Las Noticias de hoy 2 Enero 2020

Enviado por adminideas el Dom, 19/01/2020 - 16:58
Pablo

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 02 de enero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Misa de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios

Ángelus: «La paciencia del amor, el amor nos hace ser pacientes»

Ángelus: «Construir juntos un mundo de paz»

La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica: Francisco

INVOCAR AL SALVADOR: Francisco Fernandez Carbajal

“Os apoyaréis unos a otros”: San Josemaria

Madre de Dios, Madre nuestra

Conocerle y conocerte (II): De labios de Jesús: Nicolás Álvarez de las Asturias

La Navidad comienza y termina en familia: Salvador Bernal

AÑO NUEVO.. PARA SIEMPRE: Ing. José Joaqqín Camacho                

¿Qué pensar y hacer ante la muerte?: Salvador I. Reding Vidaña.

«Reconstruir Siria no se hace con ladrillos sino reconstruyendo al hombre» – Fray Firas

La paz sólo vendrá con la enmienda y el pedido de perdón

Luces de Navidad: Ernesto Juliá

  Propósitos 2020: Consuelo Mendoza

Una fe vivida a conciencia

Una fe vivida a conciencia: Jesús Martínez Madrid

Jóvenes sin amigos: Domingo Martínez Madrid

Las tensiones sociales: JD Mez Madrid

No es “nuevo”… es un año igual: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Misa de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios

Octava de la Navidad

enero 01, 2020 11:45RedacciónPapa y Santa Sede, Roma

(ZENIT – 1 enero 2020).- A las 10 de la mañana de hoy 1 enero 2020, en la Basílica Vaticana, el Santo Padre Francisco presidió la celebración de la misa de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios en la octava de la Navidad, y con ocasión de la 53ª Jornada Mundial de la Paz sobre el tema, La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica.

Publicamos a continuación la homilía que el Papa Francisco pronunció durante la Celebración Eucarístico, después de la proclamación del Evangelio:

***

Homilía del Papa

«Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4,4). Nacido de mujer: así es cómo vino Jesús. No apareció en el mundo como adulto, sino como nos ha dicho el Evangelio, fue «concebido» en el vientre (Lc 2,21): allí hizo suya nuestra humanidad, día tras día, mes tras mes. En el vientre de una mujer, Dios y la humanidad se unieron para no separarse nunca más. También ahora, en el cielo, Jesús vive en la carne que tomó en el vientre de su madre. En Dios
está nuestra carne humana.

El primer día del año celebramos estos desposorios entre Dios y el hombre, inaugurados en el vientre de una mujer. En Dios estará para siempre nuestra humanidad y María será la Madre de Dios para siempre. Ella es mujer y madre, esto es lo esencial. De ella, mujer, surgió la salvación y, por lo tanto, no hay salvación sin la mujer. Allí Dios se unió con nosotros y, si queremos unirnos con Él, debemos ir por el mismo camino: a través de María, mujer y madre. Por ello, comenzamos el año bajo el signo de Nuestra Señora, la mujer que tejió la humanidad de Dios. Si queremos tejer con humanidad las tramas de nuestro tiempo, debemos partir de nuevo de la mujer.

Nacido de mujer. El renacer de la humanidad comenzó con la mujer. Las mujeres son fuente de vida. Sin embargo, son continuamente ofendidas, golpeadas, violadas, inducidas a prostituirse y a eliminar la vida que llevan en el vientre. Toda violencia infligida a la mujer es una profanación de Dios, nacido de una mujer. La salvación para la humanidad vino del cuerpo de una mujer: de cómo tratamos el cuerpo de la mujer comprendemos nuestro nivel de humanidad. Cuántas veces el cuerpo de la mujer se sacrifica en los altares profanos de la publicidad, del lucro, de la pornografía, explotado como un terreno para utilizar. Debe ser liberado del consumismo, debe ser respetado y honrado. Es la carne más noble del mundo, pues concibió y dio a luz al Amor que nos ha salvado. Hoy, la maternidad también es humillada, porque el único crecimiento que interesa es el económico. Hay madres que se arriesgan a emprender viajes penosos para tratar desesperadamente de dar un futuro mejor al fruto de sus entrañas, y que son consideradas como números que sobrexceden el cupo por personas que tienen el estómago lleno, pero de cosas, y el corazón vacío de amor.

Nacido de mujer. Según la narración bíblica, la mujer aparece en el ápice de la creación, como resumen de todo lo creado. De hecho, ella contiene en sí el fin de la creación misma: la generación y protección de la vida, la comunión con todo, el ocuparse de todo. Es lo que hace la Virgen en el Evangelio hoy. «María, por su parte ―dice el texto―, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (v. 19). Conservaba todo: la alegría por el nacimiento de Jesús y la tristeza por la hospitalidad negada en Belén; el amor de José y el asombro de los pastores; las promesas y las incertidumbres del futuro. Todo lo tomaba en serio y todo lo ponía en su lugar en su corazón, incluso la adversidad. Porque en su corazón arreglaba cada cosa con amor y confiaba todo a Dios.

En el Evangelio encontramos por segunda vez esta acción de María: al final de la vida oculta de Jesús se dice, en efecto, que «su madre conservaba todo esto en su corazón» (v. 51). Esta repetición nos hace comprender que conservar en el corazón no es un buen gesto que la Virgen hizo de vez en cuando, sino un hábito. Es propio de la mujer tomarse la vida en serio. La mujer manifiesta que el significado de la vida no es continuar a producir cosas, sino tomar en serio las que ya están. Sólo quien mira con el corazón ven bien, porque saben “ver en profundidad” a la persona más allá de sus errores, al hermano más allá de sus fragilidades, la esperanza en medio de las dificultades, a Dios en todo.

Al comenzar este nuevo año, preguntémonos: “¿Sé mirar a las personas con el corazón? ¿Me importa la gente con la que vivo o la destruyo con los murmullos? Y, sobre todo, ¿tengo al Señor en el centro de mi corazón, u otros valores, otros intereses, mi promoción, la riqueza, el poder?”. Sólo si la vida es importante para nosotros sabremos cómo cuidarla y superar la indiferencia que nos envuelve. Pidamos esta gracia: vivir el año con el deseo de tomar en serio a los demás, de cuidar a los demás. Y si queremos un mundo mejor, que sea una casa de paz y no un patio de batalla, que nos importe la dignidad de toda mujer. De una mujer nació el Príncipe de la paz. La mujer es donante y mediadora de paz y debe ser completamente involucrada en los procesos de toma de decisiones. Porque cuando las mujeres pueden transmitir sus dones, el mundo se encuentra más unido y más en paz. Por lo tanto, una conquista para la mujer es una conquista para toda la humanidad.

Nacido de mujer. Jesús, recién nacido, se reflejó en los ojos de una mujer, en el rostro de su madre. De ella recibió las primeras caricias, con ella intercambió las primeras sonrisas. Con ella inauguró la revolución de la ternura. La Iglesia, mirando al niño Jesús, está llamada a continuarla. De hecho, al igual que María, también ella es mujer y madre, y en la Virgen encuentra sus rasgos distintivos. La ve inmaculada, y se siente llamada a decir “no” al pecado y a la mundanidad. La ve fecunda y se siente llamada a anunciar al Señor, a generarlo en las vidas. La ve, madre, y se siente llamada a acoger a cada hombre como a un hijo.

Acercándose a María, la Iglesia se encuentra a sí misma, encuentra su centro y su unidad. En cambio, el enemigo de la naturaleza humana, el diablo, trata de dividirla, poniendo en primer plano las diferencias, las ideologías, los pensamientos partidistas y los bandos. Pero no podemos entender a la Iglesia si la miramos a partir de sus estructuras, a partir de los programas, de las tendencias, de las ideologías, de la funcionalidad: percibiremos algo de ella, pero no su corazón. Porque la Iglesia tiene el corazón de una madre. Y nosotros, hijos, invocamos hoy a la Madre de Dios, que nos reúne como pueblo creyente. Oh Madre, genera en nosotros la esperanza, tráenos la unidad. Mujer de la salvación, te confiamos este año, custódialo en tu corazón. Te aclamamos: ¡Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios!

Copyright 2020 – Librería del Vaticano

 

Ángelus: «La paciencia del amor, el amor nos hace ser pacientes»

Palabras del Papa antes del Ángelus

enero 01, 2020 12:57Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 1 enero 2020).- Al final de la Santa Misa celebrada en la Basílica Vaticana para la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios y en el día de la fiesta de la 53  Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco se asoma a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para rezar el Ángelus con los fieles y los peregrinos se reunieron en la Plaza de San Pedro.

Estas son las palabras del Santo Padre al introducir la oración mariana:

***

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas  ¡Buenos días y buen año!

Ayer por concluimos el año 2019 dando gracias a Dios por el don del tiempo y todos sus beneficios. Hoy comenzamos el año 2020 con la misma actitud de gratitud y de alabanza. No hay que dar por sentado que nuestro planeta haya comenzado un nuevo giro alrededor del sol y que nosotros los seres humanos sigamos habitándolo. No hay que darlo por sentado tampoco, al contrario, es siempre un «milagro» del cuál sorprenderse y agradecer.

El primer día del año la liturgia celebra a la Santa Madre de Dios, María, la Virgen de Nazaret que dio a luz a Jesús, el Salvador. Ese niño es la bendición de Dios para todos hombre y mujer, para la gran familia humana y para el mundo entero. Jesús no eliminó el mal del mundo pero lo derrotó en su raíz. Su salvación no es mágica, sino «paciente», es decir que implica la paciencia del amor, que asume la iniquidad y le quita su poder. La paciencia del amor, el amor nos hace ser pacientes. Pero tantas veces perdemos esta paciencia, incluso yo, pido disculpas por el equivocado gesto de ayer. por esta razón, al contemplar el pesebre vemos, con los ojos de la fe, el mundo renovado, liberado del dominio del mal y …bajo el señorío real de Cristo, el Niño acostado en el pesebre.

Por eso hoy la Madre de Dios nos bendice mostrándonos al Hijo. Ella lo toma en sus brazos y nos lo muestra, y así nos bendice. Bendice a toda la Iglesia, bendice al mundo entero. Jesús, como cantaron los ángeles en Belén, es la «alegría para todo el mundo», es la gloria de Dios y la paz para los. hombres (cf. Lc 2,14). Por esta razón el Santo Papa Pablo VI quiso dedicar el primer día del año a la paz, es la jornada de la paz: a la oración, a toma de conciencia y a la responsabilidad por la paz. Para el año 2020 el mensaje es este: la paz es un camino de esperanza, un camino en el que se avanza a través del diálogo la reconciliación y la conversión ecológica.

Por lo tanto, fijemos nuestra mirada en la Madre y en el Hijo que nos muestra. A principios de año, ¡Dejémonos bendecir!, dejémonos bendecir por la Virgen y su Hijo.

Jesús es la bendición para aquellos que están oprimidos por el yugo de la esclavitud, moral y material. Él, libera con amor. A aquellos que han perdido su autoestima al permanecer prisioneros de giros viciosos, Jesús les dice: el Padre te ama, no te abandona, espera con paciencia inquebrantable tu regreso (cf. Lc 15,20). A quien es víctima de la injusticia y la explotación y no ve ninguna salida, Jesús le abre la puerta de la fraternidad donde puede encontrar rostros, corazones y manos acogedores, donde puede compartir la amargura y la desesperación, y recuperar un poco de dignidad. A los que están gravemente enfermos y se sienten abandonados y desanimados, Jesús se acerca, toca con ternura sus heridas, vierte el aceite de consuelo y transforma la debilidad en fuerza de bien para desatar los nudos más enredados. A los que están encarcelados y son tentados a encerrarse en si mismos, Jesús le vuelve a abrir un horizonte de esperanza, comenzando con un pequeño destello de luz.

Queridos hermanos y hermanas, bajemos de los pedestales de nuestro orgullo, todos tenemos la tentación del orgullo, y pidamos la bendición de la Santa Madre de Dios, la humilde, la humilde Madre de Dios. Ella nos muestra a Jesús: dejémonos bendecir, abramos nuestros corazones a su bondad. Así, el año que comienza será un camino de esperanza y de paz, no a través de palabras, sino a través de los gestos… cotidianos, de diálogo, de reconciliación y de cuidado de la creación.

 

Ángelus: «Construir juntos un mundo de paz»

Llamada del Papa en la 53 Jornada Mundial de la Paz

enero 01, 2020 16:34Anita BourdinAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 1 enero 2020).- «Para todos, creyentes y no creyentes, porque todos somos hermanos, no quiero dejar de esperar un mundo de paz que podamos construir juntos día tras día»: tal es el deseo de paz expresado por el Papa Francisco después de la oración del Ángelus este miércoles 1 de enero de 2020, 53 Jornada Mundial de la Paz.

El Papa recordó el tema de su mensaje para este día : «Paz, un camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica».

El Papa expresó sus deseos: “A todos ustedes aquí en la Plaza de San Pedro conectados a través de los medios, les extiendo mis mejores deseos de paz y bien para el Año Nuevo».

Agradeció al Presidente italiano: «Agradezco al Presidente de la República Italiana, el Honorable Sergio Mattarella, por el pensamiento que me dirigió en su mensaje de fin de año, y le devuelvo el favor invocando la bendición de Dios en su alta misión».

Saludó la iniciativa de la comunidad de San Egidio para promover la paz: «Doy una calurosa bienvenida a los participantes al evento:» Paz en todos los países «. Este evento está organizado por la Comunidad de San Egidio en Roma y en muchas ciudades de todo el mundo. Son una escuela para la paz. ¡Id! Saludo a los peregrinos de los Estados Unidos de América, Nueva Zelanda y España; jóvenes italianos, albaneses y malteses con las Hermanas de la Caridad; amigos y voluntarios de la «Fraterna Domus».

El Papa también elogió otras iniciativas en todo el mundo: “Envío mis saludos y mi aliento a todas las iniciativas por la paz que las Iglesias, asociaciones y movimientos eclesiales han promovido en este día de la paz: reuniones de oración y fraternidad acompañada de solidaridad con los más pobres. Recuerdo especialmente la marcha que tuvo lugar ayer por la tarde en Rávena».

Alentó especialmente a los voluntarios en las regiones de conflicto: “Mis pensamientos también están con los muchos voluntarios que, en lugares donde la paz y la justicia están amenazadas, eligen con valentía estar presentes de forma no violenta y desarmada; así como al personal militar que participa en misiones de mantenimiento de la paz en muchas zonas de conflicto. «¡Muchas gracias a ellos! »

“Para todos, creyentes y no creyentes, porque todos somos hermanos, no quiero dejar de tener la esperanza de construir  juntos un mundo de paz día tras día. Y no os olvidéis rezar por mí. Buen almuerzo y adiós «, concluyó el Papa.

 

 

La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica

Mensaje del Papa Francisco para la LIII Jornada Mundial de la Paz – 1 de enero de 2020

1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas

La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación difícil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino»[1].  En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables.

Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles. Naciones enteras se afanan también por liberarse de las cadenas de la explotación y de la corrupción, que alimentan el odio y la violencia. Todavía hoy, a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos se les niega la dignidad, la integridad física, la libertad, incluida la libertad religiosa, la solidaridad comunitaria, la esperanza en el futuro. Muchas víctimas inocentes cargan sobre sí el tormento de la humillación y la exclusión, del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del ensañamiento sistemático contra su pueblo y sus seres queridos.

Las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a menudo agravados por la violencia sin piedad, marcan durante mucho tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad. En realidad, toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana.

Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la diversidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversión de las relaciones, de las ambiciones hegemónicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obstáculo; y al mismo tiempo alimenta todo esto.

Es paradójico, como señalé durante el reciente viaje a Japón, que «nuestro mundo vive la perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo. La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana»[2].

Cualquier situación de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue en la propia condición. La desconfianza y el miedo aumentan la fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un círculo vicioso que nunca puede conducir a una relación de paz. En este sentido, incluso la disuasión nuclear no puede crear más que una seguridad ilusoria.

Por lo tanto, no podemos pretender que se mantenga la estabilidad en el mundo a través del miedo a la aniquilación, en un equilibrio altamente inestable, suspendido al borde del abismo nuclear y encerrado dentro de los muros de la indiferencia, en el que se toman decisiones socioeconómicas, que abren el camino a los dramas del descarte del hombre y de la creación, en lugar de protegerse los unos a los otros[3]. Entonces, ¿cómo construir un camino de paz y reconocimiento mutuo? ¿Cómo romper la lógica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Cómo acabar con la dinámica de desconfianza que prevalece actualmente?

Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca. El deseo de paz está profundamente inscrito en el corazón del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto.

2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad

Los Hibakusha, los sobrevivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, se encuentran entre quienes mantienen hoy viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió en agosto de 1945 y el sufrimiento indescriptible que continúa hasta nuestros días. Su testimonio despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo de dominación y destrucción: «No podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno»[4].

Como ellos, muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no sólo para evitar cometer nuevamente los mismos errores o para que no se vuelvan a proponer los esquemas ilusorios del pasado, sino también para que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras.

La memoria es, aún más, el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades.

Abrir y trazar un camino de paz es un desafío muy complejo, en cuanto los intereses que están en juego en las relaciones entre personas, comunidades y naciones son múltiples y contradictorios. En primer lugar, es necesario apelar a la conciencia moral y a la voluntad personal y política. La paz, en efecto, brota de las profundidades del corazón humano y la voluntad política siempre necesita revitalización, para abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las comunidades.

El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes. La paz «debe edificarse continuamente»[5], un camino que hacemos juntos buscando siempre el bien común y comprometiéndonos a cumplir nuestra palabra y respetar las leyes. El conocimiento y la estima por los demás también pueden crecer en la escucha mutua, hasta el punto de reconocer en el enemigo el rostro de un hermano.

Por tanto, el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza. En un Estado de derecho, la democracia puede ser un paradigma significativo de este proceso, si se basa en la justicia y en el compromiso de salvaguardar los derechos de cada uno, especialmente si es débil o marginado, en la búsqueda continua de la verdad[6]. Es una construcción social y una tarea en progreso, en la que cada uno contribuye responsablemente a todos los niveles de la comunidad local, nacional y mundial.

Como resaltaba san Pablo VI: «La doble aspiración hacia la igualdad y la participación trata de promover un tipo de sociedad democrática. […] Esto indica la importancia de la educación para la vida en sociedad, donde, además de la información sobre los derechos de cada uno, sea recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los demás; el sentido y la práctica del deber están mutuamente condicionados por el dominio de sí, la aceptación de las responsabilidades y de los límites puestos al ejercicio de la libertad de la persona individual o del grupo»[7].

Por el contrario, la brecha entre los miembros de una sociedad, el aumento de las desigualdades sociales y la negativa a utilizar las herramientas para el desarrollo humano integral ponen en peligro la búsqueda del bien común. En cambio, el trabajo paciente basado en el poder de la palabra y la verdad puede despertar en las personas la capacidad de compasión y solidaridad creativa.

En nuestra experiencia cristiana, recordamos constantemente a Cristo, quien dio su vida por nuestra reconciliación (cf. Rm 5,6-11). La Iglesia participa plenamente en la búsqueda de un orden justo, y continúa sirviendo al bien común y alimentando la esperanza de paz a través de la transmisión de los valores cristianos, la enseñanza moral y las obras sociales y educativas.

3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna

La Biblia, de una manera particular a través de la palabra de los profetas, llama a las conciencias y a los pueblos a la alianza de Dios con la humanidad. Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él. Sólo eligiendo el camino del respeto será posible romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza.

Nos guía el pasaje del Evangelio que muestra el siguiente diálogo entre Pedro y Jesús: «“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18,21-22). Este camino de reconciliación nos llama a encontrar en lo más profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz.

Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo político y económico, puesto que la cuestión de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo. Como escribió hace diez años Benedicto XVI en la Carta encíclica Caritas in veritate: «La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión» (n. 39).

4. La paz, camino de conversión ecológica

«Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar»[8].

Ante las consecuencias de nuestra hostilidad hacia los demás, la falta de respeto por la casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales —vistos como herramientas útiles únicamente para el beneficio inmediato, sin respeto por las comunidades locales, por el bien común y por la naturaleza—, necesitamos una conversión ecológica.

El reciente Sínodo sobre la Amazonia nos lleva a renovar la llamada a una relación pacífica entre las comunidades y la tierra, entre el presente y la memoria, entre las experiencias y las esperanzas.

Este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común. De hecho, los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma se nos confían para ser “cultivadas y preservadas” (cf. Gn 2,15) también para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de cada uno. Además, necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra más al encuentro con el otro y a la acogida del don de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su Hacedor.

De aquí surgen, en particular, motivaciones profundas y una nueva forma de vivir en la casa común, de encontrarse unos con otros desde la propia diversidad, de celebrar y respetar la vida recibida y compartida, de preocuparse por las condiciones y modelos de sociedad que favorecen el florecimiento y la permanencia de la vida en el futuro, de incrementar el bien común de toda la familia humana.

Por lo tanto, la conversión ecológica a la que apelamos nos lleva a tener una nueva mirada sobre la vida, considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida. Para el cristiano, esta pide «dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea»[9].

5. Se alcanza tanto cuanto se espera[10]

El camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera.

En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz. En esto, podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable.

El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial.

Para los discípulos de Cristo, este camino está sostenido también por el sacramento de la Reconciliación, que el Señor nos dejó para la remisión de los pecados de los bautizados. Este sacramento de la Iglesia, que renueva a las personas y a las comunidades, nos llama a mantener la mirada en Jesús, que ha reconciliado «todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20); y nos pide que depongamos cualquier violencia en nuestros pensamientos, palabras y acciones, tanto hacia nuestro prójimo como hacia la creación.

La gracia de Dios Padre se da como amor sin condiciones. Habiendo recibido su perdón, en Cristo, podemos ponernos en camino para ofrecerlo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Día tras día, el Espíritu Santo nos sugiere actitudes y palabras para que nos convirtamos en artesanos de la justicia y la paz.

Que el Dios de la paz nos bendiga y venga en nuestra ayuda.

Que María, Madre del Príncipe de la paz y Madre de todos los pueblos de la tierra, nos acompañe y nos sostenga en el camino de la reconciliación, paso a paso.

Y que cada persona que venga a este mundo pueda conocer una existencia de paz y desarrollar plenamente la promesa de amor y vida que lleva consigo.

Vaticano, 8 de diciembre de 2019

Francisco


[1] Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 1.

[2] Discurso sobre las armas nucleares, Nagasaki, Parque del epicentro de la bomba atómica, 24 noviembre 2019.

[3] Cf. Homilía en Lampedusa, 8 julio 2013.

[4] Encuentro por la paz, Hiroshima, Memorial de la Paz, 24 noviembre 2019.

[5] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 78.

[6] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los dirigentes de las asociaciones cristianas de trabajadores italianos, 27 enero 2006.

[7] Carta. ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 24.

[8] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 200.

[9] Ibíd., 217.

[10] Cf. S. Juan de la Cruz, Noche Oscura, II, 21, 8.

Fuente: Vatican.Va

 

 

INVOCAR AL SALVADOR

— Tratar al Señor con amistad y confianza.

— El nombre de Jesús. Jaculatorias.

— El trato con la Virgen María y con San José.

I. En la vida corriente, el llamar a una persona por su nombre indica familiaridad. «Suele suponer un paso decisivo en una amistad, aun casual, el que dos personas empiecen, sin esfuerzo y sin embarazo, a llamarse mutuamente por sus nombres de pila. Y cuando nos enamoramos, y todas nuestras experiencias se hacen más agudas y las cosas pequeñas significan tanto para nosotros, hay un nombre propio en el mundo que arroja un hechizo sobre nuestros ojos y oídos, cuando lo vemos escrito en la página de un libro o cuando lo oímos en una conversación; su simple encuentro nos estremece. Este sentido de amor personal fue el que personas como San Bernardo dieron al nombre de Jesús»1. También para nosotros el Señor lo es todo, y por eso le tratamos con toda confianza.

San Josemaría Escrivá nos aconseja: «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre –Jesús– y a decirle que le quieres»2.

A un amigo le llamamos por su nombre. ¿Cómo no vamos a llamar a nuestro mejor Amigo por el suyo? Él se llama JESÚS, así lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno3. Dios mismo fijó su nombre por medio del Ángel. Con el nombre queda señalada su misión: Jesús significa Salvador. Con Él nos llega la salvación, la seguridad y la verdadera paz: Es el nombre superior a todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno4.

¡Con cuánto respeto y con cuánta confianza a la vez hemos de repetirlo! También, y de modo especial, cuando nos dirigimos a Él en nuestra oración personal, como ahora: «Jesús, necesito...», «Jesús, yo querría...».

El nombre era de gran importancia entre los judíos. Cuando a alguien se le imponía un nombre se quería expresar lo que había de ser en el futuro. Si no se conocía el nombre de una persona, no se conocía a esta en absoluto. Tachar un nombre era suprimir una vida, y cambiarlo suponía alterar el destino de la persona. El nombre expresaba la realidad profunda de su ser.

Entre todos los nombres, el de Dios era el nombre por excelencia5. Este debe ser bendito ahora y siempre, desde la aurora al ocaso6, pues es digno de alabanza de la mañana a la noche7. En una de las peticiones del Padrenuestro rogamos precisamente que sea santificado el nombre del Señor.

En el pueblo judío, el nombre se imponía en la circuncisión, rito instituido por Dios para señalar como con una marca y contraseña a quienes pertenecían al pueblo elegido. Era la señal de la Alianza que Dios hizo con Abraham y su descendencia8, y prescribió que se realizase al octavo día del nacimiento. El incircunciso quedaba excluido del pacto y, por tanto, del pueblo de Dios.

En cumplimiento de este precepto, Jesús fue circuncidado al octavo día9, como decía la Ley. María y José cumplieron lo que estaba legislado. «Cristo se sometió a la circuncisión en el tiempo en que estaba vigente –dice Santo Tomás– y así su obra se nos ofrece como ejemplo a imitar, para que observemos las cosas que en nuestro tiempo están preceptuadas»10 11 y no busquemos situaciones de excepción o privilegio cuando no hay razón para ello.

II. Terminada la circuncisión de Jesús, sus padres, María y José, repetirían por vez primera el nombre de Jesús, llenos de una inmensa piedad y cariño.

Así hemos de hacer nosotros con frecuencia. Invocar su nombre es ser salvos12; creer en este nombre es llegar a ser hijos de Dios13; orar en este nombre es ser escuchados con toda seguridad: en verdad os digo que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá14. En el nombre de Jesús se perdonan los pecados15 y las almas son purificadas y santificadas16. Anunciar este nombre constituye la esencia de todo apostolado17, pues Él «es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones»18. En Jesús encuentran los hombres aquello que más necesitan y de lo que están sedientos: salvación, paz, alegría, perdón de sus pecados, libertad, comprensión, amistad.

«¡Oh Jesús..., cómo te compadeces de los que te invocan!

¡Qué bueno eres con quienes te buscan!

¡Qué no serás para quienes te encuentran!...

Solo quien lo ha experimentado puede saber lo que encierra amarte a Ti, ¡oh Jesús!»19, exclamaba San Bernardo.

Al invocar el nombre del Señor, nos encontramos en algunas ocasiones como aquellos leprosos que, desde lejos, le dicen: Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros. Y el Señor les dice que se acerquen, y los curará enviándolos a los sacerdotes20. O tendremos que repetirle, porque también nosotros estamos ciegos para tantas cosas, las palabras del ciego de Jericó: Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí. «¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí? ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!»21.

Invocando el Santísimo Nombre de Jesús desaparecerán muchos obstáculos y sanaremos de tantas enfermedades del alma que a menudo nos aquejan.

«Que tu nombre, oh Jesús, esté siempre en el fondo de mi corazón y al alcance de mis manos, a fin de que todos mis afectos y todas mis acciones vayan dirigidas a ti (...). En tu nombre, ¡oh Jesús!, tengo remedio para corregirme de mis malas acciones y para perfeccionar las defectuosas; también, una medicina con que preservar de la corrupción mis afectos o sanarlos, si ya estuvieran corrompidos»22.

Las jaculatorias harán más vivo el fuego de nuestro amor al Señor, y aumentarán nuestra presencia de Dios a lo largo del día. Otras veces, mirando al Señor, Dios hecho Niño por amor nuestro, le diremos llenos de confianza: Dominus iudex noster, Dominus legifer noster, Dominus rex noster; ipse salvabit nos23. Señor, Jesús, en ti confiamos, en ti confío.

III. Junto al nombre de Jesús hemos de tener en nuestros labios los de María y de José: los nombres que más veces debió pronunciar el mismo Señor.

La piedad de los primeros cristianos da al nombre de María diversos significados: Muy amada, Estrella del Mar, Señora, Princesa, Luz, Hermosa...

Es San Jerónimo quien la llama Stella Maris, Estrella del Mar; Ella nos guía a puerto seguro en medio de todas las tempestades de la vida.

Con mucha frecuencia hemos de tener este nombre salvador en nuestros labios, pero de modo especial en la necesidad y en las dificultades. En nuestro caminar hacia Dios vendrán tormentas, que el Señor permite para purificar nuestra intención y para que crezcamos en las virtudes; y es posible que, por fijarnos demasiado en los obstáculos, asome la desesperanza o el cansancio en la lucha. Es el momento de recurrir a María, invocando su nombre. «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia, o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María. Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara»24.

Invocaremos nosotros su nombre especialmente en el Avemaría, y también en las demás oraciones y jaculatorias que la piedad cristiana ha sabido crear a lo largo de los siglos, y que quizá nos enseñaron nuestras madres.

Y junto a Jesús y María, José. «Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de Ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José una especial gratitud y reverencia»25.

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

¡Cuántos millones de cristianos habrán aprendido de labios de sus madres estas u otras jaculatorias parecidas, que luego han repetido hasta el final de sus días! No nos olvidemos nosotros de acudir diariamente, muchas veces, a esta trinidad de la tierra.

1 R. Knox, Tiempos y fiestas del año litúrgico, Madrid 1964, pp. 64-65. — 2 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 303. — 3 Cfr. Lc 2, 21. — 4 Flp 2, 9-10. — 5 Zac 14, 9. — 6 Sal 113, 2-3. — 7 Sal 9, 2. — 8 Cfr. Gen 17, 10-14. — 9 Lc 2, 21. — 10 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 37, a. l. — 11 Cfr. Hech 15, 1 ss. — 12 Cfr. Rom 10, 9. — 13 Cfr. Jn 1, 12. — 14 Jn 16, 23. — 15 1 Jn 2, 12. — 16 Cfr. 1 Cor 6, 11. — 17 Hech 8, 12. — 18 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 45. — 19 San Bernardo, Sermones sobre los cantares, 15. — 20 Cfr. Lc 17, 13. — 21 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 195. — 22 San Bernardo, l. c. — 23 Antífona ad tertiam, en la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. — 24 San Bernardo, Hom. sobre la Virgen Madre, 2. — 25 San Bernardino de Siena, Sermón 2.

 

 

“Os apoyaréis unos a otros”

Si sabes querer a los demás y difundes ese cariño –caridad de Cristo, fina, delicada– entre todos, os apoyaréis unos a otros: y el que vaya a caer se sentirá sostenido –y urgido– con esa fortaleza fraterna, para ser fiel a Dios. (Forja, 148)

Llega la plenitud de los tiempos y, para cumplir esa misión, no aparece un genio filosófico, como Platón o Sócrates; no se instala en la tierra un conquistador poderoso, como Alejandro. Nace un Infante en Belén. Es el Redentor del mundo; pero, antes de hablar, ama con obras. No trae ninguna fórmula mágica, porque sabe que la salvación que ofrece debe pasar por el corazón del hombre. Sus primeras acciones son risas, lloros de niño, sueño inerme de un Dios encarnado: para enamorarnos, para que lo sepamos acoger en nuestros brazos.
Nos damos cuenta ahora, una vez más, de que éste es el cristianismo. Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cristiano, que es fracasar también como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás ‑antes que nada, en los que están a tu lado‑ como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso.
Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, el que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman! (Es Cristo que pasa, 36)

 

 

Madre de Dios, Madre nuestra

Homilía de san Josemaría, pronunciada el 11 de octubre de 1964, fiesta entonces de la Maternidad de la Santísima Virgen, y publicada en 'Amigos de Dios'.

Homilías en audio30/12/2019

Todas las fiestas de Nuestra Señora son grandes, porque constituyen ocasiones que la Iglesia nos brinda para demostrar con hechos nuestro amor a Santa María. Pero si tuviera que escoger una, entre esas festividades, prefiero la de hoy: la Maternidad divina de la Santísima Virgen.

Esta celebración nos lleva a considerar algunos de los misterios centrales de nuestra fe: a meditar en la Encarnación del Verbo, obra de las tres Personas de la Trinidad Santísima. María, Hija de Dios Padre, por la Encarnación del Señor en sus entrañas inmaculadas es Esposa de Dios Espíritu Santo y Madre de Dios Hijo.

Cuando la Virgen respondió que sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y la humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; Unigénito eterno del Padre y, a partir de aquel momento, como Hombre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre —sin confusión— la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios.

Fe del pueblo cristiano

Esa ha sido siempre la fe segura. Contra los que la negaron, el Concilio de Efeso proclamó que si alguno no confiesa que el Emmanuel es verdaderamente Dios, y que por eso la Santísima Virgen es Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado, sea anatema.

La historia nos ha conservado testimonios de la alegría de los cristianos ante estas decisiones claras, netas, que reafirmaban lo que todos creían: el pueblo entero de la ciudad de Efeso, desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, permaneció ansioso en espera de la resolución... Cuando se supo que el autor de las blasfemias había sido depuesto, todos a una voz comenzaron a glorificar a Dios y a aclamar al Sínodo, porque había caído el enemigo de la fe. Apenas salidos de la iglesia, fuimos acompañados con antorchas a nuestras casas. Era de noche: toda la ciudad estaba alegre e iluminada. Así escribe San Cirilo, y no puedo negar que, aun a distancia de dieciséis siglos, aquella reacción de piedad me impresiona hondamente.

Quiera Dios Nuestro Señor que esta misma fe arda en nuestros corazones, y que se alce de nuestros labios un canto de acción de gracias: porque la Trinidad Santísima, al haber elegido a María como Madre de Cristo, Hombre como nosotros, nos ha puesto a cada uno bajo su manto maternal. Es Madre de Dios y Madre nuestra.

La Maternidad divina de María es la raíz de todas las perfecciones y privilegios que la adornan. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios. La Santísima Virgen, por ser Madre de Dios, posee una dignidad en cierto modo infinita, del bien infinito que es Dios. No hay peligro de exagerar. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima.

Eramos pecadores y enemigos de Dios. La Redención no sólo nos libra del pecado y nos reconcilia con el Señor: nos convierte en hijos, nos entrega una Madre, la misma que engendró al Verbo, según la Humanidad. ¿Cabe más derroche, más exceso de amor? Dios ansiaba redimirnos, disponía de muchos modos para ejecutar su Voluntad Santísima, según su infinita sabiduría. Escogió uno, que disipa todas las posibles dudas sobre nuestra salvación y glorificación. Como el primer Adán no nació de hombre y de mujer, sino que fue plasmado en la tierra, así también el último Adán, que había de curar la herida del primero, tomó un cuerpo plasmado en el seno de Virgen, para ser, en cuanto a la carne, igual a la carne de los que pecaron.

Madre del Amor Hermoso

Ego quasi vitis fructificavi...: como vid eché hermosos sarmientos y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos. Así hemos leído en la Epístola. Que esa suavidad de olor que es la devoción a la Madre nuestra, abunde en nuestra alma y en el alma de todos los cristianos, y nos lleve a la confianza más completa en quien vela siempre por nosotros.

Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Lecciones que nos recuerda hoy Santa María. Lección de amor hermoso, de vida limpia, de un corazón sensible y apasionado, para que aprendamos a ser fieles al servicio de la Iglesia. No es un amor cualquiera éste: es el Amor. Aquí no se dan traiciones, ni cálculos, ni olvidos. Un amor hermoso, porque tiene como principio y como fin el Dios tres veces Santo, que es toda la Hermosura y toda la Bondad y toda la Grandeza.

Pero se habla también de temor. No me imagino más temor que el de apartarse del Amor. Porque Dios Nuestro Señor no nos quiere apocados, timoratos, o con una entrega anodina. Nos necesita audaces, valientes, delicados. El temor que nos recuerda el texto sagrado nos trae a la cabeza aquella otra queja de la Escritura: busqué al amado de mi alma; lo busqué y no lo hallé.

Esto puede ocurrir, si el hombre no ha comprendido hasta el fondo lo que significa amar a Dios. Sucede entonces que el corazón se deja arrastrar por cosas que no conducen al Señor. Y, como consecuencia, lo perdemos de vista. Otras veces quizá es el Señor el que se esconde: El sabe por qué. Nos anima entonces a buscarle con más ardor y, cuando lo descubrimos, exclamamos gozosos: le así y ya no lo soltaré.

El Evangelio de la Santa Misa nos ha recordado aquella escena conmovedora de Jesús, que se queda en Jerusalén enseñando en el templo. María y José anduvieron la jornada entera, preguntando a los parientes y conocidos. Pero, como no lo hallasen, volvieron a Jerusalén en su busca. La Madre de Dios, que buscó afanosamente a su hijo, perdido sin culpa de Ella, que experimentó la mayor alegría al encontrarle, nos ayudará a desandar lo andado, a rectificar lo que sea preciso cuando por nuestras ligerezas o pecados no acertemos a distinguir a Cristo. Alcanzaremos así la alegría de abrazarnos de nuevo a El, para decirle que no lo perderemos más.

Madre de la ciencia es María, porque con Ella se aprende la lección que más importa: que nada vale la pena, si no estamos junto al Señor; que de nada sirven todas las maravillas de la tierra, todas las ambiciones colmadas, si en nuestro pecho no arde la llama de amor vivo, la luz de la santa esperanza que es un anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria.

En mí se encuentra toda gracia de doctrina y de verdad, toda esperanza de vida y de virtud. ¡Con cuánta sabiduría la Iglesia ha puesto esas palabras en boca de nuestra Madre, para que los cristianos no las olvidemos! Ella es la seguridad, el Amor que nunca abandona, el refugio constantemente abierto, la mano que acaricia y consuela siempre.

Un antiguo Padre de la Iglesia escribe que hemos de procurar conservar en nuestra mente y en nuestra memoria un ordenado resumen de la vida de la Madre de Dios. Habréis ojeado en tantas ocasiones esos prontuarios, de medicina, de matemáticas o de otras materias. Allí se enumeran, para cuando se requieren con urgencia, los remedios inmediatos, las medidas que se deben adoptar con el fin de no descaminarse en esas ciencias.

Meditemos frecuentemente todo lo que hemos oído de Nuestra Madre, en una oración sosegada y tranquila. Y, como poso, se irá grabando en nuestra alma ese compendio, para acudir sin vacilar a Ella, especialmente cuando no tengamos otro asidero. ¿No es esto interés personal, por nuestra parte? Ciertamente lo es. Pero ¿acaso las madres ignoran que los hijos somos de ordinario un poco interesados, y que a menudo nos dirigimos a ellas como al último remedio? Están convencidas y no les importa: por eso son madres, y su amor desinteresado percibe —en nuestro aparente egoísmo— nuestro afecto filial y nuestra confianza segura.

No pretendo —ni para mí, ni para vosotros— que nuestra devoción a Santa María se limite a estas llamadas apremiantes. Pienso —sin embargo— que no debe humillarnos, si nos ocurre eso en algún momento. Las madres no contabilizan los detalles de cariño que sus hijos les demuestran; no pesan ni miden con criterios mezquinos. Una pequeña muestra de amor la saborean como miel, y se vuelcan concediendo mucho más de lo que reciben. Si así reaccionan las madres buenas de la tierra, imaginaos lo que podremos esperar de Nuestra Madre Santa María.

Madre de la Iglesia

Me gusta volver con la imaginación a aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de El. Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre —y, después de Ella, José— conoce como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al Salvador.

Que en cada uno de vosotros, escribía San Ambrosio, esté el alma de María, para alabar al Señor; que en cada uno esté el espíritu de María, para gozarse en Dios. Y este Padre de la iglesia añade unas consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un sentido espiritual claro para la vida del cristiano. Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros.

Si nos identificamos con María, si imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el alma de muchos que se identificarán con El por la acción del Espíritu Santo. Si imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual. En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y Dios.

Su mucho amor a Nuestra Señora y su falta de cultura teológica llevó, a un buen cristiano, a hacerme conocer cierta anécdota que voy a narraros, porque —con toda su ingenuidad— es lógica en persona de pocas letras.

Tómelo —me decía— como un desahogo: comprenda mi tristeza ante algunas cosas que suceden en estos tiempos. Durante la preparación y el desarrollo del actual Concilio, se ha propuesto incluir el tema de la Virgen. Así: el tema. ¿Hablan de ese modo los hijos? ¿Es ésa la fe que han profesado siempre los fieles? ¿Desde cuándo el amor a la Virgen es un tema, sobre el que se admita entablar una disputa a propósito de su conveniencia?

Si algo está reñido con el amor, es la cicatería. No me importa ser muy claro; si no lo fuera —continuaba— me parecería una ofensa a Nuestra Madre Santa. Se ha discutido si era o no oportuno llamar a María Madre de la Iglesia. Me molesta descender a más detalles. Pero la Madre de Dios y, por eso, Madre de todos los cristianos, ¿no será Madre de la Iglesia, que es la reunión de los que han sido bautizados y han renacido en Cristo, hijo de María?

No me explico —seguía— de dónde nace la mezquindad de escatimar ese título en alabanza de Nuestra Señora. ¡Qué diferente es la fe de la Iglesia! El tema de la Virgen. ¿Pretenden los hijos plantear el tema del amor a su madre? La quieren y basta. La querrán mucho, si son buenos hijos. Del tema —o del esquema— hablan los extraños, los que estudian el caso con la frialdad del enunciado de un problema. Hasta aquí el desahogo recto y piadoso, pero injusto, de aquella alma simple y devotísima.

Sigamos nosotros ahora considerando este misterio de la Maternidad divina de María, en una oración callada, afirmando desde el fondo del alma: Virgen, Madre de Dios: Aquel a quien los Cielos no pueden contener, se ha encerrado en tu seno para tomar la carne de hombre.

Mirad lo que nos hace recitar hoy la liturgia: bienaventuradas sean las entrañas de la Virgen María, que acogieron al Hijo del Padre eterno. Una exclamación vieja y nueva, humana y divina. Es decir al Señor, como se usa en algunos sitios para ensalzar a una persona: ¡bendita sea la madre que te trajo al mundo!

Maestra de fe, de esperanza y de caridad

María cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella Cabeza de la que es efectivamente madre según el cuerpo. Como Madre, enseña; y, también como Madre, sus lecciones no son ruidosas. Es preciso tener en el alma una base de finura, un toque de delicadeza, para comprender lo que nos manifiesta, más que con promesas, con obras.

Maestra de fe. ¡Bienaventurada tú, que has creído!, así la saluda Isabel, su prima, cuando Nuestra Señora sube a la montaña para visitarla. Había sido maravilloso aquel acto de fe de Santa María: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. En el Nacimiento de su Hijo contempla las grandezas de Dios en la tierra: hay un coro de ángeles, y tanto los pastores como los poderosos de la tierra vienen a adorar al Niño. Pero después la Sagrada Familia ha de huir a Egipto, para escapar de los intentos criminales de Herodes. Luego, el silencio: treinta largos años de vida sencilla, ordinaria, como la de un hogar más de un pequeño pueblo de Galilea.

El Santo Evangelio, brevemente, nos facilita el camino para entender el ejemplo de Nuestra Madre: María conservaba todas estas cosas dentro de sí, ponderándolas en su corazón. Procuremos nosotros imitarla, tratando con el Señor, en un diálogo enamorado, de todo lo que nos pasa, hasta de los acontecimientos más menudos. No olvidemos que hemos de pesarlos, valorarlos, verlos con ojos de fe, para descubrir la Voluntad de Dios.

Si nuestra fe es débil, acudamos a María. Cuenta San Juan que por el milagro de las bodas de Caná, que Cristo realizó a ruegos de su Madre, creyeron en El sus discípulos. Nuestra Madre intercede siempre ante su Hijo para que nos atienda y se nos muestre, de tal modo, que podamos confesar: Tú eres el Hijo de Dios.

Maestra de esperanza. María proclama que la llamarán bienaventurada todas las generaciones. Humanamente hablando, ¿en qué motivos se apoyaba esa esperanza? ¿Quién era Ella, para los hombres y mujeres de entonces? Las grandes heroínas del Viejo Testamento —Judit, Ester, Débora— consiguieron ya en la tierra una gloria humana, fueron aclamadas por el pueblo, ensalzadas. El trono de María, como el de su Hijo, es la Cruz. Y durante el resto de su existencia, hasta que subió en cuerpo y alma a los Cielos, es su callada presencia lo que nos impresiona. San Lucas, que la conocía bien, anota que está junto a los primeros discípulos, en oración. Así termina sus días terrenos, la que habría de ser alabada por las criaturas hasta la eternidad.

¡Cómo contrasta la esperanza de Nuestra Señora con nuestra impaciencia! Con frecuencia reclamamos a Dios que nos pague enseguida el poco bien que hemos efectuado. Apenas aflora la primera dificultad, nos quejamos. Somos, muchas veces, incapaces de sostener el esfuerzo, de mantener la esperanza. Porque nos falta fe: ¡bienaventurada tú, que has creído! Porque se cumplirán las cosas que se te han declarado de parte del Señor.

Maestra de caridad. Recordad aquella escena de la presentación de Jesús en el templo. El anciano Simeón aseguró a María, su Madre: mira, este niño está destinado para ruina y para resurrección de muchos en Israel y para ser el blanco de la contradicción; lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de muchos. La inmensa caridad de María por la humanidad hace que se cumpla, también en Ella, la afirmación de Cristo: nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos.

Con razón los Romanos Pontífices han llamado a María Corredentora: de tal modo, juntamente con su Hijo paciente y muriente, padeció y casi murió; y de tal modo, por la salvación de los hombres, abdicó de los derechos maternos sobre su Hijo, y le inmoló, en cuanto de Ella dependía, para aplacar la justicia de Dios, que puede con razón decirse que Ella redimió al género humano juntamente con Cristo. Así entendemos mejor aquel momento de la Pasión de Nuestro Señor, que nunca nos cansaremos de meditar: stabat autem iuxta crucem Iesu mater eius, estaba junto a la cruz de Jesús su Madre.

Habréis observado cómo algunas madres, movidas de un legítimo orgullo, se apresuran a ponerse al lado de sus hijos cuando éstos triunfan, cuando reciben un público reconocimiento. Otras, en cambio, incluso en esos momentos permanecen en segundo plano, amando en silencio. María era así, y Jesús lo sabía.

Ahora, en cambio, en el escándalo del Sacrificio de la Cruz, Santa María estaba presente, oyendo con tristeza a los que pasaban por allí, y blasfemaban meneando la cabeza y gritando: ¡Tú, que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo!; si eres el hijo de Dios, desciende de la Cruz. Nuestra Señora escuchaba las palabras de su Hijo, uniéndose a su dolor: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?. ¿Qué podía hacer Ella? Fundirse con el amor redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso —como una espada afilada— que traspasaba su Corazón puro.

De nuevo Jesús se siente confortado, con esa presencia discreta y amorosa de su Madre. No grita María, no corre de un lado a otro. Stabat: está en pie, junto al Hijo. Es entonces cuando Jesús la mira, dirigiendo después la vista a Juan. Y exclama: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre. En Juan, Cristo confía a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de creer en El.

Felix culpa, canta la Iglesia, feliz culpa, porque ha alcanzado tener tal y tan grande Redentor. Feliz culpa, podemos añadir también, que nos ha merecido recibir por Madre a Santa María. Ya estamos seguros, ya nada debe preocuparnos: porque Nuestra Señora, coronada Reina de cielos y tierra, es la omnipotencia suplicante delante de Dios. Jesús no puede negar nada a María, ni tampoco a nosotros, hijos de su misma Madre.

Madre nuestra

Los hijos, especialmente cuando son aún pequeños, tienden a preguntarse qué han de realizar por ellos sus padres, olvidando en cambio las obligaciones de piedad filial. Somos los hijos, de ordinario, muy interesados, aunque esa conducta —ya lo hemos hecho notar—, no parece importar mucho a las madres, porque tienen suficiente amor en sus corazones y quieren con el mejor cariño: el que se da sin esperar correspondencia.

Así ocurre también con Santa María. Pero hoy, en la fiesta de su Maternidad divina, hemos de esforzarnos en una observación más detenida. Han de dolernos, si las encontramos, nuestras faltas de delicadeza con esta Madre buena. Os pregunto —y me pregunto yo—, ¿cómo la honramos?

Volvemos de nuevo a la experiencia de cada día, al trato con nuestras madres en la tierra. Por encima de todo, ¿qué desean, de sus hijos, que son carne de su carne y sangre de su sangre? Su mayor ilusión es tenerlos cerca. Cuando los hijos crecen y no es posible que continúen a su lado, aguardan con impaciencia sus noticias, les emociona todo lo que les ocurre: desde una ligera enfermedad hasta los sucesos más importantes.

Mirad: para nuestra Madre Santa María jamás dejamos de ser pequeños, porque Ella nos abre el camino hacia el Reino de los Cielos, que será dado a los que se hacen niños. De Nuestra Señora no debemos apartarnos nunca. ¿Cómo la honraremos? Tratándola, hablándole, manifestándole nuestro cariño, ponderando en nuestro corazón las escenas de su vida en la tierra, contándole nuestras luchas, nuestros éxitos y nuestro fracasos.

Descubrimos así —como si las recitáramos por vez primera— el sentido de las oraciones marianas, que se han rezado siempre en la Iglesia. ¿Qué son el Ave Maria y el Angelus sino alabanzas encendidas a la Maternidad divina? Y en el Santo Rosario —esa maravillosa devoción, que nunca me cansaré de aconsejar a todos los cristianos— pasan por nuestra cabeza y por nuestro corazón los misterios de la conducta admirable de María, que son los mismos misterios fundamentales de la fe.

El año litúrgico aparece jalonado de fiestas en honor a Santa María. El fundamento de este culto es la Maternidad divina de Nuestra Señora, origen de la plenitud de dones de naturaleza y de gracia con que la Trinidad Beatísima la ha adornado. Demostraría escasa formación cristiana —y muy poco amor de hijo— quien temiese que el culto a la Santísima Virgen pudiera disminuir la adoración que se debe a Dios. Nuestra Madre, modelo de humildad, cantó: me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes aquel que es Todopoderoso, cuyo nombre es santo, y cuya misericordia se derrama de generación en generación para los que le temen.

En las fiestas de Nuestra Señora no escatimemos las muestras de cariño; levantemos con más frecuencia el corazón pidiéndole lo que necesitemos, agradeciéndole su solicitud maternal y constante, encomendándole las personas que estimamos. Pero, si pretendemos comportarnos como hijos, todos los días serán ocasión propicia de amor a María, como lo son todos los días para los que se quieren de verdad.

Quizá ahora alguno de vosotros puede pensar que la jornada ordinaria, el habitual ir y venir de nuestra vida, no se presta mucho a mantener el corazón en una criatura tan pura como Nuestra Señora. Yo os invitaría a reflexionar un poco. ¿Qué buscamos siempre, aun sin especial atención, en todo lo que hacemos? Cuando nos mueve el amor de Dios y trabajamos con rectitud de intención, buscamos lo bueno, lo limpio, lo que trae paz a la conciencia y felicidad al alma. ¿Que no nos faltan las equivocaciones? Sí; pero precisamente, reconocer esos errores, es descubrir con mayor claridad que nuestra meta es ésa: una felicidad no pasajera, sino honda, serena, humana y sobrenatural.

Una criatura existe que logró en esta tierra esa felicidad, porque es la obra maestra de Dios: Nuestra Madre Santísima, María. Ella vive y nos protege; está junto al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, en cuerpo y alma. Es la misma que nació en Palestina, que se entregó al Señor desde niña, que recibió el anuncio del Arcángel Gabriel, que dio a luz a Nuestro Salvador, que estuvo junto a El al pie de la Cruz.

En Ella adquieren realidad todos los ideales; pero no debemos concluir que su sublimidad y grandeza nos la presentan inaccesible y distante. Es la llena de gracia, la suma de todas las perfecciones: y es Madre. Con su poder delante de Dios, nos alcanzará lo que le pedimos; como Madre quiere concedérnoslo. Y también como Madre entiende y comprende nuestras flaquezas, alienta, excusa, facilita el camino, tiene siempre preparado el remedio, aun cuando parezca que ya nada es posible.

¡Cuánto crecerían en nosotros las virtudes sobrenaturales, si lográsemos tratar de verdad a María, que es Madre Nuestra! Que no nos importe repetirle durante el día —con el corazón, sin necesidad de palabras— pequeñas oraciones, jaculatorias. La devoción cristiana ha reunido muchos de esos elogios encendidos en las Letanías que acompañan al Santo Rosario. Pero cada uno es libre de aumentarlas, dirigiéndole nuevas alabanzas, diciéndole lo que —por un santo pudor que Ella entiende y aprueba— no nos atreveríamos a pronunciar en voz alta.

Te aconsejo —para terminar— que hagas, si no lo has hecho todavía, tu experiencia particular del amor materno de María. No basta saber que Ella es Madre, considerarla de este modo, hablar así de Ella. Es tu Madre y tú eres su hijo; te quiere como si fueras el hijo único suyo en este mundo. Trátala en consecuencia: cuéntale todo lo que te pasa, hónrala, quiérela. Nadie lo hará por ti, tan bien como tú, si tú no lo haces.

Te aseguro que, si emprendes este camino, encontrarás enseguida todo el amor de Cristo: y te verás metido en esa vida inefable de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Sacarás fuerzas para cumplir acabadamente la Voluntad de Dios, te llenarás de deseos de servir a todos los hombres. Serás el cristiano que a veces sueñas ser: lleno de obras de caridad y de justicia, alegre y fuerte, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo.

Ese, y no otro, es el temple de nuestra fe. Acudamos a Santa María, que Ella nos acompañará con un andar firme y constante.

 

 

Conocerle y conocerte (II): De labios de Jesús

En este segundo editorial de la serie se considera la iniciativa de Dios en la oración, que acude al encuentro del hombre y educa su corazón para que pueda entrar en relación con Él y descubra su condición de hijo amado de Dios.

Vida espiritual01/01/2020

Los primeros discípulos de Jesús vivían permanentemente fascinados y sorprendidos por su Maestro: enseñaba con autoridad, los demonios se le sometían, afirmaba que tenía potestad para perdonar los pecados, hacía milagros para que no dudaran… Un hombre tan sorprendente debía encerrar algún misterio. Uno de aquellos días, al alba, cuando están por comenzar otra agotadora jornada, los discípulos no encuentran a Jesús. Salen de casa preocupados y recorren la pequeña ciudad de Cafarnaún. Jesús no aparece. Finalmente, en una ladera que mira al lago, le descubren... ¡orando! (cfr. Mc 1,35).

El evangelista nos induce a pensar que no lo entendieron en un primer momento, pero enseguida pudieron comprobar que el episodio de Cafarnaún no era un hecho aislado. La oración formaba parte de la vida del Maestro tanto como la predicación, la atención a las necesidades de la gente o el descanso. Pero, mientras todas esas actividades les resultaban comprensibles e incluso admirables, aquellos tiempos de silencio les fascinaban, aunque no los entendían del todo. Solo tras un tiempo junto al Maestro se atrevieron a pedirle: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (Lc 11,1).

Non multa…

Conocemos la respuesta de Jesús a esa petición: la oración del Padrenuestro. Y alguno podría pensar que los discípulos debieron quedar decepcionados: ¿tan solo esas pocas palabras? ¿Eso es lo que hacía el Maestro durante largas horas? ¿Repetía siempre lo mismo? Podemos incluso imaginar que la respuesta de Jesús les debió saber a poco; hubieran deseado que Jesús siguiera enseñándoles. En ese sentido, el evangelio de san Mateo —a diferencia del de san Lucas— nos puede iluminar algo más, ya que sitúa la enseñanza del Padrenuestro en el contexto del Sermón de la Montaña: allí Cristo había señalado las condiciones principales de la oración, del trato verdadero con Dios. ¿Cuáles son esas condiciones?

La rectitud de intanción, la confianza y la sencillez son tres condiciones para poder dirigirse a Dios

La primera es la rectitud de intención: se trata de dirigirse a Dios por Dios, no por otros motivos; desde luego, no hacerlo simplemente para que nos vean, ni para aparentar una bondad de la que carecemos (cfr. Mt 6,5). Dirigirnos a Dios porque él es un ser personal, que no debe ser instrumentalizado. Nos ha dado todo lo que poseemos, existimos por su amor, nos ha hecho hijos suyos, cuida tiernamente de nosotros y ha entregado su propia vida para salvarnos. Él no merece nuestra atención solo, ni principalmente, porque puede conseguirnos cosas. La merece… ¡porque es él! San Juan Pablo II, cuando era aún obispo de Cracovia, lo recordaba a los jóvenes: «¿Por qué oran todas las personas (cristianos, musulmanes, budistas, paganos)? ¿Por qué oran? ¿Por qué oran incluso los que creen no orar? La respuesta es muy sencilla. Oro porque hay Dios. Sé que hay Dios. Por eso oro»[1].

La segunda es la confianza: nos dirigimos a quien es Padre, Abbá. Dios no es un ser lejano, ni mucho menos un enemigo del hombre, al que habría que tener contento, aplacando su ira o sus exigencias constantemente. Él es el padre que se preocupa por sus hijos, que sabe lo que necesitan, que les da lo que más les conviene (cfr. Mt 6,8), que «tiene sus delicias con ellos» (cfr. Prov 8,31).

Se entiende así mejor la tercera de las condiciones de la oración, que es la que introduce la revelación del Padrenuestro: no usar demasiadas palabras (cfr. Mt 6,7). De esa manera podremos experimentar lo que nos recordaba el papa Francisco: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos!»[2]. Demasiadas palabras pueden aturdirnos y desviar nuestra atención. Así, en vez de mirar a Dios y descansar en su amor, existe el peligro de acabar prisioneros de nuestras necesidades urgentes, de nuestras angustias o de nuestros proyectos. Es decir, podemos terminar encerrados, sin que la oración nos abra verdaderamente a Dios y a su amor transformador.

Hay un adagio latino, non multa, sed multum[3], que san Josemaría usaba para referirse al modo de estudiar ya que recuerda la importancia de no dispersarse en muchas cosas —non multa—, sino de profundizar en lo esencial —sed multum—. Se trata de un consejo que sirve también para entender la enseñanza de Jesús sobre la oración. El Padrenuestro, en su brevedad, no es una lección decepcionante, sino auténtica revelación del modo en que resulta posible la conexión verdadera con Dios.

…sed multum

«A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y muda tu condición»[4]. Estas palabras de san Juan de la Cruz nos recuerdan que amar significa acompasarse con el otro, adivinar sus gustos y gozar en satisfacerlos, aprender —a veces con cierto sufrimiento— que no basta nuestra buena intención, sino que hay que aprender a acertar.

Y para amar a Dios, ¿cómo conseguiremos acertar? ¿Cómo sabremos sus gustos? El libro de Job pone de manifiesto aquella dificultad cuando, al final, humildemente dice: «Yo te preguntaré y tú me instruirás» (Jb 42,4). Se trata de la misma petición que siglos después dirigieron los discípulos a Jesús: «Enséñanos a orar». Aprender a rezar no es, pues, primariamente cuestión de técnica o de método. Ante todo, es apertura a un Dios que nos ha manifestado su verdadero rostro y que ha abierto para nosotros la intimidad de su corazón. Solo conociendo lo que anida en el corazón de Dios podremos orar verdaderamente, podremos amarle como él quiere ser amado. Y, a la luz de ese conocimiento, mudar la condición de nuestra oración, aprender a rezar de la mejor manera

El Padrenuestro es, pues, la gran instrucción de Jesús para que podamos sintonizar con el corazón del Padre. Por eso se ha hablado del carácter performativo de esta oración: son palabras que realizan en nosotros aquello que significan, son palabras que nos cambian. No son meramente frases para repetir: son palabras para educar nuestro corazón, para enseñarle a latir con los latidos de amor que agradarán a nuestro Padre del cielo.

La oración va más de apertura y de dejarse transformar que de una simple técnica o método

Decir Padre y nuestro me sitúa existencialmente en la relación que configura mi vida. Repetir hágase tu voluntad me enseña a amar los planes de Dios y recitar perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden me ayuda a tener un corazón más misericordioso con los demás. «Las palabras nos instruyen y nos permiten entender lo que debemos desear y pedir nosotros. Y no como si con ellas fuésemos a convencer nosotros al Señor para obtener lo que pedimos»[5]. Recitando esta oración aprendemos a dirigirnos a Dios poniendo el acento en lo que es verdaderamente importante.

Meditar las distintas peticiones del Padrenuestro, quizás con la ayuda de algunos de los grandes comentarios antiguos —el de san Cipriano o el de santo Tomás[6]— o de otros más recientes como el del Catecismo de la Iglesia Católica, puede ser un buen modo de comenzar a renovar nuestra vida de oración y, así, vivir con mayor intensidad la historia de amor que tiene que ser nuestra vida.

Con palabras inspiradas

Los discípulos, testigos de la oración de Jesús, vieron también que él se dirigía a su Padre en muchas ocasiones con las palabras de los salmos. Así lo habría aprendido de su madre y de san José. Los salmos alimentaron su oración hasta en el momento supremo de su sacrificio en la cruz: «Elí, Elí, ¿lamma sabachtani?» reza el primer versículo del salmo 22 en arameo, tal y como lo pronunció Jesús en el momento en que se consumaba nuestra redención. San Mateo también recoge que en la Última Cena, «cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos» (Mt 26,30). ¿Qué himnos son esos con los que el mismo Cristo rezaba?

Durante la comida de Pascua, los judíos tomaban cuatro copas de vino, que representaban las cuatro promesas de bendición de Dios para su pueblo cuando fueron liberados de Egipto: «Os sacaré», «os libraré», «os redimiré» y «os tomaré» (Éx 6,6-7). Se bebían en cuatro distintos momentos durante la cena. Al mismo tiempo, se cantaban los himnos del Hallel, llamados así porque comenzaban con la palabra «hallel» («aleluya»)[7]. Seguramente Jesús recitó todos lleno de agradecimiento y alabando a Dios, su Padre, como un verdadero israelita, consciente del carácter inspirado de estas oraciones, en las que se condensan tanto la historia de amor de Dios por su pueblo, como las actitudes propias del corazón del hombre ante un Dios siempre más admirable: la alabanza, la adoración, la súplica, la petición de perdón…

No resulta extraño, pues, que los primeros cristianos siguieran este modo de rezar de Jesús, apoyados también en el consejo de san Pablo: «Llenaos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando gracias siempre por todas las cosas a Dios Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,19-20). Al igual que las del Padrenuestro, las palabras de los salmos educaban sus corazones, abriéndolos a una relación auténtica con Dios. Descubrían, con asombro y agradecimiento, cómo aquellos versos habían prefigurado siempre la vida de Cristo. Y, sobre todo, comprendían que su corazón de hombre verdadero era el que mejor había sabido hacer suyas las alabanzas, peticiones y súplicas que en ellos se contienen. Desde entonces, «rezándolos en referencia a Cristo y viendo su cumplimiento en Él, los salmos son elemento esencial y permanente de la oración de su Iglesia. Se adaptan a los hombres de toda condición y de todo tiempo»[8]. También nosotros encontraremos en ellos «alimento sólido» (cfr. Hb 5,14) para nuestra oración.

Los salmos y los textos de la Liturgia forman un tesoro con el que podemos educar nuestro corazón para acudir al encuentro del Maestro

Y no solo los salmos. A estos se unieron enseguida distintas composiciones —«himnos y cánticos espirituales»— para alabar al Dios tres veces santo, que se les había revelado como comunión de personas, Padre, Hijo y Espíritu. Comenzó así la elaboración de las oraciones que se utilizarían en la liturgia o que alimentarían la piedad fuera de ella; el propósito era el de ayudarnos a dirigirnos a Dios con palabras adecuadas, que expresaran nuestra fe en él. Esas oraciones, fruto del amor de la Iglesia por su Señor, constituyen también un tesoro en el que podemos educar nuestro corazón. Por eso, escribía san Josemaría: «Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares»[9].

Bajo el soplo del Espíritu Santo

Todos hemos aprendido estudiando textos escritos. Por eso podemos entender que las palabras del Padrenuestro, de los salmos o de otras oraciones de la Iglesia son las que nos han educado en nuestro trato con Dios, aunque hasta ahora no lo hubiéramos pensado así. Sin embargo, la palabra de Dios tiene una característica propia: está viva y, por eso, puede aportar novedades insospechadas. La carta a los Hebreos nos recuerda que «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo: entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12).

Por eso, las mismas palabras, consideradas una y otra vez, no suenan siempre de la misma manera. Algunas veces se abren horizontes nuevos ante nuestros ojos, sin que sepamos explicar muy bien por qué: es la acción del Espíritu Santo que habla a nuestro interior. Lo explicaba, con precisión, san Agustín: «El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el maestro está dentro (…). ¿Queréis una prueba, hermanos? ¿Acaso no habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia»[10].

Se percibe así la estrecha relación entre el Espíritu Santo, la palabra inspirada y nuestra vida de oración. Con razón la Iglesia lo invoca como el «Maestro interior», que educa nuestro corazón con las palabras que el mismo Jesús nos enseñó, haciéndonos descubrir en ellas horizontes siempre nuevos, para conocer mejor a Dios y así amarle cada día más.

* * *

«María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19). La oración de nuestra Madre se nutría de su propia vida y de la meditación asidua de la Palabra de Dios; allí encontraba luz para ver con más profundidad las cosas que la rodeaban. En su cántico de alabanza —el Magnificat— percibimos hasta qué punto la Sagrada Escritura era el alimento constante de su oración. El Magnificat está entretejido de referencias a los salmos y a otras palabras de la Sagrada Escritura como el «cántico de Ana» (1Sam 2,1-11) o la visión de Isaías (Is 29,19-20), entre otros[11]. Con ese alimento preparaba el Espíritu Santo su sí incondicional a la embajada del ángel. A ella nos encomendamos para que también nosotros dejemos que la palabra divina eduque nuestro corazón y nos haga capaces de responder fiat! —¡hágase! ¡quiero!— a tantos planes que Dios tiene para nuestra vida.

Nicolás Álvarez de las Asturias


[1] K. Wojtyla, Ejercicios espirituales para jóvenes, BAC, Madrid 1982, p. 89.

[2] Francisco, Evangelii Gaudium, n. 264.

[3] Cfr. Camino, n. 333.

[4] San Juan de la Cruz, Dichos de amor y luz, 59.

[5] San Agustín, Carta 130.

[6] Cfr. San Cipriano, La unidad de la Iglesia, el padrenuestro, a Donato, Ciudad Nueva, Madrid 1991; Santo Tomás de Aquino, Obras catequéticas. Sobre el credo, Padrenuestro, Avemaría, decálogo y los siete sacramentos, Ediciones Eunate, Pamplona 1995, pp. 98-128.

[7]El Hallel se compone del pequeño Hallel, integrado por los salmos 113 (112) a 118 (117), y del gran Hallel, que es el salmo 136 (135), en el que se repite, en cada versículo, «porque es eterna su misericordia». Este último es el salmo con el que se concluye la cena pascual.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2597.

[9] Camino, n. 86.

[10] San Agustín, Tercera homilía sobre la I Carta de San Juan, 13.

[11] Además de los ya citados, también hay referencias a Habacuc 3,18; Job 12,19-20; 5,11-12 y Salmos 113,7; 136,17-23; 34,2-3; 111,9; 103,1; 89,11; 107,9; 34,10; 98,3; 22,9.

 

 

La Navidad comienza y termina en familia

Salvador Bernal

No faltan personas a quienes entristece la Navidad. Son minoría, por fortuna. Hasta las ciudades se visten de gala –de luz y color- cuando se acercan estas fiestas, que contribuyen por estos pagos a fortalecer los lazos familiares.

No faltan tampoco quienes lamentan el exceso de comercialización propio de esta época del año. Incluso, si son creyentes, invocan el excepcional momento de ira de Jesucristo contra los mercaderes del Templo. Pero es sabido que, en su momento, aquello vino a cumplir una función justa, para facilitar el cumplimiento, en el Templo de Jerusalén, de las ofrendas previstas en los Libros Sagrados. Pero se fue de las manos, como tal vez ahora en algunas circunstancias. Pero la alegría cristiana de la Navidad sigue necesitando compras –o donativos- que alegren humanamente los festejos: desde la cena de Nochebuena a los regalos de Reyes.

En todo caso, estos días vemos, hablamos o nos escribimos con personas próximas que quizá la vida de la globalización ha alejado físicamente. Nos ponemos al día, y damos muchas gracias por tantas cosas buenas: ante todo, porque la familia sigue creciendo, aunque sea preciso lamentar alguna pérdida dolorosa; también porque se palpa la felicidad, aunque no falten penas ni problemas.

Se comprende que, a pesar de los pesares, la familia ocupe el primer lugar, con diferencia, en los sondeos de opinión sobre valores. Esa realidad es compatible con el viejo dicho popular de que una cosa es predicar y otra dar trigo. Porque el énfasis sobre la familia se acentúa en la vida pública, aunque no se compadezca luego con la realidad de las políticas familiares.

No siempre los políticos tienen la dignidad que acaba de mostrar en Italia el “grillino” Lorenzo Fioramonti. Prometió en su momento que dimitiría como ministro de Educación si no lograba que el Gobierno dedicase al menos tres mil millones de euros a su departamento en los presupuestos del 2020. Pero la economía italiana no parece estar para generosidades, y el ejecutivo de Giuseppe Conte no puede subir los impuestos o recortar partidas para aumentar los fondos destinados a la educación. Tras la aprobación de la ley de presupuestos, hace pocos días, Fioramonti cumplió su promesa y dimitió.

El caso tiene también otras lecturas. Una podría ser ésta: los problemas familiares son “prepolíticos”. Como ante tantas otras cuestiones sociales, las soluciones no llegan por la vía jurídica. Las posibles dolencias familiares no se remedian con más normas ni con más gasto público, aunque haya abundancia de leyes…, que se mitigan con su incumplimiento, que diría Federico de Castro. Desde luego, las políticas estatales en esta materia deben ser muy debatidas y matizadas, para evitar el peligro de intromisión en el hogar, ámbito irreductible de la intimidad. Pero un político responsable tiene que plantearse cómo incentivar soluciones, facilitar medios educativos, retirar obstáculos laborales o fiscales.

Es buen momento la Navidad para pensar caminos que proyecten el espíritu de estos días a lo largo del año en las familias y, por tanto, en la sociedad. En las últimas décadas, la jerarquía católica ha ofrecido puntos de referencia brillantísimos. Citaré sólo los pasajes correspondientes de la constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, la Familiaris Consortio de Juan Pablo II, y la Amoris Laetitia de Francisco. Y no me resisto a mencionar un documento español, poco difundido quizá, pero francamente interesante: la pastoral de 2001 sobre la familia, “santuario de la vida y esperanza de la sociedad”, actualizado en algunos aspectos en 2012.

Por mi parte, no dejo de recomendar la meditación del papa Francisco sobre el gran himno a la caridad de san Pablo en Corintios, que aplicó a la familia en el capítulo IV de Amoris Laetitia. Al cabo, la familia es el gran ámbito del ser, no del tener, que se construye con entrega: olvido de sí mismo que significa enriquecimiento mutuo, convivencia amable, asunción de las inevitables renuncias personales con libertad y alegría…

 

 

AÑO NUEVO.. PARA SIEMPRE

 

Ing. José Joaqqín Camacho                

Siglo 21, 28 diciembre 2019

Se debe a C.S. Lewis: “cuando los venenos se ponen de moda, no dejan de matar”. Y tiene razón en advertirlo porque realmente hay mucho veneno, muchas ideas venenosas de moda.

Por esto, ir contra esos venenos que corrompen la sociedad es un bien que hay que celebrar. Hay que aplaudir cuando se defiende la verdad, como hace el Papa destacando la importancia de respetar la verdad sobre el hombre para vivir en paz. "Cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, -afirma- emprende de modo casi natural el camino de la paz". Por el contrario, no puede haber paz "cuando falta la adhesión al orden trascendente de la realidad, o bien el respeto de aquella ‘gramática’ del diálogo que es la ley moral universal, inscrita en el corazón del hombre; cuando se obstaculiza y se impide el desarrollo integral de la persona y la tutela de sus derechos fundamentales"

         Por ello nos suena a algo muy actual: basta ver legislaciones en otros países –y propuestas de leyes en el nuestro- para detectar el caldo de cultivo de mucha violencia. La paz exige atenerse a la verdad sobre el hombre, y la mentira se opone a la paz y causa y sigue causando efectos devastadores en la vida de los individuos y de las naciones. Dice textualmente el mensaje de la paz: “Baste pensar en todo lo que ha sucedido en el siglo pasado, cuando sistemas ideológicos y políticos aberrantes han tergiversado de manera programada la verdad y han llevado a la explotación y al exterminio de un número impresionante de hombres y mujeres, e Por eso, incluso de familias y comunidades enteras".

    Tenemos que exigir que los que dirigen la sociedad sepan cuales son las verdades que tienen validez perenne, para poder hacer bien la sociedad que se les ha confiado. Estamos hablando de verdades naturales, que la Iglesia muestra con seguridad, aunque no con exclusividad: es como un  servicio que presta a la sociedad entera. El fundamentalismo, mezcla religión y política y es un error; pero la religión resalta esas verdades que facilitan –permiten- el desarrollo de los pueblos y las personas. Uno los puede aprender “en la iglesia”; pero son universales: de todos, para todos, siempre actuales. Sin pretender ser exhaustivo, podría citarse: el respeto a la persona, desde la concepción hasta la muerte natural;  la familia, base de la sociedad: y basada en el matrimonio: uno con una, para siempre, y abiertos a la vida . La justicia para todos. La seguridad; guerra -legal- al terrorismo. No a la violencia. Y poner la base del derecho internacional en los derechos de la persona, con base objetiva en la ley natural.

Esto explica el respeto y admiración que tiene la Iglesia, entre los que de veras piensan, por la defensa de estos valores que, insisto, es un  verdadero servicio a la sociedad. Así, los que arguyen que la Iglesia no se pone  al día con algunas ideas –según ellos- actuales sobre el divorcio, natalidad, aborto, eutanasia y un largo etcétera, sólo ponen de relieve que es la única institución que, a lo largo de los siglos, ha mantenido estos principios. Afortunadamente para todos.

¿Año nuevo, vida nueva? Nueva sería si viniera con un ambicioso y realista programa de educación nacional para todos, educación especialmente en humanidad, en civismo, virtudes morales …

 

¿Qué pensar y hacer ante la muerte?

Escrito por Salvador I. Reding Vidaña.

Así como oramos por “nuestros” difuntos, debemos orar por los “otros” difuntos o moribundos.

Si morir es cambiar de vida, de la terrena a la eterna, vale la pena pensar en ello, no evadirlo de la mente. Digamos primero que fallece un ser querido o cercano, y nos entristecemos. Con muy comprensible razón. Somos humanos y esta es la vida que conocemos; estamos acostumbrados a convivir o saber con vida a otras personas de nuestro amor o entorno. Y cuando alguien así fallece, sentimos de cerca el fenómeno de morir, y rezamos por ellas, por sus almas y por los corazones de quienes han perdido a un ser querido. Y eso está bien.

Generalmente no es igual cuando pensamos en que a diario mueren muchas personas lejanas a nosotros, y entre ellas quienes consideramos no deberían morir, es decir que no estaban enfermas graves, por ejemplo. Pero por homicidios, errores médicos o descuidos o por accidentes mueren personas. Y en general, eso nos hace pensar que morir es simplemente parte de la vida, y quizás ni se nos ocurra una oración por ellas. Y esto no está bien.

Si muere alguien de buena voluntad, de esas almas que ama el Señor, juntos a nuestras oraciones está la sensación de que dicha persona ya está mejor, no sufre, ha sido recibida en el cielo. Y en nuestra tristeza de no tenerla ya cerca, tenemos como creyentes un consuelo: ya está con Dios. Y oramos por quienes se quedan o quedamos sin ella, y por más frases pensadas y dichas de que en otra forma, ya no visible, nos acompaña, no resulta por esos tristes momentos de mucho consuelo para nosotros.

Cuando quien sufre alguna grave enfermedad, a veces terrible, o está en situaciones de peligro mortal, muere, nos consuela que ha dejado de sufrir, y que además, ha ido al Señor a recibir su justo premio por las buenas obras que haya hecho en vida, esas que cuentan muy por arriba de las faltas y pecados. La justicia divina está hecha de amor.

Pero hay otras cosas que hacer cuando alguien muere, al detenerse sus signos vitales o está en agonía. Y ambas tienen que ver con la oración. Veamos. Alguien acaba de morir, o al menos eso se piensa cuando cae en el llamado paro cardiorrespiratorio. La realidad es que aún no ha muerto, la vida se le está acabando y eventualmente puede volver, como cuando los médicos logran recuperar el latido cardiaco y la respiración. ¿Qué orar entonces? Pues podemos pedir al Señor que le conceda el arrepentimiento de lo pecado, que pidan su gracia y el perdón, justo antes de caer en la muerte cerebral.

Cuando una persona cae en ese paro cardiorrespiratorio, no sabemos si está consciente su mente o no, solamente vemos que “duerme”, que no habla, pero la experiencia médica nos ha mostrado cómo “el muerto” o quien permanece en estado de coma, que no se pueden comunicar, sin embargo pueden tener la posibilidad de pensar, así que bien podemos pedir, como he dicho, que Dios le conceda en don del arrepentimiento final y la petición del perdón, y Él lo escucha.

De hecho, el suicida puede estar en este caso, de que al momento de morir pida a Dios perdón por quitarse el inmenso don de la vida, arrepentido, demasiado tarde para detener su muerte. Pidamos entonces por quienes están en el proceso fatal del suicidio.

Ante un caso de agonía, con mayor razón podemos pedir eso al Señor, que al agonizante le conceda el don del arrepentimiento y la petición del divino perdón. Es lo mejor que puede pasarle a su alma, encomendarse a la misericordia de Dios, para llegar perdonado a su presencia en la otra vida, a ser juzgado por lo que hizo u omitió hacer conforme a los mandatos divinos.

Y algo más: así como oramos por “nuestros” difuntos, debemos orar por los “otros” difuntos o moribundos, sobre todo porque muchos mueren sin que nadie o casi nadie pidan a Dios por su eterno descanso en su presencia. “Que en paz descanse” es una frase muchas veces hueca, de cortesía, pero debemos sentirla y decirla con intención de que el Señor le lleve a su seno y no al castigo eterno que Él mismo nos ha mencionado.

Así como oramos por las almas de los fieles difuntos, pidiendo para ellos la luz perpetua, recemos por los agonizantes, por los que por la razón que sea están a punto de morir o están muriendo. Dios escuchará y les concederá lo que pedimos. Y pensemos también que moriremos, y demos buen, profundo sentido a todas esas oraciones que incluyen una frase como “…y en la hora de nuestra muerte”, del avemaría. Cada alma que ha llegado al cielo en parte al menos por nuestras peticiones por su buena muerte, será un intercesor nuestro, por nosotros y por quienes son nuestros seres amados. Amén.

 

 

«Reconstruir Siria no se hace con ladrillos sino reconstruyendo al hombre» – Fray Firas

 

El Padre Firas Lutfi es un franciscano sirio de Tierra Santa, ministro de la Región de San Pablo, que incluye Siria, Líbano y Jordania. A pesar de la guerra, permaneció en Siria con su gente. A la periodista Silvonei Protz, de Vatican News, relata nueve años de violencia, destrucción y muerte.

Y cómo hoy la Custodia de Tierra Santa ayuda a los niños a reencontrar la sonrisa. Cuando se le pregunta a Fray Firas por qué se quedó en Siria, responde: “Porque sí, porque soy franciscano, creyente y cuando el Señor me creó allí, fue para una misión, para ser su rostro, sus brazos, sus piernas que llevan el anuncio, la ternura y la misericordia de Dios”.

Viendo la televisión, escuchando la radio o leyendo los periódicos, parece que la guerra ha terminado en Siria. Los medios de comunicación ya no hablan de ella, o casi. Esto lamenta al Padre Firas Lutfi, un franciscano de Tierra Santa, pero sobre todo un sirio en Siria. Le importa mucho, porque se quedó en su país durante todos los años de la guerra. “Es cierto que en algunas zonas los combates han cesado -dice- pero hay que tener en cuenta una realidad: la guerra duró nueve años. Ha habido destrucción masiva, casas demolidas, barrios en ruinas, iglesias que necesitan reconstrucción… La mitad de la población, hablamos de 23 millones antes de la guerra, no está más, entre muertos, refugiados y desplazados”.

Así es como el Padre Firas describe la situación actual de su país, donde la vida es muy difícil. Demografía y economía de rodillas. Los jóvenes se han ido. Los niños y las mujeres, tanto los que se han quedado como los que ahora viven en campamentos de refugiados, sufren un profundo trauma psicológico. Las sanciones económicas, el embargo “que Occidente, desgraciadamente, sigue renovando contra Siria, pensando en golpear a los responsables de la guerra”, afectan en realidad a la población normal, a los inocentes, los niños y los más pobres. Así que actualmente es una lucha por la supervivencia, contra la pobreza.

El Padre Firas ve a su alrededor una gran desolación, aunque gran parte del territorio haya sido liberado de los yihadistas “que vinieron de todas partes del mundo, de más de 60 naciones”. Los últimos fundamentalistas se han reagrupado en el área de Idlib, la última fortaleza. “Son extranjeros no deseados en sus países de origen que ya no quieren dejarlos volver a entrar”.

El análisis del franciscano deja helado: “La guerra en Siria se ha convertido desgraciadamente en objeto de demasiados intereses internacionales. Ya no es una lucha contra un régimen, ya no es una lucha por la democracia, por la libertad de expresión, de conciencia, sino una guerra internacional en la que participan los rusos, los americanos, los europeos y también Irán, Turquía y los países del Golfo, cada uno con sus propios aliados“. Esta guerra, el Padre Firas la llama también “tsunami”, porque lo ha barrido todo. “Siria sigue sangrando”, declara con los ojos lúcidos. Espera la salvación, es decir, la intervención de personas sabias que se pongan a programar la paz. Recientemente, un joven le dijo que ya no tenía fuerzas para combatir, para luchar. Que no vivía, sino sobrevivía sin siquiera atreverse a mirar hacia el horizonte.

En búsqueda de soluciones

Como iglesia, como franciscano, el Padre Firas nunca se resignó. Por supuesto, a momentos parecía que todo se derrumbaba y que no había nada que hacer. Pero un corazón franciscano no puede abandonar. Así comenzó a buscar posibles soluciones. “¿Cómo puedo ayudar a mi gente?”, se preguntó muchas veces. La comunidad franciscana mundial ya estaba haciendo mucho. Gracias a la solidaridad, gracias también a tantos benefactores, fue posible distribuir paquetes de alimentos y agua potable, porque en la guerra a menudo es lo primero que cruelmente falta. Pero también se distribuyó dinero para financiar microproyectos, para ayudar a los jóvenes recién casados a dar sus primeros pasos y construir una familia. “Estos proyectos son testimonios que el Señor da y sigue dando.

Junto a este drama, a esta tragedia, el Padre Firas tocó con sus propias manos la presencia de Dios de una manera magnífica, y la Iglesia siempre ha estado al lado del pueblo que sufreAlgunos pastores, bajo la presión constante de la guerra tuvieron que irse, pero la mayoría, los obispos, sacerdotes y muchas órdenes religiosas decidieron quedarse en Siria. Y cita como ejemplo a dos de sus compañeros franciscanos que hoy viven en el norte, en la zona cercana a la frontera con Turquía, a pocos pasos de Antioquía, la famosa e histórica Antioquía: “Viven bajo el control no del régimen de Assad sino de los yihadistas. ¿Y qué hacen allí? Custodian el pequeño rebaño de los cristianos que quedan”. Con los dos religiosos, hay unos 200 cristianos que no sólo llevan el cristianismo en su ADN, sino que también soportan los sufrimientos para llevar a cabo una presencia concreta e histórica, de todo el patrimonio cristiano, de 2000 años de historia en Antioquía donde, por primera vez, los cristianos tomaron el nombre digno de “seguidores de Cristo”.

Hoy, a pesar de las muchas dificultades, siguen allí, junto a estos dos frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa, para seguir dando testimonio del amor de Cristo, tierno, misericordioso, misericordioso, piadoso hacia este pequeño rebaño.

Volver a ver una sonrisa en los rostros de los niños

Se están llevando a cabo dos proyectos para niños en Siria. Uno, en la ciudad de Alepo, donde vivió el Padre Firas durante la guerra. El proyecto se llama “arte terapéutico”. Detrás de este nombre hay todo un equipo de personas y especialistas que hacen todo lo posible para ayudar a los niños y niñas a recuperarse de ese trauma psicológico que les ha afectado profundamente. Así lo dice el franciscano: “Es un gran centro donde hay música, deporte, natación, hemos puesto a su disposición una hermosa piscina porque durante la guerra no podían jugar, salir de casa, estudiar, por miedo a ser asesinados”.

Durante el verano, mil niños asistieron al centro. A todos ellos, el personal del centro y los psicólogos trataron de ayudar a encontrar un sentido profundo para sus vidas y su existencia.

También hay otro proyecto muy interesante. “En Alepo Este sólo los musulmanes vivían y siguen viviendo”. Así comienza la descripción del Padre Firas. “Durante la guerra, sus tierras fueron ocupadas por yihadistas, por lo que los maltrataron, violaron a mujeres, masacraron a niños…”. Los niños vieron todas las escenas dramáticas de las gargantas cortadas y de los maltratos por parte de los fanáticos. Sucesivamente, nos habla de los matrimonios más o menos forzados de los yihadistas con mujeres sirias y de los hijos nacidos de estas uniones, cuya existencia no es oficial. No hay inscripción en el Registro Civil. Están allí, físicamente vivos, pero legalmente inexistentes. Cuando los yihadistas dejaron Alepo en 2017, la situación encontrada por el Padre Firas era aterradora: “Niños de 4 o 5 años que viven con su madre o a veces con su abuela porque sus padres ya no están allí. Algunos son abandonados a sí mismos y a su suerte, nunca han asistido a la escuela. Por no mencionar el drama psicológico y la acumulación de miedos, de terror, que sufrieron durante los combates”.

Se han creado dos centros que albergan a 500 niños y niñas de 3, 4 y hasta de 16 años. Y el programa que ya estaba en marcha en su convento, el colegio “Terre Sainte” de Alepo, se ha ampliado. El sacerdote franciscano subraya que los dos centros nacieron de la amistad con el mundo musulmán: “El Muftí de Alepo es un amigo muy querido -explica- y junto con el Vicario Obispo Apostólico de los Latinos, de la comunidad latina de Siria, nació una gran amistad antes, pero especialmente durante la guerra. Así que el primer fruto fue una estrecha colaboración para salvar la inocencia de estos niños”.

Este proyecto, esta colaboración con los musulmanes, tiene un fuerte significado para el Padre Firas. Demuestra la posibilidad de dar sentido a la vida, un sentido profundo, un sentido a la existencia y que nunca es demasiado tarde para actuar y hacer el bien. Y añade: “El diálogo no sólo se hace alrededor de una mesa, sino que se hace trabajando juntos, mano a mano, corazón con corazón. Y allí nace la verdadera reconstrucción de Siria que llegará con el tiempo, puede que tarde 30, 50 años, pero la verdadera reconstrucción no nace de los ladrillos sino de la reconstrucción del hombre, del ser humano dentro de nosotros”.

Siria como misión

Cuando se le pregunta al Padre Firas por qué se quedó en Siria, responde así: “Porque sí, porque soy franciscano, creyente y cuando el Señor me creó allí, fue para una misión, para ser su rostro, sus brazos, sus piernas que llevan el anuncio, la ternura y la misericordia de Dios.

Fue “llamado”, Padre Firas, por Dios a vivir la realidad, también dramática, de “su” Siria. Su “sí” a la existencia es un “sí” motivado y convencido que le ayuda a superar las dificultades. En Siria, todos los días se sufre y se muere. Y así concluye: “Es exactamente como el grano de trigo: si no muere, queda solo; si muere, produce mucho fruto, como dice Jesús en el Evangelio”.

Religion en Libertad

 

 

La paz sólo vendrá con la enmienda y el pedido de perdón

El mundo de hoy, la familia, y particularmente nuestro País, necesitan urgentemente la paz. Esto que parece imposible de alcanzar, lo ofreció la Santísima Virgen en Fátima si atendemos a sus pedidos.

Verdades Olvidadas

“Es necesario que los hombres se enmienden y que pidan perdón de sus pecados”.

La Santísima Virgen en Fátima

La Santísima Virgen María, en su aparición a los pastorcitos en Fátima, les confió cuatro peticiones y cuatro promesas, necesarias para la paz y la salvación de los hombres.

Pues, “la salvación del mundo en esta hora extraordinaria la ha puesto Dios en el Inmaculado Corazón de María”. (Palabras del Cardenal Cerejeira, Patriarca de Lisboa, el 7 de septiembre de 1946).

El cumplimiento del mensaje de Fátima (PDF)

Peticiones de Nuestra Señora:

“Hay que rezar el Santo. Rosario todos los días”.

“Es preciso que los hombres se enmienden y que pidan perdón de sus pecados”.

«Que el mundo entero se consagre a mi Inmaculado Corazón”.

“La Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de mes en honra del Inmaculado Corazón de María”.

Promesas de Nuestra Señora:

“Si se hace lo que yo Os digo, obtendréis la paz”.

“Si se atienden a mis ruegos, Rusia se convertirá”.

“Si se hace lo que os digo, se salvarán muchas almas”.

“Anuncia de mi parte que prometo asistir en el momento de la muerte y con las gracias necesarias para la salvación, a todos aquellos que en el Primer Sábado de cinco meses consecutivos, se confiesen, comulguen, recen el Santo Rosario y me hagan compañía durante un cuarto de hora meditando en sus Misterios, con la intención de hacerme reparación”.

 

Luces de Navidad

Ernesto Juliá

photo_camera Cabalgata de Navidad en Karachi, Pakistán.

“El pueblo que vivía en la oscuridad ha visto una gran luz”. 

La alegría de la Luz de Cristo, de la Luz que es Cristo –Camino, Verdad y Vida-   llena el corazón de los creyentes,  mueve el corazón de muchos no creyentes, y les invita a abrir los ojos y contemplar la Grandeza, el Amor, la Misericordia de Dios, en el Niño envuelto en pañales en el portal de Belén.

“Nadie tiene que sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo: porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para liberarnos a todos. Que se alegre el santo, porque se acerca a la victoria. Alégrese el pecador, porque se le invita al perdón. Anímese el gentil, porque se le llama a la vida” (san León Magno).

Esta llamada a la Vida, que el Señor hecho hombre, hecho niño, anuncia desde los brazos de María, ha florecido en estos días en tres hechos que no han tenido gran publicidad, como era de esperar. Y me supongo que en otros muchos semejantes a lo largo y ancho de toda la tierra

El primero, el nacimiento de dos hermanas gemelas, las dos afectadas por el síndrome Down, que una madre americana, en Usa, ha llevado con serenidad y paz los nueve meses del embarazo, y les ha dado la vida, no obstante las presiones y consejos para que abortara. Y no solo. Los médicos les dijeron que las niñas se tendrían que someter a una cirugía de corazón nada más nacer. Al final, solo una necesitó la operación y quedó en muy buen estado.

El caso, por lo que señalan, sólo suele ocurrir una vez en cada millón de embarazos.  Las dos gemelas son un auténtico canto pro-vida.

El segundo fulgor de la Luz que se encendió en Belén el día de Navidad, ha brotado en Inglaterra. Un obispo anglicano, antiguo capellán de la reina, se ha convertido y se dispone a vivir su vida en la Iglesia Católica. La canonización de John Henry Newman da sus frutos.

“Estoy especialmente agradecido por el ejemplo y las oraciones de san John Henry Newman (…). Su experiencia nos pone de manifiesto que la Iglesia de Inglaterra tiene sus raíces en los valores de la cultura secularizada más que en la base de la tradición bíblica, apostólica y patrística. La experiencia de Newman marca el camino hacia nuestro hogar eclesial apropiado que se basa en el carisma petrino en nuestra lucha por la salvación y el Cielo”

El mismo Espíritu Santo que movió a Newman y al obispo Ashenden, mueve el corazón de un sacerdote chino, y es la tercer lucecita, quien hablando de las muchas conversiones que se están dando en China, también en estos días, y de la necesidad de preparar a los catecúmenos para recibir el Bautismo, comenta: “El Espíritu Santo siempre está trabajando en Su Iglesia. Los protege y los guía en su camino hacia la Verdad, única y completa”. Y añade: “Vivimos una cierta semejanza con la Iglesia de los primeros tres siglos dentro del imperio romano. Ahora, reconociendo que en los días de Mao Tse Tung la Iglesia se enfrentó a una persecución violenta cercana a la que los primeros cristianos habían conocido, sin embargo hoy nos enfrentamos a una persecución insidiosa, cuyo objetivo es transformar la Iglesia en una Iglesia que ya no es la verdadera Iglesia de Cristo. Es mucho más peligroso para los fieles, que están desorientados y, a veces, pueden abandonar la verdadera fe sin darse cuenta”.

El Niño Jesús, en su hacerse Hombre y hacerse Eucaristía, sigue siendo, y lo será siempre, la Roca en la que se apoya la Iglesia por Él fundada. Newman lo descubrió un día; los sacerdotes chinos y los anglicanos que se convierten, saben que esa Roca no se tambaleará jamás.

 

  Propósitos 2020

Consuelo Mendoza

El 2020 es una oportunidad de propósitos concretos para comenzar una transformación que inicie en nuestro corazón para que se refleje y haga vida en nuestra familia.

 

El 2019 llega a su fin y a pesar de haber sido un año sumamente difícil y lleno de conflictos, vivimos sus últimos días con la ilusión que casi a todos nos produce la llegada de la Navidad y la proximidad de un nuevo año, que renueva nuestras esperanzas y los deseos de iniciar junto con el calendario, una nueva etapa de oportunidades, retos y logros.

En estas fechas nos olvidamos un poco de la política y los políticos, de la crisis económica y de la situación social que padecemos; y aunque sabemos que en el 2020 será difícil transformar nuestra realidad con respecto a la pobreza, la inseguridad, la violencia, los feminicidios, el narcotráfico y la corrupción; el ambiente del frío pero cálido diciembre nos invita a detenernos por un momento y hacer una profunda reflexión.

Podemos hacer como cada año una lista de propósitos y metas personales que corre el riesgo de quedar olvidada cuando la rutina se adueñe de nuestras vidas, o bien en esta nueva década hacer un alto en el camino e iniciar una ruta diferente que nos permita mejorar en lo propio y construir en beneficio de los demás, aportando nuestro esfuerzo en lo que es trascendente.

No se trata de obras espectaculares que de tajo derriben ideologías, transformen gobiernos y legisladores, restablezcan los verdaderos Derechos Humanos, y hagan prevalecer a los “buenos sobre los malos”.

Más bien me refiero a ser como la gota de agua que a fuerza de ser precisa y constante en su caída, va transformando de manera definitiva a la dura roca. Me refiero a salir de una vez por todas del “Club de nosotros los buenos” para amar sin juzgar, ser sin alardear y trabajar sin claudicar.

Cambiar primero nuestro interior para poder ver a los demás con ojos de misericordia. Construir en nuestro entorno, comenzando con la propia familia que es donde inicia la formación, viviendo los valores que definen a las diferentes comunidades.

Detrás de cada persona hay una historia familiar que con sus aciertos o desaciertos marcó su futuro, y no es ajena a la familia la descomposición social que ha transformado la cara de nuestro país, por el contrario, es en ésta donde ha iniciado su deterioro.

Los esfuerzos para solucionar los problemas que nos aquejan, han sido insuficientes o poco efectivos porque no se le ha dado a la familia el apoyo ni el papel preponderante que le corresponde para enfrentarlos.

Así que el 2020 es una oportunidad de propósitos concretos para comenzar una transformación que inicie en nuestro corazón para que se refleje y haga vida en nuestra familia. No se trata de esperar las condiciones apropiadas, sino de construirlas educando a las nuevas generaciones en los valores y virtudes necesarias para “ahogar el mal en abundancia de bien”

Es en el seno de las familias donde surgirán los líderes, los pensadores, los políticos, y los hombres de bien que tanto necesitamos. Es desde nuestra familia en donde podemos asumir las palabras del papa Francisco: “La misericordia es un camino que parte del corazón y llega a las manos, es decir, a las obras de misericordia”, transformando nuestro entorno no solo con la denuncia, sino con la acción y la misma constancia con que la gota de agua modela la roca.

Dios se hizo Niño para salvarnos, pero quiso una familia para disfrutar de los brazos de una Madre, de la protección de un padre y del calor de un hogar; y desde ahí inició la misión que transformó a la humanidad.

 

Una fe vivida a conciencia

Estos días se ha escrito mucho sobre el nuevo santo, el Cardenal Newman, facilitando el descubrimiento de su gran influjo en la Iglesia. En esta ocasión me permito señalar tan solo algunas líneas de fuerza de su fe pensada y vivida. El Catecismo actual le cita en cuatro ocasiones sobre la fe, la conciencia, la conversión y la adoración a Dios. Estas son las sinergias del progreso espiritual.

Newman sabe que la fe es un regalo de Dios y él responde honradamente a las verdades revelas sobre Dios, el hombre y el mundo, custodiadas y vividas en la tradición de la Iglesia. Estudiando la vida de los primeros cristianos, las enseñanzas de los Padres y la doctrina vinculante de los Concilios, llega a la convicción de que todo ello se encuentra en la Iglesia de Roma.

Al respecto enseña el Catecismo que la certeza de la fe es mayor que la de la razón natural y la experiencia humana, porque tiene la garantía de Dios, y cita estas palabras de Newman "Diez mil dificultades no hacen una sola duda". Valentía, por tanto, para pensar la fe sin detenerse en las dificultades.

Una segunda referencia al nuevo santo aparece al tratar de la conciencia, donde se encuentra a solas con Dios. En efecto, el Catecismo recoge estas palabras suyas: "La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo", en su conocida Carta al duque de Norfolk.

Tenía pues un sentido de la conciencia como lugar de encuentro con Dios, en contraste con esa concepción tan extendida de la conciencia como en reino de la subjetividad, que se sitúa por encima de las normas morales y de las leyes divinas y humanas.

Jesús Martínez Madrid

 

Jóvenes sin amigos

Puede ser debido al hartazgo que siento, como la inmensa mayoría de los españoles, ante la situación política actual, pero me resisto a que los políticos marquen lo que se dice en la calle y en las casas, me resisto a no dar voz a cuestiones vitales que interesan e inquietan a la sociedad mucho más que los políticos y los partidos.

Las conversaciones políticas no suplen la vida cotidiana de nuestras familias, de nuestra sociedad. Y esta vida suele interesar mucho más, o al menos es lo que pienso. Por eso, hablo y escribo mucho más sobre cuestiones sociales y humanas que sobre política, y en esta ocasión lo hago con especiales ganas por este “hartazgo” político que padecemos.

Desde hace una temporada, he escuchado a amigos y conocidos que están preocupados porque sus hijos, adolescentes o veinteañeros, no tienen amigos, y se pasan cada día horas con el ordenador o el móvil en casa. Preocupados los padres, preocupado yo porque empezaba a ver un fenómeno nuevo entre los jóvenes.

Acabo de leer un estudio de la empresa demoscópica ‘YouGov’ a 1.254 jóvenes estadounidenses que arroja un dato preocupante: el 22% de los millenials no tiene ni un solo amigo. Jóvenes nacidos entre 1981 y 2001, con gran preparación muchas veces. Tres de cada diez no tienen un “mejor amigo” y el 25% reconoce que no tiene nadie con quien hacer planes.

El mismo estudio refleja que esos jóvenes pasan una media de dos horas y media en las redes sociales, y este dato tal vez sea la causa de que no tengan amigos, de modo que en vez de relaciones personales se enganchan a crear una realidad virtual, individualista, que estamos comprobando que hasta puede ser patológica.

Domingo Martínez Madrid

 

Las tensiones sociales

Ante las posturas más radicales de otros sindicatos, Michel Noblecourt considera que, “si se compara el contexto de 2019 con el de 2010, el año de la anterior gran reforma de las pensiones, liderada por Nicolas Sarkozy, las posibilidades de que los sindicatos en liza derroten a Emmanuel Macron son bajas (…) En los últimos nueve años, los sindicatos, que nunca han hecho retroceder a un gobierno desde la retirada del primer contrato de trabajo (CPE) en 2006 bajo Jacques Chirac, se han debilitado, en particular la CGT, e incluso durante los movimientos contra la ley de El Khomri o las ordenanzas de Macron sobre el código de trabajo, se han mantenido lejos de las movilizaciones de 2010”. Por otra parte, se notará mucho la falta de unidad sindical. Así como el método elegido ahora de contar con el tiempo, según afirmó Philippe: los trabajadores no cambiarán al nuevo régimen hasta que las transiciones se hayan acordado y adoptado con precisión, es decir, “a partir de 2040”.

Las tensiones sociales se reflejan también en el gobierno, no sólo en la sociedad. Tal vez por esto, Macron, que piensa ya en su reelección en 2022, ha puesto en marcha una gran consulta ciudadana. Obviamente, la abolición de los actuales 42 regímenes existentes no puede ser aceptada por todo el mundo pacíficamente. Y está por ver cómo evitar un alto coste financiero. Pero no es fácil oponerse al principio general lanzado por el presidente: “cada euro de cotización debe dar idénticos derechos a todos”. A juicio de Noblecourt, “Macron no ha ganado la partida, pero los sindicatos contrarios tienen todas las cartas para perderla”. En cualquier caso, el proceso tendrá mucha influencia en España y en otros países europeos.

JD Mez Madrid

 

No es “nuevo”… es un año igual

 

                                No, no lo es, es un ciclo que se repite desde que existe el “Sistema Solar” y que cíclicamente o periódicamente, repite lo que “por lo que sea”, es una “rutina estelar”, que durará lo que dure el motor de toda ella, o sea el Sol.

                                Lo he vuelto a apreciar esta misma mañana en mi paseo matutino; al cruzarme con conocidos que me paran para hablar; me dicen que “hace frío”; yo les digo que no, que en esta meridional y montañosa tierra en que nací y vivo, ahora hace un clima hermosísimo, puesto que luce un brillante y limpio Sol, sobre un “inmenso telón de cielo azul bellísimo”, que obliga a bajar la vista hasta el suelo, puesto que “al Padre Sol no se le puede mirar de frente o cara a cara”. También el rostro me lo acaricia un aire purísimo y algo frío; el que al ser aspirado por mi nariz expande mi pecho y pulmones, que agradecen tan insustituible alimento, carente de polución, puesto que aún vivimos en una zona tan poco industrializada, que nuestros cielos están limpios como en muchos otros lugares quisieran; quizá ahora sólo enturbian esos ambientes, las no muy abundantes “orujeras” (extractoras del aceite de orujo, nada similar al de aceituna virgen) que con sus altas temperaturas y química necesaria, extraen esa grasa o subproducto del olivar, y es claro que esas reacciones envenenan en algo, la muy pura atmósfera de nuestras sierras y montañas, que la purifican sin gran esfuerzo, puesto que esas industrias sólo funcionan unos meses de cada año.

                                Ese vientecillo frío o muy fresco, a mí me anuncia la ya próxima primavera, que aquí empezará pronto, llenando de “manchas blancas”, que en los campos aparecerán con los almendros en flor; al propio tiempo florecerán los bellísimos lirios silvestres o salvajes; “que son pequeñas orquídeas” que espontáneamente, nacen en lugares determinados y de duros suelos, alfombrando esos pequeños espacios, de flores de una tonalidad que va del blanco como la nieve, al morado “nazareno” y todos ellos desprendiendo un tenue y preciosísimo aroma, que muy pocos han saboreado. Su floración no es larga, más bien muy breve y luego desaparecen bajo la tierra, escondiendo su muy valioso bulbo, que aguantará todas las inclemencias de los extremos que aquí se dan de altas temperaturas y sequías, para luego en el siguiente año, florecer de nuevo como cosa natural.

                                Le seguirán las flores amarillas y que en múltiples plantas salvajes proliferan por todos los campos, que “no hayan matado con los terribles herbicidas”; y así aquí y en cualquier lado, habrá flores cuasi todo el año; o sea lo normal, rutinario o habitual de una muy rica naturaleza, que hoy florece entre “el mar de olivos y la gran alfombra de coníferas que aquí tenemos, y en menor grado, encinas y alcornoques, amén de infinidad de otras especies de arbolado, arbustos y yerbas infinitas, y donde pasta el ganado, muy abundante también en mi tierra madre, que como ya escribí y fue publicado incluso en el primer cartel turístico, con el eslogan… ¡JAÉN NO ES SÓLO OLIVOS!; cosa que molestó a los “olivotenientes” (no terratenientes), que incluso lo consideraron ofensivo, pero es verdad, ya que “Jaén, la provincia de Jaén, es mucho más que los olivos que posee, aunque estos representen la plantación que dá la máxima cosecha mundial, del mal llamado aceite de oliva, puesto que la oliva es el árbol, por lo que debiera denominarse “ACEITE DE ACEITUNA”; y la provincia en sí es tan grande, que equivale “a la mitad de Bélgica u Holanda”; por tanto la clasificación que di, creo fue acertada.

                                En cuanto a que del tiempo su medida no existe, se desprende de lo que escribiera ya hace muchos años en una de mis reflexiones y que dice así: “¿QUE ES EL TIEMPO... EXISTE EL TIEMPO?

                                El tiempo nosotros aquí en la Tierra, lo contamos o medimos, sobre la base de las vueltas que ésta da sobre sí misma y alrededor del Sol.

            Si éste preciso instante lo fijásemos aquí en La Tierra, pero al mismo tiempo lo situamos en el Sol, la Luna, Marte... o en la Estrella Polar ("cuyas esferas marcan igualmente su tiempo")... ¿qué sería el tiempo?... ¿de dónde partiría y como contaría?... ¿Existe entonces el tiempo y por tanto la edad?

            Si por otra parte "nada desaparece en el Universo", la materia simplemente se transforma y cambia ininterrumpidamente a múltiples formas y por tanto "siempre será la misma" y el tiempo se fija (o lo fijamos nosotros) sobre la base de esa materia aparentemente fija en el espacio; y digo aparentemente fija, por cuanto todos los cuerpos están en continuo movimiento en el espacio.

            Por tanto si la materia (base del tiempo) no desaparece y siempre está presente... ¿no ocurrirá igual con el tiempo... que será constante y permanente pero con diferentes apariencias?

            Deducido todo ello, la eternidad aparece segura... la duda es si también nosotros seremos eternos... desde luego "la materia de que estamos compuestos, sí que lo será" y entonces... ¿por qué no el resto de lo que componga nuestro yo "invisible"? (20 Abril 1.996).

                                La vida y de la que escribiré otro día; “no es nueva ni vieja y también es como el tiempo”, sólo se vive el momento que se vive y por tanto cuando se pasa a otra vida (que no a la muerte) sólo perdemos ese momento de vida, que no vivimos en este plano, puesto que pasamos “al otro”… lo aseguraron los sabios, yo no, que me remito a copiarlo y difundirlo.

                                Y no busquen esa quimera que dicen FELICIDAD que aquí no existe, procuren un conformismo inteligente y considérense conformes con lo que consigan, no hay más por mucho que se esfuercen. Así pues: ¡Feliz conformismo!

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes