Las Noticias de hoy 21 Mayo 2020

Enviado por adminideas el Jue, 21/05/2020 - 12:35

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 21 de mayo de 2020   

Indice:

ROME REPORTS

Audiencia general: Ciclo de catequesis del Papa sobre la oración (3)

Audiencia general: Tercera catequesis del Papa Francisco sobre la oración

Patrimonio: El Centro de Datos será administrado por la Secretaría para la Economía

Consejo Pontificio de la Cultura, 38º aniversario de su fundación

JESúS NOS ESPERA EN EL CIELO: Francisco Fernandez Carbajal

"Se fue Jesús con el Padre": San Josemaria

Audio meditación del prelado: “La amistad de María”

La otra parte de la historia: muerte y resurrección

“Los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1): Josep Boira

La sonrisa de la Virgen: Eduardo Peláez

¡No tengáis miedo!: Ernesto Juliá 

Mis problemas y mi familia: Ana Teresa López de Llergo

La ansiedad buena y la ansiedad mala: Lucía Legorreta

Políticas en favor de la familia: Juan López Baljarg

“¿Las Misas virtuales son reales?”: + Felipe Arizmendi Esquivel Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas

Manos Unidas y la crisis: Jesús Martínez Madrid

Los otros responsables: JD Mez Madrid

Ante este casi invisible microorganismo: Domingo Martínez Madrid

El comercio, la Industria y los que hicimos España: Antonio García Fuentes (Escritor y filósofo)

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Audiencia general: Ciclo de catequesis del Papa sobre la oración (3)

El misterio de la creación “lleva a la oración”

MAYO 20, 2020 11:51ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 20 mayo 2020).- El Santo Padre ha meditado esta mañana, en la catequesis pronunciada en la audiencia general, sobre el misterio de la creación, que “nos lleva a la oración y a la contemplación de Dios”, ha señalado.

El Salmo (8,4-5.10) expresa “la grandeza y la belleza” de la creación, “frente a la cual el ser humano percibe su pequeñez, pero también el lugar especial que en ella ocupa”.

Continuando con el ciclo de catequesis sobre la oración, este miércoles 20 de mayo de 2020, el Pontífice ha presidido la audiencia general en la biblioteca del Palacio Apostólico, como viene haciendo desde principios de marzo debido a pandemia.

A puerta cerrada y emitida en directo por los medios de comunicación digitales, han acompañado al Santo Padre únicamente dos secretarios y los sacerdotes traductores.

Salmo 8,4-5.10

El Papa ha comentado el Salmo 8,4-5.10: “Cuando contemplo el Cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? El ser humano para que cuides de él, Señor, Dios nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra”.

Asimismo, Francisco ha destacado que el ser humano, a pesar de ser “insignificante comparado con la grandiosidad de todo lo creado”, posee “una dignidad sorprendente, que surge de su relación filial con Dios”.

En esta línea, ha descrito que “cuando el hombre mira extasiado la creación, toma conciencia de que él es la única criatura capaz de reconocer la belleza que encierra la obra divina y, ante tanto esplendor, eleva al Creador su oración de agradecimiento y de alabanza por el regalo de la existencia”.

Contemplación de la creación

El relato de la creación habla de la bondad y la hermosura de todo lo que el Señor hizo con el poder de su Palabra. La creación “no es fruto de una ciega casualidad, sino de un plan amoroso que Él tiene para sus hijos”, indica el Papa.

“Cuando las tristezas y las amarguras de la vida tratan de sofocar nuestra gratitud y alabanza a Dios, expresó el Papa, la contemplación de las maravillas de su creación enciende, de nuevo, en el corazón el don de la oración, que es la fuerza principal de la esperanza”.

De este modo, ha concluido que “la esperanza es la que nos manifiesta que la vida, aún con sus pruebas y dificultades, está llena de una gracia que la hace digna de ser vivida, protegida y defendida”.

 

Audiencia general: Tercera catequesis del Papa Francisco sobre la oración

Texto completo

MAYO 20, 2020 13:27ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 20 mayo 2020).- “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán, para que de él te cuides?”: Es el verso del Salmo 8 sobre el que se detiene el Papa hoy en la audiencia general para reflexionar sobre el misterio de la creación.

En su catequesis, la tercera del ciclo sobre la oración, pronunciada el 20 de mayo de 2020 en la biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre ha indicado que la “belleza” y el “misterio” de la Creación “generan en el corazón del hombre el primer movimiento que suscita la oración”.

Grandeza y pequeñez del hombre

El hombre orante, ha expresado el Papa, contempla el misterio de la existencia a su alrededor, porque “está estrechamente ligada al sentimiento de asombro”. Continúa Francisco: “Ve el cielo estrellado que lo cubre y se pregunta qué diseño de amor debe haber detrás de una obra tan poderosa…”.

Tal y como plantea el salmo octavo, la grandeza del hombre es “infinitesimal cuando se compara con las dimensiones del universo”, afirma el Pontífice. “Sus conquistas más grandes parecen poca cosa… Pero el hombre no es nada”. Por ello, en la oración, “se afirma rotundamente un sentimiento de misericordia”, asegura.

Gracias, “hermosa oración”

Asimismo, el Obispo de Roma ha expresado que la oración es signo de “alabanza” y gratitud a Dios: “Es necesario sentir esa inquietud del corazón que lleva a dar gracias y a alabar a Dios”, y ese “gracias” es una “hermosa oración”.

“Todos somos portadores de alegría”, ha recordado Francisco. “Esta vida es el regalo que Dios nos ha dado: y es demasiado corta para consumirla en la tristeza, en la amargura. Alabemos a Dios, contentos simplemente de existir”.

Después de resumir su meditación en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado a los fieles. La audiencia general ha terminado con el rezo del Pater Noster y la bendición apostólica.

A continuación, sigue la catequesis completa del Santo Padre, traducida al español por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

***

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos nuestra catequesis sobre la oración, meditando sobre el misterio de la Creación. La vida, el simple hecho de existir, abre el corazón del ser humano a la oración.

La primera página de la Biblia se parece a un gran himno de acción de gracias. El relato de la Creación está ritmado por ritornelos donde se reafirma continuamente la bondad y la belleza de todo lo que existe. Dios, con su palabra, llama a la vida, y todas las cosas entran en la existencia. Con la palabra, separa la luz de las tinieblas, alterna el día y la noche, intervala las estaciones, abre una paleta de colores con la variedad de las plantas y de los animales. En este bosque desbordante que rápidamente derrota al caos, el hombre aparece en último lugar. Y esta aparición provoca un exceso de exultación que amplifica la satisfacción y el gozo: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1:31). Bueno, pero también bello: Se ve la belleza de toda la Creación.

La belleza y el misterio de la Creación generan en el corazón del hombre el primer movimiento que suscita la oración (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2566). Así dice el Salmo octavo que hemos escuchado al principio: “Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas que fijaste tú, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán, para que de él te cuides?”. (vv. 4-5). El hombre orante contempla el misterio de la existencia a su alrededor, ve el cielo estrellado que lo cubre -que los astrofísicos nos muestran hoy en día en toda su inmensidad- y se pregunta qué diseño de amor debe haber detrás de una obra tan poderosa… Y, en esta inmensidad ilimitada ¿qué es el hombre?. “Qué poco”, dice otro salmo (cf. 89:48): un ser que nace, un ser que muere, una criatura fragilísima. Y, sin embargo, en todo el universo, el ser humano es la única criatura consciente de tal profusión de belleza. Un ser pequeño que nace, muere, hoy está y mañana ya no, es el único consciente de esta belleza. ¡Nosotros somos conscientes de esta belleza!.

La oración del hombre está estrechamente ligada al sentimiento de asombro. La grandeza del hombre es infinitesimal cuando se compara con las dimensiones del universo. Sus conquistas más grandes parecen poca cosa… Pero el hombre no es nada. En la oración, se afirma rotundamente un sentimiento de misericordia. Nada existe por casualidad: el secreto del universo reside en una mirada benévola que alguien cruza con nuestros ojos. El Salmo afirma que somos poco menos que un Dios, que estamos coronados de gloria y de esplendor (cf. 8:6). La relación con Dios es la grandeza del hombre: su entronización. Por naturaleza no somos casi nada, pequeños, pero por vocación, por llamada, ¡somos los hijos del gran Rey!.

Esta es una experiencia que muchos de nosotros ha tenido. Si la trama de la vida, con todas sus amarguras, corre a veces el riesgo de ahogar en nosotros el don de la oración, basta con contemplar un cielo estrellado, una puesta de sol, una flor…, para reavivar la chispa de la acción de gracias. Esta experiencia es quizás la base de la primera página de la Biblia.

Cuando se escribió el gran relato bíblico de la Creación, el pueblo de Israel no estaba atravesando por días felices. Una potencia enemiga había ocupado la tierra; muchos habían sido deportados, y se encontraban ahora esclavizados en Mesopotamia. No había patria, ni templo, ni vida social y religiosa, nada.

Y sin embargo, partiendo precisamente de la gran historia de la Creación, alguien comenzó a encontrar motivos para dar gracias, para alabar a Dios por la existencia. La oración es la primera fuerza de la esperanza. Tú rezas y la esperanza crece, avanza. Yo diría que la oración abre la puerta a la esperanza. La esperanza está ahí, pero con mi oración le abro la puerta. Porque los hombres de oración custodian las verdades basilares; son los que repiten, primero a sí mismos y luego a todos los demás, que esta vida, a pesar de todas sus fatigas y pruebas, a pesar de sus días difíciles, está llena de una gracia por la que maravillarse. Y como tal, siempre debe ser defendida y protegida.

Los hombres y las mujeres que rezan saben que la esperanza es más fuerte que el desánimo. Creen que el amor es más fuerte que la muerte, y que sin duda un día triunfará , aunque en tiempos y formas que nosotros no conocemos. Los hombres y mujeres de oración llevan en sus rostros destellos de luz: porque incluso en los días más oscuros el sol no deja de iluminarlos. La oración te ilumina: te ilumina el alma, te ilumina el corazón y te ilumina el rostro. Incluso en los tiempos más oscuros, incluso en los tiempos de dolor más grande.

Todos[FF1]  somos portadores de alegría. ¿Lo habíais pensado? ¿Qué eres un portador de alegría? ¿O prefieres llevar malas noticias, cosas que entristecen? Todos somos capaces de portar alegría. Esta vida es el regalo que Dios nos ha dado: y es demasiado corta para consumirla en la tristeza, en la amargura. Alabemos a Dios, contentos simplemente de existir. Miremos el universo, miremos sus bellezas y miremos también nuestras cruces y digamos: “Pero, tú existes, tú nos hiciste así, para ti”. Es necesario sentir esa inquietud del corazón que lleva a dar gracias y a alabar a Dios. Somos los hijos del gran Rey, del Creador, capaces de leer su firma en toda la creación; esa creación que hoy nosotros custodiamos, pero en esa creación está la firma de Dios que lo hizo por amor. Qué el Señor haga que lo entendamos cada vez más profundamente y nos lleve a decir “gracias”: y ese “gracias” es una hermosa oración.

© Librería Editorial Vaticano

 

Patrimonio: El Centro de Datos será administrado por la Secretaría para la Economía

Establecido por un rescripto del Santo Padre

MAYO 20, 2020 12:51LARISSA I. LÓPEZVATICANO

(zenit – 20 mayo 2020)-. El Papa Francisco ha transferido la responsabilidad del Centro de Procesamiento de Datos (CED) de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA) a la Secretaría para la Economía (SPE).

Esta decisión ha sido comunicada a través de un rescripto difundido hoy, 20 de mayo de 2020, por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

De acuerdo al mismo, la disposición se ha producido habida cuenta de la “necesidad de garantizar una organización más racional” de la información económica y financiera de la Santa Sede y de “informatizar los modelos y procedimientos correspondientes”, a fin de garantizar la “simplificación de las actividades y la eficacia de los controles”, fundamentales para el correcto funcionamiento de los Órganos de la Curia Romana.

Además, el documento indica que los oficiales y el personal fijo y asignado al CED “pasen de depender de la APSA a depender de la SPE, excepto aquellos que, de común acuerdo y por mayor conveniencia, puedan permanecer bajo la dependencia de la APSA”.

El prefecto de la SPE, por su parte, ha de ocuparse “de la reorganización del servicio, garantizando a la APSA lo necesario para el cumplimiento de sus tareas institucionales”, continúa el rescripto.

Finalmente, el Santo Padre concluye que “el presente procedimiento se promulgue mediante su publicación en L’Osservatore Romano el 20 de mayo próximo, entrando en vigor el 1 de junio de 2020”.

Secretaría para la Economía

Fue establecida por el Papa Francisco el 24 de febrero de 2014, con la Carta Apostólica Motu Proprio Fidelis dispensator et prudens, como el Dicasterio de la Curia Romana encargado de la coordinación de los asuntos económicos y administrativos de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Teniendo en cuenta lo establecido por el Consejo de Economía, se encarga del control y la supervisión económica de las entidades de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano y de la aplicación de las políticas y procedimientos relativos a las adquisiciones y la asignación adecuada de recursos humanos.

Con la aprobación de los Estatutos el 22 de febrero de 2015, el Papa Francisco transfirió a la Secretaría de Economía algunas competencias antes atribuidas a la Sección Ordinaria de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA).

Actualmente, el prefecto de la Secretaría para la Economía del Vaticano es el jesuita español Juan Antonio Guerrero, nombrado por el Papa el pasado 14 de noviembre de 2019.

 

Consejo Pontificio de la Cultura, 38º aniversario de su fundación

Por Juan Pablo II, en 1982

MAYO 20, 2020 12:16LARISSA I. LÓPEZVATICANO

(zenit – 20 mayo 2020)-. Hoy se cumple el 38º Aniversario del Consejo Pontificio de la Cultura, creado el 20 de mayo de 1982 por el papa Juan Pablo II para “fomentar las relaciones entre la Santa Sede y el mundo de la cultura”.

El cardenal Gianfranco Ravasi © Vatican Media

De acuerdo a su web oficial, el Consejo Pontificio de la Cultura constituye un secretariado (dicasterio) de la Santa Sede dirigido por un presidente que se encarga de coordinar y supervisar el trabajo diario de un equipo de unas veinte personas. En la actualidad quien ostenta este cargo es el cardenal Gianfranco Ravasi.

Estructura

Los miembros del Consejo, cardenales, obispos, sacerdotes y laicos, son personalidades importantes de la vida cultural de la Iglesia, nombrados por el Papa durante cinco años. En su labor, ayudan al presidente a identificar los principales desafíos culturales de la Iglesia y a establecer las grandes líneas de trabajo del dicasterio.

El dicasterio cuenta con un grupo de consultores nombrados por el Santo Padre que colaboran también en el estudio de cuestiones especialmente importantes. A ellos se les puede solicitar su opinión, bien individualmente, bien convocados en reuniones específicas, para tratar determinadas cuestiones.

Reunión durante la COVID-19 © Consejo Pontificio de la Cultura

Por último, la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura tiene lugar al menos una vez cada tres años y su objetivo es evaluar y planificar los programas que después el presidente con sus colaboradores se encargan de poner en práctica. Igualmente, recoge experiencias e ideas sobre las diversas situaciones culturales del mundo contemporáneo.

Origen y evolución

El origen del Consejo Pontificio de la Cultura se encuentra en el Concilio Vaticano II, que destacó la importancia fundamental de la cultura para el pleno desarrollo del hombre, los vínculos que existen entre el mensaje del Evangelio y la cultura,y el mutuo enriquecimiento entre la Iglesia y las culturas en la comunión histórica con las diversas civilizaciones (Gaudium et Spes, 53-62).

Inspirado por esta visión, Pablo VI creó el Secretariado para los no Creyentes el 9 de abril de 1965, denominado en 1988 Consejo Pontificio para el Diálogo con los no Creyentes.

Visita del Papa Francisco al Consejo en 2015 © Consejo Pontificio de la Cultura

Retomando la herencia del Concilio Ecuménico Vaticano II, de Pablo VI y del Sínodo de los Obispos, Juan Pablo II creó en 1982 el Consejo Pontificio para la Cultura (Carta autógrafa al Cardenal Secretario de Estado, 20 mayo 1982).

Después, a través de la Constitución Pastor Bonus de 1988, pasó a denominarse Consejo Pontificio de la Cultura. Con la nueva situación creada tras la desaparición de los regímenes comunistas en Europa, y con la Carta Apostólica en forma de Motu proprio Inde a Pontificatus, del 25 de marzo de 1993, Juan Pablo II unió el Consejo Pontificio para el Diálogo con los No-creyentes con el Consejo Pontificio para la Cultura, para formar un único organismo denominado Consejo Pontificio de la Cultura.

El 30 de julio de 2012, el Papa Benedicto XVI con el Motu proprio  Pulchritudinis Fidei  agregó al Consejo la Comisión Pontificia para los Bienes Culturales de la Iglesia.

Actividades del Consejo

Visita ad limina de los obispos franceses © Consejo Pontificio de la Cultura

La actividad ordinaria de este secretariado tiene que ver con la labor cotidiana de los departamentos que lo componen: correspondencia con la Iglesia universal y con el mundo de la cultura, preparar instrucciones para los nuncios apostólicos, informes sobre publicaciones, corrientes y tendencias culturales, sobre todo a partir de las relaciones quinquenales preparadas por las diócesis.

También se ocupa de la acogida a los visitantes: los obispos que llegan a Roma con motivo de las visitas ad limina, otros grupos de visitantes (sacerdotes, religiosos y religiosas, directores de centros culturales, etc.) o representantes del mundo de la cultura, delegaciones oficiales de ministerios e instituciones de este ámbito.

Imagen de la revista ‘Culturas y fe’ © Consejo Pontificio de la Cultura

Además, el dicasterio organiza coloquios, jornadas de estudio, reuniones, y encuentros, y participa asiduamente en lencuentros promovidos por otros organismos, de nivel regional, nacional o internacional.

Contactos y publicaciones

Por otro lado, el consejo mantiene contactos con los demás dicasterios de la Curia Romana, con las conferencias episcopales, con las iglesias locales, con las legaciones pontificias ante los estados, con la UNESCO y otros organismos internacionales no gubernamentales y publica la revista trimestral Culturas y Fe, con artículos y noticias en español, francés, inglés e italiano.

Asimismo, desde él se publican diversos libros y opúsculos a propósito de los diversos aspectos del encuentro del Evangelio con las culturas y del diálogo intercultural, así como igualmente las actas de los congresos que celebra.

 

JESúS NOS ESPERA EN EL CIELO

— Culmina en este misterio la exaltación de Cristo glorioso.

— La Ascensión fortalece y alienta nuestro deseo de alcanzar el Cielo. Fomentar esta esperanza.

— La Ascensión y la misión apostólica del cristiano.

I. Una bendición fue el último gesto de Jesús en la tierra, según el Evangelio de San Lucas1. Los Once han partido desde Galilea al monte que Jesús les había indicado, el monte de los Olivos, cercano a Jerusalén. Los discípulos, al ver de nuevo al Resucitado, le adoraron2, se postraron ante Él como ante su Maestro y su Dios. Ahora son mucho más profundamente conscientes de lo que ya, mucho tiempo antes, tenían en el corazón y habían confesado: que su Maestro era el Mesías3. Están asombrados y llenos de alegría al ver que su Señor y su Dios ha estado siempre tan cercano. Después de aquellos cuarenta días en su compañía podrán ser testigos de lo que han visto y oído; el Espíritu Santo los confirmará en las enseñanzas de Jesús, y les enseñará la verdad completa.

El Maestro les habla con la Majestad propia de Dios: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra4. Jesús confirma la fe de los que le adoran, y les enseña que el poder que van a recibir deriva del propio poder divino. La facultad de perdonar los pecados, de renacer a una vida nueva mediante el Bautismo... es el poder del mismo Cristo que se prolonga en la Iglesia. Esta es la misión de la Iglesia: continuar por siempre la obra de Cristo, enseñar a los hombres las verdades acerca de Dios y las exigencias que llevan consigo esas verdades, ayudarles con la gracia de los sacramentos...

Les dice Jesús: recibiréis el Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.

Y después de decir esto, mientras ellos miraban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos5. Así nos describe San Lucas la Ascensión del Señor en la Primera lectura de la Misa.

Poco a poco se fue elevando. Los Apóstoles se quedaron largo rato mirando a Jesús que asciende con toda majestad mientras les da su última bendición, hasta que una nube lo ocultó. Era la nube que acompañaba la manifestación de Dios6: «era un signo de que Jesús había entrado ya en los cielos»7.

La vida de Jesús en la tierra no concluye con su muerte en la Cruz, sino con la Ascensión a los Cielos. Es el último misterio de la vida del Señor aquí en la tierra. Es un misterio redentor, que constituye, con la Pasión, la Muerte y la Resurrección, el misterio pascual. Convenía que quienes habían visto morir a Cristo en la Cruz entre insultos, desprecios y burlas, fueran testigos de su exaltación suprema. Se cumplen ahora ante la vista de los suyos aquellas palabras que un día les dijera: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios8. Y aquellas otras: Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y voy a Ti, Padre Santo9.

La Ascensión del Señor a los Cielos la contemplamos en el segundo misterio glorioso del Santo Rosario. «Se fue Jesús con el Padre. —Dos Ángeles de blancas vestiduras se aproximan a nosotros y nos dicen: Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? (Hech 1, 11).

»Pedro y los demás vuelven a Jerusalén –cum gaudio magno– con gran alegría. (Lc 24, 52). —Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria»10.

II. «Hoy no solo hemos sido constituidos poseedores del paraíso –enseña San León Magno en esta solemnidad–, sino que con Cristo hemos ascendido, mística pero realmente, a lo más alto de los Cielos, y conseguido por Cristo una gracia más inefable que la que habíamos perdido»11.

La Ascensión fortalece y alienta nuestra esperanza de alcanzar el Cielo y nos impulsa constantemente a levantar el corazón, como nos invita a hacer el prefacio de la Misa, con el fin de buscar las cosas de arriba. Ahora nuestra esperanza es muy grande, pues el mismo Cristo ha ido a prepararnos una morada12.

El Señor se encuentra en el Cielo con su Cuerpo glorificado, con la señal de su Sacrificio redentor13, con las huellas de la Pasión que pudo contemplar Tomás, que claman por la salvación de todos nosotros. La Humanidad Santísima del Señor tiene ya en el Cielo su lugar natural, pero Él, que dio su vida por cada uno, nos espera allí. «Cristo nos espera. Vivimos ya como ciudadanos del cielo (Flp 3, 20), siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios (...).

»Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como hicieron los apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén... y oraban unánimemente... con María, la Madre de Jesús (Hech 1, 12-14)»14.

La esperanza del Cielo llenará de alegría nuestro diario caminar. Imitaremos a los Apóstoles, que «se aprovecharon tanto de la Ascensión del Señor que todo cuanto antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo. Desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la divinidad sentada a la diestra del Padre; la misma visión de su cuerpo no era obstáculo para que la inteligencia, iluminada por la fe, creyera que Cristo, ni descendiendo se había apartado del Padre, ni con su Ascensión se había separado de sus discípulos»15.

III. Cuando estaban mirando atentamente al cielo mientras Él se iba, se presentaron junto a ellos dos hombres con vestiduras blancas que dijeron: Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, vendrá de igual manera que le habéis visto subir16. «También como los Apóstoles, permanecemos entre admirados y tristes al ver que nos deja. No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que, en un alarde de amor, se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al lado del pozo cansado por el duro camino (Cfr. Jn 4, 6), cuando llora por Lázaro (Cfr. Jn 11, 35), cuando ora largamente (Cfr. Lc 6,12), cuando se compadece de la muchedumbre (Cfr. Mt 15, 32, Mc 8, 2).

»Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísima Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. Él, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al cielo. ¿Cómo no echarlo en falta?»17.

Los ángeles dicen a los Apóstoles que es hora de comenzar la inmensa tarea que les espera, que no se debe perder un instante. Con la Ascensión termina la misión terrena de Cristo y comienza la de sus discípulos, la nuestra. Y hoy, en nuestra oración, es bueno que oigamos aquellas palabras con las que el Señor intercede ante Dios Padre por nosotros mismos: no pido que los saques del mundo, de nuestro ambiente, del propio trabajo, de la propia familia..., sino que los preserves del mal18. Porque quiere el Señor que cada uno en su lugar continúe la tarea de santificar el mundo, para mejorarlo y ponerlo a sus pies: las almas, las instituciones, las familias, la vida pública... Porque solo así el mundo será un lugar donde se valore y respete la dignidad humana, donde se pueda convivir en paz, con la verdadera paz, que tan ligada está a la unión con Dios.

«Nos recuerda la fiesta de hoy que el celo por las almas es un mandato del Señor, que, al subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe entero. Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone, antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima»19.

Quienes conviven o se relacionan con nosotros nos han de ver leales, sinceros, alegres, trabajadores; nos hemos de comportar como personas que cumplen con rectitud sus deberes y saben actuar como hijos de Dios en las incidencias que acarrea cada día. Las mismas normas corrientes de la convivencia –que para muchos quedan en algo externo, necesario para el trato social– han de ser fruto de la caridad, manifestaciones de una actitud interior de interés por los demás: el saludo, la cordialidad, el espíritu de servicio...

Jesús se va, pero se queda muy cerca de cada uno. De un modo particular lo encontramos en el Sagrario más próximo, quizá a menos de un centenar de metros de donde vivimos o trabajamos. No dejemos de ir muchas veces, aunque solo podamos con el corazón en la mayoría de las ocasiones, a decirle que nos ayude en la tarea apostólica, que cuente con nosotros para extender por todos los ambientes su doctrina.

Los Apóstoles marcharon a Jerusalén en compañía de Santa María. Junto a Ella esperan la llegada del Espíritu Santo. Dispongámonos nosotros también en estos días a preparar la próxima fiesta de Pentecostés muy cerca de nuestra Señora.

1 Lc 24, 51. — 2 Cfr. Mt 28, 17. — 3 Cfr. Mt 16, 18. — 4 Mt 28, 18. — 5 Primera lectura. Hech 1, 7 ss. — 6 Cfr. Ex 13, 22; Lc 9, 34 ss. — 7 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos, 2. — 8 Jn 20, 17. — 9 Jn 17, 11. — 10 San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Rialp, 24ª ed., Madrid 1979, Segundo misterio glorioso.  11 San León Magno, Homilía I sobre la Ascensión. — 12 Cfr. Jn 14, 2. — 13 Cfr. Apoc. 5, 6. — 14 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 126. — 15 San León Magno, Sermón 74, 3. — 16 Hech 1, 11.— 17 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 117. — 18 Jn 17, 15. — 19 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 122.

 

 

"Se fue Jesús con el Padre"

Se fue Jesús con el Padre. —Dos Angeles de blancas vestiduras se aproximan a nosotros y nos dicen: Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? (Act., I, 11.)

Adoctrina ahora el Maestro a sus discípulos: les ha abierto la inteligencia, para que entiendan las Escrituras y les toma por testigos de su vida y de sus milagros, de su pasión y muerte, y de la gloria de su resurrección. (Luc., XXIV, 45 y 48.)
Después los lleva camino de Betania, levanta las manos y los bendice. —Y, mientras, se va separando de ellos y se eleva al cielo (Luc., XXIV, 50), hasta que le ocultó una nube. (Act., I, 9.)
Se fue Jesús con el Padre. —Dos Angeles de blancas vestiduras se aproximan a nosotros y nos dicen: Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? (Act., I, 11.)
Pedro y los demás vuelven a Jerusalén —cum gaudio magno— con gran alegría. (Luc., XXIV, 52.) —Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Angeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria.
Pero, tú y yo sentimos la orfandad: estamos tristes, y vamos a consolarnos con María. Santo Rosario, 2º Misterio de Gloria.

La fiesta de la Ascensión del Señor nos sugiere también otra realidad; el Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo, nos espera en el Cielo. En otras palabras: la vida en la tierra, que amamos, no es lo definitivo; pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura ciudad inmutable (Heb 13, 14).
Cuidemos, sin embargo, de no interpretar la Palabra de Dios en los límites de estrechos horizontes. El Señor no nos impulsa a ser infelices mientras caminamos, esperando sólo la consolación en el más allá. Dios nos quiere felices también aquí, pero anhelando el cumplimiento definitivo de esa otra felicidad, que sólo El puede colmar enteramente.
En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.
Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo (Phi 3, 20), siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Perseveremos en el servicio de nuestro Dios, y veremos cómo aumenta en número y en santidad este ejército cristiano de paz, este pueblo de corredención. Seamos almas contemplativas, con diálogo constante, tratando al Señor a todas horas; desde el primer pensamiento del día al último de la noche, poniendo de continuo nuestro corazón en Jesucristo Señor Nuestro, llegando a El por Nuestra Madre Santa María y, por El, al Padre y al Espíritu Santo.
Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como hicieron los Apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén... y oraban unánimemente... con María, la Madre de Jesús (Act 1, 12-14). Es Cristo que pasa, 126

 

 

Audio meditación del prelado: “La amistad de María”

En esta segunda audio meditación, Mons. Ocáriz propone aprender de la vida de la Virgen María para “descubrir las necesidades de los demás, adelantándonos a servir, como hacen los amigos”.

HOMILÍAS21/05/2020

La amistad de María

En mayo, dirigiendo la mirada hacia nuestra Madre, Santa María, nos esforzamos de modo especial por recordarla y tratarla más. Realmente, tenemos la oportunidad de aprender, siempre de nuevo, del ejemplo de su vida. También ahora, en este tiempo especial de “distanciamiento social” que estamos viviendo, la Virgen nos ayuda a ser mejores amigos, a inspirar nuestra generosidad para hacernos presentes y cercanos a los demás, para que nadie se sienta solo. La vida de María nos enseña que, también en nuestra vida, la amistad humana surge con nueva y sobrenatural fuerza desde la amistad con Dios.

Aprendemos esto cada vez que rezamos el santo rosario. El Papa Francisco ha pedido “que redescubramos la belleza de rezar el rosario en casa durante el mes de mayo”. Ante la actual crisis sanitaria, rezar el rosario en familia nos servirá, como dice el Santo Padre, para “contemplar juntos el rostro de Cristo con el corazón de María, nuestra Madre” y, de esta manera, “nos unirá todavía más como familia espiritual y nos ayudará a superar esta prueba”.

Rezar el rosario juntos ayuda también a unir más a la familia. Por la Comunión de los santos, lo hacemos espiritualmente con toda la Iglesia, como una gran familia que acude a la misma Madre; y, de algún modo, con toda la humanidad. También podemos invitar a un amigo o a una amiga a rezarlo con nosotros, si lo desea, quizá a través de los medios digitales. En algunos casos, tal vez será la ocasión de ayudar a que alguien lo descubra por primera vez.

San Juan Pablo II decía que el rosario es “como un compendio del Evangelio”, una oración a la vez mariana y cristológica. En cada misterio contemplamos un momento de la historia de salvación. Desde esta contemplación, puede surgir de nuevo el empeño por descubrir las necesidades de los demás, adelantándonos a servir, como hacen los amigos.

Nuestra Señora, después de su fiat! (“hágase en mí según tu Palabra”), se pone en camino con prisa para ayudar a su prima Isabel. El Ángel no se lo había indicado, le había comunicado el embarazo de su prima como signo de la omnipotencia de Dios. Pero María se da cuenta de que Isabel necesitará ayuda. Y Ella, siendo ya Madre de Dios, nos muestra así esa manifestación del amor y amistad verdadera, que es adelantarse en la donación, en el servicio desinteresado.

Pasan los años, y vemos a la Virgen acompañando a Jesús en una boda en Caná: allí también descubre antes que nadie la necesidad de los novios y toma la iniciativa. El amor de amistad ilumina la vista, descubre cosas que quizá pasan inadvertidas a los demás.

Más tarde, contemplamos a María junto a la Cruz de su Hijo. San Josemaría nos anima a cada uno: “Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano –no hay dolor como su dolor-, llena de fortaleza. –Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz”[1]. Vamos a pedirle que Ella nos ayude a imitarla en la capacidad de ser fuertes ante el sufrimiento, especialmente en este tiempo, para poder ser ayuda y consuelo para los demás con una amistad sincera.

Después de la Resurrección de Jesús, María reúne a los apóstoles que se habían dispersado tras la pasión del Señor; los acompaña y consuela.

San Lucas dice de la Virgen: “Conservaba todas estas cosas -las que se refieren a Jesús-, meditándolas en su corazón". María reza: su conversación con Dios es contemplación y diálogo de amor. Es amistad con Dios. Y en ese trato con Dios, no duda en manifestar lo que piensa, como vemos en varios momentos en el Evangelio. Por ejemplo, cuando responde al Ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Más adelante, cuando encuentra al Niño en el Templo, pregunta a Jesús: “¿Por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo angustiados te buscábamos” (Lc 2, 48). En las bodas de Caná, comparte lo que ve con toda sencillez a Jesús diciendo: "No tienen vino" (Jn 2, 3). Otras veces, parece no necesitar de muchas palabras para comunicarse con el Señor. Sabe esperar los tiempos de Dios y, mientras tanto, “medita” las cosas “en su corazón”. En el fondo, la oración es eso: una profunda relación de amistad y confianza con Dios, que Él desea tener con cada uno de nosotros.

Vayamos a Jesús por María. Con frecuencia, san Josemaría exponía este itinerario para la vida cristiana: “Si buscáis a María, encontraréis a Jesús” [2]. En muchos países de tradición cristiana, “buscamos a María” con visitas a santuarios dedicados a Ella. Este año, quizá no será posible acudir físicamente a los santuarios que tenemos cerca. Pero los medios digitales también nos ayudarán a encontrar modos de hacer estas romerías de mayo de otra forma, incluso desde nuestra misma casa.

Cuando rezamos el rosario, lo recorremos con María hacia Jesús, porque cada vez que nos dirigimos hacia la Virgen, Ella nos conduce hacia su Hijo. Acudimos a Ella, omnipotencia suplicante, para que seamos fieles a los designios de Dios para cada una y cada uno de nosotros, también en tiempos de mucha incertidumbre. Ella, que pasó momentos muy difíciles y dolorosos, nos consolará y fortalecerá, para que -confiando en los planes de Dios- podamos ser apoyo para nuestros amigos y seres queridos, queriendo de verdad a los demás.


[1] San Josemaría, Camino, n. 508

[2] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 144.

 

La otra parte de la historia: muerte y resurrección

¿Qué tiene que ver la muerte y resurrección de Cristo con la plenitud de la vida que tanto deseamos? ¿Es la muerte el único límite al progreso?¿Por qué es tan decisiva la resurrección de Jesús? ¿En qué consiste un cielo nuevo y una tierra nueva?

LA LUZ DE LA FE04/05/2019

Es posible que hayamos visto alguna película, leído algún libro o incluso jugado a algún videojuego en que aparezca el elixir de la vida. Con esta expresión, acuñada hace siglos, se trataba de describir la búsqueda por parte de los alquimistas de un medicamento, también llamado "panacea", que permitiera al ser humano vivir para siempre. En nuestra época, existe una corriente de pensamiento –llamada Transhumanismo que constituye una versión actualizada de esta pretensión, y que se caracteriza por el seguimiento de tres grandes objetivos para la aparición de una humanidad perfecta: la súper longevidad, el súper conocimiento y el súper bienestar; en otras palabras, la búsqueda de una vida en plenitud.

Progreso vs. muerte: ¿límite o punto de partida?

¿Por qué, después de tantos siglos de progreso, buscamos todavía unos fines que siguen sin ser alcanzados? Es evidente que el hombre es un ser insatisfecho. Es alguien que, aunque consiga un nivel de vida y de felicidad que se pueda considerar satisfactorio, nunca se siente del todo satisfecho: quiere conocer siempre más, vivir cada vez mejor y hacerlo para siempre. Con el desarrollo científico y tecnológico, los conocimientos se han ampliado notablemente, y también la capacidad de evitar el dolor o de combatirlo. Sin embargo, antes o después, la existencia terrena se topa con un obstáculo que hasta el momento ningún ser humano ha conseguido saltar: la muerte.

JESUCRISTO NO SOLO HA SUPERADO EL LÍMITE DE LA MUERTE, TAMBIÉN NOS INVITA A PARTICIPAR A LOS HOMBRES DE SU VICTORIA

Esta se presenta como algo profundamente injusto, como aquello que nunca debiera ocurrir. Y, sin embargo, si algo sabemos con seguridad en esta vida, es que un día moriremos. Nuestro ser está abierto a una perfección que queda truncada con la muerte. Por eso, los pueblos de todo tiempo y cultura han desarrollado modos de enfrentarse con aquello que trasciende esta vida, desplegando el sentido religioso que está anclado en la naturaleza humana. Las representaciones sobre la existencia de un más allá son variadas en el panorama religioso de la humanidad, y dan testimonio de ese deseo humano de infinito; a la vez que ninguna de ellas logra demostrar que es la única realmente verdadera.

En este vasto horizonte, el cristianismo irrumpe con una fuerza inusitada: afirma que ha habido un hombre que ha superado la muerte como límite; que, venciendo a la muerte, ha obtenido una vida que dura para siempre. Ese hombre es Jesucristo. Pero no se queda ahí, sino que además afirma que Jesús ha prometido, a quienes vivan de él y sigan su ejemplo, el poder participar de esa nueva existencia que vence a la muerte.

Ante la muerte de una persona querida, con frecuencia se escucha una frase como esta: «su desaparición constituye una pérdida». La muerte de un ser humano es injusta, pues cada uno es un ejemplar irrepetible, y por tanto su desaparición del mundo supone un auténtico empobrecimiento. Si esto es así para nosotros, se puede decir que la muerte de Cristo fue el acontecimiento más injusto de la historia, pues su vida, según nos ha llegado a través de los testimonios de su época, muestra una ejemplaridad fuera de lo común, que ha sido reconocida incluso por aquellos que tienen del cristianismo una opinión negativa.

Volver a las raíces

Algunas piezas literarias describen esta búsqueda humana como el intento de volver a un paraíso perdido, como sugiere el título de la famosa obra de John Milton. Con ello hacen referencia a diversas tradiciones que hablan de una idílica época inicial de la humanidad, que fue quebrada por algún acontecimiento que hizo perder al hombre su inmortalidad y su bondad. La historia de algunos personajes de la mitología griega, como Aquiles, sugiere que el precio que el hombre ha de pagar para ser él mismo y no un ser indiferenciado en el mundo divino es la aceptación de la propia mortalidad. En el pensamiento ilustrado, es frecuente encontrarse con la idea de que el ser humano, para poder ser él mismo, necesita emanciparse de su origen, de su dependencia de un Dios o de un entorno familiar que hasta entonces lo ha protegido. Valerse por sí mismo significa perder el miedo a enfrentarse a la muerte. Las promesas de vida después de la muerte serían, pues, una vuelta a los orígenes felices. Recuérdese que algunos clásicos literarios de muy diversas épocas, desde La odisea hasta El Señor de los anillos, se plantean como la vuelta del héroe a casa.

Se ha hablado previamente de la búsqueda de una existencia duradera, de un bienestar y de un conocimiento supremo. Pues bien, en realidad, la fe cristiana dice que exactamente eso era lo que el ser humano tenía en sus orígenes remotos, cuando fue creado por Dios en un estado de inocencia, que la doctrina de la Iglesia llama «justicia original»[1]: además de la amistad con Dios, el hombre gozaba de los dones de integridad, conocimiento, impasibilidad e inmortalidad. Fue el pecado, la desobediencia a Dios (cfr. Gn 3,6), lo que provocó la expulsión del paraíso, y por consiguiente la pérdida del acceso al árbol de la vida (cfr. Gn 3,22-24). La Biblia precisa en seguida que la historia primordial no concluye así, de modo trágico, sino que Dios mismo se ocupa de los humanos cubriendo su desnudez con unos vestidos improvisados (cfr. Gn 3,21), y prometiéndoles un futuro redentor (cfr. Gn 3,15). En efecto, Jesucristo, que se presenta como «el último Adán» (1Cor 15,45), nuevo inicio de la humanidad, permaneciendo a la vez en su condición divina, toma sobre sí la condición humana (cfr. Flp 2,5-11), con esos efectos de mortalidad, sufrimiento y exposición a la tentación, y realiza en su vida el proyecto de Dios, en plena obediencia al Padre hasta la entrega de su propia vida. Y gracias a ese acto supremo de amor, vence la muerte con su resurrección, reabriendo las puertas del paraíso a los hombres, que ahora pueden acceder de nuevo al árbol de la vida: los sacramentos, cuya fuente y cima es el alimento eucarístico[2]. En Él, de alguna manera, el Cielo de Dios, el Paraíso, se une a la tierra que habitamos, mientras esperamos su prometida manifestación gloriosa al final de los tiempos[3].

La resurrección: el misterio de Dios en el mundo

La fe cristiana habla, por tanto, de un más allá que se hace presente en nuestro más acá, de un Cielo que, siendo promesa de algo completamente nuevo, no asimilable a las categorías espacio temporales de nuestro mundo, a la vez será algo que responde a un deseo profundamente arraigado en nuestro ser. Es verdad que Jesús, después de su resurrección, ascendió a los Cielos, desde donde volverá; esos mismos Cielos que acogieron a María, que fue concebida sin pecado y por tanto participa de modo eminente del misterio de su Hijo; pero es también cierto, que esos Cielos no son otra cosa que el misterio de Dios que, a la vez que es trascendente a este mundo, está por completo dentro de él, de modo que, paradójicamente, ahora Jesús se encuentra más cerca de nosotros que cuando recorría los caminos de Palestina[4].

EL CIELO ES EL MISTERIO DE DIOS: A LA VEZ QUE TRASCIENDEEL MUNDO, SE HALLA DENTRO DE ÉL.

Con su resurrección y su promesa, Jesús ha introducido en el mundo de nuestra experiencia, muchas veces negativa por estar marcada por las consecuencias del pecado en nuestras vidas (ignorancia, dolor, muerte, etc.), una esperanza nueva, real, pues la existencia y resurrección de Jesús se han dado en nuestra historia y, a la vez, de algún modo la superan, porque la abren a lo que está más allá de ella, en la otra parte de la historia. Esa esperanza es creíble porque Jesús ha dado su vida, y no hay nada más creíble en este mundo que el ejemplo, que siendo de santidad –es decir, de caridad–, es simplemente incontestable. «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Por eso, el martirio, desde los inicios del cristianismo hasta hoy, constituye la mayor muestra de la credibilidad y veracidad de una fe por la que se es capaz de dar la vida.

De este modo, se entiende que la vida eterna prometida por Jesús, de una parte ya ha comenzado en este mundo para el que cree y, a la vez, recibirá una plenitud transfiguradora que no podemos todavía soñar. «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1Cor 2,9). Si la imaginamos con las categorías de este mundo, nos podría entrar la sospecha del aburrimiento de una vida que consistiría en «un continuo sucederse de días del calendario»[5]. Pero no se trata de un reduplicado de esta vida sino, más bien, de un don sorprendente, por el que vale la pena dejarse la vida, pues amamos y nos fiamos de quien dice que nos hará felices: «Muy bien, siervo bueno y fiel, […] entra en la alegría de tu Señor» (Mt 25,21.23). Cuando dos personas forman un proyecto común de vida, se dicen mutuamente que se harán felices, no porque piensen que la otra persona será un medio para alcanzar la felicidad, sino porque ocuparse de su felicidad será lo que les haga felices. Ciertamente, Dios es ya feliz en cuanto comunión trinitaria de Personas; pero, a la vez, quiere hacernos participar de su felicidad de la que, ya esta existencia terrena, vivida por amor, es un anticipo. Por eso, decía san Agustín que «amando al prójimo purgas el ojo para ver a Dios»[6].

Un cielo nuevo y una tierra nueva

Ver a Dios requiere seguir siendo criaturas de alma y cuerpo, y por tanto, que haya una resurrección final, que consiste en que, siendo Dios creador de todo, también la materia, el cosmos y nuestros cuerpos, transfigurados, puedan participar de la gloria divina, como de hecho participa ya la humanidad de Jesucristo, que existe para siempre en Dios. Se trata de algo muy importante para una correcta interpretación de las implicaciones del cristianismo en la sociedad, en la historia y en la cultura: el «cielo nuevo y la tierra nueva» (Ap 21,1) no serán algo completamente diferente, sino que, de alguna manera, el empeño por construir un mundo mejor acompañará al hombre en la eternidad.

LA VIDA ETERNA PROMETIDA POR JESÚS, DE UNA PARTE YA HA COMENZADO PARA EL QUE CREE

Por tanto, el hombre es padre de sí mismo[7], pues sus decisiones le configuran, y eso quiere decir que se construye la eternidad con su actuar en este mundo, pues sus acciones le conforman. Por eso, resucitará no solo un cuerpo en un sentido puramente material, sino todo su ser con el bagaje de toda su historia[8]. De ahí que resulte tan certera la invitación a «vivir cada instante con vibración de eternidad»[9].

Ninguna otra doctrina como la de la resurrección suscitó las ironías de los paganos en los primeros siglos, como ya le ocurriera a san Pablo: «te escucharemos sobre eso en otra ocasión»; «las muchas letras te han hecho perder el juicio» (Hch 17,32; 26,24). Sin embargo, el dualismo entre materia y espíritu, que caracterizaba la cosmovisión griega, no ofrecía perspectivas de salvación de la dimensión material, considerada como fuente del mal. Tampoco las teorías, antiguas y nuevas, que prometen una reencarnación satisfacen, pues aunque parecen valorar la necesidad de que la materia esté presente en el destino del hombre, no parecen respetar la identidad real del hombre en la indisoluble unión de cuerpo y alma.

Mirando a Cristo se puede comprender que es razonable la promesa de la resurrección, si bien no está en la mano del Hombre alcanzarla, pues se trata de un puro don. Por eso, el cristianismo es una propuesta de sentido que, sin resolver del todo en esta vida los enigmas que rodean la existencia, ofrece una esperanza razonable de una vida imperecedera, por la que vale la pena seguir a Jesucristo y dar la vida por él.

Santiago Sanz


[1] Cfr. San Juan Pablo II, El pecado del hombre y el estado de justicia original, Audiencia general, 3-IX-1986.

[2] Cfr. J. Ratzinger, Escatología. La muerte y la vida eterna, Herder, Barcelona 1992, p. 150.

[3] Cfr. S. Hahn, La cena del Cordero. La Misa, el cielo en la tierra, Rialp, Madrid 2016.

[4] Cfr. J. Ratzinger / Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Encuentro, Madrid 2011, pp. 323-339.

[5] Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 12.

[6] San Agustín, In Evangelium Ioannis Tractatus, 17,8.

[7] Cfr. San Gregorio de Nisa, De vita Moysis, 2,3.

[8] Cfr. R. Guardini, El tránsito a la eternidad, PPC, Madrid 2003.

[9] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 239.


Lecturas recomendadas:

Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30-XI-2007.

R. Guardini, El tránsito a la eternidad, PPC, Madrid 2003.

J. Ratzinger, Escatología. La muerte y la vida eterna, Herder, Barcelona 1992.

P. O’Callaghan – J.J. Alviar, Breve y sencillo curso de escatología, en www.collationes.org, Roma 2013.

 

 

“Los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1)

La Eucaristía es el amor para siempre, sin solución de continuidad, de Jesús por los suyos, manifestado en la celebración del sacramento eucarístico, que hace presente el sacrificio de Jesús en la Cruz, y en su presencia real en los Sagrarios bajo las especies eucarísticas

El versículo primero del capítulo 13 del Evangelio de San Juan forma como un solemne pórtico que nos introduce en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, o, tratándose del cuarto Evangelio, en el misterio de su glorificación: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

El amor

El evangelista destaca el amor de Jesús por los suyos: los ha amado hasta ese momento, y ahora se dispone a “completar” ese amor. Siguiendo la habitual división del cuarto Evangelio en dos partes (dicho resumidamente: “libro de los signos”, capítulos 1-12; y “libro de la gloria”, capítulos 13-21), el verbo “amar” (ἀγαπάω), que aparece pocas veces en la primera parte, es muy abundante en la segunda. Con esta palabra, el evangelista quiere expresar la relación entre el Hijo y el Padre, la del Hijo respecto a sus discípulos y la de los discípulos entre ellos mismos.

Pero el escaso uso de ese verbo en la primera parte queda compensado en este primer versículo, pues el participio pasado “habiendo amado”, que resume la manifestación de Jesús al mundo como Mesías por medio de sus signos y palabras (capítulos 1-12). Ese amor va a tener una continuidad en una culminación máxima, pues ahora, “sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”, Jesús dará la propia vida por los suyos.

La totalidad

La expresión “hasta el extremo” (εἰς τέλος) podría interpretarse en dos sentidos: uno más bien temporal-cuantitativo, “hasta el final”. Así se dice, por ejemplo, de Moisés, cuando terminó de escribir la ley “hasta el final” (ἕως εἰς τέλος, Dt 31, 24), y otro más bien cualitativo, “absolutamente, del todo”. Es posible que el evangelista quiera expresar ambos sentidos, que de hecho se complementan o casi se identifican. Por un lado, el hecho temporal de amar hasta el final está expresando que esa entrega es voluntaria, según lo que Jesús dice en el discurso del “Buen Pastor”: “Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente” (Jn 10, 17). Esta unión de Jesús a la voluntad de su Padre del cielo a menudo en el Evangelio se indica con la expresión de que las cosas han de suceder “según las Escrituras”.

Por ejemplo, estando Jesús con sus discípulos en Getsemaní, ante la agresión al criado del sumo sacerdote, Jesús dijo: “Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?” (Mt 26, 51-54). La respuesta de Jesús a Pedro en el cuarto evangelio va en la misma línea: “Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?” (Jn 18, 11).

Obediencia y amor se funden, de tal modo que el término τέλος adquiere un valor máximo en el corazón de Jesús, pues cuando ese amor llega al final, en realidad es que ha llegado a la perfección, al acabamiento perfecto. Ese final es la muerte en la Cruz, cuando Jesús dice: “Está cumplido” (τετέλεσται, verbo de la misma raíz que τέλος, Jn 21, 30). Es el modo de “pasar de este mundo al Padre”, por medio del amor supremo manifestado en entrega de sí mismo hasta la muerte en la Cruz.

El lavatorio de los pies y la Eucaristía

Juan no relata la institución de la Eucaristía (los cuatro relatos están en la Primera Carta a los Corintios y en los tres Evangelios sinópticos) pero el contexto en el que se desarrollan los capítulos 13 a 17 es el de la Última Cena: así se dice en 13, 2: “Estaban cenando”. Por lo tanto, la expresión “los amó hasta el extremo” también habría que entenderla enmarcada en un contexto litúrgico-eucarístico. De hecho, si quitamos las oraciones subordinadas que están intercaladas en el versículo, la frase se queda así de clara: “Antes de la fiesta de la Pascua […] los amó hasta el fin”. La institución de la Eucaristía será “antes” de la Pascua, antes de la inmolación de los corderos, será una “anticipación” de la entrega de Cristo en la Cruz.

Además, el relato del lavatorio de los pies (13, 4-12) está introducido por otra solemne afirmación que expresa el culmen de la relación de amor y unión de voluntades entre Jesús y el Padre: “Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita el manto…” (13, 3-4). La unión entre el Hijo y el Padre da paso a un gesto material. Señal de que ese gesto tiene un fuerte sentido: es expresión de ese amor hasta el extremo, un amor que purifica, que hace limpio al que lo recibe (“vosotros estáis limpios”, Jn 13, 10) y que está anticipado sacramentalmente en la Eucaristía que Jesús instituye en esa cena. Hay una nueva pureza, superior a la meramente ritual y externa.

Enseñando en la sinagoga de Cafarnaún, Jesús dirá: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56). Así pues, con palabras de Joseph Ratzinger en Jesús de Nazaret, Jesús, “que es Dios y Hombre al mismo tiempo, nos hace capaces de Dios. Lo esencial es estar en su Cuerpo, el estar penetrados por su presencia”. Los sacrificios antiguos miraban al futuro, eran sacramentum futuri. Con el misterio pascual, anticipado sacramentalmente en la Eucaristía, ha llegado la hora de la novedad, y se podría decir que ha llegado “el amor hasta el extremo”. Por eso, puede decir san Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia: “Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega ‘hasta el extremo’ (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida” (n. 11). Y ese amor será el modelo de conducta para la existencia de los discípulos: “También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo…” (Jn 13, 14-15), de modo que el cristiano, de alguna manera, ha de ser pan para los demás.

Esta relación entre el “amor hasta el extremo” y la Eucaristía nos desvela otro sentido de esta expresión: “para siempre”, o “continuamente”. La Eucaristía es el amor para siempre, sin solución de continuidad, de Jesús por los suyos, manifestado en la celebración del sacramento eucarístico, que hace presente el sacrificio de Jesús en la Cruz, y en su presencia real en los Sagrarios bajo las especies eucarísticas. Este sentido también aparece en el Antiguo Testamento, por ejemplo, en el testamento de David a su hijo Salomón, en el que le dice que si él abandona al Señor, el Señor le abandonará “para siempre” (εἰς τέλος, 1Cr 28, 9; cf. también Est 3, 13g).

Conclusión

El amor de Jesús es incondicional. Por esos mismos “suyos” que no lo recibieron, Jesús da la vida viniendo a su casa en carne (cfr. Jn 1, 11.14), y manifestándose con signos y palabras (cap. 1-12) y luego de modo total y definitivo con la entrega de su vida en la Cruz y con su presencia sacramental entre nosotros, dando además ejemplo de conducta: el discípulo ha de mantener con su hermano una actitud de servicio abnegado, haciéndose pan para los demás.

Josep Boira
Profesor de Sagrada Escritura

Fuente: Revista Palabra

 

 

La sonrisa de la Virgen

Escrito por Eduardo Peláez

“Eres más hermosa que el sol: supera a todo el conjunto de las estrellas, y comparada con la luz, conquista el primer lugar” (Libro de la Sabiduría, 7,29)

Nos acercamos al final de la Pascua, en este mes de mayo, mes de María. Y mirando a la Virgen la vemos en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros. Lo atestigua la intervención benéfica de la Virgen María en el curso de la historia y no cesa de suscitar una inquebrantable confianza en Ella; la oración Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, expresa bien este sentimiento. María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama sencillamente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz[1]. Consideremos estas palabras del Papa Benedicto para ahondar en los motivos de nuestra confianza en la Virgen y hacer que brille en nosotros con especial fuerza.

Alégrate, llena de gracia

El diálogo más trascendente de la historia tuvo lugar en una periferia del Imperio: Nazaret una pequeña aldea de Galilea. Un enviado del Cielo se dirige a una Virgen llamada María, de la casa de David, desposada con un artesano de nombre José. Según la tradición María estaba recogida en coloquio con Dios, cuando el Ángel la saluda:

−Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo (Lc 1, 28).

María, acogiendo en la anunciación la invitación del ángel a alegrarse (chaire = alégrate: Lc 1, 28), es la primera en participar en la alegría mesiánica, ya anunciada por los profetas para la hija de Sión (cf. Is 12, 6; So 3, 14-15; Za 9, 8), y la transmite a la humanidad de todos los tiempos[2].

A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo[3]. El acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios es fuente inagotable de alegría. Desde entonces una sonrisa asoma en el rostro de María al saberse bendecida por Dios. Qué bien lo expresó el poeta toledano al cantar el gozo de Nuestra Señora cuando se supo Madre de Dios:

Igual que la caricia, como el leve
temblor del vientecillo en la enramada,
como el brotar de un agua sosegada
o el fundirse pausado de la nieve,
debió de ser, de tan dulce, tu sonrisa,
oh Virgen Santa, Pura, Inmaculada,
al sentir en tu entraña la llegada
del Niño Dios como una tibia brisa.

Debió de ser tu sonrisa tan gozosa,
tan tierna y tan feliz como es el ala
en el aire del alba perezosa,
igual que el río que hacia el mar resbala,
como el breve misterio de la rosa,
que, con su aroma, toda el alma exhala
[4].

El Magníficat −esa oración encendida al Altísimo− canta al Dios misericordioso y fiel, que cumple su plan de salvación con los más pequeños, con los que tienen fe en Él, con los que confían en su Promesa, como María. Ella expresa su gozo, aunque las circunstancias de su vida van a estar marcadas por numerosos sufrimientos. Detengámonos en la alegría del pesebre, y descubriremos que no depende de las circunstancias externas, ni se pierde por la pobreza, el rechazo o la frialdad. La alegría grande de María se apoya en su confianza en Dios. ¡Con qué sonrisa embelesada miraría al Niño recién nacido!

Desear contemplar la sonrisa de la Virgen −nos dice Benedicto XVI− no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador (Lc 1,46-47). Cuando la Virgen María da gracias a Dios nos convierte en testigos. María, anticipadamente, comparte con nosotros, sus futuros hijos, la alegría que vive su corazón, para que se convierta también en la nuestra[5].

Ponderemos el hecho de que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe[6] y sin embargo era la predilecta de la Trinidad. Ella que fue asociada de un modo particular a la Cruz, lo será también a la Resurrección. Como expresa la liturgia pascual: con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría. Nadie como la Virgen gozará de esa alegría.

En este tiempo litúrgico los fieles nos dirigimos a la Madre del Señor, invitándola a alegrarse: Regina caeli, laetare. Alleluia¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!. Así recordamos el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el ¡Alégrate! que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en causa de alegría para la humanidad entera. El pueblo cristiano la invoca de este modo −Causa de nuestra alegría− pues descubre en Ella la capacidad de comunicar la alegría, incluso en medio de las pruebas de la vida y de guiar a quien se encomienda a Ella hacia la alegría que no tendrá fin[7].

Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en Ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre[8].

El testimonio de la iconografía mariana

El pueblo cristiano ha buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente.

La sonrisa materna de la Virgen −nos enseña san Juan Pablo II− reproducida en tantas imágenes de la iconografía mariana, manifiesta una plenitud de gracia y paz que quiere comunicarse. Esta manifestación de serenidad del espíritu contribuye eficazmente a conferir un rostro alegre a la Iglesia[9].

Entre tantas imágenes del Medioevo, destaca la de La Virgen Blanca de la Catedral de Toledo. Es una imagen de estilo gótico del siglo XIV, que muestra una tierna y alegre representación de la maternidad. La Virgen sostiene el hijo en su brazo derecho y lo está mirando con una sonrisa. Mientras, el niño acaricia con la mano derecha la barbilla de su madre y con la izquierda sostiene un fruto redondo. Es difícil no sentirse cautivado por esa sonrisa.

Otra imagen representativa de la sonrisa de la Virgen es la talla románica de Nuestra Señora de Torreciudad, Santuario mariano ubicado en el Pirineo aragonés. Un conocido fotógrafo, que investigó acerca de las imágenes y los rostros medievales de la región, afirmó que había intentado descubrir la sonrisa de Nuestra Señora en esas imágenes, y que pensaba que lo había logrado. Desde luego, en el caso de la Virgen de Torreciudad lo consiguió. Pero, desgraciadamente, desde la nave de la iglesia no se aprecia esa sonrisa.

Hace algunos años visitaron el santuario un grupo de alumnas de un colegio de Barcelona. Días después, llamaban los padres de Laia, una chica invidente que no había podido ir con sus compañeras, pero que le habían hablado tanto de lo bonito que era el santuario que quería conocerlo, y preguntaban si su hija podría tocar algunas cosas para verlas con el tacto. La contestación fue afirmativa, y cuando llegó con sus abuelos pudo tocar la maqueta del retablo que hay en la galería de imágenes de la Virgen, identificando, sin ayuda, todas las escenas.

Al final le llevaron ante la imagen de la Virgen Peregrina de Torreciudad, copia exacta del original que está en el camarín del retablo. Laia se puso de puntillas, puso las manos sobre el rostro de la Virgen y con una alegre sorpresa, exclamó: ¡Pero si la Virgen está sonriendo! Fue emocionante comprobar que lo que no apreciaba casi nadie, lo había visto una niña invidente[10].

Ciertamente, la sonrisa es algo que atrae, que nos acerca a quien sonríe. Se ha dicho que la sonrisa es la distancia más corta entre dos personas. Sonreír es acariciar; acariciar con el corazón, acariciar con el alma. Por eso, en las imágenes de la Virgen esa sonrisa añade un atractivo espiritual, un carácter más maternal a la imagen. La sonrisa es una expresión de amor y afecto, típicamente humana. Un ejemplo es nuestra actitud frente a un bebé al que de inmediato le sonreímos, y cuya sonrisa nos da una enorme emoción, que es signo de sencillez y pureza. Y esto, ocurrió en una manera única entre María y José, y Jesús. La Virgen y su esposo, con su amor, hicieron surgir la sonrisa en los labios de su niño apenas nacido. Y cuando esto ocurrió, sus corazones se llenaron de una nueva alegría, venida del Cielo[11].

La experiencia de los santos

El 11 de febrero de 1858, Bernardette Soubirous presenció la primera Aparición de la Virgen de Lourdes. Cuenta ella: Vi a una joven. Creyendo engañarme, me restregué los ojos; (…) me sonreía y me hacía señas de que me acercase. La mujer vestía túnica blanca con un velo que le cubría la cabeza y llegaba hasta los pies, sobre cada uno de los cuales tenía una rosa amarilla, del mismo color que las cuentas de su rosario. El ceñidor de la túnica era azul. (...) Tuve miedo. Después vi que la joven seguía sonriendo (…) Mientras yo rezaba, ella iba pasando las cuentas del rosario (...) Terminado el rosario, me sonrió otra vez. (...) Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez[12]. Era muy bella añadirá después.

El 3 de marzo de 1858, al preguntarle su nombre, la respuesta es una sonrisa. Bernadette contempla de un modo totalmente particular esa sonrisa de María. Ésa fue la primera respuesta que la Hermosa Señora dio a la joven vidente que quería saber su identidad. Antes de presentarse a ella algunos días más tarde como la Inmaculada Concepción, María le dio a conocer primero su sonrisa, como si fuera la puerta de entrada más adecuada para la revelación de su misterio[13].

De la Virgen, Bernadette aprendió a convertir su vida en la más bella canción, y no se cansará de ensalzar la belleza y la sonrisa de María. Cuando se quiso realizar una imagen de la Virgen, tal como ella la había visto, replicará: no es así, no es asíEsta imagen es bella, reconoció, pero no se le parece. En la gruta de Massabielle luce ahora una querida imagen para subrayar este mensaje: que por encima de las locuras de los hombres y en medio de las oscuridades de cada época, vence la sonrisa de María, el fruto de la gracia acogida sencilla y libremente por el corazón de aquella jovencita hebrea. En esa sonrisa se resume nuestra dignidad nunca abatida, brilla nuestra esperanza siempre firme, asoma nuestra promesa de felicidad[14].

Otra santa testigo de la sonrisa de la Virgen es Teresa de Lisieux. Con 10 años enfermó gravemente y ella que era muy alegre se hundió en una gran tristeza. En esa situación, tras unos meses postrada en la cama, se dirigió llena de fe a una imagen que tenía a su lado. Una imagen que había sido de sus padres, hoy santos, y a la que acudió con gran confianzaEra el 13 de mayo de 1883, fiesta de Pentecostés.

De repente −cuenta ella− la Santísima Virgen me pareció bella, tan bella que nunca había visto cosa tan hermosa, su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables, pero lo que llegó hasta el fondo de mi alma fue 'la arrebatadora sonrisa de la Santísima Virgen'… En aquel momento todas mis penas se desvanecieron, dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y corrieron silenciosamente por mis mejillas… Eran lágrimas de una alegría pura...

¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! Teresa está curada. Lo escribirá Santa Teresita en su Historia de un alma[15] unos años antes de morir. A partir de ese día, la imagen que Santa Teresita tenía junto a la cama pasó a ser llamada Nuestra Señora de la Sonrisa. Nunca más se separó de esa imagen, que la acompañó hasta su muerte. Muchos son los fieles que han acudido a ella para obtener de la Virgen el don de la alegría.

En otro contexto tenemos también el testimonio de san Josemaría que nos han transmitido sus biógrafos. Siendo sacerdote joven, anota en sus Apuntes íntimos una gracia recibida del Cielo. El mensaje que trataba de difundir era el de buscar a Dios en la vida ordinaria, sin dejar de agarrarse fuerte a la mano de Santa María. No era dado a basarse en milagrerías para sacar adelante la misión divina que llevaba entre manos, pero en ocasiones Dios no dejaba de otorgarle gracias extraordinarias. Poseía en aquellos primeros años una imagen que llamaba La Virgen de los Besos pues de Ella esperaba, con confianza de niño, la fortaleza que necesitaba en su labor sacerdotal. Escribe:

Octava del patrocinio de San José, 20-IV-32: (...) Ahora quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Ánimas del purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (...) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra la hora de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme (...).

Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (...) y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño[16].

Podemos pensar que, en este trato confiado con María, está el secreto de la sonrisa franca y sincera que san Josemaría mantuvo habitualmente. Los breves mensajes que él repetía eran siempre animosos: vale la pena, ahogar el mal en abundancia de bien, Dios no pierde batallas, Dios perdona siempre, comenzar y recomenzar, podemos; frases que han resonado en muchos corazones de todo el mundo.

En una manifestación tan simple de ternura como la sonrisa, nos damos cuenta de que nuestra única riqueza es el amor que Dios nos regala y que pasa por el corazón de la que ha llegado a ser nuestra Madre. Buscar esa sonrisa es ante todo acoger la gratuidad del amor; es también saber provocar esa sonrisa con nuestros esfuerzos por vivir según la Palabra de su Hijo amado, del mismo modo que un niño trata de hacer brotar la sonrisa de su madre haciendo lo que le gusta. Y sabemos lo que agrada a María por las palabras que dirigió a los sirvientes de Caná: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5)[17].

Es lógico que, para sentirnos más próximos a Ella, busquemos instintivamente, en nuestra vida ordinaria, esta sonrisa, encontrando, como dijo Benedicto XVI, un reflejo verdadero de la ternura de Dios, y fuente de esperanza inquebrantable.

La sonrisa de María, fuente de agua viva

La sonrisa de María es también fuente de alegría para todos nosotros ante las dificultades de la vida[18]. Esta fuente se halla en lo más hondo, en el corazón mismo, en su interior más profundo. Allí mora Dios, y Dios mismo es la fuente de la verdadera alegría[19]. Un Dios que es Amor del que está llena María.

No nos faltarán los momentos más dolorosos y difíciles. Nadie en la tierra se libra de ellos. En ocasiones podemos encontrar cerrado el horizonte a nuestro alcance. Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades[20]. Y sin embargo, en esos momentos de prueba no nos faltará la cercanía de nuestro Padre Dios, su Providencia amorosa. Nos lo hacía considerar el Papa Francisco:

Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas. Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré? Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79)[21].

La sonrisa de María nos asegura dentro de la oscuridad más profunda un rayo de luz de Cristo resucitado[22]. Nos alcanzará sabernos hijos amados del Padre. De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al corazón[23].

Buscar con la mirada los ojos de María cuando atravesemos una prueba nos volverá a contagiar de su alegría. Estamos seguros −le diremos− de que cada uno de nosotros es precioso a tus ojos y que nada de lo que habita en nuestros corazones es ajeno a ti. Nos dejamos alcanzar por tu dulcísima mirada y recibimos la consoladora caricia de tu sonrisa[24].

Escuchemos de nuevo al Papa Benedicto: Quisiera decir humildemente a los que sufren y a los que luchan, y están tentados de dar la espalda a la vida: ¡Volveos a María! En la sonrisa de la Virgen está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida. También junto a Ella se encuentra la gracia de aceptar sin miedo ni amargura el dejar este mundo, a la hora que Dios quiera[25].

La Madre de Dios nos sonríe siempre

A las madres de familia solía darles san Josemaría este consejo: si tus hijos se portan mal no dejes de sonreír y cuando pasen unos días, cuando no estés enfadada, diles lo que debes decirles. Y añadía en 1974: la Madre de Dios, como posee todas las perfecciones, nos sonríe siempre.

Estas consideraciones no se quedan en algo sentimental, emotivo, sino que nos cambian, nos hace salir de nosotros mismos y ocuparnos de los demás. Así nos lo enseñaba san Josemaría:

Cuando somos de verdad hijos de María comprendemos esa actitud del Señor-que se anonada para servirnos-, de modo que se agranda nuestro corazón y tenemos entrañas de misericordia. Nos duelen entonces los sufrimientos, las miserias, las equivocaciones, la soledad, la angustia, el dolor de los otros hombres nuestros hermanos. Y sentimos la urgencia de ayudarles en sus necesidades, y de hablarles de Dios para que sepan tratarle como hijos y puedan conocer las delicadezas maternales de María[26].

Podemos reflejar con nuestro ejemplo el rostro sonriente de Nuestra Madre. También cuando nos pesa el dolor o el cansancio. De Ella recibimos la capacidad de misericordia, de perdonarnos, de comprendernos, de sostenernos unos a otros, de sonreírnos. Todo lo que ahora te preocupa cabe dentro de una sonrisa, esbozada por amor de Dios[27]. Y pediremos un corazón que sea capaz de pasar por alto nuestros sufrimientos y de interesarnos con cariño por las necesidades y preocupaciones de los demás.

Y al desgranar las cuentas de nuestro Rosario encomendaremos a Nuestra Señora a todas las personas que sufren, en el alma o en el cuerpo: a los enfermos, a los que se sienten solos o abandonados, a los que se hallan afectados por la epidemia, han perdido seres queridos, han perdido el trabajo, a los que padecen persecución y violencias de todo tipo... Nadie debe quedar fuera de nuestra oración. Y rezaremos especialmente por la Persona y las intenciones del Papa, como nos pide frecuentemente[28].

No queremos vivir sin esa sonrisa. Nuestros errores −por grandes que puedan llegar a ser− no son capaces de borrarla. Si nos levantamos de nuevo, podemos buscar con la mirada sus ojos y nos volveremos a contagiar de su alegría. Mirad: para nuestra Madre Santa María jamás dejamos de ser pequeños, porque Ella nos abre el camino hacia el Reino de los Cielos, que será dado a los que se hacen niños [Cfr. Mt XIX, 14.]. De Nuestra Señora no debemos apartarnos nunca[29]. Y Ella siempre permanece cercana para mostrarnos su rostro sonriente.

La invocaremos muchas veces pidiéndole Monstra te esse Matrem[30]. Levantaremos la mirada a esa Estrella que es María para que con su luz nos oriente y nos guíe hasta la orilla firme del alba, hasta la tierra segura de la patria definitiva.

Que nuestra alma sedienta acuda a esta fuente, y que nuestra miseria recurra a este tesoro de compasión. Virgen bendita, que tu bondad haga conocer en adelante al mundo la gracia que tú has hallado junto a Dios: consigue con tus oraciones el perdón de los culpables, la salud de los enfermos, el consuelo de los afligidos, ayuda y libertad para los que están en peligro[31].

La Virgen María nos trae la gracia que es Jesús. Trayendo a Jesús, la Virgen nos trae también a nosotros una alegría nueva, plena de significado, nos trae una nueva capacidad de atravesar con fe los momentos más dolorosos y difíciles[32].

La Virgen es nuestra Madre. Una verdad que he tratado de hacer mía −nos confiará san Josemaría−, que he predicado de continuo y que todo católico ha oído y repetido mil veces, hasta colocarla muy en lo íntimo del corazón, y asimilarla de una manera personal y vivida. Cada cristiano puede, echando la vista hacia atrás, reconstruir la historia de sus relaciones con la Madre del Cielo. Una historia en la que hay fechas, personas y lugares concretos, favores que reconocemos como venidos de Nuestra Señora, y encuentros cargados de un especial sabor. Nos damos cuenta de que el amor que Dios nos manifiesta a través de María, tiene toda la hondura de lo divino y, a la vez, la familiaridad y el calor propios de lo humano[33]. Con María, contando con su sonrisa, gozaremos ya ahora del gaudium cum pace, preludio del que poseeremos en el Cielo.

Eduardo Peláez

 

[1] Benedicto XVI, Homilía 15 de septiembre de 2008. Se han suprimido el entrecomillado en las citas para facilitar la lectura.

[2] Juan Pablo II, Alocución 22 de noviembre de 1995.

[3] Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae de 16 de octubre de 2002.

[4] Rafael Morales, (1919-2005) Cantos a lo divino: Antología sacra. Editado por Manjula Balakrishnan y Enrique Gallud Jardiel, Editorial Verbum 2019 pág. 304.

[5] Benedicto XVI, ibid.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 172.

[7] Juan Pablo II, Alocución 21 de mayo 1997

[8] Benedicto XVI, ibid.

[9] Juan Pablo II, Alocución 22 de noviembre de 1995.

[10] La sonrisa de la Virgen del Santuario de Torreciudad en www.torreciudad.org.

[11] Papa Francisco, Alocución 21 de diciembre de 2019.

[12] https://es.wikipedia.org/wiki/Bernardette_Soubirous.

[13] Benedicto XVI, ibid.

[14] José Luis Restán, El Papa y la sonrisa de la Virgen en Páginas digital.

[15] Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma cap. III.

[16] Devoción a la Virgen en san Josemaría Escrivá en Almudi.org.

[17] Benedicto XVI, ibid.

[18] Papa Francisco, Twitter @Pontifex_es 21 noviembre de 2017.

[19] Romano Guardini, Carta sobre la formación de sí mismo.

[20] San Josemaría, Via Crucis IX Estación.

[21] Papa Francisco, Carta Apostólica Admirabile signum 1 de diciembre de 2019.

[22] Papa Francisco, Alocución 8 de diciembre de 2019.

[23] San Josemaría, Es Cristo que pasa 142.

[24] Papa Francisco, Acto de consagración a la Virgen de Fátima 13 de octubre de 2013.

[25] Benedicto XVI, ibid.

[26] San Josemaría, Es Cristo que pasa n. 146.

[27] San Josemaría, Surco n. 89.

[28] Cfr. Mons. Javier Echevarría, Carta Pastoral mayo de 2009.

[29] San Josemaría, Amigos de Dios n. 290.

[30] Himno litúrgico Ave maris stella.

[31] San Bernardo, Homilía en la Asunción de la B. Virgen María, 1, 7-8.

[32] Papa Francisco, Ángelus 15 de agosto de 2017.

[33] San Josemaría, Recuerdos del Pilar.

 

 

¡No tengáis miedo!

 Ernesto Juliá 

San Juan Pablo II.

Después de la sorpresa y desconcierto al oír un nombre que manifestaba claramente que no era italiano, el primero después de 400 años, una cierta sensación de que algo estaba cambiando en la presentación externa de la Iglesia al mundo, nos llenó el alma a quienes vivimos esos momentos en la plaza de san Pedro. . El tono de sus primeras palabras. “¡Non avete paura!” -¡No tengáis miedo!-, sonaron como una tromba de agua en nuestros oídos.

¿De qué no teníamos que tener miedo?

Viéndolo con una cierta perspectiva pasados ya un buen número de años, se me ocurre pensar en tres situaciones:

-el malestar interno en la Iglesia, cuando se ponía en discusión desde la divinidad de Cristo –se hablaba incluso del “momento en el que Jesús tomó conciencia de su relación con Dios”-; hasta la misión e infalibilidad del Papa.

-el desbarajuste moral sexual, después de la revolución sexual de 1968, y el silencio, e incluso rechazo en algunos casos de la Humanae vitae;

-las persecuciones a la Iglesia en la zona dominada por el comunismo; que entrañaba también una seria amenaza contra la paz.

 Juan Pablo II siguió diciendo: “¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!”. Y sin dudar de lo que el Señor le pedía, dejó escrito en su primera encíclica, este consejo, pienso yo, para vencer esos miedos y hacer frente a esas situaciones:

 “Se impone una respuesta fundamental y esencial, es decir, la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón para nosotros es ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Redemptor hominis, n. 7).

La situación de la Iglesia y del mundo con la que se enfrentaba en mi opinión, eran la consecuencia lógica, en mi opinión, de una profunda pérdida de la Fe; pérdida de la Esperanza; pérdida de la Caridad, en la misma Iglesia, además, lógicamente, del peligro de la expansión del comunismo.

Juan Pablo II se enfrentó a la gran misión de recomponer la Fe en Cristo, Dios y Hombre verdadero, Redentor del pecado y Salvador del mundo, deshaciendo el mal extendido en la Iglesia por las discusiones de teólogos sobre el “cristiano anónimo” de Rahner; el así llamado Cristo “histórico” que casi nada tendría que ver con el que nos transmiten los Evangelios, de algún que otro “exégeta”, que hablaba incluso de la mera y reducida “conciencia” que Cristo tenía de su relación con Dios Padre. Cuestiones semejantes que al final podían desembocar –y no pocas veces desembocaron- en separar Fe y Razón, olvidar en la práctica la Santísima Trinidad, la fe en la Eucaristía, y ver a Cristo como un maestro cualquiera, y no el Maestro: y con esto, olvidar que Cristo es la Verdad, y sus palabras son “palabras de Vida Eterna”.

Y recomponer también con la ayuda de la Fe, la Esperanza de vencer el pecado y de vivir eternamente en Dios, en la Vida Eterna. En su segunda encíclica, a un año apenas de la anterior, Dives in Misericordia, medita sobre el hijo pródigo, y deja bien claro que la misericordia de Dios necesita la conversión del pecador, su arrepentimiento, su volver a la casa del padre pidiendo perdón. Juan Pablo II hace frente a toda la revolución sexual recomponiendo el sentido profundo y cristiano de la castidad. No ha dejado de subrayar la maldad del aborto, del adulterio, de la práctica de la homosexualidad y otras desviaciones sexuales, que reducen la dignidad del hombre, lo engolfan en el pecado, y le tientan para que no levante nunca su mirada a Dios, a Cristo crucificado.

La Virgen le acompañó en los sufrimientos que le ocasionó el atentado, y que a él le ayudaron a unirse más al Señor, a ofrecer sus penas y dolores, a vivir, en una palabra, la conversión a la Caridad de Dios, que nos recordó a todos con estas palabras, para animarnos a anunciar a Cristo, el mejor acto de Caridad que podemos vivir con quienes nos rodean:

Caridad en Cristo, Dios y hombre verdadero. El misterio de caridad de Cristo que nos invita, desde el primer momento de su vida pública, a la Conversión. “La conversión significa aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y hacerse discípulos suyos” (Redemptoris missio, 46).

“Hoy la llamada a la conversión que los misioneros dirigen a los no cristianos se pone en tela de juicio o se pasa en silencio. Se ve en ella un acto de “proselitismo”; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión, que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la “buena nueva” de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación. La grandeza de este acontecimiento resuena en las palabras de Jesús a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios”, y en el deseo inconsciente pero ardiente de la mujer: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed” (Jn. 4, 10.15) (Redemptoris missio, n. 46).

No cabía en cabeza alguna que la caída de los regímenes comunistas –con sus más de 40.000.000 de asesinatos políticos, solo en la Unión Soviética- llegara a tener lugar sin derramamiento de sangre. La única derramada fue la de Juan Pablo II.  No tengo duda de que fue un regalo de Nuestro Señor Jesucristo a sus hermanos los hombres del mundo.

 

 

Mis problemas y mi familia

Ana Teresa López de Llergo

 La previsión del futuro no se puede conjugar en primera persona, porque volveríamos al egoísmo que deseamos desterrar. Se tiene que conjugar en primera persona de plural.

La mejor creatividad del ser humano se demuestra en el modo de solucionar sus problemas. Esta afirmación es un auténtico reto para sacarnos del letargo, si lo necesitamos, y para darle a nuestros pasos un ritmo con más empuje, alegría y esperanza.

El marco de referencia es el del aislamiento mundial por una pandemia, la interrupción de las actividades acostumbradas y la reorganización de la vida ante muchas incertidumbres, porque el encierro terminará.

Es necesario conocer los problemas para ver posibles soluciones. Para ello hacer una lista de los que conozco y, dejar una página en blanco para anotar los que surgirán. Pero, para no perder el tiempo, ocuparnos de la lista de los problemas que conozco y sólo cuando aparezcan los desconocidos me ocuparé de ellos.

Mencioné tres virtudes: el empuje o fortaleza, la alegría u optimismo y la esperanza. Como en ellas nos apoyaremos, será necesario incrementar su nivel. Para el empuje hace falta que aumente nuestra convicción de que el fin buscado es bueno y por eso, hemos de perseguir la meta a pesar de los obstáculos.

Para crecer en la alegría, tener el convencimiento de que no sólo preveo el bien personal, sino que ese beneficio tiene alcances sociales, y principalmente llega a las personas cercanas, a las personas más queridas. La alegría es un disfrute anticipado de lo que está por llegar. Esto imprime un tono de superación no exclusivamente personal sino como contagio estimulante para quienes están cerca.

Finalmente, y no por eso deja de ser la más importante, la esperanza es una virtud crucial para cualquier tipo de emprendimiento. Sin ella no caminaríamos, no vislumbraríamos el futuro. La esperanza es la virtud que con la memoria del pasado asegura, con bastante precisión, lo mejor para el tiempo por venir.

Después de colocar las tres columnas del edificio, sigue algo más incisivo e incluso doloroso pues depende de la sinceridad para aceptar que los problemas más importantes surgieron por un desajuste personal. Pueden ser explosiones de mal humor en los momentos más inoportunos, puede ser el afán de llamar la atención sin percibir que otra persona realmente es quien necesita ayuda, puede darse por culpar a los cercanos de problemas que ni de lejos han ocasionado. En resumen, es casi seguro que se debe a haberse dejado llevar por el egoísmo que insensibiliza e impide captar que los demás también sufren y me excluyo de prestarles la ayuda oportuna.

Estos problemas a uno le compete resolverlos, y de inmediato. Es preciso, antes de que termine el encierro, aprovechar la cercanía para arreglar las cosas. Si se deja pasar la oportunidad, las heridas se agrandarán por no haberlas curado cuando había tiempo. Es urgente pedir perdón, para que los demás sepan que reconocemos la culpa. Buen principio para subsanar las heridas, e insistir hasta conseguir el perdón solicitado. Obviamente debe haber promesas que aseguren la mejora de las relaciones. Pero los hábitos no se eliminan pidiendo perdón solamente, sino pidiendo que nos ayuden a eliminar los malos hábitos, nos detengan y nos impidan hacer lo que no queremos.

El retorno al mundo que nos espera tiene que partir de la seguridad de haber rehecho las relaciones íntimas. Estas relaciones son lo único realmente seguro, en donde nos apoyaremos para afrontar lo inesperado. Muchas veces, el entorno en que estábamos puede tener un rostro diferente, sorprendente y posiblemente muy agreste. Otras veces, ese entorno ya no existe y habrá que encontrar algo nuevo.

Esta previsión del futuro no se puede conjugar en primera persona, porque volveríamos al egoísmo que deseamos desterrar. Se tiene que conjugar en primera persona de plural. Cada uno de los miembros de la familia regresamos a un entorno que ha sufrido un cambio profundo, y eso puede hacerlo inhóspito, y habrá que dejarlo para buscar otro. Y, esa búsqueda puede ser muy prolongada. Pero el modo de perseverar, el modo de rehacernos es pensar cómo ayudar a los demás y después pedirles consejo para saber cómo proceder con mis retos.

Esa primera persona del plural ha de ser sincera. Acompañar y entender a los demás durante su dolorosa readaptación o su más dolorosa búsqueda de otra cosa, agravadas todas estas circunstancias por la carencia de lo elemental para subsistir. Carencias que pueden ser de uno o de todos los miembros de la familia. Estar preparados, porque lo peor es echar la culpa a quienes no la tienen.

También prepararse porque no siempre uno es quien pide perdón, sino otras veces a uno es a quien se lo piden y debo perdonar. Esto requiere mucha más energía y esperanza. Lo más nocivo es poner límites y con escepticismo decir perdonaré dos o tres veces, después ya no porque demuestran imposibilidad de cambiar… Por el contrario, lo debido es si los demás fallan demasiado, ofrecerles ayuda y paciencia para levantarlos tantas veces cuantas lo necesiten y, eso sí, deben comprometerse a aceptar siempre la ayuda.

En conclusión, de lo que se trata es de salvar el tesoro más grande, lo que todos necesitamos y redescubrimos en la pandemia: nuestra familia. Pero la familia renovada porque es el tesoro de cada uno, y es el tesoro de todos. Porque el compromiso de cuidarla es de cada uno y de todos en equipo.

De este modo, en conjunto llenaremos la página de los problemas que surgirán, pero como es una tarea en equipo, las soluciones se multiplican y el peso se comparte, todo se vuelve más llevadero. Y, si alguien se debilita darle la medicina adecuada y a tiempo para que no claudique. Todos son necesarios. La suma de la energía individual, de la alegría y de la esperanza se magnifican a un nivel exponencial, no lo dudemos. Pero hay que intentarlo.

 

La ansiedad buena y la ansiedad mala

Lucía Legorreta

Nuestros antepasados tuvieron ansiedad, la cual les permitió luchar o huir ante los peligros; es la respuesta del cuerpo cuando percibe una amenaza a la que debe hacer frente.

A la palabra ansiedad generalmente le otorgamos una connotación negativa. Cometemos un error. La ansiedad es una sensación normal que se caracteriza por la inquietud, la inseguridad y la excesiva preocupación a situaciones profundas.

Con frecuencia, los términos ansiedad y angustia se utilizan de manera indistinta, aunque en la angustia prevalecen más las manifestaciones físicas, tales como la opresión en el pecho, molestias digestivas, sensación de falta de aire, sudores, temblores, taquicardia y sensación de inestabilidad. La ansiedad se relaciona con sentimientos más internos.

La ansiedad no es algo malo en sí misma, nos sirve como autoprotección y sólo se vuelve un problema cuando comienza a obstaculizar el buen desarrollo de la vida cotidiana.

Desde el nacimiento, el ser humano se enfrenta con un mundo desconocido, es un ser vulnerable que requiere de cuidados físicos y emocionales para seguir viviendo.

Nuestros antepasados tuvieron ansiedad, la cual les permitió luchar o huir ante los peligros; es la respuesta del cuerpo cuando percibe una amenaza a la que debe hacer frente.

El hecho de existir induce a toda persona a una constante tensión para buscar un equilibrio entre lo desconocido y la actitud necesaria para enfrentarlo.

Esto recibe el nombre de ansiedad, y es imprescindible en nuestra vida, ya que estamos tomando decisiones permanentemente.

Muchas personas cometen el error de querer vivir sin ansiedad. Esto es algo sencillamente imposible. Tanto el estrés como la ansiedad son respuestas adaptativas que nos permiten hacer frente a situaciones complicadas en un momento dado.

Por lo tanto, la ansiedad buena es una señal de alerta de baja intensidad, poco prolongada que sirve que enfrentar un eventual riesgo y permite evitarlo o superarlo.

Pero también la ansiedad puede ser mala o patológica, cuando es intensa, exagerada, y disminuye el rendimiento. Interfiere con el funcionamiento cotidiano, se acompaña de una sensación desagradable y paraliza. Tiene síntomas físicos y persiste más allá de los motivos que la han desencadenado. Aparece ante eventos insignificantes y se transforma, por su fuerza, en miedo, fobia o pánico.

¿Vives tenso, contracturado, preocupado, intranquilo, con temor, durmiendo mal y con molestias digestivas? No sabes qué te sucede, tu vida es buena, pero no puedes disfrutarla del todo.

Si notas que en tu día a día te encuentras irritable, te cuesta trabajo tomar decisiones, te sientes agobiado, o no logras mantener adecuadas relaciones interpersonales, podemos pensar que la ansiedad está fuera de control, dejó de funcionar como ayuda para convertirse en un obstáculo.

No dejes que pase más tiempo. Una emoción sana para salir de situaciones peligrosas puede activarse ante peligros que no existen y convertirse en algo patológico. Trata de reducirla con ejercicio físico, relajación, cambio de actividades, reconoce tus límites, no busques imposibles; y sino no lo logras, busca ayuda profesional.

Recuerda, la ansiedad es una emoción que debe ayudarte en tu vida, y nunca ser un obstáculo que te impida gozar de ella.

 

 

Políticas en favor de la familia

Juan López Baljarg

La licencia materna y paterna permite a madres y padres poder hacerse cargo del nacimiento de sus hijos, involucrarse en el cuidado infantil temprano.

Salvaguardar el bienestar de las familias a través de políticas públicas es fundamental en nuestros días, pero esta tarea debe realizarlas en conjunto autoridades y sociedad, de esta manera podrán tener mayor alcance.

Se requiere la sinergia entre el sector público y privado, tanto en la inversión, la implementación y la evaluación, para generar esquemas de corresponsabilidad social y valor compartido donde cada sector asuma el liderazgo y compromiso necesario para lograr que las políticas familiares sean una realidad.

Es impostergable la implementación estas políticas que “sienta las bases para el éxito de los niños en la escuela, el éxito de los adultos en el trabajo, la capacidad de los niños y las familias para salir de la pobreza y la salud a lo largo de toda la vida”.

De acuerdo con la evidencia presentada en los informes de la UNICEF, la implementación de políticas familiares tiene beneficios directos en distintos sectores de la sociedad.

Los beneficios para la familia se reportan principalmente en tres aspectos: economía familiar, tiempo en familia y apoyo a la maternidad.

Respecto al tema económico, una licencia materna y paterna remunerada reporta un menor riesgo de pobreza en las familias al tener certidumbre a corto y mediano plazo de los ingresos familiares en una etapa tan importante en la cual, la pérdida de recursos aumentaría la vulnerabilidad de los hogares. Esto, unido al cuidado infantil y prestaciones infantiles a familias en pobreza, permiten una inversión del hogar en la “educación, salud y nutrición que beneficia directamente a los niños y cimienta las posibilidades para el crecimiento económico futuro”.

Respecto al tiempo en familia, particularmente la licencia materna y paterna permiten a madres y padres poder hacerse cargo del nacimiento de sus hijos, involucrarse en el cuidado infantil temprano, crear vínculos con su bebé y establecer rutinas de cuidado y necesidades, además permite a madres y padres poder conciliar las responsabilidades laborares y familiares.

Y respecto al cuidado y apoyo a la madre en el embarazo, las licencias maternas remuneradas y prestaciones infantiles, permiten mayores recursos y herramientas para el cuidado de la salud y recuperación en esta etapa tan relevante.

Una adecuada articulación de las políticas familiares mencionadas, permite a la niñez ofrecer “el mejor inicio posible en la vida, particularmente en términos de la salud, la educación y otras dimensiones del bienestar.”

En términos de salud, se reducen las tasas de mortalidad infantil y las tasas de enfermedades infantiles agudas y crónicas, aumenta el índice de obtención de vacunas y una mejor nutrición. En términos de educación, se mejoran los resultados cognitivos, aumenta la permanencia en la escuela y su transición a los siguientes grados académicos.

Es fundamental que la mujer no tenga que elegir entre su maternidad y su desarrollo profesional. Es por eso que se requiere una correcta implementación y articulación de las políticas familiares considerando la corresponsabilidad de hombres y mujeres en el cuidado de la infancia, el apoyo en el cuidado infantil (en especial de las familias más vulnerables) y la protección del empleo de las mujeres antes, durante y después del parto garantizando a las madres el salario y la permanencia en el mercado laboral.

El beneficio para las empresas que implementan políticas familiares se reporta en dos aspectos: gestión del talento y productividad.

El beneficio para la economía y la sociedad va en tres sentidos, la protección social de los sectores más vulnerados, la estabilidad social y la activación económica.

Las condiciones necesarias para implementar las políticas familiares analizadas, de acuerdo a la evidencia y a los órganos internacionales, son las siguientes:

• Licencia materna y paterna remunerada: Al menos 14 semanas de licencia remunerada alrededor del parto y abogar por 18 tanto para madres como para padres. Que el costo de las licencias no sean transferido a los colaboradores, sino que sean asumido por seguros sociales y/o fondos públicos.

• Lactancia materna. Proporcionar recesos para la lactancia materna remunerada y que en los centros de trabajo se proporcione un espacio seguro, higiénico y apropiado para que las mujeres amamanten o se extraigan leche y refrigeración para el almacenamiento de la leche extraída.

• Cuidado infantil y prestaciones infantiles. Garantizar el acceso universal a servicios de cuidado infantil y una cobertura de las prestaciones monetarias para las familias con hijos (comenzando por los más pequeños), ambas considerando las necesidades de las familias.

 

 

“¿Las Misas virtuales son reales?”

Sirven, alimentan, fortalecen el espíritu

+ Felipe Arizmendi Esquivel Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas

VER

Es la pregunta que le hicieron a un apreciado sacerdote, muy preparado, en un programa virtual sobre asuntos relacionados con la pandemia, y su respuesta fue tajante: ¡No son reales! Le escribí haciéndole ver que tendría que haber hecho algunas precisiones, porque, con su afirmación, pareciera que la Misa por vía electrónica no es real, y que, por tanto, no sirve. El es un sacerdote, por otra parte, muy valioso y muy creativo para evangelizar.

En días pasados, algunos grupos de otros países, con influencia en el nuestro, difundieron un texto reclamando a los obispos que les devolviéramos la Misa, que ya quieren recibir la comunión, que los estamos dejando sin este alimento. ¡Como si nosotros fuéramos los culpables de la nocividad del coronavirus! ¡Como si no hubiera otras formas de comulgar con Cristo! Siempre podemos comulgar con Él de muchas otras formas, no sólo por la Eucaristía. Menos mal que ya nos estamos preparando para dar los pasos convenientes hacia la nueva normalidad, pues ya se van a empezar a abrir los templos y celebrar las Misas con presencia física de fieles, dependiendo de que los respectivos municipios hayan sido declarados sin contagios y de que se tomen las medidas pertinentes de cuidado higiénico.

Pero, volviendo a la pregunta inicial, ¿las Misas virtuales son o no son reales? Claro que son reales, sirven, alimentan, fortalecen el espíritu, e incluso forman comunidad, aunque sea virtual. No son lo que debe ser en tiempos normales, pero en estas restricciones por la pandemia, son una forma real de acercarnos al misterio de Cristo y de la Iglesia.

PENSAR

La presencia de Jesús en la Misa, en la Hostia consagrada, es una presencia real, pero no física; no es como cuando estuvo en Israel hace dos mil años; es una presencia sacramental, es decir, está presente por medio de los signos del pan y del vino; es una presencia mística, sobrenatural, suprasensorial. Tengamos en cuenta, por otra parte, que, en la Misa, además de la presencia de Jesús en las especies eucarísticas de pan y vino, está también presente en su Palabra, en la asamblea reunida, en la persona del ministro que preside, como dice claramente el Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Liturgia (cf SC 7). En las misas virtuales, la presencia de Jesús es real, porque se escucha su Palabra, hay un sacerdote u obispo que preside, hay una comunidad virtual; lo único que falta es la inmediatez de las especies eucarísticas de pan y vino consagrados. En la misa virtual, para los conectados a la red, hay una presencia real de Jesús, aunque no es sacramental; es decir, falta la comunión con la hostia consagrada. Pero esto no hace menos real la presencia de Jesús. Falta, por otra parte, la asamblea de fieles con cercanía de carne y hueso, como debe ser, que por ahora no es posible. Pero la relación virtual entre quienes siguen la transmisión es una comunión de personas, que no es despreciable. Es como un saludo, un abrazo, un beso virtuales; son reales, pero les falta la cercanía corporal. En tiempos normales, sin esta pandemia, los enfermos, ancianos y discapacitados siguen la Misa por televisión. No les podemos decir que se están haciendo tontos, que se alimentan, perdón por la expresión, con comida “chatarra”. Reciben un verdadero alimento de vida eterna, pues Dios se acerca realmente a ellos. Si, además, les llevan la comunión, es lo máximo y lo siempre deseable.

Jesús nos dice: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Jn 14,23). Esta es una presencia real, no física, sino mística, sobrenatural, suprasensorial. La Misa virtual es real; hay una presencia real de Jesús en la celebración que hace el sacerdote a distancia y en los fieles que la siguen con fe y devoción.

El Papa Francisco, en su mensaje para la 53 Jornada de las Comunicaciones sociales, dice: “Desde que internet ha estado disponible, la Iglesia siempre ha intentado promover su uso al servicio del encuentro entre las personas y de la solidaridad entre todos. La red es un recurso de nuestro tiempo. Constituye una fuente de conocimientos y de relaciones hasta hace poco inimaginable.

Las redes sociales sirven para que estemos más en contacto, nos encontremos y ayudemos los unos a los otros. El contexto actual nos llama a todos a invertir en las relaciones, a afirmar también en la red y mediante la red el carácter interpersonal de nuestra humanidad. Los cristianos estamos llamados con mayor razón, a manifestar esa comunión que define nuestra identidad de creyentes. Efectivamente, la fe misma es una relación, un encuentro; y mediante el impulso del amor de Dios podemos comunicar, acoger, comprender y corresponder al don del otro”.

Sin embargo, el Papa advierte los peligros del mal uso de internet y de las redes, como la divulgación de noticias falsas, el aislamiento, el individualismo, la no cercanía entre las personas, vivir en las nubes, encerrarse en uno mismo, sin compromiso real con la vida y con los demás, sobre todo con los pobres. Por eso, dice: “El uso de las redes sociales es complementario al encuentro en carne y hueso, que se da a través del cuerpo, el corazón, los ojos, la mirada, la respiración del otro. Si se usa la red como prolongación o como espera de ese encuentro, entonces no se traiciona a sí misma y sigue siendo un recurso para la comunión. Si una familia usa la red para estar más conectada y luego se encuentra en la mesa y se mira a los ojos, entonces es un recurso. Si una comunidad eclesial coordina sus actividades a través de la red, para luego celebrar la Eucaristía juntos, entonces es un recurso. Si la red me proporciona la ocasión para acercarme a historias y experiencias de belleza o de sufrimiento físicamente lejanas de mí, para rezar juntos y buscar juntos el bien en el redescubrimiento de lo que nos une, entonces es un recurso”.

En una reciente catequesis sobre la oración, dijo el Papa Francisco: “Dios está siempre cerca de la puerta de nuestro corazón y espera que le abramos. Y a veces llama al corazón, pero no es invasor: espera. Siempre cerca de nuestro corazón, y cuando llama lo hace con ternura y con tanto amor. Tratemos todos de rezar de esta manera, entrando en el misterio de la Alianza. A meternos en oración entre los brazos misericordiosos de Dios, a sentirnos envueltos por ese misterio de felicidad que es la vida trinitaria, a sentirnos como invitados que no se merecían tanto honor” (13-V-2020).

El Papa no está hablando de la Misa, ciertamente, sino de la oración, que podemos hacer en casa, o en cualquier parte. Esta oración, de la que habla el Papa, nos introduce en lo más profundo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No es Misa, no es comunión eucarística, pero esa oración es una comunión real. Si podemos lograr esta comunión con Dios en la oración personal, con más razón en la oración litúrgica por excelencia, que es la Misa, aunque la sigas en forma virtual. Si abres tu corazón al Señor, logras la comunión espiritual con Él, comunión que es verdadera, real y profunda. Si la oración logra una comunión real con Cristo, con más razón lo logra la Misa, aunque sea virtual, si participas en ella no como en un espectáculo, sino con alma, cuerpo y mente.

Para cuando pase esta pandemia, muchos están solicitando que se sigan transmitiendo las Misas, como hacemos ahora. Hay que analizarlo pastoralmente. Conviene seguir las transmisiones, siempre y cuando no sean un recurso para los flojos e individualistas, para esos que quieren cerrarse en su casa, en su grupo, en su círculo social, como los que siguen insistiendo en pedir el bautismo de sus hijos para ellos solos, un bautismo “especial”, porque no se quieren juntar con el resto del pueblo, sobre todo no quieren mezclarse con los pobres. Para esos, no sirven las misas virtuales. Pero para quienes no tienen otra forma de vivir la Eucaristía dominical, como muchos paisanos que viven en Estados Unidos, a quienes se les complica mucho ir a una Misa en castellano con toda la familia, para ellos, y para otras personas en circunstancias semejantes, las misas virtuales seguirán siendo un alimento de vida eterna, con una presencia real de Jesús en sus corazones, esperando que hagan lo posible por participar en forma presencial en las celebraciones, pues allá también deben ser parte visible y tangible de la comunidad parroquial.

ACTUAR

Si participas en una Misa virtual, deja de lado otras ocupaciones; concéntrate en lo que vives; sigue las posturas indicadas para cada momento; escucha con atención la Palabra de Dios; haz oración en unión con la comunidad virtual, adora al Señor y haz la intención de recibirlo en tu corazón. Si estás con tu familia, reúnanse y sean una “iglesia doméstica”, no estén cada quien en su cuarto, sólo viendo de reojo la celebración y haciendo otras cosas al mismo tiempo. Hay que darle la importancia que merece, pues el Señor quiere estar en tu vida. Si participas con fe y devoción, el Señor está realmente contigo.

 

Manos Unidas y la crisis

Manos Unidas está haciendo frente a esas otras historias de la pandemia que llegan desde los casi 60 países en los que trabaja esta ONG de la Iglesia. Ya ha dedicado 700.000 euros que tienen una finalidad paliativa para evitar, en la medida de lo posible, que aumenten aún más las cifras del hambre y la malnutrición. Son necesarias medidas urgentes para aquellos que no tienen ingresos fijos, no gozan de sistemas de protección social o sanitaria, ni poseen propiedad alguna que les pueda ayudar a mantenerse.

Sumemos a eso que, especialmente en el continente africano, la red sanitaria es escasa y está infradotada. La catástrofe es fácilmente imaginable, pero es posible afrontarla si se hace pronto y de manera ordenada. Manos Unidas posee el conocimiento de la realidad y cuenta con redes que le permiten detectar y actuar. La campaña de ayuda que acaba de lanzar cuenta con estos avales más que probados a lo largo de los años.

Jesús Martínez Madrid

 

Los otros responsables

¿Y los responsables de la sanidad nacional y del gobierno? Teniendo en cuenta el muy elevado número de muertes, de enfermos, más la situación económica y de limitación de derechos de los ciudadanos a la que hemos llegado, los responsables de la sanidad y del gobierno tienen el deber moral grave de dar cuenta a los ciudadanos, de modo objetivo y cierto, de qué han hecho o han dejado de hacer para abordar esta gran tragedia.  Los resultados tan distintos de unos países a otros, en cuanto al número de muertos e infectados,  hacen ver que en gran parte depende de las medidas de gobierno que se hayan adoptado: aplicación oportuna de las recomendaciones de la O.M.S., experiencias de otros países,  medios adecuados suficientes para detectar los infectados, medidas de protección eficaces y suficientes para los profesionales de la salud, instalación especial de hospitales de urgencia…

Y también en cuanto a las medidas económicas y sociales especiales que haya que tomar, por ser situaciones excepcionales requieren también medidas excepcionales. Y por serlo conviene contar con el apoyo de todas las fuerzas sociales –partidos políticos, empresarios, otros representantes sociales-, porque en realidad todas las fuerzas deben contribuir a sacar adelante el país en esas circunstancias. Es responsabilidad de los que gobiernan buscar esa fuerte colaboración, encontrando los puntos comunes fundamentales en los que todos pueden estar de acuerdo, al margen de finalidades políticas particulares más inmediatas.

JD Mez Madrid

 

Ante este casi invisible microorganismo

Algunos comentan, incluso, que Dios, en su misericordia nos da lo que necesitamos: un virus, una epidemia, un terremoto, etc., para que reaccionemos y dejemos el pecado. Sin descartar en modo alguno el castigo de Dios que quiere corregirnos como un buen padre hace con sus hijos cuando lo necesitan, me inclino a pensar que esta pandemia es una ocasión que el Señor quiere que aprovechemos para darnos cuenta de que Él mismo, Dios y hombre verdadero, sufre y padece por nosotros para redimirnos del pecado, y nos acompaña en nuestro sufrimiento para que descubramos el Amor que le ha llevado a la Cruz.

Ante estos acontecimientos pienso que el Señor nos da la gracia –si la queremos recibir como Dimas- para que nos demos cuenta de que nuestra vida vale la pena; y que tiene valor a los ojos del mismo Dios.

El hombre, la mujer, tiene la posibilidad de descubrir con la gracia de Dios en la acción de este casi invisible microorganismo, que nuestra vida no es una banalidad; que nuestra vida tiene un sentido. Si nos paramos ante la Cruz de Cristo, y unimos nuestro sufrimiento al Suyo, que ha padecido y muerto para redimirnos del pecado y salvarnos de la muerte eterna, descubriremos que nuestra vida vale la pena; y daremos gracias eternamente al Señor de haber sufrido con Él, por Él, en Él., y de haberle pedido perdón por nuestros pecados, al verle clavado en la Cruz.

El buen ladrón dará gracias eternamente a Dios, por haber acompañado a Cristo, por haber sufrido con Él, en su subida al monte Calvario. Ese sufrimiento, y poner los ojos en Cristo, le llevó a descubrir que el Señor estaba muriendo también por él. “Acuérdate de mí cuando estés en un tu reino”.

Dimas, ante la cruz de Cristo, se planteó el verdadero problema del hombre: la Vida y la Muerte. No fue tiempo de banalidades; de encogerse de hombros y “qué más da”. Una ocasión como esta pandemia es el momento de clamar a Dios, en su Hijo Jesucristo, que se ha encarnado, ha muerto y ha resucitado por nosotros.

Domingo Martínez Madrid

 

 

El comercio, la Industria y los que hicimos España

                          

UN BOCETO O ESTAMPA DE UNA FAMILIA ESPAÑOLA DE LA INFINIDAD QUE HICIERON LA ESPAÑA RICA DESPUÉS DE LA GUERRA CIVIL DE 1936-1939 (Publicado en Facebook)

Pedro Antonio Una Persona De Jaén: Hoy hace 68 años que mis abuelos María y Antonio, y (mi padre Antonio García-Fuentes no le quedaba otra), fundaron la Droguería Flores. Y tacita a tacita, con la sonrisa de mi Abuela, la presteza en el diseño del mantenimiento de la microeconomía de mi Abuelo, y los músculos y la obediencia de mi Padre, comenzó la historia. Que la siguió la generación siguiente y que afortunadamente continúa: Gracias 15 de Mayo del 2020.
Gracias hijo: Pero recordad que infinidad de españoles de la pos guerra y como nosotros, trabajando duro y ahorrando mucho, fuimos los que hicimos la España rica, que murió en 1975 con Franco: o sea y más claro, que fue el pueblo español y trabajador "a destajo", al que le deben las generaciones posteriores, "el coche, la universidad, la formación o educación recibida, y a nadie más"; quede ello claro para los inútiles políticos, que en mayoría fueron y siguen yendo, simplemente, "a chupar y vivir bien de los impuestos que les pagamos": puesto que esa es otra verdad indiscutible; "no es el político o la política la que mantiene al pueblo, sino es el pueblo que trabaja y produce, el que mantiene a ellos y todo el tinglado del país". AGF 16-05-2020

LA BRUTAL ADMINISTRACIÓN ESPAÑOLA NO PUEDE MANTENERSE: “Sin un ajuste o una mejor distribución de recursos y efectivos en las Administraciones Públicas no cabe pensar en un Plan de Reconstrucción Nacional eficiente para intentar salir de la segura recesión en que entrará la economía en este segundo trimestre del año”. (Vozpópuli 16-05-2020)

El gran problema de "la España política" y aquí entra desde la casa del rey a la última pedanía nacional: es que se malgasta más que se gastaría por lógica de mantenimiento; se mantienen ejércitos de zánganos y parásitos, se pagan sueldos y prebendas que no merecen en absoluto; y ese "sanguijuelismo nacional", es el que en gran parte tiene arruinada a España; y de esto los políticos no quieren revisar y reducir a niveles necesarios, reales y lógicos. Todo lo demás es mentira. AGF www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)

LA DELEGACIÓN DEL GOBIERNO EN NAVARRA PERMITE UN ACTO DE EXALTACIÓN AL TERRORISTA PATXI RUIZ. El Gobierno socialcomunista permite una concentración etarra para dar ‘vivas’ a un asesino mientras persigue la protesta en Núñez de Balboa. Rosa Díez denuncia la ocultación en TVE del acto en Pamplona mientras sí se da cancha a criminalizar las protestas contra Pedro Sánchez. (Periodista Digital 16-05-2020)

            Este indeseable presidente de gobierno, con tal de conservar los votos que le mantienen en la poltrona, es capaz de dar lo que quieran los vendidos votantes, que en estos casos son tan indeseables como él. Por tanto no nos sorprendamos de nada; como ya sentenció “el gran pirata”, Aristóteles Sócrates Onassis, en el pasado siglo: “En este mundo todo se compra con dinero y lo que no se compra con dinero, se compra con más dinero”: “Este individuo sabía mucho de ello, pues compró mucho incluida carne humana, que disfrutó”.

EL COMERCIO O LA INDUSTRIA: “Los comercios: "El Gobierno solo da una patada hacia delante con la prohibición de despedir": Sin ingresos durante casi dos meses, las previsiones más optimistas de los comerciantes apuntan a que su recuperación no empezará hasta después del verano”. (Vozpópuli 16-05-2020)

La ley del comercio es sencilla, lo difícil es practicarla con éxito. Todo se reduce a saber comprar para luego poder vender bien; y en cuanto a los puestos de trabajo, para que exista un puesto de trabajo, antes tiene que existir una empresa que pueda soportarlo, mantenerlo y que éste le rinda lo suficiente; si la empresa prospera, podrá seguir colocando nuevos obreros; y llegada la época de retroceso, por cuanto "las cosas le van mal", tiene que despedir por igual orden; no hay más; y otra cosa... "en España hay que tener cojoness para abrir y luego sostener una empresa", más con gobiernos tan inútiles como el que hoy dirige, que lo hace como "un ciego vendado" y sin tener idea de lo que es el comercio. Y es a través del comercio, como progresó “el mono humano” y lo seguirá haciendo, “si lo dejan”.

 PABLO IGLESIAS: Pablo Iglesias, qué hará cuando estalle la crisis económica: “Si Pablo Iglesias no ocupara un asiento en el Consejo de Ministros sería posible imaginarlo en unos meses como el estandarte del malestar social y de los colectivos vulnerables”. (El Confidencial 16-05-2020)…. No hará nada por cuanto no sabe nada, nada de comercio, industria, trabajo, esfuerzo, y en definitiva, como "ganarse el pan de cada día con sudor y esfuerzo": Al comunismo lo retrató bien Churchill con la frase siguienteCOMUNISMO Y WINSTON CHURCHILL: "Poned a un comunista al frente del desierto del Sahara, en 5 años habrá escasez de arena".  y en cuanto al virus chino, al que se agarran para sostenerse en este gobierno tiránico; valga lo que una gran figura de la política dejó escrito hace siglos. VIRUS CHINO: Lo que están haciendo los políticos bajo “la cortina de la pandemia”, ya lo denunció Montesquieu, hace cientos  de años, con esta sentencia: “NO EXISTE TIRANÍA PEOR QUE LA EJERCIDA A LA SOMBRA DE LAS LEYES CON APARIENCIA DE JUSTICIA”… “Y es por lo que los españoles aún seguimos en la cárcel que nos impusieron, para “salvarnos la vida”; y aún siguen”, poniendo obstáculos para simplemente dejarnos como nos tenían antes de este episodio, que ya era un desastre. Tratan de hundir a España y sus perversos motivos tendrán, lo triste es que los están dejando; y me refiero a la COMPRADA O SOBORNADA OPOSICIÓN, que pudiendo echarlos, los sostienen, cosa que les va a pasar factura a todos, cuando nos dejen votar.

Antonio García Fuentes (Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (Aquí más)

 


 

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