Las Noticias de hoy 13 Enero 2022

Enviado por adminideas el Jue, 13/01/2022 - 12:21

Imágenes con Frases Cristianas para Matrimonios | Muy bonitas

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 13 de enero de 2022     

Indice:

ROME REPORTS

Trabajar nos permite realizarnos y colaborar en un proyecto de Dios

El Papa a la Universidad de Cracovia: lleven la verdad del Evangelio

LA COMUNIÓN SACRAMENTAL : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: jueves de la 1.ª semana del tiempo ordinario

“Que os sepáis perdonar” : San Josemaria

«¿Con qué espíritu hacemos nuestro trabajo cotidiano?»

Las palabras nacen en el corazón

Trabajar bien, trabajar por amor (I): Un motivo sobrenatural

“Los casados están llamados a santificar su matrimonio”

La familia y el futuro de los valores : Porfirio Tamez

Educación : Ana Teresa López de Llergo

Aprender a tener paciencia : Lucía Legorreta

Deseos con propósito : Nuria Chinchilla

Un buen propósito para el año que comienza : Acción Familia

Familia que come unida permanece unida: afirma doctora de Harvard

La autoestima de Dios : Mario Arroyo.

¿Es el hombre un animal más? :  José Luis Velayos

El difícil conocimiento de sí mismo en nuestro mundo

La nueva Ley de Educación : Juan García. 

La novedad de ser joven : JD Mez Madrid

¿Temor a su declive? : Domingo Martínez Madrid

Hay que crear el puesto de “jesusero” y nuevos ministerios : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

Trabajar nos permite realizarnos y colaborar en un proyecto de Dios

En el ámbito de la audiencia general de esta mañana, el Papa Francisco reflexionó en su catequesis sobre el trabajo de San José de quien Jesús aprendió, no obstante, su trabajo duro y poco retribuido. El Santo Padre rezó por las familias que sufren a causa del trabajo, y afirmó que debemos “recuperar el sentido del trabajo, como elemento esencial que dignifica al hombre y coopera a su santificación”, puesto que hoy demasiadas personas son explotadas privándolas de su dignidad

 

Vatican News

En la audiencia general de esta mañana – celebrada en el Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano – el Papa reanudó su catequesis sobre San José. Tras escuchar el Evangelio que relata que la gente de Nazaret oyendo hablar a Jesús se preguntaba acerca de su origen, por ser “el hijo del carpintero”, el que ejercía el oficio de su padre, Francisco explicó que el término griego tekton, usado para indicar el trabajo del esposo de María, fue traducido de varias maneras. De este modo, los Padres latinos de la Iglesia lo hicieron con la palabra “carpintero”. Pero hay que tener presente que “en la Palestina de los tiempos de Jesús la madera servía, además de para fabricar arados y muebles varios, también para construir casas, que tenían ventanas de madera y techos de terraza hechos de vigas conectadas entre sí con ramas y tierra”.

Por tanto – prosiguió explicando el Santo Padre – “carpintero” u “obrero de la madera” era “una calificación genérica, que indicaba tanto a los artesanos de la madera como a los trabajadores que se dedicaban a actividades relacionadas con la construcción”. Además, el Pontífice destacó que “desde el punto de vista económico no aseguraba grandes ganancias, como se deduce del hecho de que María y José, cuando presentaron a Jesús en el Templo, ofrecieron sólo un par de tórtolas o pichones, como prescribía la Ley para los pobres”.

El drama de no tener trabajo

El Papa puso de manifiesto que cuando Jesús empezó a predicar, sus coterráneos asombrados se preguntaban de dónde procedía su y capacidad de realizar milagros y se escandalizaban a causa de él. 

“Este dato biográfico de José y de Jesús me hace pensar en todos los trabajadores del mundo, de forma particular en aquellos que hacen trabajos duros en las minas y en ciertas fábricas; en aquellos que son explotados con el trabajo en negro; en las víctimas del trabajo, hemos visto que en Italia últimamente hay demasiadas; en los niños que son obligados a trabajar y en aquellos que hurgan en los vertederos en busca de algo útil para intercambiar...”

Francisco extendió su pensamiento también en quien está sin trabajo, a “los que se sienten justamente heridos en su dignidad porque no encuentran un trabajo”, incluyendo a muchos jóvenes, padres y madres que “viven el drama de no tener un trabajo que les permita vivir serenamente”. Además, el Papa destacó el carácter dramático de esta situación que suele conducir a “perder toda esperanza y deseo de vida”. A lo que añadió que quien regresa a casa sin haber encontrado trabajo y la Cáritas le ha dado algo de pan, no recibe esa dignidad: “Lo que te da dignidad es ganarte el pan, y si no damos a nuestra gente, a nuestros hombres y mujeres, la capacidad de ganarse el pan, esta es una injusticia social en ese lugar, en esa nación, en ese continente”.

“Los gobernantes deben dar a todos la posibilidad de ganarse el pan, ya que esta ganancia les da dignidad. El trabajo es una unción de dignidad, y esto es importante”

El trabajo en tiempos de pandemia

“En estos tiempos de pandemia muchas personas han perdido el trabajo y algunos, aplastados por un peso insoportable, han llegado al punto de quitarse la vida. Quisiera hoy recordar a cada uno de ellos y a sus familias”, dijo el Papa. “Hagamos un momento de silencio recordando a esos hombres a esas mujeres desesperados, porque no encuentran trabajo”. “Trabajar – prosiguió – no sólo sirve para conseguir el sustento adecuado: es también un lugar en el que nos experimentamos a nosotros mismos, nos sentimos útiles, y aprendemos la gran lección de la concreción, que ayuda a que la vida espiritual no se convierta en espiritualismo”.

“Pero lamentablemente el trabajo es a menudo rehén de la injusticia social y, más que ser un medio de humanización, se convierte en una periferia existencial”

De ahí que el Santo Padre se haya preguntado:

“¿Con qué espíritu hacemos nuestro trabajo cotidiano? ¿Cómo afrontamos el cansancio? ¿Vemos nuestra actividad unida sólo a nuestro destino o también al destino de los otros? De hecho, el trabajo es una forma de expresar nuestra personalidad, que es por su naturaleza relacional”

“El trabajo – añadió Francisco – es también una forma de expresar nuestra creatividad: cada uno hace el trabajo a su manera, con su propio estilo; el mismo trabajo, pero con un estilo diferente”. Por esta razón afirmó que “es bonito pensar que Jesús mismo trabajó y que aprendió este arte propio de San José”. Y ante la pregunta que debemos formularnos hoy acerca de “qué podemos hacer para recuperar el valor del trabajo; y qué contribución, como Iglesia, podemos dar para que este sea rescatado de la lógica del mero beneficio y pueda ser vivido como derecho y deber fundamental de la persona, que expresa e incrementa su dignidad”, rezó con los fieles y peregrinos presentes la oración que San Pablo VI elevó a San José el 1 de mayo de 1969:

Oración a San José

  •  
  • Oh, San José,
  • patrón de la Iglesia,
  • tú que junto con el Verbo encarnado
  • trabajaste cada día para ganarte el pan,
  • encontrando en Él la fuerza de vivir y trabajar;
  • tú que has sentido la inquietud del mañana,
  • la amargura de la pobreza, la precariedad del trabajo;
  • tú que muestras hoy el ejemplo de tu figura,
  • humilde delante de los hombres,
  • pero grandísima delante de Dios,
  • protege a los trabajadores en su dura existencia diaria,
  • defiéndelos del desaliento,
  • de la revuelta negadora,
  • como de la tentación del hedonismo;
  • y custodia la paz del mundo,
  • esa paz que es la única que puede garantizar el desarrollo de los pueblos. Amén

Saludos del Papa

En nuestro idioma, al saludar cordialmente a los fieles que asistieron a esta audiencia general el Santo Padre les dijo:

“Los animo a reflexionar sobre el sentido que damos al propio trabajo, a verlo como un servicio, como un modo de ayudar a los demás con nuestro esfuerzo. Que el Señor los bendiga y bendiga todas sus tareas, de modo que sean siempre para la mayor gloria de Dios”

A los fieles de lengua portuguesa los invitó a ayudar a nuestros hermanos “a recuperar el valor del trabajo” con Jesús y San José, “para que todos vivamos juntos, con conciencia alegre, nuestra dignidad de hijos de Dios”.

Al saludar a los peregrinos procedentes de los países francófonos, especialmente a los jóvenes de la diócesis de Tarbes, junto con Monseñor Emmanuel Gobilliard, obispo auxiliar de Lyon, el Papa formuló votos para que, “por intercesión de San José, los jóvenes, los padres y madres desempleados que viven en la precariedad y la angustia por sus familias, encuentren trabajo para llevar una vida digna y serena”.

También saludó a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la audiencia de hoy, especialmente a los procedentes de los Estados Unidos de América, invocando sobre todos ellos y sus familias, “la alegría y la paz del Señor”. 

De la misma manera saludó a los peregrinos de habla alemana, a quienes pidió compartir sus actividades con los débiles, puesto que es de gran importancia para ellos y un apoyo significativo también para nosotros.

San Juan Pablo II

A los peregrinos polacos Francisco los invitó a pedir al Señor, junto con San José carpintero, “que el mundo de hoy sea cada vez más sensible al valor humano y espiritual del trabajo”. A la vez que les recordó que:

“Como decía San Juan Pablo II, gracias al banco de trabajo en el que ejerció su oficio con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la Redención (Redemptoris custos, 22)”

A los fieles de lengua árabe el Santo Padre los invitó a pedir San José, “Patrono de la Iglesia, que trabajó para asegurar el pan de cada día a la familia de Nazaret, experimentando la amargura de la pobreza y la precariedad del trabajo, que proteja a los trabajadores en su dura existencia diaria, defendiéndolos del desánimo y la explotación, y que salvaguarde la paz en el mundo, que es la única que puede garantizar el desarrollo de los pueblos”.

Por último, antes de rezar el Padrenuestro en latín y de impartir su bendición apostólica, el Obispo de Roma dio su cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, el Papa saludó a los miembros del Instituto secular de don Orione. A la vez que pidió “que la figura de San José, el humilde carpintero de Nazaret, nos guíe hacia Cristo, apoye a los que trabajan por el bien e interceda por los que han perdido su trabajo o no lo encuentran”.

Mientras al dirigir un pensamiento especial a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados el Papa Francisco recordó que el domingo pasado celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, “una ocasión propicia para repensar el propio Bautismo en la fe de la Iglesia”. Y los invitó a redescubrir “la gracia que proviene del Sacramento” y a traducirla en los compromisos diarios de sus vidas.

 

 

El Papa a la Universidad de Cracovia: lleven la verdad del Evangelio

La Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Juan Pablo II de la ciudad polaca cumple 625 años y Francisco ha escrito un mensaje al Gran Canciller en el que recorre los pasos de esta institución fundada por la bula de Bonifacio IX. En el futuro de este centro de formación, el Papa ve un camino de historia y esperanza y un compromiso hecho de testimonio de fe e investigación científica.

 

Leer los signos de los tiempos, asumir con valentía los nuevos retos para llevar eficazmente la verdad del Evangelio al hombre y al mundo contemporáneos, fue el pedido que el Papa Francisco realizó, en un mensaje, a los miembros de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Juan Pablo II de Cracovia. El nacimiento del ateneo, hace 625 años, fue un acontecimiento que “marcó una época", afirmó el Papa: fue el 11 de enero de 1397 cuando, a petición de la reina Santa Eduviges y de su marido Ladislao, y con la bula "Eximiae devotionis affectus" de Bonifacio IX, se creó la Facultad de Teología de la entonces Academia de Cracovia, más tarde Universidad Jagellónica, que hoy continúa como Facultad de la Universidad Pontificia Juan Pablo II, y cuya historia está marcada por los logros científicos y educativos junto con la "espiritualidad creada por sus santos fundadores, profesores y estudiantes".

Subrayando que los tiempos actuales exigen, además de “no olvidar la tradición”, “mirar al futuro con esperanza y crear el futuro”, el Santo Padre hizo presente que "reflexionar sobre el contenido de la Revelación utilizando métodos de investigación clásicos y contemporáneos", está en el lema y la misión de la Universidad de Cracovia: se trata de un "ministerio del pensamiento", como lo llamó San Juan Pablo II, que resulta necesario para unir los ambientes universitarios con la misión de la Iglesia de difundir el mensaje de Cristo en el mundo. De ahí el llamamiento a toda la Facultad para que mire al presente y afronte con valentía los nuevos retos para difundir la verdad del Evangelio en el mundo contemporáneo.

El Papa deseó, asimismo, que la Facultad pueda utilizar no sólo el estudio científico y la búsqueda de la verdad, sino también el "testimonio social" de la fe vivida. La adquisición de conocimientos debe combinarse, según Francisco, con la promoción del respeto por cada hombre, por el amor a Dios que lo ha creado, y con el cuidado de la formación de los corazones, abriéndolos a lo más importante, a lo que es duradero y no pasa.

Una universidad católica, señaló por otra parte Francisco, debe enseñar a los jóvenes estudiantes, a realizar sus sueños y metas,  "sobre la base de la verdad, la bondad y la belleza", que tienen su fuente en Dios. “Su ministerio de pensamiento y búsqueda de la verdad -concluyó- es necesario hoy para la Iglesia en Polonia y en el mundo. Llévenlo con sentido de responsabilidad para ser fieles a sumisión: ¡vayan y hagan discípulos!"

 

LA COMUNIÓN SACRAMENTAL

— Jesucristo nos espera cada día.

— Presencia real de Cristo en el Sagrario. Ser consecuentes.

— El Señor nos sana y purifica en la Sagrada Comunión, y nos da las gracias que necesitamos.

I. Llegó un leproso a donde estaba Jesús1, se postró de rodillas, y le dijo: Si quieres puedes limpiarme. Y el Señor, que siempre desea el bien nuestro, se compadeció de él, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra –lo que es señal de humildad–, para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su oración está además llena de piedad: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor»2. En sus manos sigue estando el remedio que necesitamos.

El mismo Cristo nos espera cada día en la Sagrada Eucaristía. Allí está verdadera, real y sustancialmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Allí se encuentra con el esplendor de su gloria, pues Cristo resucitado no muere ya3. El Cuerpo y el Alma permanecen inseparables y unidos para siempre a la Persona del Verbo. Todo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios está contenido en la Hostia Santa, con la riqueza profunda de su Santísima Humanidad y la infinita grandeza de su Divinidad, una y otra veladas y ocultas. En la Sagrada Eucaristía encontramos al mismo Señor que dijo al leproso: Quiero, queda limpio. El mismo que contemplan y alaban los ángeles y los santos por toda la eternidad.

Cuando nos acercamos a un Sagrario, allí le encontramos. Quizá hemos repetido muchas veces en su presencia el himno con el que Santo Tomás expresó la fe y la piedad de la Iglesia, y que tantos cristianos han convertido en oración personal:

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía solo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere, que te ame4.

Esta maravillosa presencia de Jesús en medio de nosotros debería renovar cada día nuestra vida. Cuando le recibimos, cuando le visitamos, podemos decir en sentido estricto: hoy he estado con Dios. Nos hacemos semejantes a los Apóstoles y a los discípulos, a las santas mujeres que acompañaban al Señor por los caminos de Judea y de Galilea. «Non alius sed aliter», no es otro, sino que está de otro modo, suelen decir los teólogos5. Se encuentra aquí, con nosotros: en cada ciudad, en cada pueblo. ¿Con qué fe le visitamos?, ¿con qué amor le recibimos?, ¿cómo disponemos nuestra alma y nuestro cuerpo cuando nos acercamos a la Comunión?

II. El cuerpo del leproso quedó limpio al sentir la mano de Cristo. Y nosotros podemos quedar divinizados al contacto con Jesús en la Comunión. Hasta los ángeles se asombran de tan gran Misterio. El Alma de Cristo está en la Hostia Santa, y todas sus facultades humanas conservan en ella las mismas propiedades que en el Cielo. Nada escapa a la mirada amable y amorosa de Cristo: ni la creación material, ni la gloria de los bienaventurados, ni la actividad de los ángeles. Él conoce el pasado, el presente, el porvenir. «Su vida eucarística es una vida de amor. Del Corazón de Cristo sube sin cesar el fervor de una caridad infinita. Toda la vida íntima del alma sacerdotal del Verbo encarnado –adoración, peticiones, acción de gracias, expiación– es inspirada por este amor sin límites»6. La Santísima Trinidad encuentra en Jesucristo presente en el Sagrario una gloria sin medida y sin fin.

Enseña Santo Tomás de Aquino7 que el Cuerpo de Cristo está presente en la Sagrada Eucaristía tal como es en sí mismo, y el Alma de Cristo con su inteligencia y voluntad; se excluyen solo aquellas relaciones que hacen referencia a la cantidad, pues no está Cristo presente en la Hostia Santa a la manera de una cantidad localizada en el espacio8. De un modo misterioso e inefable está con su Cuerpo glorioso.

La Segunda Persona de la Trinidad Beatísima está allí, en el Sagrario que visitamos cada día, quizá muy cercano a la casa donde vivimos o muy próximo a la oficina donde trabajamos, en la Capilla de la Universidad, de un hospital o del aeropuerto; y está con el poder soberano de su Divinidad increada. Él, el Hijo Unigénito de Dios, ante quien tiemblan los Tronos y las Dominaciones, por Quien todo fue hecho, igual en poder, en sabiduría, en misericordia a las otras Personas de la Trinidad Beatísima, permanece perpetuamente con nosotros, como uno de los nuestros, sin dejar jamás de ser Dios. En verdad, en medio de vosotros está uno a quien no conocéis9. Absortos por nuestros negocios, por el trabajo, por las preocupaciones diarias, ¿pensamos con frecuencia que allí, muy cerca, al lado de nuestro hogar, habita realmente Dios misericordioso y omnipotente? Nuestro gran fracaso, el mayor error de nuestra vida, sería que se nos pudiesen aplicar en algún momento aquellas palabras que el Espíritu Santo puso en la pluma de San Juan: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron10, porque estaban –podemos añadir– ocupados en sus cosas y en sus trabajos, asuntos todos que sin Él no tienen la menor importancia. Pero nosotros hacemos hoy el propósito firme de permanecer con un amor vigilante: alegrándonos mucho cuando divisamos los muros de una iglesia, realizando durante el día muchas comuniones espirituales, y actos de fe y de amor; y le expresaremos nuestros deseos de desagravio por quienes pasan a su lado sin dirigirse a Él.

III. Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí inmundo, con tu Sangre, de la que una gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero11.

El Señor nos da en la Sagrada Eucaristía, a cada hombre en particular, la misma vida de la gracia que trajo al mundo por su Encarnación12. Si tuviéramos más fe se realizarían en nosotros los mismos milagros al contacto con su Santísima Humanidad: en cada Comunión nos limpiaría hasta lo más profundo del alma de nuestras flaquezas e imperfecciones. ¡Haz que yo crea más y más en Ti!, nos invita a clamar, a suplicar interiormente, el himno eucarístico. Si acudimos con fe, oiremos las mismas palabras que dirigió al leproso: Quiero, sé limpio. Otras veces veremos cómo se levanta ante las olas, como en Tiberíades, para apaciguar la tempestad. Y en el alma se hará también una gran calma, se llenará de paz.

Señor Jesús, bondadoso pelícano... En la Comunión el Señor no solo ofrece un alimento espiritual, sino que Él mismo se nos da como Alimento. Antiguamente se pensaba que cuando morían los polluelos del pelícano, este se abría el costado y alimentaba con su sangre a sus hijos muertos y así los volvía a la vida... Cristo nos da la vida eterna. La Comunión, recibida con las debidas disposiciones, suscita en el alma fervientes actos de amor, y nos transforma e identifica con Cristo. El Maestro viene a cada uno de sus discípulos con su amor personal, eficaz, creador y redentor. Se nos presenta como el Salvador de nuestras vidas, ofreciéndonos su amistad. Este sacramento es alimento insustituible de toda intimidad con Jesús.

En contacto con Cristo, el alma se purifica y allí encontramos el vigor necesario para ejercitar la caridad en los mil pequeños incidentes de cada jornada, para vivir ejemplarmente los propios deberes, para vivir la santa pureza, para realizar con valentía y espíritu de sacrificio el apostolado que Él mismo nos ha encomendado... En la Sagrada Eucaristía hallamos remedio para las faltas diarias, para salir adelante en esas pequeñas dejaciones y faltas de correspondencia, que no matan el alma pero que la debilitan y la conducen a la tibieza. La Comunión fervorosa nos impulsa eficazmente hacia Dios, por encima de las propias flaquezas y cobardías. Allí encontramos diariamente las fuerzas que necesitamos, el alimento imprescindible para el alma. La vida humana tiene en Cristo su realización, su prenda de vida eterna... «Cristo es el pan de vida. Y así como el pan ordinario está en proporción al hambre terrena, así Cristo es el pan extraordinario proporcionado al hambre extraordinaria, desmedida, del hombre, capaz, más aún, inquieto por abrirse a aspiraciones infinitas... Cristo es el pan de vida. Cristo es necesario a todos los hombres, a todas las comunidades»13. Sin Él, no podríamos vivir.

En la Sagrada Eucaristía nos espera Jesús para restaurar nuestras fuerzas: Venid a Mí todos los que andáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré14. Y fundamentalmente agobian y fatigan esas enfermedades que fuera de Cristo no tienen remedio. Venid todos: a nadie excluye Jesús: si alguien quiere acercarse a Mí, yo no lo echaré fuera15. Mientras dure el tiempo de la Iglesia militante, Jesús permanecerá con nosotros como la fuente de todas las gracias que nos son necesarias.

Con Santo Tomás de Aquino, podemos decirle a Jesús, presente en la Sagrada Eucaristía, cuando nos acerquemos a recibirle: «me acerco como un enfermo al médico de la vida, como un inmundo a la fuente de la misericordia, como un ciego a la luz de la claridad eterna, como un pobre y necesitado al Señor de cielos y tierra. Imploro la abundancia de tu infinita generosidad para que te dignes curar mi enfermedad, lavar mi impureza, iluminar mi ceguera, remediar mi pobreza y vestir mi desnudez, para que me acerque a recibir el Pan de los Ángeles, al Rey de reyes y Señor de señores con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y piedad, con tanta pureza y fe, y con tal propósito e intención como conviene a la salud de mi alma»16.

Nuestra Madre la Virgen nos impulsa siempre al trato con Jesús sacramentado: «Acércate más al Señor..., ¡más! —Hasta que se convierta en tu Amigo, en tu Confidente, en tu Guía»17.

1 Mc 1, 40-45. — 2 San Beda, Comentario al Evangelio de San Marcos. in loc. — 3 Rom 6, 9. — 4 Himno Adoro te devote. — 5 Cfr. M. M. Philipon, Nuestra transformación en Cristo, p. 116. — 6 Ibídem, p. 117. — 7 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, III, q. 76, a. 5, ad 3.  8 Cfr. Ibídem, III, q. 81, a. 4. — 9 Jn 1, 26. — 10 Jn 1, 11. — 11 Himno Adoro te devote. — 12 Cfr. Santo Tomás, o. c., I, q. 3, a. 79.  13 Pablo VI, Homilía 8-VIII-1976.  14 Mt 11, 28. — 15 Cfr. Jn 6, 37.  16 Misal Romano, Praeparatio ad Missam. — 17 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 680.

 

Meditaciones: jueves de la 1.ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el jueves de la 1.ª semana del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: Dios sabe lo que es mejor para nosotros; también en las debilidades encontramos al Señor; el amor es gratuito, no busca poseer.

13/01/2022


A LO LARGO de toda la Sagrada Escritura, Dios nos enseña a orar, nos sugiere palabras y disposiciones. En el Evangelio de hoy vemos a un leproso que se acerca a Jesús y, de rodillas, le ruega: «Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1,40). Este modo de pedir ayuda a Dios encierra mucha riqueza. El mismo hecho de rezar ya supone que estamos confiando en que Dios quiere ayudarnos; sin embargo, afirmarlo expresamente supone, además, el reconocimiento de que solo él sabe en realidad lo que es bueno para nosotros. Y por la rapidez de la respuesta de Jesús podemos intuir que esa actitud del leproso le ha conquistado: «Quiero, queda limpio» (Mc 1,41). Aunque apenas han intercambiado cuatro palabras, la comprensión entre Jesús y el leproso ha sido total, Dios ha encontrado la puerta abierta en su corazón.

Cuando no exigimos cosas a Dios, como si nuestros designios fueran más sabios que los suyos, nos hacemos capaces de descubrir con mayor profundidad su amor por nosotros. Además, confiados en sus manos y en su sabiduría, nos sentiremos más seguros, comprenderemos nuestra verdadera dignidad: la de ser amados y deseados por Dios, no por lo que hemos hecho, sino por quienes somos, porque hemos salido de sus manos. «La libertad guiada por el amor es la única que hace libres a los otros y a nosotros mismos; la libertad que sabe escuchar sin imponer, que sabe querer sin forzar, que edifica y no destruye»1. Nadie nos conoce tanto como Jesús, y nadie como él se hace cargo de lo que necesitamos en cada instante. Por eso merece la pena pedir su ayuda con la disposición humilde y totalmente confiada de aquel leproso.


SAN JOSEMARÍA comentaba así las palabras del leproso del Evangelio: «Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino»2. Y entonces, escuchamos que el Señor quiere. Nos limpia y nos reviste con su traje, con su anillo, convoca a los músicos y mata el ternero cebado. Nos recuerda nuestra dignidad de hijos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle» (Lc 19,22), dice la Sagrada Escritura.

A pesar de todo, puede suceder que tengamos la tentación de querer curarnos nosotros mismos, de considerarnos ya mayores, adultos, que no deberíamos necesitar de otro que nos limpie. Incluso soñamos con no mancharnos y quizás nos molestamos cuando eso sucede. De esta manera, confundimos la verdadera naturaleza de nuestra correspondencia al amor de Dios. Nos llenamos de autosuficiencia, nuestro peor enemigo. «Es el amor de Cristo que nos ha liberado y también es el amor que nos libera de la peor esclavitud: la del nuestro yo»3.

A veces podemos olvidar que el Señor nos espera pase lo que pase, no solo en las victorias. Quizá, confundidos por el desánimo, desaprovechamos esas oportunidades únicas: «¿Supe ofrecer al Señor, como expiación, el mismo dolor, que siento, de haberlo ofendido ¡tantas veces!? ¿Le ofrecí la vergüenza de mis interiores sonrojos y humillaciones, al considerar lo poco que adelanto en el camino de las virtudes?»4. Para Dios todo lo nuestro es importante, también nuestras derrotas. Él conoce lo grande y sincero que es nuestro deseo de amarle por encima de todo.


«SUS PALABRAS, “si quieres puedes curarme”, eran el testimonio de una voluntad dispuesta a aceptar lo que Jesús quisiera hacer con él. ¡Pero su fe en Jesús no quedó defraudada! Hermanos y hermanas –exhortaba san Juan Pablo II–: ¡que vuestra fe en Jesús no sea menos firme y constante que la de estos personajes de que nos hablan los Evangelios!»5. Le pedimos a Dios que nos de una fe así, queremos descubrir que todo lo recibimos continuamente de Dios.

«Mi pobre corazón está ansioso de ternura –decía san Josemaría– (...). Y esa ternura, que has puesto en el hombre, ¡cómo queda saciada, anegada, cuando el hombre te busca, por la ternura (que te llevó a la muerte) de tu divino Corazón!»6. Anhelamos el cariño de Dios, pero alguna vez puede suceder que tratemos de saciar esas ansias en sendas impuras, en donde se mira a los demás no como hijos de Dios que merecen un amor gratuito. Entonces, podemos buscar solo nuestro propio beneficio y nos quedamos todavía más vacíos.

Pidiendo perdón nos abrimos al verdadero amor incondicional de Dios. «Si quieres, puedes curarme». Ahí está la clave del amor puro. «La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Solo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya»7. Pidiendo perdón avanzamos por la senda de la santa pureza, que nos permite disfrutar del amor de Dios por cada uno. La Virgen Inmaculada nos ayuda a querer a todos con esa libertad que nos hará pregustar el amor de Cristo.


1  Francisco, Audiencia, 20-X-2021.
2  San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 93.
3  Francisco, Audiencia, 20-X-2021.
4  San Josemaría, Forja, n. 153.
5  San Juan Pablo II, Discurso, 21-II-1981.
6  San Josemaría, Apuntes íntimos, 9-X-1932.
7  Francisco, Patris corde, n. 7.

 

“Que os sepáis perdonar”

¡Con cuánta insistencia el Apóstol San Juan predicaba el “mandatum novum”! –“¡Que os améis los unos a los otros!” –Me pondría de rodillas, sin hacer comedia –me lo grita el corazón–, para pediros por amor de Dios que os queráis, que os ayudéis, que os deis la mano, que os sepáis perdonar. –Por lo tanto, a rechazar la soberbia, a ser compasivos, a tener caridad; a prestaros mutuamente el auxilio de la oración y de la amistad sincera. (Forja, 454)

13 de enero

Jesucristo, Señor Nuestro, se encarnó y tomó nuestra naturaleza, para mostrarse a la humanidad como el modelo de todas las virtudes. Aprended de mí, invita, que soy manso y humilde de corazón.

Más tarde, cuando explica a los Apóstoles la señal por la que les reconocerán como cristianos, no dice: porque sois humildes. Él es la pureza más sublime, el Cordero inmaculado. Nada podía manchar su santidad perfecta, sin mancilla. Pero tampoco indica: se darán cuenta de que están ante mis discípulos porque sois castos y limpios.

Pasó por este mundo con el más completo desprendimiento de los bienes de la tierra. Siendo Creador y Señor de todo el universo, le faltaba incluso el lugar donde reclinar la cabeza. Sin embargo, no comenta: sabrán que sois de los míos, porque no os habéis apegado a las riquezas. Permanece cuarenta días con sus noches en el desierto, en ayuno riguroso, antes de dedicarse a la predicación del Evangelio. Y, del mismo modo, no asegura a los suyos: comprenderán que servís a Dios, porque no sois comilones ni bebedores.

La característica que distinguirá a los apóstoles, a los cristianos auténticos de todos los tiempos, la hemos oído: en esto -precisamente en esto- conocerán todos que sois mis discípulos, en que os tenéis amor unos a otros(Amigos de Dios, 224)

 

«¿Con qué espíritu hacemos nuestro trabajo cotidiano?»

El Papa Francisco reflexionó en su catequesis sobre el trabajo de San José, de quien Jesús aprendió. Un trabajo duro y poco retribuido. El Santo Padre rezó por las familias que sufren a causa del trabajo, y afirmó que debemos “recuperar el sentido del trabajo, como elemento esencial que dignifica al hombre y coopera a su santificación”.

12/01/2022

Queridos hermanos y hermanas.

Los evangelistas Mateo y Marcos definen a José como “carpintero” u “obrero de la madera”. Hemos escuchado hace poco que la gente de Nazaret, escuchando a Jesús hablar, se preguntaba: «¿No es éste el hijo del carpintero?» (13,55; cf.Mc 6,3).Jesús practicó el oficio de su padre.

El término griego tekton, usado para indicar el trabajo de José, ha sido traducido de varias maneras. Los Padres latinos de la Iglesia lo hicieron con “carpintero”. Pero tengamos presente que en la Palestina de los tiempos de Jesús la madera servía, además de para fabricar arados y muebles varios, también para construir casas, que tenían ventanas de madera y techos de terraza hechos de vigas conectadas entre sí con ramas y tierra.

Por tanto, “carpintero” u “obrero de la madera” era una calificación genérica, que indicaba tanto a los artesanos de la madera como a los trabajadores que se dedicaban a actividades relacionadas con la construcción. 

Un oficio bastante duro, teniendo que trabajar materiales pesados, como madera, piedra y hierro. Desde el punto de vista económico no aseguraba grandes ganancias, como se deduce del hecho de que María y José, cuando presentaron a Jesús en el Templo, ofrecieron solo un par de tórtolas o pichones (cf. Lc 2,24), como prescribía la Ley para los pobres (cf. Lv 12,8).

Por tanto, Jesús adolescente aprendió del padre este oficio. Por eso, cuando de adulto empezó a predicar, sus paisanos asombrados se preguntaban: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros?» (Mt 13,54), y se escandalizaban a causa de él (cf. v. 57), porque era el hijo del carpintero, pero hablaba como un doctor de la ley, y se escandalizaban de esto.

Este dato biográfico de José y de Jesús me hace pensar en todos los trabajadores del mundo, de forma particular en aquellos que hacen trabajos duros en las minas y en ciertas fábricas; en aquellos que son explotados con el trabajo en negro; en las víctimas del trabajo ―hemos visto que en Italia últimamente ha habido varias―; en los niños que son obligados a trabajar y en aquellos que hurgan en los vertederos en busca de algo útil para intercambiar... 

Me permito repetir esto que he dicho: los trabajadores escondidos, los trabajadores que hacen trabajados duros en las minas y en ciertas fábricas: pensemos en ellos. En aquellos que son explotados con el trabajo en negro, en aquellos que dan el sueldo de contrabando, a escondidas, sin la jubilación, sin nada. Y si no trabajas, tú, no tienes ninguna seguridad. El trabajo en negro hoy existe, y mucho. 

Pensemos en las víctimas del trabajo, de los accidentes en el trabajo; en los niños que son obligados a trabajar: ¡esto es terrible! Los niños en la edad del juego deben jugar, sin embargo, se les obliga a trabajar como personas adultas. Pensemos en esos niños, pobrecitos, que hurgan en los vertederos para buscar algo útil para intercambiar. 

Todos estos son hermanos y hermanas nuestros, que se ganan la vida así, ¡con trabajos que no reconocen su dignidad! Pensemos en esto. Y esto sucede hoy, en el mundo, ¡esto sucede hoy! 

Pero pienso también en quien está sin trabajo: cuánta gente va a llamar a las puertas de las fábricas, de las empresas: “Pero, ¿hay algo que hacer?” – “No, no hay, no hay…”. ¡La falta de trabajo! Y pienso también en los que sienten heridos en su dignidad porque no encuentran este trabajo. Vuelven a casa: “¿Has encontrado algo?” ― “No, nada… he ido a Cáritas y traigo pan”. Lo que te da dignidad no es llevar el pan a casa. Puedes tomarlo en Cáritas: no, esto no da dignidad. Lo que te da dignidad es ganar el pan, y si nosotros no damos a nuestra gente, a nuestros hombres y a nuestras mujeres, la capacidad de ganar el pan, esto es una injusticia social en ese lugar, en esa nación, en ese continente. Los gobernantes deben dar a todos la posibilidad de ganar el pan, porque esta ganancia les da dignidad. 

El trabajo es una unción de dignidad y esto es importante. Muchos jóvenes, muchos padres y muchas madres viven el drama de no tener un trabajo que les permita vivir serenamente, viven al día. Y muchas veces la búsqueda se vuelve tan dramática que los lleva hasta el punto de perder toda esperanza y deseo de vida. 

En estos tiempos de pandemia muchas personas han perdido el trabajo ―lo sabemos― y algunos, aplastados por un peso insoportable, han llegado al punto de quitarse la vida. Quisiera hoy recordar a cada uno de ellos y a sus familias. Hagamos un momento de silencio recordando a esos hombres, esas mujeres, desesperados porque no encuentran trabajo.

No se tiene lo suficientemente en cuenta el hecho de que el trabajo es un componente esencial en la vida humana, y también en el camino de santificación. 

Trabajar no solo sirve para conseguir el sustento adecuado: es también un lugar en el que nos expresamos, nos sentimos útiles, y aprendemos la gran lección de la concreción, que ayuda a que la vida espiritual no se convierta en espiritualismo. 

Pero lamentablemente el trabajo es a menudo rehén de la injusticia social y, más que ser un medio de humanización, se convierte en una periferia existencial. 

Muchas veces me pregunto: ¿con qué espíritu hacemos nuestro trabajo cotidiano? ¿Cómo afrontamos el esfuerzo? ¿Vemos nuestra actividad unida solo a nuestro destino o también al destino de los otros? De hecho, el trabajo es una forma de expresar nuestra personalidad, que es por su naturaleza relacional. El trabajo es también una forma para expresar nuestra creatividad: cada uno hace el trabajo a su manera, con el propio estilo; el mismo trabajo, pero con un estilo diferente.

Es hermoso pensar que Jesús mismo trabajó y que aprendió este arte propio de san José. Hoy debemos preguntarnos qué podemos hacer para recuperar el valor del trabajo; y qué podemos aportar, como Iglesia, para que sea rescatado de la lógica del mero beneficio y pueda ser vivido como derecho y deber fundamental de la persona, que expresa e incrementa su dignidad.

Queridos hermanos y hermanas, por todo esto hoy deseo recitar con vosotros la oración que san Pablo VI elevó a san José el 1 de mayo de 1969:

Oh, san José,
patrón de la Iglesia,
tú que junto con el Verbo encarnado
trabajaste cada día para ganarte el pan,
encontrando en Él la fuerza de vivir y trabajar;
tú que has sentido la inquietud del mañana,
la amargura de la pobreza, la precariedad del trabajo;
tú que muestras hoy el ejemplo de tu figura,
humilde delante de los hombres,
pero grandísima delante de Dios,
protege a los trabajadores en su dura existencia diaria,
defiéndelos del desaliento,
tanto de la revuelta negadora,
como de la tentación del hedonismo;
y custodia la paz del mundo,
esa paz que es la única que puede garantizar el desarrollo de los pueblos. Amén

 

Las palabras nacen en el corazón

En las pasadas felicitaciones navideñas a la curia romana, el Papa Francisco regaló a los presentes un libro sobre el vicio de las habladurías. Se trata de un tema recurrente en su predicación. En este texto se hacen algunas consideraciones desde el punto de vista espiritual y de la relación con los demás.

12/01/2022

En los paseos por el campo es frecuente que alguien vislumbre un pequeño fruto oscuro entre los arbustos verdes. Si quien lo hace es un pequeño con poca experiencia en ese tipo de excursiones, no es raro que termine asustado, con alguna herida producida por los tallos del zarzal, lleno de puntiagudas espinas escondidas. El zarzal es un tipo de planta presente en todo el mundo, que crece rápidamente hasta convertirse en maleza invasiva. Jesús se sirve precisamente de ella para hablar de la relación que puede existir entre nuestro corazón y nuestras palabras: «Cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca» (Lc 6,44-45).

El sonido exterior de una música interior

Las cosas que pensamos y sentimos –y que, después, decimos– pertenecen a una esfera tan profunda de nuestra intimidad que podrían parecer territorios sobre los que tenemos poco control. Una equivocada comprensión de la espontaneidad, o simplemente la falta de conocimiento de sí, pueden alimentar esta impresión. Sin embargo, no solo podemos de hecho cultivar este jardín interior, sino que además no estamos solos a la hora de hacerlo: Jesús quiere entrar en ese espacio para santificarlo, para llenarlo de su unidad; es él quien quiere que nuestro corazón, nuestros pensamientos, palabras y obras, se expresen armónicamente.

Cristo nos recuerda, por ejemplo, que no podemos querer bien a los demás y, al mismo tiempo, hablar mal de ellos; o que no podemos querer mejorar el mundo y a la vez dañar esos procesos de crecimiento con palabras de división. Pero el Señor va incluso más allá. Nos dice claramente que no podemos querer a Dios con todo nuestro corazón, y que no podemos rezar con honestidad, si persisten en nosotros rencores con las personas que nos rodean: «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después» (Mt 5,23-24). Jesús quiere ponernos en guardia frente a cualquier posible fractura interior; quiere adelantarse a cerrar cualquier grieta por la que pueda colarse el frío de una falsa caridad. Sabe que los primeros afectados somos nosotros mismos y nada desea más que curarnos con su paz.

Los escritos de los primeros cristianos se hacen un eco muy claro de estas enseñanzas: «De la misma boca salen la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así. ¿Acaso mana de una fuente agua dulce y amarga por el mismo caño? ¿O puede, hermanos míos, la higuera producir aceitunas o la vid higos? Tampoco una fuente salada puede dar agua dulce» (St 3,10-12). La Epístola de Santiago nos recuerda, una y otra vez, que la fe en Jesús nos transforma, que se manifiesta necesariamente en nuestras obras; en este caso, en nuestras palabras. El autor utiliza imágenes gráficas para que todos comprendamos fácilmente su mensaje: de la misma manera que se puede dirigir todo el cuerpo del caballo poniendo frenos en su boca, o como se puede guiar todo un barco dirigiendo un pequeño timón, así de importante es fijarnos en el contenido de nuestras conversaciones (cfr. St 3,3-4). Nuestra lengua, insiste Santiago con sus ejemplos, puede ser como un pequeño fuego que termina por incendiar el bosque o puede asemejarse a un veneno mortífero que mata (cfr. St 3,5.8). Por eso es importante preguntarse con frecuencia acerca de la manera en que hablamos de las personas y los sucesos que nos rodean, y de los motivos que nos llevan a hacerlo. Así podremos seguir las pistas que nos lleven hasta lo que verdaderamente tenemos en el corazón.

Durante una homilía en una parroquia periférica de Roma, el Papa animaba a los fieles justamente a transitar ese camino que va desde nuestras palabras hasta nuestro corazón. De esa manera, podemos descubrir con honestidad si estamos llenos de amor o, por el contrario, de indiferencia u odio. El Papa alentaba a todos a «decirnos la verdad a nosotros mismos ¡Esto no es fácil! Porque siempre buscamos cubrirnos cuando vemos que algo no está bien dentro de nosotros, ¿no? (…). Podemos pedir al Señor dos gracias. La primera: conocer qué hay en mi corazón para no vivir engañados. La segunda: hacer el bien que está en nuestro corazón y no el mal. Debemos recordar que las palabras y los malos deseos contra el otro matan. Muchas veces parece que los pecados de calumnia y de difamación hubieran sido borrados del decálogo. Hablar mal de una persona es pecado»[1]. No podemos, pues, banalizar la murmuración; no podemos dar por bueno, sin más, todo lo que se nos viene a la boca: «La lengua ha de ser también transformada, purificada. La lengua da sonido a la música que suena en el corazón»[2].

«Cuando no pueda alabar, me callaré»

San Josemaría tenía 29 años cuando dejó definitivamente sus tareas como capellán del Patronato de Enfermos de Madrid, con el objetivo de tener más tiempo disponible para el desarrollo del Opus Dei. De los apuntes personales que se conservan de esos meses, varios tienen que ver con este aspecto de la maduración interior por la que atravesaba su trato con los demás en esos momentos delicados: «Tendré muchísimo cuidado en todo lo que suponga formar juicio de las personas, no admitiendo un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente»[3]. «Propósitos prácticos: 1/ Antes de comenzar una conversación o de hacer una visita, elevaré el corazón a Dios. 2/ No porfiaré, aunque esté cargado de razón. Solamente, si es de gloria de Dios, diré mi opinión, pero sin porfiar. 3/ No haré crítica negativa: cuando no pueda alabar, me callaré»[4].

Estas dos anotaciones están en el origen, respectivamente, de los puntos 442 y 443 de Camino y, además, dan inicio a otras quince consideraciones que se refieren a las distintas formas de crítica hacia los demás. En estos textos se trasluce la convicción de que la clave para dar frutos buenos está en purificar, muy dentro del alma, la fuente de nuestras acciones –se habla de elevar el corazón, de buscar honestamente la gloria de Dios, de cuidar los pensamientos–, ayudándose de un propósito práctico: nunca hablar mal de nadie.

El octavo mandamiento de la ley de Dios no está dirigido solo a evitar grandes engaños, sino también a formar en nosotros una interioridad que solo busque lo verdadero; a querer personalmente que nuestros juicios nunca se contaminen con sombra de falsedad o doblez. El Catecismo de la Iglesia, en este sentido, señala que «el respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causar un daño injusto»[5]. E inmediatamente pasa a definir lo que es el juicio temerario –hacer juicios morales sobre el prójimo sin tener fundamento­–, la maledicencia ­–manifestar, sin una razón válida, defectos de una persona a otra­– y la calumnia ­–dar ocasión a juicios falsos sobre los demás–. La Iglesia, con corazón de madre, nos pone en guardia frente a estos tropiezos que solo pueden dañarnos a nosotros y a los demás.

Existe también otra manera de herir a la verdad con nuestras palabras, que tiene que ver con la falta de discreción requerida por nuestro trabajo o por nuestras responsabilidades. El Catecismo, de nuevo, es claro al señalar que «el derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional»[6]. Habrá que estimar en cada ocasión «si conviene o no revelar la verdad a quien la pide» y saber que fácilmente existen razones para «callar lo que no debe ser conocido», más cuando de hecho «nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla»[7]. Puede suceder, en efecto, que por razón de nuestra posición en un grupo social o profesional tengamos información que otras personas no tienen. Son situaciones en las que es importante la delicadeza para delimitar lo comunicable. La información otorga cierto poder, y la tentación de utilizarla de manera irresponsable, de transformarla en rumores, calumnias o en vanagloria, está siempre acechando a la vuelta de la esquina. Se trata, tristemente, de un veneno letal también para la propia rectitud de intención.

La indiscreción en el manejo de la información suele hacer daño también a quien la recibe, porque muchas veces no dispone de las herramientas suficientes para digerirla o comprenderla. No es justo imponer cargas a quienes no están llamados a llevarlas. En este sentido, cuando hablaba del «secreto de oficio» que don Álvaro guardaba con respecto a su trabajo en la Santa Sede, san Josemaría elogiaba siempre el espíritu sobrenatural que lo movía a custodiar la información con delicadeza[8]. La discreción en asuntos de la Iglesia y en asuntos de la vida de otras personas es condición de fecundidad: «Muerte y vida están en poder de la lengua, quienes la cuidan comerán de su fruto» (Pr 18,21).

Cómo interpretar lo que acontece

Para evitar vernos envueltos en las zarzas de la falsedad, el mismo Catecismo nos recomienda un camino seguro: «Interpretar, en cuanto sea posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones del prójimo»[9]. Cuando interpretamos lo que sucede a nuestro alrededor, es decir, cuando unimos cada hecho aislado en una historia que los conecta, nunca lo hacemos de una manera neutra. Siempre escogemos un punto de vista, un lugar desde donde mirarlos y valorarlos, aunque sea de manera inconsciente, porque tenemos un mundo interior que carga nuestros juicios hacia un lado o hacia otro. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando decimos que estamos “predispuestos positivamente” o “predispuestos negativamente” frente a algo o alguien.

En este sentido, san Josemaría procuraba mirar a la gente con los ojos con que los miraría su propia madre. Muchas veces basta algo así para que se desvanezca la tentación de hacer daño con las palabras y los juicios: escoger un buen punto de vista desde el cual interpretar las acciones de los demás. Así, a pesar de que los hechos que se ven externamente sean iguales, la interpretación cambia; tiende a sintonizar con la mirada que Dios pone sobre las cosas y sobre las personas. Es interesante pensar, en ese sentido, que Dios y el demonio miran permanentemente los mismos hechos, pero tienen interpretaciones muy distintas de ellos. «El Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene»[10]. Unirnos a esa mirada divina, mediante la oración, nos hace acogedores con las personas y pacientes con los procesos.

Si, por el contrario, no purificamos constantemente nuestro corazón, si no detectamos esas espinas que intentan abrirse paso hasta nuestra lengua, los hechos que nos rodean generarán en nosotros juicios temerarios, maledicencias o calumnias; nos impedirán descubrir a Dios, que está obrando siempre de manera misteriosa. Frente a lo que acontece a nuestro alrededor podemos siempre escoger entre la mirada que juzga o la mirada contemplativa. Fray Luis de Granada, explicando también el octavo mandamiento, señalaba que la mirada juzgadora tiende a herir la verdad en el prójimo: «Bien mirado, es un atrevimiento contra Dios tan grande, que es como decirle que miente, o hacer que sea tenido por mentiroso. Esto se prueba así: Dios es el sabedor de toda la verdad, y él sabe quién la trata y quién no. Él es un oráculo a quien habremos de acudir a que nos la diga, pues él es el verdadero juez de ella»[11]. Solo Dios sabe lo que se encuentra en lo más profundo de los corazones de las personas.

Dios es el único juez

Los evangelios nos muestran repetidamente cómo, queriendo poner a prueba a Jesús, algunos constituidos en autoridad se quejan de que los discípulos del Señor coman el sábado, o de que el Maestro cure la mano de un hombre ese mismo día. Después, por envidia, atribuyen a Beelzebul el hecho de que Cristo cure a un endemoniado. Pero el Señor «conocía sus pensamientos» (Lc 11,17), y procura despertar sus corazones, tocar las fibras más profundas de su alma: «¿Cómo podéis decir cosas buenas, siendo malos? Pues de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno saca del buen tesoro cosas buenas, pero el hombre malo saca del tesoro malo cosas malas. Os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio» (Mt 12,34-36). Al centrar la importancia en el corazón, Jesús nos recuerda que, para quienes queremos sumarnos a su misión, para quienes queremos generar una transformación positiva en el mundo, lo más fecundo será siempre cambiarnos por dentro constantemente; decidirnos a ser personas que, con sus palabras, muevan los corazones de los demás hacia el bien, en lugar de ser personas que, por el atolondramiento de querer intervenir en todo, hieran al prójimo en sus conversaciones.

Una de las causas de las habladurías –que, como hemos visto, surgen inicialmente en la intimidad– es la tentación de querer arrogarnos la función de jueces de todo lo que nos rodea[12]. Esta actitud suele estar ligada a la tendencia a ocupar demasiado espacio en los planes de Dios, casi como si la libertad de Dios o la de los demás no pudieran actuar sin nuestro beneplácito. En este tipo de juicios críticos desordenados, que degeneran fácilmente en murmuración o maledicencia, el Papa Francisco ha detectado «una alegría oscura»[13], algo que al inicio incluso «puede parecer placentero»[14], tal vez porque nos lleva a tomar una posición de juez que en realidad solo corresponde a Dios. Sin embargo, frente a esta ficción se alza la sencilla convicción de que la Providencia nos ha confiado una pequeña parcela de su viña en donde, si ponemos en juego nuestros talentos, seremos fecundos y felices. No toda la viña es jurisdicción nuestra, ni cabe desearlo; ni tenemos toda la información suficiente para llamar a juicio a todos los viñadores. Ya solo aspirar a hacerlo puede ser un signo de que no estamos santificando el presente ni haciendo fructificar las propias capacidades: al invertir tiempo en la crítica, quitamos tiempo a quienes de verdad nos necesitan; y esas son a fin de cuentas energías que nos quita el demonio. Es, sin más, una trampa para que no hagamos el bien que Dios nos tiene preparado.

Los santos, a pesar de haberse encontrado muchas veces en ambientes en los que sucedían cosas con las que no estaban de acuerdo, también dentro de la Iglesia, han sabido detectar los tiempos y las maneras de actuar de Dios, sin violentarlos con su lengua. San Josemaría, en unas notas del año 1933, pensando en la formación de las primeras personas que irían llegando al Opus Dei, escribía: «¿Murmuras? Pierdes, entonces, el espíritu de la Obra y, si no aprendes a callar, cada palabra es un paso que te acerca a la puerta de salida»[15]. Esto no significa estar siempre de acuerdo con todos, sino disponerse a entrar en la lógica divina, canalizando esos desacuerdos en el tiempo y lugar oportunos, en donde verdaderamente podrán dar fruto.

Alegrarse con el bien de los demás

Otro gran generador de zarzas de maledicencia suele ser la envidia. De hecho, santo Tomás de Aquino considera que la murmuración es «la primera hija» de esta especie de «tristeza por el bien ajeno»[16]. La primera tentación que nos trae el libro del Génesis es precisamente la de la serpiente que, por envidia de los hombres y por odio a Dios, quiere alejarlos entre sí. El demonio engaña a nuestros primeros padres murmurando con ellos acerca del Creador: «No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe…» (Gn 3,4-5). Otra vez: la tentación de saber más que Dios, de invadir su tiempo y su espacio. También el libro de la Sabiduría nos dice que «Dios creó al hombre para la incorruptibilidad y lo hizo a imagen de su propia eternidad. Mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 2,23-24). El evangelio de san Marcos, en fin, señala que Jesús fue entregado por envidia (cfr. Mc 15,10). La tristeza y los celos por el bien ajeno pueden llevar a minar, a aplastar la honra de quienes nos rodean.

Una puerta por donde se suele colar la envidia es la de compararnos continuamente con los demás. En realidad, esta actitud obvia la realidad de que todos somos distintos y de que difícilmente tendremos un trato igual en la vida. Dios mismo no ha dado a todos lo mismo: nos conoce mejor que nadie y reparte sus dones de manera distinta. Es fundamental para la vida social aprender a convivir con el hecho de que todos merecen distinto trato, del mismo modo que una madre trata a sus hijos de acuerdo a sus necesidades y no reparte todo con la misma medida. Por todo esto, un buen camino para prevenir los movimientos de la envidia es aprender a alegrarse con el bien de los demás. Esto puede ser algo que nos resulte fácil, e incluso instintivo, con las personas que más queremos, con nuestro círculo más íntimo; pero no lo es tanto conforme ese círculo se empieza a ampliar. Pequeñas renuncias en favor del disfrute de los demás son una buena escuela para vencer las tentaciones de la envidia, más si se trata de ámbitos en los que está en juego el prestigio y la fama. «Alegraos con los que se alegran» (Rm 12,15) recomienda san Pablo en la Carta a los romanos.

* * *

El octavo mandamiento protege nuestro jardín interior de la salvaje expansividad de las zarzas y los espinos, para que nuestro corazón pueda dar los frutos que Dios espera de él. «Quiere Dios que tengamos un juicio sencillo, que no sentenciemos antes de tiempo, no echemos las cosas a peor parte, (…) que sintamos los trabajos de nuestros hermanos, que favorezcamos sus cosas, que digamos siempre bien de ellos y encumbramos cuanto en nos fuere sus faltas (…). Haz pues ahora cuenta, hermano, que la vida del prójimo es para ti como un árbol vedado (…). Sean todos de tu boca virtuosos y honrados, y crea todo el mundo que ninguno es malo por tu dicho»[17]. Querer vivir en la verdad nos lleva a custodiar la fuente de nuestros juicios, para que de nosotros salgan siempre palabras cristianas que sostienen a los demás, no que los aplastan; palabras que no oscurecen el mundo, sino que lo iluminan.

[1] Francisco, Homilía, 16-II-2014.

[2] Mons. F. Ocáriz, A la luz del Evangelio, “La murmuración banalizada”.

[3] Apuntes íntimos, n. 389, 14-XI-1931. Citado en Camino, edición crítico-histórica, Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid, 2004, p. 607.

[4] Apuntes íntimos, n. 399, 18-XI-1931. Citado en ibíd.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2477.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2488.

[7] Ibíd., n. 2489.

[8] Cfr. san Josemaría, notas tomadas de una reunión familiar, 19-II-1975.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2478.

[10] Francisco, Carta apostólica Patris corde, n. 2.

[11] Fray Luis de Granada, Compendio de doctrina cristiana, parte II, c. IX.

[12] Santo Tomás de Aquino señala que presumir la posesión de lo que no se posee es parte de la soberbia. Cfr. Suma teológica, II-II, c. 162, a. 4, resp.

[13] Francisco, Homilía, 27-III-2013.

[14] Francisco, Homilía, 16-II-2014.

[15] Apuntes íntimos, n. 953, 19-III-1933. Citado en Camino, edición crítico-histórica, Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid, 2004, p. 613. Este apunte se encuentra en el origen del punto 453 de Camino.

[16] Cfr. santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, c. 36, a. 1, resp y a. 4, obj. 3.

[17] Fray Luis de Granada, Compendio de doctrina cristiana, parte II, c. IX.

 

Trabajar bien, trabajar por amor (I): Un motivo sobrenatural

¿Qué es "Santificar el trabajo"? En este artículo se explica que es darle un motivo, un porqué: un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección.

02/06/2009

Decía San Josemaría que el espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima de que cualquier tarea digna y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino.

La vida de muchas personas ha experimentado un giro al conocer esta doctrina, y a veces solamente al oír hablar de santificación del trabajo. Hombres y mujeres que trabajaban con horizontes sólo terrenos, de dos dimensiones, y se entusiasman al saber que su trabajo profesional puede adquirir una dimensión trascendente, relieve de vida eterna. ¿Cómo no pensar en el gozo de aquel personaje del Evangelio que al encontrar un tesoro escondido en un campo, fue y vendió todo lo que tenía para comprar aquel campo?[1]

El Espíritu Santo hizo descubrir a San Josemaría este tesoro en la doctrina del Evangelio, especialmente en los largos años de la vida de Jesús en Nazaret, años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol[2], porque esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres[3].

Gracias a la luz de Dios, el Fundador del Opus Dei enseñó constantemente que el trabajo profesional es realidad santificable y santificadora. Verdad sencilla y grandiosa que el Magisterio de la Iglesia ha enseñado sobre todo a partir del Concilio Vaticano II[4], y recogido después en el Catecismo, señalando que «el trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el Espíritu de Cristo»[5].

«Con sobrenatural intuición» –ha afirmado Juan Pablo II–, «el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo»[6].

Nuestro Fundador ha sido instrumento querido por Dios para difundir esta doctrina abriendo perspectivas inmensas a la santidad personal de multitud de cristianos y para la santificación de la sociedad humana desde dentro, es decir, desde el entramado mismo de las relaciones profesionales que la configuran.

'El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra'.

Esta semilla dará los frutos que el Señor espera si nosotros ponemos el empeño necesario para meditarla en la presencia de Dios y ponerla en práctica con su ayuda, porque la santificación del trabajo no es sólo una idea que basta explicar para que se aprenda; es un ideal que se busca y se conquista por amor a Dios, conducidos por su gracia.

SENTIDO DEL TRABAJO

Desde el comienzo de la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, se nos revela el sentido del trabajo. Dios, que hizo buenas todas las cosas, «quiso libremente crear un mundo "en estado de vía" hacia su perfección última»[7], y creó al hombre ut operaretur[8], para que con su trabajo «prolongase en cierto modo la obra creadora y alcanzase su propia perfección»[9].

Como consecuencia del pecado, el trabajo está acompañado de fatiga y muchas veces de dolor[10]. Pero al asumir nuestra naturaleza para salvarnos, Jesucristo Nuestro Señor ha transformado la fatiga y el dolor en medios para manifestar el amor y la obediencia a la Voluntad divina y reparar la desobediencia del pecado. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. (...) Era el faber, filius Mariae (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)[11].

Junto a esta realidad del trabajo de Jesucristo, que nos muestra la plenitud de su sentido, hemos de considerar que por gracia sobrenatural hemos sido hechos hijos de Dios formando una sola cosa con Jesucristo, un solo cuerpo. Su Vida sobrenatural es vida nuestra, y nos ha hecho partícipes de su sacerdocio para que seamos corredentores con Él.

Esta profunda unión del cristiano con Cristo ilumina el sentido de todas nuestras actividades y, en particular, del trabajo. En las enseñanzas de San Josemaría, el fundamento de la santificación del trabajo, es el sentido de la filiación divina, la conciencia de que Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer[12].

Toda esta visión cristiana del sentido trabajo, se compendia en las siguientes palabras: El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa. (...) El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad. Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios (...). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora[13].

SANTIFICAR LA ACTIVIDAD DE TRABAJAR

'El trabajo se santifica de hecho cuando se realiza por amor a Dios'.

Una expresión de San Josemaría, que salía con frecuencia de sus labios y de su pluma, nos adentra en el espléndido panorama de la santidad y del apostolado en el ejercicio de un trabajo profesional: para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo[14].

Son tres aspectos de una misma realidad, inseparables y ordenados entre sí. Lo primero es santificar –hacer santo– el trabajo, la actividad de trabajar[15]. Santificar el trabajo es hacer santa esa actividad, hacer santo el acto de la persona que trabaja.

De esto dependen los otros dos aspectos, porque el trabajo santificado es también santificador: nos santifica a nosotros mismos, y es medio para la santificación de los demás y para empapar la sociedad con el espíritu cristiano. Conviene, por tanto, que nos detengamos a considerar el primer punto: qué significa hacer santo el trabajo profesional.

Un acto nuestro es santo cuando es un acto de amor a Dios y a los demás por Dios: un acto de amor sobrenatural –de caridad–, lo cual presupone, en esta tierra, la fe y la esperanza. Un acto así es santo porque la caridad es participación de la infinita Caridad, que es el Espíritu Santo[16], el Amor subsistente del Padre y del Hijo, de modo que un acto de caridad es un tomar parte en la Vida sobrenatural de la Santísima Trinidad: un tomar parte en la santidad de Dios.

En el caso del trabajo profesional, hay que tener en cuenta que la actividad de trabajar tiene por objeto las realidades de este mundo –cultivar un campo, investigar una ciencia, proporcionar servicios, etc.– y que, para ser humanamente buena y santificable, ha de ser ejercicio de las virtudes humanas. Pero esto no basta para que sea santa.

'Es imprescindible buscar de un modo u otro la presencia de Dios'.

El trabajo se santifica de hecho cuando se realiza por amor a Dios, para darle gloria –y, en consecuencia, como Dios quiere, cumpliendo su Voluntad: practicando las virtudes cristianas informadas por la caridad–, para ofrecerlo a Dios en unión con Cristo, ya que «por Él, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria»[17].

Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo[18]. Con estas breves palabras el fundador del Opus Dei muestra la clave de la santificación del trabajo. La actividad humana de trabajar se santifica cuando se lleva a cabo por un motivo sobrenatural.

Lo decisivo no es, por tanto, que salga bien, sino que trabajemos por amor a Dios, ya que esto es lo que busca en nosotros: Dios mira el corazón[19]. Lo decisivo es el motivo sobrenatural, la finalidad última, la rectitud de intención de la voluntad, el realizar el trabajo por amor a Dios y para servir a los demás por Dios. Se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei.[20].

CUALIDADES DEL MOTIVO SOBRENATURAL

El motivo sobrenatural es sincero si influye eficaz y radicalmente en el modo de trabajar, llevando a cumplir nuestra tarea con perfección, como Dios quiere, dentro de las limitaciones personales con las que Él cuenta.

El motivo sobrenatural que hace santo el trabajo, no es algo que simplemente se yuxtapone a la actividad profesional, sino que es un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección, porque no podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de El (Lv 22, 20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable [21].

Una "buena intención" que no impulsara a trabajar bien, no sería una intención buena, no sería amor a Dios. Sería una intención ineficaz y hueca, un débil deseo, que no alcanza a superar el obstáculo de la pereza o de la comodidad. El verdadero amor se plasma en el trabajo.

Poner un motivo sobrenatural no es tampoco añadir algo santo a la actividad de trabajar. Para santificar el trabajo no es suficiente rezar mientras se trabaja, aunque –cuando es posible hacerlo– es una señal de que se trabaja por amor a Dios, y un medio para crecer en ese amor.

Más aún, para santificar el trabajo poniendo un motivo sobrenatural, es imprescindible buscar de un modo u otro la presencia de Dios, y muchas veces esto se concreta en actos de amor, en oraciones y en jaculatorias, a veces con ocasión de una pausa o de otras circunstancias que ofrece el ritmo del trabajo. Para esto son de gran ayuda las industrias humanas.

'El amor a Dios hace grandes las cosas pequeñas'.

Pero vale la pena insistir en que no hay que quedarse ahí, porque santificar el trabajo no consiste esencialmente en realizar algo santo mientras se trabaja, sino en hacer santo el mismo trabajo poniendo el motivo sobrenatural que configura esa actividad y la empapa tan profundamente que la convierte en un acto de fe, esperanza y caridad, transformando el trabajo en oración.

Otra consecuencia importante de que la raíz de la santificación del trabajo se encuentra en el motivo sobrenatural, es que todo trabajo profesional es santificable, desde el más brillante ante los ojos humanos hasta el más humilde, pues la santificación no depende del tipo de trabajo sino del amor a Dios con que se realiza. Basta pensar en los trabajos de Jesús, María y José en Nazaret: tareas corrientes, ordinarias, semejantes a las de millones de personas, pero realizadas con el amor más grande.

«La dignidad del trabajo depende no tanto de lo que se hace, cuanto de quien lo ejecuta, el hombre, que es un ser espiritual, inteligente y libre»[22]. La mayor o menor categoría del trabajo depende de su bondad en cuanto acción espiritual y libre, es decir, del amor electivo del fin, que es acto propio de la libertad.

Conviene no olvidar que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor[23].

El amor a Dios hace grandes las cosas pequeñas: los detalles de orden, de puntualidad, de servicio o de amabilidad, que contribuyen a la perfección del trabajo. Hacedlo todo por Amor. –Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. –La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo[24].

Quien comprende que el valor santificador del trabajo depende esencialmente del amor a Dios con que se lleva a cabo, y no de su relieve social y humano, aprecia en mucho las cosas pequeñas, especialmente las que pasan inadvertidas a los ojos de los demás, porque sólo las ve Dios.

Por el contrario, trabajar por motivos egoístas, como el afán de autoafirmación, de lucirse o de realizar por encima de todo los propios proyectos y gustos, o la ambición de prestigio por vanidad, o de poder o de dinero como meta suprema, impide radicalmente santificar el trabajo, porque equivale a ofrecerlo al ídolo del amor propio.

Estos motivos se presentan pocas veces en estado puro, pero pueden convivir con intenciones nobles e incluso sobrenaturales, permaneciendo latentes –quizá durante largo tiempo– como los posos de cieno en el fondo de un agua limpia. Sería una imprudencia ignorarlos, porque en cualquier momento –quizá con ocasión de una dificultad, una humillación o un fracaso profesional– pueden revolverse y enturbiar toda la conducta. Es preciso detectar esos motivos egoístas, reconocerlos sinceramente y combatirlos purificando la intención con oración, sacrificio, humildad, servicio generoso a los demás, cuidado de las cosas pequeñas...

Volvamos la mirada una y otra vez al trabajo de Jesús en los años de su vida oculta, para aprender a santificar nuestra tarea. Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José –a quien tanto quiero y venero–, dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor[25].


[1] Cfr. Mt 13, 44.

[2] Es Cristo que pasa, n. 14.

[3] Ibidem, n. 20.

[4] Cfr. Const. dogm. Lumen gentium, nn. 31-36; Const. past. Gaudium et spes, nn. 33-39; Decr. Apostolicam actuositatem, nn. 1-3, 7.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427.

[6] Juan Pablo II, Homilía, 17-V-1992. Cfr. también, entre otros textos: Discurso, 19-III-1979; Discurso, 12-I-2002, n. 2.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 310.

[8] Gn 2, 15. Cfr. Gn 1, 28.

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, nn. 34 y 35.

[10] Cfr. Gn 3, 18-19.

[11] Es Cristo que pasa, n. 14.

[12] Ibidem, n. 174.

[13] Ibidem, n. 47.

[14] Conversaciones, n. 55. Cfr. Es Cristo que pasa, n. 45; Amigos de Dios, n. 120.

[15] Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 6.

[16] Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 24, a. 7 c.

[17] Misal Romano, Canon de la Misa.

[18] Camino, n. 359.

[19] 1 Sam 16, 7.

[20] Conversaciones, n. 10.

[21] Amigos de Dios, n. 55.

[22] Juan Pablo II, Discurso, 3-VII-1986, n. 3.

[23] Es Cristo que pasa, n. 48.

[24] Camino, n. 813.

[25] Amigos de Dios, n. 72.

 

“Los casados están llamados a santificar su matrimonio”

El matrimonio es un camino de santidad. Cuando Dios está presente en la vida de la familia, las alegrías y contratiempos cobran otro sentido. El Encuentro Mundial de la Familia y los meses de verano son una buena oportunidad para leer esta homilía de San Josemaría sobre el matrimonio.

04/07/2006

EL MATRIMONIO, VOCACION CRISTIANA Homilía pronunciada por san Josemaría Escrivá en Navidad de 1970. Se contiene en el libro "Es Cristo que pasa".

Los diversos hechos y circunstancias que rodearon el nacimiento del Hijo de Dios acuden a nuestro recuerdo, y la mirada se detiene en la gruta de Belén, en el hogar de Nazareth. María, José, Jesús Niño, ocupan de un modo muy especial el centro de nuestro corazón. ¿Qué nos dice, qué nos enseña la vida a la vez sencilla y admirable de esa Sagrada Familia?

Entre las muchas consideraciones que podríamos hacer, una sobre todo quiero comentar ahora. El nacimiento de Jesús significa, como refiere la Escritura, la inauguración de la plenitud de los tiempos [1] , el momento escogido por Dios para manifestar por entero su amor a los hombres, entregándonos a su propio Hijo. 

Esa voluntad divina se cumple en medio de las circunstancias más normales y ordinarias: una mujer que da a luz, una familia, una casa. La Omnipotencia divina, el esplendor de Dios, pasan a través de lo humano, se unen a lo humano. Desde entonces los cristianos sabemos que, con la gracia del Señor, podemos y debemos santificar todas las realidades limpias de nuestra vida. 

No hay situación terrena, por pequeña y corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos.

No es por eso extraño que la Iglesia se alegre, que se recree, contemplando la morada modesta de Jesús, María y José. Es grato –se reza en el Himno de maitines de esta fiesta– recordar la pequeña casa de Nazareth y la existencia sencilla que allí se lleva, celebrar con cantos la ingenuidad humilde que rodea a Jesús, su vida escondida. 

Allí fue donde, siendo niño, aprendió el oficio de José; allí donde creció en edad y donde compartió el trabajo de artesano. Junto a El se sentaba su dulce Madre; junto a José vivía su esposa amadísima, feliz de poder ayudarle y de ofrecerle sus cuidados.

Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad [2]. Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones, escribe el apóstol [3]. La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. 

Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida.

El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. 

"NO HAY SITUACIÓN TERRENA, POR PEQUEÑA Y CORRIENTE QUE PAREZCA, QUE NO PUEDA SER OCASIÓN DE UN ENCUENTRO CON CRISTO. NO ES POR ESO EXTRAÑO QUE LA IGLESIA SE ALEGRE, QUE SE RECREE, CONTEMPLANDO LA MORADA MODESTA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ"

Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo [4] , y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque –queramos o no– el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. 

 

La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.

La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. 

La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.

Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría... Hablando del matrimonio, de la vida matrimonial, es necesario comenzar con una referencia clara al amor de los cónyuges.

SANTIDAD EN EL AMOR HUMANO

El amor puro y limpio de los esposos es una realidad santa que yo, como sacerdote, bendigo con las dos manos. La tradición cristiana ha visto frecuentemente, en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná, una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas –escribe San Cirilo de Alejandría– para santificar el principio de la generación humana [5] .

El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.

Nos ha dado el Creador la inteligencia, que es como un chispazo del entendimiento divino, que nos permite –con la libre voluntad, otro don de Dios– conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad.

Ese es el contexto, el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad. Nuestra fe no desconoce nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay aquí abajo. 

Nos enseña que la regla de nuestro vivir no debe ser la búsqueda egoísta del placer, porque sólo la renuncia y el sacrificio llevan al verdadero amor: Dios nos ha amado y nos invita a amarle y a amar a los demás con la verdad y con la autenticidad con que El nos ama. 

Quien conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar, ha escrito San Mateo en su Evangelio, con frase que parece paradójica [6] .

Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás –también en el matrimonio–, puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo.

Durante nuestro caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor. En el estado matrimonial, considerando las cosas de una manera descriptiva, podríamos afirmar que hay anverso y reverso. 

"QUE VUESTROS HIJOS VEAN –LO VEN TODO DESDE NIÑOS, Y LO JUZGAN: NO OS HAGÁIS ILUSIONES– QUE PROCURÁIS VIVIR DE ACUERDO CON VUESTRA FE, QUE DIOS NO ESTÁ SÓLO EN VUESTROS LABIOS, QUE ESTÁ EN VUESTRAS OBRAS".

De una parte, la alegría de saberse queridos, la ilusión por edificar y sacar adelante un hogar, el amor conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De otra, dolores y contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los cuerpos y amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días aparentemente siempre iguales.

Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte [7] .

Esa autenticidad del amor requiere fidelidad y rectitud en todas las relaciones matrimoniales. Dios, comenta Santo Tomás de Aquino [8] , ha unido a las diversas funciones de la vida humana un placer, una satisfacción; ese placer y esa satisfacción son por tanto buenos. 

Pero si el hombre, invirtiendo el orden de las cosas, busca esa emoción como valor último, despreciando el bien y el fin al que debe estar ligada y ordenada, la pervierte y desnaturaliza, convirtiéndola en pecado, o en ocasión de pecado.

La castidad –no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada– es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los que sienten que se despierta en ellos el desarrollo de la pubertad, una castidad de los que se preparan para casarse, una castidad de los que Dios llama al celibato, una castidad de los que han sido escogidos por Dios para vivir en el matrimonio.

¿Cómo no recordar aquí las palabras fuertes y claras que nos conserva la Vulgata, con la recomendación que el Arcángel Rafael hizo a Tobías antes de que se desposase con Sara? El ángel le amonestó así: Escúchame y te mostraré quiénes son aquellos contra los que puede prevalecer el demonio. Son los que abrazan el matrimonio de tal modo que excluyen a Dios de sí y de su mente, y se dejan arrastrar por la pasión como el caballo y el mulo, que carecen de entendimiento. Sobre éstos tiene potestad el diablo [9] .

No hay amor humano neto, franco y alegre en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega. Nunca he hablado de impureza, y he evitado siempre desceder a casuísticas morbosas y sin sentido; pero de castidad y de pureza, de la afirmación gozosa del amor, sí que he hablado muchísimas veces, y debo hablar.

Con respecto a la castidad conyugal, aseguro a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño: al contrario, porque esa inclinación es la base de su vida familiar. Lo que les pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con delicadeza, con naturalidad, con modestia. Les diré también que las relaciones conyugales son dignas cuando son prueba de verdadero amor y, por tanto, están abiertas a la fecundidad, a los hijos.

Cegar las fuentes de la vida es un crimen contra los dones que Dios ha concedido a la humanidad, y una manifestación de que es el egoísmo y no el amor lo que inspira la conducta. Entonces todo se enturbia, porque los cónyuges llegan a contemplarse como cómplices: y se producen disensiones que, continuando en esa línea, son casi siempre insanables.

Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara.

Los esposos deben edificar su convivencia sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo.

No olvidéis que entre los esposos, en ocasiones, no es posible evitar las peleas. No riñáis delante de los hijos jamás: les haréis sufrir y se pondrán de una parte, contribuyendo quizá a aumentar inconscientemente vuestra desunión. 

Pero reñir, siempre que no sea muy frecuente, es también una manifestación de amor, casi una necesidad. La ocasión, no el motivo, suele ser el cansancio del marido, agotado por el trabajo de su profesión; la fatiga –ojalá no sea el aburrimiento– de la esposa, que ha debido luchar con los niños, con el servicio o con su mismo carácter, a veces poco recio; aunque sois las mujeres más recias que los hombres, si os lo proponéis.

Evitad la soberbia, que es el mayor enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una palabra, que contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde –a solas– reñid, que ya haréis en seguida las paces.

Pensad vosotras en que quizá os abandonáis un poco en el cuidado personal, recordad con el proverbio que la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta: es siempre actual el deber de aparecer amables como cuando erais novias, deber de justicia, porque pertenecéis a vuestro marido: y él no ha de olvidar lo mismo, que es vuestro y que conserva la obligación de ser durante toda la vida afectuoso como un novio. Mal signo, si sonréis con ironía, al leer este párrafo: sería muestra evidente de que el afecto familiar se ha convertido en heladora indiferencia.

"NO OLVIDÉIS QUE ENTRE LOS ESPOSOS, EN OCASIONES, NO ES POSIBLE EVITAR LAS PELEAS. PERO REÑIR, SIEMPRE QUE NO SEA MUY FRECUENTE, ES TAMBIÉN UNA MANIFESTACIÓN DE AMOR, CASI UNA NECESIDAD".

HOGARES LUMINOSOS Y ALEGRES No se puede hablar del matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia. 

Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.

Ciertamente hay matrimonios a los que el Señor no concede hijos: es señal entonces de que les pide que se sigan queriendo con igual cariño, y que dediquen sus energías –si pueden– a servicios y tareas en beneficio de otras almas. 

Pero lo normal es que un matrimonio tenga descendencia. Para estos esposos, la primera preocupación han de ser sus propios hijos. La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.

Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. 

No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. 

En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad –o la verdad entera– que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. 

En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

"EN LAS CONVERSACIONES CON LOS HIJOS CONVIENE ESCUCHARLES CON ATENCIÓN, ESFORZARSE POR COMPRENDERLOS, SABER RECONOCER LA PARTE DE VERDAD –O LA VERDAD ENTERA– QUE PUEDA HABER EN ALGUNAS DE SUS REBELDÍAS".

Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean –lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones– que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.

Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.

Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro, mostradles confianza: creedles cuando os digan, aunque alguna vez os engañen; no os asustéis de sus rebeldías, puesto que también vosotros a su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez –es seguro, si obráis cristianamente así–, en lugar de acudir con sus legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal. 

Vuestra confianza, vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como respuesta la sinceridad de ellos con vosotros: y esto, aunque no falten contiendas e incomprensiones de poca monta, es la paz familiar, la vida cristiana.

¿Cómo describiré –se pregunta un escritor de los primeros siglos– la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, que la entrega confirma, que la bendición sella, que los ángeles proclaman, y al que Dios Padre tiene por celebrado?... 

Ambos esposos son como hermanos, siervos el uno del otro, sin que se dé entre ellos separación alguna, ni en la carne ni en el espíritu. Porque verdaderamente son dos en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo espíritu... 

Al contemplar esos hogares, Cristo se alegra, y les envía su paz; donde están dos, allí está también El, y donde El está no puede haber nada malo [10] .

Hemos procurado resumir y comentar algunos de los rasgos de esos hogares, en los que se refleja la luz de Cristo, y que son, por eso, luminosos y alegres –repito–, en los que la armonía que reina entre los padres se trasmite a los hijos, a la familia entera y a los ambientes todos que la acompañan. 

Así, en cada familia auténticamente cristiana se reproduce de algún modo el misterio de la Iglesia, escogida por Dios y enviada como guía del mundo.

A todo cristiano, cualquiera que sea su condición –sacerdote o seglar, casado o célibe–, se le aplican plenamente las palabras del apóstol que se leen precisamente en la epístola de la festividad de la Sagrada Familia: Escogidos de Dios, santos y amados [11] . 

Eso somos todos, cada uno en su sitio y en su lugar en el mundo: hombres y mujeres elegidos por Dios para dar testimonio de Cristo y llevar a quienes nos rodean la alegría de saberse hijos de Dios, a pesar de nuestros errores y procurando luchar contra ellos.

Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están real y verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la salvación de todos los hombres.

Por eso, quizá no puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles [12] ; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Efeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo [13] ; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe [14] . Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor.

Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. 

Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.

 

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Citas 

[1] Gal IV, 4. [2] Lc II, 14. [3] Col III, 15. [4] Eph V, 32. [5] S. Cirilo de Alejandría, In Ioannem commentarius, 2, 1 (PG 73, 223). [6] Mt X, 39. [7] Cant VIII, 6. [8] S. Tomás de Aquino, S. Th. I-II, q. 31 et 141. [9] Tob VI, 16-17. [10] Tertuliano, Ad uxorem 1, 2, 9 (PL 1, 1302). [11] Col III, 12.

[12] Act X, 24-48. [13] Act XVIII, 1-26. [14] Act IX, 36.

 

La familia y el futuro de los valores

El asunto de los valores hace años era tratado exclusivamente por filósofos, no era un asunto de la sociedad. Ahora lo es.

¿Crisis de Valores?

Alrededor nuestro podemos percibir signos de avisos espectaculares, de cambios radicales que afectaran por mucho tiempo a la sociedad entera y por lo tanto a nuestra familia.

En el mundo se están consolidando los sistemas de telecomunicaciones y es una realidad ya los cibernegocios, los negocios electrónicos. Se derrumbó el comunismo y las grandes potencias que lo encabezaban están ahora en una apertura económica que provoca importantes cambios a las familias de esas sociedades.

En los últimos 5 años se hicieron estudios sociológicos en China para indagar cual era el impacto que la apertura económica estaba teniendo en la sociedad y un estudio que hay una mayor riqueza, sin que esto signifique que hay mas abundancia. Por otra parte, sen la sociedad china existe hoy una tendencia al individualismo y no a la unidad familiar. Hay una gran preocupación por la adquisición de bienes y las personas en China están ahorrando un porcentaje importante de su poco salario que reciben pero, lo están ahorrando porque quieren tener mas cosas materiales.

Estos cambios no nos son ajenos

En alguna ocasión alguien me dijo que por curiosidad había accedido a las páginas electrónicas pornográficas que están disponibles en la red y que estaba pensando como hacer para que su hijo no tuviera acceso.

Estos signos notables de cambio, están afectando a la familia del día de hoy en sus valores.

El asunto de los valores hace años era tratado exclusivamente por filósofos, no era un asunto de la sociedad. Sin embargo, hoy es tema recurrente en la industria, y especialmente en la educación. A las escuelas les preocupa el alto consumo de drogas y la violencia extrema.

El asunto de los valores en la familia es, más que nunca, un tema de preocupación fundamental.

A lo largo de la historia de la humanidad alrededor del mundo las personas siempre han procurado adquirir aquellos bienes que consideran valiosos y han buscado el desarrollar actitudes que consideran dignas de importancia, sin embargo es muy difícil hablar de un esquema de valores, y aunque se hable tanto del tema, mucha gente no lo acepta fácilmente. Lo que en un momento de la historia era considerado moralmente malo, hoy día no parece serlo tanto y esta distorsión de la conciencia nos da problemas serios en el desarrollo de la sociedad.

Gallup llevó a cabo un estudio en 1968 en 16 paises, en 4 continentes, preguntando: ¿ Cuales eran los valores familiares? Los resultados fueron asombrosos: No había unidad en ninguna parte, los valores son diferentes de país a país, de región a región, de estado a estado, de ciudad a ciudad y lamentablemente de familia a familia, dentro de una misma familia se percibían esquemas diferentes de valores.

Por eso no es de extrañarse que haya todo un movimiento mundial para tratar de incorporar la ética a la vida de la familia y en todas las acciones en las cuales ella está involucrada.

Hay un Instituto en Estados Unidos llamado: Instituto Para La Etica Global, que tiene también presencia en Europa, trata de iniciar un movimiento mundial que haga cambios en la sociedad porque ellos dijeron y lo quisiera repetir textualmente, dijeron que: Las naciones del mundo no sobrevivirán en el siglo 21 con la ética del siglo 20.

Esta misma institución aplicó una encuesta internacional de valores y se dieron cuenta que la sociedad ha mostrado un descenso en lo que se refiere a los valores tradicionales:

• Compasión.
• Honor
• Coraje Moral
• Responsabilidad.
• Libertad.
• Humildad
• Obediencia.
• Armonía.
• Generosidad.
• Justicia
• Paz
• Tolerancia
• Honestidad
• Lealtad
• Respeto.
• Confianza.

Estas ya no son las cualidades que caracterizan a los ciudadanos en el mundo.

Probablemente el verdadero problema reside en el corazón y en la conciencia de la persona.

Por Porfirio Tamez

 

Educación

Ana Teresa López de Llergo

Los padres de familia tienen mucha responsabilidad en la educación, por eso han de vigilar el nivel educativo de la escuela a donde acuden sus hijos.

El gran pedagogo Víctor García Hoz dijo que la educación es la influencia perfectiva intencional de las potencias específicamente humanas. Como toda definición bien hecha es breve y no da lugar a equívocos, pero lo característico es que expresa la esencia de esa actividad.

Es un gozo reflexionar sobre cada palabra que está perfectamente colocada pues nos muestra claramente la grandeza de la educación. Es una influencia perfectiva e intencional. Eso nos habla de una actividad que mejora a la persona. Y el modo más elevado de influir es de persona a persona, se trata de una relación humana.

Por motivos de eficiencia se utilizan recursos educativos y eso es muy provechoso, pero en la elección del recurso siempre es necesaria la presencia del educador. Él sabe cómo es el educando y a dónde tiene que llegar, por eso, dosifica los recursos, los combina para facilitar el esfuerzo que necesariamente se ha de realizar. Todo lo que vale cuesta, y la educación requiere esfuerzo, superación, ascenso.

Actualmente se insiste en que el educador es un facilitador y esto puede mal entenderse y dejar en el equívoco de que hace falta aligerar el proceso educativo, y esto es una falacia, porque la educación impulsa a adquirir virtudes y a pensar. Ambas actividades cuestan y es importante encontrar el gusto al esfuerzo y saber disfrutar cuando alguien lo realiza y se prepara para afrontar los retos ordinarios de la vida, del ejercicio de la profesión.

Cuando hay una relación entre humanos con una finalidad de mejora, cada persona aporta desde su modo de ser e influye en el interlocutor. Por eso, aunque en la educación uno sea el educador y el otro el educando, la influencia perfectiva es recíproca. Es absolutamente cierto que no sólo el educador influye, también lo hace el educando, aunque naturalmente éste tiene muy definidos sus límites en el asunto por aprender.

Ser parte de este proceso exige una gran responsabilidad para ambas partes, para el docente una preparación adecuada al interlocutor. Para el discente su responsabilidad es atender y poner en práctica los conocimientos que adquiere, con ellos tendrá que hacerse más humano y más colaborativo. El adelanto en cada nivel les está preparando para el juramento que emiten en el examen profesional. Prometen ser personas de provecho.

La segunda parte de la definición se refiere a las potencias específicamente humanas. Éstas son la inteligencia y la voluntad. Es el nivel más alto al que llega la educación, pero para intervenir en esas potencias, es necesario inclinar las potencias inferiores del ser humano a estar bien dispuestas y a apoyar a la inteligencia y a la voluntad, sin poner obstáculos. Por tal motivo, la educación básica se dirige a la motricidad, a la atención, al orden, a la limpieza, y a todos los aspectos de la sensibilidad y de las relaciones. Estos son los fundamentos de la educación integral.

El proceso de la educación mejora a las personas, las hace mejores hijos, mejores amigos, mejores trabajadores, mejores ciudadanos. Este último calificativo nos abre para comprender mejor la siguiente afirmación del Papa Francisco: “la instrucción y la educación son las bases de una sociedad cohesionada, civil, capaz de generar esperanza, riqueza y progreso”. Y todos estos calificativos fundamentan otra afirmación más amplia: la educación es necesaria para alcanzar la paz.

Obviamente una persona que tiene esperanza es positiva y ante cualquier desastre, que los hay, no se apoca ni huye, busca salidas accesibles para afrontar los problemas. Generalmente no fomenta polémicas con las que no se llega a ninguna parte, y sí se caldean los ánimos y pueden darse disputas.

La riqueza y el progreso que llevan a la paz, consisten en la riqueza de quien obtiene recursos no sólo para él o su familia, sino para la comunidad, esto se traduce en una riqueza sutil pero eficaz, mejoran los recursos de la sociedad por los resultados del trabajo. Así disminuyen las personas sin oficio ni recursos para realizar alguna actividad productiva.

Esta es la riqueza y el progreso que debemos ambicionar. Y no la riqueza del agiotista, del ladrón o del narcotraficante que amedrenta a los demás y los arrincona para someterlos.

Probablemente, en algunas épocas se ha descuidado la educación en México, pero hemos de reaccionar y no generalizar. La educación en nuestro territorio estuvo muy bien en los pueblos originarios. Se conservan textos que son verdaderas joyas. En el tiempo de la Colonia, muy pronto se proliferaron instituciones educativas de nivel europeo. Se fundó la Universidad y las escuelas de artes y oficios. Y personas de la nobleza indígena pudieron acudir a las instituciones educativas europeas.

Los padres de familia tienen mucha responsabilidad en este terreno, por eso han de vigilar el nivel educativo de la escuela a donde acuden sus hijos. Muchas veces es muy efectiva la unión de padres de familia. Y también estar pendientes de los giros del gobierno. Son indispensables los recursos que han de asignar.

El capítulo de las reuniones de padres y maestros puede mostrar la realidad donde viven los educandos, y puede ser fuente de datos para organizar trabajos en equipo, sobre problemas cercanos donde aprendan a discernir y a tomar decisiones.

El trabajo en equipo es muy formativo pues todos aprenden a escuchar opiniones diversas y propuestas variadas. Escuchan, y eligen lo más favorable aunque no sea su propuesta. Aprenden a ver desde otros puntos desconocidos y desarrollan la flexibilidad al admitir otros modos de resolver problemas.

 

Aprender a tener paciencia

Lucía Legorreta

La paciencia puede ayudar a que se forjen otras virtudes, tales como la solidaridad, el respeto, la templanza, la empatía y la perseverancia.

Estoy convencida de que una de las virtudes que hemos olvidado como sociedad es la de la paciencia. La gran velocidad a la que se mueve el mundo, hace más difícil que podamos ser pacientes, y la falta de ella puede poner en riesgo nuestras metas.

La paciencia permite vivir en el tiempo sin maltratarlo, ni perderlo, ni romperlo. Nos enseña a saber esperar y es una de las mayores conquistas como ser humano. Nos enseña a saber aguantar la demora con tranquilidad.

Perder la paciencia quiere decir que no sabemos vivir con el tiempo de los demás ni con el nuestro.

Es una virtud que como padres debemos inculcar a nuestros hijos. Hará que estos aprendan a valorar el transcurso natural de tiempo y respetar al prójimo. Es una forma en la que los hijos logran enfrentar situaciones y obstáculos.

La paciencia es básica para que nos definamos y nos propongamos objetivos y metas.

La paciencia es un aliado más para eliminar el impacto que tiene sobre nosotros el gran enemigo de la actualidad: el estrés. Ser paciente ayuda a chicos y grandes a eliminar tensiones y malestares o incomodidades que llegan cuando hay una complejidad frente a nosotros mismos.

A su vez, la paciencia puede ayudar a que se forjen otras virtudes, tales como la solidaridad, el respeto, la templanza, la empatía y la perseverancia.

Consejos para promover la paciencia en tu vida:

1. Detecta qué es lo que te hace perder la paciencia. Autoanalízate y determina cuáles son aquellas cosas o situaciones que te generan esta sensación. Al conocer sus causas, tendrás más herramientas para enfrentarlas, eludirlas y, eventualmente eliminarlas.

2. Reconoce que no tienes control sobre todo. Comprende que hay cosas que no puedes controlar y que si te quejas o enojas saldrás perdiendo.

3. Disfruta del momento. Concibe cada momento en tu día como una oportunidad de pasar un rato placentero. Concéntrate y disfruta el tiempo presente.

4. Ve el lado bueno de la impaciencia. Esta no tiene por qué ser exclusivamente negativa. La inquietud puede ser el impulso inicial que despierte un proceso creativo. Cada vez que te impaciente algo, deja volar tu imaginación.

5. Busca formas alternativas de descargar tu ansiedad. Es importante que tu cuerpo y tu mente liberen el estrés y la ansiedad. Realiza algún tipo de ejercicio físico o actividades que te ayuden a estar más tranquilo.

6. Evade la lógica de la inmediatez. Entiende que la vida es un proceso que implica constantes cambios. La felicidad instantánea no existe. Conseguirla requiere de esfuerzo, constancia y de la habilidad para equivocarse y no tener miedo a volver a intentar.

Normalmente queremos que todo ocurra rápido, pero perdemos de vista que resolver las dificultades cotidianas de manera desesperada sólo brinda soluciones superficiales que, en poco tiempo, pueden generar problemas mayores.

¿Qué tan paciente eres? ¿Qué tan impaciente eres? Recuerda que las metas, objetivos y sueños se logran poco a poco, con perseverancia y muchísima paciencia.

 

Deseos con propósito

El declinar de un año y el nacimiento del siguiente es momento que aprovechamos para hacer balance y, sobre todo, plantear nuevos propósitos que incluyen, según la estadística, perder peso, dejar de fumar, hacer más ejercicio y mejorar el nivel de inglés. Esas mismas estadísticas demuestran que, con toda probabilidad, erraremos el tiro y, de nuevo, fracasaremos en alcanzarlos. La parte positiva es que, de cara a 2023, no tendremos que pensar demasiado y podremos repetir propósitos. O, mejor dicho, deseos o intenciones.

Esas formulaciones que hacemos poco después de tomar las uvas distan mucho de ser propósitos, por mucho que así les llamemos: en el mejor de los casos son objetivos mal formulados o, como mucho, deseos aprendidos y repetidos. El constante fracaso y la trivialización de estas buenas intenciones de cada 31 de diciembre no debe desenfocar el hecho de que, como seres humanos, necesitamos un propósito. No varios, sino uno, un solo Propósito que alumbre nuestra vida cotidiana y nos facilite la labor de tomar decisiones y actuar.

Decía Ortega y Gasset en La Rebelión de las Masas que “La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial. Se trata de una condición extraña, pero inexorable, escrita en nuestra existencia”. Y así es.

Tal vez no tenga excesiva importancia si año tras año fallamos en nuestra intención de mejorar el nivel de inglés o perder esos kilos que nos sobran, pero vivir sin un propósito nos deja a merced del entorno o de nuestras emociones. Una vida plena, una buena vida, implica vivir cada día ese sentido, ese para qué. Por eso, además de otros deseos muy loables, os animo a incluir entre las metas para este 2022 la de dedicar momentos de reflexión al descubrimiento de vuestro propósito personal y profesional. Empieza por hacerte la gran pregunta: ¿qué quieres? Seguramente es una de las preguntas más difíciles de responder pero, una vez aproximada la respuesta, será más fácil que nuestros deseos tengan un sentido, un para qué, un propósito y así, bien ordenados, nos será más fácil cumplirlos.

¡Feliz y Provechoso 2022!

 

Un buen propósito para el año que comienza

Los intervalos, las pausas, los marcos de una etapa, son siempre circunstancias propicias para una reflexión.

El paso de un año a otro, es por eso mismo una oportunidad para pensar con un poco más de atención sobre el rumbo y los modos con que llevamos nuestra vida personal.

Sin embargo, no nos vamos a detener respecto a una reflexión de carácter personal, sino a una de carácter colectivo, nacional.

Todas las naciones tienen formas de ser que las caracterizan. Dentro de esas formas de ser existen, como es natural, aspectos positivos y otros negativos.

Ejemplifiquemos con una gran nación como es Alemania.

Las características de orden y de fuerza de voluntad del pueblo alemán son de sobra conocidas y admiradas por muchos. En ellas vemos lo que ese país tiene de bueno. Pero existen también dentro de la personalidad alemana algunas otras características que no merecen la  misma admiración. El deseo del orden los ha llevado en más de una oportunidad a querer poner orden en los países vecinos, lo que sumado a sus características marciales ha dado ocasión a dos Guerras Mundiales y a otras locales.

Si fuéramos a analizar la psicología nacional no encontramos en nuestra población las mismas características marciales o el deseo de orden alemán. Al contrario, es fácil percibir en nuestra psicología una gran facilidad para adecuarnos a las más diversas circunstancias y a las mayores adversidades, sin que se produzcan conflictos ni enfrentamientos.

Los constantes terremotos y las iguales veces que el País se ha reedificado, muestran un empeño digno de nota y que merece ser  valorado.

Sin embargo, existen aspectos negativos, que son propios de personas y sociedades capaces de adecuarse a las más distintas circunstancias. Uno de ellos es que muchas veces, para satisfacer ese anhelo de adecuación, se sacrifican las convicciones, se redondean las verdades y se omiten las censuras. En una palabra, se prefiere quedar bien con todos, antes que quedar bien consigo mismo, con su propia conciencia, con los deberes que imponen la coherencia con la Fe católica y el amor a la Patria.

Estas actitudes pueden limitarse a aspectos triviales de la existencia, como son las mal llamadas “mentiras piadosas”, o un modo de decir las cosas que no hiera a nuestro prójimo, cosa que es muchas veces comprensible, y que hasta puede ser un deber de caridad.

Pero ese deseo de adecuación puede también llevar a omitirnos en circunstancias que no deberíamos hacerlo. Por ejemplo, cuando vemos un acto reprobable, una mala iniciativa, una acción escandalosa, a veces en vez de señalar y censurar como se debe, preferimos callar y dejar pasar.

Alguien nos podría objetar, que no debemos juzgar si no queremos ser juzgados, y que emitir juicios de valor es lo propio de personas orgullosas que se creen dueñas de la verdad. A ello respondemos que no estamos hablando de intenciones subjetivas, que sólo Dios conoce, pero de situaciones objetivas, que todos pueden ver. En ese campo, la verdad es un bien común que está al alcance de todos y que una vez alcanzada debe ser servida.

Ejemplifiquemos con una comparación entre la defensa de la soberanía y la de otros aspectos de nuestra nacionalidad.

Todos sabemos que Chile posee límites geográficos con sus vecinos que no siempre son igualmente considerados por ellos como verdaderos. Pero, nuestra obligación de chilenos nos exige ser coherentes con nuestro amor patrio y defender las fronteras nacionales cuando son violadas. Es la tarea a la que se consagran las Fuerzas Armadas de Chile, que tienen por ello el respaldo y el reconocimiento de toda la nación.

Ahora, existen al igual que la soberanía, otros principios y virtudes que también constituyen la base de nuestra nacionalidad y que están siendo pasados a llevar de modo  casi sistemático. Nos referimos en primer lugar a la institución de la Familia cristiana y natural, que es igualada a cualquier otro tipo de unión, sin importar si ellas están conformes a la naturaleza o no.

Nos referimos también al derecho de nacer, el primero y el más elemental de los derechos de la persona humana, y del cual dependen los otros que se suceden con posterioridad. Este derecho básico también está siendo puesto en tela de juicio por proyectos de aborto que podrán disponer de la vida de los no nacidos.

Nos referimos al derecho de los niños a un entorno moralmente sano y a la protección del pudor y de las buenas costumbres, que parecen haber desaparecido de los espectáculos de la TV y que se vulneran en las publicidades, en las modas y en las actitudes que muchos toman en todos los lugares públicos.

Delante de estos principios y derechos en los que no se debe transigir, y de muchos otros que por brevedad no abordaremos, debemos saber tener la actitud coherente y firme de personas de Fe y amantes de su patria.

Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó, “Sea vuestra palabra: Sí, sí; no, no; todo lo que pasa de esto, viene del Maligno.»

Con ello Nuestro Divino Redentor, nos indica que a todo lo que es bueno, virtuoso y bello debemos decir un Si. Y a todo lo que se le opone, es decir a aquello, que no es verdadero, no es bello y no es bondadoso, o sea que es un vicio, debemos decir un rotundo: No.

Y agrega la sentencia: “Todo lo que pasa de esto, viene del mal Maligno”.  Para indicarnos que las actitudes que no son claras y decididas, como son el Si y el No, no vienen de Dios, sino del padre de la mentira.

Quizá sería un buen propósito el ponernos como meta de este año, ser claros y categóricos. Que delante de lo bueno, verdadero y bello que veamos, sepamos decir un Si, sin vacilaciones. Y que delante de lo opuesto, es decir del vicio, y de la impostura, sepamos también decir el No con la misma fuerza y decisión.

De esta posición de alma, no saldrá un conflicto, sino la paz que es la tranquilidad del orden, que es imposible alcanzar sin el respeto que le es debido a Dios y a sus leyes.

Para finalizar le deseamos a Ud. y a toda su familia un Nuevo Año lleno de buenos propósitos, emprendimientos y realizaciones, sobre todo, como el que le hemos sugerido en estas líneas.

 

Familia que come unida permanece unida: afirma doctora de Harvard

ReL - 8.01.2021


foto: freepik

Tras 20 años de experiencia como investigadora y profesora en Harvard, la psicóloga Anne Fishel ha demostrado los asombrosos beneficios de comer en familia.

Según muestran varios estudios, cuando los miembros de la familia comen todos juntos de manera regular mejora el rendimiento académico de los hijos, mejora la relación familiar, se previene el consumo de drogas y se reduce el riesgo de depresión.

Son solo algunas de las ventajas que enumera la fundadora de Family Dinner Project para potenciar este hábito.

A lo largo de dos décadas, Fishel ha estudiado y realizado decenas de estudios que confirman los abundantes beneficios de algo tan sencillo como comer en familia. Y sin embargo, cada vez menos familias lo ponen en práctica.

En una entrevista realizada por Jill Anderson, la profesora explica que los beneficios de cenar en familia son enormes, y además están ratificados por la ciencia. "Es un hábito excelente para la salud física y mental, el rendimiento académico y en términos de nutrición", afirma. "También se asocian con tasas más bajas de depresión, ansiedad, abuso de sustancias, menos embarazos tempranos en la adolescencias, mejor autoestima", añade.

Su forma de comprobarlo es sencilla. Desde hace años, Family Dinner Project organiza cenas comunitarias con familias en centros y escuelas. Tras el evento y su puesta en práctica en los hogares, el equipo del programa hace un seguimiento y documenta los resultados, consejos y prácticas.

Muchas de ellas están documentadas en el libro Eat, Laugh, Talk, The Family Dinner Playbook (Come, ríe y habla: el divertido libro de las cenas en familia).

1. No todo tiene que ser perfecto

Fishel explica que el objetivo de que las familias coman o cenen juntas no debe ser tanto la sofisticación culinaria como la unidad familiar. "No todo tiene que ser perfecto. El ingrediente secreto no tiene nada que ver con la comida. ¿Es agradable? ¿Los niños se sienten escuchados cuando hablan? ¿Hay buen ambiente en la mesa? Estas son las cosas importantes", explica.

2. Ni tampoco tienen por qué estar todos

"Cuando un padre y un hijo cenan juntos también puede ser una cena familiar, y si luego el que falta llega más tarde a casa, el hijo al menos pudo cenar con uno de sus padres", explica. Sin embargo, invita a que cuando la familia no pueda reunirse al completo para cenar, lo intenten en el desayuno, donde suele ser más fácil que en las comidas.

3. Las cenas en familia reducen el estrés

La doctora Fishel admite que puede parecer contradictorio debido a la carga de trabajo que implica planificar, comprar, cocinar y limpiar las cenas familiares.

"Investigaciones recientes han demostrado que los padres que comen con sus hijos con frecuencia están menos estresados ​​que los padres que no dan prioridad a las cenas familiares. También informan menos síntomas depresivos y una mejor autoestima", añade.

4. Cenar en familia mejora el matrimonio

"Ese impacto positivo en el estrés y el bienestar personal también puede extenderse a una mayor satisfacción con su cónyuge", afirma. El beneficio se traslada "incluso a los nuevos padres, un grupo de personas especialmente estresado. Cuando estáis agotado por cuidar a los pequeños, es más probable que comer juntos ayude a tu relación que la perjudique".

5. El mito del adolescente solitario

Preguntada por la imagen del adolescente contrario a pasar tiempo en familia, Fishel lo niega rotundamente. De hecho, explica que "cuando se les da la opción o se les pregunta en una encuesta si preferirían comer con sus padres en lugar de solos, el 80% escoge a la familia".

"Los adolescentes saben que es el mejor momento del día para pasar con sus padres, y lo necesitan. Son los que más se benefician de la cena en familia en torno a la reducción de comportamientos de alto riesgo en ese rango de edad", añade.

6. Mejora el rendimiento académico

"Los niños en edad preescolar acceden a un vocabulario en el que las palabras poco comunes se multiplican por 10 para su nivel. Muchas de esas palabras no las captan en los libros de dibujos o el patio, y aprenden antes y con más facilidad a leer", explica refiriendo a un estudio de Harvard de Snow y Beals. En primaria y secundaria, asegura que los jóvenes que comen en familia "obtienen mejores calificaciones, con un efecto de mayor impacto incluso que hacer los deberes".

7. Empezar poco a poco

Fishel es consciente de que para muchas familias no es fácil asumir este hábito, menos de la noche a la mañana. "Yo empezaría por comprometerme a ello una vez a la semana. Después preguntaría que les gustaría cambiar si pudiesen elegir: ¿Probar una nueva comida? ¿Hacerlo más divertido? ¿Interesarse más por el día a día de cada uno? ¿Hablamos de las noticias o de cómo somos como familia, cuál es la nuestra y por qué la valoramos?", plantea.

8. ¿Fuera móviles? Depende

"Esa es una opción que muchas familias toman para tener un tiempo sin tecnología. Otras deciden que puede haber un teléfono si es para compartir algo con la familia, una foto que hiciste o un mensaje divertido. Eso está bien", comenta. "Incluso a veces las familias admiten usarlos para resolver debates y preguntas curiosas".

9. No buscar imposibles

En otra conversación Fishel explica que las cenas en familia no deben buscar hacerlo como se podía hacer en 1950: "Enfatizamos la importancia de compartir las labores de cocina, y en lugar de concentrarnos en cocinar una comida gourmet perfecta, debemos centrarnos en lo que sucede en la mesa, en divertirnos y en tener una conversación interesante".

 

La autoestima de Dios

Escrito por Mario Arroyo.

La autoestima de Dios está garantizada o, dicho de otra forma, se identifica con su gloria.

Transcribo un diálogo de mi clase de Teología: - “¿Para qué creó Dios el universo?” –“Por amor y para manifestar su gloria” – “¿Para qué nos creó a nosotros?” – “Para conocerlo y amarlo en esta vida y gozar de Él después en el Cielo” – “¿Cuál es el fin de la vida del hombre?” – “Darle gloria a Dios sirviendo a nuestros hermanos” – “Profe, ¿Dios tiene baja autoestima?” – “No, ¿por qué lo preguntas? – “Es sencillo: se siente sólo y nos crea para que le amemos y le demos gloria; es como si necesitara de nuestro amor y de nuestra glorificación, sin necesitarlo. Las personas con baja autoestima necesitan que se las reconozca, sentirse amadas… Dios también”.

Como se ve, no son sencillas las preguntas de mis alumnas filósofas. Está claro que Dios no tiene baja autoestima, que no necesita crearnos, que la creación es un acto libre y amoroso de Dios. Pero ¿cómo compaginar ambas cosas?; es decir, que Dios no “necesita” crearnos, no “necesita” manifestar su gloria, no “necesita” nuestra gloria ni nuestro amor, con la realidad de que efectivamente lo haya hecho y sea su gloria el fin de todas las cosas, nuestra vida incluida, y efectivamente espere amor de nuestra parte.

Hay dos insuficiencias en el planteamiento. Una antropológica y otra teológica. Además, peca de “antropomorfismo” es decir, proyectar en Dios, automáticamente y “sin traducción” por decirlo de algún modo, los cánones humanos. La insuficiencia antropológica es simple: no es señal de baja autoestima la necesidad de ser queridos; es una necesidad humana. La felicidad del hombre, como apetito fundamental de nuestra naturaleza, que escapa incluso a nuestra libertad, consiste en el amar y ser amados. Ser amados es, en consecuencia, una necesidad básica del hombre, sin la que su apetito fundamental, el bien al que necesariamente tiende, la felicidad, estaría frustrado. Ahora bien, hay formas normales de buscar ser amados y formas patológicas de hacerlo, pero el deseo de serlo es innato a nuestra naturaleza.

La insuficiencia teológica es aplicar sin más los conceptos humanos a Dios, como si fueran igualmente pertinentes, olvidando que, en su profundidad, Dios es un misterio. Lo que predicamos de Dios es más desemejante a Él que semejante; de Él sabemos más lo que no es que lo que es. Cualquier cosa que afirmemos de Él es insuficiente, porque viene de proyectar nuestras ideas y experiencias humanas en una realidad divina que, por definición, nos es desconocida, aunque lo suficientemente conocida como para saber que es radicalmente diferente a nuestro mundo y a nuestro modo de conocer.

La respuesta fácil a la pregunta de mi alumna es decirle, simple y llanamente: “Dios es un misterio”, lo que equivale a decir “no sabemos” o, en otros términos, a no decirle nada. ¿No puede avanzar un poco más la racionalidad para iluminar este legítimo cuestionamiento de mi alumna? Finalmente suponía un escollo para su fe. Me vino entonces a la memoria la famosa sentencia de san Ireneo: “La gloria de Dios es el hombre viviente; la vida del hombre es la visión a Dios.”

Quizá se entienda con la analogía del artista. Dios nos hace; somos su obra maestra, le damos gloria con nuestra existencia, pero más perfectamente con lo más propio de nosotros: nuestra inteligencia y nuestra voluntad, cuando libremente lo hacemos. Dios crea para manifestar su gloria, y es el hombre el punto donde esa gloria alcanza su cenit. Ahí está la raíz teológica del humanismo cristiano: somos la gloria de Dios, su obra maestra. A nosotros nos queda darnos cuenta, reconocerlo; la visión de Dios nos permite hacerlo.

En resumen: Dios no necesita crearnos, pero lo ha hecho para manifestar su gloria. Somos la manifestación viviente de la gloria divina. Esa es nuestra realidad, reconocerla implica darle gloria a Dios no solo con nuestra existencia, sino con nuestra libertad; en ello encontramos la plenitud de nuestra vida, la cual embona así perfectamente con su sentido y su finalidad. Esto, sin embargo, no supone ninguna carencia o fragilidad en Dios. La autoestima de Dios está garantizada o, dicho de otra forma, se identifica con su gloria. ¿Qué es gloria? Según santo Tomás de Aquino es “cierta claridad que contiene en sí misma belleza y manifestación.”

 

¿Es el hombre un animal más?

El hombre es un animal, pero con importantes diferencias con respecto a ellos:

Presenta una dotación cromosómica diversa de la de los animales (junto con la bioquímica de sus cromosomas), que determina su conformación somática.

Su columna vertebral, con sus curvaturas, está adaptada a la bipedestación; situación que permite que los miembros superiores tengan gran libertad de movimiento.

El movimiento de oposición entre el pulgar y el índice explica la habilidad del hombre para manipular objetos, escribir, dibujar, etc. Se dice que esta condición fue importante para el  espectacular desarrollo de nuestra civilización.

La representación en el cerebro humano de la motilidad de pulgar e índice en el área motora es relevante; curiosamente, vecina a la correspondiente a la motilidad de las zonas oral y facial, relacionadas con el habla. Es destacable la representación cortical de la fina sensibilidad de estos dedos.

La existencia de neuronas espejo en amplias áreas de la corteza cerebral explicaría muchas cuestiones funcionales diferentes que en los animales.

Los animales son irracionales; no pueden pensar, decidir, amar. El hombre, en cambio, es un animal racional, en un nivel superior a los demás animales. De ahí su gran dignidad. Es el más respetable de todos los animales, lo que no quiere decir que sea natural el abuso de los animales y el animalismo, actitud ésta que además degrada al ser humano.

(El Neandertal tuvo un desarrollo intelectual inferior al del Homo Sapiens, pero muy superior al de cualquier animal).

Los animales no tienen las capacidades de que disfruta el hombre; pero han de ser protegidos por el Derecho, pues respetar a los animales es respetar a la naturaleza, que ha sido creada por Dios. Y una de las razones para no desdeñar el valor de los animales es el hecho de que las mascotas constituyen en numerosos casos un remedio psicológico a la soledad de algunas personas.

La consciencia y, especialmente la autoconsciencia, es propia del hombre. El animal no sabe interpretar sus sensaciones e instintos.

El hombre dispone del gen FOXP2, determinante para el desarrollo de las áreas cerebrales del lenguaje, un lenguaje cargado de símbolos, muy diverso a la comunicación de los animales mediante simples gruñidos, graznidos, mugidos, etc.

El hombre posee una corteza prefrontal (la parte anterior del lóbulo frontal) mucho más desarrollada que en los demás animales; corteza que tiene relación con la previsión temporal y la toma de decisiones.

La fabricación de herramientas, de utensilios, así como llevarlos consigo, es algo que ningún animal ha hecho ni lo hace en la actualidad.

Es lógico el gran desarrollo del encéfalo humano, con lo cual,  la capacidad craneal del hombre es muy superior a la de cualquier animal, incluidos los primates. El hombre es un primate privilegiado.

Desde el inicio de los tiempos el hombre siempre ha sido capaz de distinguir entre lo que es correcto y no correcto, de sacrificarse por los demás, de plantearse  la existencia de un más allá.

Son propios del ser humano la creatividad, la sensibilidad artística, el soñar despierto y el sentido de la trascendencia, que explica que desde tiempos inmemoriales los hombres hayan practicado enterramientos.

Y son del ser humano, además de la racionalidad, la libertad, la eticidad (moralidad).

Por eso, la discapacidad no invalida la naturaleza racional del hombre y por tanto, que sea acreedor del máximo respeto. En algunos casos no podrá andar, leer, escribir, hablar, pensar, etc., pero se trata de un ser humano, tanto (o más) digno que un hombre o mujer en pleno dominio de su ser.

Por eso, no es natural tratar al hombre como si fuese un animal más. A este respecto, viene a cuento el encerramiento de Don Quijote en una jaula, arrastrada por bueyes, llevándolo engañado a su pueblo. Probablemente la humanidad esté engañada por slogans, dogmatismos, campañas de opinión, modas, y por tanto, en cierto modo, enjaulada.

Otra característica del ser humano es el manejo de símbolos. Los símbolos significan realidades, captadas de una forma alegórica, metafórica o analógica. El hombre, y no los animales, siempre ha manejado símbolos.

He aquí algunos significados que se han atribuido a algunos símbolos, en que el significante es un animal:

Águila: dignidad

Asno: constancia (el Señor entró en Jerusalén el Domingo de Ramos montado en un borrico)

Caballo: lealtad

Cerdo: suciedad

Cordero: docilidad

Gallina: maternidad

Gallo: orgullo

Gorrión: abandono

Hormiga: solidaridad

León: autoridad

Liebre: velocidad

Lince: sagacidad

Paloma: sencillez

Pavo: vanidad

Perro: fidelidad

Pez: los primeros cristianos

Serpiente: rebuscamiento

Toro: empeño

Tortuga: pereza

Vaca: parsimonia

Zorro: astucia

                           José Luis Velayos

 

El difícil conocimiento de sí mismo en nuestro mundo

Los filósofos antiguos afirmaban que el conocimiento de sí mismo es el comienzo de la sabiduría.

La sociedad impone un gran valor a la singularidad del sujeto, a su libertad, a su autonomía. Pero, ¿le ofrece la posibilidad de realizarse, de ser él mismo, de conocerse?

Algunas propagandas nos asaltan todos los días para ofrecernos productos que nos permiten conocer en poco tiempo  lo que ocurre en cualquier parte del mundo.

¿Pero, habrá propagandas que nos ofrezcan algo para conocernos a nosotros mismos?

¿Qué es más importante: saber lo que ocurrió hace 5 minutos atrás en en el otro extremo del mundo o cuál será el mejor programa para el próximo fin de semana o tener un mayor conocimiento de lo que es cada uno de nosotros, cuál es nuestro interior, qué somos o quiénes somos?

El filósofo griego Sócrates tenía razón cuando decía: “Conócete a ti mismo”. En esa expresión se condensa toda la sabiduría natural de todos los sabios, pues conocerse a sí mismo es el comienzo para conocer lo que nos rodea y de ahí subir hasta Dios que nos creó.

La Dra. Marie-France Hirigoyen

Sobre esta temática, hay una interesante conferencia de una conocida psiquiatra francesa, en que aborda este asunto y las dificultades que el trajín del mundo  moderno pone para conocerse con honestidad a sí mismo. La Dra. Marie-France Hirigoyen, es especialista psicoterapeuta de familia especializada en la terapia del acoso moral o psicológico.

Lo que ella nos señala,  podrá parecernos poco simpático, pero eso no quita que sean importantes verdades.

“La sociedad impone un gran valor a la singularidad del sujeto, a su libertad, a su autonomía. Pero, ¿le ofrece la posibilidad de realizarse, de ser él mismo, de conocerse?

Las imposiciones del consenso

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“En una época individualista, el individuo es el centro del mundo pero él está solo, porque es un peón de ajedrez en una multitud de iguales.

En una época individualista, el individuo es el centro del mundo pero él está solo, porque es un peón de ajedrez en una multitud de iguales. Se le exige pensar como los otros, pertenecer a una red, no salirse de la masa.

“Por ello, ese individuo evita cuestionarse, confrontarse con los otros, enfrentar conflictos, cada vez más se rechaza el conflicto. Pero al mismo tiempo, escapa a toda profundidad, a todo conocimiento de sí mismo. Por lo tanto estamos en un mundo de apariencia. Si se busca un empleo o una amistad, es necesario seducir, estar en forma, ser feliz, desenvuelto, eficaz.

El culto de la imagen

“El culto de la imagen se ha extendido a todos los campos. En el mundo del trabajo ahora no importa lo que somos sino lo que mostramos. Ya no basta trabajar, tener buenos resultados, hay que mostrarse, hacerse apreciar, poner a funcionar la red de contactos. Cuenta más la visibilidad que la productividad y la eficiencia. Un directorio lleno de contactos más que el talento. En todas partes se privilegia la vía rápida que consiste en avanzar por habilidad más que por esfuerzo, más por la trampa que por el trabajo.

Copiar y pegar…

“No construimos un pensamiento propio sino que repetimos mil ideas de otros.

“En todos los dominios es necesario ir rápido, obtener resultados inmediatos. Pero ese mundo no nos deja espacio para reflexionar y formar una visión de la vida a largo plazo. A fuerza de agitarse y de ahogarse en el trabajo y la comunicación con los demás, el hombre se ha separado de sí mismo y tiene miedo de confrontar sus miedos y su vida interior.

“Esta sociedad narcisista, lejos de ser feliz o liberadora, conduce al ser humano a un rechazo de sí mismo y al miedo

“Rechaza saber que él está solo y es mortal. Nuestra sociedad exalta el éxito, la gestión de sí mismo y esto agota a las personas que tienen la impresión que una carga muy pesada está sobre sus hombros y desarrollan lo que ha sido llamado de “patologías de la insuficiencia”, especialmente el stress y la depresión. Tanto en el trabajo, como en la familia o en la vida social, la gente tiene miedo de fracasar, de no estar al nivel.

Una sociedad narcisista

“Esta sociedad narcisista, lejos de ser feliz o liberadora, conduce al ser humano a un rechazo de sí mismo y al miedo: se tiene miedo del otro, de perder el trabajo, de las agresiones, de la enfermedad, de la vejez y sobre todo de no corresponder al padrón socialmente correcto. Conseguir éxito en la vida profesional bajo la amenaza de perder el empleo, lograr la vida de matrimonio con miedo de las rupturas que pueden ocurrir, educar correctamente los hijos que hacen lo que les da la gana, todo esto es fuente de indecisión e inquietud.

“Pero en el mundo moderno sobretodo no pueden mostrar las indecisiones: ¿cómo conseguir un empleo si no se tiene talante de ganador, cómo conseguir un buen novio o novia si tenemos cara de deprimidos? Entonces, es necesario fingir y aparentar. Así adoptamos un falso yo ajustable a las circunstancias, o sea un comportamiento destinado a complacer a los otros más que a nuestros propios deseos o sentimientos.

Una vida sin autenticidad

“Las personas son entonces super adaptadas al mundo moderno, pero pierden el contacto con sus verdaderos sentimientos internos lo que conduce a llevar una vida sin autenticidad.

“Este cambio social afectó la psicología de las personas que nunca han estado tan desilusionadas y desencantadas como ahora y que buscan desesperadamente a mejorar su “auto-estima”, no el amor de sí mismo sino la estima de sí mismo. Los psiquiatras de mi generación han podido constatar el pasaje de los estados neuróticos convencionales a nuevas patologías del carácter, en especial  las patologías narcisistas, o sea, los traumas psicosomáticos, las depresiones, las adicciones, y también los comportamientos perversos.

Quien crea encontrar la felicidad en la agitación será infeliz

(…)

La terapia: dar la espalda a la agitación y verse de frente

“Una verdadera terapia nos debería llevar a aceptarnos simplemente como somos, seres humanos imperfectos y frágiles y a admitir que no somos super hombres.

“Como lo vengo diciendo, en nuestro mundo contemporáneo es muy difícil ser uno mismo. A todo momento nos vienen a decir lo que debemos pensar, como debemos vivir. Claro, el condicionamiento es muy sutil y por eso tanto más eficaz. Inclusive cuando es diplomado y culto, el hombre moderno, porque se tornó inseguro, es fácilmente influenciable y manipulable. Él trata de adquirir confianza y a dar sentido a su vida con verdades de Perogrullo y una vida fácil y sin sufrimientos. Pero es imposible tener una vida sin obstáculos ni dificultades a pesar de que los medios de comunicación nos quieren hacer creer lo contrario.

Para saber quiénes somos y qué queremos hacer de nuestra vida es necesario parar, dar las espaldas a la agitación del mundo para poder mirarse a sí mismo con lucidez.

“Al buscar el tiempo entero la felicidad perpetua corremos el riesgo de privarnos de alegrías auténticas. Muchas personas se quejan de estar solas, de no recibir nada de los demás. Pero para recibir es necesario abrirse y estar disponible a los otros. Entonces, para saber quiénes somos y qué queremos hacer de nuestra vida es necesario parar, dar las espaldas a la agitación del mundo para poder mirarse a sí mismo con lucidez. Y claro que se necesita mucho coraje para mirarse de frente y aceptar sus debilidades sin miedo de caer en una depresión.

“Cuestionarse a sí mismo es renunciar a las apariencias y a la idea de ser un superhombre, abrir los ojos para las sombras de nuestra alma, pero también  para la parte sombría de nuestra época. Es a ese precio que es posible renunciar a los mecanismos de auto-defensa para aceptarnos como somos con nuestras imperfecciones. Dejar de ser una máquina de alto rendimiento para tornarnos nuevamente un ser humano, frágil pero vivo”.

 

La nueva Ley de Educación

A medida que se conocen los desarrollos de las asignaturas en la nueva Ley de Educación, se acrecienta la preocupación. El Gobierno está demostrando que lo que le interesa no es la formación integral de las personas, el conocimiento para el desarrollo de la madurez personal y su inserción en el mundo social y profesional. Lo que prima es el proyecto de imponer una visión parcial e ideológica desde el poder, especialmente en todo lo relacionado con la ética, la cultura y la historia.

Juan García. 

 

La novedad de ser joven

Una tentación poderosa hoy, ha advertido el Papa Francisco, es la de no salir al encuentro de los otros, contentándonos con encuentros virtuales, con buscar la visibilidad en lugar de lo verdaderamente revolucionario que es buscar a los invisibles: buscar los rostros de los demás, arriesgándose, teniendo la valentía de no quedarse sentados en el sillón, aislados. Por eso el Papa ha insistido en la novedad de ser joven, que entronca de manera natural con la buena noticia del Evangelio, siempre joven; una juventud que, ciertamente, se puede malgastar, pero que se torna luminosa cuando entiende la vida de forma esperanzada, como un auténtico servicio al otro, y le valora siempre por lo que es en sí mismo y no por lo que tiene o por su apariencia.

JD Mez Madrid

 

 

¿Temor a su declive?

Las lenguas avanzan con el uso, no se puede predecir si acabarán como el latín, que fue universal y ahora está acorralado, o como el inglés, o el chino, en  este momento en el que suponemos un 'sorpasso' del país asiático a los Estados Unidos, hasta ahora país hegemónico en presunto declive. El lenguaje se ha inventado para entenderse y una defensa a ultranza de una lengua indica más un temor a su declive, por la cosa de que la gente se está entendiendo mejor con los demás, con otra lengua que con la tuya.

Al niño de Canet ¿Recuerdan? le ha tocado representar un papel excesivo para sus cinco años; un cambio de paradigma hacia el futuro que se veía venir: es mejor el bilingüismo, entenderse con los demás en varias lenguas, si lo que se pretende es convivir y no imponer lo que puede ser declinante. Si tuviera futuro no habría que defenderlo tan alocadamente. Las lenguas sobreviven cuando son necesarias.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Hay que crear el puesto de “jesusero” y nuevos ministerios

                           En España; “en mi tierra”; hay dichos y chistes que son como, “tratados de lo que es la realidad, o piensan la mayoría de españoles”; recuerdo perfectamente, que cuando “se encumbró” el sinvergüenza de Felipe González Márquez, el que tan pronto consiguió “su mayoría” (fue suya y de “su sombra”, Alfonso Guerra) parlamentaria, se hizo aprobar una ley, para asignarse una paga principesca con bastantes, “gabelas y regalías que le pagamos el pueblo” y de forma vitalicia, que está cobrando. En bastantes “mítines de los que hoy no se da ninguno”; bastantes “seguidores y seguidoras”; le gritaban; ¡Felipe colócanos a tos! Y desde luego que colocaron “a ejércitos”, tan es así que casi seguro que, “el funcionariado andaluz”, hoy es tan numeroso o más, que el que Franco tenía para toda España; luego ello demuestra, que lo que se busca en general “el españolito-españolita” y en todas las clases sociales; es “el enchufe”, el puesto “oficial”, donde se cobre bien y se trabaje poco o nada; de ahí la terrible frase del “orgulloso/a, padre/madre de la criatura”, y suela presumir a viva voz; “mi hijo/hija, si que tiene un buen “enchufe”, gana “tanto y no trabaja nada (o “no da golpe”, en el argót castizo)”; o sea que la incultura, el orgullo y todo lo demás, les hace presumir de lo que en realidad son parásitos, que nos hacen pagar al contribuyente.

                           Entre los chistes de este tan extendido género, “del parásito pegado al dinero público”, es memorable el siguiente: “Mi hijo a conseguido el mejor enchufe de España; a la pregunta del interlocutor, que le pide se lo explique; el que presume, le dice tan tranquilo; “Es el de jesusero” del obispo, y sólo tiene la obligación de ir siempre que sale, el prelado, pendiente, de cuando estornude, le diga, “Jesús”. Es un chiste estrambótico pero se cuenta para provocar la risa que siempre producen estos chistes; ¿pero cuántos parásitos, hubo, hay y seguro que habrá en la manigua nomenclatura oficial, que incluso, sin ir a trabajar, les envían puntualmente la paga a final de cada mes? Pero esto no se investiga, “no interesa”.

                           Como el Estado, y debido a las “luchas de los políticos, por conquistar el dinero público (lo de servir al pueblo, no se lo cree nadie que piense y vea, “el percal que padecemos”) se llena de parásitos, a no poder más; sencillamente, todos “los que ayudan a que el jefe y demás miembros de rango", “lleguen al poder, luego hay que pagarles el esfuerzo; y “colocar y bien colocados”, no sólo a los actores, sino también, a “la tira de parientes y allegados que cada cual presenta”; y como una vez “entrados”, allí se quedan, pues resulta, la enormísima cantidad de empleados, “públicos a mantener”.  “Leí una vez que el entonces enorme Imperio Británico, lo administraban desde Londres, por un departamento no muy numeroso, del célebre “Almirantazgo Británico”. Y sabido es, lo que han conseguido y “siguen consiguiendo”, los ingleses, con su, “Commonwealth” (1); y donde procuraron, que reinara perpetuamente, “la corona británica”; simplemente para seguir “explotando sus colonias”. Lo que no “hablan ni escriben los ingleses”, es de sus crímenes enormes, en sus colonias o zonas de “protectorado”(2).Ver nota al pie y consultar dirección que les dejo.

            Como hasta hoy mismo; los verdaderos avances sociales, la creación de riqueza verdadera y los puestos de trabajo sólidos y positivos; los crea el individuo con su iniciativa privada; y la inmensa mayoría de veces, partiendo de cero, pues “lo público” y por el parasitarismo, sólo termina por producir ruina total; y de ahí el fracaso de socialistas, comunistas, anarquistas y otras “yerbas”. Y no, no defiendo al capitalismo en su forma actual, el que también necesita; un “buen lavado, fregado y desinfección profunda”; pero teniendo en cuenta que el capital/dinero, sigue siendo la primera materia para crear algo positivo, pero este ha de estar bien regulado, para que cumpla su misión, “puesto que capital no es capitalismo”. Veamos el por qué escribo hoy “de tal guisa”

            “Compra de voluntades: Sánchez inflará la Administración Pública hasta alcanzar una cifra histórica de funcionarios: El Ejecutivo aprueba este martes 27 de julio de 2021 una oferta pública de empleo de 30.455 plazas: ROBERTO MARBÁN BERMEJO: 27 Jul 2021 - 08:59 CET (Periodista Digital). Sigue la noticia y dice:

El Gobierno aprobará este martes 27 de julio de 2021 una oferta pública de empleo de 30.455 plazas. Se trata de la mayor oferta de empleo público de la historia que llega con un déficit galopante, un récord de deuda pública y un paro que sigue establecido en cotas desastrosas; hoy mismo es el doble que el promedio de la UE. El Ejecutivo de Sánchez aprobará el plan de oferta pública durante el Consejo de Ministros y posteriormente irá sacando el calendario de oposiciones. El propio Gobierno la califica como, la «más grande de la historia» pues es el 8,5% mayor que la del año pasado. El Gobierno lanza la mayor oferta de empleo público de la historia con un déficit público galopante, récord de deuda pública en los últimos 100 años y líderes en paro. Compra de voluntades al más puro estilo peronista pagado por el trabajador que si no hace bien su trabajo no come. — Jano García (@janogarcia_) July 26, 2021”. Cifra histórica de funcionarios: El caso es que Pedro Sánchez está inflando la Administración Pública y ha marcado cifras históricas de funcionarios con más de 2,74 millones. Con las cuentas públicas en el hoyo y la España privada soportando un nivel insostenible de impuestos y cargas, el gobierno lanza la mayor oferta de empleo público de la historia. Vamos a la ruina.— Diego de la Cruz (@diegodelacruz) July 26, 2021. Desde que Sánchez llegó al poder tras la moción de censura a Mariano Rajoy en el año 2018, la oferta de empleo público no ha dejado de crecer. La oferta de plazas ha crecido un 73% En total la cantidad de empleos públicos que Sánchez ha creado, asciende a un total de 109.711”.

         De seguir así, no me extrañaría, que como en mi cuento, “Los canarios del emperador” (donde se llega a nombrar un ministro par el cuido del agua que beben estos animalitos); aquí se termine por crear… “El ministerio para regular la función del “jesusero”, o del cuido de los gatos que pueda haber en la Moncloa”.

 

(1) La Mancomunidad de Naciones (en inglés Commonwealth of Nations), antiguamente Mancomunidad Británica de Naciones (British Commonwealth of Nations), es una organización compuesta por 54 países soberanos independientes y semi independientes, con la excepción de Mozambique y Ruanda, que comparten lazos históricos con el Reino Unido. (Wikipedia)

(2) Los Crímenes de guerra británicos son actos de guerra cometidos por las Fuerzas Armadas del Reino Unido las cuales han violado las leyes de la guerra desde las Conferencias de la Haya de 1899 y 1907 hasta el día de hoy. Tales acciones incluyen ejecuciones sumarias de prisioneros de guerra, el uso de la fuerza excesiva durante el interrogatorio de prisioneros de guerra y combatientes enemigos, y el uso de la violencia contra civiles no combatientes y sus propiedades. (VERMUCHO MÁS EN….>>>>) https://es.wikipedia.org/wiki/Cr%C3%ADmenes_de_guerra_brit%C3%A1nicos

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

 www.jaen-ciudad.es (Aquí mucho más)