Las Noticias de hoy 17 Enero 2022

Enviado por adminideas el Lun, 17/01/2022 - 13:13

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 17 de enero de 2022      

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: Como el mejor vino, Dios quiere lo mejor para nosotros

Los hombres del Evangelio están lejos de la "espiritualidad de la carcoma"

SANTIDAD DE LA IGLESIA : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: lunes de la 2.ª semana del tiempo ordinario

“Los hijos de Dios hemos de ser contemplativos” : San Josemaria

Sobre la formación profesional (I): La reflexión sobre mi propio trabajo

Trabajar por amor : J. López

La familia en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer

La misión educativa de la familia:  M. Díez

El derecho de los padres a la educación de sus hijos :  J.A. ArañaJ. C. Errázuriz

Mantenerse firme: aprender a decir que no : Alfonso Aguiló Pastrana

Y a ti… ¿Qué te sostiene? : Sheila Morataya

Ley natural: ¿un invento? : Oscar Fernández Espinosa de los Monteros

Maternidad y jubilación : Jesús Martínez Madrid

Su ridículo sectarismo : José Morales Martín

Divide y vencerás o la gran perversidad : Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

 

 

El Papa: Como el mejor vino, Dios quiere lo mejor para nosotros

A la hora del Ángelus dominical el Papa Francisco, comentó el conocido episodio de las bodas de Caná, en que Jesús realizó el primer signo con el “manifestó su gloria” para que creyeran en él, y recordó que Dios “nos quiere felices”

 

Vatican News

Al comentar el Evangelio propuesto por la liturgia de este domingo – que narra el episodio de las bodas de Caná – el Papa Francisco, antes de rezar el Ángelus con los fieles y peregrinos que se dieron cita en una soleada Plaza de San Pedro, explicó que Jesús, con aquel primer signo, manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él”.

¿Qué es un “signo” según el Evangelio?

El Santo Padre puso de manifiesto que el evangelista “no habla de milagro”, o sea “de un hecho potente y extraordinario que genera maravilla”. En efecto, Francisco dijo que Juan relata que en Caná “tuvo lugar un signo, un signo que suscita la fe de los discípulos”. De manera que podemos preguntarnos: ¿qué es un “signo” según el Evangelio? Y la respuesta del Papa fue:

“Es un indicio que revela el amor de Dios, que no reclama atención sobre la potencia del gesto, sino sobre el amor que lo ha provocado. Nos enseña algo del amor de Dios, que es siempre cercano, tierno y compasivo”

Un gesto que sale al encuentro de una necesidad concreta

Lo que ocurrió en las bodas de Caná "no fue una curación extraordinaria o un prodigio en el templo de Jerusalén – precisó el Santo Padre – sino un gesto que respondió a una necesidad sencilla y concreta de la gente común, un gesto doméstico, digamos, un milagro en punta de pie, discreto, silencioso".

“Él está dispuesto a ayudarnos, a levantarnos. Y entonces, si estamos atentos a estos ‘signos’, somos conquistados por su amor y nos convertimos en sus discípulos”

En Jesús no hay espacio para segundos fines

Francisco afirmó asimismo que el Señor “No se pone límites y no nos pide intereses”.

“En el signo de Jesús no hay espacio para segundos fines, para pretensiones con respecto a los esposos. No, la alegría que Jesús deja en el corazón es alegría plena, alegría desinteresada. ¡No es una alegría aguada! ¡No! Alegría”

Sugerencia del Papa

En su diálogo ideal con las numerosas personas deseosas de escuchar sus palabras, rezar por sus intenciones de pastor de la Iglesia universal y recibir su bendición apostólica, el Santo Padre les propuso “un ejercicio” que puede hacer “mucho bien”:

“Probemos hoy a buscar entre los recuerdos en busca de los signos que el Señor ha realizado en mi vida – cada uno diga: ¿en mi vida, qué signos ha realizado el Señor? ¿Qué signo de su presencia? Signos que ha hecho, para mostrarnos que nos ama. Pensemos en aquel momento difícil en el que Dios me hizo experimentar su amor…”

Buscar los signos de ternura experimentados en nuestra vida

“Y preguntémonos – prosiguió Francisco – ¿con qué signos, discretos y premurosos, me ha hecho sentir su ternura? ¿Cuándo sentí más cerca al Señor, cuánto sentí más su ternura, su compasión?

 

16/01/2022Cercanía del Papa a los brasileños afectados por las inundaciones

Cada uno de nosotros en la historia tiene ests momentos. Vayamos a buscar esos signos, hagamos memoria. ¿Cómo he descubierto su cercanía? ¿Cómo en mí ha quedado en el corazón una gran alegría? Revivamos los momentos en los que hemos experimentado su presencia y la intercesión de María”.

Mientras antes de rezar a la Madre de Dios, manifestó su intención de que ella, “que como en Caná está siempre atenta, nos ayude a atesorar los signos de Dios en nuestra vida”.

 

Los hombres del Evangelio están lejos de la "espiritualidad de la carcoma"

Al recibir en audiencia a los miembros del capítulo general de los Clérigos Regulares Teatinos, el Papa Francisco invitó a estos religiosos, cuyo fundador es San Gaetano Thiene, a profundizar en su identidad, comunión y misión, evitando cualquier forma de charlatanería. Y les pidió que se cuiden mutuamente siguiendo las huellas de su fundador, "sin esquemas rígidos" y "con corazón apostólico"

 

Benedetta Capelli – Ciudad del Vaticano

En su audiencia a los participantes en el capítulo general de los Clérigos Regulares Teatinos, a quienes recibió esta mañana en la Ciudad del Vaticano, el Santo Padre hizo un pequeño salto al pasado. En efecto, Francisco recordó la fiesta de San Cayetano que ce celebra cada 7 de agosto y que, en Buenos Aires, ciudad donde el fundador de los Teatinos es muy querido, es muy concurrida. "La gente lo venera y le reza como patrono del pan y del trabajo", explicó el Papa. Un recuerdo que se entrelazó con la reflexión sobre el tema del capítulo general centrado en la misión y la actualización del carisma teatino para responder a los desafíos de este tiempo.

El Papa recordó la labor de San Gaetano y sus compañeros al afirmar que se trata de: “una fraternidad sacerdotal apostólica" arraigada en la vida espiritual y en la caridad concreta, que "hizo crecer ese hospital de campaña de la Iglesia que también se necesita hoy". Por esta razón les dijo textualmente:

“Los animo a seguir sus pasos, con docilidad al Espíritu, sin esquemas rígidos – otra cosa, cuidado con la rigidez porque la rigidez es una perversión que viene precisamente del clericalismo, es otra cosa fea y bajo cualquier rigidez hay podredumbre, siempre – sin esquemas rígidos, pero firmemente arraigados en las cosas esenciales: la oración, la adoración, la vida en común, la caridad fraterna, la pobreza y el servicio a los pobres. Todo ello con un corazón apostólico, con la buena inquietud evangélica de buscar ante todo el Reino de Dios”

La carcoma de la charlatanería

En sus indicaciones, hablando espontáneamente, el Pontífice les sugirió la fuerza de una comunidad religiosa: la franqueza y el cuidado. “Hermanos – les dijo – la mayor plaga en una congregación religiosa, en una comunidad religiosa, es cuando los hermanos no se cuidan los unos a los otros o, mejor dicho, cuando empieza la cháchara”. De ahí su consejo:

“Sean hombres consagrados, hombres del Evangelio, pero hombres. Si tú tienes algo en contra del otro... ten los pantalones para decirle las cosas a la cara o para callarte. O ese otro criterio, decírselo a quienes pueden remediarlo, es decir, a los superiores. Pero no hagas grupitos, esa es la espiritualidad de la ‘carcoma’, que hace caer la fuerza de una comunidad religiosa. Nada de charlatanería, por favor”

Cada santo es una misión

"Un salto cualitativo", "una vocación dentro de la vocación" o "una segunda conversión" es el aspecto que el Papa los invitó a mirar en la vida de San Gaetano y en la de otros santos. Es el paso a una vida plena, ese "plus" que viene del Espíritu Santo.

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"Este salto cualitativo es el que hace crecer no sólo la vida personal de ese hombre o mujer, sino también la vida de la Iglesia. Es lo que, en cierto sentido, la ‘reforma’, la purifica y hace aflorar su belleza evangélica". El llamamiento del Papa fue el de dar testimonio de este "Evangelio vivo" porque la vida es un camino hacia la santidad.

“San Gaetano Thiene también nos muestra que 'cada santo es una misión'. Cada santo es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio”

Cada santo encarna, pues, “un método” para traducir, en la realidad en la que vive, el dinamismo espiritual del propio Evangelio, añadió Francisco. 

De la reforma, el Papa les dijo que "debe empezar por uno mismo", por ser el primer punto para definir la identidad. Fue ésta una de las tres palabras clave que les sugirió el Santo Padre en su reflexión. Mientras al repasar la vida de San Gaetano, recordó su trabajo en la curia papal, en el Oratorio del Divino Amor y en el cuidado de los enfermos: un testimonio de una vida plena.

“Este es el camino: empezar por uno mismo para vivir el Evangelio con más profundidad y coherencia. Todos los santos nos muestran este camino. Son los verdaderos reformadores de la Iglesia. O más bien: es el Espíritu Santo quien forma y reforma la Iglesia, y lo hace a través de la Palabra de Dios y de los santos, que ponen en práctica la Palabra en su vida”

Comunión y misión

La comunión es el otro principio rector que mencionó el Obispo de Roma. El Espíritu llama a hacer comunidad, es una vida cristiana hecha de muchos gestos cotidianos, un lugar "para cuidar los pequeños detalles del amor, donde – leemos en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate – los miembros se cuidan mutuamente y constituyen un espacio abierto y evangelizador. Es un lugar de la presencia del Señor resucitado que lo santifica según el plan del Padre".

 

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El protocolo de Jesús

Por último, el Papa les habló de la misión, subrayando la contribución de San Gaetano en la evangelización de Roma, Venecia y Nápoles, "a través del testimonio de su vida y de las obras de misericordia”, poniendo en práctica “el gran protocolo" que Jesús nos dejó con la parábola del juicio final, en Mateo 25.

 

SANTIDAD DE LA IGLESIA

— La Iglesia es santa y produce frutos de santidad.

— Santidad de la Iglesia y miembros pecadores.

— Ser buenos hijos de la Iglesia.

I. El Antiguo Testamento, de mil formas diferentes, anuncia y prefigura todo lo que tiene lugar en el Nuevo. Y este es plenitud y cumplimiento de aquel. Cristo muestra el contraste entre el espíritu que Él trae y el del judaísmo de su época. Este espíritu nuevo no será como una pieza añadida a lo viejo, sino un principio pleno y definitivo que sustituye las realidades provisionales e imperfectas de la antigua Revelación. La novedad del mensaje de Cristo, su plenitud, como un vino nuevo, no cabe ya en los moldes de la Antigua Ley. Nadie echa vino nuevo en odres viejos...1.

Quienes le escuchan entienden bien las imágenes que emplea el Señor para hablar del Reino de los Cielos. Nadie debe cometer el error de remendar un vestido viejo con un trozo de tela nueva, porque el paño nuevo encogerá al mojarse, desgarrando aún más el vestido viejo y pasado, con lo que se perderían los dos al mismo tiempo.

La Iglesia es el vestido nuevo, sin roturas; es la vasija nueva preparada para recibir el espíritu de Cristo, que llevará generosamente hasta los confines del mundo, y mientras existan hombres sobre la tierra, el mensaje y la fuerza salvífica de su Señor.

Con la Ascensión se cierra una etapa de la Revelación, y comienza en Pentecostés el tiempo de la Iglesia2, Cuerpo Místico de Cristo, que continúa la acción santificadora de Jesús, principalmente a través de los sacramentos, y nos consigue abundantes gracias por su intercesión, a través también de los sacramentos y de los ritos externos que Ella ha instituido: las bendiciones, el agua bendita...; su doctrina ilumina nuestra inteligencia, nos da a conocer al Señor, nos permite tratarlo y amarlo. Por eso, nuestra Madre la Iglesia jamás ha transigido con el error en la doctrina de fe, con la verdad parcial o deformada; se ha mantenido siempre vigilante para mantener la fe en toda su pureza, y la ha enseñado por el mundo entero. Gracias a su indefectible fidelidad, por la asistencia del Espíritu Santo, podemos nosotros conocer la doctrina que enseñó Jesucristo, y en su mismo sentido, sin cambio ni variación alguna. Desde los días de Pentecostés hasta hoy, se sigue escuchando la voz de Cristo.

Todo árbol bueno produce buenos frutos3, y la Iglesia da frutos de santidad4. Desde los primeros cristianos, que se llamaron entre sí santos, hasta nuestros días, han resplandecido los santos de toda edad, raza y condición. La santidad no está de ordinario en cosas llamativas, no hace ruido, es sobrenatural; pero trasciende enseguida, porque la caridad, que es la esencia de la santidad, tiene manifestaciones externas: en el modo de vivir todas las virtudes, en la forma de realizar el trabajo, en el afán apostólico... «Mirad cómo se aman», decían de los primeros cristianos5; y los habitantes de Jerusalén los contemplaban con admiración y respeto, porque advertían los signos de la acción del Espíritu Santo en ellos6.

Hoy, en este rato de oración y durante el día, podemos dar gracias al Señor por tantos bienes como hemos recibido a través de nuestra Madre la Iglesia. Son dones impagables. ¿Qué sería de nuestra vida sin esos medios de santificación que son los sacramentos? ¿Cómo podríamos conocer la Palabra de Jesús –¡palabras de vida eterna!– y sus enseñanzas si no hubieran sido guardadas con tanta fidelidad?

II. Desde el mismo momento de su fundación, el Señor ha tenido en su Iglesia un pueblo santo, lleno de buenas obras7. Puede afirmarse que en todos los tiempos «la Iglesia de Dios, sin dejar de ofrecer nunca a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo»8. Santidad en su Cabeza, Cristo, y santidad en muchos de sus miembros también. Santidad por la práctica ejemplar de las virtudes humanas y las sobrenaturales. Santidad heroica es la de aquellos que «son de carne, pero no viven según la carne. Habitan en la tierra, pero su patria es el Cielo... Aman a los otros y los otros los persiguen. Se les calumnia y ellos bendicen. Se les injuria y ellos honran a sus detractores... Su actitud (...) es una manifestación del poder de Dios»9. Son innumerables los fieles que han vivido su fe heroicamente: todos están en el Cielo, aunque la Iglesia haya canonizado solo a unos pocos. Son también incontables, aquí en la tierra, las madres de familia que, llenas de fe, sacan adelante a su familia, con generosidad, sin pensar en ellas mismas; trabajadores de todas las profesiones que santifican su trabajo; estudiantes que realizan un apostolado eficaz y saben ir con alegría contra corriente; y tantos enfermos que ofrecen sus vidas en el hogar o en un hospital por sus hermanos en la fe, con gozo y paz...

Esta santidad radiante de la Iglesia queda velada en ocasiones por las miserias personales de los hombres que la componen. Aunque, por otra parte, esas mismas deslealtades y flaquezas contribuyen a manifestar, por contraste, como las sombras de un cuadro realzan la luz y los colores, la presencia santificadora del Espíritu Santo, que la sostiene limpia en medio de tantas debilidades.

Nadie echa vino nuevo en odres viejos: el licor divino de las enseñanzas del Señor, de la vida que nos ha dispensado al traernos a su Iglesia, se ha de contener en nuestra alma, un recipiente que debe ser digno, pero que es defectible, que puede fallar. Con fe y con amor entendemos que la Iglesia sea santa y que sus miembros tengan defectos, sean pecadores. En Ella «están reunidos buenos y malos. Está formada por diversidad de hijos, porque a todos engendra en la fe; pero de tal modo que no a todos, por culpa de ellos, logra conducir a la libertad de la gracia mediante la renovación de sus vidas»10. La misma Iglesia está constituida por hombres que alcanzaron ya su destino eterno –los santos del Cielo–, por otros que purgan en espera del premio definitivo, y también por los que aquí en la tierra han de luchar con sus defectos y malas inclinaciones para ser fieles a Cristo. No es razonable –y va contra la fe y contra la justicia– juzgar a la Iglesia por la conducta de algunos miembros suyos que no saben corresponder a la llamada de Dios; es una deformación grave e injusta, que olvida la entrega de Cristo, que amó a su Iglesia y se sacrificó por ella, para santificarla, limpiándola en el bautismo del agua, a fin de hacerla comparecer delante de Él llena de gloria, sin arruga ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada11. No olvidemos a Santa María, a San José, a tantos mártires y santos; tengamos siempre presente la santidad de la doctrina y del culto y de los sacramentos y de la moral de la Iglesia; consideremos frecuentemente las virtudes cristianas y las obras de misericordia, que adornan y adornarán siempre la vida de tantos cristianos... Esto nos moverá a portarnos siempre como buenos hijos de la Iglesia, a amarla más y más, a rezar por aquellos hermanos nuestros que más lo necesitan.

III. La Iglesia no deja de ser santa por las debilidades de sus hijos, que son siempre estrictamente personales, aunque estas faltas tengan mucha influencia en el resto de sus hermanos. Por eso, un buen hijo no tolera los insultos a su Madre, ni que le achaquen defectos que no tiene, que la critiquen y maltraten.

Por otra parte, incluso en aquellos tiempos en que el verdadero rostro ha estado velado por la infidelidad de muchos que deberían haber sido fieles y cuando solo aparecen vidas de muy escasa piedad, en esos momentos –quizá ocultas a la mirada de las gentes– existen almas santas y heroicas. Aun en las épocas más oscurecidas por el materialismo, la sensualidad y el deseo de bienestar, hay hombres y mujeres fieles que en medio de sus quehaceres son la alegría de Dios en el mundo.

La Iglesia es Madre: su misión es la de «engendrar hijos, educarlos y regirlos, guiando con materno cuidado la vida de los individuos y los pueblos»12. Ella –santa y madre de todos nosotros13– nos proporciona todos los medios para adquirir la santidad. Nadie puede llegar a ser buen hijo de Dios si no vive con amor y piedad estos medios de santificación, porque «no puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre»14. De aquí que no se concibe un gran amor a Dios sin un gran amor a la Iglesia.

Como el amor a Dios brota del amor que Él nos tiene –Él nos amó primero a nosotros15–, el amor a la Iglesia ha de nacer del agradecimiento por los medios que nos brinda para que alcancemos la santidad. Le debemos amor por el sacerdocio, por los sacramentos todos –y de modo muy particular por la Sagrada Eucaristía–, por la liturgia, por el tesoro de la fe que ha guardado fielmente a lo largo de los siglos... La miramos nosotros con ojos de fe y de amor, y la vemos santa, limpísima, sin arruga.

Si la Iglesia, por voluntad de Jesucristo, es Madre –una buena madre–, tengamos nosotros la actitud de unos buenos hijos. No permitamos que se la trate como si fuera una sociedad humana, olvidando el misterio profundo que en Ella se encierra; no queramos escuchar críticas contra sacerdotes, obispos... Y cuando veamos errores y defectos de quienes quizá tenían que ser más ejemplares, sepamos disculpar, resaltar otros aspectos positivos de esas personas, recemos por ellos... y, en su caso, ayudémosles con la corrección fraterna, si nos es posible. «Amor con amor se paga», un amor con obras, que sea notorio, por quienes habitualmente nos conocen y tratan.

Terminamos nuestra oración invocando a Santa María, Mater Ecclesiae, Madre de la Iglesia, para que nos enseñe a amarla cada día más.

1 Mc 2, 22. — 2 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 4.  3 Mt 7, 17. — 4 Cfr. Catecismo Romano, I, 10, n. 15. — 5 Tertuliano, Apologético, 39, 7. — 6 Cfr. Hech 2, 33. — 7 Tit 2, 14.  8 Pío XI, Enc. Quas primas, 11-XII-1925, 4.  9 Epístola a Diogneto, 5, 6, 16; 7, 9. — 10 San Gregorio Magno, Homilía 38, 7. — 11 Ef 5, 25-27. — 12 Juan XXIII, Enc. Mater et magistra, Introd. — 13 Cfr. San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, 18, 26. — 14 San Cipriano, Sobre la unidad de la Iglesia Católica, 6. — 15 1 Jn 4, 10.

 

Meditaciones: lunes de la 2.ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el lunes de la 2.ª semana del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: Jesús es el buen camino; la obediencia está en escuchar a Dios; la vida de oración es creativa.

17/01/2022


«AL QUE SIGUE buen camino le haré ver la salvación de Dios» (Sal 49,23). Este versículo del Salmo 49 expresa, de forma condensada, la meta a la que aspiramos y el medio para alcanzarla. Deseamos de todo corazón experimentar la salvación de un Dios que nos ama y que no quiere para nosotros ni el mal ni la muerte. Por lo tanto, estamos convencidos de que tanto las alegrías cotidianas como los momentos de dificultad pueden abrirse a esa nueva vida que quiere regalarnos. Dios nos está salvando en todo momento.

«Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), dice Jesús. Por eso, seguir el buen camino que nos propone el salmista no consiste en llenar nuestra jornada de reglas formales o, menos aún, en vivir con el temor de que quizás no consigamos el ideal al que Dios nos llama. Gran parte de la madurez y vitalidad de nuestra vida interior depende de que descubramos, en toda su profundidad, lo que significa que nuestra existencia sea caminar junto a una persona: Jesucristo. Entonces, no nos agobiará la preocupación de si vamos o no por el camino correcto, sino que nos abriremos permanentemente a su palabra para saber por dónde quiere llevarnos. Nuestra vida se convierte en una aventura divina.

«La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino»1. Solo podemos abrirnos a Jesucristo a través del diálogo con él. Queremos que toda nuestra vida vaya pasando a través del tamiz de su mirada para transformar la nuestra. Somos conscientes de que no es lo mismo una sonrisa o un detalle de servicio que nacen por el impulso de sabernos acompañados por Jesús, que una vida en la que él está ausente. De esta forma, todo lo que hacemos adquiere una dimensión mucho más profunda: es manifestación del amor de Dios.


EN UN PASAJE de la Escritura, el profeta Samuel se presenta ante el rey de Israel con un mensaje importante y sorpresivo. Saúl pensaba que había hecho lo que Dios le había pedido: vencer al pueblo enemigo. Sin embargo, su obediencia no había sido plena porque había decidido quedarse con el botín. Había escondido ese pequeño acto de rebeldía a las palabras del Señor bajo un manto de razones sobrenaturales: se justificaba pensando que los animales del pueblo enemigo podrían servir para los sacrificios a Dios. Samuel le hace ver el autoengaño en que ha incurrido: «¿Le complacen al Señor los sacrificios y los holocaustos tanto como obedecer su voz? La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad, más que la grasa de carneros» (1 Sa 15,22).

Uno de los grandes desafíos de nuestra vida es unir nuestras ocupaciones cotidianas a la voz de Dios que surge en la oración. Nos gustaría que todo lo que realizamos, desde que nos despertamos hasta el último segundo antes de caer dormidos por la noche, fuese una respuesta libre y amorosa a las insinuaciones divinas. La obediencia no es una virtud que tenga como fin doblegar nuestra libertad a una autoridad que da órdenes. La obediencia cristiana consiste, más bien, en nuestro esfuerzo por leer en los labios de Jesús sus invitaciones constantes a hacer el bien.

«En la oración debemos ser capaces de llevar ante Dios nuestros cansancios, el sufrimiento de ciertas situaciones, de ciertas jornadas, el compromiso cotidiano de seguirlo, de ser cristianos, así como el peso del mal que vemos en nosotros y en nuestro entorno, para que él nos dé esperanza, nos haga sentir su cercanía, nos proporcione un poco de luz»2. Podemos pedir con fe al Señor que toda nuestra vida sea como un gran río que surge en nuestros ratos de oración. Así, en la tierra de nuestro entorno, quizá aparentemente reseca en algún momento, irán brotando flores que ni siquiera intuíamos que necesitaban un poco de agua para florecer.


UNA PERMANENTE RELACIÓN amorosa con Cristo, caldeada en la oración, nos lleva a un constante deseo de convertirnos. No queremos que nuestra vida interior sea un mero cumplimiento externo, sino que estamos deseosos de conocer en todo momento lo que Dios espera de nosotros en lo más íntimo de nuestra alma. La vida de oración se transforma así en una constante llamada a vivir «la creatividad del amor»3 y a alejarnos de una rutina mal entendida. Quizás es hora de ponerse en disposición de volver a oír las insinuaciones de Dios para llevar a cabo ese trabajo, para esa forma de tratar a un familiar, o para esa iniciativa apostólica. El Señor, como el viento, nunca se repite.

Es Jesús quien en el Evangelio de la Misa de hoy nos invita a atrevernos a seguir caminos inexplorados: «Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto –lo nuevo de lo viejo– y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos» (Mc 2,21-22). En cada rato de oración tenemos la oportunidad de preguntarnos si el vino nuevo de las enseñanzas de Jesús lo estamos recibiendo verdaderamente en odres nuevos, es decir, en un corazón que está llamado a ser joven en todo momento.

San Josemaría repetía que «nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria (…). Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios»4.


1  San Josemaría, Amigos de Dios, n. 306.
Benedicto XVI, Audiencia, 1-II-2012.
Francisco, Video-mensaje, 3-IV-2020.
San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 173.

 

“Los hijos de Dios hemos de ser contemplativos”

Nunca compartiré la opinión -aunque la respeto- de los que separan la oración de la vida activa, como si fueran incompatibles. Los hijos de Dios hemos de ser contemplativos: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor: y mirarle como se mira a un Padre, como se mira a un Amigo, al que se quiere con locura. (Forja, 738)

17 de enero

No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios.

Por el contrario, debéis comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir.

Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo– santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver –a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo. (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá, n. 114)

 

Sobre la formación profesional (I): La reflexión sobre mi propio trabajo

San Josemaría solía considerar cinco aspectos de la formación que ofrece el Opus Dei: humano, espiritual, doctrinal-religioso, apostólico y profesional. Esta serie explica el impacto de esa formación en la santificación del trabajo. Más allá de la educación o el aprendizaje, ¿en qué consiste la formación profesional?

15/01/2022

Un estudiante que realiza un semestre en una universidad extranjera. Una veterana funcionaria municipal. Un diseñador freelance que trabaja desde casa. Una profesora de instituto que empieza el curso. Un ingeniero que ha emigrado. Una enfermera que acaba de conseguir mejores condiciones laborales. Un dependiente que ha sufrido una reducción de jornada y sueldo. Una peluquera que ha cerrado su peluquería durante la pandemia. Un padre o una madre que se ocupan de los hijos pequeños. Una recién graduada que busca su primer empleo. En estas, u otras, situaciones profesionales y personales se encuentran numerosos cristianos que quieren seguir los pasos de Jesús-trabajador con la guía que les ofrece la formación en el Opus Dei. El artesano de Nazaret es su principal modelo (Mt 13, 54-58).

En toda vida hay un recorrido pasado y un proyecto futuro, a veces luz y a veces sombra, alegría y sufrimiento, decisiones acertadas y erróneas, ilusiones y dudas, un impacto personal, familiar y social. Cada uno de nosotros, desde su singularidad, con su historia y sus circunstancias, está llamado a santificar el trabajo, a santificarse en el trabajo y a santificar a los demás en el trabajo.

Para poder realizar esta misión, san Josemaría insistía en la necesidad de prepararse bien. “Si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad”[1]. “Hijos de mi corazón, para que la siembra sea eficaz, necesitáis que haya un refuerzo en la parte espiritual, otro en la parte psicológica, otro en la parte profesional”[2]. “No basta el deseo de querer trabajar por el bien común; el camino, para que este deseo sea eficaz, es formar hombres y mujeres capaces de conseguir una buena preparación, y capaces de dar a los demás el fruto de esa plenitud que han alcanzado”[3].

El Opus Dei se compromete a dar una formación cristiana que atañe a todas las dimensiones de la persona, incluida la profesional. Sin embargo, la preparación intelectual y técnica que cada ocupación requiere se adquiere en las instituciones de enseñanza y capacitación propias de cada país y en la misma experiencia laboral, no en la Obra. El Opus Dei como tal tampoco imparte cursos de mentoringsoft skills o marca personal, por poner ejemplos relacionados con el ámbito laboral. ¿En qué consiste, pues, esta formación profesional? En los siguientes artículos de la serie se desarrollan algunas reflexiones.

Hoy, para mí: formación para mi vida

El mensaje de san Josemaría sobre la santificación del trabajo, la transformación del mundo desde dentro y el lugar central que ocupa la profesión en la vida social llevan al cristiano aprofundizar en la importancia del trabajo como eje de su vocación y misión en medio del mundo, con sus posibilidades y sus desafíos. Consagrar el mundo a Dios desde dentro, manifestar la fe del Evangelio en el entorno, servir a los demás y humanizar las estructuras son algunas de las manifestaciones de la identificación de los fieles laicos con Cristo, sacerdote, profeta y rey, por el bautismo[4].

Todos los trabajos, desde los más establecidos y regulados hasta los más creativos y part-time, requieren esa reflexión por parte de quien los realiza. Habrá aspectos comunes, porque “esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor”[5], “ha de ser una ofrenda digna para el Creador”[6], “manifiesta el amor, se ordena al amor”[7]. Otros, en cambio, serán muy personales, en función de la relación de cada uno con Dios, de su sentido de ofrecimiento unido al de Cristo en la Cruz y en la Santa Misa, de su deseo de servir y del propio conocimiento de las características de su quehacer profesional.

En el vasto entramado de aspectos que tejen el trabajo profesional, hay dos que solo cada uno puede ponderar y descubrir: en qué consiste santificar ese trabajo concreto que realizo y cómo hacerlo en las circunstancias precisas y actuales de mí mismo y del entorno.

Santificar el trabajo, para un oncólogo, incluye desde el esfuerzo para estar a la última en la investigación hasta la escucha empática del paciente; para un conductor de autobús, desde el modo de tomar una curva hasta la sonrisa que ofrece a los pasajeros; para una arquitecto, escuchar al cliente para servir a sus necesidades y asegurar la calidad de las soluciones y la belleza del resultado. La respuesta a “¿qué manifestaciones tiene santificar mi trabajo?” será variada para una deportista profesional, el reponedor de un supermercado, un youtuber, un abogado de oficio, una directora comercial, un cocinero, una soprano, un agricultor, una community manager, un maestro o un conductor de camión. Y también tendrán que hacer su propio recorrido reflexivo quienes se jubilan, están en paro o sufren una invalidez.

Además de lo específico de cada dedicación profesional, la prudencia juega un papel clave a la hora de cultivar determinadas actitudes y tomar determinaciones acertadas. Alguien a punto de jubilarse puede afrontar con dejadez o con entusiasmo el último tramo de su vida laboral. Una mujer casada debe afrontar los retos de una posible maternidad en un entorno que habitualmente desconfía, desaprueba o rechaza embarazos y bajas maternales. Una economista o un abogado pueden encontrarse en situaciones contrarias a lo que su conciencia les dicta que es justo. En situaciones de pobreza o inestabilidad, una pareja puede valorar si uno de ellos emigra para asegurar el sostenimiento de la familia. Otras veces la duda será si reducir la jornada de trabajo para cuidar a padres dependientes, hijos pequeños, miembros enfermos de la familia.

Las condiciones legales, laborales, económicas, educativas, sociales o políticas de cada país determinan muchas de las facilidades y dificultades que se presentan en la vida profesional, y la prudencia ayuda a valorarlas y buscar los medios oportunos para tomar decisiones.

Algunos retos contemporáneos

La realidad que conforma el ámbito del trabajo, pues, presenta complejidades que todos experimentamos en mayor o menor medida. Quizás algunas de las más relevantes en la actualidad, que exponemos a continuación, nos aportan luz sobre los aspectos en los cuales la formación nos ayuda a santificar el trabajo hoy y ahora.

Desde hace años se arrastra la necesidad de un estudio profundo, fruto de la reflexión y de un conocimiento sapiencial de lo humano, frente a la superficialidad y el empobrecimiento que pueden suponer el predominio de lo tecnológico y la especialización. La abundancia de formación no implica asimilación si no va acompañada de contemplación, reflexión, diálogo o lecturas que valgan la pena: “Cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se convierta para él en objeto de uso y abuso inescrupuloso. Al mismo tiempo, si se quiere conseguir cambios profundos, hay que tener presente que los paradigmas de pensamiento realmente influyen en los comportamientos”[8], señala el Papa.

Otro reto de la mentalidad actual es recuperar la alegría de compartir y la riqueza de las relaciones humanas ante una sofocadora cultura del éxito. La exigencia de resultados, la autoimposición del rendimiento como medida de calidad, los procesos que pasan por encima de las personas, el mobbing sufrido, pueden acabar en frustración, agotamiento, fracaso o desaliento, y llevar incluso a la enfermedad física o psíquica. Francisco reivindica la necesidad de no perder de vista lo fundamental: “Busquen priorizar espacios donde la cultura de la eficacia, el rendimiento y el éxito se vea visitada por la cultura de un amor gratuito y desinteresado capaz de brindar a todos (…) posibilidades de una vida feliz y lograda”[9].

También supone un reto, en muchos casos, conciliar tiempos y prioridades. “La familia es un gran punto de verificación. Cuando la organización del trabajo la tiene como rehén, o incluso dificulta su camino, entonces estamos seguros de que la sociedad humana ha comenzado a trabajar en contra de sí misma”[10], advierte el Papa. Y no solo en relación con la familia. También necesitamos tiempo para el descanso o el deporte, para visitar un museo o quedar con los amigos, para colaborar con una asociación o seguir un tratamiento médico, para asistir a un curso o visitar enfermos. Tiempo para la formación cristiana y la vida de relación con Dios.

Por otro lado, el mundo del trabajo en sí está acelerando su evolución. Continúa el proceso de transformación digital en muchos sectores, y han aparecido nuevas formas de trabajo, más colaborativas, por proyectos, en modalidad de teletrabajo… Los aspectos positivos, como la mayor flexibilidad, creatividad y cooperación, conviven con otros negativos, como la mayor precariedad. Pocos jóvenes desean entrar a trabajar en una empresa con un puesto fijo y jubilarse en ella, como quizás han hecho sus padres o abuelos. A la vez, las nuevas plataformas facilitan que las pasiones y los conocimientos de cada uno puedan ser la base de una dedicación profesional con la que ganarse la vida.

Las transformaciones anteriores han facilitado la aparición de nuevas profesiones. En paralelo, la inserción laboral supone una dificultad en muchos países, afectados por la crisis económica. Conseguir un primer trabajo estable en el caso de los jóvenes, reincorporarse tras una temporada en paro a una cierta edad, reciclarse en un sector que ha cambiado rápidamente o afrontar prejubilaciones son algunas de las situaciones que más sufrimiento provocan en las personas y en las familias.

Por último, se ve clara la necesidad de construir alrededor del trabajo estructuras que lo humanicen: la legislación laboral, los salarios, las condiciones de seguridad, los contratos, los beneficios y tantos otros aspectos deben configurarse de forma justa. Una especial atención requiere asegurar la plena incorporación de la mujer a la vida laboral y pública y dar respuesta a sus desafíos (techos de cristal, brecha salarial, peaje de la maternidad…).

Una vida integrada, una formación unitaria

Para afrontar estos desafíos, tanto los personales como los referidos a la situación del trabajo en cada sociedad, es necesaria una formación unitaria e integral, que involucre a toda la persona en sus distintas dimensiones. Por ejemplo, ayudar a cultivar virtudes como la paciencia, la fortaleza, la audacia, la humildad o la constancia es una gran aportación a la preparación necesaria hoy para afrontar desafíos como los anteriores.

Por formación no se entiende principalmente la transmisión de unos contenidos o conocimientos, sino más bien un proceso personal de desarrollo, crecimiento y maduración, que persigue la identificación con Jesucristo, hombre y Dios, con los acentos propios del espíritu del Opus Dei. Así, las distintas facetas de la formación nos ayudan a relacionarnos con Dios en el trabajo, descubrir la verdad y el bien relacionados con la profesión, ejercitar las virtudes, buscar la calidad y amar mejor a las personas con quienes nos relacionamos. Una vida caracterizada por un gran amor a la libertad que conlleva una gran responsabilidad y tiene como consecuencia un deseo personal para mejorar día a día, contando con los medios que la Obra proporciona a sus fieles y a quienes participan de sus medios de formación[11]. De este modo, el proyecto vital y profesional está integrado en la misión a la que hemos sido llamados.

El trabajo vertebra la realidad completa de la vida de la persona. Mediante el trabajo –que junto con la filiación nos establece en el mundo (“¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?”[12])– aprendemos a ser ciudadanos con los demás y a liderar desde el servicio.

Por ese motivo es posible abordarlo desde todas las vertientes de la formación: “La formación de los fieles del Opus Dei, que comienza cuando dan sus primeros pasos en la Obra y dura hasta el mismo momento de la muerte, comprende los aspectos humano, profesional, espiritual, apostólico y doctrinal; aspectos que se compenetran armónicamente entre sí, como conviene a la fuerte unidad de vida característica del espíritu del Opus Dei, y que es recomendada insistentemente por la Iglesia a todos los fieles”[13].

Este desarrollo armónico y equilibrado de actitudes y virtudes apuntalan un modo cristiano de vivir, porque la llamada a la santidad y al apostolado se realiza precisamente en el propio trabajo profesional y mediante el ejercicio del trabajo profesional; con él nos sostenemos, sostenemos a nuestras familias y colaboramos a mantener iniciativas para el bien de todos; ejercitamos el sacerdocio común de los fieles con el testimonio y las relaciones interpersonales[14].

De la mano de san José, padre trabajador, “la crisis de nuestro tiempo, que es una crisis económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos un llamado a redescubrir el significado, la importancia y la necesidad del trabajo”[15].


[1] San Josemaría, Camino, 340.

[2] San Josemaría, Mientras nos hablaba en el camino, p. 245.

[3] San Josemaría, Conversaciones, n. 73.

[4] Cfr. Lumen Gentium, 34-36.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 48.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 55.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 48.

[8] Francisco, Laudato Sì, 215.

[9] Francisco, Discurso en el encuentro con los Obispos, Tokio, 23-XI-2019.

[10] Francisco, Audiencia general, 19-VIII-2015.

[11] Cfr. Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Ratio Institutionis, Roma, 2007, n.8.

[12] Mt 13, 55.

[13] Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Ratio Institutionis, Roma, 2007, n. 4.

[14] Íd., n. 6.

[15] Francisco, Patris Corde, n. 6.

 

 

Trabajar por amor

¿Para qué trabajamos? ¿sólo para subsistir? ¿para llevar adelante una vida sin problemas? La ocupación profesional tiene una relación directa con la felicidad, cuando nace y se ordena al amor, como se explica en este editorial.

Foto: Rudijamikko

07/10/2013

El hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor [1] . Al leer estas palabras de san Josemaría, es posible que dentro de nuestras almas surjan algunas preguntas que den paso a un diálogo sincero con Dios: ¿para qué trabajo?, ¿cómo es mi trabajo?, ¿qué pretendo o qué busco con mi labor profesional? Es la hora de recordar que el fin de nuestra vida no es hacer cosas sino amar a Dios. La santidad no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada día con más amor [2].

Mucha gente trabaja —y trabaja mucho—, pero no santifica su trabajo. Hacen cosas, construyen objetos, buscan resultados, por sentido del deber, por ganar dinero, o por ambición; unas veces triunfan y otras fracasan; se alegran o se entristecen; sienten interés y pasión por su tarea, o bien, decepción y hastío; tienen satisfacciones junto con inquietudes, temores y preocupaciones; unos se dejan llevar por la inclinación a la actividad, otros por la pereza; unos se cansan, otros procuran evitar a toda costa el cansancio...

Todo esto tiene un punto en común: pertenece a un mismo plano, el plano de la naturaleza humana herida por las consecuencias del pecado, con sus conflictos y contrastes, como un laberinto en el que el hombre que vive según la carne , en palabras de san Pablo — el animalis homo —, deambula, atrapado en un ir de aquí para allá, sin encontrar el camino de la libertad y su sentido.

Ese camino y ese sentido sólo se descubren cuando se levanta la mirada y se contempla la vida y el trabajo en esta tierra con la luz de Dios que ve desde de lo alto. La gente —escribe san Josemaría en Camino — tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen [3].

EL TRABAJO NACE DEL AMOR

¿Qué significa entonces, para un cristiano, que el trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor? [4] . Primero conviene considerar a qué amor se refiere san Josemaría. Hay un amor llamado de concupiscencia , cuando se ama algo para satisfacer el propio gusto sensible o el deseo de placer ( concupiscentia ). No es éste el amor del que nace, en último término, el trabajo de un hijo de Dios, aunque muchas veces trabaje con gusto y le apasione su tarea profesional.

Un cristiano no ha de trabajar solo o principalmente cuando tenga ganas, o le vayan las cosas bien. El trabajo de un cristiano nace de otro amor más alto: el amor de benevolencia , cuando directamente se quiere el bien de otra persona ( benevolentia ), no ya el propio interés. Si el amor de benevolencia es mutuo se llama amor de amistad [5] , mayor cuanto se está dispuesto no sólo a dar algo por el bien de un amigo, sino a entregarse uno mismo: Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos [6].

Los cristianos podemos amar a Dios con amor de amistad sobrenatural, porque Él nos ha hecho hijos suyos y quiere que le tratemos con confianza filial, y veamos en los demás hijos suyos a hermanos nuestros. A este amor se refiere el Fundador del Opus Dei cuando escribe que el trabajo nace del amor : es el amor de los hijos de Dios, el amor sobrenatural a Dios y a los demás por Dios: la caridad que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado [7].

Querer el bien de una persona no lleva a complacer siempre su voluntad. Puede ocurrir que lo que quiere no sea un bien, como sucede muy a menudo a las madres, que no dan a sus hijos todo lo que piden, si les puede hacer daño. En cambio, amar a Dios es siempre querer su Voluntad, porque la Voluntad de Dios es el bien.

Por eso, para un cristiano, el trabajo nace del amor a Dios, ya que el amor filial nos lleva a querer cumplir su Voluntad, y la Voluntad divina es que trabajemos [8] . Decía san Josemaría que por amor a Dios quería trabajar como un borrico de noria [9] . Y Dios ha bendecido su generosidad derramando copiosamente su gracia que ha dado innumerables frutos de santidad en todo el mundo.

Vale la pena, por tanto, que nos preguntemos con frecuencia por qué trabajamos. ¿Por amor a Dios o por amor propio? Puede parecer que existen otras posibilidades, por ejemplo, que se puede trabajar por necesidad. Esto indica no ir al fondo en el examen, porque la necesidad no es la respuesta última.

También hay que alimentarse por necesidad, para vivir, pero ¿para qué queremos vivir, para la gloria de Dios , como exhorta san Pablo [10] , o para la propia gloria? Pues para eso mismo nos alimentamos y trabajamos. Es la pregunta radical, la que llega al fundamento. No hay más alternativas. Quien se examina sinceramente, pidiendo luces a Dios, descubre con claridad dónde tiene puesto en último término su corazón al realizar las tareas profesionales. Y el Señor le concederá también su gracia para decidirse a purificarlo y dar todo el fruto de amor que Él espera de los talentos que le ha confiado.

EL TRABAJO MANIFIESTA EL AMOR

El trabajo de un cristiano manifiesta el amor, no sólo porque el amor a Dios lleva a trabajar, como hemos considerado, sino porque lleva a trabajar bien, pues así lo quiere Dios. El trabajo humano es, en efecto, participación de su obra creadora [11] , y Él —que ha creado todo por Amor— ha querido que sus obras fueran perfectas: Dei perfecta sunt opera [12] , y que nosotros imitemos su modo de obrar.

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Modelo perfecto del trabajo humano es el trabajo de Cristo, de quien dice el Evangelio que todo lo hizo bien [13] . Estas palabras de alabanza, que brotaban espontáneas al contemplar sus milagros, obrados en virtud de su divinidad, pueden aplicarse también —así lo hace san Josemaría— al trabajo en el taller de Nazaret, realizado en virtud de su humanidad. Era un trabajo cumplido por Amor al Padre y a nosotros. Un trabajo que manifestaba ese Amor por la perfección con que estaba hecho. No sólo perfección técnica sino fundamentalmente perfección humana: perfección de todas las virtudes que el amor logra poner en ejercicio dándoles un tono inconfundible: el tono de la felicidad de un corazón lleno de Amor que arde con el deseo de entregar la vida.

La tarea profesional de un cristiano manifiesta el amor a Dios cuando está bien hecha. No significa que el resultado salga bien, sino que se ha intentado hacer del mejor modo posible, poniendo los medios disponibles en las circunstancias concretas.

Entre el trabajo de una persona que obra por amor propio, y el de esa misma persona, si comienza a trabajar por amor a Dios y a los demás por Dios, hay tanta diferencia como entre el sacrificio de Caín y el de Abel. Éste último trabajó para ofrecer lo mejor a Dios, y su ofrenda fue agradable al Cielo. De nosotros espera otro tanto el Señor.

Para un católico, trabajar no es cumplir, ¡es amar!: excederse gustosamente, y siempre, en el deber y en el sacrificio [14] Realizad pues vuestro trabajo sabiendo que Dios lo contempla: laborem manuum mearum respexit Deus ( Gn 31, 42). Ha de ser la nuestra, por tanto, tarea santa y digna de Él: no sólo acabada hasta el detalle, sino llevada a cabo con rectitud moral, con hombría de bien, con nobleza, con lealtad, con justicia [15] . Entonces, el trabajo profesional no solo es recto y santo sino que se convierte en oración [16].

Al trabajar por amor a Dios, la actividad profesional manifiesta de un modo u otro ese amor. Es muy probable que una simple mirada a varias personas que estén realizando la misma actividad, no sea suficiente para captar el motivo por el que la realizan. Pero si se pudiera observar con más detalle y atención el conjunto de la conducta en el trabajo —no sólo los aspectos técnicos, sino también las relaciones humanas con los demás colegas, el espíritu de servicio, el modo de vivir la lealtad, la alegría y las demás virtudes—, sería difícil que pasara inadvertido, si efectivamente existe en alguno de ellos, el bonus odor Christi [17] , el aroma del amor de Cristo que informa su trabajo.

Al final de los tiempos —enseña Jesús— dos estarán en el campo: uno será tomado y el otro dejado. Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada y la otra dejada [18] . Realizaban el mismo trabajo, pero no del mismo modo: uno era agradable a Dios y el otro no.

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Sin embargo, muchas veces el entorno materialista nos puede hacer olvidar que estamos llamados a la vida eterna y pensamos únicamente en los bienes inmediatos. Por este motivo afirma san Josemaría: trabajad cara a Dios, sin ambicionar gloria humana. Algunos ven en el trabajo un medio para conquistar honores, o para adquirir poder o riqueza que satisfaga su ambición personal, o para sentir el orgullo de la propia capacidad de obrar [19].

En un clima así, ¿cómo no se va a notar que se trabaja por amor a Dios? ¿Cómo va a pasar inadvertida la justicia informada por la caridad, y no simplemente la justicia dura y seca; o la honradez ante Dios, no ya la honradez interesada, ante los hombres; o la ayuda, el favor, el servicio a los demás, por amor a Dios, no por cálculo...?

Si el trabajo no manifiesta el amor a Dios, quizá es que se está apagando el fuego del amor. Si no se nota el calor, si después de un cierto tiempo de trato diario con los colegas de profesión, no saben si tienen a su lado un cristiano cabal o solo un hombre decente y cumplidor, entonces quizá es que la sal se ha vuelto insípida [20] . El amor a Dios no necesita etiquetas para darse a conocer. Es contagioso, es difusivo de por sí como el mayor de los bienes. ¿Manifiesta mi trabajo el amor a Dios? ¡Cuánta oración puede manar de esta pregunta!

EL TRABAJO SE ORDENA AL AMOR

Un trabajo realizado por amor y con amor, es un trabajo que se ordena al amor: al crecimiento del amor en quien lo realiza, al crecimiento de la caridad, esencia de la santidad, esencia de la perfección humana y sobrenatural de un hijo de Dios. Un trabajo, por tanto, que nos santifica.

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Santificarse en el trabajo no es otra cosa que dejarse santificar por el Espíritu Santo, Amor subsistente intratrinitario que habita en nuestra alma en gracia, y nos infunde la caridad. Es cooperar con Él poniendo en práctica el amor que derrama en nuestros corazones al ejercer la tarea profesional. Porque si somos dóciles a su acción, si obramos por amor en el trabajo, el Paráclito nos santifica: acrecienta la caridad, la capacidad de amar y de tener una vida contemplativa cada vez más honda y continua.

Que el trabajo se ordena al amor, y por tanto a nuestra santificación, significa igualmente que nos perfecciona: que se ordena a nuestra identificación con Cristo, perfectus Deus, perfectus homo [21] ,perfecto Dios y perfecto hombre. Trabajar por amor a Dios y a los demás por Dios reclama poner en ejercicio las virtudes cristianas. Ante todo la fe y la esperanza, a las que la caridad presupone y vivifica. Y después las virtudes humanas, a través de las cuales obra y se despliega la caridad. La tarea profesional ha de ser una palestra donde se ejercitan las más variadas virtudes humanas y sobrenaturales: la laboriosidad, el orden, el aprovechamiento del tiempo, la fortaleza para rematar la faena, el cuidado de las cosas pequeñas...; y tantos detalles de atención a los demás, que son manifestaciones de una caridad sincera y delicada [22] . La práctica de las virtudes humanas es imprescindible para ser contemplativos en medio del mundo, y concretamente para transformar el trabajo profesional en oración y ofrenda agradable a Dios, medio y ocasión de vida contemplativa.

Contemplo porque trabajo; y trabajo porque contemplo [23] , comentaba san Josemaría en una ocasión. El amor y el conocimiento de Dios —la contemplación— le llevaban a trabajar, y por eso afirma: trabajo porque contemplo . Y ese trabajo se convertía en medio de santificación y de contemplación: contemplo porque trabajo.

Es como un movimiento circular —de la contemplación al trabajo, y del trabajo a la contemplación— que se va estrechando cada vez más en torno a su centro, Cristo, que nos atrae hacia sí atrayendo con nosotros todas las cosas, para que por Él, con Él y en Él sea dado todo honor y toda gloria a Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo [24].

La realidad de que el trabajo de un hijo de Dios se ordena al amor y por eso le santifica, es el motivo profundo de que no se pueda hablar, bajo la perspectiva de la santidad —que en definitiva es la que cuenta—, de profesiones de mayor o de menor categoría.

La dignidad del trabajo está fundada en el Amor [25] Todos los trabajos pueden tener la misma calidad sobrenatural: no hay tareas grandes o pequeñas; todas son grandes, si se hacen por amor. Las que se tienen como tareas grandes se empequeñecen, cuando se pierde el sentido cristiano de la vida [26].

Si falta la caridad, el trabajo pierde su valor ante Dios, por brillante que resulte ante los hombres. Aunque conociera todos los misterios y toda la ciencia,... si no tengo caridad, nada soy [27] , escribe san Pablo. Lo que importa es el empeño para hacer a lo divino las cosas humanas, grandes o pequeñas, porque por el Amor todas adquieren una nueva dimensión [28] .

J. López

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 48.

[2] San Josemaría, Apuntes de la predicación (AGP, P10, n. 25), cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. II, p. 295.

[3] San Josemaría, Camino , n. 279.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 48.

[5] Cfr. Santo Tomás , S.Th . II-II, q. 23, a. 1, c.

[6] Jn 15, 13.

[7] Rm 5, 5.

[8] Cfr. Gn 2, 15; 3, 23; Mc 6, 3; 2 Ts 3, 6-12.

[9] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 998.

[10] Cfr. 1 Cor 10, 31.

[11] Juan Pablo II, Litt. Enc. Laborem exercens , 14-IX-1981, n. 25; Catecismo de la Iglesia Católica , n. 2460.

[12] Dt 32, 4 (Vg). Cfr. Gn 1, 10, 12, 18, 21, 25, 31. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 302.

[13] Mc 7, 37.

[14] San Josemaría, Surco , n. 527.

[15] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 26, cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. III, p. 183.

[16] Cfr. San Josemaría, A migos de Dios , n. 65.

[17] 2 Cor 2, 15.

[18] Mt 24, 40-41.

[19] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 18, cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. III, pp. 193-194.

[20] Cfr. Mt 5, 13.

[21] Símbolo atanasiano.

[22] Mons. Javier Echevarría, Carta pastoral, 4-VII-2002, n. 13.

[23] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 2-XI-1964 (AGP, P01 IX-1967, p. 11), cit. por Ernst Burkhart y Javier López, Vida Cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría , Rialp, Madrid 2013, vol. III, p 197.

[24] Misal Romano , conclusión de la Plegaria Eucarística.

[25] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 48.

[26] San Josemaría, Conversaciones , n. 109.

[27] 1 Cor 13, 2.

[28] San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 60.

 

La familia en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer

Conferencia de Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, en la clausura del Congreso Internacional sobre Familia y Sociedad en la Universitat Internacional de Catalunya (Barcelona, 17-V-2008)

17/10/200

Sumario
1. Un mensaje para todos: santidad en la vida ordinaria
2. La fundación de la familia
3. Educación de los hijos
4. La familia, configuradora de la sociedad


Introducción

Agradezco la invitación que me habéis hecho para intervenir en este encuentro, y hablar sobre la familia en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei.

Estoy seguro de que conocéis bien esas líneas maestras, puesto que no resultan ajenas al origen mismo de la Universitat Internacional de Catalunya. En efecto, quienes promovieron esta institución —algunos se hallan hoy aquí, otros nos han precedido en el camino del Cielo—, son padres de familia que se han sentido movidos por las grandes sugerencias trazadas por San Josemaría, en puntos tan importantes como la santificación del trabajo profesional, el sentido vocacional del matrimonio y la familia, el espíritu de servicio y la responsabilidad por el bien común de la sociedad. Con estas luces —contenidas en el Evangelio—, habéis comprendido con hondura vuestros deberes en la educación de los hijos y en el papel que corresponde a la familia para la recta ordenación social.

Vuestro sentido de cristianos coherentes, de ciudadanos honrados, os llevó, en primer lugar, a actuar variadas iniciativas de orientación y formación, encaminadas a ayudar a los padres en su tarea de atender a sus hijos conforme a los auténticos ideales humanos y también cristianos. De esta libérrima actuación vuestra, a la que incansablemente animó San Josemaría a personas del mundo entero, ha nacido la Universitat Internacional de Catalunya, que ahora cumple su primera década de existencia.

Quienes sacáis adelante esta Alma Mater, que tiene un carácter plenamente civil, deseáis difundir —junto con el conocimiento de las disciplinas que se imparten—, la luz de la fe cristiana y el espíritu apostólico que, por providencia divina, San Josemaría Escrivá de Balaguer predicó por el mundo entero. A petición vuestra, la Prelatura del Opus Dei os ofrece la ayuda de sus sacerdotes para la asistencia pastoral de los estudiantes y profesores, del personal no docente, de los colaboradores y antiguos alumnos, dejando a todos la máxima libertad de participar.

La inspiración cristiana y la importancia que lógicamente se atribuye a la familia —características originarias de esta institución docente—, constituyen un acicate para desarrollar una rigurosa labor de investigación y una alta excelencia académica. Muy grabado lleváis en vuestra mente que una Universidad de la que la religión está ausente, es una Universidad incompleta: porque ignora una dimensión fundamental de la persona humana, que no excluye —sino que exige— las demás dimensiones[1].

Pertenecen estas palabras a unas declaraciones de San Josemaría, hace poco más de cuarenta años. En aquella ocasión, el Fundador del Opus Dei mencionaba también otro elemento, que resulta imprescindible y dota de un sentido pleno tanto a la Universidad como a la familia: la vocación de servicio a los demás. Se expresaba así: es necesario que la Universidad forme a los estudiantes en una mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien común con su trabajo profesional y con su actuación cívica. Los universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por los problemas de los demás y un espíritu generoso que les lleve a enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor solución. Dar al estudiante todo eso es tarea de la Universidad[2].

1. Un mensaje para todos: santidad en la vida ordinaria

También en la década de los años sesenta del pasado siglo, en el campus de la Universidad de Navarra, San Josemaría dirigió una homilía en la que se condensa de modo particularmente paradigmático su enseñanza constante. Tuvo lugar durante una Misa —verdadero centro y raíz de la vida cristiana— celebrada a cielo abierto ante millares de personas.

En aquella memorable ocasión, San Josemaría se detuvo a explicar un punto central del mensaje que Dios le había confiado el 2 de octubre de 1928: que el mundo es bueno, porque ha salido de las manos de Dios; y es ahí, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir, donde Dios nos espera cada día.

Lo recordó con gran fuerza el Papa Juan Pablo II, durante la canonización de San Josemaría, que tuvo lugar en Roma, el 6 de octubre de 2002. El Santo Padre subrayó que el Fundador del Opus Dei «no cesaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios, y la vida familiar, profesional y social, hecha de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones, n. 114)»[3].

La familia se enmarca en este conjunto de realidades que —como el trabajo, o la vida de relación social y cívica— componen nuestra existencia ordinaria, que un cristiano coherente sabe que ha de santificar, buscando al mismo tiempo la santificación propia y la de los demás. La cotidianidad, la existencia de cada día, es el ámbito en el que Dios llama —a cada una y a cada uno— a la santidad, a una íntima relación con Él, que no se quede en meras palabras, sino que se traduzca en un esfuerzo constante por imitar a Cristo y gastar la vida en su servicio, siendo sembradores de paz y de alegría entre quienes nos rodean.

En aquella homilía del campus de Pamplona, San Josemaría mencionó explícitamente el matrimonio y la familia. El amor humano, afirmaba, no es algo permitido, tolerado, junto a las verdaderas actividades del espíritu, como podría insinuarse en los falsos espiritualismos. Y añadía, como remachando la idea:El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid —insisto— ese algo divino que en los detalles se encierra: toda esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el que se encuadra el amor humano[4].

Esta visión trascendente de las comunes realidades diarias, que impulsa a la persona a materializar la vida espiritual, forma parte del mensaje del Evangelio. Se trata de enseñanzas perennes de la Iglesia: San Josemaría, con su predicación y con sus escritos, y —sobre todo— con el ejemplo de su conducta cotidiana, nos ayuda a profundizar en ese tesoro y a hacerlo carne de nuestra carne, programa de nuestra tarea de mujeres y hombres de fe, en todas las ocupaciones honradas.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar[5].

El espacio vital de la familia es pues, ante todo, lugar de encuentro con Dios, ámbito propicio para una existencia alegre de servicio y donación a los demás basada en la conciencia activa y permanente de nuestra condición de hijos de Dios. De la maravillosa realidad de nuestra filiación divina en Cristo, se desprenden muy variadas consecuencias para la conducta personal, para nuestras familias, para la sociedad.

El Papa Benedicto XVI ha explicado repetidamente que «matrimonio y familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas particulares. Por el contrario, la cuestión de la justa relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo puede encontrar su respuesta a partir de ésta. Es decir, no puede separarse de la pregunta siempre antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy?, ¿quién es el hombre? Y esta pregunta, a su vez, no se puede separar del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios? Y, ¿quién es Dios? ¿Cuál es verdaderamente su rostro?

»La respuesta de la Biblia a estas dos cuestiones es unitaria y consecuente: el hombre es creado a imagen de Dios, y Dios mismo es Amor. Por este motivo, la vocación al amor es lo que hace que el hombre sea la auténtica imagen de Dios: es semejante a Dios en la medida en que ama»[6]. Y en su visita pastoral a Valencia, el Santo Padre definió la familia como «el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y a recibir amor»[7].

La familia, en efecto, nace como comunidad querida por Dios, fundada y edificada sobre el amor. En el hogar se hace posible un aprendizaje que resulta imprescindible: la necesidad de contar con los demás en nuestra vida, respetando y desarrollando los vínculos que nos entrelazan a unos con otros. Comprender que he de darme gustosamente cada día, viviendo con una sana atención y servicio a las personas que me rodean, es uno de los grandes tesoros que las familias cristianas, consecuentes con su fe, brindan a sus propios miembros y a toda la sociedad. En la escuela del amor que caracteriza a la familia —que, insisto, tiene como condición irrenunciable el olvido de sí—, se adquieren hábitos que necesariamente repercuten en beneficio del tejido social, a todos los niveles.

Escuchemos de nuevo a San Josemaría. Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad[8].

Estas palabras nos servirán de guía para repasar algunas de sus muchas enseñanzas sobre el matrimonio y la familia. Lo haremos siguiendo los tres puntos que nos señala: la fundación de la familia en el matrimonio, la educación de los hijos y la irradiación cristiana de la familia en la sociedad.

2. La fundación de la familia

La familia es escuela de amor, en primer lugar, para la mujer y para el hombre que deciden contraer matrimonio. Consideraba el Fundador del Opus Dei: Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio —que es un sacramento, un ideal y una vocación—, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido[9].

El matrimonio entraña una vocación, nos dice San Josemaría en este texto, recogiendo ideas que venía predicando desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei. Con la ayuda de Dios, que nunca faltará, esposa y esposo pueden perseverar en el amor y, a través de ese amor, les resulta posible y amable el propio crecimiento como cristianos, que es también mejorar como personas.

Vivido con estas disposiciones, el matrimonio se manifiesta verdaderamente como una vocación, una senda de encuentro con Dios. De modo semejante a todo camino, no faltarán dificultades. A veces surgirán diferencias, modos de pensar distintos entre el marido y la mujer; quizás el egoísmo intentará ganar terreno en sus almas. Hay que estar prevenidos y no sorprenderse. San Josemaría era muy sobrenatural y, al mismo tiempo, muy humano; por eso, previendo estas naturales dificultades en el matrimonio, solía comentar: como somos criaturas humanas, alguna vez se puede reñir; pero poco. Y después, los dos han de reconocer que tienen la culpa, y decirse uno a otro: ¡perdóname!, y darse un buen abrazo... ¡Y adelante!"[10]

La relación entre los esposos se convierte, así, en una constante oportunidad de ejercitarse en la entrega mutua. Se trata de un aprendizaje mediante el que los cónyuges toman conciencia, en la cotidianidad de su caminar terreno, de que se deben el uno al otro. En ese estupendo ambiente de confianza, de lealtad, de sinceridad y cariño, ¡de verdadera entrega!, se mostrarán dispuestos a recibir los hijos que Dios quiera confiarles, fruto al mismo tiempo de su amor.

Si uno desea sinceramente llevar a la práctica este ideal, resulta imprescindible vivir delicadamente la castidad, también en el estado matrimonial. En ningún caso el ejercicio de la sexualidad —es algo querido por Dios, bueno y bello— debe perder su noble y original sentido. Con palabras de San Josemaría os recuerdo que cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara. Los esposos deben edificar su convivencia sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo[11].

Ordinariamente, el amor matrimonial —como cualquier cariño humano limpio— se manifestará también en cosas pequeñas. San Josemaría habló en innumerables ocasiones de la importancia de lo que parece pequeño —que es grande si se realiza por amor— en los distintos aspectos de la existencia del cristiano. Promovía, por ejemplo, un trato personal e íntimo con Dios, en las circunstancias normales de la vida. Porque la relación con Dios tiene el carácter de trato de familia: somos sus hijos, y Él nuestro Padre. De este modo, lo que le resultaba útil para meditar en el amor divino, San Josemaría lo aplicaba también al amor humano, a la existencia de nuestras familias; y al revés. De intento lo repito, haciendo mías unas palabras suyas para subrayar que cada pequeño detalle tiene sentido. Afirmaba: el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz[12].

Invitaba a tomar como modelo a la Sagrada Familia y también a esforzarse —con la entrega diaria— para convertir el ambiente de familia en un anticipo del cielo. Todavía me parece oír el eco de unas afirmaciones del Fundador del Opus Dei: en Nazaret nadie se reserva nada: todo allí se puso al servicio de los planes de Dios, con un desvelo continuo de unos por otros. Con renovada frecuencia, San Josemaría meditó las escenas que los Evangelios recogen de la Sagrada Familia. Le gustaba introducirse en aquel hogar con la imaginación, como un habitante más de la casa, y pensar en el trato habitual entre Jesús, María y José. De esta costumbre sacaba valiosas enseñanzas para los fieles del Opus Dei y para todas las personas que acudían a pedirle consejo.

3. Educación de los hijos

En sus reuniones con padres de familia, el Fundador del Opus Dei quiso resaltar muchas veces la importancia del cariño y la entrega mutua de los esposos, precisamente para mejorar la educación de los hijos. No se le escapaba que la conducta, el ejemplo, se demuestra cauce eficacísimo y primordial de esa formación. Por eso insistía en que conviene que los hijos —ya desde pequeños— vean, contemplen, que sus padres están unidos y se quieren de veras.

La educación corresponde principalmente a los padres. En esa tarea, nadie puede sustituirlos: ni el Estado, ni la escuela, ni el entorno. Supone una gran responsabilidad, un reto estupendo, de cuyo ejercicio consecuente dependen el presente y el futuro de los propios hijos y de la sociedad.

A quienes sois madres y padres de familia, os animo a afrontar con valentía y con optimismo esta tarea que el Señor ha puesto en vuestras manos. Dejadme que os repita, con San Josemaría, que la educación de los hijos es el mejor negocio de vuestras vidas. En esta tierra catalana se valora mucho la eficiencia y el rendimiento —también económico— del trabajo; por eso, estoy seguro de que os dais cuenta de la profunda verdad de esa afirmación, y de que estáis dispuestos a invertir generosamente todas vuestras energías en la buena educación de las criaturas que el Señor os ha confiado, acogiendo con generosidad las obligaciones que comporta; y que también, cuando resulte preciso, sabréis defender unos derechos que os corresponden como madres y padres de familia, como ciudadanos libres.

Corresponde igualmente a los padres y madres enseñar a sus hijos toda la belleza y toda la exigencia que se contiene en el gran tesoro de la libertad personal: el don natural más preciado que Dios ha otorgado al hombre. Un don que ha de usarse con responsabilidad, para emprender el camino del bien y avanzar por esa senda.

En consecuencia, al tratar con sus hijas e hijos, los padres han de procurar que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Eccli 15, 14)[13].

Por eso, me ha llenado de alegría conocer que la Universitat Internacional de Catalunya ha resumido su ideario en una frase de Jesucristo recogida en el Evangelio de San Juan: veritas liberabit vos (Jn 8, 32), la verdad os hará libres. Amar la verdad significa amar y defender la libertad, pues se alzan como actitudes inseparables. Para ser verdaderamente libres, resulta preciso buscar sinceramente la verdad y, en el caso de los educadores —entre los que en primer lugar destacado se encuentran los padres—, exige un empeño diario por educar a los niños y a los jóvenes en los bienes auténticos.

Los padres han de enseñar a sus hijos a distinguir el bien del mal, y a escoger libremente el bien. Pero ¿cómo compaginar, en la práctica, el respeto de su libertad con el desvelo para que opten por el bien? San Josemaría nos responde: no es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable[14].

La amistad con los hijos requiere tiempo y empeño constante por atenderlos, estar interesados por sus cosas, compartir con ellos afanes y proyectos. Resulta importantísimo que esas criaturas vuestras lleguen a considerar al padre y a la madre como verdaderos amigos, es decir, personas a las que confiar sus preocupaciones y dificultades. Afirmaba San Josemaría: los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. Unas veces prestarán esa ayuda con su consejo personal; otras, animando a sus hijos a acudir a otras personas competentes: a un amigo leal y sincero, a un sacerdote docto y piadoso, a un experto en orientación profesional. Pero el consejo —continuaba el Fundador del Opus Dei— no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal[15].

Si hay verdadero cariño en la familia, esto resulta hacedero. Y así, todas las circunstancias que jalonan la vida ordinaria harán que el hogar se convierta en una constante y efectiva escuela de virtudes. La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria[16].

Los padres cristianos procuran dar a sus hijos, también, lo mejor que poseen: la fe. Han de acompañarlos en el camino del conocimiento y del trato con Dios, aprender juntos las verdades del Evangelio y el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas. De manera semejante, en este punto, San Josemaría recomendaba optar por el ejemplo y por la libertad. Así lo explicaba en una de sus catequesis: no les obliguéis a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres, y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron solo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata[17].

Poned interés en hacerles entender las oraciones que les enseñáis —pocas, cuando son pequeños—, y esmeraos en que lleguen bien preparados para recibir los sacramentos. Resulta indispensable ayudarles a tomar conciencia de su dignidad de hijos de Dios, ya que sepan responder generosamente a los dones que reciben de su Padre del cielo, orientando su existencia a horizontes generosos y trascendentes.

Junto a la gozosa realidad de esta vida de libertad, como hijos de Dios, afanaos en enseñarles las obligaciones que corresponden a su situación como personas y como cristianos. Se trata, en definitiva, de acompañarlos en el empeño por alcanzar la santidad, a la que todos estamos llamados. Os recuerdo esta exhortación de San Josemaría: vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis! [18].

Recientemente, Benedicto XVI resumía todas estas recomendaciones cuando pedía a los padres: «Que permanezcáis siempre firmes en vuestro amor recíproco: éste es el primer gran don que necesitan vuestros hijos para crecer serenos, para ganar confianza en sí mismos y confianza en la vida, y para aprender ellos a ser a su vez capaces de amor auténtico y generoso. Además, el bien que queréis para vuestros hijos debe daros el estilo y la valentía del verdadero educador, con un testimonio coherente de vida y también con la firmeza necesaria para templar el carácter de las nuevas generaciones, ayudándoles a distinguir con claridad entre el bien y el mal y a construir a su vez sólidas reglas de vida, que las sostengan en las pruebas futuras. Así enriqueceréis a vuestros hijos con la herencia más valiosa y duradera, que consiste en el ejemplo de una fe vivida diariamente»[19]

4. La familia, configuradora de la sociedad

La familia, en la medida en que cada uno de sus miembros pone un serio empeño en llevar a cabo la misión que le corresponde, es el entorno más adecuado para el crecimiento de las personas. Pero no acaba en ese ámbito —en el de la propia familia— su función. Se requiere que toda esa riqueza redunde en favor de la sociedad.

Esta dimensión natural de la familia —como ocurre en otros campos— se esclarece aún más a la luz de la fe. Todos somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros. Con este sentido de viva fraternidad, ningún afán de los demás puede resultarnos indiferente. Los retos de la sociedad a la que pertenecemos merecen, entonces, toda nuestra atención.

En la década de los 60 del siglo XX, en momentos de particular intensidad en la historia del mundo y de la Iglesia, el Señor dio a entender con fuerza a San Josemaría que, al ser los padres los primeros responsables de la educación de sus hijos, debían ser ellos mismos quienes sin dilación emprendieran y se hicieran cargo de muchos nuevos centros de enseñanza, en los que se educara a los hijos en los valores humanos y cristianos. Doctrina antigua, que repetidamente había puesto por escrito y había predicado. Pero en aquellos años 60, caracterizados por fuertes convulsiones sociales, esa luz se hizo más fuerte y operativa.

Su intensa oración por esta intención concreta, y una incansable catequesis, removieron la conciencia de muchos padres y madres de familia en los cinco continentes. Desde entonces, han florecido por todas partes centros de enseñanza a todos los niveles, cuya promoción, gestión y desarrollo recae sobre los padres de los alumnos, que prestan así un gran bien a la familia, a la sociedad y a la Iglesia.

En una ocasión, San Josemaría dirigía estas palabras a los padres de uno de esos colegios:

El primer negocio es que vuestros hijos salgan como deseáis; por lo menos tan buenos y, si es posible, mejor que vosotros. Por tanto, ¡insisto!: esta clase de Colegios, promovidos por los padres de familia, tienen interés, en primer término, para los padres de familia; luego, para el profesorado, y después para los estudiantes. Y me diréis: ¿este trabajo será útil? Lo estáis viendo: cada uno tiene experiencia personal, a través de la de sus hijos. Si no van mejor, es por culpa vuestra: porque no rezáis y porque no venís por aquí. Vuestra labor es muy interesante, y vuestros negocios no se resentirán por esta dedicación que os pide el Colegio. Con palabras del Espíritu Santo, os digo: electi mei non laborabunt frustra (Is 65, 23). Os ha elegido el Señor, para esta labor que se hace en provecho de vuestros hijos, de las almas de vuestros hijos, de las inteligencias de vuestros hijos, del carácter de vuestros hijos; porque aquí no sólo se enseña, sino que se educa, y los profesores participan de los derechos y deberes del padre y de la madre [20].

No puedo acabar este recorrido —necesariamente breve- por algunas enseñanzas de San Josemaría sobre el matrimonio y la familia, sin señalar que se inscriben perfectamente en la doctrina social de la Iglesia, que concibe la institución familiar como vertebradora de la sociedad. La familia es, en efecto, «célula fundamental de la sociedad»[21] y «escuela del más rico humanismo»[22]. Tiene, sin lugar a dudas, una misión insustituible: los hijos educados en su seno serán el día de mañana cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad[23].

San Josemaría acudía con frecuencia al ejemplo de los primeros cristianos. Le gustaba referirse a aquellas familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoysembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído[24].

Paz y alegría. Ante algunos sucesos, ante algunas modas culturales y legislaciones deshumanizadoras, que se alejan del ideal cristiano —que es también el auténticamente humano— de matrimonio y familia, alguno podría tener la tentación de quedar abatido. Si así le ocurriera, estoy seguro de que San Josemaría le replicaría que, aunque se trate de momentos fuertes para las personas, son tiempos de optimismo, de trabajar y rezar, de rezar y trabajar, con la firme seguridad de la fe y con la fuerza perenne de la familia. Ha llegado el momento, por tanto, de hacer una extensa labor positiva, ahogando el mal en abundancia de bien. Un bien que, por otro lado, repartiremos a manos llenas y con alegría en todos los ambientes. Las familias cristianas tienen un gran tesoro que transmitir a los demás, un servicio preciosísimo que prestar a la sociedad con su conducta ejemplar y con su solidaridad entre padres e hijos, y también con los abuelos. Y, como todo servicio, se debe hacer con alegría.

Nos encontramos ante una cultura que corre el peligro de perder el sentido propio del matrimonio y de la institución familiar. Frente a este panorama, Juan Pablo II urgía a procurar que “mediante una educación evangélica cada vez más completa, las familias cristianas ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más frágiles que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada vez más conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz presencia eclesial y social para tutelar sus derechos»[25].

Como recordó la Congregación para la Doctrina de la Fe, en un importante y actual documento, si el ordenamiento jurídico de una sociedad reconoce y tutela «la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad», la sociedad se constituye sobre una base sólida. Junto con «el derecho primario a la vida desde la concepción hasta su término natural» y «la libertad de los padres en la educación de sus hijos», la tutela y promoción de la familia, así entendida, constituye una «exigencia ética fundamental e irrenunciable», para «el bien integral de la persona»[26], de todas las personas, que es preciso defender. Por eso, como afirmaba San Josemaría, hay dos puntos capitales en la vida de los pueblos: las leyes sobre el matrimonio y las leyes sobre la enseñanza; y ahí, los hijos de Dios tienen que estar firmes, luchar bien y con nobleza, por amor a todas las criaturas[27].

Es ésta una labor que es preciso llevar a cabo por amor a todos: porque a todos beneficia el hecho de que haya muchas familias unidas, abiertas a la vida y con mentalidad de servicio. Constituyen el lugar idóneo para el crecimiento y realización de cada uno como persona, para su apertura a los demás, para la adquisición de virtudes y, en el caso de los cristianos, para la recepción y la transmisión de la fe.

Difundir la verdad sobre la familia y el matrimonio se nos muestra como una de las tareas prioritarias en la nueva evangelización. Es obligación que corresponde a todos, a cada uno desde su propia posición en la familia: como esposos, como padres, como hijos, como abuelos; también en el caso de quienes, aceptan­do alegremente la Voluntad de Dios, no han recibido el fruto de los hijos y gastan sus energías siendo un matrimonio ejemplar en el servicio a los demás. Os animo, pues, a todos, a tomar parte en este reto, del que dependen grandes beneficios para el futuro de muchas personas y de la entera sociedad.

Sé que este empeño forma parte muy importante de la misión que configura a esta Universidad, y que desde los comienzos habéis desarrollado instrumentos e iniciativas académicas para trabajar por el pleno reconocimiento de la familia. Una prueba es este Congreso universitario internacional en torno a esta célula capital de la sociedad, con el que habéis querido celebrar el décimo aniversario de la fundación de la Universidad.

Estoy seguro de que San Josemaría mira con predilección, desde el Cielo, todos vuestros esfuerzos, y los bendice.

También yo bendigo de todo corazón estos afanes, incluyendo a todos los que formáis parte de la Universitat Internacional de Catalunya, y a cuantos habéis participado en este Congreso y trabajáis por hacer realidad estos ideales en los más variados lugares del mundo.


[1] San Josemaría, Conversaciones, n. 73.

[2] Ibid., n. 74.

[3] Juan Pablo II, Homilía en la canonización de San Josemaría, 6-X-2002

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 121.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23

[6] Benedicto XVI, Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, 6-VI-2005.

[7] Benedicto XVI, Discurso en el Encuentro Mundial de las Familias, 8-VII-2006.

[8] San Josemaría, Conversaciones, n. 91.

[9] Ibid [10] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-VI-1974.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 25. [12] San Josemaría, Conversaciones, n. 91.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 27.

[15] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[16] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23

[17] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 28-X-1972.

[18] San Josemaría, Forja, n. 692

[19]Benedicto XVI, Discurso a la Diócesis de Roma con motivo de la entrega de la carta sobre la tarea urgente de la educación, 23-11-2008.

[20] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 21-XI-1972.

[21] Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 40.

[22] Concilio vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 52. [23] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 28.

[24]Ibid., n. 30.

[25] Juan Pablo II, Carta apost. Novo millennio ineunte, 6-1-2001, n. 47.

[26] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24-xI-2002, n. 4.

[27] San Josemaría, Forja, n. 104

 

La misión educativa de la familia

El amor entre los padres genera en la familia un ambiente que facilita la educación y el servicio a los demás. Este es el tema de un editorial sobre la misión educativa de la familia, del que publicamos la primera parte.

04/05/2016

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, «única criatura que Dios ha querido por sí misma»[1], cuando nace –y durante un largo período de tiempo–, depende mucho del cuidado de sus padres. Aunque desde el momento de la concepción goza de toda la dignidad de la persona humana, que debe ser reconocida y custodiada, también es un hecho que necesita tiempo y ayuda para alcanzar toda su perfección. Este desarrollo –que no es automático ni autónomo, sino libre y en relación con los demás– es el objeto de la educación.

La misma etimología del término subraya la necesidad que el ser humano tiene de la educación como parte esencial de su perfeccionamiento. Educar viene del latín “ducere”, que significa “guiar”. El hombre necesita ser guiado por otros para perfeccionar sus facultades. También proviene de “educere”, que significa “extraer”. Precisamente, lo propio de la educación es “extraer el mejor yo” de cada uno, desarrollar todas las capacidades de la persona. Las dos facetas –guiar y desarrollar– constituyen como el fundamento de la tarea educativa.

Los padres, primeros y principales educadores

No resulta muy difícil entender que –como tantas veces ha afirmado el Magisterio de la Iglesia–, «los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos»[2]. Es un derecho–deber que tiene su raíz en la ley natural y, por eso, todos comprenden, aunque en algún caso sea sólo de una manera intuitiva, que existe una continuidad necesaria entre la transmisión de la vida humana y la responsabilidad educadora.

Produce un rechazo espontáneo pensar que los padres se pudieran desentender de sus hijos una vez que los han traído al mundo, o que su función se podría limitar a atender las necesidades físicas de los hijos, despreocupándose de las intelectuales, morales, etc. Y la raíz de este rechazo natural es que la razón humana entiende que el ámbito primario para la acogida y el desarrollo de la vida del hombre es la comunidad conyugal y familiar.

La Revelación y el Magisterio asumen y profundizan los motivos racionales por los que los padres son los primeros educadores. «Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre»[3].

En el designio divino, la familia, «es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios»[4]. La transmisión de la vida es un misterio que supone la cooperación de los padres con el Creador para traer a la existencia un nuevo ser humano, imagen de Dios y llamado a vivir como hijo suyo. Y la educación participa plenamente de este misterio. Este es el motivo de fondo por el que la Iglesia ha afirmado siempre que «por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación»[5].

Pertenece a la esencia del matrimonio la apertura a la vida, que no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que incluye la obligación de ayudarles a vivir una vida plenamente humana y en relación con Dios.

El misterio de la Redención ofrece luces sobre la misión educativa de los padres en el designio de Dios. Jesucristo, que con sus palabras y con sus hechos «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación»[6], quiso encarnarse y ser educado en una familia. Además, quiso elevar el matrimonio a la condición de sacramento, llevándolo a su plenitud en el plan salvífico de la Providencia.

A ejemplo de la Sagrada Familia, los padres son cooperadores de la providencia amorosa de Dios para dirigir a su madurez a la persona que se les ha confiado, acompañando y favoreciendo, desde la infancia hasta la edad adulta, su crecimiento en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres[7].

Juan Pablo II sintetizaba toda esta doctrina, explicando que eran tres las características del derecho-deber educativo de los padres[8]:

- es esencial, por estar vinculado con la transmisión de la vida humana;

- es original y primario, respecto al papel de otros agentes educativos –derivado y secundario–, porque la relación de amor que se da entre padres e hijos es única y constituye el alma del proceso educativo;

- y es insustituible e inalienable: no puede ser usurpado ni delegado completamente. Consciente de esta realidad, la Iglesia ha enseñado siempre que el papel de los padres en la educación «tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse»[9]. De hecho, el oscurecimiento de estas verdades ha llevado a muchos padres al descuido, e incluso al abandono, de su papel insustituible, hasta el punto que Benedicto XVI ha hablado de una situación de «emergencia educativa»[10], que es tarea de todos afrontar.

El fin y el alma de la tarea educativa

«Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano»[11]. Puesto que el amor es la vocación fundamental e innata del hombre, el fin de la misión educativa de los padres no puede ser otro que enseñar a amar. Este fin queda reforzado por el hecho de que la familia es el único lugar donde las personas son amadas no por lo que tienen, lo que saben o lo que producen, sino por su condición de miembros de la familia: esposos, padres, hijos, hermanos.

Son muy significativas las palabras de Juan Pablo II: «En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor (...) Todo cometido particular de la familia es la expresión y la actuación concreta de tal misión fundamental»[12].

Pero, ¿cómo llevar a cabo esta misión? La respuesta es siempre la misma: con amor. El amor no es sólo el fin, sino también el alma de la educación. Juan Pablo II, después de describir las tres características esenciales del derecho-deber educativo de los padres, concluía que, «por encima de estas características, no puede olvidarse que el elemento más radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida.

El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor»[13].

En consecuencia, ante la “emergencia educativa” de la que habla Benedicto XVI, el primer paso es volver a recordar que la meta y el motor interno de la educación es el amor. Y que, frente a las imágenes deformadas del auténtico rostro del amor, los padres, partícipes y colaboradores del amor Dios, tienen la capacidad y la gozosa misión de transmitir, de manera viva, su verdadero significado.

La educación de los hijos es proyección y continuación del mismo amor conyugal y, por eso, el hogar familiar que nace como desarrollo natural del amor de los esposos es el ambiente adecuado para la educación humana y cristiana de los hijos. Para éstos, la primera escuela es el amor que se tienen sus padres. A través de su ejemplo reciben, desde pequeños, una auténtica capacitación para el amor verdadero.

Por este motivo, el primer consejo que San Josemaría daba a los esposos era que custodiaran y reconquistaran cada día su amor, porque es la fuente de energía, lo que realmente da cohesión a toda la familia.

Si hay amor entre los padres, el ambiente que respirarán los hijos será de entrega, de generosidad. El clima del hogar lo ponen los esposos con el cariño con que se tratan: palabras, gestos y mil detalles de amor sacrificado.

 

La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás: a escuchar al otros cónyuge, o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria[14].

Cosas pequeñas, casi siempre, que un corazón enamorado sabe ver como grandes y que, desde luego, tienen una enorme repercusión en la formación de los hijos, aun en los de más corta edad.

Puesto que la educación es continuación necesaria de la paternidad y maternidad, la participación común de los dos esposos se extiende también a la educación. La misión educativa reside en los padres precisamente en cuanto matrimonio; cada esposo participa solidariamente de la paternidad o maternidad del otro. No hay que olvidar que el resto de agentes educativos –colegio, parroquia, club juvenil, etc.– son colabores de los padres: su ayuda es prolongación –nunca sustitución– del hogar. En definitiva, para la misión de construir el hogar son necesarios los dos cónyuges. Dios da su gracia para suplir la forzosa ausencia de uno, pero lo que no cabe es la inhibición o renuncia voluntaria.

Es claro que el mundo ha sufrido enormes cambios sociales y laborales que tienen su repercusión también en la familia. Entre otros fenómenos, ha crecido el número de hogares en los que tanto el marido como la esposa tienen un trabajo profesional fuera del hogar, no pocas veces muy absorbente. Cada generación tiene sus problemas y sus recursos y no es forzosamente peor lo uno que lo otro, ni se puede caer en casuísticas.

En cualquier caso, el amor sabe anteponer la familia al trabajo, y es imaginativo para suplir horas de dedicación con una mayor intensidad de trato. Además, no se puede olvidar que los dos esposos han de estar implicados en la construcción del hogar, sin caer en la idea equivocada de que el trabajo fundamental del varón es ganar dinero, dejando en manos de la mujer las labores de la casa y la educación de los hijos. A María y José, que vieron crecer a Jesús en sabiduría, en edad y en gracia[15], confiamos la misión de los padres, cooperadores de Dios en una labor de gran trascendencia y de suma belleza.

M. Díez


[1] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n.24.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1653.

[3] Ibidem, n. 1604.

[4] Ibidem, n. 2205.

[5] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 48.

[6] Ibidem, n. 22.

[7] Lc 2, 52.

[8] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 36.

[9] Conc. Vaticano II, Decl. Gravissimum educationis, 28-X-1965, n.3.

[10] Benedicto XVI, Mensaje a la diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, 21-I-2008.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1604.

[12] Juan Pablo II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 17.

[13] Ibidem, n. 36.

[14] Es Cristo que pasa, n. 23.

[15] Cfr. Lc 2, 52.

 

El derecho de los padres a la educación de sus hijos

Aunque pueden acudir a otros colaboradores, los padres son siempre los principales responsables de la educación de sus hijos, como se señala en este artículo.

Foto: justinwdavis.

24/01/2011

En la actual Declaración Universal de Derechos Humanos, el artículo 26 señala el derecho de los padres a elegir la educación que prefieren para sus hijos (1), y es más significativo aún el hecho de que los firmantes incluyan este principio entre los básicos que un Estado no puede negar o manipular.

Pertenece a la naturaleza humana que el hombre sea un ser intrínsecamente social y dependiente, dependencia que se muestra de modo más patente en los años de la infancia; pertenece al ser hombre que todos debamos recibir una educación, crecer en sociedad, adquirir una cultura y unos conocimientos.

Foto: justinwdavis.

 

Efectivamente, un hijo no es sólo una criatura arrojada al mundo: en la persona humana se da una estrecha relación entre procreación y educación, hasta el punto de que ésta se considera como una prolongación o complemento de la obra generativa. Todo hijo tiene derecho a la educación, necesaria para poder desarrollar sus capacidades; y a este derecho de los hijos corresponde el derecho-deber de los padres a educarlos.

Manifestación del amor de Dios

Esta realidad se puede apreciar en la etimología de la palabra “educación”. El término educare significa primordialmente acción y efecto de alimentar o nutrir la prole. Alimento que, evidentemente, no es sólo material, sino que abarca también el cultivo de las facultades espirituales de los hijos: intelectuales y morales, que incluyen virtudes y normas de urbanidad.

Hijo y padre son, de modo respectivo, el educando y el educador natos, y cualquier otra especie de educación solamente lo es en un sentido análogo: la educación atañe a la persona en tanto que hijo o hija, es decir, en tanto que está en dependencia de sus padres.

Por eso, el derecho a la educación está fundamentado en la naturaleza humana y hunde sus raíces en realidades que son semejantes para todas las personas y, en último término, fundamentan la sociedad misma; por eso, los derechos a educar y ser educados no dependen de que estén recogidos o no en una norma positiva, ni son una concesión de la sociedad o del Estado. Son derechos primarios, en el sentido más fuerte que cupiera dar al término.

Así, el derecho de los padres a educar a sus hijos está en función de aquel que tienen los hijos a recibir una educación adecuada a su dignidad humana y a sus necesidades; es éste último el que fundamenta el primero. Los atentados contra el derecho de los padres constituyen, en definitiva, un atentado contra el derecho del hijo, que en justicia debe ser reconocido y promovido por la sociedad.

Sin embargo, que el derecho del hijo a ser educado sea más básico, no implica que los padres puedan renunciar a ser educadores, tal vez con el pretexto de que otras personas o instituciones puedan educar mejor. El hijo es, ante todo, hijo; y para su crecimiento y maduración resulta fundamental el ser acogido como tal en el seno de una familia.

Es la familia el lugar natural en el que las relaciones de amor, de servicio, de donación mutua que configuran la parte más íntima de la persona se descubren, valoran y aprenden. De ahí que, salvo casos de imposibilidad, toda persona debería ser educada en el seno de una familia por parte de sus padres, con la colaboración –en sus diversos papeles– de otras personas: hermanos, abuelos, tíos...

A la luz de la fe, la generación y la educación adquieren una dimensión nueva: el hijo está llamado a la unión con Dios, y aparece ante los padres como un regalo que es, a la vez, manifestación del propio amor conyugal.

Cuando nace un nuevo hijo, los padres reciben una nueva llamada divina: el Señor espera de ellos que lo eduquen en la libertad y en el amor, que lo lleven poco a poco hacia Él. Espera que el hijo encuentre, en el amor y la atención que recibe de sus padres, un reflejo del amor y la atención que Dios mismo le dedica. De ahí que, para un padre cristiano, el derecho y deber de educar a un hijo sea irrenunciable por motivos que van más allá de un cierto sentido de la responsabilidad: es irrenunciable también porque forma parte de su respeto a la llamada divina recibida con el bautismo.

Ahora bien, si la educación es una actividad primordialmente paterna y materna, cualquier otro agente educativo lo es por delegación de los padres y subordinado a ellos. «Los padres son los primeros y principales educadores de sus propios hijos, y en este campo tienen incluso una competencia fundamental: son educadores por ser padres. Comparten su misión educativa con otras personas e instituciones, como la Iglesia y el Estado. Sin embargo, esto debe hacerse siempre aplicando correctamente el principio de subsidiariedad» (2).

Lógicamente, es legítimo que los padres busquen ayudas para educar a sus hijos: la adquisición de competencias culturales o técnicas, la relación con personas más allá del ámbito familiar, etc., son elementos necesarios para un correcto crecimiento de la persona, que los padres –por sí solos– no pueden atender adecuadamente. De ahí que «cualquier otro colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consentimiento y, en cierto modo, incluso por encargo suyo» (3): tales ayudas son buscadas por los padres, que en ningún momento pierden de vista lo que esperan de ellas, y están atentos para que respondan a sus intenciones y expectativas.

Padres y escuelas

La escuela ha de ser vista en este contexto: como una institución destinada a colaborar con los padres en su labor educadora. Cobrar conciencia de esta realidad se hace más acuciante cuando consideramos que, en la actualidad, son numerosos los motivos que pueden llevar a los padres –a veces sin ser enteramente conscientes– a no comprender la amplitud de la maravillosa labor que les corresponde, renunciando en la práctica a su papel de educadores integrales.

La emergencia educativa, tantas veces evidenciada por Benedicto XVI, hunde sus raíces en esta desorientación: la educación se ha reducido a «la transmisión de determinadas habilidades o capacidades de hacer, mientras se busca satisfacer el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colmándolas de objetos de consumo y de gratificaciones efímeras» (4), y de este modo los jóvenes quedan «abandonados ante los grandes interrogantes que surgen inevitablemente en su interior» (5), a merced de una sociedad y una cultura que ha hecho del relativismo su propio credo.

Frente a estos posibles inconvenientes, y como consecuencia de su derecho natural, los padres han de sentir que la escuela es, en cierto modo, una prolongación de su hogar: un instrumento de su propia tarea como padres y no sólo un lugar donde se proporciona a los hijos una serie de conocimientos.

Como primer requisito, el Estado debe salvaguardar la libertad de las familias, de modo que éstas puedan elegir con rectitud la escuela o los centros que juzguen más convenientes para la educación de sus hijos. Ciertamente, en su papel de tutelar el bien común, el Estado posee unos derechos y unos deberes sobre la educación: sobre ellos volveremos en un próximo artículo. Pero tal intervención no puede chocar con la legítima pretensión de los padres de educar a sus propios hijos en consonancia con los bienes que ellos sostienen y viven, y que consideran enriquecedores para su descendencia.

Como enseña el Concilio Vaticano II, el poder público –aunque sea por una cuestión de justicia distributiva– debe ofrecer los medios y las condiciones favorables para que los padres puedan «escoger con libertad absoluta, según su propia conciencia, las escuelas para sus hijos» (6). De ahí la importancia de que quienes trabajan en ambientes políticos o relacionados con la opinión pública busquen que tal derecho quede salvaguardado, y en la medida de lo posible se promueva.

El interés de los padres por la educación de los hijos se manifiesta en mil detalles. Independientemente de la institución en la que estudien los hijos, resulta natural interesarse por el ambiente existente y por los contenidos que se transmiten.

Se tutela así la libertad de los alumnos, el derecho a que no se deforme su personalidad y no se anulen sus aptitudes, el derecho a recibir una formación sana, sin que se abuse de su docilidad natural para imponerles opiniones o criterios humanos de parte; así se permite y fomenta que los chicos desarrollen un sano espíritu crítico, a la vez que se les muestra que el interés paterno en este ámbito va más allá de los resultados escolares.

Tan importante como esta comunicación entre los padres y los hijos es la que se da entre los padres y los profesores. Una clara consecuencia de entender la escuela como un instrumento más de la propia labor educadora, es colaborar activamente con las iniciativas o el ideario del colegio.

En este sentido, es importante participar en sus actividades: por fortuna, es cada vez más común que los colegios, independientemente de que sean de iniciativa pública o privada, organicen cada cierto tiempo jornadas de puertas abiertas, encuentros deportivos, o reuniones informativas de corte más académico. Especialmente en este último tipo de encuentros, conviene que acudan –si es posible– los dos cónyuges, aunque requiera cierto sacrificio de tiempo o de organización: de este modo, se transmite al hijo –sin necesidad de palabras– que ambos padres consideran la escuela un elemento relevante en la vida familiar.

En este contexto, implicarse en las asociaciones de padres –colaborando en la organización de eventos, haciendo propuestas positivas, o incluso participando en los órganos de gobierno– abre toda una serie de nuevas posibilidades educativas. Sin duda, desempeñar correctamente una función así requiere un notable espíritu de sacrificio: es necesario dedicar tiempo al trato con otras familias, conocer a los profesores, acudir a reuniones...

Sin embargo, estas dificultades se ven ampliamente compensadas –sobre todo, para el alma enamorada de Dios y ansiosa de servir– por la apertura de un campo apostólico cuya amplitud no se puede medir: aunque las reglamentaciones del colegio no permitan intervenir directamente en algunos aspectos de los programas educativos, se está en condiciones de implicar e impulsar a profesores y directivos para que la enseñanza transmita virtudes, bienes y belleza.

Los demás padres son las primeras personas que agradecen tal esfuerzo, y para ellos un padre implicado en la labor del colegio –ya sea porque tiene ese encargo, ya sea porque por propia iniciativa muestra su preocupación por el ambiente de la clase, etc.– se convierte en un punto de referencia: una persona a cuya experiencia acudir, o cuyo consejo buscar en la educación de los propios hijos.

Se abre así el camino a la amistad personal, y con ella a un apostolado que acaba beneficiando a todas las personas del ámbito educativo en el que se desenvuelven los hijos. Vale aquí plenamente lo que San Josemaría dejó escrito en Camino, sobre la fecundidad del apostolado personal: Eres, entre los tuyos -alma de apóstol-, la piedra caída en el lago. –Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y éste, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión? (7).

J.A. Araña

J.C. Errázuriz


1. Declaración Universal de los Derechos del Hombre, 10-XII-1948, n. 26.

2. Juan Pablo II, Carta a las familias, 2-II-1994, n. 16.

3. Juan Pablo II, Carta a las familias, 2-II-1994, n. 16.

4. Benedicto XVI, Discurso a la Asamblea Diocesana de Roma, 11-VI-2007.

5. Benedicto XVI, Discurso a la Conferencia Episcopal italiana, 28-V-2008.

6. Concilio Vaticano II, decl. Gravissimum educationis, n. 6.

7. San Josemaría. Camino, n. 831.

 

Mantenerse firme: aprender a decir que no

Alfonso Aguiló Pastrana

«Yo quiero mucho a mi hija pequeña —explicaba una mujer bastante sensata en una conversación con otros matrimonios amigos—; y procuro manifestarlo de modo concreto cada día. Pero hay veces en que realmente mi hija se porta mal.

»Tengo amigas que me dicen que a esa edad nadie se porta mal, sino que hace inocentemente algo que todavía no ha aprendido a saber que está mal. Pero yo no estoy de acuerdo. Aunque sea pequeña, he visto a mi hija comportarse mal y saberlo.

»Es verdad que son cosas pequeñas, que es malicia sencilla, a su nivel, pero es malicia al fin y al cabo. Son cosas que a nosotros nos parecen de poca entidad, pero que para ella sí tienen importancia. Y por su bien y por el mío tengo que actuar con firmeza, tengo que decirle no, un no bien claro, para que lo comprenda y obedezca enseguida.

»No tiene por qué suceder con frecuencia, pero cuando sucede hay que hacerle ver que de ninguna manera debe hacer eso. Y que ahí estoy yo dispuesta a mantenerme bien firme. Y si no le gusta lo que hago lo sentiré mucho, y podrá llorar y llorar, y yo pasaré también un mal rato, pero no cederé, porque creo que eso está mal, y hay veces en que hay que trazar una raya en la arena y ella ha de comprender que no debe traspasar esa raya. Y así hasta que por sí misma oiga en su interior la palabra no, y no sólo la que yo le digo.»

—¿Y cuando los hijos son ya más mayores?, —preguntó uno de los presentes.

«Es un poco distinto, pero también hay que aprender a decir que no. ¿Qué hago? Me siento y hablo con él, o con ella. No le doy voces ni le grito. Pero le digo en qué creo y por qué, y no tengo pelos en la lengua. Intento ir al grano. Y yo también escucho con atención, porque a veces con sus razones me han hecho cambiar de opinión. No tengo ningún miedo a cambiar de opinión si me convencen, pero tampoco tengo miedo a emplear la palabra bien y la palabra mal.»

—Pero hay temas difíciles, y edades difíciles. Por ejemplo, ¿qué haces para que te escuche en cuestión de sexo? —todos escuchaban con atención, y ella no necesitó mucho tiempo para recoger sus pensamientos y contestar:

«Hablo a solas con él, o con ella, y siempre me escucha. No siempre está de acuerdo conmigo, sobre todo al principio, pero al final logramos entendernos casi totalmente. Hay algunas veces en que no lo entiende del todo, pero por lo menos sabe bien que yo deseo que esté de acuerdo conmigo, aunque no lo entienda del todo, es decir, que quiero que confíe en lo que le digo, porque soy su madre y quiero lo mejor para ellos. Y se lo digo así. Lo hago pocas veces, pero a veces lo hago. Le pido que me obedezca en ese asunto concreto, incluso aunque al principio no lo entienda del todo, y aunque sepa que probablemente yo no voy a poder controlarle. Sé que esto parecerá extraño a mucha gente, pero yo le digo a mi hijos adolescentes que hasta que se casen no deben tener relaciones sexuales en ninguna circunstancia, con nadie en absoluto.

»Mi teoría consiste en hablar con cada hijo, escucharle, intentar persuadirle, pero también a veces —sencillamente— decirle que no. Y no tengo miedo de emplear valores morales, que en la familia hemos tenido siempre.»

Escuchando esa conversación, me venían a la memoria, por contraste, unas palabras de la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro: «El remordimiento más grande es el de no haber tenido nunca la valentía de plantarle cara, el de no haberle dicho nunca: "Hija mía, estás equivocada". Sentía que en sus palabras había unos eslóganes peligrosísimos, cosas que, por su bien, yo hubiera tenido que cortar de cuajo inmediatamente; y, sin embargo, me abstenía de intervenir. Los asuntos de que hablábamos eran esenciales. Lo que me hacía actuar —mejor dicho, no actuar— era la idea de que para ser amada tenía que eludir el choque, simular que era lo que no era.

»Mi hija era dominante por naturaleza, tenía más carácter que yo, y yo temía el enfrentamiento abierto, tenía miedo de oponerme. Si la hubiese amado verdaderamente habría tenido que indignarme, incluso tratarla a veces con dureza; habría tenido que obligarla a hacer determinadas cosas o a no hacerlas en absoluto. Tal vez era justamente eso lo que ella quería, lo que necesitaba. ¡A saber por qué las verdades elementales son las más difíciles de entender! Si en aquella circunstancia yo hubiese comprendido que la primera cualidad del amor es la fuerza, probablemente los sucesos se habrían desarrollado de otra manera.»

 

Y a ti… ¿Qué te sostiene?

La dimensión espiritual de la mujer es fundamental para el mundo. Somos bolsas, vestidos, maquillaje, pero también mucho más. Algo debe sostener nuestras vidas de manera más profunda.

Hay tanto que escribir sobre las cosas que a las mujeres nos gustan. En lo personal me gusta mucho salir de compras. Puedo pasarme horas de horas comprando los zapatos de última moda, los trajes de dos piezas y las carteras Lauren o Coach. También mi resistencia se viene abajo cuando entro al departamento de joyería. Las perlas ¡ay, como me gustan las perlas! Tengo que controlarme muchísimo para no comprarme la tienda entera…

Hace algunos días fuimos a caminar a un lugar divino, un lugar del que se dice, mucha gente acude para hacer meditación u oración. Mis amigas y yo hablábamos de la liposucción. De los mejores cirujanos que hay en cada país para disminuir el estómago, los brazos, y todas esas partes delatoras de nuestro cuerpo. Otra decía que ya había ido al primer chequeo para hacerse los ojos. Pues la mejor edad para empezar a operarse es al llegar a los cuarenta. -¡No puede ser que ya vaya a cumplir cuarenta años!- expresaba una de ellas con espanto. Pero hermana, -decía otra- hoy no hay que preocuparse por envejecer con tanta crema y cirugía que puedes hacerte…. yo ya le dije a mi marido que vaya reservando los fondos para la primera que me voy hacer yo…

Entre esos miedos también están los kilos de más. -Realmente yo no he nacido para hacer dietas- mencionaba Julia. Eso de los sacrificios con las comidas no es para mí. Es mucho más práctico y fácil pagar una masajista….. ¿Porqué no hacer ejercicios? -decía yo- ¡No! saltaba Dalia, -¡imagínate tanto sacrificio! Además, es un esclavizarse a hacerlo diariamente y yo para esas disciplinas no sirvo.

Y así, se nos fueron las horas. Hablando de los miedos y la vanidad femenina. Mujeres ¿Y esas somos las que hemos nacido para ser la savia de la sociedad, el alimento espiritual? Esas que hablamos de vanidades y superficialidades ¿Somos el fermento del mundo? ¿Esas somos la sal de la tierra?

Las mujeres seguimos los pasos de la moda. Pero hoy en día no es fácil ser católica, porque no es lo que está de moda. Lo que esta de moda es practicar la meditación trascendental, hacer yoga, «curarte con cristales», «sanar tu auto-estima» y asistir a innumerables cursos de superación personal.

Si hoy el Dalai Lama dice en las noticias «El amor es la llave de la felicidad» millones dicen «ohhh, el Dalai Lama, ese hombre tan perseguido, tan bueno, tan iluminado, él dice que el amor es la llave de la felicidad». ¡Ah! Pero si el Papa dice «El amor es la llave de la felicidad» parece como si su mensaje pasara desapercibido.

Hay mucha sed y hambre de verdad, y las mujeres somos evidentemente seres con una dirección natural, innata, muy propia de nuestro sexo hacia la espiritualidad. Nosotras intuimos con más precisión que hay un mundo que va más allá de nuestros ojos. Y tampoco es raro que seamos las mujeres las que tomemos con mayor frecuencia (especialmente en este tiempo) los caminos equivocados en busca de la verdad, por medio de la espiritualidad. Tenemos hambre de seguridad, de confianza, de valor, y tenemos una gran desesperación por encontrar eso que llene nuestro vacío.

Además el mundo donde vivimos está sacudido por diferentes crisis, entre ellas, una de las más peligrosas es la pérdida del sentido de la vida. Muchas de nuestras contemporáneas han perdido el verdadero sentido de la vida y lo buscan en sucedáneos, como el desenfrenado consumismo, la droga, el alcohol o el abuso de la sexualidad y el erotismo. Buscan la felicidad, pero el resultado es siempre una profunda tristeza, un vacío del corazón y muchas veces la desesperación. ¿Cómo vivir la propia vida para no perderla? ¿Sobre qué fundamento edificar el propio proyecto de existencia?

Yo creo que a veces nos complicamos la vida innecesariamente, y por otro lado no tenemos la fuerza necesaria para seguir lo que verdaderamente nos hace crecer. Estamos muy mal acostumbradas a un mundo en el que se quiere todo fácil, rápido, sin dolor, sin esfuerzo. Y la fe que nos enseñaron nuestros padres, con la que crecimos puede serlo todo, excepto fácil, rápida o sin esfuerzo.

Ser católica no está de moda. Tampoco está de moda el decir que debemos cuidar nuestro corazón y nuestro cuerpo preservando nuestra intimidad en lugar de lanzarnos con una micro falda y una blusa con escotes que quitan la respiración para embriagarnos en una discoteca. No es fácil darse cuenta de que los hijos son un don de Dios y que no debemos obstruir Su Voluntad utilizando anticonceptivos. No está de moda el sacrificarse por amor a los demás. Vivimos una época de un feroz individualismo. Todo es yo, yo, yo y al final, ese «yo» se queda solo.

Ser católica, amiga mía no es fácil. Pero estoy convencida de que en nuestra fe, en la que nos enseñaron nuestros padres, está la verdad. Nuestros problemas no van a desaparecer por el hecho de ir a misa, o por confesarnos o por comulgar. Los problemas seguirán ahí, pero el corazón de nuestra fe está en la resurrección de Jesucristo, el hijo de Dios que se hizo hombre, al que crucificaron por nuestra culpa pero que resucitó. Él nos enseñó que todas nuestras penas, nuestras ansiedades y nuestros dolores tienen un significado, más que un «por qué» tienen un «para qué». Para los católicos los problemas, el dolor y la enfermedad son una oportunidad de seguir a Jesucristo en su cruz. Lo que a veces olvidamos es que la cruz tiene su significado de sacrificio pero siempre ante la perspectiva de la Resurrección. Ser católico no es fácil. Comulgar, confesarse o ir a misa no desaparecerán nuestros problemas, pero nos darán la fortaleza interior para poder afrontar esos problemas con una actitud diferente. No son los problemas los que desaparecen, es la Gracia de Dios la que los hace distintos.

Estos sacramentos tienen un valor incalculable en nuestras vidas. Confesarse con frecuencia nos fortalece para luchar contra nuestra debilidad, ir a misa cada domingo es participar de la vida de la Iglesia, de nuestra comunidad (de nuestra común unidad), comulgar es nada menos que comer el pan vivo, estar en la unión más íntima con Jesús mismo. No, estos sacramentos no desaparecen los problemas. Los sacramentos nos dan la fuerza de Dios para que aún en nuestra imposibilidad seamos capaces de lograr grandes cosas, a pesar de las dificultades.

Jesucristo no necesita estar de moda. Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Jesús se nos presenta como la respuesta de Dios a nuestra búsqueda, a nuestras angustias. Él dice: «Yo soy el pan de la vida, capaz de saciar toda hambre; Yo soy la luz del mundo, capaz de orientar el camino de todo hombre; Yo soy la resurrección y la vida, capaz de abrir la esperanza del hombre a la eternidad.»(2)

Ciertamente no es fácil seguir a Cristo, en estos días en que la palabra «oración» ha sido substituida por la expresión «meditación trascendental». Hoy tenemos el mayor peligro de alejarnos de la verdad y convertirnos en mujeres arrancadas por lo superficial, lo egoísta, lo vanidoso, lo falaz, lo falso. Pero las mujeres, a la luz de nuestra fe católica, podemos dar paso a la verdadera naturaleza femenina que es robusta, profunda, inspiradora y sólida. Una naturaleza que es «madre». ¿No es acaso la Santísima Virgen la más santa? Más que ella, solo Dios. Y era mujer, como tú y como yo.

Amiga mía, no busques la verdad en los libros de astrología, ni en que te lean las cartas, tampoco la busques en la «meditación trascendental», olvídate de tu aromaterapia, tu «cuarzo de la buena suerte» puedes ir tirándolo a la basura. Este es un tiempo de decisión. Esta es la ocasión para aceptar a Cristo. No como una fanática que se la pase el día entero en la Iglesia, sino como una mujer que verdaderamente necesita acercarse a Jesucristo para aceptar su amistad y su amor, aceptar la verdad de su palabra y creer en sus promesas; reconocer que su enseñanza nos conducirá a la felicidad y finalmente a la vida eterna.(1)

Vamos reconociéndolo, las mujeres de hoy no queremos comprometernos, todo lo queremos fácil. Estamos en la época de la «fast food» y la vida sin sacrificio. Pero también estamos en la época del vacío, del hastío, de la depresión, del abuso sexual, de la violencia, del alcoholismo, de la desunión familiar, de la ansiedad, de la drogadicción, de las relaciones superficiales, de la manipulación. Ese es el precio de nuestra vida «light», y lo estamos pagando ya mismo.

Pero, ante todo, este es un tiempo de decisión. La decisión de atreverse a no tener miedo a seguir rescatando esos valores de mujer y conocer de verdad lo que puede hacer en nuestro corazón, la comunicación diaria con Jesucristo. La mujer que desarrolla su interioridad y tiene esa comunión amorosa con su creador está mejor preparada para salir al encuentro del amor siendo hija, hermana, amiga, religiosa, esposa, madre, profesional, servidora.

Somos seres de encuentro y como mujeres somos las que debemos tomar la iniciativa. Pero esa iniciativa nunca podrá tomarse o verse con la enorme y trascendental importancia que tiene mientras sigamos siendo superficiales, materialista y egoístas. Estos son los obstáculos que debemos de vencer para poder poner la esencia de lo verdaderamente femenino en el mundo y de esta forma cristianizarlo con profundidad y no a medias. Por eso se requiere mujeres que estén dispuestas a vivir el compromiso.

Ser una católica de pies a cabeza, implica dificultad y sacrificio. ¿Acaso no te sacrificas en tus gustos o decisiones por lo que le gusta a tu pareja? Ese sacrificio significa un cambio, un convertir el «yo» en «tu».

Cuando hay vida interior hay un cambio en la conducta. Se crece humanamente y se vuelve frondosa la vocación específica de mujer. ¡Hay que acercarse a Jesucristo con la oración! Porque con la práctica diaria de la oración se trabaja directamente sobre el corazón, y se van cayendo las costras del egoísmo y la malicia y pasa a plantarse firmemente la madurez y serenidad de la generosidad y el significado de ser un lazo, un eslabón, un clavo en la cruz. Sujetar, acompañar, solidarizarse con Cristo que pasa, estar atenta. Labor de mujer, misión femenina.

Cuando hay vida interior dispuesta a la revelación de las propias miserias, se puede ver lo que hace el materialismo y la excesiva preocupación por los años y el cuerpo al alma. Se visualiza claramente que todo eso no deja crecer y no permite despojarse del estar pensando solo en una misma. Por eso la oración es el trabajo más exquisito, fino y delicado que el Espíritu Santo descubre al alma de una mujer cuando está entra desnuda con su propia verdad y con la docilidad de ser transformada. La mujer con esa actitud entonces, sale a la calle liberada, fuerte y segura para la batalla y puede ser una influencia poderosísima en todos los ambientes y con las otras mujeres a las que desde esa dimensión ve como hermanas.

La mujer con vida interior es un sistema totalmente abierto, es la que descubre lo inmenso de su propia inteligencia y puede entonces poner el motor de la voluntad en marcha. Se convierte así en esa Mujer Ejemplar que no es fácil de hallar (2). En la que se puede confiar y reposar porque desde el lugar que en la vida le corresponde coloca a Cristo siempre, siempre en la cumbre. De todas sus actividades humanas (3).

¿Querrá todo esto decir que renunciaré a los placeres del mundo, a la moda, a las fiestas, a la aspiración profesional? ¿No será esto enajenación, idealismo? No. No te pierdas. No es renunciar a la moda, ni a las aspiraciones profesionales. No es enajenación ni es idealismo. Es el descubrimiento de tu propia inteligencia, de tu nombre y de tu fuerza. Es encontrar lo denso del valor de lo femenino, vivirse intensamente gozosa de ser una mujer. Es vivir con valentía un tiempo de decisión en el que yo te pregunto: Y a ti, ¿qué te sostiene?

1. Juan Pablo II

2. Proverbios 31,10

3. José María Escriva de Balaguer.

Sheila Morataya

 

Ley natural: ¿un invento?

La Ley moral natural es “el conjunto de leyes racionales que expresan el orden de las inclinaciones naturales a los fines propios del ser humano, aquel orden que es propio del hombre como persona”

Ante una valla erigida en medio de un camino pueden existir varias actitudes. Cierto tipo de reformador diría: No veo el uso que pueda tener esto; vamos a deshacernos de ello. Otro más inteligente puede responder diciendo: Si no ves su uso, vete y reflexiona. Luego, cuando vuelvas y me digas que ya has visto el uso que tiene, tal vez te permita que lo destruyas. Esta paradoja descansa sobre el sentido común más elemental. La valla no creció ahí sin más. No la levantaron unos sonánbulos que la construyeron estando dormidos. Es muy improbable que la pusieran ahí unos fugitivos que por alguna razón habían quedado sueltos en la calle. Alguien tuvo alguna razón para pensar que sería bueno tenerla. Y hasta que no sepamos cuál es esa razón, no podemos juzgar si la razón era razonable o no. Si algo construido por otros seres humanos como nosotros parece ser algo misterioso y sin sentido, en ese caso es muy probable que hayamos pasado por alto todo un aspecto de la cuestión. Hay reformadores que superan esta dificultad asumiendo que sus padres eran unos locos de remate; pero si así es, entonces sólo podemos decir que su locura parece ser una enfermedad hereditaria [1].

1 ¿Qué es la Ley natural?

 

La Ley moral natural es “el conjunto de leyes racionales que expresan el orden de las inclinaciones naturales a los fines propios del ser humano, aquel orden que es propio del hombre como persona” [2].

Se denomina “ley”, porque, al igual que todas las leyes, es un ordenamiento producto de la razón que se dirige a conseguir el bien común, dictado por quien tiene a su cargo la comunidad [3].

Se dice “moral” porque califica y distingue lo que debe hacerse de lo que ha de evitarse, esto es, lo bueno y aquello que se considera como malo.

El señalamiento de “natural” habla de que es propio del ser humano.

La Ley moral natural no es la tendencia o inclinación que toda persona tiene o pueda llegar a tener, sino la regulación de estas. Se trata pues de un “deber ser”.

Epicteto (siglo I) enuncia el primer principio de la Ley natural: “Hay que hacer el bien y evitar el mal” (Epicteto, IV, 3, 30), de donde se derivan los derechos y deberes para que efectivamente pueda hacerse el bien y evitarse el mal.

Es evidente que no todo lo que se dice derecho realmente lo es, y de igual forma lo que en algún momento determinado se califica como un deber. Sin embargo, todo ser humano comparte una misma Ley moral natural, un mismo principio interior, del que surge el anhelo de la humanidad de respetar y solicitar respeto, de unos derechos mínimos para todos, dando lugar a los llamados “Derechos Humanos”, cuyo contenido consiste fundamentalmente en lo que desde antiguo las más diversas culturas han reconocido como convenientes al ser humano, en cuanto que regulan lo que debe hacerse y evitarse por encima de lo que dicten las leyes elaboradas por las autoridades de cualquier época y lugar.

Algunos de esos derechos y deberes comunes son manejados ya en las culturas antiguas, como lo muestra la historia.

2 Un poco de historia: Derechos Humanos y Ley moral natural

 

El Presidente de Alemania, Roman Herzog, expresó con frecuencia su opinión sobre los Derechos Humanos. En un ensayo publicado en el diario semanal Die Zeit de Hamburgo, comenta que las culturas: hinduismo, confucionismo, budismo, islamismo, cristianismo, y sus sistemas filosóficos característicos, han establecido una ética de la humanidad. En todas ellas rige la regla siguiente: “No hagas nunca a otros lo que no quieres que te hagan a ti”. Los derechos fundamentales del hombre fluyen directamente de esta regla de oro, vigente [4]. Con lo que señala el deber de evitar el mal a los demás.

De manera semejante, el escritor C.S. Lewis en su libro “La abolición del hombre”, ilustra la coincidencia de distintas civilizaciones en aspectos éticos fundamentales, uno de los apartados se refiere a las que mandan no hacer mal a los otros:

· “No he matado” (tradición egipcia: De la Confesión del Alma justa, Libro de la Muerte V).

· “No matarás” (tradición judía: Libro del Exodo 20, 13). Segundo libro de la Biblia que relata la salida del pueblo judío de Egipto (escrito aproximadamente hacia el año 1,300 a. C.).

· “No atemorices a los hombres, o Dios te atemorizará a ti” (tradición egipcia: Preceptos de Ptahhetep).

· “Quien ejerce opresión, busca la ruina de su morada” (Babilonia: Himno a Samas).

· “No hagas con los demás lo que no quieras que hagan contigo” (tradición china: Anales de Confucio, XV, 23) [5]. Confucio del 551 al 479 a. C.

Los escritos de los filósofos de la cultura griega destacan la Ley natural con mayor claridad incluso. Sófocles (del 496 a 406 a. C.) reclama la existencia de unas leyes no escritas e inmortales que están por encima de las leyes dadas por los hombres (Antígona, vv 452-457). Aristóteles (384 a 322 a. C.) distingue entre leyes justas en virtud de la ley y leyes justas por naturaleza (Política, I, 6, 1255a; III, 11, 1282b) [6].

Las leyes divinas y naturales, de que habla Sófocles, son orientadoras de las acciones (…) En la tragedia Antígona, es en donde aparece más destacada una firme convicción del derecho natural, a través de su protagonista. Esta heroína prefiere la obediencia a la Ley natural que a la ley del tirano Creón, y da sepultura al cadáver de su hermano. Unos diálogos son las siguientes:

Creón: Tú, que inclinas hacia el suelo la cabeza, ¿confiesas o niegas haber sepultado a Polínice?

Antígona: Lo confieso; no lo niego.

Creón: ¿Conocías el decreto que prohibía hacer eso?

Antígona: Lo conocía, no podía dejar de conocerlo. Era público.

Creón: ¿Y osaste violar en efecto esa ley?

Antígona: Sí; pues no fue Zeus quien emitió ni publicó ese edicto, el cual no pertenece a las leyes que han sido establecidas para los hombres por la Justicia (…) Yo no pensé que tus decretos, decretos de un ser mortal, pudiesen abrogar las leyes no escritas e inmutables del cielo. Estas leyes perennes no son de hoy ni de ayer, sino que pertenecen a todos los tiempos, son eternas, y nadie sabe cuándo nacieron [7].

Otro tanto sucede entre los romanos. Cicerón (106 a 43 a. C.) decía: “Es absurdo pensar que es justo todo lo determinado por las costumbres y las leyes de los pueblos (…) ¿Acaso también si son leyes de tiranos? Hay un único derecho que mantiene unida la comunidad de todos los hombres, y está constituido por una sola ley, la cual es el criterio justo que impera o prohibe; (…) que si todos los derechos se fundaran en la voluntad de los pueblos, las decisiones de los príncipes y las sentencias de los jueces, sería justo el robo, justa la falsificación, justa la suplantación de testamentos, siempre que tuvieran a su favor los votos o los plácemes de una masa popular (…) Y es que para distinguir la ley buena de la mala, no tenemos más norma que la de la naturaleza (…) La naturaleza nos dio así un sentido común que esbozó en nuestro espíritu, para que identifiquemos lo honesto con la virtud y lo torpe con el vicio. Pensar que esto depende de la opinión de cada uno y no de la naturaleza, es como de locos”. En “La República” continúa diciendo este autor de hace veinte siglos: “(…) hay una ley verdadera, recta razón conforme con la naturaleza, presente en todos, constante, sempiterna, la cual llama al deber mandando y desvía del engaño prohibiendo (…) A esta ley (…) ni es lícito derogarla en algo, ni puede ser abrogada por completo, ni nos podemos desligar de esta ley por obra del Senado o del Pueblo (…) no será una en Roma, otra en Atenas, una ahora, otra después; todos los pueblos, en todos los tiempos serán regidos por esta única ley eterna e inmutable; y un único maestro común, por así decirlo, y soberano de todos será Dios; de esta ley, El sólo es autor, intérprete y legislador; y quien no lo obedezca renegará de él mismo, y rechazando su naturaleza de hombre, por eso mismo incurrirá en las máximas penas (Cicerón, De Legibus, XXI, 17 y De República III, 2). Los mejores juristas de la época clásica romana son de opiniones similares. Gayo (siglo II), en las Instituta, afirma: “La ley civil corrompe o altera los derechos civiles, pero no los derechos naturales”. Paulo (siglo III), en su obra Ad Sabinum, dejó constancia de su pensamiento al afirmar que “La palabra “derecho” se emplea en varias acepciones: una, cuando se llama derecho a lo que siempre es justo y bueno, como el Derecho natural; otra acepción, lo que en cada ciudad es útil para todos o para muchos, como es el Derecho civil” [8].

Ulpiano (170 a 228), decía que era necesario conocer, ante todo, las cosas divinas, porque sin este conocimiento, el panorama humano sobre el cual debe posarse la mente del jurista, quedaría privado de aquel fundamento que reposa en lo absoluto, en Dios (Lib. 10 D. 1,1) [9].

3 ¿De dónde procede la validez de los derechos que rigen a las personas?

Aún queda por responder ¿de dónde, entonces, procede su validez? ¿derivará de una Declaración? ¿procede de la autoridad que le otorguen las Conferencias Internacionales de la ONU? o ¿existen derechos verdaderamente naturales en todo ser humano? Respecto a estas interrogantes existen dos posturas encontradas:

1ª Los derechos que tiene el hombre le son reconocidos como naturales.

2ª Los derechos que tiene el hombre le son otorgados por las leyes.

En el primer supuesto se explica que el ser humano posee derechos y deberes que se desprenden de su naturaleza humana, son derechos naturales fruto de una Ley moral natural, siendo su primer principio el de “haz el bien y evita el mal”.

La otra postura señala que es tarea autónoma y exclusiva de la legislación del momento la que determina los derechos del ser humano. Se trata, pues, de algo convenido, esto es, los derechos son aquellos que el grupo de personas que tienen a su cargo la elaboración de las leyes considera conveniente, con independencia de lo justos o injustos que resulten, pero con la garantía de su legalidad. La escuela del Positivismo Jurídico difundió que sólo es derecho lo que establecen los legisladores, conduciendo a una incorrecta simplificación que fácilmente acaba en arbitrariedad. Bajo esa perspectiva, los Derechos humanos serían una concesión o una atribución que se otorga al ciudadano [10].

En base a las ventajas de este último, se critica a la Ley moral natural, por considerarla imprecisa y sometida a interpretaciones ideológicas, poniendo en peligro los principios democráticos. Ahora bien, la Ley moral natural no es una receta. En un primer nivel ofrece principios generales. En un segundo nivel, sin embargo, las consecuencias prácticas de esos principios fundamentales pueden ser oscurecidas por ignorancia, prejuicios, pasiones, prepotencias, deseos de autonomía. A lo largo de la historia, ha ayudado a colmar las lagunas de la legislación, ha permitido el diálogo entre pueblos y culturas, como una gramática común, ha tenido una función crítica empujando la historia de los pueblos hacia horizontes de mayor justicia, ha funcionado, como una prefiguración del orden jurídico futuro [11].

4 ¿Cuál es el contenido de la Ley Moral Natural?

Un primer nivel del contenido de la Ley moral natural es la que regula la tendencia a:

1° La conservación del ser: vida e integridad física y moral, frecuentemente llamada instinto de conservación

2° La unión conyugal de varón y mujer ordenada a la generación y educación de los hijos.

3° La relación con Dios.

4° El trabajo como expresión del dominio y transformación del mundo circundante, y, en conexión con él, la tendencia al descanso y la diversión.

5° Las variadas formas de asociación.

6° La comunicación y el conocimiento de la cultura y el arte [12].

Todos los ordenamientos reconocen un derecho a la vida, a la integridad física, a la libertad, al trabajo, a la comunicación, a la asociación, a la buena fama. Son derechos que le corresponden a la persona humana. En cambio, si se consideraran otorgados, no cabría la crítica a leyes inhumanas, gobiernos opresores, impuestos injustos, etc., o ¿en base a qué daríamos esa calificación?

Sin embargo, la sola Ley moral natural no basta. Como el hombre es un ser inteligente y libre, pertenecen a su libre opción los medios que considere necesarios para alcanzar sus fines. La puntualización del derecho (el de cada país), concreta la indeterminación que existe entre la realidad y la Ley moral natural. Ésta apunta hacia unos fines, el Derecho de cada país debe implementar el sistema más justo para conseguirlos.

En cualquier caso, una característica que define la Ley moral natural, y por tanto, a lo que se ha denominado Derechos Humanos, es su universalidad: o son universales o no tienen sentido; esto es, son derechos válidos en todo tiempo y lugar, independientemente de las cambiantes situaciones culturales y sociales. En realidad son universales porque su fundamento es la persona humana, la común naturaleza.

Por otra parte, no todo bien debe considerarse un Derecho Humano. ¿El derecho a vacaciones pagadas es un Derecho humano? ¿lo es el derecho a la vacunación, o a disfrutar de los beneficios que trae el progreso científico? Por supuesto, es conveniente prestar más atención a las injusticias sociales y económicas, lo preocupante es la idea de que no se deba poner unos derechos por encima de otros, así, por ejemplo, el derecho a la vida no debe estar en el mismo plano que el derecho a vacaciones pagadas. Derechos verdaderamente importantes como la libertad de expresión, de religión, de asociación, derecho a la vida, a la libertad, y a la seguridad de las personas. En cuanto a derechos económicos y sociales, un gobierno siempre podrá proclamar sus buenas intenciones, pero dependerá de sus posibilidades para llevarlos a la práctica. Estos derechos no pueden ser universalmente respetados, ni tampoco podrán dar motivo para dejar de respetar otros. No sería válido declarar que se tiene sanidad, aunque se carezca de libertad, o que no se tiene derecho de reunión con fines pacíficos, pero tienen el empleo asegurado [13].

5 ¿Qué enseña la Iglesia sobre la Ley moral natural?

El Papa Juan Pablo II la define como la ley de la persona humana para dirigir su vida y sus actos [14].

“Tanto en Oriente como en Occidente es posible distinguir un camino que, a lo largo de los siglos, ha llevado a la humanidad a encontrarse progresivamente con la verdad y a confrontarse con ella (…) cada pueblo, posee una sabiduría originaria y autóctona que, como auténtica riqueza de las culturas, tiende a expresarse y a madurar incluso en formas puramente filosóficas (…) es verificable incluso en los postulados en los que se inspiran las diversas legislaciones nacionales e internacionales para regular la vida social (…) a pesar del cambio de los tiempos y de los progresos del saber (…); piénsese, además, en algunas normas morales fundamentales que son comúnmente aceptadas” [15].

El concepto de Ley moral natural de los griegos coincide con lo señalado en la Sagrada Escritura, así, por ejemplo, en el Antiguo Testamento se puede leer: “Porque estos mandamientos que yo te prohibo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de ti (…) sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica (…) Mira: hoy te pongo delante de la vida y la muerte; el bien y el mal. Si obedeces los mandamientos del Señor, tu Dios, vivirás (…) si no morirás” (Deuteronomio 30, 11-15); y, por supuesto, el contenido de los Diez Mandamientos (Exodo 20, 2-17 y Deuteronomio 5, 6-21) se apega a la Ley moral natural. Asimismo San Pablo (Rom 2, 15) dejó lo siguiente: “Con esto muestran que tienen grabado en sus corazones lo que la Ley prescribe, como se lo atestigua su propia conciencia y según los acusan o los excusan los razonamientos que se hacen unos a otros”.

Sin embargo, es Jesucristo quien eleva el postulado de Confucio de manera extraordinaria al expresar lo siguiente: “tratad a los hombres de la manera en que vosotros queréis ser de ellos tratados” (Lc 6, 31). Ya no es el mínimo de “No hagas nunca a otros lo que no quieres que te hagan a ti”, sino: haz con otros lo que desearías que hicieran contigo.

San Ireneo (130 a 202) sostiene que los paganos no conocieron la Ley de Moisés, pero, en cambio, todos tienen otra ley escrita en sus corazones que suple a la ley mosaica. San Agustín (354 a 430) sostiene que todos son pecadores, pues han desobedecido a esa ley escrita en sus corazones. San Gregorio Magno (540 a 604) en Moralia in Job enseña que el hombre no puede ignorar lo que hace, pues por la Ley natural está obligado a saber qué obras son buenas o malas [16]. Y es Santo Tomás de Aquino (1225 a 1274) quien toma lo escrito sobre la Ley moral natural de los siglos anteriores.

La Encíclica Pacem in Terris establece un catálogo amplio de los derechos y deberes que dimanan inmediatamente de su propia naturaleza y que en virtud de ello son universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto. Así, entre los derechos del hombre se postulan: derecho a la vida y a un decoroso nivel de vida; a la buena fama, a la verdad y a la cultura; al culto divino. Posteriormente se concretan los derechos familiares, entre los que destaca primeramente el derecho de la persona a elegir el estado de vida, contraer matrimonio, fundar una familia en cuya creación y desarrollo, hombre y mujer tengan iguales derechos y deberes. Junto a todo este cúmulo de derechos, se agrupan tres deberes básicos de la persona, que son: el de respetar los derechos ajenos, el de colaborar con los demás y el de actuar con sentido de responsabilidad en la consecución del bien común [17].

Con mucha claridad enseña Juan Pablo II: ¿Qué son los auténticos derechos humanos? ¿Concesiones de los gobiernos, de los Estados? ¿O algo distinto, más profundo? ¿En qué consiste la dignidad del hombre? ¿Qué son los derechos del hombre? Es evidente que estos derechos han sido inscritos por el Creador en el orden de la creación; que aquí no se puede hablar de concesiones de las instituciones humanas, de los Estados o de las organizaciones internacionales. Tales instituciones expresan sólo lo que Dios mismo ha inscrito en el orden creado por El, lo que El mismo ha inscrito en la conciencia moral, en el corazón del hombre, como explica san Pablo en la Carta a los Romanos (cfr. 2,15) [18].

Un buen resumen lo hace el Catecismo de la Iglesia Católica, y señala lo siguiente:

“En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal (…) El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón (…) La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” [19].

“El hombre participa de la sabiduría y la bondad del Creador que le confiere el dominio de sus actos y la capacidad de gobernarse con miras a la verdad y al bien. La ley natural expresa el sentido moral original que permite al hombre discernir mediante la razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira: La ley natural está inscrita y grabada en el alma de todos y cada uno de los hombres porque es la razón humana que ordena hacer el bien y prohíbe pecar (…) Pero esta prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz y el intérprete de una razón más alta a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos” [20] .

“La ley es una regla de conducta proclamada por la autoridad competente para el bien común. La ley moral supone el orden racional establecido entre las criaturas, para su bien y con miras a su fin, por el poder, la sabiduría y la bondad del Creador. Toda ley tiene en la ley eterna su verdad primera y última. La ley es declarada y establecida por la razón como una participación en la providencia del Dios vivo, Creador y Redentor de todos. “Esta ordenación de la razón es lo que se llama la ley” [21].

“La ley natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo como igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana” [22].

“Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios. Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la ley natural” [23].

“Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano” [24].

“La ley natural, presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón, es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y sus deberes fundamentales” [25].

“La aplicación de la ley natural varía mucho; puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de las condiciones de vida según los lugares, las épocas y las circunstancias. Sin embargo, en la diversidad de culturas, la ley natural permanece como una norma que une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios comunes” [26].

“La ley natural es inmutable y permanente a través de las variaciones de la historia; subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso. Las normas que la expresan permanecen substancialmente valederas. Incluso cuando se llega a renegar de sus principios, no se la puede destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y sociedades” [27].

“La ley natural, obra maravillosa del Creador, proporciona los fundamentos sólidos sobre los que el hombre puede construir el edificio de las normas morales que guían sus decisiones. Establece también la base moral indispensable para la edificación de la comunidad de los hombres. Finalmente proporciona la base necesaria a la ley civil que se adhiere a ella, bien mediante una reflexión que extrae las conclusiones de sus principios, bien mediante adiciones de naturaleza positiva y jurídica” [28].

“Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos de una manera clara e inmediata. En la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error” [29].

“Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto de las exigencias de la ley natural, la humanidad pecadora necesitaba esta revelación (…) Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la conciencia moral” [30].

“Nadie puede ordenar o establecer lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural” [31].

Por tanto, si no se atiende a la Ley moral natural, rije entonces la ley del más fuerte, y entonces se dice que es Derecho Humano aquello que al poderoso le conviene que lo sea [32].

Aún cuando el ser humano posea la Ley moral natural, no resulta asequible acertar siempre ni en todo su contenido; sólo los primeros principios pueden ser descubiertos por cualquier persona, pues no está exento de error el juicio de la conciencia. Así las cosas ¿qué se puede hacer a este respecto? ¿a qué o a quién acudir?

Sabemos que la Ley moral natural no ha sido un invento del cristianismo, pero los católicos tienen la facilidad de acudir al Magisterio de la Iglesia para resolver las dudas sobre su contenido, pues ella misma ha declarado que le corresponde su interpretación: “La Iglesia no ha sido la autora (…), ni puede, por tanto, ser su árbitro, sino solamente su depositaria e intérprete, sin poder jamás declarar lícito lo que no lo es por su íntima e inmutable oposición al verdadero bien del hombre” [33].

6 Ley moral natural y conciencia moral ¿se identifican?

 

La conciencia moral pertenece al fenómeno que ordinariamente llamamos “conciencia”, y significa en su sentido propio “con ciencia” (cum scientia, esto es, con conocimiento; que Cicerón y Santo Tomás de Aquino le dan el sentido de “conciencia común con otros”, esto es, se trata de algo objetivo que todos poseemos, aunque, por otro lado sea subjetiva también por ser de cada uno; distinta de la conciencia psicológica, esto es, la noción de que existo). La conciencia moral es la aplicación de la conciencia en cuanto saber moral, a juicios concretos de acción o, a acciones ya verificadas. La conciencia, propiamente hablando, no es una potencia, sino un acto. Esa “cosa” es mi conciencia moral, la luz con la cual puedo discernir si lo que voy a hacer es bueno o malo. De otro modo, el criterio de verdad sería cuestión de consenso, lo que opina la mayoría [34].

La inteligencia humana posee dos dimensiones, una teórica y otra práctica. Sus juicios están basados en principios evidentes por sí mismos. El primer principio de la dimensión teórica del entendimiento es el de “no contradicción”, que establece: “nada puede ser y no ser a la vez, en el mismo sujeto y bajo el mismo aspecto”. El primer principio de la dimensión práctica del entendimiento es: “hay que hacer el bien y evitar el mal” [35].

Cualquier persona con uso de razón conoce este primer principio, que se expresa de diversas formas: no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, da a cada quien lo suyo, cumple tu deber, etc. y se pueden resumir en haz el bien y evita el mal. Existen además otros principios secundarios o conclusiones próximas que fluyen de los anteriores y pueden ser conocidos por cualquier persona casi sin esfuerzo, son los que pertenecen a los diez mandamientos. Por último están las conclusiones remotas que se deducen de todos los anteriores luego de un raciocinio más elaborado, por ejemplo la indisolubilidad del matrimonio, la ilicitud de la venganza, etc. [36].

La conciencia moral es un juicio del entendimiento práctico, es la misma inteligencia que juzga. Este juicio se realiza de acuerdo con unos criterios anteriores a ella, que no crea, sino descubre. A estos principios se le denomina Ley moral natural. En otras palabras, la conciencia moral no es autónoma, si por autonomía se entiende hacer su propia ley; si, en cambio, por autonomía se entiende libertad, la conciencia moral es autónoma, en el sentido de que no es lícito nunca coaccionarla [37].

La obligación de seguir la propia conciencia moral deriva del hecho de que el obrar humano es un obrar en base a la razón. Seguir la propia conciencia moral no significa simplemente hacer lo que nos parece bueno, sino aquello de lo cual se está seguro que es lo verdaderamente bueno. Quien se equivoca en este propósito, se encuentra ciertamente en el error de conciencia, pero él sigue su conciencia precisamente porque está convencido que ella le muestra la verdad. Y precisamente porque está convencido de la verdad de su juicio de conciencia, ésta lo vincula. En este caso, la conciencia lo compromete porque es considerada verdadera. Quien, en cambio, afirma que la conciencia no está de hecho vinculada a la verdad, sino que establece siempre un “bien para mi”, suprime la ineludible pretensión vinculante de la conciencia, corta a la conciencia moral la autoridad para poder vincular en general. Si se entiende por “libertad de conciencia” una “autonomía” no ligada a la verdad de la conciencia, se destruyen la autoridad y la autonomía de la conciencia, es decir, su carácter vinculante y, por tanto, también el fundamento del hecho de que la libertad de conciencia es un bien humano [38].

La conciencia moral no es la instancia del juicio moral, que decide sobre el bien y el mal. Es la matriz donde se gesta el bien y el mal, pero de acuerdo con esta metáfora, la matriz no engendra la vida, sino que la recibe de la Ley moral natural [39].

La conciencia moral es, por tanto, como una “regla regulada”, una “norma normatizada”, y por tanto, se puede encontrar en el error [40].

7 Ley moral natural, naturaleza humana, conciencia moral y voluntad

La naturaleza humana es la misma esencia del hombre, pero considerada como el principio de movimiento; por ella cada quien actúa según ese principio de operación, esto es, según su propia naturaleza, que en el ser humano se denomina naturaleza humana. La esencia es aquello por lo que una cosa es lo que es; en el caso de la persona, es aquello por cuya virtud el ser humano es precisamente ser humano, no importando si es alto o bajo, corpulento o delgado, blanco, negro o de tonalidades pardas, joven o viejo, sano o enfermo, continúa siendo un ser humano. Toda persona, por naturaleza, posee inteligencia (y con ella la conciencia que interpreta la Ley moral natural) y voluntad libre.

La Ley moral natural es aquel orden que es propio del ser humano como persona.

La conciencia moral es el entendimiento mismo, la inteligencia, que realiza un juicio práctico que ordena lo que el ser humano debe hacer o no hacer, o bien valora un acto ya realizado por él. Es un juicio que se aplica a una situación concreta. Formula la obligación moral de un acto señalado aquí y ahora, a la luz de la Ley moral natural [41]. Podría decirse que la lee.

La voz de la conciencia moral se puede equivocar en la valoración de un acto, pero no sucede así con la Ley de Dios, que está por encima de la conciencia y es infalible. Esta Ley resuena en la conciencia.

La naturaleza humana es de una determinada manera, la Ley moral natural está inscrita en ella y la ordena hacia su fin, la conciencia moral interpreta la Ley moral natural, esto es, el correcto uso de la naturaleza para alcanzar los fines, la voluntad libre decide qué hacer.

Citando la fuente y el nombre del autor, se autoriza la reproducción de este artículo que forma parte del libro “SIN MIEDO A LA VIDA”:

FUENTE

Oscar Fernández Espinosa de los Monteros

Abogado e investigador en materias de Bioética

 

Maternidad y jubilación

Uno de los últimos días de 2021 supimos que un vecino de Orense se sumaba a los pensionistas varones a los que los tribunales han reconocido el derecho a cobrar un complemento a su pensión por maternidad, en este caso por paternidad. El plus de maternidad se creó bajo el Gobierno de Rajoy para compensar a las mujeres que hubiesen tenido más de dos hijos. El objetivo era compensar, de algún modo, el menoscabo en la carrera profesional y en los ingresos que había supuesto la maternidad cuando trabajaban. El incremento de la pensión iba del 5 al 15 por ciento, según el número de hijos.

En 2019 el Tribunal Europeo de Justicia reconoció el derecho a cobrar el complemento no solo a las madres, también a los padres. Aquel fallo provocó que el Gobierno de Sánchez cambiara la normativa en 2021. Ahora el complemento de la pensión no lo pueden cobrar todos los padres y todas las madres, sino quienes demuestren efectivamente que la maternidad o la paternidad les causó un perjuicio laboral. Esta regulación complica poder cobrar el complemento de la pensión por paternidad o maternidad, porque la prueba del perjuicio siempre será complicada.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Su ridículo sectarismo

Si es dudosa la necesidad de que exista un ministerio de Consumo, que parece diseñado para dar satisfacción a la cuota política de su socio comunista, el ministro Garzón es el exponente del político que quiere convertir al Estado en un educador que nos diga lo que tenemos que hacer y lo que no.

Su ridículo sectarismo ha llegado a límites insospechados con su campaña en la que indica a los padres qué juguetes hay que comprar a sus hijos. Campaña que proponía una “huelga de juguetes” que dejaba perpleja a la industria juguetera española en un momento difícil. Lo de la calidad de la carne española exportada y el bienestar de los animales no tienen parangón. Pedro Sánchez debería impedir que su ministro Garzón siga haciendo el ridículo exhibiendo su sectarismo pueril.

José Morales Martín

 

 

Divide y vencerás o la gran perversidad

                          

                           Sí, por cuanto dividir es debilitar, o sea todo lo contrario de fortalecer; y sin embargo es lo que se practica en política; puesto que el “enano político”, trata de crecer y adueñarse de lo que con esa perversidad consigue; y de ahí, el que, “nadas políticos”, lleguen a lugares donde nunca debieron llegar; pero las ansia de poder y dinero, siempre obliga a los enanos, a ser perversos y enemigos peligrosos, para los que la propia Naturaleza, dotó mucho mejor que a ellos, cuya enanez, es la peor de todas, puesto que enanez intelectual, que es la más dolorosa; y mucho más para el necio, que por ello se agarra “a la división”, que junto a la traición u otros “anexos”; es la culpable de la situación en que siempre terminan los gobiernos; que llegan a la decadencia que hoy mismo padecemos.

                           ¿Y por qué éste exordio o preámbulo tan directo hacia el inútil total? Primero por cuanto es una de las terribles enfermedades que padece el “mono humano”, ya que “la enanez”, es lo que sigue a esa perversa frase, que dice… “prefiero ser cabeza de ratón a cola de león”; y en lo que a mi país ocurre, es el desbarajuste que una vez más, padece España, conducida por estos enanos, llenos de soberbia y ansiosos de poder y dinero; puesto que otros fines no se ven.

                           Y segundo y más importante; es o ha sido, la implantación brutal de lo que aquí se llama “autonomías”; y lo que ya hace muchos años calificó muy inteligentemente, el escritor Fernando Vizcaíno Casas, como “LAS AUTONOSUYAS”; donde y de forma clarísima, demostró proféticamente lo que ocurría y ocurriría después; donde también se confirma, el otro contundente dicho español, de que, “mientras más gatos más ratones”; lo que tristemente sigue imperando en este diferente país, que siendo muy rico, siempre termina en el desastre; precisamente por sus malos y peores gobernantes de siempre. Lo que también ha resultado una terrible pandemia mundial, ya que hay “abundantes ejércitos de profesionales de la política, que andan “chupando” cantidades inmensas del dinero que nos sacan a los contribuyentes; y que en realidad, no solucionan los verdaderos problemas que afectan no sólo a España, sino al conjunto planetario, que como decimos en España; ya es como, “un burdel sin el ama que controle a las inquilinas del tal”. Así es que, “menos gatos y más soluciones”.

                           Aquí en España se ha llegado a tal “disloque”, que se llegó a nombrar “autónomas”, hasta ciudades situadas en África, como son Ceuta y Melilla;  en España, hasta provincias, como Logroño, Santander, Murcia, o incluso Madrid; que no son geográficamente nada más que simples territorios, “provinciales o municipales”; debido a todo ello, hay ejércitos de “funcionarios”, que cuadruplican, quintuplican, o más; los empleados públicos que mantenía, la dictadura de Franco; lógica la ruina que mantenemos, con una deuda pública que abarca ya, hasta a…”los hijos de los hijos de mis nietos”, o incluso más de “los aún no nacidos”.

                           Pese a todo esos ya desastres padecidos y que seguimos padeciendo; ahora surgen “nuevos enanos cabezas de ratón; y no siendo ni colas de gato”, que pretenden el que la región más poblada de España y la más extensa, cual es Andalucía; que sea dividida en dos, “la oriental y la occidental” (en la primera nací y vivo yo); cosa que viene de viejo, ya que, “en aquel triste principio autonosuyo”; ya otros “nadas”, pretendieron lo mismo; lo que ya es hasta de “pitorreo”.

                           Yo hace tiempo que lamenté y sigo lamentando, el que a la “única manifestación política en que asistí, fue a la de reclamar la autonomía, que por las leyes que impusieron, en un principio, a mi región, siendo lo que es, le era negada la “autonosuya”; y yo neciamente, creí sería ello beneficioso; maldita la hora en que me dejé embaucar por aquellos “ratones sin cabeza”, que sin embargo, nos liaron para que los siguiésemos, en sus adversas intenciones, que eran la de convertirse en lo que son o se creen; “reyezuelos de lo que quieren convertir o han convertido ya, en pequeños reinos”.

                           Y lo curioso, es que aquí, cuando mejor marchó el territorio PENINSULAR; fue cuando lo gobernaron los romanos, que consiguieron gobernar a toda HISPANIA; después de desaparecido, el imperio romano, vinieron los “bárbaros del norte”; después los musulmanes, que logran de nuevo, formar aquel califato que gobernó de nuevo la península; pero el que destruido, por sus propios “correligionarios, talibanes iguales que lo son hoy donde dominan los fanáticos”; lo destruyen (que no lo destruyeron los cristianos); el territorio se “divide” en multitud de “coras”, o reyezuelos musulmanes, lo que permite a los otros reyezuelos cristianos, ir tomando fuerza y tras unos cuantos siglos de sangre sudor y lágrimas, derrotan al Islam, se establece la España moderna (primera nación que lo logra en Europa) y tras ello, todo lo que vino después y que es largo de contar; para terminar, en lo que aquí se llegó a vivir de desastres continuos, donde destaca, hasta el “cantonalismo”, donde (y es de risa) mi provincia, que es Jaén, llega a declararle la guerra, a la vecina Granada; y a pesar de todo ello, hoy vivimos en este “caldo de disoluciones”, que ya veremos cómo termina; “menos mal que yo ya estaré muerto, espero”.

                           Pero véase hoy mismo, qué países funcionan mucho mejor, “los divididos o autonosuyizados”, o los férreamente centralizados; no necesito dar nombres, que el lector inteligente mínimamente dotado, del “caletre suficiente”, que analice al mapa mundial y político; y vea, “los guisos que en cada zona se guisan y cómo marchan unos y otros”; yo termino aquí, “muerto ya de risa, puesto que no merece llorar por tanto derroche, del siempre inútil mono humano, donde los ilustrados son pocos y menos los que llegan a gobernar”.

           NOTAS: La expresión, “más vale ser cabeza de ratón que cola de león”, es un refrán español que se refiere a la autoridad o importancia que un individuo posee en un pequeño grupo, bien sea laboral u otro.

Fernando Vizcaíno Casas (Valencia23 de febrero de 1926 – Madrid2 de noviembre de 2003) fue un escritorperiodista y abogado laboralista español. Ver su película, “LAS AUTONOSUYAS”; donde se retrata la realidad de los hechos.                       El cantonalismo fue un movimiento surgido durante la Primera República Española (1873-1874) que aspiraba a dividir el Estado nacional en cantones casi independientes. Partidario de un federalismo de carácter radical, su objetivo era establecer una serie de ciudades o confederaciones de ciudades (cantones) independientes, que se federarían libremente, recordando en ciertos aspectos a las polis griegas. El cantonalismo fue eminentemente un fenómeno de la pequeña burguesía, que además tuvo una gran influencia sobre el naciente movimiento obrero y constituyó un precedente para el anarquismo en España.

                                        

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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