Las Noticias de hoy 09 Diciembre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 09 de diciembre de 2019    

Indice:

ROME REPORTS

Ángelus: “Las obras de misericordia se hacen en silencio”

Homenaje del Papa a la Inmaculada Concepción en Roma

Un nuevo santo, Santiago Miller, aplaudido en la Plaza San Pedro

APOSTOLADO DE LA CONFESIÓN: Francisco Fernandez Carbajal

“La oración, como el latir del corazón”: San Josemaria

La autoridad de los padres: J.M. Barrio

La Confesión: una guía paso a paso

La santa intransigencia – Un aspecto de la Inmaculada Concepción: Plinio Corrêa de Oliveira

Textos sobre el Adviento (1): "Para tomarlo en nuestros brazos"

Sobre el significado y el valor del belén: Ramiro Pellitero

Eutanasia, falacias y demanda social: María Solano

Flora Gualdani ha salvado a miles de niños y aboga por la castidad, «palabra clave, profética»: Flora Gualdani

Cómo manejar los caprichos y antojos de los niños en navidad: LaFamilia.info 

¿No cree en las consultas?: JD Mez Madrid

¿Y quiénes son hoy esos pobres?: Jesús Domingo Martínez

Alertan de un gravísimo error: Enric Barrull Casals

Los catalanes y su rebelión: Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

Ángelus: “Las obras de misericordia se hacen en silencio”

Palabras del Papa antes de la oración

diciembre 08, 2019 12:51Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 8 diciembre 2019).- A las 12 del mediodía de hoy, II Domingo de Adviento, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, el Santo Padre Francisco se asoma a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

A continuación, ofrecemos las palabras del Papa antes de la oración del Ángelus:

***

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la solemnidad de María Inmaculada, que se sitúa en el contexto del Adviento, un tiempo de espera: Dios cumplirá lo que ha prometido. Pero en la fiesta de hoy nos es anunciado que algo ya se ha cumplido, en la persona y en la vida de la Virgen María. Hoy consideramos el comienzo de este cumplimiento, que es incluso antes del nacimiento de la Madre del Señor. De hecho, su inmaculada concepción nos lleva a ese preciso momento en el que la vida de María comenzó a palpitar en el seno de su madre: ya existía el amor santificante de Dios, preservándolo del contagio del mal que es la herencia común de la familia humana.

En el Evangelio de hoy resuena el saludo del Ángel a María: “Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo”. (Lc 1,28). Dios siempre ha pensado en ella y la ha querido, en su plan inescrutable, como una criatura llena de gracia, es decir, llena de su amor. Pero para llenarse es necesario hacer espacio, vaciarse, hacerse a un lado. Como María, que supo escuchar la Palabra de Dios y confiar totalmente en su voluntad, acogiéndola sin reservas en su propia vida. Tanto es así que el Verbo se hizo carne en ella. Esto fue posible gracias a su “sí”. Al ángel que le pide que se prepare para ser madre de Jesús, María le responde: “He aquí la esclava del Señor: que se haga en mí según tu palabra” (v. 38).

María no se pierde en tantos razonamientos, no pone obstáculos en el camino del Señor, sino que con prontitud se confía y deja espacio para la acción del Espíritu Santo. Inmediatamente pone a disposición de Dios todo su ser y su historia personal, para que sea la Palabra y la voluntad de Dios la que la modelen para llevar a cumplimiento. Así, en perfecta sintonía con el designio de Dios sobre ella, María se convierte en la “toda bella“, en la “toda santa“, pero sin la más mínima sombra de complacencia, es humilde. Es una obra maestra, pero sigue siendo humilde, pequeña, pobre. En ella se refleja la belleza de Dios que es todo amor, gracia, don de sí.

También me gusta subrayar la palabra con la que María se define a sí misma en su entrega a Dios: se profesa “la esclava del Señor“. El “sí” de María a Dios asume desde el principio la actitud de servicio, de atención a las necesidades de los demás. Así lo atestigua concretamente el hecho de la visita a Isabel, que sigue inmediatamente a la Anunciación. La disponibilidad a Dios se encuentra en la voluntad de asumir las necesidades del prójimo. Todo esto sin clamor y sin ostentación, sin buscar lugares de honor, sin publicidad, porque la caridad y las obras de misericordia no necesitan ser exhibidas como un trofeo. Las obras de misericordia se hacen en silencio, a escondidas, sin vanagloriarse de nada. Incluso en nuestras comunidades, estamos llamados a seguir el ejemplo de María, practicando el estilo de discreción y ocultación.

Que la fiesta de la Madre nos ayude a hacer de toda nuestra vida un “sí” a Dios, un “sí” hecho de adoración a Él y de gestos cotidianos de amor y de servicio.

 

 

Homenaje del Papa a la Inmaculada Concepción en Roma

Tradicional oración en la Plaza de España

diciembre 08, 2019 17:37Raquel AnilloPapa y Santa Sede

(ZENIT – 8 dicimbre 2019).- “Les confío a todos los que en esta ciudad y en todo el mundo están oprimidos por la falta de confianza, por el desánimo a causa del pecado; todos aquellos que piensan que no hay esperanza para ellos, que sus faltas son demasiado numerosas y grandes, y que Dios ciertamente no tiene tiempo que perder con ellos”.

Esta es la oración del Papa Francisco a la Virgen María, este 8 de diciembre de 2019. En honor a la Inmaculada Concepción, el Papa fue a la Basílica romana de Santa María la Mayor, luego, según la tradición romana a la Plaza de España, donde rindió homenaje a la Virgen coronada.

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“Tú eres también Inmaculada, la llena de gracia, y puedes reflejar, incluso en la oscuridad más oscura, un rayo de luz del Cristo resucitado”, dijo en su oración, diciendo que el modelo de María recuerda que “¡no estamos hechos para el mal, sino para el bien, para el amor, para Dios!”.

AK

Publicamos a continuación la oración que el Santo Padre ha compuesto especialmente y que ha recitado durante el Acto de veneración de la Inmaculada en la Plaza de España:

***

Oración del Santo Padre

Oh María Inmaculada

nos reunimos a tu alrededor una vez más.

Cuanto más seguimos en la vida

más nuestra gratitud a Dios aumenta

por habernos dado como madre, a nosotros, que somos pecadores,

Tú, que eres la Inmaculada.

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Entre todos los seres humanos, eres el única

preservada del pecado, como la madre de Jesús,

Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Pero tu privilegio único,

te fue dado por el bien de todos nosotros, tus hijos.

De hecho, mirándote, vemos la victoria de Cristo,

La victoria del amor de Dios sobre el mal:

donde abundaba el pecado, es decir, en el corazón humano,

la gracia se desbordó,

por el suave poder de la Sangre de Jesús.

Tú, Madre, nos recuerdas que sí, somos pecadores,

¡pero ya no somos esclavos del pecado!

Tu hijo, con su sacrificio,

rompió el dominio del mal, ganó el mundo.

Esto le dice tu corazón a todas las generaciones

Tan claro como el cielo donde el viento ha disuelto cada nube.

 

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Y entonces nos recuerdas que no es lo mismo

ser pecadores y ser corruptos: es muy diferente.

Una cosa es caer, pero luego arrepentirse, confesarlo

y levantarse de nuevo con la ayuda de la misericordia de Dios.

Otra cosa es la connivencia hipócrita con el mal,

la corrupción del corazón, que se muestra impecable por fuera,

pero por dentro está lleno de malas intenciones y mezquinos egoísmos.

Tu pureza clara nos recuerda la sinceridad,

a la transparencia, a la simplicidad.

¡Cuánto necesitamos ser liberados de

la corrupción del corazón, que es el peligro más grave!

Esto nos parece imposible, porque somos tan adictos,

y en cambio está al alcance de la mano. ¡Basta con mirar hacia arriba

a tu sonrisa de madre, a tu belleza virgen, incontaminada,

para volver a sentir que no estamos hechos para el mal,

sino para el bien, para el amor, para Dios!

 

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Por esto, oh Virgen María,

hoy te confío a todos aquellos que, en esta ciudad

y en todo el mundo están oprimidos por la desconfianza

del desánimo por el pecado;

aquellos que piensan que para ellos no hay más esperanza,

que sus faltas son demasiadas y demasiado grandes

y que Dios no tiene tiempo que perder con ellos.

Te los confío porque no eres solo una madre

y como tal nunca dejas de amar a tus hijos,

sino también eres la Inmaculada, llena de gracia,

y puedes reflejar desde adentro de la oscuridad más profunda

un rayo de luz de Cristo resucitado.

Él, y solo Él, rompe las cadenas del mal,

libera de las adicciones más implacables,

se disuelve de los lazos más criminales,

suaviza los corazones más endurecidos.

Y si esto sucede dentro de las personas,

¡Cómo cambia la faz de la ciudad!

En pequeños gestos y en grandes elecciones,

los círculos viciosos se vuelven virtuosos poco a poco,

la calidad de vida mejora

y el clima social es más transpirable.

 

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Te damos gracias, Madre Inmaculada,

Por recordarnos que, por el amor de Jesucristo,

ya no somos esclavos del pecado,

sino libres, libres de amar, de amarnos,

para ayudarnos como hermanos, aunque si sean diferentes de nosotros

y gracias por ser diversos entre nosotros.

Gracias porque, con tu sinceridad, nos animas a

no avergonzarnos del bien, sino del mal;

ayúdanos a mantener alejado al maligno,

que con el engaño nos atrae hacia él, en agujas de muerte;

danos el dulce recuerdo de que somos hijos de Dios,

Padre de inmensa bondad,

fuente eterna de vida, belleza y amor. Amén.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Un nuevo santo, Santiago Miller, aplaudido en la Plaza San Pedro

Palabras después del Ángelus

diciembre 08, 2019 16:53Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 8 diciembre 2019).- Saludos del Papa a los peregrinos de la Plaza de San Pedro después del Ángelus y aplausos para el nuevo beato, el guatemalteco Santiago Miller, religioso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. También pidió oraciones para la reunión entre los presidentes de la Cumbre del “Formato de Normandía” que tendrá lugar el 9 de diciembre en París.

A continuación, ofrecemos las palabras del Papa después del Ángelus:

***

Palabras del Papa después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Ayer, en Huehuetenango, Guatemala, fue beatificado Santiago Miller, religioso de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, asesinado por odio a la fe en 1982, en el contexto de la guerra civil. Que el martirio de este ejemplar educador de jóvenes, que ha pagado con su vida por su servicio al pueblo y a la Iglesia guatemalteca, fortalezca en esa querida Nación caminos de justicia, paz y solidaridad.

Un aplauso al nuevo beato…

Mañana se celebrará en París una reunión entre los Presidentes de Ucrania, Rusia y Francia y de la Canciller Federal de Alemania -conocido como el “Cuarteto de Normandía”- para buscar soluciones al doloroso conflicto que se viene produciendo desde hace años en el este de Ucrania. Acompaño el encuentro con una intensa oración, porque allí se necesita la paz, y los invito a hacer lo mismo, para que esta iniciativa de diálogo político contribuya a llevar frutos de paz en la justicia a ese territorio y a su pueblo.

Saludo con afecto a todos ustedes, peregrinos de Italia y de varios países, en particular a los fieles polacos de Varsovia y Lublin, a los policías irlandeses y a los jóvenes de Sorbara (Módena). Un saludo especial a las Hijas de la Cruz, recientemente reconocidas como Asociación Pública por el Cardenal Vicario.

En esta fiesta de la Inmaculada Concepción, las parroquias italianas renuevan su compromiso con la Acción Católica. Deseo a todos los miembros y grupos un buen camino de formación, servicio y testimonio.

Bendigo a los fieles de Rocca di Papa y la antorcha con la que encenderán la gran estrella en la fortaleza de la ciudad, en honor de María Inmaculada. Y mi pensamiento se dirige también al Santuario de Loreto, donde hoy se abrirá la Puerta Santa del Jubileo lauretano: que sea rica en gracia para los peregrinos de la Santa Casa.

Esta tarde iré a Santa María la Mayor para rezar a la Virgen, y luego a Plaza de España para el tradicional acto de homenaje al pie del monumento a la Inmaculada Concepción. Les pido que se unan a mí espiritualmente en este gesto, que expresa la devoción filial a nuestra Madre celestial.

Les deseo a todos una feliz fiesta y un buen camino de Adviento con la guía de la Virgen María. Por favor, no se olviden rezar por mí. ¡Que tengan un buen almuerzo y adiós!

 

 

APOSTOLADO DE LA CONFESIÓN

— El bien más grande que podemos hacer a nuestros amigos: acercarlos al sacramento de la Penitencia.

— Fe y confianza en el Señor. El paralítico de Cafarnaúm.

— La Confesión. El poder de perdonar los pecados. Respeto, agradecimiento y veneración al acercarnos a este sacramento.

I. Despierta, Señor, nuestros corazones y muévelos a preparar los caminos de tu Hijo; que tu amor y tu perdón apresuren la salvación que retardan nuestros pecados1. Esa oración litúrgica, con la que iniciamos nuestra conversación con Dios, nos habla de pregonar la venida de Jesús pidiendo perdón por los pecados.

Confortad las manos flojas y robusteced las rodillas débiles. Decid a los apocados de corazón: Alentaos y no temáis (...), el mismo Dios vendrá y os salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos. El lisiado saltará como el ciervo y la lengua de los mudos se soltará, brotarán aguas en el desierto y torrentes en la soledad. Y lo que era seco se mudará en estanque y la tierra sedienta en fuentes de agua2. Con el Señor nos han llegado todos los bienes.

El Mesías está muy cerca de nosotros, y en estos días del Adviento nos preparamos para recibirle de una manera nueva cuando llegue la Navidad. Jesús dice especialmente en estos días: Confortad las manos flojas y robusteced las rodillas débiles. Decid a los apocados de corazón: Alentaos y no temáis... Y nos encontramos cada día con más amigos, colegas, parientes, desorientados en lo más esencial de su existencia. Se sienten incapacitados para ir hasta el Señor, y andan como paralíticos por los caminos de la vida porque han perdido la esperanza. Nosotros hemos de guiarlos hasta la humilde cueva de Belén; allí encontrarán el sentido de sus vidas. Para eso, hemos de conocer el camino; tener vida interior, trato con Jesús, adelantarnos en mejorar en aquellas cosas que nuestros amigos deban mejorar, y tener una esperanza inquebrantable en los medios sobrenaturales.

La oración, la mortificación y el ejemplo estarán siempre en la base de todo apostolado cristiano. La petición por los demás es tanto más oída cuanto más amparada está por la santidad del que pide. El apostolado nace de un gran amor a Cristo.

En muchos casos, acercar a nuestros amigos a Cristo es llevarles a que reciban el sacramento de la Penitencia, uno de los mayores bienes que el Señor ha dejado a su Iglesia. Pocas ayudas tan grandes, quizá ninguna, podemos prestarles como la de facilitarles que se acerquen a la Confesión. En alguna ocasión, con delicadeza, tendremos que ayudarles para que hagan un buen examen de conciencia; en otras, los acompañaremos a donde se han de confesar; otras veces bastará una palabra de aliento y de cariño junto a una breve y acomodada catequesis sobre la naturaleza y los bienes de este sacramento. ¡Qué alegría cada vez que acercamos a un pariente, a un colega, a un amigo al sacramento de la misericordia divina! Esta misma alegría es compartida en el Cielo3 por nuestro Padre Dios y por todos los bienaventurados.

II. En el Evangelio de la Misa de hoy San Marcos nos dice que llegó Jesús a Cafarnaúm y enseguida se supo que estaba en casa, y se juntaron tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio4.

También cuatro amigos se dirigieron a la casa llevando a un paralítico; pero no pudieron llegar hasta Jesús por causa del gentío. Entonces, valiéndose quizá de una escalera posterior, llegaron hasta el tejado con el paralítico; levantaron la techumbre por el sitio donde se encontraba el Señor y, después de hacer un agujero, descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico. Dejaron la camilla en medio, delante de Jesús5.

El apostolado, y de modo singular el de la Confesión, es algo parecido: poner a las personas delante de Jesús; a pesar de las dificultades que esto puede llevar consigo. Dejaron al amigo delante de Jesús. Después el Señor hizo el resto; Él es quien hace realmente lo importante.

Los cuatro amigos conocían ya al Maestro, y su esperanza era tan grande que el milagro tendrá lugar gracias a su confianza en Jesús. Y su fe suple o completa la del paralítico. El Evangelio nos dice que al ver Jesús la fe de ellos, de los amigos, realizó el milagro. No se menciona explícitamente la fe del enfermo, se insiste en la de los amigos. Vencieron obstáculos que parecían insuperables: debieron convencer al enfermo. Mucha debió de ser su confianza en Jesús, pues solo el que está convencido, convence. Cuando llegaron a la casa, estaba tan repleta de gente que, al parecer, ya nada se podía hacer en aquella ocasión. Pero no se arredran. Superaron esta barrera con su decisión, con su ingenio, con su interés. Lo importante era el encuentro entre Jesús y su amigo, y para que se realice ese encuentro ponen todos los medios a su alcance.

¡Qué gran lección para el apostolado que como cristianos hemos de hacer! También nosotros encontraremos, sin duda, resistencias más o menos grandes. Nuestra misión consiste fundamentalmente en poner a nuestros amigos frente a frente con Cristo, dejarles junto a Jesús... y desaparecer. ¿Quién puede transformar la interioridad de una persona sino el Señor, y solo Él? El apostolado está en el orden de la gracia, de lo sobrenatural.

Quizá en ocasiones seamos culpables de que otros no se acerquen a Dios, porque se encuentran como incapacitados para ir hasta el Señor. «Este paralítico –explica Santo Tomás– simboliza al pecador que yace en el pecado; lo mismo que el paralítico no puede moverse, tampoco el pecador puede valerse por sí mismo. Los que llevan al paralítico representan a los que con sus consejos conducen al pecador hacia Dios»6.

Si tenemos confianza y trato frecuente con Cristo, podremos superar, con iniciativas también humanas, los obstáculos que se presentan siempre, de un modo u otro, en toda labor apostólica.

El Señor se sintió gratamente impresionado por la audacia, fruto de una gran esperanza apostólica, de estos cuatro amigos que no se echaron atrás ante las primeras dificultades ni lo dejaron para otra ocasión más oportuna, pues no sabían cuándo pasaría Jesús otra vez por allí, tan cerca.

Podemos preguntarnos hoy en nuestra meditación personal si hacemos así con nuestros amigos, parientes y conocidos: ¿nos hemos detenido en las primeras dificultades, cuando habíamos decidido ayudarles para que se acercaran a la Confesión? Allí les estaba esperando el Señor.

III. El Señor miró al enfermo con inmensa piedad: Ten confianza, hijo, le dice. Y, a continuación, unas palabras que asombraron a todos: tus pecados te son perdonados.

Cuando David pecó y acudió a postrarse a los pies de Natán, este le dijo: Yahvé te ha perdonado7. Era Dios quien le había perdonado, Natán se limitaba a transmitir el mensaje que devolvió a David la alegría y el sentido a su vida. Pero Jesús perdona en nombre propio. Esto escandalizó a los escribas presentes: Este blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino solo Dios?

Y es muy posible que el paralítico experimentara con especial lucidez toda su indignidad, quizá comprendió en ese momento, como nunca hasta entonces lo había hecho, la necesidad de estar limpio ante la mirada purísima de Jesús, que le penetraba hasta el fondo del alma con honda misericordia. Recibió entonces la gracia de un perdón tan grande: era el premio por haberse dejado ayudar. Y, enseguida, una alegría como nunca antes había imaginado. Es la alegría de toda Confesión contrita y sincera. Ya poco le importaba su parálisis. Su alma estaba limpia y había encontrado a Jesús.

El Señor lee los pensamientos de todos, y quiso dejar bien sentado, también para quienes al cabo de los siglos meditaríamos esta escena, que tiene todo el poder en el cielo y en la tierra, porque es Dios; también el poder de perdonar los pecados. Y lo demuestra con el milagro de la curación completa de este hombre.

Este poder de perdonar los pecados fue transmitido por el Señor a su Iglesia en la persona de los Apóstoles, para que Ella, por medio de los sacerdotes, lo pudiera ejercer hasta el fin de los tiempos: Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos8.

Los sacerdotes ejercitan el poder del perdón de los pecados no en virtud propia, sino en nombre de Cristo –in persona Christi–, como instrumentos en manos del Señor. Solo Dios puede perdonar los pecados, y ha querido hacerlo en el sacramento de la Penitencia, a través de sus ministros los sacerdotes. Esto es tema de urgente catequesis entre quienes nos rodean, que les facilitará acercarse con más amor a este sacramento.

Aprovechemos nuestra oración de hoy para agradecer al Señor el que haya dejado a su Iglesia, nuestra Madre, tan inmenso poder: ¡Gracias, Señor, por poner tan a nuestro alcance y tan fácilmente un don tan grande!

También nos puede ayudar este rato de oración para examinar junto al Señor cómo van nuestras confesiones: Si las preparamos con un detenido examen de conciencia, si fomentamos la contrición en cada una de ellas, si nos confesamos con la frecuencia que hemos previsto, si somos radicalmente sinceros con el confesor, si nos esforzamos en llevar a la práctica los consejos recibidos. Hoy puede ser un buen momento para ver en la presencia de Dios a quiénes de nuestros parientes, amigos o colegas podemos ayudar a preparar un buen examen de conciencia, o quiénes están más necesitados de una palabra de aliento que les anime para disponerse a recibir este sacramento como preparación de la Navidad. Ellos lo esperan en lo más profundo de su alma, y el Señor también espera que acudan a esta fuente de su misericordia. No fallemos nosotros. Es el regalo más grande que podemos hacerles.

Nuestra Madre Santa María, Refugium peccatorum, tendrá compasión de ellos y de nosotros.

1 Oración del Jueves de la 1ª Semana de Adviento. — 2 Primera lectura, cfr. Is 35, 1-10. — 3 Cfr. Lc 15, 7. — 4 Mc 2, 1-13. — 5 Lc 5, 19. — 6 Santo Tomás, Comentarios sobre San Mateo, 9, 2. — 7 2 Sam 12, 13. — 8 Jn 20, 22-23.

 

“La oración, como el latir del corazón”

Si de veras deseas ser alma penitente –penitente y alegre–, debes defender, por encima de todo, tus tiempos diarios de oración –de oración íntima, generosa, prolongada–, y has de procurar que esos tiempos no sean a salto de mata, sino a hora fija, siempre que te resulte posible. No cedas en estos detalles. Sé esclavo de este culto cotidiano a Dios, y te aseguro que te sentirás constantemente alegre. (Surco, 994)

¿Cómo va tu vida de oración? ¿No sientes a veces, durante el día, deseos de charlar más despacio con El? ¿No le dices: luego te lo contaré, luego conversaré de esto contigo?
En los ratos dedicados expresamente a ese coloquio con el Señor, el corazón se explaya, la voluntad se fortalece, la inteligencia ‑ayudada por la gracia‑ penetra, de realidades sobrenaturales, las realidades humanas. Como fruto, saldrán siempre propósitos claros, prácticos, de mejorar tu conducta, de tratar finamente con caridad a todos los hombres, de emplearte a fondo ‑con el afán de los buenos deportistas‑ en esta lucha cristiana de amor y de paz.
La oración se hace continua, como el latir del corazón, como el pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida contemplativa; y sin vida contemplativa de poco vale trabajar por Cristo, porque en vano se esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa.
Para santificarse, el cristiano corriente ‑que no es un religioso, que no se aparta del mundo, porque el mundo es el lugar de su encuentro con Cristo‑ no necesita hábito externo, ni signos distintivos. Sus signos son internos: la presencia de Dios constante y el espíritu de mortificación. En realidad, una sola cosa, porque la mortificación no es más que la oración de los sentidos. (Es Cristo que pasa, nn. 8-9)

 

 

La autoridad de los padres

Finaliza la serie de textos sobre la educación en la familia con un artículo sobre la autoridad de los padres, en el que se ofrecen algunas ideas sobre cómo ayudar a los hijos a gestionar su libertad.

Familia24/09/2013

Opus Dei - La autoridad de los padres

Foto: Graham Irvine

Dios es el autor de la vida, y su bondad se manifiesta también en su autoridad, de la cual participa toda autoridad creada: en particular, la autoridad amorosa de los padres. Ciertamente, el ejercicio de esa autoridad parental no es siempre fácil. “Baja” necesariamente a aspectos muy concretos de la vida cotidiana.

Todos tenemos experiencia de que, a la hora de educar, «sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro» [1] ; sin embargo, sabemos también que no siempre resulta fácil encontrar el equilibrio entre libertad y disciplina.

De hecho, muchos padres temen –tal vez las han sufrido ellos mismos– las consecuencias negativas que puede conllevar el imponer algo a los hijos: por ejemplo, que se deteriore la paz del hogar, o que rechacen una cosa que es buena en sí misma.

El papa Benedicto XVI señala el camino para solucionar el aparente dilema entre marcar normas y que los hijos las asuman con libertad. El secreto está en que «la educación no puede prescindir del prestigio, que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Es fruto de experiencia y competencia, pero se adquiere sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la implicación personal, expresión del amor verdadero» [2] .

La luz de la autoridad

En efecto, ejercitar la autoridad no se puede confundir con el simple imponerse , ni con lograr ser obedecido a cualquier precio. Quien sigue una determinada autoridad no lo hace tanto por temor a ser castigado, sino porque ve en ella un punto de referencia que le sirve para conocer la verdad y el bien de las cosas, aunque a veces no acabe de comprenderlas. La autoridad guarda una estrecha relación con la verdad, porque la representa.

Desde esta perspectiva, la autoridad posee un sentido eminentemente positivo, y aparece como un servicio: es una luz que orienta a quien la sigue hacia el fin que busca. De hecho, etimológicamente, autoridad remite al verbo latino augere , que significa “hacer crecer”, “desarrollar”.

Quien reconoce una autoridad se adhiere, sobre todo, a los valores o verdades que representa: «el educador es un testigo de la verdad y del bien» [3] , es decir, es la persona que ya ha descubierto y hecho propia la verdad a la que se aspira. El educando, por su parte, se fía del educador: no solo de sus conocimientos, sino también de que está dispuesto a ayudarle a alcanzar esas verdades.

El papel de los padres

Es obvio que los hijos esperan que los padres sean coherentes con los valores que quieren transmitirles, y que les manifiesten su amor. ¿Cómo pueden los padres alcanzar esa autoridad y ese prestigio que requiere su labor educativa? La autoridad posee un fundamento natural y surge espontáneamente en la relación entre padres e hijos: más que preocuparse por conseguirla, se trata de mantenerla y de ejercitarla bien.

Esto es claro cuando los hijos son pequeños: si la familia está unida, los niños se fían más de los padres que de sí mismos. La obediencia les puede costar, pero la encuadran de modo más o menos consciente en un contexto de amor y unidad familiar: mis padres quieren mi bien; desean que yo sea feliz; me dicen lo que me ayudará a conseguirlo. La desobediencia se vive entonces como algo equivocado, una falta de confianza y de amor.

Por eso, para afianzar su autoridad, los padres no deben hacer más que ser verdaderamente padres: mostrar la alegría y la belleza de la propia vida y enseñar, con obras, que quieren a sus hijos como son. Lógicamente, esto requiere estar presentes en el hogar. Aunque el actual ritmo de vida puede hacerlo difícil, es importante pasar tiempo con los hijos y «formar un ambiente familiar animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres» [4] .

Por ejemplo, merece la pena empeñarse en cenar todos juntos, aunque esto requiera esfuerzo. Es un magnífico modo de conocerse mutuamente, mientras se comparten las anécdotas de la jornada, y los hijos aprenden –también escuchando lo que los padres cuentan de su propio día– a relativizar, con un toque de buen humor, los problemas que hayan podido surgir.

De este modo, además, se facilita hablar claro a los hijos cuando sea necesario, señalándoles qué hacen bien y qué mal; qué pueden hacer y qué no; y explicándoles –de modo adecuado a su edad– los motivos que mueven a obrar de un modo u otro. Entre estos, no puede faltar el comportarse como un hijo de Dios: procurad que los niños aprendan a valorar sus actos delante de Dios. Dadles motivos sobrenaturales para que discurran, para que se sientan responsables [5].

Enseñarles el ejemplo de Cristo, que subió al patíbulo de la Cruz por amor nuestro, para ganarnos la libertad. Ejercer la autoridad es, en el fondo, ofrecer a los hijos –desde que son pequeños– las herramientas que necesitan para crecer como personas; y la principal es mostrarles el ejemplo de la propia vida. Los niños se fijan en todo lo que hacen los padres, y tienden a imitarles.

El ejercicio de la propia autoridad puede concretarse en tomar las disposiciones necesarias para salvaguardar el calor del hogar y facilitar que los hijos descubran que hay más alegría en dar que en recibir.

En este contexto, es bueno pedir a los hijos, desde que son pequeños, esos servicios que contribuyen a crear un clima de sana preocupación mutua. Se les dan responsabilidades: ayudar a preparar la mesa, dedicar un tiempo a la semana a ordenar sus cosas, abrir cuando llaman a la puerta, etc. Son contribuciones al bienestar familiar, y los niños las entienden de ese modo.

No se trata de “darles cosas para hacer”, sino de que vean que su aportación a la marcha de la casa –porque quitan trabajo a sus padres, porque ayudan a un hermano, porque cuidan de sus cosas– es importante y, en cierto modo, insustituible. Aprenden así a obedecer.

No es suficiente que los padres hablen con los hijos y les hagan comprender sus errores. Antes o después hará falta corregirles, mostrarles que lo que hacen tiene consecuencias para ellos y para los demás. Muchas veces podrá bastar una conversación, cariñosa y clara; sin embargo, en otros casos, convendrá adoptar alguna medida, porque hay daños que deben ser subsanados y no basta el arrepentimiento.

El castigo debe ser un medio para reparar el mal cometido: por ejemplo, hacer algún pequeño trabajo para poder pagar un objeto roto. A veces, la corrección deberá prolongarse en el tiempo: por ejemplo, a raíz de un mal resultado escolar, puede ser conveniente limitar las salidas durante una temporada. En estos casos, sin embargo, es importante no perder de vista que se trata de facilitar el tiempo y los medios para hacer lo que se debe.

Siguiendo con el ejemplo de las malas notas, tendría poco sentido, por un lado, prohibir las salidas, pero que, por otro, acabase perdiendo el tiempo; o que se le castigara –sin auténtica necesidad– a no asistir a actividades buenas en sí mismas –practicar un deporte, frecuentar un club juvenil–, solo “porque son las que de verdad le gustan”.

Confianza y autoridad

Forma parte de la autoridad que los padres logren que sus hijos comprendan los valores que quieren transmitirles, respetando su independencia y peculiaridades. Esto requiere, en primer lugar que los hijos se sientan incondicionalmente amados por sus padres y que sintonicen con ellos: que los conozcan y confíen en ellos.

Marcar claramente lo que pueden o no hacer los hijos sería inútil –y probablemente, llevaría a conflictos permanentes– si no se acompaña de cariño y confianza. Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que la misma educación requiere, con un sentimiento de amistad, que exige ponerse de alguna manera al mismo nivel de los hijos. Los chicos –aun los que parecen más díscolos y despegados– desean siempre ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres [6] .

A medida que los hijos crecen, la autoridad de los padres va dependiendo más de esa relación de confianza. Todos los niños necesitan que se les tome en serio, pero los adolescentes aún más. Afrontan unos cambios –físicos y psicológicos– que los desconciertan, y acusan esa nueva situación.

Aunque no lo reconozcan, buscan adultos que les sirvan de referencia; estos son, para ellos, personas que se han formado criterio, que viven de acuerdo con ciertas pautas que les dan estabilidad: justamente lo que los adolescentes aspiran a obtener. Junto a esto, perciben que nadie les puede sustituir en esa empresa; por eso no se limitan a aceptar de modo acrítico lo que les dicen sus padres. Más que dudar de su autoridad, están pidiendo comprender mejor la verdad que la fundamenta.

Para esto es importante dedicarles el tiempo necesario, sabiendo crear ocasiones para estar juntos. Puede ser durante un viaje a solas en el coche, en casa a raíz de un programa de televisión o de algún acontecimiento escolar. Entonces se les habla de los temas que pueden afectarles más, y en los que es importante que tengan las ideas claras.

No hay que preocuparse si, en ocasiones, los hijos parecen desentenderse de la conversación. Si un padre habla lo necesario, sin ponerse pesado ni querer forzar la confidencia, lo que dice queda grabado; no importa tanto si, después, el hijo o la hija hace caso al consejo. Lo que cuenta es que ha comprobado lo que su padre piensa sobre un determinado argumento, adquiriendo así un punto de referencia para decidir cómo comportarse.

El padre le ha mostrado la propia cercanía y disponibilidad para hablar sobre las cosas que le preocupan. Ha puesto en práctica esa enseñanza del Papa: «darnos mutuamente algo de nosotros mismos. Darnos mutuamente nuestro tiempo» [7] .

Algunas cosas que los padres quizá no aprueban son, a veces, secundarias, y no justifican dar una batalla, cuando puede bastar un comentario. De este modo, los hijos aprenden a diferenciar lo que es importante de lo que no lo es. Descubren que sus padres no quieren que sean “copias” de su propio modo de ser, sino simplemente que sean felices y hombres y mujeres auténticos. Por eso los padres no se entrometen –aunque sí se interesen– en lo que no afecta a su dignidad, o a la familia.

En el fondo, se trata de confiar en el hijo, de «aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos» [8] .

Experimentar esa confianza es una invitación a merecerla. La clave está en que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal. Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan [9] . Lógicamente, no faltaran pequeños conflictos y tensiones: se pueden gestionar con alegría y serenidad, de modo que los hijos vean que una determinada negativa es compatible con quererles y comprender en qué situación se encuentran.

* * *

San Josemaría ha insistido en que la tarea educativa de los padres descansa en ambos: padre y madre: naturalmente, no están solos en esta importante labor. Dios, que les ha dado la misión de guiar a sus hijos hacia el Cielo, les facilita también su ayuda para que la cumplan. Por eso, la vocación de ser padre conlleva el rezar por los hijos: hablar con el Señor sobre ellos, sobre sus virtudes y defectos; preguntarle el modo en que se les puede ayudar, pedirle gracia para los hijos y paciencia para uno mismo. Abandonar en las manos de Dios el fruto de la labor de formación da una paz que se transmite a los demás.

En la tarea educativa, como afirmaba san Josemaría, los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo (…). Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana de la sociedad [10] . Actuando con garbo humano, con suavidad y pillería, y encomendando las cosas al Señor, los hijos cambiarán. Al fin y al cabo, los hijos pertenecen a Dios.

J.M. Barrio


[1] Benedicto XVI, Audiencia, 21-I-2008.

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Conc. Vaticano II, Decl. Gravissimum Educationis , n. 3.

[5] San Josemaría, Apuntes de su predicación oral, en Guadalaviar (Valencia), 17-XI-1972, en www. josemariaescriva.info .

[6] San Josemaría, Conversaciones , n. 100.

[7] Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2012.

[8] Benedicto XVI, Audiencia, 21-I-2008.

[9] San Josemaría, Conversaciones , n. 100.

[10] Ibid. , n. 91.

 

 

La Confesión: una guía paso a paso

En esta breve guía encontrarás una ayuda para prepararte a recibir con fruto el sacramento de la Reconciliación: incluye una explicación de los pasos para acercarse a la Confesión, unos exámenes de conciencia y textos para meditar en la grandeza del perdón que Dios nos quiere dar.

De la Iglesia y del Papa22/03/2018

San Josemaría solía llamar a la Confesión el sacramento de la alegría, porque a través de él se recuperan el gozo y la paz que trae la amistad con Dios, un don que solo el pecado es capaz de robar a las almas de los cristianos.


¿Qué es la confesión?

“El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien”[1].

 

¿Por qué confesarse?

Explica el Papa Francisco que “el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo”[2].

¿Es complicado confesarse?

No lo es tanto: en el Catecismo, la Iglesia nos propone cuatro pasos para una buena confesión[3]:

1) Examen de conciencia;

2) Contrición (o arrepentimiento), que incluye el propósito de no volver a pecar;

3) Confesión;

4) Satisfacción (o cumplir la penitencia).

Son cuatro pasos que damos para poder recibir el gran abrazo de amor que Dios nuestro Padre nos quiere dar con este sacramento: “Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso de hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón”[4].

Explicamos a continuación estos cuatro pasos, que ayudarán para vivir en toda su grandeza este sacramento de la misericordia de Dios.

Descarga en formato PDF la ilustración con los pasos para la confesión y los exámenes de conciencia en un archivo.Descarga en formato PDF la ilustración con los pasos para la confesión y los exámenes de conciencia en un archivo.

1. Examen de conciencia

El examen de conciencia consiste en reflexionar sobre todo aquello que nos haya podido alejar de Dios

“¿Qué consejos le daría a un penitente para hacer una buena confesión? –se pregunta Papa Francisco-. Que piense en la verdad de su vida frente a Dios, qué siente, qué piensa. Que sepa mirarse con sinceridad a sí mismo y a su pecado. Y que se sienta pecador, que se deje sorprender, asombrar por Dios”[5].

El examen de conciencia consiste en reflexionar sobre aquellas acciones, pensamientos o palabras, que nos hayan podido alejar de Dios, ofender a los demás o dañarnos interiormente.

Es el momento de ser sinceros con uno mismo y con Dios, sabiendo que Él no quiere que nuestros pecados pasados nos opriman, sino que desea liberarnos de ellos para poder vivir como buenos hijos suyos.

Ofrecemos algunas preguntas para ayudarte a reflexionar sobre qué puedes pedir perdón a Dios. Sirven solo como una orientación: lo más importante es entrar en el propio corazón y admitir las propias faltas. Si quieres, durante la confesión puedes pedir al sacerdote que te ayude proponiéndote otras cuestiones.

- Examen de conciencia para niños

- Examen de conciencia para jóvenes

- Examen de conciencia para adultos

- Los tres exámenes de conciencia para la Confesión, en un solo archivo.

2. Contrición y propósito de no volver a pecar

La contrición, o arrepentimiento, es un dolor del alma y un rechazo de nuestros pecados, que incluye la resolución de no volver a pecar

La contrición, o arrepentimiento, es un dolor del alma y un rechazo de nuestros pecados, que incluye la resolución de no volver a pecar. Es un don de Dios: por eso, si te parece que aún estás apegado al pecado –que, por ejemplo, no te ves con fuerzas de abandonar un vicio, perdonar a una persona o enmendar un daño causado–, pídele a Él que obre en tu corazón, para que rechaces el mal.

A veces, el arrepentimiento llega con un sentimiento intenso de dolor o vergüenza, que nos ayuda a enmendarnos. Sin embargo, no es indispensable sentir ese tipo de dolor: lo importante es comprender que hemos obrado mal, tener deseos de mejorar como cristianos y hacer el propósito de no volver a cometer esas faltas.

“La contrición –explica el Papa– es el pórtico del arrepentimiento, es esa senda privilegiada que lleva al corazón de Dios, que nos acoge y nos ofrece otra oportunidad, siempre que nos abramos a la verdad de la penitencia y nos dejemos transformar por su misericordia”[6].

Existen varias oraciones que sirven para manifestar la contrición, por ejemplo la siguiente:

Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todos mis pecados y los aborrezco, porque al pecar, no solo merezco las penas que causan, sino que principalmente te ofendo a ti, sumo Bien y digno de amor por encima de todas las cosas. Por eso propongo firmemente, con ayuda de tu gracia, no pecar más en adelante y huir de toda ocasión de pecado. Amén.

3. Confesar los pecados

Una buena confesión es decir los pecados al sacerdote de forma clara, concreta, concisa y completa

La confesión consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote.

“Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. (...) Es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura”[7].

Se suele decir que una buena confesión tiene “4 C”:

1. Clara: señalar cuál fue la falta específica, sin añadir excusas.

2. Concreta: decir el acto o pensamiento preciso, no usar frase genéricas.

3. Concisa: evitar dar explicaciones o descripciones innecesarias.

4. Completa: sin callar ningún pecado grave, venciendo la vergüenza.

La confesión es un sacramento, cuya celebración incluye ciertos gestos y palabras de parte del penitente y del sacerdote. A continuación te explicamos cómo se desarrolla, con un gráfico que puedes descargar aquí:

 

4. Cumplir la penitencia

 

El sacerdote señala una penitencia para reparar el daño causado

La satisfacción consiste en el cumplimiento de ciertos actos de penitencia (unas oraciones, alguna mortificación, etc.), que el confesor indica al penitente para reparar el daño causado por el pecado.

Es una ocasión también para dar gracias a Dios por el perdón recibido, y renovar el propósito de no volver a pecar.


Si tienes cualquier duda o quieres ampliar información escríbenos a info.es@opusdei.org


[1] Francisco, Audiencia general, 19.II.2014.

[2] Idem.

[3] Cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 303.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

[5] Francisco, El nombre de Dios es misericordia.

[6] Francisco, Carta 30.V.2014.

[7] Francisco, El nombre de Dios es misericordia.

Artículo publicado originalmente el 22 de marzo de 2016.

En ocasiones, es nuestra propia vida la que parece bloquearse, torcerse, fruto de una decisión equivocada o de un mal paso… ¿Y quién no desearía contar entonces con la posibilidad de empezar de cero? Esa posibilidad existe gracias a RESET, un reportaje multimedia con varias historias sobre la bondad de acudir al sacramento del Perdón, para alcanzar la certeza de que Dios nos perdona y nos anima a volver a empezar.

 

 

La santa intransigencia – Un aspecto de la Inmaculada Concepción

El mundo en el que nació la Virgen

Por toda la extensión del Imperio reinaba la descomposición moral, la crueldad, intriga, ambición…

Las proporciones de un artículo como este no permiten una descripción pormenorizada del cuadro moral del mundo romano. Lo que, además, no sería muy necesario pues este cuadro es generalmente conocido. Por toda la extensión del Imperio, aristocracias nacionales en el último estado de descomposición moral se mezclaban con aventureros enriquecidos en los negocios, en la política o en la guerra; con libertos llevados a la cumbre de la influencia por el favoritismo; con actores y atletas famosos, en una vida de placeres ininterrumpidos en que los decadentes traían toda la molicie de su «spleen».Los aventureros, todo el desbocamiento de sus apetitos todavía mal cebados; los favoritos, los actores, los atletas, todo el ambiente de adulación, de insolencia, de intriga, de falsedad, de politiquería, gracias al cual se mantenían.

Augusto, en cuyo reinado nació Jesucristo, intentó en vano suprimir todos estos abusos que venían tendiendo a afirmarse de modo alarmante. Nada consiguió de duradero. En contraposición con esta élite -si es que así se la puede llamar- existía una cantidad incontable de esclavos de todas las naciones, de trabajadores manuales miserables, corrompidos bajo el peso de sus propios vicios y de los ejemplos venidos de lo alto.

Hambrientos, maltratados, codiciosos, ociosos, ellos querían deponer a sus amos, menos por la indignación que les causaban sus desmanes, que por no poder llevar la misma vida que ellos. Todo un cuadro, en fin, que no es necesario tener mucha cultura para conocer, ni mucha finura para sentir en su realidad vital, pues no difiere sensiblemente de los días tenebrosos en que vivimos…

Mientras así era el mundo antiguo, ¿quién era la Santísima Virgen, que Dios creó en aquella época de omnímoda decadencia? La más completa, intransigente, categórica, insofismable y radical antítesis de ese tiempo.

La Santísima Virgen era la más completa, intransigente, categórica, insofismable y radical antítesis de ese tiempo

El vocabulario humano no es suficiente para expresar la santidad de Nuestra Señora.

En el orden natural los Santos y los Doctores la comparan al sol. Pero si hubiese un astro inconcebiblemente más brillante y más glorioso que el sol, a él la compararían. Y acabarían por decir que ese astro daba de ella una imagen pálida, defectuosa, insuficiente. Afirman que en el orden moral Ella transcendió todas las virtudes, no sólo de todos los varones y matronas insignes de la Antigüedad, sino -lo que es inconmensurablemente más- de todos los Santos de la Iglesia Católica.

Imagínese una criatura teniendo todo el amor de San Francisco de Asís, todo el celo de Santo Domingo de Guzmán, toda la piedad de San Benito, todo el recogimiento de Santa Teresa, toda la sabiduría de Santo Tomás, toda la intrepidez de San Ignacio, toda la pureza de San Luis Gonzaga, la paciencia de un San Lorenzo, el espíritu de mortificación de todos los anacoretas del desierto: ella no llegaría a los pies de Nuestra Señora.

Más todavía. La gloria de los Angeles es algo incomprensible al intelecto humano. Cierta vez apareció a un Santo su Angel de la Guarda y, tal era su gloria, que el Santo pensó que se tratase del propio Dios, y ya se disponía a adorarlo, cuando el Angel le reveló quién era. Ahora bien, los Angeles de la Guarda no pertenecen habitualmente a las más altas jerarquías celestes. Y la gloria de Nuestra Señora está inconmensurablemente por encima de la de todos los coros angélicos.

¿Podría haber contraste mayor entre esta obra prima de la naturaleza y de la gracia -no sólo indescriptible, sino incluso inconcebible- y la ciénaga de vicios y miserias que era el mundo antes de Cristo?

La Inmaculada Concepción

A esta criatura predilecta entre todas, superior a todo cuanto fue creado, e inferior solamente a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo, Dios confirió un privilegio incomparable, que es la Inmaculada Concepción.

Ella transcendió todas las virtudes, no sólo de todos los varones y matronas insignes de la Antigüedad, sino -lo que es inconmensurablemente más- de todos los Santos de la Iglesia Católica

Como consecuencia del pecado original, la inteligencia humana se tornó sujeta al error, la voluntad quedó expuesta a desfallecimientos; la sensibilidad quedó prisionera de las pasiones desarregladas; el cuerpo, por así decir, quedó puesto en rebelión contra el alma.

Ahora, por el privilegio de su Concepción Inmaculada, Nuestra Señora fue preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de su ser. Y, así, en Ella todo era armonía profunda, perfecta, imperturbable. Su inteligenia-jamás expuesta al error, dotada de un entendimiento, de una claridad, de una agilidad inexpresable, iluminado por las gracias más altas- tenía un conocimiento admirable de las cosas del Cielo y de la tierra. La voluntad, dócil en todo al intelecto, estaba enteramente vuelta hacia el bien, y gobernaba plenamente la sensibilidad, que jamás sentía en sí, ni pedía a la voluntad algo que no fuese plenamente justo y conforme a la razón.

Imagínese una voluntad naturalmente tan perfecta, una sensibilidad naturalmente tan irreprensible, ésta y aquella enriquecidas y super enriquecidas de gracias inefables, perfectísimamente correspondidas en todo momento, y se puede tener una idea de lo que era la Santísima Virgen. O mejor, se puede comprender por qué motivo ni siquiera se es capaz de tener una idea de lo que la Santísima Virgen era.

“Inimicitias ponam”

Dotada de tantas luces naturales y sobrenaturales, Nuestra Señora conoció por cierto la infamia del mundo en sus días. Y con esto sufrió amargamente. Pues, cuanto mayor es el amor a la virtud, tanto mayor es el odio al mal.

Ahora, María Santísima tenía en sí abismos de amor a la virtud y, por lo tanto, sentía forzosamente en sí abismos de odio al mal. María era, pues, enemiga del mundo al cual vivió ajena, segregada, sin cualquier mezcla ni alianza, vuelta únicamente hacia las cosas de Dios.

El mundo, a su vez, parece no haber comprendido ni amado a María: no consta que le hubiese tributado una admiración proporcionada a su hermosura castísima, a su gracia nobilísima, a su trato dulcísimo, a su caridad siempre exorable, accesible, más abundante que las aguas del mar y más suave que la miel.

¿Y cómo no habría de ser así? ¿Qué correspondencia podía haber entre Aquella que era totalmente del Cielo, y aquellos que vivían sólo para la tierra? ¿Aquella que era toda fe, pureza, humildad, nobleza, y aquellos que eran todo idolatría, escepticismo, herejía, concupiscencia, orgullo, vulgaridad? ¿Aquella que era toda sabiduría, razón, equilibrio, sentido de las proporciones, templanza absoluta y sin mancha ni sombra, y aquellos que eran todo desmán, extravagancia, desequilibrio, sentimiento equivocado, cacofónico, contradictorio, estridente a respecto de todo, e intemperancia crónica, sistemática, vertiginosamente creciente en todo? ¿Aquella que era la fe llevada por una lógica diamantina e inflexible a todas sus consecuencias, y aquellos que eran el error llevado por una lógica infernalmente inexorable, también a sus últimas consecuencias? ¿O aquellos que, renunciando a cualquier lógica, vivían voluntariamente en un pantano de contradicciones?

“Inmaculado” es una palabra negativa. Significa etimológicamente la ausencia de mancha y, por lo tanto, de todo y cualquier error por menor que sea, de todo y cualquier pecado por más leve e insignificante que parezca. Es la integridad absoluta en la fe y en la virtud. Es, por lo tanto, la intransigencia absoluta, sistemática, irreductible; la aversión completa, profunda, diametralmente opuesta a toda especie de error o de mal. La santa intransigencia en la verdad y en el bien, es la ortodoxia, la pureza, en oposición a la heterodoxia y al mal. Por amar a Dios sin medida, Nuestra Señora correspondientemente amó de todo corazón todo cuanto era de Dios. Y porque odió sin medida el mal, odió sin medida a satanás, sus pompas y sus obras, al demonio, al mundo y a la carne.

Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción es Nuestra Señora de la santa intransigencia.

Verdadero odio, verdadero amor

Nuestra Señora conoció la infamia del mundo en sus días, y sufrió amargamente por ello. Pues, cuanto mayor es el amor a la virtud, tanto mayor es el odio al mal

Por esto, Nuestra Señora rezaba sin cesar. Y, como tan razonablemente se cree, Ella pedía la venida del Mesías, y la gracia de ser sierva de aquella que fuese escogida como Madre de Dios.

Pedía el Mesías para que viniese Aquel que podía hacer brillar nuevamente la justicia sobre la faz de la tierra; para que se levantase el Sol divino de todas las virtudes, disipando las tinieblas de la impiedad y el vicio en todo el mundo .

Nuestra Señora deseaba, es cierto, que los justos que viven en tierra encontrasen en la venida del Mesías la realización de sus ansias y de sus esperanzas; que los vacilantes se reanimasen, y que de todos los abismos, almas tocadas por la luz de la gracia levantasen vuelo hacia las más altas cumbres de la santidad. Pues estas son por excelencia las victorias de Dios, que es la Verdad y el Bien, y las derrotas del demonio, que es el jefe de todo error y de todo mal.

La Virgen quería la gloria de Dios por esa justicia que es la realización en la tierra del Orden deseado por el Creador. Pero, pidiendo la venida del Mesías, Ella no ignoraba que éste sería la Piedra de escándalo, por la cual muchos se salvarían y muchos recibirían también el castigo de su pecado. Este castigo del pecador irreductible, este aplastamiento del impío obcecado y endurecido, Nuestra señora también lo deseó de todo corazón, y fue una de las consecuencias de la Redención y de la fundación de la Iglesia, que Ella deseó y pidió como nadie. Canta la Liturgia: “Ut inimicos Sanctae Ecclesiae humiliare digneris, Te rogamos audinos“. Y antes de la Liturgia por cierto el Corazón Inmaculado de María ya elevó a Dios súplica análoga, por la derrota de los impíos irreductibles.

Admirable ejemplo de verdadero amor, de verdadero odio.

Omnipotencia suplicante

Dios quiere las obras. El fundó la Iglesia para el apostolado. Pero por encima de todo quiere la oración. Pues la oración es la condición de la fecundidad de todas las obras. Y quiere como fruto de la oración, la virtud.

Reina de todos los apóstoles, Nuestra Señora es, sin embargo, el modelo de las almas que rezan y se santifican, la estrella polar de toda meditación y vida interior. Pues, dotada de virtud inmaculada, Ella hizo siempre lo que era más razonable. Y si nunca sintió en sí las agitaciones y los desórdenes de las almas que sólo aman la acción y la agitación, nunca experimentó en sí, tampoco, las apatías y las negligencias de las almas perezosas, que hacen de la vida interior un biombo para disfrazar su indiferencia por la causa de la Iglesia.

Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción es Nuestra Señora de la santa intransigencia, pues odió sin medida a satanás, sus pompas y sus obras, al demonio, al mundo y a la carne

Su alejamiento del mundo no significó un desinterés por el mundo. ¿Quién hizo más por los impíos y por los pecadores que Aquella que, para salvarlos, voluntariamente consintió en la inmolación crudelísima de su Hijo, infinitamente inocente y santo? ¿Quien hizo más por los hombres, que Aquella que consiguió que se realizase en sus días la promesa del Salvador?

Pero, confiando sobre todo en la oración y en la vida interior, ¿no nos dio la Reina de los Apóstoles una gran lección de apostolado, haciendo de una y otra su principal instrumento de acción?

Aplicación a nuestros días.

Tanto valen a los ojos de Dios la almas que, como Nuestra Señora, poseen el secreto del verdadero amor y del verdadero odio, de la intransigencia perfecta, del celo incesante, del espíritu de renuncia completo, que propiamente son ellas las que pueden atraer las gracias divinas para el mundo.

Estamos en una época parecida a la de la venida de Nuestro Señor Jesucristo a la tierra. En 1928 escribió el Santo Padre Pío XI que “el espectáculo de las desgracias contemporáneas es de tal manera aflictivo, que se podría ver en él la aurora de este inicio de dolores que traerá el Hombre del Pecado, elevándose contra todo cuanto es llamado Dios y recibe la honra de un culto“ (Enc. Miserentissimus Redemptor del 8 de Mayo de 1928).

¿Que diría él hoy?

Y a nosotros, ¿qué nos compete hacer? Luchar en todos los terrenos permitidos, con todas las armas lícitas. Pero antes de todo, por encima de todo, confiar en la vida interior y en la oración. Es el gran ejemplo de Nuestra Señora.

El ejemplo de la Santísima Virgen, sólo con su auxilio se puede imitar. Y el auxilio de Nuestra Señora sólo con la devoción a Nuestra Señora se puede conseguir. Ahora, ¿en qué puede consistir la devoción a María Santísima sino en pedirle, no sólo el amor a Dios y el odio al demonio, sino aquella santa entereza en el amor al bien y en el odio al mal: en una palabra, aquella santa intransigencia, que tanto resplandece en su Inmaculada Concepción?

Plinio Corrêa de Oliveira

 

Textos sobre el Adviento (1): "Para tomarlo en nuestros brazos"

En este Tiempo de Adviento, publicaremos homilías del beato Álvaro sobre la preparación a la Navidad. En esta, exhorta a disponerse para recibir a Jesucristo espiritualmente y sacramentalmente en la Eucaristía.

Noticias04/12/2014

Opus Dei - Textos sobre el Adviento (1): "Para tomarlo en nuestros brazos"

(Texto del 1 de diciembre de 1986, publicado en "Caminar con Jesús al compás del año litúrgico", Ed. Cristiandad, Madrid 2014, pp. 50-55).

Dominus prope est![1], ¡el Señor está cerca! Es el grito que la liturgia hace resonar en nuestros oídos, de mil modos diferentes, a lo largo de estas semanas anteriores a la Navidad. Nos invita a preparar la venida espiritual de Cristo a nuestras almas, con más urgencia cuanto más se aproximan los días felices del Nacimiento de Jesús. Y, a la vez, estas palabras traen a mi memoria aquel lucero de que nos hablaba nuestro Padre, que el Señor nos ha puesto en la frente. Hija mía, hijo mío: la llamada que Dios nos ha hecho para ser Opus Dei tiene que resonar en nuestra alma como un aldabonazo constante, más fuerte que cualquier otro lazo de unión, y ha de llevarnos a saber que la huella de Dios en nuestras vidas no se borra nunca[2]. Démosle gracias, procuremos seguirle muy de cerca, y arranquemos con determinación todo lo que nos aparte de Él, aunque parezca un detalle de muy poca entidad.

El Adviento es uno de los tiempos fuertes de la Sagrada Liturgia, con los que nuestra Madre la Iglesia nos mueve a purificarnos de modo especial, por la oración y la penitencia, para acoger la abundante gracia que Dios nos envía, porque Él siempre es fiel. En estos días se nos invita a buscar —diría que con más ahínco— el trato con María y con José en nuestra vida interior; se nos pide una oración más contemplativa, y que afinemos con manifestaciones concretas en el espíritu de mortificación interior. Así, cuando nazca Jesús, seremos menos indignos de tomarlo en nuestros brazos, de estrecharlo contra nuestro pecho, de decirle esas palabras encendidas con las que un corazón enamorado —como el de mis hijas y mis hijos todos, sin excepción— necesita manifestarse.

Me detengo en estas consideraciones para recordaros que no podemos limitarnos a esperar la Navidad, sin poner nada de nuestra parte. Mirad lo que respondió una vez nuestro Padre, a un hijo suyo que le preguntaba cómo vivir mejor el Adviento: «Deseando que el Señor nazca en nosotros, para que vivamos y crezcamos con Él, y lleguemos a ser ipse Christus, el mismo Cristo»[3]. Y concretaba en aquella ocasión: «Que se note en que renazcamos para la comprensión, para el amor, que, en último término, es la única ambición de nuestra vida»[4].

Hijas e hijos míos: si, al meditar estas palabras, comenzáis a seguir el Adviento con más ilusión —con más esfuerzo—, día tras día, aunque sea a contrapelo, aunque os parezca una comedia, cuando el Señor nazca en Navidad encontrará vuestras almas bien dispuestas, con la decisión terminante de ofrecerle esa acogida que le negaron los hombres hace veinte siglos, como también se la niegan ahora; y ocasionaréis a este Padre vuestro una gran alegría.

Pero no es cosa sólo del Adviento: todos los días baja Jesús a nosotros, en la Sagrada Comunión. «Ha llegado el Adviento. ¡Qué buen tiempo —escribe nuestro Padre— para remozar el deseo, la añoranza, las ansias sinceras por la venida de Cristo!, ¡por su venida cotidiana a tu alma en la Eucaristía! —"Ecce veniet!" —¡que está al llegar!, nos anima la Iglesia»[5]. ¿Cómo nos preparamos para recibirle, cada día? ¿Qué detalles de amor cuidamos? ¿Qué limpieza procuramos en nuestros sentidos, qué adornos en nuestra alma? ¿Cómo es tu piedad? ¿Procuras acompañarle en el Sagrario de tu Centro? ¿Pides que crezca a diario la vida eucarística en los fieles de la Prelatura? ¿Conocen los que te tratan tu intimidad con Cristo en la Hostia Santa? No hay mejor momento que el de la Sagrada Comunión, para suplicar a Jesús —realmente presente en la Eucaristía— que nos purifique, que queme nuestras miserias con el cauterio de su Amor; que nos encienda en afanes santos; que cambie el corazón nuestro —tantas veces mezquino y desagradecido— y nos obtenga un corazón nuevo, con el que amar más a la Trinidad Santísima, a la Virgen, a san José, a todas las almas. Y aprovechad esos momentos para renovar vuestro compromiso de amor, pidiendo a este Rey nuestro que nos ayude a vivir cada jornada con nuevo empeño de enamorados.

Os aconsejo que repitáis —¡saboreándolas!— muchas comuniones espirituales. Rezad con frecuencia durante estas semanas —también yo procuro meterlo en mi alma— el veni, Domine Iesu! —¡ven, Señor Jesús!— que la Iglesia repite insistentemente. Decidlo, no sólo como preparación para la Navidad, sino también para la Comunión de cada día. De este modo, nos resultará más fácil descubrir lo que no va en nuestra lucha cotidiana y, con la gracia de Dios y nuestro esfuerzo, lo quitaremos. No me olvidéis que nuestra entrega bien vivida, con fidelidad constante, es la mejor preparación para ese encuentro con Cristo en la Navidad y en la Sagrada Eucaristía.

Veni, Domine, et noli tardare!, ven, Señor, y no tardes. A medida que transcurren las semanas, el grito de la Iglesia —el tuyo y el mío— sube al Cielo más apremiante. Relaxa facinora plebi tuae!, ¡destruye las ataduras —los pecados— de tu pueblo! No podemos limitarnos a implorar el perdón por las miserias nuestras: también hemos de suplicarlo por los pecados de los demás. Jesús, hijas e hijos míos, ha venido al mundo para redimir a toda la humanidad. También ahora desea introducirse en el corazón de todas las personas, sin excepción alguna.

Adviento significa expectación; y cuanto más se avecina el acontecimiento esperado, mayor es el afán por contemplarlo realizado. Nosotros, junto a tantos otros cristianos, deseamos que Dios ponga punto final a la dura prueba que aflige a la Iglesia, ya desde hace muchos años. Anhelamos que este largo adviento llegue finalmente a su término: que las almas se muevan a contrición verdadera; que el Señor se haga presente más intensamente en los miembros de su amada Esposa, la Iglesia Santa. Lo deseamos y lo pedimos con toda el alma: magis quam custodes auroram[6], más que el centinela la aurora, ansiamos que la noche se transforme en pleno día.

¡Qué buen tiempo, hijos, es este Adviento para intensificar nuestra petición por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores, por los obispos, por los sacerdotes y por los seglares, por las religiosas y los religiosos, por todo el Pueblo santo de Dios! Y es oración, no sólo la plegaria que sale de los labios o la que formulamos con la mente, sino la vida entera, cuando se gasta en el servicio del Señor. Os lo recuerdo con unas palabras que nuestro Fundador nos dirigía en el comienzo de un nuevo año litúrgico: «Hemos de andar por la vida como apóstoles, con luz de Dios, con sal de Dios. Con naturalidad, pero con tal vida interior, con tal espíritu del Opus Dei, que alumbremos, que evitemos la corrupción y las sombras que hay alrededor. Con la sal de nuestra dedicación a Dios, con el fuego que Cristo trajo a la tierra, sembraremos la fe, la esperanza y el amor por todas partes: seremos corredentores, y las tinieblas se cambiarán en día claro»[7].

Seguid pidiendo con fe, bien unidos a mis intenciones y segurísimos de la eficacia infalible de esta oración. El Señor escuchó a nuestro Padre cuando le rogaba —¡sólo Él sabe con qué ardor e intensidad!— por lo que llevaba en su alma, y ha oído —no me cabe la menor duda— las incesantes plegarias que en todos los rincones del mundo se elevaron al Cielo unidas a la intención de su Misa. Pero, hijas e hijos míos, con la fuerza que me viene de haber ocupado su puesto, os insisto: ¡uníos a mi oración!, y hasta me atrevo a pediros que gastéis vuestra vida en este empeño. Sí, lo repito a tu oído: debemos rezar más, porque no conocemos la medida de oración establecida por Dios —en su justísima y admirable Providencia— antes de concedernos los dones que esperamos. Simultáneamente, una cosa es ciertísima: la oración humilde, confiada y perseverante es siempre escuchada. Un fruto de esta plegaria nuestra, más intensa durante el Adviento, es comprender que podemos, que debemos rezar más. ¡No desfallezcamos!

Como la Prelatura es parte integrante de la Iglesia, pediremos también por el Opus Dei, instrumento del que Dios quiere servirse para extender su reinado de paz y de amor entre los hombres. También la Obra vive constantemente su adviento, su expectación gozosa del cumplimiento de la Voluntad de Dios. ¡Son tantos los panoramas apostólicos que el Señor nos pone delante!: comienzo de nuevas labores apostólicas, consolidación —en extensión y en profundidad— de las que ya se realizan en tantos lugares; nuevas metas en nuestro servicio a la Iglesia y a las almas... Y, por encima de todo, el Señor quiere la fidelidad de mis hijos: la lealtad inquebrantable de cada uno a la llamada divina, a sus requerimientos, a esta gracia inefable de la vocación con la que ha querido sellar nuestras vidas para siempre.

 


[1] Domingo IV de Adviento (Ant. ad Invitatorium).

[2] N. ed. Lo mismo cabe afirmar de la vocación cristiana en general. Estas consideraciones de don Álvaro son aplicables a todos los bautizados.

[3] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 23-XI-1966 (AGP, biblioteca, P01, 1977, p. 1233).

[4] Ibid.

[5] San Josemaría, Forja, n. 548.

[6] Sal 129, 6.

[7] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-XII-1961 (AGP, biblioteca, P01, XII-1964, p.62).

 

 

Sobre el significado y el valor del belén

Posted: 07 Dec 2019 02:06 PM PST

En su Carta sobre “el hermoso signo del pesebre” (Admirabile signum,1-XII-2019) Francisco desea explicar el significado y el valor del belén. Dice el Papa que representar el nacimiento de Jesús equivale a “anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría”.

Se trata de un “Evangelio vivo” ­–inspirado en los relatos evangélicos– que nos conduce a la contemplación de la Navidad. Y a la vez, “nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre”. Así, “descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él”.

Muchos de nosotros recordamos, en efecto, cuando preparábamos con nuestros padres “el nacimiento”, o “el belén”. Los niños lo preferíamos grande y, como a veces no había una mesa grande, estábamos dispuestos incluso a utilizar una puerta sobre unas banquetas. Era realmente, como dice el Papa, “un ejercicio de fantasía creativa”, lleno de belleza: “Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular”. “Espero –continúa Francisco– que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada”.

Ternura de Dios e implicación nuestra 

Aquel pesebre, que acogía y alimentaba a los animales, acogió entonces a “el pan bajado del cielo” (Jn 6, 41) para alimentarnos a nosotros, según san Agustín (cf. Serm 189,4). Fue San Francisco de Asís en el s. XIII quien por primera vez representó el nacimiento de Jesús en Greccio antes de celebrar la Eucaristía, en un ambiente de gran alegría.

¿Porqué –se pregunta Francisco– el belén sigue suscitando tanto asombro y nos conmueve? Primero, porque manifiesta la ternura de Dios. Jesús se presenta como un hermano, como un amigo, como el Hijo de Dios que se hace Niño para perdonarnos y salvarnos del pecado.

En segundo lugar, porque nos ayuda a revivir la historia que aconteció en Belén, a “sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales”.

¿En qué sentido podemos implicarnos? En la imitación y seguimiento de la humildad, de la pobreza, del desprendimiento que escogió Jesús desde Belén hasta la Cruz. “Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).

La revolución del amor

El Papa repasa los “signos” del belén que nos ayudan a comprender su significado. El cielo estrellado en la oscuridad y silencio de la noche nos invita a preguntarnos sobre el sentido de nuestra existencia: “¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré?”. Y responde: “Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79)”.

Las casas –a veces en ruinas– que suelen colocarse son símbolo de la humanidad caída, de la corrupción que conlleva el pecado en el mundo, al que “Jesús ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendor original”.

Las montañas, los riachuelos, las ovejas, etc., nos hablan de que todos los seres creados participan de la fiesta de la venida del Mesías. “Los ángeles y la estrella –añade el Papa­– son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor”.

En cuanto a los pastores, pobres y humildes, son los primeros que reciben el anuncio de la Navidad y corren, junto con otros mendigos y gente sencilla, para contemplarlo, llenos de asombro y sencillez: “Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre”.

Especialmente ellos nos recuerdan el mensaje de la Navidad: “Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía”. Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), se ha hecho pobre y sencillo para enseñarnos dónde y cómo se encuentra la felicidad. Frente a Herodes –su palacio suele ponerse al fondo, cerrado y sordo al anuncio de la alegría–, Jesús, que es Dios mismo hecho carne y hecho Niño, “inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura”. Por eso el belén es una llamada a la fraternidad humana.

El belén y la santidad en la vida cotidiana

Tanto a los niños como a los adultos les encanta añadir otras figuras (un herrero, un panadero, mujeres que llevan jarras de agua, niños que juegan, etc.) que en principio no tienen que ver con los relatos evangélicos. De este modo se expresa que “en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura”.

El belén representa así también la santidad para todos en la vida ordinaria: “Todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina”.

Y por ese “camino” llegamos al centro del belén, la gruta donde están María, José y el Niño. En María vemos “a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5)”.

En José, “el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia”, aquél que “llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica”.

Y sobre todo, contemplamos el Niño Jesús: “Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma”.

Dice San Juan, resumiendo el misterio de la encarnación, que «La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2). De modo sorprendente, señala Francisco, “Dios asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños”. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas”.

En suma, “el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida”.

En una última escena aparecen las tres figuras de los Reyes Magos, que siguiendo una estrella han ido viniendo de lejos por el camino, y que, al llegar la fiesta de la Epifanía aparecen ante Jesús, ofreciéndoles oro (como rey), incienso (como Dios) y mirra (como hombre, pues la mirra se usaba para la sepultura). Con humildad adoran al Dios hecho Niño y vuelven contando lo que han contemplado.

Ahí –apunta el Papa– podemos descubrir la responsabilidad que tenemos, como cristianos, de ser evangelizadores: “Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor”.

La "pedagogía del belén"

Y en conexión con esto último, Francisco emplea un último argumento sobre lo que podríamos llamar “la pedagogía del belén”. Nos recuerda a los cristianos que “el belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe”. Gracias a nuestros padres y abuelos –a los que se pueden añadir los catequistas, los sacerdotes y en general los educadores de la fe– podemos aprovechar todas esas enseñanzas de esta entrañable costumbre cristiana que es poner el belén:

“Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad”.

Un buen regalo de Navidad nos ha hecho el Papa y podemos aprovecharlo también para otros. Los Padres de la Iglesia –insignes escritores cristianos de los primeros siglos– solían explicar que, en realidad, lo que Dios quiere es que le dejemos nacer continuamente en nosotros, y en eso consiste la santidad cristiana. El tiempo de Adviento y de Navidad es una estupenda ocasión para recomenzar ese camino, y construir el belén es una buena escuela para aprenderlo y transmitirlo. Volver a ser niños en la perspectiva de la fe. Y aprender un poco más a no dejar de reiniciar siempre ese camino.

 

 

Eutanasia, falacias y demanda social

María Solano

Eutanasia.

photo_camera Eutanasia.

“No hay demanda social” para la eutanasia. Así explicaban en estos días los obispos el documento “Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida” en el que llevan largo tiempo trabajando y que publican con acierto en este momento, a las puertas de un nuevo Gobierno que, si se confirma, tendrá esta forma de suicidio como una prioridad ideológica de su
plan de acción.

El problema del debate de la eutanasia es que no se está desarrollando en la arena del razonamiento. Al contrario, junto con el debate del aborto, la batalla en favor de acabar con la vida de está librando con un arma peligrosa y difícil de controlar: la emoción.

Vivimos en una sociedad dominada por el pathos, esa prueba argumental que, explicaba Aristóteles, permite al emisor dominar las emociones del receptor y, por tanto, su pensamiento. De ahí que la defensa de atrocidades cómo matar a un bebé en ciernes o a una persona enferma se logren mediante la utilización de falacias en las que un caso paradigmático y lacrimógeno incita a tomar la parte por
el todo. Y a ello contribuyen enérgicamente unos medios de comunicación que no siempre buscan la verdad con criterio sino el valor de un click, de un punto más en la audiencia, porque tiran de esa mitad morbosa que presumen en sus receptores. Entonces localizan un caso de esos que desatan olas de empatía para abanderar una causa en la que siempre aparecen resquicios.

La primera grieta tiene que ver con otra falacia que reduce las opciones a dos: o infinito sufrimiento o muerte. Lo que los obispos han querido poner de manifiesto en su importante documento -importante porque aúna cientos de miles de voces que ven reflejada allí su posición- es que hay una elección intermedia: la de los cuidados paliativos y el acompañamiento médico, humano y espiritual del que
sufre y de sus familiares.

Mientras se entabla el debate de las ideas, las ideologías avanzan en la partida y hacen creer a la sociedad que la eutanasia es una demanda social, que cualquiera la desearía si está en una dolorosa y traumática situación, que todos la pediríamos si viéramos el inmenso sufrimiento de los nuestros. Pero de nuevo hay aquí una falacia que juega con la definición de los términos y el uso del lenguaje: lo que
cualquier persona en situación de desesperación demanda es el fin del dolor, del sufrimiento. El gol ideológico que nos han colado es que a esa petición le asociemos el vocablo “eutanasia”. El legítimo y natural deseo de evitar el sufrimiento tiene otro nombre que defiende la vida a capa y espada: “cuidados paliativos”. Esa sí es la verdadera demanda social.

 

 

Flora Gualdani ha salvado a miles de niños y aboga por la castidad, «palabra clave, profética»

Flora Gualdani, una vida entregada a los niños abandonados, pero también a combatir las causas del abandono.

Flora Gualdani, una vida entregada a los niños abandonados, pero también a combatir las causas del abandono.

Miles de niños en todo el mundo deben su vida feliz a Flora Gualdani y a su vida de aventuras y compromisos. Ella fundó en 1964 en Arezzo (Toscana) la Casa Betlemme [Casa Belén], una obra que anuncia el Evangelio de la vida con un servicio de caridad en apoyo de la maternidad y de la vida naciente. El 8 de noviembre, Flora recibió el 37º Premio Internacional de Cultura Católica de Bassano del Grappa en reconocimiento a toda una vida de esfuerzos que aún continúan. 

Todo empezó cuando se llevó a casa una niña con los ojos azules que nadie quería cuidar. Después llegaron más hijos, de prostitutas, desheredados, perdedores. Ella misma le contó la historia a Caterina Giojelli para Tempi:

Flora Gualdani, maestra del alfabeto de la vida

El 8 de noviembre se le otorgó a Flora Gualdani el premio internacional Cultura católica porque, como podemos leer en la motivación, ha puesto su vida "al servicio de las mujeres embarazadas en situaciones difíciles", y ha dado testimonio de "que no sólo es positiva la fusión de fe y vida, sino que es importante también la unión de cultura y ciencia, de fe y razón, de caridad cristiana y apostolado". Este prestigioso premio, que ha llegado a su edición número 37ª, y que es conferido cada año por la Escuela de Cultura católica de Bassano del Grappa, ha sido asignado estos últimos años a algunos "grandes maestros de la fe" como Joseph Ratzinger, Luigi Giussani, Carlo Caffarra, Angelo Scola, Augusto Del Noce, Rémi Brague, Luigi Negri y Romano Scalfi.

"¿Quiere otro café? Yo no podría haber hecho de matrona sin café. Hubo un momento, entre los años sesenta y setenta, en los que pensaba que para responder a las catástrofes humanas necesitaba cuatro cosas: conocer una lengua, convertirme en ginecóloga, poseer un hospital de campaña con ruedas y saber pilotar helicópteros. Y así, me saqué un diploma de intérprete, conseguí matricularme cuatro años en la facultad de Medicina y me compré los primeros materiales para equipar una ambulancia. Mientras tanto superé los exámenes para obtener el permiso de piloto de helicópteros. Pero después tuve que tomar decisiones, porque cada práctica de vuelo se llevaba la mitad de mi sueldo".

Nacida en 1938, temple de campesina, poco proclive a la sensiblería, Flora Gualdani atraviesa la cocina con la cafetera en la mano y con Jesús en la cabeza como un aguijón, como si de un personaje de Flannery O'Connor se tratara. "Hoy se llaman periferias existenciales, pero entonces sólo eran las metas de mis vacaciones, cuando dejaba el hospital de Arezzo para hacer de matrona donde se me necesitase: India, Bangladesh, África, México, Irpinia después del terremoto, la Bosnia de las violaciones étnicas. En Camboya, las mujeres huían de la selva para parir a sus flacuchos hijos en el campo de refugiados. Recuerdo ver también a un cura parisino lavando todo el día, bajo el sol, los trapos llenos de insectos y heces de esos miserables y, a su lado, un médico ateo curando la lepra, la malaria, la tuberculosis y las heridas de guerra. Nos unía un gran amor por la vida. El obispo de Bangkok quería que me quedase ahí y abriese una casa". ¿Qué pasó? "Le dije que no. Cuando tengo que tomar una decisión sirvo siempre a quién está peor y en esos años no había sitio peor que nuestro Occidente gozoso y desesperado".

Rebobinemos. Cuando supimos que Flora Gualdani había recibido el Premio internacional medalla de oro de la Cultura Católica, nos encontramos con ella en "su" Casa Belén. Es decir en Arezzo, localidad Indicatore, un puesto fronterizo exuberante de Providencia entre la estatal y la línea ferroviaria, donde los tomates del huerto se mueven cuando pasan los trenes y los camiones. "Mire las grietas. Me salió una hernia por construir una por una estas casitas. Llaman constantemente jóvenes madres y prostitutas, pero también locos y pobres, y niños. Una mañana vinieron dos guardias a molestarme con los permisos. Abrí los brazos y les expliqué que si no estábamos en regla los primeros que tendrían que irse habrían sido los desgraciados que nos mandaba la prefectura. El mismo discurso le hago a Dios: 'Querrá decir que a estas criaturas tuyas les encontraras otro sitio'. A la primera condonación me puse en regla pagando con dinero de mi bolsillo. El edificio no tuvo problemas durante años, hasta que empezaron a circular por aquí medios de transporte pesados y empezaron a salir grietas. Me lo he tomado como un signo de la Providencia. Si hay algo que he aprendido es que nuestro Padre te hace entender sus proyectos poco a poco, porque sabe que en caso contrario huiríamos a toda velocidad".

Un ejemplo: un día Flora mete en el coche a una recién nacida con ojos de cielo envuelta en un fular. Corre el año 1965: poco antes, en Roma, se había celebrado el Concilio Vaticano II y en la gruta de Belén la matrona había tenido una intuición de su vocación: muy pronto la cuestión procreadora se habría convertido en algo dramático e histórico, y el tercer milenio tendría que arrodillarse ante el Creador. No es algo sin importancia en una época en la que los niños siguen siendo una bendición y se matan pollos y se asan cuando nace uno.

"Ya de vuelta en Italia, un día me encuentro en la sala a una mujer de 24 años, con un marido, sin dinero y con un cáncer grave. Y sobre todo con un hijo en su seno al que no tenía intención de abortar, ni siquiera ante el consejo de tres médicos especialistas, como entonces preveía la ley Rocco. Al final nació esa preciosa niña sana de ojos azules. Pero, ¿quién se ocuparía de ella mientras la madre, que estaba ingresada, se debatía entre la vida y la muerte? El seguro de entonces no se hacía cargo, el padre no tenía los medios materiales, los Centros de ayuda a la vida aún no existían. Moral: hice que me prepararan a la niña, me la llevé a casa donde vivía con mi familia y la tuve allí hasta que su valiente madre se curó del todo. Cinzia, este es el nombre de la niña de ojos de cielo, que hoy a su vez es madre, fue mi primer amor. Y como los niños tiran unos de otros, como las cerezas, casa Gualdani, por razones obvias, se convirtió rápidamente en Casa Belén".

La pregunta del médico abortista

La voz se esparció y desde el Tribunal de Menores al Instituto de los Inocentes en Florencia, desde las salas de espera de pediatría a las parroquias, en toda Toscana empiezan a confiar en esta matrona, tan intrépida como para irse a pasar sus vacaciones entre guerras y terremotos, recién nacidos abandonados, hijos de incestos y de violencias. Algún niño se queda pocos meses, otros hasta los 30 años.

"Como mi querida Boba. Su madre murió trágicamente durante el parto por cesárea; el padre, que era muy pobre, tenía otras tres bocas que alimentar en casa. La idea era que se quedara conmigo sólo durante algún tiempo, pero se fue cuando se casó. Un día -ella aún era pequeña- volví a la gruta de Belén. Ni siquiera llegué a discutir con el "Dueño de la casa" porque empiezo a sentir unos dolores punzantes en el costado; me sacan de la gruta en brazos y me acogen en casa de una mujer pobre llamada Afif. Tengo fiebre muy alta, comprendo que es una peritonitis, que corro el riesgo de dejar la piel y no tengo ninguna intención de ser enterrada en Palestina. Así que me dirijo a Jesús: "Tú que no renunciaste nunca a tu madre, te la llevaste incluso a los pies de la cruz, ya le has quitado una madre a Boba y ahora, ¿quieres dejarla también sin mí?". Consigo arrastrarme hasta el aeropuerto, hago un viaje infernal, finjo estar sana, pero en cuanto desembarco me operan de urgencia y me dejan en observación cuarenta días".

La verdadera cuaresma, en realidad, aún está por llegar. Son sólo los años setenta, Italia se prepara a la llegada de la ley 194 [legalización del aborto] y a Casa Belén empiezan a llegar muchísimas madres solteras. Flora está conmocionada; durante una estancia en Londres para estudiar había asistido al vaivén de italianas que durante el fin de semana llegaban a los hospitales ingleses para abortar. Había incluso intentado hablar del triste presentimiento de que muy pronto en Italia sucedería algo así, pero no había encontrado respuesta en los movimientos católicos. Ahora, sin embargo las cosas están cambiando; cuanto más se enciende el debate, más pequeña es su casa: llegan a ella mujeres de todas partes, de Italia y del mundo.

Este documental sobre Flora Gualdani, estrenado en marzo de este años, ha sido dirigido por Francesco Teresi, quien quedó impactado en 2016 tras conocer su obra.

Flora le pide a su padre su parte de herencia y con ese dinero construye las famosas casitas para acoger a mujeres embarazadas en situación de riesgo. No se trata sólo de hacer llegar a sus hijos al mundo. A estas mujeres, la maternidad les devolvía, como si fuera una terapia impensable, la dignidad perdida; la libertad de no abortar se arraigaba en un sufrimiento más profundo, el de aquella niña de once años embarazada, el de aquella mujer violada y "ninguna se arrepintió nunca de haber acogido la vida".

A pesar de todo, Flora se siente inquieta. Una nueva emergencia educativa, una nueva degradación moral y, sobre todo, una gran desinformación reinan en Italia: de esto Flora tiene constancia todos los días en los hospitales y cada vez que acoge en la Casa a otra mujer con una nueva y terrible historia a sus espaldas.

Lo peor es que en ciertas latitudes eclesiales no parece que se haga mucho por afrontar el problema. Una tarde de 1981, con el ambiente caldeado debido al referéndum sobre la ley 194, la Iglesia aretina organiza un convenio e invita a un ginecólogo abortista. Flora le conoce bien, es un buen médico de ideas radicalmente opuestas a las suyas, pero que tiene la honestidad de admitir públicamente "no me gusta hacer abortos; dadme una alternativa, decidme vosotros, vosotros que sois la Iglesia, que proponéis como alternativa al aborto".

Y entonces Flora casi se cae de la silla: la respuesta está, ella la conoce, se llama Humanae Vitae. Pero ninguno de los prelados sabe darla. "Me turbó muchísimo la gravedad de esta omisión. No es la primera vez que encontraba en la Iglesia o en los movimientos católicos una incapacidad de argumentar las verdades ante la retórica abortista. Me preguntaba: ¿cómo se podría transmitir el mensaje de la encíclica a los fieles? Ahí comprendí que tenía que abrir otra sección, la de la formación, clave para la prevención, pero no estaba lo suficientemente preparada. Así que cogí un tren a Roma. Destino: los gigantes de la fe y de la ciencia".

Tú, ¿a quién haces caso?

Flora sabe que en el Hospital Gemelli imparten la docencia el padre de la genética moderna Jérôme Lejeune, la psiquiatra Wanda Półtawska, monumento viviente de la bioética, la ginecóloga Anna Cappella, el matrimonio Billings, médicos australianos pioneros en la regulación natural de la fertilidad, el experto en bioética Elio Sgreccia y el teólogo Carlo Caffarra. Los conoce a todos como docentes y, sobre todo, conoce al Papa Juan Pablo II, al que, claro está, conoce a su manera: bombardeándolo, primero, con cartas y, más tarde, entregándoselas personalmente después de haberlas escondido en su chaqueta durante una audiencia ("¡Santidad, proclame que el rosario será una oración litúrgica!" y él le estrechó el brazo mirándola como no había sido mirada nunca: "El rosario, sí"). Ya no es la chica joven que en los setenta iba con su Fiat 500 a Roma y a Florencia para sonar el timbre del padre Bernhard Häring o de don Enrico Chiavacci para comprender sobre qué bases fundaban ellos su resistencia a la Humanae Vitae y a Pablo VI.

Ahora puede volver a Arezzo y abrir una escuela sobre la encíclica, una sección de formación. Piensa que la diócesis se alegrará. No es así.

"Mientras acojas a madres solteras y hagas una obra social meritoria, todos te aplaudirán. Pero si empiezas a hablar de moral sexual y de 'no' a la anticoncepción, todo se complicará muchísimo". Un obispo le dice que lo que haga un matrimonio en la cama es asunto de ellos. Otro la intima a dejar de hacer encuentros públicos porque ella no representa a la Iglesia. Otro le explica que su trabajo es inútil porque cuando muera Juan Pablo II "todo esto acabará" ("Excelencia, ¡pero esto es doctrina, no una fantasía!", responde asombrada Flora). Un teólogo la reprende por enseñar una moral "antigua" cuando a los jóvenes lo que les interesa es más un enfoque a la San Agustín, "ama y haz lo que quieras".

Sólo la convence un anciano sacerdote: "Flora, si cada vez que vas a Roma a los congresos internacionales, el papa os exhorta a continuar este apostolado y cuando vuelves a casa los obispos te dicen que lo dejes, tú, ¿a quién haces caso?". Exacto, piensa Flora, que sabe que entre el jefe y los ayudantes no hay duda en a quién elegir. Así que vuelve a hablar en público. Cuando invita a Anna Cappella a hablar en Arezzo, las feministas protestan en el exterior de la sala de conferencias; en el hospital quitan el crucifijo de la sala de los abortos y luego llaman al pintor para que pinte por encima la sombra que ha creado. Poco falta para que Flora vuelva a casa del Creador: un día, un anestesista abortista la lanza sobre un camilla desde lo alto de unas escaleras.

Nada la detiene. Los ginecólogos son cada vez más contrarios a realizar abortos: alguno cambia de hospital; otros, cansados de la sangre caliente en los guantes de látex, cambian de especialidad; muchos evitan las mañanas dedicadas al aborto. Les atormentan las mujeres que salen, llenas de alegría, de la sala de partos con su hijo en brazos.

"Entonces las posturas estaban claras, no aguadas como están hoy en día debido a la jerga política: me sigue asombrado el hecho de haber encontrado más estima entre los ginecólogos con los que he chocado abiertamente que entre ciertos médicos católicos que, en lugar de apoyarme, preferían el diálogo tibio y conciliante".

Nada detiene la intensa actividad de formación, cursos y talleres dirigidos a los jóvenes, los esposos, los educadores, los sacerdotes y agentes sanitarios iniciada en Casa Belén y a la que Flora decide dedicarse dado que las grietas en las casas para acoger a las mujeres embarazadas son tan grandes que hay que suspender la acogida. "En los cursos participaban vírgenes y prostitutas, analfabetos y profesores, pequeños y ancianos, artistas y periodistas, obispos y gente pérdida, familias heridas. Y muchas parejas de enamorados". Que empiezan a difundir la obra de Flora por toda Italia, representando el mejor contrapunto a los católicos que siguen la moda y que están convencidos de que la sexualidad ha cambiado y que, por tanto, debe cambiar la doctrina.

"Un día llega un obispo que se sienta en la primera fila, toma apuntes e inicia a traer aquí a sus sacerdotes para formarles en la teología del cuerpo y la Humanae Vitae. Es él quien reconoce, en la Navidad de 2005, Casa Belén como asociación pública de fieles, es decir, ya no obra mía sino de la Iglesia. Es él quien habla de Casa Belén al Papa Benedicto, el cual comentó: 'Son personas que viven y sirven a la Veritatis splendor'. Ese obispo después fue hecho cardenal, es nuestro amado Gualtiero Bassetti".

De Flora Gualdani sabíamos mucho pero no lo suficiente: habíamos leído sobre su escuela de alfabetización bioética, la teología del cuerpo (las catequesis de San Juan Pablo II sobre el amor humano) y la enseñanza de métodos naturales para regular la fertilidad. Pero, ¿de qué está hecha esta mujer, cómo ha conseguido mover y conquistar a médicos, prefectos, prelados, obispos, hombres de cultura, prostitutas, monjas, toxicodependientes, y a confrontarse de manera tan franca con pastores y teólogos?

El ejercicio improvisado de la castidad

Un poco es el sello hereditario: "Mis padres se amaron toda la vida. Mi padre sobrevivió a los Lager soñando con formar una familia y tener una hija de pelo y ojos negros. Y su deseo le fue concedido. Fue él, campesino analfabeto y emigrante en los Estados Unidos durante once años el que me enseñó lo que llamo 'la inteligente filosofía del segundo puesto'. Los santos nunca han buscado el primer puesto. Siempre digo dos cosas: la primera, es que si el enviado no es un pobre, el "mandante" no es el protagonista: aprendí deprisa que te mantienes en pie sólo si permaneces arrodillado. La segunda se la repito siempre a mis colaboradores: debéis prepararos al martirio de las ideas y del corazón. No se extrañe: el martirio de las ideas significa que, para permanecer fieles a toda la verdad por entero, también en sus partes más impopulares, a menudo tendremos que renunciar a la carrera, soportar el aislamiento y la tribulación en ámbito profesional. El martirio del corazón significa que tendremos que aceptar perder algunas amistades por el camino, a veces las más queridas. Por otra parte, Jesús mismo dijo que él había venido, con su anuncio exigente, a traer división también dentro de las familias".

Si la moral no se encarna, es a-moral, es decir, sigue siendo una idea. Si la teoría no se convierte en praxis, sigue siendo una fantasía inútil, nos explica Flora, que gracias a su maternidad de acogida, adoptiva y espiritual ha aprendido a ejercer una paciente humildad típicamente femenina.

"La Casa Belén se funda sobre la contemplación del misterio de la Encarnación: un misterio cósmico, global y eterno. Parte del sí de María para realizarse en la concreción de las decisiones de nuestra vida moral. Esto significa utilizar la razón: creo que la misión de la Casa Belén, la de ayudar a la Iglesia en la 'instrucción de los ignorantes' conjugando fe y ciencia, compromiso social y moral, manteniendo juntas caridad, acción y contemplación, sea una respuesta adecuada y necesaria en este momento de la historia. Han pasado decenios desde que empezamos, pero por desgracia no veo mejoras. La atención pastoral y teológica al discurso moral me parece que está disminuyendo. Y se pueden tocar con las manos ciertos daños graves provocados por las dos derivas (angelismo y relativismo), que alejan de la vía maestra".

Explicar a los esposos que la perfección del cristianismo no está en el número de hijos que se traen el mundo es tan arduo como explicarles que los métodos naturales no son una técnica católica para no tener hijos, sino un ejercicio de amor en la recíproca fidelidad que, en una razonable apertura a la vida, deja a Dios la última palabra.

"Un día una pareja criticó el uso de la razón y la continencia responsable como si fuera un pecado, y me dijeron que ellos acogerían a todos los hijos que Dios les mandara. Es justo, respondí, pero antes o después todos hacen cuentas con la castidad, que no es un ejercicio improvisado. He conocido parejas destruidas después de tres o cuatro embarazos seguidos, lo que causó una crisis con su sexualidad y su amor. Castidad es una palabra anticuada. Los jóvenes y los menos jóvenes no suelen tener experiencia de ella, por lo que se considera invivible. Y por lo tanto no se habla de ello. En cambio es la palabra clave, profética en esta sociedad decadente hecha de lodo y sangre. Es la falta de castidad la que lleva a la infidelidad y a la ruptura de las familias. Y es la falta de castidad la que ha llevado a los sacerdotes a desfigurar el rostro de la Iglesia. Al cardenal Caffarra le decía que el candente debate de los últimos sínodos, si lo pensamos bien, se resume en el fondo en la gran cuestión de la castidad. Siempre es la misma cuestión. Estoy convencida de que la crisis por la que está atravesando la Iglesia, de la que deriva la crisis de la sociedad, la causa la decapitación del primer y del último mandamiento: el primado de Dios y la pureza de nuestra vida. Cuando estos caen, al cabo de un tiempo cae el resto de mandamientos. Y todo inicia por un problema de fe. Cuando se tiene miedo de anunciar verdades que son impopulares, es que a la raíz hay una disminución de nuestra fe".

La anticoncepción es "algo antiguo"

He aquí que se realiza la primera intuición de Flora en la gruta de Belén. Y también la segunda: el tercer milenio se tendrá que arrodillar de nuevo ante el Creador. "Que vivimos en la época del pecado contra el Creador ya lo dijo Benedicto XVI y lo ha confirmado Francisco. Pablo VI, explicando que el pecado en el matrimonio "es el cáncer de la sociedad", afirmaba una gran verdad. En la época moderna el pecado contra el Creador inició con la anticoncepción, separando la sexualidad de la procreación. Una división que se profundizó en sentido opuesto con la fecundación in vitro, donde se produce la vida sin el gesto sexual.

Antes un hijo era una bendición y un don; después se convirtió en un error que hay que evitar, o en un derecho a toda costa. La barriga con forma de luna llena de una mujer era un tabernáculo y un misterio; después se convirtió en un contrato de alquiler. La medicina era un arte al servicio de la dignidad, de la salud y de la vida humana; ahora, con tal de conceder todos los deseos, se ha convertido en una ciencia que administra también la muerte, para no discriminar a nadie, salvo al niño. Sin embargo", sonríe Flora, "las cosas están cambiando".

Hoy, el mundo médico y el mundo feminista están poco a poco valorando de nuevo la sabiduría del Creador o, dicho de manera laica, están volviendo lentamente al respeto a la naturaleza. "Yo lo defino el 'círculo de la vida'. Primero han comprendido que debemos des-medicalizar el embarazo, es decir, dejar de considerar la gestación como una enfermedad, a pesar de que seguimos ensañándonos con el diagnóstico, que estresa a la mujer y afecta al niño. Es el fruto de nuestra "cultura del descarte", con fines eugenésicos. Después han comprendido que debemos des-medicalizar el parto. Y han florecido las "casas para parto", el parto natural, en agua, la vuelta al parto en casa, etcétera. Porque es muy hermoso nacer en familia, en el gran lecho del amor y de la vida. También se ha comprendido lo importante que es la lactancia natural, el pecho, que tiene muchas ventajas, incluida una ventaja económica.

La última etapa, que cierra el círculo de la vida, estoy segura que será la des-medicalización en la gestión de la fertilidad. Hay quien aún se obstina en resistir, por una serie de motivos. Pero el futuro está en los métodos naturales. La anticoncepción es una propuesta antigua. Y tampoco la fecundación in vitro tiene futuro, puesto que es en detrimento de la generación y de la calidad del amor, es decir, de la familia. Porque la naturaleza no tolera la violencia durante mucho tiempo, ni tan siquiera en los ovarios".

Dos tabernáculos y dos altares

El conocido ginecólogo Carlo Flamigni, uno de los más grandes expertos en bioética adversarios del Magisterio, dijo hace años a Repubblica que "el cristianismo es una religión incomprensiblemente hostil a las mujeres". Leyendo el Evangelio, esta afirmación se desmonta por sí sola. "Tal vez se le escapó la cosa más importante: que la salvación de la humanidad inició en el útero de una mujer, en ese fiat, maravilloso consentimiento informado hecho de fe y razón, que unió la separación que había entre el cielo y la tierra. Allí hunde sus raíces tanto la encíclica Humanae vitae como el 'nuevo feminismo' del que hablaba Juan Pablo II. Dos son los tabernáculos en la tierra: en uno habita el autor de la vida. El otro es el seno de una mujer donde surge la vida. Y dos son los altares: aquel donde el sacerdote es ministro de la vida, y el lecho nupcial donde los esposos administran la transmisión de la vida".

El café se ha acabado en la Casa Belén, que hoy sigue en pie gracias a la caridad y al apoyo de una comunidad de familias muy viva (también a través del lenguaje artístico, lo llaman "Wolokita project", googlear para creer, recital "Del cielo a la tierra"). Irrumpe la hija de Boba que acaba de volver del colegio. Corre a abrazar a su abuela y el temple de Flora, poco inclinado a la sensiblería, se funde en un abrazo y murmura agradecida: "Dios es verdaderamente real, restituye vida por vida a quien ha puesto el respeto de la vida en primer lugar".

 

 

Cómo manejar los caprichos y antojos de los niños en navidad

Por LaFamilia.info 

 

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Foto: Pixabay

Las pataletas y caprichos de los niños en época de Navidad pueden ser más comunes de lo normal, debido al ambiente consumista que lamentablemente ahoga estas fechas. ¿Qué hacer como padres? Toma nota a las siguientes recomendaciones.

Educar en la voluntad

Es normal que los niños se deslumbren ante los flamantes juguetes, son bastante atractivos para su pequeños ojos, también es normal que quieran tenerlos todos y que en medio de la tienda hagan una vergonzosa “pataleta”; al fin y al cabo son niños que están en formación y son los padres quienes deben enseñarles a manejar los deseos y formarlos en la voluntad.

Educar en el anhelo es educar en la voluntad, en el autocontrol, en el autodominio. Es importante enseñarles la austeridad, el valor del trabajo, el esfuerzo que tienen que hacer los padres para conseguir el dinero, por eso hay que ser coherentes y reglarles con moderación.

Aunque se tengan los recursos económicos, no todo se les puede dar a los hijos, ellos deben aprender la realidad de la vida: para obtener algo se requiere esfuerzo y trabajo, las cosas no llegan a las manos por arte de magia.

Aprender a decir "no"

Sabemos que como padres les queremos dar lo mejor a nuestros hijos, y quizá darles lo que nosotros nunca pudimos tener, sin embargo, en vez de hacerles un regalo les estamos haciendo un daño. Si de pequeños los padres les damos todo y les hacemos todo, cuando crezcan pensarán que el mundo se tiene que comportar como sus padres lo hicieron cuando eran pequeños.

Es muy constructivo decirles que NO a los hijos de vez en cuando u ojalá algo seguido. Decirles que no les podemos comprar ese juguete, que ya tienen muchos, que valoren los que tienen, que apenas alcanzan a jugar con esos, que miren la cantidad de niños que ni siquiera tienen uno de ellos, que papá y mamá no tienen dinero, que un buen comportamiento en la escuela quizá logre adquirir ese anhelado juguete; son algunos ejemplos.

Los niños que son educados con moderación en los elementos materiales, cuando sean adultos serán personas desprendidas, libres, valorarán las personas y no sus cosas, apreciarán el esfuerzo, harán un buen uso del dinero, tendrán buenas relaciones laborales, serán más tolerantes al fracaso, enfrentarán mejor una situación económica difícil, entre muchos otros beneficios.

Plan de acción

Saquemos provecho de la Navidad para educar, entre otras cosas, en el dominio de los deseos y el compartir con los demás, aquí algunas estrategias prácticas:

- Entre los 5 y 6 años, se les puede comenzar a enseñar el manejo del dinero; un uso adecuado y cauteloso.

- Estar en contacto con personas de pocos recursos, para que valore lo que tiene y comparta con los más necesitados. Este siempre será el mejor ejercicio para educar en la solidaridad.

- Compartir con amigos, primos, compañeros, etc. Invitarlos a casa a jugar con sus cosas, de esta forma aprenderá el desprendimiento y la generosidad.

- Cada que llegue un juguete nuevo a casa, deberá salir uno más viejito para un niño que lo necesite. Así por ejemplo después de Navidad, pueden seleccionar junto con el niño, los juguetes que él desea obsequiar.

- Enseñarles que compartir nos hace felices, pues de nada sirve tener muchos juguetes y no tener con quien jugar.

- Se le debe exigir al hijo el buen trato a los juguetes, hablarles del esfuerzo que papá y mamá tuvieron que hacer para podérselo regalar, y por eso es importante que lo cuiden y no lo pierdan.

 

 

¿No cree en las consultas?

Cada vez son más las voces socialistas que, en forma de falsete y con tesitura de castrati (ellos sabrán por qué), se alzan para reclamar acciones dentro del propio socialismo para frenar y cortar, de una vez por todas, el desaguisado que Pedro Sánchez está perpetrando en el partido, mientras se carga el Estado español, actuando tras el burladero de las bases.

Pero al igual que los castrati de tiempos mozartianos, los “farinellis” del socialismo actual, apenas se asoman al escenario de Ferraz y es de temer que sus silencios van a continuar, al menos, hasta que Sánchez caiga por su propio pie o tropiece en otras piedras.

Con tal de incumplir la Constitución para seguir en La Moncloa, Sánchez no se para ante nada. Lo mismo negocia con separatistas y terroristas en igualdad de condiciones, que se abraza a los comunistas y hasta forma un hipotético gobierno con ellos, sin esperar al trámite de que el Rey, cumpliendo la Constitución, le encargue formalmente la tarea de gobernar.

En Sánchez encuentran un interlocutor, más que maleable, quienes organizan actos contra la monarquía que es nuestra forma de Estado, quienes insultan y degradan a España y a los españoles, quienes justifican el terrorismo porque lo practicaron, quienes pisotean las instituciones, quienes violan derechos fundamentales de los ciudadanos y quienes hacen de la corrupción un modus vivendi político y personal.

Bien podría Sánchez consultar a las bases socialistas cuál debería ser su reacción ante la corrupción del partido en el que militan, pero se contendrá y no lo hará por mucho que, en esas consultas, tenga el éxito asegurado.

Y es que nadie, ni los propios consultores, cree en las consultas.

Y mientras, las gentes se preguntan: ¿cuándo desde el poblado de chabolas de Neguri llegará la consulta a las bases del PNV sobre su apoyo a un gobierno socialcomunista?

JD Mez Madrid

 

 

¿Y quiénes son hoy esos pobres?

¿Y quiénes son hoy esos pobres? Nos los encontramos todos los días, afirma Francisco, el Papa. Las personas migrantes, las víctimas de explotación, los sin techo, los ancianos solos… A veces se los considera “parásitos de la sociedad”, los excluidos del sistema, y “no se les perdona ni siquiera su pobreza”. Pero la fe, dice el Papa, obliga al cristiano a acercarse a ellos. Para ofrecerles ayuda material y defender sus derechos, pero antes de eso para tratarles con afecto y de manera acorde a una dignidad que nunca han perdido. Para anunciarles el Evangelio y rescatarles de su soledad. Solo así, sentencia Francisco, podrá ser creíble el anuncio de la Iglesia en el mundo.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Alertan de un gravísimo error

Nicolás Redondo, José Rodríguez de la Borbolla, Joaquín Leguina o Francisco Vázquez, entre otros, así como intelectuales y representantes de la sociedad civil alertan de un gravísimo error político y de una irresponsabilidad que podría poner en riesgo nuestras libertades y la convivencia ciudadana, si se consuma el pacto entre socialistas y Unidas Podemos, con el apoyo de Esquerra Republicana de Cataluña.

España se encuentra en un momento grave. Como afirma este documento, un gobierno que representara solo a una mitad del país no estaría en condiciones de realizar las reformas imprescindibles para encarar el futuro ni conseguir que cicatricen las heridas recientes. Sólo un acuerdo entre partidos constitucionalistas permitiría una acción de gobierno que contribuya a la concordia entre españoles evitando que el surco entre nosotros se agrande.

Enric Barrull Casals

 

 

Los catalanes y su rebelión

 

                                Es claro que me refiero a, “los catalanes que se rebelaron y que siguen en su rebelión”; por tanto no afecta a esa mayoría notable, que según encuestas, se muestran conformes con seguir considerándose españoles. En cuanto a “los rebeldes”; se puede deducir que la única independencia que pretenden, es el mangoneo del territorio a conquistar, para saquearlo impunemente, como ya lo hicieron, “los clanes pujoleros, encabezados por el ya viejo Pujol, el que no sabemos por qué, aún no lo han sentado en el banquillo y lo han juzgado, junto a su clan”; puesto que las “masas de dinero”, sustraídas, derivadas, robadas, malversadas, “u lo que sea”; cuando se destape todo, igual resulta que rebasan las monstruosas cantidades que “los otros delincuentes”, dejaron, “irse a destinos, seguro que conocidos”, en “el otro cortijo español”, cual es Andalucía; puesto que por todo lo ocurrido, “Cataluña, simplemente fue y sigue siendo el cortijo de unos catalanes, que antes de ello, son simples mercenarios, que fueron y van a hacer su negocio”; y el resto les importa, “lo que a mí los daños que haga la mosca Tsé-tsé, en el continente negro, con la enfermedad del sueño”.

                                Y lo que ocurre en realidad, es que “los rebeldes han avanzado tanto en su rebelión”, que si los juzgan por lo que es la realidad y no por esos “enjuagues de conflictos políticos; y otras mentiras amañadas a la desesperada”, les van a caer condenas que han de atenerse a las leyes y en conformidad con la Constitución, “aprobada por mayorías absolutas en España, incluida Cataluña; que dicho sea de paso, esos rebeldes catalanes, no reclaman “la Cataluña francesa”, puesto que allí y pasados los Pirineos, “los molerían a palos a los primeros intentos”, aparte que a la vista está, que, en la Cataluña francesa, no tienen autonomía, puesto que Francia es un Estado centralista y lo mantienen así, contra “vientos y mareas, que también las tienen en Francia”.

                                Pero aquí en “españilla” (que no España) los gobiernos enclenques y manejables; lo han sido todos; les dieron lo que la metáfora dice sobre, “dar un beso a un tonto”; y ese tonto (avaricioso por demás) quisieron y quieren, “el beso continuado y todo lo demás”; esgrimiendo unos, “estados, naciones, independencias” (igual hacen los vascos que quieren ello mismo y tienen iguales problemas con Francia, a la que no molestan tampoco) que nunca existieron, puesto que nunca existieron independencias como países establecidos, ya que su historia dice todo lo contrario; o sea, que siempre fueron dependientes de otros Estados, por los motivos que sean; lo que no es nada nuevo y está multirrepetido en infinidad de hoy países independientes; si bien “esas independencias”, hoy son discutibles por demás; y no hay nada más que “ver y analizar a la propia España, que no es otra cosa, que un satélite no de Europa, sino del capital que domina Europa, y por esas horcas nos hacen pasar a todos los españoles”. Pero esa es la marcha del mundo en el “tercer milenio”; y ya veremos cómo termina.

                                Para confirmar cuanto hoy digo, vean y lean lo que copio de un periódico nacional, y el que en resumen dice, lo de, “los mercenarios, el cortijo, y todo lo demás que yo digo a mi manera”. Les dejo la dirección por si quieren leer el resto.

                               “Mas planeó quedarse con 9.375 millones y parte del dinero que España tiene en 4.800 cuentas: Un documento interceptado a Víctor Terradellas, enlace de Puigdemont con Rusia, revela que los separatistas tenían un plan para cobrarse la "deuda histórica" que Cataluña reclama al Estado. La Generalitat de Cataluña proyectó quedarse con los 9.375 millones de euros de la denominada deuda histórica que, según los secesionistas, el Gobierno de España mantiene con esta Comunidad. Así consta en el documento. 'La distribución de activos y pasivos' que fue interceptado a Víctor Terradellas -uno de los hombres de confianza del expresident Carles Puigdemont- durante los registros policiales del caso Voloh, en el que se investigan las subvenciones opacas del Ejecutivo catalán a fundaciones afines a Convergència Democrática de Catalunya (CDC)”. https://www.vozpopuli.com/espana/artur-mas-plan-deuda-historica_0_1304870770.html   

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

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