Las Noticias de hoy 23 Abril 2020

Enviado por adminideas el Jue, 23/04/2020 - 12:35
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 23 de abril de 2020   

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

El Papa dedica la catequesis al Día Mundial de la Tierra

La Tierra “no es un depósito de recursos para ser explotados” – Catequesis del Papa

Francia: Emmanuel Macron conversa con Francisco y representantes religiosos

HACER EL BIEN Y RESISTIR AL MAL: Francisco Fernandez Carbajal

“Siendo niños no tendréis penas”: San Josemaria

San Josemaría Escrivá y la Eucaristía

«Estamos llamados a cuidar y respetar todas sus criaturas»

Carta sobre el Año de la Eucaristía (2004)

Capellán de Ifema: "En este hospital de campaña, los prejuicios han saltado por los aires"

Dios sigue importando: Jesús Ortiz López

La España vacía de Delibes: Ángel Cabrero Ugarte

¿Es posible mantener la calma ante la pandemia? – Teresa de Jesús tiene la clave

Un verbo para cada quien: Lucía Legorret

Violencia familiar en época de crisis: Ana Teresa López de Llergo

“¿Qué hace la Iglesia ante la pandemia?”: + Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

Somos mucho más que la pandemia.: Domingo Martínez Madrid

El bien común no se opone a la libertad: Jesús D Mez Madrid

Ola de rabia entre los ciudadanos: Pedro García

Asesinatos en la pareja y en Europa : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Miércoles, 22 de abril de 2020

https://youtu.be/bwhl9zy-6Es
 
Monición de entrada

En este tiempo en el que es necesaria tanta unidad entre nosotros, entre las naciones, recemos hoy por Europa: para que logre tener unidad, esa unidad fraterna que soñaron los padres fundadores de la Unión Europea.

Homilía

Este pasaje del Evangelio de Juan (cfr. Jn 3,16-21), el diálogo entre Jesús y Nicodemo, es un auténtico tratado de teología: aquí está todo. El kerigma, la catequesis, la reflexión teológica, la parénesis…(*); está todo en este capítulo. Y cada vez que lo leemos, encontramos más riqueza, más explicaciones, más cosas que nos hacen entender la revelación de Dios. Sería bueno leerlo muchas veces, para acercarnos al misterio de la redención. Hoy señalaré solo dos puntos de todo esto, dos puntos que están en el pasaje de hoy.
 
El primero es la revelación del amor de Dios. Dios nos ama, y nos ama –como dice un santo– como locura: el amor de Dios parece una locura. Nos ama: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito» (Jn 3,16). Dios dio a su Hijo, envió a su Hijo, y lo envió a morir en la cruz. Cada vez que miramos el crucifijo, vemos ese amor. El crucifijo es precisamente el gran libro del amor de Dios. No es un objeto para ponerlo aquí o allá, más bonito o no tanto, más antiguo o más moderno… no. Es la expresión del amor de Dios. Dios nos amó así: envió a su Hijo, se anonadó hasta la muerte de cruz por amor. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo» (Jn 3,16).
 
Cuánta gente, cuántos cristianos pasan el tiempo mirando el crucifijo, y ahí lo encuentran todo, porque han entendido –el Espíritu Santo les ha hecho entender– que ahí está toda la ciencia, todo el amor de Dios, toda la sabiduría cristiana. Pablo habla de esto, explicando que todos los razonamientos humanos que él hace sirven hasta cierto punto, pero el verdadero razonamiento, el modo de pensar más hermoso, y que más lo explica todo, es la cruz de Cristo, es “Cristo crucificado que es escándalo” (cfr. 1Cor 1,23) y locura, pero es el camino. Y eso es el amor de Dios. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo» (Jn 3,16). ¿Para qué? «Para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). El amor del Padre que quiere a sus hijos consigo.
 
Mirar el crucifijo en silencio, mirar las llagas, mirar el corazón de Jesús, mirar el conjunto: Cristo crucificado, el Hijo de Dios, anonadado, humillado por amor. Este es el primer punto que hoy nos muestra este tratado de teología, que es el diálogo de Jesús con Nicodemo.
 
El segundo punto es un punto que también nos ayudará: «La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3,19). Jesús retoma esto de la luz. Hay gente –también nosotros, muchas veces– que no pueden vivir en la luz porque están acostumbrados a las tinieblas. La luz les deslumbra, son incapaces de ver. Son murciélagos humanos: solo saben moverse en la noche. Y también nosotros, cuando estamos en pecado, estamos en ese estado: no toleramos la luz. Es más cómodo vivir en las tinieblas; la luz nos abofetea, nos hace ver lo que no queremos ver. Y lo peor es que los ojos, los ojos del alma, de tanto vivir en tinieblas se habitúan de tal modo que acaban ignorando qué es la luz. Pierdo el sentido de la luz, porque me acostumbro más a las tinieblas. Y tantos escándalos humanos, tantas corrupciones nos indican esto. Los corruptos no saben qué es la luz, no la conocen. Lo mismo nosotros cuando estamos en pecado, en estado de alejamiento del Señor, nos volvemos ciegos y nos sentimos mejor en las tinieblas, y así vamos, sin ver, como ciegos, moviéndonos como podamos.
 
Dejemos que el amor de Dios, que envió a Jesús para salvarnos, entre en nosotros y “la luz que trae Jesús” (cfr. Jn 3,19), la luz del Espíritu entre en nosotros y nos ayude a ver las cosas con la luz de Dios, con la luz verdadera y no con las tinieblas que nos da el señor de las tinieblas.
 
Dos cosas, hoy: el amor de Dios en Cristo, en el crucificado, en lo cotidiano. Y la pregunta diaria que podemos hacernos: “¿Yo camino en la luz o camino en las tinieblas? ¿Soy hijo de Dios o he acabado por ser un pobre murciélago?”.

 Comunión espiritual

Jesús mío, creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y te deseo en mi alma. Como ahora no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si hubieras venido, te abrazo y me uno del todo a ti. No permitas que jamás me separare de ti.

 

El Papa dedica la catequesis al Día Mundial de la Tierra

Solo unidos superaremos “los desafíos globales”

ABRIL 22, 2020 11:02ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 22 abril 2020).- Hoy se celebra el 50º Día Mundial de la Tierra y en línea con la Encíclica Laudato si’, que el Papa Francisco dedicó al cuidado de nuestra Casa Común, el Santo Padre ha reflexionado en la audiencia general sobre el “compromiso que tenemos de protegerla” y que caracteriza “nuestro ‘paso por esta tierra’”.

Este 22 de abril de 2020, como ocurre recientemente cada miércoles, la Biblioteca Apostólica Vaticana ha sido el lugar donde el Papa Francisco ha celebrado la audiencia general. Acompañado por nueve obispos, ha trasladado sus palabras a los fieles que siguen la transmisión a través de medios digitales desde los diferentes países.

“Solo si estamos unidos”

En el resumen en español de su catequesis, Francisco ha destacado que la presente pandemia “nos está enseñando que solo si estamos unidos y haciéndonos cargo los unos de los otros, podremos superar los actuales desafíos globales y cumplir la voluntad de Dios, que quiere que todos sus hijos vivan en comunión y prosperidad”.

Así, ha sostenido que “no somos solo materia, sino que llevamos también el ‘aliento de vida’ que procede de Dios, y vivimos en este mundo como una única familia humana, en medio de la biodiversidad de las criaturas del Señor”.

Según el Pontífice, estamos creados a imagen y semejanza de Dios y “llamados a cuidar y respetar todas sus criaturas, pero con especial amor y compasión a nuestros hermanos, sobre todo a los más débiles, imitando el amor que Dios nos tiene y nos manifiesta en su Hijo Jesús”.

Cinco años de Laudato si’

“Por nuestra culpa –ha recordado- la tierra ha sufrido un gran deterioro, la hemos dañado y saqueado; no la hemos sabido respetar ni cuidar, tampoco a nuestros hermanos y hermanas. Hemos olvidado que somos custodios y administradores, y hemos ofendido al Padre bueno que vela sobre todas sus criaturas”.

El quinto aniversario de la publicación de la Encíclica Laudato Si’, que fue publicada el 24 de mayo de 2015, coincide este año con el 50º Día Mundial de la Tierra. Además, en 2020 se conmemora el cuarto aniversario de la firma del Acuerdo de París sobre cambio climático.

La actual pandemia de COVID-19 es un “claro recordatorio de la vulnerabilidad de los humanos y del planeta frente a amenazas de magnitud global. El daño descontrolado a nuestro medio ambiente debe ser abordado”, señala Naciones Unidas.

 

La Tierra “no es un depósito de recursos para ser explotados” – Catequesis del Papa

50º Día Mundial de la Tierra

ABRIL 22, 2020 13:15ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 22 abril 2020).- “¿Cómo podemos restaurar una relación armoniosa con la Tierra y el resto de la humanidad?” pregunta, perseverante, el Papa Francisco. “Como la trágica pandemia de coronavirus nos está demostrando”, ha indicado, “solo juntos y haciéndonos cargo de los más débiles podemos vencer los desafíos globales”.

La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar en la Biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano, a las 9:30 horas en Roma, y ha tratado sobre un tema especial: La 50ª Jornada Mundial de la Tierra (Earth Day), que se celebra hoy, coincidiendo además con el 5º aniversario de su carta encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la Casa Común (Gen 2,8-9.15).

“Necesitamos una nueva forma de ver nuestra casa común”, asegura el Papa. “Entendámonos: la Tierra no es un depósito de recursos para ser explotados”. Así, Francisco ha advertido que “por egoísmo hemos fallado en nuestra responsabilidad como custodios y administradores de la Tierra”, en el marco del Día Mundial dedicado a la Tierra, nuestra Casa Común.

En esta línea, llama a todos los hermanos en este tiempo pascual de renovación, a comprometerse “a amar y apreciar el magnífico regalo de la Tierra, nuestra casa común, y a cuidar de todos los miembros de la familia humana”.

Después de resumir su meditación en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado a los fieles. La audiencia general ha terminado con el rezo del Pater Noster y la bendición apostólica.

Aquí ofrecemos la catequesis del Santo Padre completa:

***

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!:

Hoy celebramos la 50ª Jornada mundial de la Tierra, Es una oportunidad para renovar nuestro compromiso de amar nuestra casa común y de cuidarla junto con los miembros más débiles de nuestra familia. Como la trágica pandemia de coronavirus nos está demostrando, sólo juntos y haciéndonos cargo de los más débiles podemos vencer los desafíos globales. La carta encíclica Laudato si’ tiene precisamente este subtítulo: “sobre el cuidado de nuestra casa común”. Hoy reflexionaremos juntos sobre esta responsabilidad que caracteriza “nuestro paso por esta tierra” (LS, 160). Tenemos que crecer en la conciencia del cuidado de nuestra casa común.

Estamos hechos de materia terrestre, y los frutos de la tierra sostienen nuestra vida. Pero, como nos recuerda el Libro del Génesis, no somos simplemente «terrestres”: también llevamos dentro de nosotros el soplo vital que viene de Dios (cf. Gn 2:4-7). Vivimos, pues, en la casa común como una familia humana y en la biodiversidad con las otras criaturas de Dios. Como imago Dei, imagen de Dios, estamos llamados a cuidar y respetar a todas las criaturas y a nutrir amor y compasión por nuestros hermanos y hermanas, especialmente por los más débiles, a imitación del amor de Dios por nosotros, manifestado en su Hijo Jesús, que se hizo hombre para compartir con nosotros esta situación y salvarnos.

Por egoísmo hemos fallado en nuestra responsabilidad como custodios y administradores de la Tierra. “Basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común” (ibíd., 61). La hemos contaminado y saqueado, poniendo en peligro nuestra misma vida. Por eso, se han formado varios movimientos internacionales y locales para despertar las conciencias. Aprecio sinceramente estas iniciativas, y todavía será necesario que nuestros niños salgan a las calles para enseñarnos lo que es obvio, es decir, que no hay futuro para nosotros si destruimos el medio ambiente que nos sostiene.

Hemos fallado en custodiar la Tierra, nuestra casa jardín, y en custodiar a nuestros hermanos. Hemos pecado contra la Tierra, contra nuestro prójimo y, en fin, contra el Creador, el Padre bueno que provee a cada uno y quiere que vivamos juntos en comunión y prosperidad. ¿Y cómo reacciona la Tierra? Hay un dicho español, que es muy claro, al respecto y dice así: “Dios perdona siempre, nosotros, los hombres algunas veces perdonamos, otras no; la tierra no perdona nunca”. La Tierra no perdona, si nosotros hemos deteriorado la Tierra, la respuesta será muy contundente.

¿Cómo podemos restaurar una relación armoniosa con la Tierra y el resto de la humanidad? Una relación armoniosa… Perdemos muchas veces la visión de la armonía: la armonía es obra del Espíritu Santo. También en la casa común, en la Tierra, también en nuestra relación con la gente, con el prójimo, con los más pobres, ¿cómo podemos restaurar esta armonía? Necesitamos una nueva forma de ver nuestra casa común. Entendámonos: la Tierra no es un depósito de recursos para ser explotados. Para nosotros los creyentes el mundo natural es el “Evangelio de la Creación”, que expresa la potencia creadora de Dios para plasmar la vida humana y hacer que el mundo exista junto con lo que contiene para sostener a la humanidad. El relato bíblico de la creación concluye de la siguiente manera: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1:31).Cuando vemos estas tragedias naturales que son la respuesta de la tierra a nuestro maltrato, yo pienso: “Si ahora preguntase al Señor que piensa, no creo que me dijera que todo está muy bien”. ¡Nosotros hemos arruinado la obra del Señor!

Al celebrar hoy el la Jornada Mundial de la Tierra estamos llamados a reencontrar el sentido de respeto sagrado por la Tierra, porque no es solo nuestra casa, sino también la casa de Dios. ¡De esto surge en nosotros la conciencia de estar en tierra sagrada!

Queridos hermanos y hermanas, “despertemos el sentido estético y contemplativo que Dios puso en nosotros”. (Exhortación ap. postsin. Querida Amazonia, 56). La profecía de la contemplación es algo que aprendemos sobre todo de los pueblos originarios, que nos enseñan que no podemos cuidar de la tierra si no la amamos y la respetamos. Ellos tienen la sabiduría del “bien vivir”, no en el sentido de pasárselo bien, no: sino del vivir en armonía con la tierra. Ellos llaman “el bien vivir” a esta armonía.

Al mismo tiempo, necesitamos una conversión ecológica que se exprese en acciones concretas. Como una familia única e interdependiente, necesitamos un plan compartido para evitar las amenazas contra nuestra casa común. «La interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundoen un proyecto común» (LS, 164). Somos conscientes de la importancia de trabajar juntos como comunidad internacional para la protección de nuestra casa común. Exhorto a cuantos ostentan la autoridad a liderar el proceso que conducirá a dos conferencias internacionales muy importantes: la COP15 sobre la Biodiversidad en Kunming (China) y la COP26 sobre el Cambio Climático en Glasgow (Reino Unido). Estas dos citas son importantísimas.

Me gustaría alentar a organizar acciones concertada también a nivel nacional como local. Es bueno converger desde todas las condiciones sociales y dar vida también a un movimiento popular “desde abajo”. Así nació la Jornada Mundial de la Tierra, que celebramos hoy. Cada uno de nosotros puede dar su pequeña aportación: “No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se puede constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente” (LS, 212).

En este tiempo pascual de renovación, comprometámonos a amar y apreciar el magnífico regalo de la Tierra, nuestra casa común, y a cuidar de todos los miembros de la familia humana. Como hermanos y hermanas que somos imploremos juntos a nuestro Padre celestial: “Envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra” (cf. Sal 104,30).

© Librería Editorial Vaticano

 

Francia: Emmanuel Macron conversa con Francisco y representantes religiosos

En dos reuniones telefónicas distintas

ABRIL 22, 2020 12:41LARISSA I. LÓPEZPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 22 abril 2020).- El presidente francés Emmanuel Macron se reunió ayer, martes 21 de abril, con el Papa Francisco en primera instancia y con representantes de asociaciones religiosas y seculares de Francia en segunda instancia, vía telefónica, informa Vatican News.

Se trató de un encuentro para mantener el diálogo entre las autoridades públicas y las religiones en el contexto del confinamiento de la población debido a la pandemia de COVID-19.

Llamada telefónica al Papa

De acuerdo al Elíseo francés, una hora antes la reunión con los representantes religiosos, Emmanuel Macron y el Papa Francisco dialogaron durante cuarenta y cinco minutos. El Papa Francisco se comunicó en español.

La Presidencia francesa indica que ambos líderes subrayaron su convergencia de puntos de vista sobre la tregua universal, la anulación de la deuda, la solidaridad internacional y Europa.

Asimismo, al principio de la conversación telefónica, Emmanuel Macron renovó su invitación al Papa para que viaje a Francia.

Encuentro con representantes religiosos

La llamada telefónica entre el presidente de la República Francesa y representantes de denominaciones religiosas y asociaciones seculares duró aproximadamente hora y media.

Este intercambio se ha producido un mes después de otro de carácter similar, pues Macron deseaba conocer cómo se percibían las medidas de contención y escuchar las observaciones sobre los siguientes pasos desde el punto de vista de los líderes del culto.

Presidente de la Conferencia Episcopal Francesa

Entre los participantes en la misma se encontraba el arzobispo de Reims y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa (CEF), Mons. Eric de Moulins-Beaufort, en representación de la Iglesia Católica.

También estuvieron presentes el ministro del Interior y Asuntos Religiosos, así como un representante del Consejo Científico y otro del Consejo Nacional de Ética.

Semana Santa 

En declaraciones al citado medio vaticano, Mons. de Moulins-Beaufort, manifiesta que el mandatario francés es consciente de que la prohibición de reunirse constituye “una dificultad, un dolor, una complicación” para todos los fieles y para los miembros del clero, así como de que esto mismo ocurre en el resto de las confesiones.

Con respecto a los católicos, el presidente de la CEF señaló que la Semana Santa resultó ser una situación excepcional “bastante interesante”, “que había despertado mucha creatividad” entre muchos. No obstante, al mismo tiempo, para otras personas había sido “una experiencia pesada y complicada”.

Pobreza y organizaciones benéficas       

Del mismo modo, el prelado habló sobre “el deseo de volver a encontrar algunos contactos y relaciones”, consciente de las dificultades actuales y de las medidas sanitarias que deben respetarse.

El arzobispo de Reims destacó la atención del presidente a la gran pobreza que afecta particularmente a los migrantes indocumentados que trabajaban ilegalmente y que ahora se encuentran sin recursos.

Y se refirió a las organizaciones benéficas “que necesitan recuperar la oportunidad de actuar porque las necesidades son muy grandes”, manifestando su gratitud al no existir límite de edad a la hora de salir del encierro, ya que muchos pensionistas apoyan a estas asociaciones.

Capellanes de hospital

Por otro lado, el arzobispo de Reims aludió al tema de los capellanes de los hospitales. Dado que los planes de emergencia de los establecimientos hospitalarios han llevado a la remoción del personal no esencial, los capellanes se han visto privados del acceso a los enfermos.

No obstante, afortunadamente, desde hace unas semanas es más fácil para los capellanes ir a los hospitales y a las residencias de ancianos: “Este alivio de las limitaciones es beneficioso y permite mostrar que el ser humano no solo es un cuerpo que necesita ser cuidado, una psique que necesita ser tratada, sino que también es un ser espiritual, y que vivir la enfermedad, vivir la muerte, es un acto profundamente humano”.

 

HACER EL BIEN Y RESISTIR AL MAL

— Resistencia de los Apóstoles a obedecer mandatos injustos. Firmeza en la fe.

— Todas las realidades, cada una en su orden, deben estar dirigidas a Dios. Unidad de vida. Ejemplaridad.

— No se puede prescindir de la fe a la hora de valorar las realidades terrenas. Resistencia al mal.

I. A pesar de la severa prohibición del sumo sacerdote del Sanedrín de que no volvieran a predicar y a enseñar de ningún modo en el nombre de Jesús1, los Apóstoles predicaban cada día con más libertad y entereza la doctrina de la fe. Y eran muchos los que se convertían y bautizaban. Entonces –nos lo narra la Primera lectura de la Misa–, fueron llevados de nuevo al Sanedrín. El Sumo Sacerdote les interrogó: ¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? Pero vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina... Pedro y los Apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres2. Y siguieron anunciando la Buena Nueva.

La resistencia de los Apóstoles a obedecer los mandatos del Sanedrín no era orgullo ni desconocimiento de sus deberes sociales con la autoridad legítima. Se oponen porque se les quiere imponer un mandato injusto, que atenta a la ley de Dios. Recuerdan a sus jueces, con valentía y sencillez, que la obediencia a Dios es lo primero. Están convencidos de que «no hay peligro para quienes temen a Dios sino para quienes no lo temen»3, y de que es peor cometer injusticia que padecerla.

Los Apóstoles demuestran con su conducta la firmeza en la fe, lo hondo que han calado las enseñanzas del Señor después de haber recibido el Espíritu Santo, y también lo que pesa en sus vidas el honor de Dios4.

Hoy también pide el Señor a los suyos la fortaleza y la convicción de aquellos primeros, cuando, en algunos ambientes, se respira un clima de indiferencia, o de ataque frontal, más o menos velado, a los verdaderos valores humanos y cristianos. La conciencia bien formada impulsará al cristiano a cumplir las leyes como el mejor de los ciudadanos, y le urgirá también a tomar posición respecto a las normas contrarias a la ley natural que pudieran alguna vez promulgarse. El Estado no es jurídicamente omnipotente; no es la fuente del bien y del mal.

«Es obligación de los católicos presentes en las instituciones políticas –enseñan los obispos españoles– ejercer una acción crítica dentro de sus propias instituciones para que sus programas y actuaciones respondan cada vez mejor a las aspiraciones y criterios de la moral cristiana. En algunos casos puede resultar incluso obligatoria la objeción de conciencia frente a actuaciones o decisiones que sean directamente contradictorias con algún precepto de la moral cristiana»5.

La protección efectiva de los bienes fundamentales de la persona, el derecho a la vida desde la misma concepción, la protección del matrimonio y de la familia, la igualdad de oportunidades en la educación y en el trabajo, la libertad de enseñanza y de expresión, la libertad religiosa, la seguridad ciudadana, la contribución a la paz internacional, etcétera, forman parte del bien común, por el que deben luchar los cristianos6.

La pasividad ante asuntos tan importantes sería en realidad una lamentable claudicación y una omisión, en ocasiones grave, del deber de contribuir al bien común. Entrarían dentro de esos pecados de omisión de los que –además de los de pensamiento, palabra y obra– pedimos perdón cada día al Señor al comienzo de la Santa Misa. «Muchas realidades materiales, técnicas, económicas, sociales, políticas, culturales..., abandonadas a sí mismas, o en manos de quienes carecen de la luz de nuestra fe, se convierten en obstáculos formidables para la vida sobrenatural: forman como un coto cerrado y hostil a la Iglesia.

»Tú, por cristiano –investigador, literato, científico, político, trabajador...–, tienes el deber de santificar esas realidades. Recuerda que el universo entero –escribe el Apóstol– está gimiendo como en dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios»7.

II. Se mueve a nuestro alrededor un continuo flujo y reflujo de corrientes de opinión, de doctrinas, de ideologías, de interpretaciones muy diferentes del hombre y de la vida. Y esto, no ya a través de libros para especialistas, sino a través de novelas de moda, revistas gráficas, periódicos, programas televisivos al alcance de grandes y pequeños... Y en medio de esta confusión doctrinal, es necesaria una norma de discernimiento, un criterio claro, firme y profundo, que nos permita ver todo con la unidad y coherencia de una visión cristiana de la vida, que sabe que todo procede de Dios y a Dios se ordena.

La fe nos da un criterio estable que orienta, y la firmeza de los Apóstoles para llevarlo a la práctica. Nos da una visión clara del mundo, del valor de las cosas y de las personas, de los verdaderos y falsos bienes... Sin Dios y sin el conocimiento del fin último del hombre, el mundo deja de entenderse o se verá desde un ángulo parcial y deformado. Precisamente, «el aspecto más siniestramente típico de la época moderna consiste en la absurda tentación de querer construir un orden temporal sólido y fecundo sin Dios, único fundamento en el que puede sostenerse»8.

El cristiano no debe prescindir de su fe en ninguna circunstancia. «Aconfesionalismo. Neutralidad. —Viejos mitos que intentan siempre remozarse.

»¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católicos, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?»9. Esa actitud equivale a decir –en la política, en los negocios, en el modo de descansar o divertirme, cuando estoy con mis amigos, cuando elijo el colegio para mis hijos...–: aquí, en esta situación concreta, nada tiene que ver Dios; en estos asuntos no influye mi fe cristiana, todo esto ni viene de Dios ni a Dios se ordena.

Sin embargo, la fe ilumina toda la existencia. Todo se ordena a Dios. Pero esa ordenación ha de respetar la naturaleza propia de cada cosa. No se trata de convertir el mundo en una gran sacristía, ni los hogares en conventos, ni la economía en beneficencia... Pero, sin simplificaciones ingenuas, la fe debe informar el pensamiento y la acción del cristiano porque jamás, en ninguna circunstancia, en ningún momento del día se debe dejar de ser cristiano, y de conducirse y de pensar como tal.

Por eso, «los cristianos ejercerán sus respectivas profesiones movidos por el espíritu evangélico. No es buen cristiano quien somete su forma de actuar profesionalmente al deseo de ganar dinero o alcanzar poder como valor supremo o definitivo. Los profesionales cristianos, en cualquier área de la vida, deben ser ejemplo de laboriosidad, competencia, honradez, responsabilidad y generosidad»10.

III. Un cristiano no debe prescindir de la luz de la fe a la hora de valorar un programa político o social, o una obra de arte o cultural. No se detendrá en la consideración de un solo aspecto –económico, político, técnico, artístico...– para dar por buena una realidad. Si en ese acontecimiento político o social o en esa obra no se guarda la debida ordenación a Dios –manifestada en las exigencias de la Ley divina–, su valoración definitiva no puede ser más que una, negativa, cualquiera que sea el valor parcial de otros aspectos de esa realidad.

No se puede alabar esa política, esa ordenación social, una determinada obra cultural, cuando se transforma en instrumento del mal. Es una cuestión de estricta moralidad y, por tanto, de buen sentido. ¿Quién alabaría un insulto a su propia madre, porque estuviese compuesto en un verso con gran perfección rítmica? ¿Quién lo difundiría, alabando sus perfecciones, aun advirtiendo que eran solo «formales»? Es manifiesto que la perfección técnica de los medios no hace más que agravar la maldad de la cosa en sí desordenada, que de otra manera quizá pasaría inadvertida o tendría menos virulencia.

Ante crímenes abominables, como calificaba el Concilio Vaticano II a los abortos, la conciencia cristiana rectamente formada exige no participar en su realización, desaconsejarlos vivamente, impedirlos si es posible y, además, participar activamente por evitar o subsanar esa aberración moral en el ordenamiento jurídico. Ante esos hechos gravísimos, y otros semejantes que también se oponen frontalmente a la moral, nadie puede pensar que no puede hacer nada. Lo poco que cada uno puede hacer, debe hacerlo: especialmente participar con sentido de responsabilidad en la vida pública. «Mediante el ejercicio del voto encomendamos a unas instituciones determinadas y a personas concretas la gestión de asuntos públicos. De esta decisión colectiva dependen aspectos muy importantes de la vida social, familiar y personal, no solamente en el orden económico y material, sino también en el moral»11. En las manos de todos, de cada uno, si actúa con sentido sobrenatural y sentido común, está la tarea de hacer de este mundo, que Dios nos ha dado para habitar, un lugar más humano y medio de santificación personal. Si nos esforzamos en cumplir los deberes sociales, vivamos en una gran ciudad o en un pueblecito perdido, con un cargo importante o humilde en la sociedad, aunque pensemos que nuestra aportación es minúscula, seremos fieles al Señor, también si un día el Señor nos pide una actuación más heroica: Quien es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho12.

1 Cfr. Hech 4, 18. — 2 Hech 5, 27-29. — 3 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 13. — 4 Cfr. Sagrada Biblia, Hechos de los Apóstoles, EUNSA, Pamplona 1984, p. 108 ss. — 5 Conferencia Episcopal Española, Testigos de Dios vivo, 28-VI-1985, n. 64, e). — 6 ídem, Los católicos en la vida pública, 22-IV-1986, nn. 119-121. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 311. — 8 Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 15-V-1961, 72. — 9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 353. — 10 Conferencia Episcopal Española, Testigos de Dios vivo, n. 63. — 11 ídem, Los católicos en la vida pública, n. 118. — 12 Lc 16, 10.

 

 

“Siendo niños no tendréis penas”

Siendo niños no tendréis penas: los niños olvidan en seguida los disgustos para volver a sus juegos ordinarios. -Por eso, con el abandono, no habréis de preocuparos, ya que descansaréis en el Padre. (Camino, 864)

23 de abril

Allá por los primeros años de la década de los cuarenta, iba yo mucho por Valencia. No tenía entonces ningún medio humano y, con los que –como vosotros ahora– se reunían con este pobre sacerdote, hacía la oración donde buenamente podíamos, algunas tardes en una playa solitaria. (...)

Pues, un día, a última hora, durante una de aquellas puestas de sol maravillosas, vimos que se acercaba una barca a la orilla, y saltaron a tierra unos hombres morenos, fuertes como rocas, mojados, con el torso desnudo, tan quemados por la brisa que parecían de bronce. Comenzaron a sacar del agua la red repleta de peces brillantes como la plata, que traían arrastrada por la barca. Tiraban con mucho brío, los pies hundidos en la arena, con una energía prodigiosa. De pronto vino un niño, muy tostado también, se aproximó a la cuerda, la agarró con sus manecitas y comenzó a tirar con evidente torpeza. Aquellos pescadores rudos; nada refinados, debieron de sentir su corazón estremecerse y permitieron que el pequeño colaborase; no lo apartaron, aunque más bien estorbaba.

Pensé en vosotros y en mí; en vosotros, que aún no os conocía, y en mí; en ese tirar de la cuerda todos los días, en tantas cosas. Si nos presentamos ante Dios Nuestro Señor como ese pequeño, convencidos de nuestra debilidad pero dispuestos a secundar sus designios, alcanzaremos más fácilmente la meta: arrastraremos la red hasta la orilla, colmada de abundantes frutos, porque donde fallan nuestras fuerzas, llega el poder de Dios. (Amigos de Dios, 14)

 

 

San Josemaría Escrivá y la Eucaristía

El 23 de abril de 1912, san Josemaría recibió por primera vez la Comunión. El Señor “quiso venir a hacerse el dueño de mi corazón”, decía.

RELATOS BIOGRÁFICOS22/04/2020

 

 

En España no solían hacer los niños la Primera Comunión hasta haber cumplido los doce o trece años, costumbre seguida también en otros muchos países. Fue en virtud de un decreto de san Pío X, en 1910, cuando se rebajó esa edad al momento en que se alcanzase el uso de razón, alrededor de los siete años.

La fecha de la disposición coincidía con los preparativos para el Congreso Eucarístico Internacional que iba a celebrarse en Madrid en junio de 1911. Por ello se hizo en todas las parroquias de España una intensa labor catequética, con la idea de que se acercasen a recibir la Sagrada Eucaristía el mayor número posible de niños.

 

Recordatorio de la Primera Comunión de San Josemaría.

Un religioso escolapio, el padre Manuel Laborda de la Virgen del Carmen —el “padre Manolé”, como le llamaban con afectuosa jovialidad los alumnos—, se ocupó de preparar a Josemaría. Y, en tanto llegara el tan esperado día de la Primera Comunión, le enseñó al niño una oración que mantenía vivo su deseo: —«Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos». Oración que, desde entonces, recitó con mucha frecuencia.

 

El fundador del Opus Dei aprendió la “comunión espiritual” gracias al Padre Manuel Laborda.

Hizo la Primera Comunión el 23 de abril de 1912, justamente a los diez años de haber sido confirmado. Era la fiesta de san Jorge, patrono de Aragón y Cataluña, y día tradicional para la ceremonia, que tuvo lugar en la iglesia del colegio de los Escolapios. En el momento de recibir la Sagrada Comunión pidió por sus padres y hermanas, suplicando a Jesús que le concediese la gracia de no perderlo nunca.

Siempre recordó con fervoroso candor los aniversarios de esa fecha, en que el Señor, como decía: “quiso venir a hacerse el dueño de mi corazón”.


• La comunión espiritual, una oración que dio la vuelta al mundo.

• La comunión espiritual que repetía san Josemaría. Podcast del historiador José Luis González Gullón.

https://soundcloud.com/opusdei/comunionespiritual-josemariaescriva

• Los deseos de Dios. En estos días en muchas partes del mundo estaremos en cuarentena. En algunas zonas del planeta se ha tenido que suprimir hasta la celebración pública de la Eucaristía. Le suplicamos a Dios que esta situación pase y pronto pueda volver a tocar nuestras almas a través de la Comunión sacramental.

• ¿Qué le digo después de comulgar? Textos de San Josemaría para orar.

• Libro electrónico: «Catequesis del Papa Francisco sobre la Santa Misa».

• Carta de Mons. Javier Echevarría sobre el Año de la Eucaristía (2004)

• Tema 21. La Eucaristía (Texto de Resúmenes de fe cristiana).

«Estamos llamados a cuidar y respetar todas sus criaturas»

Hoy el mundo celebra el 50º Día Mundial de la Tierra. El Papa Francisco en su catequesis, dedicada plenamente a esta jornada, recordó que esta celebración es una “oportunidad para renovar nuestro compromiso de amar nuestra Casa Común y de cuidarla, así como a los miembros más débiles de nuestra familia”.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA22/04/2020

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos la 50ª Jornada mundial de la Tierra, y en línea con la Encíclica Laudato si’, deseo reflexionar sobre el compromiso que tenemos de protegerla y que caracteriza nuestro «paso por esta tierra».

LLEVAMOS TAMBIÉN EL “ALIENTO DE VIDA” QUE PROCEDE DE DIOS, Y VIVIMOS EN ESTE MUNDO COMO UNA ÚNICA FAMILIA

No somos sólo materia, sino que llevamos también el “aliento de vida” que procede de Dios, y vivimos en este mundo como una única familia humana, en medio de la biodiversidad de las criaturas del Señor.

Creados a imagen y semejanza de Dios, estamos llamados a cuidar y respetar todas sus criaturas, pero con especial amor y compasión a nuestros hermanos, sobre todo a los más débiles, imitando el amor que Dios nos tiene y nos manifiesta en su Hijo Jesús.

Por nuestra culpa, la tierra ha sufrido un gran deterioro, la hemos dañado y la hemos saqueado; no la hemos sabido respetar ni cuidar, ni tampoco a nuestros hermanos y hermanas. Hemos olvidado que somos custodios y administradores, y hemos ofendido al Padre bueno que vela sobre todas sus criaturas.

QUE EL ESPÍRITU SANTO NOS CONCEDA ENCONTRAR EL SENTIDO DEL SANTO RESPETO POR LA TIERRA Y ESTAR MÁS ATENTOS A LAS NECESIDADES DE TODOS LOS HERMANOS

La presente pandemia nos está enseñando que sólo si estamos unidos y haciéndonos cargo los unos de los otros, podremos superar los actuales desafíos globales y cumplir la voluntad de Dios que quiere que todos sus hijos vivan en comunión y prosperidad.

Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española que siguen esta catequesis a través de los medios de comunicación social. En estos días iluminados por la Resurrección del Señor Jesús, pidámosle que con su Espíritu vivificante renueve todas las cosas, nos conceda encontrar el sentido del santo respeto por la tierra y estar más atentos a las necesidades de todos los hermanos. Que Dios los bendiga.

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Carta sobre el Año de la Eucaristía (2004)

"Nos ha llenado de alegría la decisión del Santo Padre, hecha pública en la pasada Solemnidad del Corpus Christi, de celebrar un Año de la Eucaristía en la Iglesia universal", dice el Prelado en esta carta publicada en 2004.

CARTAS PASTORALES Y MENSAJES30/11/2004

Foto: JoePhilipson.

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Por eso, nos ha llenado de alegría la decisión del Santo Padre, hecha pública en la pasada Solemnidad del Corpus Christi, de celebrar un Año de la Eucaristía en la Iglesia universal. Recordáis que este tiempo comienza en este mes de octubre, con el Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), y se concluirá en octubre de 2005, con la Asamblea ordinaria del Sínodo de Obispos, dedicada precisamente a este admirable Sacramento.

En continuidad ideal con el Jubileo del 2000 y en el espíritu de la Carta Apostólica Novo Millennio ineunte , deseo que los fieles de la Prelatura, los Cooperadores y las personas que se forman al calor del espíritu de la Obra, diariamente secundemos al Romano Pontífice y procuremos con todas nuestras fuerzas que la Sagrada Eucaristía ocupe cada vez más el núcleo de nuestra existencia entera. También os sugiero que, en este Año eucarístico, acompañados por la Virgen con el rezo del Rosario y movidos por el ejemplo de San Josemaría, vayamos activamente al Sagrario para manifestar a Jesús, hecho Hostia Santa, con profunda sinceridad: Adoro te devote! Fijémonos esta meta con exigencia de conducta, porque tanto valdrá nuestra vida cuanto intensa sea nuestra piedad eucarística.

Adoro te devote, latens deitas, quæ sub his figuris vere latitas

Tanto amó Dios al mundo

Comenzamos con un acto personal de rendida adoración a la Eucaristía, al mismo Cristo, pues en este Santísimo Sacramento «están contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» 3 . Jesús se halla presente, pero no se le ve: está oculto bajo las especies de pan y de vino 4 . «Está escondido en el Pan ... por amor a ti» 5 .

El amor que manifiesta a las criaturas es la causa de que se haya quedado entre nosotros, en este mundo, bajo el velo eucarístico. «Desde pequeño he comprendido perfectamente el porqué de la Eucaristía: es un sentimiento que todos tenemos; querer quedarnos para siempre con quien amamos» 6 . Nuestro Padre, considerando el misterio del amor de Cristo que pone sus delicias en estar entre los hijos de los hombres (cfr. Prv 8, 31), que no consiente en dejarnos huérfanos (cfr. Jn 14, 18), que ha decidido permanecer con nosotros hasta la consumación de los siglos (cfr. Mt 28, 20), ilustraba el motivo de la institución de este Sacramento con la imagen de las personas que se tienen que separar. «Desearían estar siempre juntas, pero el deber —el que sea— les obliga a alejarse»; y al no estar en condiciones de conseguirlo, «se cambian un recuerdo, quizá una fotografía», pero «no logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer». Jesús, Dios y Hombre, supera esos límites por amor nuestro. «Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor». Él «no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo» 7 : el que nació de María en Belén; el que trabajó en Nazaret y recorrió Galilea y Judea y murió crucificado en el Gólgota; el que resucitó gloriosamente al tercer día y se apareció a sus discípulos repetidas veces 8 .

La fe cristiana ha confesado siempre esta identidad, también para rechazar las nostalgias de quienes excusaban su escaso espíritu cristiano, alegando que no veían al Señor como los primeros discípulos; o de quienes argumentaban que se comportarían de otro modo si pudieran tratarlo físicamente. «Cuántos dicen ahora: "¡Quisiera ver su forma, su figura, sus vestidos, su calzado!" Pues he ahí que a Él ves, a Él tocas, a Él comes. Tú deseas ver sus vestidos; pero Él se te da a sí mismo, no sólo para que lo veas, sino para que lo toques y lo comas, y le recibas dentro de ti. Nadie, pues, se acerque con desconfianza, nadie con tibieza: todos encendidos, todos fervorosos y vigilantes» 9 .

Un Dios cercano

San Josemaría nos ha enseñado a asumir con plenitud la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, de manera que el Señor entre verdaderamente en nuestra vida y nosotros en la suya, que le miremos y contemplemos —con los ojos de la fe— como a una persona realmente presente: nos ve, nos oye, nos espera, nos habla, se acerca y nos busca, se inmola por nosotros en la Santa Misa 10 .

Explicaba nuestro Padre que los hombres tienden a imaginar al Señor muy «lejos, donde brillan las estrellas», como desentendido de sus criaturas; y no terminan de creer «que también está siempre a nuestro lado» 11 . Quizá hayáis encontrado personas que consideran al Creador tan distinto de los hombres, que les parece que no le conciernen los pequeños o grandes avatares que componen la vida humana. Nosotros, sin embargo, sabemos que no es así, que «Dios habita en lo más alto y mira las cosas pequeñas» ( Sal 137, 6, Vg): se fija con amor en cada uno, todo lo nuestro le interesa.

«El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones» 12 . Su amor y su interés infinitos por cada uno de nosotros, han llevado al Hijo a quedarse en la Hostia Santa, además de a encarnarse y a trabajar y a sufrir como sus hermanos los hombres. Es verdaderamente Emmanuel , Dios con nosotros. «El Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y —en lo que nos es posible entender— porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros» 13 .

Actos de adoración

Ante este misterio de fe y de amor, caemos en adoración; actitud necesaria, porque sólo así manifestamos adecuadamente que creemos que la Eucaristía es Cristo verdadera, real y sustancialmente presente con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. También resulta precisa esta disposición porque sólo así nuestro amor —rendido y total— puede alcanzar el nivel de respuesta adecuada al inmenso amor de Jesús por cada uno (cfr. Jn 13, 1; Lc 22, 15). Nuestra adoración a Cristo sacramentado, por ser Dios, entraña a la vez gesto externo y devoción interna, enamoramiento. No es ritualismo convencional, sino oblación íntima de la persona que se traduce externamente. «En la Santa Misa adoramos, cumpliendo amorosamente el primer deber de la criatura para su Creador: «adorarás al Señor, Dios tuyo, y a Él sólo servirás» ( Dt 6, 13; Mt 4, 10). No adoración fría, exterior, de siervo, sino íntima estimación y acatamiento, que es amor entrañable de hijo» 14 .

Los gestos de adoración —como la inclinación de cabeza o de cuerpo, la genuflexión, la postración— quieren siempre expresar reverencia y afecto, sumisión, anonadamiento, deseo de unión, de servicio y, desde luego, ningún servilismo. La verdadera adoración no significa alejamiento, distancia, sino identificación amorosa, porque «un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza» 15 .

¡Qué categoría concedía San Josemaría a esos modales de piedad, por pequeños que pudieran parecer! Esos detalles están llenos de sentido, revelan la finura interior de la persona y la calidad de su fe y de su amor. «¡Qué prisa tienen todos ahora para tratar a Dios! (...). Tú no tengas prisa. No hagas, en lugar de una genuflexión piadosa, una contorsión del cuerpo, que es una burla (...). Haz la genuflexión así, despacio, con piedad, bien hecha. Y mientras adoras a Jesús sacramentado, dile en tu corazón: Adoro te devote, latens deitas. Te adoro, mi Dios escondido» 16 .

Y más importancia aún reconocía a esa actitud interior de amor, que debe empapar todas las manifestaciones externas de la devoción eucarística. La adoración a Jesús sacramentado va de la contemplación de su amor por nosotros, a la declaración rendida del amor de la criatura por Él; pero no se queda sólo en cuestión de palabras, que también resultan necesarias, sino que se manifiesta sobre todo en hechos externos e internos de entregamiento: «que sepamos cada uno decir al Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de Él, que su disponibilidad —inerme— de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles! del pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios» 17 . Haciendo eco a San Juan Damasceno, Santo Tomás de Aquino explica que, en la verdadera adoración, la humillación exterior del cuerpo manifiesta y excita la devoción interior del alma, el ansia de someterse a Dios y servirle 18 .

No hemos de tener reparo —¡al contrario!— en repetir al Señor que le amamos y le adoramos, pero hemos de avalorar esas palabras con nuestras obras de sujeción y de obediencia a su querer. «Dios Nuestro Señor necesita que le repitáis, al recibirlo cada mañana: ¡Señor, creo que eres Tú, creo que estás realmente oculto en las especies sacramentales! ¡Te adoro, te amo! Y, cuando le hagáis una visita en el oratorio, repetídselo nuevamente: ¡Señor, creo que estás realmente presente! ¡te adoro, te amo! Eso es tener cariño al Señor. Así le querremos más cada día. Luego, continuad amándolo durante la jornada, pensando y viviendo esta consideración: voy a acabar bien las cosas por amor a Jesucristo que nos preside desde el tabernáculo» 19 .

Tibi se cor meum totum subiicit, quia, te contemplans, totum deficit

Pasmarse ante el misterio de amor

Ante la entrega de Jesucristo en la Eucaristía, cuántas veces repetía nuestro Padre: «se quedó para ti»; «se humilló hasta esos extremos por amor a ti» 20 . Al contemplar tanto amor, el corazón creyente queda como fulminado, lleno de admiración, y desea corresponder a su vez dándose del todo al Señor. «Yo me pasmo ante este misterio de Amor» 21 . Cultivemos este sentimiento, esta disposición de la inteligencia y de la voluntad, para no acostumbrarnos y para mantener siempre el ánimo sencillo del niño que se maravilla ante los regalos que su padre le prepara. Expresemos también con hondo agradecimiento: «Gracias, Jesús, gracias por haberte rebajado tanto, hasta saciar todas las necesidades de nuestro pobre corazón» 22 . Y, como consecuencia lógica, rompamos a cantar, alabando a nuestro Padre Dios, que ha querido alimentar a sus hijos con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo; perseverando en esa alabanza porque siempre resultará corta 23 .

Jesús se ha quedado en la Eucaristía para remediar nuestra flaqueza, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras angustias; para curar nuestra soledad, nuestras perplejidades, nuestros desánimos; para acompañarnos en el camino; para sostenernos en la lucha. Sobre todo, para enseñarnos a amar, para atraernos a su Amor. «Cuando contempléis la Sagrada Hostia expuesta en la custodia sobre el altar, mirad qué amor, qué ternura la de Cristo. Yo me lo explico, por el amor que os tengo; si pudiera estar lejos trabajando, y a la vez junto a cada uno de vosotros, ¡con qué gusto lo haría!»

»Cristo, en cambio, ¡sí puede! Y Él, que nos ama con un amor infinitamente superior al que puedan albergar todos los corazones de la tierra, se ha quedado para que podamos unirnos siempre a su Humanidad Santísima, y para ayudarnos, para consolarnos, para fortalecernos, para que seamos fieles» 24 .

«No son mis pensamientos como vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos —oráculo de Yahveh—. Pues cuanto superan los cielos a la tierra, así superan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros» ( Is 55, 8-9). La lógica eucarística sobrepasa toda lógica humana, no sólo debido a que la presencia de Cristo bajo las especies sacramentales es un misterio que nunca podremos comprender plenamente con nuestra inteligencia; sino también porque la donación de Cristo en la Eucaristía desborda completamente la pequeñez del corazón humano, la de todos los corazones humanos juntos. A la capacidad de nuestra mente, tanta generosidad le puede parecer inexplicable, porque se halla muy distante de los egoísmos grandes o pequeños que tantas veces nos acechan.

«El más grande loco que ha habido y habrá es Él. ¿Cabe mayor locura que entregarse como Él se entrega, y a quienes se entrega?

»Porque locura hubiera sido quedarse hecho un Niño indefenso; pero, entonces, aun muchos malvados se enternecerían, sin atreverse a maltratarle. Le pareció poco: quiso anonadarse más y darse más. Y se hizo comida, se hizo Pan.

»—¡Divino Loco! ¿Cómo te tratan los hombres?... ¿Yo mismo?» 25 .

Es necesario agrandar el corazón para acercarse a Jesús sacramentado. Ciertamente, se precisa la fe; pero se requiere además, para ser alma de Eucaristía, "saber querer", "saber darse a los demás", imitando —dentro de nuestra poquedad— la entrega de Cristo a todos y a cada uno. Con su experiencia personal, San Josemaría ha podido confiarnos: «La frecuencia con que visitamos al Señor está en función de dos factores: fe y corazón; ver la verdad y amarla» 26 .

En la "escuela" de San Josemaría

Nuestro Padre saboreó con hondura, desde muy joven, el amor de Cristo al quedarse en este Sacramento, porque tenía una fe muy grande —«que se podía cortar»— y porque sabía amar: se podía poner «como ejemplo de hombre que sabe querer». Por eso, la «locura de amor» del Señor al donarse a nosotros en este Sacramento «le robó el corazón», y entendió el colmo de anonadamiento y humillación a que llegó el Señor por cariño tierno y recio a cada uno de nosotros. Por eso también, supo corresponder a ese amor sin ceder a la generalidad del anonimato: se consideró directamente interpelado por Cristo que se ofrecía por su vida, y por la de todos, en la Eucaristía, y estuvo en condiciones de escribir, refiriéndose al Santo Sacrificio: «"Nuestra" Misa, Jesús...» 27 .

Emprendamos cotidianamente ese itinerario de nuestro queridísimo Fundador: pidamos al Señor muchas veces con los Apóstoles, como repetía San Josemaría: adauge nobis fidem!; y, por tanto, aprendamos en "la escuela de Mariano" a darnos constantemente a los demás, comenzando por servir a quienes se encuentran a nuestro alrededor, con una atención vibrante de amor sacrificado. Así sabremos también nosotros entrar en el misterio del Amor eucarístico y unirnos íntimamente al sacrificio de Cristo. A la vez, el amor que alberguemos al Señor sacramentado nos conducirá a darnos a los otros, precisamente sin que se note, sin hacerlo pesar: como Él, pasando ocultos. «Por amor y para enseñarnos a amar, vino Jesús a la tierra y se quedó entre nosotros en la Eucaristía» 28 .

Hemos de imitar en nuestra conducta personal el oblatus est quia ipse voluit Is 53, 7, Vg) de Jesús: esa decidida determinación interior de donarse y entregarse a la persona amada, de cumplir lo que espera y pide. Necesitamos un corazón limpio, lleno de afectos rectos, vacío de los desórdenes que introduce el yo desorbitado. «Las manifestaciones externas de amor deben nacer del corazón, y prolongarse con testimonio de conducta cristiana (...). Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios» 29 .

Ser de verdad almas de Eucaristía no se reduce a la fiel observancia de unas ceremonias, que resultan desde luego indispensables; se extiende a la entrega completa del corazón y de la vida, por amor a Quien nos consignó y nos sigue consignando la suya con absoluta generosidad. Aprendamos de la Virgen la humildad y la disponibilidad sin condiciones para amar, acoger y servir a Jesucristo. Meditemos frecuentemente, como nos proponía nuestro queridísimo Padre, que Ella «fue concebida inmaculada para albergar en su seno a Cristo». Y afrontemos la pregunta con que concluía esa invitación: «si la acción de gracias ha de ser proporcional a la diferencia entre don y méritos, ¿no deberíamos convertir todo nuestro día en una Eucaristía continua?» 30 .

Visus, tactus, gustus in te fallitur, sed auditu solo tuto creditur

Con la luz de la fe

¡Qué patente se alza el fracaso de los sentidos ante el Santísimo Sacramento! La experiencia sensible, camino natural para que nuestra inteligencia conozca lo que son las cosas, aquí no basta. Sólo el oído salva al hombre del naufragio sensible ante la Eucaristía. Sólo oyendo la Palabra de Dios que revela lo que la mente no percibe a través de la sensibilidad, y acogiéndola con la fe, se llega a saber que la sustancia —aunque lo parezca— no es pan sino el cuerpo de Cristo, no es vino sino la sangre del Redentor.

También la inteligencia zozobra, porque no alcanza ni alcanzará jamás a comprender la posibilidad de que permaneciendo lo sensible —las "especies"— del pan y del vino, la realidad sustancial constituya el Cuerpo y la Sangre de Cristo. «Lo que no comprendes y no ves, lo afirma una fe viva, más allá del orden propio de las cosas» 31 .

Por esta virtud teologal se consigue, ante el Misterio eucarístico, la certeza que a la sola razón humana se presenta como imposible. «Señor, yo creo firmemente. ¡Gracias por habernos concedido la fe! Creo en Ti, en esa maravilla de amor que es tu Presencia Real bajo las especies eucarísticas, después de la consagración, en el altar y en los Sagrarios donde estás reservado. Creo más que si te escuchara con mis oídos, más que si te viera con mis ojos, más que si te tocara con mis manos» 32 .

«Es toda nuestra fe la que se pone en acto cuando creemos en Jesús, en su presencia real bajo los accidentes del pan y del vino» 33 . Fe en el poder del Creador; fe en Jesús, que afirma: «Esto es mi cuerpo», y añade: «Éste es el cáliz de mi sangre»; fe en la acción inefable del Espíritu Santo, que intervino en la encarnación del Verbo en el seno de la Virgen e interviene en la admirable conversión eucarística, en la transubstanciación.

Fe en la Iglesia, que nos enseña: «Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia de pan ( Mt 26, 26 ss; Mc 14, 22 ss; Lc 22, 19 ss; 1 Cor 11, 24 ss); de ahí que la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión, y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio, que por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. La cual conversión, propia y convenientemente, fue llamada transubstanciación por la Santa Iglesia Católica» 34 .

En continuidad con este Concilio y con la entera Tradición, el Magisterio posterior ha insistido en que «toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener, para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el cuerpo y la sangre adorables de Cristo Jesús son los que están realmente delante de nosotros» 35 .

Os aconsejo que, especialmente a lo largo de este Año de la Eucaristía , releáis y meditéis algunos de los más importantes documentos que el Magisterio de la Iglesia ha dedicado al Santísimo Sacramento 36 . Acojamos con agradecimiento íntimo estos venerados textos, reforzando nuestra obœdientia fidei a la Palabra de Dios que en esas enseñanzas se nos transmite con autoridad dada por Jesucristo 37 .

Credo quidquid dixit Dei Filius; nil hoc verbo veritatis verius

Palabras de vida

Nuestra fe se funda en las palabras mismas del Señor, que la Iglesia ha entendido siempre como son, es decir, en sentido plenamente real. Después de haber multiplicado los panes y los peces, el Señor declaró: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo» ( Jn 6, 51). No hablaba en términos figurados; si hubiera sido así, al comprobar que muchos —incluidos algunos discípulos— se escandalizaban ante esos vocablos, los habría explicado de otro modo. Pero no lo hizo; al contrario, reafirmó con fuerza: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» ( Jn 6, 54-55). Para que no pensaran que iba a ofrecérseles como alimento de forma material y sensible, añadió: «El Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve de nada; las palabras que os he hablado son espíritu y son vida» ( Jn 6, 63).

Son palabras del Verbum spirans amorem : palabras de amor, que llevan al amor, porque revelan el Amor de Dios a la humanidad, que anuncian la Buena Nueva: «La Trinidad se ha enamorado del hombre» 38 . ¿Cómo no van a importarle nuestras cosas? ¿Cómo no intervendrá en nuestro favor cuando sea necesario? «Dice Sión: "Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado". ¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella pudiera olvidarle, yo no te olvidaré» ( Is 49, 14-15). Este interés, este cuidado de Dios por cada uno de nosotros, con la encarnación del Verbo nos llega a través de su Corazón humano. «Conmueven a Jesús el hambre y el dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia. "Vio Jesús la muchedumbre que le aguardaba, y enterneciéronsele con tal vista las entrañas, porque andaban como ovejas sin pastor, y así se puso a instruirlos sobre muchas cosas" ( Mc 6, 34)» 39 .

Una actitud de confianza

En el plano natural, es lógico subrayar la importancia de la experiencia sensible, como fundamento de la ciencia y del saber. Pero si los ojos se quedan «pegados a las cosas terrenas», no es difícil o extraño que suceda lo que describía nuestro Padre: «Los ojos se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios (...). La inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el "seréis como dioses" ( Gn 3, 5) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios» 40 . En una época que «fomenta un clima mundial para centrar todo en el hombre; un ambiente de materialismo, desconocedor de la vocación trascendente del hombre» 41 , hemos de cultivar en nosotros y difundir a nuestro alrededor la actitud de apertura a los demás, de confianza razonable en la palabra de los otros.

Antes os señalaba que, para comprender el «derroche divino» 42 de la Eucaristía, es preciso "saber querer"; considerad también que es igualmente necesario "saber oír" y confiar, ante todo, en Dios y en su Iglesia. La fe —sometimiento y, a la vez, elevación de la inteligencia— en Jesús sacramentado nos librará de esa espiral nefasta que aleja de Dios y también de los demás; nos defenderá de ese «engreimiento general» que encubre «el peor de los males» 43 . Ese postrar la inteligencia ante la Palabra increada, oculta en las especies de pan, nos ayuda también a no fiarnos sólo de nuestros sentidos y de nuestro juicio, y a reforzar en nosotros la autoridad de Dios que no se equivoca ni puede equivocarse.

En el Sagrario se esconde la fortaleza, el refugio más seguro contra las dudas, contra los temores y las inquietudes 44 . Éste es el Sacramento de la Nueva Alianza, de la Alianza eterna, novedad última y definitiva porque ya no cabe otra posibilidad de darse más. Sin Cristo, el hombre y el mundo se quedarían a oscuras. También la vida del cristiano se torna más y más sombría si se separa de Él. Este Sacramento, con su definitiva novedad, ahuyenta para siempre lo viejo, la incredulidad, el pecado. «Lo caduco, lo dañoso y lo que no sirve —el desánimo, la desconfianza, la tristeza, la cobardía— todo eso ha de ser echado fuera. La Sagrada Eucaristía introduce en los hijos de Dios la novedad divina, y debemos responder in novitate sensus Rm 12, 2), con una renovación de todo nuestro sentir y de todo nuestro obrar. Se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor» 45 .

In Cruce latebat sola deitas, at hic latet simul et humanitas

Con Cristo en el Calvario

La celebración de la Eucaristía nos sitúa en el Calvario, pues «en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la cruz ( Hb 9, 27) (...). Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse» 46 . «Y al Calvario tenemos acceso «no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente , perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado» 47 .

En el Gólgota, en otra cruz, cerca de Jesús está Dimas, el buen ladrón. Coincidimos con él en ese hallarnos realmente ante la misma Persona, en asistir al mismo dramático acontecimiento. También coincidimos —o queremos coincidir— en la fe profunda en esa Persona: él creyó que Jesús traía consigo el Reino de Dios y, arrepentido, deseaba estar con Cristo en ese Reino. Nosotros creemos igualmente que es Dios, el Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvarnos; pero nos distinguimos de aquel pecador contrito en que él veía la humanidad de Cristo, pero no la divinidad; nosotros, en Jesús sacramentado, no vemos ni la divinidad ni la humanidad.

El ladrón arrepentido

A diferencia del otro malhechor, Dimas reconocía sus culpas, aceptaba el castigo merecido por sus ofensas y confesaba la santidad de Jesús: «Éste ningún mal ha hecho» ( Lc 23, 41). También nosotros rogamos al Señor que nos acoja en su Reino. Para recibirle más purificados en nuestro pecho, confesamos nuestras culpas y le pedimos perdón; cuando sea necesario también, como la Iglesia nos enseña, acudiendo antes con dolor constructivo al sacramento de la Reconciliación:

«Si no es decente que nadie se acerque a función alguna sagrada, sino santamente; (...) con tanta más diligencia (el cristiano) debe evitar acercarse a recibirlo sin grande reverencia y santidad, señaladamente leyendo en el Apóstol aquellas tremendas palabras: "El que come y bebe indignamente, come y bebe su propio juicio, al no discernir el cuerpo del Señor" (1 Cor 11, 29). Por lo cual, al que quiere comulgar hay que traerle a la memoria el precepto suyo: "Mas pruébese a sí mismo el hombre" (1 Cor 11, 28).

»La costumbre de la Iglesia declara ser necesaria aquella prueba por la que nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal, por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental» 48 .

La humildad de Cristo crucificado movió a Dimas a no engreírse y a aceptar con mansedumbre el sufrimiento, rechazando la tentación de rebelarse. «Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... —Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz» 49 . Imitemos al latro pœnitens en la disposición humilde, con mayor motivo, porque el ejemplo de anonadamiento en la Eucaristía, que contemplamos con la fe, es aún mayor que aquél que él vio con sus ojos en el Calvario. Cuando el "yo" se alce soberbio, reclamando derechos de comodidad, sensualidad, reconocimientos o agradecimientos, el remedio es mirar al Crucificado, ir al Sagrario, participar sacramentalmente en su sacrificio. A esa conclusión llegaba nuestro Padre, que cerraba así ese punto de Camino : «Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa!» 50 .

Cátedra de todas las virtudes

Escribe Santo Tomás de Aquino que Cristo en la Cruz da ejemplo de toda virtud: «Passio Christi sufficit ad informandum totaliter vitam nostram» 51 , basta volver los ojos al Crucificado, para aprender cuanto necesitamos en esta vida. E insiste: «Nullum enim exemplum virtutis abest a Cruce» 52 , no faltan ejemplos de ninguna virtud, abundan claramente para todas: fortaleza, paciencia, humildad, desprendimiento, caridad, obediencia, desprecio de los honores, pobreza, abandono...

De la Eucaristía podemos afirmar otro tanto: es cátedra excelsa de amor y de humildad; en este divino Don, podemos fortalecernos también en las demás virtudes cristianas. «En la Sagrada Eucaristía y en la oración está la cátedra en la que aprendemos a vivir, sirviendo con servicio alegre a todas las almas: a gobernar, también sirviendo; a obedecer en libertad, queriendo obedecer; a buscar la unidad en el respeto de la variedad, de la diversidad, en la identificación más íntima» 53 .

Se demuestra especialmente como cátedra para las virtudes que deben cultivarse a diario en el trabajo y en la familia, en las situaciones comunes de las personas corrientes: saber esperar, saber acoger a todos, estar disponible siempre... El silencio de Jesús sacramentado resulta sobre todo elocuente para quienes, como nosotros, hemos de santificarnos nel bel mezzo della strada , atareados en mil ocupaciones en apariencia de escasa importancia. Desde el silencio de esa sede, Él nos puntualiza que la vida ordinaria nos ofrece —con la humildad en que transcurre— una posibilidad constante de santificación y de apostolado; que encierra todo el tesoro y la fuerza de Dios, que interviene y dialoga en cada instante con nosotros, y se interesa hasta de la caída de un cabello de la criatura (cfr. Mt 10, 29).

Contemplando a Jesús sacramentado, nos adentramos en la necesidad de movernos con rectitud de intención, con no tener otra voluntad que la de cumplir el querer divino: servir a las almas para que lleguen al Cielo. Se descubre la trascendencia de darnos a los demás, gastando la propia existencia en acompañar a nuestros hermanos los hombres, sin ruido, con paciencia, discretamente; con la amistad y el afecto manifestados en obras quizá pequeñas pero concretas y útiles; con la disponibilidad de tiempo y con la amplitud de corazón que sabe pronunciar para todos, para cada uno, la oportuna palabra, el consejo y el consuelo necesarios, el comentario doctrinal y la corrección fraterna.

«Él se abaja a todo, admite todo, se expone a todo —a sacrilegios, a blasfemias, a la frialdad de la indiferencia de tantos—, con tal de ofrecer, aunque sea a un hombre solo, la posibilidad de descubrir los latidos de un Corazón que salta en su pecho llagado» 54 .

Entregarse al servicio de los demás

Ante la presencia real de Jesús en el Sagrario, se comprende la eficacia inefable de «ocultarse y desaparecer», que no entraña caer en el dolce far niente , aislarse de los demás, dejar de influir en el ambiente y en el desarrollo de los acontecimientos en el propio ámbito familiar, profesional o social. Se traduce, por el contrario, en dar toda la gloria a Dios y respetar la libertad de los demás; y también en empujarles hacia el Señor no con ruido humano, sino con la "coacción" de la propia entrega y de la virtud alegre y generosa.

Mirando al Señor sacramentado, nos persuadimos de la conveniencia de "hacernos pan"; de que los demás puedan alimentarse de lo nuestro —de nuestra oración, de nuestro servicio, de nuestra alegría— para ir adelante en el camino de la santidad. Nos convencemos de la necesidad del «sacrificio escondido y silencioso» 55 , sin espectáculo ni gestos grandilocuentes. «Jesús se quedó en la Eucaristía por amor..., por ti.

»—Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres..., y cómo lo recibes tú.»

»—Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al Sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas —¡muchas!— sigan igual camino» 56 .

En la Eucaristía, Jesús muestra con elocuencia divina que, para ser como Él, hay que entregarse completamente y sin regateos a los demás, hasta hacer de nuestro caminar un servicio constante. «Llegarás a ser santo si tienes caridad, si sabes hacer las cosas que agraden a los demás y que no sean ofensa a Dios, aunque a ti te cuesten» 57 .

Ambo tamen credens atque confitens, peto quod petivit latro pœnitens

Al ritmo de la contrición

Volvamos a la escena del Calvario, para escuchar la petición del buen ladrón, que tanto removía a San Josemaría cuando meditaba el Adoro te devote . «He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: "Peto quod petivit latro pœnitens", y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!

»Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se "abrió" las puertas del Cielo» 58 .

Especialmente en los últimos años, ante las dificultades de la Iglesia, nuestro Padre se acogía con toda su alma a la misericordia divina, pidiendo esta comprensión, este amor de Dios para sí y para todos. No exhibía méritos, que pensaba no tener; «todo lo ha hecho el Señor», aseguraba convencido. No se apelaba a motivos de justicia para conseguir del Señor la ayuda en la tribulación y en la prueba; buscaba el refugio de su compasión. Así, de la fe en Cristo pasaba a la contrición: a la conversión constante y alegre. Con esta lógica actuaba nuestro Padre, bien seguro de que cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies Sal 50 [51], 19), no desprecia Dios un corazón contrito y humillado.

Ahora, con su intercesión en el Cielo, hemos de asimilar ese ritmo de fe y dolor que constituye la señal inequívoca de auténtica vida interior. El trato eucarístico reforzará nuestra esperanza, nuestra confianza en la misericordia del Señor, de muchos modos; entre otros, ayudándonos a descubrir nuestras miserias para que las llevemos al pie de la Cruz y así, con la lucha contra los defectos, alcemos victoriosa la Cruz del Señor sobre nuestras vidas, sobre nuestras debilidades.

Fiarse de la misericordia divina

Dimas encontró la misericordia y la gracia divinas transformando aquella actividad que antes era su "profesión": asaltar y robar a otros. En la cruz, por la fe y un dolor sincero, "asaltó" a Cristo, le "robó" el corazón y entró con Él en la gloria. Nuestro Padre nos ha transmitido la «amorosa costumbre de "asaltar" Sagrarios» 59 ; nos ha enseñado, sobre todo, a unir nuestro trabajo santificado a la ofrenda que Jesús hace de Sí mismo en la Misa y a trabajar así con la fuerza que dimana de su sacrificio.

La experiencia del latro pœnitens es también la nuestra: de la misericordia del Señor esperamos nuestra santificación. Al recibir su perdón y su gracia, reflejamos estos dones en la fraternidad con que tratamos a todos, pues la santidad, la perfección, está directamente relacionada con la misericordia. Lo expresa claramente el mismo Señor: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» ( Mt 5, 48); y «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» ( Lc 6, 36).

Pero hemos de tener siempre presente que «la misericordia no se queda en una escueta actitud de compasión: la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia» 60 . Se traduce sencillamente en darse y dedicarse a los demás, como el buen samaritano: sin descuidar los propios deberes y, al mismo tiempo, decidirse a sacrificar la comodidad y a prescindir de pequeños —o no tan pequeños— planes e intereses personales. «Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso» 61 .

Entendida de ese modo, esta disposición activa del ánimo cabe aplicarla analógicamente a Cristo, Dios y Hombre. Esto resultaría absurdo si refiriéramos nuestra misericordia a Dios en sí mismo, pero no lo es en relación a la Humanidad de Jesús, pues el mismo Señor nos ha dicho que considera dirigida a Él la misericordia usada con sus hermanos los hombres, aun los más pequeños (cfr. Mt 25, 40). Además, podemos vivir la misericordia de algún modo —como desagravio— con la Humanidad del Señor oculta en el Sagrario, donde se nos presenta como «el Gran Solitario»: es un profundo acto de amor y de piedad ir a visitarle a la «cárcel de amor», donde se ha quedado «voluntariamente encerrado» 62 porque ha querido estar siempre con nosotros, hasta el final.

¡Cuántas posibilidades se nos abren para "tratarle bien", para acompañarle, para manifestarle cariño! A tal conducta nos alentaba San Josemaría: «Jesús Sacramentado, que nos esperas amorosamente en tantos Sagrarios abandonados, yo pido que en los de nuestros Centros te tratemos siempre "bien", rodeado del cariño nuestro, de nuestra adoración, de nuestro desagravio, del incienso de las pequeñas victorias, del dolor de nuestras derrotas» 63 .

Plagas, sicut Thomas, non intueor, Deum tamen meum te confiteor

La actitud inicial de Tomás

Ocho días después de la Resurrección de Jesús, en el Cenáculo, Tomás mira al Señor, que le muestra sus llagas y le dice: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel» ( Jn 20, 27). Nosotros, en la Eucaristía, nos encontramos también realmente ante su cuerpo glorioso, aunque a la vez en estado de víctima — Christus passus — por la separación sacramental del cuerpo y de la sangre. «El sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucaristía "pan de vida" ( Jn 6, 35 y 48), "pan vivo" ( Jn 6, 51)» 64 .

Podemos pensar que el Apóstol Tomás, cuando prendieron a Jesús en Getsemaní y después —ante el "fracaso humano" de Cristo—, se sentiría desconcertado, defraudado, desesperanzado. Quizá su hundimiento interior fuese especialmente emotivo y por esto le costase, más que a los otros diez, aceptar la realidad de la Resurrección del Señor. Se le hizo particularmente difícil volver a creer en Jesús, esperar de nuevo en Él, llenarse otra vez de sólida ilusión; en pocas palabras: amarle y sentirse amado por Él. Y puso condiciones.

Dios se ha revelado progresivamente, y el curso histórico de la Revelación de alguna manera se traduce a nivel personal en el itinerario de fe de cada uno. Cualquier nuevo paso en ese camino significa un abandono interior también "nuevo", que resulta más costoso, que obliga a una mayor identificación con Cristo, muriendo más y más al propio yo. Y nos conviene estar prevenidos, porque la reacción de Santo Tomás puede también asomarse a nuestra alma: una actitud de incredulidad, de resistencia a creer sin vacilación, a creer más: no nos extrañemos ni nos asustemos. Para salvar este inconveniente, repitamos con más fe ante el Sagrario y en otras ocasiones: Dominus meus et Deus meus! Jn 20, 28).

Los Apóstoles creían en Jesús como profeta y enviado de Dios; como Mesías y Salvador de Israel; como Hijo de Dios. Pero se habían formado una idea inexacta de cómo se actuaría esa salvación y qué formas asumiría el Reino de su Maestro. Los anuncios que Cristo puntualizó sobre su pasión y muerte, al menos tres veces, no los entendieron del todo. Luego, en parte por su indolencia y en parte por toda la tragedia de la pasión, los acontecimientos les pusieron violentamente ante el plan de Dios, y todos naufragaron excepto San Juan. Y les costó, de modo particular a Santo Tomás, aceptar la realidad gloriosa de Cristo resucitado. Pero las diversas apariciones del Señor resolvieron sus reservas, y el mismo Tomás superó su flojedad espiritual, como acabo de mencionar, con un maravilloso acto de fe y de amor: Dominus meus et Deus meus! A la hora de las pruebas

No excluyamos en nosotros mismos, por diversos motivos, una inicial resistencia a creer, por la acumulación de experiencias negativas; por la adversidad de un ambiente anticristiano; o por «un encuentro inopinado con la Cruz» 65 , que se nos muestra más concreta y cruda: «Porque Dios nos pide a todos una abnegación plena, y a veces el pobre hombre de barro —de que estamos hechos— se rebela; sobre todo, si hemos dejado que nuestro yo se interponga en el trabajo, que ha de ser para Dios» 66 .

Ese tipo de situaciones las superamos siempre, con la gracia divina, si las afrontamos por lo que son: invitaciones a acercarnos más a Dios, a conocerle mejor y amarle más, a servirle con más eficacia. Y el medio más seguro para superarlas nos viene facilitado por el encuentro con Cristo crucificado y glorioso; con Jesús sacramentado. De modo muy especial, entonces, ha llegado el momento de ir al Sagrario a hablar con el Señor, que nos muestra sus llagas como credenciales de su amor; y, con fe en esas llagas que físicamente no contemplamos, descubriremos con los apóstoles la necesidad del Misterio de que «Cristo padeciera y así entrara en su gloria» ( Lc 24, 26); acogeremos más claramente la Cruz como un don divino, entendiendo así aquella exhortación de nuestro Padre: «empeñémonos en ver la gloria y la dicha ocultas en el dolor» 67 .

A las llagas de Cristo

Insisto, hijas e hijos míos, no debemos sorprendernos ni asustarnos si nos topamos con situaciones especialmente duras, en las que el "claroscuro" de la fe nos presenta más explícitamente su dimensión de oscuridad; ocasiones en que quizá resulte más difícil reconocer a Cristo, ni tan siquiera otear por dónde pasa el camino querido por Dios. Este tipo de pruebas interiores puede deberse, a veces, a la miseria humana, a la falta de correspondencia; pero con frecuencia no es así, sino que forma parte del plan querido por Dios para identificarnos con Jesucristo, para santificarnos.

Ha llegado el momento de "ir", como hizo el Apóstol Tomás, a las llagas de Cristo. Así nos lo explica San Josemaría: «No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios.

»Es la hora de amar la mortificación pasiva, que viene —oculta o descarada e insolente— cuando no la esperamos (...).

»Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus Llagas. Y en esos tiempos de purgación pasiva, penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas que procuramos esconder, necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas Santísimas Heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa Sangre redentora, para fortalecernos (...).

»Id como más os conmueva: descargad en las Llagas del Señor todo ese amor humano... y ese amor divino. Que esto es apetecer la unión, sentirse hermano de Cristo, consanguíneo suyo, hijo de la misma Madre, porque es Ella la que nos ha llevado hasta Jesús» 68 .

No sólo en momentos de prueba, sino siempre, busquemos más perseverantemente el encuentro con Cristo resucitado, que nos espera en el Altar y en el Sagrario. ¡Con cuánta confianza y seguridad hemos de acudir a la oración ante Jesús sacramentado, para pedir, con la audacia de los niños, por tantas necesidades e intenciones! Tomás apóstol puso ese encuentro como condición para creer; nosotros, ahora, por la gracia de Dios, abrigamos la certeza de que en ese situarnos ante Jesús se resuelven todas nuestras dificultades espirituales. No contemplamos ni la humanidad ni la divinidad del Señor, pero creemos firmemente, y vamos a Él, que «nos ve, nos oye, nos espera y nos preside desde el Tabernáculo, donde está realmente presente escondido en las especies sacramentales (...), que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... y enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz» 69 . Así seremos fieles y sentiremos el impulso y la fuerza para decir a todo el mundo, sin respetos humanos, con naturalidad y con urgencia, que hemos encontrado a Cristo, que le hemos tocado, ¡que vive! Saborearemos, como San Josemaría, la verdad y el gozo de que Iesus Christus heri et hodie idem, et in sæcula! Hb 13, 8).

Fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere

Almas de eucaristía: fe, amor, esperanza

El crecimiento de la vida espiritual está directamente relacionado con el crecimiento de la devoción eucarística. ¡Con qué fuerza lo predicó nuestro Padre! Como fruto de su propia experiencia espiritual, nos empuja a cada una, a cada uno: «¡Sé alma de Eucaristía! —Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!» 70 .

El deseo de santidad y el celo apostólico encuentran en la contemplación eucarística su cauce y su fundamento más sólido. «No comprendo cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística» 71 .

Cuando Dios se acerca al alma para atraerla a Sí, la criatura debe disponerse con más actos de fe, de esperanza y de amor; debe intensificar su vida teologal, traduciéndola en más oración, más penitencia, mayor frecuencia de sacramentos, más intenso trato eucarístico. Así se comportó siempre nuestro Padre, sobre todo desde que el Señor empezó a manifestarse a su alma, con aquellos barruntos de amor. Ya en el Seminario de San Carlos pasó noches enteras en oración, acompañando al Señor en el Sagrario; a medida que transcurrían las jornadas, percibía hondamente la urgencia de estar más con Él.

El camino cristiano es senda esencialmente teologal: fruto del conocimiento sobrenatural, de la tensión al Bien infinito que es la Trinidad, de la comunión en la caridad. Y la adoración eucarística contiene su expresión más sublime, porque se dirige a Dios tal como Él ha decidido quedarse más a nuestro alcance. A la vez, y por lo mismo, se nos muestra como el medio mejor para crecer en esas tres virtudes. Nuestro Padre las pedía todos los días, precisamente en la Santa Misa, mientras alzaba a Jesús sacramentado en la Hostia consagrada y en el cáliz con su Sangre: adauge nobis fidem, spem, caritatem!

La fe, la esperanza y la caridad: virtudes sobrenaturales, que sólo Dios puede infundir en las almas y sólo Él puede intensificar. Pero eso no significa que la recepción de estos dones divinos exima de la colaboración personal, porque en todos sus planes jamás el Omnipotente impone su amor: «No quiere esclavos, sino hijos, y respeta nuestra libertad» 72 . Por esto, de ordinario, dispone que su acción inefable esté acogida y acompañada por el esfuerzo de la criatura: admirémonos ante la categoría que nos atribuye.

Delicadezas del Señor

Cabe descubrir que el ocultamiento de Jesucristo en las especies eucarísticas, que responde a las exigencias de la economía sacramental, también responde precisamente al deseo divino de no forzar la libertad humana. Ocultándose, el Señor nos invita a buscarle, mientras Él sale a nuestro encuentro, «se hace el encontradizo» 73 . ¡Cuántas veces sucedió así con San Josemaría, que, sin darse cuenta, sin proponérselo expresamente, se encontraba "rumiando" palabras de la Escritura que iluminaban aspectos de su labor, que le manifestaban la voluntad de Dios, que contestaban a problemas y dudas que había expuesto a su Señor! «Cuenta el Evangelista que Jesús, después de haber obrado el milagro, cuando quieren coronarle rey, se esconde.

»—Señor, que nos haces participar del milagro de la Eucaristía: te pedimos que no te escondas, que vivas con nosotros, que te veamos, que te toquemos, que te sintamos, que queramos estar siempre junto a Ti, que seas el Rey de nuestras vidas y de nuestros trabajos» 74 .

La vida teologal, de fe, esperanza y caridad, por su misma naturaleza tiende siempre a más, a un crecimiento de la correspondencia: no se conforma con lo que ya hace. Señal de amar de verdad a Dios, por tanto, es juzgar que se le ama poco, que se ha de aumentar el trato diario. Sólo quien alberga un amor escaso, piensa que ya ama mucho. Nuestro Padre nos interpela con fuerza: «¿Que... ¡no puedes hacer más!? —¿No será que... no puedes hacer menos?» 75 . Respondamos, acudiendo una vez más a Cristo, Señor nuestro, oculto en el Sagrario: «Fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere!»

Esta tensión a "más" —como toda la vida cristiana— encuentra en la Eucaristía su raíz y su centro. Porque Jesús eucarístico es la cumbre del "crescendo" de donación de Dios a la humanidad, y —al identificarnos con Él— nos comunica esa misma tendencia al "crescendo" en entrega personal, "suaviter et fortiter", como llevándonos de la mano. Así lo expresaba San Josemaría: «Comenzaste con tu visita diaria... —No me extraña que me digas: empiezo a querer con locura la luz del Sagrario» 76 . Y, ante el Tabernáculo, supliquemos con fervorosa piedad a Jesús que nos conceda a todos, más y más, una «fe operativa», una «caridad esforzada», una «esperanza constante» (1 Ts 1, 3).

O memoriale mortis Domini, panis vivus, vitam præstans homini

Memorial del Sacrificio de la Cruz

La Eucaristía es memorial de la muerte del Señor y banquete donde Cristo nos da como alimento su cuerpo y su sangre. «La divina sabiduría —enseña Pío XII— ha hallado un modo admirable para hacer manifiesto el sacrificio de nuestro Redentor con señales exteriores, que son símbolos de muerte. En efecto, gracias a la transubstanciación del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo, así como está realmente presente su cuerpo, también lo está su sangre; y de esa manera las especies eucarísticas, bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta separación del cuerpo y de la sangre. De este modo, la conmemoración de su muerte, realmente sucedida en el Calvario, se repite en cada uno de los sacrificios del altar; ya que por medio de señales diversas se significa y se muestra a Jesucristo en estado de víctima» 77 .

Juan Pablo II, al exponer esta doctrina, escribe: «La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica. Lo que se repite es su celebración memorial, la "manifestación memorial" ( memorialis demonstratio ), por la cual el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del Misterio eucarístico no puede ser entendida, por tanto, como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario» 78 .

La Santa Misa jamás se queda, por tanto, en un simple recuerdo del acontecimiento salvador del Gólgota, sino que lo actualiza sacramentalmente. Todo sacramento realiza lo que significa; así, la Misa significa y hace presente el mismo sacrificio de Jesús en el Calvario. Nos trae el memorial vivo de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. «Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la Cruz, permanece siempre actual» 79 . En el Sacrificio de la Misa, unimos todo lo nuestro al ofrecimiento con que Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, se entregó a Dios Padre, en adoración, acción de gracias, satisfacción por los pecados de la humanidad y petición por todas las necesidades del mundo.

Centro y raíz de la vida espiritual

Nuestro Fundador, en sus catequesis, se esforzaba en explicar la íntima relación existente entre la Última Cena, la Cruz y la Misa. En momentos en los que, en no pocos ambientes, se oscurecía la esencia sacrificial de la Eucaristía, puso especial hincapié en el infinito valor del Santo Sacrificio. Con palabras asequibles a todos, comentaba en una ocasión: «Distingo perfectamente la institución de la Sagrada Eucaristía, que es un momento de manifestación de amor divino y humano, y el Sacrificio en el madero de la Cruz. En la Cena, Jesús estaba pasible, no había padecido aún; en el Calvario está paciente, sufriendo con gesto de Sacerdote Eterno. Jesús está allí clavado con hierros, después de haber santificado el mundo con sus pisadas, y muere por amor de cada uno de nosotros: toda su sangre es el precio de nuestra alma, de cada alma» 80 .

Con esa inmolación, el Señor nos ha obtenido una redención eterna (cfr. Hb 9, 12). Este sacrificio «es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él , como si hubiéramos estado presentes. Así pues, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe, de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas» 81 .

San Josemaría supo acoger este legado de fe y vivirlo a fondo en todas sus implicaciones. Siguiendo el consejo y el ejemplo de los Santos Padres, buscó siempre imitar —a lo largo de cada día— lo que se realiza en la Misa, y esto mismo aconsejaba a los demás: «¡Que te identifiques con ese Jesús Hostia que se ofrece en el altar!» 82 . Siempre se ejercitó en lo que enseñaba: la Santa Misa, como centro y raíz de la vida espiritual del cristiano , constituyó el fundamento de cada una de sus jornadas. Y lo supo meditar y transmitir a la luz de su contemplación profunda del Misterio eucarístico.

La Misa «es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi , en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.

»El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias. Éste es el sacrificio que profetizó Malaquías (...). Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley.

»La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación» 83 .

Una correspondencia esforzada

La celebración de la Eucaristía debe convertirse, insisto, en el centro y raíz de la vida espiritual de un hijo de Dios, porque en este sacramento culmina el sacrificio de la vida del Hijo de Dios: no sólo lo pone ante nuestros ojos y nos concede imitarlo en nuestra respuesta cotidiana, sino que además nos otorga la gracia de la Redención y la posibilidad de entregarnos como Él para la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Recibir tan inefable don requiere nuestra esforzada correspondencia, y que nos afanemos seriamente en unirnos —en unir todo lo nuestro— a la oblación de Jesús a Dios Padre. «En el Santo Sacrificio del altar, el sacerdote toma el Cuerpo de nuestro Dios y el Cáliz con su Sangre, y los levanta sobre todas las cosas de la tierra, diciendo: "Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso" —¡por mi Amor!, ¡con mi Amor!, ¡en mi Amor!

»Únete a ese gesto. Más: incorpora esa realidad a tu vida» 84 .

Deseo insistir en que nuestro Padre no se limitó a enseñar que la Santa Misa es centro y raíz de la vida interior, sino que también mostró cómo corresponder personalmente a la donación de la Trinidad en el Santo Sacrificio, de modo que la pelea espiritual de cada uno girara verdaderamente en torno a la Misa, de este Sacrificio se nutriera y en este Holocausto se enraizara.

Entre otros consejos, comentaba que le resultaba muy provechoso dividir la jornada en dos mitades: una para preparar la Misa y otra para agradecerla; aprovechaba el tiempo del reposo nocturno para intensificar el diálogo contemplativo, subrayando su dimensión eucarística; y, muy especialmente, procuraba saborear y sacar contenido a cada gesto y a cada palabra de los diversos momentos que componen la celebración eucarística. Unía toda esa ejercitación —siempre con nuevos matices— a expresiones de fe, esperanza y caridad, a situaciones e intenciones concretas. ¡Cuánto nos ayuda su homilía "La Eucaristía, misterio de fe y de amor"! 85 .

Todo cuanto, con la gracia de Cristo —savia divina— nos llega de la raíz eucarística, exige —ya os lo he dicho— también esfuerzo de nuestra parte. San Josemaría nos exhorta a este estupendo combate diario: «Lucha para conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto —prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente—, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar...» 86 .

Comunión con Cristo y unidad de la Iglesia

En el Sacrificio del Altar se unen el aspecto convivial y el sacrificial: Cristo, a través del sacerdote, se ofrece como Víctima a Dios Padre, y el mismo Padre nos lo entrega a nosotros como alimento. Cristo sacramentado es el «Pan de los hijos» 87 . La comunión del cuerpo y sangre del Señor nos llena de una gracia específica, que produce en el alma efectos análogos a los que el alimento causa en el cuerpo, «como son el sustentar, el crecer, el reparar y deleitar» 88 . Pero a diferencia del alimento corporal, donde el cuerpo asimila a sí lo que come, aquí sucede al revés: somos nosotros los asimilados por Cristo a su Cuerpo, nos transformamos en Él. «Nuestra participación en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no tiende a otra cosa que a transformarnos en aquello que recibimos» 89 .

La Eucaristía se alza en la Iglesia como el sacramento de la unidad, porque al comer todos un mismo Pan, nos hacemos un solo Cuerpo. La Santa Misa y la Comunión edifican la Iglesia, construyen su unidad y su firmeza, le dan cohesión. «Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por eso mismo, Cristo une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a formar un solo cuerpo (cfr. 1 Cor 12, 13); la Eucaristía realiza esta llamada» 90 .

Hijas e hijos míos, ¡qué importante es que nos unamos a la Cabeza visible, al celebrar o al participar en este Santo Sacrificio! Todos bien pegados a la Cabeza de la Iglesia universal, al Papa; vosotros a quien hace Cabeza en cada Iglesia particular, a los Obispos, y muy especialmente a este Padre vuestro que el Señor ha querido poner como Cabeza visible y principio de unidad en esta «partecica de la Iglesia» que es la Obra.

Præsta meæ menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere

Vivir de Cristo

«La carne de Cristo, en virtud de su unión con el Verbo, es vivificante» 91 . San Lucas escribe: «Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos» ( Lc 6, 19). También el Pan eucarístico es no sólo pan vivo, sino vivificante, que da la vida divina en Cristo. Al recibirlo, cada uno puede decir con San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» ( Gal 2, 20).

Præsta meæ menti de te vivere... Esta estrofa nos invita a que todo en nosotros se alimente de vivir siempre de Cristo, a asumir una conducta completamente fiel a su amor, a gustar perseverantemente de sus dulzuras: que nuestro gozo y nuestro "gusto" estén en Cristo, que vayamos a Él «como el hierro atraído por la fuerza del imán» 92 .

Este deseo sincero, esta petición, ayuda poderosamente a anhelar y a cuidar la unidad de vida; con otras palabras: no tener más que un Señor en el alma (cfr. Mt 6, 24); no buscar más que una cosa (cfr. Lc 10, 42), y someterse totalmente a un solo Amor, que es Él; no querer sino lo que quiere Dios, y acoger lo demás porque Dios lo quiere y en el modo y medida que Él lo dispone; estar tan identificado con Cristo, que el cumplimiento de su Voluntad se revele en la criatura como característica esencial de la propia personalidad. Significa poseer «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» ( Flp 2, 5); y, para lograrlo, pidámoselo a Él, como San Josemaría: «Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma» 93 .

Los cristianos no hemos de olvidar que, con el Señor, omnia sancta , todo es santo; sin Él, mundana omnia, todo es mundano. No nos dejemos engañar por la falta de amor, que se oculta tras una apariencia de naturalidad, para no arrostrar con decisión —por amor— las consecuencias de la fidelidad a Cristo. Nuestra relación con Dios sólo puede construirse sobre el único modelo que es Cristo; y debemos ver con claridad que la relación de Jesús con su Padre brilla por su total unidad: «Yo y el Padre somos uno» ( Jn 10, 30).

Unidad de vida

La Santa Misa, por sí misma y más aún cuando se lucha para que sea el centro de la propia vida interior, posee un poder verdaderamente unificante de la existencia humana. Jesús sacramentado, en la renovación incruenta de su sacrificio en el Calvario, toma por completo los trabajos y las intenciones de la persona que se une a su oblación; y los recapitula en la adoración que Él rinde al Padre, en el agradecimiento que le manifiesta, en la expiación que le ofrece, y en la petición que le dirige.

Así como Cristo, en su caminar terreno, recapituló la historia humana desde Adán; y, en su sacrificio, recapituló su propia vida; así también en el Sacrificio de la Misa se unifica todo lo que Dios otorga a la humanidad y se sintetiza cuanto la humanidad puede elevar al Padre en Cristo, bajo el impulso del Paráclito. En una palabra, «la Sagrada Eucaristía (...) resume y realiza las misericordias de Dios con los hombres» 94 .

El Santo Sacrificio compendia lo que ha de ser nuestra conducta: adoración amorosa, acción de gracias, expiación, petición; es decir, dedicación a Dios y, por Él, a los demás. En la Misa debe confluir cuanto nos pese y nos agobie, cuanto nos colme de alegría y nos ilusione, cada detalle del quehacer cotidiano; hemos de ir con las preocupaciones nuestras y las de los demás, las del mundo entero.

En las pasadas fiestas de Navidad, comentaba a un grupo de hermanos vuestros que no fueran a Belén sólo con sus intenciones y necesidades, que llevasen al Niño los sufrimientos y las urgencias de todas las personas de la Obra, de la Iglesia, del mundo entero. Y lo mismo os aconsejo ahora a todas y a todos: id a la Misa, presentando al Señor las urgencias materiales y espirituales de todos, como Cristo subió al Madero cargado con los pecados de los hombres de todos los tiempos. Intentemos subir con Él y como Él a la Cruz, donde intercedió —y ahora intercede desde los altares y desde los sagrarios de esta tierra— ante su Padre, para obtener a cada criatura, con sobreabundancia divina, las gracias que necesita, sin excluir ninguna.

Recordáis que, en 1966, San Josemaría tuvo una fuerte experiencia, que relató así: «Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: "operatio Dei", trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina.

»A Cristo también le costó esfuerzo la primera Misa: la Cruz» 95 .

Interpretó ese episodio como si Dios hubiese querido premiar su esfuerzo de años por centrar su existencia entera en el Santo Sacrificio; y, a la vez, confirmarle en la validez sobrenatural de ese camino para alcanzar la unidad de vida tan característica del espíritu de la Obra. Peleemos, jornada tras jornada, para que —hagamos lo que hagamos— nuestra mente se dirija a Jesucristo, para adherirnos a sus designios y también para adentrarnos en su dulce saber.

Pie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine

Purificarse más y más

La antigua creencia de que el pelicano alimenta a sus crías con su sangre, haciéndola brotar de su pecho herido con el pico, ha sido tradicionalmente un símbolo eucarístico, que trataba de ejemplificar de algún modo la inseparabilidad de los aspectos sacrificial y convivial de la Eucaristía. Efectivamente, en la Santa Misa «se efectúa la obra de nuestra redención» 96 , y se nos da a comer el cuerpo de Cristo y se nos da a beber su sangre.

En este Sacramento, queda patente que la sangre de Cristo redime y a la vez alimenta y deleita. Es sangre que lava todos los pecados (cfr. Mt 26, 28) y vuelve pura el alma (cfr. Ap 7, 14). Sangre que engendra mujeres y hombres de cuerpo casto y de corazón limpio (cfr. Zac 9, 17). Sangre que embriaga, que emborracha con el Espíritu Santo y que desata las lenguas para cantar y narrar las «magnalia Dei» ( Hch 2, 11), las maravillas de Dios.

La Eucaristía, por ser el mismo sacrificio del Calvario, contiene en sí la virtud de lavar todo pecado y conceder toda gracia: de la Misa, como del Calvario, nacen los demás sacramentos, que luego nos dirigen al Holocausto de Jesucristo como a su fin. Pero el sacramento ordinario —repetidlo en el apostolado—, dispuesto por Dios para la remisión de los pecados mortales, no es la Misa, sino el de la Penitencia; el de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia, mediante la absolución que sigue a la confesión plenamente sincera y contrita —ante el sacerdote— de todos los pecados mortales aún no perdonados directamente en este sacramento 97 .

Comulgar dignamente

Más aún, la Eucaristía, precisamente porque es manifestación y comunicación de amor, exige, en quienes quieren recibir el cuerpo y la sangre del Señor, una clara disposición de unión a Jesús por la gracia. «¿Has pensado en alguna ocasión cómo te prepararías para recibir al Señor, si se pudiera comulgar una sola vez en la vida?

»—Agradezcamos a Dios la facilidad que tenemos para acercarnos a Él, pero... hemos de agradecérselo preparándonos muy bien, para recibirle» 98 .

La calidad y la delicadeza de esa preparación depende, como ya os recordaba antes, de la finura y profundidad interior de la persona, particularmente de su fe y de su amor a Jesús sacramentado. «Hemos de recibir al Señor, en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos...

»—Y si me preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma» 99 .

Naturalmente, no hay que esperar a ser perfectos —estaríamos siempre esperando— para recibir sacramentalmente al Señor, ni hay que dejar de asistir a Misa porque falte sentimiento o porque a veces vengan distracciones. «Comulga. —No es falta de respeto. —Comulga hoy precisamente, cuando acabas de salir de aquel lazo.

»—¿Olvidas que dijo Jesús: no es necesario el médico a los sanos, sino a los enfermos?» 100 .

Menos aún hay que dejar de recibir la Santa Comunión, porque la frecuencia en la recepción de este Sacramento parezca que no produce en nosotros el efecto que cabría esperar de la generosidad divina. «¡Cuántos años comulgando a diario! —Otro sería santo —me has dicho—, y yo ¡siempre igual!

»—Hijo —te he respondido—, sigue con la diaria Comunión, y piensa: ¿qué sería yo, si no hubiera comulgado?» 101 .

Más bien el cristiano debe razonar con el pensamiento de que esa frecuencia, ya antigua en la Iglesia, es signo de un enamoramiento auténtico, que las propias miserias no pueden apagar. «Alma de apóstol: esa intimidad de Jesús contigo, ¡tan cerca de Él, tantos años!, ¿no te dice nada?» 102 .

Cuando asomen esos falaces argumentos, u otros semejantes, es el momento de asumir, más que nunca, con agradecimiento y confianza en Jesús, la actitud del centurión, que repetimos en la Santa Misa: «Domine, non sum dignus!». No cabe olvidar que, ante la majestad y la perfección de Cristo, Dios y Hombre, nosotros somos pordioseros que nada poseen, que estamos manchados con la lepra de la soberbia, que no siempre vemos la mano de Dios en lo que nos sucede y que, en otras ocasiones, nos quedamos paralizados ante su Voluntad. Pero todo esto no justifica la actitud de retraernos; nos ha de conducir, en cambio, a repetir muchas veces, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre: «yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción...»

Cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere

Dar a conocer la eficacia de la Eucaristía

Con estas palabras, se nos menciona de nuevo esa característica, tan propia de la Eucaristía: su "sobreabundancia", el "exceso" de amor divino que se nos ha concedido y se nos continúa ofreciendo constantemente. La estrofa del himno eucarístico se refiere a la dimensión expiatoria de este Sacramento: bastaba una gota de la sangre del Hombre-Dios para borrar todos los pecados de la humanidad. Pero quiso derramar toda. «Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y al instante brotó sangre y agua» ( Jn 19, 34). La sangre, entre los pueblos antiguos, y en cierto modo también hoy, supone signo de vida. Cristo decidió no ahorrarse nada de su sangre, también como manifestación de su voluntad precisa de comunicarnos toda su Vida.

Contemplar la entrega total de Jesús por nosotros, considerar una vez más que «no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor» 103 , nos alienta a ser conscientes de que nosotros no podemos contentarnos con conducirnos personalmente como almas de Eucaristía: hemos de impulsar a que también tomen esa determinación los demás.

No basta con que cada uno, cada una, de nosotros busque y trate al Señor en la Eucaristía; debemos conseguir "contagiar" —en nuestra labor apostólica— a cuantos más mejor, para que también miren y frecuenten esa amistad inigualable. «Amad muchísimo a Jesús sacramentado, y procurad que muchas almas le amen: sólo si metéis esta preocupación en vuestras almas, sabréis enseñarla a los demás, porque daréis lo que viváis, lo que tengáis, lo que seáis» 104 .

Ante la triste ignorancia que hay, incluso entre muchos católicos, pensemos, hijas e hijos míos, en la importancia de explicar a las personas qué es la Santa Misa y cuánto vale, con qué disposiciones se puede y se debe recibir al Señor en la comunión, qué necesidad nos apremia de ir a visitarle en los sagrarios, cómo se manifiestan el valor y el sentido de la «urbanidad de la piedad» 105 .

Ahí se nos abre un campo inagotable y fecundísimo para el apostolado personal, que traerá como fruto, por bendición del Señor, muchísimas vocaciones. Así nos lo repitió nuestro queridísimo Padre desde el principio, también con su comportamiento diario. «Para cumplir esta Voluntad de nuestro Rey Cristo» (nuestro Padre se refiere con estas palabras a la extensión de la Obra por el orbe), «es menester que tengáis mucha vida interior: que seáis almas de Eucaristía, ¡viriles!, almas de oración. Porque sólo así vibraréis con la vibración que el espíritu de la Obra exige» 106 .

Amar la mortificación y la penitencia

Para convertirnos realmente en almas de Eucaristía y almas de oración, no cabe prescindir de la unión habitual con la Cruz, también mediante la mortificación buscada o aceptada. Don Álvaro nos ha dejado escrito que, en una ocasión, nuestro Padre preguntaba a un grupo de hijos suyos: «¿Qué haremos para ser apóstoles, como el Señor quiere, en el Opus Dei?». Y respondió inmediatamente, con energía y con firmísimo convencimiento: «¡llevar a Cristo crucificado en nosotros! (...). El Señor escucha las peticiones de las almas mortificadas y penitentes» 107 . Don Álvaro sacaba enseguida la conclusión, que aplicaba a sí mismo y a todos: «Considerad que, para ser fieles al gran compromiso de corredimir, hemos de identificarnos personalmente con Nuestro Señor Jesucristo, mediante la crucifixión de nuestras pasiones y concupiscencias en el alma y en el cuerpo (cfr. Gal 5, 24). Ésta es la divina "paradoja" que ha de renovarse en cada uno: "Para Vivir hay que morir" ( Camino , n. 187)» 108 .

Precisamente en el sacramento del Sacrificio del Hijo de Dios, obtenemos la gracia y la fuerza para identificarnos con Cristo en la Cruz. No lo dudemos: el origen y la raíz de nuestra vida de mortificación se encuentran en la devoción eucarística. Sólo estaremos en condiciones de afirmar que somos auténticas almas de Eucaristía, si vivimos de verdad — cum gaudio et pace — clavados con Cristo en la Cruz; si sabemos «sujetarnos y humillarnos, por el Amor», si «nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestros sentidos y potencias, nuestras palabras y nuestras obras», todo, está "bien atado", por el amor a la Virgen, a la Cruz de su Hijo» 109 . Un alma de Eucaristía necesariamente es, siempre y a la vez, un alma sacerdotal; y de modo concreto, si la criatura se consume en deseos de reparar y de sacrificar. Entonces guarda un alma «esencialmente, ¡totalmente!, eucarística» 110 .

Cuando nos tomamos en serio que la Misa es «nuestra Misa, Jesús», porque la celebra Jesús con cada uno de nosotros, porque cada uno hace de sí una oblación a Dios Padre unida a la de Cristo, entonces dura las veinticuatro horas de la jornada. «Amad mucho al Señor. Tened afán de reparación, de una mayor contrición. Es necesario desagraviarle, primero por nosotros mismos, como el sacerdote hace antes de subir al altar. Y nosotros, que tenemos alma sacerdotal, convertimos nuestra jornada en una misa, muy unidos a Cristo sacerdote, para presentar al Padre una oblación santa, que repare por nuestras culpas personales y por las de todos los hombres (...). Tratadme bien al Señor, en la Misa y durante todo el día» 111 .

Iesu, quem velatum nunc aspicio, / oro, fiat illud quod tam sitio, / ut te revelata cernens facie, / visu sim beatus tuæ gloriæ

Hambres de ver el rostro de Cristo

Concluye el Adoro te devote con esta estrofa, que cabría resumir así: Señor, ¡que te quiero ver! Muy lógica conclusión, pues la Eucaristía, «prenda de la gloria venidera» 112 , nos concede un anticipo de la vida definitiva. «La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del Cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino» 113 .

Este tesoro central de la Iglesia anticipa la eternidad, porque nos convierte en comensales de la "Cena del Cordero", donde los bienaventurados se sacian de la visión de Dios y de su Cristo (cfr. Ap 19, 6-10). Nosotros conseguimos ya, por la gracia de Dios, acceso a la misma realidad, pero no de modo pleno: sólo imperfectamente (cfr. 1 Cor 13, 10-12). Con el don del Sacramento se nos aumenta y se consolida la vida nueva conferida con el Bautismo, que está llamada a su perfección en la gloria.

La recepción de Jesús en la Sagrada Comunión nos obtiene serenidad ante la muerte y ante la incertidumbre del juicio, porque Él ha asegurado: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día» ( Jn 6, 54). «Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo» 114 . La fe y la esperanza eucarísticas alejan de nosotros muchos temores.

La Sagrada Eucaristía es «la acción más sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida: comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor viene a ser, en cierto sentido, como desligarnos de nuestras ataduras de tierra y de tiempo, para estar ya con Dios en el Cielo, donde Cristo mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado (cfr. Ap 21, 4)» 115 .

Este Sacramento se coloca como en el umbral entre esta vida y la otra, no sólo cuando se administra a los moribundos en forma de viático; sino más propiamente porque contiene a Christus passus , ya glorioso, de modo que participa en el orden sacramental de la condición de esta vida, mientras sustancialmente pertenece ya a la otra. También por eso, la piedad eucarística nos irá haciendo más y más Opus Dei, empujándonos a conducirnos como contemplativos en el mundo, pues caminamos amando en la tierra y en el Cielo: «no "entre" el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez! Esta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras estemos "in hoc sæculo"» 116 .

Prenda de la vida eterna

El plan salvífico de Dios se incoa en esta etapa terrena, que es "penúltima", y se consuma en la que debe venir, que es eterna 117 . Así, la fe entraña cierta incoación del conocimiento cara a cara, una incoación de la visión gloriosa y beatífica. En la Eucaristía, la tensión a la gloria se apoya sobre todo en el amor que nace del trato. El alma eucarística anhela adorar abiertamente a Quien ya adora oculto en el Pan, porque el repetido trato con un amor escondido genera un deseo irrefrenable de poseerlo abiertamente. «Trata a la Humanidad Santísima de Jesús... Y Él pondrá en tu alma un hambre insaciable, un deseo "disparatado" de contemplar su Faz» 118 .

Ésta ha sido siempre la impaciencia de los santos, la que guardaba San Josemaría en su corazón. «Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. "Vultum tuum, Domine, requiram" ( Sal 26, 8), buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no "como en un espejo, y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara" (1 Cor 13, 12). Sí, hijos, "mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y veré la faz de Dios?" ( Sal 41, 3)» 119 .

La devoción eucarística irá comunicando y aumentando en nosotros esa ansia, hasta convertir el estar con Cristo en lo único que nos importe, sin que esto nos aparte de este mundo; al contrario, lo amaremos más apasionadamente, con nuestro corazón unido estrechamente al Corazón de Jesucristo. La intimidad, el trato con el Señor en la Eucaristía, nos irá imprimiendo con vigor el convencimiento de que la felicidad no se halla en estos o aquellos bienes de la tierra, que envejecerán y desaparecerán; sino en permanecer para siempre con Él, porque la felicidad es Él, que ya ahora poseemos como «tesoro infinito, margarita preciosísima» en este Sacramento 120 . «Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la Felicidad!» 121 .

La Santísima Virgen, mujer eucarística

Con esta advocación —«mujer eucarística»—, Juan Pablo II ha propuesto a la Iglesia el ejemplo de María como "escuela" y "guía" para aprender a pasmarnos —que significa acoger, adorar, agradecer...— ante el misterio de la Eucaristía 122 . A la luz de la fe, lo entendemos muy bien, como sucedió a nuestro Padre, que nos hacía considerar que en la Santa Misa, «de algún modo, interviene la Santísima Virgen, por la íntima unión que tiene con la Trinidad Beatísima y porque es Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre: Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Jesucristo concebido en las entrañas de María Santísima sin obra de varón, por la sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma Sangre de su Madre: y esa Sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor en el Calvario y en la Santa Misa» 123 .

María, al pie de la Cruz, unió su propio sacrificio interior —«ved si hay dolor como mi dolor» ( Lm 1, 12)— al de su Hijo, cooperando a la Redención en el Calvario. Ella misma, «presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas» 124 , coopera con el Hijo en difundir en el mundo —¡Medianera de toda gracia!— la infinita fuerza santificadora del Santo Sacrificio que sólo Jesús cumple.

Hijas e hijos míos, si de algún modo nos hemos confrontado con Dimas, el buen ladrón, y con el Apóstol Tomás, ¿cómo no mirar a María para conocer y querer más a Jesús sacramentado, para aprender de Él e imitarle, para «tratarle bien»? En esta personalísima labor, que de modo incesante nos renovará interiormente y nos llenará de deseos de santidad y apostolado, ayudémonos con la contemplación de los misterios del Rosario, desde la Anunciación, cuando vemos cómo la Virgen acoge incondicionalmente en su seno purísimo al Verbo encarnado, hasta su glorificación, cuando Dios la recibe en cuerpo y alma en la gloria, y la corona como Reina, Madre y Señora nuestra.

«A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María» 125 . Pidamos a nuestra Madre que nos tome siempre de la mano, y especialmente en este Año de la Eucaristía para que constantemente digamos al Señor sacramentado, con las palabras y las obras: «¡te adoro, te amo!» Adoro te devote! Y cuando lo hagamos, escuchemos a nuestro queridísimo Padre, que nos insiste: «invocad a María y a José, porque de alguna manera estarán presentes en el Sagrario, como lo estuvieron en Belén y en Nazaret (...). ¡No os olvidéis!» 126 .

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 6 de octubre de 2004, segundo aniversario de la canonización de San Josemaría.

 

1 Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis , n. 5.

2 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 87. Cfr Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium , n. 11; Decr. Presbyterorum ordinis , n. 14.

3 Concilio de Trento, ses. XIII, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía , can. 1 (Denz. 1651).

4 Cfr. Ibid ., can. 2 (Denz. 1652).

5 San Josemaría, Camino , n. 538.

6 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-IV-1960.

7 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 83.

8 Cfr. Ibid ., n. 84.

9 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de San Mateo , 82, 4 (PG 58, 743).

10 Cfr. Camino , nn. 269, 537, 554; Forja , nn. 831, 991; Es Cristo que pasa , n. 151.

11 San Josemaría, Camino , n. 267.

12 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 84.

13 Ibid. 14 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad , 13-IV-1973.

15 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 64.

16 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, octubre 1972.

17 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 90.

18 Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica , II-II, q. 84, a. 2; San Juan Damasceno, Sobre la fe ortodoxa , 4, 12 (PG 94, 1133).

19 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-IV-1970.

20 San Josemaría, Camino , nn. 539, 538. Cfr. Surco , nn. 685, 686; Forja , n. 887.

21 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 161.

22 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-IV-1960.

23 «Lauda, Sion, Salvatorem, / lauda ducem et pastorem / in hymnis et canticis. / Quantum potes, tantum aude: / quia maior omni laude, / nec laudare sufficis» (Misal Romano, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Secuencia Lauda Sion ).

24 San Josemaría, Forja , n. 838. Cfr. nn. 832, 837.

25 San Josemaría, Forja , n. 824.

26 San Josemaría, Surco , n. 818.

27 San Josemaría, Camino , n. 533.

28 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 151.

29 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 156.

30 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad , 13-IV-1973.

31 Misal Romano, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Secuencia Lauda Sion .

32 San Josemaría, Carta 28-III-1973 , n. 7.

33 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 153.

34 Concilio de Trento, ses. XIII: Decreto sobre la Sagrada Eucaristía , cap. 4 (Denz. 1642).

35 Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios , 30-VI-1968. Cfr Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 15.

36 Cfr., por ejemplo, Pío XII, Litt. enc. Mediator Dei , 20-XI-1947; Pablo VI, Litt. enc. Mysterium fidei , 3-IX-1965; Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003; Catecismo de la Iglesia Católica , nn. 1322-1419.

37 Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum , n. 10.

38 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 84.

39 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 109.

40 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 6.

41 San Josemaría, Carta 28-III-1973 , n. 10.

42 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 80.

43 Ibid , n. 6.

44 Cfr. San Josemaría, Surco , n. 817.

45 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 155.

46 Concilio de Trento, ses. XXII, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la Misa , cap. 2 (Denz. 1743).

47 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 12.

48 Concilio de Trento, ses. XIII, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía , cap. 7 (Denz. 1647).

49 San Josemaría, Camino , n. 533.

50 Ibid. 51 Santo Tomás de Aquino, Colación 4 sobre el Credo .

52 Ibid .

53 San Josemaría, Carta 24-III-1931 , n. 61.

54 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad , 13-IV-1973.

55 San Josemaría, Camino , n. 509.

56 San Josemaría, Forja , n. 887.

57 San Josemaría, Forja , n. 556.

58 San Josemaría, Vía Crucis , XII estación, n. 4.

59 San Josemaría, Camino , n. 876.

60 San Josemaría, Amigos de Dios , n. 232.

61 Ibid .

62 San Josemaría, Forja , n. 827

63 San Josemaría, Carta 28-III-1973 , n. 7.

64 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 14.

65 San Josemaría, Vía Crucis , V estación.

66 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 25-VI-1972.

67 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 9-IV-1937.

68 San Josemaría, Amigos de Dios , nn. 301-303.

69 San Josemaría, Amigos de Dios , n. 249.

70 San Josemaría, Forja , n. 835.

71 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 154.

72 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 129.

73 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad , 13-IV-1973.

74 San Josemaría, Forja , n. 542.

75 San Josemaría, Camino , n. 23.

76 San Josemaría, Surco , n. 688.

77 Pío XII, Litt. enc. Mediator Dei , 20-XI-1947, n. 20.

78 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 12. Cfr. Concilio de Trento, ses. 22, Doctrina acerca del Santo Sacrificio de la Misa , cap. 2 (Denz. 1743).

79 Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1364.

80 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 22-V-1970.

81 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 11.

82 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-IV-1960.

83 San Josemaría, Es Cristo que pasa , nn. 86-87.

84 San Josemaría, Forja , n. 541.

85 Cfr. Es Cristo que pasa , nn. 88-91.

86 San Josemaría, Forja , n. 69.

87 Misal Romano, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Secuencia Lauda Sion .

88 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica , III, q. 79, a. 1.

89 San León Magno, Homilía 12 sobre la Pasión , 7 (PL 54, 357).

90 Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1396.

91 Concilio de Éfeso, año 431 (Denz. 262).

92 San Josemaría, Amigos de Dios , n. 296.

93 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 19-III-1975.

94 San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer , n. 123.

95 San Josemaría, Vía Crucis , XI estación, n. 4.

96 Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium , n. 3.

97 Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Reconciliatio et pænitentia , 2-XII-1984, n. 31, I.

98 San Josemaría, Forja , n. 828.

99 San Josemaría, Forja , n. 834.

100 San Josemaría, Camino , n. 536.

101 Ibid., n. 534.

102 Ibid., n. 321.

103 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 122.

104 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-IV-1970.

105 San Josemaría, Camino , n. 541.

106 San Josemaría, Instrucción , 1-IV-1934, n. 3.

107 Recogido por don Álvaro, Carta , 16-VI-1978.

108 Ibid .

109 Ibid .

110 San Josemaría, Forja , n. 826.

111 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 6-X-1968.

112 Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium , n. 47.

113 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 19.

114 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 18.

115 San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer , n. 113.

116 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 27-III-1975.

117 Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Evangelium vitæ , 25-III-95, n. 2.

118 San Josemaría, Vía Crucis , VI estación, n. 2.

119 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1973.

120 San Josemaría, Camino , n. 432.

121 San Josemaría, Forja , n. 267.

122 Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, nn. 53-58.

123 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 89.

124 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 57.

125 San Josemaría, Camino , n. 495.

126 San Josemaría, Apuntes tomados en una conversación, 6-VI-1974.

«En la Santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que por su Carne vivificada y que vivifica por el Espíritu Santo, da vida a los hombres» 1 . Esta misteriosa e inefable manifestación del amor de Dios por la humanidad, ocupa un lugar privilegiado en el corazón de los cristianos y, concretamente, de los hijos de Dios en el Opus Dei. Así lo enseñó nuestro queridísimo Padre con su ejemplo, con su predicación y con sus escritos, cuando afirmaba que la Eucaristía constituye «el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano» 2 .

 

 

Capellán de Ifema: "En este hospital de campaña, los prejuicios han saltado por los aires"

El P. Juan relata sus días en este recinto, el agradecimiento de los enfermos y cómo se asombran sanitarios y pacientes al ver a un cura

El P. Juan Jolin, en la capilla de Ifema.

 

El P. Juan es uno de los siete sacerdotes que consuelan a los enfermos de Ifema. Porque el consuelo -además de la curación - es lo que más han necesitado y necesitan los más de 3.500 pacientes que han pasado por este hospital de campaña. 

 

Juan Jolin, natural de Valladolid, llegó el 25 de marzo al centro médico de emergencias levantado para enfermos leves de COVID-19"Soy médico y antes de ordenarme, ejercí la medicina. Otro de los sacerdotes de Ifema, Carlos, también es médico. Esta fue una de las razones por las que desde el arzobispado de Madrid nos encargaron esta misión", cuenta a Religión Confidencial. 

El P. Juan partía de alguna experiencia en hospitales, muy escasa, puesto que había hecho una sustitución en el hospital de la Princesa Madrid a petición de su amigo José Luis Méndez, delegado episcopal de pastoral de la salud. Pero su campo es la educación, ya que es el capellán del colegio Retamar de Madrid. 

Tensión, acogimiento y soledad 

"Los primeros días sentimos cierta tensión. El pabellón 5, aquella primera nave enorme con un montón de camas y enfundados hasta arriba con aquel traje de protección terrible y las mascarillas, imponía. Fue como aterrizar en otro planeta. Después, ves a los enfermos y su soledad, y la tensión desaparece porque tienes ganas de ayudar", expresa el sacerdote.  

Aún con la preocupación de los primeros días, el P. Juan manifiesta a RC que desde el primer momento experimentó acogimiento y alegría: una gran acogida por parte del personal sanitario, técnicos, militares, enfermos, y una gran alegría de poder ayudar en Ifema. "Se respira muchísimo respeto entre todos". afirma. 

Cero hostilidad 

A pesar de que los siete sacerdotes van vestidos de curas, no han sentido hostilidad ni distanciamiento en ningún momento. "En todo caso cierta sorpresa, sobre todo entre los sanitarios más jóvenes que por cierto, son la mayoríaCuando nos quitamos el disfraz sanitario, hay gente que nos mira y se sorprende. Nos dice `Anda si estaba al lado de un cura´". 

Porque el P. Juan afirma que en Ifema "todo es compañerismo y por las circunstancias tan especiales, los prejuicios han saltado por los aires. A mí me ha venido gente diciendo: no soy creyente pero vosotros estáis ayudando a las personas".

"Lo importante es sumar" 

"Recuerdo el primer día, cuando nos presentamos al equipo de psicólogos. Su labor de escucha profesional es de gran ayuda. Me emocionaron las palabras de la jefa de equipo, cuando nos dimos a conocer: `Aquí lo importante es sumar´, nos dijo. Creo que psicólogos y sacerdotes hemos hecho un gran equipo y hemos ayudado a los pacientes según sus necesidades", afirma. 

Cuenta que en ocasiones, eran ellos quienes, tras hablar con algún paciente, se dirigían después a un psicólogo para que le atendiera desde su campo. Y la situación a la inversa también se produjo.  Algunos psicólogos, tras escuchar a un paciente, sugerían al sacerdote la conveniencia de que hablara con él.

Turno de tarde: más tranquilidad  

El P. Juan tiene turno de tarde: entra a las 6 y sale hacia las 10.30 de la noche. "Por la tarde hay más tranquilidad. Las mañanas están llenas de pruebas y visitas médicas". Los sacerdotes han atendido a una media de entre 25 a 30 enfermos diarios.  

"Lo primero es la salud de los enfermos, su salud física. Nosotros estamos aquí por si algún enfermo nos llama y para cuando nos necesitan", explica, sabedor de que la salud mental y espiritual forma parte de la salud integral de la persona. 

Cercanía y esperanza 

El P. Juan relata algunas historias que ha vivido durante este tiempo. "Los enfermos buscan cercanía.  Necesitan esperanza. Recuerdo a una mujer que se me acercó y me dijo: mi madre ha muerto hace un mes y no hemos podido celebrar un funeral, ¿podría usted rezar por mi madre?.  No poder despedirse de los familiares es una herida que queda abierta, un duelo pendiente a los que se enfrentan muchas personas". 

"Hablé con un enfermo que me comentó que quería bautizar a su hijo de dos meses cuando todo esto acabase. Yo le di mi teléfono y le dije: Yo le bautizo si quieres. Se puso contento". 

El P. Juan expresa que cualquier detalle de amor y cariño, lo agradecen. "Cuando hablas con los enfermos sientes que eres un instrumento de Dios para ellos. Había pacientes a los que atendíamos y los de la cama de al lado sentían curiosidad y algunos nos llamaron". 

Una unción de enfermos muy sobrenatural 

A pesar de que Ifema acoge a enfermos leves -muy agradecidos, porque muchos de ellos habían permanecido dos días en una silla de ruedas de cualquier hospital - algunos han fallecido. El capellán afirma que el departamento de información a las familias ha funcionado muy bien. "Cuando algún paciente estaba en sus últimos momentos, llamaban al familiar para que se acercara a Ifema y despedirse de él".   

El P. Juan ha impartido el sacramento de la unción de enfermos en varias ocasiones. "Di la unción a un paciente que estaba muy malito en la UCI y al día siguiente estaba sentado en su silla. A veces la unción mejora. No es magia como me dicen algunos; es un sacramento de vivos, salud del alma y el cuerpo. Hay gente que al recibir la unción, cambia su estado clínico". 

Porque para Juan Jolin, cuando la medicina ha hecho todo lo posible y no hay nada más humano que hacer, es la hora de la acción de Dios. Relata otro momento que para él fue impactante: "Un paciente muy mayor me pidió que le diera la unción. Mientras recitaba las lecturas que son muy bonitas, dos enfermeras sujetaban cada mano del  enfermo. Se creó un ambiente muy sobrenatural". 

Siete sacerdotes  

Juan, Nacho (misionero de la Sagrada Familia) Carlos (el otro médico), Javier (capellán de prisiones de la diócesis de Getafe) junto con otros tres párrocos de Madrid forman parte del equipo de sacerdotes que están llevando un poco de esperanza cristiana a los enfermos de Ifema. También a los sanitarios y técnicos. 

"Me quedo con la alegría de haber podido ayudar a mucha gente, de acompañarles en un momento tan difícil, de haber podido mostrarles la cercanía de Dios que nunca abandona", concluye el P. Juan. 

 

Dios sigue importando

Jesús Ortiz López

José María Cano.

Dios sigue importandoAhora resulta que Dios sí importa. Hace tiempo que determinados gurús de la cultura, intelectuales orgánicos, y políticos líquidos quieren convencernos de que Dios ha muerto para el hombre moderno, y que solo es una creencia subjetiva sin relevancia en la sociedad. Y ahora resulta que el superhombre está sometido por el coronavirus que se lo lleva por delante.

El Dios vivo sigue con nosotros

Ahora resulta que estas semanas de reclusión facilitan la vuelta de los hombres a Dios, aunque no de Dios a los hombres porque Él nunca está ausente de nuestro mundo. Celebramos estos días la Pascua de Jesucristo, el Dios vivo que está en el Cielo -que no es el olimpo mítico-, y también al Padre que acoge de nuevo su sacrificio porque quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
de la verdad, y al Espíritu Santo que es persona divina y sigue actuando en el corazón de los hombres, despertándoles o resucitándoles a la vida de verdad. Unos son vivientes muertos a la gracia aunque pueden resucitar, y otros son muertos vivientes víctimas de esta pandemia que son abrazados por el Dios único en el Cielo de verdad.

La Iglesia sigue atendiendo a miles de enfermos por medio de los sacerdotes - pastores servidores en medio del rebaño- y ofrece sufragios por los difuntos que los hombres no saben contar. El Papa Francisco ha explicado la importancia de la contrición sincera de los pecados a quienes mueren sin poder acercarse a la Confesión sacramental, y del valor de la comunión espiritual, consolándoles para
que no se angustien ante la imposibilidad física de recibir estos sacramentos.

El Padrenuestro siempre actual

Ahora resulta que José María Cano se suma a otros artistas, intelectuales, periodistas y políticos con fe y sentido común, para ofrecer su interpretación musical del Padrenuestro, la oración por excelencia que Jesús de Nazaret nos ha regalado para siempre.

El artista evoca el libro del Éxodo cuando los israelitas estaban confinados en sus casas y rezando a la espera de que pasara la plaga exterminadora en Egipto porque se fiaron de Dios. Una historia que se repite ahora con matices distintos al permanecer recluidos en nuestras casas, durante el estado de alarma que tiene inasumibles efectos de un estado de excepción.

Según sus palabras, «se nos está pidiendo mucho que seamos prudentes, que nos pongamos mascarillas y nos lavemos las manos con frecuencia (…) pero pocos son los que nos invitan a rezar».
Por eso ofrece ahora su versión orquestada e interpretada por la querida Monserrat Caballé, catalana y española universal, para aquel Encuentro de las Familias en Valencia el 2006. Incluye el rezo de la oración dominical por el Francisco en esta Pascua tan singular.

El artista ha escrito al Santo Padre explicándole su proyecto y cediéndole los derechos de autor para su difusión. «En apenas cinco minutos rezamos dos veces esta oración y, en estos días, es importante que podamos hacerlo todos en casa», dice. Además ha pintado un apostolado, el rostro de cada uno de los doce apóstoles, que se iba a presentar en la sacristía de la catedral de Toledo, aunque deberá posponerse. Una sacristía, por cierto, que ha sido magníficamente restaurada por el arquitecto con alma de artista Jaime Castañón que acaba de fallecer en su plenitud a causa de la epidemia.

Quizá algunos han olvidado el Padrenuestro que rezaban de niños, entendiendo entonces mucho más que cuando se han hecho adultos al perder la limpieza de alma, pues se creen superhombres: solo ven el trabajo de tejas abajo, el poder y el honor de una casta superior, alcanzando unos escaños con apaños urdidos en la sombra.

Conozco a muchas personas que han vuelto a rezar el Padrenuestro y las oraciones de siempre, no tanto por miedo cuanto por el sosiego que permite reflexionar sobre el sentido de la propia vida, el valor de la familia y de la amistad, y la importancia de contar con Dios. Como nunca hasta ahora son innumerables las familias que participan cada día en la Misa retransmitida por cadenas de televisión,
que practican la comunión espiritual con una profundidad que nunca habían advertido, que rezan el Rosario ante la imagen de la Virgen de su hogar contemplada con renovado amor.

Termina la Caballé las peticiones del Padrenuestro cantando con emoción «no nos dejes caer en la tentación. Y líbranos del mal. Amén». Y muchos pedimos lo mismo tantas veces para que, cuando salgamos de esta reclusión forzosa y recuperemos las libertades abolidas por decreto, no volvamos a olvidarnos de Dios.

 

 

La España vacía de Delibes

Ángel Cabrero Ugarte

España rural.

Volver sobre los grandes libros de nuestros clásicos es un ejercicio espléndido. Muchos españoles han leído, quizá en sus tiempos de colegio, uno de los libros más famosos de Miguel Delibes, El camino. Y una vez más se manifiesta, en este libro, la diferencia tan notoria entre lo que engancha o gusta en la primera lectura y lo que percibimos años después.

El centenario del nacimiento del autor es una ocasión buena para volver a disfrutar de su obra.
La historia que se relata es de otros tiempos, lo cual añade un interés cultural a la lectura. Ahora apenas hay comparación. Todo lo que ocurre en un pueblo del norte de Castilla, ya cerca de las montañas, en el valle, no tiene apenas parecido con las costumbres y modos de vivir ahora en los pueblos de Castilla o de cualquier otra parte de la geografía hispana.

En los años cincuenta del siglo pasado, en los que se sitúa esta historia, los niños iban a la escuela en el pueblo. En general eran escuelas de un aula, con una maestra o un maestro para todas las edades. Al llegar los diez años hacían el examen de ingreso, no en el pueblo, en la capital de la provincia, y, si la familia tenía posibles, el niño se trasladaba a la ciudad, y allí vivía como interno, compartiendo aula con los chicos de la ciudad, que eran los externos. La mayoría de esos internados eran de religiosos.

El futuro que se le presenta a Daniel, el Mochuelo, es totalmente distinto a lo que ha vivido toda su corta vida y la noche previa a su partida piensa en su mundo, que debe dejar. Sus amigos, el campo, la montaña, las praderas, los personajes que han girado en su entorno, en un ambiente que ahora se nos antojaría intolerable. No había televisión. Se cuenta como en una circunstancia especial y por motivos que ahora resultarían sorprendentes, se pone un cine en una cuadra reciclada.

Es muy difícil imaginar en nuestro tiempo un mundo sin información. No había medios, apenas llegarían periódicos o revistas. Algunos tenían radio y escuchaban el parte. Pero aquellos
chavales de ocho o nueve años vivían en las cosas del pueblo, en las cosas del valle, pendientes del monte que les presidía, y del río, de los animales y de los pájaros. La escuela, la iglesia, el cura, y unos cuantos personajes peculiares eran toda su vida.

Pero Daniel, el Mochuelo, pasa su última noche en vela recordando tantas cosas queridas. Él no se iría, pero su padre, el quesero, está empeñado en que su hijo tiene que progresar y para eso ha ahorrado durante años con gran esfuerzo. Él, Daniel, no quiere progresar. No conoce otra vida que la del pueblo y le parece una vida espléndida. No le importaría dedicar su existencia a los quesos, como su padre.

Es entrañable la vida pequeña de un pueblecito. Pero nos sorprende que los pocos habitantes que hoy quedan no busquen un hueco en nuestras ciudades. Estamos convencidos de que vivirían mejor, pero la verdad es que en la ciudad les espera un pisito incómodo en un barrio extremo. En el pueblo tenían una casa, un trabajo y toda la naturaleza para disfrutar, con sus momentos buenos y malos.

Nos da pena oír hablar de la España vacía. Pero al mismo tiempo entendemos que tiene poco remedio. No hace falta gente allí, junto a los campos, para arar la tierra o recoger los frutos.
Ahora hay tractores y cosechadoras. Pero al leer las vicisitudes de Daniel, el Mochuelo, le comprendemos y produce cierta tristeza que tenga que desplazarse a una vida tan distinta.

Miguel Delibes, El camino, Austral 2010

 

¿Es posible mantener la calma ante la pandemia? – Teresa de Jesús tiene la clave

Nada te turbe, Nada te espante, Todo se pasa… Sólo Dios basta

Situaciones como las que enfrenta hoy el mundo ante la pandemia del Covid-19 pueden generar muchos sentimientos de angustia y de miedo con diversas preguntas: ¿qué pasará con mis seres queridos?, ¿qué hago si caen enfermos o si yo me enfermo?, ¿Podré perder mi trabajo?, etc

Ante ello, ¿Cómo mantener la calma, tener paz?… Santa Teresa de Jesús, la mística, doctora de la Iglesia y reformadora del Carmelo tiene la clave; y la tiene en su famoso poema “Nada te turbe”, que incluso han convertido en canción y ha sido interpretado en muy variadas melodías.

El poema de la carmelita:

“Es un salmo sapiencial, hay que leerlo dejándole flecharnos el alma con el dardo de cada verso, cargado de resonancias, que desde cada sentencia nos devuelve a las sendas de la propia vida, sendas a veces tortuosas, a veces encrespadas o espinadas (…) Es un salmo íntimo, nos introduce en el alma de la autora, que se va diciendo a sí misma: ‘Teresa, que nada te turbe (…)'”.

Asimismo, en el poema permanecen tres absolutos que son: “nada, nada,nada; todo, todo, ¡sólo Dios!”, es decir, sólo Dios colma y calma todo. Tres veces nada, nada, nada. Dos veces el todo, todo: ‘todo se pasa / todo lo alcanza’, y una vez sola, pero cerrando el poema en el verso final: ‘¡sólo Dios!’ y punto. O ‘sólo Dios’ y basta.

A continuación el poema de Santa Teresa de Ávila … para leer y meditar con pausa:

 

Nada te turbe,

Nada te espante,

Todo se pasa,

Dios no se muda,

 

La paciencia

Todo lo alcanza;

Quien a Dios tiene

Nada le falta:

Sólo Dios basta.

 

Eleva el pensamiento,

al cielo sube,

por nada te acongojes,

Nada te turbe.

 

A Jesucristo sigue

con pecho grande,

y, venga lo que venga,

Nada te espante.

 

 

¿Ves la gloria del mundo?

Es gloria vana;

nada tiene de estable,

Todo se pasa.

 

Aspira a lo celeste,

que siempre dura;

fiel y rico en promesas,

Dios no se muda.

 

Ámala cual merece

Bondad inmensa;

pero no hay amor fino

Sin la paciencia.

 

Confianza y fe viva

mantenga el alma,

que quien cree y espera

Todo lo alcanza.

 

Del infierno acosado

aunque se viere,

burlará sus furores

Quien a Dios tiene.

 

Vénganle desamparos,

cruces, desgracias;

siendo Dios su tesoro,

Nada le falta.

 

Id, pues, bienes del mundo;

id, dichas vanas,

aunque todo lo pierda,

Sólo Dios basta.

 

Con información de Revista “Teresa de Jesús”.

 

 

Un verbo para cada quien

Lucía Legorreta 

 Un verbo es una palabra que mueve y que provoca cambios permanentes. ¿Cuál es tu verbo? Tiene que ser algo GRANDE, una palabra que refleje tu forma de ser contigo mismo y en especial con los demás.

 

Me llamó la atención e interesó leer sobre el escritor francés Clotaire Rapaille, quien después de numerosos viajes, entrevistas y lecturas pudo conocer varios países y asignarles un verbo que los identificara.

En su libro El verbo de las culturas, el autor busca describir con una palabra el pasado, presente y futuro de un país. No quiere decir que todos sus habitantes son así, pero refleja bastante bien la forma de ser de todos ellos como sociedad.

A Francia, cuna de los grandes pensadores e ideas, los derechos humanos y la libertad le asigna el verbo pensar. A los suizos, quienes le dan una gran importancia a la seguridad, la precisión y la puntualidad les asigna el de preocupar.

A los Estados Unidos los describe con el verbo hacer, país de las oportunidades y riesgos. A nuestro querido México le asignó el verbo aguantar, ya que el mexicano nunca se da por vencido.

Pero decidí platicar sobre este tema, no tanto para conocer como se le describe a otros países, sino para que contestes esta pregunta: ¿Qué verbo te describe a ti?

Seguramente si piensas en hombres y mujeres exitosos, fácilmente encontrarás un verbo que los defina. A Walt Disney puede ser el de soñar, a Descartes, padre de la Filosofía el de pensar; al gran genio Albert Einstein el de aprender; a María Montessori, creadora del sistema educativo, su verbo fue enseñar.

Un verbo es una palabra que mueve y que provoca cambios permanentes. ¿Cuál es tu verbo? Tiene que ser algo GRANDE, una palabra que refleje tu forma de ser contigo mismo y en especial con los demás.

Verbos hay muchos, te mencionaré algunos para que vayas pensando qué tanta relación tienes con alguno:

- Mover: traes cambio y optimismo a los demás.
- Dirigir: encauzas a los demás.
- Defender: te gusta proteger a quienes te rodean.
- Seducción: utilizas tu personalidad para convencer a otros.
- Hacer: realizando nuevos proyectos.
- Mejorar: no te conformas con hacer lo mismo y quedarte en el mismo lugar.
- Equilibrio: buscas estabilidad en tu vida.
- Suavizar: tienes la habilidad para hacer que el mundo sea más suave y menos complejo.
- Planear: siempre estás pensando en lo que vas a hacer.
- Sentir: tienes una gran empatía por lo que sienten los demás
- Amar: a ti mismo y a los demás.
- Apoyar, luchar, imaginar, soñar, aprender, creer, intentar.

O, por el contrario, te identificas más fácilmente con verbos negativos:
- Rechazar
- Excluir
- Desestimar
- Criticar
- Juzgar
- Insultar
- Ofender
- Mentir

Te invito de determinar hoy cuál es el verbo que te define, que sea positivo y te lleve a ser mejor persona. Compártelo con tus seres queridos, te quedarás asombrado de lo mucho que tienes y no te das cuenta. ¡Ese verbo explótalo y hazlo crecer cada día!

 

 

Violencia familiar en época de crisis

Ana Teresa López de Llergo

Este tiempo puede verse como un tiempo de terapia intensiva para desterrar virus con los que convivíamos e iban a terminar de muy mala manera con nuestra vida.

 

A la luz de las siguientes palabras del cardenal Sarah se pueden sacar muchos propósitos para reencaminar nuestra vida: “La experiencia del confinamiento ha permitido que muchos redescubran que dependemos real y concretamente los unos de los otros. Cuando todo se desmorona, solo quedan los vínculos del matrimonio, la familia y la amistad. Hemos descubierto de nuevo que somos miembros de una nación y, como tales, estamos unidos por lazos invisibles pero reales. Y, sobre todo, hemos redescubierto que dependemos de Dios”.

Hay muchos datos del aumento de violencia dentro de los hogares en esta etapa de crisis por un virus. Y no nos damos cuenta que otro virus peor, ya venía causando estragos en bastantes familias y las destruía, porque faltaba la auténtica convivencia, unos llegaban y no compartían, estaban metidos en “sus cosas”, tampoco se notaba su ausencia si no estaban.

Ahora, con motivo del confinamiento, el futuro es incierto, habrá que afrontar muchas pérdidas de fuentes de ingresos, de irreparables defunciones, de la propia incapacidad para afrontar esos problemas, de los efectos de la violencia familiar si la hemos ocasionado por la falta de dominio de nuestras reacciones destempladas, y otros muchos imponderables.

De todos estos asuntos, el que urge enfrentar y resolver es el de la violencia, con ella estamos propagando el más dañino virus pues ataca y destruye a nuestros seres queridos, los más próximos, quienes son nuestro principal tesoro y alocadamente, por falta de control, de este modo rematamos la riqueza más grande que tenemos.

Estamos a tiempo de rectificar pues nos quedan aún días de convivencia bajo el mismo techo. Si en algún momento valoramos lo que tenemos, urge entrar en razón y reencaminar nuestro futuro. Al grave problema económico no hemos de sumar el más grave de la ruptura de los lazos personales más cercanos.

Para que sea eficaz el modo de combatir la violencia familiar es necesario afrontar las causas. No se combate de la misma manera lo que proviene de unas manifestaciones de cólera, de pasividad o de efecto de las drogas o de la pornografía. Esto exige respuestas personales sinceras y reconocer los elementos externos que afectan. Los medios para rectificar son distintos y la selección de las personas que nos pueden ayudar debe ser muy prudente.

Ir por delante para rectificar, alcanzar la salud espiritual, para luego estar en condiciones de ayudar a quienes han sufrido los efectos de nuestra propia violencia. Están afectados, dolidos, tal vez con la decisión de buscar rupturas definitivas, y hay que encontrar los medios adecuados para contrarrestar esas determinaciones, nocivas para todos.

No podemos resolver nuestros problemas con una visión miope, se trata de fortalecerse y alcanzar las condiciones para ayudar también a quienes ni nos imaginamos que nos necesitarán. No podemos meter más basura al mundo por el egoísmo de no resolver ya los problemas que hemos causado y los efectos de todo tipo, como resentimientos o afán de venganza. Si nos decidimos a humillarnos y recorrer ese camino con auténtico afán de reparación, nos pondremos en condiciones de adquirir una experiencia muy valiosa, vivida en primera persona. Esto da mucha autoridad.

Necesitamos un mínimo de felicidad para subsistir, enseña el sabio Tomás de Aquino, el problema es en dónde buscamos la felicidad. Algunos en las sensaciones, por ejemplo un mujeriego, un adicto al alcohol a las drogas o a la pornografía. O en el poder absorbiéndose en los mítines con descuido de la familia, o en el hogar manteniendo posturas autoritarias. Cuando en realidad la felicidad consiste en enfocar de modo positivo –en el bien–, lo que tenemos: comprender y disfrutar donde estamos y lo que hacemos.

Tres son los motivos de fondo por los que nos tenemos que preocupar, si están en terapia intensiva: salvarlos: los vínculos del matrimonio, la familia y la amistad. Si se trata de los cónyuges con sinceridad ver qué vínculo se ha debilitado por la culpa personal y rehacerlo, la otra parte aceptar el esfuerzo que le proponen, llenarse de esperanza y darle la oportunidad. Los hijos son fundamentales para apoyar y limar asperezas.

Obviamente si se fortalecen los vínculos del matrimonio, la familia se beneficia, al menos los progenitores se llevan bien, pero los problemas pueden ser entre los hijos, o de los hijos con los padres. Y también cuentan los miembros de la familia extensa. En el caso de la familia, además de las relaciones interpersonales, la situación económica cuenta para tener los recursos materiales adecuados: espacios, mobiliario, útiles de trabajo, alimentación, salud y esparcimiento. Nada de esto es superfluo.

La amistad empieza a darse, en primer lugar, con los miembros de la familia, luego con todas aquellas personas que son afines. Sin embargo, es necesario recordar que la verdadera amistad se da entre quienes se ayudan a mejorar. No es amistad la de quien incita las bajas pasiones: la infidelidad, la injusticia, la mentira, en el fondo cualquiera o todos los pecados capitales: soberbia, ira, gula, envidia, lujuria, pereza y avaricia.

Pues para verdaderamente demostrar que se quiere aprovechar esta etapa especial de enceramiento para cambiar, tener el valor de seguir un plan muy estricto para dejar el alcohol, las drogas o la pornografía derivados de la gula y la lujuria. Ocupar el tiempo para desterrar la pereza o la envidia. E internamente apreciar a los demás aunque sean muy distintos, para combatir la soberbia. Evitar cualquier manifestación de injusticia para no maltratar a los otros, así se combate la ira. También justicia para reconocer el salario que corresponde al trabajo realizado, así se combate la avaricia.

Este tiempo puede verse como un tiempo de terapia intensiva para desterrar virus con los que convivíamos e iban a terminar de muy mala manera con nuestra vida. Y a los demás les ahorraremos muchos dolores de cabeza en el futuro.

 

“¿Qué hace la Iglesia ante la pandemia?”

“Iglesia es todo el Pueblo de Dios”

+ Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

VER

Iglesia no es sólo la jerarquía, sino todo el Pueblo de Dios. Son Iglesia en acción los creyentes médicos, enfermeras, farmacéuticos, encargados de la limpieza, autoridades civiles, científicos, agricultores, transportistas, policías, empresarios, etc., además de los sacerdotes, religiosas, misioneros, obispos y el Papa, todos implicados en ayudar a los afectados por ese minúsculo virus.

Hemos intensificado la oración, las celebraciones litúrgicas, sobre todo las Misas, las prácticas piadosas, los ayunos, para pedir a nuestro Padre del cielo curación de los enfermos, paz eterna de los difuntos, fortaleza y salud de los agentes sanitarios, sabiduría para los gobernantes. Esto es muy propio de nuestra vocación cristiana y de nuestro ministerio pastoral. No somos una ONG, sólo dedicada a obras sociales. Nos compete, y no lo podemos delegar ni descuidar, orar con más intensidad, convencidos de la milagrosa eficacia de la oración, sobre todo la litúrgica. Esto lo seguiremos haciendo, aun cuando pase la emergencia.

Sin embargo, Jesús no sólo predicaba y oraba, sino que curaba enfermos, daba de comer a los hambrientos, consolaba a los tristes. Nosotros no podemos seguir otro camino. El nos dijo que el amor y el servicio misericordioso a los pobres es lo esencial en que demostramos ser sus seguidores. Criticó a sacerdotes y levitas que sólo celebraban ritos en el templo, pero nada hicieron por el caído al borde del camino, víctima de asaltantes.

Hago una breve selección de obras sociales que hacemos en favor de quienes están sufriendo esta pandemia, no para presumir, sino para gloria de Dios y para animar a otros a hacer lo mismo. La inmensa mayoría de acciones quedan ocultas, por lo que nos recomendó Jesús: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha” (Mt 6,3).

El Papa ha regalado considerables cantidades de dinero, ventiladores y otros materiales médicos a hospitales y asilos. Ha compartido alimentos y otros apoyos a mendigos de Roma y a otras personas pobres, no porque sea rico, sino porque comparte lo que le llega. En muchas partes, como España, Italia, Francia y otros países de nuestra América, se han puesto a disposición del gobierno iglesias, seminarios, conventos, casas religiosas, para atender a enfermos. Las diferentes Caritas y muchas parroquias organizan comedores, despensas, medicinas y otras ayudas para personas que se han quedado sin trabajo y sin recursos. Siguen abiertas las más de cien casas de migrantes, asilos y orfanatorios. Hay cadenas de alimentos y medicinas, articuladas con empresarios que quieren ayudar, redes vecinales de solidaridad.

Son incuantificables las acciones caritativas que la imaginación del amor desarrolla por todos lados, y que nunca se divulgan en los medios informativos. No nos hemos quedado con las manos cruzadas, sólo lamentando la situación y criticando a los gobiernos. Como un sobrino mío, agricultor, que llevó algo de lo que produce, jitomates, cebollas, pepinos, etc., a unas religiosas que están pasando penurias. No faltan, sin embargo, quienes nada hacen, por egoísmo, miedo y flojera, o por ser sólo ideólogos de café que nunca dan un peso a los pobres.

Un ejemplo, entre tantos otros. La diócesis de La Paz, Baja California Sur, para la atención de pacientes COVID-19, facilitó dos clínicas, en “comodato”, a la Secretaría Estatal de Salud, una en La Paz y otra en San José del Cabo, más un centro que se ocupa de ordinario para la curación integral de adictos. Han organizado centros de acopio y reparto de despensas en casi todas las parroquias. Se han abierto comedores para gente necesitada y hay quien pueda llevarla a los hogares. Están en coordinación con organizaciones civiles y empresarios para garantizar alimentos básicos y un ingreso mínimo, al menos para 40.000 familias. Se subvenciona un asilo de ancianos desvalidos en Santa Rosalía, en coordinación con la delegación federal del bienestar.

Su obispo me comparte esta bella experiencia, que vivió el domingo pasado: “Celebré la Misa en la parroquia de la Divina Misericordia en San José del Cabo, situada en colonias populares de gente clase baja o media baja, con algunas colonias de clase media media. La Misa fue a puerta cerrada, pero trasmitida por redes. Las lecturas se prestaron para hablar de una comunidad encerrada por miedo, no a los judíos, sino al coronavirus; una comunidad que vive la fraternidad compartiendo sus bienes y ayudando a los pobres. Al acabar la Misa, observé cómo funcionaba el comedor para pobres. Desde que inició la cuarentena, empezaron a distribuir alimentos; actualmente dan más de 500 comidas diarias para llevar a casa, algunas llevadas directamente a personas que, por salud o edad, no pueden ir a recoger su platillo. La comida es ofrecida por familias que preparan y donan comida para 20, 50, 1000 personas, y es repartida por jóvenes voluntarios, un hermoso grupo consciente de los riesgos que corren al realizar esta tarea, coordinados por uno de nuestros seminaristas.

Al final, con sana distancia, me reuní con los coordinadores (20 muchachos/as), les di las gracias, rezamos juntos, les di la bendición, para luego regresar a La Paz”. ¡Qué bella experiencia! Eso es vida, eso es cristianismo, eso es resurrección, eso es esperanza, eso es Iglesia. Aunque nunca salgan en televisión. En la arquidiócesis de Toluca: Se reparten despensas a las familias necesitadas, con un pequeño apoyo económico. En algunas parroquias, hay centros para atender los problemas de violencia intrafamiliar, ansiedad, angustia, etc. Se insiste a los fieles que respeten las disposiciones de las autoridades sanitarias. Se exhorta a quienes tienen difuntos que eviten los acostumbrados velorios, para no ocasionar contagios masivos. Se sugiere que los cadáveres puedan ser cremados y depositar las cenizas cuanto antes, con la mínima concurrencia. Se difunden mensajes para combatir depresión, estrés y fake news. Se donan despensas a personas sin empleo y hay algunos comedores para pobres. Con el Consejo de Empresarios y la Pastoral del Trabajo, se promueve trabajo temporal para personas sin empleo.

PENSAR

El Papa Francisco, en un artículo para la revista española Vida Nueva, escribe: “Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente. Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir: ¡Presente! (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Una emergencia como la de COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos volverá a preguntar ‘¿dónde está tu hermano?’ (Gn, 4, 9)”.

Antes del Regina coeli del domingo pasado, dijo: “La respuesta de los cristianos en las tormentas de la vida y de la historia sólo puede ser la misericordia: al amor compasivo entre nosotros y hacia todos, especialmente hacia los que sufren, al que ya no da más, al que es abandonado. No el pietismo, ni el asistencialismo; sino la compasión, que viene del corazón” (19-IV-2020).

Ya había dicho, en la homilía dominical: “Esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos. Que lo que está pasando nos sacuda por dentro. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad. Aprendamos de la primera comunidad cristiana, que se describe en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Había recibido misericordia y vivía con misericordia: ‘Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno’ (Hch 2,44-45). No es ideología; es cristianismo”.

ACTUAR

Abre tus ojos y tu corazón: Haz lo que puedas por quien sufre más que tú.

 

 

Somos mucho más que la pandemia.

Estamos viviendo una temporada dura, muy dura, por el efecto del coronavirus. Estamos puestos a prueba no solo por la situación sanitaria y económica que afrontamos. Tantas muertes, y el modo en el que se producen, sin que sea posible, en la parte de los casos, despedirse, nos exigen a todos buscar motivos, razones y afectos, para no sucumbir en la desesperanza. Todas estas circunstancias plantean un gran interrogante sobre el sentido de la vida, del límite, de la enfermedad. Hay veces, como en esta ocasión, que se nos hace casi imposible huir de ese interrogante.

Vemos también signos para la esperanza, para la reconstrucción. Es sorprendente la energía desplegada por nuestros médicos y sanitarios, por muchos servidores públicos, por voluntarios, por empresarios que hacen su aportación. Es una entrega, una gratuidad, y en ocasiones, un heroísmo lleno de afirmación positiva, que no podemos minusvalorar. De hecho, es la mejor muestra de que somos mucho más que la pandemia.

Domingo Martínez Madrid

 

 

El bien común no se opone a la libertad

En el fondo, el bien común no se opone a la libertad, porque, aunque parezca tautología, sin libertad no puede haber bien común: la primacía corresponde siempre a la persona, centro gravitatorio de toda convivencia pacífica basada en la coparticipación. Así lo valoramos algunos, al observar estos días la gran campaña propagandística de China en occidente –incluido apoyo médico y técnico-, mientras expulsa corresponsales extranjeros y encarcela a intelectuales y profesionales más o menos disidentes. El control informático a través del reconocimiento facial, que se presenta como recurso contra la expansión del virus, puede ser, si no lo es ya, la gran manifestación de un exterminio masiva de las libertades: un auténtico “liberticidio”.

Por tanto, hay que entender bien las llamadas de los líderes políticos a la unidad de todos –gobernantes y ciudadanos- para vencer en una guerra sin cuartel contra un enemigo llamado Covid-19. No deja de ser inquietante que cierta grandilocuencia difumine los propios errores, como para compensar los descensos en la popularidad, antes y después de la pandemia. Sin duda, es necesario asumir la necesidad de medidas costosas, con plena responsabilidad –es decir, con plena libertad-, porque está en juego la vida de los demás. De hecho, muchas poblaciones habían adoptado decisiones exigentes, antes de que Donald Trump procediese a la “personificación” de “América”; o Emmanuel Macron llamase a esa especie de mito histórico francés de la “union sacrée”: esos discursos están siempre a un paso de las posiciones populistas.

Jesús D Mez Madrid

 

 

Ola de rabia entre los ciudadanos

En estos días de sufrimiento por la pandemia del coronavirus, va creciendo simultáneamente una ola de rabia entre los ciudadanos especialmente contra el Gobierno.

La rabia se concentra por la falta de prevención, la comunicación falsa y la gestión muy deficiente, por las manifestaciones del 8-M, las palabras de Fernando Simón de que a España llegaría sólo algún caso aislado diagnosticado - ¡dichas el 31 de enero! – la falta de material sanitario para médicos-enfermeras-residencias, y un largo etcétera que no es preciso ni mencionar.

El Gobierno ha llegado tarde y mal, y desde luego no sirve la excusa de que es un problema mundial: se puede hacer peor, pero es difícil. La incompetencia y el sectarismo explican en gran medida lo que está pasando, y entre todos hemos de contribuir a que las consecuencias no sean tan mortales ni perjudiciales para nuestras familias y empleos como su ineptitud es capaz de prolongar y aumentar.

Algunos hablan de “guerra”, o incluso de Tercera Guerra Mundial. No lo es: es la mentira encarnada en un Gobierno. Tal vez quienes votaron a los actuales gobernantes no supieron o no quisieron ver su incompetencia y sectarismo, y ahora lo pagamos todos.

Se cumple que “la primera víctima cuando llega la guerra es la verdad”, frase del senador estadounidense Hiram Johnson en 1917, para quien piense que es guerra, o para los que pensamos que es una catástrofe humanitaria que se podía y debía gestionado mucho mejor. Se nos ha mentido, y se nos miente: llevamos más de dos meses y parece que aun no se ponen los medios para saber realmente cuántos son los contagiados.

Pedro García

 

 

Asesinatos en la pareja y en Europa 

 

                                Tristemente se da en el resto del mundo, pero en Europa, “se contabiliza, el asesinato que dentro del matrimonio o pareja, ya que se da con cierta frecuencia, si bien y como la mujer es más débil físicamente es la que carga con el mayor número; pero también “caen” hombres; si bien a estos, los olvidan “los políticos”; ya que por lo visto, “un cadáver de macho es insignificante en relación al de la hembra”; pero como yo digo, “el muerto es individual y a cada deudo le duele su muerto”; por ello no hay que fijarse en la cantidad de muertos que nos dan en cada tragedia humana, por aquello que yo razono que la muerte es “individual”; y a cada cual “le duele su muerto”. Y si he dicho que la mujer es “más débil”, lo es sólo en lo físico y no todas, puesto que ya muchas, hacen deporte y se fortalecen como los más destacados hombres, aparte de que muchas, “ya lo son forzudas por su propia naturaleza y lo han sido desde siempre”; pero aparte de las fuerzas físicas, la hembra, tiene otras muy fuertes, y; “algunas sólo con la lengua, cortan y asesinan al más fuerte de los hombres”; y lo recoge la sabiduría popular con el dicho siguiente. “Si tu mujer te pide que te tires por un talud, pídele a Dios que no sea muy alto, puesto que al final, te tirarás por él”; de ahí que en la mayoría de los hogares, quién manda de verdad, es la mujer.

                                Pero no me desvío, entro de lleno en lo que en mi país, se llama o denomina, “violencia de género”; frase ambigua y que en realidad no dice claramente la tragedia, entre hombre y mujer; la que existe desde que existe, “la pareja” y puede que aún mucho antes. El resultado es que en España, cada año mueren asesinadas, una cantidad de mujeres, que más o menos se va repitiendo cada año; y en menor cantidad también de hombres; en Internet hay gran cantidad de información, pero siempre destacando a la mujer; el “pobre hombre, ya lo he dicho y ahora aumento, de que es el que se suicida generalmente después de asesinar; cosa que en la mujer no he tenido noticia de que ninguna se suicidase después del asesinato del compañero”; lo que ya demuestra la debilidad o cobardía del “uno” y la fortaleza de “la otra”.

                                Pero aquí en “mi España”; el tema ha tomado (o le han dado) tal propaganda política, que incluso hay departamentos ministeriales, dedicados al tema; los que indudablemente tienen asignaciones presupuestarias de importancia, puesto que como es normal, “en cada departamento han de vivir y cobrar ya infinidad de auxiliares que viven a costa de ello”. Por tales motivos, la parafernalia montada es ya “atronadora”; empezando por “los minutos de silencio”, que en cada municipio se hacen en honor de la víctima femenina (la masculina no cuenta para nada); pasando por las infinitas declaraciones de políticos y dirigentes femeninas, de las abundantes asociaciones de “feministas”; y en las que se grita de forma, para mí absurda, el que, “hay que acabar con el asesinato machista”; cosa que me sorprende, puesto que nunca dicen el cómo van a acabar con esta plaga; y no lo dicen, por cuanto ello es imposible, ya que el hecho fatídico, siempre surgirá de un arrebato final; y al que nadie, podrá poner remedio, sencillamente por cuanto “el minuto trágico”, es indetectable; puede que con el tiempo y una esmerada educación y formación “de la pareja”; evite el drama, si aprenden a convivir en paz; y llegada la separación, sepan hacerla también en paz y concordia, cosa dificilísima; y es por lo que siempre quedará “un poso” de rivalidad o celos, que provocará los luctuosos hechos, que incluso figuran en la historia escrita del “mono humano” que habitamos el planeta Tierra y desde que ésta se escribe.

                                Lo que ocurre es que como “el tema”, se ha convertido en una nueva “arma política”; y además, “en un comedero para vete ya a saber, cuántos miles de individuos viven hoy de ello y nutridos por el dinero público”; seguirán aumentando a bombo y platillo, esta vieja lacra humana; y además; presentando al hombre como único culpable de lo que con todo el buen sentido humano, siempre, “es asunto de dos; y ellos dos solos, saben o supieron en cómo y cuándo empezó aquello que termina en asesinato, que es el final de la tragedia”; pero como todo, tiene un principio desconocido en estos casos, tan íntimos como son, “los entresijos del convivir diario del hombre y la mujer”.

                                Pero… ¿Es que en España los hombres somos más monstruosos que en otros países? ¡Pues no! Veamos lo que he recogido en prensa diaria.[i]

                                “ESPAÑA EN EL CONTEXTO DE LA UNIÓN EUROPEA: Los países miembros que encabezan la lista de violencia machista son Dinamarca (52%), Finlandia (47%), Suecia (46%), Francia y Reino Unido, ambos con un 44%. Estos porcentajes representan a mujeres de la Unión Europea que han sufrido violencia física y/o sexual desde los 15 años de edad. España tiene menos de la mitad de casos en términos porcentuales que Dinamarca, un 22%. “España es uno de los países en los que menos mujeres son asesinadas en Europa”, reconoce el ex delegado para la Violencia de Género, Miguel Lorente”.

                                O sea, que “los países más avanzados en todo lo que se denomina progreso en este planeta, destacan igualmente en esta plaga humana; luego los avances que tanto nos cacarean; en este asunto, van más atrasados que “los hotentotes”.

                                No trato con lo copiado de justificar nada, puesto que reitero, “a cada cual le duele su muerto, vejado, escarnecido, u lo que sea”; pero sí, poner los hechos que demuestran, el que en España, hay muchos menos delincuentes en estos repelentes casos humanos, que debieran no existir… “pero que existen por cuanto son condición humana; y el mono humano, poco avanzó desde que nos dicen bajamos de los árboles, y a la vista está en estos hechos como en tantos otros que se viven hoy”. Amén.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes

 


[i] Diario “VivaJaén: 30-01-2020