Las Noticias de hoy 8 Enero 2020

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 08 de enero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Significado de la Navidad: «Responder a esta llamada: ser santos en el amor»

Epifanía del Señor: «La adoración es un gesto de amor que cambia la vida»

LA VIDA EN NAZARET. TRABAJO: Francisco Fernandez Carbajal

“Cristo también vive ahora”: San Josemaria

Esa corriente trinitaria de Amor: Giulio Maspero

La fe sobrenatural: Francisco Díaz

Emergencia: los españoles no tienen hijos por la economía y el 57% considera que irá a peor

La huida a Egipto de Jesús, María y José

Líderes para la paz: Nuria Chinchilla

10 Propósitos familiares para este nuevo año: Marco Antonio Guizar/ReL 

Julián Carrón: la vida de los jóvenes es sagrada

Los ecorresignados son mayoría: Jesús Domingo

200 años retrasada, ¿de verdad?: Ernesto Juliá

Existieron, y nos siguen enviando sus regalos: Jesús Martínez Madrid

Fe en España: Josefa Romo

¿Hacia la paz?: Jesús Martínez Madrid

 Los  políticos y el Ejército: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta


Martes, 7 de enero de 2020

En la primera carta de san Juan (3,22-4,6), el evangelista recoge el consejo de Jesús a sus discípulos: “Permaneced en Dios”. Uno puede estar en las ciudades más pecaminosas, en las sociedades más ateas, pero si el corazón permanece en Dios ese hombre y esa mujer llevan la salvación. Acordaos del episodio de los Hechos de los Apóstoles (19,2), cuando llegan a una ciudad y encuentran a cristianos bautizados por Juan. Y les preguntan: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo?”, y esos ni siquiera sabían que existía. Cuántos cristianos también hoy identifican al Espíritu Santo solo con la paloma y no saben que es el que te hace permanecer en el Señor, la garantía, la fuerza para permanecer en el Señor.
 
Jesús, en la Última Cena no pide al Padre que saque a los discípulos del mundo, porque la vida cristiana está en el mundo, sino que les proteja del espíritu del mundo, que es lo contrario, y es incluso peor que cometer un pecado: es una atmósfera que te vuelve inconsciente, te lleva a un punto donde no sabes reconocer el bien del mal. En cambio, para permanecer en Dios, debemos pedir ese don del Espíritu Santo, que es la garantía. ¿Y cómo podemos saber si tenemos el Espíritu Santo o el espíritu del mundo? San Pablo nos da un consejo: “No entristezcáis al Espíritu Santo” (Ef 4,30). Cuando vamos hacia el espíritu del mundo entristecemos al Espíritu Santo y lo ignoramos, lo dejamos de lado, y nuestra vida va por otro camino.
 
El espíritu del mundo es olvidar, porque el pecado no te aleja de Dios si te das cuenta y pides perdón, pero el espíritu del mundo te hace olvidar qué es el pecado: ¡se puede hacer de todo! En estos días un sacerdote me enseñó un vídeo de cristianos que celebraban el año nuevo en una ciudad turística de un país cristiano. Celebraban el año nuevo con una mundanidad terrible, malgastando dinero y muchas cosas. ¡El espíritu del mundo! ¿Eso es pecado? No, querido: ¡eso es corrupción, peor que el pecado! El Espíritu Santo te lleva a Dios y si pecas el Espíritu Santo te protege y te ayuda a levantarte, pero el espíritu del mundo te lleva a la corrupción, a tal punto que ya no sabes distinguir qué es bueno y qué es malo: es todo lo mismo, todo da igual.
 
Hay una canción argentina que dice: “¡Dale nomás, dale que va, que allá en el horno nos vamos a encontrar!”(*). El espíritu del mundo te lleva a la inconciencia de no distinguir el pecado. ¿Y cómo puedo saber si estoy en la senda de la mundanidad, del espíritu del mundo, o sigo al Espíritu de Dios? El apóstol Juan nos da un consejo: “Queridos míos: no os fieis de cualquier espíritu (es decir de cualquier sentimiento, de cualquier inspiración, de cualquier idea), sino examinad si los espíritus vienen de Dios” (o del mundo). ¿Y qué es examinar los espíritus? Es simplemente esto: cuando sientas algo, te vengan ganas de hacer algo o te venga una idea, un juicio de algo, pregúntate: ¿esto que siento es del Espíritu de Dios o del espíritu del mundo?
 
¿Y cómo se hace? Preguntándose una o dos veces al día, o cuando sientas algo que te viene a la cabeza: ¿Esto que siento, que quiero hacer, de dónde viene: del espíritu del mundo o del Espíritu de Dios? ¿Esto me hará bueno o me tira hacia ese camino de la mundanidad que es una inconsciencia?
 
Muchos cristianos viven sin saber qué pasa en su corazón. Por eso San Pablo y San Juan dicen: “no os fieis de cualquier espíritu”, de lo que sentís, sino examinadlo. Y así sabremos qué sucede en nuestro corazón. Porque muchos cristianos tienen el corazón como una carretera, y no saben ni quién va ni quien viene, van y vienen, porque no saben examinar qué pasa por dentro. Por eso os recomiendo que todos los días toméis un poco de tiempo, antes de acostaros o al mediodía –cuando queráis– y os preguntéis: ¿qué ha pasado hoy en mi corazón? ¿Qué he tenido ganas de hacer, de pensar? ¿Cuál es el espíritu que se ha movido en mi corazón: el Espíritu de Dios, el don de Dios, el Espíritu Santo que me lleva siempre adelante al encuentro con el Señor o el espíritu del mundo que me aleja del Señor suavemente, lentamente; es un resbalón lento, lento, lento.
 
Pidamos esta gracia de permanecer en el Señor y recemos al Espíritu Santo para que nos haga permanecer en el Señor y nos dé la gracia de distinguir los espíritus, o sea qué se mueve dentro de nosotros. Que nuestro corazón no sea una carretera, que sea el punto de encuentro entre nosotros y Dios.

(*) Cambalache, de Carlos Gardel (ndt).

 

Significado de la Navidad: «Responder a esta llamada: ser santos en el amor»

Palabras antes del Ángelus

enero 07, 2020 11:47Rosa Die AlcoleaAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 7 enero 2020).- El significado de la Navidad, recordó el Papa, es que «si el Señor sigue viniendo entre nosotros, si sigue dándonos el don de su Palabra, es para que cada uno de nosotros pueda responder a esta llamada: ser santos en el amor».

El 6 de enero de 2020, solemnidad de la Epifanía del Señor y segundo domingo de navidad, el Papa Francisco se asomó a mediodía a la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico Vaticano para rezar el Ángelus con los 50.000 fieles –según la Gendarmería Vaticana– reunidos en la plaza de San Pedro para la habitual cita dominical.

La santidad, añadió, «es guardar el don que Dios nos ha dado. Simplemente esto: guardar la gratuidad». Y aclaró: «En esto consiste ser santo». Por tanto, «quien acepta la santidad en sí mismo como un don de gracia, no puede dejar de traducirla en acciones concretas en la vida cotidiana», explicó Francisco.

«Este don, esta gracia que Dios me ha dado, la traduzco en una acción concreta en la vida cotidiana, en el encuentro con los demás», matizó. «Esta caridad, esta misericordia hacia el prójimo, reflejo del amor de Dios, al mismo tiempo que purifica nuestro corazón y nos dispone al perdón», indicó el Papa.

Estas han sido las palabras del Santo Padre durante la oración mariana:

***

Antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este segundo domingo de la Navidad, las lecturas bíblicas nos ayudan a alargar la mirada, para tomar una conciencia plena del significado del nacimiento de Jesús.

El comienzo del Evangelio de San Juan nos muestra una impactante novedad: el Verbo eterno, el Hijo de Dios, «se hizo carne» (v. 14). No sólo vino a vivir entre la gente, sino que se convirtió en uno del pueblo, ¡uno de nosotros! Después de este acontecimiento, para dirigir nuestras vidas, ya no tenemos sólo una ley, una institución, sino una Persona, una Persona divina, Jesús, que guía nuestras vidas, nos hace ir por el camino porque Él lo hizo antes.

San Pablo bendice a Dios por su plan de amor realizado en Jesucristo (cf. Efesios 1, 3-6; 15-18). En este plan, cada uno de nosotros encuentra su vocación fundamental. ¿Y cuál es? Esto es lo que dice Pablo: estamos predestinados a ser hijos de Dios por medio de Jesucristo. El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos a nosotros, hombres, hijos de Dios. Por eso el Hijo eterno se hizo carne: para introducirnos en su relación filial con el Padre.

Así pues, hermanos y hermanas, mientras continuamos contemplando el admirable signo de la Natividad, la liturgia de hoy nos dice que el Evangelio de Cristo no es una fábula, ni un mito, ni un cuento moralizante, no. El Evangelio de Cristo es la plena revelación del plan de Dios, el plan de Dios para el hombre y el mundo. Es un mensaje a la vez sencillo y grandioso, que nos lleva a preguntarnos: ¿qué plan concreto tiene el Señor para mí, actualizando aún hoy su nacimiento entre nosotros?

Es el apóstol Pablo quien nos sugiere la respuesta: «[Dios] nos ha elegido […] para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (v. 4). Este es el significado de la Navidad. Si el Señor sigue viniendo entre nosotros, si sigue dándonos el don de su Palabra, es para que cada uno de nosotros pueda responder a esta llamada: ser santos en el amor. La santidad pertenece a Dios, es comunión con Él, transparencia de su infinita bondad. La santidad es guardar el don que Dios nos ha dado. Simplemente esto: guardar la gratuidad. En esto consiste ser santo. Por tanto, quien acepta la santidad en sí mismo como un don de gracia, no puede dejar de traducirla en acciones concretas en la vida cotidiana. Este don,

esta gracia que Dios me ha dado, la traduzco en una acción concreta en la vida cotidiana, en el encuentro con los demás. Esta caridad, esta misericordia hacia el prójimo, reflejo del amor de Dios, al mismo tiempo que purifica nuestro corazón y nos dispone al perdón, haciéndonos “inmaculados” día tras día. Pero inmaculados no en el sentido de que yo elimino una mancha: inmaculados en el sentido de que Dios entra en nosotros, el don, la gratuidad de Dios entra en nosotros y nosotros lo guardamos y lo damos a los demás.

Que la Virgen María nos ayude a acoger con alegría y gratitud el diseño divino de amor realizado en Jesucristo.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Epifanía del Señor: «La adoración es un gesto de amor que cambia la vida»

Homilía del Papa Francisco

enero 07, 2020 10:10Rosa Die AlcoleaPapa y Santa Sede

(ZENIT – 7 enero 2020).- «Queridos hermanos», planteó el Papa, «¿Encontramos momentos para la adoración en nuestros días y creamos espacios para la adoración en nuestras comunidades?». Al adorar, aseguró, «nosotros también descubriremos, como los Magos, el significado de nuestro camino». Y, como los Magos, experimentaremos una ‘inmensa alegría'».

El Santo Padre celebró el 6 de enero de 2020, solemnidad de la Epifanía del Señor, la Santa Misa en la Basílica Vaticana, a las 10 horas.

«La adoración es un gesto de amor que cambia la vida», precisó el Pontífice en su reflexión. «Es actuar como los Magos: es traer oro al Señor, para decirle que nada es más precioso que Él; es ofrecerle incienso, para decirle que sólo con Él puede elevarse nuestra vida; es presentarle mirra, con la que se ungían los cuerpos heridos y destrozados, para pedirle a Jesús que socorra a nuestro prójimo que está marginado y sufriendo, porque allí está Él».

Así, el Santo Padre recordó la importancia de la «adoración» en la Iglesia: «Al inicio del año redescubrimos la adoración como una exigencia de fe. Si sabemos arrodillarnos ante Jesús, venceremos la tentación de ir cada uno por su camino. De hecho, adorar es hacer un éxodo de la esclavitud más grande, la de uno mismo. Adorar es poner al Señor en el centro para no estar más centrados en nosotros mismos».

Publicamos a continuación la homilía del Papa que ha pronunciado después de la proclamación del Evangelio y del anuncio del día de Pascua, que este año se celebrará el 12 de abril.

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Homilía del Papa 

En el Evangelio (Mt 2,1-12) hemos escuchado que los Magos comienzan manifestando sus intenciones: «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (v. 2). La adoración es la finalidad de su viaje, el objetivo de su camino. De hecho, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (v. 11). Si perdemos el sentido de la adoración, perdemos el sentido de movimiento de la vida cristiana, que es un camino hacia el Señor, no hacia nosotros. Es el riesgo del que nos advierte el Evangelio, presentando, junto a los Reyes Magos, unos personajes que no logran adorar.

En primer lugar, está el rey Herodes, que usa el verbo adorar, pero de manera engañosa. De hecho, le pide a los Reyes Magos que le informen sobre el lugar donde estaba el Niño «para ir — dice— yo también a adorarlo» (v. 8). En realidad, Herodes sólo se adoraba a sí mismo y, por lo tanto, quería deshacerse del Niño con mentiras. ¿Qué nos enseña esto? Que el hombre, cuando no adora a Dios, está orientado a adorar su yo. E incluso la vida cristiana, sin adorar al Señor, puede convertirse en una forma educada de alabarse a uno mismo y el talento que se tiene: cristianos que no saben adorar, que no saben rezar adorando. Es un riesgo grave: servirnos de Dios en lugar de servir a Dios. Cuántas veces hemos cambiado los intereses del Evangelio por los nuestros, cuántas veces hemos cubierto de religiosidad lo que era cómodo para nosotros, cuántas veces hemos confundido el poder según Dios, que es servir a los demás, con el poder según el mundo, que es servirse a sí mismo.

Además de Herodes, hay otras personas en el Evangelio que no logran adorar: son los jefes de los sacerdotes y los escribas del pueblo. Ellos indican a Herodes con extrema precisión dónde nacería el Mesías: en Belén de Judea (cf. v. 5). Conocen las profecías y las citan exactamente. Saben a dónde ir —grandes teólogos, grandes—, pero no van. También de esto podemos aprender una lección. En la vida cristiana no es suficiente saber: sin salir de uno mismo, sin encontrar, sin adorar, no se conoce a Dios. La teología y la eficiencia pastoral valen poco o nada si no se doblan las rodillas; si no se hace como los Magos, que no sólo fueron sabios organizadores de un viaje, sino que caminaron y adoraron. Cuando uno adora, se da cuenta de que la fe no se reduce a un conjunto de hermosas doctrinas, sino que es la relación con una Persona viva a quien amar. Conocemos el rostro de Jesús estando cara a cara con Él. Al adorar, descubrimos que la vida cristiana es una historia de amor con Dios, donde las buenas ideas no son suficientes, sino que se necesita ponerlo en primer lugar, como lo hace un enamorado con la persona que ama. Así debe ser la Iglesia, una adoradora enamorada de Jesús, su esposo.

Al inicio del año redescubrimos la adoración como una exigencia de fe. Si sabemos arrodillarnos ante Jesús, venceremos la tentación de ir cada uno por su camino. De hecho, adorar es hacer un éxodo de la esclavitud más grande, la de uno mismo. Adorar es poner al Señor en el centro para no estar más centrados en nosotros mismos. Es poner cada cosa en su lugar, dejando el primer puesto a Dios. Adorar es poner los planes de Dios antes que mi tiempo, que mis derechos, que mis espacios. Es aceptar la enseñanza de la Escritura: «Al Señor, tu Dios, adorarás» (Mt 4,10). Tu Dios: adorar es experimentar que, con Dios, nos pertenecemos recíprocamente. Es darle del “tú” en la intimidad, es presentarle la vida y permitirle entrar en nuestras vidas. Es hacer descender su consuelo al mundo. Adorar es descubrir que para rezar basta con decir: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28), y dejarnos llenar de su ternura.

Adorar es encontrarse con Jesús sin la lista de peticiones, pero con la única solicitud de estar con Él. Es descubrir que la alegría y la paz crecen con la alabanza y la acción de gracias. Cuando adoramos, permitimos que Jesús nos sane y nos cambie. Al adorar, le damos al Señor la oportunidad de transformarnos con su amor, de iluminar nuestra oscuridad, de darnos fuerza en la debilidad y valentía en las pruebas. Adorar es ir a lo esencial: es la forma de desintoxicarse de muchas cosas inútiles, de adicciones que adormecen el corazón y aturden la mente. De hecho, al adorar uno aprende a rechazar lo que no debe ser adorado: el dios del dinero, el dios del consumo, el dios del placer, el dios del éxito, nuestro yo erigido en dios. Adorar es

hacerse pequeño en presencia del Altísimo, descubrir ante Él que la grandeza de la vida no consiste en tener, sino en amar. Adorar es redescubrirnos hermanos y hermanas frente al misterio del amor que supera toda distancia: es obtener el bien de la fuente, es encontrar en el Dios cercano la valentía para aproximarnos a los demás. Adorar es saber guardar silencio ante la Palabra divina, para aprender a decir palabras que no duelen, sino que consuelan.

La adoración es un gesto de amor que cambia la vida. Es actuar como los Magos: es traer oro al Señor, para decirle que nada es más precioso que Él; es ofrecerle incienso, para decirle que sólo con Él puede elevarse nuestra vida; es presentarle mirra, con la que se ungían los cuerpos heridos y destrozados, para pedirle a Jesús que socorra a nuestro prójimo que está marginado y sufriendo, porque allí está Él. Por lo general, sabemos cómo orar —le pedimos, le agradecemos al Señor—, pero la Iglesia debe ir aún más allá con la oración de adoración, debemos crecer en la adoración. Es una sabiduría que debemos aprender todos los días. Rezar adorando: la oración de adoración.

Queridos hermanos y hermanas, hoy cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Soy un adorador cristiano?”. Muchos cristianos que oran no saben adorar. Hagámonos esta pregunta. ¿Encontramos momentos para la adoración en nuestros días y creamos espacios para la adoración en nuestras comunidades? Depende de nosotros, como Iglesia, poner en práctica las palabras que rezamos hoy en el Salmo: «Señor, que todos los pueblos te adoren». Al adorar, nosotros también descubriremos, como los Magos, el significado de nuestro camino. Y, como los Magos, experimentaremos una «inmensa alegría» (Mt 2,10).

© Librería Editorial Vaticano

 

 

LA VIDA EN NAZARET. TRABAJO

— El Señor, que trabajó en el taller de San José, es nuestro modelo en el trabajo, para santificar nuestra tarea diaria.

— Cómo fue el trabajo de Jesús. Cómo debe ser el nuestro.

— Con el trabajo habitual hemos de ganarnos el Cielo. Mortificaciones, detalles de caridad, competencia profesional en nuestra tarea.

I. Cuando meditamos la vida de Jesús, nos damos cuenta de que la mayor parte de su existencia la pasó en la oscuridad de un pueblo, apenas conocido dentro de su misma patria. Comprendemos que algunos de sus vecinos le dijeran: Sal de aquí para que vean las obras que haces, pues nadie hace las cosas en secreto si pretende darse a conocer1. El valor de las obras del Señor fue siempre infinito, y daba a su Padre la misma gloria cuando aserraba la madera, cuando resucitaba a un muerto y cuando le seguían las multitudes alabando a Dios.

Muchos acontecimientos tuvieron lugar en el mundo durante aquellos treinta años de Jesús en Nazaret. La paz de Augusto había terminado y las legiones romanas se disponían a contener el empuje de los invasores bárbaros... En Judea, Arquelao era desterrado por sus innumerables desórdenes... En Roma, el Senado había divinizado a Octavio Augusto... Pero el Hijo de Dios se hallaba entonces en un pequeño pueblo, a 40 kilómetros de Jerusalén. Vivía en una casa modesta, quizá hecha de adobes como las demás, con su Madre, María, pues José debió fallecer ya en ese tiempo. ¿Qué hacía allí Dios Hombre? Trabajaba, como los demás hombres del pueblo. En nada llamativo se diferenciaba de ellos, pues también era uno de ellos. Era perfecto Dios y hombre perfecto. Y nosotros no podemos olvidar que, tanto su vida oculta, como su vida apostólica, son la existencia temporal del Hijo de Dios.

Cuando Jesús vuelve más tarde a Nazaret, sus paisanos se extrañan de su sabiduría y de los hechos prodigiosos que de Él se cuentan; le conocen por su oficio y por ser el Hijo de María: ¿Qué sabiduría es la que se le ha dado?... ¿No es éste el artesano, el hijo de María?...2. San Mateo nos dirá también, en otro lugar, lo que opinan de Cristo en su tierra: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre?...3. Durante muchos años le vieron trabajar, día a día. Por eso sacan a relucir su oficio.

Además, en la predicación del Señor se puede notar que conoce bien el mundo del trabajo; lo conoce como alguien que lo ha tocado muy de cerca, y por eso puso muchos ejemplos de gente que trabaja.

Jesús, en estos años de vida oculta en Nazaret, nos está enseñando el valor de la vida ordinaria como medio de santificación. «Porque no es la vida corriente y ordinaria, lo que vivimos entre los demás conciudadanos, nuestros iguales, algo chato y sin relieve. Es, precisamente en esas circunstancias, donde el Señor quiere que se santifique la inmensa mayoría de sus hijos»4.

Nuestros días pueden quedar santificados si se asemejan a los de Jesús en esos años de vida oculta y sencilla en Nazaret: si trabajamos a conciencia y mantenemos la presencia de Dios en la tarea, si vivimos la caridad con quienes están a nuestro alrededor, si sabemos aceptar las contradicciones evitando la queja, si las relaciones profesionales y sociales son motivo para ayudar a los demás y para acercarlos a Dios.

II. Si contemplamos la vida de Jesús durante estos años sin relieve externo lo veremos trabajar bien, sin chapuzas, llenando las horas de trabajo intenso. Nos imaginamos al Señor recogiendo los instrumentos de trabajo, dejando las cosas ordenadas, recibiendo afablemente al vecino que va a encargarle alguna cosa..., también al menos simpático, y al de conversación poco amena. Tendría Jesús el prestigio de hacer las cosas bien, pues todo lo hizo bien: Mc 7, 37, también las cosas materiales.

Y todos los que le trataron se sintieron movidos a ser mejores, y recibieron los beneficios de la oración callada de Cristo.

El oficio del Señor no fue brillante; tampoco cómodo, ni de grandes perspectivas humanas. Pero Jesús amó su labor diaria, y nos enseñó a amar la nuestra, sin lo cual es imposible santificarla, «pues cuando no se ama el trabajo es imposible encontrar en él ninguna clase de satisfacción, por muchas veces que se cambie de tarea»5.

El Señor conoció también el cansancio y la fatiga de la faena diaria, y experimentó la monotonía de los días sin relieve y sin historia aparente. Esta consideración es también un gran beneficio para nosotros, pues «el sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor a la obra que Cristo ha venido a realizar. Esta obra de salvación se ha realizado precisamente a través del sufrimiento y de la muerte en la cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús, llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar»6.

Jesús, durante estos treinta años de vida oculta, es el modelo que debemos imitar en nuestra vida de hombres corrientes que trabajan cada día. Contemplando la figura del Señor comprendemos con mayor hondura la obligación que tenemos de trabajar bien: no podemos pretender santificar un trabajo mal hecho. Hemos de aprender a encontrar a Dios en nuestras ocupaciones humanas, a ayudar a nuestros conciudadanos y a contribuir a elevar el nivel de la sociedad entera y de la creación7. Un mal profesional, un estudiante que no estudia, un mal zapatero... si no cambia y mejora no puede alcanzar la santidad en medio del mundo.

III. Con el trabajo habitual tenemos que ganarnos el Cielo. Para eso debemos tratar de imitar a Jesús, «quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente, trabajando con sus propias manos»8.

Para santificar nuestras tareas hemos de tener presente que «todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –a manifestar su dimensión divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios...»9.

En el trabajo santificado –como el de Jesús– encontraremos un campo abundante de pequeñas mortificaciones que se traducen en la atención en lo que estamos haciendo, en el cuidado y en el orden de los instrumentos que manejamos, en la puntualidad, en la manera como tratamos a los demás, en el cansancio ofrecido, en las contrariedades que, sin quejas estériles, procuramos llevar de la mejor manera posible.

En nuestros deberes profesionales encontraremos muchas ocasiones de rectificar la intención para que realmente sea una obra ofrecida a Dios y no una ocasión más de buscarnos a nosotros mismos. De esta manera, ni los fracasos nos llenarán de pesimismo, ni los éxitos nos separarán de Dios. La rectitud de intención –el trabajar de cara a Dios– nos dará esa estabilidad de ánimo propia de las personas que están habitualmente cerca del Señor.

Nos podemos preguntar hoy en nuestra oración personal si tratamos de imitar en nuestro trabajo los años de vida oculta de Jesús: ¿Tengo prestigio profesional y soy competente entre los de mi profesión? ¿Ejercito las virtudes humanas y las sobrenaturales en mi tarea diaria? ¿Sirve mi trabajo para que mis amigos se acerquen más a Dios? ¿Les hablo de la doctrina de la Iglesia en aquellas verdades sobre las que existe más ignorancia o más confusión en el momento actual? ¿Cumplo acabadamente mis deberes profesionales?

Miramos el trabajo de Jesús a la vez que examinamos el nuestro. Y le pedimos: «Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José (...), dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor diaria, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor»10.

1 Jn 7, 8-4. — 2 Cfr. Mc 6, 2-3. — 3 Mt 13, 55. — 4 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 110. — 5 F. Suárez, José, esposo de María, Rialp, Madrid 1982, p. 268. — 6 Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, 27. — 7 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 41. — 8 ídem, Const. Gaudium et spes, 67. — 9 Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 10. — 10 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 72.

 

 

“Cristo también vive ahora”

¡Vive junto a Cristo!: debes ser, en el Evangelio, un personaje más, conviviendo con Pedro, con Juan, con Andrés..., porque Cristo también vive ahora: "Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in saecula!" –¡Jesucristo vive!, hoy como ayer: es el mismo, por los siglos de los siglos. (Forja, 8)

Es ese amor de Cristo el que cada uno de nosotros debe esforzarse por realizar, en la propia vida. Pero para ser ipse Christus hay que mirarse en El. No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de El detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz.
Cuando se ama a una persona se desean saber hasta los más mínimos detalles de su existencia, de su carácter, para así identificarse con ella. Por eso hemos de meditar la historia de Cristo, desde su nacimiento en un pesebre, hasta su muerte y su resurrección. En los primeros años de mi labor sacerdotal, solía regalar ejemplares del Evangelio o libros donde se narraba la vida de Jesús. Porque hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria las palabras y los hechos del Señor.
Así nos sentiremos metidos en su vida. Porque no se trata sólo de pensar en Jesús, de representarnos aquellas escenas. Hemos de meternos de lleno en ellas, ser actores. (Es Cristo que pasa, 107)

 

 

Esa corriente trinitaria de Amor

El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, porque revela cómo el Amor es el tejido mismo de la realidad.

La luz de la fe15/01/2018

Los cristianos reconocemos el origen de todo lo que existe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Se llega a ser cristiano a través del bautismo en el nombre de las tres Personas divinas. Y todo en nuestra vida está marcado por el signo de la Cruz, «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», según las palabras del propio Jesús (Cfr. Mt 28,19). Pero ¿qué significa esta fe en la Trinidad para nuestra vida? ¿Cómo se traduce en nuestra existencia diaria, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro descanso?

Se llega a ser cristiano a través del bautismo en el nombre de las tres Personas divinas; pero ¿qué significa esta fe en la Trinidad para nuestra vida?

Aunque solo en el cielo comprenderemos hasta qué punto la Trinidad es nuestro verdadero hogar, hasta qué punto nuestra vida «está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), la fe cristiana nos pone ya ahora en camino hacia este Misterio, que contiene la respuesta a todas nuestras preguntas; que nos dice quiénes somos en realidad. El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, transfigura nuestra existencia: lo que, tomado por sí mismo, sería banal o insignificante se ilumina desde dentro. Nos detendremos aquí, de entre los muchos aspectos de la fe en la Trinidad, en dos que están fuertemente entrelazados entre sí: la profundidad del Misterio y el valor divino del amor humano.

El Misterio de los misterios

Desde las primeras generaciones de cristianos, los teólogos, los santos y quienes han vivido una auténtica e intensa experiencia de Dios tienen una predilección especial por su Misterio, el Misterio de la Trinidad (Mysterium Trinitatis). También en la vida diaria se habla con frecuencia de misterio, aunque en el sentido de una realidad de difícil acceso, como saber quién es el criminal en una novela de intriga, o cuál es la solución de una ecuación o de un problema difícil. En todos estos casos el término se refiere a los límites de nuestra capacidad de conocer. En cambio, cuando se habla de Misterio de Dios, la cuestión ya no nos concierne solamente a nosotros, sino sobre todo a Él mismo y a su infinita profundidad. El Misterio de Dios no es insondable porque sea oscuro sino, al contrario, porque es demasiado luminoso: los ojos de nuestra inteligencia se deslumbran al mirarlo, como sucede cuando uno mira hacia el sol en pleno día.

Una piadosa leyenda medieval, representada también en magníficas obras pictóricas, cuenta que un día san Agustín paseaba por la playa, intentando comprender cómo es posible que Dios sea uno y trino, y encontró un niño que con un pequeño cubo vertía el agua del mar en un agujero excavado en la arena, con intención de meter el mar en el agujero. El gran Padre de la Iglesia intentó hacerle ver lo imposible de su pretensión; el chico le respondió que más absurdo aún era intentar comprender el Misterio de la Trinidad. El Misterio de Dios es como la inmensidad del mar, como la luz cegadora del sol. Ante el «océano del amor infinito», la única respuesta verdaderamente razonable es «sumergirse» confiadamente[1], «bucear en ese mar inmenso»[2].

En una de sus catequesis, san Josemaría lo explicaba con una fórmula verdaderamente eficaz, a propósito de cómo hablar sobre Dios: «Y cuando (…) te digan que no entienden la Trinidad y la Unidad, les respondes que tampoco yo la entiendo, pero que la amo y la venero. Si comprendiera las grandezas de Dios, si Dios cupiera en esta pobre cabeza, mi Dios sería muy pequeño..., y, sin embargo, cabe –quiere caber– en mi corazón, cabe en la hondura inmensa de mi alma, que es inmortal»[3]. Un Dios totalmente comprensible no sería misterio, sería poca cosa. En cambio, la paradoja cristiana consiste en el hecho de que, aunque la Trinidad infinita no puede ser comprendida por nuestra inteligencia, a la vez habita en nosotros, en nuestro corazón.

"¡Señor, gracias porque eres tan grande que no me cabes en la cabeza, y gracias también porque me cabes en el corazón!" (San Josemaría)

La dificultad para comprender el Misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no se debe a que sea un absurdo, sino a que es un Misterio de Amor: una comunión de Personas. Nuestro Dios es Misterio porque es Amor: todo en Él es Don perfecto y eterno. Y el mundo creado es expresión de ese Amor. A través del mundo, y de las personas que nos rodean, podemos comprender por qué es necesaria la fe para acceder a esta verdad, que incluso los más grandes filósofos no han podido encontrar sin la Revelación. No se trata de creer en lo absurdo, sino de entrar en la dimensión personal, cosa que solo logramos cuando abrimos el corazón. «¡Señor, gracias porque eres tan grande que no me cabes en la cabeza, y gracias también porque me cabes en el corazón!»[4]

¿Por qué Dios se oculta en su Misterio? En realidad no es que se oculte: incluso entre los seres humanos sucede que la intimidad del alma de otro solo se puede conocer a través de un acto voluntario de revelación de lo que uno tiene en el corazón, como los recuerdos, los sueños, las preocupaciones o los miedos. Aunque desde fuera se pueda intuir algo, para que otro acceda a lo que verdaderamente se encuentra dentro de nosotros es necesaria una “revelación” de nosotros mismos; y es necesario también que quien participa de esa “revelación” logre comprenderla, asimilarla. No nos debe extrañar que el Misterio de Dios nos supere: nuestros ojos deben acostumbrarse poco a poco a su luz. Por eso, si en la vida de cada día es necesario aprender «siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro»[5], ante el Misterio de la Trinidad, la primera actitud a asumir es la de la humildad y el profundo respeto, porque se entra en el espacio de la Libertad y del Don, esa Libertad y Don que son precisamente el origen del Amor, de todo amor.

El Amor de los amores

Nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor absoluto, sin reservas, sin condiciones: el Amor con el que todos soñamos

«No hay más amor que el Amor», anotaba san Josemaría en 1931[6]. La inmersión en la profundidad del Misterio del Dios uno y trino nos lleva a leer el mundo y la historia a su luz, que es la «luz verdadera» (Jn 1,9): como si pasáramos de intentar descifrar un texto en la penumbra a leerlo a pleno sol, y descubriéramos que no estábamos entendiendo prácticamente nada. «Dios es amor» (1 Jn 4,16) porque es una comunión eterna de tres Personas, que se entregan recíprocamente, sin reservas: tres Personas unidas de modo absoluto y eterno por una relación de don total y libre de Sí. El sentido del mundo y de la existencia de cada hombre reposa en esa libertad auténtica, esa «corriente trinitaria de Amor»[7].

El Padre, en efecto, genera al Hijo dándole todo lo que Él mismo es, y no simplemente algo que posee. La primera Persona divina es Padre con todo su ser, Padre sin límites, de modo que el Hijo generado por Él no solo se le parece, sino que es una sola cosa con Él: es Dios mismo en su eternidad y su infinitud. El Hijo, Imagen perfecta del Padre, se entrega de nuevo a Él, es decir, responde al don que recibe dándose Él mismo totalmente al Padre, como este se le ha entregado. Y el Don que el Padre y el Hijo se intercambian eternamente es el Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad. El Espíritu Santo es el Amor que une a las primeras dos Personas, y es Dios, porque es una sola cosa con ellos. Así, nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor absoluto, porque es Don perfecto, sin reservas, sin condiciones: el Amor con el que todos soñamos.

San Agustín, aunque llegó a darse cuenta de la limitación de nuestros conceptos, lo explicó de un modo que permite asomarse a esta vida íntima de la Trinidad. El amor, escribió en su tratado sobre la Trinidad, implica siempre la presencia de un amante, de un amado y de su amor[8]. Análogamente, para que se pueda hablar de don, debe haber alguien que da, otro que recibe y también aquello mismo que se da: el don, el regalo. Solo con esta tríada hay Amor. Y cuando el Amor o el Don es infinito, y por tanto entra en el espacio del Misterio de Dios, estos tres términos son infinitos y perfectos. De modo que nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor. De este Amor sin límites surge, y hacia él se dirige, «el deseo que todos nosotros tenemos de infinito, la nostalgia que todos nosotros tenemos de lo eterno»[9].

Dios es todo Él felicidad que quiere comunicarse, y por eso ha creado todas las cosas: para introducirnos en su alegría infinita

Uno de los modos en que los cristianos acompañan el Nombre de la Trinidad es beatissima: felicísima. Dios es todo Él felicidad que quiere comunicarse, y por eso ha creado todas las cosas: para introducirnos en su alegría infinita. El mundo en el que vivimos, y la existencia de cada uno, tiene su origen en ese eterno Don recíproco que es la Vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El hombre existe, pues, en la medida en que es amado por las tres Personas divinas. Y por eso su valor es infinito. Desde esta luz, «nos parecen admirables tanto el origen como el fin de la creación, que consisten en el amor. Un amor absolutamente desinteresado, porque Dios no tiene ninguna necesidad de nosotros: somos nosotros quienes tenemos necesidad de Él»[10].

Si el mundo surge del desbordamiento del Amor de las tres Personas divinas, el sentido de la vida de quien cree en la Trinidad es el amor. Y por eso todo verdadero amor remite, en su núcleo más íntimo, a la Trinidad, como ha explicado recientemente el Papa Francisco, retomando las enseñanzas de san Juan Pablo II[11]. Así, la importancia fundamental de la familia para la fe cristiana no está ligada solo a la dimensión moral o a consideraciones sociológicas. La misma relación fecunda de los esposos es imagen que guía en el encuentro con el Misterio de la Trinidad: «el Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente»[12].

El cristiano, pues, sabe que el primer principio de cualquier cosa no es una unidad abstracta o una idea universal, sino una comunión de Personas: una comunión radiante de felicidad. El fondo de la realidad, lo que es más verdadero, se encuentra en las relaciones interpersonales. Qué sea la felicidad es un misterio que se empieza a desvelar precisamente ahí; el sentido de la vida se juega a esa profundidad. La amistad, el servicio de los demás, la fraternidad, el amor en todas sus formas, no son solo palabras bonitas o prácticas positivas sugeridas por un buen corazón. El cultivo cuidadoso de las relaciones interpersonales resulta el acto más realista y eficaz, la mejor inversión posible: porque el fundamento de la realidad es trinitario. El pecado, por contraste, es esencialmente superficial: no ve lo que verdaderamente cuenta, y lleva a inversiones pésimas. El pecado se cierra al otro, lo descarta; supone, en fin, una verdadera miopía existencial, de la que todos necesitamos irnos curando. La revelación de la Trinidad y la fe que se despliega a partir de este Misterio es colirio para nuestros ojos: nos habla de cómo ganar verdaderamente en la vida, y de cómo ganar a todos para la Vida.

El fondo de la realidad se encuentra en las relaciones interpersonales; qué sea la felicidad es un misterio que se empieza a desvelar precisamente ahí

La mirada de los santos, que se saben pecadores como todos, se mueve entre el Cielo y la tierra; reconoce que la verdadera realización de sí se encuentra en el amor y en el servicio: ahí se libera el acceso a la realidad más auténtica. Los mismos gestos de afecto, como los abrazos; o los de cortesía, como darse la mano, se hacen eco del amor de la Trinidad, porque significan el deseo o la disponibilidad para ser uno en el otro, como las personas divinas son una en la otra. «El que me ha visto a mí ha visto al Padre», dice Jesús a Felipe (Jn 14,9). Quien ve al Hijo ve al Padre, porque el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre: son todo Amor. Así es la vida de la Trinidad, la vida a la que Dios nos llama: la vida misma del Padre es dar su vida al Hijo; la vida misma del Hijo es agradecer la vida al Padre; el Espíritu Santo es Él mismo esa Vida para el Otro.

Surge así otra dimensión de la contemplación del mundo a la luz de la Trinidad: si el principio de todas las cosas es nuestro Dios, entonces en el origen y en el destino de la realidad se encuentra el Amor del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre. La Escritura nos lo deja entrever en el aletear del Espíritu de Dios sobre las aguas (cfr. Gn 1,2): el Amor de la Trinidad abraza el universo. Y, de un modo más explícito, retomando el relato de la creación a la luz de la encarnación del Verbo, el prólogo del cuarto Evangelio dice que «todo se hizo por Él» (Jn 1,3): en todo se refleja la Filiación de Cristo, y a Él se ordena todo (cfr. Ef 1,10). Las estrellas lejanas, el mar profundo, las montañas más altas o las flores más bellas, todos hablan del don absoluto que el Padre vierte en la generación del Hijo: todo es icono de esta relación eterna de amor. Toda la creación habla de Cristo, como dice la liturgia, parafraseando a san Pablo: «Ahora se cumple el designio del Padre: hacer de Cristo el corazón del mundo»[13].

De aquí nace la posibilidad de contemplar el mundo y la historia, en sus dimensiones más cotidianas y prosaicas, como lugar de encuentro con Dios, como tarea filial confiada al hombre por el Padre, en Cristo. A la luz de la Trinidad el cristiano se puede reconocer como “socio” de Dios, como heredero en Cristo de todas las cosas, colaborando con Él para llevar todo al Padre, con una profunda gratitud por su don: siendo todo él agradecimiento. Este es el corazón de toda Misa, el acto eucarístico más auténtico, a través del cual la creación vuelve a la relación con su origen, a la Trinidad.

María y la Trinidad

San Josemaría confiaba en una ocasión: «Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Están como más asequibles»[14]. El amor de los tres de la Sagrada Familia, sus relaciones de don recíproco, le guiaba en la contemplación de la Trinidad beatísima, remontando el río en búsqueda de la fuente, desde los amores hasta el Amor de los amores.

Santa María es quien mejor ha realizado este retorno a Dios, esta restitución en Cristo del mundo a la Trinidad. La existencia de María es trinitaria; está completamente transfigurada de amor: María recibe su ser, y lo entrega de nuevo al Padre en Cristo gracias al Espíritu Santo, que es el Amor mismo y que la ha cubierto con su sombra (Cfr. Lc 1,35). María es criatura, María es una mujer de Palestina, pero todo en Ella está impregnado del Amor que constituye la relación eterna entre el Padre y el Hijo. Así Ella es Señora de la creación y de la historia: todo se ha confiado a su Corazón inmaculado, porque nadie conoce mejor que ella el mundo, nadie lo transforma mejor que ella, a través de su diálogo íntimo y familiar con cada persona de la Trinidad. Con Ella podemos vivir «en el seno de la Trinidad (…) adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian»[15], que llevan a «hacer de Cristo el corazón del mundo».

Giulio Maspero

 


Lecturas para profundizar

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 232-267.

Juan Pablo II, Audiencias del 19 enero al 26 enero 2000 (En las fuentes y en el estuario de la historia de la salvación, La gloria de la Trinidad en la creación, La gloria de la Trinidad en la historia)

Benedicto XVI, Angelus 7 abril 2009

Francisco, Angelus 22 mayo 2016


Barron, R. Catolicismo: un viaje al corazón de la fe (cap. 3. El inefable misterio de Dios: “Aquello mayor que lo cual nada puede pensarse”), Doubleday, 2013 (orig. Catholicism: a Journey to the Heart of the Faith).

Daniélou, J. La Trinidad y el misterio de la existencia, Paulinas, 1969 (orig. La Trinité et le mystère de l’existence).

Daniélou, Dios y nosotros (cap. VI "El Dios de los místicos"), Cristiandad 2003 (orig. Dieu et nous).

Guardini, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo (VI.6: “En el Espíritu Santo”) Cristiandad, 2006 (orig. Der Herr, Betrachtungen über die Person und das Leben Jesu Christi).

Lewis, C.S. Mero cristianismo (IV. “Más allá de la personalidad: o primeros pasos en la doctrina de la trinidad”) Rialp, 1995 (orig. Mere Christianity).

Maspero, G. La Trinidad explicada hoy, Rialp 2017 (orig. Uno perché trino. Breve introduzione al trattato su Dio).

Ratzinger, J. El Dios de los cristianos, Salamanca, Sígueme, 2009 (orig. Der Gott Jesu Christi. Betrachtungen über den Dreieinigen Gott).

Ratzinger, Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época (II.11 “Sobre la Trinidad”) Galaxia Gutenberg, 2002 (orig. Gott und die Welt. Glauben und Leben in unserer Zeit).

San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, nn. 85-86 ("La Eucaristía y el misterio de la Trinidad").

Trese, L. J. La fe explicada (cap. III: “La unidad y trinidad de Dios. ¿Cómo es que son tres?”) Rialp 2014 (orig. Faith explained)

 


[1] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi (30-XI-2007), n. 12.

[2] San Josemaría, notas en una reunión familiar, 14-VI-1974 (Catequesis en América, 1974, vol. I, 449, AGP, Biblioteca, P04).

[3] San Josemaría, notas en una reunión familiar, 9-II-1975 (Catequesis en América, 1975, vol. III, 75, AGP, Biblioteca, P04).

[4] Ibidem.

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium (24-XI-2013), n. 169.

[6] San Josemaría, Camino, n. 417. Cfr. comentario de la edición crítico-histórica.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 85.

[8] San Agustín, De Trinitate, 8.10.14.

[9] Francisco, Audiencia, 27-XI-2013.

[10] Jean Daniélou, La Trinità e il mistero dell’esistenza, Queriniana, Brescia 1989, 44.

[11] Cfr. Francisco, Ex. Ap. Amoris Laetitia (19-III-2016), n. 63. Cfr. San Juan Pablo II, Angelus, 7-VI-1998.

[12] Francisco, Amoris Laetitia, n. 11.

[13] Así reza la versión italiana de la antífona tercera en las vísperas de la feria I de la semana IV del salterio del Tiempo Ordinario.

[14] San Josemaría, “Consumados en la unidad”, en En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2017, 422.

[15] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 283.

 

 

La fe sobrenatural

La virtud de la fe es una virtud sobrenatural que capacita al hombre a asentir firmemente a todo lo que Dios ha revelado.

Resúmenes de doctrina católica29/12/2016

​La virtud de la fe es una virtud sobrenatural que capacita al hombre ilustrando su inteligencia y moviendo su voluntad a asentir firmemente a todo lo que Dios ha revelado.

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1. Noción y objeto de la fe

El acto de fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela (cfr. Catecismo, 142). «Por la fe el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser da su asentimiento a Dios que revela» (Catecismo, 143). La Sagrada Escritura llama a este asentimiento «obediencia de la fe» (cfr. Rm 1, 5; 16, 26).

La virtud de la fe es una virtud sobrenatural que capacita al hombre —ilustrando su inteligencia y moviendo su voluntad— a asentir firmemente a todo lo que Dios ha revelado, no por su evidencia intrínseca sino por la autoridad de Dios que revela. «La fe es ante todo adhesión personal del hombre a Dios ; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado» (Catecismo, 150).

2. Características de la fe

– «La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él (cfr. Mt 16, 17). Para dar la respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios» (Catecismo, 153). No basta la razón para abrazar la verdad revelada; es necesario el don de la fe.

La fe es un acto humano. Aunque sea un acto que se realiza gracias a un don sobrenatural, «creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas» (Catecismo, 154). En la fe, la inteligencia y la voluntad cooperan con la gracia divina: «Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia» [1].

Fe y libertad. «El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza» (Catecismo, 160) [2]. «Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie jamás. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían» (ibidem).

Fe y razón. «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero» [3]. «Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios» (Catecismo, 159).

Carece de sentido intentar demostrar las verdades sobrenaturales de la fe; en cambio, se puede probar siempre que es falso todo lo que pretende ser contrario a esas verdades.

Eclesialidad de la fe. “Creer” es un acto propio del fiel en cuanto fiel, es decir, en cuanto miembro de la Iglesia. El que cree, asiente a la verdad enseñada por la Iglesia, que custodia el depósito de la Revelación. «La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los creyentes» (Catecismo, 181). «Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre» [4].

La fe es necesaria para la salvación (cfr. Mc 16, 16; Catecismo, 161). «Sin la fe es imposible agradar a Dios» (Hb 11, 6). «Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna» [5]

3. Los motivos de credibilidad:

«El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos “a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos”» ( Catecismo, 156).

Sin embargo, para que el acto de fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido darnos « motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu» [6]. Los motivos de credibilidad son señales ciertas de que la Revelación es palabra de Dios.

Estos motivos de credibilidad son, entre otros:

— la gloriosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo , signo definitivo de su Divinidad y prueba ciertísima de la verdad de sus palabras;

— «los milagros de Cristo y de los santos (cfr. Mc 16, 20; Hch 2, 4)» (Catecismo, 156) [7];

— el cumplimiento de las profecías (cfr. Catecismo, 156), hechas sobre Cristo o por Cristo mismo (por ejemplo, las profecías acerca de la Pasión de Nuestro Señor; la profecía sobre la destrucción de Jerusalén, etc). Este cumplimiento es prueba de la veracidad de la Sagrada Escritura;

— la sublimidad de la doctrina cristiana es también prueba de su origen divino. Quien medita atentamente las enseñanzas de Cristo, puede descubrir en su profunda verdad, en su belleza y en su coherencia; una sabiduría que excede la capacidad humana de comprender y explicar lo que es Dios, lo que es el mundo, los que es el hombre, su historia y su sentido trascendente;

— la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad «son signos ciertos de la Revelación, adaptados a la inteligencia de todos» (Catecismo, 156).

Los motivos de credibilidad no sólo ayudan a quien no tiene fe para superar prejuicios que obstaculizan el recibirla, sino también a quien tiene fe, confirmándole que es razonable creer y alejándole del fideísmo.

4. El conocimiento de fe

La fe es un conocimiento: nos hace conocer verdades naturales y sobrenaturales. La aparente oscuridad que experimenta el creyente, es fruto de la limitación de la inteligencia humana ante el exceso de luz de la verdad divina. La fe es un anticipo de la visión de Dios “cara a cara” en el Cielo (1 Co 13, 12; cfr. 1 Jn 3, 2).

La certeza de la fe: «La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir» (Catecismo, 157). «La certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural» [8].

La inteligencia ayuda a profundizar en la fe. «Es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a Aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor» (Catecismo, 158).

La teología es la ciencia de la fe: se esfuerza, con la ayuda de la razón, por conocer mejor las verdades que se poseen por la fe; no para hacerlas más luminosas en sí mismas —que es imposible—, sino más inteligibles para el creyente. Este afán, cuando es auténtico, procede del amor a Dios y va acompañado por el esfuerzo de acercarse más a Él. Los mejores teólogos han sido y serán siempre santos.

5. Coherencia entre fe y vida

Toda la vida del cristiano debe ser manifestación de su fe. No hay ningún aspecto que no pueda ser iluminado por la fe. «El justo vive de la fe» (Rm 1, 17). La fe obra por la caridad (cfr. Ga 5, 6). Sin las obras, la fe está muerta (cfr. St 2, 20-26).

Cuando falta esta unidad de vida, y se transige con una conducta que no está de acuerdo con la fe, entonces la fe necesariamente se debilita, y corre el peligro de perderse.

Perseverancia en la fe: La fe es un don gratuito de Dios. Pero este don inestimable podemos perderlo (cfr. 1 Tm 1,18-19). «Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla» (Catecismo, 162). Debemos pedir a Dios que nos aumente la fe (cfr. Lc 17,5) y que nos haga «fortes in fide» (1 P 5, 9). Para esto, con la ayuda de Dios, hay que realizar muchos actos de fe.

Todos los fieles católicos están obligados a evitar los peligros para la fe. Entre otros medios, deben abstenerse de leer aquellas publicaciones que sean contrarias a la fe o a la moral —tanto si las ha señalado expresamente el Magisterio, como si lo advierte la conciencia bien formada—, a menos que exista un motivo grave y se den las circunstancias que hagan esa lectura inocua.

Difundir la fe. «No se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero... Alumbre así vuestra luz ante los hombres» ( Mt 5, 15-16). Hemos recibido el don de la fe para propagarlo, no para ocultarlo (cfr. Catecismo, 166). No se puede prescindir de la fe en la actividad profesional [9]. Es preciso informar toda la vida social con las enseñanzas y el espíritu de Cristo.

Francisco Díaz

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 142-197.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía Vida de fe, en Amigos de Dios, 190-204.


[1] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 2, a. 9

[2] Cfr. Concilio Vaticano II, Declar. Dignitatis humanae, 10; CIC, 748, §2.

[3] Concilio Vaticano I: DS 3017.

[4] San Cipriano, De catholicae unitate Ecclesiae: PL 4,503.

[5] Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium, 16.

[6] Concilio Vaticano I: DS 3008-3010; Catecismo, 156.

[7] El valor de la Sagrada Escritura como fuente histórica totalmente fiable se puede establecer con sólidas pruebas: por ejemplo, las que se refieren a su antigüedad (varios de los libros del Nuevo Testamento han sido escritos pocos años después de la Muerte de Cristo, lo cual da testimonio de su valor), o las que se refieren al análisis del contenido (que muestra la veracidad de los testimonios).

[8] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 171, a. 5, ad 3.

[9] Cfr. San Josemaría, Camino, 353.

 

© Fundación Studium, 2016 y © Oficina de Información del Opus Dei, 2016.

 

 

Emergencia: los españoles no tienen hijos por la economía y el 57% considera que irá a peor

La Fundación The Family Watch presenta el "IX Barómetro de la familia TFW"

photo_cameraReunión de Family Watch con Ana Sastre Campo, directora General de Infancia,Familia y Natalidad de la Comunidad de Madrid.

La Fundación The Family Watch presenta hoy ‘IX Barómetro de la familia TFW’ que ha encargado a la consultora GAD3 y está patrocinado por la Fundación Madrid Vivo, entidad que está al servicio de la Iglesia en cuestiones ociales y cuyo presidente de honor es el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro. 

Algunas de las conclusiones que resalta el barómetro es el descenso de la natalidad, por qué los españoles no tienen hijos y el cambio en las prioridades de los jóvenes. 

Formar una familia es difícil 

Una de las razones de la baja natalidad es la situación económica, que para el 57,5% por ciento de los españoles, según este estudio, empeorará en el próximo año. ¿Cómo cree que será la situación económica de España dentro de un año? Ante esta pregunta, las familias contestaban el pasado año que empeoraría un 36,5%. Esta cifra aumenta en el barómetro que se presentará hoy hasta un 57,5%, es decir, más de 20 puntos, afirman a RC fuentes de The Family Watch. 

Además, el 84% de los encuestados creen que formar una familia es más difícil ahora que antes. Según las mismas fuentes, no parece que la tendencia vaya a cambiar, teniendo en cuenta también que el nuevo gobierno no ha presentado propuestas con una perspectiva de familia. 

Este barómetro también analiza las diferentes ayudas a la familia por comunidades autónomas, en las que destaca que regiones como Aragón, Asturias, Cantabria o Galicia, con un índice de natalidad más bajo, están haciendo un esfuerzo administrativo por contribuir a aumentar la natalidad, ya sea por desgravación fiscal o con ayudas directas, tipo cheques bebés. 

Prioridades de las personas menores de 45 años 

Por otra parte, otra de las emergencias que resalta el estudio son las prioridades de las personas menores de 45 años. Para los próximos 5 años, no incluye tener hijos sino, por este orden, prosperar profesionalmente, viajar, ampliar estudios y por último, formar una familia. 

El barómetro también presenta otra cuestiones relacionadas con la familia, como las apuestas deportivas y la hipersexualización. 9 de cada 10 españoles considera que se deben establecer medidas legales que protejan a los menores de la excesiva publicidad de apuestas deportivas y el 79% cree que los juegos de azar son malos para la salud. El 88% considera que la proliferación de los anuncios de apuestas deportivas está fomentando la ludopatía entre los jóvenes. 

Así mismo, el 84% de las familias piensa que la publicidad proyecta una imagen hipersexualizada de las menores. Además, 8 de cada 10 encuestados piensa que la publicidad muestra a las niñas mucho más mayores, (tendencia a mostrarlas como adultos). 

En el acto participan María José Olesti Luna, directora General de The Family Watch; Sara Morais Vargas, directora de Investigación de GAD3 y Jenaro González del Yerro, director general de la Fundación Madrid Vivo. 

 

 

La huida a Egipto de Jesús, María y José

La huida a Egipto de la Sagrada Familia

Sin poner objeciones José obedece y parte a Egipto, pues sus planes personales e intereses propios están totalmente al servicio de Dios.

“Después que ellos partieron, un ángel del Señor
apareció en sueños a José, diciéndole: Levántate,
toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte
allí hasta que yo te avise; pues Herodes ha de buscar
al niño para matarle. Levantándose José, tomó al niño
y a su madre, de noche, y se retiró a Egipto”.

(Mt 2, 13-14)

I

Es de noche. Dos caravanas se deslizan entre las sombras de las afueras de Belén. En direcciones distintas. En huida. Una es la de los Magos que, avisados, regresan a su país por otro camino. La otra, la de la humilde familia nazarena. Se van también, huyendo.

Dios acaba de llegar al mundo, y el mundo organiza su persecución. ¡Así están de ciegos los hombres!

José, mientras dormía, ha sido despertado por un ángel. Fue, quizás, aquella misma noche en la que José se quedó dormido mientras repasaba las maravillas de aquel día: los Magos, su espléndido cortejo real, el brillo oriental de sus vestidos, los sabios del mundo a los pies del recién nacido.

José duerme en el gozo del descubrimiento del Niño, y de la adoración que le han tributado los pueblos de la tierra. Y un ángel toca su hombro:

-Levántate, toma el niño y a su madre, y huye…

José no discute con el ángel: cree y se levanta. No intenta tampoco enmendar el plan que le dicta el cielo. Es un viaje en el que jamás había pensado: ¿Egipto? ¿No sería mejor unirse a los Magos y buscar refugio en su país? ¿Egipto? Es una durísima tarea, pues no conoce el camino, ni el idioma, ni las costumbres de los egipcios. ¿Egipto, en donde no conocemos a nadie? ¿No serán muchos los riesgos para el niño por ser un país extraño? Y hay que ganarse la vida, abrirse camino, sin tener amigos.

El silencioso José tampoco en esta ocasión abre su boca, aunque aquella orden revoluciona su vida y sus consuelos.

 

 

II

Cuando comienza a salir el sol, ya llevan varias horas de marcha. En un camino desierto se dibuja una estampa conmovedora: un niño inocente abrigado en el brazo caliente y maternal de una Niña Virgen, ella sobre una borriquilla, y José por delante llevando el ramal de la cabalgadura. Solos en el desierto: de prisa.

Es ésa la respuesta a la orden del cielo. Obediencia al momento. Ejecuta con diligencia lo que se ha recibido de parte del Señor. Asusta pensar que un retraso «prudente» en la obediencia de José hubiera dado lugar a que el niño cayera en manos de Herodes. Amigo, apóstol, valora la importancia gigante de la obediencia pronta. «La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida» 2 .

José no tiene planes personales, intereses propios. Está totalmente al servicio de Dios. A él sólo le corresponde poner en juego sus facultades humanas para llevar a cabo con perfección la orden del Señor. Calla y obra en este sentido. ¡Qué contraste con el inútil ruido de los hombres!

Todos opinan y dan sus pareceres, los propios, los de cada uno. Y nadie hace nada: ni lo ajeno, porque no es propio; ni lopropio, porque no ayudan los demás. La fuerza se va por la boca. Es preciso ser ejecutores, ejecutores silenciosos. Para ello es necesario ser santo, y eso nos santifica.

Es preciso convencerse una y otra vez de que no se cae un solo cabello sin el permiso de Dios. El mundo está lleno de teóricos, buscadores ruidosos de pretextos.

 

 

III

Y por un camino desierto de este mundo, cuando sale el sol, aparece José cumpliendo el plan de Dios. Van pasando las horas y el cansancio abruma a los peregrinos. Sobre José pesa la responsabilidad: cansancio en el cuerpo, responsabilidad tremenda que angustia el alma.

José marcha derecho, erguido su cuerpo a pesar del dolor, cumpliendo lo previsto desde siempre. Ningún consuelo en los sentidos, ningún descanso para el cuerpo, ningún alivio para la carga del alma.

Y siempre los asaltos de los temores: de los perseguidores, de los peligros del desierto, de la inseguridad de la vida que ha de comenzar en Egipto. El Niño y María dependen de él.

José obedece, pero sabe el motivo del viaje. Es muy posible que María se deje llevar sin saberlo. José, para no alarmarla, calla, sin duda, la causa de tan inesperada expedición: ella va y no sabe por qué. El niño está dormido en los brazos de María.

Cuanto más noble es el personaje, más perfecta es la sencillez de la obediencia. Más completo el abandono. ¡Si fuéramos tú y yo, amigo, al menos como la borriquilla, dóciles al ramal de quien nos lleva!

“Caminando con Jesús”, J.A. González Lobato, Ediciones RIALP, S.A.

 

 

Líderes para la paz

En España vivimos momentos de cambio político. Un cambio de gobierno afecta a todas las esferas de la vida. Mientras preparo este post, nuestros parlamentarios se están reuniendo en la Cámara Baja para votar de nuevo la investidura del candidato a presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez. Quisiera contribuir al diálogo más que necesario con dos elementos que me parecen imprescindibles: la expresión de la legítima preocupación ante la inestabilidad y su influencia en el bien común, y una idea original e imaginativa para construir paz.

Sobre lo primero, un ejemplo de preocupación, manifestada por la Asociación Madrileña de la Empresa Familiar:

«Los empresarios somos el elemento esencial de la creación de empleo y riqueza en España. Ni el Gobierno ni los partidos políticos crean empleo ni riqueza. También somos nosotros los que sufragamos la mayor parte del gasto social. Si se ataca al tejido empresarial, se generará paro y pobreza.
Consideramos imprescindible para el bien de la sociedad que se fomenten los valores del esfuerzo personal, la responsabilidad individual, el respeto a la Ley, la profesionalidad y el espíritu de riesgo. Los derechos tienen que ir acompañados siempre de obligaciones.
Apelamos a la responsabilidad de los representantes políticos para defender el interés general y salvaguardar los derechos de todos los ciudadanos españoles.» 

Sobre el segundo elemento, me ha llamado la atención hoy mismo una noticia sobre la iniciativa Rondine: En 1988, Franco Vaccari y los fundadores rondinos, después de experimentar los valores de hospitalidad y diálogo inspirados por Giorgio La Pira y Don Lorenzo Milani en una pequeña aldea italiana en el corazón de la Toscana, decidieron extender su mensaje de paz más allá del Telón de Acero: A pesar de no tener experiencia en la resolución de conflictos, enviaron una carta a Raissa Gorbachov. Su objetivo era abrir un canal de comunicación con la Unión Soviética y el Este, superando la lógica de oposición de la Guerra Fría. Inesperadamente, la primera dama soviética agradeció su propuesta y los invitó a Moscú. Este viaje marcó el comienzo de una relación con la Unión Soviética, un primer paso en la diplomacia de segunda vía.

El castillo de Rondine es un lugar donde jóvenes universitarios provenientes de áreas de conflicto o post-conflicto de todo el mundo se reúnen para entender tanto al «otro» como a sí mismos, en un ambiente seguro, en el marco de un programa de dos años de intenso estudio y transformación. Se trata de convertirlos en líderes para la paz. Este curso de estudios ha sido descrito por Rondine como una experiencia personal basada en tres principios: «Visión», para ver más allá del conflicto y desarrollar nuevas ideas; «gratuidad» (en el sentido de generosidad), para aprender a ser generoso, renunciando a las propias expectativas en aras de las de los otros; y, por último,  «trabajo en equipo», mientras conviven, compartiendo proyectos y una nueva visión.

¿No sería fantástico implementar algo así en los planes educativos de nuestras instituciones de enseñanza secundaria y universidades?

 

 

10 Propósitos familiares para este nuevo año

Marco Antonio Guizar/ReL 

 

Foto: Freepik

Cada inicio de año se nos da la oportunidad de revisar la vida que llevamos y plantearnos mejoras en todos los aspectos; uno de ellos, el familiar. Para ello compartimos estos diez propósitos que ha elaborado el autor Marco Antonio Guizar para iniciar este nuevo ciclo con miras a la vida familiar.

1. Disponibilidad

Consiste en dedicar tiempo (¡que es lo que menos tenemos!) a atender a nuestros hijos y esposo/a. Con los adolescentes, por ejemplo, no vale lo de "este tema ya lo hablaremos el sábado con tranquilidad, cariño". Para el sábado, tu hija de 13 años ya se ha emborrachado con una amiga y van a hacer lo que se les ocurra, porque el padre estaba deslocalizado, como las empresas. Hay que estar disponible, porque hay problemas que sólo se arreglan en el momento en que el otro se anima a plantearlo y pide ser escuchado. Recordemos que nuestros padres, al morir, sólo nos dejan realmente el tiempo que pasaron con nosotros. Demos tiempo al otro.

2. Comunicación entre padres e hijos

Que los padres hablen menos y escuchen más. En muchas familias, cuando un padre o madre dice "hijo, tenemos que hablar", el joven piensa "uy, malo, malo". ¿Por qué? Porque sabe que los padres cuando dicen "tenemos que hablar" quieren decir "te voy a soltar un discurso por algo tuyo que no me ha gustado". Esto cambiaría si los padres se hicieran un propósito: dedicar el 75% a escuchar y sólo el 25% a hablar.

Escuchar a los hijos (o al cónyuge, a cualquiera) es un esfuerzo activo. Hay que soltar el diario, quitar el volumen de la TV, girar la cabeza hacia quien te habla, mirar a los ojos, expresar atención. Eso es escucha activa, que es la que sirve para mejorar la autoestima de tu familia.

3. Coherencia en los padres, autoexigencia en los hijos

Uno es coherente cuando lo que piensa, siente, dice y hace es una sola y misma cosa. No tiene sentido decirle a los niños desde el sofá: "eh tu, ayuda a mamá a quitar la mesa". Hay que dar ejemplo primero.

Tú, padre, has de quitar la mesa durante 5 días, que te vean. El quinto día dices a tu hijo: "venga, ahora entre los dos". Y dos días después: "estoy orgulloso de ti, ahora ya has aprendido y ya puedes quitar la mesa tú sólo". Y él se sentirá orgulloso de quitar la mesa. Así aprenden a autoexigirse, que es mucho mejor que tenerlos vigilados 24 horas al día. Esto es un progenitor potenciador, motivador, animador y protector al mismo tiempo.

También pedimos a los niños que estudien pero ¿nos ven a nosotros estudiar, leer revistas de nuestro oficio, ponernos al día en nuestra especialidad? Hemos de poder decir: "mira, hijo, nosotros también estudiamos".

4. Tener iniciativa, inquietudes y buen humor, especialmente con el cónyuge

Estos tres factores son útiles para la autoestima familiar. La rutina es un enemigo en las relaciones conyugales y con los hijos. El punto clave es que haya creatividad e iniciativa en la vida de pareja y eso se contagiará a toda la familia. Las mejores horas deben ser para compartir con el esposo o esposa.

Ser papá o mamá no debe hacernos olvidar que somos "tú y yo, cariño, nosotros". Creatividad e iniciativa protegen a la pareja de la rutina. Cuando hay rutina, es fácil que uno de los dos busque la "magia" añorada fuera, en otras relaciones. Por el contrario, si la pareja va bien, los hijos aprenden su "educación sentimental" simplemente viendo cómo se tratan papá y mamá, viendo que se admiran, se halagan, se alaban, son cómplices. "Cuando sea mayor trataré a mi mujer como papá a mamá", piensan los niños entusiasmados. Eso les da autoestima.

5. Aceptar nuestras limitaciones y las de los nuestros

Hay que conocer y aceptar tus limitaciones, las de tu cónyuge, las de tus hijos. Pero es importantísimo no criticar al otro ante la familia, no criticar a tu cónyuge ante los niños, o a un niño ante los hermanos, comparando a un hermano "bueno" con uno "malo". Eso hace sufrir al hijo y le quita autoestima. Es mejor llevarlo aparte y hablar.

6. Reconocer y reafirmar lo que vale la otra persona

Seamos sinceros: no tiene sentido que andemos llamando "campeón" a nuestro niño que nunca ha ganado nada. Si ha perdido un partido de fútbol, no le llames campeón. Ha de aprender a tolerar la frustración, acompañado, eso sí. También hemos de saber (grandes y pequeños) que somos buenos en unas cosas y no en otras. "Hijo, pareces bueno en A y en B, pero creo que C no es lo tuyo". Reafirmemos al otro en lo que vale, y se verá a sí mismo como lo que es, una persona valiosa.

7. Estimular la autoestima personal

Uno se hace bueno a medida que va haciendo cosas buenas. Es importante que lo entiendan los hijos. Lo que se hace es importante: hacer cosas buenas nos hace buenos a nosotros. Esta idea ayuda a tener autonomía personal, hacer las cosas por nosotros mismos, para mejorar nosotros.

8. Diseñar un proyecto personal

No irás muy lejos si no sabes donde quieres ir. Quedarte quieto no es factible, uno tiende a volver a quedarse atrás. Has de tener un proyecto personal para crecer, y atender y ayudar a discernir y potenciar los proyectos de los tuyos.

9. Tener un nivel de aspraciones alto pero realista

Hemos de jugar entre lo posible y lo deseable. Si aspiramos alto, nos valoraremos bien, tendremos autoestima. Pero, ¿es factible? Debemos conjugar un alto nivel de aspiraciones con la realidad de nuestras capacidades y recursos.

10. Elijamos buenos amigos y amigas

El individualismo es el cáncer del Siglo XXI. Nosotros y nuestros hijos estamos atados a máquinas gratificantes: el DVD, la TV, la videoconsola, Internet... El trabajo en solitario va minando la amistad verdadera. ¡Los amigos comprometen mucho y al individualista no le gustan los compromisos!

Sin embargo, necesitamos más que nunca amigos humanos, personas, grandes y buenos amigos, con los que compartir muchas horas, conversaciones sinceras y cercanas, amistades de verdad, que te apoyen y te conozcan auténticamente,que te acepten con tus fallos y potencien lo mejor en ti. Seleccionar amigos así para ti y para los tuyos es la mejor inversión.

“Estos principios se pueden aplicar siempre en la familia, pero el inicio de año es una buena excusa para repasarlos y hacer propósito de mejorar en ellos”. Puntualiza el autor.

Fuente: ReligiónEnLibertad

 

 

Julián Carrón: la vida de los jóvenes es sagrada

“Estamos viviendo un verdadero ‘cambio de época’”, como el Papa Francisco lo ha señalado repetidamente, y una señal de ello es la “mutación radical en las relaciones entre las personas, en la sociedad y en las instituciones” que está bajo los ojos de todo el mundo. Con esta observación comienza la carta titulada «Por una mayor conciencia de la realidad», dirigida por el Padre Julián Carrón a la Fraternidad de Comunión y Liberación (CL), con fecha del 2 de enero, sobre la protección de menores y personas vulnerables.

En el documento se lee que los cambios actuales son “una gran provocación a no dar nada por descontado”, obligando a preguntarnos «cuál es nuestra esperanza», que da sentido y coraje a nuestra vida. El Padre Carrón explica que la Fraternidad esta llamada a «un salto de autoconciencia».

La terrible herida de abuso

“En este contexto, destaca el sacerdote, ha surgido con una fuerza y una evidencia hasta ayer desconocidas el drama de los abusos a menores que, por desgracia, ha implicado también a personas dentro del ámbito de la Iglesia”. En la carta se destaca como el Papa Francisco, en continuidad con Benedicto XVI, aborda el problema de frente, “pidiendo a toda la realidad de la Iglesia no mirar para otro lado ante esta terrible herida”.  Más aun, la solicitud es llevar a cabo una conversión profunda atestiguada por acciones concretas para que estos fenómenos ya no ocurran.

Con ello, el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, ha pedido a todas las asociaciones y movimientos que elaboren sus propios reglamentos, “como ayuda para afrontar este tema con mayor conciencia». la carta señala que, en los últimos meses, la fraternidad ha trabajado para responder a tal petición, “partiendo de la originalidad de la experiencia del carisma que se nos ha donado”.

En el Reglamento las indicaciones de comportamiento

El Reglamento hecho por la comunidad ahora está disponible en distintas lenguas en la página web del movimiento www.clonline.org, junto con las indicaciones sobre la composición, las funciones y las modalidades de contacto de la Comisión, a la cual se podrá dirigir para eventuales informes o peticiones de ayuda.

Así mismo, el sacerdote señala que la profundización de la autoconciencia de uno mismo, nos hace comprender mejor “el reclamo de don Giussani a vivir la virginidad como dimensión en las relaciones con todas las personas, también en la familia y las amistades”, y que se deriva de la profunda relación con Cristo, quien llena el corazón y la vida. “Ante este desafío, estamos llamados a una familiaridad con Cristo cada vez mayor, a una profundización de la fe, que encuentra su verificación en la libertad y la gratuidad de las relaciones”.

La vida de los jóvenes es sagrada

El Sacerdote termina su carta haciendo una invitación a un apoyo mutuo “para que esta circunstancia no haga desaparecer la pasión por comunicar a Cristo, haciendo resplandecer Su belleza” ante tantos jóvenes que lo buscan. Así, respetando su vida que es sagrada, “cada uno de nosotros pueda convertirse en cauce del encuentro con Cristo, ‘camino, verdad y vida’”.

 

Los ecorresignados son mayoría

Aunque el consumo sostenible y la conciencia ecológica ganan adeptos día a día, lo cierto es que el 49% de la población mundial es ecorresignado, consumidores que no tienen mucho interés por los retos medioambientales a los que se enfrenta el mundo y no llevan a cabo ninguna medida para mejorar. En Europa occidental, este colectivo supone el 37% de los consumidores, según datos de Kantar Media de 2019.

 

 

Los cuatro tipos de consumidor ecológico

Un estudio realizado por la Universitat Oberta de Cataluyna ha puesto de manifiesto los 4 tipos de consumidor ecológico:

Los ecorresignados son el grupo más habitual en España, donde la conciencia medioambiental no está muy extendida, los consumidores no toman la iniciativa a la hora de emprender acciones, sino que, en realidad se adaptan a normativas (como el pago por las bolsas de plástico).

Los ecoactivos. Este grupo, que supone solo el 16% de los consumidores globales según Kantar, busca estrategias para reducir su nivel de desperdicio de plásticos siempre o de forma muy frecuente y desarrollan estrategias activas para mejorar el medioambiente. Tiene el doble de probabilidades de evitar la carne, las botellas y los envases de plástico. Además son activistas ecológicos.

En medio de los dos grupos anteriores, se encuentran los ecocreyentes: tienen el plástico como su gran preocupación, buscan reducir su impacto medioambiental con medidas más generalizadas como utilizar bolsas de tela en vez de plástico, aunque con menos frecuencia que los ecoactivos. La región donde es más probable encontrarse este tipo de perfil es en Europa: en Europa occidental supone el 19% del total, más que en otras regiones, y en América Latina solo supone el 4% del total.

El siguiente grupo son los ecoconsiderados, quienes no ven el plástico como su mayor preocupación y por eso es raro que lleven a cabo acciones para reducir los residuos de plástico, a escala global el 23% de los consumidores se integra en este grupo, el segundo con más adeptos después de los ecorresignados.

Las personas mayores de 50 años son el segmento de población más ecoactivo, según el informe de Kantar. En temas como el reciclaje son más constantes y metódicos y no les importa dedicar el tiempo que haga falta a hacerlo correctamente.

El segmento de ecoactivos y ecocreyentes tiene mayor presencia en regiones industrializadas, -alcanza el 21% en Europa occidental-, pero son muy poco presentes en América Latina (12%) o Asia (7%), que está en la cola. En algunos países de América Latina la población está más centrada en la situación económica y político-social que en la reducción de las bolsas de plástico.

Jesús Domingo

 

200 años retrasada, ¿de verdad?

 

Ernesto Juliá

photo_camera Papa Juan XXIII.

Desde hace no poco tiempo se habla de que la Iglesia anda con un cierto “retraso”. Ninguno de los paladines de ese “retraso” concreta con precisión a qué se refiere el sentido de ese “retraso”. Algunos hacen referencia a la palabra “aggiornamento” (“ponerse al día”) que usó el papa Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II, en el deseo de tomar el pulso a la vida de la Iglesia. Y han dado a esa palabra –y no digo entenderla porque no se han parado en ese deseo de entenderla, sino que la han aprovechado para hacerle decir lo que a ellos interesa- los sentidos más variados y siempre reductivo.
“La idea del aggiornamento, en principio no se refiere a las cuestiones de la doctrina teológica o al cambio y renovación de la Iglesia, sino que tiene su raíz en el empeño por acertar con la verdadera forma de santidad. Solamente desde este centro puede entenderse adecuadamente; tal es la perspectiva decisiva que aquí se ofrece en orden a la comprensión de la verdadera intención del Papa Juan”, comentó Ratzinger en su día. 

La Iglesia nunca está atrasada, porque está fundada en Cristo, Camino, Verdad y Vida, y Cristo es eterno; y la Gracia divina engendra en tantos cristianos fieles anhelos y santidad. Esto no quita que en la Iglesia estén presentes cristianos, laicos, sacerdotes, obispos, cardenales, que están verdaderamente atrasados porque pretenden que el “mundo” ilumine a la Iglesia; y no que la Iglesia ilumine el andar del mundo con la Luz de la Verdad de Cristo. Luz que es eterna y engendra vida en cualquier momento de la historia de la humanidad.

«El veneno que paraliza a la Iglesia es la opinión de que debemos adaptarnos al Zeitgeist, el espíritu de la época, y no el espíritu de Dios, que debemos relativizar los mandamientos de Dios y reinterpretar la doctrina de la fe revelada», comenta Müller.

¿Quiénes son esos cristianos que se han quedado muy atrasados, más de 200 años, quizá 2.000, porque parece que no reconocen la venida de Cristo a la tierra? Los que:

- no hablan de las verdades eternas, de la Fe y de la Moral que en la Fe se sostiene, con toda claridad Se subraya el cristianismo como amor al prójimo y cuidado del mundo, clima incluido; y se guarda silencio sobre Cristo, Dios y hombre verdadero; sobre los Sacramentos y la presencia de Cristo en ellos; sobre la vida eterna, la muerte, el juicio, el infierno y la Gloria. -no hablan de la singularidad de Cristo, de Jesús, el Hijo de Dios que se encarna y viene a la tierra; y se subraya que todas las religiones son iguales ante un dios deletéreamente “misericordioso”.

- no hablan del pecado personal, ni de arrepentimiento ni de pedir perdón a Dios. Si acaso mencionan un cierto “pecado ecológico”.

- no hablan de la Moral en toda su amplitud. No hablan de la ley y de los mandamientos de Dios que enriquecen, y dan sentido a la vida del hombre en todas sus dimensiones, también en la sexual; y se pretende que el hombre sea una especie de “dios” para sí mismo, imponiendo su particular definición de bien y mal. 

- no se habla de que la Verdad –Cristo- nos hará libres. Se subraya que, “discerniendo”, el hombre puede actuar con completa libertad más allá del bien y del mal. Y se dice que a Dios no le importa el bien y el mal; que lo perdona todo aunque no se pida perdón, ni haya arrepentimiento.

El famoso aggiornamento, de Juan XXIII, no es nunca venderse al “mundo”, entendido como construcción de los hombres y no como creación de Dios. Es fidelidad a Dios, a Cristo, en las circunstancias concretas en las que la Iglesia se encuentre a lo largo de la historia. Josemaría Escrivá lo entendió muy bien: 

“Fidelidad. Para mí aggiornamento significa sobre todo eso: fidelidad. Un marido, un soldado, un administrador es siempre tanto mejor marido, tanto mejor soldado, tanto mejor administrador, cuanto más fielmente sabe hacer frente en cada momento, ante cada nueva circunstancia de su vida, a los firmes compromisos de amor y de justicia que adquirió un día. Esa fidelidad delicada, operativa y constante —que es difícil, como difícil es toda aplicación de principios a la mudable realidad de
lo contingente— es por eso  la mejor defensa de la persona contra la vejez de espíritu,
la aridez de corazón y la anquilosis mental”.

“Lo mismo sucede en la vida de las instituciones, singularísimamente en la vida de la Iglesia, que obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo —y de nosotros con El— a la voluntad del Padre celestial que le envió. Por eso, el aggiornamento de la Iglesia —ahora, como en
cualquier otra época— es fundamentalmente eso: una reafirmación gozosa de la fidelidad del Pueblo de Dios a la misión recibida, al Evangelio”.

“Es claro que esa fidelidad —viva y actual ante cada circunstancia de la vida de los hombres— puede requerir, y de hecho ha requerido muchas veces en la historia dos veces milenaria de la Iglesia, y recientemente en el Concilio Vaticano II, oportunos desarrollos doctrinales en la exposición de las riquezas del Depositum Fidei, lo mismo que convenientes cambios y reformas que perfeccionen —en su elemento humano, perfectible— las estructuras organizativas y los métodos misioneros y apostólicos. Pero sería por lo menos superficial pensar que el aggiornamento consista primariamente en cambiar, o que todo cambio aggiorna. Basta pensar que no faltan quienes, al margen y en contra de la doctrina conciliar, también desearían cambios que harían retroceder en muchos siglos de historia —por lo menos a la época feudal— el camino progresivo del Pueblo de Dios”
(“Conversaciones con Mons. Escrivá”, 1).

ernesto.julia@gmail.com

 

Existieron, y nos siguen enviando sus regalos

Benedicto XVI, en su libro La infancia de Jesús, considera que el relato evangélico de los Reyes Magos es histórico y no solo una narración catequética de la primera comunidad cristiana. Los hombres de los que habla el evangelista Mateo no eran únicamente astrónomos: “Eran sabios; representaban el dinamismo inherente a las religiones de ir más allá de sí mismas; un dinamismo que es búsqueda de la verdad, búsqueda del verdadero Dios, y por tanto, filosofía en el sentido originario de la palabra”.

Añade que la tradición de la Iglesia ha leído la historia de los Magos a la luz de los Salmos 72,10 e Isaías 60. “Y de esta manera, los hombres sabios de Oriente se han convertido en reyes, y con ellos han entrado en la gruta (en las representaciones del belén) los camellos y los dromedarios”.

Volviendo a qué tipo de respuesta dar al niño que pregunta si existen los Reyes Magos, me quedo con la que se dice que existieron, y nos siguen enviando sus regalos sirviéndose de la tradición.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Fe en España

Hoy, cuando España se debate entre sentimientos encontrados de comunistas e independentistas, y los de los constitucionalistas, que son mayoría real en el corazón del pueblo, yo quiero recordar y entonar, con fe y esperanza, el himno oficial al Apóstol Santiago, el Patrón de España:  “Santo Adalid, Patrón de las Españas,/Amigo del Señor;/defiende a tus discípulos queridos,/ protege a tu nación./ Las armas victoriosas del cristiano/ venimos a templar/ en el sagrado y encendido fuego/ de tu devoto altar./ Firme y segura/como aquella Columna/ que te entregó la Madre de Jesús/será en España/ la santa Fe cristiana,/ bien celestial que nos legaste Tú. (…)”(https://himno-al-apostol-santiago.mp3cielo.com)

Pese a los avatares del presente, yo creo en España, la España cultivada en los valores del Cristianismo, del Derecho Romano y del pensamiento y la Belleza griega, que engendraron su cultura. A esta España, nadie podrá romperla. A España la defenderán sus fieles hijos, que son mayoría. “España, tierra de María”,  como la definiera San Juan Pablo II, continuará  siendo ella misma; pese a quien pesare, seguirá siendo cristiana.

Josefa Romo

 

 

¿Hacia la paz?

El Papa clama contra la mentalidad según la cual la estabilidad y la paz se alcanzan mediante la amenaza al uso de la fuerza

La vía hacia la paz es la fraternidad, no el miedo. En el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, el Papa clamaba contra la mentalidad que se propaga entre numerosos gobiernos según la cual la estabilidad y la paz se alcanzan mediante la amenaza al uso de la fuerza, incluidas las armas nucleares. Es una nueva versión, más peligrosa aún que la original, que adapta a un mundo multipolar el concepto de disuasión que caracterizó la Guerra Fría. Con el agravante de que ha aumentado el número de potencias atómicas y prácticamente han desaparecido los instrumentos internacionales para prevenir escaladas bélicas y limitar las armas de destrucción masiva, amenazas frente a las que se ha movilizado en los últimos años la diplomacia vaticana. Lo estamos viendo en algunas de las provocaciones que se producen con frecuencia entre algún país occidental y los islamistas.

Jesús Martínez Madrid

 

 

 Los  políticos y el Ejército

 

                           El día de “Reyes Magos”; cuando me siento en mi despacho y conecto el ordenador para “ver lo que pasa”; lo primero que leo, se me ponen los pelos de punta y se me revuelven todos “los jugos” que hay en mi cuerpo y si los hay, también en mi alma; pues tras los bochornosos hechos de, “la horrenda política española en los últimos tiempos”, “el adorno de este hipotético roscón de reyes” del 2020, es el que sigue.

                           POLÍTICA: El Gobierno tiene listo el relevo de una cúpula militar muy crítica con Robles: La ministra de Defensa heredó hace un año y medio a los generales elegidos por Cospedal. En julio comunicó el cese al Jemad pero luego se retractó al comprobar que Sánchez no sacaba adelante la investidura. La ministra de Defensa en funciones, Margarita Robles junto a altos mandos militares Aéreos. Fabián Simón / Europa Press: El Gobierno de Pedro Sánchez se dispone a relevar a la cúpula militar si mañana saca adelante la investidura, según indican fuentes gubernamentales a Vozpópuli, pues se da por hecho que Margarita Robles seguirá al frente del Ministerio de Defensa. https://www.vozpopuli.com/politica/gobierno-releva-cupula-militar-generales-pp_0_1315968547.html?utm_source=newsletter&utm_campaign=bdiario&utm_medium=email&utm_term=ntimgcent&utm_content=lnktitle   (Pueden leer el resto aquí)

                        Como reacción inmediata y como este buen periódico de la red, deja abierta la opinión de sus lectores; en el mismo lugar yo inserto lo que sigue, puesto que mis, “amarguísimos recuerdos y experiencias de aquel desastre de nuestra terrible guerra incivil me impulsan a ello, reflejo allí lo que sigue”.

            “Si se continua de la forma en que "nos llevan" ("que no que vamos") imagino y temo que se vuelve, a los hechos de aquella terrible época, que va desde 1931 a "30 años después o más"; y que tanta sangre sudor y lágrimas nos costó a los españoles (y yo soy una víctima más y de las que más desamparadas quedamos, pues nací en 1938) Yo quiero pensar que EL EJÉRCITO ESPAÑOL DE LA ESPAÑA DE HOY NO ES EL DE AQUELLA ÉPOCA; por tanto no creo que existan hoy, divisiones y criterios de dividir y menos de "enfrentar"; entiendo que hoy, LOS MILITARES, NO SON AVENTUREROS, SINO HOMBRES DE CARRERA Y COMO INTELECTUALES; querrán UNA ESPAÑA PARA TODOS Y NO "PARA UNOS POCOS"; por tanto confío en esa inteligencia, "del cuerpo más fuerte con que contamos los españoles, puesto que tienen las armas": AMÉN.

               Y como recientemente he escrito dos artículos, glosando el famoso libro o novela, “Cuerpos y almas”; reflejo uno de los párrafos que también se puede aplicar aquí y que dice… “que este privilegiado cerebro, intuye ya la gran tragedia que va a llegar poco tiempo después y que conocemos como la peor guerra de todos los tiempos (la denominada segunda guerra mundial -1939-1945) y donde se destruyó, “medio mundo o más”; aparte que nosotros los españoles (yo la padecí) sufrimos la peor de las guerras cual fuera la “civil” de 1936-1939; y a la que hay que sumarle, “el antes y el después”; y que los “venenos celtíberos, aún están presentes en muchas analfabestias mentes hispanas y que no asumen, lo ya caduco y asumido por el tiempo y la historia”.

            Sí, lo reitero, puesto que “esos venenos”, siguen aquí y al parecer cada vez más “reverdecidos”; por ello que no les engañen, con “cuentos interesados sobre aquella gran tragedia española”; que en aquella guerra, antes, durante… y después de la misma, hubo abundantísimos canallas en todas las partes de la España de entonces y donde pudieron dar rienda suelta a lo que de verdad eran “aquellos bestias sin alma”; y mi obligación como escritor que nunca ha pertenecido a ningún grupo político, religioso o de presión alguna, es alertar a los ilusos, tontos o simples “aves de rapiña necrófaga”, para que no tengan luego ocasión para lamentarse de lo que ya no tendría remedio, como entonces no lo tuvo; y no lo tuvo, por cuanto “otros políticos de panza y bolsillo, llevaron a un enfrentamiento horrible, que sólo trajo destrucción para la inmensa mayoría de inocentes, que nada tuvimos que ver con aquellas miserias provocadas por los de siempre”, en este violento y embrutecido país, que en esos temas, “sigue anquilosado”.

            “La verdad es la herida que más duele y además no cicatriza”.

 

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes