Las Noticias de hoy 30 Abril 2020

Enviado por adminideas el Jue, 30/04/2020 - 12:36

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 30 de abril de 2020   

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Las bienaventuranzas, “camino pascual” que lleva a “ser de Cristo”– Catequesis completa

San José Obrero: Oración por los desempleados a causa de la pandemia

El Santo Padre invoca la protección de la patrona de Europa

EL PAN QUE DA LA VIDA ETERNA: Francisco Fernandez Carbajal

“¡Que no vuelva a volar pegado a la tierra!”: San Josemaria

El fuego de los primeros cristianos

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»

Artículo del cardenal Albino Luciani

Sin libertad no se puede amar a Dios: Salvador Bernal

La prisa del Gobierno por aprobar la LOMLOE es signo de déficit democrático

“Misas sin fieles”: + Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

Inculturar nuestra fe: José Martínez Colín

Discriminación e igualdad: encuentra.com

María, añoranza de una Madre: Enric Barrull Casals

Impresionante testimonio de calor humano: José Morales Martín

El criterio de la edad: Pedro García

Los derechos del paciente: Jaume Catalán Díaz

Lo que nos cuenta la prensa: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Miércoles, 29 de abril de 2020

https://youtu.be/qaf_Whih6HU
 
Monición de entrada

Hoy es la fiesta de Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia y Patrona de Europa. Recemos por Europa, por la unidad de Europa, por la unidad de la Unión Europea: para que todos juntos podamos ir adelante como hermanos.

 Homilía

En la primera Carta de San Juan apóstol hay tantos contrastes: entre luz y tinieblas, entre mentira y verdad, entre pecado e inocencia (cfr. 1Jn 1,5-7). Pero siempre el apóstol llama a la concreción, a la verdad, y nos dice que no podemos estar en comunión con Jesús y caminar en tinieblas, porque Él es luz. O una cosa o la otra: el gris es peor aún, porque el gris te hace creer que caminas en la luz, porque no estás en las tinieblas y eso te tranquiliza. Es muy traidor, el gris. ¡O una cosa o la otra!
 
El apóstol continúa: «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1Jn 1,8), porque todos hemos pecado, todos somos pecadores. Pero aquí hay una cosa que nos puede engañar: diciendo “todos somos pecadores”, como quien dice “buenos días”, “buen día”, como algo habitual o social, no tenemos una verdadera conciencia del pecado. No: “yo soy pecador por esto, esto y esto”. Lo concreto, la concreción de la verdad: la verdad es siempre concreta; las mentiras son etéreas, son como el aire, no lo puedes agarrar. La verdad es concreta. Y no puedes ir a confesar tus pecados de modo abstracto: “Sí, yo… sí, una vez perdí la paciencia, otra…”, y cosas así. “Soy pecador”. La concreción: “He hecho esto. He pensado esto. He dicho esto”. La concreción es lo que me hace sentir pecador en serio y no “pecador en el aire”.
 
Jesús dice en el Evangelio: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). La concreción de los pequeños. Es bonito escuchar a los pequeños cuando vienen a confesarse: no dicen cosas raras, “en el aire”; dicen cosas concretas, a veces demasiado concretas, porque tienen la sencillez que da Dios a los pequeños. Recuerdo siempre un niño que una vez vino a decirme que estaba triste porque se había paleado con su tía. Pero luego siguió adelante. Yo le dije: “Pero, ¿qué has hecho?”“Pues yo estaba en casa, quería ir a jugar al fútbol –un niño– pero mi tía, porque mi mamá no estaba, me dice: «No, tú no sales: primero debes hacer los deberes». Palabra va, palabra viene, y al final la mandé a paseo”. ¡Era un niño de gran cultura geográfica: me dijo hasta el “nombre del sitio”al que había mandado a su tía! Son así: sencillos, concretos.
 
También nosotros debemos ser sencillos, concretos: la concreción te lleva a la humildad, porque la humildad es concreta. “Todos somos pecadores” es algo abstracto. No: “Yo soy pecador por esto, esto y esto”, y eso me lleva a la vergüenza de mirar a Jesús: “Perdóname”: la auténtica actitud del pecador. «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1Jn 1,8). Es un modo de decir que estar sin pecado es una actitud abstracta: “Sí, somos pecadores, sí, he perdido la paciencia una vez…”, pero “todo en el aire”. No noto la realidad de mis pecados. “Bueno, usted sabe, todos, todos hacemos esas cosas, lo siento, lo siento…, me duele, no quiero hacerlo más, no quiero decirlo más, no quiero pensarlo más”. Es importante que dentro de nosotros demos nombre a los pecados. La concreción. Porque si nos “mantenemos en el aire”, acabaremos en tinieblas. Seamos como los pequeños, que dicen lo que sienten, lo que piensan: todavía no han aprendido el arte de decir las cosas un poco “envueltas” para que se entiendan pero sin decirlas. Ese es un arte de los mayores, que muchas veces no nos hace bien.
 
Ayer recibí una carta de un chaval de Caravaggio. Se llama Andrea. Y me contaba cosas suyas: las cartas de los chicos, de los niños son bellísimas, por la concreción. Y me decía que había oído la Misa por televisión y que tenía que “regañarme” por una cosa: que yo digo “la paz sea con vosotros”, “y no puedes decir eso, porque con la pandemia no podemos tocarnos”. No ve que aquí hacéis una inclinación de cabeza y no os tocáis. Pero tiene la libertad de decir las cosas como son.
 
Nosotros también, con el Señor, debemos tener la libertad de decir las cosas como son: “Señor, estoy en pecado: ayúdame”. Como Pedro, tras la primera pesca milagrosa: «Señor, apártate de mí que soy un pecador» (Lc 5,8). Tener la sabiduría de lo concreto. Porque el diablo quiere que vivamos en la flojera, tibios, en el gris: ni buenos ni malos, ni blanco ni negro: gris. Una vida que no gusta al Señor. Al Señor no le gustan los tibios. Concreción. Para no ser embusteros. «Si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados» (1Jn 1,9). Nos perdona cuando somos concretos. Es tan sencilla la vida espiritual, tan simple; pero nosotros la hacemos complicada con esos matices, y al final nunca llegamos…
 
Pidamos al Señor la gracia de la sencillez, que nos dé la gracia que da a los sencillos, a los niños, a los chavales que dicen lo que sienten, que no esconden lo que sienten. Aunque sea algo equivocado, pero lo dicen. También a Él, decirle las cosas: la transparencia. Y no vivir una vida que no es ni una cosa ni otra. La gracia de la libertad pera decir estas cosas y también la gracia de conocer bien quiénes somos delante de Dios.

 Comunión espiritual

Jesús mío, creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y te deseo en mi alma. Como ahora no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si hubieras venido, te abrazo y me uno del todo a ti. No permitas que jamás me separare de ti.

 

 

Las bienaventuranzas, “camino pascual” que lleva a “ser de Cristo”– Catequesis completa

Fin del ciclo sobre las bienaventuranzas

ABRIL 29, 2020 13:16LARISSA I. LÓPEZAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 29 abril 2020).- El Santo Padre apuntó que el sendero de las bienaventuranzas es un “camino pascual” que lleva de una “vida según el mundo” a una “vida según Dios”, de una “existencia guiada por la carne” –es decir, por el egoísmo– a una “guiada por el Espíritu”.

De este modo, “debemos ser fieles al sendero humilde de las bienaventuranzas, porque es el que lleva a ser de Cristo y no del mundo”, y porque “la exclusión y la persecución, si Dios nos concede la gracia, nos asemejan a Cristo crucificado y, asociándonos a su pasión, son la manifestación de la vida nueva”.

En la audiencia general de hoy, 29 de abril de 2020, celebrada en la biblioteca del Palacio Apostólico debido a la pandemia del coronavirus, el Papa Francisco ha completado el itinerario de catequesis sobre las bienaventuranzas.

En concreto, ha reflexionado sobre la octava y última de ellas: “Bienaventurados los que padecen persecución a causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 10).

Final del itinerario

Francisco señala que esta bienaventuranza “anuncia la misma felicidad” que la primera: “el Reino de los cielos es de los perseguidos así como de los pobres de espíritu” y así se comprende “que hemos llegado al final de un itinerario unificado jalonado por los anuncios precedentes”.

Y añade que “la pobreza de espíritu, el llanto, la mansedumbre, la sed de santidad, la misericordia, la purificación del corazón y las obras de paz pueden conducir a la persecución por causa de Cristo, pero esta persecución al final es causa de alegría y de gran recompensa en el cielo”.

Molestia para la codicia

En contraposición, el mundo actual “con sus ídolos, sus compromisos y sus prioridades, no puede aprobar este tipo de existencia”, pues, “si el mundo vive en base al dinero, cualquiera que demuestre que la vida se puede realizar en el don y la renuncia se convierte en una molestia para el sistema de la codicia”, explica el Papa.

Y “cuando aparece la santidad y emerge la vida de los hijos de Dios, en esa belleza hay algo incómodo que llama a adoptar una postura: o dejarse cuestionar y abrirse a la bondad o rechazar esa luz y endurecer el corazón, hasta el punto de la oposición y el ensañamiento (cf. Sabiduría 2, 14-15)”.

Mártires perseguidos hoy

Esto último es algo que se comprueba en la persecución de los mártires, donde “la hostilidad crece hasta el ensañamiento”. No obstante, el Pontífice señala que el drama de la persecución es también “el lugar de la liberación del sometimiento al éxito, a la vanagloria y a los compromisos del mundo”, pues el rechazado por el mundo a causa de Dios se “alegra de haber encontrado algo más valioso que el mundo entero. Porque ‘¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?’ (Mc 8:36). ¿Qué ventaja hay?”.

En este sentido, el Obispo de Roma recordó “que los mártires de hoy son más que los mártires de los primeros siglos” en varias partes del mundo y que es preciso expresarles “nuestra cercanía” porque “somos un solo cuerpo, y estos cristianos son los miembros sangrantes del cuerpo de Cristo que es la Iglesia”.

La felicidad verdadera

Acoger el Espíritu puede llevar a tener tanto amor en el corazón “como para ofrecer nuestras vidas por el mundo”, aclara el Papa, y advierte que “los compromisos con el mundo son el peligro: el cristiano siempre está tentado de hacer compromisos con el mundo, con el espíritu del mundo”.

“Rechazar los compromisos y seguir el camino de Jesucristo es la vida del Reino de los Cielos, la alegría más grande, la felicidad verdadera”, propone.

Finalmente, Francisco indica que en las persecuciones siempre “está la presencia de Jesús que nos acompaña, la presencia de Jesús que nos consuela y la fuerza del Espíritu que nos ayuda a avanzar. No nos desanimemos cuando una vida coherente con el Evangelio atrae las persecuciones de la gente: existe el Espíritu que nos sostiene en este camino”.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

Con la audiencia de hoy concluimos el itinerario sobre las Bienaventuranzas del Evangelio. Como hemos escuchado, la última proclama la alegría escatológica de los perseguidos por la justicia.

Esta bienaventuranza anuncia la misma felicidad que la primera: el Reino de los cielos es de los perseguidos así como de los pobres de espíritu; así comprendemos que hemos llegado al final de un itinerario unificado jalonado por los anuncios precedentes.

La pobreza de espíritu, el llanto, la mansedumbre, la sed de santidad, la misericordia, la purificación del corazón y las obras de paz pueden conducir a la persecución por causa de Cristo, pero esta persecución al final es causa de alegría y de gran recompensa en el cielo. El sendero de las Bienaventuranzas es un camino pascual que lleva de una vida según el mundo a una vida según Dios, de una existencia guiada por la carne –es decir, por el egoísmo– a una guiada por el Espíritu.

El mundo, con sus ídolos, sus compromisos y sus prioridades, no puede aprobar este tipo de existencia. Las “estructuras de pecado”, (1) a menudo producidas por la mentalidad humana, tan ajenas al Espíritu de verdad que el mundo no puede recibir (cf. Jn 14,17), no pueden por menos que rechazar la pobreza o la mansedumbre o la pureza y declarar la vida según el Evangelio como un error y un problema, por lo tanto como algo que hay que marginar. Así piensa el mundo : “Estos son idealistas o fanáticos…”. Así es como piensan.

Si el mundo vive en base al dinero, cualquiera que demuestre que la vida se puede realizar en el don y la renuncia se convierte en una molestia para el sistema de la codicia. Esta palabra “molestia” es clave, porque el testimonio cristiano de por sí que hace tanto bien a tanta gente porque lo sigue, molesta a los que tienen una mentalidad mundana. Lo viven como un reproche. Cuando aparece la santidad y emerge la vida de los hijos de Dios, en esa belleza hay algo incómodo que llama a adoptar una postura: o dejarse cuestionar y abrirse a la bondad o rechazar esa luz y endurecer el corazón, hasta el punto de la oposición y el ensañamiento (cf. Sabiduría 2, 14-15). Es curioso ver cómo, en la persecución de los mártires, la hostilidad crece hasta el ensañamiento. Basta con ver las persecuciones del siglo pasado, de las dictaduras europeas: cómo se llega al ensañamiento contra los cristianos, contra el testimonio cristiano y contra la heroicidad de los cristianos.

Pero esto muestra que el drama de la persecución es también el lugar de la liberación del sometimiento al éxito, a la vanagloria y a los compromisos del mundo. ¿De qué se alegra el que es rechazado por el mundo a causa de Cristo? Se alegra de haber encontrado algo más valioso que el mundo entero. Porque «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (Mc 8:36). ¿Qué ventaja hay?

Es doloroso recordar que, en este momento, hay muchos cristianos que sufren persecución en varias partes del mundo, y debemos esperar y rezar para que su tribulación se detenga cuanto antes. Son muchos: los mártires de hoy son más que los mártires de los primeros siglos. Expresemos a estos hermanos y hermanas nuestra cercanía: somos un solo cuerpo, y estos cristianos son los miembros sangrantes del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Pero también debemos tener cuidado de no leer esta bienaventuranza en clave victimista, auto- conmiserativa. En efecto, el desprecio de los hombres no siempre es sinónimo de persecución: precisamente un poco más tarde Jesús dice que los cristianos son la “sal de la tierra”, y advierte contra la “pérdida del sabor”, de lo contrario la sal “no sirve para otra cosa que para ser tirada y pisoteada por los hombres” (Mt 5,13). Por lo tanto, también hay un desprecio que es culpa nuestra cuando perdemos el sabor de Cristo y el Evangelio.

Debemos ser fieles al sendero humilde de las Bienaventuranzas, porque es el que lleva a ser de Cristo y no del mundo. Vale la pena recordar el camino de San Pablo: cuando se creía un hombre justo, era de hecho un perseguidor, pero cuando descubrió que era un perseguidor, se convirtió en un hombre de amor, que afrontaba con alegría los sufrimientos de las persecuciones que sufría (cf. Col 1,24).

La exclusión y la persecución, si Dios nos concede la gracia, nos asemejan a Cristo crucificado y, asociándonos a su pasión, son la manifestación de la vida nueva. Esta vida es la misma que la de Cristo, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación fue “despreciado y rechazado por los hombres” (cf. Is 53,3; Hch 8,30-35). Acoger su Espíritu puede llevarnos a tener tanto amor en nuestros corazones como para ofrecer nuestras vidas por el mundo sin comprometernos con sus engaños y aceptando su rechazo. Los compromisos con el mundo son el peligro: el cristiano siempre está tentado de hacer compromisos con el mundo, con el espíritu del mundo. Esta –rechazar los compromisos y

 

seguir el camino de Jesucristo– es la vida del Reino de los Cielos, la alegría más grande, la felicidad verdadera . Y luego, en las persecuciones siempre está la presencia de Jesús que nos acompaña, la presencia de Jesús que nos consuela y la fuerza del Espíritu que nos ayuda a avanzar. No nos desanimemos cuando una vida coherente con el Evangelio atrae las persecuciones de la gente: existe el Espíritu que nos sostiene en este camino.

(1) Cf. Discurso a los participantes en el seminario “Nuevas formas de solidaridad” organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. – 5 de febrero de 2020 “La idolatría del dinero, la codicia y la especulación son estructuras de pecado –como las definía san Juan Pablo II– producidas por la globalización de la indiferencia”.

© Librería Editorial Vaticana

 

San José Obrero: Oración por los desempleados a causa de la pandemia

El 1 de mayo se celebra su fiesta

ABRIL 29, 2020 11:28LARISSA I. LÓPEZAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 29 abril 2020).- “Confío a la misericordia de Dios a todas las personas afectadas por el desempleo debido a la actual pandemia”, dijo el Papa Francisco al recordar que el próximo 1 de mayo se celebra la fiesta de san José Obrero.

Con esta plegaria, el Santo Padre se dirigió especialmente a los desempleados forzados en esta época de COVID-19 durante la audiencia general celebrada hoy, 29 de abril de 2020, y transmitida en directo desde la biblioteca del Palacio Apostólico.

En concreto, lo hizo durante el saludo a los hablantes de lengua francesa: “¡Que el Señor sea la Providencia de todos los necesitados y nos impulse a acudir en su ayudar! ¡Que Dios os bendiga!”, añadió Francisco antes de ser traducido al francés por un intérprete.

En su catequesis, el Papa culminó el ciclo en torno a las bienaventuranzas con la octava y última de ellas: “Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,10).

A lo largo de la misma, señaló que “la persecución lleva a la liberación interior, que rompe con las ataduras del mundo, produciendo una gran alegría, porque se ha encontrado un verdadero tesoro mucho mayor al que puede ofrecer el mundo” y recordó a los cristianos perseguidos.

 

 

El Santo Padre invoca la protección de la patrona de Europa

Santa Catalina de Siena

ABRIL 29, 2020 14:19LARISSA I. LÓPEZAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 29 abril 2020).- “Pido a Santa Catalina que proteja a Italia durante esta pandemia; y que proteja a Europa, porque es la patrona de Europa, que proteja a toda Europa para que permanezca unida”.

Esta demanda fue realizada por el Santo Padre durante la audiencia general celebrada hoy, 29 de abril de 2020, y emitida en directo desde la biblioteca del Palacio Apostólico.

En concreto, tuvo lugar en sus palabras dirigidas a los italianos, recordando que en este día se celebra la fiesta de Santa Catalina de Siena, co-patrona de Italia.

“Esta gran figura de mujer sacó de la comunión con Jesús el coraje de la acción y esa inagotable esperanza que la sostuvo en las horas más difíciles, incluso cuando todo parecía perdido, y le permitió influir en los demás, incluso en los más altos niveles civiles y eclesiásticos, con la fuerza de su fe”, describió el Papa.

“Que su ejemplo ayude a cada uno a saber unir, con coherencia cristiana, un intenso amor a la Iglesia a una efectiva preocupación por la comunidad civil, especialmente en este tiempo de prueba”, añadió.

En la Misa de la Casa Santa Marta celebrada esta mañana, el Pontífice también se había referido a la festividad de esta santa e, igualmente, exhortó a rezar por la unidad de Europa, “para que todos juntos podamos seguir adelante como hermanos”.

En su catequesis, Francisco terminó la serie de catequesis en torno a las bienaventuranzas con la última de ellas: “Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,10).

 

 

EL PAN QUE DA LA VIDA ETERNA

— El anuncio de la Sagrada Eucaristía en la sinagoga de Cafarnaún. El Señor nos pide una fe viva. Himno Adoro te devote.

— El Misterio de fe. La transubstanciación.

— Los efectos de la Comunión en el alma: sustenta, repara y deleita.

I. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del Cielo para que si alguien come de él no muera1. Es el sorprendente y maravilloso anuncio que hizo Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, que hoy leemos en el Evangelio de la Misa. Continúa el Señor: Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo2.

Jesús revela el gran misterio de la Sagrada Eucaristía. Sus palabras son de un realismo tan grande que excluyen cualquier otra interpretación. Sin la fe, estas palabras no tienen sentido. Por el contrario, aceptada por la fe la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la revelación de Jesús resulta clara e inequívoca, y nos muestra el infinito amor que Dios nos tiene.

Adoro te devote, latens deitas, quae sub his figuris vere latitas: te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias, decimos con aquel himno a la Sagrada Eucaristía que compuso Santo Tomás y que desde hace siglos fue adoptado por la liturgia de la Iglesia. Es una expresión de fe y de piedad, que puede servirnos para manifestar nuestro amor, porque constituye un resumen de los principales puntos de la doctrina católica sobre este sagrado Misterio.

Te adoro con devoción, Dios escondido..., repetimos en la intimidad de nuestro corazón, despacio, con fe, esperanza y amor. Quienes estaban aquel día en la sinagoga entendieron el sentido propio y realista de las palabras del Señor; de haberlo entendido en un sentido simbólico o figurado no les hubiera causado la extrañeza y confusión que San Juan describe a continuación, y no hubiera sido ocasión de que muchos le dejaran aquel día. Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?3, dicen mientras se marchan. Es dura –sigue siendo dura– para quienes no están bien dispuestos, para quienes no admiten sin sombra alguna que Jesús de Nazaret, Dios, que se hizo hombre, se comunica de este modo a los hombres por amor. Te adoro, Dios escondido, le decimos nosotros en nuestra oración, manifestándole nuestro amor, nuestro agradecimiento y el asentimiento humilde con que le acatamos. Es una actitud imprescindible para acercarnos a este misterio del Amor.

Tibi se cor meum totum subiicit, quia te contemplans totum deficit: a Ti se somete mi corazón por completo y se rinde totalmente al contemplarte. Sentimos necesidad de repetírselo muchas veces al Señor, porque son muchos los incrédulos. También a nosotros, a todos los que queremos seguir al Señor muy de cerca, nos pregunta: ¿También vosotros queréis marcharos?4. Y al ver la desorientación y la confusión en que andan tantos cristianos que se separaron del tronco de la fe, que tienen el alma como adormecida para lo sobrenatural, se reafirma nuestro amor: Tibi se cor meum totum subiicit... Nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía debe ser muy firme: «creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la Última Cena se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que enseguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la Cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, sentado gloriosamente en el Cielo, y creemos que la presencia misteriosa del Señor, bajo la apariencia de aquellos elementos, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y substancial»5.

II. No se pueden mitigar las palabras del Señor: el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. «Este es el misterio de nuestra fe», se proclama inmediatamente después de la Consagración en la Santa Misa. Ha sido y es la piedra de toque de la fe cristiana. Por la transubstanciación, las especies de pan y vino «ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, signo de un alimento espiritual; pero adquieren un nuevo significado y un nuevo fin en cuanto contienen una “realidad”, que con razón denominamos ontológica; porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes, sino una cosa completamente diversa (...), puesto que convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no queda ya nada de pan y de vino, sino las solas especies: bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en un lugar»6.

Nosotros miramos a Jesús presente en el Sagrario, quizá a pocos metros, o se nos va el corazón hacia la iglesia más cercana, y le decimos que sabemos, mediante la fe, que Él está allí presente. Creemos firmemente en la promesa que hizo en Cafarnaún y que realizó poco tiempo después en el Cenáculo: Credo quidquid dixit Dei Filius: nihil hoc verbo veritatis verius: creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad.

Nuestra fe y nuestro amor se deben poner particularmente de manifiesto en el momento de la Comunión. Recibimos a Jesucristo, Pan vivo que ha bajado del Cielo, el alimento absolutamente necesario para llegar a la meta.

En la Sagrada Comunión se nos entrega el mismo Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre; misteriosamente escondido, pero deseoso de comunicarnos la vida divina. Cuando le recibimos en este Sacramento, su Divinidad actúa en nuestra alma, mediante su Humanidad gloriosa, con una intensidad mayor que cuando estuvo aquí en la tierra. Ninguno de aquellos que fueron curados: Bartimeo, el paralítico de Cafarnaún, los leprosos... estuvo tan cerca de Cristo –del mismo Cristo– como lo estamos nosotros en cada Comunión. Los efectos que produce este Pan vivo, Jesús, en nuestra alma son incontables y de una riqueza infinita. La Iglesia lo sintetiza en estas palabras: «todo el efecto que la comida y la bebida material obran en cuanto a la vida del cuerpo, sustentando, reparando y deleitando, eso lo realiza este sacramento en cuanto a la vida espiritual»7.

Oculto bajo las especies sacramentales, Jesús nos espera. Se ha quedado para que le recibamos, para fortalecernos en el amor. Examinemos hoy cómo es nuestra fe; ante tantos abandonos, veamos cómo es nuestro amor, cómo preparamos cada Comunión. Le decimos con Pedro: hemos conocido y creído que Tú eres el Cristo8. Tú eres nuestro Redentor, la razón de nuestro vivir.

III. La Comunión sustenta la vida del alma de modo semejante a como el alimento corporal sustenta al cuerpo. La recepción de la Sagrada Eucaristía mantiene al cristiano en gracia de Dios, pues el alma recupera las fuerzas del continuo desgaste que sufre debido a las heridas que permanecen en ella por el pecado original y los propios pecados personales. Mantiene la vida de Dios en el alma, librándola de la tibieza; y ayuda a evitar el pecado mortal y a luchar eficazmente contra los pecados veniales.

La Sagrada Eucaristía aumenta también la vida sobrenatural, la hace crecer y desarrollarse. Y a la vez que sacia espiritualmente, da al alma más deseos de los bienes eternos: el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed9. «La comida material primero se convierte en el que la come y, en consecuencia, restaura sus pérdidas y acrecienta sus fuerzas vitales. La comida espiritual, en cambio, convierte en sí al que la come, y así el efecto propio de este sacramento es la conversión del hombre en Cristo, para que no viva él sino Cristo en él y, en consecuencia, tiene el doble efecto de restaurar las pérdidas espirituales causadas por los pecados y deficiencias, y de aumentar las fuerzas de las virtudes»10.

Por último, la gracia que recibimos en cada Comunión deleita a quien comulga bien dispuesto. Nada se puede comparar a la alegría de la Sagrada Eucaristía, a la amistad y cercanía de Jesús, presente en nosotros. «Jesucristo, durante su vida mortal, no pasó jamás por lugar alguno sin derramar sus bendiciones en abundancia, de lo cual deduciremos cuán grandes y preciosos deben ser los dones de que participan quienes tienen la dicha de recibirle en la Sagrada Comunión; o mejor dicho, que toda nuestra felicidad en este mundo consiste en recibir a Jesucristo en la Sagrada Comunión»11.

La Comunión es «el remedio de nuestra necesidad cotidiana»12, «medicina de la inmortalidad, antídoto contra la muerte y alimento para vivir por siempre en Jesucristo»13. Concede al alma la paz y la alegría de Cristo, y es verdaderamente «un anticipo de la bienaventuranza eterna»14.

Entre todos los ejercicios y prácticas de piedad, ninguno hay cuya eficacia santificadora pueda compararse a la digna recepción de este sacramento. En él no solamente recibimos la gracia, sino el Manantial y la Fuente misma de donde brota. Todos los sacramentos se ordenan a la Sagrada Eucaristía y la tienen como centro15.

Oculto bajo los accidentes de pan, Jesús desea que nos acerquemos con frecuencia a recibirle: el banquete, nos dice, está preparado16. Son muchos los ausentes y Jesús nos espera, a la vez que nos envía a anunciar a otros que también a ellos les aguarda en el Sagrario.

Si se lo pedimos, la Santísima Virgen nos ayudará a ir a la Comunión mejor dispuestos cada día.

1 Jn 6, 48-50. — 2 Jn 6, 51. — 3 Jn 6, 60. — 4 Cfr. Jn 6, 67. — 5 Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 24. — 6 Pablo VI, Enc. Mysterium fidei, 3-lX-1965. — 7 Conc. de Florencia, Bula Exultate Deo: Dz 1322-698. — 8 Jn 6, 70. — 9 Jn 6, 35. — 10 Santo Tomás, Coment. al libro IV de las Sentencias, d. 12, q. 2, a. 11. — 11 Santo Cura de Ars, Sermón sobre la Comunión. — 12 San Ambrosio, Sobre los misterios, 4. — 13 San Ignacio de Antioquía, Epístola a los efesios, 20. — 14 Cfr. Jn 6, 58; Dz 875. — 15 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 65, a. 3. — 16 Cfr. Lc 14, 15 ss.

 

“¡Que no vuelva a volar pegado a la tierra!”

Señor mío Jesús: haz que sienta, que secunde de tal modo tu gracia, que vacíe mi corazón..., para que lo llenes Tú, mi Amigo, mi Hermano, mi Rey, mi Dios, ¡mi Amor! (Forja, 913)

30 de abril

Me veo como un pobre pajarillo que, acostumbrado a volar solamente de árbol a árbol o, a lo más, hasta el balcón de un tercer piso..., un día, en su vida, tuvo bríos para llegar hasta el tejado de cierta casa modesta, que no era precisamente un rascacielos...

Mas he aquí que a nuestro pájaro lo arrebata un águila –lo tomó equivocadamente por una cría de su raza– y, entre sus garras poderosas, el pajarillo sube, sube muy alto, por encima de las montañas de la tierra y de los picos de nieve, por encima de las nubes blancas y azules y rosas, más arriba aun, hasta mirar de frente al sol... Y entonces el águila, soltando al pajarillo, le dice: anda, ¡vuela!...

–¡Señor, que no vuelva a volar pegado a la tierra!, ¡que esté siempre iluminado por los rayos del divino Sol –Cristo– en la Eucaristía!, ¡que mi vuelo no se interrumpa hasta hallar el descanso de tu Corazón! (Forja, 39)

 

 

El fuego de los primeros cristianos

¿Cómo reaccionaron los primeros cristianos ante el mundo que les rodeaba? A veces, aparece la tentación de atribuir la expansión del Evangelio a prodigios y milagros. Sin embargo, la fe fue el prodigio que arrastró a hombres de toda clase, condición y cultura. La fe, y el amor hacia Cristo.

OTROS27/04/2020

 

 

Aún faltan unas horas para que amanezca. Un hombre pasea por la orilla de una playa, contemplando el mar. Es famoso en muchos círculos intelectuales. No tarda en descubrir a otra persona en este lugar ahora desierto: es un anciano. El intelectual se pregunta qué puede hacer aquí a estas horas, pero no dice nada. Sólo lo mira, sorprendido. El anciano percibe su desconcierto y se dirige a él. Le explica que espera a unos familiares, que están navegando. La conversación prosigue. El intelectual opina sobre cualquier tema: cultura, política, religión. Le gusta hablar. El anciano sabe escuchar y he aquí que, cuando interviene, lo hace con sentido cristiano. Tal vez, en otra ocasión, el intelectual hubiera ironizado o dado por terminado el diálogo. Sin embargo, la sencillez del anciano le desarma. El intelectual puede no compartir sus ideas, pero reconoce que tienen mucho en común. Mira con simpatía la fe inocente del anciano. Pasan las horas. Se despiden. Nunca se volverán a ver.

El intelectual no olvidará este encuentro. Meses después, comprenderá que sólo las palabras del anciano parecen dar razón de sus ansias de verdad. Un encuentro fortuito le ha acercado a la fe, abriéndole un horizonte más amplio del que le presentaban todas sus ideas anteriores. Al poco tiempo, Justino, el filósofo, recibirá el bautismo y se convertirá en uno de los más grandes apologetas cristianos [1].

Tal vez un suceso similar se ha producido en amigos nuestros, o en nosotros mismos. La historia de San Justino es actual porque las respuestas a las preguntas que el hombre no puede dejar de hacerse –el sentido de la vida, la posibilidad de la felicidad, el modo de lograrla, la existencia del sufrimiento– sólo se encuentran en Cristo. Sin embargo, no es evidente que en la Cruz esté la felicidad y la plenitud de la vida. Tal vez por eso, en ocasiones desviamos nuestra atención del problema. Buscamos huir del dolor a cualquier precio; pero el dolor es inevitable. Dirigimos la vida hacia el éxito, la seguridad del dinero, el placer; pero son fundamentos que se demuestran falsos, que acaban saturando y fallando. Al final sólo queda la soledad que sintió el hijo pródigo, el desamparo del hombre que ha intentado construir su vida sin Dios [2].

Al leer las Confesiones de San Agustín o las vidas de los primeros conversos, descubrimos que sus inquietudes esenciales son las mismas que las del hombre de hoy. Las mismas ansiedades, las mismas soluciones, los mismos sucedáneos, la misma única respuesta real: Cristo. Hay quien intenta negar esta realidad, presentando a los hombres del siglo I como incapaces de diferenciar realidad y ficción. Se presenta la creencia en Dios como imposible a la luz del progreso actual, incompatible con el sentido moderno de la libertad.

Tal modo de considerar a los primeros cristianos –¡y a sus coetáneos!– les hace poca justicia: también en la antigua Roma abundaban modernos que aprovechaban el progreso para su mayor placer y defendían en nombre de la libertad los propios egoísmos. Los primeros cristianos supieron afrontar las mismas dificultades que nosotros, correspondiendo a la gracia. Incluso puede que sus dificultades fueran objetivamente mayores, pues vivieron en un mundo ajeno a las ideas del cristianismo. Un mundo en el que, junto a un nivel técnico y cultural nunca antes conocido, palabras como “justicia” o “igualdad” estaban reservadas a unos pocos; donde los crímenes contra la vida eran moneda común; donde la diversión incluía contemplar la muerte de otros. A veces se habla del mundo moderno como post-cristiano, con un tono negativo. Tal consideración olvida que incluso quienes buscan negar el mensaje de Cristo, no pueden –ni quieren– prescindir de sus valores humanos. El terreno común es patente a los hombres de buena voluntad, que nunca faltan. De algún modo, la realidad, después de Cristo, es cristiana.

La piedad de los primeros cristianos

¿Cómo reaccionaron los primeros cristianos ante el mundo que les rodeaba? A veces, aparece la tentación de atribuir la expansión del Evangelio a prodigios y milagros. Cabe el error de pensar que, disminuidos éstos, sólo queda resignarse a los errores que nos circundan. Olvidamos entonces que Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, que no se ha acortado su mano. Y olvidamos también que la mayoría de las primeras comunidades cristianas no vio ningún signo extraordinario. La fe fue el prodigio que arrastró a hombres de toda clase, condición y cultura. La fe, y el amor hacia Cristo.

Los primeros cristianos eran conscientes de poseer una nueva vida. El hecho, sencillo y sublime, del Bautismo [3] les había dado una nueva realidad: nada podía ser igual. Eran depositarios y participaban del amor de Jesús por todos los hombres. Dios habitaba en ellos, y por eso los primeros cristianos intentaban buscar la voluntad divina en cada momento; actuar manifestando la misma docilidad del Hijo a los planes del Padre. Así, a través de su vida diaria, de su coherencia heroica –a menudo heroica sólo por su constancia–, Cristo vivificó el ambiente que les rodeaba.

Pudieron ser instrumentos de Dios porque quisieron actuar siempre como Jesús mismo. San Justino reconocerá en el anciano de la playa al hombre que le llevó a la fe, a pesar de que su conversión fue posterior. Priscila y Aquila descubrieron las potencialidades de Apolo. Hoy vemos que las consecuencias de tales encuentros son incalculables. No cabe pensar en los apologistas sin Justino; en la expansión del cristianismo sin Apolo. Y todo dependió de un instante: ¿qué hubiera pasado si el anciano no hubiera tomado la iniciativa y preguntado a Justino si se conocían?; ¿si Aquila o Priscila hubieran admirado la oratoria de Apolo y hubieran seguido su camino? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que correspondieron a la moción del Espíritu que les llevó a descubrir esa ocasión, y Dios llenó de frutos su docilidad. En ellos se cumplió lo que San Josemaría quería de sus hijos, y de todos los cristianos: Cada uno de vosotros ha de procurar ser un apóstol de apóstoles [4].

Si ellos podían responder a las mociones del Espíritu en su alma era, en primer lugar, porque cultivaban una profunda vida de piedad. Sabían reservar varios momentos de su día para tratar más al Señor. No los dejaban al azar. Consideraban que de esos momentos de trato más íntimo dependía encontrar también al Señor durante el resto de la jornada.

Numerosos textos de los primeros siglos permiten acercarse al modo en que los cristianos de entonces vivían su fe. Al levantarse, daban gracias a Dios puestos de rodillas. En tres momentos del día oraban con el Padrenuestro, sin reducirlo a una repetición de palabras: los comentarios de los Padres y de los primeros escritores eclesiásticos muestran cómo lo relacionaban con la actividad ordinaria. Entre otras consideraciones, esta oración les ponía frente a su filiación divina, que no quedaba en una realidad abstracta. Al pedir por sus enemigos, se preguntaban por el modo en que podían manifestarles el amor de Dios. En el momento de pedir el pan encontraban una relación con la Eucaristía, agradeciendo tal don; en la misma petición descubrían la necesidad de estar desprendidos de los bienes terrenos, no queriendo más de lo necesario ni preocupándose en exceso por las carencias. El Padrenuestro se convertía en la síntesis de todo el Evangelio y en la norma de la vida cristiana.

Los mismos momentos elegidos para este tipo de oración les recordaban los misterios de la fe y la necesidad de identificarse con Jesús a lo largo del día, hora a hora: «Ciertamente, a la hora de tercia descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles (...). El Señor fue crucificado a la hora de sexta, a la de nona lavó con su sangre nuestros pecados» [5]. La catequesis, la formación que recibían, nunca separaba el misterio cristiano de la vida.

Muchos fieles cristianos practicaban el ayuno los miércoles y los viernes, los dies stationis. El trabajo continuaba; pero toda la jornada se teñía de un firme deseo de vigilancia, concretada en la petición por los demás hombres. Como soldados de guardia, quienes seguían esta costumbre se veían a sí mismos velando en la presencia de su Señor. Y esta práctica de piedad tenía consecuencias en el ambiente que les rodeaba: «de la comida que ibas a tomar calcularás la cantidad de gasto que correspondería a aquel día y lo entregarás a una viuda, a un huérfano o a un necesitado» [6]. Es conmovedor este vínculo que, a lo largo de siglos de cristianismo, une la verdadera piedad con la caridad.

La Eucaristía ocupaba un lugar privilegiado. La asiduidad a la palabra de Dios, las oraciones y la fracción del pan [7] no se reducía a los domingos. Algunos textos de los primeros escritores cristianos permiten ver a unos hombres que frecuentaban la Sagrada Comunión entre semana, a veces a costa de incomodidades para no romper los ayunos voluntarios. Cualquier pequeño sacrificio era nada con tal de fortalecer la unión con Jesús. Hombres y mujeres sabían que, cuanto más unidos estuvieran a Cristo, más fácilmente podrían descubrir lo que Dios esperaba de ellos, las ocasiones que Él tenía preparadas para hacer llegar la felicidad plena a tantos hombres.

No se consideraban estas practicas de piedad como imposiciones obligatorias de la fe. Eran el modo lógico de corresponder al don recibido. Dios se había dado, ¿cómo los hombres no iban a tratarle, a buscarle? Por eso no se conformaban con mínimos, y se servían de todo lo que honra a Dios para tratarle [8]. De estas normas de piedad –así podríamos llamarlas–, tomaban las fuerzas para mostrar a Cristo en sus obras; para vivir de modo contemplativo, comprendiendo que Él quería servirse de cada una de sus acciones para anunciar el Reino de Dios. No olvidaban que dependían muchas cosas grandes de que se comportaran como Dios quería [9].

Con la fuerza de la caridad

Por eso, la vida de piedad era inseparable de un profundo apostolado. En algunos casos, los amigos de los primeros cristianos percibirían cambios en su modo de vida: la dignidad de la condición cristiana es incompatible con muchas acciones consideradas entonces, como ahora, normales.

Los cristianos aprovechaban este contraste para explicar la razón de su esperanza y de su nueva actitud. Destacaban cómo su postura era más acorde a la dignidad del hombre, y que su fe no les hacía negar lo bueno del mundo: «no me baño durante las saturnales para no perder el día y la noche, pero sí a la hora conveniente que me conserve el calor y la salud (...). No como en la calle, en las fiestas del Liber; pero allí donde ceno, lo que tú ceno» [10]. Explicaban que su actitud permitía guardar el propio corazón para Dios y los demás, porque «si huimos de los pensamientos, mucho más rechazaremos las obras» [11]. Rompían así el sofisma de una moral puramente exterior, pues lo que procede del corazón es lo que hace impuro al hombre [12].

Alguna vez la conversión al cristianismo no se notaría exteriormente, al menos en un primer momento. Abundaba gente que, antes de su bautismo, era conocida por su rectitud: San Justino, el cónsul Sergio Pablo [13], Pomponia Grecina [14], el senador Apolonio [15], los Flavios [16] y muchos otros pueden servir de ejemplo.

Los historiadores romanos recogieron algunos nombres ilustres; pero la mayor parte de los primeros cristianos eran personas corrientes que reconocieron la verdad en el mensaje del Señor, movidos por la gracia. El hecho de encontrar la fe en edad adulta hizo que su profesión y sus relaciones sociales adquirieran aún más valor: formaban el ambiente donde Cristo iba a actuar en y a través de ellos. En ningún caso decidieron autoexcluirse o aceptar que se les separara de la sociedad en la que habían crecido y a la que amaban. Ciertamente no transigían con lo que ofendía a Dios, pero buscaban excederse en el cumplimiento de sus deberes y sabían que su acción contribuiría a un mundo más justo.

Los testimonios son innumerables, pero tal vez la mejor prueba de su actitud sea la incisividad apostólica de los primeros cristianos. Detrás de la historia de cada conversión, encontramos a alguien que mostró con obras que había hecho una elección buena y verdadera. Un hombre, o una mujer, que afrontaba la vida con empuje y alegría.

A la hora de actuar, los cristianos no se planteaban falsas disyuntivas entre lo público y lo privado. Vivían su vida, la misma vida de Cristo. Esto chocaba con la mentalidad de la época, en la que muchos entendían la religión como un instrumento para la cohesión del estado. Tal desconcierto se ve, por ejemplo, en el acta martirial de San Justino. El prefecto Rústico no era capaz de aceptar o comprender las palabras de responsabilidad e iniciativa personal del mártir: «cada uno se reúne donde puede y prefiere. Sin duda imaginas que nos juntamos en un mismo lugar, pero no es así (...). Yo vivo junto a cierto Martín, en el baño de Timiotino (...). Si alguien quería venir a verme, allí le comunicaba las palabras de la verdad» [17]. Su acción apostólica era el resultado de la plena libertad e iniciativa de los hijos de Dios. El gran cambio social que propiciaron fue siempre el resultado de numerosísimos cambios personales.

Las incomprensiones eran para los primeros cristianos un acicate para mostrar su fe por las obras. El amor a Dios se mostraba en el martirio. Éste se entendía como testimonio: pero si sufrir martirio físico era el testimonio supremo, la mayoría de los cristianos advertían que debían reflejar un martirio espiritual, mostrando en su vida el mismo amor que movía a los mártires. Durante siglos, “mártir” y “testigo” fueron términos intercambiables, pues correspondían a un único concepto.

Nuestros antepasados en la fe sabían que actuar cristianamente facilitaría la comprensión del Evangelio y que la incoherencia llevaría al escándalo, «porque los gentiles, cuando oyen de nuestra boca las palabras de Dios, se maravillan de su hermosura y grandeza; pero cuando descubren que nuestras obras no son dignas de las palabras que decimos, inmediatamente empiezan a blasfemar, diciendo que es un cuento falaz y un engaño» [18].

Benedicto XVI ha recordado la necesidad de mostrar así la caridad de Cristo: «El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel» [19]. ¡Qué tarea más apasionante hacer presente aquí y ahora el amor que el hombre siempre necesita! [20] Amor que los primeros cristianos manifestaron con su preocupación social, su honradez profesional, su vida limpia y su sentido de la amistad y de la lealtad. En definitiva, con su coherencia. «Nosotros somos siempre y en todo consecuentes y acordes con nosotros mismos, pues obedecemos a la razón y no le hacemos violencia» [21].

A la luz de estas consideraciones, es fácil comprender por qué San Josemaría animó a sus hijas e hijos a imitar a los primeros cristianos. Apasiona vivir como vivieron ellos: la meditación de la doctrina de la fe hasta hacerla propia, el encuentro con Cristo en la Eucaristía, el diálogo personal –la oración sin anonimato– cara a cara con Dios, han de constituir como la substancia última de nuestra conducta [22]. De este modo nuestro trabajo, nuestra vida corriente, manifestarán lo que somos: ciudadanos cristianos que queremos responder alegremente a las estupendas exigencias de nuestra fe en su plenitud [23]

Experimentaremos el pasmo de los primeros discípulos al contemplar las primicias de los milagros que se obraban por sus manos en nombre de Cristo, pudiendo decir con ellos: “¡Influimos tanto en el ambiente!” [24].


[1] Cfr. San Justino, Dialogus cum Tryphone, 2.

[2] Cfr. Lc 15, 16.

[3] Conversaciones, n. 24.

[4] Camino, n. 920.

[5] San Cipriano, De Dominica oratione, n. 35.

[6] Pastor de Hermas , Mandatum V, 4.

[7] Cfr. Hch 2, 42.

[8] Cfr. Tertuliano, De oratione, 27.

[9] Cfr. Camino, n. 755.

[10] Tertuliano, Apologeticum, 42.

[11] Atenágoras, Legatio pro christianis, 33.

[12] Mt 15, 18-19.

[13] Hch 13, 7.

[14] Tácito, Annales ,13, 32.

[15] Suetonio, Vita Domitiani, 10, 2.

[16] Suetonio, Historia Romana, 67, 14.

[17] Martyrium S. Iustinii et sociorum, 75.

[18] Pseudo-Clemente, Homilía [Secunda Clementis], 13.

[19] Benedicto XVI, Litt. enc. Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 20.

[20] Cfr. Ibid., n. 31.

[21] Atenágoras, Legatio pro christianis, 35.

[22] Es Cristo que pasa, n. 134.

[23] Cfr. Ibid.

[24] Camino, n. 376.

Fuente: Documentos, agosto de 2006.

 

 

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»

Este artículo sobre el trabajo desarrolla el mensaje principal de san Josemaría: que la propia tarea bien hecha y ofrecida al Señor es medio para acercarse a Dios y cristianizar la sociedad.

TRABAJO13/10/2014

Foto: Ismael Martínez Sánchez

Las luces y sombras de la época que vivimos están patentes a los ojos de todos. El desarrollo humano y las plagas que lo infectan; el progreso civil en muchos aspectos y la barbarie en otros...: son contrastes que tanto san Juan Pablo II como sus sucesores han señalado repetidas veces[1], animando a los cristianos iluminar la sociedad con la luz del Evangelio. Sin embargo, aunque todos estamos llamados a transformar la sociedad según el querer de Dios, muchos no saben cómo hacerlo. Piensan que esa tarea depende casi exclusivamente de quienes gobiernan o tienen capacidad de influir por su posición social o económica y que ellos sólo pueden hacer de espectadores: aplaudir o silbar, pero sin entrar en el terreno de juego, sin intervenir en la partida.

No ha de ser esa la actitud del cristiano, porque no responde a la realidad de la vocación a la que está llamado. Quiere el Señor que seamos nosotros, los cristianos —porque tenemos la responsabilidad sobrenatural de cooperar con el poder de Dios, ya que El así lo ha dispuesto en su misericordia infinita—, quienes procuremos restablecer el orden quebrantado y devolver a las estructuras temporales, en todas las naciones, su función natural de instrumento para el progreso de la humanidad, y su función sobrenatural de medio para llegar a Dios, para la Redención[2].

No somos espectadores. Al contrario, es misión específica de los laicos santificar el mundo «desde dentro»[3]orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas[4]. Como enseña el Concilio Vaticano II, los laicos han de «iluminar y ordenar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen constantemente según Cristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor»[5]. En una palabra: cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano[6].

 

Foto: Ismael Martínez Sánchez

 

Y para esto los cristianos tenemos el poder necesario, aunque no tengamos poder humano. Nuestra fuerza es la oración y las obras convertidas en oración. La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios[7]. Concretamente, el arma específica que poseen la mayoría de cristianos para transformar la sociedad es el trabajo convertido en oración. No simplemente el trabajo, sino el trabajo santificado.

Dios se lo hizo comprender a San Josemaría en un momento preciso, el 7 de agosto de 1931, durante la San Misa. Al llegar la elevación, trajo a su alma con fuerza extraordinarias las palabras de Jesús: cuando seré levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí[8]Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: ¡si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño..., entonces omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad![9]

Cristianizar la sociedad

Dios ha confiado al hombre la tarea de edificar la sociedad al servicio de su bien temporal y eterno, de modo acorde con su dignidad[10]: una sociedad en la que las leyes, las costumbres y las instituciones que la conforman y estructuran, favorezcan el bien integral de las personas con todas sus exigencias; una sociedad en la que cada uno se perfeccione buscando el bien de los demás, ya que el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a os demás»[11]. Sin embargo, todo se ha trastocado a causa del pecado del primer hombre y de la sucesiva proliferación de los pecados que —como enseña el Catecismo de la Iglesia— hacen «reinar entre los hombres la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las "estructuras de pecado" son expresión y efecto de los pecados personales»[12].

El Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo nuestro Señor, ha venido al mundo para redimirnos del pecado y de sus consecuencias. Cristianizar la sociedad no es otra cosa que liberarla de esas consecuencias que el Catecismo resume con las palabras que acabamos de leer. Es, por una parte, liberarla de las estructuras de pecado —por ejemplo, de las leyes civiles y de las costumbres contrarias a la ley moral—, y por otra, más a fondo, procurar que las relaciones humanas estén presididas por el amor de Cristo, y no viciadas por el egoísmo de la concupiscencia, la violencia y la injusticiaEsta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social[13].

Cristianizar la sociedad no es imponer a nadie la fe verdadera. Precisamente el espíritu cristiano reclama el respeto del derecho a la libertad social y civil en materia religiosa, de modo que no se debe impedir a nadie que practique su religión, según su conciencia, aun cuando estuviera en el error, siempre que respete las exigencias del orden público, de la paz y la moralidad pública, que el Estado tiene obligación de tutelar[14]. A quienes están en el error hay que procurar que conozcan la verdad, que sólo se encuentra plenamente en la fe católica, enseñándoles y convenciéndoles con el ejemplo y con la palabra, pero nunca con la coacción. El acto de fe sólo puede ser auténtico si es libre.

Pero cuando un cristiano intenta que la ley civil promueva el respeto de la vida humana desde el momento de la concepción, la estabilidad de la familia a través del reconocimiento de la indisolubilidad del matrimonio, los derechos de los padres en la educación de los hijos tanto en escuelas públicas como en privadas, la verdad en la información, la moralidad pública, la justicia en las relaciones laborales, etc., no está pretendiendo con imponer su fe a los demás, sino cumpliendo con su deber de ciudadano y contribuyendo a edificar, en lo que está de su parte, una sociedad mejor, conforme a la dignidad de la persona humana. Ciertamente, el cristiano,gracias a la Revelación divina, posee una especial certeza sobre la importancia que esos principios y verdades poseen para edificar una sociedad más justa; pero estos están al alcance de la razón humana, y por eso cualquier persona, independientemente de su fe, puede apreciar el valor e importancia que esos principios tienen para la vida social.

Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana[15]. Se trata de «sanear las estructuras y los ambientes del mundo (...) de modo que favorezcan la práctica de las virtudes en vez de impedirla»[16]. La fe cristiana hace sentir hondamente la aspiración, propia de todo ciudadano, de buscar el bien común de la sociedad. Un bien común que no se reduce al desarrollo económico, aunque ciertamente lo incluyen. Son también, y antes —en sentido cualitativo, no siempre en el de urgencia temporal—, las mejores condiciones posibles de libertad, de justicia y de vida moral en todos sus aspectos, y de paz, que corresponden a la dignidad de la persona humana.

Cuando un cristiano hace lo posible para configurar de este modo la sociedad lo hace en virtud de su fe, no en nombre de una ideología opinable de partido político. Actúa como actuaron los primeros cristianos. No tenían, por razón de su vocación sobrenatural, programas sociales ni humanos que cumplir; pero estaban penetrados de un espíritu, de una concepción de la vida y del mundo, que no podía dejar de tener consecuencias en la sociedad en la que se movían[17]La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana[18].

Es necesario procurar sanear las estructuras de la sociedad para empaparla de espíritu cristiano, pero no es suficiente. Aunque parezca una meta muy alta, no pasa de ser una exigencia básica. Hace falta mucho mas: procurar sobre todo que las personas sean cristianas, que cada uno irradie a su alrededor, en su conducta diaria, la luz y el amor de Cristo, el buen olor de Jesucristo[19]. El fin no es que las estructuras sean sanas, sino que las personas sean santas. Tan equivocado sería despreocuparse de que las leyes y las costumbres de la sociedad fueran conformes al espíritu cristiano, como conformarse sólo con esto. Porque además, en ese mismo momento peligrarían de nuevo las mismas estructuras sanas. Siempre hay que estar recomenzando. «No hay humanidad nueva, si antes no hay hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio»[20].

Por medio del trabajo

De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes[21] Si queremos cristianizar la sociedad,lo primero es la santidad personal, nuestra unión con Dios. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención[22]. Es necesario que no perdamos la sal, la luz y el fuego que Dios ha puesto dentro de nosotros para transformar el ambiente que nos rodea. El Papa san Juan Pablo II ha señalado que «es un cometido que exige valentía y paciencia»[23]: valentía porque no hay que tener miedo a chocar con el ambiente cuando es necesario; y paciencia, porque cambiar la sociedad desde dentro requiere tiempo, y mientras tanto no hay que acostumbrarse a la presencia del mal cristalizado en la sociedad, porque acostumbrarse a una enfermedad mortal es tanto como sucumbir a ella. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad "desde dentro", estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene —no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado— de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica[24].

Dios quiere que infundamos espíritu cristiano a la sociedad a través de la santificación del trabajo profesional, ya que por el trabajo, somete el cristiano la creación (cfr. Gn 1,28) y la ordena a Cristo Jesús, centro en el que están destinadas a recapitularse todas las cosas[25]. El trabajo profesional es, concretamente, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres[26].

 

Foto: Ismael Martínez Sánchez

 

Cada uno se ha de proponer la tarea de cristianizar la sociedad a través de su trabajo: primero mediante en el afán de acercar a Dios a sus colegas y a las personas con las que entra en contacto profesional, para que también ellos lleguen a santificar su trabajo y a dar el tono cristiano a la sociedad; y después, e inseparablemente, mediante el empeño por cristianizar las estructuras del propio ambiente profesional, procurando que sean conformes a la ley moral. Quien se dedica a la empresa, a la profesión farmacéutica, a la abogacía, a la información o a la publicidad..., debe tratar de influir cristianamente en su ambiente: en las relaciones y en las instituciones profesionales y laborales. No es suficiente no mancharse con prácticas inmorales; hay que proponerse limpiar el propio ámbito profesional, hacerlo conforme a la dignidad humana y cristiana.

Para todo esto debemos recibir una formación tal que suscite en nuestras almas, a la hora de acometer el trabajo profesional de cada uno, el instinto y la sana inquietud de conformar esa tarea a las exigencias de la conciencia cristiana, a los imperativos divinos que deben regir en la sociedad y en las actividades de los hombres[27].

Las posibilidades de contribuir a la cristianización de la sociedad en virtud del trabajo profesional, van más allá de lo que puede realizarse en el estricto ambiente de trabajo. La condición de ciudadano que ejerce una profesión en la sociedad es un título para emprender o colaborar en iniciativas de diverso género, junto con otros ciudadanos que comparten los mismos ideales: iniciativas educativas de la juventud —escuelas donde se imparta una formación humana y cristiana, tan necesarias y urgentes en nuestro tiempo—, iniciativas asistenciales, asociaciones para promover el respeto a la vida, o la verdad en la información, o el derecho a un ambiente moral sano... Todo realizado con la mentalidad profesional de los hijos de Dios llamados a santificarse en medio del mundo.

Que entreguemos plenamente nuestras vidas al Señor Dios Nuestro, trabajando con perfección, cada uno en su tarea profesional y en su estado, sin olvidar que debemos tener una sola aspiración, en todas nuestras obras: poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres[28] .

 


[1] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Ecclesia in Europa, 28-VI-2003, c. I.

[2] San Josemaría, Carta 30-IV-1946, n. 19, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 420.

[3] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[4] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 17, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[6] San Josemaría, Conversaciones, n. 112.

[7] San Josemaría, Forja, n. 439.

[8] Jn 12, 32.

[9] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 27-X-1963, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, pp. 426-427:

[10] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 353, 1929, 1930.

[11] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1869..

[13] San Josemaría, Surco, n. 302.

[14] Cfr. Conc. vaticano II, Decr. Dignitatis humanae, nn. 1, 2 y 7.

[15] San Josemaría, Forja, n. 718.

[16] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 36.

[17] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 22, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 418.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.

[19] Cfr. 2 Cor 2, 15.

[20] Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, n. 18.

[21] San Josemaría, Camino, n. 755.

[22] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 183.

[23] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 1-V-1991, n. 38.

[24] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.

[25] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 14, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 425.

[26] Conversaciones, n. 10.

[27] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 15, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, III, Rialp, Madrid 2013, p. 574.

[28] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 41 en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 428. Cfr Forja, n. 678.

 

 

Artículo del cardenal Albino Luciani

"Buscar a Dios en el trabajo cotidiano". Artículo del Cardenal Albino Luciani. ("Gazzettino di Venezia", 25-VII-1978). El Cardenal Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, escribe sobre el espíritu que difundió san Josemaría: santificar el trabajo, responder a la llamada universal a la santidad de todo cristiano.

ÚLTIMAS NOTICIAS12/03/2009

Gazzettino di Venezia, 25-VII-1978

En 1941 el español Víctor García Hoz, después de confesarse, escuchó que le decían: "Dios te llama por caminos, de contemplación". Se quedó pasmado. Siempre había escuchado decir que la "contemplación" era una cosa para santos encaminados a la vida mística, cumbre asequible sólo a unos pocos elegidos, gente en la mayoría de los casos retirada del mundo. "Yo, en cambio —escribe Hoz— en aquellos años estaba casado, con dos o tres hijos entonces y esperando, como ocurrió en realidad, la llegada de más hijos, teniendo que trabajar para sacar adelante la familia".

¿Quién era entonces aquel confesor revolucionario, que dejaba de lado las barreras tradicionales, señalando metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, un sacerdote español fallecido en Roma en 1975 a los setenta y tres años. Conocido sobre todo por ser el fundador del Opus Dei, asociación difundida en todo el mundo de la cual los diarios se ocuparon a menudo, pero con muchas imprecisiones. ¿Qué hacen realmente, quiénes son, los miembros del Opus Dei? El mismo fundador lo ha dicho: 'Somos —ha declarado en 1967— un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión, un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas, que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares".

En palabras más modestas las "realidades más vulgares" el trabajo que nos toca hacer cada día; los "brillos divinos que reverberan" son la vida santa que hemos de sacar adelante. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, decía continuamente: "Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que lleguemos a ella no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes, aunque el modo de ejecutar tales acciones no debe ser común".

Allí nel bel mezzo della strada, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos a poco que hagamos el propio deber con competencia, por amor de Dios, y alegremente, de manera que el trabajo cotidiano se convierta no en una "tragedia cotidiana", sino en la "sonrisa cotidiana".

Cosas parecidas había enseñado más de trescientos años atrás San Francisco de Sales. Desde el púlpito un predicador había quemado públicamente el libro en el cual el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito y, hasta contenía un capítulo entero dedicado a "la honestidad del lecho matrimonial". Escrivá de Balaguer supera en muchos aspectos a Francisco de Sales. Este, también propugna la santidad para todos, pero parece enseñar solamente una "espiritualidad de los laicos" mientras Escrivá quiere una "espiritualidad laical". Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá es más radical: habla directamente de "materializar" —en buen sentido— la santificación. Para él, es el mismo trabajo material, lo que debe transformarse en oración y santidad.

El legendario Barón de Münchausen narraba la leyenda de una liebre monstruosa, que tenía dos series de patas: cuatro debajo del vientre, cuatro sobre la espalda. Perseguidos por los cazadores, y sintiéndose casi alcanzado, se daba vuelta, continuando la carrera con las patas frescas. Para el fundador del Opus Dei es monstruosa la vida de los cristianos que desean una doble serie de acciones: una hecha de oraciones a Dios, la otra de trabajo, de diversiones, de vida familiar para sí mismos. No, dice Escrivá, la vida es única, debe ser santificada por entero. Por eso habla de espiritualidad "materializada".

Y habla también de un justo y necesario "anticlericalismo" en el sentido de que los laicos no deben apropiarse de los métodos y oficios de los sacerdotes y de los frailes, y viceversa. Creo que él había heredado este "anticlericalismo" de sus progenitores, especialmente de su padre, un caballero a toda prueba, trabajador, cristiano ferviente, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. "Lo recuerdo siempre sereno —escribió su hijo— a él le debo la vocación... Por eso soy "paternalista". Otro impulso "anticlerical" le vino probablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico sobre el monasterio femenino cisterciense de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa era al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernador temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, iglesias y aldeas dependientes con jurisdicción y poderes reales y cuasi episcopales. Un monstrum también por los múltiples encargos contrapuestos y sobrepuestos. Así acumulados, estos trabajos no eran adecuados para hacer —como quería Escrivá— trabajos de Dios. Porque —decía— ¿como puede ser un trabajo "de Dios" si está mal hecho, de prisa y sin competencia? Un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, ¿cómo puede ser santo si no es también, en lo que de él depende, un buen albañil, un buen arquitecto, un buen médico, un buen profesor? En la misma línea escribía Gilson en 1949: "Nos dicen que ha sido la fe la que construyó las catedrales en la Edad Media; de acuerdo... pero también la geometría tiene su parte". Fe y geometría, fe y trabajo hecho con competencia para Escrivá caminan tomados del brazo: son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió sus teorías a los libros. Escrivá hizo otro tanto pero utilizando sólo fragmentos de tiempo. Si le venia de improviso una idea o frase significativa, sin interrumpir la conversación, sacaba del bolsillo una pequeña agenda y escribía rápidamente una palabra, media línea, que más tarde utilizaría para el libro.

A la propagación de su gran proyecto de espiritualidad, además de sus muy difundidos libros, dedicó una actividad tenacísima y organizó la asociación Opus Dei. "Dad un clavo a un aragonés —dice el proverbio— y lo clavará con su cabeza". Pues bien "yo soy aragonés —escribió— es necesario ser tenaces". No perdía un minuto de tiempo. En España, antes, durante y después de la Guerra Civil, pasaba de las lecciones dadas a los universitarios a cocinar, a limpiar los pisos, a hacer las camas, a atender a los enfermos. "Yo tengo sobre mi conciencia —y con orgullo lo digo— el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que empezar limpiándoles la nariz antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas". Así ha escrito, demostrando que "la sonrisa diaria" la vivía de verdad. Ha escrito también "me iba a la cama muerto de cansancio. Al levantarme, todavía cansado, por la mañana, me decía: 'Josemaria, antes de almorzar dormirás un poco'. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: 'Josemaría te he engañado otra vez' ".

Pero su gran trabajo, fue fundar y continuar el Opus Dei. El nombre vino por casualidad. "Es necesario trabajar duro: ésta es una obra de Dios", le dijo uno. "Este es el nombre justo —pensó—, obra no mía, sino de Dios, Opus Dei". Esta obra creció bajo sus ojos hasta extenderse a todos los continentes: empezó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para las conferencias. La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei han hecho pensar en alguna mira de poder, en la férrea obediencia de los gregarios. Lo contrario es lo verdadero: existe sólo el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y con gran libertad.

"Somos ecuménicos Santo Padre, pero no hemos aprendido el ecumenismo de su Santidad", se permitió un día decir Escrivá al Papa Juan. Este sonrió: sabía que desde 1950 el Opus Dei tenía el permiso de Pío XII de recibir, como cooperadores asociados a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba siendo estudiante. Al ingresar al seminario, le regaló las pipas y el tabaco al portero y no fumó nunca más. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei dijo: "Yo no fumo; vosotros tres tampoco; —y dirigiéndose a Don Álvaro— tienes que fumar tú, porque, si no, vuestros hermanos podrían pensar que no está bien el tabaco, y quiero que los demás no se sientan coaccionados en esto y fumen si les da la gana". Sucede alguna vez que alguno de los miembros —a quienes el Opus Dei únicamente ayuda a tomar responsablemente opciones libres— asciende a algún cargo importante, Esto es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957 una alta personalidad envió a Escrivá sus felicitaciones porque un socio habla sido nombrado ministro en España, obtuvo esta respuesta más bien seca: "Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo".

En esta respuesta está todo Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo; aunque sea de ministro.., si ha sido puesto en ese cargo, que se santifique de verdad. El resto importa poco.

 

Sin libertad no se puede amar a Dios

Extraído del libro "Apuntes" sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

ÚLTIMAS NOTICIAS16/01/2009

 

 

"Una de las cosas que más me ha emocionado al conversar con Monseñor Escrivá de Balaguer, aparte de su calor humano, de su entusiasmo y su sentido sobrenatural, es su amor a la libertad", afirmó en La Libre Belgique, Mons. Onclin, pocos días después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei. El Decano de la Facultad de Derecho canónico de Lovaina glosaba su espíritu de libertad, "palabra que nunca pronunciaba sin añadir otra: responsabilidad". Y añadía una idea central, tantas veces reiterada por Mons. Escrivá de Balaguer: sin libertad, no se puede amar a Dios.

En la historia de España, Aragón ha sido siempre tierra de libertades. Antes de la Carta Magna inglesa, ya conocía la tradición del habeas corpus. Su Justicia Mayor escribió páginas gloriosas y trágicas en la historia española. Pero no parece telúrico el sentido de la libertad que tuvo Mons. Escrivá de Balaguer ni el amor que le profesó y que comenzó a vivir en el hogar de sus padres. Sus raíces son más profundas, más cris­tianas. Proceden de su honda meditación sobre la Cruz, quizá de la mano de San Pablo: la criatura ha sido libertada "de :a servidumbre de la corrupción, para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios" (Rom., VIII, 21). Dios es nuestro Padre, que es Espíritu, y "donde está el Espíritu del Señor está la libertad" (2 Cor., III, 17). Sin libertad, no puede amarse a Dios. precisamente porque los cristianos han sido "llamados a la libertad" (Gal., V, 13).

Un periodista colombiano, Javier Abad Gómez, manifestó t_ I 30 de junio de 1975 en El Tiempo, de Bogotá: "Me impresionó, sobre todo, su amor a la libertad. No conoció jamás el fanatismo. Con un respeto enorme a la conciencia personal de cada uno, hallaron cabida en su corazón magnánimo no sólo los que pensaban como él, sino también los que opinaban y actuaban de: manera muy diferente a la suya. Lo recordarán ahora hombres de letras y obreros, intelectuales y campesinos, de las más diversa religiones y de las más contradictorias opciones ideológicas"

No era efímero el fundamento de su amor por la libertad Sentía dentro de sí, con toda su fuerza, el profundo y única; carácter liberador de la Cruz redentora. Lo sintetizaba en una frase muy clara, muy gráfica, y muy verdadera: cada alma vale toda la sangre de Cristo. El 22 de octubre de 1972, en el salón de actos de Tajamar (Madrid), una mujer le presentaba el problema de la angustia de algunos padres cuando tienen que enfrentarse con hijos que les reclaman de un modo violento e insolente libertad e independencia de la vida de familia. Mons. Escrivá de Balaguer le dio un criterio general, pero le recomendó consultar el caso concreto:

Para darte un consejo apropiado necesitaría más datos. Yo querría hacer un traje a la medida. Amo mucho a las almas. Cada alma vale toda la sangre de Cristo. Empti enim estis pretio magno, dice San Pablo (I Cor., VI, 20). Estáis comprados ‑cada uno de nosotros‑ a un gran precio, el precio de toda la sangre de Jesucristo. Por eso, yo no te puedo dar un específico: quiero hacer una receta especial, para cada uno de tus hijos; ni siquiera para todos juntos. Consulta el caso, y verás que, rezando, las madres podéis tanto en la presencia de Dios. Rezando, sacarás a los hilos adelante y pasará esta pequeña tormenta.

Como antes en España y en Portugal, desde que se trasladó a Roma en 1946 continuó haciendo un apostolado personal intensí­simo. Aunque su lema era ocultarse y desaparecer, empezó en­seguida a recibir en la Ciudad Eterna a gentes que acudían, desde todas las partes del mundo, a pedirle un consejo, a contarle sus penas o sus alegrías. Para todos tenía el bálsamo de su caridad, la luz de la doctrina y el empuje de su palabra sacerdotal.

En 1948 comenzaron sus correteos apostólicos por casi toda Europa y fueron surgiendo nuevos apostolados, que planeaba e impulsaba, a veces personalmente. Además, al mismo tiempo que el Opus Dei se desarrollaba por otros continentes bajo su mirada vigilante, desde el fin de los años cuarenta empezó a recibir en Roma a grupos, cada vez más nutridos, integrados por hombres o mujeres que llegaban de las más diversas naciones.

En los últimos años de su vida, Mons. Escrivá de Balaguer sintió la necesidad de hacer una catequesis con grupos más numerosos. Para llevarla a cabo, antes había cruzado Europa; ahora seguirá con esta labor, recorriendo, además, muchas naciones de América. Gentes de muy distintas profesiones, ambientes, razas y lenguas, le escucharon. Fue necesario habili­tar lugares amplios ‑gimnasios, explanadas, hasta teatros- acoger a todos. Cuando las reuniones eran más numerosas, no se perdía por eso el ambiente acogedor: había espontaneidad en preguntas y respuestas, tono de familia, casi de confidencia, un respeto extremado a la intimidad de cada persona. Lo resumió una conocida figura de la vida intelectual y universitaria española, Enrique Gutiérrez Ríos, en el ABC de Madrid: "Aunque hablara a una gran concurrencia, siempre la persona estaba en primer plano ‑cada persona, concreta, única, insusti­tuible‑. Decía que, en lo espiritual, cada criatura requiere una asistencia concreta, personal; que ¡no pueden tratarse las almas en masa!".

Al Fundador del Opus Dei le dolía cualquier intento de masificar al ser humano. Saboreaba las palabras de la Escritura: Redemi te, et voeavi te nomine tuo; meus es tu. El Señor nos ha elegido a cada uno llamándonos por nuestro nombre. Nfeus es tu: eres mía. La respuesta tiene que ser también personal: Ecce ego quia vocasti me, aquí estoy respondiendo a tu llamada. Por eso rechazaba la tendencia al anonimato, especialmente en las relaciones del hombre con Dios. Como recogió en L'Osservatore Romano Giuseppe Molteni, todo su apostolado era un poner al cristiano cara a cara con Cristo: ¡ Siempre, Cristo, que pasa! Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos. La predicación de Mons. Escrivá de Balaguer podría resumirse en esa perma­nente invitación al encuentro personal con Dios: en los sacra­mentos, en la oración, en la vida ordinaria ‑que debía ser vida de fe, vida de oración‑, en la lectura amorosa del Evangelio, sintiéndose un personaje más, que participa por entero de cada escena, lejos de todo anonimato.

Más de una vez propuso el ejemplo del valiente que, metido entre la muchedumbre, es capaz de tirar una piedra contra l a vidriera maravillosa de una catedral ‑una joya espléndida, que pertenece a todos, solía añadir‑, y no reconoce: ‑¡He sido yo! Se refugia en el anonimato, es un cobarde... El ejemplo se aplica­ba a la cobardía del alma que no se atreve a ir sola a encontrar a Dios a lo largo de la jornada, sin hacer cosas raras, sin menear los labios, sin ruido de palabras, buscando a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el centro de nuestra alma, en medio de nuestro corazón, porque allí está si no le echamos (Tajamar, 1 de octubre de 1967).

Múltiples consecuencias prácticas tuvo esta viva conciencia dL la dignidad y la libertad de la persona humana.

Para ayudar a una sola alma estaba dispuesto a los mayores sacrificios: a levantarse de la cama ‑con 39° de fiebre‑ para ir a confesar; a recorrer cientos de kilómetros, como al final de lo, años treinta, para ir desde Burgos a Andalucía, en los trenes de entonces, sin dinero para acabar el recorrido, ni para comer;

predicar, aunque sólo hubiera una persona. (Así se ha hecho siempre en el Opus Dei. Pero el Fundador fue por delante. lo, ejemplo, en julio de 1935 empezó una clase semanal de formación para una sola persona: Álvaro del Portillo. Luego fueron dos, cuando, a finales de ese mes, se incorporó a la clase José María Hernández de Garnica. De este modo práctico quedaba patente el valor de cada alma).

Este afán apostólico iba unido inseparablemente al fomente: de la libertad. Precisamente porque abominaba del anonimato, promovía la lucha personal, los caminos personales de cada uno hacia Dios. No era amigo de encorsetamientos, ni de recetas generales. No cuadriculaba la vida interior. Dejaba que el Espíritu Santo hiciera su labor dentro de cada alma. Insistía, con ocasión y sin ella, en que el único modelo es Cristo, perfecto Dios, perfecto Hombre. Evitaba cuidadosamente cualquier otro mimetismo, sobre todo si era a él a quien querían imitar. Ni siquiera los socios del Opus Dei tenían que imitarle. Lo subrayaba una vez más el día de San José de 1975. El texto ha sido ya citado, pero vale la pena releerlo, con este prisma de libertad. El Fundador del Opus Dei recordaba las dificultades de los comienzos:

¿Qué buscaba yo? Cor Mariae Dulcissimum, ¡ter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Acudí a San José, mi Padre y mi Señor. Me interesaba verlo poderoso, poderosísimo, jefe de aquel gran clan divino, y a quien Dios mismo obedecía: erat subditus illis! Acudí a la intercesión de los santos con simplicidad, en un latín morrocotudo pero piadoso: Sanete Nicoláe, ¡curam domus age! ; y a la devoción a los Santos Ángeles Custodios, porque fue un 2 de octubre cuando sonaban aquellas campanas de Santa María de los Ángeles, una parroquia madrileña junto a Cuatro Caminos... Acudí a los Santos Ángeles con confianza, con puerilidad, sin darme cuenta de que Dios me metía ‑vosotros no tenéis por qué imitarme, ¡viva la libertad!‑ por caminos de infancia espiritual.

Difundió entre los hombres de nuestro tiempo virtudes y devociones cristianas de siempre: Cristo, María y José ‑la trinidad de la tierra llamaba a la Sagrada Familia, como medio para llegar antes a la Santísima Trinidad‑, el Papa... Santa Misa, oración, mortificación, trabajo... Confesión y Eucaristía... Le emocionaba rezar con las oraciones de los primeros cristianos, las mismas que utilizarán también los cristianos en los próximos siglos. Pero no imponía nunca nada: tenía una extremada delicadeza para distinguir entre lo establecido por la Iglesia, y lo recomendado o simplemente alabado por Ella. Cuando daba un consejo ‑siempre personal‑, ponía buen cuidado para que quedase claro que era eso, un consejo, que podía seguirse o no, pero de ningún modo obligaba en conciencia. La claridad jurídica y el rigor teológico se daban la mano en defensa de la libertad de las conciencias.

Le encantaba la naturalidad, la espontaneidad del alma en su trato con Dios. Quería que los hombres se dirigieran a Él con el mismo corazón, con las mismas palabras, con que se habla a las personas queridas de la tierra. Alguien le preguntó en mayo de 1974 cómo ofrecer las cosas a Dios cuando uno se siente cansado. Y le contestó:

‑Pues díselo al Señor, así, con naturalidad, como se lo dirías a tu madre, como me lo dices a mí personalmente...

Dentro de una familia nadie tiene por qué sentirse tímido:

‑Pues si no tendrías vergüenza de decírselo a tu madre de la tierra, díselo a la Madre del Cielo: ;Madre mía!, que me está costando mucho levantar el corazón a tu Hijo, para ofrecerle las obras del día... ;Eso es oración! Díselo como te dé la gana. Puedes rezar las oraciones vocales acostumbradas, que tenemos todos los cristianos, que son maravillosas. Pero además tú haces oración: eres alma contemplativa, como las del Opus Dei; y hablas sin ruido de palabras, mientras estás en la calle, en la comida, sonriendo a una persona, estudiando... Pues esto que me has preguntado a mí, cuéntaselo a la Madre de Dios; y ya estás haciendo el ofrecimiento.

Unas semanas después, volvería sobre la necesidad de dejar que el corazón se muestre con libertad en la vida interior de cada alma. Le preguntaron:

‑¿Qué podemos hacer, Padre, cuando ‑a veces‑ el cora­zón se pone un poco duro y no se enciende con las cosas de Dios`?

‑Es la situación normal de una persona; tanto que, muchas veces, no somos comprensivos con las gentes que son demasiado sensibles. Nos parecen histéricas, y muchos no lo son. Cuando yo era sacerdote joven, me fastidiaba ver esas viejas suspirando en un rincón de la iglesia, y ‑lo digo para vergüenza mía‑pensaba: estos devocionarios hay que quemarlos, están llenos de lágrimas... Ahora, de aquellos no quemaría ninguno; quemaría todas estas cosas que no tienen un suspiro, que no tienen un afecto. ¿Está claro Pues, hijo mío, yo estoy trabajando desde hace cuarenta y siete años en el Opus Dei; y bastantes años antes sentí los barruntos del amor de Dios. Él quería algo, y yo no sabía qué era. No voy a descender a detalles que muchos aquí conocen perfectamente. Pero habitualmente voy a contrapelo. Ahora estoy muy a gusto con vosotros. Agradezco al Señor que me da esta alegría, que no es sensiblera; es amor, es cariño. Hijo mío, el corazón lo tengo más duro que una piedra. Pero los corazones de los hombres, cuando son duros, son de bronce, y el bronce en el fuego se derrite en lágrimas. Algún día llorarás, no te preocupes; llorarás, y aquel día serás más hombre aún: no creas que los hombres no lloramos.

El espíritu de libertad es uno de los motivos, con la humildad, de la alegría que daba a Mons. Escrivá de Balaguer el sacrificio escondido y silencioso, hecho cara a Dios, no cara a los hombres. Los demás no tienen por qué advertir la mortificación personal, ni en cosas grandes ni en cosas aparentemente pequeñas.

Don Jesús Urteaga relata una anécdota mínima ‑pero significativa‑ de cómo el Fundador del Opus Dei quería que se sirviera a Dios con libertad. Debía ser el año 1957. Urteaga estaba en el Colegio Romano de la Santa Cruz. Por aquella época fumaba demasiado. Un día el Padre se lo advirtió: ‑¡Jesús!, fumas mucho. Pero, al mismo tiempo que se lo decía, le daba un paquete de tabaco, de la marca que Jesús Urteaga solía fumar...

También tiene que ver con el tabaco otra anécdota. La refirió don Álvaro del Portillo, recién elegido Presidente General del Opus Dei: "Cuando los tres primeros sacerdotes de la Obra recibimos la ordenación, ninguno de nosotros fumaba; tampoco el Padre, pues al entrar en el seminario regaló todas sus pipas y el tabaco al portero. Entonces el Padre me dijo: yo no fumo; vosotros tres, tampoco; Álvaro, tienes que fumar tú porque, si no, los demás podrían pensar que no está bien el tabaco; y deseo que no se sientan coaccionados en esto, y fumen si les da la gana".

Este sentido de la libertad destaca notablemente cuando se trata de la vocación, de la entrega de los socios y asociadas del Opus Dei. Don José María Casciaro, actual Decano de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra, refleja con detalle y precisión el clima en que nació su decisión de dedicarse a Dios en el Opus Dei. Es paradigma de una conducta habitual en tantos casos semejantes.

José María Casciaro estudiaba sexto curso de Bachillerato en Barcelona. Volvió a casa (Torrevieja, Alicante), para pasar las Navidades de 1939. Allí apareció también su hermano Pedro, que ya era de la Obra, y le habló de su posible vocación, para que se lo fuera pensando con calma, en la presencia de Dios. Quedaron en charlar más adelante, cuando Pedro fuese a Barcelona. José María estaba decidido, y así se lo dijo en abril de 1940 a su hermano. Pero tuvo que seguir esperando, porque el Fundador del Opus Dei debía ir a Barcelona y "había indicado que, como mi hermano Pedro me llevaba bastante edad (ocho años y medio), era conveniente que yo obrara con toda libertad para dar aquel paso, evitando cualquier posible influencia del hermano mayor".

El 12 de mayo, por la tarde, en el hotel Urbis, José María Casciaro fue a ver ‑por fin‑ al Fundador del Opus Dei. A lo largo de la entrevista, le repitió varias veces ‑en un tono que a José María pareció tajante, severo, serio‑ si no estaría influido por su hermano, en vez de obrar libremente y después de haber considerado su decisión en la presencia de Dios. Como sus respuestas eran siempre afirmativas, don Josemaría acabó dicién­dole que, desde aquel momento, podía considerarse de la Obra. "Posteriormente ‑sostiene al recordar esta conversación‑ cuando en varias ocasiones le he oído decir que en la Obra tenemos una puerta estrecha para entrar y otra ancha para salir, me he acordado de aquel episodio del 12 de mayo de 1940, comprendiendo la exacta y profunda verdad de aquella afir­mación".

Este amor a la libertad es muy conforme con el carácter sobrenatural del Opus Dei, y también con las características externas de la entrega de los socios: ciudadanos normales, exactamente igual a los demás, que viven en su casa y con su familia, trabajan en medio del mundo, entran y salen y van de aquí para allá, moviéndose siempre de un modo natural y espontáneo: o viven su vocación en libertad, por amor de Dios, o no la viven. Cualquier tipo de control externo, la desnaturali­zaría. Como sucede en el amor humano, sólo cabe el libre condicionamiento del cariño.

Todos los que piden la admisión en el Opus Dei lo hacen libres de coacción. Además tienen que trabajar, para mantenerse económicamente y ayudar al sostenimiento de los apostolados. Esta realidad, que evita el señoritismo, es también garantía de libertad: si alguno quiere abandonar la Asociación, puede hacerlo con facilidad; si persevera, es por razones sobrenaturales, no humanas.

No obstante, sería un error confundir libertad con indiferencia. El Fundador del Opus Dei quería que todos perseverasen en su vocación, y ponía los medios: formarlos, rezar por ellos, tratarlos con más cariño si atravesaban momentos difíciles. Más de una vez, supo hacerse el encontradizo con el que flojeaba, como el Señor ante el desaliento de los discípulos de Emaús. Cuando fue necesario, abandonó todo, para salir en busca de la oveja perdida...

Antonio Ivars recapitula la doble faceta ‑comprensión y exigencia‑ que hunde sus raíces en idéntico espíritu de amor: "Pienso que, de algún modo, reflejaba como nadie la persona de Cristo: cariñoso y dulce con los niños, los pecadores públicos, y exigente y hasta aparentemente airado con los fariseos e incluso con sus propios apóstoles. La ternura maternal de don Josemaría se compaginaba armónicamente con su reciedumbre. Podía com­prender las mayores miserias, acoger con el mayor cariño al más

grande pecador, y reprender seriamente a uno de sus hijos por la omisión del más pequeño detalle".

Por último, para completar este rápido panorama, es preciso referirse a su actitud hacia los no católicos.

No hacía una frase cuando declaraba que estaba dispuesto a dar cien veces su vida para defender la libertad de una conciencia. De hecho, tuvo que luchar mucho, con un filial forcejeo, para que la Santa Sede aprobase algo inédito en la historia de las asociaciones de la Iglesia: que pudieran ser

Cooperadores del Opus Dei personas sin fe católica.

En 1966 contó a un periodista, Jacques Guillémé‑Brúlon, de Le Figaro, lo que una vez había comentado al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: "Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad". El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Poco antes, el periodista le había preguntado sobre la "posición de la Obra" ante la Declaración del Concilio Vatica­no II acerca de la libertad religiosa. La respuesta surgió bien clara:

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las concien­cias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría pueden producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio.

Mons. Escrivá de Balaguer trató con lealtad a las almas. Defendió la libertad de sus conciencias, pero sin ocultarles la propia y plena adhesión a la fe católica (que incluye, claro, aquella defensa de la libertad). Vale la pena resumir el diálogo que mantuvo con él en 1974 un matrimonio brasileño, delante de muchas personas:

‑Somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista...

‑¡Dios la bendiga! ¿Está aquí?

Estaba sentada en la última fila, delante de su marido.

Sin libertad no se puede amar a Dios l 297

‑Dile que la quiero mucho.

‑Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros

¡Muy bien!

‑Dos ya hicieron la Primera Comunión...

‑ ¡Bien!

‑Comienzan a hacer un poquito de lectura espiritual antes de dormir, y el mayor va a Misa todos los días con su padre.

‑ ¡Bien!

‑Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

‑ ¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo, y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hi3os, que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así, yo ya la admiro. ;Te admiro! ;Te quiero mucho! Reza por mí. Y basta, de momento. Pero mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pediré al Señor que te conceda mi fe, porque ‑no te enfades‑ la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo plenamente que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas (se refería a su sotana).

‑ ¡Reza por mi! Nadie como tu marido, para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te envíe muchas luces y mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena.

A lo largo de los años, se han multiplicado anécdotas parecidas. En los comienzos del trabajo apostólico del Opus Dei en Ginebra, conocieron al hijo de un pastor calvinista, que se fue entusiasmando con la Obra, especialmente con Camino, que difundió entre sus amigos en diferentes idiomas: francés, inglés, alemán, italiano. Tiempo después, escribiría a un socio del Opus Dei que había tratado en Suiza, felicitándole por la Navidad. Le hablaba entusiasmado de su visita a Mons. Escrivá de Balaguer en Roma. Lo había recibido ‑como siempre, como a todos afecto, y no había dejado de decirle que son los católicos los que están en la verdad... No necesitaba disimular su fe ‑todo lo contrario‑ para conseguir que los no católicos respondieran con cariño y gratitud a su cariño y lealtad.

Cerca de Caracas, al aire libre, en la casa de retiros de Altoclaro, unas cinco mil personas seguían su enseñanza el 14 de febrero de 1975. Se levantó un hombre joven, de barba poblada y amplia, que realzaba su jovialidad.

‑Padre, yo soy hebreo...

El Fundador del Opus Dei le interrumpió:

Yo amo mucho a los hebreos porque amo mucho a Jesucristo ‑¡con locura!‑, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in saecula. Jesucristo sigue vivien­do, y es hebreo como tú. El segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño. Sigue...

Aquel hombre de sonrisa abierta de par en par, se ganó una ovación cerrada cuando dijo:

‑Yo creo que la pregunta está respondida.

 

 

La prisa del Gobierno por aprobar la LOMLOE es signo de déficit democrático

​(Escuelas Católicas)

En un momento en el que la pandemia del COVID-19 está asolando a nuestro país, las organizaciones de la enseñanza concertada consideran que es necesario priorizar la vida y la salud de nuestra sociedad. Precisamente por eso, no es comprensible que el Ministerio de Educación trate de aprovechar una situación como esta para acelerar la tramitación de la LOMLOE, sustrayendo a la comunidad educativa el sano y democrático debate que debe preceder a la aprobación de toda ley, especialmente en un asunto tan importante como el educativo.

Los representantes de la Plataforma “Concertados”, entidad constituida por Escuelas Católicas (FERE-CECA y EyG), CECE (Confederación Española de Centros de Enseñanza), CONCAPA (Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y Padres de Alumnos) y COFAPA (Confederación de Padres de Alumnos), y en la que también están integrados los sindicatos mayoritarios de la concertada FSIE (Federación de Sindicatos Independientes de la Enseñanza) y FEUSO (Federación de Enseñanza de la Unión Sindical Obrera), y abierta a nuevas adhesiones, se han reunido con carácter urgente ante la decisión de la Mesa del Congreso de no querer aceptar un aplazamiento del trámite de presentación de enmiendas, una actitud poco elegante y que, desde luego, manifiesta un déficit democrático inadmisible.

La prisa del Gobierno parece obedecer, no solo a su deseo de que la ley pueda ponerse en práctica ya el curso que viene, sino a su posible intención de introducir enmiendas solo consensuadas por los socios de Gobierno y que limitarían la libertad de enseñanza. Además, revelaría su propósito de escamotear a la opinión pública el debate sobre una ley esencial que no goza de consenso en la comunidad educativa, evitando de paso posibles actuaciones públicas contrarias de una parte importante de la sociedad.

Durante todos estos días de confinamiento por la pandemia del COVID-19, el MEFP ha defendido insistentemente que, ante una situación excepcional como la que estamos viviendo, las medidas y soluciones deben ser también excepcionales. Pedimos que se aplique este mismo criterio a la aprobación de la LOMLOE: que se paralice su tramitación hasta que se levante el estado alarma y pueda restablecerse la normalidad. Con ello, se permitirá a la sociedad y a la comunidad educativa participar en el debate de una ley de este calado. Si el Gobierno persiste en la actitud de aprovechar a su favor un momento tan crítico y excepcional, va a ser difícil continuar por las vías del diálogo y de la colaboración ante lo que entendemos es un ejercicio de autoritarismo sin precedentes. Ni es el momento ni son las formas de proceder para aprobar una nueva Ley de Educación.

Medidas de este tipo, unilaterales y que despiertan sospechas, no ayudan a conseguir el Pacto Escolar que demanda y necesita la sociedad. Es más, la Plataforma “Concertados” solicita que los pactos de Estado que busca el Gobierno para facilitar la reconstrucción social y económica del país tras la pandemia de coronavirus, incluyan también las cuestiones educativas. Eso serviría para lograr una reforma consensuada, centrada en los problemas reales que tiene la enseñanza de este país y entonces, solo entonces, estaremos preparados para una ley educativa de todos y para todos.

 

 

“Misas sin fieles”

Pandemia del coronavirus

VER

La pandemia de la COVID-19 nos obligó a evitar concentraciones de personas, pues cualquiera de nosotros podría ser portador del virus y transmitirlo a otros, sin darnos cuenta. Por ello, tuvimos que cerrar los templos, no para alejar a la gente de Dios y de la Iglesia, sino para colaborar en la lucha contra la propagación del mal. La intención es proteger al pueblo, al que nos debemos, y cuidar su salud, que es lo que Jesús procuraba tanto.

Sin embargo, no han faltado quienes afirmen que esto es una persecución contra la Iglesia, que es obra de masones y de personajes nefastos con mucho dinero que quieren cambiar el rumbo de la historia, para sus propios fines. Son teorías que escuchamos, pero no hay fundamentos serios para sustentarlas. Los enfermos y los muertos no son teorías, sino hechos contundentes, incluso con personas muy cercanas, que nos obligan a tomar medidas extraordinarias, que esperamos sean pasajeras, si todos colaboramos.

Hay quien no acepta la celebración de Misas sin participación física de fieles, como si éstas no valieran, o no sirvieran para alimentar la fe. Argumentan textos bíblicos incluso para atacar a la jerarquía, como si fuéramos demasiado sumisos a las autoridades civiles, como si quisiéramos privar a la gente del alimento eucarístico, como si fuéramos comodinos, miedosos y cobardes para no contagiarnos, dejando desamparado al pueblo. Sostengo que lo que nos mueve es, como decía San Irineo desde el siglo IV, la gloria de Dios, que consiste en que el ser humano tenga vida; por tanto, que tenga salud, pues sin salud no hay vida. Lo más hermoso de Dios y su obra preferida es el ser humano, y hemos de cuidarlo en el cuerpo y en el espíritu. No lo hemos desamparado; al contrario, se han propagado muchos medios electrónicos para estar cerca del pueblo, que es la única forma que por ahora es posible.

Hace años, cuando yo insistía a los sacerdotes celebrar la Misa todos los días, aunque no hubiera fieles presentes, uno de ellos me argüía que él había aprendido del Concilio la importancia de la comunidad, y que no celebraba si no había gente. Le contesté que el Concilio dice lo contrario, como veremos más adelante. Con el tiempo, tuvo que dejar el ministerio; ya falleció. Otro me decía que lo importante era estar con el pueblo en sus luchas por cambiar la situación, no tanto celebrar Misa a diario. Hoy, es un sacerdote eucarístico y, por ello, cercano al pueblo en forma integral.

PENSAR

El Papa Pablo VI, en su Encíclica Mysterium fidei (3-IX-1965), decía: “No se puede exaltar tanto la misa llamada comunitaria, que se quite importancia a la misa privada” (No. 2). “Porque toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la cruz. De donde se sigue que, si bien a la celebración de la misa conviene en gran manera, por su misma naturaleza, que un gran número de fieles tome parte activa en ella, no hay que desaprobar, sino antes bien aprobar, la misa celebrada privadamente, porque de esta misa se deriva gran abundancia de gracias especiales para provecho ya del mismo sacerdote, ya del pueblo fiel y de toda la Iglesia, y aun de todo el mundo” (No. 4).

El Concilio Vaticano II, en su Decreto Presbyterorum ordinis, claramente dice: “En el misterio del sacrificio eucarístico, en que los sacerdotes cumplen su principal ministerio, se realiza continuamente la obra de nuestra redención y, por ende, encarecidamente se les recomienda su celebración cotidiana, la cual, aunque no pueda haber en ella presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia” (No. 13).

El Papa Francisco, en una de sus homilías diarias en Santa Marta, advertía: “Alguien me hizo reflexionar sobre el peligro de este momento que estamos viviendo, esta pandemia que ha hecho que todos nos comuniquemos, incluso religiosamente, a través de los medios, a través de los medios de comunicación. También esta Misa… Estamos todos comunicados, pero no juntos; sólo espiritualmente juntos. El pueblo aquí presente es pequeño (Las 6 ó 7 personas en Santa Marta). Pero hay un gran pueblo, con el que estamos juntos, pero no juntos. También el Sacramento: hoy lo tienen, la Eucaristía; pero la gente que está conectada con nosotros, sólo la comunión espiritual. Y esta no es la Iglesia: es la Iglesia en una situación difícil, que el Señor permite, pero el ideal de la Iglesia es estar siempre con el pueblo y con los sacramentos. Siempre. Cuidado de no viralizar la Iglesia, de no viralizar los sacramentos, de no viralizar al pueblo de Dios. La Iglesia, los sacramentos, el pueblo de Dios son concretos. Es cierto que en este momento debemos mantener la familiaridad con el Señor de esta manera, pero para salir del túnel, no para quedarnos. Y esta es la familiaridad de los apóstoles: no gnóstica, no viralizada, no egoísta para cada uno de ellos, sino una familiaridad concreta, en el pueblo” (17-IV-2020).

Es decir: Es muy importante que sacerdotes y obispos celebremos diariamente la Misa, aunque sin muchos fieles, para cuidar la salud y la vida del pueblo; pero la celebramos precisamente en bien de la comunidad. Por ahora, su presencia es sólo virtual; pero es muy real, visible y concreta. Es una forma transitoria; no es que así deba ser siempre. Lo normal es la presencia física de fieles y la comunión sacramental, pues Jesús es muy claro: “Les aseguro que si no comen la carne y no beben la sangre del Hijo del hombre, no tendrán vida en ustedes” (Jn 6,53). Y en la última cena: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo” (Mt 26,26). Es lo que hacían los primeros cristianos: “Los discípulos asistían con perseverancia a la enseñanza de los apóstoles, tenían sus bienes en común, participaban en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech 2,42). Así debe ser, con personas concretas y con comunión sacramental. Mientras estamos en esta pandemia, no dejamos al pueblo sin alimento, sino que lo alimentamos con la Palabra, que es verdadero banquete, y con la Comunión espiritual. Esperamos que pase pronto esta situación, para volver a la normalidad.

Las Misas virtuales no son lo mismo que las presenciales, pues en aquellas no hay presencia física de una asamblea que comparte la fe y la vida, no hay alimento sacramental, pero es por una situación excepcional. Lo virtual, sin embargo, también es alimento, aunque no pleno. Es peor quedarse sin nada. Y la realidad nos está diciendo que, en verdad, se forma una asamblea virtual, pues estamos conectados con cientos y miles de personas; y esto también es comunidad, es Iglesia; no es una nube, una red sin personas, sino que internet es un medio salvífico, usándolo correctamente.

No menospreciemos esta forma de vivir la fe y de alimentarla. Desde luego que no debe ser un espectáculo, como quien ve una novela o una serie, sino una vivencia real del sacramento, que se celebra a distancia, pero en el que se participa realmente. No se sigue la Misa desde la cama o desde un cómodo sillón, con botanas al lado, sino orando con la liturgia y con la gente que sigue la transmisión, enviando peticiones por las que se ofrece la Misa, adoptando las posturas que pide cada momento de la celebración, escuchando la Palabra con el corazón, ofreciendo la propia vida como víctima viva en unión al sacrificio del Señor, adorándolo de rodillas, recibiéndolo espiritualmente, recibiendo la bendición final. ¿Eso no vale? Claro que sí, y muchísimo. Incluso en forma diferida, si no se pudo seguir en vivo. Cuando pase la pandemia, volvemos a la normalidad.

ACTUAR

Cooperemos a regularizar la situación, guardando las debidas distancias físicas entre unos y otros, para no contagiarnos, pues ahora no sabemos por dónde nos puede llegar el virus, y procuremos la cercanía moral, virtual, espiritual, de corazón, tanto con Dios como con los demás.

+ Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

 

 

Inculturar nuestra fe

¿Somos pontífices?

  • Para saber

Al Papa se le suele denominar también como el “Sumo Pontífice”, pero ¿qué significa ese título? La palabra “Pontífice” proviene de dos palabras latinas: “pontis”, que significa “puente”. Y de la palabra “ifice” que significa constructor. Por ello, “pontífice” expresa el “constructor de puentes”. Aunque algunos también la derivan del etrusco, en donde significaría “sacerdote”. En cualquier caso, se ha utilizado para designar al Papa como el constructor del puente entre Dios y los hombres. Jesucristo es el Sumo Sacerdote y unificó a la humanidad con Dios, por ello la misión de su vicario en la tierra, el Papa, es servir de puente.

En su reflexión sobre Los Hechos de los Apóstoles, el Papa Francisco explicó cuál fue la actitud de San Pablo al llegar a Atenas, una ciudad pagana y corazón de Grecia. Cuando el Apóstol llegó, se indignó al ver la ciudad llena de ídolos (Hch 17,16). A pesar de la decadencia política, Atenas aún conservaba la primacía de la cultura. Pero Pablo, en lugar de huir del paganismo, construyó un puente para dialogar con esa cultura y hacerles conocer al Dios verdadero.

  • Para pensar

Pablo eligió familiarizarse con la ciudad pagana, frecuentó los lugares y a las personas más significativas. Fue a la sinagoga que era símbolo de la vida de fe; fue a la plaza, símbolo de la vida urbana; y fue al Areópago, símbolo de la vida política y cultural. Conoció a judíos, filósofos epicúreos y muchos otros. De este modo, Pablo observó su cultura y el ambiente del mundo pagano, pero no lo miró con hostilidad, sino con los ojos de la fe.

Pablo elige la mirada que lo lleva a abrir una brecha entre el Evangelio y el mundo pagano. En el Areópago, realiza un ejemplo extraordinario de inculturación del mensaje de la fe: a los adoradores de ídolos les anuncia a Jesucristo, y no lo hace atacándolos, sino haciéndose “pontífice, constructor de puentes”.

El Papa nos invita a cuestionarnos la forma en que vemos nuestras ciudades: ¿las observamos con indiferencia? ¿Con desprecio? ¿O con la fe que reconoce a los hijos de Dios en medio de las multitudes anónimas?

  • Para vivir

En Atenas había un altar dedicado al “dios desconocido” y San Pablo lo toma como ejemplo para hablarles y entrar en empatía con sus oyentes: “Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar”. Proclama al Dios “que no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero”. A partir de ahí les anuncia el mensaje cristiano. Y aunque casi no encuentra acogida, una mujer, Damaris, y Dionisio se adhieren a su palabra y se abren a la fe. A partir de ellos la fe comenzará a esparcirse por toda la región.

Con el ejemplo de San Pablo, el Papa Francisco nos propone no encerrarnos, sino pedir “la capacidad de inculturar con delicadeza el mensaje de la fe, observando a los que viven en la ignorancia de Cristo con una mirada contemplativa movida por un amor que inflame hasta los corazones más endurecidos”.

Cada uno en el lugar donde vive, donde trabaja o estudia, en sus relaciones sociales y familiares, ha de vivir su fe, iluminando las realidades cotidianas con la luz de la fe. Esa luz ayudará a los demás a encontrar y cruzar el puente que los lleve a Dios.

 

Discriminación e igualdad

​Al comenzar nuestro análisis, debemos partir de un adecuado planteamiento antropológico que permita poner las bases objetivas para la valoración jurídica y delimitar lo que no es susceptible de alteraciones provocadas por hechos sociales, cambios del derecho positivo o por la voluntad de los mismos sujetos. Este núcleo, nos permitirá encontrar el ámbito de operatividad de la voluntariedad humana y su correspondiente criterio jurídico valorativo.

2.   La persona: entre lo permanente y lo mutable

El concepto de persona contiene como uno de sus rasgos constitutivos, el dominio del hombre sobre su propio ser. Esta autoposesión se manifiesta y es confirmada por el propio sujeto en su acción, a través de sus actos de voluntad en los que se autodetermina.

Cada acto consciente y voluntario, cada autodeterminación, refleja una doble característica del ser humano: 1. aparece la esencia, es decir, lo permanente e igual a todo hombre, denominado “naturaleza” en cuanto principio de operación y 2. Todo aspecto histórico y dinámico del ser humano; su historia y desarrollo determinado por sus propios actos libres. No obstante, es posible hacer esta distinción exclusivamente en el plano conceptual, ya que, en el plano real, la esencia y la acción de la persona son inseparables.

Por consiguiente, tenemos que rechazar toda acepción del ser humano considerado como pura facticidad. Tampoco es posible, sin alterar la verdad sobre el hombre, desequilibrar la relación entre estos dos aspectos al concebir al sujeto como libre albedrío y a su vez, la naturaleza como algo plenamente utilizable y sometido enteramente a éste.

Para expresar el equilibrio necesario y por tanto, la relación de adecuada interdependencia, y no de la escisión, entre la naturaleza y la historia, cuya manifestación humana es la cultura, entre lo permanente y lo mutable, entre el ser y el dominio sobre él, debemos introducir el concepto de la dignidad humana.

2.   Dignidad de la persona.

El ser del hombre no es una realidad estática. Su nexo esencial y necesario con los propios actos (operari sequitur esse) se explica a través de la potencialidad de la naturaleza humana. Por lo tanto, ésta es su aspecto dinámico de potencialidad, constituye el fundamento de la cohesión entre el sujeto y su acción. Dicha cohesión es el rasgo más característico de la persona, que es distinta conceptualmente de su naturaleza, en cuanto sujeto irrepetible y encarnación concreta de la naturaleza común a todos los hombres.

La cohesión, que podemos denominar unidad, atraviesa todo el ser personal del hombre y es captable como su expresión desde los puntos de vista de la esencia, de la acción y del nexo entre ambas. Puede ser considerada en su origen como fuente indivisible de acciones que son imputables a la persona como originarias, como tarea manifestada en las acciones que responden plenamente a la potencialidad de la naturaleza orientada hacia el desarrollo de la persona y como término que expresa la plenitud de autoposesión y autogobierno del sujeto.

En esta perspectiva, la unidad es un componente fundamental de la persona. Todo el movimiento que emana de esta unidad personal refleja que el ser humano es una permanente inclinación hacia. Por otra parte, la misma unidad, en cuanto abarca el aspecto esencial y dinámico del hombre implicando el obrar humano integrador, reclama en cada instante la transformación de esta inclinación en obligatoriedad. Por tanto,  el ser humano, en su unidad dinámica, es un deber-ser: es decir, la connatural y exigente tendencia hacia la plenitud y perfección.

Estos dos últimos conceptos contienen la inevitable concreción cuyo nombre son los fines naturales del hombre, que a su vez, por su exigibilidad, evocan el contenido semántico del concepto de dignidad humana. Un ser digno es, un ser normativo cuya naturaleza ordenada a los fines, normativiza su propia acción y la acción de los demás respecto a él.

3.   La dignidad humana como una cualidad objetiva y real del sujeto.

La calificación de la persona como un ser digno no es una construcción puramente mental sometida a las fluctuaciones de las diferentes corrientes antropológicas. El concepto de finalidad del ser humano no hace referencia a algo extrínseco de la persona, sino que radica en la misma esencia del hombre.

La relación del hombre hacia sus fines naturales es una relación real que podemos denominar relación natural. Indica algo de la sustancia, que en este caso es el ser humano, y por consiguiente su fundamento y causa es algo en el sujeto y no fuera de él. Ese algo es la potencialidad o tendencia de la naturaleza humana hacia su perfección. Esta potencia de la sustancia exige su correspondiente acto que forma el término de la relación natural. La actualización de la potencialidad convierte la relación natural en positiva.  El resultado de esta positivación es la posesión actual por el sujeto de una perfección reclamada anteriormente en la relación natural. La existencia humana constituye así un flujo permanente de tomas de posición por parte de la persona ante las exigencias naturales formadas, no tanto por la esencia del ser humano aislada de toda circunstancia, sino por esta esencia-en-relación con las determinadas circunstancias de la vida.

Cada satisfacción de estas exigencias expresa la constante llamada del ser humano a su unidad término; a ser uno consigo mismo a través de sus actos. Es imposible concebir esta unidad, en la perspectiva de la mudabilidad de la persona, sin referencia a un núcleo permanente del ser humano inaccesible en su esencia  a la voluntad humana.

Consecuentemente, mientras el acto unificador es accesible al hombre como agente, no está en su mano, sin embargo, producir o extinguir relaciones naturales, es decir, alterar la misma tendencia de su propia naturaleza. Esta, por tanto, tiene su profundo sentido teleológico que verifica y valora como naturales o no las tendencias espontáneas o incluso innatas de la persona, informando todo el proceso de su desarrollo.

Así pues, la dignidad humana constituye una cualidad objetiva, real e inalienable de cada ser humano.

4.   El carácter interpersonal de la dignidad humana y su dimensión de justicia.

El hombre tiene capacidad de dominio. Puede ser, por tanto, el sujeto de una relación positiva de posesión. La cosa poseída es, entonces, la cosa justa, es decir, atribuida a un sujeto como suya, del que es su titular, constituyendo de este modo una deuda cuya característica esencial es la obligatoriedad, y su nombre es derecho.

Como ya hemos indicado, el dominio sobre su propio ser es un rasgo constitutivo de la persona humana. Este dominio tiene la doble índole de ontológico y jurídico, y en consecuencia, lo que constituye el propio ser es también derecho natural de la persona. Por lo tanto, su dignidad caracterizada anteriormente, que radica en el mismo ser del hombre, es un derecho humano atribuido a la persona como su titular. La dignidad, en su sentido dinámico, forma en criterio objetivo de la acción justa o injusta del que interfiere en el ámbito de esta dignidad.

Es necesario distinguir aquí, por un lado, la perspectiva estrictamente moral, en la que el centro de atención es el perfeccionamiento del mismo sujeto que responde o no a las exigencias de su propia dignidad, y por otro lado, la perspectiva de justicia, en la que el punto central constituye la relación entre un agente y el otro como titular de los derechos; es este caso, del derecho que consiste en su propia dignidad.

Hay que añadir que esta relación interpersonal no es un encuentro de dos individuos aislados con una interferencia casual de sus dignidades, sino que la relación radica en los mismos sujetos. Cada uno de ellos domina su propio ser siendo sui iuris, es decir, absolutamente intransferible en su autodeterminación, siendo así alteri incommunicabilis, una soledad originaria. Sin embargo, paradójicamente, esta unidad del ser humano, que tiende a la unidad de su autodeterminación es, desde el punto de vista gnoseológico y existencial, inconcebible sin este alter de la misma naturaleza para con quien se es incommunicabilis. El otro está presente en la misma raíz del acto de la autodeterminación que es mío, también porque no es del otro. De esta manera la existencia del individuo manifiesta, en la misma raíz de su actualización, su polaridad constitutiva. Por consiguiente, el hombre es por naturaleza ser-en-relación, y cada acto libre confirma que no se confunde con el otro y a la vez se relaciona con él.

La actualización de esta relación se inicia necesariamente por la identificación del otro como ser humano (igual a mí ser) y se realiza en mi propia experiencia del otro como otro “yo”;  como otra autoposesión, es decir, como persona. En consecuencia, dicha relación es objetiva y profundamente interpersonal. Su actualización siempre supone un acto de voluntad por el que acepto el “yo” del otro y de alguna manera, lo elijo en mí, ya que sólo tengo acceso al otro en cuanto “yo” a través de mi propio “yo”. Por consiguiente, en la relación analizada tiene lugar necesariamente una emisión hacia el otro de un acto de voluntad que se refleja en el ámbito de la dignidad de ambos.

La dignidad humana no es, por tanto, una cualidad personal cerrada en el sujeto y contemplada por el otro como un objeto externo independiente, sino que contiene, por naturaleza, la relatividad con su norma de actuación correspondiente conforme a la especificidad de cada relación. Ésta constituye una de las potencialidades de la naturaleza humana, con su correspondiente acto de perfección. Desde esta perspectiva, es posible calificar la dignidad como derecho interhumano de cada sujeto, al que corresponde el deber interhumano correlativo.

5.   La relación entre varón y mujer.

La masculinidad o feminidad modalizan sexuadamente el cuerpo de cada ser humano. Éste es persona por su espíritu, y es varón o mujer por su corporeidad modalizada. El cuerpo y el espíritu forman en la persona unidad sustancial manifestándose en el primer acto de ser que es la formalización del cuerpo por el espíritu.

El cuerpo sexuado de la persona posibilita, por su exterioridad, la relación y comunicación con los demás. Constituye necesariamente, frente al otro cuerpo de modalización distinta, la revelación de su propia identidad como ser humano varón y la identidad del otro como ser humano mujer. Esta radical interdependencia en la recíproca identificación presume, por el hecho de la unidad sustancial del ser humano, una radical y natural relatividad y comunicabilidad entre varón y mujer.

En cuanto personas, llamadas a unos fines trascendentes, tienen una condición común a todos los hombres, una igualdad que es base fundamental de nuestra civilización, que pone en juego valores e ideas fundamentales para la sociedad, como la justicia. Y una sociedad justa será aquella que da por igual a varón y mujer lo que a cada uno de ellos corresponde.

6.   LIBERTAD E IGUALDAD DE LAS PARTES.

La libertad de las personas y la igualdad entre ellas forman el presupuesto fundamental del derecho que consiste en el desarrollo de la personalidad. Debemos, por tanto, analizar estos dos conceptos en la perspectiva de la convivencia en sociedad y, después, valorar su posible respeto o lesión.

1.    Concepto de libertad humana.

Las relaciones humanas gozan de la libertad de las partes identificable con el consentimiento propio y ajeno para una determinada actuación. No obstante, debemos analizar el concepto de la libertad humana en su integralidad y como tal, someterlo al examen mencionado.

a)   Libertad y ser del hombre.

El hombre tiene capacidad cognoscitiva y por consiguiente, a través de los actos cognoscitivos intencionales, objetiviza y comprende la realidad. Su conciencia refleja, reproduce como en un espejo el objeto conocido, y lo interioriza en el “yo” personal. El mismo hombre puede formar para sí mismo el objeto del conocimiento. La conciencia refleja entonces, a través del autoconocimiento, las acciones humanas y su relación con el “yo”. De esta manera, la actuación del hombre es objetivizada y referida al sujeto como agente.

b)   Libertad y objeto de volición.

En cada acto de volición está presente el momento de una decisión por la que la volición se dirige a un objeto concreto cuya presencia es intrínseca a cada auténtico “yo quiero”. A la esencia del acto de volición pertenece, por tanto, la disponibilidad del sujeto de salir en dirección a un bien. Esta disponibilidad es más primitiva que la misma capacidad de tomar decisiones, ya que la misma estructura del discernimiento decisorio opera siempre sobre la base de esta disponibilidad en la que radica su razón de ser. El bien mencionado se presenta al sujeto mostrando su valor. Esta presentación es esencial para la motivación que hace mover la voluntad al objeto presentado que constituye así un fin.

c)    Libertad y verdad.

La decisión y elección, connaturales a la voluntad, indican una específica referencia de ésta a la verdad. La elección no consiste en una mera selección material de los objetos intencionales que permite orientarse a uno con una simultánea exclusión de los demás, sino que es una toma de decisión sobre los objetos presentados a la voluntad sobre la base de una verdad. La verdad, por tanto, aparece como principio o regla del querer. No se identifica, sin embargo, con el conocimiento, ya que éste condiciona la elección y posibilita la referencia a la verdad.

d)   Libertad y deber.

La decisión y elección se realizan a través de la relación con la verdad sobre el objeto en cuanto bien. Esta verdad, siendo por tanto axiológica, posibilita la conversión del “saber” en el “querer” en la acción. Aparece aquí la función de la conciencia que indica el bien verdadero en la acción y forma un deber que corresponde a este bien. Este deber es la forma experiencial de la dependencia de la verdad identificable con la libertad. La conciencia hace depender la acción de la verdad conocida, es decir, la autodeterminación del bien verdadero; y de esta manera, forma en la persona una realidad que es normativa, donde las normas interfieren en la acción humana. La esencia de las afirmaciones normativas de la moral y del derecho radican en la veracidad del bien objetivizado en ellas.

Igualdad

2.    Igualdad entre las partes.

a)   El punto de referencia de la igualdad entre los hombres.

No existen dos objetos reales que sean totalmente iguales. La igualdad total, es decir, la relación de identidad, es posible sólo entre los objetos abstractos de matemática, lógica o metafísica. Entre personas, que son siempre irrepetibles y únicas, se da la relación de igualdad exclusivamente dentro de la relación de comparación con un punto de referencia que indica en las personas las cualidades iguales, es decir, ajustadas recíprocamente en cuanto relacionadas con este punto de referencia.

Nos interesa la igualdad universal entre los seres humanos, por lo cual el punto de referencia mencionado tiene que ser común para todos los hombres y hacer comprensible su igualdad ante la ley o su igualdad en la exigibilidad de los derechos humanos. Estos pronunciamientos jurídicos remiten de manera necesaria al reconocimiento de una esencia humana idéntica para todos los hombres.

Podemos afirmar, por tanto, que el punto de referencia de la igualdad universal entre las personas humanas se encuentra en su naturaleza, caracterizada anteriormente. No obstante, ésta, en el plano real es siempre concretizada corporalmente en un único e irrepetible sujeto cuyo cuerpo modaliza sus acciones desde su unidad-origen hasta su unidad-término. Debemos, por tanto, buscar un aspecto de la naturaleza humana cuya especificación concilie, por un lado, la irrepetibilidad y por tanto, desigualdad de cada naturaleza encarnada, y por otro, la necesidad de encontrar un factor que permita confirmar la igualdad universal entre las personas.

Este factor lo podemos identificar con la cohesión entre el sujeto y sus acciones, equivalente a la unidad dinámica del ser humano, que le permite ser responsable por sus propias acciones, que le son imputables en la perspectiva de los fines naturales del hombre. Esta unidad dinámica es autodeterminación; el ejercicio de la libertad concreta que traza la línea divisoria entre el mero hecho y la conducta. El ser humano, contemplado a través de este prisma, puede ser sustraído de la transitoriedad y accidentalidad de su existencia y considerado como persona jurídica cuyo status debe ser igualmente reconocido en el caso de todos los hombres.

Podemos afirmar, por consiguiente, que el punto de referencia de la universal igualdad entre los hombres es la igual y normativa dignidad de toda persona humana.

7.   El desarrollo de la personalidad de las partes.

El Diccionario de la Real Academia Española, entre otras definiciones, aporta las siguientes para expresar el contenido semántico del verbo desarrollo: Acrecentar, dar incremento a una cosa del orden físico, intelectual o moral; Progresar, crecer económica, social, cultural o políticamente las comunidades humana.

Así pues, en nuestro análisis, podemos afirmar que desarrollarse a sí mismo en cuanto persona significa hacer progresar: hacer crecer la estructura mencionada en su integridad; es decir, fomentar de alguna manera la propia unidad incomunicable, como también la propia unicidad comunicable y operativa.

El crecimiento de la unidad mencionada se identifica con el progreso de la libertad de la persona, equivalente al aumento de la fuerza de autodominio. Éste crece realmente cuando se hace más corta la distancia entre la fuente y el acto de autodeterminación; es decir, cuando la acción se arraiga más en su propio sujeto aumentando la pureza de la originalidad de los actos humanos.

La acción debe este arraigo en su propio origen al momento de la verdad actualizada como un deber. Éste, en su vertiente de obligación, une y hace radicar la acción en su fuente; la refiere a su causa. El deber, no puede crecer, ya que constituye el nombre de una relación. Por tanto, el aumento de la fuerza de cohesión hay que buscarlo en el mismo sujeto al que afecta del deber y más precisamente, en su capacidad de responder a la obligación.

El segundo aspecto del desarrollo consiste en el crecimiento voluntario de este concreto alguien en su estructura irrepetible. Para que tenga lugar este aumento de la personalidad, es preciso que las acciones que deciden el desarrollo dejen su efecto intransitivo en el sujeto y así, contribuyan a su edificación. La persona se perfecciona cuando consigue un bien verdadero que la edifica, es decir, la hace buena.

8.   Proyección social.

1.    Persona, sociedad y derecho.

a)   La persona y el bien común de la sociedad.

En la misma raíz de la actualización de la existencia del individuo se manifiesta la polaridad constitutiva del ser humano; es decir, la misma individualidad, en cuanto operante, necesaria y simultáneamente supone la alteridad, la relación con otras individualidades. A su vez, la actualización de esta relación y por tanto, la concreta delimitación de una individualidad como el otro, igual a mí mismo, necesariamente personaliza la relación, ya que tengo acceso a este igual a mí mismo solamente a través de mi propia experiencia personal de autoposesión que descubro en el otro en el mismo momento de delimitarlo en cuanto tal. Este otro es imprescindible a su vez para la constitución consciente en el nivel de la propia autodeterminación, del propio “yo”.

Por lo tanto, en el nivel existencial u operativo, inseparablemente unido a la estructura objetiva del ser humano, el hombre es siempre ser-en-relación y resulta existencialmente inconcebible fuera de la estructura relacional donde los términos de la relación son personas-autoposeyentes y autodeterminantes.

En la experiencia de la propia autodeterminación, el otro es afirmado sobre la base de mi propia estructura personal de autoposesión, como el otro “yo”. Para actualizar la relación “yo”-“el otro”, es imprescindible mi propia experiencia del otro como persona y simultáneamente, esta personalización del otro es imprescindible, en la simetría de la relación, para afirmar mi propio estatuto personal. La misma posibilidad de relacionarse en el nivel humano tiene su fundamento en la estructura de la persona humana. Ésta constituye, el punto de convergencia de los dos aspectos del ser humano, a saber: la natural incomunicabilidad radical y la natural apertura, la intrínseca relacionalidad con los demás.

Desde esta perspectiva, en el plano real, no es posible un planteamiento aislado  y separado ni del individuo, ni de la colectividad en cuanto tales. Por eso, el individualismo y el colectivismo aparecen como unos inaceptables reduccionismos de la visión integral de la persona humana. En ésta, tanto el individuo como también la colectividad encuentran su arraigo puesto que, por un lado, la persona es constitucionalmente abierta y social, y por el otro, es portadora de la unidad absoluta y sustancial del ser humano, intransferible e incomunicable a los demás.

En este contexto, la persona constituye el principio, centro, sujeto y fin de la sociedad que podemos definir como las personas en cuanto relacionadas y orientadas así al bien común que, a su vez, proporciona el crecimiento del bien personal de cada miembro de esta sociedad. Los miembros de la sociedad consiguen por tanto, su propio bien personal a través de su autodeterminación, que siempre actualiza la dinámica relacional de la persona. En consecuencia, el bien personal no se consigue sino a través de la consecución del bien común. Así pues, el revertir sobre cada una de las personas que forman la sociedad es esencial a dicho bien.

No existe, por tanto, oposición o contrariedad entre el bien personal particular y el bien común. El primero indica el efecto mismo del crecimiento personal unido a la individualidad incomunicable y el segundo evoca este mismo bien personal comunicable y comunicado, como también participable y participado, ya que es conseguible y perfectible solamente a través de esta comunicación y participación.

Se puede hablar de la superioridad del bien común, no porque comprenda el bien singular de todos los singulares, sino porque es participado y aumentado por todos y en todos y a la vez, dice referencia a cada uno como individualidad, subrayando, al verter sobre el bien personal y particular de ésta, la dignidad de cada persona que, a través de su sociabilidad, destaca su unicidad. El bien común tiene un intrínseco carácter relacional; sin embargo, en el plano existencial, es captable en cada individuo concreto. El desarrollo de la personalidad de éste tiene lugar necesariamente a través del desarrollo de todo el cuerpo social. El bien común, en cuanto el fin de la sociedad, manifiesta por tanto la relacionalidad que es intrínseca a la naturaleza teleológica del ser humano.

En la vida social, la consecución del bien común exige un cierto sacrificio por parte de las personas particulares y puede suponer una cierta limitación en el ejercicio de la propia libertad. No obstante, la visión integral de la persona humana permite captar el verdadero significado de este aspecto social del ser humano, supuestamente negativo, y conceptualizarlo como la tendencia al don de sí mismo, intrínseca a la naturaleza humana, la tendencia a la salida de sí mismo para conseguir el bien de los demás y de esta manera, contribuir también al mayor desarrollo propio. Por ello, la libertad encuentra en el bien común el objeto que constituye la meta de elección que es connatural a la libre autodeterminación humana.

La orientación de los particulares al bien común se actualiza a través de la participación en lo común, en lo que los hace común, es decir, en lo que decide la apertura y comunicabilidad. Un miembro de la sociedad se orienta tanto más hacia el bien común, colaborando y comunicándose con los demás, cuanto más, a través, de la colaboración externa, alcanza y participa en lo interno y común, en la misma humanidad de los colaboradores.

Ésta podemos identificarla con la naturaleza humana como principio de operaciones que, en la estructura de la persona, no se actualiza existencialmente sino refiriéndose a los demás. Podemos denominarla por tanto como convivencia estructuradora, constitutiva y potencial de todo ser humano. Y precisamente esta con-vivencia, que es propia de cada uno y a la vez es común, constituye  el bien común, numéricamente uno, poseído y participado enteramente, pero no exclusivamente, por cada miembro de la sociedad. Así pues, la actualización de la con-vivencia con los demás. Por tanto, la libertad humana necesariamente se actualiza e intensifica en esta convivencia.

En consecuencia, la colaboración entre personas, es decir, el dominio dinámico y común sobre el mundo, el progreso externo de la sociedad, no se da verdaderamente sino a través de la natural tendencia a la participación y comunicación en el dominio sobre sí mismo, sobre la propia estructura operativa que, merced a esta participación, se desarrolla.

Todos poseen el bien común enteramente; lo poseen igualmente. La intensidad de atribución de este bien a cada uno de los miembros de la sociedad es, por tanto, igual. En otras palabras, la humanidad relacional de la convivencia constituye la igual propiedad de todos los individuos y manifiesta su radical igualdad como personas humanas. La orientación de la naturaleza humana al bien común lleva, por tanto, consigo la exigencia de la igualdad radical de las personas que participan en este bien.

b)   Sociedad y derecho.

La causa final de toda sociedad es el bien común al que tiende cada uno de sus miembros. Por otra parte, el bien común constituye el derecho, es decir, la res iusta atribuida a cada uno como suya y, por tanto, exigible. El bien común constituye el suum; derecho de todos y de cada uno, y radica en la capacidad dominadora que la persona tiene sobre sí misma. Todos los derechos posibles, todas las posibles atribuciones justas emanan de esta primera y fundamental atribución de la realidad humana a su propietario personal concreto. Por tanto, podemos afirmar que todos los derechos de las personas concretas en la sociedad, todas las cosas atribuidas al sujeto como suyas, son inherentes al derecho que consiste el bien común.

El derecho natural, en cuanto actualizado en la relación jurídica natural que refleja la tendencia y exigencia de la misma naturaleza humana, es conceptualmente anterior a la ley natural, es anterior a la norma que consiste en un conocimiento de esta relación. Las tendencias y exigencias mencionadas manifiestan la naturaleza teleológica del ser humano y su consiguiente desarrollo de la personalidad que, no se efectúa sino a través de la tendencia intrínseca a la estructura operativa del hombre, a la consecución del bien común. La ley natural es, por tanto, la ordenación de la naturaleza humana, captada –pero no creada- por la razón humana, a este bien.

La ley positiva positiviza dichas exigencias y tendencias en el proceso de conclusión y determinación de la ley natural. Formaliza los derechos y deberes positivos que necesariamente derivan de la ley natural y consecuentemente, es anterior a éstos, que a su vez, expresan la concretización histórica de la ordenación finalista de la sociedad y de sus miembros, en cuanto personas, al bien común. En consecuencia, podemos afirmar que el bien común, en cuanto derecho, es la causa formal de la sociedad, ya que vincula a sus miembros dentro de un cuerpo social, a través de la unicidad de este bien y del vínculo de él derivado, e informa la creación y el ejercicio de todos los derechos y deberes positivos que estructuran las articulaciones sociales.

c)    Estado y derecho.

El poder estatal legislativo, judicial y ejecutivo tiene razón de ser y de actuar en función del establecimiento de los medios necesarios para poder realizar de la manera más plena posible el bien común de la sociedad a la que representa. No puede limitarse a una mera organización formal de las libertades de los individuos, sino que debe promover y proteger la justicia puesto que ésta, en cuanto realización del precepto, dar a cada uno lo suyo, significa la realización del desarrollo de la persona humana efectuado a través del desarrollo del bien común.

Por lo tanto, la organización adecuada de las libertades de los particulares supone promover, facilitar y proteger el uso activo y concreto de la libertad, el cual impulsa este desarrollo al promover la vida social (política, jurídica y económica) desde su misma base. Significa que el poder estatal reconoce unos ordenamientos jurídicos básicos o sociedades menores que actualizan la tendencia de la persona a su propio desarrollo a través del bien común. Éste, visto y promovido en su totalidad por el poder estatal, estructura y ordena otros bienes comunes menores que deciden en la práctica el dinamismo y la operatividad del bien común total de la sociedad, ya que constituyen la realización concreta e interpersonal de este bien.

Las personas concretas, al asociarse, se constituyen en verdaderos creadores del derecho positivo, estructuralmente anterior a las leyes positivas emitidas por el poder estatal que tiene la función de armonizar y verificar estas estructuras jurídicas básicas desde la clave del bien común. Las leyes positivas emitidas por el poder legislativo estatal constituyen, el marco promovedor, protector, armonizador y verificador para la iniciativa de los legisladores primeros cuyas decisiones de colaborar en las sociedades menores forman unas ordenaciones concretas y particulares al bien común. Estas constituyen, las normas positivas fundamentales cuyos destinatarios exclusivos son sus mismos creadores. Dichas normas estructuran la base del tejido jurídico de la sociedad.

Al asumir de este modo su función natural, el poder estatal hace un examen crítico de las realidades sociales para defender y promover aquéllas en las que la persona se perfecciona, y que deciden la misma razón de ser de la sociedad y, la razón de ser del poder estatal. Este examen es efectuado a través del prisma del bien común y sus más inmediatas derivaciones y proyecciones a las personas. Es decir, las leyes estatales que gozan del mayor número de destinatarios deber hacer verificar las ordenaciones básicas al bien común, las formas de convivencia y colaboración y su conformidad con la igualdad radical de las personas, con el libre desarrollo de la personalidad, así como también su aportación al bien común total de la sociedad.

El estado no puede ser neutral frente a los valores concretos inherentes a la persona humana y su estatuto social porque, al serlo, se condenaría a su propia disolución. El poder legislativo estatal debe reconocer e introducir de manera justa en el tejido social las ordenaciones concretas e interpersonales al bien común, las cuales, a su vez, responden a la ordenación de la misma naturaleza humana a este bien. Podemos establecer, por tanto, el orden consecutivo de informar entre las fuentes normativas: la ordenación natural, la actualización interpersonal y el reconocimiento social (estatal). El grado de determinación y de conclusión de las normas tiene el orden inverso.

Concepto y fundamento de los Derechos Humanos.

Cuando se habla de derechos humanos se requiere designar un tipo de derechos cuya nota es la preexistencia a las leyes positivas. Ciertamente están recogidos en los textos legales de muchos países, pero en tanto que recogidos por las leyes positivas y operando a través de ellas reciben otro nombre: derechos constitucionales o positivos.

Por derechos humanos se entienden aquellos derechos que el hombre tiene por su dignidad personal, que deben ser reconocidos por las leyes; y en caso de que no se reconozcan, se dice que se comete injusticia y opresión; e incluso se admite que la falta de reconocimiento –el hecho de que no se respeten esos derechos- genera la legitimidad a la resistencia, activa o pasiva. Como entendemos por Derechos Humanos unos derechos que preexisten a las leyes positivas, por eso, de esos derechos se dice que se declaran; y de ellos se dice también que se reconocen –no se otorgan o conceden- por las leyes positivas.

Por ejemplo, La Declaración de los Derechos de Virginia (1776), donde lo que interesa es que se habla de inherent rights, de derechos inherentes a todo hombre. El derecho de rebelión o derecho de modificar los regimenes establecidos en razón de la inobservancia de los derechos humanos fue la justificación esgrimida en la Declaración de Independencia (1776) de los Estados Unidos de América. El primero en el tiempo, la Declaración americana de los derechos y deberes del hombre (1984) habla repetidamente de derechos esenciales al hombre. La Declaración Universal de Derechos Humanos (ONU, 1948), reconoce, respeta y protege por las leyes lo que preexiste a ellas. Aunque menos expresivo, el Convenio Europeo para la protección de los derechos humanos y de las libertades fundamentales (1950), habla también de reconocer, aplicar, proteger, desarrollar y respetar los derechos humanos. Idea que aparece inequívocamente expresada en el preámbulo del Pacto internacional de derechos económicos, sociales y políticos (1966). Por último, el Pacto de San José de Costa Rica (1969) conocido por Convención Americana de Derechos Humanos, también los reconoce, por lo que se cree innecesario traer más testimonios.

Conclusión.

La teoría de los derechos humanos, fundados en su dignidad de persona, debe asentarse en estos postulados:

a)    Los derechos humanos son verdaderos derechos.

b)    Estos derechos son preexistentes –y, en consecuencia, independientes- de la ley positiva y del consenso social.

c)    Estos derechos se fundan en el hecho de que el hombre es persona, entendido por persona un ser dotado de dignidad, dueño de sí y, en consecuencia, portador de unos bienes que son derechos suyos.

Por lo tanto, los derechos humanos son una realidad, no una ideología.

 La formulación y el estudio a profundidad de los derechos humanos ha tenido su apogeo a lo largo del siglo XX, sin embargo estos derechos humanos no son sino la expresión mas moderna de una idea muy antigua: hay cosas que le corresponden a uno por ser hombre, no por cesión, pacto o sentir de la sociedad.

DERECHOS HUMANOS.

1. Derecho.

1.1. La formula de la justicia

1.1.1 La justicia exige dar  a cada uno lo que le corresponde (derecho) en virtud de su condición humana. En este sentido la justicia y el derecho están íntimamente relacionados. La justicia sigue al derecho, presupone al derecho. Exige saber lo que le corresponde al otro y querer dárselo, es decir es un acto de voluntad.

Dar a cada uno lo suyo constituye un bien social.

Como todas las virtudes la justicia no está en el plano del deber ser sino en el plano del ser, es decir del cumplimiento, las virtudes inclinan al cumplimiento del deber pero no se pueden identificar con este.

Si analizamos cada uno de los términos de la siguiente expresión “dar a cada uno lo suyo”

a.-El verbo dar es el que designa el acto justo y tiene un sentido muy genérico (entregar, respetar, devolver, etc.). El acto específico de la justicia puede denominarse en algunos casos como restitución, es decir lo suyo de cada uno es respetado. Dar significa toda aquella acción u omisión  en cuya virtud aquello que esta atribuido o asignado a cada uno legítimamente (en virtud de un titulo jurídico) se respeta

b.- La expresión “a cada uno” significa  que no se trata de hacer justicia en general, sino a cada persona o institución en relación con cada uno de sus derechos, sea este derecho positivo o derecho natural. En relación con el derecho todos los hombres valen lo mismo y su derecho tiene idéntica fuerza.

c.- En tercer lugar , el termino “ lo suyo” quiere decir dar a cada uno aquella cosa que le corresponde, la cosa que le es debida, la cosa que se le adeuda. Lo suyo por tanto es una cosa, que abarca todo aquello que es susceptible de constituirse en derecho (tanto cosas corporales como incorporales). Al referirse a lo suyo, solo puede ser una cosa externa, una cosa que es capaz de ser objeto de relaciones humanas. Una cosa le es debida al propietario en virtud de un titulo de propiedad, es decir que le hayan sido atribuidas, es decir que las cosas están repartidas, la justicia solo podrá ejercerse allí donde el sujeto tenga cosas suyas (titularidad).

La justicia no atribuye las cosas, sino que sigue al hecho de que ya están atribuidas y así  la justicia es el respeto del reparto establecido. En consecuencia el acto justo es un acto segundo, en este sentido la justicia sigue al derecho. La justicia es la virtud de cumplir y respetar el derecho, no la virtud de crearlo.

Lo suyo es lo mismo que lo justo.

Lo justo es el objeto de la justicia, aquella cosa que la virtud de la justicia impele a dar a otro por constituir “lo suyo” y la justicia es dar precisamente lo suyo no lo mismo a todos. La justicia trata a todos igual pero esta igualdad reside no en lo que da sino en como lo da.

Hay cosas que corresponden igualmente a todos, (que se han repartido a todos por igual) los derechos naturales del hombre, porque se basan en aquello en lo que todos los hombres son iguales (la dignidad que corresponde a su condición humana)

1.1.2. La relación de justicia

Se denomina relación de justicia, aquella que existe entre dos o más sujetos por razón de sus respectivos derechos a cosas que les pertenecen, de la manera siguiente: uno de ellos es el titular de un derecho y el otro tiene en su poder la cosa que constituye ese derecho, y debe por tanto, dársela a su titular. La justicia mira al otro es eminentemente ad alterum, es decir tiene nota de alteridad.

El arte del derecho se resume en el arte de determinar derechos y deberes, la determinación de esos derechos y de esos deberes depende en gran medida de los tres tipos básicos de relaciones de justicia conocidos: conmutativa (lo debido entre las personas), distributiva (lo debido por la colectividad al individuo), y legal (lo que el individuo debe a la colectividad).

a) Justicia conmutativa, surge por el intercambio de bienes o apoderamiento de los bienes del otro, lo justo no se mide en razón de las personas, sino en razón de las cosas mismas. (Una cosa tiene un valor por si, no por la persona a la que se le venda)

b) Justicia distributiva y pueden ser de dos clases relaciones de la colectividad respecto del individuo y del individuo respecto a la colectividad. Se originan si algo de la sociedad es derecho del individuo. En lo que respecta a la justicia distributiva  debemos tener en cuenta que las cosas no son del individuo sino de la colectividad y que aquel solo las hace suyas en el momento de la distribución. Este es al paso a la esfera particular de lo que pertenece a la esfera colectiva. A la hora de determinar la medida de lo justo se hará de modo proporcional, a cada cual según su condición, sus capacidades, su aportación a la sociedad y sus necesidades.

c) Justicia legal: existe un derecho de la colectividad ante sus componentes, que es el bien común, al que dicha colectividad debe estar ordenada. Lo debido de cada individuo a la colectividad es su contribución al bien común. Y a este respecto será debido todo aquello que se presente como obligatorio, lo cual vendrá determinado por las leyes, mismas que el individuo debe cumplir.

1.2.- El concepto del derecho

1.2.1.-El término derecho vino a sustituir a la palabra latina ius de donde viene iustico (justicia) que significa estar en el derecho que podemos definir como lo justo y el orden social justo en base a sus raíces etimológicas que son: derecho se deriva del latín dirigere (dirigido) de di y regere (regir, gobernar). Se ha entendido también que derecho deriva de derectum compuesta por de rectum (totalmente recto). En la raíz de todas estas palabras encontramos una idea común: el orden recto de las relaciones humanas. En la vida hay comportamientos justos o injustos, solo lo recto o justo es la norma y precisamente a eso que es lo justo lo recto se le llama derecho.

1.2.2.- El derecho como objeto de lo justo.

El derecho es objeto de la justicia ya que el derecho es aquella cosa que estando atribuida a un sujeto, que es su titular, es debida  a éste, en virtud de una deuda en sentido estricto.

1.2.3.- El fundamento del derecho.

Aquello en virtud de lo cual el titular está posibilitado para poseer el título. El fundamento inmediato o próximo del derecho es aquél en el que se basa el título de modo inmediato. Existe un fundamento mediato, que no es otro que la naturaleza humana, la condición personal del hombre, la posibilidad de obtenerlo debe estar fundada en la estructura ontológica de la persona., el hecho de que el hombre sea titular de derechos tiene un fundamento natural. Todo derecho encuentra su fundamento en la naturaleza humana.

1.2.4.- La lesión del derecho: la injusticia y lo injusto.

Si la justicia tiene como objeto el acto justo, la injusticia el acto injusto, el cual consiste en la acción de agresión  contra el derecho y su lesión. Conocemos como injusticia la tendencia  o hábito de la voluntad que se dirige a la lesión del derecho. Un acto para que sea injusto debe ser libre y deliberado, es decir que pertenece al ámbito de los actos humanos. Debemos distinguir entre acto injusto y acto dañoso o accidente.

Acto injusto tiene por objeto lesionar el derecho de una persona. Lesionar se refiere a toda acción u omisión  que viola un derecho, sea natural o sea positivo, es decir toda acción u omisión que priva al titular del legítimo uso, disfrute  y  posesión de sus derechos. Lo que especifica la injusticia es la violación del orden social justo.

Las acciones injustas consiste en lesionar un derecho, para que haya acción injusta es necesario que haya un derecho, es por lo tanto un acto segundo. Por último, la expresión de una persona, el acto injusto es una acción individualizada dirigida contra cada persona singular: lo que se viola es el derecho de una persona.

1.3. Naturaleza y derecho.

1.3.1- La ley natural.

Las normas jurídicas naturales son un sector de la normatividad natural de la vida humana.

Se denomina ley natural a los juicios deónticos de razón, con carácter de norma vinculante o ley que todo hombre observa en si, con independencia de lo establecido por la sociedad.

La naturaleza humana proporciona la regla fundamental del obrar humano, porque siendo lo que constituye al hombre como hombre, es criterio de lo que al hombre le corresponde como tal.

Por ley natural se entiende el conjunto de leyes racionales que expresan el orden de las tendencias o inclinaciones naturales, a los fines propios del ser humano, aquel orden que es propio del hombre como persona.

El cumplimiento de la Ley natural conduce al hombre a su realización y el incumplimiento  a su degradación. La ley natural es la expresión más autentica de la dignidad humana, los derechos que dimanan de la dignidad humana nos aparecen así como función de la ley natural, existen en función de ella, en función de los fines del hombre, fuera del cumplimiento de la ley natural no hay derecho.

La ley natural se capta conociendo la naturaleza humana, el estatuto ontológico del ser humano y sus fines naturales.

La ley natural obliga a todos los hombres es decir es universal en el espacio y en el tiempo.

La ley natural es inmutable y válida para todos los tiempos, porque la naturaleza humana es siempre la misma.

1.3.2 El Derecho natural.

No debe confundirse la ley natural con e derecho natural que es aquella parte de la ley natural que se refiere a las relaciones de justicia. El Derecho natural es una regla natural de derecho que regula relaciones de justicia legal, distributiva y conmutativa.

El derecho natural es lo justo por naturaleza, lo que le corresponde según su estructura óntica con nota de debitud y exigibilidad inherente a la dignidad de la persona humana.

Los derechos naturales mas que derechos aislados son un conjunto de derechos que tienen una raíz común por lo tanto se puede hablar de un único derecho natural fundamental que es el derecho de la persona humana a su ser a su libertad y al desarrollo de su personalidad ( que son los fines naturales del hombre)

Los derechos naturales no son abstractos, sino derechos concretos y pertenecen a la vida jurídica al igual que los derechos positivos

El derecho natural dimana de la persona humana, de su dignidad. No se deriva de lo singular de cada persona sino de lo común o universal, de la naturaleza humana. El Derecho natural es un derecho común y universal en un doble sentido a) por ser igual en todos los hombres y b) por ser un núcleo de orden jurídico que existe en todos los hombres de todos los pueblos es decir de toda la humanidad.

El Derecho natural es un orden superior objetivo, universal al que puede apelarse en todo tiempo y lugar.

1.3.2 El Derecho natural y el Derecho positivo.

1.- La unidad entre el Derecho natural y El Derecho positivo.

El Derecho natural y el Derecho positivo no son conjunto de norma aisladas entre si, sino que se integran en un único sistema jurídico, el cual es en parte natural y en parte positivo.

Esta unidad atienda a tres principios fundamentales:

1° El Derecho natural es la base del derecho positivo y entre ambos existe una unidad de derivación. La ley positiva se deriva a partir de la ley natural.

2°  La potestad de dar normas positivas es de origen natural, pues del Derecho natural derivan el poder social y la capacidad de compromiso y de pacto.

3° Las relaciones jurídicas básicas y fundamentales son naturales y de ellas derivan todas las demás.

2.- La positivación y formalización del derecho natural.

a) Positivación:

Para que algo sea practicable, debe ser conocido, también el Derecho natural debe ser conocido para que esté integrado en el sistema jurídico aplicable en cada momento histórico. Llamamos positivación al paso a la vigencia histórica (integración en el sistema jurídico aplicable) de una norma natural de derecho o de un derecho natural.

b) Formalización:

Consiste en la tecnificación de los distintos factores o elementos que integran el derecho, mediante el recurso de darles una forma y prever los instrumentos técnicos necesarios para realizar y garantizar su eficacia, establecer las condiciones o requisitos para que sean válidos. La formalización permite disponer de todos los recursos necesarios para su debida aplicación. El Derecho natural no debe estar condicionado a la buena voluntad y al sentido de justicia de quienes deben cumplirlo y aplicarlo.

1.4 Concepto y fundamentos de los derechos humanos.

1.- Una nota esencial de los derechos humanos.

Existen varias formas para referirnos al derecho humanos, derechos del hombre, derechos de la persona, derechos fundamentales etc. Por derechos humanos se entiende como aquellos derechos que el hombre tiene por su dignidad de persona y su nota esencial es que son preexistentes a las leyes positivas, estos derechos se declaran o se reconocen, no se otorgan o se conceden por las leyes positivas, esto se repite en varias de las declaraciones de los derechos humanos a lo largo de la histórica.

Además de ser derechos subjetivos los derechos humanos por ser fundamentales y esenciales a la persona humana tienen unas características propias que comentare más adelante, estas características ponen de manifiesto la indisoluble unión que existe entre estos derechos y la naturaleza humana.

2.- Los derechos humanos y el concepto del derecho.

El concepto del derecho debe tener en cuenta entre otras realidades jurídicas, los derechos humanos, no ha existido objeción para el uso del término derecho aplicado a estos derechos humanos pero ante la pregunta de si ¿estos derechos son verdaderamente derechos?  Hasta el siglo XIX antes de la generalización del positivismo jurídico la conciencia jurídica común admitió la existencia de verdaderos derechos anteriores a la ley positiva y aunque esta conciencia sigue existiendo, ya no existe unanimidad de respuesta pues existen al menos dos corrientes: los que dicen que si los son, y  los que llamándolos derechos entienden más bien que se trata de valores, postulados políticos, exigencias sociológicas, etc. La diferencia de opinión se debe sin duda a esta nota característica de los derechos humanos de la que hemos hablado y que es la de preexistencia a la ley positiva. Estas dos corrientes se llaman iusnaturalista y positivista respectivamente.

Los positivistas niegan que pueda existir un derecho propiamente tal fuera de la concesión u otorgamiento de la ley positiva, pues solo la ley positiva es verdadero origen de los genuinos derechos de los sujetos. Estos no niegan que existen valores que debe tomar en cuenta la ley positiva y aunque se les llame derechos humanos, no son derechos.

Si negamos que los derechos humanos tengan verdadera naturaleza jurídica, no solo negamos su existencia como derechos, sino además la idea en la que se asientan se desvanece completamente. Perdiendo los derechos humanos su condición de una dimensión propia del hombre frente  la ley positiva, se le priva de algo suyo, solo si se admite una noción de derecho, compatible con la existencia de un núcleo fundamental del derecho distinto del derecho positivo, es posible una teoría de los derechos humanos, la ley positiva no es soberana frente al hombre, porque éste posee unos bienes jurídicos inherentes que preexisten a la ley positiva y que son medida de la justicia o injusticia de la misma.

La doctrina relativista sostiene que los derechos humanos no tienen un fundamento absoluto único, el discurso relativista no distingue los principios estables y permanentes de su manifestación efectiva que será variable en función del momento y sus circunstancias históricas.

Para la doctrina iusnaturalista, el fundamento de los derechos humanos es un orden superior, objetivo, universal al que puede apelarse en todo tiempo y lugar.  

3. El fenómeno jurídico, ¿es natural o cultural?

Como ya hemos comentado lo que aparece en varios documentos y declaraciones históricas sobre los derechos humanos, los derechos humanos son esenciales, inherentes al ser del hombre, que se fundan en los atributos de la persona humana y se desprenden de la dignidad inherente de la misma, una de dos, o tales documentos hablan de algo inexistente, o los derechos humanos no son productos meramente culturales, sino que se enraízan en algo jurídico connatural al hombre. Hay realidades jurídicas naturales, una de cuyas expresiones son los derechos humanos.

4.- Los derechos humanos y la noción de persona.

¿Que concepto de persona prevalece en la doctrina jurídica?: la persona es un sujeto de derechos y obligaciones y aquí no se plantea el problema sino en dos caracteres o notas del concepto de persona: a) ser persona está en relación al estatus o rol social; b) es persona quien como tal es tenido por la ley.

a) Esta primera postura afirma que los derechos y deberes se tienen en virtud del papel que el hombre desarrolla en la vida social, aparece la condición social como origen de los derechos y deberes, esto puede ser causa de discriminación.

Un principio fundamental de los derechos humanos es que estos derechos no deben su origen a la condición o rol de la persona, sino que son inherentes al hecho de ser hombre, los posee todo hombre con independencia de cualquier condición.

b) En cuanto a la segunda postura “es persona quien dice la ley positiva”, si el hombre es sujeto de derechos con precedencia a la ley positiva, es persona con independencia de esa ley. El reconocimiento del hombre como portador y titular de bienes jurídicos inherentes a él, que lo constituyen como sujeto ante el derecho y no como mero objeto. Ser sujeto ante el derecho ya constituye al hombre como sujeto ante la ley, si no sucede así se estará faltando al artículo 6 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos  (1966).

5. El ser humano como sujeto de derechos innatos.

Si algo parece claro con respecto a los derechos humanos es su nota esencial es que no provienen de poderes sociales ni de consenso general, sino del propio ser humano.

Por todo lo anterior concluimos que la teoría de los derechos humanos debe asentarse en los siguientes postulados:

a) Los derechos humanos son verdaderos derechos;

b) estos derechos son preexistentes y por lo tanto independientes de la ley positiva y del consenso social;

c) estos derechos se fundan en el hecho de que el hombre es persona, como ser dotado de dignidad, dueño de si y en consecuencia portador de unos bienes que son derechos suyos.

Los derechos humanos son una realidad no una ideología, por tanto corresponde a la filosofía dar una noción de derecho que se acomode a dicha realidad y no a la inversa.

Los derechos del hombre, ¿suplantan al derecho natural, o bien profundizan y purifican su significado y su imprescindibilidad? Existe una controversia constante en la historia  de esta discusión. Ambos conceptos tienen puntos en común pero también encontramos diferencias de fondo importantes. Se comenta esta cuestión desde tres diferentes puntos de vista: positividad, fundamento y justificación del derecho.

La conexión entre derecho natural y derechos de hombre se fundamenta a primera vista en el hecho de poseer una base común: la pretensión de universalidad, la exigencia de inalienabilidad e inviolabilidad. Pero podemos observar algunas diferencias: los derechos humanos no son siempre absolutos, ni son mutuamente excluyentes como en el caso del derecho natural, lo que nos inclina a pensar que son mas las diferencias que las similitudes.

1. En cuanto a la positividad.

Con este término hacemos referencia a la plasmación legal de todo derecho, el modo en que se produce la inserción en un determinado ordenamiento jurídico.

Tanto para el derecho natural como para los derechos humanos el fundamento puramente legal es insuficiente. El Estado no promulga estos derechos sino solo los reconoce; tiene el deber de reconocerlos.

Toda declaración de derechos es una individuación de los derechos humanos, una determinación y una positivación de su contenido, y depende del mismo contexto histórico del cual la declaración es expresión y esto le da un coeficiente de contingencia, de dependencia a las circunstancias históricas. Las Declaraciones los derechos del hombre asumen una forma positiva, esto es característico a los derechos del hombre y no del derecho natural. Los derechos humanos son esencialmente positivos. En todo caso el derecho natural es concretizado a través de los derechos humanos, el derecho natural es el fundamento de todos y cada uno de los derechos, es decir éstos tiene su fundamento último en el derecho natural. Los derechos humanos dependen también de la conciencia histórica de la humanidad, por lo tanto los derechos humanos son necesariamente positivizados, bien jurídicamente o bien culturalmente.

Existen diferencias sustanciales entre derecho natural y derechos humanos pero no son necesariamente incompatibles, sino que se interrelacionan mutuamente porque si se encuentran en el mismo plano se confundirían o entrarían en conflicto.

Podemos considerar los derechos humanos como la concretización histórica de un derecho natural metanormativo, esto es, la aplicación de los principios universales a las situaciones históricas concretas. Son referencia y guía porque impregnan la historia sin dejarse impregnar de historicidad.

2. En cuanto al fundamento

Para hablar de la relación entre derecho natural y derechos humanos debemos ver el fundamento sobre el cual se apoya el derecho. La misma expresión derecho natural sugiere la idea de que es la naturaleza el origen y el fundamento de ese derecho, y los derechos humanos se fundamentan en la dignidad del hombre. El ser humano es considerado por el derecho natural como perteneciente al orden universal de los seres, orden que se expresa con el concepto de naturaleza. El concepto de derechos humanos es perfectamente asimilable a esta instancia de derecho natural. Los derechos humanos son derechos de la naturaleza humana que se distingue de las otras por su peculiaridad de ser racional y libre.

3. En cuanto a la justificación

El derecho natural se constituye en la justificación última de los derechos humanos, constituye un criterio de base con el que medir la conformidad o la compatibilidad de los derechos humanos y dicho criterio es de gran utilidad a la hora de interpretar y aplicar los mismos, porque muchas veces la positivación de los derechos humanos no es del todo justa.

La aportación más significativa que el derecho natural da a los derechos humanos, opera sobre todo, sobre el plano de la universalidad, los derechos humanos reclaman universalidad y el hecho de tener un principio y un fundamento en los principios del derecho natural permite que no puedan quedar reducidos a meras ideologías esclavas de la cultura y de la historia, así se combate el relativismo.

1.5. Caracteres y sujetos de los derechos humanos.

1.5.1 Caracteres de los derechos humanos.

Los derechos humanos por su propia naturaleza gozan de una especial relevancia que destacan de los demás. Esta relevancia se manifiesta en la existencia de una serie de características que son exclusivas de ellos. Las características propias de los derechos humanos son:

a) Imprescribilidad: no pueden adquirirse ni perderse por el simple transcurso del tiempo.

b) Inalienabilidad: nunca pueden ser transferidos a otro titular.

c) Irrenunciabilidad: el sujeto no puede renunciar a la titularidad de los derechos naturales, pero esto no implica que deba por fuerza ejercitar su derecho, puede decidir no hacerlo.

d) Universalidad: son poseídos por todos lo hombres, lo que quiere decir que entre todos los hombres se da una cierta igualdad jurídica básica en lo que respecta a estos derechos.

 

Es preciso admitir que la igualdad entre varón y mujer pone en juego valores e ideas fundamentales para la sociedad. Y entre ellos pone en juego la justicia. Una sociedad justa será aquella que de por igual a varón y mujer lo que a cada uno de ellos corresponde.

Los derechos humanos están fundados en los atributos de la persona humana.

Existen dos palabras claves en este tema, que son: igualdad y discriminación, esta última no significa en sentido estricto mas que distinguir, diferenciar una cosa de otra no encierra ningún juicio de valor sin embargo podemos hablar de discriminación justa e injusta, la justa será aquella que obedezca a razones de justicia, es justa cuando tiene por objeto una diferencia real que afecta al fundamento y a la razón del derecho o del deber, respecto del cual se establece dicha distinción de trato, pero sin embargo la palabra discriminar ha sido usada en sentido equivalente a discriminación injusta y en consecuencia se establece el principio de “no discriminación” el sentido peyorativo puede llevar a entender que toda distinción es de suyo injusta lo cual es a todas luces erróneo

Por otro lado, la igualdad es nombre de una relación, no de una naturaleza o de una cualidad. Se es igual en relación a una cosa. La igualdad es una relación de comparación.

Existen dos tipos de relación de igualdad, una de ellas es la conformación completa de una cosa con la otra. La otra igualdad es la proporción, en este caso el punto de comparación es estar cada una en conveniente relación respecto de la otra.

En la justicia y el derecho encontramos los dos tipos de igualdad unas veces se reconocen o se otorgan derechos iguales (los mismos derechos), iguales en naturaleza, cantidad, cualidad, valor, etc. Otras veces el trato que se da a las personas puede ser distinto y sin embargo será justo si es igual, con igualdad de proporción. Esto sucede cuando la realidad social no es la misma y obedece a diferencias reales que exigen distinto trato. No hay nada más injusta que el trato igual entre diferentes.

Así podemos decir que la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer, se descompone en dos cuestiones que deben separarse: La igualdad en derecho y la igualdad de derechos. La persona humana (varón y mujer) por el solo hecho de serlo, es sujeto de derecho, es persona en sentido jurídico, ser sujeto de derecho es rasgo inherente de la personalidad humana. La personalidad jurídica no admite grados, pues no hay grados de personalidad ontológica, entonces podemos afirmar que la igualdad jurídica existe entre varón y mujer. Todo juicio jurídico vale exactamente igual entre el varón y la mujer, todo derecho tiene la misma exigibilidad en el varón y en la mujer.

En cuanto a la igualdad de derechos: en todo aquello no diferenciado por el sexo, varón y mujer tienen una potencial igualdad de derechos.  De todos aquellos derechos y deberes cuyo titulo y fundamento es la naturaleza humana, son titulares con absoluta igualdad varón y mujer.       

1.5.2 Sujetos de los derechos humanos

Con relación a la titularidad de los derechos humanos debemos distinguir entre titularidad activa y titularidad pasiva

a) La titularidad activa, quienes son los sujetos activos o personas a quienes les corresponde el ejercicio de los derechos humanos. La titularidad activa de los derechos humanos se centra principalmente en la persona individual, pero la naturaleza social del hombre nos ha llevado al reconocimiento de derechos humanos de titularidad colectiva.

b) La titularidad pasiva, es decir los sujetos pasivos o personas que están obligados a respetar los derechos ajenos, bien a cooperar para hacer posible el ejercicio de ellos (ejemplo: el Estado) 

1.6 Los límites de los derechos humanos y la suspensión de su ejercicio.

1.6.1 Los límites de los derechos humanos

1. Límites intrínsecos: la persona humana, que es el titular de estos derechos es un ser limitado, en su tiempo, en sus capacidades, puesto que se adecuan a su naturaleza limitada. Existe por tanto un límite genérico de cada uno de los derechos humanos, puesto que los mismos recaen sobre una esencia limitada.

En el ejercicio de sus derechos y el disfrute de sus libertades debe estar establecida por la ley, la determinación legal de los límites es una exigencia del principio de seguridad política.

2. Limites extrínsecos:

a) Los derechos ajenos: es el límite más evidente y más lógico de los derechos puesto que corresponde al carácter social de todo hombre, por ejemplo la libertad de un hombre termina donde comienza la libertad ajena.

b) El orden moral: existe una íntima conexión entre el orden moral natural social y los derechos humanos. Precisamente la fuente de los derechos humanos es el orden moral natural social, este mismo orden prevé el ámbito propio de cada uno de los derechos y el alcance del ejercicio de cada uno de ellos. En la práctica se identifica legalidad y moral, lo que no está prohibido, esta permitido.

c) El orden público: el orden público puede definirse como el “conjunto de condiciones de la vida de convivencia que hacen posible que los individuos y los grupos puedan alcanzar y desarrollar sus fines particulares en un ambiente de seguridad y de paz. El articulo 20 de la Declaración Universal limita el ejercicio de estos derechos a que se produzca de forma pacifica.

d) El bien común: Se entiende como bien común como “el conjunto de condiciones sociales que permiten a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección”. La consecución del bien común se ha propuesto desde antiguo como el fin que legitima la autoridad política. Un bien común puede y debe limitar el ejercicio de los derechos humanos.

1.6.2 La suspensión del ejercicio de los derechos humanos.

La suspensión del ejercicio de los derechos humanos afecta solo la suspensión del ejercicio y no la titularidad de los mismos

La suspensión del ejercicio de los derechos humanos esta prevista por la ley, para momentos de crisis difíciles de solucionar. La suspensión debe tener como prioridad restaurar lo antes posible el orden democrático

Las condiciones de la suspensión:

1. No puede afectar a todos los derechos fundamentales. Hay derechos fundamentales cuyo ejercicio no puede ser suspendido ejemplo: derecho a la vida y la integridad física.

2. Ha de ser temporal: la suspensión no puede ser por tiempo indefinido, sino por el lapso mínimo necesario para establecer el orden.

3. Debe haber un control de las acciones que la autoridad realice durante la suspensión, deberá llevarlo a cabo, bien órganos judiciales, bien el parlamento.

 

CLASIFICACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS

I. En función de la positivación histórica.

Esta clasificación de los derechos se hace de acuerdo con el orden cronológico en el que se han ido incorporando estos derechos a los ordenamientos jurídicos de los distintos países.

A) Primera Generación. Se incluyen derechos civiles y políticos.

Primeros derechos que se comienzan a reclamar: Libertad de conciencia y libertad religiosa.

Finales del siglo XVIII, en la Declaración de derechos del buen pueblo de Virginia y la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano francesa se reconocen y garantizan:

a) Derechos civiles: derecho a la vida, a la libertad física, la libertad de conciencia y de expresión y el derecho de propiedad.

b) Derechos políticos: derecho al sufragio y derecho a la tutela judicial.

B) Segunda Generación. Se incluyen los derechos económicos y sociales.

Los derechos humanos pertenecientes al ámbito laboral son los que conforman los derechos de la segunda generación. Entre ellos se pueden incluir: el derecho al trabajo, con sus diferentes modalidades; el derecho a la sindicación, y el derecho a la seguridad social.

Surgen por la necesidad de ampliar los derechos humanos y la urgencia de positivizar los derechos sociales y de protección laboral, ante la insuficiencia de la democracia política para resolver los derechos sociales. El reconocimiento de estos derechos daría lugar a la democracia social.

Documentos relevantes:

• Manifiesto Comunista de 1848.

• Rerum Novarum de León XIII de 1881.

C) Tercera generación. Derechos culturales.

A comienzos del siglo XX se comienza a plantear la necesidad de reclamar los derechos culturales. El derecho a la educación y el derecho al acceso a la cultura son derechos que se abren paso en las Constituciones de los primeros decenios del siglo XX y son reconocidos en el ámbito internacional a mediados de siglo.

D) Cuarta generación.

Todos aquellos derechos humanos que van surgiendo como resultado del desarrollo de la técnica y las consecuencias perniciosas de este desarrollo.

Justificación: El uso incontrolado de la técnica ha provocado graves perjuicios para la vida humana y la dignidad de la persona.

Derecho Humano.

Derecho a la defensa del medio ambiente.

Derecho de propiedad intelectual.

Derecho a la intimidad.

Derecho de la identidad del genoma humano.

Derecho de autodeterminación de los pueblos.

 

 

Problemática.

 

Deterioro del medio ambiente.  

Avances en el campo de las comunicaciones.    

Ingeniería Genética         .

Invasiones, conquistas, en otro tiempo, colonias.

II.            En función de los valores o intereses protegidos.

 

Derechos humanos que protegen en mayor medida el valor libertad

 

Derechos humanos que protegen en mayor medida el valor seguridad.

 

 

Derechos civiles y políticos, los derechos de relación social.

 

Derechos sociales, laborales, culturales y de cuarta generación, como el derecho al medio ambiente.

 

 

El ciudadano tiene un mayor nivel de exigencia del ejercicio de su derecho frente al Estado y otros ciudadanos. 

 

Exigen la intervención del Estado.

 

 

Protegen prioritariamente la libertad, pero indirectamente la seguridad.

 

Protegen prioritariamente la seguridad, pero indirectamente la libertad.

 

 

 

 

Tipos de derechos

Exigencia.   

Prioridad.   

III. Clasificación adoptada por la Declaración Universal de la ONU de 1948.

1. Derechos civiles.

2. Derechos políticos.

3. Derechos Económicos, sociales y culturales.

 

Descripción de René Cassin, Vicepresidente de la comisión redactora de la Declaración.

Contenido: En forma de estructura de templo griego.

• Base: Principios de libertad, igualdad, sociabilidad.

• Cuatro columnas:

1) Derechos y libertades de orden personal.

2) Derechos del hombre en sus relaciones sociales.

3) Libertades públicas y derechos políticos.

4) Derechos económicos, sociales y culturales.

• Encima de las cuatro columnas: Deberes del ciudadano frente a la comunidad y los límites de los derechos.

 

LOS DERECHOS CIVILES.

A. Derecho a la vida y a la integridad física.

Es el derecho fundamental esencial y troncal en cuanto es el supuesto ontológico sin el que los restantes derechos humanos no tendrían existencia posible.

Concepto de dignidad de la persona humana.

La persona constituye un ser intangible en su dignidad, irrepetible y por tanto insustituible. Por su parte, la dignidad humana constituye una referencia ineludible de todo Derecho justo; es el origen de los derechos humanos.

Principios básicos de la dignidad:

• Principio de respeto mutuo.

• Principio de participación.

El hecho de la existencia del ser humano, supone una realidad que exige no sólo el derecho a la supervivencia, sino además el que su vida sea lo más digna tanto en el ámbito material como en el espiritual, excluyendo ante todo el exterminio de la vida.

La vida humana como hecho biológico.

El hombre existe desde el momento de la concepción porque la vida es un hecho biológico y el derecho a la vida tiene su base en este hecho biológico.

El derecho a la vida, aunque formulado en estos términos, consiste esencialmente en el derecho a mantener la vida. Ante las posibilidades que ofrece la técnica, ante el dominio que es posible sobre la naturaleza, no podemos olvidar que el hombre no se puede llamar a sí mismo a la existencia. Son terceras personas las que deciden por diversidad de causas, sobre la vida de sus semejantes. Ante este hecho es importante recordar que el hombre, como ser de fines, no pertenece a nadie.

El Estado y el derecho a la vida.

La razón de ser del Estado político es la protección que en el Estado recibe el individuo. El derecho a la vida debe estar protegido por la ley.

La protección legal equivale a exigir la intervención de los poderes públicos no sólo para la protección de la vida en sí misma, sino también para la remoción y la superación de los obstáculos que a ello pudieran oponerse. El Estado no puede desproteger la vida humana, o considerar que es una cuestión privada la destrucción de vidas humanas, permitiendo que unos dispongan de la vida de otros.

Principales agresiones a la vida humana.

a) Homicidio. Es la acción de una persona que directamente o como resultado produce la muerte de otro ser humano. Existen dos tipos: directo e indirecto.

• Directo: Es aquel en el que los medios empleados son propios para matar, y además es la intención del agente para poner fin a una vida. Constituye un mal intrínseco.

• Indirecto: Es aquel que llega al mismo resultado, pero en el que falta principalmente la intención de matar.

b) Aborto provocado. Es la destrucción querida y directa de la vida del feto en el seno de su madre. Es un supuesto obvio en el que se cosifica a la vida humana y se instrumentaliza la misma.

c) Suicidio. Es la autodestrucción voluntaria de la propia vida. La decisión y la ejecución del suicidio suele ser consecuencia de una situación difícil en la que la persona pierde el control de su vida. Esta circunstancia suele exculpar, en el ámbito moral, por la atenuante o más bien por la eximente de que el acto se realiza en estado de enajenación mental. El Derecho protege la vida aún en contra de la voluntad del interesado.

d) Eutanasia. Es la acción de una persona que tiene como fin acabar con la vida de un enfermo incurable más o menos próximo a la muerte, con su consentimiento. Desde la perspectiva moral, tiene una gran similitud con el suicidio, pues ante la imposibilidad de producirse a uno mismo la muerte, se pide a un tercero que la provoque. La eutanasia puede llegar a enmascarar verdaderos asesinatos con tintes económicos.

e) Pena de muerte. Se trata de la muerte del ciudadano declarado culpable por una sentencia firme, practicada por la persona en la que se delegue la ejecución de la sentencia. Históricamente, ha sido la legítima defensa de la sociedad frente al agresor de la misma por delitos graves o para circunstancias de extrema necesidad o peligro. En la actualidad, el hecho de que haya medios seguros para aislar al agresor deja sin justificación de la pena de muerte, aunado al hecho de que la política criminal tiende hacia la reinserción (readaptación) del delincuente.

B. Derecho a la libertad física.

Este derecho se proyecta sobre un factor tan humano y material como lo es la libertad de movimientos. Surge ante la necesidad del hombre de contar con una esfera de libertad en la que se desenvuelva, lejos de toda coacción física y moral. En las legislaciones de los distintos países, el objetivo de esta institución es de librar al ciudadano de la arbitrariedad o prepotencia en la acción de la policía y del poder político en general. La libertad física constituye una de las exigencias más elementales como lo es la libertad de movimientos.

C. Derecho a la intimidad.

En toda persona humana existe un ámbito individual personalísimo, el cual debe quedar libre de cualquier intromisión tanto de los poderes públicos, como de otros ciudadanos. La intimidad contempla el ámbito material (domicilio) como el espiritual (vida privada, del honor, o de la fama).

El derecho a la intimidad tiene una doble vertiente de proteger al individuo como sujeto único y a la familia como sujeto colectivo.

D. Derecho a la libertad de conciencia.

La libertad de conciencia se plantea como una exigencia de la naturaleza libre y responsable propia de la persona humana; incluye la libertad de pensamiento y la de religión; se trata de la manifestación más importante de la libertad del hombre en cuanto afecta a la facultad que más le dignifica.

Este derecho se propone proteger el ámbito más reservado de autonomía de la persona, permitiéndole que pueda actuar según el dictamen de su conciencia, tanto en las acciones privadas como en la vida social. El Estado no puede arrogarse el derecho de imponer, impedir, o dificultar la profesión o la práctica pública de una religión.

El derecho a la libertad de conciencia exige que nadie debe ser perseguido, sancionado o discriminado a causa de sus convicciones.

E. Derecho a la libertad de expresión.

Es una consecuencia del derecho a la libertad de pensamiento. La naturaleza del hombre, como ser comunicativo, exige poder exponer y manifestar aquello que se piensa.

La libertad de expresión ha de ser compatible con otros valores o principios básicos e irrenunciables en toda comunidad como son: el orden que equivale a la no violencia, la igualdad o no discriminación, la salud y la moral públicas, además del respeto a los derechos ajenos, sobre todo el respecto a la reputación de los demás.

F. Derecho a la información.

Comprende la libertad de recibir y difundir informaciones, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión. Este derecho, según orientación actual, consiste en que los ciudadanos, esto es, el público en general, reciba una información veraz.

El derecho a la información se consolida como una manifestación concreta del derecho más amplio que tiene toda persona a conocer la verdad.

 

DERECHOS POLÍTICOS

A. Derecho a la nacionalidad.

Toda persona tiene derecho a integrarse en un grupo social organizado en el que desenvuelva su personalidad y en el que pueda participar. La existencia de este derecho se concreta en la necesidad de que toda persona disfrute de capacidad jurídica. La nacionalidad o, lo que es lo mismo, la identidad jurídica debe acompañar a la persona en cualquier lugar en que se encuentre.

El derecho de asilo constituye una consecuencia del derecho a la nacionalidad. Aunque el derecho de asilo no conlleva la adquisición de la nacionalidad del país que lo presta, al menos cumple sus funciones, pues de forma inmediata, una vez concedido el mismo, se acoge y protege al ciudadano injustamente perseguido.

El derecho a la nacionalidad es uno de los derechos humanos que destaca por la importancia de su positivación; en efecto, aunque la determinación de la nacionalidad se deriva de fenómenos naturales, como el nacimiento, la concesión real de la nacionalidad depende del ordenamiento jurídico.

B. Derecho a la participación política.

Es uno de los derechos de primera generación. El derecho a la participación política es una exigencia de la dignidad de la persona humana. Cuando falta este derecho, y por tanto se organiza y dirige una comunidad humana sin la participación y el consentimiento de sus miembros, es evidente que se está instrumentalizando a los ciudadanos como si de objetos se tratara.

Si la voluntad del pueblo es la base del poder político, resulta crucial que esa voluntad pueda expresarse libre de todo condicionamiento económico, jurídico, policial, etc.

C. Derecho a la tutela judicial.

Este derecho significa la existencia de una efectiva protección judicial, la cual se cumple con la existencia de ciertas garantías, como lo son:

• Recurso efectivo contra actos que violen derechos fundamentales reconocidos en la Constitución o la ley. (Por ejemplo, en México, el Juicio de Amparo)

• Prohibición a la detención o prisión arbitraria.

• Garantía de audiencia ante un Tribunal independiente e imparcial.

• Presunción de inocencia mientras no se comprueba la culpabilidad.

• Nadie será condenado por actos que en el momento de haber sido cometidos no fueron delictivos.

• No se impondrá pena más grave de la aplicable en el momento de la comisión del delito.

PRINCIPALES DERECHOS DE RELACIÓN SOCIAL

A. Derecho de reunión y asociación.

• Protegen una manifestación específica de la libertad humana en el ámbito de las relaciones sociales.

• Su ejercicio fomenta la participación ciudadana en las diversas tareas propias de toda comunidad.

El Estado de Derecho no debe cohibir la espontaneidad de sus ciudadanos, ni mediatizar la iniciativa privada en la resolución de los problemas sociales, ni la cooperación en la oferta de servicios por parte de los miembros de la comunidad.

La ley debe velar para hacer compatible este derecho con la paz, el orden y la seguridad pública.

 

Diferencias:

Características

 

Ejemplo

 

 

Temporal y esporádico.

 

Reunión simple, ocasional.

 

 

Más permanente.

 

Sindicatos, Sociedades Civiles, Sociedades Anónimas.

 

 

 

 

Derecho de reunión

Derecho de asociación

B. Derecho de protección a la familia.

El ámbito de protección que el Estado ha de procurar a la familia debe de ir orientado por la función que la familia tiene respecto de la infancia, en cuanto que los padres asumen la potestad y la responsabilidad de los hijos.

Es deber prioritario de las autoridades el facilitar la correcta educación y el desarrollo sano de la infancia y de la juventud, así como de la maternidad, lo que se logra, en parte, con leyes que protejan la situación de la mujer embarazada con relación laboral, así como la situación laboral de niños y adolescentes.

Es muy importante tomar en consideración que el matrimonio (relación varón y mujer) es la institución que favorece y facilita el nacimiento y crecimiento de los hijos. La forma de reproducción humana es la causa de la existencia de unos derechos de la familia.

Los derechos de la familia.

Considerando que:

A. los derechos de la persona, aunque expresados como derechos del individuo, tienen una dimensión fundamentalmente social que halla su expresión innata y vital en la familia;

B. la familia está fundada sobre el matrimonio, esa unión íntima de vida, complemento entre un hombre y una mujer, que está constituida por el vínculo indisoluble del matrimonio, libremente contraído, públicamente afirmado, y que está abierta a la transmisión de la vida;

C. el matrimonio es la institución natural a la que está exclusivamente confiada la misión de transmitir la vida;

D. la familia, sociedad natural, existe antes que el Estado o cualquier otra comunidad, y posee unos derechos propios que son inalienables;

E. la familia constituye, más que una unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad;

F. la familia es el lugar donde se encuentran diferentes generaciones y donde se ayudan mutuamente a crecer en sabiduría humana y a armonizar los derechos individuales con las demás exigencias de la vida social;

G. la familia y la sociedad, vinculadas mutuamente por lazos vitales y orgánicos, tienen una función complementaria en la defensa y promoción del bien de la humanidad y de cada persona;

H. la experiencia de diferentes culturas a través de la historia ha mostrado la necesidad que tiene la sociedad de reconocer y defender la institución de la familia;

I. la sociedad, y de modo particular el Estado y las Organizaciones Internacionales, deben proteger la familia con medidas de carácter político, económico, social y jurídico, que contribuyan a consolidar la unidad y la estabilidad de la familia para que pueda cumplir su función específica;

J. los derechos, las necesidades fundamentales, el bienestar y los valores de la familia, por más que se han ido salvaguardando progresivamente en muchos casos, con frecuencia son ignorados y no raras veces minados por leyes, instituciones y programas socio-económicos;

K. muchas familias se ven obligadas a vivir en situaciones de pobreza que les impiden cumplir su propia misión con dignidad;

Artículo 1

Todas las personas tienen el derecho de elegir libremente su estado de vida y por lo tanto derecho a contraer matrimonio y establecer una familia o a permanecer célibes.

a) Cada hombre y cada mujer, habiendo alcanzado la edad matrimonial y teniendo la capacidad necesaria, tiene el derecho de contraer matrimonio y establecer una familia sin discriminaciones de ningún tipo; las restricciones legales a ejercer este derecho, sean de naturaleza permanente o temporal, pueden ser introducidas únicamente cuando son requeridas por graves y objetivas exigencias de la institución del matrimonio mismo y de su carácter social y público; deben respetar, en todo caso, la dignidad y los derechos fundamentales de la persona.

b) Todos aquellos que quieren casarse y establecer una familia tienen el derecho de esperar de la sociedad las condiciones morales, educativas, sociales y económicas que les permitan ejercer su derecho a contraer matrimonio con toda madurez y responsabilidad.

c) El valor institucional del matrimonio debe ser reconocido por las autoridades públicas; la situación de las parejas no casadas no debe ponerse al mismo nivel que el matrimonio debidamente contraído.

Artículo 2

El matrimonio no puede ser contraído sin el libre y pleno consentimiento de los esposos debidamente expresado.

a) Con el debido respeto por el papel tradicional que ejercen las familias en algunas culturas guiando la decisión de sus hijos, debe ser evitada toda presión que tienda a impedir la elección de una persona concreta como cónyuge.

b) Los futuros esposos tienen el derecho de que se respete su libertad religiosa. Por lo tanto, el imponer como condición previa para el matrimonio una abjuración de la fe, o una profesión de fe que sea contraria a su conciencia, constituye una violación de este derecho.

c) Los esposos, dentro de la natural complementariedad que existe entre hombre y mujer, gozan de la misma dignidad y de iguales derechos respecto al matrimonio.

Artículo 3

Los esposos tienen el derecho inalienable de fundar una familia y decidir sobre el intervalo entre los nacimientos y el número de hijos a procrear, teniendo en plena consideración los deberes para consigo mismos, para con los hijos ya nacidos, la familia y la sociedad, dentro de una justa jerarquía de valores y de acuerdo con el orden moral objetivo que excluye el recurso a la contracepción, la esterilización y el aborto.

a) Las actividades de las autoridades públicas o de organizaciones privadas, que tratan de limitar de algún modo la libertad de los esposos en las decisiones acerca de sus hijos constituyen una ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia.

b) En las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos no debe ser condicionada a la aceptación de programas de contracepción, esterilización o aborto.

c) La familia tiene derecho a la asistencia de la sociedad en lo referente a sus deberes en la procreación y educación de los hijos. Las parejas casadas con familia numerosa tienen derecho a una ayuda adecuada y no deben ser discriminadas.

Artículo 4

La vida humana debe ser respetada y protegida absolutamente desde el momento de la concepción.

a) El aborto es una directa violación del derecho fundamental a la vida del ser humano.

b) El respeto por la dignidad del ser humano excluye toda manipulación experimental o explotación del embrión humano.

c) Todas las intervenciones sobre el patrimonio genético de la persona humana que no están orientadas a corregir las anomalías, constituyen una violación del derecho a la integridad física y están en contraste con el bien de la familia.

d) Los niños, tanto antes como después del nacimiento, tienen derecho a una especial protección y asistencia, al igual que sus madres durante la gestación y durante un período razonable después del alumbramiento.

e) Todos los niños, nacidos dentro o fuera del matrimonio, gozan del mismo derecho a la protección social para su desarrollo personal integral.

f) Los huérfanos y los niños privados de la asistencia de sus padres o tutores deben gozar de una protección especial por parte de la sociedad. En lo referente a la tutela o adopción, el Estado debe procurar una legislación que facilite a las familias idóneas acoger a niños que tengan necesidad de cuidado temporal o permanente y que al mismo tiempo respete los derechos naturales de los padres.

g) Los niños minusválidos tienen derecho a encontrar en casa y en la escuela un ambiente conveniente para su desarrollo humano.

Artículo 5

Por el hecho de haber dado la vida a sus hijos, los padres tienen el derecho originario, primario e inalienable de educarlos; por esta razón ellos deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos.

a) Los padres tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y religiosas, teniendo presentes las tradiciones culturales de la familia que favorecen el bien y la dignidad del hijo; ellos deben recibir también de la sociedad la ayuda y asistencia necesarias para realizar de modo adecuado su función educadora.

b) Los padres tienen el derecho de elegir libremente las escuelas u otros medios necesarios para educar a sus hijos según sus conciencias. Las autoridades públicas deben asegurar que las subvenciones estatales se repartan de tal manera que los padres sean verdaderamente libres para ejercer su derecho, sin tener que soportar cargas injustas. Los padres no deben soportar, directa o indirectamente, aquellas cargas suplementarias que impiden o limitan injustamente el ejercicio de esta libertad.

c) Los padres tienen el derecho de obtener que sus hijos no sean obligados a seguir cursos que no están de acuerdo con sus convicciones morales y religiosas. En particular, la educación sexual —que es un derecho básico de los padres— debe ser impartida bajo su atenta guía, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos.

d) Los derechos de los padres son violados cuando el Estado impone un sistema obligatorio de educación del que se excluye toda formación religiosa.

e) El derecho primario de los padres a educar a sus hijos debe ser tenido en cuenta en todas las formas de colaboración entre padres, maestros y autoridades escolares, y particularmente en las formas de participación encaminadas a dar a los ciudadanos una voz en el funcionamiento de las escuelas, y en la formulación y aplicación de la política educativa.

f) La familia tiene el derecho de esperar que los medios de comunicación social sean instrumentos positivos para la construcción de la sociedad y que fortalezcan los valores fundamentales de la familia. Al mismo tiempo ésta tiene derecho a ser protegida adecuadamente, en particular respecto a sus miembros más jóvenes, contra los efectos negativos y los abusos de los medios de comunicación.

Artículo 6

La familia tiene el derecho de existir y progresar como familia.

a) Las autoridades públicas deben respetar y promover la dignidad, justa independencia, intimidad, integridad y estabilidad de cada familia.

b) El divorcio atenta contra la institución misma del matrimonio y de la familia.

c) El sistema de familia amplia, donde exista, debe ser tenido en estima y ayudado en orden a cumplir su papel tradicional de solidaridad y asistencia mutua, respetando a la vez los derechos del núcleo familiar y la dignidad personal de cada miembro.

Artículo 7

Cada familia tiene el derecho de vivir libremente su propia vida religiosa en el hogar, bajo la dirección de los padres, así como el derecho de profesar públicamente su fe y propagarla, participar en los actos de culto en público y en los programas de instrucción religiosa libremente elegidos, sin sufrir alguna discriminación.

Artículo 8

La familia tiene el derecho de ejercer su función social y política en la construcción de la sociedad.

a) Las familias tienen el derecho de formar asociaciones con otras familias e instituciones, con el fin de cumplir la tarea familiar de manera apropiada y eficaz, así como defender los derechos, fomentar el bien y representar los intereses de la familia.

b) En el orden económico, social, jurídico y cultural, las familias y las asociaciones familiares deben ver reconocido su propio papel en la planificación y el desarrollo de programas que afectan a la vida familiar.

Artículo 9

Las familias tienen el derecho de poder contar con una adecuada política familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y fiscal, sin discriminación alguna.

a) Las familias tienen el derecho a unas condiciones económicas que les aseguren un nivel de vida apropiado a su dignidad y a su pleno desarrollo. No se les puede impedir que adquieran y mantengan posesiones privadas que favorezcan una vida familiar estable; y las leyes referentes a herencias o transmisión de propiedad deben respetar las necesidades y derechos de los miembros de la familia.

b) Las familias tienen derecho a medidas de seguridad social que tengan presentes sus necesidades, especialmente en caso de muerte prematura de uno o ambos padres, de abandono de uno de los cónyuges, de accidente, enfermedad o invalidez, en caso de desempleo, o en cualquier caso en que la familia tenga que soportar cargas extraordinarias en favor de sus miembros por razones de ancianidad, impedimentos físicos o psíquicos, o por la educación de los hijos.

c) Las personas ancianas tienen el derecho de encontrar dentro de su familia o, cuando esto no sea posible, en instituciones adecuadas, un ambiente que les facilite vivir sus últimos años de vida serenamente, ejerciendo una actividad compatible con su edad y que les permita participar en la vida social.

d) Los derechos y necesidades de la familia, en especial el valor de la unidad familiar, deben tenerse en consideración en la legislación y política penales, de modo que el detenido permanezca en contacto con su familia y que ésta sea adecuadamente sostenida durante el período de la detención.

Artículo 10

Las familias tienen derecho a un orden social y económico en el que la organización del trabajo permita a sus miembros vivir juntos, y que no sea obstáculo para la unidad, bienestar, salud y estabilidad de la familia, ofreciendo también la posibilidad de un sano esparcimiento.

a) La remuneración por el trabajo debe ser suficiente para fundar y mantener dignamente a la familia, sea mediante un salario adecuado, llamado « salario familiar », sea mediante otras medidas sociales como los subsidios familiares o la remuneración por el trabajo en casa de uno de los padres; y debe ser tal que las madres no se vean obligadas a trabajar fuera de casa en detrimento de la vida familiar y especialmente de la educación de los hijos.

b) El trabajo de la madre en casa debe ser reconocido y respetado por su valor para la familia y la sociedad.

Artículo 11

La familia tiene derecho a una vivienda decente, apta para la vida familiar, y proporcionada al número de sus miembros, en un ambiente físicamente sano que ofrezca los servicios básicos para la vida de la familia y de la comunidad.

Artículo 12

Las familias de emigrantes tienen derecho a la misma protección que se da a las otras familias.

a) Las familias de los inmigrantes tienen el derecho de ser respetadas en su propia cultura y recibir el apoyo y la asistencia en orden a su integración dentro de la comunidad, a cuyo bien contribuyen.

b) Los trabajadores emigrantes tienen el derecho de ver reunida su familia lo antes posible.

c) Los refugiados tienen derecho a la asistencia de las autoridades públicas y de las organizaciones internacionales que les facilite la reunión de sus familias.

C. Derecho al medio ambiente.

Es un derecho de cuarta generación. La defensa del medio ambiente surge del efecto nocivo del desarrollo de la técnica y de la industria en los últimos decenios.

El derecho a un medio ambiente adecuado se desarrolla principalmente en los años setenta y ochenta, y se traduce, prácticamente, en el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo.

 

 

PRINCIPALES DERECHOS DE CONTENIDO ECONÓMICO

A. Derecho de propiedad y a la libertad de empresa.

Toda persona tiene derecho a la propiedad individual y colectiva, de la cual no podrá ser privada arbitrariamente, sin embargo, en virtud de la concepción social del derecho de propiedad, el Estado tiene la facultad de limitar el derecho como consecuencia de su intervención en la organización económica.

El derecho a la libertad de empresa es una consecuencia del derecho a la propiedad privada y del derecho de asociación que incide en el fomento de la iniciativa privada. Es característico en el sistema de economía de mercado y, por el  contrario, ha sido denegado en los sistemas de economía planificada, como son los Estados Comunistas.

La acción del estado se justifica en aras del bien social, pero a su vez, tiene el límite de los derechos individuales y colectivos, como, por ejemplo, el derecho a la libertad de empresa.

B. Derecho a un nivel de vida digno y a la seguridad social.

Este derecho hace referencia a las necesidades básicas y perentorias (urgentes), y de suyo imprescindibles, para una supervivencia adecuada a la vida humana. Es un derecho de segunda generación.

Entre las necesidades básicas a las que se tiene derecho, podemos citar.-

·      La salud.

·      La vivienda.

·      El bienestar.

·      La asistencia médica.

·      La alimentación.

·      Los servicios sociales necesarios.

·      El vestido.

Entre las medidas que deberán adoptar los Estados para asegurar la plena efectividad de este derecho, figuran:

·      Reducción de la mortandad.

·      Sano desarrollo de los  niños.

·      Mejoramiento de la higiene en el trabajo y medio ambiente.

·      Prevención y tratamiento de enfermedades.

·      Condiciones que aseguren asistencia médica y servicios médicos.

Actualmente se discute si la “seguridad social” debe ser una exigencia de la relación laboral, o bien, exigencia del derecho a un nivel de vida digno.

C. Derecho al trabajo.

Íntimamente relacionado con el derecho a un nivel de vida digno, puesto que la remuneración percibida como consecuencia del trabajo deber ser suficiente para hacer frente a las necesidades más vitales.

El trabajo debe contribuir al desarrollo y a la realización intelectual y manual de la persona humana. La conquista de condiciones de trabajo equitativas ha sido ardua, entre ellas podemos señalar.-

·      Derecho a trabajar.

·      Derecho a elegir libremente su trabajo.

·      Protección contra el desempleo.

·      Igual salario por trabajo igual.

·      Remuneración equitativa y satisfactoria.

·      Fundar Sindicatos.

·      Derecho al descanso.

·      Derecho al disfrute de tiempo libre.

·      Derecho a vacaciones periódicas pagadas.

 

 

PRINCIPALES DERECHOS CULTURALES

A. Derecho a la educación y a la libertad de enseñanza.

El derecho a la educación desarrolla la personalidad de los miembros de una comunidad y como consecuencia se potencia el crecimiento de una sociedad democrática.

Es un derecho de tercera generación, hasta mediados del siglo XX no se producen la positivación y la generalización de este derecho en Constituciones y Declaraciones internacionales.

El desarrollo de este derecho se puede efectuar según tres aspectos:

1. Determinación de los niveles de enseñanza; es variable, la instrucción elemental siempre es gratuita y obligatoria; en algunos ordenamientos se le da el carácter de gratuita y obligatoria a la enseñanza secundaria, y de obligatoria únicamente a la enseñanza superior.

2. Contenido y objetivo de los niveles de enseñanza; la educación tiene por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana, el fortalecimiento de los derechos humanos y las libertades fundamentales, favorecer la tolerancia, comprensión y amistad, la paz, etc.

3. La libertad de enseñanza; Se puede considerar así la libertad de cátedra (profesores) y la libertad de elegir determinadas materias (alumnos); sin embargo, las manifestaciones más importantes de esta libertad son la posibilidad por parte de los padres de elegir el centro docente de su hijo o pupilo, y la posibilidad de crear centros docentes.

El derecho a la educación tiene el deber correlativo de tener que estudiar las materias que se consideran básicas, elementales e ineludibles para el desarrollo mínimo de la capacidad intelectual de la persona humana.

B. Derecho de acceso a la cultura.

Es un derecho de tercera generación, se traduce en el derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten.

La conservación, el desarrollo y la difusión de la ciencia y de la cultura, para que sean efectivas, requieren medidas concretas de carácter económico por parte de la Administración, como lo son, el reconocimiento del autor, la adjudicación de la obra al mismo, la condena al plagio y la sanción de todo aquello que atente contra las obras artísticas.

El derecho de acceso a la cultura requiere de un ámbito de libertad para el efectivo ejercicio del mismo; libertad ideológica y destinar medios económicos suficientes para que las personas dotadas para la investigación, o la creación artística, puedan llevarla a cabo sin condicionamientos económicos.

 

 

LÍMITES DE LOS DERECHOS HUMANOS

El ejercicio de los derechos humanos está sometido a limitaciones; los argumentos que justifican la existencia de estos límites son de diversa índole, entre ellos, circunstancias sociales, económicas y culturales del momento histórico.

El carácter social de todo derecho obliga a someter, ocasionalmente, el bien particular al bien social.

El ejercicio de los derechos humanos no tiene más límite que los que aseguran a los demás miembros de la sociedad el goce de estos mismos derechos.

Los límites sólo pueden estar determinados por la ley.

En resumen, el único límite es el de los derechos ajenos.

“El respeto al derecho ajeno es la paz” Benito Juárez.

 

Conclusión.

“Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están por naturaleza de razón y conciencia, deben conducirse fraternalmente los unos con los otros.

El cumplimiento del deber de cada uno es exigencia del derecho de todos. Derechos y deberes se integran correlativamente en toda actividad social y política del hombre. Si los derechos exaltan la libertad personal, los deberes expresan la dignidad de esa libertad.

Los deberes del orden jurídico presuponen otros, de orden moral, que los apoyan conceptualmente y los fundamentan.

Es deber del hombre servir al espíritu con todas sus potencias y recursos porque el espíritu es la finalidad suprema de la existencia humana y su máxima categoría.

Es deber del hombre ejercer, mantener y estimular por todos los medios a su alcance la cultura, porque la cultura es la máxima expresión social e histórica del espíritu.

Y puesto que la moral y buenas maneras constituyen la floración más noble de la cultura, es deber de todos los hombres acatarlas siempre”.

Preámbulo de la Declaración Americana de los derechos y deberes del hombre.

 

 

ANEXO:

SOBRE EL ESTATUTO DEL NASCITURUS Y DISCRIMINACIÓN.

Como se desprende de la pretendida ley de despenalización del aborto se puede concluir que el nasciturus se encuentra en un status de inferioridad y discriminación  respecto al nacido.

1. El nasciturus para la Constitución.

La Constitución reconoce que desde el inicio de la gestación hay ya una vida humana, distinta de la vida de la madre. Sin embargo, el ordenamiento jurídico no protege con contundencia esa nueva vida humana hasta que esta abandona el albergue materno por el nacimiento. Mientras no nace, el status de esa vida humana es un status precario, y desde luego, comparativamente con el status del ser humano ya nacido, el no nacido se encuentra en una situación jurídica de inferioridad ¡Una sustancial discriminación! No hay que olvidar que la vida humana del no nacido es tan humana como la vida humana del nacido.

2.    El valor de la vida para la legislación.

La regulación legal depende del valor social que, en los distintos tiempos y lugares, merezca una situación personal. En la medida en que una autorizada valoración social sobre la vida y protección del nasciturus se ha manifestado, con publicidad y solemnidad suficientes; en la argumentación y conclusión jurídica, podríamos decir que el valor social que merece en estos tiempos y lugares, la dignidad del nasciturus y su vida es de carácter secundario o menor, en relación con la dignidad y vida del ya nacido.

3.    Los conceptos de persona e igualdad para la legislación.

a) Persona.

Es persona quien pertenezca a una determinada comunidad jurídica. Pertenecer o no a un determinado status condiciona el patrimonio jurídico de la persona, e incluso el reconocimiento de su misma personalidad, como miembro de la comunidad jurídica. Por otro lado, la división de la sociedad en estados sociales distintos, creadores de desigualdades jurídicas, se considera incompatible con la democracia.

b) Igualdad.

Nos encontramos con una fuerte sensibilidad de la conciencia social –inserta claramente en los preceptos constitucionales- que propugna la única e inviolable dignidad de cada ser humano; una proclamación, sólidamente garantizada, de la igualdad básica de todos los hombres; y una prohibición de cualquier tipo de discriminación.

La igualdad básica de las personas, pues, se considera como un postulado del espíritu democrático. Este criterio no podemos infravalorarlo ya que uno de los caracteres del Estado Mexicano se constituye es el de su índole democrática. Y los distintitos estados o estatutos sociales que engendran desigualdad jurídica injustificada no son compatibles con el citado rasgo constitutivo del estado constitucional. Porque hay una igualdad básica que ha de ser defendida ya que todos los hombres son personas.

4.    El estatus del nasciturus para la legislacion, semejante a la de los esclavos.

Parece que el no nacido tiene un cierto estatus propio, inferior desde luego al del nacido. A pesar de que su situación jurídica requiere una mayor protección social, y que podría justificar un cierto status constitucional singular, con el fin de hacer posible su futura plenitud como individuo humano, el nasciturus, no sólo carece de un especial status de protección, como si lo tienen determinados ciudadanos necesitados también de especial tutela, sino que queda relegado en buena medida a un status de indefensión.

Si por una parte, su vida es reconocida como humana, por otra, esa vida se contempla como separada de su atribución natural a su sujeto propio, que, por serlo de una vida humana, es, necesariamente, sujeto humano. Por lo que parece el nasciturus es algo parecido a ser persona, pero sin llegar a serlo; pero, además, al no reconocérsele expresamente su condición de sujeto de esa vida humana, y sólo admitir, el carácter de bien jurídico de ésta, como un objeto vivo en el vientre de la madre, el nasciturus es contemplado como una especie de tertium genus, no personal, pero con vida humana, un ser difícilmente definible, que recuerda, escandalosamente, a la que fue la desgraciada situación jurídica de los esclavos.

El nasciturus, pues, no puede ser tratado de un modo análogo, en buena parte, a como fueron tratados los esclavos: no puede ser tratado como una cosa, sino como persona; ni siquiera puede ser tratado, en parte, como una cosa.

La vida humana tiene un estatuto constitucional  distinto según sea la propia del nasciturus o bien la propia del ser humano ya nacido. Esta situación, que de modo tan difícil puede ser calificada de discriminatoria, no puedo aceptar que sea verdaderamente constitucional, o al menos conforme y no distorsionante del texto y espíritu de la Constitución.

La despenalización no dice nada sobre esos estatutos constitucionales de la vida humana, pero me parece que de lo que dice y admite, la situación de dos regimenes jurídicos distintos sobre una única y misma vida humana parece que resulta concluyente; y en verdad, inadmisible.

4. Definición de la vida humana para la legislación.

En el vientre de la madre, hay ya otra vida humana real desde el inicio de la gestación. Ese reconocimiento palmario de la realidad incontestable del hecho biológico no se traduce, en el discurso de la ley, en asegurar un mismo estatuto protector a la vida humana, igual tanto para el nacido como para el no nacido, puesto que la dignidad de la vida humana es igualmente digna en cuanto que es igualmente humana, desde la concepción hasta la muerte.

5.    Justificación de mayor protección del nasciturus para la legislación.

Mayor protección para la vida del no nacido, sería justificable por la completa indefensión del nasciturus ante posibles acciones contrarias a su vida, incluso provenientes, en casos extremos, de la misma madre. En cambio, esta ley admite un status de menor garantía constitucional para la vida no nacida que para la vida nacida. En definitiva el nasciturus, sufre un status de desprotección respecto a su vida, en los supuestos previstos por la referida ley.

Todas las personas tienen derecho a obtener la tutela efectiva de los jueces y tribunales en el ejercicio de sus derechos e intereses legítimos, sin que, en ningún caso, pueda producirse indefensión. No deja de ser paradójica la indefensión absoluta en que da el concebido y no nacido, en lugar de concedérsele una garantizada protección.

Un simple paso en el proceso de desarrollo de una misma vida humana, que ha comenzado con la concepción y que terminará con la muerte, no puede ser aceptado como causa de adquisición para el sujeto de esa vida de un status ahora ya verdaderamente humano en cuanto que condiciona la protección garantizada de su propia vida.

Aunque el nacimiento es un paso importante en el proceso de desarrollo de la vida del individuo humano, no deja de ser un mero paso; es decir, un instante más de una vida que comenzó su andadura tiempo atrás, y que por tener, ya desde entonces, una dignidad que acompañará a su sujeto hasta la muerte, debió obtener, ya desde entonces, la mas vigorosa protección por parte del Derecho.

Parece como si la sociedad y su Derecho no pudiera o quisiera llegar, con reforzadas garantías, a proteger al nasciturus en el albergue materno.

6.    La patria potestad y el nasciturus para la legislación.

Respecto a la patria potestad, que deberá ejercerse siempre en beneficio de los hijos, es lamentable que haya quienes consideren que los hijos aún no nacidos no son propiamente hijos, y que, consecuentemente, en los casos previstos en la ley, no solamente no deben necesariamente beneficiarse de la potestad natural, jurídicamente reconocida, de sus padres, y obtener, por tanto, su protección y asistencia; al contrario, pueden esos hijos ser perjudicados, desprotegidos y desasistidos, hasta el punto de poder ser, al parecer, sin ofensa de la Constitución destruidos impunemente, en los supuestos previstos por la ley.

7.    La protección a la dignidad humana y la igualdad jurídica básica.

En los dos últimos siglos, puede observarse una fuerte y creciente corriente protectora de la dignidad humana. La evolución que va del liberalismo de los inicios del s. XIX a la afirmación generalizada del ideal democrático se acompaña de la evolución en la concepción relativa a la amplitud con que es aceptado el sufragio electoral: del sufragio restringido se pasará al sufragio universal. De la libertad y de los derechos proclamados para todos, pero efectivos realmente sólo para algunos, se pasará a unos derechos y a unas libertades, también de modo efectivo, propias de todo ciudadano.

La restricción del derecho a la vida sólo para los que aún no han podido franquear el claustro materno no deja de ofender, según me parece, a una concepción jurídico-constitucional que históricamente tiende con fuerza a descomponer las trabas ilegitimas de la igualdad dignidad y libertad de todos. Una eficaz tutela de la vida del concebido y no nacido es, hoy por hoy, un bastión aún por conquistar.

La igualdad jurídica básica ha de ser necesariamente promovida; este principio origina preceptos en la misma Constitución que protegen desigualmente a quien se encuentra en una situación natural o social de particular debilidad. A los poderes públicos corresponde realizar, de modo real y efectivo, la referida promoción de la igualdad jurídica, que, por su propia naturaleza, requiere visión amplia de lo que supone la dignidad humana.  

 

 

María, añoranza de una Madre

La reacción de una gran parte del pueblo fiel cristiano en estos momentos de desconcierto y de esperanza, ha sido, y está siendo, el volver la mirada a María, la Madre de Dios, y madre espiritual de todos los que creemos en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre; y en su Corazón encontrar la serenidad y la paz que solo una madre sabe dar.

Al echar en falta la Santa Misa en las iglesias, y ser conscientes de que esa relación personal y única con el Señor que podemos vivir en la Misa no es posible vivirla a través de la televisión, o de cualquier otro medio digital, aunque es mejor que nada, el hombre y la mujer cristianas dirigen en estos días su mirada anhelante, esperanzada, angustiada pero no desesperada a la Madre del Redentor, Reina de la Familia.

Rezo del Santo Rosario, especialmente durante el próximo mes de mayo, rezos de Avemarías a una hora determinada; cantos del Avemaría por conocidos tenores y barítonos, y por grupos y conjuntos musicales, que mantienen latentes en el corazón de muchas personas esos clamores que surgen en el corazón humano y que, en no pocas ocasiones, hasta nos puede dar vergüenza manifestar. Y la renovación de la Consagración a su Corazón y al de su Hijo, vivida hace días en Fátima.

“Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”. “Que jamás se ha oído decir que ninguno que haya acudido a vos, haya sido desamparado”; “Santa Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”; “Madre mía, y aunque mi amor te olvidare, Tú no te olvides de mí”.

Enric Barrull Casals

 

 

Impresionante testimonio de calor humano

El terrible impacto de mayores y dependientes que mueren solos en sus casas o en residencias debe generar una reflexión colectiva una vez pase esta epidemia. Los sanitarios, capellanes, personal de estos centros… están ofreciendo un impresionante testimonio de calor humano que muestra que esa cercanía es imprescindible y no puede suplirla siquiera la mejor de las atenciones profesionales. Son ellos quienes están cogiendo de la mano a los enfermos en sus últimos momentos, llevándoles ese abrazo que sus familiares no pueden darles. Toda gratitud por este servicio será poca. Pero junto al agradecimiento, es imprescindible actuar frente a la deshumanización del final de la vida que venía hace tiempo abriéndose paso.

José Morales Martín

 

 

El criterio de la edad

Toda vida humana tiene una dignidad intrínseca insoslayable. No debe utilizarse el criterio de la edad de forma aislada para decidir sobre el acceso a los recursos escasos, como parece ha pasado ante las necesidades y falta de medios producidas por la enfermedad de Coronavirus. Es necesario buscar siempre alternativas mejores como la derivación a otros centros, o la solidaridad interterritorial que tanto se debate en estos días. Lo que deben buscar las autoridades a toda costa es conseguir el máximo de medios para sortear la escasez, lo que exige movilizar todos los recursos personales y materiales disponibles, tanto públicos como privados.

Como ha subrayado el Comité de Bioética de España, es necesario un juicio prudencial en cada caso. Ningún protocolo puede aplicarse sin más de manera mecánica, todo ser humano tiene derecho a una consideración personal. Como sostenía con agudeza el Doctor Marañón, no existen enfermedades sino enfermos y esa expresión común, tan llena de sensibilidad humana y sabiduría, debe ser subrayada en estos tiempos de encrucijada que nos toca vivir.

Pedro García

 

 

Los derechos del paciente

No puede decirse que falten leyes sobre la atención médica al final de la vida. Ocho Comunidades Autónomas han regulado ya los derechos del paciente y las obligaciones de los médicos en esa situación. En ellas se prohíbe el ensañamiento terapéutico, se permite a los pacientes rechazar un tratamiento que prolongue su vida de manera artificial, se reconoce el valor de las instrucciones previas que haya podido dar el paciente y se admite la sedación paliativa para evitar el sufrimiento aunque ello pueda acortar la vida. Algunas subrayan más el respeto a los deseos del paciente, mientras que otras los matizan con la observancia del ordenamiento jurídico y de la actitud de los profesionales sanitarios. Pero una ley sirve de poco si no existen los recursos para hacer realidad los derechos del paciente.

La experiencia de los expertos en cuidados paliativos es que cuando los enfermos reciben esta ayuda no hay apenas peticiones de eutanasia. Por eso, consideran que la legalización de la eutanasia es innecesaria, y que, en cualquier caso, no hay que considerarla como un aspecto de los cuidados paliativos.

Jaume Catalán Díaz

 

 

Lo que nos cuenta la prensa

 

“La banca cierra el año con 1.900 oficinas menos y con un recorte de 5.542 empleados: Los ajustes de personal y de sucursales seguirán avanzando en 2020, tal y como recomienda el Banco de España” (Vozpópuli 01-02-2020)

Terminarán por poner un ordenador en la puerta y que con él tengamos todas las operaciones, incluidos a los subalternos que atiendan nuestras consultas o reclamaciones. Todo un ejemplo de cómo el dinero atiende "a sus esclavos"; y mientras, los gobiernos y sus políticos, dicen que defienden al ya indefenso súbdito o ya siervo... Y si el dinero "que es el motor de todo lo material en este perro mundo", no emprende nada positivo; y se limita a lo que hace, o sea a explotar y exprimir al que tiene algo de metálico; el final va a ser horrible, pero ya digo, esto no lo ven o no lo quieren ver, "los gallinas de los gallineros parlamentarios", pobrecillos, que viven de las limosnas que les da "el dinero", que sigue siendo “el rey que manda”.

El Gobierno de la "transición ecológica" se deja 28 millones en carbón para Hunosa: La empresa pública ha contratado el suministro de 120.000 toneladas de carbón para 2020 y otras 120.000 para 2021 (Vozpópuli 03-02-20209

            Ya lo dice el dicho popular… “una cosa es prometer y otra muy diferente cumplir lo prometido, las palabras se las lleva el viento”; y las de los políticos todas o casi todas; puesto que si antes de las elecciones se ha cacareado tanto lo de “salvar al planeta y combatir el cambio climático”; esta noticia suena a monstruosidad de un gobierno que no sabe gobernar; salvo que este hecho constatado, tenga una justificación lógica que permita este nuevo volumen de contaminación planetaria.

Los agricultores extremeños, a Pepe Alvárez (UGT): "Deja las mariscadas, no nos representas": Las asociaciones que están detrás de la oleada de protestas del sector agrario defienden que solo quieren subsistir, dar de comer a sus familias y crear trabajo (Vozpópuli 03-02-2020)

            Las organizaciones sindicales, son iguales o tan parecidas a las que había en la dictadura del general Franco, que parecen “gemelas”; puesto que viven y subsisten del dinero público; y sus dirigentes, “viven como los altos empleados estatales”; por tanto y por aquello tan viejo de que… “el que paga manda”; estos sindicalistas, tienen forzosamente que “nadar y guardar la ropa”; o sea que la realidad, es que hay ya montado un conglomerado de intereses que capitanea desde la sombra “el dinero o capital nacional o internacional”; y por tanto todos tenemos que “bailar”, según orquesten estos intereses subterráneos y desde sus centrales de mando, que nadie sabe dónde están, pero que indudablemente están y desde allí mandan. De cualquier forma “la agricultura, la ganadería y la pesca”, principales industrias españolas, ya están hartas de reclamar legislaciones más justas; y de ahí las manifestaciones tan grandes que en estos días, se han producido y otras que vienen detrás; por tanto que el gobierno tome nota, puesto que, “imagínense si los que nos producen los alimentos que necesitamos, se negaran o vieran obligados a no obtenerlos, por culpa de los precios que reciben y que según ellos son inferiores a los costos de producción. ¿Alguien ha pensado lo que ocurriría si empezasen a escasear estos vitales alimentos que consumimos diariamente?

EL GOBIERNO SOCIAL-COMUNISTA, SUS AMIGOS SOCIOS Y COMPINCHES: ¡Sánchez, colócanos a todos!: se dispara un 40% el número de altos cargos y asesores con grandes sueldos. (Periodista Digital 03-02-2020)

            Lo vengo diciendo y publicando hace ya muchos años (ver mis artículos en mi Web); Es Estado, el municipio, la provincia, no son otra cosa que “empresas”; y como tales empresas, hay que dotarlas de los mínimos necesarios, para que funcionen y rindan como tales; o sea lo mismo que hace el empresario particular; que si necesita amplía o si las cosas le van mal, reduce para reestructurar su empresa. ¿Qué ocurre con lo oficial o estatal? Pues muy sencillo, como los que los administran, generalmente no tienen ni idea de lo que es una empresa, y además no tienen responsabilidad alguna, hagan lo que hagan y tienen a su disposición cantidades ingentes de dinero y si les falta, tienen la potestad de poner nuevos impuestos o subir los que ya hay; se ponen los sueldos que les da la gana, e igualmente meten en “la empresa oficial”, todo aquel que les viene en gana; lo que ocasiona la ruina y la quiebra total en que ya se encuentra España, o cualquier país donde “la empresa oficial”, no esté regulada por leyes estrictas, que es lo que falta en España. Y digo y afirmo ello, por cuanto si cualquier estamento oficial estuviese regulado, y surtido por los empleados indispensables, los políticos circunstanciales, no podrían derrochar dinero y menos robarlo directa o indirectamente; de ahí, que un verdadero estadista, lo primero que tendría que hacer, es un estudio administrativo exhaustivo y que cada órgano oficial, tenga los empleados (“lo de funcionario es un subterfugio, son simples empleados estatales u oficiales) que necesita; y para aumentar los mismos o disminuirlos, tenga que existir una ley u orden aprobada por mayoría en el parlamento oportuno. Y estoy hablando de todos los estamentos, incluso de jefe de gobierno y ministros a nombrar por el mismo; lo que simplificaría incluso las elecciones; puesto que no habría que elegir, nada más que “al jefe”, sea del gobierno central, ayuntamiento, provincia y mientras no desaparezcan, autonomías. Y por descontado que cada puesto oficial a ejercer, tiene que tener “unos conocimientos que justifiquen su opción al cargo”; que fuera de “los electos”; debe ser por oposición veraz y respaldada por tribunales, de verdad, conocedores de cada tema a dotar con el empleado oportuno. Con ello, “un Estado o cualquier otra empresa, funcionaría de forma automática, aunque desapareciera transitoriamente la cabeza rectora”; lo que ocurre es que si se regula bien todo ello, se acaba el mangoneo, los mercenarios de la política y los ladrones de dinero público; puesto que todo ello debe de tener un cuerpo de leyes claro y sencillo, para castigar los desmanes que hoy no se castigan.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

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