Las Noticias de hoy 10 Octubre 2017

                                Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    martes, 10 de octubre de 2017      

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Encuentro del Papa Francisco con los Padres y Líderes de las Iglesias Orientales Católicas

 Previsiones de la semana del 10 al 16 de octubre

 EN BETANIA: Francisco Fernández-Carvajal

“¿Santo, sin oración?”: San Josemaria

 Caminar hacia Jesucristo: J. Diéguez

ROSARIUM VIRGINIS MARIAE: JUAN PABLO II

La Santa Sede marca objetivos solidarios a la educación católica: Salvador Bernal

Más sobre la correctio filialis al Papa: Pedro María Reyes

Virgen del Rosario: José María López Ferrera

 FE Y CULTURA 1: Alejo Fernández Pérez

¿LAICIDAD O LAICISMO?: Carlota Sedeño Martinez

 La libertad y el aborto : Sheila Morataya

Ateísmo y Ciencia de Hoy: P. Jorge Loring

 Dan la cara los protestantes españoles : Juan García.

Una comunicación para una sociedad más fraterna: Valentín Abelenda Carrillo

 En la línea de fuego: Pedro García

El desaliento, ¿por qué se genera?: Salvador Casadevall

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

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Con el mayor afecto. Félix Fernández

 

ROME REPORTS

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta


Lunes, 9 de octubre de 2017

La parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37) es la respuesta que Jesús da al doctor de la Ley, que quiere tentarlo al preguntarle qué hacer para heredar la vida eterna. Jesús le hace decir el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, pero el doctor de la Ley, que no sabía cómo salir de la “trampilla” que Jesús le puso, le pregunta quién es su prójimo. Y Jesús responde con esta parábola en la que hay seis actores: los bandidos, el hombre herido de muerte, el sacerdote, el levita, el posadero y el samaritano, un pagano que no era del pueblo hebreo. Cristo siempre responde por encima de lo esperado. En este caso, con una historia que quiere explicar precisamente su mismo misterio, el misterio de Jesús.

Vemos una actitud frecuente: los bandidos que se van felices porque habían robado tantas cosas buenas y no les importaba para nada la vida del herido. El sacerdote, que debería ser un hombre de Dios, y el levita, que estaba cerca de la Ley, pasan de largo ante el herido. Una actitud muy habitual entre nosotros: ver una calamidad, ver algo malo, y pasar de largo. Y luego leerla en los periódicos, que exageran por el escándalo y el sensacionalismo. En cambio, el pagano, pecador, que estaba de viaje, lo vio y no pasó de largo: se compadeció. San Lucas lo describe bien: Lo vio, tuvo compasión, se le acerca, no se alejó: se acercó. Le vendó las heridas –¡él mismo!–, echándole aceite y vino. Pero no lo dejó allí: yo ya he hecho mi parte y me voy; ¡no! Lo cargó en su cabalgadura, lo llevó a la posada y cuidó de él, y al día siguiente, teniéndose que ir por trabajo, pagó al posadero para que ayudase a aquel hombre herido, diciéndole que lo que gastase además de los dos denarios, se lo pagaría a la vuelta.

Es el misterio de Cristo que se hizo siervo, se abajó, se anonadó y murió por nosotros. Jesús no pasó de largo; vino a nosotros, heridos de muerte, nos cuidó, pagó por nosotros y sigue pagando y pagará, cuando venga por segunda vez. Jesús es el Buen Samaritano e invita al doctor de la Ley a hacer lo mismo. No es un cuento para niños, sino el misterio de Jesucristo. Porque mirando esta parábola, comprendemos más a fondo la generosidad del misterio de Jesús. El doctor de la ley se marchó en silencio, lleno de vergüenza, porque no entendió, no comprendió el misterio de Cristo. Quizá intuyera ese principio humano que nos acerca a comprender el misterio de Cristo: que un hombre mire a otro de arriba abajo solo cuando deba ayudarlo a levantarse. Si uno lo hace, está en buen camino, está en la buena senda hacia Jesús.

Tampoco el posadero entendió nada, pero quedó asombrado por un encuentro con alguien que hacía cosas que nunca había imaginado que se pudieran hacer. Es decir, el asombro del posadero es precisamente el encuentro con Jesús. Os animo a plantearos algunas preguntas. ¿Qué hago yo? ¿Soy bandido, timador, corrupto? ¿Soy un bandido? ¿Soy un sacerdote que ve y mira a otra parte y se va? ¿O un dirigente católico que hace lo mismo? ¿O soy un pecador? ¿Uno que debe ser condenado por sus pecados? ¿Me acerco, me hago próximo, cuido del que tiene necesidad? ¿Qué hago yo ante tantas heridas, tantas personas heridas con las que me encuentro todos los días? ¿Hago como Jesús? ¿Tomo forma de siervo? Nos vendrá bien hacer esta reflexión, leyendo y releyendo este pasaje. Porque aquí se manifiesta el misterio de Jesucristo ya que, siendo pecadores, vino a nosotros, para curarnos y dar la vida por nosotros.

 

 

Encuentro del Papa Francisco con los Padres y Líderes de las Iglesias Orientales Católicas

Encuentro del Papa Francisco con los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias Orientales Católicas, el 21 de noviembre de 2013 - AFP

09/10/2017 13:14

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La cordial bienvenida del Obispo de Roma a los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias Orientales Católicas, pone en marcha la Sesión Plenaria de la Congregación para las Iglesias Orientales, convocada del 9 al 12 de octubre de 2017, sobre el tema: «A los cien años de la Congregación para las Iglesias Orientales y 25 del Código de los Cánones de las Iglesias Orientales».

Con el del lunes 9 de octubre, el Santo Padre renovó el gesto de dedicar un encuentro a los Patriarcas y Arzobispos Mayores, como hizo en noviembre de 2013, siguiendo las huellas de sus predecesores: un momento para escuchar y compartir.

Un Comunicado de Prensa de la Congregación para las Iglesias Orientales señala, en el marco de esta Plenaria, que «la vida de las Iglesias Orientales Católicas se desarrolla ante todo en los respectivos territorios de origen: si se piensa en Siria, Irak, Egipto, Turquía, El Líbano, Jordania, Ucrania, Armenia, Etiopía y Eritrea, emergen enseguida las numerosas pruebas y numerosos sufrimientos, por la violencia, la guerra, pero también los desafíos de la pobreza social, las carestías y los masivos fenómenos migratorios».

El mismo comunicado subraya por otra parte que «los territorios de antigua y reciente emigración, la denominada ‘diáspora’, plantean el problema de la acogida, de la adecuada asistencia pastoral, en preservar el precioso patrimonio teológico, litúrgico, espiritual y disciplinar del que son portadores los hijos e hijas del Oriente Católico».

La Plenaria se propone reflexionar sobre el camino del Dicasterio en estos cien años, con la conciencia cada vez mayor en la Iglesia católica de una identidad ‘unida y plural’. Asimismo sobre el discernimiento que lleva a las elecciones de los candidatos al episcopado, la gestión de los bienes temporales, las nuevas figuras jurídicas para el cuidado pastoral de los fieles, la misión ecuménica de las Iglesias Orientales Católicas, la identidad de los presbiterios y los trabajos de la Comisión Litúrgica restablecida por el Papa Francisco, en septiembre de 2015.

Citas destacadas en el Programa de la Plenaria:

El miércoles 11 de octubre, la participación de los miembros de la Plenaria y de los Oficiales sacerdotes y laicos del Dicasterio en la Audiencia General del Santo Padre, en la Plaza de San Pedro.

El jueves 12 de octubre, la solemne conmemoración conjunta del Centenario de la Congregación para las Iglesias Orientales y del Pontificio Instituto Oriental. Con un momento reservado para la vista del Santo Padre y la bendición del Papa de un árbol plantado para la conmemoración, además de su saludo a los benefactores del Pontificio Instituto Oriental, entre otros actos.

Luego, el mismo día, jueves 12 de octubre, a las 10 y 15 de la mañana, en la Basílica Papal de Santa María la Mayor,  la Solemne Celebración Eucarística del Centenario, presidida por el Papa y concelebrada por los Superiores, los Miembros y los Oficiales del dicasterio y por el Prepósito General de la Compañía de Jesús, el Padre Delegado, el Rector y los Docentes y algunos huéspedes de la misma Compañía de Jesús.

 

 

Previsiones de la semana del 10 al 16 de octubre

Una vista de la Plaza de San Pedro. - ANSA

09/10/2017 10:31

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El martes 10 de octubre se celebrara la Jornada Mundial en favor de la salud mental, instituida por la ONU; y la Jornada Mundial contra la pena de muerte, impulsada por Amnesty International y otras organizaciones abolicionistas.

Del 10 al 11 de octubre en el Pontificio Instituto Oriental de Roma se celebrará un Congreso sobre el tema: “Violencia donde dolor antiguo – Teología como mediación del relato a la luz de la vida”.

Mientras en Aparecida, Brasil, del 10 al 12 de octubre tendrán lugar las celebraciones por el III centenario del hallazgo de la estatua de Nuestra Señora de Aparecida, Patrona de esta nación. Las celebraciones contarán con la participación del Cardenal Giovanni Battista Re, Prefecto emérito de la Congregación para los Obispos y Presidente emérito de la Pontificia Comisión para América Latina, en su calidad de Enviado especial del Papa Francisco.

El miércoles 11 de octubre en que se recordará la memoria litúrgica de San Juan XXIII – por conmemorarse el día en que, en el año 1962, el Papa Roncalli abría oficialmente el Concilio Ecuménico Vaticano II – el Santo Padre Francisco celebrará, a partir de las 10.00, su tradicional Audiencia General en la Plaza de San Pedro ante la presencia de varios miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países, deseosos de escuchar su catequesis semanal y de recibir su bendición apostólica.

Antes de la Audiencia General el Santo Padre  recibirá a treinta sacerdotes de la Congregación Discipulorum Domini, procedente de China. Mientras después de las 18.00, en el Aula del Sínodo, el Pontífice celebrará un encuentro con los participantes en la reunión organizada por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

En Colombia, del 11 al 13 de octubre se celebrará el VIII Congreso nacional de reconciliación, organizado por la Secretaría Nacional para la Pastoral Social y Caritas, sobre el tema: “Experiencias Internacionales en la construcción de la paz”.

Asimismo recordamos que ese día se celebrarán dos Jornadas Internacionales instituidas por la ONU. Una de ellas a favor de las niñas de todo el mundo y la otra por la prevención de los desastres naturales que cada año se celebra el 2º miércoles de octubre. 

El jueves 12 de octubre en que se recordará a la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, el Santo Padre Francisco realizará una visita, a las 9.00, al Pontificio Instituto Oriental de Roma, donde  saludará a los Superiores de la Congregación para las Iglesias Orientales, a los Patriarcas y a los Arzobispos Mayores. Mientras posteriormente, en el jardín, bendecirá un ciprés ante la presencia de los estudiantes que allí se forman y, por último, en el Aula Magna, saludará a los benefactores y celebrará un encuentro con la Comunidad de los Jesuitas.

A continuación, a las 10.15, presidirá en la Basílica de Santa María La Mayor, una Concelebración Eucarística por el Centenario de la Congregación para las Iglesias Orientales, que fue instituida por el Papa Benedicto XV con el Motu Proprio Dei Providentis del 1º de mayo de 1917.  

Del 12 al 15 de octubre en Talca, Chile, se celebrará el 16º Encuentro Interamericano de los Cursillos de Cristiandad, movimiento nacido en la década de los años 40 por parte de un grupo de jóvenes españoles en la isla de Mallorca y actualmente difundido en los cinco continentes. Por primera vez, la nación chilena hospedará este encuentro, en el que se espera la participación de representantes de 19 países latinoamericanos.

El viernes 13 de octubre el Papa Bergoglio debería recibir en audiencia al Primer Ministro de El Líbano.

Ese día en Portugal se clausurará el Centenario de las apariciones de la Virgen de Fátima.

El sábado 14 de octubre, a las 11.30, en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco celebrará una Audiencia con unos nueve mil miembros de la Familia Vicentina, con ocasión del Año Jubilar por los cuatro siglos de su fundación. Este evento tiene por tema: “Era forastero y me acogieron…” (Mt 25, 35).

Del 14 al 15 de octubre en Chile se llevará a cabo la campaña para la recaudación de fondos titulada: “Papa Francisco, yo lo invito”, con el objetivo de que las personas ofrezcan “una jornada de trabajo” al Santo Padre, a fin de financiar las actividades públicas en Iquique, Santiago y Temuco.

El domingo 15 de octubre, memoria litúrgica de Santa Teresa de Ávila, Virgen y Doctora de la Iglesia, Carmelita; el Papa Francisco presidirá, a las 10.00 en la Plaza de San Pedro, la Santa Misa de canonización de: Andrea de Soveral y Ambrogio Francesco Ferro, sacerdotes diocesanos; Mateo Moreira, laico, y 27 compañeros mártires; Cristóforo, Antonio y Giovanni, adolescentes mártires; Faustino Miguez, sacerdote esculapio, Fundador del Instituto Calasancio de las Hijas de la Divina Pastora y Angelo da Acri, sacerdote profeso de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos.

Después de esta solemne ceremonia el Pontífice rezará la oración mariana del Ángelus dominical.

El lunes 16 de octubre el Papa Francisco realizará una visita a la sede de la FAO, es decir la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, con ocasión de la Jornada Mundial de la Alimentación.

 

 

EN BETANIA

— Los quehaceres de la vida corriente, medio y ocasión para encontrar a Dios.

— Unidad de vida.

— Solo una cosa es necesaria, la santidad personal.

I. Refiere San Lucas en su Evangelio que Jesús marchaba hacia Jerusalén, y unos pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad entró a descansar en casa de unos amigos en la pequeña localidad de Betania1. Son tres hermanos –Lázaro, Marta y María– a los que Jesús mostró un particular aprecio, como podemos leer en otros lugares del Evangelio2. El Maestro se siente bien en aquel hogar, rodeado de amigos. Marta se dispuso a dar algún refrigerio a Jesús y a sus acompañantes, cansados después de una larga andadura por caminos duros y polvorientos. Por eso, se afanaba en los múltiples quehaceres de la casa. Su hermana María, sentada a los pies del Señor, escuchaba sus palabras.

Durante mucho tiempo se ha considerado a Marta como figura e imagen de la vida activa, mientras que María ha sido el símbolo de la contemplativa. Sin embargo, para la mayoría de los cristianos que han de santificarse en medio de las tareas seculares, no pueden considerarse como dos modos contrapuestos de vivir el cristianismo. En primer lugar, porque no tendría sentido una vida de trabajo, metida en los negocios, en el estudio, o preocupada de los problemas del hogar, que se olvide de Dios; por otro, porque habría serios motivos para dudar de la sinceridad de una vida de oración que no se manifestara en una caridad más fina, en un trabajo mejor realizado, en una amistad leal. El trabajo, el estudio, los problemas que se presentan en una vida normal, lejos de ser obstáculos, han de ser medio y ocasión de un trato afectuoso con Nuestro Señor3. «En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se fundan y compenetran todas nuestras acciones (...). Seamos almas contemplativas, con un diálogo constante, tratando al Señor a todas horas; desde el primer pensamiento del día al último de la noche, poniendo de continuo nuestro corazón en Jesucristo Señor Nuestro, llegando a Él por Nuestra Madre Santa María y, por Él, al Padre y al Espíritu Santo»4.

El quehacer profesional, las dificultades corrientes que lleva consigo toda existencia, las ilusiones nobles, las preocupaciones... han de alimentar nuestra conversación diaria con Jesús. Si no fuera así, ¿de qué hablaríamos con Él? Aquellos amigos de Betania, como también hacían los Apóstoles, le contaban al Maestro las pequeñas incidencias de su vivir diario, le preguntaban lo que no entendían. Alguno de estos diálogos de Jesús con sus más íntimos ha quedado plasmado en el Evangelio: Maestro -le dicen los Apóstoles en una ocasión-, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido porque no es de nuestro grupo... Otras veces le confiesan sencillamente sus inquietudes: Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué será de nosotros?... Su vida misma era el tema de conversación con Jesús. Así hemos de hacer nosotros.

A la vez, la oración ha de enriquecer todas las circunstancias por las que hemos de pasar. Cerca de Jesús aprenderemos a ser mejores amigos de nuestros amigos, a vivir con plenitud la justicia y la lealtad en la tarea profesional, a ser más humanos, a permanecer abiertos y disponibles para atender las necesidades de otros.

II. Es muy posible que Marta, ante la urgencia y el aumento del trabajo doméstico, prestara mayor atención y estuviera más preocupada de sus quehaceres que del Señor mismo. Además, parece como si María, sentada a los pies de Jesús, le quitara la paz. Por eso, poniéndose delante dijo: Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude. Podemos imaginar fácilmente al Maestro dirigiéndole esta afectuosa reconvención: Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. En verdad una sola cosa es necesaria. Solo una es necesaria: el amor a Dios, la santidad personal. Cuando Cristo es el objetivo de nuestra vida las veinticuatro horas del día, trabajamos más y mejor. Este es el hilo fuerte –como en un collar de perlas finas– que une todas las obras del día; así evitamos la doble vida: una para Dios y otra dedicada a las tareas en medio del mundo: a los negocios, a la política, al descanso...

En la existencia del cristiano, enseña el Papa Juan Pablo II, «no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida espiritual, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida secular, es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el lugar histórico del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto –como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– son ocasiones providenciales para “un ejercicio continuo de la fe, de la esperanza y de la caridad” (Apostolicam actuositatem, 4)»5.

El acontecer diario, la intensidad del trabajo, el cansancio, las relaciones con los demás, son circunstancias que se presentan para ejercitar no solo las virtudes humanas, sino también las sobrenaturales. A Jesús le tenemos muy cerca de nosotros, como Marta. Nos acompaña en el hogar, en la oficina, en el laboratorio, cuando vamos por la calle. No dejemos de referir a Él todo lo que sucede a lo largo de la jornada. Porque entonces, metidos de lleno en los diferentes quehaceres que nos ocupan durante todo el día, sabremos decir, con palabras de un Salmo que hoy se reza en la Liturgia de las Horas: ¡Cuánto amo tu voluntad!: todo el día la estoy meditando; tu mandato me hace más sabio que mis enemigos, siempre me acompaña; soy más docto que todos mis maestros porque medito tus preceptos6.

III. Solo una cosa es necesaria: la amistad creciente con el Señor. «Este debe ser el objetivo y el designio constante de nuestro corazón... Todo lo que le aparte de esto, por grande que pueda parecernos, ha de tener un lugar secundario o, por mejor decir, el último de todos. Inclusive debemos considerarlo como un daño positivo»7, un gran mal. El mayor bien que podemos prestar a la familia, al trabajo, a nuestros amigos..., a la sociedad, es el cuidado de esos medios que nos unen al Señor: la presencia de Dios durante el día, el empeño en la oración diaria, la Confesión frecuente llena de contrición... El mayor mal, el descuido de estos medios que nos acercan a Jesús. Esto puede suceder por desorden, por tibieza, incluso por una aparente eficacia mayor en otras actividades que pueden presentarse como más urgentes o importantes. San Ignacio de Antioquía escribía a San Policarpo que hemos de desear esta amistad con Dios «de la misma forma que el piloto anhela vientos favorables y el marinero sorprendido por la tempestad suspira por el puerto»8.

El trato sincero con el Señor enriquece todas las demás actividades, de la misma manera que la pobreza interior se refleja también en todo aquello que realizamos. Cuando veamos que la multiplicidad de quehaceres tiende a ahogar estos tiempos que dedicamos especialmente al Señor, hemos de oír en la intimidad de nuestra alma que, como a Marta, el Señor nos dice: una sola cosa es necesaria. La búsqueda de la santidad es lo primero que se debe intentar en esta vida, lo que ha de estar siempre en primer lugar. Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura9, anunció en otra ocasión el Maestro.

«Agradece al Señor el enorme bien que te ha otorgado, al hacerte comprender que “solo una cosa es necesaria”. —Y, junto a la gratitud, que no falte a diario tu súplica, por los que aun no le conocen o no le han entendido»10. ¡Qué alegría tan grande poder tener siempre presente que el gran objetivo de nuestra vida es crecer en amor a Jesucristo! ¡Qué gozo poder comunicarlo a muchos! Pidamos a Nuestra Señora que no perdamos nunca de vista al Señor mientras procuramos llevar a cabo con perfección, acabadamente, nuestras tareas profesionales.

1 Lc 10, 38-42. — 2 Cfr. Jn 11, 1-45; 12, 1-9. — 3 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, in loc. — 4 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 126. — 5 Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, 59. — 6 Liturgia de las Horas, Hora intermedia. Sal 119, 97-99. — 7 Casiano, Colaciones, 1. — 8 San Ignacio de Antioquía, Epístola a San Policarpo. — 9 Mt 6, 33. — 10 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 454.

 

 

 

“¿Santo, sin oración?”

Si no tratas a Cristo en la oración y en el Pan, ¿cómo le vas a dar a conocer? (Camino, 105)

Me has escrito, y te entiendo: "Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)
¿Santo, sin oración?... -No creo en esa santidad. (Camino, 107)
Te diré, plagiando la frase de un autor extranjero, que tu vida de apóstol vale lo que vale tu oración. (Camino, 108)
Deseo que tu comportamiento sea como el de Pedro y el de Juan: que lleves a tu oración, para hablar con Jesús, las necesidades de tus amigos, de tus colegas..., y que luego, con tu ejemplo, puedas decirles: «respice in nos!» –¡miradme! (Forja, 36)
Cuenta el Evangelista San Lucas que Jesús estaba orando...: ¡cómo sería la oración de Jesús!
Contempla despacio esta realidad: los discípulos tratan a Jesucristo y, en esas conversaciones, el Señor les enseña –también con las obras– cómo han de orar, y el gran portento de la misericordia divina: que somos hijos de Dios, y que podemos dirigirnos a El, como un hijo habla a su Padre. (Forja, 71)
Al emprender cada jornada para trabajar junto a Cristo, y atender a tantas almas que le buscan, convéncete de que no hay más que un camino: acudir al Señor.
–¡Solamente en la oración, y con la oración, aprendemos a servir a los demás! (Forja, 72)

 

 

Caminar hacia Jesucristo

En este artículo contemplamos el pasaje del Evangelio en que Jesús camina sobre las aguas. Metiéndonos en la escena –como si fuéramos un personaje más– comprenderemos que junto a Él se superan las dificultades, inseguridades y temores.

Cristo 19 de Abril de 2016

Varios miles de personas habían escuchado la predicación de Jesucristo y se habían saciado de los panes y los peces que Él les había proporcionado, con tal abundancia que incluso había sobrado una buena cantidad[1]. Es de suponer que el asombro se había apoderado de los apóstoles.

Con el asombro, les embargaba también la alegría. Una vez más habían experimentado la cercanía del Señor. Puede parecer que esta nueva experiencia no debería tener mayor importancia para quienes estaban ya habituados a convivir con Jesucristo. Pero qué pronto olvidamos los momentos en los que hemos palpado la presencia de Dios a nuestro lado; y por eso, cómo nos volvemos a sorprender y alegrar cuando la percibimos de nuevo.

Cuántas veces notamos con claridad que Dios está junto a nosotros, que no nos ha abandonado en un momento importante, y nos llenamos de una alegría y de una seguridad que no se deben sólo al buen resultado de lo que nos interesaba, sino también -y principalmente- a la conciencia de que vivimos con el Señor.

Y cuántas veces, sin embargo, lo perdemos de vista y dejamos que nos atenace el miedo de que otro asunto importante no tenga tan buen fin; como si Dios se pudiese olvidar de nosotros, o como si la cruz fuese señal de que Él se ha alejado.

Dificultades

Después de despedir a la muchedumbre, Jesús pidió a los Apóstoles que pasaran a la otra orilla del lago mientras Él dedicaba un tiempo a la oración[2]. Para ellos, expertos como eran, la travesía no presentaba una particular dificultad. Y aunque así fuera, después de lo que acababan de vivir, ¿qué obstáculo podría parecerles insuperable?

Poco a poco la barca se fue apartando de tierra, y llegó un momento en que su progreso se hizo muy lento. Cuando cayó la noche, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario[3]: no podían volver atrás, pero tampoco parecía que avanzasen; tenían la impresión de que las olas y el viento -las dificultades- habían tomado el mando y ellos podían sólo tratar de mantenerse a flote.

Se asustaron. ¡Qué lejano resultaba ahora el milagro que habían contemplado pocas horas antes! Si al menos estuviese el Señor con ellos..., pero se había quedado en tierra. Se había quedado, sí, pero no les había dejado solos, no les había olvidado: aunque ellos no lo supiesen, desde el monte contemplaba su dificultad, su esfuerzo y su fatiga[4].

Es fácil que en los inicios de la vida interior se experimente con cierta claridad el propio progreso: a los ojos de quien comienza a adentrarse en el mar, la orilla se aleja rápidamente. Pasa el tiempo y, aunque se siga luchando y avanzando, no se advierte de modo tan patente. Se sienten más las olas y el viento, la orilla parece haberse quedado fija en un mismo punto. Es el momento de la fe. Es el momento de fomentar la conciencia de que el Señor no se ha desentendido de nosotros. Es el momento de recordar que las dificultades -el viento y las olas- forman inevitablemente parte de la vida, de esa existencia que hemos de santificar y a la que nos enfrentamos sabiéndonos muy acompañados de Jesucristo.

La experiencia de la cercanía de Dios y del poder de su gracia, no nos ahorra la tarea de enfrentar las dificultades. No podemos pretender que lo sensible de esa experiencia sea permanente; no podemos pretender que, puesto que estamos cerca de Dios, los problemas no nos pesen. Ni tampoco hemos de caer en el error de verlos como una manifestación de que el Señor se ha apartado de nosotros, aunque sea sólo un poco y por un tiempo breve.

Las dificultades son precisamente la ocasión de mostrar hasta qué punto amamos a Dios, hasta qué punto somos buenos, con la aceptación serena de los inconvenientes que no hemos podido o no hemos sabido superar.

Inquietudes

Pedro y los demás llevaban tiempo peleando con el viento y las aguas, y con su propia angustia interior, cuando el Señor acudió en su ayuda[5]. Podía haberlo hecho de muchas maneras: podía haber cancelado enseguida la dificultad o presentarse en la barca sin que le vieran llegar; pero tenía otras enseñanzas que transmitirles. Se les acercó caminando sobre el mar.

Era de noche y no resultaba fácil reconocerle. El hecho era de por sí sobrecogedor, pero además ellos estaban ya asustados, y el miedo roba a quien lo sufre la serenidad y claridad de juicio sobre los acontecimientos que de algún modo le afectan. En estas circunstancias, es comprensible su reacción: comenzaron a gritar.

El Señor les tranquilizó: tened confianza, soy yo, no tengáis miedo [6]. No calmó en ese momento el viento y las olas, pero les dio una luz para que su corazón no naufragase: sé que estáis atravesando dificultades, pero no temáis, seguid peleando, confiad en que Yo no os he olvidado y sigo estando cerca.

Pedro tuvo una reacción impulsiva: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas [7]. Entre los Apóstoles es casi siempre Pedro quien se lanza, para bien o para mal: es él quien recibe las reprimendas más fuertes del Señor [8] y es también él quien le confiesa con una audacia que acaba arrastrando a los demás en momentos difíciles [9]. Pero su iniciativa de ahora resulta sorprendente incluso en un carácter impulsivo: Simón se encontraría en el apuro de tener que bajar de la barca y apoyarse en una superficie agitada, incontrolada, imposible de dominar y de prever.

A la voz de su Maestro, sacó un pie por la borda, luego el otro y se puso a caminar hacia el Señor: quería acercarse a Cristo y estaba dispuesto a cualquier cosa para lograrlo.

Ojalá los propósitos de mayor generosidad que formulamos ante el Señor en momentos de inquietud, no se queden en palabras. Ojalá nuestra confianza en Dios sea más fuerte que la indecisión o el temor a ponerlos en práctica. Ojalá seamos capaces de sacar nuestros pies por la borda, aunque suponga apoyarlos en una base aparentemente nada apta para sostenernos, y caminemos hacia Cristo. Porque para ir hacia Dios hay que arriesgar, hay que perder el miedo a las inquietudes, hay que estar dispuesto a jugarse la vida.

Caminando sobre las aguas, Pedro sentía las olas y el viento más que los demás; su vida dependía de la fe más que la vida de los otros, precisamente porque había bajado de la barca y marchaba hacia Jesucristo. ¿No es ésta la arriesgada situación del cristiano? ¿No estamos también nosotros tratando de caminar hacia el Señor en unas circunstancias -externas, pero también interiores- que en buena parte escapan a nuestro control?

Estamos más expuestos a las olas que quienes, temiendo enfrentarse con la inmensidad de lo sobrenatural, prefieren la pobre y aparente seguridad que les ofrece el ámbito pequeño de su barca. ¿Es, entonces, extraño que a veces notemos que el suelo se mueve, que tengamos alguna inquietud? Son precisamente esos, momentos para tomar conciencia una vez más de que vivimos de fe; no de una fe que calma las olas, que elimina la inquietud de caminar sobre ellas; sino más bien, de una fe que en esa inquietud nos da una luz, y que da un sentido a esas olas.

Por la fe, [los israelitas] cruzaron el Mar Rojo como si fuera tierra seca, mientras que los egipcios que lo intentaron fueron tragados por las aguas [10]. Sin fe, las dificultades de la vida nos tragan, nos abruman, nos hundimos en ellas. Con la fe no las evitamos, pero tenemos más recursos, sabemos que Dios las puede volver a nuestro favor: al pueblo elegido le resultaría pesado y aterrador caminar por el fondo del mar, con el peligro, además, de que sus enemigos los alcanzasen; pero a través de esa dificultad y esa inquietud lograron su salvación. Al final se comprueba que la inquietud de caminar hacia Dios proporciona una base más firme para edificar la propia vida, que la aparente seguridad que ofrece la barca.

Inseguridades

Pedro había dado ya unos cuantos pasos cuando, al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó. Comenzó a hundirse y pidió ayuda al Señor. Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? [11].

Hombre de poca fe. Quien lee el Evangelio se queda sorprendido ante estas palabras. Incluso es posible que se sienta abrumado y se pregunte: si el Señor recrimina por su falta de fe a quien venciendo su miedo ha bajado de la barca y ha comenzado a caminar hacia Él, ¿qué podría decir de mí?; ¿me queda alguna esperanza de que un día Cristo vea en mí un hombre o una mujer de fe? Pero si sigue meditando le surgirán también otros interrogantes: ¿es que Jesús esperaba que Pedro caminase sobre el mar con toda tranquilidad, como lo hubiera hecho sobre tierra firme en un día apacible y soleado? ¿Significan acaso las palabras del Señor que hemos de ser impasibles o indiferentes ante los problemas? No, porque el mismo Jesucristo se angustió en el huerto ante algo objetivamente temible.

La lucha por vivir de fe no tiene como meta sentirse seguro ante las dificultades; no es el intento de que no nos afecten las cosas, que no nos importe lo importante, que no nos duela lo doloroso, o que no nos preocupe lo preocupante. Es más bien el empeño por no olvidar que Dios nunca nos deja y aprovechar esas circunstancias difíciles para acercarnos aún más a Él. Verdaderamente, la vida, de por sí estrecha e insegura, a veces se vuelve difícil. Pero eso contribuirá a hacerte más sobrenatural, a que veas la mano de Dios: y así serás más humano y comprensivo con los que te rodean [12].

Es lógico que Pedro sintiera inquietud, y es lógico que la sintiera desde sus primeros pasos, porque lo que estaba haciendo superaba sus capacidades humanas, tanto si había viento y olas como si no los había: no es más fácil caminar sobre el agua sin viento y olas que con ellos. ¿Dónde estuvo, entonces, la falta de fe de Pedro? Quizá no tanto en la inseguridad que sintió, como en dudar de Cristo. Hasta ese instante su mirada estaba en Él; se sentía inseguro, por supuesto, pero no reparaba demasiado en ello porque lo crucial, lo que requería su atención, eran sus pasos hacia el Maestro. De repente fue consciente de su inseguridad y no se fió de Jesús. La inseguridad natural, razonable, degeneró en miedo.

Temores

El miedo atenaza y hace reales problemas que inicialmente estaban sólo en la imaginación. Algunas cosas nos suceden porque tenemos miedo de que nos sucedan: miedo a tener una tentación, miedo a ponernos nerviosos, miedo a quedar mal, miedo a no conseguir explicar algo con la suficiente firmeza, miedo a no saber enfocar un problema...

¿Cómo luchar? Procuremos aceptar esa inseguridad, porque sólo así evitaremos que se convierta en objeto de nuestra atención. No nos debe importar cómo nos sentimos mientras lo hacemos. Podremos así caminar hacia Jesucristo entre las olas y el viento, sin angustiarnos por la dificultad que eso supone.

San Juan escribe en una de sus epístolas que en el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, (...) y el que teme no es perfecto en el amor [13]. A san Josemaría le gustaba resumirlo así: el que tiene miedo, no sabe querer [14]. El amor y el miedo pertenecen a órdenes diversos, que se excluyen. Sólo pueden convivir cuando el amor no es perfecto.

El miedo es un sentimiento de inquietud ante la posibilidad de perder algo que se tiene o se anhela poseer en el futuro. Ahora bien, la inseguridad forma parte de la condición humana, del hecho de que no tenemos un dominio perfecto ni siquiera sobre nosotros mismos. Por eso no podemos excluir del todo la inseguridad en esta vida. De otro modo, la esperanza no existiría como virtud, porque donde hay certeza absoluta no cabe la esperanza [15].

El orden del amor ha de excluir, por tanto, el temor, pero no forzosamente la inseguridad. Vivir en el orden del amor supone, pues, que la inseguridad no degenere en miedo, supone aceptarla, asumirla integrándola dentro de una visión más amplia, dentro de la confianza en Dios, sin pretender ilusoriamente excluirla del todo. No podemos aspirar a una seguridad total. La inseguridad que podemos sentir ante nuestras pocas fuerzas es ocasión de fomentar el abandono en Dios.

De este modo, la fe no se ve como un peso, sino como una luz, como algo que señala un camino, que enseña a aprovechar la propia miseria para abrir el alma a Dios. El cristiano no espera de Dios que le haga sentirse seguro en sí mismo; espera que la confianza en Él le ayude a ver más allá de su inseguridad. Si nuestra mirada no se detiene en la propia limitación sino que, sin rechazarla, la transciende, podemos realmente excluir el temor y vivir en el orden del amor.

Un hombre o mujer de fe experimenta la inquietud, la duda, se pone nervioso, siente vergüenza, teme quedar mal, se ve incapaz... Pero acepta esos sentimientos sin atribuirles más importancia de la que tienen, sin permitir que absorban su mirada y le paralicen; no se rebela contra ellos, no los ve como una prueba de su falta de fe, ni deja que le desanime el hecho de sentirlos; y sigue adelante aunque descubra puntos de doctrina que ha de entender mejor, o aunque se sienta superado o fuera de sitio... o aunque le tiemble la voz. Ha aprendido a no dar especial atención a esas inquietudes. Ha aprendido a caminar hacia Cristo entre las olas. Y si la fuerza del viento o del mar le impidiese verle, se sabe niño. ¿Has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos -No estás solo: María está junto a ti [16].

Con Ella, el alma ha aprendido a fiarse de Dios.

J. Diéguez


[1] Cfr. Mt 14, 20-21.

[2] Cfr. Mt 14, 22-23.

[3] Mt 14, 24.

[4] Cfr. Mc 6, 48.

[5] Cfr. Mt 14, 25.

[6] Mt 14, 27.

[7] Mt 14, 28.

[8] Cfr. Mt 16, 23; Mc 8, 33.

[9] Cfr. Mt 16, 15-16; Jn 6, 67-68.

[10] Hb 11, 29.

[11] Mt 14, 29-31.

[12] San Josemaría, Surco, n. 762

[13] 1 Jn 4, 18.

[14] San Josemaría, Forja, n. 260.

[15] Cfr. Rm 8, 24.

[16] San Josemaría, Camino, n. 900.

 

 

ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO
Y A LOS FIELES
SOBRE EL SANTO ROSARIO

 

INTRODUCCIÓN

1. El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».[1]

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio.[2] En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor.

Los Romanos Pontífices y el Rosario

2. A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis Predecesores. Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII que, el 1 de septiembre de 1883, promulgó la Encíclica Supremi apostolatus officio,[3] importante declaración con la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Entre los Papas más recientes que, en la época conciliar, se han distinguido por la promoción del Rosario, deseo recordar al Beato Juan XXIII[4] y, sobre todo, a PabloVI, que en la Exhortación apostólica Marialis cultus, en consonancia con la inspiración del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter evangélico del Rosario y su orientación cristológica. 

Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje a Polonia, especialmente la visita al Santuario de Kalwaria. El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad. [...] Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el capítulo final de la Constitución Lumen gentium del Vaticano II, capítulo que trata de la presencia admirable de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana ».[5]

Con estas palabras, mis queridos Hermanos y Hermanas, introducía mi primer año de Pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario. Hoy, al inicio del vigésimo quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo. Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!

Octubre 2002 - Octubre 2003: Año del Rosario

3. Por eso, de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que, después de la experiencia jubilar, he invitado al Pueblo de Dios « a caminar desde Cristo »,[6] he sentido la necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre. Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo. Para dar mayor realce a esta invitación, con ocasión del próximo ciento veinte aniversario de la mencionada Encíclica de León XIII, deseo que a lo largo del año se proponga y valore de manera particular esta oración en las diversas comunidades cristianas. Proclamo, por tanto, el año que va de este octubre a octubre de 2003 Año del Rosario.

Dejo esta indicación pastoral a la iniciativa de cada comunidad eclesial. Con ella no quiero obstaculizar, sino más bien integrar y consolidar los planes pastorales de las Iglesias particulares. Confío que sea acogida con prontitud y generosidad. El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda espiritual y pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización. Me es grato reiterarlo recordando con gozo también otro aniversario: los 40 años del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962), el «gran don de gracia» dispensada por el espíritu de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo.[7]

Objeciones al Rosario

4. La oportunidad de esta iniciativa se basa en diversas consideraciones. La primera se refiere a la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de ser infravalorada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas generaciones. Hay quien piensa que la centralidad de la Liturgia, acertadamente subrayada por el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga necesariamente como consecuencia una disminución de la importancia del Rosario. En realidad, como puntualizó Pablo VI, esta oración no sólo no se opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y la recuerda, ayudando a vivirla con plena participación interior, recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana.

Quizás hay también quien teme que pueda resultar poco ecuménica por su carácter marcadamente mariano. En realidad, se coloca en el más límpido horizonte del culto a la Madre de Dios, tal como el Concilio ha establecido: un culto orientado al centro cristológico de la fe cristiana, de modo que «mientras es honrada la Madre, el Hijo sea debidamente conocido, amado, glorificado».[8] Comprendido adecuadamente, el Rosario es una ayuda, no un obstáculo para el ecumenismo.

Vía de contemplación

5. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia 'pedagogía de la santidad': «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración».[9] Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración».[10]

El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.

Oración por la paz y por la familia

6. Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el don de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis Predecesores y por mí mismo como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que «es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.

Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual.

« ¡Ahí tienes a tu madre! » (Jn 19, 27)

7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy, precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió en la persona del discípulo predilecto: «¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn 19, 26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa. Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que conservan en el vida de los cristianos y por el acreditado reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y Fátima,[11] cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza.

Tras las huellas de los testigos

8. Sería imposible citar la multitud innumerable de Santos que han encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación. Bastará con recordar a san Luis María Grignion de Montfort, autor de un preciosa obra sobre el Rosario[12] y, más cercano a nosotros, al Padre Pío de Pietrelcina, que recientemente he tenido la alegría de canonizar. Un especial carisma como verdadero apóstol del Rosario tuvo también el Beato Bartolomé Longo. Su camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de su corazón: « ¡Quien propaga el Rosario se salva! ».[13] Basándose en ello, se sintió llamado a construir en Pompeya un templo dedicado a la Virgen del Santo Rosario colindante con los restos de la antigua ciudad, apenas influenciada por el anuncio cristiano antes de quedar cubierta por la erupción del Vesuvio en el año 79 y rescatada de sus cenizas siglos después, como testimonio de las luces y las sombras de la civilización clásica.

Con toda su obra y, en particular, a través de los «Quince Sábados», Bartolomé Longo desarrolló el meollo cristológico y contemplativo del Rosario, que ha contado con un particular aliento y apoyo en León XIII, el «Papa del Rosario».

 

CAPÍTULO I

CONTEMPLAR A CRISTO
CON MARÍA

 

Un rostro brillante como el sol

9. «Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol» (Mt 17, 2). La escena evangélica de la transfiguración de Cristo, en la que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la belleza del Redentor, puede ser considerada como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo tanto, es también la nuestra. Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo. Se realiza así también en nosotros la palabra de san Pablo: «Reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más: así es como actúa el Señor, que es Espíritu» (2 Co 3, 18).

María modelo de contemplación

10. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7).

Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? » (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).

Los recuerdos de María

11. María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: « Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón » (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el 'rosario' que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal.

Y también ahora, entre los cantos de alegría de la Jerusalén celestial, permanecen intactos los motivos de su acción de gracias y su alabanza. Ellos inspiran su materna solicitud hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue desarrollando la trama de su 'papel' de evangelizadora. María propone continuamente a los creyentes los 'misterios' de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María.

El Rosario, oración contemplativa

12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza».[14]

Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su carácter de contemplación cristológica.

Recordar a Cristo con María

13. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en el propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un 'ayer'; son también el 'hoy' de la salvación. Esta actualización se realiza en particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: «hacer memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección. 

Por esto, mientras se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia, como ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza»,[15] también es necesario recordar que la vida espiritual « no se agota sólo con la participación en la sagrada Liturgia. El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17) ».[16] El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración 'incesante', y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia. 

Comprender a Cristo desde María

14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

El primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.

Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe»,[17] en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: « He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1, 38).

Configurarse a Cristo con María

15. La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).

En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto».[18]

Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular»,[19] es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia.

El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo».[20] Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus.[21] Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo».[22] De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo!

Rogar a Cristo con María

16. Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7, 7). El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él (cf. 1 Jn 2, 1) y la acción del Espíritu Santo, que «intercede por nosotros» (Rm 8, 26-27) según los designios de Dios. En efecto, nosotros «no sabemos cómo pedir» (Rm 8, 26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal (cf. St 4, 2-3).

Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón, interviene María con su intercesión materna. «La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María».[23] Efectivamente, si Jesús, único Mediador, es el Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él, muestra el Camino, y «a partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios».[24] En las bodas de Caná, el Evangelio muestra precisamente la eficacia de la intercesión de María, que se hace portavoz ante Jesús de las necesidades humanas: «No tienen vino» (Jn 2, 3).

El Rosario es a la vez meditación y súplica. La plegaria insistente a la Madre de Dios se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el corazón del Hijo. Ella es «omnipotente por gracia», como, con audaz expresión que debe entenderse bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato Bartolomé Longo.[25] Basada en el Evangelio, ésta es una certeza que se ha ido consolidando por experiencia propia en el pueblo cristiano. El eminente poeta Dante la interpreta estupendamente, siguiendo a san Bernardo, cuando canta: «Mujer, eres tan grande y tanto vales, que quien desea una gracia y no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas».[26]En el Rosario, mientras suplicamos a María, templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), Ella intercede por nosotros ante el Padre que la ha llenado de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros.

Anunciar a Cristo con María

17. El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristoes presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador.

 

CAPÍTULO II

MISTERIOS DE CRISTO,
MISTERIOS DE LA MADRE

 

El Rosario «compendio del Evangelio»

18. A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el Espíritu, la voz del Padre, pues «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre» (Mt 11, 27). Cerca de Cesarea de Felipe, ante la confesión de Pedro, Jesús puntualiza de dónde proviene esta clara intuición sobre su identidad: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Así pues, es necesaria la revelación de lo alto. Pero, para acogerla, es indispensable ponerse a la escucha: «Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio»[27]

El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo. Así lo describía el Papa Pablo VI: « Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica. En efecto, su elemento más característico –la repetición litánica del "Dios te salve, María"– se convierte también en alabanza constante a Cristo, término último del anuncio del Ángel y del saludo de la Madre del Bautista: "Bendito el fruto de tu seno" (Lc 1,42). Diremos más: la repetición del Ave Maria constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la contemplación de los misterios: el Jesús que toda Ave María recuerda es el mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo de Dios y de la Virgen».[28]

Una incorporación oportuna

19. De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial, sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos.

No obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo» (Jn 9, 5).

Para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente 'compendio del Evangelio', es conveniente pues que, tras haber recordado la encarnación y la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar los sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de la resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre también en algunos momentos particularmente significativos de la vida pública (misterios de luz). Esta incorporación de nuevos misterios, sin prejuzgar ningún aspecto esencial de la estructura tradicional de esta oración, se orienta a hacerla vivir con renovado interés en la espiritualidad cristiana, como verdadera introducción a la profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria.

Misterios de gozo

20. El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.

El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lc 2, 10).

Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien 'enseña'. La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lc 2, 50).

De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelion, 'buena noticia', que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.

Misterios de luz

21. Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios «luminosos»– de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.

Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace 'pecado' por nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2, 3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.

Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios de luz».

Misterios de dolor

22. Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!

En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.

Misterios de gloria

23. «La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado!».[29] El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece en el último misterio glorioso–, María resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia.

En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran 'icono' es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel «gozoso anuncio» que da sentido a toda su vida. 

De los 'misterios' al 'Misterio': el camino de María

24. Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario no son ciertamente exhaustivos, pero llaman la atención sobre lo esencial, preparando el ánimo para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta continuamente del manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal como lo narran los Evangelistas, refleja aquel Misterio que supera todo conocimiento (cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho carne, en el cual «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2, 9). Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica insiste tanto en los misterios de Cristo, recordando que «todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio».[30] El «duc in altum» de la Iglesia en el tercer Milenio se basa en la capacidad de los cristianos de alcanzar «en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 2-3). La Carta a los Efesios desea ardientemente a todos los bautizados: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor [...], podáis conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios» (3, 17-19).

El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el 'secreto' para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42).

Misterio de Cristo, 'misterio' del hombre

25. En el testimonio ya citado de 1978 sobre el Rosario como mi oración predilecta, expresé un concepto sobre el que deseo volver. Dije entonces que « el simple rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana ».[31]

A la luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios de Cristo, no es difícil profundizar en esta consideración antropológica del Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a primera vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio, a partir de la Carta Encíclica Redemptor hominis: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado».[32] El Rosario ayuda a abrirse a esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual «recapitula» el camino del hombre,[33] desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre.

Al mismo tiempo, resulta natural presentar en este encuentro con la santa humanidad del Redentor tantos problemas, afanes, fatigas y proyectos que marcan nuestra vida. «Descarga en el señor tu peso, y él te sustentará» (Sal 55, 23). Meditar con el Rosario significa poner nuestros afanes en los corazones misericordiosos de Cristo y de su Madre. Después de largos años, recordando los sinsabores, que no han faltado tampoco en el ejercicio del ministerio petrino, deseo repetir, casi como una cordial invitación dirigida a todos para que hagan de ello una experiencia personal: sí, verdaderamente el Rosario « marca el ritmo de la vida humana », para armonizarla con el ritmo de la vida divina, en gozosa comunión con la Santísima Trinidad, destino y anhelo de nuestra existencia.

 

CAPÍTULO III

« PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO »

 

El Rosario, camino de asimilación del misterio

26. El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave Maria, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el Rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira.

En Cristo, Dios ha asumido verdaderamente un «corazón de carne». Cristo no solamente tiene un corazón divino, rico en misericordia y perdón, sino también un corazón humano, capaz de todas las expresiones de afecto. A este respecto, si necesitáramos un testimonio evangélico, no sería difícil encontrarlo en el conmovedor diálogo de Cristo con Pedro después de la Resurrección. «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Tres veces se le hace la pregunta, tres veces Pedro responde: «Señor, tú lo sabes que te quiero» (cf. Jn 21, 15-17). Más allá del sentido específico del pasaje, tan importante para la misión de Pedro, a nadie se le escapa la belleza de esta triple repetición, en la cual la reiterada pregunta y la respuesta se expresan en términos bien conocidos por la experiencia universal del amor humano. Para comprender el Rosario, hace falta entrar en la dinámica psicológica que es propia del amor.

Una cosa está clara: si la repetición del Ave Maria se dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús. La repetición favorece el deseo de una configuración cada vez más plena con Cristo, verdadero 'programa' de la vida cristiana. San Pablo lo ha enunciado con palabras ardientes: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia» (Flp 1, 21). Y también: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). El Rosario nos ayuda a crecer en esta configuración hasta la meta de la santidad.

Un método válido...

27. No debe extrañarnos que la relación con Cristo se sirva de la ayuda de un método. Dios se comunica con el hombre respetando nuestra naturaleza y sus ritmos vitales. Por esto la espiritualidad cristiana, incluso conociendo las formas más sublimes del silencio místico, en el que todas las imágenes, palabras y gestos son como superados por la intensidad de una unión inefable del hombre con Dios, se caracteriza normalmente por la implicación de toda la persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional.

Esto aparece de modo evidente en la Liturgia. Los Sacramentos y los Sacramentales están estructurados con una serie de ritos relacionados con las diversas dimensiones de la persona. También la oración no litúrgica expresa la misma exigencia. Esto se confirma por el hecho de que, en Oriente, la oración más característica de la meditación cristológica, la que está centrada en las palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador»,[34] está vinculada tradicionalmente con el ritmo de la respiración, que, mientras favorece la perseverancia en la invocación, da como una consistencia física al deseo de que Cristo se convierta en el aliento, el alma y el 'todo' de la vida.

... que, no obstante, se puede mejorar

28. En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he recordado que en Occidente existe hoy también una renovada exigencia de meditación, que encuentra a veces en otras religiones modalidades bastante atractivas.[35] Hay cristianos que, al conocer poco la tradición contemplativa cristiana, se dejan atraer por tales propuestas. Sin embargo, aunque éstas tengan elementos positivos y a veces compaginables con la experiencia cristiana, a menudo esconden un fondo ideológico inaceptable. En dichas experiencias abunda también una metodología que, pretendiendo alcanzar una alta concentración espiritual, usa técnicas de tipo psicofísico, repetitivas y simbólicas. El Rosario forma parte de este cuadro universal de la fenomenología religiosa, pero tiene características propias, que responden a las exigencias específicas de la vida cristiana. 

En efecto, el Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La experiencia de innumerables Santos aboga en su favor. Lo cual no impide que pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta Carta. Con ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos simbólicos, en sintonía con las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que el rosario mismo con el que suele recitarse, acabe por considerarse como un amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y su cometido

El enunciado del misterio

29. Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al mismo tiempo una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el cual concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo. En la espiritualidad que se ha desarrollado en la Iglesia, tanto a través de la veneración de imágenes que enriquecen muchas devociones con elementos sensibles, como también del método propuesto por san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, se ha recurrido al elemento visual e imaginativo (la compositio loci) considerándolo de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el misterio. Por lo demás, es una metodología que se corresponde con la lógica misma de la Encarnación: Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino.

El enunciado de los varios misterios del Rosario se corresponde también con esta exigencia de concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni tampoco se refieren a todas sus páginas. El Rosario, por tanto, no reemplaza la lectio divina, sino que, por el contrario, la supone y la promueve. Pero si los misterios considerados en el Rosario, aun con el complemento de los mysteria lucis, se limita a las líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de ellos la atención se puede extender fácilmente al resto del Evangelio, sobre todo cuando el Rosario se recita en momentos especiales de prolongado recogimiento.

La escucha de la Palabra de Dios

30. Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada. Ésta debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y «para mí».

Acogida de este modo, la Palabra entra en la metodología de la repetición del Rosario sin el aburrimiento que produciría la simple reiteración de una información ya conocida. No, no se trata de recordar una información, sino de dejar 'hablar' a Dios. En alguna ocasión solemne y comunitaria, esta palabra se puede ilustrar con algún breve comentario.

El silencio

31. La escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación. Uno de los límites de una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación social es que el silencio se hace cada vez más difícil. Así como en la Liturgia se recomienda que haya momentos de silencio, en el rezo del Rosario es también oportuno hacer una breve pausa después de escuchar la Palabra de Dios, concentrando el espíritu en el contenido de un determinado misterio.

El «Padrenuestro»

32. Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige continuamente, porque descansa en su 'seno' (cf Jn 1, 18). Él nos quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él: «¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con el Padre nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a la vez suyo y del Padre. El «Padrenuestro», puesto como fundamento de la meditación cristológico-mariana que se desarrolla mediante la repetición del Ave Maria, hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial.

Las diez «Ave Maria»

33. Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave Maria, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave Maria, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra –la encarnación del Hijo en el seno virginal de María–, análogamente a la mirada de aprobación del Génesis (cf. Gn 1, 31), aquel «pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos».[36] Repetir en el Rosario el Ave Maria nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento dela profecía de María: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc1, 48).

El centro del Ave Maria, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del Rosario. Ya Pablo VI recordó en la Exhortación apostólica Marialis cultus la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando.[37] Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la función asimiladora, innata en la repetición del Ave Maria, respecto al misterio de Cristo. Repetir el nombre de Jesús –el único nombre del cual podemos esperar la salvación (cf. Hch 4, 12)– junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.

De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte.

El «Gloria»

34. La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer. Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario. En el rezo público podría ser cantado, para dar mayor énfasis a esta perspectiva estructural y característica de toda plegaria cristiana.

En la medida en que la meditación del misterio haya sido atenta, profunda, fortalecida –de Ave en Ave – por el amor a Cristo y a María, la glorificación trinitaria en cada decena, en vez de reducirse a una rápida conclusión, adquiere su justo tono contemplativo, como para levantar el espíritu a la altura del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la experiencia del Tabor, anticipación de la contemplación futura: «Bueno es estarnos aquí» (Lc 9, 33).

La jaculatoria final

35. Habitualmente, en el rezo del Rosario, después de la doxología trinitaria sigue una jaculatoria, que varía según las costumbres. Sin quitar valor a tales invocaciones, parece oportuno señalar que la contemplación de los misterios puede expresar mejor toda su fecundidad si se procura que cada misterio concluya con una oración dirigida a alcanzar los frutos específicos de la meditación del misterio. De este modo, el Rosario puede expresar con mayor eficacia su relación con la vida cristiana. Lo sugiere una bella oración litúrgica, que nos invita a pedir que, meditando los misterios del Rosario, lleguemos a «imitar lo que contienen y a conseguir lo que prometen».[38]

Como ya se hace, dicha oración final puede expresarse en varias forma legítimas. El Rosario adquiere así también una fisonomía más adecuada a las diversas tradiciones espirituales y a las distintas comunidades cristianas. En esta perspectiva, es de desear que se difundan, con el debido discernimiento pastoral, las propuestas más significativas, experimentadas tal vez en centros y santuarios marianos que cultivan particularmente la práctica del Rosario, de modo que el Pueblo de Dios pueda acceder a toda auténtica riqueza espiritual, encontrando así una ayuda para la propia contemplación.

El 'rosario'

36. Instrumento tradicional para rezarlo es el rosario. En la práctica más superficial, a menudo termina por ser un simple instrumento para contar la sucesión de las Ave Maria. Pero sirve también para expresar un simbolismo, que puede dar ulterior densidad a la contemplación.

A este propósito, lo primero que debe tenerse presente es que el rosario está centrado en el Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En Cristo se centra la vida y la oración de los creyentes. Todo parte de Él, todo tiende hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre.

En cuanto medio para contar, que marca el avanzar de la oración, el rosario evoca el camino incesante de la contemplación y de la perfección cristiana. El Beato Bartolomé Longo lo consideraba también como una 'cadena' que nos une a Dios. Cadena, sí, pero cadena dulce; así se manifiesta la relación con Dios, que es Padre. Cadena 'filial', que nos pone en sintonía con María, la «sierva del Señor» (Lc 1, 38) y, en definitiva, con el propio Cristo, que, aun siendo Dios, se hizo «siervo» por amor nuestro (Flp 2, 7).

Es también hermoso ampliar el significado simbólico del rosario a nuestra relación recíproca, recordando de ese modo el vínculo de comunión y fraternidad que nos une a todos en Cristo.

Inicio y conclusión

37. En la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario, según los diversos contextos eclesiales. En algunas regiones se suele iniciar con la invocación del Salmo 69: «Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme», como para alimentar en el orante la humilde conciencia de su propia indigencia; en otras, se comienza recitando el Credo, como haciendo de la profesión de fe el fundamento del camino contemplativo que se emprende. Éstos y otros modos similares, en la medida que disponen el ánimo para la contemplación, son usos igualmente legítimos. La plegaria se concluye rezando por las intenciones del Papa, para elevar la mirada de quien reza hacia el vasto horizonte de las necesidades eclesiales. Precisamente para fomentar esta proyección eclesial del Rosario, la Iglesia ha querido enriquecerlo con santas indulgencias para quien lo recita con las debidas disposiciones.

En efecto, si se hace así, el Rosario es realmente un itinerario espiritual en el que María se hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su poderosa intercesión. ¿Cómo asombrarse, pues, si al final de esta oración en la cual se ha experimentado íntimamente la maternidad de María, el espíritu siente necesidad de dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la espléndida oración de la Salve Regina, bien con las Letanías lauretanas? Es como coronar un camino interior, que ha llevado al fiel al contacto vivo con el misterio de Cristo y de su Madre Santísima.

La distribución en el tiempo

38. El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen de manera laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen mucho tiempo disponible. Pero es obvio –y eso vale, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo de los mysteria lucis– que muchos no podrán recitar más que una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal da a los días de la semana un cierto 'color' espiritual, análogamente a lo que hace la Liturgia con las diversas fases del año litúrgico.

Según la praxis corriente, el lunes y el jueves están dedicados a los «misterios gozosos», el martes y el viernes a los «dolorosos», el miércoles, el sábado y el domingo a los «gloriosos». ¿Dónde introducir los «misterios de la luz»? Considerando que los misterios gloriosos se proponen seguidos el sábado y el domingo, y que el sábado es tradicionalmente un día de marcado carácter mariano, parece aconsejable trasladar al sábado la segunda meditación semanal de los misterios gozosos, en los cuales la presencia de María es más destacada. Queda así libre el jueves para la meditación de los misterios de la luz.

No obstante, esta indicación no pretende limitar una conveniente libertad en la meditación personal y comunitaria, según las exigencias espirituales y pastorales y, sobre todo, las coincidencias litúrgicas que pueden sugerir oportunas adaptaciones. Lo verdaderamente importante es que el Rosario se comprenda y se experimente cada vez más como un itinerario contemplativo. Por medio de él, de manera complementaria a cuanto se realiza en la Liturgia, la semana del cristiano, centrada en el domingo, día de la resurrección, se convierte en un camino a través de los misterios de la vida de Cristo, y Él se consolida en la vida de sus discípulos como Señor del tiempo y de la historia.

 

CONCLUSIÓN

 

«Rosario bendito de María, cadena dulce que nos unes con Dios»

39. Lo que se ha dicho hasta aquí expresa ampliamente la riqueza de esta oración tradicional, que tiene la sencillez de una oración popular, pero también la profundidad teológica de una oración adecuada para quien siente la exigencia de una contemplación más intensa.

La Iglesia ha visto siempre en esta oración una particular eficacia, confiando las causas más difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica constante. En momentos en los que la cristiandad misma estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta oración la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue considerada como propiciadora de la salvación.

Hoy deseo confiar a la eficacia de esta oración –lo he señalado al principio– la causa de la paz en el mundo y la de la familia.

La paz

40. Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro.

El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).

Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?

En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una 'batalla' tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col 3, 14).

La familia: los padres...

41. Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión. Conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria.

Si en la Carta apostólica Novo millennio ineunte he alentado la celebración de la Liturgia de las Horas por parte de los laicos en la vida ordinaria de las comunidades parroquiales y de los diversos grupos cristianos,[39] deseo hacerlo igualmente con el Rosario. Se trata de dos caminos no alternativos, sino complementarios, de la contemplación cristiana. Pido, por tanto, a cuantos se dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario.

La familia que reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios.

Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino.

... y los hijos

42. Es hermoso y fructuoso confiar también a esta oración el proceso de crecimiento de los hijos. ¿No es acaso, el Rosario, el itinerario de la vida de Cristo, desde su concepción a la muerte, hasta la resurrección y la gloria? Hoy resulta cada vez más difícil para los padres seguir a los hijos en las diversas etapas de su vida. En la sociedad de la tecnología avanzada, de los medios de comunicación social y de la globalización, todo se ha acelerado, y cada día es mayor la distancia cultural entre las generaciones. Los mensajes de todo tipo y las experiencias más imprevisibles hacen mella pronto en la vida de los chicos y los adolescentes, y a veces es angustioso para los padres afrontar los peligros que corren los hijos. Con frecuencia se encuentran ante desilusiones fuertes, al constatar los fracasos de los hijos ante la seducción de la droga, los atractivos de un hedonismo desenfrenado, las tentaciones de la violencia o las formas tan diferentes del sinsentido y la desesperación.

Rezar con el Rosario por los hijos, y mejor aún, con los hijos, educándolos desde su tierna edad para este momento cotidiano de «intervalo de oración» de la familia, no es ciertamente la solución de todos los problemas, pero es una ayuda espiritual que no se debe minimizar. Se puede objetar que el Rosario parece una oración poco adecuada para los gustos de los chicos y los jóvenes de hoy. Pero quizás esta objeción se basa en un modo poco esmerado de rezarlo. Por otra parte, salvando su estructura fundamental, nada impide que, para ellos, el rezo del Rosario –tanto en familia como en los grupos– se enriquezca con oportunas aportaciones simbólicas y prácticas, que favorezcan su comprensión y valorización. ¿Por qué no probarlo? Una pastoral juvenil no derrotista, apasionada y creativa –¡las Jornadas Mundiales de la Juventud han dado buena prueba de ello!– es capaz de dar, con la ayuda de Dios, pasos verdaderamente significativos. Si el Rosario se presenta bien, estoy seguro de que los jóvenes mismos serán capaces de sorprender una vez más a los adultos, haciendo propia esta oración y recitándola con el entusiasmo típico de su edad.

El Rosario, un tesoro que recuperar

43. Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una consolidación de la línea trazada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la cual se han inspirado los planes pastorales de muchas Iglesias particulares al programar los objetivos para el próximo futuro.

Me dirijo en particular a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y diáconos, y a vosotros, agentes pastorales en los diversos ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores.

Confío también en vosotros, teólogos, para que, realizando una reflexión a la vez rigurosa y sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los fundamentos bíblicos, las riquezas espirituales y la validez pastoral de esta oración tradicional.

Cuento con vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María.

Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras, familias cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes: tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida cotidiana.

¡Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio del vigésimo quinto año de Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María, postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido Santuario edificado por el Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías con gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la célebre Súplica a la Reina del Santo Rosario: «Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo».

Vaticano, 16 octubre del año 2002, inicio del vigésimo quinto de mi Pontificado.

 

JUAN PABLO II

 


Notas

[1] Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 45.

[2]Pablo VI, Exhort. ap. Marialis cultus, (2 febrero 1974) 42, AAS 66 (1974), 153.

[3]Cf. Acta Leonis XIII, 3 (1884), 280-289.

[4]En particular, es digna de mención su Carta ap. sobre el Rosario Il religioso convegno del 29 septiembre 1961: AAS 53 (1961), 641-647.

[5]Angelus: L'Osservatore Romano ed. semanal en lengua española, 5 noviembre 1978, 1.

[6]AAS93 (2002), 285.

[7]En los años de preparación del Concilio, Juan XXIII invitó a la comunidad cristiana a rezar el Rosario por el éxito de este acontecimiento eclesial; cf. Carta al Cardenal Vicario del 28 de septiembre de 1960: AAS 52 (1960), 814-817.

[8]Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 66.

[9]N. 32: AAS 93 (2002), 288.

[10]Ibíd., 33: l. c., 289.

[11]Es sabido y se ha de recordar que las revelaciones privadas no son de la misma naturaleza que la revelación pública, normativa para toda la Iglesia. Es tarea del Magisterio discernir y reconocer la autenticidad y el valor de las revelaciones privadas para la piedad de los fieles.

[12]El secreto admirable del santísimo Rosario para convertirse y salvarse,en Obras de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, 313-391.

[13]Beato Bartolo Longo, Storia del Santuario di Pompei, Pompei 1990, p.59.

[14]Exhort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 47: AAS 66 (1974), 156.

[15]Const. sobre Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium,10.

[16]Ibíd., 12.

[17]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.

[18]I Quindici Sabati del Santissimo Rosario,27 ed., Pompeya 1916), p. 27.

[19]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 53.

[20]Ibíd., 60.

[21]Cf. Primer Radiomensaje Urbi et orbi (17 octubre 1978): AAS 70 (1978), 927.

[22]Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 120, en: Obras. de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, p.505s.

[23]Catecismo de la Iglesia Católica, 2679.

[24]Ibíd., 2675.

[25]La Suplica a la Reina del Santo Rosario, que se recita solemnemente dos veces al año, en mayo y octubre, fue compuesta por el Beato Batolomé Longo en 1883, como adhesión a la invitaciòn del Papa Leon XIII a los católicos en su primera Encíclica sobre el Rosario a un compromiso espiritual orientado a afrontar los males de la sociedad.

[26]Divina Comedia,Par. XXXIII, 13-15.

[27]Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 20: AAS 93 (2001), 279.

[28]Exort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 46: AAS 66 (1974), 155.

[29]Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 28: AAS 93 (2001), 284.

[30]N. 515.

[31]Angelus del 29 de octubre 1978: L'Osservatore Romano,ed. semanal en lengua española, 5 noviembre 1978, 1.

[32]Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.

[33]S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 18,1: PG 7, 932.

[34]Catecismo de la Iglesia Católica,2616.

[35]Cf. n. 33: AAS 93 (2001), 289.

[36]Carta a los artistas(4 abril 1999), 1: AAS 91 (1999), 1155.

[37]Cf. n. 46: AAS 66 (1974), 155. Esta costumbre ha sido alabada recientemente por la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones (17 diciembre 2001), n.201.

[38]« ...concede, quæsumus, ut hæc mysteria sacratissimo beatæ Mariæ Virginis Rosario recolentes, et imitemur quod continent, et quod promittunt assequamur »: Missale Romanum (1960) in festo B. M. Virginis a Rosario.

[39]Cf. n. 34: AAS 93 (2001), 290.

  

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La Santa Sede marca objetivos solidarios a la educación católica

Salvador Bernal

Hace unos meses resalté la novedad de un mensaje pontificio, dirigido a la presidente de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales: el papa distinguía entre solidaridad y fraternidad, para evitar la dicotomía de igualdad y diversidad. La Academia abordaba en su sesión plenaria temas muy queridos del pontífice, como integración y participación social, elementos del desarrollo humano integral. Francisco eligió esta frase de Pablo VI, como es sabido, para designar el nuevo dicasterio vaticano, que ha arrancado en el quincuagésimo aniversario de la encíclica Populorum Progressio (PP).

Constituye una preocupación central del pontificado, como acaba de comprobarse una vez más en la reciente visita a Bolonia. Allí se refirió en concreto a la experiencia local cooperativa, “que nace del valor fundamental de la solidaridad. Hoy todavía tiene mucho que ofrecer, incluso para ayudar a tantos que atraviesan por dificultades y necesitan ese  'ascensor social' que algunos dicen que ya no funciona. No dobleguemos nunca  la solidaridad al beneficio económico, también porque así se la quitamos –podría decir, se la robamos- a los más débiles que la necesitan tanto. Buscar una sociedad más justa no es un sueño del pasado, sino un esfuerzo, una tarea  que hoy tiene necesidad de todos”.

Francisco aprovechó para insistir en los aspectos espirituales y éticos de la crisis económica  universal: “En la raíz hay una traición del bien común tanto por los individuos como por los grupos de poder. Por lo tanto, es necesario eliminar la centralidad de la ley del beneficio y asignarla a la persona y al bien común. Pero para que esa centralidad sea real, efectiva y no sólo proclamada con palabras, es necesario aumentar las oportunidades de trabajo decente. Esta es una tarea que pertenece a toda la sociedad: en esta fase, en particular, todo el cuerpo social, en sus diversos componentes, está llamado  a hacer todos los esfuerzos posibles para que el trabajo, que es el factor principal de la dignidad, sea una preocupación central”.

Se trata, como había señalado el papa en diversas ocasiones y, en concreto, en un discurso pronunciado el 4 de abril, en relación con el aniversario de PP, de “integrar la  dimensión individual y la  comunitaria. Es innegable que somos hijos de una cultura, al menos en el mundo occidental, que ha exaltado al individuo hasta convertirlo en una isla, como si se pudiera ser felices solos. Por otro lado, no faltan puntos de vista ideológicos y poderes políticos que han aplastado a la persona, la han masificado y privado de esa  libertad sin la cual el hombre ya no se siente hombre. En esta masificación están también  interesados poderes económicos  que quieren explotar la globalización, en lugar de fomentar un mayor intercambio entre los hombres, simplemente para imponer un mercado global del  que ellos mismos dictan las reglas y cosechan los beneficios. (...) Esto se aplica todavía más a  la familia, que es la primera célula de la sociedad y donde se aprende a convivir”.

Considero que este es el contexto de un documento de trabajo titulado Educar en el humanismo solidario, presentado por la Congregación para la Educación Católica el pasado 22 de septiembre. Se propone contribuir a la construcción desde la docencia de una civilización del amor (frase empleada por Pablo VI el 17 de mayo de 1970, Pentecostés, y repetida muchas veces durante su pontificado). La iniciativa responde también a los cincuenta años de  PP.

El documento, fechado el 16 de abril pasado, poco después del cincuentenario de la encíclica, se dirige a quienes desean “renovar cotidianamente la misión educativa de la Iglesia en los diferentes continentes”, así como “proporcionar una herramienta útil para un diálogo constructivo con la sociedad civil y los organismos internacionales” (nn. 29 y 30).

Justamente porque la cuestión social es antropológica (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 75), exige ponerla en primer plano de los sistemas educativos. Esa tarea forma parte de la misión y de la experiencia de la Iglesia, como expresó la declaración Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II. Frente al influjo de tantas ideologías proyectadas sobre la enseñanza, es necesario, en palabras de Francisco, “humanizar la educación; es decir, transformarla en un proceso en el cual cada persona pueda desarrollar sus actitudes profundas, su vocación y contribuir así a la vocación de la propia comunidad”. Lógicamente, la prioridad corresponde a la persona y a la familia “con una concepción correcta de la subsidiariedad” (n. 9).

Dentro de la importancia del documento, echo de menos un trato más detenido del papel de los laicos en esta materia. No puedo por menos de recordar aquellos nuevos areópagos descritos por Juan Pablo II en Christifideles laici... Está en juego la reorientación de la ética, frente a tantas amenazas: economicismos cuantitativos, consecuencialismos eficacistas, primacía del consumo, tolerancia de la acumulación, exceso de un individualismo apenas mitigado por la beneficencia compasiva... Se entiende bien la necesidad de que todos –especialmente quienes trabajan en la enseñanza, aun fuera de la escuela católica como tal- vivan y enseñen a pensar en los demás, desde la dignidad de la persona humana, criatura e hijo de Dios: para hacer a cada persona más capaz de dar y darse.

  

 

Más sobre la correctio filialis al Papa

Pedro María Reyes

Uno de los momentos de la vida de San Pedro en que se demuestra más la profundidad de su fe lo encontramos a la salida de la sinagoga de Cafarnaúm, cuando le dice a Jesús: «¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).

El Señor acababa de anunciar ante una multitud que su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida (cf. Jn 6, 51). Actualmente cualquier católico interpreta fácilmente este pasaje porque conocemos la presencia real del Señor en la Eucaristía, pero cuando Jesucristo pronunció el discurso del Pan de Vida en Cafarnaúm, faltaban meses para la Última Cena. Es comprensible que la multitud que las escuchó mostrara asombro.

Ante afirmación tan extraordinaria los oyentes las entendieron en sentido literal: ¿qué es esto de que el cuerpo del Señor es verdadero alimento? Pero para sorpresa de todos, el Señor no relativizó la interpretación literal, sino que incluso la reforzó: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida» (Jn 6, 53-55).

Bastantes discípulos se escandalizaron de estas palabras, seguramente porque les parecía que el Señor les estaba sugiriendo el canibalismo. Por eso, desde aquel día «muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él». Se marcharon tantos, que Jesús preguntó a los apóstoles: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67). La respuesta de San Pedro muestra su grandeza: ¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Era un modo de decir: Señor, no entiendo nada, no sé cómo se puede realizar que hemos de comer tu cuerpo y beber tu sangre: me resulta incomprensible. Pero yo confío en ti y sé que de alguna manera se va a cumplir porque Tú tienes palabras de vida eterna. Yo seguiré contigo, me fío de tu palabra a pesar de que humanamente eso que dices parece absurdo. Qué pensamientos debieron cruzar por la mente de San Pedro cuando conoció la Eucaristía y comió el verdadero Cuerpo del Señor y bebió Su verdadera Sangre.

Cuando recientemente me llegó la noticia de que algunos se han tomado la libertad de corregir al Papa en público por sus enseñanzas, pensé que muchas veces los cristianos hemos de demostrar la misma fe de San Pedro en Cafarnaúm. No quiero entrar en el análisis de las dudas que plantean los autores de la corrección, entre otras razones porque hay personas más preparadas que yo en el ámbito teológico. Considero que es más útil ponerme en el lugar del fiel católico al que le llega la noticia de este episodio: aquel que ha recibido la fe de sus padres y de sus abuelos, que no es experto en teología y que quiere ser fiel a la Iglesia y a Cristo. A ese fiel le pueden venir las mismas perplejidades que a los seguidores del Señor en Cafarnaúm: si varias decenas de expertos plantean esas cuestiones, ¿no será prudente admtir alguna duda de la fidelidad de las doctrinas del Papa a las enseñanzas de la Iglesia de siempre?

La respuesta tiene que ser similar a la de San Pedro: ¿a quién iremos sino a Jesús, que tiene palabras de vida eterna? Y podríamos desarrollarla de modo análogo al razonamiento que atribuí al Príncipe de los Apóstoles: Yo no sé explicar cómo pueden compaginarse las enseñanzas del Papa con la fe que recibí de mis padres, pero tengo fe en la Iglesia. Lo relevante es que el Espíritu Santo ha prometido la asistencia a la Iglesia hasta el fin de los tiempos y no faltará a su promesa. No soy yo el que debe resolver las dudas que plantean esos especialistas, pero por la fe en la promesa del Espíritu Santo, sé que de alguna manera tienen contestación.

Esta respuesta está llena de fe (como la de San Pedro en Cafarnaúm) y tiene el mérito de la humildad porque reconocemos nuestra limitación en el conocimiento de Dios y su doctrina. Me recuerda una frase de San Josemaría: “si Dios cupiera en esta pobre cabeza, mi Dios sería muy pequeño”.

Pido a San Pedro que este triste episodio valga para aumentar nuestra fe en la asistencia del Espíritu Santo a Su Iglesia. Sé que esta no va a faltar: lo que puede fallar somos nosotros por falta de fe.

 

 

 

Virgen del Rosario

Una escalera de amor

con sólo veinte peldaños

es la devoción a Ti,

Santa Madre del Rosario.

 

Una corona de rosas

para llegar, de tu mano,

al cielo andando de prisa

o, también, pasito a paso.

 

Cada parte cinco tramos

con las diez Avemarías,

cual saetas encendidas,

que con ardor expresamos.

 

Óyenos, Virgen María,

Santa Madre del Rosario

que en esos veinte misterios

por Ti, queremos salvarnos.

 

Gozos de la Encarnación,

la Visita, el Nacimiento,

la Presentación y Hallazgo

de tu Hijo el mismo Dios.

 

Luces de Nuestro Señor:

Bautismo, Caná contigo,

Anuncio de conversión,

Tabor y Pan del sagrario.

 

De dolor también supiste

Y, tras Él, acompañarlo

Cruz a cuestas Dolorosa

 en la cumbre del Calvario.

 

Las rosas de tu corona

 la misma gloria alcanzaron,

después que la Trinidad

 te elevó hasta lo más alto.

 

Es de amor esa escalera,

de sólo veinte peldaños,

para llegar hasta Ti

dulce Madre del Rosario. 

José María López Ferrera 

 

 

 

FE Y CULTURA 1

La fe cristiana ha creado una cultura inmensa. Miremos a donde miremos veremos un mundo lleno de cruces, catedrales, música , pintura, escultura, ornamentos, arquitectura, poesía, literatura,…  entre las más excelsas de todos los tiempos.

Costumbres como romerías, procesiones, belenes, danzas y cantos alegran la existencia de medio mundo.  Sobre todo, el cristianismo ha dado lugar a un estilo de vida que llena de esperanza, de paz y alegría al alma de los hombres. La pasión de Dios queda colmada con Cristo hasta el punto de que miles de hombres y mujeres le dedican su vida entera, una vida incomprensible por su elevación para espíritus mezquinos.

 Cristo nunca deja indiferentes a los hombres, o se le ama o se le odia. ¿ Y por qué se le odia? Entre otras causas, se le odia como se odia a todo lo excelso. Lo excelso, la bondad, lo honesto, la inteligencia es como un dedo acusador que señala al que carece de esas cualidades, y pocos soportan fácilmente la acusación de inferioridad. Como no pueden competir con los mejores se dedican a denigrarlos , perseguirlos, hundirlos, humillarlos y, si es preciso hasta crucificarlos. Cualquier cosa antes que soportar a esas personas que por algún motivo sobresalen. Lo mejor engendra envidia, la envidia rencor, el rencor odio y el odio muerte. ¿No es esto lo que le sucede a los nuevos gobernantes cuando los anteriores fueron mucho mejores? , ¿a medio mundo con USA? ¿ a cientos de religiones y sectas con el catolicismo?  ¿ A muchos con los jefes o compañeros que suben?…

De pronto, ciertas minorías sectarias estiman llegado el momento de volver a matar a Cristo. Entonces, los de siempre, empiezan suplantando los belenes por Hallowen, la música sacra por la música ratonera, la Navidad por una juerga, las procesiones por charangas; el matrimonio por el amor libre, o por la unión entre homosexuales; las catedrales por salas de conciertos y la cultura europea por la cultureta de los titiriteros subvencionados. Como siempre, perderán el tiempo  pues, por una parte, la Iglesia católica es eterna; y por otra, España saldrá, aunque sea milagrosamente, de esta hecatombe como salió de otras muchas. Desgraciadamente, mientras pasa la tormenta, habrá que pagar un alto tributo a tanta necedad.

La Iglesia católica es demasiado Iglesia para ser soportada con facilidad. Desde los tiempos de Cristo empezó a ser combatida. El mismo Cristo fue clavado en una cruz por aquellos que veían en El una terrible competencia. Cada siglo los nuevos fariseos con mil nombres diferentes creen dar muerte al catolicismo y a Cristo; pero Cristo sigue vivo ¡ Está vivo ¡ y por eso se le ama o se le odia. No se odia a los muertos por muy grandes que hayan sido. Nadie se preocupa por odiar o amar  a Alejandro Magno, a Napoleón, a Carlos I, Stalin, Churchill, o a los grandes artistas o deportistas. Nadie muere hoy por ellos. Por Cristo sí.

La ideología comunista rusa, la más siniestra y sangrienta  de todas las ideologías pretendió esclavizar al mundo y acabar con la cultura y civilización cristiana. Tras 75 años de terror y muerte Cristo acabó con ella, como acabó con la Revolución Francesa o con el Imperio Romano. Nuevas ideologías, sectas difusas como la Nueva Era o el Nuevo Orden Mundial,  con métodos más sibilinos están sustituyendo a las anteriores. Constituyen el sustrato, la base, las ideas de que se están nutriendo los políticos actuales, que raramente pasan, en nuestra generación, de intelectuales de tercer o cuarto orden.

                                           Mérida(España) 2005-01-23

                                           Alejo Fernández Pérez

                                           Alejo1926@gmail.com

 

 

¿LAICIDAD O LAICISMO?

 

Actualmente se habla mucho de laicidad, pensemos en la expresión política “estado laico” con cuyo contenido estarán de acuerdo la mayoría de los ciudadanos que han elegido vivir en democracia.  ¿Laicidad es equiparable a laicismo? Ahí está probablemente la confusión y podríamos reflexionar un poco sobre esto.

Frente a la habitual identificación pre-cristiana de religión y poder político, fueron pronunciadas por Jesucristo estas palabras: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, así como también la renuncia a constituirse en juez en un conflicto privado.  Llevar esto a la práctica marca un ámbito de juego en el que la jerarquía eclesiástica renuncia a intervenir. Esto es laicidad, por lo tanto, un estado laico o aconfesional parece que es lo más conveniente, lo mejor para organizar la convivencia humana. Las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. En cada ser humano actúa la voz de la conciencia y, si la oye, sigue el orden moral natural. Se puede deducir que cada persona individual y, también colectivamente, o sea, los individuos constituidos en un Estado, deben seguir el orden moral natural. La negación del orden moral natural, aunque muchos lo hagan, está fuera de lo razonable.

Podríamos considerar ahora algo sobre el laicismo. Es aquella actitud por la que el Estado no reconoce la vida religiosa de los ciudadanos como un bien positivo que forma parte del bien común y que debe ser protegida por los poderes públicos sino que, al contrario, la considera como una actividad negativa para la convivencia y, por ello, la ignora, la margina y aún la reprime desde el punto de vista político. Es una concepción ideológica y laicista.  El término laicidad se convierte en laicismo y esto conduce a que la neutralidad religiosa del Estado se convierta en una actividad que lleva a desplazar las ideas religiosas y a sustituirlas por otros valores sin referencia religiosa alguna.

No existe un mejor modo político que el sistema democrático para construir la convivencia humana, para vivir la libertad y la tolerancia. Podríamos detenernos ahora en este término: democracia. Voy a citar unas palabras de Peter Seewald, periodista alemán muy conocido, antiguo comunista:”¿Es una afirmación audaz decir que la piedra angular de las sociedades libres y democráticas procede, no de la Grecia antigua, sino de la tradición judeocristiana?”  Es necesario recordar que, en la democracia griega, sólo tenían voto los hombres libres, y las mujeres estaban excluidas del derecho a voto, al igual que sucedía con los esclavos. En Grecia se contempla, por tanto, una democracia limitada. ¿En que tipo de sociedades ha nacido la democracia moderna? Es fácilmente comprobable por la Historia que esto se ha llevado a cabo en sociedades cristianas que consideran altamente la dignidad humana de todos y cada uno de los individuos ¿por qué? Por ser imagen de Dios. Esta es la realidad y, por más vueltas que se les quiera dar, los derechos humanos reconocidos en la declaración universal tienen la misma procedencia.

La verdadera y sana laicidad implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual que se puede confinar al ámbito privado. La religión debe reconocerse como presencia comunitaria pública. Esto supone, también, que a cada confesión religiosa (con tal de que no se oponga al orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de sus actividades: espirituales, culturales, educativas y caritativas.

Reproduzco una cita del discurso de Benedicto XVl a juristas italianos: “Vivimos en un periodo histórico admirable por los progresos que la humanidad ha realizado en muchos campos del derecho, de la cultura, de la comunicación, de la ciencia y de la tecnología. Pero, en este mismo tiempo, algunos intentan excluir a Dios de todos los ámbitos de la vida, presentándolo como antagonista del hombre. A los cristianos nos corresponde mostrar que Dios, en cambio, es amor y quiere el bien y la felicidad de todos los seres humanos. Tenemos el deber de hacer comprender que la ley moral que nos ha dado y que se nos manifiesta con la voz de la conciencia, no tiene como finalidad oprimirnos, sino librarnos del mal y hacernos felices. Se trata de mostrar que, sin Dios, el hombre está perdido y que excluir la religión de la vida social, en particular la marginación del cristianismo, socava las bases mismas de la convivencia humana pues, antes de ser de orden social y político, estas bases son de orden moral.”

                                                            Carlota Sedeño Martinez

 

 

La libertad y el aborto 

Sheila Morataya

Libertad. Poder para hacer lo que se quiera. Decidir las cosas. Ir por esta o aquella vereda. Enemistarse con alguien. Cortar lazos con la familia. Odiar. Bajar de peso. Ir a Israel en lugar de Mónaco. Dejar tu país. Volver a tu país. Trabajar para hacerse Santo. Trabajar porque hay que comer. Ir a misa diaria. Comer muchos chocolates. Manejar como un loco. Gritarles a los hijos. Casarse. Despedir a alguien. Contratar a un coach. Escribir un libro. Sonreír a un desconocido. Dejar de ser tímido. Levantarse a una hora fija. Convertirse en mejor persona…. todas acciones que se hacen desde la libertad.

Pero qué regalo tan extraordinario el que tú y yo tenemos; que nos dio Dios para hacer lo que queramos con la vida. La nuestra y la que pudieras llevar en el vientre.

— ¿Vas abortar?— le pregunté a esta mujer madre de cinco hijos, su marido la había dejado por otra mujer.

—Sí — me respondió—, ¿qué voy hacer con otro hijo?

Entonces le dije:

—Si  tienes miedo de tener ese hijo, respira hondo y piensa en ti dentro de veinte años. ¿Qué pensaras de lo que hiciste? ¿Cómo podrás sobreponerte a ello? ¿Seguirás la madre que eres hoy?

Ella se quedó en silencio.

La conté la historia de aquella mujer que un día había decidido abortar junto a su novio y cómo a partir de ese momento toda su vida cambió. Al final de la historia lloramos juntas. En ese momento, estaba decidiendo no abortar a su hijo.

Cada vida es un don de Dios. Somos amados por Él desde la eternidad. Nos mira con una ternura infinita.

Sea cuál sea la situación de la mujer que esté embarazada, la vida es un regalo, una gracia que se te da.

“Antes de formarte en el vientre de tu madre te conocí” (Jeremías 1, 5).

Nadie recibe un regalo y lo tira a la basura sin haberlo por lo menos abierto.  Nadie encoge su rostro cuando recibe un presente de alguien. Se recibe con una sonrisa y con un abrazo. Así mismo y más debemos recibir la vida.

Que Dios nos ilumine. Que las mujeres hagamos mucho bien acogiendo en nuestros vientres todos los niños que Dios quiera mandarnos. Que por ello somos su favorita. El confía en que nadie como una mujer para acoger, proteger y custodiar a los hombres.

Miremos a Santa María e imitemos su amor y su entrega.

Sheila Morataya

 

 

Ateísmo y Ciencia de Hoy

A Dios no se le ve con los ojos de la cara; pero lo reconocemos con nuestra inteligencia.

P.Jorge Loring

Voy a dedicar la conferencia de hoy a hablar sobre el ateísmo. He de decir, primero, que a Dios se le puede conocer por distintos caminos. Hay gente que ha llegado al conocimiento de Dios por una experiencia personal. Porque lo siente. Porque lo vive. Por una vivencia íntima. Lo ha tenido tan cerca, tan dentro de sí, que no puede dudar de su existencia. Como el que ha tenido un dolor de muelas. No necesita que le expliquen lo que es.

Es el caso de San Pablo o el de André Frossard, como dice en su libro «Dios existe, yo me lo encontré». Entró ateo en una iglesia y salió católico. Pero no es éste el modo único, ni el más frecuente, de conocer a Dios. Hoy vamos a intentar decir unas cuantas cosas que nos ayuden de conocer a Dios por medio del entendimiento. No se trata de reducir la fe a la razón. La fe transciende la razón, pero es razonable. Si no lo fuera, los creyentes seríamos unos estúpidos.

Por otra parte, ya nos lo dijo San Juan: «A Dios no lo ha visto nadie. Dios es espíritu». Con los ojos de la cara a Dios no se le ve. Eso no es nuevo. Eso lo sabemos de siempre. A Dios no lo ha visto nadie. A Jesucristo sí, porque Jesucristo es Dios hecho Hombre, con cuerpo de hombre; pero a Dios-Creador no lo ha visto nadie. Porque Dios es espíritu, y el espíritu no se ve con los ojos de la cara. Pero esto no significa que Dios no exista. Hay muchas cosas que existen y no se ven con los ojos de la cara. Los ojos no ven lo muy pequeño, y por eso necesitamos un microscopio; ni lo muy lejano, y por eso nos servimos de unos prismáticos.

Y desde luego los ojos de la cara no sirven para conocer el amor. ¿Me vais a negar que existe el amor? Sois padres de familia. Tenéis amor a vuestras esposas. A vuestros hijos. Los solteros tenéis novia: tenéis amor a vuestras novias. ¿Quién ha visto el amor? ¿De qué color es el amor? ¿Es azul? ¿Es rojo? ¿Es verde? ¿Qué forma tiene el amor? ¿Es triangular? ¿Es cuadrado? ¿Es rectangular? ¡Nadie ha visto el amor! Vemos personas que se aman, pero el amor no se ve.

¡Y el amor existe! Pero el amor es algo espiritual. Por eso no se ve con los ojos de la cara. Por eso el amor tampoco tiene peso. ¿Cuántos gramos o kilos pesa tu amor? El amor no se pesa con una balanza, el amor no se mide con un metro, porque la balanza y el metro sirven para pesar y medir cosas materiales. Pero el amor no se mide con metro ni con balanza. ¡Y hay amor! ¡Y hay grados de amor! Hay quien ama mucho y hay quien ama poco. Pero el amor es una cosa espiritual. Y lo espiritual no se ve con los ojos de la cara, ni se mide con instrumentos materiales ¡Pero existe el amor!.

Ni el telescopio sirve para ver a Dios, ni el microscopio para ver a Cristo en la Eucaristía. Tampoco el ojo capta una sinfonía de Beethoven, ni el oído admira un cuadro de Velázquez. Para cada conocimiento es necesario el órgano adecuado. Los sentidos son una fuente de conocimientos, pero no es la única ni la mejor. Cuando Descartes dice «pienso, luego existo» hace un razonamiento totalmente válido, aunque sea al margen de los sentidos.

Los sentidos ayudan a la inteligencia que opera con los datos que éstos le proporcionan. Los mismos sentidos se complementan mutuamente para la percepción de la realidad. Pero solos no bastan. Hay cosas que nuestros ojos no ven; pero existen. Así es Dios. Dios es algo espiritual, a quien no vemos; pero lo vamos a conocer con el entendimiento. Y lo que conocemos con el entendimiento vale más que lo que conocemos con los ojos de la cara. Os lo demuestro. Los ojos muchas veces nos engañan. Muchas veces ves una cosa con los ojos, y parece lo que no es. Y no hablo del que ve fantasmas, y después no hay tales. No, no. Algo mucho más corriente.

Tú miras la Luna llena, y tú, ¿qué ves en el horizonte? Un gran disco rojo, precioso. Los ojos, ¿qué te dan?: Un disco. Lo que te dan los ojos es que la Luna es como un plato. Sin embargo, la Luna es una esfera. La Luna es esférica como una pelota. Pero los ojos lo que te dan es un disco, un plato. Tú, por el estudio, sabes que la Luna es esférica como una pelota. ¡Los ojos te engañan!

La Luna llena en el horizonte parece más grande que en el cenit. ¿Es que se ha desinflado? No, si es una bola de piedra. Es un fenómeno óptico. ¡Los ojos engañan! Si en invierno me asomo de noche a contemplar el cielo estrellado, detrás del gigante Orión veo la preciosidad de Sirio, una de las estrellas más inestables que conocemos. Pues, a lo mejor, lo que estamos viendo ya no existe. Sirio ha podido haber explotado, como le pasa a algunas estrellas, y todavía no nos hemos enterado, pues la explosión tardará ocho años en llegarnos. Está a ocho años de luz. La estamos viendo y es posible que ya no exista. ¡Los ojos nos engañan!

En 1987 nos llegó la noticia de la explosión de una estrella que se destruyó hace 170.000 años, y que habíamos observado sin sospechar que ya no existía. Muchas veces lo que ves con los ojos es mentira. Y tienes que ver con el entendimiento para tener una noción clara de la verdad. Porque los ojos te pueden engañar. Por eso digo que cuando conoces una cosa con el entendimiento tiene mucha más fuerza que cuando la conoces sólo con los ojos de la cara.

Nosotros vamos a conocer a Dios por el entendimiento, porque como conozcas una cosa con el entendimiento, bien aplicado, puedes estar seguro de que no te equivocas. Os pongo un ejemplo. Si alguien me demostrara matemáticamente que el hijo es más viejo que su madre, aunque yo no supiera encontrar el punto donde está el fallo de la demostración, no por eso me dejaría convencer, pues mi entendimiento me advierte claramente que se trata de un engaño. Porque yo sé que es imposible que el hijo sea mayor que su madre.

Si yo os digo: «No he contado las estrellas del cielo, no sé cuántas son; pero me atrevo a afirmar que el número de las estrellas del cielo es: o par o impar». Claro, si no es par, es impar. Porque con vuestro entendimiento sabéis que el número que sea, el que sea, lo mismo da uno que otro; el que sea, es par o impar. Y no hay más. Vuestro entendimiento comprende que esto es verdad. No tiene vuelta de hoja.

Si yo te digo: «el todo es mayor que su parte», me das la razón. Con el entendimiento caes en la cuenta de que el todo es siempre mayor que su parte. El conjunto de todos vosotros es siempre mayor que parte de vosotros. Leer un libro entero siempre es más que leer sólo parte del libro. Claro que sí. Estos conocimientos que adquieres con el entendimiento bien aplicado tienen mucha más fuerza, más firmeza, más seguridad, que las cosas que vemos con los ojos. Lo comprendes con tanta claridad y con tanta seguridad que tienes la certeza de que nunca, nadie, puede convencerte de lo contrario. Por tanto aunque a Dios no se le ve con los ojos de la cara, no importa. Lo conocemos con el entendimiento, que tiene más fuerza todavía.

Pues vamos a conocer a Dios por el entendimiento. Dice San Pablo en el capítulo primero de la carta a los Romanos que «es inexcusable que no conozcamos a Dios al ver las maravillas de la Naturaleza». Y en el Libro de la Sabiduría se dice más. Al principio del capítulo trece, dice: «el que después de contemplar la Naturaleza no cree en Dios, es un necio». ¡Un necio! Palabra de Dios. Lo dice la Santa Biblia.

¿Por qué? Porque si tenemos entendimiento, al conocer la Naturaleza, tenemos que caer en la cuenta de que hay un Dios. ¿Por qué? Porque la Naturaleza me enseña que tiene que haber alguien que haya hecho la Naturaleza. La Naturaleza es tan maravillosa, la Naturaleza tiene unas leyes tan complicadas, la Naturaleza hace unas cosas tan fenomenales que no tenemos más remedio que pensar en el talento del que ha hecho la Naturaleza.

Leí un artículo de un catedrático de Madrid, el Dr. Menéndez, que decía: «Quien estudiando la Naturaleza desconoce a Dios, Autor de la Naturaleza, es lo mismo que el que examina y observa una máquina automática e ignora el ingeniero que la ha proyectado. Estando yo en la Bazán, me enseñaron un torno automático de seis cuchillas, que hacían al mismo tiempo cada una, una cosa distinta. Y el obrero no hacía más que mirar. Y la misma máquina hacía el trabajo fenomenalmente. La máquina sola. Y ahora digo yo, ¿habrá un necio que diga: qué talento tiene esta máquina! iQué fenomenal! ¡Fíjate! ¡Qué máquina tan inteligente! ».

¡No hombre, no! La máquina no tiene inteligencia. La máquina es de hierro. Y el hierro no tiene inteligencia. La inteligencia la tiene el ingeniero que ha proyectado la máquina. Y el obrero que la ha preparado. Después la máquina funciona. Funciona maravillosamente. Hace piezas muy difíciles. Pero la máquina no piensa. La máquina hace sólo lo que el ingeniero que la ha proyectado ha dispuesto que haga. Pero el talento no es de la máquina. Que la máquina es de hierro. El talento es del ingeniero. Cuando contemplo el Moisés de Miguel Ángel pienso en el talento del artista que ha sacado esa escultura de un bloque de piedra.

Pues lo mismo: examinas la Naturaleza, y ves que hace cosas fenomenales: los panales de las abejas o las flores de un rosal. Pero la Naturaleza no tiene talento. Es materia. Y el talento es de orden espiritual. El talento lo tiene el que ha hecho la Naturaleza. Cuando tú estudias la Naturaleza y ves, por ejemplo, las leyes matemáticas que rigen el cosmos, te quedas admirado. Esto es impresionante. Por eso decía James Jeans, astrónomo norteamericano contemporáneo: «El cosmos es obra de un gran matemático».

Por eso dice la Biblia: «Los cielos cantan la gloria de Dios». Porque cuando estudias el cosmos y caes en la cuenta de la técnica matemática que rige el movimiento de las estrellas, no tienes más remedio que reconocer la inteligencia del Autor del cosmos.

El movimiento de las estrellas está formulado matemáticamente por Newton y Kepler. Newton y Kepler son astrónomos que observan el movimiento de las estrellas y formulan matemáticamente el movimiento de las estrellas. Pero Newton y Kepler no hacen esas leyes. Esas leyes regían el movimiento de las estrellas muchísimos años antes de que nacieran Newton y Kepler . El hombre no hace las leyes de la Naturaleza, las encuentra en ella. Y entonces tenemos que pensar en ese matemático que ha puesto las leyes matemáticas en la Naturaleza. Ése es Dios.

Lo mismo podríamos decir de las leyes químicas. Leí un libro de un soviético, Oparin, en el que explica químicamente cómo pudo ser el origen de la vida. No hay dificultad desde el punto de vista católico. Pudo ser así. No digamos que fue así. Pudo ser. Es una hipótesis. Él opina que una combinación de metano, amoníaco y vapor de agua, con unas descargas eléctricas formaron los primeros aminoácidos, los primeros ácidos nucleicos que son la base de la vida. Bueno, pudo ser así. Este libro se llama: «El origen de la vida». Está lleno de fórmulas químicas y de leyes químicas. Muy bien, señor biólogo, usted me explica cómo ha comenzado la vida en el mundo.

Bien. Pero, y esas leyes químicas, ¿no suponen una inteligencia? Pues a ese Ser inteligente que ha hecho las leyes químicas, que han dado origen a los ácidos nucleicos, aminoácidos, a las proteínas, y a la evolución de la vida, a esa inteligencia que ha puesto esas leyes fenomenales en la Naturaleza, a éste le llamo Dios.

Lo mismo la función clorofílica de las plantas. La hoja verde es una fábrica de oxígeno, un laboratorio de química. Transforma el anhídrido carbónico que echamos al respirar en oxígeno con la luz del Sol. Gracias a la función clorofílica de las plantas no se agota el oxígeno de la atmósfera que gastamos al respirar. Pues la función clorofílica de las plantas se realiza según unas leyes. Precisamente un grupo de científicos de la Universidad de Sevilla ha logrado repetir en el laboratorio lo que hacen las plantas, al descubrir las leyes que emplean. Por el estudio de las leyes químicas que hay en la Naturaleza, yo descubro a Dios. Veo a Dios detrás de esas leyes.

Lo mismo las leyes biológicas: por ejemplo, la maravilla de la gestación de una criatura. ¿Me queréis decir si no es maravilloso que de la unión de un espermatozoide microscópico masculino y de un óvulo microscópico femenino, a los nueve meses nazca un niño que se parece a su madre o que tiene el genio de su padre? Que tiene su mismo modo de ser. ¿Me queréis explicar esto?

Padres de familia que habéis engendrado hijos, y no sabéis cómo se desarrolla el hijo en el seno de su madre. Decía la madre de los Macabeos, cuando iban a martirizar a sus hijos: «Hijos míos, sed fieles a Dios, que a Él le debéis la vida. Que yo os he formado en mis entrañas, y no sé cómo os he formado; y no sé cómo os he hecho; ha sido Dios quien os ha formado en mis entrañas».

El médico, el ginecólogo, estudia el desarrollo de un feto y sabe cuándo el embarazo va bien y cuándo va mal. Hay unas leyes que rigen eso. Pero los hijos nacían así muchísimos años antes de que los médicos supieran cómo se desarrollaba el embarazo. Ha habido alguien que ha hecho unas leyes que rigen el desarrollo de una vida en el seno de su madre.

¿Habéis pensado alguna vez en la maravilla de un huevo de gallina.? Calentándolo veintiún días a cuarenta y dos grados centígrados sale un pollito saltando y piando. En la yema y la clara que tienes en el plato antes de hacerte una tortilla, ¿dónde está el pico, y los ojitos, y las patitas, y las alitas? Todo eso sale calentándolo. ¡Qué maravilla! Naturalmente que hay unas leyes que rigen la formación del pollito. Es decir: en la Naturaleza hay unas leyes matemáticas, químicas, biológicas, etc. Estas leyes de la Naturaleza me hablan de una inteligencia: la inteligencia de Dios.

La ley, el orden, la organización, la técnica, es fruto de una inteligencia. Si un día naufragas en alta mar, y agarrado a un madero llegas a una isla desierta, y allí te encuentras una cabaña, aunque tú no veas a nadie, a ningún hombre, ninguna huella de hombre (ni un zapato, ni un trapo, ni una lata de sardinas vacía), si te encuentras una cabaña, sabes que es obra de un hombre.

Si tú en esa isla te encuentras unas estacas clavadas en el suelo, unos palos en forma de techo y una puerta giratoria, aunque no veas a ningún hombre, tú sabes que esa cabaña es obra de la inteligencia de un hombre. Tú sabes que esa cabaña no se ha formado al amontonarse los palos caídos de un árbol. Porque los palos caídos de un árbol no forman una cabaña, sino un montón de leña. No ves al hombre; pero lo reconoces al ver
la obra del hombre.

A Dios no se le ve con los ojos de la cara; pero lo reconocemos con nuestra inteligencia. Porque al ver las maravillas de la Naturaleza, caemos en la cuenta de la inteligencia de ése que ha hecho el Universo, de ése que ha hecho la Naturaleza; a ése que ha puesto esas leyes en la Naturaleza; y a ése le llamamos Dios.

Si esto es así, ¿cómo es posible que haya hombres de ciencia ateos? Mirad: este año he estado hablando por Televisión durante tres meses. Empecé a primeros de enero de este año, y estuve hablando hasta Semana Santa. Hablaba todas las semanas, los domingos por la noche, después de la película. Diez minutitos, por la Segunda Cadena. Cada día tocaba un tema. En tres meses pude hablar de muchas cosas. Uno de los días hablé del ateísmo científico. Yo me había preparado unas cuartillas para sujetarme a un texto.

Sobre todo para cronometrar el tiempo, para no divagar, sino concretarme a unas ideas bien expuestas. Lo emitían los domingos, pero yo grababa los jueves. Pues llegó un jueves por la mañana a Madrid en el expreso. El día que yo iba a hablar sobre el ateísmo científico. cuando llegó a Madrid (se me ocurrió en el tren), tomo un taxi y me voy al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, a hablar con el Antonio Romañá, un padre jesuita, antiguo amigo mío, al que yo he oído muchas conferencias. Es un hombre de una gran altura intelectual, un hombre científico de fama internacional. Ha sido más de treinta años Director del Observatorio de Astrofísica del Ebro, pertenece a las principales Sociedades Internacionales de Astronomía del mundo, y es miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; allí tiene un despacho donde él trabaja.

Me fui a verle al Consejo, y a leerle mis cuartillas. Le dije:

-Mire, Padre, esta tarde voy a grabar en Prado del Rey un espacio de Televisión sobre el ateísmo científico, y quisiera leerle el texto para que usted me asesore. A ver qué le parece.

Le leí las cuartillas, y tuve la satisfacción de que a él le gustó todo lo que yo había escrito; pero me dijo cosas que yo no sabía y que nunca me hubiera atrevido a decir por Televisión. Pero claro, si me lo dice él, un hombre científico de fama internacional, de una fenomenal categoría intelectual, entonces yo, citando al P. Romañá, dije esto por Televisión:

«Hay hombres de ciencia ateos, pero su ateísmo hay que buscarlo por otros caminos, no por razones científicas; porque no hay ningún argumento científico que demuestre que no hay Dios. En cambio, hay muchas razones científicas que apoyan la fe del creyente».

Esto lo he dicho por Televisión, apoyado en la autoridad del P.Romañá: «Hay hombres de ciencia ateos, pero su ateísmo hay que buscarlo por otros caminos, no por razones científicas; porque no hay ningún argumento científico que demuestre que no hay Dios; en cambio hay muchas razones científicas que apoyan la fe del creyente». Textualmente. Como me lo dijo el P. Romañá.

No hay argumentos que demuestren que no hay Dios. No los hay. Entonces, ¿cómo hay hombres ateos? Vamos a analizar un poco por qué hay hombres ateos. Hombres que no creen. ¿Cuáles son los caminos que llevan al ateísmo? Voy a seguir un poco el esquema de un libro de otro padre jesuita, el P.Pedraz, que lleva muchos años en Puerto Rico. Escribe muy bien. Sobre todo con una lógica convincente. Tiene un libro tremendamente persuasivo. Ya el título tiene garra. Lo titula: «¿De veras que el cristianismo no convence?»

Expone cómo el cristianismo es plenamente convincente. En este libro analiza el P.Pedraz las distintas clases de ateos.

Primero: hay hombres que son ateos por ignorantes. Porque no saben religión. ¡Ah, pero si éste es una eminencia en Matemáticas! ¡Pero si éste es una eminencia en Química! ¡De acuerdo! Es una eminencia en ese ramo de la Ciencia; pero de Religión sabe muy poco. Sabrá mucha Química, mucha Biología, y mucha Medicina, pero si no sabe Religión, ¿cómo le va a convencer lo que ignora? Si no estudia Religión, no sabe Religión. Y entonces, ¿por qué no es católico? ¿Por qué vive de espaldas a la Religión? ¡Porque no sabe Religión! Sabe mucha Medicina, pero si no sabe Religión, no le puede convencer lo que no conoce. Claro. Muchos hombres de ciencia son ateos porque son ignorantes en el terreno religioso. No saben Religión.

Segundo: otros, lo que tienen es una formación religiosa infantil. Saben de Religión lo que estudiaron cuando niños, y no han vuelto a estudiar Religión. Y ahora que se han hecho mayores y han aumentado su cultura general, conservan de Religión sólo lo que aprendieron de niños, ¿cómo van a resolver sus problemas de adulto con soluciones de niño? La Religión que saben no les sirve. Y entonces resulta que la Religión no les convence, porque la única Religión que saben es la que aprendieron en la escuela cuando eran niños.

Si no han estudiado más, si no saben más, entonces se han quedado con formación religiosa infantil. Un adulto necesita otros enfoques, otra argumentación. Es como el traje de Primera Comunión. Se te ha quedado pequeño. Cuando hiciste la Primera Comunión estabas muy mono con tu traje de marinerito. ¡Pero no te lo puedes poner ahora! ¡Porque lo revientas! ¡Porque no te va!

Pues lo mismo. La formación religiosa que recibiste de niño, para niño te iba muy bien. Pero ahora de hombre tienes que saber religión a lo hombre. No a lo niño. Por eso el que se ha quedado con una formación religiosa infantil se llena de problemas, de dudas y de dificultades. Si tú estudias Religión a lo hombre, verás cómo te convences. Porque te puedes convencer. Pero hace falta que estudies Religión a lo hombre. La Religión infantil, a tu edad, no te va. Mirad: para esto he escrito yo este libro que se llama «PARA SALVARTE», compendio de Religión Católica, que es una especie de catecismo de adultos. Yo he escrito este libro, para que los hombres sepan por qué son católicos, para que se convenzan de la Religión Católica.

Otros te dicen:
-Es que yo, no acepto dogmas, y la Iglesia es dogmática.
Es verdad. La Iglesia te impone dogmas. Tienes que aceptar sus verdades. Pero tú no eres libre para pensar lo que quieras. Tú tienes obligación de pensar la verdad. Y si piensas la mentira, estás equivocado. Nadie es libre para pensar lo que quiera, y en todas partes hay verdades dogmáticas.

Hay verdades indiscutibles, hay verdades obligatorias. Todos los médicos del mundo tienen obligación de decir que el órgano de la visión es el ojo. Ningún médico es libre para decir que el órgano de la visión es la nariz. Todos tienen que decir que vemos con los ojos. Es indiscutible que vemos con los ojos. Todos los químicos del mundo, tienen que decir que la fórmula del agua es H2O. Ningún químico del mundo es libre para decir que la fórmula del agua es ClNa. Ésta es la fórmula de la sal común, no del agua .Y todos los químicos del mundo están obligados a decir: agua, H2O. Y no son libres para decir lo contrario.

Todos los matemáticos del mundo están obligados a decir que pi es 3,14 16. Y ningún matemático del mundo es libre para decir que pi es 8,24 52. No, hombre, no. Porque si pi es la relación de la circunferencia al diámetro, que es una constante, en el sistema decimal es 3,14 15 92; lo que sea. Y todos los matemáticos aceptan pi: 3,14 16. Y ninguno es libre para decir lo contrario. En Matemáticas, en Física, en Química, en Medicina y en Religión. En todos los campos del saber hay verdades indiscutibles.

-Pero es que la moral católica es represiva. No me deja hacer lo que me apetece.

La moral católica no es represiva, sino que ayuda al hombre a que se realice como hombre Y no se deje llevar del instinto animal. La moral católica no quita la libertad al hombre, sino que le ayuda a que la use bien. Es como las vías del tren. Le obligan a ir por un camino. Pero no le impiden avanzar. Le ayudan a llegar. Le impiden que se despeñe. Le ayudan al bien, le defienden del mal. Lo mismo la moral católica. Quita libertad para lo malo, no para lo bueno. Señala el camino para que el hombre se realice y cumpla su misión en la vida. Le impide que viva como un animal, como una fiera. Le ayuda a ser persona humana y a convivir con sus semejantes.

Dios quiere el bien del hombre. Si todos los hombres cumplieran los mandamientos, la vida sería un pedazo de cielo. Nadie haría daño a nadie, y todos nos portaríamos con los demás como nos gustaría que los demás se porten con nosotros. Cuando Cristo dice que el Reino de los Cielos es una perla preciosa que merece dejarlo todo por conseguirla, no nos engaña.

Otros no creen porque tienen dificultades. Tienen dudas. Tienen oscuridades. Tienen problemas. Tienen incógnitas. Bien. Todos podemos tener dudas Y dificultades. Consiste en estudiarlas. En aclararlas. Pregunta a un sacerdote que te las aclare. Pero el que uno tenga dificultades, no significa que la Religión no sea verdad. Significa que nuestro entendimiento es limitado. Lo mismo que podemos tener dudas en Electrónica, Medicina o Astronomía. Un físico tiene oscuridades sobre algunos puntos de la Física, como los agujeros negros del cosmos: pero no por eso reniega de la Física.

Un médico tiene problemas insolubles en Medicina, como el cáncer; pero no por eso reniega de la Medicina. Un hombre puede tener dudas de fe y ser creyente. Lo que es una tontería es que un señor, porque tiene dudas de fe, porque tiene oscuridades, viva de espaldas a Dios. ¡Eso es una barbaridad! Porque la Religión es verdad aunque tú tengas dudas. Tú puedes conocer la realidad de un hecho, aunque tengas oscuridades sobre su fenomenología. Tú sabes que la televisión es un hecho, pero puedes no entender cómo unos palos en el techo de tu casa recogen las transmisiones que se hacen desde Madrid.

Dice el P.Pedraz, en ese libro que os decía, muy convincente: «El ateo podrá tener sus dudas, problemas, oscuridades, incógnitas, pero nunca un ateo puede estar tan seguro de que no hay Dios, como nosotros podemos estar seguros de que lo hay». Así es. El ateo será ateo porque tiene dudas, problemas, oscuridades; pero convencido de que no hay Dios, no puede estarlo. No tiene argumentos. En cambio, nosotros podemos estar convencidos de que hay Dios. Después lo veremos.

Hay otro tipo de hombres que no aceptan la Religión porque tiene misterios. En la Religión hay cosas que superan la razón. Las aceptamos porque las dice Dios, pero no las entendemos. Por ejemplo la Eucaristía. ¿Quién entiende la Eucaristía? Nosotros sabemos que Cristo está en la Eucaristía porque Él nos lo ha dicho. No porque lo entendamos. O porque se vea a Cristo mirando en el microscopio una hostia consagrada. A Cristo no se le ve en la Eucaristía. Pero sabemos que Cristo tomó un pedazo de pan y dijo: «Esto es mi cuerpo». Y como yo sé que Cristo es Dios y lo puede hacer, yo me fío de Él. Pero yo no lo entiendo. ¿Cómo voy a entender que en esa Sagrada Forma esté metido Dios? Lo creo, pero no lo entiendo: es un misterio.

Y ése que no cree en la Biblia, después se traga cosas mucho más gordas, porque hay montones de cosas en la vida que no entiende, y se las traga. Y no las entiende. A ver ese hombre, si no sabe electrónica, cómo se explica que le da a un botón de la «tele», y sale un señor leyendo noticias en Madrid, o un partido de fútbol en Valencia. ¿Eh? ¡A ver cómo se lo explica!

¿Cómo vienen por el aire esas imágenes? Con unos palos en el techo de tu casa y un cable a tu aparato, Y estás viendo un partido. A ver, ¡explícamelo! ¿Lo entiendes? Y sin embargo, aceptas el hecho de la televisión. Y no sabes cómo la radio capta ondas que están aquí mismo. Aquí hay ondas. Ondas hertzianas. El oído no las capta, pero coges un aparato, un transistor y capta las ondas. Tú no sabes cómo, y lo aceptas. Porque estás viendo que un aparato pequeño capta ondas de radio que el oído no capta.

Y si tú sabes electrónica, pues no sabes medicina. Y a ti te duele aquí y vas al médico, y te dice: ataque de apéndice. Y vas al quirófano y te rajan, Y tú, ¿qué sabes si es ataque de apéndice o es cólico nefrítico? Te fías del médico que sabe si es apéndice o es cólico nefrítico. Pero tú no lo sabes. Y a ti te duele. Y tú, que eres al que le duele, no sabes si es apéndice o cólico nefrítico. Y te fías del médico. iTe tienes que fiar! Y el médico se fía del piloto. Va en un avión. Y el médico sabe Medicina, pero se asoma a la cabina del avión, y empieza a ver relojes: un vacuómetro, un tacómetro, un manómetro, un altímetro, etc. El piloto que los entiende, vigila la compresión del motor, las revoluciones por minuto, la altura, la presión del aceite, etc. Pero tú con tantos relojes te haces un lío.

Y el médico se fía del piloto. Y el piloto se fía del médico, y el médico y el piloto se fían de la cocinera, porque no todos sabemos distinguir las setas venenosas de las comestibles. Si vas a tener que analizar cada alimento que te ponen para saber que no está envenenado, no puedes comer. Te fías de la cocinera. Nos tenemos que fiar unos de otros. Y resulta que este hombre que se fía del médico, del piloto y de la cocinera, y se fía de tanta gente, después no se fía de Dios. iHombre! Ya te podías fiar de Dios, ¿no? Te tienes que fiar de los demás, porque si no te fías del prójimo, no puedes dar un paso en la vida. ¿Y te fías de todo el mundo menos de Dios? ¡Pues vaya una lógica!

Pero es más. Es que el hombre que no cree en Dios, se tiene que tragar cosas mucho más gordas que los que creemos en Dios. Los que creemos en Dios tenemos explicación para muchas cosas que sin Dios no tienen explicación: los que no creen en Dios no pueden explicármelas. Por eso recurren a la salida cómoda del «no sé» propia del agnosticismo.

Como no quieren creer en Dios rechazan la razón que hay para creer y prefieren quedarse en la cómoda ignorancia del «no sé». Pero esta postura del agnóstico supone muchas más «tragaderas». Y esto nos lo va a decir nada menos que un soviético. Supongo, si es que habéis leído un poco el periódico, habréis seguido el caso de este premio Nobel soviético que se llama Alejandro Solzchenitsyn. Pues este soviético, Premio Nobel 1970, es creyente. Muchos se creen que en Rusia todos son comunistas. No hombre, no. En Rusia mandan los comunistas, pero no todo el mundo es comunista. En Rusia hay mucha gente que cree en Dios. Los comunistas son ateos; pero hay montones de personas que creen en Dios, Y uno de ellos es éste: Alejandro Solzchenitsyn, que ha escrito una oración muy bonita. Dice esto: «Señor, qué fácil me es creer en Ti, porque si prescindo de Ti, el mundo está lleno de incógnitas».

El católico tiene misterios: la Eucaristía, la Trinidad, la Redención, la Virginidad de María…, etc. Pero el no católico tiene muchos más misterios. Porque si quitamos a Dios, la vida tiene muchas cosas que no se explican. Con Dios se explican muchas cosas que sin Dios, no hay quien las explique. Después aclararé esto.

Por eso dice Solzchenitsyn: «Señor, qué fácil me es creer en Ti; porque si prescindo de Ti, la vida está llena de obscuridades, llena de incógnitas, llena de cosas inexplicables». Otro premio Nobel de Medicina, Alexis Carrel, tiene esta frase: «No soy tan crédulo, como para ser incrédulo». Porque el incrédulo, el que no cree en Dios, se tiene que tragar muchas más cosas que el creyente, que el que cree en Dios. Porque los creyentes aceptamos algún misterio porque nos lo dice Dios y nos fiamos de Él, pero el no creyente tiene que aceptar montones de cosas que sin Dios no tienen explicación. Por lo tanto, decimos, nosotros somos creyentes; porque realmente es muy razonable creer en Dios.

Otro tipo de ateo es el que se aparta de Dios por razones afectivas. A algunos no les conviene creer en Dios. Porque la Religión exige mucho. Les estorba la Religión. Porque viven mucho más cómodos sin creer en Dios. ¡Claro! Si crees en Dios, te obliga una moral, te obliga una honradez, te obliga una rectitud. Por no querer adaptar tu vida a la fe, tiras la fe por la borda, Dices:

-Yo no creo en Dios, y así vivo a mis anchas: hago lo que me da la gana, lo que me apetece, lo que me conviene. Como no creo en Dios, yo tranquilo.

No señor. Ni hablar. El que tú digas que porque no crees en Dios a vivir tranquilo, eso no resuelve nada. Porque si hay Dios, el que tú lo niegues no lo destruye, Dios sigue lo mismo. Y si tú dices que no crees en Dios, ya te enterarás muchacho, porque te vas a morir. Y en cuanto te mueras, te enteras.

Por lo tanto, es una idiotez decir: «Yo, como no creo en Dios, a vivir ». No muchacho. No, que eso no resuelve nada. Dice la Biblia en el capítulo segundo del Libro de la Sabiduría: «Los que quieren gozar en este mundo como si no hubiera otra vida, se equivocan; pues Dios ha hecho al hombre para la inmortalidad». Dios sigue igual. Lo aceptes o no lo aceptes. Dios no desaparece porque un señor diga: «Yo, como no creo en Dios, yo tranquilo». No hijo. Dios no desaparece.

¿Os cuento un cuento? Va de cuento:
Iban un día de paseo dos peces por el mar. Y un pez le dice al otro:
-Oye, ¿ves esa lombriz? Pues fíjate, está colgada de un hilo. Pues en la punta del hilo hay una caña, Y esta caña está en manos de un hombre, Y ese hombre está esperando que uno de nosotros se tire por la lombriz, para engancharle, y a la sartén. Y el otro que se las daba de muy enterado, que no creía nada de eso le dice:

-Bueno, pues no estás tú antiguo. ¿Y tú crees en el cuento de la sartén? ¡Pero si eso es un cuento de viejas! ¡Si eso lo contaba mi abuela! Yo, un pez moderno, en el siglo de la técnica, ¿me voy a creer cuentos de viejas? ¿Quién ha vuelto de la sartén para contarlo? Hombre, no seas antiguo. ¡Vas a creer en cuentos de viejas! ¿No quieres la lombriz? ¡Tú te la pierdes! ¡Mía es!

Y este pez «listillo», que no creía cuentos de viejas, que se reía de todo eso, se tiró por la lombriz, Y lo engancharon y, ¡a la sartén! ¡Claro!

Porque el cuento de la sartén no es mentira porque él diga que es mentira. Existe la sartén. Y los hombres que comemos pescado frito. Aunque el otro que se las daba de enterado decía: «Si eso lo contaba mi abuela; eso es un cuento antiguo; como el cuento del infierno». Es que las verdades son muy antiguas. Hace mucho tiempo que dos y dos son cuatro, y no por eso dejan de ser cuatro. Lo que es verdad, lo fue ayer, lo es hoy y lo será mañana.

Y el infierno que fue verdad para los abuelos, será verdad también para los nietos. Porque la verdad es la misma.

Las verdades dogmáticas no pasan con el tiempo. Son verdad siempre. Y el que no crea se va a enterar. Porque se va a morir. Y en cuanto se muera se entera. Cuestión de cien años. Cien años pasan pronto, Dentro de cien años nos hemos enterrado todos. Aquí no quedará nadie de nosotros. Ni uno. Los que creemos, nos encontraremos con lo que creemos. Y los que no crean se encontrarán que se equivocaron. Pero todos nos vamos a enterar. Porque la muerte nos lo aclarará todo. Por eso es una tontería decir: «Yo, como no creo, a vivir». No chico, estudia y cree. Porque como no creas te vas a llevar un chasco.

Hay otro tipo de hombres que no creen porque han tenido la desgracia de recibir el impacto del mal ejemplo de un mal católico. Esto ocurre. Dicen: «si ése es católico, y hace esto y hace lo otro; pues yo no quiero ser como ése». O de un mal sacerdote. Quiera Dios que nunca en la vida tengáis la desgracia de tropezar con un mal sacerdote, porque los hay. Si entre los doce Apóstoles hubo un Judas, entre los cuatrocientos mil que somos hoy…

Los hay. Haciendo un daño horrible. Quiera Dios que nunca tropecéis con uno, porque os quitan la fe. Y la fe es lo que más vale en el mundo. Más que los millones. Y un mal sacerdote acaba con tu fe. Ojalá que todos los sacerdotes fuéramos «otros Cristos». Que tenemos obligación de serlo. Dentro de la fragilidad humana; pero tenemos obligación de esforzarnos por parecernos a Cristo. Y el que en lugar de ser otro Cristo en la Tierra, lo que hace es machacar la fe del pueblo con su mal ejemplo y con las cosas que dice, eso es de una enorme responsabilidad. Por eso digo, que cuando un hombre ha tenido la desgracia de recibir el impacto de un mal sacerdote, instintivamente se pone de espaldas a todo lo que ese sacerdote significa.

Pero eso tampoco soluciona nada. Porque si ése es un mal sacerdote, se irá al infierno como todo mal cristiano. Pero el que ese sacerdote se vaya al infierno, tampoco te justifica a ti. Porque si tú eres un mal católico, también te irás al infierno. Iréis los dos juntos. Señores, yo estoy convencido de que hay sacerdotes en el infierno. Porque el que pisotea su sacerdocio, y se ríe de su sacerdocio, y desprestigia su sacerdocio, y en lugar de sembrar el bien en las almas y llevarlas a Dios, como es su obligación, lo que hace es sembrar el escándalo, la confusión y quitar la fe de las almas, dará cuenta a Dios. ¡Menuda responsabilidad!

No hay duda de que tiene que haber sacerdotes en el infierno. Pero el hecho de que haya malos sacerdotes, no es razón para alejarse de la Iglesia. Si tú te tropiezas con un mal médico, te buscas otro médico que sea bueno; pero no te apartas de la Medicina. Si llevas tu coche a un taller y te lo arreglan mal, te buscas otro taller, pero no te quedas con el coche estropeado. Pues lo mismo debes hacer con los sacerdotes: si das con uno que no te gusta, te buscas otro mejor, que los hay.

Supuesto esto, resumo ya todo lo dicho.
Hay hombres de ciencia que son ateos; pero su ateísmo hay que buscarlo por otros caminos, no por razones científicas: no hay ningún argumento científico que demuestre que no hay Dios. En cambio, hay muchas razones científicas que apoyan la fe del creyente. Mira, si hubiera razones científicas que impidieran creer en Dios, no habría hombres de ciencia creyentes Cuando nos encontramos grandes hombres de ciencia que son creyentes es porque la ciencia no es obstáculo para creer. Voy a poneros ejemplos. Y no voy a referirme a sabios del siglo pasado como Volta o Ampère (que dieron sus nombres a las medidas eléctricas voltio y amperio), que eran creyentes. Me voy a referir a sabios de nuestros días que son creyentes.

Von Braun, el cerebro de los vuelos espaciales americanos, estuvo en España hace unos meses. Por marzo estuvo Von Braun en España. Pues Von Braun, este cerebro que es de los hombres más inteligentes del mundo, es creyente. Y reza todos los días. Yo he leído un artículo suyo en el ABC de Madrid donde él lo dice.

Otro gran talento, Heisenberg. Premio Nobel de Física. Uno de los talentos más grandes que hay hoy en el mundo. Ha descubierto la fórmula unitaria de los tres campos energéticos: gravitatorio, electromagnético y nuclear. Es una fórmula que Einstein estuvo buscando toda su vida y no dio con ella. Pues Heisenberg la ha descubierto. Y tuvo una conferencia en Leipzig, que, según dijo la prensa, sólo media docena de hombres en el mundo fue capaz de entenderlo. Pues este hombre, de los que saben más Física en el mundo hoy, a quien sólo es capaz de entenderle media docena de hombres en el mundo, este hombre, el año 1969 estuvo en Madrid. Tuvo una rueda de prensa. Yo lo he tomado de la Agencia Cifra. Dijo que él cree en Dios. Que él sabe que Dios es el Autor del cosmos.

Otros, que también he puesto en mi libro «PARA SALVARTE»: Max Planck, premio Nobel de Física, autor de la teoría cuántica, un genio. También él cree en Dios. Paul Dirac, premio Nobel de Física, Profesor de Cambridge, en un discurso en un Congreso Internacional de Premios Nobel -él Premio Nobel a hombres Premio Nobel- en Lindau (Alemania) les dice cómo él cree en Dios, Autor del Universo. Premios Nobel contemporáneos. Grandes talentos de hoy que creen en Dios.

Mirad, el mismo P.Romañá, del que antes os hablé, me dio esta otra frase que también he repetido por Televisión: «Hoy en Astrofísica nadie excluye la idea de creación». Los grandes astrofísicos contemporáneos aceptan a Dios Creador. La frase es del P. Romañá. Los hombres de ciencia que estudian el comienzo del cosmos comprenden que hace falta un Creador. Si no, no tiene explicación el comienzo del cosmos.

Pues demos gracias a Dios, que sin merecerlo, hemos nacido en un país católico, y en una familia católica, y hemos recibido una educación en la fe. Nosotros desde pequeños hemos creído en estas verdades, en las que creen los grandes talentos que hoy tiene la Humanidad. Quizás ellos llegaran a esta conclusión después de muchas horas de estudio y reflexión. Nosotros nos lo hemos encontrado. Demos gracias a Dios. No somos ateos. Somos creyentes.

                                     P. Jorge Loring

 

 

Dan la cara los protestantes españoles

España es un país de contrastes. “Podemos” y sus filiales y amigos varios presentan al Congreso una proposición de Ley contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales, y de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgéneros e intersexuales (LGTBI) que, a todas luces, es contraria a la antropología que se deriva del Evangelio. Bueno, y antes y al mismo tiempo que al Evangelio, a la razón de la naturaleza y a la libertad, entre otras.

Pues resulta que quien sale a la palestra pública para pedir que no se apruebe esa propuesta son entre otros los protestantes españoles. Los protestantes, con sus argumentos, algunas veces utilitarios, defendiendo, en esta materia, la antropología cristiana que sostienen los católicos. Hablamos de ecumenismo práctico.

El Secretario Ejecutivo de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE), remitía una carta al presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, que despierta la envidia de no pocos.

Dice en su misiva que “asistimos ahora a la tramitación parlamentaria de una proposición de Ley estatal cuyo contenido nos parece muy preocupante. Por un lado, porque deja de lado a muchas víctimas de discriminación, que no quedan amparadas por el Estado español. Por otro lado, porque impone una ideología de la que no se puede discrepar, vulnerando derechos y libertades protegidos por nuestra Constitución”.

En el Informe comunicado de la Alianza Evangélica Española se leen afirmaciones que si fueran dichas o escritas por un obispo, o grupo de obispos, católicos, levantarían no poco polvo en el camino.

Juan García.

 

 

Una comunicación para una sociedad más fraterna

La Iglesia dirigía su mirada sobre la prensa. Se celebraba la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, con este motivo, el Papa escribió un mensaje en el que ofrecía claves para que los medios de comunicación contribuyan a generar una sociedad más humana y fraterna. La apelación se dirigía no solo a los profesionales de la prensa. Como hace notar Francisco, hoy “muchísimos individuos tienen la posibilidad de compartir inmediatamente noticias y de difundirlas de forma capilar”. Son actos que tienen consecuencias.

Uno puede contribuir a difundir solo malas noticias que generan angustia, miedo y división, o puede, por el contrario, favorecer el encuentro entre las personas y sembrar esperanza, facilitando, de esta manera, que se cree una sociedad más fraterna. Los que vivimos en Cataluña en estos días estamos sufriendo lo primero.

Valentín Abelenda Carrillo

 

 

En la línea de fuego

No hace falta decir que la violencia ha acompañado el camino de este gran país africano, República Democrática del Congo, desde antes incluso de su independencia. El momento actual está marcado por la resistencia del Presidente Joseph Kabila a abandonar el poder, tal como establecen la Constitución y los llamados Acuerdos de San Silvestre, firmados “in extremis” con la oposición la noche del pasado 31 de diciembre.

Estos acuerdos, alcanzados gracias a la mediación tenaz de los obispos congoleños, establecían la formación de un gobierno de transición que nunca ha visto la luz, entre otras cosas porque el líder de la oposición, Etienne Tshisekedi, falleció inesperadamente en Bruselas mientras se sometía a un chequeo. Lo cierto es que Kabila y la red de intereses que se mueve a su alrededor, no desean que se produzca un cambio, mientras aumenta el malestar de la gente y se extiende una sensación de descontrol que el propio Presidente usa para justificar su inmovilismo.

A inicios de julio el Presidente se entrevistó con Marcel Utembi, arzobispo de Kisangani y presidente de la Conferencia Episcopal (CENCO), y de nuevo reiteró su intención de convocar elecciones cuando sea posible. Los obispos católicos, convertidos en actores principales de este drama, ya que son la única fuerza con capacidad para dialogar con todos, conocen de sobra las malas artes de Kabila, pero insisten en que no hay alternativa a los Acuerdos de San Silvestre.

Pedro García

 

 

El desaliento, ¿por qué se genera?

Por: Salvador Casadevall

Los cristianos tienen que ser siempre sembradores de esperanza. Los cristianos tenemos esperanza en Dios y Dios es el único que hace fácil lo difícil y posible lo que parece imposible.

No dejes que la tristeza del ayer y el miedo al futuro, estropee la alegría de tu hoy. Yo cristiano no puedo esperar nada de las estructuras humanas: yo espero siempre de Dios.

Frente a la vida diaria, más bien me debo sentir con responsabilidad de dar y no con necesidad de recibir. Si no te gusta lo que recibes de regreso, ¡revisa muy bien lo que estás dando!

¿Se produce en mí un desaliento cuando espero que algo se me dé, y no se da?  El desaliento, ¿por qué se genera?

Porque en vez de estar mirando nuestras responsabilidades y pensar en lo que puedo dar, estamos pensando en lo que nosotros necesitamos o anhelamos o nos gustaría que la vida nos dé.

Cada uno tiene que ver el lugar en que está, como el lugar de entrega, como el lugar dónde Dios nos ha puesto y desde este lugar tenemos que estar dispuestos a vivir en un clima de dar. Hay que poner voluntad para descubrir ¿qué es lo que yo puedo dar?

No hace falta salir a tocar timbres. Basta solamente con estar dispuesto y el mismo Dios pondrá delante de mis narices en donde me necesita.

Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas, pedir lo que quieras y te ayuda para que puedas. (San Agustín)

Desde ya que las mayores responsabilidades tienen que recaer entre quienes tienen más. Tanto en lo material como en lo espiritual. No hay que olvidar que todos y cada uno de nosotros podemos contribuir a la construcción de una vida mejor, de un mundo más solidario.

Desde la actitud de dar, y todos tenemos algo que dar, borraremos del mapa el desaliento. El hombre es  un ser que se hace bueno, cuando hace mejores a los otros  Seremos así, sembradores de esperanza.

Hay una leyenda de San Francisco de Asís y los dientes del perro, ----que ahora más que nunca es de actualidad---- que nos cuenta que había un perro muerto al costado del camino. El animal ya estaba convertido en desecho y carroña. A todos cuantos pasaban delante les causaba aversión y rechazo.

Pero el pobre de Asís fue el único que en medio de esa imagen repugnante vio lo único intacto que le quedaba: los bellos dientes.

Porque siempre hay algo que permite mirar con esperanza.

El buscar este algo es lo que ya por su misma actitud nos abre a la esperanza. Es buscar y esforzarse en hallar el lado bueno de las cosas. Por más que uno se rodee de objetos y cosas que nos ilusionan que controlamos nuestra vida, es falso, no contralamos nada. Cuando solamente nos queda el corazón, uno ha de ser fuerte, y por eso tienes que sembrarle la semilla de la esperanza. (Teii chi Sato)

El ser cristiano siempre tiene que ser el de un hombre buscador del bien, buscador de lo bueno. Es buscando el bien, es buscando lo bueno que me abro a la esperanza. La esperanza me lleva al bien, la desesperanza me lleva al mal, a sentirme mal.

Kierkegaard el pensador danés afirmaba: La vida solo puede ser comprendida mirando para atrás. Eso está muy bien, porque la mayoría de las cosas que nos pasan, necesitamos del tiempo para entenderlas y comprenderlas, pero de todos modos debemos vivir la vida hacía adelante, viviendo plenamente el hoy. Un hoy que tal vez no entendamos, aunque no estoy muy seguro de que sea necesario entenderlo.

Si, empero, estoy seguro que es menester vivirlo siempre con esperanza. Esa esperanza que me da el saber que Dios permite que la vida nos apriete pero jamás que nos ahorque.

El que no pone voluntad y fortaleza para sobrellevar lo malo, no vive  en plenitud para gozar de lo  bueno. Si siempre empapas tu vivir mirando lo malo, es muy difícil darte cuenta de lo bueno.

Lo importante no son los hechos dolorosos que te van sucediendo en la vida, sino el cómo se reacciona. Si te pones a coleccionar heridas, vivirás como un pájaro herido, incapaz de volar.

Si Dios permite que pases por algo,

Él te hará salir de ahí.

En lo difícil, busca a Dios.

En lo feliz, agradécele.

En la tranquilidad, adóralo.

En el dolor, cree.

Dios y el diablo, el reino de los cielos y el amor, en fin, todo lo que realmente importa, la persona humana lo lleva dentro de sí misma. El gran viaje de la vida consiste en descubrir lo magnifico que llevamos dentro de cada uno de nosotros.

Sacar a la luz lo que somos y lo que sentimos es gozar cada día de vivir, sentirse gozoso de haber nacido, sentirse gozoso de lo que estoy viviendo.

Lo más bello de la vida, cada hombre lo lleva dentro de sí. Hay que saber descubrirlo, hay que saber encontrarlo, y cuando lo descubras, piensa que lo tienes para poder darlo, para poder brindarlo a otro.

Es frecuente que nos olvidemos de nuestra responsabilidad de dar. Si alguien da amor es porque ama, no porque espera que le retribuyan con amor. Si damos esperando algo en compensación, seguramente no nos sentiremos felices.

Cuando le decimos “buen día” a alguien es porque deseamos desearle un buen día, no porque esperamos algo a cambio. Si esperábamos una respuesta y ésta no llega, nos desalentamos.

Dios no te prometió días sin dolor, risa sin tristeza, sol sin lluvia, pero si te prometió fuerzas para cada día, consuelo para cada lágrima y luz para caminar. (Facundo Cabral)

La vida es el regalo que Dios nos hace. El modo en que la vivimos es nuestro regalo a Dios. Hay que hacer de la vida diaria un fantástico regalo para El.