Las Noticias de hoy 13 Diciembre 2021

Enviado por adminideas el Lun, 13/12/2021 - 12:42

El amor en la familia

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 13 de diciembre de 2021       

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: La fe se encarna en la vida concreta con acciones concretas

Saludo del Papa a fieles de Alaska a la Patagonia: “Viva la Virgen de Guadalupe”

El Papa a Caritas Internationalis: ¡Debe crecer y fortalecerse más!

El Papa Francisco reza por la paz en Ucrania y las víctimas de los tornados en EEUU

LIMPIEZA DE CORAZÓN : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: lunes de la 3ª semana de Adviento

“El valor divino del matrimonio” : San Josemaria

“Madre en la puerta hay un niño”, un villancico que gustaba a san Josemaría

La ternura de Dios (V): “A mí me lo hicisteis”: las obras de misericordia corporales : Carlos Ayxelá

EL AMOR EN EL MATRIMONIO : Amoris Laetitia

El plan de Dios sobre el matrimonio y la familia : Conferencia Episcopal Española

Esperanza y experiencia. :   José Luis Velayos

A ningún matrimonio le faltan momentos de crisis : FamilyandMedia

Placeres que conducen a la psicosis, distracciones que preparan para el trabajo : Plinio Corrêa de Oliveira

Enérgico repudio al “matrimonio igualitario” : Acción Familia    

Amor, donación y préstamo : Javier Vidal-Quadras

Interpreta cantos religiosos para Noël: Guy CREQUIE

La oración : Domingo Martínez Madrid

Sin fraternidad : Jesús Domingo Martínez

La pandemia en las relaciones laborales : Jesús D Mez Madrid

LA FLOR DE PASCUA Y SU HISTORIA : Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

 

 

El Papa: La fe se encarna en la vida concreta con acciones concretas

En sus palabras antes del Ángelus, el Papa Francisco invitó a preparar la Navidad con acciones y gestos concretos hacia los demás, aunque sean pequeños, porque la fe no es una teoría abstracta, “toca la carne” y transforma la vida.

 

Alina Tufani – Ciudad del Vaticano

En este tercer domingo de Adviento, el Papa Francisco dedicó su alocución antes del rezo mariano del Ángelus a cómo debemos prepararnos para la Navidad.  Ante una plaza de San Pedro soleada y repleta de fieles y peregrinos, el Santo Padre desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico lanzó una pregunta, la misma que muchas personas hicieron a Juan el Bautista ante el anuncio de la llegada del Mesías: ¿Qué debemos hacer? (Lc 3,10).

En su reflexión, el Papa explicó que esa pregunta no nace de un “sentido del deber”, sino que “es el corazón tocado por el Señor, es el entusiasmo por su venida lo que lleva a decir: ¿qué debemos hacer?”.  Como ejemplo, el Santo Padre recordó que cuando pensamos en la llegada de un ser querido que viene a visitarnos lo esperamos “con alegría e impaciencia” y nos preparamos, “nos pondremos manos a la obra”.  “Así es con el Señor -subrayó el Papa -la alegría de su venida nos hace decir: ¿qué debemos hacer?”. Pero también, afirmó el Pontífice, “Dios eleva esta pregunta a un nivel superior: ¿qué hacer con mi vida? ¿A qué estoy llamado? ¿Qué es lo que me llena?”. Y la respuesta – dijo – está en el Evangelio.

Somos una misión a cumplir

“La vida tiene una tarea para nosotros. No es algo sin sentido, no se deja al azar. ¡No! Es un regalo que el Señor nos da, diciéndonos: ¡descubre quién eres, y trabaja para realizar el sueño que es tu vida!

“Cada uno de nosotros -no lo olvidemos- es una misión a cumplir. Así que no tengamos miedo de preguntar al Señor: ¿qué debo hacer?”

El Pontífice invitó a hacer esta pregunta con frecuencia al Señor, a repetirla, pero también a preguntarnos qué hacer por nuestros hermanos y cómo podemos contribuir al bien de la Iglesia y de la sociedad. “Para eso sirve el tiempo de Adviento -agregó el Santo Padre - para detenernos y preguntarnos cómo podemos preparar la Navidad. Estamos ocupados con tantos preparativos, para regalos y cosas que pasan, pero preguntémonos qué debemos hacer por Jesús y por los demás”.

El Papa recordó que Juan el Bautista a los publicanos, a los soldados y a las gentes ofreció respuestas específicas sobre qué hacer, pues las relacionó con sus situaciones personales, con la “situación real de sus vidas”, porque “la fe la se encarna en la vida concreta”. “No es una teoría abstracta y generalizada -agregó-, toca la carne y transforma la vida de cada uno".

“Hagamos un compromiso concreto, aunque sea pequeño, que se ajuste a nuestra situación de vida, y llevémoslo adelante para prepararnos en esta Navidad. Por ejemplo: puedo llamar por teléfono a esa persona que está sola, visitar a aquel anciano o aquel enfermo, hacer algo para servir a los pobres, a los necesitados”

Saldar las deudas con el Señor

A esta invitación concreta para prepararnos para la Navidad, el Papa Francisco también recomendó pedir perdón si hay una situación que aclarar o una deuda que saldar.

“Quizás he descuidado la oración y después de mucho tiempo es hora de acercarse al perdón del Señor”. ¡Busquemos una cosa concreta y hagámosla! Que la Virgen, en cuyo seno Dios se hizo carne, nos ayude.”

 

Saludo del Papa a fieles de Alaska a la Patagonia: “Viva la Virgen de Guadalupe”

Después del rezo del Ángelus, ante una plaza llena de colorido y fieles latinoamericanos que rezaron el Santo Rosario en la Plaza de San Pedro, el Papa llamó a la conversión y la renovación de la Iglesia y de la sociedad que tanto necesitan los países de América y del mundo.

 

Alina Tufani - Ciudad del Vaticano

“¡Cuántas banderas de países americanos!” exclamó el Papa Francisco al dirigirse en español a los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza San Pedro, desde la mañana, para rezar el Rosario en honor de la Virgen de Guadalupe. El Santo Padre los felicitó por ese gesto que ha “unido a quienes desde Alaska hasta la Patagonia” festejan a “La Morenita”, cada 12 de diciembre. 

El Pontífice afirmó que la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego nos enseñan siempre a “caminar juntos, desde las periferias hasta el centro”, en comunión con los obispos, para “ser Buena Noticia para todos”. 

El Papa Francisco saluda a los peregrinos en este tercer domingo de Adviento

 [ Dios que es comunión, animará la conversión y la renovación de la Iglesia y de la sociedad que tanto necesitamos en las Américas, - la situación de tantos países americanos es muy triste, - y también necesitamos en el mundo ].

Y al recordar que con estos actos de “fe y de testimonio público” como el demostrado, hoy, en la Plaza de San Pedro, se comienza a preparar el Jubileo Guadalupano del 2031 y el Jubileo de la Redención del 2033, el Papa concluyó su alocución con un fuerte: ¡Viva la Virgen de Guadalupe!

Mariachis para La Morenita

Serenatas, vestidos típicos, flores y oraciones de decenas de fieles latinoamericanos y de todo el mundo llenaron la Plaza de San Pedro, esta mañana, para honrar, en su fiesta, a la Patrona de América, la Virgen de Guadalupe.  A partir de las 10 de este domingo, la Plaza de San Pedro estuvo animada por los fieles reunidos para el rezo de la oración mariana con motivo de la fiesta dedicada a la Santísima Virgen que apareció en México en 1531. Una iniciativa impulsada por la Pontificia Comisión para América Latina que culminó con el Ángelus del Papa Francisco.

Fieles con la imagen de la Virgen de Guadalupe en la Plaza de San Pedro

Una procesión con la imagen de “La Morenita” abrió el evento que fue animado por un grupo de mariachis mexicanos que fueron el preámbulo de la Fiesta Guadalupana en el Vaticano.  Tal como anunció el secretario de la CAL, Rodrigo Guerra, la plaza fue “tomada” para dar un “testimonio público de la fe” en toda América.

Un Rosario por los necesitados y descartados

Durante el evento se pudieron ver en las pantallas gigantes colocadas en plaza un video con las imágenes de los cuatro Pontífices, desde Pablo VI hasta Francisco, que han visitado a Nuestra Señora de Guadalupe en su Santuario. Luego de testimonios y cantos, el Rezo del Santo Rosario a la Virgen de Guadalupe donde se pidió por los más débiles y vulnerables del continente, por los descartados, los migrantes, por las comunidades indígenas y por la protección de la Creación. También, por superar las consecuencias de la pandemia y por la dignidad de todas las personas, niños, jóvenes, mujeres y hombres de América y del mundo.

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Al concluir el Rosario, el cardenal Marc Ouellet, presidente de la CAL, agradeció la presencia numerosa de fieles por esta fiesta de fe latinoamericana en Roma. Con una oración, que luego fue entregada a los presentes, el purpurado, invitó a todos a consagrarse a la Santa Virgen de Guadalupe y confiar sus vidas a Ella, que nos conducirá con amor y paciencia hasta su Hijo.

Recordamos que este año no se realizó la tradicional misa en la fiesta de la Virgen de Guadalupe, porque su festividad este año ha coincidido con el domingo, en este caso el tercer domingo de Adviento, por ello, los obispos, incluido el Papa, son libres de darle precedencia al “día del Señor” por encima de las demás fiestas y devociones y advocaciones particulares. Sin embargo, el Papa acogió con alegría la iniciativa de la CAL de celebrar un momento de oración devota y agradecida a “La Morenita”.  

 

El Papa a Caritas Internationalis: ¡Debe crecer y fortalecerse más!

Una especial felicitación dirigió el Pontífice a Caritas Internationalis que está cumpliendo, hoy, setenta años de servicio a la Iglesia, a los pobres y más necesitados del mundo. Mañana, tendrá lugar una jornada dedicada a los "Setenta años de lucha contra la pobreza" de esta institución.

 

Ciudad del Vaticano

“Cáritas es la mano amorosa de la Iglesia en todo el mundo para los pobres y los más vulnerables, en quienes Cristo está presente”. Lo dijo el Papa Francisco, este domingo, al concluir el rezo mariano del Ángelus. El Papa recordó que Caritas Internationalis está celebrando su 70° aniversario, al tiempo que invitó a todos sus miembros a “continuar su servicio con humildad y creatividad, para llegar a los más marginados y fomentar el desarrollo integral como antídoto a la cultura del despilfarro y la indiferencia”

"¡Ella es una niña! ¡Debe crecer y fortalecerse más!” exclamó el Santo Padre.  En particular, destacó la labor que realizan con la campaña global “Juntos”, que se basa en la fuerza de las comunidades y en la promoción del cuidado de la Creación y de los pobres.

Niño asistido por Caritas Internationalis en Liberia

“Las heridas infligidas en nuestra casa común – subrayó el Francisco - tienen efectos dramáticos, sin embargo, las comunidades pueden contribuir a la necesaria conversión ecológica. ¡Por eso los invito a unirse a la campaña de Caritas Internationalis!”

Por último, el Santo Padre invitó a los miembros de Caritas Internationalis, a continuar su trabajo de racionalizar los recursos, de modo que el dinero no vaya a la organización sino a los pobres. “Optimicen bien el trabajo de esta organización”, concluyó.

Setenta años de lucha contra la pobreza

Para celebrar su 70° Aniversario, Cáritas Internationalis promueve, mañana, lunes 13 de diciembre, una jornada titulada “Setenta años de lucha contra la pobreza", que tendrá lugar en la sede de la Pontificia Universidad Urbaniana, y en la que se llevará a cabo el lanzamiento de su nueva campaña global “JUNTOS - Actuemos hoy por un mañana mejor”.

Joven de Caritas Internationalis en su trabajo de asistencia a las poblaciones del Líbano

El evento trata de repasar las siete décadas de la Confederación que agrupa a 162 Caritas nacionales y que está al servicio de los pobres y los más vulnerables en 200 países y territorios. De hecho, fue el 12 de diciembre de 1951, cuando la Asamblea Constitutiva de Caritas Internationalis se reunió en Roma para dar contenido al deseo del Papa Pío XII de crear un organismo de coordinación para atender las necesidades humanitarias que surgieron al final de la Segunda Guerra Mundial y para brindar asistencia a las víctimas del conflicto.

Mirar a un futuro juntos

El lanzamiento de la nueva campaña global “JUNTOS” - según explica una nota de Caritas Internationalis – es también una forma de “mirar hacia el futuro”. La campaña que seguirá hasta el 2024 se inspira en las encíclicas Laudato Si ' y Fratelli Tutti y se enfoca en crear comunidades para el cuidado de la casa común y de los pobres y más vulnerables que sufren las consecuencias de la degradación social y ambiental.

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 "El nuevo nombre de la pobreza es la crisis ecológica - explica Aloysius John, secretario general de Caritas Internationalis - y como Caritas nuestro trabajo continuará cuidando a los millones de personas que sufren las consecuencias del cambio climático y promoviendo la conversión ecológica".

Palabras, música y acción

La conferencia “Setenta años de lucha contra la pobreza” se transmitirá en vivo en los canales de Youtube de Vatican News y en cuatro idiomas diferentes: inglés, francés, español e italiano.  Los dos primeros discursos se centrarán en los 70 años de testimonio y promoción del desarrollo humano integral de Caritas Internationalis y estarán a cargo del cardenal Luis Antonio Gokim Tagle, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y presidente de Caritas Internationalis, y de Francesca Di Giovanni, subsecretario de la Sección de Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado.

Seguirá un momento de reflexión sobre la crisis ecológica como el nuevo nombre de la pobreza, a través de los informes de Aloysius John; el cardenal Soane Patita Paini Mafi, obispo de Tonga y Niue y presidente de Caritas Oceanía; y Paolo Beccegato, Subdirector de Caritas Italiana.

Donaciones de Caritas Internationalis a las poblaciones de Siria

Al finalizar la primera parte de la mañana, la banda de rock cristiano The Sun interpretará en directo la canción My best defect, inspirada en la encíclica Laudato si 'y elegida por Caritas Internationalis como canción oficial de la campaña JUNTOS.

El trabajo concluirá con una mesa redonda sobre cómo continuar el camino de Caritas Internationalis en la sinodalidad, a la que asistirán el cardenal Mario Zenari, Nuncio Apostólico en Siria; sor Nathalie Becquart, Subsecretaria del Sínodo de los Obispos; monseñor Pierre Cibambo, asistente eclesiástica de Caritas Internationalis e Ingrid Saavedra, jefe de Comunicaciones de Caritas Chile. El evento será moderado por Marta Petrosillo, directora de recaudación de fondos, relaciones públicas y comunicación de Caritas Internationalis.

 

El Papa Francisco reza por la paz en Ucrania y las víctimas de los tornados en EEUU

A finalizar el Ángelus, el Santo Padre pidió por la paz en Ucrania inmersa en fuertes tensiones y se sumó al dolor por las víctimas de los tornados en Estados Unidos. También bendijo las estatuillas del Niño Jesús, los “bambinelli”, que tradicionalmente llevan los romanos al Papa.

 

Ciudad del Vaticano

El Papa Francisco, al concluir el rezo mariano del Ángelus en una plaza de San Pedro, particularmente animada y repleta de peregrinos, comenzó por recordar en su alocución, dos situaciones dramáticas que se están viviendo actualmente en Ucrania y Estados Unidos. Luego, también saludó a los fieles que festejaron a la Virgen de Guadalupe con un Santo Rosario en la plaza y bendijo las estatuillas del Niño Jesús que tradicionalmente llevan los fieles romanos al Papa.

Una Navidad de Paz en Ucrania

“Deseo asegurar mis oraciones por la querida Ucrania, por todas sus Iglesias y comunidades religiosas y por todo su pueblo, para que las tensiones que la rodean se resuelvan mediante un diálogo internacional serio y no con las armas”, afirmó el Pontífice. Al respecto explicó que según unos datos estadísticos que había leído recientemente  y que le causan mucho dolor, este año se fabricaron más armas que el año pasado. “Las armas no son el camino”, exclamó el Papa y dirigiéndose a este país de Europa del Este expresó: ¡Que esta Navidad del Señor traiga paz a Ucrania!

La situación en Ucrania, también preocupa a la comunidad internacional, y en particular, a los participantes en la Cumbre del G7 de cancilleres que se realiza en Liverpool, Inglaterra.  Allí se habló de las "consecuencias enormes" que traería una posible amenaza militar de Rusia. En efecto, el gobierno de Moscú lleva días concentrando las actividades de sus tropas en la frontera con Kiev.

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Dolor por las víctimas de los tornados en EEUU

“Rezo también por las víctimas del tornado que azotó Kentucky y otras partes de los Estados Unidos de América”, enfatizó el Santo Padre.

En efecto, hasta el momento, son más de 80 las víctimas mortales, decenas los desaparecidos y cientos los afectados que se cuentan tras los devastadores tornados que azotaron y arrasaron con algunos centros poblados, como la ciudad de Mayfield, en el estado de Kentucky. Las noticias describen escenas dolorosas y apocalípticas. Por su parte, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, también expresó su dolor al hablar de "tragedia", una de las “peores” en la historia de Estados Unidos.

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La tradicional bendición de los “Banbinelli”

Luego de saludar en español a los fieles reunidos para la Fiesta de la Virgen de Guadalupe, patrona de América y de felicitar a la Cáritas Internationalis por su 70 ° aniversario, el Papa saludó a los fieles romanos y, especialmente, a los niños y niñas que como cada año, llevan en sus manos las estatuillas del Niño Jesús -  “banbinelli” en italiano- para que los bendiga el Pontífice, antes de colocarlos en el pesebre el día de Navidad.  También, agradeció al Centro del Oratorio Romano y les pidió que lleven sus mejores deseos de Feliz Navidad a sus abuelos y a todos sus seres queridos.

Y tras saludar a los diferentes grupos presentes en la plaza, el Santo Padre invitó a todos los presentes a saludar nuevamente a la Virgen de Guadalupe: "¡Viva la Virgen de Guadalupe!". 

 

 

LIMPIEZA DE CORAZÓN

— La Navidad nos llama a una mayor pureza interior. Frutos de la pureza de corazón. Los actos internos.

— La guarda del corazón.

— Los limpios de corazón verán a Dios ya en esta vida, y con plenitud en la vida eterna.

I. Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad la victoria. Ábrase la tierra y brote la salvación1.

La Navidad es una luz en la noche, y esta luz no se extinguirá jamás. Todo el que mire hacia Belén podrá contemplar a Jesús Niño, acompañado de María y de José; todo el que mire con corazón puro, porque Dios solo se manifiesta a los limpios de corazón2.

La Navidad es una llamada a la pureza interior. Muchos hombres quizá no vean nada cuando llegue esta fiesta, porque están ciegos para lo esencial: tienen el corazón lleno de cosas materiales o de suciedad y de miseria. La impureza de corazón es la que provoca la insensibilidad para las cosas de Dios, y también para muchas cosas humanas rectas, entre ellas la compasión por las desgracias de los hombres.

De un corazón puro nace la alegría, una mirada penetrante para lo divino, la confianza en Dios, el arrepentimiento sincero, el conocimiento de nosotros mismos y de nuestros pecados, la verdadera humildad, y un gran amor a Dios y a los demás.

En cierta ocasión, unos escribas y fariseos preguntaron a Jesús: ¿Por qué motivo tus discípulos incumplen la tradición de los antiguos no lavándose las manos cuando comen? El Señor aprovecha para hacerles ver que ellos descuidan preceptos importantísimos. Y les dice: ¡Hipócritas! Con razón profetizó de vosotros Isaías diciendo: Este pueblo me honra con los labios; pero su corazón está lejos de mí3.

Jesús convocó entonces al pueblo, porque va a declarar algo importante. No se trata de una interpretación más de un punto de la Ley, sino de algo fundamental. El Señor señala lo que verdaderamente hace a una persona pura o impura ante Dios.

Y llamando al pueblo les dijo: —Escuchadme y atended. Lo que entra por la boca no es lo que mancha al hombre, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre4. Y un poco más tarde explicará aparte a sus discípulos: Lo que sale de la boca, sale del corazón, y eso es lo que mancha al hombre; porque del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias; estas cosas sí que manchan al hombre, pero comer sin lavarse las manos, eso no le mancha5. Lo que sale de la boca, del corazón sale. El hombre entero queda manchado por lo que ocurre en su corazón: malos deseos, despropósitos, envidias, rencores... Los mismos pecados externos que nombra el Señor, antes que en la misma acción externa, se han cometido ya en el interior del hombre. Ahí es donde se ama o se ofende a Dios.

A veces, sin embargo, la acción externa aumenta la bondad o la malicia del acto interno, por una mayor intensidad en la voluntariedad, por la ejemplaridad o escándalo que se siguen de dicha acción, por los bienes o daños causados al prójimo, etcétera. Pero es el interior del hombre lo que hay que conservar sano y limpio, y todo lo demás será puro y agradable a Dios.

El Señor llama bienaventurados y felices a quienes guardan su corazón. Y esta es tarea de cada día.

II. Guarda tu corazón, porque de él procede la vida6, dice el Libro de los Proverbios; y también proceden de él, la alegría y la paz, y la capacidad de amar, y la de hacer apostolado... ¡Con qué cuidado hemos de guardar el corazón! Porque, por otra parte, el corazón tiende a apegarse desordenadamente a personas y cosas.

Entre todos los fines de nuestra vida uno solo es verdaderamente necesario: llegar hasta la meta que Dios nos ha propuesto; alcanzar el Cielo, habiendo realizado nuestra propia vocación. Con tal de alcanzarlo, hay que estar dispuesto a perder cualquier cosa, a apartar todo lo que se interponga en el camino. Todo debe ser medio para alcanzar a Dios; y, si en vez de ser medio es un obstáculo, entonces habremos de rectificarlo o quitarlo. Las palabras del Señor son claras: Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo... Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo el cuerpo sea arrojado al infierno7.

Con la expresión ojo derecho y mano derecha expresa el Señor lo que en un momento dado puede presentarse como algo muy estimado y valioso. Sin embargo, la santidad, la salvación –la propia y la del prójimo– es lo primero.

«Si tu ojo derecho te escandalizare..., ¡arráncalo y tíralo lejos! —¡Pobre corazón, que es el que te escandaliza!

»Apriétalo, estrújalo entre tus manos: no le des consuelos. —Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: “Corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz!”»8.

Las cosas que habremos de quitar o cortar en nuestra vida pueden ser de naturaleza muy diversa. Unas veces pueden ser cosas buenas en sí mismas, pero que se tornan desordenadas por egoísmo o falta de rectitud de intención.

Muchas veces no se tratará de cosas importantes, sino de pequeños caprichos, faltas habituales de templanza, falta de dominio del carácter, excesiva preocupación por las cosas materiales, etcétera. Cosas que hay que cortar y tirar, porque, casi siempre, son esos detalles que parecen pequeños los que dejan al alma sumida en la mediocridad. «Mira –dice San Agustín– cómo el agua del mar se filtra por las rendijas del casco y poco a poco llena las bodegas del barco, y, si no se la saca, sumerge la nave... Imitad a los navegantes: sus manos no cesan hasta secar el hondón del barco; no cesen las vuestras de obrar el bien. Sin embargo, a pesar de todo, volverá a llenarse otra vez el fondo de la nave, porque persisten las rendijas de la flaqueza humana; y de nuevo será necesario achicar el agua»9. Esos obstáculos y tendencias que no se arrancan de una sola vez, sino que exigen una disposición de lucha alegre, nos ayudan, en gran medida, a ser más humildes.

El amor a la Confesión frecuente y el examen diario de conciencia nos ayudan a mantener el alma más limpia y dispuesta para contemplar a Jesús en la gruta de Belén, a pesar de nuestras patentes flaquezas diarias.

III. Los limpios de corazón verán a Dios. «Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la visión divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será el castigo de las que estén manchadas»10.

Si está limpio el corazón sabremos reconocer a Cristo en la intimidad de la oración, en medio del trabajo, en los acontecimientos de nuestra vida ordinaria. Él vive y sigue actuando en nosotros. Un cristiano que busca al Señor con sinceridad, lo encuentra; porque es el mismo Señor quien nos busca.

Si faltara pureza interior, los signos más claros no nos dirán nada y los interpretaríamos torcidamente, como hicieron los fariseos, e incluso podrían escandalizarnos. Las buenas disposiciones son necesarias para ver a Dios y las obras de Dios en el mundo.

La contemplación de Dios en esta vida nos obliga dichosamente a vivir hacia dentro, a guardar los sentidos, a no dejar las pequeñas mortificaciones que cada día ofrecemos al Señor. Este recogimiento interior es compatible con el trabajo intenso y con las relaciones sociales de una persona que ha de vivir en medio del mundo.

«¿Cómo va ese corazón? —No te me inquietes: los santos –que eran seres conformados y normales, como tú y como yo– sentían también esas “naturales” inclinaciones. Y si no las hubieran sentido, su reacción “sobrenatural” de guardar su corazón –alma y cuerpo– para Dios, en vez de entregarlo a una criatura, poco mérito habría tenido.

»Por eso, visto el camino, creo que la flaqueza del corazón no debe ser obstáculo para un alma decidida y “bien enamorada”»11.

Esta vida contemplativa está al alcance de todo cristiano, pero es necesaria una decisión firme y seria de buscar a Dios en todas las cosas, de purificarse y de reparar por las faltas y pecados cometidos. Es siempre una gracia de Dios, que no niega a quien la pide con humildad. Es un don para pedir especialmente durante el Adviento.

Después, si hemos sido fieles, vendrá el conocimiento perfecto de Dios, inmediato, claro y total, siempre dentro de las posibilidades de la naturaleza creada y finita del hombre. Lo veremos cuando llegue el fin, quizá para nosotros dentro de poco tiempo. Conoceremos a Dios como Él nos conoce a nosotros, directamente y cara a cara: Sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es12. El hombre podrá entonces mirar a Dios, sin cegarse y sin morir. Podremos contemplar a Dios, a quien hemos procurado servir toda nuestra vida.

Contemplaremos a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Y, muy cerca de la Trinidad Beatísima, a Santa María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo.

1 Is 45, 8. — 2 Cfr. Mt 5, 8. — 3 Mt 15, 7-8. — 4 Mt 15, 10.  5 Mt 15, 18-20. — 6 Prov 4, 23. — 7 Mt 5, 29-30. — 8 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 163.  9 San Agustín, Sermón 16, 7. — 10 San León Magno, Sermón 95, Sobre las bienaventuranzas. — 11 San Josemaría Escrivá, o. c., n. 164. — 12 1 Jn 3, 3.

 

Meditaciones: lunes de la 3ª semana de Adviento

Reflexión para meditar el lunes de la tercera semana de Adviento. Los temas propuestos son: meditar la Sagrada Escritura: luz para nuestro camino; Dios se hace presente en los corazones que le buscan con rectitud; el amor a la verdad es característica de los discípulos de Cristo.

13/12/2021

– Meditar la Sagrada Escritura: luz para nuestro camino

– Dios se hace presente en los corazones que le buscan con rectitud

– El amor a la verdad es característica de los discípulos de Cristo


LOS PROFETAS anunciaron al Mesías y, gracias a sus palabras, el pueblo de Israel esperaba y deseaba intensamente su llegada: «¡Naciones! Escuchad la palabra del Señor. Anunciadla en las islas remotas»[1]. En muchas ocasiones, sin embargo, vemos que el pueblo pasó por alto los mensajes proféticos y, al no aceptarlos, se le hizo difícil evitar su propia ruina. Es significativa en este sentido la historia de Balaam, un vidente pagano al que un rey enemigo de Israel le exige que maldiga al pueblo de Dios. Lleno del Espíritu del Señor, Balaam no hace caso de la presión real y bendice por tres veces al pueblo de la elección: «¡Qué hermosas son tus tiendas, oh Jacob, y tus moradas, Israel!» (Nm 24,5). El final de Balaam es trágico, pues morirá a manos de los mismos israelitas.

En su profecía, Balaam simboliza el advenimiento del Mesías como una estrella que saldrá de Israel: «De Jacob viene en camino una estrella» (Nm 24,17). El Salvador que desciende será como «una gran luz sobre la tierra»[2]. Pasados los siglos, precisamente la luz de una estrella dirigirá el paso de los Magos que descubren en ella un mensaje de salvación. La estrella les lleva hacia «una llamita encendida en la noche: un frágil niño recién nacido que da vagidos en el silencio del mundo»[3]. Aunque todos vieron la estrella, no todos comprendieron su sentido. En la oración colecta de hoy pedimos audazmente: Señor, «con la luz de tu Hijo que viene a visitarnos ilumina las tinieblas de nuestro corazón»[4]; danos la claridad necesaria para descubrir la importancia de todos estos acontecimientos en la vida personal, íntima, de cada uno.

Se dice en el libro de los Números que Balaam es un «hombre de ojos penetrantes» porque «escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo» (Nm 24,15-17). En la meditación sosegada de la palabra revelada encontramos luz para nuestro caminar diario. «Antorcha es tu palabra ante mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119,105). En la Escritura aprendemos también a leer nuestra propia vida. «En ese Texto Santo –nos alentaba san Josemaría–, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida (...). Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo»[5].


MIENTRAS JESÚS, en una de sus frecuentes visitas al templo, enseña a los peregrinos que se han acercado a escucharle, se presentan las autoridades –los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, es decir, los miembros laicos del Sanedrín– con la intención de probar al Señor. Están molestos con él, entre otros motivos, porque goza de una autoridad ante el pueblo que no le ha sido concedida por los poderes establecidos. «¿Con qué potestad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado tal potestad?» (Mt 21,23). No preguntan movidos por una curiosidad honesta, simplemente les disgusta la predicación del Maestro y se rebelan porque las multitudes le siguen con entusiasmo.

Como se ve en otras ocasiones, también ahora Jesús conoce la intención de sus corazones. Se comportan con doblez, con fingimiento, no son claros. Le hacen una pregunta ambigua, cuando en realidad lo que buscan es que Jesús diga de una vez por todas si es el Mesías. Ellos, en cualquier caso, no están dispuestos a reconocerlo y obran con una astucia mala. No nos sorprende que el Maestro les deje sin contestación, porque «Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma»[6].

Dios se hace presente en los corazones que le buscan con honestidad. «Al que es íntegro en el camino le mostraré la salvación de Dios» (Sal 50,23). A Jesús le conmueve el niño que se acerca con sencillez, el leproso que enseña sus llagas, el ciego que grita sin miedo al qué dirán o el publicano que escala un árbol para verle mejor. Es decir, los corazones que no se esconden detrás de la falsedad. «El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva»[7].


«¿QUIEN TE ha dado tal potestad?», le preguntan. El Maestro responde con otra interrogante: «También yo os voy a hacer una pregunta, si me la contestáis también yo os diré con qué potestad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?» (Mt 21,24-25). Con estas palabras, Jesús pone a las autoridades delante de la verdad y, al mismo tiempo, elogia a Juan. Aunque el pueblo había acudido multitudinariamente al Jordán para ser bautizado, las autoridades no escucharon su mensaje de conversión y penitencia. Los jefes del pueblo no saben qué responder a Jesús porque carecen de una disposición abierta a la verdad. En realidad, solo buscan la aprobación del pueblo. Sopesan las dificultades que les puede acarrear decir una cosa u otra –era del cielo... era de los hombres...– y no encuentran una salida que les libre del compromiso: «No lo sabemos» (Mt 21,27).

El encuentro con la verdad requiere una actitud de apertura y aceptación. La verdad cristiana se la encuentra solo si se ama gratuitamente. Con su valentía y humildad, el Bautista fue un testigo audaz de la verdad. Una actitud coherente puede que no nos lleve a un camino fácil. Sin embargo, la verdad es amable de por sí y tiene una enorme fuerza de atracción. Para mostrar el «esplendor de la verdad»[8] conviene, en primer lugar, hacer el esfuerzo de buscarla, permanentemente y con honestidad, para así poder conocerla y contemplarla. Si se ama realmente la verdad, si esta se adentra en nuestro interior para cambiarnos, es más fácil expresarla con don de lenguas y hacerla visible. Mostrar la amabilidad de la verdad es una tarea de los cristianos.

Cristo dijo de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Jn 4,6). Por eso, la pasión por buscarla y transmitirla es una gustosa tarea para nosotros. «Ya hace muchos años vi con claridad meridiana un criterio que será siempre válido: el ambiente de la sociedad (...) necesita una nueva forma de vivir y de propagar la verdad eterna del Evangelio: en la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad –quasi lucernae lucentes in caliginoso loco»[9]. En compañía de santa María y de san José caminamos hacia Belén. A su lado podemos aprender esa rectitud de corazón con que ambos buscaban a Dios en las pequeñas y grandes verdades de su mundo ordinario.


[1] Antífona de entrada, lunes de la III semana de Adviento (Jr 31,10).

[2] Cfr. Aleluya, 25 de diciembre, Misa del día.

[3] Benedicto XVI, Homilía, 6-I-2008.

[4] Oración colecta, lunes de la III semana de Adviento.

[5] San Josemaría, Forja, n. 754.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 181.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 141.

[8] San Juan Pablo II, encíclica Veritatis Splendor, n. 1.

[9] San Josemaría, Surco, n. 318.

 

“El valor divino del matrimonio”

En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, sólo María advierte la falta del vino... Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como Ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios. (Surco, 631)

13 de diciembre

El amor puro y limpio de los esposos es una realidad santa que yo, como sacerdote, bendigo con las dos manos. La tradición cristiana ha visto frecuentemente, en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná, una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas ‑escribe San Cirilo de Alejandría‑ para santificar el principio de la generación humana.

El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.

Nos ha dado el Creador la inteligencia, que es como un chispazo del entendimiento divino, que nos permite ‑con la libre voluntad, otro don de Dios‑ conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad.(Es Cristo que pasa, 24)

 

“Madre en la puerta hay un niño”, un villancico que gustaba a san Josemaría

Ofrecemos la letra de este villancico popular y, a continuación, una explicación de su historia y de su relación con san Josemaría.

13/12/2021

1. Madre, en la puerta hay un Niño,
más hermoso que el sol bello,
diciendo que tiene frío,
porque viene casi en cueros.
Pues dile que entre y se calentará,
porque en esta tierra ya no hay caridad
porque en esta tierra ya no hay caridad.

2. Entró el Niño y se sentó,
y mientras se calentaba,
le preguntó la patrona,
¿de qué tierra y de qué patria?
Mi Padre es del Cielo, mi Madre también,
Yo bajé a la tierra para padecer,
Yo bajé a la tierra para padecer.

3. Hazle la cama a este Niño,
en la alcoba y con primor.
No me la haga usted, señora,
que mi cama es un rincón.
Mi Padre es del Cielo, mi Madre también,
Yo bajé a la tierra para padecer,
Yo bajé a la tierra para padecer.


Las antiguas canciones populares solían nacer en un lugar y extenderse luego a otros, perdiendo en el proceso algunos elementos y adquiriendo, a cambio, otros. Un pastor que recorría los valles con su rebaño, un mercante que iba de ciudad en ciudad, podía cantar aquí y allá una canción de su patria que, lejos de ella, era después reconstruida de memoria por otros, con olvidos, añadidos y alteraciones que, voluntaria o involuntariamente, le daban una nueva vida y un nuevo sentido.

En 1930, un musicólogo alemán naturalizado estadounidense, Kurt Schindler, viajó a España y Portugal con un fonógrafo en busca de vestigios de la tradición folclórica peninsular. Recogió y después publicó, con letra y partitura, casi un millar de piezas que le fueron cantando en distintas provincias los lugareños. En la provincia de Soria, donde más tiempo estuvo, registró, además de otras 317 canciones, 42 villancicos, y cinco de ellos son variantes de uno que, en tierras de Aragón, pocos años antes también podría haber cantado la madre de san Josemaría, Dolores AlbásMadre en la puerta hay un niño.

Varias regiones se disputan la paternidad de ese villancico. En la colección de la antigua Coral Hilarión Eslava, de Madrid, hay partituras de Madre en la puerta hay un niño de Castilla León, Andalucía y Galicia, en cada caso con su propia versión. Y también en Aragón están documentadas versiones autóctonas. Hoy en día cantan ese villancico artistas andaluces como Rosa López o el grupo Raya Real, que lo presenta como “villancico flamenco”, pero también en su forma popular castellana, más sobria, lo interpretan, entre otros, losHermanos Galindo.

El texto estándar del villancico consta de tres estrofas de ocho versos cada una, con repetición de los dos últimos. La primera es: Madre en la puerta hay un niño / Más hermoso que el sol bello, / Diciendo que tiene frío / Porque viene casi en cueros. / Pues dile que entre / Y se calentará, / Porque en esta tierra / Ya no hay caridad.

La segunda reza: Entró el Niño y se sentó, / Y mientras se calentaba / Le preguntó la patrona / ¿De qué tierra y de qué patria? /Mi Padre es del Cielo, / Mi Madre también, /Yo bajé a la tierra /Para padecer.

Y la tercera: Hazle la cama a este Niño / En la alcoba y con primor. / No me la haga usted señora, / Que mi cama es un rincón. / Mi Padre es del Cielo, /Mi Madre también, / Yo bajé a la tierra / Para padecer.

Es muy frecuente, en la tercera estrofa, la variante Mi cama es el suelo / Desde que nací / Y hasta que me muera / Ha de ser así, en vez de Mi Padre es del Cielo…, que es mera repetición de la segunda parte de la estrofa anterior.

La combinación de octosílabos y hexasílabos es típica de este género musical, aunque normalmente los hexasílabos son invariables, en función de estribillo. La misma pauta métrica de Madre en la puerta hay un niño se observa en muchos otros villancicos populares: San José al Niño JesúsLa Marimorena… Por su letra y por su música, sin embargo, Madre en la puerta hay un niño tiene carácter propio.

Por la suavidad de su melodía, ha sido considerado a veces no solo un villancico sino una canción de cuna. Resulta casi intuitivo pensar que la madre de san Josemaría, cuando se lo cantaba a su hijo, a la vez lo estaba acunando. “Cuando yo tenía unos tres años”, decía él en una ocasión, en 1957, “mi madre me cantaba esta canción, me tomaba en sus brazos, y yo me adormecía muy a gusto”[1].

En cuanto a la letra, la presencia del Niño Jesús solo a la puerta de una casa (la “madre” del título del villancico no es la Virgen Maria) lo ha convertido, en la interpretación de algunos, en una suerte de “Romance del Niño perdido”. Así, por ejemplo, una variante de la que Kurt Schindler encontró rastro en Fuentepinilla (Soria, Castilla León) contiene estrofas como la siguiente: El niño ha entrado en el Templo / Con los sabios de la Ley, / Entra y discute con ellos; / Todos se admiran de él. / ¿De dónde ha venido / Su sabiduría? / Este es un prodigio / Que Dios nos envía. Y un poco después: La Virgen y San José / Para el templo se encaminan / Y entrando en él encontraron/ Aquella estrella divina. / Niño perdidito, / Dadnos el consuelo / De verte y hallarte / Todos en el Cielo. Hay también versiones más dramáticas, como la de Andorra(Teruel, Aragón), una localidad famosa por su impresionante celebración de la Semana Santa: en esta versión, el Niño al despedirse no se dirige al Templo de Jerusalén, sino al Gólgota (Voy para el calvario / donde está mi cruz).

Para san Josemaría, sin embargo, ese Niño casi desnudo es, sin duda, el que nace en Belén; y la puerta a la que llama, la puerta del corazón de cada hombre y de cada mujer. “Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él”, leemos en su homilía de Navidad, “para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no solo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad”, porque “Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro corazón. Hemos de pedirle perdón por nuestra ceguera personal, por nuestra ingratitud. Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más la puerta de nuestras almas”[2].

[1] Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, I, Madrid 1997, p. 32.

[2] Es Cristo que pasa, nn. 18-19.

 

La ternura de Dios (V): “A mí me lo hicisteis”: las obras de misericordia corporales

Este editorial trata de las obras de misericordia corporales, que sugirió Jesucristo. Un cristiano no puede desentenderse de las necesidades de los demás, también de los desconocidos, porque en ellos es Cristo quien nos reclama ayuda.

 

11/08/2016

Nuestro Dios no se ha limitado a decir que nos quiere. Él mismo nos modeló a partir del polvo de la tierra[1]; «fueron las manos de Dios las que nos crearon: el Dios artesano»[2]. Nos creó a su imagen y semejanza, y aun quiso hacerse «uno de los nuestros»[3]: el Verbo se hizo carne, trabajó con sus manos, cargó sobre sus espaldas toda la miseria de los siglos, y quiso conservar por toda la eternidad las llagas de su pasión, como un signo permanente de su amor fiel Por todo eso los cristianos no solo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos[4]: para Dios, y para sus hijos, el amor «nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano»[5]. San Josemaría prevenía así ante «la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias. Diría que quien tiene esa mentalidad no ha comprendido todavía lo que significa que el Hijo de Dios se haya encarnado, que haya tomado cuerpo, alma y voz de hombre, que haya participado en nuestro destino hasta experimentar el desgarramiento supremo de la muerte»[6].

SER CRISTIANOS SIGNIFICA ENTRAR EN ESA INCONDICIONALIDAD DEL AMOR DE DIOS, DEJARSE CAUTIVAR POR «EL AMOR SIEMPRE MÁS GRANDE DE DIOS»

Llamados a la misericordia

En la escena del juicio final que Jesús presenta en el Evangelio, tanto los justos como los injustos se preguntan perplejos, y preguntan al Señor, cuándo le vieron hambriento, desnudo, enfermo, y le auxiliaron, o dejaron de hacerlo[7]. Y el Señor les responde: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). No es un modo bonito de decir, como si el Señor solo nos animara a acordarnos de Él, y a seguir su ejemplo de misericordia; Jesús dice con solemnidad: «en verdad os digo… a mí me lo hicisteis». Él «se ha unido, en cierto modo, con todo hombre»[8], porque ha llevado el amor hasta el final: «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13) Ser cristianos significa entrar en esa incondicionalidad del amor de Dios, dejarse cautivar por «el amor siempre más grande de Dios»[9].

En este pasaje del Evangelio, el Señor habla de hambre, sed, peregrinaje, desnudez, enfermedad y cárcel[10]. Las obras de misericordia siguen esta misma pauta; los Padres de la Iglesia las comentaron con frecuencia, e iniciaron su desdoblamiento en obras corporales y espirituales, obviamente sin ánimo de abarcar todas las situaciones de indigencia. Con el correr de los siglos, se añadió a las primeras el deber de dar sepultura a los difuntos, con la correspondiente obra espiritual: la oración por vivos y difuntos. En los próximos dos editoriales vamos a recorrer estas obras en las que la sabiduría cristiana ha sintetizado nuestra vocación a la misericordia. Porque de vocación se trata –y vocación universal–, cuando el Señor dice a sus discípulos de todos los tiempos: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Las obras de misericordia despliegan ante nosotros esa llamada. «Sería bonito que os las aprendierais de memoria –sugería recientemente el Papa–, ¡así es más fácil hacerlas!»[11].

Solidaridad en directo

Cuando, al repasar las obras de misericordia corporales, miramos a nuestro alrededor, en bastantes partes del mundo constataremos quizá en un primer momento que no son frecuentes las situaciones para ejercerlas. Siglos atrás la vida humana estaba mucho más expuesta a las fuerzas de la naturaleza, a la arbitrariedad de los hombres, y a la fragilidad del cuerpo; hoy, en cambio, hay muchos países en los que raramente se presentará –salvo en el caso de emergencias o catástrofes naturales– la necesidad inmediata de dar sepultura a un difunto, o de dar cobijo a alguien sin techo, porque la propia organización de los Estados provee este servicio. Y, sin embargo, no son pocos los lugares de la tierra en los que cada una de estas obras de misericordia está a la orden del día. E, incluso en los países más desarrollados, junto a la provisión de servicios de la asistencia social existen muchas situaciones de gran precariedad material –el así llamado cuarto mundo–.

HAY QUE ABRIR LOS OJOS, HAY QUE SABER MIRAR A NUESTRO ALREDEDOR Y RECONOCER ESAS LLAMADAS QUE DIOS NOS DIRIGE A TRAVÉS DE QUIENES NOS RODEAN. NO PODEMOS VIVIR DE ESPALDAS A LA MUCHEDUMBRE

A todos nos corresponde tomar conciencia de estas realidades y pensar en qué medida podemos contribuir a remediarlas. «Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige a través de quienes nos rodean. No podemos vivir de espaldas a la muchedumbre, encerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así como vivió Jesús. Los Evangelios nos hablan muchas veces de su misericordia, de su capacidad de participar en el dolor y en las necesidades de los demás»[12].

Un primer movimiento de las obras de misericordia corporales es la solidaridad con todos los que sufren, aunque no les conozcamos: «No solo nos preocupan los problemas de cada uno, sino que nos solidarizamos plenamente con los otros ciudadanos en las calamidades y desgracias públicas, que nos afectan del mismo modo»[13]. A primera vista podría parecer que esta actitud es un sentimiento loable, pero inútil. Y sin embargo esta solidaridad es el humus en el que puede crecer con fuerza la misericordia. Del latín solidumsolidaridad denota la convicción de pertenecer a un todo, de modo que percibimos como propias las vicisitudes de los demás. Aunque el término tiene sentido ya a nivel meramente humano, para un cristiano adquiere toda su fuerza. «Ya no os pertenecéis», dice san Pablo a los Corintios (1 Cor 6,19). La afirmación podría inquietar al hombre contemporáneo, como una amenaza a su autonomía. Y, sin embargo, lo que nos dice es simplemente, en expresión frecuente entre los últimos pontífices, que la humanidad, y en particular la Iglesia, es una «gran familia»[14]

«Mantened el amor fraterno… Acordaos de los encarcelados, como si estuvierais en prisión con ellos, y de los que sufren, pues también vosotros vivís en un cuerpo» (Hb 13,1-3). Aunque no sea posible estar al corriente de las dolencias de cada hombre, ni remediar materialmente todos esos problemas, un cristiano no se desentiende de ellos, porque los ama con el corazón de Dios: Él «es más grande que nuestro corazón y conoce todo» (1 Jn 3,20). Cuando en la Santa Misa pedimos al Padre que «fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu»[15], miramos a la plenitud de lo que ya es una realidad que crece silenciosamente, «como un bosque, donde los árboles buenos aportan solidaridad, comunión, confianza, apoyo, seguridad, sobriedad feliz, amistad»[16].

LA SOLIDARIDAD EN CRISTIANO SE CONCRETA, PUES, EN PRIMER LUGAR EN LA ORACIÓN POR LOS QUE SUFREN, AUNQUE NO LES CONOZCAMOS.

La solidaridad en cristiano se concreta, pues, en primer lugar en la oración por los que sufren, aunque no les conozcamos. La mayor parte de las veces no veremos los frutos de esa oración, hecha también de trabajo y sacrificio, pero estamos convencidos de que «todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida»[17]. Por este mismo motivo, el Misal romano recoge un gran número de Misas por varias necesidades, que atienden a los motivos de todas las obras de misericordia. La oración de los fieles, al final de la liturgia de la Palabra, despierta también en nosotros «el desvelo por todas las iglesias» y por todos los hombres, de modo que podamos llegar a decir con san Pablo: «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?» (2 Co 12,28-29).

La solidaridad también se despliega en «simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo», frente al «mundo del consumo exacerbado», que es a la vez «el mundo del maltrato de la vida en todas sus formas»[18]. Antiguamente era costumbre en muchas familias besar el pan cuando caía al suelo; se reconocía así el trabajo que suponía lograr el alimento, y se agradecía la posibilidad de tener algo que llevarse a la boca. «Dar de comer al hambriento» se puede concretar, pues, en comer lo que nos ponen, en evitar caprichos innecesarios, en aprovechar con creatividad las sobras de comida; «dar de beber al sediento» quizá nos llevará a evitar el derroche innecesario del agua, que en tantos lugares es un bien escasísimo[19]; «vestir al desnudo» se concretará también en cuidar la ropa, heredarla de unos hermanos a otros, sobreponerse a veces al dernier cri en moda, etc. De esas pequeñas –o no tan pequeñas– renuncias podrán salir limosnas para dar alegrías a los más necesitados, como enseñaba san Josemaría a los chicos de san Rafael; o también donativos para salir al encuentro de emergencias humanitarias. Meses atrás el Papa nos decía a propósito que, «si el jubileo no llega a los bolsillos, no es un verdadero jubileo»[20].

Hospitalidad: no abandonar al débil

Los padres, en primer lugar con su ejemplo, pueden hacer mucho por «enseñar a vivir así a sus hijos (…); enseñarles a superar el egoísmo y a emplear parte de su tiempo con generosidad en servicio de los menos afortunados, participando en tareas, adecuadas a su edad, en las que se ponga de manifiesto un afán de solidaridad humana y divina»[21]. Como la caridad es ordenada –porque sería falsa la de quien se volcara en quienes viven lejos y se desentendiera de quienes le rodean–, esa superación del egoísmo empieza habitualmente en el propio hogar. Todos, pequeños y mayores, tenemos que aprender a levantar la mirada para descubrir las menudas indigencias cotidianas de quienes viven con nosotros. En particular, es necesario acompañar a los familiares y amigos que sufren enfermedades, sin considerar sus dolencias como una distorsión para la que habría que encontrar soluciones meramente técnicas «“No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones” (Sal 71,9). Es el clamor del anciano, que teme el olvido y el desprecio»[22]. Son muchos los avances de la ciencia que permiten mejorar las condiciones de los enfermos, pero ninguno de ellos puede reemplazar la cercanía humana de quien, en lugar de ver en ellos un peso, adivina a «Cristo que pasa», Cristo que necesita que le cuidemos. «Los enfermos son Él»[23], escribió san Josemaría, en expresión audaz, que refleja la llamada exigente del Señor: «en verdad os digo… a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

«¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?». En ocasiones, puede costar ver a Dios detrás de la persona que sufre, porque esté de mal humor o disgustado, o porque muestre exigencias o egoísmos. Pero la persona enferma, precisamente por su debilidad, se hace aún más merecedora de ese amor. Un resplandor divino ilumina los rasgos del hombre enfermo que se asemeja a Cristo doliente, tan desfigurado que «no hay en él parecer ni hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade de él» (Is 53,2).

LA ATENCIÓN DE LOS ENFERMOS REQUIERE BUENAS DOSIS DE PACIENCIA, Y DE GENEROSIDAD CON NUESTRO TIEMPO, ESPECIALMENTE CUANDO SE TRATA DE ENFERMEDADES QUE SE PROLONGAN EN EL TIEMPO.

La atención de los enfermos, de los ancianos, de los moribundos, requiere por eso buenas dosis de paciencia, y de generosidad con nuestro tiempo, especialmente cuando se trata de enfermedades que se prolongan en el tiempo. El buen Samaritano «igualmente tenía sus compromisos y sus cosas que hacer»[24]. Pero quienes, como él, hacen de esa atención una tarea ineludible, sin refugiarse en la frialdad de soluciones que a fin de cuentas consisten en descartar a quienes ya humanamente pueden aportar poco, el Señor les dice: «si comprendéis esto y lo hacéis, seréis bienaventurados» (Jn 13,17). A quienes han sabido cuidar de los débiles, Dios les reserva una bienvenida llena de ternura: «venid, benditos de mi Padre» (Mt 25,34).

«La grandeza de la humanidad –escribió Benedicto XVI– está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana»[25]. Por eso, los enfermos nos devuelven la humanidad que se lleva a veces por delante el ritmo agitado del mundo: nos recuerdan que las personas son más importantes que las cosas, el ser que la función.

Algunas personas, porque Dios les ha llevado por ese camino, o porque lo han escogido para sí, acaban dedicando una parte importante de sus días a cuidar de quienes sufren, sin esperar que nadie reconozca su tarea. Aunque no salen en las guías de viajes, ellos son parte del auténtico patrimonio de la humanidad, porque nos enseñan a todos que estamos en el mundo para cuidar[26]: ese es el sentido perenne de la hospitalidad, de la acogida.

Raramente nos tocará enterrar a un difunto, pero podemos acompañarle a él y a sus familiares en sus últimos momentos. Por eso la participación en un funeral es siempre más que un cumplido social. Si vamos al fondo de esos gestos, veremos que guardan el pulso de la genuina humanidad, que se abre a la eternidad. «También aquí la misericordia da la paz a quien parte y a quien permanece, haciéndonos sentir que Dios es más grande que la muerte, y que permaneciendo en Él incluso la última separación es un “hasta la vista”»[27].

Creatividad: trabajar con lo que hay

Familias que emigran huyendo de la guerra, personas en desempleo, «prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna»[28] como la drogadicción, el hedonismo, la ludopatía... Son muchas las necesidades materiales que podemos detectar a nuestro alrededor. Uno podría no saber por dónde o cómo empezar. Y sin embargo la experiencia demuestra que muchas pequeñas iniciativas, dirigidas a resolver alguna carencia de nuestro entorno más inmediato, empezadas con lo que se tiene, y con quien puede –la mayor parte de las veces con más buen humor y creatividad que tiempo, recursos económicos o facilidades de los entes públicos–, acaban haciendo mucho bien, porque la gratuidad genera un agradecimiento que es motor de nuevas iniciativas: la misericordia encuentra misericordia[29], la contagia. Se cumple la parábola evangélica del grano de mostaza: «es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas» (Mt 13,32)

Las necesidades de cada lugar y las posibilidades de cada uno son muy variadas. Lo mejor es apostar por algo que esté al alcance de la mano, y ponerse a trabajar. Con el tiempo, muchas veces menos de lo que pensaríamos, se abrirán puertas que parecía que iban a permanecer cerradas. Y se llega entonces a los encarcelados, a los cautivos de tantas otras adicciones, que están abandonados como en la alcantarilla de un mundo que les ha descartado cuando se han roto.

Hay quien, por ejemplo, está desbordado de trabajo, y aunque creía no tener tiempo para estas labores, descubre el modo de redirigir parte de sus esfuerzos hacia realidades que ocupen a otros y les saquen del bache de quien está en la vida sin un rumbo. Surgen sinergias: uno pone poco tiempo pero capacidad de gestión y relaciones... otro, con menos capacidad de organizar, pone horas de trabajo. Para los jubilados, por ejemplo, se abre así el panorama de una segunda juventud, en la que pueden transmitir mucho de su experiencia de la vida: «independientemente de su grado de instrucción o de riqueza, todas las personas tienen algo para aportar en la construcción de una civilización más justa y fraterna. De modo concreto, creo que todos pueden aprender mucho del ejemplo de generosidad y de solidaridad de las personas más sencillas; esa sabiduría generosa que sabe “añadir más agua a los frijoles”, de la cual nuestro mundo está tan necesitado»[30].

* * *

Evocando sus primeros años de sacerdote en Madrid, nuestro Padre recordaba cómo iba por aquellos descampados «a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto..., y alguna que otra pedrada»[31] Y pensaba en las iniciativas que hoy, junto a tantas promovidas por los cristianos y por otras personas, son una realidad en muchos lugares del mundo; y que tienen que seguir creciendo «quasi fluvium pacis, como un río de paz»[32]: «Hoy para mí esto es un sueño, un sueño bendito, que vivo en tantos barrios extremos de ciudades grandes, donde tratamos a la gente con cariño, mirando a los ojos, de frente, porque todos somos iguales»[33]

Carlos Ayxelá


[1] Cfr. Gn 3,7; Sb 7,1.

[2] Francisco, Homilía en Santa Marta, 12-XI-2013.

[3] Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes (7-XII-1965), 22.

[4] Cfr. 1 Jn 3,1.

[5] Francisco, Bula Misericordiae vultus (11-IV-2015), 9.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 236.

[7] Cfr. Mt 25,36.44

[8] Conc. Vat. II, Gaudium et spes, 22.

[9] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), 6; Cfr. San Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis (4-III-1979), 9.

[10] Cfr. Mt 25,35-36.

[11] Francisco, Angelus, 13-III-2016.

[12] Es Cristo que pasa, 146.

[13] Carta 14-II-1950, 20; citado por Burkhart, E.; López, J., Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, II, Rialp, Madrid 2011, p. 314.

[14] Cfr. por ejemplo, Beato Pablo VI, Mensaje a la Asamblea general de las Naciones Unidas, 24-V-1978; San Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia (30-XI-1980) 4, 12; Benedicto XVI, Mensaje para la XLI Jornada mundial de la paz, 8-XII-2007.

[15] Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[16] Francisco, Discurso, 28-XI-2014.

[17] Francisco, Evangelii gaudium, 279

[18] Francisco, Enc. Laudato si’ (24-V-2015), 230.

[19] Cfr. ibidem, 27-31.

[20] Francisco, Audiencia, 10-II-2016.

[21] Conversaciones, 111.

[22] Francisco, Ex. Ap. Amoris laetitia (19-III-2016), 191.

[23] San Josemaría, Camino, 419.

[24] Francisco, Audiencia, 27-IV-2016.

[25] Benedicto XVI, Enc. Spe salvi (30-XI-2007), 38

[26] Cfr. Francisco, Evangelii gaudium, 209.

[27] Francisco, Audiencia, 10-IX-2014.

[28] Francisco, Misericordiae vultus, 16.

[29] Cfr. Mt 5,7.

[30] Francisco, Videomensaje, 1-I-2015.

[31] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1-X-1967 (citado en S. Bernal, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei; Rialp, Madrid 1980, 6ª ed., p. 191).

[32] Is 66,12 (Vulg)

[33] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1-X-1967.

 

EL AMOR EN EL MATRIMONIO

89. Todo lo dicho no basta para manifestar el evangelio del matrimonio y de la familia si no nos detenemos especialmente a hablar de amor. Porque no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar. En efecto, la gracia del sacramento del matrimonio está destinada ante todo «a perfeccionar el amor de los cónyuges»[104]. También aquí se aplica que, «podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve» (1 Co 13,2-3). Pero la palabra «amor», una de las más utilizadas, aparece muchas veces desfigurada[105].

Nuestro amor cotidiano

90. En el así llamado himno de la caridad escrito por san Pablo, vemos algunas características del amor verdadero:

«El amor es paciente,
es servicial;
el amor no tiene envidia,
no hace alarde,
no es arrogante,
no obra con dureza,
no busca su propio interés,
no se irrita,
no lleva cuentas del mal,
no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
Todo lo disculpa,
todo lo cree,
todo lo espera,
todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).

Esto se vive y se cultiva en medio de la vida que comparten todos los días los esposos, entre sí y con sus hijos. Por eso es valioso detenerse a precisar el sentido de las expresiones de este texto, para intentar una aplicación a la existencia concreta de cada familia.

Paciencia

91. La primera expresión utilizada es makrothymei. La traducción no es simplemente que «todo lo soporta», porque esa idea está expresada al final del v. 7. El sentido se toma de la traducción griega del Antiguo Testamento, donde dice que Dios es «lento a la ira» (Ex 34,6; Nm 14,18). Se muestra cuando la persona no se deja llevar por los impulsos y evita agredir. Es una cualidad del Dios de la Alianza que convoca a su imitación también dentro de la vida familiar. Los textos en los que Pablo usa este término se deben leer con el trasfondo del Libro de la Sabiduría (cf. 11,23; 12,2.15-18); al mismo tiempo que se alaba la moderación de Dios para dar espacio al arrepentimiento, se insiste en su poder que se manifiesta cuando actúa con misericordia. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder.

92. Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla. Por eso, la Palabra de Dios nos exhorta: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad» (Ef 4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía.

Actitud de servicio

93. Sigue la palabra jrestéuetai, que es única en toda la Biblia, derivada de jrestós (persona buena, que muestra su bondad en sus obras). Pero, por el lugar en que está, en estricto paralelismo con el verbo precedente, es un complemento suyo. Así, Pablo quiere aclarar que la «paciencia» nombrada en primer lugar no es una postura totalmente pasiva, sino que está acompañada por una actividad, por una reacción dinámica y creativa ante los demás. Indica que el amor beneficia y promueve a los demás. Por eso se traduce como «servicial».

94. En todo el texto se ve que Pablo quiere insistir en que el amor no es sólo un sentimiento, sino que se debe entender en el sentido que tiene el verbo «amar» en hebreo: es «hacer el bien». Como decía san Ignacio de Loyola, «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras»[106]. Así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir.

Sanando la envidia

95. Luego se rechaza como contraria al amor una actitud expresada como zeloi (celos, envidia). Significa que en el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien de otro (cf. Hch 7,9; 17,5). La envidia es una tristeza por el bien ajeno, que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente concentrados en el propio bienestar. Mientras el amor nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos lleva a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia. Acepta que cada uno tiene dones diferentes y distintos caminos en la vida. Entonces, procura descubrir su propio camino para ser feliz, dejando que los demás encuentren el suyo.

96. En definitiva, se trata de cumplir aquello que pedían los dos últimos mandamientos de la Ley de Dios: «No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él» (Ex20,17). El amor nos lleva a una sentida valoración de cada ser humano, reconociendo su derecho a la felicidad. Amo a esa persona, la miro con la mirada de Dios Padre, que nos regala todo «para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17), y entonces acepto en mi interior que pueda disfrutar de un buen momento. Esta misma raíz del amor, en todo caso, es lo que me lleva a rechazar la injusticia de que algunos tengan demasiado y otros no tengan nada, o lo que me mueve a buscar que también los descartables de la sociedad puedan vivir un poco de alegría. Pero eso no es envidia, sino deseos de equidad.

Sin hacer alarde ni agrandarse

97. Sigue el término perpereuotai, que indica la vanagloria, el ansia de mostrarse como superior para impresionar a otros con una actitud pedante y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro. La palabra siguiente —physioutai— es muy semejante, porque indica que el amor no es arrogante. Literalmente expresa que no se «agranda» ante los demás, e indica algo más sutil. No es sólo una obsesión por mostrar las propias cualidades, sino que además se pierde el sentido de la realidad. Se considera más grande de lo que es, porque se cree más «espiritual» o «sabio». Pablo usa este verbo otras veces, por ejemplo para decir que «la ciencia hincha, el amor en cambio edifica» (1 Co 8,1). Es decir, algunos se creen grandes porque saben más que los demás, y se dedican a exigirles y a controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida, protege al débil. En otro versículo también lo aplica para criticar a los que se «agrandan» (cf. 1 Co 4,18), pero en realidad tienen más palabrería que verdadero «poder» del Espíritu (cf. 1 Co 4,19).

98. Es importante que los cristianos vivan esto en su modo de tratar a los familiares poco formados en la fe, frágiles o menos firmes en sus convicciones. A veces ocurre lo contrario: los supuestamente más adelantados dentro de su familia, se vuelven arrogantes e insoportables. La actitud de humildad aparece aquí como algo que es parte del amor, porque para poder comprender, disculpar o servir a los demás de corazón, es indispensable sanar el orgullo y cultivar la humildad. Jesús recordaba a sus discípulos que en el mundo del poder cada uno trata de dominar a otro, y por eso les dice: «No ha de ser así entre vosotros» (Mt 20,26). La lógica del amor cristiano no es la de quien se siente más que otros y necesita hacerles sentir su poder, sino que «el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,27). En la vida familiar no puede reinar la lógica del dominio de unos sobre otros, o la competición para ver quién es más inteligente o poderoso, porque esa lógica acaba con el amor. También para la familia es este consejo: «Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» (1 P 5,5).

Amabilidad

99. Amar también es volverse amable, y allí toma sentido la palabra asjemonéi. Quiere indicar que el amor no obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía «es una escuela de sensibilidad y desinterés», que exige a la persona «cultivar su mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar»[107]. Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Como parte de las exigencias irrenunciables del amor, «todo ser humano está obligado a ser afable con los que lo rodean»[108]. Cada día, «entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto […] El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón»[109].

100. Para disponerse a un verdadero encuentro con el otro, se requiere una mirada amable puesta en él. Esto no es posible cuando reina un pesimismo que destaca defectos y errores ajenos, quizás para compensar los propios complejos. Una mirada amable permite que no nos detengamos tanto en sus límites, y así podamos tolerarlo y unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme. Así se protege a sí mismo, ya que sin sentido de pertenencia no se puede sostener una entrega por los demás, cada uno termina buscando sólo su conveniencia y la convivencia se torna imposible. Una persona antisocial cree que los demás existen para satisfacer sus necesidades, y que cuando lo hacen sólo cumplen con su deber. Por lo tanto, no hay lugar para la amabilidad del amor y su lenguaje. El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan. Veamos, por ejemplo, algunas palabras que decía Jesús a las personas: «¡Ánimo hijo!» (Mt 9,2). «¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). «¡Levántate!» (Mc 5,41). «Vete en paz» (Lc 7,50). «No tengáis miedo» (Mt 14,27). No son palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian. En la familia hay que aprender este lenguaje amable de Jesús.

Desprendimiento

101. Hemos dicho muchas veces que para amar a los demás primero hay que amarse a sí mismo. Sin embargo, este himno al amor afirma que el amor «no busca su propio interés»o «no busca lo que es de él». También se usa esta expresión en otro texto: «No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás» (Flp 2,4). Ante una afirmación tan clara de las Escrituras, hay que evitar darle prioridad al amor a sí mismo como si fuera más noble que el don de sí a los demás. Una cierta prioridad del amor a sí mismo sólo puede entenderse como una condición psicológica, en cuanto quien es incapaz de amarse a sí mismo encuentra dificultades para amar a los demás: «El que es tacaño consigo mismo, ¿con quién será generoso? […] Nadie peor que el avaro consigo mismo» (Si 14,5-6).

102. Pero el mismo santo Tomás de Aquino ha explicado que «pertenece más a la caridad querer amar que querer ser amado»[110]y que, de hecho, «las madres, que son las que más aman, buscan más amar que ser amadas»[111]. Por eso, el amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, «sin esperar nada a cambio» (Lc 6,35), hasta llegar al amor más grande, que es «dar la vida» por los demás (Jn 15,13). ¿Todavía es posible este desprendimiento que permite dar gratis y dar hasta el fin? Seguramente es posible, porque es lo que pide el Evangelio: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10,8).

Sin violencia interior

103. Si la primera expresión del himno nos invitaba a la paciencia que evita reaccionar bruscamente ante las debilidades o errores de los demás, ahora aparece otra palabra —paroxýnetai—, que se refiere a una reacción interior de indignación provocada por algo externo. Se trata de una violencia interna, de una irritación no manifiesta que nos coloca a la defensiva ante los otros, como si fueran enemigos molestos que hay que evitar. Alimentar esa agresividad íntima no sirve para nada. Sólo nos enferma y termina aislándonos. La indignación es sana cuando nos lleva a reaccionar ante una grave injusticia, pero es dañina cuando tiende a impregnar todas nuestras actitudes ante los otros.

104. El Evangelio invita más bien a mirar la viga en el propio ojo (cf. Mt 7,5), y los cristianos no podemos ignorar la constante invitación de la Palabra de Dios a no alimentar la ira: «No te dejes vencer por el mal» (Rm 12,21). «No nos cansemos de hacer el bien» (Ga 6,9). Una cosa es sentir la fuerza de la agresividad que brota y otra es consentirla, dejar que se convierta en una actitud permanente: «Si os indignáis, no llegareis a pecar; que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo» (Ef 4,26). Por ello, nunca hay que terminar el día sin hacer las paces en la familia. Y, «¿cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Sólo un pequeño gesto, algo pequeño, y vuelve la armonía familiar. Basta una caricia, sin palabras. Pero nunca terminar el día en familia sin hacer las paces»[112]. La reacción interior ante una molestia que nos causen los demás debería ser ante todo bendecir en el corazón, desear el bien del otro, pedir a Dios que lo libere y lo sane: «Responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados: para heredar una bendición» (1 P 3,9). Si tenemos que luchar contra un mal, hagámoslo, pero siempre digamos «no» a la violencia interior.

Perdón

105. Si permitimos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en el corazón. La frase logízetai to kakón significa «toma en cuenta el mal», «lo lleva anotado», es decir, es rencoroso. Lo contrario es el perdón, un perdón que se fundamenta en una actitud positiva, que intenta comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona, como Jesús cuando dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Pero la tendencia suele ser la de buscar más y más culpas, la de imaginar más y más maldad, la de suponer todo tipo de malas intenciones, y así el rencor va creciendo y se arraiga. De ese modo, cualquier error o caída del cónyuge puede dañar el vínculo amoroso y la estabilidad familiar. El problema es que a veces se le da a todo la misma gravedad, con el riesgo de volverse crueles ante cualquier error ajeno. La justa reivindicación de los propios derechos, se convierte en una persistente y constante sed de venganza más que en una sana defensa de la propia dignidad.

106. Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil. La verdad es que «la comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar»[113].

107. Hoy sabemos que para poder perdonar necesitamos pasar por la experiencia liberadora de comprendernos y perdonarnos a nosotros mismos. Tantas veces nuestros errores, o la mirada crítica de las personas que amamos, nos han llevado a perder el cariño hacia nosotros mismos. Eso hace que terminemos guardándonos de los otros, escapando del afecto, llenándonos de temores en las relaciones interpersonales. Entonces, poder culpar a otros se convierte en un falso alivio. Hace falta orar con la propia historia, aceptarse a sí mismo, saber convivir con las propias limitaciones, e incluso perdonarse, para poder tener esa misma actitud con los demás.

108. Pero esto supone la experiencia de ser perdonados por Dios, justificados gratuitamente y no por nuestros méritos. Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros. De otro modo, nuestra vida en familia dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo, y será un espacio de permanente tensión o de mutuo castigo.

Alegrarse con los demás

109. La expresión jairei epi te adikía indica algo negativo afincado en el secreto del corazón de la persona. Es la actitud venenosa del que se alegra cuando ve que se le hace injusticia a alguien. La frase se complementa con la siguiente, que lo dice de modo positivo: sygjairei te alétheia: se regocija con la verdad. Es decir, se alegra con el bien del otro, cuando se reconoce su dignidad, cuando se valoran sus capacidades y sus buenas obras. Eso es imposible para quien necesita estar siempre comparándose o compitiendo, incluso con el propio cónyuge, hasta el punto de alegrarse secretamente por sus fracasos.

110. Cuando una persona que ama puede hacer un bien a otro, o cuando ve que al otro le va bien en la vida, lo vive con alegría, y de ese modo da gloria a Dios, porque «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). Nuestro Señor aprecia de manera especial a quien se alegra con la felicidad del otro. Si no alimentamos nuestra capacidad de gozar con el bien del otro y, sobre todo, nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría, ya que como ha dicho Jesús «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35). La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él.

Disculpa todo

111. El elenco se completa con cuatro expresiones que hablan de una totalidad: «todo». Disculpa todo, cree todo, espera todo, soporta todo. De este modo, se remarca con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo.

112. En primer lugar se dice que todo lo disculpa panta stegei. Se diferencia de «no tiene en cuenta el mal», porque este término tiene que ver con el uso de la lengua; puede significar «guardar silencio» sobre lo malo que puede haber en otra persona. Implica limitar el juicio, contener la inclinación a lanzar una condena dura e implacable: «No condenéis y no seréis condenados» (Lc 6,37). Aunque vaya en contra de nuestro habitual uso de la lengua, la Palabra de Dios nos pide: «No habléis mal unos de otros, hermanos» (St 4,11). Detenerse a dañar la imagen del otro es un modo de reforzar la propia, de descargar los rencores y envidias sin importar el daño que causemos. Muchas veces se olvida de que la difamación puede ser un gran pecado, una seria ofensa a Dios, cuando afecta gravemente la buena fama de los demás, ocasionándoles daños muy difíciles de reparar. Por eso, la Palabra de Dios es tan dura con la lengua, diciendo que «es un mundo de iniquidad» que «contamina a toda la persona» (St 3,6), como un «mal incansable cargado de veneno mortal» (St 3,8). Si «con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios» (St3,9), el amor cuida la imagen de los demás, con una delicadeza que lleva a preservar incluso la buena fama de los enemigos. En la defensa de la ley divina nunca debemos olvidarnos de esta exigencia del amor.

113. Los esposos que se aman y se pertenecen, hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores. En todo caso, guardan silencio para no dañar su imagen. Pero no es sólo un gesto externo, sino que brota de una actitud interna. Tampoco es la ingenuidad de quien pretende no ver las dificultades y los puntos débiles del otro, sino la amplitud de miras de quien coloca esas debilidades y errores en su contexto. Recuerda que esos defectos son sólo una parte, no son la totalidad del ser del otro. Un hecho desagradable en la relación no es la totalidad de esa relación. Entonces, se puede aceptar con sencillez que todos somos una compleja combinación de luces y de sombras. El otro no es sólo eso que a mí me molesta. Es mucho más que eso. Por la misma razón, no le exijo que su amor sea perfecto para valorarlo. Me ama como es y como puede, con sus límites, pero que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o que no sea real. Es real, pero limitado y terreno. Por eso, si le exijo demasiado, me lo hará saber de alguna manera, ya que no podrá ni aceptará jugar el papel de un ser divino ni estar al servicio de todas mis necesidades. El amor convive con la imperfección, la disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado.

Confía

114. Panta pisteuei, «todo lo cree», por el contexto, no se debe entender «fe» en el sentido teológico, sino en el sentido corriente de «confianza». No se trata sólo de no sospechar que el otro esté mintiendo o engañando. Esa confianza básica reconoce la luz encendida por Dios, que se esconde detrás de la oscuridad, o la brasa que todavía arde debajo de las cenizas.

115. Esta misma confianza hace posible una relación de libertad. No es necesario controlar al otro, seguir minuciosamente sus pasos, para evitar que escape de nuestros brazos. El amor confía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar. Esa libertad, que hace posible espacios de autonomía, apertura al mundo y nuevas experiencias, permite que la relación se enriquezca y no se convierta en un círculo cerrado sin horizontes. Así, los cónyuges, al reencontrarse, pueden vivir la alegría de compartir lo que han recibido y aprendido fuera del círculo familiar. Al mismo tiempo, hace posible la sinceridad y la transparencia, porque cuando uno sabe que los demás confían en él y valoran la bondad básica de su ser, entonces sí se muestra tal cual es, sin ocultamientos. Alguien que sabe que siempre sospechan de él, que lo juzgan sin compasión, que no lo aman de manera incondicional, preferirá guardar sus secretos, esconder sus caídas y debilidades, fingir lo que no es. En cambio, una familia donde reina una básica y cariñosa confianza, y donde siempre se vuelve a confiar a pesar de todo, permite que brote la verdadera identidad de sus miembros, y hace que espontáneamente se rechacen el engaño, la falsedad o la mentira.

Espera

116. Panta elpízei: no desespera del futuro. Conectado con la palabra anterior, indica la espera de quien sabe que el otro puede cambiar. Siempre espera que sea posible una maduración, un sorpresivo brote de belleza, que las potencialidades más ocultas de su ser germinen algún día. No significa que todo vaya a cambiar en esta vida. Implica aceptar que algunas cosas no sucedan como uno desea, sino que quizás Dios escriba derecho con las líneas torcidas de una persona y saque algún bien de los males que ella no logre superar en esta tierra.

117. Aquí se hace presente la esperanza en todo su sentido, porque incluye la certeza de una vida más allá de la muerte. Esa persona, con todas sus debilidades, está llamada a la plenitud del cielo. Allí, completamente transformada por la resurrección de Cristo, ya no existirán sus fragilidades, sus oscuridades ni sus patologías. Allí el verdadero ser de esa persona brillará con toda su potencia de bien y de hermosura. Eso también nos permite, en medio de las molestias de esta tierra, contemplar a esa persona con una mirada sobrenatural, a la luz de la esperanza, y esperar esa plenitud que un día recibirá en el Reino celestial, aunque ahora no sea visible.

Soporta todo

118. Panta hypoménei significa que sobrelleva con espíritu positivo todas las contrariedades. Es mantenerse firme en medio de un ambiente hostil. No consiste sólo en tolerar algunas cosas molestas, sino en algo más amplio: una resistencia dinámica y constante, capaz de superar cualquier desafío. Es amor a pesar de todo, aun cuando todo el contexto invite a otra cosa. Manifiesta una cuota de heroísmo tozudo, de potencia en contra de toda corriente negativa, una opción por el bien que nada puede derribar. Esto me recuerda aquellas palabras de Martin Luther King, cuando volvía a optar por el amor fraterno aun en medio de las peores persecuciones y humillaciones: «La persona que más te odia, tiene algo bueno en él; incluso la nación que más odia, tiene algo bueno en ella; incluso la raza que más odia, tiene algo bueno en ella. Y cuando llegas al punto en que miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro de él lo que la religión llama la “imagen de Dios”, comienzas a amarlo “a pesar de”. No importa lo que haga, ves la imagen de Dios allí. Hay un elemento de bondad del que nunca puedes deshacerte […] Otra manera para amar a tu enemigo es esta: cuando se presenta la oportunidad para que derrotes a tu enemigo, ese es el momento en que debes decidir no hacerlo […] Cuando te elevas al nivel del amor, de su gran belleza y poder, lo único que buscas derrotar es los sistemas malignos. A las personas atrapadas en ese sistema, las amas, pero tratas de derrotar ese sistema […] Odio por odio sólo intensifica la existencia del odio y del mal en el universo. Si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente que se llega hasta el infinito. Simplemente nunca termina. En algún lugar, alguien debe tener un poco de sentido, y esa es la persona fuerte. La persona fuerte es la persona que puede romper la cadena del odio, la cadena del mal […] Alguien debe tener suficiente religión y moral para cortarla e inyectar dentro de la propia estructura del universo ese elemento fuerte y poderoso del amor»[114].

119. En la vida familiar hace falta cultivar esa fuerza del amor, que permite luchar contra el mal que la amenaza. El amor no se deja dominar por el rencor, el desprecio hacia las personas, el deseo de lastimar o de cobrarse algo. El ideal cristiano, y de modo particular en la familia, es amor a pesar de todo. A veces me admira, por ejemplo, la actitud de personas que han debido separarse de su cónyuge para protegerse de la violencia física y, sin embargo, por la caridad conyugal que sabe ir más allá de los sentimientos, han sido capaces de procurar su bien, aunque sea a través de otros, en momentos de enfermedad, de sufrimiento o de dificultad. Eso también es amor a pesar de todo.

Crecer en la caridad conyugal

120. El himno de san Pablo, que hemos recorrido, nos permite dar paso a la caridad conyugal. Es el amor que une a los esposos[115], santificado, enriquecido e iluminado por la gracia del sacramento del matrimonio. Es una «unión afectiva»[116], espiritual y oblativa, pero que recoge en sí la ternura de la amistad y la pasión erótica, aunque es capaz de subsistir aun cuando los sentimientos y la pasión se debiliten. El Papa Pío XI enseñaba que ese amor permea todos los deberes de la vida conyugal y «tiene cierto principado de nobleza»[117]. Porque ese amor fuerte, derramado por el Espíritu Santo, es reflejo de la Alianza inquebrantable entre Cristo y la humanidad que culminó en la entrega hasta el fin, en la cruz: «El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal»[118].

121. El matrimonio es un signo precioso, porque «cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del matrimonio, Dios, por decirlo así, se “refleja” en ellos, imprime en ellos los propios rasgos y el carácter indeleble de su amor. El matrimonio es la imagen del amor de Dios por nosotros. También Dios, en efecto, es comunión: las tres Personas del Padre, Hijo y Espíritu Santo viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta. Y es precisamente este el misterio del matrimonio: Dios hace de los dos esposos una sola existencia»[119]. Esto tiene consecuencias muy concretas y cotidianas, porque los esposos, «en virtud del sacramento, son investidos de una auténtica misión, para que puedan hacer visible, a partir de las cosas sencillas, ordinarias, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia, que sigue entregando la vida por ella»[120].

122. Sin embargo, no conviene confundir planos diferentes: no hay que arrojar sobre dos personas limitadas el tremendo peso de tener que reproducir de manera perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio como signo implica «un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios»[121].

Toda la vida, todo en común

123. Después del amor que nos une a Dios, el amor conyugal es la «máxima amistad»[122]. Es una unión que tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida. Pero el matrimonio agrega a todo ello una exclusividad indisoluble, que se expresa en el proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia. Seamos sinceros y reconozcamos las señales de la realidad: quien está enamorado no se plantea que esa relación pueda ser sólo por un tiempo; quien vive intensamente la alegría de casarse no está pensando en algo pasajero; quienes acompañan la celebración de una unión llena de amor, aunque frágil, esperan que pueda perdurar en el tiempo; los hijos no sólo quieren que sus padres se amen, sino también que sean fieles y sigan siempre juntos. Estos y otros signos muestran que en la naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo. La unión que cristaliza en la promesa matrimonial para siempre, es más que una formalidad social o una tradición, porque arraiga en las inclinaciones espontáneas de la persona humana. Y, para los creyentes, es una alianza ante Dios que reclama fidelidad: «El Señor es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo que era tu compañera, la mujer de tu alianza […] No traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio» (Ml 2,14.15-16).

124. Un amor débil o enfermo, incapaz de aceptar el matrimonio como un desafío que requiere luchar, renacer, reinventarse y empezar siempre de nuevo hasta la muerte, no puede sostener un nivel alto de compromiso. Cede a la cultura de lo provisorio, que impide un proceso constante de crecimiento. Pero «prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada»[123]. Que ese amor pueda atravesar todas las pruebas y mantenerse fiel en contra de todo, supone el don de la gracia que lo fortalece y lo eleva. Como decía san Roberto Belarmino: «El hecho de que uno solo se una con una sola en un lazo indisoluble, de modo que no puedan separarse, cualesquiera sean las dificultades, y aun cuando se haya perdido la esperanza de la prole, esto no puede ocurrir sin un gran misterio»[124].

125. El matrimonio, además, es una amistad que incluye las notas propias de la pasión, pero orientada siempre a una unión cada vez más firme e intensa. Porque «no ha sido instituido solamente para la procreación» sino para que el amor mutuo «se manifieste, progrese y madure según un orden recto»[125]. Esta amistad peculiar entre un hombre y una mujer adquiere un carácter totalizante que sólo se da en la unión conyugal. Precisamente por ser totalizante, esta unión también es exclusiva, fiel y abierta a la generación. Se comparte todo, aun la sexualidad, siempre con el respeto recíproco. El Concilio Vaticano II lo expresó diciendo que «un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida»[126].

Alegría y belleza

126. En el matrimonio conviene cuidar la alegría del amor. Cuando la búsqueda del placer es obsesiva, nos encierra en una sola cosa y nos incapacita para encontrar otro tipo de satisfacciones. La alegría, en cambio, amplía la capacidad de gozar y nos permite encontrar gusto en realidades variadas, aun en las etapas de la vida donde el placer se apaga. Por eso decía santo Tomás que se usa la palabra «alegría» para referirse a la dilatación de la amplitud del corazón[127]. La alegría matrimonial, que puede vivirse aun en medio del dolor, implica aceptar que el matrimonio es una necesaria combinación de gozos y de esfuerzos, de tensiones y de descanso, de sufrimientos y de liberaciones, de satisfacciones y de búsquedas, de molestias y de placeres, siempre en el camino de la amistad, que mueve a los esposos a cuidarse: «se prestan mutuamente ayuda y servicio»[128].

127. El amor de amistad se llama «caridad» cuando se capta y aprecia el «alto valor» que tiene el otro[129]. La belleza —el «alto valor» del otro, que no coincide con sus atractivos físicos o psicológicos— nos permite gustar lo sagrado de su persona, sin la imperiosa necesidad de poseerlo. En la sociedad de consumo el sentido estético se empobrece, y así se apaga la alegría. Todo está para ser comprado, poseído o consumido; también las personas. La ternura, en cambio, es una manifestación de este amor que se libera del deseo de la posesión egoísta. Nos lleva a vibrar ante una persona con un inmenso respeto y con un cierto temor de hacerle daño o de quitarle su libertad. El amor al otro implica ese gusto de contemplar y valorar lo bello y sagrado de su ser personal, que existe más allá de mis necesidades. Esto me permite buscar su bien también cuando sé que no puede ser mío o cuando se ha vuelto físicamente desagradable, agresivo o molesto. Por eso, «del amor por el cual a uno le es grata otra persona depende que le dé algo gratis»[130].

128. La experiencia estética del amor se expresa en esa mirada que contempla al otro como un fin en sí mismo, aunque esté enfermo, viejo o privado de atractivos sensibles. La mirada que valora tiene una enorme importancia, y retacearla suele hacer daño. ¡Cuántas cosas hacen a veces los cónyuges y los hijos para ser mirados y tenidos en cuenta! Muchas heridas y crisis se originan cuando dejamos de contemplarnos. Eso es lo que expresan algunas quejas y reclamos que se escuchan en las familias: «Mi esposo no me mira, para él parece que soy invisible». «Por favor, mírame cuando te hablo». «Mi esposa ya no me mira, ahora sólo tiene ojos para sus hijos». «En mi casa yo no le importo a nadie, y ni siquiera me ven, como si no existiera». El amor abre los ojos y permite ver, más allá de todo, cuánto vale un ser humano.

129. La alegría de ese amor contemplativo tiene que ser cultivada. Puesto que estamos hechos para amar, sabemos que no hay mayor alegría que un bien compartido: «Da y recibe, disfruta de ello» (Si 14,16). Las alegrías más intensas de la vida brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás, en un anticipo del cielo. Cabe recordar la feliz escena del film La fiesta de Babette, donde la generosa cocinera recibe un abrazo agradecido y un elogio: «¡Cómo deleitarás a los ángeles!». Es dulce y reconfortante la alegría de provocar deleite en los demás, de verlos disfrutar. Ese gozo, efecto del amor fraterno, no es el de la vanidad de quien se mira a sí mismo, sino el del amante que se complace en el bien del ser amado, que se derrama en el otro y se vuelve fecundo en él.

130. Por otra parte, la alegría se renueva en el dolor. Como decía san Agustín: «Cuanto mayor fue el peligro en la batalla, tanto mayor es el gozo en el triunfo»[131]. Después de haber sufrido y luchado juntos, los cónyuges pueden experimentar que valió la pena, porque consiguieron algo bueno, aprendieron algo juntos, o porque pueden valorar más lo que tienen. Pocas alegrías humanas son tan hondas y festivas como cuando dos personas que se aman han conquistado juntos algo que les costó un gran esfuerzo compartido.

Casarse por amor

131. Quiero decir a los jóvenes que nada de todo esto se ve perjudicado cuando el amor asume el cauce de la institución matrimonial. La unión encuentra en esa institución el modo de encauzar su estabilidad y su crecimiento real y concreto. Es verdad que el amor es mucho más que un consentimiento externo o que una especie de contrato matrimonial, pero también es cierto que la decisión de dar al matrimonio una configuración visible en la sociedad, con unos determinados compromisos, manifiesta su relevancia: muestra la seriedad de la identificación con el otro, indica una superación del individualismo adolescente, y expresa la firme opción de pertenecerse el uno al otro. Casarse es un modo de expresar que realmente se ha abandonado el nido materno para tejer otros lazos fuertes y asumir una nueva responsabilidad ante otra persona. Esto vale mucho más que una mera asociación espontánea para la gratificación mutua, que sería una privatización del matrimonio. El matrimonio como institución social es protección y cauce para el compromiso mutuo, para la maduración del amor, para que la opción por el otro crezca en solidez, concretización y profundidad, y a su vez para que pueda cumplir su misión en la sociedad. Por eso, el matrimonio va más allá de toda moda pasajera y persiste. Su esencia está arraigada en la naturaleza misma de la persona humana y de su carácter social. Implica una serie de obligaciones, pero que brotan del mismo amor, de un amor tan decidido y generoso que es capaz de arriesgar el futuro.

132. Optar por el matrimonio de esta manera, expresa la decisión real y efectiva de convertir dos caminos en un único camino, pase lo que pase y a pesar de cualquier desafío. Por la seriedad que tiene este compromiso público de amor, no puede ser una decisión apresurada, pero por esa misma razón tampoco se la puede postergar indefinidamente. Comprometerse con otro de un modo exclusivo y definitivo siempre tiene una cuota de riesgo y de osada apuesta. El rechazo de asumir este compromiso es egoísta, interesado, mezquino, no acaba de reconocer los derechos del otro y no termina de presentarlo a la sociedad como digno de ser amado incondicionalmente. Por otro lado, quienes están verdaderamente enamorados tienden a manifestar a los otros su amor. El amor concretizado en un matrimonio contraído ante los demás, con todos los compromisos que se derivan de esta institucionalización, es manifestación y resguardo de un «sí» que se da sin reservas y sin restricciones. Ese sí es decirle al otro que siempre podrá confiar, que no será abandonado cuando pierda atractivo, cuando haya dificultades o cuando se ofrezcan nuevas opciones de placer o de intereses egoístas.

Amor que se manifiesta y crece

133. El amor de amistad unifica todos los aspectos de la vida matrimonial, y ayuda a los miembros de la familia a seguir adelante en todas las etapas. Por eso, los gestos que expresan ese amor deben ser constantemente cultivados, sin mezquindad, llenos de palabras generosas. En la familia «es necesario usar tres palabras. Quisiera repetirlo. Tres palabras: permiso, gracias, perdón. ¡Tres palabras clave!»[132]. «Cuando en una familia no se es entrometido y se pide “permiso”, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir “gracias”, y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir “perdón”, en esa familia hay paz y hay alegría»[133]. No seamos mezquinos en el uso de estas palabras, seamos generosos para repetirlas día a día, porque «algunos silencios pesan, a veces incluso en la familia, entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos»[134]. En cambio, las palabras adecuadas, dichas en el momento justo, protegen y alimentan el amor día tras día.

134. Todo esto se realiza en un camino de permanente crecimiento. Esta forma tan particular de amor que es el matrimonio, está llamada a una constante maduración, porque hay que aplicarle siempre aquello que santo Tomás de Aquino decía de la caridad: «La caridad, en razón de su naturaleza, no tiene límite de aumento, ya que es una participación de la infinita caridad, que es el Espíritu Santo […] Tampoco por parte del sujeto se le puede prefijar un límite, porque al crecer la caridad, sobrecrece también la capacidad para un aumento superior»[135]. San Pablo exhortaba con fuerza: «Que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros» (1 Ts 3,12); y añade: «En cuanto al amor mutuo […] os exhortamos, hermanos, a que sigáis progresando más y más» (1 Ts 4,9-10). Más y más. El amor matrimonial no se cuida ante todo hablando de la indisolubilidad como una obligación, o repitiendo una doctrina, sino afianzándolo gracias a un crecimiento constante bajo el impulso de la gracia. El amor que no crece comienza a correr riesgos, y sólo podemos crecer respondiendo a la gracia divina con más actos de amor, con actos de cariño más frecuentes, más intensos, más generosos, más tiernos, más alegres. El marido y la mujer «experimentando el sentido de su unidad y lográndola más plenamente cada día»[136]. El don del amor divino que se derrama en los esposos es al mismo tiempo un llamado a un constante desarrollo de ese regalo de la gracia.

135. No hacen bien algunas fantasías sobre un amor idílico y perfecto, privado así de todo estímulo para crecer. Una idea celestial del amor terreno olvida que lo mejor es lo que todavía no ha sido alcanzado, el vino madurado con el tiempo. Como recordaron los Obispos de Chile, «no existen las familias perfectas que nos propone la propaganda falaz y consumista. En ellas no pasan los años, no existe la enfermedad, el dolor ni la muerte […] La propaganda consumista muestra una fantasía que nada tiene que ver con la realidad que deben afrontar, en el día a día, los jefes y jefas de hogar»[137]. Es más sano aceptar con realismo los límites, los desafíos o la imperfección, y escuchar el llamado a crecer juntos, a madurar el amor y a cultivar la solidez de la unión, pase lo que pase.

Diálogo

136. El diálogo es una forma privilegiada e indispensable de vivir, expresar y madurar el amor en la vida matrimonial y familiar. Pero supone un largo y esforzado aprendizaje. Varones y mujeres, adultos y jóvenes, tienen maneras distintas de comunicarse, usan un lenguaje diferente, se mueven con otros códigos. El modo de preguntar, la forma de responder, el tono utilizado, el momento y muchos factores más, pueden condicionar la comunicación. Además, siempre es necesario desarrollar algunas actitudes que son expresión de amor y hacen posible el diálogo auténtico.

137. Darse tiempo, tiempo de calidad, que consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba. Esto requiere la ascesis de no empezar a hablar antes del momento adecuado. En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos, hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir. Esto implica hacer un silencio interior para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente: despojarse de toda prisa, dejar a un lado las propias necesidades y urgencias, hacer espacio. Muchas veces uno de los cónyuges no necesita una solución a sus problemas, sino ser escuchado. Tiene que sentir que se ha percibido su pena, su desilusión, su miedo, su ira, su esperanza, su sueño. Pero son frecuentes lamentos como estos: «No me escucha. Cuando parece que lo está haciendo, en realidad está pensando en otra cosa». «Hablo y siento que está esperando que termine de una vez». «Cuando hablo intenta cambiar de tema, o me da respuestas rápidas para cerrar la conversación».

138. Desarrollar el hábito de dar importancia real al otro. Se trata de valorar su persona, de reconocer que tiene derecho a existir, a pensar de manera autónoma y a ser feliz. Nunca hay que restarle importancia a lo que diga o reclame, aunque sea necesario expresar el propio punto de vista. Subyace aquí la convicción de que todos tienen algo que aportar, porque tienen otra experiencia de la vida, porque miran desde otro punto de vista, porque han desarrollado otras preocupaciones y tienen otras habilidades e intuiciones. Es posible reconocer la verdad del otro, el valor de sus preocupaciones más hondas y el trasfondo de lo que dice, incluso detrás de palabras agresivas. Para ello hay que tratar de ponerse en su lugar e interpretar el fondo de su corazón, detectar lo que le apasiona, y tomar esa pasión como punto de partida para profundizar en el diálogo.

139. Amplitud mental, para no encerrarse con obsesión en unas pocas ideas, y flexibilidad para poder modificar o completar las propias opiniones. Es posible que, de mi pensamiento y del pensamiento del otro pueda surgir una nueva síntesis que nos enriquezca a los dos. La unidad a la que hay que aspirar no es uniformidad, sino una «unidad en la diversidad», o una «diversidad reconciliada». En ese estilo enriquecedor de comunión fraterna, los diferentes se encuentran, se respetan y se valoran, pero manteniendo diversos matices y acentos que enriquecen el bien común. Hace falta liberarse de la obligación de ser iguales. También se necesita astucia para advertir a tiempo las «interferencias» que puedan aparecer, de manera que no destruyan un proceso de diálogo. Por ejemplo, reconocer los malos sentimientos que vayan surgiendo y relativizarlos para que no perjudiquen la comunicación. Es importante la capacidad de expresar lo que uno siente sin lastimar; utilizar un lenguaje y un modo de hablar que pueda ser más fácilmente aceptado o tolerado por el otro, aunque el contenido sea exigente; plantear los propios reclamos pero sin descargar la ira como forma de venganza, y evitar un lenguaje moralizante que sólo busque agredir, ironizar, culpar, herir. Muchas discusiones en la pareja no son por cuestiones muy graves. A veces se trata de cosas pequeñas, poco trascendentes, pero lo que altera los ánimos es el modo de decirlas o la actitud que se asume en el diálogo.

140. Tener gestos de preocupación por el otro y demostraciones de afecto. El amor supera las peores barreras. Cuando se puede amar a alguien, o cuando nos sentimos amados por él, logramos entender mejor lo que quiere expresar y hacernos entender. Superar la fragilidad que nos lleva a tenerle miedo al otro, como si fuera un «competidor». Es muy importante fundar la propia seguridad en opciones profundas, convicciones o valores, y no en ganar una discusión o en que nos den la razón.

141. Finalmente, reconozcamos que para que el diálogo valga la pena hay que tener algo que decir, y eso requiere una riqueza interior que se alimenta en la lectura, la reflexión personal, la oración y la apertura a la sociedad. De otro modo, las conversaciones se vuelven aburridas e inconsistentes. Cuando ninguno de los cónyuges se cultiva y no existe una variedad de relaciones con otras personas, la vida familiar se vuelve endogámica y el diálogo se empobrece.

Amor apasionado

142. El Concilio Vaticano II enseña que este amor conyugal «abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, puede enriquecer con una dignidad peculiar las expresiones del cuerpo y del espíritu, y ennoblecerlas como signos especiales de la amistad conyugal»[138]. Por algo será que un amor sin placer ni pasión no es suficiente para simbolizar la unión del corazón humano con Dios: «Todos los místicos han afirmado que el amor sobrenatural y el amor celeste encuentran los símbolos que buscan en el amor matrimonial, más que en la amistad, más que en el sentimiento filial o en la dedicación a una causa. Y el motivo está justamente en su totalidad»[139]. ¿Por qué entonces no detenernos a hablar de los sentimientos y de la sexualidad en el matrimonio?

El mundo de las emociones

143. Deseos, sentimientos, emociones, eso que los clásicos llamaban «pasiones», tienen un lugar importante en el matrimonio. Se producen cuando «otro» se hace presente y se manifiesta en la propia vida. Es propio de todo ser viviente tender hacia otra cosa, y esta tendencia tiene siempre señales afectivas básicas: el placer o el dolor, la alegría o la pena, la ternura o el temor. Son el presupuesto de la actividad psicológica más elemental. El ser humano es un viviente de esta tierra, y todo lo que hace y busca está cargado de pasiones.

144. Jesús, como verdadero hombre, vivía las cosas con una carga de emotividad. Por eso le dolía el rechazo de Jerusalén (cf. Mt23,37), y esta situación le arrancaba lágrimas (cf. Lc 19,41). También se compadecía ante el sufrimiento de la gente (cf. Mc 6,34). Viendo llorar a los demás, se conmovía y se turbaba (cf. Jn 11,33), y él mismo lloraba la muerte de un amigo (cf. Jn 11,35). Estas manifestaciones de su sensibilidad mostraban hasta qué punto su corazón humano estaba abierto a los demás.

145. Experimentar una emoción no es algo moralmente bueno ni malo en sí mismo[140]. Comenzar a sentir deseo o rechazo no es pecaminoso ni reprochable. Lo que es bueno o malo es el acto que uno realice movido o acompañado por una pasión. Pero si los sentimientos son promovidos, buscados y, a causa de ellos, cometemos malas acciones, el mal está en la decisión de alimentarlos y en los actos malos que se sigan. En la misma línea, sentir gusto por alguien no significa de por sí que sea un bien. Si con ese gusto yo busco que esa persona se convierta en mi esclava, el sentimiento estará al servicio de mi egoísmo. Creer que somos buenos sólo porque «sentimos cosas» es un tremendo engaño. Hay personas que se sienten capaces de un gran amor sólo porque tienen una gran necesidad de afecto, pero no saben luchar por la felicidad de los demás y viven encerrados en sus propios deseos. En ese caso, los sentimientos distraen de los grandes valores y ocultan un egocentrismo que no hace posible cultivar una vida sana y feliz en familia.

146. Por otra parte, si una pasión acompaña al acto libre, puede manifestar la profundidad de esa opción. El amor matrimonial lleva a procurar que toda la vida emotiva se convierta en un bien para la familia y esté al servicio de la vida en común. La madurez llega a una familia cuando la vida emotiva de sus miembros se transforma en una sensibilidad que no domina ni oscurece las grandes opciones y los valores sino que sigue a su libertad[141], brota de ella, la enriquece, la embellece y la hace más armoniosa para bien de todos.

Dios ama el gozo de sus hijos

147. Esto requiere un camino pedagógico, un proceso que incluye renuncias. Es una convicción de la Iglesia que muchas veces ha sido rechazada, como si fuera enemiga de la felicidad humana. Benedicto XVI recogía este cuestionamiento con gran claridad: «La Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?»[142].Pero él respondía que, si bien no han faltado exageraciones o ascetismos desviados en el cristianismo, la enseñanza oficial de la Iglesia, fiel a las Escrituras, no rechazó «el eros como tal, sino que declaró guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización del eros […] lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza»[143].

148. La educación de la emotividad y del instinto es necesaria, y para ello a veces es indispensable ponerse algún límite. El exceso, el descontrol, la obsesión por un solo tipo de placeres, terminan por debilitar y enfermar al placer mismo[144], y dañan la vida de la familia. De verdad se puede hacer un hermoso camino con las pasiones, lo cual significa orientarlas cada vez más en un proyecto de autodonación y de plena realización de sí mismo, que enriquece las relaciones interpersonales en el seno familiar. No implica renunciar a instantes de intenso gozo[145], sino asumirlos como entretejidos con otros momentos de entrega generosa, de espera paciente, de cansancio inevitable, de esfuerzo por un ideal. La vida en familia es todo eso y merece ser vivida entera.

149. Algunas corrientes espirituales insisten en eliminar el deseo para liberarse del dolor. Pero nosotros creemos que Dios ama el gozo del ser humano, que él creó todo «para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17). Dejemos brotar la alegría ante su ternura cuando nos propone: «Hijo, trátate bien […] No te prives de pasar un día feliz» (Si 14,11.14). Un matrimonio también responde a la voluntad de Dios siguiendo esta invitación bíblica: «Alégrate en el día feliz» (Qo 7,14). La cuestión es tener la libertad para aceptar que el placer encuentre otras formas de expresión en los distintos momentos de la vida, de acuerdo con las necesidades del amor mutuo. En ese sentido, se puede acoger la propuesta de algunos maestros orientales que insisten en ampliar la consciencia, para no quedar presos en una experiencia muy limitada que nos cierre las perspectivas. Esa ampliación de la consciencia no es la negación o destrucción del deseo sino su dilatación y su perfeccionamiento.

Dimensión erótica del amor

150. Todo esto nos lleva a hablar de la vida sexual del matrimonio. Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus creaturas. Cuando se la cultiva y se evita su descontrol, es para impedir que se produzca el «empobrecimiento de un valor auténtico»[146]. San Juan Pablo II rechazó que la enseñanza de la Iglesia lleve a «una negación del valor del sexo humano», o que simplemente lo tolere «por la necesidad misma de la procreación»[147]. La necesidad sexual de los esposos no es objeto de menosprecio, y «no se trata en modo alguno de poner en cuestión esa necesidad»[148].

151. A quienes temen que en la educación de las pasiones y de la sexualidad se perjudique la espontaneidad del amor sexuado, san Juan Pablo II les respondía que el ser humano «está llamado a la plena y madura espontaneidad de las relaciones», que «es el fruto gradual del discernimiento de los impulsos del propio corazón»[149]. Es algo que se conquista, ya que todo ser humano «debe aprender con perseverancia y coherencia lo que es el significado del cuerpo».[150] La sexualidad no es un recurso para gratificar o entretener, ya que es un lenguaje interpersonal donde el otro es tomado en serio, con su sagrado e inviolable valor. Así, «el corazón humano se hace partícipe, por decirlo así, de otra espontaneidad»[151]. En este contexto, el erotismo aparece como manifestación específicamente humana de la sexualidad. En él se puede encontrar «el significado esponsalicio del cuerpo y la auténtica dignidad del don»[152]. En sus catequesis sobre la teología del cuerpo humano, enseñó que la corporeidad sexuada «es no sólo fuente de fecundidad y procreación», sino que posee «la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don»[153]. El más sano erotismo, si bien está unido a una búsqueda de placer, supone la admiración, y por eso puede humanizar los impulsos.

152. Entonces, de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos. Siendo una pasión sublimada por un amor que admira la dignidad del otro, llega a ser una «plena y limpísima afirmación amorosa», que nos muestra de qué maravillas es capaz el corazón humano y así, por un momento, «se siente que la existencia humana ha sido un éxito»[154].

Violencia y manipulación

153. Dentro del contexto de esta visión positiva de la sexualidad, es oportuno plantear el tema en su integridad y con un sano realismo. Porque no podemos ignorar que muchas veces la sexualidad se despersonaliza y también se llena de patologías, de tal modo que «pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos»[155]. En esta época se vuelve muy riesgoso que la sexualidad también sea poseída por el espíritu venenoso del «usa y tira». El cuerpo del otro es con frecuencia manipulado, como una cosa que se retiene mientras brinda satisfacción y se desprecia cuando pierde atractivo. ¿Acaso se pueden ignorar o disimular las constantes formas de dominio, prepotencia, abuso, perversión y violencia sexual, que son producto de una desviación del significado de la sexualidad y que sepultan la dignidad de los demás y el llamado al amor debajo de una oscura búsqueda de sí mismo?

154. No está de más recordar que, aun dentro del matrimonio, la sexualidad puede convertirse en fuente de sufrimiento y de manipulación. Por eso tenemos que reafirmar con claridad que «un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su situación actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos»[156]. Los actos propios de la unión sexual de los cónyuges responden a la naturaleza de la sexualidad querida por Dios si son vividos «de modo verdaderamente humano»[157]. Por eso, san Pablo exhortaba: «Que nadie falte a su hermano ni se aproveche de él» (1 Ts 4,6). Si bien él escribía en una época en que dominaba una cultura patriarcal, donde la mujer se consideraba un ser completamente subordinado al varón, sin embargo enseñó que la sexualidad debe ser una cuestión de conversación entre los cónyuges: planteó la posibilidad de postergar las relaciones sexuales por un tiempo, pero «de común acuerdo» (1 Co 7,5).

155. San Juan Pablo II hizo una advertencia muy sutil cuando dijo que el hombre y la mujer están «amenazados por la insaciabilidad»[158]. Es decir, están llamados a una unión cada vez más intensa, pero el riesgo está en pretender borrar las diferencias y esa distancia inevitable que hay entre los dos. Porque cada uno posee una dignidad propia e intransferible. Cuando la preciosa pertenencia recíproca se convierte en un dominio, «cambia esencialmente la estructura de comunión en la relación interpersonal»[159]. En la lógica del dominio, el dominador también termina negando su propia dignidad[160], y en definitiva deja «de identificarse subjetivamente con el propio cuerpo»[161], ya que le quita todo significado. Vive el sexo como evasión de sí mismo y como renuncia a la belleza de la unión.

156. Es importante ser claros en el rechazo de toda forma de sometimiento sexual. Por ello conviene evitar toda interpretación inadecuada del texto de la carta a los Efesios donde se pide que «las mujeres estén sujetas a sus maridos» (Ef 5,22). San Pablo se expresa aquí en categorías culturales propias de aquella época, pero nosotros no debemos asumir ese ropaje cultural, sino el mensaje revelado que subyace en el conjunto de la perícopa. Retomemos la sabia explicación de san Juan Pablo II: «El amor excluye todo género de sumisión, en virtud de la cual la mujer se convertiría en sierva o esclava del marido […] La comunidad o unidad que deben formar por el matrimonio se realiza a través de una recíproca donación, que es también una mutua sumisión»[162]. Por eso se dice también que «los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos» (Ef 5,28). En realidad el texto bíblico invita a superar el cómodo individualismo para vivir referidos a los demás, «sujetos los unos a los otros» (Ef5,21). En el matrimonio, esta recíproca «sumisión» adquiere un significado especial, y se entiende como una pertenencia mutua libremente elegida, con un conjunto de notas de fidelidad, respeto y cuidado. La sexualidad está de modo inseparable al servicio de esa amistad conyugal, porque se orienta a procurar que el otro viva en plenitud.

157. Sin embargo, el rechazo de las desviaciones de la sexualidad y del erotismo nunca debería llevarnos a su desprecio ni a su descuido. El ideal del matrimonio no puede configurarse sólo como una donación generosa y sacrificada, donde cada uno renuncia a toda necesidad personal y sólo se preocupa por hacer el bien al otro sin satisfacción alguna. Recordemos que un verdadero amor sabe también recibir del otro, es capaz de aceptarse vulnerable y necesitado, no renuncia a acoger con sincera y feliz gratitud las expresiones corpóreas del amor en la caricia, el abrazo, el beso y la unión sexual. Benedicto XVI era claro al respecto: «Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad»[163]. Por esta razón, «el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don»[164]. Esto supone, de todos modos, recordar que el equilibrio humano es frágil, que siempre permanece algo que se resiste a ser humanizado y que en cualquier momento puede desbocarse de nuevo, recuperando sus tendencias más primitivas y egoístas.

Matrimonio y virginidad

158. «Muchas personas que viven sin casarse, no sólo se dedican a su familia de origen, sino que a menudo cumplen grandes servicios en su círculo de amigos, en la comunidad eclesial y en la vida profesional […] Muchos, asimismo, ponen sus talentos al servicio de la comunidad cristiana bajo la forma de la caridad y el voluntariado. Luego están los que no se casan porque consagran su vida por amor a Cristo y a los hermanos. Su dedicación enriquece extraordinariamente a la familia, en la Iglesia y en la sociedad»[165].

159. La virginidad es una forma de amar. Como signo, nos recuerda la premura del Reino, la urgencia de entregarse al servicio evangelizador sin reservas (cf. 1 Co 7,32), y es un reflejo de la plenitud del cielo donde «ni los hombres se casarán ni las mujer tomarán esposo» (Mt 22,30). San Pablo la recomendaba porque esperaba un pronto regreso de Jesucristo, y quería que todos se concentraran sólo en la evangelización: «El momento es apremiante» (1 Co 7,29). Sin embargo, dejaba claro que era una opinión personal o un deseo suyo (cf. 1 Co 7,6-8) y no un pedido de Cristo: «No tengo precepto del Señor» (1 Co 7,25). Al mismo tiempo, reconocía el valor de los diferentes llamados: «cada cual tiene su propio don de Dios, unos de un modo y otros de otro» (1 Co 7,7). En este sentido, san Juan Pablo II dijo que los textos bíblicos «no dan fundamento ni para sostener la “inferioridad” del matrimonio, ni la “superioridad” de la virginidad o del celibato»[166] en razón de la abstención sexual. Más que hablar de la superioridad de la virginidad en todo sentido, parece adecuado mostrar que los distintos estados de vida se complementan, de tal manera que uno puede ser más perfecto en algún sentido y otro puede serlo desde otro punto de vista. Alejandro de Hales, por ejemplo, expresaba que, en un sentido, el matrimonio puede considerarse superior a los demás sacramentos, porque simboliza algo tan grande como «la unión de Cristo con la Iglesia o la unión de la naturaleza divina con la humana»[167].

160. Por lo tanto, «no se trata de disminuir el valor del matrimonio en beneficio de la continencia»,[168], y «no hay base alguna para una supuesta contraposición […] Si, de acuerdo con una cierta tradición teológica, se habla del estado de perfección (status perfectionis), se hace no a causa de la continencia misma, sino con relación al conjunto de la vida fundada sobre los consejos evangélicos»[169]. Pero una persona casada puede vivir la caridad en un altísimo grado. Entonces, «llega a esa perfección que brota de la caridad, mediante la fidelidad al espíritu de esos consejos. Esta perfección es posible y accesible a cada uno de los hombres»[170].

161. La virginidad tiene el valor simbólico del amor que no necesita poseer al otro, y refleja así la libertad del Reino de los Cielos. Es una invitación a los esposos para que vivan su amor conyugal en la perspectiva del amor definitivo a Cristo, como un camino común hacia la plenitud del Reino. A su vez, el amor de los esposos tiene otros valores simbólicos: por una parte, es un peculiar reflejo de la Trinidad. La Trinidad es unidad plena, pero en la cual existe también la distinción. Además, la familia es un signo cristológico, porque manifiesta la cercanía de Dios que comparte la vida del ser humano uniéndose a él en la Encarnación, en la Cruz y en la Resurrección: cada cónyuge se hace «una sola carne» con el otro y se ofrece a sí mismo para compartirlo todo con él hasta el fin. Mientras la virginidad es un signo «escatológico» de Cristo resucitado, el matrimonio es un signo «histórico» para los que caminamos en la tierra, un signo del Cristo terreno que aceptó unirse a nosotros y se entregó hasta darnos su sangre. La virginidad y el matrimonio son, y deben ser, formas diferentes de amar, porque «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor»[171].

162. El celibato corre el peligro de ser una cómoda soledad, que da libertad para moverse con autonomía, para cambiar de lugares, de tareas y de opciones, para disponer del propio dinero, para frecuentar personas diversas según la atracción del momento. En ese caso, resplandece el testimonio de las personas casadas. Quienes han sido llamados a la virginidad pueden encontrar en algunos matrimonios un signo claro de la generosa e inquebrantable fidelidad de Dios a su Alianza, que estimule sus corazones a una disponibilidad más concreta y oblativa. Porque hay personas casadas que mantienen su fidelidad cuando su cónyuge se ha vuelto físicamente desagradable, o cuando no satisface las propias necesidades, a pesar de que muchas ofertas inviten a la infidelidad o al abandono. Una mujer puede cuidar a su esposo enfermo y allí, junto a la Cruz, vuelve a dar el «sí» de su amor hasta la muerte. En ese amor se manifiesta de un modo deslumbrante la dignidad del amante, dignidad como reflejo de la caridad, puesto que es propio de la caridad amar, más que ser amado[172]También podemos advertir en muchas familias una capacidad de servicio oblativo y tierno ante hijos difíciles e incluso desagradecidos. Esto hace de esos padres un signo del amor libre y desinteresado de Jesús. Todo esto se convierte en una invitación a las personas célibes para que vivan su entrega por el Reino con mayor generosidad y disponibilidad. Hoy, la secularización ha desdibujado el valor de una unión para toda la vida y ha debilitado la riqueza de la entrega matrimonial, por lo cual «es preciso profundizar en los aspectos positivos del amor conyugal»[173].

La transformación del amor

163. La prolongación de la vida hace que se produzca algo que no era común en otros tiempos: la relación íntima y la pertenencia mutua deben conservarse por cuatro, cinco o seis décadas, y esto se convierte en una necesidad de volver a elegirse una y otra vez. Quizás el cónyuge ya no está apasionado por un deseo sexual intenso que le mueva hacia la otra persona, pero siente el placer de pertenecerle y que le pertenezca, de saber que no está solo, de tener un «cómplice», que conoce todo de su vida y de su historia y que comparte todo. Es el compañero en el camino de la vida con quien se pueden enfrentar las dificultades y disfrutar las cosas lindas. Eso también produce una satisfacción que acompaña al querer propio del amor conyugal. No podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amarnos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad. El amor que nos prometemos supera toda emoción, sentimiento o estado de ánimo, aunque pueda incluirlos. Es un querer más hondo, con una decisión del corazón que involucra toda la existencia. Así, en medio de un conflicto no resuelto, y aunque muchos sentimientos confusos den vueltas por el corazón, se mantiene viva cada día la decisión de amar, de pertenecerse, de compartir la vida entera y de permanecer amando y perdonando. Cada uno de los dos hace un camino de crecimiento y de cambio personal. En medio de ese camino, el amor celebra cada paso y cada nueva etapa.

164. En la historia de un matrimonio, la apariencia física cambia, pero esto no es razón para que la atracción amorosa se debilite. Alguien se enamora de una persona entera con una identidad propia, no sólo de un cuerpo, aunque ese cuerpo, más allá del desgaste del tiempo, nunca deje de expresar de algún modo esa identidad personal que ha cautivado el corazón. Cuando los demás ya no puedan reconocer la belleza de esa identidad, el cónyuge enamorado sigue siendo capaz de percibirla con el instinto del amor, y el cariño no desaparece. Reafirma su decisión de pertenecerle, la vuelve a elegir, y expresa esa elección en una cercanía fiel y cargada de ternura. La nobleza de su opción por ella, por ser intensa y profunda, despierta una forma nueva de emoción en el cumplimiento de esa misión conyugal. Porque «la emoción provocada por otro ser humano como persona […] no tiende de por sí al acto conyugal»[174]. Adquiere otras expresiones sensibles, porque el amor «es una única realidad, si bien con diversas dimensiones; según los casos, una u otra puede destacar más»[175]. El vínculo encuentra nuevas modalidades y exige la decisión de volver a amasarlo una y otra vez. Pero no sólo para conservarlo, sino para desarrollarlo. Es el camino de construirse día a día. Pero nada de esto es posible si no se invoca al Espíritu Santo, si no se clama cada día pidiendo su gracia, si no se busca su fuerza sobrenatural, si no se le reclama con deseo que derrame su fuego sobre nuestro amor para fortalecerlo, orientarlo y transformarlo en cada nueva situación.


[104] Catecismo de la Iglesia Católica, 1641.

[105] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 2: AAS98 (2006), 218.

[106] Ejercicios Espirituales, Contemplación para alcanzar amor, 230.

[107] Octavio Paz, La llama doble, Barcelona 1993, 35.

[108] Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 114, a. 2, ad 1.

[109] Catequesis (13 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 15 de mayo de 2015, p. 9.

[110] Summa TheologiaeII-II, q. 27, a. 1, ad 2.

[111] Ibíd., II-II, q. 27, a. 1.

[112] Catequesis (13 mayo 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 15 de mayo de 2015, p. 9.

[113] Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 21: AAS 74 (1982), 106.

[114] Sermón en la iglesia Bautista de la Avenida Dexter, Montgomery, Alabama, 17 de noviembre de 1957.

[115] Santo Tomás de Aquino entiende el amor como « vis unitiva» ( Summa Theologiae I, a. 20, 1, ad 3), retomando una expresión de Dionisio Ps. Areopagita ( De divinis nominibus, 4, 12: PG, 709).

[116] Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 27, a. 2.

[117] Carta enc. Casti connubii (31 diciembre 1930): AAS 22 (1930), 547-548.

[118] Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 13: AAS 74 (1982), 94.

[119] Catequesis (2 abril 2014): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 4 de abril de 2014, p. 16.

[120] Ibíd.

[121] Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 9: AAS 74 (1982), 90.

[122] Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles, III, 123; cf. Aristóteles, Ética a Nicómaco, 8, 12 (ed. Bywater, Oxford 1984), 174.

[123] Carta enc. Lumen fidei (29 junio 2013), 52: AAS 105 (2013), 590.

[124] De sacramento matrimonii, 1, 2: en Id., Disputationes, III, 5, 3 (ed. Giuliano, Nápoles 1858), 778.

[125] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 50.

[126] Ibíd., 49.

[127] Cf. Summa Theologiae I-II, q. 31, a. 3, ad 3.

[128] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 48.

[129] Cf. Summa Theologiae I-II, q. 26, a. 3.

[130] Ibíd., q. 110, a. 1.

[131] Confesiones, 8, 3, 7: PL 32, 752.

[132] Discurso a las Familias del mundo con ocasión de su peregrinación a Roma en el Año de la Fe (26 octubre 2013): AAS (2013), 980.

[133] Ángelus (29 diciembre 2013): L’Osservatore Romano,ed. semanal en lengua española, 3 de enero de 2014, p. 2.

[134] Discurso a las Familias del mundo con ocasión de su peregrinación a Roma en el Año de la Fe (26 octubre 2013): AAS (2013), 978.

[135] Summa TheologiaeII-II, q. 24, a. 7.

[136] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 48.

[137] Conferencia Episcopal de Chile, La vida y la familia: regalos de Dios para cada uno de nosotros (21 octubre 2014).

[138] Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 49.

[139] A. Sertillanges, L’amour chrétien, París 1920, 174.

[140] Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q. 24, a. 1.

[141] Cf. ibíd., q. 59, a. 5.

[142] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 3: AAS 98 (2006), 219-220.

[143] Ibíd., 4: AAS 98 (2006), 220.

[144] Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q. 32, a. 7.

[145] Cf. ibíd., II-II, q. 153, a. 2, ad 2: « Abundantia delectationis quae est in actu venereo secundum rationem ordinato, non contrariatur medio virtutis» .

[146] Juan Pablo II, Catequesis (22 octubre 1980), 5: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 26 de octubre de 1980, p. 3.

[147] Ibíd., 3.

[148] Id., Catequesis (24 septiembre 1980), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 28 de septiembre de 1980, p. 3.

[149] Catequesis (12 noviembre 1980), 2: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1980, p. 3.

[150] Ibíd., 4.

[151] Ibíd., 5.

[152] Ibíd., 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1980, p. 3.

[153] Id., Catequesis (16 enero 1980), 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 20 de enero de 1980, p. 3.

[154] Josef Pieper, Über die Liebe, Múnich 2014, 174-175.

[155] Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 23: AAS87 (1995), 427.

[156] Pablo VI, Carta enc. Humanae vitae (25 julio 1968), 13: AAS 60 (1968), 489.

[157] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 49.

[158] Catequesis (18 junio 1980), 5: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 22 de junio de 1980, p. 3.

[159] Ibíd., 6.

[160] Cf. Catequesis (30 julio 1980), 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 3 de agosto de 1980, p. 3.

[161] Catequesis (8 abril 1981), 3: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 12 de abril de 1981, p. 3.

[162] Catequesis (11 agosto 1982), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 15 de agosto de 1982, p. 3.

[163] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 5: AAS 98 (2006), 221.

[164] Ibíd., 7: AAS 98 (2006), 224.

[165] Relación final 2015, 22.

[166] Catequesis (14 abril 1982), 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 18 de abril de 1982, p. 3.

[167] Glossa in quatuor libros sententiarum Petri Lombardi, 4, 26, 2 (Quaracchi 1957, 446).

[168] Juan Pablo II, Catequesis (7 abril 1982), 2: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 11 de abril de 1982, p. 3.

[169] Id., Catequesis(14 abril 1982), 3: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 18 de abril de 1982, p. 3.

[170] Ibíd.

[171] Id., Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 10: AAS 71 (1979), 274.

[172] Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 27, a. 1.

[173] Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y uniones de hecho (26 julio 2000), 40.

[174] Juan Pablo II, Catequesis (31 octubre 1984), 6: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 4 de noviembre de 1984, p. 3.

[175] Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 8: AAS 98 (2006), 224.

 

 

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El plan de Dios sobre el matrimonio y la familia

El matrimonio es un proyecto de Dios:

Por: Documentos de la Asamblea Plenaria | Fuente: Conferencia Episcopal Española

1. El matrimonio y la familia en el plan de Dios

El matrimonio, un proyecto de Dios

25. “Al principio… los creó hombre y mujer” (Mt 19,4). De este modo Jesucristo presenta a sus interlocutores la existencia de un plan que sólo puede ser plenamente conocido y desarrollado por los creyentes y que concierne al matrimonio y a la familia. Jesucristo, al hacer referencia a la creación, manifiesta la unidad del designio de Dios sobre el hombre y se introduce en el modo humano de comprenderse a sí mismo y de construir la propia vida . Con esta respuesta evangélica, la Iglesia sale al paso de las interpretaciones torcidas que de esta realidad han realizado algunas corrientes de pensamiento basadas solamente en los datos sociológicos y psicológicos.

De este modo se establece una relación intrínseca e inseparable entre la Revelación divina y la experiencia humana, que van a ser los dos ejes imprescindibles para el conocimiento completo de la realidad del hombre y el sentido de la misma. El culmen de esta conjunción se realiza en Cristo. En el encuentro con Él entramos en la comunión con Dios Padre que, por su Espíritu Santo, nos capacita para descubrir y realizar “el beneplácito de su voluntad” (Ef 1,5).

El matrimonio, unión de hombre y mujer,
fundamento de la familia

26. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Gén 2,24). Con estas palabras se nos manifiesta una gran verdad: el matrimonio es el fundamento de la familia. La realidad del mutuo don de sí de los esposos es el único fundamento verdaderamente humano de una familia. Se ve así la diferencia específica con cualquier otro pretendido “modelo de familia” que excluya de raíz el matrimonio. De igual modo, el matrimonio que no se orienta a la familia, conduce a la negación propia del don de sí y a la negación de su propia misión recibida de Dios, para sustituirla con un equivocado plan humano.

El matrimonio, en la historia de la salvación

27. El anuncio del “evangelio de la familia” no se puede desvincular del anuncio del
“evangelio del matrimonio”, que es su origen y su fuente . Para penetrar en la verdad y bien últimos del matrimonio es necesario partir siempre de la consideración del mismo en la historia de la salvación. El conocimiento de esta profunda verdad del matrimonio se ofrece al hombre por medio de su propia historia, vivida como una “vocación al amor”.

2. La vocación al amor

Inscrita en el cuerpo y en todo el ser del hombre y la mujer

28. La “antropología adecuada” de la que partimos tiene como afirmación primera el que la persona sólo se puede conocer, de modo adecuado a su dignidad, cuando es amada. “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” .
El plan de Dios que revela al hombre la plenitud de su vocación se ha de comprender entonces como una verdadera “vocación al amor”. Es una vocación originaria, anterior a cualquier elección humana, que está inscrita en su propio ser, incluso en su propio cuerpo. Así nos lo ha revelado Dios cuando dice: “a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gén 1,27). En la diferencia sexual está inscrita una específica llamada al amor que pertenece a la imagen de Dios . Se trata, por consiguiente, de una llamada a la libertad del hombre por la que éste descubre, como fin de su vida, la construcción de una auténtica comunión de personas. De este modo y con estos pasos, la vocación originaria al amor va a permitir la construcción de la vida del hombre en toda su plenitud. El mensaje y la palabra de Dios se insertan en lo más íntimo del corazón del hombre y lo iluminan desde dentro. Es ésta una característica esencial que debe guiar siempre el anuncio del plan de Dios en la Pastoral de la Iglesia.

Vocación fundamental e innata
de todo ser humano

29. Como imagen de Dios, que es Amor (cfr. 1 Jn 4,8), la vocación al amor es constitutiva del ser humano. “Dios (...) llamándolo a la existencia por amor, le ha llamado también al mismo tiempo al amor (...). El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano” . La persona llega a la perfección, a que ha sido destinada “desde toda la eternidad”, en la medida en que ama. Cuando descubre que ha sido llamado por Dios al amor y hace de su vida una respuesta a ese fin.

Incluye la tarea de la integración corpóreo-espiritual

30. Ese hombre, creado a imagen de Dios, es todo hombre (todos y cada uno de los seres humanos) y todo el hombre (el ser humano en su totalidad unificada). El hombre es llamado al amor en su unidad integral de un ser corpóreo-espiritual . Nunca puede separarse la vocación al amor de la realidad corporal del hombre. Los espiritualismos, a lo largo de la historia, han sido destructivos y anticristianos. Igualmente se supera todo materialismo: la sexualidad es un “modo de ser” personal, nunca puede reducirse a la mera genitalidad o al instinto; afecta al núcleo de la persona en cuanto tal; está orientada a expresar y realizar la vocación del hombre y de la mujer al amor . Se trata de una realidad que debe ser asumida e integrada progresivamente en la personalidad por medio de la libertad del hombre. Se da así una íntima relación de carácter moral entre la sexualidad, la afectividad y la construcción en el amor de una comunión de personas abierta a la vida. Ese es el sentido profundo de la sexualidad humana, incluido en la imagen divina.

La diferencia sexual,
ordenada a la comunión de personas

31. La diferenciación del ser humano en hombre y mujer, es decir, la diferenciación sexual, está orientada a la construcción de una comunión de personas (cfr. Gén 1,27). Ni el hombre ni la mujer pueden llegar al pleno desarrollo de su personalidad al margen o fuera de su condición masculina o femenina. Por otro lado, esencial a esa condición es la orientación a la ayuda y complementariedad: el ser humano no ha sido creado para vivir en soledad (cfr. Gén 2,18), sólo se realiza plenamente existiendo con alguien o, más exactamente, para alguien . La sexualidad tiene un significado axiológico, está ordenada al amor y la comunión interpersonal.

Sólo la redención
capacita para vivir el plan de Dios

32. Por el pecado, la imagen de Dios que se manifiesta en el amor humano se ha oscurecido; al hombre caído le cuesta comprender y secundar el designio de Dios. La comunión entre las personas se experimenta como algo frágil, sometido a las tentaciones de la concupiscencia y del dominio (cfr. Gén 3,16). Acecha constantemente la tentación del egoísmo en cualquiera de sus formas, hasta el punto de que “sin la ayuda de Dios el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó ‘al comienzo’” .
La Redención de Cristo devuelve al corazón del hombre la verdad original del plan de Dios y lo hace capaz de realizarla en medio de las oscuridades y obstáculos de la vida. Ese hombre llamado a la comunión con Dios, pecador y redimido, es el hombre al que la Iglesia se dirige en su misión y al cual debe devolver la esperanza de poder cumplir la plenitud de lo que anhela su corazón. “¿Y de qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia, o del redimido por Cristo? Porque se trata de esto: de la realidad de la redención de Cristo. ¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que Él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia” .

Necesidad de la Comunidad eclesial
para vivir la vocación al amor

33. En el marco de ese plan de salvación, en el que la iniciativa es siempre divina, la integración de la sexualidad, la afectividad y el amor en una historia unitaria y vocacional es una lenta tarea en la que el fiel, movido por la gracia, debe contar con la ayuda de la comunidad eclesial. La Pastoral familiar debe saber introducirse en los “procesos de vida” en los que cada hombre y cada mujer van configurando su propia vocación al amor, para iluminarlos desde la fe y confortarlos con la caridad fraterna.

  • Amor esponsal

     

    Libertad del don de sí

    34. Esta vocación al amor que implica a toda la persona en la construcción de su historia, tiene como fin el don sincero de sí por el que el hombre encuentra su propia identidad . Se trata de la libre entrega a otra persona para formar con ella una auténtica comunión de personas. Entregar la propia vida a otra persona es expresión máxima de libertad.

    Rasgos esenciales del amor esponsal

    35. Realizar esta entrega de modo humano exige una madurez de la libertad que permite al hombre no sólo dar cosas, sino darse a sí mismo en totalidad. El fundamento de esta entrega es un amor peculiar que se denomina esponsal .
    El amor esponsal es a la vez corpóreo y espiritual. En cuanto amor personal, exige la fidelidad al compromiso y la verdad en su realización; como fundamento de una comunión, requiere la reciprocidad que será el camino específico de su crecimiento y corroboración. Por la totalidad de la entrega que exige va a incluir la corporalidad, que comprende en sí la afectividad y hace de este amor de entrega un amor exclusivo. En esa entrega está inscrita, por la fuerza de la naturaleza del amor, una promesa de fecundidad que revela la generosidad desbordante del amor creador divino del cual el hombre participa por su propia entrega.

    Aprender a amar en plenitud

    36. Estas características del amor esponsal revelan su valor único en la vida del hombre y tienen un significado del todo central para la vocación al amor. Por eso, el amor esponsal va a ser el fin de todo el proceso de crecimiento y maduración que el hombre ha de realizar como preparación a la totalidad de la entrega.

    La fuente: el amor esponsal de Cristo y la Iglesia

    37. El cristiano encuentra la última verdad de este amor en Jesucristo crucificado que entrega su cuerpo por amor de su Iglesia. Es la revelación del amor del Esposo -Cristo- que “amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla” (Ef 5,25). Todo amor humano va a ser referido a este “gran misterio” de la entrega de Cristo por la Iglesia, en el que se realiza y transmite la salvación a los hombres. Esta realidad de amor implica de tal modo a la Iglesia que ésta sólo puede realizar su propia misión si la entiende como la respuesta fiel al amor de su Esposo. La pastoral de la Iglesia nace así de un amor esponsal que debe ser, en consecuencia, un amor materno y fecundo. Así, la Pastoral familiar ayudará a mostrar el rostro esponsal y materno de la Iglesia.

    Sólo se comprende en su totalidad cuando se vive

    38. La entrega de sí es una realidad existencial, y sólo se comprende en su totalidad cuando se vive. No basta, pues, un simple conocimiento abstracto de sus notas; ha de hacerse vida. Una auténtica pastoral matrimonial no puede contentarse con una información de las características del amor conyugal, debe saber acompañar a los novios en un proceso formación hasta la madurez que los haga capaces del “don sincero de sí”.

    El matrimonio, modo específico de realizar la entrega de sí que exige la vocación esponsal

    39. Un modo particular y específico de realizar la entrega de sí que exige el amor esponsal, es el matrimonio. Con la promesa de un amor fiel hasta la muerte y la entrega conyugal de sus propios cuerpos, los esposos vienen a constituir esa “unidad de dos” por la que se hacen “una sola carne” (cfr. Gén 2,24; Mt 19,5). Por eso se puede decir en verdad que “el matrimonio es la dimensión primera y, en cierto sentido fundamental, de esta llamada” del hombre y la mujer a vivir en comunión de amor . A esta comunión y como expresión de la verdad más profunda de ser “una carne”, está unida desde “el principio” la bendición divina de la fecundidad (cfr. Gén 1,28).
    Se perciben así las características propias de la vocación al amor que el hombre va descubriendo en su propia vida, mediante el amor humano, en referencia a la sexualidad como medio específico de comunicación entre un hombre y una mujer. Dios se sirve así de las realidades más humanas para mostrar y realizar su plan de salvación.

    Comunión exclusiva e indisoluble

    40. Por otro lado, la “unidad de dos”, por la que el hombre y la mujer vienen a ser “una sola carne” en el matrimonio, es de tal naturaleza y tiene tales propiedades que sólo puede darse entre un solo hombre y una sola mujer. El amor conyugal ha de ser signo y realización de toda la verdad contenida en la vocación al amor que ha guiado todo el proceso de descubrimiento del plan de Dios. La fidelidad personal que se sigue a una entrega conyugal, exige que sea para siempre. La interpretación que hace el Señor sobre el matrimonio “en el principio”, habla inequívocamente de la exclusividad y perpetuidad de la unión conyugal: “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (cfr. Mt 19,3-12).

    El modo verdaderamente humano de vivir el compromiso conyugal, condición necesaria para que sea sacramento

    41. Cuando el Señor “sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio (...), el amor conyugal auténtico es asumido por el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia, para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y de la maternidad” . El amor humano, inserto en la Historia de Amor que es el plan de salvación de Dios, es testimonio de un amor más grande que el hombre mismo, es imagen real del amor de Cristo por la Iglesia. El “modo verdaderamente humano” de vivir el compromiso y la relación conyugal es condición necesaria para que sea sacramento, es decir, realidad sagrada, signo eficaz del amor de Cristo por la Iglesia.

    Vocación a la santidad conyugal,
    por la participación en el mismo amor de Dios

    42. Entonces la donación de Cristo a su Iglesia “hasta el extremo” (cfr. Jn 13,1) debe configurar siempre las expresiones del amor conyugal. El amor de los esposos es un don, una participación del mismo amor creador y redentor de Dios. Ésa es la razón de que los esposos sean capaces de superar las dificultades que se les puedan presentar, llegando hasta el heroísmo, si fuera necesario. Ése es también el motivo de que puedan y deban crecer más en su amor: siempre les es posible avanzar más, también en este aspecto, en la identificación con el Señor. Y la expresión plena de ese amor de Cristo se encuentra en las palabras de San Pablo: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25). El camino de santidad que se abre al hombre por medio del amor esponsal, se vive dentro de la comunión de la Iglesia.

  • El matrimonio y la virginidad o celibato, vocaciones recíprocas y complementarias

     

    Dos vocaciones al amor esponsal

    43. El misterio de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia es, en su unidad indivisible, el misterio originario de amor esponsal, un amor que es a la vez fecundo y virginal. La Iglesia expresa la riqueza del amor esponsal cristiano en una doble vocación al amor: matrimonio y virginidad o celibato por el Reino de los cielos. Ambas son signo y participación de ese misterio de amor y modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor .
    Por ello, “la estima de la virginidad por el Reino y el sentido cristiano del matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente” . El matrimonio necesita de la luz de la virginidad y, a la inversa, ésta de aquél para comprenderse y vivirse adecuadamente. La virginidad o celibato por el reino de los cielos, recuerda que la vida en este mundo no es la definitiva y hace presente a los esposos la necesidad de vivir su matrimonio con un sentido escatológico. A su vez, el matrimonio hace presente que la donación universal, propia de la virginidad, ha de expresarse en manifestaciones concretas, ya que sólo de esa manera puede hacerse real el amor a las personas.

    Belleza y santidad de ambas

    44. La excelencia de la virginidad o celibato “por el reino de los cielos” (cfr. 1 Co 7,38; Mt 19,10-12) sobre el matrimonio se debe al vínculo singular que tiene con el Reino de Dios . Expresa mejor el estado definitivo del hombre y de la mujer que tendrá lugar en la resurrección de los muertos cuando, según dice Jesús, “no se casarán los hombres ni las mujeres, sino que serán en el cielo como ángeles” (Mc 12,25; cfr. Lc 20,36; 1 Co 7,31) . Ello, sin embargo, en modo alguno ha de interpretarse como una infravaloración del matrimonio (cfr.1 Co 7,26.29-31). La perfección de la vida cristiana se mide por la caridad o fidelidad a la propia vocación. Todos los cristianos, de cualquier clase y condición, estamos llamados a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y llegar a la santidad.

    La existencia de una y otra vocación manifiesta la necesidad de vivirlas dentro de la Iglesia; sólo la comunión de ambas vocaciones en la diversidad, manifiesta al mundo la totalidad del amor esponsal de Cristo. El anuncio y el acompañamiento del matrimonio, como una vocación cristiana de santidad, es el eje básico de la pastoral del matrimonio.

    3. El matrimonio, vocación cristiana

    El matrimonio, realidad social y eclesial

    45. La llamada al amor que el hombre descubre y que le pide una totalidad en su entrega, supone la asunción de un estado de vida ante la sociedad y la Iglesia. No se ha de entender nunca como una realidad meramente privada que sólo concierna a los esposos; su vida común es el fundamento de una nueva realidad social. En cuanto tal debe ser reconocida dentro de la convivencia social y protegida por las leyes para que se fortalezca y contribuya a la construcción de la misma sociedad y de la Iglesia.

  • La institución del matrimonio

     

    Fundada por el Creador, con unas finalidades propias que deben ser reconocidas socialmente

    46. “La alianza matrimonial, por la que el hombre y la mujer se unen entre sí para toda la vida” , ha sido fundada por el Creador y provista desde “el principio” de sus finalidades propias que deben ser reconocidas socialmente . El vínculo sagrado que, ciertamente, se establece sobre el consentimiento personal e irrevocable de los cónyuges, no depende del arbitrio humano . El matrimonio es una institución que hunde sus raíces en la humanidad del hombre y de la mujer, en ese misterio de trascendencia de ser creados a imagen del mismo Dios (cfr. Gén, 1,27). Es una realidad buena y hermosa, salida de las manos de Dios (cfr. Gén 1,1-25; 1 Co 7,38).

    Razones de la unidad e indisolubilidad

    47. Así, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutua y libremente, nace, ante la sociedad , un vínculo tan singular y especial que hace que los casados vengan a constituir una “unidad de dos” (Gén, 2, 24) . Hasta el punto que el Señor, refiriéndose a esa unidad, concluye con lógica coherencia, “de manera que ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19,8). “Tanto la misma unión singular del hombre y la mujer como el bien de los hijos exigen y piden la plena fidelidad de los cónyuges y también la unidad indisoluble del vínculo” . Se trata de una unidad tan profunda que abarca la totalidad de sus personas en cuanto sexualmente distintas y complementarias. Es una unidad que, por su propia naturaleza, exige la indisolubilidad. Responde a las exigencias más hondas de la igual dignidad personal de los esposos, a la naturaleza del amor que debe unirlos, al bien de los hijos y de la sociedad .

    Defensa y promoción de la estabilidad matrimonial

    48. Nacido de la vocación al amor, el matrimonio es la institución del amor conyugal. La alianza de amor conyugal tiene unas notas esenciales, como la definitividad e incondicionalidad, que transcienden la voluntad de los cónyuges y les han de ayudar superar las crisis y dificultades por las que pase su amor conyugal; no se comprende adecuadamente la verdad del matrimonio como institución si se lo identifica, sin más, con la experiencia psicológica del amor mutuo; remite siempre a un amor anterior a los esposos, del que es manifestación y del que recibe su fuerza. La desaparición del mutuo afecto conyugal no conlleva una disolución del matrimonio. Cuando se dice que el amor conyugal pertenece a la esencia del matrimonio debe entenderse como una exigencia moral de esa original “unidad de dos” que han llegado a ser por el consentimiento matrimonial. Porque se han unido en matrimonio ha surgido entre ellos “una íntima comunidad conyugal de vida y amor” , una comunidad que debe ser de amor, y renovarse y crecer cada vez más con cuidadoso esmero.
    De este modo se transparenta, en la vida social, el modo concreto de vivir la vocación al amor y sus características fundamentales. La defensa y la promoción de esta vida fiel de los esposos y de la estabilidad matrimonial son de capital importancia para toda la vida social, y merece un reconocimiento y protección.
    Esta realidad de la unión entre un hombre y una mujer, conforme al proyecto del Creador, “es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio” .

  • La presencia de Cristo: el matrimonio, camino de santidad

     

    Sacramento de la Alianza irrevocable e indisoluble

    49. “Cristo el Señor, al hacer nueva la creación y renovarlo todo (cfr. 2 Co 5,7), quiso restituir el Matrimonio a la forma y santidad originales (...), y, además, elevó este indisoluble pacto conyugal a la dignidad de Sacramento, para que significara más claramente y remitiera con más facilidad al modelo de su alianza nupcial con la Iglesia” . La venida de Cristo nos ha revelado la realización plena del plan de Dios y el significado del amor humano. El cristiano, inserto en la vida de Cristo, alcanza un nuevo horizonte de vida. La alianza matrimonial de los esposos queda integrada de tal manera en la alianza entre Dios y los hombres que “su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia” . Los esposos son así expresión de la eterna Alianza de Cristo con la nueva humanidad redimida. Esta alianza indestructible de la que vive la Iglesia es don del Espíritu y los esposos la viven por la indisolubilidad de su vínculo, que manifiesta cómo el don de Dios es completamente irrevocable.

    La participación en la Alianza se inicia en el bautismo; el matrimonio, una especificación de la misma

    50. Por el Bautismo los esposos cristianos participan ya en la vida de hijos de Dios; se da en ellos, por voluntad del Padre, una identificación con la vida del “Hijo amado” (Mt 3,17) que los inserta, ya en su inicio, con la alianza de amor definitiva entre Cristo y la Iglesia. Esa participación, sin embargo, tiene una especificidad propia por el sacramento del Matrimonio en cuanto tiene lugar a través del vínculo conyugal. “Así su comunidad conyugal es asumida en la caridad de Cristo y enriquecida con la fuerza de su sacrificio” .

    El matrimonio, vocación específica a la santidad

    51. Como bautizados, los esposos cristianos están llamados a la plenitud de la vida cristiana que alcanzan en su identificación con Cristo. La vocación matrimonial es incomprensible sin su radicación en la vocación bautismal que es, por sí misma, una vocación a la santidad. Desde esta perspectiva no hay diversidad, sino radical igualdad de vocación en todos los que han sido llamados a ser hijos de Dios en Cristo por la iniciativa de Dios Padre. Por consiguiente, la esencia de la misión pastoral de la Iglesia, el fin de todas sus acciones, es conducir a los fieles a la perfección en la caridad que es la santidad.
    Existen, sin embargo, caminos o modos diversos de seguir esa vocación. El matrimonio es uno de ellos: señala a los casados el modo concreto como deben vivir la vocación cristiana iniciada en el bautismo. El sacramento del matrimonio no da lugar, en los esposos, a una segunda vocación (la matrimonial) que vendría a sumarse a la primera (la bautismal). Pero sí da lugar a un modo específico de ser en la Iglesia y de relacionarse con Cristo, cuyo despliegue existencial es un quehacer vocacional . El existir matrimonial comporta por consiguiente las exigencias de radicalidad, irreversibilidad, etc., propias de la vocación cristiana.

    Dóciles a la acción del Espíritu,
    los esposos, protagonistas de su santificación

    52. Valorar el sentido vocacional del matrimonio supone penetrar en la “novedad” que significa el bautismo, es decir, la irrupción del Espíritu nuevo de la regeneración bautismal en la existencia humana. El verdadero protagonista de este camino de santidad que es el matrimonio para los cónyuges es el Paráclito, el Espíritu de Cristo . Lo específico del sacramento del matrimonio se inserta en la dinámica de la conformación e identificación con Cristo en que se resume la vida cristiana iniciada en el bautismo.
    Dóciles a la acción del Espíritu, los propios esposos son intérpretes y autores de su santificación; y toda la acción de la Iglesia, respecto al matrimonio, alcanza su sentido verdadero como colaboración con esta labor de santificación.

  • La vida del matrimonio en la Iglesia

     

    Los esposos, a través de su amor conyugal
    descubren su identidad y misión dentro de la Iglesia

    53. “Los esposos cristianos participan [del amor nupcial de Cristo por la Iglesia] en cuanto esposos, los dos, como pareja (...). Y el contenido de la participación en la vida de Cristo es también específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la que todos los componentes de la persona -llamada del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y la voluntad-; apunta a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un solo corazón y una sola alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad en la donación recíproca definitiva; y se abre a la fecundidad” .
    La específica vocación de los esposos cristianos a la santidad se realiza por medio de su caridad conyugal. Es a través de ella como descubren su ser y su misión dentro de la Iglesia . Es su misma vida conyugal, vivificada en Cristo, la gran aportación que realizan a la vida de la Iglesia.

    El crecimiento en el amor mutuo

    54. Los medios propios de crecimiento en el amor mutuo, como son el diálogo conyugal, la apertura a la vida, la oración en común, la mutua corrección, el discernimiento de la voluntad de Dios en sus propias vidas y en la educación de sus hijos, van a ser ahora el cauce de su participación del amor de Cristo a su Iglesia. Para ello, nunca pueden olvidar que la expresión más alta de la entrega de Cristo es el sacrificio de la Cruz.
    En la conciencia de la vocación a la que han sido llamados está la raíz de la serenidad y la esperanza con que los esposos cristianos han de afrontar las dificultades que les puedan sobrevenir. ¡El amor de Cristo que participan es más fuerte que las dificultades! . La conciencia de esa realidad deberá constituir el hilo conductor de la espiritualidad matrimonial. El sacramento del matrimonio es una expresión eficaz del poder salvífico de Dios, capaz de llevarles hasta la realización plena del designio divino sobre sus vidas.

    Crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad

    55. La misma vida de los esposos está marcada entonces por ese “mutuo sometimiento” que es el propio de la Iglesia a Cristo (cfr. Ef 5,21). Su vida no puede reducirse a un proyecto privado; el fortalecimiento y crecimiento de su comunión de vida está ligado al crecimiento en fe, esperanza y caridad que conforma la vida de la Iglesia . Es un modo específico de vivir la realidad de la comunión de los santos por la que “todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren según la operación de cada miembro, va obrando mesuradamente su crecimiento en orden a su conformación en la caridad” (Ef 4,16).

    Vitalidad de los matrimonios cristianos
    para la vitalidad de la Iglesia

    56. Por todo ello, la vitalidad de la misma Iglesia está en gran medida vinculada a la vida auténticamente cristiana de los matrimonios. De ningún modo se les puede considerar una parte poco significativa de la vida eclesial. El matrimonio como vocación eclesial es todavía una realidad no suficientemente valorada en nuestras comunidades y no pasa muchas veces de ser una afirmación nominal. La pastoral familiar debe comenzar por la revitalización de esta conciencia eclesial de los matrimonios cristianos, para que sean, no sólo miembros activos de propio derecho dentro de la Iglesia, sino también con una misión específica de la que son los responsables y para la que han de contar con la ayuda y los medios necesarios para llevarla a plenitud.

  • El matrimonio y la vida sacramental

     

    La gracia del sacramento se prolonga toda su vida

    57. Como sacramento, el matrimonio, que da razón del “lugar” que corresponde a los casados en el Pueblo de Dios , es fuente permanente de la gracia. Hace que los esposos puedan llevar a su plenitud existencial la vocación a la santidad que han recibido en el bautismo. La gracia sacramental posibilita a los esposos recorrer el camino de la mutua santificación y les capacita para realizar con perfección sus obligaciones como matrimonio y como padres. La alianza matrimonial, en virtud de la relación y pertenencia recíproca que ha surgido entre ellos, los vincula en unidad y los hace “imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo Místico del Señor Jesús” . Así como la Iglesia sólo es ella si está unida a Cristo, su Cabeza, así los esposos sólo viven su condición de tales si están unidos el uno al otro.

    Santificación recíproca de los esposos

    58. Las realidades que configuran su relación y su vida, como la convivencia familiar, la vida conyugal, el trabajo en relación a la familia, son entonces los cauces propios del vivir el sacramento del matrimonio como expresión real del amor de Cristo que se hace efectivo en su vida. Se concluye, pues, que en la tarea de la propia y personal respuesta a la vocación, los casados han de tener presente siempre su condición de esposos, es decir, al otro cónyuge y a la familia. La fidelidad a la propia vocación, como vía a la santidad, lleva consigo el ser instrumento y mediación para la santificación del otro cónyuge y de la familia entera.

    Confirmación y matrimonio

    59. Esta realidad dinámica del sacramento del matrimonio se relaciona intrínsecamente con toda la vida sacramental de los esposos. Es, como ya hemos dicho, una concreción de la radical vocación bautismal que les configura con la vida de Cristo y que vivifica internamente su entrega esponsal. Especifica la vocación apostólica propia de la Confirmación que los inserta a la misión de la Iglesia y al impulso del Espíritu. El primer efecto del Espíritu se da en el fortalecimiento de su caridad conyugal que les permite su vida en comunión en el amor de Cristo. Es también éste su primer testimonio como cristianos y la fuente de una gran fecundidad apostólica.

    Eucaristía y matrimonio

    60. La esponsalidad del amor de Cristo es máxima en el momento en que, por su entrega corporal de la Cruz, hace a su Iglesia cuerpo suyo, de modo que son “una sola carne”. Este misterio esponsal se renueva en la Eucaristía. En el “don” eucarístico, que es fundamento de la “comunión” eclesial, los esposos descubren y hacen suyo el amor esponsal de Cristo. La participación en la celebración eucarística es la mejor escuela y alimento de amor conyugal y el culmen de toda comunión familiar.
    La conciencia de esta realidad ha de llevar a la participación en la Eucaristía dominical, centro de la semana familiar. También se anima a la participación diaria -si es posible- en la Eucaristía. Y, como consecuencia, a convertir toda la jornada y toda la vida familiar en prolongación y preparación de la ofrenda de Cristo al Padre en el Espíritu. La Eucaristía es así el fin de toda acción de la Iglesia, a la que debe tender toda pastoral, que no puede ser sino la participación más plena en ese misterio y el despliegue del mismo en la vida.

    Reconciliación y matrimonio

    61. También el sacramento de la Reconciliación ha de ocupar un lugar importante en la vida de los esposos cristianos como respuesta a la vocación matrimonial. En el perdón se manifiesta la dimensión más profunda del amor que responde al mal venciéndolo con la fuerza del bien (cfr. Rom 12,21). En un ámbito íntimo las ofensas son especialmente dolorosas y es difícil la reconciliación: el pecado, muchas veces cometido contra el cónyuge, daña la comunión familiar. Sólo un amor que perdona es signo de ese “amor que no pasa nunca” (1 Cor 13,8) y que permite siempre volver a empezar.
    El perdón sacramental es así imprescindible en la vida conyugal para encontrar la fuente escondida del Amor misericordioso que sostiene la débil voluntad de los esposos. Desde la recepción del perdón divino con “su momento sacramental específico” , el hombre se capacita para “perdonar a los que nos ofenden” (Mt 6,12) y ser constructor de una nueva comunión: la de los hombres reconciliados. Este perdón deberá ser ofrecido a los hijos como un momento específico de su educación en el amor de Dios. Deberá valorarse adecuadamente la práctica del sacramento de la Reconciliación en la pastoral familiar.

    Fecundidad del amor conyugal

    62. Podemos ver entonces, desde la verdad más profunda del amor conyugal como camino de santidad, la fecundidad tan grande que encierra. Los esposos, al realizar existencialmente el proyecto de Dios sobre sus vidas, se abren a un plan más grande que su propia unión: la familia. La comunión conyugal está ordenada por medio de la procreación a la formación de la comunión familiar como una de las dimensiones intrínsecas de su vocación .
    Por eso, la pastoral de la Iglesia, que ha de cuidar en sus acciones la integridad del ámbito al que se dirige, ha de verse desde la comunión completa que se establece a partir del matrimonio: la familia. Reconociendo la centralidad del matrimonio, sólo se puede acceder a él como totalidad desde la realidad de la familia, que será así el marco adecuado a la pastoral y permitirá definirla como pastoral familiar.

    4. La familia: Iglesia doméstica

    La familia, transmisora del amor y de la vida

    63. El plan de Dios del que hemos partido y que el hombre descubre en su vocación al amor, es que el matrimonio encuentre su plenitud en la familia. El despliegue del matrimonio en la familia es expresión verdadera de la fecundidad del amor, que se ha de entender en toda su amplitud de una vida llena que se transmite, dando la vida, enseñando a vivir y transmitiendo esa vida eterna que es la herencia de los hijos de Dios. El amor conyugal que se vive en matrimonio está ordenado, por designio divino, además de a la unión entre los esposos, a la procreación y educación de los hijos ; de este origen y finalidad deriva la identidad y la misión de la familia que se puede describir como: descubrir, acoger, “custodiar, revelar y comunicar el amor” .
    El origen de esta fecundidad está en Dios Padre, “fuente de toda paternidad” (Ef 3,15), Amor originario del que procede la vocación al amor. Cuando la Revelación habla de Dios como Padre y del Verbo como Hijo, ese lenguaje, que sirve para iluminar el misterio de la Trinidad, ayuda también a descubrir la identidad de la familia: una comunidad de personas llamada a existir y vivir en comunión . De esa manera el “Nosotros” divino constituye el modelo y la vitalidad permanente del “nosotros” específico que constituye la familia .

    Llamada a realizar a su escala la misión misma de la Iglesia

    64. En cuanto nace del sacramento del matrimonio, en la recepción común de un único don divino con una misión específica, la familia cristiana, en su vida y sus acciones, es signo y revelación específica de la unidad y la comunión de la Iglesia. La familia cristiana constituye, “a su manera, una imagen y una representación histórica del misterio de la Iglesia” . Por eso está llamada a realizar, a su escala, la misión misma de la Iglesia. Es como una “iglesia en miniatura”, y puede y debe llamarse también “iglesia doméstica” .

    La pastoral familiar, para ayudar a la familia a vivir plenamente y realizar su misión

    65. Precisamente por esta íntima relación entre la familia cristiana y la Iglesia, la familia cristiana en cuanto comunión de personas es, por propio derecho, una comunión eclesial y un foco de evangelización. El primer elemento de la pastoral familiar es la misma vida cristiana de las familias. Este es el centro, el motor y el fin de toda pastoral que quiera ser en verdad familiar. No podrá consistir en actividades ajenas al vivir de la familia o a espaldas de su realidad, sino que, partiendo del protagonismo de la familia para llevar a cabo la misión recibida del mismo Cristo, la Pastoral familiar prestará todas las ayudas necesarias: anuncio del evangelio, asistencia en la vida de oración y sacramental, ayuda en las dificultades específicas de convivencia, educación y problemas familiares. De este modo, la Pastoral familiar les ayuda a llevar a plenitud su vida familiar.
    La Iglesia, como sacramento de salvación de los hombres, necesita de las familias cristianas para llevar a cabo su misión. Existen dimensiones específicamente familiares de la evangelización que sólo se pueden llevar a cabo adecuadamente en el ámbito familiar y por el testimonio valiente y sincero de las familias cristianas. El desconocimiento de esta realidad conduce a una pastoral que se convierte en una estructura separada de la vida y es un mal servicio a la causa del Evangelio.

  • Lugar privilegiado para la transmisión de la fe

     

    Ámbito del despertar religioso

    66. Como “iglesia doméstica” se da en la familia una realización verdadera de la misión de la Iglesia. La primera manifestación de esta misión es la transmisión de la fe . En este punto la familia, como comunión de personas, se ve como el lugar privilegiado para esta transmisión, en especial en el momento que se denomina “despertar religioso”.

    La fe no es sólo una serie de contenidos, sino la realidad del plan de Dios realizado en Cristo y vivido en la Iglesia. A partir del contenido humano de las relaciones familiares se revelan a los hijos los elementos fundamentales de la vida humana, las respuestas primeras y más verdaderas de quién es el hombre y cuál es su destino. Este despertar a la vida humana se realiza en la familia, donde se introduce al niño progresivamente en toda la gama de experiencias fundamentales en las que va a encontrar las claves para interpretar su mundo, sus relaciones, el sentido y el fin de su vida.

    Las relaciones familiares abren, de modo natural y profundo, a las verdades fundamentales de la fe

    67. En especial, la misión de la familia se refiere a las relaciones personales vividas en su seno: el amor conyugal fiel y seguro, la relación de paternidad y maternidad como principio de vida y de educación con amor y con autoridad, la realidad de la fraternidad, que brota de compartir un mismo amor que se nos ha dado. Todo ello abre, de modo natural y profundo, a las verdades fundamentales de la fe. La confianza mutua de la relación familiar es el mejor modo de experimentar y expresar esa fe de hijos de Dios, unidos en la gran familia de la Iglesia.

    Visión de fe y oración en familia

    68. La unión en una vida familiar entre el amor humano y el amor de Dios, la oración y el trabajo, la intimidad y el servicio, la gratuidad, la acción de gracias y el perdón, el modo de unirse en los acontecimientos dolorosos y la misma muerte de los seres queridos, son el modo de vivir la fe en la cotidianeidad.

    La oración en familia es expresión de fe y ayuda a la integración de fe y vida. La familia que reza unida, permanece unida; recupera la capacidad de mirarse a los ojos, de comunicarse, solidarizarse, perdonarse mutuamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios.

  • La educación al amor

     

    La familia, cauce donde se manifiesta y vive el amor que configura la identidad personal

    69. Esa unidad específica entre gracia sobrenatural y experiencia humana se realiza en la familia en la medida en que es una auténtica “comunidad de vida y amor”. El amor es así la fuerza y el hilo conductor de la vida de la familia como educación de la persona.

    La vocación al amor es la que nos ha señalado el camino por el que Dios revela al hombre su plan de salvación. Es en la conjunción original de los distintos amores en la familia –amor conyugal, paterno filial, fraternal, de abuelos y nietos, etc.- como la vocación al amor encuentra el cauce humano de manifestarse y desarrollarse conformando la auténtica identidad del hombre, hijo o hija, esposo o esposa, padre o madre, hermano o hermana.

    Lugar privilegiado para la educación afectivo-sexual

    70. La familia realiza así la primera educación al amor como un proceso que tiene sus propios momentos y que acompaña al hombre y a la mujer en su maduración personal . Esta educación permite comprender la importancia de la confianza en un maestro de vida para alcanzar la plenitud de esa sabiduría que consiste en saber vivir con plenitud. Se vence así la tentación de un subjetivismo individualista que se encierre, ante las cuestiones fundamentales de la existencia, en una serie de razones que no están integradas en una visión integral de “lo humano”. Un punto específico de esta educación es el ámbito afectivo-sexual cuyo lugar de educación privilegiado es la familia .

    La revelación de la vocación al amor de cada hombre o mujer depende en gran medida de esta inicial educación al amor que se ha de realizar en la familia; su falta es, en cambio, un grave obstáculo para que el plan de Dios llegue a echar raíces en el corazón del hombre y éste pueda vivir la comunión con Dios.

    Un camino integrado en los procesos vitales de la familia

    71. Podemos constatar, así, cómo la verdad del matrimonio y la familia en el plan de Dios conforma las claves de una pastoral familiar. Cómo ésta es, en verdad, una manifestación del ser de la Iglesia como “la gran familia” de los hijos de Dios y es una dimensión esencial de su propia misión. Por ello, debe ser un camino integrado en los procesos vitales de la familia, y no una serie de estructuras o acciones puntuales que no manifiestan suficientemente la vocación al amor que es el núcleo vital de esta pastoral.
    Seguiremos, por tanto, esos momentos que tienen su centro en la constitución del matrimonio, es decir, la preparación al matrimonio (capítulo II), la celebración del matrimonio mismo (capítulo III) y la atención pastoral a la familia (capítulo IV). Es el mismo Evangelio el que nos abre un horizonte inmenso que nace del corazón de Dios; es su promesa de “un amor hermoso” la que nos anima a realizarlo y constituye el motivo primero de toda pastoral familiar .

    Resumen

    Es fundamental que todos comprendan que:

  • El matrimonio no es una invención humana o un pacto privado, al arbitrio de las partes, sino un “gran misterio”, un proyecto maravilloso de Dios, que comunica su amor eterno al hombre, creado varón y mujer a su imagen y semejanza.
  • Los rasgos esenciales del amor conyugal los ha establecido Dios, autor del matrimonio, y los ha inscrito en los significados de la sexualidad humana: unidad, indisolubilidad, exclusividad, fecundidad, fidelidad.
  • La gracia de la redención capacita al hombre dividido por el pecado para descubrir y realizar el plan de Dios sobre el amor conyugal en toda su belleza.
  • Por el sacramento del matrimonio los esposos, injertados en la alianza de Cristo por el bautismo, participan como cónyuges en la misma.
  • El matrimonio cristiano es un camino de santidad en la Iglesia, es decir, a la plenitud del amor y al compromiso por la extensión del Reino de Dios.
  • El celibato y el matrimonio cristianos son dos vocaciones complementarias y de valor inestimable.
  • La santificación de la vida conyugal requiere diligente cuidado. La Iglesia ofrece a los esposos medios adecuados para que cultiven la vida en el Espíritu: sacramentos, enseñanzas, acompañamiento espiritual, etc.
  • La familia cristiana, “iglesia doméstica”, es la primera transmisora del amor y de la fe.
  • El fin de toda la pastoral familiar –que es una dimensión esencial de la acción de la Iglesia- es llevar a plenitud la vocación matrimonial.

 

 

Esperanza y experiencia.

Curiosamente, las dos palabras coinciden en casi todas las letras. Y la palabra “experiencia” tiene dos letras más que la palabra “esperanza”.

La esperanza tiene que ver con el futuro; la experiencia, con el pasado. La esperanza puede malograrse si la experiencia es negativa, y a la inversa. Pero aun cuando las experiencias sean negativas, puede surgir una esperanza de por sí optimista: es esperar contra toda esperanza. (Los acontecimientos adversos en muchos casos fortalecen a la persona).

Es lógico que los niños y los jóvenes tengan más esperanza que los adultos y que los viejos, pues tienen a la vista un tiempo más largo, que es en proporción inversa a la edad.  Por eso, el niño espera con más inquietud, con más anhelo que el que es mayor. Es bien sabido con qué ilusión, con qué “nervios” viven los niños la noche de Reyes, o la víspera del cumpleaños, o la víspera de algún acontecimiento especial.

En este sentido, se puede decir que el joven de espíritu es el que tiene esperanza, que vive con ilusión el presente y no está anclado en el pasado sino que se proyecta hacia el futuro. El dicho popular dice: “la esperanza es lo último que se pierde”.

Médicamente está comprobado  que viven más los individuos cargados de ilusiones que los  pesimistas. La esperanza, la ilusión, alargan la vida.

Como el hombre es una unidad corporal - espiritual en que las dos realidades conforman una única realidad, la esperanza hace más llevadera la enfermedad e incluso coopera en la curación.

En la puerta del infierno, en la Divina Comedia, se dice a los condenados que abandonen toda esperanza (“lasciate ogni speranza voi ch'entrate”). De allí no se sale. Y la Comedia describe a los condenados como seres desesperados, que saben que jamás verán a Dios.

En la Divina Comedia Dante personifica al hombre. El poeta Virgilio, que le conduce por el infierno, personifica a la razón. Termina la obra con la visita al Paraíso, guiado por Beatriz, que personifica a la fe. Es una obra cumbre en la Literatura Universal.

     Dante Alighieri

¿Tiene la esperanza un asiento concreto en el cerebro? Como la esperanza no es una cuestión meramente material, no se puede localizar de forma concreta en ninguna zona de la corteza cerebral o del encéfalo en general. En la depresión hay falta de esperanza, y como la depresión tiene que ver con fallos bioquímicos encefálicos, en cierto sentido pudiera también hablarse de la bioquímica de la esperanza. ¿Sería la serotonina el factor bioquímico de la esperanza?  

¿Algún factor hormonal tiene que ver con los estados de esperanza o de desesperanza? Es bien conocido que algunos ancianos están faltos de esperanza. En el anciano hay un declive hormonal.  Algunos denominan a la serotonina  “hormona de la alegría”.

Pero el espíritu es más potente que las hormonas: optimismo y edad no son cuestiones idéntic

  José Luis Velayos

 

 

A ningún matrimonio le faltan momentos de crisis

Colaboración FamilyandMedia – 02.10.2017

Foto: Freepik 

A menudo, las películas románticas presentan historias que recalcan perfectamente unos clichés preestablecidos.

Pensemos, por ejemplo, en la clásica escena en que uno de los dos futuros esposos abandona el altar para ir al encuentro de la persona que realmente ama, que llega corriendo al lugar donde se iba a celebrar la boda para interrumpir la ceremonia. Uno de los filmes con este final es -por ejemplo- una comedia romántica del 2001, The Wedding planner, con Jennifer López, dirigida por Adam Shankman.

Después hay otro guión visto y revisto: un hombre y una mujer, que estuvieron locamente enamorados, se vuelven a reunir tras años de separación. Fatalmente la pasión se reaviva, y tras superar una serie de problemáticas vinculadas a las nuevas condiciones de vida de uno y otro, por fin ambos estarán de nuevo juntos. Letters to Juliet, una película de 2010, dirigida por Gary Winick, relata una historia de este tipo.

Luego está la típica historia que nace entre dos amigos/enemigos, que se detestan, pero al mismo tiempo se sienten atraídos, y que acaban por enamorarse tras afrontar una aventura que les obliga a pasar mucho tiempo juntos, llevándoles a conocerse mejor y a apreciarse más. Un ejemplo de este género es Princesa por sorpresa 2, película 2004 dirigida por Garry Marshall.

Y luego están el hombre o la mujer divorciados o con un matrimonio en crisis que vuelven a descubrir el amor, pero fuera de su matrimonio… Desilusionados y frustrados, encuentran a alguien que les lleva a creer de nuevo en el amor. Aquellos sentimientos fuertes, muertos en la primera unión, resucitan ahora en la segunda relación. Una historia de este tipo es, por ejemplo, la película All you need is love, dirigida por Susana Bier.

No raramente estos clichés se entrelazan y se solapan. Pero vamos a concentrarnos en el último.

Si el segundo amor es siempre el más maravilloso…

No es ésta la sede adecuada para exponer unos conceptos archiconocidos por quienes se ocupan de terapia familiar o de pareja, pero es evidente que todo matrimonio puede atravesar períodos de crisis, más o menos largos y más o menos intensos.

Ningún vínculo -tampoco un vínculo de tipo nupcial, caracterizado por convivencia y exclusividad- carece de problemas, y es claro que a cualquier esposo le puede suceder que deje de sentirse feliz al lado de su cónyuge. Incluso puede dejar de reconocer como la persona amada al hombre o a la mujer que está a su lado.

La pregunta que surge espontánea es: ¿Cuál es la solución?

Un compromiso definitivo que necesita de cuidados en el tiempo. Hay que especificar que estamos hablando de matrimonio, no de noviazgo: dos novios, en efecto, están viviendo una fase de conocimiento, durante la cual es lícito tomar nota de que no se dan las bases necesarias para seguir adelante, y a veces dejarse es signo de valentía y humildad… Dos personas casadas, en cambio, han llegado a jurarse amor eterno. Para desear que un amor no tenga fin, y para prometerse -contra cualquier duda y temor- una fidelidad sin límites, probablemente se ha encontrado algo único y valioso en ese vínculo; algo que, quizá, merece ser redescubierto y desempolvado cuando quede sumergido bajo las escorias generadas por las dificultades de la vida.

Es cierto que también puede suceder que dos personas se equivoquen al elegirse… Quizá por ingenuidad o imprudencia, un hombre y una mujer pueden llegar a casarse casi sin darse cuenta, sin que se dieran las premisas para una unión duradera.

También es posible que, en el seno de una unión dictada por motivos diferentes del enamoramiento, dos personas lleguen a descubrirse y aprendan a amarse. Esta última opción, narrativamente ausente en el imaginario creado por el Romanticismo, ha encontrado respuesta en la realidad: la historia enseña que no todas las parejas creadas por motivos dinásticos o de Estado fueron infelices, ni todos los matrimonios de campesinos celebrados por "interés" o por la fuerza de las cosas han sido necesariamente desgraciados. Esta dinámica puede presentarse también hoy, aunque más raramente.

En cualquier caso, son muchísimos los casos en que se añora un "gran amor", el que llevó a prometerse, con fervor y convicción, pasar juntos el resto de la vida.

¿Por qué no valorizar más en el cine el esfuerzo por resucitar un matrimonio? ¿Por qué elegir la escapatoria del "segundo amor", en vez de mostrar que es bello y posible resucitar un matrimonio?

¿Por qué presentar a la primera mujer y al primer marido como monstruosos, ciegos e insensibles, y de este modo convencer al espectador que es totalmente imposible resucitar esa relación?

Volver a enamorarse: una empresa posible

Las personas pueden cambiar, pero a menudo los directores usan como artificio narrativo la figura de la antigua esposa, versión madrastra de Cenicienta o la figura del ex marido versión ogro malo, para que el espectador apoye sin condiciones la segunda historia.

Sin duda, hablar de un segundo amor, fresco y recién nacido es más fácil… porque es más simple enamorarse desde cero de una persona nueva, que enamorarse nuevamente de una persona que se ha comenzado a detestar o que ya no somos capaces de reconocer.

Pero el amor, el auténtico, no tiene miedo al esfuerzo y a las tribulaciones, no tiene miedo a morir, para luego volver a una nueva vida. El amor, el de verdad, no se mide por el cosquilleo que sentimos en el estómago, por la sintonía y por el romanticismo… se mide por la capacidad de apretar los dientes en un momento de crisis, por la capacidad de esperar y de luchar contra toda posible tentación, y así poder alzarse de nuevo siempre a la vez. Queridos directores, no tengan miedo de contarnos un amor así.

 

 

Placeres que conducen a la psicosis, distracciones que preparan para el trabajo

La distensión de los placeres castos y tranquilos del hogar, o de una vida razonable, temperante, tranquila, parecen a los viciados en las excitaciones de las grandes ciudades algo de un tedio insoportable.

Las grandes ciudades y la excitación

Contenidos

Todos los sociólogos deploran la exasperada concentración demográfica en los grandes centros modernos. Y señalan como una de las razones de este hecho la atracción que las diversiones de las ciudades, muy desarrolladas, ejercen sobre el alma simple del hombre del campo.

Las atracciones son hechas para excitar, arrastrar, hacer delirar a las personas

Iluminación pública espléndida, zona comercial muy concurrida de día, decorada de vitrinas resplandecientes por la noche, cines con anuncios atractivos, bares, boites, confiterías, restaurantes, bares con la radio violentamente sintonizada y centelleantes de luces. En fin, atracciones para todos los gustos, todos los bolsillos, todos los vicios.

Es el cuadro hoy ya trivial, de la megalópolis moderna, de que Río de Janeiro y Sao Paulo nos ofrecen ejemplo típico.

Ya no se comprende la distracción sin excitación

Las atracciones de este género son hechas para excitar, arrastrar, hacer delirar a las personas. Ellas crean una sed de placeres siempre más violentos, emociones siempre más fuertes, vibraciones siempre más intensas. Y es así que «descansa» un pobre hombre que trabajó pesadamente todo el día.

El cazador de imágenes

La distensión de los placeres castos y tranquilos del hogar, o de una vida razonable, temperante, tranquila, parecen a los viciados en las excitaciones de las megalópolis de un tedio insoportable.

Y, así, sólo la intemperancia, la excitación y el vicio divierten. ¿Es de admirar que en ese ambiente sean tantos los pecados, tan terribles las psicosis?

Nuestra fotografía presenta uno de los miles, mejor dicho de los millones, de aspectos que esa excitación presenta.

Al lado de un joven robusto que grita en un rictus que tiene algo de entusiasmo, algo de gemido, algo de imprecación, una joven sonríe encantada, entusiasmada, como que sintiendo deslizarse un deleite interior en todos sus nervios, y otro joven, sumamente atento, utiliza una revista como corneta. Son tres jóvenes que «descansan» divirtiéndose. ¿Con qué? ¿Un match? ¿Un torneo? No … ¡Oyen jazz !

Esta es una manifestación extrema de un hecho psicológico que en proporciones más discretas es común. Si así se vibra con el jazz, ¿Qué decir con las vibraciones provocadas por el cine, por la radio, por el deporte? ¿No es precisamente así, que las almas acaban por perder el gusto por el hogar y por el trabajo, o por caer en la psicosis?

La convivencia amena del pasado

Una escena de taberna

En la taberna de una popular aldea Alemana, terminada la faena diaria, cinco campesinos se divierten oyendo una lectura comentada, que uno de ellos les hace a la luz de un candelero. Hombres de mediana edad, fuertes, sanos, que encuentran un placer inteligente y lleno de espíritu, en esta cosa tan agradable y tan simple que es una lectura hecha con verve en una rueda de compañeros que saben analizar, comentar, sonreír. Placer sin gastos, tranquilo, tonificante, que distrae sin viciar, y prepara el hombre para nuevos esfuerzos, por medio de una sabia distensión.

Nótese que no se trata de intelectuales, sino de unos simples campesinos, los cuales todavía aprecian este placer supremo de los antiguos, hoy casi extinguido, esto es, una buena conversación.

Pero ese ambiente espiritual y recto tiene que resultar de condiciones generales de vida. Si esos hombres hubiesen pasado el día entero trabajando en un ambiente agitado, si hubiesen viajado horas en un tren de suburbio, si al lado de su calma y decente «brauerei» hubiese un cine «deslumbrante», y la radio de la taberna vecina estuviese llenando la manzana con las noticias perturbadoras de la política, o de las crisis económicas, describiendo el último crimen, o difundiendo un jazz «electrizante», ¿Podrían ellos conversar y descansar así?

¿No hay algo muy profundo para cambiar, en estas condiciones generales de la existencia moderna?

Debemos a un lector de “Catolicismo”, que quiso quedar en el anonimato, la ocasión de fotografiar este lienzo excelente del pintor Roeseler, que reflejó en sus cuadros aspectos típicos de la vida popular en Alemania.

Se podrá objetar que este artículo ya es antiguo. Lo publicamos porque nos parece que el tema continúa totalmente actual.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

Enérgico repudio al “matrimonio igualitario”

Acción Familia manifiesta su más enérgico repudio a la promulgación del mal llamado “matrimonio igualitario”. Para el Presidente, la ley significa “un paso adelante hacia esa sociedad más tolerante con la diversidad.” ¿Cuáles serán los próximos pasos?

El Presidente Piñera promulga la ley del mal llamado «matrimonio igualitario» rodeado de los representantes del Lobby homosexual chileno

 

El discurso pronunciado por el Presidente Piñera, al promulgarse la ley del “matrimonio homosexual”, es un ejemplo de lo falso y profundamente erróneo de esta ley inicua.

En efecto, el Presidente, rodeado de representantes del mundo homosexual, señaló que la ley significaba “un paso adelante hacia esa sociedad más tolerante con la diversidad.”

Es el caso de preguntarle al Presidente, si él considera que éste es sólo un paso más, ¿cuáles entonces deberán ser los siguientes y dónde irá a parar la llamada “tolerancia con la diversidad”?

Tal pregunta es pertinente, toda vez que Piñera agregó que “todas las parejas, independiente de su orientación sexual podrán vivir el amor, contraer matrimonio, y formar familia, con toda la dignidad y protección legal que necesitan y merecen”.

Si la “orientación sexual” ya no es una limitante para formar matrimonio, entonces ¿por qué no considerar igualmente, como auténticos matrimonios, aquellas uniones llamadas poligámicas, donde un hombre se une a varias mujeres, o aquellas en que una mujer convive con varios hombres y que hoy se conocen como “poli amor”?

Rebajando a la mujer

Más aún, esta ley rebaja el cuerpo de la mujer, toda vez que, para poder procrear, las uniones homosexuales de dos hombres tendrán que recurrir al arriendo del cuerpo de una mujer que comercializará su cuerpo con tal fin.       

 

Representante Vaticano: matrimonio homosexual, un «proyecto revolucionario» para la «completa destrucción de la familia»

 

Ya antes de la promulgación de esta ley, se podían encontrar avisos como éste: «Tengo 44 años, 4 hijos y estoy dispuesta a arrendar mi vientre. Soy de Santiago», publicado en “Avisos Chile”. Esta comercialización del cuerpo femenino, en nada difiere de la prostitución, pues en ambos casos el cuerpo femenino pierde su dignidad intrínseca.

La ley también rebajará la dignidad del recién nacido.

En efecto, el hijo, como fruto de la unión natural de los padres, es propiamente “carne y sangre” de ellos. Tal filiación constituye el vínculo más fuerte que puede haber entre padres e hijos. 

Ahora, cuando el hijo no es sino el fruto de la manipulación artificial de técnicas de “reproducción asistida”, no existirá entre los falsos padres y el “hijo” ningún vínculo natural y, en consecuencia, la relación entre ellos no será muy diferente al cariño que se pueda tener a un animal doméstico o a cualquier otro tipo de afectos sin vínculo natural.

Por último, un Jefe de Estado que asume el Gobierno afirmando ser contrario al “matrimonio homosexual” y que posteriormente se suma al proyecto de Bachelet, dejará el recuerdo de un hombre no sólo sin principios morales, sino, peor aún, que se sirvió del cargo que obtuvo para aprobar lo contrario de lo que prometió.

Por todo lo anterior, y por el respeto a la ley natural y a la moral católica expresamos nuestro más enérgico repudio a esta pésima ley que, como enseña Santo Tomás, no es lícita, ni obliga en conciencia.                                                                                                                                                                                                             

Acción Familia    

 

Amor, donación y préstamo

Escrito por Javier Vidal-Quadras

Lo primero que hay que verificar es que en los dos se ha producido la misma revelación, vamos en pos de la misma verdad y estamos dispuestos a luchar por ella

Hace una semana mantuve una entretenida tertulia con un grupo de jóvenes universitarios y salió el tema de la cohabitación previa al matrimonio que traté días atrás en otra entrada (Amor y convivencia). Como una de las tesis que sostengo allí es que el amor precede a la convivencia y la sustenta, siendo esta la que se subordina a aquel, surgió una dificultad conceptual en uno de los asistentes con formación aristotélica.

¿Cómo puede ser que primero tenga que decidir amar y después conviva, si no es posible amar lo que no se conoce?

Me vino a la cabeza, entonces, una de las aproximaciones intelectuales más lúcidas que he leído acerca del noviazgo y las relaciones prematrimoniales. La que desarrolla José Noriega en su libro El Destino del Eros.

En efecto, como mi amigo aristotélico sostenía, no es posible amar lo que no se conoce, y el camino de la virtud pasa de ordinario por la reiteración de hábitos y conductas, por lo que resulta anómalo decidir amar antes de conocer (a pesar de que en otras culturas no occidentales se sigue, a veces, ese camino).

La tarea del noviazgo es, para Noriega, la verificación, pero no la verificación de las rutinas (si baja la tapa del váter y cambia el rollo de papel cuando se termina), que son fáciles de modificar cuando hay determinación, sino la verificación del amor.

Lo primero que hay que verificar es que en los dos se ha producido la misma revelación, vamos en pos de la misma verdad y estamos dispuestos a luchar por ella. Es decir, si me ama como yo entiendo el amor y está dispuesto a hacerlo para siempre. Lo segundo es comprobar que se va dando una concordia en los caminos que vamos a recorrer, sobre todo en los asuntos importantes de nuestra vida (hijos, padres, trabajo, amigos, familias de ambos, prioridades y jerarquías, vida de fe, etc.), lo que requiere largos ratos de diálogo sincero “en el silencio de las pasiones”, como diría Rousseau. Y lo tercero es verificar que ambos hemos sido capaces de ir integrando nuestros dinamismos humanos en el amor: que vamos adquiriendo las virtudes que nos permitirán esa comunión plena de vida que será nuestro matrimonio y aprendemos a recoger nuestras distintas dimensiones personales (sexualidad, afectividad, inteligencia, voluntad, imaginación, memoria) para dirigirlas al amor, a nuestro amor y no a otros.

Se dirá que esta verificación se puede realizar en la convivencia. Y, en efecto, así es. Que la convivencia o cohabitación no tenga la capacidad de asegurar el amor en el futuro no significa que impida verificarlo en el presente. Pero no añade nada esencial, porque lo que se trata de verificar es el amor, una disposición del corazón que se extiende a toda la persona, y no la practicidad de una mejor o peor organización doméstica y de un más lento o rápido acomodo recíproco en la cohabitación o en los tiempos y ritmos del acontecer diario.

No añade nada esencial, decía, pero sí introduce un elemento de especial calado: la relación sexual previa al futuro matrimonio. Es esta, cuando es sincera, una relación sexual honesta, que nace de un contexto afectivo de unión mutua (no hablo aquí de una aventura sexual caprichosa), pero se da en un marco de referencia muy diferente al del matrimonio.

Esta entrega anticipada carece de una voluntad real de donación recíproca. Existe, ciertamente, un acto de entrega mutua, pero está teñido de circunstancialidad. Está circunscrito a la lógica de la experimentación y gozo mutuo porque no es capaz de prometer el tiempo, lo que impide que la entrega sea total. El propio Noriega, a quien estoy siguiendo en este post, afirma que “la persona es también su tiempo”, y la entrega del tiempo introduce una diferencia esencial, la misma que hay entre la donación y el préstamo. En la primera, que incorpora el tiempo, se excluye la posibilidad de reclamar lo dado; en la segunda, que lo excluye, el prestamista se reserva ese derecho a reclamar para sí lo transmitido. De modo que el amado puede preguntar legítimamente: ¿en verdad te entregas o te prestas?

Podríamos decir que la acogida del otro no es total, se introduce una reserva. Por eso, al margen de la experiencia previa de cada uno, solo en el momento en que los novios deciden despojar a las circunstancias del papel rector que les habían concedido en sus vidas y se determinan a tomar ellos las riendas de su futuro con el sí definitivo e incondicionado de su amor, se disponen realmente a abandonar la lógica de la experimentación y entrar en la lógica de la donación, del amor pleno.

Y, aunque pueda haber periodos de ofuscamiento, ese es el camino hacia la felicidad.

Javier Vidal-Quadras

 

Interpreta cantos religiosos para Noël

https://youtu.be/1vaVRY4UvBk   medianoche cristiana

https://youtu.be/CgUkd2_OC4g   suave daña

https://youtu.be/FarxjZK-NWw   pequeño papá Noël

https://youtu.be/mLwadwOWuPs   el nuestro padre interpretado en una estancia en Nueva York por participantes e interpretado A Capella

https://youtu.be/r2x2lSSZPk8   voy con Dios interpretado en una estancia a Philadelphia en una Iglesia “““““

https://youtu.be/eM9Efooi8V8   Ave Maria de Gounod

https://youtu.be/s_O8zcyFL1A   Ave Maria de Schubert

Que se sea cristiano, ateo, agnóstico o adepto de otra religión = estos cantos pertenecen al patrimonio de la música universal

Buena escucha, cordialmente.

Guy CREQUIE

 

La oración

La oración no es un modo de escapar de la realidad, sino la expresión de la confianza depositada en Dios que ilumina la razón, el corazón y la voluntad para facilitar el encuentro de la buena noticia cristiana con personas reales y concretas. Las palabras del cardenal Omella, el pasado noviembre, en la Ofrenda al Apóstol Santiago y las de la respuesta del arzobispo compostelano, Julián Barrio, son expresión de una Iglesia que quiere ser fiel, cultivar la confianza y vivir más esperanzada.

Conscientes de la complejidad del momento, la presencia de los obispos en Santiago de Compostela ha sido muestra de la fuerza de la comunión que anima la vida de la Iglesia en España. Los problemas que aquejan a los españoles pueden ser hondos, profundos y alarmantes. Pero la palabra del Evangelio al que la Iglesia sirve, y no es un tópico, es siempre nueva, creativa y esperanzadora, no lo olvidemos.

Domingo Martínez Madrid

 

Sin fraternidad

La fraternidad surge del “compartir”, y eso, dice el Papa Francisco, “refuerza la solidaridad y sienta las bases para alcanzar la justicia”. No es cuestión de tener más o menos sensibilidad social, ni vale quedarse en los discursos abstractos. El Evangelio es tajante al afirmar que “los creyentes, cuando quieren ver a Jesús en persona”, deben buscarlo en “los pobres”. Para el Papa, además, “un estilo de vida individualista es cómplice en la generación de pobreza”. Si no se corrige la desigualdad, el mercado tiende a excluir, y se va imponiendo “la idea de que los pobres no solo son responsables de su condición, sino que constituyen una carga intolerable” para el sistema. Es la excusa perfecta para mirar hacia otro lado, pero sin fraternidad, advierte el Papa, la convivencia democrática se tambalea

Jesús Domingo Martínez

 

La pandemia en las relaciones laborales

La situación actual debida sin duda a los efectos indirectos de la pandemia invita a seguir pensando sobre nuevos planteamientos de la actividad laboral, no sólo desde su incidencia en el cuidado del planeta, sino en su relación profunda con la esencia de lo humano, inseparable de los compromisos básicos familiares.

Vivimos tiempos de recuperación de la normalidad, de vuelta a tantas actividades suspendidas o modificadas por la pandemia. Los economistas y los dirigentes estudian la salida de la crisis, con sus derivas coyunturales o tal vez endémicas en relación con el desarrollo económico y el bienestar ciudadano. Porque da  la impresión de que la pandemia ha hecho aflorar nuevos planteamientos, tal vez adormecidos en tiempos de aceleración tecnológica. Basta pensar en el cambio de perspectiva respecto de la primacía de los trabajos de proximidad personal, quizá excesivamente minusvalorados apenas hace dos años.

Las jornadas intensivas y agotadoras en el sector de la sanidad –faltan brazos- contrastan con los excedentes en tantas tareas más o menos repetitivas, facilitadas por la eficacia y productividad de la tecnología. No se ha cumplido la profecía de Keynes en los años treinta de que, a principios del siglo XXI, la humanidad estaría al borde de una tierra prometida en la que nadie trabajaría más de quince horas a la semana. Ciertamente, no pensaba en el tercer mundo, ni en la diferencia entre lo urbano y lo rural, que tanto afecta a realidades humanas básicas. Como afirma el sociólogo James Suzman, la humanidad no parece estar preparada aún para la jubilación, y los gobiernos siguen obsesionados con el crecimiento y la creación de empleo.

Las parábolas de la robotización, en línea de la Metrópolis de Fritz Lang (1927), han chocado con la debilidad del ser humano, que necesita una atención personalizada que ninguna máquina puede ofrecer. La medicina actual cuenta con instrumentos de diagnóstico y curación impensables no hace mucho, pero que refuerzan la insoslayable presencia de los profesionales de la salud, para escuchar y atender, porque al cabo no hay enfermedades, sino enfermos. Algo semejante sucede en otras profesiones, especialmente las docentes, aunque las nuevas tecnologías aportan apoyos interesantes si se acierta a sortear los inconvenientes.

Jesús D Mez Madrid

 

 

LA FLOR DE PASCUA Y SU HISTORIA

 

             En la ya enorme parafernalia que se ha montado, sobre “eso que dicen es navidad”; hay un elemento absurdo, puesto que procede de un continente, que en los tiempos de Cristo, “ni existía”; ya que se supo de él, mil quinientos años después, cuando Colón llegó al Caribe. Pero la realidad es que todo lo de navidad, es algo así, como un teatro, cuento, leyenda o montaje (para un brutal consumo) pero cuyas bases son tan mentira o dudosas, de las que hoy no trataré; ya lo haré más adelante, aunque ya lo hice en muchos de los años anteriores. Mejor volvamos a “la mentada flor”, que en realidad lo que resalta de la misma, no es la flor, sino las hojas rojas de la planta.

              Pocos símbolos hay más propios de la Navidad que esta planta de color rojo intenso que vemos en toda suerte de decoraciones. Ya también la han logrado de otros colores, simplemente para que aumente el consumo.

              La Flor de Pascua es de origen mejicano y su nombre original, en el idioma nahuatl, era "Cuitlaxochitl", que significa “flor que crece en los desperdicios”. Yo la he visto en su entorno natural en la Península de Yucatán.

              Desde el siglo XVII forma parte muy notable de las celebraciones navideñas mejicanas. La historia de cómo adquirió ese papel y la forma en la que salió de Méjico para ser conocida en todo el mundo es digna de ser conocida.

              Cuenta la leyenda que Pepita, una niña mejicana muy pobre, no tenía un regalo que ofrecerle al Niño Jesús durante las celebraciones de la Nochebuena.        Mientras caminaba lentamente hacia la iglesia con el corazón apesadumbrado, un ángel acudió a consolarla, diciéndole: "Piensa que el más humilde de los regalos, si es ofrecido con amor, será más que bienvenido ante los ojos de Jesús".

              No sabiendo qué otra cosa hacer, Pepita se arrodilló al borde del camino y recogió un puñado de hierbas con las que formó un ramo. Cuando lo miró de reojo, la niña se sintió aún más triste y avergonzada por la pobreza de su ofrecimiento y, al entrar en la pequeña iglesia del lugar, no pudo evitar que se le escapara una lágrima.

               Pero a medida que se acercaba al altar y se arrodillaba para colocar el ramo a los pies del pesebre, sentía que su espíritu se elevaba recordando las amables palabras del ángel.

               De repente, el ramillete de hierbas estalló en flores de color rojo intenso, y todos los presentes estuvieron seguros de estar presenciando un milagro. A partir de ese día, esas plantas rojas brillantes se conocieron como Flores de Pascua y jamás dejaron de florecer en esas fechas.

               El primer embajador de los EE.UU. en Méjico, Mr. Joël Roberts Poinsett, que además de diplomático era un entusiasta botánico aficionado, fue quien llevó la planta a su país, en 1828, y allí rápidamente adquirió gran popularidad. A causa de este éxito, se le pidió a William Prescott, un famoso historiador y horticultor, que sugiriera un nombre para ella, asignándole el de "Poinsettia"  en honor a su "descubridor".

               Casi un siglo más tarde llegó la primera planta a Europa donde recibió el nombre científico de "Euphorbia pulcherrima" o "la más hermosa de las euforbiáceas. Es curioso que en Egipto esta planta recibe el nombre de "Bent-el-Consul", que significa “La hija del Cónsul”, en referencia también a Poinsett, que estuvo en allí como diplomático en 1860 y la llevó consigo en su viaje.

               Un detalle que suele pasar por alto es que el color rojo de la Flor de Pascua no está en sus flores. Las que le han dado su popularidad son en realidad unas hojas pigmentadas, llamadas brácteas, de las que los aztecas obtenían tintes.      Las flores son muy pequeñas y de un color amarillo verdoso.

               Hoy en día es difícil imaginar una Navidad sin la presencia de abundantes cantidades de Flores de Pascua. En España se venden unos 6 millones de plantas cada año durante la temporada navideña.

                Las poinsettias son cultivadas comercialmente en invernaderos, donde se consiguen ejemplares de varios colores, incluyendo blanco, amarillo, rosa y naranja.

                No cabe duda que Mr. Poinsett no podía imaginar que sería recordado en todo el mundo, no por su trabajo como diplomático y político, sino como el hombre que dio a conocer al mundo una hermosa planta mejicana.

 

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NOTA: En un viaje que realicé a México con mi esposa (1993) y concretamente a la península de Yucatán, en una de las excursiones pudimos ver en tierra mexicana y en forma silvestre junto  a la selva de aquel lugar, esta planta, lo que me llamó la atención; pero en aquel momento no pude imaginar que era allí su lugar natural. Cosa que aprendí después y en uno de tantos escritos que en la vida he leído “de paso”.

            Pero la realidad, es, “el cómo se forman las bengalas mundiales que pese a su aparente deslumbrar con luces fugaces, no dicen nada… lo que por otra parte es la realidad de este pobre mundo, confirmada con una sola frase, de un muy inteligente escritor: “El mundo está gobernado por la mentira”: François Revel, cuya obra merece ser leída, puesto que dice mucho de “la vida moderna” y de nuestra época S. XX.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes