Las Noticias de hoy 25 Noviembre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 25 de noviembre de 2019     

Indice:

ROME REPORTS

Misa del Papa en Nagasaki: “Cristo está vivo y actúa en medio nuestro”

Nagasaki: Francisco pide una respuesta “colectiva y concertada” a la amenaza de las armas nucleares

Papa Francisco: “La verdadera paz solo puede ser una paz desarmada”

EXCLUSIVA: Arzobispo Takami, de Nagasaki: “La fe de los mártires muestra la importancia de la fe moderna de Japón”

Nagasaki: Gratitud al Papa por su “fuerte mensaje” de abolición de las armas nucleares y de paz

Francisco: Alzar la voz por la “libertad religiosa” y contra la manipulación de las religiones

Obispos japoneses: La importancia de la trascendencia asiática para Occidente

LA VIUDA POBRE: Francisco Fernandez Carbajal

“Te adoro, te amo, auméntame la fe”: San Josemaria

Prelatura del Opus Dei: todas las claves

Educar el corazón: J.M. Martín J. Verdiá

NOTA DOCTRINAL: +JOSEPH CARD. RATZINGER

Los católicos y la vida política

Los obispos se preparan para un gobierno de socialistas, comunistas e independentistas

¿Redescubriendo a Dios?: Ernesto Juliá Díaz

La Confesión y los pedidos de Fátima: Acción Familia

Tránsito inevitable: Blanca Sevilla

Sobre el Cristianismo: Josefa  Romo

Universidades al servicio del “procés”: Pedro García

Los derechos y la dignidad de las personas moribundas: Jaume Catalán Díaz

La deuda pública y la inutilidad política: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

ROME REPORTS

 

 

 

Misa del Papa en Nagasaki: “Cristo está vivo y actúa en medio nuestro” 

Homilía del Pontífice

noviembre 24, 2019 07:15Rosa Die AlcoleaViajes pontificios

(ZENIT – 24 nov. 2019).- “Nuestra fe es en el Dios de los Vivientes. Cristo está vivo y actúa en medio nuestro, conduciéndonos a todos hacia la plenitud de vida”, así ha exhortado el Papa Francisco a más 35.000 personas que han asistido a la Misa en Nagasaki, Japón.

“Él está vivo y nos quiere vivos, es nuestra esperanza”, ha asegurado el Pontífice, en el marco de la visita a Japón, cuyo lema es Proteger toda vida. “Lo imploramos cada día: venga a nosotros tu Reino, Señor”.

A las 13:20 hora local (5:20 horas en Roma), el Papa ha dejado el Arzobispado de Nagasaki, donde ha almorzado. Tras saludar a 16 personas empleadas por la Curia, se ha dirigido en coche al Estadio de Baseball de la misma ciudad para celebrar la Santa Misa. Aquí, se ha montado en el papamóvil y ha pasado entre los fieles para saludarlos antes de presidir la Eucaristía, que ha comenzado a las 14 (6 hora de Roma).

H1-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

En este último domingo del año litúrgico, solemnidad de Cristo Rey, Francisco ha hecho una reflexión en torno a la figura del buen ladrón: “Unimos nuestras voces a la del malhechor que, crucificado junto con Jesús, lo reconoció y lo proclamó rey”.

El Papa ha recordado a los japoneses en Nagasaki: “Estas tierras experimentaron, como pocas, la capacidad destructora a la que puede llegar el ser humano”. Por eso, como el buen ladrón, ha dicho, “queremos vivir ese instante donde poder levantar nuestras voces y profesar nuestra fe en la defensa y el servicio del Señor, el Inocente sufriente”.

“Queremos acompañar su suplicio, sostener su soledad y abandono, y escuchar, una vez más, que la salvación es la palabra que el Padre nos quiere ofrecer a todos: ‘Hoy estarás conmigo en el Paraíso'”.

Asimismo, el Santo Padre no ha dejado de mencionar a san Pablo Miki y sus compañeros mártires: “Sobre sus huellas queremos caminar, sobre sus pasos queremos andar para profesar con valentía que el amor dado, entregado y celebrado por Cristo en la cruz, es capaz de vencer sobre todo tipo de odio, egoísmo, burla o evasión”.

A continuación sigue la homilía:

***

Homilía del Papa Francisco

«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42).

En este último domingo del año litúrgico unimos nuestras voces a la del malhechor que, crucificado junto con Jesús, lo reconoció y lo proclamó rey. Allí, en el momento menos triunfal y glorioso, bajo los gritos de burlas y humillación, el bandido fue capaz de alzar la voz y realizar su profesión de fe. Son las últimas palabras que Jesús escucha y, a su vez, son las últimas palabras que Él dirige antes de entregarse a su Padre: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). El pasado tortuoso del ladrón parece, por un instante, cobrar un nuevo sentido: acompañar de cerca el suplicio del Señor; y este instante no hace más que corroborar la vida del Señor: ofrecer siempre y en todas partes la salvación. El calvario, lugar de desconcierto e injusticia, donde la impotencia y la incomprensión se encuentran acompañadas por el murmullo y cuchicheo indiferente y justificador de los burlones de turno ante la muerte del inocente, se transforma, gracias a la actitud del buen ladrón, en una palabra de esperanza para toda la humanidad. Las burlas y los gritos de ¡sálvate a ti mismo! frente al inocente sufriente no serán la última palabra; es más, despertarán la voz de aquellos que se dejen tocar el corazón y se decidan por la compasión como auténtica forma para construir la historia.

DSC9434-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Hoy aquí queremos renovar nuestra fe y nuestro compromiso; conocemos bien la historia de nuestras faltas, pecados y limitaciones, al igual que el buen ladrón, pero no queremos que eso sea lo que determine o defina nuestro presente y futuro. Sabemos que no son pocas las veces que podemos caer en la atmósfera comodona del grito fácil e indiferente del “sálvate a ti mismo”, y perder la memoria de lo que significa cargar con el sufrimiento de tantos inocentes. Estas tierras experimentaron, como pocas, la capacidad destructora a la que puede llegar el ser humano. Por eso, como el buen ladrón, queremos vivir ese instante donde poder levantar nuestras voces y profesar nuestra fe en la defensa y el servicio del Señor, el Inocente sufriente. Queremos acompañar su suplicio, sostener su soledad y abandono, y escuchar, una vez más, que la salvación es la palabra que el Padre nos quiere ofrecer a todos: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Salvación y certeza que testimoniaron valientemente con su vida san Pablo Miki y sus compañeros, así como los miles de mártires que jalonan vuestro patrimonio espiritual. Sobre sus huellas queremos caminar, sobre sus pasos queremos andar para profesar con valentía que el amor dado, entregado y celebrado por Cristo en la cruz, es capaz de vencer sobre todo tipo de odio, egoísmo, burla o evasión; es capaz de vencer sobre todo pesimismo inoperante o bienestar narcotizante, que termina por paralizar cualquier buena acción y elección. Nos lo recordaba el Concilio Vaticano II, lejos están de la verdad quienes sabiendo que nosotros no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que por ello podemos descuidar nuestros deberes terrenos, no advirtiendo que, precisamente, por esa misma fe profesada estamos obligados a realizarlos de una manera tal que den cuenta y transparenten la nobleza de la vocación con la que hemos sido llamados (cf. Const. past. Gaudium et spes, 43).

Evanegl-e1574576061936-355x533data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Nuestra fe es en el Dios de los Vivientes. Cristo está vivo y actúa en medio nuestro, conduciéndonos a todos hacia la plenitud de vida. Él está vivo y nos quiere vivos, es nuestra esperanza (cf. Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 1). Lo imploramos cada día: venga a nosotros tu Reino, Señor. Y al hacerlo queremos también que nuestra vida y nuestras acciones se vuelvan una alabanza. Si nuestra misión como discípulos misioneros es la de ser testigos y heraldos de lo que vendrá, no podemos resignarnos ante el mal y los males, sino que nos impulsa a ser levadura de su Reino dondequiera que estemos: familia, trabajo, sociedad; ser una pequeña abertura en la que el Espíritu siga soplando esperanza entre los pueblos. El Reino de los cielos es nuestra meta común, una meta que no puede ser sólo para el mañana, sino que la imploramos y la comenzamos a vivir hoy, al lado de la indiferencia que rodea y silencia tantas veces a nuestros enfermos y discapacitados, a los ancianos y abandonados, a los refugiados y trabajadores extranjeros: todos ellos sacramento vivo de Cristo, nuestro Rey (cf. Mt 25,31-46); porque «si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (S. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 49).

En el Calvario, muchas voces callaban, tantas otras se burlaban, tan sólo la del ladrón fue capaz de alzarse y defender al inocente sufriente; toda una valiente profesión de fe. Está en cada uno de nosotros la decisión de callar, burlar o profetizar. Queridos hermanos: Nagasaki lleva en su alma una herida difícil de curar, signo del sufrimiento inexplicable de tantos inocentes; víctimas atropelladas por las guerras de ayer pero que siguen sufriendo hoy en esta tercera guerra mundial a pedazos. Alcemos nuestras voces aquí en una plegaria común por todos aquellos que hoy están sufriendo en su carne este pecado que clama al cielo, y para que cada vez sean más los que, como el buen ladrón, sean capaces de no callar ni burlarse, sino con su voz profetizar un reino de verdad y justicia, de santidad y gracia, de amor y de paz1.

____________________

  • Misal Romano, Prefacio de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

 

 

Nagasaki: Francisco pide una respuesta “colectiva y concertada” a la amenaza de las armas nucleares 

Mensaje desde el epicentro de la bomba atómica

noviembre 24, 2019 04:20Rosa Die AlcoleaViajes pontificios

(ZENIT – 24 nov. 2019).- “Nuestra respuesta a la amenaza de las armas nucleares debe ser colectiva y concertada, basada en la construcción ardua pero constante de una confianza mutua que rompa la dinámica de desconfianza actualmente prevaleciente”, ha reiterado el Papa Francisco desde Nagasaki, frente al lugar donde cayó la bomba atómica en 1945, que mató a 40.000 personas.

En medio de una intensa lluvia, el Papa Francisco ha llegado este segundo día en Japón, domingo, 24 de noviembre de 2019, a Nagasaki, “testigo de las catastróficas consecuencias humanitarias y ambientales de un ataque nuclear”, según ha descrito el Santo Padre.

A las 10:15 hora local (2:15 horas en Roma), el Papa ha sido recibido en el Parque del Epicentro de la Bomba Atómica, por el gobernador y el alcalde de Nagasaki, y dos víctimas de la bomba atómica de 1945 en este mismo lugar, han ofrecido al Santo Padre unas flores, que él a su vez ha colocado al pie del monumento. Minutos después, el Papa ha encendido una vela y ha rezado unos minutos en silencio delante del epicentro de la bomba atómica, que tuvo un impacto de 500 metros por debajo del suelo.

FOTO-BOMBA-NIÑO-e1574565110563-355x533data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Simbólica foto del niño

Junto al podio donde el Papa ofreció el mensaje, se podía ver la simbólica foto del niño japonés que esperaba en la cola para el crematorio llevando en su espalda a hermano pequeño muerto a causa de la explosión en Nagasaki.

“Un mundo en paz, libre de armas nucleares, es la aspiración de millones de hombres y mujeres en todas partes”, ha subrayado Francisco, quien ha cuestionado en numerosas ocasiones este tema desde el Vaticano y viajes papales. “Convertir este ideal en realidad requiere la participación de todos: las personas, las comunidades religiosas, la sociedad civil, los Estados que poseen armas nucleares y aquellos que no las poseen, los sectores militares y privados, y las organizaciones internacionales”.

Miedo a la mutua destrucción

La paz y la estabilidad internacional “son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total”, ha anunciado; “sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana”.

El Pontífice ha calificado de “atentado continuo que clama al cielo” el hecho de en el mundo de hoy, en el que millones de niños y familias viven en condiciones infrahumanas, el dinero se gaste en la fabricación, modernización, mantenimiento y venta de armas, cada vez más destructivas.

M3-1-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Líderes a la altura

Con el convencimiento de que un mundo sin armas nucleares es “posible y necesario”, el Papa ha pedido  a los líderes políticos “que no se olviden de que las mismas no nos defienden de las amenazas a la seguridad nacional e internacional de nuestro tiempo”.

Por todo esto, ha recordado, resulta “crucial” crear herramientas “que aseguren la confianza y el desarrollo mutuo”, y “contar con líderes que estén a la altura de las circunstancias”. Tarea que –ha insistido– a su vez, “nos involucra y reclama a todos”.

El acto ha terminado con un canto final entonado por todos los presentes, mientras el Papa ha saludado a la mujer y al hijo del fotógrafo Joe O’Donnell, autor de la imagen simbólica de la explicación atómica en Nagasaki. Después el Santo Padre se ha trasladado al lugar de homenaje a san Pablo Miki, asesinado allí,  y 25 compañeros mártires, en el monte Nishizaka.

Instrumentos efectivos de paz

“Uno de los anhelos más profundos del corazón humano es el deseo de paz y estabilidad”, ha asegurado Francisco. A pesar de que no todos los presentes en el acto eran católicos –ha comentado–, ha invitado a unirse con él a la oración por la paz atribuida a San Francisco de Asís “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz”.

En este contexto, ha anunciado: “En este lugar de memoria, que nos sobrecoge y no puede dejarnos indiferentes, es aún más significativo confiar en Dios, para que nos enseñe a ser instrumentos efectivos de paz y a trabajar también para no cometer los mismos errores del pasado”.

Publicamos a continuación el mensaje sobre Armas Nucleares que el Papa ha leído en el Parque del Epicentro de la Bomba Atómica, en Nagasaki:

***

LLega-a-Nagasaki-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Discurso del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

Este lugar nos hace más conscientes del dolor y del horror que los seres humanos somos capaces de infringirnos. La cruz bombardeada y la estatua de Nuestra Señora, recientemente descubiertas en la Catedral de Nagasaki, nos recuerdan una vez más el indescriptible horror sufrido en su propia carne por las víctimas y sus familias.

Uno de los anhelos más profundos del corazón humano es el deseo de paz y estabilidad. La posesión de armas nucleares y de otras armas de destrucción masiva no son la respuesta más acertada a este deseo; es más, parecen continuamente ponerlo a prueba. Nuestro mundo vive la perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo.

La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana.

vela-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Aquí, en esta ciudad, que es testigo de las catastróficas consecuencias humanitarias y ambientales de un ataque nuclear, serán siempre pocos todos los intentos de alzar nuestra voz contra la carrera armamentista. Esta desperdicia recursos valiosos que podrían, en cambio, utilizarse en beneficio del desarrollo integral de los pueblos y para la protección del ambiente natural. En el mundo de hoy, en el que millones de niños y familias viven en condiciones infrahumanas, el dinero que se gasta y las fortunas que se ganan en la fabricación, modernización, mantenimiento y venta de armas, cada vez más destructivas, son un atentado continuo que clama al cielo.

Un mundo en paz, libre de armas nucleares, es la aspiración de millones de hombres y mujeres en todas partes. Convertir este ideal en realidad requiere la participación de todos: las personas, las comunidades religiosas, la sociedad civil, los Estados que poseen armas nucleares y aquellos que no las poseen, los sectores militares y privados, y las organizaciones internacionales. Nuestra respuesta a la amenaza de las armas nucleares debe ser colectiva y concertada, basada en la construcción ardua pero constante de una confianza mutua que rompa la dinámica de desconfianza actualmente prevaleciente. En 1963, el Papa san Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris, solicitando también la prohibición de las armas atómicas (cf. n. 112), afirmó que «una paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de las fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca» (n. 113).

M2-1-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Es necesario romper la dinámica de desconfianza que prevale actualmente, y que hace correr el riesgo de conducir al desmantelamiento de la arquitectura internacional de control de las armas. Estamos presenciando una erosión del multilateralismo, aún más grave ante el desarrollo de las nuevas tecnologías de armas; este enfoque parece bastante incongruente en el contexto actual marcado por la interconexión, y constituye una situación que reclama una urgente atención por parte de todos los líderes, así como dedicación.

La Iglesia Católica, por su parte, está irrevocablemente comprometida con la decisión de promover la paz entre los pueblos y las naciones. Es un deber al que se siente obligada ante Dios y ante todos los hombres y mujeres de esta tierra. Nunca podemos cansarnos de trabajar e insistir con celeridad en apoyo a los principales instrumentos jurídicos internacionales de desarme y no proliferación nuclear, incluido el Tratado sobre la prohibición de armas nucleares. En julio pasado, los obispos de Japón lanzaron un llamado para la abolición de las armas nucleares, y cada agosto la Iglesia nipona celebra un encuentro de oración de diez días por la paz. Que la oración, la búsqueda infatigable en la promoción de acuerdos, la insistencia en el diálogo, sean las “armas” en las que pongamos nuestra confianza y también la fuente de inspiración de los esfuerzos para construir un mundo de justicia y solidaridad que brinde garantías reales para la paz.

mensaje-Papa-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Con el convencimiento de que un mundo sin armas nucleares es posible y necesario, pido a los líderes políticos que no se olviden de que las mismas no nos defienden de las amenazas a la seguridad nacional e internacional de nuestro tiempo. Es necesario considerar el impacto catastrófico de un uso desde el punto de vista humanitario y ambiental, renunciando al fortalecimiento de un clima de miedo, desconfianza y hostilidad, impulsado por doctrinas nucleares. El estado actual de nuestro planeta reclama, por su parte, una reflexión seria sobre cómo todos esos recursos podrían ser utilizados, con referencia a la compleja y difícil implementación de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, y alcanzar así objetivos como el desarrollo humano integral. Así lo sugirió ya, en 1964, el Papa san Pablo VI, cuando propuso ayudar a los más desheredados a través de un Fondo Mundial, alimentado con una parte de los gastos militares (cf. Discurso a los periodistas, Bombay, 4 diciembre 1964; Carta enc. Populorum progressio, 26 marzo 1967, 51).

discurso-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Por todo esto, resulta crucial crear herramientas que aseguren la confianza y el desarrollo mutuo, y contar con líderes que estén a la altura de las circunstancias. Tarea que, a su vez, nos involucra y reclama a todos. Nadie puede ser indiferente ante el dolor sufriente de millones de hombres y mujeres que hoy siguen golpeando a nuestras conciencias; nadie puede ser sordo ante el grito del hermano que desde su herida llama; nadie puede ser ciego ante las ruinas de una cultura incapaz de dialogar.

Les pido unirnos en oraciones cada día por la conversión de las conciencias y por el triunfo de una cultura de la vida, de la reconciliación y de la fraternidad. Una fraternidad que sepa reconocer y garantizar las diferencias en la búsqueda de un destino común.

Sé que algunos de los aquí presentes no son católicos, pero estoy seguro de que todos podemos hacer nuestra la oración por la paz atribuida a san Francisco de Asís:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:

donde haya odio, ponga yo amor;

donde haya ofensa, ponga yo perdón;

donde haya duda, ponga yo fe;

donde haya desesperación, ponga yo esperanza;

donde haya tinieblas, ponga yo luz;

donde haya tristeza, ponga yo alegría.

 

En este lugar de memoria, que nos sobrecoge y no puede dejarnos indiferentes, es aún más significativo confiar en Dios, para que nos enseñe a ser instrumentos efectivos de paz y a trabajar también para no cometer los mismos errores del pasado.

Que ustedes y sus familias, y toda la nación, puedan experimentar las bendiciones de la prosperidad y la armonía social.

 

 

Papa Francisco: “La verdadera paz solo puede ser una paz desarmada” 

Encuentro por la Paz en Hiroshima

noviembre 24, 2019 12:11Larissa I. LópezViajes pontificios

(ZENIT – 24 nov. 2019).- El Papa Francisco indicó que “la verdadera paz solo puede ser una paz desarmada”, “fruto de la justicia, del desarrollo, de la solidaridad, del cuidado de nuestra casa común y de la promoción del bien común, aprendiendo de las enseñanzas de la historia”.

DSC0833-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

En la tarde de hoy, 24 de noviembre de 2019, aproximadamente a las 18:40, hora local (las 10:40 en Roma), el Santo Padre ha llegado al parque del Memorial de la Paz de Hiroshima para celebrar un Encuentro por la Paz.

Firma en el Libro de Honor

A este acto asistieron cerca de mil fieles, 20 líderes religiosos y 20 víctimas de la bomba atómica. El Pontífice fue recibido por el prefecto, el alcalde, el presidente de la Asamblea de la Prefectura y el presidente del Ayuntamiento de Hiroshima cerca del Memorial de la Paz.

Francisco firmó en el Libro de Honor junto a las siguientes palabras: “He venido como peregrino de paz, para llorar en solidaridad con todos los que sufrieron heridas y muerte en ese terrible día de la historia de esta tierra. Rezo para que el Dios de la vida convierta los corazones a la paz, a la reconciliación y al amor fraterno”.

Saludo a las víctimas

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Después, el Papa se dirigió a la plaza de abajo y saluda a los 20 líderes religiosos y a las víctimas presentes. Dos de las víctimas ofrecieron al Papa un regalo floral que colocó frente al Memorial. El Embajador de la Paz le regaló una vela que el Obispo de Roma encendió en la lámpara.

Después del sonido de la campana y de un momento de oración silenciosa, dos víctimas supervivientes de la bomba atómica, Yoshiko Kajimoto y Kojí Hosokawa, que no puedo acudir al acto, ofrecieron su impresionante testimonio de la tragedia, tras el cual Obispo de Roma de Roma pronunció su discurso.

Memorial de la Paz

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

El parque del Memorial de la Paz surge en el lugar en el que el 6 de agosto de 1945 explotó la bomba atómica. Realizado en el año 1954, como un proyecto del arquitecto japonés Kenzo Tange, constituye un área de 120 mil metros cuadrados.

El Memorial de la Paz es considerado emblema de este parque, comúnmente conocido como Genbaku Dome (cúpula de la bomba atómica). El edificio consta, efectivamente, de una característica cúpula que se encuentra en la orilla del río Motoyasu.

Símbolo de la esperanza

SFO2522_1-183x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Fuertemente dañada por las explosiones pero no totalmente destruida, nunca ha sido restaurada para recordar los signos dejados por el artefacto. Fue inaugurada en 1915 y en 1933 destinado a oficinas del gobierno.

Desde 1996 es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, como símbolo de la fuerza más destructiva jamás creada por el hombre, de la esperanza por la paz en el mundo y por la eliminación definitiva de las armas nucleares.

Regalo del Papa 

El Santo Padre ofreció como regalo en el Memorial de la Paz una lámpara de pie fabricada especialmente para esta visita pontificia a Japón. Fundida en latón plateado, mide 120 cm de altura. Consta de una base con tres bandas, con el símbolo “PAX” en relieve.

También tiene un pie cilíndrico con un nudo

Lampara-de-pie-119x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

que lleva una medalla con el escudo de armas del Papa Francisco. En la parte superior, hay un escudo de cera con tres velas que sostienen la lámpara.

“Peregrino de paz”

El Obispo de Roma comenzó su discurso con las palabras“Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: La paz contigo” (Sal 122,8) e hizo memoria de todas las víctimas de la bomba atómica y de “la dignidad” de los que sobrevivieron a esos primeros momentos y “han soportado en sus cuerpos durante muchos años los sufrimientos más agudos y, en sus mentes, los gérmenes de la muerte que seguían consumiendo su energía vital”.

El Pontífice confesó que ha sentido el deber de venir a este lugar “como peregrino de paz, para permanecer en oración, recordando a las víctimas inocentes de tanta violencia y llevando también en el corazón las súplicas y anhelos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los jóvenes, que desean la paz, trabajan por la paz, se sacrifican por la paz”, y “lleno de memoria y de futuro trayendo el grito de los pobres, que son siempre las víctimas más indefensas del odio y de los conflictos”.

Dejar caer las armas

DSC0840-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Después, reiteró que el uso de la energía atómica con fines de guerra es hoy más que nunca un crimen, “no sólo contra el hombre y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común”.

El uso de la energía atómica con fines de guerra “es inmoral, como asimismo es inmoral la posesión de las armas atómicas, como dije hace dos años. Seremos juzgados por esto”, aclaró. En este sentido, para el Papa, si realmente queremos construir una sociedad más justa y segura, “debemos dejar que las armas caigan de nuestras manos”.

“Recordar, caminar juntos, proteger”

DSC0889-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Asimismo, el Papa propuso tres imperativos morales para abrir el camino de la paz: “Recordar, caminar juntos, proteger”. Y remarcó que no podemos permitir que las nuevas generaciones dejen de recordar lo que sucedió, ya que la memoria “es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno; un recuerdo expansivo capaz de despertar las conciencias de todos los hombres y mujeres, especialmente de aquellos que hoy desempeñan un papel especial en el destino de las naciones; una memoria viva que nos ayude a decir de generación en generación: ¡nunca más!”.

Precisamente por ello, explicó el Santo Padre “estamos llamados a caminar juntos” y llamó a abrirse “a la esperanza, convirtiéndonos en instrumentos de reconciliación y de paz. Esto es algo que será siempre posible “si somos capaces de protegernos y sabernos hermanados en un destino común”.

Finalmente, realizó “una sola súplica abierta a Dios y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad”, consistente en elevar juntos el grito: “¡Nunca más la guerra, nunca más el rugido de las armas, nunca más tanto sufrimiento! Que venga la paz en nuestros días, en este mundo nuestro”.

A continuación sigue el mensaje completo del Papa.

***

Mensaje del Santo Padre

Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: La paz contigo» (Sal 122,8).

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Dios de misericordia y Señor de la historia, a ti elevamos nuestros ojos desde este lugar, encrucijada de muerte y vida, de derrota y renacimiento, de sufrimiento y de piedad.

Aquí, de tantos hombres y mujeres, de sus sueños y esperanzas, en medio de un resplandor de relámpago y fuego, no ha quedado más que sombra y silencio. En apenas un instante, todo fue devorado por un agujero negro de destrucción y muerte. Desde ese abismo de silencio, todavía hoy se sigue escuchando fuerte el grito de los que ya no están. Venían de diferentes lugares, tenían nombres distintos, algunos de ellos hablaban lenguas diversas. Todos quedaron unidos por un mismo destino, en una hora tremenda que marcó para siempre, no sólo la historia de este país sino el rostro de la humanidad.

Hago memoria aquí de todas las víctimas y me inclino ante la fuerza y la dignidad de aquellos que, habiendo sobrevivido a esos primeros momentos, han soportado en sus cuerpos durante muchos años los sufrimientos más agudos y, en sus mentes, los gérmenes de la muerte que seguían consumiendo su energía vital.

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

He sentido el deber de venir a este lugar como peregrino de paz, para permanecer en oración, recordando a las víctimas inocentes de tanta violencia y llevando también en el corazón las súplicas y anhelos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los jóvenes, que desean la paz, trabajan por la paz, se sacrifican por la paz. He venido a este lugar lleno de memoria y de futuro trayendo el grito de los pobres, que son siempre las víctimas más indefensas del odio y de los conflictos.

Quisiera humildemente ser la voz de aquellos cuya voz no es escuchada, y que miran con inquietud y angustia las crecientes tensiones que atraviesan nuestro tiempo, las inaceptables desigualdades e injusticias que amenazan la convivencia humana, la grave incapacidad de cuidar nuestra casa común, el recurso continuo y espasmódico de las armas, como si estas pudieran garantizar un futuro de paz.

Con convicción, deseo reiterar que el uso de la energía atómica con fines de guerra es hoy más que nunca un crimen, no sólo contra el hombre y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común. El uso de la energía atómica con fines de guerra es inmoral, como asimismo es inmoral la posesión de las armas atómicas, como dije hace dos años. Seremos juzgados por esto. Las nuevas generaciones se levantarán como jueces de nuestra derrota si hemos hablado de la paz, pero no la hemos realizado con nuestras acciones entre los pueblos de la tierra.

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

¿Cómo podemos hablar de paz mientras construimos nuevas y formidables armas de guerra? ¿Cómo podemos hablar de paz mientras justificamos determinadas acciones espurias con discursos de discriminación y de odio?

Estoy convencido de que la paz no es más que un “sonido de palabras” si no se funda en la verdad, si no se construye de acuerdo con la justicia, si no está vivificada y completada por la caridad, y si no se realiza en la libertad (cf. S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 37).

La construcción de la paz en la verdad y en la justicia significa reconocer que «son muchas y muy grandes las diferencias entre los hombres en ciencia, virtud, inteligencia y bienes materiales» (ibíd., 87), lo cual jamás puede justificar el propósito de imponer a los demás los propios intereses particulares. Por el contrario, todo esto constituye una fuente de mayor responsabilidad y respeto.

Asimismo, las comunidades políticas, que legítimamente pueden diferir entre sí en términos de cultura o desarrollo económico, están llamadas a comprometerse a trabajar «por el progreso común», por el bien de todos (ibíd., 88).

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

De hecho, si realmente queremos construir una sociedad más justa y segura, debemos dejar que las armas caigan de nuestras manos: «No es posible amar con armas ofensivas en las manos» (S. Pablo VI, Discurso a las Naciones Unidas, 4 octubre 1965, 10). Cuando nos entregamos a la lógica de las armas y nos alejamos del ejercicio del diálogo, nos olvidamos trágicamente de que las armas, antes incluso de causar víctimas y ruinas, tienen la capacidad de provocar pesadillas, «exigen enormes gastos, detienen los proyectos de solidaridad y de trabajo útil, alteran la psicología de los pueblos» (ibíd.). ¿Cómo podemos proponer la paz si frecuentamos la intimidación bélica nuclear como recurso legítimo para la resolución de los conflictos? Que este abismo de dolor evoque los límites que jamás se pueden atravesar. La verdadera paz sólo puede ser una paz desarmada. Además, «la paz no es la mera ausencia de la guerra […]; sino un perpetuo quehacer» (Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 78). Es fruto de la justicia, del desarrollo, de la solidaridad, del cuidado de nuestra casa común y de la promoción del bien común, aprendiendo de las enseñanzas de la historia.

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Recordar, caminar juntos, proteger. Estos son tres imperativos morales que, precisamente aquí en Hiroshima, adquieren un significado aún más fuerte y universal, y tienen la capacidad de abrir un camino de paz. Por lo tanto, no podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno; un recuerdo expansivo capaz de despertar las conciencias de todos los hombres y mujeres, especialmente de aquellos que hoy desempeñan un papel especial en el destino de las naciones; una memoria viva que nos ayude a decir de generación en generación: ¡nunca más!

Precisamente por eso estamos llamados a caminar juntos, con una mirada de comprensión y de perdón, abriendo el horizonte a la esperanza y trayendo un rayo de luz en medio de las numerosas nubes que hoy ensombrecen el cielo. Abrámonos a la esperanza, convirtiéndonos en instrumentos de reconciliación y de paz. Esto será siempre posible si somos capaces de protegernos y sabernos hermanados en un destino común. Nuestro mundo, interconectado no sólo por la globalización sino desde siempre por una tierra común, reclama más que en otras épocas la postergación de intereses exclusivos de determinados grupos o sectores, para alcanzar la grandeza de aquellos que luchan corresponsablemente para garantizar un futuro común.

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

En una sola súplica abierta a Dios y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en nombre de todas las víctimas de los bombardeos y experimentos atómicos, y de todos los conflictos, desde el corazón, elevemos conjuntamente un grito: ¡Nunca más la guerra, nunca más el rugido de las armas, nunca más tanto sufrimiento! Que venga la paz en nuestros días, en este mundo nuestro. Dios, tú nos lo has prometido: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo» (Sal 84,11-12).

Ven, Señor, que es tarde y donde sobreabundó la destrucción que hoy  también pueda sobreabundar la esperanza de que es posible escribir y realizar una historia diferente. ¡Ven, Señor, Príncipe de la paz, haznos instrumentos y ecos de tu paz!

«Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: La paz contigo» (Sal 122,8).

© Librería Editorial Vaticana

 

EXCLUSIVA: Arzobispo Takami, de Nagasaki: “La fe de los mártires muestra la importancia de la fe moderna de Japón” 

Explica a ‘zenit’ cómo ofrecen valentía a los japoneses hoy para que sean testigos también

noviembre 24, 2019 08:44Deborah Castellano LubovEntrevistasViajes pontificios

(ZENIT – 24 nov. 2019).- “El testimonio de fe de los mártires muestra a las personas en el Japón moderno la importancia de la fe y les ofrece la valentia para dar testimonio de ese fe …”.

En una entrevista exclusiva con zenit, cuya corresponsal en el Vaticano, Deborah Castellano Lubov, viaja en el vuelo papal con el Papa Francisco a Japón y Tailandia, el 19 al 26 de noviembre, el arzobispo de Nagasaki, Joseph Takami Mitsuaki, quien también es presidente de la Conferencia Episcopal de Japón, hizo esta declaración.

El arzobispo de Nagasaki está siguiendo el viaje y, como presidente de la Conferencia Episcopal, se dirigió al Papa anoche antes de que el Santo Padre hablara con los obispos japoneses en la Nunciatura apostólica después de su llegada de Tailandia. Participará intrincadamente en la visita del Papa a Nagasaki hoy, antes de la próxima parada del pontífice, el mismo día, a Hiroshima.

Aquí está nuestra entrevista amplia e exclusiva:

***
zenit: Excelencia, el lema de la visita apostólica del Papa a Japón es Proteger toda vida. En su opinión, ¿a qué se dirige este lema y por qué es necesario?

Mons. Takami: En general, creo que los japoneses tienen un gran respeto por la vida. Sin embargo, en la sociedad japonesa moderna están ocurriendo varios problemas. Estos incluyen el aborto, el suicidio, el sistema de pena de muerte, el abuso doméstico, la intimidación en la escuela y en el lugar de trabajo, el asesinato cometido por motivos egoístas y la destrucción del medio ambiente.

En Japón, en 1948 entró en vigencia una ley conocida como la lay de protección eugénica que legaliza el aborto, y en 1996 esta ley fue revisada y se convirtió en la ley de protección de la maternidad. De acuerdo con esta ley, si un embarazo es antes de las 21 semanas y 6 días, el aborto está legalmente permitido cuando lo realiza un médico con licencia. En Japón, hubo alrededor de 1.17 millones de abortos en 1955, alrededor de 600,000 en 1980, alrededor de 340,000 en el año 2000 y alrededor de 160,000 en 2017.

Con respecto al suicidio, durante muchos años hubo aproximadamente 30,000 suicidios anualmente en Japón, pero recientemente ha habido una tendencia a bajarse. Sin embargo, se dice que los suicidios entre los jóvenes en su adolescencia y veinte años están aumentando.

En Japón, aproximadamente el 60% está a favor de continuar con la pena de muerte, mientras que solo el 9% está a favor de su abolición.

La cantidad de violencia doméstica y abuso en Japón también es notario. Hay casos en que los niños han muerto como resultado del abuso de los padres, aunque se dice que hay un mayor número de casos de esposos que actúan violentamente hacia sus esposas.

Creo que es necesario que las personas entiendan la dignidad de la vida.

zenit: Existe una gran expectación por las visitas del Papa a Nagasaki e Hiroshima, las únicas ciudades donde se han utilizado armas nucleares. ¿Qué significa una visita del Papa para esos lugares, cómo se sienten los efectos de los bombardeos y cómo se ve la fe en Nagasaki?

Mons. Takami: Hiroshima y Nagasaki son las únicas ciudades donde se han utilizado bombas atómicas durante una guerra. Destacar, desde el terreno donde cayeron las bombas atómicas, que estos actos nunca deben repetirse por segunda vez, al tiempo que destaca la brutalidad de las armas nucleares y la angustia física y mental que traen, así como el valor de la paz, es de gran importancia. .

Todavía hay muchos sobrevivientes de bombas atómicas con vida hoy, quienes en japonés son conocidos como “hibakusha”.

Después de un período de persecución que duró 250 años, los católicos locales pasaron 30 años construyendo una gran iglesia llamada Iglesia de Urakami, a pesar de su extrema pobreza. 20 años después de su finalización, sin embargo, esta iglesia fue completamente destruida por la bomba atómica. Hoy, los católicos en Nagasaki rezan por la realización de la paz mundial y dan testimonio de su fe al participar en actividades de paz.

zenit: ¿Qué espera de la visita del Papa a Nagasaki e Hiroshima?

Mons. Takami: Espero que desde Nagasaki, que se convirtió en víctima del segundo bombardeo atómico, el Papa abogue por la importancia de la abolición nuclear, específicamente la firma y ratificación del tratado sobre la prohibición de las armas nucleares, y apele en particular a aquellos países que poseen armas nucleares.

zenit: Cuando el Papa Juan Pablo II visitó Hiroshima y Nagasaki en 1981, todavía era el tiempo de la Guerra Fría, con el riesgo concreto de una guerra nuclear. En Asia hoy hay muchos países que poseen, o se esfuerzan por obtener, armas nucleares. ¿Qué reacción cree que tendrán las palabras y acciones del Papa en esos países?

Mons. Takami: No sé qué respuesta habrá a las palabras y acciones del Papa, pero me gustaría ver algún tipo de respuesta positiva o proactiva.

zenit: En Japón, la Iglesia local sufrió una larga persecución en los siglos pasados. ¿Qué ha dejado esa experiencia hoy en la Iglesia japonesa?

Mons. Takami: Se dice que en Japón, en los casos en que solo existen registros, hubo al menos 5.000 martirios católicos. En 1862, los 26 mártires de Japón fueron canonizados, y en 1867, 205 mártires de Japón fueron beatificados. En ese momento, la larga prohibición de Japón sobre el cristianismo aun existia. La mayoría de los 205 mártires que acabamos de mencionar fueron martirizados en Nagasaki. En 1987, otros 16 mártires de Japón, entre los cuales se encontraban sacerdotes dominicos, fueron canonizados. Luego, el 24 de noviembre de 2008, 188 mártires de Japón fueron beatificados dentro del estadio de béisbol de la prefectura de Nagasaki, donde el Papa Francisco dirá Misa mientras esté en Nagasaki. Entre este grupo de mártires había 3 sacerdotes jesuitas y 1 sacerdote agustino, pero el resto eran laicos. Muchas familias se encontraban entre los mártires. En otras palabras, estos mártires incluyeron muchas mujeres y niños. Finalmente, en 2017, el samurai japonés Justo Takayama Ukon fue beatificado en Osaka como mártir.

En toda la Arquidiócesis de Nagasaki hay un número particularmente alto de “conmemoraciones de martirio”, que se llevan a cabo anualmente en lugares donde los cristianos murieron por su fe y durante los cuales se celebra una misa. Estos brindan a las personas la oportunidad de aprender sobre los mártires y hacer peregrinaciones a los lugares donde murieron. El testimonio de la fe de los mártires muestra a las personas en el Japón moderno la importancia de la fe y les ofrece la valentiapara dar testimonio de esa fe.

zenit: Cuéntenos sobre las parroquias en su Arquidiócesis. En un domingo típico, ¿qué vería un visitante de una de estas parroquias y cómo es la vida de una parroquia típica?

Mons. Takami: En la Arquidiócesis de Nagasaki, el promedio de asistencia a la misa dominical es de alrededor del 30%. El número de visitantes a las iglesias que pertenecen a la Arquidiócesis está aumentando, particularmente después de que 7 fueron inscritos como sitios del patrimonio mundial de la UNESCO en 2018. Muchos de estos visitantes se conmueven al ver a los católicos locales rezando devotamente. En el pasado, creo que era normal que la gente volviera a casa después de la misa dominical. Sin embargo, a partir de 2001, la curia arquidiocesana fue reformada y se establecieron consejos pastorales a nivel de parroquia, forane y arquidiócesis con la esperanza de que estos, como comunidades de fe, crecería y se desarrollaría. En 2015, en el 150 aniversario del “Descubrimiento de los Cristianos”, se celebró el primer sínodo arquidiocesano, donde se acordó comenzar a trabajar para la formación de catequistas, el establecimiento de “pequeñas comunidades cristianas” (SSC) y la fundación de una organización caritativa llamada “Nagasaki Misericordia”.

zenit: ¿Cómo es ser un arzobispo católico en un país donde los católicos son una minoría? ¿Hay alguna hostilidad o indiferencia hacia los católicos, y hay ocasiones en las que te has sentido juzgado o discriminado debido a tu fe?

Mons. Takami: Nunca he experimentado ninguna discriminación por parte de personas que no son cristianas. Más bien, aquí en Nagasaki sirvo como asesor de una organización interreligiosa donde, para asegurar la coexistencia pacífica, representantes de diferentes religiones se unen para promover relaciones amistosas. Además, desde que me uní a una organización local que busca proteger el Artículo 9 de la constitución japonesa, he recibido un amable reconocimiento de parte de las personas involucradas en actividades de paz de que nosotros como católicos también estamos tratando de hacer algo para promover la paz.

Algunas personas en Japón, incluso en Nagasaki, consideran el cristianismo como una religión extranjera, y parece que un mayor número de japoneses de lo que cabría esperar consideran las religiones monoteístas como el cristianismo, el islam y el judaísmo como religiones que causan problemas. A veces, cuando un católico se casa con un no cristiano, este último o la familia de este último se negarán a aceptar una boda en la iglesia o no desearán que se bautice a los hijos resultantes de esa unión. En tales casos, es posible que exista algún tipo de prejuicio hacia el cristianismo en el fondo.

zenit: ¿Qué saben los japoneses en general sobre el catolicismo? ¿Aún recuerdan la visita del Papa Juan Pablo II a Japón en 1981?

Mons. Takami: Creo que la mayoría de los japoneses no son conscientes de qué tipo de religión es el catolicismo. Sin embargo, creo que muchas personas aprenden en la escuela que la primera persona en introducir el cristianismo en Japón fue San Francisco Javier y que hay una distinción entre el catolicismo y el protestantismo.

Muchas personas recuerdan vívidamente la visita del papa Juan Pablo II a Nagasaki en 1981, especialmente la misa que el Santo Padre celebro en la nieve. También creo que el “llamamiento por la paz” que hizo en Hiroshima continúa aún hoy tocando los corazones de muchos japoneses.

zenit: ¿Qué mensaje espera que el Papa deje la sociedad japonesa?

Mons. Takami: Espero que el Papa nos deje mensajes sobre la dignidad de la vida, la importancia de ayudar a las personas que sufren y están angustiadas en lugar de buscar ganancias financieras o un estilo de vida lujoso, la cuestión de cómo, específicamente, podemos trabajar para conservar el medio ambiente y la cuestión de cómo podemos promover la paz.

zenit: ¿Qué significa la visita del Santo Padre a estos dos naciones, Tailandia y Japón, para toda Asia?

Mons. Takami: Se dice que Las Filipinas es el único país cristiano en Asia. Los cristianos son una minoría en todos los países asiáticos. No sé nada sobre los motivos de la visita papal a Tailandia, pero tal vez el Papa esta visitando Tailandia y Japón porque el número de cristianos es bajo en estos países, y desea que reflexionemos sobre la importancia de la existencia y el papel de la Iglesia en Asia.

Traducción de Richard Maher

 

 

Nagasaki: Gratitud al Papa por su “fuerte mensaje” de abolición de las armas nucleares y de paz 

35.000 personas en la primera Misa en Japón

noviembre 24, 2019 07:45Larissa I. LópezViajes pontificios

(ZENIT – 24 nov. 2019).- El arzobispo de Nagasaki, en nombre del pueblo japonés ha agradecido esta visita del Papa al país y a la ciudad, especialmente por haber enviado “un fuerte mensaje por la abolición de las armas nucleares, en favor de la paz”.

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Hoy, 24 de noviembre de 2019, en torno a las 14:00, hora local, (6:00 h. en Roma), el Papa Francisco ha presidido la celebración eucarística con los jóvenes en el Estadio de Béisbol de Nagasaki, Japón.

En esta jornada el Santo Padre se encuentra visitando las dos ciudades afectadas por las bombas atómicas, Nagasaki e Hiroshima.

Estadio de Beisbol

Este estadio de Nagasaki, construido en los colores rojo ladrillo y blanco, fue terminado en julio de 1997.

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Cuenta con cuatro plantas, un campo de entrenamiento cubierto y una sala de exposiciones sobre la historia del béisbol local. El Nagasaki Saints juega sus partidos en casa en este estadio.

En la celebración de la Eucaristía se han registrado alrededor de unas 35.000 personas. Entre ellas, ciudadanos de China y de Corea.

Asistentes

Algunos fieles han estado esperando en el estadio desde las 9 de la mañana, empapados por la lluvia que ha dado algo de tregua durante la Misa.

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Los asientos de las gradas estaban distribuidos por ciudades y provincias. En el suelo, a la izquierda, había una cuarta parte reservada para los miembros de las fuerzas armadas estadounidenses destinadas en Japón.

Entre los asistentes se encuentra, Thi Gonoo, de 35 años, procedente de Hyogo, que viajó en coche con sus tres hijos, su hermana y sus padres: “Nagasaki representa una imagen dura para mí. Pero este es un día muy especial con mis hijos para ver al Papa”, contó.

Arquidiócesis de Nagasaki

La arquidiócesis de esta ciudad japonesa cuenta con 61.242 católicos y en el último año se bautizaron 402 personas.

DSC9565-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Los sacerdotes diocesanos son 91, y, además hay 44 sacerdotes regulares, y 5 seminaristas. Los institutos religiosos masculinos cuentan con 60 miembros y los femeninos, por su parte, con 682 religiosas.

Nagasaki también presenta 37 instituciones de enseñanza y 91 de beneficiencia, 72 parroquias y 2 iglesias.

La Virgen

La Misa, en la que se ha celebrado la solemnidad de Cristo Rey, ha sido acompañada por los cantos de un coro.

El altar estuvo presidido por la cabeza de una estatua de la Virgen, realizada en madera, fabricada en España y copiada de un cuadro de Murillo, que milagrosamente sobrevivió al calor nuclear de la bomba atómica que explotó en Nagasaki en 1945.

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Homilía

Durante su homilía, el Papa Francisco  reflexionó sobre las palabras del buen ladrón a Cristo: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Allí, en el monte Calvario, “muchas voces callaban, tantas otras se burlaban, tan sólo la del ladrón fue capaz de alzarse y defender al inocente sufriente; toda una valiente profesión de fe”, apuntó.

También señaló que “está en cada uno de nosotros la decisión de callar, burlar o profetizar” y exhortó a alzar las voces en una plegaria común “por todos aquellos que hoy están sufriendo en su carne este pecado que clama al cielo, y para que cada vez sean más los que, como el buen ladrón, sean capaces de no callar ni burlarse, sino con su voz profetizar un reino de verdad y justicia, de santidad y gracia, de amor y de paz”.

Participación de los fieles

cq5damdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Las lecturas, 2 Sam 5, 1-3: “David, es escogido rey de Israel”, en japonés, y Col 1, 12-20: “Nos ha transferido al reino del Hijo de su amor”, en inglés, fueron realizadas por  una señora y una chica joven, respectivamente. Una religiosa ha sido la encargada de entonar el salmo responsorial.

La oración de los fieles, por su parte, fue llevada a cabo en español, coreano, tagalo, japonés y vietnamita por 5 fieles, entre los que se encontraba un niño.

En cuanto a las ofrendas, un grupo de personas, incluidos varios niños y dos mujeres ataviadas con trajes tradicionales, entregaron las mismas al Santo Padre ante el altar.

Agradecimiento

DSC0708-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Antes de la bendición final, el arzobispo de Nagasaki, Mons. Joseph Mitsuaki Takami, en su saludo, agradeció también al Pontífice su visita al Monumento de los Mártires, que ha inspirado su “fe y empeño misionero”.

Después de las palabras del prelado, el Papa Francisco ha entregado al arzobispo un cáliz como recuerdo de su visita apostólica a Nagasaki.

 

 

Francisco: Alzar la voz por la “libertad religiosa” y contra la manipulación de las religiones 

Homenaje a los Mártires en Nagasaki

noviembre 24, 2019 03:51Larissa I. LópezViajes pontificios

(ZENIT – 24 nov. 2019).- Con respecto a las personas que hoy en día sufren martirio por su fe, el Papa Francisco ha pedido: “levantemos la voz para que la libertad religiosa sea garantizada para todos y en todos los rincones del planeta” y “contra toda manipulación de las religiones”.

DSC9329-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Hoy, 24 de noviembre de 2019, en torno a las 10:45, hora local (las 2:45 en Roma), el Santo Padre se ha dirigido al cerro Nishizaka, donde se encuentra el monumento a san Pablo Miki y otros 25 mártires para presidir un homenaje a los mismos.

San Pablo Miki y compañeros mártires

San Pablo Miki nació en Kyoto 1556 en una familia acomodada y es bautizado. Asistió a un colegio de la Compañía de Jesús y a los 22 años se hizo novicio, convirtiéndose así en el primer religioso católico japonés.

Experto de la religiosidad oriental, se le encargó la predicación. El cristianismo había llegado a Japón en 1549, con san Francisco Javier y Pablo Miki vivió años fecundos hasta que, a finales de 1500, el shogun Toyotomi Hideyoshi inició una persecución contra los cristianos, ordenando la expulsión de los sacerdotes.

Crucifixión

RIP5092-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

En diciembre de 1596 Pablo Miki, junto con algunos misioneros extranjeros y otros cristianos japoneses, fueron detenidos en Osaka y obligados a recorrer a pie el camino hacia Nagasaki. Este lugar fue escogido para su ejecución debido a la significativa presencia cristiana en esa ciudad.

El viaje, 800 km, duró un mes, y el 5 de febrero de 1597 Pablo Miki y sus compañeros fueron crucificados en el cerro Nishizaka. Antes de expirar, Pablo exhortó a todos a seguir la fe de Cristo y perdonar a sus camaradas.

Monumento a los Mártires

La muerte de Pablo y sus compañeros marcó, de hecho, el inicio de un largo periodo de dos siglos de dura persecución antricristiana en Japón.

Todos ellos fueron beatificados en 1627 y canonizados en 1862. Cien años después, sobre ese mismo lugar, en 1962, se erigió un monumento de ladrillo rojo que presenta, engastadas formando una cruz, las estatuas de bronce de tamaño natural de los 26 mártires.

Santuario y Museo de los Mártires

DSC0305-413x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

El papa Juan Pablo II visitó como peregrino este Monumento de los Mártires de Nagasaki el 26 de febrero de 1981. Posteriormente, este lugar, que tiene vistas a la catedral de Oura, también dedicada a los mártires, fue designado como monumento santuario nacional japonés.

Detrás del monumento se encuentra el Museo de los Mártires, que custodia la historia del cristianismo en Nagasaki a través de una colección de objetos cotidianos, como, por ejemplo, una carta de san Francisco Javier.

Homenaje a los mártires

A su llegada, Francisco fue acogido por el director del Museo de los Mártires, por un sacerdote y por un hermano de la Compañía de Jesús. Después de un canto inicial, una familia entregó unas flores al Papa, que este depositó delante del memorial.

El Obispo de Roma encendió una vela ofrecida al mismo por un descendiente de los cristianos perseguidos para después iniciar un momento de oración en silencio frente al Monumento de los Mártires y se han incensado las reliquias.

A continuación, el Papa Francisco pronunció un saludo y rezó el Ángelus con los presentes.

Regalo del Papa 

Lampara-de-pie-119x275data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

El Santo Padre ofreció como regalo una lámpara de pie fabricada especialmente para esta visita del Obispo de Roma a Japón. Fundida en latón plateado, mide 120 cm de altura. Consta de una base con tres bandas, con el símbolo “PAX” en relieve.

También tiene un tallo cilíndrico con un nudo que lleva una medalla con el escudo de armas del Papa Francisco. En la parte superior, hay un escudo de cera con tres velas que sostienen la lámpara.

Palabras de Francisco

En sus palabras, el Papa Francisco ha señalado que esperaba “con ansias” este momento y que acudía “como peregrino a rezar, a confirmar, y también a ser confirmado por la fe de estos hermanos, que con su testimonio y entrega nos señalan el camino”.

De este modo, se refirió a las muertes de Pablo Miki y los 25 mártires en 1597, “que consagraron este campo con su sufrimiento y su muerte”. No obstante, para el Pontífice, este lugar “más que de muerte, nos habla del triunfo de la vida” porque, como consideraba Juan Pablo II esta colina es un “Monte de las Bienaventuranzas, donde podemos tocar el testimonio de hombres invadidos por el Espíritu Santo, libres del egoísmo, de la comodidad y del orgullo (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 65)”.

Discipulado misionero

“Su testimonio nos confirma en la fe y ayuda a renovar nuestra entrega y nuestro compromiso, para vivir el discipulado misionero que sabe trabajar por una cultura, capaz de proteger y defender siempre toda vida, a través de ese ‘martirio’ del servicio cotidiano y silencioso de todos, especialmente hacia los más necesitados”, subrayó Francisco.

Asimismo, remarcó que en este lugar también nos unimos a los cristianos que hoy viven el martirio por causa de la fe: “Mártires del siglo XXI que nos interpelan con su testimonio a que tomemos, valientemente, el camino de las bienaventuranzas. Recemos por ellos y con ellos (…).

A continuación sigue el saludo completo del Papa.

***

Saludo del Santo Padre

«Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: La paz contigo» (Sal 122,8).

Dios de misericordia y Señor de la historia, a ti elevamos nuestros ojos desde este lugar, encrucijada de muerte y vida, de derrota y renacimiento, de sufrimiento y de piedad.

Aquí, de tantos hombres y mujeres, de sus sueños y esperanzas, en medio de un resplandor de relámpago y fuego, no ha quedado más que sombra y silencio. En apenas un instante, todo fue devorado por un agujero negro de destrucción y muerte. Desde ese abismo de silencio, todavía hoy se sigue escuchando fuerte el grito de los que ya no están. Venían de diferentes lugares, tenían nombres distintos, algunos de ellos hablaban lenguas diversas. Todos quedaron unidos por un mismo destino, en una hora tremenda que marcó para siempre, no sólo la historia de este país sino el rostro de la humanidad.

Hago memoria aquí de todas las víctimas y me inclino ante la fuerza y la dignidad de aquellos que, habiendo sobrevivido a esos primeros momentos, han soportado en sus cuerpos durante muchos años los sufrimientos más agudos y, en sus mentes, los gérmenes de la muerte que seguían consumiendo su energía vital.

He sentido el deber de venir a este lugar como peregrino de paz, para permanecer en oración, recordando a las víctimas inocentes de tanta violencia y llevando también en el corazón las súplicas y anhelos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los jóvenes, que desean la paz, trabajan por la paz, se sacrifican por la paz. He venido a este lugar lleno de memoria y de futuro trayendo el grito de los pobres, que son siempre las víctimas más indefensas del odio y de los conflictos.

Quisiera humildemente ser la voz de aquellos cuya voz no es escuchada, y que miran con inquietud y angustia las crecientes tensiones que atraviesan nuestro tiempo, las inaceptables desigualdades e injusticias que amenazan la convivencia humana, la grave incapacidad de cuidar nuestra casa común, el recurso continuo y espasmódico de las armas, como si estas pudieran garantizar un futuro de paz.

Con convicción, deseo reiterar que el uso de la energía atómica con fines de guerra es hoy más que nunca un crimen, no sólo contra el hombre y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común. El uso de la energía atómica con fines de guerra es inmoral. Seremos juzgados por esto. Las nuevas generaciones se levantarán como jueces de nuestra derrota si hemos hablado de la paz, pero no la hemos realizado con nuestras acciones entre los pueblos de la tierra.

¿Cómo podemos hablar de paz mientras construimos nuevas y formidables armas de guerra? ¿Cómo podemos hablar de paz mientras justificamos determinadas acciones espurias con discursos de discriminación y de odio?

Estoy convencido de que la paz no es más que un “sonido de palabras” si no se funda en la verdad, si no se construye de acuerdo con la justicia, si no está vivificada y completada por la caridad, y si no se realiza en la libertad (cf. S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 37).

La construcción de la paz en la verdad y en la justicia significa reconocer que «son muchas y muy grandes las diferencias entre los hombres en ciencia, virtud, inteligencia y bienes materiales» (ibíd., 87), lo cual jamás puede justificar el propósito de imponer a los demás los propios intereses particulares. Por el contrario, todo esto constituye una fuente de mayor responsabilidad y respeto.

Asimismo, las comunidades políticas, que legítimamente pueden diferir entre sí en términos de cultura o desarrollo económico, están llamadas a comprometerse a trabajar «por el progreso común», por el bien de todos (ibíd., 88).

De hecho, si realmente queremos construir una sociedad más justa y segura, debemos dejar que las armas caigan de nuestras manos: «No es posible amar con armas ofensivas en las manos» (S. Pablo VI, Discurso a las Naciones Unidas, 4 octubre 1965, 10). Cuando nos entregamos a la lógica de las armas y nos alejamos del ejercicio del diálogo, nos olvidamos trágicamente de que las armas, antes incluso de causar víctimas y ruinas, tienen la capacidad de provocar pesadillas, «exigen enormes gastos, detienen los proyectos de solidaridad y de trabajo útil, alteran la psicología de los pueblos» (ibíd.). ¿Cómo podemos proponer la paz si frecuentamos la intimidación bélica nuclear como recurso legítimo para la resolución de los conflictos? Que este abismo de dolor evoque los límites que jamás se pueden atravesar. La verdadera paz sólo puede ser una paz desarmada. Además, «la paz no es la mera ausencia de la guerra […]; sino un perpetuo quehacer» (Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 78). Es fruto de la justicia, del desarrollo, de la solidaridad, del cuidado de nuestra casa común y de la promoción del bien común, aprendiendo de las enseñanzas de la historia.

Recordar, caminar juntos, proteger. Estos son tres imperativos morales que, precisamente aquí en Hiroshima, adquieren un significado aún más fuerte y universal, y tienen la capacidad de abrir un auténtico camino de paz. Por lo tanto, no podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno; recuerdo expansivo capaz de despertar las conciencias de todos los hombres y mujeres, especialmente de aquellos que hoy desempeñan un papel especial en el destino de las naciones; memoria viva que nos ayude a decir de generación en generación: ¡nunca más!

Precisamente por eso estamos llamados a caminar juntos, con una mirada de comprensión y perdón, abriendo el horizonte a la esperanza y trayendo un rayo de luz en medio de las numerosas nubes que hoy ensombrecen el cielo. Abrámonos a la esperanza, convirtiéndonos en instrumentos de reconciliación y de paz. Esto será siempre posible si somos capaces de protegernos y sabernos hermanados en un destino común. Nuestro mundo, interconectado no sólo por la globalización sino desde siempre por una tierra común, reclama más que en otras épocas la postergación de intereses exclusivos de determinados grupos o sectores, para alcanzar la grandeza de aquellos que luchan corresponsablemente para garantizar un futuro común.

En una sola súplica abierta a Dios y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en nombre de todas las víctimas de los bombardeos y experimentos atómicos, y de todos los conflictos, elevemos conjuntamente un grito: ¡Nunca más la guerra, nunca más el rugido de las armas, nunca más tanto sufrimiento! Que venga la paz en nuestros días, en este mundo nuestro. Oh Dios, tú nos lo has prometido: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo» (Sal 84,11-12).

Ven, Señor, que es tarde y donde sobreabundó la destrucción que también pueda hoy sobreabundar la esperanza de que es posible escribir y realizar una historia diferente. ¡Ven, Señor, Príncipe de la paz, haznos instrumentos y ecos de tu paz!

 

 

Obispos japoneses: La importancia de la trascendencia asiática para Occidente 

Diálogo con Francisco en Tokio

noviembre 24, 2019 04:44Larissa I. LópezViajes pontificios

(ZENIT – 24 nov. 2019).- “La Iglesia asiática es una Iglesia con una dimensión de trascendencia, porque en la cultura de estos países hay un indicar que no todo termina acá. Esa dimensión de trascendencia hace bien a los países occidentales. Necesitamos eso”, afirmó el Santo Padre.

Ayer, 23 de noviembre de 2019, tras el discurso a los obispos de Japón con los que se reunió en la Nunciatura Apostólica de Tokio, el Papa Francisco pidió que le dirigieran preguntas y dialogó una media hora con ellos, indica Vatican News.

Deseo del joven Bergoglio

La primera pregunta, de acuerdo a la misma fuente, aludía al sueño del sacerdote Jorge Bergoglio, que deseaba ser misionero en Japón: “Yo quería venir de misionero cuando estudiaba filosofía. Me atraía. Me atraía mucho… no sé por qué me atraía Japón. Era un lugar de misión que quizás por la belleza, deseaba. Después, durante los tres años de magisterio, hice el pedido formal al padre general que en ese momento acababa de ser elegido, el padre Arrupe. Y como me habían sacado una parte del pulmón,  él respondió: ‘no,  su salud no es para eso’”, contó Francisco.

Y señaló que tuvo que canalizar su celo apostólico hacia otro lado, “un poco me hizo pensar que iba a vivir pocos años. Pero me tomé mi venganza y cuando fui Provincial me ‘vengué’ mandando cinco jóvenes a Japón. Así que, eso fue”.

Los niños de Nagasaki

Otro de los prelados japoneses le preguntó al Santo Padre sobre dónde había encontrado la fotografía del niño de Nagasaki que esperaba para llevar al crematorio a su hermano asesinado por las radiaciones de la bomba atómica.

Se trata de una imagen que el Pontífice mandó imprimir y difundir por todas partes: “No me acuerdo bien, pero fue siendo ya Papa. Alguien me la mandó, creo que fue un periodista y cuando la vi, me tocó el corazón. Recé mucho mirando esa foto, y se me ocurrió publicarla y usarla como tarjeta mía para distribuir. Solamente añadí un título: ‘El fruto de la guerra’. Y la reparto por todos lados. Cada vez que podemos las mandamos y hace mucho bien”, explicó.

Caminar siempre

Al ser preguntado sobre cuál es el mensaje principal que desea hacer llegar al pueblo de Japón en su visita, el Obispo de Roma apuntó que el primero se lo transmitió a unos jóvenes en el aeropuerto: “Caminá, siempre caminando, y ojalá te caigas porque así vas a aprender a levantarte y cayendo y levantándote vas a progresar en la vida. Después me di cuenta que el inconsciente me había traicionado porque era un mensaje contra el perfeccionismo de los jóvenes y el desánimo cuando no logran lo que quieren y hay tantas depresiones, suicidios y problemas que ustedes conocen”.

Asimismo, subrayó que otra palabra clave de sus mensajes en Japón es “cercanía”, pues, “para la familia, y sobre todo, a los sacerdotes, consagrados y consagradas y catequistas que no se desanimen, que estén cerca del pueblo de Dios para que el mensaje llegue”.

Por otro lado, Francisco adelantó que durante las visitas a Nagasaki e Hiroshima condenaría el uso de las armas nucleares.

Transmitir la fe

El Santo Padre se refirió, de nuevo al papel de las institutrices filipinas como transmisoras de la fe a los niños de padres cristianos que no se la comunican: “Buscan institutrices filipinas porque hablan inglés, entonces los chicos aprenden inglés. Pero estas institutrices no se limitan a enseñar inglés, transmiten la fe. Y enseñan a los niños la señal de la cruz que sus padres no les enseñaron”.

El obispo de Hiroshima regaló al Papa una camiseta de fútbol con el número 86, como recuerdo de la fecha (el 6 de agosto) de la explosión atómica que devastó la ciudad.

Evangelii nuntiandi

Además, informa el citado medio vaticano, el Papa Francisco recibió en regalo un “balero”, un juego con una pelota atada a una manija de madera con la que este jugaba en su infancia. Francisco contó que practicaba mucho el fútbol porque le apasiona, pero que no era un gran jugador: “Me llamaban ‘pata dura’ porque jugaba mal. Entonces me ponían siempre de arquero”.

Finalmente, Francisco invitó a los obispos a releer el número 80 de la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de San Pablo VI, que habla sobre lo que distingue el buen evangelizador del mal evangelizador.

 

 

LA VIUDA POBRE

— No tener miedo a ser generosos sin límite.

— Entrega sin condiciones. No negarle nada al Señor.

— Generosidad de Dios.

I. Eran muchas las ofrendas que cada día se presentaban al Señor en el Templo de Jerusalén. Unas correspondían a los productos de la tierra en señal del supremo dominio divino sobre todo lo creado. Consistían en harina y aceite, espigas o pan cocido, sobre las que se depositaba incienso, expresando el deseo de que fueran agradables al Señor1. Parte de la oblación se quemaba sobre el altar, y parte era consumida por el sacerdote en el interior del Templo2. El holocausto era un sacrificio en el que la víctima (un cordero, un ave...), previamente sacrificada, se destruía completamente, casi siempre a través del fuego. Holocausto significaba precisamente que en el sacrificio la víctima se quemaba enteramente. En tiempos del Señor se ofrecía mañana y tarde, y por eso se llamaba sacrificio perpetuo3. Era figura del que había de venir, el sacrificio eucarístico.

También los judíos, como ofrenda a Dios y para el sostenimiento del Templo, depositaban sus limosnas en un lugar visible por todos, el gazofilacio. Un día Jesús se encontraba cerca de este lugar y miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho4. Vio también cómo se acercaba una viuda pobre y echó dos pequeñas monedas5. San Marcos incluso nos ha señalado el valor de estas monedas: la cuarta parte de un as, una cantidad insignificante. Sin embargo, el Señor se conmovió al paso de esta mujer, pues supo enseguida todo lo que representaba para ella. Su ofrenda fue más importante para Dios que la de todos los demás. Aquella pobre viuda dio todo lo que tenía para vivir. Los demás habían echado de lo que les sobraba, esta de lo que le era necesario. Haría la ofrenda con mucho amor, con una gran confianza en la Providencia divina, y Dios la recompensaría incluso en sus días aquí en la tierra. «Ellos echaron mucho de lo mucho que tenían –comenta San Agustín–; ella echó todo lo que poseía. Mucho tenía, pues tenía a Dios en su corazón. Es más poseer a Dios en el alma que oro en el arca. ¿Quién echó más que la viuda que no se reservó nada para Sí?»6. A nosotros nos enseña hoy este pasaje que se lee en el Evangelio de la Misa a no tener miedo a ser generosos con Dios y con las obras buenas en servicio del Señor y de los demás, incluso a sacrificar aquello que nos parece necesario para la vida. ¡Qué poco nos es realmente necesario! A Dios hemos de ofrecerle lo que somos y lo que tenemos, sin reservarnos ni siquiera una parte pequeña para nosotros. Existe un antiguo refrán que viene a decir que a Dios se le conquista con la última moneda. ¿Hay algo en nuestro corazón que no sea del Señor? ¿Tiempo, bienes, amigos...? ¿Qué nos pide Jesús ahora? ¿Qué cosas deberíamos quizá cortar o dejarlas en segundo plano?

Tanta alegría le produjo al Señor aquel gesto de la mujer que enseguida sintió la necesidad de comunicarlo a sus discípulos7. Es el mismo gozo que experimenta su Corazón cuando nos entregamos del todo. «El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y de unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata (cfr. Lc 21, 2); a otro, un vaso de agua fresca (cfr. Mt10, 42)...»8.

II. El Señor, a lo largo de su predicación en los tres años de vida pública, y especialmente con su entrega a la Pasión y Muerte, llama a quienes le siguen a ofrecerse a Dios Padre, no ya por medio del sacrificio de animales, aves o frutos del campo, como en el Antiguo Testamento, sino de sí mismos. San Pablo lo recordará a los primeros cristianos de Roma: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios: este es vuestro culto espiritual9. Especialmente en la Santa Misa, el cristiano puede y debe ofrecerse juntamente con Cristo, pues «para que la oblación, con la cual en este Sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina, alcance su pleno efecto (...) es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias (...) y, deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con el mismo Sumo y eterno Sacerdote y por medio de Él mismo»10.

Esta entrega se realiza cada día, ordinariamente en pequeños actos que van desde el esmero en ofrecer el día al comenzar la jornada, hasta las atenciones que requiere la convivencia con los demás; con el corazón siempre dispuesto a lo que el Señor quiera pedirnos, con una disposición de no negarle nada. Nuestra entrega ha de ser plena, sin condiciones. En uno de los escritos más antiguos de la Cristiandad primitiva se dice que cuando un hombre llena de buen vino unas tinajas muy bien preparadas y de ellas deja algunas a medio llenar, si luego las revisa de nuevo, no examina las que dejó llenas –pues sabe que el vino allí guardado se conserva bien–, sino que mira las que están a medio llenar, pues teme con razón que se hayan agriado11. Lo mismo pasa con las almas. La «media entrega» acaba rompiendo la amistad con el Maestro. Solo una generosidad plena nos permitirá seguir el ritmo de sus pasos. De otra manera cada vez nos veríamos más distanciados y Él llegaría a ser solo una figura lejana y desdibujada. El cristiano, si quiere ser coherente con su fe, habrá de decidirse a ser de Dios sin reservas, sin dejar ningún campo fuera de Él. El Señor se constituye así en el centro de todos los afectos e ilusiones del discípulo. Esta entrega de lo que somos y tenemos se realiza cada día en la fidelidad, en pequeños detalles, a los compromisos que tenemos con el Señor y con los demás.

No temamos poner a disposición de Jesús todo lo que tenemos. No dudemos en darnos nosotros por entero. «Cuando los hipócritas planteen a vuestro alrededor la duda de si el Señor tiene derecho a pediros tanto, no os dejéis engañar. Al contrario, os pondréis en presencia de Dios sin condiciones, dóciles, como la arcilla en manos del alfarero (Jer 18, 6), y le confesaréis rendidamente: Deus meus et omnia! Tú eres mi Dios y mi todo»12.

III. Cuenta una antigua leyenda oriental que todo aquel que se encontraba con el rey estaba obligado a ofrecerle un presente. Un día un pobre campesino se encontró con el monarca. Y como no tenía cosa alguna que presentarle, tomó un poco de agua en el hueco de la mano y ofreció al soberano aquel sencillísimo obsequio. Al rey le agradó mucho la buena voluntad de aquel súbdito, y mandó –pues era un hombre espléndido– que le diesen como recompensa una escudilla llena de monedas de oro.

El Señor, más generoso que todos los reyes de la tierra, prometió el ciento por uno en esta vida, y luego la vida eterna13. Él nos quiere felices también en esta vida: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya aquí en la tierra, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. Esta alegría es un anticipo del Cielo, El tenerle cerca es ya la mejor retribución. «Es tan agradecido –escribe Santa Teresa–, que un alzar los ojos con acordarnos de Él no deja sin premio»14.

Cada día, el Señor espera la ofrenda sencilla de nuestros trabajos15 16, de las pequeñas dificultades que siempre encontraremos, de la caridad bien vivida, del tiempo gastado en favor de los demás, de la limosna generosa... En esta entrega diaria a los demás «es necesario andar más allá de la estricta justicia, según la ejemplar conducta de la viuda que nos enseña a dar con generosidad aun de aquello que pertenece a las propias necesidades. Sobre todo se debe tener presente que Dios no mide los actos humanos con una medida que se para en las apariencias del cuánto se ha dado. Dios mide según la medida de los valores interiores del cómo se pone a disposición del prójimo: medida según el grado de amor con el que nos damos libremente al servicio de los hermanos»17.

Nuestras ofrendas a Dios, muchas veces de tan poca importancia aparente, llegarán mejor hasta el Señor si lo hacemos a través de Nuestra Señora. «Aquello poco que desees ofrecer –recomienda San Bernardo–, procura depositarlo en aquellas manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor sin sufrir de Él repulsa»18.

1 Cfr. Lev 2, 1-2, 14-15. - 2 Cfr. Lev 6, 7-11. — 3 Cfr. Dan 8, 11. — 4 Mc 12, 41. — 5 Cfr. Lc 21, 1-4. — 6 San Agustín, Sermón 107 A. — 7 Cfr. Mc 12, 43. — 8 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios. — 9 Rom 12, 1. — 10 Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947, 25. — 11 Cfr. Pastor de Hermas, Mandamientos, 13, 5, 3. — 12 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 167. — 13 Cfr. Lc 18, 28-30. — 14 Santa Teresa, Camino de perfección, 23, 3. — 15 1 Cor 10, 31. — 16 Col 3, 17. — 17 Juan Pablo II, Homilía 10-XI-1985. — 18 San Bernardo, Homilía en la Natividad de la B. Virgen María, 18.

 

 

 

 

“Te adoro, te amo, auméntame la fe”

Cuando le recibas, dile: Señor, espero en Ti; te adoro, te amo, auméntame la fe. Sé el apoyo de mi debilidad, Tú, que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas. (Forja, 832)

Asistiendo a la Santa Misa, aprenderéis a tratar a cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al Hijo, que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo que de los dos procede. Tratando a cualquiera de las tres Personas, tratamos a un solo Dios; y tratando a las tres, a la Trinidad, tratamos igualmente a un solo Dios único y verdadero. Amad la Misa, hijos míos, amad la Misa. Y comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad.
No ama a Cristo quien no ama la Santa Misa, quien no se esfuerza en vivirla con serenidad y sosiego, con devoción, con cariño. El amor hace a los enamorados finos, delicados; les descubre, para que los cuiden, detalles a veces mínimos, pero que son siempre expresión de un corazón apasionado. De este modo hemos de asistir a la Santa Misa. Por eso he sospechado siempre que, los que quieren oír una Misa corta y atropellada, demuestran con esa actitud poco elegante también, que no han alcanzado a darse cuenta de lo que significa el Sacrificio del altar.
El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros, nos impulsa a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción de gracias personal, íntima, que prolongue en el silencio del corazón esa otra acción de gracias que es la Eucaristía. (Es Cristo que pasa, nn. 91-92)

 

 

Prelatura del Opus Dei: todas las claves

El 28 de noviembre de 1982 Juan Pablo II erigió el Opus Dei en prelatura personal mediante la Constitución Apostólica “Ut sit”: ofrecemos varios vídeos y textos sobre su estructura jurídica y misión apostólica.

Prelatura Personal25/11/2019

Opus Dei - Prelatura del Opus Dei: todas las clavesdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==​Foto: Ismael Martínez Sánchez

• Tiempo de lanzarnos a metas apostólicas audaces: Casi 20 años después de haber erigido el Opus Dei en Prelatura Personal, san Juan Pablo II animaba a sus fieles —laicos y sacerdotes— a seguir sin temor una misma misión: evangelizar el mundo cada uno desde su estado.

 

• Entrega de la Bula “Ut sit”: El 28 de noviembre de 1982 Juan Pablo II erigió el Opus Dei en prelatura personal mediante la Constitución Apostólica “Ut sit”. En el vídeo se recuerda la entrega de la Bula en la Basílica de san Eugenio en Roma, el 19 de marzo de 1983 a Mons. Álvaro del Portillo.

 

 

• La vocación universal a la santidad: El Papa Francisco explicó que la santidad es un don que da Dios y que todo bautizado puede ser santo.

 

• Las prelaturas personales, una figura jurídica en la que caben situaciones muy diferentes (Rome Reports): El siglo XX fue un boom de novedosas instituciones en la Iglesia. Además, surgieron nuevas necesidades pastorales debidas a los cambios sociales. Para darles un reconocimiento el Vaticano creó nuevos marcos jurídicos. Uno de ellos es la prelatura personal.

• Carta de Mons. del Portillo sobre la erección del Opus Dei como Prelatura (28.XI.1982)

• Más contenidos en la sección “Prelatura Personal”.


 

Textos y libros

• 17 preguntas sobre la Prelatura: El profesor Carlos José Errázuriz, Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, responde a las cuestiones más habituales sobre esta reciente figura jurídica de la Iglesia.

• Aspectos jurídicos: Selección de documentos fundamentales que explican la configuración jurídica de la prelatura del Opus Dei.

• “El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma"Libro escrito por A. de Fuenmayor, V. Gómez-Iglesias y J. L. Illanes.

• Mons. Fernando Ocáriz: “La Universalidad de la Iglesia” (2002)

 

Educar el corazón

Los sentimientos se forman de un modo especial durante la niñez. A aprender a amar se aprende desde niños, y los principales maestros son los padres, como se señala en este artículo sobre la familia.

Familia03/02/2012

La educación es un derecho y un deber de los padres que prolonga, de algún modo, la generación; se puede decir que el hijo, en cuanto persona, es el fin primario al que tiende el amor de los esposos en Dios. La educación aparece así como la continuación del amor que ha traído a la vida al hijo, donde los padres buscan darle los recursos para que pueda ser feliz, capaz de asumir su lugar en el mundo con garbo humano y sobrenatural.

Los padres cristianos ven en cada hijo una muestra de la confianza de Dios, y educarlos bien es –como decía San Josemaría– el mejor negocio ; un negocio que comienza en la concepción y da sus primeros pasos en la educación de los sentimientos, de la afectividad. Si los padres se aman y ven en el hijo la culminación de su entrega, lo educarán en el amor y para amar; dicho de otro modo: corresponde a los padres primariamente educar la afectividad de los hijos, normalizar sus afectos, lograr que sean niños serenos.

Los sentimientos se forman de un modo especial durante la niñez. Después, en la adolescencia, pueden producirse las crisis afectivas, y los padres han de colaborar para que los hijos las solucionen. Si de niños han sido criados apacibles, estables, superarán con más facilidad esos momentos difíciles. Además, el equilibrio emocional favorece el crecimiento de los hábitos de la inteligencia y la voluntad; sin armonía afectiva, es más difícil el desarrollo del espíritu.

Lógicamente, una condición imprescindible para edificar una buena base sentimental-afectiva es que los mismos padres traten de perfeccionar su propia estabilidad emocional. ¿Cómo? Mejorando la convivencia familiar, cuidando su unión, demostrando –con prudencia– su amor mutuo delante de los hijos. Sin embargo, a veces uno se inclina a pensar que los afectos o los sentimientos desbordan el ámbito educativo familiar; quizá porque parece que son algo que sucede , que escapan a nuestro control y no podemos cambiar. Incluso se llega a verlos desde una perspectiva negativa; pues el pecado ha desordenado las pasiones, y éstas dificultan el obrar racionalmente.

En el origen de la personalidad 

 

Foto: Philippe Putdata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Foto: Philippe Put

Esta actitud pasiva o hasta negativa, presente en muchas religiones y tradiciones morales, contrasta fuertemente con las palabras que Dios dirigió al profeta Ezequiel: les daré un corazón de carne, para que sigan mis preceptos, guarden mis leyes y las cumplan [1]. Tener un corazón de carne, un corazón capaz de amar, se presenta como una realidad creada para seguir la voluntad divina: las pasiones desordenadas no serían tanto un fruto del exceso de corazón como la consecuencia de poseer un mal corazón, que debe ser sanado. Así lo confirmó Jesucristo: el hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca [2]. Del corazón salen las cosas que hacen impuro al hombre [3], pero también todas las buenas.

El hombre necesita de los afectos, pues son un poderoso motor para la acción. Cada uno tiende hacia lo que le gusta, y la educación consiste en ayudar a que coincida con el bien de la persona. Cabe comportarse de modo noble y con pasión: ¿qué hay más natural que el amor de una madre por su hijo?, ¡y cómo empuja ese cariño a tantos actos de sacrificio, llevados con alegría!.Y, ante una realidad que resulta, por cualquier motivo, desagradable, ¡cuánto más fácil es rehuirla!: en un determinado momento, percibir la “fealdad” de una acción mala puede ser un motivo más fuerte para no cometerla que miles de razonamientos.

Evidentemente, esto no debe confundirse con una visión sentimentalista de la moralidad. No se trata de que la vida ética y el trato con Dios deban abandonarse a los sentimientos. Como siempre, el modelo es Cristo: en Él, perfecto Hombre, vemos cómo afectos y pasiones cooperan al recto obrar: Jesús se conmueve ante la realidad de la muerte, y obra milagros; en Getsemaní, encontramos la fuerza de una oración que da cauce a vivísimos sentimientos; incluso le invade la pasión de la ira –buena aquí–, cuando restituye al Templo su dignidad [4] . Cuando se desea de verdad algo, es normal que el hombre se apasione. Por el contrario, resulta poco agradable ver a alguien hacer las cosas por cumplir, con desgana, sin poner el corazón en ellas. Pero esto no significa dejarse arrastrar por los afectos: si bien lo primero es poner la cabeza en lo que se hace, el sentimiento da cordialidad a la razón, hace que lo bueno sea agradable; la razón –por su parte– proporciona luz, armonía y unidad a los sentimientos.

Facilitar la purificación del corazón 

 

Foto: Titoydata:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Foto: Titoy

En la constitución del hombre, las pasiones tienen como fin facilitar la acción voluntaria, más que difuminarla o dificultarla. «La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible según estas palabras del salmo: “Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo” (Sal 84,3)» [5]. Por eso, no es conveniente querer suprimir o “controlar” las pasiones, como si fueran algo malo o rechazable. Aunque el pecado original las haya desordenado, no las ha desnaturalizado, ni las ha corrompido de un modo absoluto e irreparable. Cabe orientar de modo positivo la emotividad, dirigiéndola hacia los bienes verdaderos: el amor a Dios y a los demás. De ahí que los educadores, en primer lugar los padres, deban buscar que el educando, en la medida de lo posible, disfrute haciendo el bien.

Formar la afectividad requiere, en primer lugar, facilitar a los hijos que se conozcan, y que sientan , de un modo proporcionado a la realidad que ha despertado su sensibilidad. Se trata de ayudar a superar, a trascender, aquel afecto hasta ver en su justa medida la causa que lo ha provocado. Quizá el resultado de esa reflexión será el intento de influir positivamente para modificar tal causa; en otras ocasiones –la muerte de un ser querido, una enfermedad grave–, la realidad no se podrá cambiar y será el momento de enseñar a aceptar los acontecimientos como venidos de la mano de Dios, que nos quiere como un Padre a su hijo. Otras veces, a raíz de un enfado, de una reacción de miedo, o de una antipatía, el padre o la madre pueden hablar con los hijos, ayudándoles a que entiendan –en la medida de lo posible– el porqué de esa sensación, de modo que puedan superarla; así se conocerán mejor a sí mismos y serán más capaces de poner en su lugar el mundo de los afectos.

Además, los educadores pueden preparar al niño o al joven para que reconozca –en ellos mismos y en los demás– un determinado sentimiento. Cabe crear situaciones, como son las historias de la literatura o del cine, a través de las cuales es posible aprender a dar respuestas afectivas proporcionadas, que colaboran a modelar el mundo emocional del hombre. Un relato interpela a quien lo ve, lee o escucha, y mueve sus sentimientos en una determinada dirección, y le acostumbra a un determinado modo de mirar la realidad. Dependiendo de la edad –en este sentido, la influencia puede ser mayor cuanto más pequeño sea el niño–, una historia de aventuras, o de suspense, o bien un relato romántico, pueden contribuir a reforzar los sentimientos adecuados ante situaciones que objetivamente los merecen: indignación frente la injusticia, compasión por los desvalidos, admiración respecto al sacrificio, amor delante de la belleza. Contribuirá, además, a fomentar el deseo de poseer esos sentimientos, porque son hermosos, fuentes de perfección y nobleza.

Bien encauzado, el interés por las buenas historias también educa progresivamente el gusto estético y la capacidad de discriminar las que poseen calidad. Esto fortalece el sentido crítico, y es una eficaz ayuda para prevenir la falta de tono humano, que a veces degenera en chabacanería y en descuido del pudor. Sobre todo en las sociedades del llamado primer mundo, se ha generalizado un concepto de “espontaneidad” y “naturalidad” que con frecuencia resulta ajeno al decoro. Quien se habitúa a ese tipo de ambientes –con independencia de la edad– acaba rebajando su propia sensibilidad y animalizando (o frivolizando) sus reacciones afectivas; los padres han de comunicar a sus hijos una actitud de rechazo a la vulgaridad, también cuando no se habla de cuestiones directamente sensuales.

Por lo demás, conviene recordar que la educación de la afectividad no se identifica con la educación de la sexualidad: ésta es sólo una parte del campo emotivo. Pero, ciertamente, cuando se ha logrado crear un ambiente de confianza en la familia será más fácil que los padres hablen con los hijos sobre la grandeza y el sentido del amor humano, y les den poco a poco, desde pequeños, los recursos –por la educación de los sentimientos y las virtudes– para orientar adecuadamente esa faceta de la vida.

Un corazón a la medida de Cristo

En definitiva, la educación de las emociones trata de fomentar en los hijos un corazón grande, capaz de amar de verdad a Dios y a los hombres, capaz de sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas [6]. Una atmósfera de serenidad y exigencia contribuye como por ósmosis a dar confianza y estabilidad al complejo mundo de los sentimientos. Si los hijos se ven queridos incondicionalmente, si aprecian que obrar bien es motivo de alegría para sus padres, y que sus errores no llevan a que se les retire la confianza, si se les facilita la sinceridad y que manifiesten sus emociones… crecen con un clima interior habitual de orden y sosiego, donde predominan los sentimientos positivos (comprensión, alegría, confianza), mientras que lo que quita la paz (enfados, rabietas, envidias) se percibe como una invitación a acciones concretas como pedir perdón, perdonar, o tener algún gesto de cariño.

Hacen falta corazones enamorados de las cosas que valen realmente la pena; enamorados, sobre todo, de Dios [7]. Nada ayuda más a que los afectos maduren que dejar el corazón en el Señor y en el cumplimiento de su voluntad: para eso, como enseñaba San Josemaría, hay que ponerle siete cerrojos, uno por cada pecado capital [8]: porque en todo corazón hay afectos que son sólo para entregarlos a Dios, y la conciencia pierde la paz cuando los dirige a otras cosas. La verdadera pureza del alma pasa por cerrar las puertas a todo lo que implique dar a las criaturas o al propio yo lo que pertenece a Cristo; pasa por “asegurar” que la capacidad de amar y querer de la persona esté ajustada, no desarticulada. Por eso, la imagen de los siete cerrojos va más allá de la moderación de la concupiscencia, o de la preocupación excesiva por los bienes materiales: nos recuerda que es preciso luchar contra la vanidad, controlar la imaginación, purificar la memoria, moderar el apetito en las comidas, fomentar el trato amable con quienes nos irritan… La paradoja está en que, cuando se ponen “grilletes” al corazón, se aumenta su libertad de amar con todas sus fuerzas inalteradas.

La humanidad Santísima del Señor es el crisol en el que mejor se puede afinar el corazón y sus afectos. Enseñar a los hijos desde pequeños a tratar a Jesús y a su Madre con el mismo corazón y manifestaciones de cariño con que quieren a sus padres en la tierra favorece, en la medida de su edad, que descubran la verdadera grandeza de sus afectos y que el Señor se introduzca en sus almas. Un corazón que guarda su integridad para Dios, se posee entero y es capaz de donarse totalmente.

Desde esta perspectiva, el corazón se convierte en un símbolo de profunda riqueza antropológica: es el centro de la persona, el lugar en el que las potencias más íntimas y elevadas del hombre convergen, y donde la persona toma las energías para actuar. Un motor que debe ser educado –cuidado, moderado, afinado– para que encauce toda su potencia en la dirección justa. Para educar así, para poder amar y enseñar a amar con esa fuerza, es preciso que cada uno extirpe, de su propia vida, todo lo que estorba la Vida de Cristo en nosotros: el apego a nuestra comodidad, la tentación del egoísmo, la tendencia al lucimiento propio. Sólo reproduciendo en nosotros esa Vida de Cristo, podremos trasmitirla a los demás [9]. Con la correspondencia a la gracia y la lucha personal, el alma se va endiosando y poco a poco el corazón se vuelve magnánimo, capaz de dedicar sus mejores esfuerzos en la consecución de causas nobles y grandes, en la realización de lo que se percibe como la voluntad de Dios.

En algunos momentos, el hombre viejo tratará de hacerse con sus fueros perdidos; pero la madurez afectiva –una madurez que, en parte, es independiente de la edad– hace que el hombre mire más allá de sus pasiones para descubrir qué las ha desencadenado y cómo debe reaccionar ante esa realidad. Y siempre contará con el refugio que le ofrecen el Señor y su Madre. Acostúmbrate a poner tu pobre corazón en el Dulce e Inmaculado Corazón de María, para que te lo purifique de tanta escoria, y te lleve al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús [10].

J.M. Martín

J. Verdiá


[1] Ez 11, 19-20.

[2 Lc 6, 45.

[3] Cfr. Mc 7, 20-23.

[4] Cfr. Mc 5, 40-43; 14, 32ss; 11, 15-17.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1770.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 158.

[7] Cfr. San Josemaría, Surco, n. 795.

[8] San Josemaría, Tertulia en La Lloma (Valencia), 7-I-1975, en P. Rodríguez (ed.), CaminoEdición crítico-histórica , Rialp, Madrid 20043, pág. 384; cfr. San Josemaría, Camino, n. 188.

[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 158.

[10] San Josemaría, Surco, n. 830.

 

NOTA DOCTRINAL
sobre algunas cuestiones relativas al 
compromiso y la conducta de los católicos en la vida política  

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Laicos, ha estimado oportuno publicar la presentNota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.
 

I. Una enseñanza constante  

1. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros siglos, «cumplen todos sus deberes de ciudadanos».[1] La Iglesia venera entre sus Santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tomás Moro, proclamado Patrón de los Gobernantes y Políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la «inalienable dignidad de la conciencia»[2]. Aunque sometido a diversas formas de presión psicológica, rechazó toda componenda, y sin abandonar «la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones» que lo distinguía, afirmó con su vida y su muerte que«el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral»[3]

Las actuales sociedades democráticas, en las que loablemente[4] todos son hechos partícipes de la gestión de la cosa pública en un clima de verdadera libertad, exigen nuevas y más amplias formas de participación en la vida pública por parte de los ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien común.[5] La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos, «si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades»[6].  

Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, «de acuerdo con su conciencia cristiana»,[7] en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima autonomía,[8] y cooperando con los demás, ciudadanos según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad.[9] Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común»,[10] que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc. 

La presente Nota no pretende reproponer la entera enseñanza de la Iglesia en esta materia, resumida por otra parte, en sus líneas esenciales, en el Catecismo de la Iglesia Católica, sino solamente recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas.[11]Y ello porque, en estos últimos tiempos, a menudo por la urgencia de los acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificación de aspectos y dimensiones importantes de la cuestión.

II. Algunos puntos críticos en el actual debate cultural y político   

2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones. 

Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia[12]. Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos – incluidos los católicos – que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado. 

3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas – y menos todavía soluciones únicas – para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.[14] Si el cristiano debe «reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales»,[15] también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”. 

En el plano de la militancia política concreta, es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar – particularmente por la representación parlamentaria – su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su País.[16] Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales. 

La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.[17] Se trata de un principio sobre el que los católicos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. Como enseña el Concilio Vaticano II, la tutela «de los derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública»[18].  

4. A partir de aquí se extiende la compleja red de problemáticas actuales, que no pueden compararse con las temáticas tratadas en siglos pasados. La conquista científica, en efecto, ha permitido alcanzar objetivos que sacuden la conciencia e imponen la necesidad de encontrar soluciones capaces de respetar, de manera coherente y sólida, los principios éticos. Se asiste, en cambio, a tentativos legislativos que, sin preocuparse de las consecuencias que se derivan para la existencia y el futuro de los pueblos en la formación de la cultura y los comportamientos sociales, se proponen destruir el principio de la intangibilidad de la vida humana. Los católicos, en esta grave circunstancia, tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella. Juan Pablo II, en línea con la enseñanza constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos, como para todo católico, vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto.[19] Esto no impide, como enseña Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae a propósito del caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista en vigor o que está por ser sometida a votación, que «un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública».[20] 

En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada. 

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economíaque esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos «los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio».[21] Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre «obra de la justicia y efecto de la caridad»;[22] exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.

III. Principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el pluralismo 

5. Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.

6. La frecuentemente referencia a la “laicidad”, que debería guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la “confesionalidad” o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica – nunca de la esfera moral –, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado.[23] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política. «Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables».[24] Todos los fieles son bien conscientes de que los actos específicamente religiosos (profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden público. El reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos. 

Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la “laicidad” del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisición de tales convicciones. En efecto, la “laicidad” indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un error confundir la justa autonomía que los católicos deben asumir en política, con la reivindicación de un principio que prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia. 

Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio –en cumplimiento de su deber– instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”».[25] Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana. 

En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización.[26] 

IV. Consideraciones sobre aspectos particulares  

7. En circunstancias recientes ha ocurrido que, incluso en el seno de algunas asociaciones u organizaciones de inspiración católica, han surgido orientaciones de apoyo a fuerzas y movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a la enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas fundamentales. Tales opciones y posiciones, siendo contradictorios con los principios básicos de la conciencia cristiana, son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u organizaciones que se definen católicas. Análogamente, hay que hacer notar que en ciertos países algunas revistas y periódicos católicos, en ocasión de toma de decisiones políticas, han orientado a los lectores de manera ambigua e incoherente, induciendo a error acerca del sentido de la autonomía de los católicos en política y sin tener en consideración los principios a los que se ha hecho referencia.  

La fe en Jesucristo, que se ha definido a sí mismo «camino, verdad y vida» (Jn 14,6), exige a los cristianos el esfuerzo de entregarse con mayor diligencia en la construcción de una cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica. La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos. Por otra parte, el espesor cultural alcanzado y la madura experiencia de compromiso político que los católicos han sabido desarrollar en distintos países, especialmente en los decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no deben provocar complejo alguno de inferioridad frente a otras propuestas que la historia reciente ha demostrado débiles o radicalmente fallidas. Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los católicos se deba limitar a una simple transformación de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre fundamentos frágiles. 

La fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos socio-políticos en un esquema rígido, conciente de que la dimensión histórica en la que el hombre vive impone verificar la presencia de situaciones imperfectas y a menudo rápidamente mutables. Bajo este aspecto deben ser rechazadas las posiciones políticas y los comportamientos que se inspiran en una visión utópica, la cual, cambiando la tradición de la fe bíblica en una especie de profetismo sin Dios, instrumentaliza el mensaje religioso, dirigiendo la conciencia hacia una esperanza solamente terrena, que anula o redimensiona la tensión cristiana hacia la vida eterna. 

Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no existe sin la verdad. «Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente», ha escrito Juan Pablo II.[27] En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la persona y de la entera sociedad. 

8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la opinión pública corriente no siempre percibe o formula con exactitud: El derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, proclamada por la Declaración Dignitatis humanæ del Concilio Vaticano II, se basa en la dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales.[28] En esta línea, el Papa Pablo VI ha afirmado que «el Concilio de ningún modo funda este derecho a la libertad religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y todas las doctrinas, incluso erróneas, tendrían un valor más o menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones externas, que tienden a oprimir la conciencia en la búsqueda de la verdadera religión y en la adhesión a ella».[29] La afirmación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del indiferentísimo y del relativismo religioso por parte de la doctrina católica,[30] sino que le es plenamente coherente.

V. Conclusión 

9. Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: La coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II. Éste exhorta a los fieles a «cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno». Alégrense los fieles cristianos «de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios».[31]   

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia del 21 de noviembre de 2002, ha aprobado la presente Nota, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sea publicada.  

Dado en Roma, en la sede de la Congregación por la Doctrina de la Fe, el 24 de noviembre de 2002, Solemnidad de N. S Jesús Cristo, Rey del universo. 

 

+JOSEPH CARD. RATZINGER
Prefecto 

+TARCISIO BERTONE, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario

 


Notas

[1]CARTA A DIOGNETO, 5, 5, Cfr. Ver también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2240. 

[2]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 1, AAS 93 (2001) 76-80. 

[3]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 4. 

[4]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 31; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1915. 

[5]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[6]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42, AAS 81 (1989) 393-521. Esta nota doctrinal se refiere obviamente al compromiso político de los fieles laicos. Los Pastores tienen el derecho y el deber de proponer los principios morales también en el orden social; «sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 69). Cfr. Ver también CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31-I-1994, n. 33. 

[7]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[8]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 36. 

[9]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem, 7; Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 36 y Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 31 y 43. 

[10]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42. 

[11]En los últimos dos siglos, muchas veces el Magisterio Pontificio se ha ocupado de las cuestiones principales acerca del orden social y político. Cfr. LEÓN XIII, Carta Encíclica Diuturnum illud, ASS 20 (1881/82) 4ss; Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885/86) 162ss, Carta Encíclica Libertas præstantissimum, ASS 20 (1887/88) 593ss; Carta Encíclica Rerum novarum, ASS 23 (1890/91) 643ss; BENEDICTO XV, Carta EncíclicaPacem Dei munus pulcherrimum, AAS 12 (1920) 209ss; PÍO XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno, AAS 23 (1931) 190ssCarta Encíclica Mit brennender Sorge, AAS 29 (1937) 145-167; Carta Encíclica Divini Redemptoris, AAS 29 (1937) 78ss; PÍO XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus, AAS 31 (1939) 423ss; Radiomessaggi natalizi 1941-1944; JUAN XXIII, Carta Encíclica Mater et magistra, AAS 53 (1961) 401-464; Carta Encíclica Pacem in terris AAS 55 (1963) 257-304; PABLO VI, Carta Encíclica Populorum progressio, AAS 59 (1967) 257-299; Carta Apostólica Octogesima adveniens, AAS 63 (1971) 401-441. 

[12]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991) 793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85 (1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión pública conjunta, en L’Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002.  

[13]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22, AAS 87 (1995) 401-522. 

[14]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[15]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[16]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 43 y 75. 

[17]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 25. 

[18]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 73. 

[19]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

[20]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73. 

[21]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. 

[22]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2304 

[23]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. 

[24]JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre”, IV, AAS 83 (1991) 410-421. 

[25]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4 

[26]Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, 11 de enero de 2002. 

[27]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 90, AAS 91 (1999) 5-88. 

[28]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Declaración Dignitatis humanae, n. 1: «En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica». Eso no quita que la Iglesia considere con sincero respeto las varias tradiciones religiosas, más bien reconoce «todo lo bueno y verdadero» presentes en ellas. Cfr. CONCILIO VATICANO II,Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 16; Decreto Ad gentes, n. 11;Declaración Nostra ætate, n. 2JUAN PABLOIICarta Encíclica Redemptoris missio, n. 55, AAS 83 (1991) 249-340; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, DeclaraciónDominus Iesus, nn. 2; 8; 21, AAS 92 (2000) 742-765.  

[29]PABLO VI, Discurso al Sacro Colegio y a la Prelatura Romana, en «Insegnamenti di Paolo VI» 14 (1976), 1088-1089). 

[30]Cfr. PÍO IX, Carta Encíclica Quanta cura, ASS 3 (1867) 162; LEÓN XIII, Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885) 170-171; PÍO XI, Carta Encíclica Quas primas, AAS 17 (1925) 604-605; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2108; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, n. 22. 

[31]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 43. Cfr. también JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59.

 

 

Los católicos y la vida política

En la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma ha tenido lugar una mesa redonda sobre los católicos y la vida política. En el acto intervinieron el cardenal Joseph Ratzinger, el ex-presidente de la República italiania Francesco Cossiga y varios intelectuales.

Últimas noticias05/05/2003

El pasado 9 de abril tuvo lugar en el Aula Höfner de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz una mesa redonda sobre “El compromiso y el comportamiento de los católicos en la vida política”, a propósito de la Nota doctrinal del mismo título publicada el 16 de enero de 2003 por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Para reflexionar sobre el contenido de esa Nota se reunieron el cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y varios políticos e intelectuales como Francesco Cossiga, Giuseppe De Rita, Ernesto Galli della Loggia, Paolo Del Debbio y Ángel Rodríguez Luño. El acto comenzó con un saludo del gran canciller de la Universidad, monseñor Javier Echevarría, que aludió a la política como un camino posible de santidad, tal como demostró con su ejemplo Santo Tomás Moro, patrono de los gobernantes y de los políticos.

La autonomía de los católicos en la vida política 

“El documento habla directamente a los católicos pero quiere hacer pensar a todos”, dijo el cardenal Joseph Ratzinger . Para el purpurado bávaro, “la política pertenece a la esfera de la razón, que es razón natural y razón común a todos. Un Estado laico –ha subrayado- excluye la teocracia y la idea de una política dictada por la fe: la fe puede iluminar la política, pero no se puede trasferir el campo político de la razón a la fe”. La política “es guiada por la razón y por las virtudes naturales de la prudencia, la templanza, la justicia y la fortaleza”.

Para el cardenal, el empeño activo de los católicos en política requiere evitar dos peligros: la teologización de la política y la ideologización de la razón. Esta distinción de las dos esferas es esencial, pertenece desde siempre a la tradición del cristianismo, y se encuentra ya en las palabras de Cristo cuando indicó que hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

Ratzinger dijo que la justa profanidad o laicidad de la política excluye la idea de una teocracia, de una política determinada por el dictado de la fe, y también “un positivismo y un empirismo que mutila la razón” y “ciega los valores morales”.

“La mutilación de la razón destruye la política, reduciéndola a una acción puramente técnica”, señaló el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La política forma parte de la esfera de la razón común, que permite “conocer los grandes valores que determinan nuestras elecciones prudenciales”. Si en cambio dominan solamente los criterios empíricos y materialistas, la política se convierte en un simple instrumento condicionado por el más fuerte que excluye la moral.

La fe, por su parte, puede sanar una razón enferma, continuó Ratzinger, ya que “hay una cierta conexión entre fe y razón”. La fe “puede iluminar la razón pero no la sustituye; no la aliena, sino que la ayuda a ser ella misma”.

“Paralelamente –dijo Ratzinger- los políticos creyentes pueden iluminar el debate político con su actitud, testimoniando la fe como presencia real, participando con la razón en la gestión política”. El cardenal concluyó su intervención recordando que “los imperativos morales que tiene el político católico son valores que debe defender siempre, también cuando la mayoría sea contraria a ellos”.

Coherencia y libertad 

El ex-presidente de la República italiana y senador vitalicio Francesco Cossiga afirmó que “este documento aclara algunas proposiciones que deberían ser muy expresas no sólo para un católico o un cristiano, sino también para un demócrata”. Entre estas proposiciones, Cossiga mencionó la imposibilidad de sostener que “la política se deba situar fuera de la ética”, como si fuese solamente un compromiso técnico.

El senador Cossiga habló de la fe y de la razón como dos tipos de conocimiento que no son dos verdades sino dos aproximaciones para conocer las reglas morales. Y añadió: “Debido a que la política se dirige a todos los hombres, es bueno que los católicos tengan en cuenta los diversos tipos de libertad que la política quiere asegurar”. Para el ex-presidente italiano, la laicidad de la política está, por lo tanto, en el respeto de las demás libertades y no en el hacer laica la propia fe.

También Ángel Rodríguez Luño , ordinario de Teología moral en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, afirmó que la fe cristiana no se identifica con ninguna síntesis política concreta. Al mismo tiempo, sin embargo, tiene consecuencias para la actividad política, por lo que de hecho “la fe conforma, confirma, añade o modifica las diversas culturas políticas de cuantos la asumen”.

Por otra parte, “la historia demuestra que la fe a veces ha sido también innovadora y creativa en el ámbito social y político”. La conexión entre la esfera política y la esfera religiosa “no puede fundar confusión alguna entre la sociedad política y la comunidad religiosa”. Para el profesor Rodríguez Luño, “el lugar privilegiado en el que la conexión entre las verdades religiosas y la actividad política deja sentir todo su peso es la conciencia de cuantos son, al mismo tiempo e inseparablemente, ciudadanos del estado y fieles de la Iglesia”.

Lo que se pide a los ciudadanos católicos “es que su acción social y política sea coherente con los valores que encarnan el contenido esencial de la conciencia cristiana”. Estos no son valores propiamente confesionales –ha explicado Rodríguez Luño- sino valores ético-políticos propios de toda sociedad humana bien ordenada, como el respeto y la promoción de la vida, de la libertad, de la justicia, de la dimensión religiosa de la existencia humana, de la solidaridad, de la paz y, en general, el primado del bien común sobre los intereses y las instrumentalizaciones particulares”.

Los dos conceptos básicos de la Nota, refirió el profesor, son “coherencia y libertad”. El papel principal de la Iglesia, según él, sería el de formar las conciencias más que el de crear una cultura, de modo que sean las personas bien formadas las que sean capaces de expresar una cultura en un contexto de legítima pluralidad.

Hay necesidad de grandes valores más que de leyes precisas 

 

Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

El profesor Giuseppe De Rita , Secretario general de la Fundación CENSIS (Centro Studi Investimenti Sociali), ha subrayado la contraposición que ofrece la Nota entre una condena justa del relativismo cultural y el pluralismo ético, por una parte, y la afirmación positiva de la centralidad de la persona, por otra parte, porque la participación democrática se hace posible sólo en la medida en que encuentra en la base un recta concepción de la persona”. En este sentido, señaló, “toda democracia sería frágil si no pusiese como fundamento la centralidad de la persona”.

A los grandes valores se ha referido también Ernesto Galli della Loggia , editorialista del “Corriere della Sera” y profesor ordinario en la Universidad de Perugia de Historia de los partidos y de los movimientos políticos. Galli della Loggia afirmó que la Nota vaticana “pone en evidencia uno de los problemas centrales de la condición de la sociedad liberal actual”, es decir, “la falta de grandes valores compartidos”. Para hacer funcionar una sociedad -explicó- no bastan las leyes formales o los diferentes aparatos administrativos, económicos y políticos, sino que se necesitan unos valores compartidos.

El encuentro académico terminó con unas palabras del profesor Paolo Del Debbio , profesor de Ética social y de la comunicación y autor de un reciente libro sobre la globalización. Según Del Debbio, el católico activo en política debería evitar el incierto debate sobre los valores, sobre el qué hacer en general. Más bien debería dedicarse a “indicar algunos caminos muy precisos sobre el cómo se hacen las cosas con esos mismos valores”.

 

 

Los obispos se preparan para un gobierno de socialistas, comunistas e independentistas

Analizaron más de medio centenar de puntos que podrían ser conflictivos, en los ámbitos económico y jurídico

Rueda de prensa de las conclusiones de la Asamblea Plenaria.

photo_cameraRueda de prensa de las conclusiones de la Asamblea Plenaria.

Fecha

25/11/19access_time 1:04

Relacionados

Tal y como ha reconocido el portavoz de la Conferencia Episcopal, monseñor Luis Argüello, los obispos españoles dedicaron tiempo, en la última Asamblea Plenaria, a analizar las consecuencias que para la Iglesia va a tener un nuevo gobierno formado por socialistas, comunistas e independentistas.

Lo hicieron a partir de una propuesta que contenía algo más de medio centenar de puntos que pudiera ser conflictivos, tanto en el ámbito de lo económico como en lo jurídico.

Se trata de un análisis bien trabajado, según lo han calificado varios obispos, elaborado por los servicios de la Conferencia Episcopal, que produjo un duro baño de realismo en algunos presentes.

En algunos temas tratados, se plantearon algunas posibles respuestas. 

Denuncia de los Acuerdos

Gran parte de los puntos que se abordaron estaban en los programas electorales de los partidos que formarán el nuevo gobierno.

El PSOE de Sánchez ha dicho que denunciará los Acuerdos entre España y la Santa Sede de 1979. La propuesta que han planteado es la de un nuevo acuerdo bilateral para “mantener unas relaciones de cooperación moderna con la Iglesia Católica”.

En el programa de los socialistas aparecen también cuestiones como la “mejora de la calidad democrática, anticorrupción y transparencia", además del asunto de los bienes inmuebles inmatriculados, acción que los socialistas califican como de “indebida” por parte de la Iglesia.

Violencia contra menores

En cuanto al programa de Unidas Podemos, incluye un punto titulado "Horizonte Morado y Economía de los Ciudadanos", en el que propone una "Ley de Protección Integral frente a las formas de violencia contra niños, niñas y adolescentes." En su desarrollo hacen constar que el abuso y la violencia se da –dice- en la Iglesia y la familia.

En este programa se pide recuperar aquellos bienes que la Iglesia haya inmatriculado de forma indebida. Reclaman que se elimine la exención del IBI que tiene la Iglesia; un derecho, según ellos, inexplicable. Apuntan que estarán exentos del impuesto aquellos inmuebles dedicados al culto y lo que Cáritas utilice para la acción social.

Eliminar la asignatura de Religión

Desde UP proponen también derogar la LOMCE e impulsar una nueva ley de educación, y en segundo lugar, eliminar la religión en la escuela, sacarla del horario escolar obligatorio y de las asignaturas evaluables.

Se prestó especial atención a la afirmación sobre la eliminación de las leyes mordaza y -dicen- de los "delitos medievales de ofensa a los sentimientos religiosos e injurias a la Corona".

Retirar símbolos religiosos

Las propuestas del programa de ERC apoyan denunciar los Acuerdos con la Santa Sede y revisar los acuerdos con las otras confesiones. Proponen el derecho de abandono de la confesión propia.

También apuestan por que la religión esté fuera de todos los espacios públicos, retirar del currículo la asignatura de religión, retirar los símbolos religiosos de edificios públicos, la exención del IBI, y reclamar que las confesiones religiosas sean autosuficientes.

En este programa se plantea también la república catalana con el laicismo como marca de identidad.

 

 

¿Redescubriendo a Dios?

 

Hace unos años, atendiendo a un amigo, que había abandonado la fe en sus años treinta, y que estaba hospitalizado con una enfermedad mortal, le animé con todo cariño a que rezara un poco, a que elevase de nuevo su mirada a Dios, le pidiera Gracia para seguir viviendo y perdón de todo lo que le pesaba en el alma que él sabía muy bien que eran sus pecados. No reaccionó.

Aunque se daba cuenta de que le quedaban pocos días de vida, no se animó a dar el paso. Volví a visitarle unos días después y su semblante, y su estado de ánimo, habían cambiado un poco. Su espíritu había comenzado a liberarse de su ateísmo, y una cierta nostalgia de Dios había comenzado a echar raíces en su espíritu. Volví a sugerirle que rezáramos un poco, y esta vez, con una voz que parecía salir de un pozo profundo, me dijo: “¡Hace ya tanto tiempo!”.

Sus palabras me bastaron para darme cuenta de que la “nostalgia de Dios” había tocado su corazón. Y así fue: una avemaría, un padrenuestro, una confesión entre sollozos, y la unción de los enfermos, prepararon su alma para el salto definitivo: volvió a ser consciente de que la vida no se acaba en el cementerio.

He vuelto a recordar este encuentro en un hospital romano, al leer ayer unas palabras de Richard Dawkins, el científico inglés y propagandista ateo, en las que se lamenta de la depravación de la sociedad actual occidental y del fracaso de la Ilustración europea para consolidar una ética, una moral, un tribunal del bien y del mal, sin Dios. Y admite a regañadientes, al menos, la conveniencia de Dios.

“Sea o no irracional, por desgracia parece plausible que, si alguien cree sinceramente que Dios está observando sus movimientos, crea que es mejor comportarse bien. Tengo que decir que odio esta idea, me gustaría creer que los humanos somos mejores que esto. Me gustaría creer que soy honesto independientemente de si alguien me está mirando o no”, fueron sus palabras.

Esta consideración de Dawkins es, ciertamente, muy simple; y a la vez, es un reconocimiento honesto y humilde de que ha estado equivocado. Le desmonta el convencimiento del que ha hecho gala durante años: que el cristianismo además de inútil carece de todo sentido; y le lleva a admitir que los hombres solos, abandonados a nosotros mismos lo único que llegamos a conseguir es matarnos los unos a los otros, arrancarnos los ojos, y quedar todos ciegos.

Otro ateo de un cierto renombre en el mundo anglosajón, Douglas Murray ha admitido que está convencido de que el proyecto ateo de convivencia humana, a medida que pasa el tiempo, carece de esperanza y que “quizá estemos obligados a reconocer que volver a la fe es la mejor opción posible que tenemos”.

La visión de Dawkins de ese “dios” vigilante es ciertamente muy pobre, y casi me atrevería a decir, lamentable. Pero a la vez es un reconocimiento de que el hombre dejado a sus propias fuerzas y energías no construye nada, da vueltas a su propio vacío y, por supuesto, es completamente incapaz de establecer unas reglas de juego, una moral, para relacionarse con sus vecinos, con sus semejantes, a los que nunca llamará hermanos.

Y, además, puede ser el primer paso para redescubrir el Amor de Dios. Dios “vigila” para ayudarnos en el caminar por este mundo, como una madre que está atenta a los primeros pasos del andar de sus hijos, los levanta si se caen, y los vuelve a poner en pie para que sigan caminando.

La Iglesia ayuda a otros que se declaran “ateos” a descubrir la necesidad de Dios, cuando da a conocer con toda claridad, con toda Fe, la realidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; cuando habla de Cristo, Dios y hombre verdadero; cuando recuerda la realidad de la Vida Eterna: muerte, juicio, infierno y Gloria.

Con la luz de estas Verdades, el hombre puede llenar el vacío de su alma, que ninguna cultura, por muy ilustrada que sea, podrá colmar.

Ernesto Juliá Díaz

ernesto.julia@gmail.com

 

 

La Confesión y los pedidos de Fátima

En Fátima, la Santísima Virgen afirmó: “Es preciso que los hombres se enmienden y que pidan perdón de sus pecados”. Cuando los pecados son mortales, no basta un arrepentimiento interno: es necesario obtener el perdón mediante el sacramento de la confesión. Actualmente se ha relativizado esta condición indispensable teniendo una idea falsa de la misericordia de Dios.

San Alfonso María de Ligorio, gran moralista y Doctor de la Iglesia, escribió sobre la confesión lo que sigue con varios ejemplos muy atractivos.

*     *     *

Para quien ha ofendido a Dios con culpa mortal, no hay otro remedio que oponer a su condenación que confesar el pecado. ¿Y si me duelo de él de corazón?  ¿Si hago de él penitencia por toda mi vida? ¿Si voy a un áspero desierto a alimentarme de yerbas y a dormir sobre la dura tierra?

Podrás hacer cuanto quieras; sino confiesas el pecado de que te acuerdas, no puedes ser perdonado. He dicho el pecado de que te acuerdas, pues si por ventura te hubieses olvidado de él, sin culpa tuya, siempre que hubieses tenido un dolor general de todas las ofensas hechas a Dios, aquel pecado se te ha perdonado inmediatamente. Basta que cuando de él te acordares después, lo confieses.

Pero si le has callado voluntariamente, entonces no solo debes confesarte de aquel pecado  sino también de todos los demás aunque confesados, porque la confesión fue nula y sacrílega.

¡Maldito rubor! ¡Cuántas almas por este rubor se van al infierno! Esto era lo que inculcaba Santa Teresa a los predicadores: Predicad, (decía) predicad, Sacerdotes míos, contra la mala confesión, pues por las malas confesiones se pierden la mayor parte de los cristianos.

Cierto discípulo de Sócrates había entrado un día en casa de una prostituta, y estando para salir de ella advirtió que pasaba su maestro, y se volvió a meter dentro para no ser visto. Pero Sócrates, que ya le había atisbado, acercándose a la puerta le dijo: Vergüenza es el entrar en esta casa, pero el salir no debe causar vergüenza. Esto mismo digo yo a los que han cometido ya el pecado, y se avergüenzan después de confesarlo. Hijo mío: la vergüenza está en cometer el pecado, pero no es vergonzoso el librarse de él por medio de la confesión.

Dice el Espíritu Santo: Est confusio adducens peccatum; et est confusio adducens gloriam et gratiam. (Eccli. 4 .2 3.) Evítese como se debe la confusión que nos hace enemigos de Dios cuando le ofendemos, pero no aquella confusión que, confesando el pecado, nos hace recobrar la divina gracia y la gloria del paraíso.

¿Vergüenza decís? ¿Vergüenza? ¿Tuvieron vergüenza tantas santas penitentes, una Santa María Magdalena, una Santa María Egipcíaca, una Santa Margarita de Crotona, en confesar sus pecados? Sus confesiones les han hecho alcanzar el paraíso, en donde ahora están gozando de Dios en aquel reino inmortal, y le gozarán por toda una eternidad. San Agustín, cuando se convirtió a Dios, no solo confesó su mala vida, sino que compuso un libro en el cual escribió sus pecados para que los supiese todo el mundo.

Refiere S. Antonino, que cierto prelado vio una vez al demonio junto a una señora que iba a confesarse: preguntóle que hacía, y le respondió el demonio: Observo el precepto de la restitución. Cuando incité esta mujer a pecar, le quité la vergüenza, ahora se la restituyo para que no confiese su pecado. Tal es la traza del enemigo, según escribe S. Juan Crisóstomo: Pudorem dedit Deus peccato, confessioni fiduciam; inverlit rem diabolus, peccato fiduciam proebet, confessioni pudorem. Agarra el lobo la ovejuela por la garganta para que no pueda gritar, y así se la lleva y la devora. Esto hace el demonio con muchas infelices almas: les clava su garra en la garganta para que no digan el pecado, y así las arrastra después consigo al infierno.

Cuéntase en la vida del P. Juan Ramírez de la Compañía de Jesús, que predicando en una ciudad, fue llamado para confesar una doncella que estaba moribunda. Era noble, y había llevado una vida santa en apariencia, pues a menudo comulgaba, ayunaba y hacia otras mortificaciones. A punto de morir se confesó con el P. Ramírez con muchas lágrimas, que llenaron al Padre de consuelo.

Aceptación de uniones homosexuales es incompatible con el Cristianismo

Más, regresado el Padre a su casa, le dijo su compañero, que mientras se confesaba aquella joven, había visto que una mano negra le tapaba la boca. Sabido esto, el P. Ramírez volvió a la casa de la enferma, pero antes de entrar, supo que había ya muerto. Retiróse a su morada, y estando en oración, se le apareció la difunta bajo un aspecto horrible, rodeada de llamas y de cadenas, y le dijo:

Que era condenada por un pecado que con un joven había cometido, y que por rubor no había querido nunca confesar, y que en la hora de la muerte quería decirlo, pero que el demonio por medio de la misma vergüenza la había inducido a callar. Y dicho esto desapareció dando espantosos, aullidos en medio de un gran estrépito de cadenas.

Hija mía, ¿no has cometido ya el pecado? ¿Por qué no quieres confesarle? Me da vergüenza, dices. ¡Ay de tí, dice S. Agustín, piensas sólo en la vergüenza y no piensas en que si no te confiesas estás condenada! ¿Te causa rubor? Y ¿cómo? replica el mismo Santo, no te has avergonzado de darte está herida en el alma, ¿y ahora te avergüenza de ponerle el vendaje que puede curarla? Oh insania, de vulnere non erubeseis, de ligatura, vulneris erubeseis. Dice el Concilio de Trento: Quod ignorat, medicina non curat. (Sess, 14. c. 6.) El médico si no ve y conoce la llaga, no puede curarla.

¡Oh, cuan desdichadamente se arruina un alma que se confiesa y calla algún pecado por vergüenza! Remedium fit ipsi Diabolo triunfa, dice S. Ambrosio (lib. 2, de poenit.) Los soldados cuando salen vencedores en la guerra, ostentan con pompa y alarde las armas quitadas al enemigo: ¡Oh que triunfo hace el demonio de estas confesiones sacrílegas, cuando se gloria de haber quitado a las almas aquellas armas con que podían vencerle! Y ¡pobres almas que de tal modo convierten la triaca en veneno!

Aquella pobre mujer tenía aquel solo pecado en su conciencia; más después de haberle callado en la confesión, carga con un sacrilegio, que es un pecado gravísimo, y cede aquel triunfo al demonio.

Dime, hermana, si tú, por no confesar aquel pecado hubieses de ser quemada viva en un caldero de pez derretida, y después de esto tu pecado hubiese de saberse por todos tus parientes y compatricios, dime, ¿callarías entonces tu pecado? Ciertamente que no, sabiendo que confesando tu pecado estaría oculto, y no serias quemada. Ahora pues, es más que cierto, que si no confiesas aquel pecado, tendrás que arder en el infierno por toda una eternidad, y después, en el día del juicio, aquel tu pecado lo habrán de saber, no solo tus parientes y paisanos, sino todos los hombres del mundo: Omnes nos manifestari oportet ante tribunal Christi. (2. Cor. 5. 10.) Dice el Señor: si no confiesas el mal que has hecho, yo manifestaré tus ignominias a todas las gentes: Revelabo pudenda tua in facie tua, et ostendam regnis ignominiam tuam. (Nahum. 3. 5.)

¿Has cometido el pecado? pues sino le confiesas, eres condenada, Si quieres pues salvarte, le has de confesar una vez. Y si le has de confesar una vez, ¿porque no le confiesas ahora? ¿Si aliquando, cur non modo? Dice S. Agustín. ¿Quieres esperar que te tome la muerte, después de la cual no podrás ya confesarte más? Y has de saber, que cuanto más difiere el confesarse y más se  multiplican los sacrilegios, tanto más crecer la vergüenza y la obstinación para confesarlos. Ex retentione peccati nascitur obstinatio, escribe Pedro Blesense.

Juicio final Fra Angélico

Para quien ha ofendido a Dios con culpa mortal, no hay otro remedio que oponer a su condenación que confesar el pecado. (El juicio final, de Fra Angélico)

¡Cuántas infelices almas, habiéndose acostumbrado a callar la culpa diciendo, cuando me veré cerca de la muerte, entonces la confesaré, se han visto después en el trance mortal, y ni aun la han confesado!

Sabes además, que si no confiesas el pecado cometido, no tendrás nunca paz en toda tu vida. ¡Oh Dios y que infierno siente dentro de sí misma una pobre penitente, que sale del confesionario sin haber dicho su pecado!

Lleva siempre consigo una víbora que continuamente le lacera el corazón. ¡Infeliz, Llevará un infierno en esta vida, y un infierno en la otra!

Aliento, hermanos míos; si alguno de vosotros hubiese caído en semejante desgracia, de no confesar algún pecado por vergüenza, cobre valor y resolución para confesarle luego, tan luego como pueda. Basta que diga al confesor: Padre, tuve rubor de declarar un pecado, o bastará que diga solamente: Padre, tengo un cierto escrúpulo de mi vida pasada.

Esto basta, porque después el confesor ya procurará arrancaros la espina que os hiere, y tranquilizara vuestra conciencia. ¡Y qué alegría sentiréis después de haber arrojado aquella víbora de vuestro corazón!

¿A cuántas personas has de descubrir este tu pecado? Basta que lo digas una sola vez a un solo confesor, y todo tu mal queda remediado. Y para que no te engañe el demonio has de saber que no estamos obligados a confesar sino los pecados mortales; y así, si aquel tu pecado no hubiese sido mortal, o cuando lo cometiste no le  tenías por pecado mortal, no estás obligado a confesarlo. Por ejemplo, no faltarán personas que en su infancia habrán cometido algún acto impúdico; pero si entonces no lo tenían por pecado, y ni aun dudaban que lo fuese, no están obligadas a confesarlo.

Pero si, al contrario, cuando le cometieron, tenían ya el escrúpulo de si era pecado grave, ahora ya no hay medio, preciso es que lo confiesen, y si no, están condenadas.

‒ Pero padre, puede ser  que este confesor descubra a otros mi pecado.

¿Qué has dicho? ¿Qué has dicho? ¡Has de saber que si el confesor por no descubrir un solo pecado venial que escuchó del penitente hubiese de ser quemado vivo, está obligado a dejarse quemar antes que descubrirle! Ni aun con el mismo penitente, puede hablar el confesor de las cosas que oyó en confesión.

‒ Pero temo que el confesor me reprenda ásperamente al oír el pecado que he cometido.

¿Qué dijiste? ¡Qué delirio! estos son vanos fantasmas dé que llena el demonio vuestra imaginación. Para esto se ponen los confesores en el confesionario, no para escuchar éxtasis y revelaciones, sino para escuchar los pecados del que viene a confesarse; y no pueden sentir mayor consuelo, que cuando viene un penitente que les descubre todas sus miserias. Si tú pudieras sin daño tuyo librar de la muerte a una reina, mortalmente herida por sus enemigos, ¿qué consuelo, que gozo no sintieras en librarla con tu cooperación? Esto mismo hace el confesor cuando está en el confesionario; viene un alma penitente a decirle los males que ha hecho; él entonces, con la absolución que le da, libra aquella alma de la herida del pecado, librándola así mismo de la muerte eterna del infierno.

Refiere S. Buenaventura en la vida de S. Francisco, que cierta señora, hallándose al fin de su vida, y después de habérsela visto expirar, y antes que fuese sepultada, se incorporó súbitamente sobre su lecho, y temblando de pavor declaró que habiendo ya expirado su alma, y estando ya para caer en el infierno por haber callado un pecado en la confesión, había vuelto a esta vida por las oraciones de S. Francisco; y así llamó luego al confesor, y con lágrimas copiosas se confesó, diciendo todos los circunstantes que se guardasen bien de callar algún pecado en la confesión, pues Dios no con todos hubiera usado de aquella misericordia que con ella acababa de tener; y dicho esto, entregó de nuevo su espíritu.

Cuando el demonio te tentare para que no confieses el pecado que has cometido, respóndele, como hizo cierta mujer llamada Alaide, la cual, habiendo pecado con un joven, supo que su cómplice, caído en la desesperación se había ahogado con sus propias manos, y condenado después; entonces ella entró en un monasterio para hacer penitencia, y allí, dirigiéndose un día a confesarse de sus pecados, le preguntó el demonio: Alaide, ¿Dónde vas? y respondió ella: Voy a confundirte a ti y a mí, por medio de la confesión. Así pues has de responder al enemigo cuando te tienta a que no confieses tus pecados: Voy a confundir a ti y a mí.

Advierta el Instructor que este mal de callar en la confesión los pecados por vergüenza sucede de menudo en todas partes, y especialmente en lugares pequeños; y así no basta hablar de ello una sola vez en el decurso del Catecismo, sino muchas veces, manifestando con vehemencia al pueblo la fatal ruina que acarrean a las almas las confesiones sacrílegas.

 

 

Tránsito inevitable

Blanca Sevilla

Nov 22, 2019

Los tanatólogos insisten en que tenemos que prepararnos para el fin de la vida, y tienen razón.

Muerte

Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto: ¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? Sólo un poco aquí…

De los ojos verdosos y niños de Gaby, surge la pregunta humana que nunca termina, porque es un eco que reverbera en las gargantas infinitas de la precariedad que se sabe carne y huesos.

–¿Verdad que tú no te vas a morir?

¿Cómo explicarle a esa pequeña filósofa que empieza a navegar en unas aguas a las que todos somos arrojados desde nuestro primer llanto, que esa pregunta se la han hecho los legos y los estudiosos, los poderosos y los miserables, los intelectuales y los ignorantes desde que el hombre es hombre?

Tengo que decirle que todos vamos a morir. Todos, incluso ella, la recién estrenada cuestionadora.

Los ojos de nueve años de Gaby, tristes desde su estructura, se llenan de esa agua en la que todos navegamos indingentes, al tiempo que formula una defensa.

–Tú no estás tan viejita… mis abuelitos sí; pero tampoco quiero que se mueran.

¿Cómo decirle que la muerte no es un privilegio de los ancianos, aunque la ley de las probabilidades proponga lo contrario?

Nadie me habló de la muerte: mi intuición la hizo presente. Una presencia que trae ausencia, desde que mis abuelos se fueron para no volver. Nacimiento y muerte deambulan por la sangre en forma optimista o pesimista, según haya sido el momento del aprendizaje.

Sócrates, sabedor de su fin y estudioso de sus principios, se negó a posponer la ingestión de la cicuta, por más que sus amigos le pedían que se quedara un poco más con ellos. Sólo hubiera conseguido retardar lo inevitable.

Pongo mi mejor sonrisa y hago acopio de una seguridad que en el fondo no he logrado, para explicarle a Gaby que morir es normal y que lo importante es vivir plenamente para llegar al final con las manos llenas de obras buenas, de amor, de satisfacción por el buen uso que hicimos de esa libertad que, enorme como es, no nos alcanza para decidir cuándo y dónde nacer, cuándo y dónde morir.

Los tanatólogos insisten en que tenemos que prepararnos para el fin de la vida, y tienen razón. Si además de pasarnos algunas noches en vela pensando en la muerte, si además de temerla y respetarla, pensáramos en que este momento preciso, este aquí y ahora podría ser el último, alimentaríamos nuestra esperanza de que el tránsito del tiempo a la eternidad es, ciertamente, una idea lúgubre, pero estimulante; entretejida con la razón humana de un modo maravilloso.

Por supuesto, no puedo darle esas explicaciones a Gaby, por madura y precoz que sea. Pero aprovecho la ocasión y la invito al mercado a comprar adornos de la ofrenda que rendirá un culto festivo y multicolor, oloroso a incienso, a cempasúchil, a mole, a calabaza, a nuestros muertos. La llevo al Museo de Antropología para que vea y sienta que nuestra cultura prehispánica tenía en alta estima la muerte.

Quien diga que al educar los niños no nos educamos nosotros es un necio, tiene que ser un necio.

 

 

Sobre el Cristianismo

Asuntos de Religión son frecuentes en la Prensa. En Occidente, todos saben algo sobre el Cristianismo, la Religión fundada por Jesucristo, que se hizo cultura. Unos admiran sus frutos; otros, sienten desprecio, debido al desconocimiento de la belleza y la alegría del Evangelio, o por la incoherencia de cristianos, o  porque les resulta como un espejo y, por soberbia o desesperanza, no quieren ver reflejada  su fealdad moral. Los que siguen a Jesús de Nazaret, saben que es verdadero Dios y también verdadero Hombre. Se trata de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se encarnó en el seno de María Santísima para pagar, a la Justicia Divina,  por nuestros pecados, a fin de que éstos no fueran  obstáculo para nuestra salvación si hay arrepentimiento. Es un misterio de Amor que el Ofendido, Dios, pague por las ofensas. Se conmueve el corazón cuando se piensa en la Misericordia Divina, siempre dispuesta a perdonar sin reservas. La Religión Cristiana tiene dos mil años de historia y es mayoritaria, con más de dos mil seguidores. Esta Religión ha tenido y tiene, también ahora,  gran repercusión en el mundo por las innumerables obras socio-caritativas de sus seguidores. Contribuyó a la humanización del hombre. Algunos se dicen cristianos no practicantes. Quizá tenga razón, Tamara Falcó, quien, al desnudar su espíritu sin rubor y  confesar su Fe en la Prensa, espeta: “decir que uno es católico no practicante es como ser vegetariano y comer carne”  ( Religión en Libertad, 23-XI 2019) 

Josefa  Romo

 

 

Universidades al servicio del “procés”

A finales del pasado mes, la huelga que hicieron los universitarios catalanes, fue presentada como una huelga indefinida de los estudiantes universitarios de Cataluña en contra de la sentencia del Tribunal Supremo, pero en realidad era el bloqueo de una minoría de las facultades para impedir el acceso a la mayoría de los alumnos. La estrategia era la de acoso empleada por los secesionistas, que, como es habitual, contaban con el apoyo de algunos rectores, de ahí que puedan bloquear impunemente el acceso a los centros de estudio. Además, los responsables de la universidades catalanas han habilitado un sistema de evaluación que no perjudique a los estudiantes independentistas. Se trata de una vulneración del principio de igualdad y una demostración de que las autoridades universitarias toman partido a favor de los radicales separatistas, que se ocultaban en pasamontañas bloqueando los accesos. Un total de 800 profesores firmaban una carta denunciando el “aberrante” manifiesto firmado por los rectores pidiendo la libertad de los “presos políticos”, imponiendo su opinión a docentes y alumnos y comprometiendo a las universidades con el “procés”. Es, de nuevo, una demostración de la intromisión del nacionalismo en el sistema educativo, con el favoritismo que supone para los adeptos al régimen separatista.

Pedro García

 

 

Los derechos y la dignidad de las personas moribundas

Como subraya la histórica Declaración conjunta sobre las cuestiones del final de la vida, firmado en Roma, en forma de compromiso, debemos apoyar las leyes y políticas públicas que protejan los derechos y la dignidad de las personas moribundas, y como sociedad, debemos comprometernos para que el deseo de los pacientes de no ser una carga no les tiente a elegir la muerte, en lugar de recibir la atención y el apoyo que les permita vivir el tiempo que les quede con toda su dignidad, mostrando así el valor inalienable que tiene, en cualquier circunstancia, toda vida humana.

Jaume Catalán Díaz

 

La deuda pública y la inutilidad política

 

                                La denominada “deuda pública” y que no sólo alcanza al Estado, sino a todos los estamentos estatales, incluidos ayuntamientos o municipios; yo la entiendo como un medio a emplear transitoriamente; y sólo en casos, desesperados o imprescindibles por las causas que sean; pero nunca como se viene empleando en España (y otros países) que lo viene haciendo de forma ya “descontrolada” y por tanto nociva por demás.

                                Un país o cualquiera de sus entidades menores y públicas, no son otra cosa que “empresas o a lo sumo familias agrupadas”; las que como tales, deben atenerse a sus propios recursos; incluso ahorrando en vez de malgastar fondos que no tienen, puesto que el resultado si esos derroches se mantienen, es la quiebra o el desastre en que muchos “entes o entidades”, ya están.

                                La familia o el individuo “aislados”, no se pueden permitir, “esos lujos irresponsables que sí que mantienen y sostienen los aparatos estatales u oficiales”; puesto que de hacerlo, el individuo, la familia, o empresa privada; irían a la ruina, a la quiebra total, al embargo de bienes, subasta de los mismos; y los promotores de todo ello (los antes propietarios) terminarían en la penuria, muchas veces incluso como, parias, “en la cuneta” y como mendigos, de los que ya hay abundancia “en las cunetas de las denominadas sociedades desarrolladas”, las que también producen su lumpen de mendigos y expulsados de la sociedad.

                                El Estado y sus organismos ya citados, no caen en esas penurias, puesto que al ser como tales; lo que ocurre es que sus deudas, pasan a los habitantes de los mismos, los que “sin comerlo ni beberlo”; tienen que cargar con los estropicios de los malos gobiernos oficiales, que han tenido que soportar; por ello y en lo relativo a mi país (España) la deuda pública que mantiene en la actualidad y la que globalmente da unas cifras atroces; ello ya está endeudando, no sólo a los habitantes que hoy vivimos, sino a los incalculables (“hijos, nietos, biznietos”) aún por nacer, incluidos niños y jóvenes que aún no se han enfrentado a la vida como adultos.

                                Todo ello se puede considerar como un crimen social; pero que no se considera así, ni se arbitran leyes para que esos derroches no se produzcan; puesto que como antes digo refiriéndome a las familias, empresas privadas, o al simple individuo; estos deben gastar no incluso lo que disponen; sino que sabiamente han de ahorrar lo que puedan cada día, para ir reuniendo reservas para tiempos peores, o incluso desastres que pudieran venir. O sea, ni más ni menos que lo que hace la propia Madre Naturaleza, con todas sus manifestaciones de vida; donde y no sólo los animales de sangre caliente, obran de esa forma natural, donde “gastan lo mínimo y guardan reservas para épocas más duras y donde saben, por instinto, que les van a faltar recursos en épocas posteriores”.

                                La deuda pública hoy se emplea para tapar la inutilidad de los políticos que no saben administrar los recursos de la nación y la emplean; puesto que tras saquear al contribuyente, necesitan más dinero, para costear sus desaciertos; y poco les importa la carga que dejan tras de ellos; por ello debieran estar en la cárcel y no donde están. La deuda pública sólo es justificable, tras unas catástrofes sufridas y que son de tal envergadura, que los recursos propios no lo pueden paliar.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes