Las Noticias de hoy 29 Junio 2023

Enviado por adminideas el Jue, 29/06/2023 - 10:48

 

La oración dona una gran paz, pero a través de un combate interior» - Opus  Dei

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 29 de junio de 2023     

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: Se gasta dinero en armas y no en alimentos

Francisco: Que la querida Ucrania encuentre pronto la paz

SAN PABLO, APÓSTOL : Francisco Fernandez Carbajal

29 de junio: San Pedro y San Pablo

29 de junio: San Pedro y San Pablo

San Pedro y San Pablo, apóstoles : San Josemaria

«Educar es ayudar a pensar bien, sentir bien y a hacer el bien»

Homilía del prelado para la memoria litúrgica de san Josemaría

La ternura de Dios (VII): Devuélveme la alegría de tu salvación : Carlos Ayxelà

¿Sabes quién era Simón Pedro el primer Papa de la Iglesia Católica? :

Pedro Cantero Cuadrado

Padres y madres educan diferente, y eso es bueno : LaFamilia.info 

Trascendencia de la paternidad : Ana Teresa López de Llergo

La queja…aleja : Lucía Legorreta

La ideología de gender o género : Jutta Burggraf,

Creación de embriones humanos sintéticos: excediendo los límites : Julio Tudela, Lucía Gómez-Tatay

Aborto y Estado de Derecho : Juan Garcia

Ante el drama de la natalidad: Jesús Domingo Martínez

Servicio al bien común : JD Mez Madrid

Los españoles y la religión : José Morales Martín

Papado, unidad y sinodalidad : Ramiro Pellitero

 

ROME REPORTS

 

El Papa: Se gasta dinero en armas y no en alimentos

Francisco reanudó la audiencia general tras la cancelación de la anterior para facilitar la recuperación postoperatoria. La catequesis está dedicada a la santa australiana Mary MacKillop, que se dedicó a la educación de los pobres: "Su objetivo era el crecimiento humano y no llenar la cabeza de ideas".

 

Salvatore Cernuzio - Ciudad del Vaticano 

Es casi una ecuación: "No hay santidad si de un modo u otro no se atiende a los pobres, a los necesitados, a los que están un poco al margen de la sociedad". Y en un mundo como el de hoy, herido por las guerras y la violencia, esta advertencia se aplica aún más: "El dinero se gasta en hacer armas, y no en producir alimentos".

El Papa Francisco vuelve a la Plaza de San Pedro para la audiencia general de los miércoles: la primera después de la operación del 7 de junio (la del 21 de junio había sido cancelada para facilitar la recuperación del Pontífice), la última antes de la pausa estival de julio.

Recibido con aplausos, el Papa hizo el recorrido habitual en el Papamóvil, permitiendo incluso subir a bordo a algunos niños. Después, tras llegar al palco de la Parvis, dirige unas palabras con sus propias palabras a los numerosos fieles congregados a pesar del bochorno: "Hoy tenemos que ser un poco pacientes, con este calor.... Y gracias por venir, con este calor, con este sol. Muchas gracias por su visita".

El celo de Mary MacKillop

La catequesis continúa el ciclo inaugurado el mes pasado sobre el tema del "celo apostólico", centrado hasta ahora en figuras "ejemplares" de hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares que han dado su vida por el Evangelio. Y después del misionero jesuita Matteo Ricci, del mártir coreano san Andrés Kim Tae-gon y de santa Teresa de Lisieux, la reflexión de hoy del Papa está enteramente dedicada a Mary MacKillop (1842-1909), santa australiana, fundadora de las Hermanas de San José del Sagrado Corazón, comprometida toda su vida en la formación intelectual y religiosa de los pobres de la Australia rural. Ejemplo, sobre todo, de una educación orientada al "crecimiento humano y espiritual" de los alumnos y no a "llenarles la cabeza de ideas". Una visión, la de la santa, "plenamente actual hoy, cuando sentimos la necesidad de un 'pacto educativo' capaz de unir a las familias, a las escuelas y a toda la sociedad", subrayó el Pontífice.

La educación, 'una gran forma de evangelización'

 

27/06/2023En julio se suspenden todas las audiencias del Papa por la pausa de verano

 Mary MacKillop, afirma, es uno de los "abundantes frutos" que tantos emigrantes europeos han traído a las numerosas islas, grandes y pequeñas, de Oceanía. Nacida cerca de Melbourne, hija de emigrantes escoceses, de joven sintió la llamada de Dios "a servirle y a testimoniarle no sólo con palabras", sino sobre todo con su vida: "María estaba convencida de que ella misma era enviada a difundir la Buena Nueva y a atraer a los demás al encuentro con el Dios vivo", dice el Papa Francisco. Esta vocación se concretó en su servicio a la educación de los jóvenes, "consciente de que la educación católica es una forma de evangelización". "Es una gran forma de evangelización", subraya el Papa.

Si podemos decir que "todo santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio", Mary MacKillop lo ha sido especialmente a través de la fundación de escuelas. 

Los pobres protagonistas

En particular, su celo por el Evangelio consistía en ocuparse de los pobres y marginados: "Y esto -señala el Papa- es muy importante: en el camino de la santidad, que es el camino cristiano, los pobres, los marginados son protagonistas y una persona no puede avanzar en la santidad si no se dedica también a ellos, de una manera o de otra. Pero son la presencia del Señor, los que necesitan la ayuda del Señor".

Una vez leí una frase que me impactó; decía así: "El protagonista de la historia es el mendigo: ellos son los que llaman la atención sobre esta gran injusticia, que es la gran pobreza en el mundo. El dinero se gasta en hacer armas, no en producir alimentos. Y no lo olvidéis: no hay santidad si de un modo u otro no se atiende a los pobres, a los necesitados, a los que están un poco al margen de la sociedad". 

La educación no consiste en llenarse la cabeza de ideas

La misma conciencia impulsó a Mary MacKillop a "ir donde otros no querían o no podían ir". El 19 de marzo de 1866, día de San José, abrió la primera escuela en un pequeño suburbio del sur de Australia. Siguieron muchas otras que ella y sus hermanas fundaron en comunidades rurales de Australia y Nueva Zelanda. "El celo apostólico es así: multiplica las obras", señaló el Papa. "Mary MacKillop estaba convencida de que la finalidad de la educación es el desarrollo integral de la persona como individuo y como miembro de la comunidad; y que esto requiere sabiduría, paciencia y caridad por parte de cada maestro".

“La educación, en efecto, no consiste en llenar la cabeza de ideas, sino en acompañar y animar a los alumnos en el camino del crecimiento humano y espiritual, mostrándoles cómo la amistad con Jesús resucitado ensancha el corazón y hace la vida más humana. Educar y ayudar a pensar bien, a sentir bien (el lenguaje del corazón) y a hacer bien (el lenguaje de las manos). Esta visión es plenamente actual hoy, cuando sentimos la necesidad de un "pacto educativo" capaz de unir a las familias, a las escuelas y a toda la sociedad.”

Rechazo y oposición

No sólo entre los jóvenes, sino también entre los pobres, Mary MacKillop emprendió otras obras de caridad, empezando por la "Casa de la Providencia", abierta en Adelaida para acoger a ancianos y jóvenes abandonados. "Mary tenía mucha fe en la Providencia de Dios: siempre confiaba en que en cualquier situación Dios provee. Pero esto no la libraba de las angustias y dificultades derivadas de su apostolado". Tenía buenas razones para ello, observa Francisco: "Tenía que pagar las facturas, tratar con los obispos y sacerdotes locales, gestionar las escuelas y ocuparse de la formación profesional y espiritual de sus Hermanas; y, más tarde, problemas de salud. Sin embargo, a pesar de todo, mantuvo la calma, cargando pacientemente con la cruz que forma parte integrante de la misión".

El santo 'no se rindió en tiempos de prueba y oscuridad': 'Todos los santos han tenido oposición, incluso dentro de la Iglesia. Es curioso. Y ella también la tuvo", dice el Papa. Incluso "cuando su alegría se vio empañada por la oposición y el rechazo", MacKillop seguía convencida de que el Señor "pronto respondería a su grito y la rodearía de su gracia". "Este es el secreto del celo apostólico", señala el Papa Francisco.

Ejemplo para padres, profesores, catequistas

Que su ejemplo hable a los creyentes de hoy: "El discipulado misionero de Santa Mary MacKillop, su respuesta creativa a las necesidades de la Iglesia de su tiempo, su compromiso en la formación integral de los jóvenes nos inspiran hoy a todos nosotros, llamados a ser fermento del Evangelio en nuestras sociedades en rápida transformación", es el deseo del Pontífice.

“Que su ejemplo y su intercesión sostengan el trabajo cotidiano de padres, maestros, catequistas y de todos los educadores, por el bien de los jóvenes y por un futuro más humano y esperanzador.”

 

Francisco: Que la querida Ucrania encuentre pronto la paz

En los saludos después de la catequesis, el Papa encomendó a la población del país en conflicto a la intercesión de los santos Pedro y Pablo, cuya solemnidad se celebra mañana 29 de junio. El Pontífice reiteró la necesidad de un pacto educativo y pidió apoyo para quienes se dedican al "bien de la juventud con vistas a un futuro de paz y fraternidad".

 

Francesca Sabatinelli - Ciudad del Vaticano

Sean testigos concretos del Evangelio para aquellos que sufren la pobreza y la guerra en Ucrania. Fue el pedido del Papa en los saludos al término de la catequesis, dirigiéndose a los fieles de lengua polaca e italiana, recordando que mañana, 29 de junio, se celebra la solemnidad de los santos Pedro y Pablo. Francisco encomendó a la intercesión de los dos Apóstoles a "la querida población ucraniana, para que vuelva a encontrar pronto la paz".

Hay tanto sufrimiento en Ucrania, no lo olvidemos

La necesidad de un "pacto educativo"

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Francisco volvió, tras la catequesis, a la figura de la monja australiana Santa Mary MacKillop, fundadora de las Hermanas de San José del Sagrado Corazón, reiterando su celo apostólico y la importancia de sus obras de caridad "como la fundación de escuelas y casas para los más necesitados, especialmente en las zonas rurales". En un momento en el que es evidente la necesidad de "un pacto educativo que una a las familias, a las escuelas y a toda la sociedad", explicó Francisco, el apostolado de MacKillop "sigue siendo muy actual". El Papa pidió que se apoye la labor de padres, profesores y todos aquellos que se dedican a la educación y al "bien de la juventud con vistas a un futuro de paz y fraternidad", y que se trabaje, a la manera de la santa, "por el desarrollo humano de todos, especialmente de los más vulnerables, para construir una sociedad más justa y fraterna".

 

 

SAN PABLO, APÓSTOL

Solemnidad

— El Señor elige a los suyos.

— Llamada de Dios y vocación apostólica.

— El apostolado, una tarea sacrificada y alegre.

I. ¿Qué he de hacer, Señor?1, preguntó San Pablo en el momento de su conversión. Le respondió Jesús: Levántate, entra en Damasco y allí se te dirá lo que has de hacer. El perseguidor, transformado por la gracia, recibirá la instrucción cristiana y el Bautismo por medio de un hombre –Ananías–, según las vías ordinarias de la Providencia. Y enseguida, teniendo a Cristo como lo verdaderamente importante de su vida, se dedicará con todas sus fuerzas a dar a conocer la Buena Nueva, sin que le importen los peligros, las tribulaciones y sufrimientos y los aparentes fracasos. Sabe que es el instrumento elegido para llevar el Evangelio a muchas gentes: Aquel que me escogió desde el seno materno y me llamó a su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles...2, leemos en la Segunda lectura de la Misa.

San Agustín afirma que el celo apasionado anterior a su encuentro con Cristo era como una selva impracticable que, siendo un gran obstáculo, era sin embargo el indicio de la fecundidad del suelo. Luego, el Señor sembró allí la semilla del Evangelio y los frutos fueron incontables3. Lo que sucedió con Pablo puede ocurrir con cada hombre, aunque hayan sido muy graves sus faltas. Es la acción misteriosa de la gracia, que no cambia la naturaleza sino que la sana y purifica, y luego la eleva y la perfecciona.

San Pablo está convencido de que Dios contaba con él desde el mismo momento de su concepción, desde el seno materno, repite en diversas ocasiones. En la Sagrada Escritura encontramos cómo Dios elige a sus enviados incluso antes de nacer4; se pone así de manifiesto que la iniciativa es de Dios y antecede a cualquier mérito personal. El Apóstol lo señala expresamente: Nos eligió antes de la constitución del mundo5, declara a los primeros cristianos de Éfeso. Nos llamó con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su designio6, concreta aún más a Timoteo.

La vocación es un don divino que Dios ha preparado desde la eternidad. Por eso, cuando el Señor se le manifestó en Damasco, Pablo no pidió consejo «a la carne y a la sangre», no consultó a ningún hombre, porque tenía la seguridad de que Dios mismo le había llamado. No atendió a los consejos de la prudencia carnal, sino que fue plenamente generoso con el Señor. Su entrega fue inmediata, total y sin condiciones. Los Apóstoles, cuando escucharon la invitación de Jesús, también dejaron las redes al instante7 y, relictis omnibus, abandonadas todas las cosas8, se fueron tras el Maestro. Saulo, antiguo perseguidor de los cristianos, sigue ahora al Señor con toda prontitud.

Todos nosotros hemos recibido, de diversos modos, una llamada concreta para servir al Señor. Y a lo largo de la vida nos llegan nuevas invitaciones a seguirle en nuestras propias circunstancias, y es preciso ser generosos con el Señor en cada nuevo encuentro. Hemos de saber preguntar a Jesús en la intimidad de la oración, como San Pablo: ¿qué he de hacer, Señor?, ¿qué quieres que deje por Ti?, ¿en qué deseas que mejore? En este momento de mi vida, ¿qué puedo hacer por Ti?

II. Dios llamó a San Pablo con signos muy extraordinarios, pero el efecto que produjo en él es el mismo que ocasiona la llamada específica que Dios hace a muchos para que le sigan en medio de sus tareas seculares. A todos los cristianos llama el Señor a la santidad y al apostolado; se trata de una vocación exigente, en muchos casos heroica, pues el Señor no quiere seguidores tibios, discípulos de segunda fila. Pero a algunos, permaneciendo en sus propios quehaceres del mundo, Cristo les llama a una particular entrega para extender su reinado entre todos los hombres. Y cada uno, respondiendo a la vocación específica a la que ha sido llamado, si quiere ser discípulo del Maestro, ha de tener un sentido apostólico de la vida que le llevará a no dejar ninguna oportunidad de acercar a otros a Cristo, que es, a la vez, llevarlos a la alegría, a la paz, a la plenitud.

El apostolado fue en Pablo, y lo es en cada cristiano que vive su vocación, parte de su vida o, mejor, su vida misma; el trabajo se convierte en apostolado, en deseos de dar a conocer a Cristo, y lo mismo el dolor o el tiempo de descanso..., y a la vez este celo apostólico es el alimento imprescindible del trato con Jesucristo. Conocer al Señor con intimidad lleva forzosamente a comunicar este hallazgo: es la «señal cierta de tu entregamiento»9. Cuando seguir a Cristo es una realidad, llega «la necesidad de expandirse, de hacer, de dar, de hablar, de transmitir a los demás el propio tesoro, el propio fuego (...). El apostolado se convierte en expansión continua de un alma, en exuberancia de una personalidad poseída de Cristo y animada por su Espíritu; se siente la urgencia de correr, de trabajar, de intentar todo lo posible para la difusión del reino de Dios, para la salvación de los otros, de todos»10¡Ay de mí si no evangelizara!11, exclama el Apóstol.

Cuando llevamos la Buena Nueva a otros estamos cumpliendo el mandato que Cristo nos ha dado: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura12. Además, la vida interior queda enriquecida, como la planta que recibe el agua necesaria en el momento oportuno. San Pablo nos da hoy ejemplo y nos ayuda a hacer examen de ese interés vivo que tenemos para acercar a los demás un poco más a Dios. Identificado con Cristo –el descubrimiento supremo de su vida–, que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en redención por muchos13, el Apóstol se hace siervo de todos para ganar a los más que pueda. Con los judíos -les dice a los de Corinto- me hice judío, para ganar a los judíos... Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos14.

Hoy nosotros le pedimos un corazón grande como el suyo, para pasar por encima de las pequeñas humillaciones o de los aparentes fracasos que todo apostolado lleva consigo. Y le decimos a Jesús que estamos dispuestos a convivir con todos, a ofrecer a todos la posibilidad de conocer a Cristo, sin tener demasiado en cuenta los sacrificios y molestias que nos pueda acarrear.

III. San Pablo exhorta a Timoteo y a todos nosotros a hablar de Dios opportune et importune15, con ocasión y sin ella; es decir, también cuando las circunstancias sean adversas. Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad y se volverán a los mitos16. Parece como si el Apóstol estuviera presente en nuestros tiempos. Pero tú -señala a Timoteo, y en él a cada cristiano- sé sobrio en todo, sé recio en el sufrimiento, esfuérzate en la propagación del Evangelio, cumple perfectamente tu ministerio17. Los sacerdotes lo harán principalmente con la predicación de la palabra de Dios, con el ejemplo personal, con su caridad, con los consejos en el sacramento de la Penitencia. Los seglares –la inmensa mayoría del Pueblo de Dios–, ordinariamente a través de la amistad, con el consejo amable, con la conversación a solas con el amigo que parece que se aleja del Señor o con el que nunca estuvo cerca de Él... Y esto a la salida de la Facultad o del trabajo, en el mismo lugar donde se pasa el verano... Los padres con los hijos..., aprovechando el mejor momento o creando la ocasión...

Juan Pablo II alentaba a los jóvenes –y todo cristiano que tiene a Cristo permanece siempre joven en su corazón– a un apostolado vivo, directo y alegre: «Sed profundamente amigos de Jesús y llevad a la familia, a la escuela, al barrio, el ejemplo de vuestra vida cristiana, limpia y alegre. Sed siempre jóvenes cristianos, verdaderos testigos de la doctrina de Cristo. Más aún, sed portadores de Cristo en esta sociedad perturbada, hoy más que nunca necesitada de Él. Anunciad a todos con vuestra vida que solo Cristo es la verdadera salvación de la humanidad»18.

Hemos de pedir hoy a San Pablo saber convertir en oportuna cualquier situación que se nos presente. Incluso «quienes viajan por motivo de obras internacionales, de negocios o de descanso, no olviden que son en todas partes heraldos itinerantes de Cristo y que deben portarse como tales con sinceridad»19, con la sinceridad que expresa un alma que ha constituido a Cristo como eje sobre el cual se organizan todos los demás asuntos de su vida. Hasta los niños –¡qué buenos instrumentos del Espíritu Santo pueden ser!– tienen su propia actividad apostólica, según señala el Concilio Vaticano II, pues «según su capacidad, son testigos vivientes de Cristo entre sus compañeros»20.

Es sorprendente, dichosamente sorprendente, la infatigable labor apostólica del Apóstol. Y quien verdaderamente ama a Cristo sentirá la necesidad de darlo a conocer, pues –como dice Santo Tomás de Aquino– lo que admiran mucho los hombres lo divulgan luego, porque de la abundancia del corazón habla la boca21.

Pidamos a Nuestra Señora –Regina Apostolorum– que cada vez comprendamos mejor que el apostolado es una tarea alegre, aunque sea sacrificada, y la gran responsabilidad que tenemos respecto a todos los hombres, y particularmente con los que cada día nos relacionamos.

1 Hech 22, 10. — 2 Gal 1, 15-16. — 3 Cfr. San Agustín, Contra Fausto, 22, 70. — 4 Cfr. Jer 1, 5; Is 49, 1-5; etc. — 5 Ef 1, 4. — 6 2 Tim 1, 9.— 7 Mt 4, 20-22; Mc 1, 18. — 8 Lc 5, 11. — 9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 810. — 10 Pablo VI, Homilía 14-X-1968. — 11 Cfr. 1 Cor 9, 16. — 12 Mc 16, 15. — 13 Mt 20, 28. — 14 Cfr. 1 Cor 9, 19-22. — 15 2 Tim 4, 2. — 16 2 Tim 4, 34. — 17 2 Tim 4, 5. — 18 Juan Pablo II, Homilía 3-XII-1978.  19 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 14. — 20 Ibídem, 12. — 21 Cfr. Santo Tomás, en Catena Aurea, vol. IV, p. 37.

 

29 de junio: San Pedro y San Pablo

La fiesta de San Pedro y San Pablo, cuyo nombre oficial es solemnidad conjunta de San Pedro y San Pablo es la conmemoración del martirio en Roma de los apóstoles Simón Pedro y Pablo de Tarso. Se celebra el 29 de junio.

San Pedro y San Pablo. By Anonymous. Public Domain.

28/06/2023

1. Evangelio del 29 de junio: San Pedro y San Pablo

Comentario en la solemnidad de San Pedro y San Pablo. “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Después de Jesús y de la Virgen, el Santo Padre ocupa el puesto de honor en nuestro afecto, nuestra veneración y nuestras oraciones.

2. Cátedra de San Pedro

A través de dos mil años de historia, en la Iglesia se conserva la sucesión apostólica. Y, entre los Apóstoles, el mismo Cristo hizo objeto a Simón de una elección especial: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Pedro se traslada a Roma y fija allí la sede del primado, del Vicario de Cristo.

3. ¿Quién fue San Pablo y qué herencia dejó a la Iglesia?

¿Quién era Pablo de Tarso? San Pablo sufrió persecuciones y conoció su propia debilidad mientras predicaba la fe en el Resucitado. A cambio, no quiso otra cosa que la misericordia de Cristo.

4. Meditaciones: San Pedro y San Pablo 

Reflexión para meditar la fiesta de san Pedro y san Pablo. Los temas propuestos son: una Iglesia liberada por el encuentro con Cristo; Pedro: entregar la debilidad a Dios; Pablo: un corazón sin barreras.


12 textos de san Josemaría sobre el amor al Papa

El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo.

Amar a la Iglesia, 30

Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice–Cristo en la tierra, para el Papa. -Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre

Forja, 135

Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón.

Camino, 573

Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, videre Petrum, para ver a Pedro.

Camino, 520

Cada día has de crecer en lealtad a la Iglesia, al Papa, a la Santa Sede... Con un amor siempre más ¡teológico!

Surco, 353

Acoge la palabra del Papa, con una adhesión religiosa, humilde, interna y eficaz: ¡hazle eco!

Forja, 133

Que la consideración diaria del duro peso que grava sobre el Papa y sobre los obispos, te urja a venerarles, a quererles con verdadero afecto, a ayudarles con tu oración.

Forja, 136

La fidelidad al Romano Pontífice implica una obligación clara y determinada: la de conocer el pensamiento del Papa, manifestado en Encíclicas o en otros documentos, haciendo cuanto esté de nuestra parte para que todos los católicos atiendan al magisterio del Padre Santo, y acomoden a esas enseñanzas su actuación en la vida.

Forja, 633

Nuestra Santa Madre la Iglesia, en magnífica extensión de amor, va esparciendo la semilla del Evangelio por todo el mundo. Desde Roma a la periferia. Al colaborar tú en esa expansión, por el orbe entero, lleva la periferia al Papa, para que la tierra toda sea un solo rebaño y un solo Pastor: ¡un solo apostolado!

Forja, 638

Ofrece la oración, la expiación y la acción por esta finalidad: «ut sint unum!» –para que todos los cristianos tengamos una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo espíritu: para que «omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!» –que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María.

Forja, 647

María edifica continuamente la Iglesia, la aúna, la mantiene compacta. Es difícil tener una auténtica devoción a la Virgen, y no sentirse más vinculados a los demás miembros del Cuerpo Místico, más unidos también a su cabeza visible, el Papa. Por eso me gusta repetir: omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, ¡todos, con Pedro, a Jesús por María! Y, al reconocernos parte de la Iglesia e invitados a sentirnos hermanos en la fe, descubrimos con mayor hondura la fraternidad que nos une a la humanidad entera: porque la Iglesia ha sido enviada por Cristo a todas las gentes y a todos los pueblos.

Es Cristo que Pasa, 139

Esta Iglesia Católica es romana. Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terra como gustaba repetir Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima.

Contribuimos a hacer más evidente esa apostolicidad, a los ojos de todos, manifestando con exquisita fidelidad la unión con el Papa, que es unión con Pedro. El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros un hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo. Si tratamos al Señor en la oración, caminaremos con la mirada despejada que nos permita distinguir, también en los acontecimientos que a veces no entendemos o que nos producen llanto o dolor, la acción del Espíritu Santo.

Amar a la Iglesia, 28

 

29 de junio: San Pedro y San Pablo

Comentario en la solemnidad de San Pedro y San Pablo. “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Después de Jesús y de la Virgen, el Santo Padre ocupa el puesto de honor en nuestro afecto, nuestra veneración y nuestras oraciones.

29/06/2023

Evangelio (Mt 16,13-19)

Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:

—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Ellos respondieron:

—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.

Él les dijo:

—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Respondió Simón Pedro:

—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Jesús le respondió:

—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.

Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.


Comentario

Durante una de sus largas caminatas con los discípulos, Jesús les interrogó sobre la opinión pública acerca de su Persona. Después de ofrecer varias tentativas de respuesta, el Maestro les pregunta con gran pedagogía qué piensan ellos. Pedro se deja llevar entonces por el ímpetu amoroso y responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (v. 16). Esta confesión sobre la identidad del Maestro reveló designios divinos sobre la identidad y misión de Simón: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…” y “te daré las llaves del Reino de los cielos…” (vv. 18-19).

En el mundo antiguo, era muy común aprovechar la dureza y estabilidad de la roca madre para levantar sobre ella el resto de un muro, de una fortaleza, conectando así la obra natural con la arquitectónica. Y las ciudades antiguas estaban rodeadas de murallas y puertas de acceso, que se podían abrir y cerrar con llaves. Tener las llaves de una ciudad era ostentar el poder de decidir quién podía entrar o salir y cuándo. Por eso, el símbolo de la rendición de un enclave o plaza fuerte solía ser la entrega de sus llaves.

Lleno de asombro, Pedro escucharía al Mesías anunciando con solemnidad que él sería como esa roca madre, sobre la que Jesús alzaría su Iglesia; y que tendría el poder sobre las llaves del Reino, para decretar su acceso o vetarlo, influyendo así en el destino de la tierra como en el del mismo Cielo.

Este episodio y el lugar en el que sucedió quedaron grabados en la memoria de los apóstoles y consignado en los evangelios. Por voluntad del Señor, Pedro sería el líder de los doce y de la Iglesia, factor de unidad y eficacia para todos. Y los apóstoles, incluso los que habían conocido a Jesús antes que Pedro, los que quizá podrían reflejar mejor disposición o virtud a ojos humanos, asumieron con veneración y respeto esta voluntad del Maestro, como asumieron todas sus demás disposiciones y mandatos.

Más tarde, cuando Pedro negó a Jesús durante la pasión, comprobó que su liderazgo y eficacia eran prestados. Pero después de la Resurrección, esa posición de Pedro sería innegable y admitida por los cristianos, que rezaban juntos por Pedro (cfr. Hch 12). Por eso los cristianos tenemos el amoroso deber de rezar mucho por el Papa, sucesor de Pedro, y respetar su tarea al cuidado de la Iglesia como los apóstoles respetaron la primacía de Simón. A este respecto, comentaba san Josemaría: “Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice-Cristo en la tierra, para el Papa. —Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre”[1].

Cuenta el libro de los Hechos, que Dios eligió también como Apóstol a un joven fariseo de la tribu de Benjamín: Saulo de Tarso, perseguidor de cristianos. Gracias a la oración de Esteban (cfr. Hch 7,58ss.) y a la fina caridad de Bernabé (cfr. Hch 9,23), Pablo sería admitido en la Iglesia. Pablo era alguien que no conoció en vida a Jesús y que lo odió en sus seguidores. Pero también los apóstoles supieron reconocer humildemente en Saulo los designios sorprendentes de Dios y lo aceptaron como apóstol, igual que ellos, porque también él vio al resucitado y fue enviado a anunciarlo a todas las gentes.

La vida de estos dos grandes apóstoles nos enseña que, a pesar de las limitaciones propias y ajenas, Dios sabe realizar sus designios de amor; su gracia actúa siempre en los corazones. Lo que Dios pide para que haya fruto es la actitud de la Iglesia naciente: perseverar todos juntos en la oración, con María, la Madre de Jesús (cfr. Hch 1,12).


[1] San Josemaría, Forja, n. 135.

 

San Pedro y San Pablo, apóstoles

¡Animo! Tú... puedes. -¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde..., con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz? (Camino, 483)

29 de junio

Le dice Pedro: ¡Señor!, ¿Tú lavarme a mí los pies? Respondió Jesús: lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo entenderás después. Insiste Pedro: jamás me lavarás Tú los pies a mí. Replicó Jesús: si yo no te lavare, no tendrás parte conmigo. Se rinde Simón Pedro: Señor, no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza.

Ante la llamada a un entregamiento total, completo, sin vacilaciones, muchas veces oponemos una falsa modestia, como la de Pedro... ¡Ojalá fuéramos también hombres de corazón, como el Apóstol!: Pedro no permite a nadie amar más que él a Jesús. Ese amor lleva a reaccionar así: ¡aquí estoy!, ¡lávame manos, cabeza, pies!, ¡purifícame del todo!, que yo quiero entregarme a Ti sin reservas. (Surco, 266)

"Carga sobre mí la solicitud por todas las iglesias", escribía San Pablo; y este suspiro del Apóstol recuerda a todos los cristianos –¡también a ti!– la responsabilidad de poner a los pies de la Esposa de Jesucristo, de la Iglesia Santa, lo que somos y lo que podemos, amándola fidelísimamente, aun a costa de la hacienda, de la honra y de la vida. (Forja, 584)

 

 

«Educar es ayudar a pensar bien, sentir bien y a hacer el bien»

Continuando con su catequesis semanal sobre la evangelización, el Papa Francisco reflexionó sobre Mary MacKillop, una religiosa que dedicó su vida a la educación de los pobres en Australia a través de la fundación de escuelas y otras obras de caridad.

28/06/2023

Queridos hermanos y hermanas:

En esta serie de catequesis sobre el celo apostólico, estamos encontrando algunas figuras ejemplares de hombres y mujeres de todo tiempo y lugar, que han dado la vida por el Evangelio.

Hoy vamos lejos, a Oceanía, un continente formado por muchísimas islas, grandes y pequeñas. La fe en Cristo, que tantos emigrantes europeos llevaron a esas tierras, echó raíces pronto y dio frutos abundantes (cfr Exhort. ap. postsin. Ecclesia in Oceania, 6).

Entre ellos está una religiosa extraordinaria, santa Mary MacKillop (1842-1909), fundadora de las Hermanas de San José del Sagrado Corazón, que dedicó su vida a la formación intelectual y religiosa de los pobres en la Australia rural.

Mary MacKillop nació cerca de Melbourne de padres que emigraron a Australia desde Escocia. De niña, se sintió llamada por Dios a servirlo y testimoniarlo no solo con las palabras, sino sobre todo con una vida transformada por la presencia de Dios (cfr Evangelii gaudium, 259).

Como María Magdalena, que fue la primera en encontrar a Jesús resucitado y fue enviada por Él a llevar el anuncio a los discípulos, Mary estaba convencida de ser ella también enviada a difundir la Buena Noticia y a atraer a otros al encuentro con el Dios viviente.

Leyendo con sabiduría los signos de los tiempos, entendió que para ella la mejor forma de hacerlo era a través de la educación de los jóvenes, siendo consciente de que la educación católica es una forma de evangelización. Es una gran forma de evangelización. Así, si podemos decir que «cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 19), Mary MacKillop lo fue sobre todo a través de la fundación de escuelas.

Una característica esencial de su celo por el Evangelio consistía en cuidar de los pobres y los marginados. Y esto es muy importante: en el camino de la santidad, que es el camino cristiano, los pobres y los marginados son protagonistas y una persona no puede ir adelante en la santidad si no se dedica también a ellos, de una forma u otra. 

Estos, que necesitan de la ayuda del Señor, llevan la presencia del Señor. Una vez leí una frase que me impresionó; decía así: “El protagonista de la historia es el mendigo: los mendigos son aquellos que atraen la atención sobre la injusticia, que es la gran pobreza en el mundo”, se gasta el dinero para fabricar armas y no para producir comidas…. Y no olvidéis: no hay santidad si, de una manera u otra, no hay cuidado de los pobres, los necesitados, de aquellos que están un poco a los márgenes de la sociedad. Este cuidar de los pobres y de los marginados impulsaba a Mary a ir allí donde otros no querían o no podían ir. El 19 de marzo de 1866, fiesta de San José, abrió la primera escuela en un pequeño suburbio al sur de Australia. Le siguieron tantas otras que ella y sus hermanas fundaron en las comunidades rurales en Australia y Nueva Zelanda. Se multiplicaron, porque el celo apostólico hace así: multiplica las obras.

Mary MacKillop estaba convencida de que el propósito de la educación es el desarrollo integral de la persona tanto como individuo que como miembro de la comunidad; y que esto requiere sabiduría, paciencia y caridad por parte de todo profesor. 

En efecto, la educación no consiste en llenar la cabeza de ideas: no, no es solo esto. ¿En qué consiste la educación? En acompañar y animar a los estudiantes en el camino de crecimiento humano y espiritual, mostrándoles cuánto la amistad con Jesús Resucitado dilata el corazón y hace la vida más humana. Educar es ayudar a pensar bien: a sentir bien – el lenguaje del corazón – y a hacer bien – el lenguaje de las manos. Esta visión es plenamente actual hoy, cuando sentimos la necesidad de un “pacto educativo” capaz de unir a las familias, las escuelas y toda la sociedad.

El celo de Mary MacKillop por la difusión del Evangelio entre los pobres la condujo también a emprender otras obras de caridad, empezando por la “Casa de la Providencia” abierta en Adelaide para acoger ancianos y niños abandonados. 

Mary tenía mucha fe en la Providencia de Dios: siempre confiaba que en cualquier situación Dios provee. Pero esto no le ahorraba las preocupaciones y las dificultades que derivan de su apostolado, y María tenía buenas razones: tenía que pagar las cuentas, tratar con los obispos y los sacerdotes locales, gestionar las escuelas y cuidar la formación profesional y espiritual de las Hermanas; y, más tarde, los problemas de salud. Sin embargo, en todo esto, permanecía tranquila, llevando con paciencia la cruz que es parte integrante de la misión.

En una ocasión, en la fiesta de la Exaltación de la Cruz, Mary dijo a una de sus hermanas: “Hija mía, desde hace muchos años he aprendido a amar la Cruz”. No se rindió en los momentos de prueba y de oscuridad, cuando su alegría era amortiguada por la oposición y el rechazo. Veis: todos los santos han encontrado oposiciones, también dentro de la Iglesia. Es curioso, esto. También ella las tuvo. Permanecía convencida de que, también cuando el Señor le asignaba «pan de asedio y aguas de opresión» (Is 30,20), el mismo Señor respondería pronto a su grito y la rodearía con su gracia. Este es el secreto del celo apostólico: la relación continua con el Señor.

Hermanos y hermanas, el discipulado misionero de Santa Mary MacKillop, su respuesta creativa a las necesidades de la Iglesia de su tiempo, su compromiso por la formación integral de los jóvenes nos inspire hoy a todos nosotros, llamados a ser levadura del Evangelio en nuestras sociedades en rápida transformación. 

Su ejemplo y su intercesión sostengan el trabajo cotidiano de los padres, de los profesores, de los catequistas y de todos los educadores, por el bien de los jóvenes y por un futuro más humano y lleno de esperanza.

 

 

Homilía del prelado para la memoria litúrgica de san Josemaría

"Confía en tu verdad más íntima, el ser hijo de Dios, y no tengas miedo de caminar por el mundo", ha dicho mons. Fernando Ocáriz en la misa celebrada en la basílica de san Eugenio (Roma).

26/06/2023

“Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8, 14). Estas palabras de san Pablo expresan el grandísimo don que el Espíritu Santo nos concede: ser hijos de Dios. La conciencia de nuestra filiación divina nos hace vivir sin temor: “No tengo miedo a nada ni a nadie: ni a Dios, que es mi Padre”, decía san Josemaría. En el aniversario de su marcha al Cielo, día de su fiesta, podemos considerar esta realidad, que fue el fundamento de su vida espiritual y del carisma que entregó a la Iglesia.

El fundador del Opus Dei se consideraba ante Dios como un niño que balbucea, y esto le llevaba a desear crecer siempre en el amor a Dios; a comenzar y recomenzar cada jornada. Tenía una intimidad con el Señor que le llevaba a ver todos los acontecimientos como gestos de su amor paterno. Hoy podemos preguntarnos si también nosotros dejamos que la conciencia de ser hijos de Dios informe todas las dimensiones de nuestra vida. Considerar frecuentemente, con fe, nuestra filiación divina, nos ayudará a recorrer con esperanza, día a día, a pesar de nuestra debilidad y de las circunstancias ajenas a nuestra voluntad, el camino hacia la identificación con Cristo, hacia la santidad, como nos dice san Josemaría: “Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día” (Es Cristo que pasa, n. 75).

Este abandono filial nos impulsa a seguir la invitación de Jesús a los apóstoles a remar mar adentro. Muchas veces, el temor al fracaso puede paralizar los esfuerzos por servir a los demás; en otras ocasiones puede ser el temor a dejar nuestras comodidades lo que nos lleve a no querer abandonar la seguridad de la orilla. Pero el Señor nos anima a adentrarnos en ese mar maravilloso de la vida de apóstol. Es como si nos dijera: confía en tu verdad más íntima, el ser hijo de Dios, y no tengas miedo de caminar por el mundo que, a veces, se presenta como un mar revuelto. Y así es como encontraremos la alegría y la paz.

El mar del mundo se ve azotado por muchos conflictos como la guerra en Ucrania, que nos afectan profundamente. También encontramos pequeñas o grandes tempestades en nuestro día a día: en el trabajo, en la familia, en nuestra propia relación con Dios. Como Pedro, podemos tener la experiencia de bregar toda la noche y no haber pescado nada. Pero el apóstol no se fio de sus propias fuerzas, sino de la palabra del Maestro. Y el resultado no dejó lugar a dudas: “Hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a romperse” (Lc 5,6). Él sabe más, y sus planes siempre son buenos.

También hoy Jesús nos llama a lanzarnos a una evangelización, a un apostolado, que no entiende de miedos, pues sabemos que es el Señor quien lleva nuestra barca. Él nos promete una existencia de entrega en la que, junto con muchas alegrías, tampoco faltarán “los padecimientos del tiempo presente” que, sin embargo, “no son comparables con la gloria futura” , como escribe san Pablo (Rm 8, 18).

No faltó tampoco el miedo en la vida de los apóstoles. Tras la muerte de Jesús no fueron capaces de salir de sus casas. Sus ilusiones por remar mar adentro se habían desvanecido. Podemos preguntarnos, con el Papa Francisco: “¿Cuántas veces nos encerramos en nosotros mismos? ¿Cuántas veces, por alguna situación difícil, por algún problema personal o familiar, por el sufrimiento que padecemos o por el mal que respiramos a nuestro alrededor, corremos el riesgo de caer poco a poco en la pérdida de la esperanza y nos falta el valor para seguir adelante?” (Ángelus, 28-V-2023).

Solamente después de recibir el Espíritu Santo, los apóstoles abrieron las puertas y quedaron liberados de sus miedos. Se convirtieron entonces en testigos infatigables del Evangelio, hasta el punto de llegar hasta los confines del mundo conocido y de dar la propia vida. Podemos pedir al Paráclito que nos ayude a salir del laberinto de nuestras preocupaciones; que nos libere del miedo a remar mar adentro, a afrontar las pequeñas y grandes batallas de la vida de apóstol. El Espíritu Santo nos aviva la conciencia de nuestra filiación divina. Él nos hace sentir una cercanía con Dios que transforma nuestro miedo en confianza, nuestra parálisis en audacia, nuestras dudas en seguridad.

La Virgen María, que alentó los primeros pasos de la vida de la Iglesia, también nos ayuda en la aventura divina de remar mar adentro. Nos acogemos a su intercesión materna, para que nos acompañe en este empeño sostenidos por Ella, que es, como repetía san Josemaría, Spes nostranuestra Esperanza.

 

 

La ternura de Dios (VII): Devuélveme la alegría de tu salvación

Para poder dar misericordia, necesitamos recibirla de Dios: mostrarle nuestras heridas, dejarnos curar, dejarnos querer. En un mundo «a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado», el salmo miserere –ten misericordia de mí– es la gran oración del perdón que libera el alma, que nos devuelve la alegría de estar en la casa del Padre.

07/10/2016

Miserere mei, Deus, secundum misericordiam tuam –«ten misericordia de mí, Dios mío, según tu bondad» (Sal 51 [50],3). Desde hace tres milenios, el salmo miserere ha alimentado la oración de cada generación del Pueblo de Dios. Las Laudes de la Liturgia de las horas lo recogen semanalmente, los viernes. San Josemaría, y sus sucesores, lo rezan cada noche[1], expresando con el cuerpo el tenor de las palabras que componen este «Magnificat de la misericordia», como lo ha llamado recientemente el Papa: «el Magnificat de un corazón contrito y humillado que, en su pecado, tiene la grandeza de confesar al Dios fiel que es más grande que el pecado»[2].EN PRESENCIA TRANQUILIZAREMOS NUESTRO CORAZÓN, AUNQUE EL CORAZÓN NOS REPROCHE ALGO, PORQUE DIOS ES MÁS GRANDE QUE NUESTRO CORAZÓN Y CONOCE TODO.

El salmo miserere nos sumerge en «la más profunda meditación sobre la culpa y la gracia»[3]. La tradición de Israel lo pone en labios de David, cuando el profeta Natán le reprochó, de parte de Dios, el adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías[4]. El profeta no echó directamente en cara al rey su pecado: se sirvió de una parábola[5], para que fuera el mismo David quien llegara a reconocerlo. Peccavi Domino, «pequé contra el Señor» (2 S 12,13): el miserere –ten misericordia, misericórdiame– que sale del corazón de David expresa también su desolación interior, y la conciencia del dolor que ha sembrado a su alrededor. La percepción del alcance de su pecado –Dios, los demás, él mismo– le lleva a buscar su refugio y su curación en el Señor, el único que puede arreglar las cosas: «en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón, aunque el corazón nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo» (1 Jn 3,20).

Porque no saben lo que hacen

Del pecado vemos sobre todo, en un primer momento, la liberación que parece prometer: emanciparse de Dios, para ser verdaderamente nosotros mismos. Pero la aparente liberación –espejismo– se convierte muy poco después en una carga pesada. El hombre fuerte y autónomo, que creía poder silenciar su conciencia, llega tarde o temprano a un momento en que se desarma: el alma no puede más; «no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas»[6]. Es el inicio de la conversión, o de una de las «sucesivas conversiones» de nuestra vida, que son «más importantes aún y más difíciles»[7].

El proceso no es siempre tan rápido como en la historia del rey David. La ceguera que precede y acompaña al pecado, y que crece con el pecado mismo, puede prolongarse después; nos engañamos con justificaciones, nos decimos que la cosa no tiene tanta entidad… Es una situación que también nos encontramos con frecuencia a nuestro alrededor, «en un mundo a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado»[8]: duro con el pecador, porque en su conducta se percibe claramente lo corrosivo del pecado; pero indulgente con el pecado, porque reconocerlo como tal significaría prohibirse ciertas «libertades». Todos estamos expuestos a este riesgo: ver lo feo del pecado en los demás, sin condenar el pecado en nosotros mismos. No solo nos falta misericordia entonces: nos hacemos también incapaces de recibirla.

La ofuscación del pecado y de la tibieza tiene algo de autoengaño, de ceguera querida –queremos no ver, hacemos como que no vemos–, y por eso requiere el perdón de Dios. Jesús ve así el pecado cuando dice desde la Cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Perderíamos la profundidad de esta palabra del Señor si la viéramos como una mera disculpa amable, que ocultara el pecado. Cuando nos alejamos de Dios, sabemos y no sabemos lo que hacemos. Nos damos cuenta de que no obramos bien, pero olvidamos que por ahí no vamos a ninguna parte. El Señor se apiada de ambas cosas, y también de la profunda tristeza en la que nos quedamos después. San Pedro sabía y no sabía lo que hacía cuando negaba al Amigo. Después «lloró amargamente» (Mt 26,75), y las lágrimas le dieron una mirada más limpia, y más lúcida.

«La misericordia de Cristo no es una gracia barata; no implica trivializar el mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. Quema y transforma el mal en el sufrimiento, en el fuego de su amor doliente»[9]. Su palabra de perdón desde la Cruz –«no saben lo que hacen»– deja entrever su proyecto misericordioso: que volvamos a la casa del Padre. Por eso también desde la Cruz nos confía a la protección de su Madre.

La nostalgia de la casa del Padre

«La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre»[10]. La conversión, y las conversiones, comienzan y recomienzan con la constatación de que nos hemos quedado de algún modo sin hogar. El hijo pródigo siente la «nostalgia por el pan recién horneado que los empleados de su casa, la casa de su padre, comen para el desayuno. La nostalgia es un sentimiento poderoso. Tiene que ver con la misericordia porque nos ensancha el alma (…). En este horizonte amplio de la nostalgia, este joven –dice el Evangelio– entró en sí y se sintió miserable. Y cada uno de nosotros puede buscar o dejarse llevar a ese punto donde se siente más miserable. Cada uno de nosotros tiene su secreto de miseria dentro... Hace falta pedir la gracia de encontrarlo»[11].

Fuera de la casa del padre –recapacita el hijo pródigo– está en realidad fuera de su misma casa. La redescubre: el lugar que se le antojaba como un obstáculo para su realización personal se revela como el hogar que nunca debió haber abandonado. También quienes están dentro de la casa del padre pueden estar con el corazón fuera. Así sucede con el hermano mayor de la parábola: aunque no se había ido, su corazón estaba lejos. Para él rigen también esas palabras del profeta Isaías, a las que Jesús se referirá en su predicación: «Este pueblo (…) me honra con sus labios pero su corazón está lejos de mí» (Is 29,13)[12]. El hermano mayor «no dice nunca “padre”, no dice nunca “hermano”; piensa sólo en sí mismo, hace alarde de haber permanecido siempre junto al padre y de haberlo servido (…) ¡Pobre padre! Un hijo se había marchado, y el otro nunca había sido verdaderamente cercano. El sufrimiento del padre es como el sufrimiento de Dios, el sufrimiento de Jesús cuando nosotros nos alejamos o porque nos marchamos lejos o porque estamos cerca sin ser cercanos»[13]. Habrá momentos de nuestra vida en que, aunque quizá no nos hayamos alejado como el hijo menor, percibiremos más fuertemente hasta qué punto somos como el hijo mayor. Son momentos en los que Dios nos da más luz: nos quiere más cerca de su corazón. Son momentos de nueva conversión.

CUANDO LA VIDA INTERIOR SE CLAUSURA EN LOS PROPIOS INTERESES, YA NO HAY ESPACIO PARA LOS DEMÁS (…), YA NO SE ESCUCHA LA VOZ DE DIOS.

En la conversación entre el hermano mayor y el padre[14], salta a la vista, frente a la ternura del corazón del padre, la dureza del corazón del hijo: su respuesta amarga deja adivinar cómo había perdido la alegría de estar en la casa de su padre. Por eso mismo había perdido la capacidad de alegrarse con él y con su hermano. Para uno y otro tenía solamente reproches: solo veía sus fallos. «Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás (…), ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente»[15].

El padre se sorprende también ante esa dureza, e intenta ablandar el corazón de aquel hijo que, aunque había permanecido con él, suspiraba –quizá sin ser él mismo muy consciente– por el egoísmo alocado del hermano pequeño; el suyo era un egoísmo más «razonable», más sutil, y quizá más peligroso. El padre intenta darle explicaciones: «había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc 15,32). Con fortaleza de padre y ternura de madre, le reconviene, como diciéndole: Hijo mío, deberías alegrarte: ¿qué te pasa en el corazón? «También él necesita descubrir la misericordia del padre»[16]: tiene necesidad de descubrir esa nostalgia de la casa del Padre, ese dolor suave que nos hace volver.

Devuélveme el gozo de tu salvación

Tibi, tibi soli peccavi et malum coram te feci, –«contra Ti, contra Ti solo he pecado, y he hecho lo que es malo a tus ojos» (Sal 51 [50],6). El Espíritu Santo, que «convencerá al mundo en lo referente al pecado»[17], es quien nos hace ver que esa nostalgia, ese malestar, no es solo un desequilibrio interior; tiene su origen más profundo en una relación herida: nos hemos alejado de Dios; le hemos dejado solo, y nos hemos dejado solos. «In multa defluximus»[18], escribe San Agustín: cuando nos apartamos de Dios, nos desparramamos en muchas cosas, y nuestra casa se queda desierta[19]. El Espíritu Santo es quien nos mueve a volver a Dios, que es el único que puede perdonar los pecados[20]. Como aleteaba sobre las aguas desde el inicio de la creación[21], así aletea ahora sobre las almas. Él movió a la mujer pecadora a acercarse, sin palabras, a Jesús; y la misericordia de Dios la acogió sin que los comensales entendieran el porqué de las lágrimas, el perfume, los cabellos[22]: Jesús, radiante, dijo de ella que se le había perdonado mucho porque había amado mucho[23].

La nostalgia de la casa del Padre es nostalgia de cercanía, de misericordia divina; necesidad de volver a poner «el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso»[24]. Si nos acercamos, como el hijo menor, hasta el regazo del Padre, allí comprendemos que la medicina para nuestras heridas es Él mismo, Dios mismo. Entra entonces en escena un «tercer hijo»: Jesús, que nos lava los pies, Jesús, que se ha hecho siervo por nosotros. Él es «el que «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo» (Fil 2,6-7). ¡Este Hijo-Siervo es Jesús! Es la extensión de los brazos y del corazón del Padre: Él ha acogido al pródigo y ha lavado sus pies sucios; Él ha preparado el banquete para la fiesta del perdón»[25].

Cor mundum crea in me, Deus –«Crea en mí, Dios mío, un corazón puro» (Sal 50 [51],12). El salmo vuelve una y otra vez sobre la pureza del corazón[26]. No es cuestión de narcisismo, ni de escrúpulo, porque «el cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada»[27]. Es cuestión de amor: el pecador arrepentido está dispuesto a hacer lo necesario para curar su corazón, para recuperar la alegría de vivir con Dios. Redde mihi laetitiam salutaris tui –«devuélveme el gozo de tu salvación» (Sal 51 [50],14): cuando se ven así las cosas, la confesión no es una cuestión fría, como una especie de trámite administrativo. «Puede hacernos bien preguntarnos: Después de confesarme, ¿festejo? ¿O paso rápido a otra cosa, como cuando después de ir al médico, uno ve que los análisis no dieron tan mal y los mete en el sobre y pasa a otra cosa?»[28].

Quien festeja, aprecia: agradece el perdón. Y ve entonces la penitencia como algo más que una mera diligencia para restablecer la justicia: la penitencia es una exigencia del corazón, que experimenta la necesidad de respaldar sus palabras –pequé, Señor pequé– con la vida. Por eso, san Josemaría aconsejaba a todos a tener «espíritu de penitencia»[29]. «Un corazón contrito y humillado» (Sal 51 [50],19) comprende que resulta necesario un camino de retorno, de reconciliación, que no se hace de la noche a la mañana. Como es el amor el que tiene que recomponerse, para adquirir una nueva madurez, es él mismo el remedio: «amor con amor se paga»[30]. La penitencia, pues, es el cariño que lleva a querer sufrir –alegres, sin darnos importancia, sin «cosas raras»[31]– por todo lo que hemos hecho sufrir a Dios y a los demás. Ese es el sentido de uno de los modos que el Ritual propone al sacerdote para despedirse del penitente tras la absolución; el confesor nos dice: «que el bien que hagas y el mal que puedas sufrir te sirvan como remedio de tus pecados»[32]. Además, «¡qué poco es una vida para reparar!»[33] La vida entera es alegre contrición: con un dolor confiado –sin angustias, sin escrúpulos– porque cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies (Sal 51 [50],19) –«un corazón contrito y humillado, Dios mío, no lo desprecias».

Texto: Carlos Ayxelà

Fotos: Santiago González Barros


[1] Cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo III, Rialp, Madrid 2003, p. 395.

[2] Francisco, 1ª meditación en el Jubileo de los sacerdotes, 2-VI-2016.

[3] San Juan Pablo II, Audiencia, 24-X-2001.

[4] Cfr. 2 S 11, 2 ss.

[5] Cfr. 2 S 12, 2-4.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, 260.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 57.

[8] Francisco, Homilía, 24-XII-2015.

[9] Card. Joseph Ratzinger, Homilía, Missa pro eligendo pontifice, 18-IV-2005.

[10] Es Cristo que pasa, 64.

[11] Francisco, 1ª meditación en el Jubileo de los sacerdotes, 2-VI-2016.

[12] Cfr. Mt 15,8.

[13] Francisco, Audiencia, 11-V-2016.

[14] Cfr. Lc 15,28-32.

[15] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), 2.

[16] Francisco, Audiencia, 11-V-2016.

[17] Cfr. Jn 16,8. Así traduce San Juan Pablo II estas palabras de la oración sacerdotal de Jesús, sobre las que meditó profundamente en la encíclica Dominum et vivificantem (18-V-1986), 27-48.

[18] San Agustín, Confesiones X.29.40.

[19] Cfr. Mt 23,38.

[20] Cfr. Lc 7,48.

[21] Cfr. Gen 1,2.

[22] Cfr. Lc 7,36-50.

[23] Cfr. Lc 7,47.

[24] Amigos de Dios, 232.

[25] Francisco, Angelus, 6-III-2016.

[26] Cfr. Sal 50 (51), 4, 9, 11, 12, 19.

[27] Es Cristo que pasa, 75.

[28] Francisco, Homilía, 24-III-2016.

[29] Cfr. San Josemaría, Forja, 784; Amigos de Dios, 138-140, acerca del espíritu de penitencia, y sus diversas manifestaciones.

[30] Forja, 442.

[31] Forja, 60.

[32] Ritual de la Penitencia, 104.

[33] San Josemaría, Vía Crucis, VII estación.

 

 

¿Sabes quién era Simón Pedro el primer Papa de la Iglesia Católica?

 

San Pedro – 29 de junio

Ignoramos el año exacto del nacimiento de San Pedro, pero sí sabemos que nació en Betsaida, una aldea campesina y marinera tendida en la ribera occidental del lago Tiberiades, donde vivía con su esposa dedicado a las tareas salobres de la pesca. Su nombre de pila era el de Simón, y fue el mismo Jesucristo quien, en su primer encuentro con este pescador, le impuso el nuevo nombre de Cefas, que significa “Pedro” o “piedra”.

 

Su fiesta se celebra el 29 de junio junto a San Pablo. Llegó a Roma en el año 42 y murió martir en el año 67.

El buen Simón de Betsaida, bronco y tierno como una ola del mar de su patria, fogoso y sencillo como un mílite de las legiones romanas, es una de las figuras más humanas y mas encantadoras que desfilaron por la órbita divina del Evangelio de Jesús de Nazaret. Con su barca y sus llaves, con sus dichos y sus hechos, con sus pecados y sus lágrimas, la personalidad histórica de San Pedro encuadra a todo el apostolado de los Doce y atrae por su fe ardiente y por su cálido humanismo la simpatía y el amor de todas las generaciones cristianas.

Ignoramos el año exacto del nacimiento de San Pedro, pero sí sabemos que nació en Betsaida, una aldea campesina y marinera tendida en la ribera occidental del lago Tiberiades, donde vivía con su esposa dedicado a las tareas salobres de la pesca. Su nombre de pila era el de Simón, y fue el mismo Jesucristo quien, en su primer encuentro con este pescador, le impuso el nuevo nombre de Cefas, que significa “Pedro” o “piedra”.

 

El evangelista San Juan nos narra el primer encuentro de Jesús con San Pedro con la santa simplicidad de estas palabras: “Andrés halla primero a su hermano Simón y le dice: Hemos hallado al Mesías. Llevóle a Jesús. Poniendo en él los ojos, dijo Jesús: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas” (lo. 1, 41-42). Jamás olvidaría Pedro de Betsaida esa mirada y esa delicadeza exquisita de Jesús. Tiempo adelante, el porvenir nos daría la clave y el sentido de este cambio de nombre y confirmaría el vaticinio de Jesús de Nazaret.

A pesar del laconismo biográfico del Evangelio, en sus páginas encontramos datos más que suficientes para formarnos una idea clara y cabal de la fisonomía moral del apóstol San Pedro. Vehemente y francote por temperamento, un poco o muchos pocos presuntuosillo, transparente y casi infantil en la manifestación de sus espontáneas y más íntimas reacciones psicológicas, encontramos en la veta de sus valores morales un alma bella, un gran corazón, una lealtad, una generosidad, unas calidades humanas tan entrañables y subyugantes que aún hoy, a distancia de siglos, la fragancia de su recuerdo perdura y atrae la simpatía y la confianza de las generaciones cristianas.

Al primer llamamiento vocacional de Jesús el corazón de Pedro, abierto siempre a todo lo grande y generoso, abandona todo lo que tenía. Poco, ciertamente; pero todo lo deja por seguir a Cristo con la confianza de un niño, el ardor de un soldado. Algo especial vio Jesús en la humanidad cálida y abierta del antiguo pescador de Betsaida, cuando, por un acto de su misericordiosa predilección, le elige para la misión de “pescador de hombres” (Lc. 5, 11), para ser la piedra fundamental de la Iglesia (Mt. 16, 18) y cabeza suprema de los doce apóstoles y de toda la cristiandad (lo. 21,15-17). Para ser el predilecto entre los tres apóstoles predilectos de Cristo, otorgándole la promesa y la garantía de una asistencia especial, a fin de que su fe no vacilara y confortara la de sus hermanos (Lc. 22,31).

Así fue, en efecto. A las puertas de Cesarea de Filipo, Cristo le promete el primado universal y supremo sobre toda la Iglesia; y más tarde, en el candor intacto de una mañana primaveral, junto a la orilla del Tiberíades, Cristo, ya resucitado, cumple esta promesa al conferirle el poder de apacentar a las ovejas y a los corderos de su grey. Aquella promesa fue el premio a la fe de San Pedro, y su cumplimiento fue realizado ante las pruebas de amor de Pedro hacia el Maestro y Pastor de todos los pastores.

La fe ardiente y el amor profundo de Pedro a Jesús constituyen los trazos más destacados de su semblanza y de su vida toda. Basta evocar el recuerdo de estos pasajes evangélicos y de la vida de Pedro: su confesión en Cesarea de Filipo, su actitud después del discurso anunciador de la institución de la Eucaristía, en el lavatorio de los pies de los apóstoles en el Cenáculo, en el prendimiento de Jesús en el huerto de los Olivos, en las lágrimas amargas que empezó a derramar después de la caída de sus tres negaciones, en su carrera madrugadora hacia el sepulcro de José de Arimatea, en su lanzamiento al agua y entrega total de la pesca milagrosa para llegar pronto y obedecer sin regateos al Maestro, en la escena romana del Quo vadis?, en el testimonio y en la forma de su martirio.

Amor que fue siempre correspondido, y con predilección, por Jesucristo, como se transparenta —entre otras ocasiones— en el encargo expreso que las piadosas mujeres recibieron del ángel en el alba de la mañana de la Resurrección: “Decid a sus discípulos y a Pedro… (Mc. 16,7).” A Pedro, concreta, particular y principalmente: Tal vez el pobre San Pedro seguiría llorando amargamente su triple negación, sin que sus lágrimas pudieran borrar de la retina de sus ojos el reflejo de aquella dulce mirada de Jesús en el patio hebreo de la casa de Caifás. Tal vez, replegado en el regazo contrito de su dolor y de su cobardía, no se atreviera a acercarse al buen Jesús; sin embargo, Jesús le seguía amando y mantenía su promesa de levantar sobre Pedro el edificio colosal de la Iglesia católica.

Frente a los prejuicios sectarios y a las interpretaciones torcidas en torno a la designación de Pedro como jefe y maestro supremo y universal de la Iglesia, ahí están los documentos históricos del Evangelio y la actuación primacial de San Pedro en la vida interna y externa de la Iglesia. Los pasajes del capítulo 16 del evangelio de San Mateo y del capítulo 21 del evangelio de San Juan son tan claros que, ante su claridad solar, algunos debeladores del primado de San Pedro no tienen otra salida que el negar la autenticidad histórica de esos pasajes evangélicos. En conformidad con su sentido actuó siempre San Pedro, y todos los cristianos vieron en esta conducta la puesta en práctica de sus poderes, concedidos por Cristo y simbolizados en la entrega de las llaves del reino de los cielos al antiguo pescador de Betsaida.

Efectivamente, fue San Pedro quien anatematiza al primer heresiarca Simón Mago; quien recibe en Joppe la ilustración de Cristo en orden a la universalidad de la joven Iglesia y marcha a Cesarea a convertir al centurión romano Cornelio; quien preside y define la actitud dogmática de la Iglesia en el concilio de Jerusalén; quien propone a los fieles la elección del sustituto del traidor Judas en el Colegio Apostólico; quien en el día augural de Pentecostés se levanta, en nombre de todos, para arengar a la multitud y exponer la doctrina y el mensaje divino de Jesús; quien es consultado y obedecido por San Pablo, quien anuncia el castigo a Ananías y a Tafita, y es citado y ocupa siempre el primer lugar. Todos acuden a Pedro, y Pedro acude a todas partes, dejando con sólo la sombra de su cuerpo una estela de milagros, y abriendo con su palabra horizontes de luz, de unidad, de universalidad y de paz.

Esta posición y esta influencia de San Pedro dentro y fuera de la Iglesia fue el origen de su encarcelamiento en Jerusalén y de su sentencia de muerte dada por Herodes Agripa, el nieto de aquel Herodes degollador de los niños inocentes y sobrino de Herodes Antipas, el asesino del Bautista y burlador de Cristo en los días de la Pasión. El odio contra la naciente Iglesia se centraba ya en su primera cabeza visible, en San Pedro. La pluma de Lucas nos lo afirma en el libro de los Hechos de los Apóstoles, al decir: “Y entendiendo (Herodes Agripa) ser grato a los judíos, siguió adelante prendiendo también a Pedro” (Act. 12,3). Esta narración bíblica del prendimiento y liberación de San Pedro por un ángel, horas antes de la ejecución de la sentencia de su muerte, es todo un poema, una de las páginas más bellas, más emotivas, más realistas y de más fino sentido psicológico de la literatura universal al servicio de la verdad histórica. La Iglesia la recuerda y conmemora litúrgicamente en la fiesta de San Pedro ad víncula.

Libertado por el ángel, Pedro salió de Jerusalén. El libro de los Hechos de los Apóstoles, después de la escena encantadora y realísima ocurrida en “la casa de María, la madre de Juan, apellidado Marcos”, añade: “Y, partiendo de allí, se fue a otro lugar” (12,17). ¿Cuál es este lugar? ¿Adónde se dirigieron los pasos peregrinos de San Pedro recién liberado? ¿A Roma? ¿A Cesarea? ¿A Antioquía?

Con certeza histórica no lo sabemos. Lo cierto es que a San Pedro volvemos a encontrarle en Antioquía; que una antigua tradición afirma que San Pedro fue el primer obispo de Antioquía; que la Iglesia admite y confirma esta tradición con la institución litúrgica de la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Antioquía; que Eusebio, en su Historia Eclesiástica, nos dice que Evodio fue el segundo obispo de Antioquía y sucedió a San Pedro.

¿Fue a raíz de su milagrosa liberación de la cárcel de Jerusalén cuando Pedro fue por primera vez a Antioquía? ¿Había ido anteriormente, hacia el año 36 o 37, después de la muerte del protomártir San Esteban, a fundar la primera cristiandad antioqueña? Tampoco podemos contestar con certeza a estas preguntas.

Más importancia teológica e histórica presenta y encierra el incidente de Antioquía aludido por San Pablo en su Epístola a los gálatas (2,11). Tiempos eran aquéllos en los que, por una parte, las formas de expresión del viejo culto judaico estaban más concretadas que en la nueva religión cristiana, y, por otra parte, los judíos cristianos de Jerusalén —especialmente los de procedencia farisea— abrigaban la ilusión de esperar en la joven Iglesia un simple florecimiento espiritualista y más lozano de la antigua sinagoga mosaica. Por ello, algunos judíos cristianos defendían que el mundo de la gentilidad sólo podía entrar en la Iglesia de Cristo pasando previamente por el Jordán de la circuncisión y la observancia total de la Ley de Moisés.

¿Sabes quién era Simón Pedro el primer Papa de la Iglesia Católica? 6

El problema era de fondo, no sólo de forma y de rito. Porque obligar a la circuncisión a los gentiles, y a la observancia de los ritos mosaicos, equivalía a reducir la Iglesia de Cristo a la estrechez nacionalista de la vieja sinagoga, a negar la universalidad de la redención por los méritos de Cristo, a hacer del cristianismo universal y universalista una religión de raza.

El aspecto dogmático y religioso de esta cuestión había sido ya resuelto, hacia el año 50, en el concilio de Jerusalén, al definir la no obligatoriedad de la circuncisión y de la observancia de la ley mosaica, y precisamente se había zanjado por la autoridad de San Pedro. Mas, en la práctica, seguían algunos judíos cristianos absteniéndose en las comidas de los manjares impuros según la ordenanza y el rito de la Ley de Moisés. Efectivamente, desde el punto de vista dogmático y teológico la cuestión estaba resuelta en el plano del pensamiento; pero la continuidad de su planteamiento, aun en el plano del rito y de la práctica, seguía presentando serios y graves peligros para la desviación doctrinal en torno a la unidad y universalidad de la Iglesia.

El incidente ocurrido en Antioquía entre Pedro y Pablo fue originado por las condescendencias del gran corazón de San Pedro en el terreno de las conveniencias prácticas de la prudencia, no de los principios doctrinales de la Iglesia. San Pablo no era un hombre de medias tintas ni de términos medios, y en la condescendencia del corazón de San Pedro vio “una simulación” —así la califica— que en el orden de las conductas podría, por orgullo de raza, dar pretextos para seguir manteniendo, dentro de la catolicidad de la Iglesia, un muro de separación entre judíos y gentiles, como en el templo de Jerusalén.

San Pablo no transigía ante estas condescendencias rituales de San Pedro, y el Espíritu Santo, que, por encima de todas las flaquezas, dirige a la Iglesia de Dios, facilitó los caminos a la expansión ecuménica del cristianismo. El muro que en el templo de Jerusalén separaba a los gentiles y judíos fue derrumbado para siempre. Sobre sus escombros y sus ruinas se levantan hoy, abiertas y campeadoras, las columnas berninianas la gran plaza romana, precisamente, de San Pedro.

La fantasía novelera de la Escuela de Tubincia se atrevió un día a lanzar por el mundo la especie de una oposición dogmática y de una indisciplina jerárquica entre ambos príncipes de la Iglesia. Hoy la misma crítica histórica contemporánea ha echado por tierra tal imputación, Pedro y Pablo, figuras cimeras de la Iglesia, almas hermanadas por una misma fe y un mismo amor, sellaron con la sangre del martirio sus nombres y sus vidas bajo los cielos de Roma. Por encima de sus distintos temperamentos, un mismo credo, un mismo amor, un mismo ideal, les unió en el combate y en la muerte, emparejando sus personas, tan íntimamente, que ya, desde los primeros tiempos de la Iglesia, aparecen juntos en el medallón de las catacumbas de Santa Domitila y en el más antiguo aún sarcófago de Junio Baso, hallado en la cripta del Vaticano,

Si los enemigos de la Iglesia han gastado tanta tinta en combatir la institución misma delPrimado, mayores aún son sus ataques contra el hecho histórico-dogmático del Primado de Pedro y de sus sucesores en la cátedra de Roma. Frente a la claridad que brota de los documentos históricos en favor de las tesis católicas, se empeñan en afirmar que, tanto la institución del Primado en la Iglesia como su encarnación en la persona de Pedro y en el obispo de Roma, son productos puramente naturales de un proceso evolutivo histórico.

Ni el Evangelio ni la Iglesia temen a la verdad, y ahí están las realidades históricas proclamando la verdad católica en relación con el Primado de Pedro y de sus sucesores los papas. La Iglesia había de desarrollarse como el grano de mostaza y perpetuarse a través de los siglos. La indefectibilidad de la Iglesia exige una autoridad indefectible también, y para ello Cristo la cimentó en la piedra, en Cefas, en Pedro, y contra esa piedra ni han prevalecido ni prevalecerán las puertas del infierno. Dos mil años de historia vienen confirmando esta realidad, garantizada por la promesa de Cristo Dios (Mt. 16,18).

La estancia de San Pedro en Roma, su pontificado romano y su martirio en la Ciudad Eterna son hechos históricos hoy admitidos por todos los historiadores responsables y de buena fe. El mismo Harnack, nada sospechoso, llega a afirmar “que no merece el nombre de historiador el que se atreve a poner en duda esta verdad”. La fecha de la misma llegada y la duración de la estancia en Roma de San Pedro son hoy cuestiones aún por dilucidar, así como la fecha exacta de su martirio en tiempos de Nerón.

¿Fue San Pedro el primer sembrador de la semilla evangélica en Roma? ¿Fueron los romanos residentes en Jerusalén en el día de Pentecostés, a quienes alude el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,10) y convertidos a la fe de Cristo por el discurso de San Pedro? ¿Fueron los judíos dispersos de Jerusalén los que, con motivo de la persecución de Herodes Agripa, se alejaron hasta Roma y fundaron el primer núcleo de la cristiandad romana entre la numerosa colonia judía del Trastevere? Nada sabemos con certeza histórica sobre estas interrogaciones tan sugerentes.

El hecho cierto es que Pedro estuvo en Roma y que fue su primer obispo. Desde Roma escribió su primera carta a los fieles del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, fechada en Babilonia (5,13), nombre simbólico universalmente interpretado por Roma, la ciudad pagana sucesora o representante de la antigua Babilonia. Los testimonios de Clemente Romano, tercer sucesor de San Pedro en el pontificado romano; de Ignacio de Antioquía en su epístola dirigida a los romanos; de San Ireneo, en su tratado Contra todas las herejías, y recientemente las últimas excavaciones realizadas en la cripta de la basílica Vaticana, demuestran hasta la evidencia la estancia de San Pedro, su pontificado y el ejercicio de su jurisdicción primacial en Roma y en toda la Iglesia.

Roma y San Pedro son dos términos plenos de grandeza histórica, que se asocian espontáneamente en la inteligencia y en el corazón de todos los cristianos. Según una antiquísima tradición, el pontificado romano de San Pedro duró veinticinco años: “Annos Petri non videbis”. Esta tradición viene a confirmar la opinión de los que afirman que la primera llegada de San Pedro a Roma aconteció hacia el año 42, y su martirio hacia el año 67. En efecto, el martirio de San Pedro ocurrió entre estas dos fechas extremas: entre el año 64, fecha del gran incendio de Roma, y el año 68, fecha de la muerte de Nerón. San Juan en su evangelio nos legó estas palabras de Jesucristo a San Pedro: “En verdad, en verdad te digo: Cuando eras más joven tú mismo te ceñías y andabas adonde querías; mas cuando hayas envejecido extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará donde tú no quieras” (21, 18-19). Era una alusión delicada al martirio del apóstol.

En el verano del año 64 un gran incendio devastó gran parte de la ciudad de Roma. Mientras ocurría la gran catástrofe, Nerón —según escribe Tácito en sus Anales— cantaba en su teatro privado su poema acerca de la ruina de Troya, aspirando a la gloria de fundar una ciudad nueva que llevase su nombre.

Esta actitud de Nerón dio ocasión al rumor popular de que el incendio de Roma había sido provocado por el propio emperador; Nerón acusó entonces a los cristianos como causantes y provocadores del incendio de Roma, y comenzó su sanguinaria persecución contra la Iglesia. Torrentes de sangre cristiana corrieron por el circo, por las cárceles, por las afueras de Roma. La leyenda, flor de la historia, ha recogido la escena enternecedora del Quo vadis, que la piedad y el arte cristiano nos recuerdan en la devota capilla romana del Quo vadis, erigida en el lugar donde Jesús se apareció a San Pedro, cuando huía de Roma despavorido por la persecución neroniana. Pedro pregunta al Maestro: “Señor, ¿adónde vas?” y el Señor le responde: “A Roma, para ser otra vez crucificado”. Pedro comprende la significación y el alcance de este dulce reproche de Jesús, y retorna a la ciudad de su martirio.

Pronto es apresado por los esbirros de Nerón. El peregrino cristiano visita en Roma con profunda veneración la célebre cárcel Mamertina, donde fue preso San Pedro, y donde convirtió y bautizó a sus mismos carceleros, Proceso y Martiniano, futuros mártires de la fe cristiana,

Poco tiempo después el gran apóstol San Pedro moría clavado en la cruz, como su Maestro; pero, en conformidad con su propio deseo, cabeza abajo, dándonos con esta actitud una gran prueba de su humildad y de su amor a Cristo Jesús. Su sangre cayó cerca del obelisco de Nerón, en la colina vaticana, donde se levantó la antigua basílica Constantiniana y hoy se alza la gran basílica que lleva su nombre.

La tumba del gran apóstol San Pedro se yergue bajo la bóveda grandiosa del Bramante, el monumento más hermoso del orbe. Ante el altar de la confesión y de la tumba del apóstol arrodillémonos con veneración, y, a semejanza del viejo pescador de Betsaida, volvamos nuestro espíritu hacia Cristo Redentor, para repetir el eco de la fe y de la plegaria de San Pedro: “Tú eres Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

La Iglesia celebra con los máximos honores de su liturgia la fiesta de San Pedro, en el mismo día que la fiesta de San Pablo. Ellos fueron, y serán siempre, los Príncipes de los Apóstoles, Así los ha apellidado la Iglesia, así los invoca la fe y el arte de las generaciones cristianas.

Pedro Cantero Cuadrado

 

Padres y madres educan diferente, y eso es bueno

Por LaFamilia.info 


Imagen de Freepik

Para celebrar este Día del Padre, qué mejor homenaje que hablar del estilo educativo de los varones, pues muchos perciben que los padres y las madres educan de forma diferente a sus hijos: mientras ellos son prácticos y tal vez más liberales en algunos aspectos de la crianza; ellas por naturaleza son más protectoras y trascendentales...

Lo cierto es que los padres y las madres tratan diferente a sus hijos, y eso es bueno en el crecimiento de los niños. Son varios autores y estudios que así lo confirman.

En entregas pasadas, publicamos una entrevista a María Calvo, autora del libro «Padres destronados», quien explicaba las diferencias principales diferencias entre el padre y la madre ante la crianza de un hijo:

“La presencia de la madre es esencial en su papel de darle cariño, protegerle, cuidarle, educarle... pero al mismo nivel que el padre. Lo que ocurre es que el padre y la madre se dirigen a los hijos de manera distinta por su propia educación, cultura, valores, etc. La mujer es la que, por excelencia, se encarga de controlar el espacio vital del pequeño, su comida, sus amistades, que no le falte nada cuando va al colegio... Las madres tendemos a tener una actitud sustitutiva. Es decir, cuando a un hijo se le cae un tenedor, la madre se lo recoge, pero el padre no. Cuando un niño llega tarde a la ruta del colegio por la mañana, la madre le abrocha los botones de la camisa y le ayuda a ponerse los zapatos, aunque el niño tenga diez años. El padre le anima: «venga, date prisa en abrocharte el abrigo». El hombre, en definitiva, se decanta por dotarles de mayor autonomía y libertad. De esta forma se fomenta un equilibrio en el desarrollo del niño”.

Está claro que los papeles de ambos son diferentes, ninguno es peor o mejor que el otro, cada quien tiene su misión y los dos son necesarios. El pediatra francés, Aldo Naouri, reivindica en su obra más reciente que padres y madres ejercen en la familia sus respectivos papeles masculino y femenino para asegurar el desarrollo normal del niño.

Según el pediatra, en el desarrollo humano es el padre quien trasmite al niño la conciencia del tiempo. Por el contrario, la madre se resiste de forma espontánea a que el niño "salga de ella" definitivamente. Naouri, que lleva 40 años ejerciendo de pediatra, sigue avanzando en que el hijo necesita ver que detrás de su madre "hay un hombre por el que su madre está entusiasmada".

Diferencias en la comunicación

Asimismo, la revista Hacer Familia ha publicado un estudio elaborado en la Universidad del estado de Washington, en Estados Unidos, que ha medido las diferentes formas que tienen los padres de hablar a los hijos, las madres tienden a poner un "tono de bebé" que les transmite bondad, mientras que los padres tratan a sus hijos como "adultos pequeños", lo que puede convertirse en un "puente" al mundo real.

Esta interesante investigación analizó cientos de conversaciones familiares entre padres, madres y sus pequeños en edad preescolar. Todos llevaban micrófonos, y sus interacciones del día a día fueron coleccionadas para el estudio.

Los investigadores concluyeron lo siguiente: ellas usan un tono más alto y variado para hablar con sus hijos que el que utilizan para hablar con el resto de adultos, mientras que los padres hablan a sus pequeños con un tono muy similar al que utilizan para mantener conversaciones con otras personas.

Esto no significa que los padres "fallen" a la hora de hablarles a sus pequeños, es más, según los autores de la investigación, esta diferente forma de tratar a los niños puede ayudarles a enfrentarse a diversas situaciones y lenguajes a lo largo de su vida.

Características de la paternidad

Asimismo, Tomás Malmierca, educador de Fomento de Centros de Enseñanza, expone algunas características principales de la paternidad:

El padre llena con su presencia un hogar, igual o distinto que la madre, pero lo llena:

El padre aporta sustentos físicos a los hijos, seguridad, confianza; sustentos afectivos, cariño, comprensión, perdón; sustentos intelectuales, enseñando a sus hijos y sustentos espirituales.

Del padre se espera autoridad:

Que significa referencia, guía, conocer el camino de la vida, marcar unos límites por el bien del hijo, saber corregir sin humillar.

Del padre se espera conocer el por qué de las cosas:

Sabe exigir, al igual que la madre, para que sus hijos sean fuertes, trabajadores, respetuosos con el ser humano y con el medio ambiente. Es diligente cuando sanciona. El padre confía en los hijos, anima a usar la libertad. El padre es a la vez autoridad y acogimiento.

Los hijos e hijas esperan también de su padre amor, cariño, afecto, abrazos:

No es propio de la paternidad el distanciamiento afectivo. Por eso, es afable, sabe consolar, tiene sentido del humor, sabe recibir, promueve y cuida la vida de familia y sabe celebrar. Un abrazo de la madre es distinto al del padre. Se podría decir que hay un cariño masculino y otro femenino.

El padre da protección:

Si un hijo siente un peligro físico, se lo dirá a su madre, pero se sentirá más protegido si se lo cuenta a su padre. En ocasiones se sentirá más seguro, aunque puede que con la madre se sienta más comprendido. Los hijos son felices cuando el padre se une a la acción de la madre, cuando la ensalza y la cuida. Se sienten desdichados cuando la humilla, la menosprecia o la infravalora. Así el hijo busca apoyo en su padre. Él significa apoyo y seguridad.

Se demuestra entonces que la figura del padre es imprescindible para el correcto desarrollo psíquico del niño; es tan vital como la figura materna. Por eso, es necesario que se les permita involucrarse en la crianza y comprender su estilo educativo desde su enfoque masculino, quien tiene su propio estilo paternal.

 

Trascendencia de la paternidad

Eliminar aspectos esenciales de la vida humana tiene consecuencias muy profundas y graves. Los resultados son patentes y a lo largo de la historia encontramos datos respecto a los modos de resolver problemas sobre este tema.

Si despreciamos la paternidad, automáticamente destruiremos los beneficios para la prole. La paternidad y la maternidad son correlativos, se complementan y ayudan. Benefician al padre, a la madre y por supuesto a los hijos. Hay muchos estudios sobre esto. Si deseamos beneficiar a las mujeres el camino no es el de atacar a los varones.

El padre introduce a la hija en el mundo de los varones y a los hijos también en el mundo de los varones. Desde niñas aprenden a identificarse con quienes tienen el mismo sexo y se distinguen de quienes tienen el otro. En los dos casos se ubican. Algo semejante pasa con la madre, introduce al hijo al mundo femenino y a las hijas también en ese mundo.

Pueden encontrarse casos en donde el padre o la madre no asumen bien este papel, sin embargo, el remedio no es despreciar esa actividad sino ayudar a realizarla cuando sea necesario. Actualmente hay una tendencia a ignorar la influencia paterna enfocando sólo la inexperiencia de algunos incompetentes o desinteresados. Esa postura es una pérdida pues el padre amplía el mundo de las relaciones y el desarrollo psíquico.

Desde luego es necesario limar la actitud de los padres para evitar modales rudos, exagerados o por el contrario ausentes e inseguros. Lo adecuado es el vigor, la seguridad, la apertura hacia nuevos modos de actuar. Eso deja abierto el camino del consejo y el acompañamiento. Tales enfoques y actitudes enseñan el modo complementario del padre y de la madre. Esto enriquece.

La hija y el hijo inicialmente tienden a sentirse una prolongación de la madre. Poco a poco captan la separación de ella ante la experiencia del ir y venir del padre. Y admiten su presencia en la medida en que la madre le introduzca. De modo intuitivo perciben la masculinidad y la feminidad. Y más adelante reconocerán la que les corresponde.

Si al padre se le saca del escenario social se desdibuja la diferenciación. Aunque la función paterna puede ser ejercida por diversas personas. Muchos hijos viven solos con la madre sin tener perturbaciones psicológicas, simplemente porque la madre tiene el tino de entender sus circunstancias con la madurez necesaria.

Tanto el padre como la madre ayudan a los hijos a comprender el entorno y a utilizar el lenguaje. Cada uno lo hace desde la masculinidad o la feminidad, por eso, el lenguaje y la palabra amplían su uso, su comprensión y su aplicación. El manejo de lo simbólico, de la analogía, del análisis y de la síntesis amplían el horizonte. Los contenidos son más ricos y completos.

El padre tiene más fuerza ante las prohibiciones, este aspecto facilita la distinción del modo de actuar paterno y materno. Al padre se le facilita mejor señalar los límites, aspecto tan descuidado y tan necesario para la maduración y la adaptación de las personas.

Al padre se le facilita la mediación de los hijos con el entorno fuera del hogar. De modo natural la madre da seguridad dentro de la casa y el padre la da fuera. Y la buena relación entre el padre y la madre ayudarán a los hijos a acrecentar las experiencias y a relacionarlas equilibradamente. La seguridad que perciben en la casa les moverá a ser audaces fuera de ella. Los aprendizajes del exterior harán ricas las aportaciones dentro de la casa. Todo ello favorece despertar el interés hacia la cultura.

La madre es capaz de hacer funcionar el simbolismo paterno. El padre es más vigoroso ante el hecho de aplicar prohibiciones fundamentales o poner los límites necesarios. En esta situación, precisamente los hijos quieren situarse entre un padre y una madre siempre que conozcan las atribuciones de su padre y las distingan de las de la madre.

La sociedad ha de aportar recursos para facilitar el respeto y el apoyo del padre y la madre dentro y fuera del hogar. La escuela también ha de ofrecer actividades que faciliten el respeto a la autoridad de los padres, y de los educadores. De ese modo la educación de los hijos es más armónica e incisiva. Especialmente es importante respetar el lugar que corresponde al padre y a la madre, así como a los directivos de la escuela y al profesorado. 

La estabilidad afectiva de los cónyuges actualmente es más precaria porque ambos tienen fuerte carga de responsabilidades laborales fuera del hogar. Eso también debilita el tiempo de calidad dedicado a los hijos. Este es uno de los factores que hacen más frágil la unión intrafamiliar.

La familia ahora es más débil porque son más complejas las relaciones conyugales. El pluriempleo impide las relaciones serenas y la toma de decisiones en común ante los problemas. La falta de tiempo dificulta la serenidad para analizar los problemas e identificar los estados de ánimo para afrontarlos. Incluso si no hay distribución de funciones, los problemas crecen y los reproches también.

La madurez en la relación paterno-materna sólo será posible si respetan un tiempo fijo para hablar del modo de jerarquizar los problemas como pareja y los de los hijos. Y acordar cómo y quién los resolverá. Esto puede evitar la ruptura conyugal y los serios problemas para la prole. La confusión de los sentimientos conduce también a la confusión de los pensamientos y las tareas.

Hoy la función paterna y la materna necesitan reinventarse. Son indispensables aún más ante una sociedad más compleja. ¿Está la sociedad preparada para ayudarlos? Ésta es la gran pregunta.

 

 

La queja…aleja

Vivir para quejarse no es muy agradable, y mucho menos convivir con alguien que se queja todo el tiempo.

La queja es una forma de interactuar que genera tensión entre las personas. Son palabras de frustración emocional: algo que va mal, lamentarte, acusar, fastidio. Puede venir por algún dolor físico crónico o como una forma de amortiguar lo que está viviendo esa persona.

Lo malo es que puede llegar a convertirse en una actitud de vida. Nos quejamos para buscar apoyo, empatía o que nos hagan caso. Transmitimos nuestro malestar a la otra persona. Cada vez que te quejas estás demostrando tu incapacidad para resolver tu situación o problemas.

Es una forma de liberar tensión, de sacar aquello que traemos dentro, pero, por otro lado, la persona que se queja no actúa, no soluciona y se convierte en un círculo vicioso.

¿Por qué se queja una persona? Ya sea porque lo ha aprendido en su familia, porque es pesimista dándole énfasis a los errores; o bien, por ser demasiado perfeccionista con ella misma y con los demás. Incluso hay veces que nos quejamos por llamar la atención, ser una víctima y que nos compadezcan.

Las consecuencias de una persona quejosa son muchas: se acostumbra a no resolver sus problemas; se estresa y ve todo negativo. Se convierte en un hombre o mujer pasivo, ya que la queja absorbe su energía y no hace nada. Y muy cierto y también triste: los demás se cansan de ella: la pareja, hijos, amigos, en el trabajo, prefieren evitarla que convivir con ella.

La queja nos aleja de nuestros seres queridos. Si queremos resolver un problema, debemos de irnos a la acción y dejar de quejarnos.

¿Qué te recomiendo para superar la queja? En primer lugar, te invito a reconocer que la queja no es la solución, recuerda que solo desahoga la frustración, pero el problema seguirá vivo.

Después, detecta sobre qué temas te quejas; los motivos o circunstancias; define lo que deseas y dilo; piensa si puedes cambiar o no tu realidad. Si tu realidad no puede ser modificada, cambia la actitud y no te quejes. Concéntrate en lo que si puedes hacer y disfrutar.

Sé una persona proactiva. Haz que las cosas sucedan y no esperes a que el tiempo, los demás o las circunstancias cambien o decidan por ti.

La queja te impide disfrutar de la vida. En lugar de quejarte mejor empieza a actuar y verás que los demás querrán estar contigo, y tú, serás una persona más feliz.

 

La ideología de gender o género

El término gender puede aceptarse como una expresión humana, y por tanto libre que se basa en una identidad sexual biológica, masculina o femenina

Mientras que el término sexo hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer), el término género proviene del campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro. Las diferencias entre el varón y la mujer no corresponderían, pues, –fuera de las obvias diferencias morfológicas–, a una naturaleza “dada”, sino que serían meras construcciones culturales “hechas” según los roles y estereotipos que en cada sociedad se asignan a los sexos (“roles socialmente construidos”) [En los idiomas en los que no se dispone de dos palabras diferentes (sex – gender, sexo – género), se suele hablar del “sexo biológico” y “sexo psícosocial”; así, por ejemplo, en alemán: “biologisches Geschlecht” – “psycho–soziales Geschlecht”]. En este contexto se destaca (no sin razón) que, en el pasado, las diferencias fueron acentuadas desmesuradamente, lo que condujo a situaciones de discriminación e injusticia para muchas mujeres: durante largos siglos, correspondió al “destino femenino” ser modelada como un ser inferior, excluida de las decisiones públicas y de los estudios superiores. Pero hoy en día –se sigue afirmando– las mujeres se dan cuenta del fraude del que han sido víctimas, y rompen los esquemas que les fueron impuestos. Pretenden liberarse sobre todo del matrimonio y de la maternidad [Algunos adeptos del feminismo de género proponen: “Para ser efectivos a largo plazo, los programas de planificación familiar deben buscar no sólo reducir la fertilidad dentro de los roles de género existentes, sino más bien cambiar los roles de género a fin de reducir la fertilidad.”].

Algunos apoyan la existencia de cuatro, cinco o seis géneros según diversas consideraciones: heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual, lesbiana, bisexual e indiferenciado. De manera que, la masculinidad y la feminidad no se consideran, en modo alguno, como los únicos derivados naturales de la dicotomía sexual biológica. Cualquier actividad sexual resultaría justificable [Judith BUTLER: “Al teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre de ataduras. En consecuencia, varón y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como un masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como un femenino.” Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity. Aunque este trabajo esté criticado, en algunos círculos extremistas todavía más radicales, por no separarse del todo de la dimensión biológica, puede considerarse como una de las obras claves que presentan la ideología de gender]. La “heterosexualidad”, lejos de ser “obligatoria”, no significaría más que uno de los casos posibles de práctica sexual. Ni siquiera sería preferible para la procreación. En sociedades “más imaginativas”, la reproducción biológica puede asegurarse con otras técnicas, se afirma [Heidi HARTMANN: The Unhappy Marriage of Marxism and Feminism. La autora anticipó, en parte, la completa disociación entre sexualidad y procreación, maternidad/paternidad y filiación que las intervenciones artificiales hacen posible hoy en día]. Y como la identidad genérica (el gender) podría adaptarse indefinidamente a nuevos y diferentes propósitos, correspondería a cada individuo elegir libremente el tipo de género al que le gustaría pertenecer, en las diversas situaciones y etapas de su vida.

Para llegar a una aceptación universal de estas ideas, los promotores del feminismo radical de género intentan conseguir un gradual cambio cultural, la llamada “de–construcción” de la sociedad, empezando con la familia y la educación de los hijos [PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA: Familia, matrimonio y uniones de hecho. El feminismo de género ha encontrado favorable acogida en un buen número de importantes instituciones internacionales, entre las que se encuentran algunos Organismos de la Organización de Naciones Unidas. En no pocas Universidades se pretende, además, de elevar los “Gender Studies” a un nuevo rango científico]. Utilizan un lenguaje ambiguo que hace parecer razonables los nuevos presupuestos éticos. La meta consiste en “re–construir” un mundo nuevo y arbitrario que incluye, junto al masculino y al femenino, también otros géneros en el modo de configurar la vida humana y las relaciones interpersonales.

Estas pretensiones han encontrado un ambiente favorable en la antropología individualista del neoliberalismo radical. Se apoyan, por un lado, en diversas teorías marxistas y estructuralistas [Fue Friedrich ENGELS quien sentó las bases de unión entre el marxismo y el feminismo.The Origin of the Family, Property and the State], y por el otro, en los postulados de algunos representantes de la “revolución sexual”, como Wilhelm Reich (1897–1957) y Herbert Marcuse (1898–1979) que invitaban a experimentar todo tipo de situaciones sexuales. Más directamente aún se puede ver el influjo del existencialismo ateo de Simone de Beauvoir (1908–1986) que anunció ya en 1949 su conocido aforismo: “¡No naces mujer, te hacen mujer!,” – más tarde completado por la lógica conclusión: “¡No se nace varón, te hacen varón! Tampoco la condición de varón es una realidad dada desde un principio”. Los estudios socioculturales de Margaret Mead (1901–1978) también pueden incluirse en este proceso histórico que consolidó una nueva rama del feminismo radical, aunque la validez científica de sus aportaciones fue cuestionada por otros investigadores.

Al proclamar que los géneros masculino y femenino serían el producto exclusivo de factores sociales, sin relación alguna con la dimensión sexual de la persona, los defensores de la teoría de género se oponen a un modelo, igualmente unilateral que el suyo, que sostiene justamente lo contrario: niega cualquier interacción entre el individuo y la comunidad a la hora de configurar la identidad personal como varón o mujer; y afirma que a cada sexo le corresponderían por necesidades biológicas unas funciones sociales fijas, invariables en la historia [Con respecto a los diversos modelos que presentan la relación entre varón y mujer, el esquema clarificador de María ELÓSEGUI: La transexualidad. Jurisprudencia y argumentación jurídica]. Este modelo, sin embargo, se considera hoy en día falso a nivel teórico y jurídico, al menos en el mundo occidental [La subordinación de la mujer atenta contra el principio de igualdad entre los sexos y contra los derechos humanos reconocidos en la Declaración Universal de la Organización de Naciones Unidas de 1948 y en otros muchos documentos de la ONU.] Está en parte superado por la legislación, pero no totalmente [los estudios de María ELÓSEGUI: “Existe todavía discriminación directa, indirecta y oculta en el ámbito laboral, en el de la seguridad social, en el derecho financiero etc.”Los derechos reproductivos. Un nuevo concepto jurídico procedente del mundo legal anglosajón, en Anuario de Derecho Eclesiástico del Estado]; no se puede negar que persiste su influjo en la práctica social.

El proceso de identificación con el propio sexo

En la persona humana, el sexo y el género –el fundamento biológico y la expresión cultural– no son idénticos, pero tampoco son completamente independientes. Para llegar a establecer una relación correcta entre ambos, conviene considerar previamente el proceso en el que se forma la identidad como varón o mujer. Los especialistas señalan tres aspectos de este proceso que, en el caso normal, se entrelazan armónicamente: el sexo biológico, el sexo psicológico y el sexo social[El sexo biológico suele denominarse simplemente sex, sexo, mientras que el sexo psicológico y social están unidos en el término gender, género.]

El sexo biológico describe la corporeidad de una persona. Se suelen distinguir diversos factores. El “sexo genético” (o “cromosómico”) –determinado por los cromosomas XX en la mujer, o XY en el varón– se establece en el momento de la fecundación y se traduce en el “sexo gonadal” que es responsable de la actividad hormonal. El “sexo gonadal”, a su vez, influye sobre el “sexo somático” (o “fenotípico”) que determina la estructura de los órganos reproductores internos y externos. Conviene considerar el hecho de que estas bases biológicas intervienen profundamente en todo el organismo, de modo que, por ejemplo, cada célula de un cuerpo femenino es distinta a cada célula de un cuerpo masculino. La ciencia médica indica incluso diferencias estructurales y funcionales entre un cerebro masculino y otro femenino.

El sexo psicológico se refiere a las vivencias psíquicas de una persona como varón o mujer. Consiste, en concreto, en la conciencia de pertenecer a un determinado sexo. Esta conciencia se forma, en un primer momento, alrededor de los 2–3 años y suele coincidir con el sexo biológico. Puede estar afectada hondamente por la educación y el ambiente en el que se mueve el niño.

El sexo sociológico (o civil) es el sexo asignado a una persona en el momento del nacimiento. Expresa cómo es percibida por las personas a su alrededor. Señala la actuación específica de un varón o de una mujer. En general, se le entiende como el resultado de procesos histórico–culturales. Se refiere a las funciones y roles (y los estereotipos) que en cada sociedad se asignan a los diversos grupos de personas.

Estos tres aspectos no deben entenderse como aislados unos de otras. Por el contrario, se integran en un proceso más amplio consistente en la formación de la propia identidad. Una persona adquiere progresivamente durante la infancia y la adolescencia la conciencia de ser “ella misma”. Descubre su identidad y, dentro de ella, cada vez más hondamente, la dimensión sexual del propio ser. Adquiere gradualmente una identidad sexual (dándose cuenta de los factores biopsíquicos del propio sexo, y de la diferencia respecto al otro sexo) y una identidad genérica (descubriendo los factores psicosociales y culturales del papel que las mujeres o varones desempeñan en la sociedad). En un correcto y armónico proceso de integración, ambas dimensiones se corresponden y complementan.

Una consideración especial merecen los estados intersexuales (los llamados intersexos) ya que algunos argumentan que la existencia de personas transexuales y hermafroditas demostraría que no hay solamente dos sexos. Pero los estados intersexuales significan anomalías con características clínicas variadas; suelen ocurrir en una etapa muy precoz del desarrollo embrionario. Se definen por la existencia de contradicción de uno o más de los criterios que definen el sexo. Es decir, las personas transexuales disponen de una patología en alguno de los puntos de la cadena biológica que conduce a la diferenciación sexual. Sufren alteraciones en el desarrollo normal del sexo biológico y, en consecuencia, también del sexo psicosocial [No corresponde, por ejemplo, el sexo fenotípico plenamente con el sexo cromosómico y gonadal, o no corresponden los órganos sexuales externos e internos. Así, las personas transexuales perciben pertenecer al sexo opuesto del que indica su anatomía.] En vez de utilizarlas como propaganda para conseguir la “deconstrucción” de las bases de la familia y de la sociedad, conviene mostrarles respeto y darles un tratamiento médico adecuado.

Hay que distinguir la identidad sexual (varón o mujer) de la orientación sexual (heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad). Se entiende como orientación sexual comúnmente la preferencia sexual que se establece en la adolescencia coincidiendo con la época en que se completa el desarrollo cerebral. Tiene una base biológica y es configurada, además, por otros factores como la educación, la cultura y las experiencias propias. Aunque los números varían según las diversas investigaciones, se puede decir que la inmensa mayoría de las personas humanas son heterosexuales

Otra cosa todavía distinta es la conducta sexual. En el caso normal, designa el propio comportamiento elegido, puesto que hay un margen muy amplio de libertad en el modo en que tanto la mujer como el varón pueden conducir su sexualidad.

Hacia una comprensión de la diferencia sexual

Como la persona entera es varón o mujer, “en la unidad de cuerpo y alma”, la masculinidad o feminidad se extiende a todos los ámbitos de su ser: desde el profundo significado de las diferencias físicas entre el varón y la mujer y su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas entre ambos y la forma diferente de manifestar su relación con Dios. Aunque no se pueda constatar ningún rasgo psicológico o espiritual atribuible sólo a uno de los sexos, existen, sin embargo, características que se presentan con una frecuencia especial y de manera más pronunciada en los varones, y otras en las mujeres. Es una tarea sumamente difícil distinguir en este campo. Probablemente nunca será posible determinar con exactitud científica lo que es “típicamente masculino” o “típicamente femenino”, pues la naturaleza y la cultura, las dos grandes modeladoras, están entrelazadas, desde el principio, muy estrechamente. Pero el hecho de que varón y mujer experimenten el mundo de forma diferente, solucionen tareas de manera distinta, sientan, planeen y reaccionen de manera desigual, tiene un fundamento sólido en la constitución biológica propia de cada uno.

La sexualidad habla a la vez de identidad y alteridad. Varón y mujer tienen la misma naturaleza humana, pero la tienen de modos distintos. En cierto sentido se complementan. Por esto, el varón tiende “constitutivamente” a la mujer, y la mujer al varón. No buscan una unidad andrógena, como sugiere la mítica visión de Aristófanes en el “Banquete”, pero sí se necesitan mutuamente para desarrollar plenamente su humanidad. La mujer es dada como “ayuda” al varón por el Creador, y viceversa, lo que no equivale a “siervo” ni expresa ningún desprecio. [JUAN PABLO II: Carta Apostólica Mulieris dignitatem. También el salmista dice a Dios: “Tú eres mi ayuda.” Salmo 70,6. Salmo 115,9.10.11; 118,7; 146,5.] También en la relación marido–mujer la “sumisión” no es unilateral, sino recíproca. Es deseable una subordinación mutua en el amor.

Es un hecho biológico que sólo la mujer puede ser madre, y sólo el varón puede ser padre. La procreación se encuentra ennoblecida en ellos por el amor en que se desarrolla y, precisamente por la vinculación al amor, ha sido puesta por Dios en el centro de la persona humana como labor conjunta de los dos sexos. La paternidad común muestra un especial protagonismo y una confianza inmensa de Dios.

Tanto el varón como la mujer son capaces de cubrir una necesidad fundamental del otro. En su mutua relación uno hace al otro descubrirse y realizarse en su propia condición sexuada. Uno hace al otro consciente de ser llamado a la comunión y capaz para entregarse al otro, en mutua subordinación amorosa. Ambos, desde perspectivas distintas, llegan a la propia felicidad sirviendo a la felicidad del otro.

Mientras que el cambio arbitrario del gender da testimonio de un cierto afán de autosuficiencia, la sexualidad humana significa una clara disposición hacia el otro. Manifiesta que la plenitud humana reside precisamente en la relación, en el ser–para–el–otro. Impulsa a salir de sí mismo, buscar al otro y alegrarse en su presencia. Es como el sello del Dios del Amor en la estructura misma de la naturaleza humana. Aunque cada persona es querida por Dios “por sí misma” y llamada a una plenitud individual, no puede alcanzarla sino en comunión con otros. Está hecha para dar y recibir amor. De esto nos habla la condición sexual que tiene un inmenso valor en sí misma. Ambos sexos están llamados por el mismo Dios a actuar y vivir conjuntamente [Génesis 1,27: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó.”]. Esa es su vocación. Se puede incluso afirmar que Dios no ha creado al hombre varón y mujer para que engendre nuevos seres humanos, sino que, justo al revés, el hombre tiene la capacidad de engendrar para perpetuar la imagen divina que él mismo refleja en su condición sexuada.

Ser mujer, ser varón, no se agota en ser respectivamente madre o padre. Considerando las cualidades específicas de la mujer, se ha reflexionado, a veces, sobre la “maternidad espiritual”; el Papa Juan Pablo II precisa este concepto y habla más oportunamente del “genio de la mujer”. Constituye una determinada actitud básica que corresponde a la estructura física de la mujer y se ve fomentada por ésta. En efecto, no parece descabellado suponer que la intensa relación que la mujer guarda con la vida pueda generar en ella unas disposiciones particulares. Así como durante el embarazo la mujer experimenta una cercanía única hacia un nuevo ser humano, así también su naturaleza favorece el encuentro interpersonal con quienes le rodean. El “genio de la mujer” se puede traducir en una delicada sensibilidad frente a las necesidades y requerimientos de los demás, en la capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores y de comprenderlos. Se la puede identificar, cuidadosamente, con una especial capacidad de mostrar el amor de un modo concreto, y desarrollar la “ética” del cuidado.

Donde hay un “genio femenino” debe haber también un “genio masculino”, un talento específico del varón. Éste tiene por naturaleza una mayor distancia respecto a la vida concreta. Se encuentra siempre “fuera” del proceso de la gestación y del nacimiento, y sólo puede tener parte en ellos a través de su mujer. Precisamente esa mayor distancia le puede facilitar una acción más serena para proteger la vida, y asegurar su futuro. Puede llevarle a ser un verdadero padre, no sólo en la dimensión física, sino también en sentido espiritual [Paternidad espiritual supone liberarse del egocentrismo, “ser conquistado por el amor”. Karol WOJTYLA: Radiation of fatherhood.] Puede llevarle a ser un amigo imperturbable, seguro y de confianza. Pero puede llevarle también, por otro lado, a un cierto desinterés por las cosas concretas y cotidianas, lo que, desgraciadamente, se ha favorecido en las épocas pasadas por una educación unilateral.

En todos los ámbitos y los sectores de la sociedad, en la cultura y el arte, la política y la economía, la vida pública y privada, varones y mujeres están llamados a aceptarse mutuamente y a construir juntos un mundo habitable. Este mundo llegará a su plenitud en el momento en el que ambos sexos le entreguen armónicamente su contribución específica.

Una relación adecuada entre sexo y gender

Hay una profunda unidad entre las dimensiones corporales, psíquicas y espirituales en la persona humana, una interdependencia entre lo biológico y lo cultural. La actuación tiene una base en la naturaleza y no puede desvincularse completamente de ella.

La unidad y la igualdad entre varón y mujer no anulan las diferencias. Aunque tanto las cualidades femeninas como las masculinas sean variables en gran medida, no pueden ser ignoradas completamente. Sigue habiendo un trasfondo de configuración natural, que ya no puede ser anulado sin esfuerzos desesperados, que conducen, en definitiva, a la autonegación. Ni la mujer ni el varón pueden ir en contra de su propia naturaleza sin hacerse desgraciados. La ruptura con la biología no libera a la mujer, ni al varón; es más bien un camino que conduce a lo patológico.

La cultura, a su vez, tiene que dar una respuesta adecuada a la naturaleza. No debe ser un obstáculo al progreso de un grupo de personas. Es evidente que han existido en la historia, y aún existen en el mundo, muchas injusticias hacia las mujeres. Este largo elenco de discriminaciones no tiene ningún fundamento biológico, sino unas raíces culturales, y es preciso erradicarlas. Las funciones sociales no deben considerarse como irremediablemente unidas a la genética o a la biología. Es deseable que la mujer asuma nuevos roles que estén en armonía con su dignidad. En este sentido, el Papa Juan Pablo II rechaza explícitamente la noción biológica determinista de que todos los roles y relaciones de los dos sexos están fijados en un único modelo estático, y exhorta a los varones a participar “en el gran proceso de liberación de la mujer”. Es indudable que la incorporación de la mujer al mercado laboral es un avance que, ciertamente, crea nuevos retos para ambos sexos.

El término gender puede aceptarse como una expresión humana y por tanto libre que se basa en una identidad sexual biológica, masculina o femenina. Es adecuado para describir los aspectos culturales que rodean a la construcción de las funciones del varón y de la mujer en el contexto social. Sin embargo, no todas las funciones significan algo construido a voluntad; algunas tienen una mayor raigambre biológica. Por tanto, “puede también apreciarse que la presencia de una cierta diversidad de roles en modo alguno es mala para las mujeres, con tal de que esta diversidad no sea resultado de una imposición arbitraria, sino más bien expresión de lo que es específicamente masculino o femenino.”

Hoy en día muchas personas vuelven a ver de nuevo con claridad que no pueden llegar a ser libres más allá de la base de la propia naturaleza; que el sexo, más que un privilegio o una discriminación, también es siempre una oportunidad para el propio desarrollo. En consecuencia, se empeñan por conseguir que la promoción de la mujer no sólo se lleve a cabo fuera del hogar. Si es cierto que las mujeres no se muestran únicamente como esposas y madres, muchas sí son esposas y madres, o quieren serlo, y hay que crear las posibilidades para que puedan serlo con dignidad. La mujer con una actividad profesional externa no debe ser declarada el único ideal de la independencia femenina, a pesar de todo el respeto que merecen sus intenciones nobles.

La familia, ciertamente, no es una tarea exclusiva de la mujer. Pero aún cuando el varón muestre su responsabilidad y compagine adecuadamente sus tareas profesionales y familiares, no se puede negar que la mujer juega un papel sumamente importante en el hogar. La específica contribución que aporta allí, debe tenerse plenamente en cuenta en la legislación y debe ser también justamente remunerada, bajo el punto de vista económico y sociopolítico.

La colaboración para elaborar esta legislación deberá considerarse mundialmente no sólo como derecho, sino también como deber de la mujer.

Nota final

El desarrollo de una sociedad depende del empleo de todos los recursos humanos. Por tanto, mujeres y varones deben participar en todas las esferas de la vida pública y privada. Los intentos que procuran conseguir esta meta justa a niveles de gobierno político, empresarial, cultural, social y familiar, pueden abordarse bajo el concepto de “perspectiva de igualdad de género (gender)”, si esta igualdad incluye el derecho a ser diferentes. De hecho, algunos países y organismos internacionales tienen en cuenta la diferente situación de varones y mujeres, y desarrollan planes para la igualdad de oportunidades, que ayudan a conseguir la promoción de la mujer. Y a la hora de adoptar políticas, la “perspectiva de género” lleva a plantearse cuáles serán los posibles efectos de esas decisiones en las situaciones respectivas de varones y mujeres.

Esta “perspectiva de género”, que defiende el derecho a la diferencia entre varones y mujeres y promueve la corresponsabilidad en el trabajo y la familia, no debe confundirse con el planteamiento radical señalado al principio, que ignora y aplasta la diversidad natural de ambos sexos.

Por Jutta Burggraf, teóloga alemana, doctora en Psicopedagogía y Sagrada Teología, profesora agregada de Teología Dogmática de la Universidad de Navarra.

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Creación de embriones humanos sintéticos: excediendo los límites

Por OBSERVATORIO DE BIOETICA UCV|16 junio, 2023|BIOÉTICA PRESSGenética y genómicaInformes

Como hemos publicado previamente desde nuestro Observatorio, los embriones artificiales, en los que trabajan muchos equipos de investigación desde hace años, también llamados embrioides, modelos embrionarios o blastoides, son aglomerados celulares obtenidos a partir de células troncales, conocidas popularmente como células “madre”, que reflejan en cierta medida algunas estructuras y funciones de los embriones, con el objetivo de poder estudiar esta intrigante y compleja etapa de nuestro desarrollo sin tener que recurrir al uso de embriones humanos, evitando así los impedimentos éticos y legales de estas investigaciones.

Hace poco más de un año se publicaba en la prestigiosa revista científica Nature la producción de un embrión artificial a partir de células troncales humanas que pudo implantarse en una especie de útero también artificial.

El objetivo de la investigación era generar un modelo de embrión artificial con el que estudiar el complejo fenómeno de la implantación, momento en el que el embrión anida en el útero materno, ya que numerosos casos de abortos espontáneos se relacionan con la incapacidad de algunos embriones para implantarse con éxito.

Estos embriones artificiales se han denominado blastoides, en referencia al blastocisto, que es el embrión en la etapa en que ocurre la implantación uterina. Para generarlos se utilizaron células troncales humanas de distintos tipos, incluyendo células troncales embrionarias y células pluripotentes inducidas (las cuales se obtienen reprogramando células adultas a un estado de desarrollo semejante al embrionario). Con ambos tipos se consiguieron estructuras similares con una eficiencia comparablemente alta, según concluyen los autores de la investigación. Posteriormente, estos embriones artificiales se pusieron en contacto con una especie de útero artificial, que consistía en un conjunto de células del endometrio que recubre el interior del útero. Los investigadores comprobaron que al añadir estrógenos y progesterona en la misma cantidad que se produce durante el embarazo, los blastoides se adherían a las células endometriales, simulando la implantación. Los investigadores esperaban que este modelo artificial embrión-útero permitirá estudiar el fenómeno de la implantación en mayor profundidad, permitiendo conocer mejor las causas de los abortos espontáneos.

Un paso más

Con este mismo objetivo, se han publicado en algunos medios recientemente los resultados, aún no publicados en medios científicos contrastables, del trabajo liderado por el científico palestino Jacob Hanna, quien ha comunicado haber conseguido imitar por primera vez una de las fases más desconocidas del desarrollo embrionario de una persona. Ello implica haber logrado el desarrollo de todas las estructuras embrionarias, a diferencia de los ensayos anteriores, lo que supone un paso más hacia la reproducción humana prescindiendo de la fecundación.

En un trabajo previo del mismo autor, en este caso con ratones, se adaptó una plataforma recientemente establecida para el crecimiento ex útero prolongado de embriones naturales para generar modelos de embriones completos sintéticos posteriores a la gastrulación de ratón (sEmbryos), con compartimentos embrionarios y extraembrionarios, a partir únicamente de células troncales embrionarias (ESC). Esto se logró mediante la agregación conjunta de ESC no transducidas, con otras ESC no modificadas que expresan transitoriamente los genes Cdx2 o Gata4 para promover su desarrollo hacia los linajes de trofoectodermo y endodermo primitivo, respectivamente. Los embriones logran adecuadamente la gastrulación, avanzan a través de hitos clave del desarrollo y desarrollan progenitores de órganos dentro de compartimentos extraembrionarios complejos similares a los embriones de ratón en etapa E8.5.

Los hallazgos de estos trabajos destacan el potencial plástico de las células pluripotentes no modificadas para autoorganizarse y reconstituir funcionalmente y modelar todo el embrión  mamífero más allá de la gastrulación.

Paralelamente, hemos conocido los resultados obtenidos por el equipo de la Dra. Magdalena Żernicka-Goetz, profesora de biología e ingeniería biológica de la Universidad de Cambridge y del Instituto de Tecnología de California, quien describió sus resultados en un discurso el pasado miércoles en la reunión anual de la Sociedad Internacional para la Investigación de Células Madre en Boston, según publica el diario británico The Guardian.

La Dra Żernicka-Goetz afirmó que podía crear modelos similares a embriones humanos mediante la reprogramación de células (troncales embrionarias)”, lo que diferencia este experimento del de el Dr. Hanna, ya que en este caso sí se ha desarrollado una modificación genética de las células troncales embrionarias utilizadas.

Previamente, publicó sus experimentos con ratones dirigidos también a la obtención de embrioides que completen la fase de gastrulación y progresen en su evolución hacia la organogénesis temprana.

Además, afirman, que no solo se obtienen pseudoembriones por este procedimiento, sino que también podrían derivarse por este método células germinales, ovocitos y espermatozoides. Esta posibilidad también se enmarca en los intentos de lograr la reproducción humana obviando la reproducción sexual.

Valoración bioética

En primer lugar, en ambos experimentos, tanto el de Hanna como en el de Żernicka-Goetz, se parte de células troncales embrionarias, procedentes de embriones humanos generalmente sobrantes de reproducción asistida, de los que se extraen las células troncales pluripotentes, lo que implica necesariamente su destrucción.

En segundo lugar, el Dr. Hanna afirma no haberlas modificado genéticamente, pero en realidad las ha sometido a estímulos químicos para lograr el desarrollo de todas las estructuras embrionarias, lo cual puede provocar cambios epigenéticos que condicionan la expresión genética en el embrión. En el segundo trabajo, el de la Dra Żernicka-Goetz, sí se produce una edición genética de las células troncales embrionarias utilizadas, con el fin de lograr el desarrollo de las estructuras embrionarias y extraembrionarias. Por tanto, este segundo experimento merece la misma consideración bioética negativa que en el caso anterior, con el agravante de que se ha desarrollado una manipulación genética de las células precursoras del embrión, de consecuencias no predecibles, en el futuro hipotético de que se promoviera su desarrollo hasta el nacimiento.

En tercer lugar, los embriones producidos son humanos, se generan para ser destruidos. El argumento de que no pueden desarrollarse hasta el nacimiento no es suficiente para no considerarlos individuos de la especie humana. Dado que comparten la dotación genética humana y muestran la capacidad de desarrollarse en sus primeras etapas evolutivas, resulta muy complicado establecer qué grado de diferencias con los embriones humanos obtenidos por fecundación deben constatarse para clasificarlos como verdaderos embriones o, por el contrario, como pseudoembriones, embrioides, blastoides o modelos semejantes a embriones.

Por el principio de prudencia, mientras esta cuestión no se resuelva, deberían ser tratados como humanos, hasta que estas diferencias se evidencien suficientemente como para incluirlos en una u otra clasificación. Todo ello apoya el rechazo bioético hacia su producción en las circunstancias actuales.

Es importante resaltar que estos resultados no han sido publicados oficialmente en revistas científicas todavía, por lo que no se conocen los detalles precisos de estas investigaciones, necesarios para una valoración más exhaustiva.

  

Observatorio de Bioética

 

Aborto y Estado de Derecho

Cuando en los años setenta se debatió en el Parlamento alemán la legalización del aborto, el diputado socialista Adolf Arndt señaló que esa medida equivalía a la capitulación del Estado de derecho, que había consistido precisamente en el sometimiento voluntario del más fuerte al imperio de la ley. En efecto, durante siglos de evolución social y política hemos ido generando procedimientos para regular tanto el acceso como el ejercicio del poder, de modo que el gobernante se someta a reglas y se asegure la protección de los débiles. Esta evolución culmina en el Estado de derecho: elección democrática, separación de poderes, imperio de la ley, respeto a las minorías. Ya no estamos expuestos al capricho del soberano, pues también él debe cumplir con el ordenamiento legal.         

Sigo con la argumentación de Arndt: Supuesto que se admita -lo que es mucho admitir- que entre la madre y el feto se da un insuperable conflicto de intereses, no deja de ser terrible que la solución sancionada por la ley sea la muerte de la parte más débil, el feto, a manos justamente de aquellos a cuyo cuidado está encomendado: la madre que decide abortar cuenta con la ayuda de médicos y autoridades. Nadie media para alcanzar una solución pacífica a ese supuesto conflicto, como se hace en otros ámbitos de la vida social. Todo lo más, la ley prescribe a las madres un breve periodo de reflexión antes de que puedan culminar su propósito homicida o les impone una conversación supuestamente orientadora con algún experto.

El seno materno, lugar acogedor y seguro por excelencia, se convierte así en una trampa mortal. Es el punto negro de la autopista de la vida, el sitio donde más gente muere. Mientras las carreteras de los países civilizados son cada vez más seguras, el vientre de la madre se vuelve un lugar peligroso. Los débiles quedan de nuevo a merced de los fuertes en este retorno imprevisto a la ley de la selva. ¿Cómo se compagina la elevada retórica de la inviolable dignidad de la persona humana con este brutal retroceso?

Juan García. 

 

Ante el drama de la natalidad

Ante el drama de la natalidad, los demógrafos apuntan que será difícil una recuperación en los próximos años, dado que el número de nacimientos depende de la población en edad fértil y de las ganas y posibilidades de las mujeres de esa edad de tener hijos. Inmersos en un año electoral, sorprende que ante un problema de esta trascendencia no exista un debate en profundidad ni voluntad política para afrontarlo a través de un gran pacto de Estado. La llegada de población inmigrante puede ayudar, pero no soluciona por sí misma este drama de presente y de futuro. Es necesario un acuerdo que facilite las condiciones económicas y sociales de ayuda a la maternidad, con apoyos a la familia y a la conciliación laboral. Medidas necesarias que no pueden sustituir un cambio en la mentalidad para entender que los hijos no son un problema sino una fuente de esperanza, una posibilidad de vida lograda y una condición para la prosperidad futura en todos los sentidos.

Jesús Domingo Martínez

 

Servicio al bien común

La Conferencia Episcopal presentó, el pasado 17 de mayo, la Memoria de actividades de la Iglesia en España correspondiente al año 2021. La Memoria responde al compromiso de transparencia de la Iglesia y es una radiografía de su múltiple actividad, sostenida en parte por la libre contribución de los ciudadanos que marcaron la casilla de sus declaraciones a Hacienda, que supuso 321 millones de euros. Esta labor, única en la sociedad española, permitió a la Iglesia la atención de casi cuatro millones de españoles en situación de necesidad en sus 9.000 centros sociales, dentro de su misión de anunciar la fe y compartirla en la vivencia de la caridad.

Entre los datos recogidos destaca la actividad educativa en la que están implicados 2.548 centros concertados, que suponen un ahorro al Estado de 4.356 millones de euros, ya que el coste por estudiante es prácticamente la mitad del que supone un puesto en la educación de titularidad estatal. Por significativo que sea este dato, lo más decisivo es la propuesta educativa cristiana en el marco de la libertad de enseñanza, pese a las amenazas que se ciernen sobre ella.

JD Mez Madrid

 

Los españoles y la religión

Los españoles afirman en un 67% que tener fe en Dios o en un poder superior le permite sortear mejor las crisis; un 65% dice que le da significado a su vida y un 62% que les permite ser más felices que el resto de las personas.

En España, un 29% de la población también escoge su casa u otro espacio para rezar, mientras que un 18% acude al lugar de culto, una cifra que es la tercera más alta a nivel europeo tras Polonia (38%) e Italia (33%).

Un 76% de la población mundial afirma que se siente cómodo compartiendo espacio con otras personas que tienen diferentes creencias. Sin embargo, este indicador en España es 8 puntos más bajo, (68%). Lo que le convierte en el segundo con el dato más bajo del continente, siendo Alemania el que ostenta un porcentaje inferior, con un 56%.

España se sitúa entre los países que más piensan que la religión hace más mal que bien al mundo, 9 puntos más que la media global (47%).

Pienso que este último indicador, de entre todos los preocupantes, es de lo más preocupante de los españoles.

José Morales Martín

 

 

Papado, unidad y sinodalidad

La fiesta de san Pedro y san Pablo pone de relieve la tarea y misión del sucesor de Pedro. El sacerdote y teólogo Ramiro Pellitero, realiza una clara exposición sobre la figura del Papa en la Iglesia católica, su tarea de unidad al servicio de la Iglesia universal, sin olvidar el proceso sinodal en el que se halla la Iglesia en la actualidad.

Ramiro Pellitero·29 de junio de 2023·Tiempo de lectura: 8 minutos

san pedro web

Foto: estatua De San Pedro. Plaza De San Pedro del Vaticano

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La fiesta anual de San Pedro y San Pablo brinda la ocasión de señalar algunas cuestiones fundamentales referidas a la figura del Papa y su ministerio de unidad al servicio de la Iglesia universal, teniendo en cuenta el contexto actual, particularmente al proceso sinodal en marcha. 

En lo relativo a las primeras cuestiones, éstas y otras pueden encontrarse desarrolladas de modo sintético en los diccionarios teológicos y otros textos. En esta ocasión nos ha sido particularmente útil la voz “Primado romano”, escrita por D. Valentini, en el Diccionario de Eclesiología, dirigido por G. Calabrese y otros, y coordinado en su edición española por J. R. Villar, Madrid 2016.

La primacía de Pedro y su transmisión

El punto de partida no puede ser otro que el Nuevo Testamento. Dos cuestiones destacan: la primacía de Pedro en el grupo de los apóstoles ­–como señalan tanto los evangelios sinópticos como los Hechos de los apóstoles– y su transmisión en el obispo de Roma. 

Pedro (antes Simón) es quien confiesa la divinidad de Jesús. A Pedro se le promete ser la piedra fundamental para la unidad y solidez de la Iglesia. Y Pedro recibe la potestad de interpretar y transmitir las enseñanzas del Maestro, con una autoridad apostólica superior, pero siempre en comunión con los demás apóstoles. Es el primer “pescador de hombres” y portavoz de los demás discípulos, que tiene también como deber confirmarlos en la fe, sobre el fundamento vivo y la garantía de la oración de Jesús. Especialmente está presente en el evangelio de san Juan. Recibe su primado de Jesús (cf. Jn 21, 15-17), bajo la categoría del pastor, en referencia a su unión con el Señor, que le requiere la disponibilidad para el martirio. Y todo ello presupone la “sucesión” del ministerio primacial de Pedro en la Iglesia.  

En otros libros del Nuevo Testamento se testimonia el “ejercicio” de ese ministerio. En síntesis, como escribe el biblista R. Fabris: Pedro “ocupa un puesto de primer plano, reconocido y testimoniado por toda la tradición neotestamentaria. Pedro es el discípulo histórico de Jesús, el testigo autorizado de su resurrección y el garante de la autenticidad de la tradición cristiana”. 

Por lo que se refiere a la transmisión de la primacía de Pedro en sus sucesores, un conjunto de factores se unen para afirmarla: una cierta “dirección de sentido” en los textos de los evangelios referidos a Pedro en el marco de las actitudes de Jesús; una convicción de fe, en la tradición eclesial, acerca de la sucesión de Pedro, y no solo de los apóstoles; la sucesión misma como medio de esa tradición; la interpretación de la función de Pedro como representante tanto de Jesús como de los apóstoles; la sucesión esencialmente unida a la transmisión de las palabras de Cristo y por tanto de la fe, así como de la imposición de las manos.

El ministerio petrino: comunión y jurisdicción

¿Cómo se ha interpretado el primado romano durante la historia de la Iglesia? San Juan Pablo II escribió: “La Iglesia católica es consciente de haber conservado, en fidelidad a la tradición apostólica y a la fe de los Padres, el ministerio del sucesor de Pedro, que Dios ha constituido ‘perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad’ (Lumen gentium, 23)” (Carta al cardenal Ratzinger, en “L’Osservatore Romano”, esp., 13-XII-1996).

En el primer milenio hay que subrayar las referencias de los Padres (san Clemente Romano, san Ignacio de Antioquía y san Ireneo) a la confesión de Pedro (cf. Mt 16, 16); si bien solo a partir del siglo IV se elabora una doctrina teológica sobre el ministerio del sucesor de Pedro. A esto se une el prestigio da la autoridad de la “primera sede” y algunas intervenciones decisivas de los Papas, en formatos diversos, con ocasión de los concilios de la época o de cuestiones planteadas por los obispos o las comunidades eclesiales. 

En el segundo milenio cambia el modo de la intervención primada. Entre los siglos XI al XV, se acentúa fuertemente el primado romano. En el concilio de Constanza (s. XV) el acento se pone en la figura del concilio, con riesgo de conciliarismo. Desde entonces hasta el Concilio Vaticano I (s. XIX) se desea una síntesis armónica entre el papel del Papa y el de los obispos. En el Vaticano I las circunstancias conducen a definir con categorías jurídicas la potestad del Papa. El Concilio Vaticano II avanza en esa deseada síntesis, profundizando la relación entre el Papa y los obispos, en el marco de la comunión eclesial. El ministerio petrino se comprende en el interior y al servicio del episcopado y, así, al servicio de la entera comunidad eclesial, a la vez que promueve el compromiso ecuménico.

Desde entonces continúa la profundización de aquella sustancial comprensión acerca del primado romano, comprensión inmutable y permanente, presente ya desde los primeros siglos. Lo que ha ido cambiando es el modo del ejercicio del primado del sucesor de Pedro, dependiendo de numerosos factores y circunstancias. En todo caso, permanece lo esencial, de manera que entre el segundo y el primer milenio no hay ruptura, sino novedad en la continuidad.Ciertamente, en el primer milenio se subraya la comunión eclesial, mientras que en el segundo se enfatiza la jurisdicción; pero ambas dimensiones están siempre presentes. 

La infalibilidad del Papa, al servicio de la unidad 

La constitución dogmática Pastor aeternus del Concilio Vaticano I (1869-1870) se centra en el ministerio del “primado romano” o “primado apostólico”. Deseaba afrontar sobre todo el riesgo del galicanismo. Señala que la finalidad del ministerio primacial de Pedro es la unidad entre los obispos, la unidad de la fe y entre todos los fieles. Afirma que Pedro recibió de Cristo un verdadero y propio primado de jurisdicción (de obediencia y no solo de honor) sobre toda la Iglesia, y que ese primado permanece en los sucesores de Pedro. La potestad de jurisdicción del primado se califica como suprema (no solo como primum inter pares; e inapelable), plena (en todos los temas), universal (en todo el mundo), ordinaria (no delegada), inmediata (no necesita mediación de los obispos o de los gobiernos) y “verdaderamente episcopal” (sin que suplante al obispo local). No distingue entre potestad de jurisdicción (enseñar y gobernar) y de orden (santificar). 

Respecto a la infalibilidad del Papa, el Concilio Vaticano I definió solemnemente que el Papa es infalible en sus declaraciones ex cathedra, es decir en sus declaraciones dogmáticas. La infalibilidad del Papa se entiende ahí al servicio de su ministerio petrino, no de modo aislado, sino como cabeza del colegio de los obispos y de la comunidad eclesial.

El apresurado final del Concilio Vaticano I no permitió configurar armónicamente la doctrina del episcopado en su relación con el primado, cosa que haría después del Concilio Vaticano II en el marco de una eclesiología de comunión, declarando la doctrina acerca de la sacramentalidad del episcopado y de la colegialidad episcopal.

En el Concilio Vaticano II la doctrina sobre el primado romano se sitúa en continuidad con el Vaticano I, o mejor en la perspectiva de una novedad en la continuidad. Novedad sobre todo por el contexto eclesiológico, antes que por las aportaciones doctrinales concretas. Señalemos tres principales aportaciones relacionadas con el primado del Papa:

El Concilio declara la sacramentalidad del episcopado. Es decir, que por el sacramento del orden se confiere al obispo el triple munus de enseñar, santificar y gobernar, en comunión jerárquica con la cabeza y los miembros del colegio episcopal. 

Enseña también el significado de la colegialidad episcopal: el colegio de los obispos sucede al colegio de los apóstoles, bajo la cabeza que es ahora el Papa, sucesor de Pedro. La unidad entre el Papa y el colegio episcopal se manifiesta solemnemente en el Concilio Ecuménico.

Además de la infalibilidad de las declaraciones dogmáticas del Papa, el Concilio Vaticano II declara otras tres formas en las que la Iglesia participa de la infalibilidad divina (única que es absoluta). 1) El Concilio ecuménico, en el que se ejerce de modo solemne el magisterio del Papa y de los obispos. 2) El magisterio ordinario y universal, ejercido por el Papa y los obispos en comunión con él, cuando proponen una doctrina definitiva en materia de fe y costumbres, aunque no estén reunidos en el Concilio, sino dispersos por el mundo. 3) El conjunto de los fieles en comunión con el Papa y los obispos en materias de fe y de moral goza de infalibilidad (infalibilidad in credendo) en cuanto manifestación del “sentido de la fe”.

Después del Concilio Vaticano II, el Magisterio ha explicado que el primado del Papa y el colegio episcopal pertenecen a la esencia de cada Iglesia particular “desde dentro” de ellas mismas (Carta Communionis notio, de 1992, 14; cf. Lumen gentium, 8).

De todo lo anterior se deduce que hay que distinguir la autoridad pastoral suprema, que tiene el Papa, y los aspectos y modos de ejercerla. Esa autoridad solo puede ser única. Se descartan dos posiciones extremas: la conciliarista–episcopalista que define la autoridad de los obispos reunidos en Concilio por encima del Papa; la considerada “papalista”, según la cual solo el Papa (o el Papa solo) tendría la autoridad suprema en la Iglesia, y los obispos la recibirían de él. 

La relación del Papa y de los obispos hoy tiende a considerarse en la perspectiva de un único “sujeto” de la autoridad suprema en la Iglesia: el colegio de los obispos con su cabeza; y dos modos de ejercitarla: a través del Papa, en cuanto cabeza del colegio; a través del colegio de los obispos en comunión con su cabeza. 

En cuanto a la colegialidad episcopal, hoy se habla de una colegialidad episcopal “efectiva”, y de otra “afectiva”. Las dos son necesarias y han realizarse en comunión con el ministerio petrino y viceversa. La “efectiva” se manifiesta en el Concilio ecuménico (de modo solemne y plenamente técnico-jurídico) y en el magisterio ordinario universal de los obispos en comunión con el sumo pontífíce. La colegialidad “afectiva” se refiere a realizaciones parciales de la colegialidad como el Sínodo de los obispos, la Curia romana, los concilios locales y las conferencias episcopales.

Primado, unidad y sinodalidad

Volviendo al ministerio del Papa en el momento actual y en continuidad especialmente con los pontificados que se sitúan en la estela del Concilio Vaticano II, cabe observar que el papado se manifiesta a la vez en un doble plano que es también un doble desafío: de un lado, el servicio a la unidad de la fe y de la comunión para los cristianos (con los modos de ejercerlo y explicarlo que convengan teniendo en cuenta al contexto ecuménico); y simultáneamente, su innegable autoridad moral a nivel universal (en temas centrales como la dignidad de la persona y el servicio al bien común y la paz, la preocupación efectiva por los más débiles y necesitados, la defensa de la vida y de la familia, el cuidado de la Tierra como casa común).   

El presente Instrumentum laboris se refiere al primado del Papa en varias ocasiones, precisamente en relación con la sinodalidad. 

En primer lugar, cita al Concilio Vaticano II y su visión de la catolicidad de la Iglesia, para expresar que la sinodalidad ha de llevarse a cabo “permaneciendo inmutable el primado de la cátedra de Pedro, que preside la asamblea universal de la caridad, protege las diferencias legítimas y simultáneamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla” (Lumen gentium, 13). 

En segundo lugar, aparece el primado en tres de las preguntas formuladas como ayuda para la oración, la reflexión y el discernimiento sinodal.

La primera se formula así: “Cómo puede contribuir el proceso sinodal en curso a ‘encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar en absoluto a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva’” (la cita es de san Juan Pablo II, enc. Ut unum sint, de 1995, n. 95, texto citado por el Papa Francisco en la exhort. ap. Evangelii gaudium,32 y en la const. Ap. Episcopalis communio, 10). 

Más adelante se vuelve a preguntar sobre este tema: “¿Cómo deben evolucionar, en una Iglesia sinodal, el papel del obispo de Roma y el ejercicio del primado?”

Luego figura una afirmación que convendrá fundamentar y explicar, así como acompañar, con los recursos convenientes (a nivel espiritual, formativo, teológico y canónico), las condiciones para que contribuya efectivamente al bien de todos:

“El Sínodo 2021-2024 está demostrando claramente que el proceso sinodal es el contexto más adecuado para el ejercicio integrado del primado, la colegialidad y la sinodalidad como elementos inalienables de una Iglesia en la que cada sujeto desempeña su función peculiar de la mejor manera posible y en sinergia con los demás”.

Finalmente, reaparece el primado en una consideración y una pregunta sobre el marco general de la sinodalidad: “A la luz de la relación dinámica y circular entre la sinodalidad de la Iglesia, la colegialidad episcopal y el primado petrino, ¿cómo perfeccionar la institución del Sínodo para que se convierta en un espacio cierto y garantizado para el ejercicio de la sinodalidad, asegurando la plena participación de todos –el Pueblo de Dios, el Colegio episcopal y el Obispo de Roma– respetando sus funciones específicas? ¿Cómo valorar el experimento de extensión participativa a un grupo de ‘no obispos’ en la primera sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (octubre 2023)”?