Las Noticias de hoy 12 Marzo 2020

Enviado por adminideas el Jue, 12/03/2020 - 13:24
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 12 de marzo de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

En cada corazón “siempre hay una sed de verdad y bondad”: “la sed de Dios”

Papa Francisco: “No quisiera que esta epidemia haga que olvidemos a los pobres sirios”

Basílica de San Pedro: Ángelus para pedir por la liberación de la epidemia

Bienaventuranzas: “¿Qué quiere decir hambre y sed de justicia?” reflexiona el Papa

DESPRENDIMIENTO: Francisco Fernandez Carbajal

“Dios está junto a nosotros de continuo”: San Josemaria

Nuevos Mediterráneos (III): «Desde la Llaga de la mano derecha…»: Lucas Buch

Catequesis de Juan Pablo II sobre el Sacramento de la Reconciliación

“Por un sano feminismo”: Monseñor Felipe Arizmendi

Aquella primera homilía de Francisco

8 claves para que el móvil no te robe el tiempo que pasas con tus hijos: Isabel Molina Estrada

Cómo educar desde la infancia para llegar bien preparados a la adolescencia: LaFamilia.info

¿Libre?: José Morales Martín

La eutanasia no es un derecho: Suso do Madrid

Siria, amada y martirizada: Enric Barrull Casals

Desolación… “y así va el mundo”: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En cada corazón “siempre hay una sed de verdad y bondad”: “la sed de Dios”

Catequesis completa

MARZO 11, 2020 14:08ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 11 marzo 2020).- “En cada corazón”, recuerda el Papa, “incluso en la persona más corrupta y lejos del bien, se esconde un anhelo de luz, aunque se encuentre bajo escombros de engaños y errores, pero siempre hay una sed de verdad y bondad, que es la sed de Dios”.

El Pontífice ha reflexionado hoy, 11 de marzo de 2020, sobre la cuarta bienaventuranza: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados” (Mt 5,6), retomando el ciclo de catequesis sobre las bienaventuranzas, que inició antes del Miércoles de Ceniza, e interrumpió para hablar del inicio de la Cuaresma.

Esta mañana, la audiencia general ha tenido lugar a puerta cerrada, en el Palacio Apostólico, donde el Santo Padre se ha reunido junto a los sacerdotes traductores frente a las cámaras que emitían en directo, vía streaming, por primera vez en la historia, la catequesis del Papa.

​Hambre y sed, necesidades primarias

“El hambre y la sed son necesidades primarias, se trata de la supervivencia”. Hay que subrayarlo: “no se trata de un deseo genérico, sino de una necesidad vital y cotidiana, como es la alimentación”.

Así, recuerda el Papa que “en las Escrituras encontramos expresada una sed más profunda que la sed física, que es un deseo en la raíz de nuestro ser”. Aclara que “verdaderamente las injusticias hieren a la humanidad” y asegura que “la sociedad humana tiene una necesidad urgente de equidad, verdad y justicia social”.

“Es el Espíritu Santo quien despierta esta sed: Él es el agua viva que ha plasmado nuestro polvo, Él es el soplo creador que le dio vida”, anuncia Francisco. Por eso, la Iglesia es “enviada a anunciar a todos la Palabra de Dios, impregnada de Espíritu Santo”. Porque el Evangelio de Jesucristo es “la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad, que tiene una necesidad vital de ella, aunque no se dé cuenta”.

A continuación sigue la catequesis completa que el Papa Francisco ha pronunciado esta mañana, 11 de marzo de 2020.

***

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

En la audiencia de hoy seguimos meditando sobre el luminoso camino de la felicidad que el Señor nos ha dado en las Bienaventuranzas, y llegamos a la cuarta: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados”.

​Ya hemos encontrado la pobreza de espíritu y el llanto; ahora nos enfrentamos a otro tipo de debilidad, la relacionada con el hambre y la sed. El hambre y la sed son necesidades primarias, se trata de la supervivencia. Hay que subrayarlo: no se trata de un deseo genérico, sino de una necesidad vital y cotidiana, como es la alimentación.

Pero, ¿qué significa tener hambre y sed de justicia? Ciertamente no estamos hablando de los que quieren venganza, al contrario, en la bienaventuranza anterior hablamos de mansedumbre. Verdaderamente las injusticias hieren a la humanidad; la sociedad humana tiene una necesidad urgente de equidad, verdad y justicia social; recordemos que el mal que sufren las mujeres y los hombres del mundo llega al corazón de Dios Padre. ¿Qué padre no sufriría por el dolor de sus hijos?

Las Escrituras hablan del dolor de los pobres y de los oprimidos que Dios conoce y comparte. Por haber escuchado el grito de opresión levantado por los hijos de Israel – como nos dice el Libro del Éxodo (cf. 3:7-10) – Dios ha bajado a liberar a su pueblo. Pero el hambre y la sed de justicia de la que nos habla el Señor es aún más profunda que la legítima necesidad de justicia humana que todo hombre lleva en su corazón.

​En el mismo “Sermón de la Montaña”, un poco más adelante, Jesús habla de una justicia mayor que el derecho humano o la perfección personal, diciendo: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. (Mt 5, 20) Y esta es la justicia que viene de Dios (cf. 1 Cor1:30).

En las Escrituras encontramos expresada una sed más profunda que la sed física, que es un deseo en la raíz de nuestro ser. Un salmo dice: «Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua.» (Sal 63, 2). Los Padres de la Iglesia hablan de esta inquietud que habita en el corazón del hombre. San Agustín dice: «Porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.(1).Hay una sed interior, un hambre interior, una inquietud …

En cada corazón, incluso en la persona más corrupta y lejos del bien, se esconde un anhelo de luz, aunque se encuentre bajo escombros de engaños y errores, pero siempre hay una sed de verdad y bondad, que es la sed de Dios. Es el Espíritu Santo quien despierta esta sed: Él es el agua viva que ha plasmado nuestro polvo, Él es el soplo creador que le dio vida.

​Por eso la Iglesia es enviada a anunciar a todos la Palabra de Dios, impregnada de Espíritu Santo. Porque el Evangelio de Jesucristo es la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad, que tiene una necesidad vital de ella, aunque no se dé cuenta.(2)

Por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan, tienen la intención de hacer algo grande y hermoso, y si mantienen viva esta sed, siempre encontrarán el camino a seguir, en medio de los problemas, con la ayuda de la Gracia. ¡También los jóvenes tienen esta hambre, y no deben perderla! Es necesario proteger y alimentar en el corazón de los niños ese deseo de amor, de ternura, de acogida que expresan en su ímpetu sincero y luminoso.

Cada persona está llamada a redescubrir lo que realmente importa, lo que realmente necesita, lo que hace la vida buena y, al mismo tiempo, lo que es secundario y de lo que puede prescindir tranquilamente.

Jesús anuncia en esta bienaventuranza, hambre y sed de justicia, que hay una sed que no será defraudada; una sed que, si se asegunda será saciada y siempre será satisfecha, porque corresponde al mismo corazón de Dios, a su Espíritu Santo que es el amor y también a la semilla que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestros corazones. ¡Que el Señor nos dé esta gracia: la de tener esta sed de justicia que es precisamente la gana de encontrarle, de ver a Dios y de hacer el bien de los demás!

***

(1) Confesiones,. 1, 3.

(2) Catecismo de la Iglesia Católica, 2017.- La gracia del Espíritu Santo nos confiere la justicia de Dios. El Espíritu, uniéndonos por medio de la fe y el Bautismo a la Pasión y a la Resurrección de Cristo, nos hace participar en su vida.

 

 

Papa Francisco: “No quisiera que esta epidemia haga que olvidemos a los pobres sirios”

Que sufren en la frontera de Grecia y Turquía

MARZO 11, 2020 11:25ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 11 marzo 2020).- “No quisiera que este dolor, esta epidemia tan fuerte, haga que olvidemos a los pobres sirios que están sufriendo en la frontera de Grecia y Turquía, pueblo que sufre desde hace años. Deben huir de la guerra, del hambre y de la enfermedad. No olvidemos a los hermanos y hermanas, tantos niños que están sufriendo allí”.

​“En este momento quiero dirigirme a todos los enfermos que tienen el virus, que sufren la enfermedad, y a tantos que sufren con incertidumbre sobre la propia enfermedad”, ha dicho el Papa esta mañana, de manera improvisada, al final de la audiencia general.

El encuentro se ha celebrado, por primera vez en la historia por vía streaming, a puerta cerrada, desde la Biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano, para evitar que los fieles se concentraran, como cada miércoles por estas fechas, en la plaza de San Pedro para escuchar al Pontífice, y evitar así los contagios del covid-19.

“Gracias de corazón” al personal sanitario

El Santo Padre ha agradecido al personal médico en esta crisis sanitaria: “Agradezco de corazón al personal sanitario, médicos, enfermeros y voluntarios, que en este momento tan difícil están cerca de las personas que sufren”.

Del mismo modo, Francisco agradece “a todos los cristianos”, y “a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que están rezando en este momento, todos unidos, sea cual sea su confesión religiosa a la que pertenecen. Gracias de corazón por este esfuerzo”, ha pronunciado en italiano.

 

 

Basílica de San Pedro: Ángelus para pedir por la liberación de la epidemia

Dirigido por el cardenal Comastri

MARZO 11, 2020 18:01LARISSA I. LÓPEZANGELUS Y REGINA COELI

(zenit – 11 marzo 2020).- Desde hoy y durante una semana, a excepción del domingo, en la basílica de San Pedro, por iniciativa del cardenal Angelo Comastri, vicario general de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano, se rezará el Ángelus, seguido de las Letanías Lauretanas.

​Se trata de una idea, explica una nota firmada por el cardenal, propuesta “para invocar la intercesión de María en este difícil momento” de epidemia del coronavirus.

“En los momentos de peligro, espontáneamente, los niños se dirigen a la madre. En la circunstancia particular que estamos viviendo, nos dirigimos a María, la Madre que Jesús nos dio desde la cruz”, añade el prelado.

María, don de Cristo

​Según la edición italiana de Vatican News, esta mañana desde la Basílica de San Pedro, al pie de la estatua de la Virgen colocada cerca del Altar de la Cátedra, el cardenal Comastri dijo: “Mientras estaba en la Cruz, es decir, en el momento de la mayor manifestación de su amor por nosotros, Jesús nos dio el último y precioso regalo, el último regalo: nos dio a su madre. De hecho, señalando con sus ojos al apóstol Juan, que representaba a toda la humanidad, Jesús le dijo a María: ‘Mujer, he aquí tu hijo’, es decir: haz de madre”.

Asimismo, el arcipreste de la consabida basílica recordó que “la primera tarea de la madre es proteger a sus hijos en la hora de peligro”. De ahí la invocación a María “para liberarnos del flagelo de la epidemia”:

Invocación a la Madre

“Oh María, por tu humilde y libre sí

te convertiste en la primera cuna de Dios,

el primer tabernáculo del Altísimo,

el comienzo del último capítulo de la historia.

 

Viste a los apóstoles felices alrededor de Jesús.

Luego los viste tristes en la hora de la Pasión

y recogiste en el hueco de tu mano

sus lágrimas de miedo y desconcierto.

 

María, Madre de la Iglesia,

no tuviste miedo cuando llegó la Cruz.

Y sentiste de nuevo la emoción de Belén

cuando Jesús desde la cruz te llamó Madre

abriendo nuevos horizontes para tu maternidad.

 

Has sentido la emoción de Pentecostés

y viste a los apóstoles salir del Cenáculo

impulsados por una onda de entusiasmo

que llega inalterada hasta nosotros.

 

María, Madre de la Iglesia,

Abrázanos al pecho

y danos el latido del Corazón de tu Hijo Jesús.

Amén”.

La invitación para unirse a la oración del Ángelus está dirigida a todos. Es posible participar en ella en directo todos los días a las 12 horas, a través del canal de Youtube de Vatican News.

 

 

Bienaventuranzas: “¿Qué quiere decir hambre y sed de justicia?” reflexiona el Papa

“Sed de bien y de verdad”

MARZO 11, 2020 12:00ROSA DIE ALCOLEAAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 11 marzo 2020).- El Papa Francisco, retomando el ciclo de catequesis sobre las Bienaventuranzas, ha centrado hoy su meditación sobre la cuarta beatitud: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados”.

Esta mañana, 11 de marzo de 2020, ante la crisis sanitaria provocada por la epidemia del coronavirus que sufre Italia y que ya afecta a más de 100 países, la celebración de la audiencia general ha sido histórica: el Santo Padre, junto a los sacerdotes que han traducido en diferentes idiomas, se han reunido en la Biblioteca del Palacio Apostólico, manteniendo la distancia de seguridad obligada, frente a las cámaras, gracias a las cuales se ha podido seguir en directo –vía streaming—en todo el mundo.

La cuarta bienaventuranza no se refiere a un “deseo genérico” sino a una “exigencia vital y cotidiana de todo ser humano: la necesidad de nutrirse para sobrevivir”, pero “aquí se habla de hambre y sed de justicia”, ha aclarado Francisco.

Justicia que viene de Dios

“¿Qué quiere decir hambre y sed de justicia?” ha reflexionado el Papa. “No es la sed de venganza, tampoco es sólo el dolor de los pobres y de los oprimidos, que Dios conoce bien y que no le es indiferente. Es una justicia más grande que el derecho humano a la equidad, la verdad y la justicia social, más grande también que la perfección personal”.

Según las Bienaventuranzas, “se trata de la justicia que viene de Dios: de esa inquietud, de ese anhelo que está presente en lo más hondo del corazón de toda persona humana, aún en el corazón del más corrupto y alejado del Señor”.

Es la “sed de bien y de verdad, que el mal no puede borrar”, ha indicado el Papa. Es la “sed de Dios, suscitada por el Espíritu Santo, que todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser”, que san Agustín nos recuerda cuando escribe: “para ti nos has hecho, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”.

 

 

DESPRENDIMIENTO

— El desprendimiento de las cosas nos da la necesaria libertad para seguir a Cristo. Los bienes son solo medios.

— Desasimiento y generosidad. Algunos ejemplos.

— Desprendimiento de lo superfluo y de lo necesario, de la salud, de los dones que Dios nos ha dado, de lo que tenemos y usamos...

I. En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos hace muchas llamadas para que nos soltemos de las cosas de esta tierra, y llenar así de Dios nuestro corazón. En la Primera lectura de la Misa de hoy nos dice el profeta Jeremías: Bendito quien confía en el Señor, y pone en Él su confianza: Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en el año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto1. El Señor cuida del alma que tiene puesto en Él su corazón.

Quien pone su confianza en las cosas de la tierra, apartando su corazón del Señor, está condenado a la esterilidad y a la ineficacia para aquello que realmente importa: será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita2.

El Señor desea que nos ocupemos de las cosas de la tierra, y las amemos correctamente: Poseed y dominad la tierra3. Pero una persona que ame «desordenadamente» las cosas de la tierra no deja lugar en su alma para el amor a Dios. Son incompatibles el «apegamiento» a los bienes y querer al Señor: no podéis servir a Dios y a las riquezas4. Las cosas pueden convertirse en una atadura que impida alcanzar a Dios. Y si no llegamos hasta Él, ¿para qué sirve nuestra vida? «Para llegar a Dios, Cristo es el camino; pero Cristo está en la Cruz, y para subir a la Cruz hay que tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra»5. Él nos dio ejemplo: pasó por los bienes de esta tierra con perfecto señorío y con la más plena libertad. Siendo rico, por nosotros se hizo pobre6. Para seguirle, nos dejó a todos una condición indispensable: cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo7. Esta condición es también imprescindible para quienes le quieran seguir en medio del mundo. Este no renunciar a los bienes llenó de tristeza al joven rico, que tenía muchas posesiones8 y estaba muy apegado a ellas. ¡Cuánto perdió aquel día este hombre joven que tenía «cuatro cosas», que pronto se le escaparían de las manos!

Los bienes materiales son buenos, porque son de Dios. Son medios que Dios ha puesto a disposición del hombre desde su creación, para su desarrollo en la sociedad con los demás. Somos administradores de esos bienes durante un tiempo, por un plazo corto. Todo nos debe servir para amar a Dios –Creador y Padre– y a los demás. Si nos apegamos a las cosas que tenemos y no hacemos actos de desprendimiento efectivo, si los bienes no sirven para hacer el bien, si nos separan del Señor, entonces no son bienes, se convierten en males. Se excluye del reino de los cielos quien pone las riquezas como centro de su vida; idolatría llama San Pablo a la avaricia9. Un ídolo ocupa entonces el lugar que solo Dios debe ocupar.

Se excluye de una verdadera vida interior, de un trato de amor con el Señor, aquel que no rompe las amarras, aunque sean finas, que atan de modo desordenado a las cosas, a las personas, a uno mismo. «Porque poco se me da –dice San Juan de la Cruz– que un ave esté asida a un hilo delgado en vez de a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida estará a él como al grueso, en tanto que no le quebrare para volar. Verdad es que el delgado es más fácil de quebrar; pero, por fácil que es, si no lo rompe, no volará»10.

El desprendimiento aumenta nuestra capacidad de amar a Dios, a las personas y a todas las cosas nobles de este mundo.

II. El Evangelio de la Misa nos presenta a uno que hacía mal uso de los bienes. Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico11.

Este hombre rico tiene un marcado sentido de la vida, una manera de vivir: «Se banqueteaba». Vive para sí, como si Dios no existiera, como si no lo necesitara. Vive a sus anchas, en la abundancia. No dice la parábola que esté contra Dios ni contra el pobre: únicamente está ciego para ver a Dios y a uno que le necesita. Vive constantemente para sí mismo. Quiere encontrar la felicidad en el egoísmo, no en la generosidad. Y el egoísmo ciega, y degrada a la persona.

¿Su pecado? No tuvo en cuenta a Lázaro, no lo vio. No utilizó los bienes según el querer de Dios. «Porque la pobreza no condujo a Lázaro al Cielo, sino la humildad, y las riquezas no impidieron al rico entrar en el gran descanso, sino su egoísmo e infidelidad»12, dice con gran profundidad San Gregorio Magno.

El egoísmo y el aburguesamiento impiden ver las necesidades ajenas. Entonces, se trata a las personas como cosas (es grave ver a las personas como cosas, que se toman o se dejan según interese), como cosas sin valor. Todos tenemos mucho que dar: afecto, comprensión, cordialidad y aliento, trabajo bien hecho y acabado, limosna a gente necesitada o a obras buenas, la sonrisa cotidiana, un buen consejo, ayudar a nuestros amigos para que se acerquen a los sacramentos...

Con el ejercicio que hagamos de la riqueza –mucha o poca– que Dios ha depositado en nosotros nos ganamos la vida eterna. Este es tiempo de merecer. Siendo generosos, tratando a los demás como a hijos de Dios, somos felices aquí en la tierra y más tarde en la otra vida. La caridad, en sus muchas formas, es siempre realización del reino de Dios, y el único bagaje que sobrenadará en este mundo que pasa.

Este desasimiento ha de ser efectivo, con resultados bien determinados que no se consiguen sin sacrificio, y también natural y discreto, como corresponde a los cristianos que viven en medio del mundo y que han de usar los bienes como instrumentos de trabajo o en tareas apostólicas. Se trata de un desprendimiento positivo, porque resultan ridículamente pequeñas, e insuficientes, todas las cosas de la tierra en comparación del bien inmenso e infinito que pretendemos alcanzar; es también interno, que afecta a los deseos; actual, porque requiere examinar con frecuencia en qué tenemos puesto el corazón y tomar determinaciones concretas que aseguren la libertad interior; alegre, porque tenemos los ojos puestos en Cristo, bien incomparable, y porque no es una mera privación, sino riqueza espiritual, dominio de las cosas y plenitud.

III. El desprendimiento nace del amor a Cristo y, a la vez, hace posible que crezca y viva este amor. Dios no habita en un alma llena de baratijas. Por eso es necesaria una firme labor de vigilancia y de limpieza interior. Este tiempo de Cuaresma es muy oportuno para examinar nuestra actitud ante las cosas y ante nosotros mismos: ¿tengo cosas innecesarias o superfluas?, ¿llevo una cuenta o control de los gastos que hago para saber en qué invierto el dinero?, ¿evito todo lo que significa lujo o mero capricho, aunque no lo sea para otro?, ¿practico habitualmente la limosna a personas necesitadas o a obras apostólicas con generosidad, sin cicaterías?, ¿contribuyo al sostenimiento de estas obras y al culto de la Iglesia con una aportación proporcionada a mis ingresos y gastos?, ¿estoy apegado a las cosas o instrumentos que he de utilizar en mi trabajo?, ¿me quejo cuando no dispongo de lo necesario?, ¿llevo una vida sobria, propia de una persona que quiere ser santa?, ¿hago gastos inútiles por precipitación o por no prevenir?

El desprendimiento necesario para seguir de cerca al Señor incluye, además de los bienes materiales, el desprendimiento de nosotros mismos: de la salud, de lo que piensan los demás de nosotros, de las ambiciones nobles, de los triunfos y éxitos profesionales.

«Me refiero también (...) a esas ilusiones limpias, con las que buscamos exclusivamente dar toda la gloria a Dios y alabarle, ajustando nuestra voluntad a esta norma clara y precisa: Señor, quiero esto o aquello solo si a Ti te agrada, porque si no, a mí, ¿para qué me interesa? Asestamos así un golpe mortal al egoísmo y a la vanidad, que serpean en todas las conciencias; de paso que alcanzamos la verdadera paz en nuestras almas, con un desasimiento que acaba en la posesión de Dios, cada vez más íntima y más intensa»13. ¿Estamos desprendidos así de los frutos de nuestra labor?

Los cristianos deben poseer las cosas como si nada poseyesen14. Dice San Gregorio Magno que «posee, pero como si nada poseyera, el que reúne todo lo necesario para su uso, pero prevé cautamente que presto lo ha de dejar. Usa de este mundo como si no usara, el que dispone de lo necesario para vivir, pero no dejando que domine a su corazón, para que todo ello sirva, y nunca desvíe, la buena marcha del alma, que tiende a cosas más altas»15.

Desprendimiento de la salud corporal. «Consideraba lo mucho que importa no mirar nuestra flaca disposición cuando entendemos se sirve al Señor (...). ¿Para qué es la vida y la salud, sino para perderla por tan gran Rey y Señor? Creedme, hermanas, que jamás os irá mal en ir por aquí»16.

Nuestros corazones para Dios, porque para Él han sido hechos, y solo en Él colmarán sus ansias de felicidad y de infinito. «Jesús no se satisface “compartiendo”: lo quiere todo»17. Todos los demás amores limpios y nobles, que constituyen nuestra vida aquí en la tierra, cada uno según la específica vocación recibida, se ordenan y se alimentan en este gran Amor: Jesucristo Señor Nuestro.

«Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu»18.

Nuestra Madre Santa María nos ayudará a limpiar y ordenar los afectos de nuestro corazón para que solo su Hijo reine en él. Ahora y por toda la eternidad. Corazón dulcísimo de María, guarda nuestro corazón y prepárale un camino seguro.

1 Jer 17, 7-8. — 2 Jer 17, 6. — 3 Cfr. Gen 1, 28. — 4 Mt 6, 24. — 5 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, X. — 6 Cfr. 2 Cor 8, 9.  7 Lc 14, 33. — 8 Mc 10, 22. — 9 Col 3, 5. — 10 San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, 11, 4. — 11 Lc 16 19-21.  12 San Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio de San Lucas, 40, 2. — 13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 114. — 14 1 Cor 7, 30.  15 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 36. — 16 Santa Teresa, Fundaciones, 28, 18. — 17 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 155. — 18 Oración colecta de la Misa del día.

 

 

“Dios está junto a nosotros de continuo”

Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. –Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

12 de marzo

Y está como un Padre amoroso –a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos–, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando. ¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo harémás! -Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien! Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos. (Camino, 267)

Descansad en la filiación divina. Dios es un Padre lleno de ternura, de infinito amor. Llámale Padre muchas veces al día, y dile –a solas, en tu corazón– que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo. Supone un auténtico programa de vida interior, que hay que canalizar a través de tus relaciones de piedad con Dios –pocas, pero constantes, insisto–, que te permitirán adquirir los sentimientos y las maneras de un buen hijo.

Necesito prevenirte todavía contra el peligro de la rutina –verdadero sepulcro de la piedad–, que se presenta frecuentemente disfrazada con ambiciones de realizar o emprender gestas importantes, mientras se descuida cómodamente la debida ocupación cotidiana. Cuando percibas esas insinuaciones, ponte con sinceridad delante del Señor: piensa si no te habrás hastiado de luchar siempre en lo mismo, porque no buscabas a Dios; mira si ha decaído –por falta de generosidad, de espíritu de sacrificio– la perseverancia fiel en el trabajo.

Entonces, tus normas de piedad, las pequeñas mortificaciones, la actividad apostólica que no recoge un fruto inmediato, aparecen como tremendamente estériles. Estamos vacíos, y quizá empezamos a soñar con nuevos planes, para acallar la voz de nuestro Padre del Cielo, que reclama una total lealtad. Y con una pesadilla de grandezas en el alma, echamos en olvido la realidad más cierta, el camino que sin duda nos conduce derechos hacia la santidad: clara señal de que hemos perdido el punto de mira sobrenatural; el convencimiento de que somos niños pequeños; la persuasión de que nuestro Padre obrará en nosotros maravillas, si recomenzamos con humildad. (Amigos de Dios, n. 150)

 

 

Nuevos Mediterráneos (III): «Desde la Llaga de la mano derecha…»

Meternos en las llagas de Cristo: dejarnos tocar por el Amor de Dios, y tocar a Dios en quienes sufren. Un camino de contemplación y compasión.

VIDA ESPIRITUAL04/10/2017

Escucha el artículo Nuevos Mediterráneos (III): «Desde la Llaga de la mano derecha…»

Descarga el libro electrónico: «Nuevos mediterráneos» (Disponible en PDF, ePub y Mobi)


Cuenta san Juan que el día de la resurrección, al atardecer, los discípulos se habían reunido en casa con las «puertas cerradas por miedo a los judíos» (Jn 20,19). Estaban encerrados, llenos de temor. Entonces, «vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: –La paz esté con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado» (Jn 20,19-20). De golpe, la zozobra de aquellos hombres se transformó en una honda alegría. Recibieron la paz que el Señor les traía, y acogieron después el don del Espíritu Santo (Cfr. Jn 20,22).

Muchos detalles llaman la atención en esta escena del Evangelio. ¿Qué esperaban los apóstoles? Jesús se presenta inesperadamente ante ellos, y su presencia les llena de alegría y de paz. Conocemos algunas de sus palabras y sus gestos, pero ¿cómo sería la mirada que les dirigió? Le habían abandonado. Le dejaron solo. Huyeron cobardemente. Sin embargo, el Señor no se lo reprocha. Él mismo se lo había anunciado. Sabía que de aquella debilidad podía surgir una profunda conversión: «Yo he rogado por ti» –le decía a Pedro antes de la pasión– «para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32). El corazón contrito de los apóstoles podía acoger ahora más plenamente el Amor que Dios les ofrecía. De otro modo, tal vez ellos –y Pedro a la cabeza– hubieran seguido contando quizá demasiado con sus propias fuerzas.

"EN EL CUERPO DE CRISTO RESUCITADO LAS LLAGAS NO DESAPARECEN, PERMANECEN, PORQUE AQUELLAS LLAGAS SON EL SIGNO PERMANENTE DEL AMOR DE DIOS POR NOSOTROS" (PAPA FRANCISCO)

Por otra parte, ¿por qué Jesús les enseña las manos y el costado? Ha quedado en ellos un rastro evidente del tormento de la crucifixión. Y, sin embargo, la vista de las llagas no les llena de dolor, sino de paz; no les provoca rechazo, sino alegría. Bien pensado, esas marcas de los clavos y de la lanzada son un sello del Amor de Dios. Se trata de un detalle lleno de sentido: Jesús quiso que en su cuerpo permanecieran las heridas de la Pasión después de resucitar para que no quedara ningún resquicio a la desconfianza y nadie pudiera pensar que, a la vista de nuestra respuesta tantas veces mediocre e incluso fría, se iba a arrepentir de lo que había hecho. El Amor de Cristo es firme y plenamente consciente.

Además, para el incrédulo Tomás las llagas iban a ser la señal inequívoca de la Resurrección. Jesús es el Hijo de Dios, que verdaderamente ha muerto y ha resucitado por nuestros pecados. «Las llagas de Jesús –enseña el Papa– son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: «Sus heridas nos han curado» (1P 2,24; cf. Is 53,5)»[1].

La tradición espiritual ha encontrado en las llagas del Señor un manantial de dulzura. San Bernardo, por ejemplo, escribía: «A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal (cfr. Dt 32,13), es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor»[2]. En esas heridas reconocemos el Amor sin medida de Dios. De su corazón traspasado brota el don del Espíritu Santo (cfr. Jn 7,36-39). Al mismo tiempo, las heridas del Señor son un refugio seguro. Descubrir la hondura de esas aberturas puede abrir un nuevo Mediterráneo en nuestra vida interior.

«La Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor»

«Meteos en las llagas de Cristo», sugería san Juan de Ávila: «allí dice Él que mora su paloma, que es el ánima que en simpleza le busca»[3]. «Dentro de tus llagas, escóndeme», reza una conocida oración. También san Josemaría hará suyo este modo de acercarse al Maestro, tan arraigado entre los cristianos. Así, en 1933, anota: «Meterme cada día en una llaga de mi Jesús»[4].

Esta es una de las devociones que mantendrá a lo largo de su vida entera, y que recomendará también a los jóvenes que se acerquen a él[5]. Con todo, cobra un relieve especial a raíz de una experiencia que le abrió un panorama nuevo, inmenso, y que tuvo lugar en plena guerra civil española, mientras vivía en Burgos. Era una época de sufrimiento para él: sus hijos en el Opus Dei se encontraban desperdigados por la península; unos en los frentes de batalla, otros escondidos en distintos puntos, algunos de ellos todavía en la zona en que había persecución religiosa. Lo mismo sucedía con su madre y sus hermanos. De sus hijas espirituales, en fin, apenas tenía noticias. Además, algunos de los que antes le siguieron habían perdido la vida durante la guerra.

En estas circunstancias, san Josemaría se veía llamado a redoblar sus esfuerzos, su oración y, en particular, sus penitencias. Sin embargo, a primeros de junio de 1938, mientras se dirigía al Monasterio de las Huelgas, donde estaba llevando a cabo una tarea de investigación, recibe una especial luz de Dios, que describe en una carta a Juan Jiménez Vargas, ese mismo día:

"ESTA MAÑANA (...) HE DESCUBIERTO UN MEDITERRÁNEO: LA LLAGA SANTÍSIMA DE LA MANO DERECHA DE MI SEÑOR. Y ALLÍ ME TIENES: TODO EL DÍA ENTRE BESOS Y ADORACIONES. ¡VERDADERAMENTE QUE ES AMABLE LA SANTA HUMANIDAD DE NUESTRO DIOS!" (SAN JOSEMARÍA)

«Querido Juanito: Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero Amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió S. José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!»[6]

Llevaba tiempo recorriendo el camino de la Humanidad del Señor. También la devoción a las llagas de Cristo. Con todo, inopinadamente, se abrió ante él como «un Mediterráneo». Ahondó de golpe en el significado de Amor redentor que tenían aquellas heridas, y comprendió que el mejor modo de corresponder a tan gran Amor no consistía en lo que él pudiera hacer, sino justamente en sumergirse en Él: contemplándolo y dejándose abrazar enteramente por ese Amor.

Continúa la carta precisamente a propósito del esfuerzo que le supone su situación: «Siento una envidia enorme de los que están en los frentes, a pesar de todo». Y alude a la figura célebre de un sacerdote castrense, conocido por su vida penitente: «Se me ocurre pensar que, si no tuviera bien señalada mi senda, sería magnífico dejar corto al P. Doyle. Pero… eso me iría muy bien: nunca me costó gran cosa la penitencia. Sin duda, ésta es la razón de que me lleven por otro camino: el Amor». Su camino es el Amor: amar y dejarse querer. Al despedirse, se afianza en esta convicción: «Un abrazo. Desde la Llaga de la mano derecha, te bendice tu Padre»[7].

Aquel suceso, aquella luz inesperada, fue un signo de esperanza y constituyó sin duda un acicate para su trabajo sacerdotal. Gracias a esta iluminación divina, una realidad conocida y repetidas veces meditada –un camino transitado y recomendado por él mismo– se convirtió de repente en una novedad, una mina de riqueza inagotable, de la que no querría ya separarse.

Defendidos por el Amor

Las llagas de Jesús son un recordatorio perenne de su Amor, que llegó hasta el extremo en su sacrificio en la Cruz. Dios no se arrepiente de amarnos. Por eso, la contemplación de ese Amor suyo es una fuente de esperanza. A la vista del Resucitado, que conserva las marcas de su Pasión, nos damos cuenta de que «precisamente allí, en el punto extremo de su abajamiento –que es también el punto más alto del amor– ha germinado la esperanza. Si alguno de vosotros pregunta: “¿Cómo nace la esperanza?”. “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de allí te llegará la esperanza que ya no desaparece, esa que dura hasta la vida eterna”»[8]. En la Cruz nació y renace siempre nuestra esperanza. Así, «con Jesús cada oscuridad nuestra puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda»[9]. Es esa seguridad la que hacía exclamar a san Pablo: «¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? (…) Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó» (Rm 8,35.37).

COMO A LOS APÓSTOLES, JESÚS NO NOS MIRA CON RESENTIMIENTO: NO NOS ECHA EN CARA NUESTROS PECADOS, NUESTRAS DEBILIDADES, NUESTRAS TRAICIONES

Al constatar nuestra debilidad y nuestro pecado, a menudo puede colársenos en el alma, de modos diversos, la tentación de la desesperanza. Lo que en el momento habíamos aceptado tal vez con frivolidad o cierta condescendencia, se presenta de golpe como un absurdo «no», un manotazo al Dios que nos ama. También nuestra respuesta tibia y desganada puede ser un motivo de desesperación. Pero todo esto no es más que una serie de tentaciones del mismo que nos hizo caer. Contemplar las llagas del Señor puede ser el mejor modo de reaccionar: sus llagas nos recuerdan que su Amor es «fuerte como la muerte» (Cant 8, 16). Más aún, porque su Amor ha vencido la muerte. Un poeta contemporáneo lo expresa de un modo tan sintético como hermoso: «Lavado por el agua del costado / y dentro de la herida defendido / de tanto no que solo trae nada, / de tanto tibio sí, de tanta tregua»[10].

Volver a contemplar la Humanidad del Señor, herida por nuestros pecados, resucitada, puede ser para nosotros una fuente de esperanza. Como a los apóstoles, Jesús no nos mira con resentimiento. No nos echa en cara nuestros pecados, nuestras debilidades, nuestras traiciones. Al contrario, nos reafirma, porque su amor es verdaderamente incondicional. No nos dice: «Te amo, si te portas bien», sino «Te amo, para mí eres un tesoro, y seguirás siéndolo pase lo que pase». Esa conciencia, que puede nacer contemplando las heridas abiertas en el cuerpo del Señor, nos llenará de alegría y de paz. Pase lo que pase, podemos refugiarnos en ellas, acogiéndonos de nuevo al perdón de Dios: «En mi vida personal –contaba el Papa en una homilía–, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: “Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre”. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado»[11].

Reconocer nuestra pequeñez no es una derrota, ni una humillación. Podría serlo, si Dios fuera alguien que quisiera dominarnos. Pero no lo es. Es el Amor lo que le mueve: el Amor incondicional que nos da, y que espera que sepamos acoger.

El camino de la compasión

Existen muchos modos de acercarse a las llagas del Señor: «Id como más os conmueva», aconsejaba san Josemaría[12]. Sabemos cómo le gustaba meterse con la imaginación en el Evangelio. En Santo Rosario, por ejemplo, al contemplar el primer misterio glorioso, comenta: «Y, antes de terminar la decena, has besado tú las llagas de sus pies..., y yo más atrevido –por más niño– he puesto mis labios sobre su costado abierto»[13].

Recordando el modo en que san Josemaría hacía la acción de gracias de la Misa, lugar privilegiado para renovar a diario su encuentro personal con el Amor de su Vida, don Javier Echevarría describía cómo «se arrodillaba los primeros minutos, en el suelo o en el reclinatorio: mirando el crucifijo de bolsillo cogido entre sus manos, recitaba la oración En ego [Miradme, oh mi amado y buen Jesús]. Mientras repetía las palabras que se referían a las llagas del Señor, besaba devotamente cada una»[14].

TOCAR A CRISTO EN LOS QUE SUFREN ES UNA MANERA DE DEJARNOS INTERPELAR POR ÉL, DE ACERCARNOS A SUS LLAGAS Y DE RESPONDER CON AMOR A SU AMOR

Las heridas del Señor, que con tanta hondura descubrió san Josemaría en aquella mañana de junio, no solo revelan el Amor que el Señor nos tiene: son a la vez una invitación a corredimir con Él, como lo hace Santa María; a ser su Cirineo, a consolarle por tantas ofensas que hieren su Corazón, sobre todo porque hieren el nuestro... Una llamada, en fin, a cuidarle precisamente en aquellos «hermanos más pequeños» con quienes se identifica, en quienes de algún modo ha querido quedarse (Cfr. Mt 25,40).

Por eso, dentro del itinerario que llevó a san Josemaría a descubrir aquel Mediterráneo –sin duda una luz de Dios–, no hay que olvidar la enorme cantidad de horas que dedicó a cuidar enfermos y gente sin recursos por los barrios más pobres de Madrid. Ese es desde luego un modo estupendo de descubrir el Amor de Dios: salir de nosotros mismos para tocar a Jesús en las personas que sufren. Se trata, sin duda, de un camino seguro.

Esa vía nos lleva a dejarnos interpelar por Él, a acercarnos a sus llagas y a responder con amor a su Amor. Aprendemos así a vivir con los demás la misma ternura que Dios vuelca sobre nuestra debilidad personal. Por este camino, nuestra propia vida adquiere un renovado sentido de misión que nos lanza más allá de nosotros mismos, contando no con nuestras fuerzas, sino con una llamada que viene de Dios, que nos transforma y cuenta con nosotros para sembrar en el mundo su paz y su alegría. El Papa insiste incansablemente en este punto: «A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. (…) Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo»[15].

Meternos en las llagas de Cristo, por el camino de la compasión y de la contemplación, puede abrirnos un auténtico Mediterráneo: aprenderemos así a refugiarnos en esas heridas de Amor, y a amar con todo el corazón a quienes nos rodean, comenzando por quienes más lo necesitan; personas que muchas veces están a la vera del camino, en nuestra misma casa.

Lucas Buch

Foto: Santi Villamarín (cc)


[1] Francisco, Homilía, 27-IV-2014.

[2] San Bernardo, Sermón 61 (Sobre el libro del Cantar de los cantares), 4. Abundantes testimonios sobre esta devoción, y un modo de vivirla, pueden encontrarse en P. Beteta, Mirarán al que traspasaron, Rialp, Madrid 2009.

[3] San Juan de Ávila, Epistolario, carta 47. Cfr. Cant 2,16.

[4] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1799b, de 1933, en Santo Rosario. Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2010, comentario al primer misterio glorioso, p. 226, nota 5.

[5] «Me quedaré metido cada día, cumpliendo un propósito antiguo, en la Llaga del Costado de mi Señor»: San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1763, de 1934; en Camino. Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 2004, 3ª ed., comentario al n. 288.

[6] San Josemaría, Carta a Juan Jiménez Vargas, 6-VI-1938, en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 2, Rialp, Madrid 2002, 288-289.

[7] Ibídem.

[8] Francisco, Audiencia general, 12-IV-2017.

[9] Ibídem.

[10] Julio Martínez Mesanza, “Defendido”, en Gloria, Rialp, Madrid 2016.

[11] Francisco, Homilía, 7-IV-2013.

[12] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 303.

[13] San Josemaría, Santo Rosario, primer misterio glorioso.

[14] Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría, Rialp, Madrid 2000, p. 235.

[15] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium (24-IX-2013), n. 270.

 

Catequesis de Juan Pablo II sobre el Sacramento de la Reconciliació

 

1. El camino hacia el Padre, motivo de reflexión en este año de preparación al gran Jubileo, implica también el redescubrimiento del sacramento de la Penitencia en su significado profundo de encuentro con Él, que perdona mediante Cristo en el Espíritu (cf. Tertio Millennio Adveniente, 50).

Son numerosos los motivos por los que es urgente hacer una seria reflexión en la Iglesia sobre este sacramento. Lo exige, ante todo, el anuncio del amor del Padre, como fundamento de la vida y de la acción del cristiano, en el contexto de la sociedad actual, donde con frecuencia se ofusca la visión ética de la existencia humana. Muchos han perdido la dimensión del bien y del mal porque han perdido el sentido de Dios, interpretando la culpa únicamente según perspectivas psicológicas o sociológicas. En segundo lugar, la pastoral debe dar un nuevo impulso a un itinerario de crecimiento en la fe, que subraye el valor del espíritu y de la práctica penitencial en toda la vida cristiana.

2. El mensaje bíblico presenta esta dimensión "penitencial" como compromiso permanente de conversión. Hacer obras de penitencia supone una transformación de la conciencia, que es fruto de la gracia de Dios. Sobre todo, en el Nuevo Testamento, se exige la conversión como decisión fundamental a aquellos a quienes se dirige la predicación del reino de Dios: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15; cf. Mt 4,17). Con estas palabras Jesús inicia su ministerio, anuncia el cumplimiento de los tiempos y la inminencia del reino. Este "convertíos" (en griego: "metanoéite") es un llamamiento a cambiar de manera de pensar y de comportarse.

3. Esta invitación a la conversión constituye la conclusión vital del anuncio hecho por los apóstoles después de Pentecostés. En él, el objeto del anuncio queda totalmente explícito: ya no es genéricamente el "reino", sino más bien la obra misma de Jesús, integrada en el plan divino predicho por los profetas. Al anuncio de lo que ha tenido lugar con Jesucristo muerto, resucitado y vivo en la gloria del Padre, le sigue la apremiante invitación a la "conversión", a la que está ligada el perdón de los pecados. Todo esto aparece claramente en el discurso que Pedro pronuncia en el pórtico de Salomón: "Dios dio cumplimiento de este modo a lo que había anunciado por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería. Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados" (Hch 3,18-19). Este perdón de los pecados, en el Antiguo Testamento, fue prometido por Dios en el contexto de la "nueva alianza", que Él establecerá con su pueblo (cf Jer 31,31-34). Dios escribirá la ley en el corazón. En esta perspectiva, la conversión es un requisito de la alianza definitiva con Dios y al mismo tiempo una actitud permanente de aquel que, acogiendo las palabras del anuncio evangélico, pasa a formar parte del reino de Dios en su dinamismo histórico y escatológico.

4. El sacramento de la Reconciliación transmite y hace visible de manera misteriosa estos valores fundamentales anunciados por la Palabra de Dios. Reintegra al hombre en el contexto salvífico de la alianza y los vuelve a abrir a la vida trinitaria, que es diálogo de gracia, circulación de amor, don y acogida del Espíritu Santo.

Una relectura atenta del "Ordo Paenitentiae" ayudará mucho a profundizar, con motivo del Jubileo, en las dimensiones esenciales de este sacramento. La madurez de la vida eclesial depende en gran parte de su redescubrimiento. El sacramento de la Reconciliación, de hecho, no se circunscribe al momento litúrgico-celebrativo, sino que lleva a vivir la actitud penitencia en cuanto dimensión permanente de la experiencia cristiana. Es "un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro con la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar" ("Reconciliatio et paenitentia", 31,III).

5. Por lo que se refiere a los contenidos doctrinales de este sacramento, me remito a la exhortación apostólica "Reconciliatio et paenitentia" (cf. nn.28-34) y al "Catecismo de la Iglesia Católica" (cf. nn.1420-1484), así como a las demás intervenciones del Magisterio eclesial. En estos momentos deseo recordar la importancia de la atención pastoral necesaria para valorar este sacramento en el pueblo de Dios, para que el anuncio de la reconciliación, el camino de conversión y la misma celebración del sacramento puedan tocar aún más los corazones de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo.

En particular, deseo recordar a los pastores que para ser buenos confesores hay que ser auténticos penitentes. Los sacerdotes saben que son depositarios de una potestad que viene de lo alto: de hecho, el perdón que transmiten es "signo eficaz de la intervención del Padre" ("Reconciliatio et paenitentia", 31,III) que hace resucitar de la muerte espiritual. Por esto, viviendo con humildad y sencillez evangélica una dimensión tan esencial de su ministerio, los confesores no deben descuidar su propia perfección y actualización en su formación para que no desfallezcan en esas cualidades humanas y espirituales que son tan necesarias para la relación con las conciencias.

Pero, junto a los pastores, toda la comunidad cristiana debe quedar involucrada en la renovación pastoral de la Reconciliación. Lo impone el carácter eclesial propio del sacramento. La comunidad eclesial es el seno que acoge al pecador arrepentido y perdonado y, antes aún, crea el ambiente adaptado para el camino de regreso al Padre. En una comunidad reconciliada y reconcialiante los pecadores pueden volver a encontrar el camino perdido y la ayuda de los hermanos. Y, por último, a través de la comunidad cristiana puede volverse a diseñar un sólido camino de caridad, que haga visible a través de las buenas obras el perdón recibido, el mal reparado, la esperanza de poder encontrar todavía los brazos misericordiosos del Padre.

Juan Pablo II

 

“Por un sano feminismo”

Monseñor Felipe Arizmendi

Día Internacional de la Mujer

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, hubo manifestaciones de toda índole. Y como ese día 8 era domingo, para que el efecto fuera más notable, en nuestra patria se propagó la consigna para el lunes 9: El nueve, ninguna se mueve. Y también: Un día sin nosotras. Es notable su capacidad de convocatoria y su creatividad.

¿Quién puede no apoyar la lucha de las mujeres por sus legítimos derechos? ¡Qué bueno que se organicen y se manifiesten! Ya deberíamos haber desterrado el arraigado machismo que seguimos arrastrando, como si fuera una cultura justificable. ¡No! No se puede justificar ningún tipo de violencia contra nadie, en particular contra la mujer, que por siglos la ha soportado, incluso con erróneas interpretaciones bíblicas. Los varones también la padecemos, desde el bulling familiar y escolar, hasta los abominables excesos del crimen organizado, pero nunca tánto como la ha sufrido la mujer.

Sin embargo, hubo quienes aprovecharon la fecha para insistir en lo que quieren imponer como un derecho femenino: abortar en forma legal, libre, segura y gratuita. Pregunto: Y si la que quieres abortar es una niña; ¿ésa no vale, no tiene derecho a vivir, derecho a que la respeten? El aborto es la peor violencia, porque es destruir, es matar a un inocente y verdadero ser humano. Ser persona no empieza a partir de la semana 12 de gestación, sino desde la fecundación. No pretendemos criminalizar a todas, pero deberían ser coherentes.

De igual modo, nunca faltan grupos radicales que se infiltran, que distorsionan y contaminan la causa. Quieren justicia, y son injustos. Exigen respeto, y no respetan ni inmuebles ni personas. Protestan contra la violencia, y son los primeros violentos. ¿Quién está detrás de ellos? ¿Quién les da recursos? El gobierno tiene medios para detectarlos y ponerlos en orden, para que no dañen más a la comunidad. Esos grupos no entienden ni atienden otras estrategias.

¿Y qué pensar de este letrero que alguien enarbolaba?: Ni Dios, ni patria, ni marido, ni partido; soy mía… Se le pasó enlistar a su mamá… Supongo que la mayoría de manifestantes no lo suscribe, pero da mucho qué pensar. La autora pretende endiosarse a sí misma; ser su propio ídolo.

PENSAR

En su Exhortación Amoris laetitia, el Papa Francisco dice:

“Deseo resaltar que, aunque hubo notables mejoras en el reconocimiento de los derechos de la mujer y en su participación en el espacio público, todavía hay mucho que avanzar en algunos países. No se terminan de erradicar costumbres inaceptables. Destaco la vergonzosa violencia que a veces se ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y distintas formas de esclavitud que no constituyen una muestra de fuerza masculina sino una cobarde degradación. La violencia verbal, física y sexual que se ejerce contra las mujeres en algunos matrimonios contradice la naturaleza misma de la unión conyugal. Pienso en la grave mutilación genital de la mujer en algunas culturas, pero también en la desigualdad del acceso a puestos de trabajo dignos y a los lugares donde se toman las decisiones. La historia lleva las huellas de los excesos de las culturas patriarcales, donde la mujer era considerada de segunda clase, pero recordemos también el alquiler de vientres o la instrumentalización y mercantilización del cuerpo femenino en la actual cultura mediática. Hay quienes consideran que muchos problemas actuales han ocurrido a partir de la emancipación de la mujer. Pero este argumento no es válido, es una falsedad, no es verdad. Es una forma de machismo. La idéntica dignidad entre el varón y la mujer nos mueve a alegrarnos de que se superen viejas formas de discriminación, y de que en el seno de las familias se desarrolle un ejercicio de reciprocidad. Si surgen formas de feminismo que no podamos considerar adecuadas, igualmente admiramos una obra del Espíritu en el reconocimiento más claro de la dignidad de la mujer y de sus derechos” (54).

“El sentimiento de orfandad que viven hoy muchos niños y jóvenes es más profundo de lo que pensamos. Hoy reconocemos como muy legítimo, e incluso deseable, que las mujeres quieran estudiar, trabajar, desarrollar sus capacidades y tener objetivos personales. Pero, al mismo tiempo, no podemos ignorar la necesidad que tienen los niños de la presencia materna, especialmente en los primeros meses de vida. La realidad es que la mujer está ante el hombre como madre, sujeto de la nueva vida humana que se concibe y se desarrolla en ella, y de ella nace al mundo. El debilitamiento de la presencia materna con sus cualidades femeninas es un riesgo grave para nuestra tierra. Valoro el feminismo cuando no pretende la uniformidad ni la negación de la maternidad. Porque la grandeza de la mujer implica todos los derechos que emanan de su inalienable dignidad humana, pero también de su genio femenino, indispensable para la sociedad. Sus capacidades específicamente femeninas —en particular la maternidad— le otorgan también deberes, porque su ser mujer implica también una misión peculiar en esta tierra, que la sociedad necesita proteger y preservar para bien de todos” (173).

ACTUAR

Padres de familia: eduquen a sus hijos varones en el respeto a la igual dignidad de la mujer, sin confusión de sexos; el género depende del sexo, no de la inclinación personal.

Educadores, comunicadores, legisladores y pastores: sigamos educando para esta equidad.

Varones: Un gran respeto hacia la mujer, valorando su identidad propia y su aporte a la humanidad. Gracias a ellas, vivimos. Respeto, como lo merecen nuestras madres y hermanas.

 

Aquella primera homilía de Francisco

“El verdadero poder es servicio”: así se tituló la homilía de inicio de Pontificado del Papa Francisco. Era la solemnidad de San José de 2013. El Santo Padre animaba a los cristianos a custodiar a quienes tenían a su alrededor y a servirles sin medida.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA11/03/2020

 

 

  • Queridos hermanos y hermanas,

Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.

Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.

 

 

Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).

¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu.

Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.

 

 

Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.

Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro.

Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.

Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.

 

 

En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.

Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amen.

 

 

8 claves para que el móvil no te robe el tiempo que pasas con tus hijos
 

Por Isabel Molina Estrada

 

Diversos estudios han demostrado que hoy las madres pasan el doble de tiempo con sus hijos de lo que lo hacían hace 50 años y que los padres pasan con ellos cuatro veces más. Sin embargo, la interferencia constante del móvil en ese tiempo juntos tira por la borda este logro. El estudio El impacto de las pantallas en la vida familiar, de Empantallados.com, denuncia que “en general, los padres realizan un uso más intensivo de las pantallas que sus hijos, nativos digitales”.

 

“¿Por qué preferimos estar enganchados al móvil a disfrutar con las personas que tenemos cerca?”, se pregunta para Misión María Zalbidea, una de las expertas consultadas por el estudio de Empantallados "El impacto de las pantallas en la vida familiar. Hogares hiperconectados: el comportamiento de padres e hijos en un entorno multipantalla". Es cierto que los padres no solo usan el móvil para divertirse, también les ayuda en su trabajo o en la gestión del hogar. Sin embargo, “si estás en casa contestando e-mails mientras los niños hacen sus deberes, es importante que ellos sepan que son lo primero para ti y que no compiten por tu atención”, reclama Zalbidea. ¿Y cómo se logra? Esta analista en tendencias digitales y autora del blog Cosiendo la brecha digital da ocho claves.

 

1. Gobierna tú

 

“Soy una fiel defensora de las ventajas que nos ha traído la tecnología y creo con firmeza que se puede hacer un uso responsable y saludable de los dispositivos en el día a día. Pero tenemos que ponerlos a nuestro servicio, y no al revés:  Yo gobierno mis dispositivos y les hago el hueco que quiero en mi vida. Si no, estos acaban por gobernarnos a nosotros”, sentencia Zalbidea.  Y añade: “Nuestros hijos tienen que ver que, igual que intentamos comer sano, hacer ejercicio o no abusar del alcohol, hacemos el esfuerzo de controlar nuestro uso del móvil”.

 

2. Aparca la pantalla

 

Cada familia puede decidir en qué momentos del día quiere prescindir totalmente de las pantallas. Esos momentos de detox digital son necesarios para “charlar, charlar y charlar. Es decir, para tender puentes entre la propia familia y conocernos bien”, reclama Zalbidea. Además de los tiempos diarios sin interferencias digitales, “cada semana es bueno establecer unos tiempos de calidad para pasar con los hijos. Pregúntales qué les gusta y haz cosas a solas con cada uno de ellos, como montar en bici o en patines, leer con ellos esos libros que quieres que lean, o repasar esos vídeos de inventos en YouTube de los que siempre te habla y que nunca has visto. Y poner día y hora”, recomienda Zalbidea.

 

3. Centra tu atención 

 

La incapacidad de centrar la atención en una sola cosa es una condición que se conoce como “atención parcial continua”. Zalbidea explica que “hoy nos cuesta más entrar en profundidad en los temas y concentrarnos en las cosas. Vamos saltando de un lugar a otro, de un chat a otro, de una noticia a otra, y cuando la atención es parcial, lastra nuestras relaciones. Hoy nos cuesta más escuchar a un amigo que habla despacio, a un abuelo que repite las cosas… Nos gustaría hacer un salto de pantalla, pero no podemos. Así que aprende a quedarte ahí, a sonreír, a escuchar y a fomentar la capacidad de la espera”.

 

4. Saca el trabajo de casa

 

Hoy la oficina y los compañeros han entrado al hogar y cuesta separar el trabajar de la vida familiar. Zalbidea cuenta que a menudo se encuentra con padres a quienes sus hijos les han llegado a decir: “Papá, es que tú siempre estás hablando por el móvil”. “No nos engañemos –sentencia–, estar colgado a los auriculares del móvil no es estar en casa”. Para que el trabajo no interfiera en la vida familiar, la experta recomienda hacerse una planificación y tener claras las prioridades:  “Salvo que sea una urgencia o un imprevisto, los tiempos de trabajo y de estar en familia deben quedar claros”, señala.

 

5. Evita interrupciones

 

“Una vez escuché a Sherry Turkle, profesora del MIT y autora del libro En defensa de la conversación: El poder de la conversación en la era digital (Ático Bolsillo, 2019), decir que estamos educando a una generación que ha crecido sin mantener conversaciones sin interrupción”, explica Zalbidea. Y eso podemos cambiarlo. Diversos estudios han demostrado que la conversación sin interferencias entre padres e hijos es clave para el adecuado desarrollo del lenguaje en los niños y para mejorar su rendimiento escolar.

 

6. Vive el presente

 

“No descubro nada nuevo si digo que da pena ver a un padre columpiando a su hijo en el parque y mirando la pantalla del móvil que tiene en la mano. Como sociedad tenemos que cuidar estas cosas”, reclama María Zalbidea. “Si es del todo imprescindible utilizar el móvil durante el tiempo que pasamos con los niños, conviene que les expliquemos la razón: ‘Gabriela, papá está haciendo un pago urgente para comprar una cosa, pero enseguida se centrará de nuevo en ti’”.

 

7. Baja el ritmo

 

“La multitarea no nos la ha dado la tecnología; no hay nada más multitask que una madre: puede estar atendiendo a un niño que hace deberes mientras pela las patatas para la tortilla y piensa en la reunión que tendrá con un cliente al día siguiente”, comenta Zalbidea. Sin embargo, esta capacidad encomiable compite con la pérdida de atención, “una de las grandes plagas del siglo XXI”. Para combatirla, Zalbidea propone una revolución del silencio: “Recupera la capacidad de sopesar las cosas, de reencontrarte contigo mismo y de alimentar tu mundo interior. De esa forma, estarás en cada momento en lo que toca”.

 

8. Muéstrate disponible

 

“Por último, y sobre todo, tenemos que estar accesibles para nuestros hijos: para que nos cuenten, nos pregunten… Si nos ven con el móvil todo el día, pensarán que estamos ocupados, que no tenemos tiempo para ellos, y nos estaremos perdiendo momentos especialmente buenos para educar, charlar, comprender, empatizar y, en definitiva, quererles como ellos necesitan”.

 

 

Cómo educar desde la infancia para llegar bien preparados a la adolescencia

Por LaFamilia.info

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Foto: Freepik 

Algunos padres se sienten temerosos ante la llegada de la adolescencia de sus hijos, pues la perciben como una etapa llena de retos y dificultades. Sin embargo, no hay que amedrentarse, ¡lo que hay que hacer es prepararse!

Se suele pensar que se educa para una edad determinada, pero esto es equivocado. Aunque todo plan educativo debe irse adaptando a las necesidades de cada período, se educa para formar una persona adulta. Así que la primera clave es educar pensando en el futuro, teniendo en cuenta que la infancia es la etapa donde forjamos las bases de la adolescencia.

Antes de que llegue la adolescencia

Las primeras edades son el tiempo óptimo para cimentar las bases que se pondrán en juego durante el resto de la vida. Si desde pequeños los hijos acatan normas, cuando sean adolescentes o ya jóvenes, lo más seguro es que se adapten a ellas con mayor disposición. Por eso cuando se quieren lograr cambios o mejoras en los adolescentes, es más difícil lograr resultados satisfactorios, ya que no se puede pretender llevar a cabo una tarea que requería doce años, en unos cuantos meses.

Habrá casos especiales y excepciones a la regla. Pero existen muchas más probabilidades de que la adolescencia trascurra de forma normal, si durante los años previos el adolescente recibió una educación rica en valores y límites; a diferencia de uno que durante su infancia se le dio plena libertad de hacer lo que le provocó, dejando de lado la formación de la voluntad, el acatamiento de normas, la enseñanza de virtudes; en fin, todos los frentes que abarca la formación del ser.

Jorge Ordeig Corsini autor del libro “Preparar la adolescencia”, expresa en éste, el siguiente ejemplo:

“La adolescencia es una de las épocas más divertidas, apasionantes... y problemáticas de la vida. Es como una tempestad que embiste con toda su fuerza. En los antiguos barcos de vela, cuando se encontraban en medio de una borrasca, no tenían más remedio que ponerse a la capa: arriar velas, renunciar a avanzar y rezar para que el barco aguantara. Unos sobrevivían y otros se hundían. ¿De qué dependía? Esta es la pregunta clave. Y la respuesta es: de cómo estuviera preparado el barco; de que se hubiera construido bien, de que el mantenimiento hubiera sido correcto, de que la carga estuviera bien estibada, de que se hubieran hecho las maniobras previas para reducir trapo, etc. Cuando la tempestad ya se ha desatado, no se puede gobernar el barco: tiene que resistir él solo. Muy parecida es la situación de un adolescente. Si la tormenta le sorprende sin una preparación adecuada puede tener graves averías, casi irse a pique.”

No hay que dar por sentado que una buena preparación, elimina cualquier posibilidad de errores y equivocaciones por parte de los adolescentes, pues es lógico y normal que se presenten en esta etapa, incluso estos pequeños tropiezos serán importantes para alcanzar su maduración, además, conocer y aceptar sus propios límites. Frente a este punto, Jorge Ordeig explica: “No es bueno preocuparse demasiado: si el barco estaba bien preparado, las averías no serán de importancia, y tendrán un efecto muy positivo”. Claro que por otro lado, se encuentra la libertad personal, la cual le confiere al ser humano la facultad de tomar sus propias decisiones, pese a que los padres hayan realizado un perfecto trabajo.

Plan de acción

1. Límites y normas desde pequeños. Para los bebés también existen formas de enseñarles los límites, por ejemplo los horarios de alimentación, sueño, recreación, baño, etc.

2. No ceder ante los caprichos y ayudarles a tolerar la frustración, con el fin de enseñar los conceptos de autoridad y formación de la voluntad. (Ver: Tolerancia a la frustración: por qué es tan importante enseñarla a los niños)

3. No hacer cosas que ellos están en capacidad de hacer como ordenar su habitación, llevar la ropa al lugar indicado, resolver pequeños problemas… Dejarles que se esfuercen a la medida de sus capacidades. 

4. No sobreprotegerlos, mejor darles la seguridad para que aprendan a tomar sus propias decisiones. (Ver: Educar sin sobreproteger: ¿cómo lograrlo?)

5. Fortalecer la autoestima, básico para el adolescente. (Ver: Fortalecer la autoestima: tarea que empieza al nacer)

6. La enseñanza de valores como orden, disciplina, generosidad, honestidad, amistad, constancia, laboriosidad, respeto… también tienen aplicación en las edades primarias. Los niños irán interiorizando de acuerdo a su nivel de comprensión, pero para ello necesitan que los padres los familiaricen con estas virtudes.

7. Los padres no nacemos aprendidos, necesitamos preparación y ayudas.

El hombre es como un bloque en bruto que durante años va adquiriendo forma gracias a la tarea, exigente y amorosa a la vez, de los padres. Este encargo requiere tiempo, dedicación y constancia, puesto que durante años se sembrará sin ver los frutos, hasta que un día aquella obra deberá brillar con luz propia y defenderse por sus propios medios, valiéndose de los instrumentos adquiridos en años anteriores.

 

 

¿Libre?

Asia Bibi se ha entrevistado con el Presidente de la República de Francia. De hecho, desde las Navidades pasadas, en la sociedad y en la política francesa ha adquirido un lugar destacado la denuncia contra la persecución de los cristianos a lo largo del mundo. Asia Bibi es uno de los símbolos de esa persecución.

En su libro “Por fin libre” esta cristiana pakistaní cuenta sus nueve años de cautiverio como consecuencia de una injusta ley de blasfemia que persigue y condena a todo aquel que osa ejercer su libertad religiosa. Gracias a su memoria, Asia Bibi podrá ayudar a otros. Su relato sirve para poner nombre a la persecución religiosa, a los sentimientos vividos, a las penas impuestas, al sufrimiento padecido. Leyéndola es posible tomar conciencia de lo que supone ser perseguido a causa de la Fe. En este sentido, Asia Bibi es consciente de que a pesar de su cautiverio nada ha sido en vano. La ley de blasfemia sigue vigente pero ahora es más fácil defenderse.

José Morales Martín

 

 

La eutanasia no es un derecho

Observo un considerable adormecimiento de la sociedad ante la eutanasia, como si fuera una cuestión de los políticos o una cuestión que no importa. A mí todo lo que se refiere a la vida y a la dignidad me importa mucho.

No hay persona que no se defina como respetuosa, defensora de la libertad y de la dignidad, pero lo que valen no son las declaraciones ampulosas, sino los hechos. Y los hechos califican a este Gobierno: su prisa excesiva por sacar adelante la eutanasia levanta muchas sospechas, cuando hay otras muchas cuestiones más urgentes para los españoles.  No se quiere estudiar a fondo ni escuchar a la sociedad.

La eutanasia no es un derecho, aunque se le pretenda presentar con ese ropaje. No sirve tampoco el argumento de defender una muerte digna, ni tampoco el de evitar lo que se denomina “encarnizamiento”, pues no sé de nadie que defienda el denominado encarnizamiento, sino el sentido común y médico.

Como decía un médico hace unos días, ante un paciente con dolor hay dos opciones básicamente: eliminar el dolor y salvar al paciente, o eliminar al paciente. Este doctor apostaba claramente por eliminar el dolor, teniendo en cuenta lo mucho que se ha mejorado en estos años.  La eutanasia apuesta por eliminar al paciente cuando pida que se le ocasione la muerte.

Suso do Madrid

 

 

Siria, amada y martirizada

La cruda realidad en Siria es que el conflicto no cesa en un país en el que las cifras oficiales nos hablan de más de medio millón de muertos, más de ocho millones de desplazados internos y en el que la principal víctima, como sucede siempre en estos casos, es el propio pueblo sirio.

Como ha hecho, una vez más, el Papa Francisco un domingo tras el rezo del Ángelus, urge renovar el llamamiento a la comunidad internacional para que se utilicen los medios diplomáticos, el diálogo y las negociaciones, de conformidad con el derecho internacional humanitario, para salvaguardar, en primer lugar, la vida y la fortuna de los civiles.

Siria, amada y martirizada, como ha afirmado con dolor el Papa, necesita que la tengamos presente en nuestra oración, primera y fundamental contribución de cada uno para que no caiga en el olvido.

Enric Barrull Casals

 

 

Desolación… “y así va el mundo”

 

                                Tras pensarlo y meditarlo, he titulado de forma tan contundente aunque parezca “inexpresiva”; por cuanto lo que me produce este artículo, es lo que sigue y que lo tomo, como una fehaciente muestra de lo que ocurre en este corrompido planeta, y en “los mundos del mono sapiens que lo habitan”; puesto que la plaga o enfermedad, se da en cualquier latitud y hoy, pese a “las mordazas”, todo se sabe antes o después aunque para nada sirve, saber “la verdad que nos cuentan”; veamos…

                                “Se llama José Luis Morlanes y es millonario de verdad. Además de eso y según sus propias palabras, es socialista hasta la médula: «Sólo dejaré de ser del PSC o de UGT por defunción de unos o de otros».

Además de todo eso, es el principal responsable la empresa química que explotó el día 15 de enero de 2020 en Tarragona, llevándose por delante la vida de tres personas y causando inmensos destrozos físicos y ecológicos en la zona.

Morlanes es un hombre hecho a sí mismo, con ayuda de la política.

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Y de ahí, paso a paso, fue subiendo hasta acabar compartiendo consejo de administración con Artur Mas o Jordi Pujol Ferrusola.

El millonario, porque apalea dinero, le debe mucho al sindicato y al partido socialista. Ambos fueron el trampolín que le llevaron a convertirse en una de las grandes fortunas de Cataluña”. (Periodista Digital 21-01-2020) https://www.periodistadigital.com/economia/empleo/20200121/morlanes-millonario-sindicalista-ugt-dirigente-psc-detras-desastre-quimica-tarragona-noticia-689404245382/

                                Lo que no entiendo es como un individuo que presume de “tal carrera”, sigue perteneciendo a un partido que se dice socialista y a una organización sindicalista; cuyos fines se suponen todo lo contrario a la acumulación de capital.

                                Les dejo la dirección, por si les interesa leer todo el relato, de tan, “notable y ahorrador político, que representa a un gran número de los que hoy dicen gobernar al mundo mundial, en un progreso indiscutible, pero del que se aprovecharon ellos solos”; y lo que confirma el que según he leído en otro de “los papeles públicos”; un poco más de dos millares de ricos-riquísimos de este riquísimo mundo mundial, ya atesoren más del sesenta por ciento de los bienes materiales, de gran parte de ese mundo mundial, donde cada vez abundan más esos ricos riquísimos, y como contra partida, los pobres, o pobres pobrísimos; e incluso, los indigentes que viven más o menos como los perros callejeros, en esas grandes ciudades, o termiteros humanos, donde se concentra ya gran parte de ese nuevo hombre moderno, que prefiere ser hormiga, a otro tipo de, “mono que viva en otros horizontes más amplios, más sanos”; y más convenientes para todo tipo de salud que necesita hoy mismo y mucho más en el incierto mañana, que cada vez nos los presentan mucho más incierto, puesto que cada vez lo constriñen más, incluso atándole las imprescindibles manos, que se las dejan, sólo para manejar máquinas cada vez más complicadas, o para apretar botones en los artilugios de las mismas. “Del control del cerebro, mejor no hablar, por lo gravísimo de ello”.

                                Pero eso sí, mientras escribo esto, estoy oyendo, que en Australia, se ha quemado una superficie de tierras, equivalentes a lo que ocupa de extensión la región de Andalucía, que es donde nací y vivo; y la que cuenta con más de 87.000 kilómetros cuadrados. Pero que también; y en la “muy fresca” (y lo digo por cuanto sabe y supo nadar y guardar la ropa siempre, dando acogida a cualquier dinero de ese mundo mundial) “Confederación Helvética”, más conocida como Suiza; están reunidos todo el gran capital de ese mundo mundial, los políticos que lo sirven; y todos los aparatos de propaganda que les interesa, para que sea difundido, lo que les interese a tan grandes señores, verdaderos amos del mundo mundial; y a los que… “dios guarde muchos años, para bien del resto de habitantes de ese mundo mundial; que sufre y padece tan buen dominio de los nuevos dioses”. “Angelitos”.   

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes