Las Noticias de hoy 22 Mayo 2021

Enviado por adminideas el Sáb, 22/05/2021 - 11:17

Oración de San Josemaría al Espíritu Santo | Oración al espíritu santo,  Oraciones, San josemaria

Ideas Claras                  

DE INTERES PARA HOY    sábado, 22 de mayo de 2021  

Indice:

ROME REPORTS

Carta del Papa a Turkson: se debe aumentar el cuidado del medioambiente

Papa a los embajadores: "Promover la cultura del cuidado para salir de la crisis"

El Papa a la Asociación Lázaro: Testigos de la misericordia y la bondad de Dios

Novedad para el Sínodo: se comienza con las Iglesias locales

EL ESPÍRITU SANTO Y MARÍA : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: sábado 7ª semana de Pascua

“Participaremos en su maternidad espiritual” San Josemaria

Ambiente de hogar, escuela de amor : Carolina Oquendo Madriz

Educar es difícil, posible y bello, palabras a padres y maestros : Por P. Ángel Rossi S.J.

Feminismo y feminismo católico : encuentra.com

La venida del Espíritu Santo

Consagración al Espíritu Santo

Evangelio del domingo: Pentecostés

Espíritu Santo : ¡Tres símbolos para un mismo soplo de Vida! : Alice Ollivier. Association Hozana

Enseña a tus hijos a ponerse metas y a poner su corazón en alcanzarlas : Silvia del Valle Márquez 

Los problemas del método en la Crítica de la razón pura (Parte II) : Ignacio Falgueras Salinas

El mártir muere por amor : Jesús D Mez Madrid

La Primera Comunión : JD Mez Madrid

Vivir sin mentiras : Jesús Domingo Martínez

Canales de Internet para sexting infantil : Domingo Martínez Madrid

Marruecos: “La eterna espina de España”  : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Carta del Papa a Turkson: se debe aumentar el cuidado del medioambiente

El Papa Francisco envía una Carta al cardenal Peter Turkson con motivo de la Conferencia “Construyendo la Fraternidad, Defendiendo la justicia. Retos y oportunidades para la población insular” que se celebra hoy, viernes 21 de mayo de 2021, de manera online y ha sido organizada por el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral y el Centro Anglicano de Roma.

 

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

Este viernes 21 de mayo de 2021, durante la Semana Laudato si’, el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y el Centro Anglicano de Roma organizan una iniciativa ecuménica conjunta sobre el tema “Construyendo la Fraternidad, Defendiendo la justicia. Retos y oportunidades para la población insular”. La conferencia tiene como objetivo explorar las preocupaciones sobre la situación de los derechos humanos y los derechos de los pueblos en el contexto específico de los estados insulares, incluyendo los desafíos sociales y ambientales, a la luz de las Cartas Encíclicas Laudato si' y Fratelli tutti del Papa Francisco.

Durante la sesión de apertura, que se celebró de manera online, se ha leido un mensaje del Santo Padre Francisco dirigido al Cardenal Peter K.A. Turkson, Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, en el que el Santo Padre asegura que se trata de “una importante iniciativa ecuménica, que implica un diálogo mutuo nacido de la sabiduría y la experiencia de diferentes tradiciones cristianas y ofrece una oportunidad a los creyentes, a los líderes gubernamentales y a los miembros de la sociedad civil en general, especialmente a los jóvenes, para abordar los desafíos particulares a los que se enfrentan los pueblos insulares”. Entre dichos desafíos, el Papa menciona “la violencia, el terrorismo, la pobreza, el hambre y las muchas formas de injusticia y desigualdad social y económica que perjudican a todos hoy en día, especialmente a las mujeres y los niños”.

La explotación incontrolada pone en riesgo el medioambiente y la vida

Francisco pone en relieve el preocupante hecho de que muchos pueblos insulares están expuestos a cambios ambientales y climáticos extremos, “algunos de los cuales – dice – son el resultado de la explotación incontrolada de los recursos naturales y humanos”.   “Como consecuencia, no sólo experimentan un deterioro medioambiental, sino también humano y social que pone en riesgo cada vez más la vida de los habitantes de estas islas y territorios marinos”. El Papa además expresa su deseo de que esta Conferencia “pueda contribuir al desarrollo de políticas internacionales y regionales concretas para abordar estos retos con mayor eficacia y reforzar la conciencia de la responsabilidad de todos de cuidar nuestra Casa Común”. 

Necesaria ecología integral que sostenga ecosistemas y humanos

El Papa explica que en estos meses de pandemia nos hemos dado cuenta de la necesidad de una ecología integral que pueda sostener no sólo los ecosistemas físicos sino también los humanos: “Puesto que "todo está relacionado”, el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás", asegura. Por ello pide una actitud solidaria y de respeto a cada persona, creada a imagen y semejanza de Dios con el compromiso firme de resolver los problemas medioambientales y sociales que afligen a quienes viven en zonas insulares y marinas. Además, agradece por los constantes esfuerzos realizados para construir la fraternidad y defender la justicia en las sociedades de estas regiones y confía en que el trabajo realizado en este encuentro sea una muestra del importante papel que pueden desempeñar los pueblos insulares para favorecer el crecimiento de un mundo más humano e inclusivo. 

Al centro: soberanía de los pueblos sobre sus recursos naturales

Entre los temas que se examinan en la Conferencia de hoy están los derechos de los pueblos indígenas, el derecho a la autodeterminación y la soberanía de los pueblos sobre sus recursos naturales. Además, el evento explorará la contribución de los pueblos isleños a la construcción de un mundo más inclusivo y justo, afectando a los pueblos insulares de los océanos Atlántico, Índico y Pacífico y contará con la participación de agentes locales, como autoridades gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil, siguiendo un enfoque ecuménico e interreligioso.

Puedes ver la videoconferencia en directo o en diferido en el canal de YouTube del Dicasterio https://www.youtube.com/VaticanIHD

 

Papa a los embajadores: "Promover la cultura del cuidado para salir de la crisis"

El Santo Padre recibió en audiencia en el Vaticano a los embajadores ante la Santa Sede de Singapur, Zimbabue, Bangladés, Argelia, Sri Lanka, Barbados, Suecia, Finlandia y Nepal; en el marco de la presentación de sus cartas credenciales. En su discurso, Francisco abordó temas como la actual crisis económica y social que vive el mundo acentuada por la pandemia, así como la urgencia de encontrar soluciones al problema de la migración y del cambio climático. Para ello, el Pontífice propuso "promover la cultura del cuidado".

 

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

La mañana del viernes 21 de mayo, el Papa Francisco recibió en audiencia en la sala Clementina del Vaticano a los embajadores acreditados ante la Santa Sede de Singapur, Zimbabue, Bangladés, Argelia, Sri Lanka, Barbados, Suecia, Finlandia y Nepal; en el marco de un encuentro en el que tuvo lugar la presentación de sus cartas credenciales.

En su discurso, el Santo Padre agradeció a los embajadores por su presencia en medio de esta actual pandemia que ha causado muchos efectos a la hora de trabajar, entre ellos, la dificultad para viajar y pidió que transmitan sus sentimientos de "estima y gratitud" a los respectivos Jefes de Estado que representan. 

La interdependencia de la única familia humana

Asimismo, el Pontífice recordó que con la llegada del Covid-19, la crisis social y económica se ha agravado en todo el mundo.

“A nivel personal, muchos han perdido a sus seres queridos y sus medios de vida. Las familias, en particular, se enfrentan a graves dificultades económicas y a menudo carecen de una protección social adecuada”

"En este sentido- continuó Francisco- la pandemia nos ha hecho más conscientes de nuestra interdependencia como miembros de la única familia humana, así como de la necesidad de estar atentos a los pobres y desamparados entre nosotros".

 

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Para poder salir de la crisis actual, el Papa subrayó que nuestras sociedades se enfrentan al reto "de dar pasos concretos y verdaderamente valientes" con el fin de promover una "cultura del cuidado global que pueda inspirar el surgimiento de nuevas relaciones y estructuras de cooperación al servicio de la solidaridad, el respeto a la dignidad humana, la ayuda mutua y la justicia social".

Urge atender los problemas de la migración y el cambio climático

Otro de los puntos destacados por el Santo Padre en su alocución fue el hecho de que "desgraciadamente la pandemia ha demostrado que la comunidad internacional experimenta una creciente dificultad, incluso incapacidad, para buscar soluciones comunes y compartidas a los problemas de nuestro mundo".

En este contexto, Francisco reflexionó sobre la necesidad de abordar problemas globales urgentes "como la migración y el cambio climático", así como las crisis humanitarias que a menudo derivan de las cuestiones anteriores:

“También pienso en la deuda económica que pesa sobre muchos países que luchan por sobrevivir, y en la «deuda ecológica» que tenemos con la propia naturaleza, así como con los pueblos y países afectados por la degradación medioambiental provocada por el hombre y la pérdida de biodiversidad. Estos problemas no son simplemente políticos o económicos; son cuestiones de justicia, una justicia que no puede seguir siendo ignorada o pospuesta. Se trata, en efecto, de un deber moral intergeneracional, porque la seriedad con la que respondamos a estas cuestiones determina el mundo que dejamos a nuestros hijos”

Igualmente, el Papa puntualizó que el trabajo de estos diplomáticos es fundamental "en el desarrollo de un consenso global capaz de responder a estos desafíos éticos a los que se enfrenta nuestra familia humana" e hizo hincapié en que la Santa Sede, a través de sus representaciones diplomáticas y de su actividad en la comunidad internacional, "apoya todos los esfuerzos para construir un mundo en el que la persona humana esté en el centro, la finanza esté al servicio del desarrollo integral y la Tierra, nuestra casa común, sea protegida y cuidada".

Oración por la paz en Tierra Santa

Finalmente, el Pontífice dirigió un pensamiento especial a lo que está ocurriendo en estos días en Tierra Santa.

"Doy gracias a Dios por la decisión de detener los enfrentamientos armados y espero que se sigan los caminos del diálogo y la paz", dijo Francisco indicando que mañana por la tarde, los Ordinarios Católicos de Tierra Santa celebrarán con sus fieles la Vigilia de Pentecostés en la Iglesia de San Esteban de Jerusalén, implorando el don de la paz:

“Aprovecho la ocasión para pedir a todos los pastores y fieles de la Iglesia católica que se unan a ellos en la oración. Que la súplica al Espíritu Santo se eleve en cada comunidad para que israelíes y palestinos encuentren el camino del diálogo y del perdón, para que sean constructores pacientes de la paz y de la justicia, abriéndose, paso a paso, a una esperanza común, a una convivencia entre hermanos”

El Papa se despidió de los embajadores deseándoles lo mejor en el desarrollo de las responsabilidades que han asumido y asegurándoles "la cooperación y la asistencia de las oficinas de la Santa Sede en el desempeño de sus funciones".

 

 

 

La mañana de este viernes, 21 de mayo, el Santo Padre recibió en Audiencia a los miembros de la Asociación “Lázaro”, a quienes alentó a seguir siendo con su compromiso y dedicación, cristianos no sólo de palabras, sino con hechos.

 

Ciudad del Vaticano

“No tengan miedo de llevar la antorcha de la esperanza y el amor. Sean testigos de la ternura de Dios en medio de la cultura del egoísmo, del individualismo, de la indiferencia, del descarte, del desprecio por los pobres y los débiles”, lo dijo el Papa Francisco en su discurso que entregó a los miembros de la Asociación “Lázaro”, a quienes recibió en Audiencia la mañana de este viernes, 21 de mayo, en el Vaticano, con ocasión de su decimo aniversario de fundación.

Vivir la experiencia del servicio y la fraternidad

En su discurso, el Santo Padre agradeció a los miembros de la Asociación "Lázaro" por el trabajo que realizan y señaló que, “siempre es una alegría ver que aún hoy muchas personas, llenas de fe, de buena voluntad y coraje, se comprometen a vivir la experiencia del servicio y de la fraternidad”. Asimismo, el Pontífice resaltó los principios sobre los cuales se edifica esta Asociación, y dijo que “estos principios tienen sentido y plasman a un grupo estable sólo si surgen de una fuerte amistad con Cristo, la fuente de su trabajo para el bien. Saliendo al encuentro de los demás en su situación y formando una familia en la que reine la armonía y la alegría de vivir juntos, ustedes participan en la misión de la Iglesia de ir a las periferias de nuestra sociedad”.

Ponerse al servicio de la dignidad humana

El Papa Francisco también alentó a los miembros de la Asociación Lázaro, especialmente a los jóvenes, por haber elegido ponerse al servicio de la dignidad humana, hacerse cercanos a las personas excluidas, a los sin techo, a los rechazados, a los traicionados a menudo en sus derechos. “Al servir a ellos – precisó el Papa – sirven al Señor mismo. A través de su apostolado, nos ayudan a comprender que cada persona es una historia sagrada, un don inestimable”. En estos tiempos de incertidumbre, de fragilidad, en lugar de malgastar sus vidas pensando sólo en ustedes mismos, ustedes tienen la experiencia de vivir juntos en solidaridad. Esto les permite enriquecer sus vidas convirtiéndose en una fuente de esperanza para aquellos que ya no creen en sí mismos y que se sienten humillados.

Cristianos no sólo de palabra, sino con hechos

Además, el Obispo de Roma señaló que los miembros de esta Asociación hubieran querido ser para las personas a las que sirven, la mano, los ojos, los oídos, la sonrisa de Dios. “A ellos les manifiestan la cercanía del Señor que cuida de su pueblo, especialmente de aquellos que están heridos y encorvados por las cargas de la vida, porque ‘el amor al prójimo es realista y no dispersa nada de lo que es necesario para una transformación de la historia dirigida al beneficio de los últimos’. Con su compromiso y dedicación, traten de ser cristianos no sólo de palabra, sino con hechos. De este modo, darán mucho fruto y eso se nota en la expansión de su Asociación en otros países y continentes”.

Lázaro, la ofrenda de la humanidad

Al participar en esta iniciativa, el Santo Padre les recordó que, “a los ojos de Dios, son un tesoro, un don, una vida, una dignidad. En sus rostros, vemos el rostro sufriente de Cristo que nos invita a un amor urgente y a un corazón abierto”. Por ello, habiendo recibido tanto bien y atención de los demás, se convierten a su vez en hombres y mujeres capaces de levantar, consolar, aliviar las heridas y hacer presente a Dios en el corazón de sus vidas. Los animo a dar lo mejor de ustedes mismos, a vivir cada momento de la existencia como una gracia, a salir del anonimato y hacer de sus vidas una ofrenda para lo bello, para lo bueno. De hecho, "Lázaro significa una ofrenda, la ofrenda de la humanidad, de lo que tiene de mejor: la conciencia de los límites".

Ser testigos de la misericordia y la bondad de Dios

Finalmente, antes de impartirles la bendición Apostólica, el Papa Francisco los animó a seguir siendo fieles a sus objetivos. “Hoy más que nunca necesitamos construir un mundo, una sociedad de relaciones fraternas y llenas de vida”. Porque "las acciones derivan de una unión que se inclina cada vez más hacia el otro considerándolo precioso, digno, agradable y bello, más allá de las apariencias físicas o morales. El amor a la otra persona por lo que es nos impulsa a buscar lo mejor para su vida. Sólo cultivando esta forma de relacionarnos haremos posible la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos".

 

Novedad para el Sínodo: se comienza con las Iglesias locales

El próximo octubre, el Papa dará inicio a un camino sinodal de tres años de duración y articulado en tres fases (diocesana, continental y universal), compuesto por consultas y discernimiento, que culminará con la Asamblea de octubre de 2023 en Roma.

 

Salvatore Cernuzio - Ciudad del Vaticano

«Uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo». Para concretar y hacer visible esa sinodalidad deseada por el Papa Francisco desde el inicio de su pontificado, el próximo Sínodo de los Obispos se celebrará no sólo en el Vaticano sino en cada Iglesia particular de los cinco continentes, siguiendo un itinerario de tres años articulado en tres fases, hechas de escucha, discernimiento, consulta. Laicos, sacerdotes, misioneros, personas consagradas, Obispos, Cardenales, incluso antes de discutir, reflexionar e interrogarse sobre la sinodalidad en la Asamblea de octubre de 2023 en el Vaticano, se encontrarán por tanto viviéndola en primera persona. Cada uno en su diócesis, cada uno con rol, con sus exigencias.

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Un proceso sinodal integral

El itinerario sinodal, que el Papa ha aprobado, se anuncia en un documento de la Secretaría del Sínodo en el que se explican sus modalidades. "Un proceso sinodal pleno se realizará de forma auténtica sólo si se implican a las Iglesias particulares", se lee. Además, será importante la participación de los "organismos intermedios de sinodalidad, es decir, los Sínodos de las Iglesias Orientales Católicas, los Concejos y las Asambleas de las Iglesias sui iuris y las Conferencias Episcopales, con sus expresiones nacionales, regionales y continentales".

Por primera vez un Sínodo descentralizado

Es la primera vez en la historia de esta institución, deseada por Pablo VI en respuesta al deseo de los Padres Conciliares de mantener viva la experiencia colegial del Vaticano II, que un Sínodo comienza descentralizado. En octubre de 2015, el Papa Francisco, conmemorando el 50 aniversario de esta institución, había expresado el deseo de un camino común de "laicos, pastores, Obispo de Roma" a través del "fortalecimiento" de la Asamblea de los Obispos y "una sana descentralización". El deseo ahora se hace realidad.

El camino del Sínodo de los Obispos

Apertura solemne con el Papa en el Vaticano

Superando cualquier "tentación de uniformidad", pero apuntando a una "unidad en la pluralidad", la apertura del Sínodo tendrá lugar tanto en el Vaticano como en cada una de las diócesis. El camino será inaugurado por el Papa en el Vaticano el 9 y 10 de octubre. Seguirán tres fases – diocesana, continental, universal – que pretenden hacer posible una verdadera escucha del pueblo de Dios y al mismo tiempo implicar a todos los Obispos en los diferentes niveles de la vida eclesial.

Fase diocesana: consulta y participación del Pueblo de Dios

Siguiendo el mismo esquema, es decir, con un momento de encuentro/reflexión, oración y celebración Eucarística, las Iglesias particulares iniciarán su camino el domingo 17 de octubre, bajo la presidencia del Obispo diocesano. "El objetivo de esta fase es la consulta al pueblo de Dios para que el proceso sinodal se realice en la escucha de la totalidad de los bautizados", se lee en el documento. Para facilitar la participación de todos, la Secretaría del Sínodo enviará un Documento Preparatorio, acompañado de un Cuestionario y un Vademécum con propuestas para realizar la consulta. El mismo texto se enviará a los Dicasterios de la Curia, a las Uniones de Superiores y Superioras Mayores, a las uniones o federaciones de vida consagrada, a los movimientos internacionales de laicos, a las Universidades o Facultades de Teología.

Un responsable diocesano

Cada Obispo, antes de octubre de 2021, nombrará un responsable diocesano como punto de referencia y enlace con la Conferencia Episcopal que acompañará la consulta en la Iglesia particular en cada paso. A su vez, la Conferencia Episcopal nombrará un responsable o un equipo como punto de referencia con los responsables diocesanos y la Secretaría General del Sínodo. El discernimiento diocesano culminará con una "Reunión Pre-Sinodal" al finalizar la consulta. Las contribuciones se enviarán a su propia Conferencia Episcopal, en la fecha que ésta determine.

El discernimiento de los Pastores

A continuación, corresponderá a los Obispos reunidos en Asamblea abrir un período de discernimiento para "escuchar lo que el Espíritu ha suscitado en las Iglesias que se les ha confiado" y hacer una síntesis de las aportaciones. La síntesis se enviará a la Secretaría del Sínodo, así como las contribuciones de cada Iglesia particular. Todo esto se hará antes de abril de 2022. Del mismo modo, también se recibirán las aportaciones enviadas por los Dicasterios, Universidades, Unión de Superiores Generales, Federaciones de Vida Consagrada, movimientos. Una vez obtenido el material, la Secretaría General del Sínodo elaborará el primer Instrumentum Laboris, que servirá de esquema de trabajo para los participantes en la Asamblea del Vaticano y que será publicado en septiembre de 2022 y enviado a las Iglesias particulares.

Fase continental: diálogo y discernimiento

Comienza así la segunda fase del camino sinodal, la "continental", prevista hasta marzo de 2023. El objetivo es dialogar a nivel continental sobre el texto del Instrumentum laboris y realizar así "un nuevo acto de discernimiento a la luz de las particularidades culturales de cada continente". Cada reunión continental de los Episcopados nombrará a su vez, antes de septiembre de 2022, un responsable que actuará como referente con los propios Episcopados y la Secretaría del Sínodo. En las Asambleas Continentales se elaborará un documento final que se enviará en marzo de 2023 a la Secretaría del Sínodo. Paralelamente a las reuniones continentales, también deberán celebrarse Asambleas Internacionales de especialistas, que podrán enviar sus contribuciones. Por último, se redactará un segundo Instrumentum Laboris, que se publicará en junio de 2023.

Fase universal: los Obispos del mundo en Roma

Este largo camino, que pretende configurar "un ejercicio de colegialidad dentro del ejercicio de la sinodalidad", culminará en octubre de 2023 con la celebración del Sínodo en Roma, según los procedimientos establecidos en la Constitución promulgada en 2018 por el Papa Francisco Episcopalis Communio.

 

EL ESPÍRITU SANTO Y MARÍA

— Esperar la llegada del Paráclito junto a la Virgen Santísima.

— El Espíritu Santo en la vida de María.

— La Virgen María, «corazón de la Iglesia naciente», colabora activamente en la acción del Espíritu Santo en las almas.

I. Mientras dura la espera de la venida del Espíritu Santo prometido, todos perseveraban unánimemente en la oración juntamente con las mujeres y con María, la Madre de Jesús...1. Todos están en un mismo lugar, en el Cenáculo, animados de un mismo amor y de una sola esperanza. En el centro de ellos se encuentra la Madre de Dios. La tradición, al meditar esta escena, ha visto la maternidad espiritual de María sobre toda la Iglesia. «La era de la Iglesia empezó con la “venida”, es decir, con la bajada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén junto con María, la Madre del Señor»2.

Nuestra Señora vive como un segundo Adviento, una espera, que prepara la comunicación plena del Espíritu Santo y de sus dones a la naciente Iglesia. Este Adviento es a la vez muy semejante y muy diferente al primero, el que preparó el nacimiento de Jesús. Muy parecido porque en ambos se da la oración, el recogimiento, la fe en la promesa, el deseo ardiente de que esta se realice. María, llevando a Jesús oculto en su seno, permanecía en el silencio de su contemplación. Ahora, Nuestra Señora vive profundamente unida a su Hijo glorificado3.

Esta segunda espera es muy diferente a la primera. En el primer Adviento, la Virgen es la única que vive la promesa realizada en su seno; aquí, aguarda en compañía de los Apóstoles y de las santas mujeres. Es esta una espera compartida, la de la Iglesia que está a punto de manifestarse públicamente alrededor de nuestra Señora: «María, que concibió a Cristo por obra del Espíritu Santo, el amor de Dios vivo, preside el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés, cuando el mismo Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y vivifica en la unidad y en la caridad el Cuerpo místico de los cristianos»4.

El propósito de nuestra oración de hoy, víspera de la gran solemnidad de Pentecostés, es esperar la llegada del Paráclito muy unidos a nuestra Madre, «que implora con sus oraciones el don del Espíritu Santo, que en la Anunciación ya la había cubierto a Ella con su sombra»5, convirtiéndola en el nuevo Tabernáculo de Dios. Antes, en los comienzos de la Redención, nos dio a su Hijo; ahora, «por medio de sus eficacísimas súplicas, consiguió que el Espíritu del divino Redentor, otorgado ya en la Cruz, se comunicara con sus prodigiosos dones a la Iglesia, recién nacida el día de Pentecostés»6.

«Quien nos transmite ese dato es San Lucas, el evangelista que ha narrado con más extensión la infancia de Jesús. Parece como si quisiera darnos a entender que, así como María tuvo un papel de primer plano en la Encarnación del Verbo, de una manera análoga estuvo presente también en los orígenes de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo»7.

Para estar bien dispuestos a una mayor intimidad con el Paráclito, para ser más dóciles a sus inspiraciones, el camino es Nuestra Señora. Los Apóstoles lo entendieron así; por eso los vemos junto a María en el Cenáculo.

Examinemos cómo es nuestro trato habitual con Nuestra Señora; concretemos para el día de hoy algún propósito: cuidemos mejor el rezo del Santo Rosario, contemplando sus misterios; ofrezcámosle alguna pequeña mortificación distinta a las que acostumbramos durante la semana; cuidemos mejor el saludarla a través de sus imágenes, que encontraremos en la calle, en la habitación...

II. La Virgen Santísima recibió el Espíritu Santo con una plenitud única el día de Pentecostés, porque su corazón era el más puro, el más desprendido, el que de modo incomparable amaba más a la Trinidad Beatísima. El Paráclito descendió sobre el alma de la Virgen y la inundó de una manera nueva. Es el «dulce Huésped» del alma de María. Nuestro Señor había prometido al que ame a Dios: Vendremos sobre él y en él haremos nuestra morada8. Esta promesa se realiza, ante todo, en Nuestra Señora.

Ella, «la obra maestra de Dios»9, había sido preparada con inmensos cuidados por el Espíritu Santo para ser tabernáculo vivo del Hijo de Dios. Por eso el Ángel la saluda: Salve, llena de gracia10. Y ya poseída por el Espíritu Santo y llena de su gracia, recibió todavía una nueva y singular plenitud de ella: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra11. «Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a Él con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo y, por eso, Hija predilecta del Padre y Sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria que aventaja con creces a todas las criaturas, celestiales y terrenas»12.

Durante su vida, Nuestra Señora fue creciendo en amor a Dios Padre, a Dios Hijo (su Hijo Jesús), a Dios Espíritu Santo. Ella correspondió a todas las inspiraciones y mociones del Paráclito, y cada vez que era dócil a estas inspiraciones recibía nuevas gracias. En ningún momento opuso la más pequeña resistencia, nunca negó nada a Dios; el crecimiento en las virtudes sobrenaturales y humanas (que estaban bajo una especial influencia de la gracia) fue continuo.

Los que son movidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios13. Ninguna criatura se dejó llevar y guiar por el Espíritu Santo como nuestra Madre Santa María: ninguna vivió la filiación divina como Ella.

El Espíritu Santo, que ha habitado en María desde el misterio de su Concepción Inmaculada, en el día de Pentecostés vino a fijar en Ella su morada, de una manera nueva. Todas las promesas que Jesús había realizado acerca del Paráclito se cumplen plenamente en el alma de la Virgen: Él os recordará todas las cosas14Él os guiará a la verdad completa15.

La Virgen es la Criatura más amada de Dios. Pues si a nosotros, a pesar de tantas ofensas, nos recibe como el padre al hijo pródigo; si a nosotros, siendo pecadores, nos ama con amor infinito y nos llena de bienes cada vez que correspondemos a sus gracias, «si procede así con el que le ha ofendido, ¿qué hará para honrar a su Madre, inmaculada, Virgo fidelis, Virgen Santísima, siempre fiel?

»Si el amor de Dios se muestra tan grande cuando la cabida del corazón humano –traidor, con frecuencia– es tan poca, ¿qué será en el Corazón de María, que nunca puso el más mínimo obstáculo a la Voluntad de Dios?»16.

III. Todo cuanto se ha hecho en la Iglesia desde su nacimiento hasta nuestros días, es obra del Espíritu Santo: la evangelización del mundo, las conversiones, la fortaleza de los mártires, la santidad de sus miembros... «Lo que el alma es al cuerpo del hombre –enseña San Agustín–, eso es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Jesucristo que es la Iglesia. El Espíritu Santo hace en la Iglesia lo que el alma hace en los miembros de un cuerpo»17, le da vida, la desarrolla, es su principio de unidad... Por Él vivimos la vida misma de Cristo Nuestro Señor en unión con Santa María, con todos los ángeles y los santos del Cielo, con quienes se preparan en el Purgatorio y los que peregrinan aún en la tierra.

El Espíritu Santo es también el santificador de nuestra alma. Todas las obras buenas, las inspiraciones y deseos que nos impulsan a ser mejores, las ayudas necesarias para llevarlas a cabo... Todo es obra del Paráclito. «Este divino Maestro pone su escuela en el interior de las almas que se lo piden y ardientemente desean tenerle por Maestro»18. «Su actuación en el alma es suave, su experiencia es agradable y placentera, y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la verdad del genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar la mente del que lo recibe y después, por las obras de este, la mente de los demás»19.

Y del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al salir el sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el alma y, levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes ignoraba.

Después de Pentecostés la Virgen es «como el corazón de la Iglesia naciente»20. El Espíritu Santo, que la había preparado para ser Madre de Dios, ahora, en Pentecostés, la dispone para ser Madre de la Iglesia y de cada uno de nosotros.

El Espíritu Santo no cesa de actuar en la Iglesia, haciendo surgir por todas partes nuevos deseos de santidad, nuevos hijos y a la vez mejores hijos de Dios, que tienen en Jesucristo el Modelo acabado, pues es el primogénito de muchos hermanos. Nuestra Señora, colaborando activamente con el Espíritu Santo en las almas, ejerce su maternidad sobre todos sus hijos. Por eso es proclamada con el título de Madre de la Iglesia, «es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los Pastores, que la llaman Madre amorosa, y queremos –proclamaba Pablo VI– que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título»21.

Santa María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros y ayúdanos a preparar la venida del Paráclito a nuestras almas.

1 Hech 1, 14. — 2 Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, 18-V-1986, 25. — 3 Cfr. M. D. Philippe, Misterio de María, Rialp, Madrid 1986, pp. 348-349. — 4 Pablo VI, Discurso, 25-X-1969. — 5 Conc. Vat. II, Const. Lumen Gentium, 59. — 6 Pío XII, Enc. Mystici Corporis, 29-VI-1943. — 7 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 141. — 8 Jn 14, 23. — 9 Cfr. San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 292. — 10 Lc 1, 28. — 11 Lc 1, 35. — 12 Conc. Vat. II, loc. cit., 53. — 13 Rom 8, 14. — 14 Cfr. Jn 14, 26. — 15 Cfr. Jn 16, 13. — 16 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 178. — 17 San Agustín, Sermón 267. — 18 Francisca Javiera del Valle, Decenario al Espíritu Santo, de la consideración para el día 4º. — 19 San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 16, sobre el Espíritu Santo, 1.  20 R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador, Rialp, Madrid 1976, p. 144. — 21 Pablo VI, Discurso al Concilio, 2-lX-1964.

 

Meditaciones: sábado 7ª semana de Pascua

Reflexión para meditar el sábado de la 7ª semana de Pascua. Los temas propuestos son: el Espíritu Santo nos hace presente el amor de Dios; el amor de Dios renueva, perdona y da fuerza; dar y recibir el amor de Dios.

MEDITACIONES22/05/2021

El Espíritu Santo nos hace presente el amor de Dios.

El amor de Dios renueva, perdona y da fuerza.

Dar y recibir el amor de Dios.


«HAY, ADEMÁS, otras muchas cosas que hizo Jesús y que, si se escribieran una por una, pienso que ni aun el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir» (Jn 21,25). El amor de Dios no cabe en un libro, ni en una fórmula, ni hay palabras para explicarlo; es inefable, no podemos aferrarlo ni encerrarlo en nuestros esquemas. El amor es uno de los frutos del Espíritu Santo y precisamente a él podemos pedirle, en la víspera de su fiesta, que nos hable de ese amor. El será quien nos recuerde, día tras día, que «la obra de Cristo es obra de amor: amor de él que se ha entregado y amor del Padre que lo ha dado»[1]. Amor es un término tan utilizado que nos puede dar la impresión de que a veces ha perdido su fuerza. Sin embargo, el Paráclito sabrá hacer vibrar nuestra alma con el único amor que no conoce traición ni cansancio.

Escribe san Clemente Romano, a finales del siglo primero: «¿Quién será capaz de explicar debidamente el vínculo que el amor divino establece? ¿Quién podrá dar cuenta de la grandeza de su hermosura? El amor nos eleva hasta unas alturas inefables. El amor nos une a Dios, el amor cubre la multitud de los pecados, el amor lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en él; el amor no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia (...). Por su amor hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas. Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es el amor y cómo es inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarlo adecuadamente, si Dios no le otorga este don»[2].

Cuántas veces hemos buscado sucedáneos o hemos pensado que no necesitábamos ese cariño. Cuántas veces, como el hijo pródigo y su hermano, hemos soñado una felicidad lejos de nuestro padre y de nuestro hogar. Conscientes de nuestra fragilidad, podemos acudir al Paráclito para que nos haga pregustar y disfrutar el amor que Dios quiere regalarnos. «El Espíritu todo lo escudriña, incluso las profundidades de Dios» (1 Cor 2,10). ¿Cuáles son esas profundidades que nuestro corazón está llamado a gozar? «Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor» (Jn 15,9), dijo Jesús. No queremos salir de ese lugar.


«EN ESTO consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Podemos, «antes que nada, pensar en lo que Dios ha hecho y hace por mí, no pretender basar la seguridad en lo que yo he hecho y hago por Dios, porque siempre será poco (lo mío). Lo que haga, en realidad, será –eso mismo– don de Dios»[3]. Podemos caer instintivamente en la tentación de pensar y vivir esa relación como si necesitáramos muy poco de él. Pero el amor de Dios tiene una dinámica muy diferente. «Del Señor procede todo lo bueno y, sin él, no sólo un poco, sino absolutamente nada puedes tú comenzar y perfeccionar»[4]. Por eso, en este aspecto, es todavía más importante la guía de un maestro que nos aconseje. San Josemaría tenía bien claro que quería contar con el Espíritu Santo: «Siento el amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: él me dará fuerzas, él lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte. Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!»[5].

Podemos hacer este mismo propósito y dejarle fortalecer nuestros corazones. Un lugar privilegiado para disponernos a su acción es el sacramento de la Confesión: «El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros (...). Por esa razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona»[6].


PUEDE SER que muchas veces, en nuestra relación con Dios, nos centremos más en lo que nosotros damos que en lo que recibimos, también de manera inconsciente. Y esa perspectiva nos limita porque, sin querer, nos sitúa enfrente de Dios, no a su lado. Es importante procurar purificar, cada vez más, la imagen de Dios que tenemos en nuestro interior. «Si tenemos en mente a un Dios que arrebata, que se impone, también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios, reclamando relevancia, buscando poder. Pero si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia (...). El Espíritu, memoria viviente de la Iglesia, nos recuerda que nacimos de un don y que crecemos dándonos; no preservándonos, sino entregándonos sin reservas»[7].

También nos puede pasar que otras veces nos centremos en lo que recibimos, pero exigiéndolo. «Examinemos nuestro corazón y preguntémonos qué es lo que nos impide darnos. Decimos que tres son los principales enemigos del don, siempre agazapados en la puerta del corazón: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo. El narcisismo lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar solo el propio beneficio (...). El victimista está siempre quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!”. ¡Cuántas veces hemos escuchado estas lamentaciones! (...). Por último, está el pesimismo. Aquí la letanía diaria es: “Todo está mal, la sociedad, la política, la Iglesia...”. El pesimista arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”»[8].

A María le pedimos que nos enseñe a recibir el cariño divino como ella lo hizo, uniéndonos a unas palabras de san Josemaría: «Tus caídas involuntarias –caídas de niño– hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate, y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo»[9].


[1] Benedicto XVI, Homilía, 4-VI-2006.

[2] San Clemente Romano, Carta a los Corintios, capítulos XLIX-L.

[3] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, p. 40.

[4] San Bernardo, In festivitate Pentecostes sermo, 2,6.

[5] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 864.

[6] Francisco, Patris corde, n. 2.

[7] Francisco, Homilía, 31-V-2020.

[8] Ibíd.

[9] San Josemaría, Camino, n. 884.

 

 

“Participaremos en su maternidad espiritual”

Recurre constantemente a la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre de la humanidad: y Ella atraerá, con suavidad de Madre, el amor de Dios a las almas que tratas, para que se decidan –en su trabajo ordinario, en su profesión– a ser testigos de Jesucristo. (Forja, 911)

22 de mayo

Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con Él por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios. (Amigos de Dios, 283)

 

Ambiente de hogar, escuela de amor

Para lograr que el amor crezca, cada familia ha de procurar ensanchar su capacidad de dar y de recibir.

AMOR HUMANO28/06/2016

I. Una familia en salida: dar y recibir

La familia es una célula abierta al servicio de la sociedad, no es una institución cerrada, lejana y de ámbito estrictamente privado; como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad”.[1] De acuerdo con esto, podemos decir que la familia es el ámbito natural del amor.

Ese amor, propio de los cónyuges, es querer que el otro exista y que exista bien, no de cualquier manera: porque te amo busco tu bien, tu felicidad. Con la llegada de los hijos el amor entre los esposos se acrecienta, se multiplica y se manifiesta en la búsqueda del bien para cada hijo, en querer lo mejor para ellos –en todos los aspectos: físico, emocional, espiritual, etc.–. Pero como la familia no se encierra en sí misma, sino que trasciende su propio ámbito y se incardina en la sociedad –más aún, sin familia no hay sociedad–, ese amor que comenzó siendo de los esposos y luego desembocó en los hijos, está llamado también a extenderse: todos merecen participar del amor que irradia de la familia, que se manifiesta en el deseo de bien.

EN OCASIONES, SE DA UNA TENDENCIA A DIVIDIR LA PROFUNDA UNIDAD DAR-RECIBIR; EL RESULTADO ES LA DISGREGACIÓN DE LA FAMILIA

Para lograr que el amor crezca, cada familia ha de procurar ensanchar su capacidad de dar y de recibir. En ocasiones, se da una tendencia a dividir la profunda unidad dar-recibir; el resultado es la disgregación de la familia, pues parece que “…respecto al dar es de los padres; respecto al recibir, es de los hijos. Y el resultado es un conjunto de seres humanos escasamente unidos por el amor familiar: padres sacrificados, hijos más o menos irresponsables… Unos y otros deben dar y recibir. Primeramente, dar, porque toda persona es un ser de aportaciones. Y luego, recibir para más dar, para dar mejor”.[2] Como dice Enrique Rojas: “El amor no es egoísta. Su única referencia es el otro. El amor acaba con la vida en soledad”. Pero este amor hay que concretarlo. A este respecto comenta el Papa Francisco:

“Mirad que el amor … no es el amor de las telenovelas. No, es otra cosa. El amor cristiano tiene siempre una cualidad: lo concreto (…) Jesús mismo, cuando habla del amor, nos habla de cosas concretas: dar de comer a los hambrientos, visitar a los enfermos...”.

El Papa nos sugiere dos criterios. El primero es que el amor está más en las obras que en las palabras. Jesús mismo lo dijo: no los que me dicen “Señor, Señor”, los que hablan mucho, entrarán en el Reino de los cielos; sino aquellos que cumplen la voluntad de Dios. Es la invitación, por lo tanto, a estar en lo «concreto» cumpliendo las obras de Dios. Así, el primer criterio es amar con las obras, no solo con las palabras. El segundo es este: en el amor es más importante dar que recibir. La persona que ama da, da vida, da cosas, da tiempo, se entrega a sí mismo a Dios y a los demás. En cambio la persona que no ama y que es egoísta busca siempre recibir. Busca siempre tener ventaja.[3]

Hoy en día, hay muchas personas necesitadas de ayuda, por causa de las más diversas circunstancias: el hambre; la emigración por culpa de la guerra; las víctimas de abusos y violencias y del terrorismo; personas damnificadas por catástrofes naturales; otros perseguidos por su fe; el drama del aborto y de la eutanasia; el desempleo, sobre todo de los jóvenes; ancianos que viven en soledad. Todas estas realidades conviven de una manera u otra con nosotros, en el día a día y es allí donde cada persona, cada familia, está llamada a ser un agente de ayuda y de cambio a favor de los más necesitados.

Como dice el Concilio Vaticano II, “la familia ha recibido directamente de Dios la misión de ser la célula primera y vital de la sociedad. Cumplirá esta misión si, por la piedad mutua de sus miembros y la oración dirigida a Dios en común, se presenta como un santuario doméstico de la Iglesia; si la familia entera toma parte en el culto litúrgico de la Iglesia; si, por fin, la familia practica activamente la hospitalidad, promueve la justicia y demás obras buenas al servicio de todos los hermanos que padezcan necesidad. Entre las varias obras de apostolado familiar pueden recordarse las siguientes: adoptar como hijos a niños abandonados, recibir con gusto a los forasteros, prestar ayuda en el régimen de las escuelas, ayudar a los jóvenes con su consejo y medios económicos, ayudar a los novios a prepararse mejor para el matrimonio, prestar ayuda a la catequesis, sostener a los cónyuges y familias que están en peligro material o moral, proveer a los ancianos no sólo de los indispensable, sino procurarles los medios justos del progreso económico”.[4]

“LA MISERICORDIA NO ES BUENISMO, NI UN MERO SENTIMENTALISMO”, POR EL CONTRARIO, ES MANIFESTACIÓN DEL AMOR INFINITO DE DIOS POR CADA UNO Y LA CONCRECIÓN HUMANA DEL AMOR HACIA EL PRÓJIMO.

En este Año Jubilar de la Misericordia se nos presenta una nueva oportunidad para vivir el amor familiar, y concretar el amor en los necesitados. El elenco de las obras de misericordia nos ofrece la posibilidad de abrirnos, de darnos a los otros. El Papa Francisco nos llama a redescubrir las obras corporales: dar de comer a los hambrientos, dar de beber a los sedientos, vestir a los desnudos, acoger al extranjero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y a no olvidarnos de las espirituales: aconsejar a los que dudan, enseñar a los ignorantes, advertir a los pecadores, consolar a los afligidos, perdonar las ofensas, soportar pacientemente a las personas molestas, rezar a Dios por los vivos y los difuntos. “La misericordia no es buenismo, ni un mero sentimentalismo”, por el contrario, es manifestación del Amor infinito de Dios por cada uno y la concreción humana del amor hacia el prójimo.

Es así como la familia está llamada a ser “escuela de generosidad”; es decir, en la familia “se aprende que la felicidad personal depende de la felicidad del otro, se descubre el valor del encuentro y del diálogo, la disponibilidad desinteresada y el servicio generoso”.

“Los niños que ven en su casa cómo se va buscando siempre el bien común de la familia, y cómo unos se sacrifican por otros, están aprendiendo un estilo de vida basado en el amor y en la generosidad. Es una vivencia que deja una huella imborrable. Crecerán sabiendo que integrarse en la sociedad no es solo recibir, sino recibir y aportar”.[5]

II. Darse en la propia familia

Muchas veces –y es necesario hacerlo– dirigimos la mirada hacia realidades lejanas buscando hacer el bien: damos dinero, tiempo, quehacer, olvidando tal vez que en los más próximos tenemos nuestro primordial y más importante campo de acción. No sólo con el cónyuge y los hijos, sino con los padres ya mayores, y quizás enfermos, que requieren una atención especial; con parientes necesitados por diferentes causas; con amigos cercanos que requieren nuestro consejo; con personas conocidas a quienes vemos y tratamos regularmente y que precisan temporalmente de un hogar, de la presencia de un amigo, etc. Para los cónyuges cristianos, su primera “periferia” es la propia familia, donde quizás se encuentren los más necesitados de su dádiva amorosa. Luego, el mundo entero para “ahogar el mal con abundancia de bien”, como le gustaba decir a San Josemaría.[6]

Volviendo al caso de los más ancianos en las familias, ellos merecen –al igual que los niños- una especial solicitud, bien sean los propios padres u otros familiares cercanos que por el paso de los años necesitan atenciones particulares. La esperanza de vida es cada vez más larga; sin embargo, no se ha producido un avance paralelo en el cuidado de los mayores, quienes muchas veces son considerados una carga difícil de sobrellevar, o peor aún los que por determinadas circunstancias se encuentran en situación de desvalimiento y abandono. Con cada uno de ellos hemos de ser amables, pacientes, entregados, ofrecerles nuestro tiempo, nuestro cariño y ayuda en sus necesidades, y enseñar a los hijos a actuar de la misma manera. El día de mañana serán ellos los que quizás tengan que cuidar de sus padres y, si no lo han visto, si no lo han vivido, no sabrán o no querrán hacerlo. La familia es el lugar donde los más débiles encuentran auxilio y protección. Por esto, es el mejor ámbito para cuidar de los mayores. A este respecto, decía Benedicto XVI: “La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común”.

Este dar-se a los que están cerca de cada unosi es por amor, se hace con la alegría de los que se saben hijos de Dios, destinados a la felicidad que solo se encuentra haciendo el bien.

Carolina Oquendo Madriz


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 2206.

[2] Oliveros F. Otero (1988), La felicidad en las familias, Loma Editorial, México.

[3] Cfr. Papa Francisco, Homilía en Santa Marta, 9-1-2014.

[4] Decreto Apostolicam Actuositatem (18 noviembre 1965), n.11. El subrayado es de la autora.

[5] María Lacalle Noriega (2015), La dimensión pública de la familia. En: Nicolás Álvarez de las Asturias (Ed.), Redescubrir la familia, Palabra, Madrid.

[6] San Josemaría, Surco, n 864.

 

Educar es difícil, posible y bello, palabras a padres y maestros

Lo primero que creo puede ser importante es plantearme y plantearles ¿a quién le quiero dirigir estas palabras? Y en este sentido me hace bien imaginar que estas páginas las pudieran leer la mamá que se ha levantado temprano y está preparando el desayuno para el marido y los chicos, para después empezar todos, cada uno en lo suyo, el trajín del día. O el papá que mientras se afeita piensa en todo lo que le espera en el trabajo, mientras se le cruzan los rostros y las dificultades de la casa. Se las quisiera decir al educador la maestra, el profesor, la directora, el preceptor, la secretaria, el portero que va yendo a su colegio, escuela o universidad para empezar la labor educativa, unos mirando por la ventanilla del tren o del ómnibus, si tuvieron la suerte de conseguir asiento, otros caminando por el pueblo y saludando al paso a todos, porque todos conocen al maestro o la maestra, otros a caballo por las picadas del monte, o por los senderos de las montañas, otros en botes, rumbo a las islas.

Y, ¿qué querría decirles? Creo que querría animarlos diciéndoles estas tres verdades, con las que hace más de diez años el Cardenal Martini describió lo que significa el desafío de «educar hoy”1 : que educar es ciertamente difícil, pero a pesar de todo posible, y sobre todo y fundamentalmente bello.

Es difícil

Por lo que vemos y sobre todo por lo que nos toca vivir cada día en nuestras casas, en el colegio, en los ambientes donde se mueven los chicos (hijos, alumnos), experimentamos que realmente es así, que es difícil educar. Muchos padres y maestros viven incluso esta dificultad con una fuerte sensación de impotencia, y hasta de inutilidad, que se manifiesta en una carga grande de agobio y desconsuelo, en una desazón que los lleva a plantearse con hondo pesimismo el sentido de tanto esfuerzo educativo puesto en ellos, o a desentenderse inmaduramente de su misión.

Educar es difícil porque surgen valores nuevos y se desprecian los viejos. Porque hay costumbres sociales que se han modificado notablemente. Por sólo citar alguna: cada vez hay menos tiempo libre, estamos perdiendo el valor de lo gratuito. Hoy en las ciudades es casi un sueño sentarse a la mesa juntos, escucharnos, compartir cosas, o estarnos simplemente en familia, sin hacer nada, pero juntos. Y aún siendo un triunfo el juntarnos, cuántas veces, sin embargo, dejamos que el televisor nos robe la atención rompiendo el círculo familiar, por un semicírculo que muchas veces nos libera de un compartir maduramente los hechos de la vida cotidiana.

Nos hemos vuelto tan «geniales» que ya no tenemos tiempo ni para jugar, lo cual paradójicamente es muy serio, y si lo hacemos, muchas veces es de espaldas a la gente, frente a una pantalla fría, impersonal de computadora. ¡Estamos solos hasta para jugar!

Educar es difícil porque hay muchas certezas puestas en duda. Porque ha cambiado el valor de las instituciones.

Hay un fuerte rechazo a la familia que a la vez convive aunque suene contradictorio con una cada vez mayor necesidad y reclamo solapado de ella. Es cierto que ha cambiado la relación joven adulto, y que hay una mayor igualdad como cosa positiva , pero con la dificultad de que muchas veces esto nos sirve de pretexto para liberarnos de nuestra misión de autoridad: de maestro o de padre. El Papa dice que uno de los dramas de nuestros tiempos es la orfandad, y la peor de ellas, la «orfandad con padres vivos». «La escala de valores paternales dice Martín Descalzo que durante siglos sirvió de última referencia, de respaldo vital a muchas generaciones, parece haber hoy desaparecido. Ni los jóvenes parecen creer en sus padres ni tienen muchos padres el coraje de serlo en plenitud… Esa falta o minusvaloración de los padres gesta una enorme soledad. Y por lo tanto vemos muchos jóvenes y hombres grandes reaccionando con actitudes muy típicas de aquellos que perdieron a su padre en la primera infancia”2

Por supuesto que no pretendemos defender ciertas formas de ser padre o maestro que no eran sino autoritarismos opresores y asfixiantes, pero sucede que, quizás por reacción a esta caricatura de la paternidad o de la autoridad, «hemos pendulado hacia el extremo opuesto y muchos padres han abdicado de su función en nombre de una supuesta libertad, que ciertamente permitirá vivir más cómodamente a los hijos o a los alumnos, pero también más huérfanos” .3

Tenemos que convencernos que los chicos «no aman los rigorismos ni las durezas absurdas, pero tampoco aman la confusión de una libertad llena de vacilaciones. Hay que convencerse que en el amor al padre, al maestro, no hay simple afán de seguridad y miedo a la aventura. Hay algo más sólido: hay el reconocimiento de que el hombre tiene mucho que ver con sus propias raíces y que se realizará verdaderamente en la medida que sea fiel a ellas»4 , sin perder por supuesto su propia originalidad, su capacidad de crear libremente muchas cosas nuevas. Hay en nuestros jóvenes una inmensa «nostalgia de tierra firme» y si no la encuentran en sus padres o en sus maestros la irán a buscar en cualquier ideología, o en cualquier amigote que les haga de padre, y si no, mendigarán en los falsos refugios «sustitutivos’ o alienantes de la bebida, de la droga, o del sexo loco, porque la necesidad de ese «horizonte de referencia seguro» es algo que el ser humano lleva en sus entrañas, y por lo tanto, bien o mal, no dejarán de buscarlo.
Educar es difícil porque los jóvenes no tienen suficientes modelos adultos creíbles. Ven caer las ideologías con todas sus promesas fascinantes, ven «superhombres» transformados en «pobres hombres», que deciden los destinos del mundo y no pueden gobernar su propio corazón, que juegan a ganar grandes guerras, y pierden bataholas «de pasillo”, que son amos del mundo, y extranjeros en su casa.

Ven figuras de adultos que lideran multitudes, que proponen proyectos grandes para su pueblo, a las que se adhieren, y en pocos meses encuentran a los mismos líderes sentado frente a un tribunal, ya no proponiendo nada para el bien de los otros, sino «cuidando el propio pellejo», haciendo malabarismos para zafar de marchar presos. No es el hecho aquí de hablar de culpabilidades o inocencias, eso no nos corresponde si no lo podemos probar. Lo que queremos remarcar aquí es el «shock» desarmante que provoca en el corazón del joven este contraste tremendo: el hasta ayer «ídolo», hoy «reo»; el hasta ayer confiable y «seguible», hoy un «sospechoso». Esto provoca necesariamente en el joven este «no creer ya en nada ni en nadie», este «hacer la suya’, actitud que de a poco se va convirtiendo en un modo de vivir, de relacionarse, de juzgar las cosas y las personas.
Y si esto sucede con los personajes públicos, no es menos grave el hecho de que muchas veces encuentran en nosotros los más cercanos, los que deberíamos ser puntos de referencia claros en su vida de fe gestos o actitudes que contradicen radicalmente lo que les predicamos, convirtiéndonos para ellos en factor de hondos desencantos, en «piedra de tropiezo».

Educar es difícil porque para hacer frente a una carrera de competencia «zoológica», se educa al hijo para el éxito, para que un día ocupe los primeros puestos, para que tenga más, para que sea más grande que los otros. Y así tenemos un inmenso rejunte de «monstruitos educadísimos», eso sí: trilingües, brillantes en eficiencia, en capacidad de trabajar sin descanso, empachados de títulos, preparados para servir a un «sistema» por el que sacrificarán «inhumanamente» horas de sueño, de familia, de noviazgo o amistades, de servicio solidario a los demás; por el que tendrán que practicar fríamente y «sin culpas» porque todo se hace «en regla» recortes de sueldos o jubilaciones, contratos indignos, despidos despiadados. Para, finalmente, ser por el mismo sistema «sacrificados» para lo cual en cambio nunca se está preparado cuando ya las neuronas se «empasten» un poco, cuando cometamos dos errores seguidos en las cuentas, o el simple pero gravísimo error de cumplir 40 o 45 años.

Educar es difícil porque se ha confundido la formación del corazón con una especie de «training» exigentísimo, que ha hecho de la eficiencia un fin, olvidándonos que es válida y necesaria, pero siempre se inscribirá en el ámbito de los medios, y que cada vez que pierde su condición se convierte en un «becerro de oro», a cuyo alrededor bailan un montón de idólatras, que a poco de adorarlo se chasquean. Convenzámonos que el fin para el que nos educamos y formamos es la solidaridad y el servicio y que la eficiencia no es más que una servidora que recibe su dignidad o indignidad no de sí misma, sino del fin al que sirve. Lo que necesitamos son «hombres para los demás», «olvidados de sí», convencidos que hay triunfos en la vida que tienen forma de fracaso, que se puede ganar perdiendo, que se es más feliz dando que acumulando. Que llena mucho más el corazón una pobreza digna, con amor, que una opulencia indigna, o deshonesta. Que nada ni nadie nos puede hacer tirar a los costados del camino, si no queremos, virtudes como la lealtad, la fidelidad, la amistad, la justicia, la fe, la bondad.

En fin por todo esto, y por muchísimos otros factores quizás tan serios como los que hemos citado, convengamos que no es fácil educar. Para ello dice Fermín Gainza con una sana mezcla de idealismo y humor :

«…uno tiene que llevar en el alma:
un poco de marino,
un poco de pirata, un poco de poeta,
y un kilo y medio de paciencia concentrada».

Es posible

Si las dificultades arriba mencionadas nos llevaran a concluir que «educar hoy» es prácticamente imposible, sería una mentira y traicionaría el mensaje central de estas páginas: y es que ciertamente se puede. El educador tiene que ser un hombre, una mujer lleno de esperanza: tiene que creer que vale la pena enseñar, tiene que tener la convicción que toda persona es educable, capaz de crecer, de mejorar de modificar relaciones y modos de actuar. Hablando de este aspecto nos dice Savater:

«…En la tarea de educar el optimismo es de rigor… Podemos ser ideológicamente o metafísicamente profundamente pesimistas. Podemos estar convencidos de la omnipotente maldad o de la triste estupidez del sistema, de la diabólica microfísica del poder, de la esterilidad a medio o largo plazo de todo esfuerzo humano y de que «nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir».(…) Como individuos y como ciudadanos tenemos derecho a verlo todo… muy negro. Pero en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse… Quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza… Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos…) que pueden ser sabidas y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento” .5

Algunos dedicados a la educación cifrarán esa posibilidad en las nuevas leyes y metodologías. Y creo que es una ilusión válida. Pero, ¡ojo!, toda nueva ley, será fecunda en la medida que se apoye sobre la única ley que no pasa, que resiste al tiempo: la ley del amor, lo que San Ignacio llamaba la «interna ley de la caridad». Una ley que considera a Dios ser supremo y que respeta y ama al ser humano, y busca su dignidad y su felicidad. Una ley no escrita en los papeles sino grabada a fuego por Dios en lo profundo de nuestro corazón y del corazón de todos nuestros hijos y alumnos. Todas las demás, aún las más geniales, fecundas y bien intencionadas, van a la deriva de los tiempos, de las necesidades, de las circunstancias, de los vaivenes políticos o de las ideologías.

Y para nosotros esta ley del amor tiene, o debería tener, una sana obsesión una única fragilidad incurable: los más débiles, los pequeños, los más pobres, los ancianos, los que el mundo arrincona o desecha porque no producen. Y es cierto: no producen ganancias, al contrario, ellos hacen que no nos cierren los números. No son los que nos van a liberar del efecto «tequila», «caipirinha» o «peperina «, pero son el reservorio misterioso de la sabiduría de Dios y de su ternura, son esa fuente de agua limpia a la que nuestras ocupaciones, siempre «más importantes que jugar con un niño y perder tiempo con un abuelo», muchas veces y tramposamente ya no nos permiten acceder, privándonos de algo a lo que ellos tienen derecho y nosotros necesidad. Y así andamos, «muriéndonos de sed al lado de la fuente».

En definitiva esa será la clave, el elemento que nos permita discernir cual es la ley que nos rige, que sustenta nuestros esfuerzos. Y será el signo infalible para juzgar si nuestras instituciones: familia, colegio, parroquia, realmente son humanas y cristianas, o si como tristemente se ve en muchos casos, nos hemos ido acomodando, y en definitiva vueltos «cómplices piadosos» del mismo sistema cruel que criticamos. Este amor real, encarnado en gestos y que tiene una opción no exclusiva pero sí preferencial, por los más débiles, por los que más sufren, debería ser junto con el gozo que no es sino un signo del amor lo que nos distinga, así como fue el distintivo de aquellas primeras comunidades de cristianos de las que decían admirados : «¡Cómo se aman!».

¿Dicen de mi familia o de mi colegio: ¡cómo se aman, qué alegría tienen!? ¿Seducimos con nuestro amor y con nuestro gozo?

Decía Paulo VI hace años: «La paz es posible, porque es posible el amor», y creo que no es impertinente robarle la idea y decir sin miedo: «Educar es posible, porque es posible el amor» Y el amor «todo lo puede, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Soporta… y no pasará jamás» (1Cor 13). Dicho de otro modo: educar será posible mientras haya amor: amor a Dios, amor de familia, amor de hermanos, al colegio y a su gente. «La educación es cosa del corazón nos decía San Juan Bosco : el que se sabe amado, ama, abre su corazón, aprende, se da a conocer, se brindó» y hasta en casos heroicos, llega a dar la vida por los que ama, como dice el Evangelio.

Educar es posible si renovamos lo que Martini llama la «caridad educativa», y que requiere conocer las necesidades profundas de los chicos, a través de un diálogo educativo, que exige que los educadores representen para los chicos verdaderas figuras paternas y maternas, que sepan escucharlos aunque sus palabras hieran, que sepan interpretar y tener paciencia de sus silencios e indiferencias, que hagan sentir a los chicos que valen por lo que son, no por lo que hacen.

Educar es posible en la medida que renovemos la conciencia profunda de que la grandeza de un padre, de una madre de un maestro se la da paradójicamente la fragilidad que cuida.

Educar es posible en la medida que el padre o maestro no se avergüence de la debilidad de su hijo o alumno, si se anima a abrazar con él sus problemas.

Si apuesta a la sabiduría de saber que no son todos iguales y que por lo tanto la educación no se vale de recetas fijas: tendrá que ver qué necesita cada uno, y así mientras anima al tímido, frena al atropellado; mientras aumenta la dosis de ternura y palabras de valoración con el «apichonado», se muestra firme con aquel al que se le han subido los humos y necesita ser reubicado.

Si respeta sus fuerzas y no maltrata sus límites ni por exceso ni por defecto.

Si corrige siempre con horizonte de cariño.

Si se anima a educar en ese equilibrio difícil pero necesario de una ternura que no es debilidad y una firmeza que no es dureza.

Si los anima a no tener miedo a los sueños grandes y por ello no descuidar ni desmerecer lo gestos pequeños.

Si es fuerte para poner un límite y más fuerte aún para esperar .6

Sí, es posible educar hoy sin alienarse de los tiempos que nos tocan vivir cayendo en un espiritualismo desencarnado y por lo tanto no cristiano ni claudicar, entregando a cambio de comodidades o beneficios mezquinos, valores que no se negocian. O, cansados de pastorear el gran rebaño rebelde y difícil, y por lo tanto poco gratificante , dedicarnos a formar exclusivamente algunas cabecitas escogidas o de buenos modales que no nos enerven y sobre todo, que nos hagan quedar bien.

Poniendo al amor por nuestros hijos y alumnos como piedra fundamental que sostiene todo el edificio educacional, Saint Exupéry en su obra póstuma e inconclusa, «Ciudadela», y encarnado en el responsable de aquella ciudadela (para nosotros en este caso el papá, la mamá, la maestra el director o responsable del colegio) dice:

«Hice venir a los educadores y les dije:

No maten al hombre, presente en germen en los pequeños, ni los transformen en hormigas para que sostengan la vida del hormiguero. Poco importa que el hombre esté más o menos colmado. Importa que sea más o menos hombre.

No los llenen de fórmulas vacías, sino de imágenes cargadas de estructuras (de valores) que los ayude a enfrentar la vida con dignidad.

No los llenen de conocimientos muertos. Y en cambio ayúdenlos a forjar un estilo propio.

No juzguen sus aptitudes por su aparente facilidad para una cosa u otra. Porque tiene más mérito el que más trabaja venciéndose a sí mismo. Y para juzgarlos consideren siempre en primer lugar su amor.

Enséñenles el respeto, y no la ironía, que los hace ir para atrás y despreciar los rostros de sus hermanos o compañeros.

Ayúdenlos a luchar contra los lazos del hombre por los bienes materiales, para que no se endurezcan.

Enséñenles a rezar, porque con la plegaria se dilata el alma.

Les enseñarán el ejercicio del amor. Porque a éste nadie lo puede reemplazar. Y recuérdenles que el amor egoísta, el excesivo amor de sí mismo es exactamente lo contrario del amor.

Corrijan en primer término la mentira y la delación. Recuérdenles que solamente la fidelidad nos hace fuertes. Y que no puede haber fidelidad en un campo y no en el otro. El que es fiel, siempre es fiel. Y no es fiel quien puede traicionar a su compañero de labor.
Les enseñarán de a poco el perdón y la caridad.

Enséñenles las maravillosa colaboración de todos por todos y por cada uno.

Si son fieles a todo esto que les he dicho, entonces el cirujano se apresurará a cruzar corriendo el desierto para reparar la rodilla de un humilde peón. Porque sabrá que ambos son vehículos (mensajeros) del amor, y ambos tienen el mismo conductor: Dios” .7

Y aprovechando el envión que nos da Saint Exupéry podríamos agregar:

Y entonces el político no será el paradigma del corrupto, como tanta gente cree, y tantos políticos se encargan de que así lo crean.

Y el empresario sabrá que cada uno de sus obreros lleva atrás una familia, tan digna como la propia y que todos y cada uno de esos rostros valen más que todo lo que tiene, que son su mejor capital.

Entonces el abogado no se aprovechará de la sencillez y el sufrimiento de la gente.

Y el ingeniero y el arquitecto soñarán no tanto en construir la mejor de las mansiones con la más infranqueable de las murallas, sino un barrio de casas dignas para la gente sencilla.

Entonces el sacerdote pastoreará a su rebaño, y en vez de vivir de su lana y cuidar de las ovejas fuertes que adulonamente le dicen que es una «monada», saldrá a campear a las más débiles, a las más alejadas, a las que por mil circunstancias andan heridas en los desfiladeros de la vida y necesitan ser buscadas, entablilladas con delicadeza y cargadas sobre sus hombros, que es propiamente lo que nos define como sacerdotes: el hacernos cargo de los otros.

Entonces la excelencia de nuestra medicina y de nuestra educación no será un lujo al que acceden unos pocos, como cada vez más está sucediendo, sino lo que debe ser: un derecho inalienable del pueblo al que acceda con la naturalidad conque un niño mete su jarrito en el pozo para tomar la mejor de las aguas.

Es bello

Me dirán a esta altura: Padre, dejemos de soñar. Bajemos a la realidad.

Y yo les diré: ¡Ni loco, no quiero dejar de soñar, porque si dejamos de hacerlo dejaremos de ser cristianos, y no tendrá sentido ni nuestra palabra, ni nuestros gestos, ni nuestra conducción en la escuela, ni cada uno de los consejos que pueda decir un maestro a su alumno, un padre a su hijo. No, no quiero dejar de soñar, no podemos dejar de soñar. Si lo hacemos traicionaríamos a nuestros hijos, corromperíamos a nuestros alumnos!

Si educar es bello en gran parte es por esto: porque es misión de soñadores, que a su vez cuidan, protegen, hacen crecer sueños de otros: de los hijos, de los alumnos.

«Hay que seguir soñando y sembrando empecinadamente, como lo hace el sembrador, ‘en esperanza de que el mañana multiplique lo que hoy desparrama, sin saber lo que decidirán las lluvias, las heladas, los calores’… Sabe sí que tiene que sembrar. No es un ingenuo, sabe también de la ingratitud de esa tierra, sabe que parte de lo sembrado se va a perder. Sabe que hay zonas que parecen buena tierra pero abajo tienen piedra, sabe que va a tener que llorar por plantas que cuando sólo les faltaba fructificar murieron asfixiadas. Y sin embargo no mezquina en la siembra, porque ¿quién que ame realmente no está dispuesto a perder mucho por lo que ama?

Durante años, aquel hombre ha repetido este gesto de esparcir todas las semillas, de arriesgar todo en la siembra, de volver a la casa con la bolsa y las manos vacías, y el corazón lleno de ilusiones de que Dios bendiga este año con buenas lluvias. De su parte lo dio todo: aró la tierra y la sembró. Ahora las cosas están en manos de Dios, tendrá que esperar ¿Quién que ame realmente no está dispuesto a esperar mucho?… dentro de algunos meses contemplará entre risas y festejos de familia el campo lleno de frutos, y se lanzará a la cosecha con todos los suyos y algunos más que vengan a darle una mano de los campos vecino, o quizá se secará a escondidas las lágrimas, simulará una sonrisa a los suyos y les dirá: ‘Y bueno… Dios quiera que el año que viene nos sea propicio’.

Y volverá a salir, a abrir los surcos, y a sembrar la tierra, con la misma generosidad empecinada. Y volverá en ese gesto, una vez más a morir, para empezar a resucitar en esperanza.

Es la suerte de todo sembrador: de los padres para los hijos, del maestro para los alumnos, de quien trabaja en las fronteras sociales buscando una vida digna para su pueblo. De la mamá que todos los días vuelve a comenzar el trabajo de la casa. De la enfermera que cambia por enésima vez a su paciente para tener que volver a hacerlo quizás en un ratito más. Es la suerte de todos aquellos que quieren a pesar de sus límites y debilidades, que la Palabra pase por sus palabras y el Amor por sus gestos.

“Sólo el hombre en quien el invierno no ha asesinado la esperanza, es un hombre con capacidad de sembrar dice bellamente Menapace …tenemos que comprometer nuestras manos en la siembra del amor. Que la madrugada nos encuentre sembrando… con cariño, con verdad, con desinterés, jugándonos limpiamente por la luz en la penumbra del amanecer. Trabajo simple que nadie verá y que no será noticia. Porque la única noticia auténtica de la siembra la da sólo la tierra y la historia… Que la mañana nos pille sembrando» .8

Y sepan «los que se dedican a sembrar las infancias de sus hijos y alumnos de gestos de amor, que antes o después, cuando pase el tiempo de las palabras, cuando el viento se lleve las ideologías que alguien prendió con alfileres en nuestro corazón, lo que quedará en el recuerdo serán aquellos gestos, el cariño en el modo de enseñar, la ternura que hubo durante una enfermedad o dolor de familia, el amor silencioso de las horas oscuras…»9

Es bello porque es algo muy parecido a lo que Dios hace con nosotros en esa imagen bíblica tan linda del Alfarero, que mete mano en el barro de nuestro corazón y de a poquito, le va dando forma. Y de pronto, es como si dijera al papá o al maestro: Reemplazame un ratito, seguí un poco vos. Y entonces uno también mete manos y le ayuda a Dios, no por capricho nuestro, sino suyo.

Es bello pensar que el día que los hijos y los alumnos le entreguen el alma a Dios, ella tendrá, como dice el poeta, un poquito del olor a las manos de Dios y también otro poquito del olor a nuestras manos.

Educar es un arte gozoso. No un trabajo forzado. No un fin de lucro. Es ayudar en la creación armoniosa y feliz de una persona, y cuando se vive así la satisfacción de los padres y de los maestros es la misma que la del artista frente a su obra de arte. Por lo tanto, es algo que no tolera recetas o fórmulas pétreas, sino que exige originalidad, gozo, respeto de la individualidad y originalidad del alumno o del hijo.

Volvemos la mirada a ese papá, mamá, maestra o profesor, secretaria o portera que han comenzado el día en su casa o que van camino al colegio para decirles que no le aflojen, que vale la pena, que como dice Gainza tomando la imagen clásica del la vida como un viaje, arduo pero hermoso :

«Es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco ese niño-
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras (y de amor)
hacia puertos distantes,
hasta islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos
seguirá nuestra bandera enarbolada».

Por P. Ángel Rossi S.J.

 

Feminismo y feminismo católico

El feminismo que todos conocemos tiene su valor y sentido en el momento de su aparición. Gracias a sus móviles políticos, las mujeres obtuvimos el derecho de participar en la vida nacional y el derecho al voto tras una ardua lucha que hay que reconocerles y agradecerles. Gracias al movimiento feminista se reconoció la rica personalidad femenina y su valiosa aportación a la convivencia en el ámbito cultural, social y político.

Pero, mi duda era si dentro del catolicismos se da una verdadera subyugación de la mujer como se dice o si se le reconoce en su igual dignidad con el hombre y si es así, desde cuando, así que me puse a investigar y descubrí que la primera y más antigua narración conocida hasta ahora sobre la dignidad y la igualdad entre los sexos y su complementariedad, se encuentra precisamente en la Biblia, en el Génesis, que es donde se describe la aparición del ser humano sobre la tierra. El hombre y la mujer irrumpen juntos en la historia en plena igualdad, tanto que se designan con el mismo nombre, en masculino y en femenino (is-issah). Y no sólo eso sino que Dios los creó a imagen y semejanza de Él y los bendijo con el don de la fertilidad y de la administración de la creación, “por igual”.

Aún en el segundo relato sobre la creación del ser humano, que podría confundir, al narrar como la mujer es creada de una costilla del hombre, si se entiende el estilo semita, se comprende que ambos están llamados a ser una misma carne y que al seguir siendo asignados con el mismo nombre (is-issah), se les sigue reconociendo iguales y tan sólo complementarios en lo que tienen de femenino y masculino, por sus diferencias sexuales, que embonan perfectamente en todos los sentidos. Un sexo tiene sentido en la medida que es para el otro y viceversa. .

Por lo tanto, se puede afirmar que no hay páginas más feministas en la literatura universal que estas. En cualquier lengua varón y mujer se designan de diferente forma, la Biblia es el único lugar en donde se consideran iguales, por eso se mencionan con el mismo vocablo, con la única diferencia de género.

He descubierto que la visión sobre el matrimonio de algunas personas es pobre porque lo reducen a una “lucha de poder”, premisa de la ideología marxista, que ha probado su ineficacia ampliamente y ha llevado a muchos matrimonios al fracaso, por eso, debería ser asunto del pasado histórico.

El matrimonio y la familia se deben de fundar en el amor entre el varón y la mujer y su naturaleza complementaria -desde el ámbito biológico, emotivo y espiritual-. Es un sometimiento mutuo de los cónyuges, consentido libremente, por el deseo de ser un bien para el otro, al que se le considera valioso y al que se le elige para formar una familia y compartir un proyecto biográfico compartido, basado en la mutua ayuda.

Por otro lado, he notado que se hace mucho uso de las estadísticas, en ciencias como la sociología y la demografía, para explicar la realidad. Pero, es un método muy riesgoso porque, los números sólo muestran una parte de la realidad que por sí sola no explica nada. Esa realidad siempre tendrá unas causas que la motivaron y que es lo que vale la pena estudiar. No se pude partir de las historias de fracaso o de enfermedad para hacer generalizaciones, caeríamos en el error de Freud, que partiendo de los casos patológicos generalizo sus hallazgos a las personas sanas, que son la mayoría. El procedimiento es exactamente a la inversa, como lo realizan los médicos: se parte de la salud, que se estudia a profundidad. Se describe la mejor forma de ser y estar, y entonces, se avalúan las diversas formas en las que se manifiesta esa realidad dentro de la naturaleza y la cultura y se evalúan según su cercanía a ese ideal del ser, qué será el que mejor cumpla con sus funciones y más plenamente realice y acerque a la persona a su perfección y a su fin trascendente.

Para afirmar la postura cristiana sólo hay que leer a San Pablo: “Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama y nadie aborrece jamás su propio cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne”. Existen muchos matrimonios cristianos profundamente felices, siguiendo lo que el magisterio enseña sobre el matrimonio y la familia. No es un camino fácil, pero si muy gratificante, que además, da sentido al vivir y nos perfecciona y enriquece a través del ser compartido.

Como afirmó Pablo VI: “En el cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio (…) la mujer está llamada a formar parte de la estructura viva y operante del Cristianismo de un modo tan prominente que acaso no se hayan todavía puesto en evidencia todas sus virtualidades”.

En la Carta Apostólica de Juan Pablo II “Mulieris dignitatem”, el Papa reasume el pensamiento de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer y su relevante puesto que ha de ocupar en la vida social, al tiempo que reclama su paridad y distinción de papeles en relación al hombre, tanto dentro del matrimonio, como fuera del ámbito familiar. Les recomiendo la lean detenidamente.

Pero, también descubrí con mucho dolor que la lucha que han tenido que emprender las feministas ha dejado en ellas dos heridas que es preciso sanar: 1. Una susceptibilidad exagerada en la defensa de sus derechos que en muchas ocasiones llega a lastimar y/o olvidar los derechos de otros. Y 2. El acercamiento y mimetismo al ser masculino, que la empobrece.

Estas dos deficiencias deben de ser superadas para que varón y mujer se descubran como ámbitos de interacción amorosa y enriquecedora. Por eso, es importante la diferencia entre el varón y la mujer porque es la que enriquece y les complementa. De la competencia por el poder que no lleva a nada, hay que pasar a la convergencia, a la creación de sinergias para el logro de una vida en común-unidad amorosa. En el matrimonio y en la familia varón y mujer aportan lo que le es más propio, se enriquecen mutuamente, colaboran en igualdad y realizan funciones complementarias, según la naturaleza y sensibilidad de cada uno, sin competencia y sin mimetismo alguno. Siendo cada uno lo que es.

La mujer por su propia naturaleza lleva consigo la maternidad como potencia inscrita en su ser y por lo tanto, posee un lugar privilegiado para la formación de una familia y de una sociedad. Características que no se oponen a su presencia en los diversos campos de la vida social, sino que le ofrece gran cantidad de posibilidades riquísimas que ofrecer.

Subordinar la maternidad y la vida familiar a la vida social y laboral, es un terrible error que han cometidos muchas mujeres en aras de su “liberación”, que más bien ha sido una liberación para los hombres, y en aras de su masculinización; privándolas del amor y la riqueza que les permite su ser femenino: de un esposo y una familia. Es necesario encontrar un equilibrio entre ambos ámbitos y para eso es, necesario el trabajo conjunto y ordenado entre los cónyuges para que ambos logren el balance entre trabajo y hogar. No es una labor fácil pero, si es una labor que las madres podemos trabajar con nuestros hijos e hijas para que se revalore al matrimonio y a la familia desde todos los ámbitos.

Es muy diferente el caso de la mujer que renuncia a la vida matrimonial y familiar por razones nobles y/o de vocación. Sin que esto la exima de llevar una vida casta y ejemplar, según su dignidad de hija de Dios, de ser Templo del Espíritu Santo.

No perdamos nuestro ser femenino que hace más humano y vivible cualquier ambiente: nuestra delicadeza para los detalles, la ternura ante el pequeño ser, nuestra generosidad que nos hacer más amables, la realización de lo concreto, nuestro sexto sentido para descubrir los sentimientos más íntimos del otro, nuestra fe profunda, nuestra tenacidad ante la adversidad, el amor por los nuestros, la atención de los más necesitados, nuestro cariño por las tradiciones, nuestra fortaleza, nuestra coquetería natural, etc. No tengamos miedo a vernos y ser bonitas por dentro y por fuera.

La mujer para cumplir su misión ha de desarrollar su propia personalidad. Una mujer bien formada, con autonomía personal, con autenticidad, realizará eficazmente su labor, la misión a la que se siente llamada. Su vida y su trabajo serán constructivos y fecundos, llenos de sentido, ya sea en el matrimonio y la familia, o renunciando a ellos por razones nobles; la mujer que es fiel a su vocación humana y divina se realiza plenamente. (San Josemaría Escrivá de Balaguer)

SOBRE LA FAMILIA DESCUBRÍ EN CONTRA DE LO QUE SE DICE QUE:

La familia “si” es una institución natural –la más natural de las instituciones-, porque su fundación, originada en la atracción, conocimiento y voluntad de los cónyuges, en la que se comprometen su amor generoso de por vida, para constituir una misma carne, por su misma naturaleza, engendra a los hijos. Por lo tanto, la consanguinidad permite gritar de verdad las voces: “madre”, “padre”, “hijo”, “hija”, “hermano” y “hermana”. Ser familia es pertenecer a una misma estirpe, compartir una misma sangre.

La familia es el único ámbito humano en el que cada uno de sus miembros es querido y valorado por sí mismo y por lo que representa: la familia se rige por la ley de la gratuidad, del amor. No de la justicia o del beneficio y mucho menos la lucha de poder, que es la causa de no pocos fracasos matrimoniales. A la familia va asociado el término hogar, pero no lo suple como algunos quieren hacerlo. “Hogar” es el sitio donde “se prende el fuego”. Y en torno al fuego, se enciende la unión de las personas que forman la familia y se inflama el calor del amor entre sus miembros. La familia y el matrimonio participan del mismo hogar, de la misma mesa, del mismo fuego, del mismo techo. La casa es el espacio donde la unidad familiar vive y con-vive bajo el mismo techo, es el lugar donde se reúnen y por lo tanto, ha de ser un lugar digno y apropiado a las necesidades de intimidad y convivencia familiares, que favorezca un clima humano, un clima familiar, un clima de hogar.

Sobre la historia de la familia: Ya Aristóteles, en la ética a Nicodemo, destaca el aspecto visceral en el origen de la familia: “La afección entre personas de una misma familia, aun revistiendo muchas formas, deriva toda entera de la relación que existe entre padre e hijos. Los padres quieren a sus hijos como una parte de sí mismos, en cuanto de ellos han recibido lo que son (…). Los padres aman, pues, a sus hijos como a sí mismos; por haber sido los hijos arrancados de ellos, son como encarnaciones de la persona de los padres (…). Los sentimientos recíprocos de los hermanos se explican por esta comunidad de origen. Este origen común es precisamente lo que inspira entre ellos estos sentimientos idénticos (…). Los miembros de la familia son compañeros de mesa y fogón”, es decir de una atmósfera agradable de convivencia amorosa alrededor del fuego del hogar es lo normal dentro de una familia funcional, desde antes de Cristo.

También el pensamiento romano ensalzaba el valor de la familia, a pesar de su deterioro social, Cicerón afirmaba que la familia era “el principio de la ciudad y el seminario de la república”, puesto que de la familia salían los mejores ciudadanos, aún con la corrupción que aquejaba a la familia de su tiempo.

Esta realidad es lo que hace que la familia sea valorada por todas las instancias sociales de mayor rango, así: La Declaración Universal de los Derechos Humanos, afirma: “La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene el derecho a la protección de la sociedad y del Estado” (a. 16, 3)

Descubrí que este lugar privilegiado que ocupa la familia no se debe sólo a la influencia cristiana, sino a una interpretación espontánea y común a todas las culturas, de forma que cuanto más primitivas –tal como se revela en los pueblos africanos y orientales-, más reflejan estos rasgos viscerales del concepto de familia. La familia pertenece al patrimonio más original y sagrado de la humanidad.

A este aprecio cultural de la familia, la concepción cristiana la engrandece a partir de dos nuevos elementos: la idea bíblica de haber sido creados varón y mujer a imagen y semejanza de Dios, y la grandeza del Sacramento del matrimonio, del cual se origina la familia. Para la iglesia católica la familia es: una comunidad de vida y amor. Es la llamada al hombre y a la mujer a vivir en comunión de amor, cuya misión es custodiar, revelar y comunicar el amor. La familia es una comunidad de personas llamadas a vivir y a existir en comunión. Es una imagen y una representación histórica del misterio de la Iglesia, es la Iglesia Doméstica. Es el lugar privilegiado donde se realiza esa unión del despertar religioso. La familia es la verdadera ecología humana. Es el espacio primero de la humanización del hombre. Es un verdadero sujeto social. Es un lugar de libertad. No entiendo porque atacan esta concepción del hombre, del matrimonio y de la familia que lo único que hace es engrandecerlos y otorgarles una dignidad sobrenatural.

“La familia es la primera sociedad natural, la célula primera y fundamental de la sociedad. Desempeña en la sociedad una función análoga a la que la célula realiza en un organismo viviente. A la familia está ligado el desarrollo y la calidad ética de la sociedad.

La familia es, en verdad, el fundamento de la sociedad”. Dado que la familia ocupa un lugar destacado en la vida personal y social debe ser reconocida y protegida por los Estados; derecho reconocido por la Declaración de las Naciones Unidas; por lo que Juan Pablo II editó La Carta Magna de los Derechos de la Familia (1983). En ella se contienen los derechos fundamentales inherentes a esta sociedad natural y universal que es la familia. Los derechos enunciados en la Carta están impresos en la conciencia del ser humano y en los valores comunes a toda la humanidad y la sociedad está llamada a defenderlos contra toda violación, a respetarlos y a promoverlos en la integridad de su contenido que se abrevia enseguida: 1. Derecho a contraer matrimonio y formar una familia. 2. Las “libertades” en el matrimonio, como elegirse mutuamente con libertad. 3. La paternidad responsable corresponde exclusivamente a los esposos. 4. El respeto a la vida, que ha de ser protegida desde la concepción. 5. El derecho originario, primero e inalienable de los padres a la educación de sus hijos. 6. Derecho a existir y progresar como familia. 7. Derecho a la libertad religiosa. 8. Derecho a ejercer una función social y política en la construcción de la sociedad. 9. Derecho a que exista una política familiar. –No una política con perspectiva de género disfrazada de perspectiva de familia-. 10. Derecho a que la vida laboral favorezca una convivencia familiar digna. 11. Derecho a una vivienda digna. 12. Derechos de la familia de los emigrantes. Ojala también la lean y estudien con detenimiento, sobre todo lo que respecta a las políticas familiares.

SOBRE EL MATRIMONIO DESCUBRÍ QUE:

“El matrimonio es la alianza matrimonial en la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole y se considera sacramento entre los bautizados”. Es una definición bien clara, que acota perfectamente la realidad del matrimonio por eso, no es adecuado querer usar ese término en realidades diversas. Sería comparable a una persona que va al Notario para realizar un contrato de compra-venta pero, cuya intención es, de antemano, la de no traspasar la propiedad al comprador… ¡sería un fraude! Lo mismo pasa con las otras realidades a las que se les quiere asignar el término de matrimonio, acaban siendo un fraude por que no cumplen con las características esenciales del contrato de matrimonio y con el tiempo, invariablemente, acaban fracasando.

El matrimonio lo produce el consentimiento de las partes legítimamente manifestado entre personas jurídicamente hábiles, consentimiento que ningún poder humano puede suplir. Consentimiento que es un acto de voluntad, por el cual varón y mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable, para formar una familia. Quien quiera otra cosa, que le llame como quiera, pero que no le llame matrimonio porque no lo es. Por ejemplo, aunque todos nos pongamos de acuerdo para llamar delfines a las ballenas, ninguna de las dos realidades transformaría su naturaleza para adecuarse al cambio de nombre, que sólo crearía confusiones entre los que quisieran estudiarlos o simplemente referirse a ellos.

El matrimonio es una institución natural porque se fundamenta en la misma naturaleza, sexualmente diferente del ser humano: la realidad de hombre y de mujer llevan en su propia estructura somática y psíquica la categoría de mutua relación y de complementariedad. El matrimonio es la institución más natural dado a que goza al menos de estas tres prerrogativas originarias, grabadas en su propio ser: a) brota de los mismos genes, en los que se configura el carácter masculino o femenino del nuevo ser desde la concepción; b) se configura más tarde con las diferencias genitales que se acoplan perfectamente y permiten más adelante manifestar la unidad que son los cónyuges; c) se da una atracción fortísima entre los dos sexos que abarca no sólo la genitalidad, sino lo más específico del ser humano, lo que le es propio por su espiritualidad, el amor, es decir, un movimiento unitivo que abarca todo su ser que le permite abrir su intimidad al otro y entrar a la intimidad del otro, es conocerse, valorarse, respetarse y con todo el ser y la afectividad darse y acogerse mutuamente, desde lo más íntimo, hasta lo más periférico de la corporalidad, aquí y ahora y para siempre. Por eso, los enamorados acaban casándose, comprometiendo su amor, es la consecuencia natural de todo proceso amoroso aquí y en China.

Todo intento de superar la categoría de “matrimonio” por el de “pareja” tiene en contra la realidad e indica un deslizamiento hacia el zoologismo. Los hombres no se aparejan, se descubren en su valor, en su unicidad, en su irrepetibilidad, en su evolución constante, se eligen, se unen personalmente, para realizar un proyecto biográfico compartido y continuado motivado por el amor y para el amor a Dios, a los hombres, a la familia y al cónyuge.

La radicalidad antropológica del matrimonio explica que no es un simple hecho social, ni cultural, sino una realidad común a todos los seres humanos y asimismo un fenómeno universal, por cuanto traspasa el tiempo y se encuentra en las más diversas culturas. Lo único que es cambiable son los modos de iniciarse (ritos, ceremonias, etc.) e incluso la forma concreta de vivirse, pero la sustantividad del matrimonio, como unión estable de un hombre y una mujer, es común y universal en todas las culturas y épocas.

El matrimonio demanda estabilidad, el seguir la misma suerte, porque en el matrimonio verdadero hombre y mujer se entregan en totalidad, se dan en su propia persona, con todo su haber y posibilidades de futuro. La mujer entrega su feminidad y el varón su masculinidad, entregan lo que son, no lo que tienen o lo que quieren, por eso, el estado matrimonial se expresa en términos de “ser” y no de “estar”, pues el matrimonio configura el ser y el vivir de la persona.

El amante no desea que su esposo/a comparta con otro/a lo que tienen entre sí, ese mundo único creado por ellos y sólo para ellos, eso se llama unidad, el amor exige la fidelidad, el hecho de ser uno para una y viceversa y por siempre, sin excepciones, sin condiciones. Por eso, la poligamia y la poliandria son injustas para el que tiene que compartir al que ama. Y la infidelidad genera sentimientos tan fuertes de dolor, porque quien debería de amar incondicionalmente ha traicionado a quien forma parte de su propio ser.

Unidad e indisolubilidad se incluyen mutuamente y constituyen propiedades esenciales del matrimonio.

El matrimonio es uno, porque los cónyuges sólo pueden entregarse en su ser una sola vez, incluso hay países en los que hay concordatos entre Iglesia y Estado como era el caso de España –que se acabó con la introducción de la posibilidad de divorcio por el Estado-, donde la Iglesia reconocía los matrimonios realizados con la forma civil y el Estado reconocía los realizados con forma canónica. Pero, actualmente, algunas personas prefieren casarse sólo por lo civil porque reconocen en él la posibilidad de un divorcio futuro, por cualquier razón, y por lo tanto, no es verdadero matrimonio, en cambio, quienes se casan por la Iglesia tienen la intención de amarse y respetarse toda la vida, con todo lo que eso implique.

El divorcio devuelve ficticiamente su estado de soltería a los cónyuges, como si ese trenzado biográfico, que ya no se puede deshacer, nunca hubiera existido y sobre él, les da la posibilidad de volverse a casar, de formar una nueva trenza sobre la anterior. Es una forma de legalizar el adulterio, es una injusticia para los cónyuges y para sus hijos, que tienen derecho a gozar de un ambiente de amor y acogida dentro de su hogar, que les ayude y permita crecer como personas a lo largo de su biografía.

La separación matrimonial es cuando de hecho o por sentencia, dos esposos se separan de cohabitación y lecho, por razones graves, con la posibilidad de una reconciliación futura, si la causa de la separación se logra superar.

La declaración de nulidad, que puede ser civil o canónica, consiste en declarar que nunca existió matrimonio porque en el momento de la fundación del mismo faltaron elementos esenciales para su formación. Por ejemplo, la falta de libertad del muchacho que se casa porque tiene junto al suegro que le amenaza con una escopeta o el que tras una noche de copas amanece casado, o el que no está bien de sus facultades mentales para asumir las responsabilidades derivadas del compromiso matrimonial.

El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad, existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza y sacralidad de la unión matrimonial.

PERO LO MÁS IMPORTANTE QUE DESCUBRÍ AL COMPARAR EL FEMINISMO COMÚN Y EL CATÓLICO ES LA VISIÓN QUE TIENE LA IGLESIA DE LA PERSONA HUMANA:

Descubrí que para un manejo adecuado de cualquier tema que incumba a la vida humana, es necesaria una visión cristiana del ser humano, ya que el resultado de este saber es el asombro ante la grandeza y dignidad de la persona humana y por lo tanto, es garantía de respeto y de promoción de la misma.

Ya desde la antigüedad la filosofía antigua destaca la diferencia del hombre frente a los demás seres: los griegos le definen por el “logos”: el hombre es un animal racional, por lo que la diferencia frente al animal es tal, que Séneca lo califica de “res sacra” (cosa sagrada).

Por parte, la Revelación, que se abre con la creación del hombre a “imagen y semejanza de Dios” (Gen 1, 26) y culmina con la venida de Jesucristo redentor y nuestra incorporación por el Bautismo al mismo Cristo, que nos muestra como hemos sido elevados a un grado sobrenatural de “hijos de Dios” y de nuestra participación de la misma naturaleza Divina (2 Petr 1,4). En la teología paulina, el bautizado se sitúa en un orden de naturaleza y de existencia nuevas: es otro Cristo, dado que está “injertado” en la persona de Jesús (Rom 6,5).

Descubrí que existe una íntima relación entre la concepción del hombre y la doctrina ética, de forma que el contenido moral que se ofrezca depende del concepto que se tenga del hombre. Una sana filosófica, de la que se derive una ética filosófica, debe fundamentarse en una antropología que profese al menos las siguientes realidades:

1. El hombre es un ser que tiene alma. La existencia del espíritu marca una censura ontológica entre el hombre y los demás seres. No hay punto de comparación. El espíritu permite al ser humano el uso de la inteligencia, la decisión de la voluntad libre y desarrollar la riqueza de la vida afectivo-sentimental. Razón, voluntad y sentimientos son factores que desempeñan un papel decisivo en el comportamiento moral. Del espíritu brota la libertad y la conciencia, sin las cuales resulta fácil explicar al acto moral. Hombre y mujer son iguales en dignidad y la diferencia sexual en masculino y femenino sólo nos muestra que uno es para el otro y viceversa.

2. Existe una unidad radical de la persona humana. La dualidad cuerpo-alma constituye la unidad más profunda de la persona humana, de forma que no cabe hablar de alma más que por referencia al cuerpo y de éste en relación al alma. Esta unidad es tal, que, no debe hablarse de compuesto de cuerpo y alma, sino de unidad del ser mismo de la persona, pues el alma, si no es animadora de un cuerpo, se llamaría espíritu y de modo semejante el cuerpo sin alma se denominaría cadáver. Es una tesis de la filosofía Tomista que explicó tal unidad con la categoría de “materia y forma”. Por eso, es falso cuando alguien afirma que al tener relaciones sexuales pone su cuerpo, pero no se pone él, no hay forma que eso suceda. Al ser espiritual y corpóreo se le atribuye el bien y el mal morales.

3. El hombre es un ser inclinado al mal. Esta nota antropológica tiene una explicación más coherente en el cristianismo que profesa la verdad acerca del pecado original. La herida de origen, como subraya santo Tomás, condiciona la actividad moral (Sum Teolog. I-II, q. 109, a. 3). Pero también ha de ser tenida en cuenta en cualquier otra concepción del hombre. Es preciso eliminar el concepto rousseauniano de la persona, pero, también el pesimismo antropológico, como si el hombre fuese una perversidad constitutiva inevitable. La fe en el pecado original supone que la persona es capaz de alcanzar metas muy altas de heroísmo, pero también advierte que puede cometer las mayores villanías. Olvidar este dato antropológico equivale a negar los conceptos del bien y del mal que están en la base de cualquier concepción ética.

4. Igualdad y diferencia entre hombre y mujer. Es un dato reconquistado por la antropología moderna, porque es lo que afirma el capítulo primero del Génesis: las dos narraciones bíblicas proponen la igualdad entre varón y mujer. Esa igualdad es total, incluso filosóficamente. Pero, dentro de esa igualdad radical, existe la posibilidad de una complementación mutua.

5. El hombre es un ser social. Ya Aristóteles argumentaba que mientras que el animal vive en rebaño o en manada, sólo el hombre vive en sociedad. Por ello, enseña que la socialidad brota de la propia estructura del ser humano y no se origina sólo por motivos útiles para subsistir. El hombre vive y con-vive, de forma que ser hombre equivale a saber que no es un accidente puntual en la naturaleza, sino que es co-hombre, un co-ser. De la socialidad del hombre derivan en buena medida las exigencias sociales y políticas de la fe.

6. El hombre es un ser histórico. El hombre vive en el tiempo, tiene historia y él mismo es historia. Por eso, la antropología ha de saber introducir el tiempo y la historia en la biografía ontológica del ser humano, para poder hacer una recta interpretación de la historicidad y poder juzgar las sensibilidades y las valoraciones éticas de cada época.

7. El hombre es un ser ético. El mismo Aristóteles sitúa una diferencia radical entre el hombre y el animal, precisamente en el comportamiento ético: el hombre es y practica una moral; el animal no, que solo se guía por el instinto. Por eso añade: “El hombre es el mejor de los animales cuando se conduce éticamente y el peor de todos cuando prescinde de la ética” (Política I, 1 1253 a-b). Por otra parte, en la primera narración del estado original se habla del árbol de la ciencia del bien y del mal (Gen 2,9; 3,1-19). De ahí la grandeza de la persona cuando empeña su existencia por la ruta del bien.

8. El hombre es un ser abierto a la trascendencia. Esas cualidades específicas del hombre hacen que su existencia no se entienda plegada sobre sí mismo, sino que es un ser abierto a la realidad. Su yo hace referencia a la alteridad con otros seres y se comunica con los demás iguales a él. Pero sobre todo, está abierto a otro ser superior a él, por el cual se siente íntimamente llamado. La apertura a Dios, a la trascendencia, ha de considerarse como una nota fundamental en la concepción de la persona humana, que deberían de tener investigadores e investigadoras de las realidades humanas. Ya que, esta nota es imprescindible y es la que da el verdadero sentido a todas las demás características aquí enunciadas. Tomas de Aquino afirma que esa dependencia natural de Dios hace que, por inclinación natural, el hombre goza de una disposición natural para amar a Dios antes que amarse a sí mismo (Sum. Teológ. I, q. 60, a. 5). Si bien esa inclinación quedo atenuada por el pecado original (I-II, q. 109, a. 3).

9. La antropología sobrenatural. La gracia sobrenatural es la participación en la vida divina que se alcanza mediante la acción salvadora de Jesucristo: por el Bautismo, los cristianos “están incorporados a Él” (Rom 6,5). Ello conlleva a “participar de la vida divina”; supone un nuevo nacimiento, por el cual se llega a ser hijos de Dios, pues el bautizado ha nacido en Dios. Por este nuevo nacimiento, el creyente participa de la misma vida de Cristo; se configura en Él, está revestido de Cristo e injertado en Cristo, por eso vive en El, es una nueva criatura, es un hombre nuevo y en consecuencia, los cristianos tenemos que ser imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor, por amor y para el amor. Estamos obligados a llevar una vida nueva y una existencia digna del Evangelio. Al final de esta transformación en Cristo como señala San Pablo: “Ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Expresión que señala la grandeza de la antropología cristiana y la altura de la moral exigida a los Cristianos.

 

La venida del Espíritu Santo

Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

COMO UN PERSONAJE MÁS03/02/2017

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse. (Hechos, 1).

“La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de El y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: El es quien inspira la predicación de San Pedro[i], quien confirma en su fe a los discípulos[ii] quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles[iii], quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús[iv]. En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo.

Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos. Yo rogaré al Padre —anunció el Señor a sus discípulos–— y os dará otro Consolador para que esté con vosotros eternamente[v] Jesús ha mantenido sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos dé la vida”.

Es Cristo que pasa, 127-128

“Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración [vi] (...).

No hay cristianos de segunda categoría, obligados a poner en práctica sólo una versión rebajada del Evangelio: todos hemos recibido el mismo Bautismo y, si bien existe una amplia diversidad de carismas y de situaciones humanas, uno mismo es el Espíritu que distribuye los dones divinos, una misma la fe, una misma la esperanza, una la caridad[vii] .

Podemos, por tanto, tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros? [viii], y recibirla como una invitación a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos cristianos, el Gran Desconocido: un nombre que se pronuncia, pero que no es Alguno –una de las tres Personas del único Dios–, con quien se habla y de quien se vive.

Hace falta –en cambio– que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza, como nos enseña a hacerlo la Iglesia a través de la liturgia. Entonces conoceremos más a Nuestro Señor y, al mismo tiempo, nos daremos cuenta más plena del inmenso don que supone llamarse cristianos: advertiremos toda la grandeza y toda la verdad de ese endiosamiento, de esa participación en la vida divina, a la que ya antes me refería”.

Es Cristo que pasa, 134-135

[i] (Cfr. Act IV, 8.),

[ii] (Cfr. Act IV, 31.)

[iii] (Cfr. Act X, 44–47.),

[iv] (Cfr. Act XIII, 2–4.).

[v] (Ioh XIV, 16.).

[vi] Act II, 42.).

[vii] (Cfr. 1 Cor XII, 4–6 y XIII, 1–13.).

[viii] (1 Cor III, 16.)

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Consagración al Espíritu Santo

En 1971, San Josemaría acudió al Espíritu Santo para que ayudase a todos los fieles del Opus Dei. Desde entonces, esa consagración se repite en los centros del Opus Dei todos los años el día de Pentecostés.

NOTICIAS24/05/2018

El 30 de mayo de 1971, San Josemaría quiso consagrar el Opus Dei al Espíritu Santo, pensando en la particular necesidad que tenía la Iglesia de la santidad de todos sus miembros.

Él mismo compuso la oración, que después se ha renovado cada año en todos los centros del Opus Dei en la solemnidad de Pentecostés.

En épocas anteriores, ante situaciones que le llevaron a recurrir a Dios de modo especial, había realizado la consagración del Opus Dei al Dulcísimo Corazón de María, al Corazón de Jesús y a la Sagrada Familia.

Andrés Vázquez de Prada lo relata así en la biografía de san Josemaría:


A las locuciones de 1970, que tanto le ayudaron en su perseverante oración por la Iglesia, siguió pronto un “descubrimiento”: la acción, la efusión del Espíritu Santo en la Misa. Con ello se ensanchó la visión apostólica del Padre para contemplar cómo, por bondad divina, se había dado el florecer del Opus Dei en almas de toda raza, lengua y nación.

No era amigo de proponer devociones particulares, pero sintió la necesidad de que toda la familia del Opus Dei hiciese juntamente una Consagración. Ofrecería la Obra al Espíritu Santo para que siempre fuese instrumento fiel al servicio de la Iglesia.

El día de Pentecostés, 30 de mayo de 1971, a las doce y media de la mañana, hizo la Consagración al Espíritu Santo en el oratorio del Consejo General. Detrás del altar, una gran vidriera iluminada reproducía la escena de la Pentecostés. Durante la ceremonia leyó don Álvaro el texto de la Consagración. Se imploraban los dones del Espíritu Santo, para que los derramase entre sus fieles, uno a uno: el don de entendimiento; el don de sabiduría; el don de ciencia; y el de consejo; y el de temor; y el de fortaleza, «que nos haga firmes en la fe, constantes en la lucha y fielmente perseverantes en la Obra de Dios». Y, finalmente, el don de piedad, «que nos dé el sentido de nuestra filiación divina, la conciencia gozosa y sobrenatural de ser hijos de Dios y, en Jesucristo, hermanos de todos los hombres».

No faltaba la petición por el Pueblo de Dios y sus pastores, cuya situación era causa de tantas lágrimas:

«Te rogamos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del cielo».

Para la ceremonia de la Consagración, que se renovaría todos los años en los centros de la Obra, compuso el Padre un texto que pasó a don Álvaro, por si quería hacer alguna observación. Al texto original se añadió una referencia al Fundador, para subrayar la fidelidad que siempre deberían manifestarle sus hijos. El Padre hubiera preferido pasar inadvertido; y esa razón de humildad fue la que le llevó a pedir a don Álvaro leer el texto, que en ese pasaje dice actualmente: «Conserva siempre en tu Obra los dones espirituales que le has otorgado, para que, según tu voluntad amabilísima, indisolublemente unidos a nuestro Padre, al Padre y a todos nuestros hermanos, cor unum et anima una, seamos santos y fermento eficaz de santidad entre todos los hombres. Haz que seamos siempre fieles al espíritu que has confiado a nuestro Fundador, y que sepamos conservarlo y transmitirlo en toda su divina integridad» (PR vol. XVII, Documenta Vol. II, Opus Dei (Consagraciones), p. 17).

Aquellas lágrimas de dolor de amor trajeron consigo una lluvia de gracias. El clama, ne cesses! despertó en el alma del Padre un nuevo espíritu de vigilia, que le mantenía atento, siempre pendiente de Dios. Cada locución divina era un paso adelante, un peldaño en la escalada, un juego silencioso entre Dios y el alma. Las palabras estampadas en su espíritu, a fuego, indelebles, abrían cauces insospechados de amor.

Bajo el impulso del Espíritu Santo, buscó refugio en el Corazón Sacratísimo de Jesús, tabernáculo de la misericordia divina. Cuando a primeros de septiembre de 1971 regresó de Caglio, aconsejó a sus hijos recitar con frecuencia una jaculatoria: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem!

Así, por parcelas, fragmentariamente, el Padre iba descubriendo a sus hijos algo de la acción del Espíritu Santo en su alma. De ello tomaban éstos nota puntual, después de las meditaciones o de las tertulias en que salía a relucir alguna nueva incidencia espiritual. En octubre de 1971, por ejemplo, les hablaba del acto de abandono que había compuesto:

Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno.

Y, a continuación, pensativamente les comentaba: Para llegar a este acto de abandono, hay que dejarse el pellejo.

Las locuciones divinas impulsaban al Padre al desasimiento. A poco del clama, ne cesses! decía con sencillez a sus hijos: yo estoy siempre pendiente de Dios; estoy más fuera de la tierra que en la tierra. Estas locuciones reconducían su vida interior, metiéndola por cauces nuevos de Amor, hacia los sentimientos misericordiosos del Corazón de Jesús. Pero el Padre se lamentaba, no obstante, de que su correspondencia a la gracia fuese insatisfactoria: En cualquier profesión —exclamaba con desconsuelo—, después de tantos años, sería ya un maestro. En el amor de Dios soy siempre un aprendiz.

Eran las locuciones breves toques de la gracia, que avivaban su alma y le sostenían en la lucha constante contra el desconsuelo. Eran escuetas pinceladas del artista divino, que provocaban respuestas heroicas en el Fundador. Por entonces poseía ya el Padre más que suficiente experiencia para apreciar ese “algo” inconfundible que tienen las palabras de Dios. En su caso particular, describía la nota característica y distintiva de las locuciones diciendo que ese “algo” era breve, concreto, sin oír por el oído... y sin buscarlo.

 

Evangelio del domingo: Pentecostés

Comentario de la solemnidad de Pentecostés. “Estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».” Jesús no espera que sus apóstoles se conviertan en hombres valientes para enviarlos: los envía cuando están asustados, porque su paz y su fuerza no vendrán de las cualidades humanas o de las circunstancias favorables. Vendrán del Espíritu Santo.

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Evangelio (Jn 20, 19-23)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Comentario

Ha llegado Pentecostés: la fiesta por excelencia del Espíritu Santo. Hoy, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, la Persona Divina que lleva a cabo su tarea santificadora de manera silenciosa y discreta, irrumpe con toda la fuerza de su poder para recordarnos que es Él el que hace la Iglesia.

La escena que nos presenta el evangelio de san Juan no deja de ser paradójica. Nos encontramos en el anochecer del Domingo de Resurrección. Por las narraciones de los cuatro evangelistas, sabemos que aquel día fue frenético: idas y venidas desde el sepulcro, personas que aseguran haber visto al Señor, los de Emaús que van desolados y vuelven jubilosos, llantos, abrazos, estupor. Y, sobre todo, alegría, mucha alegría. Los testimonios —La Magdalena, Pedro, Cleofás— son suficientes para que los discípulos incrédulos al menos duden de su incredulidad.

Y, sin embargo, a esas personas las encontramos ahora encerradas por miedo.

La historia de la humanidad ha cambiado para siempre: Cristo ha resucitado. No obstante, el cambio que se había de operar en los apóstoles estaba por hacerse: todavía conservaban los rezagos de ese temor que los hizo abandonarlo en el Calvario. Tiemblan ante la idea de correr la misma suerte.

Así, mientras en los corazones de los que ama se entremezclan esos sentimientos, Jesús Resucitado se aparece en medio de ellos.

Para nuestra vida cristiana, es muy importante que nos fijemos con atención en los gestos del Señor. En particular, esta escena es clave para comprender cómo responde Dios frente a nuestros miedos, que muchas veces son el obstáculo que nos impide corresponder a su gracia.

Jesús hace cuatro cosas: les da la paz, les pide que levanten la mirada para que contemplen sus llagas, les da la misión, y con ella, la posibilidad de perdonar los pecados.

Es maravilloso ver cómo el Señor responde frente al temor: con una vocación. La llamada de Dios, que incluye siempre el sentido de misión, es en sí misma la respuesta a nuestras propias debilidades y cobardías.

Jesús no espera que sus apóstoles se conviertan en hombres valientes para después enviarlos. Los envía justamente cuando están asustados: porque su paz y su fuerza no vendrán de las cualidades humanas o de las circunstancias favorables. Vendrán del Espíritu Santo que reciben en ese momento.

La Iglesia se hizo, se hace y se hará por la acción del Paráclito. Nuestra tarea no es otra que dejarnos guiar por Él. Por eso no caben ni las inhibiciones ni la vanagloria.

A partir de entonces, la vida de los apóstoles se resumirá en proclamar por todos los sitios que Jesús es el Señor. Pero como dice san Pablo en la segunda lectura, para poder afirmar eso necesitamos al Espíritu Santo (1 Corintios 12, 3). No podemos dar un solo paso en la vida espiritual, ni siquiera el más sencillo, sin la asistencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Por eso decimos en la secuencia previa a la proclamación del Evangelio en la Misa de hoy: Mira el vacío del hombre, si Tú le faltas por dentro.

Esta Solemnidad es una ocasión estupenda para pedir con fe una renovación de nuestra vida espiritual y para interceder por los cristianos del mundo entero. Al convocar el Concilio Vaticano II, Juan XXIII pedía oraciones para lo que él llamó “un nuevo Pentecostés” en la Iglesia. Esa expresión, nuevo Pentecostés, podría servirnos como un anhelo que diariamente marque el paso de nuestro trato con el Espíritu Santo.

Para eso, podemos acudir a María, protagonista indispensable de lo que celebramos hoy, para que de Ella aprendamos a decir hágase a cada moción del Espíritu Santo. La Virgen también se turbó frente a la presencia y el anuncio del Ángel (cfr. Lucas 1, 29). Sin embargo, no fundamentó su respuesta en la inquietud que sentía: la fundamentó en la seguridad de que era Dios quien la llamaba.

Así se hace la Iglesia, así se han portado los santos, y así espera el Espíritu Santo que vivamos nosotros. Solos no podemos, pero con Él sí.

 

Espíritu Santo : ¡Tres símbolos para un mismo soplo de Vida!

Alice Ollivier. Association Hozana

  Espíritu Santo.

Durante Pentecostés, celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Tercera persona de la Trinidad, consolador y defensor enviado por el Padre, tras el Hijo, para guiarnos, el Espíritu de Dios está a nuestro lado. La Biblia lo describe de múltiples maneras; del Génesis a los Actos de los Apóstoles (¡y hasta hoy en nuestras vidas!), Él envía su soplo sobre el mundo.

Volvamos a encontrarnos con él a través de tres de sus símbolos:

 -Viento: El Espíritu de Dios es un espíritu de libertad; está aquí y allá, nada lo encierra ni lo restringe. “El viento sopla donde quiere, y tú oyes su ruido; pero no sabes de donde viene ni adónde va. Así es para todo hombre nacido del Espíritu.” (Juan 3; 8). Indefinible, inalcanzable, su presencia es tanto caricia de la brisa como ímpetu y movimiento en nuestras vidas. 

 -Fuego: El Espíritu de Verdad es purificador. Consume en nosotros todo lo que no es Dios. Es luz y nos guía en nuestras vidas. Para esto, nos dispensa sus 7 dones: sabiduría, inteligencia, ciencia, fuerza, consejo, piedad, temor. San Juan Pablo II nos dejó una corta oración para pedir la gracia de estos dones al Espíritu Santo; los encontramos también en la letanía del Espíritu Santo.

 -Paloma: El Espíritu Santo es también Espíritu de Amor que trae la señal del renacimiento, de la paz, de la vida nueva, de la ternura de Dios con sus hijos.

“En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua; he aquí que los cielos se abrieron, y vio el Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre él. Y desde los cielos, una voz dijo: “Este es mi Hijo bien amado; en él he puesto todo mi amor.” (Mateo 3; 16-17)

¡Para Pentecostés, dense el tiempo para descubrir el rostro del Espíritu Santo, con este hermoso retiro sobre Hozana!

 

Enseña a tus hijos a ponerse metas y a poner su corazón en alcanzarlas

Silvia del Valle Márquez 

Muchas veces nuestros hijos no se dan cuenta de las adversidades, pero es importante que los hagamos partícipes para que nunca dejen de poner los pies en la tierra, pero que siempre tengan los ojos en el cielo.

En la actualidad, la sociedad nos acorrala y nos encasilla a querer lo que nos imponen y hacer lo que nos marcan como lo correcto, tratando de evitar que penemos o que nos cuestionemos lo que está bien y lo que está mal.

Pero nosotros debemos educar a nuestros hijos para que no tengan esa ceguera y puedan buscar con claridad la verdad, hacer el bien y perseguir la belleza trascendente. Para eso es necesario educarlos fuera de la caja donde nos han querido meter para que no podamos ver más allá de sus límites, pero en realidad el único límite que tenemos son nuestras metas, nuestros sueños.

Si bien es cierto que debemos tener los pies en la tierra y ubicarnos en nuestra realidad, eso no impide tener los ojos en el cielo y buscar alcanzar esos sueños, poniendo los medios, las fuerzas y la creatividad para alcanzarlos.

Pero esto es un estilo de vida distinto al que nos trata de imponer la sociedad, es por eso que aquí te dejo mis 5 Tips para educar a nuestros hijos para que se pongan metas y que pongan su corazón en alcanzarlas.

PRIMERO. Que aprendan a apreciar lo que tienen y valorar lo que les damos.
Si nuestros hijos crecen pensando que todo lo que tienen se lo merecen y que es nuestra obligación darles todo lo que se les antoja, estamos permitiendo que se formen una conciencia laxa y equivocada, fuera de la realidad.

Deben ver que siempre es una gracia, un regalo tener comida en la mesa, ropa digna para vestir, lo necesario para estudiar, los gustos que a veces les podemos dar; ya que papá y mamá hacen muchos esfuerzos para llevar lo necesario y un poco más para ahorrar y darles también lo que quieren.

No es nuestra obligación darles lo que está de moda o lo que todos tienen, lo que es prioridad para nosotros como papás es darles lo necesario para vivir dignamente y desarrollarse sanos y fuertes; lo demás es un regalo que nos da Dios a la familia y que debemos agradecer.

¿Por qué digo que es un regalo? Pues porque tenemos vida, trabajo, salud, creatividad y muchas virtudes que no hemos obtenido por nuestra cuenta, sino que han sido un regalo y que hacen que podamos darles a nuestros hijos todo lo que necesitan para vivir dignamente.

O dígame si no, tener un trabajo digno no siempre depende de nuestros esfuerzos y cuando nos quedamos sin trabajo, es necesario hacer acopio de estos dones para sacar adelante a nuestra familia.

Muchas veces nuestros hijos no se dan cuenta de todo esto, pero es muy necesario que, a su nivel, los hagamos partícipes de la realidad familiar para que nunca dejen de poner los pies en la tierra, pero que siempre tengan los ojos en el cielo.

SEGUNDO. Formales una mente creativa.
Cuando nos ponemos una meta es importante tenerla bien clara y después es necesario buscar medios, caminos, recursos para alcanzar esa meta.

Pues esto mismo es lo que debemos enseñar a nuestros hijos. Es bueno que sea lo más temprano posible para que crezcan en este estilo de vida, donde una meta es algo alcanzable y nosotros les ayudamos a dar los pasos necesarios para conseguirla.

Las metas no tienen que ser gigantescas, podemos empezar por enseñarles a ponerse pequeñas metas que nos ayuden a la vida cotidiana y poco a poco que visualicen metas más grandes, que vayan definiendo el rumbo que su vida va a ir tomando.

Cuando nuestros hijos lleguen a decirnos que quieren ser cantantes, futbolistas, médicos, policías, abogados, escritores, bailarinas, deportistas olímpicos o presidentes de la República, debemos hacerles caso, escucharlos y preguntarles por qué dicen eso; después es necesario hacerles ver que para lograrlo hay que dar muchos pasos antes de conseguirlo y hacerles ver que deben empezar cuanto antes a trabajar para lograr su meta.

Muchas veces al ubicar que lo que se debe hacer para llegar a donde quieren es casi imposible, se replantearán las cosas y adecuarán sus sueños hasta hacerlos alcanzables.

Las grandes empresas se consiguen poco a poco, paso a paso y con mucha paciencia.

TERCERO. Fomenta la lectura y la investigación.
Es de vital importancia que nuestros hijos sean capaces de auto educarse y no quedarse solo con lo que la escuela les da. Esto para que tengan un panorama mucho más amplio y puedan ir enfocando sus gustos y esfuerzos a poner todo para alcanzar sus metas.

La lectura les abre un mundo de posibilidades en cuanto a que les ayuda a aprender y a informarse sobre cualquier tema, pero es necesario que sepan comprender lo que leen y luego que tengan la capacidad de resumirlo, sintetizarlo para sacar lo medular.

La investigación les dará la posibilidad de encontrar los caminos más adecuados para avanzar en sus metas y alcanzar de la mejor manera sus sueños.

Nosotros como papás tenemos ayudarles a conseguir los medios más eficaces para investigar, así los estaremos dotando para la vida y generaremos personas pensantes que no se dejen arrastrar por lo que la masa dice.

La educación y cultura nos da la posibilidad de poner a trabajar la creatividad y nos ubica en la realidad sobre lo que necesitamos para llegar a alcanzar nuestra meta.

Nuestros hijos deben buscar siempre investigar sobre los temas que les interesan y tener un panorama amplio de las posibilidades que existen para alcanzar sus sueños y metas, aunque parezcan una locura. Pero también deben estar conscientes de que a lo largo del camino encontrarán obstáculos que deberían brincar y cambios de rumbo que deberán asumir pero que deben tener los ojos fijos en la meta que se han puesto.

Claro, todo esto siempre que la meta sea digna y que esté dentro de lo que moralmente es permitido y que no atente contra su seguridad y su dignidad como persona.

CUARTO. Que sepan organizar su tiempo y dar prioridades.
Tener una meta clara les debe dar a nuestros hijos un plan de vida. Si, un estilo decida que les ayude a alcanzar sus metas, por ejemplo, si su meta es ir a las olimpiadas, pues deben practicar el deporte que le gusta a diario, no solo por gusto, sino como una disciplina y trabajar en un alto rendimiento para desarrollar al máximo sus capacidades de tal forma que los vuelva aptos para competir y ganar.

Si su meta es ser científico, es necesario que lean muchos libros de ciencia y que practiquen mucho sobre física y química de tal forma que adquieran las capacidades y la estructura mentales que les permita la comprensión de los procesos vitales, etc.

Lo que quiero decir es que dependiendo de la meta de cada uno, serán los pasos y las actividades que se deberían realizar para alcanzarla y eso nos puede generar actividades y estilos de vida que debemos hacer compatible con el resto de la familia para lograr tener un estilo de vida familiar.

Hay metas temporales, metas más trascendentes, metas individuales y metas familiares. Si nuestra meta superior es llegar a la santidad, pues debemos trabajar para alcanzarla y comenzar a vivir de acuerdo a lo que Jesús nos ha enseñado para llegar al cielo y ordenar las otras metas que podemos tener a esta que es más trascendente.

Por eso digo que debemos ordenar nuestro tiempo y aprender a dar prioridades a nuestras actividades para lograr cumplir los pasos que debemos dar para llegar a nuestra meta.

Las agendas y organizadores nos pueden ser de mucha utilidad ya que nos pueden dar una estructura y ubicarnos en el tiempo y el espacio tanto personal como familiar.

Y QUINTO. La tenacidad y la paciencia serán sus mejores armas.
Estas virtudes y muchas otras son de vital importancia para llegar a alcanzar las metas buenos pongamos en la vida y debemos educar a nuestros hijos en ellas.

Las virtudes son ayudas que tenemos para llevar un estilo de vida definido.

Me gustaría hacer una comparación para que nos quede más claro. Cuando nos ponemos una meta es como si tuviéramos una ventana a la que debemos llegar, pero para eso hay que subir una escalera larga, que son los pasos qué hay que dar para cumplir nuestro sueño. Esta escalera no son solo los escalones, también está el barandal que está ahí para ayudarnos a subir, para que nos detengamos de él cuando sintamos que nos caemos y nos apoyemos de él para agarrar fuerza para seguir subiendo.

Así son las virtudes, son soportes, auxilios que tendremos para seguir adelante para poder llegar a nuestra meta.

En especial la tenacidad nos dará fuerza para seguir adelante a pesar de los problemas y situaciones difíciles, ya que esta virtud nos ayuda a seguir esforzándonos poco a poco cada vez más.

Y la paciencia es otra virtud básica que nos dará estabilidad en la vida cotidiana, ya que nos ayuda a sufrir y esperar amorosamente y en paz hasta que las cosas pasen o lleguemos a la meta que nos hemos propuesto.

Todas las virtudes podemos tenerlas infusas, es decir como don, pero también podemos trabajar por obtenerlas o acrecentarlas, es por esto que debemos tener un estilo de vida basado en la formación en las virtudes y para que nuestros hijos tengan en casa el lugar para practicarlas de manera natural.

Así, cuando les toque salir al mundo a dar testimonio, lo harán de forma natural pues han vivido siempre una vida virtuosa.

Y a la hora de necesitar la ayuda de las virtudes, siempre estarán disponibles para alcanzar las metas, los sueños que se vayan poniendo a lo largo de su vida; sin perder de vista que nuestra principal meta, nuestro más grande sueño debe ser llegar al cielo, ser santos.

“Con los pies en la tierra y los ojos siempre en el cielo”.

 

 

Los problemas del método en la Crítica de la razón pura (Parte II)

Escrito por Ignacio Falgueras Salinas

Dado el interés de este artículo y su longitud, hemos decidido publicarlos en tres partes, en días consecutivos. Esta es la segunda entrega

LOS PRESUPUESTOS DE KANT

Lo que tienen en común los dos métodos que Kant intenta sintetizar en uno es la búsqueda de la certeza. Ha sido consecuencia del legado filosófico medieval el que la búsqueda de la certeza indubitable –que es relativa a la inseguridad del saberse haya antepuesto al conocimiento de los principios. La filosofía moderna, perturbada por las sombras que arroja el dios de Ockham sobre el conocimiento humano (40), consideró como tarea primera y principal para el hombre el obtener conocimientos ciertos, a prueba de todo posible engaño o duda. Y eso lo comparten tanto los empiristas, que sitúan la certeza en la intuición sensible, como los racionalistas, que la encuentran en determinados descubrimientos razonadores (cogito-sum, argumento ontológico…).

Si atendemos a los textos, el primer presupuesto confesado de que parte Kant es, sin duda, el de que la ciencia constituye el camino seguro del saber (41), en lo que va implícito que la certeza es su única forma válida, y que, en consonancia con eso, saber es demostrar (42). Es verdad que Kant prefiere no hablar de demostraciones intuitivas en filosofía, sino sólo de demostraciones discursivas (43), pero éstas también pueden formar, según él, juicios apodícticos (44). Diferenciar entre una apodicticidad intuitiva y otra discursiva no elimina la exigencia de que los dos tipos de certezas sean apodícticas. Por eso, incluso para la filosofía, la demostración científico-apodíctica (discursiva) es, según Kant, el único camino a seguir, pues si bien ella busca la sabiduría, lo ha de hacer por el camino de la ciencia (45).

El referido presupuesto contiene como implícito que la ciencia, en cuanto que demostrativa, es el saber supremo, por lo que la metafísica ha de ser incluida dentro de ella, si es que ha de ser tenida en cuenta como saber y no reducida a mera opinión. Quizás pudiera parecer que en esto no se distingue la filosofía moderna de la antigua y medieval, pero no es así. La ciencia apodíctica, es decir, demostrativa, no puede ser nunca el saber supremo, pues siempre requiere el apoyo básico del conocimiento de los principios. Aunque es cierto que la metafísica clásica también puede hacer demostraciones científico-racionales, no lo es que se reduzca a demostración ni que quede subsumida bajo la ciencia, puesto que es característica exclusivamente suya el conocer los primeros principios (46), que no pueden ser demostrados, pero que son más ciertos que cualquier demostración intuitiva, dado que incluso ésta, si la hubiera, habría de basarse en ellos, o lo que es igual, tomar su luz de ellos (47).

Como he indicado antes, Kant también se suma a la idea moderna de que saber es demostrar y de que la filosofía, incluso crítica, ha de estar subsumida bajo la ciencia, pero lo hace a su manera (48). A pesar de su formación en la filosofía wolfiano-leibniziana y de la disputa existente entre Leibniz y Clarke –discípulo y vocero de Newton–, fue admirador confeso de la obra de este último y, sin duda, el primer filósofo de talla que comprendió a fondo el método científico experimental, al quedar deslumbrado –como ya he señalado- por las demostraciones experimentales, en las que, mediante la unión de ciencia y técnica, se pone ante los ojos el cumplimiento (o no) objetivo de las teorías hipotéticas adelantadas por los científicos en la forma de preguntas dirigidas a la naturaleza. Sin embargo, él no renunció a sus orígenes filosóficos, sino que quiso encontrar un ajuste entre ambos métodos de hallazgo de la certeza apodíctica. Lo primero que hizo, al respecto, fue distribuir los saberes: en los saberes científicos objetivos la certeza que se obtiene es intuitiva, mientras que en la metafísica la certeza apodíctica obtenida es deductiva, o sea, a partir del análisis de lo pensado. Pero, como ya se ha visto, propone un posible terreno común, la tarea crítica, en la que se lleva a cabo un procedimiento imitador de la experimentación física, aunque manteniendo el modelo de ciencia wolfiano en lo que tiene de sistemático.

El tenor de esta su condicionada adscripción al método wolfiano obliga a entender que el método crítico, aunque sigue su ejemplo en las formas, se anticipa a aquél en los contenidos, y se anticipa haciendo preguntas discernidoras, a imitación de lo que hacen las ciencias de la naturaleza (49). Las preguntas que formula Kant y que afectan al contenido de la metafísica son:¿qué puedo saber? (50), ¿cómo es posible la metafísica como ciencia? (51), ¿cómo son posibles los juicios sintéticos a priori? (52), ¿cómo es posible la experiencia? (53)

Todas esas preguntas tienen en común el estar centradas en la posibilidad, por lo que tienen como implícito que la posibilidad (pensabilidad) antecede al conocimiento real. Con eso se da por supuesto que el saber posible debe anteceder al saber efectivo, pero sólo en la metafísica, puesto que las otras ciencias encuentran su certeza intuitivamente, es decir, en la coincidencia simultánea de objeto (sensible) y pensamiento, dado que en ellas el uso da el método. De modo paralelo, la Lógica –saber por entero a priori– conoce deductivamente las reglas que ella misma usa, por lo que tampoco requiere examen previo (54). La metafísica, en cambio, debe ser precedida de un examen crítico de su posibilidad como saber, porque ella, en cuanto que tiende a la completitud y sistematicidad, pretende alcanzar un conocimiento deductivo a priori acerca de lo que sólo nos es dado a posteriori.

Pues bien, la antecedencia del saber posible respecto del saber efectivo remite a planteamientos wolffiano-leibnizianos. Como es fácil de entender, la posibilidad sólo antecede verdaderamente a la efectividad, no a la existencia real ni al conocimiento de ésta, pues si nada existiera ni se conociera, tampoco habría posibilidad ni pensabilidad alguna. Y la efectividad, aunque nominalmente designa al correlato de la causalidad, sólo es precedida por la pensabilidad en la producción humana, la cual consiste en dotar de efectividad a lo pensado o posible (55). Por tanto, únicamente quien confunda el ser con el producir puede sostener que la posibilidad (pensabilidad) antecede y determina a la efectividad (existencia). El planteamiento leibniziano –que pretendía que el omniposible necesariamente ha de existir (argumento ontológico), y que interpretaba la creación divina como un producir o hacer efectivo lo que ya era de suyo posible (56)– está, pues, en la base del de Kant.

Pero, aunque remite a planteamientos wolffiano-leibnizianos, la labor crítica contiene un elemento nuevo, pues por saber real entiende el conocimiento efectivo de las ciencias empíricas, que es –según Kant– intuitivo respecto del objeto, pero no respecto de su causa. La intuición kantiana no es una intuición de la realidad de las cosas, sino una intuición de fenómenos. Por tanto, aunque la pensabilidad sea anterior al conocimiento fenoménico, ella no produce íntegramente el fenómeno, sólo lo sintetiza. Se trata, en consecuencia, de una producción recortada: sólo producimos la forma de lo conocido, no su contenido, en cuyo respecto somos radicalmente pasivos. En suma, nuestro conocimiento es concebido por Kant como una síntesis entre lo pensado y lo intuido sensiblemente, de manera que, cuando pensamos al margen de lo intuido, sólo podemos conocer lo que ponemos nosotros (57), porque la razón sólo conoce lo que ella misma produce (58). El resultado sintético de ambos componentes es la experiencia, en la que reside, para él, el único conocimiento real posible.

Ahora se está en condiciones de calibrar con más rigor la propuesta metafórica kantiana –señalada desde el comienzo de este trabajo– de entender el conjunto de todos los conocimientos de la razón pura especulativa como una edificación o construcción. La construcción kantiana es una cierta producción al estilo leibniziano, aunque reducida, en la medida en que nosotros hemos de proyectarla y realizarla, pero para cuya efectividad, no obstante, hemos de atenernos a los materiales de que disponemos, ya que el conocer ha de contener elementos que le sean previa y pasivamente dados. Acontece, sí, una producción propiamente dicha, aunque sólo por el lado del pensamiento, o sea, por el lado de la forma de los conocimientos, que la razón produce íntegramente. Pero esas formas son exclusivamente condiciones de posibilidad subjetivas del conocimiento, no el propio conocimiento objetivo. Por tanto, salvo en la forma del conocimiento, Kant no entiende la producción como los idealistas que le seguirán: para él no se trata de una producción y una construcción totales, es decir, de la forma y del contenido del conocimiento, tan sólo se trata de obtener ciertas síntesis entre lo recibido pasivamente y lo producido activamente. La tarea crítica, por consiguiente, puede ser sistemática en el pensamiento de las formas, que ella misma produce, pero no en la determinación de los contenidos del saber.

Estamos, por tanto, ante otro supuesto kantiano tan radical, o más, que el de la supremacía de la ciencia, a saber, el de que conocer es sintetizar un producto formal con unos datos materiales o de contenido, y que pensar es sólo producir formas de conocimiento. Este segundo gran presupuesto de Kant se puede condensar en el siguiente aserto: conocer es determinar pensamientos, concretarlos. Lo cual supone, a su vez, que el pensamiento es indeterminado, vago, general, y que sin lo concreto de la determinación sensible es pura forma abstracta, insuficiente para conocer, aunque no para pensar. Pero entonces no es la razón teórica la que determina objetivamente los pensamientos, no es ella la fuente (única) de la experiencia: la razón no es razón suficiente del conocimiento, aunque sí lo sea de sus formas.

Sin embargo, por detrás de esta parcial deserción respecto de sus maestros alemanes siguen perviviendo aún los planteamientos de éstos. Lo leibniziano del planteamiento de Kant se mantiene en la interpretación del entendimiento como una tendencia espontánea de la razón, que sólo llega a convertirse en conocimiento cuando queda determinado sintéticamente su contenido. Para Leibniz los posibles tienden todos de modo natural a la existencia, y sólo la existencia de otros posibles que les son opuestos, pero dotados de la misma tendencia, impide –como resultado de la incompatibilidad de unos y otros– su paso a la existencia efectiva. En Kant, a su vez, los pensamientos son meras formas posibles que también tienden a sintetizar conocimientos, pero que deben ser impedidas de hacerlo cuando no existen esquemas imaginativos que pongan a su disposición los datos sensibles, so pena de perplejidad. Y también en Kant, a la determinación –de que ya he hablado– ha de añadirse como requisito fundamental la compatibilidad. Como se ha visto, sólo se puede conocer determinando al pensamiento, por lo que un pensamiento no determinado no es conocimiento objetivo alguno, tan sólo es un pensamiento o posibilidad formal. Ahora bien, para poder determinarlo con un contenido sensible hace falta un intermediario que haga compatible lo a priori del pensar con lo a posteriori del sentir, y ésa es la labor de la imaginación productiva, a la que Heidegger dio tanta importancia (59). Lo mismo que Leibniz concedía un ser esencial (pensado) a todos los posibles, pero una existencia efectiva sólo a aquellos que siendo compatibles entre sí eran dotados de vis nativa por el creador para preponderar sobre sus contrarios, así también Kant concede una posible certeza analítica y ostensiva a los pensamientos o tendencias subjetivas de la razón, pero nunca un verdadero conocimiento más que a aquellos pensamientos que encuentran esquemas imaginativos con los que sintetizar en objetos los datos captados por la sensibilidad. Lo que en Leibniz hacía la inteligencia divina lo hace en Kant la razón pura (60), lo que hacía el poder creador en aquél lo hace (parcialmente) en éste la imaginación productiva (61). Se puede decir que Kant ha trasladado al hombre, en cierta medida, lo que Leibniz atribuía a los posibles y al entendimiento divino.

¿A qué se debe que Kant haya optado por trasladar en algún modo al hombre lo que sus maestros atribuían a Dios? Por una parte, se debe a una cierta exaltación de lo humano. Los experimentos técnico-científicos son claramente producciones humanas, y añaden a los razonamientos una certeza (aparentemente) insuperable: la de su comprobación o refutación intuitivas, es decir, que no necesitan de razonamientos ulteriores, porque son evidentes. Existe, pues, una certeza más brillante que la de los razonamientos, la de la aplicación de las matemáticas al mundo físico. Las matemáticas, mediante la construcción de conceptos a priori, hacen dueña a la razón humana de la naturaleza (62). Toda la etapa precrítica kantiana se emplea en el intento de extender el método científico newtoniano a la filosofía. ¿Con qué fin? Con el de obtener en filosofía certezas intuitivas, o hacer de la filosofía una ciencia también intuyente. La esperanza de obtener conocimientos intuitivos a priori sobrepasando los límites de la experiencia es, para Kant, el efecto de esa exaltación de lo humano (63). Pero, por otra parte, y sobre todo, se debe al fracaso de dicha esperanza de generalizar a la filosofía lo que consigue la ciencia empírica, pues en tal empeño Kant se topó con las antinomias. Las antinomias a que conducen las ideas cosmológicas tienen que ver con la metafísica, cosa clara especialmente en la primera, que se refiere al comienzo y final del mundo, es decir, a las ultimidades mundanas: ¿tiene, o no, el mundo comienzo en el tiempo y límites en el espacio? Kant trata de establecer la certeza de los juicios en relación con los objetos mismos, no con el origen de nuestros conceptos (64). A ese fin, y siguiendo el modelo de la decidibilidad científico-experimental, ante esas cuestiones es posible responder razonando tanto con un «sí» como con un «no», aun siendo contradictoriamente excluyentes entre ellas; por lo tanto, no cabe decidir nada. Pero, además, no se puede evitar el planteamiento de tales cuestiones, porque nacen de la naturaleza de la razón, ni tampoco se puede responder a ellas, porque sobrepasan la intuición sensible y nuestra capacidad de objetivación. Luego ha de deducirse –como se hace a veces con las hipótesis científicas– que debe haber en ellas algo mal planteado, y que ese mal planteamiento ha de ser un presupuesto compartido por tales preguntas formuladas contradictoriamente. Según Kant, ese supuesto es un concepto común e imaginario sobre cómo se nos da el objeto de tales ideas (65), a saber, el de que los objetos empíricos se dan en sí mismos. La única manera, pues, de evitar las antinomias, es sostener que nunca se dan objetos en sí mismos, sino sólo en la experiencia; más aún, que no existen objetos fuera de ella (66), pues lo que se da en el espacio y en el tiempo no es nunca algo en sí, sino una mera representación o fenómeno para mí (67). Pero eso no significa que Kant niegue la existencia de cosas en sí, lo único que niega es que las podamos conocer (68). Es más, Kant supone expresamente que existe una causa no fenoménica de nuestras representaciones, pero que, al no poder intuirla de modo sensible ni tampoco intelectualmente, nos resulta desconocida (69).

El punto de inflexión de todo su pensamiento lo marca, pues, el rechazo de la intuición intelectual, que equivale a la negación de la trascendentalidad real del conocimiento intelectual. Pero ¿qué entiende Kant por intuición intelectual? El propio Kant reconoce que no se sabe demasiado bien cómo habría de ser un entendimiento intuyente, puesto que el nuestro no lo es. Sería algo así como –dice– un entendimiento por cuya autoconciencia fuera dada a la vez la diversidad propia de la intuición, o un entendimiento por cuya representación pensante existieran a la vez los objetos de tal representación; en suma, un entendimiento que alcanzara la unidad de la conciencia sin necesidad de un acto especial de síntesis de lo diverso (70). Parece, entonces, que un entendimiento directamente intuyente habría de ser divino (71), y que, incluso si no lo fuera, al menos no necesitaría de las formas a priori del espacio y del tiempo para intuir.

La negativa a la intuición intelectual no es, por tanto, más que una consecuencia de haber descubierto, con motivo de las antinomias, que el espacio y el tiempo no existen en las cosas en sí ni son atributos divinos, sino que son formas puestas por el sujeto cognoscente, perteneciendo, por tanto, en vez de a Dios o al mundo, al hombre en cuanto que cognoscente sensible. Pero, al atribuir la intuición a la facultad sensible, que es –para él, y en general para toda la filosofía anterior– incapaz de toda universalidad, en realidad está negando la universalidad a todo lo real, así como la trascendentalidad (no la generalidad) (72) al entendimiento humano. La universalidad, en vez de ser una propiedad de todo lo inteligible, es concebida por él como una mera generalización que subsume casos particulares y que se encuentra exclusivamente en la razón.

Con todo, resulta chocante que Kant admita que las matemáticas son ciencias que demuestran intuitivamente, y también las ciencias empíricas, aunque de manera menos inmediata. ¿Por qué entonces afirma tajantemente que no existe la intuición intelectual? ¿Acaso las matemáticas y las ciencias empíricas, que intuyen, no son saberes intelectuales? Kant dice de ellas que son conocimientos teóricos de la razón que determinan sus objetos a priori (73), y que lo hacen de modo intuitivo. De nuevo, pues, nos encontramos aquí con una clara paradoja. ¿Cómo pueden ser las ciencias conocimientos teóricos de la razón y, a la vez, intuitivos, si no existe la intuición intelectual?

Para Kant las matemáticas se basan en la intuición pura del espacio y del tiempo, la cual es condición previa de toda intuición empírica, de manera que las afirmaciones de la geometría (axiomas) valen como regla de construcción de los objetos sensibles en el espacio. Si no fuera así, dice Kant, se negaría validez objetiva al espacio y con él a toda la matemática. De modo que el método matemático opera la síntesis pura de espacios y tiempos, como formas subjetivas a priori de toda intuición sensible, y esa síntesis precede y hace posible el conocimiento fenoménico (74) de las demás ciencias empíricas. Pero la verdad es que, si se intuyera en el espacio y en el tiempo con la sensibilidad, y ese conocimiento intuitivo fuera perfecto, es decir, agotara el conocimiento del objeto, entonces ni debería caber ni haría falta ninguna otra forma de conocimiento ulterior, o, en todo caso, este conocimiento ulterior, en vez de ser superior, sería una degradación del primero (empirismo). Por lo que, si Kant introduce otros requisitos para que haya conocimiento, será porque la intuición sensible no es lo suficientemente mostradora de todo el objeto (75). La intuición kantiana no es, en consecuencia, más que parcialmente objetivante, o, lo que es igual, una intuición reducida.

Pero si las formas que intuye la matemática son las formas a priori de la sensibilidad (76), y sólo de ella, entonces la matemática no es una ciencia racional: será una información a priori sensible, pero no un saber racional. Para salvar su racionalidad, Kant tiene que introducir otro elemento, el entendimiento. En sus primeros pasos críticos, Kant admitió en todas las ciencias intuitivas un uso del entendimiento, pero meramente lógico (77). En la KrV el acto del entendimiento opera en todo conocimiento experiencial como síntesis (no intuitiva) de la diversidad: por un lado, a través de la imaginación, que, aun perteneciendo a la sensibilidad, puede determinar a priori de modo sintético los datos sensibles, merced al acto del entendimiento; y por otro, directamente como tal acto del entendimiento, o facultad de los conocimientos sintéticos, que unifica mediante conceptos la variedad de las representaciones dadas intuitivamente a la sensibilidad. Mas, en cualquier caso, el acto del entendimiento se añade a la intuición fenoménica (78), a la que supone, para reducir la diversidad de su contenido a unidad. Nos salen al paso, una vez más, los dos elementos de siempre: la intuición sensible, como método de adquisición de conocimientos de certeza indubitable, y la ordenación de los datos suministrados por aquélla, como procedimiento para su racionalización. La intuición científica, incluso la matemática, no es pura, es también un mixto de incompatibles, sensibilidad y razón.

En el giro copernicano de Kant lo que se dice es que la intuición de objetos no puede ser obra del objeto mismo, o de lo contrario no se podría representar nada a priori (con necesidad y generalidad) sobre la naturaleza de esos objetos. En cambio, si tal intuición es concebida como obra de la facultad intuitiva sensible, entonces sí cabe tener representaciones objetivas a priori. Pero tales representaciones no son suficientes para el conocimiento racional. Para convertir esas intuiciones en conocimientos (racionales) se las ha de referir a una conciencia o yo pensante que las tenga como objetos suyos, por lo que debo admitir que es la conciencia, o el Ich denke, la que determina mediante los conceptos los objetos pensados (79). El espacio no es por sí mismo conocimiento alguno, sino únicamente una forma de la intuición sensible externa, o facultad de las representaciones sensibles. La intuición sensible sólo es convertida en objeto para mí en la unidad sintética de la conciencia. De ese modo, la unidad de la conciencia (Bewusstsein) es la que determina la validez objetiva de todos los conocimientos y sobre la que descansa incluso la posibilidad del entendimiento (80); en suma: es una condición objetiva de todo conocimiento (81).

Por donde venimos a desvelar un tercer gran supuesto de su pensamiento: el de la conciencia objetiva. El modelo kantiano de conocimiento contiene dos elementos, el objeto y el sujeto. Como es bien sabido, el giro kantiano consiste en admitir que es el sujeto el que determina el conocimiento del objeto, y no al revés. Pero invertir el orden no es cambiar el planteamiento. Kant sigue creyendo que conocer es determinar, producir o fundar, objetos (82), y que los objetos son sólo para mí, esto es, carecen de intencionalidad extramental, que, en cambio, posee la conciencia (pensamiento), aunque sólo como tendencia ciega.

Parece, según todo lo anterior, que precisamente por tratarse de una intuición sensible reducida, es decir, falta de completitud objetiva (83), puede tener entrada un principio pensante de determinación objetiva general, no de mera abstracción. Pero, por otra parte, sólo si nuestra conciencia no es una autoconciencia intuitiva, puede necesitar de una intuición menguada para alcanzar algún conocimiento de objetos (84). La conciencia kantiana supone dos formas de conocimiento imperfectas, la de las relaciones de lo sentido en el espacio y el tiempo, y la de las ordenaciones intelectuales y judicativas. ¿Puede conseguir su unión, lo que ninguna de ellas obtiene por separado? Kant es claro: no cabe ni Ahora bien, cuando se entiende el núcleo del saber, o yo pensante, en referencia exclusiva al objeto, se tienen que exigir de él las mismas características que posee el conocimiento objetivo (determinación, claridad, distinción, etc.), y, adicionalmente, se lo ha de tratar con el mismo método o modo de enfoque que si fuera un objeto sensible. Si no se exigiera la objetividad efectiva (fáctica) al conocimiento del Ich denke, no podría concluirse que sólo pensamos, pero no conocemos al sujeto. Al ser negativa la respuesta a la pregunta por la objetividad efectiva del sujeto, puede parecer que Kant trata de modo distinto al sujeto y al objeto, pero no es así. Que no se obtengan los mismos resultados para el sujeto que para el objeto parece confirmar su distinción, pero en realidad no es más que un síntoma claro del empecinamiento metódico: pretender conocer del mismo modo al cognoscente que al objeto. Valga como prueba de tal confusión metódica el que, a la vez que afirma su distinción del objeto, Kant sigue entendiendo al yo pensante (Ich denke) como un objeto, es decir, como un fenómeno (85), una representación o un pensamiento (86), de modo que en la propia unidad (sintética) de la conciencia, o apercepción, cabe distinguir una dimensión subjetiva (derivada) y otra objetiva, siendo ésta la fundamental (87). El yo pensante es pensado como fundamento, o sea, es tratado como si fuera extramental, y en esa función es entendido como un objeto (pensado) que piensa. ¿Es coherente distinguir al Yo pensante de lo pensado por él, pero entenderlo como lo objetivo de lo subjetivo? ¿No es un enredo inextricable? Tal enredo es confirmado por el conjunto de su doctrina, pues la persona, que -según él– no ha de ser tratada como mera cosa (Sache) o medio objetivo, es definida como cosa (Ding) o fin objetivo (88), en consonancia con lo que acontece en el plano moral, en el que la ley práctica es un principio objetivo que manda sobre la voluntad subjetiva, cuya moralidad es fundada por la mera representación de aquella ley (89). ¿Quién determina a quién: el objeto a la conciencia y a la voluntad, o la conciencia y la voluntad al objeto?

¿En qué queda el giro copernicano? Si el objeto supone al sujeto y el sujeto supone al objeto, existe entre ellos un círculo vicioso, ¿cómo salir de él?

Estas últimas observaciones nos ofrecen la pista de un cuarto supuesto básico. Porque si la conciencia es una síntesis de objeto y sujeto pensante, esa síntesis no puede corresponderle sólo al sujeto pensante, es decir, aunque sea producida por él, no puede serlo solamente por él, porque la pasividad de los sentidos es también requerida, así como las formas de la intuición sensible, tanto que el conocimiento que tiene de sí es enteramente relativo a la diversidad de los datos sensibles. Pero, en tal caso, sintetizar a otro consigo requiere no sólo a lo otro, sino también cierta necesidad previa por parte de la operación sintetizante. Y ¿qué significa que el entendimiento tienda necesariamente a producir la síntesis de sí mismo con lo otro? Significa, sencillamente, que él no es la última instancia de la que procede su iniciativa productora. ¿De qué otra instancia depende, entonces, el conocimiento teórico? Al tratarse de una tendencia, forzosamente ha de depender de la voluntad, no todavía como facultad moral, pero sí como facultad de desear, fuente de las tendencias (90). Por eso, el pensamiento (ideas y conceptos) es, para Kant, una tendencia de la razón (91), es decir, un deseo natural, una espontaneidad; aunque quizás sería mejor decir que es un conjunto de tendencias, puesto que no sólo tiene una tendencia a trascender las limitaciones de las intuiciones de la sensibilidad, sino que, por lo menos (92), tiene también una tendencia a organizar arquitectónicamente sus saberes, una tendencia a la unidad formal.

Kant puede admitir que ciertas tendencias naturales sean tendencias vacías en algún sentido determinado o parcial, pero no que sean por completo vacías (93). Por ejemplo, al ser entendida la conciencia como necesariamente sintética, la primera de las tendencias, la de trascender los límites de la experiencia posible, en cuanto que no pone en armonía la espontaneidad del sujeto con las posibilidades del fenómeno, es interpretada como enfermiza y vacía por carecer de objeto, debiendo ser sometida a disciplina correctiva y evitada mediante coerción de sus tentaciones (94). En cambio, la segunda tendencia, la de organizar unitariamente lo sabido, no intenta síntesis imposibles, sólo ordena las posibles, por lo que es admisible su uso dentro de la racionalidad sana. Por aquí se puede comprender que si la tendencia a la sistematicidad es aprobada como natural, y, en cambio, la tendencia a trascender los datos de la experiencia, aun siendo natural, es reprobada por Kant, el método crítico que la somete a disciplina no puede nacer de ninguna tendencia natural, sino de un deber, es decir, de una dimensión de la razón dotada de autonomía respecto de lo natural. Aunque se dijera, como parece acertado, que en realidad no son dos tendencias, sino una sola, que fracasa o tiene éxito según el campo del saber (especulativo o práctico) al que se aplique, sigue en pie que esta discriminación no la establecería la propia tendencia, sino factores exógenos como la imaginación y la voluntad. Me detengo a explicar esta última.

Si la responsable de los fracasos de la razón es una tendencia natural en cuanto que no controlada debidamente, la responsable de su ajuste no podrá ser otra tendencia natural, sino una facultad libre, capaz de controlar a aquélla, a saber: la voluntad como facultad del cumplimiento (o no) del deber moral, es decir, como facultad de desear superior. Lo que Kant propone es someter la razón teórica y el pensamiento a una disciplina voluntaria y correctiva. Fuera de un uso regulativo que sirva sólo para ordenar sistemático-formalmente los pensamientos y conocimientos, dejados de lado sus contenidos, no cabe un uso positivo de la facultad especulativa de la razón. Por eso, si sólo hubiera una facultad especulativa, la razón quedaría frustrada en su tendencia a hallar un lugar en el que hacer pie firme más allá de los límites de la experiencia. Si ha de cumplirla –como es natural–, tendrá que hacerlo en otro terreno, de modo que tal tendencia sólo adquiere efecto y sentido en el uso práctico de la razón (95), o sea, en el único uso que queda como posible, el que se hace desde la libertad (96).

En concordancia con lo anterior, Kant atribuye a toda facultad del alma un interés, es decir, un principio que contiene la condición bajo la cual se favorece su ejercicio. Incluso el conocimiento es interpretado como un interés, como el interés de conocer el objeto (97). Naturalmente ese interés, como todo interés, ha de ser de naturaleza práctico-volitiva (98). De modo que el primado de la voluntad respecto del entendimiento no es un primado entre iguales, pues el interés especulativo que mueve al conocimiento intelectual hacia los principios más elevados es condicionado y sólo se cumple enteramente en su uso práctico-moral (99). Por su parte, lo único que requiere del entendimiento la voluntad moral es que sus principios y afirmaciones no se contradigan, lo cual no constituye ningún interés positivo, sino una mera condición negativa (100). Todo acaba, pues, en lo práctico; y en esa tendencia de todo lo teorético y de toda especulación hacia lo práctico en atención a su uso radica el valor de nuestro conocimiento, valor que alcanza a ser incondicionado, o absolutamente práctico, en la moralidad (101). Ahora bien, es la razón la que como facultad de los principios determina los intereses de las otras facultades y de sí misma (102). Por donde ha de entenderse que la razón pura en sí misma «es», incondicionadamente, de índoe práctico-volitivo-moral (103). La productividad máxima de la razón (objetivo-subjetiva) se obtiene en el uso práctico-moral (autonomía), mientras que la productividad del entendimiento es condicionada (heterónoma) y sólo ordenadora de datos que no produce.

Para Kant, sólo la razón podría ser, a la vez, fuente de tendencias naturales –en cuanto facultad de desear inferior– y principio de disciplina o corrección de algunas tendencias naturales –en cuanto facultad de desear superior–. Por lo que en última instancia el método crítico, en su duplicidad experimental-sistematizadora, no hace otra cosa que reunir los dos componentes racionales opuestos entre sí: la tendencia espontánea al conocimiento objetivo (sistematizado) junto con el imperativo categórico que reprime toda espontaneidad (felicitaria) en aras del deber ser.

Se llega a producir, así, la paradoja de que, –después de haber distinguido entre los conocimientos teóricos y prácticos por el motivo de que los primeros tienen que ver con el ser y los segundos con el deber ser, es decir, con lo que debe suceder mediante el hacer (104)–, la tesis de la primacía (ontológica) de la voluntad o razón práctica moral sobre la facultad de conocimiento especulativo es una tesis que atañe al ser, no al deber ser. En cambio, que la razón especulativa deba ser sometida a disciplina, siendo ésta una virtud de orden moral (105), tiene el carácter de una prohibición, por lo que la crítica de la razón se sitúa en la línea de una obligación de índole práctica, es decir, de una tarea que se refiere y nos habla del deber ser no del ser.

Pero si la primacía de la voluntad es una tesis teórica –la razón pura «es» incondicionadamente voluntad–, entonces tal primacía es establecida por la razón teórica, la cual en esa misma medida prima sobre la razón práctica, exactamente al contrario de lo que aquélla enuncia. ¿Cómo puede pensarse y decirse congruentemente que el deber ser «es» lo primero en el orden del ser, el fundamento de todo, aunque se trate sólo de lo humano?

Ignacio Falgueras Salinas en Studia Poliana revistas.unav.edu/ 

Notas:

(40) I. FALGUERAS, “Ockham y la disolución de la filosofía medieval”, en Miscelánea Poliana, 35 (2012) 122.

(41) Kant se propone hacer entrar a la metafísica por el camino seguro de una ciencia (der sicherer Gang einer Wissenschat, B VII). Lo dice hasta diez veces en el Prólogo a la 2ª Edición de la KrV.

(42) A XV: “Was nun die Gewißheit betrifft, so habe ich mir selbst das Urtheil gesprochen: daß es in dieser Art von Betrachtungen auf keine Weise erlaubt sei, zu meinen und daß alles, was darin einer Hypothese nur ähnlich sieht, verbotene Waare sei, die auch nicht für den geringsten Preis feil stehen darf, sondern, so bald sie entdeckt wird, beschlagen werden muß. Denn das kündigt eine jede Erkenntniß, die a priori fest stehen soll, selbst an: daß sie für schlechthin nothwendig gehalten werden will, und eine Bestimmung aller reinen Erkenntnisse a priori noch viel mehr, die das Richtmaß, mithin selbst das Beispiel aller apodiktischen (philosophischen) Gewißheit sein soll”.

(43) B 763.

(44) “Aus Begriffen a priori (im discursiven Erkenntnisse) kann aber niemals aunschauede Gewissheit,

d.i. Evidenz, entspringen, so sehr auch sonst das Urtheil apodiktisch gewiss sein mag” (Ibid.).

(45) “Diese bezieht alles auf Weisheit, aber durch den Weg der Wissenschaft,  den einzigen, der,  wenn  er einmal gebahnt ist, niemals verwächst und keine Verirrungen verstattet” (A 850, B 878).

(46) ARISTÓTELES, Metafísica, A, 982b, trad. V. García Yebra, Gredos, Madrid, 1970, I, 13-14; Ética Nicomáquea, 1141a, trad. J. Pallí Bonet, Gredos, Madrid, 1985, 275-276.

(47) Sin embargo, la pretensión de la ciencia empírica es la de ser una demostración independiente de los principios por basarse en los hechos. Ahora bien, los hechos –si los hubiere–, sólo pueden ser establecidos sobre la base al menos del principio de no contradicción. Luego tal pretensión es insostenible.

(48) A saber, (i) eliminando la posibilidad de demostraciones trascendentales que partan de principios del entendimiento para intentar llegar a los de la razón, o que partan de los principios de la razón para intentar concluir en verdades objetivas, más allá de su uso regulativo; (ii) admitiendo que sólo puede encontrarse una prueba con valor objetivo para cada proposición trascendental que sea usada regulativamente; y (iii) exigiendo que sea una demostración ostensiva (que convence y muestra la fuente de su verdad), no apagógica (que prueba demostrando la imposibilidad de su contrario), pues esta última, aunque es la más evidente, no es la que mejor satisface las metas de la razón (B 814-822).

(49) B XIII.

(50) B 833.

(51) B 23. Cfr. B XV

(52) B 19.

(53) Welches sind die wirklichen Forschritten…?, AK XX, 275.

(54) AK IX, 15.

(55) Cfr. I. FALGUERAS, “El producir como manifestación esencial del hombre”, en eds. A. L. GONZALEZ e I. ZORROZA, In umbra intelligentiae, estudios en homenaje al Prof. J. Cruz Cruz, Eunsa, Pamplona, 2010, 241 ss. Las causas no se anticipan a los efectos, sino que se despliegan en ellos, y éstos no otorgan a las causas algo de que carezcan, sólo las siguen; lo que se anticipa verdaderamente es la idea de algo que puede ser producido.

(56) La creación en LEIBNIZ no es ex nihilo, sino el mero otorgamiento por parte de Dios de una vis insita a un universo de infinitos posibles finitos, eternamente precedentes como posibles, para que prevalezca sobre sus opuestos. Cfr. De rerum originatione radicali, en Philosophischen Schriften von Gottfried Wilhelm Leibniz, herausgegeben von C. I. Gerhardt, Weidmann Verlag, Berlin, 1875-1890, 303 ss.

(57) B XVIII.

(58) B XIII.

(59) Kant y el problema de la metafísica (KPM), §§26-35, trad. G. Ibscher Roth, Fondo de cultura económica, México, 1954, 110-170.

(60) ¿Cómo puede la razón conocer las formas a priori de la sensibilidad, describirlas y entenderlas, siendo así que la sensibilidad es radicalmente heterogénea respecto de la razón y ésta carece de intuición?

(61) Es la imaginación la que, según Kant, «decide» si algo existe objetivamente para mí, o no.

(62) B 752-753: “und wodurch sie, so zu reden, Meister über die Natur wird”.

(63) B 753-754.

(64) B 509: “wir jetzt nur von der Gewissheit der Urtheile in Ansehung der Gegenstände…handeln”.

(65)  B 518.

(66)  B 521.

(67)  B 522.

(68) Por detrás de la insalvable brecha cognoscitiva entre lo en sí y lo para mí, sigue latente en Kant la incomunicación de las mónadas leibnizianas. Las mónadas carecen de comunicación externa, pero sus representaciones internas reproducen el orden y la conexión del universo creado. Kant ha trasladado, en cierta medida, al conocimiento lo que Leibniz entendió de las substancias reales: no conocemos cosas en sí (mónadas), pero la razón produce y contiene subjetivamente (en sí) las formas de todo lo que conocemos.

(69) B 522. En este punto es en el que hace pie la contracrítica de G. E. SCHULZE, y toma impulso el idealismo de J. G. FICHTE (cfr. Recension des Aenesidemus, en Johann Gottlieb Fichtes sämmtliche Werke, 8 Bände, herausg. von I. H. Fichte, Berlin, Veit & Comp., 1845/46, I, 13).

(70) B 138-139.

(71) B 72; B 145.

(72) Para la diferencia entre lo general y lo universal cfr. I. FALGUERAS, Perplejidad y filosofía trascendental en Kant, Cuadernos de Anuario Filosófico, Universidad de Navarra, Pamplona, 1999, 15 ss.

(73) B X-XIV.

(74) B 202-207, especialmente B 206.

(75) Cfr. M. HEIDEGGER, KPM, 29 ss.

(76) Cfr. B 56.

(77) Dissertatio, §23: “Usus autem intellectus in talibus scientiis, quarum tam conceptus primitivi quam axiomata sensitivo intuitu dantur, non est nisi logicus, h.e. per quem tantum cognitiones sibi invicem subordinamus quoad universalitatem conformiter principio contradictionis, phaenomena phaenomenis generalioribus, consectaria intuitus puri axiomatibus intuitivis” (AK II, 410-411).

(78) “Diejenige Vorstellung, die vor allem Denken gegeben sein kann, heisst Anschuung” (B 132).

(79) B XVI-XVIII.

(80) B 137.

(81) B 138: “Die synthetische Einheit des Bewusstseins ist also eine objective Bedingung aller Erkenntniss, nicht deren ich blos selbst bedarf, um mein object zu erkennen, sondern unter jede Anschuung stehen muss, um für mich Objekt zu werden…”.

(82) Este prejuicio lo hereda de sus antecesores modernos. Cf. A. Baumgarten: “Metaphysica est Scientia primordium in Humana cognition principiorum” (Prolegomena Metaphysicorum, §1, AK XVII, 23).

(83) B 67. “Dagegen steht die reine Form der Anschauung in der Zeit, bloß als Anschauung überhaupt, die ein gegebenes Mannigfaltiges enthält, unter der ursprünglichen Einheit des Bewußtseins lediglich durch die nothwendige Beziehung des Mannigfaltigen der Anschauung zum Einen: Ich denke, also durch die reine Synthesis des Verstandes, welche a priori der empirischen zum Grunde liegt” (B 140).

(84) “Ein Verstand, in welchem durch das Selbstbewusstsein zugleich alles Mannifaltige  gegeben  würde,  würde anschauen; der unsere kann nur denken und muss in den Sinnen die Anschauung suchen” (B 135).

sentir ni entender la realidad de las cosas en sí, sólo cabe sentir y entender su

relación mutua (objetiva y subjetiva).

(85) B 156: “was die innere Anschauung betrifft, unser eigenes Subjekt nur als Erscheinung, nicht aber nach dem, was es an sich selbst ist, erkennen”.

(86) B 157: …“in der synthetischen ursprünglichen Einheit der Apperception bewusst, nicht wie ich mir erscheine, noch wie ich an mir selbst bin, sondern nur dass ich bin. Diese Vorstellung ist ein Denken, nicht ein Anschauen”.

(87) B 139-140.

(88) Gundlegung der Metaphysik der Sitten (GMS), AK IV, 428-429. La mera distinción entre Sache (cosa fenómeno) y Ding (cosa noúmeno) no es suficiente para salvar la dignidad de la persona, que nunca puede ser objeto, si es que el objeto es, como dice Kant, puro fenómeno.

(89) GMS, AK IV, 400-401, texto y notas.

(90) Kant se ve obligado a distinguir dos dimensiones en la facultad de desear, una inferior y otra superior. Con esta última se identifica la voluntad moral, que es la que determina sus deseos a partir de conceptos, no del entendimiento, sino conceptos de la voluntad. Cfr. KpV, AK V, 22-25; UK, AK V, 177-179; Metaphysik der Sitten (MS), AK VI, 211-214.

(91) B 670: “daß die menschliche Vernunft dabei einen natürlichen Hang habe, diese Grenze zu überschreiten, daß transscendentale Ideen ihr eben so natürlich seien, als dem Verstande die Kategorien, obgleich mit dem Unterschiede, daß, so wie die letztern zur Wahrheit, d.i. der Übereinstimmung unserer Begriffe mit dem Objecte, führen, die erstern einen bloßen, aber unwiderstehlichen Schein bewirken, dessen Täuschung man kaum durch die schärfste Kritik abhalten kann”. Cfr. B 825.

(92) La propia Lógica podría considerarse como una tendencia natural de la razón. Así en su Lógica Kant empieza proponiendo que todo cuanto acontece está regido por reglas o leyes tanto en la física como en el pensamiento: no podemos pensar o usar el entendimiento más que según determinadas reglas (Logik, AK IX, 11-12). Precisamente, la Lógica es para él la ciencia de las leyes a priori o necesarias del entendimiento y de la razón (Ibid., 13) y el entendimiento la facultad de las reglas. Pero la Lógica no es un organon de la ciencia (Aristóteles), sino el fundamento de todas las ciencias. También en este caso, ha de decirse que no es el entendimiento la fuente originaria de las reglas, sino sólo el conocedor y usuario de las mismas (Ibid., 11-12). No existe ninguna otra explicación, según eso, que el que las cosas son así, es decir, que ésa es la naturaleza de la razón y de sus tendencias.

(93) B 823-824.

(94) “Man nennt den Zwang, wodurch der beständige Hang von gewissen Regeln abzuweichen eingeschränkt und endlich vertilgt wird, die Disciplin” (B 737).

(95) “Indessen muß es doch irgendwo einen Quell von positiven Erkenntnissen geben, welche ins Gebiet der reinen Vernunft gehören, und die vielleicht nur durch Mißverstand zu Irrthümern Anlaß geben, in der That aber das Ziel der Beeiferung der Vernunft ausmachen. Denn welcher Ursache sollte sonst wohl die nicht zu dämpfende Begierde, durchaus über die Grenze der Erfahrung hinaus irgendwo festen Fuß zu fassen, zuzuschreiben sein? Sie ahndet Gegenstände, die ein großes Interesse für sie bei sich führen. Sie tritt den Weg der bloßen Speculation an, um sich ihnen zu nähern; aber diese fliehen vor ihr. Vermuthlich wird auf dem einzigen Wege, der ihr noch übrig ist, nämlich dem des praktischen Gebrauchs, besseres Glück für sie zu hoffen sein… Folglich wenn es überall einen richtigen Gebrauch der reinen Vernunft giebt, in welchem Fall es auch einen Kanon derselben geben muß, so wird dieser nicht den speculativen, sondern den praktischen Vernunftgebrauch betreffen, den wir also jetzt untersuchen wollen” (B 823-825).

(96) B 828.

(97) KpV, AK V, 119.

(98) KpV, AK V, 121.

(99) Ibid.

(100) KpV, AK V, 120.

(101) Logik, AK IX, 87.

(102) KpV, AK V, 119.

(103) “Allein wenn reine Vernunft für sich praktisch sein kann und es wirklich ist, wie das Bewusstsein des moralisches Gesetzes es ausweiset, so ist es doch immer nur eine und dieselbe Vernunft, die, es sei in theoretischer oder praktischer Absicht, nach Principien a priori urtheilt…” (AK V, 121). [El subrayado en el texto ha sido introducido por mí]. Cfr. M. HEIDEGGER: “auch Kant begreift das Denken so, wenn er es als Spontaneität kennzeichnet. Denken ist Wollen und Wollen ist Denken” (Zur Erörterung der Gelassenheit, en Gelassenheit, G. Neske, Pfullingen, 71982, 29-30).

(104) A 633, B 661. Cf. Logik, AK IX, 86.

(105) Aunque la disciplina no es considerada por Kant una virtud que promueva por ella misma la moral (Pädagogik, AK IX, 475, 480-481), sin embargo su uso, que es meramente negativo, tiene cierta dimensión ética, debiendo ser utilizada para educar a los demás (Op. cit., 441 ss.), a los que haría gran daño el descuidarla (Op. cit. 444), y también (con medida) puede usarse hacia uno mismo (ascética) (MS, AK VI, 485), por lo que forma parte de lo práctico-moral (KpV, AK V, 86), pues ella impide que el hombre se desvíe de su destino, que es la humanidad (Pädagogik, AK IX, 442).

 

 

El mártir muere por amor

El presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, el Cardenal Kurt Koch, ha querido recordar, en la celebración ecuménica para conmemorar el 106 aniversario del genocidio armenio, que existe un verdadero ecumenismo de los mártires y que, hoy en día, el 80% de las personas perseguidas por su fe en el mundo son cristianas.

El signo distintivo del martirio cristiano es el amor. El martirio no es buscado en sí mismo, sino que es asumido como consecuencia de la fidelidad a la fe, y, en este sentido, los mártires armenios nos abrieron los ojos a esta profunda visión en el comienzo de un sangriento siglo XX, marcado por las dos terribles guerras mundiales. Ellos dieron testimonio elocuente con la entrega de sus vidas, de que el martirio no es un fenómeno marginal en el cristianismo, sino que es el núcleo mismo de la Iglesia, pues el mártir muere por amor, no por una idea, sino con Cristo que ya ha muerto por él.

Jesús D Mez Madrid

 

La Primera Comunión

Me parece un buen momento, el mes de mayo, para que traigamos el recuerdo de nuestra Primera Comunión. Si a una cierta altura de nuestro vivir volvemos un poco la mirada hacia atrás, quizá descubramos que uno de los acontecimientos que ha quedado grabado para siempre en nuestra inteligencia y en nuestro corazón, ha sido el día de nuestra Primera Comunión.

Con el pasar del tiempo hemos ido viviendo una gran variedad de situaciones de todo tipo, que nos han ido sucediendo aquí y allá, que han ido dejando un cierto poso en nuestro espíritu: trabajos, proyectos, nacimientos, muertes, bodas, cambios de lugar, de países, triunfos y fracasos, alegrías y disgustos, etc., etc.

La Primera Comunión, de la que a lo mejor ni siquiera guardamos ninguna estampa que nos la traiga a la memoria, en estos tiempos de primavera, de abril y mayo, sale de su silencio y nos vuelve a recordar hasta el lugar de la iglesia, de la capilla del colegio, en el que vivimos la Misa y recibimos la Eucaristía, el Cuerpo de Cristo por primera vez en nuestra vida.

He conocido a más de una persona que ha dado muchas gracias al Señor por no haber recibido ningún regalo particular ese día. El regalo verdadero, me comentaba, “era el mismo Señor que venía a mí. No distraje mi atención en esas horas contemplando uno u otro regalo –no había móviles ni nada digital en aquellos tiempos-; si recuerdo todavía con cariño las palabras de me dirigieron mis abuelos que me acompañaron comulgando también ese día; el beso de mis padres, y el sobrio festejo familiar que mi madre preparó con todo cariño: Has recibido al Señor, a Jesús. Dale siempre las gracias por haber venido a ti, me susurró al oído”.

JD Mez Madrid

 

Vivir sin mentiras

Uno de los entrevistados en el nuevo libro de Rod Dreher, dice que “tomar la cruz y cargarla sobre los hombros siempre será incómodo. Podemos decir claramente que la ideología actual de la comodidad es anticristiana en su esencia misma”.

Cierto puesto que la libertad nunca está del todo conquistada. Cada uno es dirigente de su propia conciencia. No hace falta recurrir a Edgar Morin para pensar que vivimos en un mundo en el que prima la mentira, en el que las personas no son veraces, en el que parece no importar no decir la verdad. Esto es un efecto de relativismo, pero también de la pérdida de la densidad de la vida.

Si la libertad no está conquistada del todo, y no hay libertad auténtica sin verdad, convertir la mentira en la base de las relaciones sociales significa caer en las redes del peor sistema totalitario.

Václav Havel pedía a los disidentes que “vivieran en la verdad”. Ése era el poder de los sin poder frente al régimen comunista. Solzhenitsyn decía que “una palabra de verdad pesa más que el mundo entero”.

Y ¿qué pasa cuando en la Iglesia, incluso, se cuela la mentira como forma de vida, elevada a categoría sustentadora de discursos y de estrategias? Se me ocurre algo muy fuerte, que no voy a escribir. No olvidemos quién es el padre de la mentira y cómo se revela en el tiempo. Entre otras manifestaciones, con la siembra de la sospecha y la división.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Canales de Internet para sexting infantil

El Comité, que preparó el documento del Comentario General Nº 25 que ha publicado el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas, pidió a algunos niños que informaran al Comité de sus opiniones. Estos "niños informaron que valoraban la búsqueda en línea de información y apoyo relacionado con la salud y el bienestar, incluyendo sobre salud física, mental y sexual y reproductiva, pubertad, sexualidad y concepción". Los redactores dicen: "Los adolescentes querían especialmente acceso a servicios gratuitos, confidenciales, apropiados para la edad y no discriminatorios de salud mental y salud sexual y reproductiva en línea". Anteriormente, las Naciones Unidas han definido los "servicios de salud reproductiva" como incluidos el aborto.

El Comité se ocupó de lo que ahora se llama comúnmente "sexting", donde las personas, incluidos los niños, envían fotos sexualmente explícitas a amigos e incluso extraños a través de Internet. El sexting puede ser ilegal cuando se hace por niños, y el Comité quiere que se haga legal. El Comité dice: "Deben crearse canales acogedores para los niños para permitir que los niños busquen asesoramiento y asistencia cuando se relacionen con contenido sexualmente explícito autogenerado".

El Comité de los Derechos del Niño es el Comité de "expertos" designados por los Estados miembros de las Naciones Unidas para formular sugerencias a los países signatarios sobre cómo aplicar el tratado subyacente, en este caso, la Convención sobre los Derechos del Niño. Casi son los únicos, los Estados Unidos nunca han ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Marruecos: “La eterna espina de España” 

 

                                A mí aparte de la indignación propia como español, me da la risa, cuando los que dicen gobernar a España, en los ya 46 últimos años, dicen todos, “nuestros amigos los de Marruecos”; refiriéndose, claro está, a la camarilla gobernante y a su jefe; puesto que los hechos modernos y los antiguos, han demostrado que “de esa parte del Norte de África” (y alguna otra adyacente) sólo hemos recibido, problemas, guerras, saqueos y todo lo que “un enemigo dedica a quien explota o saquea”; por tanto lo que acaba de ocurrir en Ceuta, hay que entenderlo como un estado de guerra más; puesto que… Las noticias dicen que el asalto a Ceuta (no ha sido otra cosa que un asalto y activado por el propio sátrapa de Marruecos) lo han realizado 8000 "siervos" marroquíes, con ello ese inútil que allí gobierna, ha logrado que metan en España, alrededor de 2000 menores de edad, a los que ahora y por leyes que no entendería, "ni la madre que los parió, a los idiotas europeos que dicen gobernar", es España la que los tiene que mantener y darles clases cuidándolos aún mucho mejor que hcen con nuestros niños y jóvenes; y luego -seguro- que se quedan en España o algún otro país europeo; que es lo que pretende "el sátrapa y su corte"; puesto que así, nuevos súbditos que se quita y que además, todos aquellos que logren sobrevivir, enviarán, "euros" a Marruecos, para el ya muy rico sátrapa, siga acumulando riquezas no sólo en Marruecos, sino en los demás países donde tenga situados capitales inmensos. Pero eso sí, como "descendiente" de su profeta, los siervos marroquíes, aún tienen que besarle las manos... "de risa o de pena": Mientras el inquilino de la Moncloa, se presenta allí, junto a su ministro de Interior; dicen cuatro cosas para salir del paso y a tragar "al moro", como vienen tragando desde, "noviembre de 1975" y cuando "robaron el Sahara español, que oficialmente sigue siéndolo, porque aún no han hecho la entrega a "tan gran ladrón": ¿Como calificar todo ello? El único gobernante que los entendió perfectamente y por ello le temían, fue, el General  Francisco Franco Bahamonde; y prueba de ello, es que hasta que no murió, no se atrevieron a entrar en masa (o sea igual que han hecho en Ceuta) en las que aún eran dos provincias españolas, conocidas como “El Sáhara español”, cuyos habitantes aparte de hablar nuestro idioma, aún los que vivan, siguen teniendo igual documento nacional de identidad que llevamos el resto de españoles.

                                Si miramos a la larga historia de España, de ese territorio, nos vinieron, los continuo saqueos de piratas “berberiscos”, a todas las costas desde Cataluña hasta Huelva; piratas que venían a por botín y esclavos; de ahí, las respuestas de España hasta las conquistas que tuvieron que hacer, también Portugal, que fue quién conquistó Ceuta, y de ellos pasó a España, cuando ambos países, fueron “propiedad” de “los Austrias”. Recordemos igualmente las modernas guerras, en el primer “cuarto de siglo XX”, donde hubo “ríos de sangre española que allí quedaron”; y después, todo lo que ha ocurrido, de ofensas y vejaciones,  de las que siempre, se han reído, los gobernantes marroquíes y sobre todo sus reyes, a los que aún sus siervos, “han de besarles las manos”.

                                También tengo que recordar que en pleno auge del Imperio Español, los piratas del hoy Marruecos, que entonces ni existía, hubo una república en territorio hoy anexo a Rabat, que se denominó, “República de Salé”, que era una base de piratas, junto con otra u otras más al norte, simplemente para asaltar los barcos que de regreso a España de las colonias americanas, y con escala en las Islas Canarias, “los cogían a mano”, para saquearlos como bucaneros que eran y enemigos acérrimos a la España, que a muchos de ellos o sus antepasados, fueron echados de aquí, tras la conquista del reino de Granada.

                                Pese a todo ello, “los gobernantes actuales pelotillean a esos gobernantes, por no sabemos qué intereses, pero que de los españoles, no concibo ninguno”. Y finalmente otro hecho bochornoso.

                                Gobernando el indeseable, “Rodríguez Zapatero”; aparece en la prensa, fotografiado junto “al monarca reinante en Marruecos”, y tras ellos, y en el palacio marroquí, un gigantesco mapa, de las islas Canarias y no sé si algún territorio más español; que “el sátrapa reinante”, consideran que son suyos, no sabemos el por qué de ello; y el idiota de “nuestro zapatero remendón, tragó con la afrenta, sonriendo con esa sonrisa de bobo, tan natural en este inútil”.

                                Y un aviso general: que El Islán o gran parte de él (no sólo Marruecos) no olvidan que cuando más se desarrolla el islamismo, es en el Califato de Córdoba, y que sueñan con recuperarlo en el futuro; y ojo, también, “que El Andalus”, no es sólo Andalucía, que ellos consideran esa denominación, como toda la Península Ibérica, puesto que recuerden que, “llegaron a llevarse las campanas de Santiago de Compostela, como botín para situarlas en su capital; Córdoba. Pero sepamos también que aquel califato, no lo liquidan, los cristianos, sino son los propios musulmanes, también de los territorios que hoy es Marruecos; donde surgen las hordas, de los que hoy denominamos “talibanes o ayatolas”, que considerando que aquel califato, no cumplía lo que su profeta ordenaba en su Corán… vinieron y arrasaron hasta la mejor joya de su corona, o sea, la ciudad imperial, de “Medina Azahara”.  Por ello los cristianos, pudieron luego y les costó siglos, el ir conquistando, las muchas “coras musulmanas” en que se dividió el califato, que de haber seguido tal y como llegó a ser; “seguro que hoy España y Portugal y vete a saber cuantos más, seguirían siendo súbditos de aquel profeta arábigo llamado Mahoma”: Amén

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes