Las Noticias de hoy 24 Octubre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 24 de octubre de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

Buscar la “verdad en la caridad” – Catequesis completa

La sinodalidad es el método eclesial para “reflexionar y confrontarse”

Papa Francisco: “Una Iglesia con las puertas siempre abiertas”

Fase de redacción del documento final

¡FUEGO HE VENIDO A TRAER A LA TIERRA!: Francisco Fernandez Carbajal

“¡Señor, que no sé hacer oración!”: San Josemaria

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici: Raúl Lanzetti,

“Muchas personas tienen sed de Dios”

Conversiones grandes y conversiones cotidianas: Pedro Beteta

Derecho natural, democracia y cultura: Javier Hervada

La persona encapsulada: Ana Teresa López de Llergo

Vencer el pánico escénico: Lucía Legorreta

Los jóvenes.: José Manuel Belmonte

Un termómetro moral: José Morales Martín

… EN FUNCIONES DE… SEPULTURERO.: Amparo Tos Boix, Valencia.

La ideología de género dentro de un tratado legal: Enric Barrull Casals

Cataluña y… “La pela es la pela”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Buscar la “verdad en la caridad” – Catequesis completa

Ciclo de los Hechos de los Apóstoles    

octubre 23, 2019 12:40Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 2 oct. 2019).- “La asamblea de Jerusalén arroja una luz significativa sobre cómo tratar las diferencias y buscar la ‘verdad en la caridad’ (Ef 4,15)” y nos recuerda que el “método eclesial de resolución de conflictos se basa en el diálogo, constituido por la escucha atenta y paciente y el discernimiento efectuado a la luz del Espíritu”, indicó el Papa Francisco.

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Hoy, 23 de octubre de 2019, el Santo Padre, ha continuado con el ciclo de catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles, centrando su reflexión en el pasaje Dios ha abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Hechos 14:27). La misión de Pablo y Bernabé y el concilio de Jerusalén (Hechos de los Apóstoles 15, 7-11).

Iglesia de puertas abiertas

A lo largo de sus palabras, Francisco expresó que el libro de los Hechos de los Apóstoles es el “del largo camino de la Palabra de Dios”, que se debe anunciar en todas partes. Y, aunque dicho camino comienza con una “fuerte persecución”, esta “se convierte en una oportunidad para ampliar el campo donde sembrar la buena semilla de la Palabra”.

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Asimismo, el Papa se ha referido a que dicho libro revela la “naturaleza de la Iglesia. Esto es, “en salida”, de “puertas abiertas”, “llamada a ser siempre la casa abierta del Padre”. De ese modo si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas”.

Asamblea de Jerusalén

Igualmente, remitió al fragmento en el que Pablo y Bernabé se encuentran en Antioquía para evangelizar a los judíos, los creyentes. Allí la novedad de las “puertas abiertas” es ofrecida a los paganos, algo que generó una “controversia muy animada” sobre si era precisa la circuncisión en ellos para lograr la salvación.

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Para solucionarla, continuó relatando el Obispo de Roma, Pablo y Bernabé recurrieron al consejo de los Apóstoles y de los ancianos en Jerusalén, celebrándose el que es considerado el primer concilio de la Iglesia. En él, finalmente, tras los discursos de los apóstoles, se decidió que bastaba con que los no creyentes rechazaran “la idolatría y todas sus expresiones”, presentando un “camino común”.

Sinodalidad

Por otro lado, el Pontífice también remarcó que, la carta apostólica enviada a Antioquía por Pablo y Bernabé “nos ayuda a comprender la sinodalidad”, pues “los Apóstoles empiezan diciendo: ‘El Espíritu Santo y nosotros pensamos que…’. Es propio de la sinodalidad, de la presencia del Espíritu Santo, de lo contrario no es sinodalidad, es parlatorio, parlamento, otra cosa…”.

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Finalmente, el Santo Padre ha pedido a Dios: “Que nos ayude a vivir el diálogo, la escucha y el encuentro con nuestros hermanos y hermanas en la fe y con los que están lejos, para gustar y manifestar la fecundidad de la Iglesia, llamada a ser en todos los tiempos “madre gozosa” de muchos hijos (cf. Sal 113, 9)”.

A continuación, reproducimos la catequesis completa del Papa Francisco.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

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El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que san Pablo, después de ese encuentro transformador con Jesús, es acogido por la Iglesia de Jerusalén gracias a la mediación de Bernabé y comienza a anunciar a Cristo. Pero, debido a la hostilidad de algunos, se ve obligado a trasladarse a Tarso, su ciudad natal, donde Bernabé se une a él para involucrarlo en el largo viaje de la Palabra de Dios. El libro de los Hechos de los Apóstoles, que estamos comentando en estas catequesis, puede decirse que es el libro del largo camino de la Palabra de Dios: la Palabra de Dios debe ser anunciada, y anunciada en todas partes. Este viaje comienza después de una fuerte persecución (cf. Hch 11,19); pero esta, en vez de ser un compás de espera para la evangelización, se convierte en una oportunidad para ampliar el campo donde sembrar la buena semilla de la Palabra. Los cristianos no se asustan. Deben huir, pero huyen con la Palabra, y la difunden por todas partes.

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Pablo y Bernabé llegaron primero a Antioquía de Siria, donde se quedan un año entero para enseñar y ayudar a la comunidad a echar raíces (Hechos 11:26).Anunciaban a la comunidad judía, a los judíos. Antioquía se convierte así en el centro de propulsión misionera, gracias a la predicación con la que los dos evangelizadores -Pablo y Bernabé- llegan los corazones de los creyentes, que aquí, en Antioquía, son llamados por primera vez “cristianos” (cf. Hch 11, 26). El libro de los Hechos revela la naturaleza de la Iglesia, que no es una fortaleza, sino una tienda capaz de ampliar su espacio (cf. Is 54,2) y de dar cabida a todos. La Iglesia o es “en salida” o no es Iglesia, o está en camino, ampliando siempre su espacio para que todos puedan entrar, o no es Iglesia. “Una Iglesia con las puertas abiertas” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 46), siempre con las puertas abiertas. Cuando veo una iglesita aquí, en esta ciudad, o cuando la veía en la otra diócesis de dónde vengo, con las puertas cerradas, creo que es una mala señal. Las iglesias siempre deben tener las puertas abiertas porque son el símbolo de lo que es una iglesia: siempre abierta. La Iglesia está “llamada a ser siempre la casa abierta del Padre”. De ese modo si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas” (ibid., 47).

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¿Pero esta novedad de las puertas abiertas a quién?  A los paganos, porque los apóstoles predicaban a los judíos, pero también los paganos venían a llamar a la puerta de la Iglesia; y esta novedad de las puertas abiertas a los paganos desencadena una controversia muy animada. Algunos judíos afirman la necesidad de hacerse judíos mediante la circuncisión para salvarse y luego recibir el bautismo. Dicen: “Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica no podéis salvaros” (Hch 15,1), es decir, no podréis recibir el bautismo más tarde. Primero el rito judío y luego el bautismo: esta era su postura. Y para resolver la cuestión, Pablo y Bernabé consultan al consejo de los Apóstoles y de los ancianos en Jerusalén, y tiene lugar lo que se considera el primer concilio en la historia de la Iglesia, el concilio o asamblea de Jerusalén, al que Pablo se refiere en la Carta a los Gálatas (2,1-10).

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Se aborda una cuestión teológica, espiritual y disciplinaria muy delicada: es decir, la relación entre la fe en Cristo y la observancia de la Ley de Moisés. En el curso de la asamblea son decisivos los discursos de Pedro y Santiago, “columnas” de la Iglesia Madre (cf. Hch 15,7-21; Gál 2,9). Invitan a no imponer la circuncisión a los paganos, sino sólo a pedirles que rechacen la idolatría y todas sus expresiones. De la discusión viene el camino común, y esa decisión, ratificada con la llamada carta apostólica enviada a Antioquía.

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La asamblea de Jerusalén arroja una luz significativa sobre cómo tratar las diferencias y buscar la “verdad en la caridad” (Ef 4,15). Nos recuerda que el método eclesial de resolución de conflictos se basa en el diálogo, constituido por la escucha atenta y paciente y el discernimiento efectuado a la luz del Espíritu. En efecto, es el Espíritu el que ayuda a superar los cierres y las tensiones y actúa en los corazones para que alcancen  la verdad y  la bondad, para que lleguen a la unidad. Este texto nos ayuda a comprender la sinodalidad. Es interesante, como escriben la Carta: los Apóstoles empiezan diciendo: “El Espíritu Santo y nosotros pensamos que…”. Es propio de la sinodalidad, de la presencia del Espíritu Santo, de lo contrario no es sinodalidad, es parlatorio, parlamento, otra cosa..

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Pidamos al Señor que fortalezca en todos los cristianos, especialmente en los obispos y sacerdotes, el deseo y la responsabilidad de la comunión. Que nos ayude a vivir el diálogo, la escucha y el encuentro con nuestros hermanos y hermanas en la fe y con los que están lejos, para gustar y manifestar la fecundidad de la Iglesia, llamada a ser en todos los tiempos “madre gozosa” de muchos hijos (cf. Sal 113, 9).

© Librería Editorial Vaticana

 

La sinodalidad es el método eclesial para “reflexionar y confrontarse”

Aclaración del Santo Padre

octubre 23, 2019 18:18Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT –23 oct. 2019).- “La Asamblea de Jerusalén nos enseña cómo enfrentar las divergencias y buscar ‘la verdad en la caridad’ (Ef 4,5), nos ayuda a entender que la sinodalidad es el método eclesial para reflexionar y confrontarse, basado en el diálogo y en el discernimiento a la luz del Espíritu Santo”.

Con estas palabras, pronunciadas durante la audiencia general de hoy, 23 de octubre de 2019, el Papa Francisco se ha referido a la importancia de la sinodalidad para la Iglesia.

Sinodalidad

Según la nota preliminar redactada por la Comisión Teológica Internacional de la Santa Sede en 2018, la sinodalidad, en el contexto eclesiológico, “indica la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora”.

De este modo, este concepto se refiere “a la corresponsabilidad y a la participación de todo el Pueblo de Dios en la vida y la misión de la Iglesia”.

El Espíritu Santo

El Pontífice indicó que la carta apostólica enviada a Antioquía por Pablo y Bernabé ayuda a comprender la consabida sinodalidad, pues los apóstoles comienzan diciendo: “El Espíritu Santo y nosotros pensamos que…”. Así, explica el Papa, “es propio de la sinodalidad, la presencia del Espíritu Santo, de lo contrario no es sinodalidad, es parlatorio, parlamento, otra cosa…”.

Este mensaje cobra una especial importancia en estos días, ya que desde el 6 y hasta el 27 de octubre se celebra en el Vaticano la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica.

Palabras de Paolo Ruffini

Durante la sesión informativa de hoy sobre el Sínodo, Paolo Ruffini, prefecto del Dicasterio para la Comunicación del Vaticano, ha subrayado las palabras del Obispo de Roma sobre la sinodalidad, refiriéndose a que, efectivamente, “la resolución de los conflictos” requiere del “diálogo y de la escucha con la iluminación del Espíritu, que permiten superar las tensiones que están en los corazones para llegar a la verdad”.

Y recordó el ruego del Papa durante la audiencia general: “pidamos al Señor que fortalezca en todos los cristianos, especialmente en los obispos y sacerdotes, el deseo y la responsabilidad de la comunión. Que nos ayude a vivir el diálogo, la escucha y el encuentro con nuestros hermanos y hermanas en la fe y con los que están lejos, para gustar y manifestar la fecundidad de la Iglesia, llamada a ser en todos los tiempos ‘madre gozosa’ de muchos hijos (cf. Sal 113, 9)”.

Sínodo de la Iglesia Universal

Tal y como señaló el cardenal Baldisseri en la relación pronunciada durante la apertura de los trabajos del Sínodo de la Amazonía, esta asamblea cuenta con la participación de todos los obispos, ordinarios y auxiliares para demostrar, “la colegialidad efectiva y afectiva, que es el espíritu de esa característica distintiva de la institución sinodal, definida precisamente como ‘sinodalidad’”.

Por otro lado, el prelado señaló que, al ser una Asamblea Especial y aunque se aplique a un área específica, la Amazonía “concierne a la Iglesia Universal”, motivo por el que se ha extendido la invitación a los prelados de otras Iglesias particulares y organismos eclesiales regionales y continentales.

Con ello se pretende “dirigir la mirada a la Iglesia en la Amazonía y hacer suyos sus desafíos, sus preocupaciones y sus problemas, porque al fin y al cabo todos debemos sentirnos parte de esta aldea global en la que vive y palpita la única Iglesia de Jesucristo”, continuó Mons. Baldiseri. Y añadió que dicha universalidad se manifiesta también en el hecho de que se celebre en Roma, sede del Sumo Pontífice, “que nos invita a mirar a la Iglesia en su universalidad y al mismo tiempo en su realización a nivel local”.

Participantes

Así, en total participan 185 Padres sinodales y también están presentes 33 miembros de nombramiento pontificio de todos los continentes, en particular de los países y de las zonas geográficas que se ocupan de los mismos problemas incluidos en el tema sinodal, como, por ejemplo, la cuenca del Congo.

Igualmente, han acudido 6 delegados fraternales, representantes de otras Iglesias y Comunidades Eclesiales; 12 invitados especiales elegidos por su alta competencia científica y también por su pertenencia a organismos y asociaciones en todo el mundo, fuera y dentro de la Iglesia; 25 expertos, nombrados por su competencia para contribuir al trabajo sinodal; y 55 auditores, entre los que se encuentran especialistas y operadores de pastoral en la panamazonia y otros 16 representantes de diferentes grupos étnicos indígenas y pueblos originarios.

 

 

Papa Francisco: “Una Iglesia con las puertas siempre abiertas”

Palabras en español

octubre 23, 2019 10:06Larissa I. LópezAudiencia General

(ZENIT – 23 oct. 2019).- “La Iglesia no es una fortaleza cerrada, sino una tienda de campaña capaz de agrandarse para recibir a todos: es una Iglesia en salida, una Iglesia con las puertas siempre abiertas”, indicó el Santo Padre.

Hoy, 23 de octubre de 2019, en la audiencia general, el Papa Francisco ha retomado el ciclo de catequesis en torno al Libro de los Hechos de los Apóstoles. En concreto, ha meditado sobre el pasaje en el que, ante el anuncio de la fe a los paganos, se planteó el requisito de la circuncisión como condición para la salvación.

Para resolver esta controversia se recurrió a la “Asamblea de los Apóstoles y de los Ancianos”, dando lugar al conocido como “Concilio de Jerusalén”, “en el que se afrontó la relación entre la fe en Cristo y la observancia de la ley de Moisés”, relató Francisco.

Pablo y Bernabé propusieron no imponer la circuncisión a los paganos conversos, sino únicamente rechazar la idolatría y todas sus expresiones, “pues solo la gracia del Señor Jesús es causa de salvación”, apuntó el Obispo de Roma.

Finalmente, el Papa subrayó que “la Asamblea de Jerusalén nos enseña cómo enfrentar las divergencias y buscar ‘la verdad en la caridad’ (Ef 4,5), nos ayuda a entender que la Sinodalidad es el método eclesial para reflexionar y confrontarse, basado en el diálogo y en el discernimiento a la luz del Espíritu Santo”,

 

 

Fase de redacción del documento final

Se votará el sábado en la Asamblea

octubre 23, 2019 21:10Rosa Die AlcoleaSínodo de la Amazonía

(ZENIT – 23 oct. 2019).- El pasado sábado, 19 de octubre, se votaron los borradores del documento final del Sínodo para la Amazonía, que llega ya a su última semana de trabajos. Actualmente, el relator general y los secretarios especiales revisan el borrador con las enmiendas aportadas por los círculos menores.

El Prefecto del Dicasterio de la Comunicación, Paolo Ruffini, actualizó la información sobre el proceso sinodal en el briefing para los periodistas, que ha tenido lugar este miércoles, 23 de octubre de 2019, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Ruffini ha hecho un balance sobre cómo se están desarrollando los trabajos en la Asamblea: Ayer y anteayer, los círculos menores elaboraron propuestas, que posteriormente insertarán entre el miércoles y el jueves el relator general, Card. Cláudio Hummes, y los secretarios especiales, Card. Michael Czerny y Mons. David Martínez Aguirre, con la ayuda de los expertos.

Después, la comisión de redacción revisará el texto definitivamente y el viernes se leerá en el aula sinodal, por la tarde, durante la 15ª Congregación general. Finalmente, el sábado, 26 de octubre, el documento final se someterá a la votación en la cámara. El texto se confiará al último discernimiento del Papa.

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Documento de escucha 

El Papa Francisco ha recordado que el objetivo del Sínodo “no es producir un documento”, ha destacado el padre Giacomo Costa, secretario de la Comisión para la Información del Sínodo, un documento que por lo general es “muy criticado y poco seguido”.

El documento es una herramienta “para encontrar un camino común”, en el que “todos puedan identificarse” y “todos reciban aliento y estímulo para dar más pasos adelante”. Es el texto que se somete al discernimiento del Santo Padre y es él quien definirá en forma definitiva los pasos decisivos, ha subrayado el padre Costa.

Es un “documento de escucha”, elaborado por expertos, padres sinodales, secretarios, etc. Es un documento en el que cada uno y cada una ha contribuido para definir este camino, “un camino compartido”, ha matizado.

 

 

¡FUEGO HE VENIDO A TRAER A LA TIERRA!

— El afán divino de Jesús por todas las almas.

— El apostolado en medio del mundo se ha de propagar como un incendio de paz.

— La Santa Misa y el apostolado.

I. El Señor manifiesta a sus discípulos, como Amigo verdadero, sus sentimientos más íntimos. Así, les habla del celo apostólico que le consume, de su amor por todas las almas: Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? Y les muestra su impaciencia divina por que se consuma en el Calvario su entrega al Padre por los hombres: Tengo que ser bautizado con un bautismo ¡y cómo me siento urgido hasta que se lleve a cabo!1. En la Cruz tuvo lugar la plenitud del amor de Dios por todos, pues nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos2. De esta predilección participamos quienes le seguimos.

San Agustín, comentando este pasaje del Evangelio de la Misa, enseña: «los hombres que creyeron en Él comenzaron a arder, recibieron la llama de la caridad. Es la razón por la que el Espíritu Santo se apareció en esa forma cuando fue enviado sobre los Apóstoles: Se les aparecieron lenguas como de fuego, que se posaron, repartidas, sobre cada uno de ellos (Hech 2, 3). Inflamados con este fuego, comenzaron a ir por el mundo y a inflamar a su vez y a prender fuego a los enemigos de su entorno. ¿A qué enemigos? A los que abandonaron a Dios que los había creado y adoraban las imágenes que ellos habían hecho (...). La fe que hay en ellos se encuentra como ahogada por la paja. Les conviene arder en ese fuego santo, para que, una vez consumida la paja, resplandezca esa realidad preciosa redimida por Cristo»3. Somos nosotros quienes hemos de ir ahora por el mundo con ese fuego de amor y de paz que encienda a otros en el amor a Dios y purifique sus corazones.

Iremos a la Universidad, a las fábricas, a las tareas públicas, al propio hogar... «Si en una ciudad se prendiese fuego en distintos lugares, aunque fuese un fuego modesto y pequeño, pero que resistiese todos los embates, en poco tiempo la ciudad quedaría incendiada.

»Si en una ciudad, en los puntos más dispares, se encendiese el fuego que Jesús ha traído a la tierra y este fuego resistiese al hielo del mundo, por la buena voluntad de los habitantes, en poco tiempo tendríamos la ciudad incendiada de amor de Dios.

»El fuego que Jesús ha traído a la tierra es Él mismo, es la Caridad: ese amor que no solo une el alma a Dios, sino a las almas entre sí (...). Y en cada ciudad estas almas pueden surgir en las familias: padre y madre, hijo y padre, madre y suegra; pueden encontrarse también en las parroquias, en las asociaciones, en las sociedades humanas, en las escuelas, en las oficinas, en cualquier parte (...). Cada pequeña célula encendida por Dios en cualquier punto de la tierra se propagará necesariamente. Luego, la Providencia distribuirá estas llamas, estas almas-llamas, donde crea oportuno, a fin de que en muchos lugares el mundo sea restaurado al calor del amor de Dios y vuelva a tener esperanza»4.

II. El apostolado en medio del mundo se propaga como un incendio. Cada cristiano que viva su fe se convierte en un punto de ignición en medio de los suyos, en el lugar de trabajo, entre sus amigos y conocidos... Pero esa capacidad solo es posible cuando se cumple en nosotros el consejo de San Pablo a los cristianos de Filipos: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús5. Esta recomendación del Apóstol «exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el Divino Redentor cuando se ofrecía en Sacrificio, es decir, imiten su humildad y eleven a la suma Majestad de Dios, la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias»6. Esta oblación se realiza principalmente en la Santa Misa, renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz, donde el cristiano ofrece sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar, el trabajo de cada jornada, el descanso; incluso las mismas pruebas de la vida, que, si son sobrellevadas pacientemente, se convierten en medio de santificación7. Al terminar el Sacrificio eucarístico, el cristiano va al encuentro de la vida, como lo hizo. Cristo en su existencia terrena: olvidado de sí mismo y dispuesto a darse a los demás para llevarlos a Dios.

La vida cristiana debe ser una imitación de la vida de Cristo, una participación en el modo de ser del Hijo de Dios. Esto nos lleva a pensar, mirar, sentir, obrar y reaccionar como Él ante las gentes. Jesús veía a las muchedumbres y se compadecía de ellas, porque andaban como ovejas sin pastor8, en una vida sin rumbo y sin sentido. Jesús se compadecía de ellas; su amor era tan grande que no se dio por satisfecho hasta entregar su vida en la Cruz. Este amor ha de llenar nuestros corazones: entonces nos compadeceremos de todos aquellos que andan alejados del Señor y procuraremos ponernos a su lado para que, con la ayuda de la gracia, conozcan al Maestro.

En la Santa Misa se establece una corriente de amor divino desde el Hijo que se ofrece al Padre en el Espíritu Santo. El cristiano, incorporado a Cristo, participa de este amor, y a través de él desciende sobre las más nimias realidades terrenas, que quedan así santificadas y purificadas y más aptas para ser ofrecidas al Padre por el Hijo, en un nuevo Sacrificio eucarístico. Especialmente el apostolado queda enraizado en la Misa, de donde recibe toda su eficacia, pues no es más que la realización de la Redención en el tiempo a través de los cristianos: Jesucristo «ha venido a la tierra para redimir a todo el mundo, porque quiere que los hombres se salven (1 Tim 2, 4). No hay alma que no interese a Cristo. Cada una de ellas le ha costado el precio de su Sangre (cfr. 1 Pdr 1, 18-19)»9. Imitando al Señor, ningún alma nos debe ser indiferente.

III. Cuando el cristiano participa en la Santa Misa, pensará en primer lugar en sus hermanos en la fe, con quienes se sentirá cada vez más unido, al compartir con ellos el pan de vida y el cáliz de eterna salvación. Es un momento señalado para pedir por todos y especialmente por quien ande más necesitado; nos llenaremos así de sentimientos de caridad y de fraternidad, «porque si la Eucaristía nos hace uno entre nosotros, es lógico que cada uno trate a los demás como hermanos. La Eucaristía forma la familia de los hijos de Dios, hermanos de Jesús y entre sí»10.

Y después de ese encuentro único con el Señor, nos ocurrirá como a aquellos hombres y mujeres que fueron curados de sus enfermedades en alguna ciudad o camino de Palestina: tan alegres estaban que no cesaban de pregonar por todas partes lo que habían visto y oído, lo que el Maestro había obrado en sus almas o en sus cuerpos. Cuando el cristiano sale de la Misa habiendo recibido la Comunión, sabe que ya no puede ser feliz solo, que debe comunicar a los demás esa maravilla que es Cristo. Cada encuentro con el Señor lleva a esa alegría y a la necesidad de comunicar a los demás ese tesoro. Así, como resultado de una fe grande, se propagó el cristianismo en los primeros siglos: como un incendio de paz y de amor que nadie pudo detener.

Si logramos que nuestra vida gire alrededor de la Santa Misa, encontraremos la serenidad y la paz en cada circunstancia del día, con un afán grande de darle a conocer, pues «si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como Él trabajaba y amar como Él amaba? Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario»11.

También para nosotros el Sagrario es siempre Betania, «el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro»12. En el Sagrario encontraremos, cuando devolvamos la visita al Señor, las fuerzas necesarias para vivir como discípulos suyos en medio del mundo. También nosotros, como algunas almas que estuvieron muy cerca de Dios13, podremos repetir, con el corazón lleno de gozo: Ignem veni mittere in terram... He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Es el fuego del amor divino, que trae la paz y la felicidad a las almas, a la familia, a la sociedad entera.

1 Lc 12, 49. — 2 Jn 15, 13. — 3 San Agustín, Comentario al Salmo 96, 6. — 4 Ch. Lubich, Meditaciones, pp. 59-60. — 5 Flp 2, 5. — 6 Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947, 22. — 7 Cfr. Conc. Vat. II; Const. Lumen gentium, 34. — 8 Mt 9, 36. — 9 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 256. — 10 Ch. Lubich, La Eucaristía, Ciudad Nueva, Madrid 1977, p. 78. — 11 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 154. — 12 Ibídem. — 13 Cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, pp. 17, 110, 115, 470.

 

 

“¡Señor, que no sé hacer oración!”

Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” –¿De qué? De El, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”. (Camino, 91)

¿Cómo hacer oración? Me atrevo a asegurar, sin temor a equivocarme, que hay muchas, infinitas maneras de orar, podría decir. Pero yo quisiera para todos nosotros la auténtica oración de los hijos de Dios, no la palabrería de los hipócritas, que han de escuchar de Jesús: no todo el que repite: ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el reino de los cielos. Los que se mueven por la hipocresía, pueden quizá lograr el ruido de la oración -escribía San Agustín-, pero no su voz, porque allí falta la vida, y está ausente el afán de cumplir la Voluntad del Padre. Que nuestro clamar ¡Señor! vaya unido al deseo eficaz de convertir en realidad esas mociones interiores, que el Espíritu Santo despierta en nuestra alma (...).
No me he cansado nunca y, con la gracia de Dios, nunca me cansaré de hablar de oración. Hacia 1930, cuando se acercaban a mí, sacerdote joven, personas de todas las condiciones -universitarios, obreros, sanos y enfermos, ricos y pobres, sacerdotes y seglares-, que intentaban acompañar más de cerca al Señor, les aconsejaba siempre: rezad. Y si alguno me contestaba: no sé ni siquiera cómo empezar, le recomendaba que se pusiera en la presencia del Señor y le manifestase su inquietud, su ahogo, con esa misma queja: Señor, ¡que no sé! Y, tantas veces, en aquellas humildes confidencias se concretaba la intimidad con Cristo, un trato asiduo con El. (Amigos de Dios, nn. 243-244)

 

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

Estudio de Raúl Lanzetti, de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana" nº 9 (1989).

Trabajo27/05/2015

Opus Dei - La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

En la conclusión de la VII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos se daba casi por descontado que el enfoque de la unidad de vida, como testimonio esencial pedido al cristiano por el mundo contemporáneo, habría de encontrar un puesto de relevancia en la exhortación apostólica post-sinodal. En efecto, en la 5ª proposición, los Padres sinodales habían calificado esta exigencia como de «grandísima importancia»[1]; no sorprende, pues, que el Santo Padre, acogiendo tales indicaciones, haya querido hacer de ella uno de los ejes portadores del documento ya desde su apertura, allá donde en la falta de la unidad de vida se localiza una de las dificultades más importantes de superar, o sea una de las dos principales "tentaciones" del camino post-conciliar: «la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas»[2].

El fin del presente estudio es el de ofrecer una visión de la articulación teológica y pastoral de dicha enseñanza. En el desarrollo del trabajo quedarán patentes, además, los puntos de coincidencia con la doctrina que, ya desde 1928, enseñó al respecto el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer[3]. Estamos, en efecto, ante un rasgo esencial de la vida espiritual de los fieles de la Prelatura del Opus Dei, como se refleja en el Codex Iuris Particularis[4]. Es obvio que la Christifideles laici considera el horizonte de la Iglesia entera, en la actuación pluriforme de su misterio de comunión, y que por tanto no se pueda esperar una completa superposición entre la doctrina del documento postsinodal y la de Mons. Escrivá. Sin embargo, existe un núcleo de convicciones esenciales en las que se verifica una estrecha afinidad, la cual merece ser explicitada.

A. La unidad de vida como exigencia de la misión de los laicos

1. Los motivos de una elección

En la Christifideles laici, la unidad de vida no aparece —como por otra parte no sucede en ningún texto magisterial[5]- como un tema abstracto, ni como una meta ideal para proponer a algunos aventajados en la vida espiritual. Se trata, al contrario, de una auténtica exigencia de la misma vida cristiana y de la misión de los laicos en el mundo contemporáneo, ya que está en relación con los grandes desafíos propuestos a la Iglesia por la situación actual de la familia humana.

En efecto, la descripción trazada en el n. 34 delinea una realidad del todo grave. Por una parte, el «continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo»[6]. Desde este punto de vista el elemento característico nos lo da el hecho de que «la fe cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales—, tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir»[7]. Si en estos momentos fundamentales y radicales de la vida humana no está presente la luz de la fe, es explicable «el afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables decepciones, o a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos problemas»[8]. Es la situación del llamado primer mundo.

Por otro lado, existen regiones y países en los que «se conservan hasta hoy muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas»[9].

Todo esto hace necesaria una nueva evangelización, que pueda asegurar «el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad»[10].

Ahora bien, el empeño apostólico de los laicos en tales ámbitos se hace particularmente urgente y decisivo: «les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad»[11].

Para encontrar acentos similares en el Magisterio de la Iglesia, hace falta remontarse a otros momentos cruciales en la historia. Éstas que hemos descrito son, en efecto, circunstancias de crisis profunda, de cuya resolución positiva dependerá por mucho tiempo la vida de los hombres. En efecto, los interrogantes hoy abiertos hacen referencia al significado del nacer, del sufrir y del morir, o sea a las raíces mismas de cualquier cultura y civilización.

Se puede decir, entonces, que el horizonte apostólico de los laicos se ha radicalizado. Y es precisamente al proyectarse este salto de calidad en la misión de los laicos donde emerge la exigencia de la unidad de vida. En efecto, el testimonio de dicha «única respuesta plenamente válida» a los interrogantes actuales será posible, según Juan Pablo II, «si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad esa unidad de vida que en el evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud»[12].

En la lógica de lo que se ha puesto de relieve esto quiere decir que, antes aún que en los demás, el fiel laico deberá pensar en sí mismo, en el sentido de verificar hasta qué punto las dimensiones más profundas de su ser hombre encuentran en la fe su pleno significado; y de examinar hasta qué punto el propio comportamiento diario sale adelante con la luz y con la fuerza de tales convicciones.

Como confirmación de todo esto, el Santo Padre relaciona tales exigencias con el "grito apasionado" que se ha hecho casi emblemático de su pontificado: «¡No tengáis miedo! Abrid, es más, abrid de par en par las puertas a Cristo»[13]. Es como decir: ya que «los estados, los sistemas económicos y los políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo»[14], se confían a la responsabilidad, aunque no exclusiva, de los laicos, a ellos compete el abrir "los confines" de todas estas realidades a la potestad salvadora de Cristo. Esta percepción de los hechos nos trae a la cabeza el paradójico dato puesto de relieve por Juan XXIII en la Pacem in terris (11 de abril de 1963): «Es también un hecho evidente que, en las naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen hoy con un indudable progreso científico y poseen en abundancia los instrumentos precisos para llevar a cabo cualquier empresa; pero con frecuencia se observa en ellas un debilitamiento del estímulo y de la inspiración cristiana. Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho. Porque a la institución de esas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo aún, personas que profesan la fe cristiana y que, al menos en parte, ajustan realmente su vida a las normas evangélicas. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad»[15].

2. Cristología y síntesis vital en el Magisterio.

En esta línea es necesario dar relevancia a un dato decisivo para los desarrollos sucesivos. Se trata del núcleo cristológico de la unidad de vida. En efecto, la «única respuesta plenamente válida» a todos los interrogantes planteados por la existencia humana se encuentra en Jesucristo: «Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre», dice la constitución pastoral Gaudium et sepes (n. 22); y Juan Pablo II recuerda esta convicción de fe ya en la Encíclica Redemptor hominis (n. 8). La unidad de vida del fiel laico, así pues, deberá reflejar otra unidad que la precede y la hace posible: «El Hijo de Dios con su encarnación —citamos ahora la Gaudium et spes (n. 22)— se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». Toda la naturaleza humana ha sido entonces «ensalzada a una dignidad sublime»[16]. Haciendo una lista de los aspectos más significativos de tal unión, la misma constitución pastoral enseña que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre»[17]. Así pues, contemplando en Jesús la naturaleza humana, encontramos también el pleno y definitivo significado de nuestra existencia. Por tanto, el fiel laico está llamado a ser consciente de esta "sublime dignidad" y a reflejarla, en la medida de lo posible, en la propia vida. Por esto la Christifideles laici concluye que, frente a los desafíos del mundo contemporáneo, «la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se constituyan nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana»[18].

En síntesis, sólo identificándose con Jesús el fiel laico podrá estar a la altura de esta radicalidad de misión que el mundo contemporáneo reclama.

3. La Encarnación como fundamento de la unidad de vida, en Mons. Escrivá.

En la predicación de Mons. Josemaría Escrivá, la llamada del cristiano a iluminar el mundo entero aparece como un principio fundante. En tal sentido, es significativo que ya en el n. 1 de Camino (publicado en 1939), se diese relevancia a esta exigencia: «Que tu vida no sea una vida estéril —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón»[19]. La expresión «unidad de vida» se encuentra ya en sus primeros escritos. En efecto, ya en 1940 escribía: «Cumplir la voluntad de Dios en el trabajo, contemplar a Dios en el trabajo, trabajar por amor de Dios y al prójimo, convertir el trabajo en medio de apostolado, dar a lo humano valor divino: esta es la unidad de vida sencilla y fuerte, que hemos de tener y enseñar»[20]. Y he aquí un texto de 1945: «No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones»[21]. En 1954 escribía: «Es esa unidad de vida la que nos lleva a que, siendo dos las manos, se unan en la oración y en el trabajo...: la acción es contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida»[22].

Pero son numerosísimos los textos que, de un modo u otro, hacen referencia a la relación entre Encarnación y unidad de vida[23]. Tomaremos sólo dos de ellos, que nos parecen particularmente pertinentes para nuestro fin. El primero dice así: «En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el bautismo, es la corredención»[24].

El pasaje siguiente vuelve sobre el tema en un modo más amplio y particularizado: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. Porque en Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz»[25].

Son textos que se remontan a los años sesenta[26], pero su sintonía con los del Magisterio posterior resulta evidente. La conciencia subyacente es que toda la existencia del hombre se ilumina por el misterio de la Encarnación, en el sentido de que ninguna realidad humana ha quedado fuera de su alcance. Se deriva de aquí la necesidad de que el cristiano se deje iluminar por esta realidad y la exprese en la vida diaria.

B. La formación de los fieles laicos en la unidad de vida

1. La síntesis vital como fin de la formación.

La unidad de vida, exigencia fundamental de la misión de los laicos, tiene un lugar prioritario en su formación: «En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana»[27].

Después de esta afirmación de principio, la Christifideles laici explicita las consecuencias que se derivan de él: «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida "espiritual", con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida "secular", es decir, la vida de familia, de trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son 'ocasiones providenciales para un "continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad'(Apostolicam actuositatem, 4)»[28].

Con un énfasis similar y un lenguaje bastante parecido se expresa el Beato Josemaría Escrivá en la homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, casi un riepilogo del ministerio pastoral que había desarrollado desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales»[29].

2. Dimensión personal de la unidad de vida.

Entre los muchos aspectos que se podrían subrayar en los textos citados, destaca de un modo particular el carácter estrictamente personal de la unidad de vida, en el sentido de que tal realidad tiene como sujeto exclusivo a la persona. Y aquí se imponen dos reflexiones, que se implican mutuamente.

Por una parte, en negativo, se debe excluir la comunidad —ya sea eclesial o civil— como sujeto de la unidad de vida. La Iglesia y la comunidad política —en cuanto realidades colectivas— están en función de la persona. La constitución pastoral Gaudium et spes (n. 76) dice que «son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre». Así pues, la unidad de vida sería fatalmente malentendida si se le pusiese a la comunidad como sujeto: se iría hacia una teocracia o hacia la restauración del regalismo, de tal modo que se conceda a la estructura eclesiástica o a la civil el primado sobre el cuerpo social. La improponibilidad de tales hipótesis salta a la vista.

En positivo, sin embargo, se debe evidenciar el carácter de totalidad que asume la unidad de vida. En efecto, en la posición de la persona como sujeto de aquella son asumidos todos los aspectos de la existencia humana: de un modo emblemático, el ser miembro de la Iglesia y ciudadano de la sociedad humana, como diría la Christifideles laici; o el alma y el cuerpo, la carne y el espíritu, según la terminología empleada por Mons. Escrivá. Así pues, la unidad de vida se constituye en cada cristiano como un encuentro entre dos totalidades: la del entero existir humano —«todo sector de la actividad y de la existencia»[30]- y la del misterio de Cristo, como plenitud de la revelación y de la realización histórica del designio de Dios[31]. Y dicho encuentro es, precisamente, el arraigamiento del "sarmiento" —el fiel laico— en la "vid", que es Cristo: verdadero leit-motiv de toda la exhortación apostólica, junto al de la centralidad de la persona[32].

De dichas premisas Mons. Escrivá obtenía con ejemplar coherencia todas las consecuencias. En efecto, considerar a la persona como "lugar" de la unidad de vida comporta la exigencia de respetar la libertad personal, por lo que respecta tanto a las legítimas opciones temporales como sobre todo a la apertura total del cristiano en su enfrentarse a Cristo. Entre sus varias expresiones al respecto, es necesario subrayar la siguiente: «Si interesa mi testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana»[33].

3. Los diferentes aspectos de la formación de los fieles laicos.

Desde esta perspectiva, la formación en la unidad de vida tiene como finalidad el alcanzar la maduración personal de la síntesis vital y de la integralidad en la formación: «Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos»[34].

Del aspecto espiritual de la formación se hablará más adelante. Por lo que respecta a la formación doctrinal, la Christifideles laici indica la necesidad de una profundización. Más allá de aquel carácter de globalidad y plenitud que deben caracterizar a la catequesis como tal, los fieles laicos deberán recibir una formación doctrinal específica que les haga capaces de cristianizar la cultura, dando una «respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy»[35]. La conexión establecida entre la formación de los laicos y la necesidad de ofrecer una respuesta a los desafíos planteados a la Iglesia por la cultura contemporánea subraya que el fiel laico no está tan sólo llamado a vivir esta unidad, sino también a expresarla con palabras y con hechos, en el empeño por dar razón de la esperanza que está en él y en abrir a los demás el sendero de su encuentro personal con Cristo.

Sigue la llamada a la formación en la doctrina social de la Iglesia, que retoma la proposición 22 del Sínodo[36]. Es bastante indicativo que la Christifideles laici haya querido retomar el grande y sugestivo tema del crecimiento en los valores humanos, citando en la carta un texto conciliar: «Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(Los laicos) tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana» (Apostolicam actuositatem, 4)»[37].

También este aspecto aparece muy presente en la predicación y en los escritos del Beato Josemaría Escrivá, que situaba a Cristo, perfectus homo, como fundamento y modelo de la plenitud humana para el cristiano. Destaca en este sentido una homilía del 6 de septiembre de 1941, dedicada a las virtudes humanas. He aquí dos pasajes decisivos: «Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Jn 1, 14)»[38]. «Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo»[39],

Leamos, finalmente, el párrafo conclusivo del número 60 de la Christifideles laici, que nos pone ante el aspecto central y sintético de la formación en la unidad de vida, esto es, el espiritual, del que trataremos ahora: «Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida»[40].

C. La caridad, principio dinámico de la unidad de vida

1. El "puesto privilegiado" de la formación espiritual

La enseñanza de la Christifideles laici sobre la formación espiritual es concisa en la expresión, pero cargada de singular densidad en el contenido: «Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles, sobre todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su propia actividad de acuerdo con el querer divino» (Apostolicam actuositatem, 4)»[41].

La unidad de vida aparece aquí como noción y realidad global, que supera la dicotomía entre interioridad y actividad, entre vida espiritual y apostolado. El fundamento, como ya hemos visto, es el misterio de la Encarnación. En este cuadro, al hablar de la vida espiritual, la Christifideles laici no se pone como ante una alternativa en la que es necesario realizar una elección, sino que expresa un orden en el camino hacia la actuación de tal síntesis de vida. Este dato parece decisivo, porque hace comprender que el "puesto privilegiado" de la formación espiritual adquiere significado dentro de una visión genética de la unidad de vida; lo que quiere decir que dicha formación es, en cierto sentido, la base sobre la que se apoyan los otros aspectos de la formación y es, al mismo tiempo, la estructura que soporta la totalidad de la formación de los fieles laicos.

Con esta observación se quiere dar relieve también a la especificidad de la formación espiritual de los laicos, en el sentido de que ella debe mantenerse necesariamente abierta, desde dentro de sí misma, hacia los demás aspectos de la formación, y no cerrarse ni absolutizarse en los propios contenidos. Por ejemplo, si los valores humanos adquiriesen significado tan sólo en cuanto factores simplemente atrayentes en la relación con los demás, como simple anzuelo de apostolado, y al mismo tiempo toda la sustancia de la vida espiritual fuese colocada en el alma espiritual, entonces estaría claro que no nos encontramos ante una propuesta de unidad de vida, sino tan sólo ante una yuxtaposición accidental —instrumental— del hombre y del cristiano. Así pues, la formación espiritual indispensable para los fieles laicos no puede buscar cualquier fuente de inspiración, prescindiendo de la propia relación orgánica con los otros ambientes de la formación integral (doctrinal, social, valores humanos); sino que deberá tener en cuenta esta esencial exigencia de comunión con la totalidad del existir.

Es en este sentido en el que quiere expresarse la Christifideles laici, aun en su concisión, indicando los trazos fundamentales de una espiritualidad que dé vida a una síntesis capaz de superar toda posible fractura en la existencia diaria de los fieles laicos. La llave maestra es la unión con Cristo, como se expresa el decreto Apostolicam actuositatem, o la intimidad con Cristo, como dice la Christifideles laici. En qué pueda consistir tal unión se especifica por la indicación de que la actividad humana se desarrolla «según el querer divino»[42]. Para profundizar debidamente en este punto retomaremos un pasaje del número precedente de la Christifideles laici.

2. Unión con Cristo y unidad de vida en los fieles laicos.

«El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos»[43].

En la interpretación de este texto hace falta recordar sobre todo que la unidad de vida en el cristiano deriva de la unión con Cristo. En efecto, el enraizamiento en la Vid —que es Jesús— es lo que da "fruto" en cada ámbito de la vida de los fieles laicos. Ahora bien, en el cuadro de la formación espiritual va incluido el principio en torno al cual dicha unión con Cristo se puede desarrollar hasta alcanzar la unidad de vida. La respuesta de la Christifideles laici a dicha pregunta sería esta: sólo en la gradual y constante identificación con el amor de Jesús al Padre y a su diseño salvífico, el fiel laico llevará a cumplimiento la unidad de la propia existencia. En efecto, lo que se debe manifestar y realizar en la vida diaria no es el amor del cristiano en cuanto hombre, sino la «caridad de Jesucristo por la gloria del Padre y en servicio de los hermanos». Así pues, dicha síntesis vital no se da sobre la base, por decirlo así, de una "composición" entre las exigencias del propio yo y las de Jesús, sino más bien a fuerza de negarse a sí mismo para reencontrar en Cristo toda la propia existencia. Dicha afirmación merece ser profundizada en sus fundamentos.

A este respecto se recuerda, sobre todo, la plena participación del Hijo de Dios en la naturaleza y en la historia humana. En este sentido, es significativo el texto de la Gaudium et spes que retoma la Christifideles laici (n. 15) al plantear la índole secular de los fieles laicos: «El mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (...). Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a la leyes de su patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región»[44]. Así pues, el punto de partida está constituido por la unión de Dios con todo el hombre y toda su existencia. Nada de lo que es bueno en el hombre ha quedado como extraño a dicha unión, ya que «naciendo de María Virgen, Él se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, similar a nosotros en todo menos en el pecado»[45]. Todo el horizonte de la vida humana ha sido asumido por el Verbo de Dios.

Pero lo que es más característico de Jesús no es tanto esta asunción de la "materia", por llamarla así, de nuestra existencia, como el "espíritu" con que la asumió. El Verbo de Dios ha querido hacerse hombre para participar en nuestra historia y para redimirnos desde dentro de ella. Él quiso entrar en el corazón del drama de nuestro vivir sobre la tierra —de nuestra relación vital con Dios rota por el pecado— con el fin de establecer la paz, la comunión con Dios Padre, e instaurar la unión fraterna entre los hombres pecadores[46]. Y dicha obra redentora ha sido un acto de obediencia a la voluntad —al designio misericordioso— de Dios, sostenido por el mismo amor del Hijo hacia el Padre (cfr. Mt 26, 39.42; Mc 14, 36; Lc 22, 42: Hebr 5, 7s). Ciertamente, la redención alcanza su propio culmen en el misterio pascual; pero la Cruz y la Resurrección no son momentos aislados en la vida de Jesús. El amor obediente del Hijo al Padre ilumina ya la misma Encarnación y toda la vida de Cristo aparece marcada por este continuo ocuparse de las "cosas del Padre" (cfr. Lc 2, 49). El Hijo ha sido "mandado por el Padre", y dicha misión está en el mismo centro del ser teándrico de Jesús y de toda su obra salvífica[47],

Pues bien, la identificación con el amor obediente de Jesucristo deberá llevar al fiel laico a asumir toda su existencia en la perspectiva de la redención, ya que —como dice la misma Christifideles laici (59b)— «todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos». Así pues, la edificación de la unidad de vida es un proceso en el cual el fiel laico se aleja de sí mismo y se identifica con Cristo en su amor obediente al Padre, "recuperando" la propia existencia en el mundo en una perspectiva nueva. A este respecto, Mons. Escrivá ha escrito: «Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad»[48].

En síntesis, a través de los fieles laicos el amor redentor de Jesús actúa capilarmente en todos los espacios de la vida de los hombres: toda la creación, de este modo, es renovada.

3. Plenitud de la caridad y plenitud humana.

Todo esto habría que relacionarlo con el número 17 de la Chritifideles laici, titulado Santificarse en el mundo. En efecto, la búsqueda asidua de la identificación con el amor de Jesús no es otra cosa que la búsqueda de la santidad, de la plenitud de la caridad cristiana[49]. Desde este punto de vista se puede decir que la unidad de vida de los fieles laicos ha de ser buscada en el esfuerzo por vivir el cristianismo seriamente; de otro modo se quedará en una aspiración insatisfecha.

Por otra parte, si recordamos que la unidad de vita se pone como condición de la misión en el mundo contemporáneo, o sea como el camino que hace posible a los demás hombres recuperar el sentido y la dignidad de la existencia[50], entonces la búsqueda de la santidad no parecerá una especie de lujo refinado, sino una urgencia vital para el crecimiento de la Iglesia de nuestro tiempo.

Esta conciencia palpitaba con fuerza en la caridad pastoral de Mons. Escrivá y en su vigoroso anuncio de la doctrina sobre la santidad en medio del mundo: «Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente con las normas de la fe, pues no es la nuestra —ésa que hemos de pretender— una santidad de segunda categoría, que no existe. Y el principal requisito que se nos pide —bien conforme a nuestra naturaleza—, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección (Col 3, 14); caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37), sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad»[51].

Hace falta, pues, rechazar una tentación: la de imaginar esta plenitud cristiana, que lleva consigo la plenitud humana, como algo que necesariamente se impone con sonoridad a nivel de opinión pública. Sin excluir que en algún caso pueda suceder así, esto no sucederá en la inmensa mayoría de los fieles laicos, sin que esto signifique una disminución de la eficacia de su testimonio en la historia. Juan Pablo II escribe al respecto: «Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre—, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices —por la potencia de la gracia de Dios, ciertamente— del crecimiento del Reino de Dios en la historia»[52].

De este carácter paradójico de la santidad y de la unidad de vida fue heraldo tenaz el Beato Josemaría Escrivá. La percepción inicial, como siempre, es cristológica: la vida escondida de Jesús rebosa una fuerza ejemplar: «Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariæ (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)»[53].

De dicha simplicidad de una existencia plenamente santificada en el mundo Nuestra Señora es el modelo emblemático: «A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11, 27-28). Era el elogio de su Madre, de su fiat (Lc 1, 38), del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada.

»Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario»[54].

En este marco el trabajo humano asume el significado más profundo: eje de la existencia humana sobre la tierra, constituye también el núcleo de la vida espiritual, el "lugar" de la identificación con aquella vida de trabajo que llevó Jesús en el amor obediente a la voluntad del Padre, en espíritu de oración: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas»[55].

Así pues, el trabajo no es simplemente "actividad"; sería reductivo ponerlo en relación tan sólo con el sujeto que lo lleva a cabo, sin considerar que todo trabajo en el mundo forma parte además —para lo bueno y para lo malo— de un conjunto de relaciones más vasto, algunas veces de auténticas iniciativas colectivas de amplio alcance. Es esto siempre participación responsable en el esfuerzo de la humanidad. Y el cristiano está llamado a llevarlo a cabo orientándolo al reino de Dios y haciendo partícipes de esta misma tensión a todos los demás hombres, comenzando por los propios colegas. También a este respecto la sensibilidad de Mons. Escrivá se revela agudísima, al poner en evidencia el papel del trabajo en la corredención: «Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10). No estoy hablando de ideales imaginarios. Me atengo a una realidad muy concreta, de importancia capital, capaz de cambiar el ambiente más pagano y más hostil a las exigencias divinas, como sucedió en aquella primera época de la era de nuestra salvación»[56].

Este texto nos remite a las consideraciones iniciales. El mundo contemporáneo plantea desafíos radicales a la misión de la Iglesia. La reflexión sinodal ha identificado esta urgencia de síntesis vital con la misión de los fieles laicos, llamados a iluminar a todos los hombres con el amor de Cristo, que sostiene la existencia diaria del cristiano en medio del mundo.

Raúl Lanzetti

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] El texto completo, transcrito de la misma Ex. Ap. Christifideles laici (17a) decía así: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».

[2] Ex. Ap. Christifideles laici, 2i.

[3] Entre los muchos títulos de la bibliografía sobre el tema, se pueden citar esencialmente: ILLANES, J.L., Mundo y santidad, Madrid 1984, pp. 80-90, 222-225; CASCIARO, J.M., La santificación del cristiano en medio del mundo: AA.VV., "Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei", Pamplona 1985, pp. 161-168; CELAYA, I. DE, Unidad de vida y plenitud cristiana, ibid., pp. 321-340; Vocación cristiana y unidad de vida, in AA.VV., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo, Pamplona 1987, pp. 951-965; RODRÍGUEZ, P., Vocación Trabajo Contemplación, Pamplona 1986, pp. 118-122, 212-218; HERRANZ, J., L'unità di vita del laico: "Studi Cattolici" 312 (febbraio 1987), pp. 103-108; TORELLÓ, G.B., La santità dei laici: AA.VV., "Chi sono i laici. Una teologia della secolarità", Milano 1987, pp. 81-109.

[4] «Spiritus Operis Dei aspectus duplex, asceticus et apostolicus, ita sibi adaequate respondet, ac cum charactere saeculari Operis Dei intrinsice et harmonice fusus ac compenetratus est, ut solidam ac simplicem vitæ —asceticæ, apostolicæ, socialis et professionalis— unitatem necessario secum ferre ac inducere semper debeat» (Tit. III, cap.I., n. 79 §1: DE FUENMAYOR, A.—GÓMEZ-IGLESIAS, V.—ILLANES, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona 1989, p. 639. La cursiva es nuestra).

[5] La exigencia de la unidad de vida ha sido subrayada muchas veces por el Magisterio, que la ha desarrollado gradualmente y en diversos contextos. Los lugares fundamentales al respecto me parecen ser los siguientes: JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris (11-IV-1963): AAS 55 (1963) 297; CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes (7-XII-1965), n. 43: EV 1 (1985) n. 1454; PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi (8-XII-1975), n. 20: AAS 68 (1976) 19. Ha sido ésta también solicitada para los presbíteros (cfr. Presbyterorum Ordinis, 14) y los religiosos (cfr. Decr. Perfectæ caritatis, 18).

[6] Ex. Ap. Christifideles laici, 34a.

[7] Ibid. [8] Ibid. [9] Ex. Ap. Christifideles laici, 34b.

[10] Ibid. [11] Ex. Ap. Christifideles laici, 34d.

[12] Ibid. [13] JUAN PABLO II, Homilía al comienzo del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 de octubre de 1978): AAS 70 (1978) 947.

[14] Ibid. [15] AAS 55 (1963) 297. Versión castellana de El Magisterio pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992.

[16] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

[17] Ibid. [18] Ex. Ap. Christifideles laici, 34g.

[19] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 1.

[20] Cit. por RODRíGUEZ, P., o.c., p. 212.

[21] Ibid. [22] Ibid. p. 213. La cursiva es nuestra.

[23] Ver la bibliografía señalada en la nota 3.

[24] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 120.

[25] Ibid., n. 112.

[26] El primero de los últimos dos textos citados ha sido sacado de la homilía pronunciada el día de la Ascensión de 1966 (19 de mayo); el segundo pertenece a la homilía de la Pascua de 1967 (26 de marzo). Cfr. ibid., nn. 117 y 102 (a pie de página).

[27] Ex. Ap. Christifideles laici, 59a.

[28] Ibid., 59b.

[29] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114.

[30] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[31] Cfr. ibid. [32] Ver, de modo particular, la insistencia del n. 58 sobre este tema.

[33] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 99.

[34] Ex. Ap. Christifideles laici, 60a.

[35] Ibid., 60c.

[36] «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas (cfr. Congregación para la doctrina de la Fe, Instr. sobre la libertad cristiana y la liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de los tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer los principios morales también sobre el orden social, y deber de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (Ex. Ap. Christifideles laici, 60d).

[37] Ex. Ap. Christifideles laici, 60e

[38] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 74.

[39] Ibid., n. 75.

[40] Ex. Ap. Christifideles laici, 60f.

[41] Ibid., 60b.

[42] CONC. VATICANO II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4.

[43] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[44] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 32.

[45] Ibid., 22.

[46] Cfr. CONC. VATICANO II, Decr. Ad gentes, 3.

[47] Dicha verdad permea toda la predicación de Mons. Escrivá: «Este fuego, el deseo ardiente de cumplir el decreto salvífico del padre, informa toda la vida de Cristo, ya desde su nacimiento en Belén» (Es Cristo que pasa, ed. cit., n. 95). Sobre ella se apoya su propuesta de santidad en medio del mundo: «Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (ibid., 20).

[48] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 20.

[49] Es significativo en este sentido el fragmento inicial: «La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el Apóstol nos amonesta diciendo: "Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre" (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: "Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida" (Apostolicam actuositatem, 4)» (Ex. Ap. Christifideles laici, 17a).

[50] Cfr. Ex. Ap. Christifideles laici, 3ss.

[51] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 6.

[52] Ex. Ap. Christifideles laici, 17b.

[53] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 14.

[54] Ibid., n. 172.

[55] Ibid., nn. 47 y 48.

[56] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, nn. 62 y 63.

 

“Muchas personas tienen sed de Dios”

D. Gregorio tiene 32 años y es el párroco de la Parroquia de Nuestra Señora de la Oliva y San José Obrero, situada en la localidad de Dos Hermanas (Sevilla)

En primera persona04/07/2009

Su labor sacerdotal se vuelca en procurar atender a los más de 40.000 vecinos que habitan en los 19 barrios de su feligresía. Barrios de familias trabajadoras, sencillas y con esa natural alegría que suele caracterizar a las gentes de este pueblo sevillano. Nos atiende entre bloques de pisos, en un pequeño parque, muy cerca de su parroquia.

¿Cómo descubrió su vocación sacerdotal?

Mis padres son buenos cristianos y me enseñaron de pequeño a tratar a Dios con confianza y sencillez. Íbamos toda la familia a Misa los domingos y, de pequeño, alguna vez ayudé como monaguillo en la Monasterio de la Encarnación, de Sevilla.

Luego llegó la adolescencia y, aunque no dejé de ir a Misa los domingos, me enfrié bastante en el trato con Dios. Es curioso, no rezaba casi nada, pero sí recuerdo que la coherencia era un valor que apreciaba bastante. Y los comportamientos incoherentes me enfadaban, con esa rabieta tan propia de los adolescentes, que a veces es poco razonable.

 

Imagen de San José Obrero

Imagen de San José Obrero

Terminé el bachillerato y comencé la carrera de Derecho. Me gustaba salir con mi pandilla de amigos y amigas y charlábamos mucho de todos los temas que a un universitario le suelen interesar: las clases, los profesores, las salidas profesionales, la política, la amistad, el deporte, las ganas que todos teníamos de pasarlo bien… Ya en el primer curso de carrera notaba una cierta inquietud interior. La felicidad que yo estaba buscando no estaba en las movidas nocturnas, ni en las fiestas, ni en esos comportamientos superficiales que te dejan vacío por dentro…

Mi afán por detestar las incoherencias, que en la adolescencia me había ocasionado más de un quebradero de cabeza, me llevó a Dios. Una chica de mi pandilla me habló del Opus Dei . De la Obra yo sólo tenía un conocimiento muy superficial, y además con referencias negativas: en aquellos años pensaba que la Obra era sólo para personas con mucho poder adquisitivo y otros tópicos que puede quizá tener quien no conoce el espíritu sobrenatural de la Obra.

En el segundo año de carrera comencé a acudir casi todos los días al Club Universitario Plaza de Cuba, un centro de la Obra en Sevilla. Me impresionó la alegría, el buen humor y la sencillez de trato que encontré allí. Intensifiqué mi vida cristiana, descuidada desde la adolescencia y me propuse ir a Misa todos los días. Al tratar a Dios en la oración se me abrían insospechados horizontes, ideales grandes de entrega al Señor que estaban como enterrados en el fondo de mi alma. He de decir que por aquellos años yo tenía una novia formal, una chica estupenda con la que estaba saliendo desde hacía algunos meses. En las conversaciones que yo mantenía con el sacerdote que atendía ese centro de la Obra, me animaba a crecer en mi vida de piedad y a vivir un noviazgo limpio.

Así las cosas, vi clara mi vocación sacerdotal y decidí entrar en el Seminario diocesano de Sevilla en el mes de septiembre de 1998.

¿Cómo es el día a día de su trabajo en la parroquia?

Nuestra Señora de la Oliva

Nuestra Señora de la Oliva

Cada día percibo con más claridad que muchas personas tienen sed de Dios. Cuando llegué a la Parroquia de Nuestra Señora de la Oliva y san José Obrero no era consciente del cariño con que iba a ser recibido por los vecinos.

Tengo muy claro que un sacerdote debe ser un hombre de Dios. Para eso, necesito de la oración, de la Santa Misa, del recurso filial a la Virgen María y a San José…

También me propuse cuidar mucho a los enfermos de la zona. Procuro visitarles con frecuencia, aliviar en la medida de lo posible su dolor , pedir por ellos, apoyarme en su oración, que tanto vale en la presencia de Dios…

Las primeras navidades que pasé al frente de la parroquia, me propuse felicitar la Navidad a todos los habitantes de la zona: 40.000 personas. Unas semanas más tarde, apareció por la parroquia una señora que quería volver a vivir su fe, que tenía abandonada desde hacía tiempo. Al preguntarle el porqué de su decisión me dijo: “a mí, nadie me ha felicitado la Navidad. Cuando llegó a mi casa la felicitación de la parroquia, decidí volver a practicar mi fe”.

Percibes la acción del Espíritu Santo en las almas. Gracias a Dios, dos jóvenes de la parroquia ya están en el Seminario diocesano, y cada vez más personas acuden al Sacramento de la confesión, en fin, todos son motivos para dar muchas gracias a Dios.

El 13 de junio colocaron en su parroquia una reliquia de San Josemaría Escrivá , fundador del Opus Dei, ¿cómo le ayuda la Obra a vivir su vocación sacerdotal?

Gracias al espíritu del Opus Dei, he aprendido que mi vocación sacerdotal se llena de sentido cuando estoy plenamente unido a mi Obispo, el Cardenal D. Carlos Amigo, y al Obispo coadjutor de la diócesis, D. Juan José Asenjo; cuando procuro estar muy unido a mis hermanos sacerdotes de la diócesis y, por supuesto, cuando procuro estar cerca de mis feligreses, ayudándoles en todo lo que me pidan y rezando por ellos. Esta maravilla de la vocación sacerdotal yo la encontré gracias al espíritu del Opus Dei . Comprenderá por tanto que estoy en deuda con san Josemaría, que tanto se desvivió por la formación de los sacerdotes diocesanos. Queremos honrar así su memoria en nuestra parroquia, para que muchas almas se encomienden a su intercesión.

ico-linkLa Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

 

 

Conversiones grandes y conversiones cotidianas

Ciertamente no todo se puede cambiar haciéndolo frente pero también lo es que no se puede cambiar nada hasta que uno no lo hace frente. Hace unos años murió Viktor Frankl, un superviviente de los campos de concentración nazi, que describe en su libro El hombre en busca de sentido como hizo frente a las calamidades que padeció y narra cómo hizo para superarlas. Médico, psiquiatra, innovador en su especialidad, recibió –pasados los años– la luz de la fe cristiana. Este hombre descubrió el sentido de la vida y por eso el sufrimiento dejo de ser para él problemático. Todos los problemas tienen solución aun cuando el auténtico problema sea encontrarla. Frankl  encontró la solución: un cambio de actitud ante la vida.

Transcribimos un texto luminoso de su libro: “Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y después, enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros como seres a quienes la vida les inquiriera continua e incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y una actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continua e incesantemente, tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.

“Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida, difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo que resulta completamente imposible definir el sentido de la vida en términos generales. Nunca se podrá dar respuesta a las preguntas relativas al sentido de la vida con argumentos especiosos. Vida no significa algo vago, sino algo muy real y concreto, que configura el destino de cada hombre, distinto y único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se repite y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la situación en que un hombre se encuentra puede exigirle que emprenda algún tipo de acción; otras, puede resultar más ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada situación se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay más que una única respuesta correcta al problema que la situación plantea.

“Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha de reconocer el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga.

“En cuanto a nosotros, como prisioneros, tales pensamientos no eran especulaciones muy alejadas de la realidad, eran los únicos pensamientos capaces de ayudarnos, de liberarnos de la desesperación, aun cuando no se vislumbrara ninguna oportunidad de salir con vida. Ya hacía tiempo que habíamos pasado por la etapa de pedir a la vida un sentido, tal como el de alcanzar alguna meta mediante la creación activa de algo valioso. Para nosotros el significado de la vida abarcaba círculos más amplios como son la vida y la muerte y por este sentido es por el que luchamos”[1].

No es posible ser creativo en la santidad aunque sí se puede, puesto que el amor es ocurrente, hacer descubrimientos amorosos de cosas pequeñas. Necesitamos leer vidas de santos. Ellos dan doctrina y ejemplos muy sustanciosos y aprovechables o, al menos, pistas para una constante conversión que en eso consiste la santidad. En India, cuando fue Pablo VI había más gente en el trayecto del aeropuerto a la Nunciatura que católicos en el país. ¿Por qué? Porque allí tienen la convicción de que “si son mirados” por un santo quedan purificados ellos. Los santos contagian deseos de mejora, de cambio.

El 14 de noviembre del 2002, Juan Pablo II, visitó el Parlamento Italiano. Era la primera vez que lo hacía un Papa en 150 años. Su discurso, vibrante, apasionado y sincero se centró en el terrorismo internacional y la globalización. Debió dar mucho fruto como siempre que hablaba el Papa, pero uno de esos frutos fue que al verlo por televisión el mafioso italiano Benedetto Marciante, capo de la Cosa Nostra, acusado de homicidio y de extorsión, se entregó a la policía italiana. De todas formas no basta con aceptar el error una vez descubierto éste, hay que poner el remedio adecuado.

La debilidad más que la ignorancia, generalmente, son las que conducen al error, a las equivocaciones, pero de estas equivocaciones hemos de aprender y corregirnos. De no hacerlo sucederá que acabaremos dando carta de conocimiento verdadero a nuestras flaquezas. No olvidemos que una buena parte de la curación consiste en querer ser curado. Juan Pablo II instaba a corregirse cuando se aceptaba el error pero nunca si se admitía como “forma de ser”, como algo congénito, irreversible. “¡Corríjase eminencia, corríjase!”, le decía a un Prelado que hablaba con vehemencia al Papa aunque luego pedía excusas. Sin embargo sí hemos de comprender al pecador aun cuando seamos recios con el pecado. Esta actitud adquirirá matices maternales cuanto más grave sea el desatino. Un sucedido hace años muestra como Juan Pablo II sabía “recoger” al hijo pródigo como buen padre y maestro cariñoso.
Un sacerdote norteamericano de la diócesis de Nueva York se encontraba en Roma y cuando se disponía a entrar para rezar en una parroquia romana se encontró con un mendigo a la puerta. Nada extraño hasta ahora, pero se fijo en él durante unos instantes y al sacerdote le pareció conocer a aquel hombre. Se miraron los dos y después dijo: “perdón, no puede ser usted”. “Sí, le dijo, soy yo”. En efecto intercambiaron unas frases… y era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él. Este sacerdote mendigaba ahora por las calles de Roma. Explicó a su antiguo compañero cómo había perdido la fe y su vocación. Quedó el sacerdote “turista” profundamente estremecido.

Al día siguiente este sacerdote tuvo la oportunidad de asistir a la Misa privada del Papa, al que podría saludar al final de la celebración, como solía ser la costumbre. Al llegar su turno sintió el impulso de arrodillarse ante el santo Padre y pedir que rezara por su antiguo compañero de seminario, y le describió brevemente al oído la situación al Papa. Un día después recibió la invitación del Vaticano para cenar con el Papa, en la que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió a la parroquia y le comentó a su antiguo compañero de clase y ordenación el deseo del Papa. Una vez convencido el mendigo, le llevó a su lugar de hospedaje, le ofreció ropa y la oportunidad de asearse. Fueron a cenar los dos con el Papa.

El Pontífice, después de la cena, indicó al sacerdote que los dejara solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, le respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: “una vez sacerdote, sacerdote para siempre”. “Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero”, insistió el mendigo. “Yo soy el obispo de Roma, me puedo encargar de eso”, dijo el Papa. Accedió y el hombre escuchó la confesión del Santo Padre. Al terminar, movido por la gracia, el mendigo pidió a su vez al Papa que escuchara su propia confesión. Después de ella lloró amargamente. Al final Juan Pablo II le preguntó en qué parroquia había estado mendigando, y le designó asistente del párroco de la misma, y encargado de la atención a los mendigos[2].

La conversión es un don de Dios que hemos de pedir a diario porque hemos de convertirnos constantemente aunque sólo se relaten e impacten mucho aquellas que conducen a un cambio radical de vida.

Otro caso sucedido con Juan Pablo II, tuvo lugar durante la preparación del Congreso sobre la acción de los católicos en tiempos de la Inquisición y del cual uno de los frutos sería la petición pública de perdón por parte del Papa, por el daño causado por los católicos, se convocó a muchos expertos a Roma, sin distinción de religión, raza o sexo.

Acudió un historiador español, de religión protestante. Después de algunos días de ponencias y conclusiones, se les invitó a una audiencia privada de los participantes con Juan Pablo II. Este hombre, al ser protestante, pensó que no había venido a ver al Papa, sino a un Congreso. Decidió, por tanto, no ir. Por la noche no se atrevió a decírselo a su mujer, que compartía habitación con él, en el hotel. Pero en contra de su opinión y creyendo contentar a su mujer, al día siguiente se desdijo y decidió apuntarse. Entonces, después de la clásica espera corta en la antesala, fueron llamados a la audiencia. Una vez dentro éste abrió los ojos y lentamente cayó de rodillas al suelo. Cuando su atónita mujer fue a ayudarle a levantarse dijo que no estaba viendo al Papa sino a Cristo. La audiencia entera fue para él un auténtico valle de lágrimas, y el que entró protestante salió católico.

Hemos de agradecer a Dios, como hacía San Pablo, nuestra vocación, nuestra conversión radical a Cristo, pero sin olvidar que el tiempo es corto e incierto. Que, de alguna manera, cada noche morimos, cada mañana nacemos y cada día se convierte en una breve nueva vida. Si tenemos en cada día una meta y la alcanzamos pasito a paso, llegaremos a la meta final avanzando con pasos pequeños que parecerán de gigante al llegar. Ese paso que invita al siguiente y éste al otro… es la conversión continua y constante que Dios espera.              

Pedro Beteta

Doctor en Teología y en Bioquímica


[1] Viktor Frankl,  El hombre en busca de sentido, p. 78 

[2] Escuchado el relato, prolijo en detalles, a la Madre Angélica de EWTN

 

Derecho natural, democracia y cultura

Sin libertad de enseñanza no hay verdadera democracia ni sociedad libre.

Hace siglos hubo un político romano, orador de arrebatada elocuencia, que, en ratos de ocio obligado, compuso algunas obras de filosofía política, todavía hoy leídas, en las que se inspiraron no pocos de los que en la época moderna lucharon –tan meritoriamente– por las libertades democráticas. Como filósofo que también era, no dejó de hacerse una de las preguntas fundamentales que plantea la democracia, esa forma de gobierno, que es una preciada conquista de la humanidad: ¿es todo objeto de votos? ¿tienen límites la libertad democrática y la voluntad popular? Pregunta tan consustancial con el régimen democrático, que es la misma que se hacen muchos pensadores modernos. A la vuelta de los siglos, el problema no ha cambiado. Es aquella vieja pregunta –aunque con matices nuevos– para la que cierto político español, un liberal, decía no tener respuesta. Este político no tenía respuesta, porque su ideario era liberal y para el liberalismo –que no debemos confundir con la democracia– no hay ni puede haber respuesta. Pero nuestro orador romano sí, la tenía. ¿Por qué el liberalismo no sabe ni puede responder a la cuestión? No tiene respuestas porque el liberalismo tiene entre sus fuentes el dogma rousseauniano de la bondad y de la infalibilidad de la voluntad general: lo que quiere la mayoría es necesariamente bueno y verdadero. Ciertamente, la mayoría ha cometido en los dos siglos que nos separan de Rousseau, los suficientes desaguisados como para que ni los más puros liberales crean ya en ese dogma. Pero siguen creyendo, si no en la bondad absoluta, al menos en la soberanía absoluta de la mayoría.

También nuestro filósofo romano creía en la democracia y en la mayoría. Pero sus maestros estoicos le descubrieron que el hombre –y por lo tanto también el pueblo– tiene un límite infranqueable, que si bien el pueblo es soberano, no lo es de modo absoluto, porque el hombre es, ciertamente, rector de sí mismo, pero antes que eso es un ser regido. No es el hombre, como quería el viejo Protágoras, la medida de todas las cosas. Es un ser libre, modelador de su destino, pero su libertad está gobernada por las exigencias objetivas de su propio ser. No es el hombre el criterio del bien y del mal, no es el pueblo el criterio de lo justo y de lo injusto; tal criterio es la ley natural.

Cicerón –que éste es nuestro romano– escribió, con la simplicidad propia de su estilo –de hace más de veinte siglos– una hermosa página al respecto, que conviene reproducir: Es absurdo pensar que sea justo todo lo determinado por las costumbres y las leyes de los pueblos. ¿Acaso también si son leyes de tiranos? Si los Treinta Tiranos de Atenas hubieran querido imponer sus leyes, o si todos los atenienses estuvieran a gusto con las leyes tiránicas ¿iban por eso a ser justas esas leyes? Creo que no serían más justas que aquella otra que dio nuestro interrey de que el dictador pudiera matar impunemente al ciudadano que quisiera, incluso sin formarle proceso. Hay un único derecho que mantiene unida la comunidad de todos los hombres, y está constituido por una sola ley, la cual ley es el criterio justo que impera o prohibe: el que la ignora, esté escrita o no, es injusto (…). Que si los derechos se fundaran en la voluntad de los pueblos, las decisiones de los príncipes y las sentencias de los jueces, sería justo el robo, justa la falsificación, justa la suplantación de testamentos, siempre que tuvieran a su favor los votos o los plácemes de una masa popular (…). Y es que para distinguir la ley buena de la mala no tenemos más norma que la de la naturaleza. No sólo lo justo y lo injusto, sino también todo lo que es honesto y lo torpe se discierne por la naturaleza. La naturaleza nos dio así un sentido común, que esbozó en nuestro espíritu, para que identifiquemos lo honesto con la virtud y lo torpe con el vicio. Pensar que eso depende de la opinión de cada uno y no de la naturaleza, es cosa de loco (De legibus, 1, 15-16.)

Claro que hoy se ha oscurecido tanto el concepto de ley natural, que no es posible tratar de la cuestión planteada sin dar un largo rodeo. Ruego al oyente que me acompañe en esta aparente divagación con su atención y cortesía; aunque el rodeo sea largo, la respuesta llegará.

1. La ley natural

Los fundadores de la ciencia jurídica europea –los llamados glosadores– fueron hombres en muchos aspectos geniales. Y por eso supieron escribir frases tan cortas y, a la vez, tan llenas de sentido, que la posteridad no ha podido menos que gastar bastante ingenio en meditarlas e interpretar su rico contenido. Y hay una de esas glosas que revela –contra lo escrito por algunos autores, que me atrevería a calificar de poco entendedores del alma de los medievales– un profundo conocimiento cristiano de la ley natural. Junto a los textos romanos –paganos– que nos hablan de la naturaleza como principio del ius naturale, la glosa en cuestión contiene una aclaración que vale por muchas páginas: natura, idest Deus. «La naturaleza, esto es Dios». No quería con esto nuestro glosador, ni situarse en una visión panteísta de resonancias más o menos estoicas, ni negar que la ley natural tenga como fundamento inmediato la naturaleza humana. Su intención fue glosar un texto pagano con la luz que la revelación cristiana proyecta sobre la ley natural. Ley natural, sí, fundada en la naturaleza humana, pero en una naturaleza humana que es creatura, obra de un Dios personal, que a través de ella manifiesta su Sabiduría y sus planes amorosos de felicidad y de bien para el hombre. La ley natural, penetrando en su fundamento último, nos aparece como razón y voluntad – ley– de Dios, fruto del poder, de la sabiduría y del amor divinos.

Porque la ley natural es inclinación grabada en la naturaleza del hombre procede de la acción creadora de Dios. No es la ley natural una superestructura impuesta al hombre, individual y socialmente considerado, unos mandatos, sin duda justos y buenos, pero, en definitiva, extrínsecos a su ser. La ley natural es ley constitutiva del hombre, una dimensión de su ser en relación a su desarrollo existencial.

La ley natural enlaza con el poder creador divino, porque es una ley inherente al ser del hombre y de la sociedad. Es éste –ley del ser– un matiz que importa resaltar, porque sin él deja de tener sentido hablar de ley natural.

El desarrollo existencial de la persona humana no es, primariamente, un simple sucederse de hechos, un mero acontecer. Reducir el desarrollo existencial del hombre al mero acontecer, es uno de los más brutales vaciamientos de la vida humana, porque equivale a despojarla de su sentido. Entonces sí que sería verdad que detrás del acontecer humano, detrás de la vida del hombre, no hay más que la nada. La existencia humana sin un sentido propio del ser mismo del hombre, no tiene bajo sí ni ante sí más que el no absoluto, en otras palabras, el vacío total. Decir, como escribía Ortega y Gasset –reflejando una tesis común a las diversas corrientes existencialistas–, que el hombre no es naturaleza –y naturaleza ordenada a unos fines– sino historia, no tiene otra consecuencia lógica que la vida sin sentido. Y esto lo ha visto con gran claridad Sartre. Cualquier fin que –de ser cierta tal tesis– quisiera el hombre ponerse como sentido de su existencia, sería pura artificialidad –por ser creación del hombre, sin base ontológica–, que al final no resultaría ser más que una máscara de cartón, o un ensueño vacío, sin otra realidad que el despertar en la frustracíón, como producto de la alienación más completa.

No es pura casualidad, ni sólo producto de la sofisticada artificiosidad de tantos aspectos de nuestra civilización, que la causa principal de alteraciones psicológicas sea hoy la frustración existencial, como ha puesto de relieve, más de una ocasión, el insigne psiquiatra austriaco Viktor Frankl (Vide, p. e., V. E. Frankl, Aggression und existentielle Frustration, en «Persona y Derecho» III (1976), Págs. 265 ss.) He aquí que una civilización que ha pretendido poner en primer plano la existencia, ha recogido la cosecha de la frustración existencial más profunda. Y es que ha cometido el más grave error en el que podía haber incurrido: olvidar que la existencia presupone la esencia. Vaciar la existencia de esencia, de naturaleza y de ley natural, es vaciar la misma existencia.

El orden moral –cuya expresión y principio rector es la ley natural– no puede entenderse, pues, como un orden extrínseco al hombre, porque es la dimensión orden del hombre como persona; en palabras de Del Portillo (A. DEL PORTILLO, Moral y Derecho, en «Persona y Derecho», I (1974), pág. 494), es el conjunto de exigencias que derivan de la estructura óntica del hombre en cuanto es un ser personal. Del mismo modo, el Derecho, natural representa la regla fundamental de la sociedad en cuanto humana. Es ahí donde, del modo más radical y profundo se entabla, en cada hombre y en cada sociedad, el famoso dilema hamletiano: ser o no ser.

Quizás algún oyente piense que me estoy yendo por las ramas. Tienen razón, aunque creo que más bien me he estado yendo por las raíces. En todo caso, ha sido una divagación calculada, porque esta es la idea que deseo poner sobre todo de relieve: que la ley natural es orden del ser del hombre y de la sociedad, el camino recto de nuestra perfección personal y social. Seguir o no seguir la ley natural, en nuestra vida personal y en la vida social, representa un radical ser o no ser, perfeccionarse o degradarse.

2. Democracia y ley natural

Después de todo cuanto llevo dicho, es muy posible que ustedes piensen que soy partidario de la ley natural, y quizás me encuentre en el riesgo de que me ocurra algo semejante a lo sucedido al predicador de la conocida y vieja anécdota –no la voy a repetir porque es muy conocida- uno de cuyos oyentes, a la pregunta de un curioso sobre qué había dicho sobre el pecado, resumió su sermón con la frase: Pues que no es partidario. Probablemente estoy en el peligro de que, al menos mentalmente, pueda alguien resumir cuanto he dicho hasta ahora sobre la ley natural con la frase contraria: Es partidario. Pues no, una de las cosas que me interesa dejar bien claro es que yo no soy partidario de la ley natural. Y por si acaso la conjunción negativa no ha quedado clara, quiero volver a repetirlo: no soy partidario de la ley natural. Es más, entiendo que nadie puede ser partidario de la ley natural.

Y me parece tanto más importante que esto quede claro, porque uno de los rasgos más acusados de la llamada mentalidad moderna es reducir el ámbito de los valores y los bienes supremos del, hombre a cuestión de partidismo. Se trata en definitiva, del relativismo, de la actitud que reduce –en el ámbito indicado– la verdad a una opinión, la certeza a un parecer, los valores objetivos a valores subjetivos. En esta línea de pensamiento sí que hay partidarios, si no propiamente de la ley natural, sí del Derecho natural: Stammler, Kaufmann o Maihoffer, pueden citarse como representantes de esta dirección.

Confío en que hayan adivinado el sentido de mi negativa a ser incluido entre los partidarios de la ley natural. No soy partidario de la ley natural, porque ésta pertenece al campo de la verdad y no de la opinión; de la ciencia, no de la opción; de la objetividad, no de la subjetividad. No es cuestión de partidismo, sino de certeza, de estudio y de conocimiento. La ley natural está fuera de todo partidismo; se puede seguir o rechazar, se puede afirmar –se debe diría yo– o se puede negar, pero no es de suyo objeto de opiniones ni de banderías. Yo tengo la certeza –por razón natural y por revelación divina– de que existe la ley natural. Sé, pues, que existe, no opino que existe, estoy cierto de ello. Y porque no opino, no soy partidario, que es adjetivo de opinión.

Punto éste que enlaza directamente con el tema planteado al principio. Ni la ley natural en bloque ni sus contenidos concretos son objeto de votos. A nadie se le ocurre poner a votación cuánto son dos y dos; o si no queremos aludir a cosas evidentes podemos acudir a la teoría de la relatividad, a la geometría euclidiana o a la física cuántica.

Las verdades objetivas no son producto de convenciones mayoritarias sino de estudio y de conocimiento de la realidad. ¿No es ridículo pensar que una verdad filosófica o científica pueda obtenerse por pactos o convenios? No muchos años antes de Jesucristo, cierto procónsul romano intentó algo parecido y vean cómo lo narra Cicerón en su diálogo sobre las leyes: Porque recuerdo haber oído contar a mi admirado Fedro, en Atenas, que tu amigo Gelio, al venir como procónsul a Grecia, después de haber sido pretor, conoció en una reunión a todos los filósofos que había entonces en Atenas, y que, con mucha insistencia, les propuso la idea de acabar de una vez con sus controversias: que si no estaban dispuestos a malgastar toda su vida en disputas, podría llegarse a un consenso, y que él les prometía su ayuda, por si era posible llegar a algún acuerdo. Eso sí que fue cosa de risa, Pomponio, y de la que siempre se burló todo el mundo (De legibus, 1, 20.)

El Derecho natural representa la objetividad de una regla de conducta y de una exigencia de justicia, que es inherente a la persona humana. No es objeto de opinión o de opción –repito– sino de conocimiento y de estudio; no es elección, sino verdad. Viene aquí como anillo al dedo un consejo de la Sagrada Escritura: No sigas la muchedumbre para obrar mal, ni en el juicio te acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad (Ex 23, 2.)

Los congresos científicos están llenos de discusiones, pero hasta ahora, que yo sepa, nunca se ha sometido a votación una teoría científica o el resultado de una investigación para determinar su verdad o su falsedad.

La ley natural pertenece al orden del ser, decíamos al principio; pertenece, pues, al orden de las realidades objetivas, de la ciencia. En otras palabras, la ley natural no es objeto de votaciones. La democracia es una forma de gobierno buena –sin duda la mejor y más deseable en nuestro contexto cultural– fundada, al igual que otras formas lícitas, en la ley natural. Es esta ley la que posibilita la democracia, porque la democracia se basa en la naturaleza del hombre y de la sociedad. Porque la democracia se funda en la ley natural, cuando de ella se separa, se corrompe y se transforma en esa corruptela que es la demagogia.

Una ley democráticamente establecida, si es contraria a la ley natural, es una injusticia y una tiranía (en realidad, no es democracia sino demagogia). Cuando hablamos de totalitarismos, de opresiones, de abusos de poder o de tiranía, tenemos una especial tendencia a imaginarnos a una persona o grupo minoritario de personas que impone la fuerza, la violencia –la injusticia en otras palabras– a la gran masa de la población. Y olvidamos que todo ello puede ser ejercido igualmente por un Parlamento o por una mayoría.

Negar esto, conceder a la democracia el carisma creador de la justicia y de la moral, es trastocar los términos del problema y manipular el término democracia, dándole un sentido que no es el propio.

Democracia es, propiamente, nombre de forma de gobierno. Forma, no contenido. Se refiere a la forma de acceder los gobernantes al poder, a la forma de dictar las leyes, a la forma de controlar el ejercicio del poder. Pero la forma no altera el contenido. Cuando afirmamos que las leyes positivas deben ser conformes a la ley natural aludimos a su contenido, y ello es válido, tanto para la ley dictada por un gobernante, como para la aprobada por un Parlamento o la establecida por referéndum o plebiscito. A todas las leyes, cualquiera que sea la forma de su establecimiento, es aplicable que deben ser justas. No sólo el gobernante puede ser injusto, también lo puede ser el pueblo en su conjunto.

La democracia, no menos que el gobierno personal, está sometida a la ley impresa en la naturaleza. He ahí el radical sinsentido de someter a votación normas o principios de Derecho natural. El divorcio democrático, el aborto democrático o una no menos democrática discriminación racial, serán democráticos, pero no dejarán de ser sinrazones, asesinatos e injusticias, y más que democráticos habrá que llamarlos demagógicos.

Hablaba antes de una manipulación de la palabra democracia; y, en efecto, cuando de la forma se pasa al contenido –como es tantas veces habitual en nuestros días– hay en realidad un enmascaramiento del fondo de la cuestión. Porque se llama democracia a otra cosa distinta: al relativismo y al antropocentrismo; al indiferentismo y al liberalismo; al sociologismo y al permisivismo. No entro en problemas políticos concretos, que no son de mi incumbencia en estos momentos. Sí debo entrar, y lo estoy haciendo, en temas de filosofía jurídica y política. También la democracia está sometida a la ley natural; la forma democrática de gobierno está para el amplísimo campo del legítimo pluralismo de la sociedad; para el ancho espacio de las legítimas opciones y opiniones, donde no hay dogmas. Pero no está para aquellas cosas que no son objeto de opinión ni de opción.

3. Democracia y libertad de enseñanza

No se me ocultan los graves problemas que la aplicación de este principio presenta de hecho a la democracia en cualquier sociedad. ¿Cómo garantizar el respeto de la ley natural si la ordenación de la sociedad depende, en último término, de las decisiones del pueblo? ¿Cómo limitar de hecho la soberanía de la voluntad popular, si es esa voluntad la que ha de establecer dichos límites? El problema planteado –no se les oculta a ustedes.– es de importancia decisiva. De no garantizarse el respeto a la ley natural, la democracia contendrá en sí el germen de su propia destrucción, de su inexorable conversión en demagogia –es decir, en forma de gobierno que lesione, por su dinámica, al bien común–, mientras el contexto social no tenga como base irrenunciable la ley natural.

Ya decía antes que la ley natural, por ser ley objetiva del ser humano, no es quebrantada sin que el hombre y la sociedad se degraden. Por eso, una democracia, en una sociedad que no respete los valores objetivos, será cauce, no de gobierno sino de desgobierno, no de desarrollo social sino de corrupción de la sociedad, no de la libertad sino del permisivismo, no del progreso sino del regreso a formas salvajes de vida. Más que democracia, será demagogia.

Sustituir la ley natural por los dictados de la mayoría y, por tanto, extender la democracia al sistema de reglas y valores fundamentales que han de regir la vida social en cuanto organizada en Estado, deja a la democracia desamparada frente a las fuerzas disolventes de la sociedad y de ella misma. Pero, sobre todo, deja a la democracia sin su última y más básica fundamentación.

Si –como pretende el liberalismo de rancio abolengo– todo se funda en la prevalencia de los votos, ¿en qué se fundamenta la democracia? La respuesta es tan obvia como inquietante: se funda en ella misma. Y digo que es inquietante, porque esto significa que carece de fundamento fuera de la pura voluntad del pueblo, a la que habría que calificar de arbitraria por cuanto carecería de un fundamento ulterior. Y a la voluntad arbitraria del hombre en política se la llama tiranía. De donde resultaría paradójicamente, que la democracia no sería otra cosa que la forma menos desagradable de tiranía. Afortunadamente la democracia no es eso; lejos de ser la forma menos mala de tiranía, de suyo es –o al menos puede ser– una excelente forma de gobierno.

Para los grandes clásicos de la filosofía política anteriores al liberalismo, la democracia tiene su fundamento sólido y claro: el Derecho natural, sobre el que se asienta la voluntad del pueblo de constituirse en democracia en lugar de otras formas, en sí mismas igualmente posibles; en versión de la teología, diríamos que todo poder, de modo último y radical, tiene su origen en Dios. Esto significa que, tanto desde el punto de vista filosófico, como desde el teológico, hay una clara distinción entre uso y abuso del poder, entre poder legítimo y tiranía. Y, al propio tiempo, que el Derecho natural es fundamento de la democracia –no como forma de gobierno necesaria, pero sí como forma posible– y en consecuencia anterior a ella e intangible por ella. El liberalismo originario, por el contrario, al quitar a la democracia su fundamento trascendente, desdibuja los límites entre legitimidad y tiranía y desguarnece a la democracia frente al riesgo de una desnaturalizada libertad.

¿Qué solución hay, entonces, para sacar a la democracia de esta situación crítica en la que se encuentra? No hay, digámoslo ante todo, una solución política; pretender buscarla sería querer encontrar esa especie de cuadratura del círculo que los antiguos expresaban con el dicho: ¿Quis custodiet custodes «¿Quién guardará a los guardianes?» Pero, además, cualquier intento de solución política sería contradictorio con la misma democracia, pues tal solución consistiría en la instauración de una especie de democracia limitada, esto es, mediante la sustracción a la decisión popular del campo de valores que se considera intangible. Ni de hecho ni teóricamente esta solución parece posible. No sólo el contexto social no admitiría tal solución, sino que tampoco eso sería verdadera democracia. Tanto en el campo personal como en el terreno político, la libertad humana comporta que se corra el riesgo de la libertad; es el hombre y la sociedad quienes deben asumir, en el acto más íntimo y más propiamente humano, los valores éticos, morales, y la ley natural. Y la democracia es una forma de gobierno –legítima– que otorga al cuerpo social entero el ejercicio de esa asumpción. Quien no quiera correr el riesgo de la libertad o entienda que los tiempos no están para correrlo, que no aspire a la democracia. La democracia limitada, no es, a mi juicio, una verdadera democracia.

No habiendo –no pudiendo haber– una solución política al problema planteado, hay, sin embargo, una solución, postulada por lo que es y representa la democracia: una solución social, que ustedes sin duda habrán adivinado: el pueblo debidamente educado, la cultura y, como transmisión de ella, la enseñanza. Dicho en breves palabras, la única solución es la educación de la sociedad en el bien y en los valores.

Claro que para que esto sea posible, la clave reside en que la enseñanza esté en manos de la sociedad y no del Estado, lo que equivale a decir, con otras palabras, que la clave está en la libertad de enseñanza.

La libertad de enseñanza, como derecho natural que es, debe ser respetada en cualquier forma legítima de gobierno, pero en un régimen democrático adquiere una importancia suprema por la misma concepción de la democracia.

Examinemos, como segunda parte de esta exposición, el tema que acabo de enunciar, refiriéndolo, claro está, a la democracia moderna.

Aunque parezca innecesario por obvio, no es inoportuno comenzar recordando cuál es la idea central que configura la democracia moderna: volver una y otra vez a los principios fundamentales es –en definitiva– la sana y prudente regla del buen gobierno que recogió la Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia. La democracia en sentido actual –el que aparece en el siglo XVIII– es, ciertamente, una forma de gobierno en la que el pueblo designa a sus gobernantes; pero es también –y principalmente– un régimen de libertad. Sin libertades personales y, de modo fundamental, sin la libertad de ser persona –en el sentido propio de esta palabra– no hay democracia, aunque haya votaciones. Sólo por votar no se es persona, ni las elecciones son la democracia; ambas cosas son instrumentos para la libertad y para la democracia, mas no son la democracia ni la libertad.

Un pueblo manipulado, unos ciudadanos masificados, por mucho que participen en asambleas y votaciones no forman un pueblo libre, ni son ciudadanos que vivan en libertad. Son marionetas del grupo manipulador, que convierte el régimen político en una dictadura oligárquica, aunque tenga la máscara de una democracia.

Por eso es regla elemental de una verdadera democracia el respeto a la libertad de pensamiento filosófico, científico y cultural y, con ella, la libertad de comunicación, de palabra. No sin razón, las Naciones Unidas acogieron como piezas clave de la Declaración de Derechos Humanos las cuatro libertades con cuyo enunciado Roosevelt resumió el ideario de los aliados en su lucha contra el totalitarismo: la libertad de palabra y de expresión, la libertad religiosa, la libertad de vivir sin miedo y la libertad de vivir a cubierto de la necesidad. Alguna de estas libertades, es cierto, pueden ser entendidas de modo incorrecto como lo ha hecho la filosofía liberal. Pero tienen también un modo correcto de entenderse y aplicarse.

He aquí un principio fundamental: no hay sociedad libre si la cultura y su transmisión están en manos del poder. Si el Estado se convierte en el sujeto de la cultura y en sus manos está el medio de su transmisión, que es la enseñanza, no es posible el hombre libre. Para construir una sociedad verdaderamente libre es indispensable que la ciencia y la cultura estén en manos de la propia sociedad. Esto es lo que, en su radicalidad, quieren decir las libertades sobre el pensamiento filosófico, científico y cultural, la libertad de las conciencias y la libertad religiosa. Los sistemas culturales, la ciencia, la decisión de vivir según conciencia, el culto, a Dios pertenecen a la persona, no al Estado, porque son aspectos de un derecho que está en la raíz de todos ellos: el derecho a ser persona.

Que tales libertades las tiene como propias la persona humana, lo muestra el hecho fundamental de que el Estado no es el sujeto de la cultura –del pensamiento–, de la conciencia moral, ni del acto radical de adhesión del hombre a Dios. Es el hombre, personalmente, su sujeto: quien piensa, quien tiene conciencia, quien primeramente está relacionado con Dios. Del hombre vienen y al hombre van. De la cultura, de la moralidad, de la religión el Estado no es agente, sino receptor. El Estado es también auxiliador, pero ayudando a la libertad, no sustituyéndola. De lo contrario, los términos se invierten: el Estado es agente y el hombre es receptor; entonces la libertad ha sido segada de raíz y la personalidad del hombre se esfuma.

Las libertades de pensamiento filosófico y científico, de las conciencias y religiosa, la libertad cultural en una palabra, tampoco son –políticamente hablando– libertades residuales. Se las concibe como libertades residuales cuando se entienden como meras ausencias de coacción, en cuya virtud el Estado no coaccionaría a quienes no siguiesen la cultura y las concepciones ofrecidas desde las estructuras oficiales. Esto no es libertad, sino simple tolerancia.

Para una sociedad libre es necesario que la cultura y su transmisión estén en posesión de la sociedad y no del Estado. En el caso de las libertades a que nos referimos, derecho o libertad significa que el sujeto de esos bienes –y por consiguiente de su transmisión– no es el Estado, sino la persona. Significa que el sistema de ideas, de cultura, de ciencia y de moralidad pertenecen a la persona y a su libre desarrollo. No hay peor encadenamiento de la persona y de la sociedad que el dirigismo cultural, o sea atribuir al Estado la función de dirigir la cultura y su transmisión.

La ilación entre las libertades nucleares enunciadas y la libertad de enseñanza es clara. Enseñar y educar no es otra cosa que transmitir el sistema de ideas, de cultura, de ciencia, de moralidad y de religión. Por consiguiente, las libertades de cultura, de las conciencias y religiosa quedan gravemente cercenadas –y reducidas a la triste condición de libertades residuales– sin verdadera libertad de enseñanza, lo que quiere decir que la enseñanza debe estar en manos de la sociedad, o sea, de los ciudadanos. Conclusión evidente: si el sujeto y agente de la cultura, de la moralidad y de la religión es el hombre y no el Estado, el sujeto y agente de la enseñanza es la persona, no el Estado. La transformación del Estado en sujeto y agente de la enseñanza, tanto cercenará la libertad cuanto suponga hacerse sujeto y agente primero y principal de la cultura.

La libertad de enseñanza no es, pues, un tema más o menos importante, sino un punto capital de la construcción y organización de una sociedad libre y de la estructuración política de una democracia en sentido moderno, es decir, de un régimen democrático de la libertad.

Y advierto, para evitar equívocos, que esto no significa el desarme ideológico del Estado, punto importante en el que no puedo detenerme ahora; significa sencillamente que las ideas no van del Estado a la sociedad, sino de la sociedad al Estado. Y a eso se le llama sociedad libre.

Hay quienes piensan que la democracia postula un Estado neutro, idea, no por vieja menos peregrina, que falsifica la democracia, porque contradice la esencia misma de la democracia. Estado neutro en efecto, o equivale a Estado vacío de cultura y de moral, o equivale –y es lo que más frecuentemente ocurre– a Estado relativista y agnóstico, esto es, confesionalmente laico. Si de lo primero se trata, quiere decir que se ha roto una pieza básica del sistema democrático: el paso de las opciones y corrientes sociales a las estructuras de gobierno. Lo que caracteriza la democracia es que las instancias ideológicas se generan en el pueblo y de ahí moldean las instituciones públicas, el gobierno y el Estado. Un Estado democrático no puede ser un Estado vacío –neutro–, salvo cuando de una sociedad vacía de ideas se tratase. Sólo rompiendo los cauces de trasvase de las instancias ideológicas –de las concepciones filosóficas, culturales, éticas– entre sociedad y Estado, puede éste quedare vacío; pero esta ruptura equivale a romper un factor básico de la democracia.

A su vez, un Estado neutro, en el sentido de laico –aparte de no ser neutro sino confesional, de confesionalidad laica– sólo tiene sentido en una democracia si el pueblo es, en su mayoría políticamente decisoria, laico. Pero en una sociedad minoritariamente laica o no socialmente laica, es claro que el Estado sólo será laico por una vía no democrática, pues es evidente que, en tal supuesto, no hay correlación ideológica entre Estado y sociedad, que es lo esencial de la democracia; luego la laicidad habrá debido de imponerse por una vía no democrática (oligárquica; v. gr., una oligarquía intelectual). La pieza de la neutralidad del Estado –en el sentido de laicismo– entendida como rasgo impuesto a su constitución es una pieza limitadora de la democracia, por cuanto rompe la ósmosis ideológica que debe existir entre sociedad y Estado. Lo democrático es que el Estado sea reflejo de la sociedad. Si la sociedad no es laicista, ¿cómo en una democracia el Estado puede serlo?

La verdadera estructura democrática rechaza la neutralidad laicista del Estado; éste no debe estar constituido –cuando tiene la forma democrática–, ni en neutral-laico ni bajo cualquier otra forma de confesionalidad cultural, moral o religiosa que impida la correlación Estado-Sociedad. Lo que pide la democracia es el Estado posibilitador de la libertad y el Estado abierto a la realidad social. Y esto es tanto más necesario en una sociedad plural, donde cabe que accedan al poder distintos grupos ideológicos. Hay quien piensa que la pluralidad social significa un Estado conformado de acuerdo con una especie de sincretismo medio. Pero esto no es lo democrático, pues la democracia es una forma de organización del Estado en la que la sociedad se desarrolle libre y plenamente; por ello lo democrático es que su organización permita el acceso al poder de las corrientes mayoritarias, las cuales desarrollen su programa de gobierno tanto más plenamente cuanto más mayoritarias sean, siempre respetando la libertad de las minorías. Si algo pide la democracia es la autenticidad del gobierno –es el pueblo el que se manifiesta auténticamente a través del gobierno libremente elegido–, siendo esto imposible si éste se viese obligado por una pieza constitucional sincretizadora a sustituir su ideario por un gelatinoso sincretismo.

Tres son, pues, las piezas fundamentales de la democracia: a) el Estado abierto; b) la posibilidad de acceso al poder de distintas opciones y corrientes; c) la libertad de mayorías y minorías. Y todo ello postula lo antes dicho: que las ideas no vayan –primariamente– del Estado a la sociedad, sino de la sociedad al Estado. De ahí la importancia capital de las libertades en el pensamiento, de las conciencias y religiosa. Son una exigencia de autenticidad democrática. Y como corolario, la importancia capital de la libertad de enseñanza; es también exigencia de autenticidad democrática.

Sin libertad de enseñanza no hay libertad de pensamiento y de conciencia; hay, en cambio, dirigismo cultural, pretensión de imponer desde el Estado una determinada concepción del mundo, del hombre y de la sociedad. Sin libertad de enseñanza no hay verdadera democracia ni sociedad libre. En todo caso habrá votaciones y asambleas, pero no libertad.

La libertad de enseñanza –decía– está al servicio de la libertad de concepciones culturales y de las conciencias, es su corolario necesario. Por lo tanto, carece de sentido, o más bien constituye un atentado frontal a esas libertades, no garantizar y sobre todo imponer una regulación de la iniciativa ciudadana que yugule, dificulte o haga muy difícil el mantenimiento de las convicciones filosóficas, morales y religiosas que constituyen el ideario de la escuela y lo que, frecuentemente, ha motivado su creación. En tales supuestos, no hay respeto a la libertad de enseñanza. como no lo hay a las libertades de pensamiento y de conciencia. Quienes crean un centro de enseñanza han de tener en sus manos los resortes de su dirección.

Nada de lo dicho debe interpretarse en el sentido de que el Estado deba desentenderse de la enseñanza y de la educación. Conlleva, sin embargo, que el Estado asuma su propio papel sin invadir el de la sociedad. Y este papel del Estado es el mismo que el que tiene respecto de las demás libertades: el Estado debe reconocer, garantizar y regular el ejercicio de la libertad de enseñanza.

Ante todo, reconocerla, y esto se hace, como paso imprescindible, asumiéndola como base de toda la legislación educativa y como principio fundamental del gobierno en materia de enseñanza. Ciertamente el Estado puede, y debe, asumir metas y objetivos concretos en el campo de la enseñanza, sin limitarse sólo a reconocer la libertad: puede ordenar esta materia, puede –y debe– ponerla al alcance de todos, pero todo ello ha de hacerse en función y en servicio de la libertad de enseñanza.

En segundo lugar, garantizándola, o dicho de otro modo, posibilitando su ejercicio. Y es aquí donde entra, en las circunstancias actuales, la necesaria ayuda del Estado a los ciudadanos, lo cual supone no limitarse a reconocer la libertad de enseñanza como una libertad meramente formal, sino sobre todo, como una libertad real.

4. La iniciativa privada

Es en este punto donde quisiera hacer unas pocas observaciones para precisar, con brevedad pero con la necesaria claridad, mi pensamiento.

Tengo la impresión de que el pensamiento político actual se ha encerrado –en su concepción del Estado y de sus funciones– en una vía muerta y que la práctica política, de consuno con la filosofía social, está dando muestras de una notable falta de imaginación y de inventiva. Me parece que ambos, pese a los deseos de modernizar sus concepciones y sus opciones, son epígonos de una dialéctica histórica, inaugurada en el siglo XVIII y hoy estéril y caduca: o individualismo o colectivismo. O iniciativa privada o iniciativa estatal.

El individualismo –por otro nombre el liberalismo orginario– contempla la sociedad como la coexistencia más o menos pacífica de ámbitos individuales que buscan su propio interés. En palabras de los filósofos liberales de mayor renombre, ámbitos individuales que buscan su propia felicidad. Se escinde así la actividad humana en dos grandes esferas de intereses, cuyos titulares son distintos: el interés personal o ámbito privado, cuyo titular y responsable es la persona; y el interés general o ámbito público, cuyo único titular y responsable sería el Estado. Desde esta perspectiva, la iniciativa privada es vista como una actividad directamente ordenada al bien particular, teñida de egocentrismo, aunque, al menos en ciertos aspectos, se trate de un egocentrismo noble, necesario y bueno. ¿Quién negará nobleza y bondad al afán del padre de familia por sacar adelante a sus hijos? Claro que, en ocasiones, se tratará de ese egoísmo que convierte al hombre en lobo para el hombre, o al menos en el hombre que se niega a ser guardián de su hermano.

Es bien sabido, además, que, para estos modos de entender la sociedad como coexistencia de individualismos, el Estado queda reducido a la flaca condición del Estado-guardián o Estado-gendarme; si acaso, se admitirá un proteccionismo defensivo de los particulares, que en nada palia la radical insolidaridad con que es entendida –con una visión deformadora– la iniciativa privada.

La alternativa colectivista, que históricamente nació casi simultáneamente con la que acabamos de exponer, bajo el nombre de socialismo, parte de la misma escisión entre el interés personal o ámbito privado y el interés general o ámbito público. Llega, en cambio, a la solución opuesta. Pues la acción del individuo es insolidaria –vienen a decir– el ámbito público, cuyo titular y responsable es el Estado, debe absorber totalmente al individuo, reducido a ser una mera parte del todo social. Uno de los primeros colectivistas, Morelly, anterior incluso a los que Marx llamó socialistas, utópicos, escribía en 1755 que el interés partícular y, en consecuencia, la propiedad privada eran una peste universal, fuentes de todos los vicios y de todos los males. Según su proyecto, que él presentaba como ley fundamental y sagrada de la naturaleza, todo ciudadano debía ser hombre público, sostenido, mantenido y ocupado a expensas del Estado. Para el colectivismo, el Estado es un Estado absorbente.

Individualismo o colectivismo, Estado-gendarme o Estado-absorbente: he aquí una dialéctica en la que la gran víctima es la libre acción ciudadana en beneficio del interés general o bien común. Incomprendida y adulterada en la visión individualista; incomprendida y suprimida en la concepción colectivista.

El encerramiento en esta dialéctica es aquella falta de imaginación política a la que antes me he referido. A mi parecer, lo que postula nuestro tiempo es una nueva concepción de las funciones del Estado y una purificación de aquella iniciativa privada que lo necesite.

Lo que reclama nuestra época es, por una parte, una iniciativa y una acción ciudadanas solidarias y socialmente responsables; y, por otra, el Estado posibilitador, en cuanto haga falta, de esa iniciativa y de esa acción, mediante la ayuda y el aporte de los bienes necesarios. Esta es, entiendo, la clave para construir una sociedad libre.

No es infrecuente que las palabras que expresan grandes principios, a fuerza de ser manipuladas o utilizadas con visión estrecha, terminen por ser entendidas de modo incorrecto o vaciadas parcialmente de su significación plena; y no podemos negar que algo de esto ha ocurrido con la expresión iniciativa privada. Son muchos los que la entienden hoy como perteneciente al mundo de las actividades mercantiles y económicas o poco más. Y sin embargo, la iniciativa privada abarca casi todos los campos de la actividad humana y constituye uno de los principios basilares de la recta organización de la sociedad.

Urge, en consecuencia, devolver a la iniciativa privada todo su sentido, para que, mejor conocida, sea más respetada. Si quisiera en pocas palabras mostrar el inmenso panorama que encierra y sus potencialidades, la definiría como el conjunto de actividades en orden al bien común de la sociedad, que nacen de las energías de las personas y son sostenidas por las personas.

Vista desde esta óptica –y sin caer en excesos panegíricos, que serían tan injustos como perniciosos–, fácilmente se comprende que la iniciativa privada ha sido el gran motor del progreso de la sociedad. Las ciencias, las artes, el comercio, la industria, la cultura, las Universidades y tantas cosas más han nacido de la iniciativa privada y de ella han recibido durante siglos la savia fecundante y la protección necesaria. Este Colegio Mayor que hoy nos acoge tan gentilmente es un testimonio incontestable de lo que acabo de decir.

La iniciativa privada no es el resultado de una circunstancia histórica más o menos feliz, sino energía y actividad que nace de la ley natural. El principio de subsidiariedad, defendido reiteradamente por el Magisterio de la Iglesia y hoy aceptado incluso por ciertas corrientes del socialismo liberal, no es otra cosa que la enseñanza y la defensa de que la ley natural es el origen de la iniciativa privada y, por ello, su respeto es uno de los principios básicos de la recta organización de la sociedad. Pero si esto es así, no podemos entenderla más que como el resultado de la captación de la ley natural, que es orden querido por Dios y, en consecuencia, como resultado de una recta conciencia ciudadana. Ciudadana, porque su finalidad es el bien común; recta conciencia, porque ha de ser resultado de la preocupación, no por el bien privado y personal, sino por el bien de los demás. En otras palabras, ha de ser el resultado del amor a todos los hombres y de la decisión de afrontar -con todos los riesgos y sacrificios que ello comporta—, los problemas de la sociedad.

La recta conciencia ciudadana comporta salir de sí mismo, de los límites de la propia vida personal ” para proyectarse en la solución de los problemas sociales y en la promoción del bien común. Es ahí donde radica uno de los principales títulos de legitimidad -hay otros de la iniciativa privada, porque ser. buen ciudadano no consiste en limitarse a cumplir las leyes o los deberes políticos cuando el Estado llama a cumplirlos. La buena ciudadanía es, sobre todo. la iniciativa, la positiva contribución con hechos al progreso de la sociedad y a la resolución de los problemas planteados. Es así como se abre esa amplia panorámica a que antes he hecho referencia: enseñanza, arte, cultura, industria, comercio, promoción humana, deporte, descanso, ciencia, etc.

Es tendencia enraizada distinguir -y la distinción es verdadera-, entre bien privado y bien común, a la vez que señalar a uno y otro como los campos respectivos de la iniciativa privada y de la acción estatal. Y en esto segundo es donde reside el fallo. La iniciativa privada no es sólo ni principalmente la acción al servicio del bien privado. Su nobleza y su carácter fundante del principio de subsidiariedad residen en su servicio al bien común, porque el bien común no es sólo fin del Estado, sino -y principalmente-, el fin de la sociedad, que por ley natural formamos todos. El bien común de la sociedad es nuestro bien; no hay problemas y dificultades, bienes o calamidades públicas que no nos afecten; la identidad de intereses con el resto de los hombres no permite que nos separe ninguna barrera.

Es más, el bien común es, como fin propio de la sociedad, el vínculo social básico que nos une; la sociedad es la unión de todos en esa tarea común. Se trata de comprender que, a nivel de nación o de comunidad internacional ocurre lo mismo que en las sociedades menores. Quienes se unen en una sociedad lo hacen para sacar adelante el bien común y la búsqueda del interés general. El titular del bien común y del interés general no es sólo el Estado, lo son principalmente los ciudadanos y lo es, por consiguiente, la acción ciudadana o iniciativa privada. La purificación de la iniciativa privada reside sobre todo en que sus protagonistas mejoren su visión con el colirio de la trascendentalidad de su misión: poner todas estas actividades al servicio del bien común de la sociedad. Cosa sencilla y prácticamente conseguida en las obras no lucrativas, en las que suelen llamarse obras sociales.

Mucho más difícil, casi tarea de titanes, es -como se comprende enseguida- hacer entender que las tareas lucrativas son y han de ser primariamente tareas al servicio del bien común y que el lucro obtenido no está sólo para el disfrute personal, sino también para el bien de la sociedad. En este punto confluyen dos aspectos de capital importancia. En primer lugar, que el egoísmo y el interés -que conduce tantas veces a la injusticia- es lo que da el golpe mortal a la iniciativa privada. En segundo término, y con ello nos elevamos a un plano superior, que la perfección de toda tarea humana -de acuerdo con la ley natural- reside en que sea realizada en servicio de los hombres, en que se ordene al progreso de la sociedad.

Responsabilidad social de la iniciativa privada y Estado garante y posibilitador de esa iniciativa son los dos aspectos complementarios para una sociedad auténticamente libre y solidaria. Libre, porque la primacía se atribuye al verdadero protagonista de la vida social, que es la persona, y a su autonomía. Solidaria, porque la acción ciudadana se ordena al bien común, que es el bien de todos.

5. Conclusión

Por eso decía antes que la libertad de enseñanza no puede quedarse en una libertad meramente formal. Su garantía por parte del Estado postula la necesaria ayuda, su conversión en libertad real. No entender esto, es encerrarse -lo repito una vez más-en una falta de imaginación política, cuando no constituye un ataque a la libertad de las conciencias y, en consecuencia, a la tarea de construir una sociedad en la libertad, en la justicia y en la solidaridad.

Por Javier Hervada, catedrático emérito de Derecho Natural de las Facultades de Derecho y Derecho Canónico de la Universidad de Navarra.

 

 

La persona encapsulada

Ana Teresa López de Llergo

Cuando se destruye una relación, muchas veces o la mayoría de ellas, se realiza en un ambiente desagradable, de ofensas, de acusaciones, de desprecio.

 

Personalidad

Todo organismo vivo tiene mecanismos de defensa para protegerse contra agresión de cualquier tipo que pueda ocasionar algún daño. Actualmente se habla de un perfil reiterativo en las personas: el individualismo donde se desdibuja la dimensión social de las personas y se subraya lo personal por sobre todo lo demás. Esto provoca personalidades encapsuladas.

Una personalidad encapsulada busca un caparazón que le proteja de todo lo que le resulte desagradable y así sueña con una vida confortable donde entra solamente aquello que garantice la exclusión de cualquier sufrimiento. Cada quien es el portero que deja entrar lo que le place y sin conmiseración excluye lo incómodo.

Sin embargo, personas de este tipo son el producto de una generación que ha provocado unos estilos de vida con las determinadas características que ahora nos llaman la atención. Trataremos de ver los antecedentes que llevan a las personas a fabricar su cápsula sin deseos de salir de ella, porque allí tienen los objetos y los sujetos que les son necesarios.

De vez en cuando comparten lo suyo con alguien pero saben que es esporádico, no desean compartir ni mucho menos donar. Y si no donan los objetos mucho menos desean darse establemente. Si acaso, en algunos momentos de mayor sensibilidad o de algún suceso que los sacude sacan la vena altruista.

Muchas veces este estilo de vida tan generalizado lo siguen personas que no han sufrido serios problemas en su infancia o en la adolescencia, simplemente lo adoptan por querer mimetizarse con lo que hacen los demás, con una frivolidad asombrosa, simplemente porque no tienen el valor de ir contra corriente. Viven al margen de cualquier análisis de la sociedad.

Los problemas de fondo que han llevado a la juventud a vivir el individualismo están en la familia. Pero en la familia donde falta de generosidad de los cónyuges para ayudarse mutuamente y para salir del egoísmo de sólo pensar en sí en primer lugar. También en la huida de los problemas y en el recurso fácil de culpar al otro. En la poca responsabilidad de asumir la paternidad o la maternidad. En dejarse llevar por los problemas económicos y no hacerlos compatibles con la necesaria presencia de los progenitores y sus hijos.

La falta de ayuda mutua entre los cónyuges tiene variadas causas. Si se debe a personalidades tímidas y poco sociables será necesario fortalecer los motivos que les llevaron a contraer matrimonio y fomentar la responsabilidad ante el trabajo que cada uno asume dentro del hogar. Así la timidez disminuye gracias a la revalorización de la importancia de sus obligaciones.

La falta de ayuda mutua entre los cónyuges puede deberse a ser hijos únicos, no es el caso de quienes solamente pudieron engendrar un hijo, sino que deliberadamente eligieron tener sólo uno para experimentar el hecho de ser padre o madre. Entonces el hijo se priva de la experiencia de compartir lo suyo con otros hermanos, por tanto no está fuera del hogar tampoco compartirá, ni cuando contraiga matrimonio. Además le influye el ejemplo de los padres de sólo querer “experimentar” con un hijo, y basta.

Un consejo muy generalizado en terapias superficiales es la de afirmar: “quiérete mucho y cuando hayas conseguido revalorarte entonces podrás querer a los demás”. Esto es falso porque la seguridad o el aprecio de uno mismo se forja también en el servicio cariñoso a los demás pues se fomenta la correspondencia que uno ha propiciado y esto consigue la satisfacción de dar y recibir.

Culpar al otro de los problemas es una injusticia pues no se afrontan las propias limitaciones que con frecuencia ocasionan dificultades. La persona se juzga perfecta y ve a los demás llenos de deficiencias. Por eso se les acusa de cualquier hecho molesto. Una persona así se pone en un plano superior, es incapaz de pedir perdón. Si uno de los cónyuges o los dos son así es casi seguro que destruyan, en poco tiempo, cualquier vínculo que establezcan.

Trivializar o tener miedo a la maternidad y a la paternidad sucede cuando quieren experimentar la procreación no como donación sino como una experiencia de la que no quieren privarse. No piensan en la maravilla de traer un nuevo ser al mundo. Cuando se les pasa la novedad, cualquier dificultad les molesta y huyen. Al huir abandonan al pequeño a su suerte.

Otra causa desafortunada consiste en dar el primer lugar a las cuestiones económicas cuando otras son más importantes. Sin embargo, la tendencia es conseguir más recursos materiales aunque se abandone a los más débiles del hogar: los hijos, a quienes les urge la cercanía de sus padres. Necesitan del cariño y la cercanía de la madre y del padre.

Con todos estos hechos, los niños y los jóvenes no tienen referentes de convivencia sana por lo tanto aunque sientan la necesidad de construir relaciones estables, sufren la experiencia traumática de las rupturas y acaban viendo como utopía las buenas relaciones, las desechan y prefieren no establecer compromisos para no terminar deshaciéndolas con todos los sufrimientos que acarrean. Pues ellos las han sufrido y no cuentan con experiencia de otro tipo.

Además, cuando se destruye una relación, muchas veces o la mayoría de ellas, se realiza en un ambiente desagradable, de ofensas, de acusaciones, de desprecio. Esta experiencia marca y esos recuerdos los reproducirán los niños y los jóvenes cuando sientan un agravio, juzguen haber sufrido una injusticia, o simplemente quieran desahogar un malestar.

Esto puede ser una explicación de actitudes tan violentas e incluso sádicas en personas que aparentemente no están sufriendo un problema proporcionado a esas reacciones. Pero es lo que guardan en la intimidad y sale cuando menos se espera. Está atrofiada la sociabilidad y esto fractura a la persona porque es una dimensión vital.

 

 

Vencer el pánico escénico

Lucía Legorreta

La clave contra el pánico escénico es entender que es un proceso natural, que dura poco tiempo, porque nuestro organismo enseguida se autorregula.

Pánico

¿Sabías que uno de los mayores miedos que tenemos los seres humanos es hablar ante otras personas? En el trabajo y también en nuestra vida particular, a veces nos toca hablar en público. Y súbitamente sentimos un terror que nos paraliza. ¿Se puede superar?

Muchos hemos sentido el azote del pánico escénico en algún momento: en el trabajo, familia o comunidad; en una presentación formal o en una fiesta familiar; a veces, cuando menos lo esperábamos.

Y para algunos, tal vez para ti, el pánico se ha quedado instalado en tu interior, haciendo de cada ocasión en la que te has de dirigir al público una amarga experiencia, o lo peor: no querer jamás volver a hacerlo.

El pánico escénico se puede trabajar, no tenemos por qué aceptarlo como un mal inevitable: no puedo… soy malísimo… me pongo demasiado nervioso. Para ello, es muy útil distinguir entre distinto tipos de miedos escénicos, que tienen distintas raíces y formas de enfrentarlos:

Hay un pánico escénico natural, inevitable hasta cierto punto, que es aquel que sentimos en el instante en que nos nombran para que tomemos la palabra. Procede del hecho de que nuestro organismo, cuando tiene que abordar una situación compleja (de tensión, riesgo o compromiso), se pone en alerta liberando adrenalina al torrente sanguíneo. Esto genera taquicardia, sudoración y otras manifestaciones de inquietud, que nos impiden empezar tranquilamente nuestra intervención.

En este caso, la clave es entender que es un proceso natural, que dura poco tiempo, porque nuestro organismo enseguida se autorregula.

Pánico escénico de otro tipo es el que procede directamente del sabotaje de nuestra mente: en vez de confiar en nuestra preparación y habilidades, empezamos a pensar en cómo lo vamos a hacer y en las posibilidades de que salga mal.

Tenemos que confiar en nuestras capacidades ya entrenadas, en que sabemos hacerlo y podemos hacerlo. Y un consejo: diez minutos antes no pensar en lo que vamos a presentar.

El pánico escénico también es aquel que llevamos dentro, que sólo pensar lo tenemos que hacer en tres días o tres semanas, nos afecta. Generalmente procede de una mala experiencia que nos marca; la cual podemos superar practicando varias veces antes y siendo conscientes de que fue sólo una vez que salió mal nuestra intervención.

Algunos consejos prácticos para superar este miedo tan común que nos comparte Ferrán Ramón en la Revista El País:

1. Realiza ejercicios de respiración profunda unos minutos antes de la intervención.

2. No repasar el guion ni pensar en los contenidos diez minutos antes: lo que sabemos ya lo sabemos. Lo que olvidemos nadie se dará cuenta.

3. No pensar en “cómo lo tengo que hacer”. Confiar en nuestros recursos internos, que antes hemos entrenado.

4. Relajarse: rememorar una situación agradable, pensar en una persona querida, sentir emociones positivas.

5. No tener prisa por empezar. Tomar posesión del espacio escénico y mirar a la gente antes de pronunciar la primera palabra.

No le tengas miedo a hablar en público, si te cuesta trabajo lo irás logrando poco a poco. Confía en tus conocimientos y preparación, y verás que no es difícil hacerlo, y seguramente, la satisfacción y resultados serán muy buenos.

 

 

Los jóvenes.

         Después de escuchar a jóvenes en muchas ocasiones, en lugar de publicar un dialogo con ellos, me pongo en su piel, y para no dar nombres, va en primera persona, lo que sienten.

       "No te rindas, aun estas a tiempo...", decía Benedetti. Pero ¿a quién? Llevo luchando y esperando casi 28 años. Y... estoy cansado. Sigo con mis padres. Aún no me he podido independizar. Los versos no han variado, la vida sí.

      Cuando los medios de comunicación despreciaban a los jóvenes porque algunos ni estudiaban ni trabajaban, mis padres me enseñaron a prepararme. He estudiado y trabajado. Diariamente tenía que madrugar y desplazarme en tren o en bus hasta la capital y al volver, a la carrera al trabajo.  Así mientras estudiaba para sacar la carrera, tener un Diploma y hacer un Máster. ¡Nunca he estado en las listas del paro! No era suficiente. Exigen experiencia.

      No soy una excepción ya que, según  un informe elaborado por la Comisión Europea, el 58% de los becarios no recibe ningún tipo de remuneración por su trabajo y, 7 de cada 10 alumnos en prácticas considera que su remuneración es injusta.

      A pesar de ello, los becarios españoles suelen afrontar sus prácticas por deseo de ganar experiencia y de encontrar el modo de hacerse un hueco en el mercado laboral. Los Sindicatos lo saben. Quien hace las leyes también. Lo permiten, lo saben pero NO hacen nada.

      Después, un futuro brillante: he tenido que soportar que me exploten, en las "prácticas" y también como Becario. En España por lo menos hay unos 70.000 becarios. Luego llegan con contratos temporales y renovaciones de interinidad, hasta la saciedad, porque la ley lo permite. Si no creías en ti, la alternativa era "salir al extranjero" o "pasar de todo".

        Me levantaba cada día con la preocupación de qué hacer para vivir una vida libre,  justa, solidaria y creativa, emanciparme y enfrentarme a un mundo en que prevalece la explotación de los seres humanos y la destrucción del medio ambiente.

       Aprendí, de esa experiencia y con esa actitud, que había dado el primer paso.

        Nunca he votado, porque quien podía poner los medios siempre se enrocaban, no solo para no perder ellos, sino para colocar a sus amigos y medrar o eternizarse. A los jóvenes, les adoctrinan y manipulan, pero NO hacen nada para que tengan un puesto de trabajo y un sueldo digno. No se acuerdan  de ellos más que en la precampaña electoral. Antonio García Fuentes, un señor de Jaén, lo decía así de claro: "Ahora se constituyen igualmente ayuntamientos, comunidades y otros "enchufes o chollos que pagamos el contribuyente"; seguro que en ningún lugar se va a hablar de bajar o reducirse sueldos y prebendas, eliminar coches oficiales, reducir los parásitos que en cada lugar debe haber; y tantas y tantas cosas, que de verdad necesita España y los españoles; nos harán ver "sus victorias" (que indudablemente lo son para su panza y bolsillo) nos contarán los cuentos que les parezca y a lo de siempre, o sea, "vengan días y vengan ollas y a vivir".  

        Ni dimisiones, ni se asume que haya que cambiar. Todo un ejemplo para los jóvenes.  Muy ético.  Cuando algo explota, vuelven a enrocarse. Si la educación se ha ido de las manos, del acceso al mercado laboral mejor no hablar. ¡Hay que sufrirlo!  Entre nosotros hablamos, protestamos, pero de nada sirve hablar. No hay médicos, ni fisios. Hay jóvenes con carreras sirviendo  cerveza en los bares o barriendo calles. Y gente sin "nada" medrando en política.

        Y quienes se han ido, no pueden volver, porque esto no ha cambiado: "Me llamo Lorena y me formé en España con dinero público (el tuyo y el mío) pero los conocimientos que adquirí los he aplicado siempre fuera de aquí: en Alemania, en Francia, en Inglaterra…. En todos los países a los que me he ido moviendo, obligada a marcharme cuando terminé mi doctorado. Cuando tratas de volver para devolver lo invertido en ti te encuentras con … la nada. La ausencia total de oportunidades. Sin apoyo, sin estabilidad. Incertidumbre absoluta"

https://youtu.be/Wn-s1ycSgBY

        Después de pasar por colegios, institutos y universidad, puedo decir que la educación, efectivamente no es tal. No sirve para extraer lo mejor de los jóvenes, sino para prepararlos y adaptarlos a un modelo de pensamiento, y de trabajo según un modelo de vida y de creencias impuesto por quienes manejan estratégicamente el sistema. No se trata de hacer personas preparadas o líderes preparados, sino ciudadanos manipulables. Da igual el lugar donde se encuentren. La finalidad y la estrategia es el dinero. Los jóvenes y menos jóvenes -sobre todo mujeres-, sufren condiciones y salarios de semiesclavitud.

       La dictadura de los bancos y el dinero.

       El llamado Nuevo orden mundial, ha logrado la mutación del sistema socioeconómico. Las entidades financieras, rescatadas  o no, están al servicio del Sistema y del Poder. En los puestos de responsabilidad, lo mismo: interés y dinero. Con mayor o menor sutiliza, la realidad es egoísmo, codicia, avaricia. Dinero y comisiones por todo y de todo. Aunque haya personas valiosas que lo intenten, su capacidad de hacer cosas es muy limitada porque siempre hay algunos que con tal de mantener el puesto de trabajo o de medrar, son capaces de vender su alma al diablo. ¡Miedo!

       En las Entidades Financieras, los jóvenes, sus necesidades y sus sueños... son "números", "cuentas", "clientes", "potenciales demandantes de hipotecas".

       ¿Qué joven, que jóvenes mejor, no desean emanciparse, tener un piso, y comenzar a vivir el futuro con su pareja?  Para solicitar algo a los bancos, como el sueldo no es muy alto,  algunos esperan a ser "fijos" en la empresa. Si no lo eres, la aventura es impensable. Los pisos nuevos, en general, tienen un precio poco asequible para los jóvenes. Los pisos de segunda mano, tampoco hay gangas, a no ser en lugares alejados o fincas muy deterioradas.

      Si antes estudiábamos y trabajábamos, ahora trabajamos y pateamos los mercados. Después de mirar en mil empresas constructoras e inmobiliarias reales o en la web,  si ves algo que puede interesar, tienes que acudir al Banco. Comienzas el papeleo. Sopesas los pros y contras. En algunos casos las cuotas te echan para atrás, porque con sueldos pequeños, hay que pensar en amueblar, gastos de luz, comunidad y, vivir.  En otros casos has perdido la esperanza desde la tasación, porque el Banco  que antes concedía el 100% de la misma, ahora ya baja al 80%. Y luego están siempre los costes de apertura, escrituras etc. ¡Hasta 3 Bancos llevamos recorridos!

        Queda la opción del alquiler, pero también los alquileres están por las nubes y con la avalancha de gente que ha llegado de fuera ya casi no quedan pisos que tengan unas condiciones dignas. Entonces, además del derecho constitucional, la pregunta es ¿dónde están las facilidades para que los jóvenes podamos tener una vivienda?

       El creciente número de mascotas.

       Acabo de leer que "los españoles prefieren los perros a los niños". Dicen que  ha aumentado un 40% el número de animales de compañía en los últimos cinco años, mientras que la natalidad bajó un 13,7%. El año pasado 23.879 niños menos que en 2017. ¡No hay relevo generacional!

       Admitiendo que los números estadísticos son verdad, ¡no estoy de acuerdo en absoluto! Como vengo experimentando, se ha montado una sociedad  injusta y acomodada, que margina a los jóvenes, pone todo tipo de trabas para que se puedan emancipar y tener hijos.

       ¿Cuando el amor ha dejado de ser joven? ¿No tenemos los jóvenes deseos de formar una familia y tener hijos? ¿Cómo es posible que en España -autonomías y ayuntamientos-, se subvenciones a unos por hijo, con libros gratuitos o comedores escolares, inscripción gratuita en actividades extraescolares, y en un contexto de crisis demográfica y envejecimiento, se practiquen más de 250 abortos al día?

       En mi casa siempre ha habido algún perro y he disfrutado y hemos disfrutado y aprendido con ellos, porque además de compañía, enseñan. ¡También, claro está, lo hemos sentido cuando se han ido! Esas experiencias ¿no son compatibles con los niños? ¿Quién lo ha dicho? ¿Dónde queda el fuego del alma y el cariño? ¡Yo los tengo! ¡Estoy vivo y no me resigno al dictado de los farsantes acomodados! A esta sociedad, ¿cuántos sueños le quedan?

       Las pensiones de hoy... ¿y las futuras?

     Esta semana, los pensionistas se han echado a la calle y han rodeado el Congreso. No aceptaban el 0, 9% de aumento ya prometido por el gobierno en funciones. Solicitan que el incremento  de las mismas se ligue al incremento del IPC real.  Así que "conscientes del peso que tendrán en las próximas elecciones", la ministra del ramo se apresuró a aceptar la petición, sin explicar cómo hará frente a ese gasto.

     La realidad es doble y triste: 1) que "las cotizaciones de los trabajadores siguen sin ser capaces de cubrir el pago de las pensiones". España necesitaría 10 millones más de cotizantes; y 2) porque el ejecutivo tendrá que retirar 3.500 millones del Fondo de la Hucha de las Pensiones, con lo que quedarán en ella tan solo  1.500 millones. ¿Y el resto que se necesita?

     Lo primero 1), demuestra que no se potencia el empleo, que es clave para que haya más cotizantes y puedan cubrir las pensiones. No  les ha importado que los jóvenes se incorporen muy tarde al mercado laboral o tengan que emigrar. Pero además, que al ser las cotizaciones acordes con el salario, al ser muy bajos, la cotización es mínima.

     Lo segundo 2) echar mano a la hucha, cuando tiene algo es posible. Pero cuando se agota hay que acudir al crédito, y...entonces lo pagamos todos. El gobierno, en campaña, puede prometer lo que quiera, pero un gasto público, que ponga en peligro la viabilidad financiera de la Seguridad Social, debería ser consensuado por todas las fuerzas sociales y políticas. No hacerlo parece, además de una temeridad, una irresponsabilidad.   

       Si estamos contribuyendo a que ahora se puedan cobrar las pensiones, exigimos que en su momento, nuestro futuro económico-social, no salte por los aires, por decisiones poco realistas o arbitrarias. No podemos ser los ignorados de ayer, los paganos actualmente (llevo 8 años cotizados), y desprotegidos y marginados,  mañana (si el Parlamento no legista para el futuro).

        No podemos  ni queremos esperar 30 años, ni siquiera a mañana para ser conscientes y tomar en las manos nuestro destino. En el espejo que soy  -y es cada uno- se ha reflejado el pasado y el presente, pero en el reflejo no es nada. El corazón  joven con lo mejor de cada uno, late hacia el futuro. ¡Voy a vivir! Suceda lo que tenga que suceder. No voy a permitir que amarguen mi juventud y mi futuro. Mi mañana, por ser joven, es hoy. He sido crítico y rebelde y lo seré. Quiero seguir esperando y luchando, porque la juventud, no está en los años, sino en los sueños  que llevamos en el alma.

 https://youtu.be/v320liUdFEA

José Manuel Belmonte

 

 

Un termómetro moral

En estos momentos en Occidente los migrantes se han convertido en un termómetro moral de nuestras sociedades y de la autenticidad de nuestras comunidades cristianas. Lo cual no significa propugnar soluciones simplistas. Al referirse a Europa el Papa suele insistir en que podría ser mucho más generosa, pero sin dejar de reconocer la necesidad de regular las migraciones con realismo y de ponderar la capacidad de integración de cada sociedad. Además es necesario superar un enfoque meramente asistencialista y cortoplacista. Para Francisco es clave la integración de los migrantes como miembros responsables y activos de sociedades a las que tienen mucho que aportar, comenzando por su juventud y sus ganas de trabajar.

José Morales Martín

 

 

 … EN FUNCIONES DE… SEPULTURERO.

 

Cualquier trabajo honrado goza de la más alta dignidad por ser obra de un ser humano, también la de sepulturero.

En ocasiones vemos a altos cargos públicos echar una paletada de tierra sobre el féretro en el que está el cuerpo de alguien al que se honra por sus méritos. 

Pero el Presidente “en funciones” de sepulturero no ha hecho un trabajo honrado porque no tiene la intención de honrar los restos de Franco, sino de “honrarse”  a sí mismo y, de paso, conseguir algunos votos, o sea -haciendo abstracción de la infinita distancia- una especie de 30 monedas de plata…

Amparo Tos Boix, Valencia.

 

La ideología de género dentro de un tratado legal

Un conjunto de abogados del ala izquierdista ha propuesto a la ONU un tratado de ley que consagraría la ideología de género dentro del derecho internacional. Esto sería un desastre y posteriormente debilitaría el respeto hacia los auténticos derechos humanos. El tratado sobre crímenes de lesa humanidad será presentado al comité legal de la ONU para su respectiva consideración a finales del mes en curso. Toda persona con contactos en ministerios en el exterior alrededor del mundo debe actuar e insistir en que la ONU mantenga la definición de género como “masculino y femenino”.

El Fondo de Población de las Naciones Unidas está llevando a cabo una conferencia en Nairobi donde pretenden promover el tema del derecho al aborto como un derecho humanitario. El lío es que el documento no será negociado por los estados miembros. Aún así, el UNFPA (siglas en inglés) lo presentará como normativa. Y esto sería una mentira. Hagan correr la voz. Sean valientes. Mantengan la fe.

Enric Barrull Casals

 

 

Cataluña y… “La pela es la pela”

 

                   Sobre el “intrépido presidente de la actual Cataluña”, he opinado lo que sigue; puesto que entiendo que este “vividor”, no merece el cargo y es como “la langosta o el caballo de Atila; seca los pastos y tras su paso no vuelve a crecer la yerba, por ello… “Yo creo que este indeseable, junto con otros como él; lo que pretenden es que se produzcan muertos en los altercados de rebelión que provocan, para que con “la sangre ajena” (ellos jamás saldrán a puntos de riesgo) crear situaciones límite, “para ver qué pasa”; pienso que lo que desean ya, es que la legión, el ejército y la guardia civil, entren ocupando la zona y provoquen esas situaciones, con “los esbirros” con que cuentan y que como idiotas, seguro que entran al trapo”.

            Ahora leo que uno de los más relevantes catalanes del momento, o sea el dueño de la denominada “Vanguardia” y que durante muchos años “fue La Vanguardia Española” (era la época de Franco y había que tener contento al jefe); se le ha puesto en frente y le pide que se vaya cuanto antes a “su masía o casa, si es que las tiene”; puesto que se publica hoy cuando escribo lo que sigue, y que copio y dejo la dirección para aquellos que quieran conocer el resto

            “El independentismo radical no es un buen negocio para Casa Godó. En ‘ARV’ Enric Juliana ha llamado ‘inepto muy relevante’ a Torra, al tiempo que ha elogiado a Pedro Sánchez por no aplicar el 155, lo cual hubiese sido ruinoso para los negocios de su jefe, el conde de Godó. Preocupado por la deriva revolucionaria de la Generalitat, el conde le ha ordenado a Marius Carol un duro editorial donde le ha pedido al desquiciado Torra que se marche cuanto antes”: https://www.periodistadigital.com/periodismo/20191023/quilombo-panico-vanguardia-ve-peligrar-negocio-pide-cabeza-torra-mayor-inepto-gobernado-cataluna-video-689404168777/

            Pero la realidad es la que vengo diciendo hace ya muchos años, o sea, todos practican lo que denominé, “política de panza y bolsillo”; y todo lo demás, son mentiras, que por poco inteligente que se sea, las notamos fácilmente, puesto que los que practican “este deporte”, siempre van “con el culo al aire y engañando a tontos e idiotas, pero con la aviesa intención de enriquecerse a costa del dinero público”.

                El dios máximo en este mundo es “DON DINERO”; pero en Cataluña ,“la pela es la pela”, creo que va aún a más altura; por tanto si, “al conde le tocan el bolsillo, malo”; pero en lo que respecta a “la Cataluña política y monetaria”; yo estimo que todo en esta nueva época (en el pasado hay “para dar y tirar”) es debido a que en su momento, “al viejo Pujol”, en vez de haberle dado “más de lo que pidiera”; lo que había que haber hecho es juzgarlo, meterlo en la cárcel y que sirviera de escarmiento, para los “muchos pujoleros”, que siguieron a aquel “falso honorable”; y como no fue así, hoy las cosas están mucho peor y los remedios van a tener que ser “mucho más sangrantes”; cosa que desde luego, el actual inquilino de la Moncloa, no creo tenga intención de ello, puesto que “como todos los demás “que tragaron”, necesitará los votos pujoleros para seguir en tan suculento asiento”… ¿ESPAÑA? Sólo sirve para explotarla como “mina inagotable”; y lo españoles en mayoría, “sólo para que paguemos impuestos”.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes