Las Noticias de hoy 24 Junio 2021

Enviado por adminideas el Jue, 24/06/2021 - 13:25

Imágenes De Respeto frases famosas

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 24 de junio de 2021    

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: Actualidad del Apóstol Pablo en la Iglesia de hoy

El Papa a los ancianos: Dios envía ángeles para consolar nuestra soledad

Francisco se reúne con un grupo de presos: "Gracias, nos da esperanza"

LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA* Francisco Fernandez Carbajal

24 de junio: natividad de san Juan Bautista

“Eres hijo de Dios” : San Josemaria

La preocupación pastoral de Pablo es todo fuego

Fuerzas invisibles: los ángeles, el demonio y el infierno : Santiago Sanz

«La historia del Opus Dei se cuenta mejor a través de las personas»

La familia en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer

Llamada universal a la santidad I : Guillaume Derville

La Universalidad de la Iglesia : Monseñor Fernando Ocáriz

Decálogo para alejar el divorcio de tu matrimonio : LaFamilia.info

Primero Dios y después el rey : José Antonio García-Prieto Segura

Ambigüedad, herejía y odio a Dios : Luiz Sérgio Solimeo

Cómplices : Enric Barrull Casals

"Educación vital sobre sexualidad" :  José Morales Martín

El amor de los adolescentes : Domingo Martínez Madrid

La "negación del aborto" = "violencia de género" : Pedro García

La ministra, las eléctricas y los favores : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

ROME REPORTS

 

 

El Papa: Actualidad del Apóstol Pablo en la Iglesia de hoy

El Santo Padre comenzó un nuevo ciclo de catequesis para reflexionar acerca de algunos temas que el Apóstol Pablo presenta en su Carta a los Gálatas, puesto que, como explicó, no sólo permite conocer la vida del Apóstol, sino que invita a profundizar en algunas cuestiones actuales en la vida de la Iglesia. Y al recordar que la semana próxima celebraremos la fiesta de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, Francisco invitó a pedir al Señor, por su intercesión, que nos ayude a abrirnos a su gracia

 

Vatican News

En su audiencia general de esta mañana, celebrada en el Patio de San Dámaso del Palacio Apostólico, ante un número reducido de fieles y peregrinos de diversos países, el Santo Padre, después de un largo itinerario dedicado a la oración, comenzó un nuevo ciclo de catequesis para reflexionar acerca de algunos temas que el Apóstol Pablo presenta en su Carta a los Gálatas.

Libertad, gracia y modo de vida cristiano

Hablando en nuestro idioma, el Papa explicó que esta Carta, por una parte, ayuda a conocer mejor la vida del Apóstol, incluyendo su conversión y su seguimiento de Jesús. A la vez que, por otra parte, nos invita a profundizar en algunas cuestiones importantes que plantea y que, según el Santo Padre, también son actuales hoy en la Iglesia, tales como la cuestión de la libertad, la gracia y el modo de vida cristiano.

San Pablo advirtió un peligro…

Al resumir la vida del Apóstol, el Pontífice destacó que tras fundar algunas comunidades en la región de Galacia, San Pablo advirtió un peligro, puesto que comenzaban “a infiltrarse algunos cristianos provenientes del judaísmo que exponían teorías contrarias, y se presentaban como los únicos poseedores de la verdad, sembrando confusión y división”.

“Lo que nosotros debemos notar es la preocupación pastoral de Pablo que, después de haber fundado estas Iglesias, se da cuenta de un gran peligro que corren para su crecimiento en la fe”

Esas primeras y pequeñas comunidades – prosiguió el Papa – gracias al Apóstol “habían conocido la vida nueva y la libertad en Cristo”, sin embargo, “a partir de ese momento y ante estas críticas y tensiones, su fe comenzó a tambalear”.

Los dueños de la verdad

También hoy, como en aquellos tiempos, algunos presentan el cristianismo como si fueran los ‘dueños de la verdad’, con la tentación de encerrarse en algunas formas y tradiciones del pasado, como posible solución para las crisis

Por esta razón Francisco afirmó que frente a “esta tentación”, la enseñanza que nos da el Apóstol en la Carta a los Gálatas es que “sigamos el camino liberador y siempre nuevo de Jesús crucificado y resucitado” y que:

“Continuemos la vía del anuncio, que se realiza por medio de la humildad y la fraternidad; y que lo hagamos confiados, con la certeza de que el Espíritu Santo siempre actúa y guía a la Iglesia”

Saludos del Papa

“Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor, por intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo, que celebraremos la próxima semana, que nos ayude a abrirnos a su gracia, para poder ver, juzgar y actuar desde la verdad y la libertad que proceden del encuentro con Cristo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias”

A los queridos hermanos y hermanas de lengua portuguesa el Papa les pidió que recuerden siempre que “el anuncio del Evangelio se hace con humildad y fraternidad, no imponiendo, sino mostrando el camino a seguir”.

En su saludo cordial a los peregrinos francófonos, Francisco le dijo que el camino liberador que nos indica San Pablo “es el camino, siempre nuevo, de Jesús muerto y resucitado, el camino de la confianza mansa y obediente, en la certeza de que el Espíritu Santo actúa en cada época de la Iglesia”.

Al recordar a los fieles de habla inglesa la celebración, mañana, de la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, Francisco les sugirió imitar el humilde testimonio de quien señaló al Cordero de Dios. E invocó sobre todos ellos y sus familias la alegría y la paz del Señor.

Dirigiéndose a los queridos hermanos y hermanas polacos, el Papa Francisco se unió en oración a quienes sufrieron por el incendio que se produjo el sábado pasado en Nowa Biała, en el que “gracias a Dios no hubo muertos”.

“Pedimos la gracia del consuelo, del apoyo y de la solidaridad humana para los que han perdido sus casas y sus bienes”

Y antes de bendecirlos de corazón les deseó a todos ellos y a sus seres queridos que transcurran un verano tranquilo, vivido en la presencia de Dios, en el Espíritu Santo.

A los peregrinos de lengua alemana el Santo Padre les deseó que el ejemplo de celo misionero de San Pablo los impulse “a anunciar y vivir la verdad del Evangelio con alegría” y que “el Espíritu Santo los mantenga siempre unidos como fieles servidores del Señor Jesús”.

En su saludo a los fieles de habla árabe Francisco les recordó que el camino que debemos seguir para llegar al Señor “es el camino liberador y siempre nuevo de Jesús crucificado y resucitado; es el del anuncio, que se realiza a través de la humildad y la fraternidad; es el de la confianza mansa y obediente, pero siempre con la ayuda del Espíritu Santo que actúa en cada época de la Iglesia”.

Al saludar a los peregrinos de lengua italiana, el Papa les recordó que mañana es la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista, “enviado por Dios para dar testimonio de la luz y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”.

San Juan Bautista

“Por su intercesión deseo para cada uno de ustedes abundantes gracias, para que se fortalezcan sus generosos propósitos de fidelidad a la llamada del Señor”

Por último, el Papa dirigió sus pensamientos a los ancianos, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, a quienes les dijo:

“Al tiempo que los exhorto a renovar sus propósitos de generoso testimonio cristiano, invoco sobre cada uno la continua asistencia del Señor”

 

El Papa a los ancianos: Dios envía ángeles para consolar nuestra soledad

En su mensaje para la primera Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores que se celebra el 25 de julio, Francisco subraya que la vocación de la Tercera edad es "custodiar las raíces, transmitir la fe a los jóvenes y cuidar a los pequeños”

 

Vatican News

“Incluso cuando todo parece oscuro, como en estos meses de pandemia, el Señor sigue enviando ángeles para consolar nuestra soledad y repetirnos: ‘Yo estoy contigo todos los días’:

“Esto te lo dice a ti, me lo dice a mí, a todos. Este es el sentido de esta Jornada que he querido celebrar por primera vez precisamente este año, después de un largo aislamiento y una reanudación todavía lenta de la vida social. ¡Que cada abuelo, cada anciano, cada abuela, cada persona mayor – sobre todo los que están más solos— reciba la visita de un ángel!”

Lo afirma el Papa al dirigirse a los abuelos y ancianos del mundo en su mensaje para esta primera Jornada Mundial dedicada a todos ellos, que se celebra el 25 de julio. El Santo Padre lo dice también en su mensaje de vídeo.

LEA TAMBIÉN

31/01/2020También los ancianos son el presente y el futuro de la Iglesia

El sueño de Joaquín

Francisco pide al Señor que envíe un ángel a consolar a los ancianos como sucedió con Joaquín, el abuelo de Jesús, “que fue apartado de su comunidad porque no tenía hijos. Su vida – como la de su esposa Ana –fue considerada inútil”.

LEA TAMBIÉN

23/01/2020“La riqueza de los años”: I Congreso de la Pastoral de las Personas Mayores

“Pero el Señor le envió un ángel para consolarlo. Mientras él, entristecido, permanecía fuera de las puertas de la ciudad, se le apareció un enviado del Señor que le dijo: ‘¡Joaquín, Joaquín! El Señor ha escuchado tu oración insistente’”

La pandemia: una dura prueba que ha afectado más a los ancianos

A los abuelos y a los ancianos, el Pontífice les recuerda que "toda la Iglesia está cerca de nosotros" y está cerca de ustedes. “¡Se preocupa por ti, te quiere y no quiere dejarte solo! Y se refiere a la pandemia como una "dura prueba que ha caído sobre la vida de cada persona, pero que nos ha reservado un tratamiento especial", más duro, a los ancianos. Muchos han caído enfermos y ya no están aquí:

“Muchos de nosotros se han enfermado, y tantos se han ido o han visto apagarse la vida de sus cónyuges o de sus seres queridos. Muchos, aislados, han sufrido la soledad durante largo tiempo”

La oración del Papa para esta Jornada

El Papa afirma que “se necesitan ángeles para devolver los ‘abrazos y las visitas’ a los ancianos. Y recuerda que "en algunos lugares todavía no es posible". En la oración escrita para esta primera Jornada Mundial, el Santo Padre invita a agradecer al Señor el consuelo de su presencia, "incluso en la soledad".

“En este tiempo hemos aprendido a comprender lo importante que son los abrazos y las visitas para cada uno de nosotros, ¡y cómo me entristece que en algunos lugares esto todavía no sea posible!”

El Señor jamás se jubila

Francisco también invita a reconocer la fidelidad del Señor que relatan los Evangelios, que se reza en los Salmos y que encontraron los profetas.

LEA TAMBIÉN

31/01/2021En los sueños de los ancianos está el futuro de la sociedad

El Señor, que nos envía mensajeros y llama a los trabajadores a su viña "a todas las horas del día", como hizo con él mismo recuerda el Papa.

LEA TAMBIÉN

31/01/2021El Papa instituye la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

 

“Yo mismo puedo testimoniar que recibí la llamada a ser Obispo de Roma cuando había llegado, por así decirlo, a la edad de la jubilación, y ya me imaginaba que no podría hacer mucho más. El Señor está siempre cerca de nosotros – siempre – con nuevas invitaciones, con nuevas palabras, con su consuelo, pero siempre está cerca de nosotros. Ustedes saben que el Señor es eterno y que nunca se jubila. Nunca”

La vocación de transmitir la fe a los jóvenes

Francisco introduce así el segundo tema de su mensaje, tras el del ángel consolador: la vocación de los abuelos y los ancianos. Que es la de "custodiar las raíces, transmitir la fe a los jóvenes y cuidar a los pequeños". Y lo subraya:

“No importa la edad que tengas, si sigues trabajando o no, si estás solo o tienes una familia, si te convertiste en abuela o abuelo de joven o de mayor, si sigues siendo independiente o necesitas ayuda, porque no hay edad en la que puedas retirarte de la tarea de anunciar el Evangelio, de la tarea de transmitir las tradiciones a los nietos. Es necesario ponerse en marcha y, sobre todo, salir de uno mismo para emprender algo nuevo.”

La fuerza del Espíritu supera toda duda y fatiga

A las naturales dudas de quienes ven agotadas sus energías, de quienes ven difícil empezar a comportarse "de otra manera" cuando a estas alturas "la costumbre se ha convertido en norma", o dedicarse "a los más pobres" cuando ya tienen "tantos pensamientos" para sus familias, o sienten la soledad como una "carga demasiado pesada", el Pontífice responde con una invitación a abrir "el corazón a la obra del Espíritu Santo que sopla donde quiere" y "hace lo que quiere".

Los ancianos son indispensables para construir el mundo del mañana

Francisco retoma cuanto escribió en su encíclica Fratelli tutti, esperando que esta crisis ligada a la pandemia, "no haya sido otro grave acontecimiento histórico del que no hayamos podido aprender". Para que "un dolor tan grande no sea inútil" y podamos dar "un salto hacia una nueva forma de vivir", afirma el Papa, dirigiéndose directamente al abuelo y al anciano:

“En esta perspectiva, quiero decirte que eres necesario para construir, en fraternidad y amistad social, el mundo de mañana: el mundo en el que viviremos – nosotros, y nuestros hijos y nietos – cuando la tormenta se haya calmado. Todos ‘somos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas’”

Los tres pilares: sueños, memoria y oración

Una nueva construcción con tres pilares, dice Francisco, "que tú, mejor que otros, puedes ayudar a colocar": sueños, memoria y oración. “El profeta Joel pronunció en una ocasión esta promesa: ‘Sus ancianos tendrán sueños, y sus jóvenes, visiones’”.

“El futuro del mundo reside en esta alianza entre los jóvenes y los mayores. ¿Quiénes, si no los jóvenes, pueden tomar los sueños de los mayores y llevarlos adelante? Pero para ello es necesario seguir soñando: en nuestros sueños de justicia, de paz y de solidaridad está la posibilidad de que nuestros jóvenes tengan nuevas visiones, y juntos podamos construir el futuro”

A lo que añade: Es necesario que tú también des testimonio de que es posible salir renovado de una experiencia difícil. Y estoy seguro de que no será la única, porque habrás tenido muchas en tu vida, y has conseguido salir de ellas. Aprende también de aquella experiencia para salir ahora de esta.

Memorias de guerras y emigración

Aquí entra en juego el segundo pilar, la memoria: del doloroso recuerdo de la guerra los jóvenes pueden aprender el valor de la paz. El recuerdo de los que tuvieron que emigrar "puede ayudar a construir un mundo más humano, más acogedor".

“Pero sin la memoria no se puede construir; sin cimientos nunca construirás una casa. Nunca. Y los cimientos de la vida son la memoria”

Una oración que protege al mundo

En su oración, el Santo Padre cita a su predecesor, el Papa Benedicto, "un santo anciano que sigue rezando y trabajando por la Iglesia" que, dijo en el año 2012, casi al final de su pontificado: "La oración de los ancianos puede proteger al mundo, ayudándolo quizá más incisivamente que el trabajo de tantos".

La voz de Dios: "Yo estoy contigo cada día"

El ejemplo es el del beato – y pronto santo – Charles de Foucauld, quien como ermitaño en Argelia, incluso en la soledad de su propio desierto, demostró que es posible "interceder por los pobres de todo el mundo y convertirse verdaderamente en un hermano y una hermana universales".

“Que cada uno de nosotros aprenda a repetir a todos, y especialmente a los más jóvenes, esas palabras de consuelo que hoy hemos oído dirigidas a nosotros: ‘Yo estoy contigo todos los días’. Adelante y ánimo. Que el Señor los bendiga”

 

Francisco se reúne con un grupo de presos: "Gracias, nos da esperanza"

Algunos invitados del tercer centro de detención de Rebibbia fueron recibidos en Santa Marta junto con el director, dos magistradas y otros funcionarios. A continuación, la visita a los Museos Vaticanos, recibida por la directora Barbara Jatta. El capellán: agradeció al Papa por su cercanía y sus oraciones en apoyo de la dignidad de quienes viven en la cárcel.

 

por Giampaolo Mattei

Doce reclusos del tercer centro de detención de Rebibbia han llevado una cesta de pan fresco al Papa esta mañana a las 8:45 en la Casa Santa Marta. Anoche prepararon ese pan, con sus propias manos, precisamente para dar las "gracias" a Francisco "por el don de la esperanza que nos ofrece a los reclusos".

Y, en un ambiente familiar, el Papa les confió precisamente su atención a las personas que viven la experiencia de la cárcel, recordando sus visitas a las prisiones allá en Argentina, y asegurando sus oraciones también por sus familias.

Un cesto con panes. El regalo de los detenidos para el Papa Francisco

La cesta con pan preparada por los internos y entregada al Papa

"Hoy toda la comunidad penitenciaria ha vivido una experiencia muy importante con el Papa": el padre Moreno M. Versolato, religioso de los Siervos de María, capellán de la más pequeña de las cuatro cárceles romanas, no ocultó su emoción. Sí, el padre Moreno habla de "comunidad" porque -insiste- "hoy aquí, en el Vaticano, nos hemos reunido: doce reclusos, la directora de la tercera cárcel de Rebibbia, Anna Maria Trapazzo, tres educadores, policías penitenciarios y dos juezas de libertad condicional".

La presencia de las dos juezas, Anna Vari y Paola Cappelli -señaló el capellán- tiene un fuerte significado: "Ellas son las que evalúan y firman los permisos en las vías de reinserción social, a través de las medidas alternativas de semilibertad, y es extraordinario que hoy aquí vivan, directamente con los internos, una experiencia de belleza que es una 'escuela de vida' para todos".

Sí, explica con pasión el padre Moreno, "estos jóvenes han crecido en suburbios degradados o tal vez proceden de países lejanos... en definitiva, han tenido, desde la infancia, otra "escuela"...".

El capellán se hizo eco de la directora de los "Museos del Papa", Barbara Jatta, que dio una cordial "bienvenida" a los "embajadores" de Rebibbia: "Estas galerías son la casa de todos, aquí cada uno, con su propia sensibilidad, puede captar "algo" valioso para su vida y hacerla mejor. Hoy es con gran alegría que los Museos Vaticanos -dice el director- se presentan y se ofrecen a los internos y a quienes los acompañan como una inspiración de belleza que toca el alma en su profundidad".

LEA TAMBIÉN

20/06/2021Myanmar, el Papa: situación desgarradora de los desplazados, vuelva la paz

La visita a los Museos tiene aún más importancia, prosigue el padre Moreno, "porque en este periodo de pandemia, los internos han sufrido mucho el aislamiento y la marginación por la imposibilidad de abrazar a sus seres queridos". Son situaciones extremas, realmente "al límite" -dice- y es fácil ceder a la tentación de ceder al conflicto y a la ira. Y el pensamiento, añade, se dirige también a todo el personal de servicio.

"Puedo dar testimonio, como capellán, de lo grande y sincero que es el cariño de los detenidos por el Papa Francisco", plantea el religioso. "Esta mañana le hemos agradecido personalmente, todos juntos, la cercanía que nos muestra continuamente y en diferentes ocasiones". El regalo de las palomas en Semana Santa, añade, fue una sorpresa para todos. "Pero el mayor agradecimiento", concluyó el capellán, "es por sus oraciones y por sus peticiones a las autoridades políticas para que cambien cada vez más las condiciones de detención, especialmente cuando se viola constantemente la dignidad de la persona".

Al final de la mañana en el Vaticano, el director del centro penitenciario habló de una experiencia de acogida y esperanza: "El regalo del pan para el Papa tiene un valor enorme para nosotros: en pleno encierro hemos puesto en marcha un taller de panadería y siete internos han sido contratados por una empresa. El pan hecho esta noche para Francisco es, por tanto, un "gracias". Y también el regalo de la "baldosa" con la cruz, expresión del curso de mosaico, no es un gesto formal sino un signo de fe y esperanza".

 

LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA*

Solemnidad

— La misión del Bautista.

— Nuestro cometido: preparar los corazones para que Cristo pueda entrar en ellos.

— Oportet illum crescere... Conviene que Cristo crezca más y más en nuestra vida y que disminuya la propia estimación de lo que somos y valemos.

I. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; éste venía para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto1.

Hace notar San Agustín que «la Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, y él es el único cuyo nacimiento festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo»2. Es el último Profeta del Antiguo Testamento y el primero que señala al Mesías. Su nacimiento, cuya Solemnidad celebramos, «fue motivo de gozo para muchos»3, para todos aquellos que por su predicación conocieron a Cristo; fue la aurora que anuncia la llegada del día. Por eso, San Lucas resalta la época de su aparición, en un momento histórico bien concreto: El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea...4. Juan viene a ser la línea divisoria entre los dos Testamentos. Su predicación es el comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios5, y su martirio habrá de ser como un presagio de la Pasión del Salvador6. Con todo, «Juan era una voz pasajera; Cristo, la Palabra eterna desde el principio»7.

Los cuatro Evangelistas no dudan en aplicar a Juan el bellísimo oráculo de lsaías: He aquí que yo envío a mi mensajero, para que te preceda y prepare el camino. Voz que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas8. El Profeta se refiere en primer lugar a la vuelta de los judíos a Palestina, después de la cautividad de Babilonia: ve a Yahvé como rey y redentor de su pueblo, después de tantos años en el destierro, caminando a la cabeza de ellos, por el desierto de Siria, para conducirlos con mano segura a la patria. Le precede un heraldo, según la antigua costumbre de Oriente, para anunciar su próxima llegada y hacer arreglar los caminos, de los que, en aquellos tiempos, nadie solía cuidar, a no ser en circunstancias muy relevantes. Esta profecía, además de haberse realizado en la vuelta del destierro, había de tener un significado más pleno y profundo en un segundo cumplimiento al llegar los tiempos mesiánicos. También el Señor había de tener su heraldo en la persona del Precursor, que iría delante de Él, preparando los corazones a los que había de llegar el Redentor9.

Contemplando hoy, en la Solemnidad de su nacimiento, la gran figura del Bautista que tan fielmente llevó a cabo su cometido, podemos pensar nosotros si también allanamos el camino al Señor para que entre en las almas de amigos y parientes que aún están lejos de Él, para que se den más los que ya están próximos. Somos los cristianos como heraldos de Cristo en el mundo de hoy. «El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»10.

II. La misión de Juan se caracteriza sobre todo por ser el Precursor, el que anuncia a otro: vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino el que había de dar testimonio de la luz11. Así consigna en el inicio de su Evangelio aquel discípulo que conoció a Jesús gracias a la preparación y a la indicación expresa que recibió del Bautista: Al día siguiente estaba allí de nuevo Juan y dos discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús12. ¡Qué gran recuerdo y qué inmenso agradecimiento tendría San Juan Apóstol cuando, casi al final de su vida, rememora en su Evangelio aquel tiempo junto al Bautista, que fue instrumento del Espíritu Santo para que conociera a Jesús, su tesoro y su vida!

La predicación del Precursor estaba en perfecta armonía con su vida austera y mortificada: Haced penitencia –clamaba sin descanso–, porque está cerca el reino de los Cielos13. Semejantes palabras, acompañadas de su vida ejemplar, causaron una gran impresión en toda la comarca, y pronto se rodeó de un numeroso grupo de discípulos, dispuestos a oír sus enseñanzas. Un fuerte movimiento religioso conmovió a toda Palestina. Las gentes, como ahora, estaban sedientas de Dios, y era muy viva la esperanza del Mesías. San Mateo y San Marcos refieren que acudían de todos los lugares: de Jerusalén y de todos los demás pueblos de Judea14; también llegaban gentes de Galilea, pues Jesús encontró allí sus primeros discípulos, que eran galileos15. Ante los enviados del Sanedrín, Juan se da a conocer con las palabras de Isaías: Yo soy la voz que clama.

Con su vida y con sus palabras Juan dio testimonio de la verdad; sin cobardías ante los que ostentaban el poder, sin conmoverse por las alabanzas de las multitudes, sin ceder a la continua presión de los fariseos. Dio su vida defendiendo la ley de Dios contra toda conveniencia humana: no te es lícito tener por mujer a la esposa de tu hermano16, reprochaba a Herodes.

Poca era la fuerza de Juan para oponerse a los desvaríos del tetrarca, y limitado el alcance de su voz para preparar al Mesías un pueblo bien dispuesto. Pero la palabra de Dios tomaba fuerza en sus labios. En la Segunda lectura de la Misa17 la liturgia aplica al Bautista las palabras del Profeta: Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano, me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba. Y mientras Isaías piensa: en vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas, el Señor le dice: te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

El Señor quiere que le manifestemos en nuestra conducta y en nuestras palabras allí donde se desenvuelve diariamente el trabajo, la familia, las amistades..., en el comercio, en la Universidad, en el laboratorio..., aunque parezca que ese apostolado no es de mucho alcance. Es la misma misión de Juan la que el Señor nos encomienda ahora, en nuestros días: preparar los caminos, ser sus heraldos, los que le anuncian a otros corazones. La coherencia entre la doctrina y la conducta es la mejor prueba de la convicción y de la validez de lo que proclamamos; es, en muchas ocasiones, la condición imprescindible para hablar de Dios a las gentes.

III. La misión del heraldo es desaparecer, quedar en segundo plano, cuando llega el que es anunciado. «Tengo para mí –señala San Juan Crisóstomo– que por esto fue permitida cuanto antes la muerte de Juan, para que, desaparecido él, todo el fervor de la multitud se dirigiese hacia Cristo en vez de repartirse entre los dos»18. Un error grave de cualquier precursor sería dejar, aunque fuera por poco tiempo, que lo confundieran con aquel que se espera.

Una virtud esencial en quien anuncia a Cristo es la humildad y el desprendimiento. De los doce Apóstoles, cinco, según mención expresa del Evangelio, habían sido discípulos de Juan. Y es muy probable que los otros siete también; al menos, todos ellos lo habían conocido y podían dar testimonio de su predicación19. En el apostolado, la única figura que debe ser conocida es Cristo. Ese es el tesoro que anunciamos, a quien hemos de llevar a los demás.

La santidad de Juan, sus virtudes recias y atrayentes, su predicación..., habían contribuido poco a poco a dar cuerpo a que algunos pensaran que quizá Juan fuese el Mesías esperado. Profundamente humilde, Juan solo desea la gloria de su Señor y su Dios; por eso, protesta abiertamente: Yo os bautizo con agua; pero viene quien es más fuerte que yo, al que no soy digno de desatar la correa de sus sandalias: Él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego20. Juan, ante Cristo, se considera indigno de prestarle los servicios más humildes, reservados de ordinario a los esclavos de ínfima categoría, tales como llevarle las sandalias y desatarle las correas de las mismas. Ante el sacramento del Bautismo, instituido por el Señor, el suyo no es más que agua, símbolo de la limpieza interior que debían efectuar en sus corazones quienes esperaban al Mesías. El Bautismo de Cristo es el del Espíritu Santo, que purifica como lo hace el fuego21.

Miremos de nuevo al Bautista, un hombre de carácter firme, como Jesús recuerda a la muchedumbre que le escucha: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Alguna caña que a cualquier viento se mueve? El Señor sabía, y las gentes también, que la personalidad de Juan trascendía de una manera muy acusada, y se compaginaba mal con la falta de carácter. Algo parecido nos pide a nosotros el Señor: pasar ocultos haciendo el bien, cumpliendo con perfección nuestras obligaciones.

Cuando los judíos fueron a decir a los discípulos de Juan que Jesús reclutaba más discípulos que su maestro, fueron a quejarse al Bautista, quien les respondió: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él... Es necesario que Él crezca y que yo disminuya22Oportet illum crescere, me autem minui: conviene que Él crezca y que yo disminuya. Esta es la tarea de nuestra vida: que Cristo llene nuestro vivir. Oportet illum crescere... Entonces nuestro gozo no tendrá límites. En la medida en que Cristo, por el conocimiento y el amor, penetre más y más en nuestras pobres vidas, nuestra alegría será incontenible.

Pidámosle al Señor, con el poeta: «Que yo sea como una flauta de caña, simple y hueca, donde solo suenes tú. Ser, nada más, la voz de otro que clama en el desierto». Ser tu voz, Señor, en medio del mundo, en el ambiente y en el lugar en el que has querido que transcurra mi existencia.

1 Antífona de entrada. Jn 1, 6-7; Lc 1, 17. — 2 Liturgia de las Horas, Segunda lectura. San Agustín, Sermón 293, 1. — 3 Misal Romano, Prefacio de la Misa del día. — 4 Cfr. Lc 3, 1 ss. — 5 Cfr. Mc 1, 1. — 6 Cfr. Mt 17, 12. — 7 San Agustín, o. c., 3. — 8 Mc 1, 2. — 9 Cfr. L. Cl. Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, FAX, 8ª ed., Madrid 1966, p. 260. — 10 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 1. — 11 Jn 1, 6. — 12 Jn 1, 29-30. — 13 Mt 3, 2. — 14 Cfr. Mt 3, 5; Mc 1, 1-5. — 15 Cfr. Jn 1, 40-43. — 16 Mc 6, 18. — 17 Segunda lectura. Is 49, 1-6. — 18 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio, de San Juan, 29, 1. — 19 Cfr. Hech 1, 22. — 20 Jn 3, 15-16. — 21 Cfr. San Cirilo de Alejandría, Catequesis, 20, 6. — 22 Cfr. Jn 3, 27-30.

Esta Solemnidad se celebraba ya en el siglo iv. Juan, hijo de Zacarías e Isabel, pariente de la Virgen, es el Precursor de Jesucristo, y en esta misión pone su vida entera, llena de austeridad, de penitencia y de celo por las almas. Como él mismo nos dice: conviene que Él (Jesús) crezca, y que yo mengüe. Es también este el proceso que se debe realizar en la vida espiritual de todo fiel cristiano.

 

24 de junio: natividad de san Juan Bautista

Comentario de la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista. “Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre»”. Detrás de la actitud, podemos adivinar el deseo de Zacarías y de Isabel de ofrecer su hijo a Dios, amando la misión para la que el Señor lo mandó al mundo.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lc 1,57-66.80)

Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había agrandado su misericordia con ella y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo:

—De ninguna manera, sino que se llamará Juan.

Y le dijeron:

—No hay nadie en tu familia que tenga este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo:

—¿Qué va a ser, entonces, este niño?

Porque la mano del Señor estaba con él.

Mientras tanto el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y habitaba en el desierto hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel.


Comentario

Entre los israelitas, el acto de imponer el nombre estaba reservado para el padre del niño. Era un modo en que se reconocía la paternidad sobre el recién nacido. Por eso, tocaba a Zacarías decir cuál era el nombre del bebé, aunque le resultaba complicado expresarse en esos momentos, porque se había quedado mudo por su incredulidad.

Los padres de san Juan Bautista reconocían que Dios los había bendecido mandándoles un niño cuando parecía que ya no tenían ninguna razón para esperar. El modo extraordinario en que vino al mundo les recordaba que ese hijo era un don del Señor. El ángel le había dicho a Zacarías que su ese hijo traería mucha felicidad no solo para sus padres, sino para una multitud de personas: «Será para ti gozo y alegría; y muchos se alegrarán con su nacimiento» (Lucas 1,14). San Juan, ese hijo tan esperado, tenía una misión de cara a todo el pueblo: «convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios» (Lucas 1,16).

Isabel y Zacarías insisten en ponerle al niño el nombre que el ángel había indicado. Detrás de esta actitud, podemos adivinar el deseo de ofrecer ese hijo a Dios. Ellos no quieren dominar sobre su vida, ni buscan afirmarse a través de su paternidad. De hecho, Zacarías renuncia a ponerle su mismo nombre, mientras que a los demás les parecía lo más lógico. Sin embargo, para Isabel y su marido, lo más importante es que su hijo cumpla la misión para la que ha venido al mundo.

Después de que Zacarías hubiera escrito «Juan es su nombre» su lengua se desató y empezó a alabar a Dios. Es la alegría de un padre generoso, que pone a su hijo en las manos del Señor y se entusiasma con la misión que ha recibido.

 

En los padres de san Juan Bautista encontramos un ejemplo maravilloso para todos los padres. Al Señor le agrada que nos alegremos con el don de los hijos. Al mismo tiempo, nos invita a respetar y amar “el nombre” que Él les ha dado: es decir, el propio temperamento, los talentos y, sobre todo, su vocación. Los padres se convierten entonces en los promotores de la personalidad de sus hijos y en una gran ayuda para que abracen la misión que el Señor les ha concedido.

 

“Eres hijo de Dios”

El bautismo nos hace “fideles —fieles, palabra que, como aquella otra, “sancti —santos, empleaban los primeros seguidores de Jesús para designarse entre sí, y que aún hoy se usa: se habla de los "fieles" de la Iglesia. —¡Piénsalo! (Forja, 622)

24 de junio

Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan [...]. Y una voz desde los cielos dijo: —Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido (Mt 3, 13.17).

En el Bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo.

La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra.

¡Haremos que arda el mundo, en las llamas del fuego que viniste a traer a la tierra!... Y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin.

Yo te oigo clamar, Rey mío, con voz viva, que aún vibra: "ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?" —Y contesto —todo yo— con mis sentidos y mis potencias: "ecce ego: quia vocasti me!"

El Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble, por medio del Bautismo: eres hijo de Dios.

Niño: ¿no te enciendes en deseos de hacer que todos le amen? (Santo Rosario, Iº misterio luminoso)

 

La preocupación pastoral de Pablo es todo fuego

El Papa Francisco ha comenzado un nuevo ciclo de catequesis sobre la Carta de San Pablo a los Gálatas. Quiere “profundizar en algunas cuestiones importantes que él plantea —y que son muy actuales también en la Iglesia de hoy—, como la libertad, la gracia y el modo de vida cristiano”.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA23/06/2021

Queridos hermanos y hermanas:

Después de un largo itinerario dedicado a la oración, hoy comenzamos un nuevo ciclo de catequesis. Espero que con este itinerario de la oración, hayamos conseguido rezar un poco mejor, rezar un poco más.

Hoy deseo reflexionar sobre algunos temas que el apóstol Pablo propone en su Carta a los Gálatas. Es una Carta muy importante, diría incluso decisiva, no solo para conocer mejor al Apóstol, sino sobre todo para considerar algunos argumentos que él afronta en profundidad, mostrando la belleza del Evangelio.

En esta Carta, Pablo cita varias referencias biográficas, que nos permiten conocer su conversión y la decisión de poner su vida al servicio de Jesucristo. Él afronta, además, algunas temáticas muy importantes para la fe, como las de la libertad, de la gracia y de la forma de vivir cristiana, que son extremadamente actuales porque tocan muchos aspectos de la vida de la Iglesia de nuestros días. Esta es una Carta muy actual. Parece escrita para nuestra época.

El primer rasgo que se desprende de esta Carta es la gran obra de evangelización realizada por el Apóstol, que al menos dos veces había visitado las comunidades de la Galacia durante sus viajes misioneros. Pablo se dirige a los cristianos de ese territorio. No sabemos exactamente a qué zona geográfica se refiere, ni podemos afirmar con certeza la fecha en la que escribe esta Carta.

Sabemos que los Gálatas eran una antigua población celta que, a través de muchas peripecias, se habían asentado en esa extensa región de Anatolia que tenía su capital en la ciudad de Ancyra, hoy Ankara, la capital de Turquía. Pablo dice solo que, a causa de una enfermedad, se vio obligado a pararse en esa región (cfr. Gal 4,13). San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, encuentra sin embargo una motivación más espiritual. Dice que «atravesaron Frigia y la región de Galacia, pues el Espíritu Santo les había impedido predicar la Palabra en Asia» (16,6).

Los dos hechos no son contradictorios: indican más bien que el camino de la evangelización no depende siempre de nuestra voluntad y de nuestros proyectos, sino que requiere la disponibilidad para dejarse moldear y seguir otros recorridos que no estaban previstos. Entre vosotros hay una familia que me ha saludado: dicen que tienen que aprender el letón, y no sé qué otra lengua, porque irán de misioneros a esas tierras. El Espíritu lleva también hoy muchos misioneros que dejan la patria y van a otra tierra a hacer la misión. Lo que verificamos, sin embargo, es que en su incansable obra evangelizadora el Apóstol había conseguido fundar varias pequeñas comunidades, dispersas en la región de la Galacia. Pablo, cuando llegaba a una ciudad, a una región, no hacía enseguida una catedral, no. Hacía las pequeñas comunidades que son la levadura de nuestra cultura cristiana de hoy. Empezaba haciendo pequeñas comunidades. Y estas pequeñas comunidades crecían, crecían e iban adelante.

También hoy este método pastoral se hace en cada región misionera. La semana pasada recibí una carta de un misionero de Papúa Nueva Guinea, me decía que está predicando el Evangelio en la selva, a la gente que no sabe ni siquiera quién era Jesucristo. ¡Es bonito! Se empiezan a hacer pequeñas comunidades. También hoy este método es el método evangelizador de la primera evangelización.

Lo que nosotros debemos notar es la preocupación pastoral de Pablo que es todo fuego. Él, después de haber fundado estas Iglesias, se da cuenta de un gran peligro —el pastor es como el padre o la madre que en seguida se dan cuenta de los peligros para sus hijos— que corren para su crecimiento en la fe. Crecen y vienen los peligros. Como decía uno: “Vienen los buitres a masacrar la comunidad”. De hecho, se habían infiltrado algunos cristianos venidos del judaísmo, los cuales con astucia empezaron a sembrar teorías contrarias a la enseñanza del Apóstol, llegando incluso a denigrar su persona. Empiezan con la doctrina “esta no, esta sí”, después denigran al Apóstol. Es el camino de siempre: quitar la autoridad al Apóstol. Como se ve, esta es una práctica antigua, presentarse en algunas ocasiones como los únicos poseedores de la verdad —los puros— y pretender rebajar también con la calumnia el trabajo realizado por los otros. Esos adversarios de Pablo sostenían que también los paganos debían ser sometidos a la circuncisión y vivir según las reglas de la ley mosaica. Vuelven atrás a las observancias de antes, las cosas que han quedado traspasadas por el Evangelio. Por tanto, los Gálatas, habrían tenido que renunciar a su identidad cultural para someterse a normas, a prescripciones y costumbres típicas de los judíos. Y no solo eso. Esos adversarios sostenían que Pablo no era un verdadero apóstol y por tanto no tenía ninguna autoridad para predicar el Evangelio. Y muchas veces nosotros vemos esto. Pensemos en alguna comunidad cristiana o en alguna diócesis: empiezan las historias y después se termina por desacreditar al párroco, al obispo. Es precisamente el camino del maligno, de esta gente que divide, que no sabe construir. Y en esta Carta a los Gálatas vemos este procedimiento.

Los Gálatas se encontraban en una situación de crisis. ¿Qué tenían que hacer? ¿Escuchar y seguir lo que Pablo les había predicado, o escuchar a los nuevos predicadores que le acusaban? Es fácil imaginar el estado de incertidumbre que animaba sus corazones. Para ellos, haber conocido a Jesús y creído en la obra de salvación realizada con su muerte y resurrección, era realmente el inicio de una vida nueva, de una vida de libertad. Habían emprendido un recorrido que les permitía ser finalmente libres, no obstante su historia fuera tejida por muchas formas de violenta esclavitud, no menos importante la que les sometía al emperador de Roma. Por tanto, delante de las críticas de nuevos predicadores, se sentían perdidos y se sentían inciertos sobre cómo comportarse: “¿Pero quién tiene razón? ¿Este Pablo, o esta gente que viene ahora enseñando otras cosas? ¿A quién debo hacer caso? En resumen, ¡había mucho en juego!

Esta condición no está lejos de la experiencia que diversos cristianos viven en nuestros días. No faltan tampoco hoy, de hecho, predicadores que, sobre todo a través de los nuevos medios de comunicación, pueden enturbiar las comunidades. No se presentan en primer lugar para anunciar el Evangelio de Dios que ama al hombre en Jesús Crucificado y Resucitado, sino para reiterar con insistencia, como auténticos “custodios de la verdad” —así se llaman ellos— cuál es la mejor manera de ser cristianos. Y con fuerza afirman que el cristiano verdadero es al que ellos están vinculados, a menudo identificado con ciertas formas del pasado, y que la solución a las crisis actuales es volver atrás para no perder la genuinidad de la fe.

También hoy, como entonces, está la tentación de encerrarse en algunas certezas adquiridas en tradiciones pasadas. ¿Pero cómo podemos reconocer a esta gente? Por ejemplo, uno de los rasgos de la forma de proceder es la rigidez. Ante la predicación del Evangelio que nos hace libres, nos hace alegres, estos son los rígidos. Siempre con la rigidez: se debe hacer esto, se debe hacer esto otro… La rigidez es propia de esta gente.

Seguir la enseñanza del Apóstol Pablo en la Carta a los Gálatas nos hará bien para comprender qué camino seguir. El indicado por el Apóstol es el camino liberador y siempre nuevo de Jesús Crucificado y Resucitado; es el camino del anuncio, que se realiza a través de la humildad y la fraternidad; los nuevos predicadores no conocen qué es la humildad, qué es la fraternidad; es el camino de la confianza mansa y obediente, los nuevos predicadores no conocen la mansedumbre ni la obediencia. Y este camino manso y obediente va adelante en la certeza de que el Espíritu Santo obra en todos los tiempos de la Iglesia. En definitiva, la fe en el Espíritu Santo presente en la Iglesia, nos lleva adelante y nos salvará.

 

 

Fuerzas invisibles: los ángeles, el demonio y el infierno

Los ángeles aparecen como «espíritus destinados a un servicio» (Hb 1,14) que se puede resumir en dos acciones: alabar incesantemente a Dios y cuidar de los hombres, ejerciendo así una participación en la providencia salvífica de Dios.

LA LUZ DE LA FE08/10/2019

Hoy en día nos vemos fácilmente inducidos a pensar que solo existe lo que cae bajo nuestra experiencia, que el mundo verdaderamente real está constituido por lo que se ve y se toca, ya sea directamente o bien virtualmente a través de la pantalla de un dispositivo. A la vez, nos damos cuenta de que hay cosas que suceden en este mundo que es muy difícil que se deban únicamente a causas visibles y experimentables, dada su entidad fuera de lo común. Es decir, suceden cosas visibles y tangibles que tienen su origen en algo que ni se ve ni se toca. Y esto, tanto para lo bueno como para lo malo. En el primer caso comentamos: esto no es humano, es divino, o sea, es súper-humano, demasiado bueno para ser solamente humano (por ejemplo, un milagro); en el otro caso decimos: esto es diabólico, o sea, es demasiado malo para deberse solo y exclusivamente al poder de un individuo (por ejemplo, un asesinato brutal). En ambos casos, pensamos que sin una fuerza sobrehumana no se pueden llevar a cabo determinadas acciones.

Seres puramente espirituales

La creencia en la existencia de fuerzas invisibles ha supuesto desde antiguo un reto para la razón humana. En nuestra sociedad avanzada, cuando parece que se trata de una creencia destinada a desaparecer por su presunto carácter mítico y simbólico, misteriosamente reaparece de modos diversos en la cultura (en el cine o la literatura), e incluso en los testimonios de personas que narran hechos portentosos que atribuyen a seres que están más allá de nuestra percepción sensible (lo cual puede aplicarse tanto a la oración de intercesión como a las prácticas esotéricas o al espiritismo).

Un conocido exegeta del siglo pasado afirmaba, en su intento de desmitificar el Nuevo Testamento para hacerlo más creíble al hombre contemporáneo, que no podía encender la luz eléctrica o escuchar la radio y seguir creyendo en el mundo de los ángeles y de los demonios. ¿Qué diría si hubiera conocido internet, las redes sociales y los smartphones? El avance tecnológico, que nos permite dominar cada vez más nuestros límites espacio-temporales, ¿es algo que nos aleja o tal vez nos acerca al mundo puramente espiritual? ¿Qué dice la fe cristiana de todo esto?

EL NUEVO TESTAMENTO NOS LOS MUESTRA ACOMPAÑANDO LOS MOMENTOS MÁS IMPORTANTES DE LA VIDA DE CRISTO Y DE LA IGLESIA NACIENTE

Ante semejante cuestión, lo primero es admitir con claridad que, mientras es necesario afirmar la existencia de Dios para dar razón de la existencia del mundo, pues Él lo ha creado, no se puede decir lo mismo de otros seres, aunque sean superiores a nosotros. Basado en que solo Dios es Creador, el cristianismo ha descartado desde el principio la idea de divinidades intermedias como si Dios, que es puro espíritu, no pudiera tener ninguna relación con lo que es lejano a él, o sea, lo material.

De todos modos, aunque solo Dios es necesario, el cristianismo, que compartía elementos de otras cosmovisiones, consiguió poco a poco encontrar una explicación racional a la existencia de seres puramente espirituales. En este punto, la reflexión de Santo Tomás fue de gran ayuda, pues en la época patrística suscitó numerosas controversias. Gracias a su metafísica del ser, el Aquinate consiguió explicar que es posible que existan seres creados puramente espirituales[1]. Alguno podría pensar que esto se da ya plenamente en el alma humana, pero el hombre tiene una naturaleza que es también corpórea. Así como en la creación de Dios hay seres puramente materiales, y otros compuestos de materia y espíritu, es muy conveniente, según el principio del orden del universo y de la perfección de la misma creación, que haya seres creados puramente espirituales[2].

La mediación para llegar a Dios

En realidad, estas reflexiones tienen su punto de arranque y de llegada en la narración bíblica de la Historia de la Salvación, en la cual aparecen junto a Dios, único Señor y Creador, otros seres cuya fuerza e influjo, positivo o negativo, se hacen notar en este mundo. Los ángeles aparecen como «espíritus destinados a un servicio» (Hb 1,14), que se puede resumir simbólicamente en dos actividades: cantar y volar[3]. Ellos cantan, es decir, alaban incesantemente a Dios, constituyendo los coros celestiales a los que la liturgia de la Iglesia se une de muchos modos. Por eso no es de extrañar que, cuando se devalúa la dimensión litúrgico-sacramental de la fe, la doctrina de los ángeles quede arrinconada. Por otro lado, los ángeles vuelan, es decir, son enviados por Dios para cuidar de los hombres, ejerciendo así una participación en la providencia salvífica de Dios. Así, el Nuevo Testamento nos los muestra acompañando los momentos más importantes de la vida de Cristo y de la Iglesia naciente. De modo análogo, custodian la vida de cada persona e institución, de ahí que la tradición cristiana hable de la existencia de un ángel de la guarda[4]. La visión cristiana, pues, está caracterizada por la mediación: la grandeza del Creador se muestra precisamente en que su proyecto está pensado para cumplirse con el concurso de sus criaturas libres. Y cuanto más elevadas, serán mayormente partícipes de su gobierno sobre la creación. También nosotros experimentamos que es más fácil hacer directamente las cosas que conseguir que otros libremente las hagan, pero esto último es signo de mayor perfección, como muestra, por ejemplo, la experiencia de gobierno en una familia o en instituciones de diverso tipo.

Por todo esto se entiende que también los ángeles, como seres personales y libres, hayan tenido, por así decir, su propia historia, de la que la Biblia nos dice de modo escueto que algunos se han rebelado contra Dios para siempre[5]. En realidad, la existencia del diablo y sus secuaces, afirmada por la Iglesia desde el principio y confirmada en nuestros días en diversas ocasiones por el papa Francisco[6], constituye la cara oculta de un mensaje de esperanza: el mal que todos vemos en el mundo, y no solo el que es producido por otros, sino también el que nosotros mismos cometemos, es algo que nos supera, que en cierto sentido proviene de un principio que está más allá («no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal») y, a la vez, que no es divino y, por tanto, no es originario, no es necesario. Como es sabido, los relatos de tantas tradiciones culturales tratan de explicar el origen del bien y del mal que hay en nuestro mundo –y dentro de nosotros–, y para ello, acuden a una oposición originaria de principios contrarios. Esto significa que el mal es tan radical como el bien, que siempre ha estado, está y estará ahí, y que, en definitiva, no puede ser sanado. Esto aboca ineludiblemente a una visión desesperada del ser humano[7].

SOLO EL BIEN ES ORIGINARIO, MIENTRAS QUE LA EXISTENCIA DEL MAL ES EL RESULTADO DEL USO TORCIDO DE LA LIBERTAD DE LAS CRIATURAS

El cristianismo dice, sin embargo, que solo el bien es originario, y que la existencia del mal, que nadie puede negar, ha sido el resultado del uso torcido de la libertad de las criaturas, en primer lugar, de las angélicas. Por eso experimentamos con fuerza el poder del mal en el mundo y en la Historia, de manera que a veces parece invencible. El anuncio esperanzado cristiano es la afirmación de que Dios ha puesto un remedio, que Dios mismo ha asumido ese mal en su Hijo, encarnado y muerto en una cruz, para que todos aquellos que se unan a él puedan vencerlo, asociándose al triunfo pascual de su resurrección. Ese triunfo, tras la Ascensión de Jesucristo a los cielos, se muestra en la historia tantas veces pequeño y vulnerable, e incluso invisible, pero es real, crece misteriosamente y solo al final se mostrará con todo su esplendor. Dios mismo no deja de ofrecer manifestaciones visibles de su poder en su providencia salvífica en la historia, mediante los sacramentos, la efusión de sus múltiples gracias que actúan de modo más o menos escondido pero real en la vida de las personas, sirviéndose del concurso de los ángeles, de los santos, y de tantas personas.

Misericordia e infierno

Si Dios es tan bueno y misericordioso que toma la iniciativa para curar a sus criaturas, ¿por qué no hace lo mismo con los ángeles caídos? Parece un contrasentido hablar de sanación y sostener, como hace la Iglesia, la existencia del infierno como castigo perpetuo para los demonios y para todos aquellos hombres que mueren alejados de Dios. Parece que el infierno implica eternizar lo que precisamente la fe cristiana dice que no es eterno, sino que tiene un origen en la historia. Si el mal ha comenzado, se supone que también tendrá un término, para que al final, como dice San Pablo, «Dios sea todo en todos» (1Co 15,28). De hecho, ya desde Orígenes, no han faltado dentro de la Iglesia en épocas distintas, también en nuestros días, voces que, inspirándose en esas palabras de San Pablo, se han alzado para sugerir una reconciliación universal al final de los tiempos. Si Dios es misericordioso, ¿cómo puede permitir que haya personas que sean condenadas para siempre lejos de Él?

Sin embargo, algo dentro de nosotros nos dice que la vida de las personas, humanas o angélicas, goza de un don inestimable, que es la libertad, un don que Dios mismo ha dado y no puede quitar sin violentar la naturaleza de lo que él mismo ha creado. No puede ser que Dios no se tome en serio la libertad de sus criaturas. Y, a la vez, dentro de nosotros hay un fuerte sentido de la justicia, que clama porque el impenitente mal cometido no quede impune[8]; algo nos dice que no puede suceder que triunfe la inmoralidad, como por desgracia sucede tantas veces en la historia de nuestro mundo, donde no se hace siempre justicia, más aún, se cometen auténticas injusticias que son parte de ese mal del que venimos hablando. Si Dios es realmente Dios, omnipotente y bueno, no puede tratar del mismo modo a quien se ha comportado según el bien y a quien se ha empecinado sin arrepentimiento en cometer males terribles[9]. Esta es una convicción de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad: que Dios es remunerador. Ciertamente el castigo tiene en esta tierra una clara finalidad medicinal, pero cuando se acaba el tiempo para entrar en la dimensión definitiva de la existencia, también acaba el tiempo del arrepentimiento, pues la decisión se ha hecho de algún modo eterna: he aquí el enorme poder de la libertad.

El cristianismo, un dualismo de libertades

En efecto, nos encontramos, a fin de cuentas, ante el misterio de la libertad, tanto de Dios como de sus criaturas. Dios ha creado libremente, sin constricciones, de modo que la existencia de las criaturas es fruto de una libre voluntad divina de amar y ser amado. Un filósofo moderno explicaba cómo precisamente la omnipotencia se manifiesta de un modo mayor en la creación de seres libres[10]. Se trata de un riesgo que Dios ha querido correr, como decía san Josemaría[11], pues la libertad de sus criaturas es real, y prueba de ello es que pueden elegir no solo no amar, sino incluso odiar a su Creador, y ello no solo por un espacio de tiempo, sino también para siempre. Por eso, Benedicto XVI hablaba de nuestra libertad como de una «omnipotencia a la inversa»[12]. El hombre es realmente dueño de su libertad, y puede decidir emplearla para el odio y la destrucción.

LA EXISTENCIA DE LOS ÁNGELES ES FRUTO DE UNA LIBRE VOLUNTAD DIVINA DE AMAR Y SER AMADO

Por eso, es verdad que el cristianismo, en cierto sentido, es un dualismo, pues sostiene que la Historia es el escenario de un drama, de una lucha entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado. Sin embargo, no dice que ambos poderes sean de igual categoría, sino que más bien uno de ellos permite la existencia del otro sin aniquilarlo. Se trata, como dice Ratzinger, de un dualismo de libertades o existencial, pero de ningún modo de un dualismo ontológico[13]. Solo el bien es originario.

Comenzábamos afirmando que para muchos solo existe lo que se experimenta por medio de los sentidos. También sugeríamos que quizá nuestros avances tecnológicos expresen de alguna manera un acercamiento a una condición de vida que supera los límites espacio-temporales de nuestra condición en este mundo. Como hemos tratado de mostrar, la existencia de fuerzas invisibles nos lleva a considerar que, en virtud de nuestra espiritualidad, que incluye el gran don de la libertad, no estamos necesariamente abocados al mundo de una experiencia visible pero caduca, sino que poseemos un ser abierto a un mundo asimismo real pero más amplio, el mundo de la esperanza. Esta realidad se manifiesta a los ojos de la fe, entremezclada con este mundo, donde bien y mal conviven y crecen juntos –como el trigo y la cizaña de la parábola de Jesús (cfr. Mt 13,24-30)– y que se manifestará plenamente al final de la Historia, cuando llegue el tiempo de la siega y el Señor del mundo juzgue con misericordia a sus criaturas libres.

Santiago Sanz


Lecturas recomendadas

E. Peterson, El libro de los ángeles, Rialp, Madrid 1957.

San Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, Palabra, Madrid 1990, pp. 157-170.

Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30-X-2007.

S.-T. Bonino, Angels and Demons. A Catholic Introduction, The Catholic University of America Press, Washington D.C. 2016.


[1] «Aun cuando en el ángel no haya composición de forma y de materia, sin embargo, sí se da en él el acto y la potencia. Esto resulta evidente si partimos del análisis de las cosas materiales, en las cuales se encuentra una doble composición. La primera, la de la materia y la forma, a partir de las cuales se constituye alguna naturaleza, y la naturaleza compuesta de esta forma no es su propio ser, sino que el ser es su acto. Por eso, la misma naturaleza se relaciona con su ser como la potencia con el acto. Por lo tanto, suprimida la materia, y suponiendo que la forma subsista sin materia, todavía permanece la relación de la forma con su mismo ser, tal como la potencia se relaciona con el acto. Este tipo de composición es el que hay que entender en los ángeles […]. En Dios, sin embargo, el ser y aquello por lo que es no son cosas distintas, como quedó demostrado. Por lo tanto, sólo Dios es acto puro» (Santo Tomás de Aquino, STh, I, q. 50, a.2, ad 3).

[2] Cfr. Santo Tomás de Aquino, STh, I, q. 50, a. 1; q. 51, a. 1.

[3] Estas expresiones se encuentran en J. Ratzinger, Allgemeine Schöpfungslehre, Regensburg 1976, pp. 61-64.

[4] «Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida» (San Basilio, Contra Eunomio, 3,1).

[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 391-392.

[6] «No aceptaremos la existencia del diablo si nos empeñamos en mirar la vida solo con criterios empíricos y sin sentido sobrenatural. Precisamente, la convicción de que este poder maligno está entre nosotros, es lo que nos permite entender por qué a veces el mal tiene tanta fuerza destructiva. Es verdad que los autores bíblicos tenían un bagaje conceptual limitado para expresar algunas realidades y que en tiempos de Jesús se podía confundir, por ejemplo, una epilepsia con la posesión del demonio. Sin embargo, eso no debe llevarnos a simplificar tanto la realidad diciendo que todos los casos narrados en los evangelios eran enfermedades psíquicas y que en definitiva el demonio no existe o no actúa. Su presencia está en la primera página de las Escrituras, que acaban con la victoria de Dios sobre el demonio (cfr. Papa Francisco, Homilía, 11-X-2013). De hecho, cuando Jesús nos dejó el Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. La expresión utilizada allí no se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es “el Malo”. Indica un ser personal que nos acosa. Jesús nos enseñó a pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine» (Papa Francisco, Exhort. Ap., Gaudete et exsultate, 19-III-2018, n. 160).

[7] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia general, 3-XII-2008.

[8] «Hay algo en la misma conciencia moral del hombre que reacciona ante la pérdida de una tal perspectiva: ¿El Dios que es Amor no es también Justicia definitiva? ¿Puede Él admitir que estos terribles crímenes pueden quedar impunes? ¿La pena definitiva no es en cierto modo necesaria para obtener el equilibrio moral en la tan intrincada historia de la humanidad? ¿Un infierno no es en cierto sentido “la última tabla de salvación” para la conciencia moral del hombre?» (Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, p. 194).

[9] «Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra infierno» (Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 3-X-2007, n. 46).

[10] Cfr. S. Kierkegaard, Diario, vol. 1, VII A 181 (edición de C. Fabro, Morcelliana, Brescia 1962, pp. 512-513).

[11] «Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 113); cfr. Ídem., «Las riquezas de la fe», en Los domingos de ABC, 2-XI-1969, pp. 4-7.

[12] Benedicto XVI, Mensaje Urbi et orbi, 25-XII-2012.

[13] Cfr. S. Sanz, Joseph Ratzinger y la doctrina de la creación. Los apuntes de Münster de 1964 (II). Algunos temas fundamentales, «Revista Española de Teología» 74 (2014), pp. 201-248 [231].

 

«La historia del Opus Dei se cuenta mejor a través de las personas»

¿Cómo se puede contar del mejor modo la historia del Opus Dei? Esta es una de las preguntas que se han planteado los historiadores reunidos en el primer congreso de historia del Opus Dei, que se ha celebrado los días 16 y 17 de junio en el Campus de Madrid de la Universidad de Navarra.

ÚLTIMAS NOTICIAS24/06/2021

“La historia del Opus Dei es una historia por relatar, bastante desconocida, una historia llena de actores muy distintos que comparten un carisma y lo encarnan cada uno a su manera. No es lo mismo hablar de la historia de una institución (de sus entes de gobierno y decisiones) que considerar que lo importante de la historia de la Obra son las historias de quienes han escuchado ese mensaje y lo han hecho vida”, señala el profesor Santiago Martínez, director académico del congreso.

Los participantes están impulsando el estudio biográfico de personas del Opus Dei, especialmente el de las primeras mujeres, como la poetisa de la Generación del 27 Ernestina de Champourcin, la periodista y empresaria Mercedes Eguíbar, la escultora Hortensia Núñez-Ladeveze o Elena Blesa, primera agregada del Opus Dei.

“Nos gustaría hacer más visibles a mujeres del Opus Dei pioneras que se escapan de los estereotipos de mujeres de su época. Que el Opus Dei separe los apostolados de hombres y mujeres hace que las éstas, desde el principio, estén motivadas para que, cuando la etapa de expansión del Opus Dei se estabilice, pongan en marcha iniciativas educativas y asistenciales muy importantes cuyos frutos vemos hoy”, detalla Santiago Martínez.

Al principio, había muy pocas mujeres y debido al ritmo acelerado de al expansión se hicieron cargo de la atención doméstica de los centros que se iban abriendo. Cuando el número de mujeres de la Obra creció, pudieron dedicarse también a otro tipo de ejercicio profesional o a desarrollar iniciativas educativas, sociales, asistenciales, etc. Hoy, 80 años después, el Opus Dei es mayoritariamente femenino (el 60% de sus miembros son mujeres), y han puesto en marcha muchísimas iniciativas que hablan de esa idea que tuvo al inicio san Josemaría Escrivá sobre las mujeres. “No hay duda de que el embrión de ese empoderamiento estaba desde el principio”, asegura el profesor.

En otro eje del congreso se han estudiado los movimientos católicos contemporáneos a la Obra entre 1939 y 1962, periodo histórico que acota el congreso. “La Iglesia católica es muy rica en iniciativas, carismas, sensibilidades, movimientos… y el Opus Dei es uno más”, subraya. Los historiadores han profundizado en la convivencia del Opus Dei con instituciones como Congregaciones Marianas, Acción Católica o la Asociación de Propagandistas.

Asimismo se ha profundizado en el desarrollo de la Obra en la década de los cuarenta: “De una institución que es masculina, urbana y universitaria en la década de 1940, pasa a ser una institución más rural y más femenina desde los años cincuenta. Este cambio sociológico se produce por la vitalidad del apostolado con personas casadas, la labor de los sacerdotes diocesanos y el primer acercamiento al apostolado con el mundo obrero”, concluye.

Líneas de futuro

En cuanto a líneas de futuro del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer, el profesor Martínez señala la continuidad de las ediciones críticas de textos de San Josemaría, los proyectos de investigación relacionados con nuevas biografías, así como nuevas líneas de trabajo sobre la expansión de la Obra en España, los sacerdotes diocesanos y el apostolado con las personas que mayoritariamente están casadas, los supernumerarios. “Los supernumerarios son estadísticamente el grupo más numeroso en la Obra, el 80%, y el menos estudiado hasta el momento. Como hemos dicho al principio, queremos conocer mejor quiénes eran, qué hicieron, qué les atraía del mensaje de la Obra y cómo lo vivían porque a través de sus vidas es más fácil contar la historia del Opus Dei”.

El comité organizador del congreso está formado por los profesores: Santiago Martínez, Inmaculada Alva, Mercedes Montero, Onésimo Díaz, Fernando Crovetto y Federico Requena.

 

La familia en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer

Conferencia de Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, en la clausura del Congreso Internacional sobre Familia y Sociedad en la Universitat Internacional de Catalunya (Barcelona, 17-V-2008)

CONFERENCIAS17/10/2008

Sumario
1. Un mensaje para todos: santidad en la vida ordinaria
2. La fundación de la familia
3. Educación de los hijos
4. La familia, configuradora de la sociedad


Introducción

Agradezco la invitación que me habéis hecho para intervenir en este encuentro, y hablar sobre la familia en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei.

Estoy seguro de que conocéis bien esas líneas maestras, puesto que no resultan ajenas al origen mismo de la Universitat Internacional de Catalunya. En efecto, quienes promovieron esta institución —algunos se hallan hoy aquí, otros nos han precedido en el camino del Cielo—, son padres de familia que se han sentido movidos por las grandes sugerencias trazadas por San Josemaría, en puntos tan importantes como la santificación del trabajo profesional, el sentido vocacional del matrimonio y la familia, el espíritu de servicio y la responsabilidad por el bien común de la sociedad. Con estas luces —contenidas en el Evangelio—, habéis comprendido con hondura vuestros deberes en la educación de los hijos y en el papel que corresponde a la familia para la recta ordenación social.

Vuestro sentido de cristianos coherentes, de ciudadanos honrados, os llevó, en primer lugar, a actuar variadas iniciativas de orientación y formación, encaminadas a ayudar a los padres en su tarea de atender a sus hijos conforme a los auténticos ideales humanos y también cristianos. De esta libérrima actuación vuestra, a la que incansablemente animó San Josemaría a personas del mundo entero, ha nacido la Universitat Internacional de Catalunya, que ahora cumple su primera década de existencia.

Quienes sacáis adelante esta Alma Mater, que tiene un carácter plenamente civil, deseáis difundir —junto con el conocimiento de las disciplinas que se imparten—, la luz de la fe cristiana y el espíritu apostólico que, por providencia divina, San Josemaría Escrivá de Balaguer predicó por el mundo entero. A petición vuestra, la Prelatura del Opus Dei os ofrece la ayuda de sus sacerdotes para la asistencia pastoral de los estudiantes y profesores, del personal no docente, de los colaboradores y antiguos alumnos, dejando a todos la máxima libertad de participar.

La inspiración cristiana y la importancia que lógicamente se atribuye a la familia —características originarias de esta institución docente—, constituyen un acicate para desarrollar una rigurosa labor de investigación y una alta excelencia académica. Muy grabado lleváis en vuestra mente que una Universidad de la que la religión está ausente, es una Universidad incompleta: porque ignora una dimensión fundamental de la persona humana, que no excluye —sino que exige— las demás dimensiones[1].

Pertenecen estas palabras a unas declaraciones de San Josemaría, hace poco más de cuarenta años. En aquella ocasión, el Fundador del Opus Dei mencionaba también otro elemento, que resulta imprescindible y dota de un sentido pleno tanto a la Universidad como a la familia: la vocación de servicio a los demás. Se expresaba así: es necesario que la Universidad forme a los estudiantes en una mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien común con su trabajo profesional y con su actuación cívica. Los universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por los problemas de los demás y un espíritu generoso que les lleve a enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor solución. Dar al estudiante todo eso es tarea de la Universidad[2].

1. Un mensaje para todos: santidad en la vida ordinaria

También en la década de los años sesenta del pasado siglo, en el campus de la Universidad de Navarra, San Josemaría dirigió una homilía en la que se condensa de modo particularmente paradigmático su enseñanza constante. Tuvo lugar durante una Misa —verdadero centro y raíz de la vida cristiana— celebrada a cielo abierto ante millares de personas.

En aquella memorable ocasión, San Josemaría se detuvo a explicar un punto central del mensaje que Dios le había confiado el 2 de octubre de 1928: que el mundo es bueno, porque ha salido de las manos de Dios; y es ahí, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir, donde Dios nos espera cada día.

Lo recordó con gran fuerza el Papa Juan Pablo II, durante la canonización de San Josemaría, que tuvo lugar en Roma, el 6 de octubre de 2002. El Santo Padre subrayó que el Fundador del Opus Dei «no cesaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios, y la vida familiar, profesional y social, hecha de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones, n. 114)»[3].

La familia se enmarca en este conjunto de realidades que —como el trabajo, o la vida de relación social y cívica— componen nuestra existencia ordinaria, que un cristiano coherente sabe que ha de santificar, buscando al mismo tiempo la santificación propia y la de los demás. La cotidianidad, la existencia de cada día, es el ámbito en el que Dios llama —a cada una y a cada uno— a la santidad, a una íntima relación con Él, que no se quede en meras palabras, sino que se traduzca en un esfuerzo constante por imitar a Cristo y gastar la vida en su servicio, siendo sembradores de paz y de alegría entre quienes nos rodean.

En aquella homilía del campus de Pamplona, San Josemaría mencionó explícitamente el matrimonio y la familia. El amor humano, afirmaba, no es algo permitido, tolerado, junto a las verdaderas actividades del espíritu, como podría insinuarse en los falsos espiritualismos. Y añadía, como remachando la idea: El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid —insisto— ese algo divino que en los detalles se encierra: toda esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el que se encuadra el amor humano[4].

Esta visión trascendente de las comunes realidades diarias, que impulsa a la persona a materializar la vida espiritual, forma parte del mensaje del Evangelio. Se trata de enseñanzas perennes de la Iglesia: San Josemaría, con su predicación y con sus escritos, y —sobre todo— con el ejemplo de su conducta cotidiana, nos ayuda a profundizar en ese tesoro y a hacerlo carne de nuestra carne, programa de nuestra tarea de mujeres y hombres de fe, en todas las ocupaciones honradas.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar[5].

El espacio vital de la familia es pues, ante todo, lugar de encuentro con Dios, ámbito propicio para una existencia alegre de servicio y donación a los demás basada en la conciencia activa y permanente de nuestra condición de hijos de Dios. De la maravillosa realidad de nuestra filiación divina en Cristo, se desprenden muy variadas consecuencias para la conducta personal, para nuestras familias, para la sociedad.

El Papa Benedicto XVI ha explicado repetidamente que «matrimonio y familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas particulares. Por el contrario, la cuestión de la justa relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo puede encontrar su respuesta a partir de ésta. Es decir, no puede separarse de la pregunta siempre antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy?, ¿quién es el hombre? Y esta pregunta, a su vez, no se puede separar del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios? Y, ¿quién es Dios? ¿Cuál es verdaderamente su rostro?

»La respuesta de la Biblia a estas dos cuestiones es unitaria y consecuente: el hombre es creado a imagen de Dios, y Dios mismo es Amor. Por este motivo, la vocación al amor es lo que hace que el hombre sea la auténtica imagen de Dios: es semejante a Dios en la medida en que ama»[6]. Y en su visita pastoral a Valencia, el Santo Padre definió la familia como «el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y a recibir amor»[7].

La familia, en efecto, nace como comunidad querida por Dios, fundada y edificada sobre el amor. En el hogar se hace posible un aprendizaje que resulta imprescindible: la necesidad de contar con los demás en nuestra vida, respetando y desarrollando los vínculos que nos entrelazan a unos con otros. Comprender que he de darme gustosamente cada día, viviendo con una sana atención y servicio a las personas que me rodean, es uno de los grandes tesoros que las familias cristianas, consecuentes con su fe, brindan a sus propios miembros y a toda la sociedad. En la escuela del amor que caracteriza a la familia —que, insisto, tiene como condición irrenunciable el olvido de sí—, se adquieren hábitos que necesariamente repercuten en beneficio del tejido social, a todos los niveles.

Escuchemos de nuevo a San Josemaría. Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad[8].

Estas palabras nos servirán de guía para repasar algunas de sus muchas enseñanzas sobre el matrimonio y la familia. Lo haremos siguiendo los tres puntos que nos señala: la fundación de la familia en el matrimonio, la educación de los hijos y la irradiación cristiana de la familia en la sociedad.

2. La fundación de la familia

La familia es escuela de amor, en primer lugar, para la mujer y para el hombre que deciden contraer matrimonio. Consideraba el Fundador del Opus Dei: Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio —que es un sacramento, un ideal y una vocación—, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido[9].

El matrimonio entraña una vocación, nos dice San Josemaría en este texto, recogiendo ideas que venía predicando desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei. Con la ayuda de Dios, que nunca faltará, esposa y esposo pueden perseverar en el amor y, a través de ese amor, les resulta posible y amable el propio crecimiento como cristianos, que es también mejorar como personas.

Vivido con estas disposiciones, el matrimonio se manifiesta verdaderamente como una vocación, una senda de encuentro con Dios. De modo semejante a todo camino, no faltarán dificultades. A veces surgirán diferencias, modos de pensar distintos entre el marido y la mujer; quizás el egoísmo intentará ganar terreno en sus almas. Hay que estar prevenidos y no sorprenderse. San Josemaría era muy sobrenatural y, al mismo tiempo, muy humano; por eso, previendo estas naturales dificultades en el matrimonio, solía comentar: como somos criaturas humanas, alguna vez se puede reñir; pero poco. Y después, los dos han de reconocer que tienen la culpa, y decirse uno a otro: ¡perdóname!, y darse un buen abrazo... ¡Y adelante!"[10]

La relación entre los esposos se convierte, así, en una constante oportunidad de ejercitarse en la entrega mutua. Se trata de un aprendizaje mediante el que los cónyuges toman conciencia, en la cotidianidad de su caminar terreno, de que se deben el uno al otro. En ese estupendo ambiente de confianza, de lealtad, de sinceridad y cariño, ¡de verdadera entrega!, se mostrarán dispuestos a recibir los hijos que Dios quiera confiarles, fruto al mismo tiempo de su amor.

Si uno desea sinceramente llevar a la práctica este ideal, resulta imprescindible vivir delicadamente la castidad, también en el estado matrimonial. En ningún caso el ejercicio de la sexualidad —es algo querido por Dios, bueno y bello— debe perder su noble y original sentido. Con palabras de San Josemaría os recuerdo que cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara. Los esposos deben edificar su convivencia sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo[11].

Ordinariamente, el amor matrimonial —como cualquier cariño humano limpio— se manifestará también en cosas pequeñas. San Josemaría habló en innumerables ocasiones de la importancia de lo que parece pequeño —que es grande si se realiza por amor— en los distintos aspectos de la existencia del cristiano. Promovía, por ejemplo, un trato personal e íntimo con Dios, en las circunstancias normales de la vida. Porque la relación con Dios tiene el carácter de trato de familia: somos sus hijos, y Él nuestro Padre. De este modo, lo que le resultaba útil para meditar en el amor divino, San Josemaría lo aplicaba también al amor humano, a la existencia de nuestras familias; y al revés. De intento lo repito, haciendo mías unas palabras suyas para subrayar que cada pequeño detalle tiene sentido. Afirmaba: el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz[12].

Invitaba a tomar como modelo a la Sagrada Familia y también a esforzarse —con la entrega diaria— para convertir el ambiente de familia en un anticipo del cielo. Todavía me parece oír el eco de unas afirmaciones del Fundador del Opus Dei: en Nazaret nadie se reserva nada: todo allí se puso al servicio de los planes de Dios, con un desvelo continuo de unos por otros. Con renovada frecuencia, San Josemaría meditó las escenas que los Evangelios recogen de la Sagrada Familia. Le gustaba introducirse en aquel hogar con la imaginación, como un habitante más de la casa, y pensar en el trato habitual entre Jesús, María y José. De esta costumbre sacaba valiosas enseñanzas para los fieles del Opus Dei y para todas las personas que acudían a pedirle consejo.

3. Educación de los hijos

En sus reuniones con padres de familia, el Fundador del Opus Dei quiso resaltar muchas veces la importancia del cariño y la entrega mutua de los esposos, precisamente para mejorar la educación de los hijos. No se le escapaba que la conducta, el ejemplo, se demuestra cauce eficacísimo y primordial de esa formación. Por eso insistía en que conviene que los hijos —ya desde pequeños— vean, contemplen, que sus padres están unidos y se quieren de veras.

La educación corresponde principalmente a los padres. En esa tarea, nadie puede sustituirlos: ni el Estado, ni la escuela, ni el entorno. Supone una gran responsabilidad, un reto estupendo, de cuyo ejercicio consecuente dependen el presente y el futuro de los propios hijos y de la sociedad.

A quienes sois madres y padres de familia, os animo a afrontar con valentía y con optimismo esta tarea que el Señor ha puesto en vuestras manos. Dejadme que os repita, con San Josemaría, que la educación de los hijos es el mejor negocio de vuestras vidas. En esta tierra catalana se valora mucho la eficiencia y el rendimiento —también económico— del trabajo; por eso, estoy seguro de que os dais cuenta de la profunda verdad de esa afirmación, y de que estáis dispuestos a invertir generosamente todas vuestras energías en la buena educación de las criaturas que el Señor os ha confiado, acogiendo con generosidad las obligaciones que comporta; y que también, cuando resulte preciso, sabréis defender unos derechos que os corresponden como madres y padres de familia, como ciudadanos libres.

Corresponde igualmente a los padres y madres enseñar a sus hijos toda la belleza y toda la exigencia que se contiene en el gran tesoro de la libertad personal: el don natural más preciado que Dios ha otorgado al hombre. Un don que ha de usarse con responsabilidad, para emprender el camino del bien y avanzar por esa senda.

En consecuencia, al tratar con sus hijas e hijos, los padres han de procurar que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Eccli 15, 14)[13].

Por eso, me ha llenado de alegría conocer que la Universitat Internacional de Catalunya ha resumido su ideario en una frase de Jesucristo recogida en el Evangelio de San Juan: veritas liberabit vos (Jn 8, 32), la verdad os hará libres. Amar la verdad significa amar y defender la libertad, pues se alzan como actitudes inseparables. Para ser verdaderamente libres, resulta preciso buscar sinceramente la verdad y, en el caso de los educadores —entre los que en primer lugar destacado se encuentran los padres—, exige un empeño diario por educar a los niños y a los jóvenes en los bienes auténticos.

Los padres han de enseñar a sus hijos a distinguir el bien del mal, y a escoger libremente el bien. Pero ¿cómo compaginar, en la práctica, el respeto de su libertad con el desvelo para que opten por el bien? San Josemaría nos responde: no es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable[14].

La amistad con los hijos requiere tiempo y empeño constante por atenderlos, estar interesados por sus cosas, compartir con ellos afanes y proyectos. Resulta importantísimo que esas criaturas vuestras lleguen a considerar al padre y a la madre como verdaderos amigos, es decir, personas a las que confiar sus preocupaciones y dificultades. Afirmaba San Josemaría: los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. Unas veces prestarán esa ayuda con su consejo personal; otras, animando a sus hijos a acudir a otras personas competentes: a un amigo leal y sincero, a un sacerdote docto y piadoso, a un experto en orientación profesional. Pero el consejo —continuaba el Fundador del Opus Dei— no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal[15].

Si hay verdadero cariño en la familia, esto resulta hacedero. Y así, todas las circunstancias que jalonan la vida ordinaria harán que el hogar se convierta en una constante y efectiva escuela de virtudes. La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria[16].

Los padres cristianos procuran dar a sus hijos, también, lo mejor que poseen: la fe. Han de acompañarlos en el camino del conocimiento y del trato con Dios, aprender juntos las verdades del Evangelio y el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas. De manera semejante, en este punto, San Josemaría recomendaba optar por el ejemplo y por la libertad. Así lo explicaba en una de sus catequesis: no les obliguéis a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres, y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron solo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata[17].

Poned interés en hacerles entender las oraciones que les enseñáis —pocas, cuando son pequeños—, y esmeraos en que lleguen bien preparados para recibir los sacramentos. Resulta indispensable ayudarles a tomar conciencia de su dignidad de hijos de Dios, ya que sepan responder generosamente a los dones que reciben de su Padre del cielo, orientando su existencia a horizontes generosos y trascendentes.

Junto a la gozosa realidad de esta vida de libertad, como hijos de Dios, afanaos en enseñarles las obligaciones que corresponden a su situación como personas y como cristianos. Se trata, en definitiva, de acompañarlos en el empeño por alcanzar la santidad, a la que todos estamos llamados. Os recuerdo esta exhortación de San Josemaría: vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis! [18].

Recientemente, Benedicto XVI resumía todas estas recomendaciones cuando pedía a los padres: «Que permanezcáis siempre firmes en vuestro amor recíproco: éste es el primer gran don que necesitan vuestros hijos para crecer serenos, para ganar confianza en sí mismos y confianza en la vida, y para aprender ellos a ser a su vez capaces de amor auténtico y generoso. Además, el bien que queréis para vuestros hijos debe daros el estilo y la valentía del verdadero educador, con un testimonio coherente de vida y también con la firmeza necesaria para templar el carácter de las nuevas generaciones, ayudándoles a distinguir con claridad entre el bien y el mal y a construir a su vez sólidas reglas de vida, que las sostengan en las pruebas futuras. Así enriqueceréis a vuestros hijos con la herencia más valiosa y duradera, que consiste en el ejemplo de una fe vivida diariamente»[19]

4. La familia, configuradora de la sociedad

La familia, en la medida en que cada uno de sus miembros pone un serio empeño en llevar a cabo la misión que le corresponde, es el entorno más adecuado para el crecimiento de las personas. Pero no acaba en ese ámbito —en el de la propia familia— su función. Se requiere que toda esa riqueza redunde en favor de la sociedad.

Esta dimensión natural de la familia —como ocurre en otros campos— se esclarece aún más a la luz de la fe. Todos somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros. Con este sentido de viva fraternidad, ningún afán de los demás puede resultarnos indiferente. Los retos de la sociedad a la que pertenecemos merecen, entonces, toda nuestra atención.

En la década de los 60 del siglo XX, en momentos de particular intensidad en la historia del mundo y de la Iglesia, el Señor dio a entender con fuerza a San Josemaría que, al ser los padres los primeros responsables de la educación de sus hijos, debían ser ellos mismos quienes sin dilación emprendieran y se hicieran cargo de muchos nuevos centros de enseñanza, en los que se educara a los hijos en los valores humanos y cristianos. Doctrina antigua, que repetidamente había puesto por escrito y había predicado. Pero en aquellos años 60, caracterizados por fuertes convulsiones sociales, esa luz se hizo más fuerte y operativa.

Su intensa oración por esta intención concreta, y una incansable catequesis, removieron la conciencia de muchos padres y madres de familia en los cinco continentes. Desde entonces, han florecido por todas partes centros de enseñanza a todos los niveles, cuya promoción, gestión y desarrollo recae sobre los padres de los alumnos, que prestan así un gran bien a la familia, a la sociedad y a la Iglesia.

En una ocasión, San Josemaría dirigía estas palabras a los padres de uno de esos colegios:

El primer negocio es que vuestros hijos salgan como deseáis; por lo menos tan buenos y, si es posible, mejor que vosotros. Por tanto, ¡insisto!: esta clase de Colegios, promovidos por los padres de familia, tienen interés, en primer término, para los padres de familia; luego, para el profesorado, y después para los estudiantes. Y me diréis: ¿este trabajo será útil? Lo estáis viendo: cada uno tiene experiencia personal, a través de la de sus hijos. Si no van mejor, es por culpa vuestra: porque no rezáis y porque no venís por aquí. Vuestra labor es muy interesante, y vuestros negocios no se resentirán por esta dedicación que os pide el Colegio. Con palabras del Espíritu Santo, os digo: electi mei non laborabunt frustra (Is 65, 23). Os ha elegido el Señor, para esta labor que se hace en provecho de vuestros hijos, de las almas de vuestros hijos, de las inteligencias de vuestros hijos, del carácter de vuestros hijos; porque aquí no sólo se enseña, sino que se educa, y los profesores participan de los derechos y deberes del padre y de la madre [20].

No puedo acabar este recorrido —necesariamente breve- por algunas enseñanzas de San Josemaría sobre el matrimonio y la familia, sin señalar que se inscriben perfectamente en la doctrina social de la Iglesia, que concibe la institución familiar como vertebradora de la sociedad. La familia es, en efecto, «célula fundamental de la sociedad»[21] y «escuela del más rico humanismo»[22]. Tiene, sin lugar a dudas, una misión insustituible: los hijos educados en su seno serán el día de mañana cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad[23].

San Josemaría acudía con frecuencia al ejemplo de los primeros cristianos. Le gustaba referirse a aquellas familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoysembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído[24].

Paz y alegría. Ante algunos sucesos, ante algunas modas culturales y legislaciones deshumanizadoras, que se alejan del ideal cristiano —que es también el auténticamente humano— de matrimonio y familia, alguno podría tener la tentación de quedar abatido. Si así le ocurriera, estoy seguro de que San Josemaría le replicaría que, aunque se trate de momentos fuertes para las personas, son tiempos de optimismo, de trabajar y rezar, de rezar y trabajar, con la firme seguridad de la fe y con la fuerza perenne de la familia. Ha llegado el momento, por tanto, de hacer una extensa labor positiva, ahogando el mal en abundancia de bien. Un bien que, por otro lado, repartiremos a manos llenas y con alegría en todos los ambientes. Las familias cristianas tienen un gran tesoro que transmitir a los demás, un servicio preciosísimo que prestar a la sociedad con su conducta ejemplar y con su solidaridad entre padres e hijos, y también con los abuelos. Y, como todo servicio, se debe hacer con alegría.

Nos encontramos ante una cultura que corre el peligro de perder el sentido propio del matrimonio y de la institución familiar. Frente a este panorama, Juan Pablo II urgía a procurar que “mediante una educación evangélica cada vez más completa, las familias cristianas ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más frágiles que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada vez más conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz presencia eclesial y social para tutelar sus derechos»[25].

Como recordó la Congregación para la Doctrina de la Fe, en un importante y actual documento, si el ordenamiento jurídico de una sociedad reconoce y tutela «la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad», la sociedad se constituye sobre una base sólida. Junto con «el derecho primario a la vida desde la concepción hasta su término natural» y «la libertad de los padres en la educación de sus hijos», la tutela y promoción de la familia, así entendida, constituye una «exigencia ética fundamental e irrenunciable», para «el bien integral de la persona»[26], de todas las personas, que es preciso defender. Por eso, como afirmaba San Josemaría, hay dos puntos capitales en la vida de los pueblos: las leyes sobre el matrimonio y las leyes sobre la enseñanza; y ahí, los hijos de Dios tienen que estar firmes, luchar bien y con nobleza, por amor a todas las criaturas[27].

Es ésta una labor que es preciso llevar a cabo por amor a todos: porque a todos beneficia el hecho de que haya muchas familias unidas, abiertas a la vida y con mentalidad de servicio. Constituyen el lugar idóneo para el crecimiento y realización de cada uno como persona, para su apertura a los demás, para la adquisición de virtudes y, en el caso de los cristianos, para la recepción y la transmisión de la fe.

Difundir la verdad sobre la familia y el matrimonio se nos muestra como una de las tareas prioritarias en la nueva evangelización. Es obligación que corresponde a todos, a cada uno desde su propia posición en la familia: como esposos, como padres, como hijos, como abuelos; también en el caso de quienes, aceptan­do alegremente la Voluntad de Dios, no han recibido el fruto de los hijos y gastan sus energías siendo un matrimonio ejemplar en el servicio a los demás. Os animo, pues, a todos, a tomar parte en este reto, del que dependen grandes beneficios para el futuro de muchas personas y de la entera sociedad.

Sé que este empeño forma parte muy importante de la misión que configura a esta Universidad, y que desde los comienzos habéis desarrollado instrumentos e iniciativas académicas para trabajar por el pleno reconocimiento de la familia. Una prueba es este Congreso universitario internacional en torno a esta célula capital de la sociedad, con el que habéis querido celebrar el décimo aniversario de la fundación de la Universidad.

Estoy seguro de que San Josemaría mira con predilección, desde el Cielo, todos vuestros esfuerzos, y los bendice.

También yo bendigo de todo corazón estos afanes, incluyendo a todos los que formáis parte de la Universitat Internacional de Catalunya, y a cuantos habéis participado en este Congreso y trabajáis por hacer realidad estos ideales en los más variados lugares del mundo.


[1] San Josemaría, Conversaciones, n. 73.

[2] Ibid., n. 74.

[3] Juan Pablo II, Homilía en la canonización de San Josemaría, 6-X-2002

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 121.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23

[6] Benedicto XVI, Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, 6-VI-2005.

[7] Benedicto XVI, Discurso en el Encuentro Mundial de las Familias, 8-VII-2006.

[8] San Josemaría, Conversaciones, n. 91.

[9] Ibid [10] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-VI-1974.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 25. [12] San Josemaría, Conversaciones, n. 91.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 27.

[15] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[16] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23

[17] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 28-X-1972.

[18] San Josemaría, Forja, n. 692

[19]Benedicto XVI, Discurso a la Diócesis de Roma con motivo de la entrega de la carta sobre la tarea urgente de la educación, 23-11-2008.

[20] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 21-XI-1972.

[21] Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 40.

[22] Concilio vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 52. [23] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 28.

[24]Ibid., n. 30.

[25] Juan Pablo II, Carta apost. Novo millennio ineunte, 6-1-2001, n. 47.

[26] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24-xI-2002, n. 4.

[27] San Josemaría, Forja, n. 104

 

 

Llamada universal a la santidad I

Escrito por Guillaume Derville

Cuentan que en una ocasión, san Josemaría Escrivá de Balaguer, después de recordar este texto de la carta a los Efesios (Ef 1, 4): “Elegit nos ante mundi constitutionem ut essemus sancti et immaculati in conspectu eius”, lo tradujo -por Él mismo nos escogió antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en su presencia- y enseguida gritó con aquella voz clara y fuerte que le caracterizaba: “Y no hay más [1]”. San Josemaría expresaba así que el meollo del mensaje que debía proclamar era la llamada universal a la santidad.

Ciertamente, el pueblo de Israel se sabía llamado a la santidad, porque Dios es santo (cfr. Lv 19, 2). Sin embargo, solo después de siglos se abriría el gran camino, con la venida del Mesías y la encarnación del Señor. ¿Cuál es el camino?, preguntó el apóstol Tomás. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida -le respondió Jesús-; nadie va al Padre si no es a través de mí” (Jn 14, 6). Por el bautismo, todo cristiano está llamado a la santidad y al apostolado incorporándose a la vida de Cristo: cada uno y todos los cristianos de todas las épocas. La llamada universal a la santidad, afirmación que es central en el Evangelio, ilumina toda la vida con una luz decisiva. Fue predicada por san Josemaría desde el año 1928, no sin una particular gracia de Dios. El Concilio Vaticano II la proclamó solemnemente: “Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano. Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo [2]”.

1. Solo Dios es Santo

“Tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Iesu Christe, cum Sancto Spiritu: in gloria Dei Patris”: “sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre”. Al proclamar la divinidad de Jesucristo, el Gloria afirma que solo Dios es santo. En estricto rigor, nadie es santo mientras está en la tierra, sino que todos estamos en camino hacia esa santidad que Dios nos quiere comunicar. Jesucristo ha lanzado esta llamada con estas palabras: “Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Recogiendo esa enseñanza, san Pablo escribe a Timoteo: Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4). Perfección, salvación eterna, verdad, estas palabras reconducen todas a Dios, el único tres veces santo según el máximo superlativo hebreo (cfr. Is 6, 3). En este sentido, la santidad es una participación en la vida de Dios. Dios quiere que gocemos de esa santidad. Esto es la obra de Dios, con la correspondencia personal del hombre: “Ciertamente se trata de un objetivo elevado y arduo. Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana [3]”.

En su primera carta a los Tesalonicenses, el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, san Pablo exhorta a aquellos recién convertidos que el Apóstol había empezado a formar y que sufrían la persecución: “Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1Ts 4, 3). Semejante afirmación podría asustar. En conformidad con la doctrina paulina (cfr. Flp 4, 13: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”), san Josemaría, al dibujar este camino hacia la santidad, enseñó a abandonarse en las manos de Dios, sin complicarse. Este abandono filial es fundamental. Jesús lo inculcó a sus discípulos de muchas maneras, por ejemplo con estas palabras encantadoras:

“No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6, 25-34).

Cuando hacía ejercicios espirituales en Segovia en octubre de 1932, Josemaría, joven sacerdote, recordó que su confesor le había indicado que se preguntase: “¿Qué grado de perfección me pide Dios? [4]”. D. Álvaro del Portillo comenta esta anotación de los Apuntes Íntimos escribiendo que “el grado de perfección de primera clase, o de segunda, o de tercera” no es cosa que le importe a san Josemaría. “Lo que quiere es hacer en todo la Voluntad del Señor, para que el Señor le lleve a ese nivel de perfección que desea para él: y así, dejándose llevar hasta esa altura -la que sea-, el Padre está contento, porque cumple con la Voluntad de Dios [5]”.

Dios “nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no en razón de nuestras obras, sino por su designio y por la gracia que nos fue concedida por medio de Cristo Jesús desde la eternidad” (2Tm 1, 9). La santidad es participación en la vida misma de Jesucristo. Al injertarnos en la vida del Hijo de Dios que se encarnó para nuestra salvación, no solo llegamos a una perfección moral, sino que, a la vez, participamos del mismo ser de Cristo. Es una realidad ontológica asombrosa que permite a Juan Pablo II afirmar: “Mediante la gracia recibida en el bautismo el hombre participa del eterno nacimiento del Hijo del Padre, puesto que se convierte en hijo adoptivo de Dios: hijo en el Hijo [6]”.

2. ¿Qué es la santidad?

Benedicto XVI enseña que “la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya [7]”. Se puede, por lo tanto, considerar el vocablo “santidad” aplicándolo a la persona humana según tres perspectivas. Por su participación en la naturaleza divina, es santa desde su bautismo [8];  por su obrar recto, tiene una santidad de vida o vida moral santa; la santidad, finalmente, se puede ver como una meta, pues nadie es santo en esta tierra.

Cuando el Señor llamó a sus discípulos a la perfección, no lo hizo de modo vago o simbólico. No se pueden aguar sus palabras. Antes de decirles “Sed vosotros perfectos”, les enseñó el amor a los enemigos: “amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores” (Mt 5, 44-45). En estas palabras, encontramos muchas luces. Así, por ejemplo:

- la santidad pide cierta heroicidad en el cumplimiento de las virtudes: amar a los enemigos significa estar muy cerca de Dios, saber perdonar y desear redimir el mundo;

- la santidad es la plenitud de la caridad, que es la virtud más grande; san Pablo la llama “la plenitud de la Ley” (Rm 13, 10) y “el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Por “vínculo”, san Pablo designa lo que une, como los ligamentos del cuerpo, el hilo de un collar, o una cadena: el amor es el vínculo divino que une a los creyentes y, como dice el Catecismo, “el ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad [9]”. San Josemaría explica así lo que significa la caridad: “Querer alcanzar la santidad -a pesar de los errores y de las miserias personales, que durarán mientras vivamos- significa esforzarse, con la gracia de Dios, en vivir la caridad, plenitud de la ley y vínculo de la perfección. La caridad no es algo abstracto; quiere decir entrega real y total al servicio de Dios y de todos los hombres; de ese Dios, que nos habla en el silencio de la oración y en el rumor del mundo; de esos hombres, cuya existencia se entrecruza con la nuestra [10]”. Exclamaba san Josemaría: “Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter. Se amaban entre sí, dulce y fuertemente, desde el Corazón de Cristo. Un escritor del siglo II, Tertuliano, nos ha transmitido el comentario de los paganos, conmovidos al contemplar el porte de los fieles de entonces, tan lleno de atractivo sobrenatural y humano: mirad cómo se aman (Tertuliano, Apologeticus, 39: PL 1, 471), repetían [11]”;

- “para que seáis hijos de vuestro Padre”, dice Jesucristo según el texto de Mateo que estamos comentando: perfección y filiación divina van juntas. En efecto, la santidad no es otra cosa que la plenitud de la filiación divina. Cuanto más creemos y amamos, tanto más somos hijos de Dios en Cristo;

La exigencia de una identificación con Cristo pide conocer su vida: “Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra -obras y dichos de Cristo- no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. -El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida [12]”;

- por esto, la santidad es inseparable de la cruz, que es precisamente cumplir la voluntad de Dios por amor, y conlleva un sufrimiento, sin que falte la alegría.

Por otra parte, Jesucristo ha enseñado el mandamiento del amor. San Juan escribe que “Nosotros amamos, porque Él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame también a su hermano” (1 Jn 4, 19-21). Por esto, la llamada universal a la santidad es también llamada al apostolado. El fundamento cristológico de esto es obvio: “No cabe disociar la vida interior y el apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo quiso encarnarse para salvar a los hombres, para hacerlos con Él una sola cosa [13]”. Santidad y apostolado son dos caras de la misma moneda. “Señal evidente de que buscas la santidad es -¡déjame llamarlo así!- el "sano prejuicio psicológico" de pensar habitualmente en los demás, olvidándote de ti mismo, para acercarles a Dios [14]”. En efecto, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “la caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino [15]”.

3. Don de Dios y lucha ascética

La santidad se construye en el tiempo mediante una lucha exigente. Lo manifiesta san Pablo con alegría a los filipenses, mediante la imagen del premio en las carreras en el estadio: “No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si lo alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús” (Flm 3,1-2.14). San Josemaría insiste en la tenacidad en esa lucha, hasta el final: “La santidad se alcanza con el auxilio del Espíritu Santo -que viene a inhabitar en nuestras almas-, mediante la gracia que se nos concede en los sacramentos, y con una lucha ascética constante. Hijo mío, no nos hagamos ilusiones: tú y yo -no me cansaré de repetirlo- tendremos que pelear siempre, siempre, hasta el final de nuestra vida. Así amaremos la paz, y daremos la paz, y recibiremos el premio eterno [16]”.

El Catecismo enseña que “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cfr. 2Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas: ‘El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce’ (S. Gregorio de Nisa, hom. In Cant. 8) [17]”.

La santidad es, por lo tanto, la obra conjunta de la gracia y de la lucha personal, sabiendo que siempre la gracia precede, acompaña y sigue nuestros esfuerzos. Se entiende que san Josemaría haya incluido en las Preces del Opus Dei una oración que proviene de la liturgia latina; en efecto, la colecta de la Misa del Jueves después de Ceniza en el Misal de Pablo VI, y que es antigua (está también en el Misal de san Pío V, y en el Gregoriano), reza: “Actiones nostras, quæsumus Domine, aspirando præveni and adiuvando prosequere: ut cuncta nostra operatio a te semper incipiat, et per te cœpta finiatur”: “Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en Ti como en su fuente, y tienda siempre a Ti como a su fin”.

La prioridad se ha de dar a la acción de Dios. Glosando las palabras “Opus Dei”, el cardenal Joseph Ratzinger subrayaba que Dios había actuado a través de san Josemaría. Reflexionando entonces sobre la santidad, afirmaba:

“En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida –y esto me parece un punto central- precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes [18]”.

La santidad se alcanza con la ayuda de Dios “y con una lucha ascética constante [19]”, enseñó siempre san Josemaría. Habla de la “lucha interior [20]” para subrayar que es una lucha contra sí mismo: contra las tentaciones, contra el pecado; a la vez, es la lucha llena de confianza de un hijo de Dios. Por esto, siempre se debe luchar por amor: “Cumples un plan de vida exigente: madrugas, haces oración, frecuentas los Sacramentos, trabajas o estudias mucho, eres sobrio, te mortificas..., ¡pero notas que te falta algo! Lleva a tu diálogo con Dios esta consideración: como la santidad -la lucha para alcanzarla- es la plenitud de la caridad, has de revisar tu amor a Dios y, por El, a los demás. Quizá descubrirás entonces, escondidos en tu alma, grandes defectos, contra los que ni siquiera luchabas: no eres buen hijo, buen hermano, buen compañero, buen amigo, buen colega; y, como amas desordenadamente "tu santidad", eres envidioso. Te "sacrificas" en muchos detalles "personales": por eso estás apegado a tu yo, a tu persona y, en el fondo, no vives para Dios ni para los demás: sólo para ti [21]”.

Por lo tanto esta lucha es una lucha positiva para quedar muy cerca de Dios, y para crecer en virtudes, haciendo fructificar los talentos que nos ha dado. San Josemaría invitaba a poner al servicio de los demás las facultades que Dios nos ha concedido,  a ayudarlos con todos nuestros talentos: con el genio, con las cualidades científicas, literarias, artísticas, deportivas. Decía que, con defectos que tendremos siempre, hemos de hacernos santos.

Dios puede hacernos santos y a la vez cuenta con el tiempo para todo, pues nos toca ejercer libremente nuestra responsabilidad: Dios quiere que le amemos con plena libertad. San Josemaría fue llamado por Juan Pablo II “el santo de lo ordinario” porque ha proclamado la llamada a la santidad en medio del mundo: para “Monsieur tout le monde”, podríamos decir empleando esta expresión francesa, u otra: “les gens de la rue”, la gente de la calle. Podríamos añadir que el fundador del Opus Dei invitó a descubrir el sentido vocacional de la existencia. Cada persona tiene una vocación, ha de recorrer un camino que Dios dibuja contando con su colaboración; cada uno construye su vocación, también cuando no es consciente de esta realidad y no ha tomado un compromiso formal en este sentido. Esa vocación es a la vez luz y fuerza para ir adelante. El que fue durante decenios secretario de Juan Pablo II cuenta de este papa: “Un día le oí murmurar a voz baja: Opus Dei – donum Dei, que, en polaco, se puede expresar con un juego de palabras: dany  zadany, lo que significa que ‘los dones son al mismo tiempo tareas’ [22]”. En realidad, cualquier cosa que haga el bautizado se hace por Jesucristo nuestro Señor, como reza la liturgia.

Guillaume Derville, en collationes.org/

Notas:

[1] Este recuerdo de Mons. Pedro Rodríguez, es corroborado por Notas de una meditación, 8 de febrero de 1959, Archivo General de la Prelatura, biblioteca, P06, II p. 669.

[2]Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 40; cfr. nn. 39 y 41; Const. Gaudium et spes, nn. 35, 38, 48 etc. Recordamos que LG es de 21 de noviembre de 1964.

[3]San Josemaría, Amigos de Dios, n. 7.

[4]San Josemaría, Apuntes Íntimos, nº 1692 (10 de octubre de 1932), citado por Pedro Rodríguez en Camino, Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 20043, comentario al punto 754, nota 7 p. 865.

[5]Álvaro del Portillo, en ibídem.

[6]Juan Pablo II, Homilía, Norcia, 23 de marzo de 1980.

[7]Benedicto XVI, Audiencia, 13 de abril de 2011.

[8]Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 40.

[9]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1827.

[10]San Josemaría, Conversaciones, n. 62; cfr. ed. crítico-histórica preparada por José Luis Illanes y Alfredo Méndiz, Rialp, Madrid 2012.

[11]San Josemaría, Amigos de Dios, n. 225.

[12]San Josemaría, Forja, n. 754.

[13]San Josemaría, Es Cristo que pasa, 122.

[14]San Josemaría, Forja, n. 861.

[15]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1827.

[16]San Josemaría, Forja, n. 429.

[17]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2015.

[18]Joseph Ratzinger, Dejar obrar a Dios, artículo publicado en L'Osservatore Romano, con ocasión de la canonización de Josemaría Escrivá, 6 de octubre de 2002.

[19]San Josemaría, Forja, n. 429.

[20]Cfr. San Josemaría, Camino, cap. Lucha interior, nn. 707-733; Es Cristo que pasa, Homilía La lucha interior, nn. 73-82.

[21]San Josemaría, Surco, n. 739.

[22]Cardenal Stanislaw Dziwisz, Dono e compito, en Pontificia Università della Santa Croce. Dono e compito: 25 anni di attività, Silvana Editoriale, Milano 2010, 94.

 

 

 

La Universalidad de la Iglesia

Escrito por Monseñor Fernando Ocáriz

En este artículo Monseñor Ocáriz, entonces vicario general del Opus Dei, desglosa en que términos se refiere en sus enseñanzas san Josemaría a la universalidad de la Iglesia.

Al predicar y al escribir sobre la Iglesia, san Josemaría se sitúa ante esta realidad viva con una veneración y amor inseparables del amor apasionado que profesa a Jesucristo, Cabeza de la Iglesia. Para san Josemaría, la Iglesia es en primer lugar universal: una, santa, católica y apostólica, gobernada por los Obispos bajo la autoridad suprema del Romano Pontífice, y por eso romana.

I. Introducción

En los escritos y en la predicación de san Josemaría, son muy frecuentes las referencias más o menos extensas a la Iglesia, con acentos diversos según los contextos; de ordinario, dirigidas a alimentar la vida espiritual de sus oyentes o lectores, más que con una finalidad académica. Además, a la meditación sobre la Iglesia están dedicadas por entero dos de sus homilías, que constituyen una exposición y defensa vibrante de los principales aspectos de la doctrina eclesiológica católica, ante los errores que se estaban difundiendo en la primera década después del Vaticano II, a pesar de la claridad y profundidad de la enseñanza de este Concilio, especialmente en la Constitución Lumen gentium [1].

Al predicar y al escribir sobre la Iglesia, san Josemaría no se sitúa nunca ante un tema abstracto, sino ante la realidad viva del misterio de salvación, con una veneración y amor inseparables —manifestación necesaria— de su amor apasionado por Jesucristo. Porque, en efecto, "la Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria" [2]. Un amor a la Iglesia lleno de admiración ante su indefectible santidad originaria, sin ignorar el pecado presente en sus miembros: "Gens sancta, pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia. La Iglesia, que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: omnes homines terra et cinis (Si 17, 31), todos somos polvo y ceniza" [3]. Un amor, que es gozoso: «¡Santa, Santa, Santa!, nos atrevemos a cantar a la Iglesia, evocando el himno en honor de la Trinidad Beatísima. Tú eres Santa, Iglesia, Madre mía, porque te fundó el Hijo de Dios, Santo: eres Santa, porque así lo dispuso el Padre, fuente de toda santidad; eres Santa, porque te asiste el Espíritu Santo, que mora en el alma de los fieles, para ir reuniendo a los hijos del Padre, que habitarán en el Iglesia del Cielo, la Jerusalén eterna» [4].

Si ordenásemos los principales temas de la eclesiología en un esquema sistemático, no sería difícil desarrollarlo en buena parte con textos de san Josemaría. Resultaría una exposición amplia y penetrada de espiritualidad. Sin embargo, pienso que, de este modo, difícilmente se podrían subrayar adecuadamente e incluso captar los rasgos más característicos de la visión que de la Iglesia tuvo y transmitió san Josemaría. Por esto, seguiré un esquema diverso, menos sistemático y sin pretensiones de exhaustividad, pero que me parece más apto para captar algunos de esos rasgos; concretamente, los más directamente relativos a la universalidad de la Iglesia que dan pie, a su vez, para poner de relieve otros matices eclesiológicos importantes de la enseñanza del Fundador del Opus Dei.

Para san Josemaría, la Iglesia es en primer lugar la Iglesia universal: una, santa, católica y apostólica, gobernada por los Obispos bajo la autoridad suprema del Romano Pontífice, y por eso romana: «Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terra, como gustaba repetir Santa Catalina de Siena» [5]. En estas afirmaciones —y en otras muchas semejantes— se trasluce claramente la recta eclesiología, que reconoce la prioridad temporal y ontológica de la Iglesia universal sobre cada concreta Iglesia particular [6], evitando, a la vez, cualquier forma de universalismo unilateral. Efectivamente, san Josemaría tuvo siempre muy viva la conciencia de que la Iglesia universal se hace presente y obra –«inest et operatur» [7]- en las Iglesias particulares. De ahí, junto a la plena e incondicionada adhesión al Sucesor de Pedro, su unión con los Obispos diocesanos, siempre afirmada y vivida como algo esencial a la unidad de la Iglesia; «una unidad que sólo da el Papa, para toda la Iglesia; y el Obispo, en comunión con la Santa para Sede, para la diócesis» [8].

II. Universalidad de la vocación y misión in Ecclesia

Como aspecto integrante de la universalidad-catolicidad, san Josemaría comprendió muy profundamente el ser Iglesia de todos los fieles, con la correspondiente percepción de la vocación universal a la santidad y al apostolado [9]. Desde hace ya más de setenta años, predicó no sólo que todas y cada una de las personas son destinatarias de esa vocación, sino también que todas las circunstancias de la vida pueden ser lugar y medio de santificación.

Por ejemplo, leemos en un texto fechado en 1930: «Hemos venido a decir, con la humildad del que se sabe pecador y poca cosa —homo peccator sum (Lc 5, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» [10].

Esta doctrina no era habitual en aquella época, y tampoco después, durante muchos años. El hecho de que todos son llamados a la santidad, se puede encontrar más o menos explícitamente en la predicación y en las obras escritas de muchos santos y maestros de espiritualidad de cualquier tiempo [11]. Pero esta santidad se solía considerar más bien como una posibilidad remota para la generalidad de los cristianos, entre los que sólo algunos podían de hecho emprender el camino hacia ella.

Todavía menos difundida se encontraba la comprensión de que todas las situaciones y circunstancias de la vida ordinaria pueden y deben ser lugar y medio de comunión con Dios. Escribía el fundador del Opus Dei: «Qué clara estaba, para los que sabían leer en el Evangelio, esa llamada universal a la santidad en la vida ordinaria, en la profesión, sin abandonar el propio ambiente! Sin embargo, durante siglos, no la entendieron la mayoría de los cristianos: no se pudo dar el fenómeno ascético de que muchos buscaran así la santidad, sin salirse de su sitio, santificando la profesión y santificándose con la profesión. Y muy pronto, a fuerza de no vivirla, fue olvidada la doctrina» [12]. Hoy, sobre todo después del Concilio Vaticano II [13], esta doctrina se ha difundido ampliamente y se encuentra explícitamente enunciada en el Catecismo de la Iglesia Católica [14], aunque sigue siendo muy necesario el empeño para que sea doctrina vivida [15].

La vocación cristiana a la santidad es, a la vez e inseparablemente, llamada universal al apostolado [16]; que no es función de unos pocos (sacerdotes, misioneros, etc.) sino de todos los cristianos, pues «corresponde a los millones de mujeres y de hombres cristianos que llenan la tierra, llevar a Cristo a todas las actividades humanas, anunciando con sus vidas que Dios ama a todos y quiere salvar a todos» [17].

La conciencia de la llamada universal a la santidad ayuda a contemplar con mayor profundidad a la Iglesia como convocación («ekklesía») de los santos [18]. A su vez, la dimensión apostólica de esta vocación nos permite captar un peculiar e importante aspecto de la sacramentalidad de la Iglesia: que es santificadora no sólo a través de sus acciones propiamente sagradas, sino que además puede y debe serlo mediante la vida de todos los fieles.

La llamada divina a la santidad implica también la misión de liberar la creación del desorden y de reconciliar todas las cosas con Dios; es decir, de santificar el mundo. Se trata de lo que podría llamarse dimensión cósmica de la vocación cristiana y, por tanto, de la misión de la Iglesia: «Todas las cosas de la tierra —escribió san Josemaría—, también las criaturas materiales, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios —y ahora, después del pecado, redimidas, reconciliadas—, cada una según su propia naturaleza, según el fin inmediato que Dios le ha dado, pero sabiendo ver su último destino sobrenatural en Jesucristo: porque quiso el Padre poner en Él la plenitud de todo ser y reconciliar por Él todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz (Col 1, 19-20). Hemos de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas» [19].

Se alcanza así, dentro de nuestra inevitable limitación ante el misterio sobrenatural, una más completa visión eclesiológica: la Iglesia es el mismo mundo en cuanto reconciliado con Dios en Cristo, como explica San Agustín: «mundus reconciliatus, Ecclesia» [20].

Afirmar el carácter santificable y santificador de las realidades terrenas y, de manera particular, del trabajo profesional, tiene sentido en un contexto teologal que, ajeno a cualquier naturalismo, lleva consigo el reconocimiento teórico y práctico del primado de la gracia [21]. La fuerza que santifica el mundo nos es dada por Jesucristo en el Espíritu Santo, de modo eminente en la Sagrada Eucaristía, sacramento y sacrificio por el que se edifica la Iglesia —«quo in hoc tempore consociatur Ecclesia» [22]-, pues en ella el Señor, dándonos su Cuerpo, nos transforma en un mismo Cuerpo [23]. El Sacrificio eucarístico —enseña san Josemaría— «es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación» [24]. Desde esta raíz eucarística, en la que el misterio de la Iglesia se realiza y se manifiesta en su forma más esencial, toda la vida del cristiano es vida de la Iglesia y, por tanto, signo e instrumento de la salvación, de la santificación, del mundo. Como escribe Juan Pablo II, la santidad es «la dimensión que expresa mejor el misterio de la Iglesia» [25].

III. Universalidad de la Iglesia y función eclesial de los laicos

La misión de santificar el mundo es de toda la Iglesia y, por tanto, de todos los fieles: de cada uno según el modo correspondiente a su vocación personal. Como ha recordado el Concilio Vaticano II, compete a los laicos la santificación del mundo desde dentro de las actividades y de las estructuras temporales [26].

Precisamente san Josemaría ha sido reconocido como uno de los principales precursores de la doctrina conciliar sobre el laicado [27]. Una doctrina que supera aquella otra, muy difundida desde antiguo, que considera que el laico, en realidad, no es responsable activo de la misión de la Iglesia sino sólo destinatario [28]. Tampoco se trata de que los laicos simplemente actúen como «longa manus» de otros (que serían la Iglesia), pues «son ellos mismos Iglesia» [29], y su misión es la misión de la Iglesia. Por otra parte, hay que precisar que los laicos participan en esta misión; pero no porque les corresponda de ésta sólo una parte (en sentido cuantitativo), sino porque les corresponde toda esa misión, pero en un modo particular entre otros y, sólo en este sentido, parcial. Es decir, aquí la idea de participación expresa la naturaleza orgánica de la Iglesia, que se proyecta en el modo de llevar a cabo su misión: orgánicamente, con distinción de funciones esenciales interdependientes [30]. Se entiende, entonces, el sentido en que debe afirmarse que en la misión de la Iglesia participan tanto los laicos como los pastores. Participación que, en los dos casos, significa parcialidad o particularidad modal, no cuantitativa.

Las realidades terrenas —sociales, profesionales, familiares, etc.—, en una palabra, el mundo, no es sólo ámbito donde los fieles laicos realizan la misión de la Iglesia, sino que este mundo es, además, medio o materia del sacrificio espiritual correspondiente al sacerdocio real o común de los fieles; materia que es santificada y hecha medio de santificación propia y de los demás hombres. «Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1P 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dioshombre » [31]. Es más, «cada uno de nosotros ha de ser ipse Christus. El es el único mediador entre Dios y los hombres (cfr. 1Tm 2, 5); y nosotros nos unimos a El para ofrecer, con El, todas las cosas al Padre. Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera (cfr. 1Co 5, 6)» [32].

Aunque la intervención de los laicos en las funciones propias de los pastores —dentro de ciertos límites— es posible y, en ocasiones, muy oportuna, de la enseñanza de san Josemaría, así como del posterior magisterio del Vaticano II, resulta evidente que lo propio de los laicos no es tomar parte en las funciones de los ministros sagrados. Por el contrario, «la específica participación del laico en la misión de la Iglesia consiste precisamente en santificar ab intra —de manera inmediata y directa— las realidades seculares, el orden temporal, el mundo» [33]. Más concretamente, «el modo específico de contribuir los laicos a la santidad y al apostolado de la Iglesia es la acción libre y responsable en el seno de las estructuras temporales, llevando allí el fermento del mensaje cristiano. El testimonio de vida cristiana, la palabra que ilumina en nombre de Dios, y la acción responsable, para servir a los demás contribuyendo a la resolución de los problemas comunes, son otras tantas manifestaciones de esa presencia con la que el cristiano corriente cumple su misión divina» [34].

Naturalmente, afirmar la especificidad de la función eclesial de los laicos, como diversa de la propia de los pastores, no significa introducir una división o contraposición, sino que «trae consigo una visión más honda de la Iglesia, como comunidad formada por todos los fieles, de modo que todos somos solidarios de una misma misión, que cada uno debe realizar según sus personales circunstancias. Los laicos, gracias a los impulsos del Espíritu Santo, son cada vez más conscientes de ser Iglesia, de tener una misión específica, sublime y necesaria, puesto que ha sido querida por Dios. Y saben que esa misión depende de su misma condición de cristianos, no necesariamente de un mandato de la Jerarquía, aunque es evidente que deberán realizarla en unión con la Jerarquía eclesiástica y según las enseñanzas del Magisterio: sin unión con el Cuerpo episcopal y con su cabeza, el Romano Pontífice, no puede haber, para un católico, unión con Cristo» [35].

En conexión con esa honda comprensión de la función de los laicos —de todos los laicos—, se sitúa otro aspecto característico del pensamiento eclesiológico de [san] Josemaría: su afirmación y defensa de «un anticlericalismo que nos hace amar más a la Iglesia, y que es bueno, porque hay otros anticlericalismos que son malos» [36]. Este anticlericalismo bueno tiene muchas manifestaciones prácticas, opuestas a las diversas formas de clericalismo. San Josemaría lo resumía así en 1966: «Me gusta que el católico lleve a Cristo no en el nombre, sino en la conducta, dando testimonio real de vida cristiana. Me repugna el clericalismo y comprendo que —junto a un anticlericalismo malo— hay también un anticlericalismo bueno, que procede del amor al sacerdocio, que se opone a que el simple fiel o el sacerdote use de una misión sagrada para fines terrenos» [37]. Ya muchos años antes, había escrito que este anticlericalismo bueno «lleva a desear, para la Iglesia y para sus ministros, una libertad santa de ataduras temporales; porque nos hace aborrecer connaturalmente todo tipo de abusos, de mezquindades que usen la Cruz de Cristo en beneficio personal» [38].

Se trata, en definitiva, de defender la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su misión y la justa autonomía de las realidades temporales, de manera que los laicos santifiquen estas realidades sin servirse de la Iglesia: es decir, recibiendo de la Iglesia nada más —y nada menos— que la Palabra de Dios y los Sacramentos. Esto va unido también a la defensa de la libertad personal de los cristianos, en todo lo que Dios ha dejado a la libre opinión de los hombres. Es éste también un tema en el que la predicación de san Josemaría fue muy clara e incisiva. Citemos, entre tantos textos posibles, uno de 1960: «Sería empequeñecer la fe, reducirla a una ideología terrena, enarbolando un estandarte político-religioso para condenar, no se sabe en nombre de qué investidura divina, a los que no piensan del mismo modo en problemas que son, por su propia naturaleza, susceptibles de recibir numerosas y diversas soluciones» [39].

Naturalmente, esto no significa que los fieles católicos no puedan recibir también en la Iglesia orientaciones que afecten a las cuestiones o situaciones políticas. «Y cuando la Jerarquía interviene de esa manera —explica san Josemaría—, eso no es de ningún modo clericalismo. Todo católico bien formado debe saber que compete a la misión pastoral de los obispos dar criterio en cosas públicas, cuando el bien de la Iglesia lo requiera; y saben también los católicos bien formados que esa intervención corresponde únicamente, por derecho divino, a los obispos; porque sólo ellos, estando en comunión con el Romano Pontífice, tienen función pública de gobierno en la Iglesia: ya que Spiritus Sanctus posuit episcopos regere Ecclesiam Dei (Hch 20, 28), el Espíritu Santo puso a los obispos para regir la Iglesia de Dios» [40]. Pero, san Josemaría predicaba que, en todo caso, los fieles han de actuar desde una actitud que llamaba mentalidad laical, y que lleva —entre otras cosas— a que cada uno asuma la responsabilidad de los propios actos, sin pretender descargarla sobre la Iglesia mezclándola en las luchas políticas [41].

IV. La universalidad de la Iglesia como unidad en la diversidad

La universalidad, entendida también como catolicidad, tenía para san Josemaría, entre otros aspectos y matices, el de la unidad en la diversidad; es decir, la cualidad de la Iglesia de poder abrazar dentro de una fuerte unidad una gran variedad de ministerios, carismas, espiritualidades, formas de apostolado, etc. Es decir, se trata de una contemplación de la Iglesia como misterio de comunión, pues la diversificación que no se opone a la unidad es precisamente lo que confiere a ésta el carácter de comunión [42].

En primer lugar, se trata de una diversidad humana, que no queda anulada, sino más bien ensalzada, por la unidad eclesial. «Con cuanta alegría, hijas e hijos queridísimos —escribía en una de sus cartas san Josemaría—, vemos resplandecer en la Iglesia Santa de Jesucristo esas dos notas, en íntima armonía, que son signo de su origen divino: la unidad y la catolicidad. La inmensa variedad de hombres, de razas, de pueblos, de culturas, aparece —sin perder sus nobles características peculiares— en unidad de gracia, de doctrina y de régimen supremo» [43].

Pero, además de esta diversificación de lo humano, es esencial en la unidad de la Iglesia la diversidad de ministerios y carismas; «variedad y unidad que brillan también, necesariamente, en la participación activa de todos para la edificación del Cuerpo de Cristo» [44]. Por otra parte, es evidente que «con el correr de los tiempos, han venido a enriquecer esa variedad apostólica de la Iglesia las más diversas instituciones, suscitadas por Dios con un fin sobrenatural, reconocidas y bendecidas después por la Iglesia: unas, universales y permanentes; otras, particulares y circunstanciales» [45]. Muy frecuentemente, [san] Josemaría recurría a la metáfora de los números quebrados, para describir la necesidad de un común denominador que hace posible la suma, la unidad. Así, concretamente, continuaba el texto citado: «Si cada una de esas obras y labores tiene un denominador común —lo esencial, que asegura la unidad—, cada una tiene también un numerador diversísimo, porque la Iglesia es ecuménica, universal» [46]. En otras palabras, «como en el cielo, también en la Iglesia Santa, que es la casa de Dios en la tierra, hay sitio para todos los hombres, para todas las formas de labor apostólica, cada una con sus características propias: unusquisque proprium donum habet ex Deo: alius quidem sic, alius vero sic (1Co 7, 7). Cada uno tiene de Dios su propio don, quien de una manera, quien de otra» [47].

Esta afirmación y defensa de la variedad y legítima diversidad en la Iglesia —y, naturalmente, también en la sociedad civil— tiene, en el pensamiento de [san] Josemaría, una íntima conexión con su amor y defensa de la libertad [48]. Así, por ejemplo, no dudaba en escribir con fuerza: «Nos interesa la pluralidad en la sociedad temporal y en la Iglesia. Lo contrario no podría conducir más que a la tiranía, a no hacer ni dejar hacer. Aborrezco la tiranía: necesito oír juntos todos los instrumentos, todas las voces. Una voz o un instrumento aislados, sin armónicos, no pueden dar idea de la belleza de conjunto, de la sinfonía» [49].

No se trata simplemente de dejar constancia de un hecho ni de limitarse a respetar la legítima pluralidad en la Iglesia, sino de amarla con el mismo amor con que se ama la unidad, pues unidad y variedad son dos componentes de la comunión eclesial. «Nosotros —escribía san Josemaría a los fieles del Opus Dei— amaremos, por consiguiente, la unidad y la variedad maravillosa que hay en la Iglesia; veneraremos y contribuiremos a hacer que se veneren los instrumentos de esa unidad; comprenderemos las manifestaciones de catolicidad y de riqueza interior, que se ponen de manifiesto en la diversidad de espiritualidades, de asociaciones, de familias y de actividades que, en todo tiempo y en todo lugar, dan prueba de proceder todas de un mismo Espíritu indivisible (cfr. 1Co 12, 11)» [50].

Es más, la unidad en la Iglesia no sólo no se opone a la diversidad o pluralidad, sino que la garantiza y defiende. [san] Josemaría insistía en que «hemos de entender la catolicidad como real y verdadera universalidad, donde cabe todo lo humano noble, donde la romanidad —la unión filial y sumisa al Romano Pontífice, en su triple y suprema potestad: de orden, de jurisdicción y de magisterio— es precisamente la garantía del respeto a la legítima variedad, a la libertad en todo lo que es opinable» [51]. Efectivamente, el Papa, en cuanto principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia [52], tiene como parte integrante de su función primacial «el reconocimiento y la promoción de una diversidad que no obstaculiza la unidad sino que la enriquece» [53].

Ante esa legítima pluralidad en la Iglesia, la caridad, que está en la raíz espiritual de la comunión eclesial, se expande hasta la alegría profunda por el bien de los demás, especialmente por su fecundidad al predicar a Cristo: «Conservando la unidad en lo necesario —en la doctrina del Magisterio, en los sacramentos, en el régimen supremo—, dentro de la Iglesia de Dios hay sitio para todos. Con tal que de cualquier modo Cristo sea anunciado, bien sea por algún pretexto, o bien por un verdadero celo, en esto me gozo y me gozaré siempre (Flp 1, 18)» [54].

V. La universalidad de la Iglesia y el Opus Dei

El espíritu universal con el que [san] Josemaría contemplaba y amaba a la Iglesia, además de estar enraizado en la recta eclesiología, estuvo ciertamente potenciado por la universalidad de la misión del Opus Dei que, «por inspiración divina» [55], había fundado el 2 de octubre de 1928.

San Josemaría expresó de muchos modos esta universalidad de la misión del Opus Dei. Ya en los primeros momentos de la vida de la Obra, lo hacía subrayando a la vez la unión con el Sucesor de Pedro: «Afán de almas: tenemos el deseo vehemente de ser corredentores con Cristo, de salvar con El a todas las almas, porque somos, queremos ser ipse Christus, y El, dedit redemptionem semetipsum pro omnibus (1Tm 2, 6), se dio a sí mismo en rescate por todos Unidos a Cristo y a su Madre Bendita, que es también Madre nuestra, Refugium peccatorum; fielmente pegados al Vicario de Cristo en la tierra —al dulce Cristo en la tierra—, al Papa, tenemos la ambición de llevar a todos los hombres los medios de salvación que tiene la Iglesia, haciendo realidad aquella jaculatoria, que vengo repitiendo desde el día de los Santos Angeles Custodios de 1928: omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!» [56]

Construir la universalidad efectiva de la Iglesia («omnes cum Petro ad Iesum..») es edificar el Reino de Cristo, para la gloria de Dios («Regnare Christum volumus», «Deo omnis gloria»). En estas tres jaculatorias, en las que cabe resumir la entera misión de la Iglesia, el Fundador sintetizaba también los fines de la acción apostólica del Opus Dei [57].

En sus escritos, la conexión conceptual entre Iglesia y Opus Dei presenta dos principales aspectos: el primero, que el Opus Dei nace en el seno de la Iglesia y es una parte de la Iglesia —partecica, decía con frecuencia san Josemaría—; y el segundo, inseparable del anterior, que el Opus Dei es para servir a la Iglesia.

Refiriéndose en una ocasión a la fecha fundacional del Opus Dei, comentaba: «Algunos me preguntaréis: Padre, ¿y aquel 2 de octubre de 1928...? Aquel día, el Señor, en su Providencia, quiso que en el seno de la Iglesia Santa, de la Iglesia Católica que, por ser romana es universal, naciera esta pequeña simiente que hoy está produciendo frutos en tantos miles de corazones de todas las razas, de tantos países» [58]. En el seno de la Iglesia Santa: el Opus Dei no sólo está en la Iglesia, como en un simple ámbito de acción; no sólo ha nacido en la Iglesia, sino también de la Iglesia —»in et ex Ecclesia»—, como toda realidad auténticamente eclesial, en primer lugar las Iglesias particulares [59]. De hecho, resulta patente «que la fundación realizada por san Josemaría] se caracterizó desde su origen por los signos indudables de la eclesialidad, y que estaba enteramente orientada, en sí misma, en su propia realidad histórica, en su hacerse, al servicio de la misión salvífica de la Iglesia» [60].

En la Iglesia, para servir a la Iglesia, y no como algo más o menos importante en la actividad del Opus Dei, sino como su razón de ser: «No tenemos otro fin que servir al Señor, a su Iglesia Santa, al Romano Pontífice, a las almas todas. Si la Obra no prestara ese servicio, no la querría: se habría desnaturalizado» [61]. El Fundador no dudó en afirmar muchas veces que «si el Opus Dei no fuera para Dios, para servir a la Iglesia, sería mejor que se disolviera» [62]. O, con palabras semejantes, «si el Opus Dei no sirve a la Iglesia, no me interesa» [63].

No se trata —como es obvio— del servicio de una institución a otra distinta, sino del de la parte al todo, del miembro a los otros miembros de un mismo cuerpo. Y cada miembro sirve a los demás, primaria y esencialmente, cumpliendo su propia misión, conforme a su específica vocación: «Servite Domino in veritate (Tb 14, 10), servid al Señor en verdad, aconsejaba Tobías a sus hijos. Y éste es el consejo que también os doy, porque hemos recibido la llamada de Dios, para hacer un peculiar servicio a su Iglesia y a todas las almas. La única ambición, el único deseo del Opus Dei y de cada uno de sus hijos es servir a la Iglesia, como Ella quiere ser servida, dentro de la específica vocación que el Señor nos ha dado» [64].

El afán de servicio, que nace del amor a la Iglesia, llevaba a san Josemaría a escribir en 1943, pensando en la labor apostólica del Opus Dei en el mundo: «nunca estaremos bastante satisfechos de nuestro trabajo, por muchos que sean los servicios que, con la gracia de Dios, hagamos a la Iglesia y al Papa, porque el amor nos exigirá más cada día, y nuestros trabajos siempre nos parecerán modestos, porque el tiempo, del que disponemos, es breve: tempus breve est (1Co 7, 29)» [65]. Un servicio a la Iglesia y al Papa, que subraya la universalidad, pero que es inseparable del servicio a las Iglesias locales en las que la Iglesia universal se hace presente y actúa. Es más, como el Episcopado es «uno e indiviso» [66], la unión con el Sucesor de Pedro postula necesariamente la unión con el Obispo en cada diócesis. Así lo escribía el Fundador ya en 1932 a los fieles del Opus Dei: «Esta unión que vivimos con el Romano Pontífice, hace y hará que nos sintamos unidísimos en cada diócesis al Ordinario del lugar. Suelo decir, y es cierto, que tiramos y tiraremos siempre del carro en la misma dirección que el Obispo» [67].

La forma de realizarse, en el Opus Dei, este servicio al Papa y a los demás Obispos, es el correspondiente a su específica misión en la Iglesia, que es, sí, específica en el espíritu y en los modos apostólicos, pero no sectorial sino universal. Como explicaba san Josemaría a los fieles de la Obra, «no tiene nuestra labor apostólica una finalidad especializada: tiene todas las especializaciones, porque arraiga en la diversidad de especializaciones de la misma vida; porque enaltece y eleva al orden sobrenatural, y convierte en auténtica labor de almas, todos los servicios que unos hombres prestan a los otros, en el engranaje de la sociedad humana» [68].

Se trata de una universalidad participada de la universalidad de la Iglesia que, junto a otros aspectos no menos esenciales, hizo que —como previó san Josemaría— el Opus Dei encontrase su forma jurídica adecuada en la de Prelatura personal. Efectivamente, las Prelaturas personales son «establecidas por la Autoridad Apostólica para peculiares tareas pastorales. Éstas, en cuanto tales, pertenecen a la Iglesia universal, aunque sus miembros son también miembros de las Iglesias particulares donde viven y trabajan» [69]. Naturalmente, otros de los aspectos esenciales, que hacen adecuada la forma jurídica a la realidad teológica, son la secularidad (no hay vínculos sagrados ni cambio de estado en la incorporación a la Prelatura) y la «naturaleza jerárquica del Opus Dei» [70]; es decir, el hecho de estar constituida la Prelatura por «sacerdotes y fieles laicos, hombres y mujeres, con el propio Prelado a la cabeza» [71], y estructurada por la relación dinámica —»convergencia orgánica»— entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles [72].

VI. Conclusión

La contemplación del misterio de la Iglesia suscita, en el alma cristiana, esperanza gozosa, porque «la fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea —siempre y en todo— signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (cfr. Is 11, 12). Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara» [73].

Para concluir, manteniéndonos en el contexto de la universalidad de la Iglesia, dirijamos —con san Josemaría— la mirada a quien, siendo Madre del Señor, es Mater Ecclesiae. Como en Pentecostés, «María edifica continuamente la Iglesia, la aúna, la mantiene compacta. Es difícil tener una auténtica devoción a la Virgen, y no sentirse más vinculados a los demás miembros del Cuerpo Místico, más unidos también a su cabeza visible, el Papa. Por eso me gusta repetir: omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, todos, con Pedro, a Jesús por María! Y, al reconocernos parte de la Iglesia e invitados a sentirnos hermanos en la fe, descubrimos con mayor hondura la fraternidad que nos une a la humanidad entera: porque la Iglesia ha sido enviada por Cristo a todas las gentes y a todos los pueblos (cfr. Mt 28, 19)» [74].

Monseñor Fernando Ocáriz, en opusdei.org/es/

Notas

1. Son las homilías El fin sobrenatural de la Iglesia (28-V-1972) y Lealtad a la Iglesia (4-VI-1972), publicadas en 1973 y recogidas después en el volumen Amar a la Iglesia, Madrid 1986, pp. 11-59. Cuando en las notas no conste el Autor de la obra citada, se trata de san Josemaría.

2. Es Cristo que pasa, 131.

3. Lealtad a la Iglesia, cit., p. 23. Sobre el amor a la Iglesia, en la vida y en la enseñanza de san Josemaría, cfr. J. ECHEVARRÍA, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Madrid 2000, pp. 340-347. Vid. también C. BURKE, Una dimensión de su vida: el amor a la Iglesia y al Papa, en VV.AA., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Pamplona 1982, pp. 339-350.

4. Lealtad a la Iglesia, cit., p. 26.

5. Ibidem, p. 30.

6. Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Communionis notio, 9.

7. CONCILIO VATICANO II, Decr. Christus Dominus, 11.

8. Carta 9-I-1932, 21.

9. Sobre este tema, seguiré en parte la exposición más extensa contenida en F. OCÁRIZ, Naturaleza,gracia y gloria, Pamplona 2000 (2ª ed., 2001), pp. 223-239.

10. Carta 24-III-1930, 2. Cfr. Es Cristo que pasa, 20.

11. Un resumen parcial, pero significativo, puede verse en J. DAUJAT, La vita soprannaturale, Roma1958, pp. 561-573.

12. Carta 9-I-1932, 91. Respecto a ese "olvido de la doctrina", cfr. J.L. ILLANES, Dos de octubre de1928: alcance y significado de una fecha, en AA.VV., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, cit., especialmente pp. 96-101.

13. Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Lumen gentium, 11, 39-41.

14. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 825.

15. Cfr. J. RATZINGER, Homilía, 19 de mayo de 1992, en AA.VV., 17 Maggio 1992. La beatificazione di Josemaría Escrivá de Balaguer, fondatore dell'Opus Dei, Milano 1992, p. 113.

16. Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decr. Apostolicam actuositatem, 2.

17. Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 112.

18. Cfr. Act 9,13.32; 26,10; Rom 12,13; II Cor 13,12; Ap 5,8; etc.

19. Carta 19-III-1954, 7. Sobre la expresión "poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas", muy frecuente en la predicación y en los escritos de [san] Josemaría, cfr. P. RODRÍGUEZ, Omnia traham ad meipsum. Il significato di Giovanni 12, 32 nell'esperienza spirituale di mons. Escrivá de Balaguer, "Annales Theologici" 6 (1992), pp. 5-34.

20. S. AGUSTÍN, Sermo XCVI, 8 (PL 38, 588): el santo interpreta en este sentido el texto de 2 Cor 5, 19: "Deus erat in Christo mundum reconcilians sibi".

21. Sobre este tema, en la enseñanza de [san] Josemaría, cfr. J.L. ILLANES, La santificación del trabajo, Madrid, 8ª ed. 1981.

22. S. AGUSTÍN, Contra Faustum, 12, 20 (PL 42, 265).

23. Sobre la índole eucarística de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, cfr. J. RATZINGER, Il nuovo Popolo de Dio, 4ª ed., Brescia 1992.

24. Es Cristo que pasa, 87; cfr. también 102.

25. JUAN PABLO II, Carta Ap. Novo millennio ineunte, 7.

26. Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Lumen gentium, 31, 33 y 36; Decr. Apostolicam actuositatem, 2 y 5; JUAN PABLO II, Ex. ap. Christifideles laici, 15.

27. Entre los numerosos testimonios en este sentido, destaca por su máxima autoridad el de JUAN PABLO II, Discurso, 19-VIII-1979, "Insegnamenti di Giovanni Paolo II" 2 (1979), p. 142.

28. De esa concepción reductora constan testimonios claros ya en el siglo IV: cfr. A. FAIVRE, Les laïcs aux origines de l'Eglise, Paris 1984, pp. 248-250.

29. Es Cristo que pasa, 53.

30. Cfr. A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en la Iglesia, Pamplona, 2 ed. 1981, pp. 33-34.

31. Es Cristo que pasa, 96; cfr. 106.

32. Ibidem, 120; cfr. 183. Un estudio sobre la participación de los laicos en la misión de la Iglesia, en cuanto participación en los "tria munera Christi" (misión sacerdotal, real y profética), puede verse en F. OCÁRIZ, Naturaleza, gracia y gloria, cit. pp. 241-260.

33. Conversaciones, 9.

34. Idem, 59.

35. Ibidem.

36. Carta 31-V-1943, 21.

37. Conversaciones, 47.

38. Carta 31-V-1943, 21.

39. Es Cristo que pasa, 99. Cfr. E. REINHARDT, La legittima autonomia delle realtà temporali, "Romana" 15 (1992), pp. 323-335.

40. Carta 9-I-1932, 50.

41. Cfr. Conversaciones, 117. Sobre la mentalidad laical, cfr. también C. FABRO, El temple de un Padre de la Iglesia, en AA.VV., Santos en el mundo. Estudios sobre los escritos del Beato Josemaría Escrivá, Madrid 1993, pp. 126-130.

42. Cfr. JUAN PABLO II, Discurso, 27-IX-1989, n. 2: "Insegnamenti di Giovanni Paolo II" XII,2 (1989), p. 679.

43. Carta 15-VIII-1953, 1.

44. Ibidem.

45. Idem, 2.

46. Ibidem.

47. Idem, 15.

48. Sobre la libertad, en los escritos de [san] Josemaría, puede verse C. FABRO, El primado existencial de la libertad, en AA.VV., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, cit., pp. 341-356.

49. Carta 6-V-1945, 35.

50. Carta 31-V-1943, 30.

51. Carta 31-V-1954, 21.

52. Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Lumen gentium, 23.

53. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Communionis notio, 15.

54. Carta 31-V-1954, 20. Cfr. F. OCÁRIZ, Unitá e diversitá nella Comunione ecclesiale, en Congr. per la Dottrina della Fede, Communionis notio. Lettera e Commenti, Vaticano 1994, p. 73.

55. JUAN PABLO II, Const. Ap. Ut sit, Proemio.

56. Carta 9-I-1932, 82.

57. Cfr. A. DEL PORTILLO, Riflessioni conclusive, in Santità e mondo. Atti del Convegno teologico di studio sugli insegnamenti del beato Josemaría Escrivá, Vaticano 1994, especialmente pp. 221-223.

58. Meditación, 2-X-1964.

59. Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Communionis notio, 9.

60. A. ARANDA, Sacerdote di Gesù Cristo. Sulla missione ecclesiale del Beato Josemaría Escrivá, "Romana" 17 (1993), p. 322.

61. Carta 17-VI-1973, 11.

62. Citado en J. ECHEVARRÍA, Memoria del Beato Josemaría, cit., p. 341.

63. Citado en A. DEL PORTILLO, Las raíces profundas de un mensaje, en el volumen Amar a la Iglesia, cit., p. 93.

64. Carta 31-V-1943, 1.

65. Ibidem, 53.

66. CONCILIO VATICANO I, Cost. Pastor aeternus, Prologo: DS 3051.

67. Carta 9-I-1932, 21.

68. Carta 9-I-1959, 14.

69. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Communionis notio , 16. Es evidente que este texto se refiere a las Prelaturas personales y a los Ordinariatos militares, aunque no los mencione expresamente.

70. JUAN PABLO II, Discurso, 17-III-2001, "L'Osservatore Romano" 18-III-2001, p. 6.

71. Ibidem.

72. Cfr. ibidem. Sobre estos aspectos eclesiológicos y canónicos, son de particular interés los volúmenes de A. DE FUENMAYOR-V.GÓMEZ IGLESIAS-J.L.ILLANES, El itinerario jurídico del Opus Dei, Pamplona, 4ª ed. 1990; y de P.RODRÍGUEZ-F.OCÁRIZ-J.L.ILLANES, El Opus Dei en la Iglesia, Madrid, 5ª ed. 2001.

73. Es Cristo que pasa, 128.

74. Idem, 139.

 

 

Decálogo para alejar el divorcio de tu matrimonio

Colaboración Aleteia.org 

Foto: Freepik 

 ¿Cómo alejar las sombras del divorcio de tu relación? El matrimonio es como el vino, si no se cuida, con los años se vuelve vinagre.

Por eso, ¡haz lo que esté en tu mano para evitarlo! Las siguientes recomendaciones de Orfa Astorga de Lira, Orientadora familiar y Máster en matrimonio y familia de la Universidad de Navarra, te ayudarán en este importante propósito. 

1. Vivir a plenitud el compromiso

En el amor no se elige realmente si uno no se compromete con ese alguien elegido. Haber elegido al cónyuge es una gran manifestación de nuestra libertad, porque renunciando a todo lo que no sea ese alguien amado, nos enriquecemos en un: “yo, para ti, contigo” en la salud o en la enfermedad, en la riqueza o la adversidad. Lo contrario sería el mayor de los absurdos, pues nadie renuncia a todo por nada.

2. Jamás admitir la indiferencia 

Esforzarse por “estar ahí” participando el uno con el otro, lo mismo en preguntarse por sus respectivas ocupaciones del cada día, que cuidar juntos los niños, o hacer la cena. Esforzarse por escuchar, sin hacer como que se escucha, por trivial que sea el comentario: desde la ganga que se encontró en el supermercado, hasta el último chiste que se sabe y soltar la carcajada. No dejar solo al otro en lo que le ocupa y preocupa, desde los asuntos más delicados, hasta los más pequeños detalles. Solo si se atiende al otro se le puede comprender en lo que piensa, siente, sus alegrías y preocupaciones, lo que lo anima y lo que lo desanima. Saber ponerse en su lugar y ser uno su principal motivo.

3. No aceptar una dependencia enfermiza

Cuidar siempre el mutuo espacio para tomar decisiones, defendiendo razonablemente los propios criterios, discutiendo cara a cara si es necesario lo que por amor es de mutuo interés. Cuidar ambos su individualidad en esa nueva forma de ser que nace de la unión entre dos, pues es así como lo cónyuges se necesitan. Antes que coartar la autonomía del otro, es preferible dejarlo correr el riesgo de equivocarse.

4. No manipular

Tener una comunicación espontánea y sincera que refleje siempre la intimidad del pensamiento. No decir esto para que se entienda lo otro, no hacer cálculos recurriendo a la excusa o el pretexto. Manipular es instrumentalizar y no respetar la condición de persona en el cónyuge. Se manipula con las palabras, argumentos, tonos de voz, expresiones corporales; se manipula con toda la humanidad cuando precisamente es a través de esta que podemos amar. La sinceridad es el fuerte tejido del amor, y a la vez su delicado perfume.

5. Respetar la libertad 

No olvidar nunca que el cónyuge es un ser libre aunque libremente se haya convertido en un don para mí; que es por su libertad que gozo de su amor. Sus decisiones, gustos, aficiones, talentos, son la riqueza de un ser único e irrepetible, que brotan de su intimidad para compartir conmigo haciéndome mejor.

6. Confiar

No reservarse algo que el otro debe saber. Buscar siempre un diálogo abierto desde lo más ordinario, hasta el más profundo sentimiento. Ser conscientes de que lo que no se comunica, deviene luego en un secreto, en una barrera que luego lleva a la discrepancia que incomunica, separa, aísla. Toda diferencia se resuelve y une más con el motivo del amor, sin la desconfianza de por medio.

7. No admitir los celos

No comparar los logros del uno con los del otro. No exponer al cónyuge comparándolo con terceros, ni dudar de la fidelidad de su amor cayendo en suspicacias injustas. No aceptar vivir bajo el temor, bajo el peso de una amenaza, estando seguro de su cariño.

8. Moldear el carácter 

No justificar la intemperancia ante las contrariedades, dando lugar a los malos comportamientos, tanto en la casa como en lugares públicos; exhibiendo tonos destemplados, gesticulaciones, ademanes que avergüenzan y humillan profundamente, creando inseguridad en el otro y atentando contra la dignidad de su amor.

9. Rechazar el temor

El cónyuge que, por temor al conflicto en la relación, empieza concediendo, termina por ceder permitiendo que el otro crezca en el error. Se debe tener confianza para decir que se está cansado y no se desea salir al cine, hablar sobre la impertinencia de uno de los dos, sobre la falta de paciencia, el desinterés, el error cometido, etc., etc. No aceptar esa falsa prudencia que da solo la apariencia de que el matrimonio está bien ajustado, mientras se incuban resentimientos.

10. Cuidar nuestra conciencia

En el matrimonio nadie puede faltarse el respeto a si mismo sin faltar también al respeto del cónyuge y viceversa. Se debe luchar contra las faltas morales que anidan en la persona, rompiendo su integridad y desdoblando su personalidad con la mentira.

El amor entre esposos madura cuando se comprende la personalidad del otro; cuando se pone en su piel para aceptarle plenamente y amarlo desde sí mismo. Solo así, el don del amor es un verdadero don.

*Publicado bajo la alianza Aleteia.org y LaFamilia.info

 

 

Primero Dios y después el rey

José Antonio García-Prieto Segura

Tomás Moro, por Hans Holbein.

El título de este artículo habría sido buen epitafio para la tumba de santo Tomás Moro, cuya fiesta celebra la Iglesia el 22 de junio. Sin embargo, en su monumento funerario de San Dunstan, en Canterbury, bajo el nombre y apellido se leen, en inglés, estas palabras: “Caballero – erudito – escritor – estadista”. Y debajo: “Decapitado en Tower Hill: sepultado en esta Capilla”. Finalmente, las fechas de su muerte: 1535 y de su canonización por el Papa Pío XI en 1935.

Sus dotes personales y extraordinaria preparación cultural le hicieron eminente hombre de Estado. Miembro del Parlamento y prestigioso abogado en Londres, en 1529 fue nombrado Lord Canciller por Enrique VIII. Como es sabido, el mismo rey años más tarde decretó su pena de muerte, acusado de alta traición. Surgió así el eterno dilema -objeto de este artículo- ante los imperativos de la conciencia personal y sus consiguientes decisiones, al tener que pronunciarse sobre difíciles cuestiones en las que están implicados valores esenciales de la persona y dignidad humanas.

 Tomás se enfrentó a un gravísimo problema de carácter político religioso, y conviene recordar los hechos: Enrique VIII deseando tener un hijo varón para sucederle en el trono, buscó la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón. Con tal motivo, en 1530 dirigió al papa Clemente VII una carta firmada por nobles y prelados, pero no por Tomás Moro que ya era Canciller. La negativa de Roma marcó el inicio de lo que podría calificarse de “huida hacia adelante” del rey: los sucesivos hechos consumados por parte del monarca se anticiparon a las leyes que ‘a posteriori’ pretendieron legitimarlos. En 1532 buena parte del clero inglés se somete a las pretensiones de Enrique VIII de ir adelante y suplantar la jurisdicción del Papa.

Ante tal atropello, Moro no accede y guarda silencio, pero su sentido jurídico y su conciencia le llevan a renunciar al cargo de Lord Canciller. Celebrada la boda de Enrique con Ana Bolena en enero de 1533, el Parlamento la acepta poco después como reina. En marzo de 1534, se proclama el Acta de Sucesión reconociendo a los herederos de Ana sucesores de la Corona, y negando a Catalina su condición de Reina. Cuestiones esencialmente políticas, al fin y al cabo, aunque con un gravísimo “pero”: el Preámbulo del Acta de sucesión negaba la supremacía espiritual del Papa sobre la Iglesia católica en Inglaterra y reconocía la invalidez del matrimonio de Enrique con Catalina. Temas distintos, pero juntos en el mismo saco.

Hasta aquel momento, Tomás había hablado con hechos bien sonoros, como renunciar al cargo de Lord Canciller y retirarse de la vida pública, sin mostrar rechazo ni aprobación a las decisiones meramente políticas del Parlamento. Sin embargo, su actitud le distanciaba del monarca y de quienes se seguían acomodando a sus pretensiones; esto le colocó ya en el centro de la diana y más tarde en la picota.

Efectivamente: cuando en abril de 1534 le presentan el Acta de Sucesión para suscribirla, Tomás se niega a hacerlo porque su mente y su conciencia le impiden aceptar el Preámbulo del Acta, donde se repudiaba la supremacía papal en cuestiones religiosas; decía textualmente: el rey es la única cabeza suprema en la tierra de la Iglesia de Inglaterra. Al rechazarlo, Tomás es encarcelado en la Torre de Londres, donde permanecerá hasta su muerte.  El rey continuó su “huida hacia adelante”: al Acta de Sucesión le seguirá el Acta de Traiciones a finales de 1534, estableciendo que quien rechazara maliciosamente la primera, sería reo de alta traición. La suerte para Moro estaba echada y el cadalso se divisaba a lo lejos: el 6 de julio de 1535 fue decapitado. Tres meses antes, al defenderse en el juicio, dejará las cosas claras: su inteligencia y su conciencia le llevaban a no oponerse a las decisiones políticas sobre las que el Parlamento podía pronunciarse. Pero a la vez, la misma mente y conciencia le hacían rechazar el acto ilegítimo, no conforme a derecho, por el que el Parlamento usurpaba la autoridad religiosa del papa en favor del rey.

Tomás hilaba fino, sin contradecirse, como cabe esperar de toda persona que actúe con rectitud: capta primero, hasta donde sea posible, la verdad que ilumine el problema planteado, y actúa después conforme al juicio que se haya hecho, sin traicionar la conciencia. Ciertamente el cristianismo ha destacado la distinción entre política y religión, con las palabras de Cristo: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios (Mt 22, 21).

Este luminoso principio, además de afirmar que las dos esferas -civil y religiosa- conviven inseparables porque conforman nuestra existencia personal, también nos pide no incurrir en extremismos enfrentados como si fidelidad a Dios y lealtad al César fuesen irreductibles. Tan rechazables son un laicismo que se creyese dueño absoluto de las realidades terrenas, como un clericalismo igualmente erróneo, pero de signo contrario. Y esas palabras de Cristo, aunque dirigidas directamente a los judíos sirven para todo hombre porque -al margen de sus sensibilidades religiosas- ninguno está desprovisto de conciencia, que nos pide actuar conforme a justicia y verdad ¿Imaginamos que alguien nos dijera?: “Tú.., ¡es que no tienes conciencia!” Con razón nos sentiríamos gravemente ultrajados. Se podrá ser creyente o no serlo, pero jamás persona sin conciencia.

Entonces, ¿estamos introduciendo en este tema la dimensión moral o, si se quiere, ética? No; está ya presente por derecho propio, esperándonos. Cuando Benedicto XVI visitó Inglaterra, en su Discurso en Westminster Hall, se refirió de lleno al tema que nos ocupa. Recordó “la figura de Santo Tomás Moro (...), admirado por creyentes y no creyentes por la integridad con que fue fiel a su conciencia, incluso a costa de contrariar al soberano de quien era un ‘buen servidor’, pues eligió servir primero a Dios”.

Tomando pie de este hecho, el papa abordó el aspecto ético que toda actuación libre comporta, y que está presente también en los procesos políticos de la vida en democracia. Decía: “Cada generación, al tratar de progresar en el bien común, debe replantearse: ¿Qué exigencias pueden imponer los gobiernos a los ciudadanos de manera razonable? Y ¿qué alcance pueden tener? ¿En nombre de qué autoridad pueden resolverse los dilemas morales? Estas cuestiones nos conducen directamente a la fundamentación ética de la vida civil. Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia.” (Discurso a representantes de la sociedad Británica,17-IX-2010). El Primer Ministro inglés, J. Cameron, en su despedida al papa le dijo: «Usted realmente ha retado a todo el país a sentarse y pensar, y eso sólo puede ser algo bueno». ¿Cabe mayor elogio? ¿No es todo esto de ardiente actualidad?

Aspecto esencial, pues, de nuestra conciencia: ser luz, en su dimensión intelectual, y voz interior, en su dimensión ética. Estos dos componentes, reflejos al fin de la Verdad y del Bien divinos, son inseparables para acertar en las decisiones que tomemos: ya sea en acciones estrictamente individuales, o como miembros de una formación política, asociación médica, sindical, de comunidad de vecinos, o lo que fuere.

En éstas, después de estudiar el tema objeto de debate, la máxima de “al César lo del César y a Dios lo que es de Dios” -que Tomás Moro vivió como “Primero Dios y después el rey”-, la transformaríamos hoy en: primero lo que ve mi mente y dicta mi conciencia, y después el partido político; primero mi conciencia y después el sindicato; primero mi conciencia… Y esto, sin traicionar al partido, al sindicato o a la asociación que sea, como Tomás Moro que tampoco se vendió a sí mismo, porque no traicionó a su conciencia, ni al rey, ni a Dios. 

 

 

Ambigüedad, herejía y odio a Dios

 

Papa Pío VI, es necesario desenmascarar la herejía que se camufla “bajo el velo de la ambigüedad”

 

Los católicos hoy se sienten confundidos por la proliferación de interpretaciones ambiguas sobre la doctrina católica. Veamos cómo la ambigüedad ha sido siempre utilizada por los herejes para perder las almas.

 

Al hombre no se le dio la palabra para ocultar sus pensamientos, [1]sino para expresar la verdad. Sin embargo, para difundir sus errores, los herejes ocultan la profundidad de su pensamiento, encubriéndolo en la oscuridad para que solo los iniciados los entiendan.

La ambigüedad siempre fue usada por los herejes

Contenidos

 

En general, un hereje utiliza las oscuridades de la ambigüedad para engañar a los fieles, al igual que los búhos y otras aves de presa nocturnas aprovechan la oscuridad de la noche para sorprender a sus presas. Esto es lo que hicieron los herejes jansenistas cuando intentaron escapar de la condena a través de metamorfosis sucesivas. Sus trucos no escaparon a la vigilancia del papa Pío VI. En su Bula Auctorem Fidei, del 28 de agosto de 1794, denuncia a los promotores del Sínodo de Pistoya de la siguiente manera: [2]

“Ellos conocían bien el arte malicioso de los innovadores, quienes, temiendo ofender a los oídos católicos, intentan encubrir sus trampas con palabras fraudulentas para que el error, oculto entre el sentido y el significado (San León el Grande, Carta 129, de la edición de Baller), se insinúe más fácilmente en la mente y ‒después de haber alterado la verdad de la oración por medio de una adición o variante muy breve‒ el testimonio que debería traer la salvación pueda, después de una cierta modificación sutil, conducir a la muerte.”[3]

¿In Dubio pro Reo?

¿La ambigüedad protege a un hereje de la condenación? ¿Le evita que sea denunciado?

Algunos católicos creen que si una proposición permite una buena interpretación, entonces, a pesar de su manifiesto significado erróneo, no se puede tomar ninguna medida canónica contra ella o su autor. “In dubio pro reo“, dicen.

De hecho, si se trata de una sola declaración ambigua, o solo de unas pocas, se pueden atribuir a una mala elección de las palabras, a una improvisación penosa, a la fatiga o a alguna otra explicación razonable de este tipo.

Sin embargo, cuando las ambigüedades son continuas, repetidas y, además, acompañadas de actos, gestos, actitudes y omisiones que confirman la interpretación errónea de las declaraciones, se puede concluir legítimamente que este es su verdadero significado. En este caso, ya no hay duda sobre su significado. Por lo tanto, el axioma in dubio pro reo no se aplica. [4]

Desenmascarando a la herejía camuflada “Bajo el velo de la ambigüedad”

Por lo tanto, como afirma el Papa Pío VI, es necesario desenmascarar la herejía que se camufla “bajo el velo de la ambigüedad”. Esto se hace exponiendo su verdadero significado:

“Contra estos escollos, que desafortunadamente se renuevan en todas las edades, no se establecieron mejores medios que exponer las frases que, bajo el velo de la ambigüedad, envuelven una peligrosa discrepancia de sentidos, señalando el significado perverso bajo el cual se encuentra el error que la Doctrina Católica condena.” [5]

El derecho eterno y natural: fundamento de la moral y el derecho

Esto es precisamente lo que hizo San Pío X con el Modernismo. En su encíclica Pascendi Dominici Gregis, el Papa mostró cómo las declaraciones ambiguas, confusas y sospechosas de los modernistas formaban un sistema coherente y herético, cuando analizadas en su conjunto y desde la perspectiva de su filosofía inmanentista subyacente:

“Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas en un conjunto, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí, reservándonos indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal.” [6]

 

Relativismo en púlpitos y confesionarios, consecuencias trágicas

 

Además de desenmascarar el significado herético subyacente de las declaraciones ambiguas, los actos, gestos, actitudes y omisiones de alguien que es sospechoso de herejía deben analizarse para ver si confirman o no la desviación doctrinal y la intención de favorecer el error.

Herejía y odio de Dios

Para comprender mejor la gravedad de la enseñanza ambigua, debemos considerar la gravedad del pecado de herejía.

En nuestros días dominados por el relativismo, y con el diálogo ecuménico e interreligioso que se presenta como la nueva norma de la fe, las nociones de verdad y error, bien y mal, se vuelven cada vez más borrosas. Con esto, la noción de la gravedad de la herejía y sus consecuencias se ha perdido casi por completo.

Gravedad del pecado de herejía

El pecado de la herejía participa del pecado más grave, el odio de Dios. Debido a que la herejía, siendo un rechazo de la verdad revelada, constituye un acto de rebelión contra Dios, por cuya autoridad creemos en lo que Él ha revelado. Al rechazar la verdad revelada, un hereje sustituye a Dios por sí mismo.

Santo Tomás de Aquino explica que “la herejía es una especie de incredulidad, que pertenece a aquellos que profesan la fe cristiana, pero corrompen sus dogmas”.[7] La herejía “se vuelve voluntaria por el hecho de que un hombre odia la verdad que se le propone”. Por tanto, “es evidente que la incredulidad deriva su pecado del odio a Dios, [8] cuya verdad es el objeto de la fe”.[9] A su vez, el odio a Dios “es el pecado más grave” y “es principalmente un pecado contra el Espíritu Santo.”[10]

“Sin fe, es imposible agradar a Dios”

La herejía destruye la vida sobrenatural, porque separa al hereje de la fuente de la gracia, que es Dios. El hereje “tiene la intención de afirmar a Cristo, pero fracasa en su elección de las cosas en las que confiesa a Cristo, porque no elige lo que Cristo realmente enseñó, sino las sugerencias de su propia mente”. [11] En consecuencia, incluso si un hereje acepta algunas verdades reveladas, su creencia no es un acto de obediencia a Dios, sino un acto de aceptación de lo que ha elegido. Por lo tanto, él sobrepone su voluntad a la Divina Voluntad. Su fe es puramente humana, sin valor sobrenatural.

Ahora bien, San Pablo enseña ‒y esta enseñanza es repetida por el Magisterio de la Iglesia [12]‒ que “sin fe, es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11: 6). Por lo tanto, al adherirse a la herejía y abandonar la fe sobrenatural, el hereje rompe con Dios, pierde la vida sobrenatural y toma el camino de la condenación eterna.

Un hereje debe ser evitado

Dada la extrema gravedad el pecado de herejía y el peligro de ser influenciado por un hereje, el Apóstol hizo una seria advertencia a los Gálatas: ” Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!” (Gal. 1:8).

Completa su pensamiento en la Epístola a Tito: “Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele; ya sabes que ése está pervertido y peca, condenado por su propia sentencia.” (Tit. 3: 10-11).

Del mismo modo, San Juan, el Apóstol del Amor Divino, ordenó: “Si alguien no permanece en la enseñanza de Cristo… no debes recibirlo en tu casa ni saludarlo” (2 S. Juan 9-10).

Ambigüedad y odio de Dios.

La ambigüedad doctrinal y moral ‒especialmente en los actos y documentos del Magisterio‒[13], es algo muy serio, que debe tratarse con la misma severidad que una herejía que es profesada abiertamente. Más bien, incluso más severamente, ya que se abre paso a escondidas. La ambigüedad oculta la herejía y conduce a la herejía. En otras palabras, lleva a los fieles al odio a Dios.

Fuente: TFP Americana, Luiz Sérgio Solimeo


[1] “El hombre recibió la palabra para disfrazar sus pensamientos”. Esta declaración cínica se atribuye a Charles-Maurice Talleyrand (1754–1838), el obispo apóstata notorio, que se convirtió en un político y diplomático y se puso al servicio de la Revolución Francesa y Napoleón Bonaparte.

[2] El Sínodo de Pistoya fue un sínodo diocesano de 1786 convocado por el Obispo Scipione de ’Ricci. Quería reformar la Iglesia Católica usando las doctrinas del jansenismo.

[3] Pío VI, Bula Auctorem Fidei, 28 de agosto de 1794, http://w2.vatican.va/content/pius-vi/it/documents/bolla-auctorem-fidei-28-agosto-1794.html. (traducción nuestra.)

[4] Véase Arnaldo Vidigal Xavier da Silveira, “No solo la herejía puede ser condenada por la autoridad eclesiástica”, en Can Documents of the Magisterium of the Church Contain Errors? Can the Catholic Faithful Resist Them? (Spring Grove, Penn.: The American Society for the Defense of Tradition, Family and Property, 2015).

[5] Pío VI, Auctorem Fidei.

[6] Pío X, encíclica Pascendi Dominici Gregis, 3 de julio de 1907, http://w2.vatican.va/content/pius-x/es/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_19070908_pascendi-dominici….

[7] S. Tomás de Aquino, Summa Theologica, II–II, q. 11, a. 1, c.

[8] Uno podría objetar que el hombre no puede odiar a Dios como su propio bien supremo y fin último, lo cual es cierto. Pero el Doctor Angélico explica que “Dios puede ser objeto de odio para algunos, en la medida en que lo ven como prohibiendo el pecado e infligiendo un castigo” (II–II, q. 34, a. 1, c).

[9] Ibid., II-II, q. 34, a. 2, ad 2.

[10] Ibid., II–II, q. 34, a. 2, corpus and answer ad 1.

[11] Ibid., II–II, q. 11, a. 1, c.

[12]Concilio de Trento, “Decreto de Justificación”, cap. 7; Concilio Vaticano I, Dei Filius, cap. 3, “Sobre la fe”, no. 5.

[13] Como señala Pío VI: “Si esta forma de disertación torcida y errónea es viciosa en cualquier manifestación oratoria, de ninguna manera debe practicarse en un Sínodo, cuyo primer mérito debe consistir en adoptar, en su enseñanza, una expresión tan clara y límpida que no deja lugar para objeciones peligrosas ”. Pío VI, Auctorem Fidei..

 

Cómplices

Seguimos poniendo alfombras rojas a regímenes abominables. Y encumbrando a quienes hacen negocios allí, que tienen bastante poco de empresarios. La empresa precisa por definición de libre competencia, ilusoria en esos pestilentes Estados donde reina la iniquidad. Que alguien pretenda acumular riqueza sometiéndose a las reglas impuestas por deplorables tiranos que se ciscan en las más elementales garantías de sus ciudadanos, resulta escasamente edifican

Los principios, para estos pancistas, no existen. Solo les mueve el maldito parné, de ahí que a falta de ética debiera al menos haber ley, por lo que no sería mala idea impedirles comerciar con esas crueles dictaduras, como en Norteamérica llevan años haciendo con pleno acierto. Encuentro impresentable que por mero interés crematístico permitamos mercadear con unos déspotas que invariablemente destinan esos beneficios a sí mismos y a los suyos, sin que alcancen jamás a las gentes míseras y oprimidas. Los desaprensivos que amasan fortuna a través de estos obscenos contubernios conocen al detalle los apaños, chanchullos y otros enjuagues corruptos por los que debe pasarse para lograr el éxito económico en esos lugares presididos por la infamia. Y tragan, porque el fin justifica los medios.

Esto sucede también con buena parte de los gobiernos democráticos. En vez de someter sus relaciones exteriores a altos criterios de orden ideológico, potenciando la extensión de las políticas basadas en la libertad y los derechos humanos, claudican ante emporios levantados sobre el abuso y la represión, sin decir ni mu a sus atrocidades. Todos tenemos en mente a superpotencias o satrapías no tan lejanas en donde a diario se desprecia al individuo y su dignidad. Y continuamos mirando para otro lado, porque la lamentable deriva geopolítica actual ha abandonado hace tiempo sus fundamentos cimentados en la decencia y convertido a los billetes en el único patrón capaz de medir el bien y el mal.

Enric Barrull Casals

 

 

"Educación vital sobre sexualidad"

La organización de Thompson, que proporciona investigaciones expertas para informar las decisiones políticas para poner fin al abuso sexual y la explotación de mujeres y niños, ha descubierto que la pornografía puede ser un motor central de este abuso.

"La pornografía convencional contiene abusos sexuales horribles, violaciones, incesto, racismo, todos los cuales los niños no deben consumir", continuó Thompson, y "la evaluación milquetoast de UNICEF de los impactos de la pornografía hardcore en los niños no hace nada para desafiar la narrativa política de que la pornografía es benigna y, como resultado, pone a los niños en peligro".

El estudio en línea de EU Kids de 2020 concluyó que algunos niños y jóvenes "buscan intencionalmente contenido sexual" por una variedad de razones y que ver imágenes sexuales "también podría representar una oportunidad" para proporcionar respuestas a preguntas sobre la pubertad y la identidad sexual. El estudio animó a "ver los matices" que llevan a los niños a buscar y ver contenido sexual en línea.

UNICEF dice que cualquier esfuerzo para impedir que los niños accedan a la pornografía en línea podría infringir sus derechos humanos. UNICEF basa esta afirmación en una interpretación expansiva del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

UNICEF también afirma que pedir verificación de la edad para acceder a la pornografía en línea puede negar a los niños el acceso a lo que llama "educaciónvital sobre sexualidad". Cabe señalar que los críticos acusan que la "educación integral sobre sexualidad" es pornográfica y dañina para los niños.

La publicación de este informe por parte de UNICEF se producía pocos días después de que la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional anunciara su renovación de su larga colaboración con UNICEF, comprometiendo 300 millones de dólares adicionales en financiación directa de programas. Estados Unidos es el mayor donante gubernamental de UNICEF con fondos para 2020 que alcanza casi 994 millones de dólares en programas humanitarios y de desarrollo.

Unicef generalmente se ha unido al impulso feminista en las Naciones Unidas en los llamamientos al aborto. El organismo de la infancia fue fundado para ayudar a los niños desplazados después de la Segunda Guerra Mundial. En su momento, la Santa Sede detuvo su donación simbólica anual a UNICEF.

José Morales Martín

 

 

El amor de los adolescentes

Más de una vez nos habremos preguntado si es posible este concepto: amor (auténtico, de verdad) entre adolescentes. Lo que pocas veces tienen claro, entre adolescentes y entre jóvenes, e incluso entre adultos inmaduros, es que el enamoramiento es un sentimiento y el amor es entrega. Dejarse llevar por lo que pide el cuerpo puede suponer un daño irreparable para ciertas relaciones.

Cuando un adulto no entiende esto es porque va a otra cosa. Seguramente ya dejó lejos el enamoramiento y no tenga demasiados propósitos de amar a nadie. En un joven, digamos de edad universitaria, en muchos casos hay maldad, un planteamiento claro de aprovecharse, en el caso de los chicos. Pero en el caso de las chicas con frecuencia hay un deseo de ser valoradas y piensan que solo es posible accediendo a lo que el varón proponga.

Pero en los adolescentes hay una confusión abalada por la cantidad de desórdenes que ven o que oyen. Pocas veces se han preguntado ¿soy verdaderamente capaz de amar? Ellos, porque no entiende bien de qué va. Ellas, porque quieren ser consideradas.

Domingo Martínez Madrid

 

 

La "negación del aborto" = "violencia de género"

El Parlamento Europeo debatirá un proyecto de resolución que insta a los Estados miembros de la UE a permitir el aborto bajo demanda como derecho humano. La resolución sobre "salud sexual y reproductiva" se discutirá próximamente.

Un comité del Parlamento Europeo que se ocupa de las cuestiones relativas a las mujeres ha aprobado un proyecto de resolución en el que se insta a los Estados miembros de la UE a garantizar que el aborto bajo demanda "sea legal en el embarazo precoz y cuando sea necesario más allá".

Tras la aprobación de la resolución patrocinador de la resolución, dijo que la salud sexual y reproductiva era un "derecho humano clave".

"Lo más importante es la petición de acceso universal a la salud y los derechos sexuales y reproductivos de todos los países de la UE sin discriminación alguna, es decir, el tratamiento de la infertilidad, de la educación sobre la sexualidad, el aborto legal y seguro y la atención de la salud materna", dice en el vídeo.

La resolución se dirige a los países europeos con leyes que protegen a los niños no nacidos, como Polonia y Malta, que prohíben el aborto por todos los motivos. Pero también persigue a los países con regímenes liberales de aborto para desregular aún más el aborto y limitar los derechos de conciencia de los médicos y proveedores médicos que se oponen a participar en abortos.

"Algunos Estados miembros que han legalizado el aborto a petición o por motivos sociales amplios siguen manteniendo sanciones penales específicas para los abortos realizados fuera del ámbito de aplicación de las disposiciones legales aplicables", dice la resolución.

El proyecto de resolución, aprobado por el comité de femm, afirma que la despenalización del aborto es necesaria para poner las leyes estatales de la UE "en línea con las normas internacionales de derechos humanos" y define la "negación del aborto" como una forma de "violencia de género", citando la opinión de expertos de la ONU.

La resolución menciona el contexto de la pandemia COVID-19 para instar a los Estados de la UE a "reconocer la atención del aborto como urgente y como procedimiento médico, rechazando así también todas las limitaciones para acceder a ella".

Pedro García

 

La ministra, las eléctricas y los favores

                          

                           Al final pagamos los de siempre; y los que se benefician de nuestra total indefensión, también son los de siempre; o sea las grandes corporaciones (“el dinero”) y los políticos, que “siembran para luego cuando los echan”, recoger beneficios de forma descarada; en asientos bien pagados, en las sedes de quienes beneficiaron con sus decisiones, cuando “estuvieron mangoneando el dinero del contribuyente”: ¿Ejemplos? No me hagan reír, hay tantos y han sido publicados, que ya da asco; recordemos a dos de los primero y “aún vivitos y coleando”; Felipe González Márquez y José María Aznar López, que se sentaron en sillones de grandes corporaciones y cobraron (no sé si los siguen cobrando) sueldos anuales de bochorno. No hay que asustarse, es “la sucia política y las tropas mercenarias que la nutren y que como tales, actuaron, actúan y actuarán”; “es el fango en que nos hacen vivir y nada podemos hacer para librarnos de ello”; en este caso de hoy, queda claro lo que va tratando la ministra, “quitando por un lado pero  poniendo por el otro”; para que paguemos siempre los de siempre. Lean parte de lo publicado:

                                “Hacienda hace caja con la subida de la luz: duplicará hasta 2.500 millones sus ingresos por CO2: El Ministerio elevará por encima de los 2.500 millones la recaudación por los derechos de emisión, uno de los principales factores que está disparando el precio de la electricidad en los últimos tres meses https://www.vozpopuli.com/economia_y_finanzas/hacienda-factura-luz.html (19-06-2021). Los hogares están pagando unos precios de la luz de récord desde el mes de abril. Una situación que viene marcada por dos factores: la necesidad de quemar mucho gas para alimentar al sistema eléctrico (una materia prima que está disparada en el mercado) y que las centrales están pagando a Hacienda española unas multas a precio de oro por la contaminación que implica quemar este gas. Este segundo factor lastra el bolsillo de los hogares pero agranda las arcas del Estado. 

Teresa Ribera planea rebajar la luz un 7% recortando impuestos a las eléctricas

El Ministerio que dirige María Jesús Montero estimaba recaudar por esta vía 1.200 millones de euros, como registra en la Ley de Presupuestos Generales del Estado de 2021. Una previsión que realizaba con el precio del CO2 en 25 euros/tonelada de CO2. Hacienda no contaba con que esta tasa medioambiental se iba a situar en mayo en los 52 euros/tonelada y la media del primer semestre de 2021 se asentaría en los 43 euros por cada tonelada de CO2.

Con estos precios, Hacienda duplicaría sus ingresos procedentes de las subastas de derechos de emisión de gases de efecto invernadero. Las estimaciones que ya se manejan se sitúan en una horquilla entre los 2.500 y los 2.800 millones de euros. El compromiso que tiene el Estado con la Unión Europea es utilizar esta recaudación para mejorar el sistema eléctrico y desarrollar proyectos para la transición energética.

Hacienda disfruta la subida del 68%

Las arcas del Estado se benefician de unos precios de las emisiones que están disparados. El precio de mayo y junio de esta 'tasa verde' es un 68% más caro de lo que cerraba en 2020, un 160% mayor que en el mismo mes del año anterior y ha multiplicado por diez el precio que tenía hace cinco años.

Esta tasa se apoya en la senda europea de descarbonizar la economía. Pero, con los consumidores pagando cerca de un 50% más de factura eléctrica, Hacienda empieza a notar la presión de reinvertir el excedente de esta tasa medioambiental en reducir la tarifa de la luz que están pagando los hogares”. 

************************************

                                              Si quieren leer el resto, para ello les dejo la dirección arriba; pero el resumen final, es el ya “globalizado” (mejor decir “EXPRIMIDO”) y se resume en pocas palabras. LA REALIDAD DEL HOY Y “LA NO POLÍTICA” QUE PADECEMOS: Esto y a nivel mundial (no es sólo España) se ha convertido en una nueva tiranía, la de los políticos (todos parecen iguales) y la del GRAN CAPITAL; y como ambos "bandos", legislan sólo a favor de sus intereses, que es explotar el rendimiento de todos los demás; huelgan comentarios; no hay NI IDEAS NI IDEOLOGÍAS; sólo los mueve EL DINERO Y COMO CONSEGUIR LA MAYOR CANTIDAD; todo lo demás que nos digan es mentira; y a la vista está como marcha este perro mundo.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen.ciudad.es (Aquí mucho más)