Las Noticias de hoy 4 Diciembre 2019

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 04 de diciembre de 2019 

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Francisco: El compromiso de un país con la discapacidad define su “grado de civilización”

‘Caritas in veritate’: 10º aniversario de la Encíclica de Benedicto XVI

UN MESÍAS MISERICORDIOSO: Francisco Fernandez Carbajal

“Implora la misericordia divina”: San Josemaria

Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (I): Julio Diéguez

Educar en el pudor (1): los años de la niñez: J. De la Vega

Puntualidad: encuentra.com

Vientres de Cristal: Rosario Prieto

Vivir, morir, hacerse santo: Sheila Morataya

La tecnología no es causa de mentiras, pero hace más difícil la veracidad: Salvador Bernal

Eutanasia: los obispos responden a 60 preguntas sobre el suicidio asistido "que daña a toda la sociedad"

Carta apostólica Admirabile signum del Santo Padre Francisco sobre el significado y el valor del Belén, 01.12.2019

La dignidad al final de la vida: Manuel González Barón

¿Cómo se consolida el amor en el matrimonio?: Raúl Espinoza

El pueblo de la sonrisa,: Xus D Madrid

Los paladines del laicismo más radical: Jesús Martínez Madrid

El velo y la laicidad: Pedro García

Pensamientos y reflexiones 241: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Martes, 3 de diciembre de 2019

La liturgia de hoy habla de las cosas pequeñas, habla de lo que es pequeño: podemos decir que hoy es “la jornada de lo pequeño”. En la primera lectura (Is 11,1-10), Isaías anuncia: “Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el Espíritu del Señor”. La Palabra de Dios hace el elogio de lo pequeño, y hace una promesa, la promesa de un renuevo que brotará. ¿Y qué es más pequeño que un retoño? Sin embargo, “sobre él se posará el Espíritu del Señor”. La redención, la revelación, la presencia de Dios en el mundo comienza así y siempre es así. La revelación de Dios se hace en la pequeñez. Pequeñez, ya sea humildad u otras cosas, pero en la pequeñez. Los grandes se presentan poderosos: pensemos en la tentación de Jesús en el desierto, como Satanás se presenta poderoso, dueño de todo el mundo: “Yo te doy todo si tú...”. En cambio, las cosas de Dios comienzan germinando de una semilla, pequeñas. Y Jesús habla de esa pequeñez también en el Evangelio (Lc 10,21-24).
 
Jesús goza y agradece al Padre porque se ha revelado no a los poderosos, sino a los pequeños. En Navidad iremos todos al pesebre donde esta la pequeñez de Dios. En una comunidad cristiana donde los fieles, los sacerdotes, los obispos, no toman esa senda de la pequeñez, falta futuro, colapsará. Lo hemos visto en los grandes proyectos de la historia: cristianos que intentaban imponerse por la fuerza, la grandeza, las conquistas... Pero el Reino de Dios germina en lo pequeño, siempre en lo pequeño, la pequeña semilla, la semilla de la vida. Pero la semilla sola no puede. Hay otra cosa que ayuda y da la fuerza: “Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor”.
 
El Espíritu elige lo pequeño, siempre, porque no puede entrar en lo grande, en lo soberbio, en lo autosuficiente. Es en el corazón pequeño donde tiene lugar la revelación del Señor. Por ejemplo, los teólogos no son los que saben mucha teología; esos se podrían llamar “enciclopedistas” de la teología: saben todo, pero son incapaces de hacer teología, porque la teología se hace de rodillas, haciéndose pequeño. Y si el verdadero pastor, sea sacerdote, obispo, papa, cardenal o lo que sea, no se hace pequeño, no es un pastor. Más bien sería un feje de oficina. Y eso vale para todos: desde el que tiene una función que parece más importante en la Iglesia, hasta la pobre viejecita que hace obras de caridad a escondidas.
 
Podría surgir una duda: que la senda de la pequeñez lleve a la pusilanimidad, a encerrarse en uno mismo, al miedo. Al contrario, la pequeñez es grande, es capacidad de arriesgarse porque no tiene nada que perder. Precisamente la pequeñez nos lleva a la magnanimidad, porque nos hace capaces de ir más allá de nosotros mismos sabiendo que la grandeza la da Dios. En la Suma teológica Santo Tomás explica cómo debe comportarse, ante los desafíos del mundo, un cristiano que se siente pequeño, para no vivir como cobarde. Viene a decir, en síntesis: “No asustarse de las cosas grandes –hoy nos lo demuestra también San Francisco Javier–, seguir adelante; pero al mismo tiempo, tener en cuenta las cosas más pequeñas, eso es divino”. Un cristiano parte siempre de la pequeñez. Si yo en mi oración me siento pequeño, con mis límites, mis pecados, como aquel publicano que rezaba desde el fondo de la iglesia, avergonzado: “Ten piedad de mí que soy pecador”, irás adelante. Pero si te crees un buen cristiano, rezarás como aquel fariseo que no salió justificado: “Te doy gracias, Dios, porque soy grande”. No, agradecemos a Dios porque somos pequeños.
 
A mí me gusta mucho administrar el Sacramento de la Confesión y sobre todo confesar niños. Sus confesiones son bellísimas, porque cuentan los hechos concretos: “He dicho esta palabra”, por ejemplo, y te la repite. La concreción de lo que es pequeño. “Señor, soy pecador porque hago esto, esto, esto, esto... Esa es mi miseria, mi pequeñez. Pero envía tu Espíritu para que yo no tenga miedo de las cosas grandes, no tenga miedo de que tu hagas cosas grandes en mi vida”.

 

 

Francisco: El compromiso de un país con la discapacidad define su “grado de civilización”

Día Mundial de las Personas con Discapacidad

diciembre 03, 2019 11:58Larissa I. LópezPapa y Santa Sede

(ZENIT – 3 dic. 2019).- El Papa Francisco animó a todos los que trabajan con personas con discapacidades a continuar “con este importante servicio y compromiso, que determina el grado de civilización de una nación”.

Con motivo del Día Mundial de las Personas con Discapacidad, que se celebra hoy, martes 3 de diciembre, y que este año tiene como tema “El futuro es accesible”, el Santo Padre ha escrito un mensaje.

Cultura del encuentro

En torno a este día, Francisco recuerda en particular “cómo la promoción del derecho de participar desempeña hoy un papel central en la lucha contra la discriminación y en la promoción de la cultura del encuentro y de la calidad de vida”.

También destaca que, aunque se han hecho grandes progresos para las personas con discapacidad en el ámbito de la medicina y el bienestar, todavía se percibe “la cultura del descarte” y muchos de ellos sienten “que existen sin pertenecer y sin participar”.

Esto es algo que exige la protección de los derechos de las personas con discapacidad y sus familias, pero también exhorta “a hacer un mundo más humano, eliminando todo lo que les impide tener una ciudadanía plena, los obstáculos del prejuicio, y favoreciendo la accesibilidad de los lugares y la calidad de vida, que tenga en cuenta todas las dimensiones del ser humano”, expone el Papa.

Cuidar y acompañar

Igualmente, indica que es necesario “cuidar y acompañar” a estas personas “en todas las condiciones de vida”, empleando las tecnologías, “pero sin absolutizarlas”; hacerse cargo de las situaciones de marginalidad “con fuerza y ternura”; caminar con ellos y “’ungirles’ de dignidad” para que participen “en la comunidad civil y eclesial”.

Asimismo, el Obispo de Roma aludió a los “exiliados ocultos” en las familias y sociedades, pensando especialmente “los ancianos, que, también por su discapacidad, a veces se sienten como una carga, como ‘presencias engorrosas’, y corren el riesgo de ser descartadas”.

Biografías originales 

Por otro lado, expresa que todos estamos llamados a reconocer en cada persona con discapacidad, incluso aquellas que ostentan las graves y complejas, “una contribución singular al bien común a través de su biografía original”, pues la dignidad de cada persona “no depende de la funcionalidad de los cinco sentidos”: “Necesitamos desarrollar anticuerpos contra una cultura que considera algunas vidas de serie A y otras de  serie B: ¡esto es un pecado social!”, aclaró.

Para el Papa Francisco “hacer buenas leyes y derribar las barreras físicas es importante, pero no es bastante, si no cambia también la mentalidad, si no superamos una cultura generalizada que sigue produciendo desigualdades, impidiendo que las personas con discapacidad participen activamente en la vida cotidiana”.

Sigue a continuación el mensaje completo de Francisco.

***

Mensaje del Santo Padre 

Con ocasión del Día Mundial de las Personas con Discapacidad, renovamos nuestra mirada de fe, que ve en cada hermano y hermana la presencia de Cristo mismo, que considera que todo gesto de amor hacia uno de sus hermanos más pequeños se le hace a Él mismo (cf. Evangelio de Mateo 25, 40). En esta ocasión, quisiera recordar cómo la promoción del derecho de participar desempeña hoy un papel central en la lucha contra la discriminación y en la promoción de la cultura del encuentro y de la calidad de vida.

Se han hecho grandes progresos para las personas con discapacidad en el ámbito de la medicina y del bienestar, pero todavía hoy constatamos la presencia de la cultura del descarte y muchos de ellos sienten que existen sin pertenecer y sin participar. Todo esto exige no sólo la protección de los derechos de las personas con discapacidad y de sus familias, sino que nos exhorta también a hacer un mundo más humano, eliminando todo lo que les impide tener una ciudadanía plena, los obstáculos del prejuicio, y favoreciendo la accesibilidad de los lugares y la calidad de vida, que tenga en cuenta todas las dimensiones del ser humano.

Es necesario cuidar y acompañar a las personas con discapacidad en todas las condiciones de vida, utilizando también las tecnologías actuales pero sin absolutizarlas; hacerse cargo de las situaciones de marginalidad con fuerza y ternura; caminar con ellos y “ungirles” de dignidad para que participen  activamente en la comunidad civil y eclesial. Es un camino exigente y también fatigoso, que contribuirá cada vez más a la formación de conciencias capaces de reconocer a cada uno de nosotros como una persona única e irrepetible.

Y no olvidemos a los numerosos “exiliados ocultos” que viven en nuestros hogares, en nuestras familias y en nuestras sociedades (cf. Angelus, 29 de diciembre de 2013; Discurso al Cuerpo Diplomático, 12 de enero de 2015). Pienso en las personas de todas las edades, especialmente en los ancianos, que, también por su discapacidad, a veces se sienten como una carga, como “presencias engorrosas”, y corren el riesgo de ser descartadas, de que se les nieguen perspectivas laborales concretas para participar en la construcción de su propio futuro.

Estamos llamados a reconocer en cada persona con discapacidad, incluso con discapacidades complejas y graves, una contribución singular al bien común a través de su biografía original. Reconocer la dignidad de cada persona, sabiendo que no depende de la funcionalidad de los cinco sentidos (cf. Coloquio con los participantes en la Conferencia sobre Discapacidad de la IEC, 11 de junio de 2016). El Evangelio nos enseña esta conversión. Necesitamos desarrollar anticuerpos contra una cultura que considera algunas vidas de serie A y otras de  serie B: ¡esto es un pecado social! Tened el valor de dar voz a quienes son discriminados por su discapacidad, porque desgraciadamente en algunas naciones, todavía hoy, se duda en reconocerlos como personas de igual dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad.

En efecto, hacer buenas leyes y derribar las barreras físicas es importante, pero no es bastante, si no cambia también la mentalidad, si no superamos una cultura generalizada que sigue produciendo desigualdades, impidiendo que las personas con discapacidad participen activamente en la vida cotidiana.

En los últimos años se han puesto en marcha y llevado a cabo procesos inclusivos, pero todavía no son suficientes, porque los prejuicios producen, además de barreras físicas, también limitaciones al acceso a la educación para todos, al empleo y a la participación. Una persona con discapacidad, para construirse a sí misma, necesita no sólo existir sino también pertenecer a una comunidad.

Animo a todos los que trabajan con personas con discapacidades a que continúen con este importante servicio y compromiso, que determina el grado de civilización de una nación. Y rezo para que cada persona sienta la mirada paterna de Dios, que afirma su dignidad plena y el valor incondicional de su vida.

Vaticano, 3 de diciembre de 2019

FRANCISCO

© Librería Editorial Vaticana

 

 

‘Caritas in veritate’: 10º aniversario de la Encíclica de Benedicto XVI

Celebración de una conferencia internacional

diciembre 03, 2019 18:14Larissa I. LópezBenedicto XVI, Vaticano

(ZENIT – 3 dic. 2019).- Con motivo del 10º aniversario de la publicación de la Encíclica Caritas in veritate por el Papa Benedicto XV y bajo el tema “Teoría y práctica del desarrollo” hoy, 3 de diciembre de 2019, se ha inaugurado una Conferencia Internacional en torno a ella.

Celebrada en la Casina Pio IV de la Academia Pontificia de Ciencias del Vaticano y organizada por el Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral, la sesión de apertura ha contado con las intervenciones del cardenal Peter Turkson, prefecto del dicasterio, y de Mons. Silvano Maria Tomasi, presidente de la Fundación Caritas in veritate.

Según indica un comunicado difundido por la Oficina de Prensa de la Santa Sede, en esta sesión especial de estudio de un día de duración se propone profundizar, con representantes de la Iglesia, expertos del mundo de la economía, académicos y representantes de organizaciones internacionales y no gubernamentales, en el impacto que la encíclica todavía reserva a la sociedad contemporánea.

Entre las personalidades de renombre internacional que contribuirán a esta discusión se encuentran Jeffrey Sachs, Tony Castleman, Anna Rowlands, Mukhisa Kituyi, Maria Luisa Silva, Wanda Rodríguez.

Palabras del cardenal Turkson

En declaraciones a Vatican News sobre esta jornada de profundización, el cardenal Turkson explicó cómo desde su creación, el dicasterio que dirige ha servido para el “desarrollo humano integral” y cuánto ha recurrido a la consabida encíclica del papa Benedicto XVI.

Asimismo, describió que se trata de “un documento que sigue el Populorum progresio sobre el desarrollo de Pablo VI, y tiene sus raíces en el hecho de que el verdadero desarrollo no es solo el desarrollo de los pueblos, sino el desarrollo de cada persona. Este desarrollo es una vocación de cada persona, una vocación que se realiza cuando todos amamos e, imitando el amor de Dios, ofrecemos libremente lo que hacemos y nuestros recursos para promover el bienestar de los demás con solidaridad”.

Caritas in Veritate

Constituye una encíclica promulgada por el papa emérito Benedicto XVI el 29 de junio de 2009. Sus raíces se encuentran en el Magisterio del Papa Pablo VI, que efectivamente, en 1967, escribió la encíclica Populorum progressio. Esta, se enfocaba en el desarrollo de la solidaridad entre los hombres, enraizada en un humanismo trascendente que pone en el centro el verdadero sentido de la vida humana y cultiva el significado social de la fraternidad.

Unos cuarenta años después, en 2009, el Papa Benedicto XVI quiso actualizar esta Populorum progressio no solo centrándose en el tema de la “ecología humana”, sino también subrayando que “el auténtico desarrollo humano concierne a toda la persona en todas sus dimensiones” (CIV, 11).

Cuestiones sociales antropológicas

De acuerdo al citado comunicado, como telón de fondo, para Benedicto XVI estaban los acontecimientos de aquellos años, y en gran parte del mundo actual: la persistente pobreza, el hambre, la explotación, la aparición de problemas medioambientales, la globalización y la interdependencia planetaria, los nuevos medios de comunicación, la creciente dificultad de las políticas nacionales y de los gobiernos para hacer frente a las potencias mundiales y multinacionales, la crisis financiera y las instituciones monetarias, etc.

En consecuencia, para el papa emérito, las “cuestiones sociales” venían y vienen a ser cuestiones esencialmente antropológicas (cf. CIV, 75). Se refieren a la verdad sobre la persona humana, que debe descubrirse en la verdad de su ser: en Cristo, que es la caridad en la verdad y que es “el principal motor del verdadero desarrollo de cada persona y de toda la humanidad” (CIV, 1).

Si el desarrollo, por tanto, se entiende como vocación de toda persona, su realización debe inspirarse en la caridad de Cristo y en la consiguiente virtud de la gratuidad.

Diez años después de su publicación, las enseñanzas que expone sobre el desarrollo del hombre desde una perspectiva integral y el respeto a la persona más allá de los aspectos meramente económicos y materiales, son de hecho más relevantes que nunca.

 

 

UN MESÍAS MISERICORDIOSO

— Acudir siempre a la misericordia del Señor. Meditar su vida para aprender a ser misericordiosos con los demás.

— El Señor es especialmente compasivo y misericordioso con los pecadores que se arrepienten. Acudir al sacramento de la misericordia. Nuestro comportamiento con los demás.

— Las obras de misericordia.

I. Acudió a él mucha gente, llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros, leemos en el Evangelio de la Misa de hoy; los echaban a sus pies y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos...

Jesús llamó a sus discípulos, y les dijo: Me da lástima de la gente1. Esta es la razón que tantas veces mueve el corazón del Señor. Llevado por su misericordia hará a continuación el espléndido milagro de la multiplicación de los panes.

La liturgia nos hace considerar este pasaje del Evangelio durante el tiempo de Adviento porque la abundancia de bienes y la misericordia sin límites serían señales de la llegada del Mesías.

Me da lástima de la gente. Este es el gran motivo para darse a los demás: ser compasivos y tener misericordia.

Y para aprender a ser misericordiosos debemos fijarnos en Jesús, que viene a salvar lo que estaba perdido; no viene a terminar de romper la caña cascada ni a apagar del todo la mecha que aún humea2, sino a cargar con nuestras miserias para salvarnos de ellas, a compadecerse de los que sufren y de los necesitados. Cada página del Evangelio es una muestra de la misericordia divina.

Debemos meditar la vida de Jesús porque «Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina (...). Nos han quedado muy grabadas también, entre muchas otras escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím. ¡Cuántas razones de justicia para explicar este gran prodigio! Ha muerto el hijo único de aquella pobre viuda, el que daba sentido a su vida, el que podía ayudarla en su vejez. Pero Cristo no obra el milagro por justicia; lo hace por compasión, porque interiormente se conmueve ante el dolor humano»3. ¡Jesús que se conmueve ante nuestro dolor!

La misericordia de Dios es la esencia de toda la historia de la salvación, el porqué de todos los hechos salvíficos.

Dios es misericordioso, y ese divino atributo es como el motor que guía y mueve la historia de cada hombre. Cuando los Apóstoles quieren resumir la Revelación, aparece siempre la misericordia como la esencia de un plan eterno y gratuito, generosamente preparado por Dios. Con razón puede el Salmista asegurar que de la misericordia del Señor está llena la tierra4. La misericordia es la actitud constante de Dios hacia el hombre. Y el recurso a ella es el remedio universal para todos nuestros males, también para aquellos que creíamos que ya no tenían remedio.

Meditar en la misericordia del Señor nos ha de dar una gran confianza ahora y en la hora de nuestra muerte, como rezamos en el Avemaría. Qué alegría poderle decir al Señor, con San Agustín: «¡Toda mi esperanza estriba solo en tu gran misericordia!»5. Solo en eso, Señor. En tu misericordia se apoya toda mi esperanza. No en mis méritos, sino en tu misericordia.

II. De forma especial, el Señor muestra su misericordia con los pecadores: les perdona sus pecados. Con frecuencia, los fariseos le criticaban por esto, pero Él los rechaza diciendo que no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos6.

Nosotros, que estamos enfermos, que somos pecadores, necesitamos recurrir muchas veces a la misericordia divina: Muéstranos, Señor, tu misericordia. Y danos tu salvación7, repite continuamente la Iglesia en este tiempo litúrgico.

En tantas ocasiones, cada día, tendremos que acudir al Corazón misericordioso de Jesús y decirle: Señor, si quieres, puedes limpiarme8. Especialmente en estas circunstancias, «el conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo ven así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él»9. Verdaderamente, podemos exclamar también nosotros: ¡Qué grande es la misericordia del Señor y su piedad para los que se vuelven a Él!10. ¡Qué grande es la misericordia divina para cada uno de nosotros!

Esto nos impulsa a volver muchas veces al Señor, mediante el arrepentimiento de nuestras faltas y pecados, especialmente en el sacramento de la misericordia divina, que es la Confesión.

Pero el Señor ha puesto una condición para obtener de Él compasión y misericordia por nuestros males y flaquezas: que también nosotros tengamos un corazón grande para quienes nos rodean. En la parábola del buen samaritano11 nos enseña el Señor cuál debe ser nuestra actitud ante el prójimo que sufre. No nos está permitido «pasar de largo» con indiferencia, sino que debemos «pararnos» junto a él. «Buen samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre, de cualquier género que ese sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es una determinada disposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva. Buen samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que se conmueve ante la desgracia del prójimo.

»Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno. Por lo tanto, es necesario cultivar en uno mismo esta sensibilidad del corazón hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o la principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre»12.

¿No tendremos en el propio hogar, en la oficina o en la fábrica, a esa persona herida, física o moralmente, que requiere, con urgencia quizá, nuestra disponibilidad, nuestro afecto y nuestros cuidados?

III. Existe en toda la Sagrada Escritura una urgencia por parte de Dios para que el hombre tenga también sentimientos de misericordia, esa «compasión de la miseria ajena, que nos mueve a remediarla, si es posible»13. Nos promete el Señor que seremos dichosos si tenemos un corazón misericordioso para con los demás, y que alcanzaremos misericordia de parte de Dios.

El campo de la misericordia es tan grande como el de la miseria humana que se trata de remediar. Y el hombre puede padecer miseria y calamidades en el orden físico, intelectual y moral... Por eso, las obras de misericordia son innumerables –tantas como necesidades tiene el hombre–, aunque tradicionalmente, por vía de ejemplo, se han señalado catorce obras de misericordia, en las que esta virtud se manifiesta de modo especial.

Nuestra actitud compasiva y misericordiosa ha de ser, en primer lugar, con quienes habitualmente tenemos un mayor trato –la familia, los amigos–, con quienes Dios ha puesto a nuestro lado y con aquellos que se encuentran más necesitados.

Muchas veces la misericordia consistirá en preocuparnos por la salud, por el descanso, por el alimento de los que Dios nos encomienda. Los enfermos merecen una atención especial: compañía, interés verdadero por su enfermedad, enseñarles y ayudarles a que ofrezcan a Dios su dolor... En una sociedad deshumanizada por los frecuentes ataques a la familia, es cada vez mayor el número de enfermos y ancianos abandonados, sin consuelo y sin cariño. Visitar a estas personas en su soledad es una obra de misericordia cada vez más necesaria. Dios premia de una manera especial estos ratos de compañía: lo que por uno de estos hicisteis, por Mí lo hicisteis14, nos dice el Señor.

También debemos practicar, junto a las llamadas obras materiales de misericordia, las espirituales. En primer lugar corregir al que yerra, con la advertencia oportuna, con caridad, sin que se ofenda; enseñar al que no sabe, especialmente en lo que se refiere a la ignorancia religiosa, el gran enemigo de Dios, que aumenta de día en día en proporciones alarmantes: la catequesis ha pasado en la actualidad a ser una obra de misericordia de primerísima importancia y urgencia; aconsejar al que duda, con honradez y rectitud de intención, ayudándole en su camino hacia Dios; consolar al afligido, compartiendo su dolor, animándole para que recupere la alegría y entienda el sentido sobrenatural de esa pena que sufre; perdonar al que nos ofende, con prontitud, sin darle demasiada importancia a la ofensa, y cuantas veces sea necesario; socorrer al que necesita ayuda, prestando ese servicio con generosidad y alegría; finalmente, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos, sintiéndonos especialmente ligados por la Comunión de los Santos a esas personas con las que estamos más obligados por razones de parentesco, amistad, etcétera.

Nuestra actitud de misericordia hacia los demás se ha de extender a otras muchas manifestaciones de la vida, pues «nada puede hacerte tan imitador de Cristo –dice San Juan Crisóstomo– como la preocupación por los demás. Aunque ayunes, aunque duermas en el suelo, aunque, por así decir, te mates, si no te preocupas del prójimo, poca cosa hiciste, aún distas mucho de Su imagen»15.

Así obtendremos de Dios misericordia para nuestra vida, y quizá la merezcamos también para los demás, ese abismo de misericordia que se extiende de generación en generación16, según profetizó nuestra Señora a su prima Santa Isabel.

Pidamos la misericordia divina para nosotros mismos, ¡que tanto la necesitamos!, y para nuestra generación, a través de Santa María, Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Ante la próxima fiesta de la Inmaculada nuestro confiado recurso a la Virgen se hace, si cabe, más continuo y enamorado.

1 Mt 5, 7. 2 Lc 19, 10; Is 41, 9. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 7. 4 Sal 33, 5.— 5 San Agustín, Confesiones, 10. — 6 Mt 9, 12. 7 Sal 84, 8. — 8 Mt 8, 2. — 9 Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 13. — 10 Eccl 17, 28. 11 Lc 10, 30 ss. — 12 Juan Pablo II, Carta Apost. Salvifici doloris, 28. 13 San Agustín, La ciudad de Dios, 9, 5. — 14 Mt 25, 40. — 15 San Juan Crisóstomo, Coment. a la 1ª epístola a los Corintios. — 16 Lc 1, 50.

 

 

“Implora la misericordia divina”

Realmente, a cada uno de nosotros, como a Lázaro, fue un «veni foras» –sal fuera, lo que nos puso en movimiento. –¡Qué pena dan quienes aún están muertos, y no conocen el poder de la misericordia de Dios! –Renueva tu alegría santa porque, frente al hombre que se desintegra sin Cristo, se alza el hombre que ha resucitado con El. (Forja, 476)

Es bueno que hayamos considerado las insidias de estos enemigos del alma: el desorden de la sensualidad y de la fácil ligereza; el desatino de la razón que se opone al Señor; la presunción altanera, esterilizadora del amor a Dios y a las criaturas. Todas estas situaciones del ánimo son obstáculos ciertos, y su poder perturbador es grande. Por eso la liturgia nos hace implorar la misericordia divina: a Ti, Señor, elevo mi alma; en Ti espero; que no sea confundido, ni se gocen de mí mis adversarios, hemos rezado en el introito. Y en la antífona del Ofertorio repetiremos: espero en Ti, ¡que yo no sea confundido!
Ahora, que se acerca el tiempo de la salvación, consuela escuchar de los labios de San Pablo que después que Dios Nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor con los hombres, nos ha liberado no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia.
Si recorréis las Escrituras Santas, descubriréis constantemente la presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra, se extiende a todos sus hijos, super omnem carnem; nos rodea, nos antecede, se multiplica para ayudarnos, y continuamente ha sido confirmada. Dios, al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su misericordia: una misericordia suave, hermosa como nube de lluvia.
Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso. (Es Cristo que pasa, 7)

 

 

Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (I)

Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un saber. Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ser. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo y dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él.

Formación de la personalidad16/06/2018

Opus Dei - Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (I)

Escucha el artículo «Formación integral y afectividad»

Descarga el libro electrónico: «Para mí, vivir es Cristo» (Disponible en PDF, ePub y Mobi)


Jesucristo es, sin duda, el amor de nuestra vida: no el mayor entre otros, sino aquel que da sentido a todos los demás amores y a los intereses, ilusiones, ambiciones, trabajos, iniciativas que llenan nuestros días y nuestro corazón. De aquí, que sea fundamental mantener en nuestra vida espiritual «la centralidad de la persona de Jesucristo»[1]: Él es el camino para entrar en comunión con el Padre en el Espíritu Santo. En Él, se devela el misterio de quién es el hombre[2], a qué está llamado. Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio, ahondar también en el propio misterio personal. Por eso, dejar que Jesús sea el centro de nuestra vida lleva, entre otras cosas, a «redescubrir con luces nuevas el valor antropológico y cristiano de los diferentes medios ascéticos; llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad, corazón, relaciones con los demás (…)»[3].

Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio, ahondar también en el propio misterio personal

Esa persona a la que hay que llegar somos nosotros mismos, son todos aquellos a los que alcanzamos con nuestra amistad, con nuestro apostolado. La formación que recibimos e impartimos, ha de llegar a la inteligencia, a la voluntad y a los afectos, sin que ninguno de estos elementos quede descuidado o simplemente sometido a los otros. Aquí nos centraremos sobre todo en la formación de la afectividad, dando por supuesta la enorme relevancia de que se apoye en una buena formación intelectual. Considerar la importancia de la formación integral nos permitirá redescubrir la gran verdad que encierra la identificación que san Josemaría establecía entre fidelidad y felicidad[4].

Formarse para entrar en sintonía con Cristo

Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un saber. Así, tendría buena formación quien a lo largo de su vida ha recibido buenos contenidos doctrinales, ascéticos, profesionales, etc. Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ser. Un buen profesional conoce la ciencia y la técnica que requiere su profesión, pero tiene algo más: ha desarrollado hábitos –modos de ser– que le disponen a aplicar bien esa ciencia y esa técnica que posee: hábitos de atención a los demás, de concentración en el trabajo, de puntualidad, de digerir éxitos y fracasos, de perseverancia, etc.

El voluntarismo es una visión errada de la virtud, que la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad

Del mismo modo, ser un buen cristiano no es simplemente conocer –al nivel adecuado a la propia situación en la Iglesia y en la sociedad– la doctrina sobre los sacramentos, o sobre la oración, o sobre las normas morales generales y profesionales. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo para conocer su anchura, su profundidad (cfr. Ef 3,18), dejar que su Vida entre en la nuestra, y poder repetir con san Pablo que «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20). Es decir, ser «alter Christus, ipse Christus»[5], dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él. Ese dejar actuar a la gracia, no es meramente pasivo, no consiste sólo en evitar poner obstáculos, ya que el Espíritu Santo no nos transforma en Cristo sin nuestra cooperación libre, voluntaria. Pero tampoco esto basta: entregarnos al Señor, darle nuestra vida, no es solamente darle nuestras decisiones, nuestros actos; es también darle nuestro corazón, nuestros afectos, incluso nuestra espontaneidad. Para esto es imprescindible una buena formación intelectual y doctrinal que configure la cabeza, que incida en nuestras decisiones, pero es también necesario que esa doctrina cale y llegue al corazón de la persona. Y esto requiere lucha… y requiere tiempo. Dicho de otro modo, es necesario adquirir virtudes, y precisamente en eso consiste la formación.

No es raro encontrarse con personas que temen que la insistencia en las virtudes acabe conduciendo al voluntarismo. Nada más lejos de la realidad. Quizá, en la raíz de esta confusión, se encuentre una visión errada de la virtud, que la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad, que hace a quien la posee capaz de cumplir la norma moral, incluso cuando esta se opone a la propia inclinación. Se trata de una idea bastante difundida y, efectivamente, de origen voluntarista. En definitiva, la virtud consistiría en la capacidad de ir contra la corriente de las propias inclinaciones cuando la norma moral así lo requiere. Naturalmente, hay algo de verdad en esto, pero se trata de algo incompleto que transforma las virtudes en cualidades frías, que llevarían a la negación práctica de las propias inclinaciones, intereses y afectos y que, sin querer, acaban convirtiendo la indiferencia en un ideal: como si la vida interior y la entrega consistieran en llegar a no sentirse atraído por nada que pudiera obstaculizar las propias decisiones futuras.

Plantear la formación de este modo, impediría llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad y afectos no estarían creciendo juntos, llevándose de la mano, ayudándose mutuamente, sino que alguna de esas facultades estaría aplastando a alguna de las otras. El desarrollo de la vida interior, en cambio, requiere esa integración y, desde luego, no lleva a empequeñecerse, a perder intereses y afectos; no tiene como objetivo que no nos afecten las cosas, que no nos importe lo importante, no nos duela lo doloroso, no nos preocupe lo preocupante o no nos atraiga lo atractivo. Al contrario, conduce a expandir el corazón, que se llena de un amor grande, desde el que mira a todos esos sentimientos y consigue, por eso, verlos en un contexto más amplio que da recursos para afrontar aquellos que plantean una dificultad, y ayuda a captar el sentido positivo y trascendente de los que resultan agradables.

El Evangelio nos muestra el interés sincero del Señor por el descanso de los suyos: «venid vosotros solos a un lugar apartado y descansad un poco» (Mc 6,31), o también la reacción de su corazón ante el sufrimiento de sus amigos, como Marta y María (cfr. Jn 11,1-44). No podemos imaginar que en esos momentos Jesucristo estuviera actuando, como si, en el fondo, por su unión con su Padre, lo que sucedía a su alrededor le resultara indiferente. San Josemaría hablaba de amar al mundo y de hacerlo apasionadamente[6], impulsaba a poner el corazón en Dios y, por Él, en los demás, en el trabajo que nos ocupa, en la labor apostólica, porque «el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte»[7]. La disponibilidad, por ejemplo, no es la disposición de aquél a quien le es indiferente una cosa que otra, porque ha conseguido perder todo interés, quizá para evitar sufrir cuando se le pida algo que le contraría; sino la disposición grandiosa de quien sabe prescindir en un momento de algo bueno y atractivo para concentrarse en otra cosa en la que Dios le espera, porque vivir para Dios es lo que profundamente desea. Se trata de alguien, en definitiva, con corazón grande, con intereses, con ambiciones buenas que sabe superar cuando conviene, no porque las niegue o porque intente que no le afecten, sino porque su interés en amar y servir a Dios es mucho más grande aún. Y no sólo es más grande, sino que es –se ha ido convirtiendo en– lo que da sentido y contiene en sí todos los otros intereses.

Gozar con la práctica de las virtudes

El desarrollo de la vida interior no tiene como objetivo que no nos afecten las cosas

La formación de las virtudes requiere lucha, vencer la propia inclinación cuando se opone a los actos buenos. Esta es la parte de verdad que contiene el concepto reductivo –voluntarista– de virtud, al que nos referíamos antes. Pero la virtud no consiste en esa capacidad de oponerse a la inclinación, sino más bien en la formación de la inclinación. El objetivo no es, pues, ser capaces de dejar habitualmente a un lado la afectividad para poder guiarse por una regla externa, sino más bien formar la afectividad de modo que seamos capaces de gozar en el bien realizado. La virtud consiste precisamente en ese gozo en el bien, en la formación –digámoslo así– del buen gusto: «[Dichoso el hombre] que se complace en la Ley del Señor, y noche y día medita su Ley» (Sal 1,2) En definitiva, la virtud es la formación de la afectividad y no el hábito de oponerse sistemáticamente a ella.

Mientras la virtud no está formada, la afectividad puede plantear una resistencia al acto bueno, que habrá que vencer. Pero el objetivo no es simplemente conseguir vencerla, sino más bien desarrollar el gusto por ese comportamiento. Cuando se posee la virtud, el acto bueno puede seguir costando, pero se hace con alegría. Pongamos algún ejemplo. Levantarnos puntualmente por la mañana –el minuto heroico[8]– probablemente nos cueste siempre: quizá no llegará el día en que al sonar el despertador no nos apetezca permanecer un rato más en la cama. Pero si nos esforzamos habitualmente en vencer la pereza por amor a Dios, llega el momento en que hacerlo nos alegra, mientras que ceder a la comodidad nos desagrada, nos deja un mal sabor de boca. Paralelamente, a una persona justa, llevarse un producto del supermercado sin pagar, no sólo le resultaría prohibido, sino también feo, desagradable, discordante con sus disposiciones, con su corazón. Esta configuración de la afectividad que genera esa alegría ante el bien y ese disgusto ante el mal, no es una consecuencia colateral de la virtud, sino que es un componente esencial de ella. Por eso la virtud nos hace capaces de disfrutar del bien.

No es esta una idea meramente teórica. Al contrario, tiene una gran incidencia práctica saber que cuando luchamos no estamos acostumbrándonos a fastidiarnos, sino aprendiendo a disfrutar del bien, aunque de momento eso exija ir contra corriente.

La formación de las virtudes hace que las facultades y los afectos aprendan a centrarse en lo que verdaderamente puede satisfacer las aspiraciones más profundas, y otorguen lugares secundarios –siempre subordinados a los principales– a lo que simplemente está en el orden de los medios. En última instancia, formarse en las virtudes es aprender a ser feliz, a gozar de y con lo grandioso, es, en definitiva, prepararse para el Cielo.

Una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Del mismo modo, actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad

Si formarse es crecer en virtudes y las virtudes consisten en un cierto orden en los afectos, se puede concluir que toda formación es formación de la afectividad. Quizá, al leer esto, alguien podría objetar que, en el esfuerzo por adquirir virtudes, su intento era más operativo que afectivo, e incluso añadir que llamamos virtudes a unos hábitos operativos. Es verdad. Pero si las virtudes nos ayudan a hacer el bien es porque nos ayudan a sentir correctamente. El ser humano siempre se mueve hacia el bien. El problema moral es, en última instancia, por qué lo que no es bueno, se nos aparece –se presenta a nuestros ojos– como bueno en una situación concreta. Que esto suceda se debe a que el desorden de las tendencias lleva a exagerar el valor del bien al que se dirige alguna de ellas, de modo que se considera más deseable en esa situación que otro bien con el que ha entrado en conflicto, que, sin embargo, posee mayor valor objetivo porque responde al bien global de la persona. Por ejemplo: en una cierta situación podemos encontrarnos ante la tesitura de decir o no la verdad. La tendencia natural que tenemos a la verdad, nos la presentará como un bien. Pero también tenemos una tendencia natural al aprecio de los demás que, en ese caso concreto, si nos parece que la verdad nos haría quedar mal, nos presentará la mentira como conveniente. Esas dos tendencias entran en conflicto. ¿Cuál de ellas prevalecerá? Dependerá de cuál de los dos bienes es más importante para nosotros y en esta valoración la afectividad juega un papel decisivo. Si está bien ordenada, ayudará a la razón a percibir que la verdad es muy valiosa y que el aprecio de los demás no es deseable si exige renunciar a ella. Ese amor a la verdad por encima de otros bienes que también nos atraen, es precisamente lo que denominamos sinceridad. Pero si el afán por quedar bien es más fuerte que la atracción de la verdad, es fácil que la razón se engañe, y aun sabiendo que eso no es bueno, juzgue conveniente mentir. Aunque sepamos perfectamente que no se debe mentir, consideramos que en este caso nos conviene hacerlo.

La afectividad ordenada ayuda a hacer el bien porque ayuda antes a percibirlo. Interesa mucho formarla. ¿Cómo conseguirlo? Trataremos de exponer algunas ideas en el próximo editorial. Ahora nos limitaremos a señalar algo que conviene saber antes de afrontar ese tema.

La voluntad y los sentimientos

Acabamos de afirmar que una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Lo mismo se puede decir en el sentido contrario: actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad.

Sabemos por experiencia –y conviene no olvidarlo si no queremos caer fácilmente en frustraciones y desánimos– que no podemos controlar directamente nuestros sentimientos: si nos envuelve el desánimo, no podemos resolver el problema decidiendo sin más sentirnos alegres. Lo mismo sucede si queremos en un cierto momento sentirnos más audaces, o menos tímidos, o si deseamos no tener miedo o vergüenza, o no sentir la atracción sensible de algo que juzgamos desordenado. Otras veces, quizá desearíamos tratar con soltura a una persona ante la que sentimos un cierto rechazo involuntario por razones que reconocemos nimias, pero no conseguimos superar y nos damos cuenta de que proponerse sin más tratarla con sencillez no resuelve la dificultad. En definitiva, no basta una decisión voluntaria para que los sentimientos se ajusten a nuestros deseos. Sin embargo, que la voluntad no controle directamente los sentimientos no significa que no tenga ningún influjo sobre ellos.

En ética, el control que la voluntad puede ejercer sobre los sentimientos se califica de político, porque es semejante al que un gobernante tiene sobre las decisiones de sus súbditos: no puede controlarlas directamente, ya que ellos son libres; pero puede tomar ciertas medidas –por ejemplo, disminuir los impuestos– esperando que produzcan ciertos resultados –por ejemplo, un aumento del consumo o de la inversión– a través de la voluntad libre de los ciudadanos. También nosotros podemos realizar ciertos actos que esperamos que susciten unos sentimientos concretos: podemos detenernos a considerar el bien que hará una labor apostólica para la que buscamos ayuda, como medio para sentirnos más audaces al solicitar un donativo para su puesta en marcha. Podemos considerar nuestra filiación divina esperando también que nos afecte menos a nivel sensible un revés profesional. También sabemos que ingerir una cierta dosis de alcohol puede provocar un estado transitorio de euforia; y que si voluntariamente damos vueltas en nuestra cabeza a un mal trato recibido, provocaremos reacciones de ira. Estos serían algunos ejemplos del influjo, siempre indirecto, que la voluntad puede ejercer a corto plazo sobre los sentimientos.

Mucho más importante, sin embargo, es el influjo que la voluntad ejerce a largo plazo sobre la afectividad, porque es precisamente ese influjo lo que le permite darle forma, formarla. Al reflexionar sobre ese proceso se percibe claramente que la persona es una y que la formación sólo logra su objetivo si alcanza a la inteligencia, a la voluntad, a los afectos. En esto nos detendremos en el próximo editorial.

Julio Diéguez


[1] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[2] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (7.XII.1965), n. 22.

[3]F. Ocáriz, Carta pastoral, 14.II.2017, n. 8.

[4] San Josemaría, Surco, 84: «Tu felicidad en la tierra se identifica con tu fidelidad a la fe, a la pureza y al camino que el Señor te ha marcado». Cfr. también, por ejemplo, San Josemaría, Instrucción, mayo-1935/14-IX-1950, 60; Instrucción, 8-XII-1941, 61; San Josemaría Amigos de Dios, 189.

[5]San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 96.

[6] Baste mencionar, como ejemplo, el título de la homilía Amar al mundo apasionadamente, en Conversaciones, nn. 113-123.

[7] Amigos de Dios, n, 183.

[8]San Josemaría, Camino, n. 206.

 

Educar en el pudor (1): los años de la niñez

El sentido del pudor se despierta en el hombre a medida que va descubriendo su propia intimidad. El respeto que tiene que tener cada persona por si misma se aprende, principalmente, en la familia. Algunas sugerencias en este editorial.

Familia23/06/2013

Opus Dei - Educar en el pudor (1): los años de la niñez

¿Qué es el pudor? A primera vista, un sentimiento de vergüenza que lleva a no manifestar a los demás algo de nuestra intimidad. Para muchos, se trata simplemente de una defensa más o menos espontánea contra la indecencia, y no faltan quienes lo confunden con la mojigatería.

Sin embargo, esta concepción resulta limitada. Es fácil apreciar esto cuando consideramos que, donde no hay personalidad ni intimidad, el pudor resulta superfluo. Los animales carecen de él.

Además, no se extiende solo a las cosas malas o indecentes; hay también un pudor de las cosas buenas, una vergüenza natural a manifestar, por ejemplo, los dones que se han recibido.

El pudor, considerado como sentimiento, posee un valor inestimable, porque supone darse cuenta de que se posee una intimidad y no una mera existencia pública; pero, además, hay una auténtica virtud del pudor que hunde sus raíces en ese sentimiento, y que permite al hombre elegir cuándo y cómo manifestar el proprio ser a las personas que pueden acogerlo y comprenderlo como merece.

El valor de la propia intimidad

El pudor posee un profundo valor antropológico: defiende la intimidad del hombre o de la mujer –su parte más valiosa– para poder revelarla en la medida adecuada, en el momento conveniente, del modo correcto, en el contexto propicio.

De lo contrario, la persona queda expuesta a maltratamientos o, por lo menos, a no ser tomada con la consideración debida. Incluso por parte de uno mismo, el pudor es necesario para alcanzar y conservar la propia autoestima, aspecto esencial del amor al propio yo.

Se puede decir que «con el pudor el ser humano manifiesta casi “instintivamente” la necesidad de la afirmación y de la aceptación de este “yo” según su justo valor»[1]. La falta de pudor manifiesta que la propia intimidad se considera poco original o relevante, de modo que nada de lo que contiene merece ser reservado para unas personas y no para otras.

La belleza del pudor

El término “pudor” –tanto si lo entendemos como sentimiento o como virtud– puede utilizarse en diversos ámbitos. En su sentido más estricto se refiere a la salvaguardia del cuerpo; en un sentido más amplio, abarca otros aspectos de la intimidad –por ejemplo, el del manifestar las propias emociones–; en uno y otro caso, el pudor custodia, en último término, el misterio de la persona y de su amor[2].

Como principio general, puede decirse que el pudor se dirige a que los demás reconozcan en nosotros lo que tenemos de más personal. En lo que se refiere al cuerpo, esto supone reclamar la atención sobre aquello que puede comunicar lo exclusivo y propio de cada persona (el rostro, las manos, la mirada, los gestos…). En esta línea, el vestido está al servicio de esa capacidad de comunicación, y debe expresar la imagen que se tiene de uno mismo y el respeto que se ofrece a los demás. La elegancia y el buen gusto, la limpieza y el arreglo personal aparecen así como las primeras manifestaciones de pudor, que pide (y ofrece) respeto a los que nos rodean. Por la misma razón, la poca virtud en este campo lleva con facilidad a la zafiedad y al descuido en el aseo. En diferentes ocasiones, el prelado del Opus Dei ha exhortado a «vivir y defender el pudor, contribuyendo a crear y difundir una moda que respete la dignidad, protestando ante imposiciones que no respeten los valores de una auténtica belleza»[3].

Algo semejante sucede con el aspecto más espiritual: esta virtud pone orden en nuestro interior, en conformidad con la dignidad de las personas y con los lazos que existen entre ellas[4]. Tener consideración por la intimidad, propia y ajena, permite darse a conocer en la justa medida en los diversos contextos de donación o de respeto en que nos movemos. De este modo, se humanizan las relaciones personales porque cada una adquiere unos matices distintos; esto no solo hace más atractiva la propia personalidad, sino que, a medida que se van compartiendo esferas de intimidad, permite el gozo de la verdadera amistad.

En la educación en el pudor, por tanto, es imprescindible advertir el sentido eminentemente positivo de esta virtud. «El pudor, elemento fundamental de la personalidad, se puede considerar –en el plano educativo– como la conciencia vigilante en defensa de la dignidad del hombre y del amor auténtico»[5]. Cuando se explica el sentido profundo del pudor –salvaguardar la propia intimidad, para poderla ofrecer a quien de verdad pueda apreciarla–, es más fácil aceptar e interiorizar sus consecuencias prácticas. La meta, entonces, no se pone tanto en que los jóvenes vivan unos determinados criterios de conducta en este terreno, sino en que lo aprecien y asuman como algo que está en la raíz de la estructura del ser personal.

Ejemplo de los padres y ambiente familiar

Como sabemos bien, el buen ejemplo es siempre un elemento esencial en la labor educativa. Si los padres –y otras personas mayores que pueden vivir en el hogar, como los abuelos– saben tratarse con modestia, los hijos comprenden que esas manifestaciones de delicadeza y pudor expresan la dignidad de los diversos componentes de la familia. Por ejemplo, los padres pueden y deben mostrar el cariño que se tienen frente a los hijos, pero sabiendo reservar ciertas efusiones para los momentos de intimidad. En este sentido, san Josemaría recordaba el ambiente del hogar que habían creado sus padres: Y tampoco se hacían simplezas: algún beso. Tened pudor delante de los hijos[6]. No se trata de envolver el amor en una máscara de frialdad, sino de mostrar a los hijos la necesidad de la elegancia en el trato, que es ajena a la afectación.

No acaban aquí, sin embargo, las manifestaciones de un sano pudor. La confianza que se da en una familia es compatible con saber estar en casa de un modo coherente con la propia dignidad. Una relajación en las posturas o en el vestir, como usar mucho la bata o cambiarse de ropa delante de los hijos, acaba rebajando el tono humano de un hogar e invita a la dejadez. Especial atención debe tenerse en las temporadas calurosas, pues el clima, las telas más ligeras, y quizás el hecho de estar de vacaciones, abren la puerta al descuido. Ciertamente, cada momento y lugar requiere vestir de un modo adecuado, pero siempre se puede mantener el decoro. Puede que este modo de proceder, a veces, contraste con el clima general, pero por eso es menester que sea tal vuestra formación, que llevéis, con naturalidad, vuestro propio ambiente, para dar “vuestro tono” a la sociedad con la que conviváis[7].

Si el pudor se relaciona, sobre todo, con la manifestación de la intimidad, es lógico que su educación deba abarcar el campo de los pensamientos, sentimientos o intenciones. Por eso, el ejemplo en el hogar se debe extender al modo en que se trata la intimidad propia y la de los demás. Por ejemplo, es poco educativo que las conversaciones familiares traten de confidencias ajenas, o alimenten cotilleos. Junto a las posibles faltas de justicia que puede suponer comportarse así, este tipo de comentarios lleva a que los hijos se consideren con derecho a entrometerse en la intimidad de otros.

De modo análogo, también resulta importante velar por lo que entra en casa a través de los medios de comunicación. En el tema que nos ocupa, el obstáculo principal no es solo lo indecente: esto, como es claro, debe evitarse siempre. Más oscuro resulta el modo en que algunos programas televisivos o revistas hacen comercio y espectáculo de la vida de las personas. En ocasiones, de un modo invasivo, que atenta contra la ética de la profesión periodística; otras veces, son los mismos protagonistas quienes obran inmoralmente y se dedican a satisfacer curiosidades frívolas o incluso morbosas. Unos padres cristianos han de poner los medios para que este “mercadeo de la intimidad” no entre en el hogar. Y explicar los motivos de ese proceder: el respeto y el derecho a la legítima decisión de ser uno mismo, a no exhibirse, a conservar en justa y pudorosa reserva sus alegrías, sus penas y dolores de familia[8]. La excusa que suele ponerse a ese tipo de programas, el derecho a la información o el consentimiento de quienes en ellos participan, tiene sus límites: los que derivan de la dignidad de la persona. Nunca es moral dañarla injustamente, aunque sea el propio interesado quien lo haga.

 

Desde pequeños

El sentido del pudor despierta en el hombre a medida que va descubriendo su propia intimidad. Los niños pequeños, por el contrario, con frecuencia se dejan dominar por la sensación del momento; por ello, en un ambiente de confianza o de juego, no es difícil que descuiden el pudor, quizá incluso sin una particular advertencia. Por eso, durante la primera infancia, la labor educativa ha de centrarse en consolidar hábitos que más adelante facilitarán el desarrollo de esta virtud. Conviene, por ejemplo, que aprendan enseguida a lavarse y a vestirse por sí mismos. Y, antes de haber conseguido este objetivo, se ha de procurar que en esos momentos el niño no esté a la vista de sus hermanos. También, en cuanto sea posible, han de ejercitarse en cerrar la puerta de su habitación si se cambian de ropa, y a poner el pestillo cuando van al cuarto de aseo.

Son cosas de sentido común, que quizá hemos olvidado en una sociedad de costumbres un tanto naturalistas, y que tienen como fin ir formando en el pequeño hábitos racionalmente asumidos, que el día de mañana facilitarán las auténticas virtudes. Por eso, si en alguna ocasión el pequeño se presenta o corretea por la casa olvidándose del pudor, no hay que dramatizar, pero tampoco reír la gracia –eso se deja para cuando esté ausente–. Conviene, en cambio, corregir con cariño, y aclarar que no se ha comportado bien. En cuestiones de educación, todo tiene importancia, aunque haya cosas que en sí mismas parezcan intrascendentes o que a esas edades no significan nada.

A la vez, los niños deben ir aprendiendo a respetar la intimidad de los demás; nacen egocéntricos, y solo poco a poco van “descubriendo” que los demás no viven para ellos, y merecen ser tratados como a ellos les gustaría. Este avance gradual se puede concretar en múltiples detalles: enseñarles a llamar a la puerta –y, lógicamente, a esperar la respuesta– antes de entrar en una habitación; o explicarles que deben salir de una habitación cuando se les invita a hacerlo, porque los mayores quieren hablar a solas. También habrá que contener su afán de explorar –propio de estas edades tempranas– armarios y otras cosas personales de los habitantes del hogar. Así se van acostumbrando a valorar la esfera privada de los demás y, a la vez, a descubrir la propia. Y se sientan las bases para que, cuando crezcan, sean capaces no solo de respetar a las personas por lo que son –hijos de Dios–, sino también de poseer ellos mismo ese buen pudor que reserva las cosas profundas del alma a la intimidad entre el hombre y su Padre Dios, entre el niño que ha de intentar ser todo cristiano y la Madre que lo aprieta siempre en sus brazos[9].

J. De la Vega (2012)


 

[1] Cfr. Beato Juan Pablo II, Audiencia General, 19-XII-1979.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2522.

[3] Mons. Javier Echevarría, Encuentro público de catequesis en Las Palmas de Gran Canaria, 7-II-2004.

[4] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2521.

[5] Congregación para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano, n. 90.

[6] Predicación oral de san Josemaría, recogida por Salvador Bernal en “Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer”, ed. Rialp, Madrid, p. 19.

[7] Camino, n. 376.

[8] Es Cristo que pasa, n. 69.

[9] San Josemaría, Artículo La Virgen del Pilar en “El libro de Aragón”, CAMP, Zaragoza 1976. Publicado también en www.sanjosemaria.info.

 

 

Puntualidad

 

valorpuntualidad1El valor que se construye por el esfuerzo de estar a tiempo en el lugar adecuado.

El valor de la puntualidad es la disciplina de estar a tiempo para cumplir nuestras obligaciones: una cita del trabajo, una reunión de amigos, un compromiso de la oficina, un trabajo pendiente por entregar.

El valor de la puntualidad es necesario para dotar a nuestra personalidad de carácter, orden y eficacia, pues al vivir este valor en plenitud estamos en condiciones de realizar más actividades, desempeñar mejor nuestro trabajo, ser merecedores de confianza.

La falta de puntualidad habla por sí misma, de ahí se deduce con facilidad la escasa o nula organización de nuestro tiempo, de planeación en nuestras actividades, y por supuesto de una agenda, pero, ¿qué hay detrás de todo esto?

Muchas veces la impuntualidad nace del interés que despierta en nosotros una actividad, por ejemplo, es más atractivo para un joven charlar con los amigos que llegar a tiempo a las clases; para otros es preferible hacer una larga sobremesa y retrasar la llegada a la oficina. El resultado de vivir de acuerdo a nuestros gustos, es la pérdida de formalidad en nuestro actuar y poco a poco se reafirma el vicio de llegar tarde.

En este mismo sentido podríamos añadir la importancia que tiene para nosotros un evento, si tenemos una entrevista para solicitar empleo, la reunión para cerrar un negocio o la cita con el director del centro de estudios, hacemos hasta lo imposible para estar a tiempo; pero si es el amigo de siempre, la reunión donde estarán personas que no frecuentamos y conocemos poco, o la persona –según nosotros- representa poca importancia, hacemos lo posible por no estar a tiempo, ¿qué mas da…?

Para ser puntual primeramente debemos ser conscientes que toda persona, evento, reunión, actividad o cita tiene un grado particular de importancia. Nuestra palabra debería ser el sinónimo de garantía para contar con nuestra presencia en el momento preciso y necesario.

Otro factor que obstaculiza la vivencia de este valor, y es poco visible, se da precisamente en nuestro interior: imaginamos, recordamos, recreamos y supuestamente pensamos cosas diversas a la hora del baño, mientras descansamos un poco en el sofá, cuando pasamos al supermercado a comprar “sólo lo que hace falta”, en el pequeño receso que nos damos en la oficina o entre clases… pero en realidad el tiempo pasa tan de prisa, que cuando “despertamos” y por equivocación observamos la hora, es poco lo que se puede hacer para remediar el descuido.

Un aspecto importante de la puntualidad, es concentrarse en la actividad que estamos realizando, procurando mantener nuestra atención para no divagar y aprovechar mejor el tiempo. Para corregir esto, es de gran utilidad programar la alarma de nuestro reloj o computadora (ordenador), pedirle a un familiar o compañero que nos recuerde la hora (algunas veces para no ser molesto y dependiente), etc., porque es necesario poner un remedio inmediato, de otra forma, imposible.

Lo más grave de todo esto, es encontrar a personas que sienten “distinguirse” por su impuntualidad, llegar tarde es una forma de llamar la atención, ¿falta de seguridad y de carácter? Por otra parte algunos lo han dicho: “si quieren, que me esperen”, “para qué llegar a tiempo, si…”, “no pasa nada…”, “es lo mismo siempre”. Estas y otras actitudes son el reflejo del poco respeto, ya no digamos aprecio, que sentimos por las personas, su tiempo y sus actividades

Para la persona impuntual los pretextos y justificaciones están agotados, nadie cree en ellos, ¿no es tiempo de hacer algo para cambiar esta actitud? Por el contrario, cada vez que alguien se retrasa de forma extraordinaria, llama la atención y es sujeto de toda credibilidad por su responsabilidad, constancia y sinceridad, pues seguramente algún contratiempo importante ocurrió..

Podemos pensar que el hacerse de una agenda y solicitar ayuda, basta para corregir nuestra situación y por supuesto que nos facilita un poco la vida, pero además de encontrar las causa que provocan nuestra impuntualidad (los ya mencionados: interés, importancia, distracción), se necesita voluntad para cortar a tiempo nuestras actividades, desde el descanso y el trabajo, hasta la reunión de amigos, lo cual supone un esfuerzo extra -sacrificio si se quiere llamar-, de otra manera poco a poco nos alejamos del objetivo.

La cuestión no es decir “quiero ser puntual desde mañana”, lo cual sería retrasar una vez más algo, es hoy, en este momento y poniendo los medios que hagan falta para lograrlo: agenda, recordatorios, alarmas…

Para crecer y hacer más firme este valor en tu vida, puedes iniciar con estas sugerencias:

– Examínate y descubre las causas de tu impuntualidad: pereza, desorden, irresponsabilidad, olvido, etc.

– Establece un medio adecuado para solucionar la causa principal de tu problema (recordando que se necesita voluntad y sacrificio): Reducir distracciones y descansos a lo largo del día; levantarse más temprano para terminar tu arreglo personal con oportunidad; colocar el despertador más lejos…

– Aunque sea algo tedioso, elabora por escrito tu horario y plan de actividades del día siguiente. Si tienes muchas cosas que atender y te sirve poco, hazlo para los siguientes siete días. En lo sucesivo será más fácil incluir otros eventos y podrás calcular mejor tus posibilidades de cumplir con todo. Recuerda que con voluntad y sacrificio, lograrás tu propósito.

– Implementa un sistema de “alarmas” que te ayuden a tener noción del tiempo (no necesariamente sonoras) y cámbialas con regularidad para que no te acostumbres: usa el reloj en la otra mano; pide acompañar al compañero que entra y sale a tiempo; utiliza notas adheribles…

– Establece de manera correcta tus prioridades y dales el lugar adecuado, muy especialmente si tienes que hacer algo importante aunque no te guste.

Vivir el valor de la puntualidad es una forma de hacerle a los demás la vida más agradable, mejora nuestro orden y nos convierte en personas digna de confianza.

 

 

Vientres de Cristal

Escuché hace poco a Eduardo Verástegui, productor y actor mexicano, decir que, si las mujeres tuvieran el vientre de cristal, jamás decidirían abortar o lo que es lo mismo, matar a su hijo; y esto es, porque verían desde el inicio, desde la concepción de la nueva persona, el milagro de su existencia y la manera en la que se desarrolla.

Hoy, la ciencia nos permite ver el comienzo de la vida humana, de la persona y su desarrollo intrauterino hasta que nace; gracias a los avances tecnológicos, podemos descubrir lo que sucede   desde el primer momento de la existencia; es una maravilla ver cómo cambia el cuerpo de mamá desde que la nueva persona inicia su vida y ocupa el vientre materno como la cunita más confortable para crecer y alistarse para el nacimiento.

La verdad es una y quien quiere encontrarla abre su razón y su corazón para descubrirla, en la película Inesperado de Verástegui, se muestra la realidad, hoy por hoy, parecemos ciegos, parece que vamos en contra de nosotros mismos, en ningún otro tiempo se había atacado tanto a la familia, a la mujer, su maternidad, a la persona vulnerable e inocente en su vientre.

La persona es persona desde el primer momento de su existencia, parezca persona o no a simple vista. El tiempo de vida o su etapa de desarrollo no define su valor, sino que su valor es inherente a su ser y tiene esa dignidad siempre luzca como luzca, mida lo que mida, haga lo que haga y nadie le otorga el derecho a vivir, sino que es suyo y a los demás, en principio la madre, el padre, la familia, la sociedad, el estado, los países, el mundo entero ha de reconocerla, cuidarla, protegerla y proveerle de todo aquello que necesita para poder desarrollarse de la mejor manera y así pueda vivir toda su vida hasta la muerte natural.

La mujer ha sido creada por amor para el amor, para engendrar, para concebir, para dar vida en todos los aspectos, físico, psicológico, espiritual. La mujer es entrega, es ternura, es delicadeza y es capaz de ver lo que es, la realidad.

“Dejemos a nuestros hijos ver la luz del día”

Que el vientre de cada mujer sea un vientre de cristal para que pueda ella ver con los ojos de su alma: El alma de su hijo por nacer, que sea capaz de descubrir su grandeza, su dignidad única e irrepetible y que lo defienda de todo aquel que se niega a ver lo evidente, o que aún peor, viendo y siendo consciente de que se trata de una persona por nacer, le ataca porque su corazón y su mente están envenenados con ansias de poder, de dinero, de maldad.

Papás, mamás, familias, sociedad, gobiernos, doctores, abogados, psicólogos, enfermeras, científicos, abuelas, abuelos, jóvenes: Si no respetamos la vida desde el inicio que es el derecho primero y fundamental, nos destruimos a nosotros mismos. No seamos ciegos, protejamos la vida y el vientre de cada mamá que sea de cristal para poder ver con transparencia el amor hermoso que crece dentro de ella; que sea fuerte por fuera protegerle y delicado por dentro para cuidarle.

MTF Rosario Prieto
Psicología Clínica

 

Vivir, morir, hacerse santo

“¿Has visto en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen cada día las almas en la eternidad: un día la hoja caída serás tú”.  San Josemaría Escrivá de Balaguer.

Celebras el día de los muertos, de los santos difuntos. ¡celebramos la vida! Tú y yo que creemos que al morir se nace a la vida real. La de aquí es un momento para merecer vivir allá. ¿Allá? Si, ahí donde tiene su residencia Cristo, la Santísima Virgen, Dios Padre, Dios Espíritu Santo. Ahí donde vive San Agustín que nos dice: “cada uno de nosotros debe prepararse para el final: el último día no traerá perjuicio alguno para todo aquél que viva cada día como si fuera el último: vive de manera que puedas morir tranquilo, porque el que muere cada día no muere para siempre”.

Me gusta mucho aquella canción de la infancia, ¿la recuerdas?

Nos hallamos aquí en este mundo,
este mundo que tu amor nos dio;
mas la meta no está en esta tierra,
es un cielo que está más allá.
Somos los peregrinos,
que vamos hacia el cielo,
la fe nos Ilumina,
nuestro destino no se halla aquí.
La meta está en lo eterno,
nuestra patria es el Cielo.

Morir es más bien cambiar de casa. Vamos a vivirnos a una casa mucho mejor.  Obramos hacia un fin. Te explico, cuando las personas se casan, la gran mayoría comienzan su vida de casados en un cuarto, un apartamento pequeño o una casita. Ahí empiezan a trabajar en equipo por los sueños, para los hijos que vendrán, para que ellos y todos sean felices. Esposo y esposa trabajan enfocados, con metas, con trabajo esforzado, humanamente lo hacen con este sentido…… los que no son cristianos no piensan que todo esto, la vida aquí, es para hacerse santos.

Pero tú y yo cuando somos cristianos hacemos algo parecido, en nuestra vida espiritual empezamos conociendo a Cristo. Un encuentro maravilloso que la mayoría recuerda. La primera comunión… pasan los años y si somos fieles vamos construyendo ese “castillo interior” como lo llamo Santa Teresa de Jesús que es el que nos va a permitir a ti y a mi llegar al cielo en el momento de nuestra muerte. Y lo ideal es hacerlo siendo santo. Por eso hay un día especial para celebrar la muerte, para pensar en todos los santos que están el en cielo.

Pero ¿Quiénes son los santos? son esa multitud innumerable de hombres y mujeres, de toda raza, edad y condición, que se desvivieron por los demás, que vencieron el egoísmo, que perdonaron siempre.

“Santos son los que han hecho de su vida una epifanía de los valores trascendentes; por eso quienes buscan a Dios lo encuentren con facilidad humanizado en los santos”. (Andrés Pardo)

Hay que pensar muchas veces en la muerte. No hay que tenerle miedo. Hay que esperarla con gran alegría. ¿Alegría? Pues sí, aunque te cueste un poco porque si crees que vivir en el mundo es temporal, creerás que ese momento es el momento cuando por fin logras como logran los recién casados con los años, irse a vivir a una casa mucho más grande, amplia, cómoda. La casa de los sueños.

“Vivir en el cielo es estar con Cristo. Los elegidos viven con Él, encuentran ahí su verdadera identidad, su propio nombre”. (Catecismo de la Iglesia Católica).

«Es cierta esta afirmación: Si hemos muerto con él, también viviremos con él» (II Tim. 2, 11)

Feliz día de los santos con Cristo, José y María.

Sheila Morataya

 

 

 

La tecnología no es causa de mentiras, pero hace más difícil la veracidad

Salvador Bernal

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¿Quién no ha escuchado aquello de que una imagen vale por mil palabras? Se repetía mucho como argumento para confirmar la verdad de hechos gracias a fotos o grabaciones audiovisuales. Pero los avances técnicos, que facilitan la comunicación y el trabajo intelectual hasta límites increíbles, también permiten modificar la realidad con gran eficacia, con las consiguientes posibilidades de engaño.

Preocupa mucho a padres y educadores la adicción prematura y persistente de los más jóvenes a la tecnología. Se barajan argumentos de todo tipo, especialmente en el plano psicopedagógico. Pero veo menos referencias a la dimensión ética del problema, que no afecta sólo a los estudiantes, sino al conjunto de la sociedad. Aunque la preocupación por la amplitud y difusión de rumores, manipulaciones y mentiras, está en el centro de disposiciones recientes adoptadas por organismos internacionales, la propia Unión Europea o algunos Estados.

Así, en Francia, donde hace apenas un año se introdujeron normas penales relativas a intoxicaciones informativas en periodo electoral. Pasó por los pelos, y con matices, el filtro del Consejo Constitucional, más atento quizá que el gobierno a la defensa de las tradiciones democráticas y los derechos humanos. Ahora se difunde la noticia de que se pone en marcha un consejo de deontología periodística y mediación. No es el primero que existe en otros países europeos, pero no parece que sea una institución eficiente, y no sólo por su carácter consultivo: los tiempos actuales se caracterizan por dos fenómenos concomitantes: el exceso de información y la desconfianza en los medios. En el caso del país vecino, poco añadirá probablemente a la ley vigente, apenas modificada desde ¡1881!, garante a la vez de la libertad de expresión y del derecho al honor y a la intimidad de los ciudadanos.

Este consejo deontológico nace, después de un debate de años, de la colaboración entre representantes de las empresas informativas y sindicatos, los periodistas y los propios ciudadanos. Lo anunció el Observatorio de la deontología y la información, que ve necesaria la existencia de un organismo profesional de autorregulación, independiente del Estado, que sirva también de foro de mediación y arbitraje entre los medios, las redacciones y sus públicos.

Pero casi ningún avance será posible si no crece la responsabilidad personal. Basta pensar en la facilidad técnica que permite manipular las grabaciones audiovisuales y presentar como auténticos vídeos que son deepfakes. Cualquier persona, con un mínimo de habilidad, puede usar programas gratuitos que permiten reemplazar una cara por otra en un vídeo: se hará decir cualquiera cosa a cualquier persona… Menos mal que se han difundido tanto esas técnicas que nadie se fiará ya de la aparente “inmediatez del directo”, que confería presunción de veracidad a la imagen…

Ese tipo de manipulación puede dar lugar a vídeos francamente divertidos. Pero es grave el riesgo de abandonar la clave de humor, para caer en mistificaciones políticas o comerciales, cuando no en simples delitos de extorsión o calumnias. Ciertamente, hasta ahora no se han producido demasiados casos de este tipo de falsificación profunda con fines de una desinformación pública, según Alexandre Alaphilippe, director de la ONG EUDisinfoLab, especialista en estas cuestiones. Pero acepta el peligro, cuando recuerda la maestría del régimen comunista de Stalin en la manipulación de fotos con fines espurios.

En Estados Unidos, la Electronic Frontier Foundation, una ONG que defiende las libertades digitales, considera las deepfakes un riesgo para la de expresión, a pesar de las garantías ofrecidas por leyes vigentes sobre acoso o difamación. Tal vez ese peligro ha sido valorado por los legisladores de California, que establecieron hace unos meses la prohibición de vídeos de políticos manipulados dentro de los sesenta días previos a unos comicios. No le parecen suficientes las promesas de las grandes plataformas, como Facebook, Twitter o Microsoft.

Se escribe mucho sobre memoria histórica, pero se olvida la destrucción social causada por los grandes totalitarismos del siglo XX. Importa más de lo que parece recordar el desmoronamiento del absoluto marxista, que negó el concepto teórico de verdad y aplicó profusamente la mentira en todos los ámbitos de la existencia. Al cabo, las sociedades de la antigua URSS y de los países satélites no acaban de recuperar la normalidad, que exige un mínimo de confianza, rota incluso en los ámbitos más íntimos de la familia.

Porque, sin entrar en “satanismos”, la mentira es la negación de la dignidad humana y de la concordia social. Nunca batallaremos suficientemente por la verdad, también contra el relativismo cultural de lo políticamente impuesto. Al cabo, por encima de tantas consideraciones de peso, se impone aceptar la máxima de san Juan: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.  La mentira es camino de esclavitud: encadena, aun de modo casi imperceptible.

 

 

Eutanasia: los obispos responden a 60 preguntas sobre el suicidio asistido "que daña a toda la sociedad"

La Conferencia Episcopal presenta el documento "Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida”

Monseñor Mario Iceta.

photo_cameraMonseñor Mario Iceta.

"La eutanasia y el suicidio asistido no hacen a la sociedad mejor ni más libre, ni son expresión de verdadero progreso, sino que dañan a toda la sociedad. La eutanasia daña a la medicina". Así de claros se muestran los obispos españoles en el texto sobre el final de la vida que, en la pasada Asamblea Plenaria, trabajaron y aprobaron con un acuerdo tal que incluso hubo quien propuso que llevara la firma de la Asamblea Plenaria.

Un documento de la Sub-Comisión Episcopal de Familia y Vida titulado “Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida”. El texto fue presentado en la Plenaria por el obispo de Bilbao, monseñor Mario Iceta, acreditado especialista en esta materia por sus estudios de medicina y su especialidad en cuidados paliativos.

Los obispos aclaran lo que está en juego 

El documento consta de una Introducción y un Epílogo, y los siguientes siete capítulos: I. El debate social sobre la eutanasia, el suicidio asistido y la muerte digna; II. Ética del cuidado de los enfermos: dignidad, salud, enfermedad; III. La medicina paliativa ante la enfermedad terminal, IV. La ilicitud de la obstinación terapéutica, V. La eutanasia y el suicidio asistido son éticamente inaceptables; VI. Propuestas para fomentar una cultura del respeto a la dignidad humana y VII. La experiencia de fe y la propuesta cristiana

A través de las respuestas a 60 preguntas, redactadas en un lenguaje comprensible y de forma pedagógica, los obispos no solo aclaran los conceptos fundamentales que están en juego en esta materia, sino que profundizan en las raíces antropológicas, culturales, sociales, ideológicas y médicas de este problema social.

Consecuencias sociales de la eutanasia 

A la cuestión sobre las consecuencias sociales de la eutanasia, los obispos señalan que “la eutanasia y el suicidio asistido dañan a toda la sociedad. No es una cuestión meramente privada que atañe solo al enfermo y a su familia. El individualismo es un rasgo presente en la sociedad actual, pero no dejan de surgir y progresar relaciones interpersonales no interesadas que constituyen vínculos sociales verdaderos, ya que el ser humano es un ser constitutivamente relacional llamado a la comunión. Plantear la eutanasia a voluntad significa que estas relaciones pierden su valor y la vida social queda herida y debilitada: se atenúan los vínculos constitutivos de la sociedad que, de este modo, irremediablemente se deshumaniza”.

Los obispos consideran que “la eutanasia daña a la medicina. Los médicos, además de practicar la eutanasia, deberán atender a otros pacientes. La confianza entre médico y paciente es esencial. Si el médico considera eliminar al paciente como una opción válida, la confianza entre el médico y el paciente queda gravemente comprometida”.

Además, añaden que “la eutanasia no ofrece ni calidad de vida ni calidad de muerte. Por este motivo, la introducción de la eutanasia desnaturaliza la medicina. La degradación de la ética profesional que se encierra detrás de este cambio es enorme, y aquí conviene recordar el precepto hipocrático de no administrar veneno a un paciente, aunque lo pida. La medicina no puede renunciar a su finalidad y ceder a una compasión mal entendida; más aún hoy, cuando las posibilidades de alivio son inmensas”.

¿Qué hay detrás? 

Una de las preguntas que subyacen a la mentalidad eutanásica es si es una conquista de la civilización, un signo de civilización y progreso. Los obispos declaran que un “signo de civilización es justamente lo contrario, es decir, la fundamentación de la dignidad de la persona en el hecho elemental de ser humana, con independencia de cualquier otra circunstancia como raza, sexo, religión, salud, edad, habilidad manual, capacidad mental o económica.

Esta visión esencial del ser humano significa un progreso cualitativo importantísimo, que distingue justamente a las sociedades civilizadas de las que se daban en tiempos ya superados, en las que la vida del prisionero, el esclavo, la persona discapacitada o el anciano, según épocas y lugares, era despreciada. La eutanasia y el suicidio asistido no hacen a la sociedad mejor ni más libre, ni son expresión de verdadero progreso”.

¿Qué hay detrás del debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido? La respuesta de los obispos es clara: “La eutanasia y el suicidio asistido son objeto en nuestro tiempo de campañas propagandísticas a su favor. El debate actual sobre estos asuntos no es propiamente planteado como una cuestión médica, sino más bien ideológica con una profunda raíz antropológica. Efectivamente, en el fondo nos encontramos ante una determinada concepción del ser humano y sus implicaciones familiares y sociales y un concepto de libertad concebida como voluntad absoluta desvinculada de la verdad sobre el bien” insisten.

Que la muerte no sea un tema tabú 

Los obispos españoles alientan la promoción de propuestas destinadas “a ayudar a redescubrir la dignidad de todo ser humano, principalmente en el contexto de la situación de enfermedad grave o terminal”.

De entra ellas apuntan:

- Que la muerte no sea un tema tabú, sino un hecho natural que forma parte de la vida humana. Nadie —ni jueces, ni legisladores, ni médicos— se puede atribuir el derecho a decidir que algunos seres humanos no tienen derechos o los tienen en menor grado que los demás, debido a sus limitaciones, raza, sexo, edad, religión o estado de salud;

- Que la familia sea respetada y querida como ámbito natural de solidaridad entre generaciones, en el que, con independencia de cualquier condicionamiento, se acoge, se protege y se cuida a todos sus miembros;

- Que no se considere la organización hospitalaria como un ámbito en el podamos desentendernos de nuestras obligaciones con respecto a los enfermos y ancianos;

- Que la familia y el hogar sean el lugar de acogida natural en la enfermedad y ancianidad, y donde la proximidad de la muerte se viva con cariño y lucidez;

- Que surjan iniciativas sociales de atención a los enfermos terminales, en un ambiente respetuoso con la persona y sus familias, adecuadamente preparadas para afrontar dignamente la muerte;

- Que las profesiones sanitarias se orienten hacia una atención integral de la persona durante todo el arco vital;

- Que las instituciones públicas y los poderes del Estado tutelen de manera efectiva la vida de todo ser humano, desde la concepción hasta su muerte natural, con independencia de cualquier condicionamiento”.

El caso holandés 

En otro apartado del documento, se refieren al caso Holandés. “La experiencia de Holanda anteriormente citada, -apuntan- donde está asentada una mentalidad permisiva de la eutanasia, es que se crea paralelamente una «solapada e insidiosa coacción moral» que lleva a los enfermos terminales o considerados «inútiles» a sentirse inclinados a solicitar la eutanasia.

Un grupo de adultos con discapacidades importantes manifestaba recientemente ante el Parlamento holandés: «Sentimos que nuestras vidas están amenazadas. Nos damos cuenta de que suponemos un gasto muy grande para la comunidad. Mucha gente piensa que somos inútiles. Nos damos cuenta a menudo de que se nos intenta convencer para que deseemos la muerte. Nos resulta peligroso y aterrador pensar que la nueva legislación médica pueda incluir la eutanasia»”.

La eutanasia no es una cuestión que inquiete solo a las personas religiosas, ni es un tema solo religioso. Para los obispos españoles, “la eutanasia y el suicidio asistido constituyen un drama humano, con hondas raíces antropológicas y con amplias repercusiones en el ámbito familiar, social, político y sanitario. En cuanto afecta a la vida humana y las diferentes esferas en las que se desarrolla, tienen una innegable repercusión en el ámbito religioso, pero es un asunto que pertenece principalmente a la concepción actual acerca del ser humano, de su libertad y de su destino”.

60 preguntas 

Ofrecemos a continuación las 60 preguntas a las que da respuesta este importante documento. 1¿Qué subyace en el reciente debate social sobre la eutanasia y el suicidio asistido? 2. ¿Qué aspectos se promueven en las campañas favorables a la eutanasia y el suicidio asistido? 3. ¿Cuáles son los principales argumentos que se emplean para promover la legalización de la eutanasia y el suicidio asistido? 4. ¿La promoción de la eutanasia y el suicidio asistido es un fenómeno reciente? 5. La aceptación de la eutanasia y el suicidio asistido ¿no es un signo de civilización? 6. ¿Cuál es el fundamento ético de las profesiones sanitarias? 7. ¿Qué se entiende por salud y enfermedad? 8. El dolor y la muerte ¿forman parte de la vida humana o, por el contrario, son obstáculos para ella? 9. ¿Debería, entonces, toda persona renunciar a huir del dolor en general, y del dolor de la agonía en particular? 10. ¿Es importante buscar sentido a la vida y también a las situaciones de dolor y sufrimiento?

11. ¿La enfermedad puede ser ocasión de plantearse el sentido de la vida? 12. ¿Es natural el miedo a morir y al modo de morir? 13. Como algunos creen ¿no serían más indignos una muerte dolorosa o un cuerpo muy degradado que una muerte rápida, producida cuando cada uno lo dispusiera? 14. ¿En la actitud que se adopte ante el dolor y muerte, hay, por tanto, una cuestión antropológica de base? 15. ¿Cuáles son las necesidades que presentan los enfermos en situación terminal? 16. ¿Qué es la medicina paliativa? 17. ¿Cómo está organizada la medicina paliativa? 18. ¿En qué consiste la «adecuación de los cuidados»? 19. ¿No es muy sutil la línea divisoria entre la eutanasia y la adecuación de los cuidados? 20. ¿A qué aludimos con la expresión «cuidados generales básicos»?

21. ¿Dentro de los cuidados básicos hay que incluir la nutrición por vía enteral o parenteral y la hidratación parenteral? 22. ¿Existen, por tanto, unos derechos del enfermo en situación terminal? 23. ¿Cómo se puede paliar el sufrimiento del enfermo en situación terminal? 24. ¿Cómo abordar adecuadamente el tratamiento del dolor? 25. ¿Es lícito el tratamiento del dolor, aunque pueda derivarse un acortamiento de la expectativa de vida? 26. ¿Qué otros aspectos son esenciales cuidar en los pacientes graves o en situación terminal? 27. ¿Qué dimensiones o ámbitos de la persona deben ser atendidos en los cuidados que se le deben dar al final de su vida? 28. ¿Qué es la sedación paliativa? 29. ¿En qué consiste la sedación paliativa profunda? 30. En la situación de incapacidad mental del enfermo, ¿es válido el documento de voluntades anticipadas? 

31. ¿Qué es la obstinación terapéutica? 32. ¿En qué consiste la obstinación terapéutica en el contexto de un enfermo en situación terminal? 33. ¿Qué es la eutanasia? 34. ¿Es valiosa la distinción entre eutanasia activa y pasiva? 35. ¿Qué se quiere decir cuando se utiliza la expresión «dejar morir al paciente»? 36. ¿Por qué la eutanasia y el suicidio asistido son éticamente inaceptables? 37. ¿La eutanasia afecta a la relación médico-paciente? 38. ¿Cómo afecta la eutanasia a la familia? 39. ¿Qué consecuencias tiene la eutanasia sobre la práctica médica? 40. ¿La admisión de la eutanasia y del suicidio asistido para casos extremos abre la puerta a que se aplique a situaciones cada vez menos extremas? 

41. ¿Se puede considerar el «caso holandés» como significativo de la legalización de la eutanasia y del suicidio asistido? 42. Si lo que se admitiera fuera solo la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido: ¿no se producirían efectos sociales positivos? 43. El ejercicio aceptado de la eutanasia y del suicidio asistido ¿termina por debilitar y relajar las garantías legales? 44. ¿Qué consecuencias tienen la eutanasia y el suicidio asistido sobre la sociedad? 45. ¿Es necesario redescubrir la raíz que sustenta la dignidad humana? 46. ¿Es necesaria la educación para valorar adecuadamente la originalidad y el valor de la vida humana? 47. ¿Es necesario favorecer la solidaridad con los que sufren? 48. ¿Se atiende suficientemente a formar al personal sanitario en el arte de aliviar y consolar? 49. ¿En qué aspectos es necesario incidir para extender una cultura de la vida? 50. ¿Qué aporta la fe al cuidado de los enfermos en situación terminal?

51. ¿Cómo concibe el cristianismo la dignidad de la vida humana? 52. ¿Ayuda la fe a encontrar un sentido a la vida y, de modo particular, al sufrimiento? 53. ¿Cuál es la doctrina de la Iglesia sobre el sufrimiento y la muerte? 54. ¿En qué puede colaborar un cristiano para promocionar una cultura de respeto de la vida humana? 55. ¿Qué es el Sacramento de la Unción de los Enfermos? 56. ¿Cuál debe ser la actitud de un cristiano ante la muerte? 57. La eutanasia y el suicidio asistido ¿son cuestiones religiosas? 58. En determinadas situaciones ¿no se plantean los profesionales sanitarios o los familiares creyentes, unos problemas morales muy difíciles de resolver? 59. ¿Se puede resumir en pocas palabras cuál es la doctrina de la Iglesia sobre la actitud ante el final de esta vida? 60. ¿En qué puede contribuir un cristiano a acrecentar el respeto y valoración de toda vida humana?

 

 

 

Carta apostólica Admirabile signum del Santo Padre Francisco sobre el significado y el valor del Belén, 01.12.2019

 

CARTA APOSTÓLICA EL HERMOSO SIGNO DEL PESEBRE DEL SANTO PADRE FRANCISCO SOBRE EL SIGNIFICADO Y EL VALOR DEL BELÉN

1. El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración. La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura. La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.

Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas... Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada.

2. El origen del pesebre encuentra confirmación ante todo en algunos detalles evangélicos del nacimiento de Jesús en Belén. El evangelista Lucas dice sencillamente que María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2,7). Jesús fue colocado en un pesebre; palabra que procede del latín: praesepium.

El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer. El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41). Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: «Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4). En realidad, el belén contiene diversos misterios de la vida de Jesús y nos los hace sentir cercanos a nuestra vida cotidiana.

Pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos. Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma, donde el 29 de noviembre de 1223 había recibido del Papa Honorio III la confirmación de su Regla. Después de su viaje a Tierra Santa, aquellas grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén. Y es posible que el Poverello quedase impresionado en Roma, por los mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor que representan el nacimiento de Jesús, justo al lado del lugar donde se conservaban, según una antigua tradición, las tablas del pesebre.

Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, de nombre Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno»[1]. Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado. El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa. Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado. Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía. En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado y vivido por todos los presentes[2].

Así nace nuestra tradición: todos alrededor de la gruta y llenos de alegría, sin distancia alguna entre el acontecimiento que se cumple y cuantos participan en el misterio.

El primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús. De aquel belén de la Navidad de 1223, «todos regresaron a sus casas colmados de alegría»[3].

3. San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos. Greccio se ha convertido en un refugio para el alma que se esconde en la roca para dejarse envolver en el silencio.

¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.

La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén. Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales.

De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).

4. Me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén para comprender el significado que llevan consigo. En primer lugar, representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los relatos evangélicos, sino también por el significado que tiene. Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas. Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré? Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79).

Merecen también alguna mención los paisajes que forman parte del belén y que a menudo representan las ruinas de casas y palacios antiguos, que en algunos casos sustituyen a la gruta de Belén y se convierten en la estancia de la Sagrada Familia. Estas ruinas parecen estar inspiradas en la Leyenda Áurea del dominico Jacopo da Varazze (siglo XIII), donde se narra una creencia pagana según la cual el templo de la Paz en Roma se derrumbaría cuando una Virgen diera a luz. Esas ruinas son sobre todo el signo visible de la humanidad caída, de todo lo que está en ruinas, que está corrompido y deprimido. Este escenario dice que Jesús es la novedad en medio de un mundo viejo, y que ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendor original.

5. ¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías. Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor.

«Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro. Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre.

6. Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto. De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros.

Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello. Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura. Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado.

Con frecuencia a los niños —¡pero también a los adultos!— les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos. Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura. Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan..., todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina.

7. Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado. Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total. Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios. Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él. Vemos en ella a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5).

Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica.

8. El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida. Viendo brillar los ojos de los jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos los sentimientos de María y José que, mirando al niño Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas.

«La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación. El belén nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de la historia, y a partir del cual también se ordena la numeración de los años, antes y después del nacimiento de Cristo.

El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas. Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida.

9. Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos. Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura.

Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor.

Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo. Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes. Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes.

10. Ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo. Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia. No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida. En cualquier lugar y de cualquier manera, el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición.

Queridos hermanos y hermanas: El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe. Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad. Que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios, que ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos.

 

FRANCISCO

 

Dado en Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019.

 

[1] Tomás de Celano, Vida Primera, 84: Fuentes franciscanas (FF), n. 468.

[2] Cf. ibíd., 85: FF, n. 469.

[3] Ibíd., 86: FF, n. 470.

 

 

La dignidad al final de la vida

Una sociedad verdaderamente solidaria debe centrar sus esfuerzos para ayudar a morir rodeado de las condiciones de dignidad a quien está llegando al final de su vida

No hay muertes dignas frente a muertes indignas. Lo que humilla y denigra la dignidad no es la enfermedad, sino la actitud de algunos de los que rodean al paciente, incluso de aquellos que lo tendrían que cuidar: la falta de amor.

La dignidad de la persona enferma, como la de cualquier otra persona, está ligada a su naturaleza, con independencia de sus circunstancias, de sus condiciones o de su actuación.

Toda persona, aun llena de taras y defectos, aporta al universo una contribución única e irrepetible que hace de ella alguien radicalmente irremplazable. Por esto, resulta degradante y éticamente inaceptable tratarla como si fuera una cosa, aunque sea para el progreso de la ciencia o aunque ya se considere un factor improductivo que solo genera gastos e incomodidad.

En una carta de un grupo de personas holandesas con discapacidad se decía «Sentimos que nuestras vidas están amenazadas… Mucha gente piensa que somos inútiles… Se nos intenta convencer para que deseemos la muerte, nos damos cuenta de que suponemos un gasto muy grande para la comunidad…». El valor de la persona no está en lo que le cuesta al Estado sino en su dignidad. Algunos argumentan que la eutanasia es un derecho de la autonomía individual que no afecta a otras personas (muchas veces no se trata de la autonomía del paciente sino la del pariente). En mi opinión pierden de vista su incidencia en la protección del bien común.

Quienes tenemos larga experiencia en la atención a enfermos con cáncer sabemos que muchas peticiones de eutanasia son un gesto, una llamada, una solicitud de ayuda por la soledad, el miedo, la desatención, el dolor o cualquier otro síntoma mal controlado, la falta de cariño o de compañía. Por eso suelo repetir que cuando un paciente dice: «Doctor, no quiero seguir viviendo…», se trata de una frase inacabada cuya versión completa ─lo he comprobado en numerosísimas ocasiones─ es: «Doctor, no quiero seguir viviendo así». En ese «así» es donde adquieren un papel fundamental los cuidados paliativos. Aquí es donde una sociedad verdaderamente solidaria debe centrar sus esfuerzos para ayudar a morir rodeado de las condiciones de dignidad a quien está llegando al final de su vida. Cuidándole de tal manera que no le quepa la menor duda de que, aunque esté muy deteriorado por el padecimiento, no ha perdido ni un ápice de su dignidad.

El juez Breyer, citado por H. Hendin en el prólogo de su libro Seducidos por la muerte, se preguntaba si la ausencia de centros de cuidados paliativos en Holanda estaba relacionada con la legalización del suicidio asistido y la eutanasia. Algo de esto puede haber ocurrido puesto que cuando los holandeses aprobaron estas prácticas, no existían los avances en cuidados paliativos de los últimos veinte años y aún no se disponía de los recursos actuales para enfermos terminales. Por ello, en una visión benévola se podría pensar que el fácil acceso a la eutanasia se deba a la falta del desarrollo de hospitales y centros de cuidados paliativos. Pero, sin duda también lo contrario, estos procesos de manera expansiva ahogan el desarrollo de estos servicios hospitalarios y centros apropiados para la dignificación del proceso de morir. También contribuyen a un claro y progresivo desinterés en investigar tratamientos y medidas para estos pacientes. Por ejemplo, en este tipo de escenarios no se hubieran desarrollado las pautas correctas técnicas y éticas de la sedación paliativa, que no supone un derecho de todo paciente porque lo pida él o sus familiares («sedación a la carta»), sino que se trata de un eficacísimo recurso para controlar síntomas refractarios a tratamientos convencionales y especialmente el sufrimiento no controlado, siguiendo unas indicaciones de aplicación muy precisas.

Me parece un dramático error despenalizar la eutanasia cuando hay todavía muchos enfermos en España que no tienen acceso real a cuidados paliativos de calidad. Muchos de los que defienden estos planteamientos pueden ser mañana víctimas de sus propios argumentos, y de esto yo he sido testigo. El camino no es otro, sino el de destinar más medios económicos y de todo orden para que estos cuidados y esta atención sea universal en el territorio español. Igualmente sería interesante imponer el estudio a fondo de la Paliación como asignatura obligatoria en todas las facultades de Medicina.

La Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 y otros documentos posteriores vienen a concluir que el hombre tiene un valor absoluto, la dignidad, y esta no reside en optar por ejercer la libertad de vivir o morir. El ser humano no puede renunciar a su propia dignidad. Es por lo que se prohíbe la venta libre de órganos, un régimen de esclavitud o el canibalismo.

En resumen, el ser humano se encontrará en situaciones de debilidad o vulnerabilidad por lo que habrá de ser defendido frente a terceros o frente a sí mismo por considerar que la defensa de su dignidad está por encima de su autonomía. La libertad es un valor sublime, pero tiene otros límites que son la libertad de uno mismo y la libertad de los otros. La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejerce en servicio de la verdad y resguarda la propia dignidad. Lo contrario es una libertad envilecida. Y, por último, la dignidad se fundamenta en el amor, la persona no puede vivir sin amor, ha nacido para ser amada y para amar. Sin amor el hombre no se comprende a sí mismo. Sin él se reconoce sin sentido. En ese amor experimentado es donde el paciente, el médico y el personal sanitario encuentran su razón de ser, ¿qué es sino la vocación, el voluntariado, la entrega, el esfuerzo por la tarea bien hecha, la solidaridad, etcétera? Es en el amor sentido y en el entregado donde el hombre encuentra su grandeza y su valía. Donde se reconocen a sí mismos como dignos, los pacientes y los profesionales.

Manuel González Barón es director Honorario de la Cátedra de Oncología Médica y Medicina de la UAM

 

 

¿Cómo se consolida el amor en el matrimonio?

Raúl Espinoza

¡Qué gusto me da observar las fotografías de familias numerosas con los abuelos ya mayores, los hijos y los numerosos nietos!

Matrimonio

El amor entre los esposos no se improvisa ni germina por “generación espontánea”. Es una labor que se va consolidando día con día. Con paciencia, con cariño. Está construido a base de cosas pequeñas buscando “estrenar” ese afecto cotidianamente.

¿Cómo? Decirle, por ejemplo, a la esposa un “te quiero” no mecánicamente sino con el corazón. Continuar teniendo los mismos detalles de servicio como cuando eran novios: acercarle la silla en la mesa de un restaurante; elogiarle algún éxito profesional o cómo la quedó la comida; si llevan un vestido apropiado y elegante; si alguno de los dos está preocupado por una importante reunión de trabajo infundirle confianza y seguridad. Aprender a comprender al otro cónyuge cuando está aparentemente inexpresivo porque se encuentra con un malestar estomacal o con un fuerte resfriado; pasar por alto roces sin trascendencia. En estos ejemplos estoy considerando que ambos esposos tienen su respectivo quehacer profesional.

De esta manera, nos percatamos de que el matrimonio también es “un trabajo” que tiene retos y desafíos. En primera instancia, para mantener la unidad de los dos; luego el crecer en virtudes; renovar los compromisos adquiridos y estar pendientes de la formación de los hijos.

Es frecuente escuchar en algunos esposos la queja de que “se les ha pasado el entusiasmo y el afecto”; “que han perdido la ilusión de la primera vez” y llegan a una nefasta conclusión: “Este ciclo ya se cerró”, es decir, que lo mejor es separarse o divorciarse.

Y es que la unión matrimonial no debe estar cimentada en “sentimentalismos” o consuelos sensibles ya que eso es muy voluble y poco consistente. Para que sea una relación firme y bien determinada debe estar fundamentada en la razón, la voluntad y la libertad. De tal manera que cada esposo pueda decir en los momentos de prueba: “Precisamente porque te quiero, ejerzo mi voluntad para quererte libremente cada vez más, aunque me moleste este detalle tuyo”. Independientemente que se le ayude al cónyuge a corregirse en ese defecto concreto.

De ahí que la fidelidad entre los esposos no debe de tener una connotación negativa o peyorativa. ¡Todo lo contrario! Les ayuda a madurar como cónyuges y contribuye a la felicidad de los hijos.

¿Qué detalles pueden contribuir a estrechar esos lazos de afecto? Salir solos a cenar, al cine o hacer deporte juntos con cierta periodicidad; cuidar los momentos para planear la educación de cada uno de los hijos y de qué manera concreta ayudarles; manifestarse mutuamente el cariño sin sequedades o inhibiciones; hacer una lista de las cosas buenas que tiene el otro cónyuge para cuando aparezcan las pequeñas fricciones; darles especial atención a los familiares enfermos y más necesitados.

¡Qué gusto me da observar las fotografías de familias numerosas con los abuelos ya mayores, los hijos y los numerosos nietos! Esos inolvidables rostros de felicidad lo dicen todo: que sí es posible ser fieles hasta la muerte; que cada hijo y nieto son frutos vivientes de su gran afecto y cariño. Y con naturalidad dan un admirable ejemplo a otros matrimonios para imitarles en su camino de amor.

 

 

El pueblo de la sonrisa,

El pueblo de la sonrisa, así se conoce al pueblo tailandés, ha recibido con afecto y respeto al Papa. Con su visita, Francisco rubrica un camino de diálogo que se inició con Pablo VI y continuó durante el pontificado de Juan Pablo II. Las diferentes tradiciones religiosas no son obstáculo para el encuentro, sino “faros para la esperanza”, ha dicho el Papa ante el Patriarca budista. La convivencia entre budistas y católicos en Tailandia es hoy buena muestra de eso, aunque los católicos han vivido sus momentos de prueba en el pasado. La comunidad católica es pequeña, pero viva. Sus raíces se hunden en la historia que iniciaron dos misioneros dominicos procedentes de Portugal. Solo un siglo después de su llegada se creó el Vicariato Apostólico de Siam. Y eso es lo que el Papa ha celebrado hoy: los buenos frutos de un empeño misionero, también al servicio de la nación tailandesa.

Xus D Madrid

 

 

 

Los paladines del laicismo más radical

Los paladines del laicismo más radical dicen ahora que el declive del cristianismo está dañando seriamente a la sociedad, uno de ellos, Douglas Murray, asegura que el laicismo no ha sido capaz de forjar una visión ética sobre cuestiones fundamentales de la vida, por lo que, tal vez, “estemos obligados a reconocer que la fe es la mejor opción”. El propio Richard Dawkins, en declaraciones al periódico “The Times”, ha llegado a la conclusión de que acabar con la religión “sería algo terrible porque daría a la gentes licencia para hacer cosas realmente malvadas”. Estos célebres exponentes del ateísmo intelectual vienen a dar la razón a lo que advirtió mucho tiempo atrás el gran escritor ruso Fedor Dostoiewsky: que si Dios no existiera todo estaría permitido.

Jesús Martínez Madrid

 

 

El velo y la laicidad

El islam político cuestiona los principios de la República francesa y esta debe responder fijando los límites exactos entre laicidad, civilidad y orden público. Por eso Macron no quiere legislar sobre el velo. Basta con aplicar el principio de igualdad de género y establecer relaciones que permitan la colaboración estrecha entre asociaciones ciudadanas, funcionarios y servicios públicos. No muy lejos de esta tesis está la Iglesia de Francia, como se desprende de la conversación que el arzobispo de París ha mantenido con corresponsales extranjeros. Algunos signos identitarios, como el velo, pueden ser en el fondo signo de fragilidad e incertidumbre, ha dicho el arzobispo Michel Aupetit. Legislar contra ellos generaría tensiones de tipo sectario, que la política y la religión deben evitar. Más bien apuesta por buscar puntos de encuentro a través de las parroquias y otros espacios sociales que se conviertan en lugares de fraternidad, y donde los jóvenes, sobre todo, puedan adquirir su propia estima dentro de la sociedad.

Pedro García

 

 

Pensamientos y reflexiones 241

 

Aceite, Turismo, Aceitunas y… Dios… o la Creación (“ambas es lo mismo”) dejó al hombre en tierras, todas ricas… simplemente invitándole o retándole, a que con su inteligencia y trabajo, las explotara (cuidándolas); y viviera de ellas, con suficiente desahogo material, para después; “cultivar su yo inteligente o espiritual”; y así, ir progresando en un verdadero progreso; por tanto no hay tierras o mares pobres; “los pobres son los hombres que las habitan y que no saben cultivarlas o explotarlas con la verdadera inteligencia que esos lugares necesitan”; de ahí le vienen todas las miserias que padece.

                                Mi provincia (Jaén) es más que rica en tierras y serranías enormemente ricas en productos y materias muy variadas; y que se dan en sus casi catorce mil kilómetros cuadrados. En ellas se produce la mayor cantidad del insustituible aceite  de aceituna (mal denominado de oliva, puesto que la oliva u olivo, es el árbol y el fruto la aceituna, por tanto y al igual que se nombran otros zumos, al aceite (que es otro zumo natural) se le debe denominar de aceituna) que por otra parte, es el único aceite del mundo, puesto que el nombre le viene desde mucho antes de que se inventara no sólo el papel, sino incluso el pergamino o papiro; puesto que viene desde los ancestros de la civilización mesopotámica; y hay testimonios escritos en aquellas tablillas de arcilla, que son la base de la civilización occidental. De ahí que todo lo demás que se denomina “aceites”, no deben considerarse así, sino como lo que son en realidad, o sea “grasas, sean de ballena, cacahuete, girasol u de lo que sean”; y es por lo que todos los países productores de ese “único aceite”, ya debieran emprender el lograr lo que los inteligentes y luchadores franceses, lograron con “su champaña o coñac” (otros países en otros productos); o sea que sólo puede emplearse el nombre de los mismos, en sus lugares de origen o producción genuina, que le diera el nombre y según los casos.

            Otra de las verdades que hay que saber de “ese único aceite es sus bondades y con arreglo al precio de su obtención”, puesto que muchos ignorantes condicionan el precio en relación a otras grasas. Y es que el aceite es de los pocos productos naturales, que como materia prima interesantísima, no es sólo alimento (es el padre de la tan famosa cocina mediterránea) sino que igualmente, es medicina, cosmética y base para infinidad de preparados sanos para la alimentación humana; y por tanto el precio de un litro(que es la décima parte de un kilo) no representa gran cosa en el costo de la cesta de la compra; lo que puede comprobar el consumidor inteligente, si anota lo que compra para su casa y su salud, en relación al resto de las compras del mes o de la semana y donde entran, infinidad de “chuminadas” prescindibles por demás. (De mi artículo de igual titular 03-02-2019)

 

España: catalanes y vascos :            Estoy releyendo otra vez la gran obra de Vicente Blasco Ibáñez en sus “obras completas”: Y me manifiesto una vez más, de que esa obra, debiera ser de lectura obligatoria en todas las escuelas de España; por cuanto enseña de nuestra triste (cuando no horrible) historia, no sólo de España, sino del siempre oprimido pueblo español, “juguete de casi todos los gobernantes que han asolado este territorio, arrastrándolo a la situación de mendicante mundial en que permanece hace siglos”; pero sobre ello, ya haré un artículo resumiéndolo en lo que permite tal tipo de escrito.  Hoy acordándome de este “cuasi olvidado pensador y escritor, considerado por mí, como el mejor de todos los que ha parido este desgraciado país en los últimos dos siglos”; escribo lo que sigue; y sintiendo, “esa ya guerra abierta entre las tribus de Iberia, que no es nada más y nada menos que otra situación de destrucción nacional; y que a nada bueno conduce; y como siempre ha ocurrido en la historia de “los celtíberos”.

                                Harto ya en demasía de la inundación de malas noticias y que nos “sirven con deleite”, todos o casi todos los “medios informativos y desinformativos”; leo lo que a continuación reproduzco:

El Gobierno, a la desesperada, acepta que el PNV "medie" con los independentistas El Gobierno, a la desesperada, acepta que el PNV "medie" con los independentistas

Después de un tira y afloja, el Ejecutivo mantiene la puerta abierta a aceptar la condición de una mesa de diálogo entre partidos en Cataluña. Una situación que evoca una relación de bilateralidad, ya que se desarrollaría al margen del diálogo parlamentario (sea nacional o regional), y sería el preludio a una negociación entre dos ejecutivos en posición de equilibrio, puesto que se superaría el principio constitucional por el que la legitimidad del poder regional emana del nacional. (Vozpópuli 06-02-2019) Y sobre esta estrambótica nueva noticia insólita y absurda por demás, digo.            ¿Por qué tanto los catalanes como los vascos no emprenden igual lucha ante los gobiernos de Francia, siendo el resto de “sus hipotéticos países” (que ni lo son ni nunca lo fueron) partes importantes del vecino país francés?... Por que allí a parte de reírse de ellos, les darían incluso “palos” (De mi artículo de igual titular 06-02-2019)

“El precio de desentenderse de la política es el de ser gobernado por los peores hombres”: (Platón). La política nos afecta a todos y por ello no debemos dejarla sólo en manos de los políticos.

“La verdad es la herida que más duele… y no cicatriza”. AGF

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo) www.jaen-ciudad.es (Aquí más)