Las Noticias de hoy 15 Abril 2021

Enviado por adminideas el Jue, 15/04/2021 - 12:53

Honra a tus Padres!!! | Misión Familiar Internacional - La Iglesia de la  Familia

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 15 de abril de 2021        

Indice:

ROME REPORTS

Catequesis del Papa: "La oración es la fuerza de la Iglesia y de nuestra fe"

El Papa: Santa Teresa de Ávila supo trasladar el cielo a la tierra

HACER EL BIEN Y RESISTIR AL MAL: Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: jueves 2ª semana de Pascua

“Vacío todo mi yo, llénalo de Ti”: San Josemaria

«Todo en la Iglesia nace en la oración, y todo crece gracias a la oración»

Una invitación siempre abierta: Lucas Buch

Educar en el pudor (1): los años de la niñez: J. De la Vega

VUELVE LA FAMILIA A LA PRIMERA PLANA (Año “Familia Amoris Laetitia”, 19 de marzo 2021-26 de junio 2022):  Alberto García-Mina Freire

El ejemplo de San José, custodiar y servir: Don Ramiro Pellitero Iglesias

Novios y esposos : Ángel Cabrero Ugarte

Francisco y Dante : Mario Arroyo.

La Parodia Nacional (segundo acto) : Jorge Hernández Mollar

Si quieres cambiar el mundo, empieza por hacerte la cama : Anna Sarnataro

Solo el que trata con amor es atendido con lealtad: Valeria Sabater

Para redescubrir la familia : Jesús Martínez Madrid

Las familias son las grandes protagonistas: Enric Barrull Casals

La vida es un don recibido : Juan García. 

¿Quién es la mano que mece la cuna? : Suso do Madrid

“No hay efecto sin causa” : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Catequesis del Papa: "La oración es la fuerza de la Iglesia y de nuestra fe"

El Santo Padre reflexionó esta mañana, en la catequesis de su Audiencia General, sobre la "Iglesia como escuela de oración" y destacó la importancia transmitir, de generación en generación, "la lámpara de la fe con el aceite de la oración". "Esta es la tarea esencial de la Iglesia: rezar y educar a rezar", dijo Francisco.

Ciudad del Vaticano

El miércoles 14 de abril, el Papa Francisco celebró su Audiencia General en la Biblioteca del Palacio Apostólico del Vaticano, sin presencia de fieles a causa de las restricciones de la actual pandemia.

Iglesia "escuela de oración"

En su catequesis pronunciada en italiano, el Santo Padre reflexionó sobre la Iglesia como "escuela de oración", ese don que en la infancia "hemos recibido con sencillez"-dijo Francisco-  "nos damos cuenta de que es un patrimonio grande y muy rico, y que la experiencia de la oración merece ser profundizada cada vez más" (cfr ibid., 2688).

En este contexto, el Pontífice recordó que es precisamente en la infancia cuando muchos de los fieles aprenden "a silabear las primeras oraciones" junto con los padres o los abuelos.

“Quizá custodiamos el recuerdo de la madre y del padre que nos enseñaban a recitar las oraciones antes de ir a dormir. Esos momentos de recogimiento son a menudo aquellos en los que los padres escuchan de los hijos alguna confidencia íntima y pueden dar su consejo inspirado en el Evangelio. Hace bien recordarlos”

El hábito de la fe no es inmediato, crece con nosotros

Por otra parte, el Santo Padre subrayó que el hábito de la fe no es inmediato, sino que se desarrolla con nosotros, "también a través de momentos de crisis y resurrecciones" y en este sentido, la respiración de la fe es la oración:

“Crecemos en la fe tanto como aprendemos a orar. Después de ciertos pasajes de la vida, nos damos cuenta de que sin la fe no hubiéramos podido lograrlo y que la oración ha sido nuestra fuerza. No solo la oración personal, sino también la de los hermanos y de las hermanas, y de la comunidad que nos ha acompañado y sostenido”

Asimismo, el Papa hizo hincapié en que todo en la Iglesia nace en la oración, y todo crece gracias a la oración:

“Cuando el Enemigo, el Maligno, quiere combatir la Iglesia, lo hace primero tratando de secar sus fuentes, impidiéndoles rezar. Si cesa la oración, por un momento parece que todo pueda ir adelante como siempre, pero poco después la Iglesia se da cuenta de haberse convertido en un envoltorio vacío, de haber perdido el eje de apoyo, de no poseer más la fuente del calor y del amor”

"Sin la fe todo cae"

Profundizando sobre las mujeres y los hombres santos de la Iglesia, el Santo Padre reiteró que estas personas, "no tienen una vida más fácil que los otros", es más, "también tienen sus problemas que afrontar y, a menudo, son objeto de oposiciones"; pero su fuerza es la oración, que sacan siempre del “pozo” inagotable de la madre Iglesia.

 

 

13/04/2021El Papa: Santa Teresa de Ávila supo trasladar el cielo a la tierra

"Con la oración alimentan la llama de su fe, como se hacía con el aceite de las lámparas. Y así van adelante caminando en la fe y en la esperanza. Los santos, que a menudo a los ojos del mundo cuentan poco, en realidad son los que lo sostienen, no con las armas del dinero y del poder, sino con las armas de la oración", aseveró Francisco, añadiendo, por tanto, que "podemos concluir que la lámpara de la fe estará siempre encendida sobre la tierra mientras esté el aceite de la oración".

"Rezar y educar a rezar es la tarea esencial de la Iglesia", explicó el Papa concluyendo su alocución: 

“Transmitir de generación en generación la lámpara de la fe con el aceite de la oración. Sin la luz de esta lámpara, no podremos ver el camino para evangelizar; no podremos ver los rostros de los hermanos a los que acercarse y servir; no podremos iluminar la habitación donde encontrarnos en comunidad… Sin la fe, todo cae; y sin la oración, la fe se apaga. Por esto la Iglesia, que es casa y escuela de comunión, es casa y escuela de oración”

Síntesis de la catequesis del Papa en español

A continuación, compartimos también la síntesis completa de la catequesis pronunciada por el Santo Padre en español:

«Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis reflexionamos sobre la Iglesia como maestra de oración. Es bueno recordar y agradecer a las personas que, desde que éramos niños, y a lo largo de toda nuestra vida, nos enseñaron a rezar. En los momentos de oración que compartimos tanto en la familia —que es la Iglesia doméstica— como en la comunidad parroquial u otros grupos cristianos, descubrimos que crecemos en la fe a medida que aprendemos a rezar y profundizamos en esta experiencia. 

La vida cristiana no está exenta de momentos de crisis y dificultades. Lo vemos en el testimonio de los santos, en las pruebas que tuvieron que afrontar. Pero ellos nos enseñan que el secreto para seguir caminando en la fe es la fuerza de la oración, pues gracias a ella pudieron perseverar y sostener a otros en su peregrinar. Sigamos su ejemplo, y tengamos en cuenta que cuando el Maligno quiere combatir la Iglesia, lo primero que hace es tratar de impedir que recemos, para apagar en nosotros la luz de la fe.

Una de las principales tareas de la Iglesia es rezar y enseñar a rezar a las nuevas generaciones. A lo largo de la historia, siempre han surgido comunidades y grupos dedicados a la oración. Si no rezamos, la fe se apaga, no podemos ver los caminos para evangelizar ni reconocer los rostros de los hermanos y hermanas que nos necesitan. Por eso la Iglesia, que es casa y escuela de comunión, está llamada también a ser casa y escuela de oración.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a Cristo resucitado que nos ayude a mantener encendida la lámpara de la fe, que la renovemos a diario con el aceite de nuestra oración humilde y perseverante, y que nos envíe su Espíritu para poder llevar su Luz a todos. Que Dios los bendiga», concluyó Francisco.

 

 

El Papa: Santa Teresa de Ávila supo trasladar el cielo a la tierra

El ejemplo de Santa Teresa de Jesús no es solo para aquellos que sienten la llamada a la vida religiosa, sino "para todos los que desean progresar en el camino de purificación de toda mundanidad": así, el Papa Francisco, en su Mensaje dirigido al Congreso Internacional "Mujer Excepcional" con motivo de los 50 años del Doctorado de la Santa de Ávila, se refiere a la Santa andariega, de quien afirma que "tenerla como amiga, compañera y guía en nuestro peregrinaje terrenal confiere seguridad y sosiego en el alma".

 

"Es hermoso recordar que todas las gracias místicas que recibía la trasladaban al cielo; pero ella supo trasladar el cielo a la tierra, haciendo de su vida una morada de Dios en la que todos tenían cabida": son palabras del Papa Francisco referidas a Santa Teresa de Jesús en un Mensaje dirigido al Obispo de Ávila, Monseñor José María Gil Tamayo, con el que habló a los participantes en el Congreso Internacional que se lleva a cabo desde el 12 y hasta el jueves 15 de abril en la Universidad Católica Santa Teresa de Jesús de Ávila en España, con motivo de los 50 años del Doctorado de la Santa abulense. Firmado en la Solemnidad de san José, y leído en la apertura del Congreso, el Sucesor de Pedro recorre la figura de la santa de Ávila, que recibió de san Pablo VI el 27 de setiembre de 1970 el título de Doctora de la Iglesia, siendo la primera mujer en recibir el título que, tal como escribe el Santo Padre, “reconoce el precioso magisterio que Dios nos ha regalado en sus escritos y en el testimonio de su vida”. 

Una llama que sigue brillando 

Con las palabras de Pablo VI, Francisco recuerda la excepcionalidad de esta mujer, cuyo arrojo, inteligencia, tenacidad, a los que unió "una sensibilidad para lo bello y una maternidad espiritual hacia todos aquellos que se aproximaban a su obra”, son “un ejemplo eximio del papel extraordinario que la mujer ha ejercido a lo largo de la historia en la Iglesia y la sociedad”. 

A pesar de los cinco siglos que nos separan de su existencia terrena, - dice el Pontífice - la llama que Jesús encendió en Teresa sigue brillando en este mundo siempre necesitado de testigos valientes, capaces de romper cualquier muralla, sea física, existencial o cultural. 

Ejemplo para quien quiere progresar en la purificación

El Santo Padre afirma que Santa Teresa “nos sigue hablando hoy a través de sus escritos". Su mensaje - añade - está abierto a todos, para que al conocerlo y contemplarlo nos dejemos seducir por la belleza de la palabra y por la verdad del contenido, y pueda hacer brotar dentro el deseo de avanzar en el camino hacia la perfección. 

Tenerla como amiga, compañera y guía en nuestro peregrinaje terrenal confiere seguridad y sosiego en el alma. Su ejemplo no es solo para aquellos hermanos y hermanas nuestros que sienten la llamada a la vida religiosa, sino para todos los que desean progresar en el camino de purificación de toda mundanidad, y que conduce al desposorio con Dios, a las elevadas moradas del castillo interior. 

Santa Teresa supo trasladar el cielo a la tierra

Alentando a todos los miembros de esa Iglesia particular y a los organizadores y participantes en el Congreso a seguir profundizando en el mensaje de la Santa abulense, escribe: 

Es hermoso recordar que todas las gracias místicas que recibía la trasladaban al cielo; pero ella supo trasladar el cielo a la tierra, haciendo de su vida una morada de Dios en la que todos tenían cabida. Para que nuestra sociedad sea cada vez más humana, y todos podamos vivir en la fraternidad que viene de un mismo Padre, es todo un programa escuchar su invitación a “entrar en nosotros” para encontrar al Señor, y así testimoniar que “sólo Dios basta”. 

La devoción de santa Teresa por san José

Finalmente, se despide recordando la gran devoción de santa Teresa por san José, a quien la Santa andariega “tomó como maestro, abogado e intercesor”: “a él se encomendaba, - recuerda el Papa - teniendo la certeza de que recibiría las gracias que le pedía. De su experiencia animaba a otros a que hicieran lo mismo. Tal fue su devoción que, con motivo de sus fundaciones, recorría las tierras de Castilla y de Andalucía acompañada por la imagen de san José”. 

“Los santos siempre van de la mano, y nos sostienen por la confianza puesta en su intercesión. Que ellos intercedan por ustedes.”

El mensaje está firmado en la Basílica de San Juan de Letrán, el 19 de marzo de 2021, en la Solemnidad de san José, Patrono de la Iglesia Universal. 

 

 

HACER EL BIEN Y RESISTIR AL MAL

— Resistencia de los Apóstoles a obedecer mandatos injustos. Firmeza en la fe.

— Todas las realidades, cada una en su orden, deben estar dirigidas a Dios. Unidad de vida. Ejemplaridad.

— No se puede prescindir de la fe a la hora de valorar las realidades terrenas. Resistencia al mal.

I. A pesar de la severa prohibición del sumo sacerdote del Sanedrín de que no volvieran a predicar y a enseñar de ningún modo en el nombre de Jesús1, los Apóstoles predicaban cada día con más libertad y entereza la doctrina de la fe. Y eran muchos los que se convertían y bautizaban. Entonces –nos lo narra la Primera lectura de la Misa–, fueron llevados de nuevo al Sanedrín. El Sumo Sacerdote les interrogó: ¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? Pero vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina... Pedro y los Apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres2. Y siguieron anunciando la Buena Nueva.

La resistencia de los Apóstoles a obedecer los mandatos del Sanedrín no era orgullo ni desconocimiento de sus deberes sociales con la autoridad legítima. Se oponen porque se les quiere imponer un mandato injusto, que atenta a la ley de Dios. Recuerdan a sus jueces, con valentía y sencillez, que la obediencia a Dios es lo primero. Están convencidos de que «no hay peligro para quienes temen a Dios sino para quienes no lo temen»3, y de que es peor cometer injusticia que padecerla.

Los Apóstoles demuestran con su conducta la firmeza en la fe, lo hondo que han calado las enseñanzas del Señor después de haber recibido el Espíritu Santo, y también lo que pesa en sus vidas el honor de Dios4.

Hoy también pide el Señor a los suyos la fortaleza y la convicción de aquellos primeros, cuando, en algunos ambientes, se respira un clima de indiferencia, o de ataque frontal, más o menos velado, a los verdaderos valores humanos y cristianos. La conciencia bien formada impulsará al cristiano a cumplir las leyes como el mejor de los ciudadanos, y le urgirá también a tomar posición respecto a las normas contrarias a la ley natural que pudieran alguna vez promulgarse. El Estado no es jurídicamente omnipotente; no es la fuente del bien y del mal.

«Es obligación de los católicos presentes en las instituciones políticas –enseñan los obispos españoles– ejercer una acción crítica dentro de sus propias instituciones para que sus programas y actuaciones respondan cada vez mejor a las aspiraciones y criterios de la moral cristiana. En algunos casos puede resultar incluso obligatoria la objeción de conciencia frente a actuaciones o decisiones que sean directamente contradictorias con algún precepto de la moral cristiana»5.

La protección efectiva de los bienes fundamentales de la persona, el derecho a la vida desde la misma concepción, la protección del matrimonio y de la familia, la igualdad de oportunidades en la educación y en el trabajo, la libertad de enseñanza y de expresión, la libertad religiosa, la seguridad ciudadana, la contribución a la paz internacional, etcétera, forman parte del bien común, por el que deben luchar los cristianos6.

La pasividad ante asuntos tan importantes sería en realidad una lamentable claudicación y una omisión, en ocasiones grave, del deber de contribuir al bien común. Entrarían dentro de esos pecados de omisión de los que –además de los de pensamiento, palabra y obra– pedimos perdón cada día al Señor al comienzo de la Santa Misa. «Muchas realidades materiales, técnicas, económicas, sociales, políticas, culturales..., abandonadas a sí mismas, o en manos de quienes carecen de la luz de nuestra fe, se convierten en obstáculos formidables para la vida sobrenatural: forman como un coto cerrado y hostil a la Iglesia.

»Tú, por cristiano –investigador, literato, científico, político, trabajador...–, tienes el deber de santificar esas realidades. Recuerda que el universo entero –escribe el Apóstol– está gimiendo como en dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios»7.

II. Se mueve a nuestro alrededor un continuo flujo y reflujo de corrientes de opinión, de doctrinas, de ideologías, de interpretaciones muy diferentes del hombre y de la vida. Y esto, no ya a través de libros para especialistas, sino a través de novelas de moda, revistas gráficas, periódicos, programas televisivos al alcance de grandes y pequeños... Y en medio de esta confusión doctrinal, es necesaria una norma de discernimiento, un criterio claro, firme y profundo, que nos permita ver todo con la unidad y coherencia de una visión cristiana de la vida, que sabe que todo procede de Dios y a Dios se ordena.

La fe nos da un criterio estable que orienta, y la firmeza de los Apóstoles para llevarlo a la práctica. Nos da una visión clara del mundo, del valor de las cosas y de las personas, de los verdaderos y falsos bienes... Sin Dios y sin el conocimiento del fin último del hombre, el mundo deja de entenderse o se verá desde un ángulo parcial y deformado. Precisamente, «el aspecto más siniestramente típico de la época moderna consiste en la absurda tentación de querer construir un orden temporal sólido y fecundo sin Dios, único fundamento en el que puede sostenerse»8.

El cristiano no debe prescindir de su fe en ninguna circunstancia. «Aconfesionalismo. Neutralidad. —Viejos mitos que intentan siempre remozarse.

»¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católicos, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?»9. Esa actitud equivale a decir –en la política, en los negocios, en el modo de descansar o divertirme, cuando estoy con mis amigos, cuando elijo el colegio para mis hijos...–: aquí, en esta situación concreta, nada tiene que ver Dios; en estos asuntos no influye mi fe cristiana, todo esto ni viene de Dios ni a Dios se ordena.

Sin embargo, la fe ilumina toda la existencia. Todo se ordena a Dios. Pero esa ordenación ha de respetar la naturaleza propia de cada cosa. No se trata de convertir el mundo en una gran sacristía, ni los hogares en conventos, ni la economía en beneficencia... Pero, sin simplificaciones ingenuas, la fe debe informar el pensamiento y la acción del cristiano porque jamás, en ninguna circunstancia, en ningún momento del día se debe dejar de ser cristiano, y de conducirse y de pensar como tal.

Por eso, «los cristianos ejercerán sus respectivas profesiones movidos por el espíritu evangélico. No es buen cristiano quien somete su forma de actuar profesionalmente al deseo de ganar dinero o alcanzar poder como valor supremo o definitivo. Los profesionales cristianos, en cualquier área de la vida, deben ser ejemplo de laboriosidad, competencia, honradez, responsabilidad y generosidad»10.

III. Un cristiano no debe prescindir de la luz de la fe a la hora de valorar un programa político o social, o una obra de arte o cultural. No se detendrá en la consideración de un solo aspecto –económico, político, técnico, artístico...– para dar por buena una realidad. Si en ese acontecimiento político o social o en esa obra no se guarda la debida ordenación a Dios –manifestada en las exigencias de la Ley divina–, su valoración definitiva no puede ser más que una, negativa, cualquiera que sea el valor parcial de otros aspectos de esa realidad.

No se puede alabar esa política, esa ordenación social, una determinada obra cultural, cuando se transforma en instrumento del mal. Es una cuestión de estricta moralidad y, por tanto, de buen sentido. ¿Quién alabaría un insulto a su propia madre, porque estuviese compuesto en un verso con gran perfección rítmica? ¿Quién lo difundiría, alabando sus perfecciones, aun advirtiendo que eran solo «formales»? Es manifiesto que la perfección técnica de los medios no hace más que agravar la maldad de la cosa en sí desordenada, que de otra manera quizá pasaría inadvertida o tendría menos virulencia.

Ante crímenes abominables, como calificaba el Concilio Vaticano II a los abortos, la conciencia cristiana rectamente formada exige no participar en su realización, desaconsejarlos vivamente, impedirlos si es posible y, además, participar activamente por evitar o subsanar esa aberración moral en el ordenamiento jurídico. Ante esos hechos gravísimos, y otros semejantes que también se oponen frontalmente a la moral, nadie puede pensar que no puede hacer nada. Lo poco que cada uno puede hacer, debe hacerlo: especialmente participar con sentido de responsabilidad en la vida pública. «Mediante el ejercicio del voto encomendamos a unas instituciones determinadas y a personas concretas la gestión de asuntos públicos. De esta decisión colectiva dependen aspectos muy importantes de la vida social, familiar y personal, no solamente en el orden económico y material, sino también en el moral»11. En las manos de todos, de cada uno, si actúa con sentido sobrenatural y sentido común, está la tarea de hacer de este mundo, que Dios nos ha dado para habitar, un lugar más humano y medio de santificación personal. Si nos esforzamos en cumplir los deberes sociales, vivamos en una gran ciudad o en un pueblecito perdido, con un cargo importante o humilde en la sociedad, aunque pensemos que nuestra aportación es minúscula, seremos fieles al Señor, también si un día el Señor nos pide una actuación más heroica: Quien es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho12.

1 Cfr. Hech 4, 18. — 2 Hech 5, 27-29. — 3 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 13. — 4 Cfr. Sagrada Biblia, Hechos de los Apóstoles, EUNSA, Pamplona 1984, p. 108 ss. — 5 Conferencia Episcopal Española, Testigos de Dios vivo, 28-VI-1985, n. 64, e). — 6 ídem, Los católicos en la vida pública, 22-IV-1986, nn. 119-121. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 311. — 8 Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 15-V-1961, 72. — 9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 353. — 10 Conferencia Episcopal Española, Testigos de Dios vivo, n. 63. — 11 ídem, Los católicos en la vida pública, n. 118. — 12 Lc 16, 10.

 

Meditaciones: jueves 2ª semana de Pascua

Reflexión para meditar el jueves de la segunda semana de Pascua. Los temas propuestos son: los apóstoles se lanzan a evangelizar; nuestra misión en el mundo; Cristo ilumina la existencia y la historia humana.

MEDITACIONES14/04/2021

Los apóstoles se lanzan a evangelizar.

Nuestra misión en el mundo.

Cristo ilumina la existencia y la historia humana.


LOS APÓSTOLES, tras haber sido liberados, volvieron de madrugada al Templo para seguir predicando. Allí fueron arrestados de nuevo y conducidos ante los príncipes de los sacerdotes. Es la escena que nos relata la primera lectura de la Misa de hoy: «El sumo sacerdote les interrogó: “¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? En cambio, vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre”. Pedro y los apóstoles respondieron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”» (Hch 5,27-29).

Pedro y los doce muestran con su respuesta «que poseen esa “obediencia de la fe” que luego querrán suscitar en todos los hombres (cfr Rm 1,5)»[1]. En el libro de los Hechos vemos bastantes ejemplos más que ponen de manifiesto la misma idea: para los apóstoles, lo más importante es llevar a cabo la misión confiada a ellos por Dios. Como testigos de la resurrección de Cristo, no pueden dejar de hablar de lo que han visto y oído. Les parece tan valioso lo que han recibido, les llena de tal manera el corazón, que afrontan cualquier peligro para compartirlo.

El Espíritu Santo fue cambiando a los apóstoles: cada vez serían menos cobardes y más valientes; menos ambiciosos, con menos miras humanas, y más capaces de donarse a los demás. Introducidos en esa vida del Espíritu, «ya no son hombres “solos”. Experimentan esa especial sinergia que les hace descentrarse de sí mismos y les hace decir: “nosotros y el Espíritu Santo” (Hch 5,32) o “el Espíritu Santo y nosotros” (Hch 15,28). Sienten que no pueden decir “yo” solo, son hombres descentrados de sí mismos. Fortalecidos por esta alianza, los Apóstoles no se dejan atemorizar por nadie»[2].


«EL DIOS DE nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que vosotros matasteis colgándolo de un madero. A este lo exaltó Dios a su derecha, como Príncipe y Salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Y de estas cosas somos testigos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen» (Hch 5,30-32). Los apóstoles se saben testigos de una verdad que –con la asistencia del Espíritu Santo, enviado para que podamos convertirla en vida– trae la salvación a todo el género humano. Es el comienzo de nuestra misión; la Iglesia «continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión del mismo Cristo»[3].

«Ante los desafíos de este mundo nuestro, tan complejos como apasionantes, ¿qué espera hoy el Señor de nosotros, los cristianos? Que salgamos al encuentro de las inquietudes y necesidades de las personas, para llevar a todos el Evangelio en su pureza original y, a la vez, en su novedad radiante»[4]. El empeño evangelizador consiste en «una llamada a que cada uno de nosotros, con sus recursos espirituales e intelectuales, con sus competencias profesionales o su experiencia de vida, y también con sus límites y defectos, se esfuerce en ver los modos de colaborar más y mejor en la inmensa tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Para esto, es preciso conocer en profundidad el tiempo en el que vivimos, las dinámicas que lo atraviesan, las potencialidades que lo caracterizan, y los límites y las injusticias, muchas veces graves, que lo aquejan. Y, sobre todo, es necesaria nuestra unión personal con Jesús, en la oración y en los sacramentos. Así, podremos mantenernos abiertos a la acción del Espíritu Santo, para llamar con caridad a la puerta de los corazones de nuestros contemporáneos»[5].


«EL QUE VIENE de lo alto está sobre todos. El que es de la tierra, de la tierra es y de la tierra habla» (Jn 3,31). Este pasaje del evangelio de san Juan sigue inmediatamente a la conversación entre el Bautista y sus discípulos, en la que el Precursor pronuncia la frase que tantas veces hemos meditado: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Cristo, que viene de lo alto, del cielo, es el único que puede revelar al Padre y traer al Espíritu Santo. Por eso, «el que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero quien rehúsa creer en el Hijo no verá la vida» (Jn 3,36).

Solamente Jesucristo puede hablar las «palabras de Dios» y dar «el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). El hombre puede acceder a Dios de varias maneras: por ejemplo, contemplando el orden y la belleza del mundo; reflexionando sobre la sed de infinito y de plenitud que anidan en su corazón; a través de experiencias espirituales que muchas veces contienen tesoros de sabiduría así como un apreciable sentido de lo sagrado… Todas estas vías manifiestan la apertura del hombre a Dios, pero también ponen de relieve lo limitado que es el conocimiento humano de frente a lo divino.

En cambio, por la fe en Cristo conocemos la Palabra completa y definitiva de Dios. Como escribió santo Tomás de Aquino, «antes de la llegada de Cristo, ningún filósofo, pese a todos sus esfuerzos, pudo saber tanto de Dios y de lo necesario para alcanzar la vida eterna como después de Cristo sabe una viejecita por la fe»[6]. Cada cristiano ha recibido el maravilloso don de la fe, que es «encuentro con Dios que habla y actúa en la historia, y que convierte nuestra vida cotidiana, transformando en nosotros mentalidad, juicios de valor, opciones y acciones concretas. No es espejismo, fuga de la realidad, cómodo refugio, sentimentalismo, sino implicación de toda la vida y anuncio del Evangelio, Buena Noticia capaz de liberar a todo el hombre»[7].

Pidamos a santa María, madre de los creyentes, que nos ayude a centrar siempre más nuestra existencia en Cristo y a orientar hacia él a quienes encontramos en nuestro camino.


[1] Francisco, Audiencia, 18-IX-2019.

[2] Ibíd.

[3] Concilio Vaticano II, Ad Gentes, n. 2

[4] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, Palabra, Madrid 2020, p. 75.

[5] Ibíd., p. 76.

[6] Santo Tomás de Aquino, Expositio in Symbolum Apostolorum, Proemio.

[7] Benedicto XVI, Audiencia, 14-XI-2012.

 

“Vacío todo mi yo, llénalo de Ti”

Pide al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y a tu Madre, que te hagan conocerte y llorar por ese montón de cosas sucias que han pasado por ti, dejando —¡ay!— tanto poso... —Y a la vez, sin querer apartarte de esa consideración, dile: dame, Jesús, un Amor como hoguera de purificación, donde mi pobre carne, mi pobre corazón, mi pobre alma, mi pobre cuerpo se consuman, limpiándose de todas las miserias terrenas...

15 de abril

Y, ya vacío todo mi yo, llénalo de Ti: que no me apegue a nada de aquí abajo; que siempre me sostenga el Amor. (Forja, 41)

Es la hora de clamar: acuérdate de las promesas que me has hecho, para llenarme de esperanza; esto me consuela en mi nada, y llena mi vivir de fortaleza. Nuestro Señor quiere que contemos con Él, para todo: vemos con evidencia que sin Él nada podemos, y que con Él podemos todas las cosas. Se confirma nuestra decisión de andar siempre en su presencia.

Con la claridad de Dios en el entendimiento, que parece inactivo, nos resulta indudable que, si el Creador cuida de todos -incluso de sus enemigos, ¡cuánto más cuidará de sus amigos! Nos convencemos de que no hay mal, ni contradicción, que no vengan para bien: así se asientan con más firmeza, en nuestro espíritu, la alegría y la paz, que ningún motivo humano podrá arrancarnos, porque estas visitaciones siempre nos dejan algo suyo, algo divino. Alabaremos al Señor Dios Nuestro, que ha efectuado en nosotros obras admirables, y comprenderemos que hemos sido creados con capacidad para poseer un infinito tesoro.

Habíamos empezado con plegarias vocales, sencillas, encantadoras, que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gustaría abandonar nunca. La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino. Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él(Amigos de Dios, nn. 305-306)

 

«Todo en la Iglesia nace en la oración, y todo crece gracias a la oración»

El Santo Padre reflexionó en la catequesis de su Audiencia General, sobre la "Iglesia como escuela de oración" y destacó la importancia transmitir, de generación en generación, "la lámpara de la fe con el aceite de la oración". "Esta es la tarea esencial de la Iglesia: rezar y educar a rezar", dijo el Papa Francisco.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA14/04/2021

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia es una gran escuela de oración. Muchos de nosotros han aprendido a silabear las primeras oraciones estando sobre las rodillas de los padres o los abuelos. Quizá custodiamos el recuerdo de la madre y del padre que nos enseñaban a recitar las oraciones antes de ir a dormir. Esos momentos de recogimiento son a menudo aquellos en los que los padres escuchan de los hijos alguna confidencia íntima y pueden dar su consejo inspirado en el Evangelio. Después, en el camino del crecimiento, se hacen otros encuentros, con otros testigos y maestros de oración (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 2686-2687). Hace bien recordarlos.

La vida de una parroquia y de toda comunidad cristiana está marcada por los tiempos de la liturgia y de la oración comunitaria. Ese don que en la infancia hemos recibido con sencillez, nos damos cuenta de que es un patrimonio grande, un patrimonio muy rico, y que la experiencia de la oración merece ser profundizada cada vez más (cfr. ibíd., 2688).

CRECEMOS EN LA FE TANTO COMO APRENDEMOS A REZAR

El hábito de la fe no es almidonado, se desarrolla con nosotros; no es rígido, crece, también a través de momentos de crisis y resurrecciones; es más, no se puede crecer sin momentos de crisis, porque la crisis te hace crecer: entrar en crisis es un modo necesario para crecer. Y la respiración de la fe es la oración: crecemos en la fe tanto como aprendemos a rezar.

Después de ciertos pasajes de la vida, nos damos cuenta de que sin la fe no hubiéramos podido lograrlo y que la oración ha sido nuestra fuerza. No solo la oración personal, sino también la de los hermanos y de las hermanas, y de la comunidad que nos ha acompañado y sostenido, de la gente que nos conoce, de la gente a la cual pedimos rezar por nosotros.

También por esto en la Iglesia florecen continuamente comunidades y grupos dedicados a la oración. Algún cristiano siente incluso la llamada a hacer de la oración la acción principal de sus jornadas. En la Iglesia hay monasterios, hay conventos, ermitas, donde viven personas consagradas a Dios y que a menudo se convierten en centros de irradiación espiritual. Son comunidades de oración que irradian espiritualidad. Son pequeños oasis en los que se comparte una oración intensa y se construye día a día la comunión fraterna. Son células vitales, no solo para el tejido eclesial sino para la sociedad misma. Pensemos, por ejemplo, en el rol que tuvo el monacato para el nacimiento y el crecimiento de la civilización europea, y también en otras culturas. Rezar y trabajar en comunidad lleva adelante el mundo. Es un motor.

REZAR Y TRABAJAR EN COMUNIDAD LLEVA ADELANTE EL MUNDO. ES UN MOTOR

Todo en la Iglesia nace en la oración, y todo crece gracias a la oración. Cuando el Enemigo, el Maligno, quiere combatir la Iglesia, lo hace primero tratando de secar sus fuentes, impidiéndole rezar. Por ejemplo, lo vemos en ciertos grupos que se ponen de acuerdo para llevar adelante reformas eclesiales, cambios en la vida de la Iglesia… Están todas las organizaciones, están los medios de comunicación que informan a todos… Pero la oración no se ve, no se reza. “Tenemos que cambiar esto, tenemos que tomar esta decisión que es un poco fuerte…”. Es interesante la propuesta, es interesante, solo con la discusión, solo con los medios de comunicación, pero ¿dónde está la oración?

La oración es la que abre la puerta al Espíritu Santo, que es quien inspira para ir adelante. Los cambios en la Iglesia sin oración no son cambios de Iglesia, son cambios de grupo. Y cuando el Enemigo —como he dicho— quiere combatir la Iglesia, lo hace en primer lugar tratando de secar sus fuentes, impidiéndole rezar, e [induciéndola a] hacer estas otras propuestas. Si cesa la oración, por un momento parece que todo pueda ir adelante como siempre —por inercia—, pero poco después la Iglesia se da cuenta de haberse convertido en un envoltorio vacío, de haber perdido el eje de apoyo, de no poseer más la fuente del calor y del amor.

LOS CAMBIOS EN LA IGLESIA SIN ORACIÓN NO SON CAMBIOS DE IGLESIA, SON CAMBIOS DE GRUPO

Las mujeres y los hombres santos no tienen una vida más fácil que los otros, es más, ellos también tienen sus problemas que afrontar y, además, a menudo son objeto de oposiciones. Pero su fuerza es la oración, que sacan siempre del “pozo” inagotable de la madre Iglesia. Con la oración alimentan la llama de su fe, como se hacía con el aceite de las lámparas. Y así van adelante caminando en la fe y en la esperanza. Los santos, que a menudo a los ojos del mundo cuentan poco, en realidad son los que lo sostienen, no con las armas del dinero y del poder, de los medios de comunicación, etc., sino con las armas de la oración.

En el Evangelio de Lucas, Jesús plantea una pregunta dramática que siempre nos hace reflexionar: «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» (Lc 18,8), ¿o encontrará solamente organizaciones, como un grupo de “empresarios de la fe”, todos bien organizados, que hacen beneficencia, muchas cosas…, o encontrará fe? «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?». Esta pregunta está al final de una parábola que muestra la necesidad de rezar con perseverancia, sin cansarse (cfr. vv. 1-8).

Por tanto, podemos concluir que la lámpara de la fe estará siempre encendida sobre la tierra mientras esté el aceite de la oración. La lámpara de la verdadera fe de la Iglesia estará siempre encendida en la tierra mientras esté el aceite de la oración. Es eso que lleva adelante la fe y lleva adelante nuestra pobre vida, débil, pecadora, pero la oración la lleva adelante con seguridad. Es una pregunta que nosotros cristianos tenemos que hacernos: ¿rezo? ¿Rezamos? ¿Cómo rezo? ¿Cómo los loros o rezo con el corazón? ¿Cómo rezo? ¿Rezo seguro de que estoy en la Iglesia y rezo con la Iglesia, o rezo un poco según mis ideas y hago que mis ideas se conviertan en oración? Esta es una oración pagana, no cristiana. Repito: podemos concluir que la lámpara de fe estará siempre encendida en la tierra mientras esté el aceite de la oración.

Y ESTA ES UNA TAREA ESENCIAL DE LA IGLESIA: REZAR Y EDUCAR A REZAR

Y esta es una tarea esencial de la Iglesia: rezar y educar a rezar. Transmitir de generación en generación la lámpara de la fe con el aceite de la oración. La lámpara de la fe que ilumina, que organiza las cosas realmente como son, pero que puede ir adelante solo con el aceite de la oración. De lo contrario se apaga.

Sin la luz de esta lámpara, no podremos ver el camino para evangelizar, es más, no podremos ver el camino para creer bien; no podremos ver los rostros de los hermanos a los que acercarse y servir; no podremos iluminar la habitación donde encontrarnos en comunidad… Sin la fe, todo se derrumba; y sin la oración, la fe se apaga. Fe y oración, juntas. No hay otro camino. Por esto la Iglesia, que es casa y escuela de comunión, es casa y escuela de fe y de oración.


Algunos recursos relacionados con la catequesis del papa Francisco sobre la oración

• El fin sobrenatural de la Iglesia Homilía de san Josemaría Escrivá.

• ¿Qué es la oración?, ¿cómo se hace?, ¿Dios escucha y responde? (de la serie Preguntas sobre la fe cristiana)

• «Dejé de rezar porque no se cumplía nada de lo que pedía» (Historia de “Regreso a Ítaca”, volver a creer a los 50)

• «Aquella primera oración de hijo de Dios» (de la serie Nuevos Mediterráneos)

• Serie Conocerle y conocerte sobre la oración.

• Meditación del prelado del Opus Dei sobre la oración (15 min.)

 

Una invitación siempre abierta

Cada santo es un proyecto de Dios para llevar el Evangelio a su propio tiempo. ¿Qué aspectos de la vida de Jesús desean encarnar los fieles del Opus Dei?

OTROS15/04/2021

Cuando aquel rey invitó a los convidados a la boda de su hijo, pensaba que escribía a amigos y personas cercanas, que estarían encantadas de dejar lo que tenían entre manos por compartir con él la alegría del momento. Pero se equivocaba. Como apunta lacónicamente el texto evangélico: «No quisieron ir» (Mt 22,3). Al monarca le pareció que debía de haber un malentendido, así que mandó a los invitados un nuevo mensaje, esta vez más claro: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda» (v.4). Sin embargo, la respuesta fue aún más dolorosa (cfr. vv.5-6). Esta parábola planteada por Jesús es similar a aquella de los viñadores, que san Mateo sitúa un poco antes en su evangelio (cfr. Mt 21,33-40). Aunque en ambas ocasiones el Señor se dirigía a las autoridades de Israel, sus palabras siguen resonando a lo largo de la historia. ¿En qué sentido nosotros también hemos sido invitados a la boda del hijo del Rey o a trabajar en una viña? ¿Qué nos quiere decir Jesús con esas palabras suyas?

Tal vez con estos relatos quiera recordarnos, sencillamente, que nuestra existencia adquiere su pleno sentido en cuanto permanecen vivas y actuales nuestra relación con Dios, nuestra realidad filial y nuestra llamada a transformar el mundo a imagen de su amor. Así, nos anima a mantener «con juventud de alma» la conciencia y la responsabilidad del don que hemos recibido[1]. Puesto que no somos mejores que las personas que escuchaban a Jesús, el riesgo de caer en el comportamiento que describen sus parábolas nos afecta también a nosotros. Y al revés: la grandeza que nos abre la posibilidad de vivir como hijos de Dios merece que renovemos nuestros deseos de mantener siempre joven nuestra respuesta de amor.

Lo que la Obra recuerda

En Gaudete et exsultate, el Papa recordó que «cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio»[2]. En ese sentido, decía san Josemaría que el mensaje del Opus Dei es «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo»[3], pues no hace sino recordar algo que está presente ya en la vida y en el mensaje del Señor. En realidad, todos los cristianos estamos llamados a reflejar a Jesucristo, haciéndolo presente en el mundo; en eso consiste la obra del Espíritu Santo en el alma y en la Iglesia (cfr. 2Co 3,18). Sin embargo, la vocación de cada uno puede llevarle a «reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor»[4]. De este modo, cada santo –y, en definitiva, cada cristiano– «es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo»[5].

¿Qué aspectos de la vida de Cristo desea encarnar la vida de los fieles del Opus Dei? ¿Cuál es el mensaje que el Paráclito quiere recordar a sus contemporáneos? El horizonte del centenario de la Obra constituye una buena ocasión para hacerse estas preguntas y para ahondar en lo que Dios quiere decir al mundo con el mensaje de la Obra, dirigido también a personas y lugares que quizá nunca han oído hablar de él.

En el intento por explicar la luz que san Josemaría recibió el 2 de octubre de 1928, alguna representación artística ha utilizado el recurso de ponerla en relación con el taller de Nazaret, lugar en el que Jesús y José trabajaban y pasaban los días. En efecto, con el mensaje de la Obra el Espíritu Santo recuerda a todos que los cristianos estamos llamados a la unión con Dios en la vida ordinaria, que a todos nos viene a buscar el Señor y que, por eso mismo, el mundo es un lugar ­–más aún, un medio– de santificación. Del mismo modo que en Belén, Egipto y Nazaret se unieron el cielo y la tierra, en los lugares donde se desarrolla nuestra existencia podemos encontrar a Dios y reconciliar con él su creación. San Josemaría escribía en una de sus cartas: «Venimos a santificar cualquier fatiga humana honesta: el trabajo ordinario, precisamente en el mundo, de manera laical y secular, en servicio de la Iglesia Santa, del Romano Pontífice y de todas las almas»[6].

Como desarrollo de aquella luz, el Señor fue mostrando a san Josemaría otros puntos que serían centrales para la vida de los fieles de la Obra. La llamada de todos a la santidad y la misión de encender el mundo en el amor de Dios tendría el trabajo como quicio, el sentido de la filiación divina como fundamento y la Misa como centro y raíz. El Opus Dei se presentaba como una partecica de la Iglesia que no deseaba sino servirla, en el mundo y a través de las realidades del mundo. «Más de una vez he comparado esa misión nuestra, siguiendo el ejemplo del Señor, a la de la levadura que, desde dentro de la masa, la fermenta hasta convertirla en pan bueno»[7]. Así, los fieles de la Obra se saben llamados por vocación divina para llevar a Dios el mundo en que viven. El camino no es otro que el de Nazaret: el trabajo bien hecho, el servicio a los demás, el cuidado de las personas que Dios nos pone cerca, la preocupación por la realidad en la que vivimos y a la que amamos. Con sencillez y naturalidad, sabiéndonos destinatarios de una llamada que abraza toda nuestra existencia.

Una llamada que mueve la vida entera

Algunos de los rasgos más propios de la vida en la Obra se entienden solamente al considerar que se trata de un fenómeno vocacional, es decir, que formar parte del Opus Dei no es fruto de una iniciativa humana, de una feliz idea o de un empeño generoso, sino, en primer lugar, de una llamada divina. De un modo u otro, y con una hondura mayor a medida que pasan los años, descubrimos «esta llamada divina, que enciende en nosotros el deseo de buscar la perfección en medio del mundo»[8]. Dejamos entonces que Jesús se enseñoree de nuestra alma. Con la gracia de Dios, nuestros deseos se van identificando paulatinamente con los suyos, hasta poder decir que vivimos solo por amor –porque nos mueve sabernos amados por Dios–, y para amar –porque somos conscientes de que él cuenta con nosotros para que su amor alcance a muchas más personas–.

La vida de cualquier fiel de la Obra supone, pues, un «encuentro vocacional pleno», de tal manera que «el Opus Dei se inserta en toda nuestra vida»[9]. En este sentido, como fenómeno vocacional es algo distinto de una asociación, que requiere una dedicación que se limita a una serie de actividades o de encuentros. Por otra parte, es también diferente a lo que sería más propio de una consagración especial, que conllevaría una serie de deberes que han de ser vividos de una manera determinada y que vienen a añadirse a los de un bautizado como obligaciones de justicia. Más bien, se trata de convertir la vida entera en un continuo descubrimiento de aquél que nos llama, y en una gozosa respuesta –siempre creativa y llena de amor– a su llamada.

Ahora bien, ¿cómo responde una persona enamorada cuando se trata de hacer feliz a quien ama? O, visto de otro modo, ¿cómo se empeña alguien en una misión que considera lo más importante de su vida? Si nada le mueve con más fuerza que poder atender a esa persona, a esa misión, pone todo de su parte con iniciativa, con espontaneidad. Así pues, no se trata de «hacer cada vez más cosas o cumplir ciertos estándares que nos hayamos impuesto como tarea»[10]; tampoco es cuestión de «colaborar en determinadas tareas o en las labores corporativas de apostolado»[11]. Lógicamente, también de ese modo se puede vivir la llamada, pero es importante no perder de vista que lo esencial «es la correspondencia al amor de Dios»[12], algo que no tiene una forma fija y que, al mismo tiempo, puede dar forma a todo lo que hacemos.

San Josemaría explicaba que el carácter omniabarcante del sentido vocacional de la vida conduce a la experiencia de la unidad de vida, que tiene que ver con el origen y con el fin de nuestras acciones: «Una unidad de vida que tiene simultáneamente dos facetas: la interior, que nos hace contemplativos; y la apostólica, a través de nuestro trabajo profesional, que es visible y externa»[13]. Se trata, entonces, de buscar al Señor en todo lo que hacemos, de ponerle «como fin de todos nuestros trabajos»[14], y de procurar acercar su amor a quienes viven cerca de nosotros, ocupándonos, preocupándonos y sirviéndoles en las distintas circunstancias en que nos encontremos. Ese mismo deseo nos llevará, en ocasiones, a embarcarnos en proyectos de todo tipo, de la mano de otros fieles de la Obra, de otros cristianos o de personas que sencillamente comparten con nosotros el deseo de transformar el mundo a imagen de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre.

Con la flexibilidad de un músculo

Es característico de los fieles del Opus Dei actuar siempre con plena libertad, «porque es propio de nuestra peculiar llamada divina santificarnos, trabajando en las tareas ordinarias de los hombres según el dictado de la propia conciencia, sintiéndonos responsables personalmente de nuestras actividades libremente decididas, dentro de la fe y de la moral de Jesucristo»[15]. Así lo entendieron desde el principio los miembros de la Obra, con iniciativas de todo tipo, desde el mundo de las finanzas hasta el mundo del hogar, desde la agricultura hasta la educación o las comunicaciones. Todas ellas tienen, de algún modo, su inspiración en el mensaje del Opus Dei, y sin embargo no pertenecen a él, ni están organizadas por él, sino por cada una de las personas que las promueven.

De hecho, el principal apostolado de la Obra es «el de amistad y confidencia, realizado personalmente por cada una y cada uno»[16]. Eso tiene algunas consecuencias que tocan muy de cerca la manera de ser propia de los fieles del Opus Dei y de su labor evangelizadora. En primer lugar, nos habla de que todos viven su entrega «con igual dedicación», pues «la vocación y la correspondiente misión abarcan toda nuestra vida»[17]. Así, todos somos igualmente relevantes, todos somos corresponsables de la común misión desde el lugar y la tarea en que nos encontremos.

Esta realidad constituye una llamada continua al corazón de cada una y de cada uno, conscientes de que «Dios nos pide que el afán apostólico llene nuestros corazones, que nos olvidemos de nosotros mismos, para ocuparnos –con gustoso sacrificio– de la humanidad entera»[18]. Esa es, por otra parte, nuestra mayor fuente de alegría, pues «nada puede producir mayor satisfacción que el llevar tantas almas a la luz y al calor de Cristo»[19]. Nos acercaremos a los demás con una actitud de amistad de quien ve en cada persona a un hijo de Dios, a una hija de Dios, aunque tal vez no todos sean conscientes de su condición; «personas a las que nadie ha enseñado a valorar su vida corriente», a las que, con nuestro ejemplo y nuestra palabra procuraremos descubrir «esa gran verdad: Jesucristo se ha preocupado de nosotros, hasta de los más pequeños, hasta de los más insignificantes»[20].

Por otra parte, que el principal apostolado sea el personal hace que sea difícil cuantificar la labor evangelizadora del Opus Dei, o su repercusión en el conjunto de la misión de la Iglesia. Se trata de una revolución silenciosa, que desea cambiar el rostro de ambientes de trabajo, de ciudades, de sociedades enteras, sin ruido ni aparato. San Josemaría se gozaba al contemplar «una labor que no llama la atención, que no es fácil traducir en estadísticas, pero que produce frutos de santidad en millares de almas, que van siguiendo a Cristo, callada y eficazmente, en medio de la tarea profesional de todos los días»[21].

Finalmente, esta característica de su apostolado propio hace que el Opus Dei sea necesariamente una desorganización organizada. Habrá, lógicamente, un mínimo de estructura, que tendrá que ver con la formación que sus fieles necesitan para mantener viva su respuesta de amor a Dios y a cada persona en medio del mundo. El acento en la espontaneidad y en la iniciativa se debe a que todos somos corresponsables o, como recuerda el prelado del Opus Dei en su última carta, «todos tenemos la Obra en nuestras manos»[22]. En realidad, todas estas características, que son propias de la Obra tal como Dios la entregó a san Josemaría, constituyen para nosotros al mismo tiempo un don que hemos de agradecer, un tesoro en el que siempre podemos ahondar para gozarnos en él y llenarnos de agradecimiento, y una tarea de cuya realidad somos, por una llamada divina, responsables.

Lucas Buch


[1] Cfr. Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 28-X-2020, n. 2.

[2] Francisco, ex. ap. Gaudete et exsultate, n. 19.

[3] San Josemaría, Carta 3, n. 91.

[4] Francisco, Gaudete et exsultate, n. 20.

[5] Ibíd., n. 21.

[6] San Josemaría, Carta 3, n. 2a.

[7] San Josemaría, Carta 1, n. 5b.

[8] San Josemaría, Carta 3, n. 8b.

[9] San Josemaría, Carta 31, n. 11. Citado en Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 28-X-2020, n. 8.

[10] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 28-X-2020, n. 6.

[11] Ibíd., n. 8.

[12] Ibíd., n. 7.

[13] San Josemaría, Carta 3, n. 14a.

[14] Ibíd., n. 15a.

[15] Ibíd., n. 43d.

[16] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 28-X-2020, n. 5.

[17] Ibíd., n. 8.

[18] San Josemaría, Carta 1, n. 22a.

[19] Ibíd., n. 22c

[20] Ibíd., n. 22c.

[21] San Josemaría, Conversaciones, n. 71.

[22] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 28-X-2020, n. 27; cfr. san Josemaría, Conversaciones, n. 19.

 

Educar en el pudor (1): los años de la niñez

El sentido del pudor despierta en el hombre a medida que va descubriendo su propia intimidad. El respeto que tiene que tener cada persona por si misma se aprende, principalmente, en la familia. Algunas sugerencias en este editorial.

FAMILIA12/06/2013

¿Qué es el pudor? A primera vista, un sentimiento de vergüenza que lleva a no manifestar a los demás algo de nuestra intimidad. Para muchos, se trata simplemente de una defensa más o menos espontánea contra la indecencia, y no faltan quienes lo confunden con la mojigatería.

Sin embargo, esta concepción resulta limitada. Es fácil apreciar esto cuando consideramos que, donde no hay personalidad ni intimidad, el pudor resulta superfluo. Los animales carecen de él.

Además, no se extiende solo a las cosas malas o indecentes; hay también un pudor de las cosas buenas, una vergüenza natural a manifestar, por ejemplo, los dones que se han recibido.

El pudor, considerado como sentimiento, posee un valor inestimable, porque supone darse cuenta de que se posee una intimidad y no una mera existencia pública; pero, además, hay una auténtica virtud del pudor que hunde sus raíces en ese sentimiento, y que permite al hombre elegir cuándo y cómo manifestar el proprio ser a las personas que pueden acogerlo y comprenderlo como merece.

El valor de la propia intimidad

El pudor posee un profundo valor antropológico: defiende la intimidad del hombre o de la mujer –su parte más valiosa– para poder revelarla en la medida adecuada, en el momento conveniente, del modo correcto, en el contexto propicio.

De lo contrario, la persona queda expuesta a maltratamientos o, por lo menos, a no ser tomada con la consideración debida. Incluso por parte de uno mismo, el pudor es necesario para alcanzar y conservar la propia autoestima, aspecto esencial del amor al propio yo.

Se puede decir que «con el pudor el ser humano manifiesta casi “instintivamente” la necesidad de la afirmación y de la aceptación de este “yo” según su justo valor»[1]La falta de pudor manifiesta que la propia intimidad se considera poco original o relevante, de modo que nada de lo que contiene merece ser reservado para unas personas y no para otras.

Foto: Jenn Dufrey.

 

La belleza del pudor

El término “pudor” –tanto si lo entendemos como sentimiento o como virtud– puede utilizarse en diversos ámbitos. En su sentido más estricto se refiere a la salvaguardia del cuerpo; en un sentido más amplio, abarca otros aspectos de la intimidad –por ejemplo, el del manifestar las propias emociones–; en uno y otro caso, el pudor custodia, en último término, el misterio de la persona y de su amor[2].

Como principio general, puede decirse que el pudor se dirige a que los demás reconozcan en nosotros lo que tenemos de más personal. En lo que se refiere al cuerpo, esto supone reclamar la atención sobre aquello que puede comunicar lo exclusivo y propio de cada persona (el rostro, las manos, la mirada, los gestos…). En esta línea, el vestido está al servicio de esa capacidad de comunicación, y debe expresar la imagen que se tiene de uno mismo y el respeto que se ofrece a los demás. La elegancia y el buen gusto, la limpieza y el arreglo personal aparecen así como las primeras manifestaciones de pudor, que pide (y ofrece) respeto a los que nos rodean. Por la misma razón, la poca virtud en este campo lleva con facilidad a la zafiedad y al descuido en el aseo. En diferentes ocasiones, el prelado del Opus Dei ha exhortado a «vivir y defender el pudor, contribuyendo a crear y difundir una moda que respete la dignidad, protestando ante imposiciones que no respeten los valores de una auténtica belleza»[3].

Algo semejante sucede con el aspecto más espiritual: esta virtud pone orden en nuestro interior, en conformidad con la dignidad de las personas y con los lazos que existen entre ellas[4]. Tener consideración por la intimidad, propia y ajena, permite darse a conocer en la justa medida en los diversos contextos de donación o de respeto en que nos movemos. De este modo, se humanizan las relaciones personales porque cada una adquiere unos matices distintos; esto no solo hace más atractiva la propia personalidad, sino que, a medida que se van compartiendo esferas de intimidad, permite el gozo de la verdadera amistad.

En la educación en el pudor, por tanto, es imprescindible advertir el sentido eminentemente positivo de esta virtud. «El pudor, elemento fundamental de la personalidad, se puede considerar –en el plano educativo– como la conciencia vigilante en defensa de la dignidad del hombre y del amor auténtico»[5]Cuando se explica el sentido profundo del pudor –salvaguardar la propia intimidad, para poderla ofrecer a quien de verdad pueda apreciarla–, es más fácil aceptar e interiorizar sus consecuencias prácticas. La meta, entonces, no se pone tanto en que los jóvenes vivan unos determinados criterios de conducta en este terreno, sino en que lo aprecien y asuman como algo que está en la raíz de la estructura del ser personal.

Ejemplo de los padres y ambiente familiar

Foto: Xosé Castro.

 

Como sabemos bien, el buen ejemplo es siempre un elemento esencial en la labor educativa. Si los padres –y otras personas mayores que pueden vivir en el hogar, como los abuelos– saben tratarse con modestia, los hijos comprenden que esas manifestaciones de delicadeza y pudor expresan la dignidad de los diversos componentes de la familia. Por ejemplo, los padres pueden y deben mostrar el cariño que se tienen frente a los hijos, pero sabiendo reservar ciertas efusiones para los momentos de intimidad. En este sentido, san Josemaría recordaba el ambiente del hogar que habían creado sus padres: Y tampoco se hacían simplezas: algún beso. Tened pudor delante de los hijos[6]. No se trata de envolver el amor en una máscara de frialdad, sino de mostrar a los hijos la necesidad de la elegancia en el trato, que es ajena a la afectación.

No acaban aquí, sin embargo, las manifestaciones de un sano pudor. La confianza que se da en una familia es compatible con saber estar en casa de un modo coherente con la propia dignidad. Una relajación en las posturas o en el vestir, como usar mucho la bata o cambiarse de ropa delante de los hijos, acaba rebajando el tono humano de un hogar e invita a la dejadez. Especial atención debe tenerse en las temporadas calurosas, pues el clima, las telas más ligeras, y quizás el hecho de estar de vacaciones, abren la puerta al descuido. Ciertamente, cada momento y lugar requiere vestir de un modo adecuado, pero siempre se puede mantener el decoro. Puede que este modo de proceder, a veces, contraste con el clima general, pero por eso es menester que sea tal vuestra formación, que llevéis, con naturalidad, vuestro propio ambiente, para dar “vuestro tono” a la sociedad con la que conviváis[7].

Si el pudor se relaciona, sobre todo, con la manifestación de la intimidad, es lógico que su educación deba abarcar el campo de los pensamientos, sentimientos o intenciones. Por eso, el ejemplo en el hogar se debe extender al modo en que se trata la intimidad propia y la de los demás. Por ejemplo, es poco educativo que las conversaciones familiares traten de confidencias ajenas, o alimenten cotilleos. Junto a las posibles faltas de justicia que puede suponer comportarse así, este tipo de comentarios lleva a que los hijos se consideren con derecho a entrometerse en la intimidad de otros.

De modo análogo, también resulta importante velar por lo que entra en casa a través de los medios de comunicación. En el tema que nos ocupa, el obstáculo principal no es solo lo indecente: esto, como es claro, debe evitarse siempre. Más oscuro resulta el modo en que algunos programas televisivos o revistas hacen comercio y espectáculo de la vida de las personas. En ocasiones, de un modo invasivo, que atenta contra la ética de la profesión periodística; otras veces, son los mismos protagonistas quienes obran inmoralmente y se dedican a satisfacer curiosidades frívolas o incluso morbosas. Unos padres cristianos han de poner los medios para que este “mercadeo de la intimidad” no entre en el hogar. Y explicar los motivos de ese proceder: el respeto y el derecho a la legítima decisión de ser uno mismo, a no exhibirse, a conservar en justa y pudorosa reserva sus alegrías, sus penas y dolores de familia[8]. La excusa que suele ponerse a ese tipo de programas, el derecho a la información o el consentimiento de quienes en ellos participan, tiene sus límites: los que derivan de la dignidad de la persona. Nunca es moral dañarla injustamente, aunque sea el propio interesado quien lo haga.

 

Desde pequeños

El sentido del pudor despierta en el hombre a medida que va descubriendo su propia intimidad. Los niños pequeños, por el contrario, con frecuencia se dejan dominar por la sensación del momento; por ello, en un ambiente de confianza o de juego, no es difícil que descuiden el pudor, quizá incluso sin una particular advertencia. Por eso, durante la primera infancia, la labor educativa ha de centrarse en consolidar hábitos que más adelante facilitarán el desarrollo de esta virtud. Conviene, por ejemplo, que aprendan enseguida a lavarse y a vestirse por sí mismos. Y, antes de haber conseguido este objetivo, se ha de procurar que en esos momentos el niño no esté a la vista de sus hermanos. También, en cuanto sea posible, han de ejercitarse en cerrar la puerta de su habitación si se cambian de ropa, y a poner el pestillo cuando van al cuarto de aseo.

Foto: Riley Alexandra.

 

Son cosas de sentido común, que quizá hemos olvidado en una sociedad de costumbres un tanto naturalistas, y que tienen como fin ir formando en el pequeño hábitos racionalmente asumidos, que el día de mañana facilitarán las auténticas virtudes. Por eso, si en alguna ocasión el pequeño se presenta o corretea por la casa olvidándose del pudor, no hay que dramatizar, pero tampoco reír la gracia –eso se deja para cuando esté ausente–. Conviene, en cambio, corregir con cariño, y aclarar que no se ha comportado bien. En cuestiones de educación, todo tiene importancia, aunque haya cosas que en sí mismas parezcan intrascendentes o que a esas edades no significan nada.

A la vez, los niños deben ir aprendiendo a respetar la intimidad de los demás; nacen egocéntricos, y solo poco a poco van “descubriendo” que los demás no viven para ellos, y merecen ser tratados como a ellos les gustaría. Este avance gradual se puede concretar en múltiples detalles: enseñarles a llamar a la puerta –y, lógicamente, a esperar la respuesta– antes de entrar en una habitación; o explicarles que deben salir de una habitación cuando se les invita a hacerlo, porque los mayores quieren hablar a solas. También habrá que contener su afán de explorar –propio de estas edades tempranas– armarios y otras cosas personales de los habitantes del hogar. Así se van acostumbrando a valorar la esfera privada de los demás y, a la vez, a descubrir la propia. Y se sientan las bases para que, cuando crezcan, sean capaces no solo de respetar a las personas por lo que son –hijos de Dios–, sino también de poseer ellos mismo ese buen pudor que reserva las cosas profundas del alma a la intimidad entre el hombre y su Padre Dios, entre el niño que ha de intentar ser todo cristiano y la Madre que lo aprieta siempre en sus brazos[9].

J. De la Vega (2012)

[1] Cfr. Beato Juan Pablo II, Audiencia General, 19-XII-1979.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2522.

[3] Mons. Javier Echevarría, Encuentro público de catequesis en Las Palmas de Gran Canaria, 7-II-2004.

[4] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2521.

[5] Congregación para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano, n. 90.

[6] Predicación oral de san Josemaría, recogida por Salvador Bernal en “Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer”, ed. Rialp, Madrid, p. 19.

[7] Camino, n. 376.

[8] Es Cristo que pasa, n. 69.

[9] San Josemaría, Artículo La Virgen del Pilar en “El libro de Aragón”, CAMP, Zaragoza 1976. Publicado también en www.sanjosemaria.info.

 

VUELVE LA FAMILIA A LA PRIMERA PLANA (Año “Familia Amoris Laetitia”, 19 de marzo 2021-26 de junio 2022)

 

En el Angelus de la pasada fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José[1], Francisco anunció este evento fuera de programa, el Año “Familia Amoris Laetitia” (19 de marzo 2021-26 de junio 2022). Se solapará unos meses con el Año de san José (acabará el 8 de diciembre del 2021). Una coincidencia providencial, porque “a ti Dios confió a su Hijo, en ti María depositó su confianza, contigo Cristo se forjó como hombre”[2]. El motivo para celebrar este Año de la Familia es el 5º aniversario de la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia[3] sobre la belleza y la alegría del amor familiar, promulgada el 19 de marzo de 2016, fiesta de san José. Por eso, Francisco inauguró el Año “Familia Amoris Laetitia” en la pasada Solemnidad del custodio de la Sagrada Familia. “En este aniversario he invitado a vivir un año de relectura del documento y de reflexión sobre el tema, hasta la celebración de la X Jornada Mundial de las Familias[4] que, si Dios quiere, tendrá lugar en Roma el 26 de junio de 2022”[5], señalaba el santo Padre.

 

Al 5º aniversario de Amoris Laetitia se suma la situación provocada por el virus Covid-19. Los padecimientos que han afectado a todo el mundo han orientado la mirada a la familia. Qué diferente resulta sobrellevar los sinsabores de la vida, agravados por un año largo de epidemia, con la compañía de la familia que sin ella. “En este tiempo de pandemia, en medio de tantas dificultades tanto psicológicas como económicas y sanitarias, todo esto ha resultado evidente: los lazos familiares han estado y siguen estando muy probados, pero al mismo tiempo continúan siendo el punto de referencia más firme, el apoyo más fuerte, la salvaguarda insustituible para la estabilidad de toda la comunidad humana y social”, subrayaba el Papa (ref. nota n. 4).

 

Vuelve la Familia a la primera plana. Francisco nos invita a redescubrir la belleza y la alegría del amor familiar a la luz del Evangelio, a imitar a la familia de Jesús, la Sagrada Familia de Nazaret, “la familia-modelo, en la que todas las familias del mundo pueden hallar su sólido punto de referencia y una firme inspiración” (ref. nota 1) con las aportaciones de Amoris Laetitia. Nos ofrece 15 meses; hemos consumido el primero. ¿Nos hemos enterado? ¿Hemos hecho algo? La coincidencia del arranque del Año “Familia Amoris Laetitia” con el final de la Cuaresma y la Semana Santa nos lo ha podido ocultar. Ojalá que esta charla sirva para sintonizarnos y nos convierta en protagonistas y promotores de este Año especial. “¡Apoyemos, pues, a la familia! Defendámosla de todo lo que comprometa su belleza. Acerquémonos a este misterio de amor con asombro, discreción y ternura. Y comprometámonos a salvaguardar sus vínculos preciosos y delicados: hijos, padres, abuelos... Necesitamos estos vínculos para vivir y vivir bien, para hacer la humanidad más fraterna” (ref. nota n. 4).

 

Los objetivos del Año “Familia Amoris Laetitia”

 

Los encontramos en el mensaje del Papa dirigido a los participantes del congreso “nuestro amor cotidiano” para la apertura del año "Familia Amoris Laetitia": “Anunciar el Evangelio acompañando a las personas y poniéndonos al servicio de su felicidad: así podemos ayudar a las familias a caminar de una manera que responda a su vocación y misión, conscientes de la belleza de los vínculos y de su fundamento en el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo” (ref. nota n. 4). Francisco marca dos objetivos nucleares: “la franqueza del anuncio del Evangelio y la ternura del acompañamiento” a las familias por parte de la Iglesia y cada cristiano. El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida del Vaticano ha plasmado estos 2 objetivos marco en 5 objetivos para la acción pastoral: Difundir el contenido de la exhortación apostólica Amoris laetitia; anunciar que el sacramento del matrimonio es un don; hacer a las familias protagonistas de la pastoral familiar; concienciar a los jóvenes de la importancia de la formación en la verdad del amor; ampliar la mirada y la acción de la pastoral familiar[6].

 

 

¿Hablamos de la belleza del matrimonio y de la familia? ¿Conocemos lo que Dios dice en las Escrituras y reveló al querer nacer en una familia? “Es hermoso pensar en el hecho de que el Hijo de Dios ha querido tener, como todos los niños, la necesidad del calor de una familia”, nos recuerda el Papa (ref. nota n. 1). ¿Valoramos la bendición divina al matrimonio con la gracia de un sacramento? ¿Consideramos su alto significado: “signo e imagen del amor trinitario y de la alianza entre Cristo y la Iglesia” (ref. nota n.4)? ¿Reafirmamos la llamada al matrimonio como proyecto de Dios, camino de santidad? “Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra (…) ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia (…) ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús”[7]. En la Palabra de Dios, el matrimonio y la familia encuentran luz y fuerza para ir adelante superando los fracasos, las caídas y los cambios. “Es una Palabra exigente, que quiere liberar las relaciones humanas de la esclavitud que a menudo desfigura su rostro y las hace inestables: la dictadura de las emociones, la exaltación de lo provisional que desalienta los compromisos de por vida, el predominio del individualismo, el miedo al futuro”[8].

 

El anuncio debe ir acompañado de “cercanía, comprensión y ternura, tres palabras que indican el estilo de Dios”[9]. Este acento pastoral en caminar junto a las familias es imprescindible en el panorama actual, que el Papa compara a un hospital de campaña. Son muchas las familias “probadas por las dificultades de la vida y por las heridas del malentendido y la división” (ref. nota n. 7). Todas, pero especialmente estas, deben ser cuidadas por la Iglesia; pero esta acción se queda coja sin la colaboración generosa de las familias cristianas. “Estamos llamados –dice el Papa- a acompañar, a escuchar, a bendecir el camino de las familias; no sólo a trazar la dirección, sino a hacer el camino con ellas; a entrar en las casas con discreción y amor, para decir a los cónyuges: la Iglesia está con vosotros, el Señor está cerca de vosotros, queremos ayudaros a conservar el don que habéis recibido (ref. nota n. 6).

 

Estos dos aspectos nucleares de la pastoral familiar (la franqueza del anuncio del Evangelio y la ternura del acompañamiento) son componentes básicos de Amoris Laetitia, rica en consejos prácticos para la vida cotidiana de cualquier familia. Pasados 5 años, el Papa nos invita a releerla, reflexionar sobre ella y aplicarla en el día a día, para renovar el amor familiar y movernos a atender humana y espiritualmente a otras familias.

 

Lo primero, asegurar el subsidio de la oración por el Año “Familia Amoris Laetitia”

 

Acudamos a la Sagrada Familia, a san José, esposo y padre solícito, a santa María, madre de Jesús, para que intercedan ante la Trinidad y derrame gracias abundantes en “las familias de todo el mundo, para que se sientan cada vez más fascinadas por el ideal evangélico de la Sagrada Familia, de modo que se conviertan en levadura de nueva humanidad y de una solidaridad concreta y universal” (ref. nota n. 7). Confiarnos a Dios en la oración por las familias y sobre la familia es una meta asequible, que viviremos diariamente… pero que podemos acrecentar y sacar brillo, para que sea más ambiciosa y valiente, y cuaje diariamente en obras de amor servicial. Esta contribución abarca la oración de petición y la oración mental.

 

La oración mental, estar en diálogo con Dios, es un momento oportuno para rezar por la familia. Aparcada “las prisas”, recuperada la serenidad, esos minutos con Jesús nos ayudarán a confiarle los sucesos, buenos y malos, y las omisiones de la jornada familiar de ayer, de hoy, de mañana…; las necesidades de unos y otros; las preocupaciones y desencuentros con ellos, buscando soluciones; las cuestiones pendientes exigidas por el amor verdadero aunque acometerlas nos sea costoso… y los avatares de las familias que la Providencia haya puesto a nuestro lado. Incluye hacer oración con textos sobre el amor familiar. A la oración sincera le seguirá la conversión, el empeño nuevo en los asuntos conocidos y la mejora en otros nuevos. Desbordará en realidades y consecuencias prácticas. Lo hará el Espíritu Santo. Despertará nuestra conciencia y abrirá nuestro corazón para amar más y mejor, con obras. Nos devolverá la esperanza y recuperaremos la alegría si la habíamos perdido. Nos hará agentes de misericordia… sembradores de paz, de perdón, de unión.

 

La oración de petición es consecuencia de nuestra indigencia y ser hijos de Dios. “No hay que tener vergüenza de rezar y de decir: "Señor, necesito esto", "Señor, estoy en esta dificultad", "¡Ayúdame!". Es el grito del corazón hacia Dios que es Padre. Y tenemos que aprender a hacerlo también en los tiempos felices; dar gracias a Dios por cada cosa que se nos da, y no dar nada por descontado o debido: todo es gracia”[10]. Recuerdo dos oraciones con tradición y probada eficacia para edificar la familia en pequeña y sólida “Iglesia doméstica y célula vital para transformar el mundo”[11]: la Misa dominical y el rezo del Rosario. Ambas son oportunidad para vivir la fe en familia, fortalecerla en los que la integran y darla a otras familias, arrastradas por nuestro ejemplo. Los miembros de la familia se unen, entre sí y con Dios, con más fuerza mediante la oración en común. “Familia que reza unida, se mantiene unida; una familia que ora, es una familia que se salva”[12] y sirve de instrumento de evangelización. Será un regalo de Jesús, que se hace presente en medio de ellos (ref. Mateo 18, 19-20). Sin olvidar rezar a lo largo del día, ayuda fijar un instante al menos, alguna oración por la Familia. Puede servir la que concluye Amoris Laetitia[13] o una oración a san José[14], protector de las familias.

 

El 1º recurso para meditar, aplicar y difundir

 

Lógicamente es la exhortación Amoris Laetitia. Es un documento extenso, “por eso no recomiendo una lectura general apresurada”, apuntaba el Papa[15]. Para sacar más “provecho”, animaba a profundizar “pacientemente parte por parte”. A la lectura seguirá la reflexión en la oración y en el estudio personal, en familia, con otros… dar tiempo a asentar las ideas y ponerlas en práctica. Sugería “buscar en ella lo que puedan necesitar en cada circunstancia concreta”. Abramos el punto de mira, aunque empecemos por la propia familia pensemos qué necesitan las que están a nuestro lado, para ser buen samaritano, complicándonos la vida a veces, ayudando a los demás. “Espero que cada uno, a través de la lectura, se sienta llamado a cuidar con amor la vida de las familias, porque ellas «no son un problema, son principalmente una oportunidad»” (ref. nota 15). Amoris Laetitia es un prontuario valioso sobre el matrimonio y la familia en el que hallamos bálsamos para fortalecer y cuidar las heridas de la familia actual.

 

Recomiendo empezar repasando los dos capítulos centrales, dedicados al amor[16], en especial el 4º: “El amor en el matrimonio”; es esencial para “cogerle el aire” al documento. El Papa advierte que para que el Evangelio del matrimonio y la familia llegue a todos, se manifieste en toda su belleza y atraiga, es necesario “especialmente hablar de amor. Porque no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar. En efecto, la gracia del sacramento del matrimonio está destinada ante todo «a perfeccionar el amor de los cónyuges»”[17]. Y para hablar del amor verdadero, enraizado en Cristo, se sirve del Himno de la caridad de san Pablo (1 Corintios 13). Después de la lectura de los comentarios de Francisco no queda lugar para la duda: todos tenemos margen de mejora… “al amor hay que mandarlo a la escuela”[18].

 

El Proyecto “10 Videos Amoris Laetitia[19] del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida del Vaticano nos puede ayudar a desmenuzar la exhortación. Durante 10 meses difundirá un breve vídeo en que el Papa explicará los capítulos de Amoris Laetitia, junto con familias que darán testimonio de algunos aspectos de su vida cotidiana. El primero salió el 23 de marzo. Cada video va acompañado de un subsidio, que está subdividido en 4 partes, cada una de las cuales puede ser utilizada para profundizar.

 

Otros recursos

 

El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida del Vaticano ha habilitado una web: www.amorislaetitia.va con diversos recursos: los 10 Videos, 12 propuestas y sugerencias para una pastoral familiar, noticias…

 

En https://opusdei.org/es/article/familia-amoris-laetitia/ encontramos 10 recursos valiosos para vivir este Año: la catequesis sobre la Familia que el Papa desarrolló desde diciembre de 2014 a noviembre de 2015, 100 consejos del Papa a las familias, 30 consejos de san Josemaría a las familias…

 

A modo de conclusión: tres consejos del Papa al anunciar el Año “Familia Amoris Laetitia”

 

Son recomendaciones que Francisco ha repetido muchas veces, sencillas pero eficaces para hacer crecer el amor en la familia. Las volvió a proponer al anunciar el Año “Familia Amoris Laetitia” (Angelus 27.12.20).

 

1.“A imitación de la Sagrada Familia, estamos llamados a redescubrir el valor educativo del núcleo familiar, que debe fundamentarse en el amor que siempre regenera las relaciones abriendo horizontes de esperanza. En la familia se podrá experimentar una comunión sincera cuando sea una casa de oración, cuando los afectos sean serios, profundos, puros, cuando el perdón prevalezca sobre las discordias, cuando la dureza cotidiana del vivir sea suavizada por la ternura mutua y por la serena adhesión a la voluntad de Dios”.

 

2.“En cada familia hay problemas, y a veces también se discute. <Padre, me he peleado…>; somos humanos, somos débiles, y todos tenemos a veces este hecho de que peleamos en la familia. Os diré una cosa: si nos peleamos en familia, que no termine el día sin hacer las paces. <Sí, he discutido>, pero antes de que termine el día, haz las paces. Y sabes ¿por qué? Porque la guerra fría del día siguiente es muy peligrosa. No ayuda”.

 

3.“En la familia hay tres palabras, tres palabras que hay que custodiar siempre: <Permiso>, <gracias>, <perdón>. <Permiso>, para no entrometerse en la vida de los demás. Permiso: ¿puedo hacer algo? ¿Te parece bien que haga esto? Permiso. Siempre, no ser entrometidos. Permiso, la primera palabra. <Gracias>: tantas ayudas, tantos servicios que nos hacemos en la familia: dar siempre las gracias. La gratitud es la sangre del alma noble. "Gracias”. Y luego, la más difícil de decir: <Perdón>. Porque siempre hacemos cosas malas y muchas veces alguien se siente ofendido por esto: perdóname, perdóname”.

 

Con Amoris Laetitia Francisco nos invitó a ser “pinceles” de Dios para realizar “un pastoreo misericordioso”[20] de aquellos que Él ha confiado a nuestro amor. Pasados 5 años ha renovado la invitación, como tarea urgente y determinante. Nadie está exento, “porque ninguna familia es una realidad celestial y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar”[21]. Acojamos a Jesús como lo hicieron María y José y pongámoslo en el centro; así el amor familiar crecerá con él y será un don realmente valioso para mejorar el mundo, empezando por los que son más pró

 


[1] Francisco, Angelus (27.12.20). https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2020/documents/papa-francesco_angelus_20201227.html

[2] Francisco, carta apostólica Patris Corde (8.12.20), con motivo del Año de san José (8.12.2020-8.12.21).

[3] Descargar en: https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html

[4] En 1992 san Juan Pablo II fundó estos encuentros proclamando: «En la familia se fragua el futuro de la Humanidad». Se celebran cada tres años en distintos lugares del mundo.

[5] Francisco, Mensaje a los participantes en el congreso "nuestro amor cotidiano" para la apertura del año "Familia Amoris Laetitia" (19.03.21). https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/pont-messages/2021/documents/papa-francesco_20210319_messaggio-corso-istituto-gp2.html

[6] Descargar en: http://www.laityfamilylife.va/content/laityfamilylife/es/amoris-laetitia/il-progetto.html#obiettivi

[7] Francisco, exhortación apostólica Gaudete et exultate sobre la llamada a la santidad en el mundo actual (19.03.2018) n. 14.

[8] Francisco, Mensaje a los participantes en el congreso "nuestro amor cotidiano" para la apertura del año "Familia Amoris Laetitia".

[9] Francisco, Angelus (14.02.2021).

[10] Francisco, catequesis sobre la oración en la Audiencia de los miércoles (9.12.2020).

[11] Francisco, Amoris Laetitia n. 324.

[12] San Juan Pablo II, Discurso a las familias (24.03.1984).

[13] “Jesús, María y José en vosotros contemplamos el esplendor del verdadero amor, a vosotros, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas Iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret, que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división; que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret, haz tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José, escuchad, acoged nuestra súplica. Amén”.

[14] “Glorioso San José, protector, modelo y guía de las familias cristianas: Te ruego protejas a la mía.

Haz reinar en ella el espíritu de fe y de religión, la fidelidad a los mandamientos de Dios y de la Iglesia, la paz y la unión de los hijos, el desprendimiento de los bienes temporales y el amor a los asuntos del cielo.

Dígnate velar sobre todos nuestros intereses. Ruega al Señor que bendiga nuestra casa.

Otorga la paz a la familia, acierto a los hijos en la elección de estado.

Concede a todos los miembros de nuestra familia y de todas las familias de la tierra, la gracia de vivir y morir en el amor de Jesús y de María. Amén”.

[15] Francisco, Amoris Laetitia n. 7.

[16] Capítulo 4º: El amor en el matrimonio (n. 89-164: 76 puntos) y el 5º: Amor que se vuelve fecundo (n. 165-198: 34 puntos).

[17] Francisco, Amoris Laetitia n. 89.

[18] Título de una obra de teatro de Jacinto Benavente, nobel de literatura, estrenada en 1950.

[19] Descargar en: http://www.laityfamilylife.va/content/laityfamilylife/es/amoris-laetitia/iniziative-e-risorse/10-video-amoris-laetitia.html

[20] Francisco, Amoris Laetitia n. 322.

[21] Francisco, Amoris Laetitia n. 325.

 

El ejemplo de San José, custodiar y servir

 

La misión de José

 

Recordamos el inicio oficial de la tarea del papa Francisco (19-III-2013), que cumplirá el día de la Solemnidad de San José 8 años desde su comienzo. Tomando pie de la vida de San José, y viviendo su ministerio en el contexto de algo que corresponde a todos: “custodiar” y “servir”.

 

El ministerio del papa se sitúa al servicio de la vida cristiana. La vida cristiana está al servicio de todos y del mundo creado. Y toda persona encuentra también ahí, en el cuidado y en el servicio, el sentido de su vida: custodiar los dones de Dios, cosa que sólo puede hacerse con amor.

 

La misión de San José y la nuestra

La misión de San José (cf. Mt 1, 24) le ha servido de arranque, después de referirse a la onomástica de Benedicto XVI: «Le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud». San José fue custodio: “Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: ‘Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, y su paternidad también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo’ (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).

 

San José

 

Continuaba el papa Francisco preguntándose: “¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio. (…) Sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. (…) Responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud”.

Aquí se puede ver cómo San José de Nazareth pone en práctica un verdadero discernimiento de la voluntad de Dios, en el sentido que el Concilio Vaticano II habla de los «signos de los tiempos». Es decir, los signos de la actuación del Espíritu Santo que se perciben cuando se miran con fe y con realismo los acontecimientos, como punto de partida para poder valorar la situación de que se trate, y tomar la decisión de actuar en consecuencia, tanto desde el punto de vista personal como de la Iglesia, cf. Gaudium et spes, 4, 11 y 44.

,Al mismo tiempo, El papa observa que, en San José “vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo«. Y por eso nos invita: «Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.

Todo ello es una escuela para los cristianos, especialmente para los educadores y formadores.

Homilía del Santo Padre Francisco, Plaza de San Pedro, Martes 19 de marzo de 2013
Solemnidad de San José

Custodiar, tarea de todos, empezando por uno mismo

Pero custodiar, advirtió el papa Francisco, es vocación de todos: todos debemos custodiar la belleza de las realidades creadas; aquí, la evocación a San Francisco de Asís, cuidar a las personas que nos rodean, “especialmente a los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón”.

Todos hemos de cuidar a los familiares, a los cónyuges, a los padres y a los hijos, a las amistades. “Sed custodios de los dones de Dios”, nos aconseja; porque en efecto, todo es don. Si fallamos en esto, dice, avanza la destrucción y el corazón se seca.

Si custodiar es responsabilidad de todos, y así lo comprenden y practican las personas de buena voluntad, lo es particularmente de “los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social”. Hay que cuidar la naturaleza creada por Dios, el medio ambiente. Pero hay que comenzar por nosotros mismos: “Para ‘custodiar”, también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida.

Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura”; no es virtud de débiles sino de fuertes, como San José.

En efecto. De ahí la importancia de examinar la propia conciencia junto con una buena formación. Y si un sentimentalismo no integrado con la reflexión y la formación cristiana puede producir estragos, también los produciría una educación racionalista o voluntarista que no integrase los sentimientos y sus adecuadas, y necesarias, manifestaciones. Así lo expone Dietrich von Hildebrand, en su obra “El corazón: un análisis de la afectividad humana y divina” (Madrid 2009).

Cuando el papa Francisco pronuncio la homilía de la Misa de Inicio de pontificado invitó a todos a ser «custodios de la Creación» como San José fue custodio de la Sagrada Familia.

 

El sentido del ministerio del papa

A continuación, el papa explico en qué consiste el poder que comporta el ministerio petrino:

“Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, así se titula uno de sus libros, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz”. Así es el poder del amor. También lo aprendemos de San José.

Y así debe ser ejercido el ministerio del papa: “Debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46).

Y concluyó con otra lección: “Sólo el que sirve con amor sabe custodiar”.

 

Llevar el calor de la esperanza

En la última parte apela a la esperanza, en la que Abraham se apoyó (cf. Rm 4, 18). “También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor, es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza.»

Para nosotros los cristianos, «como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios”.

Este es su modo de explicar aquél título del papa que viene al menos de San Gregorio Magno: “Siervo de los siervos de Dios”.

Don Ramiro Pellitero Iglesias

 

Novios y esposos

Ángel Cabrero Ugarte

 El papa Francisco frente a una pareja de novios.

Es curioso hasta qué punto las terminologías de moda pueden llegar a modificar las relaciones entre las personas y hasta qué punto pueden llegar a confundir, a confundirnos. Antes sabíamos que una chica y un chico eran novios. El hecho de serlo incluía ya cierta formalidad, una cierta permanencia en la relación, de manera que podría surgir cierta rectificación si te decían “no, solo somos amigos”, y entendíamos que iban en camino de, pero sin seguridad. Mientras que si iba ya más en serio se hablaba incluso de “prometidos”.

Esposos en castellano es palabra que no necesita matización. En la antigüedad, por ejemplo entre los israelitas, existían los esponsales, de manera que había una situación intermedia entre marido y mujer y los simples novios. Esto no se da en nuestra cultura y por lo tanto podemos decir indistintamente marido y mujer o esposos, con la ventaja de que este último término incluye a ambas partes.

Pero ahora se ha introducido un tercer término: pareja. Es un concepto equívoco, quizá intencionadamente equívoco, para que no se sepa demasiado cual es la relación exacta entre esa mujer y ese hombre. No se habla de “somos pareja”, así como se habla de novios o esposos. Se dice “es mi pareja”. Y se consigue que nadie sepa nada.

En general lo más probable cuando alguien dice de otro “es mi pareja” es que vivan juntos, aunque nunca lo sabremos a ciencia cierta, salvo que se lo preguntemos, lo cual puede ser una intromisión inaceptable. A ti que te importa. El problema que tenemos es que hay personas casadas que hablan de “mi pareja”, en lugar de mi esposo o mi marido. Y también tenemos el problema de que lo que entendíamos por novios hoy nos dirán lo mismo, “es mi pareja”.

Me parece que, por si alguno no se ha enterado, sería bueno describir debidamente lo que es el noviazgo. Lo explica bien Fabio Rosini: “¿Cuál es uno de los carismas del noviazgo? Al tomar las cosas como son realmente, la respuesta que resulta sorprende a algunos: la verdad. El noviazgo es el tiempo de la verdad: ¡fuera todo! Si algo no te gusta ¡dilo! Si pretendes una cosa, ¡comunícala! El otro te dirá “¡Eres más tonta que tonta!”. Y os dejáis. ¡Optimo! Para esto es el noviazgo, para dejarse, si os debéis dejar. Lo digo mil veces: un buen noviazgo no es el que termina con el matrimonio, sino con la verdad. Si os tenéis que casar, adelante; si no os tenéis que casar, ¡es mejor descubrirlo cuanto antes!” (p. 91).

Suficiente y nítido. Interesa que llegue así a muchas personas. Lo que pasa es que abundan las relaciones que no tienen nada que ver con eso. Simplemente conviven o tienen una relación afectuosa que pasa, casi siempre, por la relación sexual. Es la situación típica de inmadurez de nuestra juventud, o más que juventud. Solo juegan. No tienen ningún interés por la verdad. Lógicamente lo más normal es que no haya hijos. Y quizá, con el tiempo, los lleve al matrimonio. Los menos.  Piensan que llegarán a la verdad por la práctica.

Por lo tanto, sería de gran interés volver a los conceptos de siempre, para que sepamos que estos dos mozos tan simpáticos son novios. O para que sepamos, desde el primer momento, que son esposos. Y, si se quiere introducir otro término, que quede claro que la pareja es manifestación de inmadurez, que no hay compromiso, solo jugar, y que ni siquiera somos novios, pues no buscamos la verdad.

 

Francisco y Dante

Escrito por Mario Arroyo.

La voz de Dante no solo resulta importante para redescubrir la inspiración espiritual y religiosa en el mundo artístico, también constituye una “crítica profética”.

El apa acaba de publicar una interesante Carta Apostólica titulada Candor Lucis Aeternae, con motivo de los setecientos años de la muerte del gran poeta Dante Alighieri. Vale la pena echarle una mirada, pues va en la línea de lo que Dostoievski afirmó: “La belleza salvará el mundo”. En el caso de Dante se trata además de una belleza que se alimenta de la fe y conduce a ella; en efecto, plasmó admirablemente la epopeya cristiana en su obra cumbre: La Divina Comedia.

La obra de Dante nos recuerda “cuanto sea falso que la conformidad de la mente y el corazón a Dios corte las alas del ingenio, mientras que en realidad lo motiva y lo eleva”. La vocación de Dante constituye un llamado a la redención del arte, que muchas veces no sólo se ha alejado de la inspiración cristiana, sino que se ha regodeado en la transgresión, en lo pervertido, en lo blasfemo. Es una llamada tanto a la “purificación” del arte –es decir, a replantear el divorcio entre arte y moral-, cuanto a los artistas cristianos, para que vuelvan a beber su inspiración en las fuentes de la revelación católica.

La voz de Dante no solo resulta importante para redescubrir la inspiración espiritual y religiosa en el mundo artístico, también constituye una “crítica profética” tan actual ahora como hace siete siglos, pues “su voz se levantó impetuosa y severa contra más de un Pontífice Romano, y que reprendió con acritud instituciones eclesiásticas y personas que fueron ministros y representantes de la Iglesia”. No dudó en colocar a más de un papa en el infierno, aunque en algún caso claramente se equivocó, condenando a San Celestino V, que después sería canonizado. Se trata de un fiel laico con una fe vibrante, que sufre por la situación de la Iglesia, con el que muchos podrían identificarse en la actualidad.

La Divina Comedia es clásica precisamente porque resulta muy actual. También ahora necesitamos salir de la “Selva Oscura de lo superfluo” para, a través de muchas pruebas, elevar nuestro espíritu a la contemplación de la eternidad. Tiene, en ese sentido, cierto carácter parenético, exhortativo, que invita a una conversión, a un cambio de vida para bien. Escribe Dante en una carta: “Hemos de afirmar brevemente que la finalidad del todo y de la parte es la misma; apartar a los mortales, mientras viven aquí abajo, del estado de miseria y llevarlos al estado de felicidad”. Nos muestra así, cómo el arte puede elevar a la persona a dar lo mejor de sí, y no simplemente exponer sus fondos más bajos, como frecuentemente se encuentra tentado el arte contemporáneo. Lo clásico siempre puede servir de referencia válida para la actualidad.

Dante le hace un inmenso favor a la teología, pues presenta bella y sencillamente, sus sutiles disquisiciones al público en general. Es particularmente hermosa su descripción de la Trinidad, y especialmente esperanzadora al mostrar cómo tiene un Rostro humano (por Jesucristo). El Dios que nos ofrece Dante tiene rostro humano y, apostilla Benedicto XVI, “un corazón humano”. El poeta florentino hace asequible al vulgo las sutilezas de la teología y la filosofía a través del arte, mostrando como la belleza puede encaminar a la verdad, siendo muchas veces su escala necesaria.

Dante también es contemporáneo, y resaltado por Francisco, debido al papel estelar que otorga a tres mujeres en su Divina Comedia: La Virgen María, su amor platónico Beatriz y Santa Lucía. Las tres interceden por Dante para que pueda realizar su arduo camino desde las profundidades del infierno a las alturas del cielo, y están constantemente presentes en la obra, recordando que el hombre no se salva solo, y que el amor es el motor más potente para caminar y seguir adelante.

Se pregunta Francisco, “¿qué puede comunicarnos a nosotros, en nuestro tiempo? ¿Tiene algo que decirnos, que ofrecernos? Su mensaje… ¿todavía nos puede interpelar” Y se responde él mismo: “también hoy quiere mostrarnos cuál es el itinerario hacia la felicidad, el camino recto para vivir plenamente nuestra humanidad, dejando atrás las selvas oscuras donde perdemos la orientación y la dignidad”. Es decir, como buen clásico cristiano, su obra nos interpela personalmente el día de hoy; vale la pena entonces desempolvarla y releerla, para presentarla de modo accesible a las jóvenes generaciones.

 

 

La Parodia Nacional (segundo acto)

“Dos de los  capítulos más chuscos y burlescos de este gobierno: el caos cósmico que ha organizado con las vacunas  la recién estrenada Ministra de Sanidad Carolina Darias, logrando  superar el desbarajuste de las mascarillas su antecesor Illa  y la campaña electoral de Madrid…”

Decía al final del primer acto de la Parodia Nacional que el segundo prometía,  creo que el tercero aún prometerá mucho más, dado el ritmo disparatado con el que vienen sucediendo los acontecimientos que protagonizan el presidente Sánchez y el divertidísimo coro ministerial de esta tragicomedia nacional.

Marlaska y Ábalos

El segundo acto se inicia con una sentencia judicial que deja al pie de los caballos al Ministro Marlaska en relación con la destitución del Coronel de la Guardia Civil Pérez de los Cobos como Jefe de la Comandancia de Madrid: “ No podemos concluir más que el motivo de la decisión discrecional de cese era ilegal, en tanto que el cese estuvo motivado por cumplir con lo que la ley y el expreso mandato judicial ordenaban”, así reza taxativamente, uno de los fundamentos con los que el Juzgado Central Contencioso Administrativo núm. 8 de la Audiencia Nacional, declara como ilegal y reprobable la actuación no solo del Ministro del Interior sino también de la propia Directora General de la Guardia Civil.

¿Dimisiones o ceses?, solo la derecha parece ser merecedora de tan severo juicio y condena. Marlaska, sin embargo, convertido en uno de los actores sobresalientes del coro, esconde tras su blanquecina máscara, la metamorfosis que la vanidad y el servilismo del poder, ha provocado, en quien  en su día fue un juez imparcial, valiente y respetado. Pero que no se preocupe el Sr. Ministro, no está solo en esto de “ mantenella y no enmedalla” como Pedro Muñoz Seca inmortalizó en su famosa obra La Venganza de Don Mendo.  Otro miembro del coro, su compañero Ábalos le sigue en la representación teatral, eso sí con un gesto tan huraño y  tan malhumorado, que no es capaz de ocultarlo ni bajo la mascarilla.

 Fue en el mes de febrero y en pleno confinamiento nacional, cuando el Ministro Ábalos provocó un escándalo mayúsculo en los foros políticos y mediáticos a raíz del trasiego de maletas y  del séquito de la Vicepresidente de Venezuela Delcy Rodríguez por el aeropuerto de Barajas. Todo un espectáculo circense relacionado con el mandatario internacional más enemigo e insultador de España, como es el bolivariano Maduro. Lo relevante es que desde hace ya más de un año, ni el contenido de las maletas ni el motivo de la escala ha sido aun aclarado…

No contento con esto y para rematar el sainete, el Gobierno “rescata” a la aerolínea Plus Ultra en el pasado mes de Marzo con préstamos por valor de 53 millones de euros. Esta compañía aérea que cuenta  con una sola aeronave, está dedicada a conectar España con Venezuela, Perú y Ecuador y ¡oh casualidad! el 47% de su accionariado parece estar en manos de empresarios venezolanos chavistas. Naturalmente el Ministro de Transportes Ábalos,  silba mientras le preguntan por su participación, pero luego aparece una Agencia de su Ministerio  que informó favorablemente para que la operación llegara a buen fin, o sea que mintió una vez más.

Ya tenemos  a dos coristas, Marlaska y Ábalos, que en este segundo acto de la Parodia Nacional, tienen en vilo a los espectadores que desde sus televisores, periódicos, radios y redes sociales consumen con avidez y asombro el tsunami de noticias, que produce el gobierno más cómico y a la vez dramático de la historia de España.

Los Almirantes y Castells

Pero la función continúa. En el entreacto, Los Almirantes Churruca, Gravina y Cervera, fallecidos heroicamente en la batalla de Trafalgar y en la guerra de Cuba frente a los ingleses y estadounidenses, son inquisitorialmente agraviados por el Alcalde de Palma y su coalición “progresista” , al adoptar el acuerdo municipal de eliminar sus nombres de las calles del municipio por “fascistas” o “franquistas”. El griterío y los pitos de los espectadores de la Parodia en todos los rincones de España fue tan estruendoso, que el gobierno socialcomunista del Ayuntamiento de Palma, decidió suspender tamaña patada a la historia y al glorioso nombre de tan insignes marinos de nuestra querida Armada.

Otro corista ministerial, esta vez el Ministro de Universidades Manuel Castells, ha dejado caer dos frases que pasarán a los anales del parlamentarismo español : “si el gobierno colapsara, España se desintegraría” y la de que “el escritor Leopoldo Alias Clarín fue fusilado en la Guerra Civil”. Claro que, al igual que sucedió con los Almirantes, no le advirtieron- se ve que son de escasa lectura y conocimiento el Ministro y sus asesores – que Alias Clarín murió de tuberculosis intestinal en 1901 y que en realidad el destinatario de su soflama republicana era el hijo y no su padre.

Por otra parte, son precisamente los comunistas que como él y los independentistas socios del gobierno los que están empeñados en desintegrar España, hecho éste perfectamente demostrable con solo acudir a los Diarios de Sesiones del Congreso o a los medios de comunicación de estos últimos meses. 

Las vacunas y Madrid

Terminado el entreacto de la Parodia, se reanuda la función con  dos de los  capítulos más chuscos y burlescos de este gobierno: el caos cósmico que ha organizado con las vacunas  la recién estrenada Ministra de Sanidad Carolina Darias, logrando  superar el desbarajuste de las mascarillas su antecesor Illa  y la campaña electoral de Madrid que, además de haber provocado la salida del desaliñado Iglesias del Gobierno, ha animado al Presidente Sánchez a desplazarse nada menos que a la República africana de Angola, para insultar desde allí a la candidata Isabel Ayuso y entrar de lleno en la madre de todas las batallas: de Madrid a la Moncloa.

Con estos últimos ingredientes, el tercer y último acto de nuestra Parodia Nacional no nos dejará indiferentes…seguro. 

Jorge Hernández Mollar

 

Si quieres cambiar el mundo, empieza por hacerte la cama

Escrito por Anna Sarnataro

Para cambiar el mundo hay que comenzar por las cosas pequeñas, las que nos parecen triviales y superfluas, pero sobre todo hay que comenzar por nosotros mismos

No es el consejo de un padre harto del caos de su hijo, ni la recomendación de un maníaco del orden… ¡es el primer consejo que un ex soldado del cuerpo militar de élite de la Marina de los EEUU, los míticos SEALS da a los jóvenes universitarios!

Pero observemos que hay detrás: ¿Qué tienen en común un ex soldado, un grupo de universitarios y 10 consejos para cambiar el mundo?

El protagonista de esta historia es William H. McRaven, ex soldado SEAL, un Almirante con cuatro estrellas de la Marina de los EE.UU. y actualmente rector de quince universidades en Texas.

En su discurso a los recién graduados de la Universidad de Texas en 2014, hizo un repaso de su carrera y su vida, dando consejos prácticos para "cambiar el mundo", el primero de los cuales fue… "¡hazte la cama!"

El Almirante supo reflejar en un breve discurso las "lecciones" que aprendió durante su formación militar, a lo largo de su carrera y de su vida, y decidió compartirlas con las "generaciones futuras".

El discurso, que ha tenido millones de visualizaciones en YouTube, se ha convertido después en el libro Hazte la cama – Y otros pequeños hábitos que cambiarán tu vida y el mundo, un best seller mundial ya traducido a 24 idiomas.

Aprende a hacerte la cama cada mañana: para cambiar
el mundo debes empezar por ti mismo

Odio hacerme la cama, y siempre he pensado que la vida militar no era para mí. Compré el libro movida sólo por la curiosidad: ¿Por qué hacerme la cama todas las mañanas me debería ayudar a cambiar el mundo?

Al Almirante no le interesa el nivel de orden que hay en mi habitación. Ya desde las primeras páginas del primer capítulo se puede apreciar el sentido que quiere dar a este pequeño gesto: para cambiar el mundo hay que comenzar por las cosas pequeñas, las que nos parecen triviales y superfluas, pero sobre todo hay que comenzar por nosotros mismos.

Un libro muy concreto y adecuado para todos, desde los más jóvenes, porque en las palabras y anécdotas de la vida de McRaven podemos descubrir consejos concretos para abordar el futuro, hasta los más mayores, quienes pueden encontrar en su historia pistas para la reflexión sobre el presente. Todos, a través de su lectura, podemos aprender a mirar nuestro vivir de forma crítica y con optimismo.

Es una lectura introspectiva, que te ayuda a entenderte a ti mismo y a los demás. Cualquier persona, al final del libro, se reconocerá en las experiencias de la vida y en las palabras del Almirante, aunque esté totalmente alejada de la vida militar y a años luz de las estrictas reglas que se aplican durante el entrenamiento militar de los SEALS.

Quien más y quien menos, todos sentimos la necesidad de escuchar un consejo en momentos de incerteza o inseguridad, y acudimos a la persona que consideramos más sabia y fiable que nuestro propio juicio. Otras veces, lo damos el consejo. Bien venga, entonces, el conjunto de sabios consejos del Almirante de los SEALS.

De hecho, este libro es simplemente una mano tendida para ayudarnos. La mano de quien ha vivido sus experiencias y quiere compartirlas. Es el libro de alguien que ha entendido que podemos marcar la diferencia cada día, a partir de lo que inconscientemente etiquetamos como "banal".

"Si quieres cambiar el mundo, empieza por hacerte la cama. Si quieres cambiar el mundo, debes saber que no puedes hacerlo solo y que tendrás que juzgar a las personas por el tamaño de sus corazones. Si realmente quieres cambiar este mundo, da lo mejor de ti en los momentos más oscuros. La vida no siempre será justa, pero si quieres cambiar el mundo, valora los fracasos, acepta los desafíos, atrévete, enfréntate a los prepotentes. Si quieres cambiar el mundo, demuestra que estás a la altura, infunde esperanza a la gente, pero sobre todo, si quieres cambiar el mundo, no te rindas nunca".

Anna Sarnataro

 

Solo el que trata con amor es atendido con lealtad

Escrito por Valeria Sabater

La lealtad es una práctica de la que muchos hablan y que todos dicen practicar. Sin embargo,  cuando llega el momento de la verdad todas estas palabras se desvanecen en el viento como el rocío de la mañana, porque la lealtad está basada en el respeto y el respeto no es más que el fruto del amor, del cariño más sincero.

Este término es algo más que un simple valor personal, es una forma de plenitud interior que deberíamos saber practicar. Porque la lealtad es el mecanismo más auténtico de conectar con alguien, a la vez que con nosotros mismos. Es vital que seamos leales a nuestros instintos e intuiciones, a nuestros valores así como a las personas que nutren y dan forma a nuestro corazón.

Solo el que trata con amor puede ser atendido con lealtad. Por ello, la lealtad, puede aceptar y tolerar errores, pero nunca las traiciones.

“Fidelitas” hunde sus raíces en el latín para darnos un significado marcadamente espiritual: “estar unido a un dios y ser fiel a esa entidad”. Ahora bien, en estos días en que nuestras sociedades avanzan tan deprisa y las necesidades y los vacíos son tantos, es una buena idea practicar por encima de todo esa fidelidad con la que “conexionar” de nuevo con nosotros mismos. Con esa “deidad” particular, con ese “yo” que a veces descuidamos.

Un corazón que es capaz de tratarse a sí mismo y a los demás con respeto y con cariño, tiene la oportunidad de propiciar contextos y dinámicas mucho más armónicas y, por supuesto, construir lazos más leales. Más felices.

El respeto, la lealtad y la valentía

Sabemos que en muchas ocasiones “la fórmula” no funciona. Quien trata con respeto no siempre recibe respeto. Ofrecer amor no siempre equivale a poder recibirlo. Sin embargo, el que no siempre acontezca esta suma de factores no significa que debamos dejar de practicarla.

En primer lugar, lo que sí es necesario practicar cada día es la lealtad hacia nosotros mismos. Pongamos varios ejemplos para comprenderlo un poco mejor: pensemos en esa persona que sigue con su pareja a pesar de serle infiel. Pensemos también en ese profesional que se ve obligado a realizar determinadas prácticas que van en contra de sus valores, solo porque sus superiores así se lo dictan.

Tengamos en cuenta, por ejemplo, a esos hijos que inician determinados estudios para cumplir las expectativas familiares. Queda claro que en ninguno de estos casos se está practicando la lealtad hacia uno mismo, al respeto por un sistema de valores tanto sociales como  personales.

Quien no es íntegro con la voz de su corazón y se deja llevar por lealtades ajenas, lo único que siente y propicia es dolor

La lealtad exige por tanto una gran dosis de valentía personal. Porque el coraje de ser nosotros mismos, lo queramos o no, nos va a suponer tener que librar más de una batalla a lo largo de nuestros senderos vitales, y esto, es algo que debemos tener claro desde el principio.

No obstante, solo quien es capaz de conectar consigo mismo para practicar siempre la autenticidad de mente y corazón, podrá dar lo mejor de sí a los demás. Ese amor sincero, auténtico y respetuoso a la vez, propiciará también el poder ser tratado con lealtad en la gran mayoría de veces.

Tratar con amor, un cambio de perspectivas

Wayne Dyer, fue uno de los psicólogos y escritores de libros de autoayuda más conocidos de las últimas décadas. Su enfoque transpersonal ensalzaba por encima de todo la clásica necesidad dar la vuelta a un pensamiento para poder así crear una nueva realidad.

Hagamos eso mismo ahora. Es posible que muchos de nosotros tengamos aún interiorizada la idea de que tratar con amor a todos y cada uno de los que nos rodean es algo inútil y hasta frustrante. Porque a veces, quien invierte en amor solo obtiene decepciones, nunca lealtades.

Te invitamos pues a seguir la propuesta de Dyer, a cambiar algunas perspectivas, algunos pensamientos, para de este modo, mejorar un poco nuestra tu realidad.

El primer aspecto que debemos tener en cuenta es sin duda la integridad personal. Nuestras palabras dicen siempre aquello que deseamos ser, pero es necesario que sean nuestras acciones quienes demuestren lo que somos de verdad. Si crees en el respeto ofrécelo, si defiendes la lealtad, devuélvesela a quien te la ofrece cada día.

  • Actúa con cariño, cree en la humildad y demuestra siempre reciprocidad. Si lo que recibes no es lo que esperabas, al menos habrás sido leal a ti mismo. 
  • La lealtad habla siempre un lenguaje tranquilo. Perdona errores, sé cómplice, confía hasta que te demuestren lo contrario, y sé capaz de mostrar un corazón sosegado y respetuoso aunque el horizonte anuncie tempestades. Te permitirá tener siempre una gran paz interior.
  • Recuerda, por encima de todo, que amor es sinónimo de lealtad. Es un pacto implícito que estableces con tu pareja, con tu familia y con tus hijos. Así pues, si quieres a alguien no traiciones y si no amas, no crees falsas ilusiones ni aún menos exijas lealtad.

“No confíes en quién habla mal de los demás. Si no es leal con sus amigos, contigo tampoco lo será”

-Eduardo Aliguieri-

Por todo esto, la lealtad es muy importante en todo tipo de relaciones. Ten en cuenta las recomendaciones anteriores para tener unas relaciones mucho más saludables.

Valeria Sabater

 

Para redescubrir la familia

Difícilmente se podría encontrar un pórtico más adecuado para el inicio del Año de la Familia que la fiesta de san José. En este día en que la liturgia hace memoria del modelo de paternidad y cuidado de la vida encomendado a José, el Papa Francisco ha querido que la Iglesia ponga su atención en el quicio de cualquier sociedad, la familia. En una cultura en la que se hacen difíciles los compromisos duraderos y en la que prima el individualismo, la familia debe ser la primera escuela de relaciones y el ámbito en el que cada uno experimenta que es amado gratuitamente.

Promover la dimensión social del matrimonio y su capacidad educativa, y cultivar el diálogo entre generaciones, son algunos de los objetivos de este Año que comienza el pasado 19 de marzo.

Jesús Martínez Madrid

 

Las familias son las grandes protagonistas

Como hemos podido comprobar una vez más en este tiempo de crisis provocado por la pandemia, la familia tiene un protagonismo singular e insustituible en la ayuda y el cuidado de cada uno de sus miembros, en particular de los jóvenes y de los mayores. Por eso la Iglesia quiere acompañar a las familias en cada una de sus alegrías, de sus esperanzas, de sus heridas y debilidades. Sabiendo, además, que las familias son las grandes protagonistas del nuevo testimonio de la fe que nuestra sociedad espera y necesita.

En consonancia con la Exhortación “Amoris Laetitia”, de la que se ha cumplido el V aniversario, la Iglesia pretende presentar con nuevo vigor la belleza del matrimonio y de la familia, en un momento en el que, por un lado, hay un gran deseo de familia, pero también mucho reparo al matrimonio por parte los jóvenes. Promover su dimensión social y su capacidad educativa, y cultivar el diálogo entre generaciones, son algunos de los objetivos de este Año que comenzaba el pasado 19 de marzo.

Enric Barrull Casals

 

 

La vida es un don recibido

Más allá de los mencionados razonamientos médicos, humanitarios, etc., en favor de una esmerada atención a la vida en su fase final, como ya se ha dicho, ha brillado por su ausencia lo más nuclear de la realidad en cuestión: se escamoteó que la vida es un don recibido del que no somos dueños absolutos. Comprendo que en una sociedad post-cristiana como la actual, a muchos -aún suponiendo que crean en Dios-, ni se les pasa por la cabeza que Él haya de estar presente en sus conductas diarias y en nuevas leyes que se estudien. Pero, siendo tan central esta que atañe a la realidad de la vida y de nuestra muerte, vale la pena recordar la intervención que un tal Pablo de Tarso tuvo en el areópago de Atenas. Ante una multitud de oyentes que tampoco eran cristianos, como tantos del siglo XXI, pero sí tenían como los ciudadanos de hoy una cabeza pensante, Pablo les habló con palabras dirigidas a interrogarse y estimular su inteligencia. Tomó ocasión de la estatua erigida por ellos mismos Al Dios desconocido, para animarles a descubrir ese Dios que, y cito textualmente sus palabras, no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en él vivimos, nos movemos y existimos (Hechos.. 17, 28): ¡nada menos!   Por eso, para defender la ley de eutanasia se tendría que haber podido afirmar con rotundidad: yo soy dueño absoluto de mi vida porque a nadie se la debo. ¿Alguien se atrevería a suscribirlo? ¿No protestarían, al menos, nuestros padres? Ojalá las palabras de san Pablo sonaran hoy en algunos foros -ya se llamen Congreso, Senado, televisión, prensa...-, y llegasen a la cabeza y al corazón de todos.

Juan García. 

 

¿Quién es la mano que mece la cuna?

La actualidad política española, desde hace unos días, no es que sea convulsa ni volátil, sino que las noticias se producen a tal ritmo frenético que, en unas horas, puede cambiar el panorama.

La mayoría está expresando su indignación por la poca altura de nuestros políticos, anteponiendo los intereses de partido o personales sobre los de interés general, por no llamarlos de “servicio”, porque queda muy lejos para algunos.  Las redes sociales arden.

En plena crisis sanitaria, laboral y económica, hace falta estabilidad y cumplir los acuerdos. Lo ve evidente cualquiera, y todo está saltando por los aires.

Desde luego, hay algunos que son más responsables que otros de estas tormentas políticas. El principal muñidor-artífice-responsable es Pedro Sánchez, en estos momentos presidente del Gobierno. Él es “la mano que mece la cuna”, recogiendo el titulo de una película de 1992 de suspense y venganza.

Suso do Madrid

 

 

“No hay efecto sin causa”

 

                                Yo creo en “La Creación”, porque es “lo que veo y siento”, y que considero es, la inteligencia. Y si yo (o cualquier otro) tengo la inteligencia que tenga, es por cuanto “de ella la recibí” y la sigo recibiendo; luego “soy efecto y no causa”. Por tanto; ¿responsable de qué y por qué? ¿Qué voy a desaparecer tras mi muerte? Creo firmemente que no. ¿Por qué? Trataré de decirlo, razonándolo. “La Creación no destruye, transforma constantemente”. Reflexión que me surge en la cama el dos de abril del 2021 a las “2,55 h.”, puesto que ya en mi insomnio crónico, duermo poco y “la causa que sea y que desconozco”, me obliga a pensar cada vez más, en “la nada” que soy o somos individualmente todos. Veamos.

 

¿QUE ES EL TIEMPO... EXISTE EL TIEMPO? El tiempo nosotros aquí en La Tierra, lo contamos o medimos, sobre la base de las vueltas que ésta da sobre sí misma y alrededor del Sol.

            Si éste preciso instante lo fijásemos aquí en La Tierra, pero al mismo tiempo lo situamos en el Sol, la Luna, Marte... o en la Estrella Polar ("cuyas esferas marcan igualmente su tiempo")... ¿qué sería el tiempo?... ¿de dónde partiría y como contaría?... ¿Existe entonces el tiempo y por tanto la edad?

            Si por otra parte "nada desaparece en el Universo", la materia simplemente se transforma y cambia ininterrumpidamente a múltiples formas y por tanto "siempre será la misma" y el tiempo se fija (o lo fijamos nosotros) sobre la base de esa materia aparentemente fija en el espacio y digo aparentemente fija, por cuanto todos los cuerpos están en continuo movimiento en el espacio.

            Por tanto si la materia (base del tiempo) no desaparece y siempre está presente... ¿no ocurrirá igual con el tiempo... que será constante y permanente pero con diferentes apariencias?

            Deducido todo ello, la eternidad aparece segura... la duda es si también nosotros seremos eternos... desde luego "la materia de que estamos compuestos, sí que lo será" y entonces... ¿por qué no el resto de lo que componga nuestro yo "invisible"?  (          Antonio García Fuentes (20 Abril 1.996)

 

Marco Aurelio en "sus pensamientos" (Libro: "Los Estoicos": Editorial N. Acrópolis Madrid). DICE ASI:

        "Aunque vivieses tres o treinta mil años, no olvides jamás que nadie pierde más vida que la que tiene, ni goza de otra vida distinta de la que pierde. Así pues, la vida más larga y la más corta vienen a ser lo mismo. El presente es de igual duración para todos y lo que se pierde es también igual y, en definitiva sin importancia. En cambio, no podríamos perder ni el pasado ni lo venidero, porque ¿acaso se le puede arrebatar a uno lo que no tiene? Acuérdate de estas dos verdades: la una, que todo exteriormente es de idéntico aspecto, que pasa por los mismos ciclos y que es indiferente ver el mismo espectáculo durante un siglo o dos que por toda la eternidad; la otra, que el que muere muy joven pierde igual que otro que ha vivido muchos años. Ambos pierden sólo el instante presente, que es el único que poseen, puesto que no podrían perder lo que no tienen.

            Por mi parte, creo cada vez más en la teoría de “La reencarnación”; la que traté hace ya mucho tiempo y en un amplio trabajo, que está insertado en mi página Web, en “Trabajos Literarios”, bajo el título de, “Discurso a la sabiduría”; y el que gratuitamente, está a disposición del que quiera leerlo.

            “Lo que tenga que ser será, como lo está siendo siempre”… finalmente pienso que,  “La Creación no sería tal, si no diera continuidad a la vida que ha creado, la evolución de las especies, ya nos lo dice; aunque indudablemente es un misterio. Pero es que, “todo lo relativo a ello es un misterio, y en ello continuamos”; lo que es absurdo es no tener esperanzas, que las hay y además, no nos cuestan nada.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes