Las Noticias de hoy 17 Junio 2021

Enviado por adminideas el Jue, 17/06/2021 - 13:17

15 ideas de GENEROSIDAD | frases de solidaridad, bondad frases, citas  biblicas cortas

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 17 de junio de 2021    

Indice:

ROME REPORTS

Última catequesis sobre la oración: en Jesús encontramos salvación total

Francisco: Sirven decisiones que conviertan las armas en alimentos

El Papa: Garantizar que los sistemas alimentarios sean resilientes e inclusivos

ORACIONES VOCALES : Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del jueves: la oración esencial

“Constancia, que nada te desconcierte” : San Josemaria

El modelo de la oración de Jesús

Muy humanos, muy divinos (III): Buscar los sentimientos de Cristo : Ángel Rodríguez Luño

«Nosotros predicamos a un Cristo crucificado» : Juan Rego

Las virtudes de la honradez y la integridad : + Francisco Pérez González Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

12 frases de los primeros cristianos sobre la Eucaristía : primeroscristianos

Una laicidad contra los creyentes fomenta religiones seculares intolerantes : Salvador Bernal

El mes del orgullo : Mario Arroyo

La familia, solución para la crisis contemporánea : José Antonio Ureta

Sr. Presidente del Gobierno : Jorge Hernández Mollar

EL MIEDO SE ESFUMO. :Magui del Mar

Cristo, el mejor amigo: Suso do Madrid

Una llamada a la unidad :  Jesús Martínez Madrid

Anuncian retiro de EE.UU. de declaración pro-vida: José Morales Martín

Los políticos peores que las sanguijuelas : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Última catequesis sobre la oración: en Jesús encontramos salvación total

El Papa Francisco termina hoy su ciclo de catequesis sobre la oración cristiana durante la audiencia general en el patio de San Dámaso y exhorta a tener el valor y la esperanza de sentir la presencia de Cristo en nosotros: que nuestra vida sea "para dar gloria a Dios".

 

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

Después de varios meses en los que el Pontífice ha reflexionado sobre la oración cristiana, Francisco recuerda hoy, en su última catequesis sobre este tema, cómo la oración es una de las características más evidentes de la vida de Jesús: “Jesús rezaba y rezaba tanto - ha dicho el Papa – y durante su misión, Jesús se sumerge en ella, porque el diálogo con el Padre es el núcleo incandescente de toda su existencia”.  

De hecho – continúa el Papa – “los Evangelios testimonian cómo la oración de Jesús se hizo todavía más intensa y frecuente en la hora de su pasión y muerte”, asegurando que estos sucesos culminantes constituyen el núcleo central de la predicación cristiana, el kerygma: “esas últimas horas vividas por Jesús en Jerusalén son el corazón del Evangelio no solo porque a esta narración los evangelistas reservan, en proporción, un espacio mayor, sino también porque el evento de la muerte y resurrección arroja luz sobre todo el resto de la historia de Jesús”.

Jesús no ofrece salvación episódica, sino la salvación total

Francisco después ha explicado que Jesús no fue “un filántropo” que se hizo cargo de los sufrimientos y de las enfermedades humanas: “fue y es mucho más” dice el Papa. “En Él no hay solamente bondad: hay algo más, está la salvación, y no una salvación episódica – la que me salva de una enfermedad o de un momento de desánimo – sino la salvación total”.

La oración de Jesús es intensa, constante y única

Después, el Papa enumera una serie de acontecimientos en los que vemos a Jesús rezando: “Son las horas decisivas de la pasión y de la muerte, en las que vemos una oración intensa, única y que se convierte en el modelo de nuestra oración” asegura el Papa.

 

16/06/202Audiencia General del 16 de junio de 2021

 

“Él reza de forma dramática en el huerto del Getsemaní, asaltado por una angustia mortal. Reza también en la cruz, envuelto en tinieblas por el silencio de Dios. Es la oración más audaz, porque en la cruz Jesús es el intercesor absoluto: reza por los otros, por todos, también por aquellos que lo condenan, sin que nadie, excepto un pobre malhechor, se ponga de su lado. Todos estaban en contra de Él o eran indiferentes. Sólo ese malhechor reconoció el poder. En medio del drama, en el dolor atroz del alma y del cuerpo, Jesús reza con las palabras de los salmos; con los pobres del mundo, especialmente con los olvidados por todos. Sintió el abandono; y rezó”.

Al final, en la cruz “se cumple el don del Padre – dice el Papa – que ofrece el amor, es decir, se cumple nuestra salvación”.

Jesús nunca nos abandona, siempre reza por nosotros

Al final de su reflexión, Francisco recuerda que incluso en el más doloroso de nuestros sufrimientos, “nunca estamos solos” y “la oración de Jesús está con nosotros para que su palabra nos ayude a avanzar”.

“Recordad – dice el Papa – la gracia de que nosotros no solamente rezamos, sino que, por así decir, hemos sido “rezados”, ya somos acogidos en el diálogo de Jesús con el Padre, en la comunión del Espíritu Santo”. Y no olvidemos – prosigue – que “Jesús reza por mí, incluso en los peores momentos”.

La exhortación final del Pontífice es a “tener coraje y esperanza para sentir fuertemente la oración de Jesús y seguir adelante: que nuestra vida sea un dar gloria a Dios sabiendo que Él reza por mí”.

 

Francisco: Sirven decisiones que conviertan las armas en alimentos

En su videomensaje al GLOBSEC Bratislava Forum, que se inaugura hoy en Eslovaquia, el Papa analiza el mundo que debe reconstruirse tras la pandemia. E invita a hacer un análisis lúcido del pasado para encontrar las responsabilidades que condujeron a la crisis sanitaria, a la vez que exhorta a dar "pasos adelante" en una visión de conjunto y esperanzadora

 

Vatican News

El Santo Padre agradece la invitación del Presidente a participar, a través de este videomensaje, en la 16ª edición del GLOBSEC Bratislava Forum, dedicado al tema: «Let’s rebuild the World Back Better». Francisco saluda a todos los organizadores y participantes de esta conferencia y expresa su gratitud por la plataforma ofrecida por el Bratislava Forum al importante debate sobre la reconstrucción de nuestro mundo tras la experiencia de la pandemia, “que nos obliga a enfrentarnos a una serie de graves cuestiones socioeconómicas, ecológicas y políticas, todas ellas interrelacionadas”. Por esta razón el Papa propone algunas sugerencias, inspiradas en el método del trinomio de ver - juzgar - actuar.

Cabe destacar que en esta plataforma participan, desde hoy y hasta el 17 de junio, cientos de políticos como el Presidente francés Emmanuel Macron o la Presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, líderes de opinión, directivos y organizaciones internacionales. Todos están invitados a reflexionar sobre el tema de la convention, que se celebrará de forma presencial pero también online, “Let’s rebuild the World Back Better”  (“Reconstruyamos mejor el mundo”).

Ver

El Papa afimra que le parece indispensable hacer “un análisis serio y honesto del pasado, que incluya el reconocimiento de las carencias sistémicas, de los errores cometidos y de la falta de responsabilidad hacia el Creador, el prójimo y la creación”, con el objetivo de “desarrollar una idea de recuperación que apunte no sólo a reconstruir lo que había, sino a corregir lo que ya no funcionaba antes de la llegada del Coronavirus y que ha contribuido a agravar la crisis”.

“El que quiere levantarse de una caída debe confrontarse con las circunstancias de su derrumbe y reconocer los elementos de responsabilidad”

Modelo de vida caracterizado por tantas desigualdades

Francisco afirma que ve “un mundo que se ha dejado engañar por una ilusoria sensación de seguridad basada en el afán de lucro”. Y que observa “un modelo de vida económica y social caracterizado por tantas desigualdades y egoísmos, en el que una exigua minoría de la población mundial posee la mayoría de los bienes, y que a menudo no duda en explotar a las personas y los recursos”.

“Veo un estilo de vida que no presta el suficiente cuidado al medio ambiente. Nos hemos acostumbrado a consumir y destruir sin reparos lo que pertenece a todos y debe custodiarse con respeto, creando una ‘deuda ecológica’ que pesa sobre todo en los pobres y en las generaciones futuras”

Juzgar

A juicio del Pontífice “el segundo paso es evaluar lo que hemos visto”. Y recuerda que al saludar a sus colaboradores de la Curia Romana en la pasada Navidad, hizo una breve reflexión sobre “el significado de la crisis”. En efecto afirma que “la crisis abre nuevas posibilidades”, porque es “un reto abierto que hay que afrontar la situación actual, para transformar el tiempo de prueba en un tiempo de decisión”.

“En efecto, una crisis nos obliga a elegir, para bien o para mal. De una crisis, como ya he repetido, no se sale igual: o se sale mejores o se sale peores. Pero nunca iguales”

Por esta razón afirma que “juzgar lo que hemos visto y experimentado nos impulsa a mejorar”. Y anima a aprovechar este momento para dar pasos adelante.

“La crisis que ha afectado a todos nos recuerda que nadie se salva solo. La crisis abre el camino a un futuro que reconozca la verdadera igualdad de todo ser humano: no una igualdad abstracta, sino concreta que ofrezca a las personas y a los pueblos oportunidades reales y equitativas de desarrollo”

Actuar

Aludiendo a su Mensaje a la Directora de la UNESCO, del pasado 24 de marzo, Francisco dice que “el que no actúa desperdicia las oportunidades que ofrece la crisis”. Y que “actuar, frente a la injusticia social y la marginación, requiere un modelo de desarrollo que ponga en el centro a ‘cada hombre y a todo el hombre’ como pilar fundamental a respetar y proteger, adoptando una metodología que incluya la ética de la solidaridad y la ‘caridad política’”.

Toda acción necesita una visión esperanzadora

Tras recordar que “toda acción necesita una visión de conjunto y esperanzadora: una visión como la del profeta bíblico Isaías”, que “veía las espadas convertidas en arados” y “las lanzas en hoces”, Francisco añadió:

“Actuar para el desarrollo de todos es llevar a cabo una obra de conversión. Y ante todo decisiones que conviertan la muerte en vida, las armas en alimento”

Una conversión ecológica

De ahí que todos necesitemos también “emprender una conversión ecológica”, dijo el Papa. Porque “la visión de conjunto” incluye “la perspectiva de una creación entendida como ‘casa común’” que  pide con urgencia que se actúe “para protegerla”.

“Queridos amigos, animado por la esperanza que viene de Dios, espero que sus intercambios de estos días contribuyan a un modelo de recuperación capaz de generar soluciones más inclusivas y sostenibles; un modelo de desarrollo basado en la convivencia pacífica entre los pueblos y la armonía con la creación. ¡Buen trabajo, y gracias!”

 

 

El Papa: Garantizar que los sistemas alimentarios sean resilientes e inclusivos

El Papa Francisco envía un Mensaje con ocasión de la 42ª sesión de la Conferencia de la FAO, que se celebra en Roma desde hoy hasta el viernes. “La reconstrucción de las economías pospandémicas nos ofrece la oportunidad de revertir el rumbo seguido hasta ahora e invertir en un sistema alimentario global capaz de resistir a las crisis futuras”

 

Ciudad del Vaticano

“Es paradójico comprobar que la falta o escasez de alimentos la padecen precisamente quienes los producen. Tres cuartas partes de los pobres del mundo viven en las zonas rurales y para ganarse la vida dependen principalmente de la agricultura”. Lo escribe el Papa Francisco en el Mensaje enviado a Michał Kurtyka, Ministro del Clima y del Medio Ambiente de la República de Polonia, Presidente de la XLII Conferencia de la FAO, en curso de manera virtual desde hoy y hasta el viernes 18 de junio.

Las palabras iniciales del Pontífice evidencian la labor que realiza el organismo de la ONU en “la búsqueda de respuestas adecuadas al problema de la inseguridad alimentaria y la desnutrición”,  que en el momento actual marcado la pandemia, adquiere un “relieve particular”. De hecho, Francisco subraya que “a pesar de los logros obtenidos en las décadas anteriores, muchos de nuestros hermanos y hermanas aún no tienen acceso a la alimentación necesaria, ni en cantidad ni en calidad”.

Economía circular anclada en el bien común

Tras recordar que en el 2020 el número de personas que estaban expuestas al riesgo de inseguridad alimentaria aguda, y que tenían necesidad de apoyo inmediato para subsistir, alcanzó la cifra más alta del último quinquenio, Francisco señala que “esta situación podría agravarse en el futuro”, a causa de “los conflictos, los fenómenos meteorológicos extremos, las crisis económicas, junto con la crisis sanitaria actual”, fuente de carestía y hambruna para millones de personas. De aquí la invitación del Pontífice a la adopción de políticas capaces de abordar las causas estructurales que las provocan:

“Para ofrecer una solución a estas necesidades es importante, sobre todo, garantizar que los sistemas alimentarios sean resilientes, inclusivos, sostenibles y capaces de proporcionar dietas saludables y asequibles para todos. En esta perspectiva, es beneficioso el desarrollo de una economía circular, que garantice recursos para todos, también para las generaciones venideras, y que promueva el uso de energías renovables”

Cambiar el rumbo e invertir en sistema alimentario global

Para el Santo Padre, “el factor fundamental para recuperarse de la crisis que nos fustiga es una economía a medida del hombre, no sujeta solamente a las ganancias, sino anclada en el bien común, amiga de la ética y respetuosa del medio ambiente”.

“La reconstrucción de las economías pospandémicas nos ofrece la oportunidad de revertir el rumbo seguido hasta ahora e invertir en un sistema alimentario global capaz de resistir a las crisis futuras”

De esto – explica el Santo Padre – forman parte  “la promoción de una agricultura sostenible y diversificada, que tenga presente el valioso papel de la agricultura familiar y la de las comunidades rurales”.

Y aquí Francisco constata cómo “la falta o escasez de alimentos la padecen precisamente quienes los producen”:

“Tres cuartas partes de los pobres del mundo viven en las zonas rurales y para ganarse la vida dependen principalmente de la agricultura. Sin embargo, debido a la falta de acceso a los mercados, a la posesión de la tierra, a los recursos financieros, a las infraestructuras y a las tecnologías, estos hermanos y hermanas nuestros son los más expuestos a sufrir la inseguridad alimentaria”

Cultura del cuidado versus tendencia individualista

Seguidamente, el Obispo de Roma manifiesta su aprecio y alienta “los esfuerzos de la comunidad internacional encaminados a que cada país pueda implementar los mecanismos necesarios para conseguir su autonomía alimentaria, sea a través de nuevos modelos de desarrollo y consumo, como de formas de organización comunitaria que preserven los ecosistemas locales y la biodiversidad” indicando también que se recurra  “al potencial de la innovación para apoyar a los pequeños productores y ayudarlos a mejorar sus capacidades y su resiliencia”.

Fundamental para lanzar el reinicio, - precisa - es la “promoción de una cultura del cuidado, dispuesta a afrontar la tendencia individualista y agresiva del descarte, muy presente en nuestras sociedades”. Y recuerda que “mientras unos pocos siembran tensiones, enfrentamientos y falsedades, nosotros, en cambio, estamos invitados a construir con paciencia y decisión una cultura de la paz, que se encamine hacia iniciativas que abracen todos los aspectos de la vida humana y nos ayuden a rechazar el virus de la indiferencia”.

Gestos concretos y fraternidad

El simple trazado de programas no basta a impulsar la acción de la comunidad internacional – señala el Santo Padre, indicando la necesidad de  “gestos tangibles que tengan como punto de referencia la común pertenencia a la familia humana y el fomento de la fraternidad”. Y concluye con una invitación:

“Aprovechemos esta prueba como una oportunidad para preparar el mañana de todos, sin descartar a ninguno: de todos. Porque sin una visión de conjunto nadie tendrá futuro”

 

ORACIONES VOCALES

— Necesidad.

— Oraciones vocales habituales.

— Atención al rezarlas. Luchar contra la rutina y las distracciones.

I. Y al orar no empleéis muchas palabras, como los gentiles, que se figuran que por su locuacidad van a ser escuchados, nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa1. Quiere apartar a sus discípulos de la visión equivocada de muchos judíos de su tiempo, quienes pensaban que son necesarias largas oraciones vocales para que Dios las escuche; y les enseña a tratar a Dios con la sencillez con que un hijo habla con su padre. La oración vocal es muy agradable a Dios, pero ha de ser verdadera oración: las palabras han de expresar el sentir del corazón. No basta recitar meras fórmulas, pues Dios no quiere un culto solo externo, quiere nuestra intimidad2.

La oración vocal es un medio sencillo y eficaz, imprescindible, adecuado a nuestro modo de ser, para mantener la presencia de Dios durante el día, para manifestar nuestro amor y nuestras necesidades. Como leemos en el mismo Evangelio de la Misa, Nuestro Señor quiso dejarnos la oración vocal por excelencia, el Padrenuestro, en la que, en pocas palabras, compendia todo lo que el hombre puede pedir a Dios3. A lo largo de los siglos ha subido hasta Dios esta oración, llenando de esperanza y de consuelo a innumerables almas, en las situaciones y momentos más dispares.

Descuidar la oración vocal significaría un gran empobrecimiento de la vida espiritual. Por el contrario, cuando se aprecian estas oraciones, a veces muy cortas pero llenas de amor, se facilita mucho el camino de la contemplación de Dios en medio del trabajo o en la calle. «Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón... ¿No es esto –de alguna manera– un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? (...).

»Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio»4. Y Santa Teresa, como todos los santos, sabía bien de este camino asequible a todos para llegar hasta el Señor: «Sé –afirmaba la Santa– que muchas personas, rezando vocalmente (...), las levanta Dios, sin saber ellas cómo, a subida contemplación»5.

Pensemos hoy nosotros en el interés que ponemos en nuestras oraciones vocales, en su frecuencia a lo largo del día, en las pausas necesarias para que aquello que decimos al Señor no sean «meras palabras que vienen unas en pos de otras»6. Meditemos en la necesidad del pequeño esfuerzo que hemos de poner para alejar de nuestras oraciones la rutina, que bien pronto significaría la muerte de la verdadera devoción, del verdadero amor. Procuremos que cada jaculatoria, cada oración vocal sea un acto de amor.

II. El secreto de la fecundidad de los buenos cristianos está en su oración, en que rezan mucho y bien. De la oración –mental y vocal– sacamos fuerzas para la abnegación y el sacrificio, y para superar y ofrecer a Dios el cansancio en el trabajo, para ser fieles en los pequeños actos heroicos de cada día... Se ha dicho que la oración es como el alimento y la respiración del alma, porque nos pone en relación íntima con Dios y nos empuja a conocerle mejor y amarle más. La piedad auténtica es esa actitud estable que permite al cristiano valorar desde Dios el trajín diario, donde encuentra ocasión para el ejercicio de las virtudes, el ofrecimiento de la obra acabada, la pequeña mortificación... Sin darnos apenas cuenta estamos «metidos en Dios», y entonces estamos orando también con el ejercicio de nuestro trabajo sin chapuzas, aunque en esos momentos no realicemos actos expresos de oración. Una mirada al crucifijo o a una imagen de Nuestra Señora, una jaculatoria, una breve oración vocal, ayudan entonces a mantener «ese modo estable de ser del alma», y así nos es posible orar sin interrupción7, el orar siempre que nos pide el Señor8. Hay muchos momentos en los que debemos concentrarnos en el trabajo y la cabeza no nos permite pensar a la vez en Dios y en lo que hacemos. Sin embargo, si mantenemos esa disposición habitual del alma, esa unión con Dios, al menos ese ánimo de hacerlo todo por el Señor, estamos orando sin interrupción...

Lo mismo que el cuerpo necesita ser alimentado y los pulmones respirar aire puro, así necesita dirigirse el alma hacia el Señor. «El corazón se desahogará habitualmente con palabras, en esas oraciones vocales que nos ha enseñado el mismo Dios, Padre nuestro, o sus ángeles, Ave María. Otras veces utilizaremos oraciones acrisoladas por el tiempo, en las que se ha vertido la piedad de millones de hermanos en la fe: las de la liturgia –lex orandi–, las que han nacido de la pasión de un corazón enamorado, como tantas antífonas marianas: Sub tuum praesidium..., Memorare..., Salve Regina...»9. Muchas de estas oraciones vocales (el Bendita sea tu pureza, el Adoro te devote, que podemos rezar los jueves, adorando al Señor en la Eucaristía...) fueron compuestas por hombres y mujeres –conocidos o no– con mucho amor a Dios y fueron guardadas en el seno de la Iglesia como piedras preciosas para que las utilicemos nosotros. Quizá tienen para muchos el candor de aquellas enseñanzas fundamentales para la vida que aprendieron de sus madres. Son una parte muy importante del bagaje espiritual que poseemos para enfrentarnos con todo tipo de dificultades.

La oración vocal es sobreabundancia de amor, y por eso es lógico que sea muy frecuente desde que iniciamos la jornada hasta que dedicamos a Dios nuestro último pensamiento antes del descanso diario. Y saldrá a nuestros labios –quizá «sin ruido de palabras»– en los momentos más inesperados. «Acostúmbrate a rezar oraciones vocales, por la mañana, al vestirte, como los niños pequeños. —Y tendrás más presencia de Dios luego, durante la jornada»10.

III. Del Patriarca Enoc nos dice la Sagrada Escritura que anduvo siempre en la presencia de Dios11, que le tuvo presente en sus alegrías, en sus fatigas y en sus trabajos. «¡Ojalá nos ocurriera a nosotros algo parecido! ¡Ojalá pudiéramos andar por esos mundos con Dios a nuestro lado! Tan junto a Él, sintiendo tan vivamente su presencia, que compartiéramos todo con Él. Recibiríamos entonces todo de su mano, cada rayo de sol, cada sombra de incertidumbre que pasara por nuestra vida; aceptaríamos con gratitud consciente todo lo que nos mandase, obedeciendo así al más ligero soplo de su llamada»12. Pero, con frecuencia, el verdadero centro de referencia no es, por desgracia, el Señor, sino nosotros mismos. De ahí la necesidad de ese empeño continuo por estar metidos en Dios, «atentos» a sus más leves insinuaciones, evitando estar ensimismados en nuestras cosas; en todo caso, teniéndolas presentes en la medida en que hacen referencia a Dios: porque hacemos el bien con ellas, porque las hemos ofrecido...

Las oraciones vocales son un gran medio para tener a Dios presente en nuestros quehaceres a lo largo del día. Para eso es necesario poner atención en lo que le decimos al Señor. Y tendremos que luchar a veces en detalles muy pequeños pero necesarios: en pronunciar claramente, con pausa, en huir de la rutina. Ha de haber tiempo también para la consideración, de modo que llegue, en cierta manera, a ser una verdadera oración mental, aunque no podamos evitar del todo las distracciones.

Sin una gracia especial de Dios no es posible mantener una atención continua y perfecta al sentido y significado de las palabras. A veces, la atención estará referida particularmente al modo como se pronuncia; en otros momentos se mira a la persona a quien se habla. Pero hay ocasiones en que, por circunstancias personales o de ambiente, no se puede prestar de modo conveniente ninguna de estas tres formas de atención. Es entonces necesario poner al menos un cuidado externo, que consiste en rechazar cualquier actividad exterior que por su misma naturaleza impida la atención interior. Algunos trabajos manuales, por ejemplo, no impiden tener la cabeza en otra cosa; como la madre de familia, que reza el Rosario en casa mientras limpia o mientras está más o menos pendiente de los hijos pequeños, aunque se distraiga en algún instante, mantiene al menos esa atención interior, cosa que no sería posible si quisiera a la vez ver la televisión. De todos modos, hemos de organizar nuestro plan de vida de modo que, siempre que sea posible, el tiempo que dedicamos a algunas oraciones vocales como el Ángelus o el Rosario sea un rato en que podamos concentrarnos bien. Por otra parte, las simples distracciones involuntarias son imperfecciones que el Señor disculpa cuando nos ve poner empeño en rezar.

Junto a las oraciones vocales, el alma necesita el alimento diario de la oración mental. «Gracias a esos ratos de meditación, a las oraciones vocales, a las jaculatorias, sabremos convertir nuestra jornada, con naturalidad y sin espectáculo, en una alabanza continua a Dios. Nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman, y todas nuestras acciones –aun las más pequeñas– se llenarán de eficacia espiritual»13. El Señor las mirará con complacencia y las bendecirá.

1 Mt 6, 7-15. — 2 San Cipriano, Tratado sobre el Padrenuestro. Liturgia de las Horas, Domingo XI ordinario, Segunda lectura. — 3 Cfr. San Agustín, Sermón 56. — 4 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 296. — 5 Santa Teresa, Camino de perfección, 30, 7. — 6 R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. I, p. 506. — 7 1 Tes 5, 17. — 8 Lc 18, 1.  9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 119. — 10 ídem, Camino, n. 553. — 11 Cfr. Gen 5, 21. — 12 R. A. Knox, Ejercicios para seglares, Rialp, Madrid 1956, p. 41. — 13 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 119.

 

 

Evangelio del jueves: la oración esencial

Comentario del jueves de la 11º semana del tiempo ordinario. “Vosotros, en cambio, orad así: Padre nuestro”. En la oración del Señor encontramos la esencia de nuestro diálogo con Dios, y aprendemos una y otra vez que rezar es hablar con Dios.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mt 6,7-15)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, en cambio, orad así:

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal.

Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados”.


Comentario

El evangelista Mateo pone la formulación del Padrenuestro dentro de las muchas enseñanzas contenidas en el discurso de la montaña. Por otros relatos sabemos que los discípulos en una ocasión preguntaron a Jesús como se reza, tal vez por haber visto muchas veces al Maestro rezando a solas.

Y Jesús les explica que para rezar no hacen falta muchas palabras, basta con decir “Padre nuestro”. Porque la oración es típica de los hijos, que aman y se dirigen a sus padres con sencillez. En otro momento fundamental de su vida, en el Getsemaní, Jesús se dirige al Padre con el término más familiar “Abbá”, “papá”.

La maravillosa oración del Padrenuestro nos ofrece las palabras correctas en cada momento de nuestra vida. Las primeras frases son un reconocimiento de la grandeza y bondad de nuestro Padre: sea santificado tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad. Alabar a Dios es nuestra primera tarea en la vida: dar gloria a Dios con la vida entera, con el ejercicio de nuestra libertad en el amor. Y luego pedir: el pan cotidiano de una vida digna, del trabajo, pero también el Pan del Cielo que es la Eucaristía, y la fuerza de comprender y perdonar, que aprendemos de la misericordia de Dios, y ayuda en la lucha, para enfrentarnos a las tentaciones.

El Padre nuestro es la oración por excelencia. En ella pedimos siete cosas, el número de la perfección y en el orden en que deben ser pedidas, como recuerda Santo Tomás de Aquino.

Pocas son las cosas que pedimos y de algún modo eso es todo lo necesario que debe pedirse. Y además Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.

 

“Constancia, que nada te desconcierte”

El desaliento es enemigo de tu perseverancia. -Si no luchas contra el desaliento, llegarás al pesimismo, primero, y a la tibieza, después. -Sé optimista. (Camino, 988)

17 de junio

Constancia, que nada desconcierte. -Te hace falta. Pídela al Señor y haz lo que puedas por obtenerla: porque es un gran medio para que no te separes del fecundo camino que has emprendido. (Camino, 990)

No puedes "subir". -No es extraño: ¡aquella caída!...

Persevera y "subirás". -Recuerda lo que dice un autor espiritual: tu pobre alma es pájaro, que todavía lleva pegadas con barro sus alas.

Hacen falta soles de cielo y esfuerzos personales, pequeños y constantes, para arrancar esas inclinaciones, esas imaginaciones, ese decaimiento: ese barro pegadizo de tus alas.

Y te verás libre. -Si perseveras, "subirás". (Camino, 991)

Da gracias a Dios, que te ayudó, y gózate en tu victoria. -¡Qué alegría más honda, esa que siente tu alma, después de haber correspondido! (Camino, 992)

 

El modelo de la oración de Jesús

El Papa reflexionó sobre la oración de Jesús y recordó cómo en la cruz “”pide por los demás, por todos, incluso por quienes lo condenan”. Francisco explicó que así Jesús “intercede y abraza al mundo entero, su mirada nos alcanza a todos”.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA16/06/2021

Queridos hermanos y hermanas:

En esta serie de catequesis hemos recordado en varias ocasiones cómo la oración es una de las características más evidentes de la vida de Jesús: Jesús rezaba, y rezaba mucho. Durante su misión, Jesús se sumerge en ella, porque el diálogo con el Padre es el núcleo incandescente de toda su existencia.

Los Evangelios testimonian cómo la oración de Jesús se hizo todavía más intensa y frecuente en la hora de su pasión y muerte. Estos sucesos culminantes de su vida constituyen el núcleo central de la predicación cristiana: esas últimas horas vividas por Jesús en Jerusalén son el corazón del Evangelio no solo porque a esta narración los evangelistas reservan, en proporción, un espacio mayor, sino también porque el evento de la muerte y resurrección —como un rayo— arroja luz sobre todo el resto de la historia de Jesús.

Él no fue un filántropo que se hizo cargo de los sufrimientos y de las enfermedades humanas: fue y es mucho más. En Él no hay solamente bondad: hay algo más, está la salvación, y no una salvación episódica –la que me salva de una enfermedad o de un momento de desánimo– sino la salvación total, la mesiánica, la que hace esperar en la victoria definitiva de la vida sobre la muerte.

En los días de su última Pascua, encontramos por tanto a Jesús, plenamente inmerso en la oración.

Él reza de forma dramática en el huerto del Getsemaní —lo hemos escuchado—, asaltado por una angustia mortal. Sin embargo, Jesús, precisamente en ese momento, se dirige a Dios llamándolo “Abbà”, Papá (cfr. Mc 14,36). Esta palabra aramea —que era la lengua de Jesús— expresa intimidad, expresa confianza. Precisamente cuando siente la oscuridad que lo rodea, Jesús la atraviesa con esa pequeña palabra: Abbà, Papá.

Jesús reza también en la cruz, envuelto en tinieblas por el silencio de Dios. Y sin embargo en sus labios surge una vez más la palabra “Padre”. Es la oración más audaz, porque en la cruz Jesús es el intercesor absoluto: reza por los otros, reza por todos, también por aquellos que lo condenan, sin que nadie, excepto un pobre malhechor, se ponga de su lado. Todos estaban contra Él o indiferentes, solamente ese malhechor reconoce el poder. «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). En medio del drama, en el dolor atroz del alma y del cuerpo, Jesús reza con las palabras de los salmos; con los pobres del mundo, especialmente con los olvidados por todos, pronuncia las palabras trágicas del salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (v. 2): Él sentía el abandono y rezaba. En la cruz se cumple el don del Padre, que ofrece el amor, es decir se cumple nuestra salvación. Y también, una vez, lo llama “Dios mío”, “Padre, en tus manos pongo mi espíritu”: es decir, todo, todo es oración, en las tres horas de la Cruz.

Por tanto, Jesús reza en las horas decisivas de la pasión y de la muerte. Y con la resurrección el Padre responderá a la oración. La oración de Jesús es intensa, la oración de Jesús es única y se convierte también en el modelo de nuestra oración. Jesús ha rezado por todos, ha rezado también por mí, por cada uno de vosotros. Cada uno de nosotros puede decir: “Jesús, en la cruz, ha rezado por mí”. Ha rezado. Jesús puede decir a cada uno de nosotros: “He rezado por ti, en la Última Cena y en el madero de la Cruz”. Incluso en el más doloroso de nuestros sufrimientos, nunca estamos solos. La oración de Jesús está con nosotros. “Y ahora, padre, aquí, nosotros que estamos escuchando esto, ¿Jesús reza por nosotros?”. Sí, sigue rezando para que Su palabra nos ayude a ir adelante. Pero rezar y recordar que Él reza por nosotros.

Y esto me parece lo más bonito para recordar. Esta es la última catequesis de este ciclo sobre la oración: recordar la gracia de que nosotros no solamente rezamos, sino que, por así decir, hemos sido “rezados”, ya somos acogidos en el diálogo de Jesús con el Padre, en la comunión del Espíritu Santo. Jesús reza por mí: cada uno de nosotros puede poner esto en el corazón, no hay que olvidarlo. También en los peores momentos. Somos ya acogidos en el diálogo de Jesús con el Padre en la comunión del Espíritu Santo. Hemos sido queridos en Cristo Jesús, y también en la hora de la pasión, muerte y resurrección todo ha sido ofrecido por nosotros. Y entonces, con la oración y con la vida, no nos queda más que tener valentía, esperanza y con esta valentía y esperanza sentir fuerte la oración de Jesús e ir adelante: que nuestra vida sea un dar gloria a Dios conscientes de que Él reza por mí al Padre, que Jesús reza por mí.


Algunos recursos relacionados con la catequesis del papa Francisco sobre la oración

• Conocerle y conocerte (V): Cómo nos habla Dios.

• ¿Qué es la oración?, ¿cómo se hace?, ¿Dios escucha y responde? (de la serie Preguntas sobre la fe cristiana)

• «Dejé de rezar porque no se cumplía nada de lo que pedía» (Historia de “Regreso a Ítaca”, volver a creer a los 50)

• Catequesis del Papa Francisco sobre el Padre nuestro.

• Serie Conocerle y conocerte sobre la oración.

• Meditación del prelado del Opus Dei sobre la oración (15 min.)

 

Muy humanos, muy divinos (III): Buscar los sentimientos de Cristo

En este tercer artículo nos adentramos en el corazón de las virtudes: qué son, cómo orientan nuestra afectividad y por qué nos hacen más libres.

VIRTUDES15/06/2021

Llevaban ya varias preguntas, lanzadas con la intención de hacer tropezar a Jesús en su discurso. El Señor las iba respondiendo, una a una, sin impacientarse. Al final se abre paso un escriba, sorprendido por todo lo que ha escuchado. Admirado por la enseñanza del Maestro, plantea en público una duda que lo inquietaba desde hace tiempo: ¿Qué es lo más importante en la vida? Él, que estaba acostumbrado a cumplir minuciosamente hasta las más pequeñas prescripciones, a veces quedaba confundido: no conseguía saber qué era lo esencial entre todo lo que hacía. De modo que se lanza con su pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (Mc 12,28). Jesús quiere desenredar el interior de este hombre, que busca sinceramente ser feliz, y se sirve de unas palabras de la Escritura que tienen la fisonomía del lenguaje de los enamorados: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30).

Jesús quiere hacernos entender que la vida de quienes creen en Dios «no puede reducirse a una obediencia ansiosa y forzada, sino que debe tener como principio el amor»[1]. Querer con corazón, mente, alma y fuerzas. Pero, ¿cómo conseguirlo? San Pablo señalaba el camino a los filipenses: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo» (Flp 2,5); sentir y reaccionar ante todo –personas, acontecimientos, situaciones– como Jesús. Desde los sentimientos de Cristo se superan las divisiones interiores que ponen en jaque la estabilidad del amor. Si, además de seguir los pasos y las palabras del Señor, buscamos sentir como él, daremos con esa sencillez y felicidad que ansiaba el escriba.

La importancia del mundo interior

El Catecismo de la Iglesia nos dice que las pasiones, los sentimientos, «son componentes naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la vida sensible y la vida del espíritu»[2]; están presentes en la vida de todos los hombres y, por tanto, también lo estuvieron en la vida de Cristo. Sabemos, en efecto, que Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (cfr. Jn 11,35) o que reaccionó con firmeza ante los traficantes que habían convertido el Templo de Jerusalén en un mercado (cfr. Jn 2,3-17). También lo vemos llenarse de alegría al ver cómo los sencillos acogen el Evangelio (Mt 11,25).

Para comprender bien este ámbito de nuestra afectividad, primero tenemos que distinguir entre nuestras acciones, por una parte, y nuestros sentimientos o pasiones, por otra; o, dicho de otro modo, entre lo que hacemos y lo que nos pasa. Decimos que actuamos cuando proyectamos y realizamos algo por propia iniciativa: por ejemplo, cuando decidimos ponernos a estudiar o ir a visitar a un amigo enfermo. Otras veces, en cambio, nos podemos ver sorprendidos por una reacción imprevista ante una situación: ira ante una palabra que consideramos ofensiva, tristeza ante el fallecimiento inesperado de una persona querida, o envidia ante algo valioso que quisiéramos tener. Estos fenómenos anímicos que se producen sin que lo decidamos se llaman sentimientos o pasiones.

Precisamente porque los sentimientos no son elegidos por nosotros, no constituyen ni un mérito ni un pecado. Esto no quiere decir, sin embargo, que sean siempre neutros, ya que «reciben calificación moral en la medida en que dependen de la razón y de la voluntad»[3]; es decir, en la medida en que se los busca activamente o se consiente en ellos, acogiéndolos. La espontaneidad con que se dan en nosotros tampoco implica que carezcan de importancia para la vida cristiana, porque de hecho sucede todo lo contrario: los sentimientos suponen un juicio preliminar del evento ante el que surgen y sugieren una línea de conducta posterior. Y podemos moldearlos paulatinamente para que se ajusten cada vez más a lo que de verdad queremos.

Por ejemplo, ante un evento que se nos presenta como bueno, surge una pasión como la alegría o el entusiasmo que, a su vez, sugiere acciones como aplaudir la situación o acercarse a una persona. Por otro lado, ante un evento que se nos presenta como malo, surge una pasión como la ira o la tristeza que, a su vez, sugieren acciones como el reproche o el distanciamiento. Lógicamente, hay ocasiones en las que una situación no se deberá aplaudir, a pesar de que el juicio preliminar de nuestros sentimientos sea positivo; o también habrá ocasiones en que veamos una ofensa donde no la hay, y sería un error reaccionar con un comportamiento de censura. Se puede decir, por eso, que cuando las pasiones entrañan un juicio verdadero son una ayuda para la vida cristiana, porque posibilitan hacer el bien de modo espontáneo, y en cambio cuando tienen como raíz un juicio falso, la obstaculizan.

Por supuesto, quien experimenta pasiones basadas sobre percepciones equivocadas de la realidad puede, todavía, actuar bien, resistiendo con esfuerzo a ese sentimiento. Pero no se puede ir toda la vida cuesta arriba, luchando continuamente contra los embates de las malas pasiones, haciendo lo que no apetece hacer, o rechazando siempre aquello hacia lo que se inclina la afectividad. Una lucha sostenida contra los propios sentimientos puede llevar fácilmente al desánimo o al agotamiento. Si no se logra educar ese mundo interior, al final resulta difícil discernir lo que es bueno de lo que es malo, porque se oscurece la mente y con frecuencia se cederá fácilmente ante los sentimientos tal como vienen, sin sopesarlos.

La educación de la afectividad

«Educar es introducir en la vida, y la grandeza de la vida es iniciar procesos. ¡Enseñar a los jóvenes a iniciar procesos y no a ocupar espacios!»[4]. Así respondía en una ocasión el Papa a una profesora, en un encuentro con la comunidad educativa de un colegio. Esta recomendación rige también para la formación de la afectividad, que no se propone simplemente contener las malas pasiones o bloquear ciertos comportamientos, sino dar forma, poco a poco, al mundo de los sentimientos, para que los movimientos que surgen espontáneamente en nosotros nos ayuden a hacer el bien de modo rápido y natural. Educar los sentimientos es iniciar un proceso que nos llevará a acoger mejor la gracia de Dios y, así, a identificarnos con Jesús. La afectividad ordenada permite que nos guste hacer lo que es bueno; permite que lo que nos da la gana hacer coincida, casi siempre, con lo que agrada a Dios.

Para educar los sentimientos es necesario comprenderlos, saber por qué surgen. Hemos sido creados con una inclinación natural hacia lo que es bueno para nosotros: el instinto de supervivencia, la tendencia sexual, el deseo de conocimiento, la necesidad de trabajar y de tener amigos, la exigencia razonable de reconocimiento y respeto por parte de quienes nos rodean, la búsqueda de sentido y de la trascendencia, etc. Todas esas inclinaciones naturales son como una fuerza que sale de nosotros en búsqueda de lo que necesitamos. Cuando la tendencia encuentra satisfacción, se produce una resonancia interior positiva, que es un sentimiento: alegría, gratitud, serenidad… Pero cuando la tendencia se ve frustrada, surge un sentimiento negativo: enfado, confusión, pesimismo…

Sin embargo, hay dos factores que deforman el mundo de los sentimientos y que obstaculizan el funcionamiento armónico de nuestra alma. El primero es el desorden que el pecado ha producido en el sistema de las tendencias: la gracia de la justificación en Cristo elimina la culpa, pero no nos ha devuelto inmediatamente la integridad de los deseos: se trata de un camino a realizar progresivamente. El segundo factor varía de unas personas a otras: en función de la educación recibida, del ambiente social, y de los pecados personales, el organismo de nuestras tendencias puede deformarse ulteriormente. Para corregir este desorden y evitar que surjan sentimientos negativos, tendremos que descender hasta el estrato más profundo de la personalidad y ordenarlo hacia el bien. Y esto se consigue mediante las virtudes.

Qué son las virtudes

A principios del siglo XIV, Giotto llenó de frescos el interior de una capilla de Padua que es hoy considerada una de las más importantes obras de arte del mundo. En los laterales, cada pintura presenta una escena de la vida de Jesús y de María, desde la Anunciación hasta la Ascensión. Todas convergen en la pared del fondo, que representa el fin de los tiempos: la escena del Juicio Final, con los bienaventurados a la derecha de Cristo y los condenados a su izquierda. Pero aún hay algo más: las paredes laterales, en la parte inferior, la zona más cercana al espectador, recogen dos series de siete imágenes que no pertenecen propiamente a la historia de la salvación: se trata de personificaciones de siete virtudes y siete vicios. En esta sucesión de imágenes, que también se dirigen hacia uno y otro lado del Señor en majestad, el artista parece haber querido representar la colaboración humana en esa historia divina: nuestra posibilidad de facilitar o de dificultar la obra de la gracia.

En ese sentido, notaba una vez san Josemaría, hay muchas personas que «quizá no han tenido ocasión de escuchar la palabra divina o que la han olvidado. Pero sus disposiciones son humanamente sinceras, leales, compasivas, honradas. Y yo me atrevo a afirmar que quien reúne esas condiciones está a punto de ser generoso con Dios, porque las virtudes humanas componen el fundamento de las sobrenaturales»[5].

Pero, ¿qué son las virtudes? ¿Se las puede poseer, como tomamos algo con la mano, vestimos un traje o calzamos unos zapatos? En cierto modo sí: la inteligencia y la voluntad, que son nuestras facultades espirituales, y también los apetitos sensibles, tienen capacidad de poseer. Aunque no se trata de objetos materiales, sí son cualidades que, cuando se estabilizan, se llaman hábitos buenos o virtudes. Estas cualidades no son visibles como las formas y los colores, pero fácilmente se advierte su presencia en una persona. Por ejemplo, un matemático hace con facilidad operaciones y cálculos que no logra ni siquiera entender quien no ha estudiado matemáticas. El matemático posee una ciencia, que es una virtud intelectual. La persona templada, por poner otro ejemplo, come y bebe lo que es razonable sin gran esfuerzo porque posee una virtud moral, que es la templanza. Quien no es dueño de ese hábito, solo con dificultad y esfuerzo logrará limitarse a lo que es razonable; y, al contrario, quien tiene el vicio que se opone a la templanza, la gula, fácilmente comerá más de lo debido.

Las virtudes morales tienen tres dimensiones fundamentales. La primera es de carácter intelectual: como las virtudes tienen que regular una reacción, se presupone el conocimiento de un estilo de vida, el de quien sigue a Cristo. La virtud de la pobreza, por ejemplo, presupone el conocimiento del papel que los bienes económicos tienen en la vida de un cristiano. La segunda dimensión de las virtudes es su naturaleza afectiva: se introducen en las tendencias que se dirigen hacia cada bien concreto, modificándolas poco a poco y haciendo que su movimiento espontáneo se conforme al estilo de vida cristiano. Esto se consigue mediante la repetición de actos que sean a la vez libres, conformes a lo que es virtuoso, y realizados precisamente porque son buenos. Actos que parecen buenos pero que se realizasen por temor, conveniencia, o por otros motivos ajenos al bien, no lograrán hacer virtuosas las tendencias humanas, porque no modelarán la afectividad. La tercera dimensión de las virtudes, en fin, es que generan una predisposición para el bien: el virtuoso tiene especial facilidad y agudeza para distinguir el bien del mal, incluso en situaciones complejas o imprevistas.

 

Las virtudes nos liberan

Al presentarse como el buen pastor, imagen que en sus oyentes evocaba la llegada del salvador del pueblo, Jesús dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Esa vida abundante y plena nos la da la gracia de Dios, apoyada en nuestros anhelos por descubrir y tomar lo mejor de lo que nos rodea. Por eso, poseer estos hábitos nos hace más libres; nos convierte poco a poco en personas más flexibles, que saben descubrir la manera de hacer el bien en situaciones muy distintas. Las virtudes nos liberan porque nos permiten elegir entre los distintos bienes que se nos presentan. Los vicios, en cambio, son rígidos, porque generan automatismos, reacciones que son difíciles de abandonar.

La identificación con Cristo, hacia la que nos mueve el Espíritu Santo, pasa por adquirir y consolidar las virtudes que Jesús enseñó: tanto las teologales como las morales. Nos hemos detenido en las segundas, que reordenan el mundo interior de los sentimientos, tan importantes para la vida cristiana. Sin embargo, el motor y la raíz de todas estas virtudes es la caridad. Sin ella, todo el resto se vería como un peso que oprime la libertad. Cuando uno desea vivir sinceramente para la gloria del Padre, como vivió Cristo, ese amor guía suavemente las elecciones, de modo que sean cada vez más parecidas a las de Jesús. El mandamiento con el que Jesús respondió al escriba –amar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas– no entiende de obediencias forzadas: necesita hijos que emprenden una tarea gustosa, porque sienten como siente Jesús.

Ángel Rodríguez Luño


[1] Francisco, Ángelus, 25-X-2020.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1764.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1767.

[4] Francisco, Discurso, 6-IV-2019.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 74.

 

«Nosotros predicamos a un Cristo crucificado»

¿Qué significa que con su muerte en la Cruz y con su Resurrección Cristo ha obtenido el perdón para todos los hombres? ¿A quién ha ofrecido su vida y por qué? ¿Qué significa que la muerte de Cristo es vida del mundo, que entrando en la muerte ha ganado para todos la vida? Cuatro imágenes nos ayudan a profundizar en el misterio.

LA LUZ DE LA FE19/02/2019

«Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,22-23)

No es fácil aceptar el misterio de la Cruz. La perspectiva de un Mesías que, después de haber sido humillado, termina sus días sobre una Cruz, escandalizaba la imaginación de Pedro (cfr. Mt 16,21-23) y los Doce simplemente no la comprendían (cfr. Lc 18,30-34). Era tan doloroso este sufrimiento que Jesús pidió a su Padre que pasase ese cáliz (cfr. Mt 26,39) y el corazón de María, identificado con el de su Hijo, conoció igualmente la reticencia natural ante el padecimiento.

Es tan natural el rechazo de un Dios que termina en un patíbulo, que su misma representación pictórica tardó siglos en abrirse camino en el imaginario de la cultura cristiana, tanto en un contexto hebraico como greco-romano. Este no entender es tan natural, que nosotros mismos lo seguimos experimentando cuando la Cruz nos visita, no en la conmoción artística o en la teoría de un discurso, sino en la acerba concreción de la vida real.

LA CONTEMPLACIÓN DEL MISTERIO DE LA CRUZ ES FUENTE INAGOTABLE DE VIDA, A CONDICIÓN DE QUE CADA UNO RECORRA SU PROPIO CAMINO ESPIRITUAL Y PERSONAL

A pesar de la dureza de la Cruz, la confianza en que los planes de Dios, su misterio de salvación, responden a una lógica que Él mismo nos ha querido revelar, impulsó a los primeros cristianos a defender lo indefendible, hasta el punto de que hoy, cualquier niño que aprende el catecismo, recita de memoria: «¿cuál es la señal del cristiano? La señal del cristiano es la santa Cruz»[1]. El sencillo gesto de persignarnos contiene una fuerza simbólica única: confiesa con el alma y con el cuerpo todo el misterio de la creación y de la redención, todo lo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han hecho y harán por cada uno de nosotros.

«Todas las cosas son fatigosas, el hombre no puede expresarlas. No se sacia el ojo de ver, ni se cansa el oído de oír» (Ecl 1,8). La contemplación del misterio de la Cruz es fuente inagotable de vida, a condición de que cada uno recorra su propio camino intelectual y espiritual. Esa ha sido la experiencia de los grandes maestros de la tradición cristiana, que han subido el camino de la Cruz con su predicación y con su vida. Más que una explicación, las reflexiones que siguen quieren presentar cuatro imágenes capaces de generar luz y serenidad cuando parece que la tiniebla de la Cruz nos envuelve.

Primera imagen: el Trono de la Misericordia

La primera imagen es la del Trono de la misericordia. Se trata de una iconografía desarrollada especialmente en la Edad Media. Existen numerosas variaciones, pero el motivo es siempre el mismo: Dios Padre sostiene con sus manos a su Hijo en la Cruz, mientras que el Espíritu Santo, representado como una paloma, aparece entre los rostros del Padre y del Hijo. La fuerza de esta imagen consiste en presentar la auto-donación del Hijo como la misma donación del Padre, gracias a la acción del Espíritu Santo. De esta forma queda manifiesto, en primer lugar, que el Padre revela su misericordia por cada una de sus criaturas no a pesar de, sino a través de la Pasión de su Hijo. Esto no significa que el amor de Dios tenga en la Cruz una manifestación eminente por el dolor que conllevó, sino porque constituye, de hecho, la última y la más elocuente predicación de Jesús sobre el amor con el que Padre respeta y promueve el bien y la libertad de todos sus hijos.

Esa imagen nos dice que Dios está dispuesto a cargar con el peso de la Cruz antes que forzar a nadie a amarle. Por eso, si miramos bien a través de las llagas del Resucitado, no veremos la imagen de un Dios tan radicalmente trascendente que considera indigno de su pureza relacionarse con quienes son polvo y vanidad (cfr. Gn 2,7; Sal 144,4). La imagen del Dios cristiano manifiesta, de modo sorprendente y nuevo, la unidad de la justicia y la misericordia; el amor de Dios, que siempre se pone del lado de sus criaturas, y su capacidad de llevar a cumplimiento el designio originario de la creación. Precisamente la Cruz de Cristo hace evidente el peso de esos pesares, es decir, lo que le ha costado a la Trinidad ser fiel a su proyecto, a esa locura de amor que es la creación de seres personales que llaman de  a Dios por toda la eternidad, ya sea bajo la forma de un apasionado Te amo, ya sea con un amargo Te odio. Nuestro Padre decía muchas veces que precisamente el que ama sufre, «si en amor estoy ducho / es por fuerza del dolor»[2].

Segunda imagen: el grito de Jesús

La segunda imagen es el grito de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Como todo en la vida de Jesús, este gemido que sale de las profundidades de un cuerpo exhausto tiene función de revelación. Si miramos a nuestro alrededor sin ingenuidades, veremos que frecuentemente los justos son los que salen perdiendo. Es la constante verdad del salmo 73: «a los impíos les va aparentemente bien, a los que quieren vivir cara a Dios les va aparentemente mal». En este sentido, Jesús en la Cruz se solidariza con todos los inocentes que sufren injustamente y que no ven escuchados sus gritos en este mundo.

La Pasión del Crucificado es un acto de la compassio redentora del Padre en Cristo con todas las víctimas que, de un modo u otro, han sufrido por defender la verdad de Dios y la verdad del hombre. Sus quejas, sus clamores tantas veces silenciados, encuentran un lugar en Dios gracias al grito de Jesús. En Él no se extinguen, sino que encuentran resonancia divina. En el por qué de Jesús nuestras preguntas más crispadas por el dolor o la soledad, no son olvidadas, sino que alcanzan la seguridad de una respuesta llena de amor por parte de la Trinidad. Como en el caso de Jesús, esta respuesta solo será plena cuando llegue la Resurrección. Sin embargo, si aprendemos a gritar en Él, nuestra angustia se transforma progresivamente en paz y serenidad de victoria[3].

CON SU GRITO EN LA CRUZ, JESÚS SE SOLIDARIZA CON LOS INOCENTES QUE SUFREN Y QUE NO VEN ESCUCHADOS SUS GRITOS EN ESTE MUNDO

Si es verdad aquello de que los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada[4], es fácil entender por qué la Cruz es indisociable de la Resurrección y del Juicio Final. Una predicación que de hecho solo insista en una de esas tres realidades hace una caricatura del misterio de Cristo y hace todavía menos aceptable el rostro de Cristo a nuestros contemporáneos. El Juicio Final es indisociable de la Cruz y de la Resurrección. Es el último acto de la constitución del Reino que Jesús predicó desde el inicio; el acto en el que las intenciones del corazón serán manifestadas y el sufrimiento inocente de todos los justos, comenzando desde Abel, recibirán el reconocimiento público que merecen.

La tercera imagen: el buen ladrón

La tercera imagen es la conversión del buen ladrón (cfr. Lc 23,40-43). Colgado de la Cruz, Jesús no solo se solidariza con los inocentes, sino que sondea las profundidades de los corazones que rechazan a Dios. El Espíritu Santo mueve a Jesús a no abandonar a ninguno, ni siquiera a los que se levantan contra Él. Jesús no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2,17). A lo largo de su vida no solo habló del perdón y del amor a los enemigos (Mt 5,44), sino que murió perdonando y bendiciendo a uno de los malhechores que estaba crucificado con Él (cfr. Lc 23,43). El buen ladrón pasó de la maldición a la bendición en pocos minutos. El éxodo por el que le condujo Jesús es una metáfora de nuestra vida, pues todos hemos pecado y hemos vivido privados de la gloria de Dios (cfr. Rm 3,23).

Hay una condición, sin embargo, para poder entrar en la bendición, pues en la relación con Jesús no hay nada de mágico o de automático: nadie, ni siquiera Jesús, puede sustituir nuestra conciencia. Al final de su vida Jesús continúa con su programa iniciado en el Jordán (cfr. Mc 1,14). Busca y se solidariza con los pecadores, pero para llamarlos a la conversión y a la penitencia (cfr. Lc 5,32). La novedad de la revelación de la Cruz consiste en que a Dios le basta un verdadero acto de contrición para donar la bendición. El buen ladrón no tuvo oportunidad para reparar lo que había robado y, sin embargo, goza ya de la vida eterna. Como en nuestro Bautismo, resuena aquí la escandalosa generosidad de la parábola del hijo pródigo: el Padre no exige el cumplimiento material de una reparación imposible. Él sondea la verdad del corazón y por eso le basta que reconozcamos sin ambages nuestro pecado, que nos arrepintamos de corazón y que nos abracemos a Jesús con la fe que obra lo que puede por la caridad (Gal 5,6). El buen ladrón es una buena imagen para entender la absoluta gratuidad de la justificación y de aquel mínimo que el Padre exige para poder perdonarnos. El Espíritu Santo que obra en Jesús y en su Cuerpo, que es la Iglesia, se encargará de sanar las secuelas que hemos causado en nuestro entorno con nuestros pecados.

Desde la Cruz, Jesús nos mira. Su oración de intercesión, «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), es oración eficaz: nos pone, como a aquel ladrón, en condiciones de reconocer la propia culpa, de aceptar la propia responsabilidad y de abrirnos a la necesidad del perdón. Si la mirada de Jesús no fuese misericordiosa, el espectáculo de nuestros pecados nos llevaría fácilmente a la desesperación. Pero su mirada es diferente: no nos reduce a nuestros actos, sino que abre un espacio donde el dolor que experimentamos al palpar la mezquindad de nuestras decisiones no termina en un gesto amargo. El Hijo de Dios es objeto de una violencia absurda; la misma que continúa activa en nuestro interior cuando la envidia, la superficialidad o simplemente la indiferencia ante el mal y el pecado nos transforman en culpables. Pero el Amor de Dios es más fuerte que cualquier necedad de sus criaturas. La paciencia con que soporta la debilidad de quien no tiene báculo (la im-becillitas) revela que el Padre tiene en Cristo sus manos siempre abiertas para acogernos, si de verdad queremos hacer el esfuerzo de dejarnos abrazar por Él.

La cuarta imagen: el Cordero degollado ante el Trono de Dios

La cuarta imagen es la del Cordero degollado que está en pie delante del Trono de Dios (cfr. Ap 5,1-14). El profeta Isaías había usado la imagen del cordero para hablar del Siervo sufriente (cfr. Is 53,7). El Bautista emplea la misma imagen para referirse a Jesús «que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29). El evangelio de san Juan hace coincidir la muerte de Cristo con el momento del sacrificio ritual en el templo, quizá para subrayar así que la sangre de un cordero había librado a los primogénitos de Israel de la muerte en Egipto (cfr. Ex 12). El libro del Apocalipsis presenta a Cristo como el Cordero que vence a los potentes de la tierra, pues Él es el Rey de reyes y Señor de señores (cfr. Ap 17,14). Para quien no esté familiarizado con el mundo bíblico puede resultar difícil entender la insistencia –hasta veintinueve veces– con que el Apocalipsis usa esta imagen. Pero para los primeros cristianos hebreos era tan natural, que muy pronto se desarrolló la potente imagen del Cordero degollado y victorioso, síntesis admirable de lo que la tradición cristiana posterior denominará la exaltación gloriosa de Cristo en la Cruz. Esta tradición, de origen joanéo, contempla la cruz como anticipación de la Gloria de la Resurrección. En muchos crucifijos vemos todavía las llamadas potencias, es decir, los rayos de la gloria del Resucitado que se expanden desde la Cruz al mundo entero. San Josemaría, como tantos otros santos, contemplaba habitualmente la Cruz desde este punto de vista[5].

LA IMAGEN DEL CORDERO DEGOLLADO, DESARROLLADA SOBRE TODO POR SAN JUAN, CONTEMPLA LA CRUZ COMO ANTICIPACIÓN DE LA GLORIA DE LA RESURRECCIÓN

El capítulo 5 del Apocalipsis contiene un guiño característico del estilo de san Juan. El autor presenta con gran dramatismo la escena de un libro sellado que nadie es capaz de abrir. Un ángel grita a grandes voces, preguntando si hay alguien digno de abrir los siete sellos. Pero nadie responde. Ante aquel silencio desolador, «Juan prorrumpe en llanto» (v. 4). Uno de los Ancianos le tranquiliza y le dice: «No llores, mira que ha vencido el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, y que puede abrir el libro» (Ap 5, 5). La paradoja es que cuando ese León hace acto de presencia para abrir el libro, lo hace bajo la forma de un cordero (cfr. Ap 5,6).

«Victor, quia victima»[6]Venció no porque fue violento, sino porque fue víctima de la violencia. La victoria del Padre en Cristo revela algo de esa divina pasividad y mansedumbre que la imagen del Cordero traduce en lenguaje humano. Ni el Padre exigió a su Hijo el dolor como satisfacción, ni Cristo eliminó el pecado destruyendo a nadie. El Padre pidió a su Hijo que revelase su amor de Padre por cada uno, arriesgándose a que los hombres diesen el curso que quisieran al amor de Dios. Le pidió que confesase siempre y sin ambages que el Padre no retira sus dones, que la libertad es real y que Él no quiere esclavos sino hijos. Por eso, toda la vida de Jesús fue desenmascarar la lógica de los corazones que, aún cumpliendo externamente, viven esclavizados en su interior por el miedo, la envidia o el resentimiento.

Jesús vino a librarnos de la esclavitud del pecado anunciando que «el Padre os ama» (Jn 16,27) y unió su voluntad de hombre a ese deseo divino de modo tan perfecto, que se dejó colgar en un madero antes que obligar a nadie a rendirse ante Dios. La paradoja de ese Cordero «manso y humilde» (Mt 11, 29), que vino «para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3,8), es que las venció soportando hasta el final la tentación de la desconfianza en el amor del Padre. De este modo demostró la grandeza del corazón humano según el diseño creador de Dios: un corazón que, con la fuerza del Espíritu Santo, puede dejarse modelar por todo, puede abrazar a todos y es capaz de introducir, en las tinieblas más densas del rechazo de Dios, la luz de la confianza filial.

Nuestra libertad es real, y la Trinidad la ama tanto, que ha querido que también nosotros demos forma a la relación que Él inició en la creación. Ni Jesús, ni los que le crucificaron, ni María, ni Pedro, ni Judas eran meros ejecutores de un guión ya escrito desde la eternidad. Es verdad que Dios que nos primerea y que él ha establecido las reglas y el sentido de ese juego, que es nuestra vida. Pero una regla fundamental es que nosotros decidimos y construimos con Él el modo de vivir en la eternidad. «El Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti»[7] Él está siempre de nuestra parte y nos tiende su mano, pero no ejercerá violencia alguna contra ninguno de nosotros porque sabe que el don de una relación vivida en libertad ilumina nuestra historia.

Juan Rego


[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia católica, n. 617.

[2] Amigos de Dios, n. 68.

[3] Sal 22, 25-35: «De ti viene mi alabanza en la gran asamblea, mis votos cumpliré ante los que le temen. Los pobres comerán, quedarán hartos, los que buscan a Yahveh le alabarán: «¡Viva por siempre vuestro corazón!» Le recordarán y volverán a Yahveh todos los confines de la tierra, ante él se postrarán todas las familias de las gentes. Que es de Yahveh el imperio, del señor de las naciones. Ante él solo se postrarán todos los poderosos de la tierra, ante él se doblarán cuantos bajan al polvo. Y para aquél que ya no viva, le servirá su descendencia: ella hablará del Señor a la edad venidera, contará su justicia al pueblo por nacer: Esto hizo él».

[4] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30.XI.2007, n. 44.

[5] Cfr. Camino, n. 969.

[6] San Agustín, Confesiones X, 43.

[7] Cfr. San Agustín, Sermo 169, 11, PL 38,923.

 

Las virtudes de la honradez y la integridad

Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que uno piensa, presentar lo falso como verdadero y lo verdadero como falso. La sabiduría de los hombres honrados, por el contrario, consiste en evitar la ostentación y el fingimiento, en manifestar con las palabras su interior, en amar lo verdadero tal cual es, en evitar lo falso, en hacer el bien gratuitamente, en tolerar el mal de buena gana, antes que hacerlo; en quererse vengar de la injurias, en tener como ganancia los ultrajes sufridos por causa de la justicia. Pero esta honradez es el hazmerreír, porque los sabios de este mundo consideran una tontería la virtud de la integridad. Ellos tienen por una necedad el obrar con rectitud, y la sabiduría según la carne juzga una insensatez toda obra conforme a la verdad. Esta narración moral tan acertada lo expresó siglos atrás San Gregorio Magno profundizando en el libro de Job y afirmó que de ahí parten los tratados morales.

Es sintomático que todas las épocas de la historia se han caracterizado por los mismos sesgos en confundir lo noble como algo que nada tiene que ver con las situaciones ambientales dónde el más pillo y más inmoral parece que impera y, aún más, se le considera en la avanzadilla de la mejor ideología. Hoy se tapa la boca a quien se salga del guión y cuya marca es la progresía envalentonada y orgullosa. Me hace gracia observar muchas manifestaciones públicas donde la palabrería oculta el vacío de los contenidos que no existen. Por otra parte la nobleza del corazón bien orientado y con valentía exponiendo los contenidos que se albergan en la razón y en el sentido de la verdad, llegan como semilla que se siembra y un día florecerá. Sin embargo los apoyos vacíos y aparentemente victoriosos al final se quedan en “agua de borrajas”.

Recuerdo cuando yo era un sacerdote recién salido del Seminario que un día me encontré con un compañero que había dejado, años antes, el mismo. Con la furia de las ideologías imperantes y con las nuevas formas de vida basadas en el liberalismo más absurdo, me visitó un día y me narró su estilo de comportamiento y con la euforia exaltada me presenta su estilo de vida totalmente al margen de cualquier vivencia moral. Para él era lo mejor que había encontrado en su vida. Después el tiempo -que no perdona- le pasó factura. Todos los falsos ídolos que le habían fascinado se quedaron en traumas y en un vacío existencial. Al final por una serie de circunstancias le sobrevino una enfermedad muy agresiva. Cuando fui al Hospital a visitarlo me confesó: ”Me he equivocado en la vida. La mentira la tenía como verdad y la fascinación de lo superficial como signo de libertad. Quise formar una familia y se derrumbó porque quise construir una familia pero sin cimientos. Recordé el Evangelio que habla de la casa construida sobre roca o construida sobre arena. Yo la he construido sobre arena y todo se me ha derrumbado”. Murió en paz porque sabía que Dios es compasivo y misericordioso. Tuve la oportunidad de ejercer mi ministerio con la gracia de mediar con el sacramento del perdón.

Las falsas ilusiones hacen que los sabios de este mundo consideren una tontería la virtud de la integridad. Y la honradez es lo que ayuda a crecer en justicia, verdad, amor y misericordia. La honradez depende a menudo de la honestidad que busca y manifiesta la verdad. A esto lo llamamos también rectitud, dado que en la vida elegimos el camino recto y directo y no el camino serpenteante, sinuoso y que se oculta. La honradez es considerada una virtud. De una persona honrada se espera que actúe de forma clara, transparente, sin engaños y sin tapujos. “A los justos los guía su integridad, a los falsos los destruye su hipocresía” (Pr 11, 3). La persona honrada lleva consigo el mejor bagaje que, por si mismo, se convierte en la mejor recompensa.

+ Francisco Pérez González Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 

12 frases de los primeros cristianos sobre la Eucaristía

  • eucaristia

 

12 textos sobre la Eucaristía

“Vivid de modo que merezcáis comulgar todos los días”
(SAN AMBROSIO, siglo IV)

 

En la Eucaristía, Dios mismo se nos da como alimento. En la Hostia consagrada están verdaderamente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Innumerables santos reflexionaron y predicaron sobre este milagro que se repite a diario en todo el mundo. Seleccionamos veinte frases pronunciadas por diferentes santos sobre la Eucaristía.

Desde el principio, la Eucaristía ha tenido un papel central en la vida de los cristianos. Maravilla ver la fe y el cariño con el que tratan a Jesús en el Pan eucarístico.

Tienen una fe inquebrantable en que el pan y el vino se convierten, por las palabras de la consagración, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

En varios textos de los siglos I y II, vemos cómo va evolucionando y construyéndose la liturgia de la Iglesia.

Emociona comprobar cómo seguimos celebrando la misma Misa que se celebraba en el siglo I: lo podemos ver en la descripción del Santo Sacrificio que San Justino, en el año 155, hace al emperador Antonino Pío; o en la “Traditio Apostólica” de San Hipólito de comienzos del siglo III.

Cada día junto al sagrario o en la Misa podemos vernos acompañando a Jesús junto a esos cristianos de los primeros tiempos, que nos animan a cuidarle y a tratarle con todo el cariño del que seamos capaces.

Debemos dar gracias a Jesús por quedarse tan cerca de nosotros en la Eucaristía, ayudándonos a amarle y a tratarle con la misma novedad y reverencia con la que lo hicieron aquellos primeros cristianos.

 

Frases de los primeros escritores cristianos sobre la Eucaristía

 

1.  (La Didaché, en el siglo I, nos enseña a dar gracias a Dios por recibirle en al comunión…)

Después de saciaros, daréis gracias así:
Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre que hiciste morar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has dado a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos.

Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por causa de tu nombre, y diste a los hombres alimento y bebida para su disfrute, para que te dieran gracias. Mas a nosotros nos hiciste el don de un alimento y una bebida espiritual y de la vida eterna por medio de tu siervo. Ante todo te damos gracias porque eres poderoso. A ti la gloria por los siglos.  (DIDACHÉ o ENSEÑANZA DE LOS DOCE APÓSTOLES, 9, 1-10, 7)

 

2. (Son impresionantes las palabras que San Ignacio de Antioquía, a finales del siglo I, dedica a la Eucaristía definiéndola como “medicina de inmortalidad”…)

Es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, remedio para vivir en Jesucristo para siempre. (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a los Efesios, 90)

 

3. (En el otoño del 112, Plinio –cónsul romano de Bitinia- escribe al emperador porque había descubierto que los cristianos tenían por costumbre reunirse cada domingo. Bitinia estaba llena de cristianos. Este texto nos sitúa en la celebración de una misa dominical a comienzos del siglo II. No habían dejado estas reuniones ni siquiera después del edicto del gobernador que recalcaba la persecución…)

Es una muchedumbre de todas las edades, de todas las condiciones, esparcida en las ciudades, en la aldeas y en el campo. (…) Tienen la costumbre de reunirse en un día fijado, antes de la salida del sol, de cantar un himno a Cristo como a un dios, de comprometerse con juramento a no perpetrar crímenes, a no cometer ni latrocinios ni pillajes ni adulterios, a no faltar a la palabra dada.

Ellos tienen también la costumbre de reunirse para tomar su comida que, no obstante las habladurías, es comida ordinaria e innocua». (PLINIO, Gobernador Romano de Bitinia, Libro X, Carta 96)

 

4. (Emociona comprobar cómo seguimos celebrando la misma Misa que se celebraba en el siglo I: lo podemos ver en la descripción del Santo Sacrificio que San Justino, en el año 155, hace al emperador Antonino Pío…)

El día que se llama día del sol (el Domingo) tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las Recuerdos de los Apóstoles y los escritos de los Profetas.
Luego, cuando el lector termina, el que preside toma la palabra y hace una invitación y exhortación a que imitemos estos bellos ejemplos.
Seguidamente, nos levantamos todos a una y oramos por nosotros… y por todos los demás dondequiera que estén, a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar la salvación eterna.
Luego se lleva, al que preside, el pan y una copa con vino y agua mezclados.

El que preside los toma y eleva alabanzas y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y da gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.
Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo ha respondido “amén”, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes el pan y el vino “eucaristizados”. (SAN JUSTINO, Apología I, Carta a Antonino Pío, 67)

 

5.

Si tomas el alimento y la santa bebida de la Eucaristía, como que viene del Sacramento de la Cruz, pues aquel misterioso madero fue figura suya, el que hizo dulces las aguas, del mar, llenará tu alma de verdadera suavidad. (SAN CIPRIANO DE CARTAGO, Libro de la Oración, 35)

 

6. (Son especialmente expresivas las palabras de San Cirilo, obispo de Jerusalén a partir del 348, que para manifestar nuestra unión tan plena con Cristo en la Eucaristía dice que nos hacemos una misma cosa con Él…)

Para que cuando tomes el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas “concorpóreo” y “consanguíneo” suyo (un mismo cuerpo y sangre con Él) ; y así, al distribuirse en nuestros miembros su Cuerpo y su Sangre, nos convertimos en portadores de Cristo (Cristóforos).

De está manera -según la expresión de San Pedro- también nos hacemos partícipes de la naturaleza divina. (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis Mistagógica, 4, 3)

 

7.

Así como un poco de levadura, según la doctrina del Apóstol, hace fermentar toda la masa, así también el divino cuerpo de Jesucristo, que padeció la muerte, y es el principio de nuestra vida, entra en nuestro cuerpo, nos cambia y nos transforma totalmente en Él.

Porque como que un veneno que se ha derramado por los miembros sanos, los corrompe en poco tiempo, así por contraria razón, cuando el cuerpo inmortal de Jesucristo se ha llegado a mezclar con el del hombre, que en otro tiempo había comido el fruto envenenado, le transforma todo entero en su divina naturaleza. (SAN GREGORIO DE NISA, Sobre el Eclesiástico, 37)

 

 

8.

¿Cuál es la obligación propia y particular de los que comen el pan y reciben la bebida de Dios? Es la de conservar continuamente la memoria del que murió y resucitó por ellos. ¿A qué más les obliga esta memoria? a no vivir ya para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. (SAN BASILIO MAGNO, Regla 80, 58)

 

9.

Jesucristo es mi comida, Jesucristo es mi bebida. La carne de un Dios es mi comida, la sangre de un Dios es mi bebida. En otro tiempo bajó del cielo el pan que llamó el Profeta pan de Ángeles: mas aquel no era el verdadero pan, sólo era sombra del que había de venir. El Pan Eterno me tenía reservado este verdadero pan que viene del cielo, y este es el pan de vida.

Aquel, pues, que come la vida, no podrá morir, porque ¿cómo había de morir el que tiene por alimento la misma vida? (SAN AMBROSIO, Comentario al Salmo 118, 69)

 

10.

No nos concedió solamente el verle sino tocarle también, y comerle, e hincar los dientes en su carne y unirnos a Él de la manera mas íntima. (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía sobre el Evangelio de San Juan, 46)

 

11.

Así como cuando uno junta dos trozos de cera y los derrite por medio del fuego, de los dos se forma una sola cosa, así también, por la participación del Cuerpo de Cristo y de su preciosa Sangre, Él se une a nosotros y nosotros nos unimos a Él. (SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Comentario al Evangelio de San Juan, 10)

 

12.  A principios del s. IV, el culto cristiano estaba todavía prohibido por las autoridades imperiales. Algunos cristianos del Norte de África, que se sentían en la obligación de celebrar el día del Señor, desafiaron la prohibición.

Fueron martirizados mientras declaraban que no les era posible vivir sin la Eucaristía, alimento del Señor: sine dominico non possumus (Acta SS. Saturnini, Dativi el aliorum plurimorum martyrum in Africa. 7.9.10) Que estos mártires de Abitinia, junto con muchos santos y beatos que han hecho de la Eucaristía el centro de su vida, intercedan por nosotros y nos enseñen la fidelidad al encuentro con Cristo resucitado.

Nosotros tampoco podemos vivir sin participar en el Sacramento de nuestra salvación y deseamos ser iuxta dominicam viventes, es decir, llevar a la vida lo que celebramos en el día del Señor. En efecto, este es el día de nuestra liberación definitiva. ¿Qué tiene de extraño que deseemos vivir cada día según la novedad introducida por Cristo con el misterio de la Eucaristía? (BENEDICTO XVI, Sacramentum Caritatis, 95)

 

Una laicidad contra los creyentes fomenta religiones seculares intolerantes

Salvador Bernal

Macron junto a su mujer y obispos franceses.

El término latino fides indica, al menos en el lenguaje jurídico clásico, confianza, en sus diversas acepciones y aplicaciones prácticas. La vida cotidiana no sería posible sin un continuo fiarse de los demás: no se puede comprobar todo personalmente. Tal vez esta razón da cuenta del incremento de las religiones civiles –cada vez más intolerantes- en una sociedad teóricamente en vías de secularización.

No es necesario poner ejemplos de España; están en la mente de todos. Pienso que puede ser útil repasar eventos recientes en materia de laicidad en Francia, un país confesionalmente laico. La obsesión antirreligiosa resulta cada vez más compatible con la presencia continua en el debate público de las múltiples creencias de las personas. Al cabo, la propia Revolución francesa intentó crear la religión civil de la modernidad: hace unos días se ha cumplido el aniversario de la inauguración por Robespierre del Culto de la Razón y del Ser Supremo en 1794.

Al menos desde los tiempos de Chirac existía un Observatoire de la laïcité, que se suprimió recientemente para trasladar sus competencias a una comisión interministerial.  A continuación, la ministra delegada de ciudadanía, Marlène Schiappa, lanzó estados generales de laicidad, para recabar información de abril a julio sobre lo que realmente piensan los franceses dando voz a todas las sensibilidades, como suele decirse. Algo semejante se hizo en su día con la bioética, aunque luego el proyecto de reforma legal, aún en trámite parlamentario, no fue coherente con las conclusiones del extenso informe que resumió los debates.

Tal vez por esto, y por la actual polarización política ante las elecciones regionales -una especie de ensayo general de las presidenciales de mayo de 2022-, la propuesta no ha sido bien recibida. Una treintena de sindicatos y asociaciones se han negado a participar, comenzando por el más representativo actualmente, la moderada CFDT. No les parece lógico convocar ese debate, cuando acaba de discutirse una ley en el parlamento contra el “separatismo”, en defensa de los valores republicanos, que, además, hace obligatoria la formación en laicidad de los funcionarios públicos: todos deberán seguir un módulo previo o de actualización, para ponerse al día en el plazo de tres años...

Por si fuera poco, trece personalidades conocidas, entre ellas Jean-Louis Bianco, presidente durante ocho años del mencionado Observatoire, anuncian el 9 de junio en una tribuna de Le Monde, la creación de la Vigie de la laïcité, un organismo independiente y cívico, para fomentar el consenso, mediante la difusión de experiencias basadas en la razón, el conocimiento y el debate crítico, frente a manipulaciones y oportunismos, en continuidad con las leyes de 1882 y 1905: la separación Iglesia-Estado asegura la libertad de las conciencias y garantiza el ejercicio del culto también en el espacio público; desde los principios inspiradores de esas normas se puede resolver pacífica y equilibradamente las tensiones actuales, sin caer en los extremismos propios de algunas religiones seculares contemporáneas.

Desde la distancia, se intuye cierto nerviosismo en el equipo de Macron, ante las ya cercanas elecciones regionales y las presidenciales del 2022.  Comprendo su temor ante el auge del islamismo, aun sin aceptar la tesis del “islamogauchisme”. Y su deseo de reafirmar la identidad francesa, al margen de las posturas de la extrema derecha.

Pero parece claro que el actual debate, a diferencia de lo sucedido al comienzo del siglo XX, reafirma la fuerza de esa laicidad propia de los seguidores de Cristo, que comparten las maravillas de lo humano sin caer en clericalismos. ¿Acaso no fue Jesús ejemplo de mentalidad laical –expresión acuñada por Josemaría Escrivá- en sus años de artesano en Nazaret, como luego en la vida pública? No era repartidor de herencias, mi mesías-caudillo temporal del pueblo elegido. Tras sus huellas, el cristiano actúa a fondo en los diversos ámbitos de la sociedad sin imponer sus creencias; defiende la libertad de todos; pone su energía al servicio de la humanidad, de cada persona.

Los debates sobre laicidad serán quizá estériles si se olvida que es un concepto profundamente cristiano y, por tanto, liberador. Si es fiel a su condición, el laico se compromete al servicio de todos: imprime una huella espiritual en sus diversos comportamientos, sin confesionalismo alguno. Porque, en expresión no sé si de Pablo VI, pero repetida por Juan Pablo II, es “experto en humanidad”.

 

El mes del orgullo

Escrito por Mario Arroyo.

La Iglesia es madre y acoge a todas las personas, independientemente de sus preferencias sexuales. 

Como cada año, llega junio, de un tiempo para acá denominado “mes del orgullo gay”. Es interesante analizar cómo lo vivimos quienes no somos gays, ni tenemos nada a favor ni en contra de su causa. Subrayo esta última idea, porque recientemente, en clase de Antropología Teológica en la universidad, un alumno me preguntó, “¿por qué la Iglesia y los gays están peleados?”. Tuve que explicarle cómo su percepción era equivocada, pero que la comprendía, pues en los medios se fomentaba esa visión antagónica.

¿No están peleados? No, porque la Iglesia es madre y acoge a todas las personas, independientemente de sus preferencias sexuales. Fomenta que todos veamos en nuestro prójimo, independientemente de sus posiciones políticas o culturales, a un hermano. No ha sido otro el mensaje transmitido por Francisco en su Encíclica Fratelli tutti. Obviamente, las personas con inclinación homosexual entran en ese “todos”, así como los transgénero, travestis y, cualquiera de los nuevos “géneros” que van surgiendo.

Es preciso distinguir entre persona homosexual y lobby LGTBQ+, es decir, los activistas, quienes no necesariamente son homosexuales. Digamos que, por las muestras de burla a lo religioso, que con cierta frecuencia expresan en sus manifestaciones, son ellos los que se consideran antagonistas de la Iglesia en particular y del cristianismo en general. Quizá se deba a las expresiones de rechazo a la homosexualidad presentes en la Biblia o, simplemente, porque en el Catecismo de la Iglesia, aunque se habla de respeto a las personas homosexuales, se dice también que los actos homosexuales son pecaminosos, procurando distinguir claramente entre la persona –a la que no se juzga- del acto en concreto.

Pero lo anterior no es discriminatorio; en realidad, para la doctrina católica, está mal todo acto que rompa el fin unitivo del procreativo propios del acto conyugal. Es decir, la “prohibición” no les afecta exclusivamente a ellos, sino a todos los que utilizan métodos anticonceptivos. Y se trata sencillamente de señalar: “Tal acto no va conforme a la doctrina de Jesús”; pero no es un juicio global sobre la persona. En efecto, hay personas maravillosas que no viven este aspecto o, dicho de otra forma, que de los diez mandamientos viven ocho. Pero no por ello se sienten estigmatizadas o fuera de la comunión con la Iglesia, porque no lo están. La Iglesia no está formada por santos –lo estará al final de los tiempos-, sino por pecadores. Por ello afirma San Agustín: “El Señor vino a curar a los enfermos, y nos encontró a todos enfermos, de modo que el creerse sano es la peor enfermedad”.

Para el profano el tema del “mes del orgullo” no deja de llamar la atención, por el hecho de que determinado comportamiento sexual se exprese con “orgullo” y sea ocasión de tanta ovación y reverencia por parte de la sociedad. Resulta un tanto extraño, sospechoso. Quiero suponer que es una forma de reparar las injustas vejaciones que por siglos han sufrido las personas con esta inclinación, y que no se deben repetir. Ahora bien, las faltas de respeto o de caridad en general, están igualmente mal si van dirigidas contra personas homosexuales, como si van dirigidas a mujeres, personas de color, judíos, obesos, etcétera; solo que estos no alcanzaron a hacer el suficiente ruido como para que tuvieran su “mes del orgullo”.

Por mi parte, me parece excelente que tengan su mes del orgullo, si es que lo necesitan. A la gente hay que facilitarle lo necesario para tener una sana autoestima, y si las personas homosexuales necesitan de su mes, ¡enhorabuena!, soy el primero en apoyarlo. Sin embargo, tengo la sospecha de que un buen número gays no gustan de ser el centro de la atención y preferirían sinceramente que los dejaran en paz, pasar desapercibidos, ser sencillamente uno más, no exigir ningún tipo de reconocimiento especial por la forma en la que viven el sexo, pues se trata de una decisión personal e íntima de ellos, no de un asunto público. Quizá sería conveniente la creación de una asociación formada exclusivamente por personas homosexuales, y que ellas decidieran libre y democráticamente lo que prefieran. Mientras eso sucede, los profanos observamos, asombrados, cómo ciertas personas necesitan ser reconocidas por cómo viven su sexualidad.

 

La familia, solución para la crisis contemporánea

 

¿Cuál es la solución para la crisis contemporánea? Ciertamente es la familia monogámica indisoluble. Ella es el fundamento permanente del relacionamiento humano en aquello que él deriva directamente del orden divino. 

Vemos con preocupación desmantelarse las instituciones a nuestro alrededor y nos preguntamos si existe una solución para esta crisis. Ese remedio es tan antiguo como el mismo hombre: es la familia.

La familia es el lugar de la fundación permanente del relacionamiento humano

Se puede pues decir con Francis Godard, autor de La Famille, affaire de générations, que la familia, en su concepción tradicional, es “el lugar de la fundación permanente del relacionamiento humano fundamental en aquello que él deriva directamente del orden divino. Ella es el lugar del misterio en el que los orígenes persisten en su eterna contemporaneidad”.

Corrección a errores paganos sobre la familia

Contenidos

La Iglesia no abandonó la institución familiar de los tiempos paganos a pesar de que contenía un error religioso, que conducía a atribuir al padre poderes exorbitantes, como el derecho a la vida o la muerte sobre todos los suyos. Al contrario, despojándola de sus abusos y de sus fundamentos religiosos erróneos, y fortificando su vínculo por el sacramento del matrimonio, la Iglesia no ha hecho sino reforzar aún más esta institución y conducirla hacia una realización más alta, tanto desde el punto de vista de la institución familiar en sí cuanto de su rol político y social.

La familia reconstruyó una sociedad

En efecto, en el caos producido por la caída del Imperio y por la sucesión de las invasiones bárbaras, el comienzo de organización social que constituía el Imperio Carolingio se hundió en la anarquía. La reconstrucción social se hizo, una vez más, hacia fines del siglo X, gracias a la única fuerza organizada que había permanecido intacta: la familia.

En el célebre libro L’Ancien Régime, Frantz Funck–Brentano sintetiza esa resurrección:

“La familia resiste en la tormenta, y se fortifica; ella toma más cohesión. Obligada a satisfacer sus propias necesidades, creó los órganos que le son necesarios para el trabajo agrícola y mecánico, para la defensa a mano armada. El Estado no existe más, la familia toma celular. La vida social se concentra junto al hogar; la vida común se detiene en los límites de la casa y de la propiedad. […]

“Pequeña sociedad, vecina pero aislada de las pequeñas sociedades parecidas que se constituyeron bajo el mismo modelo.

“En los comienzos de nuestra historia, el jefe de familia recuerda al paterfamilias antiguo. El comanda al grupo que se reúne en torno suyo y lleva su nombre, él organiza la defensa común, reparte el trabajo según la capacidad y las necesidades de cada uno. El “reina”, la palabra está en los textos, como señor absoluto. Es llamado “sire“. Su mujer, la madre de familia, es llamada “dame“, “domina“. […]

“Las crónicas y canciones de Gesta del Edad Media nos muestran, en efecto, la mesnie, extendida por el patronato y por la clientela, correspondiendo exactamente a la gens de los romanos. La mesnie al desarrollarse produjo el feudo, cuyo soberano es el barón, jefe feudal, pero antes de todo padre de sus vasallos, al punto que el conjunto de las personas reunidas en torno al barón es llamada: familia; y el territorio sobre el cual se ejercen sus diversas autoridades (jefe de familia, jefe de mesnie, barón feudal o rey) es llamado siempre patria, el dominio del padre. Una patria armada con una ternura tanto más fuerte que ella está ahí, viva y concreta, bajo los ojos de todos”.

Éramos ordinariamente 22 personas a la mesa…

Francia, así como la ciudad antigua, no creció como un círculo que se amplía poco a poco por la acción de una fuerza central; sino, al contrario, por el lento agregarse de pequeños grupos, constituidos mucho antes y que, asociándose entre ellos, no perdían nada de su individualidad ni de su autonomía. Cada familia, cada feudo, cada región se mantenía como en la época de su aislamiento y conservaba su autoridad propia, sus usos y costumbres, su justicia. Existen todavía algunos vestigios de esta organización social y cultural en los clanes escoceses e irlandeses que tienen cada uno su nombre, sus símbolos, sus colores, sus platos típicos, etc., o en la Confederación Helvética basada enteramente en la autonomía de los cantones.

La nación: federación de familias

La nación no era pues un conjunto de individuos aislados: ella era una confederación de muchos grupos que, a su vez, no eran sino la federación de muchas familias bajo la autoridad del jefe feudal. En ese contexto, se podía decir verdaderamente que la familia era la célula básica de la sociedad. Expresión que, en nuestras sociedades de masa donde los individuos aislados se han transformado en números de la Seguridad Social, no es más que una nostalgia o un deseo, pero que no tiene, a decir verdad, ninguna realidad tangible.

En el plano estrictamente individual, uno se puede formar una idea de lo que era la vida de familia de nuestros antepasados, leyendo las memorias que nos han dejado. Ustedes piensan quizá en las Memorias de Ultratumba, donde Chateaubriand nos cuenta las veladas de familia junto a la chimenea en el salón grande y frío del viejo Castillo de Combourg. Prefiero sin embargo darles un pequeño trecho extraído de La vie de mon père, escrito poco después de la Revolución francesa por un campesino de Borgoña, llamado Rétif de la Bretonne:

Éramos ordinariamente 22 personas a la mesa, comprendidos los viñateros y los peones, el carnicero, el encargado de la hortaliza y las dos sirvientas, de las cuales una ayudaba a los viñateros y la otra cuidaba las vacas y la lechería. Todos estaban sentados a la misma mesa: el padre de familia en la cabecera al lado del fuego; su mujer a su lado, cerca de los platos para servir (ya que era ella solamente que trataba de la cocina, la sirvientas que habían trabajado todo el día estaban sentadas y comían tranquilamente); luego los hijos de la casa, de acuerdo a su edad, que marcaba su rango; después el más antiguo de los peones y sus compañeros; después los viñateros, en seguida venían el carnicero y el encargado la huerta; finalmente las dos sirvientas en el extremo la mesa”.

Un bello bosquejo de lo que era la vida de una familia patriarcal antes de la Revolución francesa

Características de la vida familiar patriarcal

Este es un bello bosquejo de lo que era la vida de una familia patriarcal antes de la Revolución francesa. De este trecho y lo que hemos descrito antes sobre la formación de Francia se puede deducir cuáles eran los elementos distintivos de esta familia patriarcal:

  • una fuerte afirmación de la autoridad del padre y del papel moderador de la madre;
  • una progenie numerosa que asegura la duración del linaje ancestral;
  • la jerarquía entre los hijos y especialmente el respeto del derecho del primogénito;
  • la indivisibilidad del patrimonio, o un sistema de herencia se reservaba en todos los casos la base del patrimonio familiar al mayor (que formaba el tronco de la familia), con la responsabilidad que éste tenía de instalar a los más jóvenes y a sus familias (que eran las ramas);
  • una forma de especialización de las funciones sociales, es decir, el vínculo de la familia ahora misma profesión tradicional que variaba evidentemente en función de la clase social, formando así verdaderas dinastías de soldados, de parlamentarios, de comerciantes, de artesanos o de simples campesinos.

El prestigio ligado a la antigüedad de esta tradición profesional familiar era tal que, cuando Luis XIV quiso ennoblecer a un guardia forestal de un dominio real, del cual su familia estaba encargada desde el tiempo de Carlomagno, éste le respondió, lleno de dignidad: “Señor, prefiero continuar siendo el primer guardia forestal del reino a transformarme en el último de sus varones“. La tradición y no la fortuna eran entonces el primero de los patrimonios.

  • Finalmente, la costumbre tan denigrada en nuestros días, pero muy comprensible en tal contexto, del arreglo de los matrimonios hecho por los padres de los futuros esposos. No siendo el matrimonio la aventura individual de un ser emancipado, sino la introducción de un nuevo elemento en la familia, a la cual el nuevo matrimonio y sus hijos permanecían vinculados o por lo menos muy cercanos. Era por lo tanto juzgado prudente dejar la elección del cónyuge a la sabiduría de jefe de familia, al cual se le suponía un discernimiento más fino y más vasto de lo que era el bien común familiar.

José Antonio Ureta

 

Sr. Presidente del Gobierno

Pida perdón y rectifique, que es lo mejor que sabe hacer Vd y su gobierno.

      Palacio de la Moncloa

     He decidido dirigirme a Vd, ante el cúmulo de acontecimientos disparatados  que hoy padecemos millones de españoles desde su acción de gobierno y creo que es  esta vía epistolar, la más adecuada para manifestarle mi estupor y desasosiego por el último episodio que ha protagonizado en la Cumbre de la OTAN y que ha dañado profundamente  la credibilidad, la dignidad y el prestigio de nuestra querida y maltratada España.

      Si en el plano nacional la gestión de asuntos tan graves como  la pandemia, Cataluña o la crisis económica está provocando un profundo malestar y rechazo que ya se ha reflejado en las elecciones a la Comunidad de Madrid, en el internacional la mayoría de españoles hemos sentido auténtico bochorno por los últimos incidentes con Marruecos y en especial el último “paseíllo planetario” que Vd ha protagonizado con el primer mandatario  de los EEUU Joe Biden  en la citada Cumbre.

Con ser esto muy nocivo para nuestros intereses comunes con EEUU, por la visible indiferencia que hacia su persona ha demostrado tener la presidencia del país más poderoso del mundo, lo más estremecedor ha sido la posterior rueda de prensa en la que, con impávida frialdad, nos ha contado un cuento a todos los españoles inventándose una conversación imaginaria de treinta segundos como si se tratara de una reunión formal entre dos mandatarios internacionales.

No nos engañe ni mienta más. Los españoles no nos merecemos este trato tan desaprensivo ni este desprecio hacia nuestra inteligencia. Los españoles somos además un pueblo orgulloso, capaz de las gestas más relevantes y gloriosas que nuestra historia ha refrendado a lo largo de los siglos, pero hay algo que no perdonamos que es la humillación y Vd, Sr. Presidente, nos ha humillado y entristecido como pueblo. Pida perdón y rectifique, que es lo mejor que sabe hacer Vd y su gobierno,  porque la mayoría de españoles desearíamos no indultarle en las urnas y eso por ahora, desgraciadamente no parece posible.

Atentamente.

Jorge Hernández Mollar

 

EL MIEDO SE ESFUMO.

Autora: EL MIEDO SE ESFUMO.

Cuando dejas de controlar tu emoción, esta se esfuma - La Mente es  Maravillosa

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

Poeta Mexicana.

 

Resurgí como el ave moribunda

que siente que la vida se le escapa

y en un esfuerzo firme…sobrehumano,

emprendí mi ascensión suave…profunda.

 

Sacudí con vigor las alas rotas

y me hundí en el Océano de aguas vivas

donde curé mis múltiples heridas

y escuché del amor las dulces notas.

 

El miedo se esfumó…volví a la vida

y aquellos que algún día me lastimaron

no tendrán ya cabida en mi camino

ni sus rencores abrirán mi herida.

 

Quedéme en  paz, en oración devota

prometiendo ante el Sol que me ilumina

jamás retroceder ante el destino

ni volver a sentir el alma rota.

 

Derechos Reservados.

 

 

MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

Cristo, el mejor amigo

La liturgia de la palabra de Dios recogida en los versículos y textos de los Evangelios de la Santa Misa de estos días ponen el énfasis en nuestra condición de “amigos de Dios

No se trata de una amistad como cualquier otra, porque “ya no os llamo siervos, sino amigos pues todo lo que he recibido de mi Padre os lo he dado a conocer”, es decir, que Jesucristo se nos da a conocer en toda su plenitud, pues todo lo ha recibido de Dios Padre.

Eso sí que es un ofrecimiento de amistad profunda e incluso no se conforma con darse a conocer totalmente a sus amigos, sino que además va hasta el extremo, pues da su vida por cada uno y “nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos”.

Cristo, siendo Dios y Hombre perfectísimo, toma la iniciativa para nuestra amistad y nos la ofrece porque la desea. Por eso nos dice San Juan, el discípulo que se sentía amado por Jesús más que ningún otro, que es Dios quien nos ha amado primero

Pero una verdadera y buena amistad se caracteriza siempre por la mutua correspondencia.

Vale la pena, por tanto, darle a conocer también todo nuestro ser y nuestras vidas, nuestros valores y nuestras limitaciones y errores, nuestras alegrías y nuestras penas y dolores, lo grande y lo pequeño, lo valioso y lo ordinario de cada día.

Dice un conocido dicho popular que “los amigos de mis amigos son mis amigos”, por eso nos pide que nos amemos unos a otros como Él nos ha amad    

Vale la pena si hiciera falta dar la vida por Él, pues no encontraremos jamás mejor amigo 

Suso do Madrid

                      

Una llamada a la unidad

En la festividad de Pentecostés, hace tres semanas, el Papa Francisco hacía una llamada a la unidad, también dentro de la Iglesia, ante aquellos que buscan la división y alejarse los unos de los otros.

El Espíritu cambia el corazón, ensancha la mirada de los discípulos, los hace capaces de comunicar a todos las grandes obras de Dios, sin límites, superando los confines culturales y religiosos en los que estaban acostumbrados a pensar y vivir. Los capacita para llegar a los demás respetando sus posibilidades de escucha y comprensión, en la cultura y el idioma de cada uno. El espíritu pone, en definitiva, en comunicación personas diferentes, realizando a un tiempo la unidad y universalidad de la Iglesia.

Jesús Martínez Madrid

 

Anuncian retiro de EE.UU. de declaración pro-vida

 

El gobierno de Biden envió una carta a los embajadores de la ONU anunciando la retirada de Estados Unidos de una declaración histórica a favor de la vida iniciada por la administración Trump y copatrocinada por países que representan a regiones de todo el mundo.

 

En la carta el gobierno de Biden dijo que "tiene el honor de informar que Estados Unidos ha rescindido su copatrocinamiento y respaldo a la Declaración del Consenso de Ginebra". Fue enviado a los 34 signatarios de la declaración ante la Comisión de las Naciones Unidas sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer.

 

"El otoño pasado su país firmó la Declaración del Consenso de Ginebra, una iniciativa de los Estados Unidos que se ocupa de la salud de las mujeres, el aborto y la familia".

 

"Al revisar la Declaración, tenemos reservas de que los aspectos del documento no son consistentes con las políticas de nuestra Administración actual, incluidas las relacionadas con la salud de las mujeres, la igualdad LGBTQI y la igualdad de género".

 

"En consecuencia, los Estados Unidos suspenden nuestra participación en la Declaración del Consenso de Ginebra".

 

La carta cita el memorándum presidencial firmado por el presidente Biden el 28 de enero de 2021 que ordenó a los Secretarios de Estado y salud y servicios humanos "retirar el copatrocinamiento y la firma de la Declaración del Consenso de Ginebra" y "notificar a otros copatrocinadores y signatarios de la Declaración y otras partes de la retirada de los Estados Unidos".

 

José Morales Martín

 

Los políticos peores que las sanguijuelas 

 

                                La sanguijuela cumple con la vida que “la Creación le dio” y no puede ser otra cosa que lo que es, pero aun así corre el riesgo de ser matada, por “el chupado”, que también y si puede, “defiende su sangre”, de la que la sanguijuela chupará incansable pero hasta cierto punto, puesto que llegado éste se desprende de su víctima y “sigue el camino que sea”. El político es peor que la sanguijuela (y sálvese el que pueda) puesto que llegado “al cargo que pretendió”, “chupará de él la sangre del contribuyente al máximo que pueda” y “cesado o echado de éste, procurará entrar en nuevos cuerpos, donde seguirá chupando, y si puede, seguirá así, hasta que la vida se lo lleve. Veamos el porqué de éste preámbulo y leamos parte de lo publicado.

 

PUBLICADO el 29 y 30/05/2021 (Vozpópuli): “Como consecuencia de la pandemia, y también de la desaceleración de la economía y del empleo que ya se venía advirtiendo, España sufrió en 2020 la mayor caída de la masa salarial de la historia. Algo similar sucedió con las rentas de las empresas. Se trata de la factura más elevada en tan corto periodo de tiempo. Según los datos de la Contabilidad Nacional, mientras las remuneraciones salariales totales (sueldos más cotizaciones a la Seguridad Social) bajaron en 31.000 millones de euros respecto al año anterior (-5,4% cuando en 2019 subían a un ritmo del 4,5%), el excedente bruto de explotación y la renta mixta de las empresas y autónomos (beneficios brutos una vez compensado el factor trabajo y antes de impuestos, proveedores, suministros e inversión) se contrajeron en 66.000 millones (-12,5%) cuando hace un año crecían a un ritmo del 1,2%. El Gobierno dispara a niveles récord el gasto en asesores elegidos a dedo - El ‘pensionazo’ de Artur Mas: el expresident empieza a cobrar 7.662 euros al mes

Treinta expolíticos ganan 8,5 millones 'colocados' en empresas del Estado Al menos seis exministros y más de 20 antiguos representantes políticos o altos cargos se sientan en los consejos de administración de compañías como Indra, Enagás o Red Eléctrica, entre otras. El polémico nombramiento de Marc Murtra como presidente no ejecutivo de Indra ha vuelto a poner sobre la mesa el debate de las llamadas puertas giratorias y la presencia de expolíticos en los consejos de administración de empresas participadas por el Estado. El que fuera jefe de gabinete del socialista Joan Clos en el Ministerio de Industria, que percibirá una remuneración de 550.000 euros anuales, es el último en aterrizar en el consejo de una gran empresa tras pasar la política, pero no el único. Al menos una treintena de exaltos cargos o políticos, incluidos seis exministros del PSOE y el PP, se encuentran actualmente en los consejos de administración de empresas participadas por el Estado y entre todos se embolsaron por ello el año pasado alrededor de 8,5 millones de euros, según la información proporcionada por las compañías a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y al Consejo de Transparencia y recopilada por Vozpópuli”.

                                Notemos que se refieren a miembros de los dos partidos que únicamente han gobernado (“mejor mangoneado”) a escala nacional, por tanto son los culpables “en la parte que sea”, de la ruina o quiebra total de la España de hoy; puesto que los demás partidos, han hecho lo que han podido practicando “igual chupancia nacional”, pero en el ámbito más o menos amplio en que han podido; y desde el autonómico al municipal, pues en esto de “chupar del contribuyente”, en España, son maestros y muy destacados; puesto que hay “para dar y tomar”, leyendo sólo lo que se ha publicado, e imaginando lo que no sabemos ni vamos a saber jamás.

                                Y no, no sólo es de ahora; puesto que desde que empezara lo que pomposamente se ha denominado “La Transición” (que no ha terminado puesto que algunos canallas, nos han instalado de nuevo, todos los fantasmas y miserias, que llevaron a aquellos desgraciados de entones, a la terrible guerra civil, de 1936/1939 hasta el 1963, año que la doy por terminada, puesto que es en el que fusilan, al último de los represaliados por “causas de parte”; y que en vida se llamó, Julián Grimau) hasta hoy, ese cierre histórico; hay mucho canalla que mete venenos, para que no se cierren aquellas heridas, que ya “apestan por lo viejas” y que debieran ser lo que alguna vez será, o sea, “más mierda y vergüenzas para la historia de esta desgraciada España”.

                                ¿De qué se han preocupado los políticos de “la nueva era” y en la que tantas mentiras dijeron sobre un progreso que no ha llegado aún? Está claro, puesto que en general (y sálvese el que pueda) se han preocupado de su vida y comodidades máximas; máximos sueldos, máximas jubilaciones, y todo lo demás que han podido asignarse, por “leyes del embudo” y abusivas por demás; destacando en ellas, las pagas vitalicias, de los “presidentes”, que iniciara, el sinvergüenza de Felipe González Márquez,aprovechándose de cuando gobernó España con mayorías absolutas, instaurando el retiro “principesco” de que hoy goza, junto a los demás, y alguna viuda de alguno que ya muriera “en el disfrute”; disfrute que luego se han colocado, los “presidentillos menores y no sé cuantos más”, como arriba se indica, de Arturo Más, cuya historia de corrupciones es notable, al igual de los que tantos habrá y hay, que igualmente seguirán cobrando, lo que ningún trabajador hemos cobrado ni cobraremos jamás.

                                O sea y terminando, que “la sucia y corrompida política que se padece hoy en esta mierda de mundo mundial”, es en general, una interminable, serie de “bandas de mercenarios”, que como han ido siempre “estas tropas”, fueron y van a por el botín máximo que puedan conseguir; todo lo demás es mentira;y por cuanto sucede; esto seguirá así o peor hasta grados que no sabemos; y lo terrible es, que “ni las revoluciones, con sus horcas, guillotinas o fusilamientos, nunca solucionaron la convivencia necesaria para que la humanidad pueda vivir en paz y decentemente”: Amén.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes