Las Noticias de hoy 3 Junio 2021

Enviado por adminideas el Jue, 03/06/2021 - 12:21

Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos  dejar de ayudar a nuestros vecinos porque en ellos servimos a Jesús - Santa  Rosa de … |

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 03 de junio de 2021   

Indice:

ROME REPORTS

El Papa en la catequesis: debemos ser conscientes de que Jesús reza por nosotros

En junio, el Papa invita a contemplar la belleza del matrimonio

El Papa reforma sanciones penales en la Iglesia: no hay misericordia sin corrección

EL PRIMER MANDAMIENTO : Francisco Fernandez Carbajal

Solemnidad del Corpus Christi

Evangelio del jueves: amar a Dios y a los hombres

«Debemos recordar siempre esto: Jesús está rezando por mí»

“El fuerte sufre, pero resiste” : San Josemaria

Esa corriente trinitaria de Amor : Giulio Maspero

Los demás son nuestros (II) : Diego Zalbidea

Retiro de junio #DesdeCasa (2021)

La belleza del matrimonio

Como penitencia, un padrenuestro, dos avemarías... “¿Y nada más?”

De Estados Unidos a Europa: los católicos en medio de la guerra cultural : Salvador Bernal

Reflexiones acerca de la eutanasia.   : Jose Luis Velayos

“La loca de la casa”. ¿Nos distraemos? : José Martínez Colín.

Volver a casa después del trabajo: ahí está nuestra misión : Isis Barajas

Rendición de cuentas: Jesús Domingo Martínez

Deportación de inmigrantes : Domingo Martínez Madrid

La dimensión social de la Iglesia : JD Mez Madrid

Sin natalidad no hay futuro : JD Mez Madrid

De reyes, príncipes y princesas : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

El Papa en la catequesis: debemos ser conscientes de que Jesús reza por nosotros

"Sostenidas en la oración de Jesús, nuestras tímidas oraciones se apoyan en alas de águila y se elevan al cielo": lo aseguró el Santo Padre en la Audiencia General del miércoles 2 de junio, en su catequesis dedicada a la oración. Francisco exhortó a no olvidar que Jesús reza por nosotros al Padre, "aún en el momento de la prueba y en el momento del pecado". Debemos "ser conscientes", pidió el Santo Padre, de que "Jesús reza" por nosotros.

Nunca dejar de confiar en Jesús, porque Él reza por nosotros ante el Padre: lo aseguró el Papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 2 de junio, presidida en el Patio de San Dámaso del Vaticano. En su catequesis dedicada a la oración, precedida por la Lectura del Evangelio de San Lucas, (22,28-29) se refirió a la importancia de la oración en la vida de Jesús y en su relación con los discípulos. 

Jesús siempre dispuesto a esperar la conversión del discípulo

Haciendo presente que eligió a sus discípulos tras una noche de oración y diálogo con el Padre, a pesar de los errores y las caídas que ellos mostrarían en el futuro, el Santo Padre puso en evidencia cómo Él esperó "con paciencia" su conversión rogando a Dios por ellos, para que permanezcan a su lado en las pruebas y no pierdan la fe. Esto porque el Maestro,  incluso en sus errores y caídas, “así como los recibió del Padre tras Su oración, así los lleva en Su corazón”.

Es impresionante saber que, en el momento del desfallecimiento, el amor de Jesús no cesa. “Pero Padre, si estoy en pecado mortal, ¿el amor de Jesús sigue ahí? – Sí - ¿Y Jesús sigue rezando por mí? - Sí - Pero si he hecho cosas feas y cometido muchos pecados... ¿Jesús sigue amándome? – Sí”. El amor de Jesús, la oración de Jesús por cada uno de nosotros, no cesa, no se detiene, al contrario, se hace más intensa y nosotros estamos en el centro de su oración. Esto debemos tenerlo siempre presente: Jesús está rezando por mí, está rezando ahora ante el Padre y le está mostrando las heridas que lleva consigo, para hacer ver al Padre el precio de nuestra salvación. Es el amor que nutre por nosotros.

Rezar intensamente, Jesús no nos abandona

Como escribimos, Jesús espera “con paciencia” la conversión de los discípulos y “ruega” por ellos al Padre, “para que permanezcan a su lado en las pruebas y no pierdan la fe”. Lo hace, recordó el Papa, “en un momento crucial de su camino”, es decir, en la verificación de su fe, cuando les dice: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Haciendo presente cómo “las grandes decisiones" de la misión de Jesús están siempre precedidas por la oración "intensa y prolongada”, y no por una oración pasajera, afirmó que Él es el "modelo perfecto de la persona que ora", pero que además "quiere que aprendamos a orar como Él", enseñándonos "con sus palabras y su ejemplo". 

 

02/06/2021Audiencia General del 2 de junio 2021

Siguiendo con el repaso del Evangelio, el Santo Padre señaló que, aunque "la verificación de la fe" de los discípulos parecía ser una meta, fue un punto de partida renovado para ellos, porque, a partir de entonces, fue como si Jesús "subiera de un tono en su misión", hablándoles abiertamente de su pasión, muerte y resurrección. Y en esta perspectiva de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesucristo, “que suscita instintivamente repulsión, tanto en los discípulos como en nosotros que leemos el Evangelio”, es cuando la oración “es la única fuente de luz y fuerza”. De ahí que, según el Sumo Pontífice, sea necesario "rezar más intensamente, cada vez que el camino se hace cuesta arriba”. 

Jesús nos asegura que, aún cuando sintamos que nuestras oraciones parezcan vanas o ineficaces, Él no nos abandona, está siempre a nuestro lado. Reza en nosotros y con nosotros. Intercede a nuestro favor, nos alienta a que perseveremos en la oración, sobre todo en los momentos más difíciles de nuestro camino, porque Su oración es la que hace que nuestras humildes peticiones sean eficaces y lleguen al cielo.   

En la manifestación anticipada ante Pedro, Santiago y Juan de la gloria del Señor, que tuvo lugar en la oración (cfr. Lc 9,28-31) surge una “Palabra clara” para los discípulos, a saber, la voz del Padre que les dice: "Este es mi Hijo amado; escúchenlo". Por eso Francisco recalcó que "de la oración surge la invitación a escuchar a Jesús".

Seamos conscientes, Jesús reza al Padre por nosotros

El Obispo de Roma finalizó su catequesis pidiendo hacer un ejercicio de memoria: recordar que “Jesús reza” por nosotros.                                                                                                                 

Jesús no sólo quiere que recemos como Él reza, sino que nos asegura que, aunque nuestros intentos de oración fuesen completamente vanos e ineficaces, siempre podemos contar con su oración. Debemos ser conscientes - exhortó - : Jesús reza por mí.

No olvidemos que lo que nos sostiene a cada uno en la vida es la oración de Jesús por cada uno de nosotros con nombre, apellido, ante el Padre, mostrándole las llagas que son el precio de nuestra salvación. 

“Aunque nuestras oraciones fueran sólo balbuceos, si estuvieran comprometidas por una fe vacilante, nunca debemos dejar de confiar en Él: yo no sé cómo rezar, pero Él reza por mí.”

En el saludar a los fieles de lengua española, invitó a pedir al Señor en este mes de junio dedicado al Corazón de Jesús, y también en vísperas celebrar la Solemnidad del Corpus Christi, que nos conceda tener un corazón orante, lleno de confianza y audacia filial, así también como la gracia de permanecer siempre unidos a Él y también unidos entre nosotros por la participación en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. 

 

En junio, el Papa invita a contemplar la belleza del matrimonio

El Santo Padre dedica su intención de oración del mes de junio a la belleza del matrimonio, un viaje comprometido de toda la vida en el que “la esposa y el esposo no están solos; los acompaña Jesús”. En el video Francisco invita a rezar “por los jóvenes que se preparan para el matrimonio con el apoyo de una comunidad cristiana”: para que “crezcan en el amor con generosidad, fidelidad y paciencia”

Vatican News

El Santo Padre muestra la belleza del matrimonio: “Casarse y compartir la vida es algo hermoso”. Así lo afirma en el mensaje contenido en El Video del Papa de mes de junio, publicado hoy con la intención de oración que el Francisco confía a toda la Iglesia a través de la Red Mundial de Oración del Papa. El video de este mes inicia con una pregunta: “¿Es cierto eso que dicen algunos, que los jóvenes no quieren casarse, especialmente en estos tiempos tan duros?”.

Casarse es un viaje comprometido

El Santo Padre afirma que: “Casarse y compartir la vida es algo hermoso. Es un viaje comprometido, a veces difícil, a veces complicado, pero vale la pena animarse. Y en este viaje de toda la vida, la esposa y el esposo no están solos; los acompaña Jesús”.

“El matrimonio no es sólo un acto ‘social’; es una vocación que nace del corazón, es una decisión consciente para toda la vida que necesita una preparación específica”

Después de pedir que no se olvide nunca este concepto porque “Dios tiene un sueño para nosotros, el amor, y nos pide que lo hagamos nuestro”.

Hagamos nuestro el amor que es el sueño de Dios

Y pide que “recemos por los jóvenes que se preparan para el matrimonio con el apoyo de una comunidad cristiana”:

“Para que crezcan en el amor, que crezcan en el amor con generosidad, fidelidad y paciencia. Porque para amar hace falta mucha paciencia. Pero vale la pena, ¿eh?”

Tendencias mundiales del matrimonio

Cabe destacar que la tasa de matrimonios, según algunos datos, viene bajando notablemente desde 1972. Por ejemplo, en países como Estados Unidos, ha llegado a los puntos más bajos desde que se tienen registros. En muchos países, además, el descenso de las tasas de matrimonio ha ido acompañado de un aumento de la edad a la que se contrae matrimonio (el promedio en Suecia, por ejemplo, hoy se acerca a los 34 años). Y en cuanto a las familias, no sólo se observa que la proporción de hijos nacidos fuera del matrimonio ha aumentado considerablemente en casi todos los países de la OCDE, sino que se ha multiplicado el número de divorcios, que en unos países afectan a más de la mitad de los matrimonios. Además, el confinamiento por la pandemia, en muchos casos, supuso tensión y conflictos familiares y ha hecho de la convivencia una tarea más ardua de lo acostumbrado.

Año especial dedicado a la familia

El Video del Papa de este mes de junio sobre el matrimonio llega en un momento muy oportuno. En la fiesta de la Sagrada Familia del año pasado, Francisco había convocado un Año especial dedicado a la familia, y éste acaba de comenzar el pasado 19 de marzo con el lema: “El amor familiar: vocación y camino de santidad”. Se trata de una convocatoria que coincide con el quinto aniversario de la encíclica Amoris laetitia y con el tercero de la exhortación apostólica Gaudete et exsultate, lo cual enmarca la intención de este mes en la vocación al amor que cada persona tiene desde el lugar que ocupa dentro de su hogar. Además, acompaña a otro importante acontecimiento: el año de San José, que durará hasta el próximo 8 de diciembre.

Preparación específica al matrimonio

“Preparar a los jóvenes y a los novios a una verdadera y propia vocación, y no sólo a la celebración de una boda, es una prioridad”. Así lo comentó la subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, la profesora Gabriella Gambino. Quien añadió:

“Recomenzar desde el significado del Bautismo para llegar a comprender la presencia de Cristo en la vida cotidiana de los novios, primero, y de los esposos, después, es indispensable para infundir en los jóvenes la certeza de que su propio proyecto familiar es la respuesta a una llamada y que este proyecto es posible”

Y en “una sociedad secularizada que ya no cree en el matrimonio, concluye, es fundamental proclamar la fuerza y el poder del sacramento como vocación, para mostrar que las relaciones familiares pueden tener un valor salvífico para las personas y ser un camino de santidad. Se trata de llevar concretamente a Cristo a la vida de las familias”.

Comentario del Padre Frédéric Fornos

Por su parte, el Padre Frédéric Fornos, Director Internacional de la Red Mundial de Oración del Papa, observó que, “el Papa destaca en esta intención de oración la belleza del matrimonio y manifiesta el deseo de que los jóvenes que se preparan para el sacramento cuenten con ‘el apoyo de una comunidad cristiana’. Pues el matrimonio es una vocación, una respuesta a la llamada del Señor, o sea que la decisión de casarse y de crear una familia es fruto del discernimiento. Dejarse llevar por el sueño que Dios tiene para nosotros, el amor, pide apoyo y acompañamiento de la comunidad”. Y como dice Francisco a los jóvenes que se preparan al matrimonio:

“‘Para amar hace falta mucha paciencia’, pero en este viaje de toda la vida, Jesús, rostro del amor del Padre, los acompaña. Hagamos nuestro ese sueño de Dios para crecer en el amor y apostar al viaje comprometido del matrimonio y la familia en este año especial de San José”

 

 

El Papa reforma sanciones penales en la Iglesia: no hay misericordia sin corrección

Con la Constitución Apostólica “Pascite Gregem Dei”, el Papa Francisco reforma el Libro VI del Código de Derecho Canónico. Un trabajo de revisión iniciado con Benedicto XVI. Serán sancionadas nuevas figuras delictivas. El nuevo texto es un ágil instrumento correctivo, para ser usado a tiempo, “a fin de prevenir males mayores y de sanar las heridas causadas por la debilidad humana”.

 

Ciudad del Vaticano

“Apacentad la grey de Dios, gobernando no a la fuerza, sino de buena gana, según Dios” (cfr. 1 Pt 5, 2). Inicia con estas palabras del Apóstol Pedro la Constitución Apostólica "Pascite Gregem Dei" con la cual el Papa Francisco reforma el Libro VI del Código de Derecho Canónico sobre las sanciones penales en la Iglesia. La modificación entrará en vigor a partir del próximo 8 de diciembre.

“Para responder adecuadamente a las exigencias de la Iglesia en todo el mundo – explica el Papa Francisco – resultaba evidente la necesidad de revisar también la disciplina penal promulgada por San Juan Pablo II, el 25 de enero de 1983, con el Código de Derecho Canónico. Era necesario modificarla de modo que permitiera su empleo a los Pastores como ágil instrumento saludable y correctivo, y que pudiese ser usado a tiempo y con caridad pastoral, a fin de prevenir males mayores y de sanar las heridas causadas por la debilidad humana”.

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El Papa recuerda que Benedicto XVI puso en marcha esta revisión en 2007, comprometiendo "con espíritu de colegialidad y de colaboración" a expertos en Derecho Canónico de todo el mundo, a las Conferencias Episcopales, a los Superiores Mayores de los institutos religiosos y a los Dicasterios de la Curia Romana. Un trabajo intenso y complejo, transmitido al Pontífice en febrero de 2020.

Francisco observa que la Iglesia, a lo largo de los siglos, se ha dado reglas de conducta "que hacen al Pueblo de Dios unido y de cuya observancia son responsables los Obispos" y subraya que "la caridad y la misericordia exigen que un Padre se comprometa también a enderezar lo que a veces se torce".

Se trata de una tarea – explica – "que se debe ejercer como una concreta e irrenunciable exigencia de caridad no sólo en relación a la Iglesia, la comunidad cristiana y las eventuales víctimas, sino también hacia quien ha cometido un delito, que tiene necesidad, al mismo tiempo, de la misericordia y de la corrección de la Iglesia". En el pasado, ha causado mucho daño la falta de comprensión de la relación íntima existente en la Iglesia entre el ejercicio de la caridad y el recurso – cuando las circunstancias y la justicia lo requieren – a la disciplina sancionatoria". Un modo de pensar que ha dificultado la corrección, "creando en muchos casos escándalo y confusión entre los fieles". Así, "la negligencia de un Pastor al recurrir al sistema penal pone de manifiesto que no está cumpliendo su función de forma correcta y fiel". En efecto, "la caridad exige que los Pastores recurran al sistema penal cuantas veces sea necesario, teniendo en cuenta los tres fines que lo hacen necesario en la comunidad eclesial, es decir, el restablecimiento de las exigencias de la justicia, la enmienda del imputado y la reparación de los escándalos".

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“El nuevo texto – afirma el Papa – introduce cambios de diversa índole en el derecho vigente y sanciona algunas nuevas figuras delictivas”. También se ha mejorado "desde el punto de vista técnico, especialmente en lo que se refiere a aspectos fundamentales del derecho penal, como el derecho de defensa, la prescripción de la acción penal, una determinación más precisa de las penas" ofreciendo "criterios objetivos en la identificación de la pena más adecuada a aplicar en el caso concreto", reduciendo la discrecionalidad de la autoridad, para favorecer la unidad eclesial en la aplicación de las penas, "especialmente para los delitos que causan mayor daño y escándalo en la comunidad".

La Constitución Apostólica está fechada el 23 de mayo de 2021, Solemnidad de Pentecostés.

 

EL PRIMER MANDAMIENTO

— Adorar al único Dios. La idolatría moderna.

— Razones para amar a Dios. Algunas faltas y pecados contra el primer mandamiento.

— El primer mandamiento abarca todos los aspectos de nuestra vida. Manifestaciones del amor a Dios.

I. El Evangelio de la Misa narra la pregunta de un escriba, quien, lleno de buena voluntad, quiere saber cuál de los preceptos de la ley es el esencial, el más importante1. Jesús ratifica lo que ya había expresado con claridad la Antigua Ley: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El escriba se identifica plenamente con la enseñanza de Jesús, y a continuación repite despacio las palabras que acaba de oír. El Señor tiene para él una palabra cariñosa que incita a la definitiva conversión: No estás lejos del Reino de Dios.

Este mandamiento, en el que se resumen toda la Ley y los Profetas, comienza por la afirmación de la existencia de un único Dios, y así ha sido recogido en el Credo: credo in unum Deum. Es una verdad conocida por la luz natural de la razón, y el pueblo elegido sabía bien que todos los dioses paganos eran falsos; y, sin embargo, los ídolos fueron para ellos una tentación constante, y una causa frecuente de su alejamiento del Dios verdadero, el que les sacó de la tierra de Egipto. Los Profetas se sentirán impulsados a recordarles la falsedad de aquellas deidades que conocían al ponerse en contacto con naciones cuyo poder y cultura, muy superior a la de ellos, les atraía y deslumbraba. Se trataba de pueblos más ricos, materialmente más avanzados, pero sumidos en la oscuridad de la superstición, de la ignorancia y del error. Con frecuencia, el pueblo elegido no supo apreciar la riqueza incomparable de la revelación, el tesoro de la fe. Dejaron la única Fuente de las aguas vivas para ir a cisternas rotas y agrietadas que ni tenían agua, ni capacidad para retenerla2.

Los antiguos paganos, hombres civilizados para la época en que vivieron, se inventaron ídolos a los que adoraban de formas diversas. Muchos hombres civilizados de nuestros días, nuevos paganos, levantan ídolos mejor construidos y más refinados: parece producirse en nuestros días una verdadera adoración e idolatría3 por todo aquello que se presenta bajo capa de «progreso» o que proporciona más bienestar material, más placer, más comodidad..., con un olvido prácticamente completo de su ser espiritual y de su salvación eterna. Son actuales aquellas palabras de San Pablo en la Carta a los Filipenses: su Dios es el vientre, y su gloria la propia vergüenza, pues ponen el corazón en las cosas terrenas4. Es la idolatría moderna, a la que se ven tentados también muchos cristianos, olvidando el inmenso tesoro de su fe, la riqueza del amor a Dios.

El primer mandamiento del Decálogo se lesiona cuando se prefieren otras cosas a Dios, aunque sean buenas, pues entonces se las está amando desordenadamente. En estos casos, el hombre pervierte la ordenación de las criaturas, usando de ellas para un fin opuesto o distinto de aquel para el que fueron creadas. Al romper el orden divino que el Decálogo nos señala, el hombre ya no encuentra a Dios en la creación; fabrica entonces su propio dios, detrás del cual radicalmente se esconde en su propio egoísmo y soberbia. Más aún, el hombre intenta neciamente colocarse en lugar de Dios, erigirse a sí mismo como fuente de lo que está bien y de lo que está mal, cayendo en la tentación que el demonio puso a nuestros primeros padres: seréis como dioses si no obedecéis los mandatos de Dios5. De aquí la necesidad –porque la tentación es real para cada hombre, para cada mujer– de preguntarnos muchas veces, y lo hacemos hoy en nuestra oración, si verdaderamente Dios es lo primero en nuestra vida, lo más importante, el Sumo Bien, que orienta nuestra conducta y nuestras decisiones. Y esto lo veremos mejor si examinamos el interés que ponemos en conocerle cada vez mejor, pues nadie ama lo que no conoce; si respetamos el tiempo que destinamos a nuestra formación doctrinal-religiosa...; si vivimos un desprendimiento efectivo de los bienes que poseemos o usamos para que nunca se conviertan en el bien primero... Amarás al Señor tu Dios... y a Él solo adorarás: el empeño en seguir el camino que Él quiere para nosotros –la vocación personal de cada uno– es el modo concreto de vivir ese amor y esa adoración.

II. Son muchas y muy poderosas las razones que nos mueven a amar a Dios: porque Él nos sacó de la nada y Él mismo nos gobierna, nos facilita las cosas necesarias para la vida y el sustento...6. Además, esta deuda que tenemos con Él por el mero hecho de existir, se vio aumentada al elevarnos al orden de la gracia y al redimirnos del poder del pecado por la Muerte y Pasión de su Hijo Unigénito y los incontables beneficios y dones que constantemente recibimos de Él: la dignidad de ser hijos suyos y templos del Espíritu Santo... Sería una tremenda ingratitud, si no le agradeciéramos lo que nos ha dado. Más aún –señala Santo Tomás–, sería como si nos fabricáramos otro Dios, como cuando los hijos de Israel, saliendo de Egipto, se hicieron un ídolo7.

El verdadero amor –el humano, y de modo eminente el amor a Dios– ennoblece y enriquece siempre al hombre, le hace parecerse un poco más a su Creador.

La historia personal de cada hombre pone de manifiesto cómo la dignidad y la felicidad, incluso humana, se logran en el camino del amor a Dios, nunca fuera de él; y cuando la razón última de una vida se cifra en cualquier otro motivo se está expuesto a caer bajo el dominio de las propias pasiones. Se ha dicho con verdad que «el camino del infierno es ya un infierno»; se cumplen aquellas palabras del Profeta Jeremías a quienes se sentían deslumbrados por los ídolos de las naciones vecinas: los dioses ajenos -decía el Profeta- no os concederán descanso8.

Dejar de amar a Dios es entrar por una senda en la que una cesión llama a otra, pues quien ofende al Señor «no se detiene en un pecado, sino, por el contrario, es empujado a consentir en otros: quien comete pecado esclavo es del pecado (Jn 8, 34). Por eso no es nada fácil salir de él, como decía San Gregorio: “el pecado que no se extirpa por la penitencia, por su mismo peso arrastra a otros pecados”»9. El amor a Dios lleva a detestar el pecado, a alejarse –con el auxilio de su gracia, con la lucha ascética– de cualquier ocasión en la que pueda haber ofensa a Dios, a hacer penitencia por las faltas y pecados de la vida pasada.

Debemos hacer con frecuencia actos positivos de amor y de adoración al Señor: llenando de contenido cada genuflexión –signo de adoración– ante el Sagrario, o quizá repitiendo las palabras Adoro te devote, o las que decimos al recitar el Gloria en la Santa Misa: Te alabamos, Te bendecimos, Te adoramos, Te glorificamos, Te damos gracias.

Se falta al amor de Dios cuando no se le da el culto debido, cuando no se ora o se ora mal, en las dudas voluntarias contra la fe, en la lectura de libros, periódicos o revistas que atentan a la fe o a la moral, al dar crédito a supersticiones o a doctrinas –aunque se presenten como científicas– que se oponen a la fe, ambas fruto de la ignorancia; al exponerse o exponer a los hijos, a aquellas personas que tenemos a nuestro cuidado a influencias dañinas para la fe o la moral; al desconfiar de Dios, de su poder o de su bondad... «Y este es el índice para que el alma pueda conocer con claridad si ama a Dios o no, con amor puro. Si le ama, su corazón no se centrará en sí misma, ni estará atenta a conseguir sus gustos y conveniencias. Se dedicará a buscar la honra y gloria de Dios y a darle gusto a Él. Cuanto más tiene corazón para sí misma menos lo tiene para Dios»10. Nosotros queremos tener puesto el corazón en el Señor y en las personas y en las tareas que realizamos por Él y con Él.

III. El amor a Dios no solo se expresa dando a Dios el culto que le es debido, de modo particular en la Santa Misa, sino que debe abarcar todos los aspectos de la vida del hombre, y tiene muchas manifestaciones. Amamos a Dios a través de nuestro trabajo bien hecho, del cumplimiento fiel de nuestros deberes en la familia, en la empresa, en la sociedad; con nuestra mente, con el corazón... con el porte exterior, propio de un hijo de Dios... Este mandamiento exige en primer lugar la adoración, dar gloria a Dios, que no es una actividad más entre otras diversas, sino la finalidad última de todas nuestras acciones, incluso de lo que puede parecer más vulgar: ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios11. Esta actitud fundamental de adoración exige en la práctica hacerlo todo, al menos desear hacerlo, para agradar a Dios: es decir, actuar con rectitud de intención.

El amor a Dios, y el verdadero amor al prójimo, se alimenta en la oración y en los sacramentos, en la lucha constante por superar nuestros defectos, en el empeño por mantenernos en Su presencia a lo largo del día. De modo particular, la Sagrada Eucaristía debe ser la fuente donde se alimente continuamente nuestro amor al Señor. Así podremos decir, con las palabras del Adoro te devote: tibi se cor meum totum subiicit: Te adoro, Señor..., a Ti se somete mi corazón por completo.

Pensemos en qué tenemos puesto el corazón a lo largo del día. Veamos en nuestra oración si tenemos «industrias humanas» para acordarnos mucho del Señor en nuestras jornadas y así amarle y adorarle.

1 Mc 12, 28-34. — 2 Cfr. Jer 2, 13. — 3 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 7. — 4 Flp 3, 19. — 5 Gen 3, 5. — 6 Catecismo Romano, III, 2, n. 6. — 7 Cfr. Santo Tomás, Sobre el doble precepto de la caridad, 1. — 8 Jer 16, 13. — 9 Santo Tomás, loc. cit. — 10 San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 9, 5. — 11 1 Cor 10, 31.

 

 

Solemnidad del Corpus Christi

Textos, vídeos y audios para vivir –este jueves o el domingo, según las disposiciones litúrgicas de cada lugar–, la Solemnidad del Corpus Christi y su Octava.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA

Recursos sobe la Eucaristía para la fiesta del Corpus Christi
Evangelio del Corpus Christi y homilía de san Josemaría
Devoción eucarística
Lecturas para profundizar en el misterio de la Eucaristía
Preguntas y respuestas sobre el Corpus Christi y la Eucaristía
Resúmenes de fe cristiana


Evangelio del Corpus Christi y homilía de san Josemaría

∙ En la fiesta del Corpus Christi: texto y audio de esta homilía de fundador del Opus Dei.

∙ Comentario al Evangelio: “Tomad, esto es mi cuerpo”.

∙ San Josemaría habla sobre la presencia de Cristo vivo en el Pan y el Vino consagrados: “Señor: sé que vives, que estás ahí escondido por Amor”.


Devoción eucarística

∙ Dios escondido en la Eucaristía: rezar con san Josemaría.

∙ El prodigio de la Sagrada Eucaristía: el Beato Álvaro del Portillo detalla las actitudes del alma verdaderamente eucarística.

Jueves santo: institución de la Eucaristía. Meditación breve de Mons. Javier Echevarría.

∙ Oraciones para la adoración eucarística (devocionario móvil).

El himno 'Adoro te devote', compuesto por Sto. Tomás de Aquino.

El himno 'Adoro te devote', compuesto por Sto. Tomás de Aquino.

 


Lecturas para profundizar en el misterio de la Eucaristía

∙ Libro electrónico: «Catequesis del Papa Francisco sobre la Santa Misa» (2018).

∙ Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Papa Francisco, 14 de junio de 2020)

∙ Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia (san Juan Pablo II)

∙ Exhortación apostólica sinodal Sacramentum caritatis (Benedicto XVI, 2007)

∙ Carta de Mons. Javier Echevarría sobre la Eucaristía (2004), en la que desglosa el himno eucarístico Adoro te devote. Disponible en PDF.


Preguntas y respuestas sobre el Corpus Christi y la Eucaristía

∙ ¿Cómo fue la Última Cena?

∙ ¿Por qué la fiesta del Corpus Christi?: Benedicto XVI explica su origen.

∙ ¿Qué es la Eucaristía? Respuesta a algunas de las preguntas más habituales sobre la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.

∙ ¿Cómo recibir bien a Jesús en la Eucaristía? Respuesta a las preguntas más habituales sobre la Sagrada Comunión.


Resúmenes de fe cristiana

∙ Tema 19. La Eucaristía: La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia.

∙ Tema 20. La Eucaristía (2): La Santa Misa es sacrificio en un sentido propio y singular porque re-presenta (= hace presente), en el hoy de la celebración litúrgica de la Iglesia, el único sacrificio de nuestra redención, porque es su memorial y aplica su fruto.

∙ Tema 21. La Eucaristía (3): La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa, como fuera de su celebración.

 

 

Evangelio del jueves: amar a Dios y a los hombres

Comentario del jueves de la 9° semana del tiempo ordinario. “El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos preceptos constituyen el núcleo de la moral cristiana: amar a Dios con todo el corazón y a los demás como a nosotros mismos.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Mc 12,28b-34)

En aquel tiempo, se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó:

— ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?

Jesús respondió:

— El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.

Y le dijo el escriba:

— ¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo:

— No estás lejos del Reino de Dios. Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.


Comentario

En el evangelio de hoy, el Señor responde a un escriba acerca de cuál es el primer mandamiento de la ley de Dios. Y, acto seguido, queriendo mostrar su unidad con el anterior, añade el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v. 31).

Ambos preceptos constituyen el núcleo de la moral cristiana, tan unidos que no pueden disociarse si se quiere alcanzar la plenitud a la que nos llama el Señor. El papa Benedicto explicaba este doble precepto sirviéndose de la imagen de la mirada: «Aprendemos a mirar al otro no sólo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo. Una mirada que parte del corazón y no se queda en la superficie; va más allá de las apariencias y logra percibir las esperanzas más profundas del otro: esperanzas de ser escuchado, de una atención gratuita; en una palabra: de amor. Pero se da también el recorrido inverso: que abriéndome al otro tal como es, saliéndole al encuentro, haciéndome disponible, me abro también a conocer a Dios, a sentir que Él existe y es bueno. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables y se encuentran en relación recíproca»[1].

Precisamente al introducir este precepto de amar a los demás, Jesús nos enseña que el amor que Dios Padre tiene por cada hombre y por cada mujer –y al que estamos invitados a corresponder– no es una cuestión teórica o idealista, sino que está llamado a traducirse en una entrega desinteresada de nosotros mismos hacia Dios y hacia los demás.

Jesús no se queda en las palabras, sino que, a lo largo de toda su vida, vivió esta entrega, esta donación total al Padre y a los hombres, hasta su consumación final en el Calvario, invitándonos a nosotros a imitarle hasta convertirnos en fieles discípulos suyos.

San Josemaría, en una homilía titulada “Con la fuerza del Amor”, así lo recoge: «El anuncio y el ejemplo del Maestro resultan claros, precisos. Ha subrayado con obras su doctrina (…) [Los cristianos] si profesamos esa misma fe, si de verdad ambicionamos pisar en las nítidas huellas que han dejado en la tierra las pisadas de Cristo, no hemos de conformarnos con evitar a los demás los males que no deseamos para nosotros mismos. Esto es mucho, pero es muy poco, cuando comprendemos que la medida de nuestro amor viene definida por el comportamiento de Jesús»[2].

 


[1] Benedicto XVI, Ángelus, 4-XI-2012.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 223.

 

«Debemos recordar siempre esto: Jesús está rezando por mí»

El Papa Francisco exhortó a no olvidar que Jesús reza por nosotros al Padre, "aún en el momento de la prueba y en el momento del pecado". Debemos "ser conscientes", pidió, de que "Jesús reza" por nosotros.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA02/06/2021

Opus Dei - «Debemos recordar siempre esto: Jesús está rezando por mí»

Queridos hermanos y hermanas:

Los Evangelios nos muestran cuánto era fundamental la oración en la relación de Jesús con sus discípulos. Ya se aprecia en la elección de los que luego se convertirían en los apóstoles. Lucas sitúa la elección en un contexto preciso de oración y dice así: «Sucedió que por aquellos días se fue Él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles» (6,12-13).

Jesús los elige después de una noche de oración. Parece que no haya otro criterio en esta elección si no es la oración, el diálogo de Jesús con el Padre. A juzgar por cómo se comportarán después esos hombres, parecería que la elección no fue de las mejores porque todos huyeron, lo dejaron solo antes de la Pasión; pero es precisamente esto, especialmente la presencia de Judas, el futuro traidor, lo que demuestra que esos nombres estaban escritos en el plan de Dios.

La oración en favor de sus amigos reaparece continuamente en la vida de Jesús. A veces los apóstoles se convierten en motivo de preocupación para Él, pero Jesús, así como los recibió del Padre, después de la oración, así los lleva en su corazón, incluso en sus errores, incluso en sus caídas.

En todo ello descubrimos cómo Jesús fue maestro y amigo, siempre dispuesto a esperar pacientemente la conversión del discípulo. El punto culminante de esta paciente espera es la “tela” de amor que Jesús teje en torno a Pedro. En la Última Cena le dice: «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32). Es impresionante saber que, en el tiempo del desfallecimiento, el amor de Jesús no cesa. “Pero Padre, si estoy en pecado mortal, ¿el amor de Jesús sigue ahí? — Sí, ¿y Jesús sigue rezando por mí? — Sí — Pero si he hecho cosas muy malas y muchos pecados, ¿sigue amándome Jesús? — Sí”. El amor y la oración de Jesús por cada uno de nosotros no cesa, es más, se hace más intenso y somos el centro de su oración.

Debemos recordar siempre esto: Jesús está rezando por mí, está rezando ahora ante el Padre y le está mostrando las heridas que trajo consigo, para que el Padre pueda ver el precio de nuestra salvación, es el amor que nos tiene. Y en este momento que uno de nosotros piense: ¿Jesús está rezando ahora por mí? Sí. Es una gran seguridad que debemos tener.

La oración de Jesús vuelve puntualmente en un momento crucial de su camino, el de la verificación de la fe de los discípulos. Escuchemos de nuevo al evangelista Lucas: «Y sucedió que mientras Él estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Ellos respondieron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado” Les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro le contestó en nombre de todos: “El Cristo de Dios”. Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie» (9,18-21).

Las grandes decisiones en la misión de Jesús están siempre precedidas de la oración, pero no de una oración, así, en passant, sino de la oración intensa y prolongada. Siempre en esos momentos hay una oración. Esta prueba de fe parece una meta, pero en cambio es un punto de partida renovado para los discípulos, porque, a partir de entonces, es como si Jesús subiera un tono en su misión, hablándoles abiertamente de su pasión, muerte y resurrección.

En esta perspectiva, que despierta instintivamente la repulsión, tanto en los discípulos como en nosotros que leemos el Evangelio, la oración es la única fuente de luz y fuerza. Es necesario rezar más intensamente, cada vez que el camino se empina.

Y en efecto, tras anunciar a los discípulos lo que le espera en Jerusalén, tiene lugar el episodio de la Transfiguración. Jesús «tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén» (Lc 9,28-31), es decir de su Pasión.

Por tanto, esta manifestación anticipada de la gloria de Jesús tuvo lugar en la oración, mientras el Hijo estaba inmerso en la comunión con el Padre y consentía plenamente en su voluntad de amor, en su plan de salvación. Y de esa oración salió una palabra clara para los tres discípulos implicados: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle» (Lc 9,35). De la oración viene la invitación a escuchar a Jesús, siempre de la oración.

De este rápido recorrido por el Evangelio, deducimos que Jesús no sólo quiere que recemos como Él reza, sino que nos asegura que, aunque nuestros tentativos de oración sean completamente vanos e ineficaces, siempre podemos contar con su oración. Debemos ser conscientes: Jesús reza por mí.

Una vez, un buen obispo me contó que en un momento muy malo de su vida y de una gran prueba, un momento de oscuridad, miró a lo alto de la basílica y vio escrita esta frase: “Yo Pedro rezaré por ti”. Y eso le dio fuerza y consuelo. Y esto sucede cada vez que cada uno de nosotros sabe que Jesús reza por él. Jesús reza por nosotros. Ahora mismo, en este momento. Haced este ejercicio de memoria repitiéndolo. Cuando hay alguna dificultad, cuando estáis en la órbita de las distracciones: Jesús está rezando por mí. Pero, padre ¿eso es verdad? Es verdad, lo dijo Él mismo. No olvidemos que lo que nos sostiene a cada uno de nosotros en la vida es la oración de Jesús por cada uno de nosotros, con nombre, apellido, ante el Padre, enseñándole las heridas que son el precio de nuestra salvación.

Aunque nuestras oraciones fueran solamente balbuceos, si se vieran comprometidas por una fe vacilante, nunca debemos dejar de confiar en Él. Yo no sé rezar, pero Él reza por mí. Sostenidas por la oración de Jesús, nuestras tímidas oraciones se apoyan en alas de águila y suben al cielo. No os olvidéis: Jesús está rezando por mí — ¿Ahora? — Ahora. En el momento de la prueba, en el momento del pecado, incluso en ese momento, Jesús está rezando por mí con tanto amor.


Algunos recursos relacionados con la catequesis del papa Francisco sobre la oración

• Conocerle y conocerte (V): Cómo nos habla Dios.

• ¿Qué es la oración?, ¿cómo se hace?, ¿Dios escucha y responde? (de la serie Preguntas sobre la fe cristiana)

• «Dejé de rezar porque no se cumplía nada de lo que pedía» (Historia de “Regreso a Ítaca”, volver a creer a los 50)

• Catequesis del Papa Francisco sobre el Padre nuestro.

• Serie Conocerle y conocerte sobre la oración.

• Meditación del prelado del Opus Dei sobre la oración (15 min.)

 

“El fuerte sufre, pero resiste”

La fachada es de energía y reciedumbre. –Pero ¡cuánta flojera y falta de voluntad por dentro! –Fomenta la decisión de que tus virtudes no se transformen en disfraz, sino en hábitos que definan tu carácter. (Surco, 777)

3 de junio

El camino del cristiano, el de cualquier hombre, no es fácil. Ciertamente, en determinadas épocas, parece que todo se cumple según nuestras previsiones; pero esto habitualmente dura poco. Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad.

Es fuerte el que persevera en el cumplimiento de lo que entiende que debe hacer, según su conciencia; el que no mide el valor de una tarea exclusivamente por los beneficios que recibe, sino por el servicio que presta a los demás. El fuerte, a veces, sufre, pero resiste; llora quizá, pero se bebe sus lágrimas. Cuando la contradicción arrecia, no se dobla. (Amigos de Dios, 77)

 

Esa corriente trinitaria de Amor

El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, porque revela cómo el Amor es el tejido mismo de la realidad.

LA LUZ DE LA FE15/01/2018

Los cristianos reconocemos el origen de todo lo que existe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Se llega a ser cristiano a través del bautismo en el nombre de las tres Personas divinas. Y todo en nuestra vida está marcado por el signo de la Cruz, «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», según las palabras del propio Jesús (Cfr. Mt 28,19). Pero ¿qué significa esta fe en la Trinidad para nuestra vida? ¿Cómo se traduce en nuestra existencia diaria, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro descanso?

SE LLEGA A SER CRISTIANO A TRAVÉS DEL BAUTISMO EN EL NOMBRE DE LAS TRES PERSONAS DIVINAS; PERO ¿QUÉ SIGNIFICA ESTA FE EN LA TRINIDAD PARA NUESTRA VIDA?

Aunque solo en el cielo comprenderemos hasta qué punto la Trinidad es nuestro verdadero hogar, hasta qué punto nuestra vida «está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), la fe cristiana nos pone ya ahora en camino hacia este Misterio, que contiene la respuesta a todas nuestras preguntas; que nos dice quiénes somos en realidad. El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, transfigura nuestra existencia: lo que, tomado por sí mismo, sería banal o insignificante se ilumina desde dentro. Nos detendremos aquí, de entre los muchos aspectos de la fe en la Trinidad, en dos que están fuertemente entrelazados entre sí: la profundidad del Misterio y el valor divino del amor humano.

El Misterio de los misterios

Desde las primeras generaciones de cristianos, los teólogos, los santos y quienes han vivido una auténtica e intensa experiencia de Dios tienen una predilección especial por su Misterio, el Misterio de la Trinidad (Mysterium Trinitatis). También en la vida diaria se habla con frecuencia de misterio, aunque en el sentido de una realidad de difícil acceso, como saber quién es el criminal en una novela de intriga, o cuál es la solución de una ecuación o de un problema difícil. En todos estos casos el término se refiere a los límites de nuestra capacidad de conocer. En cambio, cuando se habla de Misterio de Dios, la cuestión ya no nos concierne solamente a nosotros, sino sobre todo a Él mismo y a su infinita profundidad. El Misterio de Dios no es insondable porque sea oscuro sino, al contrario, porque es demasiado luminoso: los ojos de nuestra inteligencia se deslumbran al mirarlo, como sucede cuando uno mira hacia el sol en pleno día.

Una piadosa leyenda medieval, representada también en magníficas obras pictóricas, cuenta que un día san Agustín paseaba por la playa, intentando comprender cómo es posible que Dios sea uno y trino, y encontró un niño que con un pequeño cubo vertía el agua del mar en un agujero excavado en la arena, con intención de meter el mar en el agujero. El gran Padre de la Iglesia intentó hacerle ver lo imposible de su pretensión; el chico le respondió que más absurdo aún era intentar comprender el Misterio de la Trinidad. El Misterio de Dios es como la inmensidad del mar, como la luz cegadora del sol. Ante el «océano del amor infinito», la única respuesta verdaderamente razonable es «sumergirse» confiadamente[1], «bucear en ese mar inmenso»[2].

En una de sus catequesis, san Josemaría lo explicaba con una fórmula verdaderamente eficaz, a propósito de cómo hablar sobre Dios: «Y cuando (…) te digan que no entienden la Trinidad y la Unidad, les respondes que tampoco yo la entiendo, pero que la amo y la venero. Si comprendiera las grandezas de Dios, si Dios cupiera en esta pobre cabeza, mi Dios sería muy pequeño..., y, sin embargo, cabe –quiere caber– en mi corazón, cabe en la hondura inmensa de mi alma, que es inmortal»[3]. Un Dios totalmente comprensible no sería misterio, sería poca cosa. En cambio, la paradoja cristiana consiste en el hecho de que, aunque la Trinidad infinita no puede ser comprendida por nuestra inteligencia, a la vez habita en nosotros, en nuestro corazón.

"¡SEÑOR, GRACIAS PORQUE ERES TAN GRANDE QUE NO ME CABES EN LA CABEZA, Y GRACIAS TAMBIÉN PORQUE ME CABES EN EL CORAZÓN!" (SAN JOSEMARÍA)

La dificultad para comprender el Misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no se debe a que sea un absurdo, sino a que es un Misterio de Amor: una comunión de Personas. Nuestro Dios es Misterio porque es Amor: todo en Él es Don perfecto y eterno. Y el mundo creado es expresión de ese Amor. A través del mundo, y de las personas que nos rodean, podemos comprender por qué es necesaria la fe para acceder a esta verdad, que incluso los más grandes filósofos no han podido encontrar sin la Revelación. No se trata de creer en lo absurdo, sino de entrar en la dimensión personal, cosa que solo logramos cuando abrimos el corazón. «¡Señor, gracias porque eres tan grande que no me cabes en la cabeza, y gracias también porque me cabes en el corazón!»[4]

¿Por qué Dios se oculta en su Misterio? En realidad no es que se oculte: incluso entre los seres humanos sucede que la intimidad del alma de otro solo se puede conocer a través de un acto voluntario de revelación de lo que uno tiene en el corazón, como los recuerdos, los sueños, las preocupaciones o los miedos. Aunque desde fuera se pueda intuir algo, para que otro acceda a lo que verdaderamente se encuentra dentro de nosotros es necesaria una “revelación” de nosotros mismos; y es necesario también que quien participa de esa “revelación” logre comprenderla, asimilarla. No nos debe extrañar que el Misterio de Dios nos supere: nuestros ojos deben acostumbrarse poco a poco a su luz. Por eso, si en la vida de cada día es necesario aprender «siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro»[5], ante el Misterio de la Trinidad, la primera actitud a asumir es la de la humildad y el profundo respeto, porque se entra en el espacio de la Libertad y del Don, esa Libertad y Don que son precisamente el origen del Amor, de todo amor.

El Amor de los amores

NUESTRO DIOS ES UNO Y TRINO PRECISAMENTE PORQUE ES AMOR ABSOLUTO, SIN RESERVAS, SIN CONDICIONES: EL AMOR CON EL QUE TODOS SOÑAMOS

«No hay más amor que el Amor», anotaba san Josemaría en 1931[6]. La inmersión en la profundidad del Misterio del Dios uno y trino nos lleva a leer el mundo y la historia a su luz, que es la «luz verdadera» (Jn 1,9): como si pasáramos de intentar descifrar un texto en la penumbra a leerlo a pleno sol, y descubriéramos que no estábamos entendiendo prácticamente nada. «Dios es amor» (1 Jn 4,16) porque es una comunión eterna de tres Personas, que se entregan recíprocamente, sin reservas: tres Personas unidas de modo absoluto y eterno por una relación de don total y libre de Sí. El sentido del mundo y de la existencia de cada hombre reposa en esa libertad auténtica, esa «corriente trinitaria de Amor»[7].

El Padre, en efecto, genera al Hijo dándole todo lo que Él mismo es, y no simplemente algo que posee. La primera Persona divina es Padre con todo su ser, Padre sin límites, de modo que el Hijo generado por Él no solo se le parece, sino que es una sola cosa con Él: es Dios mismo en su eternidad y su infinitud. El Hijo, Imagen perfecta del Padre, se entrega de nuevo a Él, es decir, responde al don que recibe dándose Él mismo totalmente al Padre, como este se le ha entregado. Y el Don que el Padre y el Hijo se intercambian eternamente es el Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad. El Espíritu Santo es el Amor que une a las primeras dos Personas, y es Dios, porque es una sola cosa con ellos. Así, nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor absoluto, porque es Don perfecto, sin reservas, sin condiciones: el Amor con el que todos soñamos.

San Agustín, aunque llegó a darse cuenta de la limitación de nuestros conceptos, lo explicó de un modo que permite asomarse a esta vida íntima de la Trinidad. El amor, escribió en su tratado sobre la Trinidad, implica siempre la presencia de un amante, de un amado y de su amor[8]. Análogamente, para que se pueda hablar de don, debe haber alguien que da, otro que recibe y también aquello mismo que se da: el don, el regalo. Solo con esta tríada hay Amor. Y cuando el Amor o el Don es infinito, y por tanto entra en el espacio del Misterio de Dios, estos tres términos son infinitos y perfectos. De modo que nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor. De este Amor sin límites surge, y hacia él se dirige, «el deseo que todos nosotros tenemos de infinito, la nostalgia que todos nosotros tenemos de lo eterno»[9].

DIOS ES TODO ÉL FELICIDAD QUE QUIERE COMUNICARSE, Y POR ESO HA CREADO TODAS LAS COSAS: PARA INTRODUCIRNOS EN SU ALEGRÍA INFINITA

Uno de los modos en que los cristianos acompañan el Nombre de la Trinidad es beatissima: felicísima. Dios es todo Él felicidad que quiere comunicarse, y por eso ha creado todas las cosas: para introducirnos en su alegría infinita. El mundo en el que vivimos, y la existencia de cada uno, tiene su origen en ese eterno Don recíproco que es la Vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El hombre existe, pues, en la medida en que es amado por las tres Personas divinas. Y por eso su valor es infinito. Desde esta luz, «nos parecen admirables tanto el origen como el fin de la creación, que consisten en el amor. Un amor absolutamente desinteresado, porque Dios no tiene ninguna necesidad de nosotros: somos nosotros quienes tenemos necesidad de Él»[10].

Si el mundo surge del desbordamiento del Amor de las tres Personas divinas, el sentido de la vida de quien cree en la Trinidad es el amor. Y por eso todo verdadero amor remite, en su núcleo más íntimo, a la Trinidad, como ha explicado recientemente el Papa Francisco, retomando las enseñanzas de san Juan Pablo II[11]. Así, la importancia fundamental de la familia para la fe cristiana no está ligada solo a la dimensión moral o a consideraciones sociológicas. La misma relación fecunda de los esposos es imagen que guía en el encuentro con el Misterio de la Trinidad: «el Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente»[12].

El cristiano, pues, sabe que el primer principio de cualquier cosa no es una unidad abstracta o una idea universal, sino una comunión de Personas: una comunión radiante de felicidad. El fondo de la realidad, lo que es más verdadero, se encuentra en las relaciones interpersonales. Qué sea la felicidad es un misterio que se empieza a desvelar precisamente ahí; el sentido de la vida se juega a esa profundidad. La amistad, el servicio de los demás, la fraternidad, el amor en todas sus formas, no son solo palabras bonitas o prácticas positivas sugeridas por un buen corazón. El cultivo cuidadoso de las relaciones interpersonales resulta el acto más realista y eficaz, la mejor inversión posible: porque el fundamento de la realidad es trinitario. El pecado, por contraste, es esencialmente superficial: no ve lo que verdaderamente cuenta, y lleva a inversiones pésimas. El pecado se cierra al otro, lo descarta; supone, en fin, una verdadera miopía existencial, de la que todos necesitamos irnos curando. La revelación de la Trinidad y la fe que se despliega a partir de este Misterio es colirio para nuestros ojos: nos habla de cómo ganar verdaderamente en la vida, y de cómo ganar a todos para la Vida.

EL FONDO DE LA REALIDAD SE ENCUENTRA EN LAS RELACIONES INTERPERSONALES; QUÉ SEA LA FELICIDAD ES UN MISTERIO QUE SE EMPIEZA A DESVELAR PRECISAMENTE AHÍ

La mirada de los santos, que se saben pecadores como todos, se mueve entre el Cielo y la tierra; reconoce que la verdadera realización de sí se encuentra en el amor y en el servicio: ahí se libera el acceso a la realidad más auténtica. Los mismos gestos de afecto, como los abrazos; o los de cortesía, como darse la mano, se hacen eco del amor de la Trinidad, porque significan el deseo o la disponibilidad para ser uno en el otro, como las personas divinas son una en la otra. «El que me ha visto a mí ha visto al Padre», dice Jesús a Felipe (Jn 14,9). Quien ve al Hijo ve al Padre, porque el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre: son todo Amor. Así es la vida de la Trinidad, la vida a la que Dios nos llama: la vida misma del Padre es dar su vida al Hijo; la vida misma del Hijo es agradecer la vida al Padre; el Espíritu Santo es Él mismo esa Vida para el Otro.

Surge así otra dimensión de la contemplación del mundo a la luz de la Trinidad: si el principio de todas las cosas es nuestro Dios, entonces en el origen y en el destino de la realidad se encuentra el Amor del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre. La Escritura nos lo deja entrever en el aletear del Espíritu de Dios sobre las aguas (cfr. Gn 1,2): el Amor de la Trinidad abraza el universo. Y, de un modo más explícito, retomando el relato de la creación a la luz de la encarnación del Verbo, el prólogo del cuarto Evangelio dice que «todo se hizo por Él» (Jn 1,3): en todo se refleja la Filiación de Cristo, y a Él se ordena todo (cfr. Ef 1,10). Las estrellas lejanas, el mar profundo, las montañas más altas o las flores más bellas, todos hablan del don absoluto que el Padre vierte en la generación del Hijo: todo es icono de esta relación eterna de amor. Toda la creación habla de Cristo, como dice la liturgia, parafraseando a san Pablo: «Ahora se cumple el designio del Padre: hacer de Cristo el corazón del mundo»[13].

De aquí nace la posibilidad de contemplar el mundo y la historia, en sus dimensiones más cotidianas y prosaicas, como lugar de encuentro con Dios, como tarea filial confiada al hombre por el Padre, en Cristo. A la luz de la Trinidad el cristiano se puede reconocer como “socio” de Dios, como heredero en Cristo de todas las cosas, colaborando con Él para llevar todo al Padre, con una profunda gratitud por su don: siendo todo él agradecimiento. Este es el corazón de toda Misa, el acto eucarístico más auténtico, a través del cual la creación vuelve a la relación con su origen, a la Trinidad.

María y la Trinidad

San Josemaría confiaba en una ocasión: «Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Están como más asequibles»[14]. El amor de los tres de la Sagrada Familia, sus relaciones de don recíproco, le guiaba en la contemplación de la Trinidad beatísima, remontando el río en búsqueda de la fuente, desde los amores hasta el Amor de los amores.

Santa María es quien mejor ha realizado este retorno a Dios, esta restitución en Cristo del mundo a la Trinidad. La existencia de María es trinitaria; está completamente transfigurada de amor: María recibe su ser, y lo entrega de nuevo al Padre en Cristo gracias al Espíritu Santo, que es el Amor mismo y que la ha cubierto con su sombra (Cfr. Lc 1,35). María es criatura, María es una mujer de Palestina, pero todo en Ella está impregnado del Amor que constituye la relación eterna entre el Padre y el Hijo. Así Ella es Señora de la creación y de la historia: todo se ha confiado a su Corazón inmaculado, porque nadie conoce mejor que ella el mundo, nadie lo transforma mejor que ella, a través de su diálogo íntimo y familiar con cada persona de la Trinidad. Con Ella podemos vivir «en el seno de la Trinidad (…) adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian»[15], que llevan a «hacer de Cristo el corazón del mundo».

Giulio Maspero

 


Lecturas para profundizar

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 232-267.

Juan Pablo II, Audiencias del 19 enero al 26 enero 2000 (En las fuentes y en el estuario de la historia de la salvaciónLa gloria de la Trinidad en la creaciónLa gloria de la Trinidad en la historia)

Benedicto XVI, Angelus 7 abril 2009

Francisco, Angelus 22 mayo 2016

 

Los demás son nuestros (II)

La corrección fraterna es un fruto de la cercanía con la otra persona y supone mirarla con la amplitud con que lo hace Dios.

OTROS01/06/2021

«Llegó entonces a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que le dio Jacob a su hijo José» (Jn 5,5). Ese viaje y ese momento concreto habían sido cuidadosamente planeados por Jesús; quería que en el pozo se pudieran encontrar su sed y la de la mujer samaritana. Se trata de un ambiente propicio para el don, todo allí rezuma sabor a ofrenda: la naturaleza, el pozo, el agua… Sin embargo, Jesús busca el don mayor: quiere la alegría y la paz de un alma elegida desde la eternidad, aunque durante el último tiempo tal vez algo escurridiza al corazón de Dios.

La cercanía es el estilo de Dios

San Josemaría decía que «más que en “dar”, la caridad está en “comprender”»[1], en hacerse cargo de los problemas y dificultades de los demás. Cuando emprendemos esta iniciativa, las personas o sus dificultades no son algo ajeno, sino parte de nosotros mismos. Cristo no escatimó en cálculos de tiempo o de oportunidad para acudir al encuentro con la samaritana. Quien se hace cargo de la otra persona reconoce el don que es cada una, contempla la imagen de Dios que hay en ella, la infinitud de amor con que Jesús la ama. Cada uno es un don para quienes están cerca y descubrirlo es el primer paso para poder ayudarnos mutuamente. Jesús reconoce el don que es la vida de la samaritana y por eso le pide de beber. Tiene sed de su amor.

El Papa, en el hecho de que Jesús, años antes, haya querido ser bautizado como uno más a pesar de no necesitarlo, ve el origen de aquella actitud: Cristo va al encuentro del otro para comprenderlo, para acompañarlo, y no simplemente lo asiste desde afuera. «En el primer día de su ministerio, Jesús nos ofrece su manifiesto programático. Nos dice que él no nos salva desde lo alto, con una decisión soberana, un acto de fuerza o un decreto. No: él nos salva viniendo a nuestro encuentro y tomando consigo nuestros pecados. Así Dios vence el mal del mundo: bajando, haciéndose cargo. Es también la forma en la que nosotros podemos levantar a los otros: no juzgando, no insinuando qué hacer, sino haciéndonos cercanos, com-padeciendo, compartiendo el amor de Dios. La cercanía es el estilo de Dios con nosotros»[2].

Decía el fundador del Opus Dei que «la corrección fraterna es parte de la mirada de Dios, de su Providencia amorosa»[3]. Quien se hace cargo de su hermano no juzga a los demás: procura mirarlos como lo hace Dios y, por eso, todos le parecen un tesoro, trata de custodiarlos como algo precioso. «La corrección fraterna nace del cariño; manifiesta que queremos que los demás sean cada vez más felices»[4]. Esa convicción de buscar su felicidad nos implica en su vida con el máximo respeto a su libertad, porque solo así el amor es verdadero. Ayudar en el camino de santidad de un hermano nuestro tiene más que ver con una paciente y cálida noche en vela, en la que se espera la acción de Dios, que con una fría supervisión. «Supervisar hace referencia más al cuidado de la doctrina y de las costumbres, en cambio velar dice más a cuidar que haya sal y luz en los corazones. Vigilar habla de estar alerta al peligro inminente, velar, en cambio, habla de soportar, con paciencia, los procesos en los que el Señor va gestando la salvación de su pueblo»[5].

Importa el corazón de las personas

«Vosotros, mientras hacéis una corrección fraterna, tenéis que amar los defectos de vuestros hermanos»[6], decía también san Josemaría. Cuidar no es solo curar una pequeña herida, sino fijarse en la persona de manera integral, quererla en el tiempo, proyectada hasta el cielo. En ese sentido, en el corazón del hombre es donde se forjan las buenas o malas acciones en su conjunto (cfr. Mt 15,19): eso es lo que nos interesa de manera particular, más que detalles pequeños que muchas veces pueden ser parte de una manera de ser. Quien desea ayudar no se queda atrapado solo en lo externo, no valora aisladamente un aspecto, sino que mira los sucesos a la luz de ese afán de santidad del otro, quitándose las sandalias porque está en lo más profundo de su alma (cfr. Ex 3,5). Una corrección fraterna expresa, de algún modo, la actitud de quien quiere ayudar a descubrir los dones que Dios quiere regalarnos en las mil y una batallas diarias: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4,10). Toda ayuda debe presentarse así, como una lente para descubrir el regalo que se encierra en cada lucha. En la corrección fraterna debemos ser como quien vela tiernamente la santidad del otro, no como quien vigila el cumplimiento de «ciertos estándares que nos hayamos impuesto como tarea»[7].

Jesús, por ejemplo, no se queda en las cuestiones periféricas de la vida de la samaritana. Va al núcleo del dolor de esa alma predilecta. A través de la conversación, Jesús la ha ido conduciendo hacia aquella verdad que ya no le avergüenza. Por eso vuelve al pueblo y cuenta a todo el mundo cómo se ha sentido liberada: «Me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?» (Jn 4,29).

Jesús nos enseña que la mirada de Dios es integradora. Sabe ascender de lo aparentemente insignificante hasta lo espiritual, grande y relevante. Es paciente, ve todo como parte del conjunto de una vida entera. «En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad (…). Es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros»[8]. Esa mirada no se queda solo en detalles de poca importancia, no los magnifica; más bien se llena de esperanza por horizontes grandes y, de ser el caso, así lo transmite. Sabe que cumple un deseo expreso de Jesús, así que trata de hacerlo como lo haría él: «Vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15).

A través de la corrección fraterna apoyamos a un hermano en sus deseos de santidad concretos y diarios. No es una enmienda a la totalidad, pues Dios está obrando en cada persona, sino precisamente lo contrario: una confirmación de que la santidad es compatible con esa debilidad. Pueden ayudarnos estas palabras de san Juan Crisóstomo: «No dice el Señor: acusad, reñid, pedid venganza, sino corregid»[9]. Transmitimos a los demás nuestro aprecio por su lucha, reconocemos sus sentimientos, le sostenemos en esa batalla; con nuestra ayuda le recordamos que también contamos con la suya. En toda corrección fraterna hay una discreta admiración por el hermano y por la obra de la gracia en su alma.

 

Un fruto de la amistad

Para crear un contexto en el que un apoyo así sea posible, es necesaria la cercanía, el interés sincero, la preocupación real por la vida del otro. Quien hace favores de hermano y conoce a los demás con profundidad puede entablar una relación de mutua y verdadera amistad. La corrección fraterna es un fruto natural de este terreno cultivado con paciencia. Además, para poder entrar en el corazón de los demás es necesaria la empatía. No cabe cumplir ese servicio desde fuera, ni desde lejos. En nuestros días se llevan a cabo operaciones quirúrgicas de gran precisión con un instrumental que es capaz de actuar en el interior de los pacientes sin necesidad de practicar cirugías invasivas. Se podría decir que un hermano que se hace cargo, busca penetrar hasta el lugar sagrado que es el corazón, delicadamente, sin invadir esa intimidad.

También es indispensable conocer bien a quien se va a corregir. Hay disposiciones del temperamento que nos hacen muy diferentes unos de otros y que san Josemaría consideraba parte central de ese «numerador diversísimo»[10] de personas en el Opus Dei y en la Iglesia. No es justo pensar que esa diversidad de reacciones solo tiene que ver con la humildad de quien recibe la corrección fraterna o con su susceptibilidad. Para unos, las palabras, hasta las más delicadas, fácilmente suenan a reproche; a ellos Jesús los pone delante de su verdad con elogios y suavidad. Lo hizo, por ejemplo, con aquella mujer que le ungió los pies en casa de Simón el fariseo (cfr. Lc 7,36-50). Otros, en cambio, si las palabras no son especialmente claras, sienten una falta de interés y cariño verdadero. Marta necesitó oír su nombre dos veces para descubrir que ella también podía elegir la mejor parte en su trabajo (cfr. Lc 10,38-42). Tomás precisó la cercanía física del Señor para volver a ser el apóstol fiel que daría la vida por su maestro (cfr. Jn 20,26-29). Al buen ladrón la corrección le llegó mediante un regalo inesperado: esa misma tarde estaría con Jesús en el paraíso (cfr. Lc 23,39-43). La propia samaritana necesitó tiempo, una conversación pausada y tranquila, en un lugar apartado: a solas con Jesús. No hay dos personajes iguales en el evangelio, ni dos reacciones iguales, tampoco en quienes nos rodean.

«Cuando tenemos algo que no está bien, nos ayudan con esa bendita corrección fraterna, que exige un cariño muy sobrenatural y hacerse mucha fuerza, porque a veces cuesta mucho ejercitar la corrección fraterna. Con lealtad nos advierten lo que no va y nos dan las razones. En cambio, detrás de ti están diciendo que eres un santazo, que eres más bueno que el pan. ¿No es esto una hermosura, hijos míos? Hablamos de lealtad, y esto es lealtad humana. No mentimos, no afirmamos de otra persona que tiene unas excelencias humanas de las que carece; pero no toleramos jamás que se le critique a sus espaldas. Y las cosas desagradables las decimos así, cariñosamente, para que las corrija»[11].

* * *

San Josemaría afirmaba con gran convicción, como quien lo ha experimentado en su propia carne, tanto de forma pasiva como activa: «Convéncete: cuando haces la corrección fraterna, estás ayudando, con Jesucristo, a llevar la Cruz a tu hermano; una ayuda enteramente sobrenatural, pues la corrección fraterna va precedida, acompañada y seguida por tu oración»[12]. En Caná de Galilea, María detecta que se ha acabado el vino y eso puede comprometer la alegría de los recién casados. Como buena observadora pone en marcha una corrección materna. Busca la solución, habla con Jesús, habla con los que servían. Ayudar de esta forma a una hermana o un hermano supone lograr de Cristo el mejor vino para ellos. Y eso se consigue solo poniendo a las almas junto a él, hablando con Jesús de ellas, sabiendo que quien más las ama es quien ha emprendido la misión de salvarlas.

Diego Zalbidea


[1] San Josemaría, Camino, n. 463.

[2] Francisco, Ángelus, 10-I-2021.

[3] Mons. Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid 2000, p. 127.

[4] Mons. Fernando Ocáriz, Carta Pastoral, 1-XI-2019, n. 16.

[5] Francisco-Cardenal Bergoglio, X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 2-X-2001.

[6] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 18-X-1972.

[7] Mons. Fernando Ocáriz, Carta Pastoral, 28-X-2020, n. 6.

[8] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2012, n. 1.

[9] San Juan Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum, n. 60, 1.

[10] En el Opus Dei caben todos, por eso san Josemaría escribía que, aunque el «denominador común» sea la búsqueda de la santidad, existen «muy diversos numeradores (autonomía) correspondientes a las diversas condiciones de su carácter y temperamento, y hasta el diverso camino por donde Jesús conducirá sus almas». Apuntes íntimos, n. 511.

[11] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 21-V-1970.

[12] Mons. Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid 2000, p. 128.

 

Retiro de junio #DesdeCasa (2021)

Esta guía es una ayuda para hacer por tu cuenta el retiro mensual, allí dónde te encuentres, especialmente en caso de dificultad de asistir en el oratorio o iglesia donde habitualmente nos reunimos para orar.

ÚLTIMAS NOTICIAS

∙ Descarga el retiro mensual #DesdeCasa (PDF)

1. Introducción.
2. Meditación I. El Sagrado Corazón de Jesús.
3. Meditación II. En la fiesta de san Josemaría.
4. Charla. Educación en la familia.
5. Lectura espiritual.
6. Recurso multimedia: tertulia con san Josemaría en Brafa (1972).
6. Examen de conciencia.


1. Introducción del retiro mensual

El Sagrado Corazón es signo del triple amor con que el Redentor ama continuamente al Padre y a todos los hombres: Amor divino (común con el Padre y el Espíritu Santo); Caridad ardentísima infundida en su alma que mueve su voluntad humana; y, Amor sensible “con el que su Corazón sacratísimo no ha dejado nunca ni dejará de palpitar con imperturbable y plácido latido, ni cesará tampoco de demostrar el triple amor con que el Hijo de Dios se une a su Padre eterno y a la humanidad entera, de la que con pleno derecho es Cabeza Mística” (Pío XII, encíclica Haurietis aquas)

“Jesús en la Cruz, con el corazón traspasado de amor por los hombres, es una respuesta elocuente -sobran las palabras- a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos.” (San Josemaría, Es Cristo que Pasa n. 165).

“¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos...

–¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!” (San Josemaría, Surco 813).


2. Primera meditación: El Sagrado Corazón de Jesús.

 


3. Segunda meditación: En la fiesta de san Josemaría.

 


4. Charla: Capítulos del libro electrónico “Textos sobre la educación en la familia”.

La misión educativa de la familia I y II.


5. Lectura: Homilía de san Josemaría “El corazón de Cristo, paz de los cristianos” (audio y texto)


6. Recurso multimedia

El día 26 de este mes celebramos la fiesta del fundador del Opus Dei. Proporcionamos este vídeo para facilitar el acercamiento a su persona y el conocimiento de los carismas que recibió.

Tertulia con san Josemaría en Brafa, 26 de noviembre 1972 (24 min).


7. Examen

Acto de presencia de Dios

1. «Jesús, en tus brazos confiadamente me pongo, escondida mi cabeza en tu pecho amoroso, pegado mi corazón a tu Corazón: quiero, en todo, lo que Tú quieras» (Forja, n. 529). ¿Deseo que mi corazón se parezca cada vez más al Corazón de Cristo? ¿Cómo procuro aprender en el Evangelio de sus reacciones, ternura, miradas, cariño, delicadeza, paciencia, etc.? ¿Pido para mis hijos, mi cónyuge, mis amigos, que Dios les dé un corazón grande?

2. «Vio Jesús a un publicano, y como le miró con sentimiento de amor y le eligió, le dijo: Sígueme» (San Beda el Venerable, Hom. 21). ¿Me da paz considerar que Jesús me mira con amor, como miró a Mateo? ¿Trato de mirar a los demás como lo haría Cristo?

3. Con las obras de misericordia se refleja de manera especial la vida de Cristo en nuestra conducta. ¿Sé consolar a las personas que sufren, trato con paciencia y cariño a los enfermos cercanos, sé enseñar a quien no sabe, o dar buen consejo al que lo necesita? ¿Cómo podría ser generoso con mi tiempo? ¿Me doy cuenta de que las obras de misericordia comienzan en mi familia?

4. ¿Cómo manifiesto paciencia y cariño con los enfermos de mi familia, dedicando tiempo a las personas de mi alrededor más necesitadas? ¿Soy una persona amable y procuro dar siempre una visión positiva a los problemas?

5. «No he necesitado aprender a perdonar porque el Señor me ha enseñado a querer» (Surco, n. 804). ¿Con qué personas podría ensanchar mi capacidad de comprender y de querer? ¿Le pido a Dios que me dé la gracia necesaria para querer a aquellos que no me han tratado bien, que me han humillado, o a aquellos con los que no congenio demasiado? ¿Sé pasar por alto los defectos de los demás?

6. ¿Cómo alimentan mi oración y mi relación con el Señor las enseñanzas de san Josemaría? ¿Pido su intercesión para que me ayude en mi familia y con mis amigos?

7. San Josemaría solía decir que quería dejar a sus hijos en el Opus Dei como herencia el amor a la libertad y el buen humor. ¿Qué podría mejorar para que esto sea una realidad en mi vida?

Acto de contrición

 

La belleza del matrimonio

El Papa Francisco dedica su intención de oración del mes de junio a la belleza del matrimonio, un viaje comprometido de toda la vida en el que “la esposa y el esposo no están solos; los acompaña Jesús”.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA02/06/2021

¿Es cierto eso que dicen algunos, que los jóvenes no quieren casarse, especialmente en estos tiempos tan duros? Casarse y compartir la vida es algo hermoso. Es un viaje comprometido, a veces difícil, a veces complicado, pero vale la pena animarse. Y en este viaje de toda la vida, la esposa y el esposo no están solos; los acompaña Jesús.

El matrimonio no es solo un acto «social»; es una vocación que nace del corazón, es una decisión consciente para toda la vida que necesita una preparación específica. Por favor, no lo olviden nunca. Dios tiene un sueño para nosotros, el amor, y nos pide que lo hagamos nuestro. Hagamos nuestro el amor que es el sueño de Dios.

Y recemos por los jóvenes que se preparan para el matrimonio con el apoyo de una comunidad cristiana: para que crezcan en el amor, que crezcan en el amor con generosidad, fidelidad y paciencia. Porque para amar hace falta mucha paciencia. Pero vale la pena, ¿eh?


Intenciones mensuales anteriores. Las intenciones son confiadas mensualmente a la Red Mundial de Oración del Papa con el objetivo de difundir y concienciar sobre la imperiosa necesidad de orar y actuar por ellas.

 

Como penitencia, un padrenuestro, dos avemarías... “¿Y nada más?”

Alberto vive en Oporto, es hijo de pescadores y apasionado de Star Wars. Cooperador del Opus Dei, cuenta cómo redescubrió la confesión 18 años después: “Lloré mucho, como cuando se pierde a un padre o a una madre”.

TESTIMONIOS03/06/2021

Me llamo Alberto, nací en Gaia (Portugal) y tengo 52 años. Mi familia es de orígenes humildes: mi padre era pescador y mi madre, pescadera. Ella vendía lo que él pescaba.

De joven fui atleta. Entrenaba todos los días en una pista de tierra con zapatillas con pinchos. Competí en carreras de velocidad e incluso fui a los Campeonatos Nacionales. Mi especialidad eran los 100 metros.

Nací en una familia católica, pero a los 12 años dejé de ir a misa. Sólo iba a los funerales. Recuerdo la visita del Papa Juan Pablo II a Oporto, las imágenes de su llegada en helicóptero a Serra do Pilar... Mi madre estaba feliz, pero a mi aquello me dejaba indiferente.

También me gustaba mucho la informática. Cuando tenía 13 años tuve mi primer ordenador personal. Un día le pedí a mi madre un PC Timex Sinclair ZX81 con 8KB de memoria para Navidad. Hoy, cualquier reloj de pulsera o una simple calculadora tienen más memoria y mucha más potencia de cálculo que ese PC.

También me gusta mucho el cine. Soy un gran fan de Star Wars. De joven, cada vez que salía una nueva película, ahorraba dinero para ir al cine a verla.

Una estrecha relación con el mar

No tenía mucho tiempo libre. Mi padre siempre me pedía que le acompañara en el barco de pesca durante las vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Me dijo que era para formarme y que, si suspendía el curso escolar, podría trabajar como pescador.

Siempre he tenido una estrecha relación con el mar. Si suspendía los exámenes, sabía que iría a trabajar en el barco. Pescábamos en el río y en el mar, siempre en la desembocadura del río Duero o en la costa de Oporto. Crecí como un niño entre gente acostumbrada al mar, pasando noches esperando una buena pesca. Un día, un barco se hundió junto a nosotros. Nunca lo he olvidado: murieron tres personas y pensé: “¿Por qué ellos y no yo?”. El tema de la muerte nunca lo consideré . Era un tema que no me preocupaba. Vivía en el presente. Vivía el momento. No pensaba en el futuro. Me sentía el centro de todo, no necesitaba a Dios.

Alberto, con su mujer, en un aniversario de su matrimonio.

 

Estos pensamientos se sumaron al consejo de mi padre: “Estudia para no ser un pescador como tu padre". Mi padre insistía en que yo debía ser médico, y por eso quise esforzarme en mis estudios. Estudié hasta el 12º año en la Escuela Secundaria.

Tenía poca doctrina católica y mi alejamiento de la fe me llevaba a tener sentimientos hacia los demás que no siempre eran los correctos. Con el paso de los años, no me di cuenta de lo mucho que me había alejado de Él. Cuando algo salía mal, la explicación más fácil era atribuirlo al “destino”.

Conocí a Carla, mi futura mujer, a través de otros amigos, cuando tenía 18 años. Empezamos a salir juntos en la playa de Salgueiros. Nos entendíamos muy bien. Así que era normal que fuéramos cogidos de la mano, a veces le ofrecía unas flores (tulipanes amarillos), otras veces íbamos al cine (a ver Star Wars, siempre que era posible) o nos tomábamos un helado en las tardes de verano. Naturalmente, surgió la propuesta de matrimonio y acabamos casándonos en la iglesia de Cedofeita a los 25 años.

La voz de Dios

Pronto decidí empezar a trabajar en la secretaría de una universidad de Oporto y, más tarde, en el hospital de Santo António, con la idea de continuar mis estudios más adelante. En 1991, me llamaron para trabajar en un banco.

En la oficina de ese banco conocí a Fernando. Durante la comida o el café, hablábamos de todo. Un día me invitó a ver unos vídeos de un santo: aquel fue mi primer contacto con san Josemaría. Disfruté de la experiencia y de conocer a otras personas que tenían buena formación cristiana. En 1998, hice mi primer curso de retiro espiritual. Leí el libro “La fe explicada”, de Leo J. Trese. Esa lectura y el silencio me permitieron volver a escuchar la voz de Dios.

En el retiro, había un sacerdote disponible para confesar, pero me daba vergüenza decirle que no sabía confesarme. Hablé con él, pero no me confesé. Sólo le hice algunas preguntas sobre el libro que estaba leyendo. Durante ese retiro, alguien me regaló un rosario de madera, y aproveché para pedirle al sacerdote que lo bendijera. Todavía lo llevo conmigo hasta el día de hoy.

En ese retiro aprendí a rezar el Padre Nuestro y el Ave María, oraciones que había olvidado. Al finalizar esos días de oración, me quedé el último en la capilla, cerca del altar. Quería agradecerle a Dios esos días.

Tenía ganas de ver de nuevo a mi familia, pero también de seguir en aquel lugar. Se estaba muy bien junto a Dios. Entré a mi casa con una enorme sonrisa y una alegría que no podría explicar. Ya nada volvió a ser como antes.

Con unos amigos y su mujer.

"Algún día tendrá que ser...”

 

El tiempo nos moldea y, sin darnos cuenta, somos inevitablemente diferentes, menos jóvenes, más maduros. Recuerdo un pequeño libro, que aún conservo, en el que se explicaba el rito de la confesión. Yo pensaba: “Algún día tendrá que ser...”.

Mi amigo, Fernando, me animaba a fiarme de Dios. Así que un día tomé la decisión de confesarme. No lo había hecho en los últimos 18 años. Estaba nervioso e incluso avergonzado, aunque ya conocía al sacerdote y tenía confianza con él. Me pude preparar bien en el oratorio, con la ayuda de algunas preguntas para hacer examen de conciencia.

Ese día fue inolvidable. Ante mi asombro, el sacerdote me dijo que como penitencia podía rezar un Padrenuestro y dos Avemarías. Yo pregunté: “¿Y nada más?”.

Empecé a participar de nuevo en Misa, y nunca me he sentido tan feliz en mi vida. También pensé que no podía guardar ese remedio sólo para mí. Recuerdo que un compañero de trabajo, con el que ni siquiera congeniaba mucho, me dijo que su padre estaba enfermo. Le dije que iba a rezar por él y me contestó: “¿Pero rezar sirve para algo?”. Le contesté: “Para Dios no hay imposibles”. Dos semanas después, su padre salió del hospital y él me llamó enseguida para darme las gracias.

Otro amigo perdió a su mujer. Intenté animarle: “Si creemos en Dios, tenemos que ver la vida como un pasaje. Esto es un hasta luego”. Me miró y me dijo: “Quizá tengas razón”.

Hoy soy cooperador del Opus Dei. Recuerdo que en el oratorio del centro de la Obra donde me confesé, lloré mucho. Yo había “dejado” a Dios durante 18 años. Sin embargo, él siempre ha estado ahí y ahora ya sé me acompaña.

 

De Estados Unidos a Europa: los católicos en medio de la guerra cultural

Salvador Bernal

Asociación Voz Postaborto.

En 1991, poco después del famoso libro de Alan Bloom sobre El cierre de la mente americana, otro sociólogo estadounidense, James Davison Hunter, publicó su Culture Wars. The Struggle to Define America. Aplicó a su país una teoría política inspirada en la llamada Kulturkampf de Bismarck: pretendía romper los lazos entre Roma y la Iglesia Católica en Alemania, para poner a esta última, sentida como una amenaza para la unidad nacional, bajo la tutela del Estado. Más allá quizá de los orígenes del término, se repite cada vez más la idea de que Estados Unidos están en plena guerra cultural, que persigue la supremacía de un nuevo ethos ciudadano.

La superficie del iceberg aparece en los duros combates de los últimos años sobre aborto, preservativos en escuelas, uniones homosexuales, aplicaciones prácticas de la teoría del género. Los más recientes debates del #me.to o Black Lives Matter, confirman que aquel “políticamente correcto”, nacido en universidades y medios de comunicación, ha ido configurando e imponiendo –en sentencias y leyes muy diversas- una visión distinta de lo que significaron los Estados Unidos y lo que deben ser en el futuro, frente a la cultura tradicional más o menos pacífica hasta los sesenta. Como suele suceder en situaciones semejantes, cada bando se presenta como la única encarnación legítima de los valores nacionales.

Paradójicamente, la derecha norteamericana –por usar un término inteligible aunque inexacto- ha hecho suyos los planteamientos que lanzó hace un siglo el líder comunista italiana Antonio Gramsci sobre la hegemonía cultural, previa y concomitante con la dominación política. Lo reconoció lisa y llanamente Steve Bannon, asesor inicial de Donald Trump, en sus viajes por Europa para apoyar los nacientes populismos en diversos países, aunque no todo depende de Bannon en este bando, como de Soros en el contrario…

A título de ejemplo, una de las últimas escaramuzas de la guerra cultural entre republicanos y demócratas se está librando en el estado de Arkansas, “bastión conservador” a juicio de sus contrarios, a propósito del fenómeno transexual: prohibición legal de participar en competiciones escolares femeninas en nombre de la "equidad deportiva"; derecho a la objeción de conciencia de los médicos para oponerse a las solicitudes de apoyo médico de una persona transgénero.

En gran medida, sea eco o no del movimiento de “nuevos filósofos” nacido en Francia a finales del siglo pasado, la cuestión de la identidad nacional está demasiado presente hoy, y será objeto de muchas discusiones a un año vista de la elección presidencial. Se hablará más que nunca de viejas cuestiones, como el laicismo o la universalidad de los derechos humanos, frente al multiculturalismo que puede dar origen a planteamientos que algunos califican como neotribalismo occidental. Ahora, y cada vez más, con la simplicidad y los estereotipos impuestos por las redes sociales.

Estos problemas están desplazando otros de más enjundia, como la recuperación económica, la defensa del medio ambiente o el incremento de las desigualdades sociales.

También los eurodiputados juegan a lo políticamente impuestos desde Bruselas-Estrasburgo: instan a los Estados miembros a incorporar a las legislaciones nacionales una nueva ética en materia de costumbres. Van más allá de las exigencias de la Carta de los derechos fundamentales de la UE, aprobada a finales del 2000. En el proyecto de informe aprobado por la Comisión de Derechos de la Mujer e Igualdad de Género por 27 votos a favor, 6 en contra y 1 abstención, subrayan que el derecho a la salud, en particular la salud sexual y reproductiva, es un derecho fundamental de las mujeres, que debe reforzarse y no puede diluirse ni eliminarse. Las violaciones de este derecho constituyen una forma de violencia contra las mujeres y las niñas y obstaculizan el progreso hacia la igualdad de género. Los Estados deberían el acceso a una gama completa de servicios de salud y derechos sexuales y reproductivos de calidad, completos y accesibles, y que eliminen todas las barreras que impiden el pleno acceso a estos servicios, es decir, garantizar el acceso al aborto seguro y legal, así como la anticoncepción y la educación sexual.

Se trata, tanto en América como en Europa, de una batalla dialéctica unidireccional y excluyente, que mezcla buenas palabras con realidades vergonzantes, y omite cuestiones mucho más importantes para el bienestar social. Estos debates pillan a los creyentes en medio del huracán: constituyen un reto para su imaginación encontrar modos de distinguir las exigencias efectivas del bien común, a las que prestar apoyo, de las derivas ajenas a la dignidad de la persona, incompatibles con sus creencias. El problema no es fácil, porque unas y otras se entremezclan a la hora de la verdad, como experimentan en su carne los estadounidenses partidarios de Trump o de Biden, y no alcanzan a descifrar el mal menor.  De ahí la necesidad de nuevos planteamientos culturales, previos a la acción política, casi siempre partidista.

 

 

Reflexiones acerca de la eutanasia.  

El asunto de la eutanasia es un tema, más que médico, fundamentalmente filosófico y teológico. Y el Derecho tiene mucho que decir, pues ha de regular las actuaciones de los hombres.

La palabra eutanasia significa etimológicamente buena muerte. Hoy día se entiende por eutanasia el procurar la muerte sin dolor a alguien que sufre, lo cual puede implicar tanto la muerte de un recién nacido deficiente, como ayudar al suicidio, como suprimir la vida de un anciano, como la interrupción de un tratamiento especialmente agobiante y doloroso, etc. Se entiende vulgarmente por eutanasia el homicidio por compasión. Es importante tener claro que la eutanasia, según se acepta actualmente, es procurar la muerte de alguien sea de forma directa o indirecta, activamente o de forma pasiva (por omisión). En la eutanasia, consciente y deliberadamente, se procura la muerte a alguien, por acción o por omisión, con finalidades variadas: evitar el dolor del enfermo, evitar el sufrimiento y la carga a los familiares, evitar determinadas incapacidades, etc., etc.

Es eutanasia voluntaria si se realiza a petición del paciente (o suicidio asistido); y no voluntaria si es sin la petición explícita del sujeto; e involuntaria, si es en contra de su voluntad. Algunos llaman autotanasia al suicidio. También se habla de eutanasia activa y pasiva, directa e indirecta. Pero, para no inducir a error, es preferible utilizar exclusivemtne la definición de eutanasia más arriba referida

La distanasia equivale al ensañamiento o encarnizamiento terapéutico, es decir, el intento de retrasar la muerte todo lo posible, a  costa de grandes sufrimientos. En la distansaia se emplearían medios extraordinarios, desproporcionados, para alargar la vida del paciente.

La vida de toda persona da comienzo en el instante de la fecundación, cuando se unen el espermatozoide y el óvulo. Se instaura una cascada de acontecimientos biológicos que terminan en el momento de la muerte, sea o no de forma violenta. La muerte es otro instante, especular con respecto al primero, que tampoco se puede medir, no es cuantificable. Es un acontecimiento puntual de la biografía del individuo. No hablamos de la trascendencia de la vida, más allá de la muerte. Nos referimos concretamente al aspecto biológico. La vida es un dinamismo continuo que, como una cascada de acontecimientos, va sucediéndose en su devenir de forma suave, fluida, persistenete.

El hombre se encuentra en la vida, con la vida, con algo que es su propio ser y existir, que está recibiendo de forma continuada. No la ha pedido. Se trata de una donación que recibe, que acoge sin más, continuamente, en su ser. Es una  donación permanente. El don viene a ser generación (paternidad, maternidad), y con la donación hay una aceptación, una acogida, que es la filiación. El hombre es hijo siempre (ahí está su raíz más profunda). Por lo tanto, el suicidio y el homicidio tratan de anular el sentido de filiación propio y de los demás, eliminando esa donación. Con ello se trata de eliminar ese don íntimo que hace ser hijo al hombre.

Y el hombre es libre, y en virtud de esa libertad su tendencia es hacia el bien. Lo natural es la elección del bien, de lo bueno. La opción por el suicidio, aun cuando se vea como algo bueno, lleva en sí una gran contradicción: sin vida no hay libertad. La vida lleva implícito el bien de la libertad.

Ligados a los dos aspectos esenciales antes referidos (generación y filiación) existen en el hombre, como en todos los animales, dos fuertes instintos: el de la propia conservación y el de la conservación de la especie; los dos con un sustrato biológico muy determinado, incluso a nivel neurológico.

Pues bien, la Medicina surgió como actividad al servicio del hombre, para curar, para aliviar, para proteger la vida. Precisamente, en el siglo IV a. C. se forjó el Juramento Hipocrático, por el que, entre otras cosas, el médico se compromete a no administrar venenos ni aun cuando lo pida el sujeto ni a abortar; por lo tanto, el médico ha de conservar la vida del individuo y preservar la procreación. La Medicina, pues, por propia definición, ha de estar al servicio de la vida. Los actos suicidas y homicidas no son actos médicos.

La vida en sí se acompaña de una serie de circunstancias, que no son la vida, pero que la hacen de mejor o peor calidad: circunstancias familiares, sociales, económicas, culturales, sanitarias, etc. Por eso, una vida de mala calidad no mejora eliminándola, sino mejorando las circunstancias que le acompañan.

La vida del hombre siempre va acompañada de sufrimiento, de dolor, de enfermedades, de limitaciones de  todo tipo. Es algo que no puede olvidarse. Pero también la vida tiene sus alegrías. Si las circunstancias son adversas, no se soluciona el problema eliminando la vida, sino mejorando aquéllas: buscando un sentido a la propia vida, y por otra parte, ayudando al prójimo en su dolor. Esa es la verdadera compasión. La compasión no mata. La compasión es “padecer con” el ser humano que sufre.

El moribundo, aparte del miedo a la muerte, tiene una serie de temores: el miedo al dolor y al sufrimiento, a la soledad, a que la vida no haya tenido sentido. En otros casos, el enfermo no es consciente (por ejemplo en una situación de coma). Ante estas situaciones, cabe tener tres actitudes: o considerar que el paciente no es humano o no completamente humano (y todo ser humano vivo es una persona); o considerar que esa vida es de ínfima calidad, y la muerte se hace necesaria y deseable; o considerar que toda vida humana es digna de respeto, independientemente de las circunstancias que la acompañen.

La Medicina Paliativa es un área de la Medicina desarrollada en muchos hospitales. Es la alternativa a la distanasia, al encarnizamiento terapéutico. La Medicina Paliativa ve en el enfermo terminal a una persona a la que hay que mejorar su calidad de vida, atendiendo a lo que precisa: necesidades físicas, psíquicas, sociales, morales, espirituales, familiares; y al mismo tiempo, se da apoyo a la familia del enfermo. Las áreas de Medicina Palitativa de los hospitales estudian de forma personalizada al enfermo, tratando de valorar su dolor, la posible ansiedad, agitación, síntomas neurológicos, cardiocirculatorios, cutáneos, digestivos, etc. Y se establece un tratamiento del vómito, del insomnio, del dolor, etc., junto con otras medidas psicológicas, de acompañamiento, etc. No se trata de medidas extraordinarias, sino totalmente normales, que van a hacer más llevadero el útimo tramo de la vida.

El hecho de que una persona vaya a morir pronto no es razón para matarla. Además, como manifiesta el dicho popular: “mientras hay vida hay esperanza”.

 

“La loca de la casa”. ¿Nos distraemos?

Escrito por José Martínez Colín.

Santa Teresa llamaba “la loca de la casa” a la imaginación que nos lleva de un lugar a otro y a lugares inconvenientes.

1) Para saber

Se cuenta que San Francisco de Asís estuvo un día tallando un vaso de madera. Lo terminó y empezó a rezar sus oraciones. Durante el rezo miraba complacido su obra recién acabada y se distrajo sin poner atención en los salmos que pronunciaba. Al darse cuenta de ello, tomó el vaso, causa de sus distracciones, y lo arrojó al fuego entre las llamas. De este santo se refiere que cuando se ponía a hacer oración, solía decir: «Quédense aquí fuera, pensamientos míos, aguarden que yo salga cuando haya invocado el auxilio del Cielo; si los necesito, ya volveré por ustedes».

Siguiendo con su catequesis sobre la oración, el papa Francisco expuso algunas dificultades que suelen tenerse, a fin de identificarlas y superarlas. Una muy común es la distracción. Es frecuente que en cuanto se empieza a rezar la mente empiece a darle vueltas a todo. Si no se alcanza un grado de concentración, no solo se dificulta la oración, sino tampoco se puede estudiar o trabajar con provecho. Los atletas saben que se gana no solo con el entrenamiento físico, sino también con la capacidad de estar concentrados y atentos.

2) Para pensar

Se sabe que Dante, aunque tenía un temperamento iracundo, era un hombre piadoso y con una fe enorme. Sucedió que algunas personas que habían coincidido en la Misa con Dante, habían observado que durante la consagración, el poeta había permanecido de pie e incluso no se había quitado su capucha. Por ello fueron a acusarlo ante el obispo, quien lo llamó a su presencia para reprenderlo.

Al amonestarlo, el autor de la «La Divina Comedia» se defendió diciendo: «Mi alma estaba tan recogida en Dios, que no me daba cuenta de los movimientos de mi cuerpo. Pero, por otra parte, aquellos que han venido a acusarme —puntualizó justamente— debían estar poco recogidos en la oración si tenían el tiempo de estar atendiendo a mi persona, en vez de rezar».

Pensamos qué tanto luchamos contra las tentaciones cuando oramos.

3) Para vivir

Si no se domina la imaginación, nos lleva de un lugar para otro y, en ocasiones, a lugares inconvenientes. Por ello, Santa Teresa llamaba a esta imaginación que distrae en la oración, “la loca de la casa”, pues no para de abrir todas las puertas que encuentra. Y tenemos que pararla estando vigilantes.

Aunque las distracciones no suelen ser culpables, deben ser combatidas. Hay una virtud que nos ayuda a no distraernos: Se llama “vigilancia”. Jesús nos aconseja: “Vigilad. Rezad”. Vigilar significa poner más atención a las cosas de Dios que a las de los hombres. Así, quien está vigilante descubre la mano de Dios en los diversos acontecimientos. El calendario litúrgico, a su vez, con sus fiestas, nos ayudan a estar vigilantes, pues constituyen un “despertador” que nos hace vivir en sintonía y en actitud con el sentir de la Iglesia.

Lo que nos ayuda a combatirlas, dice el papa Francisco, es ofrecer con humildad el corazón al Señor para que lo purifique y lo vuelva a centrar en Él. No obstante, si al rezar nos damos cuenta de que estamos distraídos, no podemos quedarnos lamentándolo y ahora distraernos en ello, sino simplemente habría que volverse a concentrar, y continuar rezando sin perder la paz.

 

Volver a casa después del trabajo: ahí está nuestra misión

Por Isis Barajas


foto: freepik-pch.vector

A veces es más sencillo iniciar grandes gestas fuera de casa que cruzar el umbral del propio hogar dispuesto a darlo a todo.

Un día cualquiera. Llega el momento anhelado de volver a casa tras una larga jornada de trabajo. Justo antes de introducir la llave en la cerradura, se empiezan a agolpar al otro lado de la puerta los gritos de varios niños. Algunos no quieren meterse en el baño, otro corre enfurecido detrás de su hermano, el mayor da un portazo porque no puede estudiar y en ese instante rompe a llorar el bebé que ya reclama su turno de comida. Todo se oye tras la puerta con dramática intensidad. Es entonces cuando uno quisiera guardar de nuevo la llave y volver dos horas más tarde. Pero no. Es la “hora santa”, la hora del sacrificio.

Un amigo de mi marido le confesó que, en estas situaciones, respira hondo y, mientras gira la llave, se dice en voz baja: “Aquí está mi cuerpo que será entregado por vosotros”. Y con esta máxima en la cabeza, deja las cosas en el dormitorio, se remanga la camisa y pregunta: “¿Por dónde empiezo?”.

Decía Santa Teresa de Calcuta que “si quieres cambiar el mundo, ve a casa y ama a tu familia”. A veces es más sencillo iniciar grandes gestas ahí fuera que cruzar el umbral del propio hogar. Y es que la casa no siempre es el remanso de paz donde recobrar las fuerzas, sino más bien ese lugar donde uno se derrama gota a gota.

El día de la boda entregamos nuestro cuerpo y también nuestra vida entera al otro. Es una donación que se actualiza cada día. El cuerpo se entrega en el lecho, pero también al levantarse rápidamente en la noche para atender a un hijo y que el otro no se despierte; el cuerpo se entrega en la ternura de una caricia, pero también regresando pronto del trabajo para aliviar la carga doméstica al que está en casa; el cuerpo se entrega al reservarnos un día para ir a cenar juntos, pero también diciendo “vete a descansar que ya me ocupo yo”.

Los esposos no son un equipo que se reparta las tareas o que gestione eficazmente la logística familiar; son una sola carne que se entrega mutuamente tanto en los grandes acontecimientos de la vida como en los detalles más pequeños. Esa grandeza del amor, que tantas veces parece imposible de vivir, en realidad es una gracia recibida en el sacramento del matrimonio, es un don que se nos regala.

En una entrevista que le hice hace unos años, Rocco Buttiglione me dejó una gran lección: “San Juan Pablo II me dijo que el don más grande que como padre podía dar a mis hijas era amar a su madre. No vivir con ella o no traicionarla, sino amarla”. Ese amor que se tenían los santos Luis y Celia Martin necesariamente fue la fuente de la que bebieron sus cinco hijas para llegar a entregarse completamente a Jesucristo como monjas de clausura. Una de ellas fue santa, Teresita del Niño Jesús, y otra, Leonia, está en proceso de beatificación.

Fue, sin duda, la profunda fidelidad de su mujer lo que sostuvo al beato Franz Jägerstätter cuando decidió oponerse al régimen nazi aun sabiendo que le costaría la vida. Solo su mujer, Franzciska, en un acto de amor y sacrificio sublime, permaneció a su lado, tal y como se puede contemplar en Vida oculta, la magnífica película de Terrence Malick.

“Volver a casa y amar a nuestro marido o esposa es hoy un acto de rebeldía”

Como diría Madre Teresa, el amor empieza en casa. Empieza, pero no termina en ella. El amor conyugal, con su dimensión martirial, tiene la capacidad de transformar el mundo. No queda en la vida íntima de la familia, sino que es fecundo y puede hacer vibrar a una sociedad dividida, aislada y dormida. Volver a casa y amar a nuestro marido o esposa es hoy un acto de rebeldía ante la mediocridad y el egoísmo. Es el comienzo de una civilización del amor.

 

 

Rendición de cuentas

La Conferencia Episcopal Española ha presentado la Memoria Anual de la Iglesia en España, correspondiente a las actividades del año 2019, en un ejercicio ya habitual de transparencia y gratitud, en el que rinde cuentas de lo que hace y dando razones de por qué lo hace. Detrás de estas cifras hay miles de rostros concretos e historias que merece la pena conocer, pero al fin y al cabo las cifras son elocuentes y hablan de una inmensa actividad, que tiene a su vez un enorme valor para nuestra ciudad común.

Por ejemplo, la Iglesia le ahorra al Estado anualmente 3.722 millones de euros en educación; cuenta con 3.290 bienes de interés cultural, que suponen un patrimonio puesto al servicio de todos y generador de riqueza en múltiples sectores de la sociedad; y sólo en el año 2019, más de 4 millones de personas fueron atendidas y acompañadas en alguno de los 9.163 centros asistenciales de la Iglesia.

Jesús Domingo Martínez

 

Deportación de inmigrantes

Pocos temas hay en las páginas de la prensa o en las noticias de los telediarios ten delicados y penosos como el empeño en devolver a sus países a los deportados. Creo que no deja indiferente a nadie. O, podríamos decir, si hay quienes se quedan indiferentes ante este drama quizá les falte humanidad. Me parece. No estoy seguro.

Comprendo que la política de Occidente es poner puertas, pero me parece doloroso. Que una persona que se ha dejado la vida en la patera o en las alambradas de Ceuta, después de un tiempo retenida, sea devuelta a su casa, me parece terrible. Bien es verdad que, por lo general, no tenemos ni idea de cuáles son los motivos por los cuales ese hombre, esa mujer, ese joven, se han arriesgado a venir.

Conocemos muchas historias. Hay libros de un gran interés que nos cuentan por qué ese muchacho huyó. Recuerdo ese libro fantástico, “Correr para vivir”, que nos cuenta la tragedia de un chico de diez años, Lopez Lomong, que tiene que huir de la casa de sus padres porque las milicias de su país buscan a niños para incorporar al ejército. Sus padres, buenos católicos, hacen todo lo posible para que el chico huya de su poblado.

A veces, detrás de un muchacho que salta las verjas de Ceuta, queremos ver un desalmado, un parado que busca mejor vida, un listillo que busca dinero. En el caso de López Lomong estamos ante una familia que vive en un poblado de Sudán del sur, en medio de la selva. Toda la familia vive en la misma choza, pero eso es lo normal. Los domingos llega por esos parajes un sacerdote que organiza allí, al aire libre, una misa para toda aquella gente, que son católicos fervientes.

Domingo Martínez Madrid

 

La dimensión social de la Iglesia

Aunque en este momento de dura crisis económica los datos de la dimensión social son muy elocuentes, convendría no olvidar otras dimensiones del servicio de la Iglesia como la celebración de los sacramentos, la educación y la cultura. En España hay 2.564 centros católicos que dan clase a más de millón y medio de alumnos. Los 2.433 centros católicos concertados ahorran al estado 3.722 millones de euros. Son 435 centros de educación especial con 11.450 alumnos. Aunque los números no son indicadores suficientes a la hora de presentar lo que hace la Iglesia, sí resultan elocuentes: los sacerdotes dedican 30 millones de horas al año en las parroquias a la administración de los sacramentos, la pastoral, visitas a los enfermos y despacho parroquial. Un capital social que vertebra nuestra ciudad común, que se reparte sin distinción de personas y por el que debemos estar agradecidos.

JD Mez Madrid

 

 

Sin natalidad no hay futuro

Estos últimos días está siendo noticia el caso China, “se apunta a la natalidad” dicen algunos titulares. En este contexto el Foro de Asociaciones Familiares de Italia ha convocado los Estados Generales de la Natalidad, donde ha participado el Primer Ministro Draghi. Empresarios, compañías de seguros y medios de comunicación, entre otros, han sido convocados para hablar de natalidad. La pandemia ha azotado duramente a los europeos, pero, más allá de esto, son aspectos como la precariedad del empleo, los salarios insuficientes, la falta de redes de apoyo familiar y el miedo a que el embarazo sea penalizado, los que hacen que el futuro se convierta en un horizonte tan incierto que los jóvenes acaban por paralizar sus proyectos de vida. No olvidemos que sin natalidad no hay futuro, y sin familias estables que cuiden de la vida el futuro es incierto, inestable e insolidario.

JD Mez Madrid

 

 

De reyes, príncipes y princesas

 

            Reciente está, “la gran noticia que como siempre va dirigida a las grandes masas, para que se pueden maravillar de ella”; sobre el príncipe inglés de nombre Harry; sobre su propia vida y la de su madre la princesa Lady Di; por la que supongo, que debido al interés inglés por “la moneda”; le habrán pagado una abultada cantidad de dinero, como “suficiente, para que cualquier familia de nivel medio, no tuviese que preocuparse el resto de su vida, por los garbanzos o habichuelas, amén del recibo de la luz, incluidos los muchos impuestos que hacen pagar los gobiernos “progresistas” de la actualidad, en los que incluyo a España”.

            Recojo como inicio de mi comentario, lo que copio de la prensa que he leído y que dice lo siguiente: “La dolorosa confesión del príncipe Harry: Consumió drogas y alcohol para huir del dolor por la muerte de Lady Di: En una nueva serie documental titulada ‘The Me You Can’t See’ el duque de Sussex, comparte detalles de cómo fue su vida con los Windsor (PERIODISTA DIGITAL- 21 May 2021) Epríncipe Harry de Inglaterra, realiza una dolorosa confesión sobre la muerte de la querida Lady Di. En la nueva serie documental titulada ‘The Me You Can’t See’ afirmó que recurrió a las fiestas, al alcohol y la drogas, “como una forma de escape”, del dolor que sentía tras las muerte de su madre Diana y su encaje en la familia real británica”.

            ¿Qué importancia y qué aporta toda esta “historia de la monarquía británica más reciente”? Para mí nada, que no sea humano y digno de compasión, más que de otra cosa; puesto que “el gran público”, no sabe, no quiere, no entiende, que estos individuos son de carne y hueso al igual que “el resto de monos humanos que habitamos este pobre y miserable planeta”; por tanto, esos “seres reales”, tienen que sufrir lo mismo que los demás en lo que les atañe como seres mortales, que son, igual que nosotros; más aún, puesto que no conociendo la pobreza, la escasez, la lucha que todos los demás hemos tenido que soportar (y algunos superar) son seres, “envueltos en una especie de aislante conservador, que como tal aislante, al final los hace mucho más débiles y sucumben, precisamente porque los medios de poder real y económico, con que han nacido, les permite llegar, a todos o casi todos los placeres mundanos de su tiempo”; y eso “es tan real en la realeza y demás potentados, que no necesito recordar ningún ejemplo”.

            ¿Qué ocurrió o pasó con la tan famosa, hermosa y guapa mujer que fue Lady Di?

Mi historia sobre ello la tengo resumida en mi caletre y es la siguiente; “lo mismo que en los rebaños de ganados y más en la selección de éstos, se buscan sementales o hembras selectas, para enriquecer “la cabaña, cuadra, o rebaño”; aquí, yo entendí y entiendo, que a tan, “soberbia mujer”; la buscaron para que “enriqueciera la vieja sangre real británica”, que necesitaba nuevos genes, más robustos. “Y a la vista quedan los vástagos engendrados”; y que serían los nuevos “soberanos del hoy reducido Imperio Británico”, que pese a ello, sigue conservando su “boato y grandeza, como lo demuestran sus “pompas y circunstancias” de cada una de sus conmemoraciones; la última de ellas, la de la muerte del marido de la actual reina.

            ¿Hubo amor en aquel enlace, que insisto, debió ser buscado y estudiado hasta el último detalle? No, al menos por parte del “príncipe”; puesto que la misma esposa, llega a confesar que era, “un matrimonio de tres”; y la prueba final, es la actual esposa del heredero en potencia (puesto que ya es viejo), “la hoy duquesa de Cornualles”; a la que por cuanto se ha publicado, era y sigue siendo, “el único amor del príncipe Carlos de Inglaterra”; toda la historia de este “amor repartido”, se ha publicado tanto y tan detallado, que para qué añadir nada.

            El final es que, “la princesa no querida, olvidada, repudiada en realidad”; deriva en sus propias “correrías” y termina, en los brazos, de alguien que “no quieren de ninguna de las maneras en la casa real británica”; resulta que aparte de ser musulmán, e hijo de “un riquísimo egipcio propietario de gran capital en Inglaterra”, la tiene tan “camelada”, que se llegó a decir, que “la embarazó o preñó”; y si ello fue así, y la princesa paría de nuevo, el resultado sería “un miembro real de otra raza, de otra religión y que no sería grato ni aceptado, en el selecto, clan monárquico y puro británico”… ¿Fue este el motivo de la trágica muerte de Lady Di, en aquel aparatoso y trágico accidente? “Solo dios lo sabe, puesto que si el accidente no fue casual, sino provocado, seguro que sus orígenes, están más enterrados que el santo Grial”. O sea, algo parecido a los crímenes de “Jack el destripador”, también inglés y londinense; del que jamás se supo su identidad, y también llegaron a emparentarlo, con algún miembro de la alta sociedad o casa real británica.

            Al final, una historia más, para hacer novelas, películas, y entretenimientos para que las masas disfruten, de los misterios de este pobre mundo… “y no le dé por pensar en cosas en que no debe y que afectan a lo realmente establecido”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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