Las Noticias de hoy 20 Mayo 2021

Enviado por adminideas el Jue, 20/05/2021 - 12:56

12 grandes frases sobre educación que debes conocer - "Un maestro es una  brújula que activa los imanes de la curiosidad, el conocimiento y la  sabiduría en los alumnos"

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 20 de mayo de 2021        

Indice:

ROME REPORTS 

Catequesis del Papa. Las dificultades en la oración: distracción, sequedad y acedia

El jueves 20 de mayo el Papa visitará la sede vaticana de Scholas Occurrentes

El Papa a los consagrados: "La reforma es camino en diálogo con la realidad"

EL DON DE TEMOR DE DIOS : francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: jueves 7ª semana de Pascua

“Cuéntale todo lo que te pasa, hónrala” : San Josemaria

¿Cómo vencer las distracciones en la oración?

Libro electrónico de Mons. Fernando Ocáriz: “A la luz del Evangelio”

Los demás son nuestros (I) : Diego Zalbidea y Andrés Cárdenas M.

La intimidad en el matrimonio: felicidad para los esposos y apertura a la vida (II) : Javier Escrivá Ivars

Matrimonio y feminismo : Ángel Cabrero Ugarte

El miedo al terrorismo islamista dificulta la convivencia pacífica : Salvador Bernal

NO CULPEMOS A DIOS : Amanda Giorgi    

 “Ven y lo verás” : Jorge Hernández Mollar

La sexualidad en el niño. : José Luis Velayos

 El cristianismo crece en África pese a persecución y poco apoyo estatal, revela estudio.

 Fallecieron en un acto de servicio : Suso do Madrid

  Libertad sin ira : Valentín Abelenda Carrillo

La crispación de nuestro vecino mediterráneo : Jesús Martínez Madrid

  Por el trabajo decente : Pedro García

Higiene, belleza, cuidos y ancestros  : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

Catequesis del Papa. Las dificultades en la oración: distracción, sequedad y acedia

En su 34ª catequesis dedicada a la oración, el Sumo Pontífice reflexionó sobre algunas de las dificultades que encontramos cuando oramos. En particular, siguiendo la pauta del Catecismo de la Iglesia Católica, se centró en la distracción, la sequedad y la acedia. Y recordó que “protestar ante Dios” es también “una forma de rezar”, pues es una manera del hijo de relacionarse con su padre.

El Papa Francisco presidió la Audiencia General de este miércoles 19 de mayo en el Patio de San Dámaso del Vaticano, y reflexionó sobre las distracciones, la sequedad y la acedia en la oración, siguiendo la pauta del Catecismo de la Iglesia Católica. 

La distracción y la vigilancia en la oración

Rezar no es fácil, comenzó diciendo el Papa, pues “hay muchas dificultades que surgen en la oración” y debemos conocerlas, individuarlas y superarlas. El primer problema que se le presenta a quien reza - señaló - es la distracción:

Empiezas a rezar y entonces tu mente da vueltas, da vueltas por todo el mundo; tu corazón está ahí, la mente está allí... la distracción de la oración. La oración convive a menudo con la distracción. De hecho, a la mente humana le cuesta detenerse durante mucho tiempo en un solo pensamiento. Todos experimentamos este constante torbellino de imágenes e ilusiones en continuo movimiento, que nos acompaña incluso durante el sueño. Y todos sabemos que no es bueno seguir esta inclinación desordenada. 

 

19/05/2021Audiencia General del 19 de mayo de 2021

Hablando en italiano el Sumo Pontífice indicó que la lucha por conseguir y mantener la concentración no se limita a la oración, pues “si no se alcanza un grado de concentración suficiente, no se puede estudiar con provecho, ni se puede trabajar bien”. Y así puso el ejemplo de los deportistas, que “saben que las competiciones se ganan no sólo con el entrenamiento físico, sino también con la disciplina mental”, es decir, “sobre todo, con la capacidad de mantener la concentración y la atención”. Así, es necesario combatir las distracciones, y por ello en el patrimonio de nuestra fe hay una virtud “que a menudo se olvida”, y que se llama “vigilancia”: 

El Catecismo lo menciona explícitamente en su instrucción sobre la oración (cf. nº 2730). Jesús llama a menudo a los discípulos al deber de una vida sobria, guiados por el pensamiento de que tarde o temprano Él volverá, como un novio de una boda o un señor de un viaje. Sin embargo, al no conocer el día y la hora de Su regreso, todos los minutos de nuestra vida son preciosos y no deben desperdiciarse en distracciones. En un instante que desconocemos, resonará la voz de nuestro Señor: en ese día, bienaventurados los siervos que Él encuentre laboriosos, todavía centrados en lo que realmente importa.

En la oración, - dijo el Santo Padre en su resumen en español - cuando caemos en la cuenta de nuestras distracciones, lo que nos ayuda a combatirlas es ofrecer con humildad el corazón al Señor para que lo purifique y lo vuelva a centrar en Él. 

La sequedad y el corazón abierto al Señor

Otra dificultad es la sequedad, que puede depender de nosotros mismos, o también de Dios, que permite ciertas situaciones exteriores o interiores. Incluso “un dolor de cabeza o una dolencia hepática" impide entrar en la oración, y a menudo "no sabemos realmente la razón". Pero la sequedad “nos hace pensar en el Viernes Santo, en la noche y en el Sábado Santo", cuando "Jesús no está, está en el sepulcro; Jesús está muerto", y "estamos solos”: este es “el tiempo de la desolación y de la fe más pura, - afirmó Francisco -porque se mantiene firme junto a Jesús”. 

Los maestros espirituales describen la experiencia de la fe como una continua alternancia de tiempos de consuelo y de desolación; tiempos en los que todo es fácil, mientras que otros están marcados por una gran pesadez. Muchas veces, cuando encontramos un amigo, decimos: "¿Cómo estás?" - "Hoy estoy de bajón". Muchas veces estamos "decaídos", es decir, no tenemos sentimientos, no tenemos consolaciones, no podemos más. Son esos días grises... ¡y hay tantos en la vida! Pero el peligro es "tener" un corazón gris: cuando este "estar decaído" llega al corazón y lo enferma... y hay personas que viven con el corazón gris. Esto es terrible: ¡no se puede rezar, no se puede sentir consuelo con el corazón gris!

Para que entre la luz del Señor, “el corazón debe estar abierto y luminoso”, indicó entonces el Santo Padre, animando a esperar esa luz “con esperanza” y sin “encerrarla en lo gris”. 

La acedia y la humilde perseverancia

La acedia es la tercera dificultad que encontramos en la oración: es un “defecto”, dijo el Santo Padre, “otro vicio”, y constituye “una verdadera tentación” contra la oración y contra la vida cristiana.  Se trata, tal como enseña el Catecismo, de “una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón”. Es uno de los siete “vicios capitales” porque, alimentado por la presunción, puede conducir a la muerte del alma, aseguró el Papa Francisco. 

Entonces, ¿qué debemos hacer en esta sucesión de entusiasmos y desalientos? Hay que aprender a caminar siempre. El verdadero progreso de la vida espiritual no consiste en multiplicar los éxtasis, sino en ser capaces de perseverar en los tiempos difíciles: camina, camina, camina... Y si estás cansado, detente un rato y vuelve a caminar. Pero con perseverancia. 

Recordemos la parábola de San Francisco sobre la perfecta alegría: no es en las infinitas fortunas llovidas del Cielo donde se mide la capacidad de un fraile, sino en caminar con constancia, incluso cuando no se es reconocidos, incluso cuando se es maltratados, incluso cuando todo ha perdido el sabor de sus comienzos. (…) Debemos aprender a decir: "Aunque Tú, mi Dios, parezcas hacer todo lo posible para que deje de creer en Ti, yo sigo rezándote". ¡Los creyentes nunca apagan la oración!

El valor del “¿por qué?”

Aunque nuestra oración a veces "pueda parecerse a la de Job, que no acepta que Dios le trate injustamente, protesta y le llama a juicio”, el Papa puntualizó que, sin embargo, “muchas veces, protestar ante Dios es también una forma de rezar”: esto porque “porque muchas veces el hijo se enfada con su padre”, pues es “una manera de relacionarse con su padre”:

Sabemos que al final, al término de este tiempo de desolación, en el que hemos elevado al cielo gritos mudos y muchos "¿por qué?", Dios nos responderá. No olvidar la oración del "¿por qué?": es la oración que hacen los niños cuando empiezan a no comprender las cosas, y los psicólogos la llaman "la edad del por qué", porque el niño pregunta a su padre: "Papá, ¿por qué...? Papá, ¿por qué...? Papá, ¿por qué...?". Pero estemos atentos: él no escucha la respuesta del papá. El papá comienza a responder y él sale con otro por qué. Sólo quiere atraer la mirada de su padre hacia él; y cuando nos enfadamos un poco con Dios y empezamos a decir los "por qué", estamos atrayendo el corazón de nuestro Padre hacia nuestra miseria, hacia nuestra dificultad, hacia nuestra vida.

De ahí que el Pontífice concluyese su catequesis animando a tener el valor de decirle a Dios: “pero, ¿por qué?”. Porque – afirmó él – a veces, enfadarse un poco es bueno, porque nos hace despertar esa relación de hijo a Padre, de hija a Padre, que debemos tener con Dios. 

“Incluso nuestras expresiones más duras y amargas, Él las recogerá con el amor de un padre, y las considerará como un acto de fe, como una oración. Gracias.”

Durante sus saludos a los fieles, el Papa Francisco dirigió un pensamiento particular a los de lengua francófona: "A la espera de Pentecostés, como los Apóstoles reunidos en el Cenáculo con la Virgen María pidamos fervientemente al Señor el Espíritu de consuelo y de paz para los pueblos martirizados", dijo. Y saludando a los fieles de lengua española, animó a que en estos días de preparación a la Solemnidad de Pentecostés, pidamos al Señor "que nos envíe los dones del Espíritu Santo para poder perseverar en nuestra vida de oración con humildad y alegría, superando las dificultades con sabiduría y constancia".

 

El jueves 20 de mayo el Papa visitará la sede vaticana de Scholas Occurrentes

Durante el encuentro con los jóvenes, también se conectará en directo con las nuevas sedes de la Fundación Pontificia en Estados Unidos, Australia y España, y escuchará a los jóvenes argentinos de la zona de El Impenetrable, en Chaco, para dar inicio al nuevo programa de arte y prevención de adicciones.

Tal como informó el Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el próximo jueves 20 de mayo, a las 16 horas, el Papa Francisco visitará la sede vaticana de Scholas Occurrentes, en el Palacio San Calisto, en donde encontrará a estudiantes y docentes italianos involucrados en algunos proyectos y se conectará en directo con las nuevas oficinas de la Fundación Pontificia en Estados Unidos, Australia y España.

El motivo de la visita, según un comunicado de la fundación, es la celebración de la llegada de Scholas a los cinco continentes. 

Los jóvenes de las regiones que encontrará serán aquellos que participaron de la primera parte del programa de Salud Emotiva durante la pandemia, quienes, acompañados de un grupo de docentes, compartirán sus experiencias al Santo Padre y al Ministro de Educación, Patrizio Bianchi, y autoridades del Ministerio de Salud. Mientras que los jóvenes de Iberoamérica presentarán al Sumo Pontífice las conclusiones del encuentro realizado días antes en Madrid sobre el tema “Soñar juntos el camino hacia un futuro mejor”. Asimismo, además de conectarse en directo con las nuevas oficinas de Scholas, escuchará a los jóvenes argentinos de la zona de El Impenetrable, en Chaco, para dar inicio al nuevo programa de arte y prevención de adicciones. 

Inspirados en sus encíclicas Laudato Si' y Fratelli Tutti – explica aún la Fundación Pontificia - se lanzará la Escuela Internacional de Líderes Ambientales y la Escuela de Formación Política. Para finalizar el encuentro, se abrirá un espacio de diálogo con la comunidad global de Scholas Occurrentes en los cinco continentes. 

El evento podrá seguirse en directo a través de Vatican Media Live: www.youtube.com/watch?v=qtlFK1OVhAI  

 

El Papa a los consagrados: "La reforma es camino en diálogo con la realidad"

En el marco de la celebración de la 50° Semana de Vida Religiosa el Papa Francisco anima a los participantes, a través de un video mensaje, a no tener miedo a los límites ni a las fronteras y periferias, porque es allí donde el "Espíritu les va a hablar". Además, el Santo Padre alentó a los consagrados a mantener vivo el carisma fundacional, sin encerrarse en ellos mismos o en las estructuras: "La reforma es siempre camino en diálogo con la realidad".

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

El Papa ha enviado un video mensaje para saludar a los participantes de la 50° Semana de Vida Religiosa (o 49° porque el año pasado no pudo celebrarse debido a la pandemia), que comenzó "cuando el ahora cardenal Aquilino Bocos Merino, desde la revista Vida Religiosa, empezó a mover el ambiente".

En el video, el Pontífice agradece públicamente don Aquilino (actualmente purpurado) "que nunca dejó de ser religioso y sacerdote", por ese "sembrar continuamente la inquietud por comprender la riqueza de la vida consagrada y hacerla fructificar". Francisco también saluda a la presidenta de la CLAR, la hermana Liliana, "que tantas veces ha aparecido en el Sínodo para la Amazonía"; y al cardenal Cristóbal López Romero, Arzobispo de Rabat; ambos ponentes en la programación del evento.

La vida consagrada se comprende caminando

En este contexto, el Papa expresa su cercanía a todos los consagrados y hace hincapié en que la vida consagrada se comprende siempre caminando:

“Se comprende consagrándose cada día. Se comprende en el diálogo con la realidad. Cuando la vida consagrada pierde esta dimensión de diálogo con la realidad y de reflexión sobre lo que sucede, empieza a hacerse estéril. Yo me pregunto sobre la esterilidad de algunos institutos de vida consagrada, ver la causa, generalmente está en la falta de diálogo y de compromiso con la realidad. No dejen esto. Siempre la vida consagrada es un diálogo con la realidad”

En alusión a los nuevos tiempos que vivimos y a la necesidad de que la vida consagrada no ignore los respectivos cambios sociales, Francisco pone como ejemplo a Santa Teresa:

“Ella vio la realidad e hizo una opción de reforma y fue adelante. Después, a lo largo del camino hubo conatos de transformar esa reforma en encierro, siempre hay. Pero la reforma siempre es camino, es camino en contacto con la realidad y horizonte bajo la luz de un carisma fundacional. Y estas jornadas, estos encuentros, estas semanas de vida consagrada ayudan a perder el miedo”

Mantener vivo el carisma fundacional

Asimismo, Francisco señala qué triste es ver cómo algunos institutos, "para buscar cierta seguridad, para poder controlarse, han caído en ideologías de cualquier signo, de izquierda, de derecha, de centro, cualquiera".

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"Cuando un instituto se reformula del carisma en la ideología pierde su identidad - continúa el Papa- pierde su fecundidad. Mantener vivo el carisma fundacional es mantenerlo en camino y en crecimiento, en diálogo con lo que el Espíritu nos va diciendo en la historia de los tiempos, en los lugares, en diversas épocas, en diversas situaciones. Supone discernimiento y supone oración".

Y al respecto, Francisco recuerda que no se puede mantener un carisma fundacional sin coraje apostólico, es decir, "sin caminar, sin discernimiento y sin oración. Y esto es lo que ustedes están tratando de hacer con esta semana".

«¡No les tengan miedo a los límites! ¡No les tengan miedo a las fronteras! ¡No les tengan miedo a las periferias! Porque ahí el Espíritu les va a hablar. Pónganse “a tiro” del Espíritu Santo», concluyó el Santo Padre, pidiendo a los consagrados de modo afectuoso, que recen por él, si "les queda un chachito (un poco) de tiempo".

 

EL DON DE TEMOR DE DIOS

— El temor servil y el santo temor de Dios. Consecuencias de este don en el alma.

— El santo temor de Dios y el empeño por rechazar todo pecado.

— Relaciones de este don con las virtudes de la humildad y de la templanza. Delicadeza de alma y sentido del pecado.

I. Dice Santa Teresa que ante tantas tentaciones y pruebas que hemos de padecer, el Señor nos otorga dos remedios: «amor y temor». «El amor nos hará apresurar los pasos, y el temor nos hará ir mirando adónde ponemos los pies para no caer»1.

Pero no todo temor es bueno. Existe el temor mundano2, propio de quienes temen sobre todo el mal físico o las desventajas sociales que pueden afectarles en esta vida. Huyen de las incomodidades de aquí abajo, mostrándose dispuestos a abandonar a Cristo y a su Iglesia en cuanto prevén que la fidelidad a la vida cristiana puede causarles alguna contrariedad. De ese temor se originan los «respetos humanos», y es fuente de incontables capitulaciones y el origen de la misma infidelidad.

Es muy diferente el llamado temor servil, que aparta del pecado por miedo a las penas del infierno o por cualquier otro motivo interesado de orden sobrenatural. Es un temor bueno, pues para muchos que están alejados de Dios puede ser el primer paso hacia su conversión y el comienzo del amor3. No debe ser este el motivo principal del cristiano, pero en muchos casos será una gran defensa contra la tentación y los atractivos con que se reviste el mal.

El que teme no es perfecto en la caridad4 –nos dejó escrito el Apóstol San Juan–, porque el cristiano verdadero se mueve por amor y está hecho para amar. El santo temor de Dios, don del Espíritu Santo, es el que reposó, con los demás dones, en el Alma santísima de Cristo, el que llenó también a la Santísima Virgen; el que tuvieron las almas santas, el que permanece para siempre en el Cielo y lleva a los bienaventurados, junto a los ángeles, a dar una alabanza continua a la Santísima Trinidad. Santo Tomás enseña que este don es consecuencia del don de sabiduría y como su manifestación externa5.

Este temor filial, propio de hijos que se sienten amparados por su Padre, a quien no desean ofender, tiene dos efectos principales. El más importante, puesto que es el único que se dio en Cristo y en la Santísima Virgen, es un respeto inmenso por la majestad de Dios, un hondo sentido de lo sagrado y una complacencia sin límites en su bondad de Padre. En virtud de este don las almas santas han reconocido su nada delante de Dios. También nosotros podemos repetir con frecuencia, reconociendo nuestra nulidad, y quizá a modo de jaculatoria, aquello que con tanta frecuencia repetía San Josemaría Escrivá: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no sé nada, no soy nada, ¡nada!6, a la vez que reconocía la grandeza inconmensurable de sentirse y de ser hijo de Dios.

Durante la vida terrena, se da otro efecto de este don: un gran horror al pecado y, si se tiene la desgracia de cometerlo, una vivísima contrición. Con la luz de la fe, esclarecida por los resplandores de los demás dones, el alma comprende algo de la trascendencia de Dios, de la distancia infinita y del abismo que abre el pecado entre el hombre y Dios.

El don de temor nos ilumina para entender que «en la raíz de los males morales que dividen y desgarran la sociedad está el pecado»7. Y el don de temor nos lleva a aborrecer también el pecado venial deliberado, a reaccionar con energía contra los primeros síntomas de la tibieza, la dejadez o el aburguesamiento. En determinadas ocasiones de nuestra vida quizá nos veamos necesitados de repetir con energía, como una oración urgente: «¡No quiero tibieza!: “confige timore tuo carnes meas!” —¡dame, Dios mío, un temor filial, que me haga reaccionar!»8.

II. Amor y temor. Con este bagaje hemos de hacer el camino. «Cuando el amor llega a eliminar del todo el temor, el mismo temor se transforma en amor»9. Es el temor del hijo que ama a su Padre con todo su ser y que no quiere separarse de Él por nada del mundo. Entonces, el alma comprende mejor la distancia infinita que la separa de Dios, y a la vez su condición de hijo. Nunca como hasta ese momento ha tratado a Dios con más confianza, nunca tampoco le ha tratado con más respeto y veneración. Cuando se pierde el temor santo de Dios, se diluye o se pierde el sentido del pecado y entra con facilidad la tibieza en las almas. Se pierde el sentido del poder, de la Majestad de Dios y del honor que se le debe.

Nuestro acercamiento al mundo sobrenatural no lo podemos llevar a cabo intentando inútilmente eliminar la trascendencia de Dios, sino a través de esa divinización que produce la gracia en nosotros, mediante la humildad y el amor, que se expresa en la lucha por desterrar todo pecado de nuestra vida.

«El primer requisito para desterrar ese mal (...), es procurar conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Reciamente, con sinceridad, hemos de sentir –en el corazón y en la cabeza– horror al pecado grave. Y también ha de ser nuestra actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega»10. Muchos parecen hoy haber perdido el santo temor de Dios. Olvidan quién es Dios y quiénes somos nosotros, olvidan la Justicia divina y así se animan a seguir adelante en sus desvaríos11. La meditación del fin último, de los Novísimos, de aquella realidad que veremos dentro quizá de no mucho tiempo: el encuentro definitivo con Dios, nos dispone para que el Espíritu Santo nos conceda con más amplitud ese don que tan cerca está del amor.

III. De muchas formas nos dice el Señor que a nada debemos tener miedo, excepto al pecado, que nos quita la amistad con Dios. Ante cualquier dificultad, ante el ambiente, ante un futuro incierto... no debemos temer, debemos ser fuertes y valerosos, como corresponde a hijos de Dios. Un cristiano no puede vivir atemorizado, pero sí debe llevar en el corazón un santo temor de Dios, al que por otra parte ama con locura.

A lo largo del Evangelio, «Cristo repite varias veces: No tengáis miedo... no temáis. Y a la vez, junto a estas llamadas a la fortaleza, resuena la exhortación: Temed, temed más bien al que puede enviar el cuerpo y el alma al infierno (Mt 10, 28). Somos llamados a la fortaleza y, a la vez, al temor de Dios, y este debe ser temor de amor, temor filial. Y solamente cuando este temor penetre en nuestros corazones, podremos ser realmente fuertes con la fortaleza de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores»12.

Entre los efectos principales que causa en el alma el temor de Dios está el desprendimiento de las cosas creadas y una actitud interior de vigilia para evitar las menores ocasiones de pecado. Deja en el alma una particular sensibilidad para detectar todo aquello que puede contristar al Espíritu Santo13.

El don de temor se halla en la raíz de la humildad, en cuanto da al alma la conciencia de su fragilidad y la necesidad de tener la voluntad en fiel y amorosa sumisión a la infinita Majestad de Dios, situándonos siempre en nuestro lugar, sin querer ocupar el lugar de Dios, sin recibir honores que son para la gloria de Dios. Una de las manifestaciones de la soberbia es el desconocimiento del temor de Dios.

Junto a la humildad, tiene el don de temor de Dios una singular afinidad con la virtud de la templanza, que lleva a usar con moderación de las cosas humanas subordinándolas al fin sobrenatural. La raíz más frecuente del pecado se encuentra precisamente en la búsqueda desordenada de los placeres sensibles o de las cosas materiales, y ahí actúa este don, purificando el corazón y conservándolo entero para Dios.

El don de temor es por excelencia el de la lucha contra el pecado. Todos los demás dones le ayudan en esta misión particular: las luces de los dones de entendimiento y de sabiduría le descubren la grandeza de Dios y la verdadera significación del pecado; las directrices prácticas del don de consejo le mantienen en la admiración de Dios; el don de fortaleza le sostiene en una lucha sin desfallecimientos contra el mal14.

Este don, que fue infundido con los demás en el Bautismo, aumenta en la medida en que somos fieles a las gracias que nos otorga el Espíritu Santo; y de modo específico, cuando consideramos la grandeza y majestad de Dios, cuando hacemos con profundidad el examen de conciencia, descubriendo y dando la importancia que tiene a nuestras faltas y pecados. El santo temor de Dios nos llevará con facilidad a la contrición, al arrepentimiento por amor filial: «amor y temor de Dios. Son dos castillos fuertes, desde donde se da guerra al mundo y a los demonios»15.

El santo temor de Dios nos conducirá con suavidad a una prudente desconfianza de nosotros mismos, a huir con rapidez de las ocasiones de pecado; y nos inclinará a una mayor delicadeza con Dios y con todo lo que a Él se refiere. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude mediante este don a reconocer sinceramente nuestras faltas y a dolernos verdaderamente de ellas. Que nos haga reaccionar como el salmista: ríos de lágrimas derramaron mis ojos, porque no observaron tu ley16. Pidámosle que, con delicadeza de alma, tengamos muy a flor de piel el sentido del pecado.

1 Santa Teresa, Camino de perfección, 40, 1. — 2 Cfr. M. M. Philipon, Los dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 1983, p. 325. — 3 Eclo 25, 16. — 4 Jn 4, 18. — 5 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 45, a. 1, ad 3. — 6 Citado por A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1933, p. 383. — 7 Juan Pablo II, Carta de presentación del «Instrumentum laboris» para el VI Sínodo de Obispos, 25-I-1983. — 8 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 326. — 9 San Gregorio de Nisa, Homilía 15.  10 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 243. — 11 Cfr. ídem, Camino, n. 747. — 12 Juan Pablo II, Discurso a los nuevos cardenales, 30-VI-1979. — 13 Ef 4, 30. — 14 Cfr. M. M. Philipon, o. c., p. 332. — 15 Santa Teresa, o. c., 40, 2. — 16 Sal 118, 136.

 

Meditaciones: jueves 7ª semana de Pascua

Reflexión para meditar el jueves de la séptima semana de Pascua. Los temas propuestos son: la grandeza del don de Dios; el Espíritu Santo siempre nos renueva; la longanimidad nos saca del miedo.

MEDITACIONES20/05/2021

La grandeza del don de Dios.

El Espíritu Santo siempre nos renueva.

La longanimidad nos saca del miedo.


JESÚS, ANTES de subir a la cruz por amor a cada hombre y cada mujer, quiere elevarnos hasta la altura de su amor. El Señor quiere, de alguna manera, ponernos a su mismo nivel, regalarnos todo lo que tiene, todo lo que ha recibido. Por eso nos ofrece su intimidad con Dios Padre. «Yo les he dado la gloria que Tú me diste» (Jn 17,22), leemos en el evangelio de la Misa de hoy. Jesús quiere que el Padre, de alguna manera, nos mire con el mismo orgullo con que le mira a él. Y para heredar todo este patrimonio es importante comprender, ante todo, «que Dios es don, que no actúa tomando, sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios (...). Si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de la misma vida un don»[1].

Jesús nos regala el Espíritu Santo, el dador de todos los dones, el amor que hay entre Dios Padre y él. Y con él nos da uno de sus frutos: la longanimidad, que es grandeza de ánimo ante las dificultades. «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes»[2], decía san Josemaría. Hemos sido llamados a recibir un amor infinito, pero muchas veces nuestra capacidad no se corresponde con las ansias de dilatarse que han sido regaladas a nuestro corazón. Es posible que, con frecuencia, nos concentremos demasiado en nuestras debilidades y pecados. Sin embargo, el Espíritu Santo siempre nos empuja a mirar hacia arriba, a contemplar el horizonte, a levantarnos con más fuerza. No son nuestras obras solas las que conquistan la santidad, ni siquiera son lo más importante: es Dios quien hace que nuestra entrega, esa pequeña semilla de mostaza, se multiplique y sirva para dar sombra a tantos.


«CUANDO LA VIDA de nuestras comunidades atraviesa períodos de “flojedad”, donde se prefiere la tranquilidad doméstica a la novedad de Dios, es una mala señal. Quiere decir que se busca resguardarse del viento del Espíritu. Cuando se vive para la autoconservación y no se va a los lejanos, no es un buen signo. El Espíritu sopla, pero nosotros arriamos las velas. Sin embargo, tantas veces hemos visto obrar maravillas. A menudo, precisamente en los períodos más oscuros, el Espíritu ha suscitado la santidad más luminosa. Porque él es el alma de la Iglesia, siempre la reanima de esperanza, la colma de alegría, la fecunda de novedad, le da brotes de vida. Como cuando, en una familia, nace un niño: trastorna los horarios, hace perder el sueño, pero lleva una alegría que renueva la vida, la impulsa hacia adelante, dilatándola en el amor. De este modo, el Espíritu trae un “sabor de infancia” a la Iglesia. Obra un continuo renacer. Reaviva el amor de los comienzos. El Espíritu recuerda a la Iglesia que, a pesar de sus siglos de historia, es siempre una veinteañera, la esposa joven de la que el Señor está apasionadamente enamorado. No nos cansemos por tanto de invitar al Espíritu a nuestros ambientes, de invocarlo antes de nuestras actividades: “Ven, Espíritu Santo”»[3].

La Iglesia camina hacia Pentecostés con la esperanza de alcanzar este don. Quiere llenarse de longanimidad: «No mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu palabra...»[4], decimos en la Santa Misa. No queremos distraernos con una visión de corto alcance. Queremos fijar la mirada en lo definitivo, en lo que no pasa, en el amor de Dios por cada uno. San Josemaría nos animaba siempre a tener la mirada puesta en el horizonte: «No contempléis nada sólo con ojos humanos, hijas e hijos míos. No miréis con la nariz pegada al muro, porque entonces no veríais más que un poco de pared, algo de suelo y la punta de vuestros zapatos, que ni siquiera estarán limpios porque se habrán manchado con el polvo del camino. Alzad la cabeza, veréis el cielo, azul o nublado, pero esperando vuestro vuelo. Los obstáculos de la sensualidad, de la soberbia, de la vanidad; en una palabra, de la idiotez humana, no son tan altos que puedan, si nosotros no queremos, cegarnos por completo la vista»[5].


«LES HE DADO a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26), continúa diciendo Jesús en el evangelio de hoy. En algunos momentos llama la atención cómo los apóstoles, elegidos por Cristo desde toda la eternidad, a veces no eran demasiado conscientes de lo que sucedía a su alrededor. Pero, en realidad, así somos también nosotros tantas veces, que nos distraemos en lo más inmediato: «Muchas veces nuestra vida está planteada según la lógica del tener, del poseer, y no del darse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide que pierdan algo de sí mismas, se echan atrás, tienen miedo de las exigencias de la fe. Existe el temor de tener que renunciar a algo bello, a lo que uno está apegado; el temor de que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos (...). Debemos saber reconocer que perder algo, más aún, perderse a sí mismos por el Dios verdadero, el Dios del amor y de la vida, en realidad es ganar, volverse a encontrar más plenamente. Quien se encomienda a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, ni tampoco puede quitar una vez que Dios nos las ha dado. Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo»[6].

Lo contrario a la longanimidad es el miedo, el apocamiento, las ganas de asegurar todo, de no arriesgar nada. Dejarse vencer por el miedo es lo más fácil pero también intuimos a dónde conduce ese camino. El Espíritu libera nuestros corazones encerrados en el miedo. Transforma nuestra vida, pero lo hace a su estilo: «El cambio del Espíritu es diferente: no revoluciona la vida a nuestro alrededor, pero cambia nuestro corazón; no nos libera de repente de los problemas, pero nos hace libres por dentro para afrontarlos; no nos da todo inmediatamente, sino que nos hace caminar con confianza (...). ¿Cómo lo hace? Renovando el corazón, transformándolo de pecador en perdonado. Este es el gran cambio: de culpables nos hace justos y, así, todo cambia, porque de esclavos del pecado pasamos a ser libres, de siervos a hijos, de descartados a valiosos, de decepcionados a esperanzados. De este modo, el Espíritu Santo hace que renazca la alegría, que florezca la paz en el corazón»[7].

«Proclama mi alma las grandezas del Señor» (Lc 1,46). Le pedimos a nuestra Madre que descubramos como ella la grandeza del Señor y nos dejemos encender por el fuego del Espíritu para incendiar, así, toda la tierra.


[1] Francisco, Homilía, 31-V-2020.

[2] San Josemaría, Camino, n. 755.

[3] Francisco, Homilía, 20-V-2018.

[4] Ordinario de la Misa.

[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 25-VI-1972.

[6] Benedicto XVI, Homilía, 23-V-2010.

[7] Francisco, Homilía, 20-V-2018.

 

 

“Cuéntale todo lo que te pasa, hónrala”

Ten una devoción intensa a Nuestra Madre. Ella sabe corresponder finamente a los obsequios que le hagamos. Además, si rezas todos los días, con espíritu de fe y de amor, el Santo Rosario, la Señora se encargará de llevarte muy lejos por el camino de su Hijo. (Surco, 691)

20 de mayo

¡Cuánto crecerían en nosotros las virtudes sobrenaturales, si lográsemos tratar de verdad a María, que es Madre Nuestra! Que no nos importe repetirle durante el día –con el corazón, sin necesidad de palabras– pequeñas oraciones, jaculatorias. La devoción cristiana ha reunido muchos de esos elogios encendidos en las Letanías que acompañan al Santo Rosario. Pero cada uno es libre de aumentarlas, dirigiéndole nuevas alabanzas, diciéndole lo que –por un santo pudor que Ella entiende y aprueba– no nos atreveríamos a pronunciar en voz alta.

Te aconsejo (...) que hagas, si no lo has hecho todavía, tu experiencia particular del amor materno de María. No basta saber que Ella es Madre, considerarla de este modo, hablar así de Ella. Es tu Madre y tú eres su hijo; te quiere como si fueras el hijo único suyo en este mundo. Trátala en consecuencia: cuéntale todo lo que te pasa, hónrala, quiérela. Nadie lo hará por ti, tan bien como tú, si tú no lo haces. (Amigos de Dios, 293)

 

¿Cómo vencer las distracciones en la oración?

Durante la catequesis sobre la oración el Papa reflexionó sobre “algunas de las dificultades más comunes que pueden surgir en la vida de oración”. Se trata de dejarse llevar por distracciones, la sequedad y la pereza. Explicó el origen de estos obstáculos y dio consejos sobre cómo superarlos. Sobre todo resaltó que “ante todas estas dificultades no tenemos que desalentarnos, sino seguir rezando con humildad y confianza”.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA19/05/2021

Queridos hermanos y hermanas:

Siguiendo las líneas del Catecismo, en esta catequesis nos referimos a la experiencia vivida de la oración, tratando de mostrar algunas dificultades muy comunes, que deben ser identificadas y superadas. Rezar no es fácil: hay muchas dificultades que vienen en la oración. Es necesario conocerlas, identificarlas y superarlas.

REZAR NO ES FÁCIL: HAY MUCHAS DIFICULTADES QUE VIENEN EN LA ORACIÓN

El primer problema que se presenta a quien reza es la distracción (cfr. CIC2729). Tú empiezas a rezar y después la mente da vueltas, da vueltas por todo el mundo; tu corazón está ahí, la mente está ahí… la distracción de la oración. La oración convive a menudo con la distracción. De hecho, a la mente humana le cuesta detenerse durante mucho tiempo en un solo pensamiento. Todos experimentamos este continuo remolino de imágenes y de ilusiones en perenne movimiento, que nos acompaña incluso durante el sueño. Y todos sabemos que no es bueno dar seguimiento a esta inclinación desordenada.

La lucha por conquistar y mantener la concentración no se refiere solo a la oración. Si no se alcanza un grado de concentración suficiente no se puede estudiar con provecho y tampoco se puede trabajar bien. Los atletas saben que las competiciones no se ganan solo con el entrenamiento físico sino también con la disciplina mental: sobre todo con la capacidad de estar concentrados y de mantener despierta la atención.

Las distracciones no son culpables, pero deben ser combatidas. En el patrimonio de nuestra fe hay una virtud que a menudo se olvida, pero que está muy presente en el Evangelio. Se llama “vigilancia”. Y Jesús lo dice mucho: “Vigilad. Rezad”. El Catecismo la cita explícitamente en su instrucción sobre la oración (cfr. n. 2730).

A menudo Jesús recuerda a los discípulos el deber de una vida sobria, guiada por el pensamiento de que antes o después Él volverá, como un novio de la boda o un amo de un viaje. Pero no conociendo el día y ni la hora de su regreso, todos los minutos de nuestra vida son preciosos y no se deben perder con distracciones. En un instante que no conocemos resonará la voz de nuestro Señor: en ese día, bienaventurados los siervos que Él encuentre laboriosos, aún concentrados en lo que realmente importa. No se han dispersado siguiendo todas las atracciones que les venían a la mente, sino que han tratado de caminar por el camino correcto, haciendo el bien y haciendo el proprio trabajo. Esta es la distracción: que la imaginación da vueltas, vueltas, vueltas… Santa Teresa llamaba a esta imaginación que da vueltas, vueltas en la oración, “la loca de la casa”: es una como una loca que te hace dar vueltas, vueltas… Tenemos que pararla y enjaularla, con la atención

Un discurso diferente se merece el tiempo de la aridez. El Catecismo lo describe de esta manera: «El corazón está desprendido, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro» (n. 2731).

EL CORAZÓN DEBE ESTAR ABIERTO Y LUMINOSO, PARA QUE ENTRE LA LUZ DEL SEÑOR

La aridez nos hace pensar en el Viernes Santo, en la noche y el Sábado Santo, todo el día: Jesús no está, está en la tumba; Jesús está muerto: estamos solos. Y este es el pensamiento-madre de la aridez. A menudo no sabemos cuáles son las razones de la aridez: puede depender de nosotros mismos, pero también de Dios, que permite ciertas situaciones de la vida exterior o interior. O, a veces, puede ser un dolor de cabeza o un dolor de hígado que te impide entrar en la oración. A menudo no sabemos bien la razón. Los maestros espirituales describen la experiencia de la fe como un continuo alternarse de tiempos de consolación y de desolación; momentos en los que todo es fácil, mientras que otros están marcados por una gran pesadez. Muchas veces, cuando encontramos un amigo, decimos. “¿Cómo estás?” – “Hoy estoy decaído”. Muchas veces estamos “decaídos”, es decir no tenemos sentimientos, no tenemos consolaciones, no podemos más. Son esos días grises... ¡y los hay, muchos, en la vida! Pero el peligro está en tener el corazón gris: cuando este “estar decaído” llega al corazón y lo enferma… y hay gente que vive con el corazón gris. Esto es terrible: ¡no se puede rezar, no se puede sentir la consolación con el corazón gris! O no se puede llevar adelante una aridez espiritual con el corazón gris. El corazón debe estar abierto y luminoso, para que entre la luz del Señor. Y si no entra, es necesario esperarla con esperanza. Pero no cerrarla en el gris.

Después, algo diferente es la acedia, otro defecto, otro vicio, que es una auténtica tentación contra la oración y, más en general, contra la vida cristiana. La acedia es «una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón» (CIC2733). Es uno de los siete “pecados capitales” porque, alimentado por la presunción, puede conducir a la muerte del alma.

¿Qué hacer entonces en esta sucesión de entusiasmos y abatimientos? Se debe aprender a caminar siempre. El verdadero progreso de la vida espiritual no consiste en multiplicar los éxtasis, sino en el ser capaces de perseverar en tiempos difíciles: camina, camina, camina… Y si estás cansado, detente un poco y vuelve a caminar. Pero con perseverancia. Recordemos la parábola de san Francisco sobre la perfecta leticia: no es en las infinitas fortunas llovidas del Cielo donde se mide la habilidad de un fraile, sino en caminar con constancia, incluso cuando no se es reconocido, incluso cuando se es maltratado, incluso cuando todo ha perdido el sabor de los comienzos.

Todos los santos han pasado por este “valle oscuro” y no nos escandalicemos si, leyendo sus diarios, escuchamos el relato de noches de oración apática, vivida sin gusto. Es necesario aprender a decir: “También si Tú, Dios mío, parece que haces de todo para que yo deje de creer en Ti, yo sin embargo sigo rezándote”. ¡Los creyentes no apagan nunca la oración! Esta a veces puede parecerse a la de Job, el cual no acepta que Dios lo trate injustamente, protesta y lo llama a juicio. Pero, muchas veces, también protestar delante de Dios es una forma de rezar o, como decía esa viejecita, “enfadarse con Dios es una forma de rezar, también”, porque muchas veces el hijo se enfada con el padre: es una forma de relación con el padre; porque lo reconoce “padre”, se enfada…

EL VERDADERO PROGRESO DE LA VIDA ESPIRITUAL NO CONSISTE EN MULTIPLICAR LOS ÉXTASIS, SINO EN EL SER CAPACES DE PERSEVERAR EN TIEMPOS DIFÍCILES

Y también nosotros, que somos mucho menos santos y pacientes que Job, sabemos que finalmente, al concluir este tiempo de desolación, en el que hemos elevado al Cielo gritos mudos y muchos “¿por qué?”, Dios nos responderá. No olvidar la oración del “¿por qué?”: es la oración que hacen los niños cuando empiezan a no entender las cosas y los psicólogos la llaman “la edad del por qué”, porque el niño pregunta al padre: “Papá, ¿por qué…? Papá, ¿por qué…? Papá, ¿por qué…?” Pero estemos atentos: el niño no escucha la respuesta del padre. El padre empieza a responder y el niño llega con otro por qué. Solamente quiere atraer sobre sí la mirada del padre; y cuando nosotros nos enfadamos un poco con Dios y empezamos a decir por qué, estamos atrayendo el corazón de nuestro Padre hacia nuestra miseria, hacia nuestra dificultad, hacia nuestra vida. Pero sí, tened la valentía de decir a Dios: “Pero ¿por qué…?” Porque a veces, enfadarse un poco hace bien, porque nos hace despertar esta relación de hijo a Padre, de hija a Padre, que nosotros debemos tener con Dios. Y también nuestras expresiones más duras y más amargas, Él las recogerá con el amor de un padre, y las considerará como un acto de fe, como una oración.


Algunos recursos relacionados con la catequesis del papa Francisco sobre la oración

• Conocerle y conocerte (V): Cómo nos habla Dios.

• ¿Qué es la oración?, ¿cómo se hace?, ¿Dios escucha y responde? (de la serie Preguntas sobre la fe cristiana)

• «Dejé de rezar porque no se cumplía nada de lo que pedía» (Historia de “Regreso a Ítaca”, volver a creer a los 50)

• Catequesis del Papa Francisco sobre el Padre nuestro.

• Serie Conocerle y conocerte sobre la oración.

• Meditación del prelado del Opus Dei sobre la oración (15 min.)

 

 

Libro electrónico de Mons. Fernando Ocáriz: “A la luz del Evangelio”

“Desearía que estas páginas ayudasen a la oración e invitasen a un contacto más directo con Jesucristo”, escribe el prelado del Opus Dei en la presentación del volumen. Ahora puede descargarse gratuitamente en ePub, Mobi y PDF.

LIBROS20/05/2021

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En sus páginas se ofrecen 120 textos breves, que buscan ayudar y acompañar al lector a meditar el Evangelio con actitud contemplativa y de escucha. El libro fue publicado en castellano por Ediciones Palabra en noviembre de 2020. Al cabo de unas semanas apareció también en inglés (Scepter), francés (Le Laurier) y portugués (Quadrante). Más adelante está prevista la publicación en polaco e italiano.

Como el mismo autor explica en la introducción, el núcleo original de este libro “son algunas de las anotaciones tomadas en un cuaderno, desde 1977, como ideas para la predicación”.

Mons. Fernando Ocáriz adopta la perspectiva de quien reza como “hijo”. La filiación divina del cristiano (saberse y considerarse hijos de Dios), aparece en este libro como una fuente de significados que tocan y transforman al creyente.

Conocer a Jesucristo y estrechar los lazos con él, por la acción del Espíritu Santo, desbordará en una relación más verdadera con Dios-Padre y permitirá así responder como hijos a la vocación al amor a Dios y a los demás, a la libertad y a la alegría.


Información de “A la luz del Evangelio” en la página web de Ediciones Palabra.

 

Los demás son nuestros (I)

La amistad y la amabilidad son el terreno fértil de la corrección fraterna; Dios actúa en nuestras relaciones para sacar lo mejor de cada uno.

OTROS18/05/2021

 

Jesús vuelve a Cafarnaún y, nada más entrar en la ciudad, se le acerca un centurión. La escena sorprende a los presentes porque no era habitual que un miembro del ejército romano se dirigiera con tanto respeto y consideración a un judío: «Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes» (Mt 8,6). El soldado, aunque es un hombre acostumbrado a controlar su entorno, sabe que hay tantos ámbitos de la vida en los que no puede ejercer su dominio. Aunque su trabajo es establecer cierto orden, sabe que hay tantas cosas importantes que se le escapan. Por eso, no duda en pedir ayuda. Jesús, que conoce sus disposiciones interiores, no espera siquiera a que salga la petición de su boca: «Yo iré y le curaré» (Mt 8,7). San Agustín, al comentar este pasaje, decía que «la humildad del centurión fue la puerta por donde el Señor entró a posesionarse plenamente del que ya poseía»[1].

Una familia implicada en la lucha

Al Señor le conmueve que el jefe romano, a pesar de su poder y de sus insignias, reconozca que no está al alcance de sus fuerzas ayudar al criado a quien tanto quiere. El centurión manifiesta públicamente que no es capaz de conseguirlo todo. Y esta actitud de considerarse necesitado es, de alguna manera, parte de todo camino de santidad: nos reconocemos débiles, sabemos que Dios es el protagonista principal, y que para llevar a cabo su obra cuenta con la colaboración de quienes ha puesto en nuestro camino. Como aquel criado, también nuestras heridas esperan ser curadas y nuestros dolores esperan los cuidados de otro. «Esta solidaridad fraterna no es una figura retórica, un modo de decir, sino que es parte integrante de la comunión entre los cristianos. Si la vivimos, somos en el mundo signo, “sacramento” del amor de Dios (…). Es una comunión que nos hace capaces de entrar en la alegría y en el dolor de los demás para hacerlos sinceramente nuestros»[2].

En la santa Misa, por ejemplo, reconocemos esta realidad y pedimos a toda la Iglesia que rece por nosotros: «Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado (...). Por eso ruego (...) a vosotros hermanos que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor»[3]. En realidad, no se trata de algo extraordinario porque todos nacemos dependientes de los demás. No hemos venido al mundo por decisión propia, no podemos subsistir solos, ni siquiera podríamos hablar sin una comunidad que nos acoja. La necesidad de los demás es parte de nuestra naturaleza. Por eso dice san Juan de la Cruz que quien se aísla «es como el carbón encendido que está solo: antes se irá enfriando que encendiendo... Y el que cae ciego, solo no se levantará; y si se levantare, encaminará por donde no conviene»[4].

Cuando recibimos la colaboración del prójimo nos ponemos en una situación parecida a la del centurión que pide ayuda o a la del criado cuyo mal es sanado. Esto sucede, por ejemplo, con la corrección fraterna. Esta costumbre evangélica consiste en que otra persona, después de considerarlo en su oración junto a Dios, y también quizá después de pedir consejo a otro, nos ofrece una sugerencia para mejorar algún aspecto concreto de nuestra vida (cfr. Mt 18,16-17). Este auxilio nos da la seguridad de sabernos parte de toda una familia implicada en nuestra lucha. Por eso, la corrección fraterna es lo contrario a la crítica, la murmuración o la difamación. Mientras que en ellas hay juicio y condena, en la ayuda fraterna hay un abrazo que acoge al prójimo tal como es y lo impulsa hacia el futuro.

La mejor versión de cada uno

La conversión permanente que supone la vida cristiana no tiene como objetivo, en cierto sentido, transformarnos en personas distintas de las que somos, sino en llegar a ser, con la gracia de Dios, la mejor versión de nosotros mismos. Los santos no han sido llamados a despersonalizarse, sino a llenar sus propias características, personales y únicas, con el amor de Cristo. San Pablo, por ejemplo, después de convertirse, no fue llamado a disminuir su celo por lo divino, sino a encauzarlo hacia la verdadera plenitud. Cada uno de nosotros posee unas características particulares queridas por Dios, tiene un pasado, ha vivido en un tejido social concreto, es dueño de un modo de ser singular… Todo esto Dios no quiere destruirlo, sino divinizarlo, convertirlo en instrumento de su misión. Y una de las maneras más importantes que tiene para transformarlo poco a poco es a través de nuestras relaciones, mediante las personas que dejamos entrar en nuestra vida y que también han sido impulsadas por Dios a buscar esa mejor versión de cada uno.

Limitaríamos la acción y los planes de Dios pensando que podemos recibir su ayuda solamente a través de la lectura de su palabra o de los sacramentos. Sin duda, son dos ámbitos privilegiados en donde se nos transmite su gracia, pero Jesús es claro en la importancia que también tiene lo que el prójimo puede hacer por nosotros; mucho más: Cristo es el prójimo (cfr. Mt 25,40; Lc 10,16). La misma encarnación, que hizo que Jesús transformara la vida de sus más cercanos a través de la amistad, nos recuerda el valor salvífico de las relaciones personales, cuerpo a cuerpo, con los demás. «Dios muchas veces se sirve de una amistad auténtica para llevar a cabo su obra salvadora»[5]. En la historia de la salvación vemos que Dios siempre actúa en un pueblo, en una comunidad, en una familia, en un grupo de amigos; pensar que la santidad prescinde de lo que los demás pueden hacer por nosotros puede ser un síntoma de aislamiento, que no llegará a ser fecundo. Por eso, es natural que, en un entorno de amistad, surja la corrección fraterna: allí todos están empeñados en sacar lo mejor de cada persona, sin tropezar en detalles con poca importancia, sino preocupándose por ese profundo anhelo de santidad que poco a poco redunda en distintas manifestaciones de la vida diaria.

El Papa nos recordaba que «la santificación es un camino comunitario, de dos en dos (…). Hay muchos matrimonios santos, donde cada uno fue un instrumento de Cristo para la santificación del cónyuge. Vivir o trabajar con otros es sin duda un camino de desarrollo espiritual. San Juan de la Cruz decía a un discípulo: estás viviendo con otros “para que te labren y ejerciten” (…). La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor, donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre»[6].

Cada ayuda es un regalo

El centurión del evangelio es consciente de que está pidiendo un favor a Jesús. Sabe que si el Señor decide entrar en casa de un pagano deberá purificarse después, así que no exige ni el traslado ni el milagro. Y es esta actitud la que consigue el prodigio de Jesús: el centurión se hace amable para Cristo. Decimos que una persona es amable precisamente cuando, aunque no reclama el cariño, aunque no es una obligación entrar en su casa, de igual manera queremos tener ese detalle con ella. Ser personas amables nos inserta en un entramado en el que unos colaboran con otros llenos de franqueza. «Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar (…). El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme. Así se protege a sí mismo, ya que sin sentido de pertenencia no se puede sostener una entrega por los demás»[7].

Algunas maneras de mejorar en esta actitud pueden ser: no tener reparos en pedir ayuda, estar disponibles para escuchar, dar a conocer nuestros gustos sin imponerlos, compartir nuestras preocupaciones e ilusiones… El «ambiente de amistad, que cada uno está llamado a llevar consigo, es fruto de la suma de muchos esfuerzos por hacer la vida agradable a los demás. Ganar en afabilidad, alegría, paciencia, optimismo, delicadeza, y en todas las virtudes que hacen amable la convivencia es importante para que las personas puedan sentirse acogidas y ser felices»[8]. Todo esto genera un modo de ser en la persona que, aunque no sea fácil describir con palabras, sí es fácil detectarlo. Cuando alguien ha cultivado la amabilidad es fácil acercarse a ella, dialogar, tener detalles y también decirle con sinceridad lo que pensamos.

A aquel con quien se puede hablar abiertamente es más fácil quererlo, aunque puedan ser patentes sus debilidades o aunque haya pocas cosas en común. Todos tenemos experiencia de que hay personas a quienes nos cuesta menos sugerir algo. Siempre lo agradecen, su rostro refleja la paz con que lo reciben y tal vez notamos el impacto que nuestra pequeña aportación tiene en sus vidas. No se ponen a la defensiva ya que perciben que quien intenta ayudar no está atacando. No sienten que se cuestione su valor porque el lugar en el que nace la corrección fraterna es la comunidad cristiana, el hogar, la familia, y allí nos quieren por lo que somos, no por lo que hacemos bien o mal. La dificultad para dejarnos ayudar puede esconder, en cambio, una pretensión de que nos quieran como la persona que tal vez no somos. Por eso también es importante alimentar permanentemente el terreno en el que puede surgir esa ayuda: compartir el afán de santidad va de la mano con compartir muchas otras cosas: anhelos, preocupaciones y alegrías.

Quien cultiva esta disposición de ser amable, de facilitar la ayuda de los demás, también se asombra con más frecuencia ante su cariño y suele agradecer la obra de misericordia que es la ayuda o corrección fraterna. Los niños pequeños se asombran porque no dan por supuestos los gestos de amor. En una ocasión, san Josemaría confiaba a unos hijos suyos: «Últimamente yo le estoy pidiendo más que nunca al Señor –y se lo estoy pidiendo a la Virgen– ser pequeño, hacerme niño. En la vida exterior humana, fuertes y recios; pero en la vida espiritual, pequeños. Así no tendremos soberbia cuando nos hagan una corrección. Agradeceremos que nos ayuden a ser mejores. De otro modo nos molestaría»[9]. Si nos vamos haciendo como niños, quitaremos las barreras que nos aíslan de los demás; crearemos un entorno amable en el que es fácil percibir que una corrección es un regalo, una ayuda gratuita. Con la ayuda de Dios oiremos lo que Jesús dice al centurión y que realiza el milagro de la curación del criado: «Que se haga conforme has creído» (Mt 5,13).

***

Deseamos ayudar a mucha gente y eso solo lo lograremos si sabemos contar con el apoyo de los demás. Por eso decía san Josemaría que cada persona, «además de ser oveja (...), de algún modo es también Buen Pastor»[10]. Para alcanzar la curación de su amigo, el centurión necesitó reconocer su necesidad; para ser buen pastor, tuvo que experimentar ser oveja. Entonces se hará realidad la Escritura cuando dice que «un hermano ayudado por su hermano es plaza fuerte y alta, fuerte como muralla real» (Prov 18,9). No podemos reducir la caridad a lo que nosotros hacemos por los demás ya que hay también mucho amor detrás de aceptar una mano amiga. Agradecer la realidad de vivir rodeados de personas que quieren que seamos la mejor versión de nosotros mismos nos abre a la conversión, que es fundamento de santidad. Decía santa Teresa de Jesús: «Es imposible, conforme a nuestra naturaleza, a mi parecer, tener ánimo para cosas grandes quien no entiende está favorecido de Dios»[11]. Y el favor de Dios nos llega también a través de las relaciones con quienes nos rodean.

Diego Zalbidea y Andrés Cárdenas M.


[1] San Agustín, Sermones, 6,2.

[2] Francisco, Audiencia general, 6-XI-2013.

[3] Misal Romano, Acto penitencial.

[4] San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 7; 11.

[5] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 1-XI-2019, n. 5.

[6] Francisco, Gaudete et exsultate, nn. 141-144.

[7] Francisco, Amoris Laetitia, nn. 99-100.

[8] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 1-XI-2019, n. 9.

[9] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 2-X-1970.

[10] San Josemaría, Cartas 25, n. 30.

[11] Santa Teresa de Jesús, Vida, 10, 3.

 

La intimidad en el matrimonio: felicidad para los esposos y apertura a la vida (II)

El acto conyugal es el lenguaje con el que los esposos se dicen mutuamente: ‘yo te amo incondicionalmente, fielmente, para siempre y con todo mi ser'. Así lo explica este editorial sobre el amor humano.

AMOR HUMANO08/06/2016

1. La expresión y perfección del amor conyugal en los actos propios de los esposos

El matrimonio, como unión conyugal, se ordena hacia la mutua ayuda interpersonal de los cónyuges y hacia la procreación, recepción y educación de los hijos. Las fuerzas instintivas, emocionales y racionales que se hallan presentes en la dimensión sexual de los esposos se ordenan y se transforman en dignas de la persona humana, y del amor matrimonial, cuando se realizan presididas por las características esenciales del amor y la unión conyugales: en el contexto de un amor indisolublemente fiel y abierto a la vida. En el matrimonio, en este sentido, también se da una escuela de la inclinación sexual en la que no cabe el libertinaje.

El acto conyugal es el acto propio y específico de la vida matrimonial. Es el modo típico con el que los esposos se expresan como “una sola carne”[1], y llegan a conocerse mutuamente en su condición específica de esposos. Es el acto en el que los cónyuges se comunican, de hecho, la mutua donación que han confirmado de palabra al contraer matrimonio; es el lenguaje con el que los esposos se dicen mutuamente: ‘yo te amo incondicionalmente, fielmente, para siempre y con todo mi ser. Estoy comprometido a formar contigo una familia’.

La unión sexual es un acto de entrega, y por eso es un gesto exclusivamente marital. Supone el compromiso matrimonial previo, y la decisión real de expresar y realizar cada relación conyugal como un acto de verdadera entrega, donde cada cónyuge busque primero y sobre todo el bien y la satisfacción del otro[2]. En ese contexto, es normal y bueno que dentro del matrimonio haya muestras del amor que los une y les hace felices por estar juntos. Estas muestras de amor son muy diversas e íntimas, son un don de Dios y del cónyuge. Sólo por razones justas sería aceptable dentro de la relación matrimonial prescindir de este tipo de unión entre los esposos.

SAN JOSEMARÍA SEÑALABA: “LO QUE PIDE EL SEÑOR ES QUE SE RESPETEN MUTUAMENTE Y QUE SEAN MUTUAMENTE LEALES, QUE OBREN CON DELICADEZA, CON NATURALIDAD, CON MODESTIA".

Pero la intimidad física no solo es uno de los medios más altos de expresar amor y unidad; también es la forma en que los hijos llegan al hogar familiar. “La unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador”; por esto es hermosa y sagrada[3]. Como espacio de la acción creadora de Dios en la trasmisión de la vida, la unión de los esposos debe ser signo del amor de Dios.

En consecuencia, “los actos mediante los cuales los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y si se llevan a cabo de modo verdaderamente humano, manifiestan y fomentan la mutua donación y enriquecen a los esposos con espíritu de gozo y agradecimiento”[4]. El acto conyugal no solo es moralmente bueno, sino que, cuando está presidido por la caridad, es santo y fuente de santificación para los casados[5]. Es una consecuencia inmediata de la doctrina del matrimonio como camino de santidad. En este contexto, san Josemaría señalaba: “Lo que pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con delicadeza, con naturalidad, con modestia. Les diré también que las relaciones conyugales son dignas cuando son prueba de verdadero amor y, por tanto, están abiertas a la fecundidad, a los hijos”[6].

El acto conyugal servirá a la realización del bien de los cónyuges si es verdaderamente conyugal; esto es, si es expresión de la mutua donación, que, como elementos esenciales, comporta: la actitud de apertura a la paternidad o maternidad; el respeto a la persona del otro y el dominio de los propios instintos, que se encauzan de tal modo que el deseo no esclaviza, sino que deja la libertad necesaria para poder donarse al otro. Esta es una de las razones por las que la castidad es un elemento necesario de la verdad del amor conyugal[7].

2. La castidad: virtud de los enamorados

La castidad, en palabras del Catecismo, es “una virtud moral y también un don de Dios[8]. Una virtud para cultivar y un don que se nos regala: es un don y una tarea. La sexualidad en el matrimonio debe ser vivida desde la castidad. La castidad como virtud de estado implicará, en el caso de los casados, actuar conforme a su realidad vital: buscar el bien del cónyuge, practicar la fidelidad conyugal y estar abiertos al don de la vida.

Vivir la castidad es vivir el amor en plenitud[9]. A veces, los esposos pueden ver la llamada a ser castos y puros como algo que limitaría su cariño: ¿hasta dónde podemos llegar?; ¿qué permite la Iglesia, y qué prohíbe? Pero la castidad en el matrimonio no es un no a ciertas cosas. Si bien excluye ciertos comportamientos que no son dignos, ésta es sobre todo un  radical, hondo y sencillo al otro[10]. Es el cuidado del amor único y exclusivo hacia el otro.

LA CASTIDAD NO ES MENOSPRECIO NI RECHAZO DE LA SEXUALIDAD O DEL PLACER SEXUAL, SINO FUERZA INTERIOR Y ESPIRITUAL QUE LIBERA A LA SEXUALIDAD DE LOS ELEMENTOS NEGATIVOS

La castidad no es menosprecio ni rechazo de la sexualidad o del placer sexual, sino fuerza interior y espiritual que libera a la sexualidad de los elementos negativos (egoísmo, agresividad, atropello, cosificación del otro, narcisismo, lujuria, violencia…) y la promueve a la plenitud del amor auténtico. Es la virtud que permite tener señorío o dominio sobre esta dimensión humana[11].

La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La castidad conyugal permite a los esposos integrar los sentimientos, los afectos y las pasiones en un bien superior que les libera del egoísmo y les capacita para amar de verdad respetándose mutuamente. En otras palabras, la castidad es la puesta en valor de la sexualidad como afectividad comprometida, fiel, leal y respetuosa de la situación de cada uno[12].

3. Ayudarse mutuamente: la intimidad conyugal

No pocas personas confunden la intimidad conyugal con las relaciones maritales, pero la verdadera intimidad es mucho más que eso: es esa relación que mantiene fuerte y unida la relación de los esposos, es la unión profunda entre dos personas que se aman[13]. La intimidad conyugal exige y se manifiesta en la entrega mutua y se extiende desde las diferencias, incluso discusiones, sobre los detalles de la vida diaria a los instantes en que uno confía los sentimientos más íntimos, aquellos que no compartiría con nadie más. Para que exista esa intimidad, los esposos deben crear conjuntamente un puente de unión profundo −formado por pilares de conocimiento mutuo, de confianza, de dialogo, de generosidad, de respeto, de admiración, de comprensión, de atracción física, de ternura, de sentido del humor, de cercanía, etc.− que es posible cruzar cuando hay dos seres que se desean y se aman incondicionalmente.

Los esposos que viven esa intimidad con generosidad buscan una unión más completa y profunda de todo su ser, de sus cuerpos, de sus mentes y de sus espíritus. Ambos cónyuges tienen ese deseo de complicidad, de conocerse y de entregarse mutuamente. Estos esposos comparten pasión, sentimientos y emociones, hacen planes y toman decisiones juntos; en pocas palabras, tienen una vida en común, esa vida es de los dos, algo que les hace únicos, que hace única su relación matrimonial. Esa intimidad conyugal transciende a los cónyuges y les lleva a formar una familia en la que se da la apertura a la vida y se intenta también ser fecundos socialmente.

Todos los fines se implican unos a otros y, si se quieren obtener plena y equilibradamente, hay que buscarlos todos, conjunta y armoniosamente, sin contradicciones artificiosas. Al mismo tiempo, conviene tener muy claro que la mutua ayuda no es un medio para la obtención de otros fines, sino un fin en sí mismo. Esposo y esposa no solamente se complementan y ayudan en cuanto a la generación y educación de los hijos habidos; también se complementan hacia sí mismos, en tanto que cada uno es el bien del otro.

“El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural…. Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar”[14].

Javier Escrivá Ivars


[1] Cfr. Gn 2, 24.

[2] De ahí que cualquier acto contrario a esta fidelidad y exclusividad conyugal implique un atentado gravísimo contra el ser propio de los esposos.

[3] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2335.

[4] Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, n. 49.

[5] Cfr. san Josemaría, Amigos de Dios, n. 184.

[6] Es Cristo que pasa, n. 25. Lo mismo hay que decir sobre el uso del matrimonio cuando se sabe que, por causas ajenas a la voluntad de los cónyuges, no se da lugar a la procreación.

[7] Cfr. A. Sarmiento, El matrimonio cristiano, p. 387.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2345. Además el Catecismo explica que: “La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende a impregnar de racionalidad las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana” (n. 2341). Pero, ¿en qué consiste realmente la castidad? El Catecismo dice que: “La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona y por ello, en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual” (n. 2337). Esta es una virtud que se adquiere a través de “Un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana” (n. 2339).

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2331-2391.

[10] Cfr. Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado (8-12-1995); Idem., Vademecum para los confesores sobre algunas cuestiones de moral conyugal (12-02-1997).

[11] No se trata de un ejercicio ascético de renuncia; en su esencia es un don de Dios. Ciertamente supone lucha, como toda virtud moral; pero es gracia que el Espíritu Santo concede en el bautismo y en el sacramento del matrimonio (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2345). De ahí la necesidad absoluta de la oración humilde para pedir a Dios la virtud de la castidad.

[12] “Todo bautizado es llamado a la castidad. El cristiano se ha ‘revestido de Cristo’ (Ga 3, 27), modelo de toda castidad. Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2348)

[13] Cfr. Erich Fromm, El arte de amar.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 22.

 

Matrimonio y feminismo

Ángel Cabrero Ugarte

 K. Chesterton.

El agobiante ambiente trans que surge por cualquier esquina y en cualquier debate, parece borrar la auténtica maravilla que supone el papel del hombre y de la mujer en el matrimonio. El desorden montado en torno al feminismo puede llegar a términos tan absurdos que es mejor mirar para otro lado para no llenarse de vergüenza.

Últimas noticias

Me ha resultado de gran clarividencia el punto de vista de un autor tan serio, tan conocido y tan valorado, sobre todo en el mundo católico, como Chesterton. Argumentos no le faltan para subrayar el papel de la mujer en su papel de esposa y madre, señora de su casa, aun cuando el marido sea también un gran experto en la educación y en la cocina.

“Nunca he entendido cómo surgió la superstición de considerar modesto el trabajo de casa y excelso el de fuera de casa. Puede haber todo tipo de razones excelentes para que una persona haga o no una de las dos cosas, pero no puedo entender cómo la tarea doméstica puede ser considerada inferior. Porque la mayor parte de los trabajos fuera de casa son bastante rutinarios, y en gran medida sucios” (p. 51).

Hoy puede haber bastantes motivos por los que es conveniente que la mujer desarrolle un trabajo fuera. Hay situaciones en las que el marido consigue un trabajo telemático y puede tener más tiempo para llevar a los niños al cole o para hacer la limpieza o la comida. Las situaciones que se dan ahora, quizá más después de la pandemia, son de tal variedad que no es posible hacer un juicio ni particular ni general. Pero lo que no se puede obviar es que el trabajo de la mujer que decide quedarse en casa para cuidar del hogar, para estar más tiempo con los pequeños, para hacer las compras adecuadas para todos los miembros de la familia, etc. es de lo más creativo y profundo que pueda pensarse.

Lo dice muy bien el autor inglés: “En su hogar, una mujer puede ser decoradora, cuentacuentos, diseñadora de moda, experta en cocina, profesora... Más que una profesión, lo que desarrolla son veinte aficiones y todos sus talentos. Por eso no se hace rígida y estrecha de mente, sino creativa y libre. Esta es la sustancia de lo que ha sido el papel histórico de la mujer” (p. 53). Y ver las cosas de otra manera supone una pobreza verdaderamente lamentable, se mire como se mire.

La tendencia a unos permisos de maternidad más amplios ayuda a que la mujer pueda cumplir mejor con su papel. Los permisos de paternidad también son útiles, pero menos naturales. No es lo mismo que los niños estén en edad escolar que sean recién nacidos. No es lo mismo tener una economía que permita pagar un servicio, que tener que manejarse solos. No es lo mismo tener mamá/suegra dispuesta a echar una mano que tener a la familia a muchos kilómetros.

Todo eso modifica las costumbres y las necesidades, pero qué duda cabe que no hay ocupación más completa para la mujer que ser madre. “Me asombra la insinuación de que pueda haber algo mezquino en poner el objetivo del matrimonio en el nacimiento de un niño. En realidad, este gran milagro natural es la parte más creativa, más imaginativa y más desinteresada de todo el proceso. La creación de un nuevo ser, de un foco independiente de conciencia, de experiencia y de alegría, es un acto inmensamente más grande y divino que el mismo amor entre amor entre hombre y mujer” (p. 88).

Pocas cosas, o ninguna, hay tan grande en la tierra como la vocación a la maternidad.

G.K. Chesterton, Esencia de mujer, Homo Legens 2020

 

 

El miedo al terrorismo islamista dificulta la convivencia pacífica

Salvador Bernal

Gran mezquita de París.

Hechos recientes, sucedidos en la vecina Francia, muestran hasta qué punto el miedo al terrorismo islamista ha penetrado en la sociedad y no sólo en la vida pública. En la basílica de Ainay, en Lyon, un musulmán con una mochila a la espalda provocó el pánico al terminar la misa del domingo 9. Desató tal miedo que, tras la llamada a la policía, acudieron trece agentes de la BAC (brigada anticriminal), fuertemente armados, que rodearon y redujeron al protagonista del susto: él no entendía nada, pues no era la primera vez que rezaba en esa iglesia románica.

Al terminar la ceremonia católica, había seguido en la nave hasta que terminó su oración con un Alá akbar –Dios es grande-, que sonó amenazante a uno de los presentes. Resultó ser un marginal inofensivo, de 44 años, conocido porque deambulaba por las calles empedradas del barrio de clase media alta donde se encuentra el templo. Según declararía, le gustaba ir a “meditar y rezar” a la basílica: de hecho, llevaba haciéndolo diez años y explicó en el juicio que había recitado el salmo 23, antes de terminar con la invocación a Alá. Por si no le creían, comenzó a recitar el conocido salmo: “El Señor es mi pastor...”

 

 

 

Al registrar su casa en Villeurbanne, la policía no encontró nada: sin teléfono ni recursos, sólo tenía un Corán y un ordenador desconectado. A pesar de todo, pasó a disposición judicial acusado de violencia, desacato y rebelión. Para el abogado de oficio, el caso es resultado de un arrebato irracional, signo de una sociedad ansiosa y desestabilizada. Su defendido fue condenado a dos meses de prisión, que deberá cumplir porque tiene precedentes, aunque, según la evaluación psiquiátrica, padece un grave trastorno de personalidad.

La obsesión francesa por el islamismo está afectando también a exigencias prácticas de laicidad, inseparable del alma nacional y vivida pacíficamente desde la postguerra hasta finales del siglo pasado. Mucho cambió en tiempos de Chirac y de la legislación sobre signos religiosos en el espacio público. Desde entonces ha ido empeorando, especialmente a raíz de atentados. Ahora Macron promueve una ley más dura, para frenar lo que llama “separatismo”: comunidades que no aceptan plenamente los valores republicanos reconocidos en la Constitución; no sólo no se integran, sino que tratan de imponer sus principios a toda la sociedad.

Se ha agudizado así la polarización política de un concepto que, en sí, es de carácter religioso. Recuerda viejos sambenitos, maniqueos, chivos expiatorios, exacerbados cuando las cosas van mal. A mi juicio, el actual debate, con el lanzamiento de “estados generales de laicidad” –protagonizado por la ministra delegada de ciudadanía, Marlène Schiappa, más bien laicista-, es una maniobra de distracción por parte del equipo en el poder, que piensa en las presidenciales del año próximo: Emmanuel Macron necesita distanciarse a toda costa del “islamogauchisme”, y ser tan defensor de la “identidad francesa” como Marine Le Pen.

Así, el antiguo Frente Nacional (hoy RN: rassemblement sustituyó a front) ha reaccionado con cierta virulencia ante la presencia de una candidata “velada” a las próximas elecciones regionales en las listas del partido macroniano; el número dos de Le Pen colgó en Twitter la foto de los presentados en una circunscripción próxima a Montpellier –entre ellos, una mujer con velo-, y el delegado general de LRM se apresuró a manifestar en un tuit que llevar un signo religioso tan ostensible no se corresponde con los “valores” del partido; por si fuera poco, les amenazó con retirar el apoyo de LRM si no cambiaban la foto de campaña. Todo esto ha servido para destapar las diferencias ideológicas entre los diputados del partido gubernamental, no sólo en cuanto al fondo sobre laicidad, sino en la estrategia para frenar a Marine Le Pen.

Una crisis semejante se vive en Estrasburgo: el ayuntamiento socialista, que ayudó en su día a la construcción de un cementerio musulmán, aceptó en principio colaborar también en la construcción de la mezquita. Paradójicamente, ese apoyo es posible en Alsacia, porque sigue vigente el antiguo concordato con la Iglesia católica. Pero se complica aún más, porque la gran mezquita Eyyûb Sultan –con centros cultural y comercial-, está gestionada por la Confederación Islámica Milli Görüs, una organización de origen turco, que no firmó en su día la carta del islam de Francia elaborada por el Consejo musulmán francés.

El problema existe. Pero las soluciones oficiales pueden ser un remedio peor que la enfermedad, también por el riesgo de limitar la libertad religiosa de todos. Obviamente, por mucho que intenten explicarlo algunos imanes o profesores universitarios musulmanes, el islam no conoce la separación Iglesia-Estado y puede sentirse como una amenaza para una República constitucionalmente laica como la francesa. Pero si, para no caer en islamofobia, se regulan con carácter general disposiciones pensadas contra los radicales, potencialmente terroristas, se limita injustamente la libertad de las demás confesiones religiosas. Y el concepto de laicidad se aparta de la ley de 1905, hasta hace poco aceptada por todos.

 

 

 NO CULPEMOS A DIOS

Ante una evidencia tan desorbitante que nos desacomoda, se agolpan los latidos contritos de asombro y temor. No valen experiencias de ancianos, valentía de jóvenes, inocencia de niños que casi no comprenden, todos, contemplamos azorados lo que antes ni siquiera se podía imaginar. El mundo tiembla y nos sacude…Un microscópico virus envalentonado como rey, domina la potencialidad de las naciones. Se burla. Gastamos astronómicas sumas de dinero en misiles, bases nucleares, superfluos inventos que atentan con el principio humano, podemos abordar planetas, pero el que tiene la maléfica coronita intenta conquistar. El temor a la muerte acicatea y es capaz de hacernos pensar en culpas… y es allí donde una marea de espumas mal habidas llena las playas de las conciencias. En ese mismo y delatante mar se reflejan incapacidades humanas de asumir reglas y deberes.  Matanzas, avaricias por posesiones, estafas, asociaciones ilícitas, y ni que hablar de los vejámenes y trata de jóvenes y niños.  Para ampliar aun más esas playas rocosas de atrocidades, entre tantas desviaciones merece importante alusión el descuido irracional hacia el planeta.

Evaluando con respeto también a otras creencias religiosas, ya que el bien y el mal siempre van distanciados, se advierte a lo lejos que en aquellos agravios ya expresados y que carcomen el bienestar social peor a un maremoto arrollador, por nada se tiene en consideración la base de toda guía primigenia: el cumplimiento de los “Diez Mandamientos”. Entonces, ¿culpamos a Dios?

Debemos bajar la cabeza pidiendo clemencia, retractándonos, siendo honestos y solidarios. Con un corazón arrepentido buscaremos la paz tomando carriles por donde el amor nos hermane y así daremos testimonio por lo que los hombres fuimos creados: a “Imagen y Semejanza de Dios”.

                                                                            Amanda Giorgi    

 

 “Ven y lo verás”

La pandemia no solo nos ha ocultado los rostros y la expresión facial de nuestros sentimientos sino que nos ha alejado de las relación personales

He de reconocer que me fascina  la profunda fe de quien, sin gozar de la percepción visual como consecuencia de la información captada por los ojos, es capaz de ejercitar su cerebro a través del tacto, del oído o del gusto para disfrutar de la realidad visible que el resto de la humanidad detenta a través de la retina de sus ojos. Están ciegos pero ven…

Por el contrario “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Nuestro rico y sabio refranero expresa la constatación de un fenómeno que hoy se está generalizando en nuestra sociedad particular y universal. Estamos cerrando los ojos a un mundo idílico que se nos presenta en forma de imágenes, algoritmos, sensaciones y virtualidades tecnológicas. Vemos pero estamos ciegos...

La pandemia no solo nos ha ocultado los rostros y la expresión facial de nuestros sentimientos sino que nos ha alejado de la relación personal que desde el abrazo, el apretón de manos o el beso nos ha unido tradicionalmente al “otro” para manifestarle nuestra sincera amistad, el cariño o simplemente la alegría del encuentro deseado.

Dice el Papa Francisco con ocasión de la Jornada Mundial de las

Comunicaciones Sociales que “el gran comunicador que era Pablo de Tarso  hubiera utilizado el correo electrónico y los mensajes de las redes sociales; pero fue su fe, su esperanza y su caridad lo que impresionó a los contemporáneos que lo escucharon predicar y tuvieron la fortuna de pasar tiempo con él, de  verlo durante una asamblea o en una charla individual”

Tan urgente como la vacuna o más, es volver a la normalidad del “ven y lo verás” evangélico, no solo con los ojos del cuerpo sino con los de la psique, de la razón y del deseo de descubrir por nosotros mismos la realidad de nuestra vida y del entorno que la rodea, sin edulcorantes o falaces mentiras que manipulen nuestro intelecto o voluntad.

¿No estamos o estáis cansados ya de tanta verborrea vacía, distorsión del lenguaje o de la vulgar elocuencia que invaden falsos comunicadores para ocultar su alarmante ignorancia? “Sabe hablar sin cesar y no decir nada, Sus razones son dos granos de trigo en dos fanegas de paja. Se debe buscar todo el día para encontrarlos y cuando se encuentran, no vale la pena de la búsqueda”

Aunque el Papa Francisco reproduce estas palabras del dramaturgo inglés Shakespeare en el Mercader de Venecia, para alentar a los comunicadores cristianos a “escuchar” la verdad en un encuentro “personal”,  son también perfectamente aplicables hoy a los comunicadores sociales, políticos o empresariales que deben dedicarse a escuchar más para aprender y ser más veraces y ecuánimes en sus palabras y decisiones.

La última campaña electoral a la Comunidad de Madrid  nos ha ofrecido un claro ejemplo de cómo se desarrolla  el debate público en el el siglo XXI: intensidad, simplismo, exageración y marketing. Los debates se organizan en las televisiones o radios solo entre periodistas de uno u otro signo político; los políticos solo se reúnen con sus parroquianos buscando la sonrisa y el aplauso fácil, haciendo de los reality shows o de las redes sociales la plataforma de sus mensajes cada vez más inocuos o agresivos.

Los ciudadanos y especialmente los jóvenes, se limitan cada vez más, a la mensajería electrónica, los contactos digitales y a las mínimas relaciones personales. Hoy a penas se habla o se escucha a las personas,  que parecen haberse convertido solamente en receptores de mensajes prefabricados por los publicistas o  asesores que mercadean con  el poder político, social o económico.

El propio Marco Tulio Cicerón en  su obra “Sobre los deberes” en el capítulo de los principios que debe regir una sociedad señalaba: “el primero es aquel que forma con tan estrecho vínculo la sociedad universal del género humano, y consiste en la razón y el habla, que enseñando, aprendiendo, comunicando, disputando y juzgando, concilia a los hombres entre sí y los une en una sociedad natural”

Sería muy oportuna una reacción inmediata de los educadores familiares, docentes e incluso sociales para fomentar la comunicación y el diálogo entre las personas, como el mejor instrumento de pacificación y entendimiento en una sociedad cada vez más polarizada, desunida y enfrentada como es la nuestra.

Jorge Hernández Mollar

 

         La sexualidad en el niño.

 

El mito de la eterna juventud, deseada por el Fausto de Goethe, es de raíz diabólica: es la oferta de Mefistófeles. Es un ansia que, como si fuese una epidemia, se ha instalado en la sociedad actual. No se quiere hablar de la muerte. En los tanatorios modernos se aísla higiénicamente, cuidadosamente, al difunto (generalmente anciano), y los familiares y allegados hablan, toman café o refrescos, fuman, ríen, bromean, dan rienda suelta a la locuacidad, como si la muerte no tuviese nada que ver con los vivos.

Hoy día, la infancia y la vejez son en cierto sentido olvidadas, soslayadas, pues el cuidar de los niños y de los viejos choca con la comodidad y el hedonismo de algunos, sean familiares o no. Los fetos, los embriones, los lactantes, los niños pequeños, los ancianos achacosos,  para algunos son  “molestos”. Para “remediarlo”, se dispone del aborto y de la mal llamada eutanasia (¿muerte digna?).

En la fecundación del óvulo por el espermatozoide, la dotación cromosómica del nuevo ser es de 46 cromosomas, de los que dos son sexuales (XX para la mujer, XY para el varón), que determinan la diferenciación sexual. En épocas tempranas coexisten los conductos genitales en ambos sexos; con el transcurrir del desarrollo intraútero, destacan más unos conductos que otros, según sea el sexo; y al mismo tiempo se van desarrollando las diferencias genitales externas correspondientes. Todo, con vistas a la maduración necesaria para que con el tiempo pueda acontecer la procreación de nuevos seres humanos.

Muy tempranamente, entre los dos y tres años, es cuando el niño empieza a darse cuenta de que su cuerpo es sexuado, de lo que es más consciente hacia los 4 o 5 años, coincidiendo con la consciencia de que es mortal. A estas edades el niño puede sentir la angustia de su propia muerte. Y empieza a hacer preguntas sobre el porqué de las diferencias entre sexos y sobre el origen de los bebés.

Lógicamente, el niño, debido a su inmadurez (tanto orgánica como psíquica), no está capacitado para ser padre o madre.

El niño no está bajo el influjo de las hormonas que actúan en el adulto. Por eso, es vital el no inducir al niño a que realice prácticas sexuales; es una aberración pedagógica; el resultado es muy perjudicial. Y es que la hipófisis del cerebro del niño no regula todavía la actividad hormonal sexual. Se necesitan unos años para que sea así, a la espera de la aparición progresiva de la madurez corporal y afectiva. La actividad sexual no es propia del niño. Realmente es una falacia la aseveración de Freud de que el niño es “el perverso polimorfo”, que en su sexualidad va pasando por las fases oral, anal y genital.

En los abusos sexuales con niños se trata a la persona como un objeto que se utiliza caprichosamente. Son como objetos de “usar y tirar”. Tales actos constituyen una aberración. Son acciones que están muy lejos del amor al prójimo. Son egoísmo puro.

Una cosa es ser sencillo como un niño y otra muy diferente es ser un ingenuo, en el peor sentido de la palabra.  Dice Jesucristo: “Al que escandalice a uno de estos pequeños más vale atarle una rueda de molino …” Y también dice: “Si no os hacéis como niños no entrareis en el Reino de los Cielos”

Por eso, es importante contestar a las preguntas de los hijos (o de los nietos, si es oportuno, pues el deber de informar es de los padres): es absurdo contarles la antigua historia de “la cigüeña”. Es esencial el clima de confianza. Muchas veces la verdad la saben a través de algún “amigote” o compañero. Por eso, es mejor que la verdad se la  cuente su padre o su madre, cariñosamente, de una forma que se adapte a su edad, así como a su capacidad de comprensión. Y explicarlo de una forma delicada, de modo que no se entienda el asunto como una cuestión de pura animalidad.

Por lo dicho, se deduce que no es lógico incluir en la enseñanza la ideología de género y las propuestas LGBT. Es crucial creer en la sencillez del niño. No es pedagógico enturbiar una mente sencilla.

          José Luis Velayos

 

  El cristianismo crece en África pese a persecución y poco apoyo estatal, revela estudio

 

Los académicos Nilay Saiya y Stuti Manchada publicaron en la revista Sociology of Religion de Oxford Academic, en mayo, un estudio que revela que los países africanos registran el mayor aumento del cristianismo de todo el mundo, pese a la creciente persecución religiosa y la falta de apoyo gubernamental a la Iglesia que caracteriza al continente.

El estudio titulado “Paradoxes of Pluralism, Privilege, and Persecution: Explaining Christian Growth and Decline Worldwide” (Paradojas del pluralismo, el privilegio y la persecución: explicando el crecimiento y el declive cristiano en todo el mundo) analizó en 166 países la correlación entre el crecimiento del cristianismo y el apoyo de los gobiernos a las Iglesias cristianas.

La investigación realizada entre 2010 y 2020, concluyó que los 10 primeros países con mayor aumento del cristianismo son de África: Tanzania, Malawi, Zambia, Uganda, Ruanda, Madagascar, Liberia, Kenia, República Democrática del Congo y Angola.

Saiya y Manchada precisaron que de los 10 países, solo tres: Kenia, Tanzania y Zambia, ofrecen algún tipo de apoyo estatal a los cristianos, y el resto es bajo o nulo. Cabe destacar que ningún país africano figura en la lista de países donde más se ha registrado el declive del cristianismo.

De forma paradójica, los países que tienen un fuerte apoyo al cristianismo por parte del Estado presentaron un declive más rápido de la población cristiana. Entre ellos están República Checa, Bulgaria, Letonia, Estonia, Albania, Moldavia y Serbia. Otros países donde el cristianismo está en declive son Alemania, Lituania y Hungría.

El estudio argumenta que los cristianos que viven su fe en entornos difíciles de persecución o donde hay un mayor pluralismo, se ven obligados a competir con otras religiones para sobrevivir.

“En estos entornos [duros], los cristianos no pueden darse el lujo de volverse complacientes”, indicaron. “Por un lado, el pluralismo significa que el cristianismo debe competir activamente con otras tradiciones religiosas para ganar y mantener seguidores. Por otro lado, la persecución puede, paradójicamente, a veces fortalecer el cristianismo al profundizar los lazos de fe y reforzar la solidaridad entre los cristianos”, agregó.

Asimismo, hallaron que la variable más determinante para la vitalidad cristiana es el grado en que los gobiernos brindan apoyo oficial al cristianismo, a través de sus leyes y políticas.

El apoyo del gobierno y el declive del cristianismo

El 6 de mayo, la revista evangélica “Christianity Today” publicó un artículo titulado “Proof That Political Privilege Is Harmful for Christianity” (La prueba de que el privilegio político es dañino para la cristiandad), donde Saiya afirma que la investigación realizada entre 2010 y 2020 busca desafiar la creencia de que la ciencia, la tecnología y la educación resultan en el declive del cristianismo.

Señaló que otros académicos sugieren que la causa del declive religioso es la acumulación de riqueza. “Se cree que el aumento de la prosperidad libera a las personas de tener que buscar un poder superior para satisfacer sus necesidades diarias. En otras palabras, hay un vínculo directo entre la opulencia y el ateísmo”, dijo.

Por el contrario, “mi coautor y yo desafiamos la sabiduría percibida de que la educación y la opulencia presagian la desaparición del cristianismo”. El estudio sostiene que el cristianismo creció en África, no porque goce de una posición privilegiada con el Estado, sino porque tiene que competir con otras tradiciones religiosas en igualdad de condiciones, dijo.

En el artículo, Saiya dijo que con que en el estudio que realizó con Manchada, se halló que “a medida que aumenta el apoyo gubernamental al cristianismo, el número de cristianos disminuye significativamente”.

“La mayor amenaza para la vitalidad cristiana no es la persecución, la opulencia, la educación o el pluralismo. Es el apoyo del estado”, afirmó. “Paradójicamente, al cristianismo le va mejor cuando tiene que valerse por sí mismo”, agregó.

Saiya señaló que en la actualidad “hay casi 700 millones de cristianos en África, lo que lo convierte en el continente más cristiano del mundo en términos de población”; y observó que los 10 países con mayor aumento cristianos “están ubicados en África subsahariana”.

Explicó que de todos ellos, solo Tanzania, tiene un nivel de apoyo oficial a la religión que está en el promedio mundial; y en el resto de los casos, incluidos Kenia y Zambia, el apoyo al cristianismo está por debajo de tal promedio. Por el contrario, en 9 de los 10 países con el declive más rápido de cristianos en el mundo, sus gobiernos dan un apoyo moderado a alto a las iglesias cristianas.

Indicaron que ese privilegio incluye la financiación del Estado para fines religiosos; el acceso especial a las instituciones estatales; y las exenciones de las regulaciones impuestas a los grupos religiosos minoritarios.

Saiya dijo que las iglesias apoyadas por los estados, a menudo se ven privadas de la sustancia espiritual que las personas que practican la fe encuentran valiosas; y afirmó que esta problemática lleva a los laicos a abandonar el cristianismo. Los académicos señalaron que esto ocurre en los países de mayoría católica donde la Iglesia Católica goza de privilegios estatales.

Explicó que durante gran parte del siglo XX, países como Portugal, España, Bélgica e Italia ofrecieron un fuerte apoyo a la Iglesia Católica Romana y discriminaron activamente a los no católicos en las áreas de derecho de familia, radiodifusión religiosa, política fiscal y educación.

“Si bien el privilegio católico en estos países se ha debilitado en muchas partes de Europa”, el ámbito religioso sigue desequilibrado significativamente, sobretodo en las barreras que existen para el ingreso de “nuevos movimientos religiosos”, dijo.

Tambien, dijo que el estudio halló que los contextos de discriminación anticristiana generalmente no debilitan el cristianismo, sino que “en algunos casos, la persecución incluso fortalece a la iglesia”.

“Al igual que una sana competencia religiosa, la persecución religiosa, por razones completamente diferentes, no permite que los cristianos se vuelvan complacientes”, dijo y explicó que los creyentes recurren a su fe como una fuente de fortaleza cuando son perseguidos por su fe, y que esa devoción atrae a los no creyentes.

Finalmente, Saiya dijo que con el estudio buscan instar a las instituciones de fe a evitar la tentación del privilegio y no ver la competencia religiosa como una amenaza y algo que debe ser excluido.

Sostuvo que ello no significa que los cristianos se segreguen de la vida pública y abandonen la política por completo, sino que exhorta “fuertemente a los cristianos” a no equiparar “los planes de Dios” con “cualquier partido político, ideología política o nación”.

“Nuestra investigación sugiere que la mejor manera para que las comunidades cristianas recuperen su testimonio del evangelio es rechazar la búsqueda del privilegio político, por ser incompatible con las enseñanzas de Jesús”, subrayó Saiya.

“Al hacerlo, ellos [los cristianos] mostrarían que se toman en serio la promesa de Cristo de que ninguna fuerza podrá prevalecer contra su iglesia”, dijo y afirmó que rechazar los privilegios hará que los creyentes dependan más del Espíritu Santo para abrir los corazones al mensaje del Evangelio.

Traducido y adaptado por Cynthia Pérez. Publicado originalmente en ACI África.

        

          Fallecieron en un acto de servicio

El lunes 26 de abril, mientras estaban rodando un documental acerca de la lucha del Gobierno de Burkina Fasso contra la caza furtiva, los periodistas españoles David Beriain y Roberto Fraile fueron asesinados en una emboscada perpetrada por un grupo terrorista vinculado a Al Qaeda, que ha reivindicado el atentado.

Aunque la autoría de los asesinos no es baladí, lo realmente importante es que David y Roberto fallecieron en un acto de servicio. El periodismo es una profesión de servicio público porque la información es crucial para la libertad, el pluralismo y la transparencia. Los dos sabían que, en su profesión, y más por el contexto en el que trabajaban, sus vidas corrían peligro. Los dos conocían la dureza de los conflictos armados, de la guerra y de la inseguridad que se vive en zonas como Alepo, Irak, Colombia o México, cuando hay que introducirse en zonas en las que operan terroristas, narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares y un sinfín de grupos mafiosos que hacen de la muerte su negocio. Me parece conveniente tener un recuerdo suyo cuando va hacer un mes del hecho.

Suso do Madrid

 

         Libertad sin ira

“Libertad sin ira” es una asociación estudiantil creada desde hace un año en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense. Unos de sus actos públicos ha sido la organización de una Conferencia impartida por el líder opositor venezolano Leopoldo López. La Decana de la Facultad decidió cancelarla alegando motivos de seguridad. Un argumento poco convincente teniendo en cuenta que después de solicitarlo reiteradamente al Rectorado, se ha pedido a la Facultad que busque otra fecha y posponga el acto.

El problema parece que está relacionado más bien con el ponente, con el tema de la ponencia y con la censura preventiva de quienes no consienten que se hable ni de la Dictadura chavista, ni del fracaso de un proyecto que tiene sumidos a los venezolanos en la pobreza y el caos. Para el mundo de Unidas Podemos, que controla el Decanato, el chavismo es intocable. En realidad, se trata de una de sus pocas contribuciones a la política real y de la que, por otro lado, no pueden sentirse orgullosos.

Valentín Abelenda Carrillo

 

           La crispación de nuestro vecino mediterráneo

Buscando alguna cosa relacionada con el conflicto Hispano-Marroquí he encontrado una nota que tenía preparada de finales de abril para enviar a algunos medios. Las relaciones de España con Marruecos, era de hace tres semanas, han vuelto a tropezar en la piedra del conflicto del Sahara, al admitir en un hospital de Logroño al presidente de la llamada República Árabe Saharaui Democrática, Brahim Ghali, afectado por el Covid-19.

Para el Gobierno español se trata de un simple gesto humanitario; para Marruecos, que no ha tardado en convocar a nuestro embajador en Rabat, es un acto inamistoso, “contrario al espíritu de cooperación y de buena vecindad, en un asunto fundamental para el pueblo marroquí”.

El enfado se fundamenta, además, en el hecho de que el líder saharaui está buscado por la propia Justicia española por violación de los derechos humanos y crímenes de guerras. En el comunicado se pregunta al Gobierno español por qué ha acogido a Ghali con un pasaporte falso, con un nombre supuesto y nacionalidad argelina, sin que, por otra parte, la justicia española haya tomado ninguna medida. Como parece que no ha habido respuesta, Marruecos ha vuelto a preguntar pero de otra manera, no ha vuelto a los diplomáticos sino con otros medios. No nos extrañe que haya reaccionado mal.

Jesús Martínez Madrid

 

         Por el trabajo decente

Bajo el lema “Iglesia por el trabajo decente”, diversas asociaciones eclesiales hacían público un manifiesto con ocasión de la cercana festividad del 1 de Mayo, en el que abogaban por un pacto de Estado que haga realidad la centralidad de la persona y del trabajo. El manifiesto reafirmaba que el trabajo es para la vida y que, por lo tanto, deben garantizarse unas condiciones laborales que protejan la dignidad de la persona. Las entidades promotoras de este documento, entre las que figura Caritas, denunciaban el “virus” de la precariedad laboral que ahora está afectando de manera extraordinaria y pedían el justo reconocimiento social de los empleos más inseguros. Destacaban entre ellos a las trabajadoras del hogar y de cuidados, los empleados de los comercios de alimentos, los repartidores y otros sectores laborales que se han descubierto como esenciales para sostener la vida común.

Pedro García

 

          Higiene, belleza, cuidos y ancestros 

 

                                Lo mismo que “el resto de animales terráqueos”; en el “mono humano”; todos seguimos un código, costumbres o hábitos de higiene y belleza, si bien en el denominado “ser humano”, todos son individuales, y adoptados primero en el seno familiar y luego copiados o elegidos para el resto de la vida, si bien en algunos individuos se llega hasta los extremos máximos de cuidados, o mínimos de los mismos, que llegan a presentar las estampas “deplorables”, de algunos seres, más dignos de desprecio o compasión, por la acumulación de “roñas” que llegan a acumular en su propio cuerpo; y con las que viven de forman “normal” para ellos. Pero lo que es ancestral, es el cuido corporal que por instinto animal, o hábito “humano”; todos poseemos y llevamos “como un sentido más”, de los que naturalmente se nos dotó.

                                El primer cuido que yo recuerde, se hacía a los bebés al nacer,  era lavarlos con agua “templada” y jabón, éste elaborado en casa, con aceite de aceituna (mal denominado “de oliva”) y que hoy por muchos dermatólogos, consideran es el mejor jabón del mundo para lavar el cuerpo humano, en especial las partes “íntimas” (que yo practico desde niño); después (o antes, no lo recuerdo) a la criatura, se le “lavaban cuidadosamente los ojos o párpados, con el líquido de la infusión de flor de manzanilla, a temperatura también templada; lo que le ayudaría “a abrir los ojos”, que generalmente los traían cerrados al “nacer en este mundo” y en aquellos tiempos; de ahí en adelante y siguiendo la costumbre de cada casa, cada cual seguíamos, las costumbres de nuestras madres o abuelas, que eran las que nos enseñaron, “los primeros caminos de la vida” y a medida del crecimiento, y obtención del dinero necesario (“sin dinero no se obtendría nada de lo que hablo”) cada cual nos hemos marcado, lo que hemos creído necesario, caprichoso, incluso vanidoso; para cada cual, “lucir sus propias plumas de pavo real o mono humano”, donde la presencia, es la primera “tarjeta” de presentación mundana.

                                Mi muy querida abuela Rosario, como mi segunda madre (la que tenía que salir a trabajar dónde y cómo podía en aquella época de miserias tras la guerra civil de 1936/1939) fue mi maestra en lo del cuido e higiene inicial; puesto que según algunos de sus contundentes lemas, “en la vida hay que ir tan limpio como los chorros del oro y con la cara y la frente tan altos, como la dignidad pide, para no avergonzarse de nada”; así, recuerdo como un sueño, “la palangana de agua (recordar que en aquellos pueblos “la plebe” no tenía ni agua corriente, ni servicios sanitarios de ningún tipo; por tanto el agua había que ir por ella, a la fuente más cercana) puesta al sol, para que el astro rey le quitase la frialdad, y luego metido en ella, yo, más bebé que niño, ser enjabonado, e incluso dejarme jugar en el agua, con una botellita de anís, vacía y con la que me entretenía llenando y vaciando el recipiente en aquella jabonosa agua, en la que el chorro producía pompas de jabón”; luego secado con el trapo o toalla más suave de que dispusiera aquella gran mujer y madre, me dejaba, “oliendo a gloria”, según su decir por casa. Al crecer y ser “rapaz” ágil y bregoso como cada niño de aquellos pueblos labriegos, y llenarme de suciedades variadas, venía, el “desuello”, que practicaba la misma abuela, la que metido a la fuerza, aquel “rebelde niño”, en agua bien caliente y en un tinajón de loza o arcilla, y con un estropajo (conseguido de un trozo de cuerda de esparto, ya machacada y procedente de las cuerdas o sogas que se desechan después de los usos agrícolas) untada con algo del jabón de aceite ya citado, te, “esollaba” (era su frase casera) de arriba abajo, hasta incluso hacerte algún rasguño, sangrante, puesto que “la mierda” (era su definición de la suciedad más persistente) tenía que “salir de la piel, a costa de lo que fuera”; todo lo cual era, el martirio para aquel chaval, que llorara, pataleara, o hiciese lo que hiciese (alguna vez con la ayuda de un “alpargatazo”) terminaba por ser, limpiado totalmente en aquel, “desuello”, que la abuela practicaba sin piedad alguna, puesto que; “o se va limpio o no se va, y punto”.

                                Pasó el tiempo (cuento 7 años) y cómo me ponen a trabajar en “la capital”; en una “droguería-perfumería” (almacenes al por mayor) y donde mi madre trabajaba, como “cuerpo de casa” (mujer “para todo” y desde el amanecer hasta las diez de la noche) en la vivienda de los dueños; y allí habría de dormir yo, en la cama de mi madre (mi sueldo fue durante siete años, “la comida, la cama y alguna ropa usada de los hijos del jefe”); pero allí, había agua corriente, fría y caliente, y aquello era “un no va más”, junto a otros lujos, como fue “el cepillo de dientes, la colonia, incluso la crema que usé cuando empezaron a salirme los granos o erupciones, propias de la pubertad y la llegada de la barba del hombre que llegaría a ser”; y la que sigo usando para toda mi epidermis, puesto que igual que sirve para un rasguño, sirve para y por ejemplo, “calmar la irritación de las almorranas o hemorroides”… Y así “entré en lo que se dice es la civilización moderna”.

                                Como “chaval bastante listo o despierto, según D. Luís Vargas, el dueño; éste “me empleó desde el primer día en todo lo que yo podía hacer”, así al poco tiempo estaba, cara al mostrador y atendiendo a la clientela, generalmente mujeres, dueñas o criadas en gran profusión, puesto que el establecimiento era muy importante y céntrico, terminaría con 14 años, como auxiliar de su oficina e incluso haciendo labores fuera del negocio (bancos) como un adulto ya preparado. Así, fui familiarizándome gracias a los dependientes que me usaban como criado o “ayudante”; con toda la gama de perfumes, afeites, tintes y demás elementos y útiles de la extensa variedad que había en una gran droguería-perfumería de una capital andaluza, en el año 1945. Y donde se vendían cosas tan extremas, como desde, el ácido sulfúrico o nítrico, hasta la vaselina filante, o las cápsulas de las adormideras (opio) hoy tan perseguidas a “lana de corcho”.

                                 Así, nombres como los de, “Bella Aurora, Visnú, Laos, Bárbara Ward; Nievina, Nivea, Abéñula, tintes Komol, Loción Goya, perfumes de Gal, Myrurgia, Instituto Español, Lavanda Inglesa, o incluso la alemana agua de Colonia 4711 (oriunda de aquella ciudad alemana); y cientos de marcas más ”, llegaron a serme familiares; e incluso influyeron en “mi carrera profesional”; puesto que pasado mucho tiempo y ya en la década de 1955/1965 y entre otras marcas; yo era representante para las provincias de Jaén y Córdoba, de la firma alemana, Beiersdoff y su mundial crema Nivea y anexos(1); y que ya operaban en la mayor parte del mundo (de tan importante firma, la filial francesa, se la quedaron “los franceses” como botín de guerra, en la II Guerra Mundial, desconociendo si  más de cincuenta años después, la recuperaron, que es lo que pretendían aun comprándola de nuevo).

                                No fue la única multinacional alemana, en la que trabajé, siempre como comisionista; también lo hice con “Vileda (modernos útiles de limpieza), Margaret Astor (Cosmética en amplitud de líneas),  la norteamericana Scotch-Brite es una marca comercial de la compañía estadounidense 3M dedicada a la fabricación de esponjas y estropajos de fregado de cocina y baño, así como diferentes productos abrasivos para aplicaciones industriales y algunas más; y algunas otras cosas más; dentífricos “Denticlor” (propiedad de otro alemán, con la primera línea para el cuido y adhesivos para las dentaduras postizas). Todo ello me permitió estar constantemente en “la Universidad de la vida, y participando en convenciones (donde era invitado como destacado vendedor), donde especialistas tanto en lo comercial como en lo sicológico y trato humano, difícilmente de otra forma hubiese podido, y lo que me permitió enriquecerme, intelectualmente hasta el grado en que haya llegado y que no soy quién para valorar. Ni he querido nunca entrar en “enseñanzas oficiales”, para que me cataloguen o clasifiquen. ¿Para qué?

                                Por todo ello el escribir hoy, de una de mis facetas personales, y de las observaciones aprendidas, y como las que hoy refiero,  que son verídicas y nos confirman lo que al principio digo, del “instinto animal o el hábito o costumbres del mono humano, en su cuido y vanidad personal”, que no son otra cosa, que, una mínima parte de ese gran misterio cual es, “La Creación en su conjunto y sus infinitas variantes”; y donde pareciera que, “El Creador”, a cada cual nos marca un camino, o “vereda”, por la que inexorablemente hemos de caminar hasta la muerte, puesto que la vida, según mi entender es eso, sólo eso… “Piensa, trabaja y camina…mientras puedas o te dejen; la mayor y mejor fuerza, siempre la tienes dentro de ti; y nadie te la puede quitar, salvo que te maten y aún así, siempre dejarás rastro de ella”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes

 

 

 

 

(1) La Beiersdorf AG es una compañía pública alemana de bienes de consumo que cotiza en la bolsa de valores. Beiersdorf AG es especializada en productos de cuidado personal. Su sede se ubica en Hamburgo, en el distrito de Eimsbüttel, Alemania. Desde el 22 de diciembre de 2008, Beiesdorf es una de las empresas componentes del índice bursátil DAX,