Las Noticias de hoy 30 Marzo 2020

Enviado por adminideas el Lun, 30/03/2020 - 12:50
c

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 30 de marzo de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Ángelus: “Dejen que la Palabra de Dios devuelva la vida donde hay muerte”

Ángelus: Evitar “tragedias” en las cárceles, llamamiento del Pontífice

“Comunión espiritual”, con el Papa Francisco

VETE Y NO PEQUES MÁS: Francisco Fernandez Carbajal

“Tantos años luchando...”: San Josemaria

«Vivo pegado al móvil para estar con la gente»

Conocerle y conocerte (II): De labios de Jesús: Nicolás Álvarez de las Asturias

Amor en un tiempo sin abrazos: Monseñor José H. Gomez

La cárcel de la soledad: José Martínez Colín

El hospital: el Calvario de hoy: Pedro Beteta López

La cuarentena es un tiempo de gracia: Infovaticana

María, añoranza de una Madre: Ernesto Juliá

Crisis y oportunidad: Mons. Fidel Herráez Vegas. Arzobispo de Burgos

«La epidemia de la soledad»: † Card. Juan José Omella. Arzobispo de Barcelona

¿Qué encontró en Tierra Santa un protestante «tipo C.S. Lewis» que le impulsó a hacerse católico?: Carmelo López-Arias

“Seréis como dioses”: Pedro García

Integración del islam en la cultura occidental: Valentín Abelenda Carrillo

No tengáis miedo: Jesús Domingo Martínez

El presidente francés: Enric Barrull Casals

Más sobre el virus chino: antecedentes y consecuencias: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

ALTA EN EL BOLETIN: boletin-help@ideasclaras.org

BAJA BOLETÍN: boletin-unsubscribe@ideasclaras.org

 

ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Domingo, 29 de marzo de 2020

https://youtu.be/LRS3Kxqn1-M
 
Monición de entrada

Pienso en tanta gente que llora: gente aislada, gente en cuarentena, ancianos solos, gente ingresada y personas en terapia, padres que ven que, como no hay salario, no logran dar de comer a sus hijos. Tanta gente llora. También nosotros, desde nuestro corazón, les acompañamos. Y no nos vendrá mal llorar un poco con el llanto del Señor por todo su pueblo.

 Homilía

Jesús tenía amigos. Quería a todos, pero había amigos con los que tenía un trato especial –como se hace con los amigos– de más amor, de más confianza… Y muchas, muchas veces se quedaba en casa de estos hermanos: Lázaro, Marta, María. Y Jesús sintió dolor por la enfermedad y la muerte de su amigo. Llega al sepulcro y se emociona profundamente, y muy turbado preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?» (Jn 11,34). Y Jesús se echó a llorar. Jesús, Dios, pero hombre, lloró. Otra vez en el Evangelio se dice que Jesús lloró: cuando lloró sobre Jerusalén (Lc 19,41-42). ¡Y con cuánta ternura lloró Jesús! Lloró de corazón, lloró con amor, lloró con los suyos que lloran. ¡El llanto de Jesús! Quizá, lloró otras veces en la vida –no sabemos–; seguramente en el Huerto de los Olivos. Pero Jesús lloró por amor, siempre.
 
Se conmovió profundamente y, muy turbado, lloró. Cuántas veces hemos oído en el Evangelio esa emoción de Jesús, con aquella frase que se repite: “Viendo, tuvo compasión” (cfr. Mt 9,36; Mt 13,14 ). Jesús no puede ver a la gente y no sentir compasión. Sus ojos miran con el corazón; Jesús ve con los ojos, pero ve con el corazón y es capaz de llorar.
 
Hoy, ante un mundo que sufre tanto, ante tanta gente que sufre las consecuencias de esta pandemia, yo me pregunto: ¿soy capaz de llorar, como seguramente lo habría hecho Jesús y lo hace ahora Jesús? ¿Mi corazón se parece al de Jesús? Y si es demasiado duro, aunque sea capaz de hablar, de hacer el bien, de ayudar, si el corazón no entra, ni soy capaz de llorar, debo pedir esa gracia al Señor. Señor, que yo llore contigo, llore con tu pueblo que en este momento sufre. Tantos lloran hoy. Y nosotros, desde este altar, desde este sacrificio de Jesús, de Jesús que no se avergonzó de llorar, pidamos la gracia de llorar. Que hoy sea para todos como el domingo del llanto.

 Comunión espiritual

Jesús mío, creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y te deseo en mi alma. Como ahora no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si hubieras venido, te abrazo y me uno del todo a ti. No permitas que jamás me separare de ti

 

 

Ángelus: “Dejen que la Palabra de Dios devuelva la vida donde hay muerte”

Palabras del Papa antes del Ángelus

MARZO 29, 2020 13:28REDACCIÓNANGELUS Y REGINA COELI

(zenit – 29 marzo 2020).- A las 12 del mediodía de hoy, quinto domingo de Cuaresma, el Papa Francisco dirige el rezo del Ángelus desde la Biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano.

Estas son las palabras del Papa al introducir la oración mariana:

***

​Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma es el Evangelio de la resurrección de Lázaro… (cf. Jn 11, 1-45). Lázaro era el hermano de Marta y María; eran muy amigos de Jesús. Cuando Él llega a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días muerto; Marta corre a encontrarse con el Maestro y le dice: “¡Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto!” (v. 21). Jesús le responde: “Tu hermano resucitará” (v. 23); y añade: “Yo soy la resurrección y la vida; el que crea en mí, aunque muera, vivirá”. Jesús se hace ver como el Señor de la vida, Él es capaz de dar la vida y también la muerte (v. 25). Luego María y otras personas llegan, todos llorando, y Jesús – dice el Evangelio – “se conmovió profundamente y […] estalló en lágrimas” (vv. 33.35). Con este trastorno en el corazón, va a la tumba, agradece al Padre que siempre lo escucha, hace que la tumba se abra y grita con fuerza: “¡Lázaro, sal!” (v. 43). Y Lázaro salió con “los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario” (v. 44).

​Aquí tocamos con nuestras manos que Dios es vida y da vida, pero asume el drama de la muerte. Jesús podría haber evitado la muerte de su amigo Lázaro, pero quería hacer suyo nuestro dolor por la muerte de nuestros seres queridos, y sobre todo ha querido mostrar el dominio de Dios sobre la muerte. En este pasaje del Evangelio vemos que la fe del hombre y la omnipotencia del amor de Dios se buscan y finalmente …se encuentran. Es como un doble camino, la fe del hombre y la omnipotencia del amor de Dios que al final se encuentran. Lo vemos en el grito de Marta y María y todos nosotros con ellas: “¡Si hubieras estado aquí!…”. Y la respuesta de Dios no es un discurso, la respuesta de Dios al problema de la muerte, es Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida… ¡Tengan fe! En medio del llanto sigan teniendo fe, aunque la muerte parece haber ganado. Quiten la piedra de su corazón!, dejen que la la Palabra de Dios devuelva la vida donde hay muerte”.

​Aún hoy Jesús nos repite: “Quiten la piedra”. Dios no nos creó para la tumba, nos creó… para la vida, hermosa, buena, alegre. Pero “la muerte ha entrado en el mundo por la envidia del diablo” (Sap 2:24), dice el Libro de la Sabiduría, y Jesucristo ha venido a liberarnos de sus ataduras.

Por lo tanto, estamos llamados a quitar las piedras de todo lo que huele a muerte: por ejemplo la hipocresía con la que vivimos la fe, es muerte; la crítica destructiva a los demás, es muerte; la ofensa, la calumnia, es muerte; la marginación de los pobres, es muerte. El Señor nos pide que saquemos estas piedras de nuestros corazones, y la vida entonces florecerá a nuestro alrededor. Cristo vive, y quien lo acoge y se adhiere a Él entra en contacto con la vida. Sin Cristo, o fuera de Cristo, no sólo no hay vida sino que se vuelve a caer en el la muerte.

SS. Francesco –

La resurrección de Lázaro es también un signo de la regeneración que tiene lugar en el creyente. a través del Bautismo, con la plena inserción en el Misterio Pascual de Cristo. Por la acción y la fuerza del Espíritu Santo, el cristiano es una persona que camina en la vida como una nueva criatura: una criatura para la vida y que va hacia la vida.

Que la Virgen María nos ayude a ser compasivos como su Hijo Jesús, que hizo suyo nuestro dolor. Que cada uno de nosotros esté cerca de los que están en la prueba, convirtiéndose para ellos en un reflejo del amor y la ternura de Dios, que libera de la muerte  hace vencer la vida.

 

 

Ángelus: Evitar “tragedias” en las cárceles, llamamiento del Pontífice

Prisiones superpobladas

MARZO 29, 2020 15:55ANITA BOURDINANGELUS Y REGINA COELI

(zenit – 29 marzo 2020).- “Pido a las autoridades que sean sensibles a este grave problema y tomen las medidas necesarias para evitar futuras tragedias”, dijo el Papa, lamentando las condiciones de vida en las prisiones superpobladas, en este momento de pandemia.

​El Papa lanzó este llamado después del Ángelus, este domingo 29 de marzo de 2020, desde la biblioteca del Palacio Apostólico del Vaticano.

También habló de las dificultades de confinamiento para diferentes categorías: “Por el momento, mis pensamientos se dirigen de manera particular a todos aquellos que sufren la vulnerabilidad de verse obligados a vivir en grupos: casas de retiro, cuarteles … I Quisiera mencionar especialmente a las personas que están en prisión”.

​El Papa evoca la señal de alarma lanzada por la Comisión de Derechos Humanos: “He leído un memorando oficial de la Comisión de Derechos Humanos que habla del problema de las prisiones superpobladas, que podrían convertirse en un tragedia. Pido a las autoridades que sean sensibles a este grave problema y que tomen las medidas necesarias para evitar futuras tragedias”.

​El Papa concluyó con sus deseos: “Les deseo a todos un buen domingo. No se olviden de rezar por mí; yo lo hago por ustedes. Buen almuerzo y adiós”.

Posteriormente, al Ángelus había pedido previamente la paz mundial.

Luego, el Papa se dirigió a su despacho, cuya ventana da a la plaza san Pedro, que se encontraba desierto, aparte del policía italiano que hace su ronda allí, para bendecir la ciudad.

 

 

“Comunión espiritual”, con el Papa Francisco

Oración de S. Alfonso de Ligorio

MARZO 29, 2020 16:45ANITA BOURDINPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 29 marzo 2020).- El Papa Francisco dijo una oración por la “comunión espiritual” de los bautizados que actualmente no pueden comulgar de manera sacramental, debido a la pandemia, y que siguieron su misa de las 7 de la mañana en Santa Marta, este domingo 29 de marzo de 2020, quinto domingo de Cuaresma.

La misa se transmite excepcionalmente en vivo todas las mañanas por Vatican News, debido a la pandemia.

Y, como cada mañana ahora, después de la comunión, el Santísimo Sacramento está expuesto en la custodia, en el altar de la Capilla del Espíritu Santo, de la Casa Santa Marta en el Vaticano, por un tiempo de adoración silenciosa, que termina al mismo tiempo que la Misa con la bendición del Santísimo Sacramento: el Papa bendice solemnemente en todas las direcciones, el mundo, más allá de los muros del Vaticano.

“Las personas que no pueden comulgar ahora hacen la comunión espiritual”, dijo el Papa antes de decir, en italiano, una oración.

Ayer fue la oración del cardenal Rafael Merry del Val. Hoy fue la oración de San Alfonso de Ligorio (1696-1787), en italiano.

Oración de S. Alfonso de Ligorio

“Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Pero como ahora no puedo recibirte sacramentado, ven a lo menos espiritualmente a mi corazón. Como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno todo a Ti. No permitas, Señor, que jamás me separe de Ti. Amén”.

Antes de salir de la Capilla dedicada al Espíritu Santo, se cantó la antigua antífona mariana Ave Regina Caelorum (“Ave Reina del Cielo”).

 

 

VETE Y NO PEQUES MÁS

— Es Cristo quien perdona en el sacramento de la Penitencia.

— Gratitud por la absolución: el apostolado de la Confesión.

— Necesidad de la satisfacción que impone el confesor. Ser generosos en la reparación.

I. Mujer, ¿ninguno te ha condenado? —Ninguno, Señor. —Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más1. Habían llevado a Jesús una mujer sorprendida en adulterio. La pusieron en medio, dice el Evangelio2. La han humillado y abochornado hasta el extremo, sin la menor consideración. Recuerdan al Señor que la Ley imponía para este pecado el severo castigo de la lapidación: ¿Tú qué dices?, le preguntan con mala fe, para tener de qué acusarle. Pero Jesús los sorprende a todos. No dice nada: inclinándose, escribía con el dedo en tierra.

La mujer está aterrada en medio de todos. Y los escribas y fariseos insistían con sus preguntas. Entonces, Jesús se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra. E inclinándose de nuevo, seguía escribiendo en la tierra.

Se marcharon todos, uno tras otro, comenzando por los más viejos. No tenían la conciencia limpia, y lo que buscaban era tender una trampa al Señor. Todos se fueron: y quedó solo Jesús y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Las palabras de Jesús están llenas de ternura y de indulgencia, manifestación del perdón y la misericordia infinita del Señor. Y contestó enseguida: Ninguno, Señor. Y Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más. Podemos imaginar la enorme alegría de aquella mujer, sus deseos de comenzar de nuevo, su profundo amor a Cristo.

En el alma de esta mujer, manchada por el pecado y por su pública vergüenza, se ha realizado un cambio tan profundo, que solo podemos entreverlo a la luz de la fe. Se cumplen las palabras del profeta Isaías: No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo... Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo...; para apagar la sed de mi pueblo escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza3.

Cada día, en todos los rincones del mundo, Jesús, a través de sus ministros los sacerdotes, sigue diciendo: «Yo te absuelvo de tus pecados...», vete y no peques más. Es el mismo Cristo quien perdona. «La fórmula sacramental “Yo te absuelvo...”, y la imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al penitente (...). Dios es siempre el principal ofendido por el pecado –tibi soli peccavi–, y solo Dios puede perdonar»4.

Las palabras que pronuncia el sacerdote no son solo una oración de súplica para pedir a Dios que perdone nuestros pecados, ni una mera certificación de que Dios se ha dignado concedernos su perdón, sino que, en ese mismo instante, causan y comunican verdaderamente el perdón: «en aquel momento todo pecado es perdonado y borrado por la misericordiosa intervención del Salvador»5.

Pocas palabras han producido más alegría en el mundo que estas de la absolución: «Yo te absuelvo de tus pecados...». San Agustín afirma que el prodigio que obran supera a la misma creación del mundo6. ¿Con qué alegría las recibimos nosotros cuando nos acercamos al sacramento del Perdón? ¿Con qué agradecimiento? ¿Cuántas veces hemos dado gracias a Dios por tener tan a mano este sacramento? En nuestra oración de hoy podemos mostrar nuestra gratitud al Señor por este don tan grande.

II. Por la absolución, el hombre se une a Cristo Redentor, que quiso cargar con nuestros pecados. Por esta unión, el pecador participa de nuevo de esa fuente de gracias que mana sin cesar del costado abierto de Jesús.

En el momento de la absolución intensificaremos el dolor de nuestros pecados, diciendo quizá alguna de las oraciones previstas en el ritual, como las palabras de San Pedro: «Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo»; renovaremos el propósito de la enmienda, y escucharemos con atención las palabras del sacerdote que nos conceden el perdón de Dios.

Es el momento de traer a la memoria la alegría que supone recuperar la gracia (si la hubiésemos perdido) o su aumento y nuestra mayor unión con el Señor. Dice San Ambrosio: «He aquí que (el Padre) viene a tu encuentro; se inclinará sobre tu hombro, te dará un beso, prenda de amor y de ternura; hará que te entreguen un vestido, calzado... Tú temes todavía una reprensión...; tienes miedo de una palabra airada, y prepara para ti un banquete»7. Nuestro Amén se convierte entonces en un deseo grande de recomenzar de nuevo, aunque solo nos hayamos confesado de faltas veniales.

Después de cada Confesión debemos dar gracias a Dios por la misericordia que ha tenido con nosotros y detenernos, aunque sea brevemente, para concretar cómo poner en práctica los consejos o indicaciones recibidas o cómo hacer más eficaz nuestro propósito de enmienda y de mejora. También una manifestación de esa gratitud es procurar que nuestros amigos acudan a esa fuente de gracias, acercarlos a Cristo, como hizo la samaritana: transformada por la gracia, corrió a anunciarlo a sus paisanos para que también ellos se beneficiaran de la singular oportunidad que suponía el paso de Jesús por su ciudad8.

Difícilmente encontraremos una obra de caridad mejor que la de anunciar a aquellos que están cubiertos de barro y sin fuerzas, la fuente de salvación que hemos encontrado, y donde somos purificados y reconciliados con Dios.

¿Ponemos los medios para hacer un apostolado eficaz de la confesión sacramental? ¿Acercamos a nuestros amigos a ese Tribunal de la misericordia divina? ¿Fomentamos el deseo de purificarnos acudiendo con frecuencia al sacramento de la Penitencia? ¿Retrasamos ese encuentro con la Misericordia de Dios?

III. «La satisfacción es el acto final, que corona el signo sacramental de la Penitencia. En algunos países lo que el penitente perdonado y absuelto acepta cumplir, después de haber recibido la absolución, se llama precisamente penitencia»9.

Nuestros pecados, aun después de ser perdonados, merecen una pena temporal que se ha de satisfacer en esta vida o, después de la muerte, en el Purgatorio, al que van las almas de los que mueren en gracia, pero sin haber satisfecho por sus pecados plenamente10.

Además, después de la reconciliación con Dios quedan todavía en el alma las reliquias del pecado: debilidad de la voluntad para adherirse al bien, cierta facilidad para equivocarse en el juicio, desorden en el apetito sensible... Son las heridas del pecado y las tendencias desordenadas que dejó en el hombre el pecado de origen, que se enconan con los pecados personales. «No basta sacar la saeta del cuerpo –dice San Juan Crisóstomo–, sino que también es preciso curar la llaga producida por la saeta; del mismo modo en el alma, después de haber recibido el perdón del pecado, hay que curar, por medio de la penitencia, la llaga que quedó»11.

Después de recibida la absolución –enseña Juan Pablo II–, «queda en el cristiano una zona de sombra, debida a las heridas del pecado, a la imperfección del amor en el arrepentimiento, a la debilitación de las facultades espirituales en las que obra un foco infeccioso de pecado, que siempre es necesario combatir con la mortificación y la penitencia. Tal es el significado de la humilde, pero sincera, satisfacción»12.

Por todos estos motivos, debemos poner mucho amor en el cumplimiento de la penitencia que el sacerdote nos impone antes de impartir la absolución. Suele ser fácil de cumplir y, si amamos mucho al Señor, nos daremos cuenta de la gran desproporción entre nuestros pecados y la satisfacción. Es un motivo más para aumentar nuestro espíritu de penitencia en este tiempo de Cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a ello de una manera particular.

«“Cor Mariae perdolentis, miserere nobis!” —invoca al corazón de Santa María, con ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los hombres de todos los tiempos.

»—Y pídele –para cada alma– que ese dolor suyo aumente en nosotros la aversión al pecado y que sepamos amar, como expiación, las contrariedades físicas o morales de cada jornada»13.

1 Jn 8, 10-11. — 2 Cfr. Jn 8, 1-11. — 3 Is 43, 16-21. — 4 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Reconciliatio et paenitentia, 2-XII-1984, n. 31, III. — 5 Ibídem. — 6 Cfr. San Agustín, Coment. sobre el Evang. de San Juan, 72.— 7 San Ambrosio, Coment. sobre el Evang. de San Lucas, 7. — 8 Cfr. Jn 4, 28. — 9 Juan Pablo II, loc. cit. — 10 Cfr. Conc. de Florencia, Decreto para los griegos, Dz 673. — 11 San Juan Crisóstomo, Hom. sobre San Mateo, 3, 5. — 12 Juan Pablo II, loc. cit.; Cfr. también Audiencia general, 7-III-1984. — 13 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 258.

 

 

“Tantos años luchando...”

Han venido nubarrones de falta de ganas, de pérdida de ilusión. Han caído chubascos de tristeza, con la clara sensación de encontrarte atado. Y, como colofón, te acecharon decaimientos, que nacen de una realidad más o menos objetiva: tantos años luchando..., y aún estás tan atrás, tan lejos.

30 de marzo

Todo esto es necesario, y Dios cuenta con eso: para alcanzar el “gaudium cum pace” –la paz y la alegría verdaderas, hemos de añadir, al convencimiento de nuestra filiación divina, que nos llena de optimismo, el reconocimiento de la propia personal debilidad. (Surco, 78)

Aun en los momentos en los que percibamos más profundamente nuestra limitación, podemos y debemos mirar a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, sabiéndonos partícipes de la vida divina. No existe jamás razón suficiente para volver la cara atrás: el Señor está a nuestro lado. Hemos de ser fieles, leales, hacer frente a nuestras obligaciones, encontrando en Jesús el amor y el estímulo para comprender las equivocaciones de los demás y superar nuestros propios errores. Así todos esos decaimientos ‑los tuyos, los míos, los de todos los hombres‑, serán también soporte para el reino de Cristo.

Reconozcamos nuestras enfermedades, pero confesemos el poder de Dios. El optimismo, la alegría, el convencimiento firme de que el Señor quiere servirse de nosotros, han de informar la vida cristiana. Si nos sentimos parte de esta Iglesia Santa, si nos consideramos sostenidos por la roca firme de Pedro y por la acción del Espíritu Santo, nos decidiremos a cumplir el pequeño deber de cada instante: sembrar cada día un poco. Y la cosecha desbordará los graneros. (Es Cristo que pasa, 160)

 

«Vivo pegado al móvil para estar con la gente»

La pandemia multiplica el trabajo de los párrocos, que tienen que reinventarse para seguir atendiendo a los fieles como antes. El periódico Las Provincias (Valencia) ha entrevistado a uno de ellos, Jorge Molinero, que desarrolla su labor pastoral en la parroquia de San Josemaría Escrivá de Balaguer.

REVISTA DE PRENSA29/03/2020

​D. Jorge, en una foto de archivo de la parroquia de San Josemaría.

Las Provincias «Vivo pegado al móvil para estar con la gente»

Cada mañana se levanta y reza. Así, y como él la mayoría de los sacerdotes, comienza una apretada jornada. «Estoy convencido de que necesitamos la ayuda de Dios. Si algo se está demostrando es que el hombre ha llegado a su límite y tenemos que volver a Él. Lo habíamos arrinconado», aclara Jorge Molinero.

Aunque nació en Madrid vive desde hace 22 años en Valencia. Además de sacerdote es periodista y doctor en Teología. Pertenece a la Prelatura del Opus Dei y lleva desde 2010 al frente de la parroquia de San Josemaría Escrivá de Balaguer, una iglesia que se encuentra junto al Hospital Arnau de Vilanova.

El confinamiento, la pandemia, no ha paralizado su actividad. Al contrario. Tiene que multiplicar su tiempo. «Vivo pegado al teléfono. Mucha gente llama o hay que mantener el contacto con la gente que lo necesita. Me he convertido en un teletrabajador», precisa.

MUCHA GENTE LLAMA O HAY QUE MANTENER EL CONTACTO CON LA GENTE QUE LO NECESITA. ME HE CONVERTIDO EN UN TELETRABAJADOR

Es uno más entre los párrocos de la diócesis de Valencia que en las actuales circunstancias ha tenido que reinventarse para cumplir los deberes de su ministerio. Lo propio de un sacerdote es la cercanía, el trato personal, acompañar y consolar. Impartir los sacramentos. Ahora esta labor se ha vuelto mucho más complicada. «Tenemos que vivir el confinamiento, guardar las medidas de prudencia por el bien de todos», explica.

Esto afecta a aquellas personas que quieren recibir el sacramento de la Penitencia. «Hay un cartel en la puerta de la iglesia con un teléfono. Quedamos con los interesados y les confesamos. Con mascarilla y a una distancia mínima, pero con la necesaria discreción», aclara.

Después del desayuno se instala en el despacho parroquial y empieza el trajín. Pese a que la iglesia permanece cerrada, salvo unas pocas horas al día por si alguien quiere pasar a hacer una visita, las tareas se le acumulan. Gracias a las nuevas tecnologías las posibilidades de acompañar a la gente se multiplican. «Acudimos constantemente a los medios electrónicos», afirma.

UNA DE LAS TAREAS QUE MÁS SE HA COMPLICADO EN LAS ACTUALES CIRCUNSTANCIAS ES LA ATENCIÓN DE CÁRITAS

Algunos días suele grabar una pequeña plática, muchas veces comentando el Evangelio de la jornada, que más tarde cuelga en la web de la parroquia para que los fieles puedan rezar. También se difunde por redes sociales. Por la tarde es cuando celebra la Eucaristía. «Nos acordamos de toda la gente y les echamos en falta», explica. Los domingos la Misa es a las 19.30 horas y se retransmite por un canal de YouTube.

Una de las tareas que más se ha complicado en las actuales circunstancias es la atención de Cáritas por la necesidad de mantener las medidas de prudencia. «Una vez más tenemos que recurrir al teléfono para atender a la gente», aclara.

Atención social

La parroquia tiene relación con varias viviendas sociales en las que viven gente con escasos recursos. Ahora muchos se han quedado sin trabajo. «La mayoría estaba en la hostelería, limpiaba casas o atendía a una persona dependiente. Hay quien está pasando hambre y no les podemos abandonar», destaca. El centro social de la iglesia atiende y da formación a cientos de personas en riesgo de exclusión. Detrás están, además, sus familias.

San Josemaría se ha movilizado para paliar esta situación. «Queremos atender a 300 personas sin que salgan de casa», apunta. El primer paso ha sido pedir la colaboración económica o manual de los fieles. «Es emocionante ver la generosidad de la gente», añade.

HAY QUIEN ESTÁ PASANDO HAMBRE Y NO LES PODEMOS ABANDONAR

Recuerda que hace unos días Servicios Sociales requirió la colaboración para dar hogar a una mujer que había dado a luz a dos gemelos en el hospital. «Los que ocupan las viviendas sociales, sin preocuparse por su situación, de inmediato les encontraron una habitación», resalta.

Ahora intenta que los voluntarios de la parroquia se pongan a hacer mascarillas. «La gente está preparada. Nos hace falta el material», explica y subraya que una empresa de Rafelbunyol y toda su plantilla se han ofrecido gratuitamente para confeccionar materiales de protección para el personal sanitario.

También continúa abierto el Banco de Alimentos buscando y distribuyendo comida para familias necesitadas. Muchas se acercan hasta la parroquia a recoger su paquete.

 

Conocerle y conocerte (II): De labios de Jesús

En este segundo editorial de la serie se considera la iniciativa de Dios en la oración, que acude al encuentro del hombre y educa su corazón para que pueda entrar en relación con Él y descubra su condición de hijo amado de Dios.

VIDA ESPIRITUAL01/01/2020

Los primeros discípulos de Jesús vivían permanentemente fascinados y sorprendidos por su Maestro: enseñaba con autoridad, los demonios se le sometían, afirmaba que tenía potestad para perdonar los pecados, hacía milagros para que no dudaran… Un hombre tan sorprendente debía encerrar algún misterio. Uno de aquellos días, al alba, cuando están por comenzar otra agotadora jornada, los discípulos no encuentran a Jesús. Salen de casa preocupados y recorren la pequeña ciudad de Cafarnaún. Jesús no aparece. Finalmente, en una ladera que mira al lago, le descubren... ¡orando! (cfr. Mc 1,35).

El evangelista nos induce a pensar que no lo entendieron en un primer momento, pero enseguida pudieron comprobar que el episodio de Cafarnaún no era un hecho aislado. La oración formaba parte de la vida del Maestro tanto como la predicación, la atención a las necesidades de la gente o el descanso. Pero, mientras todas esas actividades les resultaban comprensibles e incluso admirables, aquellos tiempos de silencio les fascinaban, aunque no los entendían del todo. Solo tras un tiempo junto al Maestro se atrevieron a pedirle: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (Lc 11,1).

Non multa…

Conocemos la respuesta de Jesús a esa petición: la oración del Padrenuestro. Y alguno podría pensar que los discípulos debieron quedar decepcionados: ¿tan solo esas pocas palabras? ¿Eso es lo que hacía el Maestro durante largas horas? ¿Repetía siempre lo mismo? Podemos incluso imaginar que la respuesta de Jesús les debió saber a poco; hubieran deseado que Jesús siguiera enseñándoles. En ese sentido, el evangelio de san Mateo —a diferencia del de san Lucas— nos puede iluminar algo más, ya que sitúa la enseñanza del Padrenuestro en el contexto del Sermón de la Montaña: allí Cristo había señalado las condiciones principales de la oración, del trato verdadero con Dios. ¿Cuáles son esas condiciones?

LA RECTITUD DE INTENCIÓN, LA CONFIANZA Y LA SENCILLEZ SON TRES CONDICIONES PARA PODER DIRIGIRSE A DIOS

La primera es la rectitud de intención: se trata de dirigirse a Dios por Dios, no por otros motivos; desde luego, no hacerlo simplemente para que nos vean, ni para aparentar una bondad de la que carecemos (cfr. Mt 6,5). Dirigirnos a Dios porque él es un ser personal, que no debe ser instrumentalizado. Nos ha dado todo lo que poseemos, existimos por su amor, nos ha hecho hijos suyos, cuida tiernamente de nosotros y ha entregado su propia vida para salvarnos. Él no merece nuestra atención solo, ni principalmente, porque puede conseguirnos cosas. La merece… ¡porque es él! San Juan Pablo II, cuando era aún obispo de Cracovia, lo recordaba a los jóvenes: «¿Por qué oran todas las personas (cristianos, musulmanes, budistas, paganos)? ¿Por qué oran? ¿Por qué oran incluso los que creen no orar? La respuesta es muy sencilla. Oro porque hay Dios. Sé que hay Dios. Por eso oro»[1].

La segunda es la confianza: nos dirigimos a quien es Padre, Abbá. Dios no es un ser lejano, ni mucho menos un enemigo del hombre, al que habría que tener contento, aplacando su ira o sus exigencias constantemente. Él es el padre que se preocupa por sus hijos, que sabe lo que necesitan, que les da lo que más les conviene (cfr. Mt 6,8), que «tiene sus delicias con ellos» (cfr. Prov 8,31).

Se entiende así mejor la tercera de las condiciones de la oración, que es la que introduce la revelación del Padrenuestro: no usar demasiadas palabras (cfr. Mt 6,7). De esa manera podremos experimentar lo que nos recordaba el papa Francisco: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos!»[2]. Demasiadas palabras pueden aturdirnos y desviar nuestra atención. Así, en vez de mirar a Dios y descansar en su amor, existe el peligro de acabar prisioneros de nuestras necesidades urgentes, de nuestras angustias o de nuestros proyectos. Es decir, podemos terminar encerrados, sin que la oración nos abra verdaderamente a Dios y a su amor transformador.

Hay un adagio latino, non multa, sed multum[3], que san Josemaría usaba para referirse al modo de estudiar ya que recuerda la importancia de no dispersarse en muchas cosas —non multa—, sino de profundizar en lo esencial —sed multum—. Se trata de un consejo que sirve también para entender la enseñanza de Jesús sobre la oración. El Padrenuestro, en su brevedad, no es una lección decepcionante, sino auténtica revelación del modo en que resulta posible la conexión verdadera con Dios.

…sed multum

«A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y muda tu condición»[4]. Estas palabras de san Juan de la Cruz nos recuerdan que amar significa acompasarse con el otro, adivinar sus gustos y gozar en satisfacerlos, aprender —a veces con cierto sufrimiento— que no basta nuestra buena intención, sino que hay que aprender a acertar.

Y para amar a Dios, ¿cómo conseguiremos acertar? ¿Cómo sabremos sus gustos? El libro de Job pone de manifiesto aquella dificultad cuando, al final, humildemente dice: «Yo te preguntaré y tú me instruirás» (Jb 42,4). Se trata de la misma petición que siglos después dirigieron los discípulos a Jesús: «Enséñanos a orar». Aprender a rezar no es, pues, primariamente cuestión de técnica o de método. Ante todo, es apertura a un Dios que nos ha manifestado su verdadero rostro y que ha abierto para nosotros la intimidad de su corazón. Solo conociendo lo que anida en el corazón de Dios podremos orar verdaderamente, podremos amarle como él quiere ser amado. Y, a la luz de ese conocimiento, mudar la condición de nuestra oración, aprender a rezar de la mejor manera

El Padrenuestro es, pues, la gran instrucción de Jesús para que podamos sintonizar con el corazón del Padre. Por eso se ha hablado del carácter performativo de esta oración: son palabras que realizan en nosotros aquello que significan, son palabras que nos cambian. No son meramente frases para repetir: son palabras para educar nuestro corazón, para enseñarle a latir con los latidos de amor que agradarán a nuestro Padre del cielo.

LA ORACIÓN VA MÁS DE APERTURA Y DE DEJARSE TRANSFORMAR QUE DE UNA SIMPLE TÉCNICA O MÉTODO

Decir Padre y nuestro me sitúa existencialmente en la relación que configura mi vida. Repetir hágase tu voluntad me enseña a amar los planes de Dios y recitar perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden me ayuda a tener un corazón más misericordioso con los demás. «Las palabras nos instruyen y nos permiten entender lo que debemos desear y pedir nosotros. Y no como si con ellas fuésemos a convencer nosotros al Señor para obtener lo que pedimos»[5]. Recitando esta oración aprendemos a dirigirnos a Dios poniendo el acento en lo que es verdaderamente importante.

Meditar las distintas peticiones del Padrenuestro, quizás con la ayuda de algunos de los grandes comentarios antiguos —el de san Cipriano o el de santo Tomás[6]— o de otros más recientes como el del Catecismo de la Iglesia Católica, puede ser un buen modo de comenzar a renovar nuestra vida de oración y, así, vivir con mayor intensidad la historia de amor que tiene que ser nuestra vida.

Con palabras inspiradas

Los discípulos, testigos de la oración de Jesús, vieron también que él se dirigía a su Padre en muchas ocasiones con las palabras de los salmos. Así lo habría aprendido de su madre y de san José. Los salmos alimentaron su oración hasta en el momento supremo de su sacrificio en la cruz: «Elí, Elí, ¿lamma sabachtani?» reza el primer versículo del salmo 22 en arameo, tal y como lo pronunció Jesús en el momento en que se consumaba nuestra redención. San Mateo también recoge que en la Última Cena, «cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos» (Mt 26,30). ¿Qué himnos son esos con los que el mismo Cristo rezaba?

Durante la comida de Pascua, los judíos tomaban cuatro copas de vino, que representaban las cuatro promesas de bendición de Dios para su pueblo cuando fueron liberados de Egipto: «Os sacaré», «os libraré», «os redimiré» y «os tomaré» (Éx 6,6-7). Se bebían en cuatro distintos momentos durante la cena. Al mismo tiempo, se cantaban los himnos del Hallel, llamados así porque comenzaban con la palabra «hallel» («aleluya»)[7]. Seguramente Jesús recitó todos lleno de agradecimiento y alabando a Dios, su Padre, como un verdadero israelita, consciente del carácter inspirado de estas oraciones, en las que se condensan tanto la historia de amor de Dios por su pueblo, como las actitudes propias del corazón del hombre ante un Dios siempre más admirable: la alabanza, la adoración, la súplica, la petición de perdón…

No resulta extraño, pues, que los primeros cristianos siguieran este modo de rezar de Jesús, apoyados también en el consejo de san Pablo: «Llenaos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando gracias siempre por todas las cosas a Dios Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,19-20). Al igual que las del Padrenuestro, las palabras de los salmos educaban sus corazones, abriéndolos a una relación auténtica con Dios. Descubrían, con asombro y agradecimiento, cómo aquellos versos habían prefigurado siempre la vida de Cristo. Y, sobre todo, comprendían que su corazón de hombre verdadero era el que mejor había sabido hacer suyas las alabanzas, peticiones y súplicas que en ellos se contienen. Desde entonces, «rezándolos en referencia a Cristo y viendo su cumplimiento en Él, los salmos son elemento esencial y permanente de la oración de su Iglesia. Se adaptan a los hombres de toda condición y de todo tiempo»[8]. También nosotros encontraremos en ellos «alimento sólido» (cfr. Hb 5,14) para nuestra oración.

LOS SALMOS Y LOS TEXTOS DE LA LITURGIA FORMAN UN TESORO CON EL QUE PODEMOS EDUCAR NUESTRO CORAZÓN PARA ACUDIR AL ENCUENTRO DEL MAESTRO

Y no solo los salmos. A estos se unieron enseguida distintas composiciones —«himnos y cánticos espirituales»— para alabar al Dios tres veces santo, que se les había revelado como comunión de personas, Padre, Hijo y Espíritu. Comenzó así la elaboración de las oraciones que se utilizarían en la liturgia o que alimentarían la piedad fuera de ella; el propósito era el de ayudarnos a dirigirnos a Dios con palabras adecuadas, que expresaran nuestra fe en él. Esas oraciones, fruto del amor de la Iglesia por su Señor, constituyen también un tesoro en el que podemos educar nuestro corazón. Por eso, escribía san Josemaría: «Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares»[9].

Bajo el soplo del Espíritu Santo

Todos hemos aprendido estudiando textos escritos. Por eso podemos entender que las palabras del Padrenuestro, de los salmos o de otras oraciones de la Iglesia son las que nos han educado en nuestro trato con Dios, aunque hasta ahora no lo hubiéramos pensado así. Sin embargo, la palabra de Dios tiene una característica propia: está viva y, por eso, puede aportar novedades insospechadas. La carta a los Hebreos nos recuerda que «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo: entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12).

Por eso, las mismas palabras, consideradas una y otra vez, no suenan siempre de la misma manera. Algunas veces se abren horizontes nuevos ante nuestros ojos, sin que sepamos explicar muy bien por qué: es la acción del Espíritu Santo que habla a nuestro interior. Lo explicaba, con precisión, san Agustín: «El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el maestro está dentro (…). ¿Queréis una prueba, hermanos? ¿Acaso no habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia»[10].

Se percibe así la estrecha relación entre el Espíritu Santo, la palabra inspirada y nuestra vida de oración. Con razón la Iglesia lo invoca como el «Maestro interior», que educa nuestro corazón con las palabras que el mismo Jesús nos enseñó, haciéndonos descubrir en ellas horizontes siempre nuevos, para conocer mejor a Dios y así amarle cada día más.

* * *

«María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19). La oración de nuestra Madre se nutría de su propia vida y de la meditación asidua de la Palabra de Dios; allí encontraba luz para ver con más profundidad las cosas que la rodeaban. En su cántico de alabanza —el Magnificat— percibimos hasta qué punto la Sagrada Escritura era el alimento constante de su oración. El Magnificat está entretejido de referencias a los salmos y a otras palabras de la Sagrada Escritura como el «cántico de Ana» (1Sam 2,1-11) o la visión de Isaías (Is 29,19-20), entre otros[11]. Con ese alimento preparaba el Espíritu Santo su sí incondicional a la embajada del ángel. A ella nos encomendamos para que también nosotros dejemos que la palabra divina eduque nuestro corazón y nos haga capaces de responder fiat! —¡hágase! ¡quiero!— a tantos planes que Dios tiene para nuestra vida.

Nicolás Álvarez de las Asturias


[1] K. Wojtyla, Ejercicios espirituales para jóvenes, BAC, Madrid 1982, p. 89.

[2] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 264.

[3] Cfr. Camino, n. 333.

[4] San Juan de la Cruz, Dichos de amor y luz, 59.

[5] San Agustín, Carta 130.

[6] Cfr. San Cipriano, La unidad de la Iglesia, el padrenuestro, a Donato, Ciudad Nueva, Madrid 1991; Santo Tomás de Aquino, Obras catequéticas. Sobre el credo, Padrenuestro, Avemaría, decálogo y los siete sacramentos, Ediciones Eunate, Pamplona 1995, pp. 98-128.

[7]El Hallel se compone del pequeño Hallel, integrado por los salmos 113 (112) a 118 (117), y del gran Hallel, que es el salmo 136 (135), en el que se repite, en cada versículo, «porque es eterna su misericordia». Este último es el salmo con el que se concluye la cena pascual.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2597.

[9] Camino, n. 86.

[10] San Agustín, Tercera homilía sobre la I Carta de San Juan, 13.

[11] Además de los ya citados, también hay referencias a Habacuc 3,18; Job 12,19-20; 5,11-12 y Salmos 113,7; 136,17-23; 34,2-3; 111,9; 103,1; 89,11; 107,9; 34,10; 98,3; 22,9.

 

 

Amor en un tiempo sin abrazos

Cómo ha cambiado el mundo en unas cuantas semanas. Parece difícil recordar la vida antes del brote mundial del coronavirus y actualmente es difícil imaginar que la vida pueda algún día volver a la normalidad.

Al momento de escribir esto, los funcionarios de salud del mundo han declarado que el virus es una “pandemia” y que ya ha habido más de 6,500 muertes en muchas naciones. El presidente ha declarado una emergencia nacional y tanto el gobernador de California como el alcalde de Los Ángeles han anunciado nuevas restricciones a las reuniones públicas y otras medidas destinadas a prevenir la propagación del virus.

En este momento grave y extraordinario, lamento decirles que nos hemos visto obligados a suspender temporalmente la celebración pública de la Misa en la Arquidiócesis de Los Ángeles, al menos durante las próximas dos semanas, hasta el fin de semana del 28 al 29 de marzo. También hemos cerrado nuestras escuelas católicas, por lo menos hasta el 31 de marzo y cancelaremos la mayoría de las reuniones de la Arquidiócesis.

Lo que hacemos en la Iglesia, lo hacemos por amor a Dios y por amor nuestros hermanos y hermanas. Hemos dado este paso extraordinario de suspender las Misas por amor a aquellos miembros de nuestras familias y comunidades que son más vulnerables a este virus mortal.

Era apropiado que el Evangelio del fin de semana pasado fuera la hermosa historia de Jesús, que se encuentra con la mujer samaritana en el pozo. Las palabras de Jesús me impresionaron: “Se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto”.

Me parece que, en este momento, en este tiempo en el que tantos padecen por el miedo y la incertidumbre, nuestro Padre nos está llamando a intensificar nuestra adoración, nuestro discipulado. Nos está llamando a buscarlo con todo nuestro corazón, a servirlo con toda nuestra vida. Nos está llamando a confiar en su Providencia, en su plan para nuestra vida y para nuestro mundo.

Con el brote mundial del coronavirus, vemos cómo las fuerzas de la “globalización” nos han convertido en una sola familia y que lo que afecta a nuestros hermanos y hermanas en un país ya no puede ser aislado. Somos confrontados, no solo por la realidad de nuestra humanidad común, sino también por nuestra responsabilidad mutua. Como decía San Pablo, si uno de nosotros sufre, sufrimos todos juntos.

Estos son tiempos difíciles. La gente se está enfermando, la gente se está muriendo. Muchas familias están padeciendo a causa de las dislocaciones causadas por el cierre de las empresas y de las escuelas. La gente está sintiendo la angustia de estar separada y alejada de sus seres queridos en tiempo de necesidad. Algunos tienen familiares que se están muriendo en otras partes del mundo y no pueden llegar a ellos.

Éste es el momento de intensificar nuestras oraciones y sacrificios por el amor de Dios y el amor a nuestro prójimo. Acerquémonos unos a otros en nuestro amor por él. Estamos llamados a llevar las cargas de los demás y debemos solidarizarnos con nuestros hermanos y hermanas, como una sola familia. Necesitamos reflexionar sobre la fragilidad de nuestra vida y redescubrir lo que realmente importa.

Somos un pueblo de fe, no de miedo.

“¡No tengas miedo!”, le dijo el ángel a María en la Anunciación. Jesús les dijo estas mismas palabras a sus discípulos después de la resurrección. Y en este tiempo de tribulación y prueba, creo que les está dirigiendo estas palabras a sus discípulos nuevamente.

Jesús pasó por el valle de sombras de la muerte, por lo tanto, no hay mal que debamos temer. Él prometió permanecer con nosotros hasta el final de los tiempos. Y no hay promesa que Jesús haga que luego no la cumpla.

San Juan escribe que “el amor perfecto excluye el miedo”. Por supuesto, nosotros sabemos que nuestro amor está lejos de ser perfecto. Pero sabemos también que Dios no nos abandona. A lo largo de la historia de la Iglesia, Jesús continúa caminando con nosotros: a través de las persecuciones, de las plagas y de las pestes, y ahora, a través de una pandemia.

Jesús nos acompaña incluso ahora y sabemos que en todas las cosas Él actúa para el bien de los que lo aman. Y tenemos también su promesa: “en el mundo tendrán tribulaciones, pero tengan valor, pues yo he vencido al mundo”.

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes. Y oremos por todos los afectados por este virus, así como también por todos aquellos que están trabajando para atenderlos.

Y los invito a unirse a mí para pedir la intercesión maternal de Nuestra Señora de Guadalupe para nuestra nación y para nuestro mundo.

 

 

La cárcel de la soledad

Cuaresma, tiempo para volver

  • Para saber

La tercera palabra a reflexionar, después de “detenerse” y “mirar”, a la que nos invita el Papa Francisco es: “volver”. En las ocasiones pasadas se reflexionaba sobre la necesidad de detenernos en este tiempo cuaresmal para poder mirar.

Pero una vez, que hemos contemplado, sobre todo, el amor de Dios en nuestro alrededor, ahora se nos invita a volver a Él: “¡Vuelve!, sin miedo, a los brazos anhelantes y expectantes de tu Padre rico en misericordia que te espera. ¡Vuelve!, sin miedo, este es el tiempo oportuno para volver a casa; a la casa del Padre mío y Padre vuestro (cf. Jn 20,17). Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón…”, nos apremia el Papa.

  • Para pensar

Se cuenta que un reo había sido sentenciado a morar por siempre en una vieja, sucia y oscura mazmorra. No queriendo arrepentirse de su desatinada vida, orgulloso gritó que de alguna forma escaparía. El rey, en un acto de misericordia y gracia, le dijo que le dejaba una sola salida, y si la encontraba, le perdonaría todo y saldría libre.

Al revisar su celda, vio que tenía una alta ventana, un registro de desagüe y una roca suelta.

El preso intentó primero llegar a la ventana. Cuando lo logró, le llevó años aflojar los barrotes, solo para darse cuenta de que la altura era tal, que le causaría la muerte intentar saltar.

Luego buscó salir por el desagüe, pero tampoco fue la respuesta, pues aunque podía abrir su acceso, se ahogaría antes de llegar al río.

Entonces se decidió escarbar por la roca suelta. Los años pasaron, pero al final sólo constató que al otro lado había una celda igual. La soledad era impresionante, el encierro se hacía parte de él. Tuvo toda la vida y no pudo hallar la salvación.

Ya viejo y enfermo, antes de morir, le dijo al rey que lo visitó: “Tú me prometiste libertad, pasé mi vida buscándola con todas mis fuerzas y no la hallé nunca. De haberla… ¿Cuál era esa única salida?”. El rey le respondió: “Nunca me buscaste, no te arrepentiste. La puerta estaba abierta… ¡La salida era yo!”

Se dice que “La soledad es la única cárcel que se cierra por dentro”. Y es cierto. Muchas veces cerramos el corazón al amor, a la verdad, al arrepentimiento. Buscamos otras falsas salidas, encerrándonos en nuestros errores hasta que no podemos ya ver la salida que se encuentra bloqueada por paredes y por muros de necedad, de costumbre y orgullo.

Pensemos si no estamos encerrados en nuestra autosuficiencia y egoísmo, pudiendo ser libres al volvernos a Dios.

  • Para vivir

Permanecer en el camino del mal es sólo fuente de ilusión y de tristeza, dice el Papa Francisco, y nos recuerda que “la verdadera vida es algo bien distinto y nuestro corazón bien lo sabe. Dios no se cansa ni se cansará de tender la mano… Detente, mira y vuelve. Vuelve a la casa de tu Padre. ¡Vuelve!, sin miedo, a participar de la fiesta de los perdonados. ¡Vuelve!, sin miedo, a experimentar la ternura sanadora y reconciliadora de Dios. Deja que el Señor sane las heridas del pecado y cumpla la profecía hecha a nuestros padres: «Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,26): ¡Detente, mira y vuelve!

 

 

El hospital: el Calvario de hoy

 

Cenaba el Papa con más de ciento treinta mendigos en el Hospicio de Roma. Era el 3 de enero de 1988, y allí les hizo esta confidencia: “Es cierto que en la vida del Papa hay muchos y variados compromisos, pero quizá algún día Jesús pregunte al Papa: Tú que has hablado con ministros, presidentes, cardenales y obispos, ¿no has tenido tiempo para encontrarte con los pobres, con los necesitados? Y entonces, este encuentro resultará más importante que muchos otros”.

Con frecuencia oímos la sirena de una ambulacia y prontamente los conductores se apresuran a dejar paso. Caminamos o pasamos en automóvil donde se divisa un Hospital grande o una Clínica donde hay tanto dolor o el sufrimiento de pruebas inciertas que darán con su diagnóstico la situación patológica concreta. El hospital tiene siempre algo de Calvario, porque allí, unidas al sacrificio del Redentor, se ofrecen vidas por la redención del mundo; como Jesús ofreció la suya al Padre por todos nosotros, pecadores, y por cuantos sufren y se asocian a su sufrimiento y al misterio de su redención. No nos acostumbremos a ellos, bien sea dando gracias a Dios ahora que gozamos de salud o bien pidiendo por los que allí padecen. Son como chimeneas que caldean las ciudades del frío de la indiferencia.

Pidamos al Señor la salud, la alegría, la presencia de los seres queridos y, sobre todo, que no nos apartemos de Cristo en su sacrificio salvador. Tenemos la tarea de ayudar a los que están en ese tiempo de enfermedad a ver que esos momentos pueden ser ante Dios los más decisivos para sus vidas, los más fructíferos para sus seres queridos y para los demás. Visitar enfermos no corresponde a las ONG´s sino a todos los hombres con humanidad, al margen de sus ideologías. El cristiano lo asume como un deber que Cristo realiza en ellos.

Jesús se acercó a los enfermos con amor y les tendió su mano bondadosa, para que reavivaran su fe y anhelaran más hondamente la salvación plena. Curó a muchos, pero sobre todo superó el sufrimiento, haciéndolo servir al misterio de su redención. En su actividad, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. Curaba a los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto del cuerpo como del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de sus enseñanzas las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal[1].

Tras la recuperación del atentado de 1981, se le diagnosticó al Papa una infección debida a la transfusión de sangre que se le hizo, y debió reingresar en el hospital. El cirujano que le atendió, Dr. Crucitti, decía: “Ha sufrido mucho pero he visto triunfar en él la dimensión espiritual del hombre”. Juan Pablo II proclamaba con su ejemplo la misma realidad de sus palabras: “La enfermedad, que en la experiencia diaria se percibe como una frustración de la fuerza vital natural, se convierte para los creyentes en una invitación a leer la nueva y difícil situación en la perspectiva propia de la fe. Fuera de ella, por otra parte, ¿cómo se puede descubrir, en el momento de la prueba, la aportación constructiva del dolor?, ¿cómo dar significado y valor a la angustia, a la inquietud, a los males físicos y psíquicos que acompañan a nuestra condición mortal?, y ¿qué justificación se puede encontrar para el declive de la vejez y para la meta final de la muerte que, a pesar de los progresos científicos y tecnológicos siguen subsistiendo inexorablemente?”[2]

Es necesario sacar la casta cristiana que Dios da al que medita en las verdades eternas y no se esconde de ellas. La muerte es un momento realmente misterioso, un acontecimiento que es necesario rodear de afecto y de respeto. Un día nos llegará a nosotros y agradeceremos infinitamente esa cercanía y ayuda espiritual y material. El mundo se deshumaniza por el egoísmo y urge una cruzada humanizadora que no hemos de esperar de los gobiernos. La da el amor y nadie más. Junto a la persona que se debate entre la vida y la muerte, hace falta, sobre todo, una presencia amorosa. La fase terminal, que en otros tiempos solía contar con la asistencia de familiares en un clima de tranquilo recogimiento y de esperanza cristiana, en la época actual corre el peligro de desarrollarse con frecuencia en lugares llenos de gente y movimiento, bajo el control de personal médico preocupado principalmente por los aspectos biofísicos de la enfermedad.

Ante el misterio de la muerte el hombre se halla impotente; vacilan las certezas humanas. Pero, precisamente frente a ese desafío, la fe cristiana, si se la comprende y escucha en toda su riqueza, se presenta como fuente de serenidad y de paz. En efecto, a la luz del Evangelio, la vida del hombre asume una dimensión nueva y sobrenatural. Lo que parecía carecer de significado adquiere entonces sentido y valor.         

Como decía Juan pablo II: “La conciencia de que el moribundo se apresta a encontrarse con Dios para toda la eternidad debe impulsar a los familiares, a los seres queridos, al personal médico y religioso, a acompañarlo en ese momento tan decisivo de su existencia con solicitud atenta en todos los aspectos, incluido el espiritual, de su condición”[3]. Por ello, a todos los moribundos no les debe faltar junto con el afecto de sus familiares, la atención de los médicos y enfermeros y el consuelo de los amigos, la asistencia espiritual. La experiencia enseña que, por encima de los consuelos humanos, la ayuda que proporciona al moribundo la fe en Dios y la esperanza en la vida eterna es la más importante.

Pedro Beteta López

Teólogo y escritor

 


[1] Cfr. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Salvifici doloris, 16

[2] Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la I Jornada mundial del enfermo, 11-II-1992

[3] Cfr. JUAN PABLO II, Al I Congreso Internacional sobre "La asistencia al moribundo", 17-III-1991

 

La cuarentena es un tiempo de gracia

Infovaticana - 19.03.2020

Foto: Freepik 

 

Que ‘cuarentena’ y ‘Cuaresma’ tengan el mismo origen etimológico está resultando providencial, porque el obligado encierro de estos días nos ofrece una ocasión especial para vivir la conversión y el espíritu de penitencia de estas fechas. Así lo ve José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, y así lo predica en un video que ha hecho público.

“El mundo tiembla por la crisis generada por un microorganismo”, dice Munilla en el inicio del video. “Esta Europa nuestra, en la que nos sentimos tan seguros de nuestro estado del bienestar, de repente entra en crisis de una manera totalmente inesperada (…) De repente experimentamos nuestra vulnerabilidad, somos vulnerables. Teníamos construidos todos nuestros proyectos encima de un castillo de naipes, que se viene abajo. Es una experiencia de vulnerabilidad ante la que nos encontramos”.

Esto convierte la situación creada en un tiempo de gracia, añade. “Es importante en este momento reflexionar, ponernos en presencia de Dios y buscar una palabra de sentido”, dice el obispo, que señala que recuerda que Dios es providente y “conduce el hilo de la historia a buen puerto. No acontece nada sin que Él lo permita, sin que Él tenga un designio de salvación en cuanto acontece”.

Munilla hace hincapié en que nuestra civilización ha olvidado sus raíces cristianas y perdido sus valores, y que en esas circunstancias necesita un tratamiento de choque para volver a ellos. “Los tiempos duros dieron a luz personas fuertes. Las personas fuertes dieron a luz buenos tiempos. Los buenos tiempos dieron a luz personas débiles. Y las personas débiles, finalmente, han dado luz tiempos difíciles”. Una razón que lo ha llevado a plantear una gran pregunta: “¿Acaso este microorganismo, este virus, forme parte también de una providencia en la que estemos llamados a renacer, a ser fuertes, a ser firmes a redescubrir el sentido y raíz de nuestra vida (…) a entender que por un lado no somos nada, que somos muy humildes, muy pequeños, que no somos nada sin la gracia de Dios, pero que con Dios lo somos todo?”.

Esta pequeñez percibida es fundamental, es la llamada a la humildad, a reconocer nuestra insignificancia. “Es el momento de la obediencia humilde y responsable, pensando en el bien común. Siendo humildes renunciando a los propios planes, pensando en el bien común de los demás. ¡Tiempo de obediencia!”.

La cuarentena obliga, además, a tener un tiempo libre inesperado que debemos aprovechar. “Voy a cuidar el orden, para que el orden cuide de mi”, señala Munilla tomando palabras de San Agustín. Luego dice que es una gran oportunidad para “vivir este tiempo como un regalo de Dios para crecer, para madurar”.

Para el obispo de San Sebastián, permanecer encerrados en casa supone, ante todo, “un tiempo de gracia” que llama a una mayor vivencia de la fe. “A veces ayunar – paradójicamente -, puede ser algo que nos prepare para disfrutar más las cosas. El que no es capaz de ayunar, luego no es capaz de disfrutar”, señala Mons. Munilla, quien también convoca a vivir la cuarentena aprovechando la lectura diaria y en profundidad de la Palabra de Dios, personalizándola y estudiándola. Dice, además que es oportunidad “para que en este tiempo hagamos un buen examen de conciencia (…) de los diez mandamientos de la ley de Dios”, que preparen a la Comunión.

Y que mientras dure el confinamiento, se realicen las comuniones espirituales que significan: “yo me preparo, deseo estar bien preparado para recibir a Jesucristo”. “Este es un momento de gracia para que aprendas a orar, para que aprendas a estar con Él, para que aprendas a quedarte en silencio”, continúa el prelado. Pensar en los demás Cerrando el video, Mons. Munilla recuerda que la pandemia es una situación que “nos hace pensar en los demás”, siendo una ocasión “para darnos cuenta que el prójimo existe”. “Es una gran oportunidad para amarlo, para ser sensible, para ponernos en su situación. Para que Dios nos de la gracia del olvido de nosotros mismos por amor a los demás (…) Cuando llegamos a amar a los demás hasta el olvido de nosotros mismos, es un momento en el que espiritualmente crecemos exponencialmente”, reflexiona. Finalmente, antes de orar a Nuestra Señora, llamando a dirigirse a Ella en “la vocación que nos sea más entrañable”, recordó que es tiempo de Cuaresma, y por lo tanto, preparación para la Pascua, además de ser el mes de San José, “en el que Marzo nos prepara especialmente para conducirnos de una manera humilde, sigilosa, hacia Jesucristo”.

*Publicado originlmente en Infovaticana

 

María, añoranza de una Madre

Ernesto Juliá

Manto de la Virgen del Pilar

La reacción de una gran parte del pueblo fiel cristiano en estos momentos de desconcierto y de esperanza, ha sido, y está siendo, el volver la mirada a María, la Madre de Dios, y madre espiritual de todos los que creemos en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre; y en su Corazón encontrar la serenidad y la paz que solo una madre sabe dar.

Al echar en falta la Santa Misa en las iglesias, y ser conscientes de que esa relación personal y única con el Señor que podemos vivir en la Misa no es posible vivirla a través de la televisión, o de cualquier otro medio digital, el hombre y la mujer cristianas dirigen en estos días su mirada anhelante, esperanzada, angustiada pero no desesperada a la Madre del Redentor, Reina de la Familia.

Rezo del Santo Rosario, rezos de Avemarías a una hora determinada; cantos del Avemaría por conocidos tenores y barítonos, y por grupos y conjuntos musicales, que mantienen latentes en el corazón de muchas personas esos clamores que surgen en el corazón humano y que, en no pocas ocasiones, hasta nos puede dar vergüenza manifestar. Y la renovación de la Consagración a su Corazón y al de su Hijo, vivida hace días en Fátima.

“Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”. “Que jamás se ha oído decir que ninguno que haya acudido a vos, haya sido desamparado”; “Santa Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”; “Madre mía, y aunque mi amor te olvidare, Tú no te olvides de mí”.

Estas situaciones de desconcierto ante realidades que no podemos dominar desde el primer momento, y que nos sitúan ante la vulnerabilidad de nuestras fuerzas, de nuestras capacidades, a la vez que las despiertan porque acabamos venciendo la batalla, dan luz a nuestras conciencias para enderezar nuestros pasos y pedir perdón por nuestros pecados. Delante de Ella nos arrepentimos, y Ella nos
invita a acudir a su Hijo, que nos perdona en la Confesión.

Llamar a María, viene a ser la reacción del niño, del adolescente, del hombre que en un momento de desorientación sabe que siempre puede contar con su madre; que siempre va a ser recibido y sostenido en sus batallas por el corazón materno. Juan se acercó a María, y se mantuvo firme al pie de la Cruz; los Apóstoles se pusieron bajo el amparo de la Virgen- “Refugio de los pecadores”, arrepentidos de haber abandonado al Señor, y esperaron con Ella, la Resurrección.

Judas se cerró en su pecado, se alejó de María, y se ahorcó. “Salud de los enfermos”, “Consoladora de los afligidos”, “Refugio de los pecadores”, “Reina de la paz”, “Madre amable”, “Madre admirable”. “Reina de las familias”, “Auxilio de los cristianos”.

Ya Juan Pablo II comentó que el reverdecer de la Fe en Europa no sería a base de acontecimientos extraordinarios y aparatosos; sino del resurgir de la devoción a la Virgen María que renacería en las ermitas abandonadas dispersas por los montes.

Así lo vivió un sacerdote amigo hace unos años. Llegó a su parroquia que estaba abandonada por casi todos los creyentes, por el mal ejemplo que su predecesor les había dado. La Iglesia había dejado de ser Madre. ¿Por dónde empezar a reconstruir? Después de pensarlo un tiempo, lo comentó con los pocos fieles que habían quedado, y decidieron volver a levantar la ermita a la Virgen en las afueras del pueblo que estaba abandonada y casi en ruinas. Un año después, la Patrona volvió en procesión a la ermita acompañada de todo el pueblo, hombres y mujeres.

Francisco termina así su oración a María pidiéndole su amparo en estos momentos: “Bajo tu protección, buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas de los que estamos en la prueba y líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!”

Con María la Iglesia siempre será Madre, no obstante nuestras miserias.
ernesto.julia@gmail.com

 

Crisis y oportunidad

Queridos hermanos:

Todos somos conscientes de que la experiencia de esta pandemia mundial que estamos viviendo nos sorprende con fuerza cada día y nos sobrepasa. Como ya os manifesté en su momento, la crisis sanitaria provocada por el coronavirus está cambiando algunos de nuestros hábitos, poniendo en cuestión diversos enfoques de nuestra manera de vivir personal y social y, me atrevo incluso a decir, algunas realidades y planteamientos de nuestra propia civilización. Sin duda que, para muchos, están siendo unos tiempos muy duros que no serán fáciles de olvidar y que marcarán nuestra época. Los cristianos tenemos que leer siempre la vida y la historia con los ojos de la fe, y en medio de todo ponemos nuestra absoluta confianza en el Señor, fuente de salvación y de esperanza. Pero no por ello la realidad nos es menos dolorosa. Y Dios se sirve precisamente de nosotros para que nos acompañemos y apoyemos en medio de la dificultad.

Quiero estar muy cerca, en estos momentos, de todos los afectados directamente por la enfermedad. En primer lugar, de todos los difuntos por los que elevo mi oración al Dios de la Vida. Junto a ellos, tengo presente a sus familias, que han vivido esta realidad dolorosa con las dificultades propias del momento. Quisiera también, aunque fuera virtualmente, poderme acercar a cada una de las camas de nuestros hospitales para acariciar con cariño las manos de los enfermos que, en muchas ocasiones, están viviendo esta situación en medio de una gran soledad, marcada por los protocolos. Pienso también en las familias que vivís con tanto drama esta situación. No quisiera olvidarme tampoco de las residencias de ancianos que viven estos días con mucha angustia.

Sin duda esta experiencia que estamos viviendo nos ayuda a comprender la profunda interrelación que tenemos entre todos. Al caer de la tarde, nuestra ciudad se convierte en un gran escenario donde se produce una enorme ovación que va dirigida a tantas personas que nos están ayudando a salir adelante. Un recuerdo agradecido y orante para nuestros profesionales sanitarios que están demostrando su profesionalidad y su profunda vocación de servicio y entrega, aun arriesgando su propia vida. Y junto a ellos, tantas y tantas personas, tantas y tantas profesiones que nos descubren la grandeza que significa estar vinculados unos a otros: las fuerzas de seguridad, los transportistas, los servicios sociales, las tiendas y farmacias, los responsables públicos… Sin olvidar a nuestros sacerdotes, que están alentando desde sus casas al pueblo encomendado.

Me gustaría también estar muy cerca de tantas personas que estáis viviendo esta situación con problemas sobrevenidos: pérdida temporal del puesto de trabajo, precariedad, problemas sociales, soledad, futuro económico incierto… A pesar de tantas muestras de solidaridad que se están produciendo por doquier, y que manifiestan la grandeza del ser humano, me llega vuestra preocupación y quisiera poder escuchar los gritos silenciosos que afloran de tantos hogares. Realmente, cuando superemos esta crisis sanitaria, nuestra sociedad tendrá que afrontar todo un reto que impida que la brecha social pueda abrirse todavía más. Un reto que supondrá un esfuerzo colectivo que solo se podrá afrontar si lo cimentamos desde la solidaridad.

Desde el punto de vista creyente, acudimos al Señor en la oración, pero la misma situación está interrogándonos. Se asemeja, desde mi punto de vista, a la situación que tuvo que atravesar el pueblo de Israel durante su destierro en Babilonia. Entonces, el pueblo vivió aquella realidad que suponía mantenerse en la fe desde la lejanía del Templo y de los ritos. También nosotros, en esta circunstancia donde se ha suspendido el culto público, estamos siendo invitados a purificar nuestra fe, a madurarla y a hacer realidad la grandeza de llamarnos «Iglesia doméstica». Como el pueblo de Israel, no podemos caer en la desesperanza o el desánimo: Dios sigue acompañándonos, no nos deja solos, Él camina con nosotros en medio de esta tempestad, Él nos invita a «no tener miedo». Es el momento de nuestra particular travesía por la Cruz que llegará a la Pascua. Por eso, es importante que lo podamos escuchar en lo escondido, orando en familia, leyendo y meditando su Palabra, profundizando en el silencio sonoro que fortalece nuestra fe. Dios nos está hablando, Dios nos está haciendo llamadas en medio de esta realidad compleja… ¿Las sabremos escuchar y acoger?

Deseo de corazón, y así se lo pido al Señor, que estas llamadas que estamos aprendiendo dejen huella en nosotros y se incorporen a nuestros nuevos estilos de vida que habremos de consolidar juntos: nuestra estructural fragilidad; la valoración de la familia; nuestra necesidad de renunciar a lo superfluo para descubrir lo esencial y verdadero; la necesidad de superar los egoísmos e individualismos; la belleza de estar vinculados necesitándonos unos de otros; la paz que produce el sentirnos siempre en las manos de Dios; la especial sensibilidad para captar la vida y lo que acontece… Seguro que cada uno de vosotros podrá incorporar más elementos a esta lista: lo dejo en vuestras manos. Porque toda crisis, también ésta, ha de ser una oportunidad personal y social para avanzar. No la perdamos.

Os reitero mi afecto y cercanía y os pongo a todos y cada uno bajo el amparo maternal de Santa María, Salud de los enfermos y Madre de misericordia.

Mons. Fidel Herráez Vegas. Arzobispo de Burgos

 

 

«La epidemia de la soledad»

Cuentan que un día un anciano llevó su móvil a reparar convencido de que estaba estropeado. El dueño de la tienda, tras inspeccionar el aparato, le dijo: «Señor, este móvil no está dañado, funciona perfectamente». El anciano, con lágrimas en los ojos, le respondió: «Si no está dañado, entonces, ¿por qué nadie me llama?».

Esta triste historia es un reflejo de la situación de soledad de muchos de nuestros mayores, especialmente durante estos días de forzosa reclusión. Duele en el alma ver cómo sus vidas transcurren sin ningún aliciente. Algunos ancianos, a pesar de que no viven solos, se sienten invisibles: no les dejan tomar decisiones ni opinar. Se les arrincona como los trastos viejos e inservibles. Otros son abandonados en residencias donde apenas reciben llamadas telefónicas y las visitas son inexistentes. Muchos ya no recuerdan qué es una charla distendida, una palmadita en la espalda o un abrazo.

La soledad es una gran epidemia del siglo XXI, se extiende silenciosamente y ya afecta a una gran parte de la población occidental, en especial a los ancianos. En España, por ejemplo, más de 850.000 personas mayores de ochenta años viven solas. En 2019, los bomberos de Barcelona tuvieron que irrumpir en 141 domicilios para rescatar a ciudadanos que habían fallecido, completamente abandonados, en sus casas. Casi todos superaban los sesenta años.

En este tiempo de Cuaresma y mientras dure el estado de alarma decretado por el gobierno, estemos cerca de las personas más vulnerables: nuestros mayores. Tomando las precauciones exigidas por las autoridades sanitarias, ofrezcámonos a nuestros vecinos más vulnerables para ir a comprar lo que necesiten, para sacar la bolsa de la basura o para pasear a sus perros.

Ayudar a los ancianos no es solo un gran acto de amor, sino también una de las limosnas más exigibles a personas que ahora se ven limitadas por la edad o por la enfermedad. ¿Por qué no dedicamos quince minutos diarios a llamar a aquellas personas solas que tenemos más cerca: una vecina de edad avanzada que vive sola, una tía-abuela que vemos muy de vez en cuando o, incluso, a nuestros padres?

Ofrecer nuestro tiempo es un precioso regalo, muy difícil de encontrar y de recibir. No es el obsequio más regalado, pero sí el más preciado. El papa Francisco quiere que nuestros mayores no sean descartados en nuestra sociedad, y además nos advierte: «El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente, aunque no lo pensemos». Efectivamente, si Dios quiere, todos algún día podemos llegar a ser ancianos.

Queridos hermanos y hermanas, descubramos en la soledad de las personas y, en particular, de nuestros ancianos, una oportunidad para dar amor y recibirlo. Acompañémoslos y ayudémosles no solo durante estos días convulsos, sino siempre. Escuchemos sus historias, regalémosles nuestro tiempo y, entonces, como nos dice el profeta Isaías: «Surgirá una luz como la aurora, […]. Aclamarás al Señor y te responderá, pedirás ayuda y te dirá: “aquí estoy”.» (Is 58,8-9).

† Card. Juan José Omella. Arzobispo de Barcelona

 

 

¿Qué encontró en Tierra Santa un protestante «tipo C.S. Lewis» que le impulsó a hacerse católico?

Via Crucis por la Via Dolorosa de Jerusalén. Peregrinar a Tierra Santa evidencia algunas verdades católicas. Foto: Patriarcado Latino de Jerusalén.

Carmelo López-Arias / Fundación Tierra Santa

C.S. Lewis (1898-1963) es uno de los grandes representantes del anglocatolicismo, esa corriente anglicana que tomó impulso a raíz del Movimiento de Oxford cuyos integrantes no llegaron a dar el paso que sí dió el futuro cardenal y santo John Henry Newman. Siguieron siendo protestantes, aunque con una mentalidad prácticamente católica.

Un reciente artículo publicado en el boletín de la Fundación Tierra Santa recuerda que el autor de las Crónicas de Narnia bordeó tanto la conversión, que obras suyas como Mero cristianismoLos milagrosLa abolición del hombre o Cartas del diablo a su sobrino han entrado a formar parte con naturalidad del elenco de lecturas casi obligadas para un católico que desee formarse en la apologética. Ese fue el punto fuerte del prestigioso medievalista norirlandés, profesor de literatura en Oxford y Cambridge y uno de los escritores más representativos de la literatura británica del siglo XX.

C.S. Lewis, uno de los más influyentes pensadores cristianos del siglo XX. Foto: Enciclopedia Británica.

Michael Pakaluk, catedrático de Filosofía en la Ave Maria University y miembro de la Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, se define a sí mismo con alguien que era un “protestante tipo C.S. Lewis” y que, siendo estudiante, tras visitar Tierra Santa dejó de serlo para ser recibido en la Iglesia católica.

Michael Pakaluk (derecha de la foto), junto a Roger Scruton, fallecido el pasado 12 de enero, durante un debate en el que ambos participaron en 2009.

Tuvo cinco razones para ello, que tuvo ocasión de explicar a los jóvenes profesionales que fueron sus compañeros en una peregrinación de Saxum Holy Land Dialogues

Según cuenta en un artículo en Catholic Education Resource Center, “una peregrinación ofrece prácticamente todos los medios posibles para que un protestante abrace el cristianismo”.

“Recé en Getsemaní y subí al Gólgota. Leí las Bienaventuranzas en mi Nuevo Testamento en griego contemplando el lago Tiberíades. Canté Adeste Fideles en compañía de otros creyentes en la gruta de Belén”, recuerda: “Pero, tras hacer todo eso, ¿qué me seguiría faltando si continuase siendo protestante?

En primer lugar, el canon de la Misa. “Cuando era protestante, me resultaba difícil encontrar expresiones apropiadas para el culto. El lenguaje que utilizaba era casi siempre emocional o meramente humano, o le faltaba algún elemento esencial”. Sin embargo, el canon de la Misa “nos brinda una expresión maravillosa de las verdades esenciales de nuestra Fe, y de la naturaleza de nuestra comunión como cristianos, en el contexto de tributar a Dios el culto que le es debido. Esas oraciones expresan de modo muy adecuado lo que uno ve y aprecia en los lugares de Tierra Santa”.

Capilla del Cenáculo.

En segundo lugar, la Eucaristía. Hace la siguiente reflexión. Una peregrinación “anula la distancia espacial”. La palabra que cuenta es hic (aquí, en latín): “Aquí el Verbo se hizo carne. Aquí nació el precursor del Señor. Aquí María puso al Niño Jesús en un pesebre. Al fin y al cabo, para eso hace uno una peregrinación a Tierra Santa”. Pero la Eucaristía, además, “anula la distancia temporal”: “Nuestro grupo”, explica, “celebró misa en la capilla del Cenáculo. En esa liturgia, no fue solo ‘aquí’ [hic] sino ‘ahora’ [nunc] cuando el pan se convirtió en su cuerpo y el vino se convirtió en su sangre”.

En tercer lugar, la sucesión apostólica. Pakaluk no se refiere a que los católicos vivan hoy, bajo Pedro y el resto de los apóstoles “según la forma de gobierno que Jesús quiso y estableció”. Se refiere más bien a que “la sucesión apostólica -con su magisterio consistente a lo largo del tiempo- y la Eucaristía son de ese tipo de continuidad que a Dios claramente le importa”. Precisamente en Tierra Santa uno descubre que donde hoy hay una iglesia construida en el siglo XX, los arqueólogos han descubierto restos de peregrinaciones del siglo I, un templo pagano romano construido encima, una basílica constantiniana edificada después sobre sus restos gracias a un milagro (como el descubrimiento por Elena de las reliquias de la Vera Cruz) y destruidapor los mahometanos, un templo cruzado que luego destruiría Saladino, en su lugar una iglesia franciscana más tardía… Nada en los Lugares Santos ha sido inmune al paso de la historia, nada… “salvo dos cosas de las que Dios se ha ocupado a fondo para preservar a lo largo del tiempo: la sucesión apostólica en la continuidad del magisterio, y la celebración de la Eucaristía tal como fue instituida originalmente”.

“El hallazgo de la Santa Cruz” por Santa Elena, madre del Emperador Constantino, cuadro de Agnolo Gaddi (1350-1396).

En cuarto lugar, los milagros. Toda peregrinación a Tierra Santa incluye visitar el Mar de Galilea, donde el milagro de los panes y los peces, a la piscina de Siloé donde un ciego vio la luz, a Betesda donde un hombre paralítico desde hacía 38 años fue curado… “Recuerdo que, cuando era protestante, me desconcertaba que ya no hubiese milagros. Muchos creen que la ‘Era de los Milagros’ solo era necesaria al principio, para que el cristianismo se difundiese rápidamente (¿pero es que no necesita difundirse ahora?). Pero los católicos vivimos, nos movemos y existimos entre milagros. Todos conocemos historias de milagros entre nuestros amigos. Esperamos milagros. En toda canonización hay un Siloé y un Betesda. La Eucaristía es nuestro milagro diario”.

En quinto lugar, la Virgen María. “Cuando me convertí”, recuerda Michael, “lo hice a pesar de los dogmas marianos, no por ellos. Pero ahora veo que mi corazón estaba entonces tan empobrecido como mi fe. Un peregrino protestante podría preguntarse por qué los lugares referidos a María, como su hogar en Nazaret donde el ángel se le apareció, son tan antiguos como los que se refieren a Jesús y los Apóstoles. ¿Por qué los primeros cristianos sintieron que ella era tan esencial? La reflexión sobre la Palabra que se hace carne debería disipar ese asombro e iluminar la conexión entre María y la inserción de la Verdad en el espacio y en el tiempo”.

* * *

Tras explicar estas cinco causas, Pakaluk concluye que si regresara a Tierra Santa de nuevo como un cristiano del tipo C.S. Lewis, “en un instante volvería a hacerme católico, por la gracia de Dios”.

 

“Seréis como dioses”

Juan Manuel de Prada nos lo recuerda en unos párrafos de su prólogo a la obra de Gustave Thibon “Seréis como dioses”, que la editorial didaskalos lanza de nuevo al mercado, después de más de 60 años de la primera aparición. “Y compartiendo el drama de Amanda, podemos llegar a confrontarnos mejor con el desgarrador dilema que los avances de la ciencia y la técnica nos plantean, y darles la respuesta adecuada. Que es la que nuestra naturaleza exige; porque basta con que miremos dentro de nosotros para que comprendamos que nuestra vocación no es una vulgar prolongación infinita de nuestra vida terrena, sino la vida eterna, el disfrute de las cosas divinas, el encuentro con la plenitud que colma nuestros anhelos más profundos”.

“Amanda reniega de la igualdad de los hombres sin Dios –esa nivelación aborrecible que nos convierte a todos en monarcas de vida estereotipada- para abrazar la igualdad de las almas ante Dios, que es la única que ni la democracia ni la inmortalidad prometida por la ciencia nos pueden brindar”.

Nuestro cuerpo es polvo, polvo mortal, y da lo mismo que, antes o después según se haga con él la incineración o se entierre en un ataúd, acabe reducido a simples cenizas que se pueden esparcir por cualquier parque, en cualquier mar, en la cima de un monte, en la esperanza de que quede, de alguna manera, en esta tierra. Ese “polvo” volverá a ser vivificado por el alma en la resurrección de la carne; y será cuerpo glorioso.

Pedro García

 

Integración del islam en la cultura occidental

De nuevo se plantea en Francia la integración social y cultural del islam en un país democrático, definido constitucionalmente como República laica. Lo intentó en su día el presidente Jacques Chirac, que promovió un amplio estudio por parte de una comisión independiente, y llevó a la actualización de la ley de separación de 1905, con disposiciones más concretas sobre la presencia de signos religiosos en los servicios públicos, especialmente en la educación. Desde entonces, también como consecuencia del incremento del número de musulmanes y de su creciente presencia en la vida francesa, el sentido de lo laico no es en modo alguno una cuestión pacífica, menos aún, respecto de la religión musulmana, a consecuencia de la perpetración de diversos atentados de entidad desde 2015.

En su campaña electoral para la presidencia, Emmanuel Macron anunció su intención de replantear el problema, porque consideraba necesario avanzar en aspectos como la formación de los imanes, la financiación y gestión del culto en mezquitas y lugares de oración, la lucha contra el proceso de radicalización de gente joven o, en fin, la promoción social de barriadas periféricas de las grandes sociales que se convertían en escenario reiterado de conflictos violentos. Considera llegado el momento de impulsar esos objetivos, según expuso durante un viaje a la ciudad de Mulhouse, donde son notorios los barrios problemáticos. El 18 de febrero describió las grandes líneas de sus planes para el quinquenato. Según muchos observadores, la decisión no se debe solo a la proximidad de las elecciones municipales de marzo: quiere ir preparando ya su reelección presidencial en 2022.

El plan refleja una vez más la capacidad de Macron de plantearse objetivos de síntesis entre extremos difícilmente conciliables. Está dispuesto a encajar dentro del orden constitucional francés laico una inspiración religiosa que no admite la separación entre religión y política. Esto exige intervenir en cuestiones que pueden ser incompatibles con la ley de 1905, que prohíbe a los poderes públicos financiar la religión e injerirse en la organización de los cultos. Veremos.

Valentín Abelenda Carrillo

 

No tengáis miedo

La Plaza de San Pedro estaba vacía. Y sin embargo, millones de mujeres y hombres a lo largo del mundo nos conectamos a través de la radio, la televisión y las redes sociales para escuchar al Papa. No sucedía desde la II Guerra Mundial, cuando Pío XII usaba la radio para comunicar mensajes de fe y esperanza a cientos de miles de radioyentes.

Francisco ha pronunciado una bellísima homilía a partir del pasaje evangélico de la tormenta en el lago de Genesaret. También hoy tenemos miedo: miedo al sufrimiento, a lo desconocido y al futuro. Y también hoy Jesús tiene una palabra que decir. De hecho, la dice: cientos de miles de sanitarios, madres y padres, trabajadores, sacerdotes, religiosas, voluntarios, hombres y mujeres responden con el bien a esta pandemia, infunden esperanzan y rezan.

Jesús Domingo Martínez

 

 

El presidente francés

El presidente francés abandona el llamado comunitarismo, que llevaría a la formación de guetos segregados, con leyes propias, ajenas a los valores republicanos, especialmente en materia de derecho de familia, como se observa ya en ciudades del Reino Unido. Lo sustituye por la lucha contra otro enemigo: el “separatismo islamista”, preludio de la radicalización y del terrorismo, aunque, desde algunas ópticas, como la de los llamados Hermanos Musulmanes, el deseo no es separar, sino islamizar la sociedad en que viven. Macron insiste en la idea, y subraya que “no se puede jamás aceptar que las leyes de una religión sean superiores a las leyes de la República. Es así de simple”.

Y así de complejo, porque no es fácil de entender desde una perspectiva laica la intervención estatal para financiar y organizar la formación autónoma de los imanes que predican en las mezquitas. Actualmente llegan cada año unos trescientos, procedentes sobre todo de Turquía, Marruecos y Argelia. El Estado asumiría la responsabilidad de su formación, con el apoyo del Consejo francés del culto musulmán.

Macron se propone también abolir en los centros confesionales la enseñanza de la lengua y la cultura de los países de origen. Se ocupan de esa tarea profesores designados y enviados por gobiernos extranjeros. Los programas actuales se sustituirían por otros de carácter internacional, integrados en los planes de estudio. Como era previsible, Turquía se opone radicalmente al proyecto.

Enric Barrull Casals

 

 

Más sobre el virus chino: antecedentes y consecuencias

 

VIRUS CHINO: “España empieza a priorizar a los jóvenes ante la saturación de las UCIs y la alta mortalidad entre ancianos: El aumento del número de enfermos críticos en nuestro país está comenzando a obligar a los sanitarios a establecer protocolos de acceso a las UCIs en función de las posibilidades de supervivencia de los pacientes. Este viernes, durante su rueda de prensa diaria, el director del Centro de Coordinación de Emergencias y Alertas Sanitarias, Fernando Simón, confirmó lo que muchos ya temían: ya se están produciendo situaciones en los hospitales españoles en las que, ante la falta de camas en las unidades de cuidados intensivos (UCI), los médicos están teniendo que elegir a qué pacientes salvan”. (Vozpópuli 21-03-2020)

Y seguro que lo consideran progreso o “progresista”: O sea lo que ya ciertas tribus (muchísimas era al contrario honraban a sus viejos hasta su natural muerte) hacían, “tú ya no sirves y que te coman los osos”; Ver la película que Anthony Quinn hizo sobre los esquimales del Canadá (Los dientes del diablo (Nicholas Ray, 1959) VHSRip VE Mejor echarse a reír y no comentar nada más, que cada cual lo haga según su… “caletre”.

LAS SECUELAS DE LAS MANIFESTACIONES DE LA MUJER:  “Sánchez culpa a Madrid de forma velada y justifica sus errores: "Ahora sabemos que el virus es más dañino": Isabel Díaz Ayuso carga a través de las redes contra la intervención del jefe del Ejecutivo por sus alusiones a la Comunidad: "No acepto que la señale como la apestada en su mitin televisivo". (Vozpópuli 22-03-2020)

Es la táctica de siempre para eludir la culpa propia; pero el foco principal y que a su vez incide en todos los demás, es Madrid y demás manifestaciones nacionales el mismo día y para favorecer "el voto que quieren de la mujer" (ESE ERA EL FIN POLÍTICO NO OTRO); y esa fuente de contaminación se le debe a él no a su gobierno, es él y sólo él, el que en su momento debió cancelar las mismas; y seguro que hoy habría en España, muchos menos muertos y menos contaminados. De ese delito no lo salva nadie; y las cifras cantan; no se necesitan más datos. ¿Lo que venga después? En parte será consecuencia de esos mismos orígenes: Amén.

 

MÁS SOBRE EL MIEDO: El planeta ha sufrido a lo largo de todos los tiempos conocidos, epidemias y mucho peores que la que hoy sufre. De ellas las poblaciones se repusieron, crecieron y prosperaron, sencillamente por cuanto la sabia Naturaleza, elimina, “lo que le sobra y protege lo que le seguirá haciéndole falta”. Quizá y por todo ello, sería más útil y conveniente, un seguir las precauciones más lógicas y factibles, sin la paralización humana de ahora mismo; y esperar a que esta plaga de hoy y como las anteriores, pase; “ponerle puertas al campo” eso no es posible. La Naturaleza es mucho más fuerte.

 

SOBRE LA PROCEDENCIA DEL VIRUS ACHACADA “AL MURCIÉLAGO”: Los chinos y durante miles de años, han comido y bebido, lo mismo o casi igual a lo que ingieren hoy; y que yo sepa nunca les pasó nada, salvo las calamidades de sus muchos y malos gobernantes; por tanto no me creo que el virus que nos azota provenga de esa alimentación ancestral de un pueblo que tan prolífico ha sido siempre; y lo confirma su población actual, así es que menos cuentos y a ver si son capaces de averiguar de dónde y de verdad, procede el virus y para qué fue inventado. ¿Será verdad que ha sido un nuevo y mortífero invento de guerra y que se les fue de las manos? No lo sabremos nunca, puesto que “la verdad es la herida que más duele y no cicatriza”; y consecuencia de ello, es “la marcha de este desgraciado planeta, en todos los tiempos que conocemos; puesto que siempre fue gobernado por la mentira y la fuerza bruta, unida a la ambición desmedida y el endiosamiento del que manda.

 

LOS PARÁSITOS SIEMPRE LOS PARÁSITOS: “Por cierto, ahora que la cosa se ha puesto chunga, dónde están esas ONGs (Médicos Mundi, Médicos sin Fronteras…). Hay en España 659 registradas: de cooperación internacional 749, asistencia colectivos marginados 627… Pero están desaparecidas no se vayan a contagiar de coronavirus… No olvidéis mandar dinero para que se lo pasen bien y salgan en españoles por el mundo, pero no los jodáis haciéndolos trabajar con el coronavirus…” (Periodista Digital: 22-03-2020)

Hace ya tiempo que leí en prensa el que en España, pasaban ya de las once mil (11.000) ONGs… ¿Cuántas en general merecen esa denominación, o son negocios para que individuos indeseables vivan opíparamente a costa del dinero público o de los incautos que les mandan dinero periódicamente, incluso algunas ya incitan a las herencias íntegras de algunos socios? No hablemos de las que han nacido “en los senos” de los partidos políticos, para mantener infinidad de socios de la misma cuerda; o sea “unas basuras más de las muchísimas que mantienen el contribuyente español y los incautos que se dejan seducir por estos sinvergüenzas o sin escrúpulos”; y los gobiernos los dejan casi a su libre albedrío, y a la vista está, “cuando hay que arriesgar algo”.

INDIGNADO Y DOLIDO, EL CANTANTE NO DUDA EN CULPABILIZAR A LOS QUE CONSIDERA RESPONSABLES: Miguel Bosé denuncia la gestión del Gobierno contra el coronavirus tras la pérdida de su madre: «No da la talla, pero eso ya lo sabíamos» "Lo peor está aún por llegar". (Periodista Digital 25-03-2020) 

Sonrío conmiseradamente al leer la noticia; puesto que este “artista ha actuado como tal”, sin valorar que aparte de ser su madre, era una anciana casi nonagenaria (89 años) y como tal, candidata a morir por ello mismo y no por otra causa. ¿Qué una madre se quiere como lo que es y fue? Que me lo digan a mí, que la perdí teniendo ella 57 años, por cuanto un cáncer la fue devorando durante los dos años últimos de su vida; y yo, “mirando al cielo era el que pedía que se la llevara ya por lo horrible de sus últimos meses de agonía”… sí, una madre es lo mejor que nos da este perro mundo; pero; “todos tenemos que morir y a cada cual nos llega, el día, la hora, el minuto y hasta el segundo”… y ello no lo remedia nadie. Así es que menos gritos y más entender la vida.

 

YO NO TENGO MIEDO: Y como algunos de mis lectores les preocupa ello o mi forma de encarar la triste vida del “mono humano”, opinando sobre este perro mundo y sus miserables “nadas” humanos; reproduzco un correo que hoy envío a uno de ellos, que reside en Italia y dirige y mantiene un medio de difusión en el que me publica todo cuanto le envío: espero les sea de utilidad:

Amigo Pablo: Muchas gracias por su interés por mi cuido... yo y de siempre me he cuidado bastante bien; prueba de ello que ya con casi 82 años, sigo funcionando bastante bien; y mi cerebro mejor que nunca; nunca tuve miedo a la muerte, sencillamente porque cuando supe deducir, que tanto el nacer como el morir, es de lo más natural, pues "eso"; sí que tengo miedo a la forma de morir, por cuanto y por muchas veces, he visto morir a seres humanos, de forma no deseable u horrible, pero "esa es la perra vida aquí en este planeta"... ¿Y usted como se encuentra? No hagamos "torres inaccesibles", donde sólo hay contratiempos soportables, prosigamos tranquilamente la vida que nos ha tocado vivir y a esperar el futuro; duerman tranquilos, que como dicen ahí en Italia... "Lo que tenga que ser será": Un abrazo de su amigo: AGF 26-03-2020. 

 

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                    

 

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)