Las Noticias de hoy 23 Noviembre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 23 de noviembre de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

Tailandia: “No le tengan miedo al futuro ni se dejen achicar”, alienta el Papa a los jóvenes

Tailandia: “Miembros de la familia humana”, constructores de una cultura de “valores compartidos”

Tailandia: El Papa llama a una vida consagrada “capaz de sorprenderse todos los días”

Obispos tailandeses y asiáticos: Mirar “el mañana con la certeza de que no vamos solos”

Tailandia: Los jóvenes, “peregrinos de la fe”, el “ahora” de Dios

Benedetta, consagrada tailandesa: “Gracias al Bautismo, morí a mí misma y renací de nuevo en el Señor”

AMAR LA CASTIDAD: Francisco Fernandez Carbajal

“Ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo”: San Josemaria

El amor matrimonial, como proyecto y tarea común: Mª Á. García. A. Segura

El matrimonio: una vocación y un camino divino: R. Pellitero

Solemnidad de Cristo Rey

Cristo Rey: San Josemaria

Formación de los laicos, desde el corazón de la Iglesia: Ramiro Pellitero

Sentido. Vocacion .Propósito: Nuria Chinchilla

Educar en la tolerancia a la frustración: Lucía Legorreta

Dignidad del cuerpo humano vivo y del cuerpo humano muerto. : José Luis Velayos

Profesores y estudiantes en Cataluña: Jesús Martínez Madrid

El grito de los pobres: JD Mez Madrid

Gran defensor de la herencia hispana: Jesús D Mez Madrid

Demagogia, revolución, reevolución y realidad: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Tailandia: “No le tengan miedo al futuro ni se dejen achicar”, alienta el Papa a los jóvenes

Homilía en la catedral de Bangkok

noviembre 22, 2019 13:36Rosa Die AlcoleaViajes pontificios

(ZENIT – 22 nov. 2019).- El Papa ha alentado a los jóvenes tailandeses a “salir al encuentro de Cristo, el Señor que viene”. En la Eucaristía celebrada con ellos en la Catedral católica de Bangkok, les ha dicho: “No le tengan miedo al futuro ni se dejen achicar; por el contrario, sepan que ahí el Señor los está esperando para preparar y celebrar la fiesta de su Reino”.

La última celebración del Santo Padre en Tailandia ha estado dedicada a los jóvenes: este viernes, 22 de noviembre, después de encontrarse con los líderes religiosos del país en la Universidad de Chulalongkorn University, el Papa ha llegado a la Catedral de la Asunción, en Bangkok a las 17 hora local (11 horas en Roma), para celebrar la Misa con los jóvenes. Al llegar, Francisco se ha subido al papamóvil, en el que ha hecho un recorrido entre los jóvenes presentes, a quienes ha saludado con alegría.

La homilía de Francisco a los jóvenes, segundo papa que visita el Reino de Tailandia, después de Juan Pablo II, se ha centrado en el tema que proponer el Evangelio de hoy: “la venida definitiva de Cristo a nuestras vidas y a nuestro mundo”.

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Citando en repetidas ocasiones alguna frase de su exhortación Christus vivit, el Papa ha exhortado: “¡Démosle la bienvenida en medio nuestro con inmensa alegría y amor, como sólo ustedes, jóvenes, lo pueden hacer!”. Así, ha llamado a ir adelante con alegría “porque sabemos que allí nos espera”, y ha matizado: “Antes que nosotros salgamos a buscarlo, sabemos que el Señor nos busca, viene a nuestro encuentro y nos llama desde la necesidad de una historia por hacer, por crear e inventar”.

¿Quieren mantener vivo el fuego capaz de iluminarlos en medio de la noche y de las dificultades? Queridos amigos, para que el fuego del Espíritu no se apague, y puedan mantener viva la mirada y el corazón, es necesario estar arraigados en la fe de nuestros mayores: padres, abuelos y maestros. No para quedarse presos del pasado, sino para aprender a tener ese coraje capaz de ayudarnos a responder a las nuevas situaciones históricas.

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Herederos de una hermosa historia 

Asimismo, el Papa les ha recordado a los jóvenes que “son herederos de una hermosa historia de evangelización que les fue transmitida como un tesoro sagrado”, en el marco del 350 aniversario de la institución del vicariato apostólico de Siam, es decir, la fundación de la Iglesia en Tailandia.

“Esta hermosa catedral es testigo de la fe en Jesucristo que tuvieron sus antepasados: su fidelidad, profundamente arraigada, los impulsó a hacer buenas obras, a construir ese otro templo más hermoso todavía, compuesto de piedras vivas para poder llevar el amor misericordioso de Dios a las personas de su tiempo. “, ha comentado.

A continuación, ofrecemos la homilía del Santo Padre:

***

Homilía del Papa Francisco

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El evangelio que acabamos de escuchar nos invita a ponernos en movimiento y mirar al futuro para encontrarnos con lo más hermoso que nos quiere regalar: la venida definitiva de Cristo a nuestras vidas y a nuestro mundo. ¡Démosle la bienvenida en medio nuestro con inmensa alegría y amor, como sólo ustedes jóvenes lo pueden hacer! Antes que nosotros salgamos a buscarlo, sabemos que el Señor nos busca, viene a nuestro encuentro y nos llama desde la necesidad de una historia por hacer, por crear e inventar. Vamos hacia adelante con alegría porque sabemos que allí nos espera.

El Señor sabe que, por medio de ustedes, jóvenes, entra el futuro en estas tierras y en el mundo, y con ustedes cuenta para llevar adelante su misión hoy (cf. Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 174). Así como Dios tenía un plan para el pueblo elegido, también tiene un plan para cada uno de ustedes. Él es el primero en soñar con invitarnos a todos a un banquete que tenemos que preparar juntos, Él y nosotros, como comunidad: el banquete de su Reino en el que nadie podría quedar afuera.

El evangelio de hoy nos habla de diez jóvenes invitadas a mirar el futuro y formar parte de la fiesta del Señor. El problema fue que algunas de ellas no estaban preparadas para recibirlo; no porque se hayan quedado dormidas sino porque les faltó el aceite necesario, el combustible interior para mantener encendido el fuego del amor. Tenían un gran impulso y motivación, querían participar del llamado y la convocatoria del Maestro, pero con el tiempo se fueron apagando, se les fueron agotando las fuerzas y las ganas, y llegaron tarde. Una parábola de lo que nos puede suceder a todos los cristianos cuando, llenos de impulsos y de ganas, sentimos el llamado del Señor a tomar parte en su Reino y a compartir su alegría

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con los demás. Es frecuente que, frente a los problemas y obstáculos, –que muchas veces son tantos, como cada uno de ustedes en su corazón lo sabe muy bien–; frente al sufrimiento de personas queridas, o a la impotencia de experimentar situaciones que parecen imposibles de ser cambiadas, entonces la incredulidad y la amargura pueden ganar espacio e infiltrarse silenciosamente en nuestros sueños, haciendo que se enfríe nuestro corazón, se pierda la alegría y que lleguemos tarde.

Por eso, me gustaría preguntarles: ¿Quieren mantener vivo el fuego capaz de iluminarlos en medio de la noche y en medio de las dificultades?, ¿quieren prepararse para responder al llamado del Señor?, ¿quieren estar listos para hacer su voluntad? ¿Cómo procurarse el aceite que los va a mantener en movimiento y los impulsa a buscar al Señor en cada situación?

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Ustedes son herederos de una hermosa historia de evangelización que les fue transmitida como un tesoro sagrado. Esta hermosa catedral es testigo de la fe en Jesucristo que tuvieron sus antepasados: su fidelidad, profundamente arraigada, los impulsó a hacer buenas obras, a construir ese otro templo más hermoso todavía, compuesto de piedras vivas para poder llevar el amor misericordioso de Dios a todas las personas de su tiempo. Pudieron hacer esto porque estaban convencidos de lo que el profeta Oseas proclamó en la primera lectura de hoy: Dios les había hablado con ternura, los había abrazado con firme amor para siempre (cf. Os 2,16.21).

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Queridos amigos, para que el fuego del Espíritu Santo no se apague, y puedan mantener viva la mirada y el corazón, es necesario estar bien arraigados en la fe de nuestros mayores: padres, abuelos y maestros. No para quedarse presos del pasado, sino para aprender a tener ese coraje capaz de ayudarnos a responder a las nuevas situaciones históricas. La de ellos fue una vida que resistió muchas pruebas y mucho sufrimiento. Pero en el camino, descubrieron que el secreto de un corazón feliz es la seguridad que encontramos cuando estamos anclados, enraizados en Jesús: enraizados en la vida de Jesús, en sus palabras, en su muerte y resurrección.

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«A veces he visto árboles jóvenes, bellos, que elevaban sus ramas al cielo buscando siempre más, y parecían un canto de esperanza. Más adelante, después de una tormenta, los encontré caídos, sin vida. Porque tenían pocas raíces, habían desplegado sus ramas sin arraigarse bien en la tierra, y así sucumbieron ante los embates de la naturaleza. Por eso me duele ver que algunos les propongan a los jóvenes construir un futuro sin raíces, como si el mundo comenzara ahora. Porque es imposible que alguien crezca si no tiene raíces fuertes que ayuden a estar bien sostenido y agarrado a la tierra». Chicas y chicos: «Es muy fácil “volarse” cuando no hay desde donde agarrarse, de donde sujetarse» (Exhort. ap. postsin.Christus vivit, 179).

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Sin este firme sentido de arraigo, podemos quedar desconcertados por las “voces” de este mundo que compiten por nuestra atención. Muchas de estas voces son atractivas, propuestas bien maquilladas que al inicio parecen bellas e intensas, aunque con el tiempo solamente terminan dejando el vacío, el cansancio, la soledad y la desgana (cf. ibíd., 277), y van apagando esa chispa de vida que el Señor encendió un día en cada uno.

Queridos jóvenes: Ustedes son una nueva generación, con nuevas esperanzas, nuevos sueños y nuevas preguntas; seguramente también con algunas dudas, pero, arraigados en Cristo, los invito a mantener viva la alegría y a no tener miedo de

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mirar el futuro con confianza. Arraigados en Cristo, miren con alegría y miren con confianza. Esta situación nace de saberse buscados, encontrados y amados infinitamente por el Señor. La amistad cultivada con Jesucristo es el aceite necesario para iluminar el camino, vuestro camino, pero también el de todos los que los rodean: amigos, vecinos, compañeros de estudio y de trabajo, incluso el de aquellos que están en total desacuerdo con ustedes.

¡Salgamos al encuentro de Cristo el Señor que viene! No le tengan miedo al futuro ni se dejen achicar; por el contrario, sepan que ahí en el futuro el Señor los está esperando para preparar y celebrar la fiesta de su Reino.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Tailandia: “Miembros de la familia humana”, constructores de una cultura de “valores compartidos”

Francisco a los líderes religiosos

noviembre 22, 2019 10:37Larissa I. LópezViajes pontificios

(ZENIT – 21 nov. 2019).- “Todos somos miembros de la familia humana y cada uno, desde el lugar que ocupa, está invitado a ser actor y gestor directo en la construcción de una cultura basada en valores compartidos, que conduzcan a la unidad, al respeto mutuo y a la convivencia armoniosa”, indicó el Papa Francisco.

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En la mañana de hoy, 22 de noviembre de 2019, en torno a las 15:20, hora local (las 9:20 en Roma), el Santo Padre ha llegado a la Universidad de Chulalongkorn para el encuentro con los líderes cristianos y de otras religiones.

Universidad de Chulalongkorn

La Universidad de Chulalongkorn, es el ateneo más antiguo de Tailandia y también el más prestigioso. De hecho, por tradición, en ella se gradúan los miembros de la familia real y de la nobleza del país.

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Situada en el centro de Bangkok, la universidad fue fundada como tal oficialmente en 1917 por el rey Rama VI, que la intituló a la memoria de su padre, Rama V, soberano que se dedicó bastante al desarrollo de Tailandia y muy amado entre la población por haber abolido la esclavitud.

A día cuenta con 19 facultades, entre las que se encuentran la de Medicina, Derecho y Economía, así como una Escuela de especialización dedicada al estudio de los recursos agrícolas. La universidad aloja también un gran auditorio, que tiene espacio para más de 1.500 personas.

Encuentro interreligioso

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En este auditorio de la Universidad Chulalongkorn, el Papa Francisco fue acogido por el cardenal arzobispo de Bangkok, el presidente de la Universidad, el presidente del Consejo de la Universidad y por dos estudiantes que le ofrecieron unas flores.

Una vez en el palco, el Santo Padre saludó personalmente a los 18 líderes religiosos presentes. En concreto, se trata de representantes del Budismo, el Islamismo, el Brahmin-Hinduismo y Sikkhism y de diferentes denominaciones cristianas, así como los líderes de la Iglesia Ortodoxa en Tailandia

En esta nación la religión más extendida es el budismo Theravada, que profesa el 94% de la población. Existe una minoría musulmana en el sur (5%) y una comunidad cristiana de un millón de personas, de los cuales unos 300.000 son católicos.

Saludos y regalos

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Después, el presidente de la universidad, Dr.Bundit Eur-arporn, dedicó unas palabras de bienvenida al Pontífice y le ofreció un regalo en nombre de toda la comunidad académica. Una estudiante y una profesora, también hicieron entrega de un presente al Santo Padre.

El presidente de la Comisión para el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso, el obispo Joseph Chusak Sirisut, por su parte, también dirigió un saludo al Papa.

Cantos

Antes de la alocución del Obispo de Roma, un grupo de jóvenes, miembros de la comunidad universitaria, personas de las distintas religiones de Tailandia, han dedicado un canto al Pontífice que contenía un mensaje de paz entre las religiones y las culturas.

Igualmente, tras las palabras de Francisco, de nuevo, el coro ha interpretado un himno tomado de un grupo del Movimiento de los Focolares en los Estados Unidos, que precisamente habla sobre el encuentro y la fraternidad entre los diferentes credos.

Al final del encuentro, se realizó una foto de grupo y el Santo Padre saludó nuevamente a los 18 líderes religiosos presentes en el acto.

Palabras de Francisco

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En su discurso, el Papa Francisco recordó que en 1897, el rey Chulalongkorn, de quien toma nombra la universidad, visitó Roma y tuvo una audiencia con el Papa León XIII. Esta fue la primera vez que un jefe de Estado no cristiano visitaba el Vaticano, un hito que “nos cuestiona y nos anima a asumir un protagonismo tenaz en el camino del diálogo y del entendimiento mutuo”.

Esto, subrayó el Pontífice, “habría que hacerlo en un espíritu de compromiso fraterno que ayude a poner fin a tantas esclavitudes que persisten en nuestros días, pienso especialmente en el flagelo del tráfico y de la trata de personas”.

Resolución de conflictos

Para él, el reconocimiento y la valoración mutua, así como la cooperación entre religiones es “aún más apremiante para la humanidad actual”, ante la globalización económica financiera y los avances, que conviven con conflictos migratorios, refugiados, hambrunas y guerras y con “la degradación y destrucción de nuestra casa común”.

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De este modo, hoy “es tiempo de atreverse a imaginar la lógica del encuentro y del diálogo mutuo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio”, ofreciendo “un nuevo paradigma para la resolución de conflictos, contribuir al entendimiento entre las personas y salvaguardar la creación”, apuntó el Papa.

Y agregó que “estos tiempos nos exigen construir bases sólidas, ancladas en el respeto y reconocimiento de la dignidad de las personas, en la promoción de un humanismo integral capaz de reconocer y reclamar la defensa de nuestra casa común; en una administración responsable, que conserve la belleza y la exuberancia de la naturaleza como un derecho fundamental para la existencia”.

Los marginados y los ancianos

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Por otro lado, el Obispo de Roma se refirió al hecho de que todas las religiones están llamados a “prestar atención” a los los marginados, los oprimidos, los pueblos indígenas y las minorías religiosas y a “a no tener miedo de generar instancias” en las que “unirnos y trabajar mancomunadamente”.

Asimismo, resaltó el valor y cuidado a los ancianos propio de la cultura tailandesa, animándoles a hacer conocer a los más jóvenes “el bagaje cultural de la sociedad en la que viven. Ayudar a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del pasado, a encontrarse con sus raíces haciendo memoria, a encontrarse con sus ancianos, es un verdadero acto de amor hacia ellos, en vista de su crecimiento y de las decisiones que deberán tomar”.

A continuación sigue el discurso completo del Papa Francisco.

***

Discurso del Santo Padre

Señor Cardenal,
Hermanos en el episcopado,
Distinguidos Representantes de las diferentes confesiones religiosas,
Representantes de la Comunidad Universitaria,
Queridos amigos:

Gracias por vuestra cordial bienvenida. Agradezco al Obispo Sirisut y al Dr. Bundit Eua-arporn sus amables palabras. Agradezco también la invitación a visitar esta famosa Universidad, a los estudiantes, a los docentes y personal que dan vida a esta casa de estudios, así como la oportunidad que me brindan de encontrarme con representantes de las diferentes Comunidades cristianas, y con los líderes de otras religiones que nos honran con su presencia. Les manifiesto mi agradecimiento por vuestra presencia aquí, y mi especial estima y reconocimiento por la valiosa herencia cultural y las tradiciones espirituales de las que son hijos y testigos.

Hace ciento veintidós años, en 1897, el rey Chulalongkorn, de quien toma el nombre esta primera universidad, visitó Roma y tuvo una audiencia con el Papa León XIII: era la primera vez que un Jefe de Estado no cristiano fue recibido en el Vaticano. El recuerdo de ese importante encuentro, así como el reinado llevado adelante por él, caracterizado entre tantas virtudes por la abolición de la esclavitud, nos cuestiona y nos anima a asumir un protagonismo tenaz en el camino del diálogo y del entendimiento mutuo. Y esto habría que hacerlo en un espíritu de compromiso fraterno que ayude a poner fin a tantas esclavitudes que persisten en nuestros días, pienso especialmente en el flagelo del tráfico y de la trata de personas.

La necesidad de reconocimiento y valoración mutua, así como la cooperación entre las religiones, es aún más apremiante para la humanidad actual; el mundo de hoy se enfrenta a problemáticas complejas, como la globalización económico-financiera y sus graves consecuencias en el desarrollo de las sociedades locales; los rápidos avances —promotores aparentemente de un mundo mejor— conviven con la trágica persistencia de conflictos civiles: sean conflictos migratorios, refugiados, hambrunas y conflictos bélicos; y conviven también con la degradación y destrucción de nuestra casa común. Todas estas situaciones nos alertan y recuerdan que ninguna región ni sector de nuestra familia humana puede pensarse o construirse ajena o inmune a las demás. Son todas situaciones que, a su vez, nos exigen aventurarnos a tejer nuevas formas de construir la historia presente sin necesidad de denigrar o denostar a nadie. Se acabaron las épocas donde la lógica de la insularidad podía predominar en la concepción del tiempo y del espacio, e imponerse como mecanismo válido para la resolución de conflictos. Hoy es tiempo de atreverse a imaginar la lógica del encuentro y del diálogo mutuo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio. Y, de este modo, ofrecer un nuevo paradigma para la resolución de conflictos, contribuir al entendimiento entre las personas y salvaguardar la creación. Creo que, en este campo, las religiones, así como las universidades, sin necesidad de renunciar a las propias notas esenciales y dones particulares, tenemos mucho para aportar y ofrecer; todo lo que hagamos en este sentido es un paso significativo para garantizar a las generaciones más jóvenes su derecho al futuro, y será también un servicio a la justicia y un servicio a la paz. Sólo así les proporcionaremos las herramientas necesarias para que sean ellos los principales protagonistas en la forma de generar estilos de vida sustentables e inclusivos.

Estos tiempos nos exigen construir bases sólidas, ancladas en el respeto y reconocimiento de la dignidad de las personas, en la promoción de un humanismo integral capaz de reconocer y reclamar la defensa de nuestra casa común; en una administración responsable, que conserve la belleza y la exuberancia de la naturaleza como un derecho fundamental para la existencia. Las grandes tradiciones religiosas de nuestro mundo dan testimonio de un patrimonio espiritual, trascendente y ampliamente compartido, que puede ofrecer sólidos aportes en este sentido, si somos capaces de aventurarnos a no tener miedo de encontrarnos.

Todos nosotros estamos llamados, no sólo a prestar atención a la voz de los pobres en nuestro entorno: los marginados, los oprimidos, los pueblos indígenas y las minorías religiosas, sino también a no tener miedo de generar instancias, como ya tímidamente se vienen desarrollando, donde poder unirnos y trabajar mancomunadamente. A su vez, se nos pide abrazar el imperativo de defender la dignidad humana y respetar los derechos de conciencia y libertad religiosa, y crear espacios donde ofrecer un poco de aire fresco en la certeza de que «no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan» (Carta enc. Laudato si’, 205).

Aquí en Tailandia, país de gran belleza natural, quisiera subrayar una nota distintiva que considero crucial, y en cierta medida parte de las riquezas a “exportar” y compartir con otras regiones de nuestra familia humana. Ustedes valoran y cuidan a sus ancianos —es una gran riqueza—, los respetan y les dan un lugar reverencial, que les garantizan a ustedes las raíces necesarias, para que vuestro pueblo no se marchite detrás de determinados slogans que terminan por vaciar e hipotecar el alma de las nuevas generaciones. Junto a la tendencia creciente de desacreditar los valores y las culturas locales, por imposición de un modelo único, también «vemos una tendencia a “homogeneizar” a los jóvenes, a disolver las diferencias propias de su lugar de origen, a convertirlos en seres manipulables hechos en serie. Así se produce una destrucción cultural, que es tan grave como la desaparición de especies» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 186). Continúen haciéndoles conocer a los más jóvenes el bagaje cultural de la sociedad en la que viven. Ayudar a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del pasado, a encontrarse con sus raíces haciendo memoria, a encontrarse con sus ancianos, es un verdadero acto de amor hacia ellos, en vista de su crecimiento y de las decisiones que deberán tomar (cf. ibíd., 187).

Toda esta perspectiva implica necesariamente el papel de instituciones educativas como esta Universidad. La investigación, el conocimiento, ayudan a abrir nuevos caminos para reducir la desigualdad entre las personas, fortalecer la justicia social, defender la dignidad humana, buscar las formas de resolución pacífica de conflictos y preservar los recursos que dan vida a nuestra tierra. Mi agradecimiento se dirige, de modo particular, a los educadores y académicos de este país que trabajan para proporcionar a las generaciones presentes y futuras las habilidades y, sobre todo, la sabiduría de raíz ancestral, que les permitirá participar en la promoción del bien común de la sociedad.

Queridos hermanos: Todos somos miembros de la familia humana y cada uno, desde el lugar que ocupa, está invitado a ser actor y gestor directo en la construcción de una cultura basada en valores compartidos, que conduzcan a la unidad, al respeto mutuo, a la convivencia armoniosa.

Una vez más, les agradezco su invitación y su atención. Ofrezco mi oración y mis mejores deseos por sus esfuerzo, que están orientados a servir el desarrollo de Tailandia en prosperidad y paz. Sobre ustedes aquí presentes, sobre sus familias y sobre aquellos a quienes sirven, invoco la bendición divina. Y les pido que, por favor, lo hagan por mí.

Muchas gracias.

© Librería Editorial Vaticana

 

 

Tailandia: El Papa llama a una vida consagrada “capaz de sorprenderse todos los días”

Encuentro con sacerdotes y religiosos

noviembre 22, 2019 06:36Rosa Die AlcoleaViajes pontificios

(ZENIT – 22 nov. 2019).- El Papa Francisco ha enseñado a la comunidad de consagrados y consagradas, sacerdotes, seminaristas y catequistas tailandeses que “Una vida consagrada que no sea capaz de sorprenderse todos los días, de alegrarse o de llorar, pero sorprenderse, es una vida consagrada a mitad del camino”.

En este tercer día del Pontífice en el país asiático –segundo día de celebraciones–, viernes, 22 de noviembre de 2019, el Papa se ha encontrado con todos ellos a las 10 hora local (4 horas en Roma) en la parroquia de san Pedro, en el santuario del Beato Nicolas Bunkerd Kitbamrung, dentro de la aldea católica Wat Roman en Tha Kham.

En esta contexto, el segundo papa en visitar Tailandia, después de Juan Pablo II, les ha alentado a “Despertar a la belleza, al asombro, al estupor, capaz de abrir nuevos horizontes y sembrar cuestionamientos”.

“Por favor, no cedan a la tentación de pensar que son pocos”, les ha pedido el Santo Padre, “piensen más bien que son pequeños, pequeños instrumentos en las manos creadoras del Señor, y Él irá escribiendo con sus vidas las mejores páginas de la historia de salvación en estas tierras”.

Inculturar el Evangelio

“No tengamos miedo de querer inculturar el Evangelio cada vez más”, les ha dicho. “Es necesario buscar esas nuevas formas para transmitir la Palabra, capaz de movilizar y despertar el deseo de conocer al Señor”.

La fecundidad apostólica “requiere” y “se sostiene” gracias a “cultivar la intimidad de la oración”, ha asegurado el Papa en su discurso, pronunciado en español. “Una intimidad como la de esos abuelos, que rezan continuamente el rosario”. Ha improvisado: “Si a ustedes les falta la oración, cualquier trabajo que hacen no tiene sentido. No tiene fuerza, no tiene valor, la oración es el centro de todo”.

Gran aplauso

A su llegada, Francisco ha hecho un recorrido en el papamóvil entre los fieles, y al entrar en la iglesia de san Pedro, el párroco le ha recibido en la entrada para entrar juntos por la nave central entre un gran aplauso de los seminaristas y consagrados.

Junto al altar, un sacerdote, una religiosa, un seminarista y un catequista han ofrecido flores que el Papa ha depositado a los pies de san Pedro. Después, ha rezado delante del Santísimo durante unos minutos en silencia, y se ha dirigido al podio. Tras el breve saludo de bienvenida de Mons. Jose Pradhan Sridarunsil, salesiano, obispo de Surat Thani y responsable de los religiosos, de un canto y del testimonio de una religiosa, el Papa ha pronunciado un discurso.

Horizonte nuevo y sorprendente

Consciente de la minoría católica en Tailandia, donde solo 0,55% de la población es católica y cuenta con 12 diócesis y 436 parroquias, el Santo Padre ha dicho a los sacerdotes y los religiosos: “El Señor no nos llamó para enviarnos al mundo a imponer obligaciones a las personas, o cargas más pesadas de las que ya tienen, y son muchas, sino a compartir una alegría, un horizonte bello, nuevo y sorprendente”.

“Preparando este encuentro pude leer, con cierto dolor –les ha indicado– que para muchos la fe cristiana es una fe extranjera, es la religión de los extranjeros”. Esta realidad “nos impulsa a buscar la manera de animarnos a decir la fe ‘en dialecto’, a la manera que una madre le canta canciones de cuna a su niño. Con esa confianza darle rostro y ‘carne’ tailandesa, que es mucho más que realizar traducciones”.

Signo de la misericordia viva

“Quiero impulsar y darles coraje a tantos de ustedes que, a diario, gastan su vida sirviendo a Jesús en sus hermanos”, ha valorado, “a tantos de ustedes que logran ver belleza donde otros tan sólo ven desprecio, abandono o un objeto sexual a ser utilizado. Así, ustedes son signo concreto de la misericordia viva y operante del Señor”.

Así, les ha invitado a “salir de sí mismo y, en ese mismo movimiento de salida, fuimos encontrados. En el rostro de las personas que encontramos por la calle podemos descubrir la belleza de tratar al otro como a un hermano”.

“Ya no es el huérfano, el abandonado, el marginado o el despreciado”, ha continuado. “Ahora tiene rostro de hermano, de ‘hermano redimido por Jesucristo’. ¡Eso es ser cristianos!”.

Ancianos

El Santo Padre dirigió un pensamiento especial hacia los “consagrados ancianos que nos engendraron en el amor y la amistad con Jesucristo”, especialmente recordando a los que no pudieron estar presentes en este encuentro.

“Demos gracias por ellos y por los ancianos de nuestras comunidades que hoy no pudieron estar acá. Díganles a los ancianos que no pudieron estar acá que el Papa les envía una bendición agradecida, y también les pide su bendición”.

Sigue el discurso completo del Santo Padre:

***

Discurso del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas: Buenos días.

Gracias a Mons. Joseph (Pradhan Sridarunsil) por sus palabras de bienvenida en nombre de todos ustedes. Estoy contento de poder verlos, escucharlos, participar de su alegría y palpar cómo el Espíritu realiza su obra en medio nuestro. Gracias a todos ustedes catequistas, sacerdotes, consagrados y consagradas, seminaristas, por este tiempo que me regalan.

Gracias también a Benedetta, por compartirnos su vida y testimonio. A medida que la escuchaba me venía un sentimiento de acción de gracias por la vida de tantos misioneros y misioneras que fueron marcando su vida y dejando su huella. Benedetta, nos hablaste de las Hijas de la Caridad. Quiero que mis primeras palabras con ustedes sean una acción de gracias a todos estos consagrados que con el silencioso martirio de la fidelidad y entrega cotidiana se volvieron fecundos. No sé si llegaron a poder contemplar o saborear el fruto de la entrega, pero sin duda fueron vidas capaces de engendrar. Fueron promesa de esperanza. Por esto, al inicio de nuestro encuentro quiero invitarlos a tener especialmente presente a todos los catequistas, consagrados ancianos que nos engendraron en el amor y la amistad con Jesucristo. Demos gracias por ellos y por los ancianos de nuestras comunidades que hoy no pudieron estar acá. Díganles a los ancianos que no pudieron estar acá que el Papa les envía una bendición agradecida, y también les pide su bendición.

Creo que la historia vocacional de cada uno de nosotros está marcada por esas presencias que ayudaron a descubrir y discernir el fuego del Espíritu. Es tan lindo e importante saber agradecer. «El agradecimiento siempre es un “arma poderosa”. Sólo si somos capaces de contemplar y agradecer concretamente todos los gestos de amor, generosidad, solidaridad y confianza, así como de perdón, paciencia, aguante y compasión con los que fuimos tratados, sólo así dejaremos al Espíritu regalarnos ese aire fresco capaz de renovar (y no emparchar) nuestra vida y misión» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019).

Pensemos en ellos, demos gracias y sobre sus hombros sintámonos también nosotros llamados a ser hombres y mujeres que ayudan a engendrar la vida nueva que el Señor nos regala. Llamados a la fecundidad apostólica, llamados a ser aguerridos luchadores de las cosas que el Señor ama y por las que dio su vida; pidamos la gracia de que nuestros sentimientos y nuestras miradas puedan palpitar al ritmo de su corazón y, me animaría a decirles, hasta llagarse por el mismo amor; tener esa pasión por Jesús y pasión por su Reino.

En este sentido, podemos preguntarnos: ¿Cómo cultivar la fecundidad apostólica? Es una linda pregunta que nos podemos hacer todos y cada uno responderla desde su corazón. Para mí no es fácil comunicarme con ustedes a través de un aparato. No es fácil, pero ustedes tienen buena voluntad.

Benedetta, tú nos hablaste de cómo el Señor te atrajo por medio de la belleza. Fue la belleza de una imagen de la Virgen que con su mirada particular entró en tu corazón y suscitó el deseo de conocerla más: ¿Quién es esta mujer? No fueron las palabras, ideas abstractas o fríos silogismos. Todo comenzó por una mirada bella que te cautivó. Cuánta sabiduría esconden tus palabras. Despertar a la belleza, al asombro, al estupor, capaz de abrir nuevos horizontes y sembrar cuestionamientos. Una vida consagrada que no sea capaz de estar abierta a la sorpresa es una vida que quedó a mitad de camino. Esto lo quiero repetir, no está en el texto escrito. Una vida consagrada que no sea capaz de sorprenderse todos los días, de alegrarse o de llorar, pero sorprenderse, es una vida consagrada a mitad del camino.

El Señor no nos llamó para enviarnos al mundo a imponer obligaciones a las personas, o cargas más pesadas de las que ya tienen, y son muchas, sino a compartir una alegría, un horizonte bello, nuevo y sorprendente. Me gusta mucho esa expresión de Benedicto XVI, que considero paradigmática y hasta profética en estos tiempos: la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 14). «Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas» (ibíd., 167).

Esto nos impulsa a no tener miedo de buscar esos nuevos símbolos e imágenes, esa música particular que ayude a los tailandeses a despertar al asombro que el Señor nos quiere regalar. No tengamos miedo de querer inculturar el Evangelio cada vez más. Es necesario buscar esas nuevas formas para transmitir la Palabra, capaz de movilizar y despertar el deseo de conocer al Señor: ¿Quién es este hombre? ¿Quiénes son estas personas que siguen a un crucificado?

Preparando este encuentro pude leer, con cierto dolor, que para muchos la fe cristiana es una fe extranjera, es la religión de los extranjeros. Esta realidad nos impulsa a buscar la manera de animarnos a decir la fe “en dialecto”, a la manera que una madre le canta canciones de cuna a su niño. Con esa confianza darle rostro y “carne” tailandesa, que es mucho más que realizar traducciones. Es dejar que el Evangelio se desvista de ropajes buenos pero extranjeros, para sonar con la música que a ustedes les es propia en esta tierra y hacer vibrar el alma de nuestros hermanos con la misma belleza que encendió nuestro corazón. Los invito a que le recemos a la Virgen, la primera que cautivó con la belleza de su mirada a Benedetta, y le digamos con confianza de hijos: «Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte. Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la belleza que no se apaga» (ibíd., 288).

La mirada de María nos impulsa a mirar en su misma dirección, hacia esa otra mirada, para hacer todo lo que Él nos diga (cf. Jn 2,1-12). Ojos que cautivan porque son capaces de ir más allá de las apariencias, y alcanzar y celebrar la belleza más auténtica que vive en cada persona. Una mirada que, como nos enseña el Evangelio, rompe todos los determinismos, fatalismos y estándares. Donde muchos veían solamente un pecador, un blasfemo, un recaudador de impuestos, una persona de mala vida, hasta un traicionero, Jesús fue capaz de ver apóstoles. Y esa es la belleza que su mirada nos invita a anunciar, una mirada que transforma y permite acontecer lo mejor de los demás.

Pensando en el comienzo de la vocación de tantos de ustedes, cuántos en su juventud participaron en las actividades de jóvenes que querían vivir el Evangelio y salían a visitar a los más necesitados, ignorados y hasta despreciados de la ciudad, huérfanos y ancianos. Seguro que muchos fueron ahí visitados por el Señor, haciéndoles descubrir el llamado a donarlo todo. Se trata de salir de sí mismo y, en ese mismo movimiento de salida, fuimos encontrados. En el rostro de las personas que encontramos por la calle podemos descubrir la belleza de tratar al otro como a un hermano. Ya no es el huérfano, el abandonado, el marginado o el despreciado. Ahora tiene rostro de hermano, de «hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?» (Exhort. ap. Gaudete et exultate, 98). Quiero impulsar y darles coraje a tantos de ustedes que, a diario, gastan su vida sirviendo a Jesús en sus hermanos, como bien señalaba el obispo al presentarlos —se le veía orgulloso—; a tantos de ustedes que logran ver belleza donde otros tan sólo ven desprecio, abandono o un objeto sexual a ser utilizado. Así, ustedes son signo concreto de la misericordia viva y operante del Señor. Signo de la unción del Santo en estas tierras.

Tal unción requiere de la oración. La fecundidad apostólica requiere y se sostiene gracias a cultivar la intimidad de la oración. Una intimidad como la de esos abuelos, que rezan continuamente el rosario. Cuántos de nosotros hemos recibido la fe de nuestros abuelos, y los hemos visto así, entre las tareas del hogar, con el rosario en la mano, consagrando toda su jornada. La contemplación en la acción, dejando que Dios sea parte de todas las pequeñas cosas del día. Es vital que hoy la Iglesia anuncie el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras y sin miedo (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 23), como personas que cada mañana, en ese cara a cara con el Señor, vuelven a ser enviadas. Sin la oración, toda nuestra vida y misión pierde sentido, pierde fuerza y fervor.

Si a ustedes les falta la oración, cualquier trabajo que hacen no tiene sentido. No tiene fuerza, no tiene valor, la oración es el centro de todo.

Decía san Pablo VI que uno de los peores enemigos de la evangelización era la falta de fervor (cf. Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 80), lean ese número 80 de la Evangelii nuntiandi. Y el fervor para el religioso, religiosa, sacerdote, catequista, se alimenta en ese doble encuentro: en el rostro del Señor y en el de los hermanos. También nosotros tenemos necesidad de ese espacio donde volver a la fuente para beber del agua que da vida. Inmersos en miles de ocupaciones, busquemos siempre el espacio para recordar, en la oración, que el Señor ya ha salvado al mundo y que estamos invitados con Él a hacer tangible esta salvación.

Nuevamente, gracias por vuestra vida, gracias por vuestro testimonio y entrega generosa. Les pido que, por favor, no cedan a la tentación de pensar que son pocos, piensen más bien piensen que son pequeños, pequeños instrumentos en las manos creadoras del Señor, y Él irá escribiendo con sus vidas las mejores páginas de la historia de salvación en estas tierras.

No se olviden de rezar y hacer rezar por mí.

Gracias.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Obispos tailandeses y asiáticos: Mirar “el mañana con la certeza de que no vamos solos”

Encuentro con el Papa

noviembre 22, 2019 06:59Larissa I. LópezViajes pontificios

(ZENIT – 22 nov. 2019).- Consciente de los interrogantes que los prelados asiáticos deben afrontar en sus comunidades, el Papa Francisco exhortó a mirar “el mañana con la certeza de que no vamos solos, de que no caminamos solos, de que no vamos solos, Él nos espera ahí invitándonos a reconocerlo principalmente en el partir el pan”.

En la mañana de hoy, 22 de noviembre de 2019, a las 11, hora local (las 5 h. en Roma), el Santo Padre se reunió en el santuario del beato Nicolas Bunkherd Kitbamrung con los obispos de la Conferencia Episcopal de Tailandia (CBCT) y de la Federación de las Conferencias Episcopales Asiáticas (FABC).

Santuario de Nicolas Bunkherd Kitbamrung

Nicolas Bunkherd Kitbamrung es el primer sacerdote mártir tailandés, evangelizador de este país. El santuario que lleva su nombre fue terminado de construir en 2003, en el distrito de Sam Phran, Bangkok, cerca del lugar donde nació y frente a la parroquia de san Pedro.

El edificio presenta una arquitectura moderna y en él se encuentran las reliquias de Kitbamrung, beatificado el 5 de marzo del año 2000, así como un museo que conmemora la vida heroica de este beato y su contribución a la comunidad cristiana tailandesa.

La CBCT y la FABC

La Conferencia Episcopal de Tailandia (CBCT) fue fundada en 1965 y está compuesta por los obispos de las dos archidiócesis y las 9 diócesis de Tailandia. Su actual presidente es el arzobispo de Bangkok, el cardenal Francis Xavier Kriengsak Kovithavanij.

La CBCT forma parte de la mencionada Federación de las Conferencias Episcopales Asiáticas (FABC), una asociación que, efectivamente, reúne a los ordinarios de los episcopados de Asia meridional, sur oriental, oriental y central.

Con sede en Hong- Kong, fue fundada en 1972 con la aprobación de la Santa Sede “para promover la solidaridad y la corresponsabilidad de sus miembros” en su obra al servicio de la Iglesia y de la sociedad en sus respectivos países, en total 19.

50 aniversario de la FABC

Antes de que el Papa Francisco pronunciara su discurso, el presidente del episcopado tailandés dirigió unas palabras de agradecimiento al Pontífice en las que ha señalado que la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia celebrará su cincuentavo aniversario con una Asamblea General, en Bangkok.

Después de la alocución del Obispo de Roma, tuvo lugar el besamanos de los obispos y la foto de grupo. El Papa se desplazó finalmente a la sala de conferencias cercana, en la que tendría lugar el encuentro con los miembros de la Compañía de Jesús.

Palabras del Papa Francisco

Francisco se refirió en su discurso al testimonio del beato Nicolás Bunkerd Kitbamrung, que dedicó su vida a la evangelización y fue martirizado. Y pidió que este encuentro “impulse en nosotros un gran celo por la evangelización en todas las Iglesias locales de Asia y podamos ser, cada vez más, discípulos misioneros del Señor”.

También aludió a la próxima Asamblea General de la citada federación de episcopados asiáticos en el cincuentenario de su fundación, “una buena ocasión para volver a visitar estos ‘santuarios’ donde se custodian las raíces misioneras que marcaron estas tierras y dejarse impulsar por el Espíritu Santo desde las huellas del primer amor (…)”.

La memoria de los misioneros

Por otra parte, el Papa Francisco resaltó el carácter multicultural y multirreligioso de Asia que a la vez es probado por la pobreza y la explotación, por problemas como las drogas, el tráfico de personas, los migrantes y refugiados, las malas condiciones laborales y la explotación y la desigualdad económica y social.

Ante ello, el Pontífice propuso la memoria de los primeros misioneros “que nos precedieron con coraje, con alegría y con una resistencia única, permitirá medir y evaluar nuestro presente y nuestra misión desde una perspectiva mucho más amplia y transformadora”.

El Espíritu Santo “primerea”

Así, para el Obispo de Roma, observando el “camino misionero en estas tierras”, una de las primeras enseñanzas nace de la confianza de que el Espíritu Santo “primerea”, llega antes que el misionero: “El impulso del Espíritu Santo sostuvo y motivó a los Apóstoles y a tantos misioneros a no descartar ninguna tierra, pueblo, cultura o situación” y “ellos eran audaces, valientes, porque sabían principalmente que el Evangelio es un don para ser derramado en todos y para todos”, explicó.

Además, remarcó que no basta con difundir el Evangelio, sino que “una Iglesia misionera sabe que su mejor palabra es dejarse transformar por la Palabra que da Vida, haciendo del servicio su nota definitiva. No somos nosotros quienes disponemos de la misión, y menos nuestras estrategias”.

El Espíritu es el verdadero protagonista que “nos impulsa y nos envía continuamente a compartir este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7); transformados por el Espíritu para transformar cada rincón donde nos toque estar”, continuó.

El pastor es parte del pueblo

Por otra parte, el Papa Francisco recordó que el pastor es una persona que, “ama entrañablemente a su pueblo, conoce su idiosincrasia, sus debilidades y fortalezas” y que forma parte de dicho pueblo, “no somos los patrones”.

Y pidió no perder de vista la evangelización realizada por los laicos, “no clericalicemos la misión y mucho menos clericalicemos a los laicos”, aclaró.

Los sacerdotes

El Pontífice llamó a los obispos a tener siempre abiertos “la puerta y el corazón” a los sacerdotes: “Estén cerca de ellos, escúchenlos, busquen acompañarlos en todas las situaciones que ellos enfrenten, especialmente cuando los vean desanimados o apáticos”, expresó.

Y agregó que lo hicieran creando un clima de confianza, “para un diálogo sincero, un diálogo abierto, buscando y pidiendo la gracia de tener la misma paciencia que el Señor tiene con cada uno de nosotros, ¡que es tanta, qué es tanta!”.

A continuación sigue el discurso completo del Papa.

***

Discurso del Santo Padre

Agradezco a Su Eminencia, el Cardenal Francis Xavier Kriengsak Kovithavanij, sus amables palabras de introducción y bienvenida. Estoy feliz de poder estar con ustedes y compartir, aunque sea de manera breve, las alegrías y esperanzas, sus iniciativas y sueños, y también los desafíos que enfrentan como pastores del santo pueblo fiel de Dios. Gracias por vuestra fraternal bienvenida.

Nuestro encuentro de hoy tiene lugar en el Santuario del Beato Nicolás Bunkerd Kitbamrung, que dedicó su vida a la evangelización y la catequesis, formando discípulos del Señor, principalmente aquí en Tailandia, también en parte de Vietnam y a lo largo de la frontera con Laos, y coronó su testimonio de Cristo con el martirio. Pongamos este encuentro bajo su mirada para que su ejemplo impulse en nosotros un gran celo por la evangelización en todas las Iglesias locales de Asia y podamos ser, cada vez más, discípulos misioneros del Señor; así su Buena Noticia pueda ser derramada como bálsamo y perfume en este bello y gran continente.

Sé que está planificando para el 2020 la Asamblea General de la Federación de Conferencias de los Obispos de Asia, en el cincuentenario de su fundación. Una buena ocasión para volver a visitar estos “santuarios” donde se custodian las raíces misioneras que marcaron estas tierras y dejarse impulsar por el Espíritu Santo desde las huellas del primer amor, lo cual permitirá abrirse con coraje, con parresia a un futuro que deben gestar, crear, a fin de que tanto la Iglesia como la sociedad en Asia se beneficien de un impulso evangélico compartido y renovado. Enamorados de Cristo, capaces de enamorar y compartir ese mismo amor.

Ustedes viven en medio de un continente multicultural y multirreligioso, de gran belleza y ,prosperidad, pero probado al mismo tiempo por una pobreza y explotación extendida a varios niveles. Los rápidos avances tecnológicos pueden abrir inmensas posibilidades que faciliten la vida, pero pueden dar lugar a un creciente consumismo y materialismo, especialmente entre los jóvenes. Ustedes cargan sobre sus hombros las preocupaciones de sus pueblos, al ver el flagelo de las drogas y el tráfico de personas, la necesidad de atender un gran número de migrantes y refugiados, las malas condiciones de trabajo, la explotación laboral experimentada por muchos, así como la desigualdad económica y social que existe entre los ricos y pobres.

En medio de estas tensiones está el pastor luchando e intercediendo con su pueblo y por su pueblo; por eso creo que la memoria de los primeros misioneros que nos precedieron con coraje, con alegría y con una resistencia única, permitirá medir y evaluar nuestro presente y nuestra misión desde una perspectiva mucho más amplia, mucho más transformadora. Esta memoria nos libra, en primer lugar, de creer que los tiempos pasados fueron siempre más favorables o mejores para el anuncio, y nos ayuda a no refugiarnos en pensamientos y discusiones estériles que terminan por centrarnos y encerrarnos en nosotros mismos, paralizando todo tipo de acción. «Aprendamos de los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades propias de su época» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 263), y permitamos ser despojados de todo aquello que se nos “pegó” durante el camino, y que vuelve más pesado todo el andar. Somos conscientes de que hay estructuras y mentalidades eclesiales que pueden llegar a condicionar negativamente un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga; porque en definitiva sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin “fidelidad de la Iglesia a la propia vocación”, cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo (cf. ibíd., 26), y puede dificultar a nuestro corazón el importante ministerio de la oración e y la intercesión. Esto nos puede ayudar, a veces, a movernos ante los entusiasmos indiscretos de metodologías con éxito aparente pero con poca vida.

Mirando el camino misionero en estas tierras, una de las primeras enseñanzas recibidas nace de la confianza en saber que es precisamente el Espíritu Santo el primero en adelantarse y convocar: El Espíritu Santo “primerea” a la Iglesia invitándola a alcanzar todos esos puntos nodales, donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de nuestras ciudades y culturas (cf. ibíd., 74). No olvidemos que el Espíritu Santo llega antes que el misionero y permanece con él. El impulso del Espíritu Santo sostuvo y motivó a los Apóstoles y a tantos misioneros a no descartar ninguna tierra, pueblo, cultura o situación. No buscaron un terreno con “garantías de éxito”; al contrario, su “garantía” residía en la certeza que ninguna persona y cultura estaba de antemano incapacitada para recibir la semilla de vida, de felicidad y especialmente de la amistad que el Señor le quiere regalar. No esperaron que una cultura fuera afín o sintonizara fácilmente con el Evangelio; por el contrario, se zambulleron en esas realidades nuevas, convencidos de la belleza de la que eran portadores. Toda vida vale a los ojos del Maestro. Ellos eran audaces, valientes, porque sabían principalmente que el Evangelio es un don para ser derramado en todos y para todos: derramado a toda la gente, a los doctores de la ley, pecadores, publicanos, prostitutas, todos los pecadores de ayer como los de hoy. Me gusta señalar que la misión, antes que las actividades para realizar o proyectos para implementar, requiere una mirada y un olfato a cultivar; requiere una preocupación paternal y maternal porque la oveja se pierde cuando el pastor la da por perdida, nunca antes. Hace tres meses me visitó un misionero francés, que trabaja desde hace casi cuarenta años en el norte de Tailandia, entre las tribus, y vino con un grupo de unas 20/25 personas. Todos padres y madres de familia, jóvenes, 25 años, no más, a los cuales él había bautizado, primera generación, y ahora bautizaba a sus hijos. Uno puede pensar: perdiste la vida con 50 personas, con 100 personas. Esa fue su semilla, y Dios lo consuela haciéndole bautizar a los hijos de quien el bautizo por primera vez. Simplemente esos tribales del norte de Tailandia los vivió como riqueza para evangelizar. No dio por perdida esa oveja, la asumió.

Uno de los puntos más hermosos de la evangelización es hacernos cargo de que la misión confiada a la Iglesia no reside sólo en la proclamación del Evangelio, sino también en aprender a creerle al Evangelio. Cuantos hay que proclaman, proclamamos, a veces, en momentos de tentación, el Evangelio y no le creemos al Evangelio. Aprender a creerle al Evangelio, a dejarse tomar y transformar por él. Consiste en vivir y en caminar a la luz de la Palabra que tenemos que proclamar. Nos hará bien recordar al gran Pablo VI: «Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 15). Así la Iglesia entra en la dinámica discipular de conversión-anuncio, purificada por su Señor, se transforma en testigo por vocación. Una Iglesia en camino, sin miedo a bajar a la calle y confrontarse con la vida misma de las personas que le fueron confiadas, es capaz de abrirse humildemente al Señor y con el Señor vivir el asombro, el estupor, de la aventura misionera, sin esa necesidad consciente o inconsciente de querer aparecer ella en primer lugar, ocupando o pretendiendo vaya a saber qué lugar de preeminencia. ¡Cuánto debemos aprender de ustedes, que en tantos de vuestros países o regiones son minorías, y a veces minorías ignoradas, obstaculizadas o perseguidas, y no por eso se dejan llevar o contaminar por el síndrome de inferioridad o la queja de no sentirse reconocidos! Van adelante, anuncian, siembran, rezan y esperan. Y no pierden la alegría.

Hermanos: «Unidos a Jesús, busquemos lo que Él busca, amemos lo que Él ama» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 267), y no tengamos miedo de hacer de sus prioridades nuestras prioridades. Ustedes saben muy bien lo que es una Iglesia pequeña en personas y en recursos, pero ardiente y con ganas de ser instrumento vivo del compromiso del Señor con todas las personas de vuestros pueblos y ciudades (cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1). Vuestro compromiso por llevar adelante esa fecundidad evangélica anunciando el kerygma con obras y con palabras en los diferentes ámbitos donde los cristianos se encuentran, es un testimonio contundente.

Una Iglesia misionera sabe que su mejor palabra es dejarse transformar por la Palabra que da Vida, haciendo del servicio su nota definitiva. No somos nosotros quienes disponemos de la misión, y menos nuestras estrategias. Es el Espíritu el verdadero protagonista que a nosotros, pecadores perdonados, nos impulsa y nos envía continuamente a compartir este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7); transformados por el Espíritu para transformar cada rincón donde nos toque estar. El martirio de la entrega cotidiana y tantas veces silenciosa dará los frutos que vuestros pueblos necesitan.

Esta realidad nos impulsa a desarrollar una espiritualidad muy particular. El pastor es una persona que, en primer lugar, ama entrañablemente a su pueblo, conoce su idiosincrasia, conoce sus debilidades y fortalezas. La misión es ciertamente amor por Jesucristo, pero al mismo tiempo es una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo ese amor que nos devuelve la dignidad y nos sostiene, y precisamente allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 268).

Recordemos que nosotros también somos parte de este pueblo; no somos los patrones, somos parte del pueblo; fuimos elegidos como servidores, no como dueños o amos y esto significa que debemos acompañar a quienes servimos con paciencia, y con amabilidad, escuchándolos, respetando su dignidad, impulsando y valorando siempre sus iniciativas apostólicas. No perdamos de vista que muchas de vuestras tierras fueron evangelizadas por laicos. No clericalicemos la misión, por favor. Y mucho menos clericalicemos los laicos. Ellos laicos tuvieron la posibilidad de hablar el dialecto de su gente, ejercicio simple y directo de inculturación no teórica ni ideológica, sino fruto del ardor por compartir a Cristo. El santo Pueblo fiel de Dios posee la unción del Santo que estamos llamados a reconocer, a valorar y expandir. No perdamos esta gracia de ver a Dios actuando en medio de su pueblo, como lo hizo antes, lo hace ahora y lo seguirá haciendo. Me viene una imagen, que no estaba en el programa pero…: el pequeño Samuel que se despertaba de noche. Dios respetó al viejo sacerdote, débil de carácter, le dejaba hacer, pero no le habló. Le habló a un muchacho, a uno del pueblo.

De manera particular los invito a que tengan siempre abierta la puerta para sus sacerdotes. La puerta y el corazón. No olvidemos que el prójimo más prójimo del obispo es el sacerdote. Estén cerca de ellos, escúchenlos, busquen acompañarlos en todas las situaciones que ellos enfrenten, especialmente cuando los vean desanimados o apáticos, que es la peor de las tentaciones del demonio. La apatía, el desánimo. y esto háganlo no como jueces sino como padres, no como gerentes que se sirven de ellos, sino como auténticos hermanos mayores. Creen un clima donde exista la confianza para un diálogo sincero, un diálogo y abierto, buscando y pidiendo la gracia de tener la misma paciencia que el Señor tiene con cada uno de nosotros, ¡y que es tanta, que es tanta!

Queridos hermanos: Sé que son múltiples los interrogantes que deben enfrentar en el seno de sus comunidades, tanto a diario como pensando en el porvenir. Nunca perdamos de vista que en ese futuro, tantas veces incierto como cuestionador, es precisamente el Señor mismo quien viene con la fuerza de la Resurrección transformando cada llaga, cada herida, en fuente de vida. Miremos el mañana con la certeza de que no estamos solos, de que no caminamos solos, de que no vamos solos, Él nos espera ahí invitándonos a reconocerlo principalmente en el partir el pan.

Supliquemos la intercesión del beato Nicolás y de tantos santos misioneros, para que nuestros pueblos sean renovados con esa misma unción.

Puesto que están hoy aquí numerosos Obispos de Asia, aprovecho la ocasión para extender esta la bendición y mi cariño a todas vuestras comunidades y, de modo especial, a los enfermos y a todos aquellos que estén pasando por momentos de dificultad. Que el Señor los bendiga, cuide y los acompañe siempre. Y a ustedes, que los lleve de su mano; y ustedes déjense llevar de la mano del Señor, no busquen otras manos.

Y, por favor, no se olviden de rezar y hacer rezar por mí, porque todo lo que les dije a ustedes me lo tengo que decir a mí mismo también.

Muchas gracias.

© Librería Editorial Vaticana

 

Tailandia: Los jóvenes, “peregrinos de la fe”, el “ahora” de Dios

Última Misa con el Papa en el país

noviembre 22, 2019 13:15Larissa I. LópezViajes pontificios

(ZENIT – 22 nov. 2019).- En la última Misa del Papa en Tailandia, el cardenal Kovithavanij, arzobispo de Bangkok ha resaltado cómo “Su Santidad guarda en su corazón a estos jóvenes, ‘peregrinos de la fe’, pues ellos son el presente y el futuro de la Iglesia y de la sociedad humana”.

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Hoy, 22 de noviembre de 2019, en torno a las 16:40, hora local, (10:40 h. en Roma), el Papa presidió la Eucaristía con los jóvenes en la catedral de la Asunción en Bangkok.

Francisco se encuentra en el último día de su visita a Tailandia, que forma parte de la primera etapa de su viaje apostólico a Asia, en curso del 19 al 26 de noviembre y en el que también visitará Japón.

Además de los 700 jóvenes reunidos dentro de la catedral, los medios locales reportan que unos 10.000 jóvenes se encontraban congregados fuera de la misma.

Catedral de la Asunción

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La construcción de la catedral de la  Asunción se debe a la iniciativa del padre y misionero francés Pascal. Concluida en 1821, posee un estilo neorrománico con ladrillo rojo y una estructura rectangular.

Durante la II Guerra Mundial, los bombardeos provocaron diversos daños, de manera que fueron necesarias restauraciones en el templo. En los años ’80 y ’90 se realizaron otras remodelaciones para reestructurarlo.

La catedral de la Asunción es considerada el corazón de la archidiócesis de Bangkok y de la evangelización en el país, ya que constituyó el centro neurálgico para los misioneros cristianos. Fue visitada por Juan Pablo II el 11 de mayo de 1984, con ocasión del viaje apostólico a Corea, Papua Nueva Guinea, Islas Salomón y Tailandia.

Iglesia Católica en Tailandia

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Aunque Tailandia es un país mayoritariamente budista (95%), la comunidad cristiana supone un millón de personas, de los cuales unos 300.000 son católicos (menos de 1%).

Las relaciones entre cristianos y budistas son el resultado de un diálogo que se viene manteniendo desde hace cientos de años. Hasta la fecha hay once diócesis y archidiócesis católicas en el país.

Arquidiócesis de Bangkok

La arquidiócesis de Bangkok ostenta 121.039 fieles católicos, su arzobispo es el cardenal Francis Xavier Kriengsak Kovithavanij.

En ella hay 55 parroquias, dos iglesias, 148 sacerdotes regulares diocesanos, 10 seminaristas. Los institutos religiosos masculinos tienen 251 miembros y los femeninos 424. Además, existen 134 institutos de educación, 40 de beneficencia y en el último año la cifra de bautizados ha sido de 1.284 personas.

El “plan” de Dios

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La Misa, que contaba con los ornamentos en color rojo, en honor al martirio de santa Cecilia, cuya memoria se celebraba hoy, ha sido acompañada por los cantos de un coro.

Durante su homilía, el Papa Francisco invitó a los jóvenes tailandeses a dar la bienvenida a Cristo “con inmensa alegría y amor”, y les habló sobre el “plan” que Dios tiene para ellos: “El Señor sabe que por medio de ustedes, jóvenes, entra el futuro en estas tierras y en el mundo, y con ustedes cuenta para llevar adelante su misión hoy”.

Asimismo, les animó a “mantener viva la alegría y a no tener miedo de mirar el futuro con confianza”.

Participación de los jóvenes

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Las lecturas, (Os. 2,16b.17b. 21-22: “Te haré mi esposa para siempre y Mt. 25, 1-13: “¡Aquí está el esposo! Salid al encuentro!”) han sido realizadas por 2 chicas jóvenes en tailandés.

La oración de los fieles, por su parte, ha sido llevada a cabo por 5 chicos y chicas, ataviados con trajes tradicionales, en tailandés y en akka.

En cuanto a las ofrendas, un grupo numeroso de jóvenes todos ellos vestidos con trajes típicos y coloridos que representan a las diferentes etnias y grupos de la sociedad tailandesa, han hecho entrega de las mismas al Santo Padre.

350 aniversario de la misión de Siam

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En el 350 aniversario del establecimiento del Vicariato Apostólico de Siam en Tailandia, erigido en 1669, esta Misa con los jóvenes, junto con todas actividades del viaje del Pontífice a este país, se enmarca dentro de las iniciativas organizadas con motivo de la celebración del mismo y para relanzar la evangelización en la región.

La juventud católica tailandesa se ha preparado para ello bajo el lema “Los discípulos de Cristo viven una nueva Evangelización”, reconociendo así que suponen el motor principal para el anuncio de la Buena Noticia.

Agradecimientos

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Antes de la bendición final, el cardenal Francis Xavier Kriengsak Kovithavanij, en “nombre de todos los fieles católicos, religiosos, sacerdotes, obispos y de toda la gente de buena voluntad de Tailandia” ha agradecido esta visita del Papa.

Igualmente, confirmó el compromiso de la Iglesia tailandesa para “formarles como líderes” de la Nueva Evangelización.

Finalmente, el Papa Francisco también pronunció un mensaje de agradecimiento destinado a todos los que han hecho posible su visita a Tailandia y a los que la han preparado. Al rey, al Gobierno, a las autoridades del país, así como a los obispos, al cardenal Kovithavanij, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los fieles laicos, a los voluntarios y a todos los que le han acompañado con su oración y sacrificios, en modo especial a los enfermos y a los encarcelados.

 

 

Benedetta, consagrada tailandesa: “Gracias al Bautismo, morí a mí misma y renací de nuevo en el Señor”

Testimonio al Santo Padre

noviembre 22, 2019 09:08Rosa Die AlcoleaViajes pontificios

(ZENIT – 22 nov. 2019).- La postulante javeriana Benedetta Donoran ha narrado ante el Papa como “recibió la gracia de la conversión de corazón”, en el encuentro del Santo Padre con la pequeña comunidad de religiosos y religiosas del país, celebrado el viernes, 22 de noviembre, tercer día del Papa en Tailandia.

A las 10 horas en Tailandia (4 horas en Roma), alrededor de 1.000 sacerdotes, consagrados, seminaristas y catequistas han asistido a la parroquia de san Pedro, frente al santuario del Beato Nicolas Bunkerd Kitbamrung, en Tha Kham, para escuchar al Papa Francisco.

Benedetta Jongrak Donoran (Tee), tailandesa de 44 años, de familia tradicional budista, ha contado al Papa y a todos los presentes que se bautizó en 2012 y ahora es postulante en la Congregación de las Misioneras de María o las Javerianas.

La joven tailandesa conoció a las hermanas Hijas de la Caridad a los 15 años, en el colegio de la Inmaculada Concepción de María. Al ir a una Misa a la que fue invitadas por las hermanas, quedó sorprendidamente cautivada por la belleza de la Virgen y le impresionó la imagen del crucificado. “Me asustó”, ha descrito.

“Cuando tenía 33 años decidí proseguir mi ideal, que era el dedicarme a trabajar por el bien de la sociedad como una maestra voluntaria trabajando en pequeños pueblos”, ha narrado. Al cabo de un año pidió el bautizo, que le fue negado.

“Seguí estudiando catecismo un año más. Solo entonces, de rodillas, pedí a Dios que tuviera misericordia de mí. Recibí la gracia de la conversión de corazón”, ha relatado lo joven Tee. “Gracias al Bautismo morí a mí misma y renací de nuevo en nuestro Señor Jesucristo. Me dejé vencer por el amor de Dios y por su paciencia que esperaban a que su hija retornara a Él”.

Sigue el testimonio completo de Benedetta:

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Testimonio de Benedetta, postulante javeriana tailandesa

Todos los miembros de mi familia son budistas y practican las enseñanzas de Buda, como las practicaba yo cuando era joven. El hacer el bien es lo que nos hace libres y lo que nos conduce al cielo. Aquellos que hacen el bien recibirán una recompensa. ¿Por qué tiene Jesús que sufrir las consecuencias de nuestros pecados?

Cuando era niña tuve la oportunidad de ir al colegio de mi pueblo, de la Inmaculada Concepción de María. Entonces tenía 15 años. Las hermanas Hijas de la Caridad nos invitaron a las niñas a ir a la misa del domingo. Entré en la iglesia con algunas de mis amigas y ví la estatua de una mujer. No sabía quien era, pero era muy hermosa. Me impresionó el modo como me miraba. Luego vi la imagen de un hombre crucificado. Me asustó. Desde aquel día empecé a ir a misa todos los domingos sin sentirme obligada a ello. Tenía una gran confianza en María. Así empecé a conocer a María y a Jesús mejor. No creía que Jesús fuera Dios y me preguntaba cómo puede un hombre borrar los pecados de otros hombres. Recitaba el rosario que las hermanas me habían enseñado a rezar y asistía a la misa con otra gente católica.

Continué estudiando y trabajando en la misma escuela. Cuando tenía 33 años decidí proseguir mi ideal, que era el dedicarme a trabajar por el bien de la sociedad como una maestra voluntaria trabajando en pequeños pueblos. Un día iba camino de Chiangmai cuando me encontré con el padre Raffaele Manenti, un misionero del PIME. Decidí ir con él a la Casa de Los Angeles, una casa que acoge a niños descapacitados, y está bajo el cuidado de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced en la provincia de Nonthaburi. Al cabo de algun tiempo, y por simple curiosidad, fuí a visitar a un grupo de catecúmenos. Quería saber qué hacían. Aprendí algo sobre Jesús y tuve oportunidad de escuchar el Evangelio. Sentí que su palabra estaba actuando dentro de mi corazón como un bisturí. Me sentí confusa por las exigencias de su palabra. No quería echarme para atras. Pero sentía que el seguir escuchando sus palabras era como jugar con fuego. El sentimiento de inquietud e incomodidad siguieron creciendo. Una noche, mientras estaba medio dormida, oí una voz que me dijo: “¡Vete a buscar trabajo en otra parte!. ¡Aléjate de esta gente!” Pero también oí otra voz que me dijo: “¡Tee, te quiero!” Esta última voz llenó mi corazón de serenidad y de paz.

Al cabo de un año pedí recibir el bautismo. El sacerdote me lo negó y me dijo que tenía que esperar más tiempo. La verdad es que no estaba todavía preparada para recibir el sacramento del bautismo. Sólo quería deshacerme del sentimiento de inquietud. No estaba pidiendo la misericordia de Dios. Poco a poco me fuí dando cuenta de que el Bautismo no es fruto de nuestros méritos. Lo recibimos como un don de Dios.

Seguí estudiando catecismo un año más. Solo entonces, de rodillas, pedí a Dios que tuviera misericordia de mí. Recibí la gracia de la conversión de corazón. Gracias al bautismo morí a mí misma y renací de nuevo en nuestro Señor Jesucristo. Me dejé vencer por el amor de Dios y por su paciencia que esperaban a que su hija retornara a Él. No hubiera creído nunca si no es por la experiencia que tuve de ser amada por Dios. Dios es amor y se ha manifestado a nosotros en Jesucristo. Yo le he encontrado. Esta es la Buena Nueva en mi vida. La misma Buena Nueva que Pablo, el apostol de los gentiles, nos dice: “por la gracia que de Dios me ha dado, para ser ministro de Jesucristo para los gentiles, en el ministerio del evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles sea acepta y santificada por el Espíritu Santo”. Esta es la misma Buena Nueva a la que ahora quiero dedicar mi vida.

Continuaré buscando la voluntad de Dios. Le doy gracias por el gran don de su Hijo y del Espíritu Santo que ha iluminado mi vida, y por los misioneros que ha enviado para ser testigos de su amor aquí en Tailandia. En verdad la Palabra de Dios no es una simple palabra escrita en un libro sino que es la Palabra llena de vida y portadora de vida.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

AMAR LA CASTIDAD

— Sin la pureza es imposible el amor.

— Castidad matrimonial y virginidad.

— Apostolado sobre esta virtud. Medios para guardarla.

I. Vinieron los saduceos, que niegan la resurrección de los muertos, para proponer a Jesús una cuestión que, según ellos, reducía al absurdo esa verdad admitida comúnmente por el resto de los hebreos1. Según la ley judía2, si un hombre moría sin dejar hijos, el hermano tenía obligación de casarse con la viuda para suscitar descendencia a su hermano. Las consecuencias de esta ley se presentaban como un argumento aparentemente sólido contra la resurrección de los cuerpos. Pues si siete hermanos habían muerto sucesivamente sin dejar descendencia, en la resurrección ¿de quién será esposa?

El Señor contestó con citas de la Sagrada Escritura reafirmando la resurrección de los muertos, y, al enseñar las cualidades de los cuerpos resucitados, desvaneció el argumento de los saduceos. La objeción mostraba por sí misma una gran ignorancia en el poder de Dios para glorificar los cuerpos del hombre y de la mujer a una condición semejante a la de los ángeles que, siendo inmortales, no necesitan la reproducción de la especie3. La actividad procreadora se ciñe a unos años dentro de esta etapa terrena del hombre para cumplir la misión de propagar la especie y, sobre todo, de aumentar el número de elegidos para el Cielo. Lo definitivo es la vida eterna. Esta vida es solo un paso hacia el Cielo.

Mediante la virtud de la castidad, o pureza, la facultad generativa es gobernada por la razón y dirigida a la procreación y unión de los cónyuges dentro del matrimonio. La tendencia sexual se sitúa así en el orden querido por Dios en la creación, aunque –a causa del profundo desorden introducido en la naturaleza humana por el pecado original y por los pecados personales– a veces resulte precisa la lucha ascética para mantener esta ordenación.

La virtud de la castidad lleva también a vivir una limpieza de mente y de corazón: a evitar aquellos pensamientos, afectos y deseos que apartan del amor de Dios, según la propia vocación4. Sin la castidad es imposible el amor humano y el amor a Dios. Si la persona renuncia al empeño por mantener esta limpieza de cuerpo y de alma, se abandona a la tiranía de los sentidos y se rebaja a un nivel infrahumano: «parece corno si el “espíritu” se fuera reduciendo, empequeñeciendo, hasta quedar en un puntito... Y el cuerpo se agranda, se agiganta, hasta dominar»5, y el hombre se hace incapaz de entender la amistad con el Señor. En los primeros tiempos, en medio de un ambiente pagano hedonista, la Iglesia amonestó con firmeza a los cristianos sobre «los placeres de la carne, que como crueles tiranos, después de envilecer el alma en la impureza, la inhabilitan para las obras santas de la virtud»6. La pureza dispone el alma para el amor divino, para el apostolado.

II. La castidad no consiste solo en la renuncia al pecado. No es algo negativo: «no mirar», «no hacer», «no desear»... Es entrega del corazón a Dios, delicadeza y ternura con el Señor, «afirmación gozosa»7. Virtud para todos, que se ha de vivir según el propio estado. En el matrimonio, la castidad enseña a los casados a respetarse mutuamente y a quererse con un amor más firme, más delicado y más duradero. «El amor consigue que las relaciones conyugales, sin dejar de ser carnales, se revistan, por decirlo así, de la nobleza del espíritu y estén a la altura de la dignidad del hombre. El pensamiento de que la unión sexual está destinada a suscitar nuevas vidas tiene un asombroso poder de transfiguración, pero la unión física solo queda verdaderamente ennoblecida si procede del amor y es expresión de amor (...).

»Y cuando el sexo se desvincula completamente del amor y se busca por sí mismo, entonces el hombre abandona su dignidad y profana también la dignidad del otro.

»Un amor fuerte y lleno de ternura es, pues, una de las mejores garantías y sobre todo una de las causas más profundas de la pureza conyugal.

»Pero hay todavía una causa más alta. La castidad, nos dice San Pablo, es un “fruto del Espíritu” (cfr. Gal 5, 23), es decir, una consecuencia del amor divino. Para la guarda de la pureza en el matrimonio hace falta no solo un amor delicado y respetuoso por la otra persona sino sobre todo un gran amor a Dios. El cristiano que intenta conocer y amar a Jesucristo encuentra en este amor un poderoso estímulo para su castidad. Sabe que la pureza acerca de un modo especial a Jesucristo y que la cercanía de Dios, prometida a los que guardan limpio el corazón (cfr. Mt 5, 8), es la garantía principal de esa misma limpieza»8.

La castidad no es la primera ni la más importante virtud, ni la vida cristiana se puede reducir a la pureza, pero sin ella no hay caridad, y esta sí es la primera de las virtudes y la que da su plenitud a todas las demás. Sin la castidad, el mismo amor humano se corrompe. Quienes han recibido la llamada a servir a Dios en el matrimonio, se santifican precisamente en el cumplimiento abnegado y fiel de los deberes conyugales, que para ellos se hace camino cierto de unión con Dios. Quienes han recibido la vocación al celibato apostólico, encuentran en la entrega total al Señor y a los demás por Dios, indiviso corde9, sin la mediación del amor conyugal, la gracia para vivir felices y alcanzar una íntima y profunda amistad con Dios.

Si miramos hoy a Nuestra Señora –y en este día de la semana, el sábado, muchos cristianos la tienen especialmente presente–, vemos que en Ella se dan de modo sublime esas dos posibilidades que en el resto de las mujeres se excluyen: la maternidad y la virginidad. En nuestras tierras la llamamos muchas veces simplemente «la Virgen», la Virgen María. Y la tratamos como Madre. Fue voluntad de Dios que su Madre sea a la vez Virgen. La virginidad ha de ser, pues, un valor altísimo a los ojos de Dios, y encierra un mensaje importante para los hombres de todos los tiempos: la satisfacción del sexo no pertenece a la perfección de la persona. Las palabras de Jesús cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dadas en matrimonio indican que «hay una condición de vida, sin matrimonio, en la que el hombre, varón y mujer, halla a un tiempo la plenitud de la donación personal y la comunión entre las personas, gracias a la glorificación de todo su ser en la unión perenne con Dios. Cuando la llamada a la continencia por el reino de los Cielos encuentra eco en el alma humana (...) no resulta difícil percibir allí una sensibilidad especial del espíritu humano, que ya en las condiciones terrenas parece anticipar aquello de lo que el hombre será partícipe en la resurrección futura»10. La virginidad y el celibato apostólico son aquí en la tierra un anticipo del Cielo.

A la vez, la doctrina cristiana ha afirmado siempre que «el sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad.

»Ese es el contexto, el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad. Nuestra fe no desconoce nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay aquí abajo»11. Quienes entregan a Dios por amor todo su ser, sin mediar un amor humano en el matrimonio, no lo hacen «por un supuesto valor negativo del matrimonio, sino en vista del valor particular que está vinculado a esta opción y que hay que descubrir y aceptar personalmente como vocación propia. Y por esto, Cristo dice: el que pueda entender, que entienda (Mt 19, 12)»12. El Señor ha dado a cada uno una misión aquí en la vida; su felicidad está en cumplirla acabadamente, con sacrificio y alegría.

III. La castidad vivida en el propio estado, en la especial vocación recibida de Dios, es una de las mayores riquezas de la Iglesia ante el mundo; nace del amor y al amor se ordena. Es un signo de Dios en la tierra. La continencia por el reino de los Cielos «lleva sobre todo la impronta de la semejanza con Cristo, que, en la obra de la redención, hizo Él mismo esta opción por el reino de los Cielos»13. Los Apóstoles, apartándose de la tradición de la Antigua Alianza donde la fecundidad procreadora era considerada como una bendición, siguieron el ejemplo de Cristo, convencidos de que así le seguían más de cerca y se disponían mejor para llevar a cabo la misión apostólica recibida. Poco a poco fueron comprendiendo –nos recuerda Juan Pablo II– cómo de esa continencia se origina una particular «fecundidad espiritual y sobrenatural del hombre que proviene del Espíritu Santo»14.

Quizá en el momento actual a muchos les puede resultar incomprensible la castidad, y mucho más el celibato apostólico y la virginidad vividas en medio del mundo. También los primeros cristianos tuvieron que enfrentarse a un ambiente hostil a esta virtud. Por eso, parte importante del apostolado que hemos de llevar a cabo es el de valorar la castidad y el cortejo de virtudes que la acompañan: hacerla atractiva con un comportamiento ejemplar, y dar la doctrina de siempre de la Iglesia sobre esta materia que abre las puertas a la amistad con Dios. Hemos de cuidar, por ejemplo, los detalles de pudor y de modestia en el vestir, en el aseo, en el deporte; la negativa tajante a participar en conversaciones que desdicen de un cristiano; el rechazo de espectáculos inmorales...; y sobre todo hemos de dar el ejemplo alegre de la propia vida. Con nuestra conversación hemos de poner de manifiesto, descaradamente cuando sea necesario, la belleza de esta virtud y los innumerables frutos que de ella se derivan: la mayor capacidad de amar, la generosidad, la alegría, la finura de alma... Hemos de proclamar a los cuatro vientos que esta virtud es posible siempre si se ponen los medios que Nuestra Madre la Iglesia ha recomendado durante siglos: el recogimiento de los sentidos, la prudencia atenta para evitar las ocasiones, la guarda del pudor, la moderación en las diversiones, la templanza, el recurso frecuente a la oración, a los sacramentos y a la penitencia, la recepción frecuente de la Sagrada Eucaristía, la sinceridad... y, sobre todo, un gran amor a la Virgen Santísima15. Nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas16.

Al terminar nuestra oración acudimos a Santa María, Mater pulchrae dilectionis, Madre del amor hermoso, que nos ayudará siempre a sacar un amor más firme aun de las mayores tentaciones.

1 Lc 20, 27-40. — 2 Cfr. Dt 25, 5 ss. — 3 Santo Tomás, Comentario al Evangelio de San Mateo, 22, 30. — 4 Cfr. Catecismo Romano, III, 7, n. 6. — 5 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 841. — 6 San Ambrosio, Tratado sobre las vírgenes, 1, 3. — 7 Cfr. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 5. — 8 J. M. Martínez Doral, La santidad de la vida conyugal, en Scripta Theologica, Pamplona 1989, vol. XXI, fasc. 3, pp. 880-881. — 9 Cfr. 1 Cor 7, 33. — 10 Juan Pablo II, Audiencia general 10-II-1982. — 11 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 24. — 12 Juan Pablo II, loc. cit. — 13 ídem, Audiencia general 24-III-1982. — 14 Ibídem. — 15 Cfr. S. C. para la Doctrina de la Fe, Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual, 29-XII-1975, 12. — 16 Cfr. 1 Cor, 10, 13.

 

“Ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo”

Los verdaderos obstáculos que te separan de Cristo –la soberbia, la sensualidad...–, se superan con oración y penitencia. Y rezar y mortificarse es también ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo. Si vives así, verás cómo la mayor parte de los contratiempos que tienes, desaparecen (Via Crucis, Estación X. n. 4).

Hablas y no te escuchan. Y si te escuchan, no te entienden. ¡Eres un incomprendido!... De acuerdo. En cualquier caso, para que tu cruz tenga todo el relieve de la Cruz de Cristo, es preciso que trabajes ahora así, sin que te tengan en cuenta. Otros te entenderán. (Via Crucis, Estación III. n. 4).
¡Cuántos, con la soberbia y la imaginación, se meten en unos calvarios que no son de Cristo!
La Cruz que debes llevar es divina. No quieras llevar ninguna humana. Si alguna vez cayeras en este lazo, rectifica enseguida: te bastará pensar que El ha sufrido infinitamente más por amor nuestro. (Via Crucis, Estación V. n. 5).
Por mucho que ames, nunca querrás bastante.
El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha en un crescendo de cariño que supera todas las barreras.
Si amas al Señor, no habrá criatura que no encuentre sitio en tu corazón. (Via Crucis, Estación VIII. n. 5).

 

El amor matrimonial, como proyecto y tarea común

Este es el secreto del amor: querer que el otro sea feliz. De esa forma, la relación matrimonial y la educación de los hijos se edifica sobre la sólida base de la entrega. Nuevo editorial sobre el amor humano.

Amor humano28/09/2015

Opus Dei - El amor matrimonial, como proyecto y tarea común

La unidad es el secreto de la vitalidad y la fecundidad en todos los órdenes de la vida. La disgregación es el signo, por excelencia, de la muerte física.

Cuando se trata de la unidad entre un hombre y una mujer, para formar una familia, la unidad ha de darse no solo biológicamente sino espiritualmente. El amor matrimonial, aunque comience por el sentimiento, se consolida por la unidad de objetivos, deseos y aspiraciones en el proyecto común de vida. “La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente”[1].

El amor matrimonial, aunque comience por el sentimiento, se consolida por la unidad de objetivos, deseos y aspiraciones en el proyecto común de vida

Sin el enamoramiento, la especie humana difícilmente sobreviviría, pero el enamoramiento es solo –o primordialmente– el momento previo al amor duradero. Permanecer en el amor no es un ideal ni una cuestión que atañe solo a las buenas costumbres, a la moralidad, o a la fe; es también una exigencia de la biología humana: está en la base de lo que constituye la familia.

Por ejemplo, el parto humano es absolutamente único, distinto, comparado con los animales de cualquier especie. Poco antes de nacer, una descarga hormonal hace que el cerebro del feto se desarrolle. Y esto, fuera de lo que cabría esperar de un mamífero: los simios viven el desarrollo equivalente a la infancia y a la adolescencia en el seno materno; los humanos, en cambio, nacemos prematuros: el desarrollo de la infancia y la juventud lo vivimos fuera, sobre el terreno, en familia.

El compromiso que se contrae es mucho más que “vivir con”, es vivir para el otro

Los niños –gracias a su poderoso cerebro– aprenden de la vida en tiempo real. Este hecho natural –biológico– reclama una estabilidad en el matrimonio. Por eso, algunos autores dicen que el matrimonio indisoluble sea una exigencia de la naturaleza antes que un producto de las tradiciones culturales o de las creencias religiosas, o un invento del Estado.

Cuando el sentimiento inicial que da lugar al enamoramiento desemboca en el matrimonio, el amor se convierte en un compromiso de por vida para complementarse mutuamente. Alcanzando cada cónyuge en el otro su plenitud. El compromiso que se contrae es mucho más que “vivir con”, es vivir para el otro, lo que significa asumir la personal destinación al amor –a la felicidad, al cielo–, entregando la propia vida por el otro.

Los hijos en el proyecto común

Dentro del proyecto familiar, la formación de los hijos –cuando los hay– es quizá la principal tarea. Desde pequeños, precisan sentir la unidad espiritual en la vida de sus padres. “Desde el primer momento, los hijos son testigos inexorables de la vida de sus padres. (…) De manera que las cosas que suceden en el hogar influyen para bien o para mal en vuestras criaturas. Procurad darles buen ejemplo, procurad no esconder vuestra piedad, procurad ser limpios en vuestra conducta. (…) Por eso, debéis tener vida interior, luchar por ser buenos cristianos”[2].

La vida es unidad, y si queremos que los hijos tengan criterios claros, necesitan palpar cotidianamente el amor mutuo de sus padres

Tan importante como el alimento, el vestido o la elección de la escuela, es la formación en aquellas pautas, actitudes y convicciones que hacen posible la vida plena de las personas. La vida es unidad, y si queremos que los hijos tengan criterios claros, necesitan palpar cotidianamente el amor mutuo de sus padres; su común acuerdo acerca de las cosas importantes en el desarrollo de la familia; y, sobre todo, han de descubrir de distintos modos, pero en detalles concretos, que son aceptados por lo que son; los hijos han de percibir en los gestos de sus padres hacia ellos la afirmación de su existencia: ¡qué bueno y qué bello es que estés con nosotros, que formes parte de nuestra familia!

Si los hijos viven en una atmósfera de realidades y no de caprichos, será más fácil que aprendan a autogobernarse, y que, a su tiempo, quieran repetir el modelo. Es cierto que cada hijo es una novela distinta, que escriben ellos mismos a medida que van madurando, pero también es cierto que en un clima habitual de conflicto y de inestabilidad es mucho más difícil madurar debidamente. San Josemaría sugiere al respecto: “Háblales razonando un poco, para que se den cuenta de que deben obrar de otra manera, porque así agradan a Dios”[3].

Si los hijos viven en una atmósfera de realidades y no de caprichos, será más fácil que aprendan a autogobernarse, y que, a su tiempo, quieran repetir el modelo

Cuando los hijos ven que sus padres se quieren, se sienten seguros; esto aporta estabilidad a su carácter: crecen con serenidad y con energía para vivir. Si, además, los padres procuran convivir el mayor tiempo posible con ellos, aprenderán las exigencias de la entrega a los demás como por ósmosis, se contagiarán del cariño de sus padres, y se reducirán los temores y las posibles ansiedades.

 

Familia versus individualismo

La familia surge de un enlace donde dos se hacen uno, ligados por un vínculo contraído libremente. El amor, para ser humano y libre, debe luchar por mantener el compromiso asumido, cualesquiera que sean las circunstancias.

El secreto del amor es querer que el otro sea feliz. Si los padres actúan así, los hijos aprenden el amor en su mismo manantial. No son dos proyectos singulares y luego reunidos o mezclados, sino uno solo que enriquece la vida de ambos. La profesión de cada uno, aun vivida con entusiasmo, se potencia con el proyecto común. Si, al trabajar, cada uno piensa en el otro, profesión y familia se apoyan mutuamente; y los llamados problemas de “conciliación” entre trabajo y familia encuentran una solución conforme a la vocación de la familia.

En el matrimonio se crea la atmósfera que impide el individualismo egoísta y se facilita la maduración personal

En el matrimonio se crea la atmósfera que impide el individualismo egoísta y se facilita la maduración personal. Aquí la mujer, como dice el papa Francisco, tiene un papel especial: “Las madres son el antídoto más fuerte a la difusión del individualismo egoísta. Individuo quiere decir ‘que no puede ser dividido’. Las madres, en cambio, se dividen ellas, desde cuando acogen un hijo para darlo al mundo y hacerlo crecer”[4].

La mujer y el hombre maduros saben practicar, con sentido común, el respeto a la autonomía y personalidad del otro. Es más, cada uno vive la vida del otro como propia. En este sentido, la expresión formarán “una sola carne”[5] lo dice todo. El mandato de Dios es una propuesta de vida en común para siempre, que implica una entrega total y exclusiva; podríamos decir que se trata de un llamamiento al amor verdadero y comprometido. Al mismo tiempo, tenemos la posibilidad de rechazarlo. Pero acoger en libertad la invitación de quien es la Vida misma es un seguro de felicidad. “Cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del Matrimonio, Dios, por así decir, se «refleja» en ellos, les imprime sus propios rasgos y el carácter indeleble de su amor. Un matrimonio es el icono del amor de Dios con nosotros. ¡Es muy bello! También Dios, de hecho, es comunión: las tres personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta. Y es justamente este el misterio del Matrimonio”[6]. La familia, siguiendo ese programa, ha de imitar la vida divina en el amor y en el desbordamiento de su fecundidad. El individualista –el “single man”, la “single woman”–, está en sus antípodas. Si quiere vivir y hacer vivir, el matrimonio debe seguir las instrucciones que Él mismo nos dio al principio, “creced y multiplicaos”[7].

Si los hijos maduran en la fidelidad de los padres, aprenden el secreto de la felicidad y del sentido de la vida

Dios es una vida de relación permanente[8]. Y ha querido establecer con los hombres una Alianza de amor. En el matrimonio, el “vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo de la Alianza que une a Dios con su pueblo”[9]. De ahí lo grave que es una ruptura formal, se mire por donde se mire.

En la fidelidad matrimonial está la felicidad. Dios ha sido fiel con nosotros, dándonos todos los bienes: en primer lugar, el propio amor del matrimonio y el de los hijos. Si los hijos maduran en la fidelidad de los padres, aprenden el secreto de la felicidad y del sentido de la vida.

El edificio social, por otra parte, se construye con unos ladrillos que son las familias y sobre unos cimientos que los forman, la confianza de todos para con todos. Si no hay fidelidad en el ámbito familiar –ni respeto, ni confianza–, tampoco la habrá en la sociedad.

Mª Á. García

A. Segura


[1] San Juan Pablo II, Exh. ap. Familiaris consortio, 11.

[2] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 12-IX-1972.

[3] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 24-XI-1972.

[4]Audiencia, 7-I-2015.

[5]Mt 19, 6.

[6] Papa Francisco, Audiencia, 2-IV-2014.

[7]Gn 1, 28 y 2, 24.

[8]Cfr. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, q. 40, a. 2 y 3.

[9] San Juan Pablo II, Exh. ap. Familiaris consortio, 12.

 

El matrimonio: una vocación y un camino divino

Llegar juntos al Cielo: esa es la ilusión que puede impulsar a cada matrimonio. Ofrecemos un nuevo editorial sobre el amor humano.

Amor humano20/09/2015

Opus Dei - El matrimonio: una vocación y un camino divino

Unas palabras del Papa Francisco, en el encuentro con las familias que celebró en Manila, han dado la vuelta al mundo:

“No es posible una familia sin soñar. Cuando en una familia se pierde la capacidad de soñar, de amar, esta energía de soñar se pierde, por eso les recomiendo que en la noche cuando hagan el examen de consciencia, también se hagan esta pregunta: ¿hoy soñé con el futuro de mis hijos, hoy soñé con el amor de mi esposo o esposa, soñé con la historia de mis abuelos?”[1].

La capacidad de soñar equivale a la capacidad de proyectar el sentido de nuestra vida en los que queremos. Por eso es, efectivamente, algo representativo de cada familia

Soñar

 

Esta capacidad de soñar tiene que ver con la ilusión –en el sentido castellano del término– que ponemos en nuestros horizontes y esperanzas, sobre todo en relación con las personas; o sea, los bienes o logros que les deseamos, las esperanzas que nos hacemos respecto de ellos. La capacidad de soñar equivale a la capacidad de proyectar el sentido de nuestra vida en los que queremos. Por eso es, efectivamente, algo representativo de cada familia.

Desde muy pronto, san Josemaría ha contribuido a recordar, dentro de las enseñanzas de la Iglesia, que el matrimonio –germen de la familia– es, en el sentido pleno de la palabra, una llamada específica a la santidad dentro de la común vocación cristiana: un camino vocacional, distinto pero complementario al del celibato –ya sea sacerdotal o laical– o a la vida religiosa. “El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios”[2].

San Josemaría ha contribuido a recordar, dentro de las enseñanzas de la Iglesia, que el matrimonio un camino vocacional, distinto pero complementario al del celibato

Por otra parte, esta llamada de Dios en el matrimonio no significa en modo alguno rebajar los requerimientos que supone seguir a Jesús. Pues, si “todo contribuye al bien de los que aman a Dios”[3], los esposos cristianos encuentran en la vida matrimonial y familiar la materia de su santificación personal, es decir, de su personal identificación con Jesucristo: sacrificios y alegrías, gozos y renuncias, el trabajo en el hogar y fuera, son los elementos con que, a la luz de la fe, construir el edificio de la Iglesia.

Soñar, para un cristiano, con la esposa o con el esposo, es mirarlo con los ojos de Dios. Es contemplar, prolongado en el tiempo, la realización del proyecto que el Señor tiene pensado, y quiere, para cada uno, y para los dos en su concreta relación matrimonial. Es desear que esos planes divinos se hagan realidad en la familia, en los hijos –si Dios los manda–, en los abuelos, y en los amigos que la providencia les vaya poniendo para acompañarles en el viaje de la vida. Es, en definitiva, ver cada uno al otro como su particular camino hacia el cielo.

El secreto de la familia

 

En efecto, Cristo ha hecho del matrimonio un camino divino de santidad, para encontrar a Dios en medio de las ocupaciones diarias, de la familia y del trabajo, para situar la amistad, las alegrías y las penas –porque no hay cristianismo sin Cruz–, y las mil pequeñas cosas del hogar en el nivel eterno del amor. He ahí el secreto del matrimonio y de la familia. Así se anticipa la contemplación y el gozo del cielo, donde encontraremos la felicidad completa y definitiva.

Situar las mil pequeñas cosas del hogar en el nivel eterno del amor. He ahí el secreto del matrimonio y de la familia

En el marco de ese “camino divino” de amor matrimonial, san Josemaría hablaba del significado cristiano, profundo y bello, de la relación conyugal: “En otros sacramentos la materia es el pan, es el vino, es el agua… Aquí son vuestros cuerpos. (…) Yo veo el lecho conyugal como un altar; está allí la materia del sacramento”[4]. La expresión altar no deja de ser sorprendente, y al mismo tiempo es consecuencia lógica de una lectura profunda del matrimonio, que tiene en la una caro[5] –la unión completa de los cuerpos humanos, creados a imagen y semejanza de Dios– su núcleo.

"Yo veo el lecho conyugal como un altar; está allí la materia del sacramento” (San Josemaría)

Desde esta perspectiva se entiende que los esposos cristianos expresen, en el lenguaje de la corporalidad, lo propio del sacramento del matrimonio: con su entrega mutua, alaban a Dios y le dan gloria, anuncian y actualizan el amor entre Cristo y la Iglesia, secundando la obra del Espíritu Santo en los corazones. Y de ahí viene, para los esposos, para su familia y para el mundo, una corriente de gracia, de fuerza y de vida divina que todo lo hace nuevo.

Esto requiere una preparación y una formación continua, una lucha positiva y constante: “Los símbolos fuertes del cuerpo –observa el Papa Francisco– tienen las llaves del alma: no podemos tratar los lazos de la carne con ligereza, sin abrir una herida duradera en el espíritu”[6].

El vínculo que surge a partir del consentimiento matrimonial queda sellado y es enriquecido por las relaciones íntimas entre los esposos. La gracia de Dios que han recibido desde el bautismo, encuentra un nuevo cauce que no se yuxtapone al amor humano, sino que lo asume. El sacramento del matrimonio no supone un añadido externo al matrimonio natural; la gracia sacramental específica informa a los cónyuges desde dentro, y les ayuda a vivir su relación con exclusividad, fidelidad y fecundidad: “Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de su vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor divino también a través del amor humano; que han sido elegidos, desde la eternidad, para cooperar con el poder creador de Dios en la procreación y después en la educación de los hijos; que el Señor les pide que hagan, de su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las virtudes cristianas”[7].

"Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de su vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor divino también a través del amor humano" (San Josemaría)

Los hijos son siempre la mejor “inversión”, y la familia la “empresa” más sólida, la mayor y más fascinante aventura. Todos contribuyen con su papel, pero la novela que resulta es mucho más interesante que la suma de las historias singulares, porque Dios actúa y hace maravillas.

De ahí la importancia de saberse comprender –los esposos entre sí y a los hijos–,de aprender a pedir perdón, de amar –como enseñaba san Josemaría– todos los defectos mutuos, siempre que no sean ofensa a Dios[8]. “Cuántas dificultades en la vida del matrimonio se solucionan si nos tomamos un espacio de sueño. Si nos detenemos y pensamos en el cónyuge, en la cónyuge. Y soñamos con las bondades que tiene, las cosas buenas que tiene. Por eso es muy importante recuperar el amor a través de la ilusión de todos los días. ¡Nunca dejen de ser novios!”[9].

Parafraseando al Papa, se podría añadir: que los esposos nunca dejen de sentarse para compartir y recordar los momentos bellos y las dificultades que han atravesado juntos, para considerar las circunstancias que han procurado éxitos o fracasos, o para recobrar un poco el aliento, o para que los dos piensen en la educación de los hijos.

Cimiento del futuro de la humanidad

 

La vida matrimonial y familiar no es instalarse en una existencia segura y cómoda, sino dedicarse el uno al otro y dedicar tiempo generosamente a los demás miembros de la familia, comenzando por la educación de los hijos –lo que incluye facilitar el aprendizaje de las virtudes, y la iniciación en la vida cristiana–, para abrirse continuamente a los amigos, a otras familias, y especialmente a los más necesitados. De este modo, mediante la coherencia de la fe vivida en familia, se comunica la buena noticia –el Evangelio– de que Cristo sigue presente y nos invita a seguirlo.

Cada hijo es, ante todo, un hijo de Dios, único e irrepetible, con el que Dios ha soñado primero

Para los hijos, Jesús se revela a través del padre y la madre; pues para ambos, cada hijo es, ante todo, un hijo de Dios, único e irrepetible, con el que Dios ha soñado primero. Por eso, podía afirmar Juan Pablo II que “el futuro de la humanidad se fragua en la familia”[10].

Las familias que no han podido tener hijos

 

¿Y cuál sería el sentido que deben dar a su matrimonio los esposos cristianos que no tengan descendencia? A esta pregunta, san Josemaría respondía que, ante todo, deberían pedir a Dios que les bendiga con los hijos, si es su Voluntad, como bendijo a los Patriarcas del Antiguo Testamento; y después que acudan a un buen médico. “Si a pesar de todo, el Señor no les da hijos, no han de ver en eso ninguna frustración: han de estar contentos, descubriendo en este mismo hecho la Voluntad de Dios para ellos. Muchas veces el Señor no da hijos porque pide más. Pide que se tenga el mismo esfuerzo y la misma delicada entrega, ayudando a nuestros prójimos, sin el limpio gozo humano de haber tenido hijos: no hay, pues, motivo para sentirse fracasados ni para dar lugar a la tristeza”.

Muchas veces el Señor no da hijos porque pide más. Pide que se tenga el mismo esfuerzo y la misma delicada entrega, ayudando a nuestros prójimos

Y añadía: "Si los esposos tienen vida interior, comprenderán que Dios les urge, empujándoles a hacer de su vida un servicio cristiano generoso, un apostolado diverso del que realizarían en sus hijos, pero igualmente maravilloso. Que miren a su alrededor, y descubrirán enseguida personas que necesitan ayuda, caridad y cariño. Hay además muchas labores apostólicas en las que pueden trabajar. Y si saben poner el corazón en esa tarea, si saben darse generosamente a los demás, olvidándose de sí mismos, tendrán una fecundidad espléndida, una paternidad espiritual que llenará su alma de verdadera paz"[11].

En todo caso, a san Josemaría le gustaba referirse a las familias de los primeros cristianos: “Aquellas familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído”[12].

R. Pellitero


[1] Papa Francisco, Discurso en el Encuentro con las familias, Manila, Filipinas, 16-01-2015.

[2] Cfr. San Josemaría, Homilía “Amar al mundo apasionadamente”, en Conversaciones, n. 121; cfr. “El matrimonio, vocación cristiana”, en Amigos de Dios.

[3] Rm 8, 28.

[4] San Josemaría, Apuntes tomados de una reunión familiar (1967), recogido en Diccionario de San Josemaría, Burgos 2013, p. 490.

[5] Cf. Gn 2, 24; Mc 10, 8.

[6] Papa Francisco, Audiencia general, 27-05-2015.

[7] San Josemaría, Conversaciones, n. 93.

[8] Cf. San Josemaría, Apuntes tomados de una reunión familiar, 7-VII-1974.

[9] Papa Francisco, Discurso en el Encuentro con las familias, Manila, Filipinas, 16-01-2015.

[10] San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 86.

[11] San Josemaría, Conversaciones, n. 96.

[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 30.

 

 

 

Solemnidad de Cristo Rey

“Qué responderíamos, si Él preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti?”, pregunta san Josemaría con ocasión de esta solemnidad. Ofrecemos recursos para meditar sobre Jesucristo como Rey del Universo.

De la Iglesia y del Papa21/11/2019

Opus Dei - Solemnidad de Cristo ReyRecursos para meditar en la solemnidad de Jesucristo como Rey del Universo.

Cristo Rey: En el último domingo del año litúrgico se celebra la Solemnidad de Cristo Rey. Ofrecemos el texto y el audio de la homilía que San Josemaría predicó el 22 de noviembre de 1970.

Comentario al evangelio: Cristo Rey. Evangelio del 34º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo C) y comentario al evangelio.

• Las Fiestas del Señor durante el tiempo ordinario (II): Cristo Rey del Universo. Texto para meditar sobre el año litúrgico, en concreto sobre la solemnidad que ahora celebramos.

• Jesús hoy nos pide que dejemos que Él se convierta en nuestro rey: Ángelus del Papa Francisco en la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo (2018)

Consagración del Opus Dei al Corazón de Jesús: Año 1952. Se acercaba la fiesta de Cristo Rey y san Josemaría decidió consagrar el Opus Dei, con sus miembros y apostolados, al Sagrado Corazón de Jesús. En este artículo se explica ese momento de la historia de la Obra.

Mons. Fernando Ocáriz: «Cristo reina dándonos su vida» (2017): algunas anotaciones de la predicación realizada por el prelado del Opus Dei con ocasión de la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

Omnia traham ad meipsum (Todo lo atraeré hacia mí): Estudio de Pedro Rodríguez, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, publicado en Romana, nº 13 (1991).

 

 

 

Cristo Rey

En el último domingo del año litúrgico se celebra la Solemnidad de Cristo Rey. Ofrecemos el texto y el audio de la homilía que San Josemaría predicó el 22 de noviembre de 1970.

Homilías en audio16/11/2019

Termina el año litúrgico, y en el Santo Sacrificio del Altar renovamos al Padre el ofrecimiento de la Víctima, Cristo, Rey de santidad y de gracia, rey de justicia, de amor y de paz, como leeremos dentro de poco en el Prefacio (...regnum santitatis et gratiae, regnum iustitiae, amoris et pacis (Prefacio de la Misa).). Todos percibís en vuestras almas una alegría inmensa, al considerar la santa Humanidad de Nuestro Señor: un Rey con corazón de carne, como el nuestro; que es autor del universo y de cada una de las criaturas, y que no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas.

¿Por qué, entonces, tantos lo ignoran? ¿Por qué se oye aún esa protesta cruel: nolumus hunc regnare super nos (Lc XIX, 14.), no queremos que éste reine sobre nosotros? En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina.

Ante ese triste espectáculo, me siento inclinado a desagraviar al Señor. Al escuchar ese clamor que no cesa y que, más que de voces, está hecho de obras poco nobles, experimento la necesidad de gritar alto: oportet illum regnare! (1 Cor XV, 25.), conviene que El reine.

Oposición a Cristo

Muchos no soportan que Cristo reine; se oponen a El de mil formas: en los diseños generales del mundo y de la convivencia humana; en las costumbres, en la ciencia, en el arte. ¡Hasta en la misma vida de la Iglesia! Yo no hablo –escribe S. Agustín– de los malvados que blasfeman de Cristo. Son raros, en efecto, los que lo blasfeman con la lengua, pero son muchos los que lo blasfeman con la propia conducta (S. Agustín, In Ioannis Evangelium tractatus, 27, 11 (PL 35, 1621).).

A algunos les molesta incluso la expresión Cristo Rey: por una superficial cuestión de palabras, como si el reinado de Cristo pudiese confundirse con fórmulas políticas; o porque, la confesión de la realeza del Señor, les llevaría a admitir una ley. Y no toleran la ley, ni siquiera la del precepto entrañable de la caridad, porque no desean acercarse al amor de Dios: ambicionan sólo servir al propio egoísmo.

El Señor me ha empujado a repetir, desde hace mucho tiempo, un grito callado: serviam!, serviré. Que El nos aumente esos afanes de entrega, de fidelidad a su divina llamada –con naturalidad, sin aparato, sin ruido–, en medio de de la calle. Démosle gracias desde el fondo del corazón. Dirijámosle una oración de súbditos, ¡de hijos!, y la lengua y el paladar se nos llenarán de leche y de miel, nos sabrá a panal tratar del Reino de Dios, que es un Reino de libertad, de la libertad que El nos ganó (Cfr. Gal IV, 31.).

Cristo, Señor del mundo

Quisiera que considerásemos cómo ese Cristo, que –Niño amable– vimos nacer en Belén, es el Señor del mundo: pues por El fueron creados todos los seres en los cielos y en la tierra; El ha reconciliado con el Padre todas las cosas, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz (Cfr. Col I, 11.). aquellos dos ángeles de blancas vestiduras, a los discípulos que estaban atónitos contemplando las nubes, después de la Ascensión del Señor: varones de Galilea ¿por qué estáis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que separándose de vosotros ha subido al cielo, vendrá de la misma manera que le acabáis de ver subir (Act I, 11.).

Por El reinan los reyes (Prv VIII, 15.), con la diferencia de que los reyes, las autoridades humanas, pasan; y el reino de Cristo permanecerá por toda la eternidad (EX XV, 18.), su reino es un reino eterno y su dominación perdura de generación en generación (Dan III, 100.).

El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana, Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por El se mantiene en vida todo lo que vive.

¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo (Ioh XVIII, 36.), aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para esto nací: para dar testimonios de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz (Ioh XVIII, 37.). Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo (Rom XIV, 17.).

Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres.

Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra, no ofrece un programa político, sino que dice: haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos (Mt III, 2; IV, 17.); encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva (Cfr. Lc X, 9.), y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino (Cfr. Mt VI, 10.). Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero (Cfr. Mt VI, 33.), lo único verdaderamente necesario (Cfr. Lc X, 42.).

La salvación, que predica Nuestro Señor Jesucristo, es una invitación dirigida a todos; acontece lo que a cierto rey, que celebró las bodas de su hijo y envió a los criados a llamar a los convidados a las bodas (Mt XXII, 2.). Por eso, el Señor revela que el reino de los cielos está en medio de vosotros (Lc XVII, 21.).

Nadie se encuentra excluido de la salvación, si se allana libremente a las exigencias amorosas de Cristo: nacer de nuevo (Cfr. Ioh III, 5.), hacerse como niños, en la sencillez de espíritu (Cfr. Mc X, 14; Mt VII, 21; V, 3.); alejar el corazón de todo lo que aparte de Dios (En verdad os digo que difícilmente un rico entrará en el reino de los cielos (Mt XIX, 23).). Jesús quiere hechos, no sólo palabras (Cfr. Mt VII, 21.). Y esfuerzo denodado, porque sólo los que luchan serán merecedores de la herencia eterna (El reino de los cielos se alcanza a viva fuerza y los que la hacen lo arrebatan (Mt XI, 12).). La perfección del reino –el juicio definitivo de salvación o de condenación– no se dará en la tierra. Ahora el reino es como una siembra (Cfr. Mt XIII, 24.), como el crecimiento del grano de mostaza (Cfr. Mt XIII, 31.); su fin será como la pesca con la red barredera, de la que traída a la arena–serán extraídos, para suertes distintas, los que obraron la justicia y los que ejecutaron la iniquidad (Cfr. Mt XIII, 47.). Pero, mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada (Cfr. Mt XIII, 33.). Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo (Cfr. Mt XIII, 44 y 45.). El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo (Cfr. Mt XXI, 43; VIII, 12.), pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Uno de los ladrones que fueron crucificados con Jesús le suplica: Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino. Y Jesús le respondió: en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc XXIII, 42.).

El reino en el alma

¡Qué grande eres Señor y Dios nuestro! Tú eres el que pones en nuestra vida el sentido sobrenatural y la eficacia divina. Tú eres la causa de que, por amor de tu Hijo, con todas las fuerzas de nuestro ser, con el alma y con el cuerpo podamos repetir: oportet illum regnare!, mientras resuena la copla de nuestra debilidad, porque sabes que somos criaturas –¡y qué criaturas!– hechas de barro, no sólo en los pies (Cfr. Dan II, 33.). también en el corazón y en la cabeza. A lo divino, vibraremos exclusivamente por ti.

Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si El preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que El reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey.

Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas.

Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperarnos. Pero no temas, hija de Sión: mira a tu Rey, que viene sentado sobre un borrico (Ioh XII, 15.). ¿Lo veis? Jesús se contenta con un pobre animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como jumento: como un borriquito soy yo delante de ti; pero estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado de tu diestra (Ps LXXII, 23.), tú me llevas por el ronzal.

Pensad en las características de un asno, ahora que van quedando tan pocos. No en el burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma.

Reinar sirviendo

Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen.

¿Cómo lo mostraremos a las almas? Con el ejemplo: que seamos testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo, seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina. Así obró Cristo: coepit facere et docere (Act I, 1.), primero enseñó con obras, luego con su predicación divina.

Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepotencia. Hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien (Cfr. Rom XII, 21.). Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean.

Intentan algunos construir la paz en el mundo, sin poner amor de Dios en sus propios corazones, sin servir por amor de Dios a las criaturas. ¿Cómo será posible efectuar, de ese modo, una misión de paz? La paz de Cristo es la del reino de Cristo; y el reino de nuestro Señor ha de cimentarse en el deseo de santidad, en la disposición humilde para recibir la gracia, en una esforzada acción de justicia, en un divino derroche de amor.

Cristo en la cumbre de las actividades humanas

Esto es realizable, no es un sueño inútil. ¡Si los hombres nos decidiésemos a albergar en nuestros corazones el amor de Dios! Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres.

Jesucristo recuerda a todos: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum, si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!

Cristo, Nuestro Señor, sigue empeñado en esta siembra de salvación de los hombres y de la creación entera, de este mundo nuestro, que es bueno, porque salió bueno de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia humana, el que rompió la armonía divina de lo creado.

Pero Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que —por obra del Espíritu Santo— tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus, fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios, liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo, que los ha reconciliado con Dios.

A esto hemos sido llamados los cristianos, ésa es nuestra tarea apostólica y el afán que nos debe comer el alma: lograr que sea realidad el reino de Cristo, que no haya más odios ni más crueldades, que extendamos en la tierra el bálsamo fuerte y pacífico del amor. Pidamos hoy a nuestro Rey que nos haga colaborar humilde y fervorosamente en el divino propósito de unir lo que está roto, de salvar lo que está perdido, de ordenar lo que el hombre ha desordenado, de llevar a su fin lo que se descamina, de reconstruir la concordia de todo lo creado.

Abrazar la fe cristiana es comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención.

Nunca hablo de política. No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político-religiosa —sería una locura—, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está —en circunstancias que no dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del resultado de las cambiantes situaciones históricas—, sepa dar testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa.

El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará —bien fuerte— la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio.

La libertad personal

El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras. Personalmente no me ha convencido nunca que las actividades corrientes de los hombres ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque me parece, aunque respeto la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas.

Si el mundo y todo lo que en él hay —menos el pecado— es bueno, porque es obra de Dios Nuestro Señor, el cristiano, luchando continuamente por evitar las ofensas a Dios —una lucha positiva de amor—, ha de dedicarse a todo lo terreno, codo a codo con los demás ciudadanos; debe defender todos los bienes derivados de la dignidad de la persona.

Y existe un bien que deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros —para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje— integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad.

El Reino de Cristo es de libertad: aquí no existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a Dios. ¡Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres! Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana.

Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante.

Cuando hablo de libertad personal, no me refiero con esta excusa a otros problemas quizá muy legítimos, que no corresponden a mi oficio de sacerdote. Sé que no me corresponde tratar de temas seculares y transitorios, que pertenecen a la esfera temporal y civil, materias que el Señor ha dejado a la libre y serena controversia de los hombres.

Sé también que los labios del sacerdote, evitando del todo banderías humanas, han de abrirse sólo para conducir las almas a Dios, a su doctrina espiritual salvadora, a los sacramentos que Jesucristo instituyó, a la vida interior que nos acerca al Señor sabiéndonos sus hijos y, por tanto, hermanos de todos los hombres sin excepción.

Celebramos hoy la fiesta de Cristo Rey. Y no me salgo de mi oficio de sacerdote cuando digo que, si alguno entendiese el reino de Cristo como un programa político, no habría profundizado en la finalidad sobrenatural de la fe y estaría a un paso de gravar las conciencias con pesos que no son los de Jesús, porque su yugo es suave y su carga ligera. Amemos de verdad a todos los hombres; amemos a Cristo, por encima de todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia.

Serenos, hijos de Dios

Me sugeriréis, quizá: pero pocos quieren oír esto y, menos aún, ponerlo en práctica. Me consta: la libertad es una planta fuerte y sana, que se aclimata mal entre piedras, entre espinas o en los caminos pisoteados por las gentes. Ya nos había sido anunciado, aun antes de que Cristo viniese a la tierra.

Recordad el salmo segundo: ¿por qué se han amotinado las naciones, y los pueblos traman cosas vanas? Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo. ¿Lo veis? Nada nuevo. Se oponían a Cristo antes de que naciese; se le opusieron, mientras sus pies pacíficos recorrían los senderos de Palestina; lo persiguieron después y ahora, atacando a los miembros de su Cuerpo místico y real. ¿Por qué tanto odio, por qué este cebarse en la cándida simplicidad, por qué este universal aplastamiento de la libertad de cada conciencia?

Rompamos sus ataduras y sacudamos lejos de nosotros su yugo. Rompen el yugo suave, arrojan de sí su carga, maravillosa carga de santidad y de justicia, de gracia, de amor y de paz. Rabian ante el amor, se ríen de la bondad inerme de un Dios que renuncia al uso de sus legiones de ángeles para defenderse. Si el Señor admitiera la componenda, si sacrificase a unos pocos inocentes para satisfacer a una mayoría de culpables, aun podrían intentar un entendimiento con El. Pero no es ésta la lógica de Dios. Nuestro Padre es verdaderamente padre, y está dispuesto a perdonar a miles de obradores del mal, con tal que haya sólo diez justos. Los que se mueven por el odio no pueden entender esta misericordia, y se refuerzan en su aparente impunidad terrena, alimentándose de la injusticia.

El que habita en los cielos se reirá de ellos, se burlará de ellos el Señor. Entonces les hablará en su indignación y les llenará de terror con su ira. ¡Qué legítima es la ira de Dios y qué justo su furor, qué grande también su clemencia!

Yo he sido por El constituido Rey sobre Sión, su monte santo, para predicar su Ley. A mí me ha dicho el Señor: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. La misericordia de Dios Padre nos ha dado como Rey a su Hijo. Cuando amenaza, se enternece; anuncia su ira y nos entrega su amor. Tú eres mi hijo: se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser alter Christus, ipse Christus.

Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con El la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada.

¿Que hay muchos empeñados en comportarse con injusticia? Sí, pero el Señor insiste: pídeme, te daré las naciones en herencia, y extenderé tus dominios hasta los confines de la tierra. Los regirás con vara de hierro y como a vaso de alfarero los romperás. Son promesas fuertes, y son de Dios: no podemos disimularlas. No en vano Cristo es Redentor del mundo, y reina, soberano, a la diestra del Padre. Es el terrible anuncio de lo que aguarda a cada uno, cuando la vida pase, porque pasa; y a todos, cuando la historia acabe, si el corazón se endurece en el mal y en la desesperanza.

Sin embargo Dios, que puede vencer siempre, prefiere convencer: ahora, reyes, gobernantes, entendedlo bien; dejaos instruir, los que juzgáis en la tierra. Servid al Señor con temor y ensalzadle con temblor. Abrazad la buena doctrina, no sea que al fin el Señor se enoje y perezcáis fuera del buen camino, pues se inflama de pronto su ira. Cristo es el Señor, el Rey. Nosotros os anunciamos el cumplimiento de la promesa hecha a nuestros padres: la que Dios ha cumplido delante de nuestros hijos al resucitar a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: Tú eres Hijo mío, yo te he engendrado hoy...

Ahora pues, hermanos míos, tened entendido que por medio de Jesús se os ofrece la remisión de los pecados y de todas las manchas de que no habéis podido ser justificados en virtud de la ley mosaica: todo el que cree en El es justificado. Mirad que no recaiga sobre vosotros lo que se halla dicho en los profetas: reparad, los que despreciáis, llenaos de pavor y quedad desolados; porque voy a realizar en vuestros días una obra, en la que no acabaréis de creer por más que os la cuenten.

Es la obra de la salvación, el reinado de Cristo en las almas, la manifestación de la misericordia de Dios. ¡Venturosos los que a El se acogen!. Tenemos derecho, los cristianos, a ensalzar la realeza de Cristo: porque, aunque abunde la injusticia, aunque muchos no deseen este reinado de amor, en la misma historia humana que es el escenario del mal, se va tejiendo la obra de la salvación eterna.

Ángeles de Dios

Ego cogito cogitationes pacis et non afflictionis, yo pienso pensamientos de paz y no de tristeza, dice el Señor. Seamos hombres de paz, hombres de justicia, hacedores del bien, y el Señor no será para nosotros Juez, sino amigo, hermano, Amor.

Que en este caminar —¡alegre!— por la tierra, nos acompañen los ángeles de Dios. Antes del nacimiento de nuestro Redentor, escribe San Gregorio Magno, nosotros habíamos perdido la amistad de los ángeles. La culpa original y nuestros pecados cotidianos nos habían alejado de su luminosa pureza,... Pero desde el momento en que nosotros hemos reconocido a nuestro Rey, los ángeles nos han reconocido como conciudadanos.

Y como el Rey de los cielos ha querido tomar nuestra carne terrena, los ángeles ya no se alejan de nuestra miseria. No se atreven a considerar inferior a la suya esta naturaleza que adoran, viéndola ensalzada, por encima de ellos, en la persona del rey del cielo; y no tienen ya inconveniente en considerar al hombre como un compañero.

María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad, quasi fluvium pacis, como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia: los ríos van todos al mar y la mar no se llena.

 

 

Formación de los laicos, desde el corazón de la Iglesia

Posted: 21 Nov 2019 09:43 AM PST

gente

En un discurso a la primera Asamblea plenaria del Dicasterio para Laicos (16-XI-2019), Familia y Vida, reunida para tratar sobre “la formación de los laicos para reforzar su identidad y su misión en el mundo”, el Papa Francisco ha señalado la importancia de sentir desde el corazón de la Iglesia, entre otras actitudes de fondo.

Si bien es algo que tiene un significado especial para los que trabajan en un Dicasterio romano, al servicio de la Iglesia universal, sin embargo es interesante como perspectiva general para todos y particularmente para los fieles laicos.

El Papa desarrolló su argumento en torno a dos “imágenes”: "sentir con el corazón de la Iglesia" y “tener una mirada de hermanos”.

El corazón de la Iglesia madre

1. “Ahí está el futuro de los laicos: sentir con el corazón de la Iglesia”, afirmó Francisco. Y dentro de esta “imagen” señaló varios puntos.

En primer lugar les animó a “pasar de una perspectiva local a una universal: la Iglesia no se identifica con mi diócesis de proveniencia, o con el movimiento eclesial al que pertenezco, o con la escuela teológica o la tradición espiritual en la que me he formado”. Es bueno, en efecto –y bueno para todos– no acostumbrarse a lo que el Papa llamó “esos pequeños encierros”.

Y explicó la razón teológica de fondo: “La Iglesia es católica, es universal y es mucho más amplia, es de ánimo más grande, es decir, es ‘magnánima’, respecto a mi punto de vista individual”. Por eso, añadió, “sentir con el corazón de la Iglesia” quiere decir por eso sentir de modo católico, universal, mirando al todo de la Iglesia y del mundo y no solo una parte”.

Además, continuó Francisco, hay que esforzarse en ir más allá de las propias competencias personales, como teólogo, profesor, médico, conferenciante, formador pastoral, etc., para adoptar la perspectiva de la Iglesia-madre”. La experiencia o el conocimiento acumulado en algún campo, es siempre util. Pero en el caso de quienes trabajan en servicio directo de la Iglesia –y de nuevo podría decirse que es conveniente para todos los cristianos y especialmente los educadores– siempre conviene dar “un paso más”. La iglesia es madre. Les animaba a preguntarse ante su trabajo: ¿Cómo “ve” la Iglesia Madre esta realidad (todo lo que afecta a los laicos, a la familia y a la vida)? ¿Cómo la “siente”?

Para responder a estas preguntas Francisco enumeró algunas características de ese “sentimiento eclesial” que deriva de considerar a la Iglesia como verdadera madre.

Una madre desea ante todo la concordia entre sus hijos, sin favoritismos ni preferencias; propone siempre la colaboración entre todos, evitando oposiciones y antagonismos estériles, y animando a la fraternidad con vistas al bien común de la familia.

Una madre desea “que sus hijos crezcan siendo autónomos, creativos y emprendedores, y no que sean infantiles”. Es decir que se hagan adultos superando resistencias y miedos, con audacia y valentía, poniendo sus talentos al servicio de las tareas que deban emprender en la sociedad, en la cultura o en la política, afrontando los retos del mundo contemporáneo.

Además una madre custodia “la historia y la tradición vivas de la familia”; sabe mantener juntos el pasado (lo que de bueno se haya logrado en la familia) junto con el presente (los desavíos actuales) y el futuro. Así también la Iglesia vive en la tensión d ela memoria y la esperanza, echando las semillas del Reino sin dejarse asediar por el éxito inmediato.

Una mirada de hermanos

2. Segunda “imagen”: tener una mirada de hermanos. También desarrolló varios aspectos. Como “hermanos en la fe”, responsables de estudiar el modo de extender el mensaje cristiano entre los laicos, es necesario recordar que “la fe nace siempre del encuentro personal con el Dios vivo y se alimenta de los Sacramentos de la Iglesia”. De ahí que. “cualquier formación cristiana debe siempre apoyarse en esa experiencia fundamental del encuentro con Dios y en la vida sacramental”.

Por ese motivo “la formación no puede concentrarse exclusivamente en el hacer”. Francisco señaló la necesidad en nuestros días de enseñar a todos – más niños, jóvenes y parejas casadas– a tener “una vida de oración, un diario y familiar coloquio con Dios”. Igualmente a contar con el acompañamiento en la vida espiritual, contando también con otros laicos.

En la tarea de formar a los fieles laicos, observó algo que ya había subrayado Juan Pablo II: “vuestra tarea no es principalmente la de crear iniciativas que miran a meter laicos en estructuras y programas eclesiales, sino la de hacer crecer en su conciencia de ser testigos de Cristo en la vida privada y en la sociedad; diría casi ‘signos visibles’ de la presencia de Cristo en cada ambiente”.

La base para hacer esto es el Bautismo. Y por tanto, apuntó el Papa, es preciso “ayudar a tantos discípulos de Cristo a vivir la vida ordinaria en conformidad a la gracia bautismal que han recibido. Hay tantos fieles laicos en el mundo que, viviendo con humildad y sinceridad su fe, son grandes luces para quien vive junto a ellos”.

Francisco les dió además dos consejos prácticos. Primero, les aconsejó pensar en su propia experiencia como formadores, en los retos y dificultades que ellos mismos, en las familias, en el trabajo en el barrio. Así se pueden comprender mejor las dificultades de los fieles laicos en todo el mundo, dificultades que son a menudo “aumentadas por condiciones de pobreza e inestabilidad social, por la persecución religiosa y la propaganda ideológica anti-cristiana”.

Segundo consejo: “empatizar con aquellos cristianos que viven experiencias diferentes a las vuestras”. Concretamente –y vale la pena recoger entera esta enumeración–: “los que no pertenecen a ninguna realidad eclesial particular; los que viven en las regiones más remotas de la tierra y que tienen pocas oportunidades de formación y de crecimiento humano y espiritual; los que representan una pequeña minoría en su país y viven en contextos multi-religiosos; los que nutren su fe exclusivamente a través de la religiosidad popular; los que son evangelizados solamente por la vida de oración vivida en familia”.

De esta manera, tener en cuenta ese amplio panorama de los fieles laicos, de todas las categorías sociales y de todas las regioens del mundo, ayudará mucho “ pensar de modo creativo y realista” en esa tarea formativa. Una tarea que tiene como finalidad ayudar a los bautizados “ a vivir con alegría, convicción y fidelidad la pertenencia a Cristo, siendo discípulos misioneros, protagonistas en la promoción de la vida, en la defensa de la recta razón, de la justicia, de la paz, del la libertad, al favorecer la sana convivencia entre los pueblos y culturas”.

La mujer en la Iglesia

3. En la última parte, el Papa desarrolló dos puntos que estaban implícitos en su discurso. Por un lado, advirtió de nuevo sobre el “peligro de clericalizar a los laicos” (en la línea de encerrarlos en las tareas intraeclesiales sin tener en cuenta que su vocación y misión propia tienen que ver con la transformación de la sociedad, viviendo su fe en medio de las tareas cotidianas).

Por otro lado, señaló la importancia de la mujer en la Iglesia: “Seguir adelante para poner a las mujeres en los puestos de consejo, incluso de gobierno, sin miedo. Siempre teniendo presente una realidad: el lugar de la mujer en la Iglesia no es solo por funcionalidad”. La mujer puede perfectamente –decía el Papa– presidir un Dicasterio. Pero su papel va “más allá” de las cuestiones de organización eclesial.

Y explicó el significado de ese más allá con estas palabras: “La mujer es la imagen de la Iglesia madre, porque la Iglesia es mujer; no es ‘el’ Iglesia, es ‘la’ Iglesia. La Iglesia es madre. (...) Es ese principio mariano propio de la mujer; una mujer en la Iglesia es la imagen de la Iglesia esposa y de la Virgen”.

Apuntaba así Francisco a un horizonte amplio y profundo, a la vez que concreto, para comprender el papel específico de la mujer en la Iglesia, de modo complementario a su papel en el mundo, en la línea que también señaló san Juan Pablo II: a la mujer –también a la mujer cristiana– le ha sido confiada la persona humana; y le ha sido confiada como mujer, como madre, como esposa.

Ya en otras ocasiones, como al final de los trabajos del Sínodo sobre la Amazonia (cf. Discurso, 26-X-2019), Francisco ha señado esta dirección para la Iglesia.

Como madre de la familia de la Iglesia, María representa esta tarea formativa. Por eso, en su discurso el Papa ha propuesto mantener la mirada fija en la Virgen Madre cuando estaba en oración, esperando la venida del Espíritu Santo en la Iglesia naciente:

“María, que personifica perfectamente la Iglesia-madre y enseña a todos los discípulos de su Hijo a vivir como hermanos. Esa imagen de la Virgen en oración, en espera del Espíritu Santo: es la Madre que hace vivir como hermanos”.

 

SentidoVocación.Propósito

Sentido, vocación y propósito componen vidas plenas y auténticas, donde el trabajo se alinea con los valores, ayudándonos así a superar retos y proporcionándonos una dirección en nuestra trayectoria.

El próximo 3 de diciembre tendremos una nueva sesión del IESE ALP (Alumni Learning Program), Cómo desplegar un propósito auténtico y coherente en toda la organización, donde intervendré junto con Nuno Pitta, CEO de DPMC, Eduard Fitó, Director Corporate Affairs de Semillas Fitó, y Antoni Puigmal, Director General de Fundería Condals.

A través del caso “El propósito de Makonsa”, reflexionaremos brevemente sobre cómo interactúan las diferentes dimensiones de una organización: el “qué” (estrategia), el “cómo” (organización) y el “para qué” (propósito). A continuación veremos la aplicación del propósito en dos  empresas  del tejido industrial catalán, líderes europeos en sus respectivos  sectores,  y su correlación con los resultados empresariales. Aquí podéis inscribiros si sois Alumni, y si aún no lo sois, en este otro enlace.

Continuando con el tema de #Propósito, hemos celebrado esta semana en el campus de Barcelona del IESE Business School el 4º Simposio Internacional de Coaching Ejecutivo, que ha versado sobre Cómo nutrir el propósito, tanto de la organización como individual.

Nick-Craig

Nick Craig en IESE, el pasado lunes

Nick Craig, presidente de Core Leadership Institute (Harvard) -ponente de excepción en el simposio, junto al profesor Vincent Ogutu (vice canciller de Strathmore University, Kenia)– lleva años hablando de propósito, frecuentemente con su colega de Harvard, el profesor Snook. Ambos señalan que el propósito de un líder es lo que éste es, lo que le distingue, lo que le mueve  y lo que quiere conseguir. No es lo que hace, sino cómo lo hace y por qué lo hace, las fortalezas y pasiones que manifiesta. Es aquello que los que le rodean reconocen como distintivo y que echarían en falta si no se diera. Craig ha escrito, incluso, que «no se trata de lo que piense que tiene que ser, sino de lo que no puede evitar ser«.

En este vídeo podéis ver los insights más relevantes del simposio:

 

 

Educar en la tolerancia a la frustración

Lucía Legorreta

En muchas ocasiones, es más sencillo ceder y dejarlos que hagan lo que quieran, pero a la larga, créeme que te lo van a agradecer.

Frustración

Me llamó la atención cuando leí esta afirmación: “Baja tolerancia a la frustración en la infancia: bomba de tiempo”.

Aprender a tolerar la frustración desde pequeños, permite que los niños puedan enfrentarse de forma positiva a las distintas situaciones que se les presentarán en la vida.

Empecemos por definir que es la frustración. Es un sentimiento que surge cuando no logramos conseguir nuestros deseos. Es una vivencia emocional que se presenta cuando un deseo, un proyecto, una ilusión o una necesidad no se llega a satisfacer o a cumplir. Ante estas situaciones, la persona suele reaccionar con expresiones de ira, ansiedad, tristeza, angustia o disgusto.

En un niño, es la forma que tiene de afrontar situaciones en la que no puede hacer lo que él o ella quiere. De aquí la importancia de enseñar a nuestros hijos a tolerar la frustración desde que son niños, aunque esto signifique que de vez cuando los veamos sufrir un poco.

Este sufrimiento será pasajero y muy poco comparado con el que puede sentir cuando se enfrente a los problemas de la vida, y que no tenga a nadie que los alivie.

En la etapa infantil, los niños piensan que el mundo gira alrededor de ellos, que el mundo existe porque ellos existen. Son egocéntricos y no saben esperar: quieren todo y lo quieren ya… y si no se los damos lloran, se enfadan, hacen berrinches y se frustran por no conseguir sus deseos. Estos comportamientos son parte de su evolución, y como papás no debemos dejar que nos atrapen sus demandas.

¿Cómo saber si alguno de tus hijos tiene baja tolerancia a la frustración?

- Son niños exigentes y demandantes.

- Buscan satisfacer sus necesidades en forma inmediata, sino lo consiguen acuden a las pataletas y al llanto.

- Les cuesta trabajo manejar sus emociones.

- Son impulsivos e impacientes.

- Desarrollan fácilmente problemas de ansiedad.

- Son poco flexibles y les cuesta trabajo adaptarse a situaciones nuevas.

Para que puedas enseñarles a tus hijos a tolerar la frustración, existen algunos consejos útiles que pueden servirte:

1. Dar ejemplo: la actitud positiva de los padres a la hora de afrontar las situaciones adversas es el mejor ejemplo para que los hijos aprendan a solventar sus problemas. ¿Cuál es tu actitud ante las adversidades de la vida?

2. Edúcalo en la cultura del esfuerzo: es importante enseñar al niño que es necesario esforzarse. Así aprenderá que el esfuerzo es, en muchas ocasiones, la mejor vía para resolver algunos de sus fracasos.

3. No darle todo hecho: si le facilitas todo a tu hijo y no le permites alcanzar sus retos por sí mismo, será difícil que se equivoque y aprenda de sus errores para saber cómo enfrentarse al fracaso.

4. No cedas ante sus rabietas: las situaciones frustrantes terminan muchas veces en berrinches. Si los papás cedemos ante ellos, el pequeño aprenderá que es la forma más efectiva de resolver los problemas.

5. Marca objetivos: hay que enseñar al niño a tolerar la frustración poniéndole objetivos realistas y razonables, pero sin exigirle que se enfrente a situaciones que, por su edad o madurez, sea incapaz de superar.

6. Convierte la frustración en aprendizaje: las situaciones problemáticas son una excelente oportunidad para que el niño aprenda cosas nuevas y las retenga. De esta forma, podrá afrontar el problema por sí mismo cuando vuelva a presentarse.

7. Enséñale a ser perseverante: la perseverancia es esencial para superar situaciones adversas. Si el niño aprende que siendo constante puede solucionar muchos de sus problemas, sabrá controlar la frustración en otras ocasiones.

Las normas y los límites son fundamentales en la educación, con tranquilidad y amor, pero siempre con firmeza. El NO, aunque los frustre, es necesario.

En muchas ocasiones, es más sencillo ceder y dejarlos que hagan lo que quieran; pero a la larga, créeme que te lo van a agradecer. Si no los educamos correctamente, los estamos limitando.

Si reconoces que tu hijo es un niño con baja tolerancia a la frustración, es momento de reconducir esta situación, puedes reeducarlo poco a poco, cambia tu estilo de educación antes de que sea demasiado tarde.

¡Apaga esta bomba de tiempo! Enseña a tus hijos a tolerar la frustración, a posponer las recompensas, para que cuando sean jóvenes y adultos sepan hacerlo por sí solos.

 

 

Dignidad del cuerpo humano vivo y del cuerpo humano muerto. 

(¿El Halloween respeta la dignidad del cuerpo humano?)

El cuerpo de un hombre, de una mujer, sea vivo o muerto, hace relación al ser humano, que es un “alma corporeizada”,  “cuerpo espiritualizado”.

El cuerpo humano vivo tiene un valor superior al de cualquier animal, pues todo lo que le concierne atañe al ser humano, que es superior al animal. Por eso, una agresión al cuerpo humano, la experimentación con un cuerpo, etc., es agredir a un ser humano. Y por tanto, el cuerpo humano no debe ser mercancía comercial.

Por su significado, también es merecedor de respeto el cuerpo humano muerto. Costumbres, que se están implantando, como el Halloween, no parecen tener en cuenta el respeto debido a los muertos.

La preocupación por el estudio del cuerpo humano nace en Grecia.

La disección científica se inicia en Bolonia (otros lugares de Europa se arrogan la primacía).

La Anatomía como ciencia moderna que estudia la morfología corporal, surge propiamente en el Renacimiento, con los artistas italianos y sobre todo con Vesalio, de origen germánico, que pasó por varios lugares donde el humanismo estaba en efervescencia: Lovaina, París, Padua, en donde se hizo doctor en Medicina y cirujano. Inmerso en la cultura de la época, cree en el antropocentrismo. Fue médico de Carlos V, a quien dedicó “De Humani Corporis Fabrica”, obra en que concibe el cuerpo humano como una máquina o “fábrica”, cuyas piezas pueden ser desmontadas y estudiadas separadamente. En los dibujos de la “Fabrica” no se pierde la visión de la unidad corporal. Han pasado más a la historia las láminas que los textos de su obra, asombrosamente artísticas, confeccionadas por su amigo el pintor van Kalkar.

Pero el hombre no es sólo materia, sólo anatomía o fisiología, sino algo más: es una unidad de alta calidad. La consideración única de la morfología corporal no da idea de la vivencia personal del mismo; y tampoco explica la vivencia que tenemos del cuerpo humano ajeno al propio, pues cuando vemos un ser humano, no vemos exclusivamente un cuerpo, sino a la persona a la que pertenece. De ahí nace el sentimiento íntimo de rechazo a que el propio cuerpo sea tratado como un objeto.  Esa es la raíz del pudor.

El problema humano, atacado de forma física, química, biológica, médica, no ha sido resuelto aún: el objeto y los métodos de la Medicina, de la Biología, de la Física, de la Química, atañen a aspectos materiales y no a los inmateriales, también reales, específicos del ser humano. El abordaje analítico de cada ciencia, aunque legítimo, no es más que un método para facilitar el completo estudio del hombre.

Las distintas ciencias, en conjunto, colaboran a comprender el hombre como una unidad. Pero lleva a contradicciones estudiar de forma global al hombre bajo un solo punto de vista. Por ejemplo, cabe el peligro de considerar el cuerpo como la mejor máquina posible, sin considerar que es el cuerpo de un sujeto humano. Una máquina no sabe que actúa y el ser humano sí. El hombre puede ser feliz, una máquina, por muy perfecta que sea, no lo puede ser.

Sin profundizar en la historia de la Filosofía, disciplina que también estudia el hombre, y habida cuenta que no es tema propio de este artículo, procede hacer un esbozo muy rápido del asunto:

Para Aristóteles y para los tomistas y neotomistas, el hombre es una unidad hilemórfica de materia y forma. En cambio, Descartes separa la res extensa de la res cogitans.

Las definiciones van desde las pesimistas, considerándole como un mero animal o una mera máquina, o bien una pasión inútil, como decía Sartre, o bien, un ser sin libertad, corrompido en su naturaleza. Hasta definiciones optimistas: para Zubiri, el hombre es el animal  de realidades, que se da cuenta de la realidad tal como es. Para B. Castilla, es un ser irrepetible, en cuyo poder está su propio destino, con capacidad para comunicarse con los demás y de entregarse.

Se ha dicho también que el hombre es un ser con biografía, el animal dialogante, el ser que tiende a la verdad y al bien, el que es capaz de pensar y reflexionar en su pensamiento, etc. Las definiciones son muchas. En todas ellas se señalan aspectos inmateriales, aunque reales, no mensurables con los métodos de las ciencias experimentales.

Y es que en el ser humano se observa una unidad abarcativa de lo morfológico, lo fisiológico, lo fisicoquímico, lo psicológico, unidad que se da en el espacio y en el momento concreto, ya que el hombre, con su realidad corporal, habita un espacio y un tiempo determinados.

José Luis Velayos

 

Profesores y estudiantes en Cataluña

A pesar de la violencia ejercida por los piquetes independentistas para que nadie pudiera acceder libremente a la Universidad, el ejemplo de numerosos estudiantes y profesores en Cataluña, que plantaron cara al chantaje ha sido encomiable. La huelga indefinida, convocada por el Sindicato de Estudiantes de los Países Catalanes, que contaba con la connivencia de algunas autoridades académicas, ha derivado en altercados violentos e intentos de impedir el normal funcionamiento de las instituciones universitarias. Precisamente por eso, hay que destacar la actitud valiente de quienes dicen con toda claridad “basta ya” al totalitarismo. Cada vez son más las voces que se alzan como la de la entidad “S’ha acabat”, que ofrece datos muy relevantes sobre lo que está siendo en la práctica un secuestro de las aulas por parte del independentismo. También ha denunciado la situación un grupo de 800 profesores que han firmado un Manifiesto sacando los colores a las propias autoridades académicas que firmaron el vergonzoso comunicado de las universidades, tras la sentencia del Supremo.

Jesús Martínez Madrid

 

El grito de los pobres

El Papa Francisco clausuraba el último domingo de octubre el Sínodo sobre la Amazonía con la celebración de una solemne Eucaristía en El Vaticano. El Papa ha agradecido el camino que se ha realizado en común, desde el diálogo sincero y franco, y ha destacado la enorme gracia que ha supuesto durante estas semanas poder escuchar el grito de los pobres.

A la espera de una posible Exhortación postsinodal, Francisco ha querido poner el acento en las condiciones de precariedad en las que vive tanta gente, amenazada por un modelo de desarrollo depredador.

JD Mez Madrid

 

Gran defensor de la herencia hispana

El nuevo Presidente de los obispos de los Estados Unidos era hasta ahora responsable de la Comisión de Asuntos Migratorios de los obispos de Estados Unidos. En su ministerio se ha caracterizado por ser un convencido y acreditado defensor de los derechos humanos, en particular de los inmigrantes y de las minorías. Reiteradas veces ha pedido una nueva política migratoria para su país.

Mons. Gómez es también un gran defensor de la herencia hispana de los Estados Unidos, ya que a su juicio los misioneros españoles fueron protagonistas de la fundación de ese país. No ha dudado en responder a las críticas dirigidas contra San Junípero Serra, explicando que dedicó su vida a enseñar el Evangelio y se volcó en los nativos americanos aborígenes y en protegerlos de los abusos.

Jesús D Mez Madrid

 

 

Demagogia, revolución, reevolución y realidad

 

                                De lo “que nos dice la historia, e incluso la arqueología”, sobre los hechos por “las tribus”, que conformó el “mono humano”; amén de lo que podemos aumentar con nuestra propia inteligencia, e incluso con “ese sexto sentido”, que algunos parece tienen más desarrollado; la realidad es que “ese mono a cuya especie pertenezco”, ha ido de latrocinio en latrocinio, de fracaso en fracaso, en lo que a formar una verdadera sociedad humana y que permitiera a “todas las tribus”, trabajar en paz y en verdadera colaboración fraternal entre ellas. Así seguimos en este “tercer milenio de lo que se dice es el periodo más avanzado de la sabiduría del mono”; y yo deduzco, que todo se debe, a que “el mono humano”, aún estamos muy lejos de haber superado las dos ambiciones que han movido “al mono desde que bajara de los árboles”; o sea de sus apetitos más primitivos y que siguen siendo los que, “le piden su panza y su bolsillo”. Deduzco ello pensando en “aquel primer mono”, que ya en tierra y pensando en defenderse o atacar; agarró la primera piedra y la dirigió contra el objetivo que pretendiera; después y descubierta la caverna y el aprovechamiento del fuego, para defenderla; aprendió que podía estar seguro de “las otras fieras”, e incluso tener despensa para guardar víveres y también hembras para “disfrutarlas”… “eso debieron ser los primeros eslabones de la cadena, que ha llegado hasta las últimas cavernas, cuales son los paraísos fiscales”; y donde, los “insaciables monos actuales, atesoran todo cuanto roban en sus lugares de origen”; los que no desaparecen, por cuanto “esa especie sí que practica una religión común y por necesitarla todos ellos, la cuidan religiosamente”.

                                Las revoluciones (violentas todas ellas) han fracasado, por cuanto los revolucionarios, lo que pretendieron y pretenden, es simplemente, “el viejísimo quítate tú que me ponga yo”.

            Y como en España (donde nací y vivo) sigue habiendo peligrosos demagogos revolucionarios; a uno de ellos, le he escrito esta misma mañana y publicado en “Facebook y Periodista digital”, lo siguiente: “Este individuo es como tantos otros peligrosos demagogos, que lo único que quieren es "el río revuelto", para ellos vivir como mejor les venga en gana ("no olvidemos a los zares del comunismo o los que hoy viven en Cuba, Venezuela y otros”) y que a los pueblos en realidad, sólo los quieren para que les sirvan como nuevos vasallos o incluso como siervos. Preconizan LA REVOLUCIÓN A LO BRUTO; y donde llegan a dominar ocurre la destrucción que ya sabemos por la historia reciente. No piensan en que lo que hay que hacer es, LA RE E VOLUCIÓN (CON DOS EE); o sea analizar lo que hay, aprovechar lo que sea aprovechable y desechar todo lo nocivo, entre lo que predominan, LOS EJÉRCITOS DE PARÁSITOS QUE MANTENEMOS SIN QUE PRODUZCAN NADA; como por ejemplo la cantidad enorme de políticos-parásito-sanguijuelas, de la actualidad. Pero es claro que LOS VERDADEROS PROBLEMAS DE LO QUE NOS DESTRUYE HOY, NUNCA LOS VAN A TOCAR, SÓLO SOFLAMAS QUE INFELIZMENTE SOLO LAS ESCUCHAN LOS IDIOTAS, "O LOS QUE ESPERAN VIVIR DE ESAS MENTIRAS".

            Este revolucionario, en “su soflama de hoy”, atenta contra el sistema vigente y establecido (Monarquía) en España; y aunque ya un rey del pasado siglo, Faruk de Egipto; sentenciara que… “En el futuro en el mundo sólo habría cinco reyes, los cuatro de la baraja y el de Inglaterra”; pero ese futuro vete a saber cuándo será, puesto que la realidad es que, “el mono, que más que mono es borrego, necesitará pastores para que lo lleven a pastar aún y cuando muchos, los seguirán llevando al matadero para ser degollados”; y que, “tan bueno o menos malo, serán las monarquías o las repúblicas; salvo que de nuevo se estudien los ancestrales consejos de ancianos”; que tampoco perduraron mucho, salvo en los sistemas tribales que los adoptaron; precisamente por lo que antes digo de “panza y bolsillo”; al eliminar los consejos de ancianos, surgió “el caudillo”, que tocado por las “ansias de poder y dominio”, ocasionó todas las tragedias posteriores; y en ellas… “estamos o nos mantienen los nuevos caudillos ansiosos de poder y riqueza, puesto que los pobrecillos, aún no han asumido que junto a sus huesos, todo lo que atesoren se quedará en el planeta que nacieron”.

                                Por ello, por todo ello y como español y aspirante “a ciudadano del mundo”, reitero una vez más, que… A nosotros, el pueblo, nos importan dos cojones, los políticos que sean; lo que queremos son verdaderos estadistas, o sea, hombres y mujeres de Estado, y que de verdad, vayan solucionando los verdaderos problemas de España, que no son de partido alguno; son de todos los españoles; y eso se olvida totalmente. Supongo que lo mismo querrán, “el resto de monos” sometidos a las ambiciones de, “los otros monos que he citado”: Amén.

                                OTRO REVOLUCIONARIO FRACASADO: Y que “lo echan” de su revolución “boliviana”; se llama Evo Morales y hoy leo, que “marcha exilado a México”, donde seguro ya tendrá “sus tesoros”, o desde allí, los controlará en cualquier paraíso fiscal, el que seguro, “combatió a muerte” cuando era “caudillo revolucionario”.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes