Las Noticias de hoy 15 Octubre 2022

Enviado por adminideas el Sáb, 15/10/2022 - 12:19

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 15 de octubre de 2022      

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: Seamos capaces de caminar junto a los demás, de escuchar

Papa Francisco: El deseo, brújula que orienta el camino de la vida

El Papa: “El Concilio nos recuerda que la Iglesia, a imagen de la Trinidad, es comunión”

SANTA TERESA DE JESÚS, : Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del sábado: acoger al Espíritu Santo

“Que nunca deje de practicar la caridad” : San Josemaria

Como en una película: Confiar en la palabra que salva

¿Qué es la “consagración” en la Misa?

La Belleza de la Liturgia (14). La Liturgia ordena los valores : José Martínez Colín.

SERVIDORES DE LA ESPERANZA: PRESTAR NUESTRA VOZ A DIOS E INTERCEDER POR LOS DEMÁS : Alberto García-Mina Freire

«Un estado democrático no puede imponer una visión antropológica en todos los ámbitos»

Amar a la Iglesia : JAVIER SEGURA

Nietzsche: ¿Ha muerto Dios? : Juan Serrano

La Universidad, la mejor de España en internacionalidad y en ingresos de investigación procedentes de la industria

“El futuro de los cuidados paliativos pasa por una formación obligatoria en las facultades” : Carlos Centeno

La educación de los hijos :  JD Mez Madrid

Educar en liberta : Pedro García

La formación profesional : Jesús Domingo Martínez

La ‘tragedia silenciosa’ que está afectando la salud mental de nuestros niños : Victoria Prooday

 

ROME REPORTS

 

El Papa: Seamos capaces de caminar junto a los demás, de escuchar

Es la vocación de la Iglesia

 

© Vatican Media

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Alas 10:15 de esta mañana, XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, en la explanad d e la Basílica de San Pedro, el Santo Padre Francisco presidió la Celebración Eucarística y el Rito de la canonización de los beatos Giovanni Battista Scalabrini y Artemide Zatti.  Estuvieron presentes las delegaciones oficiales de Italia y Argentina.

Publicamos a continuación la homilía que el Papa pronunció tras la proclamación del Evangelio:

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Homilía del Papa

Mientras Jesús va de camino, diez leprosos se le acercan gritando: “Ten compasión de nosotros” (Lc 17,13). Los diez son sanados, pero sólo uno de ellos vuelve para dar las gracias a Jesús: es un samaritano, una especie de hereje para los judíos. Al principio caminan juntos, pero luego la diferencia la hace aquel samaritano, que regresa “alabando a Dios a grandes gritos” (v. 15). Detengámonos en estos dos aspectos que el Evangelio de hoy nos sugiere: caminar juntos agradecer.

En primer lugar, caminar juntos. Al principio de la narración no hay distinción entre el samaritano y los otros nueve. Se habla simplemente de diez leprosos, que forman un grupo y, sin división, van al encuentro de Jesús. La lepra, como sabemos, no era sólo una llaga física ―que también hoy debemos esforzarnos por erradicar―, sino también una “enfermedad social”, pues en aquella época, por miedo al contagio, los leprosos debían permanecer fuera de la comunidad (cf. Lv 13,46). Por eso, no podían entrar en los pueblos, se los mantenía a distancia, relegados a los márgenes de la vida social e incluso religiosa, aislados. Caminando juntos, estos leprosos expresan su grito contra una sociedad que los excluye. Y fijémonos bien que el samaritano, aunque sea considerado un hereje, un “extranjero”, forma grupo con los demás. Hermanos y hermanas, la enfermedad y la fragilidad en común hacen caer las barreras y superan toda exclusión.

Es también una imagen hermosa para nosotros, porque cuando somos honestos con nosotros mismos, recordamos que todos tenemos el corazón enfermo, que todos somos pecadores, que todos estamos necesitados de la misericordia del Padre. Y entonces dejamos de dividirnos en base a los méritos, a los papeles que desempeñamos o a cualquier otro aspecto exterior de la vida; y caen así los muros interiores, caen los prejuicios. Así, finalmente, nos redescubrimos como hermanos. También Naamán el sirio ―como nos ha recordado la primera lectura―, aunque era rico y poderoso, para ser curado tuvo que hacer una cosa sencilla, sumergirse en el río en el que todos los demás se bañaban. Para empezar, tuvo que quitarse su armadura, sus ropas (cf. 2 Re 5). Cuánto bien nos hace quitarnos nuestras armaduras exteriores, nuestras barreras defensivas, y darnos un buen baño de humildad, recordando que todos somos frágiles por dentro, todos estamos necesitados de curación; todos somos hermanos. Recordemos que la fe cristiana siempre nos pide que avancemos junto a los demás, nunca que seamos caminantes solitarios; siempre nos invita a salir de nosotros mismos hacia Dios y hacia los hermanos, nunca a encerrarnos en nosotros mismos; siempre nos pide que nos reconozcamos necesitados de curación y de perdón, que compartamos las fragilidades de los que nos rodean, sin sentirnos superiore

Hermanos y hermanas, comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos y que frecuentamos cada día, somos capaces de caminar junto a los demás, somos capaces de escuchar, de vencer la tentación de atrincherarnos en nuestra autorreferencialidad y de pensar sólo en nuestras propias necesidades. Pero caminar juntos ―es decir, ser “sinodales”―, es también la vocación de la Iglesia. Preguntémonos hasta qué punto somos realmente comunidades abiertas y que incluyen a todos; si somos capaces de trabajar juntos, sacerdotes y laicos, al servicio del Evangelio; si tenemos una actitud de acogida ―no sólo con palabras, sino con gestos concretos― hacia los que están alejados y hacia todos los que se acercan a nosotros, sintiéndose inadecuados a causa de sus complicadas trayectorias de vida. ¿Los hacemos sentir parte de la comunidad o los excluimos? Me da miedo cuando veo comunidades cristianas que dividen el mundo en buenos y malos, en santos y pecadores; de esa manera, terminamos sintiéndonos mejores que los demás y dejamos fuera a muchos que Dios quiere abrazar. Por favor, hay que incluir siempre, tanto en la Iglesia como en la sociedad, todavía marcada por tantas desigualdades y marginaciones. Incluir a todos. Y hoy, en el día en que Scalabrini se convierte en santo, quisiera pensar en los migrantes. Es escandalosa la exclusión de los migrantes. Es más, la exclusión de los migrantes es criminal, los hace morir delante de nosotros. Y es así que tenemos hoy el Mediterráneo, que es el cementerio más grande del mundo. La exclusión de los migrantes es repugnante, es pecaminosa, es criminal. No abrir la puerta a quien tiene necesidad. “No, no los excluimos, los enviamos a otra parte”: a los campos de concentración, donde se aprovechan de ellos y son vendidos como esclavos. Hermanos y hermanas, pensemos hoy en nuestros migrantes, en los que mueren. Y a aquellos que son capaces de entrar, ¿los recibimos como hermanos o nos aprovechamos de ellos? Sólo dejo la pregunta.

El segundo aspecto es agradecer. En el grupo de los diez leprosos hubo uno solo que, al verse curado, volvió a alabar a Dios y a mostrar su gratitud a Jesús. Los otros nueve fueron sanados, pero luego cada uno tomó su camino, olvidándose de Aquel que los había curado. Olvidar las gracias que Dios nos da. El samaritano, en cambio, hizo del don recibido el inicio de un nuevo camino; regresó donde Aquel que lo había sanado, fue a conocer de cerca a Jesús y comenzó una relación con Él. Su actitud de gratitud no fue, pues, un simple gesto de cortesía, sino el inicio de un camino de gratitud. Se postró a los pies de Cristo (cf. Lc 17,16), es decir, realiza un gesto de adoración, reconoció que Jesús es el Señor, y que Él era más importante que la curación que había recibido.

Y esta, hermanos y hermanas, es también una gran lección para nosotros, que nos beneficiamos de los dones de Dios todos los días, pero que a menudo seguimos nuestro propio camino, olvidándonos de cultivar una relación viva, real con Él. Esa es una fea enfermedad espiritual, dar todo por sentado, incluso la fe, incluso nuestra relación con Dios, hasta el punto de convertirnos en cristianos que ya no saben asombrarse, que ya no saben decir “gracias”, que no muestran gratitud, que no saben ver las maravillas del Señor. “Cristianos superficiales”, como decía una señora que conocí. De esta manera, acabamos pensando que todo lo que recibimos cada día sea obvio y merecido. La gratitud, el saber decir “gracias”, nos lleva en cambio a atestiguar la presencia de Dios-amor. Y también a reconocer la importancia de los demás, superando la insatisfacción y la indiferencia que deforman nuestro corazón. Saber dar las gracias es esencial. Todos los días, dar gracias al Señor, aprender a darnos las gracias entre nosotros: en la familia, por esas pequeñas cosas que recibimos a veces sin ni siquiera preguntarnos de dónde vienen; en los lugares que frecuentamos cada día, por los muchos servicios que disfrutamos y por las personas que nos apoyan; en nuestras comunidades cristianas, por el amor de Dios que experimentamos a través de la cercanía de los hermanos y hermanas que muchas veces en silencio rezan, ofrecen, sufren, caminan con nosotros. Por favor, no olvidemos nunca esta palabra clave: ¡Gracias! No nos olvidemos de escuchar y decir “gracias”.

Los dos santos canonizados hoy nos recuerdan la importancia de caminar juntos y de saber dar las gracias. El obispo Scalabrini, que fundó dos Congregaciones para el cuidado de los migrantes, una masculina y una femenina, afirmaba que en el caminar común de los que emigran no había que ver sólo problemas, sino también un designio de la Providencia: “Precisamente gracias a las migraciones forzadas por las persecuciones ―decía― la Iglesia cruzó las fronteras de Jerusalén y de Israel y se hizo ‘católica’; gracias a las migraciones de hoy la Iglesia será un instrumento de paz y comunión entre los pueblos” (cf. L’emigrazione degli operai italiani, Ferrara 1899). Hay una migración en este momento, aquí en Europa, que nos hace sufrir tanto y nos mueve a abrir el corazón. La migración de los ucranianos que huyen de la guerra. No nos olvidemos hoy de la Ucrania martirizada. Scalabrini miraba más allá, miraba hacia el futuro, hacia un mundo y una Iglesia sin barreras, sin extranjeros. Por su parte, el hermano salesiano Artémides Zatti, con su bicicleta, fue un ejemplo vivo de gratitud. Curado de la tuberculosis, dedicó toda su vida a saciar las necesidades de los demás, a cuidar a los enfermos con amor y ternura. Se dice que lo vieron cargarse sobre la espalda el cadáver de uno de sus pacientes. Lleno de gratitud por lo que había recibido, quiso manifestar su acción de gracias asumiendo las heridas de los demás. Dos ejemplos.

Recemos para que estos santos hermanos nuestros nos ayuden a caminar juntos, sin muros de división; y a cultivar esa nobleza de espíritu tan agradable a Dios que es la gratitud.

 

 

 

 

 

Papa Francisco: El deseo, brújula que orienta el camino de la vida

Ciclo sobre el Discernimiento: Deseo

 

Audiencia general, 12 octubre 2022 © Vatican Media

 

El Papa Francisco ha descrito el “deseo” como “la brújula para entender dónde me encuentro y dónde estoy yendo, es más, es la brújula para entender si estoy quieto o estoy caminando, una persona que nunca desea es una persona quieta, quizá enferma, casi muerta. Es la brújula de si estoy caminando o si estoy quieto”.

La audiencia general del Santo Padre tuvo lugar este miércoles, 12 de octubre de 2022, a las 9 horas en la plaza de San Pedro. El Papa se reunió con grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todas partes del mundo.

El Papa ha impartido la 5ª catequesis del ciclo en curso sobre Discernimiento, centrando su meditación en el tema: “Los elementos del discernimiento. El deseo” (Lectura: Jn 5,2.5-9).

“Si el Señor nos preguntara hoy a cualquiera de nosotros, por ejemplo, la pregunta que le hizo al ciego de Jericó: ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ (Mc 10,51) -pensemos que el Señor nos pregunta hoy a cada uno de nosotros esto: ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ – ¿qué responderíamos? Tal vez, podríamos finalmente pedirle que nos ayude a conocer el deseo más profundo que Dios mismo ha puesto en nuestro corazón: ‘Señor que conozca mis deseos, que sea una mujer, un hombre de grandes deseos’ tal vez el Señor nos dé la fuerza para realizarlo. Es una gracia inmensa, la base de todas las demás: dejar que el Señor, como en el Evangelio, haga milagros por nosotros: ‘Danos el deseo y hazlo crecer, Señor’”, indicó el Pontífice.

A continuación, sigue el texto completo de la catequesis del Papa Francisco.

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Catequesis sobre el discernimiento 5. Los elementos del discernimiento. El deseo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En estas catequesis estamos revisando los elementos de discernimiento. Después de la oración y el autoconocimiento, es decir, de orar y conocerse a sí mismo, hoy quiero hablar de otro “ingrediente”, por así decirlo, indispensable: hoy quiero hablar del deseo. De hecho, el discernimiento es una forma de búsqueda, y la búsqueda siempre parte de algo que nos falta pero que, de alguna manera, sabemos que tenemos el olfato para ello.

¿De qué se trata este conocimiento? Los maestros espirituales se refieren a él con el término “deseo”, que, en su raíz, es un anhelo de plenitud que nunca encuentra plena realización, y es el signo de la presencia de Dios en nosotros. El deseo no es el deseo del momento, no. La palabra italiana viene de un término latino muy bonito, esto es curioso: de-sidus, literalmente “la falta de la estrella”, el deseo es una falta de la estrella, falta del punto de referencia que orienta el camino de la vida; evoca un sufrimiento, una carencia, y al mismo tiempo una tensión para alcanzar el bien que nos falta. El deseo entonces es la brújula para entender dónde estoy y hacia dónde voy, es más, es la brújula para entender si estoy parado o voy, una persona que nunca desea es una persona quieta, tal vez enferma, casi muerta. Es la brújula si voy o si estoy parado. ¿Y cómo es posible reconocerlo?

Pensemos, un deseo sincero sabe tocar profundamente las cuerdas de nuestro ser, por eso no se extingue ante las dificultades o contratiempos. Es como cuando tenemos sed: si no encontramos algo para beber, no nos rendimos, al contrario, la búsqueda ocupa cada vez más nuestros pensamientos y acciones, hasta que llegamos a estar dispuestos a hacer cualquier sacrificio para saciarla, casi obsesionados. Los obstáculos y los fracasos no ahogan el deseo, no, al contrario, lo hacen aún más vivo en nosotros.

A diferencia del deseo o la emoción del momento, el deseo perdura en el tiempo, incluso mucho tiempo, y tiende a materializarse. Si, por ejemplo, un joven desea ser médico, tendrá que emprender una carrera y un trabajo que le ocuparán algunos años de su vida y, en consecuencia, tendrá que poner límites, decir “no”, en primer lugar a otras carreras, pero también a posibles ocios y distracciones, sobre todo en los momentos de mayor intensidad de estudio. Sin embargo, el deseo de dar un rumbo a su vida y de alcanzar esa meta -convertirse en médico fue el ejemplo- le permite superar estas dificultades. El deseo te hace fuerte, te hace valiente, te hace avanzar siempre porque quieres llegar: ‘Yo deseo eso’.

En efecto, un valor se vuelve bello y más fácil de realizar cuando es atractivo. Como dijo alguien, “más importante que ser bueno es tener el deseo de serlo”. Ser bueno es algo atractivo, todos queremos ser buenos, pero ¿tenemos el deseo de llegar a serlo?

Llama la atención que Jesús, antes de realizar un milagro, suele preguntar a la persona por su deseo: “¿Quieres ser curado?”. Y a veces esta pregunta parece fuera de lugar, ¡pero se ve que está enfermo! Por ejemplo, cuando se encuentra con el paralítico en el estanque de Betesda, que llevaba muchos años allí y nunca pudo conseguir el momento adecuado para entrar en el agua. Jesús le pregunta: “¿Quieres ser curado?” (Jn 5,6). ¿Por qué? En realidad, la respuesta del paralítico revela una serie de extrañas resistencias a la curación, que no sólo le afectaban a él. La pregunta de Jesús era una invitación a ganar claridad en su corazón, a acoger un posible salto adelante: dejar de pensar en sí mismo y en su propia vida “como un paralítico”, llevado por otros. Pero el hombre del catre no parece estar tan convencido. Al dialogar con el Señor, aprendemos a entender lo que realmente queremos de nuestra vida. Este paralítico es el típico ejemplo de la gente: “Sí, sí, quiero, quiero” pero no quiero, no quiero, no hago nada. El querer hacer se convierte en una ilusión y uno no da el paso para hacerlo. Las personas que quieren y no quieren. Es feo esto y esto enfermo 38 años allí, pero siempre con las quejas: “No, usted sabe Señor pero sabe que cuando las aguas se mueven – que es el momento del milagro – usted sabe, viene alguien más fuerte que yo, entra y yo llego tarde”, y se queja y se queja. Pero cuidado que las quejas son un veneno, un veneno para el alma, un veneno para la vida porque no te hacen crecer las ganas de seguir. Tenga cuidado con las quejas. Cuando la gente se queja en la familia, los cónyuges se quejan unos de otros, los hijos de papá o los sacerdotes del obispo o los obispos de tantas otras cosas… No, si te encuentras en una queja, ten cuidado, es casi un pecado, porque no deja crecer el deseo.

A menudo es precisamente el deseo lo que marca la diferencia entre un proyecto exitoso, coherente y duradero, y las mil veleidades y las muchas buenas intenciones con las que, como se dice, “el infierno está empedrado”: “Sí, me gustaría, me gustaría…” pero no haces nada. La época en la que vivimos parece favorecer la máxima libertad de elección, pero al mismo tiempo atrofia el deseo -se quiere satisfacer todo el tiempo-, casi siempre reducido al antojo del momento. Y debemos tener cuidado de no atrofiar el deseo. Nos bombardean con mil propuestas, proyectos, posibilidades, que corren el riesgo de distraernos y no permitirnos evaluar con calma lo que realmente queremos. Muchas veces nos encontramos con gente -pensemos en los jóvenes, por ejemplo- con el móvil en la mano y buscando, buscando… “¿Pero te paras a pensar?” – «No”. Siempre hacia fuera, hacia el otro. El deseo no puede crecer así, se vive en el momento, se sacia en el momento y el deseo no crece.

Muchas personas sufren porque no saben lo que quieren de su vida; probablemente nunca han tomado contacto con su deseo más profundo, nunca han sabido: “¿Qué quieres de tu vida?” – “No lo sé”. De ahí el riesgo de pasar la existencia entre intentos y expedientes de diversa índole, sin llegar nunca a ninguna parte, y desperdiciando preciosas oportunidades. Y así, algunos cambios, aunque deseados en teoría, cuando se presenta la oportunidad nunca se llevan a cabo, falta el fuerte deseo de llevar algo a cabo.

Si el Señor nos preguntara hoy a cualquiera de nosotros, por ejemplo, la pregunta que le hizo al ciego de Jericó: “¿Qué quieres que haga por ti?” (Mc 10,51) -pensemos que el Señor nos pregunta hoy a cada uno de nosotros esto: “¿Qué quieres que haga por ti?” – ¿qué responderíamos? Tal vez, podríamos finalmente pedirle que nos ayude a conocer el deseo más profundo que Dios mismo ha puesto en nuestro corazón: “Señor que conozca mis deseos, que sea una mujer, un hombre de grandes deseos” tal vez el Señor nos dé la fuerza para realizarlo. Es una gracia inmensa, la base de todas las demás: dejar que el Señor, como en el Evangelio, haga milagros por nosotros: ‘Danos el deseo y hazlo crecer, Señor’.

Porque Él también tiene un gran deseo para nosotros: hacernos partícipes de su plenitud de vida. Gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos profundizando en los elementos constitutivos del discernimiento. Hoy nos centraremos en el deseo, que no debemos entender como algo coyuntural y pasajero, sino como algo que dura en el tiempo y guía nuestra vida. A diferencia de una emoción efímera, el deseo no desaparece ante las dificultades, y nos exige renuncias a otras cosas para conseguirlo. Esto significa que se centra en algo que, aunque todavía no poseemos, lo conocemos y sabemos que nos falta. En definitiva, es el anhelo de perfección que nunca tendrá cumplimiento en esta tierra.

Jesús muchas veces, antes de cumplir un signo, interpela a la persona sobre su deseo. Esto nos muestra la necesidad de ver en profundidad qué queremos verdaderamente y qué es lo que se opone a conseguirlo, sin vanas excusas. En este tiempo, en el que los reclamos parecen infinitos, y se corre el riesgo de seguir la moda del momento, muchas personas se ven incapaces de dar un rumbo a su vida, de saber qué es lo que quieren. El Señor nos pregunta, como al ciego de Jericó: ¿Qué quieres que haga por ti?

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy celebramos a Nuestra Señora del Pilar, Patrona de la Hispanidad. Que Ella interceda por nosotros ante su Hijo, para que podamos descubrir el deseo que Él ha puesto en nuestros corazones, y nos alcance la gracia de llevarlo a cumplimiento. Que Dios los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Muchas gracias.

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El Papa: “El Concilio nos recuerda que la Iglesia, a imagen de la Trinidad, es comunión”

60 aniversario apertura del Concilio Vaticano II

 

© Vatican Media

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Alas 17:00 de este, martes 11 de octubre de 2022, memoria de San Juan XXIII, el Santo Padre Francisco preside, en la Basílica de San Pedro, la Celebración Eucarística con motivo del 60º aniversario del inicio del Concilio Ecuménico Vaticano II.

Publicamos a continuación la homilía que el Papa pronunció durante la Santa Misa:

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Homilía del Papa

“¿Me amas?”. Es la primera frase que Jesús dirige a Pedro en el Evangelio que hemos escuchado (Jn 21,15). La última, en cambio, es: “Apacienta mis ovejas” (v. 17). En el aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II sentimos que el Señor nos dirige estas palabras también a nosotros, a nosotros como Iglesia: ¿Me amas? Apacienta mis ovejas.

1.     En primer lugar: ¿Me amas?Es una interrogación, porque el estilo de Jesús no es tanto el de dar respuestas, como el de hacer preguntas, preguntas que interpelan la vida. Y el Señor, que “habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos” (Dei Verbum, 2), nos pregunta todavía y seguirá preguntando siempre a la Iglesia, su esposa: “¿Me amas?”. El Concilio Vaticano II fue una gran respuesta a esa pregunta. Fue para reavivar su amor que la Iglesia, por primera vez en la historia, dedicó un Concilio a interrogarse sobre sí misma, a reflexionar sobre su propia naturaleza y su propia misión. Y se redescubrió como misterio de gracia generado por el amor, se redescubrió como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, templo vivo del Espíritu Santo.

Esta es la primera mirada que hay que tener sobre la Iglesia, la mirada de lo alto. Sí, hay que mirar la Iglesia ante todo desde lo alto, con los ojos enamorados de Dios. Preguntémonos si en la Iglesia partimos de Dios, de su mirada enamorada sobre nosotros. Siempre existe la tentación de partir más bien del yo que de Dios, de anteponer nuestras agendas al Evangelio, de dejarnos transportar por el viento de la mundanidad para seguir las modas del tiempo o de rechazar el tiempo que nos da la Providencia de volver atrás. Pero estemos atentos: ni el progresismo que se adapta al mundo, ni el tradicionalismo o el “involucionismo” que añora un mundo pasado son pruebas de amor, sino de infidelidad. Son egoísmos pelagianos, que anteponen los propios gustos y los propios planes al amor que agrada a Dios, ese amor sencillo, humilde y fiel que Jesús pidió a Pedro.

¿Me amas tú? Redescubramos el Concilio para volver a dar la primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres que Él ama, a una Iglesia que sea rica de Jesús y pobre de medios, a una Iglesia que sea libre y liberadora. El Concilio indica a la Iglesia esta ruta: la hace volver, como Pedro en el Evangelio, a Galilea, a las fuentes del primer amor, para redescubrir en sus pobrezas la santidad de Dios (cf. Lumen gentium, 8c; cap. V). También nosotros, cada uno de nosotros tiene su propia Galilea, la Galilea del primer amor, y seguramente también cada uno de nosotros hoy está invitado a volver a su Galilea para escuchar la voz del Señor, “sígueme”. Ahí, para volver a encontrar en la mirada del Señor crucificado y resucitado la alegría perdida, para concentrarse en Jesús. Reencontrar la alegría, una Iglesia que ha perdido la alegría ha perdido el amor. El Papa Juan, en sus últimos días, escribía: “Esta vida mía que llega a su fin no podría terminar mejor que concentrándome totalmente en Jesús, Hijo de María… grande y continuada intimidad con Jesús, contemplado en imagen: niño, crucificado, adorado en el Sacramento” (Diario del alma, 977-978). ¡Esta es nuestra mirada alta, nuestra fuente siempre viva! Jesús, la Galilea del amor, Jesús que nos llama, Jesús que nos pregunta “¿me amas?”.

Hermanos, hermanas, volvamos a las límpidas fuentes de amor del Concilio. Reencontremos la pasión del Concilio y renovemos la pasión por el Concilio. Abismados en el misterio de la Iglesia madre y esposa, digamos también nosotros, con san Juan XXIII: Gaudet Mater Ecclesia (Discurso en la apertura del Concilio, 11 octubre 1962). Que en la Iglesia viva la alegría. Si no se alegra se contradice a sí misma, porque olvida el amor que la ha creado. Y, sin embargo, ¿cuántos entre nosotros no logran vivir la fe con alegría, sin murmurar y sin criticar? Una Iglesia enamorada de Jesús no tiene tiempo para conflictos, venenos y polémicas. Que Dios nos libre de ser críticos e impacientes, amargados e iracundos. No es sólo cuestión de estilo, sino de amor, porque el que ama, como enseña el apóstol Pablo, hace todo sin murmuraciones (cf. Flp 2,14). Señor, enséñanos a mirar alto, a mirar la Iglesia como la ves Tú. Y cuando seamos críticos y estemos insatisfechos, recuérdanos que ser Iglesia es testimoniar la belleza de tu amor, es vivir respondiendo a tu pregunta: ¿me amas? No es como si fuéramos a un funeral.

2.     ¿Me amas? Apacienta mis ovejas. La segunda palabra, apacienta: Jesús expresa con este verbo el amor que desea de Pedro. Pensemos precisamente en Pedro: era un pescador de peces y Jesús lo transformó en pescador de hombres (cf. Lc 5,10). Ahora le asigna un nuevo oficio, el de pastor, que nunca había ejercitado. Y es un cambio, porque mientras el pescador toma para sí, atrae hacia sí, el pastor se ocupa de los otros, apacienta a los otros. Es más, el pastor vive con su rebaño, alimenta a las ovejas, se encariña con ellas. No está arriba, como el pescador, sino en medio. El pastor está delante del pueblo para marcar el camino, en medio del pueblo como uno de ellos, y detrás del pueblo para estar cerca de los que van tarde. El pastor no está por encima, como el pescador, sino en el medio. Esta es la segunda mirada que nos enseña el Concilio, la mirada en el medio, estar en el mundo con los demás y sin sentirnos jamás por encima de los demás, como servidores del Reino de Dios (cf. Lumen gentium, 5); llevar la buena noticia del Evangelio a la vida y en las lenguas de los hombres (cf. Sacrosanctum Concilium, 36), compartiendo sus alegrías y sus esperanzas (cf. Gaudium et spes, 1). Estar en medio del pueblo, no por encima del pueblo. Este es el feo pecado del clericalismo que mata a las ovejas, no las guía, no las hace crecer, mata. Qué actual es el Concilio, nos ayuda a rechazar la tentación de encerrarnos en los recintos de nuestras comodidades y convicciones, para imitar el estilo de Dios, que nos ha descrito hoy el profeta Ezequiel: “ir en busca de la oveja perdida y hacer volver al rebaño a la descarriada, vendar a la que está herida y curar a la enferma” (cf. Ez34,16).

Apacienta: la Iglesia no celebró el Concilio para contemplarse, sino para darse. En efecto, nuestra santa Madre jerárquica, que surgió del corazón de la Trinidad, existe para amar. Es un pueblo sacerdotal (cf. Lumen gentium, 10 ss.), no debe sobresalir ante los ojos del mundo, sino servir al mundo. No lo olvidemos: el Pueblo de Dios nace extrovertido y rejuvenece desgastándose, porque es sacramento de amor, “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen gentium, 1). Hermanos, hermanas, volvamos al Concilio, que ha redescubierto el río vivo de la Tradición sin estancarse en las tradiciones; que ha reencontrado la fuente del amor no para quedarse en el monte, sino para que la Iglesia baje al valle y sea canal de misericordia para todos. Volvamos al Concilio para salir de nosotros mismos y superar la tentación de la autorreferencialidad, que es un modo de ser mundano. Apacienta, repite el Señor a su Iglesia; y apacentando, supera las nostalgias del pasado, la añoranza de la relevancia, el apego al poder, porque tú, Pueblo santo de Dios, eres un pueblo pastoral, no existes para apacentarte a ti mismo, para trepar, sino para pastorear a los demás, a todos los demás, con amor. Y, si es justo tener una atención particular, que sea para los predilectos de Dios, es decir los pobres y los descartados (cf. Lumen gentium, 8c; Gaudium et spes, 1); para ser, como dijo el Papa Juan, “la Iglesia de todos, en particular la Iglesia de los pobres” (Radiomensaje a los fieles de todo el mundo, un mes antes de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, 11 septiembre 1962).

3.     ¿Me amas? Apacienta —concluye el Señor— mis ovejas. No piensa sólo en algunas, sino en todas, porque las ama a todas, las llama a todas afectuosamente “mías”. El buen Pastor ve y quiere a su grey unida, bajo la guía de los pastores que le ha dado. Quiere —tercera mirada— la mirada de conjunto. Todos, todos juntos. El Concilio nos recuerda que la Iglesia, a imagen de la Trinidad, es comunión (cf. Lumen gentium, 4.13). El diablo, en cambio, quiere sembrar la cizaña de la división. No cedamos a sus lisonjas, no cedamos a la tentación de la polarización. Cuántas veces, después del Concilio, los cristianos se empeñaron por elegir una parte en la Iglesia, sin darse cuenta que estaban desgarrando el corazón de su Madre. Cuántas veces se prefirió ser “hinchas del propio grupo” más que servidores de todos, progresistas y conservadores antes que hermanos y hermanas, “de derecha” o “de izquierda” más que de Jesús; erigirse como “custodios de la verdad” o “solistas de la novedad”, en vez de reconocerse hijos humildes y agradecidos de la santa Madre Iglesia. Todos, todos somos hijos de Dios, todos hermanos en la Iglesia. Todos Iglesia, todos. El Señor no nos quiere así, nosotros somos sus ovejas, su rebaño, y sólo lo somos juntos, unidos. Superemos las polarizaciones y defendamos la comunión, convirtámonos cada vez más en “una sola cosa”, como Jesús suplicó antes de dar la vida por nosotros (cf. Jn 17,21). Que nos ayude en esto María, Madre de la Iglesia. Que acreciente en nosotros el anhelo de unidad, el deseo de comprometernos por la plena comunión entre todos los creyentes en Cristo. Dejemos aparte los “ismos”, al pueblo de Dios no le agrada esta polarización. El pueblo de Dios es el santo pueblo fiel de Dios, esta es la Iglesia.   Es hermoso que hoy, como durante el Concilio, estén con nosotros los representantes de otras comunidades cristianas. ¡Gracias, gracias por haber venido, gracias por esta presencia!

Te damos gracias, Señor, por el don del Concilio. Tú que nos amas, líbranos de la presunción de la autosuficiencia y del espíritu de la crítica mundana. Líbranos de la autoexclusión de la unidad. Tú, que nos apacientas con ternura, condúcenos fuera de los recintos de la autorreferencialidad. Tú, que nos quieres una grey unida, líbranos del engaño diabólico de las polarizaciones, de los “ismos”. Y nosotros, tu Iglesia, con Pedro y como Pedro te decimos: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amamos” (cf. Jn 21,17).

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SANTA TERESA DE JESÚS,
DOCTORA DE LA IGLESIA*

Memoria

— Necesidad de la oración. Su importancia capital en la vida cristiana.

— Trato con la Humanidad Santísima de Jesús.

— Dificultades en la oración.

I. Santa Teresa nos ha dejado constancia de cómo con la oración salen adelante los «imposibles», aquello que humanamente parecía insuperable, y que el Señor a veces nos pide.

Más de una vez a lo largo de su vida escuchó estas palabras del Señor: ¿Qué temes? Y aquella mujer mayor, enferma, cansada recibía ánimos para sus empresas y volvía a la brecha superando todos los obstáculos. Un día, después de la Comunión, cuando su cuerpo parecía resistirse a nuevas fundaciones, oyó en su interior a Jesús, que le decía: «¿Qué temes? ¿Cuándo te he faltado Yo? El mismo que he sido, soy ahora; no dejes de llevar a cabo esas dos fundaciones» se refería el Señor a Palencia y Burgos. La Madre Teresa exclamó: «¡Oh, gran Dios, cómo son diferentes vuestras palabras a las de los hombres!». Y «así -prosigue la Santa quedé determinada y animada que todo el mundo no bastara a ponerme contradicción»1. Años más tarde escribirá de la fundación hecha en Palencia, que se presentaba llena de dificultades: «En esta fundación nos va todo tan bien, que no sé en qué ha de parar»2. Y en otro lugar: «Cada día se entiende más cuán acertado fue hacer aquí esta fundación»3. Y lo mismo diría de la otra ciudad: «También en Burgos hay tantas que quieren entrar, que es lástima no haber dónde»4. Esto la llenaba de gozo y alegría, a pesar de lo mucho que le costó: «Porque ir yo a Burgos con tantas enfermedades (...), siendo tan frío, parecióme que no se sufriría»5. Nunca la dejó sola el Señor.

Es en la oración donde sacamos fuerzas para ir adelante, para llevar a cabo lo que el Señor nos pide. Y esto se cumple igualmente en la vida del sacerdote, de la madre de familia, de la religiosa, del estudiante... Por eso es grande el empeño del demonio en que dejemos nuestra oración diaria, o en que la hagamos de cualquier manera, mal, pues «sabe el traidor que tiene perdida al alma que persevere en la oración y que todas las caídas que pueda tener la ayudan después, por la bondad de Dios, a dar un salto mayor en su servicio al Señor: algo le va en ello»6. Las almas que han estado cerca de Dios siempre nos han hablado de la importancia capital de la oración en la vida cristiana. «No nos extrañe, pues -enseñaba el Santo Cura de Ars, que el demonio haga todo lo posible para movernos a dejar la oración o a practicarla mal»7.

La oración es el fundamento firme de la perseverancia, pues «el que no deja de andar e ir adelante -enseña la Santa, aunque tarde, llega. No me parece es otra cosa perder el camino sino dejar la oración»8. Por eso hemos de prepararla con tanto esmero: sabiendo que estamos delante de Cristo vivo y glorioso, que nos ve y que nos oye como a aquellos que se le acercaban en los años en que permaneció en la tierra visiblemente. ¡Qué distinto es el día en el que, con quietud, con amor, hemos cuidado bien ese rato diario que dedicamos a hablar con el Señor, que nos escucha atentísimo! ¡Qué alegría poder estar ahora junto a Cristo! «Mira qué conjunto de razonadas sinrazones te presenta el enemigo, para que dejes la oración: “me falta tiempo” cuando lo estás perdiendo continuamente; “esto no es para mí”, “yo tengo el corazón seco”...

»La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada»9.

Hagamos el propósito de no dejarla nunca, de dedicarle el mejor tiempo que nos sea posible, en el mejor lugar, delante del Sagrario cuando nuestros quehaceres lo permitan.

II. Nuestra oración se hará más fácil si, junto al decidido empeño de no consentir distracciones voluntarias en ella, procuramos tratar a la Humanidad Santísima de Jesús, fuente inagotable de amor, que facilita tanto el cumplimiento de la voluntad divina.

La propia Santa nos cuenta la importancia decisiva que tuvo en su vida un pequeño acontecimiento, que dejó una huella indeleble en su alma: «Entrando un día en el oratorio escribe, vi una imagen que habían traído allí a guardar (...). Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese de una vez para no ofenderle»10. No era sensiblería lo que la hacía llorar, sino amor a Cristo, que tanto nos ama y tanto padeció por nosotros en prueba de amor. ¡Y resulta tan natural buscar en una imagen, en un retrato, el rostro que se ama! Por eso, añadirá más adelante: «¡Desventurados de los que por su culpa pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si le amaran, holgáranse de ver su retrato, como acá aun da contento ver el de quien se quiere bien»11.

Nos ayudará en muchas ocasiones servirnos también de la imaginación para representarnos con imágenes claras a Jesús que nace en Belén, que anda en compañía de María y de José, que aprende a trabajar... las zozobras del Corazón de María en la huida a Egipto... su dolor en el Calvario. Otras veces nos acercaremos al grupo de los íntimos, a quienes Jesús les explica, a solas, una parábola; le acompañaremos en aquellas largas caminatas de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo...; entraremos con Él en casa de sus amigos de Betania y contemplaremos el cariño con que le reciben aquellos hermanos, y aprenderemos nosotros a tratarle mejor en el Sagrario. No podemos tener una figura desdibujada y lejana de Jesús. Él es el Amigo siempre cercano y atento.

En la oración mental vamos a encontrarnos con Cristo vivo, que nos espera. «Teresa reaccionó contra los libros que proponían la contemplación como un vago engolfarse en la divinidad (cfr. Vida, 22, 1) o como un “no pensar en nada” (cfr. Castillo interior, 4, 3, 6), viendo en ello un peligro de replegarse sobre uno mismo, de apartarse de Jesús, del cual nos “vienen todos los bienes” (cfr. Vida, 22, 4). De aquí su grito: “apartarse de Cristo... no lo puedo sufrir” (Vida, 22, 1). Este grito vale también en nuestros días contra algunas técnicas de oración que no se inspiran en el Evangelio y que prácticamente tienden a prescindir de Cristo, en favor de un vacío mental que dentro del cristianismo no tiene sentido»12.

Muchas dificultades desaparecen cuando nos ponemos en su presencia, cuidando muy bien la oración preparatoria que acostumbremos a hacer: Creo, Señor, firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes, te adoro con profunda reverencia... Y si estamos en su presencia, como aquellos que le escuchaban en Nazareth o en Betania, ya estamos haciendo oración. Le miramos, nos mira...; le formulamos una petición..., hacemos nuestro lo que quizá estamos leyendo, deteniéndonos en un párrafo, o sacando un propósito para nuestra vida ordinaria: atender mejor a la familia, sonreír aunque estemos cansados o con dificultades, trabajar con más intensidad y presencia de Dios, hablar con un amigo para que se confiese... Nos ocurrirá como a Santa Teresa, y como a todos aquellos que han hecho oración verdadera: «Siempre salía consolada de la oración y con nuevas fuerzas»13, nos confiesa.

III. No nos desanimemos si, a pesar de todo, nos cuesta la oración, si tenemos distracciones, si nos parece que no obtenemos mucho fruto. El desaliento es en muchas ocasiones la mayor dificultad para perseverar en la oración. Santa Teresa también nos relata sus luchas y sus dificultades: «Muy muchas veces, algunos años, tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía por mí de estar y escuchar cuando daba el reloj, que no en otras cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración»14.

Si procuramos rechazar las distracciones y nos empeñamos en buscar más al Señor de los consuelos, que los consuelos de Dios, como han señalado tantos autores espirituales, nuestra oración terminará siempre llena de frutos. En muchas ocasiones será un gran bien incluso carecer de consuelos sensibles, para así buscar con más rectitud de intención a Jesús y unirnos más íntimamente a Él. A veces, esta aridez que se experimenta en la oración no es una prueba de Dios, sino el resultado de la falta de interés verdadero en hablar con Él, de no haber preparado el ánimo, de falta de generosidad en sujetar la imaginación... Hemos de saber rectificar con generosidad y con prontitud. «En todo caso, para quien se empeña seriamente vendrán tiempos en los que le parecerá vagar en un desierto y, a pesar de todos sus esfuerzos, no “sentir” nada de Dios. Debe saber que estas pruebas no se le ahorran a ninguno que tome en serio la oración. Pero no debe identificar inmediatamente esta experiencia, común a todos los cristianos que rezan, con la noche oscura de tipo místico. De todas maneras, en aquellos períodos debe esforzarse firmemente por mantener la oración que, aunque podrá darle la impresión de una cierta “artificiosidad”, se trata en realidad de algo completamente diverso: es precisamente entonces cuando la oración constituye una expresión de su fidelidad a Dios, en presencia del cual quiere permanecer incluso a pesar de no ser recompensado por ninguna consolación subjetiva»15.

Ahora, como en los tiempos revueltos de Santa Teresa, es «menester mucha oración», pues «su necesidad es grande»16. La necesita la Iglesia, la sociedad, las familias... y nuestra alma. La oración nos permitirá salir adelante en todas las dificultades y nos unirá a Jesús, que cada día nos espera en el trabajo, en nuestros deberes familiares..., pero de una manera particular en ese tiempo que le dedicamos solo a Él.

1 Santa Teresa, Fundaciones, 29, 6. — 2 ídem, Carta 348, 3. — 3 ídem, Carta 354, 4. — 4 ídem, Carta 145, 8. — 5 ídem, Fundaciones, 28, 11. — 6 ídem, Vida 19, 2. — 7 Santo Cura de Ars, Sermón sobre la oración. — 8 Santa Teresa, Vida, 19, 5. — 9 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 646. — 10 Santa Teresa, Vida, 9, 1. — 11 Ibídem, 9, 6. — 12 Juan Pablo II, Homilía en Ávila, 1-XI-1982. — 13 Santa Teresa, Vida, 29, 4. — 14 Ibídem, 8, 3. — 15 C. Para la Doctrina de la Fe, Carta Sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 15-X-1989, n. 30. — 16 Cfr. Santa Teresa, Carta 184, 6.

Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia, nació en Ávila el 28 de marzo de 1515. Ingresó en el Carmelo a los 18 años. A los cuarenta y cinco, respondiendo a las gracias extraordinarias que recibía del Señor, emprendió la reforma de la Orden, ayudada por San Juan de la Cruz. Sufrió con entereza muchas dificultades y contradicciones. Sus escritos son un modelo seguro para alcanzar a Dios. Murió en Alba de Tormes el 4 de abril de 1582, Pablo VI la declaró Doctora de la Iglesia el 17 de septiembre de 1970.

 

Evangelio del sábado: acoger al Espíritu Santo

Comentario del sábado de la 28.ª semana del tiempo ordinario. “El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir”. El Paráclito nos va guiando por la vida para que luchemos por hacer el mayor bien que podamos. Acoger al Espíritu Santo es acoger la felicidad.

 

15/10/2022

Evangelio (Lc 12, 8-12)

Os digo, pues: Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios.

Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.

Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir».


Comentario

Hoy leemos, en el Evangelio, unas palabras de Jesús que pueden suscitar interrogantes a quienes las leen: “al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará”.

El dicho del Señor es de una enorme profundidad y difícil de entender. En cualquier caso, subraya la centralidad del Espíritu Santo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo”[1].

Acoger al Espíritu Santo es acoger la vida. Rechazar el Espíritu Santo es rechazar la vida. No es que no haya perdón por parte del Señor, sino que al rechazar al Espíritu Santo se rechaza la salvación.

Y, al acoger al Espíritu Santo se acoge la salvación. Como dijo en una ocasión san Juan XXIII: “¡Oh, cada uno de los santos es una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo!”[2].

Hagamos nuestro el consejo de san Josemaría: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo –el Gran Desconocido– que es quien te ha de santificar»[3].

Es, como nos dice Jesús, el que nos enseña todo: “El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir”.

El Paráclito nos va guiando por la vida para que luchemos por hacer el mayor bien que podamos. Porque como enseña san Pablo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5, 5). El modo más habitual de su actuación son sus inspiraciones que se escuchan en la intimidad del corazón. Muchas veces serán cosas pequeñas: una pequeña mortificación, una sonrisa, acabar bien un trabajo, etc. Así nos va guiando a la plenitud de la vida cristiana.


[1] Catecismo Iglesia Católica 694.

[2] Juan XXIII, Aloc. 5-VI-1960.

[3] San Josemaría, Camino 57.

 

 

“Que nunca deje de practicar la caridad”

No resulta compatible amar a Dios con perfección, y dejarse dominar por el egoísmo –o por la apatía– en el trato con el prójimo. (Surco, 745)

15 de octubre

La amistad verdadera supone también un esfuerzo cordial por comprender las convicciones de nuestros amigos, aunque no lleguemos a compartirlas, ni a aceptarlas. (Surco, 746)

No permitas nunca que crezca la hierba mala en el camino de la amistad: sé leal. (Surco, 747)

Un propósito firme en la amistad: que en mi pensamiento, en mi palabra, en mis obras respecto a mi prójimo –sea quien sea–, no me conduzca como hasta ahora: es decir, que nunca deje de practicar la caridad, que jamás dé paso en mi alma a la indiferencia. (Surco, 748)

Tu caridad ha de estar adecuada, ajustada, a las necesidades de los demás...; no a las tuyas. (Surco, 749)

¡Hijos de Dios!: una condición que nos transforma en algo más trascendente que en personas que se soportan mutuamente. Escucha al Señor: «vos autem dixi amicos!» –somos sus amigos, que, como Él, dan gustosamente su vida los unos por los otros, en la hora heroica y en la convivencia corriente. (Surco, 750)

 

 

Como en una película: Confiar en la palabra que salva

Pedro jamás olvidaría su primer encuentro con Jesús. Después de una noche de fracaso, se fía de su invitación a echar las redes y descubre un océano insospechado. Tiempo después, cuando algunos discípulos se alejaron del Maestro, volvería a reafirmar su decisión de confiar en su palabra.

10/10/2022

Entre los apóstoles reina un frío silencio. ¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6,67). La pregunta les llega quizá como un flechazo imprevisto y la mirada de Jesús, siempre exigente y cariñosa, les golpea esta vez con especial fuerza. De fondo pueden oírse vagamente los pasos de una gran multitud de personas que se alejan con rostros desconcertados. Los ecos de alguna risa irónica quizá todavía vuelan por el ambiente.

Hace mucho tiempo que Pedro sigue a Jesús. No se pierde ninguna de sus palabras. Cada uno de sus gestos es para él una nueva invitación a adentrarse en el misterio de Dios. Pero nunca antes le había escuchado pronunciar un discurso así; jamás había dicho palabras tan incomprensibles. ¿Cómo podía dar a comer su cuerpo, entregarnos su sangre como bebida? Pero estaba claro que lo decía en serio; que solo aquellos que estuvieran dispuestos a aceptar de todo corazón esas verdades podrían seguirlo. O comían su carne y bebían su sangre, o no gozarían de la vida eterna. No se trataba ni de una metáfora ni de una parábola. No había confusión posible.

¿Qué le respondería a Jesús? Estaba viendo a muchas personas que lo habían seguido durante semanas y que ahora se retiraban decepcionadas. Familias que habían experimentado un gran milagro entre los suyos tomaban distancias del Maestro. Y Pedro, ¿qué partido iba a tomar? ¿Cómo reaccionarían los demás apóstoles? Entonces, en un instante que pareció eterno, el pescador de Galilea vuelve quizá a recrear en su corazón una escena que había cambiado su vida por completo.

Un púlpito improvisado

Por fin brillaba el sol, que venía a sellar con su luz una jornada de fracaso. Habían pasado toda la noche trabajando, pero en vano. Ahora solo les quedaba el cansancio del cuerpo y la preocupación cada vez más acuciante por el sustento de sus familias. Ni siquiera la belleza natural del lago, que cada día se presentaba ante sus ojos con un nuevo color, podía consolarlos.

Pedro se puso a lavar sus redes, mientras por su corazón viajarían muchos recuerdos y preocupaciones. No sería la primera vez que volvería a su casa con las manos vacías. ¿Cómo podría ingeniárselas para ganar un mínimo de dinero esa semana? ¿Qué podría ofrecerle a los compradores de la feria de Cafarnaún? Tan absorto estaba en sus amargas reflexiones, que casi no se había dado cuenta de la gran afluencia de personas en la orilla del lago. Entre el movimiento de sus redes que limpiaba con esmero y las ondas que salían desde sus manos hacia la infinitud del lago, comenzaba a reflejarse una multitud de personas que aparentemente se habían congregado con un mismo fin. Le pareció oír un discurso, quizá de algún maestro religioso que había cautivado a las masas. ¿Pero qué podía interesarle unas palabras que no lo consolaban en su desdicha, ni le solucionaban su inquietud por la falta de alimento?

Sin embargo, podemos imaginar a Pedro justo en el momento en que luchaba interiormente por masticar su fracaso y se le hacía cada vez más insoportable la presencia de tanta gente en su apacible lago. Entonces, ocurrió el hecho que cambiaría por completo su vida: Jesús se subió a su barca. El bote de Pedro era más que unas maderas algo desteñidas que surcaban el agua; materializaban sus anhelos y sus preocupaciones, sus alegrías y el deseo de sacar adelante a su familia. Y de pronto, ese maestro se había fijado en quizá la única persona del entorno que no estaba interesada en sus palabras. Posó su mirada en el derrotado pescador y, lleno de una audacia divina, tomó posesión de su barca. Y si el pescador de Galilea ya estaba desconcertado por la actitud del predicador de Nazaret, cuán mayor fue su sorpresa cuando «le rogó que la apartase un poco de tierra» (Lc 5,3) para que su voz pudiera viajar a través de la brisa marina y llegar más fácilmente hasta los oídos atentos de la muchedumbre.

Todavía no sabía que Jesús había querido compartir su vida con él, para convertir su fracaso humano en éxito divino. Pero algún gesto de su rostro o un mínimo detalle de su voz habrán convencido a Pedro a acceder a su petición. Así pudo experimentar cómo «esa barca vacía símbolo de nuestra incapacidad se convierte en la “cátedra” de Jesús, en el púlpito desde el que proclama la Palabra. Esto es lo que le gusta hacer al Señor: subir a la barca de nuestra vida cuando no tenemos nada que ofrecerle; entrar en nuestros vacíos y llenarlos con su presencia; servirse de nuestra pobreza para proclamar su riqueza, de nuestras miserias para proclamar su misericordia»[1] .

El triunfo de un fracaso

«Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» (Lc 5,4). Seguramente en un principio Pedro habrá escuchado las palabras de Jesús con cierto escepticismo. Todavía no había terminado de limpiar las redes, tenía que encontrar una solución a su quizá precaria situación económica y sus ojos se le cerraban por el cansancio. Además, sus compañeros le hacían señas desde la orilla, un tanto sorprendidos de que haya querido convertir su herramienta de trabajo en el escenario desde el que predicar un sermón. Sin embargo, alguna palabra debió cautivar al curtido pescador. Esto podría explicar su respuesta: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes» (Lc 5,5).

Pedro estaba agotado. Todo el trabajo de una noche había sido en vano. Pero después de haber oído hablar del amor de Dios y de su Reino, ¿por qué no iba a intentar lo que parecía imposible? Probablemente él mismo sería el primer sorprendido al pronunciar esta respuesta que surgía de lo más profundo de su corazón. «Jesús era carpintero, no experto en pesca, y a pesar de ello Simón el pescador se fía de este Rabino, que no le da respuestas sino que lo invita a fiarse de él»[2]. Hasta entonces siempre había surcado las aguas basándose en su propia experiencia. Ahora había decidido remar por las corrientes del mundo sostenido por una palabra divina. Y no quedaría decepcionado.

Fue tal la cantidad de peces que capturaron «que las redes se rompían» (Lc 5,6). La jornada, que hace un momento parecía llegar a su fin sin más frutos que unas redes vacías y el sabor amargo de un trabajo estéril, se transformó de pronto en una aventura llena de vida. Pedro y sus compañeros se vieron obligados a pedir ayuda urgente a los pescadores de la otra barca, que contemplaban atónitos cómo la sola presencia del maestro de Nazaret había cambiado radicalmente el desenlace de la pesca. No se lo hubieran imaginado. Pero la necesidad del momento no les permitía perderse en largas disquisiciones, porque tenían que salvar como fuera posible tan valioso botín. «Y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían» (Lc 5,7). Si pocos segundos antes habían temido naufragar en la oscura frustración del fracaso, ahora les parecía casi imposible no sucumbir ante el peso de un triunfo tan arrollador debido a la pesca obtenida. Aunque, sobre todo, sentían el poder de Dios. Estaban convencidos de haber sido testigos de un gran milagro. El asombro se dibujaba en sus rostros y posiblemente paralizaba los miembros de su cuerpo. De pronto se habían dado cuenta de que «es Cristo el amo de la barca; es él el que prepara la faena: para eso ha venido al mundo, para ocuparse de que sus hermanos encuentren el camino de la gloria y del amor al Padre»[3].

Sin miedo a la aventura

Sin pensarlo, «Pedro se arrojó a los pies de Jesús» (Lc 5,8). En un instante se le habían pasado por la cabeza tantos momentos de su vida que hasta entonces eran como las piezas de un puzle, que parecen no encajar pero que, de pronto, cuajan en perfecta armonía, consiguiendo formar un dibujo que supera con creces cualquier imaginación. Y haciendo acopio de la poca fuerza que le quedaba después de un día tan extraño, exclamó lleno de admiración: «Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). No sabía con certeza quién era aquel hombre, pero sus palabras y su poder sobre las aguas solo podían proceder de Dios. Daría lo que fuera por seguirle porque su presencia le había cambiado la vida.

Con cuánto amor miraría entonces Jesús al futuro apóstol arrojado a sus pies. Sabía que postrado en tierra se encontraba uno de los que serían fundamento de la Iglesia, el futuro custodio de las llaves del Reino de los Cielos. Es precisamente esa humildad de Pedro la que le convierte en una barca dócil, en la que su mensaje de redención podría navegar en todas las direcciones de este mundo. Ninguna tormenta lo detendría. Pero quizá también era consciente de que sus palabras iban más allá de lo que después era capaz de realizar. Sabemos de hecho que Pedro negaría a Jesús en el momento más duro de su vida, aunque volvería compungido, como cada madrugada tornaba a su casa después de una ardua noche de trabajo. Por esto Jesús le dice: «No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás» (Lc 5,10). «Si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad»[4].

«Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron» (Lc 5,11). Aquellos que pensaban que su querido mar de Galilea no podía ser superado en belleza ni en extensión, de pronto habían divisado un océano infinito que podrían navegar durante toda la eternidad; aquellos que temían que su ancla no fuera lo suficientemente fuerte para aguantar las recias marejadas del lago ni las olas de las tormentas, por fin habían encontrado un ancla que podía sostener toda su vida. ¿Y no era más importante luchar por el alimento que no perece antes que satisfacer las necesidades terrenales? Ni Pedro ni sus compañeros podían ya imaginarse una vida sin la palabra de Cristo, sin su cercanía. Ni siquiera les hizo falta conversar sobre la decisión. «Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron» (Lc 5,11). Fue así como comenzó para ellos una aventura divina.

* * *

«¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6,67).

Podemos imaginar que de pronto Pedro vuelve de su navegación por el pasado. No sabe cuánto tiempo ha permanecido absorto en sus recuerdos, pero percibe que los demás apóstoles se encuentran desconcertados, inseguros. Nadie se atreve a dar una respuesta. Todos tienen puesta su mirada fija en él. En otro momento de su vida le había dicho a Jesús: «Apártate de mí» (Lc 5,8). De algún modo, esas palabras quizá lo habían pillado desprevenido y le habían mostrado en un solo golpe toda su pequeñez. Pero tantos meses de asidua convivencia con el Maestro le han enseñado que es precisamente su miseria la que puede ser transformada en una barca divina. No necesita ser perfecto para sentirse amado por el Señor. Bastaba confiar en su palabra, también cuando parece más oscura y desconcertante. Y, mientras abre su corazón a la mirada de Jesús, exclama con una convicción que hasta el día de hoy sostiene los vaivenes de la Iglesia: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68). "


[1] Francisco, Ángelus, 6-II-2022.

[2] Benedicto XVI, Audiencia, 17-V-2006.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 260.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 159.

 

 

¿Qué es la “consagración” en la Misa?

La Santa Misa es una ¡infinita locura divina!, decía san Josemaría. La presencia eucarística de Cristo comienza cuando el sacerdote “in persona Christi” pronuncia las palabras de la consagración el pan y el vino. Dedicamos este artículo al corazón de la Misa.

¿Qué es la “consagración” en la Misa?

11/04/2022

Sumario

1. ¿Qué es la “consagración” en la Misa? ¿Es lo mismo que la transubstanciación?

2. ¿Por qué es importante?

3. ¿En qué momento de la Misa ocurre?

4. ¿Quién puede llevar a cabo la “consagración”?

5. ¿Puede haber consagración eucarística fuera de la Misa?


1. ¿Qué es la “consagración” en la Misa? ¿Es lo mismo que la transubstanciación?

La “consagración” en la Misa hace referencia al momento central en que el pan y el vino, por las palabras de Cristo pronunciadas por el sacerdote y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1377) La Iglesia se mantiene fiel al mandato del Señor en la última cena, y continúa celebrando este misterio, en memoria de Jesucristo, hasta su retorno glorioso (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1333, IGMR, n. 79 d).

Por la consagración del pan y del vino se da la conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo de Cristo y toda la sustancia del vino en su Sangre. Bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1413). A esta transformación la Iglesia la llama transubstanciación, por lo que propiamente diríamos que por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Textos de san Josemaría para meditar

Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad (Es Cristo que pasa, 83).

Quam oblationem... Se acerca el instante de la consagración. Ahora, en la Misa, es otra vez Cristo quien actúa, a través del sacerdote: Este es mi Cuerpo. Este es el cáliz de mi Sangre. ¡Jesús está con nosotros! Con la Transustanciación, se reitera la infinita locura divina, dictada por el Amor. Cuando hoy se repita ese momento, que sepamos cada uno decir al Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de Él, que su disponibilidad —inerme— de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles! del pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios: præsta meæ menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere, haz que yo viva siempre de ti y que siempre saboree la dulzura de tu amor (Es Cristo que pasa, n. 90).

2. ¿Por qué la consagración es importante?

La consagración es importante porque, dentro de la Santa Misa, es la realización del Sacramento de la Eucaristía, por el cual los cristianos entran en “comunión con Cristo realmente presente en el pan y en el vino consagrados” (Papa Francisco, Catequesis sobre la Santa Misa). La Iglesia ha celebrado este Sacramento desde el inicio, como se relata en la Escritura: “Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). Esta práctica ha sido la respuesta al deseo del mismo Jesucristo durante la Última Cena: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19; 1 Co 11,24-25). Con estas palabras Jesús pide a sus discípulos que acojan el don de su presencia sacramental y lo repitan “hasta que vuelva” (1 Co 11,26).

El Sacramento de la Eucaristía, no es un simple recordatorio de un evento que sucedió en la historia. Se trata de un “update” del “memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre” (Catecismo, n. 1341) a través de la celebración litúrgica. Por lo tanto, por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, recogidas en la consagración, “Cristo se hace real y misteriosamente presente” (Catecismo, n. 1357) entre los hombres para que estén en comunión con Él y entre sí. Como ha señalado san Juan Pablo II, “La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia” (Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 9).

Textos de san Josemaría para meditar

Acabemos este rato de oración. Recordad —saboreando, en la intimidad del alma, la infinita bondad divina— que, por las palabras de la Consagración, Cristo se va a hacer realmente presente en la Hostia, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Adoradle con reverencia y con devoción; renovad en su presencia el ofrecimiento sincero de vuestro amor; decidle sin miedo que le queréis; agradecedle esta prueba diaria de misericordia tan llena de ternura, y fomentad el deseo de acercaros a comulgar con confianza. Yo me pasmo ante este misterio de Amor: el Señor busca mi pobre corazón como trono, para no abandonarme si yo me aparto de Él.

Reconfortados por la presencia de Cristo, alimentados de su Cuerpo, seremos fieles durante esta vida terrena, y luego, en el cielo, junto a Jesús y a su Madre, nos llamaremos vencedores. ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? Demos gracias a Dios que nos ha traído la victoria, por la virtud de nuestro Señor Jesucristo (Es Cristo que pasa, n. 161).

Milagro de amor. Este es verdaderamente el pan de los hijos: Jesús, el Primogénito del Eterno Padre, se nos ofrece como alimento. Y el mismo Jesucristo, que aquí nos robustece, nos espera en el cielo como comensales, coherederos y socios, porque quienes se nutren de Cristo morirán con la muerte terrena y temporal, pero vivirán eternamente, porque Cristo es la vida imperecedera.

La felicidad eterna, para el cristiano que se conforta con el definitivo maná de la Eucaristía, comienza ya ahora. Lo viejo ha pasado: dejemos aparte todo lo caduco; sea todo nuevo para nosotros: los corazones, las palabras y las obras.

Esta es la Buena Nueva. Es novedad, noticia, porque nos habla de una profundidad de Amor, que antes no sospechábamos. Es buena, porque nada mejor que unirnos íntimamente a Dios, Bien de todos los bienes. Esta es la Buena Nueva, porque, de alguna manera y de un modo indescriptible, nos anticipa la eternidad (Es Cristo que pasa, n. 152).

3. ¿En qué momento de la Misa ocurre?

La Santa Misa se celebra desde los orígenes de la Iglesia y se desarrolla en dos partes: “Liturgia de la Palabra” y “Liturgia Eucarística”. La Liturgia de la Palabra comprende la proclamación y escucha de la Palabra de Dios a través de las lecturas previstas por la Iglesia. Luego, la “Liturgia Eucarística” comprende la presentación del pan y del vino, la anáfora o plegaria eucarística - donde se incluye la fórmula de la consagración - y la comunión (cfr. Catecismo, n. 1345 - 1355).

Los elementos esenciales y necesarios para que se opere la transubstanciación son: el pan de harina de trigo y el vino de uvas, conocidos como “especies eucarísticas”; y las palabras consagratorias pronunciadas por el sacerdote celebrante in persona Christi. Estas palabras son:

El cual, la víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos, y elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:

TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTO ES MI CUERPO QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.

Del mismo modo, acabada la cena, tomó este cáliz glorioso en sus santas y venerables manos; dando gracias te bendijo, y lo dio a sus discípulos diciendo:

TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR USTEDES Y POR MUCHOS PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.

(Canon Romano)

Por la fuerza de las palabras con las que Cristo instituyó la Eucaristía y su acción a través del sacerdote, sumado al poder del Espíritu Santo, se hacen sacramentalmente presentes su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y de vino (cfr. Catecismo, 1353). “Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera renovado de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la consagración del pan y del vino. Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla más humilde como en las más grandiosas basílicas y catedrales, el Señor resucitado se ha entregado a su pueblo” (Benedicto XVI, Homilía pronunciada en París, 13 de septiembre de 2008).

Textos de san Josemaría para meditar

La Misa —insisto— es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo (Es Cristo que pasa, n. 86).

Este milagro, continuamente renovado, de la Sagrada Eucaristía, tiene todas las características de la manera de actuar de Jesús. Perfecto Dios y perfecto hombre, Señor de cielos y tierra, se nos ofrece como sustento, del modo más natural y ordinario. Así espera nuestro amor, desde hace casi dos mil años. Es mucho tiempo y no es mucho tiempo: porque, cuando hay amor, los días vuelan (...). Por amor y para enseñarnos a amar, vino Jesús a la tierra y se quedó entre nosotros en la Eucaristía.

Como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1); con esas palabras comienza San Juan la narración de lo que sucedió aquella víspera de la Pascua, en la que Jesús —nos lo refiere San Pablo— “tomó el pan, y dando gracias, lo partió y dijo: tomad y comed; esto es mi cuerpo, que por vosotros será entregado; haced esto en memoria mía. Y de la misma manera el cáliz, después de haber cenado, diciendo: este cáliz es el nuevo testamento de mi sangre; haced esto cuantas veces lo bebiereis, en memoria mía” (1 Cor 11, 23-25) (Es Cristo que pasa, n. 151).

4. ¿Quién puede llevar a cabo la “consagración”?

En toda celebración litúrgica participan todos los fieles de modo activo. “Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra.” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1140). Sin embargo, cada miembro está llamado a ejercer un papel determinado, porque “todos los miembros no tienen la misma función” (Rm 12,4). La consagración es llevada a cabo propiamente por el sacerdote, quien como “figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios” (San Juan Crisóstomo, De proditione Iudae homilia 1,6.). En efecto, por el sacramento del orden, los sacerdotes reciben una gracia que les habilita para llevar a cabo los actos de culto, especialmente la consagración eucarística, en servicio de los demás fieles.

Esto no quiere decir que el resto de las personas no tienen un papel importante porque la “plena y activa participación de todo el pueblo, es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano” (Sacrosanctum Concilium, n. 14). En este sentido, aunque los fieles no pueden realizar la consagración, su papel es fundamental. “En efecto, la celebración de la Eucaristía es acción de la Iglesia universal; y en ella cada uno hará todo y sólo lo que le pertenece conforme al grado que tiene en el pueblo de Dios. De aquí la necesidad de prestar particular atención a determinados aspectos de la celebración, a los cuales, algunas veces, en el decurso de los siglos se prestó menos cuidado. Porque este pueblo es el pueblo de Dios, adquirido por la Sangre de Cristo, congregado por el Señor, alimentado con su Palabra; pueblo llamado a elevar a Dios las peticiones de toda la familia humana; pueblo que, en Cristo, da gracias por el misterio de la salvación ofreciendo su sacrificio; pueblo, por último, que por la Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo se consolida en la unidad” (IGMR, n. 5).

Textos de san Josemaría para meditar

La mediación salvadora entre Dios y los hombres se perpetúa en la Iglesia por medio del Sacramento del Orden, que capacita -por el carácter y la gracia consiguientes- para obrar como ministros de Jesucristo en favor de todas las almas. Que uno pueda realizar un acto que otro no puede, no proviene de la diversidad en la bondad o en la malicia, sino de la potestad adquirida, que uno posee y otro no. Por eso, como el laico no recibe la potestad de consagrar, no puede operar la consagración cualquiera que sea su bondad personal (Santo Tomás, In IV Sent. d.13, q.1, a.1) (Amar a la Iglesia, n. 31).

Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y —en lo que nos es posible entender— porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre, elevado al orden de la gracia y hecho a su imagen y semejanza; lo ha redimido del pecado —del pecado de Adán que sobre toda su descendencia recayó, y de los pecados personales de cada uno— y desea vivamente morar en el alma nuestra: el que me ama observará mi doctrina y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él.

Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. Hace muchos años, aprendimos todos en el catecismo que la Sagrada Eucaristía puede ser considerada como Sacrificio y como Sacramento; y que el Sacramento se nos muestra como Comunión y como un tesoro en el altar: en el Sagrario. La Iglesia dedica otra fiesta al misterio eucarístico, al Cuerpo de Cristo —Corpus Christi— presente en todos los tabernáculos del mundo. Hoy, en el Jueves Santo, vamos a fijarnos en la Sagrada Eucaristía, Sacrificio y alimento, en la Santa Misa y en la Sagrada Comunión.

Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. Por eso me gusta tanto repetir en la colecta, en la secreta y en la postcomunión aquellas palabras finales: Por Jesucristo, Señor Nuestro, Hijo tuyo —nos dirigimos al Padre—, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

En la Misa, la plegaria al Padre se hace constante. El sacerdote es un representante del Sacerdote eterno, Jesucristo, que al mismo tiempo es la Víctima. Y la acción del Espíritu Santo en la Misa no es menos inefable ni menos cierta. Por la virtud del Espíritu Santo, escribe San Juan Damasceno, se efectúa la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo (Es Cristo que pasa, n. 84-85).

5. ¿Puede haber consagración eucarística fuera de la Misa?

“La misa está formada de dos partes, que son la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre ellas que forman un único acto de culto” (Papa Francisco, Catequesis sobre la Santa Misa). Por esto, la Liturgia Eucarística, en la que se lleva a cabo la consagración eucarística, es inseparable del rito de la Misa. “En la Misa se prepara la mesa, tanto de la Palabra de Dios, como del Cuerpo de Cristo, de la cual los fieles son instruidos y alimentados” (Instrucción General del Misal Romano, n. 28).

Textos de san Josemaría para meditar

Me veo como un pobre pajarillo que, acostumbrado a volar solamente de árbol a árbol o, a lo más, hasta el balcón de un tercer piso..., un día, en su vida, tuvo bríos para llegar hasta el tejado de cierta casa modesta, que no era precisamente un rascacielos...

Mas he aquí que a nuestro pájaro lo arrebata un águila —lo tomó equivocadamente por una cría de su raza— y, entre sus garras poderosas, el pajarillo sube, sube muy alto, por encima de las montañas de la tierra y de los picos de nieve, por encima de las nubes blancas y azules y rosas, más arriba aun, hasta mirar de frente al sol... Y entonces el águila, soltando al pajarillo, le dice: anda, ¡vuela!...

—¡Señor, que no vuelva a volar pegado a la tierra!, ¡que esté siempre iluminado por los rayos del divino Sol —Cristo— en la Eucaristía!, ¡que mi vuelo no se interrumpa hasta hallar el descanso de tu Corazón!

(Forja, 39).


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La Belleza de la Liturgia (14). La Liturgia ordena los valores

Escrito por José Martínez Colín.

Con la necesaria formación litúrgica seguiremos asombrándonos en cada celebración.

1) Para saber

“Si vives con valores para ti mismo, te conviertes de gran valor para todos los que te conocen” (Bryant McGill). Sin embargo, la posmodernidad se está caracterizando en que el hombre se siente desprovisto de valores, sin referencias de ningún tipo, dice el Papa Francisco. Cada vez se le dificulta más encontrarle sentido a su existencia y descubrir el significado de los símbolos. De ahí el problema para comprender, valorar y asombrarse de los actos litúrgicos.

Un reto actual es recuperar la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica. El Concilio Vaticano II afrontó este reto exigente para el hombre moderno.

2) Para pensar

Un ejemplo de poner en orden los valores fue Jacques Fesch, quien fue condenado a muerte por asesinato en 1957. Durante el tiempo que estuvo en la cárcel experimentó la misericordia de Dios, tuvo una conversión y ahora va camino a los altares.

Jacques Fesch era hijo de un banquero ateo que se divorció de su esposa. Fesch fue educado en la religión católica por su madre, pero abandonó la fe a los 17 años. Después de casarse decidió dejarlo todo, incluida familia, y viajar. Sin dinero, decidió robar, pero en su huida mató de tres tiros al oficial de policía Vergne, viudo y padre de una niña. Fesch fue arrestado y condenado a muerte. En la cárcel, sufriendo, una noche pidió ayuda a Dios y recibió la gracia de la conversión: “Tenía la impresión de una bondad infinita que me hizo creer con convicción que nunca estuve abandonado”, resaltó.

Desde su celda, transmitió su fe a través de cartas. En una de ellas decía: “¡Acabo de recibir la Comunión, es una gran alegría!... Tengo paz y sentido en la vida, mientras que antes era solo un muerto viviente”.

La víspera de su decapitación, Fesch declaró: “Que cada gota de mi sangre borre un pecado mortal. Último día de lucha. Mañana, a esta hora, estaré en el Cielo. ¡Cinco horas más y veré a Jesús!”. Murió el 1 de octubre de 1957, Jacques Fesch. Cuando los guardias llegaron a su celda para buscarlo, lo encontraron de rodillas rezando junto a la cama. Sus últimas palabras fueron: “Señor, no me desampares, confío en Ti”.

El entonces Arzobispo de París, Cardenal Jean Marie Lustiger, señaló que al “declarar santo a alguien no significa que la Iglesia admire sus méritos, sino propone un ejemplo de conversión de alguien que supo escuchar la voz de Dios y se arrepintió… No hay pecado tan grave que impida al hombre llegar a Dios, que le propone la salvación”, agregó.

3) Para vivir

No es casualidad que el primer documento emanado del Concilio Ecuménico II, haya sido sobre la Liturgia. Se llamó “Sacrosanctum Concilium”, que nos dice que la Liturgia es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (n. 10).

Hay una escala de valores y deberes a tener en cuenta, nos dice el Papa, y así crecer en nuestra capacidad para vivir plenamente la acción litúrgica: Dios tiene el primer puesto; la oración, es nuestra primera obligación; la Liturgia, es la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual. Con la necesaria formación litúrgica seguiremos asombrándonos en cada celebración.

 

 

SERVIDORES DE LA ESPERANZA: PRESTAR NUESTRA VOZ A DIOS E INTERCEDER POR LOS DEMÁS

 

En la Plaza de san Pedro, el domingo 2 de octubre, el Papa dedicó sus palabras antes del Angelus por entero a la guerra en Ucrania. No es lo habitual; lo ordinario es que sean un comentario al Evangelio de la Misa del domingo[1]. Se trató de una singularidad que fue recogida por los medios de comunicación. En más de 80 ocasiones el Papa ha hablado de la guerra en Ucrania, pero en ninguna ha sido tan claro y directo. Se dirigió, en primer lugar y ante todo, al Presidente Putin, “suplicándole que detenga, también por amor a su pueblo, esta espiral de violencia y muerte”. Es la primera vez que le dirige un mensaje público. A continuación, al Presidente Zelensky, “para que esté abierto a serias propuestas de paz”. Y por último, a los líderes mundiales, “les pido insistentemente que hagan todo lo que esté a su alcance para poner fin a la guerra en curso”. Sin duda, las informaciones de primera mano de su enviado el cardenal polaco Krajewskis, limosnero del Vaticano, habrán alertado al Papa. Al inicio lo subrayó: “El curso de la guerra en Ucrania se ha vuelto tan grave, devastador y amenazador que es motivo de gran preocupación”. Una guerra cuyas heridas “en vez de cicatrizarse, sigue sangrando cada vez más, con el riesgo de agrandarse”. Hizo referencia a las atrocidades sucedidas: “¡Ciertas acciones no pueden ser justificadas nunca, nunca!”. Sin mencionarlos explícitamente, “deploró” la celebración de los referéndums de independencia, iniciativas “contrarias a los principios del derecho internacional” que “aumentan el riesgo de escalada nuclear, hasta el punto de temer consecuencias incontrolables y catastróficas a nivel mundial”. El riesgo es alto, basta leer las noticias. En un comunicado difundido por la Casa Blanca, Biden avisaba: “Putin no está bromeando”, para subrayar el peligro real de amenaza nuclear. En la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) celebrada en Samarcanda a mediados de septiembre, India y China han mostrado su preocupación y descontento a Putin.

 

A Ucrania se suman otras zonas de guerra: Yemen, Etiopía, el Sahel, Mozambique, Congo, sin olvidar el Oriente medio. Algunos países sufren conflictos armados, como Myanmar y Haití. Otros, padecen una falta de libertad lacerante, como Venezuela, Nicaragua y Cuba, o las víctimas del crimen organizado no dejan de crecer, como en México. Un total de 360 millones de cristianos viven en 50 países con niveles de persecución muy altos o extremos, es decir, 1 de cada 7 cristianos en todo el mundo: 2 de cada 5 en Asia, 1 de cada 5 en África y 1 de cada 15 en América Latina, según el informe de la ONG Puertas abiertas del 2022. En todas estas desgracias encontramos un denominador común, el mal presente en el interior del hombre. ¿Quién puede liberar a la humanidad de este germen de muerte? ¿Cuál es el remedio, en dónde está la salvación? Los cristianos conocemos la respuesta: la Misericordia sobreabundante de Dios.

 

“Un río de miseria, alimentado por el pecado, parece contradecir la plenitud de los tiempos realizada por Cristo”, reconocía Francisco ante tantos males. “Y sin embargo, este río en crecida nada puede contra el océano de misericordia que inunda nuestro mundo”[2] concluía. Es hora, con urgencia, de recordarlo. En su Diario, santa Faustina Kowalska[3] recoge una revelación de Jesús: “La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la Misericordia Divina”. Y le dirá: “Te doy tres formar de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración”. Dios desea vehementemente que sus hijos prestemos la voz y el corazón a su Amor misericordioso y así seamos servidores de la Esperanza. Aquí me fijaré en la oración, en la oración de intercesión por los demás.

 

Los ejemplos paradigmáticos de Abraham y de Moisés

 

El ejemplo de Abraham será su oración de intercesión por las ciudades de Sodoma y Gomorra (ref. Génesis 18, 16-33). Dios le revela que las va a destruir pues el clamor de sus crímenes ha llegado al cielo. Era tal la maldad que reinaba que Dios debía intervenir, hacer un acto de justicia y frenar el mal con la destrucción de las ciudades. El patriarca inicia un diálogo audaz y confiado con Dios para salvarlas: “¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable?”. Suponiendo que viven 50 justos en Sodoma, intenta persuadir a Dios: “Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él?”. Dios contestó: “Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos”. Abraham progresivamente rebaja el número de inocentes: 45, 40, 30, 20… hasta llegar a 10. Dios, en su misericordia, invariablemente, contesta: “No la destruiré… No lo haré…”. Pero no se hallaron esos 10 justos y Dios frenó el mal destruyendo la ciudad. Antes salvará a Lot, sobrino de Abraham, mandando dos ángeles para avisarle que saliera de Sodoma.

 

Moisés intercederá por Israel, el pueblo elegido. El suceso ocurrió a los tres meses de salir de Egipto, cuando llegaron al monte Sinaí (ref. Éxodo, 32). Mientras Moisés estaba en oración y ayuno en el monte esperando el don de la Alianza con Yahvé, el pueblo desconfió que volviera, habían pasado 40 días. Renegó de Dios y cayó en la idolatría, adorando un becerro de oro que Aarón fabricó. El Señor revela a Moisés el pecado del pueblo y su intención: “Deja que mi ira se encienda contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo”. Moisés intercede. Rememora la promesa de Yahvé hecha a Abraham, Isaac y Jacob de hacer un gran pueblo de su descendencia, y de la salvación mostrada al librarlo de la esclavitud de Egipto. Su súplica apela a la fidelidad de Dios y a su misericordia. Moisés bajará, destruirá el becerro y castigará a los culpables con la muerte; al día siguiente volverá a Dios implorando el perdón del pueblo. Lo hará con gran audacia: “ahora, o perdonas su pecado o me borras del libro que has escrito”.

 

Algunas ideas de Benedicto XVI al hilo de los pasajes de Abraham[4] y de Moisés[5]

 

La primera es que Abraham no solo pide que sean salvados los inocentes, sino que gracias a ellos sea perdonada toda la ciudad. “De esta manera pone en juego una nueva idea de justicia: no la que se limita a castigar a los culpables, como hacen los hombres, sino una justicia distinta, divina, que busca el bien y lo crea a través del perdón que transforma al pecador, lo convierte y lo salva”. La oración de intercesión del orante sirve de excusa a Dios para ofrecer al pecador la salvación y manifestar su amor benevolente; si el pecador se deja salvar, si confiesa su culpa, recibirá el perdón y la gracia para no continuar haciendo el mal, saldrá de su realidad corrompida y así no será necesario el castigo. El objetivo de la oración de intercesión no es evitar el castigo sino liberar al hombre del mal que hay en su corazón, del pecado. Ese es el verdadero mal, que en sí engendra un castigo que es el mayor posible, vivir lejos de Dios y su amor. Así lo expresa el profeta: “En tu maldad encontrarás el castigo, tu propia apostasía te escarmentará. Aprende que es amargo y doloroso abandonar al Señor, tu Dios” (Jeremías 2, 19).

 

La segunda enseñanza es la confianza de Abraham y Moisés en la Misericordia, piden porque esperan, porque saben que lo que piden es conforme al ser de la justicia de Dios: “llama a la puerta del corazón de Dios pues conoce su verdadera voluntad”. Dios no puede dejar sin respuesta el mal, de ahí el castigo como destrucción del mal, pero su deseo siempre es perdonar, salvar, dar vida. Así lo anuncia el profeta: “¿Acaso quiero yo la muerte del malvado –oráculo del Señor Dios–, y no que se convierta de su conducta y viva?” (Ezequiel 18, 23). La fe en la Misericordia divina es la causa del poder de la oración de intercesión. “La intercesión es como «levadura» en el seno de la Trinidad. Podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo”[6].

 

La tercera consideración es la iniciativa de Dios para mover al hombre a interceder por los demás. Dios cuenta a Abraham y Moisés lo que va a hacer esperando que intervengan y le digan que no lo haga, revelando así que su deseo siempre es la salvación. Por esa vía Dios nos hace participes de su voluntad de salvar y transformar el mal en bien. “Con su súplica, Abraham está prestando su voz, pero también su corazón, a la voluntad divina”. Dios quiere servirse de cada cristiano, de su intercesión, para actuar en la historia; que en donde esté haya un germen de bien, que actúe como mediador y salve a las personas de su alrededor de esta amargura interior que es la ausencia de Dios; en círculos concéntricos, como la piedra que cae en el lago. Cuantos más sean los que recen, mejor irá el mundo.

 

La última idea hace referencia a si habrá inocentes. Hubieran bastado 10 justos para salvar Sodoma. Doce siglos más tarde, Jeremías dirá en nombre de Dios que bastará un justo para salvar Jerusalén. “Recorred las calles de Jerusalén, mirad bien y averiguad, buscad por todas sus plazas, a ver si encontráis a alguien capaz de obrar con justicia, que vaya tras la verdad, y yo la perdonaré” (Jeremías 5, 1). Pero no lo encuentra y Jerusalén caerá en manos de Nabucodonosor (587 ac); el Templo será destruido y los judíos deportados a Babilonia. Y ahora, ¿hay inocentes? ¿No somos todos pecadores? ¿Podemos esperar ser salvados?

 

Jesucristo, el Justo por el que viene la salvación

 

Benedicto XVI nos recuerda cómo ante la situación del hombre herido por el pecado, Dios Padre envía a su Hijo para garantizar la presencia de un Justo. “El infinito y sorprendente amor divino se manifestará plenamente cuando el Hijo de Dios se haga hombre, el Justo definitivo, el perfecto Inocente, que llevará la salvación al mundo entero muriendo en la cruz, perdonando e intercediendo por quienes “no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34)” (ref. nota 4). Jesús resucitado ascendió al Cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre intercediendo por nosotros. Por eso podemos esperar la salvación.

 

Jesús está delante de Dios, le muestra sus credenciales, las llagas de sus manos, como tantas veces repite Francisco, y pide por mí. “Su oración en la cruz es contemporánea de todos los hombres, es contemporánea de mí: él ora por mí, ha sufrido y sufre por mí, se ha identificado conmigo tomando nuestro cuerpo y el alma humana” (ref. nota 5). Nuestra oración de intercesión será escuchada y encontrará respuesta. Cristo es el garante, capaz de “salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hebreos 7, 25). Jesús nos lo ha prometido: “Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Juan 14, 13).

 

La invitación de Jesús a interceder con Él

 

En una entrevista a Juan Pablo II en Castelgandolfo, aprovechando que pasaba unos días de descanso allí, tras unas tomas generales del jardín, el periodista pregunta a bocajarro: “¿Podría decirme, en pocas palabras, ¿qué es la Iglesia? -No se lo diré en pocas palabras -contesta el Papa- sino en una sola: «salvación»”[7]. El Bautismo nos ha hecho consanguíneos con Cristo, miembros de su cuerpo místico, la Iglesia. Dios nos llama a ser “cooperadores de Dios” (1 Corintios 3, 9) en orden a la salvación. “La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús”[8]. La Iglesia, en todos sus miembros, tiene la misión de practicar la oración de intercesión. En particular tiene el deber quien está en un rol de responsabilidad: padres, educadores, sacerdotes, superiores de comunidad…

 

“En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos”[9]. Cada domingo confesamos al rezar el Credo: creo en la comunión de los santos. Cuando intercedemos nos identificamos con Cristo, único mediador ante el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular. “Quien reza no deja nunca el mundo a sus espaldas. Dios <nos toma, nos bendice, y después nos parte y nos da>, para el hambre de todos. Rezar por alguien es un poco hacer como Jesús; interceder en Jesús al Padre, por los otros. Esto es muy bonito” [10], enseñaba Francisco.

 

Ser mediador nos mejora… mucho

 

Francisco recordaba[11] que la intercesión, “nos estimula particularmente a la entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás”. Ponía el ejemplo de san Pablo; su oración estaba llena de personas. “En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos vosotros… porque os llevo dentro de mi corazón” (Filipenses 1, 4-7). Ese interceder por las necesidades de los demás nos hace bien: “el corazón se vuelve más generoso, nos libera de la conciencia aislada y estar deseosos de hacer el bien y de compartir la vida con los demás”. La intercesión mejora progresivamente la mirada; el Espíritu Santo nos predispone para ver a los demás con la comprensión, ternura y cercanía de Cristo.

 

El que fue jefe de prensa de Juan Pablo II, Joaquín Navarro-Valls, con motivo de su beatificación, contaba un recuerdo que ilustra lo anterior. Al Papa le llegaban mensajes de todo el mundo, y los tenía en el reclinatorio de su capilla. Navarro-Valls contaba: “Le he visto pasarse horas de rodillas con estos mensajes, uno a uno, en la mano, sobre todo tipo de sufrimientos y necesidades. Pero sabía también dar gracias por tantas cosas buenas. Creo que en la oración no se ocupaba de las cosas «suyas» sino de las de los demás. Y confiaba mucho en la misericordia de Dios”[12].

 

Quien no ama al otro no reza por él. En cambio, si nos importa querremos su bien y, en nuestra indigencia, acudiremos humildemente a Dios a través de Jesús para lograr esa gracia. Si en el corazón habita el odio, la indiferencia, la arrogancia, el propio interés, la envidia, qué difícil es rezar… de verdad. “Quien no ama finge rezar, o él cree que reza, pero no reza, porque falta precisamente el espíritu que es el amor” (ref. nota 10), enseña Francisco. “En la intercesión, el que ora busca "no su propio interés sino el de los demás" (Filipenses 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal” (ref. nota 8). Es el primer paso del amor a los enemigos, rezar por ellos, dar bien por mal. “En ese momento sabe que no es demasiado diferente de las personas por las que reza: se siente pecador, entre los pecadores, y reza por todos” (ref. nota 10).

 

Una falsa excusa: no me va a hacer caso porque…

 

Evidentemente Dios no es un cajero automático. Pero sí es padre, mejor que el mejor. A ningún hijo excluye de su amor. André Frossard lo dice bellamente: “Dios sólo sabe contar hasta uno”. Nos quiere con locura, hasta el extremo de sacrificar a su Hijo primogénito, y desea nuestra felicidad. Ya lo advierte Jesús: “Si vosotros, pues, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que se lo pidan?” (Lucas 11, 13). Confiados en la filiación divina, que el Maestro reveló al enseñar el Padrenuestro, podemos esperar ser atendidos. Más si pedimos para otros. “Dios responde siempre: hoy, mañana, pero siempre responde, de una manera u otra. Es cuestión de paciencia, siempre, de soportar la espera”, dice el Papa. Dios tiene sus tiempos.

 

Recordemos la lección de la parábola del fariseo y del publicano (ref. Lucas 18, 9-14). Aceptar con humildad que somos pecadores, que no merecemos por cómo nos portamos; admitir que solos podemos poco o nada; considerar que a veces pedimos mal o no acertamos con lo más conveniente; reconocer el poder benevolente de Dios y agradecer su cuidado sabio y amoroso son actitudes que conmueven a Dios. “El mundo va adelante gracias a esta cadena de orantes que interceden, y que son en su mayoría desconocidos… ¡pero no para Dios!” (ref. nota 10), afirma Francisco. Ojalá seamos uno de ellos.

 

Hacer a la memoria responsable y aprovechar las oportunidades

 

Es bueno para acordarnos apuntar por qué cosas o por quién voy a rezar diariamente. Hay unas intenciones que son permanentes: la Iglesia, el Papa, el obispo de la diócesis en que uno vive, los sacerdotes –en especial los de la parroquia a la que uno pertenece-, los cristianos perseguidos, la unidad de todos los cristianos, la familia, los amigos, los enfermos, los que sufren alguna necesidad –por ejemplo, los que no encuentran trabajo en estos tiempos de crisis-, los que padecen la guerra o alguna catástrofe… y los difuntos. Otras tienen carácter temporal: tantas, porque un cristiano está llamado a ser responsable del mundo, ya que Dios se lo ha confiado… Ahora la prioridad es pedir la paz en Ucrania.

 

Cualquier momento es bueno para pedir por otros, pero hay dos especialmente oportunos: al participar en la santa Misa y al rezar el Rosario. La intercesión es parte de la liturgia de la Misa: nos unimos a Cristo que intercede en la Cruz por todos y por todo. Es el mejor momento para pedir por otros con más eficacia. También cuando recibimos a Cristo en la Comunión. Como razonaba santa Teresa de Jesús, le hemos dado posada en nuestra alma y está dispuestísimo a hacernos favores. En octubre celebramos el mes del Rosario. Arma poderosa para interceder por mediación de María ante su hijo, Jesús. El Rosario es la oración, “tan querida de la Virgen y tan recomendada por los Sumos Pontífices, por medio de la cual los fieles pueden cumplir de la manera más suave y eficaz el mandato del Divino Maestro: Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”[13]. Al rezar cada Avemaría la Virgen ruega con y por nosotros.

 


[1] El momento para rezar por diversas intenciones es después del Angelus; el Papa recuerda hechos sucedidos recientemente en el mundo, muchos son desgracias, otros alegrías o noticias de la Iglesia. La reunión acaba con el saludo a algunos grupos de peregrinos presentes y un ruego: “Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí”. El texto de ese día 2 de octubre lo encuentras en: https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2022/documents/20221002-angelus.html

[2] Francisco, Homilía de la Misa del 1 de enero de 2016.

[3] Sor Faustina Kowalska, santa polaca de principios del siglo XX, promovió la devoción a la Divina Misericordia. En un Diario recogió diversas apariciones místicas de Jesús.

[4] Benedicto XVI, Audiencia (18.05.2011). https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20110518.html

[5] Benedicto XVI, Audiencia (1.06.2011). https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20110601.html

[6] Francisco, Exhortación apostólica “La Alegría del Evangelio” n. 283.

[7] Eduardo Camino, “No necesito a Dios. Desde la necesidad a la salvación” página 170.

[8] Catecismo de la Iglesia católica n. 2634.

[9] Catecismo de la Iglesia católica n. 2635.

[10] Francisco, Audiencia sobre la oración de intercesión (16.12.2020).

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2020/documents/papa-francesco_20201216_udienza-generale.html

[11] Francisco, carta apostólica “La Alegría del Evangelio” nn. 281-283.

[12] Por esa razón, Benedicto XVI eligió el Domingo de la Divina Misericordia para su beatificación (1.05.2011) y Francisco para su canonización (27.04.2014), una fiesta (el 1º domingo de Pascua) que el papa polaco instituyó y en cuya víspera falleció.

[13] Pío XI, Encíclica Ingravescentibus malis (29-IX-1937).

 

 

«Un estado democrático no puede imponer una visión antropológica en todos los ámbitos»

Los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española han publicado una nota sobre los aspectos más preocupantes de las nuevas leyes sobre el aborto o los derechos de las personas LGTBI.

Maria José Atienza·10 de octubre de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos

ley trans

Foto: ©Unsplash

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La aprobación de la Ley sobre salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo y la Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI ha llevado a los obispos que conforman la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española a alzar la voz ante los ataques a la dignidad personal y la vida humana que se contienen en estas normas.

De hecho, los obispos hablan de una colonización ideológica ante las que «queremos recordar la antropología adecuada que nos muestra que la persona es la unión de cuerpo y alma».

La ley del aborto

En este sentido, los obispos, destacan su rechazo frontal a la nueva ley del aborto que no sólo lo ampara sino que promulga el aborto como un derecho y contiene aspectos tan preocupantes como la permisión del «aborto de los discapacitados hasta los cinco meses y medio, la posibilidad de que las chicas de 16 y 17 años puedan abortar sin el consentimiento de sus padres, la obligatoriedad de que los médicos que rechacen realizar abortos tengan que inscribirse en un registro de objetores de conciencia o la eliminación del período de reflexión antes de abortar y de la información sobre alternativas al aborto».

En efecto, esta nueva ley del aborto eleva la eliminación del no nacido a «bien jurídico” como destacaban para Omnes hace unas semanas Pilar Zambrano, profesora de Filosofía del Derecho de la Universidad de Navarra.

La llamada «ley trans»

Asimismo, desde la Subcomisión han señalado la ideologización total de la norma jurídica manifestada en la «Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI» que impone, de manera unilateral, la teoría queer en el sistema judicial y sanitario español «estableciendo e imponiendo arbitrariamente una única concepción antropológica». 

En este punto, los obispos han querido recordar varios puntos clave que respaldan este rechazo de los obispos a la imposición de esta ley:

– Los testimonios de familias, madres, jóvenes y adolescentes que han sufrido las consecuencias de esta imposición de la teoría de género a los que los prelados han mostrado su «apoyo y ayuda».

– La imposición de «una peculiar y reducida visión antropológica en todos los ámbitos: educativo, jurídico, sanitario, laboral, en los medios de comunicación, en la cultura, el deporte y el ocio» que, desde diversas instancias gubernamentales se ha incrementado en los últimos años.

– La falta de rigor científico en la elaboración de estas leyes. Como apunta esta nota» los estudios científicos coinciden en que más del 70% de los niños que piden cambiar de sexo, cuando pasan la adolescencia, no siguen pidiendo el cambio». En esta línea, los obispos recuerdan que «la despatologización de la transexualidad se identifica con favorecer una intervención médica, pero sin criterios médicos, sino con criterios subjetivos del paciente. Una subjetivización que «obliga al personal sanitario a obedecer los deseos de los pacientes, aunque ello conlleve graves riesgos para la persona». 

Además, la nueva ley «niega la posibilidad de tratamiento psicosexual e incluso la necesidad de obtener un diagnóstico de las personas con trastorno de identidad de género, confundiendo el diagnóstico médico con un intento de anulación de la personalidad». A esto se suman «los testimonios de personas que se han sometido a la reasignación y no han visto solucionado su situación. Igualmente hay que valorar bien los tratamientos y explicar las secuelas, los efectos secundarios y las complicaciones de los mismos».

La posición de los fieles

Además de enumerar algunos de los principales aspectos rechazables de esta norma, los obispos han querido también dibujar la actitud de los fieles cristianos ante las personas con disforia de género ante la que «comunidad cristiana y, en particular, los pastores debemos desarrollar, siempre, sentimientos de acogida».

Al mismo tiempo han animado a «alzar la voz con fuerza y denunciar el uso de tratamientos prematuros e irreversibles aún más cuando no se está seguro de la existencia de una auténtica Disforia de Género. Las actuaciones médicas que se lleven a cabo en los menores, después de una serena reflexión, nunca deben ser de carácter irreversible». 

Al tiempo, los obispos han manifestado que quienes sufren este tipo de disforia de género «están llamados por Jesucristo a la santidad y a realizar, animados por el Espíritu Santo la voluntad de Dios en sus vidas, uniendo al sacrificio de la cruz los sufrimientos y las dificultades que puedan experimentar a causa de su condición» y han apelado al respeto de la «libertad de conciencia y de ciencia a todos los profesionales de los diversos ámbitos de la vida social sin condicionar el desempeño profesional en libertad» ante un adoctrinamiento que condiciona «el desempeño profesional en el campo educativo, sanitario, función pública, judicatura, cultura, medios de comunicación».

La imposición de leyes que atentan contra la vida humana en diversas etapas llevó, a la Conferencia Episcopal Española, a publicar, el pasado mes de marzo, una nota doctrinal sobre la objeción de conciencia en la que pretenden ofrecer criterios y principios ante los problemas que leyes como la de la eutanasia, o la nueva ley sobre el aborto plantean para los católicos.

 

Amar a la Iglesia

Hoy debemos volver a actualizar el deseo de sentir con la Iglesia, de amarla con todo nuestro corazón, yendo más allá de sus límites, descubriendo su verdadera grandeza.

11 de octubre de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos

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Foto: ©Cathopic

Desde hace años existe una triple línea de mensajes en muchos medios de comunicación en lo que se refiere a las noticias que tienen que ver con lo religioso, y más en concreto, con la Iglesia católica.

Por una parte, uno puede ver cómo las noticias que tengan que abordan el tema religioso silencian la dimensión trascendente, precisamente la que le es más específica, y dan las noticias con los datos que son más ‘a ras de tierra’. El camino de Santiago queda reducido a turismo, las catedrales y templos a arte, una Jornada Mundial de la Juventud a ingresos económicos para el país anfitrión.

En otra segunda línea de comunicación se tiende a presentar y resaltar la parte negativa, silenciando lo positivo que hacen los cristianos. El bombardeo de noticias sobre la pederastia en los sacerdotes y religiosos iría en esta línea. Así se va generando un rechazo a la institución en global.

La tercera clave es la de presentar una Iglesia dividida entre el pueblo y los pastores, de forma que se abra una brecha dentro del pueblo de Dios. Separar, distanciar afectivamente a unos de otros es también un mensaje que va calando poco a poco.

Sin duda esta línea informativa va poco a poco generando una mentalidad de desconocimiento e incluso de rechazo que se suma a los retos que la Iglesia tiene en la evangelización. ¿Cómo abordar este reto?

Evidentemente hay que realizar una buena comunicación, diríamos, en un orden inverso. Dar noticias religiosas con una mirada profunda, contar también las historias de amor y generosidad que surgen en la vida de los cristianos, mostrar con cercanía a nuestros pastores y su labor de servicio que ejercen desde su puesto.

Pero principalmente creo que es importante que cultivemos una verdadera visión (y vivencia) de lo que es la Iglesia. Mientras no vivamos los cristianos una visión profunda de la Iglesia, vamos a arrastrar los límites que toda institución humana tiene.

Porque la Iglesia es mucho más que una agrupación, un colectivo, una asociación. Nuestro refuerzo de la ‘percepción ‘de la Iglesia no puede ser encontrar nuestros puntos fuertes, generar una corriente de orgullo de pertenencia o fortalecer la adhesión como podría hacer cualquier colectivo. No, no va por ahí.

Tenemos que entender que la Iglesia es nuestra madre. Vivir desde esta dimensión espiritual será lo que nos haga realmente tener un verdadero sentido de pertenencia que superará cualquier crisis o desafío. La Iglesia nos entrega a Cristo, un Cristo real, vivo, no retocado por nuestras ideas o gustos, por las modas históricas. La Iglesia nos engendra a la vida de Dios y nos nutre para que crezcamos en esa vida que se nos regala. Es verdaderamente nuestra madre. Amo a la Iglesia con ese amor que nace de las entrañas y del corazón, entrañable y cordial, que es el amor a mi madre. Un amor cálido, que une y adhiere con ese cordón umbilical que supera de largo cualquier campaña de marketing o de refuerzo de la imagen pública que se quiera hacer.

Esta vivencia de la Iglesia es la que hemos de transmitir especialmente a las nuevas generaciones. Y tengo la sensación de que estamos fallando en ello, quizás por superficialidad, puede ser que por que estamos en distintos registros culturales. Pero el riesgo de una visión meramente sociológica de nuestra pertenencia a la iglesia, sin un calado profundo, es algo que debemos tener en cuenta y reorientar, si fuese necesario.

San Ignacio de Loyola incluyó en sus Ejercicios Espirituales las ‘reglas para sentir con la Iglesia’ en aquel siglo convulso de ruptura por la reforma protestante. Quizás hoy debemos volver a actualizar el deseo de sentir con la Iglesia, de amarla con todo nuestro corazón, yendo más allá de sus límites, descubriendo su verdadera grandeza, que estriba principalmente en su maternidad. Por eso nuestra relación con la Iglesia es una relación principalmente de amor.

Amor a la Iglesia y amor a Cristo. Que no es algo distinto.

 

 

Nietzsche: ¿Ha muerto Dios?

 

Escrito por Juan Serrano

 

"¿No oímos todavía el ruido de los  sepultureros,  que  entierran a Dios? ¿Nada sentimos de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha  muerto! ¡Y somos nosotros quienes le hemos dado muerte! (…) Este acontecimiento enorme está en camino, marcha, todavía no ha llegado hasta los oídos de los hombres. Es necesario dar tiempo  al  relámpago  y  al  trueno, es necesario dar tiempo a la luz de los otros astros, tiempo a las acciones, cuando ya se han realizado, para ser vistas y oídas". (Nietzsche "Gaya Ciencia" n. 125).

I)        Sentido y significado de la frase "¡Dios ha muerto!"

A)      Un cadáver

Según Heidegger en su libro "Sendas Perdidas" la frase de Nietzsche "alude al destino de dos milenios de historia".  Se trata de la constatación de una realidad histórica. Un tomar el pulso a la historia de Occidente, y descubrir que el corazón de Dios no late ya en ella. El Dios que vivía en la conciencia de los europeos está ya muerto.  ''Vivía  —escribe  Adler— en el único retiro, donde los dioses pueden vivir, en la  conciencia humana, y ha desaparecido". (1). O como escribe Welte: "Muerto está lo que en otro tiempo se veía como vivo, de lo que sin embargo ha desaparecido la vida, y ahora no es que llegue a ser la nada,  sino  que  está  muerto" (2).

Ahora bien, tenemos que tener presente que este hecho  todavía no se ha manifestado en la realidad de la hora histórica. Por eso, cuando aquel loco  en  pleno  día con una linterna  encendida  se arroja  sobre  la  multitud  apiñada en la plaza para revelarle la realidad histórica del hecho que  acaba de descubrir, se encuentra con que su grito de " ¡Dios ha  muerto" provoca en sus  oyentes  sólo risa e hilaridad. Ha llegado demasiado pronto. Este acontecimiento enorme está todavía en camino. Es natural, por eso, que el hombre-masa acoja la noticia con una carcajada maciza. El loco tratará   de   arrancarlo   de   su indiferencia, le mostrará el vacío que se ha abierto bajo sus pies como consecuencia de este enorme suceso ; pero.. , "es  necesario  dar  tiempo al relámpago y al trueno".

Sólo un número reducido, algunos  espíritus  que  llevan  en  sí el destino de la humanidad, saben resistir el  vértigo que produce esta toma de conciencia de  que Dios ha muerto.  Nietzsche  sabe que ha nacido demasiado pronto: "Porque  esta  cuestión no está aún de actualidad, algunos hombres nacemos póstumos". Quizás sea ésta una de las convicciones o sentimientos más claros que aparece en su libro "Así habló Zaratustra". Nietzsche se  adelantó al tiempo. "El sol ha caído ya, pero alumbra y  entorpece  todavía el cielo de nuestra vida", nos dice  en su libro "Humano, demasiado humano". Todavía tardará años hasta que desaparezca por completo la sombra de Dios de la tierra. Hay que saber esperar. Aguardar a que los años vayan borrando todas las sombras de ese Dios ya muerto, y se haga manifiesto al hombre-masa.

Dado que la muerte de Dios es para Nietzsche un hecho histórico, lo importante es, por tanto, su poder histórico, y no la validez lógica de las pruebas a favor de la existencia de Dios. A este respecto es patente que, una vez desaparecido este poder histórico "no puede —como afirma el mismo autor antes citado, Welte— deducirse sin más, por un proceso formal de una demostración de las pruebas de la existencia de Dios" (3).

B)      Asesinado

Según De Lubac, existe en la expresión "¡Dios ha muerto!" un sentido también que "traduce una elección" (4). Como muy bien es­ cribe Jaspers, "esta muerte no es sólo un hecho, es la acción de una voluntad" (5).

Efectivamente, Nietzsche anuncia un hecho, pero que ha realizado el mismo hombre. "¡Nosotros le hemos matado, vosotros y yo!". Es el hombre el que ha querido  deliberadamente  la  muerte de Dios. Hay en Nietzsche, pues, un sentimiento de rebeldía instintiva, según frase de De  Lubac en su libro "El drama del hum nismo ateo". Afirmación que el propio Nietzsche parece rubricar, cuando escribe en su libro "Ecce Horno": "Yo no considero el ateísmo como un resultado, y aún menos como un hecho; para mí, el ateísmo se cosa instintiva". Ateísmo que brota desde dentro, como mayor que él  mismo.  Hay  algo en su interior  que  se  quiere  sin la valla de un Dios. Esto instintivo que se le presenta como lo primero y siempre  querido  por  él, es precisamente su voluntad de querer ser. Sería aquel " querer ser" de Schopenhauer, pero  que en Nietzsche toma tono de un querer ser al máximo: un querer ser sin límites, infinito.

La muerte de Dios se le presenta a Nietzsche como un enorme suceso histórico que yace en la cuneta de los caminos de la Historia. Ahora bien, hay aquí algo más profundo que un mero tropezarse en su caminar con el cadáver de Dios. "¡Dios ha muerto! " es, ante todo, el gran suceso que Nietzsche proyecta fuera, precisamente porque se le presenta internamente (instintivamente) como lo primero y siempre querido. Por eso, diríamos con Welte que él "encontró en el tiempo algo que   primero  quería   encontrar y quería encontrarlo, porque ya había en él algo  que  deseaba  estar sin la valla de un Dios vivo" (6).

Porque se quiere sin límites, infinito. Porque se quiere dios, no quiere ya otro Dios. Esta es quizás la idea eje de su libro "Así habló Zaratustra"... Donde el viejo papa, ya gastado y sin oficio, revelará a Zaratustra el secreto último de su ateísmo: "Ha debido haber un Dios, que te ha convertido a tu impiedad". Este Dios que le salva, sumergiéndole en la incredulidad, es esa voluntad existencial que le llama —con su voz honda e instintiva— a  querer  ser al máximo: querer ser él  mismo su dios. Porque, "si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser un Dios? Por consiguiente, no  hay dioses", nos afirma categóricamente Zaratustra.

II)       Cuando Dios muere:

A)      Nihilismo:

Dios muere, y con su muerte se nos viene abajo todo el edificio de la humanidad: las  viejas  tablas de los valores quedan rotas en mil pedazos, y aquellos antiguos ídolos —siempre respetados por su edad— llegan a su ocaso... Cae el sol y, con él, la vida ha muerto en la tierra, convirtiéndose todo en una nada vacía. Esta es la consecuencia más inmediata del gran suceso que el loco ha venido a anunciarnos.

El loco presiente la nada  infinita como amenaza. De  ahí  que con la misma fuerza  que  proclama la muerte de Dios, a renglón seguido anuncia también la terrible sacudida que se nos avecina: "¿No erramos como a  través  de una nada infinita? El vacío ¿no nos persigue con su hálito? ¿No hace más frío? ¿No veis  oscurecer cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía?" Un mar vacío: El nihilismo, el más inquietante de todos los huéspedes, está a la puerta.

B)      Liberación:

El nihilismo llama a la puerta invitando; pero Nietzsche nos insistirá en su libro "Voluntad de dominio" que éste es un estado meramente transitorio. Nos repetirá una y otra vez que él lo ha superado.

Quiso la muerte de Dios,  pero la quiso porque Este se le presentaba como su mayor peligro y amenaza. "No habéis resucitado hasta que él bajó a la tumba", escribe en "Así habló Zaratustra". Nietzsche no mata a Dios para sumergirse morbosamente en una nada oscura. El no se cierra el paso como hará Sartre, cuando descubra que todo existe "para nada". Para Nietzsche la muerte die Dios se le presenta como una liberación, como la condición de posibilidad única para  poder ser al  máximo: "En  efecto, nosotros, —escribe  en  la  Gaya  Ciencia— filósofos y espíritus libres, al saber que el "antiguo Dios ha muerto" nos sentimos iluminados por una nueva aurora; nuestro corazón desborda de agradecimiento, de asombro, de aprensión y de esperanza;    por último, el horizonte nos parece libre de nuevo, aun admitiendo que no esté claro,  y, en fin, nuestros barcos pueden darse a la vela, bogar ante el peligro; todos los acasos del que busca el conocimiento son lícitos de nuevo; el mar, "nuestra pleamar",  se abre  de nuevo  ante nosotros y quizás no ha habido nunca una mar tan plena".

Un mar libre se abre con la muerte de Dios. Por eso, cuando Nietzsche entona un "Requiem Aeternam Deo", el cántico fúnebre hay que traducirlo por un ¡Aleluya!, un saludo a la nueva "aurora que nace".

B)      Afirmación:

Nietzsche  saluda  la  aurora  de la muerte de Dios, porque  ésta se  le presenta como la gran liberación. El hombre se libera y comienza a elevarse  cada  vez  más, al no tropezar  ya  con  Aquel  que le tenía acorralado dentro de unos muros. Así nos lo describe el mismo Nietzsche unas páginas más atrás de la proclamación de la muerte de Dios: "Existe un  lago que un día detuvo su corriente y que construyó un dique  allí  donde antes corría; (...) Quizás el hombre  se  elevará  cada  vez  más a partir del momento en  que  ya no "corra" a  verterse  en  el  seno de un Dios".

Con el "no" a Dios y, por consiguiente, a los supremos valores, llega el "sí" al hombre: a su voluntad de poder. He aquí la gran consecuencia de la muerte de Dios. , Aunque ,más que hablar de consecuencia, yo diría que, precisamente porque Nietzsche quería a toda costa la realización de su voluntad existencial (manifestada en esa llamada a ser pero sin límites, al máximo), proyectó fuera —en la historia— el asesinato de Dios que, en realidad, se había realizado dentro de su más profunda mismidad. Porque quería crear, afirmar una nueva tabla de valores, en la cual figurase como único valor la vida, entendida como voluntad de poder. Siguiendo a Heidegger,  diríamos que Nietzsche supera el nihilismo precisamente con la metafísica de la voluntad de poder, entendida esta como principio de la subvención de todos los valores supremos.

Más   aún,   yo  afirmaría   que, puesto que Nietzsche quiere como lo primero y siempre querido esta subversión de valores (condición única de posibilidad para implantar como nuevo valor la voluntad de poder), él no duda en arrancar instintivamente la vida de Dios. Porque quiere la consecuencia, realiza esta enorme hazaña: El hecho de la muerte de Dios no es causa, sino consecuencia de esta voluntad de dominio. Así comprendemos por qué nos insiste tanto en sus obras que el que quiere ser "creador" debe ser antes "destructor". En "Así habló Zaratustra" leemos: "Esta  voluntad (de crear) es la que me alejó de Dios y de los dioses porque ¿qué podría yo crear si hubiera Dios?" Y también: "... fue preciso que yo me vengara de semejante testigo (Dios), si no quería morir yo mismo".

III)     ¿Qué Dios ha muerto?

"Cuando era joven ese Dios de Oriente, era duro y estaba sediento de venganza y construyó un  infierno  para divertir a sus favoritos.

Pero acabó por  hacerse  viejo y blando, tierno y  compasivo, pareciéndose más a un abuelo que a un padre, pero mucho más a una abuela  vieja  y caduca.

Con el rostro arrugado se sentaba al amor de la lumbre, lamentándose de la debilidad de sus  piernas,  fatigado  del mundo y del querer y acabó por ahogar un día toda su piedad. "Viejo para —interrumpió entonces Zaratustra— ¿viste tú eso con tus propios ojos? Puede ser que eso pasara como lo cuentas, y también de otra manera. Cuando los dioses mueren, mueren de muchas clases de muerte.

¡Pues bien! De todas maneras el caso es que ya no existe. Repugnaba a mis ojos y a mis oídos y no quisiera decir de Él otra cosa peor. A mí me  gustaba todo lo que tiene  la  mirada limpia y habla francamente. Pero Él —tú lo sabes bien, viejo sacerdote— tenía algo de todos los sacerdotes: era equivoco.

Tenía también el espíritu confuso ¡Cómo se  enfadaba con nosotros el soberbio, porque no le comprendíamos! Y ¿por qué no hablaba más claro?

Y si la falta era de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que oían tan mal? Si teníamos barro, en los oídos, ¿quién lo puso en ellos?

Hizo muchas cosas que le salieron mal a aquel alfarero que nunca acabó de  aprender su oficio. Pero eso de vengarse en sus pucheros y en sus criaturas porque lie salieron mal, fue un pecado contra el "buen gusto".

También hay un  buen  gusto en la piedad; ese  buen gusto ha acabado por decir: "Quitadnos de encima semejante Dios. Es mejor que no tengamos Dios". Es mejor hacerse cada uno su destino con sus propios puños, es mejor ser un loco, es mejor ser cada uno un Dios.

"¡Qué estoy oyendo! -dijo  el papa al llegar aquí, aguzando el oído- ¡Oh Zaratustra tú eres más piadoso de lo que crees, con toda tu incredulidad! Ha debido haber un Dios que te ha convertido a tu impiedad".

(Nietzsche "Así habló Zaratutra" págs. 236-37).

Ese Dios  repugnaba  a  sus  ojos y oídos. Era un Dios como lo acabamos de ver descrito, oculto y lleno de misterios; un Dios que mantenía su reinado a costa de crucificar al hombre. Y la  "piedad" no soporta que  el  amor  de ese Dios a los hombres fuera la muerte del mismo  hombre.  Por eso, es mejor que no tengamos Dios, nos dice Zaratustra; es  mejor ser cada uno un Dios. Es  un Dios dormido el  que  hay  dentro  de Zaratustra, un Dios que despierta... un  nuevo  Dios:  el  mismo Zaratustra .

El viejo Dios tenía que morir. Nietzsche se  plantea  el  dilema ("O Dios, o Zaratustra"), y  no duda a la hora de elegir:

"Me veía, sin cesar, "a  mí"; fue preciso que yo me vengara de semejante testigo, si no quería morir yo mismo.

El Dios que lo veía todo, "aun siendo hombre", ¡ese Dios debía morir! El hombre no tolera que semejante testigo viva".

Nietzsche, el más feo de los hombres, el que tiene los pies más grandes y más pesados, el que hunde y estropea los caminos, se siente impelido al crimen...  Porque Dios se le presenta como su enemigo número uno. Por eso, tiene que morir y bajar a  la tumba; y, así, sólo así, despertará el superhombre, comenzando  con ello el reinado de Zaratustra:

"¡Ante Dios! ¡Pero si Dios ha  muerto! hombre superior, ese Dios ha sido vuestro mayor peligro. No habéis resucitado hasta que Él bajó a la tumba. Ahora  solamente  vuelve   el gran Mediodía, ahora el  hombre superior es el amo.

¿Habéis comprendido esta frase, oh hermanos míos? ¿Os habéis asustado? ¿Vuestro corazón es presa del vértigo?

¿Aquí se abre el abismo para vosotros? ¿El perro del  infierno os ladra?

¡Pues bien! ¡Vamos, hombre superior! Ahora es cuando la montaña del porvenir va a dar a luz: ahora queremos que viva el superhombre".

(Nietzsche "Así habló Zaratustra" págs. 261-2).

El  pensamiento de Nietzsche es claro. Dios aparece como el mayor peligro para Zaratustra.  Y en ese duelo a vida o  muerte, triunfa (quiere el triunfo) Zaratustra sobre Dios. A él poco le importa que el hombre-masa le tenga por "el más feo de los hombres", por el mayor criminal de todos los tiempos. El sabe bien que este es el único camino, para que su corazón se transforme  por fin: para llegar a ser él... Sólo, así, podrá resucitar, con el horizonte despejado y sin  la  valla  de un Dios vivo.

Explicitando más, diríamos ya que, evidentemente, este  Dios que muere es para Nietzsche el Dios cristiano. Nos encontramos, pues, "junto al lecho mortuorio del cristianismo". Junto al cadáver del Dios cristiano y, con su muerte, ante la descomposición de todo el cristianismo.

Pero ¿qué concepto tiene Nietzscher del Dios cristiano?

A)      Negatividad.

En primer lugar, según él, el concepto cristiano de Dios es el más corrompido que existe, puesto que hace guerra a la vida, es hostil a la naturaleza y a la voluntad de vivir. Es negación:

"El concepto cristiano de Dios —el   Dios entendido como un Dios de los enfermos, como araña, como espíritu— es uno de los conceptos más corrompidos de la divinidad  que  se ha inventado sobre la tierra; quizás represente el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de los dioses. Dios, degenerado hasta ser la contradicción a la vida, en vez de ser su glorificación y su eterna afirmación. La hostilidad declarada a la vida, a la naturaleza, a la voluntad de vivir, en el concepto de Dios".

(Nietzsche "Anticristo"  n. 18)

El concepto de Dios que Nietzsche ha fotografiado, responde a esa imagen hoy ya caduca (y tal vez caricaturesca), pero que, sin duda, sería la foto presentada en los púlpitos y cátedras de Teología de su Europa contemporánea. Un concepto en contradicción con la  vida, interpretada  ésta como la voluntad de dominio: "Se ha llamado Dios —escribe Nietzsche en su libro Voluntad de dominio"— todo lo que debilita, a todo lo que predica la debilidad, a todo lo que contagia de  debilidad... "y también: "La noción de Dios representa una aversión a la vida, la crítica, el  desprecio mismo de la vida". Y, así, podríamos seguir citando machaconamente, y no por ello adulterando el pensamiento nietzscheriano, puesto que es él mismo quien obsesivamente nos insiste en todos sus escritos en lo mismo: Dios como opuesto a vida.... Como contradicción. El concepto de Dios ha sido creado, nos dice Nietzsche, para negar  esta  existencia. Para negar todo sentimiento de poderío:

"Lo que ha sido más temido, la causa de los mayores sufrimientos (afán de poderío, voluptuosidad), ha sido tratado con más saña por el hombre y eliminado del verdadero mundo. Por eso han ido borrando poco a poco las pasiones: han creado a  Dios  como lo opuesto al mal, han hecho consistir la realidad en la negación de los deseos y de las pasiones".

(Nietzsche "Voluntad de do­ minio" pg. 327).

Como acabamos de ver, Nietzsche entiende en su libro "Voluntad de Dominio" que  este concepto cristiano de Dios ha sido  creado, para que no tomemos en serio nuestra existencia,... para que no tomemos conciencia de nuestra voluntad de poderío. Nietzsche no perdona "a las razas fuertes" que también  ellas  cayeran   prisioneras de este concepto nihilista. Mostraron mal gusto —nos dice en su libro "Anticristo"— cayendo ellos también en las garras de la nada.

El crucificado como símbolo de condenación de esta existencia. Esta es la historia  lamentable: El hombre busca un principio en nombre del cual pueda despreciar al hombre; inventa otro mundo para poder calumniar a éste. "De hecho —insiste Nietzsche, en su libro Voluntad de Dominio— extiende siempre la mano hacia la nada, y de esta nada saca un Dios, "la verdad" y, en todo caso  un juez y un condenador de este ser".

B)      Impostor:

En segundo lugar,  yo  diría  con De Lubac que Dios es para Nietzsche  sólo el  espejo del   hombre. El hombre, en ciertos estados fuertes, excepcionales, adquiere conciencia  del  poder que hay en él, o  del  amor  que  le  eleva... ,  Pero como ciertas e  indeterminadas sensaciones le  embargan  de algún  modo  por   sorpresa y sin que él aparezca para nada, no atreviéndose a atribuirse  a  sí  mismo oeste poder o este amor,  los hace atributos de un ser sobrehumano que le es extraño.  Reparte, pues, en dos esferas los dos aspectos  de  su   propia   naturaleza: el  aspecto  ordinario,  piadoso  y débil,  pertenecerá  a la esfera de lo que él llama el hombre;  el  aspecto  raro,   fuerte y sorprendente, a la esfera de lo que él llama  Dios. Así se priva él mismo de lo que hay en él de mejor.

La creencia es el Dios cristiano, por eso, no es más que un caso de "alteración de la personalidad". Así nos lo dice Niétzsche cuando escribe en "Humano demasiado humano":

"... el hombre se ama de nuevo, lo siente, pero precisamente  este nuevo amor, esta nueva estimación de sí mismo le parece increíble, y no puede ver en este fenómeno más que la  gracia de Dios descendiendo inmediatamente sobre él. (. .. ) Del mismo modo que antes, sobre todo en sus estados de depresión encontraba una  explicación  falsa de sus acciones,  igualmente ahora la encuentran de sus impresiones; su estado de confortamiento es para él como el efecto de un poder que reina fuera de él, el 'amor con que  en el fondo se ama a sí mismo,  se  le aparece como un amor divino".

Más claramente aún nos lo dice en su libro "Voluntad de Dominio":

"El  sentimiento de  poderío cuando se apodera de una manera repentina del hombre y le subyuga y esto es lo que sucede con todas las grandes pasiones", despierta una especie de duda sobre la capacidad  de la persona; el hombre no se atreve a imaginar que él mismo es la causa de este sentimiento —imagina, por consiguiente—, una personalidad más  fuerte, una divinidad que viene a sustituir a  su  propia  personalidad en un caso dado (...) Y semejante al enfermo que siente extrañas pesadeces en uno de sus miembros y concluye  de  esto que hay otro hombre acostado sobre él, el ingenuo "horno religiosus" se disocia en varias personas. La religión es un caso de "alteración de la personalidad".

Pero Nietzsche no quiere una existencia entre un aquí y un allí; entre él y Dios. El quiere ser uno. El concepto de Dios se le presienta como una proyección del otro yo" del hombre; un ceder a otro lo que le pertenece a él también. Por eso, Dios tiene que morir... Porque ya es hora de que el hombre tome en serio su propia existencia: su voluntad de querer ser uno.

Quizás sea este "puro querer ser uno" la voz  más  repetida  de la voluntad existencial de Zaratustra. El nos predica fidelidad a la tierra y al cuerpo, fidelidad a sí mismo, romper con todo lo que nos divide. Fidelidad al cuerpo y a la tierra será el mensaje concreto  que viene  a  anunciarnos  Zaratustra, como camino indispensable para que nuestra existencia llegue a ser una". En sus discursos mostrará al populacho, todavía apegado a lo ultra-mundano, la alucinación que él  padeció  en su juventud al lanzar sus ideales "más allá de los hombres". Más aún, atacará a aquellos alucinados de la historia que inventaron el más allá. Aconsejará que nos apartemos de todos aquellos que han pronunciado un ¡desgraciado de los que ríen aquí abajo!, y se fueron a buscar una felicidad ultra­mundana. Ellos no han comprendido  que el corazón de la tierra es de oro.

Zaratustra quiere para sí el cuerpo y la tierra, como lo inmediato e indivisible de su existencia. Y se niega a dárselo a un tercero aunque se llame Dios.  Zaratustra no es más que la encarnación de una voluntad en la que siempre y ante todo, se oye la voz que le invita a ser uno.

C)      Otros muchos rasgos podríamos subrayar sobre la  fotografía que Nietzsche tiene de Dios:

Un Dios hostil al progreso, a la selección. Un Dios amante del espíritu de rebaño, de  la  igualdad. Un Dios que teme a la ciencia, porque ésta descubre su mentira. Un Dios no compatible con este mundo, y para el cual inventamos otro mundo que no conocemos. Un Dios del cual hay  que  alejar  la idea de bondad suprema", así como la de "suprema sabiduría", puesto que permite la duda, durante siglos y siglos, y  da  oídos que oyen mal. Un Dios cazador de conciencias, y que obliga a amar hasta el límite, para  lo cual inventó el infierno (para precipitarse en él a los que  no  querían  amarle). Un Dios que nace del miedo, del instinto de rebaño...

Creo, no obstante, que todos estos rasgos no son más que variaciones sobre el mismo tema. El  Dios en qu.ien piensa Nietzsche, el Dios que asesina, es un Dios negador de la vida y un Dios como alteración de la personalidad

IV)      ¿Por qué este Dios muere?

A la luz de todo lo expuesto hasta aquí, sobre la pregunta de por qué este Dios muere. Sencillamente, tiene que morir.

Un Dios tal, un Dios en contradicción con la vida, un Dios que disocia al hombre en  dos,  estorba al hombre que se quiere como "puro ser uno". Es obvio.

Antes, cuando Dios vivía en la conciencia del hombre, se razonaba del siguiente modo, nos dice Nietzsche:

"La vida sería insoportable si no hubiera Dios, o como se dice entre los idealistas "la vida sería insoportable si no  tuviera una significación moral". Luego es necesario que Dios exista o que haya una significación moral de la vida". (Nietzsche. "Aurora" n. 90).

La verdad, no obstante, es —según Nietzschte—  todo   lo  contrario. O mejor aún, la vida sólo es vida sin Dios; luego Dios tiene que morir, para que pueda ahora vivir el hombre. Recordemos que, según él, sólo el ser vivo que tiene además voluntad de Dominio, posee "su vida", su propia existencia; mientras que el que, aunque tenga voluntad de vivir, está ligado a otro tiene su existencia repartida,  no se  puede  decir  que tiene realmente su vida.

Así, pues,  ¡Dios  ha  muerto!" es el resultado de una acción deliberada de una voluntad. Es el propio Nietzsche el que se quiere sin Dios: "Yo  mismo  he  matado a todos los dioses en el cuarto acto", escribe en la "Gaya Ciencia". Es su voluntad de querer  ser  pero al máximo, sin límites:

"Pero yo os hablaré con el corazón, amigos míos: si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser un dios? Por consiguiente, no hay dioses. (...)

El querer emancipa  esta  es  la verdadera doctrina de la voluntad y de la libertad: esto os enseña a vosotros Zaratustra".

Al conocer siento la voluntad de crear y  la  alegría  del  devenir, y, si hay inocencia en mi conocimiento, es porque en él existe la voluntad de crear. Esta voluntad es la que se alejó de Dios y de los dioses, porque qué podría yo crear si hubiera Dios?" Nietzsche. "Así habló Zaratustra", pp. 71-72).

V)        Nietzsche, un afirmador:

"Nosotros no negamos fácilmente, ponemos nuestro honor en afirmar". (Nietzsche. "El Ocaso de los idolos" n. 6).

Generalmente se ha  interpretado la metafísica de la voluntad de Dominio como el escape nietzscheniano al nihilismo. Así, por ejemplo, W. Scbubat en su estudio "Dostojewski und Nietzsche"; así también Charles Moeller quien cree que Nietzsche edifica su humanismo sobre un orden varonil para no caer en el nihilismo.

Ahora bien, pienso yo, que por debajo de todo esto, se esconde algo más profundo. No se  trata de que ante la nada que se le avecina a Nietzsche como hombre europeo que se encuentra  enrolado  en  el  movimiento  histórico de Europa, lo  auto-supere  mediante una  metafísica  de  la  voluntad de poder . Evidente mente, esto es lo que parece nos quiere dar a entender él, cuando nos habla de la muerte de Dios como un hecho histórico (un enorme acontecimiento) con que se encuentra; o cuando nos habla del nihilismo como "huésped molesto" que irremediablemente se nos viene encima... Pero profundizamos:

Nietzsche, en realidad, jamás tuvo peligro de nihilismo, aunque nos haya dicho que él ha sido el "primer nihilista europeo, pero ya lo ha superado". Siempre  hubo algo dentro de sí más último: algo  más  profundo  que  le dio un carácter de afirmador. Va siempre tras el "sí" absoluto y dionisiaco de su propia existencia. Precisamente es la voluntad de Dominio aquello que poco a poco se lo fue haciendo cada vez más lúcido, y mostrándosele como lo primero y siempre querido por él.

Todas sus negaciones y, entre ellas, la negación entre las negaciones, —"¡Dios ha   muerto!"— no es más que el eco de esa voluntad de crear, voluntad de  ser uno, de ser sin límites: "La voluntad del león quiere ser hambrienta, violenta, solitaria y sin Dios ", nos dice Zaratustra. La vida de Nietzsche no fue más  que un querer "penetrar hasta el sí total de su propia existencia"... Y para poder  decir sí, tiene antes que negar; para poder crear, destruir primero; para poder vivir el hombre, tiene antes que bajar a la tumba Dios. Sólo así, — muerto Dios— el dominio sobre la existencia pasa "al querer nuevo del hombre determinado por la voluntad de poder", como escribe Heidegger. Recordemos a  este fin aquella frase con que Nietzsche cierra la primera parte  de  su  libro "Así habló Zaratustra":

"Los dioses han muerto, y ahora queremos que viva el super­hombre: ésta será, un gran Mediodía, nuestra última voluntad!"

Se trata del reinado del super­hombre. Pero maticemos:

El lugar de Dios que queda vacío, es ocupado por el superhombre. "por el hombre cuya  esencia y existencia es lo pretendido a base de la voluntad de poder". Sin embargo, hay que entender bien esto. No podemos interpretarlo como que Nietzsche pone ahora al hombre exactamente en el lugar que metafísicamente le correspondía a Dios. "El hombre no puede -—escribe Heidegger a este respecto— ponerse nunca en el lugar de Dios, porque la esencia del hombre nunca alcanza el dominio esencial de Dios. (…) El superhombre no se pone, nunca, en el lugar de Dios, sino que el lugar donde penetra el querer del superhombre, es otro dominio de otra fundamentación de lo existente en otro ser" (7).

Por supuesto, se refiere al dominio "de la interioridad"; dominio del que se posee, del que tiene total posesión de su existencia. Así, pues, con la muerte de Dios, llega un nuevo reinado: el reinado del superhombre. Respuesta total y absoluta a la voluntad de poder, el sí a la propia existencia... pero un sí sin detracción, sin excepciones, sin límites.

Esto es precisamente lo que le da a Nietzsche un carácter de afirmador. Yo diría que la violencia de la negación se convierte en él en afirmación. Acabemos, pues, diciendo con J. Wahl:

"El no, cuando es radical, puede, por su propia fuerza, por su frenesí, transformarse en sí  y  el nihilismo de los fuertes,  no ya el die los débiles, en filosofía positiva" (8).

Juan Serrano, en dialnet.unirioja.es/

Notas:

  1. QUINTIN PEREZ, Nietzsche. Cádiz, Escelicer, 1943. pág. 234, citando a Adler.
  2. WELTE, El ateísmo de Nietzsche y  el  cristianismo. Madrid, Taurus, 1962, página. 14.
  3. WELTE, Op. cit., pág. 16.
  4. DE LUBAC, El drama del humanismo ateo. Madrid, Sol y Luna, 1949. pág. 53.
  5. Nietzsche et la mort de Dieu, note á propos  du  N.  de  Jaspers,  en  Acéphale, enero 1937, pág. 2. Citado por DE LUBAC, Op. Cit., pág. 53.
  6. WELTE, Op. Cit., pág. 23.
  7. HEIDEGGER, Sendas Perdidas. Buenos Aires, Losada, 1960. pág. 213.
  8. J.  WALH,  Le  Nietzsche  de  Jaspers,  Recherches  Philosophiques,  1936-37. página 357.

 

 

 

La Universidad, la mejor de España en internacionalidad y en ingresos de investigación procedentes de la industria

Según el último ranking Times Higher Education


FotoManuel Castells/La Universidad de Navarra ha mejorado en docencia e investigación respecto de la edición anterior.

12 | 10 | 2022

La Universidad de Navarra es la que más alto puntúa en los indicadores de enfoque internacional (International Outlook) y en ingresos de investigación procedentes de fuentes privadas (Industry Income) de todas las universidades españolas, según el Times Higher Education World University Rankings 2023. Teniendo en cuenta todos los indicadores evaluados por el ranking, es la cuarta mejor de España y se sitúa en el rango de las 251-300 mejores universidades del mundo (de un total de 1.799 universidades que son clasificadas este año).

Times Higher Education evalúa en este ranking global a las universidades en 13 indicadores distintos agrupados en 5 áreas: docencia, investigación, citas entre académicos, internacionalidad e ingresos de la industria. La Universidad de Navarra ha mejorado este curso en cuatro de estas áreas: ha subido en docencia (+6,51%), en investigación (+3’30%), ingresos de la industria (+0,45%) e internacionalización (+0,69%). La Universidad mantiene además su primer puesto como primera universidad privada de España, dado que las tres primeras españolas son centros públicos catalanes: la Universidad de Barcelona, la Universidad Pompeu Fabra y la Autónoma de Barcelona.

En su estudio, THE ha empleado más de 40.000 entrevistas a académicos, 15,5 millones de artículos y más de 121 millones de citas de los últimos cinco años gracias a la información bibliométrica de la base de datos académica Elsevier. En esta edición, el THE World University Ranking ha comparado a más de 2.325 universidades de más de 104 países de todo el mundo, de las que 1.799 han cumplido los requisitos mínimos para ser clasificadas y tras aportar en conjunto más de 680.000 datos de su docencia, ingresos e investigación.

Rosalía Baena, vicerrectora de Estudiantes, ha explicado que la mejora de la Universidad de Navarra en este ranking "es resultado de un esfuerzo conjunto de todos los profesionales de la Universidad para ofrecer la mejor calidad docente a nuestros estudiantes y para investigar, con impacto internacional e interdisciplinariedad, problemas que preocupan al mundo".

 

 

“El futuro de los cuidados paliativos pasa por una formación obligatoria en las facultades”

El catedrático de la Universidad de Navarra Carlos Centeno subraya que España cuenta con la mitad de los servicios de cuidados paliativos necesarios


FotoManuel Castells/

10 | 10 | 2022

“La existencia de equipos especializados en Medicina Paliativa es un indicador de cómo está este tipo de medicina en un país, unido a la formación de los profesionales sanitarios y a la disponibilidad de fármacos que posibiliten los tratamientos. En España, la disponibilidad de fármacos es buena, pero actualmente contamos con la mitad de servicios especializados de los que harían falta y no todos los profesionales tienen los conocimientos básicos para proporcionar a los pacientes la atención que necesitan”. Es la radiografía que hace el Dr. Carlos Centeno, catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra y director del Servicio de Medicina Paliativa de la Clínica Universidad de Navarra, con motivo del Día Mundial de los Cuidados Paliativos que se celebra el 9 de octubre.

Para equilibrar la balanza, el especialista apunta a la formación en las facultades de Medicina: “Actualmente, de las más de cuarenta que hay en el país, solo unas diez imparten paliativos en asignaturas obligatorias y otras tantas lo ofrecen de forma optativa, mientras que el resto no enseña cuidados paliativos a sus alumnos”, detalla. Sin embargo, el Dr. Centeno descarta la necesidad de una formación intensiva, y apuesta por una formación básica, del estilo de la que se imparte en países como Italia, Alemania, Reino Unido, Noruega o Francia, que ayude a cualquier médico a saber qué hacer, cómo comportarse y cómo aliviar el sufrimiento de un paciente en la fase avanzada de la vida, no solo en los últimos días. 

“La Universidad de Navarra vio que este era un aspecto fundamental hace 15 años, cuando la medicina paliativa se empezó a ofertar como asignatura optativa”, relata. “Inmediatamente los alumnos captaron que esto tenía que ser para todos, la Facultad lo escuchó y se incluyó como una asignatura troncal y obligatoria. La experiencia nos dice que esta forma de enseñar reencuentra a los alumnos con las cuestiones fundamentales que les hicieron apostar por la Medicina, y refuerza su compromiso con el paciente, la relación con la familia, la necesidad de trabajar en equipo o la importancia del soporte emocional y espiritual para los enfermos”.

“Los cuidados paliativos no son para cuando ya no hay nada que hacer”

Para el Dr. Centeno, en la definición de cuidados paliativos no entra la muerte: “La razón de ser de la Medicina Paliativa no es que no haya nada que hacer, es aliviar el sufrimiento intenso que existe en la persona por el hecho de tener una enfermedad grave, algo que el paciente percibe enseguida: le da igual cómo se llame, pero entiende que le alivia, le sirve y se encuentra mejor”.

Esta perspectiva da sentido al modo peculiar de trabajar que tiene el equipo de la Clínica Universidad de Navarra y cuya máxima es “Medicina Paliativa, cuanto antes, mejor” procurando esa atención al tiempo que los tratamientos contra la enfermedad como quimioterapia o inmunoterapia, por ejemplo. “Cada día, el equipo se divide: la mitad va a las plantas de hospitalización y la otra mitad trabaja en consultas externas, con pacientes que vienen de la calle para recibir tratamientos oncológicos o con insuficiencia respiratoria avanzada, etc. Son enfermos que tienen dolor, que están bajos de ánimo, que tienen un cansancio extremo… y que se benefician tempranamente del enfoque paliativo porque acompaña al tratamiento contra su enfermedad”.

Diez años de investigación para transformar la sociedad

Este enfoque, unido a la dimensión docente cada vez más relevante, tiene como propósito mejorar la sociedad, así como los cuidados paliativos mejoran la calidad de vida de los pacientes. “En España vemos que la participación social ha empezado con el movimiento de organizaciones de pacientes, la aparición de ciudades compasivas…”, apunta el Dr. Centeno. De igual modo, se está produciendo un aumento de la investigación en Medicina Paliativa con la aparición de distintos grupos de estudio.

Recientemente, el grupo Atlantes del Instituto  Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra, del que Carlos Centeno es investigador principal, ha cumplido una década de trabajo en la definición y promoción de los cuidados paliativos. En este tiempo, el equipo ha llevado a cabo tres líneas de actuación que repercuten de forma directa sobre la actividad docente de la Universidad y la asistencia sanitaria que se realiza en la Clínica: “Por una parte, hemos trabajado los valores asociados a la Medicina Paliativa, al tiempo que hemos documentado el desarrollo de los cuidados paliativos en distintos lugares del mundo como un gran estudio de salud pública, y hemos analizado cómo su mensaje alcanza a la sociedad y al profesional”, señala.

Desde marzo de 2022, Atlantes Global Observatory of Palliative Care es centro colaborador de la OMS. “Los estudios sobre el desarrollo global de los cuidados paliativos primero captaron la atención de las sociedades científicas internacionales, que nos pedían colaboración para evaluar regiones del mundo como Europa, Latinoamérica, África y países árabes. Cuando estos estudios, con cientos de colaboradores de todo el mundo coordinados desde la Universidad, se han dado a conocer a través de los atlas y publicaciones científicas de alto impacto, la OMS nos nombró centro colaborador para la monitorización de los cuidados paliativos a nivel mundial”.

La línea de investigación de Medicina Paliativa de la Universidad de Navarra es uno de los principales ejes de su Estrategia 2025. Promueve una investigación orientada al impacto social y una producción científica con foco, en este caso, a la búsqueda de soluciones personalizadas para el cuidado de la salud de los pacientes con enfermedades que cursan con dolor intenso.

 

 

La educación de los hijos

Si le digo a un amigo que tiene que educar a sus niños en libertad seguramente me dirá, sobre la marcha, “¿pero de qué me estás hablando? El niño necesita que sea un poco duro con él si quiero que aprenda, que sepa lo que cuesta la vida, si quiero que saque buenas notas”. Esto lo puede decir un padre responsable que quiere hacer lo mejor para el niño, pero que entiende poco. Luego hay otros padres que “no tienen tiempo” ni para esto ni para nada. O sea, a los niños que les eduque mamá, si es que tiene tiempo, la maestra o la chica, que vete tú a saber.

Pero es esencial educar en libertad, y eso no es tarea sencilla. Hay que aprender, hay que pensarlo con profundidad, hay que entender de qué se trata. “¿Qué es aprender a convivir? Es aprender el juego de dar y recibir, la base de toda vida social. En la conversación hay que participar, pero no hablar todo el tiempo; contestar a las preguntas, pero sin brusquedad; interesarse por los otros, pero sin insistencia; saber prestar los juguetes; saber entretenerse solos cuando nuestros amigos y los adultos están ocupados; no exigir ser el centro de atención en todo momento; no destrozar juguetes ni objetos de la casa o del colegio; aprender a obedecer a los adultos si dicen que hay que terminar el juego por alguna razón. Muchos niños de cuatro o cinco años han interiorizado las reglas de la convivencia en el sentido aquí descrito”[1].

La responsabilidad de los padres en la educación de los hijos es muy grave. Y es cosa del padre y de la madre, con dedicación de tiempo, con inmenso cariño, con bastante comprensión. Por lo tanto hay que profundizar en lo que esto significa. Hay que preguntar a los más expertos, en caso de que haya dudas. Hay que dedicar tiempo, porque esta es la tarea más importante que los padres tienen a lo largo del día, de cada día.

JD Mez Madrid

 

 

Educar en liberta

“El niño necesita adquirir costumbres positivas para él y su entorno y no disfrutará de una vida feliz y productiva sino aprende a comportarse de una manera aceptable para la sociedad”, dice Ángel Cabrero en un artículo sobre educar en libertad. Y es que, educar en libertad es enseñar al niño que el capricho no rinde. El niño tiene que entender que los padres son quienes saben lo que es bueno, y eso lo aprenden cuando ven cariño en el trato, aunque a veces hay que poner cara seria para echar una bronca. Así está aprendiendo, desde pequeño, qué es lo mejor para su vida y, según vaya creciendo, actuará con alegría, o sea con libertad, porque se da cuenta de que merece la pena.

“El lazo entre el trabajo, el aprendizaje y la felicidad supone, según Russell, que sólo se alcanza la felicidad utilizando la propia capacidad plenamente, y no hay logro grande sin un trabajo persistente, absorbente, difícil, un esfuerzo que deja poca energía para la diversión. Por eso, hay que adquirir desde la niñez la capacidad para aguantar una vida en parte monótona y ocasionalmente incluso rutinaria. Todo esto, porque sencillamente no hay otro modo de llegar a ser feliz”. El problema más importante a veces es que los padres entiendan qué significa libertad.

Pedro García

 

La formación profesional

Atrás quedaron los años en los que sobre la formación profesional pesaba el estigma de considerarla una alternativa de menor valor para la promoción personal y social de los jóvenes ¿Recuerdan?, yo profesor de FP lo vivía en la propia carne y si lo recuerdo. La recuperación de la “imagen social” de la formación profesional debe servir de oportunidad para el incremento de la oferta de plazas ante una demanda creciente y la necesidad de un desarrollo de los modelos de enseñanza duales, que tienen como base la inserción temprana en las empresas. Con la herida de una tasa de paro juvenil del 26 por ciento, las administraciones públicas competentes deben apostar por este sistema, fomentando además el sistema de conciertos, dado que son numerosas y pioneras las iniciativas de la sociedad civil en este campo.

Jesús Domingo Martínez

 

 

La ‘tragedia silenciosa’ que está afectando la salud mental de nuestros niños

Victoria Prooday - 03.10.2018

Foto: Freepik 

Ante los últimos casos de suicidios de jóvenes y adolescentes sucedidos en diferentes países, es importante revisar qué está pasando y qué soluciones surgen al respecto.

A continuación, compartimos un artículo escrito por la terapeuta ocupacional con amplia experiencia en la infancia Victoria Prooday, el cual se ha vuelto viral, más de 10 millones de personas lo han leído y el número sigue aumentando. 

La terapeuta comienza su escrito haciendo esta advertencia: "Sé que muchos preferirían no tener que enfrentarse a lo que digo en el artículo, pero sus hijos necesitan que ustedes escuchen lo que quiero decir. Incluso a quienes están en desacuerdo con mi perspectiva, les ruego que pongan en práctica las recomendaciones que comparto al final del artículo. Cuando vea los cambios positivos en la vida de su hijo, ¡entenderá por qué digo lo que digo!"

*** 

Hay una tragedia silenciosa que está ocurriendo ahora mismo, en nuestros hogares, y que afecta a las joyas más preciadas que tenemos: nuestros hijos. Después de tratar a cientos de niños y familias en mi trabajo como terapeuta ocupacional, soy testigo de una tragedia que está sucediendo frente a mis propios ojos. ¡El estado emocional de nuestros hijos es horrendo! He hablado con profesores y profesionales y tienen preocupaciones similares a las mías. Lo que es peor, en los últimos 15 años, las investigaciones han generado estadísticas alarmantes de un aumento brusco y constante en enfermedades mentales en niños, que ya es casi una epidemia:

• 1 de cada 5 niños tiene problemas de salud mental

• El trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) aumentó en un 43%

• La depresión adolescente aumentó en un 37%

• La tasa de suicidio en niños de 10 a 14 años aumentó en 100%

¿Cómo solucionar este problema?

Si queremos que nuestros hijos lleguen a ser individuos felices y saludables, tenemos que despertar y volver a lo más fundamental. ¡Todavía es posible! Lo sé porque cientos de mis clientes ven cambios positivos en el estado emocional de sus hijos en semanas (incluso días en algunos casos) después de aplicar estas recomendaciones:

• Establezca límites y recuerde que usted es la madre o padre de su hijo, no su amiga o amigo.

• Provea a sus niños de un estilo de vida equilibrado basado en lo que necesitan, no sólo lo que quieren.

• No tenga miedo de decir «NO» a sus hijos si lo que ellos quieren no es lo que necesitan.

• Proporcione alimentos nutritivos y naturales.

• Pasen 1 hora al día en espacios verdes andando en bicicleta, caminando, pescando, observando aves e insectos.

• Disfruten de una cena familiar sin tecnología todos los días.

• Jueguen un juego de mesa al día. 

• Que sus hijos cumplan con una obligación al día (doblar la ropa, guardar los juguetes, colgar la ropa, guardar los alimentos después de comprarlos, poner la mesa, etc.)

• Establezca una rutina para irse a la cama, que garantice que su hijo duerma largo tiempo en un dormitorio sin nada de tecnología.

• Enseñe responsabilidad e independencia. No los proteja en exceso contra pequeñas equivocaciones. Ayúdeles a adquirir las habilidades necesarias para superar los mayores desafíos de la vida.

• No prepare la mochila de su hijo, no le lleve la mochila, no le traiga a la escuela el almuerzo o la agenda que olvidó, y no pele el plátano para un niño de 5 años. Enséñele habilidades a sus niños en lugar de hacer las cosas por ellos.

• Enseñe a que posterguen la gratificación, y otorgue oportunidades para que se «aburran», ya que el aburrimiento es el momento en que la creatividad despierta. 

• No sienta que usted es responsable por el entretenimiento de su hijo.

• No use la tecnología como una solución contra el aburrimiento.

• Evite usar tecnología durante las comidas, en el auto, restaurantes, centros comerciales. Utilice dichos momentos como oportunidades para entrenar el cerebro de sus niños y aprendan a funcionar en «tiempos aburridos».

• Ayúdeles a crear un «botiquín de primeros auxilios contra el aburrimiento» que contenga ideas de actividades para cuando «estoy aburrido».

• Esté disponible emocionalmente y comuníquese con sus niños, enséñeles habilidades sociales y cómo controlarse a sí mismos.

• Apague el teléfono hasta que los niños estén en la cama, evitando así que usted se distraiga con una herramienta digital.

• Conviértase en el entrenador de las emociones de su hijo. Enséñeles a reconocer y lidiar con la frustración y la ira.

• Enséñeles a saludar, tomar turnos, compartir, tener empatía, modales en la mesa, conducir una conversación.

• Conéctese emocionalmente: sonría, abrace, bese, cosquillee, lea, baile, salte o gatee con su hijo.

¡Es necesario que hagamos cambios en la vida de nuestros hijos antes de que toda esta generación de niños esté sumida en medicamentos! Aún no es demasiado tarde, pero pronto lo será...

Por Victoria Prooday, Terapeuta ocupacional. Traducción al español por Johanna Perez Ray. Publicado en su Blog