Las Noticias de hoy 20 Septiembre 2021

Enviado por adminideas el Lun, 20/09/2021 - 11:58

El poder se tiene mientras se ejerce y su única legitimidad es...

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 20 de septiembre de 2021     

Indice:

ROME REPORTS

El Papa a la hora del Ángelus: “¿Quieres sobresalir? Sirve”

No tengan miedo a las sorpresas, dejen abiertas puertas y ventanas

Abuso de menores, el Papa: escuchar la llamada de las víctimas y comprometerse

LA LUZ EN EL CANDELERO : Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del lunes: una lámpara encendida

“Darle gloria, alabarle y extender su reinado” : San Josemaria

Mensaje del Prelado (20 septiembre 2021)

Algo grande y que sea amor (VII): la vocación matrimonial : Carlos Ayxelà

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»

Catequistas: testigos de la fe en la vida ordinaria : Ramiro Pellitero

La sublimidad del amor materno : Plinio Corrêa de Oliveira

Jornada “muerte digna o vida digna”. El próximo 29 de septiembre con el Dr. Marcos Gómez, referente mundial en cuidados paliativos

¿Escuchas el tictac de la pornografía? : Juan Ignacio Izquierdo

El verdadero apostolado no oculta a las almas su malicia : Acción Familia

Bebemos más vino : Jesús Domingo

Las plantas en la vuelta al cole : Jesús Domingo

Una joven ministra socialista : Jesús Martínez Madrid

Para ofrecer a la humanidad la luz y el abrazo de Cristo. : Domingo Martínez Madrid

En la España de hoy : Pedro García

La feria del mundo : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

El Papa a la hora del Ángelus: “¿Quieres sobresalir? Sirve”

Al comentar la liturgia del día antes de rezar el Ángelus dominical, el Papa Francisco recordó que el valor de una persona no depende del papel que desempeña, de su éxito, su trabajo o su dinero. “La grandeza y el éxito, a los ojos de Dios, tienen otro nivel: se miden por el servicio”. E invocó a María, humilde sierva del Señor, para que “nos ayude a comprender que servir no nos disminuye, sino que nos hace crecer. Y que hay más alegría en dar que en recibir”

 

Vatican News

Puntualmente a mediodía Francisco se asomó a la ventana de su estudio frente a la Plaza de San Pedro para la acostumbrada cita del Ángelus dominical.

Al comentar el Evangelio del día en que San Marcos relata que, de camino a Jerusalén, los discípulos de Jesús discutían sobre quién "era el más grande entre ellos", el Papa explicó que él les habló de forma contundente. Algo que – dijo – también se aplica a nosotros hoy:

“Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”

El Santo Padre afirmó que “con esta frase lapidaria, el Señor inaugura una inversión: da un vuelco a los criterios que marcan lo que realmente cuenta”.

“El valor de una persona ya no depende del papel que desempeña, del éxito que tiene, del trabajo que hace, del dinero que tiene en el banco; no, la grandeza y el éxito, a los ojos de Dios, tienen otro nivel: se miden por el servicio. No por lo que se tiene, sino por lo que se da. ¿Quieres sobresalir? Sirve”

El Papa dijo que ‘hoy en día la palabra ‘servicio’ parece un poco descolorida, desgastada por el uso”. Pero recordó que en el Evangelio “tiene un significado preciso y concreto”.

“Servir no es una expresión de cortesía: es hacer como Jesús, que, resumiendo su vida en pocas palabras, dijo que había venido ‘no a ser servido, sino a servir’”

El camino del servicio

Por esta razón Francisco señaló que si queremos seguir a Jesús, debemos recorrer el camino que él mismo trazó, “el camino del servicio”. Además destacó que “nuestra fidelidad al Señor depende de nuestra voluntad de servir”. Y esto a pesar de que cueste, por "saber a cruz".

“Pero a medida que crecemos en el cuidado y la disponibilidad hacia los demás, nos volvemos más libres por dentro, más parecidos a Jesús”

El Papa también destacó que “cuanto más servimos, más sentimos la presencia de Dios”. Sobre todo “cuando servimos a los que no tienen nada que devolvernos, los pobres, abrazando sus dificultades y necesidades con tierna compasión: ahí descubrimos que a su vez somos amados y abrazados por Dios”.

Por esta razón – prosiguió el Santo Padre – Jesús después de haber hablado de la primacía del servicio, hace un gesto para ilustrarlo: “Toma un niño y lo coloca en medio de los discípulos, en el centro, en el lugar más importante”.

La pequeñez

Francisco explicó que el niño, en el Evangelio “no simboliza tanto la inocencia como la pequeñez”. A la vez que expresó que “Jesús abraza a ese niño y dice que quien recibe a un pequeño lo recibe a Él. Esto es, en primer lugar, a quién servir: a los que necesitan recibir y no tienen nada que dar”.

“Acogiendo a los que están en los márgenes, desatendidos, acogemos a Jesús, porque Él está ahí. Y en un pequeño, en un pobre al que servimos, también nosotros recibimos el tierno abrazo de Dios”

El Papa invitó a preguntarnos siendo interpelados por el Evangelio:

“Yo, que sigo a Jesús, ¿me intereso por los más abandonados? ¿O, como los discípulos aquel día, busco la gratificación personal? ¿Entiendo la vida como una competición para abrirme un hueco a costa de los demás, o creo que sobresalir es servir? Y, concretamente: ¿dedico tiempo a algún ‘pequeño’, a una persona que no tiene medios para corresponder? ¿Me ocupo de alguien que no puede devolverme el favor, o sólo de mis familiares y amigos?”

Tras estas preguntas Francisco invocó a la Virgen María, humilde sierva del Señor, para que “nos ayude a comprender que servir no nos disminuye, sino que nos hace crecer. Y que hay más alegría en dar que en recibir”.

 

No tengan miedo a las sorpresas, dejen abiertas puertas y ventanas

Lo dijo el Papa Francisco esta mañana a los casi cuatro mil fieles de su diócesis reunidos en el Aula Pablo VI, con motivo del inicio de un proceso sinodal que, explicó el Santo Padre, significa esencialmente "caminar juntos". Además, el Obispo de Roma describió el proceso sinodal que comenzará en octubre y también se refirió a la importancia de la diócesis mientras la Iglesia trabaja unida para sentirse parte de "un gran pueblo"

 

Vatican News

Al dirigirse esta mañana a unos cuatro miel fieles de la diócesis de Roma, de la que el Papa es su Obispo, reunidos en el Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano, Francisco se refirió al próximo Sínodo, cuyo tema es: "Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión". Al respecto, el Santo Padre dijo que es  como un camino en el que está comprometida toda la Iglesia.

De octubre de 2021 hasta octubre de 2023

Francisco  también señaló que el Sínodo tendrá lugar entre octubre de 2021 y octubre de 2023, y que el itinerario ha sido concebido como "un dinamismo de escucha recíproca, realizado a todos los niveles de la Iglesia, que implica a todo el pueblo de Dios".

Primera etapa

La primera etapa del proceso (de octubre de 2021 hasta abril de 2022) es la que concierne a cada una de las Iglesias diocesanas. El Santo Padre dijo textualmente:

“Por eso estoy aquí, como su Obispo, para compartir, porque es muy importante que la diócesis de Roma se comprometa con convicción en este camino”

Caminar juntos

Además, Francisco explicó que "la sinodalidad expresa la naturaleza de la Iglesia, su forma, su estilo, su misión". La palabra "sínodo", de hecho, contiene todo lo que necesitamos entender: "caminar juntos".

El libro de los Hechos de los Apóstoles

Refiriéndose al libro de los Hechos de los Apóstoles como "el primer y más importante 'manual' de eclesiología", el Papa señaló que narra la historia de un camino que comienza en Jerusalén y que, tras un largo recorrido, termina en Roma.

Todos son protagonistas

Este camino, dijo, cuenta la historia en la que caminan juntos la Palabra de Dios y el pueblo que dirige su atención y su fe a esa Palabra. "Todos son protagonistas – dijo el Papa – nadie puede ser considerado un mero extra. A veces puede ser necesario salir, cambiar de dirección, superar convicciones que nos frenan y nos impiden avanzar y caminar juntos".

Atención a las necesidades de los pobres

El Papa observó que hay problemas que surgen en la organización del creciente número de cristianos, y "especialmente en la atención a las necesidades de los pobres". El camino para encontrar una solución – dijo Francisco citando el Libro de los Hechos de los Apóstoles – "es reunir a la asamblea de discípulos y tomar la decisión de nombrar a esos siete hombres que se comprometan a tiempo completo con la diaconía, el servicio de las misas".

Fase diocesana

Volviendo al proceso sinodal, el Papa dijo que la fase diocesana es muy importante porque implica escuchar a la totalidad de los bautizados. De ahí que Francisco subrayara que:

“Hay mucha resistencia a superar la imagen de una Iglesia rígidamente dividida entre dirigentes y subordinados, entre los que enseñan y los que tienen que aprender, olvidando que a Dios le gusta volcar las posiciones. Caminar juntos descubre la horizontalidad y no la verticalidad como línea”

El sensus fidei

El sensus fidei (es decir "el sentido de la fe") capacita a todos en la dignidad de la función profética de Jesucristo", dijo también el Obispo de Roma, para poder “discernir cuáles son los caminos del Evangelio en el presente".

Más adelante el Santo Padre explicó que "el ejercicio del sensus fidei no puede reducirse a la comunicación y a la comparación de las opiniones que podamos tener sobre tal o cual tema, tal aspecto de la doctrina, o tal regla de disciplina". Y añadió:

“Tampoco puede prevalecer la idea de distinguir mayorías y minorías”

Para todos

"Es necesario sentirse parte de un único gran pueblo destinatario de las promesas divinas", continuó explicando el Papa Francisco:

“Abierto a un futuro que espera a todos para participar en el banquete preparado por Dios para todos los pueblos”

No es un privilegio

Además, el Papa dijo:

“Quisiera señalar que también sobre el concepto de 'pueblo de Dios' puede haber hermenéuticas rígidas y antagónicas, quedando atrapados en la idea de una exclusividad, de un privilegio, como sucedió con la interpretación del concepto de 'elección', que los profetas corrigieron, indicando cómo debe entenderse correctamente”

De hecho, el Santo Padre subrayó que “no es un privilegio, "sino un don que alguien recibe para todos, que hemos recibido para los demás, una responsabilidad".

La escucha

En el camino sinodal, de hecho, Francisco puso de manifiesto que la escucha debe tener en cuenta el sensus fidei, pero no debe pasar por alto todas esas "corazonadas" que se encarnan donde no las esperamos: puede haber una "corazonada sin ciudadanía", pero no por ello menos eficaz. Hacia la conclusión de su discurso el Papa dijo:

“He venido aquí para animarlos a tomar en serio este proceso sinodal y para decirles que el Espíritu Santo los necesita”

No dejar a nadie afuera o atrás

Y los animó a escuchar al Espíritu Santo escuchándose ellos mismos. A la vez que les pidió que no dejen a nadie afuera o atrás. Algo que – dijo Francisco –  “vale no sólo para los presentes, sino para toda la Iglesia, que no se fortalece sólo reformando estructuras, dando instrucciones, ofreciendo retiros y conferencias, o a fuerza de directivas y programas, sino si redescubre que es un pueblo que desea caminar junto, entre sí y con la humanidad. Un pueblo, el de Roma, que contiene la variedad de todos los pueblos y todas las condiciones: ¡qué extraordinaria riqueza, en su complejidad!".

 

Abuso de menores, el Papa: escuchar la llamada de las víctimas y comprometerse

En un videomensaje, Francisco se dirige a los representantes de los episcopados, las órdenes religiosas y los profesionales laicos que, procedentes de 20 países, se reúnen en Varsovia del 19 al 22 de septiembre en la Conferencia Internacional sobre la Protección de menores y los adultos vulnerables para las Iglesias de Europa Central y Oriental. El Papa señala los errores cometidos, pero sobre todo anima a verlos como un tiempo de vaciamiento que abre nuevos horizontes

Ciudad del Vaticano

“Me alegra darles la bienvenida ahora que se encuentran reunidos para reflexionar sobre la respuesta que la Iglesia está dando a la crisis de los abusos sexuales a menores por parte de miembros de la Iglesia, y sobre los modos en que la Iglesia puede responder más adecuadamente a esta conmoción gravísima a la que nos enfrentamos”: comienza con estas palabras el videomensaje que el Papa Francisco dirige a los participantes en la Conferencia Internacional sobre la Protección de menores y adultos vulnerables para las Iglesias de Europa Central y Oriental, que se desarrollará desde mañana 19 hasta el 22 de septiembre en Varsovia. "Nuestra misión común es proteger a los niños de Dios" es el tema del encuentro internacional organizado por Comisión Pontificia para la Protección de los Menores y la Conferencia Episcopal Polaca, y sobre el cual se confrontarán obispos, sacerdotes, superiores de congregaciones religiosas, psicoterapeutas y expertos laicos, intercambiando experiencias con el objetivo de poner en marcha acciones conjuntas.

Afrontar la verdad y escuchar la llamada de las víctimas

El Papa cita un discurso de dos años atrás en el Encuentro de los líderes de las Conferencias Episcopales del mundo sobre la protección de menores en la Iglesia, en febrero de 2019 y el aliento expresado entonces a fin de que “el bienestar de las víctimas no se dejara de lado en favor de la equívoca preocupación por la reputación de la Iglesia como institución”. Por el contrario, - asegura - sólo afrontando la verdad de estos comportamientos crueles y buscando humildemente el perdón de las víctimas y los sobrevivientes, la Iglesia podrá encontrar su camino para ser de nuevo considerada con confianza como un lugar de acogida y seguridad para aquellos que lo necesitan”.

“Nuestras expresiones de contrición deben convertirse en un concreto camino de reforma”, precisa a continuación el Pontífice, explicando que esto servirá “tanto para prevenir ulteriores abusos como para garantizar a los demás la confianza en el hecho de que nuestros esfuerzos conducirán a un cambio real y fiable”. De aquí su invitación:

“Los animo a escuchar la llamada de las víctimas y a comprometerse, el uno con el otro y con la sociedad en sentido más amplio, en estos importantes debates, porque tocan verdaderamente el futuro de la Iglesia en Europa Central y Oriental, no sólo el futuro de la Iglesia, sino también el corazón del cristiano. Tocan nuestra responsabilidad”

Reconocer los propios errores

El Sucesor de Pedro no deja de asegurar su cercanía a los participantes en la Conferencia que inicia mañana: “sepan que no está solos en estos tiempos difíciles”, les dice, recordándoles, al mismo tiempo, que no son los primeros en haber tenido la responsabilidad de emprender estos pasos, que son tan necesarios y es improbable que serán los últimos”. Y evidencia:

“Reconocer nuestros errores y fracasos puede hacernos sentir vulnerables y frágiles, eso es seguro. Pero también puede ser un tiempo de espléndida gracia, un tiempo de vaciamiento, que abre nuevos horizontes de amor y servicio recíproco. Si reconocemos nuestros errores, no tendremos nada que temer, porque será el mismo Señor quien nos habrá conducido hacia aquel punto”

Ser humildes instrumentos del Señor

Finalmente, citando una frase de Abraham Lincoln, décimo sexto presidente de los Estados Unidos, “Con malicia hacia nadie y con caridad hacia todos”, el Papa indica cuál debe ser la actitud con la cual trabajar juntos, obispos, religiosos, laicos y víctimas para afrontar los desafíos comunes:

“Los exhorto a ser humildes instrumentos del Señor, al servicio de las víctimas de los abusos, viéndolas como compañeras y protagonistas de un futuro común, aprendiendo unos de otros a ser más fieles y más resilientes para que, juntos, podamos afrontar los desafíos futuros. Que el Señor los bendiga, la Virgen los proteja y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Gracias”

 

 

LA LUZ EN EL CANDELERO

— Los cristianos están para iluminar el ambiente en el que viven.

— Prestigio profesional.

— Como luceros en medio del mundo.

I. En el Evangelio de la Misa1 leemos esta enseñanza del Señor: Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entren tengan luz.

Quien sigue a Cristo –quien enciende un candil– no solo ha de trabajar por su propia santificación, sino también por la de los demás. El Señor lo ilustra con diversas imágenes muy expresivas y asequibles al pueblo sencillo que le escucha. En todas las casas alumbraba el candil al caer la tarde, y todos conocían dónde se colocaba y por qué. El candil está para iluminar y había de colocarse bien alto, quizá colgaba de un soporte fijo puesto solo para ese fin. A nadie se le ocurría esconderlo de tal manera que su luz quedara oculta. ¿Para qué iba a servir entonces?

Vosotros sois la luz del mundo2, había dicho en otra ocasión a sus discípulos. La luz del discípulo es la misma del Maestro. Sin este resplandor de Cristo, la sociedad queda en las más espesas tinieblas. Y cuando se camina en la oscuridad se tropieza y se cae. Sin Cristo, el mundo se vuelve difícil y poco habitable.

Los cristianos están para iluminar el ambiente en el que viven y trabajan. No se comprende a un discípulo de Cristo sin luz: sería como un candil que se escondiera debajo de una vasija o se metiera debajo de la cama. ¡Qué bien le entenderían quienes le escuchaban! El Concilio Vaticano II puso de relieve la obligación del apostolado, derecho y deber que nace del Bautismo y de la Confirmación3, hasta el punto de que, formando el cristiano parte del Cuerpo Místico, «el miembro que no contribuye según su medida al aumento de este Cuerpo, hay que decir que no aprovecha ni a la Iglesia ni a sí Mismo»4. Este apostolado, que tiene tan diversas formas, es continuo, como es continua la luz que alumbra a los que están en la casa. «El mismo testimonio de vida cristiana y las obras hechas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios»5. También los que aún no creen en Cristo han de ver iluminado su camino con el brillo de las obras de los que siguen al Maestro. «Porque todos los cristianos, donde quiera que vivan, por el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra, están obligados a manifestar el hombre nuevo de que se han revestido por el Bautismo, y en el que se han robustecido por la Confirmación, de tal forma que los demás, al reparar en sus obras, glorifiquen al Padre y descubran el genuino sentido de la vida y el vínculo universal de todos los hombres»6.

Examinemos hoy nosotros si aquellos que trabajan codo a codo con nosotros, quienes viven en el mismo hogar, los que nos tratan por motivos profesionales o sociales... reciben esa luz que señala el camino amable que conduce a Dios. Pensemos si esos mismos se sienten movidos a ser mejores.

II. El trabajo, el prestigio profesional, es el candil en el que ha de lucir la luz de Cristo. ¿Qué apostolado podría llevar a cabo una madre de familia que no cuidara a conciencia de su hogar, de tal manera que su marido, sus hijos, encontraran al llegar un lugar grato? ¿Cómo podría hablar de Dios a sus amigos un estudiante que no estudiara, un empresario que no viviera los principios de la justicia social de la Iglesia con los empleados...? La vida entera del Señor nos hace entender que sin la diligencia, la laboriosidad y la constancia de un buen trabajador, la vida cristiana queda reducida, a lo más, a deseos, quizá aparentemente piadosos, pero estériles tanto en la santidad personal como en la influencia clara que hemos de ejercer a nuestro alrededor. Cada cristiano «debe obrar de tal manera que quienes le traten perciban el bonus odor Christi (cfr. 2 Cor 2, 15), el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que, a través de las acciones del discípulo, pueda descubrirse el rostro del Maestro»7. Para eso, el ejemplo en aquello que constituye como la columna vertebral de todo hombre, el trabajo, ha de ir por delante. (El enfermo, el impedido, ha de ser luz –¡y cómo brilla!– siendo un buen enfermo, llevando con sentido sobrenatural la propia carga). El Señor quiere que la farmacéutica sea competente en aquellas medicinas que despacha, y que cuando sea oportuno sepa dar el consejo humano y sobrenatural que ayuda y anima, y que el taxista conozca bien las calles de la gran ciudad, que el conductor de un medio público de transporte no maltrate a los pasajeros con un mal modo de conducir...

Desde el comienzo de su vida pública conocen al Señor como el artesano, el hijo de María8. Y a la hora de los milagros la multitud exclama: ¡Todo lo hizo bien!9, absolutamente todo: «los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo (Símbolo Quicumque), perfecto Dios y hombre perfecto»10. Jesús, que quiso emplear en sus enseñanzas los oficios más diversos, «mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre»11.

Para tener prestigio profesional es necesario cuidar la formación en la propia actividad u oficio, dedicando las horas necesarias, fijándose metas para perfeccionarla cada día, incluso después de terminados los estudios o el período de aprendizaje propio de todo trabajo. En no pocas ocasiones los resultados académicos, para un estudiante, serán un buen índice de su amor a Dios y al prójimo. Obras son amores.

Como consecuencia lógica de este empeño y de la seriedad de su tarea, el fiel cristiano tendrá entre sus colegas la reputación de buen trabajador o de buen estudiante que le es necesaria para realizar un apostolado profundo12. Sin darse apenas cuenta estará mostrando cómo la doctrina de Cristo se hace realidad en medio del mundo, en una vida corriente. Y se comprueba el acierto del comentario de San Ambrosio: las cosas nos parecen menos difíciles cuando las vemos realizadas en otros13. Y todos tienen derecho a ese buen ejemplo.

III. Es evidente que la doctrina de Cristo no se ha difundido a fuerza de medios humanos, sino a impulsos de la gracia. Pero también es cierto que la acción apostólica edificada sobre una vida sin virtudes humanas, sin valía profesional, sería hipocresía y ocasión de desprecio por parte de los que queremos acercar al Señor. Por eso, el Concilio Vaticano II formulaba estas graves palabras: «El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación»14, porque no se santifica a sí mismo, deja de aprovechar los talentos recibidos, y no santifica a su prójimo.

Sea cual sea la profesión o el oficio que se desempeñe, la categoría ganada día a día en un trabajo hecho a conciencia otorga una autoridad moral ante colegas y compañeros que facilita el persuadir, el enseñar, el atraer... Es tan importante esta solidez profesional que un buen cristiano no se puede escudar en ningún motivo para no ganarla. Para quienes se empeñan en vivir hasta el fondo su vocación cristiana, el trabajo competente y los medios para lograrlo constituyen un deber primario. Por eso, el buen médico, si quiere seguir siéndolo, no abandonará el estudio que lo mantiene al día, y el buen profesor renovará su material pedagógico, sin contentarse con repetir una y otra vez los mismos guiones, que lo dejarían sumido en la mediocridad.

La competencia y la seriedad con que se debe realizar el trabajo profesional se convierte así en un candelero que ilumina a colegas y amigos15. La caridad cristiana se hace visible entonces desde lejos, y la luz de la doctrina ilumina desde esa altura; es una luz familiar y cercana que con facilidad llega a todos.

San Pablo escribe a los primeros cristianos de Filipo y les exhorta a vivir en medio de aquella generación apartada de Dios de tal manera que brillen como luceros en medio del mundo16. Y su ejemplo arrastraba tanto que en verdad se pudo decir de ellos: «lo que es el alma para el cuerpo, esto son los cristianos en medio del mundo»17, como se puede leer en uno de los escritos cristianos más antiguos.

Para llevar a todos la luz de Cristo, junto a los medios sobrenaturales, hemos de practicar también las normas corrientes de la convivencia. Para muchas personas estas normas se quedan en algo exterior y solo se practican porque hacen más fácil el trato social, por costumbre. Para nosotros los cristianos han de ser también fruto de la caridad, manifestaciones externas de un sincero interés por los demás. Todo esto es parte de la luz divina que hemos de llevar con nuestra vida, y del apostolado que el Señor quiere que llevemos a cabo, principalmente entre las personas que más tratamos.

1 Lc 8, 16-18. — 2 Mt 5, 14. — 3 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 33. — 4 ídem, Decr. Apostolicam actuositatem, 2. — 5 Ibídem, 6. — 6 ídem, Decr. Ad gentes, 11. — 7 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 105. — 8 Mc 6, 3. — 9 Mc 7, 37.— 10 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 56. — 11 Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, 26. — 12 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 36. — 13 San Ambrosio, Sobre las vírgenes, 2, 2. — 14 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 43. — 15 Cfr. San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 61. — 16 Flp 2, 15. — 17 Epístola a Diogneto, VI, 1.

 

Evangelio del lunes: una lámpara encendida

Comentario del lunes del 25° semana del tiempo ordinario. “Porque nada hay escondido que no acabe por saberse; ni secreto que no acabe por conocerse y hacerse público”. Necesitamos ahondar en los misterios de la vida del Señor y pedir al Espíritu Santo el don de lenguas, para poder ser buenos comunicadores de los “secretos” de Dios.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Lc 8,16-18)

Nadie que ha encendido una lámpara la oculta con una vasija o la pone debajo de la cama, sino que la pone sobre un candelero para que los que entran vean la luz. Porque nada hay escondido que no acabe por saberse; ni secreto que no acabe por conocerse y hacerse público. Mirad, pues, cómo oís: porque al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que piensa tener se le quitará.


Comentario

La parábola de Jesús es sencilla: no tiene sentido encender una luz para que no ilumine, o pretender acoger a unos huéspedes en una casa que está completamente a oscuras. Antes hay que iluminarla, y luego ya los huéspedes pueden habitarla. Del mismo modo, el cristiano es alguien que lleva en su corazón la luz de Cristo, esa «luz verdadera, que ilumina a todo hombre» (Juan 1,9). El cristiano puede iluminar con su vida los lugares oscuros de este mundo. Para que no se le arrebate este poder, ha de perseverar en prestar atención, en «oír» bien, en abrir los oídos del alma a la palabra de Dios y estar siempre dispuesto a ser luz para los demás, para no convertirse en una lámpara apagada.

Esa luz ya fue sembrada en nuestro bautismo. Aquel día Dios nos otorgó la luz de la fe, fuimos hechos “hijos de la luz”. Fue el día más luminoso de nuestra vida. El sacerdote dijo a nuestros padres y padrinos, mientras les entregaba un cirio encendido: “Recibid la luz de Cristo”. Un gesto y unas palabras con los que la Iglesia nos invita a propagar esa luz. No tendría sentido que Alguien tan luminoso para el mundo como es el mismo Dios hecho Hombre quedase oculto, desconocido para las gentes. ¡Cuántos somos todavía los cristianos que brillamos poco con nuestra vida, con el ejemplo de nuestras buenas obras, con la palabra amistosa! Necesitamos pedir cada día a Dios que nos aumente la luz de la fe para que nuestro ejemplo arrastre y nuestra palabra mueva, sin que nos venza la tiniebla del desaliento.

«Es más fácil que el sol no caliente y no alumbre, que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que eso sería que la luz fuese tiniebla»[1]. Dios ha hecho del cristiano antorcha que ilumine el Camino, que muestre la Verdad, que señale dónde está la Vida verdadera. A él le toca corresponder para apartar de su vida todo obstáculo que haga disminuir la luminosidad del Evangelio.


[1] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, n. 15.

 

“Darle gloria, alabarle y extender su reinado”

En el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia. –La categoría del oficio depende del nivel espiritual del que lo realiza. (Forja, 618)

20 de septiembre

¿Comprendéis por qué un alma deja de saborear la paz y la serenidad cuando se aleja de su fin, cuando se olvida de que Dios la ha creado para la santidad? Esforzaos para no perder nunca este punto de mira sobrenatural, tampoco a la hora de la distracción o del descanso, tan necesarios en la vida de cada uno como el trabajo.

Ya podéis llegar a la cumbre de vuestra tarea profesional, ya podéis alcanzar los triunfos más resonantes, como fruto de esa libérrima iniciativa que ejercéis en las actividades temporales; pero si me abandonáis ese sentido sobrenatural que ha de presidir todo nuestro quehacer humano, habréis errado lamentablemente el camino.

(...) Ante Dios, y es lo que en definitiva cuenta, consigue la victoria el que lucha por portarse como cristiano auténtico: no cabe una solución intermedia. Por eso conocéis a tantos que, juzgando a lo humano su situación, deberían sentirse muy felices y, sin embargo, arrastran una existencia inquieta, agria; parece que venden alegría a granel, pero arañas un poco en sus almas y queda al descubierto un sabor acerbo, más amargo que la hiel. No nos sucederá a ninguno de nosotros, si de veras tratamos de cumplir constantemente la Voluntad de Dios, darle gloria, alabarle y extender su reinado a todas las criaturas. (Amigos de Dios, nn. 10-12)

 

Mensaje del Prelado (20 septiembre 2021)

El prelado del Opus Dei nos invita a reavivar nuestra unión con el Señor a través de la Cruz.

CARTAS PASTORALES Y MENSAJES20/09/2021

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hace pocos días, en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, recordé una vez más las palabras que nuestro Padre nos dirigió el 14 de septiembre de 1969, al terminar la bendición con el Lignum Crucis. En aquella ocasión, fue enumerando motivos por los que hemos de amar la Cruz. Ya al final, como una razón más, nos dijo que será siempre nuestra compañera de camino. La encontramos personalmente, en circunstancias y modos diversos.

Por eso, es muy bueno reavivar, siempre de una manera nueva, la fe en la eficacia de nuestra unión a la Cruz de Jesús. Podemos traer a nuestra mente aquellas palabras de san Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Sabemos que, en realidad, nada falta a la inmensa eficacia del sacrificio de Cristo. Pero Dios mismo, en su Providencia que no acabamos de entender del todo, quiere que participemos en la aplicación de su eficacia. Esto es posible porque nos ha hecho partícipes de la filiación de Jesús al Padre, por la fuerza del Espíritu Santo: «Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser también con él glorificados» (Rom 8, 17).

Con frecuencia nos ayudan los signos externos. En ese sentido, como el Papa Francisco ha comentado en alguna ocasión, las imágenes de la Cruz que tenemos cerca –en nuestro lugar de trabajo, en nuestra casa, etc.– son una invitación a unirnos al Señor.

Acompañar a la Santísima Virgen, junto a la Cruz, nos ayudará a que nuestro corazón sepa «leer en ese libro que es Cristo crucificado: para llenarnos de paz, de alegría y de deseos de santidad» (San Josemaría, Meditación, 15-IX-1970).

Con todo cariño os bendice

vuestro Padre

Roma, 20 de septiembre de 2021

 

 

Algo grande y que sea amor (VII): la vocación matrimonial

Dios bendice la normalidad de la vida familiar y quiere habitar en ella. Un paseo por el libro de Tobías puede ayudar a redescubrirlo.

VOCACIÓN15/09/2019

Escucha el artículo Algo grande y que sea amor (VII): la vocación matrimonial

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Cuando san Josemaría empezó a hablar de vocación al matrimonio, hace ya casi un siglo, la unión de estos dos conceptos solía generar desconcierto, cuando no hilaridad: como si hablara de un pájaro sin alas o de una rueda cuadrada. «¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? —Pues la tienes: así, vocación»[1]. En la mentalidad de entonces, y a veces aún en la de hoy, “tener vocación” significaba dejar la normalidad de la vida para poder servir a Dios y a la Iglesia. Dejar de un modo u otro lo habitual, que para la mayor parte de las personas pasa por tener familia, hijos, casa, trabajo, compras, facturas, lavadoras, imprevistos, risas, peleas entre hermanos, tardes en urgencias, sobras en la nevera.

Todo este sinfín de cosas, variado e imprevisible como la vida misma, no solo cabe en esa “rueda cuadrada” de la vocación matrimonial sino que encuentra en ella su mejor versión posible. El «sentido vocacional del matrimonio»[2] parte precisamente de la convicción de que Dios bendice la normalidad de la vida familiar y quiere habitar en ella. «Tú eres el Santo y habitas entre las alabanzas de Israel», dice el salmo que Jesús incoa desde la Cruz (Sal 22,4). Dios, el Santo, quiere vivir en medio de las vidas normalísimas de las familias. Vidas llamadas a convertirse, por el cariño, en alabanzas a Él: en cielo, aun con todos los “defectos de fabricación” de esta sede provisional que es la vida. Por eso, «no dejes ir un día / sin cojerle un secreto, grande o breve. / Sea tu vida alerta / descubrimiento cotidiano. / Por cada miga de pan duro / que te dé Dios, tú dale / el diamante más fresco de tu alma»[3].

Que tengas un buen viaje

UNO DESCUBRE QUE EN SU VIDA HA RECIBIDO MUCHO AMOR Y QUE ESTÁ LLAMADO A ESO MISMO: A DAR AMOR

Aquel joven se reía al oír hablar de vocación matrimonial, pero no pudo evitar quedarse pensativo. La “provocación” iba acompañada, por lo demás, de un consejo: «Enco­miéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías»[4]. Aludía así san Josemaría al único relato de la Biblia que habla de este Arcángel, por quien tenía un especial cariño; tanto, que le confió desde muy pronto su apostolado con los jóvenes[5]. «Es encantador el libro de Tobías»[6], decía una vez. Aunque todo el relato del libro gira en torno a un viaje, de hecho nos permite entrar de lleno en la vida de dos hogares, y asistir al nacimiento de un tercero. E incluso el viaje mismo participa de ese ambiente casero, con un detalle que no ha pasado desapercibido a los artistas a lo largo de los siglos: este libro es también el único lugar de la Escritura en el que aparece un perro doméstico, que acompaña a Tobías y a san Rafael de inicio a fin de su periplo (cfr. Tb 6,1; 11,4).

Al marcharse Tobías, su padre lo bendice con estas palabras: «Que el Dios del cielo os proteja y devuelva sanos. Que su ángel os acompañe y proteja» (Tb 5,17). San Josemaría las parafraseaba al dar su bendición a quienes emprendían un viaje: «que el Señor esté en tu camino, y su ángel te acompañe»[7]. Y viaje —el verdadero viaje, el más decisivo— es el camino de la vida, por el que caminan juntos quienes se entregan mutuamente en el matrimonio, respondiendo a un sueño de Dios que se remonta al origen del mundo[8]. Qué necesario es, pues, descubrir a los jóvenes, y redescubrir también a la vuelta de muchos años de viaje, «la belleza de la vocación a formar una familia cristiana»[9]: la llamada a una santidad que no es de segunda, sino de primera.

Cuando verdaderamente empieza la vida

La vocación personal despierta con un descubrimiento sencillo pero cargado de consecuencias: la convicción de que el sentido, la verdad de nuestra vida, no consiste en vivir para nosotros mismos, para nuestras cosas, sino para los demás. Uno descubre que en su vida ha recibido mucho amor y que está llamado a eso mismo: a dar amor. Y que solo así se encontrará verdaderamente a sí mismo. Dar amor, no simplemente en los ratos libres, como para tranquilizar la conciencia: convertir el amor en nuestro proyecto vital, en el centro de gravedad de todos los demás proyectos (los que logren quedarse en órbita).

Antes y después de su matrimonio con Sara, el joven Tobías recibe varios consejos en esa dirección: son llamadas a lo más noble que hay en él. Su padre Tobit, que le envía de viaje para procurarle un dinero de cara al futuro (cfr. Tb 4,2), se preocupa por transmitirle en primer lugar su herencia más importante; lo que él ha valorado más en su vida: «Respeta a tu madre, no la abandones mientras viva. Complácela, no entristezcas nunca su corazón (...). Guárdate, hijo, de la fornicación (…). Si algo te sobra, dalo con generosidad al pobre, y que tu ojo no mire cuando des limosna (...). Alaba al Señor Dios en todo tiempo, ruégale que oriente tu conducta. Así tendrás éxito en tus empresas y proyectos» (Tb 4,3-19). Semanas más tarde, Tobías, recién casado, emprende el camino de vuelta a la casa de sus padres, y su nueva suegra Edna se despide así de él: «Delante del Señor te confío a mi hija. No le hagas daño jamás. Ve en paz, hijo. Desde ahora soy tu madre y Sara tu mujer» (Tb 10,13).

«No entristezcas su corazón (…). No le hagas daño jamás». Dios llama a los esposos a protegerse, a cuidarse, a desvivirse: ahí radica el secreto de su realización personal, que precisamente por eso no puede ser solo autorealización. Vivir, en toda la profundidad del término, significa dar vida. Así vivió Jesús: «yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Así vivieron también San José y Santa María, con el amor más sencillo, tierno y delicado que habrá existido sobre la tierra, cuidando el uno del otro, y cuidando sobre todo de la Vida hecha carne. Y así quiere Dios que vivamos sus discípulos, para que allí donde estemos irradiemos su alegría, sus ganas de vivir. Ese es el núcleo del sentido de misión cristiano.

VIVIR SIGNIFICA DAR VIDA. ASÍ VIVIÓ JESÚS. ASÍ VIVIERON SAN JOSÉ Y SANTA MARÍA

«Nuestras ciudades —dice el Papa Francisco— se han desertificado por falta de amor, por falta de sonrisas. Muchas diversiones, muchas, muchas cosas para perder el tiempo, para hacer reír, pero falta el amor. Y es especialmente la familia, y es ¡especialmente la familia! aquel papá, aquella mamá que trabajan y con los niños… La sonrisa de una familia es capaz de vencer esta desertificación de nuestras ciudades, y esta es la victoria del amor de la familia. Ninguna ingeniería económica y política es capaz de reemplazar esta aportación de las familias. El proyecto de Babel edifica rascacielos sin vida. El Espíritu de Dios, en cambio, hace florecer los desiertos»[10].

Vivir significa dar vida. Este descubrimiento, que puede darse ya en la adolescencia, pero que a veces no llega hasta muy tarde, marca el verdadero paso de la infancia a la madurez humana. Se podría decir que solo entonces uno empieza a ser verdaderamente persona; que solo entonces empieza verdaderamente la vida. Porque «vivir es desear más, siempre más; desear, no por apetito, sino por ilusión. La ilusión, ésta es la señal de vida; amar, esto es la vida. Amar hasta el punto de poder darse por lo amado. Poder olvidarse de sí mismo, esto es ser uno mismo; poder morir por algo, esto es vivir. El que sólo piensa en sí no es nadie, está vacío; el que no es capaz de sentir el gusto de morir, es que ya está muerto. Sólo el que puede sentirlo, el que puede olvidarse a sí mismo, el que puede darse, el que ama, en una palabra, está vivo. Y entonces no tiene sino que echar a andar»[11].

El alcance de un sí

Desde esta luz, la vocación matrimonial aparece como algo bien distinto de «un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para completar egoístamente la propia personalidad»[12]. Sin duda, la personalidad solo se despliega verdaderamente cuando uno es capaz de entregarse a otra persona. La vida matrimonial, además, es fuente de muchas satisfacciones y alegrías; pero a nadie se le escapa que trae consigo también problemas, exigencias, decepciones. No se le escapa a nadie y, sin embargo, qué facil es “escaparse” de esa cara menos bonita del amor: qué facil es desdeñar las migas de pan duro.

Un contraste puede ayudar a considerarlo. Por un lado, la perfección sin tacha de ciertas celebraciones de bodas, estudiadas hasta el último milímetro para dar toda la solemnidad posible a un evento único en la vida, y quizá también para afianzar el prestigio social de la familia. Por otro, el desencanto y el descuido que fácilmente pueden filtrarse a la vuelta de los meses o de los años, ante la imperfección de la vida familiar en su despliegue cotidiano: cuando surgen problemas, cuando se descubren los defectos de la otra persona, y uno y otro parecen incapaces de hablar, de escucharse, de curar heridas, de derrochar cariño. Puede nublarse entonces el «sentido vocacional del matrimonio», por el que se sabían llamados a dar lo que son… a ser padre, madre, marido, mujer… de vocación. Y qué lástima entonces: una familia a la que Dios querría feliz, aun en medio de las dificultades, se queda solo a medio camino, “aguantando”. La novedad que estaba queriendo nacer en el mundo con su amor mutuo, con su hogar… la novedad, la verdadera vida, parece entonces estar en otra parte. Y sin embargo está a la vuelta de la esquina, aunque la esquina esté algo desconchada, como acaba por sucederle a cualquier esquina, que simplemente está pidiendo un poco de cariño y atención.

El día en que un hombre y una mujer se casan, responden «sí» a la pregunta acerca de su amor recíproco. Sin embargo, la verdadera respuesta llega solo con la vida: la respuesta se debe encarnar, se debe hacer a fuego lento en el “para siempre” de ese sí mutuo. «Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida (…): ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad? (…) Uno al final responde con su vida entera»[13]. Y ese sí de la vida entera, conquistado una y otra vez, se va volviendo cada vez más profundo y auténtico: va transformando la inevitable ingenuidad de los inicios en una inocencia lúcida, pero sin cinismo; en un «sí, cariño» que sabe, pero que ama.

"LA SONRISA DE UNA FAMILIA ES CAPAZ DE VENCER LA DESERTIFICACIÓN DE NUESTRAS CIUDADES" (PAPA FRANCISCO)

La profundidad de este sí, irrenunciable para encontrarse de verdad con el amor, es también el motivo por el que la Iglesia persiste a contracorriente en su enseñanza acerca del noviazgo y de la apertura de los esposos a la vida. Aunque esto le valga las críticas de trasnochada y severa, insiste con paciencia porque sabe que Dios la llama a custodiar el amor personal, especialmente en su «lugar nativo»[14]. La Iglesia no defiende con esto una verdad abstracta, como de manual: más bien protege la verdad concreta de las vidas, de las familias; protege las relaciones entre las personas de la verdadera enfermedad mortal… un veneno que se filtra sutilmente, vestido al inicio de romance y de triunfo, hasta desenmascararse de golpe, quizá a la vuelta de los años, como una jaula insoportable, sobre todo si se ha apoderado de los dos: el egoísmo.

Hay, sí, una aparente magnanimidad y alegría de vivir en quien se dice sin más: «voy a gozar todo lo que pueda de mi cuerpo y de quien quiera disfrutar conmigo». Es un modo de ver la vida en el que se oye como un eco del Génesis: la juventud es una fruta sabrosa… ¿por qué no habría de comerla? ¿por qué querría Dios quitarme esa dulzura de la boca? (cfr. Gn 3,2.6). Los jóvenes cristianos no son de cartón: sienten ese mismo atractivo, pero adivinan algo de espejismo; quieren ver con más profundidad. Con su esfuerzo por guardar puro su amor, o por reconquistar la inocencia que quizá perdieron, se preparan para amar sin poseer al otro, para amar sin consumir. De un modo u otro, se preguntan: «¿con quién voy a compartir estas ganas de vivir que noto bullir dentro de mí? ¿es realmente esta la persona? ¿de verdad nos vamos a querer, o solo nos deseamos?». Saben que con su cuerpo van a dar también su corazón, su persona, su libertad. Saben que todo eso solo cabe realmente dentro de un “sí para siempre”; saben que ni ellos ni nadie valen menos que un sí “sin términos y condiciones”; y que a falta de una decisión así no están preparados para hacer ese regalo, ni lo están los demás para recibirlo: sería un regalo que los dejaría vacíos por dentro, aunque solo lo descubrieran con el paso del tiempo.

La misma “lógica” de fondo late en la vocación del célibe, que también ama a Dios con su cuerpo, porque se lo entrega día a día. Sí, matrimonio y celibato se iluminan y se necesitan mutuamente, porque ambos irradian la lógica de una gratuidad que solo se entiende desde Dios, desde la imagen de sí que Dios ha puesto en nosotros, por la que nos sabemos un don, vemos en los demás un don, y nos sabemos llamados a dar vida: a los padres, a los hijos, a los abuelos, a todos.

Cuando Jesús revela esta profundidad del amor, sus discípulos se quedan perplejos, hasta el punto de que tiene que decirles: «No todos entienden esto; solo los que han recibido ese don» (Mt 19,11). Los jóvenes y los padres cristianos, aunque a veces puedan percibir incomprensión a su alrededor, deben saber que en el fondo muchos los admiran, aunque a veces no sepan muy bien por qué. Los admiran porque con su amor sincero están irradiando la alegría y la libertad del amor de Dios, que laten «con gemidos inefables» (Rm 8,26) en los corazones de cada hombre y de cada mujer.

Corazón que no quiera sufrir dolores

El nombre de Rafael significa «Dios cura», es decir, «Dios cuida». La intervención del Arcángel en la historia compartida de Tobit, Ana, Tobías y Sara presenta de modo visible una realidad habitualmente imperceptible: la protección de Dios sobre las familias, la importancia que Él da a que salgan adelante felices (cfr. Tb 12,11-15). Dios quiere estar cerca de nosotros, aunque a veces no le dejemos, porque no queremos verdaderamente tenerle cerca. En la historia del hijo pródigo, que se fue «a un país lejano» (Lc 15,13), podemos reconocer no solo historias individuales, sino también historias sociales y culturales: un mundo que se aleja de Dios y que se convierte así en un entorno hostil, en el que muchas familias sufren, y a veces naufragan. Con todo, como el padre de la parábola, Dios no se cansa de esperar, y siempre acaba dando con el modo de habitar esas realidades, a veces trágicas, volviendo al encuentro de cada persona, aunque sean muchas las heridas que curar.

LA IGLESIA PROTEGE LAS RELACIONES ENTRE LAS PERSONAS DE LA VERDADERA ENFERMEDAD MORTAL, EL EGOÍSMO

También el libro de Tobías nos muestra cómo la cercanía y la solicitud de Dios por las familias no significa un amparo de toda dificultad, interna y externa. Tobit, por ejemplo, es un hombre íntegro, incluso heroico, y sin embargo, Dios permite que se quede ciego (cfr. Tb 2,10). Su mujer tiene entonces que conseguir ingresos para la familia, y sucede que en una ocasión le regalan, con la paga, un cabrito. Tobit, quizá desde un humor algo avinagrado por su minusvalía, cree que su mujer lo ha robado, y desata así, sin querer, una tormenta doméstica. Nos lo cuenta él en primera persona: «No la creí y, avergonzado por su comportamiento, insistí en que lo devolviera a su dueño. Entonces ella me replicó: “¿Donde están tus limosnas y buenas obras? Ya ves de qué te han servido”» (Tb 2,14). Ante la dureza de esta respuesta, Tobit se queda «con el alma llena de tristeza»; se pone entonces a rezar entre sollozos, y pide a Dios que le lleve consigo (cfr. Tb 3,1-6).

Con todo, Tobit sigue esforzándose por contentar a su mujer, aunque no siempre lo logre. Así, por ejemplo, cuando Tobías está ya emprendiendo su camino de regreso, felizmente casado y con el dinero que su padre le había encargado recuperar, su madre Ana, que desde el inicio era contraria a la idea del viaje, se teme lo peor: «Mi hijo ha muerto. Mi hijo ya no vive (…). ¡Ay de mí, hijo, luz de mis ojos! ¿Por qué te dejaría marchar?». Tobit, que también está preocupado, intenta calmarla: «¡Calla!, mujer, no te preocupes. Seguro que está bien. Habrán tenido que retrasarse. Pero su compañero es hombre de confianza y pariente nuestro. No te inquietes por él, mujer, que volverá pronto». Sin embargo, sus razones no surten efecto. «¡Déjame! No me vengas con engaños. Mi hijo ha muerto», responde Ana. Con todo, en una incoherencia muy maternal, sigue secretamente esperando su regreso: «día tras día se asomaba al camino por donde su hijo había marchado. No hacía caso a nadie. Cuando se ponía el sol, volvía a casa y pasaba las noches sin poder dormir, lamentándose y llorando» (Tb 10,1-7).

Conmueve ver que, a distancia de milenios, los problemas cotidianos de las familias no han cambiado demasiado. Incomprensiones, faltas de comunicación, angustias por los hijos… «Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban»[15]. El enamoramiento inicial —esa fuerza que lleva a ilusionarse con el proyecto de formar una familia— tiende a dejar casi todos los defectos del otro en un ángulo muerto. Pero bastan unas semanas de convivencia constante para darse cuenta de que nadie llegó perfecto al día de la boda, y por eso la vida matrimonial es un camino de conversión en tándem, en equipo. Con tal de que marido y mujer se sigan dando cada día una nueva oportunidad, los corazones de uno y otro se irán haciendo cada vez más bellos, aunque se mantengan, en incluso cristalicen, algunos de sus límites.

Dice una antigua canción: «Corazón que no quiera sufrir dolores, pase la vida entera libre de amores»[16]. En efecto, «amar, de cualquier manera, es ser vulnerable. Basta con que amemos algo para que nuestro corazón, con seguridad, se retuerza y, posiblemente, se rompa. Si uno quiere estar seguro de mantenerlo intacto, no debe dar su corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Hay que rodearlo cuidadosamente de caprichos y de pequeños lujos; evitar todo compromiso; guardarlo a buen recaudo bajo llave en el cofre o en el ataúd de nuestro egoísmo»[17]. Ciertamente, no sucede a los matrimonios como a Tobías y Sara, que tienen que enfrentar un peligro de muerte en su primera noche de bodas, por la acción de un mal espíritu (cfr. Tb 6,14-15; 7,11). Sin embargo, el demonio del egoísmo —enfermedad mortal— atenaza constantemente a todas las familias, con la tentación de «convertir en montañas» lo que no son más que «menudos roces sin importancia»[18].

"REÑIR, SIEMPRE QUE NO SEA MUY FRECUENTE, ES TAMBIÉN UNA MANIFESTACIÓN DE AMOR, CASI UNA NECESIDAD" (SAN JOSEMARÍA)

Por eso, qué importante es que marido y mujer hablen con claridad, aunque se trate de cosas fuertes, para evitar que cada uno se vaya atrincherando poco a poco detrás de un muro: para reconstruir una y otra vez los sentimientos que hacen posible el amor. Dice san Josemaría que «reñir, siempre que no sea muy frecuente, es también una manifestación de amor, casi una necesidad» de los esposos[19]. El agua tiene que correr, porque cuando se estanca se pudre. Qué importante es también por eso que los padres «encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos, (...) [para] reconocer la parte de verdad –o la verdad entera– que pueda haber en algunas de sus rebeldías»[20]. Hablar, pues, y convivir: entre marido y mujer, entre padres e hijos.

Y hablar, sobre todo, con Dios, para que pueda darnos sus luces: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119,105). Aunque el relato bíblico no alcanza a mostrarnos los desencuentros de Tobías y Sara, podemos imaginar que los tendrían, como Tobit y Ana, y como todas las familias. Pero también podemos imaginarlos muy unidos hasta el final de sus vidas, porque vemos nacer y crecer su matrimonio en la intimidad con Dios. «Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre —rezan en su noche de bodas—. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez» (Tb 8,7).

***

San Juan Pablo II, «el Papa de la familia»[21], comparaba una vez el amor esponsal del Cantar de los Cantares con el amor de Tobías y Sara. Los esposos del Cantar, decía, «declaran mutuamente, con palabras fogosas, su amor humano. Los nuevos esposos del libro de Tobías piden a Dios saber responder al amor»[22]. Al acercar estos dos retratos del amor matrimonial, quería suscitar la pregunta: ¿cuál de los dos lo refleja mejor? La respuesta es sencilla: ambos. El día en que dos corazones se encuentran, su vocación adquiere un rostro fresco y joven, como el de los esposos del Cantar. Pero ese rostro recupera su juventud cada vez que, a lo largo de la vida, uno y otro acogen de nuevo su llamada a responder al amor. Y entonces, sí, ese amor es fuerte como la muerte[23].

Carlos Ayxelà


[1] San Josemaría, Camino, n. 27.

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 30. Cfr. los nn. 22-30, que comprenden la homilía “El matrimonio, vocación cristiana”.

[3] Juan Ramón Jiménez, Eternidades, Madrid, 1918 p. 126 (a efectos de la j, se conserva la peculiar ortografía del original).

[4] Camino, n. 27. Cfr. también Ibidem, n. 360.

[5] Cfr. San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1697 (10-X-1932), en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, Rialp, Madrid 1997, p. 477.

[6] San Josemaría, notas de una meditación, 12-X-1947, en Mientras nos hablaba en el camino, p. 41 (AGP, Biblioteca, P18).

[7] Cfr. Ibidem. «Yo, en el Ceremonial, haciendo preceder a esta bendición una deprecación a la Virgen, la he puesto como bendición del viaje: Beata Maria intercedente, bene ambules: et Dominus sit in itinere tuo, et Angelus eius comitetur tecum [Que por la intercesión de Santa María, tengas un buen viaje: que el Señor esté en tu camino, y que su Ángel te acompañe]».

[8] San Juan Pablo II llamaba por eso al matrimonio “sacramento primordial” (cfr. Audiencia, 20-X-1982 y 23-V-1984).

[9] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017.

[10] Francisco, Audiencia, 2-IX-2015.

[11] J. Maragall, “Elogio del vivir” en Vida escrita, Madrid, Aguilar, 1959, p. 105.

[12] Es Cristo que pasa, n. 43.

[13] S. Marai, El último encuentro, Salamandra, Barcelona, 2007, p. 107.

[14] F. Ocáriz, Carta pastoral, 4-VI-2017.

[15] Es Cristo que pasa, n. 24.

[16] “A los árboles altos”, canción popular a la que san Josemaría alude en Camino, n. 145.

[17] C.S. Lewis, Los cuatro amores, Rialp, Madrid 1991, p. 135.

[18] Es Cristo que pasa, n. 23.

[19] Ibidem, n. 26.

[20] Ibidem, n. 27.

[21] Francisco, Homilía en la canonización, 27-IV-2014.

[22] San Juan Pablo II, Audiencia, 27-VI-1984.

[23] Cfr. Ibidem, y Ct 8,6.

 

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»

Este artículo sobre el trabajo desarrolla el mensaje principal de san Josemaría: que la propia tarea bien hecha y ofrecida al Señor es medio para acercarse a Dios y cristianizar la sociedad.

Foto: Ismael Martínez Sánchez

Las luces y sombras de la época que vivimos están patentes a los ojos de todos. El desarrollo humano y las plagas que lo infectan; el progreso civil en muchos aspectos y la barbarie en otros...: son contrastes que tanto san Juan Pablo II como sus sucesores han señalado repetidas veces[1], animando a los cristianos iluminar la sociedad con la luz del Evangelio. Sin embargo, aunque todos estamos llamados a transformar la sociedad según el querer de Dios, muchos no saben cómo hacerlo. Piensan que esa tarea depende casi exclusivamente de quienes gobiernan o tienen capacidad de influir por su posición social o económica y que ellos sólo pueden hacer de espectadores: aplaudir o silbar, pero sin entrar en el terreno de juego, sin intervenir en la partida.

No ha de ser esa la actitud del cristiano, porque no responde a la realidad de la vocación a la que está llamado. Quiere el Señor que seamos nosotros, los cristianos —porque tenemos la responsabilidad sobrenatural de cooperar con el poder de Dios, ya que El así lo ha dispuesto en su misericordia infinita—, quienes procuremos restablecer el orden quebrantado y devolver a las estructuras temporales, en todas las naciones, su función natural de instrumento para el progreso de la humanidad, y su función sobrenatural de medio para llegar a Dios, para la Redención[2].

No somos espectadores. Al contrario, es misión específica de los laicos santificar el mundo «desde dentro»[3]orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas[4]. Como enseña el Concilio Vaticano II, los laicos han de «iluminar y ordenar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen constantemente según Cristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor»[5]. En una palabra: cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano[6].

Foto: Ismael Martínez Sánchez

 

Y para esto los cristianos tenemos el poder necesario, aunque no tengamos poder humano. Nuestra fuerza es la oración y las obras convertidas en oración. La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios[7]. Concretamente, el arma específica que poseen la mayoría de cristianos para transformar la sociedad es el trabajo convertido en oración. No simplemente el trabajo, sino el trabajo santificado.

Dios se lo hizo comprender a San Josemaría en un momento preciso, el 7 de agosto de 1931, durante la San Misa. Al llegar la elevación, trajo a su alma con fuerza extraordinarias las palabras de Jesús: cuando seré levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí[8]Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: ¡si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño..., entonces omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad![9]

Cristianizar la sociedad

Dios ha confiado al hombre la tarea de edificar la sociedad al servicio de su bien temporal y eterno, de modo acorde con su dignidad[10]: una sociedad en la que las leyes, las costumbres y las instituciones que la conforman y estructuran, favorezcan el bien integral de las personas con todas sus exigencias; una sociedad en la que cada uno se perfeccione buscando el bien de los demás, ya que el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a os demás»[11]. Sin embargo, todo se ha trastocado a causa del pecado del primer hombre y de la sucesiva proliferación de los pecados que —como enseña el Catecismo de la Iglesia— hacen «reinar entre los hombres la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las "estructuras de pecado" son expresión y efecto de los pecados personales»[12].

El Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo nuestro Señor, ha venido al mundo para redimirnos del pecado y de sus consecuencias. Cristianizar la sociedad no es otra cosa que liberarla de esas consecuencias que el Catecismo resume con las palabras que acabamos de leer. Es, por una parte, liberarla de las estructuras de pecado —por ejemplo, de las leyes civiles y de las costumbres contrarias a la ley moral—, y por otra, más a fondo, procurar que las relaciones humanas estén presididas por el amor de Cristo, y no viciadas por el egoísmo de la concupiscencia, la violencia y la injusticiaEsta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social[13].

Cristianizar la sociedad no es imponer a nadie la fe verdadera. Precisamente el espíritu cristiano reclama el respeto del derecho a la libertad social y civil en materia religiosa, de modo que no se debe impedir a nadie que practique su religión, según su conciencia, aun cuando estuviera en el error, siempre que respete las exigencias del orden público, de la paz y la moralidad pública, que el Estado tiene obligación de tutelar[14]. A quienes están en el error hay que procurar que conozcan la verdad, que sólo se encuentra plenamente en la fe católica, enseñándoles y convenciéndoles con el ejemplo y con la palabra, pero nunca con la coacción. El acto de fe sólo puede ser auténtico si es libre.

Pero cuando un cristiano intenta que la ley civil promueva el respeto de la vida humana desde el momento de la concepción, la estabilidad de la familia a través del reconocimiento de la indisolubilidad del matrimonio, los derechos de los padres en la educación de los hijos tanto en escuelas públicas como en privadas, la verdad en la información, la moralidad pública, la justicia en las relaciones laborales, etc., no está pretendiendo con imponer su fe a los demás, sino cumpliendo con su deber de ciudadano y contribuyendo a edificar, en lo que está de su parte, una sociedad mejor, conforme a la dignidad de la persona humana. Ciertamente, el cristiano,gracias a la Revelación divina, posee una especial certeza sobre la importancia que esos principios y verdades poseen para edificar una sociedad más justa; pero estos están al alcance de la razón humana, y por eso cualquier persona, independientemente de su fe, puede apreciar el valor e importancia que esos principios tienen para la vida social.

Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana[15]. Se trata de «sanear las estructuras y los ambientes del mundo (...) de modo que favorezcan la práctica de las virtudes en vez de impedirla»[16]. La fe cristiana hace sentir hondamente la aspiración, propia de todo ciudadano, de buscar el bien común de la sociedad. Un bien común que no se reduce al desarrollo económico, aunque ciertamente lo incluyen. Son también, y antes —en sentido cualitativo, no siempre en el de urgencia temporal—, las mejores condiciones posibles de libertad, de justicia y de vida moral en todos sus aspectos, y de paz, que corresponden a la dignidad de la persona humana.

Cuando un cristiano hace lo posible para configurar de este modo la sociedad lo hace en virtud de su fe, no en nombre de una ideología opinable de partido político. Actúa como actuaron los primeros cristianos. No tenían, por razón de su vocación sobrenatural, programas sociales ni humanos que cumplir; pero estaban penetrados de un espíritu, de una concepción de la vida y del mundo, que no podía dejar de tener consecuencias en la sociedad en la que se movían[17]La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana[18].

Es necesario procurar sanear las estructuras de la sociedad para empaparla de espíritu cristiano, pero no es suficiente. Aunque parezca una meta muy alta, no pasa de ser una exigencia básica. Hace falta mucho mas: procurar sobre todo que las personas sean cristianas, que cada uno irradie a su alrededor, en su conducta diaria, la luz y el amor de Cristo, el buen olor de Jesucristo[19]. El fin no es que las estructuras sean sanas, sino que las personas sean santas. Tan equivocado sería despreocuparse de que las leyes y las costumbres de la sociedad fueran conformes al espíritu cristiano, como conformarse sólo con esto. Porque además, en ese mismo momento peligrarían de nuevo las mismas estructuras sanas. Siempre hay que estar recomenzando. «No hay humanidad nueva, si antes no hay hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio»[20].

Por medio del trabajo

De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes[21] Si queremos cristianizar la sociedad,lo primero es la santidad personal, nuestra unión con Dios. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención[22]. Es necesario que no perdamos la sal, la luz y el fuego que Dios ha puesto dentro de nosotros para transformar el ambiente que nos rodea. El Papa san Juan Pablo II ha señalado que «es un cometido que exige valentía y paciencia»[23]: valentía porque no hay que tener miedo a chocar con el ambiente cuando es necesario; y paciencia, porque cambiar la sociedad desde dentro requiere tiempo, y mientras tanto no hay que acostumbrarse a la presencia del mal cristalizado en la sociedad, porque acostumbrarse a una enfermedad mortal es tanto como sucumbir a ella. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad "desde dentro", estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene —no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado— de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica[24].

Dios quiere que infundamos espíritu cristiano a la sociedad a través de la santificación del trabajo profesional, ya que por el trabajo, somete el cristiano la creación (cfr. Gn 1,28) y la ordena a Cristo Jesús, centro en el que están destinadas a recapitularse todas las cosas[25]. El trabajo profesional es, concretamente, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres[26].

Foto: Ismael Martínez Sánchez

 

Cada uno se ha de proponer la tarea de cristianizar la sociedad a través de su trabajo: primero mediante en el afán de acercar a Dios a sus colegas y a las personas con las que entra en contacto profesional, para que también ellos lleguen a santificar su trabajo y a dar el tono cristiano a la sociedad; y después, e inseparablemente, mediante el empeño por cristianizar las estructuras del propio ambiente profesional, procurando que sean conformes a la ley moral. Quien se dedica a la empresa, a la profesión farmacéutica, a la abogacía, a la información o a la publicidad..., debe tratar de influir cristianamente en su ambiente: en las relaciones y en las instituciones profesionales y laborales. No es suficiente no mancharse con prácticas inmorales; hay que proponerse limpiar el propio ámbito profesional, hacerlo conforme a la dignidad humana y cristiana.

Para todo esto debemos recibir una formación tal que suscite en nuestras almas, a la hora de acometer el trabajo profesional de cada uno, el instinto y la sana inquietud de conformar esa tarea a las exigencias de la conciencia cristiana, a los imperativos divinos que deben regir en la sociedad y en las actividades de los hombres[27].

Las posibilidades de contribuir a la cristianización de la sociedad en virtud del trabajo profesional, van más allá de lo que puede realizarse en el estricto ambiente de trabajo. La condición de ciudadano que ejerce una profesión en la sociedad es un título para emprender o colaborar en iniciativas de diverso género, junto con otros ciudadanos que comparten los mismos ideales: iniciativas educativas de la juventud —escuelas donde se imparta una formación humana y cristiana, tan necesarias y urgentes en nuestro tiempo—, iniciativas asistenciales, asociaciones para promover el respeto a la vida, o la verdad en la información, o el derecho a un ambiente moral sano... Todo realizado con la mentalidad profesional de los hijos de Dios llamados a santificarse en medio del mundo.

Que entreguemos plenamente nuestras vidas al Señor Dios Nuestro, trabajando con perfección, cada uno en su tarea profesional y en su estado, sin olvidar que debemos tener una sola aspiración, en todas nuestras obras: poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres[28] .

 


[1] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Ecclesia in Europa, 28-VI-2003, c. I.

[2] San Josemaría, Carta 30-IV-1946, n. 19, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 420.

[3] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[4] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 17, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[6] San Josemaría, Conversaciones, n. 112.

[7] San Josemaría, Forja, n. 439.

[8] Jn 12, 32.

[9] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 27-X-1963, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, pp. 426-427:

[10] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 353, 1929, 1930.

[11] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1869..

[13] San Josemaría, Surco, n. 302.

[14] Cfr. Conc. vaticano II, Decr. Dignitatis humanae, nn. 1, 2 y 7.

[15] San Josemaría, Forja, n. 718.

[16] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 36.

[17] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 22, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 418.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.

[19] Cfr. 2 Cor 2, 15.

[20] Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, n. 18.

[21] San Josemaría, Camino, n. 755.

[22] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 183.

[23] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 1-V-1991, n. 38.

[24] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.

[25] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 14, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 425.

[26] Conversaciones, n. 10.

[27] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 15, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, III, Rialp, Madrid 2013, p. 574.

[28] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 41 en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 428. Cfr Forja, n. 678.

 

 

Catequistas: testigos de la fe en la vida ordinaria

Posted: 19 Sep 2021 11:59 AM PDT

 

Como aquellos discípulos que Jesús envía para preparar la primera eucaristía (cf. Mt 26, 17 ss.), los catequistas son invitados a ir “primero a la ciudad, al encuentro de las personas ocupadas en sus quehaceres diarios”. Así lo ha dicho el Papa Francisco en un encuentro con responsables de la catequesis en las Iglesias particulares de Europa, sobre “catequesis y catequistas para la nueva evangelización” (17-IX-2021).

Citando el nuevo Directorio para la catequesis, el sucesor de Pedro ha señalado que “la catequesis no es una comunicación abstracta de conocimientos teóricos que hay que memorizar como si fueran fórmulas matemáticas o químicas. Es más bien la experiencia mistagógica de quienes aprenden a encontrar a sus hermanos allí donde viven y trabajan, porque ellos mismos han encontrado a Cristo, que les ha llamado a ser discípulos misioneros”.

El núcleo de la catequesis es, pues, el testimonio del encuentro con Cristo, hecho anuncio y transmitido por los catequistas en el conjunto de su tarea educativa: ¡Jesucristo resucitado te ama y nunca te abandona! Tal es el primer anuncio que, subraya Francisco, nunca puede encontrarnos cansados o repetitivos en las distintas etapas del camino catequético. 

La importante tarea de los catequistas le ha llevado al Papa a instituir el ministerio de catequista, y revela que se está actualmente preparando el ritual correspondiente. De este modo espera “que la comunidad cristiana sienta la necesidad de despertar esa vocación y de experimentar el servicio de algunos hombres y mujeres que, viviendo la celebración eucarística, sientan más vivamente la pasión por transmitir la fe como evangelizadores”.

Los catequistas –señala Francisco– son testigos que se ponen al servicio de la comunidad cristiana, para sostener la profundización de la fe en lo concreto de la vida ordinaria. Son personas que anuncian incansablemente el Evangelio de la misericordia; personas capaces de crear los necesarios lazos de acogida y cercanía que permiten apreciar mejor la Palabra de Dios y celebrar el misterio eucarístico ofreciendo frutos de buenas obras.

Después de recordar cariñosamente a los catequistas que le prepararon para la primera comunión, evoca el Papa su encuentro hace pocos días, en la catedral de Bratislava (cf. Discurso del 13-IX-2021) con pastores y educadores de la fe. Entonces afirmó que “la evangelización nunca es una mera repetición del pasado”. Y señaló que los grandes santos evangelizadores, como Cirilo, Metodio y Bonifacio fueron creativos, con la creatividad del Espíritu Santo. Y abrieron nuevos caminos, inventaron nuevos lenguajes o “alfabetos” para transmitir el evangelio e inculturar la fe.

(Junto con ese consejo, en el discurso de Bratislava el Papa animó a los pastores y educadores de la fe a formar en la libertad interior, enseñando a discernir responsablemente en conciencia, con confianza en la misericordia de Dios y con capacidad de diálogo).

Eso –señala ahora Francisco– requiere saber escuchar a la gente, conocer su cultura y su historia, y no de forma superficial, ni confiando en respuestas prefabricadas. “Escuchar realmente, y confrontar esas culturas, esas lenguas, incluso y sobre todo lo no dicho, lo no expresado, con la Palabra de Dios, con Jesucristo, el Evangelio vivo”. Repite ahora la pregunta de si “no es ésta la tarea más urgente de la Iglesia entre los pueblos de Europa”.

En la misma línea que el discurso en Bratislva, sostiene el Papa que “la gran tradición cristiana del continente (europeo) no debe convertirse en una reliquia histórica, de lo contrario ya no es tradición. La tradición está viva o no lo está. Y la catequesis es tradición, es tradere [entregar] pero tradición viva, de corazón a corazón, de mente a mente, de vida a vida. Por lo tanto: apasionados y creativos, con el impulso del Espíritu Santo”.

Por eso insiste en que “el catequista se deja interpelar por la realidad que encuentra y transmite el Evangelio con gran creatividad, o no es catequista”. Con agradecimiento por los miles de catequistas que trabajan en Europa, el Papa les anima a seguir adelante en su decisiva tarea al servicio de la fe, asistidos por el Espíritu Santo.

 

La sublimidad del amor materno

Feliz criatura en cuyo favor la Providencia dispuso maravillas de la naturaleza y de la gracia, en el desvelo de una madre pura y llena de fe.

Joven madre garterana 1

Una joven campesina de Castilla considera, solícita y enternecida, el hijo que tiene en los brazos. Se nota en ella una cierta rusticidad, propia de los campesinos. Pero una rusticidad en la cual es por así decir imperceptible la tal o cual aspereza que el concepto de “rústico” contiene.

Por el contrario, la vida del campo concentró en esa joven sus mejores efectos. Su semblante, su porte, expresan una vigorosa plenitud de salud de cuerpo y de alma. Pero una plenitud a la cual siglos enteros de tradición cristiana imprimieron su cuño propio.

En esa campesina, que tal vez apenas sepa leer, hay una intensidad de vida de espíritu, una lógica, una templanza, una armoniosa sujeción de la materia al espíritu, y al mismo tiempo un frescor y una delicadeza que sólo pueden resultar de mucha fe y mucha pureza. Los trazos fisionómicos muy nítidos, son enérgicos. Las cejas fuertes, y de trazado muy definido, sirven de moldura a una mirada penetrante y precisa. Pero hay en el rostro una serenidad, una inocencia, que el tocado blanquísimo parece acentuar con una nota de lozanía especial.

Trátase de una simple hija del pueblo. Pero de un gran pueblo, profundamente católico. Hay en él tesoros de todo tipo: étnicos, históricos, morales, sociales, religiosos, que hacen de esta humilde y altiva hija de Castilla un modelo digno de despertar el talento de un gran pintor. Todos estos tesoros están vueltos hacia la maternidad.

Es evidente el cariño delicadísimo con que contempla a su hijo, la conciencia que tiene de su función protectora, la dedicación con que ella está por así decir movilizada en todas sus aptitudes, en toda su capacidad de afecto – afecto profundo, serio, sin molicie, dígase de paso – en pro del hijo que Dios le dio.

Feliz criatura en cuyo favor la Providencia dispuso maravillas de la naturaleza y de la gracia, en el desvelo de una madre pura y llena de fe.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

Jornada “muerte digna o vida digna”. El próximo 29 de septiembre con el Dr. Marcos Gómez, referente mundial en cuidados paliativos

JORNADA EUTANASIA Y CUIDADOS PALIATIVOS

¿MUERTE DIGNA O VIDA DIGNA? CUIDADOS FRENTE A EUTANASIA

 

Miércoles 29 de septiembre

Horario: 17:00 h a 20:00 h

Modalidad: Presencial y on line (TEAMS)

LUGAR:  Salón de Actos Universidad Católica de Valencia, Sede Santa Úrsula. C/ Guillem de Castro 94 – Valencia

ENLACE TEAMShttps://buff.ly/3kfWrXl

 

El pasado 25 de junio de 2021 entró en vigor la Ley Orgánica 3/2021, de 24 de marzo, de regulación de la eutanasia. Fue aprobada por un gobierno que no consultó a organismos médicos y comités de bioética, ni tuvo informe alguno de organismos independientes.

Así lo afirma el profesor de la Universidad Católica de Valencia (UCV), Alejandro López Oliva, quien incide en que se trata de “una norma afectante al derecho fundamental y primario de la vida, una nueva prestación sanitaria que tipifica el homicidio legal y el suicidio asistido, aunque no se desprenda del título y objeto de la norma”.

López Oliva es uno de los expertos que participará el próximo miércoles 29 de septiembre en la jornada “¿Muerte digna o vida digna? Cuidados frente a la eutanasia”, organizada por el Observatorio de Bioética de la UCV para abordar tanto los aspectos legales como biomédicos y antropológicos de la nueva ley.

El encuentro -que se celebrará en el Campus de Valencia-Santa Úrsula, y que también podrá seguirse en modalidad online- contará también con el Dr. Marcos Gómez Sancho, uno de los máximos referentes a nivel mundial en Medicina Paliativa, quien pronunciará la conferencia de clausura; así como con los investigadores del Observatorio de Bioética de la UCV, Julio Tudela y Enrique Burguete.

Eutanasia: no es un derecho fundamental 

En el encuentro se analizará el contenido de la norma, haciendo hincapié en los requisitos para solicitar la prestación y en los dos procedimientos posibles, así como en la objeción de conciencia y la calificación legal dada a la práctica de la eutanasia. Para ello, López Oliva explicará por qué no puede considerar un derecho fundamental y la situación en la que quedan las personas jurídicas que tengan un ideario o carácter propio contrario a la nueva prestación. Asimismo, aludirá al derecho comparado existente en Europa y Canadá en relación a la normativa española.

Por su parte, Julio Tudela reparará en los aspectos biomédicos de la eutanasia. En su opinión, “hoy se sigue defendiendo por quienes legislan a favor de la eutanasia la licitud de terminar con las vidas llamadas ‘indignas’, que viene a asociarse a procesos de enfermedad terminal o no, acompañada de sufrimiento no solo físico sino también mental, ignorando la medicina paliativa y el acompañamiento al paciente en el respeto a su dignidad”.

En este sentido, “el avance de la ciencia médica en el abordaje de los llamados síntomas refractarios o de difícil control proporciona instrumentos para el tratamiento de los pacientes que sufren, respetando su vida y aliviando sus sufrimientos”.

Por el contrario, “la vieja e indigna opción de terminar con las personas que sufren o simplemente afectadas de alguna discapacidad, parece ganar terreno en una sociedad posmoderna, incapaz de abordar la vulnerabilidad humana desde el respeto a la dignidad. Esta tendencia crea, además una pendiente resbaladiza donde los criterios para terminar con la vida de las personas van siendo cada vez más laxos, devaluando la vida humana y retrocediendo a los tiempos que creíamos superados, en los que un esclavo o un discapacitado eran despojados de valor y eliminados sin remordimiento alguno”, asegura el investigador de la UCV.

Argumentos contradictorios

La sesión incluirá la intervención de Enrique Burguete, quien insiste en que “tras el concepto ‘eutanasia’ y su eufemismo ‘muerte digna’ se encuentran argumentos contradictorios: los que apelan a una emoción compasiva, refractaria a cualquier tipo de fundamentación racional; y los que apelan a una racionalidad descarnada y reduccionista que considera el cuerpo como una mera prótesis originaria o natural, deseable cuando contribuye a nuestro bienestar psicológico y a nuestros proyectos vitales, pero descartable cuando se convierte en un molesto impedimento para éstos”.

Así, en su ponencia mostrará que “ambos argumentos carecen de solidez y recaen en un dualismo antropológico insostenible e infundado. No vivimos ‘atrapados’ dentro de un cuerpo, de cuyas limitaciones nos liberamos con la muerte. La persona completa no se da en una sola de sus dimensiones, sino en la unión substancial de todas ellas. Por eso, es correcto afirmar que soy mi cuerpo, aunque no sólo sea mi cuerpo. Y también que, quien mata a mi cuerpo, no me libera de una circunstancia indeseada, sino que me mata a mí. Muerte digna y suicidio asistido son términos incompatibles”.

Bajo esta premisa, su intervención se apoyará en los criterios de una antropología “ajena a todo sesgo ideológico e irreductible al dogma de una sola confesión religiosa. Porque la eutanasia no es una cuestión de ideologías, de opiniones particulares ni de creencias religiosas, sino una cuestión de respeto o desprecio hacia la dignidad de la vida humana en todas y cada una de sus etapas”.

Dr. Gómez Sancho: “Los profesionales debemos ayudar al paciente a aliviar su sufrimiento y muchas veces lo conseguimos”  

El Dr. Marcos Gómez Sancho -quien, entre otras presidencias, ha ocupado la de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) o la de la Comisión Central de Deontología de la OMC-, será el responsable de pronunciar la conferencia de clausura, centrada en la importancia del acompañamiento del paciente que se acerca al final de su vida.

“Esta forma de morir, que antaño era algo generalizado, cada vez se hace más difícil en el mundo de hoy. Se trataba de morir manteniendo con las personas cercanas contactos humanos sencillos y enriquecedores La tendencia, cada vez mayor, de llevar a los enfermos a morir al hospital, hace que muchas personas pasen sus últimos días de vida lejos de sus familiares, en un entorno frío y sin la privacidad e intimidad necesarias para acabar la vida dignamente y frecuentemente, incluso, sufriendo algún tipo de exceso de tratamiento”, expresa.

Ante esta situación, “nunca debemos olvidar que tenemos que estar atentos a las necesidades de su esfera espiritual, común a todos los seres humanos e independientemente de sus creencias religiosas; intentar encontrar un sentido a la vida, a la muerte, al sufrimiento. Los profesionales debemos ayudar al paciente a aliviar su sufrimiento y muchas veces lo conseguimos o, por lo menos, conseguimos atenuarlo”, subraya.

Por todo ello, expondrá en su ponencia distintas claves para ayudar al enfermo a cubrir las necesidades físicas, psicológicas, sociales y espirituales, a medida que se acerca el final. “Nunca debemos olvidar la importancia que tiene la correcta atención y soporte que hay que suministrar a los familiares que, muchas veces, lo pasan peor que el propio enfermo. Son muchos los miedos y dificultades que pueden sufrir los seres queridos de quien está a punto de morir y a las que hay que saber dar una adecuada respuesta, profesional y humana”.

 

 

¿Escuchas el tictac de la pornografía?

Por Juan Ignacio Izquierdo - ReL / 07.09.2021


foto: fightthenewdrug.org

Dos hombres andrajosos y aplastados por el sol se arrastran por las dunas del Sahara.

De pronto, en medio del vasto e inhóspito horizonte, divisan una mesita de madera: se levantan, corren y con indescriptible emoción descubren dos vasos grandes de agua fría en la cubierta; pero se les cae el alma al suelo cuando leen la advertencia escrita en el mantel: "Agua de mar". Se miran desolados y deliberan en silencio. Uno no aguanta, se abalanza hacia su vaso y lo bebe en tres tragos desesperados; luego, viendo que el otro no prueba el suyo, se lo traga también. Se miran otra vez en señal de resignación y siguen caminando, apoyados uno en el otro.

Dentro de nosotros palpita un deseo de intimidad y de ternura tan fuerte como la sed. Vamos por la vida buscando saciar ese anhelo, pero no siempre damos con el agua adecuada. Mientras tanto, una industria millonaria se aprovecha de nuestra necesidad para ofrecernos agua que hace mal a niños y adultos.

La abundancia de espectáculos pornográficos que están circulando por internet, en los que se estruja la sexualidad para quitarle lo mejor (el amor personal, el compromiso, su intimidad) y dejarla solo con sus emociones más brutales, están atrofiando la sensibilidad y desequilibrando los espíritus de millones de personas. La pornografía es una simulación denigrante del amor humano que abarrota la memoria de sus espectadores con imágenes perturbadoras: es mucha agua, pero salada; en lugar de saciar, deshidrata; promete descanso, pero intensifica la avidez.

Y la industria pornográfica va teniendo dimensiones cada vez más tenebrosas: al otro lado de la pantalla, mujeres coaccionadas o maltratadas que se prostituyen; y por este lado, adicciones, problemas psicológicos y corrupción de la sensibilidad en un público multitudinario. Entre los datos que ofrece la plataforma americana Fight the New Drug, encontré uno que nos da una idea sobre la extensión de los tentáculos que tiene esta hidra: en mayo de 2021 en Estados Unidos, los sitios porno recibieron más visitas que Twitter, Instagram, Netflix, Pinterest, y Linkedin juntos.

¿Estamos reflexionando sobre esto en nuestras familias y a nivel país? ¿Escuchamos el tictac de esta bomba de tiempo, que suena también desde los bolsillos de los niños apenas adquieren su propio móvil?

Los amigos percibían la evaporación de sus energías y languidecía en ellos la esperanza. De pronto, a lo lejos, ven un oasis con palmeras y agua fresca. En ese momento, el hombre que había bebido los vasos con agua de mar cayó desvanecido. Su amigo, sin embargo, aun a riesgo de agotar las fuerzas que le quedaban, decidió cargarlo o arrastrarlo hasta esa agua de salvación.

*Juan Ignacio Izquierdo Hübner es abogado de la Pontificia Universidad Católica de Chile y licenciado en teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma).

 

 

El verdadero apostolado no oculta a las almas su malicia

En el Sagrado Corazón de Jesús toda verdadera intransigencia tiene su norma y su explicación

La gracia, que nos fue alcanzada por los méritos infinitos de Nuestro Señor Jesucristo, torna la inteligencia del hombre capaz del acto de fe. Torna la voluntad humana capaz de una energía tal, que se le hace posible practicar los Mandamientos

Pedir fidelidad a los Mandamientos, ¿es imprudente?

Contenidos

 

Una de las observaciones que la lectura de nuestros artículos fácilmente sugiere, es la de que Acción Familia se muestra extremamente empeñada en la observancia exacta e integral de todos los preceptos de la Doctrina Católica, bien como en la adhesión irrestricta y meticulosa a todas las enseñanzas de la Santa Iglesia.

Esta constante preocupación de fidelidad eximia, de exactitud precisa, a muchos espíritus puede parecer imprudente, y quizá antipática. Se les figura que el deber de la compasión, el espíritu de clemencia hacia los infieles, a quienes es tan difícil –máxime en nuestros días– abrazar la verdadera Fe; y hacia los fieles, cuya perseverancia exige luchas cada vez mayores, debería inducir al periodista católico y al católico en general, a una posición extremamente conciliatoria.

¿No sería mejor ser más tolerante?

En lugar de fustigar el error y el mal, debería guardar silencio sobre uno y otro.

En lugar de desplegar la bandera de la perfección, atrayendo a los que leen o escuchan hacia las cimas arduas pero deslumbrantes de los altos ideales, debería enseñar apenas lo indispensable para la salvación, haciéndose pregonero de una corrección minimalista, que en último análisis no es sino mediocridad.

A quien concibiese así la misión del periodista católico –y no falta quien piense de esta forma– nuestra posición podría pasar por intransigente, por intolerante, por incomprensiva.

Delante de nuestros pecados, su compasión no consiste en dejarnos aprisionados, sino en sacarnos de ellos amorosamente y llevarnos sobre los hombros

Somos los primeros en reconocer que, si estas objeciones no son verdaderas, tienen sin embargo mucho de verosímil.

Sin la Gracia es imposible practicar establemente los Mandamientos

A primera vista, lo que llama la atención es que la Doctrina Católica es extremamente difícil de ser practicada por los hombres. La Santa Iglesia ha enseñado en reiteradas ocasiones que ningún fiel, por sus propias fuerzas, puede practicar duraderamente y en su totalidad los Mandamientos. De donde parece razonable considerar exagerada toda actitud de mucha exactitud en el cumplimiento de la Ley.

En realidad, la solución del problema se encuentra en otro orden de ideas.

Si es verdad que la flaqueza de la naturaleza humana es tal, que la observancia de los Mandamientos es absolutamente superior a ella, debemos entre tanto considerar la infinita misericordia divina. No para deducir de ella que Nuestro Señor cohonesta el pecado y el crimen, El es la perfección infinita. La misericordia de Dios no puede consistir en dejarnos yaciendo desamparados en nuestra corrupción, sino en sacarnos de ella.

Delante de los ciegos, de los cojos, de los leprosos, El no se limitaba a sonreír y seguir adelante. El los curaba. Delante de nuestros pecados, su compasión no consiste en dejarnos aprisionados, sino en sacarnos de ellos amorosamente y llevarnos sobre los hombros. Lo que esperamos de la misericordia de Dios son los recursos necesarios para tornarnos capaces de practicar la ley moral.

La misericordia de Dios consiste en darnos fuerzas sobrenaturales

Tenemos para esto la gracia, que nos fue alcanzada por los méritos infinitos de Nuestro Señor Jesucristo. La gracia torna la inteligencia del hombre capaz del acto de fe. Torna la voluntad humana capaz de una energía tal, que se le hace posible practicar los Mandamientos.

El gran don de Dios para los hombres, insistimos, no consiste en condescender con sus faltas, en el sentido de que, sin censurar, los deje displicentemente sumergidos en ellas. El gran don de Dios consiste en darnos los medios sobrenaturales para evitar el pecado y alcanzar la santidad. Y de ahí también una gran responsabilidad para los que recusen este don inestimable.

La bondad no consiste para el católico en dejar al pecador en la ilusión de que su estado de alma es satisfactorio. (Prédica de San Esteban en Jerusalén, Carpaccio)

Símbolo expresivo de ese amor misericordioso de Dios, de la abundancia de sus perdones, y de la insistencia con que El está constantemente convidando al hombre a que se arrepienta, a que pida las gracias necesarias para practicar la virtud, a que por medio de la oración consiga todos los recursos necesarios para la reforma de su carácter, es el Sagrado Corazón de Jesús. Es, pues, en el Sagrado Corazón de Jesús que toda verdadera intransigencia tiene su norma y su explicación.

La bondad no consiste para el periodista católico en dejar al pecador en la ilusión de que su estado de alma es satisfactorio.

Dar un buen consejo es obra de misericordia

Cumple mostrar al impío todo el horror de su impiedad, para removerlo de ella. Cumple señalarle las cimas de la perfección para que desee alcanzarlas. Lo que del todo le es posible si pidiere con perseverancia la gracia de Dios y con ella cooperare.

En esta convicción profunda y alegre de que el hombre todo puede con la gracia, está la razón profunda de la santa virtud de la intransigencia cristiana. Toda misericordia constituye un gran don. Pero constituye también una gran responsabilidad. Puesto que el hombre, por la oración y por la fidelidad a la virtud, puede y debe practicar los Mandamientos, es bien evidente que no resta para él ninguna disculpa si se obstinare en el pecado.

Las enseñanzas de la Iglesia nos muestran como las gracias brotan superabundantes del Corazón dulcísimo de Jesús. Por eso mismo, la formula del apostolado eficaz consiste, no en silenciar a los hombres su malicia, sino en convidarlos a lavarse de ella en la fuente divina de donde nacen los torrentes de la gracia.

Extractado y adaptado de “O culto ao Coração de Jesus: seu verdadeiro sentido, importância  e  atualidade” por Plinio Corrêa de Oliveira in Catolicismo, N° 68, agosto de 1956.

 

 

Bebemos más vino

 

De acuerdo con un informe elaborado por la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE) y el Observatorio Español del Mercado Vino (OeMv), “El consumo de vino en España ha subido un 5% durante el pasado mes de junio.” Es el cuarto mes consecutivo con incrementos, lo que parece confirmar la recuperación del consumo de vino en nuestro país tras un 2020 muy complicado debido a la pandemia, que afectó especialmente al canal de hostelería.

No obstante, el crecimiento del consumo en junio es inferior al registrado en los tres meses anteriores -creció más del 40% en marzo y mayo y un 8,2% en abril-, pero debemos mencionar que el consumo de vino en junio de 2020 fue el tercer mejor mes del año 2020 en términos de volumen, coincidiendo con el inicio de la desescalada en España. Por tanto, debemos tener en cuenta que un crecimiento del +5% en Junio 21 vers Junio 20 es un resultado muy positivo, considerando que Junio 20 fue un periodo ya de por sí bastante bueno.

Los 9,443 millones de hl registrados en los 12 meses hasta junio de 2021, siempre siguiendo el informe, suponen el mejor dato interanual desde octubre de 2020. Aunque seguimos lejos de los más de 11 millones de hl alcanzados a cierre de 2019, la caída cada vez es más suave (-6,6%), teniendo en cuenta el dato del mes de febrero en el que se llegó al mínimo histórico de 8,805 millones de hl. Esta nueva situación coincide también con un descenso cada vez más suave en Hostelería, canal que más sufrió las consecuencias de la pandemia, y con un crecimiento que se va ralentizando en Alimentación, donde las ventas de vino se dispararon a raíz del confinamiento.

El consumo de vino en España está liderado de forma clara por el vino con DO, sobre todo en términos de valor, al ser un producto de mayor precio medio y cuya demanda ha crecido en los últimos años de forma notable. La mejor marcha relativa de vinos con DOP y con IGP, también en esta fase de la pandemia, vuelve a mostrar la preferencia del consumidor español por vinos en los que se indica su procedencia. Considero una buena noticia en tiempos de grave crisis producida por un virus.

Jesús Domingo

 

 

Las plantas en la vuelta al cole

Estos días, tras las vacaciones de verano, se ha vuelto a las aulas en todos los centros educativos del país, por ello me parece oportuno recordar que las plantas ayudan a mejorar el rendimiento de los estudiantes y potencian la creatividad

Es así que la vuelta a las aulas es una buena oportunidad para que los profesionales de los centros educativos, las administraciones públicas y las familias de los alumnos se planteen la posibilidad de llenar las escuelas de plantas y disfrutar de sus múltiples beneficios. Según la campaña Europa Florece, contar con espacios verdes en entornos educativos puede ayudar a mejorar el rendimiento de los estudiantes, potencia la creatividad, el conocimiento de la naturaleza de forma directa y aumenta la sostenibilidad de las instalaciones.

 

En este sentido, un reciente estudio realizado por investigadoras de la Universidad Católica Australiana, en colaboración con profesionales de la Universidad de Maastricht (Países Bajos) y del Instituto de Salud Global de Barcelona y publicado en el portal académico The Conversation, señala que una mayor presencia de espacios verdes en el entorno de las escuelas y la reducción de la polución del tráfico podría -según evidencias preliminares- ayudar a mejorar el rendimiento de los estudiantes. La conclusión de la investigación señala que la mejora de los resultados en el aula en alumnos de centros rodeados de más zonas verdes y con menos tráfico se podría deber a un incremento de la atención y la reducción del estrés.

 

Al mismo tiempo, como señala la Royal Horticultural Society de Reino Unido en su programa School Gardening, las plantas pueden ecologizar los espacios educativos. la inclusión de estas en las instalaciones educativas puede ayudar mediante cubiertas y paredes verdes a aislar los edificios en invierno y a mantenerlos más frescos en verano. Los techos verdes, señala la prestigiosa entidad, también ayudan a reducir las inundaciones por lluvias en patios y jardines. Además, recuerdan, las plantas ayudan a mejorar la calidad del aire.

 

Desde la campaña Europa Florece, impulsada por la Federación Española de Asociaciones de Productores Exportadores de Frutas, Hortalizas, Flores y Plantas Vivas (Fepex) recuerdan que “estar rodeados de plantas y flores mejora nuestro estado anímico, son fuente de creatividad e inspiración”. “Los ambientes con más oxígeno y humedad, menos CO2 y sustancias nocivas nos hacen sentir más relajados, menos estresados y ansiosos, con la mente más clara y serena en todos los ámbitos vitales, y por tanto también en los colegios y centros educativos que comienzan ahora el curso".

 

Jesús Domingo

 

Una joven ministra socialista

Una joven ministra socialista impulsó la Ley del Aborto en 2010, Bibiana Aído. Tenía 31 años. Ahora, otra joven ministra, que llegó al cargo con esa misma edad, Irene Montero, está decidida a reformarla para facilitar más el aborto. La podemita Montero acaba de reafirmar que tiene prioridad este asunto, y que quiere que se apruebe antes de acabar 2021. Bibiana e Irene tienen en común el mismo objetivo sin aceptar diálogo.

Lo que parece pretender Irene Montero es lograr un “aborto exprés”, eliminando los tres días de reflexión obligatorios antes de proceder a matar al embrión. Objetivo que pretende también, y más grave todavía, es prohibir la objeción de conciencia de los médicos y el personal sanitario, en definitiva obligar por ley a matar embriones: ha afirmado que los derechos de los médicos no pueden estar por encima de los de las mujeres. Y también pretende penalizar lo que denomina “acoso a pie de calle” de grupos o personas antiabortistas, es decir, perseguir toda acción pro-vida.

Todo esto sucede cuando todavía el Tribunal Constitucional no ha resuelto el recurso, presentado por 71 diputados del PP en 2010, contra la Ley del Aborto. Semejante demora no tiene justificación en un Estado de Derecho: bate récords.

Irene Montero tiene prisa por diversos motivos. Por su sectarismo reiterado, porque quiere mantener votos de Podemos, porque quiere figurar como exponente de un feminismo identificado con el aborto, por distraer la atención política.

Quienes tenemos razones de peso para estar a favor de la vida y en contra del aborto hemos de superar la comodidad, la pasividad, y aportar luces al debate.

Jesús Martínez Madrid

 

Para ofrecer a la humanidad la luz y el abrazo de Cristo.

Sobre la reforma de las estructuras de la Iglesia, el Papa, en la gran entrevista en Herrera en COPE, insiste en que se lleva a cabo de acuerdo con la voluntad expresada por los cardenales durante el Cónclave, en un camino de continuidad y renovación. "Creo que quedan varias cosas por hacer todavía, pero nada inventado por mi", dice el Papa, que reconoce que algunos temas causan escozor pero que en el plan que sigue no hay ninguna originalidad suya. En este contexto anunció la inminente publicación del documento sobre la reforma de la curia, retrasado a causa de su enfermedad, que no contendrá grandes novedades. Porque la verdadera reforma, como tantas veces ha dicho, consiste en la conversión continua al Evangelio.

La amplia entrevista al Papa Francisco en Herrera en COPE transmite la confianza en el camino de la Iglesia, que está presente en medio de las convulsiones de la historia para ofrecer a la humanidad la luz y el abrazo de Cristo.

Domingo Martínez Madrid

 

En la España de hoy

Es un hecho que de la mano de la secularización, avanza a marchas forzadas en las últimas décadas la desestructuración de la familia y de la propia sociedad. A este fenómeno, advierten los obispos, no es ajena hoy en España la agenda ideológica del gobierno. Pero el documento presentado por el cardenal Omella y monseñor Argüello, presidente y secretario general de la CEE, apunta más alto.

Creo importante que lo conozcamos. “Los cristianos, dice el documento, no habitan un planeta lejano, inmune de las enfermedades del mundo”, reconoce el documento. El camino es la conversión, y desde allí articular nuevas formas y estilos de presencia que propongan “una propuesta de vida buena” para todos. Una propuesta precedida, sin ambigüedades, de un anuncio explícito, audaz y esperanzado, de la Palabra de Dios.

Pedro García

 

 

La feria del mundo

 

                                Sí, el mundo es una feria y lo ha sido siempre; puesto que en una feria y mientras más grande mucho más; abundan las atracciones para “niños, tontos o idiotas”; los malabaristas, payasos, artistas de todo tipo de embaucamientos, las comidas y bebidas más o menos dañinas o aletargantes, los magos y transformistas, e incluso los ladrones ambulantes o establecidos en determinados tabucos o chiringuitos; los domadores de fieras, etc. etc.; y en ello siguen las masas; dirigidas “a la feria”, por quienes en realidad los exprimen, embrutecen y degradan; puesto que nunca en “la feria”, se aprende algo positivo y acumulable en el saber y formación del, “pobre mono humano”, que entretenido en “las continuas ferias”; permanecerá congelado y preparado para ser manejado, como “un monigote más de la feria, a la que aparte, ha de pagar para sostenerla”.

                                Reflexiono hoy así, al leer por enésima vez, lo que se sabe de las máximas de aquel sabio, que se llamó, Epicteto (1) y que dejó dicho lo que sigue.

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                                “¡Cómo no hemos de estar llenos de falsos prejuicios si no nos enseñan otra cosa desde nuestra infancia! La nodriza, apenas empezamos a caminar, si tropezamos con una piedra y rompemos en llanto, lejos de reñirnos riñe a la piedra y hace como que la pega. ¡Por todos los dioses! ¿Habrá algo más insensato? ¿Qué mal ha hecho la pobre piedra? ¿Es que tenía que prever que íbamos a tropezar con ella y debió de cambiar de sitio?.. Cuando somos mayores, si al volver del baño no encontramos dispuesta la cena, nos enfurecemos y armamos un escándalo atroz; y nuestros superiores, lejos de reprimir nuestro insensato furor, se echan a gritar por su lado y, si a mano viene, paga el cocinero. Yo diría a estos superiores que, teniendo  el deber de educar, pervierten: ¿Por qué sois tan celosos con el cocinero y tan descuidados con el joven? En fin, cuando adultos ya ocupamos algún cargo en la sociedad, tenemos siempre ante los ojos idénticos ejemplos. Por ello vivimos y morimos siendo siempre niños. Pero ¿qué es ser niños? Muy fácil: así como hablando de las letras o de la música se llama niño a quién no las sabe o las sabe mal, así en la vida es eternamente niño quien nos sabe vivir o vive con opiniones falsas e insanas.

                                ¿Has visto alguna vez una de esas ferias a las que acuden gentes de todas las comarcas vecinas? De ellas, unos van a comprar, otros a vender, unos por mera curiosidad, deseosos de ver la feria y enterarse de por qué se celebra y quién la estableció; otros por conveniencia; pues bien: otro tanto ocurre en el mundo. En esta gran feria, unos se desviven por comprar, otros por vender; pocos muy pocos, se contentan con admirar este sublime espectáculo para darse cuenta de lo que es,  quien lo ha hecho, por qué lo ha hecho y cómo lo dirige –porque no es posible que no la haya hecho alguien y que por alguien no esté regido-. Una ciudad, una casa, no existirían si no hubiese  quien; rigiéndolas verdaderamente, se cuidase de ellas. Y si esto es con una simple casa, ¿cómo podría existir y perdurar tan vasta máquina como la del Universo por pura casualidad? Esto es imposible. Hay, pues, alguien que la hizo y alguien que la mantiene y dirige. ¿Quién es y cómo la dirige? Y nosotros también obra suya, ¿qué somos y por qué somos?.. Muy contados son los que se hacen semejantes reflexiones y que, después de haber admirado la obra y bendecido al obrero, se sienten satisfechos y contentos. Y estos pocos, ¡mentira parece! Suelen producir la risa de los demás, de la misma manera que en feria los mercaderes se mofan y hasta se irritan contra los simples curiosos y los tachan de necios y badulaques. Claro que también los bueyes y los puercos, si pudieran hablar, se mofarían seguramente de todos aquellos que piensan y y se ocupan en otras cosas que en sus codiciados pastos”.

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                                Maravilla, como el sabio, partiendo del nacimiento de la criatura humana, llega a describir al Universo y su Creador (al que generalmente se le denomina Dios) y al que le asigna, nos impone, una disciplina, que si bien no la declara, en estas reflexiones, sí que lo hace y bien claro en otras; puesto que ya digo y reitero; las reflexiones de este sabio estoico, son inagotables y necesariamente hay que meditarlas muchas veces, para llegar a entenderlas, cosa que en todas ni se consigue. Pero tengamos siempre presente, que fueron “dictadas” verbalmente y hace la friolera de veinte siglos. ¿Dónde hoy con tantos avances técnicos y de “inteligencia mecánica” encontramos maestros de esta categoría? ¿Qué libros y con qué enseñanzas se editan hoy y se enseñan en todos los centros que se dicen… “de enseñanza”? Amén.

 

 

(1) NOTA BIOGRÁFICA: Epicteto, o Epícteto, fue un filósofo griego, de la escuela estoica, que vivió parte de su vida como esclavo en Roma. Hasta donde se sabe, no dejó obra escrita, pero de sus enseñanzas se conservan un  'Manual', y sus Discursos editados por su discípulo Flavio Arriano. Epicteto nació en el año 55  en Hierápolis de Frigia (actualmente Pamukkale, en el sudoeste de Turquía), a unos 6 km al norte de Laodicea. En su infancia llegó a Roma como esclavo del liberto Epafrodito, que a su vez había servido como secretario del emperador Nerón; a instancias de Epafrodito, estudió con el filósofo estoico Musonio Rufo. La fecha de la manumisión de Epicteto es incierta; se sabe que alrededor del año 93 fue exiliado, junto con los restantes filósofos residentes en Roma, por el emperador Domiciano. Se trasladó a Nicópolis, en el noroeste griego, donde abrió su propia escuela, adonde concurrieron numerosos patricios romanos. Entre ellos se contaba Flavio Arriano, que llegaría a ser un respetado historiador bajo Adriano; y el que conservaría el texto de las enseñanzas de su maestro. La fama de Epicteto fue grande, mereciendo —según Orígenes— más respeto en vida del que había gozado Platón. (Wikipedia)

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

                                              www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes