Las Noticias de hoy 13 Abril 2020

Enviado por adminideas el Lun, 13/04/2020 - 13:42
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 13 de abril de 2020   

Indice:

ROME REPORTS

El Papa pronostica otro “contagio” en Pascua: “El contagio de la esperanza”

Domingo de Pascua: El Papa bendice ‘Urbi et Orbi’, a la ciudad y al mundo

Misa de Pascua en la Basílica de San Pedro: “¡Jesucristo ha resucitado!”

LA ALEGRÍA DE LA RESURRECCIÓN: Francisco Fernandez Carbajal

“Le seguirás en todo lo que te pida”: San Josemaria

Pascua: videomensaje del prelado del Opus Dei

«Que Él disipe las tinieblas de nuestra pobre humanidad»

Yo estuve en la tercera caída de Jesús: Daniel Tirapu

El contexto político de la pasión de Jesús: Sheila Morataya​

«Nuestras Iglesias pueden estar cerradas, pero Cristo no está en cuarentena»: Monseñor José H. Gomez

REALMENTE ERA HIJO DE DIOS: Magui del Mar

La asistencia religiosa es un derecho, pero hay que pedirla: Rosa Corazón

¿Cómo hacían oración los primeros cristianos?: Domingo Ramos Lisson

12 formas en las que puedes estar abandonando a tus hijos: Aleteia.org

Meditación de Viernes Santo: Irene Mercedes Aguirre

Triduo Pascual 2020: Josefa Romo Garlito

MISTERIOS GLORIOSOS: José María López Ferrera

Contemplar la Cruz:  Jesús Domingo Martínez

Ante la debilidad y grandeza de la vida humana: Valentín Abelenda Carrillo

Eutanasia y suicidio asistido: JD Mez Madrid

Los muertos, los políticos y sus desaciertos: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Papa pronostica otro “contagio” en Pascua: “El contagio de la esperanza”

Mensaje de Pascua

ABRIL 12, 2020 14:13ROSA DIE ALCOLEAPAPA Y SANTA SEDESEMANA SANTA 2020

(zenit – 12 abril 2020).- “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!” ha anunciado el Papa Francisco en su tradicional Mensaje de Pascua. Este año, desde el interior de la Basílica Vaticana, en lugar del balcón de las bendiciones, donde se hace tradicionalmente el Domingo de Resurrección.

El Santo Padre ha pronosticado otro “contagio” provocado por la Resurrección de Cristo: El contagio de la esperanza, “que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia”.

Así, a las 12 horas, al finalizar la Misa Pascual que ha tenido lugar en el altar de la Cátedra, el Papa ha leído sus palabras delante del altar principal de la Basílica de San Pedro, delante del Baldaquino de Bernini.

“El Resucitado no es otro que el Crucificado”, ha advertido. “Lleva en su cuerpo glorioso las llagas indelebles, heridas que se convierten en lumbreras de esperanza. A Él dirigimos nuestra mirada para que sane las heridas de la humanidad desolada”.

En la mañana de Pascua, el Papa ha recalcado que “las palabras que realmente queremos escuchar en este tiempo no son indiferencia, egoísmo, división y olvido. ¡Queremos suprimirlas para siempre!”.

Así, ha descrito que este no es el tiempo de la indiferencia, “porque el mundo entero está sufriendo y tiene que estar unido para afrontar la pandemia”, al igual que no es este el tiempo del egoísmo, “porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace acepción de personas”.

Asimismo, ha asegurado que el tiempo de Pascua no es “no es tiempo de la división. Que Cristo, nuestra paz, ilumine a quienes tienen responsabilidades en los conflictos, para que tengan la valentía de adherir al llamamiento por un alto al fuego global e inmediato en todos los rincones del mundo”, ni es tiempo del olvido: “que la crisis que estamos afrontando no nos haga dejar de lado a tantas otras situaciones de emergencia que llevan consigo el sufrimiento de muchas personas”, ha deseado.

De manera especial, Francisco ha recordado a los que han sido afectados directamente por el coronavirus: los enfermos, los que han fallecido y las familias “que lloran por la muerte de sus seres queridos, y que en algunos casos ni siquiera han podido darles el último adiós”, ha comentado, y ha deseado que el Señor de la vida “acoja consigo en su reino a los difuntos, y dé consuelo y esperanza a quienes aún están atravesando la prueba, especialmente a los ancianos y a las personas que están solas”.

Publicamos a continuación el Mensaje Pascual del Santo Padre:

***

Mensaje del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Pascua!

Hoy resuena en todo el mundo el anuncio de la Iglesia: “¡Jesucristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”.

Esta Buena Noticia se ha encendido como una llama nueva en la noche, en la noche de un mundo que enfrentaba ya desafíos cruciales y que ahora se encuentra abrumado por la pandemia, que somete a nuestra gran familia humana a una dura prueba. En esta noche resuena la voz de la Iglesia: “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!” (Secuencia pascual).

Es otro “contagio”, que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia. Es el contagio de la esperanza: “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”. No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas. No, no es eso la resurrección de Cristo, sino la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no “pasa por encima” del sufrimiento y la muerte, sino que los traspasa, abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios.

El Resucitado no es otro que el Crucificado. Lleva en su cuerpo glorioso las llagas indelebles, heridas que se convierten en lumbreras de esperanza. A Él dirigimos nuestra mirada para que sane las heridas de la humanidad desolada.

Hoy pienso sobre todo en los que han sido afectados directamente por el coronavirus: los enfermos, los que han fallecido y las familias que lloran por la muerte de sus seres queridos, y que en algunos casos ni siquiera han podido darles el último adiós. Que el Señor de la vida acoja consigo en su reino a los difuntos, y dé consuelo y esperanza a quienes aún están atravesando la prueba, especialmente a los ancianos y a las personas que están solas. Que conceda su consolación y las gracias necesarias a quienes se encuentran en condiciones de particular vulnerabilidad, como también a quienes trabajan en los centros de salud, o viven en los cuarteles y en las cárceles. Para muchos una Pascua de soledad, vivida en medio de los numerosos lutos y dificultades que está provocando la pandemia, desde los sufrimientos físicos hasta los problemas económicos.

Esta enfermedad no sólo nos está privando de los afectos, sino también de la posibilidad de recurrir en persona al consuelo que brota de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y la Reconciliación. En muchos países no ha sido posible acercarse a ellos, pero el Señor no nos dejó solos. Permaneciendo unidos en la oración, estamos seguros de que Él nos cubre con su mano (cf. Sal 138,5), repitiéndonos con fuerza: No temas, “he resucitado y aún estoy contigo” (Antífona de ingreso de la Misa del día de Pascua, Misal Romano).

Que Jesús, nuestra Pascua, conceda fortaleza y esperanza a los médicos y a los enfermeros, que en todas partes ofrecen un testimonio de cuidado y amor al prójimo hasta la extenuación de sus fuerzas y, no pocas veces, hasta el sacrificio de su propia salud. A ellos, como también a quienes trabajan asiduamente para garantizar los servicios esenciales necesarios para la convivencia civil, a las fuerzas del orden y a los militares, que en muchos países han contribuido a mitigar las dificultades y sufrimientos de la población, se dirige nuestro recuerdo afectuoso y nuestra gratitud.

En estas semanas, la vida de millones de personas cambió repentinamente. Para muchos, permanecer en casa ha sido una ocasión para reflexionar, para detener el frenético ritmo de vida, para estar con los seres queridos y disfrutar de su compañía. Pero también es para muchos un tiempo de preocupación por el futuro que se presenta incierto, por el trabajo que corre el riesgo de perderse y por las demás consecuencias que la crisis actual trae consigo. Animo a quienes tienen responsabilidades políticas a trabajar activamente en favor del bien común de los ciudadanos, proporcionando los medios e instrumentos necesarios para permitir que todos puedan tener una vida digna y favorecer, cuando las circunstancias lo permitan, la reanudación de las habituales actividades cotidianas.

Este no es el tiempo de la indiferencia, porque el mundo entero está sufriendo y tiene que estar unido para afrontar la pandemia. Que Jesús resucitado conceda esperanza a todos los pobres, a quienes viven en las periferias, a los prófugos y a los que no tienen un hogar. Que estos hermanos y hermanas más débiles, que habitan en las ciudades y periferias de cada rincón del mundo, no se sientan solos. Procuremos que no les falten los bienes de primera necesidad, más difíciles de conseguir ahora cuando muchos negocios están cerrados, como tampoco los medicamentos y, sobre todo, la posibilidad de una adecuada asistencia sanitaria. Considerando las circunstancias, se relajen además las sanciones internacionales de los países afectados, que les impiden ofrecer a los propios ciudadanos una ayuda adecuada, y se afronten —por parte de todos los Países— las grandes necesidades del momento, reduciendo, o incluso condonando, la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres.

Este no es el tiempo del egoísmo, porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace acepción de personas. Entre las numerosas zonas afectadas por el coronavirus, pienso especialmente en Europa. Después de la Segunda Guerra Mundial, este amado continente pudo resurgir gracias a un auténtico espíritu de solidaridad que le permitió superar las rivalidades del pasado. Es muy urgente, sobre todo en las circunstancias actuales, que esas rivalidades no recobren fuerza, sino que todos se reconozcan parte de una única familia y se sostengan mutuamente. Hoy, la Unión Europea se encuentra frente a un desafío histórico, del que dependerá no sólo su futuro, sino el del mundo entero. Que no pierda la ocasión para demostrar, una vez más, la solidaridad, incluso recurriendo a soluciones innovadoras. Es la única alternativa al egoísmo de los intereses particulares y a la tentación de volver al pasado, con el riesgo de poner a dura prueba la convivencia pacífica y el desarrollo de las próximas generaciones.

Este no es tiempo de la división. Que Cristo, nuestra paz, ilumine a quienes tienen responsabilidades en los conflictos, para que tengan la valentía de adherir al llamamiento por un alto al fuego global e inmediato en todos los rincones del mundo. No es este el momento para seguir fabricando y vendiendo armas, gastando elevadas sumas de dinero que podrían usarse para cuidar personas y salvar vidas. Que sea en cambio el tiempo para poner fin a la larga guerra que ha ensangrentado a Siria, al conflicto en Yemen y a las tensiones en Irak, como también en el Líbano. Que este sea el tiempo en el que los israelíes y los palestinos reanuden el diálogo, y que encuentren una solución estable y duradera que les permita a ambos vivir en paz. Que acaben los sufrimientos de la población que vive en las regiones orientales de Ucrania. Que se terminen los ataques terroristas perpetrados contra tantas personas inocentes en varios países de África.

Este no es tiempo del olvido. Que la crisis que estamos afrontando no nos haga dejar de lado a tantas otras situaciones de emergencia que llevan consigo el sufrimiento de muchas personas. Que el Señor de la vida se muestre cercano a las poblaciones de Asia y África que están atravesando graves crisis humanitarias, como en la Región de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique. Que reconforte el corazón de tantas personas refugiadas y desplazadas a causa de guerras, sequías y carestías. Que proteja a los numerosos migrantes y refugiados —muchos de ellos son niños—, que viven en condiciones insoportables, especialmente en Libia y en la frontera entre Grecia y Turquía. Que permita alcanzar soluciones prácticas e inmediatas en Venezuela, orientadas a facilitar la ayuda internacional a la población que sufre a causa de la grave coyuntura política, socioeconómica y sanitaria.

Queridos hermanos y hermanas:

Las palabras que realmente queremos escuchar en este tiempo no son indiferencia, egoísmo, división y olvido. ¡Queremos suprimirlas para siempre! Esas palabras pareciera que prevalecen cuando en nosotros triunfa el miedo y la muerte; es decir, cuando no dejamos que sea el Señor Jesús quien triunfe en nuestro corazón y en nuestra vida. Que Él, que ya venció la muerte abriéndonos el camino de la salvación eterna, disipe las tinieblas de nuestra pobre humanidad y nos introduzca en su día glorioso que no conoce ocaso. Con esta reflexión querría desearos a todos una feliz Pascua.

Librería Editorial Vaticana

 

 

Domingo de Pascua: El Papa bendice ‘Urbi et Orbi’, a la ciudad y al mundo

Dentro de la Basílica Vaticana

ABRIL 12, 2020 14:41ROSA DIE ALCOLEAPAPA Y SANTA SEDESEMANA SANTA 2020

(zenit – 12 abril 2020).- Con palabras de esperanza, el Papa ha dirigido el Mensaje de Pascua a todos los fieles después de la Misa del Domingo de Resurrección, esta mañana en la Basílica de San Pedro, y ha impartido la bendición Urbi et Orbi sobre toda la humanidad.

Urbi et orbi, contiene las palabras que en latín significan “a la ciudad (Roma) y al mundo”. Se imparte durante el año siempre en dos fechas: el Domingo de Pascua y el día de Navidad, 25 de diciembre, y también es impartida por el Pontífice el día de su elección, en el momento en que se presenta ante Roma y el mundo como nuevo sucesor de san Pedro.

Excepcionalmente, Francisco decidió concederla en la oración especial que celebró el pasado 27 de marzo en la plaza de San Pedro, frente a este momento de emergencia sanitaria a nivel mundial por motivo del coronavirus.

“Es el contagio de la esperanza: ‘¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!’”, ha señalado el Papa en su Mensaje de Pascua, antes de pronunciar la bendición. “No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas. No, no es eso la Resurrección de Cristo, sino la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no ‘pasa por encima’ del sufrimiento y la muerte, sino que los traspasa”, ha afirmado el Papa Francisco en su Mensaje de Pascua sobre el sentido de la esperanza.

 

 

Misa de Pascua en la Basílica de San Pedro: “¡Jesucristo ha resucitado!”

Celebrada por el Santo Padre

ABRIL 12, 2020 13:19ROSA DIE ALCOLEAPAPA Y SANTA SEDESEMANA SANTA 2020

(zenit – 12 abril 2020).- Hoy resuena en todo el mundo el anuncio de la Iglesia: “¡Jesucristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”.

Con alegres flores blancas y bellos ornamentos litúrgicos, una Basílica Vaticana casi vacía ha acogido la celebración de la Pascua de Resurrección del Señor, presidida por el Papa Francisco, motivo de esperanza para la humanidad, especialmente en estos días de dolor por la pandemia mundial del coronavirus.

Esta mañana, a las 11 horas ha iniciado la Misa de la Resurrección del Señor, en el altar de la Cátedra, con las imágenes del Cristo de San Marcelo y la Virgen “Salud del Pueblo Romano”, que han presidido las celebraciones litúrgicas de Semana Santa este año en el Vaticano.

Por la emergencia sanitaria en curso, se ha omitido el rito de Resurrexit al inicio de la ceremonia. Se trata de una tradición antigua que hacía el Pontífice en la Catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán, y más tarde adaptada a la Basílica de San Pedro: El Papa veneraba y besaba tres veces los pies de la imagen de Cristo, después cantaba el versículo: “Surrexit Dominus de sepulcro, alleluia” y la asamblea respondía: “Qui pro nobis pependit in ligno, alleluia”. Venía portada sobre el altar también la Cruz, repuesta el Viernes Santo, que el Papa igualmente veneraba. Después del Papa todos los miembros del séquito papal veneraban el Icono y la Cruz y se acercaban después al Sumo Pontífice para el beso de la paz.

Proclamación del Evangelio en griego

Las lecturas de la Palabra de Dios han sido proclamadas por fieles: Primera lectura de los Hechos de los Apostóles 10, 34a. 37-43, “Comimos y bebimos con él después de su resurrección de la muerte”; el Salmo 117: “Este es el día que el Señor ha hecho: alegrémonos y regocijémonos”.

“Busca las cosas allá arriba donde está Cristo” se ha anunciado en la Segunda Lectura, la Carta de San Pablo a los Colosenses 3, 1-4, y se ha leído el Evangelio según san Juan 20, 1-9, como es tradición en el Domingo de Pascua, en latín y en griego.

Este domingo el Santo Padre no ha pronunciado homilía. Después de la lectura del Evangelio, el Papa y la asamblea que participaba en la Eucaristía han guardado un momento de silencio y reflexión para luego continuar con la profesión de la fe.

Bendición Urbi et Orbi

Al final de la celebración eucarística, a las 12 horas, Francisco se ha dirigido a la Virgen, representada en el Icono Salus Populis Romani, y ha caminado hasta el altar de la Confesión, delante del Baldaquino de San Pedro, donde ha leído el Mensaje de Pascua a los fieles que lo escuchan a través de la radio y la televisión.

Luego ha impartido la bendición Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo), por la que se concede la Indulgencia plenaria, que ha anunciado el cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro, y que tradicionalmente se imparte en Pascua y el día de Navidad, 25 de diciembre. Además, este año, de manera extraordinaria, el Pontífice quiso ofrecerla a todos los fieles el pasado 27 de marzo, en la oración desde la plaza de San Pedro por el fin de pandemia.

 

 

LA ALEGRÍA DE LA RESURRECCIÓN

— La alegría verdadera tiene su origen en Cristo.

— La tristeza nace del descamino y del alejamiento de Dios. Ser personas optimistas, serenas, alegres, también en medio de la tribulación.

— Dar paz y alegría a los demás.

 

I. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho, alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. ¡Aleluya!1.

 

Nunca falta la alegría en el transcurso del año litúrgico, porque todo él está relacionado, de un modo u otro, con la solemnidad pascual, pero es en estos días cuando este gozo se pone especialmente de manifiesto. En la Muerte y Resurrección de Cristo hemos sido rescatados del pecado, del poder del demonio y de la muerte eterna. La Pascua nos recuerda nuestro nacimiento sobrenatural en el Bautismo, donde fuimos constituidos hijos de Dios, y es figura y prenda de nuestra propia resurrección. Dios –nos dice San Pablo– nos ha dado vida por Cristo y nos ha resucitado con Él2. Cristo, que es el primogénito de los hombres, se ha convertido en ejemplo y principio de nuestra futura glorificación.

 

Nuestra Madre la Iglesia nos introduce en estos días en la alegría pascual a través de los textos de la liturgia: lecturas, salmos, antífonas..., en ellos pide sobre todo que esta alegría sea anticipo y prenda de nuestra felicidad eterna en el Cielo. Desde muy antiguo se suprimen en este tiempo los ayunos y otras mortificaciones corporales, como símbolo externo de esta alegría del alma y del cuerpo. «Los cincuenta días del tiempo pascual –dice San Agustín– excluyen los ayunos, pues se trata de una anticipación del banquete que nos espera allí arriba»3. Pero de nada serviría esta invitación de la liturgia si en nuestra vida no se produce un verdadero encuentro con el Señor, si no vivimos con una mayor plenitud el sentido de nuestra filiación divina.

 

Los Evangelistas nos han dejado constancia, en cada una de las apariciones, de cómo los Apóstoles se alegraron viendo al Señor. Su alegría surge de haber visto a Cristo, de saber que vive, de haber estado con Él.

 

La alegría verdadera no depende del bienestar material, de no padecer necesidad, de la ausencia de dificultades, de la salud... La alegría profunda tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia a ese amor. Se cumple –ahora también– aquella promesa del Señor: Y Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar4. Nadie: ni el dolor, ni la calumnia, ni el desamparo..., ni las propias flaquezas, si volvemos con prontitud al Señor. Esta es la única condición: no separarse de Dios, no dejar que las cosas nos separen de Él; sabernos en todo momento hijos suyos.

 

II. Nos dice el Evangelio de la Misa: las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: Alegraos. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies5.

 

La liturgia del tiempo pascual nos repite con mil textos diferentes estas mismas palabras: Alegraos, no perdáis jamás la paz y la alegría; servid al Señor con alegría6, pues no existe otra forma de servirle. «Estás pasando unos días de alborozo, henchida el alma de sol y de color. Y, cosa extraña, ¡los motivos de tu gozo son los mismos que otras veces te desanimaban!

 

»Es lo de siempre: todo depende del punto de mira. —“Laetetur cor quaerentium Dominum!” —cuando se busca al Señor, el corazón rebosa siempre de alegría»7.

 

En la Última Cena, el Señor no había ocultado a los Apóstoles las contradicciones que les esperaban; sin embargo, les prometió que la tristeza se tornaría en gozo: Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo8. Aquellas palabras, que entonces les podrían resultar incomprensibles, se cumplen ahora acabadamente. Y poco tiempo después, los que hasta ahora han estado acobardados, saldrán del Sanedrín dichosos de haber padecido algo por su Señor9. En el amor a Dios, que es nuestro Padre, y a los demás, y en el consiguiente olvido de nosotros mismos, está el origen de esta alegría profunda del cristiano10. Y esta es lo normal para quien sigue a Cristo. El pesimismo y la tristeza deberán ser siempre algo extraño al cristiano. Algo que, si se diera, necesitaría de un remedio urgente.

 

El alejamiento de Dios, el descamino, es lo único que podría turbarnos y quitarnos ese don tan apreciado. Por tanto, luchemos por buscar al Señor en medio del trabajo y de todos nuestros quehaceres, mortifiquemos nuestros caprichos y egoísmos en las ocasiones que se presentan cada día. Este esfuerzo nos mantiene alerta para las cosas de Dios y para todo aquello que puede hacer la vida más amable a los demás. Esa lucha interior da al alma una peculiar juventud de espíritu. No cabe mayor juventud que la del que se sabe hijo de Dios y procura actuar en consecuencia.

 

Si alguna vez tuviéramos la desgracia de apartarnos de Dios, nos acordaríamos del hijo pródigo, y con la ayuda del Señor volveríamos de nuevo a Dios con el corazón arrepentido. En el Cielo habría ese día una gran fiesta, y también en nuestra alma. Esto es lo que ocurre todos los días en pequeñas cosas. Así, con muchos actos de contrición, el alma está habitualmente con paz y serenidad.

 

Debemos fomentar siempre la alegría y el optimismo y rechazar la tristeza, que es estéril y deja el alma a merced de muchas tentaciones. Cuando se está alegre, se es estímulo para los demás; la tristeza, en cambio, oscurece el ambiente y hace daño.

 

III. Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables dones que nos hace; la alegría es «el primer tributo que le debemos, la manera más sencilla y sincera de demostrar que tenemos conciencia de los dones de la naturaleza y de la gracia y que los agradecemos»11. Nuestro Padre Dios está contento con nosotros cuando nos ve felices y alegres con el gozo y la dicha verdaderos.

 

Con nuestra alegría hacemos mucho bien a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a los demás a Dios. Dar alegría será con frecuencia la mejor muestra de caridad para quienes están a nuestro lado. Fijémonos en los primeros cristianos. Su vida atraía por la paz y la alegría con que realizaban las pequeñas tareas de la vida ordinaria. «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Esos fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído»12. Muchas personas pueden encontrar a Dios en nuestro optimismo, en la sonrisa habitual, en una actitud cordial. Esta muestra de caridad con los demás –la de esforzarnos por alejar en todo momento el malhumor y la tristeza y remover su causa– ha de manifestarse particularmente con los más cercanos. En concreto, Dios quiere que el hogar en el que vivimos sea un hogar alegre. Nunca un lugar oscuro y triste, lleno de tensiones por la incomprensión y el egoísmo.

 

Una casa cristiana debe ser alegre, porque la vida sobrenatural lleva a vivir esas virtudes (generosidad, cordialidad, espíritu de servicio...), a las que tan íntimamente está unida esta alegría. Un hogar cristiano da a conocer a Cristo de modo atrayente entre las familias y en la sociedad.

 

Debemos procurar también llevar esta alegría serena y amable a nuestro lugar de trabajo, a la calle, a las relaciones sociales. El mundo está triste e inquieto y tiene necesidad, ante todo, del gaudium cum pace13, de la paz y de la alegría que el Señor nos ha dejado. ¡Cuántos han encontrado el camino que lleva a Dios en la conducta cordial y sonriente de un buen cristiano! La alegría es una enorme ayuda en el apostolado, porque nos lleva a presentar el mensaje de Cristo de una forma amable y positiva, como hicieron los Apóstoles después de la Resurrección. Jesucristo debía manifestar siempre su infinita alegría interior. La necesitamos también para nosotros mismos, para crecer en la propia vida interior. Santo Tomás dice expresamente que «todo el que quiere progresar en la vida espiritual necesita tener alegría»14. La tristeza nos deja sin fuerzas; es como el barro pegado a las botas del caminante que, además de mancharlo, le impide caminar.

 

Esta alegría interior es también el estado de ánimo necesario para el perfecto cumplimiento de nuestras obligaciones. Y «cuanto más elevadas sean estas, tanto más habrá de elevarse nuestra alegría»15. Cuanto mayor sea nuestra responsabilidad (sacerdotes, padres, superiores, maestros...), mayor también nuestra obligación de tener paz y alegría para darla a los demás, mayor la urgencia de recuperarla si se hubiera enturbiado.

 

Pensemos en la alegría de la Santísima Virgen. Ella está «abierta sin reservas a la alegría de la Resurrección (...). Ella recapitula todas las alegrías, vive la perfecta alegría prometida a la Iglesia: Mater plena sanctae laetitiae, y, con toda razón, sus hijos en la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocan como causa de su alegría: Causa nostrae laetitiae»16.

 

1 Antífona de entrada en la Misa. — 2 Ef 2, 6. — 3 San Agustín, Sermón 252. — 4 Jn 16, 22. — 5 Mt 28, 8-9. — 6 Sal 99, 2. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 72. — 8 Jn 16, 22. — 9 Hech 5, 40. — 10 Cfr. Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, pp. 1125-1126. — 11 P. A. Reggio, Espíritu sobrenatural y buen humor, Rialp, Madrid 1966, p. 12. — 12 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 30. — 13 Misal Romano, Preparación de la Santa Misa, Formula intentionis. — 14 Santo Tomás, Comentario a la Carta a los Filipenses, 4, 1. — 15 P. A. Reggio, o. c., p. 24. — 16 Pablo VI, Exhor. Apost. Gaudete in Domino, 9-V-1975, IV.

 

 

“Le seguirás en todo lo que te pida”

Si de verdad deseas que tu corazón reaccione de un modo seguro, yo te aconsejo que te metas en una Llaga del Señor: así le tratarás de cerca, te pegarás a El, sentirás palpitar su Corazón..., y le seguirás en todo lo que te pida. (Forja, 755)

13 de abril

Quienes sostienen una teología incierta y una moral relajada, sin frenos; quienes practican según su capricho personal una liturgia dudosa, con una disciplina de hippies y un gobierno irresponsable, no es extraño que propaguen contra los que sólo hablan de Jesucristo, celotipias, sospechas, falsas denuncias, ofensas, maltratamientos, humillaciones, dicerías y vejaciones de todo género.

Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus Llagas. Y en esos tiempos de purgación pasiva, penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas que procuramos esconder, necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas Santísimas Heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa Sangre redentora, para fortalecernos. Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura, se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo: y veremos que su modo de conversar es apacible y su rostro hermoso, porque los que conocen que su voz es suave y grata, son los que recibieron la gracia del Evangelio, que les hace decir: Tú tienes palabras de vida eterna.

No pensemos que, en esta senda de la contemplación, las pasiones se habrán acallado definitivamente. Nos engañaríamos, si supusiéramos que el ansia de buscar a Cristo, la realidad de su encuentro y de su trato, y la dulzura de su amor nos transforman en personas impecables. Aunque no os falte experiencia, dejadme, sin embargo, que os lo recuerde. El enemigo de Dios y del hombre, Satanás, no se da por vencido, no descansa. Y nos asedia, incluso cuando el alma arde encendida en el amor a Dios. Sabe que entonces la caída es más difícil, pero que -si consigue que la criatura ofenda a su Señor, aunque sea en poco- podrá lanzar sobre aquella conciencia la grave tentación de la desesperanza. (Amigos de Dios, nn. 301-303)

 

Pascua: videomensaje del prelado del Opus Dei

Mons. Fernando Ocáriz felicita la Pascua de Resurrección y anima a pedir al Señor una fe renovada, que se actúa por medio de la caridad: “Cristo vive, es la gran seguridad, la gran certeza que nos da la fe. Y Cristo quiere vivir y vive en nosotros”.

 

 

 

«Que Él disipe las tinieblas de nuestra pobre humanidad»

Homilías de las celebraciones litúrgicas del Papa Francisco durante la Semana Santa.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA12/04/2020

 

 

Domingo de Ramos - Jueves Santo - Viernes Santo / Via Crucis - Sábado Santo Vigilia Pascual - Domingo de Pascua / Bendición Urbi et Orbi


Domingo de Ramos. 5 de abril de 2020

Jesús «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo» (Flp 2,7). Con estas palabras del apóstol Pablo, dejémonos introducir en los días santos, donde la Palabra de Dios, como un estribillo, nos muestra a Jesús como siervo: el siervo que lava los pies a los discípulos el Jueves santo; el siervo que sufre y que triunfa el Viernes santo (cf. Is 52,13); y mañana, Isaías profetiza sobre Él: «Mirad a mi Siervo, a quien sostengo» (Is 42,1). Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es Él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva.

Pero, una pregunta: ¿Cómo nos sirvió el Señor? Dando su vida por nosotros. Él nos ama, puesto que pagó por nosotros un gran precio. Santa Ángela de Foligno aseguró haber escuchado de Jesús estas palabras: «No te he amado en broma». Su amor lo llevó a sacrificarse por nosotros, a cargar sobre sí todo nuestro mal. Esto nos deja con la boca abierta: Dios nos salvó dejando que nuestro mal se ensañase con Él. Sin defenderse, sólo con la humildad, la paciencia y la obediencia del siervo, simplemente con la fuerza del amor. Y el Padre sostuvo el servicio de Jesús, no destruyó el mal que se abatía sobre Él, sino que lo sostuvo en su sufrimiento, para que sólo el bien venciera nuestro mal, para que fuese superado completamente por el amor. Hasta el final.

El Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono.

La traición. Jesús sufrió la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó. Fue traicionado por la gente que lo aclamaba y que después gritó: «Sea crucificado» (Mt 27,22). Fue traicionado por la institución religiosa que lo condenó injustamente y por la institución política que se lavó las manos. Pensemos en las traiciones pequeñas o grandes que hemos sufrido en la vida. Es terrible cuando se descubre que la confianza depositada ha sido defraudada. Nace tal desilusión en lo profundo del corazón que parece que la vida ya no tuviera sentido. Esto sucede porque nacimos para amar y ser amados, y lo más doloroso es la traición de quién nos prometió ser fiel y estar a nuestro lado. No podemos ni siquiera imaginar cuán doloroso haya sido para Dios, que es amor.

Examinémonos interiormente. Si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de nuestra infidelidad. Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas. Cuántos propósitos desvanecidos. El Señor conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos, sabe que somos muy débiles e inconstantes, que caemos muchas veces, que nos cuesta levantarnos de nuevo y que nos resulta muy difícil curar ciertas heridas. ¿Y qué hizo para venir a nuestro encuentro, para servirnos? Lo que había dicho por medio del profeta: «Curaré su deslealtad, los amaré generosamente» (Os 14,5). Nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: “Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús. Me abres tus brazos, me sirves con tu amor, continúas sosteniéndome... Por eso, ¡sigo adelante!”.

El abandono. En el Evangelio de hoy, Jesús en la cruz dice una frase, sólo una: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es una frase dura. Jesús sufrió el abandono de los suyos, que habían huido. Pero le quedaba el Padre. Ahora, en el abismo de la soledad, por primera vez lo llama con el nombre genérico de “Dios”. Y le grita «con voz potente» el “¿por qué?”, el porqué más lacerante: “¿Por qué, también Tú, me has abandonado?”. En realidad, son las palabras de un salmo (cf. 22,2) que nos dicen que Jesús llevó a la oración incluso la desolación extrema, pero el hecho es que en verdad la experimentó. Comprobó el abandono más grande, que los Evangelios testimonian recogiendo sus palabras originales.

¿Y todo esto para qué? Una vez más por nosotros, para servirnos. Para que cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, sin luz y sin escapatoria, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, por todos nosotros, lo ha hecho para decirnos: “No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado”. He aquí hasta dónde Jesús fue capaz de servirnos: descendiendo hasta el abismo de nuestros sufrimientos más atroces, hasta la traición y el abandono. Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: “Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”.

Queridos hermanos y hermanas: ¿Qué podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a Él y a los demás. El resto pasa, el amor permanece. El drama que estamos atravesando en este tiempo nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve. Porque la vida se mide desde el amor. De este modo, en casa, en estos días santos pongámonos ante el Crucificado —mirad, mirad al Crucificado—, que es la medida del amor que Dios nos tiene. Y, ante Dios que nos sirve hasta dar la vida, pidamos, mirando al Crucificado, la gracia de vivir para servir. Procuremos contactar al que sufre, al que está solo y necesitado. No pensemos tanto en lo que nos falta, sino en el bien que podemos hacer.

Mirad a mi Siervo, a quien sostengo. El Padre, que sostuvo a Jesús en la Pasión, también a nosotros nos anima en el servicio. Es cierto que puede costarnos amar, rezar, perdonar, cuidar a los demás, tanto en la familia como en la sociedad; puede parecer un vía crucis. Pero el camino del servicio es el que triunfa, el que nos salvó y nos salva, nos salva la vida. Quisiera decirlo de modo particular a los jóvenes, en esta Jornada que desde hace 35 años está dedicada a ellos. Queridos amigos: Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás. Sentíos llamados a jugaros la vida. No tengáis miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganaréis! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande es decir, sin condiciones, sí al amor. Es decir, sin condiciones, sí al amor, como hizo Jesús por nosotros.


Jueves Santo. 9 de abril de 2020

Santa Misa de la Cena del Señor

 

 

La Eucaristía, el servicio, la unción.

La realidad que vivimos hoy en esta celebración: el Señor que quiere permanecer con nosotros en la Eucaristía. Y nosotros nos convertimos siempre en sagrarios del Señor; llevamos al Señor con nosotros, hasta el punto de que Él mismo nos dice que si no comemos su cuerpo y bebemos su sangre, no entraremos en el Reino de los Cielos. Este es el misterio del pan y del vino, del Señor con nosotros, en nosotros, dentro de nosotros.

El servicio. Ese gesto que es una condición para entrar en el Reino de los Cielos. Servir, sí, a todos. Pero el Señor, en aquel intercambio de palabras que tuvo con Pedro (cf. Jn 13,6-9), le hizo comprender que para entrar en el Reino de los Cielos debemos dejar que el Señor nos sirva, que el Siervo de Dios sea siervo de nosotros. Y esto es difícil de entender. Si no dejo que el Señor sea mi siervo, que el Señor me lave, me haga crecer, me perdone, no entraré en el Reino de los Cielos.

Y el sacerdocio. Hoy quisiera estar cerca de los sacerdotes, de todos los sacerdotes, desde el recién ordenado hasta el Papa. Todos somos sacerdotes: los obispos, todos... Somos ungidos, ungidos por el Señor; ungidos para celebrar la Eucaristía, ungidos para servir.

Hoy no hemos tenido la Misa Crismal —espero que podamos tenerla antes de Pentecostés, de lo contrario tendremos que posponerla hasta el año que viene—, sin embargo, no puedo dejar pasar esta Misa sin recordar a los sacerdotes. Sacerdotes que ofrecen su vida por el Señor, sacerdotes que son servidores. En estos días, más de sesenta han muerto aquí, en Italia, atendiendo a los enfermos en los hospitales, juntamente con médicos, enfermeros, enfermeras... Son “los santos de la puerta de al lado”, sacerdotes que dieron su vida sirviendo. Y pienso en los que están lejos. Hoy recibí una carta de un sacerdote franciscano, capellán de una prisión lejana, que cuenta cómo vive esta Semana Santa con los prisioneros. Sacerdotes que van lejos para llevar el Evangelio y morir allí. Un obispo me dijo que lo primero que hacía cuando llegaba a un lugar de misión, era ir al cementerio, a la tumba de los sacerdotes que murieron allí, jóvenes, por la peste y enfermedades de aquel lugar: no estaban preparados, no tenían los anticuerpos. Nadie sabe sus nombres: sacerdotes anónimos. Los curas de los pueblos, que son párrocos en cuatro, cinco, siete pueblos de montaña; van de uno a otro, y conocen a la gente... Una vez, uno de ellos me dijo que sabía el nombre de todas las personas de los pueblos. “¿En serio?”, le dije. Y él me dijo: “¡Y también el nombre de los perros!”. Conocen a todos. La cercanía sacerdotal. Sacerdotes buenos, sacerdotes valientes.

Hoy os llevo en mi corazón y os llevo al altar. Sacerdotes calumniados. Muchas veces sucede hoy, que no pueden salir a la calle porque les dicen cosas feas, con motivo del drama que hemos vivido con el descubrimiento de las malas acciones de sacerdotes. Algunos me dijeron que no podían salir de la casa con el clergyman porque los insultaban; y ellos seguían. Sacerdotes pecadores, que junto con los obispos y el Papa pecador no se olvidan de pedir perdón y aprenden a perdonar, porque saben que necesitan pedir perdón y perdonar. Todos somos pecadores. Sacerdotes que sufren crisis, que no saben qué hacer, se encuentran en la oscuridad...

Hoy todos vosotros, hermanos sacerdotes, estáis conmigo en el altar, vosotros, consagrados. Sólo os digo esto: no sed tercos como Pedro. Dejaos lavar los pies. El Señor es vuestro siervo, está cerca de vosotros para fortaleceros, para lavaros los pies.

Y así, con esta conciencia de la necesidad de ser lavado, ¡sed grandes perdonadores! ¡Perdonad! Corazón de gran generosidad en el perdón. Es la medida con la que seremos medidos. Como has perdonado, serás perdonado: la misma medida. No tened miedo de perdonar. A veces hay dudas... Mirad a Cristo, mirad al Crucificado. Allí está el perdón para todos. Sed valientes, incluso arriesgando en el perdón para consolar. Y si no podéis dar el perdón sacramental en ese momento, al menos dad el consuelo de un hermano que acompaña y deja la puerta abierta para que [esa persona] regrese.

Doy gracias a Dios por la gracia del sacerdocio, todos nosotros agradecemos. Doy gracias a Dios por vosotros, sacerdotes. ¡Jesús os ama! Sólo os pide que os dejéis lavar los pies.


Viernes Santo - Celebración de la Pasión del Señor (Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia)

 

 

San Gregorio Magno decía que la Escritura cum legentibus crescit, crece con quienes la leen1. Expresa significados siempre nuevos en función de las preguntas que el hombre lleva en su corazón al leerla. Y nosotros este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta —más aún, con un grito— en el corazón que se eleva por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de Dios le da.

 

Lo que acabamos de escuchar es el relato del mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra. Podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: o de frente o por detrás, es decir, o por sus causas o por sus efectos. Si nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre» (Mt 27,24). La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas. Y ¿cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo? ¡Justificados por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una vida eterna! (cf. Rom 5, 1-5)

Pero hay un efecto que la situación en acto nos ayuda a captar en particular. La cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano. De todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí. ¿Cuál es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces. Así ha mostrado que éste no está envenenado, sino que hay una perla en el fondo de él.

Y no sólo el dolor de quien tiene la fe, sino de todo dolor humano. Él murió por todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —había dicho—, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! «Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su cama de hospital después del atentado— significa hacerse particularmente receptivos, especialmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo». Gracias a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano.

¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad? También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar. La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la conciencia». Ha bastado el más pequeño e informe elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!

Mientras pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente, horrorizado, comprendió que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo.
Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos.

Pero atentos a no engañarnos. No es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus! «Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice él mismo en la Biblia (Jer 29,11). Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?

¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios "sufre", como cada padre y cada madre. Cuando nos enteremos un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».

¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo, sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres. Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita. Él ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama «sabiduría de Dios».

El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio» 5. Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado. Como nos ha exhortado el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer.

De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4).

Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad.

La Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como estos: gritar a Dios. Es él mismo quien pone en labios de los hombres las palabras que hay que gritarle, a veces incluso palabras duras, de llanto y casi de acusación. «¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27). «Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).

¿Acaso a Dios le gusta que se le rece para conceder sus beneficios? ¿Acaso nuestra oración puede hacer cambiar sus planes a Dios? No, pero hay cosas que Dios ha decidido concedernos como fruto conjunto de su gracia y de nuestra oración, casi para compartir con sus criaturas el mérito del beneficio recibido 6. Es él quien nos impulsa a hacerlo: «Pedid y recibiréis, ha dicho Jesús, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).

Cuando, en el desierto, los judíos eran mordidos por serpientes venenosas, Dios ordenó a Moisés que levantara en un estandarte una serpiente de bronce, y quien lo miraba no moría. Jesús se ha apropiado de este símbolo. «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto —le dijo a Nicodemo— así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). También nosotros, en este momento, somos mordidos por una «serpiente» venenosa invisible. Miremos a Aquel que fue «levantado» por nosotros en la cruz. Adorémoslo por nosotros y por todo el género humano. Quien lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna.

"Después de tres días resucitaré", predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. ¡Más cristiana!


Via Crucis. Meditaciones y oraciones propuestas por la capellanía
del Centro Penitenciario “Due Palazzi” de Padua (Enlace)

 

 


Sábado Santo. Vigilia Pascual

 

 

«Pasado el sábado» (Mt 28,1) las mujeres fueron al sepulcro. Así comenzaba el evangelio de esta Vigilia santa, con el sábado. Es el día del Triduo pascual que más descuidamos, ansiosos por pasar de la cruz del viernes al aleluya del domingo. Sin embargo, este año percibimos más que nunca el sábado santo, el día del gran silencio. Nos vemos reflejados en los sentimientos de las mujeres durante aquel día. Como nosotros, tenían en los ojos el drama del sufrimiento, de una tragedia inesperada que se les vino encima demasiado rápido. Vieron la muerte y tenían la muerte en el corazón. Al dolor se unía el miedo, ¿tendrían también ellas el mismo fin que el Maestro? Y después, la inquietud por el futuro, quedaba todo por reconstruir. La memoria herida, la esperanza sofocada. Para ellas, como para nosotros, era la hora más oscura.

Pero en esta situación las mujeres no se quedaron paralizadas, no cedieron a las fuerzas oscuras de la lamentación y del remordimiento, no se encerraron en el pesimismo, no huyeron de la realidad. Realizaron algo sencillo y extraordinario: prepararon en sus casas los perfumes para el cuerpo de Jesús. No renunciaron al amor: la misericordia iluminó la oscuridad del corazón. La Virgen, en el sábado, día que le sería dedicado, rezaba y esperaba. En el desafío del dolor, confiaba en el Señor. Sin saberlo, esas mujeres preparaban en la oscuridad de aquel sábado el amanecer del «primer día de la semana», día que cambiaría la historia. Jesús, como semilla en la tierra, estaba por hacer germinar en el mundo una vida nueva; y las mujeres, con la oración y el amor, ayudaban a que floreciera la esperanza. Cuántas personas, en los días tristes que vivimos, han hecho y hacen como aquellas mujeres: esparcen semillas de esperanza. Con pequeños gestos de atención, de afecto, de oración.

Al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro. Allí, el ángel les dijo: «Vosotras, no temáis […]. No está aquí: ¡ha resucitado!» (vv. 5-6). Ante una tumba escucharon palabras de vida… Y después encontraron a Jesús, el autor de la esperanza, que confirmó el anuncio y les dijo: «No temáis» (v. 10). No temáis, no tengáis miedoHe aquí el anuncio de la esperanza. Que es también para nosotros, hoy. Hoy. Son las palabras que Dios nos repite en la noche que estamos atravesando.

En esta noche conquistamos un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza; es una esperanza nueva, viva, que viene de Dios. No es un mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo de circunstancia, con una sonrisa pasajera. No. Es un don del Cielo, que no podíamos alcanzar por nosotros mismos: Todo irá bien, decimos constantemente estas semanas, aferrándonos a la belleza de nuestra humanidad y haciendo salir del corazón palabras de ánimo. Pero, con el pasar de los días y el crecer de los temores, hasta la esperanza más intrépida puede evaporarse. La esperanza de Jesús es distinta, infunde en el corazón la certeza de que Dios conduce todo hacia el bien, porque incluso hace salir de la tumba la vida.

El sepulcro es el lugar donde quien entra no sale. Pero Jesús salió por nosotros, resucitó por nosotros, para llevar vida donde había muerte, para comenzar una nueva historia que había sido clausurada, tapándola con una piedra. Él, que quitó la roca de la entrada de la tumba, puede remover las piedras que sellan el corazón. Por eso, no cedamos a la resignación, no depositemos la esperanza bajo una piedra. Podemos y debemos esperar, porque Dios es fiel, no nos ha dejado solos, nos ha visitado y ha venido en cada situación: en el dolor, en la angustia y en la muerte. Su luz iluminó la oscuridad del sepulcro, y hoy quiere llegar a los rincones más oscuros de la vida. Hermana, hermano, aunque en el corazón hayas sepultado la esperanza, no te rindas: Dios es más grande. La oscuridad y la muerte no tienen la última palabra. Ánimo, con Dios nada está perdido.

Ánimo: es una palabra que, en el Evangelio, está siempre en labios de Jesús. Una sola vez la pronuncian otros, para decir a un necesitado: «Ánimo, levántate, que [Jesús] te llama» (Mc 10,49). Es Él, el Resucitado, el que nos levanta a nosotros que estamos necesitados. Si en el camino eres débil y frágil, si caes, no temas, Dios te tiende la mano y te dice: «Ánimo”. Pero tú podrías decir, como don Abundio: «El valor no se lo puede otorgar uno mismo» (A. Manzoni, Los Novios (I Promessi Sposi), XXV). No te lo puedes dar, pero lo puedes recibir como don. Basta abrir el corazón en la oración, basta levantar un poco esa piedra puesta en la entrada de tu corazón para dejar entrar la luz de Jesús. Basta invitarlo: “Ven, Jesús, en medio de mis miedos, y dime también: Ánimo”. Contigo, Señor, seremos probados, pero no turbados. Y, a pesar de la tristeza que podamos albergar, sentiremos que debemos esperar, porque contigo la cruz florece en resurrección, porque Tú estás con nosotros en la oscuridad de nuestras noches, eres certeza en nuestras incertidumbres, Palabra en nuestros silencios, y nada podrá nunca robarnos el amor que nos tienes.

Este es el anuncio pascual; un anuncio de esperanza que tiene una segunda parte: el envío. «Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea» (Mt 28,10), dice Jesús. «Va por delante de vosotros a Galilea» (v. 7), dice el ángel. El Señor nos precede, nos precede siempre. Es hermoso saber que camina delante de nosotros, que visitó nuestra vida y nuestra muerte para precedernos en Galilea; es decir, el lugar que para Él y para sus discípulos evocaba la vida cotidiana, la familia, el trabajo. Jesús desea que llevemos la esperanza allí, a la vida de cada día. Pero para los discípulos, Galilea era también el lugar de los recuerdos, sobre todo de la primera llamada. Volver a Galilea es acordarnos de que hemos sido amados y llamados por Dios. Cada uno de nosotros tiene su propia Galilea. Necesitamos retomar el camino, recordando que nacemos y renacemos de una llamada de amor gratuita, allí, en mi Galilea. Este es el punto de partida siempre, sobre todo en las crisis y en los tiempos de prueba. Con la memoria de mi Galilea.

Pero hay más. Galilea era la región más alejada de Jerusalén, el lugar donde se encontraban en ese momento. Y no sólo geográficamente: Galilea era el sitio más distante de la sacralidad de la Ciudad santa. Era una zona poblada por gentes distintas que practicaban varios cultos, era la «Galilea de los gentiles» (Mt 4,15). Jesús los envió allí, les pidió que comenzaran de nuevo desde allí. ¿Qué nos dice esto? Que el anuncio de la esperanza no se tiene que confinar en nuestros recintos sagrados, sino que hay que llevarlo a todos. Porque todos necesitan ser reconfortados y, si no lo hacemos nosotros, que hemos palpado con nuestras manos «el Verbo de la vida» (1 Jn 1,1), ¿quién lo hará? Qué hermoso es ser cristianos que consuelan, que llevan las cargas de los demás, que animan, que son mensajeros de vida en tiempos de muerte. Llevemos el canto de la vida a cada Galilea, a cada región de esa humanidad a la que pertenecemos y que nos pertenece, porque todos somos hermanos y hermanas. Acallemos los gritos de muerte, que terminen las guerras. Que se acabe la producción y el comercio de armas, porque necesitamos pan y no fusiles. Que cesen los abortos, que matan la vida inocente. Que se abra el corazón del que tiene, para llenar las manos vacías del que carece de lo necesario.

Al final, las mujeres «abrazaron los pies» de Jesús (Mt 28,9), aquellos pies que habían hecho un largo camino para venir a nuestro encuentro, incluso entrando y saliendo del sepulcro. Abrazaron los pies que pisaron la muerte y abrieron el camino de la esperanza. Nosotros, peregrinos en busca de esperanza, hoy nos aferramos a Ti, Jesús Resucitado. Le damos la espalda a la muerte y te abrimos el corazón a Ti, que eres la Vida.


Bendición Pascual y mensaje Urbi et Orbi

 

 

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Pascua!

Hoy resuena en todo el mundo el anuncio de la Iglesia: “¡Jesucristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”.

Esta Buena Noticia se ha encendido como una llama nueva en la noche, en la noche de un mundo que enfrentaba ya desafíos cruciales y que ahora se encuentra abrumado por la pandemia, que somete a nuestra gran familia humana a una dura prueba. En esta noche resuena la voz de la Iglesia: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!» (Secuencia pascual).

Es otro “contagio”, que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia. Es el contagio de la esperanza: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!». No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas. No, no es eso la resurrección de Cristo, sino la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no “pasa por encima” del sufrimiento y la muerte, sino que los traspasa, abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios.

El Resucitado no es otro que el Crucificado. Lleva en su cuerpo glorioso las llagas indelebles, heridas que se convierten en lumbreras de esperanza. A Él dirigimos nuestra mirada para que sane las heridas de la humanidad desolada.

Hoy pienso sobre todo en los que han sido afectados directamente por el coronavirus: los enfermos, los que han fallecido y las familias que lloran por la muerte de sus seres queridos, y que en algunos casos ni siquiera han podido darles el último adiós. Que el Señor de la vida acoja consigo en su reino a los difuntos, y dé consuelo y esperanza a quienes aún están atravesando la prueba, especialmente a los ancianos y a las personas que están solas. Que conceda su consolación y las gracias necesarias a quienes se encuentran en condiciones de particular vulnerabilidad, como también a quienes trabajan en los centros de salud, o viven en los cuarteles y en las cárceles. Para muchos es una Pascua de soledad, vivida en medio de los numerosos lutos y dificultades que está provocando la pandemia, desde los sufrimientos físicos hasta los problemas económicos.

Esta enfermedad no sólo nos está privando de los afectos, sino también de la posibilidad de recurrir en persona al consuelo que brota de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y la Reconciliación. En muchos países no ha sido posible acercarse a ellos, pero el Señor no nos dejó solos. Permaneciendo unidos en la oración, estamos seguros de que Él nos cubre con su mano (cf. Sal 138,5), repitiéndonos con fuerza: No temas, «he resucitado y aún estoy contigo» (Antífona de ingreso de la Misa del día de Pascua, Misal Romano).

Que Jesús, nuestra Pascua, conceda fortaleza y esperanza a los médicos y a los enfermeros, que en todas partes ofrecen un testimonio de cuidado y amor al prójimo hasta la extenuación de sus fuerzas y, no pocas veces, hasta el sacrificio de su propia salud. A ellos, como también a quienes trabajan asiduamente para garantizar los servicios esenciales necesarios para la convivencia civil, a las fuerzas del orden y a los militares, que en muchos países han contribuido a mitigar las dificultades y sufrimientos de la población, se dirige nuestro recuerdo afectuoso y nuestra gratitud.

En estas semanas, la vida de millones de personas cambió repentinamente. Para muchos, permanecer en casa ha sido una ocasión para reflexionar, para detener el frenético ritmo de vida, para estar con los seres queridos y disfrutar de su compañía. Pero también es para muchos un tiempo de preocupación por el futuro que se presenta incierto, por el trabajo que corre el riesgo de perderse y por las demás consecuencias que la crisis actual trae consigo. Animo a quienes tienen responsabilidades políticas a trabajar activamente en favor del bien común de los ciudadanos, proporcionando los medios e instrumentos necesarios para permitir que todos puedan tener una vida digna y favorecer, cuando las circunstancias lo permitan, la reanudación de las habituales actividades cotidianas.

ESTE NO ES EL TIEMPO DE LA INDIFERENCIA, PORQUE EL MUNDO ENTERO ESTÁ SUFRIENDO Y TIENE QUE ESTAR UNIDO PARA AFRONTAR LA PANDEMIA

Este no es el tiempo de la indiferencia, porque el mundo entero está sufriendo y tiene que estar unido para afrontar la pandemia. Que Jesús resucitado conceda esperanza a todos los pobres, a quienes viven en las periferias, a los prófugos y a los que no tienen un hogar. Que estos hermanos y hermanas más débiles, que habitan en las ciudades y periferias de cada rincón del mundo, no se sientan solos. Procuremos que no les falten los bienes de primera necesidad, más difíciles de conseguir ahora cuando muchos negocios están cerrados, como tampoco los medicamentos y, sobre todo, la posibilidad de una adecuada asistencia sanitaria. Considerando las circunstancias, se relajen además las sanciones internacionales de los países afectados, que les impiden ofrecer a los propios ciudadanos una ayuda adecuada, y se afronten —por parte de todos los Países— las grandes necesidades del momento, reduciendo, o incluso condonando, la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres.

Este no es el tiempo del egoísmo, porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace acepción de personas. Entre las numerosas zonas afectadas por el coronavirus, pienso especialmente en Europa. Después de la Segunda Guerra Mundial, este continente pudo resurgir gracias a un auténtico espíritu de solidaridad que le permitió superar las rivalidades del pasado. Es muy urgente, sobre todo en las circunstancias actuales, que esas rivalidades no recobren fuerza, sino que todos se reconozcan parte de una única familia y se sostengan mutuamente. Hoy, la Unión Europea se encuentra frente a un desafío histórico, del que dependerá no sólo su futuro, sino el del mundo entero. Que no pierda la ocasión para demostrar, una vez más, la solidaridad, incluso recurriendo a soluciones innovadoras. Es la única alternativa al egoísmo de los intereses particulares y a la tentación de volver al pasado, con el riesgo de poner a dura prueba la convivencia pacífica y el desarrollo de las próximas generaciones.

ESTE NO ES EL TIEMPO DEL EGOÍSMO, PORQUE EL DESAFÍO QUE ENFRENTAMOS NOS UNE A TODOS Y NO HACE ACEPCIÓN DE PERSONAS

Este no es tiempo de la división. Que Cristo, nuestra paz, ilumine a quienes tienen responsabilidades en los conflictos, para que tengan la valentía de adherir al llamamiento por un alto el fuego global e inmediato en todos los rincones del mundo. No es este el momento para seguir fabricando y vendiendo armas, gastando elevadas sumas de dinero que podrían usarse para cuidar personas y salvar vidas. Que sea en cambio el tiempo para poner fin a la larga guerra que ha ensangrentado a la amada Siria, al conflicto en Yemen y a las tensiones en Irak, como también en el Líbano. Que este sea el tiempo en el que los israelíes y los palestinos reanuden el diálogo, y que encuentren una solución estable y duradera que les permita a ambos vivir en paz. Que acaben los sufrimientos de la población que vive en las regiones orientales de Ucrania. Que se terminen los ataques terroristas perpetrados contra tantas personas inocentes en varios países de África.

Este no es tiempo del olvido. Que la crisis que estamos afrontando no nos haga dejar de lado a tantas otras situaciones de emergencia que llevan consigo el sufrimiento de muchas personas. Que el Señor de la vida se muestre cercano a las poblaciones de Asia y África que están atravesando graves crisis humanitarias, como en la Región de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique. Que reconforte el corazón de tantas personas refugiadas y desplazadas a causa de guerras, sequías y carestías. Que proteja a los numerosos migrantes y refugiados —muchos de ellos son niños—, que viven en condiciones insoportables, especialmente en Libia y en la frontera entre Grecia y Turquía. Y no quiero olvidar de la isla de Lesbos. Que permita alcanzar soluciones prácticas e inmediatas en Venezuela, orientadas a facilitar la ayuda internacional a la población que sufre a causa de la grave coyuntura política, socioeconómica y sanitaria.

ESTE NO ES TIEMPO DE LA DIVISIÓN NI DEL OLVIDO

Queridos hermanos y hermanas:

Las palabras que realmente queremos escuchar en este tiempo no son indiferencia, egoísmo, división y olvido. ¡Queremos suprimirlas para siempre! Esas palabras pareciera que prevalecen cuando en nosotros triunfa el miedo y la muerte; es decir, cuando no dejamos que sea el Señor Jesús quien triunfe en nuestro corazón y en nuestra vida. Que Él, que ya venció la muerte abriéndonos el camino de la salvación eterna, disipe las tinieblas de nuestra pobre humanidad y nos introduzca en su día glorioso que no conoce ocaso.

Con estas reflexiones, os deseo a todos una feliz Pascua.

 

 

Yo estuve en la tercera caída de Jesús

Daniel Tirapu

Una escena de la Pasión de Chinchón.

Via crucis. La Tercera caída; yo estaba allí.

El rey de los judíos se ha desplomado por tercera vez
su cuerpo es una anécdota confusa bajo la cruz
lo peor de todo es que alguien le hizo la zancadilla
a ver quién fue el gracioso de la zancadilla a ver
el gracioso de la zancadilla que hizo rodar a Dios
es yo mismo es tú mismo y es nadie más
basta ya de disimular pues hombre si Dios te vio
reconoce que te has pasado todos los días de tu existencia
apostado en la estación número siete del vía crucis
poniendo tu subrepticio pie entre los pies de Dios
reconoce que ese acto es el perfecto resumen de tu existencia
reconócelo y pide perdón al Dios galileo que has derribado
porque el galileo ya se levanta a pedazos y cómo te mira
y te mira y perdona tu zancadilla y te ama
y ofrece toda su sangre solo por ti.

 

 

El contexto político de la pasión de Jesús

Sheila Morataya

Es común que en Semana Santa reflexionemos sobre los aspectos religiosos del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, pero no acostumbramos detenernos a observar el contexto político y las disputas de poder que se desarrollaron como telón de fondo de este gran acontecimiento que cambió la historia de la humanidad.

Para los dirigentes judíos, Jesús representaba un reto a su autoridad y a las prácticas religiosas de la época, por lo que, a pesar de reconocer su capacidad para hacer milagros, su elocuencia y autoridad para expresar las verdades de Dios, y su testimonio de vida lleno de austeridad y congruencia, buscaban la manera de matarlo.

Decían: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos que siga así, todos van a creer en él, y luego intervendrán los romanos que destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.» (Juan 11, 47-48) La expresión profética del sumo sacerdote Caifás define el destino de Jesús: «No se dan cuenta de que es mejor que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación.» (Juan 11, 50)

Posteriormente, durante el juicio de la autoridad civil representada por Pilato, las “razones de estado” definen la suerte del acusado. Jesús reconoce que es rey y advierte que su reinado no es “de este mundo”. A pesar de que el juez romano no encuentra ninguna razón para castigarlo, por “corrección política” ordena crucificarlo cuando lo amenazan: «Si lo dejas en libertad, no eres amigo del César; el que se proclama rey se rebela contra el César.» (Juan 19, 12)

La lucha por obtener y mantener el poder puede llevar a que dirigentes de cualquier tipo cometan abusos, injusticias y crímenes. Como en el caso de Jesús, el inocente que “pasó haciendo el bien” fue condenado a la peor de las muertes en aras de satisfacer intereses políticos de los dirigentes religiosos y políticos de la época.

Mientras tanto, Jesucristo se presenta como cordero que va al matadero para cumplir su misión de rey y demostrarnos su amor, según les había dicho a sus discípulos: «hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por una muchedumbre.» (Mateo 20, 28) y «No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos» (Juan 15, 13)

Las dos versiones del ejercicio del poder y la política se presentan en estos misterios con prístina claridad. Quien usa el poder para servirse y quién lo usa para servir a los demás. Muchos dirigentes, sean políticos, sociales, empresariales, o religiosos dirán que lo hacen por servir al pueblo, o a los más pobres, sea o no verdad.

Como cuando Judas dijo: ««Ese perfume se podría haber vendido en trescientas monedas de plata para ayudar a los pobres.» En realidad no le importaban los pobres, sino que era un ladrón, y como estaba encargado de la bolsa común, se llevaba lo que echaban en ella. Pero Jesús dijo: «Déjala, pues lo tenía reservado para el día de mi entierro. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre.» (Juan 12, 5 y 8)

En la pandemia actual, podemos distinguir la actitud de líderes que buscan servir a los demás con sus decisiones y trabajo que surgen y se nutren de la solidaridad; frente a la actitud de quienes buscan aprovechar la situación para empujar sus propuestas ideológicas, sus beneficios personales y construir clientelas que los mantengan en el poder.

A partir de las múltiples iniciativas de servicio a los pobres (enfermos, marginados, desempleados, etc.) que surgen de la sociedad en la crisis actual, se pueden construir propuestas políticas y económicas que sirvan a todos y que frenen los abusos populistas y demagógicos que empobrecen y manipulan al pueblo para seguirse sirviendo de él.

El misterio de la muerte y resurrección de Jesús nos muestra la plenitud del amor en el servicio a los demás en esta vida, y nos pone en el camino de la cruz hacia la eternidad. Paz, bien y salud.Sheila Morataya

 

 

«Nuestras Iglesias pueden estar cerradas, pero Cristo no está en cuarentena»

Monseñor José H. Gomez

(Nota del editor: el Arzobispo Gómez adaptó lo siguiente, tomándolo de un mensaje que él escribió como Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos. Aquí él ofrece reflexiones prácticas sobre cómo vivir los misterios de la Semana Santa en estos tiempos extraordinarios y desafiantes).

Las generaciones futuras recordarán ésta como la Cuaresma larga del 2020, como un tiempo en el que la enfermedad y la muerte oscurecieron de repente toda la tierra. Al entrar en la Semana Santa, en estos días que son los más sagrados del año, los católicos de aquí, de la ciudad de Los Ángeles, así como también los de todo Estados Unidos y de todo el mundo, estamos viviendo en cuarentena, pues nuestras sociedades están cerradas a causa de la pandemia de coronavirus.

Pero sabemos que nuestro Redentor está vivo. Incluso en este tiempo extraordinario y desafiante, damos gracias por lo que Jesucristo ha hecho por nosotros a través de su vida, muerte y resurrección. Incluso ahora, nos maravillamos ante el hermoso misterio de nuestra salvación, ante qué tan precioso es cada uno de nosotros a los ojos de Dios.

Estos son tiempos casi sin precedente en la larga historia de la Iglesia. Ante este contagio mundial, mis hermanos obispos —procedentes de casi todos los países— y yo mismo, nos hemos visto obligados a suspender temporalmente el culto público y la celebración de los sacramentos.

Soy dolorosamente consciente de que muchos de nuestros católicos están preocupados y heridos por la privación de la Eucaristía y del consuelo de los sacramentos. Esta es una aflicción amarga que todos padecemos profundamente. Tanto mis hermanos obispos y sacerdotes como yo mismo, estamos sufriendo con nuestro pueblo y anhelamos el día en que podamos reunirnos alrededor del altar del Señor para celebrar los sagrados misterios.

En este momento difícil, le pedimos a Dios su gracia, para poder sobrellevar esta carga, todos juntos, con paciencia y caridad, unidos como una única familia de Dios en su Iglesia universal. Y como esta Semana Santa será tan diferente, tan desafiante, quiero ofrecer aquí algunas breves reflexiones que espero puedan ayudarnos a penetrar en estos misterios de nuestra redención de una manera nueva y significativa.

Confesión

Para muchos de nosotros no será posible confesarnos este año. Pero debemos recordar que, en circunstancias extremas, la antigua tradición de la Iglesia nos permite recibir el perdón de nuestros pecados, incluso fuera de la confesión sacramental. Esta hermosa gracia, llamada “contrición perfecta”, es explicada en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1452).

Durante esta Semana Santa, los aliento a que examinen su conciencia y a que vuelvan a Dios con todo su corazón.

Podemos seguir los consejos prácticos que nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, nos ofreció en una reciente homilía: “Haz lo que dice el Catecismo. Está muy claro: si no encuentras un sacerdote para escuchar tu confesión, habla con Dios —que es tu Padre— y dile la verdad. Enumera tus pecados, pide perdón al Señor con todo tu corazón y haz un acto de contrición. Prométele: “Me confesaré más adelante, pero perdóname ahora”. Y de inmediato volverás a estar en la gracia de Dios”.

Semana Santa en casa

Aunque este año no podemos celebrar los sagrados misterios en nuestras iglesias, exhorto, a cada uno de ustedes, a hacer de sus hogares una “iglesia doméstica”. Este antiguo ideal cristiano resuena aún más profundamente en este tiempo de cuarentena y de “refugiarse en casa”.

Para los padres de niños pequeños, este puede ser un momento de gracia, un tiempo para dar testimonio de la importancia que tiene la fe en sus vidas. Oren con sus hijos, especialmente el Rosario; lean la Biblia, vean en familia la transmisión en vivo de la Misa.

Desde cada hogar podemos entrar espiritualmente en estos misterios de nuestra salvación a través de la oración y de la lectura de las Escrituras para cada día de la Semana Santa. Caminen con Jesús cuando él llega triunfalmente a Jerusalén el Domingo de Ramos. El Jueves Santo, oren con él en su Última Cena y permanezcan con él en su agonía del huerto. Ayúdenle a llevar su cruz el Viernes Santo. En el silencio del Sábado Santo, ¡contemplen todo lo que ha obtenido para nosotros por el amor que nos tiene, y regocíjense con él ante la tumba vacía en la mañana de Pascua!

Aquí puede encontrar el calendario completo para la Semana Santa en Casa.

Comunión espiritual

Aunque no nos es posible celebrar estos misterios en nuestras iglesias, podemos unirnos espiritualmente a Dios y entre nosotros a través de internet y de los medios de difusión masiva.

Al participar en estas liturgias “virtuales”, recuerden que ustedes no son “espectadores” que están mirando pasivamente una actuación. En estas liturgias, Jesucristo está verdaderamente presente tal y como lo está en cada Misa. Junto con el sacerdote, ustedes están ofreciendo su sacrificio de alabanza al Dios vivo y estamos adorándolo a él junto con los ángeles y con toda la comunión de los santos.

En esta Semana Santa los exhorto especialmente a unirse al sacrificio de la Misa haciendo un sencillo acto de comunión espiritual. Díganle al Señor que lo aman más que nada en la vida y que anhelan recibirlo en su corazón, incluso si no pueden recibirlo en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Ofrézcanse a ustedes mismos en el altar: ofrezcan todos sus sufrimientos y alegrías, todos sus talentos y dones. Díganle que nunca quieren estar separados de él.

En estos tiempos extraordinarios y desafiantes, les pido que ofrezcan sus sufrimientos y sacrificios personales por aquellos que están enfermos de coronavirus y por todos aquellos miembros de los ministerios de salud, que están arriesgando sus vidas para cuidarlos. Oren por todas sus familias y seres queridos. Oren por aquellos que están sufriendo por la pérdida de sus empleos y negocios y por todos aquellos que temen por su futuro. Oren por la gran cantidad de hombres y mujeres que están arriesgando su salud para proporcionar servicios esenciales en este momento de necesidad.

Oración al Sagrado Corazón de Jesús

El Viernes Santo y en nombre de todos los obispos de Estados Unidos, rezaré la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús para pedir el fin de la pandemia del coronavirus.

Les pido que se unan a esta oración, que se transmitirá en vivo a las 9 a.m., a través de internet, desde la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles aquí en la costa oeste, y a las 12 del mediodía en la costa este. Unámonos como una sola y única familia de Dios aquí en Estados Unidos para pedirle a nuestro Señor su misericordia.

El Santo Padre ha concedido una indulgencia plenaria especial a quienes oren, pidiendo el fin de esta pandemia. Para recibir esta indulgencia, deben rezar el Viernes Santo la Letanía del Sagrado Corazón, arrepentirse verdaderamente de sus pecados y desear recibir el Sacramento de la Reconciliación tan pronto como sea posible, y tienen también que orar por las intenciones del Papa.

En el corazón de Jesús, traspasado el Viernes Santo al estar crucificado en la cruz, vemos el amor de Dios por la humanidad, vemos su amor hacia cada uno de nosotros.

Esta Semana Santa será diferente. Nuestras iglesias pueden estar cerradas, pero Cristo no está en cuarentena y su Evangelio no está encadenado. El corazón de nuestro Señor permanece abierto para todo hombre y toda mujer. Aunque no podemos darle culto juntos, cada uno de nosotros puede buscarlo en el tabernáculo de su propio corazón.

Como él nos ama y como su amor nunca puede cambiar, no debemos tener miedo, incluso en este momento de prueba y dificultad. En estos misterios que recordamos esta semana, renovemos nuestra fe en su amor. Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que interceda por nosotros, para que él nos libre de todo mal y nos conceda la paz en nuestros días.

Usted puede rezar aquí la oración del arzobispo Gómez a Nuestra Señora de Guadalupe para los tiempos del coronavirus. VNMonseñor José H. Gomez

 

 

REALMENTE ERA HIJO DE DIOS


Autora: Magui del Mar
La Dama Azteca de la Pluma de Oro
Poeta Mexicana.

Era mucho el alboroto por ese hombre Nazareno,
me acerqué...y estaba lleno de una infinita tristeza,
inclinaba la cabeza...los ojos llenos de llanto...
me conmovió tanto...tanto, que sin querer, lentamente
me pude poner enfrente y descubrir su nobleza.

El se encuentra ante Pilatos acusado por su gente,
lo ven como un delincuente, sin tener culpa ninguna,
no tiene defensa alguna, lo rodean sus enemigos,
está solo...no hay amigos que lo apoyen en su lucha
“crucifícalo” El escucha, gritar a turba importuna.

Pilatos en El descubre un mundo de mansedumbre...
pregunta a la muchedumbre “¿en qué quebrantó la ley?”
“quiso hacerse nuestro rey” responden con dura saña,
al romano eso no engaña y al Nazareno intrigado
le pregunta amedrentado “¿es cierto que tú eres rey?”

“Tú lo has dicho, mas mi reino no es de este mundo mortal
es un Reino Celestial, vine a enseñar la verdad”
y al ver la profundidad con que aquel hombre se expresa
le pregunta con viveza “¿y qué es la verdad?”, mas luego
aquel gobernante ciego, no piensa con libertad.

A la turba se lo entrega, aunque hay en su alma temor
porque ve con cuánto amor lo miran aquellos ojos,
con dulzura...sin enojos. La chusma al fin complacida
piensa quitarle la vida, esa vida que El ofrece.
Su cuerpo ya desfallece, lo han convertido en despojos.

Paciente lleva la cruz por la dolorosa vía,
ahí se encuentra a María que lo mira con ternura,
su alma llena de amargura por ver sufrir así a su hijo,
en silencio lo bendijo, por El más no pudo hacer,
supo que así debía ser para cumplir la Escritura.

Llega por fin al calvario y estando en la cruz clavado,
ante todos levantado, lo contemplo agonizante,
viendo su alma de gigante ofrecer con tanto amor
su dura pena y dolor...tan sólo y abandonado,
exclamo “¡Jesús amado, quiero ser tu acompañante!”

Al final, con voz potente, al Padre entrega su vida,
en el templo enseguida el velo se rasga en dos...
ven todos con miedo atroz que hay tinieblas en el mundo
y con temor muy profundo, los soldados allí empiezan
a ver más claro y confiesan “¡realmente era Hijo de Dios!”

Derechos Reservados.

 

MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

La asistencia religiosa es un derecho, pero hay que pedirla

Rosa Corazón

Capellán de un hospital.

Los sacerdotes no son adivinos, tampoco los de los hospitales.La Iglesia nos recuerda que los sacerdotes de los hospitales están totalmente disponibles para atender a quien lo necesite, siempre que el interesado o alguien en su nombre pida que vaya a verle el sacerdote.

En épocas normales, es el propio paciente o un familiar quien debe decir en el control de enfermería que tal enfermo desea la visita del sacerdote. Entonces, el sacerdote acudirá a esa habitación.

Ahora, con esta pandemia del coronavirus, con tantos infectados y tantos aislados, es necesario recordar la necesidad de pedir la asistencia sacerdotal, para poder recibirla; puesto que no se presume el deseo, desde luego.

Un sacerdote, que atiende un conocido hospital, cuenta que, a pesar de estar 100% disponibles y, actualmente, a rebosar de enfermos todos los hospitales, casi nadie pide que vaya a verle el sacerdote y, por ello, fallecen cada día muchas personas en la más absoluta soledad, de cuerpo y de alma, sin atención espiritual. Buscando la causa, sigue diciendo que no sabe si es porque los enfermos están solos –sin familiares acompañándoles, por el aislamiento prescrito- o porque la gente piensa que los
sacerdotes no estarán disponibles en este tiempo de pandemia.

Por ello, se están produciendo muchas muertes y entierros sin sacerdote. Interesa recordar que la asistencia religiosa en la enfermedad, en la hospitalización –incluso aislado totalmente por prescripción facultativa- y en la muerte es un derecho que tenemos, pero hay que pedirlo expresamente.

Ahora, de alguna manera, el paciente –por aislado e infectado que esté- tendrá que manifestarle a la enfermera que desea la visita del sacerdote. Y de ese modo, irá.

Una buena amiga me comenta, con alegría, que se lo dirá a su hijo, de 19 años, hospitalizado y que ha dado positivo en el coronavirus, totalmente aislado y que sólo se puede comunicar con él por Skype cuando le hace efecto el calmante. Lo previsto es que necesitará un mes de hospitalización y… ¡un mes es… mucho tiempo!

Que suerte que podamos tener a Dios en nuestro aislamiento, en nuestra infección, en nuestro dolor y sufrimiento, en nuestra enfermedad y en nuestra muerte, con solo pedirlo.

 

 

¿Cómo hacían oración los primeros cristianos?

LA ORACIÓN EN LOS PRIMEROS CRISTIANOS

¿COMO HACÍAN ORACIÓN?

La oración cristiana hay que situarla en línea de continuidad con la tradición orante del pueblo de Israel. Lógicamente los cristianos van a  estar muy vinculados a la oración de Jesús, puesto que el mismo Señor les indicó la forma de hacerlo, cuando se lo pidió uno de sus discípulos y les enseñó el Padrenuestro (Lc 11, 1-4).

 

Como textos representativos de la primitiva oración cristiana figura lo dispuesto en la Didaché donde se señala un criterio oracional distinto de la praxis judaica y se hace hincapié en seguir la recitación de Padrenuestro, «como mandó el Señor en su Evangelio (…). Así orad tres veces al día» (Did., VIII, 2-3). En la misma Didaché encontramos, a continuación, unas oraciones de acción de gracias, que debieron formar parte de la plegaria eucarística de una comunidad judeocristiana (Did., IX-X).

La Carta a los Corintios de san Clemente Romano termina con una larga oración de clara textura eucarística (Ad Cor. LIX-LXI). Un carácter más dramático nos ofrece la breve oración pronunciada por san Policarpo poco antes de consumar su martirio (Mart. Poly., 14).

 

De los testimonios que acabamos de presentar, aunque existen motivos y contenidos diversos en la oración cristiana, el cañamazo literario sobre el que se expresa es el de la berekahla bendición judía, cuyo esquema comprendía una invocación divina –recuerdo de las intervenciones divinas del A. Testamento–, y una doxología.

Otra observación que aflora inmediatamente es que se mantiene la tradición de la plegaria horaria judía (mañana, mediodía y tarde), pero se cambia el contenido; no será el Shemá Israel («escucha Israel») (Dt 6, 4-7), sino el Padrenuestro. Otro tanto se podría decir de las celebraciones dominicales de la eucaristía, atestiguadas por san Justino (I Apol., LXVII, 3), que recuerdan las del shabat judío.

En el momento de amanecer y al caer la noche, el cristiano se recoge en oración, medita la Escritura o canta un salmo (Tertuliano, De orat., 23). También era una herencia judía la oración de bendición antes de las comidas (Tertuliano, De orat., XXV, 4). Se puede decir que el carácter religioso de mesa era tal que los cristianos excluían de ella a los paganos.

Si fijamos nuestra atención en naturaleza de la oración cristiana, Clemente de Alejandría, no sin cierta vacilación, nos la definirá como trato o «conversación con Dios» (Strom., VII, 39, 6). De ahí que la oración, por muy vocal que sea, requerirá siempre la atención de la mente de quien la recite, precisamente por ser una forma de interlocución. Al verdadero sabio cristiano (gnostikós) las oraciones cotidianas se convierten en camino que lleva a la contemplación. Escuchemos de nuevo a Clemente:

«También sus ofrendas son plegarias, alabanzas, lecturas de la Escritura antes de la comida, salmos e himnos para las comidas y antes del descanso, y de nuevo plegarias por la noche. Con esto él [el sabio] se une al divino coro, inscribiéndose para una contemplación eterna por su constante recuerdo (…). Reza de cualquier modo y en todos los sitios: en el paseo, en la conversación, en el descanso, durante la lectura y en las tareas intelectuales; y aunque sólo reflexionara en el aposento, sin embargo, Él esta cerca e incluso delante del que conversa» (Strom., VII, 49, 4-7).

Como Clemente, Orígenes está también profundamente convencido de que la vida del cristiano ha de ser una continua oración, dentro de la cual la oración diaria tiene un lugar insustituible (De orat., XII, 2). El gran pensador alejandrino escribe un breve tratado Sobre la oraciónen el que comenta el Padrenuestro y da valiosos consejos para hacer mejor la oración.

Sugiere para que la oración sea fructuosa, tener como disposición inicial una actitud que la lleve al apartamiento constante del pecado y al empeño incesante de liberarse de las afecciones y pasiones. Como actitud positiva aconseja situarse en la presencia de Dios:

«Es sumamente provechoso al pretender hacer oración ponerse –durante toda ella– en actitud de presencia de Dios y hablar con Él como quien está presente y lo ve. Pues así como ciertas fantasías recordadas por nuestra memoria suscitan pensamientos que surgen cuando aquellas se contemplan en el ánimo, así también hay que creer será útil el recuerdo de Dios que está presente y que capta todos los movimientos, aún los más leves, del alma mientras ésta se dispone a sí misma para agradar a quien sabe que está presente, y que va y examina el corazón, y que escruta las entrañas.

Pues en la hipótesis de que no recibiese otra utilidad quien así dispusiera su mente para la oración, no se ha de considerar pequeño fruto el hecho mismo de haber adoptado durante el tiempo de la oración una actitud tan piadosa» (De orat., VIII, 2).

 

Con estas disposiciones previas, la oración de cristiano se debe desarrollar en una ascensión gradual. El primer escalón está representado por la oración de petición. Otro grado de oración es el de quien acompaña la alabanza de Dios con la oración de petición. El punto más alto del orar cristiano se alcanza en la oración interior, sin palabras, que une al alma con su Dios (Orígenes, In Num. hom., X, 3).

Orígenes no sólo era un excelente biblista y un gran teólogo, sino que como subraya Benedicto XVI: «A pesar de toda la riqueza teológica de su pensamiento, nunca lo desarrolla de un modo meramente académico; siempre se funda en la experiencia de la oración, del contacto con Dios».

Su doctrina sobre la oración contribuyó decisivamente a fomentar la piedad en el Oriente cristiano, especialmente en el mundo monástico, a partir del siglo IV. También influirá en la mística de Occidente, a través, sobre todo de san Ambrosio.

En el Occidente surgen igualmente tratados sobre la oración, que son comentarios al Padrenuestro, debidos a la pluma de dos autores latinos, Tertuliano y Cipriano. Coinciden con los alejandrinos en la necesidad de orar y en las disposiciones del alma, pero difieren al centrarse más en la nueva forma de oración, que enseñó Cristo y sólo los cristianos conocen, porque sólo ellos tienen a Dios por Padre (Tertuliano, De orat., 2). San Cipriano sitúa al cristiano que reza el Padrenuestro en el contexto de la filiación divina. Escuchemos lo que nos dice:

«Oremos, hermanos amadísimos, como Dios, el Maestro, nos ha enseñado. Es oración confidencial e íntima orar a Dios con lo que es suyo, elevar hasta sus oídos la oración de Cristo. Que el Padre reconozca las palabras de su Hijo, cuando rezamos una oración» (De orat. dominica., 3).

 

LA POSTURA AL REZAR

Las posturas que utilizaban los primeros cristianos para orar eran variadas y estaban inspiradas en la Biblia: de pie, de rodillas, inclinado y en postración. La forma más común es la del «orante», que aparece en numerosas representaciones iconográficas, a partir de los primeros siglos.

Tertuliano le da a esta manera de orar un valor de símbolo, porque imita al Señor sobre la cruz (De orat., 18-25). Por su parte, Orígenes prefiere esta postura orante:

«Siendo innumerables las posiciones del cuerpo, la postura de manos extendidas y ojos alzados ha de preferirse por reflejar así la misma disposición corporal una como imagen de las disposiciones interiores que son convenientes al alma en la oración. Y decimos que esta es la postura que se ha de guardar, si no hay alguna circunstancia que lo impida» (Orígenes, De orat., XXXI, 2).

La postura de poner las manos juntas no se empleaba en la Antigüedad, es un gesto de origen germánico de carácter feudal que el vasallo hacia a su señor, y que en la Edad Media se incorporaría en algunos usos litúrgicos.

 

La oración dirigida a Cristo se muestra, especialmente, en la orientación que adoptan los cristianos, a comienzos del siglo II, y que se impone ampliamente en Oriente y Occidente, durante el siglo III. Se ora vuelto al Oriente, porque de Oriente se espera que venga de nuevo Cristo, y en Oriente está el paraíso, anhelado por todos los cristianos. No hay que olvidar que la “luz viene del Oriente” (Ex oriente lux), y que esa luz la entendían los primeros fieles como referida específicamente a Cristo (Jn 3, 9. 19; 8, 12; 12, 46).

A la «orientación» se añade, ya desde el siglo II, la práctica de orar ante una cruz, que se coloca en la pared (en madera o pintada), de forma que quien vaya a rezar esté de cara al Oriente. La cruz como signo glorioso precederá al Señor en su segundo advenimiento desde el oriente. El uso de la señal de cruz estaba  muy arraigado entre los primeros creyentes. A finales del siglo II, Tertuliano escribía:

«En todos nuestros viajes, en nuestras salidas y entradas, al vestirnos y al calzarnos, al bañarnos y sentarnos a la mesa, al encender las luces, al irnos a la cama, al sentarnos, cualquiera que sea la tarea que nos ocupe signamos nuestra frente con la cruz» (De cor., 3).

En resumen, podríamos decir que hacer este signo es ya hacer oración. O mejor, dicho por Benedicto XVI:

«Hacer la señal de la cruz (…) significa decir un sí público y visible a Aquél que murió y resucitó por nosotros, a Dios, que en la humildad y debilidad de su amor, es el Todopoderoso, más fuerte que todo el poder y la inteligencia del mundo».

Domingo Ramos Lisson

 

 

12 formas en las que puedes estar abandonando a tus hijos

Por Aleteia.org - 16.03.2020 

 

Foto: Freepik 

 

El abandono de los hijos no sólo implica el abandono físico, existen otras formas que muchas veces pasan desapercibidas, y que también tienen bastantes implicaciones en la autoestima y en el bienestar emocional y psicológico de los niños. 

 

En un artículo realizado por Orfa Astorga y publicado en el portal Aleteia, la autora describe que "existen muchas formas de abandono que suelen no ser evidentes y que han adquirido aceptación en muchas conciencias".

 

Formas de abandonar a los hijos

 

A continuación veremos cuáles son algunas de estas formas que nos menciona Astorga y de la cual todos debemos mantenernos alertas.

 

1. Cuando los padres no tienen tiempo para su hijo

 

Los padres han decidido optar por su importante "autorrealización", donde el tiempo es "oro" y no da para pensar en otros, aunque ese otro sea el hijo.

 

Lo resuelven entonces apelando al malentendido tiempo de calidad y dándoles bienes no debidos, como lo son todos los carísimos artilugios electrónicos, entre otras cosas, y pagándoles además costosos colegios con horarios de 7.00 a.m. a 7.00 p.m. que incluyen clases extracurriculares.

 

2. Tiempo mal invertido

 

Cuando el tiempo que se le debe al hijo se invierte en el club, el gimnasio, en reuniones sociales, dejando su educación al internet, la televisión o la nana.

 

3. Que otros lo cuiden más tiempo

 

Se abandona a los hijos cuando se le deja todo el día con los abuelos "porque lo cuidaran bien y lo quieren mucho".

 

4. No acompañarlo en sus estudios

 

Cuando al hijo adolescente se le envía por años a estudiar en un internado a otro país, porque importa más que aprenda una lengua extranjera, en vez de acompañarlo en una etapa de crecimiento en la que tanto necesita el acompañamiento, el refuerzo afectivo de los padres y su cercanía personal.

 

5. Superficialidades

 

Cuando el hijo se convierte solo en la tarjeta de presentación de sus padres, que condicionan su aceptación personal a que sea un brillante estudiante; con un futuro promisorio en donde supuestamente tendrá colocación segura en el mercado de trabajo, sin riesgo de desempleo, muy bien retribuido económicamente y con una posición social por la que pueda contraer matrimonio con una joven de abolengo.

 

El joven es, con esta actitud, forzado a ser protagonista de la novela rosa de los padres.

 

6. Medir solo resultados

 

Cuando lo padres olvidan que la verdadera educación se da en el ser de los hijos, y solo lo miden por los resultados en el tener, saber, hacer.

 

7. Se le niega la escucha

 

Cuando se niegan a escuchar, a comprender y comunicarse para ayudarlos a dirigir con plena libertad su propia vida, cualquiera que sea su vocación y ser feliz, se está abandonando a los hijos.

 

8. Usar a los hijos como resguardo

 

Cuando los hijos los padres están en conflicto entre ellos, y usan los hijos como "guantes de boxeo" en sus frecuentes peleas.

 

9. Tratar a los hijos como posesiones

 

Cuando los padres se divorcian y tratan la tutela de los hijos, como si discutieran por la casa o el coche, sin considerar el gran daño que les hacen.

 

10. Exceso de trabajo

 

Cuando el hijo ayuda demasiado a los padres trabajando, de tal manera, que se le considera más que nada como un sujeto que es útil, productivo, rentable.

 

11. Son víctimas de los fracasos de los padres

 

Cuando se convierten en válvula de escape de la presión que sienten los padres ante las pruebas de la vida, siendo entonces violentados, humillados.

 

12. No valorar el amor de los hijos

 

Estás abandonando a tus hijos cuando desconoces que su valor más excelente es saber amar, acogiendo al hijo solo por ser quien es, desposeído de todo. Que un amor así, estructura la personalidad armónica del hijo mediante la identificación y experiencias vividas con ellos.

 

Con todos estos datos podemos decir que el abandono infantil resulta cuando los padres o las personas encargadas de los cuidados de los niños, no dan la suficiente atención, supervisión, afecto y apoyo afectivo necesario para garantizar la salud del niño, su seguridad y el bienestar, tanto físico como emocional.

 

 

Meditación de Viernes Santo

 

Al borde del abismo mi corazón  hesita

y  sus latidos  sordos  se agolpan, ateridos.

Una penumbra triste me arrincona  y me incita

a compartir la angustia de tantos afligidos.

 

El silencio recubre las calles silenciosas

donde flotan temores por todos los costados,

en los bancos de plazas  ya no hay enamorados

que pulsen con su abrazo certezas  amorosas.

 

Las ventanas proyectan sus luces en la acera,

una paloma ensaya sus piruetas al viento,

la noche es más que  nunca su sombra verdadera

 

Se  aplaca  el  incesante   fluir del movimiento

y en este Viernes Santo brota mi fe serena

y a Ti, Jesús, elevo todo mi sentimiento.

 

Irene Mercedes Aguirre, 10 de abril 2020

Buenos Aires, Argentina

 

 

Triduo Pascual 2020

El refranero lo recuerda: hay tres días que relumbran más que el Sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el día de la Ascensión”. El Jueves Santo por la tarde comienza el Triduo Pascual, que termina con las Vísperas del Domingo de Resurrección.  Esta vez, sin oficios divinos multitudinarios; pero  millones de espectadores han podido seguirlos virtualmente y recogidos en sus casas. También la televisión ha mostrado procesiones de años anteriores, llenas de emoción. 

Me detengo en el significado del Jueves Santo, cuando la Iglesia celebra,  simultáneamente, la institución de la Eucaristía y el Día de la Caridad,  que desborda, en la Iglesia,  en este tiempo de pandemia.  

Curioso: antes de instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús tiene un gesto de humildad y de servicio: se agacha a lavar los pies a sus Apóstoles, y les dice: “ debéis lavaros los pies unos a otros, os he dado ejemplo”. Además de simbolizar el modo de ejercer la caridad,  abajándose, simboliza que hay que tener el alma limpia para comulgar dignamente.  “No todos estáis limpios”, les dijo, en referencia a  Judas. Sobrecoge: el Apóstol traidor también comulgó, y, entonces,  Satanás entró en su alma. Sorprende ver largas filas para  comulgar y tan pocos para confesar. ¿Será que se ha olvidado que, para comulgar bien, debemos examinar la conciencia y lavar el alma si hay suciedad en ella?

El  por qué de la institución de la Eucaristía.  Jesucristo sabía que necesitamos su presencia, y cuánta sería nuestra añoranza al marcharse al Cielo. Bellamente, lo expresa el poeta Fray Luis de León: “ ¿Y dejas, Pastor santo, /tu grey en este valle hondo, escuro,/ con soledad y llanto/ (… )?  Por eso, en la víspera  de su muerte, rodeado de los Apóstoles en el Cenáculo,  convirtió el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre (transustanciación). La Eucaristía es  un  “misterio” del Amor sin limites,  incomprensible para cualquier inteligencia. Nos permite recibir el  abrazo de Dios Encarnado y abrazarle nosotros a Él, y nos  fortalece el alma mientras caminamos hacia la Vida sin ocaso. Creo que la eternidad es corta  para dar gracias por este sacramento, que desborda el Corazón Misericordioso de Dios. Preciosa la antífona:  “¡Oh sagrado convite, en cual se recibe a Cristo, renuévase la memoria de su Pasión, el alma se llena de gracia y se da en prenda de la futura gloria!”

Josefa Romo Garlito

 

MISTERIOS GLORIOSOS

 

 

I

 

La Resurrección del Hijo de Dios

 

 

A tu Madre, Señor, viste primero

aunque los Evangelios nos dirían

que fue a Santa María Magdalena

la primera en gozar de esa alegría.

Pero sería a Ella, antes que a nadie,  

a quien  mostrar la gloria donde iría

para alcanzar el sitio en lo más alto,

junto a las tres Personas Beatísimas.

Los guardianes de miedo, como muertos,

quedaron en temblor despavoridos

al ruido de la piedra que se abría

y al fulgor que cegaba sus sentidos.

El Ángel tranquiliza a las mujeres:

No temáis, porque el que andáis buscando

ya ha resucitado, según dijo.

 

 

Consideración:

 

Resulta difícil pensar que el Señor no se mostrara resucitado a su Madre, antes que a nadie, a fin de que, después de tanto sufrimiento como Corredentora, fuera Ella la primera en ver su gloria. Es dogma central de la fe católica la Resurrección de Jesucristo y, por eso, San Pablo ha dicho que si Cristo no resucitó, vana es su predicación y vana también nuestra fe.

 

 

 

Contemplar la Cruz

La Iglesia celebró el pasado jueves, Jueves Santo, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, y recordaba la petición expresa de Jesús a sus discípulos, en la que se reconoce al cristiano: que se amasen unos a otros, como Él los amó. El amor es lo único que no pasa, como ha recordado el Papa Francisco. El Jueves Santo nos invitaba a no tener miedo a la cruz de cada día, porque todo sufrimiento tiene su sentido unido al de Cristo. Esta inusual Semana Santa nos ha ofrecido la oportunidad de alzar la vista al crucifijo y abrazar el Evangelio, como decía Francisco en su catequesis. Esta será para nosotros, afirmaba el Papa, como una gran liturgia doméstica, porque no podremos ir al templo. Pero ahí están el Crucifijo y el Evangelio para contemplar y escuchar, unidos en la comunión profunda de la Iglesia.

Jesús Domingo Martínez

 

 

Ante la debilidad y grandeza de la vida humana

Entre tantas preguntas suscitadas por la epidemia del coronavirus, no es fácil sustraerse al hecho de la fragilidad del ser humano, con el recuerdo de la expresiva metáfora bíblica que compara la vida con la flor del heno, que apenas despunta, ya se marchita. Pero no se puede olvidar tampoco el relato del Génesis sobre la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios: una grandeza merecedora, a pesar de la caída en el paraíso, de la muerte redentora de Cristo.

Vale la pena quizá considerarlo cuando se cumplen veinticinco años de la encíclica Evangelium vitae, de Juan Pablo II. Ese documento aborda a fondo no pocas de las contradicciones del mundo desarrollado, con un afán positivo de contribuir a crear una civilización de la verdad y del amor, en la línea de los grandes pontífices romanos del siglo XX. En cierto modo, se resume en la urgencia de “una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida” (n. 95). Como es natural, el papa reconocía que “el Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos. El tema de la vida y de su defensa y promoción no es prerrogativa única de los cristianos” (n. 101).

En el arranque del documento confesaba que la expresión “Evangelio de la vida” no se encuentra como tal en la Sagrada Escritura, aunque exprese de hecho un “aspecto esencial del mensaje bíblico” (n. 1). Y destacaba desde el primer momento la conexión entre la dignidad de la persona y la defensa de la vida humana: “El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio” (n. 2).

Valentín Abelenda Carrillo

 

Eutanasia y suicidio asistido

En el momento actual hay dos proposiciones de ley sometidas a trámite en el Parlamento español, promovidas por Unidas Podemos (UP) y por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Cabe recordar que tanto la eutanasia como el suicidio asistido están tipificados como delito, en el artículo 143 del Código Penal español.

Un problema objetivo que se plantea al hablar de la eutanasia y el suicidio asistido es la confusión terminológica que existe. Definimos los principales conceptos:

Eutanasia: Acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, bien administrándole una sustancia letal o bien dejando de proporcionarle los cuidados ordinarios necesarios para vivir, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares.

Suicidio asistido: Actuación mediante la que se proporciona, a petición expresa de una persona capaz, los medios necesarios para que consume el suicidio.

Pueden solicitarla personas mayores de edad, con capacidad suficiente para saber lo que hacen, haciéndolo voluntariamente y por escrito, realizando la petición al menos en dos ocasiones, con una separación entre ellas de quince días. El paciente debe recibir información de todos los posibles tratamientos y ayudas socio-sanitarias existentes para tratar su enfermedad.

JD Mez Madrid

 

 

Los muertos, los políticos y sus desaciertos

 

LOS MUERTOS: “LA HORQUILLA DE FALLECIDOS QUE SE DEJA DE CONTAR COMO CONTAGIADOS POR COVID-19 OSCILA ENTRE EL 40-50%: Los forenses y funcionarios le hacen la ‘autopsia’ al Gobierno Sánchez: «Faltan por contabilizar al menos 10.000 muertos por coronavirus»:Muchos pueblos no tienen siquiera un juzgado de paz para levantar acta”. (Periodista Digital 09-04-2020)

            Escribí hace ya mucho tiempo que, “los políticos que nos manejan son en mayoría de corcho”; y como tales, son capaces de flotar por encima de cualquier materia sólida incluso aunque esta sea sangre; ¿Qué les importa a éstos amorales unos cientos o miles de muertos más; y por lo que sea, si ello no los mueve de sus poltronas, que es a lo único que le tienen miedo? ¿Qué dicen, “que dizan”, que lo llevan a los tribunales, ellos temen a los jueces, que nombran ellos mismos? Por tantas y tantas cosas así, las sociedades no avanzan ni van a avanzar en muchos siglos venideros, sino al tiempo. “Yo apenas veo otra cosa desde que se escribe la aberrante historia del mono humano que habita este miserable planeta”.

 

IMPREVISIÓN SIEMPRE: “DE LAS POCAS COMPRAS APROBADAS UNA FUE LA DE UNA PARTIDA DE 94 CAJAS DE MASCARILLAS QUE ESTABAN CADUCADAS: Los documentos que prueban que el Ministerio del Interior sabía la que se avecinaba con el coronavirus: hasta 13 intentos de compra masiva de material sanitario mes y medio antes del estado de alarma. Los días previos a la manifestación feminista del 8-M el Cuerpo Nacional de Policía intensificó los intentos de compra de material. (Periodista Digital 09-04-2020)

            Es lo normal y de siempre; y ahora mucho más, puesto que tienen que mantener muchas más covachuelas llenas de parásitos; y pese a lo que nos sacan con los ya confiscatorios impuestos, les falta dinero; lógico que ocurran estas cosas y otras muchas; sólo les preocupa mantener su propaganda y sus poltronas, lo demás es aleatorio y a la vista lo estamos viendo de forma constante.

 

LOS ESPAÑOLES MUESTRAN SU RECHAZO A SOCIALISTAS Y COMUNISTAS SIN SALTARSE EL ESTADO DE ALARMA: Primera manifestación online en España: más de 400.000 ciudadanos exigen la dimisión de Pedro Sánchez por su pésima gestión del COVID-19. La protesta evidencia el descontento general de la sociedad española ante la falta de capacidad de reacción y eficiencia del PSOE y Podemos durante la crisis sanitaria”. (Periodista Digital 09-04-2020).

            Esto se lo pasan por “las columnas de Hércules” (vulgarmente los cojoness) ya que están sabiendo, que cuando convoquen elecciones, les vuelan las pagas y las suculentas posaderas y sinecuras; por ello van a hacer todo lo que puedan por tenernos en “la cárcel domiciliaria”, por tiempo indefinido, ya que mientras consigan ello, tienen el puesto seguro. No valoran siquiera, el que ya “nos hastían”, tantas noticias de miseria que nos dan, “unas figuras tétricas y mortuorias de una situación ya intolerable, nos digan lo que nos digan y lo hagan como quieran”; pero estos como aquel Borbón idiota, dicen aquello, de que… “Después de mí el diluvio, ya que el Estado soy yo”.

 

“Borrell y el Estado totalitario que nos anuncia: El socialismo de Borrell, tan a gusto durante tantos años en el consejo de una gran empresa como Abengoa, con escándalo incluido y sanción de la CNMV, no tiene un pase. ¿Saben en Bruselas cómo piensa el señor que dirige la política exterior de la Unión?” (Jesús Cacho en Vozpópuli 09-04-2020)

               En mis casi 82 años de vida y desde los 7 en el comercio y luego siendo empresario, lo que puedo decir es que, es la iniciativa privada en su amplísimo campo, la que de verdad crea puestos de trabajo y riqueza repartible; el Estado siempre es un parásito y lo que crea son obstáculos y problemas, para vivir de los que domina con sus imposiciones, muchas de ellas absurdas o perniciosas; sálvense las de verdad y necesarias obras públicas, pero hechas con visión de futuro, como por ejemplo "los pantanos de Franco".

 

El Congreso autoriza este jueves la segunda prórroga del estado de alarma (debe hacerlo cada 15 días si el Gobierno decide mantenerlo) cuando la pandemia parece haber entrado en una objetiva desescalada tras la primera fase de confinamiento y la reforzada después con la hibernación de los sectores no esenciales de la economía nacional. (El Confidencial 09-04-2020)

            ¿Cuándo nos van a liberar de tantísima sesión de miedo que nos envían esos fúnebres ministros cada día y las noticias constantes de tragedias víricas, no entienden que lo que necesitamos es mucho más oxígeno vital y que nos digan cuándo de verdad nos van a dejar salir de la cárcel donde nos han metido?; todo lo demás que se lo guarden, no nos importa en absoluto? ¡¡Ya está bien, el que tenga que morir que muera pero que  es porque le ha tocado; como en cualquier otra epidemia, no van a morir nada más que los que lo tengan fijado en sus genes, el resto que los dejen vivir como cada cual pueda y como es la vida real!! “Al final morirán los que tengan o tengamos que morir, eso lo marca la propia Naturaleza, el resto son fantasías de políticos ineptos”.

 

Los españoles son los europeos que más pagan en la factura del gas: Los hogares en España gastaron de prometido entre 2015-2018, sin impuestos, un 27,1% que la media de los consumidores de la zona euro por esta partida. (Vozpópuli 10-04-2020)

    Los españoles pagamos más y mucho más, no sólo en el gas, sino en muchas otras cosas que nos imponen los monopolios o multinacionales, los bancos, electricidad, teléfono y los gobiernos, con un mantenimiento de ejércitos de parásitos, unas administraciones mostrencas con altos sueldos, prebendas y sinecuras; por lo enormes. Una infinidad de ONGs que se nutren de los fondos públicos, unas organizaciones (que no sindicatos) obreros o empresariales, que viven a costa del dinero público; y un sinfín, de malgastos incluso robos, conocidos o desconocidos, que han llegado a cargarnos con impuestos confiscatorios y llevado a la ruina a la propia España.

 

La opinion de un empresario español                 Vean, oigan y difundan.

https://www.youtube.com/watch?v=mf7MmvkPxts

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                    

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