producen desviaciones  que –afirmaba el pontífice con espíritu profético- “producen desconfianza y apatía, con lo cual disminuye la participación y el espíritu cívico entre la población, que se siente perjudicada y desilusionada”. En síntesis apretada, la Jerarquía católica “respeta la legítima autonomía del orden democrático; pero no posee título alguno para expresar preferencias por una u otra solución institucional o constitucional. La aportación que ella ofrece en este sentido es precisamente el concepto de la dignidad de la persona, que se manifiesta en toda su plenitud en el misterio del Verbo encarnado”. Nunca tuvo nostalgia del Estado confesional el santo pontífice polaco, como expresamente declaró en su exhortación apostólica sobre la Iglesia en Europa de 2003.

Lo acaba de reiterar el papa Francisco, en una entrevista concedida al semanario católico belga Tertio, con motivo de la clausura del Año de la Misericordia. Al cabo, reducir la religión al ámbito de la vida privada es una postura anticuada, herencia de la Ilustración, que considera subcultura todo hecho religioso. Pero para el Papa “el estado laico es bueno”, también porque “los estados confesionales terminan mal”. Y precisa: “una cosa es laicidad y otra cosa es laicismo. Y el laicismo cierra las puertas a la trascendencia: a la doble trascendencia, tanto la trascendencia hacia los demás como, sobre todo, la trascendencia hacia Dios. O hacia lo que está Más Allá. Y la apertura a la trascendencia forma parte de la esencia humana”.

 

 

¿CUANDO COMIENZA A VIVIRSE LA NAVIDAD?      

La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida. En la segunda mitad del siglo IV se va extendiendo por todo el mundo cristiano: por el norte de Africa (año 360), por Constantinopla (año 380), por España (año 384) o por Antioquía (año 386). En el siglo V la Navidad es una fiesta casi universal.

TEXTO SOBRE LOS ORÍGENES DE LA CELEBRACIÓN DE LA NAVIDAD

Los cristianos de la primera generación, es decir, aquellos que escucharon directamente la predicación de los Apóstoles, conocían bien y meditaban con frecuencia la vida de Jesús. Especialmente los momentos decisivos: su pasión, muerte redentora y resurrección gloriosa.

También recordaban sus milagros, sus parábolas y muchos detalles de su predicación. Era lo que habían oído contar a aquellos que habían seguido al Maestro durante su vida pública, que habían sido testigos directos de todos aquellos acontecimientos.

 

 
 

Nacimiento

       

Acerca de su infancia sólo conocían algunos detalles que tal vez narrara el propio Jesús o su Madre, aunque la mayor parte de ellos María los conservaba en su corazón

Cuando se escriben los evangelios sólo se deja constancia en ellos de lo más significativo acerca del nacimiento de Jesús. Desde perspectivas diferentes, Mateo y Lucas recuerdan los mismos hechos esenciales: que Jesús nació en Belén de Judá, de la Virgen María, desposada con  José, pero sin que Ella hubiese conocido varón. Además, hacia el final de los relatos sobre la infancia de Jesús, ambos señalan que después fueron a vivir a Nazaret.

Mateo subraya que Jesús es el Mesías descendiente de David, el Salvador en el que se han cumplido las promesas de Dios al antiguo pueblo de Israel. Por eso, como la pertenencia de Jesús al linaje de David viene dada por ser hijo legal de José, Mateo narra los hechos fijándose especialmente en el cometido del Santo Patriarca.

Por su parte,  Lucas, centrándose en la Virgen —que representa también a la humanidad fiel a Dios—, enseña que el Niño que nace en Belén es el Salvador prometido, el Mesías y Señor, que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres.

En el siglo II el deseo de saber más sobre el nacimiento de Jesús y su infancia hizo que algunas personas piadosas, pero sin una información histórica precisa, inventaran relatos fantásticos y llenos de imaginación. Se conocen algunos a través de los evangelios apócrifos. Uno de los relatos más desarrollados sobre el nacimiento de Jesús contenido en los apócrifos es el que se presenta en el llamado Protoevangelio de Santiago, según otros manuscritos, Natividad de María, escrito a mediados del siglo II.

 

 
 

San José con el Niño Jesús

       

En las primeras generaciones de cristianos la fiesta por excelencia era la Pascua, conmemoración de la Resurrección del Señor. Todos sabían bien en qué fechas había sido crucificado Jesús y cuándo había resucitado: en los días centrales de la celebración de la fiesta judía de la Pascua, en torno al día 15 de Nisán, es decir, el día de luna llena del primer mes de primavera.

Sin embargo, posiblemente no conocían con la misma certeza el momento de su nacimiento. No formaba parte de las costumbres de los primeros cristianos la celebración del cumpleaños, y no se había instituido una fiesta particular para conmemorar el cumpleaños de Jesús.

¿POR QUÉ SE CELEBRA EL 25 DE DICIEMBRE?

Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre el día del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221. La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico filocaliano del año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (“el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”). A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.

 

 
 

Gruta de la Natividad. Belén

       

Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por ese día porque, a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el dies natalis Solis invicti, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año.

Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como «sol de justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo» (Jn 1,4ss.).

Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución.

Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33). En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero.

 

 
 

Detalle de la Portada de la Natividad. Sagrada Familia de Barcelona

       

La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí.

Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán.

El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz.

Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).

La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida. En la segunda mitad del siglo IV se va extendiendo por todo el mundo cristiano: por el norte de Africa (año 360), por Constantinopla (año 380), por España (año 384) o por Antioquía (año 386). En el siglo V la Navidad es una fiesta casi universal.

 

Fuente: www.primeroscristianos.com

 

FRANCISCO VARO
Profesor de Sagrada Escritura en la
Facultad Teología de la
Universidad de Navarra. 

 

 

Hoy es Navidad

Hagamos de nuestra vida, que cada día sea Navidad.

Cuando José María Escrivá de Balaguer aún no estaba en los altares, aunque para los que lo conocían ya era un hombre santo, pronunció esta homilía en la Navidad de 1970.

Fue publicada en “Es Cristo que pasa” bajo el título: “El matrimonio, vocación cristiana.”

Han pasado casi 50 años. Sigue sirviendo hoy para que cada día en la vida conyugal sea una autentica Navidad.

 Estamos en Navidad. Los diversos hechos y circunstancias que rodearon el nacimiento del Hijo de Dios acuden a nuestro recuerdo, y la mirada se detiene en la gruta de Belén, en el hogar de Nazareth. María, José, Jesús Niño, ocupan de un modo muy especial el centro de nuestro corazón. ¿Qué nos dice, qué nos enseña la vida a la vez sencilla y admirable de esa Sagrada Familia?

Entre las muchas consideraciones que podríamos hacer, una sobre todo quiero comentar ahora. El nacimiento de Jesús significa, como refiere la Escritura, la inauguración de la plenitud de los tiempos, el momento escogido por Dios para manifestar por entero su amor a los hombres, entregándonos a su propio Hijo. Esa voluntad divina se cumple en medio de las circunstancias más normales y ordinarias: una mujer que da a luz, una familia, una casa. La Omnipotencia divina, el esplendor de Dios, pasan a través de lo humano, se unen a lo humano. Desde entonces los cristianos sabemos que, con la gracia del Señor, podemos y debemos santificar todas las realidades limpias de nuestra vida. No hay situación terrena, por pequeña y corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos.

No es por eso extraño que la Iglesia se alegre, que se recree, contemplando la morada modesta de Jesús, María y José. Es grato —se reza en el Himno de maitines de esta fiesta— recordar la pequeña casa de Nazareth y la existencia sencilla que allí se lleva, celebrar con cantos la ingenuidad humilde que rodea a Jesús, su vida escondida. Allí fue donde, siendo niño, aprendió el oficio de José; allí donde creció en edad y donde compartió el trabajo de artesano. Junto a Él se sentaba su dulce Madre; junto a José vivía su esposa amadísima, feliz de poder ayudarle y de ofrecerle sus cuidados.

Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones, escribe el apóstol. La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida.

El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo, y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque —queramos o no— el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.

La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.

Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría… Hablando del matrimonio, de la vida matrimonial, es necesario comenzar con una referencia clara al amor de los cónyuges.

Santidad del amor humano

El amor puro y limpio de los esposos es una realidad santa que yo, como sacerdote, bendigo con las dos manos. La tradición cristiana ha visto frecuentemente, en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná, una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas —escribe San Cirilo de Alejandría— para santificar el principio de la generación humana.

El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.

Nos ha dado el Creador la inteligencia, que es como un chispazo del entendimiento divino, que nos permite —con la libre voluntad, otro don de Dios— conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad.

Ese es el contexto, el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad. Nuestra fe no desconoce nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay aquí abajo. Nos enseña que la regla de nuestro vivir no debe ser la búsqueda egoísta del placer, porque sólo la renuncia y el sacrificio llevan al verdadero amor: Dios nos ha amado y nos invita a amarle y a amar a los demás con la verdad y con la autenticidad con que Él nos ama. Quien conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar, ha escrito San Mateo en su Evangelio, con frase que parece paradójica.

Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás —también en el matrimonio—, puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo.

Durante nuestro caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor. En el estado matrimonial, considerando las cosas de una manera descriptiva, podríamos afirmar que hay anverso y reverso. De una parte, la alegría de saberse queridos, la ilusión por edificar y sacar adelante un hogar, el amor conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De otra, dolores y contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los cuerpos y amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días aparentemente siempre iguales.

Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte.

Esa autenticidad del amor requiere fidelidad y rectitud en todas las relaciones matrimoniales. Dios, comenta Santo Tomás de Aquino, ha unido a las diversas funciones de la vida humana un placer, una satisfacción; ese placer y esa satisfacción son por tanto buenos. Pero si el hombre, invirtiendo el orden de las cosas, busca esa emoción como valor último, despreciando el bien y el fin al que debe estar ligada y ordenada, la pervierte y desnaturaliza, convirtiéndola en pecado, o en ocasión de pecado.

La castidad —no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada— es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los que sienten que se despierta en ellos el desarrollo de la pubertad, una castidad de los que se preparan para casarse, una castidad de los que Dios llama al celibato, una castidad de los que han sido escogidos por Dios para vivir en el matrimonio

¿Cómo no recordar aquí las palabras fuertes y claras que nos conserva la Vulgata, con la recomendación que el Arcángel Rafael hizo a Tobías antes de que se desposase con Sara? El ángel le amonestó así: Escúchame y te mostraré quiénes son aquellos contra los que puede prevalecer el demonio. Son los que abrazan el matrimonio de tal modo que excluyen a Dios de sí y de su mente, y se dejan arrastrar por la pasión como el caballo y el mulo, que carecen de entendimiento. Sobre éstos tiene potestad el diablo.

No hay amor humano neto, franco y alegre en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega. Nunca he hablado de impureza, y he evitado siempre descender a casuísticas morbosas y sin sentido; pero de castidad y de pureza, de la afirmación gozosa del amor, sí que he hablado muchísimas veces, y debo hablar.

Con respecto a la castidad conyugal, aseguro a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño: al contrario, porque esa inclinación es la base de su vida familiar. Lo que les pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con delicadeza, con naturalidad, con modestia. Les diré también que las relaciones conyugales son dignas cuando son prueba de verdadero amor y, por tanto, están abiertas a la fecundidad, a los hijos.

Cegar las fuentes de la vida es un crimen contra los dones que Dios ha concedido a la humanidad, y una manifestación de que es el egoísmo y no el amor lo que inspira la conducta. Entonces todo se enturbia, porque los cónyuges llegan a contemplarse como cómplices: y se producen disensiones que, continuando en esa línea, son casi siempre insanables.

Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara.

Los esposos deben edificar su convivencia sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo.

No olvidéis que entre los esposos, en ocasiones, no es posible evitar las peleas. No riñáis delante de los hijos jamás: les haréis sufrir y se pondrán de una parte, contribuyendo quizá a aumentar inconscientemente vuestra desunión. Pero reñir, siempre que no sea muy frecuente, es también una manifestación de amor, casi una necesidad. La ocasión, no el motivo, suele ser el cansancio del marido, agotado por el trabajo de su profesión; la fatiga —ojalá no sea el aburrimiento— de la esposa, que ha debido luchar con los niños, con el servicio o con su mismo carácter, a veces poco recio; aunque sois las mujeres más recias que los hombres, si os lo proponéis.

Evitad la soberbia, que es el mayor enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una palabra, que contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde —a solas— reñid, que ya haréis en seguida las paces.

Pensad vosotras en que quizá os abandonáis un poco en el cuidado personal, recordad con el proverbio que la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta: es siempre actual el deber de aparecer amables como cuando erais novias, deber de justicia, porque pertenecéis a vuestro marido: y él no ha de olvidar lo mismo, que es vuestro y que conserva la obligación de ser durante toda la vida afectuoso como un novio. Mal signo, si sonreís con ironía, al leer este párrafo: sería muestra evidente de que el afecto familiar se ha convertido en heladora indiferencia.

Hogares luminosos y alegres

No se puede hablar del matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.

Ciertamente hay matrimonios a los que el Señor no concede hijos: es señal entonces de que les pide que se sigan queriendo con igual cariño, y que dediquen sus energías —si pueden— a servicios y tareas en beneficio de otras almas. Pero lo normal es que un matrimonio tenga descendencia. Para estos esposos, la primera preocupación ha de ser sus propios hijos. La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.

Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad —o la verdad entera— que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean —lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones— que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.

Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.

Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro, mostradles confianza; creedles cuanto os digan, aunque alguna vez os engañen; no os asustéis de sus rebeldías, puesto que también vosotros a su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez —es seguro, si obráis cristianamente así—, en lugar de acudir con sus legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal. Vuestra confianza, vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como respuesta la sinceridad de ellos con vosotros: y esto, aunque no falten contiendas e incomprensiones de poca monta, es la paz familiar, la vida cristiana.

¿Cómo describiré —se pregunta un escritor de los primeros siglos— la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, que la entrega confirma, que la bendición sella, que los ángeles proclaman, y al que Dios Padre tiene por celebrado?… Ambos esposos son como hermanos, siervos el uno del otro, sin que se dé entre ellos separación alguna, ni en la carne ni en el espíritu. Porque verdaderamente son dos en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo espíritu… Al contemplar esos hogares, Cristo se alegra, y les envía su paz; donde están dos, allí está también El, y donde El está no puede haber nada malo.

Hemos procurado resumir y comentar algunos de los rasgos de esos hogares, en los que se refleja la luz de Cristo, y que son, por eso, luminosos y alegres —repito—, en los que la armonía que reina entre los padres se trasmite a los hijos, a la familia entera y a los ambientes todos que la acompañan. Así, en cada familia auténticamente cristiana se reproduce de algún modo el misterio de la Iglesia, escogida por Dios y enviada como guía del mundo.

A todo cristiano, cualquiera que sea su condición —sacerdote o seglar, casado o célibe—, se le aplican plenamente las palabras del apóstol que se leen precisamente en la epístola de la festividad de la Sagrada Familia: Escogidos de Dios, santos y amados. Eso somos todos, cada uno en su sitio y en su lugar en el mundo: hombres y mujeres elegidos por Dios para dar testimonio de Cristo y llevar a quienes nos rodean la alegría de saberse hijos de Dios, a pesar de nuestros errores y procurando luchar contra ellos.

Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están real y verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la salvación de todos los hombres.

Por eso, quizá no puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Efeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor.

Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído. 

 

 

LA INDEPENDENCIA DE HISPANOAMÉRICA Y EL SALTO AL VACÍO DE NUESTRA IDENTIDAD.
por Patricio Lons.
 

I. Hispanidad y lucha.

Como argentino desperté mi hispanismo al ver, primero con asombro y luego con orgullo, cómo a España y a sus naciones hijas, le bastaba con menos para vencer lo que fuese y a quien fuera, un muerto como el Cid venció a los moros, dos hombres baldados de piernas, ojos y brazos perdidos en varios combates como Blas de Lezo y Millán Astrayvencieron a ingleses y a los demás enemigos que les enfrentaron, halcones de vieja generación bramando a ras del agua desataban miedo y pavor en la flota británica en las aguas heladas del Atlántico sur y admiración en los hombres libres de todo el orbe.

Y cuando España estuvo en peligro de muerte, fueron mujeres sin entrenamiento militar las que dieron vuelta a las derrotas hasta convertirlas en victorias como María Pita en La Coruña, Galicia, al vencer a los ingleses en 1589, Rafaela Herrera en el Castillo de la Inmaculada Concepción de Nicaragua al derrotar a un ejército inglés en julio de 1762, la “tucumanesa” Manuela PedrazaMartina Céspedes y sus hijas y la gallega Lorea en las invasiones inglesas en Buenos Aires en 1806-1807, y Agustina de Aragón en Zaragoza al vencer a los franceses de Bonaparte en 1809. Y nuestras maravillosas enfermeras en la guerra de las Malvinas que, como ángeles guardianes, dieron todo de sí mismas en un magnífico espíritu de abnegación para atender a nuestros heridos. Y cuando la identidad estuvo en peligro, Santa Teresa de Avila volcó la mano de Dios para señalar nuestro destino.

Era el concepto civilizador cristiano que nos mantenía unidos como cultura y como pueblos, hasta que nos empezamos a olvidar de lo que somos, dando un salto al vacío cuando nos separamos en el siglo XIX.

Cuando en cuarto grado de primaria me enseñaron la historia de las invasiones inglesas, me llené de orgullo al saber de lo que fueron capaces nuestros ancestros, derrotar a la mayor potencia naval de esos tiempos. Mas, ¡qué extraño era aprender en la segunda parte del año que los valientes próceres de las invasiones ya no lo eran, sino que pasaban a la condición de traidores y los ingleses dejaban de ser nuestros enemigos, para traernos a los futuros libertadores! Algo no me cerraba.

¡¡Parece que éramos muy malos cuando éramos españoles en todo el continente!! Sin embargo, al revisar la historia nos dimos cuenta que fue muy distinto, pues vivíamos felices bajo un cetro justo, gozando del testamento de nuestra primera reina de Indias, doña Isabel la Católica. Inocente era nuestra existencia, hasta que Albión nos convenció de que no éramos felices en nuestra civilización, que estábamos gobernados por tiranos y que libres de esos supuestos hombres viles estaríamos mejor. ¿Cuál fue el resultado? Ahora con la misma lengua y religión ¡somos las partes debilitadas de 25 nacionalidades distintas!! ¡¡¿¿Alguien puede explicar esta falta de cordura??!!

II. Balcanización e ingeniería social tempranas.

Primera moneda global.

Sólo nosotros, los pueblos de América, conocemos y sufrimos semejante ingeniería social de balcanización. Un país en su origen unido por la fe, las leyes, la lengua, el gobierno y la cultura fue dividido en 25 partes ¿Acaso alguien conoce 25 Francias o 25 Rusias distintas? Y la pregunta que todo patriota debería hacerse es ¿quién se benefició con esta fiesta de repartijas territoriales que nos dejaron enfrentados entre nosotros y a merced de la voracidad extranjera? El pueblo, seguro que no. Las burguesías dominantes en Hispanoamérica desde 1810 y sus amos ingleses, seguro que sí, pues se quedaron con nuestra economía y nos convirtieron en vasallos, sin que nos diéramos cuenta. Destruyeron nuestra moneda, el Real de a ocho, que fue la primera moneda global que nos permitió dominar, entre los siglos 16 y principios del 19, el comercio del área Asia-Pacífico, tan disputada en estos días. Que, incluso resellada, era usada en Inglaterra y sus colonias. Y los gobernantes, clérigos y militares que reaccionaron ante el previsible desastre post-independencia, hoy son los malos de la película.

Con esta moneda mundial, el Real de a ocho, podías caminar desde el Río de la Plata hasta Filipinas y China, donde fue la base del yuan chino y otras monedas asiáticas y donde circularon 515 millones de monedas de plata americana con reconocimiento legal hasta 1948. Eso es 124 años después de la batalla de Ayacucho, cuando comienza nuestro declive, batalla en la cual se enfrentaron no menos de ochenta familias en ambos bandos, que cometen el suicidio de nuestra patria, en un crimen de lesa hispanidad.

Martín de Álzaga, héroe de las invasiones inglesas, que manejaba el comercio asiático con Filipinas y Buenos Aires, no quiso, en 1806, entregar las rutas comerciales a los ingleses y por eso, lo fusilaron los revolucionarios de Mayo y así perdimos todo nuestro comercio con Asia que, entre los siglos XVI y XIX, hizo que las economías de China e Hispanoamérica fuesen complementarias gracias a la fortaleza de nuestra moneda.

Por eso, la política de "la pérfida Albión" fue atacar a ambos imperios hasta destruirnos. Esta fue la primera moneda global reconocida en los cinco continentes, el Real de a ocho u onza castellana de plata que, aunque hoy parezca una fantasía, fue nuestra moneda. Y se perdió a partir del Tratado de amistad y comercio con Gran Bretaña firmado por los nuevos estados americanos en 1825. Se mantuvo como moneda global hasta que desaparecimos como imperio y fuimos sustituidos por la libra inglesa que se quedó con el mercado asiático y nosotros con la pobreza disfrazada de libertad.

¿Se ve ahora más claro por qué llevamos dos siglos de retraso con escasos y honrosos períodos de lucha por nuestra dignidad? ¿Entendemos, queridos amigos, por qué no debemos olvidarnos de aquel dos de abril de 1982 pleno de dignidad nacional, donde las únicas naciones que nos apoyaron en la guerra de las Malvinas fueron de origen español como Perú, Guatemala, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Panamá, Venezuela y cientos de militares españoles que se ofrecieron voluntarios? ¿Podemos ver que si nos damos cuenta de que somos 550 millones de compatriotas hijos de la Madre Patria, podemos construir una potencia?

Ahora se ve más claro por qué se trabaja tanto en destruir a nuestra identidad y cuál debe ser nuestro accionar frente a ello. Creo firmemente que tanto Malvinas, como Belice, Esequibo y Gibraltar deben ser gestas conjuntas de la hispanidad. Saquen sus conclusiones sobre estos acontecimientos. No hubo independencia, luego del 9 de julio de 1816, los próceres andaban buscando una potencia que los tutelase, ya fuese Brasil, Francia o Inglaterra; lo que hubo fue una secesión americana del resto de las Españas, como bien explica el Dr. Julio Carlos González, cuya obra recomiendo a todo historiador.

Con las falsas independencias promovidas por Inglaterra, perdimos todos y fabricamos conflictos chauvinistas. ¡Unámonos en un gran estado bioceánico y seamos fuertes de verdad como lo éramos en nuestro origen!

III. Identidad y grandeza.

Para recuperar nuestra grandeza debemos ir a las fuentes, debemos recordar qué es la argentinidad. Porque parece que nadie sabe qué es ser argentino; un tema remanido entre nosotros. Esa palabra, argentino, es una palabra muy cuidada y doblada prolijamente con amor tierno e infantil, pero que la mayoría no sabe qué significa y sin identidad que defender, el patriotismo se convierte en un chauvinismo de inmobiliaria que solo pretende defender un límite territorial como el linde de un terreno en disputa pero baldío de espíritu. Somos inteligencias de párvulos que necesitamos llegar a un puerto de origen para saber lo que somos.

Y de esa manera, al aferrarse inocentemente a un espacio dentro de un mapa que ni siquiera saben interpretar en su historia, extensión y posibilidades, algunos no se dan cuenta que nuestra identidad [histórica] cubre un territorio mucho más grande que es nuestra verdadera patria, es decir, toda la hispanidad con quinientos cincuenta millones de personas y veinte millones de kilómetros cuadrados de tierra y mar. Porque la patria es el asiento de la civilización que hemos heredado.

Pero algunos se conforman en pensar en chiquito. Y todavía se preguntan por qué nos pasa lo que nos pasa en nuestro eterno discurrir decadente con pocas glorias que mostrar. Sabemos, intuimos que fuimos grandes, que hay algo en potencia en nosotros, pero no tenemos clara cuál es nuestra identidad como pueblo. Estallamos de alegría ante un triunfo nacional, pero no logramos articular un proyecto civilizatorio, por el contrario, nuestros políticos trabajan día y noche y desde hace varias generaciones, por la destrucción de nuestros antiguos cimientos ancestrales que forjaron entre españoles y naturales creando un nuevo mundo y una nueva raza.

La identidad hispano católica argentina es un debate que lo han sacado a la luz tanto nacionalistas, como socialistas, peronistas, radicales y tradicionalistas.
¿Cuál es nuestra identidad más allá del espacio que ocupamos? Raza, credo, lengua, historia compartida, valores que van unidos para construir las bases y los techos de nuestros lares.

España nos trajo su ímpetu civilizador y evangelizador, nos forjó con su destino de nueva Roma imperial de quien era justa heredera, nos educó en la filosofía griega y nos vivificó en la fe de Tierra Santa.

Esa identidad nos unió cabalgando sobre nuestra lengua castellana pisando el límite del actual Canadá hasta la Patagonia, en una forja sin igual en otro continente. Esas columnas de nuestra identidad, nos permitieron defender nuestra soberanía política, buscar la justicia social e intentar la independencia económica y a la vez, unificar el globo terráqueo, construir una civilización y rescatar a pueblos de la barbarie.

Sin España, las tribus naturales se hubiesen extinguido, pues no llevaban un desarrollo paralelo a sus primos asiáticos, estaban en un punto de decadencia y con la pirámide poblacional severamente invertida o en riesgo de tal condición. Fueron decayendo hasta no reconocerse entre ellos y matarse y dominarse, esclavizarse e incluso comerse unos a otros.

Aquí sólo habría quedado una tierra yerma de tribus dispersas, que posiblemente hubiese sido ocupada por los británicos quienes las habrían extinguido o esclavizadosegún intereses de momento, hasta no dejar testigos de sus atrocidades, o por Rusia que llegó hasta Alaska o por chinos, si los primeros que cruzaron por Bering o por mar, hubiesen podido regresar a Asia. ¿Qué hubiese sido del Nuevo Mundo poblado por rusos, chinos, ingleses y sus socios holandeses? No lo sabremos nunca.

Pero fue voluntad de Dios, ese Dios pescador de almas e hijo de un carpintero pobre, aunque de sangre real y enemigo de la usura que, gracias a la América hispana, Occidente fuera católico y no pagano, ni ortodoxo ruso ni mucho menos confucionista. La historia fue así. Y en ese discurrir, hubo hazañas, progresos, abusos, alegrías y desgracias, héroes y pusilánimes, generosos y avaros, santos y pecadores, como lo es la humanidad desde el pecado original. Disneylandia es solo un juego, en la realidad no existe y las utopías nos alejan de lo bueno, no nos hacen caminar, sino retroceder, por lo general de manera sangrienta como lo demuestra la historia. Nuestro mundo nuevo, no fue una utopía, fue una realidad efectiva. Pero cada vez que se pudo,

España puso límites tanto a la barbarie indígena que terminó por abandonar la antropofagia y los sacrificios humanos, como al abuso de los encomenderos, muchos de los cuales, se duda que fuesen auténticamente españoles de fe y de origen.

Las Leyes de Indias que protegían a los pueblos indígenas fueron la base del Derecho Internacional, así que aún con abusos, las cosas se hicieron mejor de lo que estaban y de lo que habrían realizado los ingleses u holandeses, poco proclives a respetar vidas ajenas, pero sí a pagar plumas vernáculas para denostar a nuestra civilización.

¡Recordemos, estimados compatriotas, que los verdaderos abusos hacia los naturales, provinieron de los revolucionarios que les quitaron las tierras, a partir de mayo de 1810, en nombre de un igualitarismo que ellos no practicaron, sino que se enriquecieron sirviendo a Londres!

Y prueba de eso fue que la mayoría de las tropas realistas estuvieron formadas por negros e indios libres, incluso algunos, y no pocos, con grado de generales que, sin dar un paso atrás ni ceder a los cantos de sirenas seudo libertadores, pagaron con sus vidas su fidelidad a un ideario de civilización cristiana.

IV. La verdadera derrota de los nativos.

Aquí el genocidio contra el indio comenzó a partir de 1810 a punto tal que la burguesía independentista uruguaya exterminó a los charrúas por 1830, llegando incluso a vender a sus últimos indios a un zoológico belga, donde el pueblo católico luchó por liberarlos y finalmente socorrerlos con éxito, quedándose en esas tierras lejanas donde sobrevivieron. Y lo mismo trataron los revolucionarios de mayo, que en nombre de una falsa igualdad, les quitaron a los aborígenes sus derechos de propiedad.

Por eso y con justa razónlos aborígenes americanos lucharon en el ejército realista llegando incluso a las más altas jerarquías militares. Los indios guajiros, varios caciques, incluso con grado de general como Agustín Agualongo en Nueva Granada (actual Colombia); en Perú el cacique Antonio Huachaca; en Venezuela, el cacique Dionisio Cisneros; en Chile, el cacique Vicente Benavídez y luego los hermanos Pincheira liderando a los últimos indios libres de la isla de Chiloé al sur de Chile, todos ellos eran partidarios del rey, que les reconocía sus tierras y era custodio de sus libertades y por eso se opusieron a la Independencia, mientras que parte de las tropas libertadoras de tierra y mar, estaban formadas por británicos, por negros a cambio de su libertad y por leva obligatoria. Y el dinero “libertador”, era británico o era nuestro pero robado por los británicos.

“La España nos ha hecho la guerra con hombres criollos, con dinero criollo, con provisiones criollas, con frailes y clérigos criollos y con casi todo criollo.” afirmaba Germán Roscio a Bolívar en 1820. Mientras que Bolívar (2) lo hizo con armas, dinero, soldados, marinos y flota inglesa.

Unos cinco mil hombres componían la Legión Británica, supuestamente un cuerpo mercenario independiente de Londres, aunque compuesto por oficiales y soldados veteranos de las guerras napoleónicas y de la segunda guerra contra los Estados Unidos. Su tamaño y su profesionalidad, fueron fundamentales para la balcanización americana que nos dividió en 30 estados, hoy muchos de ellos, en el Caribe, ya son definitivamente británicos.

Y si, en Sudamérica casi todos los indios, junto a negros y miles de gauchos, se pusieron de parte del rey, fue porque, pese a que éste no era un santo, tampoco era un perverso.Fernando VII encarnaba un orden social cristiano diferente al expolio protestante inglés, al cual luego, los pueblos americanos fueron todos expuestos a partir de la batalla de Ayacucho y de la firma del Tratado de amistad, comercio y navegación con Inglaterra en 1825, que nos sojuzgó y endeudó para siempre, comenzando un libre comercio apoyado con buques y cañones ingleses, que se utilizaban cuando nos queríamos retobar, robando nuestra moneda de plata que Inglaterra resellaba con la imagen de su rey e imponiéndonos para el comercio una moneda, la libra, incomparablemente inferior a la que teníamos con España. Por eso el rey era mejor que la nueva administración de los criollos, descendientes de los conquistadores.

Igualmente, a veces este apoyo al rey, les hace parecer torpes o apátridas, en parte por la propaganda criolla histórica de corte liberal, que llega hasta la actualidad. Lo cierto es que los indios, al menos los jefes, estaban totalmente al corriente de las novedades políticas, como la Constitución de Cádiz. Para ellos, como en el Perú, lo ideal era acabar con el tributo indígena, cosa que los últimos virreyes hicieron.

Desgraciadamente, perdieron la guerra, y el cercano gobierno de los nuevos criollos liberales fue absolutamente opresivo, diferente al ejercido con indulgencia, por el monarca católico a miles de kilómetros desde Madrid. Pero la historia la escriben los que ganan…

V. ¿Progreso o retroceso?

¿Hemos avanzado en estos doscientos años o nos fuimos dividiendo con un siglo XIX pleno de guerras internas continuadoras de la gran guerra civil que significó el habernos dividido en veinticinco países? ¿Somos más fuertes que cuando juntos conformábamos una potencia con moneda única que circulaba hasta en oriente y África, o lo somos ahora con monedas depreciadas continuamente y sin peso internacional entre las naciones más poderosas?

El nivel de vida en las naciones del imperio era tan alto como en Europa, cosa que nunca más volvió a ocurrir salvo los interregnos de las guerras mundiales.

Alexander von Humboldt, el gran explorador mundial, fue testigo de la felicidad de los pueblos hispánicos y así lo expresó en sus memorias: “no veo pueblos más felices, que aquellos gobernados por España”. El libertador de Filipinas, general Aguinaldo, afirmó con tristeza y arrepentimiento, que luego de 1898 dejaron el imperio para ser un mercado de consumo americano.

Actitud que antes tomaron otros ‘libertadores’Bolívar dijo que había arado en el mar y San Martín hablaba pestes de una falsa libertad conseguida. Belgrano también escribe líneas de arrepentimiento: “yo veía tiranos en todas partes”, decía el creador de la bandera. En algún período, bastante prolongado de la historia, fuimos [está citando a la Hispanidad] la primera potencia global. Esa condición fue la que perdimos. Y lo sabemos, o lo intuimos y por eso ponemos tanto énfasis en contrarrestar nuestras frustraciones poniendo todo nuestro entusiasmo nacional en un campeonato mundial, de lo que sea, si es en fútbol mejor y si le ganamos a Inglaterra que lo inventó, más que mejor, pues el pueblo argentino sospecha por donde viene la mano que nos golpea.

Hoy estamos en el umbral de una nueva secesión territorial y nadie reacciona sino que critica 1492 sin ver que desde 1982 nos quitaron parte del Mar Argentino, islas y Antártida. Y lo siguen haciendo, avanzando sobre nuestros intereses. Y esa quita, sobre todo la antártica, no es a los argentinos y chilenos nada más, es a todos los pueblos hispanoamericanos que, desunidos somos cada vez, notoriamente más débiles.

En dos siglos, pocas veces se pudo sublevar el subsuelo de la patria formada con estas Españas americanas. Y los que lo intentaron terminaron fusilados o perseguidos, denostados, difamados y mutilados hasta después de muertos.

Por eso, antes de renegar de lo que somos, por no saber siquiera cuál es nuestra verdadera identidad nacional, meditemos un momento y valoremos que, si este continente logró el mestizaje, fue gracias a esa magnífica columnata española formada por España, Roma, Grecia, Tierra Santa y los naturales americanos que lograron conformarse en un nuevo continente con identidad propia durante tres siglos, donde nuestra lengua, religión y nuestra moneda, la onza castellana de plata, reinaron en todo el continente, parte de África, Filipinas, China, India e islas de Asia.

Como dijo el padre Castañeda, “por Castilla fuimos gente”. Con ese espíritu nacimos y nos hicimos hidalgos, que resumido nos lo enseña el lema de la Cruz de Asturias que dice: “Ese signo te protege; bajo ese signo el enemigo es vencido.”

Eso somos los argentinos, herederos de un imperio espiritual y terrenal a restaurar.
Empezamos a perder nuestra identidad a partir de los sucesos secesionistas producidos entre 1810 y 1825, que nos llevó a la fragmentación, a enfrentamientos en un salto al vacío y del vacío no se salta a ningún lado, se sale de él caminando sobre los pasos mal dados hasta recuperar el origen de nuestra identidad otorgada por España y así cumplir nuestro destino en la magna obra de Dios.

¿Está Argentina lista espiritualmente para enfrentar el Juicio divino a las naciones como se preparó Isabel la católica en Medina del Campo en 1504 al enfrentar sus últimos momentos luego de una vida de servicio a Dios y a su pueblo por Él encomendado? ¿O hemos abandonado la identidad heredada de nuestra estirpe? Hasta que no recuperemos las islas y la patria secuestrada en su identidad y territorio, no habremos completado la gesta de España.

Más, si llegó el fin de las naciones, como paso previo a la Parusía, Argentina, España y nuestras naciones hermanas, ya hemos dado un grito de fe en la historia que nos redimirá ante el juicio del Eterno.

VI. La unidad verdadera y su reconstrucción.

Hay una unidad exegética de Argentina y España, que grita dolorosa en Gibraltar y Malvinas, que se funden en la imagen protectora y maternal de la Inmaculada Concepción, de quién Manuel Belgrano y el rey Carlos III, fundador de nuestro virreinato del Río de la Plata, tomaron los colores para sus propias banderas. Y por lo tanto, esa unidad... no se olvida. Nuestra historia hoy incluye la bandera azul celeste y blanca, pero también las aspas de Borgoña que porta el Regimiento Patricios y se inicia con la bandera de Castilla y León en 1492. España y las Indias nacimos juntas en ese año. ¡No éramos estados preexistentes a esa fecha! como explica el profesor Tomás Pérez Vejo de la Universidad de México ¡Hasta nuestras lenguas nacieron en ese tiempo!

Pues en ese año Nebrija, le presentó a Isabel de Castilla “la más poderosa arma a los pies de su majestad”, la gramática castellana. Y a partir de la gesta del Nuevo Mundo, las lenguas de los nativos de este continente, pasaron de orales a escritas, agregando verbos, palabras, sintaxis y pensamiento abstracto, profundo y religioso.

Por eso, como dice la profesora Mónica Luar Ribeiro Nicoliello de la Banda Oriental: “¿No deberíamos considerar a las lenguas americanas como lenguas indígenas españolas por ser España quién las rescató y convirtió en lenguas escritas?
Estas lenguas son indohispanas porque cronológica y espacialmente se desarrollaron en el Reino de España e Indias, que formaba una unidad bajo la Monarquía hispánica. No existían como lenguas escritas antes del 1500; se formaron al calor de la cultura española, que unificó dialectos formando lenguas como el quechua, el nahuatl y el guaraní, que desde entonces han florecido y se han extendido. Y las lenguas indígenas hicieron su aporte al castellano con numerosas palabras y convirtiéndolo en español al darle universalidad.

Y me atrevo a agregar a los conceptos de la profesora Nicoliello que hoy, por la cantidad de hablantes, el español es una lengua americana que también se habla en Europa. La empresa de unificar al globo con escasos medios, poca información y muchas dificultades en menos de medio siglo, solo se entiende en las palabras esperanzadoras de José María Pemán, autor del himno de España al decir así: “Cuando hay que consumar/la maravilla /de alguna nueva hazaña /Dios estaba en un trono/y los ángeles que están junto a su silla/miran a Dios... y piensan en España”. 1492 ya fue y nos hizo nacer pero, las independencias ¿Eran necesarias? ¿Es posible separarse de uno mismo?

Me parece un imposible. Nadie se puede separar de lo que ya es. Vimos esa unidad en la guerra de 1982. En ese mismo coraje hispano criollo, que partió al combate un dos de abril, con la orden de recuperar esa parte irredenta del legado español a nuestra bendita Argentina. Y del mismo punto en que Magallanes desembarcó en nuestra tierra y que bautizó como Bahía San Julián para celebrar una misa en 1520. Nuestros halcones, siglos después, despegaron para batir a la insolente flota pirata, en un año glorioso donde concurrieron naciones hispánicas en nuestro socorro. ¡¡Que bella imagen de hermandad nos mostraban!! Y me llega a mi memoria la inmortal frase del teniente Estévez, héroe de la patria, que es una síntesis de lo que significa ser argentino, cuando en carta a su padre, le escribe: “Gracias por hacerme católico de sangre española”, uniendo en esas palabras y en una misma gloria, a la bandera argentina con las aspas de Borgoña. Lengua, religión, era y es nuestra civilización creadora de cultura y usos y costumbres encarnados en los hábitos, que bien transmitida es tradición y eso nos hace una nación. Por eso, debemos comprender que nacimos en Españas americanas de distinto nombre. Lo contrario, la desvalorización de nuestra raíz fundacional, nos niega, nos hace desaparecer. Las colectividades aportaron lo mejor de sí mismas que son sus almas, pero son colectividades, no son piedras fundacionales.

¡¡Pongamos manos a la obra para reconstruir la unidad de los pueblos hispánicos, que tenemos todo para no depender de nadie!! Sin independencia económica no hay soberanía política ni habrá justicia social en América. Y para eso es necesario recuperar nuestra identidad. Eso es posible si lo hacemos con esperanza, pues como nos habló el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en su enseñanza universal en aquella frase: “…como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles, confía en el tiempo que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.”

Nuestro único camino para salir de este atolladero histórico es reencontrar nuestras raíces que nos permitan volver a caminar en el sentido de un destino universal. Y para eso, debemos convertirnos en custodios de lo sagrado, del tesoro de la manifestación trascendente de la historia. Hasta ahora y desde hace doscientos años, nos comportamos como entrañables hobbits, algo indolentes con nuestro camino, en un discurrir histórico acomodaticio; con una visión aldeana de la política.

Y así nos fue, hemos llegado al pozo de la decadencia moral, sin aristocracia de pensamiento y sometidos a una dirigencia contumaz, de un igualitarismo chato y aplastante de toda virtud y carente de todo espíritu de entrega.

¿Creemos poder sobrevivir así en un siglo donde las distintas corrientes religiosas, culturales y políticas van a jugarse a fondo por el dominio mundial? Tenemos una Patagonia desguarnecida y con secesionismo mapuche a ambos lados de la cordillera, manejado por Inglaterra, en conveniencia de sus intereses, que (por las dudas) fortalecen su posición militar desde Malvinas. ¿Serán nuestra Patagonia y el sur de Chile, monedas de cambio entre las potencias?

Nos midieron el ataúd a todos los pueblos hispánicos en los siglos XVIII y XIX, lo clavetearon bien fuerte al decir de los ingleses que, a partir de la independencia, la América española sería de ellos y lo vuelven a hacer en el XXI.

Pues no solo nosotros perdimos numerosos territorios convertidos en nuevos países, sino que esos países nos perdieron a nosotros. España perdió a América y Filipinas y estas perdieron a España. Y ahora podemos perder mucho más.

¿Podremos revertir esta situación que comenzó allá por 1810? Sí, podemos sobrevivir... y ganar. Pero si reaccionamos como los hobbits de Tolkien que ante la adversidad, sacaron todo de dentro de ellos mismos, tomaron las riendas de su destino e impidieron que otros les sigan escribiendo su historia, decidiendo tomar los lápices del coraje y escribirla ellos mismos. Y nuestra historia es nuestra civilización cristiana. Si nos sostenemos de ella y nos paramos sobre ella, tendremos la visión que abarca más allá del horizonte.Debemos recuperar nuestras creencias religiosas, nuestra cultura, nuestras costumbres y tradiciones y pelear por ellas al grito de “Santiago y cierra España y las Españas”. Y convertirnos en “custos sacri” custodios de lo sagrado.
Por eso debemos decir.

¡¡Gracias Isabel, sierva de Dios y soberana de América!! ¡¡Gracias por darnos nuevos horizontes!! ¡¡Nuevos sueños vinieron contigo y viejos barbarismos desaparecieron en las Indias!!

Y quiero cerrar con la oración de los navegantes al alba, que en camino al Nuevo Mundo, rezaban esta plegaria que nos desnuda sus almas:

Bendita sea la luz y la Santa Veracruz,
Y el Señor de la Verdad y la Santa Trinidad
Bendita sea el alba y el Señor que nos la manda
Bendito sea el día y el Señor que nos lo envía. Amén.

Estimados amigos ¡Luchemos el buen combate, que de Dios es la victoria!
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Revista "Cruz del Sur".- Nº 14 de su año V, 2015
Pacheco n° 106, Martínez (B1640FEF).-
Partido de San Isidro. Provincia de Buenos Aires. Argentina.-

 

Vídeo "Ilumina el mundo en Navidad" (2')

 

Ayer, el Rector de UIC Barcelona donde trabajo, sabedor de mi interés por la figura de Jesucristo en el cine, me envió este vídeo para el blog. Se trata de una campaña titulada “Ilumina el Mundo” que quiere recuperar el significado profundo de la Navidad.

En el vídeo se hace patente que Jesús vino a nosotros en la oscuridad para traernos la luz. Y también que, de alguna manera, esa Luz sigue iluminando el mundo a través de los cristianos. Hay un profundo paralelismo entre la misericordia que mostró Jesús durante su caminar terreno y la misericorida que mostramos los cristianos en nuestro vivir diario: atendiendo a los enfermos, ayudando a los ancianos o discapacitados, consolando a los que sufren o enseñando a los que no saben somos ese Cristo que pasa en medio de los hombres.

La campaña se completa con una propuesta para cada día del mes de diciembre: 25 maneras de iluminar el mundo durante 25 días. Un buen recordatorio de lo que vamos a celebrar: la llegada de  Jesús, el Nacimiento de Dios Hombre, la irrupción de la Luz que brillará con fuerza el día de Navidad.

 

 

 

Sólo porque está preocupado por nuestra salud

Montoro nos sube los impuestos… sólo porque está preocupado por nuestra salud

 

La capacidad del ministro Montoro para subir impuestos alcanza ya límites insospechados. Tras pasarse media vida (especialmente en la oposición) quejándose de estas subidas, ha sido llegar al poder y engancharse a incrementar todo tipo de tasas e impuestos sin ningún pudor. Y cuando lo tiene, no pasa nada: lo oculta, como ha pasado ahora con ese nuevo impuesto al tratamiento de purines del que nadie sabía nada… hasta que alguien se ha leído la ley de acompañamiento del Presupuesto.

 

Y en pleno subidón, en una semana, como un drogadicto mira a las drogas o un niño a esas chucherías a las que Rajoy prometió (en falso) no subir los impuestos, se ha pegado un atracón de subidas que afecta a todo el mundo, especialmente -¡qué raro!- al agroalimentario.

 

A los purines se le suma el tabaco, el alcohol (contentos está en el Marco de Jerez al ver cómo son de los pocos vinos a los que les suben un 5%, sin olvidar a su brandy) y las bebidas azucaradas (no menos contentos están los remolacheros que, a este paso, no va a hacer falta que se acaben las cuotas para ver que sus cultivos van a ser una ruina).

 

Pero la mayor capacidad del ministro de Hacienda no es incrementar los impuestos, sino su forma de justificarlos. Desde cambiarles el nombre para que no parecieran lo que eran hasta justificar por motivos de salud una subida como la del alcohol y tabaco, aunque especialmente llamativa es la de las bebidas azucaradas, que lo hace para salvar nuestras vidas de la obesidad.

 

Vamos, que además de subirnos los impuestos Montoro nos llama gordos. Menos mal que lo tenemos a él, que si no nuestra vida sería un horror, todo el día fumando, bebiendo y hasta echando purines. Gracias a él ahora seremos más sanos. Más pobres también, pero mucho más saludables.

 

Aunque lo más jodido es que nos sube los impuestos porque se lo ‘manda’ la Merkel… que ya está gorda, con perdón. De Agroinformación

 

Jesús Domingo

 

 

 

Se nota a faltar cierta catolicidad 

“Los pueblos se hacen grandes cuando están abiertos al mundo. Cuando más vivo está un país más se abre”, leía hace unos días. Esa apertura, ciertamente, tiene que realizarse con un orden. Es necesario ordenar el proceso de mestizaje que domina la historia, ahora acelerado por la globalización. La integración del que viene de fuera requiere responsabilidad. Pero es una quimera pensar que el mestizaje se puede detener. 

Los que vienen de fuera pueden ayudar a regenerar a las naciones, les obligan a repensar sus fundamentos, enriquecen sus empobrecidos recursos demográficos. Estados Unidos quizás sea uno de los ejemplos más claros de un mestizaje fecundo. 

Absolutizar el valor de la nación, idolatrarla como si fuera el último referente en la vida de las personas, eso pasa no sólo en EEUU i Gran Bretaña, lo estamos sufriendo en España (Cataluña por ejemplo), sino supone volver a una situación similar a la que precedió a la aparición del cristianismo en la historia. El cristianismo desacralizó las naciones, las sometió a la catolicidad, a la universalidad.

Jesús Martínez Madrid

 

 

¿Libertad religiosa?

Un 20% de los 196 países analizados por el Informe de Ayuda a la Iglesia Necesitada sufre graves violaciones del derecho a la libertad religiosa. El cristianismo sigue siendo la religión más perseguida, y el radicalismo islamista se ha convertido en la principal amenaza. 

Como terrible botón de muestra, este año ha estado en la presentación del Informe Jean Abdou Arbach, el arzobispo greco-católico de Homs, en Siria. Su testimonio ha sido conmovedor: sólo en Homs han registrado 420 mártires cristianos. Sin tapujos, ha puesto sobre la mesa que los ataques contra las minorías religiosas en Oriente Medio revelan una pretensión de aniquilación total. 

Este Informe debería hacernos ser conscientes de que no podemos quedarnos quietos y callados ante lo que está sucediendo, en muchas ocasiones con el silencio cómplice de los grandes medios y de las cancillerías, que prefieren poner el foco en otros asuntos.

Juan García.

 

 

IDEOLOGÍA DE GÉNERO.

El hombre, desprovisto del sentido de la ética, conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida, puede ser capaz de acabar con la humanidad en el planeta Tierra.

¿Es exagerado aplicar esta afirmación a la ideología de género? Creo que no, ya que ésta se ceba en la persona y en las estructuras que faciliten sus fines –el matrimonio entre un hombre y una mujer, la familia, el derecho a la vida del no nacido, a la libertad de enseñanza- destruyendo el ser natural de la persona y rehaciéndola “a su imagen y semejanza”. A esto se le llama "jugar a ser Dios".

 La ideología de género pregona –y anima mediante leyes ad hoc- a que cada ser humano –en contra de su propia estima y dignidad- “elija” si quiere ser hombre, mujer o neutro… Pese a la gravedad del asunto, no me resisto a considerar el problema que se les viene encima a los creadores de moda…

Urge que los padres y los educadores hagamos frente a esta pandemia con el arma de la verdad y de nuestro propio testimonio.

 

                                                                   Amparo Tos Boix, Valencia.

 

POBREZA Y RIQUEZA: ¿CÓMO DEFINIR AMBAS?

 

            Viejo es el dicho o axioma español que afirma una verdad innegable: “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. Tampoco es corto de miras ese dicho anónimo que asevera lo siguiente: “Era tan pobre tan pobre, que sólo tenía dinero”. Aquí se valora la soledad del avariento que comido por sus ansias de caudales, vive en la soledad y sólo piensa en acumular oro, única obsesión de su triste vida.

            Pero como el empobrecimiento ha invadido con una rapidez pasmosa, al opulento mundo rico, surgen las controversias, los debates, los gritos y clamores, por lo que no es otra cosa que ver como irremisiblemente ese poder adquisitivo hasta ayer mismo, bastante opulento… empieza a bajar escalones y no se ven soluciones, sencillamente por que de momento, no las hay… “los milagros no existen”.

Pobreza y riqueza son dos palabras que profundizando en su contenido, nada significan; puesto que en una tribu africana, quizá sea rico quién posea 50 vacas o 100 cabras. En el desierto del Sáhara, puede ser rico quién tenga 50 dromedarios. Curiosamente en esos lugares no hay pobres puesto que la  solidaridad de la tribu, es muy superior a la que empleamos los que nos autotitulamos civilizados. Pero simplificando; se puede considerar rico en cualquier lugar del mundo, aquel que tiene casa propia, abrigado y nutrido  su cuerpo y un trabajo que le agrade realizar cada día; teniendo tiempo para desarrollar su entretenimiento; ocio y aficiones que le satisfagan espiritualmente; y todo ello con bastante poco se logra y lo vemos, con la alegría de esos niños y sus juegos, si nos fijamos en ello cuando dan algunos documentales.

         Pero la riqueza en el mundo denominado civilizado puede ser insaciable, o sea enfermiza y avariciosa de tal manera, que esa riqueza va creando la pobreza consiguiente y que ya previniera de ella Pitágoras con  sus consejos a los jóvenes; a los que entre muchas otras máximas muy positivas, decía: . No aspiréis jamás a la vanidad de ser ricos; contribuiríais a que hubiese más pobres.

         La pobreza en este mundo de opulencias, es simplemente y como antes he indicado;  el ir bajando escalones en el consumo, sin aceptar los nuevos estadios que las circunstancias permitan y que a algunos lleva a la degradación o incluso al suicidio;  cosas estas bastante “raras” en el denominado “mundo  pobre”.

          Contrariamente a lo solidario de las tribus arriba indicadas, aquí en nuestro “mundo rico”… no hay solidaridad; aquí lo que sobran son ladrones de todo tipo, empezando por los gobernantes... aquí hay limosnas como mucho y generalmente, criticar la otra pobreza que nos enseñan en los informativos; y mirar para otro lado... todo ello, sobrecogidos no por lo que vemos en los otros, sino por el miedo de que ello nos pueda alcanzar a nosotros; que infelizmente, estamos mucho más indefensos que esos “salvajes”, cuyo bienestar lo encuentran en su entorno, si es que los dejan vivir en su natural ambiente; que y como ocurre ahora en el Congo… un país inmenso y rico, lo han asolado las guerras promovidas por el robo de materias primas, que interesan a los países denominados “ricos” y a esos pobres nativos; no les dejan ni sus primitivas formas de vida y subsistencia, con las que en su mentalidad, se hubieran considerado felices y sin nunca haber conocido, “a los civilizados occidentales”.

    Esa es la realidad que yo veo en "eso que se dice es el mundo rico y el mundo pobre".    

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo: www.jaen-ciudad.es (allí más)