Las Noticias de hoy 6 Diciembre 2021

Enviado por adminideas el Lun, 06/12/2021 - 12:04

Catolicidad: EL NIÑO PROTESTANTE Y LA VIRGEN MARÍA

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 06 de diciembre de 2021   

Indice:

ROME REPORTS

Misa del Papa en Atenas: "Dios nos libera en situaciones sin vía de escape"

El Papa y los jóvenes: “Su sonrisa ya nos está dando vida”

Francisco a los refugiados: Estoy aquí para decirles que estoy cerca de ustedes

Las heridas de Lesbos que Francisco tocará una vez más

Papa a Jerónimo II: "Sigamos juntos en este camino de fraternidad y paz"

SAN NICOLÁS DE BARI* : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: lunes de la 2ª semana de Adviento

“No dejes de rezar, que te escucho” : San Josemaria

6 de Diciembre: “María, refugio y fortaleza nuestra” – Novena a la Inmaculada (día 7º)

Viaje apostólico del Papa Francisco a Chipre y Grecia

Agradar a Dios (II): lo normal, discreto y divino. Los sacramentos cotidianos

LA INMACULADA CONCEPCIÓN, UNA DE LAS MARAVILLAS DE DIOS… CON MARCA “ESPAÑA” : Alberto García-Mina Freire

Jesucristo vela por su Iglesia pero permite que sufra crisis : Acción Familia

La crisis de Afganistán, piedra de toque para la dignidad humana : Rafael Miner

Seguridad y libertad: ¿equilibrio imposible? : José Julio Fernández Rodríguez

El cuidado del bien común : JD Mez Madrid

Bielorrusia, una provocación : Jesús Martínez Madrid

Necesitamos una ecología integral : Domingo Martínez Madrid

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA 45 AÑOS… ¿Y QUÉ? : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

Misa del Papa en Atenas: "Dios nos libera en situaciones sin vía de escape"


 

En el marco de la Santa Misa celebrada en Atenas, durante su viaje apostólico, el Papa Francisco alentó a los fieles católicos de Grecia a no temer no temer a la pequeñez, "porque la cuestión no es ser pequeños o pocos, sino abrirse a Dios y a los demás", ni tampoco tener miedo de la aridez existencial de la vida, "porque Dios no la teme, y es allí donde viene a visitarnos y liberarnos en situaciones sin vía de escape". La clave está en confiar en Él y ponerlo en primer lugar.

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

La tarde del 5 de diciembre, segundo domingo de Adviento, el Papa Francisco presidió la Santa Misa en el “Megaron Concert Hall” de Atenas, en el marco de su viaje apostólico a Grecia, tras haber visitado por la mañana a los migrantes y refugiados en la isla de Lesbos.

El desierto y la conversión

Reflexionando sobre la figura de San Juan Bautista que nos presenta el Evangelio de hoy,  el Santo Padre destacó en su homilía dos aspectos: por un lado, el lugar donde se encuentra el profeta, es decir, el desierto; y por otro el contenido de su mensaje, la conversión:

“Desierto y conversión: en esto insiste el Evangelio de hoy; y tanta insistencia nos hace pensar que estas palabras nos afectan directamente”

En este sentido, el Pontífice profundizó sobre la paradoja del desierto, ya que el Precursor "prepara la venida de Cristo en este lugar inaccesible e inhóspito, lleno de peligros", cuando en realidad, cuando uno quiere dar un anuncio importante, "normalmente va a lugares bonitos, donde hay mucha gente, donde hay visibilidad".

 

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"Juan, en cambio, predicaba en el desierto -continuó explicando Francisco- en ese espacio vacío que se extiende hasta el horizonte y donde casi no hay vida, allí se revela la gloria del Señor. Este es otro mensaje reconfortante: Dios, hoy como entonces, dirige la mirada hacia donde dominan la tristeza y la soledad".

Dios llega a nosotros en la hora de la prueba

Y precisamente, esto podemos experimentarlo en nuestras propias vidas, ya que - recordó el Papa- Él llega hasta nosotros sobre todo en la hora de la prueba; nos visita en las situaciones difíciles, en nuestros vacíos que le dejan espacio, en nuestros desiertos existenciales.

De ahí surge una fuente de esperanza para los cristianos:

"Predicando en el desierto, Juan nos asegura que el Señor viene a liberarnos y a devolvernos la vida justo en las situaciones que parecen irremediables, sin vía de escape", aseveró Francisco, haciendo hincapié en que, no hay por tanto, lugar que Dios no quiera visitar.

Católicos de Grecia: "No teman a la pequeñez"

Asimismo, el Pontífice alentó a los fieles católicos de Grecia a no temer el hecho de ser una minoría, de no temer a la pequeñez, "porque la cuestión no es ser pequeños o pocos, sino abrirse a Dios y a los demás".

"Y tampoco tengan miedo de la aridez, porque Dios no la teme, y es allí donde viene a visitarnos", puntualizó.

En cuanto al segundo aspecto propuesto por el Evangelio, la conversión, el Papa indicó que el Bautista la predicaba sin descanso y con vehemencia:

“También este es un tema 'incómodo'. Así como el desierto no es el primer lugar al que quisiéramos ir, la invitación a la conversión no es ciertamente la primera propuesta que quisiéramos oír. Hablar de conversión puede suscitar tristeza; nos parece difícil de conciliar con el Evangelio de la alegría. Pero esto sucede cuando la conversión se reduce a un esfuerzo moral, como si fuera solo un fruto de nuestro esfuerzo. El problema está justamente ahí: en basar todo en nuestras propias fuerzas; ahí también anidan la tristeza espiritual y la frustración”

Ir más allá de nuestros instintos, Dios es más grande

Por otro lado, ante la pregunta ¿qué quiere decir que nos debemos convertir?, Francisco subrayó la exhortación de Juan a la conversión, que nos invita a ir más allá de lo que nos dicen nuestros instintos y pensamientos, sin detenernos aquí, porque la realidad es más grande.

“La realidad es que Dios es más grande. Convertirse, entonces, significa no prestar oído a aquello que corroe la esperanza, a quien repite que en la vida nunca cambiará nada; es rechazar el creer que estamos destinados a hundirnos en las arenas movedizas de la mediocridad; es no rendirse a los fantasmas interiores, que se presentan sobre todo en los momentos de prueba para desalentarnos y decirnos que no podemos, que todo está mal y que ser santos no es para nosotros. No es así, porqué está Dios”

Para lograr esto, según el Papa, es necesario fiarse de Él, "porque Él es nuestro más allá", nuestra fuerza:

"Todo cambia si se le deja el primer lugar a Él. Eso es la conversión: al Señor le basta que dejemos nuestra puerta abierta para entrar y hacer maravillas, como le bastaron un desierto y las palabras de Juan para venir al mundo".

Testigos de esperanza en los desiertos donde vivimos

Francisco concluyó su alocución invitando a los fieles a pedir "la gracia de creer que con Dios las cosas cambian, que Él cura nuestros miedos, sana nuestras heridas, transforma los lugares áridos en manantiales de agua", y a ser como la Virgen María, "testigos de esperanza y sembradores de alegría a nuestro alrededor", no solo cuando estamos contentos y estamos juntos, "sino cada día en los desiertos donde vivimos".

 

El Papa y los jóvenes: “Su sonrisa ya nos está dando vida”

La última actividad oficial del Santo Padre en Grecia será su encuentro con la juventud, a la que busca animar la esperanza, ya que están permanentemente desafiados por la precarización laboral y la falta de expectativas, aunque encuentran fuerzas en la vida comunitaria y de fe.

 

Felipe Herrera-Espaliat desde Atenas, Grecia

La multiculturalidad es el rasgo más distintivo de la comunidad parroquial de San Juan Bautista, emplazada en el barrio de Psijicó, en Atenas. Además de los helénicos, allí confluyen, entre otros, católicos polacos, filipinos, albaneses, españoles, italianos, esrilanqueses, junto a muchos otros llegados desde Medio Oriente y Latinoamérica. Para entenderse hablan griego e inglés, lenguas por medio de las cuales despliegan el trabajo pastoral, la acción social y la liturgia en rito romano.

Esta enorme heterogeneidad aporta una gran riqueza humana, aunque también hace que el trabajo sea más complejo y desafiante, explica el vicepárroco, Javier Pérez-Victoria, presbítero del Camino Neocatecumenal de origen español, que desde hace dos años y medio ejerce su ministerio en Grecia, inmediatamente después de haber recibido el orden sacerdotal. Entre otras misiones, es el responsable de la pastoral juvenil de la Arquidiócesis de Atenas y está preparando el encuentro que el Santo Padre sostendrá el lunes 6 de diciembre con un grupo de jóvenes. Todos están expectantes y agradecen la generosidad del Papa de estar disponible para ellos. “El Papa Francisco transmite tantísimo, que nada más viendo los carteles anunciando la visita y su sonrisa ya nos está dando vida. Será un momento de gracia muy grande”, confiesa el sacerdote, mientras coordina los últimos detalles para el evento con el Pontífice, que se llevará a cabo en una escuela católica.

Desafíos de la pastoral juvenil

Pero pese al enorme entusiasmo de estos días, el trabajo con la juventud no es fácil en Grecia. Como en muchas latitudes del mundo, las nuevas generaciones sufren la desilusión de la precariedad del trabajo y de ver un futuro muy incierto. Además, suelen abandonar el servicio pastoral cuando deben partir a la universidad o a trabajar. Tampoco son propensos al matrimonio, y menos aún a tener hijos, lo que preocupa a las comunidades católica y ortodoxa, que es ampliamente mayoritaria. Sin embargo, cuando descubren la comunidad cristiana y logran reunirse, las cosas cambian. “Cada vez más intentamos estar todos juntos y hacer causa común, ya que los primeros beneficiados son los chicos que están encantados de ver gente de distintas edades y de distintas culturas, que tenemos los mismos problemas y las mismas inquietudes, y que podemos recibir la misma gracia de Dios a través de la Iglesia”, detalla el padre Pérez-Victoria. 

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Y como la comunidad católica griega está muy dinamizada por el voluntariado social, especialmente dada su acogida a las oleadas de migrantes y refugiados que han llegado los últimos años, otro de los retos es que los jóvenes comprendan e integren el servicio a los más necesitados como consecuencia y expresión de la fe. El sacerdote cuenta que los esfuerzos pastorales se orientan principalmente a “darles a Jesucristo, que les cambie el corazón, y que luego vayan a servir, en el trabajo, en la casa, siendo generosos, en el tener hijos”, puntualiza.

Por ahora, en sus pensamientos solo hay cabida para el diálogo que tendrán con Francisco el lunes. “Estamos súper ilusionados de verlo de cerca, de poderle decir algo cariñoso, de poder recibir una palabra suya, esperando muchísimo del encuentro”, concluye el presbítero.

 

Francisco a los refugiados: Estoy aquí para decirles que estoy cerca de ustedes

El Papa, en su encuentro con los refugiados, en el Centro de Recepción e identificación Mytilene, recordó una vez más, que la migración es un problema de todos, y la pandemia, “nos ha hecho sentir, que estamos todos en la misma barca” experimentando los mismos miedos de los migrantes.

 

Patricia Ynestroza-Ciudad del Vaticano

“Estoy aquí para decirles que estoy cerca de ustedes; estoy aquí para ver sus rostros, para mirarlos a los ojos: ojos cargados de miedo y de esperanza, ojos que han visto la violencia y la pobreza, ojos surcados por demasiadas lágrimas". Es así como el Papa se dirigió a los presentes en Mytilene, en el Centro de Recepción e identificación, sobre todo a los refugiados, y recordó hace cinco años, su visita a la isla, cuando el Patriarca Ecuménico, Bartolomé le dijo que quien tiene miedo de ellos, de los refugiados, "no los ha mirado a los ojos. El que les tiene miedo no ha visto sus rostros. El que les tiene miedo no ve a sus hijos.  Olvida que la dignidad y la libertad trascienden el miedo y la división. Olvida que la migración no es un problema del Oriente Medio y del África septentrional, de Europa y de Grecia. Es un problema del mundo".

Una caricia del Papa al refugiado

El Santo Padre insistió que sino hay una reconciliación con los más débiles, no habrá un "futuro próspero".  Rechazar a los pobres, afirmó es rechazar la paz. Pidió a Dios que "nos despierte del olvido de quien sufre, que nos sacuda del individualismo que excluye, que despierte los corazones sordos a las necesidades del prójimo". Los problemas se resuelven no con los muros sino uniendo fuerzas para hacerse cargo de los demás.  El Mar Mediterráneo se ha convertido en un "frío cementerio sin lápidas", y aseveró:  ¡No dejemos que el mare nostrum se convierta en un desolador mare mortuum, ni que este lugar de encuentro se vuelva un escenario de conflictos!

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La migración: un problema de todos

El Papa afirmó que la migración es "un problema del mundo, una crisis humanitaria que concierne a todos", y añadió que la pandemia, que nos ha afectado globalmente, nos ha hecho "sentir a todos en la misma barca", y experimentar "lo que significa tener los mismos miedos". La humanidad ha comprendido que los grandes problemas se "afrontan juntos, porque en el mundo de hoy las soluciones fragmentadas son inadecuadas".

El Pontífice señaló que a pesar que a nivel mundial, se llevan a cabo las vacunaciones, en medio de "retrasos e incertezas", sin embargo, siente, dijo, que parece que "algo se está moviendo en la lucha contra el cambio climático, todo parece terriblemente opaco en lo que se refiere a las migraciones", agregó, y, sin embargo, están en juego personas, vidas humanas. Está en juego el "futuro de todos que si no está integrado, no será sereno". 

Una mirada llena de ternura del Papa al refugiado

Sino hay políticas amplias no habrá un futuro sereno y próspero

El Santo Padre insistió que sino hay una reconciliación con los más débiles, no habrá un "futuro próspero".  Rechazar a los pobres, afirmó es rechazar la paz. La historia, nos enseña, agregó, que los cierres y nacionalismos llevan a consecuencias desastrosas. Y recordando el Concilio Vaticano II, enfatizó que para alcanzar la paz, es "necesario respetar a los demás y su dignidad". El futuro, seguirá poniéndonos en contacto unos con otros, por tanto, Francisco, señaló que es "una ilusión pensar que basta con salvaguardarnos a nosotros mismos, defendiéndonos de los más débiles que llaman a la puerta".

Una caricia del Papa al refugiado

La historia siempre nos ha enseñado pero aún no hemos aprendido, dijo el Papa, que para orientar el futuro hacia el bien son necesarias políticas más amplias y no acciones unilaterales. Debe terminar el "continuo rebote de responsabilidades, que no se delegue siempre a los otros la cuestión migratoria, como si a ninguno le importara y fuese sólo una carga inútil que alguno se ve obligado a soportar".

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 "Que Dios nos despierte del olvido de quien sufre"                       

 En su discurso, el Papa pidió a Dios que "nos despierte del olvido de quien sufre, que nos sacuda del individualismo que excluye, que despierte los corazones sordos a las necesidades del prójimo", los refugiados, "nos piden", dijo, "que no miremos a otra parte, que no reneguemos de la humanidad que nos une, que hagamos nuestras sus historias y no olvidemos sus dramas". Francisco, le pide al "hombre", a cada uno, que "superemos la parálisis del miedo, la indiferencia que mata, el cínico desinterés que con guantes de seda condena a muerte a quienes están en los márgenes. Afrontemos desde su raíz al pensamiento dominante, que gira en torno al propio yo, a los propios egoísmos personales y nacionales, que se convierten en medida y criterio de todo".

El Papa Francisco en Lesbos en el 2016

El Papa Francisco en Lesbos en el 2016

Desde la última vez que visitó Francisco Lesbos, con sus "queridos hermanos Bartolomé y Ieronymos", han podido constatar que "poco ha cambiado sobre la cuestión migratoria. Ciertamente, muchos se han comprometido en la acogida y en la integración", y al respecto el Pontífice agradeció a los numerosos voluntarios  y asociaciones institucionales, sociales y caritativas, porque han "asumido grandes esfuerzos, haciéndose cargo de las personas y de la cuestión migratoria", y añadió:

"Reconozco el compromiso en la financiación y construcción de dignas estructuras de acogida y agradezco de corazón a la población local por todo el bien que ha hecho y los numerosos sacrificios que han aceptado. Pero debemos admitir amargamente que este país, como otros, está atravesando actualmente una situación difícil y que en Europa sigue habiendo personas que persisten en tratar el problema como un asunto que no les incumbe. Y, ¡cuántas condiciones indignas del hombre! ¡Cuántos puntos críticos donde los migrantes y refugiados viven en situaciones límite, sin vislumbrar soluciones en el horizonte! Y, sin embargo, el respeto a las personas y a los derechos humanos —especialmente en el continente que no cesa de promoverlos en el mundo— debería ser salvaguardado siempre, y la dignidad de cada uno debería ser antepuesta a todo. Es triste escuchar que el uso de fondos comunes se propone como solución para construir muros".

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Los muros no resuelven ni protegen del peligro

Muros que, según el Papa, pretenden resolver los problemas: "Ciertamente, los temores y las inseguridades, las dificultades y los peligros son comprensibles. El cansancio y la frustración, agudizados por la crisis económica y pandémica, se perciben, pero no es levantando barreras como se resuelven los problemas y se mejora la convivencia, sino uniendo fuerzas para hacerse cargo de los demás según las posibilidades reales de cada uno y en el respeto de la legalidad, poniendo siempre en primer lugar el valor irrenunciable de la vida de todo hombre". 

La solución que propone Francisco es la de "sumergirse en los problemas de la mayoría de la humanidad, de tantas poblaciones víctimas de emergencias humanitarias que no han provocado sino sólo padecido, a menudo después de largas historias de explotación todavía en curso". Y aconsejó que en vez de arrastrar a la opinión pública al miedo al otro, mejor, se hable, "con el mismo tono", de la "explotación de los pobres, o de las guerras olvidadas y a menudo generosamente financiadas, o de los acuerdos económicos que se hacen a costa de la gente, o de las maniobras ocultas para traficar armas y hacer que prolifere su comercio". 

Campo de refugiados en Lesbos

Acciones concertadas para resolver emergencias

Es necesario, dijo enfrentar "las causas remotas, no a las pobres personas que pagan las consecuencias de ello, siendo además usadas como propaganda política. Para remover las causas profundas no se puede sólo resolver las emergencias. Se necesitan acciones concertadas. Es necesario acercarse a los cambios históricos con amplitud de miras", afirmó, porque no existen "respuestas fáciles para problemas complejos; existe más bien la necesidad de acompañar los procesos desde dentro, para superar los guetos y favorecer una lenta e indispensable integración, para acoger las culturas y las tradiciones de los otros de una manera fraterna y responsable".

Francisco, pidió que para recomenzar, "miremos el rostro de los niños. Hallemos la valentía de avergonzarnos ante ellos, que son inocentes y son el futuro. Interpelan nuestras conciencias y nos preguntan: “¿Qué mundo nos quieren dar?”. No escapemos rápidamente de las crudas imágenes de sus pequeños cuerpos sin vida en las playas". 

"Estoy aquí para mirarlos a los ojos: ojos cargados de miedo y de esperanza", Papa Francisco

El Mediterráneo: un frío cementerio sin lápidas

Con pesar, el Papa afirmó que el mar Mediterráneo se ha convertido en un "frío cementerio sin lápidas". Durante milenios ha unido pueblos diversos y tierras distantes, enfatizó, esta gran "cuenca de agua, cuna de tantas civilizaciones, ahora parece un espejo de muerte. ¡No dejemos que el mare nostrum se convierta en un desolador mare mortuum, ni que este lugar de encuentro se vuelva un escenario de conflictos! No permitamos que este “mar de los recuerdos” se transforme en el “mar del olvido”. Les suplico: ¡detengamos este naufragio de civilización!". 

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Por último, el Papa Francisco aseveró que es en las orillas de este mar que Dios se hizo hombre, su "Palabra ha resonado llevando consigo el anuncio de Dios, que es «Padre y guía de los hombres». Él nos ama como hijos y quiere que seamos hermanos".  Y, en cambio, enfatizó, ofendemos a Dios, "despreciando al hombre creado a su imagen, dejándolo a merced de las olas, en la marea de la indiferencia, a veces justificada incluso en nombre de presuntos valores cristianos. La fe nos pide compasión y misericordia, exhorta a la hospitalidad, a aquella filoxenia que impregnó la cultura clásica, encontrando luego en Jesús su propia manifestación definitiva, especialmente en la parábola del Buen Samaritano".  No es ideología religiosa, afirmó, son raíces cristianas concretas.

"Jesús afirma solemnemente que está allí, en el forastero, en el refugiado, en el que está desnudo y hambriento; y el programa cristiano es estar donde está Jesús. Sí, porque el programa cristiano, escribió el Papa Benedicto, «es un corazón que ve» (Carta enc. Deus caritas est, 31)".

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El Papa pidió a la Virgen María que nos abra los ojos ante los sufrimientos de los hermanos,  recordando  a tantas madres embarazadas, que encontraron la muerte rápidamente, estando de viaje, el Pontífice solicitó que "la Madre de Dios nos ayude a tener una mirada materna, que ve en los hombres hijos de Dios, hermanas y hermanos que acoger, proteger, promover e integrar; y a amar con ternura.  Que María Santísima nos enseñe a anteponer la realidad del hombre a las ideas e ideologías, y a dar pasos ágiles al encuentro del que sufre".

 

 

Las heridas de Lesbos que Francisco tocará una vez más

Pese a las dificultades de integración y a las consecuencias psicológicas que enfrentan miles de personas en el Campo de Mitilene, los refugiados aguardan con entusiasmo al Santo Padre, que vuelve a la isla griega como signo de esperanza y a renovar su exhortación y compromiso por la dignidad de los migrantes.

 

Felipe Herrera-Espaliat desde Atenas, Grecia

Después de cinco años de su histórica visita a Lesbos, el Papa Francisco regresará este domingo 5 de diciembre a esa misma isla griega, a menos de 20 kilómetros de Turquía. Movido por la compasión que le despiertan las escandalosas condiciones de vida de quienes se han visto forzados a abandonar sus países por la guerra y los conflictos económicos y sociales, se espera que el Santo Padre alce nuevamente su voz en favor de los migrantes y refugiados que se desplazan por distintos lugares del planeta. Este ha sido uno de los hilos conductores de su pontificado y el mensaje central de este, su 35º Viaje Apostólico que lo está llevando a Chipre y Grecia, milenarias naciones del Mediterráneo desde donde habla a Europa y al mundo.

Pero Lesbos ha cambiado este último lustro. El sobrepoblado campo de refugiados de Moria donde Francisco estuvo en 2016 sucumbió a las llamas la noche del 8 al 9 de septiembre de 2020. El devastador incendio consumió las frágiles instalaciones que albergaban a 12 mil personas, la mayoría de las cuales desde entonces fueron acogidas en diversas naciones europeas. Aún quedan 2.300 refugiados, entre los que hay familias, hombres y mujeres solteros, además de 45 madres solas junto a sus hijos. Todos ellos pasan sus días en el Centro de Recepción e Identificación situado en un sector de la ciudad de Mitilene; y este es solo uno de los cinco enclaves de este tipo distribuidos en distintas islas de la nación helénica.

“Aunque sus condiciones han mejorado, estas siguen siendo extremadamente básicas. La mayoría de las personas está viviendo en contenedores y en carpas, sin accesos a servicios sanitarios. Es permanente la necesidad de mejorar las condiciones de hospedaje, alimentación y bienestar”, explica Anastasia Spiliopoulou, directora de Caritas Hellas, la principal obra de asistencia social de la Iglesia Católica griega.

Daño psicológico dificulta la integración

Precisamente a ese campo de Mitilene acudirá el Papa Francisco, y se encontrará con un grupo humano compuesto en un 60% de prófugos que escaparon del drama de Afganistán, además de cientos de desplazados de Irak, Siria, Palestina, Somalia y el Congo, entre otros países. Mientras aguardan los lentos trámites de asilo en Grecia o en alguna nación europea, ellos pasan sus días al interior del recinto que está cercado por rejas y alambres de púas, permanecen bajo estricto control y solo se les permite salir pocas horas a la semana. Tales circunstancias vitales dificultan el proceso de integración al que ha llamado una y otra vez el Pontífice, porque muchos experimentan profundas heridas y consecuencias psicológicas tras haber superado escabrosos itinerarios en que se enfrentaron a la muerte de familiares y amigos ahogados en el mar, asesinados en procesos de trata humana o desaparecidos en secuestros. 

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Esta es la realidad que escucha a diario Öznur Zayakci, psicóloga clínica de la ONG Médicos Sin Fronteras, que dirige el programa de salud mental que atiende a los residentes del campo de Mitilene. “Prestamos un servicio para refugiados que muestran síntomas relativos a la salud mental por tortura, violencia física y sexual, para adultos, adolescentes y niños. La mayoría viene con trastornos de estrés postraumático, síntomas de depresión y ansiedad. Algunos niños vienen con ideas de suicidios y autolesiones”, detalla la psicoterapeuta de origen turco, quien añade que una gran proporción de los pacientes fue testigo de violencia y de asesinatos durante el trayecto desde su país de origen, y que experimentaron eventos de amenazas, maltrato y abuso.

Según Zayakci, los refugiados necesitan sentirse empoderados y recuperar seguridad en sí mismos para poder sanar e integrarse, y esto exige que puedan reconstituir sus habilidades sociales, pero es difícil hacerlo si no están las condiciones básicas para socializar con normalidad fuera del campo. “Ellos desean un espacio en que se sientan respetados, donde vivan con condiciones dignas”, puntualiza la psicóloga, aludiendo a la precariedad de sus residencias carentes de electricidad y de calefacción, especialmente ahora que se acerca el invierno.

Acoger, proteger, promover e integrar

Pero este panorama desolador no impide que los habitantes del campo de Mitilene recobren la esperanza mientras aguardan la llegada del Papa Francisco. “Las personas están entusiasmadas porque esta es una oportunidad para compartir sus experiencias”, relata Anastasia Spiliopoulou, adelantando parte del programa que el Santo Padre cumplirá en la isla, y que prevé la atenta escucha de algunos testimonios de desplazados y de voluntarios. Para estos últimos, la presencia del Sucesor de Pedro es también un espaldarazo a su abnegada labor, porque pone un límite a la indiferencia global que suele cernirse en relación a los millones de refugiados del mundo. “Esta es una oportunidad para articularnos de modo de poder acoger, proteger, promover e integrar. Es importante para Caritas Hellas, para Grecia y para Europa que nos focalicemos en estos cuatro verbos”, sentencia Spiliopoulou, refiriéndose a aquellas cuatro acciones esenciales que el Pontífice ha enseñado en reiteradas ocasiones que todas las sociedades deben ejercer de cara a la situación de los migrantes.

 

Papa a Jerónimo II: "Sigamos juntos en este camino de fraternidad y paz"

El arzobispo ortodoxo de Atenas realizó una visita de cortesía al Papa Francisco en la Nunciatura Apostólica. Al final de la reunión, en presencia de sus respectivas comitivas, ambos escribieron breves frases en el Libro de Honor. Jerónimo II llamó al Papa "Santísimo Hermano de Roma" y el Pontífice le agradeció su "bondad fraternal, su mansedumbre y su paciencia".

 

Ciudad del Vaticano

A través de un comunicado publicado la tarde del 5 de diciembre, en el marco del viaje apostólico a Grecia, la Oficina de Prensa de la Santa informa que Su Beatitud Jerónimo II, arzobispo de Atenas y primado de la Iglesia Ortodoxa Autocéfala de Grecia, llegó a la Nunciatura a las 18:50 horas (hora local) para realizar una visita de cortesía al Papa Francisco, con sus respectivas comitivas, que tuvo lugar en la sala y finalizó hacia las 19:20 de la tarde.

 

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Durante el encuentro -se lee en la nota- el Papa y el Arzobispo firmaron el Libro de Honor. Primero el Arzobispo, escribió el siguiente mensaje: "Esta noche, 5 de diciembre de 2021, fiesta de Santa Sabas, mi séquito y yo hemos venido a agradecer al Pontífice y Santísimo Hermano de Roma, Francisco, su visita a Grecia. Le saludamos y le deseamos buen viaje. Que Dios Santo nos bendiga".

A continuación, el Papa Francisco escribió: "Con alegría y paz me encuentro con mi querido hermano Jerónimo II. Le agradezco su bondad fraternal, su mansedumbre, su paciencia. Que el Señor nos dé la gracia de seguir juntos en este camino de fraternidad y de paz. Agradezco a Su Beatitud Jerónimo II su generosidad al ayudarnos a caminar juntos. Que el Señor bendiga a nuestras dos Iglesias hermanas y que la Santa Madre de Dios nos ayude".

Finalmente, ambos intercambiaron unos presentes: de parte de Su Beatitud, dos libros, uno sobre la dolorosa historia de los griegos de Asia Menor a principios del siglo XX, y otro sobre los muertos de la revolución griega. Además, a petición de un sacerdote, llevó al Papa una imagen de la Virgen con el Niño Jesús. 

Asimismo, el Santo Padre entregó a Su Beatitud la medalla del viaje y el libro sobre la Statio Orbis del 27 de marzo de 2020, editado por la Librería Editora Vaticana.

 

 

 

SAN NICOLÁS DE BARI*

Memoria

— Los santos amigos de Dios, son nuestros intercesores ante Él. San Nicolás.

— Necesidad de los bienes humanos y materiales.

— Generosidad y desprendimiento en los bienes. Acudir a San Nicolás en las necesidades económicas.

I. Leemos en el Antiguo Testamento cómo, cuando el Señor se disponía a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra en castigo por sus pecados, intercedió Abrahán ante Él: Si hubiera cincuenta justos en la ciudad, ¿los exterminarías acaso y no perdonarías al lugar por los cincuenta justos?... Y le dijo Yahvé: si hallare en Sodoma cincuenta justos, perdonaría por ellos a todo el lugar. Pero Abrahán insistía lleno de confianza: ¿Y si se hallaren allí cuarenta?..., ¿veinte?... ¿Y si se hallaren allí diez? Y le contestó Yahvé: por los diez no la destruiría1. La respuesta del Señor es siempre misericordiosa.

También Moisés acudía a la misericordia divina, invocando a los que habían sido amigos de Dios: acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Jacob, tus siervos2. De Jeremías, ya difunto, se lee: este es el amador de la nación, que ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa3. En el Evangelio vemos cómo un centurión envía a unos ancianos, amigos del Señor, para que intercedan por él. Y estos, cuando llegaron junto a Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo: Merece que le hagas esto, pues aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido una sinagoga4. Jesús escuchó complacido a los judíos que hablaban en favor de este gentil: merece que le hagas esto... El mismo San Pablo pedía a los cristianos de Roma: os suplico, hermanos, por Nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, que me ayudéis con vuestras oraciones, rogando por mí al Señor5. Y comenta San Jerónimo al hablar de los hermanos ya muertos: «si los Apóstoles y los mártires, cuando estaban encerrados en un cuerpo y tenían motivos para ocuparse de sí mismos, oraban por los demás, ¡cuánto más, después de la corona, la victoria y el triunfo!»6.

Desde siempre creyó la Iglesia que los santos que gozan ya de la eterna bienaventuranza, y las benditas almas del Purgatorio, son nuestros grandes aliados e intercesores. Ellos atienden nuestras peticiones y las presentan al Señor, avaladas por los méritos que adquirieron aquí en la tierra con su vida santa.

De San Nicolás, cuya fiesta celebramos hoy, se cuenta que fue muy generoso aquí en la tierra con la fortuna que heredó de unos padres ricos, cuando él era aún joven. Por eso se le considera intercesor en las necesidades materiales y económicas.

El Fundador del Opus Dei le tenía una gran devoción, y contaba que un día, abrumado ante muchos problemas económicos, se acordó de San Nicolás momentos antes de comenzar la celebración de la Santa Misa. Le hizo esta promesa en la sacristía: «si me sacas de esto, te nombro Intercesor». Pero, al subir las gradas del altar, se arrepintió de las condiciones, y le dijo: «y si no me sacas, te nombro igual». Salió adelante en aquellas circunstancias y acudió a la intercesión del Santo otras muchas veces7.

Muchas personas a lo largo de los siglos han acudido a San Nicolás ante situaciones económicas difíciles en la familia, en el trabajo, en las obras apostólicas, que frecuentemente han de tener una base económica. No temamos pedir al Señor estas ayudas materiales que Él mismo nos invita a solicitar cuando recitamos el Padrenuestro: danos hoy nuestro pan de cada día. Y muchas veces lo podemos pedir por mediación de los santos.

II. Mientras estemos en la tierra vamos a necesitar medios materiales y humanos, tanto para el sostenimiento de la propia familia como de aquellas tareas apostólicas que el Señor nos pida que promovamos o que colaboremos de alguna manera en ellas. Los bienes económicos son eso: bienes; se convierten en males cuando no sirven para hacer el bien; cuando hay un apegamiento desordenado que impide ver los sobrenaturales. San León Magno enseña que Dios no solo nos ha dejado los bienes espirituales, sino también los corporales8, para que los orientemos al bien humano y sobrenatural de los demás.

El mismo Jesús enseñó a los Apóstoles la necesidad de emplear medios humanos. En la primera misión apostólica les indicó expresamente: no llevéis bolsa ni alforja... Les deja sin apoyo material alguno para que vean que es Él, Jesús, quien da la eficacia. Comprendieron entonces que las curaciones, las conversiones, los milagros no se debían a sus cualidades humanas, sino al poder de Dios. Sin embargo, cuando está ya próxima la partida, complementa aquella primera enseñanza: ahora, el que tenga bolsa, que la lleve; y del mismo modo alforja9. Aunque los medios sobrenaturales son los principales en todo apostolado, quiere el Señor que utilicemos todos los medios humanos a nuestro alcance como si no existiera ninguno sobrenatural; los económicos, también.

Jesús mismo, para realizar su misión divina quiso servirse a menudo de medios terrenos: unos cuantos panes y unos pececillos, un poco de barro, la ayuda material de aquellas piadosas mujeres que le seguían...

Cuando sintamos la necesidad en la familia, en las obras apostólicas en las que colaboramos, etc., no dudemos en acudir al Señor. No olvidemos cómo su primer milagro, por intercesión de Nuestra Señora, se realizó para sacar de apuros a unos recién casados en un asunto que no era de vital importancia. ¿Cómo no nos va a atender a nosotros, si alguna vez le necesitamos? Pero no nos olvidemos tampoco de hacer todo lo que esté de nuestra parte, como aquellos sirvientes de Caná que llenaron de agua las tinajas hasta arriba10: pusieron todo lo que estaba en sus manos.

Alguna vez, en situaciones económicas apuradas, este texto puede dar paz a nuestras almas: «Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá todo este asunto de una vez.

»Quiero, Señor, abandonar el cuidado de todo lo mío en tus manos generosas. Nuestra Madre ¡tu Madre! a estas horas, como en Caná, ha hecho sonar en tus oídos: ¡no tienen!... Yo creo en Ti, espero en Ti, Te amo, Jesús: para mí, nada; para ellos»11.

III. Se darán en nuestra vida ocasiones en las que el Señor aliente nuestra generosidad, y contribuyamos con nuestros medios económicos muchos o apenas ninguno al sostenimiento de la Iglesia o de instituciones buenas que promueven obras de cultura o de asistencia a gentes más necesitadas. También es posible que, además, debamos recaudar fondos para esas obras. Muchas páginas del Nuevo Testamento nos muestran el empeño de los discípulos de Cristo y de los primeros cristianos por allegar medios para la extensión del Evangelio. Vemos, por ejemplo, a Mateo, de buena posición económica, que desborda gratitud hacia Cristo12. Y aquel grupo de mujeres que sigue al Señor y le asistían con sus bienes13. Y esos otros discípulos gentes hacendadas, como José de Arimatea, que cede su sepulcro al Maestro y costea su sudario14; o Nicodemo, que se ocupa de comprar gran cantidad de mirra y áloes para embalsamar el Cuerpo del Señor15. De igual modo, observamos el heroico comportamiento de los primeros cristianos que vendían sus posesiones y demás bienes16y todos los que tenían posesiones o casas, vendiéndolas, traían el precio de ellas y lo ponían a los pies de los Apóstoles17.

San Pablo organizará colectas en Antioquía, en Galacia, en Macedonia, en Grecia para socorrer a los fieles de Jerusalén, provocando la emulación de unos y otros18. Cuando el Apóstol escribe a los cristianos de Corinto les agradece su generosidad en la colecta que llevan a cabo, les alienta en su propósito y les dice: porque esto es lo que os conviene19. Y Santo Tomás, comentando estas palabras, resalta el provecho que se saca del desprendimiento de los bienes en favor de otros: «El bien de la piedad es más útil para quien la ejerce que para aquel que la recibe. Porque quien la ejerce saca de allí un provecho espiritual, mientras quien la recibe solo temporal»20. La limosna es uno de los principales remedios para curar las heridas del alma, que son los pecados21, y atrae siempre la misericordia divina.

Junto a nuestra generosidad y desprendimiento de los bienes, hemos de fomentar en nuestros amigos esa buena disposición del alma, que conseguirá del Señor tantas bendiciones para ellos y sus familias. «He aquí una tarea urgente: remover la conciencia de creyentes y no creyentes hacer una leva de hombres de buena voluntad, con el fin de que cooperen y faciliten los instrumentos materiales necesarios para trabajar con las almas»22. Nos puede servir, para terminar, esta frase que anima al esfuerzo, a la generosidad y al desprendimiento: «pensad ¿cuánto os cuesta también económicamente- ser cristianos?»23.

San Nicolás será nuestro aliado en el Cielo para ser generosos con Dios y con nuestros hermanos, y buscar estos medios económicos necesarios en la tierra. Acudamos a él. Cerca de Dios sigue siendo generoso con los que le invocan.

1 Cfr. Gen 18, 24-32. — 2 Ex 32, 13. — 3 2 Mac 15, 14. — 4 Cfr. Lc 7, 1-10. — 5 Rom 15, 30. — 6 San Jerónimo, Contra Vigilantium, 1, 6. — 7 Cfr A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Rialp, 155, 161, 256, 470. — 8 San León Magno, Homilías, 10, 1. — 9 Lc 22, 36. — 10 Jn 2, 7.  11 Cfr. San Josemaría Escrivá, Forja, n. 807. — 12 Mt 9, 9-10. — 13 Lc 8, 3. — 14 Mc 15, 46. — 15 Jn 19, 39. — 16 Hech 2, 45. — 17 Hech 4, 34-35. — 18 2 Cor 8, 8. — 19 2 Cor 8, 10. — 20 Santo Tomás, Comentario a la Segunda Carta a los Corintios, in loc. — 21 Cfr. Catecismo Romano, IV, 14, 23. — 22 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 24. — 23 ídem, Amigos de Dios, 126.

San Nicolás de Bari nació en Patara hacia el año 270, fue Obispo de Mira en Licia (actualmente Turquía) y murió un 6 de diciembre entre los años 345 y 352. Su culto se extendió con rapidez en Oriente y se propagó más tarde en Occidente, principalmente después del traslado de sus reliquias a Bari (Italia) en el siglo xi. Son muy numerosas las iglesias e imágenes que se le han dedicado.

 

 

Meditaciones: lunes de la 2ª semana de Adviento

Reflexión para meditar en el lunes de la segunda semana de Adviento. Los temas propuestos son: fe y esperanza en el poder salvador de Dios; alegría y confianza; trasmitirla a los demás superando las dificultades.

06/12/2021

– Fe y esperanza en el poder salvador de Dios

– Alegría y confianza

– Trasmitirla a los demás superando las dificultades


EL EVANGELIO de san Lucas nos presenta a Jesús en Cafarnaún, probablemente en casa de Pedro. Allí se había congregado un buen número de personas para escuchar la predicación del Maestro, incluidos «unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén» (Lc 5,17). Llama la atención un comentario que añade el evangelista médico: «La fuerza del Señor le impulsaba a curar» (Lc 5,17). San Lucas está preparando el terreno para describir un episodio extraordinario. Y la liturgia, al disponer este pasaje en la segunda semana de Adviento, nos invita a confiar más en la omnipotencia de nuestro Padre Dios para sanarnos.

Había mucha gente en la casa. «En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por dónde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús» (Lc 5,18-19). Es una decisión muy audaz, que demuestra el cariño que tenían a su amigo. También se percibe la docilidad y la fe que el enfermo tenía en el poder curador del Maestro. Se había dejado descolgar, lo que seguramente había sido peligroso para su integridad. Estaba seguro de que tal vez se podrían repetir en él los milagros que Jesús había hecho en otras vecindades.

Tal vez alguno de los presentes pensó que el Señor se incomodaría por esa interrupción, sin embargo, cuando el enfermo tocó tierra otra fue la reacción del Maestro. Jesús quedó maravillado ante esta actitud; tanto, que el evangelio simplemente narra que «él, viendo la fe de ellos, dijo: “Hombre, tus pecados están perdonados”» (Lc 5,20). El Señor muestra que, ante todo, quiere sanar el espíritu. «El paralítico es imagen de todo ser humano al que el pecado le impide moverse con libertad, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí. En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: “tus pecados están perdonados”»[1].


LA MISERICORDIA del Señor es el motivo último de nuestra alegría y de nuestra confianza en Él. «¿Piensas que tus pecados son muchos, que el Señor no podrá oírte? No es así, porque tiene entrañas de misericordia. (...). Observad lo que nos cuenta San Mateo, cuando a Jesús le ponen delante a un paralítico. Aquel enfermo no comenta nada: sólo está allí, en la presencia de Dios. Y Cristo, removido por esa contrición, por ese dolor del que sabe que nada merece, no tarda en reaccionar con su misericordia habitual: “Ten confianza, que perdonados te son tus pecados”»[2].

Llama la atención que «entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos: “¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?”» (Lc 5,21). Con un poco de humildad, habrían podido razonar como los discípulos: si este hombre perdona los pecados, es porque Dios está con él. Sin embargo, en su afán por conservar su poder, en su poca capacidad para dejarse sorprender por los planes divinos, solo pensaban en estorbar la obra del Maestro. «Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: “¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados –se dirigió al paralítico–, a ti te digo: levántate, toma tu camilla y marcha a tu casa”» (Lc 5,22-24).

Jesús deja claro que la obra más importante del Mesías es el perdón de los pecados. Y, para mostrar la autoridad que tiene para hacerlo, le devuelve también la salud física al muchacho. Pero lo más valioso, y así lo experimentó el enfermo, fue que le restituyó la alegría interior, le fue concedida la gracia del perdón. Se cumplieron en él las palabras del profeta que leemos en la primera lectura: «Fortaleced las manos débiles, y consolidad las rodillas que flaquean. Decid a los pusilánimes: “Cobrad ánimo, no temáis. Aquí está vuestro Dios. Llega la venganza, la retribución de Dios. El vendrá y os salvará”. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y la lengua del mudo gritará de júbilo, porque manarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa» (Is 35,3-6).

El Adviento es tiempo de alegría porque la Iglesia nos invita a consolidar nuestra alma con esa fuerza de Dios: «¡Qué admirable el amor de Nuestro Señor Jesucristo!: su intensidad divina y la capacidad de derrocharlo por sus hermanos. Nunca lograremos hacernos cargo plenamente del mal que hemos cometido los hombres a lo largo de la historia (…). Pero a tanta maldad, que le agota en el alma y en el cuerpo con un padecimiento indescriptible, responde con esa plenitud de amor, tan inmensa, que borra esa catarata de miseria: “Hombre, tus pecados están perdonados” (Lc 5,20)»[3].


«EL MENSAJE es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios, que Cristo vino a darle, para que, sanado en el corazón, toda su existencia pueda renovarse. Pero la palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente»[4].

La reacción del recién curado fue lógica: «Al punto, levantándose a la vista de ellos, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios» (Lc 5,25). Quien ha experimentado la misericordia divina, el perdón de los pecados, la curación de la enfermedad, desea compartir su alegría, comunicar el motivo de su felicidad a los que más quiere. El recién curado no se atemorizó ante las dificultades del ambiente, ni ante las críticas de los escribas y los fariseos, sino que regresó dando testimonio de lo que Dios había hecho en él. «Si no queremos malgastar el tiempo inútilmente –tampoco con las falsas excusas de las dificultades exteriores del ambiente, que nunca han faltado desde los inicios del cristianismo–, hemos de tener muy presente que Jesucristo ha vinculado, de manera ordinaria, a la vida interior la eficacia de nuestra acción para arrastrar a los que nos rodean»[5].

En otras ocasiones, las inquietudes vendrán de nuestro interior, cuando las propias miserias se levanten y nos hagan ver como imposible lo que el Señor nos pide. Para esos momentos de tentación puede servirnos la invitación que nos hace san Josemaría a crecer en vida de fe: «Milagros como Cristo, milagros como los primeros Apóstoles haremos. Quizá en ti mismo, en mí se han operado esos prodigios: quizá éramos ciegos, o sordos, o lisiados, o hedíamos a muerto, y la palabra del Señor nos ha levantado de nuestra postración. Si amamos a Cristo, si lo seguimos sinceramente, si no nos buscamos a nosotros mismos sino sólo a Él, en su nombre podremos transmitir a otros, gratis, lo que gratis se nos ha concedido»[6].

La Virgen santísima intercede ante su Hijo para que, al igual que hace veintiún siglos, como fruto de nuestro testimonio se siga repitiendo: «El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios» (Lc 5,26).


[1] Benedicto XVI, Ángelus, 19-II-2006.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 253.

[3] Javier Echevarría, Getsemaní, Planeta, Barcelona 2005, VII, 12.

[4] Benedicto XVI, Ángelus, 19-II-2006.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 5.

[6] Ibid., n. 262.

 

 

“No dejes de rezar, que te escucho”

¿Santos, anormales?... Ha llegado la hora de arrancar ese prejuicio. Hemos de enseñar, con la naturalidad sobrenatural de la ascética cristiana, que ni siquiera los fenómenos místicos significan anormalidad: es ésa la naturalidad de esos fenómenos..., como otros procesos psíquicos o fisiológicos tienen la suya. (Surco, 559)

6 de diciembre

Describo la vida interior de cristianos corrientes, que habitualmente se encuentran en plena calle, al aire libre; y que, en la calle, en el trabajo, en la familia y en los ratos de diversión están pendientes de Jesús todo el día. ¿Y qué es esto sino vida de oración continua? ¿No es verdad que tú has visto la necesidad de ser alma de oración, con un trato con Dios que te lleva a endiosarte? (...)

Al principio costará; hay que esforzarse en dirigirse al Señor, en agradecer su piedad paterna y concreta con nosotros. Poco a poco el amor de Dios se palpa –aunque no es cosa de sentimientos–, como un zarpazo en el alma. Es Cristo, que nos persigue amorosamente: he aquí que estoy a tu puerta, y llamo (Apoc III, 20.). ¿Cómo va tu vida de oración? ¿No sientes a veces, durante el día, deseos de charlar más despacio con Él? ¿No le dices: luego te lo contaré, luego conversaré de esto contigo?

En los ratos dedicados expresamente a ese coloquio con el Señor, el corazón se explaya, la voluntad se fortalece, la inteligencia –ayudada por la gracia– penetra, de realidades sobrenaturales, las realidades humanas. Como fruto, saldrán siempre propósitos claros, prácticos, de mejorar tu conducta, de tratar finamente con caridad a todos los hombres, de emplearte a fondo –con el afán de los buenos deportistas– en esta lucha cristiana de amor y de paz.

La oración se hace continua, como el latir del corazón, como el pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida contemplativa; y sin vida contemplativa de poco vale trabajar por Cristo, porque en vano se esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa (Cfr. Ps CXXVI, 1). (Es Cristo que pasa, 8)

 

 

6 de Diciembre: “María, refugio y fortaleza nuestra” – Novena a la Inmaculada (día 7º)

6 de Diciembre: “María, refugio y fortaleza nuestra”

Novena a la Inmaculada (día 7º)

 

Cristo confía a su Madre todos los hombres

En el escándalo del Sacrificio de la Cruz, Santa María estaba presente, oyendo con tristeza a los que pasaban por allí, y blasfemaban meneando la cabeza y gritando: ¡Tú, que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo!; si eres el hijo de Dios, desciende de la Cruz.

 

Nuestra Señora escuchaba las palabras de su Hijo, uniéndose a su dolor: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Qué podía hacer Ella?

 

Fundirse con el amor redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso —como una espada afilada— que traspasaba su Corazón puro. De nuevo Jesús se siente confortado, con esa presencia discreta y amorosa de su Madre. No grita María, no corre de un lado a otro. Stabat: está en pie, junto al Hijo.

 

Es entonces cuando Jesús la mira, dirigiendo después la vista a Juan. Y exclama: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre. En Juan, Cristo confía a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de creer en El.

 

Admira la reciedumbre de Santa María

Felix culpa , canta la Iglesia, feliz culpa, porque ha alcanzado tener tal y tan grande Redentor. Feliz culpa, podemos añadir también, que nos ha merecido recibir por Madre a Santa María. Ya estamos seguros, ya nada debe preocuparnos: porque Nuestra Señora, coronada Reina de cielos y tierra, es la omnipotencia suplicante delante de Dios. Jesús no puede negar nada a María, ni tampoco a nosotros, hijos de su misma Madre.

 

Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza. —Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz. No admitas el desaliento en tu apostolado. No fracasaste, como tampoco Cristo fracasó en la Cruz.

 

¡Ánimo!… Continúa contra corriente, protegido por el Corazón Materno y Purísimo de la Señora:

Sancta Maria, refugium nostrum et virtus! , eres mi refugio y mi fortaleza. Tranquilo. Sereno… Dios tiene muy pocos amigos en la tierra.

 

No desees salir de este mundo. No rehúyas el peso de los días, aunque a veces se nos hagan muy largos. Piensa que Dios te quiere contento y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo, aunque en ningún momento te falte la Cruz. Pero esa Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo.

 

Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también. La Virgen Santa te alcanzará la fortaleza que necesitas para marchar con decisión tras los pasos de su Hijo.

 

Amigos de Dios, 288

Camino, 508 ;Via Crucis, XIII estación

 

ORACIÓN

 

Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por

muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz

de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía,

ni la audacia, para cumplir la voluntad de

nuestro Jesús.

Camino, 497

 

 

 

Viaje apostólico del Papa Francisco a Chipre y Grecia

Intervenciones del Papa Francisco en el viaje apostólico a Chipre y Grecia (2-6 de diciembre de 2021). Actualizado el domingo, 5 de diciembre, a las 11:00.

05/12/2021

El viaje apostólico de Francisco a los dos países mediterráneos, del 2 al 6 de diciembre, sigue los pasos del Papa emérito en Chipre en 2010 y del Papa san Juan Pablo II en Grecia en 2001.

Jueves, 2 de diciembre de 2021

Encuentro con sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos, catequistas, asociaciones y movimientos eclesiales de Chipre en la Catedral maronita de Nuestra Señora de las Gracias, Nicosia  

Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en la “Ceremonial Hall” del Palacio Presidencial de Nicosia

Viernes, 3 de diciembre de 2021

- Visita de cortesía a Su Beatitud Crisóstomo II, Arzobispo ortodoxo de Chipre en el Arzobispado ortodoxo de Chipre, Nicosia 

Encuentro con el Santo Sínodo en la Catedral ortodoxa de Nicosia 

Santa Misa en el Estadio GSP de Nicosia 

Oración ecuménica con los migrantes en la iglesia parroquial de la Santa Cruz, Nicosia

Sábado, 4 de diciembre de 2021

Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en el Palacio Presidencial de Atenas

Encuentro de Su Beatitud Jerónimo II y Su Santidad Francisco con sus respectivos séquitos en la “Sala del Trono” del Arzobispado ortodoxo de Grecia, Atenas 

Encuentro con los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y catequistas en la Catedral de San Dionisio de Atenas

Domingo, 5 de diciembre de 2021

Visita a los refugiados en el Centro de acogida e identificación de Mitilene 

Santa Misa en “Megaron Concert Hall” de Atenas 

Visita de cortesía de Su Beatitud Jerónimo II al Santo Padre en la Nunciatura Apostólica de Atenas

Lunes, 6 de diciembre de 2021

Encuentro con los jóvenes en la Escuela San Dionisio de las Hermanas Ursulinas de Marusi, Atenas 

Ceremonia de despedida en el aeropuerto internacional de Atenas


Jueves, 2 de diciembre

Encuentro con sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos, catequistas, asociaciones y movimientos eclesiales de Chipre

Beatitudes, queridos hermanos obispos,
queridos sacerdotes, religiosas y religiosos,
queridos catequistas, hermanos y hermanas: Χαίρετε! [¡Hola!]

Me siento contento de estar entre ustedes. Deseo expresar mi gratitud al Cardenal Béchara Boutros Raï por las palabras que me ha dirigido y saludar con afecto al Patriarca Pierbattista Pizzaballa. Gracias a todos ustedes por su ministerio y su servicio; en particular a ustedes, hermanas, por la obra educativa que llevan adelante en la escuela, a la que asisten tantos jóvenes de la isla, lugar de encuentro, de diálogo y aprendizaje del arte de construir puentes. ¡Gracias! Gracias a todos por su cercanía a las personas, especialmente en los contextos sociales y laborales donde es más difícil.

Comparto mi alegría de visitar esta tierra, caminando como peregrino tras las huellas del gran apóstol Bernabé, hijo de este pueblo, discípulo enamorado de Jesús, intrépido anunciador del Evangelio que, pasando por las nacientes comunidades cristianas, veía cómo actuaba la gracia de Dios y se alegraba de ello, exhortando «a todos para que permanecieran unidos al Señor con firmeza de corazón» (Hch 11,23). Y yo vengo con el mismo deseo: ver la gracia de Dios obrando en su Iglesia y en su tierra, alegrándome con ustedes por las maravillas que el Señor obra y exhortándolos a perseverar siempre, sin cansarse, sin desanimarse nunca. ¡Dios es más grande! Dios es más grande que nuestras contradicciones. ¡Adelante!

Los miro y veo la riqueza de su diversidad. Es cierto, ¡una buena "macedonia". Todo diferente. Saludo a la Iglesia maronita, que en el curso de los siglos ha llegado en varias ocasiones a la isla y que, a menudo atravesando muchas pruebas, ha perseverado en la fe. Cuando pienso en el Líbano siento mucha preocupación por la crisis en la que se encuentra y noto el sufrimiento de un pueblo cansado y probado por la violencia y el dolor. Llevo a mi oración el deseo de paz que sube desde el corazón de ese país. Les agradezco lo que hacen en la Iglesia, por Chipre. Los cedros del Líbano se citan numerosas veces en la Escritura como modelos de belleza y grandeza. Pero incluso un gran cedro surge desde las raíces y crece lentamente. Ustedes son estas raíces, trasplantadas en Chipre para difundir la fragancia y la belleza del Evangelio. ¡Gracias!

Saludo también a la Iglesia latina, presente aquí por milenios, que ha visto crecer en el tiempo, junto a sus hijos, el entusiasmo de la fe y que hoy, gracias a la presencia de tantos hermanos y hermanas migrantes, se presenta como un pueblo “multicolor”, un auténtico lugar de encuentro entre etnias y culturas diferentes. Este rostro de la Iglesia refleja el rol de Chipre en el continente europeo: una tierra de campos dorados, una isla acariciada por las olas del mar, pero sobre todo una historia que es cruce de pueblos y mosaico de encuentros. Así es también la Iglesia: católica, es decir, universal, espacio abierto en el que todos son acogidos y alcanzados por la misericordia de Dios y su invitación a amar. No hay ni debe haber muros en la Iglesia católica. Y esto, no lo olvidemos, ninguno de nosotros ha sido llamado aquí para hacer proselitismo como predicadores, eso jamás. El proselitismo es estéril, no da vida. Todos hemos sido llamados por la misericordia de Dios, que nunca se cansa de llamar, nunca se cansa de estar cerca, nunca se cansa de perdonar. ¿Dónde están las raíces de nuestra vocación cristiana? En la misericordia de Dios. Nunca debemos olvidar eso. El Señor no defrauda; su misericordia no defrauda. Siempre nos espera. No hay y no debe haber muros en la Iglesia católica, por favor. Y una casa común, es el lugar de las relaciones, es la convivencia de la diversidad: ese rito, ese otro rito; uno lo piensa así, esa monja lo vio así, la otra lo vio de otro modo. La diversidad de todos y, en esa diversidad, la riqueza de la unidad. ¿Y quién hace la unidad? El espíritu santo. ¿Y quién hace la diversidad? El espíritu santo. Quien puede entender que entienda. Él es el autor de la diversidad y es el autor de la armonía. San Basilio solía decirlo: “Ipse harmonia est”. Él es quien hace la diversidad de dones y la unidad armoniosa de la Iglesia.

Queridos amigos, ahora quisiera compartir algo con ustedes a propósito de san Bernabé, su hermano y patrono, inspirándome en dos palabras de su vida y de su misión.

La primera palabra es paciencia. Se habla de Bernabé como de un gran hombre de fe y de equilibrio, que fue elegido por la Iglesia de Jerusalén —se puede decir de la Iglesia madre— como la persona más idónea para visitar una nueva comunidad, la de Antioquía, que estaba compuesta por diversas personas que se habían convertido recientemente del paganismo. Fue enviado para ir y ver qué estaba sucediendo, casi como un explorador. Allí encontró personas que provenían de otro mundo, de otra cultura y sensibilidad religiosa; personas que acababan de cambiar de vida y por eso tenían una fe llena de entusiasmo, pero todavía frágil, como al inicio. En toda esta situación, la actitud de Bernabé fue de gran paciencia. Sabe esperar. Sabe esperar que el árbol crezca. Es la paciencia de estar dispuesto a salir constantemente de viaje, la paciencia de entrar en la vida de personas hasta ese momento desconocidas, la paciencia de acoger la novedad sin juzgarla apresuradamente, la paciencia del discernimiento, que sabe captar los signos de la obra de Dios en todas partes, la paciencia de “estudiar” otras culturas y tradiciones. Bernabé tuvo sobre todo la paciencia del acompañamiento, deja crecer, acompañando. No sofocó la fe frágil de los recién llegados con actitudes estrictas, inflexibles, o con requerimientos demasiado exigentes en cuanto a la observancia de los preceptos. No. Los dejaba crecer, los acompañaba, los tomaba de la mano, dialogaba con ellos. Bernabé no se escandaliza, como un padre y una madre no se escandalizan con sus hijos, los acompañan, los ayudan a crecer. Tengan en cuenta esto, las divisiones, el proselitismo dentro de la Iglesia no van. Deja crecer y acompaña. Y si tienes que regañar a alguien, regaña, pero con amor, con paz. Es el hombre de la paciencia.

Necesitamos una Iglesia paciente, queridos hermanos y hermanas. Una Iglesia que no se deja turbar y desconcertar por los cambios, sino que acoge serenamente la novedad y discierne las situaciones a la luz del Evangelio. En esta isla es precioso el trabajo que llevan adelante en la acogida de nuevos hermanos y hermanas que llegan desde otros lugares del mundo. Como Bernabé, también ustedes están llamados a cultivar una mirada paciente y atenta, a ser signos visibles y creíbles de la paciencia de Dios que nunca deja a nadie fuera de casa, nadie privado de su tierno abrazo. La Iglesia en Chipre tiene estos brazos abiertos: acoge, integra y acompaña. Es un mensaje importante también para la Iglesia en toda Europa, marcada por la crisis de fe. No sirve ser impulsivos, no sirve ser agresivos, o nostálgicos o quejumbrosos, es mejor seguir adelante leyendo los signos de los tiempos y también los signos de la crisis. Es necesario volver a comenzar y anunciar el Evangelio con paciencia, tomar en mano las Bienaventuranzas, sobre todo anunciarlas a las nuevas generaciones. A ustedes, hermanos obispos, quisiera decirles: sean pastores pacientes en la cercanía, no se cansen nunca de buscar a Dios en la oración; buscar a los sacerdotes, en el encuentro; a los hermanos de otras confesiones cristianas, con respeto y solicitud; y a los fieles, allí donde viven. Y a ustedes, queridos sacerdotes que están aquí, quisiera decirles: sean pacientes con los fieles, siempre dispuestos a animarlos, ministros incansables del perdón y de la misericordia de Dios. Nunca jueces severos, siempre padres amorosos.

Cuando leo la Parábola del hijo pródigo: el hermano mayor era un juez riguroso, pero el padre era misericordioso, la imagen del Padre que siempre perdona, es más, que siempre está esperando para perdarnos. El año pasado un grupo de jóvenes que hacen espectáculos de música pop, quisieron hacer la parábola del hijo pródigo, cantada en música pop y diálogos. ¡Hermoso! Pero lo más lindo es la discusión final, cuando el hijo pródigo se acerca a un amigo y le dice: “No puedo seguir así. Quiero irme a casa, pero tengo miedo de que papá me cierre la puerta en la cara, que me eche. Tengo este miedo y no sé cómo hacer. —Pero tu papá es bueno— —Sí, pero ya sabes... mi hermano está ahí calentándose la cabeza”. Hacia el final de esa ópera pop sobre el hijo pródigo, su amigo le dice: “Haz una cosa: escribe a tu papá y dile que quieres volver, pero tienes miedo de que no te reciba bien. Dile a tu papá que, si quiere darte la bienvenida, ponga un pañuelo en la ventana más alta de la casa, así tu papá te dirá primero si te dará la bienvenida o te rechazará”. Ese acto termina. En el otro acto, el hijo se dirige a la casa de su padre. Y cuando está en camino, se vuelve y ve la casa de su padre: que estaba llena de pañuelos blancos. ¡Llena! Este es Dios para nosotros. Este es Dios para nosotros. Nunca se cansa de perdonar. Y cuando el hijo empieza a hablar: “Ah, señor, yo hice…”, —Cállate, y le tapa la boca—.

A ustedes sacerdotes: por favor, no sean rigurosos en la confesión. Cuando ves que alguien está en problemas, di: "entiendo, entiendo". Esto no significa "manga ancha", no. Significa corazón de padre, como corazón de padre tiene Dios.

La obra que el Señor realiza en la vida de cada persona es una historia sagrada, dejémonos apasionar por ella. En la multiforme variedad de su pueblo, paciencia significa también tener oídos y corazón para acoger sensibilidades espirituales diferentes, modos de expresar la fe distintos y culturas diversas. La Iglesia no quiere uniformar, por favor no. Sino integrar todas las culturas, todas las psicologías de las personas, con paciencia materna, porque la Iglesia es madre. Es lo que deseamos hacer con la gracia de Dios en el itinerario sinodal: la oración paciente, la escucha paciente de una Iglesia dócil a Dios y abierta al hombre. La paciencia era uno de los aspectos de Bernabé.

En la historia de Bernabé hay un segundo aspecto importante que quisiera subrayar: su encuentro con Pablo de Tarso y la amistad fraterna entre ellos, que los conducirá a vivir juntos la misión. Después de la conversión de Pablo —que antes había sido un encarnizado perseguidor de los cristianos— «todos le temían, porque no creían que él también fuera discípulo» (Hch 9,26). Aquí el libro de los Hechos de los Apóstoles dice algo muy hermoso: Bernabé lo tomó consigo, lo presentó a la comunidad, contó lo que le había sucedido y respondió por él (cf. v. 27). Escuchemos este “lo tomó consigo”. La expresión hace referencia a la misma misión de Jesús, que tomó consigo a los discípulos por los caminos de Galilea, que tomó sobre sí nuestra humanidad herida por el pecado. Es una actitud de amistad, una actitud de compartir la vida. “Tomar consigo”, “tomar sobre sí” significa hacerse cargo de la historia del otro, darse tiempo para conocerlo sin etiquetarlo, cargarlo sobre los hombros cuando está cansado o herido, como hace el buen samaritano (cf. Lc 10,25-37). Esto se llama fraternidad, y esta es la segunda palabra que deseo decirles. La primera, paciencia y la segunda fraternidad.

Bernabé y Pablo, como hermanos, viajaron juntos para anunciar el Evangelio, aun en medio de persecuciones. En la Iglesia de Antioquía «estuvieron juntos todo un año e instruyeron a mucha gente» (Hch 11,26). Luego ambos tenían reservada una misión más grande y, enviados por el Espíritu Santo, «se embarcaron para Chipre» (Hch 13,4). Y la Palabra de Dios corría y crecía no sólo por sus cualidades humanas, sino sobre todo porque eran hermanos en el nombre de Dios y esta fraternidad entre ellos hacía resplandecer el mandamiento del amor. Hermanos distintos, como los dedos de una mano, todos diversos, pero todos con la misma dignidad. Hermanos. Después, como sucede en la vida, pasó algo inesperado. Los Hechos cuentan que los dos tuvieron un fuerte desacuerdo y sus caminos se separaron (cf. Hch 15,39). También entre los hermanos se discute, a veces hay disputas. Pero Pablo y Bernabé no se separaron por motivos personales, sino que estaban discutiendo acerca de su ministerio, sobre cómo llevar adelante la misión, y tenían visiones diferentes. Bernabé también quería llevar a la misión al joven Marcos, y Pablo no quería. Discutieron, pero por algunas cartas sucesivas se intuye que no quedó rencor entre ellos. Incluso a Timoteo, que tenía que alcanzarlo más adelante, Pablo le escribió: «Ven a verme cuanto antes […] Recoge a Marcos [¡justamente a él!] y tráelo contigo, pues será de gran ayuda en mi ministerio» (2 Tm 4,9.11). Esta es la fraternidad en la Iglesia, se puede discutir sobre visiones, sobre puntos de vista, es bueno hacerlo. Un poco de discusión es siempre bueno. En particular sobre diferentes sensibilidades e ideas, ya que es malo no discutir nunca. Cuando hay una paz demasiado rigurosa, no es de Dios. En familia, los hermanos discuten, intercambian puntos de vista. Sospecho de los que nunca discuten, porque todo el tiempo tienen "agendas" ocultas. Esta es la fraternidad de la Iglesia: se pueden discutir visiones, sensibilidades, ideas diferentes, y en algunos casos decir cosas con franqueza, esto ayuda, y no decirlas por atrás con una crítica que no hace bien a nadie. La discusión es una oportunidad para el crecimiento y el cambio. Pero recordemos siempre que no se discute para hacerse la guerra, para imponerse, sino para expresar y vivir la vitalidad del Espíritu, que es amor y comunión. Se discute, pero seguimos siendo hermanos.

Recuerdo que cuando era niño éramos cinco. Discutíamos entre nosotros, a veces con fuerza, no todos los días, y luego estábamos todos juntos en la mesa. La discusión de la familia que tiene madre, la madre Iglesia: los hijos discuten.

Queridos hermanos y hermanas, necesitamos una Iglesia fraterna que sea instrumento de fraternidad para el mundo. Aquí en Chipre existen muchas sensibilidades espirituales y eclesiales, varias historias de procedencia, de ritos de tradiciones diferentes; pero no debemos sentir la diversidad como una amenaza contra la identidad, ni debemos recelar y preocuparnos de los respectivos espacios. Si caemos en esta tentación crece el miedo, el miedo genera desconfianza, la desconfianza conduce a la sospecha y, antes o después, lleva a la guerra. Somos hermanos amados por un único Padre. Ustedes están inmersos en el Mediterráneo, un mar con diferentes historias, un mar que ha mecido numerosas civilizaciones, un mar del que todavía hoy desembarcan personas, pueblos y culturas de todas partes del mundo. Con su fraternidad pueden recordar a todos, a toda Europa, que para construir un futuro digno del hombre es necesario trabajar juntos, superar las divisiones, derribar los muros y cultivar el sueño de la unidad. Necesitamos acogernos e integrarnos, caminar juntos, ser todos hermanos y hermanas.

Les agradezco lo que son y lo que hacen, la alegría con la que anuncian el Evangelio, las fatigas y renuncias con las que lo sostienen y lo hacen avanzar. Este es el camino trazado por los santos apóstoles Pablo y Bernabé. Les deseo que sean siempre una Iglesia paciente, que discierne, que no se asusta nunca, que acompaña y que integra; y una Iglesia fraterna, que hace espacio al otro, que discute pero permanece unida y crece en la discusión. Los bendigo a cada uno de ustedes. Y, por favor, sigan rezando por mí, porque tengo necesidad. Efcharistó! [¡Gracias!]

Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en la “Ceremonial Hall” del Palacio Presidencial de Nicosia

Señor Presidente de la República,
miembros del gobierno y del Cuerpo diplomático,
distinguidas Autoridades religiosas y civiles,
insignes Representantes de la sociedad y del mundo de la cultura,
señoras y señores:

Los saludo cordialmente, manifestándoles mi alegría por estar aquí. Le agradezco, señor Presidente, el recibimiento que me ha dado en nombre de toda la población. He venido como peregrino a un país pequeño por su geografía, pero grande por su historia; a una isla que a lo largo de los siglos no ha aislado a la gente, sino que la ha unido; a una tierra cuyo límite es el mar; a un lugar que representa la puerta oriental de Europa y la puerta occidental de Oriente Medio. Son una puerta abierta, un puerto que reúne. Chipre, encrucijada de civilizaciones, lleva en sí la vocación innata al encuentro, favorecida por el carácter acogedor de los chipriotas.

Acabamos de homenajear al primer Presidente de esta República, el Arzobispo Makarios, y al realizar este gesto he deseado homenajear a todos los ciudadanos. Su nombre, Makarios, evoca las palabras iniciales del primer discurso de Jesús: las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12). ¿Quién es ese makarios, quién es realmente ese bienaventurado según la fe cristiana, a quien esta tierra está ligada indisolublemente? Bienaventurados pueden ser todos, y son ante todo los pobres de espíritu, los que han sido heridos por la vida, aquellos que viven con mansedumbre y misericordia, cuantos practican la justicia y construyen la paz sin hacerse notar. Las Bienaventuranzas, queridos amigos, son la constitución perenne del cristianismo. Vivirlas permite que el Evangelio sea siempre joven y fecunde la sociedad de esperanza. Las Bienaventuranzas son la brújula que orienta, en todas las latitudes, las rutas que los cristianos abordan en el viaje de la vida.

Justamente desde aquí, donde Europa y Oriente se encuentran, comenzó la primera gran inculturación del Evangelio en el continente y para mí es emocionante recorrer los pasos de los grandes misioneros de los orígenes, en particular de los santos Pablo, Bernabé y Marcos. Heme aquí, pues, peregrino entre ustedes para caminar con ustedes, queridos chipriotas; con todos ustedes, con el deseo de que la buena noticia del Evangelio lleve desde aquí a Europa un alegre mensaje en el signo de las Bienaventuranzas. Aquello que los primeros cristianos dieron al mundo con la fuerza humilde del Espíritu fue en efecto un inaudito mensaje de belleza. Fue la novedad sorprendente de la bienaventuranza al alcance de todos para conquistar los corazones y la libertad de muchos. Este país tiene una herencia particular en ese sentido, como mensajero de belleza entre los continentes. Chipre trasluce belleza en su territorio, que debe conservarse y protegerse con políticas ambientales oportunas y concertadas con los vecinos. La belleza se refleja también en la arquitectura, en el arte —particularmente en el arte sacro—, en el artesanado religioso y en los numerosos tesoros arqueológicos. Trayendo una imagen del mar que nos rodea, quisiera decir que esta isla representa una perla de gran valor en el corazón del Mediterráneo.

Una perla, en efecto, se convierte en lo que es porque se forma con el paso del tiempo, requiere años para que las diversas estratificaciones la hagan compacta y reluciente. De este modo, la belleza de esta tierra deriva de las culturas que a lo largo de los siglos se encontraron y mezclaron. También hoy la luz de Chipre tiene muchos matices, varios son los pueblos y las personas que, con tonalidades diversas, componen la gama cromática de esta población. Pienso también en la presencia de muchos inmigrantes, que porcentualmente es la más relevante entre los países de la Unión Europea. Salvaguardar la belleza multicolor y poliédrica del conjunto no es fácil. Se necesita tiempo y paciencia, como para la formación de la perla. Se requiere una mirada amplia que abrace la variedad de las culturas y tienda hacia el futuro con amplitud de miras. En este sentido, es importante tutelar y promover a cada componente de la sociedad, de modo especial a los que estadísticamente son minoritarios. Pienso además en varias entidades católicas que se beneficiarían de un oportuno reconocimiento institucional, para que la contribución que aportan a la sociedad por medio de sus actividades, en particular educativas y caritativas, sea definido adecuadamente desde el punto de vista legal.

Una perla pone de manifiesto su belleza en circunstancias difíciles. Nace de la oscuridad, cuando la ostra “sufre” después de haber recibido una visita inesperada que amenaza su incolumidad, como, por ejemplo, un grano de arena que la irrita. Para protegerse, reacciona asimilando aquello que la ha herido, envuelve aquello que para ella es peligroso y extraño y lo transforma en belleza, en una perla. La perla de Chipre fue eclipsada por la pandemia, que impidió a muchos visitantes que accedan a ver su belleza, agravando, como en otros lugares, las consecuencias de la crisis económica y financiera. Lo que garantizará un desarrollo sólido y duradero en este período de reactivación no será el entusiasmo por recobrar cuanto se ha perdido, sino el compromiso por promover la recuperación de la sociedad, particularmente por medio de una decidida lucha contra la corrupción y las plagas que atentan contra la dignidad de la persona; me refiero, por ejemplo, al tráfico de seres humanos.

Pero la herida que más hace sufrir a esta tierra es la provocada por la terrible laceración que ha padecido en los últimos decenios. Me refiero al sufrimiento interior de cuantos no pueden regresar a sus casas y lugares de culto. Ruego por la paz de ustedes, por la paz de toda la isla, y la deseo con todas las fuerzas. El camino de la paz, que sana los conflictos y regenera la belleza de la fraternidad, está marcado por una palabra: diálogo que Usted Señor Presidente, ha repetido tantas veces. Tenemos que ayudarnos a creer en la fuerza paciente y humilde del diálogo, aquella fuerza de la paciencia, de “llevar sobre las espaldas”, hypomoné, que podemos extraer de las Bienaventuranzas. Sabemos que no es un camino fácil; es largo y tortuoso, pero no hay alternativas para llegar a la reconciliación. Alimentemos la esperanza con el poder de los gestos en lugar de poner la esperanza en los gestos de poder. Porque hay un poder de los gestos que prepara la paz, no se trata de los gestos de poder, de las amenazas de venganza y de las demostraciones de fuerza, sino de los gestos de distensión, de los pasos concretos de diálogo. Me refiero, por ejemplo, al compromiso por entablar un debate sincero que ponga las exigencias de la población en primer lugar, a una implicación cada vez más activa de la Comunidad internacional, a la salvaguardia del patrimonio religioso y cultural, a la restitución de cuanto en este sentido es más querido por la gente, como los lugares o al menos los objetos sagrados. A este respecto, quisiera expresar mi aprecio y animarlos en relación al Religious Track of the Cyprus Peace Project, promovido por la Embajada de Suecia, para cultivar el diálogo entre los líderes religiosos.

Los tiempos que no parecen favorables y en los que el diálogo decae son precisamente aquellos que pueden preparar la paz. Nos lo recuerda una vez más la perla, que se vuelve tal cuando, con paciencia y en la oscuridad, teje sustancias nuevas junto al agente que la ha herido. En esta coyuntura, no dejemos prevalecer el odio, no renunciemos a curar las heridas, no olvidemos los casos de las personas desaparecidas. Y cuando venga la tentación del desánimo, pensemos en las generaciones futuras, que desean heredar un mundo pacificado, colaborador, unido, no habitado por rivalidades perennes y contaminadas por conflictos no resueltos. Para esto es necesario el diálogo, sin el cual la sospecha y el resentimiento crecen. Que nuestra referencia sea el Mediterráneo, que ahora lamentablemente es lugar de conflictos y de tragedias humanitarias; en su belleza profunda es el mare nostrum, el mar de todos los pueblos que se asoman a él para estar conectados, no divididos. Chipre, encrucijada geográfica, histórica, cultural y religiosa, tiene esta posición para poner en marcha una acción de paz. Que sea una obra abierta en la que se construye la paz en medio del Mediterráneo.

Con frecuencia, la paz no nace de los grandes personajes, sino de la determinación cotidiana, todos los días, de los más pequeños. El continente europeo necesita reconciliación y unidad, necesita valentía e impulso para caminar hacia adelante. Porque no serán los muros del miedo ni los vetos dictados por intereses nacionalistas los que contribuirán al progreso, ni tampoco la recuperación económica por sí sola podrá garantizar la seguridad y la estabilidad. Miremos la historia de Chipre y veamos cómo el encuentro y la acogida han dado frutos beneficiosos a largo plazo; no sólo en lo que se refiere a la historia del cristianismo, para la que Chipre fue “el trampolín de lanzamiento” en el continente, sino también por la construcción de una sociedad que ha encontrado su propia riqueza en la integración. Este espíritu amplio, esta capacidad de mirar más allá de las propias fronteras rejuvenece, permite volver a encontrar el brillo perdido.

Refiriéndose a Chipre, los Hechos de los Apóstoles narran que Pablo y Bernabé «atravesaron toda la isla hasta llegar a Pafos» (Hch 13,6). Para mí es un motivo de alegría atravesar durante estos días la historia y el alma de esta tierra, con el deseo de que su anhelo de unidad y su mensaje de belleza sigan guiando su camino. O Theós na evloghí tin Kípro! [¡Que Dios bendiga a Chipre!]


Viernes, 3 de diciembre

Encuentro con el Santo Sínodo en la Catedral ortodoxa de Nicosia

Beatitud, queridos obispos del Santo Sínodo:

Estoy contento de encontrarme entre ustedes y les agradezco la cordial acogida. Gracias, querido hermano, por sus palabras, por la apertura del corazón y por el compromiso de promover el diálogo entre nosotros. Deseo extender mi saludo a los sacerdotes, a los diáconos y a todos los fieles de la Iglesia ortodoxa de Chipre, recordando particularmente a los monjes y las monjas, que con su oración purifican y elevan la fe de todos.

La gracia de estar aquí me lleva a pensar que tenemos un origen apostólico común: Pablo atravesó Chipre y posteriormente llegó a Roma. Por tanto, descendemos del mismo ardor apostólico y nos une un único camino: el del Evangelio. Me agrada ver que seguimos caminando en la misma dirección, en busca de una fraternidad cada vez mayor y de la unidad plena. En este retazo de la Tierra Santa que difunde la gracia de los Santos Lugares en el Mediterráneo, viene con naturalidad el recuerdo de tantas páginas y figuras bíblicas. Entre todas, quisiera referirme de nuevo a san Bernabé, destacando algunos aspectos que pueden orientarnos en el camino.

«José, a quien los apóstoles llamaban “Bernabé”» (Hch 4,36): así es presentado en los Hechos de los Apóstoles. Lo conocemos y veneramos por su sobrenombre, debido a lo mucho que este definía su persona. Ahora bien, la palabra Bernabé significa al mismo tiempo “hijo del consuelo” e “hijo de la exhortación”. Es hermoso que en su figura se fundan ambas características, indispensables para el anuncio del Evangelio. En efecto, todo consuelo verdadero no puede ser intimista, sino que debe traducirse en exhortación, orientar la libertad hacia el bien. Al mismo tiempo, cada exhortación en la fe no puede más que fundarse en la presencia consoladora de Dios y estar acompañada por la caridad fraterna.

De este modo Bernabé, hijo del consuelo, nos exhorta a nosotros sus hermanos a emprender la misma misión de proclamar el Evangelio a los hombres, invitándonos a comprender que el anuncio no puede basarse en exhortaciones generales, en la repetición de preceptos y normas que observar, como se ha hecho con frecuencia. Hay que seguir el camino del encuentro personal, prestar atención a las preguntas de la gente, a sus necesidades existenciales. Para ser hijos del consuelo, antes de decir cualquier cosa, es necesario escuchar, dejarse interrogar, descubrir al otro, compartir: porque el Evangelio se transmite por la comunión. Esto es lo que, como católicos, deseamos vivir en los próximos años, redescubriendo la dimensión sinodal, constitutiva del ser de la Iglesia. Y en esto sentimos la necesidad de caminar más intensamente con ustedes, queridos hermanos, que por medio de la experiencia de su sinodalidad pueden sernos verdaderamente de gran ayuda. Gracias por su colaboración fraterna, que también se manifiesta en la participación activa en la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa.

Deseo de corazón que aumenten las posibilidades de encontrarnos, de conocernos mejor, de derribar muchos preconceptos y de disponernos para una escucha serena de las respectivas experiencias de fe. Será una exhortación estimulante para que cada uno ofrezca lo mejor y esto dará un fruto espiritual de consolación a todos. El apóstol Pablo, de quien descendemos, habla a menudo de consolación y es hermoso imaginar que Bernabé, hijo del consuelo, haya sido el inspirador de algunas palabras suyas, como aquellas del comienzo de la segunda Carta a los corintios, con las que recomienda que nos consolemos mutuamente con el mismo consuelo que recibimos de Dios (cf. 2 Co 1,3-5). En este sentido, queridos hermanos, deseo asegurarles mi oración y cercanía, así como la de la Iglesia católica, tanto en los problemas más dolorosos que los angustian como en las esperanzas más hermosas y audaces que los animan. Las tristezas y las alegrías de ustedes nos pertenecen, las sentimos nuestras; y también sentimos que necesitamos mucho de sus oraciones.

A continuación —segundo aspecto—, san Bernabé es presentado en los Hechos de los Apóstoles como «un levita nacido en Chipre» (Hch 4,36). El texto no agrega otros detalles, ni en cuanto a su aspecto ni en cuanto a su persona, pero inmediatamente después revela a Bernabé por medio de una acción emblemática: «vendió un campo de su propiedad, llevó el importe y lo puso a disposición de los apóstoles» (v. 37). Este magnífico gesto sugiere que para revitalizarnos en la comunión y en la misión también nosotros hemos de tener la valentía de despojarnos de aquello que, aun siendo valioso, es terreno, para favorecer la plenitud de la unidad. No me refiero ciertamente a lo que es sagrado y nos ayuda a encontrar al Señor, sino al riesgo de absolutizar ciertos usos y costumbres que no son esenciales para vivir la fe. No nos dejemos paralizar por el temor de abrirnos y de realizar gestos audaces, no secundemos el “carácter irreconciliable de las diferencias” que no encuentra correspondencia en el Evangelio. No permitamos que las tradiciones —en plural y con la “t” minúscula— tiendan a prevalecer sobre la Tradición —en singular y con la “t” mayúscula—. Esta nos exhorta a imitar a Bernabé, a dejar cuanto, aun siendo bueno, puede comprometer la plenitud de la comunión, el primado de la caridad y la necesidad de la unidad.

Bernabé, dejando todo lo que poseía a los pies de los apóstoles, entró en sus corazones. También nosotros estamos invitados por el Señor a redescubrirnos como parte del mismo Cuerpo, a abajarnos hasta los pies de los hermanos. Es cierto que la historia, en el campo de nuestras relaciones, ha abierto amplios surcos entre nosotros, pero el Espíritu Santo desea que volvamos a acercarnos con humildad y respeto. Él nos invita a no resignarnos frente a las divisiones del pasado y a cultivar juntos el campo del Reino, con paciencia, asiduidad y de modo concreto. Porque si dejamos de lado teorías abstractas y trabajamos juntos codo a codo —por ejemplo, en la caridad, en la educación y en la promoción de la dignidad humana—, redescubriremos al hermano y la comunión madurará por sí misma, para gloria de Dios. Cada uno mantendrá las propias maneras y el propio estilo pero, con el tiempo, el trabajo conjunto acrecentará la concordia y se mostrará fecundo. Así como estas tierras mediterráneas fueron embellecidas por el trabajo respetuoso y paciente del hombre, también nosotros cultivemos, con la ayuda de Dios y con humilde perseverancia, nuestra comunión apostólica.

Por ejemplo, es un buen fruto lo que sucede aquí en Chipre en la iglesia de “Nuestra Señora de la Ciudad de oro”. El templo, dedicado a la Panaghia Chrysopolitissa, es actualmente lugar de culto para varias confesiones cristianas, amado por la población y elegido con frecuencia para las celebraciones de los matrimonios. Es por tanto un signo de comunión de fe y de vida, bajo la mirada de la Santa Madre de Dios, que reúne a sus hijos. Además, dentro del complejo se conserva una columna donde, según la tradición, san Pablo sufrió treinta y nueve azotes por haber anunciado la fe en Pafos. La misión, así como la comunión, pasa siempre a través de sacrificios y pruebas.

El tercer aspecto que destaco de la figura de Bernabé es precisamente una prueba, la cual marcó su historia y los orígenes de la difusión del Evangelio en estas tierras. Al regresar a Chipre con Pablo y Marcos, Bernabé encontró a Elimas, “mago y falso profeta”, que se les opuso con malicia, tratando de torcer los caminos derechos del Señor (cf. Hch 13,6.8.10). Tampoco hoy faltan falsedades y engaños que el pasado nos pone delante y que obstaculizan el camino. Siglos de división y distancias que han llevado a asimilar, aun involuntariamente, no pocos prejuicios hostiles respecto a los demás, preconceptos basados a menudo en informaciones deficientes y distorsionadas, divulgadas por una lectura agresiva y polémica. Pero todo esto tuerce el camino de Dios, que se orienta hacia la concordia y la unidad. Queridos hermanos, la santidad de Bernabé es elocuente también para nosotros. Cuántas veces en la historia, entre los mismos cristianos nos hemos preocupado por oponernos a los demás, en lugar de acoger dócilmente el camino de Dios, que tiende a recomponer las divisiones en la caridad. Cuántas veces hemos agrandado y difundido prejuicios sobre los demás, en vez de cumplir la exhortación que el Señor repite especialmente en el Evangelio escrito por Marcos, quien fuera con Bernabé a esta isla: hacerse pequeños y servir a los demás (cf. Mc 9,35; 10,43-44).

Beatitud, hoy en nuestro diálogo he quedado conmovido cuando usted habló de la Iglesia Madre. Nuestra Iglesia es madre, es una madre que siempre reúne a sus hijos con ternura. Confiamos en esta Madre Iglesia, que nos reúne a todos y que, con paciencia, ternura y valentía, nos conduce hacia adelante en el camino del Señor. Pero, para sentir la maternidad de la Iglesia, todos nosotros tenemos que ir allí donde la Iglesia es madre. Todos nosotros, con nuestras diferencias, pero todos hijos de la Iglesia Madre. Gracias por esa reflexión que hoy ha hecho conmigo.

Supliquemos al Señor sabiduría y valentía para seguir sus caminos y no los nuestros. Pidámoslo por intercesión de los santos. Leontios Machairas, cronista del siglo XV, definió a Chipre como la “Isla santa” por la cantidad de mártires y beatos que esta tierra ha conocido a lo largo de los siglos. Además de los más célebres y venerados, como Bernabé, Pablo y Marcos, Epifanio, Bárbara, Espiridón, hay muchos otros, multitudes innumerables de santos que, unidos en la única Iglesia celestial —la Iglesia Madre—, nos impulsan a navegar juntos hacia el puerto por el que todos suspiramos. Desde el más allá invitan a que hagamos de Chipre —que ya es un puente entre Oriente y Occidente— un puente entre el cielo y la tierra. Que así sea, para gloria de la Santísima Trinidad, para nuestro bien y para el bien el de todos. Gracias.

Santa Misa en el Estadio GSP de Nicosia

Mientras Jesús pasaba, dos ciegos le expresaban a gritos su miseria y su esperanza: «¡Hijo de David, ten piedad de nosotros!» (Mt 9,27). “Hijo de David” era un título atribuido al Mesías, que las profecías anunciaban como proveniente de la estirpe de David. Los dos protagonistas del Evangelio de hoy son ciegos y, sin embargo, ven lo más importante: reconocen a Jesús como el Mesías que ha venido al mundo. Detengámonos en tres pasos de este encuentro que, en este camino de adviento, pueden ayudarnos a acoger al Señor que viene, al Señor que pasa.

El primer paso: ir a Jesús para sanar. El texto dice que los dos ciegos gritaban al Señor mientras lo seguían (cf. v. 27). No lo veían, pero escuchaban su voz y seguían sus pasos. Buscaban en el Cristo lo que habían preanunciado los profetas, es decir, los signos de curación y de compasión de Dios en medio de su pueblo. A este respecto, Isaías había escrito: «Se despegarán los ojos de los ciegos» (35,5). Y otra profecía, incluida en la primera Lectura de hoy: «Los ojos de los ciegos verán sin sombra ni oscuridad» (29,18). Los dos ciegos del Evangelio se fían de Jesús y lo siguen en busca de luz para sus ojos.

¿Y por qué, hermanos y hermanas, estas dos personas se fían de Jesús? Porque perciben que, en la oscuridad de la historia, Él es la luz que ilumina las noches del corazón y del mundo, que derrota las tinieblas y vence toda ceguera. También nosotros, como los dos ciegos, tenemos cegueras en el corazón. También nosotros, como los dos ciegos, somos viajeros a menudo inmersos en la oscuridad de la vida. Lo primero que hay que hacer es acudir a Jesús, como Él mismo dijo: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas, y yo los haré descansar» (Mt 11,28). ¿Quién de nosotros no está de alguna manera cansado y abrumado? Todos. Pero nos resistimos a ir hacia Jesús; muchas veces preferimos quedarnos encerrados en nosotros mismos, estar solos con nuestras oscuridades, autocompadecernos, aceptando la mala compañía de la tristeza. Jesús es el médico, sólo Él, la luz verdadera que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,9), nos da luz, calor y amor en abundancia. Sólo Él libera el corazón del mal. Podemos preguntarnos: ¿me encierro en la oscuridad de la melancolía, que reseca las fuentes de la alegría, o voy al encuentro de Jesús y le ofrezco mi vida? ¿Sigo a Jesús, lo “persigo”, le grito mis necesidades, le entrego mis amarguras? Hagámoslo, démosle a Jesús la posibilidad de curarnos el corazón: este es el primer paso; la curación interior requiere otros dos.

El segundo paso es llevar las heridas juntos. En este relato evangélico no se cura a un solo ciego, como por ejemplo, en el caso de Bartimeo (cf. Mc 10,46-52) o del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Aquí los ciegos son dos. Se encuentran juntos en el camino. Juntos comparten el dolor por su condición, juntos desean una luz que pueda hacer brillar un resplandor en el corazón de sus noches. El texto que hemos escuchado está siempre en plural, porque los dos hacen todo juntos: ambos siguen a Jesús, ambos, dirigiéndose a Él, le piden la curación a gritos; no cada uno por su lado, sino juntos. Es significativo que digan a Cristo: ten piedad de nosotros. Usan el “nosotros”, no dicen “yo”. No piensa cada uno en su propia ceguera, sino que piden ayuda juntos. Este es el signo elocuente de la vida cristiana, el rasgo distintivo del espíritu eclesial: pensar, hablar y actuar como un “nosotros”, saliendo del individualismo y de la pretensión de la autosuficiencia que enferman el corazón.

Los dos ciegos, al compartir sus sufrimientos y con su amistad fraterna, nos enseñan mucho. Cada uno de nosotros de algún modo está ciego a causa del pecado, que nos impide “ver” a Dios como Padre y a los otros como hermanos. Esto es lo que hace el pecado: distorsiona la realidad, nos hace ver a Dios como el amo y a los otros como problemas. Es la obra del tentador, que falsifica las cosas y tiende a mostrárnoslas bajo una luz negativa para arrojarnos en el desánimo y la amargura. Y la horrible tristeza, que es peligrosa y no viene de Dios, anida bien en la soledad. Por tanto, no se puede afrontar la oscuridad estando solos. Si llevamos solos nuestras cegueras interiores, nos vemos abrumados. Necesitamos ponernos uno junto al otro, compartir las heridas y afrontar el camino juntos.

Queridos hermanos y hermanas, frente a cada oscuridad personal y a los desafíos que se nos presentan en la Iglesia y en la sociedad estamos llamados a renovar la fraternidad. Si permanecemos divididos entre nosotros, si cada uno piensa sólo en sí mismo o en su grupo, si no nos juntamos, si no dialogamos, si no caminamos unidos, no podremos curar la ceguera plenamente. La curación llega cuando llevamos juntos las heridas, cuando afrontamos juntos los problemas, cuando nos escuchamos y hablamos entre nosotros. Y esta es la gracia de vivir en comunidad, de comprender el valor de estar juntos, de ser comunidad. Pido para ustedes que puedan estar siempre juntos, siempre unidos; seguir adelante así y con alegría, hermanos cristianos, hijos del único Padre. Y lo pido también para mí.

Y el tercer paso es anunciar el Evangelio con alegría. Después de haber sido curados juntos por Jesús, los dos protagonistas anónimos del Evangelio, en los que podemos reflejarnos, comenzaron a difundir la noticia en toda la región, a hablar de eso en todas partes. Hay un poco de ironía en este hecho: Jesús les había recomendado que no dijeran nada a nadie, sin embargo, ellos hicieron exactamente lo contrario (cf. Mt 9,30-31). Pero por el relato se entiende que no era su intención desobedecer al Señor, sino que simplemente no lograron contener el entusiasmo por haber sido curados y la alegría por lo que habían vivido en el encuentro con Él. Aquí hay otro signo distintivo del cristiano: la alegría del Evangelio, que es incontenible, «llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1); la alegría del Evangelio libera del riesgo de una fe intimista, distante y quejumbrosa, e introduce en el dinamismo del testimonio.

Queridos amigos, es hermoso verlos y percibir que viven con alegría el anuncio liberador del Evangelio: les agradezco por esto. No se trata de proselitismo —por favor, nunca hagan proselitismo—, sino de testimonio; no es moralismo que juzga —no, no lo hagan—, sino misericordia que abraza; no se trata de culto exterior, sino de amor vivido. Los animo a seguir adelante en este camino. Como los dos ciegos del Evangelio, renovemos también nosotros el encuentro con Jesús y salgamos de nosotros mismos sin miedo para testimoniarlo a cuantos encontremos. Salgamos a llevar la luz que hemos recibido, salgamos a iluminar la noche que a menudo nos rodea. Hermanos y hermanas, se necesitan cristianos iluminados, pero sobre todo luminosos, que toquen con ternura las cegueras de los hermanos, que con gestos y palabras de consuelo enciendan luces de esperanza en la oscuridad; cristianos que siembren brotes de Evangelio en los áridos campos de la cotidianidad, que lleven caricias a las soledades del sufrimiento y de la pobreza.

Hermanos, hermanas, el Señor Jesús pasa, también pasa por nuestras calles de Chipre, escucha el grito de nuestras cegueras, quiere tocar nuestros ojos, quiere tocar nuestro corazón, quiere atraernos hacia la luz, hacernos renacer y reanimarnos interiormente: esto quiere hacer Jesús. Y también a nosotros nos dirige la pregunta que hizo a aquellos ciegos: «¿Creen que puedo hacer esto?» (Mt 9,28). ¿Creemos que Jesús pueda hacer esto? Renovemos nuestra confianza en Él. Digámosle: Jesús, creemos que tu luz es más grande que cualquiera de nuestras tinieblas, creemos que Tú puedes curarnos, que Tú puedes renovar nuestra fraternidad, que puedes multiplicar nuestra alegría; y con toda la Iglesia te invocamos, todos juntos: ¡Ven, Señor Jesús! [todos repiten: “¡Ven, Señor Jesús!”] ¡Ven, Señor Jesús! [todos repiten: “¡Ven, Señor Jesús!”] ¡Ven, Señor Jesús! [todos repiten: “¡Ven, Señor Jesús!”]

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Saludo al final de la Santa Misa

Queridos hermanos y hermanas:

Soy yo el que desea agradecerles a todos ustedes. Mañana por la mañana, al despedirme de este país, tendré la oportunidad de saludar al señor Presidente de la República, aquí presente, pero ya desde ahora deseo expresar de corazón mi gratitud a todos por la acogida y el afecto que me han brindado. ¡Gracias!

Aquí en Chipre estoy respirando un poco de esa atmósfera típica de Tierra Santa, donde la antigüedad y la variedad de las tradiciones cristianas enriquecen al peregrino. Esto me hace bien, y hace bien encontrar comunidades de creyentes que viven el presente con esperanza, abiertas al futuro, y que comparten este horizonte con los más necesitados. Pienso particularmente en los migrantes que buscan una vida mejor, con los que tendré mi último encuentro en esta isla, junto a los hermanos y hermanas de diversas confesiones cristianas.

Gracias a todos los que han colaborado en esta visita. Recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen Santa los proteja. Efcharistó! [¡Gracias!]

Oración ecuménica con los migrantes en la iglesia parroquial de la Santa Cruz, Nicosia

Queridos hermanos y hermanas:

Es una gran alegría estar aquí con ustedes y concluir mi visita a Chipre con este encuentro de oración. Agradezco a los Patriarcas Pizzaballa y Béchara Raï, así como también a la señora Elisabeth de Cáritas. Saludo con afecto y gratitud a los Representantes de las diversas confesiones cristianas presentes en Chipre.

A ustedes, jóvenes migrantes que han dado sus testimonios, deseo decirles un enorme “gracias” de corazón. Había recibido los testimonios con anticipación, hace aproximadamente un mes, y me habían emocionado mucho, y también hoy me han conmovido nuevamente al escucharlos. Pero no es sólo emoción, es mucho más, es la conmoción que viene de la belleza de la verdad, como la de Jesús cuando exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado todo esto a los pequeños y lo has ocultado a los sabios y a los astutos» (Mt 11,25). También yo alabo al Padre celestial porque esto sucede hoy, aquí —como también en todo el mundo—, Dios revela su Reino a los pequeños: Reino de amor, de justicia y de paz.

Después de escucharlos a ustedes comprendemos mejor toda la fuerza profética de la Palabra de Dios que, por medio del apóstol Pablo, dice: «Ustedes ya no son extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familia de Dios» (Ef 2,19). Fueron palabras escritas a los cristianos de Éfeso —no lejos de aquí—; muy distantes en el tiempo, pero palabras tan cercanas, que son más actuales que nunca, como si hubieran sido escritas hoy para nosotros: “Ustedes no son forasteros, sino conciudadanos”. Esta es la profecía de la Iglesia, una comunidad que encarna —con todos los límites humanos— el sueño de Dios. Porque también Dios sueña, como tú, Mariamie, que vienes de la República Democrática del Congo y te has definido “llena de sueños”. Como tú, Dios sueña un mundo de paz, en el que sus hijos viven como hermanos y hermanas. Dios quiere esto, Dios sueña esto. Somos nosotros los que no lo queremos.

Su presencia, hermanos y hermanas migrantes, es muy significativa en esta celebración. Sus testimonios son como un “espejo” para nosotros, comunidades cristianas. Cuando tú, Thamara, que vienes de Sri Lanka, dices: “A menudo me preguntan quién soy”: la brutalidad de la migración pone en juego la propia identidad. “Pero, ¿este soy yo? No lo sé. ¿Dónde están mis raíces? ¿Quién soy?”. Y cuando dices esto, nos recuerdas que también a nosotros se nos hace a veces esta pregunta: “¿Quién eres tú?”. Y, lamentablemente, con frecuencia lo que se quiere decir es: “¿De qué parte estás? ¿A qué grupo perteneces?”. Pero como tú nos has dicho, no somos números, no somos individuos que haya que catalogar: somos “hermanos”, “amigos”, “creyentes” y “prójimos” los unos de los otros. Pero cuando los intereses de grupo o los intereses políticos, también de las naciones, presionan, muchos de entre nosotros son apartados y, sin quererlo, se ven esclavos. Porque el interés siempre esclaviza, siempre crea esclavos. El amor que es amplio y que es contrario al odio, nos hace libres.

Cuando tú, Maccolins, que vienes de Camerún, dices que a lo largo de tu vida has sido “herido por el odio”, tú estás hablando de esto, de estas heridas de los intereses; y nos recuerdas que el odio también ha contaminado nuestras relaciones entre cristianos. Y esto, como tú has dicho, deja una marca, una marca profunda que dura mucho tiempo: es un veneno. Sí, lo has expresado con tu pasión: el odio es un veneno del que resulta difícil desintoxicarse. Y el odio es una mentalidad distorsionada que, en vez de hacer que nos reconozcamos hermanos, lleva a que nos veamos como adversarios, como rivales, o si no como objetos que se venden o se explotan.

Cuando tú, Rozh, que vienes de Irak, dices que eres “una persona en camino”, nos recuerdas que también nosotros somos una comunidad en camino, que estamos en marcha del conflicto a la comunión. En este camino, que es largo y está formado por subidas y bajadas, no nos deben asustar las diferencias entre nosotros, sino más bien, sí deben darnos miedo nuestras cerrazones, y nuestros prejuicios, que impiden que nos encontremos realmente y que caminemos juntos. Las cerrazones y los prejuicios vuelven a construir entre nosotros ese muro de separación que Cristo ha derribado, es decir, la enemistad (cf. Ef 2,14). Y entonces nuestro viaje hacia la unidad plena podrá avanzar en la medida en que tengamos todos juntos la mirada fija en Jesús, en Él, que es «nuestra paz» (ibíd.), que es la «piedra principal» (v. 20). Y Él, el Señor Jesús, viene a nuestro encuentro en el rostro del hermano marginado y descartado, en el rostro del migrante despreciado, rechazado, oprimido, explotado. Pero también —como has dicho tú—, en el rostro del migrante que está en camino hacia algo, hacia una esperanza, hacia una convivencia más humana.

Y así Dios nos habla a través de sus sueños. El peligro es que muchas veces no dejamos entrar los sueños dentro de nosotros, preferimos dormir y no soñar. Es más fácil mirar a otra parte. Y en este mundo nos acostumbramos a la cultura de la indiferencia, a la cultura de mirar a otro lado, y dormirnos así, tranquilos. Pero por este camino nunca se puede soñar. Es duro. Dios habla por medio de sus sueños. Dios no habla por medio de las personas que no pueden soñar nada, porque tienen todo o porque su corazón se ha endurecido. Dios también a nosotros nos llama a no resignarnos a vivir en un mundo dividido, a no resignarnos a comunidades cristianas divididas, sino a caminar en la historia atraídos por el sueño de Dios, que es una humanidad sin muros de separación, liberada de la enemistad, sin más forasteros sino sólo conciudadanos, como nos decía Pablo en el pasaje que he citado. Diferentes, es verdad, y orgullosos de nuestras peculiaridades; orgullosos de ser diferentes, de estas peculiaridades que son un don de Dios, Diferentes, orgullosos de serlo, pero siempre reconciliados, siempre hermanos.

Que esta isla, marcada por una dolorosa división —estoy mirando el muro, allí [a través de la puerta abierta de la Iglesia]—, pueda convertirse con la gracia de Dios en taller de fraternidad. Yo agradezco a todos los que trabajan por esto. Pensar que esta isla es generosa, pero no puede hacerlo todo, porque el número de gente que llega es superior a sus posibilidades de incorporar, de integrar, de acompañar, de promover. Su cercanía geográfica facilita, pero no es fácil. Debemos entender los límites que tienen los gobernantes de esta isla. Pero siempre está presente en esta isla, y lo he visto en los responsables que he visitado, [el compromiso] de convertirse, con la gracia de Dios, en taller de fraternidad. Y podrá serlo con dos condiciones: la primera es el reconocimiento efectivo de la dignidad de cada persona humana (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 8). Nuestra dignidad no se vende, no se alquila, no se pierde. La frente alta: yo soy digno hijo de Dios. El reconocimiento efectivo de la dignidad de toda persona humana: este es el fundamento ético, un fundamento universal que está también en el centro de la doctrina social cristiana. La segunda condición es la apertura confiada a Dios, Padre de todos, y este es el “fermento” que estamos llamados a ser como creyentes (cf. ibíd., 272).

Con estas condiciones es posible que el sueño se traduzca en un viaje cotidiano, hecho de pasos concretos que van del conflicto a la comunión, del odio al amor, de la huida al encuentro. Un camino paciente que, día tras día, nos hace entrar en la tierra que Dios ha preparado para nosotros, la tierra donde, si te preguntan: “¿Quién eres?”, puedes responder a cara descubierta: “Mira, soy tu hermano, ¿no me conoces?”. Y andar así, lentamente.

Escuchándolos a ustedes, mirándolos a la cara, la memoria va más allá, va a los sufrimientos. Ustedes llegaron aquí, pero, ¿cuántos de sus hermanos y hermanas se quedaron en el camino? ¿Cuántos, desesperados, empezaron el viaje en condiciones muy difíciles, incluso precarias, y no pudieron llegar? Podemos decir que este mar se ha convertido en un gran cementerio. Mirándolos a ustedes veo los sufrimientos del camino, tantos que han sido secuestrados, vendidos, explotados; todavía están en camino, no sabemos dónde. Es la historia de una esclavitud, una esclavitud universal. Nosotros miramos lo que sucede, y lo peor es que nos estamos acostumbrando a esto: “Ah, sí, hoy se hundió un barco, allí, muchos desaparecidos”. Pero mira que este acostumbrarse es una enfermedad grave, es una enfermedad muy grave y no hay antibiótico para esta enfermedad. Debemos reaccionar contra este vicio de acostumbrarse a leer estas tragedias en los periódicos o escucharlas en otros medios de comunicación. Mirándolos a ustedes, pienso en tantos que tuvieron que regresar porque los rechazaron y terminaron en los campos de refugiados, verdaderos campos de concentración, donde las mujeres son vendidas, los hombres torturados, esclavizados. Nosotros nos lamentamos cuando leemos las historias de los campos de concentración del siglo pasado, los de los nazis, los de Stalin, nos lamentamos cuando vemos eso y decimos: “Pero, ¿cómo es posible que haya sucedido eso?”. Hermanos y hermanas: está sucediendo hoy, en las costas cercanas. Lugares de esclavitud. He visto algunos testimonios grabados de eso: lugares de tortura, de venta de personas. Esto lo digo porque es mi responsabilidad ayudar a que abramos los ojos. La migración forzada no es una costumbre casi turística, ¡por favor! Y el pecado que tenemos dentro nos impulsa a pensar así: “Pobre gente, pobre gente”. Y con ese “pobre gente” borramos todo. Es la guerra de este momento, es el sufrimiento de hermanos y hermanas que nosotros no podemos callar. Aquellos que han dado todo lo que tenían para subir a un barco, de noche sin saber si llegarían. Y después, tantos de ellos son rechazados y terminan en los campos de concentración, verdaderos lugares de confinamiento, de tortura y de esclavitud.

Esta es la historia de esta civilización desarrollada, que nosotros llamamos Occidente. Y después —perdónenme, pero quisiera decir lo que tengo en el corazón, al menos para rezar unos por otros y hacer algo—, después los alambres de púas. Uno lo veo aquí: esta es una guerra de odio que divide a un país. Pero los alambres de púas, en otros lugares donde están, se ponen para no dejar entrar al refugiado, al que viene a pedir libertad, pan, ayuda, hermandad, alegría, que está huyendo del odio y se encuentra ante un odio que se llama alambre de púas. Que el Señor despierte las conciencias de todos nosotros frente a estas cosas.

Y perdónenme si he dicho las cosas como son, pero no podemos callar y mirar a otro lado, en esta cultura de la indiferencia.

Que el Señor los bendiga a todos. Gracias.

Sábado, 4 de diciembre de 2021

Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en el Palacio Presidencial de Atenas

Señora Presidenta de la República,
miembros del gobierno y del Cuerpo diplomático,
distinguidas Autoridades religiosas y civiles,
insignes Representantes de la sociedad y del mundo de la cultura,
señoras y señores:

Los saludo cordialmente y agradezco a la señora Presidenta las palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de ustedes y de todos los ciudadanos griegos. Es un honor estar en esta gloriosa ciudad. Hago mías las palabras de san Gregorio Nacianceno: «Atenas áurea y dispensadora de bien… cuando buscaba la elocuencia, encontré la felicidad» (Oratio 43,14). Vengo como peregrino a estos lugares que sobreabundan de espiritualidad, cultura y civilización, para percibir la misma felicidad que entusiasmó al gran Padre de la Iglesia. Era la alegría de cultivar la sabiduría y de compartir su belleza. Una felicidad, por tanto, que no es individual ni está aislada, sino que, naciendo del asombro, tiende al infinito y se abre a la comunidad; una sabia felicidad, que desde estos lugares se ha difundido en todas partes. Sin Atenas y sin Grecia, Europa y el mundo no serían lo que son: serían menos sabios y menos felices.

Desde aquí, los horizontes de la humanidad se han dilatado. Yo también me siento invitado a elevar la mirada y a detenerla en la parte más alta de la ciudad: la Acrópolis. Visible desde lejos para los viajeros que han llegado hasta allí a través de los milenios, ofrecía una imprescindible referencia a la divinidad. Es la llamada a ampliar los horizontes hacia lo alto, desde el Monte Olimpo a la Acrópolis y al Monte Athos. Grecia invita al hombre de todos los tiempos a orientar el viaje de la vida hacia lo alto: hacia Dios, porque necesitamos de la trascendencia para ser verdaderamente humanos. Y mientras hoy en el Occidente, que ha nacido aquí, se tiende a ofuscar la necesidad del Cielo, atrapados por el frenesí de miles de carreras terrenas y por la avidez insaciable de un consumismo que despersonaliza, estos lugares nos invitan a dejarnos sorprender por el infinito, por la belleza del ser, por la alegría de la fe. Por aquí han pasado los caminos del Evangelio que han unido el Oriente y el Occidente, los Santos Lugares y Europa, Jerusalén y Roma; esos Evangelios que, para llevar al mundo la buena noticia de Dios amante del hombre, se escribieron en griego, lengua inmortal usada por la Palabra —el Logos— para expresarse, lenguaje de la sabiduría humana convertido en voz de la Sabiduría divina.

Pero en esta ciudad la mirada, además de dirigirse hacia lo alto, se impulsa también hacia el otro. Nos lo recuerda el mar, al que Atenas se asoma y que orienta la vocación de esta tierra, situada en el corazón del Mediterráneo para ser puente entre las personas. Aquí grandes historiadores se apasionaron narrando las historias de los pueblos cercanos y lejanos. Aquí, según la conocida afirmación de Sócrates, tuvo comienzo el sentirse ciudadanos no sólo de la propia patria, sino del mundo entero. Ciudadanos, aquí el hombre tomó conciencia de ser “un animal político” (cf. Aristóteles, Política, I, 2) y, como parte de una comunidad, vio en los otros no sólo sujetos, sino ciudadanos con los que organizar juntos la polis. Aquí nació la democracia. La cuna, milenios después, se convirtió en una casa, una gran casa de pueblos democráticos: me refiero a la Unión Europea y al sueño de paz y fraternidad que representa para tantos pueblos.

Sin embargo, no se puede dejar de constatar con preocupación cómo hoy, no sólo en el continente europeo, se registra un retroceso de la democracia. Ésta requiere la participación y la implicación de todos y por tanto exige esfuerzo y paciencia; la democracia es compleja, mientras el autoritarismo es expeditivo y las promesas fáciles propuestas por los populismos se muestran atrayentes. En diversas sociedades, preocupadas por la seguridad y anestesiadas por el consumismo, el cansancio y el malestar conducen a una suerte de “escepticismo democrático”. Sin embargo, la participación de todos es una exigencia fundamental, no sólo para alcanzar objetivos comunes, sino porque responde a lo que somos: seres sociales, irrepetibles y al mismo tiempo interdependientes.

Pero también existe un escepticismo, en relación a la democracia, provocado por la distancia de las instituciones, por el temor a la pérdida de identidad y por la burocracia. El remedio a esto no está en la búsqueda obsesiva de popularidad, en la sed de visibilidad, en la proclamación de promesas imposibles o en la adhesión a abstractas colonizaciones ideológicas, sino que está en la buena política. Porque la política es algo bueno y así debe ser en la práctica, en cuanto responsabilidad suprema del ciudadano, en cuanto arte del bien común. Para que el bien sea realmente participado, hay que dirigir una atención particular, diría prioritaria, a las franjas más débiles. Esta es la dirección a seguir, que un padre fundador de Europa indicó como antídoto para las polarizaciones que animan la democracia, pero que amenazan con exasperarla: «Se habla mucho de quien está a la izquierda o a la derecha, pero lo decisivo es ir hacia adelante, e ir hacia adelante significa encaminarse hacia la justicia social» (A. De Gasperi, Discurso en Milán, 23 abril 1949). En este sentido, es necesario un cambio de ritmo, mientras cada día se difunden miedos, amplificados por la comunicación virtual, y se elaboran teorías para oponerse a los demás. Ayudémonos, en cambio, a pasar del partidismo a la participación; del mero compromiso por sostener la propia facción a implicarse activamente por la promoción de todos.

Del partidismo a la participación. Es la motivación que nos debe impulsar en varios frentes: pienso en el clima, en la pandemia, en el mercado común y sobre todo en las pobrezas extendidas. Son desafíos que piden colaborar de manera concreta y activa, lo necesita la comunidad internacional, para abrir caminos de paz a través de un multilateralismo que no sea sofocado por excesivas pretensiones nacionalistas; lo necesita la política, para poner las exigencias comunes ante los intereses privados. Puede parecer una utopía, un viaje sin esperanza en un mar turbulento, una odisea larga e irrealizable. Y, sin embargo, como enseña el gran relato homérico, el viaje en un mar agitado es a menudo el único camino. Y alcanza la meta si está animado por el deseo de un hogar, por la búsqueda de seguir adelante juntos, por el nóstos álgos, por la nostalgia. A este respecto, quisiera renovar mi aprecio por el difícil recorrido que ha llevado al “Acuerdo de Prespa”, firmado entre esta República y la de Macedonia del Norte.

Mirando aún al Mediterráneo, mar que nos abre al otro, pienso en sus costas fértiles y en el árbol que podría erigirse como símbolo: el olivo, del que se acaban de recoger los frutos y que aúna tierras diversas que se asoman al único mar. Es triste ver cómo muchos olivos centenarios ardieron en los últimos años, consumidos por incendios causados con frecuencia por condiciones meteorológicas adversas, que a su vez fueron provocados por el cambio climático. Frente al paisaje herido de este maravilloso país, el árbol del olivo puede simbolizar la voluntad de contrastar la crisis climática y sus devastaciones. De hecho, después del diluvio, la catástrofe primordial narrada por la Biblia, una paloma regresó hasta Noé «llevando en el pico una hoja de olivo que había arrancado» (Gn 8,11). Era el símbolo de la recuperación, de la fuerza para volver a comenzar cambiando el estilo de vida, renovando las propias relaciones con el Creador, las creaturas y la creación. En este sentido, deseo que los compromisos asumidos en la lucha contra el cambio climático se compartan cada vez más y no sean de fachada, sino que se lleven adelante con seriedad; que a las palabras sigan los hechos, para que los hijos no paguen una vez más la hipocresía de los padres. Resuenan en este sentido las palabras que Homero puso en boca de Aquiles: «Me es tan odioso como las puertas del Hades quien piensa una cosa y manifiesta otra» (Ilíada, IX,312-313).

En la Escritura, el olivo también representa una invitación a ser solidarios, en particular con respecto a cuantos no pertenecen al propio pueblo. Dice la Biblia: «Si recoges el fruto de tus olivos, no regreses a buscar más. Será para el migrante» (Dt 24,20). Este país, caracterizado por la acogida, ha visto arribar en algunas de sus islas un número mayor de hermanos y hermanas migrantes que el de los mismos habitantes, aumentando de ese modo los problemas, que todavía se ven afectados por las dificultades que trajo consigo la crisis económica. Pero también las demoras europeas perduran. La Comunidad europea, desgarrada por egoísmos nacionalistas, más que ser un tren de solidaridad, algunas veces se muestra bloqueada y sin coordinación. Si en un tiempo los contrastes ideológicos impedían la construcción de puentes entre el este y el oeste del continente, hoy la cuestión migratoria también ha abierto brechas entre el sur y el norte. Quisiera exhortar nuevamente a una visión de conjunto, comunitaria, ante la cuestión migratoria, y animar a que se dirija la atención a los más necesitados para que, según las posibilidades de cada país, sean acogidos, protegidos, promovidos e integrados en el pleno respeto de sus derechos humanos y de su dignidad. Más que un obstáculo para el presente, eso representa una garantía para el futuro, de modo que sea signo de una convivencia pacífica para cuantos se ven forzados a huir en busca de un hogar y de esperanza, y que son cada vez más numerosos. Son los protagonistas de una terrible odisea moderna. Me agrada recordar que cuando Ulises desembarcó en Ítaca no fue reconocido por los señores del lugar, que le habían usurpado su casa y sus bienes, sino por quien se había hecho cargo de él. Su nodriza se dio cuenta de que era él cuando vio sus cicatrices. Los sufrimientos nos unen y reconocer la pertenencia a la misma humanidad frágil nos ayudará a construir un futuro más integrado y pacífico. ¡Transformemos en audaz oportunidad lo que sólo parece una desgraciada adversidad!

En cambio, la pandemia es la gran adversidad. Ha hecho que nos redescubramos frágiles, necesitados de los demás. También en este país es un desafío que requiere oportunas intervenciones por parte de las autoridades —me refiero a la necesidad de la campaña de vacunación— y no pocos sacrificios para los ciudadanos. Pero en medio de tanto esfuerzo se ha abierto camino un notable sentido de solidaridad, al que la Iglesia católica local es dichosa de poder seguir contribuyendo, con la convicción de que esto constituya una herencia que no debe perderse con el lento aplacarse de la tempestad. Algunas palabras del juramento de Hipócrates parecen escritas para nuestro tiempo, tales como el esfuerzo por “regular el tenor de vida por el bien de los enfermos”, por “abstenerse de todo daño y ofensa” a los demás, por salvaguardar la vida en todo momento, particularmente en el seno materno (cf. Juramento de Hipócrates, texto antiguo). Siempre ha de privilegiarse el derecho al cuidado y a los tratamientos para todos, para que los más débiles nunca sean descartados, en particular los ancianos; que los ancianos no sean las primeras personas excluidas por la cultura del descarte. Los ancianos son el singo de la sabiduría de un pueblo. En efecto, la vida es un derecho; no lo es la muerte, que se acoge, no se suministra.

Queridos amigos, algunos ejemplares de olivo mediterráneo atestiguan una vida tan larga que precede al nacimiento de Cristo. Milenarios y duraderos, han resistido el paso del tiempo y nos recuerdan la importancia de custodiar raíces fuertes, inervadas de memoria. Este país puede definirse como la memoria de Europa, —ustedes son la memoria de Europa— y estoy contento de visitarlo después de veinte años de la histórica visita del Papa Juan Pablo II y en el bicentenario de su independencia. A este respecto, es conocida la frase del general Colocotronis: “Dios ha puesto su firma sobre la libertad de Grecia”. Dios pone gustosamente su firma sobre la libertad humana, siempre y en todo lugar, es su don más grande y lo que, a su vez, más valora de nosotros. Él, en efecto, nos ha creado libres y lo que más le agrada es que amemos libremente a Él y al prójimo. Las leyes contribuyen a hacerlo posible, pero también la educación en la responsabilidad y el crecimiento de una cultura del respeto. A este respecto, quiero renovar mi agradecimiento por el reconocimiento público de la comunidad católica y aseguro su voluntad de promover el bien común de la sociedad griega, orientando en ese sentido la universalidad que la caracteriza, con el deseo de que en términos prácticos siempre se garanticen las condiciones necesarias para desempeñar bien su servicio.

Hace doscientos años, el Gobierno provisorio del país se dirigió a los católicos con palabras conmovedoras: “Cristo ha establecido el mandamiento del amor al prójimo. ¿Pero quién es más prójimo a ustedes, nuestros conciudadanos, aunque haya algunas diferencias en los ritos? Nosotros tenemos una única patria, pertenecemos a un único pueblo; nosotros cristianos somos hermanos, hermanos en las raíces, en el crecimiento y en los frutos por la Santa Cruz”. Ser hermanos bajo el signo de la cruz, en este país bendecido por la fe y por sus tradiciones cristianas, exhorta a todos los creyentes en Cristo a cultivar la comunión en todos los ámbitos, en el nombre de ese Dios que abraza a todos con su misericordia. En este sentido, queridos hermanos y hermanas, les agradezco su compromiso y los exhorto a hacer progresar a este país en la apertura, la inclusión y la justicia. Desde esta ciudad, desde esta cuna de la civilización se elevó —y que siga elevándose siempre— un mensaje orientado hacia lo alto y hacia el otro; que a las seducciones del autoritarismo responda con la democracia; que a la indiferencia individualista oponga el cuidado del otro, del pobre y de la creación, pilares esenciales para un humanismo renovado, que es lo que necesitan nuestros tiempos y nuestra Europa. O Theós na evloghí tin Elládha! [¡Que Dios bendiga a Grecia!]

Encuentro de Su Beatitud Jerónimo II y Su Santidad Francisco

Beatitud:

«Gracia y paz de parte de Dios» (Rm 1,7). Lo saludo con estas palabras del gran apóstol Pablo, las mismas con las que, mientras se encontraba en tierra griega, se dirigió a los fieles de Roma. Hoy nuestro encuentro renueva esa gracia y esa paz. Rezando ante los trofeos de la Iglesia de Roma, que son las tumbas de los apóstoles y de los mártires, me he sentido impulsado a venir aquí como peregrino, con gran respeto y humildad, para renovar esa comunión apostólica y alimentar la caridad fraterna. En este sentido deseo agradecerle, Beatitud, por las palabras que me ha dirigido y que correspondo con afecto, saludando, por medio suyo, al clero, a las comunidades monásticas y a todos los fieles ortodoxos de Grecia.

Hace cinco años nos encontramos en Lesbos, en la emergencia de uno de los dramas más grandes de nuestro tiempo, el de tantos hermanos y hermanas migrantes que no pueden ser dejados en la indiferencia y vistos sólo como una carga que hay que gestionar o, todavía peor, que hay que delegar a otro. Ahora volvemos a encontrarnos para compartir la alegría de la fraternidad y mirar al Mediterráneo que nos rodea no sólo como un lugar que preocupa y divide, sino también como un mar que nos une. Hace un momento recordé los olivos centenarios que aúnan estas tierras. Volviendo a evocar estos árboles que nos vinculan, pienso en las raíces que compartimos: son subterráneas, están escondidas, a menudo descuidadas, pero existen y lo sostienen todo. ¿Cuáles son nuestras raíces comunes que han atravesado los siglos? Son las raíces apostólicas. San Pablo las ponía de manifiesto recordando la importancia de estar «edificados sobre el cimiento de los apóstoles» (Ef 2,20). Estas raíces, que han crecido de la semilla del Evangelio, comenzaron a dar grandes frutos precisamente en la cultura helénica, pienso en tantos Padres y en los primeros grandes Concilios ecuménicos.

Lamentablemente, después hemos crecido alejados: nos han contaminado venenos mortales, la cizaña de la sospecha aumentó la distancia y dejamos de cultivar la comunión. San Basilio Magno afirmó que los verdaderos discípulos de Cristo están «modelados solamente en base a lo que ven en Él» (Moralia, 80,1). Con vergüenza —lo reconozco por la Iglesia católica— acciones y decisiones que tienen poco o nada que ver con Jesús y con el Evangelio, basadas más bien en la sed de ganancias y de poder, han hecho marchitar la comunión. De este modo hemos dejado que la fecundidad estuviera amenazada por las divisiones. La historia tiene su peso y hoy aquí siento la necesidad de renovar la súplica de perdón a Dios y a los hermanos por los errores que han cometido tantos católicos. Pero es un gran consuelo la certeza de saber que nuestras raíces son apostólicas y que, no obstante las distorsiones del tiempo, la planta de Dios crece y da frutos en el mismo Espíritu. Y es una gracia que reconozcamos los unos los frutos de los otros y que juntos agradezcamos al Señor por ello.

El fruto final del árbol de olivo es el aceite, ese aceite que tiempo atrás se contenía en preciosos vasos y recipientes, que abundan entre los tesoros arqueológicos de este país. El aceite ha proporcionado la luz que iluminó las noches de la antigüedad. Durante milenios fue el «sol líquido, el primer misterioso estado de la llama de las lámparas» (C. Boureux, Les plantes de la Bible et leur symbolique, París 2014, 65). A nosotros, querido hermano, el aceite nos evoca al Espíritu Santo, que dio a luz a la Iglesia. Sólo Él, con su esplendor que no conoce el ocaso, puede disipar las oscuridades e iluminar los pasos de nuestro camino.

Sí, porque el Espíritu Santo es, sobre todo, aceite de comunión. En la Escritura se habla del aceite que hace brillar el rostro del hombre (cf. Sal 104,15). Cuánto se necesita hoy reconocer el valor único que resplandece en todo hombre, en cada hermano. Reconocer esta característica común de la humanidad es el punto de partida para edificar la comunión. Pero, lamentablemente —como ha escrito un gran teólogo—, «la comunión parece tocar una cuerda sensible», un tema delicado, no sólo en la sociedad, sino a menudo también entre los discípulos de Jesús «en un mundo cristiano nutrido de individualismo y de rigidez institucional». Con todo, si las tradiciones propias y las especificidades de cada uno llevan a atrincherarse y a tomar distancia de los demás, si «la alteridad no es algo cualificado por la comunión, difícilmente se puede dar vida a una cultura adecuada» (I. Zizioulas, Comunione e alterità, Roma 2016, 16). En cambio, la comunión entre los hermanos trae consigo la bendición divina. Los Salmos la comparan con un «perfume precioso que se derrama sobre la cabeza, que desciende sobre la barba» (Sal 133,2). El Espíritu que se derrama en las mentes nos impulsa en efecto a una fraternidad más intensa, a estructurarnos en la comunión. Por eso, no nos tengamos miedo, ayudémonos a adorar a Dios y a servir al prójimo, sin hacer proselitismo y respetando plenamente la libertad de los demás, porque —como escribió san Pablo— «donde está el Espíritu del Señor hay libertad» (2 Co 3,17). Rezo para que el Espíritu de caridad venza nuestras resistencias y nos haga constructores de comunión, porque «si el amor logra expulsar completamente al temor y éste, transformado, se convierte en amor, entonces veremos que la unidad es una consecuencia de la salvación» (S. Gregorio de Nisa, Homilía 15, sobre el libro del Cantar de los cantares). Por otra parte, ¿cómo podemos dar testimonio al mundo de la concordia del Evangelio si nosotros cristianos todavía estamos separados? ¿Cómo podemos anunciar el amor de Cristo que reúne a las gentes, si no estamos unidos entre nosotros? Muchos pasos se han realizado para encontrarnos. Invoquemos al Espíritu de comunión para que nos impulse en sus caminos y nos ayude a fundar la comunión no en base a cálculos, estrategias y conveniencias, sino sobre el único modelo al que hemos de mirar: la Santísima Trinidad.

En segundo lugar, el Espíritu es aceite de sabiduría. Él ungió a Cristo y desea inspirar a los cristianos. Dóciles a su sabiduría humilde, crecemos en el conocimiento de Dios y nos abrimos a los demás. Quisiera en este sentido expresar mi reconocimiento por la importancia que da esta Iglesia ortodoxa, heredera de la primera gran inculturación de la fe —la inculturación con la cultura helénica— a la formación y a la preparación teológica. También quisiera recordar la fructífera colaboración en el ámbito cultural entre la Apostolikí Diakonía de la Iglesia de Grecia —cuyos representantes tuve la alegría de encontrar en el 2019— y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, así como la importancia de los simposios intercristianos promovidos por la Facultad de Teología ortodoxa de la Universidad de Salonicco junto a la Universidad Pontificia Antonianum de Roma. Son ocasiones que nos han permitido instaurar cordiales relaciones y llevar adelante útiles intercambios entre los académicos de nuestras confesiones. Agradezco además la activa participación de la Iglesia ortodoxa de Grecia en la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico. ¡Que el Espíritu nos ayude a proseguir con sabiduría en estos caminos!

Por último, el mismo Espíritu es aceite de consolación, Paráclito que está cerca de nosotros, bálsamo del alma, curación de nuestras heridas. Él ha consagrado a Cristo con la unción para que proclamara la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, la libertad a los oprimidos (cf. Lc 4,18). Y Él todavía nos impulsa para que nos hagamos cargo de los más débiles y los más pobres, y para que su causa —primordial a los ojos de Dios— se dé a conocer al mundo. Aquí, como en cualquier otro sitio, ha sido indispensable el apoyo ofrecido a los más necesitados durante los períodos más duros de la crisis económica. Desarrollemos juntos formas de cooperación en la caridad, abrámonos y colaboremos en cuestiones de carácter ético y social para servir a los hombres de nuestro tiempo y llevarles la consolación del Evangelio. En efecto, el Espíritu nos llama, hoy más que en el pasado, a curar las heridas de la humanidad con el óleo de la caridad.

Cristo mismo pidió a los suyos, en el momento de la angustia, el consuelo de la cercanía y la oración. La imagen del aceite nos conduce así al huerto de los olivos. Dijo Jesús: «Quédense aquí y vigilen» (Mc 14,34). Su petición a los apóstoles fue en plural. También hoy desea que vigilemos y recemos. Para llevar al mundo el consuelo de Dios y sanar nuestras relaciones heridas se necesita que recemos unos por otros. Es indispensable que lleguemos «a la necesaria purificación de la memoria histórica. Con la gracia del Espíritu Santo, los discípulos del Señor, animados por el amor, por la fuerza de la verdad y por la voluntad sincera de perdonarse mutuamente y reconciliarse, están llamados a reconsiderar juntos su doloroso pasado y las heridas que desgraciadamente éste sigue produciendo también hoy» (S. Juan Pablo II, Carta. enc. Ut unum sint, 2).

A esto nos exhorta, en particular, la fe en la Resurrección. Los apóstoles, temerosos y titubeantes, se reconciliaron con la lacerante desilusión de la Pasión cuando vieron al Señor resucitado delante de ellos. Precisamente de sus llagas, que parecían imposibles de cicatrizar, encontraron una esperanza nueva, una misericordia inaudita, un amor más grande que sus propios errores y miserias, que los transformaría en un solo Cuerpo, unido por el Espíritu en la multiplicidad de muchos miembros diferentes. Que venga sobre nosotros el Espíritu del Crucificado Resucitado, que nos conceda «una sosegada y limpia mirada de verdad, vivificada por la misericordia divina, capaz de liberar los espíritus y suscitar en cada uno una renovada disponibilidad» (ibíd.); que nos ayude a no quedarnos paralizados por la negatividad y los prejuicios del pasado, sino a mirar la realidad con ojos nuevos. Entonces, las tribulaciones de ayer dejarán espacio a las consolaciones del presente, y seremos confortados por tesoros de gracia que redescubriremos en los hermanos. Como católicos, acabamos de comenzar un itinerario para profundizar la sinodalidad y sentimos que tenemos que aprender mucho de ustedes; lo deseamos con sinceridad. Es verdad que, cuando los hermanos en la fe se acercan, se derrama en los corazones el consuelo del Espíritu.

Beatitud, querido hermano, que en este camino nos acompañen los numerosos e insignes santos de estas tierras, y los mártires, que lamentablemente hoy en el mundo son más que en el pasado. De diversas confesiones en la tierra, habitan juntos el mismo Cielo. Que intercedan para que el Espíritu, óleo santo de Dios, se infunda sobre nosotros en un renovado Pentecostés como sobre los apóstoles de los que descendemos, que encienda en nosotros el deseo de la comunión, que nos ilumine con su sabiduría y que nos unja con su consolación.

Encuentro con los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y catequistas en la Catedral de San Dionisio de Atenas

Queridos hermanos obispos,
queridos sacerdotes, religiosas y religiosos, seminaristas,
queridos hermanos y hermanas: Kalispera sas! [¡Buenas tardes!]

Les agradezco de corazón la acogida y las palabras de saludo que me ha dirigido Mons. Rossolatos. Y gracias, hermana, por su testimonio. Es importante que los religiosos y las religiosas vivan su servicio con este espíritu, con un amor apasionado que se hace don para la comunidad donde son enviados. ¡Gracias! Gracias también a Rokos por el hermoso testimonio de fe vivido en la familia, en la vida cotidiana, junto a los hijos que, como tantos jóvenes, en un cierto momento se hacen preguntas, se interrogan, se vuelven un poco críticos sobre algunas cosas. Pero también eso está bien, porque nos ayuda como Iglesia a reflexionar y a cambiar.

Estoy contento de encontrarlos en una tierra que es un don, un patrimonio de la humanidad sobre el que se han construido los fundamentos de Occidente. Todos somos un poco hijos y deudores de su país: sin la poesía, la literatura, la filosofía y el arte que se desarrollaron aquí no podríamos conocer tantas facetas de la existencia humana, ni satisfacer tantas preguntas interiores sobre la vida, el amor, el dolor y también la muerte.

En el seno de este rico patrimonio, en los inicios del cristianismo se inauguró aquí un “taller” para la inculturación de la fe, dirigido por la sabiduría de muchos Padres de la Iglesia, que con su santa conducta de vida y sus escritos representan un faro luminoso para los creyentes de todas las épocas. Pero si nos preguntamos quién ha inaugurado el encuentro entre el cristianismo de los orígenes y la cultura griega, el pensamiento no puede ir más que al apóstol Pablo. Es él quien abrió el “taller de la fe” que sintetizó esos dos mundos; y lo hizo precisamente aquí, como relatan los Hechos de los Apóstoles. Llegó a Atenas, comenzó a predicar en la plaza y los eruditos de ese tiempo lo llevaron al Areópago (cf. Hch 17,16-34), que era el consejo de los ancianos, de los sabios que juzgaban cuestiones de interés público. Detengámonos en este episodio y dejémonos orientar, en nuestro camino como Iglesia, por dos actitudes del Apóstol que son útiles a nuestra actual elaboración de la fe.

La primera actitud es la confianza. Mientras Pablo predicaba, algunos filósofos comenzaron a preguntarse qué quería enseñar ese «charlatán» (v. 18). Lo llamaron así, charlatán, uno que inventa cosas aprovechándose de la buena fe de quien lo escucha, por eso lo condujeron al Areópago. Por tanto, no tenemos que imaginar que le abrieron el telón de un escenario. Al contrario, lo llevaron allí para interrogarlo: «¿Se puede saber qué doctrina nueva es esta que tú enseñas? Queremos saber qué significan estas cosas extrañas que te oímos decir» (vv. 19-20). Pablo, en definitiva, fue acorralado.

Estas circunstancias de su misión en Grecia también son importantes para nosotros hoy: el Apóstol fue arrinconado. Un poco antes, en Tesalónica, había sido obstaculizado en su predicación y, a causa de los tumultos suscitados en el pueblo, que lo acusaba de procurar desórdenes, tuvo que escapar durante la noche. Ahora, en Atenas, fue tomado por un charlatán y, como un huésped no deseado, lo condujeron al Areópago. Por lo tanto, no estaba viviendo un momento triunfante, sino que estaba llevando adelante la misión en condiciones difíciles. Quizá en muchos momentos de nuestro camino, también nosotros percibimos el cansancio y a veces la frustración de ser una comunidad pequeña o una Iglesia con poca fuerza que se mueve en un contexto no siempre favorable. Mediten la historia de Pablo en Atenas: estaba solo, superado en número y tenía escasas posibilidades de éxito, pero no se dejó vencer por el desánimo, no renunció a la misión ni se dejó atrapar por la tentación de lamentarse. Esto es muy importante, tengan cuidado con no estarse lamentando. Esta es la actitud del verdadero apóstol: seguir adelante con confianza, prefiriendo la inquietud de las situaciones inesperadas a la costumbre y a la repetición. Pablo tuvo esa valentía, ¿de dónde le nacía? De la confianza en Dios. Su valentía era la de la confianza, confianza en la grandeza de Dios, que ama obrar siempre en nuestra debilidad.

Queridos hermanos y hermanas, tenemos confianza, porque el ser Iglesia pequeña nos hace signo elocuente del Evangelio, del Dios anunciado por Jesús que elige a los pequeños y a los pobres, que cambia la historia con las proezas sencillas de los humildes. A nosotros, como Iglesia, no se nos pide el espíritu de la conquista y de la victoria, la magnificencia de los grandes números, el esplendor mundano. Todo eso es peligroso, es la tentación del triunfalismo. A nosotros se nos pide que sigamos el ejemplo del granito de mostaza, que es ínfimo, pero crece humilde y lentamente; es la más pequeña de todas las semillas —dice Jesús— pero cuando crece se convierte en un árbol (cf. Mt 13,32). A nosotros se nos pide que seamos levadura que fermenta en lo escondido, paciente y silenciosamente, dentro de la masa del mundo, gracias a la obra incesante del Espíritu Santo (cf. v. 33). El secreto del Reino de Dios está contenido en las pequeñas cosas, en lo que a menudo no se ve ni hace ruido. El apóstol Pablo, cuyo nombre remite a la pequeñez, vivió en la confianza porque acogió en el corazón estas palabras del Evangelio, hasta el punto de enseñarlas a los hermanos de Corinto: «lo que parece debilidad en Dios es más fuerte que todo lo humano», «escogió a los que el mundo tiene por débiles, para avergonzar a los fuertes» (1 Co 1,25.27).

Entonces, queridos amigos, quisiera decirles: bendigan la pequeñez y acójanla, los dispone a confiar en Dios y sólo en Él. Ser minoría —y en el mundo entero la Iglesia es minoritaria— no quiere decir ser insignificantes, sino recorrer el camino que abrió el Señor, que es el de la pequeñez, el de la kénosis, el abajamiento, de la condescendencia, de la synkatábasis de Dios en Jesucristo. Él descendió hasta llegar a esconderse en los pliegues de la humanidad y en las llagas de nuestra carne. Nos ha salvado, sirviéndonos. Él, en efecto —afirma Pablo—, «se despojó de sí mismo asumiendo la condición de esclavo» (Flp 2,7). Muchas veces tenemos la obsesión de querer aparecer, de llamar la atención, pero «el Reino de Dios no viene de manera que lo puedan detectar visiblemente» (Lc 17,20). Viene secretamente como la lluvia, lentamente, sobre la tierra. Ayudémonos a renovar esta confianza en la obra de Dios, a no perder el entusiasmo del servicio. ¡Ánimo y adelante por este camino de la humildad y la pequeñez!

Ahora quisiera destacar una segunda actitud de Pablo en el Areópago de Atenas: la acogida. Es la disposición interior necesaria para la evangelización, se trata de no querer ocupar el espacio y la vida de los demás, sino de sembrar la buena noticia en el terreno de su existencia, aprendiendo sobre todo a acoger y reconocer las semillas que Dios ya ha puesto en sus corazones, antes de nuestra llegada. Recordemos que Dios siempre nos precede, Dios siempre precede nuestra siembra. Evangelizar no es llenar un recipiente vacío, es ante todo dar a luz aquello que Dios ya ha empezado a realizar. Y esta extraordinaria pedagogía es la que el Apóstol demostró ante los atenienses. No les dijo “se están equivocando en todo” o “ahora les enseño la verdad”, sino que comenzó acogiendo su espíritu religioso: «Atenienses, veo que ustedes son, desde todo punto de vista, personas muy religiosas. Porque mientras paseaba y contemplaba sus monumentos sagrados encontré un altar en el que estaba escrito: “Al dios desconocido”» (Hch 17,22-23). Toma un elemento valioso de los atenienses. El Apóstol reconoció la dignidad de sus interlocutores y acogió su sensibilidad religiosa. Aun cuando las calles de Atenas estaban llenas de ídolos, que lo habían hecho “estremecerse dentro de sí” (cf. v. 16), Pablo acogió el deseo de Dios escondido en el corazón de esas personas y amablemente quiso transmitirles el asombro de la fe. Su estilo no fue impositivo, sino propositivo; no estaba fundado en el proselitismo, nunca, sino en la mansedumbre de Jesús. Y eso fue posible porque Pablo tenía una mirada espiritual sobre la realidad, creía que el Espíritu Santo trabaja en el corazón del hombre, más allá de las etiquetas religiosas. Hemos escuchado esto en el testimonio de Rokos. En un cierto momento, los hijos se alejan un poco de la práctica religiosa, pero el Espíritu Santo había obrado y continúa obrando, y de ese modo ellos creen mucho en la unidad y en la fraternidad con el prójimo. El Espíritu trabaja siempre, más allá de lo que se ve exteriormente, ¡acordémonos de esto! La actitud del apóstol en todo tiempo comienza, pues, por acoger al otro, no olvidemos que «la gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe» (Exhort ap. Evangelii gaudium, 115). No hay una gracia abstracta girando sobre nuestras cabezas, siempre la gracia esta encarnada en una cultura, ahí se encarna.

A propósito de la visita de Pablo al Areópago, Benedicto XVI dijo que debemos interesarnos mucho por las personas agnósticas o ateas, pero que tenemos que estar atentos porque «cuando hablamos de una nueva evangelización, estas personas tal vez se asustan. No quieren verse a sí mismas como objeto de misión, ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad» (Discurso a la Curia Romana, 21 diciembre 2009). También hoy a nosotros se nos pide la actitud de la acogida, el estilo de la hospitalidad, un corazón animado por el deseo de crear comunión en medio de las diferencias humanas, culturales o religiosas. El desafío es elaborar la pasión por el conjunto, que nos conduzca —católicos, ortodoxos, hermanos y hermanas de otros credos, así como hermanos agnósticos, todos— a escucharnos recíprocamente, a soñar y trabajar juntos, a cultivar la “mística” de la fraternidad (cf. Exhort ap. Evangelii gaudium, 87). La historia pasada permanece todavía como una herida abierta en el camino de este diálogo afable, pero abrazamos con valentía el desafío que hoy se nos presenta.

Queridos hermanos y hermanas, aquí en tierra griega, san Pablo manifestó su serena confianza en Dios y eso hizo que acogiera a los areopagitas que sospechaban de él. Con estas dos actitudes anunció a ese Dios que era desconocido para sus interlocutores, y llegó a presentarles el rostro de un Dios que en Cristo Jesús sembró el germen de la resurrección, el derecho universal a la esperanza, que es un derecho humano, el derecho a la esperanza. Cuando Pablo anunció esta buena noticia, la mayor parte lo ridiculizó y se fue. Sin embargo, «algunos hombres se unieron a él y abrazaron la fe, entre ellos Dionisio, el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más» (Hch 17,34). La mayoría se fue, un pequeño resto se unió a Pablo, entre ellos Dionisio, titular de esta Catedral. Era una pequeña porción, pero es así como Dios teje los hilos de la historia, desde entonces hasta hoy. Les deseo de corazón que prosigan la obra en su histórico taller de la fe, y que lo hagan con estos dos ingredientes: la confianza y la acogida, para saborear el Evangelio como experiencia de alegría y también como experiencia de fraternidad. Los llevo conmigo en el afecto y en la oración. Y ustedes, por favor, no se olviden de rezar por mí. O Theós na sas evloghi! [¡Que Dios los bendiga!]

 

 

Agradar a Dios (II): lo normal, discreto y divino. Los sacramentos cotidianos

Algunos paisanos de Jesús dudaron de que el poder de Dios pueda manifestarse en alguien "tan normal". El Señor quiere seguirnos encontrando en lo cotidiano, tejido por sencillas normas de piedad que procuramos vivir.

15/02/2021

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Escucha el artículo «Agradar a Dios» (2): Lo normal, discreto y divino.

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Es sábado. Jesús está en la sinagoga de Nazaret. Quizás vienen a su mente muchos recuerdos entrañables de infancia y juventud. ¡Cuántas veces habrá escuchado allí la palabra de Dios! A sus paisanos, que le conocen desde hace mucho tiempo, les han ido llegando varias noticias sobre los milagros que ha hecho en ciudades vecinas. Y esto da lugar a algo extraño: la familiaridad con Jesús se convierte para ellos en un obstáculo. «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano?» (Mt 13,54-55), se preguntan. Les sorprende que la salvación pueda venir de alguien a quien han visto crecer día a día. No creen que el Mesías pueda haber vivido entre ellos de una manera tan discreta y desapercibida.

Como los paisanos de Jesús

Los habitantes de Nazaret creen conocer bien a Jesús. Están seguros de que las cosas que se cuentan de él no pueden ser ciertas. «¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,56). En un pueblo que no hace representaciones de Dios, que ni siquiera pronuncia su nombre, uno de sus compatriotas afirma que es el Mesías… Imposible. Es más, conocen su origen, conocen a sus padres, conocen su casa: «Era una familia sencilla, cercana a todos, integrada con normalidad en el pueblo»[1]. No se explican cómo alguien tan similar a ellos puede hacer milagros. «La normalidad de Jesús, el trabajador de provincia, no parece tener misterio alguno. Su proveniencia lo muestra como uno igual a todos los demás»[2]. El hijo de Dios trabajaba con José en su taller; «la mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una existencia sencilla que no despertaba admiración alguna»[3]. ¿Por qué la normalidad de la vida de Jesús pudo ser un motivo para no creer en su divinidad?

Aunque puede parecernos algo muy ajeno, reservado a aquellos que convivieron con Cristo, en realidad nosotros también muchas veces sospechamos de la normalidad. Nos atrae lo especial, lo llamativo, lo extraordinario; nos encanta romper el ritmo. Suele suceder que vemos adormecida nuestra capacidad de asombro, damos por supuesto que suceden muchas cosas, nos encerramos en ciertas rutinas, pasando por alto los milagros que están detrás de lo normal. Sin ir más lejos, muchas veces nos acostumbramos incluso al mayor de todos ellos, a la presencia del Hijo de Dios en la Eucaristía. Pero lo mismo nos puede pasar con nuestro encuentro personal con Cristo en la oración, con esa serenata de jaculatorias a la Virgen que es el rezo del santo rosario o con aquellos momentos en los que queremos llenar nuestra mente y nuestros afectos con la doctrina cristiana a través de la lectura espiritual. Tal vez nos hemos habituado a tener a nuestro creador tan a la mano. El dispensador de todas las gracias, el amor que colma cualquier deseo, está encerrado en infinidad de sagrarios repartidos por todo el globo. Dios ha querido hacer presente toda su omnipotencia en los espacios que le ofrece la normalidad. Obra desde allí. Así, muchas veces sin brillo, surgen innumerables milagros a nuestro alrededor.

Entre los bastidores de lo cotidiano

Nos puede desconcertar aquella normalidad de Dios porque la contraponemos a una espontaneidad que quizá juzgamos como elemento esencial de una relación. Lo normal nos puede parecer demasiado previsible porque allí aparentemente falta la creatividad, el factor sorpresa, la pasión del amor verdadero. Quizá echamos en falta algo distintivo que haga de nuestra relación con Dios una aventura inigualable, única e irrepetible, un testimonio espectacular que pueda incluso remover a otras personas. Podemos pensar que la normalidad uniforma y desaprovecha la aportación que cada uno puede hacer. Es verdad que, ante lo que siempre es igual, la reacción comprensible es el acostumbramiento.

Sin embargo, sabemos que Dios nos invita a encontrarle en lo más ordinario, en lo de cada día. Así es también el amor humano, que crece y se profundiza no solo valiéndose de grandes momentos especiales, sino en esos silencios, cansancios e incomprensiones de las jornadas compartidas; simplemente al estar juntos. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes»[4] que nos encantaría descubrir. Sucede que, aunque nuestra relación con Dios ocurra en medio de la normalidad, la procesión va por dentro. Su amor apasionado se puede mover muy cómodamente entre los bastidores de la normalidad, en el hoy sin espectáculo, sin fuegos artificiales pero con brasas ardientes. La razón es que nos sabemos, en cada momento, mirados con un cariño nuevo. A Dios no le importa lo normal que sea mi vida: es mía y eso es suficiente para él. Dios, de hecho, nos ofrece la oportunidad de hacer de nuestra vida algo excepcionalmente singular y especial; él no sabe contar más que de uno en uno. Nunca hace comparaciones entre sus hijos. Nos ha llamado a cada uno desde antes de la creación del mundo (cfr. Ef 1,4): no hay nadie igual a mí y, por eso, soy inimitable y absolutamente amable para Dios.

Los mimos parecen monótonos

Ese espacio de normalidad en el que el Señor actúa hace posible que nuestra vida esté, como dice san Pablo, «escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3); llena de días iguales en los que aparentemente no pasa nada y, sin embargo, está sucediendo lo más inaudito. «En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”»[5]. Desde fuera podría parecer que la monotonía se ha apoderado de quien busca vivir esa santidad en las cosas ordinarias. Sin embargo, para desenmascarar esa visión superficial, san Josemaría comparaba las pequeñas y constantes costumbres de piedad de esa alma con los mimos que una madre tiene con su hijo pequeño: «Plan de vida: ¿monotonía? Los mimos de la madre, ¿monótonos? ¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman?»[6]. Al mismo tiempo, Dios está concentrado en nosotros y no deja de pensar en nosotros ni de amarnos en ningún instante; no importa qué tan normal es nuestra vida, sino qué tan excepcional es para Él.

San Bernardo de Claraval le escribía al Papa Eugenio III, gran amigo suyo que fue beatificado después, para animarle a que no descuidara la vida de oración constante y evitar así que le absorbieran las actividades que debía cumplir en su nuevo ministerio: «Sustráete de las ocupaciones al menos algún tiempo. Cualquier cosa menos permitirles que te arrastren y te lleven a donde tú no quieras. ¿Quieres saber a dónde? A la dureza del corazón»[7]. Sin unas costumbres de piedad concretas, diarias, el corazón tiene el peligro de cerrarse al amor de Dios y volverse duro. Sin su cariño, hasta lo más santo puede perder el sentido. Sin él a nuestro lado, enseguida nos quedamos sin fuerzas.

En mayo de 1936, san Josemaría daba una plática y propuso a los que le escuchaban que cada uno pidiera la «gracia para cumplir mi plan de vida de tal modo que aproveche bien el tiempo. ¿Por qué me acuesto y me levanto fuera de hora?»[8]. Y puede surgir en nosotros la pregunta: ¿qué tiene que ver el amor de Dios con la hora de irse a descansar? Esa es la maravilla de la normalidad de Dios. A él le importa, y mucho, nuestro sueño, nuestra salud, nuestros planes. Y, sobre todo, quiere que no nos asalte a última hora la inquietud por hacer más cosas de las que el día ha permitido, porque quien obra es siempre Dios.

Para garantizar nuestra libertad

Al comenzar su pontificado, Benedicto XVI nos alertaba ante un peligro constante y que quizá también estaba presente en aquella sinagoga de Nazaret que mencionamos al principio: «El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres»[9]. La normalidad nos parece también demasiado lenta, podemos pensar que llega tarde. Nosotros deseamos que las cosas buenas y santas sean realidad cuanto antes. A veces nos resulta difícil entender por qué el bien tarda tanto en llegar, por qué el Mesías se toma tanto tiempo que incluso «comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como todo hombre, con una naturalidad extrema»[10].

En realidad, bajo esa forma de presentarse, lo que Dios busca tal vez sea garantizar la libertad de los hombres, estar seguro de que nosotros también queremos estar con él, ya sea al orar unos cuantos minutos, al detener nuestra jornada para dedicar unas palabras a María o al hacer cualquier otra cosa. Si Dios se manifestase de una manera diversa, la respuesta nuestra tendría que ser indiscutible. Por eso vemos que Jesús parece feliz pasando desapercibido en las escenas del evangelio. Los magos, por ejemplo, debieron de quedar sorprendidos al ver al rey de los judíos sostenido por los brazos de una mujer joven, en un lugar tan sencillo. Dios no quiere avasallar a los hombres. La personalidad de su Hijo es tan atractiva que Dios ha elegido manifestarse en la normalidad para darnos un espacio de libertad. Quiere hijos libres, no deslumbrados. Sabe que nada nos estimula tanto como el descubrimiento personal de un tesoro escondido. Agradecer y disfrutar de esa libertad –con todas sus luces y sus sombras– nos ayuda a compartir su paciencia ante tantas cosas que, a primera vista, nos pueden parecer un obstáculo para la redención y, sin embargo, son el camino ordinario a través del cual Dios se manifiesta.

Por eso mismo, también sus mandamientos y sus normas son un don y una invitación. Se puede resumir esta realidad recurriendo a dos de los más grandes pensadores de la tradición cristiana: «En esta línea, Tomás de Aquino pudo decir: “La nueva ley es la misma gracia del Espíritu Santo”, no una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios. Agustín pudo resumir al final esta experiencia espiritual de la verdadera novedad en el cristianismo en la famosa fórmula: “Da quod iubes et iube quod vis”, “dame lo que mandas y manda lo que quieras”»[11]. Entonces se entienden bien algunos párrafos encendidos del salmista que pueden servirnos para agradecer esta libertad a Dios: «Con mis labios proclamo todas las normas de tu boca. En el camino de tus preceptos me deleito más que en todas las riquezas. Quiero meditar en tus mandatos, y fijar la vista en tus senderos» (Sal 119,13-15).

En lo normal está Dios

Vivimos en una época de fenómenos de masas, con personas que tienen millones de seguidores, fotos o vídeos que se hacen virales en pocos minutos. Ante este panorama, ¿qué vigencia tiene lo que hemos dicho sobre la normalidad en la que obra el Señor? Sabemos bien que Dios es paciente y nos ha dicho que su acción es como la levadura: no es posible distinguirla de la masa y, a pesar de cualquier circunstancia, llega hasta el último rincón. Es Dios el primer interesado en salvar al mundo, mucho más que nosotros. De hecho, es él quien empuja, quien enciende y quien sostiene. Nosotros, principalmente, nos sumamos a ese movimiento de santidad: «Con la maravillosa normalidad de lo divino, el alma contemplativa se desborda en afán apostólico»[12].

El Papa Francisco nos invita precisamente a dejarnos invadir por la vibración apasionada de la gracia: «Cuánto bien nos hace, como Simeón, tener al Señor “en brazos” (Lc 2,28). No solo en la cabeza y en el corazón, sino en las manos, en todo lo que hacemos: en la oración, en el trabajo, en la comida, al teléfono, en la escuela, con los pobres, en todas partes. Tener al Señor en las manos es el antídoto contra el misticismo aislado y el activismo desenfrenado, porque el encuentro real con Jesús endereza tanto al devoto sentimental como al frenético factótum. Vivir el encuentro con Jesús es también el remedio para la parálisis de la normalidad, es abrirse a la cotidiana agitación de la gracia»[13]. Con Cristo queremos liberarnos de la parálisis de pensar que en lo normal no está Dios.

«María santifica lo más menudo –nos hacía notar san Josemaría–, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!»[14].

Diego Zalbidea


[1] Francisco, ex. ap. Amoris laetitia, n. 182.

[2] Benedicto XVI, La infancia de Jesús, Editorial Planeta, Barcelona, 2012, p. 11.

[3] Francisco, encíclica Laudato si’, n. 98.

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 113.

[5] Francisco, ex. ap. Gaudete et exultate, n. 7.

[6] San Josemaría, Guion de una plática, 22-VIII-1938. Citado en Pedro Rodríguez, Camino, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid, 2004, p. 288.

[7] San Bernardo de Claraval, Carta al Papa Beato Eugenio III.

[8] San Josemaría, Guion de una plática, V-1936. Citado en Camino, edición crítico-histórica, p. 288.

[9] Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 18.

[11] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 83.

[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 120.

[13] Francisco, Homilía, 2-II-2018.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 148.

 

 

LA INMACULADA CONCEPCIÓN, UNA DE LAS MARAVILLAS DE DIOS… CON MARCA “ESPAÑA”

 

El 8 de diciembre es la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Este año será especial por coincidir con el final del Año dedicado a san José[1]. Para que no se nos pase por alto quería recordar el significado de este privilegio de nuestra madre del cielo, mostrar porqué es una fiesta con marca “España” y tener en cuenta algunas ideas que esta fiesta evoca para vivir el Adviento y prepararnos para la Navidad.

El Papa con frecuencia nos anima a cultivar “la memoria agradecida”[2], a poner en el corazón lo que Dios ha hecho por nosotros. Por eso comenzaré con dos historias que suceden en el principio, una del Antiguo Testamento, la otra, del Nuevo. Ambas son anuncios gozosos del plan divino para salvar a los hombres, por tanto, propios del Adviento. En las dos aparece María y las referiré en el desarrollo de la charla.

Una historia al principio de la Creación: el Protoevangelio

Cuando todo se vino abajo, a consecuencia del pecado de Adán y Eva, Dios no se olvida del hombre dejándolo sin esperanza de salvación. Después de maldecir a la serpiente por lo que había hecho, Dios prosigue: “pongo hostilidad entre ti (la serpiente) y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Génesis 3, 15). Promete que habrá una enemistad permanente, una lucha, en sentido fuerte del término, entre la mujer y su descendencia, por un lado, y la serpiente y su descendencia, del otro. “Frente al pecado, según la narración del autor sagrado, la primera reacción del Señor no consistió en castigar a los culpables, sino en abrirles una perspectiva de salvación y comprometerlos activamente en la obra redentora, mostrando su gran generosidad también hacia quienes lo habían ofendido” [3]. Eva fue la aliada de la serpiente para arrastrar al hombre al pecado. Dios anuncia que, invirtiendo esta situación, hará de la mujer la enemiga de la serpiente.

La tradición de la Iglesia llama a este texto de Génesis 3, 15, Protoevangelio, primer evangelio, desde el siglo XVI. Es la primera buena nueva, ya que deja entrever la posibilidad de salvación en el futuro. Varias cosas nos ayudan a entender el texto. Primero, la versión de los Setenta[4] traduce del hebreo al griego la palabra descendencia, que es neutra, al masculino: “Él te aplastará la cabeza”. Aplica la palabra descendencia a una persona singular, “él”, no a una colectividad como en el párrafo anterior. Segundo, en el libro de la Sabiduría se identifica la serpiente con el tentador, con Satanás. Tercero, la versión en latín de la Vulgata[5] tradujo la palabra descendencia por ipsa, refiriéndose a la mujer, aunque el original hebreo no atribuía directamente a la mujer la acción contra la serpiente, sino a su linaje. ¿Qué significa esto? “A la luz del Nuevo Testamento y de la tradición de la Iglesia sabemos que la mujer nueva anunciada por el Protoevangelio es María, y reconocemos en «su linaje», a su hijo, Jesús, triunfador en el misterio de la Pascua sobre el poder de Satanás” (ref. nota 3). María, la mujer anunciada en el Protoevangelio, se mantuvo en permanente enemistad contra la serpiente porque disfrutó de una singular gracia de Dios; porque era “la llena de gracia” pudo mantener siempre su relación perfecta con su hijo Jesús. En María, la enemistad entre la mujer y la serpiente llega a su pleno cumplimiento. María no sucumbió como Eva a la tentación. María, la nueva Eva, se fio de Dios y dio su “sí” al plan divino, reparando el “no” de Eva. “Y como el no de los orígenes había cerrado el paso del hombre a Dios, ahora el sí de María ha abierto el camino a Dios entre nosotros. Es el sí más importante de la historia”[6].

Una historia al principio de la re-Creación: la Encarnación del Hijo de Dios

Lo prometido al principio y esperado durante siglos, ocurrió “cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gálatas 4, 4). “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo” (Mateo 1, 16). La Encarnación del Hijo de Dios es relatada por Lucas, que recoge el anuncio del arcángel Gabriel a María (Lucas 1, 26-38). “Alégrate, María, llena de gracia, el Señor es contigo (…) Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo”. Se supone que Gabriel estaba bien informado y no erró al llamarla así: llena de gracia. Seguro que su fuente era la Trinidad. Así la nombraban en el Cielo, “la llena de gracia”. El texto de Lucas es el que proporciona el fundamento más sólido (no la prueba) en favor de la Inmaculada. Vamos a investigar esta palabra “llena de gracia”, escrita por Lucas en griego, kecharitômene, traducida al latín por san Jerónimo como gratia plena. Nos dará luces para entender mejor la acción de Dios en María. Iremos de la mano de Ignacio de la Potterie[7]. Indica que el verbo empleado por Lucas es extremadamente raro en griego. Es una forma causativa (charitôo), y eso indica una acción que produce algún efecto en el objeto. Significa un cambio en la persona o en la cosa en cuestión. En nuestro caso, charitôo proviene de charis, gracia, por tanto, expresaría un cambio operado por la gracia en la persona de María. Además, Lucas emplea un pasivo, es decir, que ese cambio en María operado por la gracia ya había sido producido en el pasado. Por tanto, podemos decir que María había sido transformada por la gracia de Dios, es decir, había recibido la vida de Dios en su alma con la máxima abundancia posible en una criatura.

Aunque Lucas no dice expresamente que María, la llena de gracia, lo haya sido desde el primer instante de su concepción, si es verdad que María fue enteramente transformada por la gracia de Dios, y que por tanto, también lo es que Dios la preservó del contagio del pecado original, la purificó y santificó. Fue el preámbulo y preparación de María por parte de Dios, para ser su madre. María fue colmada de gracia por Dios en previsión de esta maternidad, incluso fue preparada mediante la gracia de la virginidad para que pudiera cumplir su misión en el plan divino: ser la madre virginal del Salvador. Así estaba profetizado por Isaías[8].

María, concebida sin pecado, Inmaculada

¿Qué significa la Inmaculada Concepción de María? Acudo a la Bula Ineffabilis Deus, con la que el beato Pío IX proclamó esta verdad de fe el 8 de diciembre de 1854. Se expresaba así: “La Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”. Como todos los hombres, María es redimida por Dios, no es una excepción, pero es la más perfectamente redimida: “También ella fue salvada por Cristo, pero de una forma extraordinaria, porque Dios quiso que desde el instante de la concepción la madre de su Hijo no fuera tocada por la miseria del pecado”[9]. En nuestro caso nacemos con el pecado original, del que somos liberados en las aguas del bautismo; que nos hace “participes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1, 4). Recibimos la gracia de ser hijos de Dios, el Espíritu Santo toma posesión de nuestra alma y nos infunde en germen la fe, la esperanza y la caridad.

“Dios ha hecho con María, decía santa Teresita del Niño Jesús, lo que haría un buen médico en tiempo de epidemia. Él va de casa en casa a curar a quienes contrajeron la enfermedad; pero si hay una persona a quien quiere particularmente, como la esposa o la madre, hará de manera, si puede, de evitarle incluso el contagio. Y así ha hecho Dios, preservando a María del pecado original por los méritos de la pasión del Hijo”[10]. ¿Es mérito de María? No, es regalo de Dios, gracia, misericordia, amor divino con aquella criatura que había elegido gratuitamente para ser su madre, “es fruto del amor de Dios que salva al mundo”[11]. Es hija de la misericordia de Dios, la primera y la que ha recibido más que todos… porque iba a ser madre del Hijo de Dios y madre nuestra, miembros del Cuerpo místico de Cristo. Por eso es la criatura más bendecida por Dios, la más amada, la más misericordiada, usando un neologismo made Francisco. “Así, Dios la miró desde el primer instante en su designio de amor. La miró bella, llena de gracia” (ref. nota 11). Su redención fue la verdadera obra maestra de la sabiduría divina, “una de las maravillas de la historia de la salvación” (ref. nota 9).

Discusiones acerca de la Inmaculada Concepción de María

Simplemente señalar que las hubo y durante siglos. Entre los teólogos se plateó una controversia ante la aparente excepción de redención de la Virgen María. Si no tenía pecado original entonces no necesitaba ser redimida. Y esto contradecía supuestamente la enseñanza de san Pablo (Romanos 5, 12) de que todos los hombres han pecado en Adán. El beato Juan Duns Scoto (+ 1308) aportó los fundamentos de la doctrina sobre la Inmaculada concepción mostrando que lejos de ser excluida de la redención, la Santísima Virgen obtuvo de su Divino Hijo la más grande de las redenciones a través del misterio de su preservación de todo pecado en el primer instante de su concepción. De ahí en adelante la doctrina prevaleció aunque siguieran las controversias. El papa Sixto IV aprueba la fiesta en el 1476, prohibiendo calificar de herética la sentencia inmaculista, aunque autorizando la continuación de la investigación y discusiones entre escuelas maculistas e inmaculistas. Desde mediados del siglo XVII las dudas se disiparon considerándose este privilegio mariano entre las verdades reveladas por Dios. En el 1708, Clemente XI extiende la fiesta de la Inmaculada como de precepto de ámbito universal. Y en el 1854, el beato Pío IX proclamó el dogma.

Antes de referirme a lo que paso en España, recordar dos apariciones de la Virgen cercanas a 1854, año de la proclamación del dogma, que son como certificados del cielo. La primera, a santa Catalina Labouré, monja de las Hijas de la Caridad, en la capilla de la orden, luego llamada de la Medalla Milagrosa en París. En la aparición del 27 de noviembre de 1830, la Virgen estaba parada sobre un globo terráqueo, aplastando una serpiente con su pie, y luciendo anillos de diferentes colores en sus dedos de los cuales brotaban rayos de luz sobre el globo. A su alrededor aparecieron las palabras: "Oh María, sin pecado concebida. Ruega por nosotros que recurrimos a vos". El calificativo elegido por la Virgen fue “sin pecado concebida”, una mención expresa al privilegio de su Inmaculada concepción. La segunda, a santa Bernadette Soubirous, una analfabeta de catorce años de edad, en las afueras de Lourdes. En la aparición del 25 de marzo de 1858, ante la insistencia de Bernadette, la Señora reveló su nombre, en gascón, el dialecto de la zona; se definió a sí misma como: “Que soy era Immaculada Councepciou” (Yo soy la Inmaculada Concepción).

La Inmaculada, una fiesta marca “España”

En 1857 se inauguró el monumento conmemorativo de la proclamación del dogma de la Inmaculada en Roma: una columna de mármol de corinto de casi 12 m. de altura con una escultura de bronce de la Virgen Inmaculada en la cúspide. El sitio elegido fue la Plaza de España, ante el Palazzo di Spagna que aloja a la embajada de España ante la Santa Sede desde el año 1647. Era un reconocimiento a una tarea de siglos, de apasionada defensa de esta verdad mariana (pueblo, reyes, teólogos y clero). De ahí la costumbre española de saludarse con “Ave María Purísima, Sin pecado concebida”. De esta tierra de María, protegida por su cuidado, no ha salido ninguna herejía: el amor a María es el mejor antídoto para no equivocar el camino…

Como os decía es una historia antigua[12]. En el XI Concilio de Toledo (675), el rey visigodo Wamba era llamado «Defensor de la Purísima Concepción de María», abriendo una línea de fieles devotos entre los reyes hispanos. Ya en la segunda mitad del siglo XIV, Juan I, rey de Aragón, había establecido en sus territorios se celebrara con gran solemnidad la fiesta de la Inmaculada. En 1489, la beata princesa Beatriz de Silva fundó el primer convento de las Concepcionistas. Fue la primera orden bajo el nombre de la Purísima y su hábito era una túnica blanca y toca azul –según la santa, se lo había sugerido la Virgen-. Serán esos mismos colores los que la Virgen lucirá en Lourdes. Se bautizaba a las hijas con el nombre de Concepción. Reiteradamente los reyes enviaron embajadas al Papa pidiendo la proclamación del dogma. No se trataba solo de devoción, sino también una cuestión de estado y de orden público. Había una batalla entre maculistas e inmaculistas. A un lado los dominicos (que detentaban el tribunal de la Inquisición), al otro franciscanos y jesuitas y la mayoría del pueblo y los reyes. El fermento crecía: el voto de sangre de la orden militar de Calatrava (1652) fue adoptado por consejos municipales, universidades y gremios… Desde 1644, a ruegos de Felipe IV, la Inmaculada paso a ser fiesta de precepto en España y en todas sus posesiones. En 1760, en respuesta a una súplica de Carlos III, el papa Clemente XIII nombra a la Inmaculada patrona principal de España e Indias…

Dos anécdotas. En diciembre de 1854, el gobierno de España, anticlerical, controlado por los generales O´Donnell y Espartero, había interrumpido las relaciones con la Santa Sede; prohibió la publicación de la Bula del dogma a pesar de las amenazas y súplicas de la reina Isabel II. En 1988, el gobierno de Felipe González hizo un proyecto de ley sobre las fiestas nacionales que preveía la abolición de la fiesta de la Inmaculada; recurrieron a la astucia de fijar el día de la Constitución el 6 de diciembre. Pero una vez más se planteó la batalla; partió de Andalucía, las Hermandades dispusieron que si no había fiesta de la Inmaculada ellos no salían en Semana Santa; el ejemplo cundió y ante “la huelga de viernes santo”, cedieron y paso a ser abolida la fiesta de Santiago…

Lo que podemos aprender de Maria, Inmaculada

Espero que contemplar la acción divina en el alma de María nos ayude a agradecer a Dios lo bueno que es con sus hijos. Porque lo que hizo en ella, desea hacerlo en cada uno. “Dios posa su mirada de amor sobre cada hombre y cada mujer, con nombre y apellido (…) También nosotros, desde siempre, hemos sido elegidos por Dios para vivir una vida santa, libre del pecado”[13]. Hagamos como María, acojamos las gracias que el nacimiento de Jesús trajo al mundo. Sugiero tres pistas para cuidar, empezando ya en el Adviento:

 

  • Según la tradición, María estaba en oración cuando recibió la embajada de Gabriel de parte de Dios (así la representa el arte en cientos de cuadros). Y es que la oración modela el alma del cristiano abriéndola a la acción del Espíritu Santo. Para ser como ella, y decir “sí” a lo que Dios nos pide, cuidemos el rato de oración diario en Adviento. “Todos nosotros, cada día, tenemos que decir "sí" o "no", y pensar si siempre decimos "sí" o muchas veces nos escondemos, con la cabeza hacia abajo, como Adán y Eva, para no decir "no", fingiendo no entender «lo que Dios pide»”[14]. Sin oración, el alma se vuelve sorda a los requerimientos divinos, que invitan a la conversión sincera de nuestra vida. “Aprendamos de María, que tuvo constantemente la mirada fija en su Hijo y su rostro se convirtió en <el rostro que más se asemeja a Cristo> (Dante, Paraíso, XXXII, 87)[15].

 

  • Como hemos visto, María es la llena de gracia, fue transformada por la gracia de Dios para recibir con fruto el querer divino. Así desea Dios hacer con nosotros, pero necesita nuestro permiso. “Es un proyecto de amor que Dios renueva cada vez que nosotros nos acercamos a Él, especialmente en los Sacramentos” (ref. nota 13). En este Adviento, acudamos con sed a las fuentes de la gracia instituidas por Jesús y confiadas al servicio de la Iglesia: al sacramento de la Confesión, para limpiar nuestra alma de toda miseria, ya que el pecado nos aleja de Dios y nos hace cómplices del demonio; al sacramento de la Eucaristía, para alimentarnos con el pan de vida y unirnos íntimamente con Él.

 

  • Y por último, considerar que, como a la Virgen, Dios nos dice: <estoy contigo>[16]. Dios sabe que la santidad es un proyecto que excede nuestras solas fuerzas, y no nos deja solos; y también ha querido que María nos acompañe en nuestro caminar: <ella está contigo>, nos dice. En su bondad, Dios ha previsto que María le ayude a hacernos buenos hijos suyos. Jesús, en la Cruz, antes de espirar, nos ha confiado a su corazón de madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Y ella nos llevará de la mano a Jesús. María, Madre de Cristo, nos dirá al oído, para que no lo olvidemos: “la gracia es más grande que el pecado, la misericordia de Dios es más poderosa que el mal y sabe transformarlo en bien (…) Con su corazón inmaculado, nos dice: confiad en Jesús, él os salvará”[17].

 

Y no olvidemos acudir a san José. El papa que lo nombró Patrono de la Iglesia universal en una fiesta de la Inmaculada en 1870, años antes, en 1854, había proclamado el dogma de la Inmaculada. Feliz coincidencia. Se cuenta que, cuando presentaron el boceto del cuadro en memoria del dogma al papa, el beato Pío IX, después de observarlo atentamente, preguntó al artista: <¿Y san José?>. En el cielo había pintado multitud de ángeles y santos alrededor del trono de Dios, pero san José no estaba. El pintor no había caído en eso. Se le ocurrió la solución de pintarle entre los santos. Al Papa no le gustó la idea: <De ningún modo, y señaló con el dedo el lugar al lado de Cristo. Píntelo en este lugar que éste es su puesto en el Cielo>. Y así le pintó, a la derecha de Jesús, con la mirada fija en su esposa, la Inmaculada, situada en el centro del trono de la santísima

 


[1] Francisco decretó un Año especial dedicado a san José con motivo del 150 aniversario de la proclamación como Patrono de la Iglesia universal el 8 de diciembre de 1870.

[2] Francisco, exhortación apostólica La Alegría del Evangelio n. 13

[3] San Juan Pablo II, catequesis 24.I.1996.

[4] Es la traducción al griego de la Biblia más antigua conservada, realizada por judíos de Alejandría a mediados del siglo III a.C.

[5] Es la primera traducción de la Biblia hebrea y griega al latín, realizada a finales del siglo IV d.C. por san Jerónimo.

[6] Francisco, Angelus 8.12.2016.

[7] Ignacio de la Potterie, María en el misterio de la Alianza.

[8] Siete siglos antes Isaías anunciará “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel” (Isaías 7, 14).

[9] Francisco, Angelus 8.12.2020.

[10] Cantalamessa, 3ª Predicación del Adviento del 2015 a la Curia.

[11] Francisco, Angelus 8.12.2013.

[12] Vittorio Messori, Hipótesis sobre María capítulos 39 y 41. Y Wikipedia.

[13] Francisco, Angelus 8.12.2013. Hace referencia al texto de san Pablo: “Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor” (Efesios 1, 4).

[14] Francisco, meditación diaria 4.03.2016.

[15] Francisco, Angelus 8.12.2014.

[16] Al saludar a María, el arcángel Gabriel le dice de parte de Dios: “el Señor es contigo”. En el Antiguo Testamento, se emplea el saludo “El Señor es contigo” en casos singulares, prácticamente solo cuando Dios encarga algo que supera las capacidades del hombre.

[17] Benedicto XVI, Angelus 8.12.2010.

 

 

 

Jesucristo vela por su Iglesia pero permite que sufra crisis

Muchos no entienden por qué Nuestro Señor parece dormir y permite que el mal entre en el santuario. Aparentemente, esto contradice tanto la promesa de la indefectibilidad como la santidad de la esposa mística de Cristo. La fe de muchos vacila: si la Iglesia no es santa, no puede ser la verdadera Iglesia de Cristo.

 

 

La barca de Pedro en la tormenta

 

 

La Iglesia a menudo es representada como la barca de Pedro que navega por los mares de la Historia.

A veces, vientos tranquilos soplan en sus velas, y ella flota sobre las olas con gracia imponente y serena. Otras veces, sin embargo, los vientos aúllan, el mar se encrespa con olas coronadas de espuma, los rayos rasgan los cielos, los truenos estremecen a los marineros y el barco parece naufragar.

Mientras las ráfagas de viento sacuden la barcaza de Pedro, el Salvador duerme. Entonces, como los Apóstoles, clamamos: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» Al despertar, Jesús nos tranquiliza como lo hizo con ellos: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?» De pie con una voz majestuosa, ordena que la tormenta cese y que el mar se calme. [1]

«Es inevitable que haya escándalos»

Contenidos

Hoy la Iglesia está golpeada por escándalos morales y desvíos doctrinarios. Sus enemigos la están atacando mientras la incertidumbre y la confusión agitan a sus hijos.

Muchos no entienden por qué Nuestro Señor parece dormir o por qué permite que el mal entre en el santuario. Aparentemente, esto contradice tanto la promesa de la indefectibilidad como la santidad de la esposa mística de Cristo. La fe de muchos vacila: si la Iglesia no es santa, no puede ser la verdadera Iglesia de Cristo.

Otros reaccionan tratando de reformar la Iglesia, culpando por la crisis a sus dogmas y enseñanzas morales, y a su estructura jerárquica, de institución divina.

Las puertas del infierno no prevalecerán sobre Ella

Nuestro Señor prometió que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia, [2] y que Él la asistirá hasta el final de los tiempos.[3] Sin embargo, Él no prometió que Ella no sufriría crisis, escándalos y colapsos aparentes.

Por el contrario, las parábolas de Nuestro Señor sobre el Reino de Dios, que es la Iglesia, afirman claramente que el bien y el mal serán parte de Ella hasta el final de los tiempos. Solo entonces Dios enviará a sus ángeles para limpiar la tierra del escándalo. [4]

La vida terrena es un período de prueba. Entonces algunos harán el mal y escandalizarán a otros. «Es inevitable que haya escándalos», dijo Nuestro Señor, «¡ay de aquel por quien vengan!»[5] San Pablo explica cómo estos escándalos ayudan a purificar nuestra fe: «pues es preciso que entre vosotros haya disensiones, a fin de que se destaquen los de probada virtud entre vosotros.”. [6]

Dios permite la tentación pero nos fortalece con su gracia

Dios permite la tentación, pero siempre nos da la gracia suficiente para resistir. San Pablo enseña: «no os ha sobrevenido tentación que no fuera humana, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, antes dispondrá con la tentación el éxito, dándoos el poder de resistirla”. [7]

Al explicar el episodio de Nuestro Señor durmiendo en la barca, San Juan Crisóstomo comenta que la tormenta simboliza las futuras pruebas de la Iglesia, durante las cuales los fieles, los atletas de Cristo, serán fortificados. El eminente comentarista de la Sagrada Escritura Cornelio a Lápide, después de referirse a San Juan Crisóstomo, cita una frase de Séneca, para mostrar que incluso un escritor pagano entendió el provecho espiritual de la lucha contra la tentación: «Una vida sin tentación es como un mar muerto”. [8]

 

El Sínodo y el fin de la Iglesia tridentina

La Iglesia es la «Casa de Dios», cuya piedra angular es Cristo. [9] Ella es «la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén» bajada del Cielo.[10] Sin embargo, Dios permite la tentación incluso en este lugar sagrado, así como permitió que nuestros primeros padres fueran probados en el Paraíso Terrenal. De esta manera, nuestro amor se purifica de todo apego al consuelo divino y a las preocupaciones humanas.

Nuestro Señor previó los escándalos

San Agustín explica que siempre habrá algunos obispos semejantes al Buen Pastor (que es una figura de Nuestro Señor), y otros como los mercenarios. Escribiendo a Felicia, una virgen que se afligía por los escándalos que entonces infestaban a la Iglesia, dijo:

“Te amonesto a que no te dejes perturbar más de lo normal por estos escándalos. Se nos predijo que vendrían, para; que al llegar recordáramos que estaban anunciados y no nos turbásemos demasiado. El mismo Señor los anunció en el Evangelio: ¡Ay del mundo por los escándalos! Es menester que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por que venga el escándalo!» […]Hay algunos que ocupan la cátedra de pastor para mirar por la grey de Cristo. Pero hay otros que ocupan para gozar de sus honores temporales y comodidades seculares. Es preciso que en la Iglesia Católica perduren estos dos linajes de pastores hasta el fin de los siglos y hasta el juicio del Señor, pues unos nacen mientras otros mueren. Ya en los tiempos apostólicos había algunos falsos hermanos, entre los que gemía el Apóstol, diciendo: Peligros de parte de los falsos hermanos«. [11]

Finalmente, cuando se enfrentó a los errores de Lutero y Calvino, la Iglesia afirmó que no era una Iglesia de santos o una Iglesia de predestinados, sino que alberga en su seno a justos y pecadores.[12]

La Iglesia siempre ha sufrido pruebas a lo largo de su historia

La historia de la Iglesia muestra claramente que ella siempre ha sufrido pruebas. En su nacimiento, feroces persecuciones externas intentaron destruirla. Poco después, las herejías embistieron contra Ella internamente.

En los albores del siglo IV, la Iglesia tuvo que enfrentar el arrianismo, una de las herejías más devastadoras. Negaba la divinidad de Nuestro Señor, declarándolo una simple criatura, aunque más perfecta, creada por el Padre para ser intermediaria en la creación y redención del mundo. Arrio, fundador de la herejía, afirmó que la naturaleza del Hijo no era de la misma sustancia que la del Padre, es decir, que el Hijo no era consustancial con el Padre.

Esta herejía atacó los fundamentos mismos del Cristianismo. Si el Verbo no fuera divino, Dios no se hizo hombre, y los misterios de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor no tendrían un significado trascendental.

Esta herejía se difundió por todo el mundo cristiano. Tantos obispos adhirieron, que San Jerónimo exclamó con una hipérbole retórica: «El mundo entero gimió de asombro al ver que se había convertido en arriano». [13]

Homicidio y suicidio espiritual

En un sermón sobre los escándalos actuales, el Padre Roger J. Landry de la Parroquia del Espíritu Santo en Fall River, Massachusetts. Con razón, comenta: “Desafortunadamente, el escándalo no es nuevo para la Iglesia. Cada vez que la Iglesia alcanza su punto más bajo, Dios levanta santos extraordinarios para llevarla de regreso a su verdadera misión. Es como si en estos tiempos oscuros la luz de Cristo siempre brillara más”.

El Padre Landry cita el mal ejemplo del papa Alejandro VI durante el Renacimiento: tuvo varios hijos de varias concubinas y luego los enriqueció con los bienes de la Iglesia; muchos fueron escandalizados y sacudidos en su fe; Lutero se rebeló, renegó y fundó una nueva religión. Agrega:

“A su debido tiempo, Dios suscitó muchos santos para luchar contra esta solución equivocada y reencaminar a las personas a la Iglesia que Cristo fundó. San Francisco de Sales fue uno de ellos”.

Después de mencionar episodios heroicos en la vida de San Francisco de Sales, el P. Landry transcribe un comentario del Santo: “Si bien quienes cometen este tipo de escándalos son culpables del equivalente espiritual del asesinato, quienes se escandalizan y permiten que el escándalo destruya su fe, son culpables de suicidio espiritual».

El P. Landry dice que San Francisco estaba entre las personas de la región que hoy es Suiza, tratando de evitar que se suicidaran espiritualmente debido a los escándalos. Y concluye: «Estoy aquí para predicarles lo mismo». [14]


[1] S. Mat . 8:25-26.

[2] S. Mat . 16:17-19

[3] S. Mat . 28:18-20

[4] S. Mat . 13

[5] S. Lucas, 17:1

[6] 1 Cor. 11:19

[7] 1 Cor. 10:13                                                                                                                     

[8] Cornelius a Lapide, Commentaria in Scripturam Sacram (Paris: Vivès, 1881), Vol. 15, p. 234

[9] 1 Cor. 3:9, 11; Mat . 21:42

[10] Apoc. 21:2

[11] Epist. 208, 2 and 5, in Charles Cardinal Journet, The Church of the Word Incarnate (New York: Sheed and Ward, 1955), pp. 97-98

[12] In a sermon on the present scandals, Fr. Roger J. Landry, pastor of Espirito Santo parish in Fall River, Mass., opportunely observes: “Scandal is unfortunately nothing new for the 12. Fr. Joachim Salaver i, S.J., De Ecclesia Christi, in VV.AA, Sacrae Theologiae Summa, (Madrid: Biblioteca deAutores Cristianos, 1958), Vol. I, no. 1128, p. 912.

[13] William Barry, s.v. “Arianism,” Catholic Encyclopedia (1913), Vol. I, p. 710

[14] Fr. Roger J. Landry, Answering Scandal with Personal Holiness, in Catholic Educator’s Resource Center www.catholiceducation.org/articles/religion/ re0526.html, 2002

 

La crisis de Afganistán, piedra de toque para la dignidad humana

Escrito por Rafael Miner

La globalización nos manifiesta la necesidad que tenemos de colaborar para promover juntos el bien común y el cuidado de la vida, el diálogo y la paz

 Rafael Miner, en https://omnesmag.com/

La huida de Afganistán de miles de afganos despavoridos, la angustia por salir del país de tantos afganos y occidentales, para los que el 31 de agosto es una fecha límite en el aeropuerto de Kabul, y las trabas para la acogida en países occidentales, reflejan un dramático atentado contra la dignidad y la fraternidad humanas.

Poco más de seis mil kilómetros separan Madrid de Kabul, 14 horas de avión. Desde Roma y el Vaticano, algo menos. Y desde Ginebra, sede de la oficina de Naciones Unidas en Europa, similar. Pero la distancia en materia de derechos humanos se ha hecho casi infinita estos días.

Lo acaba de señalar el encargado de asuntos de la Misión Permanente de la Santa Sede ante la ONU, en Ginebra, Mons. John Putzer, quien, en su intervención en la 31 sesión especial del Consejo de Derechos Humanos, ha instado “a reconocer y defender el respeto de la dignidad humana y los derechos fundamentales de toda persona, incluidos el derecho a la vida, la libertad de religión, el derecho a la libertad de circulación y de reunión pacífica”.

“En este momento crítico”, añadió, “es de vital importancia apoyar el éxito y la seguridad de los esfuerzos humanitarios en el país, con un espíritu de solidaridad internacional, para no perder los progresos realizados, especialmente en las áreas de salud y educación”. Según la Santa Sede, el “diálogo inclusivo” es “la herramienta más poderosa” para alcanzar el objetivo de la paz, y desea realizar un llamamiento a toda la comunidad internacional para que “pase de las declaraciones a la acción” acogiendo a los refugiados “con un espíritu de fraternidad humana”.

Monseñor Putzer recordó de este modo la llamada a la oración del Papa Francisco el pasado 15 de agosto, implorando a buscar soluciones en la mesa del diálogo, y a que cese el ruido de las armas. Sus palabras textuales en el rezo del Ángelus, fueron las siguientes: “Os ruego que recéis conmigo al Dios de la paz para que cese el ruido de las armas y se encuentren soluciones en la mesa del diálogo. Sólo así la población martirizada de ese país -hombres, mujeres, ancianos y niños- podrá regresar a sus hogares y vivir en paz y seguridad con pleno respeto mutuo”.

La toma de Kabul nos afecta

El regreso al poder de los talibanes ha supuesto el fin de veinte años de presencia de Estados Unidos y sus aliados. Y como ha escrito Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant Egidio, “la toma de Kabul también nos afecta” (Famiglia Cristiana). La vuelta de los talibanes afecta a todos en cualquier sentido, pero desde luego en un primer momento, en el meramente físico, la lucha por la vida, primer derecho humano. Basta ver las imágenes de centenares de afganos metidos en las bodegas de los aviones, o las palabras de afganos recién llegados a nuestro país, como la capitana de la selección afgana de baloncesto en silla de ruedas, Nilofar Bayat, quien ha manifestado en Bilbao: “Soy la prueba de que en Afganistán no hay futuro ni esperanza”.

En efecto, el 31 de agosto está cada vez más cerca. Es la fecha que pactaron Estados Unidos y los talibanes para la retirada de las tropas, pero siguen quedando miles de personas pendientes de evacuación y podría ser necesario extenderla. Para los talibanes esta posible extensión “es una línea roja”, “o habrá consecuencias”. La inestabilidad y la sospecha de atentados son crecientes en un aeropuerto al que intentan acceder de manera desesperada miles de personas.

Fraternidad humana

Las amenazas del régimen talibán a la vida, la dignidad y la libertad de las personas suponen una fuente de enorme preocupación para miles de personas, en un país con escaso número de cristianos, y desde luego para el Papa Francisco, que mantuvo en marzo de este año un encuentro histórico en Irak, en la milenaria ciudad natal de Abraham, Ur de los Caldeos, con representantes de judíos y en mayor número de comunidades musulmanas, y les instó a recorrer un camino de paz, fraternidad y perdón.

La crisis afgana supone también, en la misma línea, un golpe a las enseñanzas del Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti, firmada por el Santo Padre el 4 de octubre del año pasado en Asís. Como subrayó el profesor Ramiro Pellitero en este portal, al tratar de la fraternidad y la amistad social, “el Papa declara que se detiene en la dimensión universal de la fraternidad. No en vano una de las claves del documento es el rechazo del individualismo. ‘Todos somos hermanos’, miembros de la misma familia humana, que procede de un solo Creador, y que navega en la misma barca. La globalización nos manifiesta la necesidad que tenemos de colaborar para promover juntos el bien común y el cuidado de la vida, el diálogo y la paz”.

La acogida y esfuerzo de integración de tantos miles de refugiados que huyen despavoridos de su propio país va a suponer una piedra de toque para visualizar el apoyo a la dignidad de la persona humana, sea cual sea su raza, religión o nacionalidad, y la adhesión a las enseñanzas del Papa.

 

 

Seguridad y libertad: ¿equilibrio imposible?

Escrito por José Julio Fernández Rodríguez

 

 I.        Introducción

El tema de cohonestar las categorías de libertad y seguridad es un tema clásico en el pensamiento occidental, que adquiere renovados perfiles con la irrupción de Internet en el contexto que ahora nos envuelve. Y es un tema, como se comprenderá, de la máxima relevancia práctica porque determina, en cierta medida, nuestro propio modo de vida y nuestra parcela en la que se desarrolla la existencia. Conseguir que ambas categorías sean compatibles en su aplicación práctica es un verdadero reto. No obstante, tampoco hay que olvidar que desde ciertas posiciones doctrinales ambos conceptos no se entienden enfrentados sino, más bien, compatibles, o sea, a mayor seguridad mayor libertad, lo que, en parte, también funcionaría en sentido inverso. Sin embargo, la posición mayoritaria entiende que se trata de categorías que actúan dialécticamente y en contradicción. La experiencia práctica parece apoyar esta postura.

La vida en sociedad impone adoptar ciertas decisiones en torno a la propia organización de la misma, que pueden considerarse como “predecisiones” por su carácter estructural y previo al funcionamiento ordinario de la sociedad. Es en estos parámetros donde ahora nos estamos moviendo pues decidir sobre los límites recíprocamente condicionados entre seguridad y libertad es una decisión que sirve de base para la propia estructura sociopolítica.

No es este el momento de hacer un recorrido por las diversas líneas de pensamiento que en la Historia han albergado este debate, sino de centrarnos en el presente. Basta para hacernos idea del background recordar el famoso concepto de la “Razón de Estado” [1]. Lo que sí debemos afirmar es que la aparición de la Sociedad de la Información, y de su estandarte, Internet, exige actualizar las reflexiones tradicionales para ofrecer la oportuna respuesta a los nuevos problemas. Como afirmamos en otro lugar, “Internet es la primera línea del frente de un mundo nuevo, el global, de una sociedad también nueva, la de la   Información,   e,   incluso,   de   un   nuevo   estadio   de   la   Humanidad, el

«Infolítico»” [2].  Además, los  que  se  han  venido  en  llamar  nuevos riesgos y amenazas emergentes, que se han instalado en el panorama estratégico, aportan elementos de complejidad que dificultan encontrar la adecuada solución al tema que ahora nos ocupa. Las políticas públicas se construyen de manera más dificultosa pues estamos ante “un conjunto poliédrico de amenazas globales a la estabilidad de la sociedad internacional, que han potenciado la quiebra de los esquemas tradicionales de actuación en política exterior e interior y defensa, cuyas delimitaciones tienden vertiginosamente a difuminarse, instaurando un entorno poco definido y difícilmente comprensible” [3].

El debate que se plantea entre seguridad y libertad es consecuencia de otro de mayor envergadura: es producto del debate central que se produce en la vida en comunidad desde el origen de la misma, un debate que enfrenta a los intereses colectivos frente a los intereses individuales. De este modo, la problemática adquiere unos tintes filosóficos y ontológicos que nos sumen en una trascendencia en la que no queremos entrar en este momento. Por lo tanto, bajamos de este territorio metajurídico y nos quedamos en el predio de la seguridad-libertad. De todos modos, el componente extrajurídico no debe, en modo alguno, desdeñarse por parte de los decisores públicos, aunque sí hay que tratar de racionalizar y objetivar los problemas para que los estados emocionales no lleven a soluciones erróneas. El terrorismo, sin duda, puede generar esas reacciones psicológicas disfuncionales. Como señala ARIAS GONZÁLEZ, aludiendo al fenómeno terrorista, “el problema no es el miedo, sino el terror, ya que se trata de un miedo muy intenso, irracional, con pocas posibilidades de control y que nos conduce a respuestas donde la ansiedad juega un papel muy importante” [4]. La correcta articulación de la respuesta jurídica debería servir para desactivar parte de ese problema.

En fin, no es necesario insistir demasiado en la importancia actual de este debate habida cuenta el contexto en el que nos movemos. Nos hallamos en un escenario multipolar y asimétrico, repleto de riesgos y amenazas emergentes que conforman un nuevo panorama estratégico. Afrontar el desafío que suponen los estados fallidos, las armas de destrucción masiva, el terrorismo internacional, la inmigración descontrolada o el crimen organizado transnacional reclama una correcta respuesta a la dialéctica que aquí estamos planteando. Las amenazas múltiples, complejas e inciertas que nos acechan se reconstruyen de manera compleja en Internet, por lo que es imprescindible aportar reflexiones para su estudio.

Estamos empleando en este artículo un sentido amplio tanto de seguridad como de libertad. Aquélla serían las actividades dirigidas a proteger físicamente la comunidad y a sus individuos, por lo que englobaría a estos efectos el orden público y la defensa nacional. La libertad serían las parcelas de actuación individual de las personas, que giran en torno a los derechos fundamentales.

II.        Referencia a los límites de los derechos fundamentales

La problemática jurídica que está por detrás de esta confrontación entre libertad y seguridad hunde sus raíces en el tema de los límites de los derechos fundamentales. ¿Hasta dónde el Estado puede usar poderes limitadores de los derechos y libertades individuales? ¿Dónde se halla la frontera que no debe ser traspasada sin resquebrajar el Estado Democrático de Derecho? Sin duda, el tema de los límites de los derechos es arduo y complejo, con múltiples aristas en las que ahora no podemos entrar, por lo que nos vemos obligados a simplificar la cuestión para no desviar en exceso nuestro hilo argumental [5]. En  el fondo, toda la problemática que se plantea puede reconducirse al terreno de los límites de los derechos fundamentales.

Esta densidad del tema de los límites de los derechos provoca que haya posiciones doctrinales diversas. Las tipologías de límites que se usan son, por lo tanto, variadas. En alguna de ellas se habla de límites internos o intrínsecos y límites externos o extrínsecos a los derechos fundamentales. Los primeros son los que tienen que ver con los contornos conceptuales o, incluso, con cuestiones lingüísticas (por ejemplo, límites internos del derecho a la intimidad son los propios contornos del concepto intimidad, límite del derecho de asociación es la propia idea de asociación –una persona no forma una asociación, son necesarias varias-). Serían criterios para delimitar el objeto del derecho fundamental, por lo que en puridad no serían verdaderos límites. En cambio, los límites externos a los derechos fundamentales son los límites propiamente dichos, los que crea el poder público cuando la Constitución le habilita para ello. Entre ellos están los que proceden del ejercicio de los derechos de los demás [6], del interés general y del orden público [7]. Aquí es donde se ubicarían los límites que vendrían de la categoría de seguridad. En este sentido, el art. 29 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que “en el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática”.

Así las cosas, ciertas exigencias de seguridad pueden configurar límites legítimos (o sea, justificados y, por ende, aceptados en Teoría de la Constitución) a los derechos fundamentales. Se puede afirmar, sin ánimo ahora de entrar en mayores profundidades, que no hay derechos fundamentales absolutos, todos tienen límites. El problema está en precisar correctamente estos límites y hacer un traslado adecuado de los mismos a la realidad  práctica.

Cuando se ha producido una intromisión en un derecho habrá que proceder a analizar la legitimidad de la misma. Para ello se ha impuesto un método de análisis escalonado (“Stufentheorie”) procedente del mundo jurídico alemán. Dicho método consiste en ir analizando los diversos escalones que lo integran, de manera tal que si el examen no pasa uno de ellos no se continúa el análisis. Superar con éxito el último de los escalones supone que la intervención en el derecho de que se trate es legítima y, por ende, se encuentra justificada. En el método hay tres fases: una, la determinación del ámbito normativo del derecho; dos, la fijación de la existencia real de una injerencia en el derecho; y tres, el estudio de la legitimidad de dicha injerencia. En esta última fase se distinguen, a su vez, cinco escalones: el principio de reserva de ley, la generalidad de la misma, la reserva jurisdiccional, el principio de proporcionalidad en sentido amplio (que contiene, a su vez, tres subprincipios: el de adecuación o idoneidad, el de necesidad y el de proporcionalidad en sentido estricto) y el respeto al contenido esencial de los derechos fundamentales. Hay que tener en cuenta que el principio de proporcionalidad opera (o debería operar), primero, en la propia actuación del legislador al aprobar la normativa, y, después, en la actividad judicial que examina el caso concreto controvertido. La finalidad es el elemento que funciona como presupuesto de los tres subprincipios que integran el principio de proporcionalidad.

La jurisprudencia constitucional española incorporó hace años, en líneas generales, este esquema. De esta forma, se indica que “para comprobar si una medida restrictiva de un derecho fundamental supera el juicio de proporcionalidad, es necesario constatar si cumple los tres requisitos o condiciones siguientes: si tal medida es susceptible de conseguir el objetivo propuesto (juicio de idoneidad); si, además, es necesaria, en el sentido de que no exista otra medida más moderada para la consecución de tal propósito con igual eficacia (juicio de necesidad); y, finalmente, si la misma es ponderada o equilibrada, por derivarse de ella más beneficios o ventajas para el interés general que perjuicios sobre otros bienes o valores en conflicto (juicio de proporcionalidad en sentido estricto)” (entre otras muchas, Sentencia 37/1998, fundamento jurídico 8).

 

El principio de proporcionalidad hay que entenderlo implícito al propio Estado de Derecho, aunque hay diversas previsiones normativas que lo recogen. Por ejemplo, el art. 52 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, en donde se lee que “sólo se podrán introducir limitaciones (a los derechos fundamentales), respetando el principio de proporcionalidad, cuando sean necesarias y respondan efectivamente a objetivos de interés general reconocidos por la Unión o a la necesidad de protección de los derechos y libertades de los demás”. La idea de proporcionalidad se halla cercana a la de justicia, que huye de los excesos en la actuación de los poderes públicos. Como indica GONZÁLEZ BEILFUSS, “el principio de proporcionalidad constituye, sin ningún lugar a dudas, uno de los criterios de interpretación más frecuentemente empleados por los operadores jurídicos y, sobre todo, por los tribunales de justicia” [8]. Sin embargo, el principio de proporcionalidad no se aplica tan sólo a las decisiones de los aplicadores del Derecho (en especial de los jueces), sino que también debe ser tenido en cuenta a la hora de elaborar las normas y en el momento de adoptar ciertas medidas de tipo administrativo. Por ello debe estar muy presente en las reacciones que el poder público adopta para garantizar la seguridad.

La finalidad es un elemento clave en todo este proceso de argumentación en torno a las intervenciones de derechos. Funciona como un presupuesto a los tres subprincipios que integran el principio de proporcionalidad. Afirma, de nuevo, GONZÁLEZ BEILFUSS que “el principio de proporcionalidad se articula necesariamente en torno a una relación medio-fin: la proporcionalidad no puede predicarse de un objeto de control aisladamente considerado, sino de la relación existente entre una mediad y la finalidad perseguida con la misma” [9]. La medida, por lo tanto, debe ser congruente y proporcionada a la finalidad perseguida. La seguridad puede ser una de estas finalidades que permiten superar el test de proporcionalidad.

III.        La entrada en escena de la seguridad

En el marco que estamos diseñando, la categoría de seguridad ocupa un lugar esencial pues es una de las razones más comúnmente esgrimidas para limitar la libertad (a través de la limitación concreta de ciertos derechos). Ello puede estar justificado o no en función de cómo se implemente y articule. Sea como fuere, no perdamos de vista la perspectiva que ahora empleamos, que es teórica y abstracta, propia de la Teoría de la Constitución, desvinculada, por lo tanto, de un ordenamiento jurídico en concreto y de determinada sociedad.

Son múltiples las previsiones normativas que citan la seguridad como justificación de posibles restricciones. Sirvan ahora como ejemplo los arts. 8, 10 y 11 del Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales, donde se habla de la protección de la seguridad nacional, de la seguridad pública, de la defensa del orden y de la prevención del delito; el ya citado art. 29.2 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que alude a las exigencias del orden público en las limitaciones establecidas por ley para el ejercicio de los derechos; los arts. 12.3, 19.3, 21 y 22 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que se refiere a seguridad nacional y orden público; y el art. 18.3 de dicho Pacto, que menciona la seguridad y el orden. En principio, estas posiciones son totalmente lógicas porque sólo una comunidad que vive segura puede ser verdaderamente libre y ejercer con eficacia sus derechos.

Cuando se produce una emergencia de seguridad importante, que frisa o entra de lleno en lo bélico, los argumentos se endurecen. Se llega a hablar de que el conflicto entre seguridad y libertad diluye a la democracia en la zona gris de la emergencia bélica. Así se puede concentrar más el poder. Las situaciones de guerra no declarada, las reflexiones sobre el enemigo global, o la alusión a frentes externo e interno, fundidos en un enemigo común, ayudan a basar dicho discurso.

Esto da lugar a que la entrada en escena de la seguridad venga acompañada a veces de problemas de lo más variado. Una reacción desmedida o exagerada en aras de la seguridad puede romper el umbral o frontera aceptable (es decir, legítimo) y caer en lo ilegítimo. A veces esta actuación será ilegal, aunque en otras ocasiones no porque se aprobará la oportuna normativa que le dé cobertura. Entonces entramos en un problema de diferente índole: nos hallaremos ante un ordenamiento jurídico concreto que resulta criticable desde la Teoría de la Constitución, o, lo que es lo mismo en este momento, desde los postulados teóricos de la democracia. Estaremos, por lo tanto, en un plano diferente, ya que será una medida legal pero agresiva con los postulados materiales de la Teoría de la Constitución, por lo que merecerá crítica y será aconsejable su modificación.

Entre estos problemas encontramos, primero, la afección desproporcionada de ciertos derechos (como la libertad de circulación, la intimidad o el secreto de las comunicaciones). Es decir, una intromisión en los mismos que no supera el método escalonado de análisis porque vulnera alguno de los tres subprincipios que veíamos antes que integraban el principio de proporcionalidad.

También, y en segundo lugar, esta respuesta exagerada puede ubicarse en aquello que desean los propios terroristas. Estos, como apunta SANSÓ- RUBERT, quieren conseguir que la sociedad se encuentre en un estado de agobio, producto del miedo, para que reaccione contra su propio gobierno [10]. Ello puede originar un recorte exagerado de las libertades para tratar de mitigar ese miedo, con lo que nos topamos otra vez con el problema apuntado en el párrafo anterior.

En tercer lugar, es posible que se produzca la expansión del Ejecutivo. Este es un fenómeno que encontramos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, pero ahora tal vez se intensifica en un escenario como el actual que privilegia la seguridad. Pensemos en la expansión de los poderes presidenciales frente a los del parlamento, o en la renovada relevancia que adquieren las fuentes jurídicas de rango secundario emanadas por los ejecutivos, presionados por situaciones de emergencia ante los riesgos de seguridad. Este proceso oscurece las relaciones entre poder constituyente, poder legislativo y poder ejecutivo.

En cuarto lugar, el lenguaje de la seguridad puede favorecer de manera disfuncional a ciertos intereses políticos cuando no responde a una necesidad real. Ello perjudica la toma de decisiones por parte de la opinión pública, que se encuentra con mensajes situados lejos de la objetividad.

En quinto lugar, las medidas excepcionales, adoptadas con una intención provisional, pueden adoptar un carácter permanente. Esto jurídicamente es censurable pues altera la naturaleza del instrumento provisional que se emplea (un decreto ley, por ejemplo).

Estos ejemplos, que no agotan, ni mucho menos, el tema, llevan a una conclusión a todo este abigarrado y poliédrico problema: la respuesta a los desafíos de la seguridad debe venir de la búsqueda de un equilibrio desde la razonabilidad y la proporcionalidad. Bien es cierto que a nivel teórico resulta imposible dar una respuesta general y definitiva, con capacidad para derivar, vía método deductivo, las respuestas concretas a toda la panoplia que la realidad ofrece. Se pueden elaborar variables para esgrimir en la ponderación libertad-seguridad, pero la solución última adecuada y equilibrada (o sea, justa) sólo vendrá casuísticamente, es decir, en el análisis de los concretos casos que haya que afrontar, no siendo posible llegar a soluciones perfiladas totalmente a nivel teórico-abstracto. Esta es una crítica que se puede hacer a bastantes autores que han analizado el tema. En el epígrafe siguiente descendemos a este predio de actuaciones casuísticas.

Pero antes de entrar en él, creemos útil ofrecer una reflexión más. El Derecho ha articulado mecanismos para hacer frente a situaciones de crisis de grandes proporciones. Son los que genéricamente se pueden denominar estados o situaciones excepcionales, que pueden condensarse en los estados de alarma, excepción y sitio. Estas situaciones pueden entrañar medidas muy graves, sobre todo los estados de excepción y sitio, que son los más graves. En este sentido, se puede producir una suspensión general de ciertos derechos [11]. Se trata de situaciones de anormalidad constitucional que sólo tiene sentido aplicar ante crisis de grandes magnitudes. Por lo tanto,  son ajenas a la realidad que ahora estamos tratando, que se mueve en los márgenes de la cotidianeidad constitucional en los que existen tensiones por mor de los riesgos reales o eventuales de seguridad. Sí entrarían dentro de esta normalidad, y también en la problemática que comentamos, los casos de suspensión individual de derechos que se recogen en ciertos ordenamientos. Sirve como ejemplo el art. 55.2 de la Constitución española, en el que se establece que a través de ley orgánica se pueden suspender algunos derechos para personas determinadas, “en relación con las investigaciones correspondientes a la actuación de bandas armadas o elementos terroristas”. Esta medida, que sólo debe hacerse de forma individual y con intervención judicial, puede afectar a los plazos máximos de detención preventiva, a la inviolabilidad del domicilio y al secreto de las comunicaciones. Como se ve, la intervención judicial persigue aportar las garantías oportunas y la oportuna valoración del test de proporcionalidad.

IV.        La necesidad de actuación casuística

Descendiendo ya a terrenos más concretos, vemos cómo la dialéctica entre seguridad y libertad sólo puede resolverse en la práctica mediante una actuación casuística, es decir, a través de la particular resolución de cada caso que se plantee. Los ejemplos que podríamos traer a colación pueden ser verdaderamente innumerables. Hay que tener en cuenta, en este sentido, que nuestro actual contexto está jalonado de manifestaciones de esta dialéctica, que se resuelven de forma diversa en función del punto de partida jurídico-ideológico y de las variables contextuales que se producen en el supuesto particular. Veamos, por lo tanto, algún ejemplo en concreto, varios de lo más cotidiano.

Así las cosas, en primer lugar podemos citar los controles en los aeropuertos. De un tiempo a esta parte, ante el riesgo de atentados, se han intensificado sobremanera, aunque más en unos países y aeropuertos que en otros. Es obvio que debe haber control, es razonable que así sea, máxime en una realidad como la actual, que soporta elevados y diversos riesgos. Sin embargo, puede haber alguna medida que sea excesiva y que provoque disfunciones. Podría ser el caso de la restricción para portar líquidos: desde noviembre de 2006 los pasajeros de los vuelos de la Unión Europea encuentran muchas limitaciones para llevar en la mano líquidos, pastas o lociones. Estos productos, que tienen que ir en envases individuales con una capacidad no superior a 100 mililitros, se introducen en bolsas de plástico transparentes con sistemas de apertura y cierre. La capacidad máxima es de un litro. La Unión Europea justificó estas medidas ante el peligro que presuntamente suponían los explosivos líquidos tras la actuación de la policía británica, en agosto de 2005, que puso fin a un plan terrorista que buscaba hacer explotar aviones en vuelo utilizando dicho tipo de explosivos. Sin embargo, los viajeros sí pueden subir al avión medicamentos, líquidos para dietas especiales y comidas infantiles, siempre y cuando sea para su consumo durante el vuelo. El Comisario Europeo de Transportes, Jacques Barrot, comentando estos controles, afirmó en su momento que “se ha encontrado un equilibrio entre seguridad, comodidad de los pasajeros y las necesidades de la industria”. Nosotros no lo tenemos tan claro, pues tal vez estas restricciones no tengan una justificación real y objetiva.

En cambio, otros controles en los aeropuertos sí semejan más claros. Por ejemplo, la normativa europea exige que los ordenadores portátiles y otros artículos eléctricos o electrónicos de gran tamaño se retiren del equipaje de mano antes de pasar por el control de seguridad y se inspeccionen por separado. Lo mismo sucede con abrigos y chaquetas, que los pasajeros deberán quitarse antes de pasar por el escáner.

También en este ámbito de los viajes aéreos se ha avanzado mucho en el tema de las bases de datos, ahora capaz de cruzar ingentes cantidades de datos a alta velocidad (pensemos en la megabase de datos denominada Matriz). Ello siempre restringe el derecho a la intimidad.

Como segundo ejemplo en esta aproximación casuística, podemos citar el tema de la ropa. En Europa se ha extendido la discusión en torno a aceptar o no cierto tipo de vestimenta, relacionada sobre todo con la cultura musulmana. Este debate tiene sobre todo una vertiente de salud democrática, no de seguridad. Es decir, la democracia tal vez no deba aceptar vestimentas que son una manifestación de la represión de la mujer, o sea, que son reflejo de una vulneración de derechos y principios fundamentales, que giran en torno a la igualdad. Pensemos en el velo o en el burka. Varios países incorporan prohibiciones en este sentido, como Francia y Holanda. En cambio, otros países son sorprendentemente más permisivos, como España o Alemania.

Sin embargo, este debate ahora no nos interesa ya que estamos analizando la cuestión de la seguridad. En este sentido, también podría argumentarse en aras de la seguridad la necesidad de introducir limitaciones en ciertas vestimentas. La razón estaría en la posibilidad de esconder armas ligeras o bombas bajo la ropa. Este no es, ni mucho menos, un problema nuevo, pues encontramos en el pasado iniciativas adoptadas en este sentido. Sirva como ejemplo el famoso motín de Esquilache, acaecido en la España de 1766 y originado, aparentemente, por una norma que prohibía en Madrid el uso de la capa larga y de un sombrero de ala ancha (chambergo) dado que se podían esconder armas y actuar con cierto anonimato. Ahora, con el nuevo contexto  de riesgos y amenazas emergentes, cobra otra vez protagonismo esta polémica. De todas formas, sólo parece aceptable restringir por razones de seguridad la indumentaria en situaciones de violencia muy elevada, que no se dan en el mundo occidental.

También es discutible el tema de la libertad de circulación. Este derecho suele actuar en los límites de los estados, es decir, en el marco del propio ordenamiento, no fuera del mismo. Por lo tanto, en las fronteras internacionales tradicionalmente existe un control del flujo de personas. Ello es razonable y lógico, al margen de que en un proceso de integración supranacional se difuminen dichas fronteras, como ocurre en los países europeos que han suscrito el Acuerdo de Schengen. El problema está en controlar la circulación de personas dentro del propio territorio estatal por razones de seguridad. El riesgo de que haya terroristas ocultos entre la población motiva la existencia de controles, tanto de automóviles como de viandantes. El número de ellos debería ser proporcional a la situación real de inseguridad que viva esa comunidad. Un exceso injustificado en función de las circunstancias particulares de ese contexto ellos sería agresivo con la libertad de circulación.

De igual forma, uno de los supuestos de mayor relevancia es el tema de las comunicaciones. Aquí encontramos como el derecho al secreto de las comunicaciones encuentra limitaciones en el control de las mismas que se efectúa por razones de seguridad [12]. Hay constituciones, como la española, que recogen los requisitos que al cumplirlos justifican esta intervención de las comunicaciones, Estos requisitos se suelen completar a nivel legal. El desconocimiento de tales requisitos dará lugar a la ilegitimidad de la intervención. El actual progreso tecnológico somete a las comunicaciones a nuevos peligros y desafíos. Es razonable que sea la autoridad judicial la que dé el visto bueno a la intervención. En este caso, la justificación de la injerencia debe realizarse con especial rigor porque la regla general es la vigencia del derecho al secreto de las comunicaciones y la excepción su intervención. La concesión de la autorización judicial para la intervención debe darse, por lo tanto, de manera restrictiva. El control que el juez realiza debe extenderse tanto al momento de autorizar la intervención, como al momento de practicarla (aunque no sea el juez el que la ejecute materialmente) y después de la misma cuando, por ejemplo, se selecciona la información que interesa a la causa judicial que se está sustanciando.

Otro caso particularmente relevante es el de los contenidos  de Internet. Su publicación en la Red encuentra cobertura en derechos como la libertad de expresión o la liberta de información. Dicho derechos, como todos, no son absolutos, sino que tienen límites. El asunto es, sin duda, bastante complejo. Haciendo ahora un esfuerzo de síntesis se puede diferenciar entre dos tipos de contenidos problemáticos, los contenidos ilícitos y los nocivos. Los ilícitos son los contenidos contrarios al ordenamientos jurídico de referencia, entre ellos destacan los de tipo delictivos. A su vez, los contenidos nocivos son legales pero perjudiciales (desde un punto de vista social, ético o moral) para cierto sector de la población, como la juventud o la infancia. El régimen de unos y de otros debe ser diferente, teniendo en cuenta, en todo caso, que no se debe prohibir en Internet lo que está permitido en otros medios de comunicación [13]. Asimismo, es posible justificar que por razones de seguridad deben restringirse ciertos contenidos (difícilmente los nocivos, por cierto), aunque en esta labor hay que actuar de forma restrictiva para no introducir censuras que repugnen a la democracia. Aquí el razonamiento vale igual para el mundo digital como para el analógico. Baste pensar en el tema de los secretos oficiales. Sin embargo, la presencia de cierto contenido en Internet tiene unas repercusiones cuantitativa y cualitativamente más importantes por la capacidad de difusión y acceso de la Red. En todo caso, la normativa que establezca estas limitaciones de contenidos por mor de la seguridad debe ser rigurosa y responder a las oportunas exigencias de la seguridad jurídica. En todo caso, la situación debe superar el test de proporcionalidad, de lo contrario estará injustificada [14].

De igual modo, la criptografía también genera dudas desde el punto de vista de la seguridad. Este proceso de protección de datos mediante un cifrado de los mismos origina reacciones por parte de algunas autoridades porque entienden que esconden actividades delictivas y/o contrarias a los intereses del Estado. Los debates son abundantes, planteándose hasta qué punto es admisible que “la tecnología cree zonas de protección absoluta dentro del derecho al secreto de las comunicaciones” [15]. Por ello, existen muchos tipos de restricciones en diversos países (se pueden citar Australia, Bélgica, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Israel, Reino Unido o Taiwán). En la Unión Europea la exportación de medios criptográficos está sujeta a diversas normas, como el Reglamento 1334/2000, de 22 de junio de 2000 (reformado en los años sucesivos), por el que se establece un régimen comunitario de control de las exportaciones de productos y tecnologías de doble uso (un producto de doble uso es cualquier producto, medio informático o tecnología que pueda destinarse tanto a usos civiles como militares), o a documentos como la Acción Común aprobado por el Consejo el 22 de junio de 2000 (2000/401/PESC), relativa al control de la asistencia técnica vinculada a determinados fines militares. De igual forma, existen propuestas, que en alguno de los casos ya se han llevado a la práctica, dirigidas a que las autoridades públicas tengan medios para, cuando sea preciso, proceder al descifrado. Uno de esos medios es el depósito de las claves privadas usadas (“mandatary key recovery system” o “key escrowed system”) en un lugar custodiado por un ente público. Estas propuestas y restricciones originan la lógica reacción de los defensores de la privacidad y de la libertad de comunicación, dando lugar a polémicas que tienen amplia repercusión en los medios de comunicación (como la que en 1998 enfrentó al presidente de Microsoft y al Gobierno de los Estados Unidos). Nosotros somos críticos con estas restricciones a la criptografía, sobre todo  con la idea de depósito. Un sistema de depósito puede hacer a la criptografía insegura, con lo que dejaría de tener sentido. Además, los criminales tratarán de emplear claves que nunca registrarán por lo que el permitir a los poderes públicos acceder a las claves secretas no se traducirá en una mayor eficacia en la lucha contra la delincuencia.

Un último ejemplo que podemos traer a colación, aunque podríamos  citar otros muchos, radica en el uso de métodos de investigación policial proactivos. Las necesidades actuales han supuesto la promoción de métodos de investigación policial proactivos, que se han sumado a los tradicionales métodos reactivos. Algunos de ellos implican entrar en el debate que ahora nos interesa pues suponen incidir en el predio de la seguridad afectando peligrosamente a la restricción de ciertos derechos fundamentales. Estos métodos proactivos y encubiertos son, sin duda, más intrusivos que los tradicionales, pero su eficacia ha hecho que desde diversas instancias internacionales se promueva su potenciación [16]. El hecho de que parte de estas operaciones se nieguen y tengan más de una vez vacíos normativos despierta dudas, aunque la situación cambia bastante de un país a otro [17]. Lo recomendable, desde la óptica teórica y general que estamos usando, es que exista una normativa adecuada que dé cobertura precisa a este tipo de actuaciones. Es decir, que cumpla con las dosis de calidad que reclama un sistema democrático y que permita al operador jurídico aplicar correctamente el test de proporcionalidad. De esta forma, con las adecuadas garantías en las previsiones legales correspondientes estas actuaciones podrían ajustarse sin problemas al Estado de Derecho y situarse, así, en una posición equilibrada entre la seguridad y la libertad. Es importante que las medidas proactivas sean proporcionales con relación a la finalidad requerida y no supongan una provocación del delito. Además, el juez o el fiscal deben supervisar de una forma u otra estas actividades. De todos modos, el balance actual de la realidad práctica no es muy suscribible [18].

Como se ve, la solución práctica de todos estos ejemplos mostrados en los párrafos precedentes depende en buena medida de la propia decisión individual y comunitaria: es decir, ¿hasta dónde estamos dispuestos a renunciar? O sea, ¿qué incomodidades o restricciones aceptamos para sentirnos más seguros? Es fácil, incluso demagógico, hacer un alegato a favor de la libertad y en contra de su represión, pero, como hemos visto, las cosas son mucho más complejas pues los riesgos y amenazas emergentes necesitan un abordaje complejo y matizado. Sea como fuere, el Estado de Derecho siempre debe estar presente en las diversas soluciones prácticas adoptadas dando cobertura constitucional y legal a las distintas medidas, que tienen que superar el aludido método de análisis escalonado para ser justificadas. Si ello no es así, la solución no debe aceptarse.

En este orden de consideraciones, también hay que tener en cuenta que un factor importante en todo lo que estamos comentando es el componente cultural que está detrás del razonamiento empleado (cultural y, también, multicultural). Habrá medidas que se aceptarán con mayor o menor facilidad con base en esas pautas de ubicación social que conforman la cultura. No es necesario insistir demasiado en ello pues resulta evidente. Recordemos que la Ciencia Jurídica también es Ciencia de la cultura, de cultura jurídica, y que los derechos fundamentales, en su contenido, alcance y aplicación, dependen en gran medida de este tipo de cuestiones. De todos modos, ello no debe de analizarse con absoluta relatividad puesto que existe un mínimo infranqueable que debe proteger el núcleo esencial de esos derechos fundamentales. Es decir, existe un contenido mínimo en Teoría de la Constitución que hay que reclamar independientemente de la latitud y longitud en la que nos encontremos. Esto se hace más patente cuando la dignidad de la persona también entra en escena.

V.        La inexistencia de cambios cualitativos en el tema en internet: necesidad de adaptación de las construcciones tradicionales

Llegados a este punto se impone avanzar ya una consideración de carácter conclusivo: las nuevas tecnologías han complicado el análisis de la dialéctica entre seguridad y libertad pero no han cambiado la naturaleza de su abordaje. Por eso aludimos en el título de ese apartado a la inexistencia de cambios cualitativos. La forma de planteamiento, que podíamos denominar tradicional, de este problema debe adaptarse a las particularidades que supone Internet. Las nuevas tecnologías están siendo un elemento recurrente a la hora de intentar justificar que la balanza se incline claramente hacia el lado de la seguridad. En esta línea señala NAVARRO BONILLA que “el desequilibrio en el binomio libertad-seguridad proporciona argumentos para una reflexión en torno a las libertades individuales frente a la utilización masiva de tecnología para la captura, obtención y cruzamiento de informaciones mediante sistemas avanzados” [19]. Internet exige un esfuerzo argumentativo para llegar a las soluciones correctas, que sólo pueden ser aquéllas respetuosas con el Estado de Derecho y la vigencia de los derechos fundamentales. Internet, por sí solo, no justifica que se priorice necesariamente la protección de la seguridad.

El miedo que en determinados sectores han despertado los riesgos y amenazas emergentes de los últimos años ha originado que se extienda en esos ámbitos la idea de que Internet debe ser controlado a toda costa, y que el precio que hay que pagar por ello es la limitación de la intimidad y de la libertad. En amplios sectores de la sociedad norteamericana, tras el 11-S, se instaló esa idea, que se reflejó en diversa normativa, de la cual la más conocida fue la Patriot Act. Estimamos que ello es una exageración que oculta las ventajas que Internet ha traído para el ejercicio de los derechos fundamentales y para la renovación de la democracia.

El carácter transnacional de Internet es un escollo para las clásicas regulaciones jurídicas estatales. Por ello, más que nunca, las aproximaciones generales de Teoría de la Constitución cobran especial fuerza ante la supraterritorialidad de la Red. Las respuestas hay que buscarlas en la cultura jurídica común de índole democrática. De ahí que sea aconsejable avanzar en mecanismos de autorregulación y supraestatales. La solución tiene que responder a lo ya sugerido en este artículo: la búsqueda de un adecuado equilibrio en el marco de la razonabilidad y proporcionalidad. Las garantías de los derechos en juego deben respetarse cuando sean compatibles con la consecución de resultados eficaces en la protección de la seguridad. También resulta aconsejable avanzar en el papel de instancias internacionales en la persecución de la criminalidad en Internet y superar, así, la vigilancia unilateral de algunos países, que esgrimen el argumento de la seguridad como subterfugio para desconocer derechos fundamentales. O sea, que la irrupción de las nuevas tecnologías no altera el papel esencial de los derechos fundamentales en la sociedad democrática.

Al margen de lo dicho, no hay que desconocer que todavía queda mucho que avanzar en el campo jurídico para adaptar las estructuras tradicionales de este debate a la nueva realidad de Internet. La existencia de fronteras estatales y la dificultad para construir la categoría de ciudadanía universal o, al menos, regional (continental), son escollos para llevar a la práctica el diseño teórico de las respuestas a la dialéctica analizada.

VI.        Conclusiones

La búsqueda de un equilibrio adecuado entre libertad y seguridad es un tema recurrente en la evolución de la sociedad humana. No sólo se ha discutido de forma ardua con relación a los límites de las medidas de seguridad y protección que adopta una comunidad sino también respecto a los límites de los derechos que pueden ejercer los ciudadanos. Son temas fuertemente imbricados, pues avanzar por el camino que marca uno supone restringir la extensión del otro.

Como afirmamos en otro lugar, ¿hasta dónde hemos de renunciar para garantizar nuestra seguridad? La respuesta exige tener en cuenta los principios de proporcionalidad y razonabilidad, tanto a la hora de precisar los límites a los derechos fundamentales como en el momento de fijar el nivel de seguridad que queremos alcanzar. El objetivo es alcanzar unos resultados equilibrados. No valen posiciones que busquen soluciones y conceptos absolutos sino actuaciones casuísticas que tengan en cuenta las circunstancias de cada situación [20].

Parece claro que la seguridad absoluta nunca va a existir, y menos en el actual entorno asimétrico y poliédrico de riesgos múltiples, por lo que hay que adoptar medidas que respondan a esta idea de razonabilidad que estamos defendiendo. Y también tiene que estar claro que el criterio interpretativo prioritario es el favor libertatis, es decir, el que prioriza los derechos fundamentales: el criterio general es la vigencia del derecho, y la excepción es su limitación. Por lo tanto, la excepción para prevalecer debe justificarse de manera suficiente. Sólo así se mantendrá la lógica existencial de la democracia.

La realidad de Internet complica el debate por todas las potencialidades que conlleva y por el desafío que presenta habida cuenta su supraterritorialidad. Sin embargo, no elimina los términos tradicionales de dicho debate, tan sólo exige actualizarlos y adaptarlos. En esta tarea debe tenerse presente que la libertad y, por ende, los derechos fundamentales son la clave de bóveda del Estado Democrático. Las nuevas tecnologías en general, e Internet en particular, deben servir para maximizar la eficacia de los derechos fundamentales, no para menguarlos. Esto provoca que exista un núcleo indisponible al que no puede, en ningún caso, renunciarse, y que las renuncias que se hagan tengan suficiente justificación. En diversas ocasiones será necesario restringir el ejercicio de los derechos fundamentales en Internet en aras de la seguridad, pero esta restricción, además de proporcional y razonable, no puede afectar al contenido esencial de la libertad. Esta solución sirve de protección a la propia democracia pues la seguridad no sólo sirve para defender al Estado y a la comunidad sino también para proteger a la democracia. Una seguridad adecuada complementará a la libertad para asegurar su vigencia y su preeminencia.

José Julio Fernández Rodríguez, en usc.es/

Notas:

1.      Vid. MEINECKE, Friedrich, La idea de la Razón de Estado en la Edad Moderna, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1983.

2.      FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, José Julio, “Espionaje en la Red: la amenaza fantasma”, en FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, José Julio (coord.), Defensa e Internet. Actas del I Congreso sobre Seguridad, Defensa e Internet, Universidad de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, 2006, pág. 63. En el mismo lugar añadíamos que “los avances tecnológicos de los últimos tiempos, ejemplificados en la Red, han provocado unos cambios de índole cuantitativa  y cualitativa en la vida de la persona y en el funcionamiento social que exigen una rápida adaptación del ordenamiento jurídico”. Sin embargo, “este proceso de aclimatación del Derecho a la nueva realidad no debe perder los logros que para los derechos fundamentales y las libertades públicas atesora el Estado Democrático”.

3.      SANSÓ-RUBERT PASCUAL, Daniel, “¿Es la inteligencia la respuesta a los nuevos riesgos y amenazas?”, Ejército de Tierra español, núm. 794, mayo 2007, pág. 78.

4.      ARIAS GONZÁLEZ, Agustín, “La psicología y la lucha contra el terrorismo, en busca de la sinergia”, Estrategia Global, núm. 11, septiembre-octubre 2005, pág. 66. En la página siguiente este autor indica que “debido al juego emocional que provocan los terroristas, las sociedades, a menudo, acaban «rendidas» ante el terror y prefieren ceder, confiando en la «buena voluntad» de los verdugos”.

5.      Sobre el tema puede verse el enjundioso estudio de Joaquín BRAGE CAMAZANO, Los  límites a los derechos fundamentales, Dykinson, Madrid, 2004.

6.      Esta idea ya se encontraba recogida en el art. 4 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789, en donde podía leerse que “la libertad consiste en poder hacer todo aquello que no perjudique a otro: por eso, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el goce de estos mismos derechos”.

7.      Como hemos dicho, el tema no es pacífico doctrinalmente. Desde otro punto de vista, estos límites serían tipos de límites internos: límite “inmanente” sería el que exige no desconocer otra norma constitucional (otros derechos), límite “positivo” el que recoge las expectativas que se priva de protección (orden público).

8.      GONZÁLEZ BEILFUSS, Markus, El principio de proporcionalidad en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, Thomson-Aranzadi, Elcano (Navarra), 2003, pág. 15.

9.      GONZÁLEZ BEILFUSS, Markus, El principio de proporcionalidad en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, op. cit., pág. 67.

10.    SANSÓ-RUBERT PASCUAL, Daniel, “¿Es la inteligencia la respuesta a los nuevos riesgos y amenazas?”, op. cit., pág. 97. En otro trabajo este autor insiste en dicha idea, que se enmarca en el modelo mental del terrorista: “bajo este planteamiento, el recorte de libertades a la población para protegerla de la acción terrorista, es precisamente uno de sus objetivos estratégicos” (idem, “Seguridad vs. libertad: el papel de los servicios de inteligencia”, Cuadernos Constitucionales de la Cátedra Fadrique Furió Ceriol, Universidad de Valencia, núm. 48, pág. 97).

11.    Para el caso español, la Constitución alude en su art. 55.1 a la suspensión de los derechos relacionados con la detención, la inviolabilidad del domicilio, el secreto de las comunicaciones, la libertad de residencia y circulación, la libertad de expresión e información, el derecho de reunión, el derecho de huelga y el derecho a adoptar medidas de conflicto colectivo.

12.    Sobre esta cuestión puede consultarse nuestro libro Secreto e intervención de las comunicaciones en Internet, Thomson – Civitas, Madrid, 2004.

13.    Este tema lo tratamos en nuestra monografía Lo público y lo privado en Internet. Intimidad y libertad de expresión en la Red, Universidad Nacional Autónoma de México, México D. F., 2004, págs. 64 y ss.

14.    El art. 8.1 de la Ley española 34/2002, de Servicios de la Sociedad de la Información, establece restricciones a la prestación de servicios para la salvaguarda del orden público, la investigación penal, la seguridad pública y la defensa nacional.

15.    RODRÍGUEZ RUIZ, Blanca, El secreto de las comunicaciones: tecnología e intimidad, McGraw-Hill, Madrid, 1998, pág. 128.

16.    Por ejemplo, en el seno del Consejo de Europa, la Recomendación Rec (2001) 11 del Comité de Ministros sobre principios directrices en la lucha contra el crimen organizado. En España la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal hecha por LO 5/1999, relativa al perfeccionamiento de la actividad investigadora relacionada con el tráfico ilegal de drogas y otras actividades ilícitas graves, regula la figura del agente encubierto.

17.    Sobre esta cuestión vid. SANSÓ-RUBERT PASCUAL, Daniel, “El papel de la información en la lucha contra la delincuencia organizada transnacional”, UNISCI Discusión Papers, núm. 12, octubre 2006, págs. 214 y ss. Este autor asevera que tales acciones “generalmente plantean graves problemas de carácter moral, legal y democrático”. Por ello, “lo habitual es recurrir a su empleo en casos extremos”.

18.    En el mismo lugar de la nota precedente, SANSÓ-RUBERT concluye que el estado actual de la lucha contra la delincuencia organizada es insatisfactorio “desde la perspectiva de alcanzar un equilibrio entre eficacia y legalidad, especialmente en el contexto tocante al marco de actuación de los servicios de inteligencia y a las labores de información, haciendo necesaria la articulación de un nuevo esquema, que permita trazar con nitidez los parámetros legales de actuación y una clara delimitación de objetivos” (ibidem, pág. 225).

19.    NAVARRO BONILLA, Diego, “Medios tecnológicos e Inteligencia: bases para una interrelación convergente”, Arbor, núm. 709, enero 2005, pág. 289.

20.    FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, José Julio, “Espionaje en la Red: la amenaza fantasma”, en FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, José Julio (coord.), Defensa e Internet. Actas del I Congreso sobre Seguridad, Defensa e Internet, op. cit., págs. 96-97.

 

 

El cuidado del bien común

En estos últimos meses de debate sobre los presupuestos del Estado, la reforma laboral y las pensiones, bajo la sombra de los fondos europeos, todo parece girar alrededor de los problemas económicos. Ciertamente, la economía importa y mucho, y además está directamente relacionada con la ética y con la justicia. Pero el cuidado del bien común, que es el objeto de la verdadera política, exige también poner el acento en la dimensión cultural, política e institucional, tanto desde el gobierno como desde la oposición.

Si el gobierno de Pedro Sánchez está en declive a la mitad de la legislatura, no se debe solo a sus vaivenes y trapisondas en el campo económico, sino a su intento de controlar al poder judicial, a sus alianzas con el independentismo, y a su intento de control ideológico de la sociedad a través de ciertas leyes sectarias.

JD Mez Madrid

 

Bielorrusia, una provocación

La frontera de Polonia con Bielorrusia se ha convertido en los últimos meses en un desafío a la Unión Europea en el que se deja ver la larga mano de Rusia. Los inmigrantes procedentes en su mayoría de Siria e Irak, concentrados en la frontera polaca con Bielorrusia, están siendo vilmente utilizados para un asedio orquestado por una potencia extranjera. Esta práctica tiene antecedentes en Turquía, con la crisis siria, o en Marruecos en la frontera española, y está destinada a debilitar a Europa en el talón de Aquiles de su política migratoria.

Bielorrusia, gobernada por el dictador Lukashenko, que parece sacado de las novelas sobre la Guerra fría, se ha convertido en la larga mano de Putin, con una lamentable estrategia de instrumentalizar a los refugiados que viven una situación humanitaria extrema. Como ha quedado demostrado con varios informes internacionales de toda solvencia, el presidente ruso no tiene suficiente con interferir en los procesos electorales internos de las naciones europeas a través de las redes sociales, sino que, en algunos países, está instalado en una permanente provocación.

Jesús Martínez Madrid

 

Necesitamos una ecología integral

Toda “acción urgente, valiente y necesaria para alcanzar los objetivos del acuerdo de París de forma coordinada y responsable”, ha insistido el Papa, debe ser una prioridad para un mundo en el que con la pandemia hemos aprendido que no tenemos alternativa válida si no apostamos por un futuro donde “los comportamientos cotidianos y las inversiones económico-financieras puedan salvaguardar verdaderamente las condiciones para una vida digna de la humanidad de hoy y de mañana en un planeta sano”.

Este mensaje está en continuidad con lo recogido en su encíclica Laudato Sii sobre el cuidado de la creación. Un mensaje que está lejos de las corrientes de pensamiento y de acción que pretenden un modelo de lucha contra el cambio climático en el que se diviniza a la naturaleza y se sitúa al ser humano como el principal problema. Como han repetido los últimos papas, necesitamos una ecología integral que coloque a la persona, con toda su dignidad, en el centro de los esfuerzos para cuidar la casa común.

Domingo Martínez Madrid

 

 

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA 45 AÑOS… ¿Y QUÉ?

               Recuerdo como si fuera ayer; las conmemoraciones del día de la victoria de Franco 18 de Julio” (“Día de la victoria”) pero ¿“victoria de quién, quiénes y para quién”?… pues lo mismo, más o menos que para quienes viven, viven bien o se hacen ricos, con el nuevo sistema “democrático”; el resto “a tragar y aguantar indefensos a lo que dispongan los que mandan”; hay que recordar que entonces y tras desaparecer las cartillas de racionamiento; “se empezaron a abrir caminos” fuera de la política; y a través de ellos, prosperamos y nos formamos, muchos de aquellos españolitos muertos de hambre y con horizontes tan negros como los que hoy se presentan, en una nación que llegó a ser rica, y que hoy arruinada y arruinados o empobrecidos la inmensa mayoría de habitantes, los que dicen gobernarlos y tras endeudarnos hasta “después de muertos”; siguen “mendigando fondos a los usureros europeos, para seguirnos endeudando aún más, a nuestros nietos o biznietos; y tras quebrar la economía como ya lo está”…¿Qué hay que conmemorar hoy… la Constitución… qué nos ha traído?

            Exactamente hace muchos años (05-12-2008) escribí lo siguiente y lo mandé a publicar:

“Han pasado muchos lustros y va para cinco y simplemente; coges el texto de la Constitución Española y al irlo leyendo, tienes que echarte a reír o a llorar... puesto que… Se pasaron largos meses de discusión, la realizaron por fin, los denominados “padres” (pero todos ellos “arrimando el ascua a su sardina”) de ella; la pusieron en los altares políticos, enviándonos incluso una copia (para que no nos engañara nadie); nos la restriegan por las narices cada dos por tres, pero la realidad es que es “un papel muerto que no sirva para nada”...  algunos o muchos… se han meado y ciscado en ella; y no pasa nada... ¿Para qué la queremos los españoles?... ¿Qué y cómo pueden justificarlo los políticos ?”

            ¿Qué más podemos añadir  hoy… podemos quitar algo? Yo creo  que no, el deterioro ha sido un  suma y sigue, para que esa “ley madre de leyes”, no nos beneficie a los españoles en la medida en que debiera; por el contrario a la clase política (y quizá por ello lo festejan tanto) sí, puesto que hacen, hicieron y van a seguir haciendo lo que mejor les venga en gana; y la Constitución, seguirá “durmiendo entre el polvo del olvido y el moho del envejecimiento”; y una vez al año, la sacarán, le limpiarán las fundas  que la envuelven y a montar el anual jolgorio, desde para el rey, hasta el último enchufado a la que vulgarmente se denomina “la teta nacional”; o sea el  dinero de los impuestos y que unos y otros seguirán despilfarrando impunemente; queriéndonos hacer ver lo que en un  lugar que conozco, decía, “Paco Levita a su mujer”; y lo que  no reproduzco aquí, por cuanto es demasiado “bronco”, pero aquel que lo conozca, se partirá de risa.

            Y si he nombrado al rey en primer lugar, es por cuanto al “encarnar” al Estado y por ende al pueblo español, su defensa constitucional deja mucho  que desear, por tanto debiera “despabilarse”, si quiere que exista continuidad en su dinastía; que visto como va “el carro de España”,  pienso que no va a durar mucho.

             Y no me extiendo más, primero por que sé que no va a servir para nada y además, aquel que esté interesado en ello, que lea esa Constitución, que vaya analizando  párrafo por párrafo y que él mismo, anote irregularidades, incumplimientos, abusos y demás; luego, que analice el tiempo transcurrido, lo que ocurrió y ocurre; y que él mismo se responda; no se necesita ser muy inteligente para analizar todo ello.

            Y como colofón y desprecio a toda  la clase política, incluido el rey; cuando han ido al Congreso a proclamar el aniversario, la gente, el público de Madrid, que otros años acudiera a aclamar e incluso a aplaudir; no ha acudido; la calle estaba sola, cuasi desierta; lo que debe llevar a meditar desde al propio rey, que pronunció un campanudo y vacío discurso, hasta todos  los demás que hablaron para oírse ellos mismos. Son avisos del pueblo, que calla pero  observa y ya va teniendo el rostro tenso, pues está viviendo la realidad española, que es totalmente opuesta a la que pregonan los que mandan”.

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            ¿Qué puedo añadir hoy cuando han pasado ya tantos, trienios, quinquenios, y casi medio siglo; y cada vez vamos peor, o mejor dicho, nos llevan peor; mientras una nación que es demasiado rica para la poca población que aún tiene, va languideciendo o muriendo abiertamente; y todos estos inútiles, aprovechados, o simplemente, mercenarios en busca de botín; en “sus gallineros parlamentarios”, donde sólo se representan ellos y sus intereses; siguen gritando y mintiendo como siempre? Nada, no se puede añadir nada, seguimos indefensos y cada vez más, por los abusos que hemos padecido y a los que seguimos siendo sometidos.

NOTA SOBRE ARRIMAR EL ASCUA A SU SARDINA: «Aprovechar, para lo que le interesa o importa, la ocasión o coyuntura que se le ofrece». Esa es la acepción que, según la RAE, tiene la expresión «arrimar el ascua a su sardina». Si bien, por decirlo de una forma más directa y meridiana, diremos que la frase suele utilizarse para denunciar cuando alguien actúa con egoísmo en unas determinadas circunstancias. El origen de esta expresión, una de las más célebres de nuestro idioma, tiene un origen andaluz: Para encontrarlo, debemos introducirnos en la Andalucía profunda de los siglos XVIII y XIX, en los campos salteados de cortijos, donde los llamados «braceros», trabajaban la tierra de sol a sol a cambio de una miseria. Se dice que un bracero sevillano cobraba, allá por 1787, unos 3,35 reales diarios, mientras que el precio de un kilogramo de pan era de 1,3 reales, aproximadamente. Vivían en condiciones pésimas, subsistiendo apenas; teniendo que recurrir a la explotación de mujeres y niños y a los pequeños pero frecuentes hurtos, o robos, para subsistir de aquellas miserias de quienes eran simplemente “siervos de la gleba”.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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