Las Noticias de hoy 7 Mayo 2020

Enviado por adminideas el Jue, 07/05/2020 - 12:35

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 07 de mayo de 2020   

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Audiencia general: El Papa inicia ciclo de catequesis sobre la “oración”

Audiencia general: Catequesis del Papa sobre la oración

Crisis: El Papa llama a “poner en el centro la dignidad de la persona y del trabajo”

Jueves de la semana 4 de Pascua: F. Fernández Carvajal.

“María, maestra de oración”: San Josemaria

San Josemaría Escrivá, maestro de oración en la vida ordinaria: Mons. Javier Echevarría

Esa corriente trinitaria de Amor: Giulio Maspero

Svetlana Stalin (1926-2011): Una ‘pequeña mariposa’ volando hacia Dios: Graciela Jatib y Jaime Nubiola

Comunicación y transformación cultural: Jesús Ortiz López

 “Dios rebasa tiempos los tiempos y espacios”: + Felipe Arizmendi Esquivel Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas

Entorno Covid: Presente y futuro: Nuria Chinchilla

Diálogo sobre el mundo post covid entre Mons. Argüello y Victoria Camps

Violencia en el hogar: Mario Arroyo.

Los mediócratas y el indiferentismo religioso: Plinio Corrêa de Oliveira

Asumir la realidad desde la familia: Ana Teresa López de Llergo  

Los niños y el aburrimiento: Lucía Legorreta

¿Se me nota que estoy alegre?: Domingo Martínez Madrid

Suicidio asistido: Suso do Madrid

La histórica Cumbre: Enric Barrull Casals

Tras una Semana Santa para todos: Jaume Catalán Díaz

Discursos, Querellas, ruina y el “pan y circo”:   Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta


Miércoles, 6 de mayo de 2020

https://youtu.be/yZfDsM_vKns
 
Monición de entrada

Recemos hoy por los hombres y mujeres que trabajan en los medios de comunicación. En este tiempo de pandemia arriesgan tanto y el trabajo es mucho. Que el Señor les ayude en esa labor de trasmisión, siempre, de la verdad.

 Homilía

Este pasaje del Evangelio de Juan (Jn 12,44-50) nos muestra la intimidad que había entre Jesús y el Padre. Jesús hacía lo que el Padre le dijo que hiciera. Y por eso dice: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado» (v. 44). Luego precisa su misión: «Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas». Se presenta como luz. La misión de Jesús es iluminar: la luz. Él mismo lo dijo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). El profeta Isaías había profetizado esa luz: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz» (Is 9,1 y Mt 4,16). Es la promesa de la luz que iluminará al pueblo. Y también la misión de los apóstoles es llevar la luz. Pablo le dijo al rey Agripa: “He sido elegido para iluminar, para llevar esa luz –que no es mía, es de otro–, pero para traer la luz” (cfr. Hch 26,18). Es la misión de Jesús: traer la luz. Y la misión de los apóstoles es llevar la luz de Cristo, iluminar, porque el mundo estaba en tinieblas.
 
Pero el drama de la luz de Jesús es que fue rechazada. Ya al inicio de su Evangelio, Juan lo dice claramente: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Amaban más las tinieblas que la luz. Acostumbrarse a las tinieblas, vivir en las tinieblas: no saben aceptar la luz, no pueden; son esclavos de las tinieblas. Y esa será la continua lucha de Jesús: iluminar, llevar la luz que hace ver las cosas como están, como son; hace ver la libertad, hace ver la verdad, hace ver el camino por el que andar, con la luz de Jesús.
 
Pablo tuvo esa experiencia del paso de las tinieblas a la luz cuando el Señor lo encontró en el camino de Damasco. Se quedó ciego. ¡Ciego! Y luego, con el bautismo recuperó la luz (cfr. Hch 9,1-19). Tuvo esa experiencia del paso de las tinieblas, en las que estaba, a la luz. Es también nuestro paso, que sacramentalmente recibimos en el bautismo: por eso el bautismo se llamaba, en los primeros siglos, la Iluminación (cfr. San Justino, Apología, 1,61,12), porque te daba la luz, te “hacía entrar”. Por eso, en la ceremonia del bautismo se da un cirio encendido, una vela encendida al padre y a la madre, porque el niño o la niña están iluminados: Jesús trae la luz.
 
Pero el pueblo, la gente, su pueblo lo rechazó. Está tan habituado a las tinieblas que la luz lo deslumbra, no sabe andar (cfr. Jn 1,10-11). Y ese es el drama de nuestro pecado: el pecado nos ciega y no podemos tolerar la luz. Tenemos los ojos enfermos. Jesús lo dice claramente en el Evangelio de Mateo: “Si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará enfermo. Si tu ojo ve solo las tinieblas, ¿cuántas tinieblas habrá dentro de ti?” (cfr. Mt 6,22-23) Las tinieblas… Y la conversión es pasar de las tinieblas a la luz. ¿Cuáles son las cosas que enferman los ojos, los ojos de la fe? Nuestros ojos están enfermos: ¿cuáles son las cosas que “tiran para abajo”, que los ciegan? Los vicios, el espíritu mundano, la soberbia.
 
Los vicios que “te tiran para abajo” y esas tres cosas –los vicios, la soberbia, el espíritu mundano– te llevan a asociarte con otros para estar seguro en las tinieblas. A menudo hablamos de las mafias: ¡pues es eso! Porque hay “mafias espirituales”, hay “mafias domésticas”, siempre, que buscan a algún otro para cubrirse y permanecer en las tinieblas. No es fácil vivir en la luz. La luz nos hace ver tantas cosas feas dentro de nosotros que no queremos ver: los vicios, los pecados… Pensemos en nuestros vicios, pensemos en nuestra soberbia, pensemos en nuestro espíritu mundano: esas cosas nos ciegan, nos alejan de la luz de Jesús. Pero si empezamos a pensar en esas cosas, no encontraremos un muro, no: hallaremos una salida, porque Jesús mismo dice que Él es la luz y «no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo» (Jn 12,47). Jesús mismo, la luz, dice: “Ánimo: déjate iluminar, déjate ver por lo que tienes dentro, porque soy yo quien te lleva adelante, quien te salva. Yo no te condeno. Yo te salvo” (cfr. v. 47). El Señor nos salva de las tinieblas que llevamos dentro, de las tinieblas de la vida cotidiana, de la vida social, de la vida política, de la vida nacional, internacional… tantas tinieblas hay dentro. Y el Señor nos salva. Pero nos pide verlas, primero; tener el valor de ver nuestras tinieblas para que la luz del Señor entre y nos salve.
 
No tengamos miedo del Señor: es muy bueno, es manso, está cerca de nosotros. Vino para salvarnos. No tengamos miedo de la luz de Jesús.

 Comunión espiritual

Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Como no puedo recibirte sacramentalmente ahora, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si te hubiese recibido, me abrazo y me uno todo a ti. No permitas que jamás me separe de ti.

 

 

Audiencia general: El Papa inicia ciclo de catequesis sobre la “oración”

“Humildad y perseverancia”

MAYO 06, 2020 11:39ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 6 mayo 2020).- En la audiencia general de hoy, el Papa ha comenzado un nuevo ciclo de catequesis, en el que meditará sobre el tema de la oración. “La oración es el alimento de la fe y también su expresión”, ha recordado. “Es como un grito que sale del corazón del que cree y espera sólo en Dios”.

A las 9:25 horas en Roma, ha dado inicio este miércoles, 6 de mayo de 2020 la audiencia general, presidida por el Santo Padre en la biblioteca del Palacio Apostólico, junto a los sacerdotes que han traducido sus palabras a otros idiomas.

Francisco ha tomado como referencia a Bartimeo, que era ciego y pedía limosna sentado a la orilla del camino, para señalar que la oración se debe hacer con “humildad y perseverancia”, confiando en el Señor y “abandonándonos totalmente a su misericordia”.

Cuando oyó que Jesús estaba pasando por allí, Bartimeo no dudó en gritar pidiéndole que se compadeciera de él, ha narrado el Pontífice. Sus gritos molestaban a quienes estaban a su alrededor y quisieron hacerlo callar. Pero él, en cambio, gritaba aún más fuerte: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”.

El Papa ha explicado que Bartimeo, “descartado y menospreciado por los demás, hizo una profesión de fe, reconoció a Jesús como el Mesías” y su ruego “conmovió el corazón del Señor, que lo llamó y le preguntó cuál era su deseo”.

Entonces, el grito del mendicante se convirtió en súplica: “Haz que recobre la vista”. Jesús, que vio la grandeza de la fe de Bartimeo, le abrió las puertas de su misericordia y de su omnipotencia, atendió su plegaria y le concedió lo que le pedía: la vista.

Este pasaje evangélico, indicó Francisco, “nos ayuda a comprender que la oración nace de la fe, brota de nuestro ser criaturas frágiles y necesitadas, de la continua sed de Dios que todos tenemos”.

 

 

Audiencia general: Catequesis del Papa sobre la oración

“¡Jesús, ten compasión de mí!”

MAYO 06, 2020 13:59ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 6 mayo 2020).- Hermosa definición del hombre: “mendigo de Dios”, ha señalado el Papa Francisco en su catequesis, la primera del nuevo ciclo sobre la oración, que ha iniciado el Pontífice este miércoles, 6 de mayo de 2020, en la audiencia general.

“La fe es tener las dos manos levantadas, una voz que clama para implorar el don de la salvación”, ha expresado Francisco, quien ha animado a pensar en la historia de Bartimeo para aprender a hacer oración con “humildad y perseverancia”.

Este hombre entra, pues, en los Evangelios “como una voz que grita a pleno pulmón”. No ve; no sabe si Jesús está cerca o lejos, pero lo siente, lo percibe por la multitud, que en un momento dado aumenta y se avecina… Pero está completamente solo, y a nadie le importa. “¿Y qué hace Bartimeo? Grita”, recuerda el Santo Padre.

Más fuerte que cualquier argumento en contra, “en el corazón de un hombre hay una voz que invoca”, asegura el Papa. Como Bartimeo, “todos tenemos esta voz dentro”.

Una voz que brota espontáneamente, sin que nadie la mande, una voz que se interroga sobre el sentido de nuestro camino aquí abajo, especialmente cuando nos encontramos en la oscuridad: “¡Jesús, ten compasión de mí!”.

A continuación, sigue la catequesis pronunciada hoy por el Papa Francisco en la audiencia general:

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy comenzamos un nuevo ciclo de catequesis sobre el tema de la oración. La oración es el aliento de la fe, es su expresión más adecuada. Como un grito que sale del corazón de los que creen y se confían a Dios.

Pensemos en la historia de Bartimeo, un personaje del Evangelio (cf. Mc 10, 46-52 y par.) y, os lo confieso, para mí el más simpático de todos. Era ciego y se sentaba a mendigar al borde del camino en las afueras de su ciudad, Jericó. No es un personaje anónimo, tiene un rostro, un nombre: Bartimeo, es decir, “hijo de Timeo”. Un día escucha que Jesús pasaría por allí. Efectivamente, Jericó era un cruce de caminos de personas, continuamente atravesada por peregrinos y mercaderes. Entonces Bartimeo se pone a la espera: hará todo lo posible para encontrar a Jesús. Mucha gente hacía lo mismo, recordemos a Zaqueo, que se subió a un árbol. Muchos querían ver a Jesús, él también.

Este hombre entra, pues, en los Evangelios como una voz que grita a pleno pulmón. No ve; no sabe si Jesús está cerca o lejos, pero lo siente, lo percibe por la multitud, que en un momento dado aumenta y se avecina… Pero está completamente solo, y a nadie le importa. ¿Y qué hace Bartimeo? Grita. Y sigue gritando. Utiliza la única arma que tiene: su voz. Empieza a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” (v. 47). Y sigue así, gritando.

Sus gritos repetidos molestan, no resultan educados, y muchos le reprenden, le dicen que se calle. “Pero sé educado, ¡no hagas eso!”. Pero Bartimeo no se calla, al contrario, grita todavía más fuerte: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” (v. 47). (v. 47). Esa testarudez tan hermosa de los que buscan una gracia y llaman, llaman a la puerta del corazón de Dios. Él grita, llama. Esa frase: “Hijo de David”, es muy importante, significa “el Mesías”, confiesa al Mesías- es una profesión de fe que sale de la boca de ese hombre despreciado por todos.

Y Jesús escucha su grito. La oración de Bartimeo toca su corazón, el corazón de Dios, y las puertas de la salvación se abren para él. Jesús lo manda a llamar. Él se levanta de un brinco y los que antes le decían que se callara ahora lo conducen al Maestro. Jesús le habla, le pide que exprese su deseo –esto es importante– y entonces el grito se convierte en una petición: “¡Que vea!”. (cfr.v. 51).

Jesús le dice: “Vete, tu fe te ha salvado” (v. 52). Reconoce a ese hombre pobre, inerme y despreciado todo el poder de su fe, que atrae la misericordia y el poder de Dios. La fe es tener las dos manos levantadas, una voz que clama para implorar el don de la salvación. El Catecismo afirma que “la humildad es la base de la oración” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2559). La oración nace de la tierra, del humus –del que deriva “humilde”, “humildad”–; viene de nuestro estado de precariedad, de nuestra constante sed de Dios (cf. ibid., 2560-2561).

 

La fe, como hemos visto en Bartimeo, es un grito; la no fe es sofocar ese grito. Esa actitud que tenía la gente para que se callara: no era gente de fe, en cambio, él si. Sofocar ese grito es una especie de “ley del silencio”. La fe es una protesta contra una condición dolorosa de la cual no entendemos la razón; la no fe es limitarse a sufrir una situación a la cual nos hemos adaptado. La fe es la esperanza de ser salvado; la no fe es acostumbrarse al mal que nos oprime y seguir así.

Queridos hermanos y hermanas, empezamos esta serie de catequesis con el grito de Bartimeo, porque quizás en una figura como la suya ya está escrito todo. Bartimeo es un hombre perseverante. Alrededor de él había gente que explicaba que implorar era inútil, que era un vocear sin respuesta, que era ruido que molestaba y basta, que por favor dejase de gritar: pero él no se quedó callado. Y al final consiguió lo que quería.

Más fuerte que cualquier argumento en contra, en el corazón de un hombre hay una voz que invoca. Todos tenemos esta voz dentro. Una voz que brota espontáneamente, sin que nadie la mande, una voz que se interroga sobre el sentido de nuestro camino aquí abajo, especialmente cuando nos encontramos en la oscuridad: “¡Jesús, ten compasión de mí! ¡Jesús, ten compasión de mí!”. Hermosa oración, ésta.

Pero ¿estas palabras no están quizás esculpidas en la creación entera?. Todo invoca y suplica para que el misterio de la misericordia encuentre su cumplimiento definitivo. No rezan sólo a los cristianos: comparten el grito de la oración con todos los hombres y las mujeres. Pero el horizonte todavía puede ampliarse: Pablo dice que toda la creación “gime y sufre los dolores del parto” (Rom 8:22). Los artistas se hacen a menudo intérpretes de este grito silencioso de la creación, que pulsa en toda criatura y emerge sobre todo en el corazón del hombre, porque el hombre es un “mendigo de Dios” (cf. CIC, 2559). Hermosa definición del hombre: “mendigo de Dios”. Gracias.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Crisis: El Papa llama a “poner en el centro la dignidad de la persona y del trabajo”

Con ocasión del día del trabajo

MAYO 06, 2020 11:06ROSA DIE ALCOLEAPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 6 mayo 2020).- Con ocasión del recién celebrado día del trabajo, el 1 de mayo, el Papa ha hecho un llamamiento especial durante la audiencia general de hoy, 6 de abril de 2020: “Pido que la crisis sea una oportunidad para volver a poner en el centro la dignidad de la persona y del trabajo”.

“Con ocasión del 1 de mayo, he recibido diversos mensajes referidos al mundo del trabajo y a sus problemas. En particular, me ha conmovido lo de los trabajadores agrícolas, incluyendo muchos inmigrantes, que trabajan en el campo italiano”.

Es cierto que “hay una crisis para todos”, reconoce el Pontífice, “pero la dignidad de las personas debe ser siempre respetada”, recalca.

Por eso, el Papa acoge el llamamiento de estos trabajadores y de “todos los trabajadores explotados” y pide que la crisis sea “una oportunidad para volver a poner en el centro la dignidad de la persona y del trabajo”.

 

 

Jueves de la semana 4 de Pascua

Aprender a disculpar

«En verdad, en verdad os digo: no es el siervo más que su señor ni el enviado más que quien le envió. Si comprendéis esto y lo hacéis seréis bienaventurados. No lo digo por todos vosotros: yo sé a quiénes elegí; sino para que se cumpla la Escritura: El que come mi pan levantó contra mí su calcañal: Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis que yo soy En verdad, en verdad, os digo: quien recibe al que yo envíe, a mi me recibe, y quien a mi me recibe, recibe al que me ha enviado.» (Juan 13, 16-20)

I. La Primera lectura de la Misa nos narra un incidente entre los colaboradores que acompañan a San Pablo en la evangelización.
Pablo y sus compañeros navegaron desde Pafos hasta llegar a Perge de Panfilia; pero Juan se separó de ellos y volvió a Jerusalén. Los demás siguieron su viaje apostólico y llegaron hasta Antioquía de Pisidia. Juan, también llamado Marcos, era primo de Bernabé, el apóstol inseparable de Pablo, y una de las columnas en las que se apoyaba la extensión de la fe entre los gentiles. Marcos, desde muy joven, había vivido la intensa actividad de los primeros cristianos de Jerusalén en torno a la Virgen y a los Apóstoles, a los que había conocido en su intimidad: la madre de Marcos fue de las primeras que ayudaron a Jesús y a los Doce . Parece razonable que Bernabé se fijase en su primo Juan Marcos, para iniciarle en las tareas de propagación del Evangelio en su compañía y bajo su dirección y la de San Pablo.
A Marcos le falló el ánimo y se volvió a su casa, abandonando a sus compañeros. No se sintió con fuerzas y se volvió atrás. Este hecho debió de pesar bastante en los demás que siguieron adelante. Pero al preparar el segundo gran viaje apostólico para visitar a los hermanos que habían recibido la fe, Bernabé quería llevar consigo también a Juan, llamado Marcos; Pablo, en cambio, consideraba que no debía llevar al que se había apartado de ellos en Panfilia y no les había acompañado en la tarea.
San Pablo no estaba dispuesto a llevar consigo al que ya les había fallado una vez. Entonces, se produjo una discrepancia tal entre ambos que se separaron uno del otro. Bernabé tomó consigo a Marcos y embarcó para Chipre, mientras Pablo eligió a Silas y partió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor. La discusión y la disparidad de criterios debió de ser grande para llegar a causar esa separación. «Pablo más severo y Bernabé más benigno -comenta San Jerónimo-, cada uno mantiene su punto de vista. Y, sin embargo, la discusión manifiesta un tanto la fragilidad humana».
A pesar de todo, San Pablo, un hombre de corazón inmenso, sacrificado hasta el extremo por sus hermanos y ferviente apóstol, no mantiene un juicio inamovible sobre Marcos. Por el contrario, años más tarde encontramos a éste como colaborador íntimo del Apóstol, al que sirve de profundo consuelo: Os saluda Aristarco, mi compañero de prisión, y Marcos -primo de Bernabé-, acerca del cual ya recibisteis instrucciones: acogedle si va a veros, y Jesús, el llamado Justo (...), que me sirven de consuelo. Más tarde San Pablo pide a Timoteo que vaya con Marcos, pues éste le es muy útil para el ministerio. En pocos años, Marcos ha pasado a ser un amigo y un colaborador eficaz, que sirve de apoyo al Apóstol en momentos difíciles. Quizá un día Pablo pensó que Marcos no servía; ahora le quiere cerca. Las personas pueden cambiar, y, cuando tenemos que juzgar su actuación externa -las intenciones sólo Dios las conoce-, nunca debemos hacer juicios fijos e inamovibles sobre ellas. El Señor nos quiere como somos, también con nuestros defectos cuando luchamos por superarlos, y, para cambiarnos, cuenta con la gracia y con el tiempo. Ante los defectos de quienes nos rodean -a veces evidentes, innegables- no debe faltar nunca la caridad que mueve a la comprensión y a la ayuda. «¿No podríamos desde ahora mirar ya a los demás de manera que sus defectos no nos descorazonasen? Llegará un momento en que las heridas serán olvidadas (...). A lo mejor muchas cosas que nos han entristecido en este día o en estos últimos tiempos van a ser olvidadas. Tenemos defectos, ¡pero podemos querernos! Porque somos hermanos, porque Cristo nos quiere de verdad... como somos». Esta es la razón fundamental: Cristo no quiere nuestros defectos, pero nos quiere a nosotros, aunque tenemos muchos. Que no nos distancien los defectos de aquellos con quienes convivimos, con quienes cada día nos encontramos en la oficina, en la Universidad..., en cualquier lugar de trabajo.

II. San Pablo nos da ejemplo de saber olvidar, de saber recomponer lazos rotos, de capacidad de amistad. Por su parte, San Marcos es para nosotros un magnífico ejemplo de humildad y de esperanza. Aquel suceso que motivó la separación de Pablo y de Bernabé, en el que él fue la causa de la discusión, le debió de causar al Evangelista una honda impresión y un gran dolor. Tuvo que sentir en lo más hondo de su alma el verse rechazado por Pablo, con su gran prestigio bien ganado de evangelizador incansable, de sabiduría, de santidad. Sin embargo, él también supo olvidar, y cuando se le necesita allí está él, sirviendo de consuelo a Pablo y siéndole muy útil para el ministerio.
San Marcos supo olvidar y disculpar porque tenía un alma grande; por eso fue luego un extraordinario instrumento de la gracia. «¡Qué alma más estrecha la de los que guardan celosamente su "lista de agravios" !... Con esos desgraciados es imposible convivir.
»La verdadera caridad, así como no lleva cuenta de los "constantes y necesarios" servicios que presta, tampoco anota, "omnia suffert" ‑soporta todo-, los desplantes que padece».
Si no somos humildes tenderemos a fabricar nuestra lista de pequeños agravios que, aunque sean pequeños, nos robarán la paz con Dios, perderemos muchas energías y nos incapacitaremos para los grandes proyectos que cada día tiene el Señor preparados para quienes permanecen unidos a Él. La persona humilde tiene el corazón puesto en Dios, y así se llena de gozo y se hace de alguna manera menos vulnerable; no le importa tanto lo que habrán dicho, o lo que habrán querido decir; olvida enseguida y no le da demasiadas vueltas a las humillaciones que experimenta todo hombre y toda mujer de una forma u otra en los sucesos de la vida corriente.
Esa sencillez, esa humildad, el no enredarse en «puntos de honra» que levanta la soberbia, el dejar a un lado los posibles agravios dan a la persona una gran capacidad para recomenzar de nuevo después de una cobardía o de una derrota. A San Marcos, después de la cobardía o el cansancio en el primer viaje, le vemos enseguida de nuevo en la tarea con Bernabé, dispuesto a ser fiel sin condiciones.
El que es humilde se siente con facilidad hermano de los demás; por eso busca cada día la comunicación con quienes se relaciona, y recompone la amistad si por cualquier motivo se hubiese roto o enfriado, y está dispuesto siempre a prestar una ayuda fraterna y también a ser ayudado. Así se construyen cada día las relaciones necesarias de toda convivencia. «Los que están cercanos se sostienen recíprocamente, y gracias a ellos surge el edificio de la caridad (...). Si yo, pues, no hago el esfuerzo de soportar tu carácter, y si tú no te preocupas de soportarme con el mío, ¿cómo podrá levantarse entre nosotros el edificio de la caridad si el amor mutuo no nos une en la paciencia? En un edificio, ya lo hemos dicho, cada piedra sostiene y es sostenida».

III. Además de sus tareas apostólicas en la extensión y consolidación de las nuevas conversiones, San Marcos fue colaborador muy cercano de San Pedro, de San Pablo y de Bernabé; y, según la tradición más firme, intérprete de San Pedro en Roma, probablemente traduciendo al griego y al latín la predicación y las enseñanzas orales del Príncipe de los Apóstoles. Y, sobre todo, fue un instrumento muy dócil al Espíritu Santo, dejándonos la joya impagable del segundo de los Evangelios.
Para nosotros es un gran motivo de consuelo y de esperanza contemplar la figura de este Evangelista: desde sus pasos primerizos hasta llegar a ser un instrumento valiosísimo en la primitiva Iglesia, y para siempre. A pesar de nuestras flaquezas, de las posibles faltas y titubeos de nuestros años pasados, podemos confiar como él en poder prestar con abnegación un servicio útil a la Iglesia, con el auxilio de la gracia. A pesar de todo, podemos también nosotros llegar a ser instrumentos eficaces.
¡Cómo ayudaría a San Pablo, ya anciano, preso en Roma! ¡Cuánta solicitud! Ambos habían hecho vida suya lo que el Apóstol de las gentes había escrito a los cristianos de Corinto: ... La caridad es paciente, la caridades benigna... La caridad lo supera todo.
La caridad puede más que los defectos de las personas, que la diversidad de caracteres, que todo aquello que se pueda interponer en el trato con los demás. La caridad vence todas las resistencias. ¡Qué distinto hubiera sido todo si San Pablo se hubiera quedado con el prejuicio de que con Marcos no se podía hacer nada porque en una ocasión tuvo miedo, o cansancio, o unos momentos de desánimo... y se volvió a su casa a Jerusalén! ¡Qué distinto también si Marcos se hubiera quedado con el corazón herido, guardando agravios, porque el Apóstol no quiso que le acompañase en el segundo viaje! Pidámosle hoy nosotros a la Virgen, Nuestra Madre, que nunca guardemos pequeñas o grandes ofensas, que causarían un enorme daño en nuestro corazón, en nuestro amor al Señor y en la caridad con el prójimo. Aprendamos de San Marcos a recomenzar, una o mil veces, si por cualquier motivo tenemos un mal momento de desfallecimiento o de cobardía.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

 

 

“María, maestra de oración”

El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza. (Camino, 492)

7 de mayo

  • Ama a la Señora. Y Ella te obtendrá gracia abundante para vencer en esta lucha cotidiana. -Y no servirán de nada al maldito esas cosas perversas, que suben y suben, hirviendo dentro de ti, hasta querer anegar con su podredumbre bienoliente los grandes ideales, los mandatos sublimes que Cristo mismo ha puesto en tu corazón. -"¡Serviam!" (Camino, 493)

A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María. (Camino, 495)

María, Maestra de oración. -Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. -Y cómo logra.

-Aprende. (Camino, 502)

No se puede llevar una vida limpia sin la ayuda divina. Dios quiere nuestra humildad, quiere que le pidamos su ayuda, a través de nuestra Madre y Madre suya.

Tienes que decir a la Virgen, ahora mismo, en la soledad acompañada de tu corazón, hablando sin ruido de palabras: Madre mía, este pobre corazón mío se rebela algunas veces... Pero si tú me ayudas... –Y te ayudará, para que lo guardes limpio y sigas por el camino a que Dios te ha llamado: la Virgen te facilitará siempre el cumplimiento de la Voluntad de Dios. (Forja, 315)

 

 

San Josemaría Escrivá, maestro de oración en la vida ordinaria

Entre los maestros de espiritualidad de la historia de la Iglesia, San Josemaría Escrivá ocupa un lugar propio por varios motivos. Ante todo, por tratarse de un santo de nuestros días (fue canonizado por Juan Pablo II en el año 2002), que ha difundido la llamada universal a la santidad, de manera concreta, entre millares y millares de cristianos- dice el Prelado del Opus Dei al comienzo de este artículo publicado en 2006.

DEL PRELADO27/02/2015

(I)

Entre los maestros de espiritualidad de la historia de la Iglesia, San Josemaría Escrivá ocupa un lugar propio por varios motivos. Ante todo, por tratarse de un santo de nuestros días (fue canonizado por Juan Pablo II en el año 2002), que ha difundido la llamada universal a la santidad, de manera concreta, entre millares y millares de cristianos.

Para alcanzar la santidad resulta imprescindible mantener un trato habitual con Dios; o dicho de otro modo: rezar. Pero este medio no consiste sólo en desgranar plegarias vocales; es hablar con Dios, poniendo en ejercicio todas las capacidades humanas: el alma y el cuerpo, la cabeza y el corazón, la doctrina y los afectos. Ser santos significa parecerse a Jesucristo: cuanto más le imitemos, cuanto más nos asemejemos a Él, desarrollando con la gracia y nuestro esfuerzo la identificación sacramental recibida en el Bautismo, mayor santidad, mayor identificación con el Maestro alcanzaremos. De ahí la importancia de esa "conversación habitual" con Él. «¿Santo, sin oración?», se pregunta San Josemaría en uno de sus libros más difundidos. Y responde concisamente: «No creo en esa santidad» (Camino, 107).

Contemplativo itinerante

Dios concedió al Fundador del Opus Dei, entre otros, el don de enseñar de modo práctico que los hombres y las mujeres que se desenvuelven en medio de las actividades terrenas —en el trabajo, en la familia, en los más variados y honrados ambientes profesionales y sociales—, pueden y deben aspirar a la santidad sin descuidar los quehaceres temporales; al contrario, han de servirse precisamente de esas incidencias para buscar a Dios, encontrarle y amarle. Ha merecido, por eso, que la Santa Sede le llamara «contemplativo itinerante», en el Decreto con el que se reconoce que practicó, en grado heroico, todas las virtudes cristianas, paso previo para la canonización.

"NO HAY NINGÚN GÉNERO DE VIDA —SI NO SE OPONE A LA LEY DE DIOS— QUE NO PUEDA SER SANTIFICADO"

Este resumen de lo que fue la vida de San Josemaría comporta consecuencias muy importantes. En primer lugar, que no hay ningún género de vida —si no se opone a la ley de Dios— que no pueda ser santificado; que a nadie se le niega la gracia para llegar a ser verdaderamente contemplativo; que resulta posible mantener la presencia de Dios en medio de las tareas más absorbentes, relacionarnos con Él en el fragor del mundo, sin abandonar el lugar que cada uno ocupa en la sociedad. En definitiva: conducirse como un hombre o una mujer de oración no está reservado sólo a quienes —acogiendo una llamada especial— siguen la vida sacerdotal o religiosa. La vida contemplativa, precisamente por tratarse de un requisito en el camino de la santidad, se nos presenta como camino al alcance de todos.

San Josemaría Escrivá fue llamado por Dios, no sólo para proclamar este mensaje, sino para enseñar a asumirlo, sin rebajar ninguna de sus exigencias. Su ejemplo, las enseñanzas que transmite en sus escritos y, sobre todo, la realidad de innumerables personas que se inspiran en su espíritu para santificarse en medio de los asuntos terrenos, constituyen una expresión clara de la validez de lo que afirmó después el Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad. También reflejan un modo concreto de llevar a la práctica la propuesta de Juan Pablo II, de cara al nuevo milenio, cuando exhortó a los cristianos a profundizar en el "arte de la oración" para aspirar a una "medida alta" de la santidad en la situación de cada día.

Antes de mostrar algunos de los puntos fundamentales de las enseñanzas sobre la oración de este maestro de vida cristiana, recojo el comienzo de una homilía que lleva el significativo título de "Vida de oración". Escribe San Josemaría: «Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia cristiana, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer (Lc 18, 1). La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada» (Amigos de Dios, 238).

(II)

Una de las "pasiones" de San Josemaría consistía en el amor a la libertad de las conciencias. Fue un defensor decidido de la libertad personal —con la consiguiente responsabilidad personal— en todos los órdenes de la vida. En el aspecto espiritual, su constante enseñanza se tradujo en que hay muchos caminos para llegar a la santidad, porque «cada alma es una obra maestra de Dios» (Amigos de Dios, 83), y el Señor traza su vía personalísima a la criatura para que se identifique con Cristo. Por eso, sin despreciar las enseñanzas de otros santos, no era partidario de métodos rígidos para enseñar a hacer oración.

Su propia experiencia, y la de tantas almas a las que ayudó en la vida interior, le reafirmaron en la opinión de que cada uno ha esforzarse —bajo la guía del Espíritu Santo y con los consejos recibidos en la dirección espiritual personal— por encontrar su propia senda: «Cada caminante siga su camino», solía repetir; un camino que, además, irá variando según las necesidades y las circunstancias de cada alma.

Buscar, encontrar, amar a Cristo

A la vez, dentro de esa gran variedad de situaciones personales, ya desde los años 30 solía señalar unos grandes tramos —válidos para todos— que se han de recorrer para llegar a ser almas de oración: «Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo. —Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (Camino, 382).

No se trata —como señala el mismo Fundador del Opus Dei— de etapas claramente diferenciadas, ni el hecho de haber superado una lleva consigo automáticamente la instalación en la siguiente. En otras ocasiones, por ejemplo, apuntaba a «cuatro escalones» para llegar a identificarse con Cristo: «buscarle, encontrarle, tratarle, amarle». Y añadía: «Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos» (Amigos de Dios, 300).

En definitiva, la senda de la oración no es algo que se adquiere de una vez por todas: siempre hay que estar comenzando, recomenzando, con la ilusión humana y sobrenatural de mejorar en el trato con Dios; se requiere considerarse siempre discípulo, y nunca maestro. Esta actitud, además de revelarse como un fuerte contrapeso a la posible tentación de soberbia espiritual, ayuda a no desanimarse, a no abandonar la práctica de la meditación porque nos parece que no avanzamos.

En el curso de la oración mental o meditación, lo más importante consiste en llegar al trato personal con Jesús. Todo lo demás —como leer algún párrafo del Evangelio o de un libro piadoso, reflexionar sobre lo que se ha leído, confrontarlo con la propia vida, etc.—, sabiendo que resulta muy conveniente e incluso necesario, se encamina a mover la voluntad, que debe prorrumpir en afectos: actos de amor o de dolor, acciones de gracias, peticiones, propósitos..., que constituyen el fruto en sazón de la oración verdadera. Se trata de decisiones de amar más a Dios y al prójimo, concretadas quizá en puntos muy pequeños, pero que dejan en el alma un regusto —no necesariamente de naturaleza sensible— que se manifiesta en paz interior y en serenidad para afrontar con nueva energía, y con el gozo de los hijos de Dios, los deberes y las ocupaciones inherentes a la propia situación.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que la práctica de la oración supone un verdadero "combate" espiritual (n. 2725). Lo enseñó con las mismas palabras el Fundador del Opus Dei; y añadía que esa lucha, aunque esforzada, no es triste ni antipática, sino que posee la alegría y la juventud del deporte. Un "combate" en el que siempre estamos a la expectativa del "premio" —el mismo Dios— que se entrega íntimamente a quien persevera en buscarle, tratarle y amarle.

(III)

«Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!"» (Camino, 91).

Estas palabras resumen bien el contenido de la oración de los hijos de Dios. Un buen hijo, sobre todo si es pequeño, conversa abiertamente con su padre o con su madre sobre cualquier asunto. Tiene una confianza inquebrantable en ellos, pues sabe que todo lo suyo les interesa grandemente. Y si, en el trato humano, cristiano, conviene tener en cuenta las circunstancias de cada uno, en el trato con Dios, este criterio ha de aplicarse con absoluta confianza. No importa tanto lo que le vamos a decir o cómo nos vamos a expresar, sino ante todo el deseo de dialogar con Quien nos ama inmensamente y sólo desea nuestro bien.

Unos consejos para hacer oración

«¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!...", está seguro de que has empezado a hacerla» (Camino, 90).

Los que comienzan, suelen necesitar de ayudas especiales, de algunos apoyos. San Josemaría las llamaba "muletas", porque sirven de puntos de referencia para comenzar el diálogo con el Señor: la consideración de un pasaje del Evangelio, de otros libros sagrados o de un texto litúrgico; la meditación atenta de las palabras de una oración vocal, como el padrenuestro o el avemaría; la lectura de un libro que proponga temas para la oración... Con el tiempo se podrán dejar esas "muletas", aunque nunca conviene abandonarlas del todo. No es raro, en efecto, que se precisen de nuevo al cabo de los años, o de cuando en cuando. Entonces se utilizan como asidero para superar las dificultades que, antes o después, quizá se presenten: distracciones, aridez interior, preocupaciones que pugnan por salir a flote en esos momentos, cansancio físico o intelectual...

Conviene recordar que la oración se desarrolla como un combate en el que nunca hay que darse por vencido. Porque, entre las excusas para abandonar los ratos diarios de oración, una de las más frecuentes es el desánimo. Al no advertir progresos claros, puede sobrevenir la tentación de limitarse a rezar oraciones vocales, o ni siquiera esto. ¡Qué gran error sería! Lo importante en este "negocio" no se mide por los resultados contabilizables (que por otra parte resulta imposible calcular en una actividad de tipo sobrenatural), sino la perseverancia para seguir hasta el fin en el tiempo dedicado a la meditación, sin ceder en el afán de superar los obstáculos.

Entre los consejos prácticos que sugería San Josemaría, unos versaban sobre el lugar y el tiempo de la meditación: buscar un sitio que facilite el recogimiento interior (delante del Sagrario, siempre que sea posible), y sujetarse a un horario, sabiendo que es mejor adelantarla que retrasarla, cuando se prevé algún inconveniente; pedir ayuda a nuestros aliados, los Ángeles Custodios; tratar de convertir incluso las distracciones en materia del diálogo con Dios. Esto tiene máxima importancia, porque rezar es mantener una conversación con el Señor, no con nosotros mismos.

En esta línea se inscribe la recomendación de "meterse" en las escenas del Evangelio. «Te aconsejo —decía— que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones» (Amigos de Dios, 253).

Se demuestra también muy eficaz el recurso a la Virgen, Maestra de oración, y a San José, al empezar y acabar los ratos de oración. «Ellos presentarán nuestra debilidad a Jesús, para que Él la convierta en fortaleza» (Amigos de Dios, 255).

"SI EL ALMA CRISTIANA ES FIEL Y PERSEVERANTE EN EL TRATO CON DIOS, SU ORACIÓN NO QUEDARÁ CONFINADA SÓLO A LOS MOMENTOS ESPECIALMENTE DEDICADOS A HABLAR CON ÉL"

IV

Si el alma cristiana es fiel y perseverante en el trato con Dios, su oración no quedará confinada sólo a los momentos especialmente dedicados a hablar con Él. Se prolongará durante la jornada entera, día y noche, haciendo posible que el trabajo y el descanso, la alegría y el dolor, la tranquilidad y las preocupaciones, la vida entera se convierta en oración. Así, casi sin darse cuenta, el cristiano coherente con su vocación de hijo de Dios se va convirtiendo en un contemplativo itinerante, en alma de oración.

Vida de oración

«Recomendar esa unión continua con Dios, ¿no es presentar un ideal, tan sublime, que se revela inasequible para la mayoría de los cristianos? Verdaderamente es alta la meta, pero no inasequible. El sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso» (Amigos de Dios, 295).

En la homilía "Hacia la santidad", San Josemaría describe a grandes rasgos el itinerario de su propio camino espiritual, y ofrece como la falsilla para convertir toda la existencia en oración. «Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra (...). ¿No es esto —de alguna manera— un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? (...).

»Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto» (Amigos de Dios, 296).

Un paso importante en esta senda es el "descubrimiento" de la Humanidad Santísima de Jesús, que es siempre el único camino para llegar a la Trinidad. «Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo» (Amigos de Dios, 299).

Distintivo del discípulo de Cristo es el encuentro con la Cruz. No hay que rehuirla, ni tampoco buscarla temerariamente en cosas grandes. El Espíritu Santo nos la presenta sirviéndose habitualmente del acontecer cotidiano, concediendo al mismo tiempo la gracia para amarla. La Cruz entonces no pesa: Jesús mismo, buen cirineo, la lleva sobre sus espaldas. El alma comienza a caminar por la senda de la contemplación y descubre al Señor en cada paso. Momentos de prueba se alternan con otros de calma, pero la alegría interior —compatible con el sufrimiento— no falta nunca: aquí descubriremos la señal más clara de que marchamos junto al Maestro.

Así, correspondiendo a la gracia, se llega a descubrir, tratar y amar a la Santísima Trinidad. «Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de las aguas (Sal 41, 2); con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna (cfr. Jn 4, 14). Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas.

»No me refiero a situaciones extraordinarias. Son, pueden muy bien ser, fenómenos ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo, sin extravagancias, nos enseña a sufrir y a vivir, porque Dios nos concede la Sabiduría (...). Es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor (...) es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual —son infinitas—, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta» (Amigos de Dios, 308).

(Artículo de Mons. Javier Echevarría publicado en la revista Magnificat)

 

 

Esa corriente trinitaria de Amor

El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, porque revela cómo el Amor es el tejido mismo de la realidad.

LA LUZ DE LA FE15/01/2018

Los cristianos reconocemos el origen de todo lo que existe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Se llega a ser cristiano a través del bautismo en el nombre de las tres Personas divinas. Y todo en nuestra vida está marcado por el signo de la Cruz, «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», según las palabras del propio Jesús (Cfr. Mt 28,19). Pero ¿qué significa esta fe en la Trinidad para nuestra vida? ¿Cómo se traduce en nuestra existencia diaria, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro descanso?

SE LLEGA A SER CRISTIANO A TRAVÉS DEL BAUTISMO EN EL NOMBRE DE LAS TRES PERSONAS DIVINAS; PERO ¿QUÉ SIGNIFICA ESTA FE EN LA TRINIDAD PARA NUESTRA VIDA?

Aunque solo en el cielo comprenderemos hasta qué punto la Trinidad es nuestro verdadero hogar, hasta qué punto nuestra vida «está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), la fe cristiana nos pone ya ahora en camino hacia este Misterio, que contiene la respuesta a todas nuestras preguntas; que nos dice quiénes somos en realidad. El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, transfigura nuestra existencia: lo que, tomado por sí mismo, sería banal o insignificante se ilumina desde dentro. Nos detendremos aquí, de entre los muchos aspectos de la fe en la Trinidad, en dos que están fuertemente entrelazados entre sí: la profundidad del Misterio y el valor divino del amor humano.

El Misterio de los misterios

Desde las primeras generaciones de cristianos, los teólogos, los santos y quienes han vivido una auténtica e intensa experiencia de Dios tienen una predilección especial por su Misterio, el Misterio de la Trinidad (Mysterium Trinitatis). También en la vida diaria se habla con frecuencia de misterio, aunque en el sentido de una realidad de difícil acceso, como saber quién es el criminal en una novela de intriga, o cuál es la solución de una ecuación o de un problema difícil. En todos estos casos el término se refiere a los límites de nuestra capacidad de conocer. En cambio, cuando se habla de Misterio de Dios, la cuestión ya no nos concierne solamente a nosotros, sino sobre todo a Él mismo y a su infinita profundidad. El Misterio de Dios no es insondable porque sea oscuro sino, al contrario, porque es demasiado luminoso: los ojos de nuestra inteligencia se deslumbran al mirarlo, como sucede cuando uno mira hacia el sol en pleno día.

Una piadosa leyenda medieval, representada también en magníficas obras pictóricas, cuenta que un día san Agustín paseaba por la playa, intentando comprender cómo es posible que Dios sea uno y trino, y encontró un niño que con un pequeño cubo vertía el agua del mar en un agujero excavado en la arena, con intención de meter el mar en el agujero. El gran Padre de la Iglesia intentó hacerle ver lo imposible de su pretensión; el chico le respondió que más absurdo aún era intentar comprender el Misterio de la Trinidad. El Misterio de Dios es como la inmensidad del mar, como la luz cegadora del sol. Ante el «océano del amor infinito», la única respuesta verdaderamente razonable es «sumergirse» confiadamente[1], «bucear en ese mar inmenso»[2].

En una de sus catequesis, san Josemaría lo explicaba con una fórmula verdaderamente eficaz, a propósito de cómo hablar sobre Dios: «Y cuando (…) te digan que no entienden la Trinidad y la Unidad, les respondes que tampoco yo la entiendo, pero que la amo y la venero. Si comprendiera las grandezas de Dios, si Dios cupiera en esta pobre cabeza, mi Dios sería muy pequeño..., y, sin embargo, cabe –quiere caber– en mi corazón, cabe en la hondura inmensa de mi alma, que es inmortal»[3]. Un Dios totalmente comprensible no sería misterio, sería poca cosa. En cambio, la paradoja cristiana consiste en el hecho de que, aunque la Trinidad infinita no puede ser comprendida por nuestra inteligencia, a la vez habita en nosotros, en nuestro corazón.

"¡SEÑOR, GRACIAS PORQUE ERES TAN GRANDE QUE NO ME CABES EN LA CABEZA, Y GRACIAS TAMBIÉN PORQUE ME CABES EN EL CORAZÓN!" (SAN JOSEMARÍA)

La dificultad para comprender el Misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no se debe a que sea un absurdo, sino a que es un Misterio de Amor: una comunión de Personas. Nuestro Dios es Misterio porque es Amor: todo en Él es Don perfecto y eterno. Y el mundo creado es expresión de ese Amor. A través del mundo, y de las personas que nos rodean, podemos comprender por qué es necesaria la fe para acceder a esta verdad, que incluso los más grandes filósofos no han podido encontrar sin la Revelación. No se trata de creer en lo absurdo, sino de entrar en la dimensión personal, cosa que solo logramos cuando abrimos el corazón. «¡Señor, gracias porque eres tan grande que no me cabes en la cabeza, y gracias también porque me cabes en el corazón!»[4]

¿Por qué Dios se oculta en su Misterio? En realidad no es que se oculte: incluso entre los seres humanos sucede que la intimidad del alma de otro solo se puede conocer a través de un acto voluntario de revelación de lo que uno tiene en el corazón, como los recuerdos, los sueños, las preocupaciones o los miedos. Aunque desde fuera se pueda intuir algo, para que otro acceda a lo que verdaderamente se encuentra dentro de nosotros es necesaria una “revelación” de nosotros mismos; y es necesario también que quien participa de esa “revelación” logre comprenderla, asimilarla. No nos debe extrañar que el Misterio de Dios nos supere: nuestros ojos deben acostumbrarse poco a poco a su luz. Por eso, si en la vida de cada día es necesario aprender «siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro»[5], ante el Misterio de la Trinidad, la primera actitud a asumir es la de la humildad y el profundo respeto, porque se entra en el espacio de la Libertad y del Don, esa Libertad y Don que son precisamente el origen del Amor, de todo amor.

El Amor de los amores

NUESTRO DIOS ES UNO Y TRINO PRECISAMENTE PORQUE ES AMOR ABSOLUTO, SIN RESERVAS, SIN CONDICIONES: EL AMOR CON EL QUE TODOS SOÑAMOS

«No hay más amor que el Amor», anotaba san Josemaría en 1931[6]. La inmersión en la profundidad del Misterio del Dios uno y trino nos lleva a leer el mundo y la historia a su luz, que es la «luz verdadera» (Jn 1,9): como si pasáramos de intentar descifrar un texto en la penumbra a leerlo a pleno sol, y descubriéramos que no estábamos entendiendo prácticamente nada. «Dios es amor» (1 Jn 4,16) porque es una comunión eterna de tres Personas, que se entregan recíprocamente, sin reservas: tres Personas unidas de modo absoluto y eterno por una relación de don total y libre de Sí. El sentido del mundo y de la existencia de cada hombre reposa en esa libertad auténtica, esa «corriente trinitaria de Amor»[7].

El Padre, en efecto, genera al Hijo dándole todo lo que Él mismo es, y no simplemente algo que posee. La primera Persona divina es Padre con todo su ser, Padre sin límites, de modo que el Hijo generado por Él no solo se le parece, sino que es una sola cosa con Él: es Dios mismo en su eternidad y su infinitud. El Hijo, Imagen perfecta del Padre, se entrega de nuevo a Él, es decir, responde al don que recibe dándose Él mismo totalmente al Padre, como este se le ha entregado. Y el Don que el Padre y el Hijo se intercambian eternamente es el Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad. El Espíritu Santo es el Amor que une a las primeras dos Personas, y es Dios, porque es una sola cosa con ellos. Así, nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor absoluto, porque es Don perfecto, sin reservas, sin condiciones: el Amor con el que todos soñamos.

San Agustín, aunque llegó a darse cuenta de la limitación de nuestros conceptos, lo explicó de un modo que permite asomarse a esta vida íntima de la Trinidad. El amor, escribió en su tratado sobre la Trinidad, implica siempre la presencia de un amante, de un amado y de su amor[8]. Análogamente, para que se pueda hablar de don, debe haber alguien que da, otro que recibe y también aquello mismo que se da: el don, el regalo. Solo con esta tríada hay Amor. Y cuando el Amor o el Don es infinito, y por tanto entra en el espacio del Misterio de Dios, estos tres términos son infinitos y perfectos. De modo que nuestro Dios es uno y trino precisamente porque es Amor. De este Amor sin límites surge, y hacia él se dirige, «el deseo que todos nosotros tenemos de infinito, la nostalgia que todos nosotros tenemos de lo eterno»[9].

DIOS ES TODO ÉL FELICIDAD QUE QUIERE COMUNICARSE, Y POR ESO HA CREADO TODAS LAS COSAS: PARA INTRODUCIRNOS EN SU ALEGRÍA INFINITA

Uno de los modos en que los cristianos acompañan el Nombre de la Trinidad es beatissima: felicísima. Dios es todo Él felicidad que quiere comunicarse, y por eso ha creado todas las cosas: para introducirnos en su alegría infinita. El mundo en el que vivimos, y la existencia de cada uno, tiene su origen en ese eterno Don recíproco que es la Vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El hombre existe, pues, en la medida en que es amado por las tres Personas divinas. Y por eso su valor es infinito. Desde esta luz, «nos parecen admirables tanto el origen como el fin de la creación, que consisten en el amor. Un amor absolutamente desinteresado, porque Dios no tiene ninguna necesidad de nosotros: somos nosotros quienes tenemos necesidad de Él»[10].

Si el mundo surge del desbordamiento del Amor de las tres Personas divinas, el sentido de la vida de quien cree en la Trinidad es el amor. Y por eso todo verdadero amor remite, en su núcleo más íntimo, a la Trinidad, como ha explicado recientemente el Papa Francisco, retomando las enseñanzas de san Juan Pablo II[11]. Así, la importancia fundamental de la familia para la fe cristiana no está ligada solo a la dimensión moral o a consideraciones sociológicas. La misma relación fecunda de los esposos es imagen que guía en el encuentro con el Misterio de la Trinidad: «el Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente»[12].

El cristiano, pues, sabe que el primer principio de cualquier cosa no es una unidad abstracta o una idea universal, sino una comunión de Personas: una comunión radiante de felicidad. El fondo de la realidad, lo que es más verdadero, se encuentra en las relaciones interpersonales. Qué sea la felicidad es un misterio que se empieza a desvelar precisamente ahí; el sentido de la vida se juega a esa profundidad. La amistad, el servicio de los demás, la fraternidad, el amor en todas sus formas, no son solo palabras bonitas o prácticas positivas sugeridas por un buen corazón. El cultivo cuidadoso de las relaciones interpersonales resulta el acto más realista y eficaz, la mejor inversión posible: porque el fundamento de la realidad es trinitario. El pecado, por contraste, es esencialmente superficial: no ve lo que verdaderamente cuenta, y lleva a inversiones pésimas. El pecado se cierra al otro, lo descarta; supone, en fin, una verdadera miopía existencial, de la que todos necesitamos irnos curando. La revelación de la Trinidad y la fe que se despliega a partir de este Misterio es colirio para nuestros ojos: nos habla de cómo ganar verdaderamente en la vida, y de cómo ganar a todos para la Vida.

EL FONDO DE LA REALIDAD SE ENCUENTRA EN LAS RELACIONES INTERPERSONALES; QUÉ SEA LA FELICIDAD ES UN MISTERIO QUE SE EMPIEZA A DESVELAR PRECISAMENTE AHÍ

La mirada de los santos, que se saben pecadores como todos, se mueve entre el Cielo y la tierra; reconoce que la verdadera realización de sí se encuentra en el amor y en el servicio: ahí se libera el acceso a la realidad más auténtica. Los mismos gestos de afecto, como los abrazos; o los de cortesía, como darse la mano, se hacen eco del amor de la Trinidad, porque significan el deseo o la disponibilidad para ser uno en el otro, como las personas divinas son una en la otra. «El que me ha visto a mí ha visto al Padre», dice Jesús a Felipe (Jn 14,9). Quien ve al Hijo ve al Padre, porque el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre: son todo Amor. Así es la vida de la Trinidad, la vida a la que Dios nos llama: la vida misma del Padre es dar su vida al Hijo; la vida misma del Hijo es agradecer la vida al Padre; el Espíritu Santo es Él mismo esa Vida para el Otro.

Surge así otra dimensión de la contemplación del mundo a la luz de la Trinidad: si el principio de todas las cosas es nuestro Dios, entonces en el origen y en el destino de la realidad se encuentra el Amor del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre. La Escritura nos lo deja entrever en el aletear del Espíritu de Dios sobre las aguas (cfr. Gn 1,2): el Amor de la Trinidad abraza el universo. Y, de un modo más explícito, retomando el relato de la creación a la luz de la encarnación del Verbo, el prólogo del cuarto Evangelio dice que «todo se hizo por Él» (Jn 1,3): en todo se refleja la Filiación de Cristo, y a Él se ordena todo (cfr. Ef 1,10). Las estrellas lejanas, el mar profundo, las montañas más altas o las flores más bellas, todos hablan del don absoluto que el Padre vierte en la generación del Hijo: todo es icono de esta relación eterna de amor. Toda la creación habla de Cristo, como dice la liturgia, parafraseando a san Pablo: «Ahora se cumple el designio del Padre: hacer de Cristo el corazón del mundo»[13].

De aquí nace la posibilidad de contemplar el mundo y la historia, en sus dimensiones más cotidianas y prosaicas, como lugar de encuentro con Dios, como tarea filial confiada al hombre por el Padre, en Cristo. A la luz de la Trinidad el cristiano se puede reconocer como “socio” de Dios, como heredero en Cristo de todas las cosas, colaborando con Él para llevar todo al Padre, con una profunda gratitud por su don: siendo todo él agradecimiento. Este es el corazón de toda Misa, el acto eucarístico más auténtico, a través del cual la creación vuelve a la relación con su origen, a la Trinidad.

María y la Trinidad

San Josemaría confiaba en una ocasión: «Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Están como más asequibles»[14]. El amor de los tres de la Sagrada Familia, sus relaciones de don recíproco, le guiaba en la contemplación de la Trinidad beatísima, remontando el río en búsqueda de la fuente, desde los amores hasta el Amor de los amores.

Santa María es quien mejor ha realizado este retorno a Dios, esta restitución en Cristo del mundo a la Trinidad. La existencia de María es trinitaria; está completamente transfigurada de amor: María recibe su ser, y lo entrega de nuevo al Padre en Cristo gracias al Espíritu Santo, que es el Amor mismo y que la ha cubierto con su sombra (Cfr. Lc 1,35). María es criatura, María es una mujer de Palestina, pero todo en Ella está impregnado del Amor que constituye la relación eterna entre el Padre y el Hijo. Así Ella es Señora de la creación y de la historia: todo se ha confiado a su Corazón inmaculado, porque nadie conoce mejor que ella el mundo, nadie lo transforma mejor que ella, a través de su diálogo íntimo y familiar con cada persona de la Trinidad. Con Ella podemos vivir «en el seno de la Trinidad (…) adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian»[15], que llevan a «hacer de Cristo el corazón del mundo».

Giulio Maspero

 


Lecturas para profundizar

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 232-267.

Juan Pablo II, Audiencias del 19 enero al 26 enero 2000 (En las fuentes y en el estuario de la historia de la salvaciónLa gloria de la Trinidad en la creaciónLa gloria de la Trinidad en la historia)

Benedicto XVI, Angelus 7 abril 2009

Francisco, Angelus 22 mayo 2016


Barron, R. Catolicismo: un viaje al corazón de la fe (cap. 3. El inefable misterio de Dios: “Aquello mayor que lo cual nada puede pensarse”), Doubleday, 2013 (orig. Catholicism: a Journey to the Heart of the Faith).

Daniélou, J. La Trinidad y el misterio de la existencia, Paulinas, 1969 (orig. La Trinité et le mystère de l’existence).

Daniélou, Dios y nosotros (cap. VI "El Dios de los místicos"), Cristiandad 2003 (orig. Dieu et nous).

Guardini, El SeñorMeditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo (VI.6: “En el Espíritu Santo”) Cristiandad, 2006 (orig. Der Herr, Betrachtungen über die Person und das Leben Jesu Christi).

Lewis, C.S. Mero cristianismo (IV. “Más allá de la personalidad: o primeros pasos en la doctrina de la trinidad”) Rialp, 1995 (orig. Mere Christianity).

Maspero, G. La Trinidad explicada hoy, Rialp 2017 (orig. Uno perché trino. Breve introduzione al trattato su Dio).

Ratzinger, J. El Dios de los cristianos, Salamanca, Sígueme, 2009 (orig. Der Gott Jesu Christi. Betrachtungen über den Dreieinigen Gott).

Ratzinger, Dios y el mundoCreer y vivir en nuestra época (II.11 “Sobre la Trinidad”) Galaxia Gutenberg, 2002 (orig. Gott und die Welt. Glauben und Leben in unserer Zeit).

San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, nn. 85-86 ("La Eucaristía y el misterio de la Trinidad").

Trese, L. J. La fe explicada (cap. III: “La unidad y trinidad de Dios. ¿Cómo es que son tres?”) Rialp 2014 (orig. Faith explained)

 


[1] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi (30-XI-2007), n. 12.

[2] San Josemaría, notas en una reunión familiar, 14-VI-1974 (Catequesis en América, 1974, vol. I, 449, AGP, Biblioteca, P04).

[3] San Josemaría, notas en una reunión familiar, 9-II-1975 (Catequesis en América, 1975, vol. III, 75, AGP, Biblioteca, P04).

[4] Ibidem.

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium (24-XI-2013), n. 169.

[6] San Josemaría, Camino, n. 417. Cfr. comentario de la edición crítico-histórica.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 85.

[8] San Agustín, De Trinitate, 8.10.14.

[9] Francisco, Audiencia, 27-XI-2013.

[10] Jean Daniélou, La Trinità e il mistero dell’esistenza, Queriniana, Brescia 1989, 44.

[11] Cfr. Francisco, Ex. Ap. Amoris Laetitia (19-III-2016), n. 63. Cfr. San Juan Pablo II, Angelus, 7-VI-1998.

[12] Francisco, Amoris Laetitia, n. 11.

[13] Así reza la versión italiana de la antífona tercera en las vísperas de la feria I de la semana IV del salterio del Tiempo Ordinario.

[14] San Josemaría, “Consumados en la unidad”, en En diálogo con el Señor, edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2017, 422.

[15] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 283.

 

 

Svetlana Stalin (1926-2011): Una ‘pequeña mariposa’ volando hacia Dios

La vida agitada de Svetlana Stalin, la hija del sanguinario dictador comunista, pone en valor su prolongada búsqueda de Dios

Su biografía y sus textos reflejan una búsqueda a lo largo de los años de la que nosotros podemos aprender: nos alienta a creer en el triunfo del bien sobre el mal

Hace poco menos de diez años fallecía a los 85 años en una residencia en Richland County, Wisconsin (Estados Unidos) −bajo el nombre de Lana Peters− la hija de Stalin (1878-1953), el artífice de la más horrenda y sanguinaria dictadura comunista del siglo XX. Svetlana, nacida en 1926 de su segunda esposa Nadezhda Alliluieva, fue la única hija mujer de Stalin. Svetlana, niña de pelo rojizo y ojos azules, era llamada por su padre “la pequeña mariposa”. Su padre sentía debilidad por ella, la “princesa del Kremlin”. “La única persona que podía suavizar a Stalin era Svetlana”, pone en boca de su madre la reciente biógrafa Rosemary Sullivan (La hija de Stalin: la extraordinaria y tumultuosa vida de Svetlana Alliluieva, p. 188).

Nos resulta paradójica la imagen tierna de este aterrador personaje quien, además de haber construido un imperio de persecución ideológica y política, negó a las personas cualquier libertad religiosa. Como ha expresado Borges en su Evangelio Apócrifo: “Desdichado el pobre de espíritu porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra”. Nunca hubiera imaginado Stalin que las alas de su querida mariposa volasen finalmente hacia ese Dios cuyo rostro le habían negado conocer y amar. En sus Veinte cartas a un amigo escribe Svetlana en 1963 desde Zhúkovka, cerca de Moscú: “Yo creo que ahora, en nuestro tiempo, la fe en Dios es precisamente la fe en el bien, y que el bien es más poderoso que el mal, y tarde o temprano triunfará, vencerá” (Rusia, mi padre y yo, 1967, p. 111).

La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, expresó Gabriel García Márquez, Nobel de Literatura en 1982. Quizá por esto nos ha resultado impactante este libro autobiográfico de Svetlana Stalin. Mediante el recurso de las cartas a un amigo, las emociones puestas en juego y las palabras que ha elegido para narrarlas atrapan al lector. El clímax está en el suicidio de su madre con una pequeña pistola −cuando Svetlana contaba apenas seis años− a causa de un enfrentamiento con su marido. Nos conmueve profundamente que Svetlana haya podido vislumbrar en su interioridad algún atisbo de esperanza, en medio de una vida llena de conflictos y hostilidades.

Sus días transcurrieron dentro de los muros del Kremlin, con la policía secreta en la escuela, en las calles, en las reuniones de amigos, en los paseos por el jardín, a cada paso; a esto podemos agregar sus diversos matrimonios y amores desavenidos, ajetreadas y problemáticas mudanzas en busca de una vida más humana, una estampa de soledad adosada a su paso por la vida y la desaparición de muchos de los que amaba por ser opositores al régimen. En esta encrucijada de situaciones adversas, pudo forjar una fe genuina y una lírica relación con el Dios de la esperanza: “Señor, ¡cuán hermoso y perfecto es Tu mundo: cada hierbecita, cada florecilla y cada diminuta hoja! Y Tú aún sigues ayudando y sosteniendo al hombre en esta pavorosa y enloquecida aglomeración, donde únicamente la naturaleza, eterna y poderosa, le da fuerzas y consuelo, equilibrio espiritual y armonía” (p. 110).

En 1963 abandona el ateísmo en el que había sido educada y recibe el bautismo en la Iglesia ortodoxa rusa en la iglesia de la Deposición del Manto de la Virgen, de Moscú. “Cuando cumplí 35 años, después de haber vivido y visto no pocas cosas, pese a haber recibido de la sociedad y de mi familia una educación materialista y atea desde la infancia, me situé junto a aquellos para quienes es inconcebible vivir sin Dios. Y soy feliz de que así haya ocurrido” (p. 111). Svetlana siempre recordaría las palabras de consuelo del padre Nikolái Golubtsov: “Dijo que Dios me amaba, aunque fuera la hija de Stalin”.

La hija de Stalin, siempre viviendo a la sombra del nombre de su padre, nunca encontraría un lugar seguro para aterrizar”, escribirá Sullivan (p. 25). En 1967 abandonaba la Unión Soviética para residir en Suiza y finalmente en Estados Unidos, con un trajín constante por distintos países, ciudades y casas, como referirá Olga, su hija menor: “Siempre nos estábamos mudando. Era un ir y venir” (p. 371). Aunque ganó mucho dinero con su obra Rusia, mi padre y yo, lo malgastó y nunca se acostumbró a vivir en un sistema capitalista. Se interesó por diferentes tradiciones religiosas.

Fue una gran lectora: “Leía mucho. En las habitaciones de mi padre había una enorme biblioteca que había comenzado a reunir mi madre, y que nadie utilizaba más que yo” (p. 209). Muchos años después leerá a Raissa Maritain (1883-1960), la rusa judía convertida al catolicismo, esposa del filósofo francés Jacques Maritain.

En diciembre de 1982 Svetlana sería recibida en la Iglesia católica en la fiesta de santa Lucía, en Cambridge, Inglaterra. En una carta del 7 de diciembre de 1992 cuenta que acudía a diario a los sacramentos. Al final de su vida, ya con 85 años, internada en el Pine Valley Hospital y luchando con la enfermedad, le pidió a la enfermera que llamara a un sacerdote “Cuando este llegó” −escribe Sullivan (p. 452)−, “le ofreció a Svetlana palabras de paz para reconfortarla”. Muchos años antes Svetlana había escrito en su autobiografía: “Cuando el Papa Juan XXIII exhortaba a la paz, llamaba a creer en el triunfo del bien y en que el bien vencerá en el hombre al mal” (p. 111). En el caso de la hija de Stalin, nos parece que el poder del mal fue decapitado en el centro mismo de su barbarie y que su alma de mariposa vuela hacia Dios proclamando con san Juan de la Cruz que “a la tarde te examinarán en el amor” (Dichos de amor y de luz, n. 59).

Graciela Jatib y Jaime Nubiola, en Revista Palabra.

 

 

Comunicación y transformación cultural

Jesús Ortiz López

Papa Francisco en el avión.

El profesor José Francisco Serrano Oceja ha publicado un libro titulado «La sociedad del desconocimiento» en el que dedica la segunda parte a La Iglesia y la Comunicación[1]. La primera se titula «La humanidades y la comunicación».

La Iglesia es comunicación

A ningún creyente se le escapa que la Iglesia es comunicación porque su misión es anunciar el Evangelio de Jesucristo en vivo y a todas las gentes. Más aún, la Iglesia misma es comunión espiritual en Jesucristo de personas en este mundo. Hoy la Iglesia en España sigue siendo comunicación en ese profundo sentido y debe servirse de los medios actuales, no solo como institución sino como comunidad de creyentes libres y responsables de la fe.

Hablamos de la sociedad de la información gracias a los medios que generan noticias continuamente, y también decimos que nos sobra información mientras falta formación. Falta sosiego para analizar la realidad de los sucesos y las líneas de fuerza de la comunicación, y aún más para reflexionar hacia dónde nos dirigimos o nos dirigen. El subtítulo de esta obra es «Comunicación posmoderna y transformación cultural» pues entendemos que nos jugamos mucho como ciudadanos.

Palabras, cultura, antropología

Ya en la Introducción el profesor Serrano Oceja considera que el símbolo de la sociedad actual es el tríptico compuesto por la sociedad de consumo, la democracia de masas y los medios de comunicación de masas. A este respecto menciona a la revista Time cuando decía que «nunca hemos corrido tan deprisa hacia ninguna parte». Y añade que vivimos en una hipertrofia de medio y una atrofia de fines. Su propósito es profundizar en la relación entre las humanidades y la comunicación, lo cual supone repensar la antropología filosófica que subyace en nuestra cultura actual.

La primera parte trata sobre las humanidades y la comunicación, tema que está en el fondo de sus clases como profesor de ciencias de la comunicación en la universidad CEU San Pablo, y anterior decano de la facultad de Humanidades. Aborda la cuestión del lenguaje pues sabemos, o deberíamos saber, que es la herramienta principal que se utiliza para cambiar hoy las ideas sobre la persona, la familia y las leyes.

Francisco Serrano dirige su mirada a la persona como sujeto y término de la comunicación, que debe estar advertida de la posible manipulación del lenguaje. De ahí la importancia de revisar la antropología que subyace en nuestras ideas y acciones, porque han crecido aquellas antropologías reductoras del hombre, al que las ideologías dispares como el capitalismo y el comunismo tratan como un ser sin trascendencia ni necesidades espirituales. Merece ser destacado el capítulo dedicado el problema antropológico subyacente en las ciencias sociales, después de distinguir entre masa, individuo y persona.

Más creatividad en la comunicación eclesial

La percepción que parte de la sociedad tiene de la Iglesia está distorsionada cuando se desorbitan los fallos,  las divisiones y los pecados, pero también de no promover una cultura de la comunicación a la medida de nuestro tiempo. Serrano piensa que falta liderazgo y creatividad en la comunicación eclesial, y que no es suficiente con que otros reconozcan y aun admiren la misión asistencial de la Iglesia sino que es preciso ganarse la ejemplaridad imitable. El Papa Francisco es el ejemplo patente de este liderazgo mediático por sus gestos sinceros,  su impulso hacia las periferias, y su capacidad para cambiar la agenda de lo previsible, que generan un pensamiento fresco acorde con el Evangelio.

Los movimientos del Papa hacen ver que el centro ya no está en Europa sino en América, que empieza a ser Iglesia fuente, a la vez que trata de centrar a la Iglesia en lo esencial como madre, maestra y pastora de la misericordia que a nadie deje indiferente. Francisco mantiene sin rebajas la doctrina y la fe sacramental a la vez que impulsa una Iglesia en salida, como ha dicho tantas veces.

Finalmente, la amplia bibliografía que sustenta la exposición del profesor Serrano Oceja muestra el trabajo desarrollado durante años en sus clases, artículos y libros. Entre los autores de pensamiento utiliza a Luckman, Habermas, Putnam, González de Cardedal, Alvira, Prades, Llano, Fissichella, y naturalmente san Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Con el profesor Llano reconoce que el «problema de comunicación y pensamiento cristiano no lo es de comunicación, ni siquiera de información, sino de cultura y de pensamiento. La carencia de grupos de acción y de pensamiento que ejerzan un liderazgo en la sociedad, y que transparenten ejemplaridad, convierte a los medios en instrumentos seducidos por la erótica de la política y en los intereses de grupo»

 


[1] José Francisco Serrano Oceja. La sociedad del desconocimiento. Encuentro. Madrid, 2019. 143 págs.

 

 

 “Dios rebasa tiempos los tiempos y espacios”

A pesar de la pandemia

+ Felipe Arizmendi Esquivel Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas

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Se han escuchado críticas a sacerdotes y a obispos porque, dicen, no atienden a los enfermos, no escuchan a los fieles en confesión, tienen cerradas las iglesias, dejan al pueblo sin el alimento de la comunión sacramental, están encerrados por miedo al contagio del coronavirus; en cambio, los doctores, las enfermeras, las y los encargados del aseo en los hospitales están en contacto directo con los contagiados, exponiendo su vida. Y preguntan: ¿Acaso es importante sólo la salud del cuerpo, atendida por los agentes sanitarios, y no también, o más, la salud del alma, atendida por los pastores de la Iglesia? ¿Estos no tienen fe y confianza en la protección de Dios? ¿Qué tipo de sacerdotes y obispos tenemos? ¿Hasta cuándo nos van a dejar sin alimento espiritual? ¿No recuerdan la heroicidad de sacerdotes en tiempos de persecución, que eran valientes defensores de la fe y no dejaban al pueblo?

Los pastores debemos, en conciencia, escuchar lo que nos dicen y analizar si, en verdad, estamos fallando. Sin embargo, en nuestra defensa, afirmo que muchísimos sacerdotes se están jugando la vida y atendiendo, con las debidas precauciones, a las personas. Por esto, ya han fallecido no menos de 200 sacerdotes en diversos países. La mayoría hemos usado muchas otras formas alternativas para estar cerca de la gente.

Dios ha querido necesitar a su Iglesia para estar cerca del pueblo, como mediación ordinaria. Miles de creyentes que son médicos, enfermeras y demás personal sanitario, así como policías y guardianes del orden, son también Iglesia, aunque no sean sacerdotes ni obispos. Por medio de ellos, Dios actúa, sana, conforta, acompaña y salva. Hay verdaderos héroes, santos y mártires, que quizá nunca estarán en los altares, pero que tienen asegurada la vida eterna.

Sin embargo, quiero resaltar que Dios, que es espíritu, no está limitado por distancias, por las cuatro paredes de los templos, por barreras de tiempo y de personas. El puede actuar sin nosotros, porque es Dios y nos trasciende. Ha querido necesitarnos para hacer la historia, pues nos hizo a su imagen y semejanza, pero puede actuar sin nuestra intervención. Esta es la gran diferencia entre la actuación de médicos y de sacerdotes. La presencia física de médico y enfermeras es indispensable absolutamente; no así la del sacerdote, pues Dios puede salvar, perdonar, fortalecer, sanar, acompañar, resucitar, en ausencia de sacerdotes. El lo puede hacer, pues es Dios, médico de cuerpos y almas.

PENSAR

Cuando el sirio Naamán, enfermo de lepra, fue a visitar al profeta Eliseo, esperaba que éste saldría, le impondría las manos, le haría otros signos, y quedaría curado; no fue así. El profeta le mandó decir con un sirviente que fuera a bañarse en el Jordán y quedaría limpio. No lo tocó; ni siquiera lo vio. A distancia del profeta, aconteció el milagro (cf 2 Rey 5,1-27).

Cuando un centurión en Cafarnaúm suplicó a Jesús que curara a un sirviente (según Jn 4,46-54 era un hijo) que estaba en casa muy enfermo, lo sanó a distancia. Jesús quería ir a la casa, pero no fue necesario (cf Mt 8,5-13; Lc 7,1-10). Cuando diez leprosos, “que se detuvieron a distancia”, pidieron a Jesús que tuviera compasión de ellos, los mandó ante los sacerdotes y, sin tocarlos, “mientras iban, quedaron purificados de su lepra” (Lc 17,12-15).

En el diálogo de Jesús con la samaritana, cuando ésta le objeta diciendo: “Nuestros padres adoraron en este monte, pero ustedes, los judíos, dicen que es en Jerusalén donde hay que adorar”, él responde: “Mujer, créeme: llega la hora en que ni en este monte, ni en Jerusalén adorarán al Padre… Llega la hora, y ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Estos son los adoradores que el Padre desea. Dios es espíritu, y por eso sus adoradores deberán adorarlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,20-24). Es decir, Dios no está limitado a un lugar, no está encerrado en cuatro paredes de los templos; él vence espacios, tiempos y distancias. Aunque no esté físicamente presente un sacerdote, Dios llega a los enfermos y a quienes lo invocan de corazón. Los ministros de la Iglesia son los medios ordinarios por los que Dios actúa; pero, en momentos extraordinarios, como el presente, El puede actuar directamente en las personas, pues no está sujeto a la presencia física de sus ministros.

Esto no quiere decir que no sea importante la presencia física en las celebraciones, o la cercanía inmediata de los pastores con los fieles, o la comunión sacramental, o que dé lo mismo ir o no a los templos. Nada de eso. Pues “el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14). Jesús “es la imagen de Dios invisible” (Col 1,15). El quiso ser la cercanía física, histórica, palpable, visible de nuestro Padre misericordioso, que convivió con su pueblo, haciéndose uno de tantos, y siempre quería tocar físicamente a los enfermos para perdonar sus pecados y sanarlos, abrazar a los niños, acercarse a los difuntos para resucitarlos. Es muy importante tocarlo, estar físicamente cerca de El, como dice el apóstol Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos… se los anunciamos a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros” (1 Jn 1,1.3). Por ello, Jesús invita a Tomás, que a fuerzas quería tocar al resucitado: “Trae aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado” (Jn 20,27). Pero advierte: “Felices los que han creído sin haber visto” (Jn 20,29).

Es decir: Lo mejor es la cercanía física con Jesús, por medio de los sacramentos. Pero si no es posible, por la pandemia del coronavirus, por impedimentos físicos, por persecuciones, o porque no hay sacerdote cercano, Dios está cerca, al alcance de tu fe, pues no tiene barreras. El es espíritu y está contigo, si tu corazón está dispuesto a recibirlo. Como en el caso de una señora de mi pueblo, mayor de edad, que se agravó la semana pasada y pidieron al párroco que fuera al hospital a atenderla; fue presuroso; pero no puedo entrar, por restricciones sanitarias. Desde fuera, hizo la intención de absolverla y darle la indulgencia plenaria. Una sobrina le comunicó esto a la enferma y, al poco tiempo, falleció tranquila. ¿No le sirvió, porque no hubo contacto físico del sacerdote? Vaya que sí le sirvió, y esperamos que haya entrado derechita al cielo.

Cuando, el 27 de marzo pasado, el Papa, en la vacía plaza de San Pedro, presidió un gran momento de oración, millones estábamos ahí, no física, sino espiritualmente. Recibimos la bendición eucarística; ¿nos valió? Claro que sí, y mucho. Cuando, por los medios electrónicos, alguien le acompaña en sus Misas diarias en Santa Marta, se recibe el alimento de la Palabra de Dios y de la Comunión espiritual; al final, da la bendición con el Santísimo; ¿nos llega? Claro que sí, aunque sea en forma diferida. Yo lo sigo varias horas después, por la diferencia en los usos horarios, y me inclino para recibir esa bendición; ¿me sirve? Claro que sí, y mucho. Me gustaría muchísimo estar presente en Santa Marta con el Papa, como cuando tuve la dicha de concelebrar allí con él en una ocasión, pero es obvio que ahora no es posible. Esto no debe frustrarnos. Dios es espíritu, y en espíritu Dios se hace presente en nuestra vida. Lo mejor es participar presencialmente en las Misas de tu parroquia o capilla; pero si ahora no se puede, en espíritu acércate al Señor, adórale y recíbelo, participando en forma virtual. El llega efectivamente a ti. No lo dudes. No es lo normal; pero ahora así quiere estar contigo. Recíbelo.

Muchas personas siguen, por diversos medios electrónicos, las Misas que celebramos, y eso les alimenta. Si alguien no las puede seguir en vivo y con fe las vive en otro momento, le ayudan en su vida espiritual. No son lo mismo, y siempre insistiremos que lo más valioso es participar en forma presencial, pero la forma virtual también alimenta. Como cuando, el pasado Día del Niño, sugerí que me enviaran fotos de sus niños para ponerlos junto al altar en mi oratorio, al celebrar la Misa por ellos. Me mandaron más de 150, de un día para otro. Al final, les di la bendición con el Santísimo. ¿Sirvió esto a los niños? Claro que sí, aunque muchos son bebés. La fe trasciende distancias y tiempos.

Según el Código de Derecho Canónico, el medio ordinario de salvación es el bautismo; pero si no es posible recibirlo, el llamado bautismo de deseo es salvífico. Dios no está atado a la acción de sus ministros y al uso del agua. Claro que son medios establecidos por Jesús para la salvación; pero cuando no son posibles, Dios no depende de personas y de distancias. Así mismo, el medio ordinario de obtener el perdón de los pecados es la confesión ante un sacerdote; pero si no es posible hacerlo, te arrepientes de todo corazón y Dios te perdona, con el compromiso de confesarte tan pronto sea posible. Igualmente, el modo ordinario de que un matrimonio sea reconocido como sacramento es la presencia física del sacerdote, de un diácono, o de otro ministro autorizado; pero si no se puede esta forma ordinaria, pueden casarse sacramentalmente, expresando su compromiso ante dos testigos, y su matrimonio es válido y es verdadero sacramento. Así es nuestro Dios. Aunque ha querido estar presencialmente entre nosotros y necesitar el ministerio de sus pastores, no depende absolutamente de distancias, de tiempos y de personas. “Dios es espíritu, y por eso sus adoradores deberán adorarlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,24).

ACTUAR

Agradezcamos a nuestro buen Dios que siempre está con nosotros, para acompañarnos en todo momento. ¡Bendito sea! Pidamos que pronto pase esta pandemia, y que nuestros pastores sigan consagrando su vida con generosidad y alegría al servicio del Pueblo de Dios.

 

 

Entorno Covid: Presente y futuro

Esta semana hemos iniciado en #IESEonline la serie Diálogos con CEOs, con la sesión Liderazgo efectivo: rasgos singulares para esta realidad compleja, donde he conversado con Pilar Almagro, CEO de Vertisub, de cómo hemos pasado abruptamente del  entorno VUCA (volátil, incierto, complejo y ambiguo)  al entorno COVID (catástrofe, oscuridad, virulencia, inestabilidad, destrucción). Podéis verlo aquí.

Con motivo del Día internacional del Trabajo, la propia Pilar compartía 15 aspectos del escenario post Covid. Os animo a verlo.

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2 Comentarios

  1. Rafaelmayo 6th, 2020 at 19:08

Muchas gracias, Nuria por compartir este vídeo.
Antes de nada espero y deseo que estéis muy bien de salud.
Como atiendo a los 320 alumnos de Ingeniería encomendados telemáticamente y el examen final de la semana próxima consistirá en el análisis de algunos de los aspectos y problemas concretos de cómo se está afrontando la pandemia, les facilitaré este material que puede serles muy útil.
Un abrazo muy grande con mis oraciones para ti, tu marido y vuestra hija

  1. Domingomayo 6th, 2020 at 20:55

Nuria, extraordinario.
Una claridad de ideas y de propuestas, que vale la pena pensarlas y ponerlas en marcha.
Animo con estas sesiones.
Muchas gracias.

 

 

Diálogo sobre el mundo post covid entre Mons. Argüello y Victoria Camps

El Secretario General de la CEE, Mons. Luis Argüello, ha participado en el diálogo ‘Nuevos tiempos, ¿nuevas personas?‘, en el que ha debatido junto a la filósofa Victoria Camps sobre el mundo que nos espera una vez se supere la crisis sanitaria provocada por la propagación del COVID-19. Un acto que ha organizado la Fundación Pablo VI y que ha moderado el presentador de ‘La Tarde’ de COPE, Fernando de Haro.

Argüello ha destacado que la crisis sanitaria ha traído una realidad nueva que ha dejado al descubierto nuestra vulnerabilidad como individuos: “Nos ha generado una dependencia que nos hace caer en la cuenta de la interdependencia. Cada uno marcamos una distancia con el otro, y me alegraría mucho que esta irrupción de lo real nos permitiera descubrir personas interdependientes. Ser conscientes de que hay una herida y al mismo tiempo de que la interdependencia es un bien que no disminuye la libertad, tal y como algunos nos han hecho creer. Esta reflexión nos puede ayudar en el camino de la vida”, ha asegurado el portavoz de la CEE.

Con respecto al período de confinamiento, el también obispo auxiliar de Valladolid, ha afirmado “Espero que esta situación pueda ayudarnos a crecer como personas y como sociedad. El hecho en sí de pasar un tiempo en cuarentena no tiene por qué hacernos mejores ni peores”. Ambos ponentes han reflexionado sobre cómo la situación tras el Covid19 podría cambiar nuestro sentido de la felicidad.

“Yo prefiero la expresión alegría a felicidad, porque la alegría se experimenta cuando lo que uno parece necesitar, en realidad nos precede y se nos ofrece como un don. La alegría sin embargo puede experimentarse aunque las manos estén vacías. Es la alegría del encuentro con alguien que hace que relativicemos los juguetes que tengamos entre las manos”, ha subrayado Argüello.

Durante el coloquio organizado por la Fundación Pablo VI, se ha hablado también sobre el sentido de lo público y su importancia en la gestión de la crisis, donde profesionales sanitarios o fuerzas del orden han adquirido gran protagonismo. Un reconocimiento que ha compartido el secretario general de la CEE, aunque considera que el elogio de lo público no debe confundirse con el elogio de lo estatal: “Lo público es el espacio común, el ágora donde nos encontramos y donde es preciso convocar a esa subjetividad de una sociedad”.

Además, ambos ponentes han coincidido en que durante esta crisis sanitaria ha aparecido otro factor en la realidad que antes ocupaba un plano escondido: el sufrimiento. La muerte se ha comportado como un despertador que nos han hecho caer en la cuenta de aspectos que ya estaban, pero que por nuestra manera de concebir el tiempo, cada vez más cíclica, sin la referencia a Dios en nuestras vidas, nos llevaba a erradicarlo de la misma.

(Conferencia Episcopal Española)

 

 

Violencia en el hogar

Escrito por Mario Arroyo.

Mientras con el encierro en casa unos redescubren el tesoro de la familia, otros encuentran en ella un infierno, y algunas mujeres incluso la muerte.

Resulta doloroso admitirlo. No todos estábamos preparados interiormente para el coronavirus. No todos podemos capitalizar esta forzosa oportunidad para “crecer para adentro” y redescubrir, asombrados, nuestra interioridad, nuestra familia, el tesoro que supone la vida cotidiana. Muchas personas, por el contrario, tienen dolorosas heridas y disfunciones emocionales, que canalizan a través de la violencia, la cual crece exponencialmente con el confinamiento social. Es doloroso reconocerlo, en México la violencia familiar ha crecido un 100 por ciento durante la cuarentena, siendo 209 las mujeres asesinadas durante este periodo. La muerte acecha en la cuarentena, no solo en los hospitales, sino también en los hogares. No mata solo el virus, también los celos, el resentimiento, el odio, el rencor, la frustración, la impaciencia: la violencia.

Al constatarlo, no podemos sino reconocer que “llegamos tarde”. “Muerto el niño se tapa el pozo”. No se pueden improvisar los resortes morales, las energías espirituales, la madurez afectiva. Digamos que el confinamiento nos ofrece una radiografía de cómo está el corazón y la interioridad de las personas, una imagen de la que no se puede huir, ni hay forma de disimular. Ordinariamente, las distintas esferas en las que desarrollamos nuestra vida nos ofrecen la oportunidad de balancear las emociones, de compensar en un ámbito aquello de lo que carecemos en otro, de dosificar nuestro mal humor y frustración. En el encierro obligatorio no hay forma de huir de nosotros mismos. La realidad de nuestra interioridad resulta patente, sale a flote y se manifiesta. Y si esa interioridad está colmada de amargura y oscuridad, aquello sale a la superficie, siendo la violencia, en ocasiones, un vector a través del cual emerge toda esa frustración. Con la pandemia no podemos huir de nosotros mismos, en el encierro no hay forma de esconder lo que llevamos dentro.

Ahora bien, esa amargura, violencia y oscuridad no son fruto del COVID. Ya estaban ahí, solamente esperaban la ocasión de manifestarse, o se podían controlar en las condiciones más benignas de la normalidad, donde había las habituales válvulas de escape: ocio, diversión, deporte, etc. Pero ahora esa puerta está clausurada y, a falta de interioridad, no hay forma de canalizar esa presión, que explota, vehemente, a través de la violencia familiar.

Digamos que la violencia familiar, y correlativamente la violencia contra la mujer, el eslabón más frágil de la cadena, pone en evidencia la carencia espiritual de nuestra sociedad. La pobreza interior de toda una civilización queda en berlina, en medio de esta situación extraordinaria. Ya no hay herramientas técnicas para hacer frente al problema, solo espirituales, y a falta de estas, quedamos a la deriva de nuestros instintos más básicos. Ya no están operativas las soluciones exteriores, ahora contamos solo con nuestra interioridad. La violencia en el hogar, particularmente contra la mujer, deja patentes las carencias espirituales de nuestra civilización. La pobreza interior, la carencia espiritual, no haya forma de disimularse e irrumpe agresivamente a través de la violencia.

Así, mientras unos redescubren el tesoro del hogar, recuperando el aprecio por la familia, reconfigurando la escala de valores si esta había cedido el puesto al éxito, otros terminan por destruir su hogar. Mientras unos redescubren el tesoro de la familia, otros encuentran en ella un infierno, y algunas mujeres incluso la muerte. Mientras unos crecen interiormente, otros no encuentran forma de contener la amargura que inunda su alma, el dolor de sus corazones, y optan por convertir su casa en un infierno.

¿Qué conclusión podemos sacar? Así como hemos descubierto que no estábamos preparados para la pandemia, y que nuestro bienestar nos había cegado para preparar otros escenarios menos benignos, también debemos reconocer las heridas espirituales de nuestra sociedad, su dramática pobreza en este rubro, que aflora sin disimulo en las crisis familiares y en la violencia contra la mujer. Debemos entonces trabajar, con esperanza, fijos los ojos en el largo plazo, invirtiendo en la virtud y el autodominio, enseñando a paliar las carencias afectivas, y creando cauces para cultivar la espiritualidad. Por eso la religión no debería ser indiferente para el estado, pues puede aportarles a sus ciudadanos unas herramientas que él no pude dar, pero que necesita.

 

Los mediócratas y el indiferentismo religioso

 

Hace algún tiempo, fue difundido un videomensaje del Papa Francisco dedicado al diálogo interreligioso, donde los católicos, los budistas, los musulmanes y judíos parecen ser colocados en el mismo plano, como «hijos de (un) Dios»

La mediocracia y el indiferentismo religioso son corolarios uno del otro. Como también, a su vez, ese indiferentismo no es sino una forma de ateísmo.

Ecumenismo, diálogo y los mediócratas

Contenidos

El ecumenismo, con su infatigable y vano charlatanismo de diálogo, es propiamente la religión de los mediócratas.

Una especie de seguro para la vida y para la muerte, mediante el cual todas las religiones son solicitadas a decir en coro que, indiferentemente en cualquiera de ellas, los hombres pueden alcanzar para su salud, sus pequeños negocios y su seguridad, y aun después de la muerte, una buena convivencia con Dios.

El Protestantismo, ¿obra del Espíritu Santo?

Para Dios, ¿cualquier religión es lo mismo?

En esta perspectiva, parece que a Dios le es indiferente que se siga cualquier religión. Se puede hasta blasfemar contra Él y perseguirlo. Se puede aún negarlo. Él es indiferente a todos los hombres. Olímpicamente indiferente. Ecuménicamente indiferente. Como, por lo demás, los mediocres a su vez, tengan o no algún crucifijo, algún Buda de loza o cerámica, algún amuleto en los lugares en que duermen o en que trabajan, son olímpicamente indiferentes a Dios.

Plinio Corrêa de Oliveira

En la atmósfera relativista de los paraísos cubiculares mediocráticos, Dios es -según el aforismo italiano- un ser «con il quale o senza il quale, il mondo va tale quale» – (con el cual o sin el cual, el mundo va tal cual).

En esta perspectiva también, Dios pagaría a los hombres con la misma moneda. Se podría entonces decir que la humanidad es para El el hormiguero (¿o el nido de víboras?) «con il quale o senza il quale, Iddio (el Sr. Dios) va tale quale».

*     *     *

Mediocracia, indiferentismo religioso y ateísmo

La mediocracia y el indiferentismo religioso son corolarios uno del otro. Como también, a su vez, ese indiferentismo no es sino una forma de ateísmo. El ateísmo de los que, en cierto sentido más radicales que los propios ateos convencionales, no toman a Dios en serio. Mientras que el ateo, si tuviese la evidencia de que Dios existe, Lo odiaría… O, tal vez, Lo serviría… Pero, en todo caso, Lo tomaría en serio.

A ese ateísmo ecuménico y relativista corresponde una modalidad específica deterioración moral.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Asumir la realidad desde la familia

Ana Teresa López de Llergo 

 Conozco lo bueno y lo malo de mi persona, pero no lo afronto porque pesa demasiado lo malo o porque no se me ocurre cómo cambiar.

Ante cualquier circunstancia que nos sacude, por más superficiales que seamos, nos hacemos planteamientos profundos, pensamos en ellos y aunque también seamos totalmente apáticos, algo hacemos para mejorar. Este es el peor de los escenarios, pero a partir del que cada uno tenga, no podemos decir que no nos alcanzó la sacudida, por lo tanto urge afrontar el futuro.

Lo básico es reconocerme, revisar mi familia y revisar mi trabajo. No hay nada superfluo en esta trilogía, pero sí complejo. Antes de la aceptación, es normal la negación y la resignación. No nos podemos quedar en estos pasos del proceso, hemos de llegar a la aceptación para reconocer lo bueno y lo malo de mi persona, de mi familia y de mi trabajo Y diseñar un futuro con este punto de partida, pero para mejorar.

La negación y la resignación siempre se dan, son parte del proceso natural. Antes del tercer paso que es el que nos ocupa, hemos de estar seguros que ya no quedan rastros de negación o de resignación. En la negación decimos: esto a mí no me va a pasar porque tengo salud, o vivo en un entorno sin peligros, o por lo que sea. La negación nos hace descuidados, es barrera para la aceptación. Por el contrario, la negación se ha superado cuando decimos, hasta ahora me he salvado; pero si me descuido me puede llegar.

La resignación es engañosa porque da la impresión de aceptación del mal que me va a llegar, pero realmente es un mal encubierto porque se adopta una actitud pasiva pues no busca el modo de afrontar el problema y mucho menos de combatirlo, si llega. La resignación se supera planeando distintos modos de resolver el problema según los modos como nos pueda alcanzar. Después de liberarnos del peso de la negación y la resignación, estamos en condiciones de afrontar.

Conozco lo bueno y lo malo de mi persona, pero no lo afronto porque pesa demasiado lo malo o porque no se me ocurre cómo cambiar. La ayuda para salir con bien de este paso está en manos de una persona amiga que me conozca bien. Preguntarle qué ve en mí y cómo se le ocurre que puedo cambiar, pero la disposición sincera es la de oír y aceptar mis defectos en labios de otro, sin justificación ni enojo, porque lo normal es que duela.

Un ejemplo de la ayuda de alguien cercano lo tenemos en la santa pastorcita Jacinta cuando para salvar a su madre de la posibilidad de ir al infiero le advierte, con gran profundidad para su edad: “Madre, huye de las riquezas y los lujos” y “Ser pura de cuerpo es guardar la castidad; y ser pura de alma es no cometer pecados, no mirar lo que no se debe ver, no robar, no mentir nunca, decir siempre la verdad aunque nos cueste”.

Con los datos que reciba, revisar mi estado de ánimo y decidir si empiezo por combatir el defecto dominante o, si estoy deprimido, acrecentar la virtud que se me facilita. Aunque tomando en cuenta los momentos de tensión que he desencadenado en el tiempo de confinamiento, y es imprescindible desterrar para evitar conflictos irreparables, o para resolver sin tardanza los que ya he ocasionado.

La revisión de la familia puede tener un esquema semejante: qué tenemos de bueno y qué de defectuoso, a la luz de la comunicación, actividad clave. Quién, cómo y cuándo intervenimos con mensajes o actuaciones benéficas o tóxicas.

Empezar por mí, porque una vez que muestro mi empeño por cambiar para bien, gano en autoridad para impulsar a los demás. No importa la gravedad de los problemas que estemos sufriendo, tenemos capacidad para resolverlos porque nosotros mismos los iniciamos. Eso sí, aceptar que los hemos dejado crecer y las dificultades para combatirlos son proporcionales. Especialmente difícil es el combate a la violencia y a sus causas: alcoholismo, drogadicción, infidelidad, irresponsabilidad.

Convencernos que lo mejor para todos es actuar y dar cada uno su aportación, en la casa. En los medios de difusión se propone la intervención del Estado, y puede ser cuando ya no hay otro remedio, pero en este caso el violento va a la cárcel, el otro cónyuge a trabajar por los dos, los hijos a centros especiales para ellos. De la familia no queda nada: ¿Eso es lo que queremos? ¿Ya no hay otro modo de mejorar? Si se decide afrontarlo en casa, es necesario ser muy transparentes, llenarse de fortaleza, y acudir al consejo de un experto.

Si algo va a cambiar es el protagonismo de la familia. Muchos de los trabajos en las oficinas van a desaparecer. Por lo tanto, hay que aprender a estar más tiempo en el hogar, a dedicar algún tiempo para conservar y mejorar los espacios, a respetar el modo de ser de los demás, a mostrar los mejores aspectos de nuestro carácter, y a sobreponernos al mal humor para no descargarlo en los miembros de la familia. A resolver los problemas sin agravarlos por nuestros desplantes. No es buena receta abusar de la hiel, es mejor la miel.

Y, repetírnoslo muchas veces, la comunicación a tiempo dentro de la familia es clave, antes de que el problema crezca y nos aplaste. Romper las barreras de los que se aíslen, a todos corresponde opinar e intervenir, o escuchar y colaborar. En las conversaciones saldrá el respeto a los espacios, a los tiempos de intimidad o de descaso, a tener zonas y tiempo de silencio para profundizar en el trabajo o en el estudio. A compartir entretenimiento aunque de momento nos apetezca otro modo de descansar. Siempre compartir lo bueno.

Finalmente, no menos importante es afrontar la nueva manera de trabajar, distribuir zonas para tener el equipo necesario. El respeto es imprescindible, respetar lo que es ajeno, conservar en buen estado lo propio, conservar en buen estado lo que es de todos, advertir de la importancia de algún asunto para evitar interferencias. Y si alguien queda desempleado, mientras consigue otro trabajo, puede prestar los servicios dentro del hogar. Son interminables e importantes, pero es muy importante desprenderse de la pésima imagen que les hemos dado, para no despreciar a quienes los realicen.

Respeto a la intimidad y comunicación adecuada pueden ser la fórmula que garantice la buena marcha del futuro de nuestras actividades. Y, mantener la salud física y espiritual para beneficio de los demás.

 

Los niños y el aburrimiento

Lucía Legorreta

Es importante saber que los niños necesitan de nuestra atención como padres. Todos los niños necesitan encontrarse con sus padres a lo largo del día. En palabras de los especialistas: necesitan recargarse.

 Empecemos por definir que es el aburrimiento. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como el “cansancio del ánimo originado por falta de estímulo o distracción, o por molestia reiterada”.

Es, por lo tanto, un estado emocional desagradable que se produce cuando deseas estar implicado en una actividad satisfactoria, pero no consigues hacerlo.

Los niños son incansables e inagotables, principalmente en vacaciones. Cambian de una actividad a otra con gran facilidad hasta que repiten una y otra vez: ¡estoy aburrido!

¿Por qué los niños de ahora se aburren tanto? Podemos afirmar que es consecuencia de una vida diaria con demasiado control sobre ellos. Horario para el colegio, actividades extraescolares, tareas, deportes, etc. Y como tienen poco tiempo para jugar, los papás les dicen cómo hacerlo.

No saben qué pedir, no se esfuerzan para aprender a crear e imaginar situaciones de juego. Están tan acostumbrados a los entretenimientos de pantalla, que no saben hacer otra cosa. Y claro, en cuanto se cansan, se aburren.

Es importante saber que los niños necesitan de nuestra atención como padres. Todos los niños necesitan encontrarse con sus padres a lo largo del día. En palabras de los especialistas: necesitan recargarse.

Es cierto que las actividades deportivas, musicales y sociales organizadas benefician el sano desarrollo del niño, pero los niños también necesitan tiempo para sí mismos. De este modo, podrán silenciar el bombardeo de estímulos del mundo exterior y podrán perseguir sus propios pensamientos y ocupaciones, descubrir sus propios intereses y conocerse a sí mismos.

¡El aburrimiento es algo bueno! Veamos algunos beneficios:

- Enriquece la experiencia personal: sentirse aburrido o indiferente algunas veces significa que hemos vivido momentos más estimulantes.

- Enseña independencia: los niños aprenden a no depender de estímulos externos para su felicidad, a arreglárselas por sí mismos.

- Es necesario para el desarrollo de la empatía: al estar constantemente entretenidos con ellos mismos, los sentimientos hacia los demás no se dan.

- Genera cambio: ya que le proporciona a la mente posibilidades para soñar, crear y experimentar.

- Ayuda a ser críticos: si únicamente piensan según lo que dicen los medios de comunicación y entretenimiento, no tendrán un criterio propio. El aburrimiento es un medio para descubrir sus propios pensamientos, ideas e intereses.

- Desarrolla cualidades como la curiosidad, perseverancia, confianza, ingenio, observación y concentración.

No le tengamos miedo a que nuestros hijos se aburran de vez en cuando, y recuerda que ellos necesitan momentos durante el día para estar con sus papás y recargar ese amor.

Me pareció ingeniosa la idea de crear un “Tarro del aburrimiento”, lleno de ideas escritas en trozos de papel. Cuando te diga que se aburre, tendrá que sacar tres papelitos del tarro y elegir una de las actividades.

Algunas ideas: poner música y bailar, bañar al perro, buscarles formas a las nubes, hacer un dibujo, escribirle una carta a la abuela, lavar el coche, empezar un diario, organizar su cuarto, escribir un cuento, recortar fotos de revistas y hacer un collage; crear un periódico familiar, leer un libro, hacer un postre. ¿Y cuántos más se te ocurren? Empieza tu Tarro del aburrimiento, y verás como tus hijos en lugar de quejarse, se van a divertir.

 

 

¿Se me nota que estoy alegre?

Aunque estamos en tiempo de Pascua por tanto tiempo de alegría, en realidad, la alegría del cristiano no necesita de la Pascua. Incluso podemos afirmar que la Pascua no devuelve la alegría a quien la ha perdido. Quizá lo más que podemos decir es que este tiempo de Pascua nos ayuda a hacer una reflexión. ¿Hay verdaderamente alegría en mi vida? ¿Depende mi alegría de acontecimientos externos o de circunstancias personales más o menos adversas?

La realidad es que la auténtica alegría cristiana es muy profunda, tiene raíces consistentes y no depende de si hace sol o si llueve. La alegría auténtica de cualquier persona depende de saber amar o no. El que es egoísta está, habitualmente, triste. El que está muy pegado a Dios, o sea, el que ama a Dios sobre todas las cosas, es una persona alegre. Aunque es evidente que ese amor a Dios se manifiesta en la entrega a los demás. No se puede dar uno sin el otro.

Aún así, a veces hace falta una reflexión sobre la propia alegría, ante todo un examen detenido sobre como afecta en los demás. Es decir, ¿se me nota que estoy alegre? Hay personas con quien estamos deseando estar, porque traslucen gozo. Hay personas tristes en apariencia, y uno se da cuenta, conociéndolos en la intimidad, que tienen una alegría muy profunda. Por lo tanto, a la persona que interiormente es feliz le pedimos que se mire al espejo, vea su rostro y piense: ¿influyo con mi alegría? ¿Mi alegría influye, es contagiosa?

Domingo Martínez Madrid

 

Suicidio asistido

Ante la eutanasia, una segunda situación es la del sujeto humano aquejado de alguna enfermedad, crónica, física o psíquica, aunque no se encuentre en la fase final de la misma o de los que tienen enfermedades mortales a corto plazo, en las que el paciente solicita voluntariamente una ayuda o cooperación para morir: suicidio asistido o cooperación al suicidio. (...)

Sus partidarios consideran que tanto la eutanasia como el propio suicidio asistido son lícitos en el plano ético, pues son una manifestación de la dignidad del hombre, la cual radica en su libertad de elección. La persona competente puede decidir sobre la disposición de la vida hasta el extremo de eliminarla directamente con la ayuda de terceros o solicitando que otros lo hagan. (...) Para el enfermo el acto quedaría justificado como ejercicio de un derecho, para el profesional sería un deber ayudar a que este sea efectivo, y los poderes públicos deberían simplemente regular tal derecho, asegurándose de la competencia del enfermo y de facilitar los medios para realizarlo (...).

Es cierto que la sociedad solo debe legislar sobre los comportamientos de las personas que tengan un impacto en la comunidad, pero no es menos cierto que la eufemísticamente denominada muerte medica-mente asistida sí que los tiene. ( ... ) Sin darnos cuenta, se, produciría una alteración importante al aceptar que es de interés social una auto-disposición del propio cuerpo, hasta llegar a su propia destrucción, si uno libremente lo desea. Habríamos aceptado todo un mensaje que lleva implícito tal acción: si mi vida, que está bajo mi custodia y además, teóricamente, soy yo el más interesado en conservarla, la elimino, ¿por qué no lo harán otros, por diversos motivos de índole común? (...)

Hay datos que indican que legalización de la eutanasia voluntaria da lugar a un incremento de la no consentida

Desde el punto de vista ético del Profesional sanitario, la aceptación social de que la autodestrucción fuera un bien ( ... ) violaría directamente su conciencia y condicionaría drásticamente la libertad en su práctica profesional. Se ejercería sobre el profesional una fuerte presión y se consumaría la tendencia actual a que estos se limiten solo a satisfacer las demandas de los pacientes.

Es lógico que se pueda comprender el posicionamiento eutanásico de algunos, al valorar sus circunstancias personales, pero esto no puede doblegar la intuición natural de tantos que están o no en similar situación, y que captan que elegir la muerte no es una opción entre muchas, sino el modo de suprimir todas las opciones.

( ... ) Y que, como indica la Asociación Médica Mundial, reconocen que "la eutanasia, es decir, el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares, es contraria a la ética" (2).

Suso do Madrid

 

La histórica Cumbre

La histórica Cumbre de la Mujer celebrada el pasado mes de marzo en la sede de la ONU se caracterizó por la abundancia de sillones vacíos, por el silencio sepulcral y el descontento de los abortistas. La Cumbre, que debía haber durado dos semanas, quedó reducida a media jornada debido a los temores generados por el novedoso Coronavirus.

Este año, en la histórica Cumbre, los grupos abortistas, que figuran entre los mejor financiados y más publicitados de los grupos feministas, que habitualmente controlan gran parte del programa de actividades de la conferencia. Es así que este año no hubo ninguno de los habituales aplausos y burlas para apoyar el aborto e intimidar a la Santa Sede o a otros organismos que hacen declaraciones pro-vida. Los activistas y diplomáticos parecían desorientados. El evento fue irreconocible respecto a las sesiones anteriores.

Enric Barrull Casals

 

Tras una Semana Santa para todos

Las elevadas cuotas de audiencia de esta SS, para confirmación de unos y sorpresa de otros, muestran ya que  la religión, en concreto la fe católica en nuestro país, está más arraigada de lo que puede parecer, aunque es evidente que en estos años ha ido disminuyendo la práctica religiosa en España: veremos qué sucede a partir de ahora.

Cuando empezamos a ver la magnitud de la tragedia –no quiero entrar en apreciaciones políticas ahora-, muchos comentarios acompañaban el dolor y el sufrimiento, acentuando que había que tener más presente a Dios en la vida cotidiana, valorar más lo esencial y menos lo superficial. Abundaba una reflexión, en redes sociales o en conversaciones telefónicas: “es un golpe radical a nuestra autosuficiencia, creernos dueños de la vida y de la muerte de las personas, admitir que somos criaturas”.

Esta crisis está avivando la práctica religiosa en muchas personas, y desde luego la meditación en estas largas semanas de confinamiento, y no digamos en el personal que se está volcando y dejando la vida en ayudar a los contagiados, agotados tras reiteradas jornadas extenuantes.

El personal sanitario está palpando cada día el sufrimiento, la muerte, a veces entre el propio personal médico: uno de cada seis españoles contagiados es del personal médico. Y también conmueve que 96 sacerdotes italianos hayan perdido la vida confortando a los contagiados por coronavirus.

También puede ser que algunos se indignen por tanto sufrimiento, y se distancien de Dios por este dolor mundial, casi “culpabilizando” a Dios de lo que está sucediendo, como se hace a veces con ligereza al cuestionarse las guerras, todo tipo de calamidades o exterminio de miles de personas por parte de dictadores de diverso tipo.

Aparece la pregunta de dónde está Dios en esta pandemia. Puede parecer ausente, y no es así.  La Eucaristía, la Pasión y la Resurrección de Jesucristo pueden arrojar luces para quien las busque con humildad y un poco de fe. El Papa Francisco dijo hace poco: “Dios perdona siempre; el hombre, a veces; la naturaleza, nunca”. Estos días son  para vivir las procesiones “por dentro”, o al menos para pensar.

Jaume Catalán Díaz

 

 

Discursos, Querellas, ruina y el “pan y circo”

 

EL VIRUS CHINO Y UN DISCURSO DEL GOBIERNO QUE NO DICE NADA: Y pese a lo largo del mismo; puesto que yo lo soporté de principio a fin; y al final me quedé perplejo o anonadado;puesto que lo que puedo resumir, es que fue un discurso DE AMENAZAS MÁS QUE DE SOLUCIONES CONVINCENTES; ya que “el sí pero”, era continuo, o sea que “nos deja libres”, pero bajo la vigilancia de las enormes multas que nos pueden colocar por cualquier desliz, ya que preveer todo lo que dijo este inútil; no creo exista español que esté capacitado para ello, por tanto Y DESESPERADAMENTE… ¿ES QUE LO MEJOR Y MÁS SEGURO ES SEGUIR EN LA CÁRCEL QUE NOS HAN IMPUESTO HASTA QUE A ESTE INÚTIL LE SALGA DE LOS COJONESSS?. De las normas que impone para abrir negocios, es de “rebelión inmediata”; puesto que con las condiciones que impuso, no hay comercio, industria o servicio que las pueda soportar; amén de la supresión de empleos, que seguirá siendo masivo; Y NO OLVIDEMOS QUE EL NOVENTA POR CIENTO DEL EMPLEO NO LO PRODUCEN NI LAS MULTINACIONALES, NI LOS MONOPOLIOS, Y MUCHO MENOS EL ENCHUFE OFICIAL; ¡LO PRODUCE LA PEQUEÑA Y MEDIANA EMPRESA! Cosa que se ratifica en entrevista a un dirigente de los empresarios, mantenida el 29-04-2020 en “Es Radio”, entre las nueve y las diez de su mañana. Por todo ello, no hay en el horizonte español, nada más que ruina y miseria… ¡Y los que nos tienen presos y atados, no dimiten por nada del mundo! Y MUY IMPORTANTE: LA OPOSICIÓN TODA, SE HAN HECHO CÓMPLICES DEL TIRANO, CUANDO LO QUE TENDRÍAN ES QUE UNIRSE PARA ECHARLO CUANTO ANTES.

 

QUERELLAS: “TAMBIÉN CONTRA EL MINISTRO ILLA Y EL EXPERTO SIMÓN: El Consejo de Enfermería se querella contra Sánchez por un delito penado hasta con 3 años de prisión. Una querella ante la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo contra el presidente del Gobierno, el ministro de Sanidad y varios cargos de su departamento por un delito contra la seguridad de los trabajadores”. (Periodista Digital: 24-04-20209

Lo que no entiende ni entenderá nadie con un mínimo de inteligencia, es el que siga gobernando España, este ya inútil demostrado; y que no dimita o le obliguen a dimitir y a convocar elecciones de inmediato. ¿Qué más cosas tienen que ocurrir en España, aparte de todo lo que ya se le ha denunciado y con lo que se puede escribir ya una enciclopedia?

El coronavirus amenaza las pensiones: el agujero de la Seguridad Social se disparará hasta los 37.000 millones: Los expertos advierten de que la caída de ingresos obligará a congelar las pensiones y a crear nuevos impuestos para poder pagarlas. (Vozpópuli: 24-04-2020)

    España lleva ya mucho tiempo en una quiebra manifiesta y lo dice la enormidad de deuda pública que soportamos (“la pagaremos los españoles todos los que pagamos impuestos”); por tanto lo que aporta a ello “el virus chino”; es algo así, como “la puntilla en la suerte del toreo”; tan es así, que yo ya oigo que se va directamente a la Intervención del Gobierno por los dirigentes de la “Unión Europea”; o sea, lo mismo que ya sufriera Grecia, que igualmente dilapidó dineros públicos en masa. Llegado ese momento, ni sabemos lo que nos va a caer encima. En lo referente a pensiones, se supone que bajarán primero y en cantidad enorme, a las más altas o altísimas; empezando por lo que cobra el Rey y “sus casas”; las abusivas pagas que cobran Felipe González, José María Aznar, José Luís Rodríguez Zapatero y la infinidad de “altos” (lo de altos es por decir algo) políticos, que ellos mismos se fijaron, pensiones “de juzgado de guardia”; igualmente deberán ser eliminados, los ejércitos de parásitos que viven del dinero público directa o indirectamente; y como último es de suponer, que las pensiones de “miseria humana” y que cobramos, la mayoría de españoles, que apenas llegan a los setecientos euros mensuales, a esas, no se atreverán ni a tocarlas, pero quién sabe, a lo que llegarán estos no inmorales, sino ya totalmente amorales, que nos han llevado a este estado de miseria nacional y que son los únicos culpables de todo ello.

EL FUTBOL: El Gobierno maniobra en estos momentos para conseguir que la Liga de Fútbol Profesional se reanude lo antes posible, a puerta cerrada, y pueda ser seguida por televisión por los "millones" de españoles aficionados a este deporte, ya que eso "nos devuelve a la normalidad" y "también contribuye a fortalecer el espíritu colectivo en la última fase del confinamiento", según detalla un documento interno del Consejo Superior de Deportes (CSD), dependiente del Ministerio de Cultura y Deporte. (Vozpópuli 25-04-2020)

“EL PAN Y CIRCO COMO REMEDIO”: Eso es lo que los del gobierno pretenden con esta nueva medicina para sostenerse en el poder; o sea, emplear el mayor señuelo para las masas, pero ofreciéndoselo, “enlatado”; o sea para que lo vean y disfruten “atados” al sillón y dentro de “las cárceles” en que nos mantienen; algo despreciable para el que tenga unos mínimos sentimientos de libertad humana.

La pandemia del coronavirus provocará en España una caída de la producción como no se había visto desde la Guerra Civil. Las medidas de confinamiento de la población y el cierre de negocios y de centros de producción llevarán al límite la resistencia de la economía y muchos agentes económicos no podrán soportarlo. Las malas noticias comenzaron ya en marzo, cuando se produjo una destrucción de empleo nunca antes vista. Pero es solo la primera parte del golpe económico. A lo largo de las próximas semanas se conocerá la profundidad de la caída y, lo que es mucho más importante, la capacidad del tejido productivo para regenerarse. (El Confidencial 25-04-2020)

 

            Desde el principio de la epidemia del “virus chino” (no olvidemos que nace allí y que curiosamente, hoy son los que más se benefician de ello, vendiendo al resto del mundo utillajes necesarios para combatir al mismo, cosa que se presta a muchas interpretaciones)… digo que, desde un principio, escribí que… EL REMEDIO ERA PEOR QUE LA ENFERMEDAD; y a la vista ya está los resultados de ruina a todos los niveles, que ha producido en España y resto del mundo, (apuntemos otra vez a China que no paralizó su país y siguió su actividad productiva);  por lo que hay que pensar, que las medidas tomadas de parálisis, fue un error enorme, ya que a mi entender, los que se han contaminado o han muerto, hubieran sido más o menos los mismos; pero el daño ya está hecho… ¿quién se ha beneficiado de todo ello? El tiempo nos lo irá aclarando.

 

“La verdad es la herida que más duele… y no cicatriza”. AGF 24 octubre 2019

 

LA VERDAD DEL ESPAÑOL Y RESTO DE MONOS HUMANOS: Se podría escribir mucho sobre la inconsciencia del español, sus miedos y pelotilleos, su cobardía, etc., pero me bastaré hoy, con lo que escribió un poeta andaluz de fama; y que curiosamente era republicano y socialista...    "EN ESPAÑA DE CIEN CABEZAS, UNA PIENSA... EL RESTO EMBISTEN"   Creo recordar que lo escribió, nada menos que Antonio Machado. Pero es lo normal en todos "los rebaños del mono humano".

 

  Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo) )

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