Las Noticias de hoy 9 Abril 2020

Enviado por adminideas el Jue, 09/04/2020 - 11:56
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Ideas  ​Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 09 de abril de 2020   

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Acogiendo la Salvación “podemos cambiar nuestras historias”

Pasión: “Contemplando a Jesús en la cruz vemos el rostro de Dios”

“Cuidar el ahora” para “el mañana”, sugiere el Papa: Recordar esta crisis “nos ayudará”

Jueves Santo: Sentido y significado de la Misa Crismal

LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR: Francisco Fernandez Carbajal

“El misterio del Jueves Santo”: San Josemaria

Retransmisiones de la Semana Santa (Triduo Pascual)

Audio meditación del Prelado: Cristo, espejo de nuestra fragilidad

La Eucaristía, misterio de fe y de amor

Semana Santa: Nos amó hasta el fin: Felix María Arocena

Jueves Santo: vive la costumbre de visitar los monumentos desde casa

El crucifijo y el Evangelio: Ramiro Pellitero

Qué triste es la Misa del sacerdote solo: Pedro María Reyes

AMOR DIVINO: MAGUI DEL MAR 

El futuro de la familia es el futuro de la sociedad: Ana Teresa López de Llergo

Palomitas para rezar: María Solano

 La libertad: Jorge Hernández Mollar

Ancianos: Escucha, paciencia y tiempo: Alfredo Jiménez

Ha llegado este “coronavirus”: Domingo Martínez Madrid

En la trinchera educativa: Jesús Martínez Madrid

Tiempo habrá: Suso do Madrid

Dominio por el miedo y otros disparates y tiranías: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"El pequeño Judas que llevamos dentro"

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Miércoles, 8 de abril de 2020

https://youtu.be/2KgRfMxJAOo
 
Monición de entrada

Recemos hoy por la gente que en este tiempo de pandemia hace negocio con los necesitados; aprovechan la necesidad de los demás y los venden: los mafiosos, los usureros y tantos. Que el Señor toque su corazón y les convierta.

Homilía

El Miércoles Santo es llamado también “miércoles de la traición”, el día en el que se subraya en la Iglesia la traición de Judas. Judas vende al Maestro.
 
Cuando pensamos en el hecho de vender gente, viene a la mente el comercio de esclavos de África para llevarlos a América –una cosa antigua–, luego el comercio, por ejemplo, de las niñas yazidíes vendidas a Daesh: pero es algo que nos pilla lejos… También hoy se vende gente. Todos los días. Hay Judas que venden a sus hermanos y hermanas: explotándolos en el trabajo, no pagando lo justo, no reconociendo sus deberes… Es más, venden muchas veces las cosas más queridas. Pienso que, para estar más cómodo, un hombre es capaz de alejar a sus padres y no verlos más; meterlos en una residencia y no ir a verlos… ¡los vende! Hay un dicho muy común que, hablando de gente así, dice que “ese es capaz de vender a su madre”: y la venden. Y se quedan tan tranquilos, desde lejos: “Cuidadlos vosotros…”.
 
Hoy el comercio humano es como en los primeros tiempos: se hace. ¿Y por qué? Porque Jesús lo dijo. Le dio al dinero un señorío. Jesús dijo: “No se puede servir a Dios y al dinero” (cfr. Lc. 16,13), dos señores. Es lo único que Jesús pone a la altura y cada uno debe elegir: o siervos de Dios, y serás libre en la adoración y en el servicio; o siervos del dinero, y serás esclavo del dinero. Esa es la opción; y mucha gente quiere servir a Dios y al dinero. Y eso no se puede hacer. Al final simulan servir a Dios para servir al dinero. Son los abusadores escondidos que son socialmente impecables, pero bajo mesa hacen negocio, incluso con la gente: no importa. La explotación humana es vender al prójimo.
 
Judas se fue, pero dejó discípulos, que no son sus discípulos sino del diablo. Cómo fue la vida de Judas no lo sabemos. Un chico normal, quizá, incluso con inquietudes, porque el Señor lo llamó a ser discípulo. Pero nunca llegó a serlo: no tenía ni boca de discípulo ni corazón de discípulo, como hemos leído en la primera Lectura. Era débil en el discipulado, pero Jesús lo amaba… Luego el Evangelio nos da a entender  que le gustaba el dinero: en casa de Lázaro, cuando María unge los pies de Jesús con aquel perfumo tan caro, hace una reflexión y Juan aclara: “Pero no lo dice por amor a los pobres: porque era ladrón” (cfr. Jn 12,6). El amor al dinero le llevó fuera de las reglas: a robar, y de robar a traicionar hay un paso, pequeñito. Quien ama demasiado el dinero traiciona para tener más, siempre: es una regla, es un dato de hecho. El Judas muchacho, quizá bueno, con buenas intenciones, acaba traidor hasta el punto de ir al mercado a vender: «fue a los sumos sacerdotes y les propuso: ¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?» (cfr. Mt 26,14). En mi opinión, ese hombre estaba fuera de sí.

Una cosa que me llama la atención es que Jesús nunca le llama “traidor”; dice que será traicionado, pero no le dice “traidor”. Jamás lo dice: “Vete, traidor”. ¡Nunca! Es más, le dice: “Amigo”, y lo besa. El misterio de Judas: ¿cómo es el misterio de Judas? No sé. Don Primo Mazzolari lo explicó mejor que yo. Sí, me consuela contemplar ese capitel de Vezelay: ¿cómo acabó Judas? No sé. Jesús amenaza fuerte, aquí; amenaza fuerte: «¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, más le valdría a ese hombre no haber nacido» (cfr. Mt 26,24). ¿Pero eso quiere decir que Judas está en el infierno? No sé. Yo miro el capitel. Y oigo la palabra de Jesús: “Amigo”.
 
Y esto nos hace pensar en otra cosa, que es más real, más de hoy: el diablo entró en Judas, fue el diablo a llevarlo a ese punto. ¿Y cómo acabó la historia? El diablo es un mal pagador: no es un pagador fiable. Te promete todo, te muestra todo y al final te deja solo en tu desesperación de ahorcarte. El corazón de Judas, inquieto, atormentado por la avaricia y atormentado por el amor a Jesús –un amor que no logró hacerse amor–, atormentado con esa niebla, vuelve a los sacerdotes pidiendo perdón, pidiendo salvación. «¿A nosotros qué nos importa? Tú veras» (Mt 27,4): el diablo habla así y nos deja en la desesperación.
 
Pensemos en tantos Judas institucionalizados de este mundo, que explotan a la gente. Y pensemos también en el pequeño Judas que cada uno lleva dentro a la hora de elegir: entre lealtad o interés. Cada uno tiene la capacidad de traicionar, de vender, de escoger por su propio interés. Cada uno tiene la posibilidad de dejarse atraer por el amor al dinero o a los bienes o al bienestar futuro. “Judas, ¿dónde estás?”. Y la pregunta la hago a cada uno: “Tú, Judas, el pequeño Judas que llevo dentro: ¿dónde está?”.

Comunión espiritual

A tus pies, Jesús mío, me postro y te ofrezco el arrepentimiento de mi corazón contrito que se abaja en su nada y en tu santa presencia. Te adoro en el Sacramento de tu amor, la Eucaristía. Deseo recibirte en la pobre morada que te ofrece mi corazón. En espera de la felicidad de la comunión sacramental, quiero poseerte en espíritu. Ven a mí, Jesús mío, que yo voy a ti. Que tu amor inflame todo mi ser, en la vida y en la muerte. Creo en ti, espero en ti, te amo

 

 

Acogiendo la Salvación “podemos cambiar nuestras historias”

Catequesis completa

ABRIL 08, 2020 12:38REDACCIÓNAUDIENCIA GENERALSEMANA SANTA 2020

(zenit – 8 abril 2020)-. “Podemos cambiar nuestras historias acercándonos a Él, acogiendo la salvación que nos ofrece” ha anunciado el Papa Francisco esta mañana, en la catequesis semanal.

“En estos días, todos en cuarentena, en casa, confinados, tomemos dos cosas en la mano: el crucifijo, mirémoslo; y abramos el evangelio. Será para nosotros -por decirlo así- como una gran liturgia doméstica porque estos días no podemos ir a la iglesia. ¡Crucifijo y Evangelio!”.

En vísperas del Triduo Pascual, el Papa ha hablado de la Pasión de Cristo en estas semanas de preocupación por la pandemia que está haciendo sufrir tanto al mundo. La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 9:25 horas en la Biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano.

Después de resumir la catequesis en varios idiomas, el Santo Padre ha saludado a los fieles. La audiencia general ha terminado con el rezo del Pater Noster y la bendición apostólica.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En estas semanas de preocupación por la pandemia que está haciendo sufrir tanto al mundo, entre las muchas preguntas que nos hacemos, también puede haber preguntas sobre Dios: ¿Qué hace ante nuestro dolor? ¿Dónde está cuando todo se tuerce? ¿Por qué no resuelve nuestros problemas rápidamente? Son preguntas que nos hacemos sobre Dios.

Nos sirve de ayuda el relato de la Pasión de Jesús, que nos acompaña en estos días santos. También allí en efecto, se adensan tantos interrogantes. La gente, después de haber recibido triunfalmente a Jesús en Jerusalén, se preguntaba si liberaría por fin  al pueblo de sus enemigos (cf. Lc 24,21). Ellos esperaban a un Mesías poderoso, triunfador con la espada. En cambio, llega uno manso y humilde de corazón, que llama la conversión y a la misericordia. Y precisamente la multitud, que antes lo había aclamado, es la que grita: “¡Sea crucificado!” (Mt 27:23). Los que lo seguían, confundidos y asustados, lo abandonan. Pensaban: si esta es la suerte de Jesús, el Mesías no es Él, porque Dios es fuerte, Dios es invencible.

Pero, si seguimos leyendo el relato de la Pasión, encontramos un hecho sorprendente. Cuando Jesús muere, el centurión romano, que no era creyente, no era judío sino pagano, que le había visto sufrir en la cruz, y le había escuchado perdonar a todos, que había sentido de cerca su amor sin medida, confiesa: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mc 15,39). Dice, precisamente, lo contrario de los demás. Dice que Dios está allí, que verdaderamente es Dios.

Hoy podemos preguntarnos: ¿Cuál es el verdadero rostro de Dios? Habitualmente proyectamos en Él lo que somos, a toda potencia: nuestro éxito, nuestro sentido de la justicia, e incluso nuestra indignación. Pero el Evangelio nos dice que Dios no es así. Es diferente y no podíamos conocerlo con nuestras fuerzas. Por eso se acercó a nosotros, vino a nuestro encuentro y precisamente en la Pascua se reveló completamente. ¿Y dónde se reveló completamente? En la cruz. Allí aprendemos los rasgos del rostro de Dios. No olvidemos, hermanos y hermanas, que la cruz es la cátedra de Dios. Nos hará bien mirar al Crucificado en silencio y ver quién es nuestro Señor: El que no señala a nadie con el dedo, ni siquiera contra los que le están crucificando, sino que abre los brazos a todos; el que no nos aplasta con su gloria, 

sino que se deja desnudar por nosotros; el que no nos ama por decir, sino que nos da la vida en silencio; el que no nos obliga, sino que nos libera; el que no nos trata como a extraños, sino que toma sobre sí nuestro mal, toma sobre sí nuestros pecados. Y, para liberarnos de los prejuicios sobre Dios, miremos al Crucificado. Y luego abramos el Evangelio. En estos días, todos en cuarentena, en casa, confinados, tomemos dos cosas en la mano: el crucifijo, mirémoslo; y abramos el evangelio. Será para nosotros -por decirlo así- como una gran liturgia doméstica porque estos días no podemos ir a la iglesia. ¡Crucifijo y Evangelio!

En el Evangelio leemos que cuando la gente va donde está Jesús para hacerlo rey, por ejemplo, después de la multiplicación de los panes, él se va (cf. Jn 6:15). Y cuando los demonios quieren revelar su divina majestad, los silencia (cf. Mc 1, 24-25). ¿Por qué? Porque Jesús no quiere que se le malinterprete, no quiere que la gente confunda al verdadero Dios, que es amor humilde, con un dios falso, un dios mundano, espectacular, y que se impone con la fuerza. No es un ídolo. Es Dios que se ha hecho hombre, como cada uno de nosotros, y se expresa como un hombre, pero con la fuerza de su divinidad. En cambio, ¿cuando se proclama solemnemente en el Evangelio la identidad de Jesús?… Cuando el centurión dice: “Verdaderamente era el Hijo de Dios”. Se dice allí, apenas cuando acaba de dar su vida en la cruz, porque ya no cabe equivocación: Se ve que Dios es omnipotente en el amor, y no de otra manera. Es su naturaleza, porque está hecho así. Él es el Amor.

Catequesis del Papa Francisco, 8 abril 2020 © Vatican Media

Tú podrías objetar: “¿Qué hago de un Dios tan débil, que muere? Preferiría un Dios fuerte, un Dios poderoso”. Pero, sabes, el poder de este mundo pasa, mientras el amor permanece. Sólo el amor guarda la vida que tenemos, porque abraza nuestras fragilidades y las transforma. Es el amor de Dios que en la Pascua sanó nuestro pecado con su perdón, que hizo de la muerte un pasaje de vida, que cambió nuestro miedo en confianza, nuestra angustia en esperanza. La Pascua nos dice que Dios puede convertir todo en bien. Que con Él podemos confiar verdaderamente en que todo saldrá bien. Y esta no es una ilusión, porque la muerte y resurrección de Jesús no son una ilusión: ¡fue una verdad! Por eso en la mañana de Pascua se nos dice: “¡No tengáis miedo!” (cf. Mt 28,5). Y las angustiosas preguntas sobre el mal no se esfuman de repente, pero encuentran en el Resucitado la base sólida que nos permite no naufragar.

Queridos hermanos y hermanas, Jesús cambió la historia acercándose a nosotros y la convirtió, aunque todavía marcada por el mal, en historia de salvación. Ofreciendo su vida en la Cruz, Jesús también derrotó a la muerte. Desde el corazón abierto del Crucificado, el amor de Dios llega a cada uno de nosotros. Podemos cambiar nuestras historias acercándonos a Él, acogiendo la salvación que nos ofrece. Hermanos y hermanas, abrámosle todo el corazón en la oración, esta semana, estos días: con el crucifijo y con el evangelio. No os olvidéis: Crucifijo y Evangelio. La liturgia doméstica será esta. Abrámosle todo el corazón en nuestra oración. Dejemos que su mirada se pose sobre nosotros y comprenderemos que no estamos solos, sino que somos amados, porque el Señor no nos abandona y nunca se olvida de nosotros. Y con estos pensamientos os deseo una Santa Semana y una Santa Pascua.

© Librería Editorial Vaticana

 

Pasión: “Contemplando a Jesús en la cruz vemos el rostro de Dios”

Palabras en español

ABRIL 08, 2020 11:01ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERALSEMANA SANTA 2020

(zenit – 8 abril 2020).- Esta mañana, en la audiencia general, el Papa ha reflexionado sobre la Pasión de Jesucristo, que ponemos en el centro de estos días de pandemia y sufrimiento: “Contemplando a Jesús en la cruz vemos el rostro de Dios”, que se revela “Omnipotente, pero en el amor, porque Él es amor”.

A las 9:30 horas ha comenzado la audiencia general en la Biblioteca del Palacio Apostólico, de nuevo a puerta cerrada, transmitida por streaming por los medios de comunicación de la Santa Sede. Desde el 11 de marzo, Francisco dirige la catequesis desde el interior del Vaticano, así como el rezo del Ángelus y las oraciones.

Jesús “no condena, sino que abre sus brazos para abrazar nuestra fragilidad, y la transforma dándonos vida nueva”, ha aclarado el Pontífice. La Pasión “nos habla de un Jesús pacífico, indefenso, no de un Mesías potente y vencedor, como se lo imaginaban sus seguidores que, confundidos y asustados, lo abandonaron”.

Dios viene a nuestro encuentro

A Dios “no es posible conocerlo y alcanzarlo con nuestro esfuerzo personal”, ha advertido. “Es Él quien ha venido a nuestro encuentro y se nos ha revelado en el misterio pascual de Jesús, en su muerte y en su Resurrección”.

El Papa ha comentado que  en este tiempo de preocupación por la pandemia que está afectando al mundo, “podríamos pensar que Dios está ausente, que no se interesa por nosotros y por nuestro sufrimiento”. Sin embargo, ha asegurado que ante estas preguntas “que afligen nuestro corazón”, “nos ayuda la narración de la Pasión de Jesús, que nos acompaña en estos días santos”.

Cuando Jesús muere es el centurión romano, recuerda Francisco, que había sido testigo de sus sufrimientos en la cruz, de su perdón y de su amor infinito, quien declara: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”: con estas palabras manifiesta que, en esa aparente derrota, Dios está presente verdaderamente.

 

“Cuidar el ahora” para “el mañana”, sugiere el Papa: Recordar esta crisis “nos ayudará”

Entrevista del vaticanista Austen Ivereigh

ABRIL 08, 2020 11:21LARISSA I. LÓPEZENTREVISTASPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 8 abril 2020)-. “Resérvense para mejores tiempos, porque en esos tiempos recordar esto que ha pasado nos ayudará. Cuídense para un futuro que va a venir. Y cuando llegue ese futuro, recordar lo que ha pasado les va a hacer bien. Cuidar el ahora, pero para el mañana. Todo esto con la creatividad”.

El Santo Padre concedió esta entrevista sobre la crisis causada por la pandemia de coronavirus al escritor y periodista británico Austen Ivereigh, autor de la biografía El Gran Reformador y el  libro sobre el pontificado Wounded Sepherd (Pastor herido)

Se trata de un artículo dirigido al mundo anglosajón y publicado hoy, 8 de abril 2020, simultáneamente en The Tablet (Londres) y Commonweal  (Nueva York). El diario español ABC, por su parte, ofrece el texto original en español.

Actividad en el Vaticano

En primer lugar, el entrevistador cuestionó al Papa sobre cómo estaba viviendo la situación de confinamiento en un sentido práctico y espiritual. Francisco explicó que la Curia intenta vivir con normalidad, sacar adelante el trabajo “organizándose por turnos para que no toda la gente esté junta en el mismo momento”.

En la Casa Santa Marta se han hecho dos turnos de comida y cada persona trabaja desde su oficina o habitación a través de las tecnologías, “aquí no hay ociosos”.

Oración y reflexión sobre el futuro

En cuanto al aspecto espiritual, el Papa confiesa que reza más “porque creo que debo hacerlo” y piensa en la gente: “Pensar en la gente a mí me unge, me hace bien, me saca del egoísmo. Por supuesto, tengo mis egoísmos”.

También reflexiona sobre el futuro: “¿Cuál va a ser mi servicio como obispo de Roma, como cabeza de la iglesia?”, pues “este después ya empezó a mostrar que va a ser un después trágico, un después doloroso, por eso conviene pensar desde ahora”. De hecho, informa, ya se ha organizado en el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral una comisión que trabaja en este aspecto.

Acompañar al pueblo de Dios

“La gran preocupación mía –al menos la que siento en la oración– es cómo acompañar al pueblo de Dios y estar más cercano a él. Este es el significado de la Misa de las 7 de la mañana en streaming (emitida en directo), que mucha gente sigue y se siente acompañada; de algunas intervenciones mías, y del acto del 27 de marzo en la plaza de San Pedro”, explica el Pontífice.

Este acompañamiento se traduce también en el trabajo de la Limosnería Apostólica en estas “situaciones de hambre y enfermedad”. “Estoy viviendo este momento con mucha incertidumbre”, reconoce, al mismo tiempo que lo considera “un momento de mucha inventiva, de creatividad”.

Misión de la Iglesia en la crisis

Con respecto a la misión de la Iglesia en este contexto de la COVID-19, el entrevistador ofreció un símil con la obra Los novios de Alessandro Manzoni, centrada en la peste de Milán de 1630. En ella aparecen el cardenal arzobispo Borromeo, que pasó a saludar al pueblo pero con la ventanilla bajada para protegerse y los frailes capuchinos que servían en el hospital a los infectados.

En este sentido, el Obispo de Roma señaló que “el pueblo de Dios necesita que el pastor esté cerca, que no se cuide demasiado. Hoy el pueblo de Dios necesita el pastor muy cerca, con la abnegación que tenían los capuchinos, que estaban cerca”. Asimismo, apuntó que “la creatividad del cristiano se tiene que manifestar en abrir horizontes nuevos, en abrir ventanas, abrir transcendencia hacia Dios y hacia los hombres y redimensionarse en la casa”.

Decisiones políticas

En lo referente a las decisiones políticas tomadas por los gobiernos de los distintos países, el Papa Francisco apuntó que, si bien algunos de estos han tomado “medidas ejemplares”, “nos vamos dando cuenta de que todo nuestro pensamiento, nos guste o no nos guste, está estructurado en torno a la economía”.

Una política “de la cultura del descarte”, que se manifiesta en el rechazo a las personas con síndrome de Down antes de nacer, la eutanasia legal o encubierta.

Y recordó la advertencia de Pablo VI en la Humanae Vitae, en la que se adelantó al neomaltusianismo por el que hoy se selecciona a la gente “según la posibilidad de producir, de ser útil”. Y aludió al ejemplo de Las Vegas en los últimos días en los que los hoteles estaban vacíos y los sin techo permanecían en el parking como fruto de esta teoría.

Conversión ecológica

Después, Francisco habló sobre la posibilidad de una conversión ecológica a partir de este momento de recesión, señalando que la naturaleza no perdona nunca. Esta está respondiendo con catástrofes a la “memoria selectiva” de los seres humanos que nos hace olvidar y no atender debidamente estas cuestiones y otras esenciales, como las muertes inútiles en las guerras.

Ante ello, Francisco llama a “recuperar la memoria”: “Este es un tiempo para recuperar memoria. No es la primera peste de la humanidad. Las otras pasaron a ser anécdotas. Debemos recuperar la memoria de las raíces, de la tradición, que es memoriosa”. Se trata, por tanto, de “una conversión con la memoria”.

Crisis como oportunidad

Esta crisis que afecta a todos, ricos y pobres, constituye una llamada de atención a la hipocresía: “Me preocupa la hipocresía de ciertos personajes políticos que hablan de sumarse a la crisis, que hablan del hambre en el mundo, y mientras hablan de eso fabrican armas”. Y “este es un tiempo de coherencia. O somos coherentes o perdimos todo”, aclara el Pontífice.

“Toda crisis es un peligro pero también una oportunidad. Y es la oportunidad de salir del peligro. Hoy creo que tenemos que desacelerar un determinado ritmo de consumo y de producción (Laudato si’, 191)”, reconectar con “nuestro entorno real”, lograr una conversión a una economía menos líquida, más humana” e, insiste, sin perder la memoria de todo esto que pasó.

Ver al pobre

El Pontífice también se refirió a que ahora es el momento de la contemplación, una dimensión que la humanidad debe recuperar. En esta línea, remarca que es “el momento de ver al pobre”, pues Jesús indicó que “a los pobres los tendréis con vosotros” y se encuentran ocultos “porque la pobreza es pudorosa”.

“Están ahí, pasamos al lado pero no los vemos. Son parte del paisaje, son cosas”, lamenta, y afirma que observar a los pobres “significa devolverles la humanidad”. Para el Obispo de Roma, “no podemos hacer una política asistencialista parcial”.

Y se atreve a dar un consejo, remitiendo a las Memorias del subsuelo de Dostoievski: Tratar a las personas como tales, “decirnos muchas veces: ese pobre tuvo una madre que lo crio con amor. Después, en la vida no sabemos lo que pasó. Pero pensar en ese amor que recibió, en la ilusión de una madre, ayuda”.

Observarlos de esta manera “puede ayudar a descubrir la piedad, la pietas que es una dimensión hacia Dios y hacia el prójimo. Descender al subsuelo, y pasar de la sociedad hipervirtualizada, sin carne, a la carne sufriente del pobre”. Esta es “una conversión que tenemos que hacer. Y si no empezamos por ahí, la conversión no va a andar”.

Santos de la puerta de al lado

El Santo Padre también tiene en cuenta a “los santos de la puerta de al lado en este momento difícil”: médicos, religiosas, sacerdotes, operarios, muchos de los cuales han muerto sirviendo a los demás.

Así, cita una frase de la obra I promesi sposi “No he visto nunca que Dios comience un milagro y no lo termine bien”, pues, “si reconocemos este milagro de los santos de al lado, de estos hombres y mujeres héroes, si sabemos seguir estas huellas, este milagro terminará bien, para bien de todos. Dios no deja las cosas a mitad de camino. Somos nosotros los que las dejamos y nos vamos”.

“Es un lugar de metanoia (conversión) lo que estamos viviendo, y es la oportunidad de hacerlo. Hagámonos cargo y sigamos adelante”, agrega.

Ancianos, jóvenes y empobrecidos

En la entrevista, el Papa comenta también “la soledad y el abandono, la distancia” que sufren los ancianos, remarcando que “siguen siendo raíces” y que deben dialogar con los jóvenes, que son “brote, follaje”, pero que necesitan “la raíz” para dar fruto.

A los ancianos les pide seguir soñando y a los jóvenes los anima a mirar hacia delante: “Que el sueño de los ancianos corresponda a la profecía de ustedes”

En cuanto a los empobrecidos por la crisis, Francisco los define como “los despojados de hoy, que se suman a tantos despojados de siempre” y llama a la gente a “entrar en este mundo”: “Que se hagan cargo de la historia y de los despojados”.

 

 

Jueves Santo: Sentido y significado de la Misa Crismal

Por D. Adolfo Ariza, sacerdote de la Diócesis de Córdoba

ABRIL 08, 2020 09:15REDACCIÓNSEMANA SANTA 2020

(zenit – 8 abril 2020).- La Misa Crismal que concelebra el obispo con su presbiterio en la mañana del Jueves Santo, o bien en algunos de los días próximos dentro de la misma Semana Santa, es una de las expresiones más claras de la comunión de los presbíteros con el obispo.

Esta Semana Santa, con motivo de las medidas de prevención para evitar la propagación del coronavirus, la Misa Cristal se celebra en la mayoría de las diócesis con los templos a puerta cerrada, y con una pequeña representación del clero.

El Papa Pablo VI quiso, en efecto, que esta Misa fuera una fiesta del sacerdocio (cf. SC 57). Tal y como expresa el prefacio de la plegaria eucarística de este día, Cristo, “único pontífice de la nueva alianza”, “ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo”, y “ha elegido a hombres de este pueblo, para que por la imposición de manos, participen de su sagrada misión”.

No en vano, en esta misma celebración, los presbíteros renuevan las promesas sacerdotales que formularon el mismo día de su ordenación sacerdotal ante el obispo y el pueblo santo de Dios.

Bendición de los óleos

En esta celebración tiene lugar la bendición del óleo de los enfermos y de los catecúmenos, así como la consagración del Santo Crisma. La Liturgia de la Iglesia recoge, así, el uso del Antiguo Testamento, en el que eran ungidos con el óleo de la consagración los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa el “Ungido del Señor”.

El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua la Carta del Apóstol Santiago, remedia las dolencias del alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados.

La oración de bendición lo expresa así: “Tú que has hecho que le leño verde del olivo produzca aceite abundante para vigor de nuestro cuerpo, enriquece con tu bendición este óleo, para que cuantos sean ungidos con él sientan en cuerpo y alma tu divina protección y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores”.

Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados reciben la fuerza para que puedan renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida.

Así queda reflejado en la oración de bendición: “Concede tu fortaleza a los catecúmenos […] para que, al aumentar en ellos el conocimiento de las realidades divinas y la valentía en el combate de la fe, vivan más hondamente el evangelio de Cristo, emprendan animosos la tarea cristiana, y […] gocen de la alegría de sentirse renacidos y de formar parte de la Iglesia”.

¿Qué es el Santo Crisma?

Con el Santo Crisma, consagrado por el obispo, se ungen los nuevos bautizados y los confirmados son sellados, se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y el altar en su dedicación.

La consagración del Santo Crisma con el que somos ungidos expresa que los cristianos, injertados por el Bautismo en el Misterio Pascual de Cristo, hemos muerto, hemos sido sepultados y resucitados con Él, participando de su sacerdocio real y profético, y recibiendo por la Confirmación la unción espiritual del Espíritu Santo que se nos da.

La Primera Carta de Pedro nos adentra de este modo en la realidad de esta consagración: “Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo” (1 Pe 2, 4-5).

Don Adolfo Ariza
Director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas Beata Victoria Díez, de Córdoba

 

 

LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR

— Jesús celebra la Última Cena con los Apóstoles.

— Institución de la Sagrada Eucaristía y del sacerdocio ministerial.

— El Mandamiento Nuevo del Señor.

I. Este Jueves Santo nos trae el recuerdo de aquella Última Cena del Señor con los Apóstoles. Como en años anteriores, Jesús celebrará la Pascua rodeado de los suyos. Pero esta vez tendrá características muy singulares, por ser la última Pascua del Señor antes de su tránsito al Padre y por los acontecimientos que en ella tendrán lugar. Todos los momentos de esta Última Cena reflejan la Majestad de Jesús, que sabe que morirá al día siguiente, y su gran amor y ternura por los hombres.

La Pascua era la principal de las fiestas judías y fue instituida para conmemorar la liberación del pueblo judío de la servidumbre de Egipto. Este día será para vosotros memorable, y lo celebraréis solemnemente en honor de Yahvé, de generación en generación. Será una fiesta a perpetuidad1. Todos los judíos están obligados a celebrar esta fiesta para mantener vivo el recuerdo de su nacimiento como Pueblo de Dios.

Jesús encomendó la disposición de lo necesario a sus discípulos predilectos: Pedro y Juan. Los dos Apóstoles hacen con todo cuidado los preparativos. Llevaron el cordero al Templo y lo inmolaron, luego vuelven para asarlo en la casa donde tendrá lugar la cena. Preparan también el agua para las abluciones2, las «hierbas amargas» (que representan la amargura de la esclavitud), los «panes ácimos» (en recuerdo de los que tuvieron que dejar de cocer sus antepasados en la precipitada salida de Egipto), el vino, etc. Pusieron un especial empeño en que todo estuviera perfectamente dispuesto.

Estos preparativos nos recuerdan a nosotros la esmerada preparación que hemos de realizar en nosotros mismos cada vez que participamos en la Santa Misa. Se renueva el mismo Sacrificio de Cristo, que se entregó por nosotros, y nosotros somos también sus discípulos, que ocupamos el lugar de Pedro y Juan.

La Última Cena comienza a la puesta del sol. Jesús recita los salmos con voz firme y con un particular acento. San Juan nos ha transmitido que Jesús deseó ardientemente comer esta cena con sus discípulos3.

En aquellas horas sucedieron cosas singulares que los Evangelios nos han dejado consignadas: la rivalidad entre los Apóstoles, que comenzaron a discutir quién sería el mayor; el ejemplo sorprendente de humildad y de servicio al realizar Jesús el oficio reservado al ínfimo de los siervos: se puso a lavarles los pies; Jesús se vuelca en amor y ternura hacia sus discípulos: Hijitos míos..., llega a decirles. «El mismo Señor quiso dar a aquella reunión tal plenitud de significado, tal riqueza de recuerdo, tal conmoción de palabras y de sentimientos, tal novedad de actos y de preceptos, que nunca terminaremos de meditarlos y explorarlos. Es una cena testamentaria; es una cena afectuosa e inmensamente triste, al tiempo que misteriosamente reveladora de promesas divinas, de visiones supremas. Se echa encima la muerte, con inauditos presagios de traición, de abandono, de inmolación; la conversación se apaga enseguida, mientras la palabra de Jesús fluye continua, nueva, extremadamente dulce, tensa en confidencias supremas, cerniéndose así entre la vida y la muerte»4.

Lo que Cristo hizo por los suyos puede resumirse en estas breves palabras de San Juan: los amó hasta el fin5. Hoy es un día particularmente apropiado para meditar en ese amor de Jesús por cada uno de nosotros, y en cómo estamos correspondiendo: en el trato asiduo con Él, en el amor a la Iglesia, en los actos de desagravio y de reparación, en la caridad con los demás, en la preparación y acción de gracias de la Sagrada Comunión, en nuestro afán de corredimir con Él, en el hambre y sed de justicia...

II. Y ahora, mientras estaban comiendo, muy probablemente al final, Jesús toma esa actitud trascendente y a la vez sencilla que los Apóstoles conocen bien, guarda silencio unos momentos y realiza la institución de la Eucaristía.

El Señor anticipa de forma sacramental –«mi Cuerpo entregado, mi Sangre derramada»– el sacrificio que va a consumar al día siguiente en el Calvario. Hasta ahora la Alianza de Dios con su pueblo estaba representada en el cordero pascual sacrificado en el altar de los holocaustos, en el banquete de toda la familia en la cena pascual. Ahora, el Cordero inmolado es el mismo Cristo6Esta es la nueva alianza en mi Sangre... El Cuerpo de Cristo es el nuevo banquete que congrega a todos los hermanos: Tomad y comed...

El Señor anticipó sacramentalmente en el Cenáculo lo que al día siguiente realizaría en la cumbre del Calvario: la inmolación y ofrenda de Sí mismo –Cuerpo y Sangre– al Padre, como Cordero sacrificado que inaugura la nueva y definitiva Alianza entre Dios y los hombres, y que redime a todos de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna.

Jesús se nos da en la Eucaristía para fortalecer nuestra debilidad, acompañar nuestra soledad y como un anticipo del Cielo. A las puertas de su Pasión y Muerte, ordenó las cosas de modo que no faltase nunca ese Pan hasta el fin del mundo. Porque Jesús, aquella noche memorable, dio a sus Apóstoles y sus sucesores, los obispos y sacerdotes, la potestad de renovar el prodigio hasta el final de los tiempos: Haced esto en memoria mía7. Junto con la Sagrada Eucaristía, que ha de durar hasta que el Señor venga8, instituye el sacerdocio ministerial.

Jesús se queda con nosotros para siempre en la Sagrada Eucaristía, con una presencia real, verdadera y sustancial. Jesús es el mismo en el Cenáculo y en el Sagrario. En aquella noche los discípulos gozaron de la presencia sensible de Jesús, que se entregaba a ellos y a todos los hombres. También nosotros, esta tarde, cuando vayamos a adorarle públicamente en el Monumento, nos encontraremos de nuevo con Él; nos ve y nos reconoce. Podemos hablarle como hacían los Apóstoles y contarle lo que nos ilusiona y nos preocupa, y darle gracias por estar con nosotros, y acompañarle recordando su entrega amorosa. Siempre nos espera Jesús en el Sagrario.

III. La señal por la que conocerán que sois mis discípulos será que os amáis lo unos a los otros9.

Jesús habla a los Apóstoles de su inminente partida. Él se marcha para prepararles un lugar en el Cielo10, pero, mientras, quedan unidos a Él por la fe y la oración11.

Es entonces cuanto enuncia el Mandamiento Nuevo, proclamado, por otra parte, en cada página del Evangelio: Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado12. Desde entonces sabemos que «la caridad es la vía para seguir a Dios más de cerca»13 y para encontrarlo con más prontitud. El alma entiende mejor a Dios cuando vive con más finura la caridad, porque Dios es Amor, y se ennoblece más y más en la medida en que crece en esta virtud teologal.

El modo de tratar a quienes nos rodean es el distintivo por el que nos conocerán como sus discípulos. Nuestro grado de unión con Él se manifestará en la comprensión con los demás, en el modo de tratarles y de servirles. «No dice el resucitar a muertos, ni cualquier otra prueba evidente, sino esta: que os améis unos a otros»14. «Se preguntan muchos si aman a Cristo, y van buscando señales por las cuales poder descubrir y reconocer si le aman: la señal que no engaña nunca es la caridad fraterna (...). Es también la medida del estado de nuestra vida interior, especialmente de nuestra vida de oración»15.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis...16. Es un mandato nuevo porque son nuevos sus motivos: el prójimo es una sola cosa con Cristo, el prójimo es objeto de un especial amor del Padre. Es nuevo porque es siempre actual el Modelo, porque establece entre los hombres nuevas relaciones. Porque el modo de cumplirlo será nuevo: como yo os he amado; porque va dirigido a un pueblo nuevo, porque requiere corazones nuevos; porque pone los cimientos de un orden distinto y desconocido hasta ahora. Es nuevo porque siempre resultará una novedad para los hombres, acostumbrados a sus egoísmos y a sus rutinas.

En este día de Jueves Santo podemos preguntarnos, al terminar este rato de oración, si en los lugares donde discurre la mayor parte de nuestra vida conocen que somos discípulos de Cristo por la forma amable, comprensiva y acogedora con que tratamos a los demás. Si procuramos no faltar jamás a la caridad de pensamiento, de palabra o de obra; si sabemos reparar cuando hemos tratado mal a alguien; si tenemos muchas muestras de caridad con quienes nos rodean: cordialidad, aprecio, unas palabras de aliento, la corrección fraterna cuando sea necesaria, la sonrisa habitual y el buen humor, detalles de servicio, preocupación verdadera por sus problemas, pequeñas ayudas que pasan inadvertidas... «Esta caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria»17.

Cuando está ya tan próxima la Pasión del Señor recordamos la entrega de María al cumplimiento de la Voluntad de Dios y al servicio de los demás. «La inmensa caridad de María por la humanidad hace que se cumpla, también en Ella, la afirmación de Cristo: nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos (Jn 15, 13)»18.

1 Ex 12, 14. — 2 Jn 13, 5. — 3 Jn 13, 1. — 4 Pablo VI, Homilía de la Misa del Jueves Santo, 27-III-1975. — 5 Jn 13, 1. — 6 1 Cor 5, 7. — 7 Lc 22, 19; 1 Cor 2, 24. — 8 1 Cor 11, 26. — 9 Lavatorio de los pies. Antífona 4ª Jn 13, 35. — 10 Jn 14, 2-3. — 11 Jn 14, 12-14. — 12 Jn 15, 12. — 13 Santo Tomás, Coment. a la Epístola a los Efesios, 5, 1.  14 ídem, Opúsculo sobre la caridad. — 15 B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder, Barcelona 1973, p. 246. — 16 Jn 13, 34. — 17 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 38. — 18 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 287.

 

 

“El misterio del Jueves Santo”

Debemos hacer nuestras, por asimilación, aquellas palabras de Jesús: “desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum” –ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros.

9 de abril

De ninguna forma podremos manifestar mejor nuestro máximo interés y amor por el Santo Sacrificio, que guardando esmeradamente hasta la más pequeña de las ceremonias prescritas por la sabiduría de la Iglesia. Y, además del Amor, debe urgirnos la “necesidad” de parecernos a Jesucristo, no solamente en lo interior, sino también en lo exterior, moviéndonos –en los amplios espacios del altar cristiano– con aquel ritmo y armonía de la santidad obediente, que se identifica con la voluntad de la Esposa de Cristo, es decir, con la Voluntad del mismo Cristo. (Forja, 833)

La víspera de la fiesta solemne de la Pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora de su tránsito de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin. Este versículo de San Juan anuncia, al lector de su Evangelio, que algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso, paralelo al que recoge en su relato San Lucas: ardientemente, afirma el Señor, he deseado comer este cordero, celebrar esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión.

Comencemos por pedir desde ahora al Espíritu Santo que nos prepare, para entender cada expresión y cada gesto de Jesucristo: porque queremos vivir vida sobrenatural, porque el Señor nos ha manifestado su voluntad de dársenos como alimento del alma, y porque reconocemos que sólo El tiene palabras de vida eterna.

La fe nos hace confesar con Simón Pedro: nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Y es esa fe, fundida con nuestra devoción, la que en esos momentos trascendentales nos lleva a imitar la audacia de Juan: acercarnos a Jesús y recostar la cabeza en el pecho del Maestro, que amaba ardientemente a los suyos y ‑acabamos de escucharlo‑ los iba a amar hasta el fin.

Todos los modos de decir resultan pobres, si pretenden explicar, aunque sea de lejos, el misterio del Jueves Santo. Pero no es difícil imaginar en parte los sentimientos del Corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario. (Es Cristo que pasa, 83)

 

 

Retransmisiones de la Semana Santa (Triduo Pascual)

El Papa Francisco celebrará los ritos de la Semana Santa en el Altar de la Cátedra, en la Basílica de San Pedro. Todas las ceremonias se podrán seguir en directo. Y el Santuario de Torreciudad también transmitirá la celebración del Domingo de Ramos y los Oficios del Triduo Pascual.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA04/04/2020

Calendario de las ceremonias presididas por el Papa Francisco.
• Domingo 5, Domingo de Ramos, Santa Misa a las 11:00.
• Jueves 9, Jueves Santo, Santa Misa in Coena Domini a las 18:00.
• Viernes 10, Viernes Santo, Pasión del Señor a las 18:00.
• Viernes 10, Viernes Santo, Vía Crucis a 21:00.
• Sábado 11, Sábado Santo, Vigilia Pascual a las 21:00.
• Domingo 12, Domingo de Pascua, Santa Misa a las 11:00. Y Bendición Urbi et Orbi a las 12:00.
Más información en el sitio web del Vaticano.

 

 

Programación de las celebraciones retransmitidas por el santuario de Torreciudad (Hora peninsular española UTC +1)
• Domingo de Ramos: Misa de Ramos a las 11:00. Resto de Misas: 13:15 y 18:00. Ángelus a las 12:00 y Rosario a las 17:00
• Lunes, Martes y Miércoles Santo: Misas a las 11:00, 13:15 y 18:00. Ángelus a las 12:00 y Rosario a las 17:00.
• Jueves Santo: Oficios a las 17:00. Ángelus a las 12:00. Desde el final de los Oficios hasta las 15:00 del Viernes Santo se podrá adorar al Señor en la Eucaristía con la cámara fija en el Sagrario del retablo del Santuario.
• Viernes Santo: Oficios a las 17:00. Al terminar, celebración del Via Crucis. Ángelus a las 12:00.
• Sábado Santo: Vigilia Pascual a las 20:00. Ángelus a las 12:00 y Rosario a las 17:00.
• Domingo de Resurrección: Misas a las 11:00, 13:15 y 18:00. Rosario a las 17:00.

 

 

 

 

Audio meditación del Prelado: Cristo, espejo de nuestra fragilidad

Tercer fragmento de la oración de Mons. Fernando Ocáriz sobre la Pasión del Señor. En este audio, reflexiona sobre la figura del "Ecce Homo", Cristo torturado que se presenta frágil ante los hombres.

HOMILÍAS08/04/2020

Audio y transcripción de la meditación de Mons. Fernando Ocáriz: “Cristo, espejo de nuestra fragilidad”.

 

Enlace al primer episodio: “Unidos en la última cena”

Enlace al segundo episodio: “El Mandamiento Nuevo del Señor”


La liturgia del Viernes Santo nos sitúa directamente ante el gran misterio de la Cruz de Jesucristo.

En el Evangelio contemplamos al Señor en Getsemaní, apresado por una cohorte encabezada por Judas; lo vemos conducido ante el sumo sacerdote Caifás y, después de ser interrogado, recibir una injusta bofetada.

Después, en presencia de Pilato, el pueblo grita: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» (Jn 19, 6); a continuación, Jesús es azotado y coronado de espinas.

En la mañana del Viernes Santo, Pilato presentó a Cristo, torturado y humillado, ante el pueblo, diciendo: Ecce Homo “he aquí al hombre” (Jn 19,5). Unas horas después, sería crucificado.

En un famoso cuadro de Tiziano -el Ecce homo- se puede ver a Jesús, destrozado como hombre, pero que, sin embargo, trasluce su divinidad y belleza. Dios ha querido hacerse visible también en la vulnerabilidad.

En el padecimiento y quizá oscuridad de tantas personas que sufren en el mundo (ahora también por la pandemia del coronavirus) podemos contemplar a Cristo flagelado y coronado de espinas. San Juan Pablo II lo contemplaba así: “¡Es el hombre, todo el hombre, cada hombre en su ser único e irrepetible, creado y redimido por Dios (…) Ecce homo...!”.

Es verdad que sufrimos juntos, y hay tantas pruebas de solidaridad que lo muestran, pero en último término el dolor lo experimenta cada uno, a solas con Dios.

JESÚS, HERIDO Y MANSO, ES TAMBIÉN COMO UN ESPEJO, EN EL QUE NOS MIRAMOS

La soledad de Jesús mostrado al pueblo, recuerda a los enfermos que, por el aislamiento de estos días, mueren sin poder despedirse de sus familias y a otros que sufren la enfermedad en solitario. Jesús ante el pueblo probaba también la soledad. Su grito en la Cruz (“¿por qué me has abandonado?”), quizá comenzó antes con el silencio sereno del Ecce Homo.

Cristo presentado por Pilato al pueblo es también un icono de la dignidad humana maltratada. Hay una presencia misteriosa de Dios en el sufrimiento de toda persona. En el inocente que sufre por desastres naturales o por injusticias humanas, pero también cuando sufrimos a causa de nosotros mismos, principalmente por nuestros pecados. Pedimos a Dios que nos ayude, que nos salve. Él lleva sobre sí todas las consecuencias de los pecados de los hombres. Él es nuestra esperanza.

Jesús, herido y manso, es también como un espejo, en el que nos miramos. El Dios que es amor se muestra en las llagas de Cristo doliente.

Una especial presencia de Dios acompaña también a quien se entrega a los demás desinteresadamente, pues “donde está la caridad y el amor ahí está Dios: Ubi caritas et amor, Deus ibi est! Hemos visto a tantas mujeres y hombres, que son como esos buenos samaritanos, figuras de Jesús, en los hospitales, en las residencias de ancianos, en las familias. Comprobamos que el individualismo y lo útil no tienen la última palabra. En una sociedad aparentemente autosuficiente, el Espíritu de Dios late en el corazón de muchas personas. De una manera o de otra, Dios siempre se hace presente en la historia y la fecunda de nuevo con amor.

La figura del Ecce Homo nos puede ayudar también a tomar más conciencia de que somos frágiles y a menudo indefensos ante muchos acontecimientos, como nos recordaba el Papa -desde esa plaza de San Pedro vacía- al hablarnos de aquella tormenta que revela nuestra fragilidad. Reconocer esta verdad sobre nosotros mismos nos puede ayudar a reconfigurar nuestra relación con Dios y con los demás.

El Evangelio sigue: Jesús carga el madero, es despojado de sus vestiduras y, aparentemente, también de su dignidad. En el momento de la crucifixión, el Señor dirige aquellas palabras procedentes de un salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27,46).

¿Por qué todo este sufrimiento? ¿Por qué la Cruz?

Aunque no podemos entenderlo del todo, la crucifixión nos revela que ahí donde parece haber sólo debilidad, Dios manifiesta su poder sin límites; donde vemos fracaso, derrota, incomprensión y odio, precisamente ahí Jesús nos revela el gran poder de Dios: transformar la Cruz en expresión de Amor y de Victoria.

En la epístola a los Hebreos, leemos que en el madero encontramos “el trono de la gracia, para alcanzar misericordia” (Heb 4,16).

Esta fue la vivencia de uno de los ajusticiados al lado de Cristo en el Calvario. El “buen ladrón” experimenta cómo la Cruz de Jesús se convierte en el lugar en el que se sabe perdonado y amado: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, le dice el Señor (Lc 23, 43). En la Cruz oímos pronunciar la palabra “Paraíso”.

Cruz y paraíso. De instrumento de tortura, de violencia y de desprecio, la Cruz se transforma en medio de salvación, en símbolo de esperanza; se ha convertido en manifestación del amor infinito y misericordioso de Dios. San Josemaría explica que en el camino hacia la Cruz vemos cómo Cristo "se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor". Mirar al Crucificado es contemplar nuestra esperanza.

Nosotros también podemos contemplarlo, tomando un crucifijo en nuestras manos para, simplemente, mirar al Señor. El Papa Francisco nos ha invitado a “dejarse mirar por él en el momento en el que da la vida por nosotros y nos atrae a sí. El Crucifijo no nos habla de derrota, de fracaso; paradójicamente nos habla de una muerte que es vida, que genera vida, porque nos habla de amor, porque él es el Amor de Dios encarnado, y el Amor no muere, más aún, vence el mal y la muerte. El que se deja mirar por Jesús crucificado es re-creado, llega a ser una «nueva criatura»”.

¡Cuánta esperanza nos puede dar en estos momentos mirar el Crucifijo! Puede ser el mismo Crucifijo que tenemos en nuestra habitación o en otro lugar de la casa. Detenerse en silencio, mostrarle nuestras heridas interiores, nuestros cansancios, nuestras preocupaciones y ponerlas en sus manos.

Así experimentaremos el poder transformador del Amor de Dios, que en la Cruz abraza lo débil y lo llena de esperanza. Y nos convertiremos también nosotros en signo concreto del amor de Dios: en nuestras familias, en nuestras amistades, en todos los ambientes en que nos movamos… En cada uno de esos “lugares” podemos ser signo concreto de esperanza, si nos unimos a Jesús en la Cruz y abrimos con Él nuestros brazos a los demás.

Agradezcamos de modo especial, en el Viernes Santo, la misericordia divina que nos llega en el sacramento de la Penitencia. Precisamente en este periodo de más oración y penitencia, que es la cuaresma y la Semana Santa, muchas personas en todo el mundo no puedan acercarse a la Confesión.

En esta circunstancia tan peculiar, el Papa nos aconsejaba, hace unos días, a poner por obra lo que dice Catecismo de la Iglesia Católica sobre los actos de contrición[1]: "Si no encuentras un sacerdote para confesarte, habla con Dios, que es tu Padre, y dile la verdad: ‘Señor, he hecho esto, esto, esto... Perdóname’, y pídele perdón de todo corazón, con el acto de dolor y prométele: 'Me confesaré después, pero perdóname ahora'".

El viernes santo, la Iglesia dirige su atención hacia el Lignum Crucis, el árbol de la Cruz. En la liturgia rezamos:

«Adoramos tu Cruz, Señor, y alabamos y glorificamos tu santa Resurrección. Por el madero ha venido la alegría al mundo».

La Cruz irradia esperanza al mundo entero. Ahí vemos al Señor con sus brazos abiertos, dispuesto a acoger y curar nuestras debilidades. Y ahí vemos también a la Virgen María.

Tiziano, después del Ecce Homo, pintó La Dolorosa con las manos abiertas”. Durante años los dos cuadros colgaron, uno al lado otro, en la misma pared. Cuando el sufrimiento se presente en nuestra vida, al mirar a Jesús, nos sabremos también siempre acompañados por María. A ella le pedimos que nos ayude a permanecer cerca de la Cruz, para ofrecer esperanza a quienes nos rodean.


[1] Números 1451 y 1452.

Music: Beethoven Piano Concert n.5 - 2nd Movement (by @alvarosiviero, Alvaro Siviero)

 

 

La Eucaristía, misterio de fe y de amor

 

 

Homilía de san Josemaría sobre el Jueves Santo y publicada en Es Cristo que pasa.

HOMILÍAS EN AUDIO10/10/2015

La víspera de la fiesta solemne de la Pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora de su tránsito de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin. Este versículo de San Juan anuncia, al lector de su Evangelio, que algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso, paralelo al que recoge en su relato San Lucas:ardientemente, afirma el Señor, he deseado comer este cordero, celebrar esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión.

Comencemos por pedir desde ahora al Espíritu Santo que nos prepare, para entender cada expresión y cada gesto de Jesucristo: porque queremos vivir vida sobrenatural, porque el Señor nos ha manifestado su voluntad de dársenos como alimento del alma, y porque reconocemos que sólo El tiene palabras de vida eterna.

La fe nos hace confesar con Simón Pedro: nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Y es esa fe, fundida con nuestra devoción, la que en esos momentos trascendentales nos lleva a imitar la audacia de Juan: acercarnos a Jesús y recostar la cabeza en el pecho del Maestro, que amaba ardientemente a los suyos y —acabamos de escucharlo— los iba a amar hasta el fin.

Todos los modos de decir resultan pobres, si pretenden explicar, aunque sea de lejos, el misterio del Jueves Santo. Pero no es difícil imaginar en parte los sentimientos del Corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario.

Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre juntas, pero el deber —el que sea— les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.

Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda El mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está El, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

La alegría del Jueves Santo

¡Qué bien se explica ahora el clamor incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa! Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó para rescatar el mundo. Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido: es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre.

Este es el sagrado convite, en el que se recibe al mismo Cristo; se renueva la memoria de la Pasión y, con El, el alma trata íntimamente a su Dios y posee una prenda de la gloria futura. La liturgia de la Iglesia ha resumido, en breves estrofas, los capítulos culminantes de la historia de ardiente caridad, que el Señor nos dispensa.

El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia El, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones.

La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y —en lo que nos es posible entender— porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre, elevado al orden de la gracia y hecho a su imagen y semejanza; lo ha redimido del pecado —del pecado de Adán que sobre toda su descendencia recayó, y de los pecados personales de cada uno— y desea vivamente morar en el alma nuestra: el que me ama observará mi doctrina y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él.

La Eucaristía y el misterio de la Trinidad

Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. Hace muchos años, aprendimos todos en el catecismo que la Sagrada Eucaristía puede ser considerada como Sacrificio y como Sacramento; y que el Sacramento se nos muestra como Comunión y como un tesoro en el altar: en el Sagrario. La Iglesia dedica otra fiesta al misterio eucarístico, al Cuerpo de Cristo —Corpus Christi— presente en todos los tabernáculos del mundo. Hoy, en el Jueves Santo, vamos a fijarnos en la Sagrada Eucaristía, Sacrificio y alimento, en la Santa Misa y en la Sagrada Comunión.

Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. Por eso me gusta tanto repetir en la colecta, en la secreta y en la postcomunión aquellas palabras finales: Por Jesucristo, Señor Nuestro, Hijo tuyo —nos dirigimos al Padre—, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

En la Misa, la plegaria al Padre se hace constante. El sacerdote es un representante del Sacerdote eterno, Jesucristo, que al mismo tiempo es la Víctima. Y la acción del Espíritu Santo en la Misa no es menos inefable ni menos cierta. Por la virtud del Espíritu Santo, escribe San Juan Damasceno,se efectúa la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo.
Esta acción del Espíritu Santo queda expresada claramente cuando el sacerdote invoca la bendición divina sobre la ofrenda: Ven, santificador omnipotente, eterno Dios, y bendice este sacrificio preparado a tu santo nombre, el holocausto que dará al Nombre santísimo de Dios la gloria que le es debida. La santificación, que imploramos, es atribuida al Paráclito, que el Padre y el Hijo nos envían. Reconocemos también esa presencia activa del Espíritu Santo en el sacrificio cuando decimos, poco antes de la comunión: Señor, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste el mundo con tu muerte....

Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. Aprendamos a tratar a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino: tres Personas divinas en la unidad de su substancia, de su amor, de su acción eficazmente santificadora.

Inmediatamente después del lavabo, el sacerdote invoca: Recibe, Santa Trinidad, esta oblación que te ofrecemos en memoria de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Jesucristo, Señor Nuestro. Y, al final de la Misa, hay otra oración de encendido acatamiento al Dios Uno y Trino: Placeat tibi, Sancta Trinitas, obsequium servitutis meæ... que te sea agradable, oh Trinidad Santísima, el tributo de mi servidumbre; dispón que el sacrificio que yo, aunque indigno, he ofrecido a la Majestad tuya, merezca aceptación; y te pido que, por tu misericordia, sea éste un sacrificio de perdón para mí y para todos por los que lo he ofrecido.

La Misa —insisto— es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.

El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias. Este es el sacrificio que profetizó Malaquías: desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes; y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura.

Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley.

La Santa Misa en la vida del cristiano

La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación. Cuando participamos de la Eucaristía, escribe San Cirilo de Jerusalén,experimentamos la espiritualización deificante del Espíritu Santo, que no sólo nos configura con Cristo, como sucede en el Bautismo, sino que nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús.

La efusión del Espíritu Santo, al cristificarnos, nos lleva a que nos reconozcamos hijos de Dios. El Paráclito, que es caridad, nos enseña a fundir con esa virtud toda nuestra vida; y consummati in unum, hechos una sola cosa con Cristo, podemos ser entre los hombres lo que San Agustín afirma de la Eucaristía: signo de unidad, vínculo del Amor.

No descubro nada nuevo si digo que algunos cristianos tienen una visión muy pobre de la Santa Misa, que para otros es un mero rito exterior, cuando no un convencionalismo social. Y es que nuestros corazones, mezquinos, son capaces de vivir rutinariamente la mayor donación de Dios a los hombres. En la Misa, en esta Misa que ahora celebramos, interviene de modo especial, repito, la Trinidad Santísima. Corresponder a tanto amor exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma: oímos a Dios, le hablamos, lo vemos, lo gustamos. Y cuando las palabras no son suficientes, cantamos, animando a nuestra lengua —Pange, lingua!— a que proclame, en presencia de toda la humanidad, las grandezas del Señor.

Vivir la Santa Misa es permanecer en oración continua; convencernos de que, para cada uno de nosotros, es éste un encuentro personal con Dios: adoramos, alabamos, pedimos, damos gracias, reparamos por nuestros pecados, nos purificamos, nos sentimos una sola cosa en Cristo con todos los cristianos.

Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros.

Permitid que os recuerde lo que en tantas ocasiones habéis observado: el desarrollo de las ceremonias litúrgicas. Siguiéndolas paso a paso, es muy posible que el Señor haga descubrir a cada uno de nosotros en qué debe mejorar, qué vicios ha de extirpar, cómo ha de ser nuestro trato fraterno con todos los hombres.

El sacerdote se dirige hacia el altar de Dios, del Dios que alegra nuestra juventud. La Santa Misa se inicia con un canto de alegría, porque Dios está aquí. Es la alegría que, junto con el reconocimiento y el amor, se manifiesta en el beso a la mesa del altar, símbolo de Cristo y recuerdo de los santos: un espacio pequeño, santificado porque en esta ara se confecciona el Sacramento de la infinita eficacia.

El Confiteor nos pone por delante nuestra indignidad; no el recuerdo abstracto de la culpa, sino la presencia, tan concreta, de nuestros pecados y de nuestras faltas. Por eso repetimos: Kyrie eleison, Christe eleison, Señor, ten piedad de nosotros; Cristo, ten piedad de nosotros. Si el perdón que necesitamos estuviera en relación con nuestros méritos, en este momento brotaría en el alma una tristeza amarga. Pero, por bondad divina, el perdón nos viene de la misericordia de Dios, al que ya ensalzamos —Gloria!—, porque Tú solo eres santo, Tú solo Señor, Tú solo altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre.

Oímos ahora la Palabra de la Escritura, la Epístola y el Evangelio, luces del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla. Porque somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

A continuación, la ofrenda: el pan y el vino de los hombres. No es mucho, pero la oración acompaña: recíbenos, Señor, al presentarnos a Ti con espíritu de humildad y con el corazón contrito; y el sacrificio que hoy te ofrecemos, oh Señor Dios, llegue de tal manera a tu presencia, que te sea grato. Irrumpe de nuevo el recuerdo de nuestra miseria y el deseo de que todo lo que va al Señor esté limpio y purificado:lavaré mis manos, amo el decoro de tu casa.

Hace un instante, antes del lavabo, hemos invocado al Espíritu Santo, pidiéndole que bendiga el Sacrificio ofrecido a su santo Nombre. Acabada la purificación, nos dirigimos a la Trinidad —Suscipe, Sancta Trinitas—, para que acoja lo que presentamos en memoria de la vida, de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Cristo, en honor de María, siempre Virgen, en honor de todos los santos.

Que la oblación redunde en salvación de todos —Orate, fratres, reza el sacerdote—, porque este sacrificio es mío y vuestro, de toda la Iglesia Santa. Orad, hermanos, aunque seáis pocos los que os encontráis reunidos; aunque sólo se halle materialmente presente nada más un cristiano, y aunque estuviese solo el celebrante: porque cualquier Misa es el holocausto universal, rescate de todas las tribus y lenguas y pueblos y naciones.

Todos los cristianos, por la Comunión de los Santos, reciben las gracias de cada Misa, tanto si se celebra ante miles de personas o si ayuda al sacerdote como único asistente un niño, quizá distraído. En cualquier caso, la tierra y el cielo se unen para entonar con los Ángeles del Señor:Sanctus, Sanctus, Sanctus...

Yo aplaudo y ensalzo con los Ángeles: no me es difícil, porque me sé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa Misa. Están adorando a la Trinidad. Como sé también que, de algún modo, interviene la Santísima Virgen, por la intima unión que tiene con la Trinidad Beatísima y por que es Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre: Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Jesucristo concebido en las entrañas de María Santísima sin obra de varón, por la sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma Sangre de su Madre: y esa Sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor, en el Calvario y en la Santa Misa.

Así se entra en el canon, con la confianza filial que llama a nuestro Padre Dios clementísimo. Le pedimos por la Iglesia y por todos en la Iglesia: por el Papa, por nuestra familia, por nuestros amigos y compañeros. Y el católico, con corazón universal, ruega por todo el mundo, porque nada puede quedar excluido de su celo entusiasta. Para que la petición sea acogida, hacemos presente nuestro recuerdo y nuestra comunicación con la gloriosa siempre Virgen María y con un puñado de hombres, que siguieron los primeros a Cristo y murieron por El.

Quam oblationem... Se acerca el instante de la consagración. Ahora, en la Misa, es otra vez Cristo quien actúa, a través del sacerdote: Este es mi Cuerpo. Este es el cáliz de mi Sangre. ¡Jesús está con nosotros! Con la Transustanciación, se reitera la infinita locura divina, dictada por el Amor. Cuando hoy se repita ese momento, que sepamos cada uno decir al Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de El, que su disponibilidad —inerme— de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles! del pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios: præsta meæ menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere, haz que yo viva siempre de ti y que siempre saboree la dulzura de tu amor.

Más peticiones: porque los hombres estamos casi siempre inclinados a pedir: por nuestros hermanos difuntos, por nosotros mismos. Aquí caben también todas nuestras infidelidades, nuestras miserias. La carga es mucha, pero El quiere llevarla por nosotros y con nosotros. Termina el canon con otra invocación a la Trinidad Santísima: per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso..., por Cristo, con Cristo y en Cristo, Amor nuestro, a Ti, Padre Todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo, te sea dado todo honor y gloria por los siglos de los siglos.

Jesús es el Camino, el Mediador; en El, todo; fuera de El, nada. En Cristo, enseñados por El, nos atrevemos a llamar Padre Nuestro al Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable que espera que volvamos a el continuamente, cada uno como un nuevo y constante hijo pródigo.

Ecce Agnus Dei... Domine, non sum dignus... Vamos a recibir al Señor. Para acoger en la tierra a personas constituidas en dignidad hay luces, música, trajes de gala. Para albergar a Cristo en nuestra alma, ¿cómo debemos prepararnos? ¿Hemos pensado alguna vez en cómo nos conduciríamos, si sólo se pudiera comulgar una vez en la vida?

Cuando yo era niño, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor.

Con Cristo en el alma, termina la Santa Misa: la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo nos acompaña durante toda la jornada, en nuestra tarea sencilla y normal de santificar todas las nobles actividades humanas.

Asistiendo a la Santa Misa, aprenderéis a tratar a cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al Hijo, que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo que de los dos procede. Tratando a cualquiera de las tres Personas, tratamos a un solo Dios; y tratando a las tres, a la Trinidad, tratamos igualmente a un solo Dios único y verdadero. Amad la Misa, hijos míos, amad la Misa. Y comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad.

Tratar a Jesucristo

No ama a Cristo quien no ama la Santa Misa, quien no se esfuerza en vivirla con serenidad y sosiego, con devoción, con cariño. El amor hace a los enamorados finos, delicados; les descubre, para que los cuiden, detalles a veces mínimos, pero que son siempre expresión de un corazón apasionado. De este modo hemos de asistir a la Santa Misa. Por eso he sospechado siempre que, los que quieren oír una Misa corta y atropellada, demuestran con esa actitud poco elegante también, que no han alcanzado a darse cuenta de lo que significa el Sacrificio del altar.

El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros, nos impulsa a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción de gracias personal, íntima, que prolongue en el silencio del corazón esa otra acción de gracias que es la Eucaristía. ¿Cómo dirigirnos a El, cómo hablarle, cómo comportarse?

No se compone de normas rígidas la vida cristiana, porque el Espíritu Santo no guía a las almas en masa, sino que, en cada una, infunde aquellos propósitos, inspiraciones y afectos que le ayudarán a percibir y a cumplir la voluntad del Padre. Pienso, sin embargo, que en muchas ocasiones el nervio de nuestro diálogo con Cristo, de la acción de gracias después de la Santa Misa, puede ser la consideración de que el Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro, Amigo.

Es Rey y ansía reinar en nuestros corazones de hijos de Dios. Pero no imaginemos los reinados humanos; Cristo no domina ni busca imponerse, porque no ha venido a ser servido sino a servir.

Su reino es la paz, la alegría, la justicia. Cristo, rey nuestro, no espera de nosotros vanos razonamientos, sino hechos, porque no todo aquel que dice ¡Señor!, ¡Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése entrará.

Es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare, Señor, si quieres —y Tú quieres siempre—, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino.

Es Maestro de una ciencia que sólo El posee: la del amor sin límites a Dios y, en Dios, a todos los hombres. En la escuela de Cristo se aprende que nuestra existencia no nos pertenece: El entregó su vida por todos los hombres y, si le seguimos, hemos de comprender que tampoco nosotros podemos apropiarnos de la nuestra de manera egoísta, sin compartir los dolores de los demás. Nuestra vida es de Dios y hemos de gastarla en su servicio, preocupándonos generosamente de las almas, demostrando, con la palabra y con el ejemplo, la hondura de las exigencias cristianas.

Jesús espera que alimentemos el deseo de adquirir esa ciencia, para repetirnos: el que tenga sed, venga a mi y beba. Y contestamos: enséñanos a olvidarnos de nosotros mismos, para pensar en Ti y en todas las almas. De este modo el Señor nos llevará adelante con su gracia, como cuando comenzábamos a escribir —¿recordáis aquellos palotes de la infancia, guiados por la mano del maestro?—, y así empezaremos a saborear la dicha de manifestar nuestra fe, que es ya otra dádiva de Dios, también con trazos inequívocos de conducta cristiana, donde todos puedan leer las maravillas divinas.

Es Amigo, el Amigo: vos autem dixi amicos, dice. Nos llama amigos y El fue quien dio el primer paso; nos amó primero. Sin embargo, no impone su cariño: lo ofrece. Lo muestra con el signo más claro de la amistad: nadie tiene amor más grande que el que entrega su vida por su amigos. Era amigo de Lázaro y lloró por él, cuando lo vio muerto: y lo resucitó. Si nos ve fríos, desganados, quizá con la rigidez de una vida interior que se extingue, su llanto será para nosotros vida: Yo te lo mando, amigo mío, levántate y anda, sal fuera de esa vida estrecha, que no es vida.

Termina nuestra meditación del Jueves Santo. Si el Señor nos ha ayudado —y El está siempre dispuesto, basta con que le franqueemos el corazón—, nos veremos urgidos a corresponder en lo que es más importante: amar. Y sabremos difundir esa caridad entre los demás hombres, con una vida de servicio. Os he dado ejemplo, insiste Jesús, hablando a sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio; y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría, enraizadas en el sacrificio personal.

Finalmente un filial pensamiento amoroso para María, Madre de Dios y Madre nuestra. Perdonad que de nuevo os cuente un recuerdo de mi infancia: una imagen que se difundió mucho en mi tierra, cuando S. Pío X impulsó la práctica de la comunión frecuente. Representaba a María adorando la Hostia santa. Hoy, como entonces y como siempre, Nuestra Señora nos enseña a tratar a Jesús, a reconocerle y a encontrarle en las diversas circunstancias del día y, de modo especial, en ese instante supremo —el tiempo se une con la eternidad— del Santo Sacrificio de la Misa: Jesús, con gesto de sacerdote eterno, atrae hacia si todas las cosas, para colocarlas, divino afflante Spiritu, con el soplo del Espíritu Santo, en la presencia de Dios Padre.

 

Semana Santa: Nos amó hasta el fin

La Semana Santa es el centro del año litúrgico: revivimos en estos días los momentos decisivos de nuestra redención. La Iglesia nos lleva de la mano, con su sabiduría y su creatividad, del Domingo de Ramos a la Cruz y a la Resurrección.

AÑO LITÚRGICO04/04/2020

• Domingo de Ramos •Jueves Santo •Viernes Santo •Sábado santo y la Vigilia pascual


En el corazón del año litúrgico late el Misterio pascual, el Triduo del Señor crucificado, muerto y resucitado. Toda la historia de la salvación gira en torno a estos días santos, que pasaron desapercibidos para la mayor parte de los hombres, y que ahora la Iglesia celebra «desde donde sale el sol hasta el ocaso»[1]. Todo el año litúrgico, compendio de la historia de Dios con los hombres, surge de la memoria que la Iglesia conserva de la hora de Jesús: cuando, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin»[2].

MUCHOS DE LOS RITOS QUE VIVIMOS ESTOS DÍAS ECHAN SUS RAÍCES EN MUY ANTIGUAS TRADICIONES; SU FUERZA ESTÁ AQUILATADA POR LA PIEDAD DE LOS CRISTIANOS Y POR LA FE DE LOS SANTOS DE DOS MILENIOS

La Iglesia despliega en estos días su sabiduría maternal para meternos en los momentos decisivos de nuestra redención: a poco que no ofrezcamos resistencia, nos vemos arrastrados por el recogimiento con que la liturgia de la Semana Santa nos introduce en la Pasión; la unción con la que nos mueve a velar junto al Señor; el estallido de gozo que mana de la Vigilia de la Resurrección. Muchos de los ritos que vivimos estos días echan sus raíces en muy antiguas tradiciones; su fuerza está aquilatada por la piedad de los cristianos y por la fe de los santos de dos milenios.

El Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos es como el pórtico que precede y dispone al Triduo pascual:«este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo —verdaderamente inefable— a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra»[3]

Cuando los primeros fieles escuchaban la proclamación litúrgica de los relatos evangélicos de la Pasión y la homilía que pronunciaba el obispo, se sabían en una situación bien distinta de la de quien asiste a una mera representación: «para sus corazones piadosos, no había diferencia entre escuchar lo que se había proclamado y ver lo que había sucedido»[4]. En los relatos de la Pasión, la entrada de Jesús en Jerusalén es como la presentación oficial que el Señor hace de sí mismo como el Mesías deseado y esperado, fuera del cual no hay salvación. Su gesto es el del Rey salvador que viene a su casa. De entre los suyos, unos no lo recibieron, pero otros sí, aclamándole como el Bendito que viene en nombre del Señor[5].

El Señor, siempre presente y operante en la Iglesia, actualiza en la liturgia, año tras año, esta solemne entrada en el «Domingo de Ramos en la Pasión del Señor», como lo llama el Misal. Su mismo nombre insinúa una duplicidad de elementos: triunfales unos, dolorosos otros. «En este día —se lee en la rúbrica— la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su Misterio pascual»[6]. Su llegada está rodeada de aclamaciones y vítores de júbilo, aunque las muchedumbres no saben entonces hacia dónde se dirige realmente Jesús, y se toparán con el escándalo de la Cruz. Nosotros, sin embargo, en el tiempo de la Iglesia, sí que sabemos cuál es la dirección de los pasos del Señor: Él entra en Jerusalén «para consumar su misterio pascual». Por eso, para el cristiano que aclama a Jesús como Mesías en la procesión del domingo de Ramos, no es una sorpresa encontrarse, sin solución de continuidad, con la vertiente dolorosa de los padecimientos del Señor.

Es ilustrativo el modo en que la liturgia nos traduce este juego de tinieblas y de luz en el designio divino: el Domingo de Ramos no reúne dos celebraciones cerradas, yuxtapuestas. El rito de entrada de la Misa no es otro que la procesión misma, y esta desemboca directamente en la colecta de la Misa. «Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste —nos dirigimos al Padre— que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz»[7]: aquí todo habla ya de lo que va a suceder en los días siguientes.

El Jueves Santo

El Triduo pascual comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor. El Jueves Santo se encuentra entre la Cuaresma que termina y el Triduo que comienza. El hilo conductor de toda la celebración de este día, la luz que lo envuelve todo, es el Misterio pascual de Cristo, el corazón mismo del acontecimiento que se actualiza en los signos sacramentales.

La acción sagrada se centra en aquella Cena en que Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el testamento de su amor, el Sacrificio de la Alianza eterna[8].

UNA ANTIGUA TRADICIÓN RESERVA PARA EL VIERNES SANTO LA PROCLAMACIÓN DE LA PASIÓN SEGÚN SAN JUAN, EN LA QUE SE ALZA LA IMPRESIONANTE MAJESTAD DE CRISTO QUE «SE ENTREGA A LA MUERTE CON LA PLENA LIBERTAD DEL AMOR» (SAN JOSEMARÍA)

«Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz»[9]. La liturgia nos introduce de un modo vivo y actual en ese misterio de la entrega de Jesús por nuestra salvación. «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente»[10]. El fiat del Señor que da origen a nuestra salvación se hace presente en la celebración de la Iglesia; por eso la Colecta no vacila en incluirnos, en presente, en la Última Cena: «Sacratissimam, Deus, frequentantibus Cenam…», dice el latín, con su habitual capacidad de síntesis; «nos has convocado hoy para celebrar aquella misma memorable Cena»[11].

Este es «el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nosotros»[12]. Las palabras de Jesús, «me voy, y vuelvo a vosotros y os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros»[13] nos introducen en el misterioso vaivén entre ausencia y presencia del Señor que preside todo el Triduo pascual y, desde él, toda la vida de la Iglesia. Por eso, ni el Jueves Santo, ni los días que lo siguen, son sin más jornadas de tristeza o de luto: ver así el Triduo sacro equivaldría a retroceder a la situación de los discípulos, anterior a la Resurrección. «La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas»[14]. Para perpetuar en el mundo este cariño infinito que se concentra en su Pascua, en su tránsito de este mundo al Padre, Jesús se nos entrega del todo, con su Cuerpo y su Sangre, en un nuevo memorial: el pan y el vino, que se convierten en «pan de vida» y «bebida de salvación»[15]. El Señor ordena que, en adelante, se haga lo mismo que acaba de hacer, en conmemoración suya[16], y nace así la Pascua de la Iglesia, la Eucaristía.

Hay dos momentos de la celebración que resultan muy elocuentes, si los vemos en su mutua relación: el lavatorio de los pies y la reserva del Santísimo Sacramento. El lavatorio de los pies a los Doce anuncia, pocas horas antes de la crucifixión, el amor más grande: «el de dar uno la vida por sus amigos»[17]. La liturgia revive este gesto, que desarmó a los apóstoles, en la proclamación del Evangelio y en la posibilidad de realizar la ablución de los pies de algunos fieles. Al concluir la Misa, la procesión para la reserva del Santísimo Sacramento y la adoración de los fieles revela la respuesta amorosa de la Iglesia a aquel inclinarse humilde del Señor sobre los pies de los Apóstoles. Ese tiempo de oración silenciosa, que se adentra en la noche, invita a rememorar la oración sacerdotal de Jesús en el Cenáculo[18]

 

El Viernes Santo

La liturgia del Viernes Santo comienza con la postración de los sacerdotes, en lugar del acostumbrado beso inicial. Es un gesto de especial veneración al altar, que se halla desnudo, exento de todo, evocando al Crucificado en la hora de la Pasión. Rompe el silencio una tierna oración en que el celebrante apela a las misericordias de Dios —«Reminiscere miserationum tuarum, Domine»— y pide al Padre la protección eterna que el Hijo nos ha ganado con su sangre, es decir, dando su vida por nosotros[19].

Una antigua tradición reserva para este día la proclamación de la Pasión según san Juan como momento culminante de la liturgia de la Palabra. En este relato evangélico se alza la impresionante majestad de Cristo que «se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor»[20]. El Señor responde con valentía a los que vienen a prenderle: «cuando les dijo “Yo soy”, se echaron hacia atrás y cayeron en tierra»[21]. Más adelante le oímos responder a Pilato: «mi reino no es de este mundo»[22], y por eso su guardia no lucha para liberarle. «Consummatum est»[23]: el Señor apura hasta el final la fidelidad a su Padre, y así vence al mundo[24].

Tras la proclamación de la Pasión y la oración universal, la liturgia dirige su atención hacia el Lignum Crucis, el árbol de la Cruz: el glorioso instrumento de la redención humana. La adoración de la santa Cruz es un gesto de fe y una proclamación de la victoria de Jesús sobre el demonio, el pecado y la muerte. Con Él, vencemos nosotros los cristianos, porque «esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe»[25].

La Iglesia envuelve a la Cruz de honor y reverencia: el obispo se acerca a besarla sin casulla y sin anillo[26]; tras él, sigue la adoración de los fieles, mientras los cantos celebran su carácter victorioso: «adoramos tu Cruz, Señor, y alabamos y glorificamos tu santa Resurrección. Por el madero ha venido la alegría al mundo»[27] Es una misteriosa conjunción de muerte y de vida en la que Dios quiere que nos sumerjamos: «unas veces renovamos el gozoso impulso que llevó al Señor a Jerusalén. Otras, el dolor de la agonía que concluyó en el Calvario... O la gloria de su triunfo sobre la muerte y el pecado. Pero, ¡siempre!, el amor —gozoso, doloroso, glorioso— del Corazón de Jesucristo»[28].

El Sábado santo y la Vigilia pascual

EL SÁBADO SANTO ES EL DÍA DE LA ESPERA DE LA RESURRECCIÓN, INTENSAMENTE VIVIDA POR LA MADRE DE JESÚS, DE DONDE PROVIENE LA DEVOCIÓN DE LA IGLESIA A SANTA MARÍA LOS SÁBADOS

Un texto anónimo de la antigüedad cristiana recoge, como condensado, el misterio que la Iglesia conmemora el Sábado Santo: el descenso de Cristo a los infiernos. «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo»[29]. Como vemos descansar a Dios en el Génesis al final de su obra creadora, el Señor descansa ahora de su fatiga redentora Y es que la Pascua, que está por despuntar definitivamente en el mundo, es «la fiesta de la nueva creación»[30]: al Señor le ha costado la vida devolvernos a la Vida.

LA VIGILIA PASCUAL EXPRESA DE MIL MODOS EL PASO DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ, DE LA MUERTE A LA VIDA NUEVA EN LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR: EL FUEGO, EL CIRIO, EL AGUA, EL INCIENSO, LA MÚSICA Y LAS CAMPANAS…

«Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver»[31]: así decía el Señor a los Apóstoles en la víspera de su Pasión. Mientras esperamos su regreso, meditamos en su descenso a las tinieblas de la muerte, en las que estaban todavía sumergidos aquellos justos de la antigua Alianza Cristo, portando en su mano el signo liberador de la Cruz, pone fin a su sueño y los introduce en la luz del nuevo Reino: «Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo»[32]. Desde las abadías carolingias del siglo VIII, se propagará por Europa la conmemoración de este gran Sábado: el día de la espera de la Resurrección, intensamente vivida por la Madre de Jesús, de donde proviene la devoción de la Iglesia a santa María los sábados; ahora, más que nunca, Ella es la stella matutina[33], la estrella de la mañana que anuncia la llegada del Señor: el Lucifer matutinus[34], el sol que viene de lo alto, oriens ex alto[35].

En la noche de este gran Sábado, la Iglesia se reúne en la más solemne de sus vigilias para celebrar la Resurrección del Esposo, incluso hasta las primeras horas del alba. Esta celebración es el núcleo fundamental de la liturgia cristiana a lo largo de todo el año. Una gran variedad de elementos simbólicos expresan el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida nueva en la Resurrección del Señor: el fuego, el cirio, el agua, el incienso, la música y las campanas…

La luz del cirio es signo de Cristo, luz del mundo, que irradia y lo inunda todo; el fuego es el Espíritu Santo, encendido por Cristo en los corazones de los fieles; el agua significa el paso hacia la vida nueva en Cristo, fuente de vida; el alleluia pascual es el himno de los peregrinos en camino hacia la Jerusalén del cielo; el pan y del vino de la Eucaristía son prenda del banquete escatológico con el Resucitado. Mientras participamos en la Vigilia pascual, reconocemos con la mirada de la fe que la asamblea santa es la comunidad del Resucitado; que el tiempo es un tiempo nuevo, abierto al hoy definitivo de Cristo glorioso: «haec est dies, quam fecit Dominus»[36], este es el día nuevo que ha inaugurado el Señor, el día «que no conoce ocaso»[37].

Felix María Arocena


[1] Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[2] Jn 13, 1.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 110.

[4] San León Magno, Sermo de Passione Domini 52, 1 (CCL 138, 307).

[5] Cfr. Mt 21, 9.

[6] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, n. 1.

[7] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Colecta.

[8] Cfr. Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[9] Francisco, Bula Misericordiae Vultus, 11-IV-2015, n. 7.

[10] Jn 10, 17-18.

[11] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[12] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Communicantes propio.

[13] Jn 14, 28; Jn 16, 7.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

[15] Misal Romano, ofertorio.

[16] Cfr. 1 Cor 11, 23-25.

[17] Cfr. Jn 15, 13.

[18] Cfr. Jn 17.

[19] Cfr. Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, oración inicial.

[20] San Josemaría, Via Crucis, X estación.

[21] Jn 18, 6.

[22] Jn 18, 36.

[23] Jn 19, 30.

[24] Cfr. Jn 16, 33.

[25] 1 Jn 5, 4

[26] Cfr. Ceremonial de los obispos, nn. 315. 322.

[27] Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, n. 20.

[28] San Josemaría, Via Crucis, 14, 3.

[29] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 439).

[30] Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 7-IV-2012.

[31] Jn 16, 16.

[32] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 462).

[33] Letanía Lauretana (cfr. Si 50, 6).

[34] Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.

[35] Liturgia de las Horas, Himno Benedictus (Lc 1, 78).

[36] Sal 117 (118), 24.

[37] Cfr. Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.

 

 

Jueves Santo: vive la costumbre de visitar los monumentos desde casa

Este año, como los fieles no podrán salir de casa para asistir a los Oficios, la Iglesia ha pedido que no se instalen monumentos en las parroquias. No obstante, en muchos lugares se retransmitirá en directo el Sagrario durante unas horas, para que quien quiera pueda dedicar un tiempo a acompañar al Señor en los momentos previos a la Pasión. Te proponemos un modo para que puedes vivir esta tradición desde tu casa.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA08/04/2020

Descarga el documento en PDF para recorrer algunas iglesias con el Santísimo expuesto.

 

Jueves Santo: Vive la costumbre de visitar los monumentos desde casa


Después de la Misa vespertina del Jueves Santo, (el primer día del Triduo Pascual) la Iglesia tiene como costumbre piadosa hacer un monumento para resaltar la Eucaristía y exponerla de una manera solemne para la adoración de los fieles.

Además, en algunos países existe la devoción popular de visitar siete monumentos distintos durante la noche Jueves Santo y la mañana del Viernes, como un modo de acompañar al Señor en el que fuera su recorrido previo a la Pasión.

Este año, como los fieles no podrán salir de casa para asistir a los Oficios, la Iglesia ha pedido que no se instalen Monumentos. No obstante, en muchos lugares se retransmitirá en directo el Sagrario durante una horas, para que quien quiera pueda dedicar un tiempo a la adoración y el agradecimiento a Jesús, acompañándolo en la Oración del Huerto la noche en que fue entregado.


Devoción eucarística

∙ Dios escondido en la Eucaristía: rezar con san Josemaría.

∙ El prodigio de la Sagrada Eucaristía: el Beato Álvaro del Portillo detalla las actitudes del alma verdaderamente eucarística.

∙ Jueves santo: institución de la Eucaristía. Meditación breve de Mons. Javier Echevarría.

 

∙ Oraciones para la adoración eucarística (devocionario móvil).

 

El himno 'Adoro te devote', compuesto por Sto. Tomás de Aquino.

 

 

El crucifijo y el Evangelio

Posted: 08 Apr 2020 10:58 AM PDT

Viernes, 27 de marzo. El Papa reza en la plaza de San Pedro,
presidida por el Crucifijo de San Marcello al Corso

En medio de la pandemia que nos toca vivir, irrumpe la Semana Santa y, tras ella, el tiempo de Pascua. En su audiencia general del miércoles 8 de abril, el Papa nos acompaña, prepara y aconseja, a la vez que anuncia y confirma la fe. Para ayudarnos, se plantea preguntas que quizá nos hagamos en tiempos de crisis: ¿Donde está Dios ahora? ¿Por qué permite el sufrimiento? ¿Por qué no resuelve rápidamente nuestros problemas?

También la gente que acogió a Jesús triunfalmente a su entrada en Jerusalén –observa Francisco- se preguntaba si libraría al pueblo de sus enermigos (cf.Lc 24, 21). Esperaban un Mesías poderoso y triunfante con la espada. En cambio les llega uno manso y humilde que llama a la conversión y a la misericordia. Y, curiosamente, la misma gente que lo había aclamado luego pedirá que le crucifiquen (cf. Mt 27, 23), mientras que los que le seguían lo abandonan confusos y asustados.

Lógica humana y acto de fe

Así es, y esta que podríamos llamar escena primera, nos presenta la “lógica humana”; expresada en palabras de Francisco: “si la suerte de Jesús es esta, el Mesías no es Él, porque Dios es fuerte, Dios es invencible”.

Pero, sigue señalando Francisco hay otra escena sorprendente, al final del relato de la Pasión. Cuando a la muerte de Jesús, el centurión romano, que no era creyente –no era judío, sino pagano– después de verle sufrir en la cruz y oír que había perdonado a todos, es decir, después de haber palpado su amor sin medida, confiesa: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39). El centurión dice justo lo contrario que los demás: “Dice que allí está Dios, que es Dios verdadero”. En efecto, no dice que Jesús es el “Mesías”, porque él no tenía una expectativa de ese estilo, sino que le reconoce como el Dios verdadero.

Tras mostrarnos estas dos escenas, la escena de la lógica humana y la del acto de fe del centurión, el Papa se vuelve a nosotros y nos invita a preguntarnos hoy: “¿Cuál es el verdadero rostro de Dios?” Es decir, cómo es Dios verdaderamente, no como nosotros lo imaginamos, sino cómo es realmente.

Lo cierto es que nosotros también funcionamos con una lógica puramente humana: “Habitualmente proyectamos en Él lo que somos, a la máxima potencia: nuestro éxito, nuestro sentido de justicia, e incluso nuestra indignación”. Y cuando abrimos el Evangelio vemos que Dios no es así. Es decir, que Dios es distinto a como nos lo imaginamos, y no podemos conocerlo con nuestras fuerzas.

Por eso –como nos muestra el Evangelio– Dios se hizo cercano, vino a nuestro encuentro en Jesús. Y precisamente en Pascua –en esa “primera Semana Santa” en que padeció y murió por nosotros en la cruz y resucitó– se reveló completamente. ¿Y dónde –se pregunta Francisco– se reveló completamente? En la cruz. 

El crucifijo y el Evangelio

“Allí –en la cruz– aprendemos los rasgos del rostro de Dios. No olvidemos, hermanos y hermanas, que la cruz es la cátedra de Dios”.

Por eso nos propone Francisco: “Nos vendrá bien mirar el Crucifijo en silencio y ver quién es nuestro Señor”. Y va desgranando quién y cómo es Dios realmente:

“Es Aquel que no señala el dedo contra nadie, ni siquiera contra los que lo están crucificando, sino que abre sus brazos a todos; que no nos aplasta con su gloria, sino que se deja despojar por nosotros; que no nos quiere con palabras, sino que nos da la vida en silencio; que no nos obliga, sino que nos libera; que no nos trata como extraños, sino que carga con nuestro mal, carga con nuestros pecados”. De modo que, para liberarnos de los prejuicios sobre Dios, en primer lugar, miremos el Crucifijo”.

Y luego –nos aconseja Francisco– abramos el Evangelio. Un sabio consejo: “En estos días, todos en cuarentena y en casa, encerrados, tomemos estas dos cosas en la mano: el Crucifijo, mirémoslo; y abramos el Evangelio. Esa será para nosotros –digamos así– como una gran liturgia doméstica, porque en estos días no podemos ir a la iglesia. ¡Crucifijo y Evangelio!”.

Me venía a la mente un punto de Camino, cuando señala los medios para caminar siguiendo a Jesús y ayudando a otros a seguirlo: “Pero... ¿y los medios? –Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio... –¿Acaso te parecen pequeños?” (n. 470).

Dios omnipotente en el amor

Pero volvamos a la argumentación del Papa, dirigida ante todo a mostrarnos quién y cómo es Dios verdaderamente, su identidad real. Vuelve a repasar esas dos escenas que referíamos: la lógica humana y el salto a la fe.

¿Cómo reacciona Jesús ante la lógica humana? Jesús quiere que nos desprendamos de nuestra “lógica”, de nuestra interpretación símplemente humana. “En el Evangelio leemos que, cuando la gente va a Jesús para hacerlo rey, por ejemplo tras la multiplicación de los panes, Él se va (cfr. Jn 6,15). Y cuando los diablos querían revelar su majestad divina, Él los enmudece (cfr. Mc 1,24-25)”. ¿Por qué?, se pregunta Francisco.

“Porque –responde– Jesús no quiere ser malinterpretado, no quiere que la gente confunda al Dios verdadero, que es amor humilde, con un dios falso, un dios mundano que da espectáculo y se impone con la fuerza. No es un ídolo. Es Dios que se ha hecho hombre, como cada uno de nosotros, y se expresa como hombre pero con la fuerza de su divinidad”.

Y viene el contraste de la segunda escena, el salto a la fe. ¿Cuándo se proclama solemnemente en el Evangelio la identidad de Jesús? Cuando el centurión dice: “Verdaderamente era Hijo de Dios”. Es una proclamación de fe, al ver la entrega de Jesús en la cruz, para que ya no nos podamos equivocar: Y esta es la conclusión: “Se ve que Dios es omnipotente en el amor, y no de otro modo". Es su naturaleza,  Él es asi y por tanto actúa así, Él es Amor. 

De nuevo se vuelve Francisco a dialogar con nosotros, y escuchar nuestras objeciones, especialmente en tiempos de dificultades: “¿Qué hago con un Dios tan débil, que muere? ¡Preferiría un dios fuerte, un Dios poderoso!”. (Seguimos en nuestra lógica humana, porque pensamos que solo esa “fortaleza” y ese “poder” son los que resolverían los peligros y las enfermedades, los que terminarían con nuestros problemas, incluso nos evitarían morir).

Ese “poder” de Dios es diferente del que nos imaginamos. Veámoslos despacio. Para empezar, no es poder de la fuerza sino del amor: “El poder de este mundo pasa, mientras el amor permanece. Solo el amor conserva la vida que tenemos, porque abraza nuestras fragilidades y las transforma”. En efecto, y esto es así ya a nivel humano, si pensamos en el amor verdadero que vemos por ejemplo en los tiempos de epidemias: el exponer la vida por los demás, por parte de muchos héroes y “santos de la puerta de al lado”, como dice Francisco.

Pero además, llevando a plenitud ese amor y haciéndolo suyo, el amor de Dios en Jesús durante la Pascua consigue resultados que van más allá de cualquier horizonte meramente terreno. Es un amor que asume todo amor verdadero y lo abre a una vida que es más que la vida humana y que la vida terrena: “Cura nuestro pecado con su perdón, hace de la muerte un paso de vida, cambia nuestro miedo en confianza, nuestra angustia en esperanza”.

La victoria sobre el mal y sobre la muerte

En definitiva, la Pascua nos dice que “Dios puede convertir todo en bien. Que con Él podemos de verdad confiar en que todo irá bien. Y eso no es una ilusión –en el sentido de espejimo–, porque la muerte y resurrección de Jesús no es una ilusión: ¡fue una verdad!”

Por eso la mañana de Pascua se nos dice: «¡No tengáis miedo!» (cfr. Mt 28,5). “Las angustiosas preguntas sobre el mal –observa Francisco– no desaparecen de golpe, pero hallan en el Resucitado el fundamento sólido que nos permite no naufragar.

Y así termina Francisco mostrándonos, primero lo que hizo Jesús, de donde sabemos con certeza quien es Dios y cómo actúa: “Jesús cambió la historia haciéndose cercano a nosotros y la hizo, aunque todavía marcada por el mal, historia de salvación. Ofreciendo su vida en la cruz, Jesús venció también la muerte. Del corazón abierto del Crucificado, el amor de Dios llega a cada uno de nosotros”.

Y en segundo lugar, cómo podemos actuar nosotros: “Podemos cambiar nuestras historias acercándonos a Él, acogiendo la salvación que nos ofrece”. Así pues, propone para estos días de Semana Santa y Pascua, y siempre, “abrámosle todo el corazón en la oración (...): con el Crucifijo y con el Evangelio. No lo olvidéis: Crucifijo y Evangelio”. Así comprenderemos que Dios no nos abandona, que no estamos solos, sino que somos amados, porque el Señor no se olvida de nosotros jamás.

Jesús nos pide dejar la lógica meramente humana y entrar en la lógica de la fe. Como dice el Papa en una conversación con Austen Ivereigh, ahora es tiempo de trabajar en lo que podamos por los demás. No es tiempo de bajar los brazos, sino de servir con creatividad. Tiempo también de crecer en la experiencia y en la reflexión que nos podrán llevar después a mejorar en la atención a los más vulnerables, a fomentar una economía que replantee las prioridades, a una conversión ecológica que revise los modos de vivir, a rechazar la cultura utilitarista del descarte, a redescubrir que el verdadero progreso solo se logra desde la memoria, la conversión y la contemplación, contando con los sueños de los ancianos y las profecías –los testimonios y los compromisos– de los jóvenes.  

 

 

 

Qué triste es la Misa del sacerdote solo

Pedro María Reyes

El Papa Francisco celebrando Misa.

La Semana Santa que estamos viviendo este año, tan distinta a las demás, si la vivimos bien, nos ayudará más que ninguna otra. Es cierto que van a faltar las prácticas piadosas a las que estamos habituados: oficios litúrgicos, viacrucis por las calles el viernes, procesiones… Dios quiera que regresemos a la normalidad pronto, pero mientras que llegue ese día estamos aprendiendo a distinguir lo esencial de nuestra fe de lo que es secundario.

Muchos están siguiendo la Misa por internet, y bastantes sacerdotes intentan suplir, con gran mérito y mucha creatividad, la dificultad de la gente para ir a la iglesia con predicaciones y prácticas piadosas virtuales. Pero la mayoría de las Misas no tienen público. Los sacerdotes se ven muy solos. Y además de ellos hay tantos que celebran la Misa en la intimidad de sus iglesias o capillas, sin transmitir por internet, solos delante de Dios. Qué triste saber que el Jueves Santo tantos sacerdotes celebran la Misa vespertina solos.

Esta epidemia nos interpela a los sacerdotes por el valor de nuestro ministerio. ¿Realmente vale menos la Misa solitaria de un sacerdote? ¿No es cierto que el auténtico valor de la Misa procede de la renovación del sacrificio del Señor en la Cruz (cf. Const. Sacrosanctum Concilium, 47), y sus efectos sacramentales son independientes de la presencia del pueblo en ella?

No están solos los sacerdotes. Cumplen muy bien su misión mediadora ofreciendo la Misa, aunque lo hagan en capillas solitarias. No es necesario que el pueblo esté presente físicamente o a través de los medios tecnológicos porque es a Dios a quien el sacerdote ofrece la Misa. Ciertamente a los fieles les ayuda en su piedad ir a Misa y sin ella su fe se enfriará fácilmente, pero lo esencial es que Dios recibe la gloria del sacrificio de su Hijo que se renueva. El pueblo necesita ante todo que se celebren Misas, no que haya mucha gente en ellas.

Los sacerdotes interceden por el pueblo que tienen encomendado celebrando la Misa, y esta es eficaz por el efecto sacramental, el cual es independiente de la presencia del pueblo. Es oportuno que las Misas se llenen de fieles y hay muchos sacerdotes que hacen enormes esfuerzos para ir a pueblos o capillas y facilitar la asistencia a Misa. Dios les dará el premio a su sacrificio. Y también hacen muy bien los sacerdotes celebrando la Misa solos, en la época extraordinaria de una pandemia o en otras ocasiones o etapas de la vida en que esto ocurre. Dios les dará el premio, aumentado quizá por su rectitud de intención, porque lo hacen por dar gloria a Dios e interceder por el pueblo, sin nada a
cambio.

La Misa del sacerdote solo que vemos estos días es muy triste, pero en lo humano. A Dios le da mucha alegría.

 

 

AMOR DIVINO


Autora: Magui del Mar
La Dama Azteca de la Pluma de Oro
Poeta Mexicana.
Abril 8 2020  (jueves Santo)

Reunidos en torno de una mesa,
reflejando su faz, honda tristeza,
está el Maestro, que su amor expresa

en sus palabras, en su mirar…en todo; 
no nos quiere dejar…y encuentra el modo:
elevando hasta Èl, el pobre lodo

de nuestro humano ser…¡quién lo pensara!
que un Dios de esa forma nos amara
y al saber que se va…¡Èl se quedara!

En una blanca Hostia, Dios bendito
encierra su poder…¡que es infinito!
Y nos ofrece, sí, un Don gratuito.

Ese milagro que al partir, hiciera,
y que no agradecemos…yo quisiera
del que no cree, curara la ceguera.

Gracias, Señor Jesús, porque al quedarte
sabemos que aquí estás…y que al buscarte,
el alma no descansa…¡hasta encontrarte! 

Derechos Reservados.
MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

El futuro de la familia es el futuro de la sociedad

Ana Teresa López de Llergo

 El giro laboral consiste en acoger en las empresas los valores familiares para que vuelvan a entrar en ella los valores humanos.

 

A raíz de la pandemia mundial que estamos viviendo muchas voces dicen: después de esto nada será igual… Esta experiencia nos ha sacudido a todos y, de algún modo, a la gran mayoría nos ha llevado a un sistema de vida uniforme, y nos espera una reorganización de los recursos básicos para satisfacer las necesidades vitales.

Por vida uniforme entiendo el hecho de estar confinados en nuestro hogar y permanecer así, porque es lo recomendado para cuidar la salud. Ante problemas del pasado, ante pandemias, dependiendo de los recursos económicos de las familias, para los de mayores recursos, la manera de afrontar el problema era emigrar a un sitio con mejores condiciones, pero ahora no hay sitio con mejores condiciones, todos los pueblos coincidimos en problemas similares y en las mismas medidas de seguridad. Aunque sí puede ser notoria la manera de cuidar las distancias cuando los espacios en la casa son más amplios.

Es verdad que nada será igual, pero puede ser mejor si cada uno, desde este momento ponemos lo mejor. Para ello, una recomendación sencilla en el decir y difícil en la práctica es: seleccionar los problemas, planear el modo de combatirlos y trazar un mejor modo de vida en sociedad.

Sugiero que el problema evidente es tener trabajo para satisfacer las necesidades de una vida digna. El mejor modo es el de asegurar la justicia laboral para lograr la paz social. Y, el punto de partida es la familia porque es ahora en donde estamos confinados. Es lo que tenemos la mayoría. En un segundo momento, habría que ayudar a quienes carecen de familia para que la recuperen, pero ante la crisis hemos de partir de lo que ya existe.

Por lo tanto, los asuntos clave son familia y trabajo. Y, para fortalecer la familia y el trabajo hemos de ver qué nos enseña el pasado. Juan Pablo II en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, de 1994, nos dice: Ninguno puede ignorar o minimizar el papel decisivo de la familia, célula base de la sociedad, desde el punto de vista demográfico, ético, pedagógico, económico y político. La familia tiene como vocación natural promover la vida, acompañar a las personas en su crecimiento y las anima a potenciarse mutuamente mediante el cuidado recíproco. La familia es uno de los sujetos sociales indispensables en la realización de la cultura de la paz.

Pues ahora que los miembros de la familia están reunidos y tienen tiempo, es de desear que afronten la responsabilidad de mejorar los problemas sociales que vislumbramos. Y, no esperar pasivamente que otros digan lo que hay que hacer. Esto no es utopía, así lo hicieron las familias en el pasado.

Las familias organizadas sustentan las sociedades. Nuestra tradición grecolatina nos dice de la antigua Grecia y de la civilización romana, que las ciudades y más tarde los Estados, nacieron de la sociedad familiar. Por eso, ahora, no es utópico ver a la familia como la solución de la crisis mundial.

En el mundo antiguo, las personas se reunían en torno al padre –autoridad respetable que podía coincidir con el padre de familia o con un jefe del clan familiar–, esto originó a las tribus, luego a las ciudades y más adelante a las naciones. Muchas tribus se asociaron, con la condición de que se respetaran las creencias y tradiciones de cada una. Cuando se hizo esta alianza surgió la cuidad.

En las ciudades de la Edad Media tuvieron una importancia decisiva los gremios. Eran agrupaciones de personas que ejercían un mismo oficio: zapateros, herreros, etcétera. Incluso los trazos de la ciudad estaban bien distribuidos para quienes se dedicaban a las mismas actividades.

El trabajo es la segunda realidad en la que hemos de apoyarnos. Es un derecho humano: actividad con la que adquirimos los medios para el propio sustento y el de la familia. Además del desarrollo humano que cada persona obtiene con el ejercicio de esa actividad, y del beneficio social que difunde.

Respecto al trabajo, la historia nos muestra que la industrialización dio un giro radical a las relaciones empresa-familia. Esto desgarró al trabajador que es el mismo ser humano en la casa y en la empresa. El hombre y la mujer están sujetos a serias tensiones que se producen en el mundo laboral agresivo porque los valores dominantes son contrarios a los de su entorno doméstico. La actividad laboral pierde el sentido de organización al promover la competitividad malsana que propicia la enemistad, los intereses personales, la indiferencia y, por lo tanto el mal humor. El retorno al hogar, se convierte en un desahogo de tensiones, y allí se muestra el malestar que se reduplica cuando el padre y la madre trabajan fuera. Surge entonces un círculo vicioso en el que el ámbito laboral y el ámbito familiar se van deteriorando de manera paulatina y progresiva.

El actual confinamiento nos ha de llevar a revalorar nuestra propia familia. Nos ha de mostrar que somos la misma persona en la casa y en el trabajo. Por lo tanto, cada uno ha de valorar y conciliar equilibradamente el tiempo que dedica al ámbito familiar y al laboral. Que los principios éticos son los mismos dentro de la casa y en el trabajo. Por lo tanto, se excluye la doble moral: una para la casa y otra para el trabajo. Se destierra el “business is business”, o negocio es negocio, para cometer todo tipo de desmanes, dando zarpazos y sacar el mejor beneficio personal a costa de la justicia debida a los demás. El giro laboral consiste en acoger en las empresas los valores familiares para que vuelvan a entrar en ella los valores humanos.

Por eso, el trabajo que ha de ocupar a todos los trabajadores de cada empresa durante el confinamiento, es la reorganización para unificar fines y medios en todos los empleados, ocupen el nivel que sea en el organigrama. Lógicamente la autoridad máxima tiene la voz cantante, pero su meta es el beneficio de todos. La recuperación de las pérdidas durante el receso, el modo de conseguirlo exponiendo con toda transparencia las pérdidas y los sacrificios que se esperan de todos para lograrlo. Ha de ser una recuperación del bienestar de las familias de la gran familia de la empresa. Esto es como una especie de tribu moderna.

Si el objetivo es mejorar a cada familia con una redistribución justa de los beneficios, todos estarán dispuestos a vivir los sacrificios necesarios porque se vislumbra una esperanza accesible, aunque no sea inmediata.

Como nada será igual, esperamos que el cambio sea para mejorar.

 

 

 

Palomitas para rezar

María Solano

Niños jugando a videojuegos.

Aquí estamos. Todos juntos, muy juntos, y, por fortuna, bien avenidos, porque somos una familia numerosa en un piso que, bien repartido, está dando sorprendentemente mucho de sí. Yo he encontrado un hueco ideal para trabajar en la entrada de la casa, junto al perchero. Como la puerta de acceso ya no sirve para casi nada salvo en esos días tan especiales en los que hay que salir a por avituallamiento, es uno de los lugares más tranquilos de esta populosa vivienda en la que hay gente estudiando en cada habitación y ya se han celebrado varios intensos partidos de fútbol en el pasillo.

Quién nos iba a decir a nosotros que acabaríamos cediendo a la presión y aceptando el fútbol-pasillo… pero ya pintaremos en mejor ocasión. Ahora la pintura ya no es importante.

Porque eso es lo que estamos aprendiendo en esta crisis en la que Dios nos enseña recto, aunque escriba con renglones torcidos: estamos redescubriendo lo importante y, sobre todo, descartando lo accesorio. Y resulta que han bastado unas semanas de confinamiento para darnos cuenta de la cantidad de ataduras accesorias que teníamos a nuestro alrededor. Un ejemplo: las palomitas de maiz.

Evidentemente, aunque soy una madre de esas “brujas” que limita por completo el acceso a la televisión, a los móviles a las tabletas y a cualquier otra cosa que tenga pantallita del tamaño que sea, en estos tiempos del coronavirus hemos tenido que recomponer nuestras propias normas domésticas y le estamos dando carrete a Netflix, Filmin, Amazon y numerosos canales.

En estos días me acuerdo tanto de mi querida Raquel Aránega y de las maravillosas Ana Cemborain y Cristina Blanco, críticas de cine en Hacer Familia, porque no paro de atender a sus valiosísimas recomendaciones. El cineforum se ha convertido para nosotros en un momento importantísimo de nuestra cotidianeidad.

Pero bien sabemos que no hay cine sin palomitas así que el consumo de esas bolsitas de papel tan bien preparadas que en 2:40 minutos nos deleitan con su sabroso contenido se ha disparado hasta el punto de que agotamos nuestras existencias pasado no mucho tiempo. Y aquí la odisea: encuentre usted palomitas en una ciudad en la que a todo el mundo se le ha ocurrido el mismo plan: sofá, manta y peli.

Pues eso: no hay palomitas. Simplemente no hay. No es cuestión de tiempo, ni de dinero, ni de coche para desplazarme, ni de disponibilidad de supermercados en mi entorno. Es que no hay y, aunque quiera, no las puedo conseguir.

No pasa nada. No hay drama. Y, naturalmente, mis hijos han entendido a la perfección que no podemos hacer palomitas. Pero la anécdota nos ha permitido elevar el problema a categoría, no para enfadarnos con el sistema ni para protestar enérgicamente, sino para ponerlos en la piel de quienes no pueden conseguir algo que de verdad les es importante: la comida de los que mueren de hambre, la seguridad de los que mueren en la guerra, la paz de los que mueren perseguidos por su fe, la salud de los que mueren porque no hay medicinas.

De pronto, más que nunca, cuando cada almuerzo y cada cena –ahora compartimos muchas más horas de mesa y mantel– entonamos lo que hemos dado en llamar nuestra PrayList (lista de oraciones, creativo nombre de la familia Infante) en la que, ustedes, queridos lectores, ocupan un lugar singular, somos más capaces que antes de ponernos en la piel del otro. Porque aunque solo nos falten palomitas, por primera vez nos falta algo. Y, al tiempo, por primera vez, sentimos mucho más que antes todo lo que tenemos en abundancia: un techo bajo el que cobijarnos, una nevera llena, salud, una familia unida y, por encima de todo, a Dios. Curioso. Nunca pensé que las palomitas nos pudieran ayudar a rezar.

 

 

 La libertad

El maléfico virus y el gobierno nos han arrebatado el don  más preciado del hombre que es nuestra libertad.

“Podemos perdonar fácilmente a un niño que teme a la oscuridad; pero la real tragedia de la vida es cuando los adultos temen a la luz” Esta conocida frase de Platón enmarca fielmente el silencio aterrador que hoy ensombrece el mundo exterior del hombre, sumido y atemorizado en las tinieblas de lo incierto y desconocido.

El imperceptible enemigo que ha declarado la guerra a gran parte de la humanidad, Covid-19, ha acorralado sin piedad a quienes ayer disfrutábamos de absoluta y total libertad: libertad para socializar nuestra vida desde nuestra ilimitada capacidad de movimiento; libertad para disfrutar de la compañía de familiares y amigos; libertad para acudir a nuestro trabajo; libertad para acudir también a las iglesias, mezquitas o sinagogas para rezar, participar en los actos de culto o simplemente visitarlas; libertad para disfrutar de los paseos, terrazas y espectáculos culturales o deportivos; libertad simplemente para andar y corretear por nuestras calles, plazas, barrios, parques o jardines o  para besarnos o abrazarnos como expresión de  cariño o simplemente como un  saludo…

Solo nos queda la libertad de pensamiento (por ahora) o la de poder expresarnos y comunicarnos por los avanzados medios tecnológicos. Como decía Platón, los adultos tenemos trágicamente miedo a la luz porque para cientos de millones de personas que habitan hoy en nuestro planeta, la luz de la vida se ha oscurecido como si se hubiera eclipsado el sol.

El maléfico virus y el gobierno nos han arrebatado el don  más preciado del hombre que es nuestra libertad. Los hogares se han convertido en prisiones sin rejas ni cerrojos, pero sí con guardianes que vigilan nuestros movimientos por si cruzamos los umbrales de nuestras viviendas. Este indeseado y desolador paisaje de millones de pueblos y ciudades vacías y solitarias, es el reflejo de la incapacidad del hombre para dominar los desafíos de la naturaleza que, arrogante y soberbiamente, pretende sustituir desde su limitada inteligencia.

Pero los cristianos de todo el orbe estamos ya inmersos en la Semana Santa y sí hay algo de lo que el hombre puede disfrutar sin interferencia alguna, es de su libertad de pensamiento y del sentido existencial y religioso que quiera dar a  su propia vida. Una simple observación del desierto en el que temporalmente nos hemos convertido, nos muestra en toda su crudeza al hombre de hoy que revestido de poder y vanidad se siente acobardado ante la enfermedad y la muerte. Sus propios gobernantes se muestran desconcertados e incapaces de afrontar la verdad del mal que nos inunda, incapaces incluso de humillar su propia conciencia para reconocer sus propios errores y limitaciones en esta difícil y trágica batalla.

Frente a la enfermedad, la guerra, la venganza o el odio, males que son tan habituales en la sociedad actual, los creyentes a lo largo de esta semana, conmemoramos desde nuestro obligado silencio casi monacal, el misterio de un Dios que investido de naturaleza humana, nos redimió con el propio sacrificio de su vida y pasó por ella haciendo el bien, curando enfermos, consolando afligidos y pregonando la paz y el amor.

Y desde esa libertad que nadie nos puede hurtar y que está por encima del mandato de cualquier autoridad o la fuerza de sus órdenes y decretos, vamos a recorrer día a día una Pasión procesional que no se aleja de nuestra propia experiencia vital de hoy como es, el padecimiento de la enfermedad o la propia muerte, la incertidumbre laboral, la pobreza o incluso la persecución por las ideas y convicciones. Es una buena ocasión para revivirlo en el imaginario de nuestras procesiones que nos representan el dolor y los sufrimientos infringidos por la injusta persecución y  condena a la que fue sometido el Hijo del Hombre..

Son muchos los desasosiegos que padecemos en estos días. Pero quizás es ahora cuando debemos aprovechar este parón vital, para buscar la paz de espíritu y buscar ese álito de esperanza que nos haga recuperar el bien, el afecto y el cariño del que hemos disfrutado en la compañía real de nuestra familia, amigos o compañeros de trabajo. Venceremos  la enfermedad, recuperaremos la libertad pero en cualquier caso no podremos evitar la muerte de nuestro cuerpo.

Es por eso que para los cristianos creer en la Resurrección y la victoria sobre la muerte es aproximarse al gozo de una vida futura donde las injusticias humanas se reparan, la tristeza y el dolor desaparecen y las paredes y puertas cerradas que hoy nos agobian y en las que nos han enclaustrado se abrirán a la eternidad junto al Cristo resucitado. No tengamos miedo…

Jorge Hernández Mollar

 

 

Ancianos: Escucha, paciencia y tiempo

Lo necesario para un mayor que vive solo es sentirse comprendido. Esto requiere escucha, paciencia y tiempo. Hoy en día es complicado, pero eso es el cariño

Una célebre canción decimonónica compuesta por universitarios en Santiago de Compostela reza: “Triste y sola, sola se queda Fonseca”. La tristeza y la soledad invaden nuestros hogares de un modo desconocido en la historia de Occidente, porque nunca se había desintegrado tanto el valor, la estructura y la naturaleza de lo que tiene que ser una familia. Como todas las cosas, ésta tiene un manual de instrucciones, que nos ha dado ahora por no leer: estamos metiendo recipientes de metal para calentar leche en el microondas. 

Gracias a Dios, las excepciones a este paradigma cultural son muchas y buenas. El lema Acompañar en la soledad que ha elegido la Conferencia Episcopal en esta Campaña del Enfermo 2020, y cuyo material es la base de esta reflexión, nos asoma a la soledad de muchos mayores. En España, ¡más de dos millones! 

Cuando ellos nacieron, la situación social era difícil. Enfrentaron una situación de guerra y posguerra que marcó claramente su carácter, y su forma de entender la vida. En aquellas circunstancias, había que arrimar el hombro para ayudarse mutuamente en momentos de gran necesidad y penuria. Las familias compartían la dificultad: todos los miembros de la familia se ayudaban. La emigración a las grandes ciudades para labrar el futuro de los jóvenes exigía la cooperación de todos: abuelos, padres e hijos. Los mayores eran atendidos, cuidados y respetados en su ancianidad en sus propias casas hasta que la muerte les llegaba. En esa estructura, la familia se convirtió en la clave, asumiendo un gran sacrificio. Era una época con menos soluciones médicas, técnicas y sociales, que eran suplidas por el mayor bien que existía: las personas.

Cuando se les viene el mundo encima

Mi parroquia está en el centro de Madrid y éste es el cuadro que te pintan la mayoría de “jóvenes experimentados” (así les llamo yo) cuando te cuentan su vida. Visitamos a muchos de ellos en sus casas, y se cumple la estadística: muchos viven solos. Ahora, su mejor compañía es un colgajo con un botón rojo, que en la mesilla de noche adopta una forma más grande para contener el micrófono de alerta por si pasa algo. 

Una vez vino una persona mayor que me dejó desconcertado. Se valía por sí mismo, tenía gran carrera y una vida aparentemente llena. Pero cuando llegaba por la tarde/noche a casa, se le venía el mundo encima. 

Las medidas sociales de apoyo y acompañamiento, y las nuevas técnicas permiten que sigan viviendo en sus hogares: como en casa, en ningún sitio. Eso, sin duda, es un gran punto a favor. Y es que los mayores no quieren molestar. Tienen el miedo de convertirse, si los hay, en un estorbo para sus hijos, ya talluditos, que tienen una vida absolutamente colapsada por sus compromisos. 

Para los que tienen una economía más desahogada, la ausencia filial se suple con una persona de servicio doméstico, o bien alguien que viene desde servicios sociales del Ayuntamiento para lavarles o hacer las tareas de la casa. Es una grandísima ayuda para muchos, sin duda, pero no necesariamente implica una compañía real: en la mayoría de casos simplemente es una solución funcional. 

Sentirse comprendidos

Ciertamente lo más necesario para un mayor que vive solo es sentirse comprendido, tarea no siempre fácil. Requiere escucha, paciencia y sobre todo tiempo. Y con nuestros aceleres habituales, parecen tres dones de un tiempo pasado, cuando no había redes sociales. Pero el caso es que todos, niños, jóvenes, adultos y ancianos, necesitamos y vivimos de esos dones maravillosos que sólo nos pueden dar las personas y son los que nos hacen humanos. Cuando cuidamos los tres aspectos, y los damos, a eso le llamamos cariño. Porque su fundamento es el amor. Y si nuestra fuente es un amor sin límites, como el de Dios, comprenderemos que esos tres dones son los que siempre nos da Él. Por eso es importante darlos después nosotros a los demás, especialmente cuando se hacen más necesarios. 

En la parroquia tenemos organizada la visita a personas solas en sus hogares. Por un lado, la Legión de María realiza un apostolado precioso de visitarles; desde Cáritas apoyamos a algunos de ellos; el equipo de Comunión de enfermos les visita una vez a la semana; los sacerdotes vamos una vez al mes para confesarles y llevarles la Comunión.

Pero son muchos más los que tenemos en el barrio. Hace un par de años hicimos una campaña para animar a la feligresía a cuidar en su comunidad de vecinos a quienes vivieran solos y que no deseaban una atención espiritual; la parroquia se ofrecía a visitar a quien quisiera. Organizamos en paralelo un voluntariado que realizara las visitas, al que se apuntaron bastantes personas. Fue un fracaso el primer aspecto: hay miedo a abrir la puerta a gente extraña. Ciertamente son muchos los casos de quienes se han aprovechado de la debilidad de los mayores y les han robado. La desconfianza y el miedo cierran las puertas no sólo físicas, sino también del corazón. Y es ahí donde la soledad se convierte en un verdadero infierno.

Pese a las dificultades, el camino está claro: debemos acompañar en la soledad.

Alfredo Jiménez, en revistapalabra.es.

 

 

Ha llegado este “coronavirus”

A mí, me ha hecho pensar. Y lo que parece claro que es un fenómeno que se lo ha tomado en serio hasta la bolsa, con esas caídas tan llamativas, e imprevistas, en estos últimos días. ¿Por qué este miedo, este pánico tan generalizado?

Después de querer asentarnos en nuestras propias fuerzas; después de haber soñado en nuestra capacidad para resolver todos los problemas que se nos puedan presentar; después de considerar que no hay cuestión en este mundo que no podamos resolver sin tener que recurrir a la ayuda de Dios Creador y Padre, y soñar -algunos- hasta en mantener vivo artificial, digitalmente, a un ser humano por cientos de años, nos encontramos con un minúsculo palpitar de vida -un virus- que se nos escapa de las manos; nos hace descubrir nuestra fragilidad, nuestras limitaciones, y nos pone ante la realidad de que nuestra vida pende realmente de un hilo.

Y todo este fenómeno ha irrumpido en el mundo, desde oriente hasta occidente, desde el norte hasta el sur, pocos días antes del comienzo del tiempo litúrgico de Cuaresma. Tiempo en el que los cristianos nos preparamos para vivir con Nuestro Señor Jesucristo las tentaciones en el desierto, en estos días de semana Santa, la institución de la Eucaristía, su Pasión, su Muerte; y lo cerramos con la Pascua, el gozo de su Resurrección.

El miércoles de ceniza, aún pudimos participar, el sacerdote hacía en la frente de quienes se acercaron al altar una cruz con la ceniza bendecida, y les pudo decir: “Acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás” .

¿Ha llegado este “coronavirus” para recordarnos esta realidad, y animarnos a poner ese polvo en las manos de Cristo, para resucitar con Él?

Domingo Martínez Madrid

 

En la trinchera educativa

Quizás el punto más cuestionable del proyecto de ley de Educación es que se suprima el criterio de la demanda social para el desarrollo de los colegios de iniciativa social, la llamada enseñanza concertada. Ya en el mes de noviembre la ministra Celaá hizo unas polémicas declaraciones en las que aseguró que la libertad de los padres para elegir centro no deriva de la Constitución. Solo los apriorismos ideológicos del actual Gobierno llevan a preferir los centros públicos de gestión estatal a los gestionados por las entidades sociales. Los dos tipos de colegios conforman la red pública, y la libertad de los padres debería ser un dato a tener en cuenta.

El proyecto vuelve a quitar valor a la enseñanza de religión que es una asignatura de libre elección. No tendrá alternativa ni valor académico. Es llamativo que durante años el PSOE estuviese reclamando un Pacto de Estado para la reforma educativa y que cuando llega al poder haya rechazado buscar un gran acuerdo nacional. La enseñanza lleva en España demasiado tiempo convertida en una trinchera.

Jesús Martínez Madrid

 

Tiempo habrá

La pandemia atenaza nuestras vidas. El miedo se apodera de todos y buscamos protección y seguridades. El Papa recordaba que lejos de vivir centrados en lo propio hay un imperativo mayor: pensar en los pobres, y también en los gobernantes que tienen la ardua tarea de tomar decisiones duras e impopulares.

Tiempo habrá de cuestionar las decisiones o las omisiones de nuestras autoridades. Pero en medio de la pandemia hay que secundar unas medidas que nos afectan a todos. Y esas medidas no  pueden olvidar a los más vulnerables, a los que tienen menos recursos y a los más desamparados: los niños recluidos en campos de refugiados, sus padres que carecen de toda posibilidad de ofrecerles un futuro mejor, las personas empobrecidas que viven en los márgenes, los ancianos que pueden parecer una carga para un sistema saturado por la pandemia del coronavirus.

Suso do Madrid

 

 

Dominio por el miedo y otros disparates y tiranías

 

“Hungría: la primera democracia europea que cae a causa del coronavirus y las lecciones que debemos sacar desde España”: Periodista Digital 04-04-2020

            A mí no me sorprende en absoluto lo ocurrido en Hungría y que seguro que va a ocurrir en otros muchos países, cuando llamen a votar. De, “este encierro carcelario debido al virus chino”, las masas van a salir (vamos) con un cabreo que lo van a notar las urnas, tan pronto nos dejen ir a votar, sino al tiempo. La política en todos los horizontes occidentales, ha llegado a tal grado de decadencia, que la salida va a ser “de miedo”. 

 

“Escudo social' o la batalla del encuadre frente a la crisis que traerá el coronavirus: Mientras Sánchez centra su discurso en la lucha por detener la expansión del virus, Iglesias instala ya el marco de la protección social frente la crisis económica que se avecina tras la pandemia”. (Vozpópuli 04-04-2020)

La impotencia y el orgullo del necio, puede llevarle a disparates ni imaginados por quienes los vamos a sufrir; y me temo que, en asuntos del gobierno actual, se va llegando a esa impotencia, "del no saber ya que hacer"; y como aquí en España, nadie tira la toalla, desde que lo hiciera aquel "rey saboyano" (Amadeo I) el que, en el siglo XIX y tras decirle a aquellos parlamentarios, todo lo que pudo y más; se fue asqueado de aquella España, que incluso quiso matarle a su mujer... pues aquí y ahora; ¿qué podemos esperar de, "ésta tropa"?

 

El Gobierno libera al 90% de los internos de los CIE por el coronavirusDesde que se decretara el estado de alarma por el coronavirus, la tasa de ocupación de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) ha caído del 59% al 10%, según han informado a Vozpópuli fuentes del Ministerio de Interior. El departamento de Fernando Grande-Marlaska y varios jueces han acordado dejar en libertad a cientos de personas, ante la imposibilidad de tramitar la devolución a sus países de origen por el cierre de fronteras”. (Vozpópuli 05-04-2020)

                 ¿Alguien puede entender o justificar este nuevo disparate? Yo no desde luego; cientos y cientos de invasores, a los que se viene manteniendo gratuitamente, amén de los inmensos gastos que ocasiona anexos; y ahora, cuando a toda la población nacional nos meten “en la cárcel”, dicen que por evitar contagios del virus chino; a estos, los sueltan para que anden como quieran por todo el territorio nacional. ¿Cómo calificar este nuevo hecho de quienes dicen gobernar España? Como para votarlos “cuando nos llamen”.

 

“La cifra de fallecidos en España por coronavirus conocida este sábado, es la más baja en una semana, con 809 muertos en las últimas 24 horas. Se trata de un importante descenso teniendo en cuenta los datos de los pasados días: el viernes se registraron 932 fallecidos y el jueves 950. Según las últimas cifras del Ministerio de Sanidad, el total de decesos desde el inicio de la epidemia es de 11.744”. (Vozpópuli 05-04-2020)

            Reflexionemos sobre el drama. Resulta que por cuanto nos informan, media España está en la calle, por necesidades políticas, sanitarias, policiales, alimentarias, transportes, etc. La otra mitad nos tienen “encarcelados y nos multan exageradamente si salimos de nuestras madrigueras”; luego, nos quieren consolar con la hipótesis, de que si “nos dejan vivir la vida normal al resto”, presumiblemente los muertos serían más; pero eso es una hipótesis; ¿Cuántos muertos, heridos, desesperados, suicidados, va a crear la parálisis que sí que han creado los gobiernos? No se sabe, “lo otro tampoco”. Y la vida, no lo olvidemos, toda ella está llena de riesgos, y este virus es uno más. Mejor que se unan internacionalmente y averigüen si este virus ha sido creado como arma mortífera y responsabilicen al causante, para que al menos, pague los infinitos daños causados; y de paso nos dejen vivir la vida en que vivíamos que indudablemente es mucho mejor que vivir presos sin haber cometido delito alguno.

 

¿POR QUÉ ESPAÑA NO EXISTE? El problema de España fue siempre y sigue siendo, el analfabetismo y el analfabestialismo; el gobernante de turno y salvo excepciones, fue siempre a lo suyo, o sea a enriquecerse él y los suyos, a costa de lo que sea; no pensaron nunca ni en su propio municipio, menos en su provincia o región, y mucho menos en el conjunto de España, que la consideraron simplemente como, “una muy rica vaca a ordeñar al máximo y caiga quién caiga”; de ahí las muchas catástrofes soportadas; y por cuanto estamos viendo, nos van a llevar a una más, y los responsables, nunca pagaron ni van a pagar; y lo estamos viendo por la infinidad de saqueadores que campan aquí libremente, como si no hubiesen roto un plato en su vida. Por lo tanto para hacer España, hay primero que educar a las masas a que sepan ser españoles, cosa que aquí nunca se hizo. Lo que aquí ocurre, es trasladable a muchísimos otros países, “rotos como éste”.

 

LA TIRANÍA IMPONIENDO EL MIEDO Y EL TERROR: Esto que padecemos es como una nueva tiranía que los políticos han logrado, imponiendo un miedo a lo imposible y que los pueblos como borregos, han aceptado sin replicar. Con ello ya tienen un ensayo de lo que pueden hacer en el futuro; simplemente crear el ambiente del miedo y sobre él, dominar a las masas, mejor que con las armas y la tortura como en épocas anteriores. Si esto es una epidemia natural (que puede ser provocada por la creación de un virus nuevo y a emplear como arma de guerra) en toda guerra hay víctimas; y hay que asumirlas, dejando al ser humano, que viva, su vida; y corra los riesgos que crea oportunos, tras aconsejarle lo mejor que sepan los técnicos (no los políticos); pero es claro, que muy pocos piensan como yo y caen en, "ese miedo terrorífico que sufren las masas y por ello son dominadas como ya digo, como borregos o gallinas". Se nace y se muere, "dos cosas naturales y que nos afecta a todos". Y se puede morir por infinitas causas y esta es una más; pero observemos que los afectados son minorías, ínfimas, en relación a la población mundial; luego está claro que "quienes tienen defensas naturales no caen".

 

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                    

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