Las Noticias de hoy 11 Marzo 2020

Enviado por adminideas el Mié, 11/03/2020 - 12:53
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 11 de marzo de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Santa Marta: Pedir para que los sacerdotes acudan a los enfermos de Covid-19

El Papa confía Roma, Italia y el mundo a la protección de la Madre de Dios

Semana Santa: El Vía Crucis del Papa, escrito por reclusos de Padua

Líbano: El patriarca Raï apela a la responsabilidad de los políticos

BEBER EL CÁLIZ DEL SEÑOR: Francisco Fernandez Carbajal

“¿Actuamos como hijos de Dios?”: San Josemaria

Mensaje del Prelado (11 marzo 2020)

Algo grande y que sea amor (II): Lo que podría ser tu vida: Nicolás Álvarez de las Asturias

Historia desconocida de la Crucifixión – El castigo más atroz de la Antigua Roma: primeroscristianos

Fe y sacramentos: diálogo de salvación: Ramiro Pellitero

Asombro ante la debilidad y grandeza de la vida humana: Salvador Bernal

Ludopatía: Ángel Cabrero Ugarte

"Especiales": La grandeza de los niños diferentes: Alfonso Mendiz

La Pasión del Señor. Algunas consideraciones de tipo médico.: J. L. Velayos

Educar a un niño es corregir sus malas tendencias: Acción Familia

Para curar siempre que pueda: Jesús Martínez Madrid

Ayudar a vivir, no a morir: JD Mez Madrid

Para financiar mejoras de bienestar: Domingo Martínez Madrid

La enseñanza de la Religión: Enric Barrull Casals

Las leyes, los juicios y el dinero: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

Santa Marta: Pedir para que los sacerdotes acudan a los enfermos de Covid-19

Llevando la Palabra de Dios y la Eucaristía

MARZO 10, 2020 10:55LARISSA I. LÓPEZPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 10 marzo 2020).- “Pidamos al Señor también por nuestros sacerdotes, para que tengan el coraje de salir y acudir a los enfermos, llevando la fuerza de la Palabra de Dios y la Eucaristía y acompañen a los trabajadores de la salud, los voluntarios, en este trabajo que están haciendo”, es el nuevo deseo del Papa Francisco.

​Hoy, 10 de marzo de 2020, se ha celebrado la segunda Misa presidida en privado por el Papa Francisco y transmitida en streaming desde la Casa Santa Marta.

En ella Francisco recordó, como ayer, que la ofrenda de esta celebración eucarística es por los que sufren el coronavirus, por los que curan a los enfermos y ahora también por los sacerdotes.

Dialogar con el Señor

Después, su homilía estuvo inspirada en el Evangelio en el que los escribas y fariseos de la época hacían una demostración hipócrita de su superioridad ante el pueblo, llamándose a sí mismos maestros pero negándose a comportarse de forma coherente.

​Así, el Papa señaló que hoy “el Señor nos llama a todos los pecadores a dialogar con Él, porque el pecado nos encierra en nosotros mismos, hace que ocultemos o esconda nuestra verdad, dentro. Esto es lo que le pasó a Adán, a Eva: después del pecado se escondieron, porque tenían vergüenza; estaban desnudos. Y el pecador, cuando siente vergüenza, tiene la tentación de esconderse”.

Fingir no ser pecadores

​No obstante, el Señor nos llama a acudir a él y hablar sobre nuestra situación: “Venid, porque soy capaz de cambiarlo todo – nos dice el Señor – no tengáis miedo de venir a hablar, sed valientes incluso con vuestras miserias”.

El Obispo de Roma habló también del engaño que a veces sufrimos: en lugar de ir a hablar con Él, fingir no ser pecadores. Esto es lo que Dios reprocha a los doctores de la ley, que cubren la verdad de su corazón “con la vanidad”.

El Señor nos puede cambiar

“La vanidad es precisamente el lugar para cerrarse a la llamada del Señor. En cambio, la invitación del Señor es la de un Padre, la de un Hermano: ‘¡Venid! Hablemos, hablemos. Al final Yo soy capaz de cambiar tu vida del rojo al blanco’”, indicó.

Finalmente, el Papa apuntó: “Que esta palabra del Señor nos anime; que nuestra oración sea una verdadera oración. De nuestra realidad, de nuestros pecados, de nuestras miserias. Hablar con el Señor. Él sabe, Él sabe lo que somos. Lo sabemos, pero la vanidad siempre nos invita a cubrirnos. Que el Señor nos ayude”.

A continuación, sigue la transcripción de la homilía del Papa realizada por la edición italiana de Vatican News.

***

Homilía del Santo Padre

​Ayer la Palabra de Dios nos enseñaba a reconocer nuestros pecados y a confesarlos, pero no solo con la mente, sino también con el corazón, con un espíritu de vergüenza; la vergüenza como una actitud más noble ante Dios por nuestros pecados. Y hoy el Señor nos llama a todos los pecadores a dialogar con Él, porque el pecado nos encierra en nosotros mismos, hace que ocultemos o escondamos nuestra verdad, dentro. Esto es lo que le pasó a Adán, a Eva: después del pecado se escondieron, porque tenían vergüenza; estaban desnudos. Y el pecador, cuando siente vergüenza, tiene la tentación de esconderse. Y el Señor llama: “Ven, ven, discutamos – dice el Señor – hablemos de tu pecado, hablemos de tu situación. No tengas miedo. No…” Y continúa: “Aunque vuestros pecados fueran como escarlata, se volverán blancos como la nieve. Si fueran rojos como la púrpura, se convertirían en lana”. “Venid, porque soy capaz de cambiarlo todo – nos dice el Señor – no tengáis miedo de venir a hablar, sed valientes incluso con vuestras miserias”.

​Me viene a la mente a ese santo que era tan penitente, que rezaba mucho. Y siempre trataba de darle al Señor todo lo que el Señor le pedía. Pero el Señor no estaba contento. Y un día se enfadó un poco con el Señor, porque el santo tenía mal genio. Y le dice al Señor: “Pero, Señor, no te entiendo. Te doy todo, todo, y siempre estás insatisfecho, como si faltara algo. ¿Qué falta?” “Dame tus pecados: eso es lo que falta”. Tener el valor de ir con nuestras miserias y hablar con el Señor: “¡Venid! ¡Discutamos! No tengáis miedo. Aunque tus pecados fueran como la escarlata, se volverán blancos como la nieve. Si fueran tan rojos como la púrpura, se convertirán en lana”.

​Esta es la invitación del Señor. Pero siempre hay un engaño: en lugar de ir a hablar con el Señor, fingir que no ser pecadores. Eso es lo que el Señor reprocha a los doctores de la ley. Estas personas hacen sus obras “para ser admiradas por el pueblo: ensanchan sus filacterias y alargan sus flecos; se complacen con los lugares de honor en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas, los saludos en las plazas, así como con ser llamados rabinos por la gente”. La apariencia, la vanidad. Cubriendo la verdad de nuestro corazón con la vanidad. ¡La vanidad nunca cura! La vanidad nunca cura. Además, es venenosa, sigue trayendo la enfermedad a tu corazón, trayendo esa dureza de corazón que te dice: “No, no vayas al Señor, no vayas. Tú te quedas”.

​La vanidad es precisamente el lugar para cerrarse a la llamada del Señor. En cambio, la invitación del Señor es la de un padre, la de un hermano: “¡Venid! Hablemos, hablemos. Al final yo soy capaz de cambiar tu vida del rojo al blanco”.

Que esta palabra del Señor nos anime; que nuestra oración sea una verdadera oración. De nuestra realidad, de nuestros pecados, de nuestras miserias. Hablar con el Señor. Él sabe, Él sabe lo que somos. Lo sabemos, pero la vanidad siempre nos invita a cubrirnos. Que el Señor nos ayude.

 

 

El Papa confía Roma, Italia y el mundo a la protección de la Madre de Dios

Jornada de oración y ayuno, 11 de marzo

MARZO 10, 2020 18:02ROSA DIE ALCOLEAROMA

(zenit – 10 marzo 2020).- El Obispo de Roma envía un mensaje en video en el que dirige su oración a la Virgen, ha informado el portavoz de la Santa Sede, con motivo de la Santa Misa que se celebrará el 11 de marzo en el santuario del Divino Amor en ausencia de los fieles, promovida por el cardenal vicario Angelo De Donatis, a las 19 horas.

Se trata de una Jornada de Oración y Ayuno, en la que se celebrará la Eucaristía y habrá una colecta diocesana de ofrendas para apoyar al personal de salud que se gasta con generosidad y sacrificio en el cuidado de los enfermos, informa el Vicariato de Roma.

El director de la Oficina de Prensa Vaticana, Matteo Bruni, ha emitido una declaración a primera hora de la tarde del martes, 10 de marzo de 2020, informando de que “en estos días de emergencia sanitaria, el Santo Padre confía la ciudad, Italia y el mundo a la protección de la Madre de Dios como un signo de salvación y esperanza”.

El cardenal Angelo de Donatis, vicario de la diócesis de Roma, presidirá la celebración en el santuario mariano de Castel de Leva, que podrá ser seguida en directo en Tv2000 y en streaming en la página de Facebook de la diócesis de Roma.

Roma, en intensa oración

Las celebraciones se suspendieron con la presencia de los fieles, pero la diócesis de Roma intensificó su oración. En estos días de emergencia sanitaria, en los que todos estamos llamados a permanecer en nuestras casas para no propagar el contagio y proteger especialmente a los más débiles, cada mañana, a las 7 horas, la Misa presidida por Papa Francisco en Santa Marta se transmite en la página de Facebook de la diócesis de Roma, en TV2000 (canal 28) y en Telepace (canal 73 y 214 en hd, 515 en Sky), además del canal de Youtube del Vaticano.

Además, a partir de miércoles, 11 de marzo, habrá una celebración eucarística vespertina, a las 19 horas, dirigida por el cardenal Vicario Angelo de Donatis, en vivo en Tv2000 y en streaming en la página diocesana de Facebook. El comienzo será el 11 de marzo, con la misa presidida por el Vicario en el Santuario de Nuestra Señora del Divino Amor, sin la presencia de los fieles. «Dada la necesidad del momento –escribió el cardenal– en comunión con el Consejo Episcopal, pido a todos los cristianos de Roma que ofrezcan un día de oración y ayuno, el miércoles 11 de marzo de 2020, para invocar la ayuda de Dios para nuestra ciudad, para Italia y para el mundo. El mismo día presidiré una Santa Misa desde el Santuario del Divino Amor”.

Antes del comienzo de la celebración, se emitirá un mensaje de video en el que Santo Padre dirige su oración a la Virgen: el Obispo de Roma confía así la ciudad, Italia y el mundo a la protección de la Madre de Dios, un signo de oración y esperanza. Para la ocasión también se dispondrá en las parroquias de los cuadros pequeños con la imagen de Nuestra Señora del Divino Amor y la oración del Papa Francisco.

Ayuno y limosna

“Además de ayunar, renunciando a una comida”, continuó el cardenal De Donatis en su carta, “queremos estar cerca, con una limosna, recogiendo ofrendas que donaremos en apoyo del personal sanitario que se gasta con generosidad y sacrificio en el cuidado de los enfermos”. Para tal fin, la diócesis de Roma lanza una extraordinaria recaudación de fondos en apoyo de los médicos, enfermeras, trabajadores de la salud.

Habrá dos citas espirituales online que nuestra comunidad diocesana podrá vivir –subraya el director de la Oficina de Comunicación Social del Vicariato de Roma–, al principio del día con la Eucaristía presidida por nuestro obispo Francisco, y por la tarde a las 19 horas con el vicario De Donatis. “Será un momento de gracia, en el que unidos en comunión espiritual, nos sentiremos hermanos y hermanas en la fe, en la solidaridad y no en la desconfianza. Rezaremos no sólo por nuestra ciudad, sino por Italia y por el mundo entero”.

 

 

Semana Santa: El Vía Crucis del Papa, escrito por reclusos de Padua

Anunciado por Francisco

MARZO 10, 2020 17:14LARISSA I. LÓPEZPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 10 marzo 2020).- La parroquia de la Casa de Reclusión de Padua Due Palazzi será la autora de las Meditaciones para las catorce estaciones del Vía Crucis en el Coliseo, tradicionalmente presidido por el Papa Francisco el Viernes Santo.

Así lo anunció el propio Santo Padre en una carta publicada en el diario Il Mattino di Padova: “He elegido la cárcel para que, también esta vez, fueran los últimos en dictarnos el paso”.

Obra coral

Las Meditaciones constituyen “una obra coral” que une “los diversos rostros” del mundo carcelario: “la víctima, la persona detenida, el policía carcelario, el voluntario, la familia del detenido, el agente de libertad condicional, el pedagogo, la Iglesia, la persona inocente a veces injustamente acusada”, describe Francisco.

Para el Pontífice, la cárcel es un verdadero “caleidoscopio de situaciones” y confiesa que al leerlos se conmovió: “Me sentí muy parte de esta historia, me sentí como el hermano de los que se equivocan y de los que aceptan estar a su lado para reanudar el ascenso del precipicio”.

Del mismo modo, se manifiesta “consciente de que no es fácil armonizar la justicia y la misericordia: sin embargo, cuando esto se logra, la ganancia es a favor de toda la sociedad”.

Caricia al sufrimiento

El Papa también expone que la elección de dar este anuncio a través de las páginas de Il Mattino de Padova es “una caricia” “al sufrimiento de estos días”.  Y su esperanza consiste en que desde Padua esta caricia se extienda a todas las demás ciudades.

Italia está viviendo “el sufrimiento y la muerte” debido al virus Covid-19, recuerda, y es por esto que quiere manifestar “la cercanía humana” y la “oración” a toda la población, en el espíritu de la “esperanza cristiana”.

Recordando que Padua es la “Capital Europea del Voluntariado 2020”,  el Obispo de Roma insta a “la buena voluntad, siempre unida a un fuerte sentido de responsabilidad y de colaboración” con las autoridades competentes, para que se convierta en “un valor añadido que el mundo necesita urgentemente”.

No descartar a las personas

Del mismo modo, el Santo Padre también exhorta a no descartar a las personas, “especialmente a los más indefensos”, porque “a nadie se le debe negar una mirada amorosa de atención y un gesto de bondad”. “El otro, independientemente de la situación de vida en la que se encuentre, es importante”, puntualiza.

En este sentido, apunta que no es coincidencia que el lema de Padua como “Capital Europea del Voluntariado 2020” sea “Coser juntos a Italia”, en contraste con la tentación contemporánea de “tirar en lugar de reparar, destrozar en lugar de coser”.

Finalmente, Francisco agradece a todos aquellos que están trabajando en estos días para luchar contra el Covid-19, entre ellos, “al personal médico y paramédico en primer lugar”. Asimismo, bendice en particular a los que en esta situación han perdido a un ser querido, a los ancianos, a los enfermos y a los detenidos, imposibilitados en este período “incluso de recibir una simple visita de consuelo”.

 

 

Líbano: El patriarca Raï apela a la responsabilidad de los políticos

Ante la crisis financiera en el país

MARZO 10, 2020 17:45LARISSA I. LÓPEZECONOMÍA Y FINANZAIGLESIA ORIENTAL

(zenit – 10 marzo 2020).- Ante la situación del sistema financiero libanés, actualmente abrumado por una deuda pública insostenible, el patriarca maronita, Béchara Boutros Raï, considera que los líderes políticos deben “hacer frente sin demora” a las causas profundas de la crisis y atacar “a quienes causaron el colapso de la moneda nacional”.

Estas son las declaraciones realizadas por el cardenal maronita durante la homilía celebrada el lunes 9 de marzo de 2020 en la iglesia de la sede patriarcal de Bkerké, en referencia al default financiero libanés anunciado dos días antes por el primer ministro Hassan Diab, indica la agencia Fides en una nota.

Para el cardenal Raï el liberalismo económico “está en el centro de la Constitución libanesa”, pero se trata de un sistema que solo puede funcionar y aportar beneficios si su “dimensión social que apunta a preservar la justicia y la dignidad humana” no es cancelada u olvidada. Hacer caso omiso de esto significa “jugar con el destino del Líbano” y arriesgar la supervivencia del país.

Suspensión de pagos

Efectivamente, de acuerdo a la misma fuente, el sábado 7 de marzo, el primer ministro libanés anunció la decisión del gobierno de suspender el pago de bonos emitidos en moneda extranjera por un valor de 1.200 millones de dólares cuya fecha de vencimiento estaba fijada para el 9 de marzo de 2020.

En su homilía, el patriarca Raï recordó que el sector bancario es una parte esencial del sistema económico libanés y que en el pasado este fue próspero. Del mismo modo, se refirió a la importancia del papel desempeñado por la Iglesia Maronita anteriormente, en el apoyo al desarrollo de instituciones de crédito fundamentales para favorecer el emprendimiento y el desarrollo económico.

 

 

BEBER EL CÁLIZ DEL SEÑOR

— Identificar en todo nuestra voluntad con la del Señor. Corredimir con Él.

— Ofrecimiento del dolor y de la mortificación voluntaria. Penitencia en la vida ordinaria. Algunos ejemplos de mortificación.

— Mortificaciones que nacen del servicio a los demás.

I. Jesús habla por tercera vez a sus discípulos de su Pasión y Muerte, y de su Resurrección gloriosa, mientras se encamina a Jerusalén. En un alto del camino, cerca ya de Jericó, una mujer, la madre de Santiago y Juan, se le acerca para hacerle una petición en favor de sus hijos. Se postró, cuenta San Mateo, para hacerle una petición. Con toda sencillez le dice a Jesús: Ordena que estos hijos míos se sienten en tu Reino uno a tu derecha y otro a tu izquierda1. El Señor le respondió enseguida: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Ellos dijeron: —Podemos2.

Los dos hermanos no debieron entender mucho, pues poco antes, cuando Jesús hablaba de la Pasión, dice San Lucas: Ninguna de estas cosas comprendían; al contrario, para ellos era un lenguaje desconocido, y no entendían lo que les decía3.

Es difícil de entender el lenguaje de la Cruz. Sin embargo, ellos están dispuestos, aunque sea con una intención general, a querer todo lo que Jesús quiera. No habían puesto ningún límite a su Señor; tampoco nosotros lo hemos puesto. Por eso, cuando pedimos algo en nuestra oración debemos estar dispuestos a aceptar, por encima de todo, la Voluntad de Dios; también, cuando no coincida con nuestros deseos. «Su majestad –dice Santa Teresa– sabe mejor lo que nos conviene; no hay para qué le aconsejar lo que nos ha de dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos»4. Quiere que le pidamos lo que necesitamos y deseemos pero, sobre todo, que conformemos nuestra voluntad con la suya. Él nos dará siempre lo mejor.

Juan y Santiago piden un puesto de honor en el nuevo reino, y Jesús les habla de la redención. Les pregunta si están dispuestos a padecer con Él. Utiliza la imagen hebrea del cáliz, que simboliza la voluntad de Dios sobre un hombre5. El del Señor es un cáliz amarguísimo que se trocará en cáliz de bendición6 para todos los hombres.

Beber la copa de otro era la señal de una profunda amistad y la disposición de compartir un destino común. A esta estrecha participación invita el Señor a quienes quieran seguirle. Para participar en su Resurrección gloriosa es necesario compartir con Él la Cruz. ¿Estáis dispuestos a padecer conmigo? ¿Podéis beber mi cáliz conmigo? Podemos, le respondieron aquellos dos Apóstoles.

Santiago murió pocos años más tarde, decapitado por orden de Herodes Agripa7. San Juan padeció innumerables sufrimientos y persecuciones por amor a su Señor.

«También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere calicem quem ego bibiturus sum? (Mt 20, 22): ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz –este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre– que yo voy a beber? Possumus (Mt 20, 22); ¡Sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de rectificar»8.

II. Cuando aquella mujer hizo su petición de madre, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿podéis beber el cáliz...? El Señor sabía que podrían imitar su pasión, y sin embargo les pregunta, para que todos oigamos que nadie puede reinar con Cristo si no ha imitado antes su pasión; porque las cosas de mucho valor no se consiguen más que a un precio muy alto»9. No existe vida cristiana sin mortificación: es su precio. «El Señor nos ha salvado con la Cruz; con su muerte nos ha vuelto a dar la esperanza, el derecho a la vida. No podemos honrar a Cristo si no lo reconocemos como nuestro Salvador, si no lo honramos en el misterio de la Cruz... El Señor hizo del dolor un medio de redención; con su dolor nos ha redimido, siempre que nosotros no rehusemos unir nuestro dolor al suyo y hacer de este con el suyo un medio de redención»10.

El dolor tendrá ya para siempre la posibilidad de sumarse al cáliz del Señor, unirse a su pasión, para la salvación de toda la humanidad. Lo que no tenía sentido ya lo tiene en Cristo. También nosotros podemos decir: Todo lo sufro por amor de los escogidos, a fin de que consigan también ellos la salvación, adquirida por Jesucristo, con la gloria celestial11no hay día, hermanos, en que yo no muera por la gloria vuestra y también mía, que está en Jesucristo nuestro Señor12.

La mortificación y la vida de penitencia, a la que nos llama la Cuaresma, tiene como motivo principal la corredención, «la participación en los sufrimientos de Cristo»13, participar del mismo cáliz del Señor. Nosotros somos los primeros beneficiados, pero la eficacia sobrenatural de nuestro dolor ofrecido y de la mortificación voluntaria alcanzan a toda la Iglesia, y aun al mundo entero. Esta voluntaria mortificación es medio de purificación y de desagravio, necesario para poder tratar al Señor en la oración e indispensable para la eficacia apostólica, porque «la acción nada vale sin la oración: la oración se avalora con el sacrificio»14.

El espíritu de penitencia y de mortificación lo manifestamos en nuestra vida corriente, en el quehacer de cada día, sin necesidad de esperar ocasiones extraordinarias. «Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos. Penitencia es levantarse a la hora. También, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa.

»La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar el tiempo que cada cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración a pesar de que estés rendido, desganado o frío.

»Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias –los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo– así lo requieran.

»La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos.

»Penitencia, para los padres y, en general, para los que tienen una misión de gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por encima de subjetivismos necios y sentimentales.

»El espíritu de penitencia lleva a no apegarse desordenadamente a ese boceto monumental de los proyectos futuros, en el que ya hemos previsto cuáles serán nuestros trazos y pinceladas maestras. ¡Qué alegría damos a Dios cuando sabemos renunciar a nuestros garabatos y brochazos de maestrillo, y permitimos que sea Él quien añada los rasgos y colores que más le plazcan!»15.

III. Los demás discípulos, que habían oído el diálogo de Jesús con los dos hermanos, comenzaron a indignarse. Entonces les dijo el Señor: Sabéis que los jefes de los pueblos los oprimen, y los poderosos los avasallan. No ha de ser así entre vosotros; el que quiera llegar a ser grande, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea el esclavo de todos; porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos16.

El servicio de Cristo a la humanidad va encaminado a la salvación. Nuestra actitud ha de ser servir a Dios y a los demás con visión sobrenatural, especialmente en lo referente a la salvación, pero también en todas las ocasiones que se presentan cada día. Servir incluso al que no lo agradece, sin esperar nada a cambio. Es la mejor ocasión de dar la vida por los demás, de un modo eficaz y discreto, que apenas se nota, y de combatir el propio egoísmo, que tiende a robarnos la alegría.

La mayoría de las profesiones suponen un servicio directo a los demás: amas de casa, comerciantes, profesores, empleadas de hogar, y todas, aunque sea de modo menos directo, son un servicio. Ojalá no perdamos de vista este aspecto, que contribuirá a santificarnos en el trabajo.

Servir a los demás requiere mortificación y presencia de Dios, y olvido de uno mismo. En ocasiones, este espíritu de servicio chocará con la mentalidad de muchos que solo piensan en sí mismos. Para nosotros los cristianos es «nuestro orgullo» y nuestra dignidad, porque así imitamos a Cristo, y porque para servir voluntariamente, por amor, es necesario poner en juego muchas virtudes humanas y sobrenaturales. «Esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, que no ha venido a ser servido, sino a servir. Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente reinar solo sirviendo, a la vez, el servir exige tal madurez espiritual que es necesario definirlo como el reinar. Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio»17.

No nos importe servir y ayudar mucho a quienes están a nuestro lado, aunque no recibamos ningún pago ni recompensa. Servir, junto a Cristo y por Cristo, es reinar con Él. Nuestra Madre Santa María, que sirvió a su Hijo y a San José, nos ayudará a darnos sin medida ni cálculo.

1 Mt 20, 21-22. — 2 Mt 20, 22. — 3 Lc 18, 34. — 4 Santa Teresa, Moradas, 11, 8. — 5 Cfr. Sal 16, 5.  6 Is 51, 17-22. — 7 Cfr. Hech 12, 2. — 8 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 15. — 9 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 35. — 10 Pablo VI, Alocución, 24-II-1967. — 11 1 Tim 2, 10. — 12 1 Cor 15, 31. — 13 Pablo VI, Paenitemini, 17-II-1966. — 14 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 81. — 15 ídem, Amigos de Dios, 138. — 16 Mt 20, 24-28. — 17 Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 21.

 

 

“¿Actuamos como hijos de Dios?”

Un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad. Pero, ¿tú y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios? (Forja, 987)

11 de marzo

  • Nuestra condición de hijos de Dios nos llevará –insisto– a tener espíritu contemplativo en medio de todas las actividades humanas –luz, sal y levadura, por la oración, por la mortificación, por la cultura religiosa y profesional–, haciendo realidad este programa: cuanto más dentro del mundo estemos, tanto más hemos de ser de Dios. (Forja, 740)

Cuando se trabaja por Dios, hay que tener “complejo de superioridad”, te he señalado. Pero, me preguntabas, ¿esto no es una manifestación de soberbia? –¡No! Es una consecuencia de la humildad, de una humildad que me hace decir: Señor, Tú eres el que eres. Yo soy la negación. Tú tienes todas las perfecciones: el poder, la fortaleza, el amor, la gloria, la sabiduría, el imperio, la dignidad... Si yo me uno a Ti, como un hijo cuando se pone en los brazos fuertes de su padre o en el regazo maravilloso de su madre, sentiré el calor de tu divinidad, sentiré las luces de tu sabiduría, sentiré correr por mi sangre tu fortaleza. (Forja, 342)

 

Mensaje del Prelado (11 marzo 2020)

Como preparación para la solemnidad de san José, Mons. Ocáriz nos sugiere acudir a su intercesión como fiel servidor de Dios en relación continua con Jesús.

CARTAS PASTORALES Y MENSAJES11/03/2020

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Ante la solemnidad de san José, ya tan próxima, os sugiero acudir personalmente con mayor intensidad al ejemplo del santo Patriarca, como «servidor fiel de Dios en relación continua con Jesús» (Es Cristo que pasa, n. 56).

Desde que Dios quiso hacerse más presente en la vida de san José, vemos cómo se dispone a ser su servidor fiel: ante el misterio de la Encarnación, durante la huida a Egipto, en el regreso a Nazaret y cuando Jesús perdido permanece en el Templo. En aquellas ocasiones, san José procura acoger con prontitud lo que Dios le pide, aunque no fuese lo que inicialmente tenía pensado y a pesar de que podía suponer incertidumbre acerca de su futuro.

San Josemaría nos ayudaba a contemplar también que, «en las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad» (Ibíd., n. 42). Procuremos obedecer siempre a Dios con una fidelidad pronta, inteligente y responsable, aunque alguna vez no lleguemos a comprender del todo sus designios. Podremos no entenderlos, pero podremos siempre amarlos, con la certeza de que Dios quiere nuestro bien, y esta convicción nos llevará a actuar con libertad de espíritu.

San José dedica su vida entera a cuidar de Jesús con amor paterno y le enseñó, en cuanto hombre, muchas cosas, especialmente el trabajo. A la vez, ¡cuánto aprendería san José con solo mirar a ese Niño que era Dios! Nosotros todo lo tenemos que aprender de Jesús. Él mismo nos dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Que san José nos ayude a contemplar a Jesús –en el Evangelio y en el Sagrario– para que, con la intercesión materna de santa María, seamos más mansos y humildes, más llenos de caridad. Así, con la gracia del Espíritu Santo, nuestros corazones se podrán llenar de un mayor amor a Dios y a los demás.

En los últimos meses, muchas personas se han visto afectadas por la epidemia que se ha difundido en distintas partes del mundo. Como nos ha pedido el Papa recientemente, os invito «a vivir este difícil momento con la fuerza de la fe, la certeza de la esperanza y el fervor de la caridad» (Francisco, 8-III-2020). Acudamos a la intercesión de san José y roguémosle que extienda su protección paterna al mundo entero.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

​Roma, 11 de marzo de 2020

 

 

Algo grande y que sea amor (II): Lo que podría ser tu vida

El sueño de todo cristiano es que su nombre esté escrito en el Corazón de Dios. En el segundo texto de la serie sobre la vocación -“Algo grande y que sea amor”- se contempla esta realidad.

VOCACIÓN25/10/2018

Escucha el artículo Algo grande y que sea amor (II): Lo que podría ser tu vida

 

 


Mesopotamia vio nacer y desaparecer algunas de las civilizaciones más antiguas del mundo: sumerios, acadios, babilonios, caldeos… Aunque en el colegio tal vez estudiamos algunas de ellas, nos parecen culturas distantes y poco relacionadas con nosotros. Sin embargo, de esa zona surgió un personaje que forma parte de nuestra familia. Se llamaba Abrán, hasta que Dios le cambió el nombre por Abrahán. La Biblia lo sitúa unos 1850 años antes de la venida de Jesucristo a la tierra. Cuatro mil años después seguimos acordándonos de él, cuando en la Santa Misa le invocamos como «nuestro padre en la fe»[1]: él dio origen a nuestra familia.

«Te he llamado por tu nombre»

Abrahán es una de las primeras personas que han pasado a la historia por haber respondido a una llamada de Dios. En su caso, era una petición muy singular: «Vete de tu tierra y de tu patria y de casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Gn 12,1). Tras él vinieron, entre otros, Moisés, Samuel, Elías y los demás profetas... Todos escucharon la voz de Dios, que les invitaba de un modo u otro a «salir de su tierra» y a comenzar una nueva vida en su compañía. Como a Abrahán, Dios les prometía que haría grandes cosas en sus vidas: «de ti haré un gran pueblo, te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, que servirá de bendición» (Gn 12,2). Además, a cada uno de ellos lo llamó por su nombre; y por eso, junto al recuerdo de las acciones de Dios, el Antiguo Testamento conserva los nombres de quienes colaboraron con Él. La carta a los Hebreos los elogia con entusiasmo (cf. Hb 11,1-40).

EXISTE UNA MULTITUD INMENSA DE SANTOS DESCONOCIDOS, QUE SON VERDADEROS «PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA»

Cuando Dios envió a su Hijo al mundo, los llamados ya no solo escucharon la voz de Dios; pudieron ver también un rostro humano: Jesús de Nazaret. También a ellos Dios les llamó a comenzar una nueva vida, a dejar un rastro imborrable en la historia. Conocemos sus nombres —María Magdalena, Pedro, Juan, Andrés…— y les recordamos también con agradecimiento.

¿Y después? Podría parecer que, con la Ascensión de Jesús al cielo, Dios se hubiera retirado de la historia. En realidad, su acción no solo continúa sino que ha aumentado. Si en su paso por la tierra escogió solo a unos pocos, durante los últimos dos mil años Dios ha «cambiado los planes» de millones de hombres y mujeres, abriéndoles horizontes que ellos mismos no habrían podido ni imaginar. Conocemos los nombres de muchos de ellos, que forman parte del santoral de la Iglesia. Y existe una multitud inmensa de hombres y mujeres «de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas» (Ap 7,9), santos desconocidos, que son verdaderos «protagonistas de la historia»[2] .

Hoy, en este instante, Dios sigue buscando y llamando a la puerta de cada uno. A San Josemaría le gustaba considerar estas palabras de Isaías: «te he redimido y te he llamado por tu nombre: ¡tú eres mío!» (Is 43,1). Al meditarlas, decía que le traían al corazón «sabores de panal y de miel»[3], porque le permitían percibir hasta qué punto era amado por Dios de un modo personalísimo, único.

También a nosotros estas palabras pueden traernos sabores de panal y de miel, porque revelan que nuestra vida es importante para Dios: que cuenta con todos, que invita a cada uno. El sueño de todo cristiano es que su nombre esté escrito en el Corazón de Dios. Y es un sueño que está al alcance de todos.

«Cuenta las estrellas, si puedes contarlas»

Nos puede parecer excesivo ver nuestra vida así, en continuidad con la de los grandes santos. Tenemos experiencia de nuestra debilidad. También la tuvieron Moisés, Jeremías, Elías, a quienes no faltaron sus momentos malos[4]. El propio Isaías, por ejemplo, se decía en una ocasión: «en balde me he fatigado, inútilmente y en vano he gastado mi fuerza…» (Is 49,4). Es verdad que a veces la vida se presenta así, como algo sin mucho sentido o interés, por la facilidad con que se truncan nuestros proyectos. La pregunta «para qué quiero vivir» parece naufragar ante la experiencia del fracaso, del sufrimiento y de la muerte.

Dios conoce perfectamente toda esa inestabilidad, y la confusión en la que nos puede dejar. Y, sin embargo, viene a buscarnos. Por eso, el profeta no se queda en un grito de queja, y reconoce la voz del Señor: «Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra» (Is 49,6). Somos débiles, pero esa no es toda la verdad sobre nuestra vida. Escribe el Papa: «Reconozcamos nuestra fragilidad, pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban»[5].

La llamada divina es una gran misericordia de Dios; señal de que me quiere, de que le importo: «Dios cuenta contigo por lo que eres, no por lo que tienes: ante él, nada vale la ropa que llevas o el teléfono móvil que utilizas; no le importa si vas a la moda, le importas tú, tal como eres. A sus ojos, vales, y lo que vales no tiene precio»[6]. Al llamarnos, Dios nos libera, porque nos permite escapar de una vida banal, dedicada a satisfacciones pequeñas que no son capaces de llenar nuestra sed de amor. «Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia»[7]. Dios saca nuestra libertad de su pequeñez, la abre a la amplitud de la historia de su Amor con los hombres, en la que todos —cada una y cada uno— somos protagonistas.

NO SOMOS NOSOTROS QUIENES LE HACEMOS UN FAVOR: ES DIOS QUIEN ILUMINA NUESTRA VIDA

«La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía»[8]. Para quien ha recibido y acogido la llamada de Dios, ya no hay acciones banales o pequeñas. Todas ellas quedan iluminadas por la promesa: «de ti haré un gran pueblo» (Gn 12,2): con tu vida haré cosas grandes; dejarás rastro, serás feliz repartiendo felicidad. Por eso, «cuando Él pide algo, en realidad está ofreciendo un don. No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida, llenándola de sentido»[9].

Por otra parte, la luz de la vocación nos permite comprender que la importancia de nuestra vida no se mide por la grandeza humana de los planes que realizamos. Solo unos pocos pueden incluir sus nombres entre los grandes de la historia universal. En cambio, la grandeza divina se mide ahora por su relación con el único plan verdaderamente grande: la Redención. «Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado»[10].

«La Redención se está haciendo —¡ahora!»[11] ¿Cómo colaborar? De mil modos distintos, sabiendo que Dios mismo nos va a ir dando luces para que descubramos el modo concreto de colaborar con Él. «Dios quiere que la libertad de la persona intervenga no solo en la respuesta, sino también en la configuración de la vocación misma» [12]. Y la respuesta, sin dejar de ser libre, está movida por la gracia actual del Dios que llama. Si nos ponemos a caminar, a partir del lugar en el que nos encontramos, Dios nos ayudará a ver lo que Él ha soñado para nuestra vida: un sueño que «se va haciendo» a medida que avanza, porque depende también de nuestra iniciativa y de nuestra creatividad. San Josemaría decía que, si soñábamos, nos quedaríamos cortos, porque quien sueña de verdad sueña con Dios. Así, a lo grande, hacía soñar Dios a Abrahán: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas» (Gn 15,5).

Siempre es cosa de dos

Dios entra en la vida de Abrahán para quedarse con él, para unirse en cierto modo a su destino: «Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan; en ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra» (Gn 12,3). Su historia es la de un «protagonismo compartido». Es la historia de Abrahán y de Dios, de Dios y de Abrahán. Hasta tal punto que, a partir de entonces, Dios se presentará a Sí mismo ante los demás hombres como «el Dios de Abrahán»[13].

LA LLAMADA CONSISTE EN VIVIR CON ÉL. MÁS QUE DE HACER COSAS ESPECIALES, SE TRATA DE HACERLO TODO CON DIOS

La llamada consiste, pues, en primer lugar, en vivir con Él. Más que de hacer cosas especiales, se trata de hacerlo todo con Dios, «¡todo por Amor!»[14]. Lo mismo les sucedió a los primeros: Jesús los eligió, antes que nada, «para que estuvieran con Él»; solo después, el evangelista añade: «y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14). Por eso, también nosotros, cuando percibimos la voz de Dios, no debemos pensar en una especie de «misión imposible», dificilísima, que Él nos impone desde la lejanía del Cielo. Si es una auténtica llamada de Dios, será una invitación a meternos en su vida, en su proyecto: una llamada a permanecer en su Amor (cfr. Jn 15,8). Y así, desde el Corazón de Dios, desde una auténtica amistad con Jesús, podremos llevar su Amor al mundo entero. Él quiere contar con nosotros… estando con nosotros. O viceversa: Él quiere estar con nosotros, contando con nosotros.

Se entiende así que quienes han experimentado la llamada de Dios, y la han seguido, animen a quienes empiezan a escucharla. Porque, en un primer momento, es frecuente que experimenten miedo. Es el temor lógico que produce lo inesperado, lo desconocido, lo que agranda horizontes, la realidad de Dios, que nos supera por todas partes. Pero este miedo está llamado a ser transitorio. Se trata de una reacción humana de lo más común, que no debe sorprendernos. Sería un error dejarnos paralizar por el miedo: más bien, es necesario enfrentarse con él, atreverse a analizarlo con calma. Las grandes decisiones de la vida, los proyectos que han dejado rastro, casi siempre han sido precedidos de un estadio de miedo, superado después con una reflexión serena; y sí, también, con un golpe de audacia.

San Juan Pablo II comenzó su pontificado con una invitación que aún hoy resuena: «Abrid de par en par las puertas a Cristo (…) ¡No tengáis miedo!»[15]. Benedicto XVI la retomó nada más ser elegido: comentaba cómo, con estas palabras, «el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes». Y se preguntaba: «¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo —si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él—, miedo de que Él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?»[16].

Seguía Benedicto XVI: «Y todavía el Papa quería decir: ¡No! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada —absolutamente nada— de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera»[17]. Y, uniéndose a aquella recomendación de San Juan Pablo II, concluía: «Quisiera (…), a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[18]. El Papa Francisco nos lo ha recordado también a menudo: «Él te pide que dejes lo que paraliza el corazón, que te vacíes de bienes para dejarle espacio a él»[19]. Así haremos la experiencia de todos los santos: Dios no quita nada, sino que llena nuestro corazón de una paz y una alegría que el mundo no puede dar.

Por este camino, el miedo cede enseguida el paso a una profunda gratitud: «Doy gracias a aquel que me ha llenado de fortaleza, a Jesucristo nuestro Señor, porque me ha considerado digno de su confianza (…) a mí, que antes era blasfemo, perseguidor e insolente. Pero alcancé misericordia» (1 Tm 1,12-13). Que todos tengamos una vocación muestra que la misericordia de Dios no se detiene ante nuestras debilidades y pecados. Él se pone ante nosotros Miserando atque eligendo, como reza el lema episcopal del Papa Francisco. Porque, para Dios, escogernos y tener misericordia —pasar por alto nuestra pequeñez— es una sola cosa.

Como Abrahán, como san Pablo, como todos los amigos de Jesús, también nosotros nos sabemos no solo llamados y acompañados por Dios, sino también seguros de su ayuda: convencidos de que «quien comenzó en [nosotros] la obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús» (Flp 1,6). Sabemos que nuestras dificultades, aunque a veces sean serias, no tienen la última palabra. San Josemaría lo repetía a los primeros fieles del Opus Dei: «cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos… y les comunica las gracias convenientes»[20].

SOLO LA CONFIANZA NOS PERMITE VIVIR SIN ESTAR ESCLAVIZADOS POR EL CÁLCULO DE LAS PROPIAS FUERZAS

La llamada de Dios es, pues, una invitación a la confianza. Solo la confianza nos permite vivir sin estar esclavizados por el cálculo de las propias fuerzas, de los propios talentos, abriéndonos a la maravilla de vivir también de las fuerzas de Otro, de los talentos de Otro. Como en las escaladas a las grandes cumbres, es necesario fiarse de quien nos precede, con quien compartimos incluso una misma cuerda. El que va por delante nos indica dónde pisar y nos ayuda en aquellos momentos en que, si estuviéramos solos, nos dejaríamos dominar por el pánico o el vértigo. Caminamos, pues, como en la escalada, pero con la diferencia de que ahora nuestra confianza no está puesta en alguien como nosotros, ni siquiera en el mejor de los amigos; ahora nuestra confianza está puesta en el mismo Dios, que siempre «permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2, 13).

Haréis vosotros los caminos

«Abrán se marchó tal y como le había mandado el Señor» (Gn 12,4). Así comenzó la etapa de su vida que marcaría su existencia para siempre. La suya fue, desde entonces, una vida guiada por sucesivas llamadas de Dios: a ir de un sitio a otro, a alejarse de hombres malvados, a creer en la posibilidad de tener un hijo, a tenerlo verdaderamente, y… a estar dispuesto a sacrificarlo. Abrahán no dejó de necesitar su libertad en ningún momento para seguir diciendo que sí al Señor. Así, la vida de quienes siguen a Dios se caracteriza no solo por la cercanía y la comunión con Dios, sino también por una real, plena y continuada libertad.

Responder afirmativamente a la llamada de Dios no solo da a nuestra libertad un nuevo horizonte, un sentido pleno —«algo grande y que fuera amor»[21], decía san Josemaría—, sino que nos exige ponerla en juego continuamente. La entrega a Dios no es como subirse a una especie de «cinta transportadora», orientada y dirigida por otros, que nos fuera a llevar —sin quererlo nosotros— hasta el final de nuestros días; o como una vía ferroviaria, perfectamente trazada, que se puede consultar por adelantado y que no reserva ninguna sorpresa al viajero.

En efecto, a lo largo de nuestra vida nos encontraremos con que la fidelidad a la primera llamada exige de nosotros nuevas decisiones, a veces costosas. Y entenderemos que la llamada de Dios nos empuja a crecer cada día más en nuestra propia libertad. Porque, para volar alto —como es propio de cualquier camino de amor—, hace falta tener las alas limpias de barro y una gran capacidad de disponer de la propia vida, tantas veces esclavizada por pequeñeces. En pocas palabras, a la grandeza de la llamada de Dios debe corresponder una libertad igualmente grande, dilatada por la correspondencia a la Gracia y por el crecimiento de las virtudes, que nos hacen ser más verdaderamente nosotros mismos.

En los primeros años de la Obra, a los jóvenes que se acercaban a él, san Josemaría solía repetirles que todo estaba por hacer, incluso el camino que debían recorrer. Y que ese camino, que el Señor les indicaba y que debía atravesar el mundo entero, lo iban a realizar ellos. «No hay caminos hechos para vosotros... Los haréis —les decía—, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas»[22]. Expresaba así el carácter abierto que tiene toda vocación, y que es preciso descubrir y fomentar.

Ahora, como entonces, responder a la llamada de Dios supone, en cierto modo, abrirse camino al golpe de las propias pisadas. Dios no nos da a conocer nunca un plan perfectamente escrito. No lo hizo con Abrahán, ni con Moisés. No lo hizo con los apóstoles. Al subir a los cielos les dijo solamente: « Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). ¿Cómo? ¿Por dónde? ¿Con qué medios? Todo eso se iría precisando poco a poco. Como en nuestro caso: el camino se irá concretando a lo largo de la vida, y se construirá gracias a esa alianza maravillosa entre la Gracia de Dios y nuestra propia libertad. Durante toda la vida, la vocación es «la historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor»[23]. Nuestra historia será un entretejerse de nuestro oído atento a las inspiraciones divinas y nuestra creatividad para llevarlas a cabo del mejor modo en que podamos.

La Virgen María, ejemplo para todos nosotros por su «Sí» en Nazaret, lo es también por su permanente escucha y obediencia a la Voluntad de Dios a lo largo de toda su vida, que también estuvo marcada por el claroscuro de la fe. «María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lc 1,19). Junto a su Hijo, nuestra Madre fue descubriendo a cada paso lo que Dios quería de Ella. Por eso la llamamos también Perfecta Discípula de Cristo. A Ella nos encomendamos, para que sea la Estrella que guíe siempre nuestros pasos.

Nicolás Álvarez de las Asturias


[1] Misal Romano, Plegaria Eucarística I.

[2] Francisco, Vigilia de oración con los jóvenes, Cracovia, 30-VII-2016.

[3] Amigos de Dios, n. 312.

[4] Cfr. Por ejemplo Nm 11,14s: «Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, hazme morir, por favor, si he hallado gracia a tus ojos; así no veré más mi desventura»; Jr 20,18: «¿Por qué hube de salir del vientre para pasar trabajos y fatigas y acabar mis días deshonrado?»; 1 R 19,4: «¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!»

[5] Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exsultate (19-III-2018), n. 131.

[6] Francisco, Homilía en la Jornada Mundial de la Juventud, Cracovia, 31-VII-2016.

[7] Amigos de Dios, n. 38

[8] Es Cristo que pasa, n. 45

[9] F. Ocáriz, «Luz para ver, fuerza para querer», ABC, 18-IX-2018.

[10] Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), Vida escondida y epifanía, en Obras Completas V, Burgos 2007, 637.

[11] Via Crucis, 5ª estación, n. 2

[12] F. Ocáriz, «La vocación al Opus Dei como vocación en la Iglesia», en El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, 1993, p. 152.

[13] Cfr. Ex 3,6; Mt 22,32.

[14] San Josemaría, Apuntes íntimos IV, n. 296, 22-IX-1931 (citado en Camino, edición crítico-histórica, comentario al n. 813).

[15] San Juan Pablo II, Homilía en el comienzo de su pontificado, 22-X-1978.

[16] Benedicto XVI, Homilía en el comienzo de su pontificado, 24-V-2005.

[17] Ibidem.

[18] Ibidem.

[19] Francisco, Homilía de canonización, 14-X-2018. Cfr. también Gaudete et Exsultate, n. 32.

[20] Instrucción, 19-III-1934, n. 48.

[21] A. Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. I, p. 97.

[22] Camino, n. 928

[23] San Juan Pablo II, Ex. Ap. Pastores dabo vobis (25-III-1992), n. 36.

 

 

Historia desconocida de la Crucifixión – El castigo más atroz de la Antigua Roma

El castigo más atroz (y humillante) de la Antigua Roma

 

Cuando Espartaco y su grupo de esclavos fueron derrotados tras la Tercera Guerra Servil, los 6.000 prisioneros adultos capturados fueron crucificados a intervalos a lo largo de la Vía Apia, desde Roma hasta Capua.

La cruz fue el primer problema teológico al que se enfrentó el grupo de seguidores de Jesús: fundamentar por qué el Mesías había muerto víctima del método de ejecución más salvaje y humillante, tradicionalmente reservado a los esclavos, que los romanos aplicaban. Sin embargo, como explica Tom Holland en su libro «Dominio» (Ático de los libros, 2020), los primeros cristianos no solo resolvieron el dilema, sino que consiguieron convertir esa supuesta derrota en su principal triunfo.

Lograron que solo trescientos años después hasta el Emperador de Roma se arrodillara ante la cruz, una palabra –«crux»– que hasta entonces causaba asco por lo que representaba este método.

 

 

Esta forma de castigo fue creada supuestamente en Asiria en torno al siglo VI a.C. Al menos así les gustaba decir a los romanos, que no aceptaban que una brutalidad tal pudiera haber sido pensada en su territorio. La práctica fue imitada por grandes potencias mediterráneas, como la Macedonia de Alejandro Magno, quien la importó unos 200 años después de su aparición en Oriente Próximo.

 

Un mensaje para quienes desafiaban a Roma

En la Antigua Roma no había ejecución más atroz que la crucifixión y un mensaje más crudo hacia quienes desafiaran el orden establecido. Garantizaba al esclavo condenado un largo suplicio desnudo, con los pechos y los hombros hinchados y con los pájaros picoteando la carne a placer. Mientras que a los que observaban les avisaba de que las élites romanas no iban a admitir que un esclavo destruyera su sociedad, sustentada por la servidumbre de esta grupo que representaba a la mayor parte de la población.

Cuando Espartaco y su grupo de esclavos fueron derrotados tras la Tercera Guerra Servil, los 6.000 prisioneros adultos capturados fueron crucificados a intervalos a lo largo de la Vía Apia, desde Roma hasta Capua, como advertencia a otros esclavos dispuestos a atacar a sus amos.

«Una vez que tenemos en nuestra servidumbre a naciones enteras con sus cultos diversos, con sus religiones extrañas o sin religión alguna, a ese canalla no se le puede dominar sino por el miedo», dejó escrito Tácito.

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«Espartaco» (Spartacus), película estadounidense de 1960

 

El ingenio sádico del verdugo era bienvenido. Como cuenta Holland en el brillante prefacio de su libro, cuanto más terrible fuera la imagen más efectivo era el castigo. «Este pone cabeza abajo a los que quiere colgar, aquel los empala por los genitales; este otro los extiende los brazos en un yugo», narra Cicerón, otro de los autores clásicos.

Los romanos, el pueblo que más hizo por popularizarla, no podían aplicarla a los ciudadanos debido a ese carácter humillante. En su lugar, en el caso de estar condenados a muerte, eran decapitados o se les seccionaba la medula desde el cuello con una espada. Las ejecuciones en Roma se hacían en territorios extramuros donde el olor de los cadáveres no resultara próximo.

Los cuerpos de los crucificados, que eran castigados por las aves carroñeras durante días, eran luego arrojados en fosas comunes y conducidos, al menos en Italia, por enterradores vestidos de rojo que hacían sonar campanillas y arrastraban los restos con ganchos.

 

La crucifixión mejor documentada

Como prueba de la contradictoria mezcla entre la altivez y la repugnancia que les generaba a los romanos este método de ejecución, todo lo público que era en su día las crucifixiones lo fue luego de silencioso en los textos. Solo cuatro crónicas de la Antigüedad han sobrevivido que detallen este método y todas ellas hacen referencia al mismo reo: un judío llamado Jesús ejecutado frente a las murallas de Jerusalén, en el Gólgota, el «Lugar de la Calavera».

Estas crónicas, escritas poco después de la muerte de Jesús, condenado por un delito capital contra el orden establecido, describen como tras la sentencia el reo fue azotado por los soldados y se mofaron de él colocándole una corona de espinas. Jesús de Nazaret fue obligado a cargar con su cruz (lo más probable es que solo llevara el madero horizontal de la cruz) hasta el lugar donde sería ejecutado. Allí le atravesaron las manos y los pies con clavos y lo elevaron en la cruz. Una vez fallecido le clavaron una lanza en el costado para cerciorarse de que no quedaba aliento alguno en su interior.

​Una de las primeras representaciones que se conservan de Jesús en la Cruz.

Los romanos no eran los únicos a los que la mera representación de estas ejecuciones les horrorizaba. «El misterio de la cruz que nos convoca ante Dios, es algo despreciable y deshonroso», dejó escrito Justino Mártir solo un siglo después de la muerte de Jesucristo. Tuvieron que pasar muchos años para que la ilustración de la muerte de Jesús y el símbolo en sí de la cruz se convirtieran en una forma visual aceptable para sus seguidores.

Comenta Holland que «hacia el año 400 la cruz dejó de verse como algo vergonzoso. Prohibida como castigo décadas antes por Constantino, el primer emperador cristiano, la crucifixión se había convertido para el pueblo romano en un emblema del triunfo sobre el pecado y la muerte». La crucifixión de Jesús empezó a representarse con el cuerpo de un atleta, tan musculoso como un dios griego, y con la expresión serena de quien está convencido de su victoria.

Una imagen propiamente grecolatina que evolucionó a través de los artistas medievales hacia un Jesús ensangrentado y agonizante. Aparecía sereno y con rostro de sufrimiento. Más humano, más débil. Sin embargo, si en otro tiempo aquella estampa hubiera evocado lo atroz que era esta forma de morir, para los años medievales transmitía a la gente compasión y piedad ante el sacrificio que había realizado Jesús.

 

 

Fe y sacramentos: diálogo de salvación

Posted: 09 Mar 2020 10:45 AM PDT

R. Van der Weyden, Tríptico de los siete sacramentos (h. 1440-1445),
Museo de Bellas Artes, Amberes (Bélgica)

A la izquierda se representan el Bautismo, la Confirmación y la Penitencia o confesion de los pecados.
En el centro, detrás del Crucificado, la Eucaristía (la Misa).
A la derecha, el Orden sacerdotal, el Matrimonio y la Unción de los enfermos.

La íntima conexión entre la Fe y los sacramentos –se requieren mutuamente– es el tema del documento de la Comisión teológica Internacional titulado "La reciprocidad entre fe y sacramentos en la economía sacramental", publicado en marzo de 2020.

Para ilustrar esta necesaria implicación entre la fe y los sacramentos, el documento explica, en el segundo capítulo, el carácter de “diálogo” que tienen los sacramentos y, más en general, la vida cristiana. Diálogo entre Dios y las personas y viceversa, que lleva a un diálogo de amistad y fraternidad con los demás.

Jesucristo, "Palabra de Dios" hecha carne

1. Con esta finalidad, comienza presentando la figura de Jesucristo en el marco de la fe en el Dios Uno y Trino. En Cristo se da de manera excelente y única la relación entre una realidad externa y visible (su humanidad) y una realidad profunda e invisible (su divinidad). Todo en la vida cristiana depende de Cristo. Y por eso todo, y concretamente los sacramentos, participa de esa doble dimensión, visible e invisible, externa e interior, significante y significada, que se nos da en Cristo.

Cristo es la Palabra eterna (el Verbo eterno, Hijo del Padre) de Dios que, por obra del Espíritu Santo, se ha hecho Palabra hecha carne por nosotros y por nuestra salvación. Así se entiende que, también por la acción del Espíritu Santo, algunas palabras humanas –acompañadas por ciertos gestos y otros elementos– puedan ser, en los sacramentos, a la vez "palabras de Dios". Es decir, palabras que comunican verdades y contenidos que vienen de Dios y que, al mismo tiempo, producen efectivamente su presencia como signos eficaces de su acción.

La clave de ese diálogo que Dios establece con nosotros –primero en su Hijo hecho carne visible por nosotros y ahora por medio de los sacramentos que prolongan y nos acercan su acción salvadora– es la acción del Espíritu Santo. Así lo explica el documento: “Si el Espíritu Santo es Dios verdadero, entonces puede abrirnos a Dios e introducirnos en la vida divina por medio de los signos sacramentales” (n. 18).

Desde la creación del mundo –en la que interviene su “Verbo” y su “Espíritu”– Dios se nos ha ido revelando, de modo que todos los seres son ciertos signos o reflejos de Dios. Especialmente los hombres y las mujeres hemos sido hechos a “imagen y semejanza” de Dios. Somos “signos” de una realidad más profunda que es el ser y la belleza de Dios que es en su vida íntima, comunión (Trinidad) de personas. Y esto se manifiesta tanto en nuestro lenguaje como en nuestra actividad. Uno y otra están dirigidos a la comunicación de verdad y de bien entre las personas.

En la cúspide de esa pedagogía divina o economía de diálogo y de “significación” (economía sacramental) está Cristo. Según la tradición cristiana occidental un sacramento es un “signo e instrumento” de salvación. Pues bien, esto es así porque los sacramentos vienen de Cristo –están instituidos por Él– y nos unen a Él. Cristo es, según la Tradición cristiana, el “sacramento originario o primordial” de Dios Padre. Es decir, el signo e instrumento del amor de Dios Padre para nuestra salvación.

“En Jesucristo, como cumbre de la historia y plenitud del tiempo salvífico (cf. Gal 4,4), se da la unidad más estrecha posible entre un símbolo creatural, su humanidad, y lo simbolizado, la presencia salvífica de Dios en su Hijo en medio de la historia. La humanidad de Cristo, como humanidad inseparable de la persona divina del Hijo de Dios, es «símbolo real» de la persona divina. En este caso supremo, lo creado comunica en grado sumo la presencia de Dios” (n. 30).

Así vemos cómo toda la revelación de Dios, que se ha hecho plena en Jesucristo, tiene esta doble característica: es a la vez "sacramental "(hecho de signos, de gestos significativos y de palabras) y "dialogal" (porque Dios se dirige a nosotros personalmente con un diálogo de amor, que nos ofrece la salvación en la participación de su vida divina). Por eso la fe se expresa y crece en los sacramentos y viceversa, sin la fe los sacramentos quedan vacíos de sentido.

“Jesucristo concentra el fundamento y la fuente de toda la sacramentalidad, que luego se despliega en los diferentes signos sacramentales que generan la Iglesia” (n. 31).

Cristo instituye los sacramentos para que la salvación que Él nos trae se adecúe a nuestro modo de ser humano. Los sacramentos tienen elementos visibles y materiales (como nosotros tenemos y somos cuerpo). Y significan realidades invibles e inmateriales (también nosotros tenemos y somos espíritu). Así como cada persona es un “espíritu encarnado”, la vida cristiana, que es vida divina en nosotros, se expresa y perfecciona, por medio de los sacramentos, en la familia de Dios que es la Iglesia.

La Iglesia y el diálogo de salvación

2. El Concilio Vaticano II ha llamado a la Iglesia “sacramento universal (general o fundamental) de salvación” siempre en dependencia de Cristo. Precisamente por voluntad de Cristo, la Iglesia es el ámbito, la madre y el hogar, el cuerpo donde se se celebran y se viven los sacramentos de la vida cristiana y otras realidades (como la lectura de la Sagrada Escritura, o los llamados “sacramentales” –signos, como el agua bendita, que disponen a los sacramentos o santifican las circunstancias de la vida–. De modo que la misma vida de los cristianos se convierte en “sacramento” (signo e instrumento, icono vivo, expresión eficaz) de salvación para otros muchos.

En la Iglesia vive y actúa, por el Espíritu Santo, Cristo resucitado. Ciertamente la gracia de Dios –la acción salvadora del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo– no se circunscribe a los sacramentos, e incluso actúa fuera de la Iglesia visible, pero no al margen del Misterio de la Iglesia.

Por eso afirma el documento: “La Iglesia afirma que se da la gracia que justifica y dona la salvación y, por lo tanto, fe verdadera también fuera de la Iglesia visible, pero no independientemente de Jesús (sacramento primordial) y la iglesia (sacramento fundamental)” (n. 37).

En consecuencia, los sacramentos pierden su sentido sin la fe. Y la fe abre la puerta a la vida sacramental. Por eso la transmisión de la fe requiere transmisión, al mismo tiempo, de contenidos doctrinales de carácter intelectual junto con la vida sacramental (cf. n. 41), para dar fruto en la vida ordinaria de los cristianos.

Por lo tanto, los sacramentos son “sacramentos de la fe” y la fe tiene una “estructura sacramental”.Y por eso “el despertar de la fe pasa por el despertar de un nuevo sentido sacramental de la vida del hombre y de la existencia cristiana, en el que lo visible y material está abierto al misterio de lo eterno” (Ibid.).

Sin la fe, los sacramentos se podrían entender en un sentido “mecánico” o “mágico”, es decir, como un automatismo completamente ajeno a su carácter dialogal dentro de la sacramentalidad de la “economía” divina. Además, hay que tener en cuenta que “no se exige la misma fe para todos los sacramentos ni en las mismas circunstancias de la vida” (n. 45).

Así, toda la pedagogía o economía divina es sacramental porque es “encarnatoria” (cf. Ibid.). “La pérdida de los sacramentos –ha dicho J. Ratzinger– equivale a la pérdida de la encarnación y viceversa”.

Cabría añadir: a imagen de Cristo y en unión con Él, la salvación busca el hacerse “carne” en nosotros y a través de nosotros, con nuestra libre cooperación. Esto, como gusta decir el Papa Francisco, se manifiesta en la cercanía, en el amor y la misericordia hacia la criatura humana, especialmente hacia las más frágiles y vulnerables. “La sacramentalidad comporta siempre un carácter misionero, de servicio para el bien de otros” (n. 33).

Esto equivale a decir: “Nadie recibe los sacramentos en exclusiva para sí mismo, sino también para representar y fortalecer la Iglesia, que, como medio e instrumento de Cristo (cf. Lumen gentium, 1) ha de ser testigo creíble y signo eficaz de la esperanza contra toda esperanza, testificando para el mundo la salvación de Cristo, sacramento de Dios por antonomasia. Así, por la celebración de los sacramentos y la vivencia adecuada de los mismos el Cuerpo de Cristo se robustece” (n. 79)

Íntima conexión entre fe y sacramentos

3. Por consiguiente: “En la concepción cristiana no cabe pensar una fe sin expresión sacramental (frente a la privatización subjetivista), ni una práctica sacramental en ausencia de fe eclesial (contra el ritualismo)” (n. 51). La fe personal constituye la respuesta en ese diálogo que Dios instaura con los hombres a lo largo de la Historia de la salvación. Por su propia constitución, la fe se alimenta, se robustece y se manifiesta con los sacramentos, que, a su vez, requieren la fe.

Dios Uno y Trino ha entrado en diálogo con los hombres a través de signos. Dentro de estos signos, ocupan un lugar muy destacado los sacramentos, pues “son aquellos signos a los que Dios ha ligado la transmisión de su gracia de un modo cierto y objetivo”. “En efecto, los sacramentos de la nueva Ley son signos eficaces que transmiten la gracia” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1084).

En la última parte de este capítulo se ofrecen elementos concretos sobre la relación entre fe y sacramentos:

a) algunos puntos de síntesis: 1) Los sacramentos poseen un fin pedagógico porque nos enseñan cómo obra Jesús; 2) Los sacramentos suponen la fe como acceso a los sacramentos (para que no se queden en un rito vacío o se interpreten como algo “mágico”) y como condición para que produzcan personalmente los dones que objetivamente contienen; 3) Los sacramentos manifiestan la fe del sujeto (dimensión personal) y de la Iglesia (dimensión eclesial), como fe vivida y coherente, por lo que no cabe una celebración de los sacramentos ajena a la Iglesia: ella los celebra, los “hace”; y los sacramentos “hacen” la Iglesia, la edifican como familia de Dios y hacen posible que nosotros vivamos en ella y por ella; 4) Los sacramentos alimentan la fe en cuanto que comunican la gracia y significan eficazmente el misterio de la salvación (cf. n. 57).

De esta manera, “a través de la fe y los sacramentos de la fe –por la acción del Espíritu Santo– entramos en diálogo, en contacto vital con el Redentor, que está sentado a la diestra del Padre” (Ibid.).

b) Además, la reciprocidad entre fe y sacramentos se pone de relieve si consideramos otros dos aspectos esenciales (cf. n. 59):

1) la celebración sacramental pone en relación con la historia de la salvación (por ejemplo, el agua unida a la invocación a la Trinidad, produce en el bautismo el efecto de perdonar los pecados)

2) La terminología: “sacramentum” es traducción latina del griego “mysterion”. Los “misterios” que se celebran en la Iglesia (sacramentos) se enraízan en el “Misterio” de Cristo (Cf. Ef 3, 9: la sabiduría de Dios escondida durante siglos y revelada en Cristo, aunque ese Misterio siempre nos supera). Además, “sacramentum” originariamente significa “juramento sagrado” y lleva consigo un compromiso de fidelidad y de amor.

Consecuencias para la catequesis y la vida cristiana

c) La reciprocidad entre la fe y los sacramentos tiene consecuencias para la catequesis –la formación en la fe–, desde los primeros siglos. Fe y sacramentos se requieren mutuamente y su marco es la vida cristiana en la familia de la Iglesia.
Esa catequesis debe tener como centro el “misterio pascual” de la muerte y resurrección del Señor, de donde proceden tanto la fe como los sacramentos de la Iglesia. La catequesis debe ser también “mistagógica” (introductora a los misterios), preparar para la confesión de la fe (explicando sus contenidos), que originariamente tiene forma de diálogo, y para participar fructuosamente en los sacramentos. De un modo progresivo, la fe, configurada por la relación personal y amorosa con Cristo, pide manifestarse en el amor a Dios y al prójimo (caridad). De esta manera puede ser una fe viva y así es comienzo de la vida eterna en el cristiano y fundamento de nuestra esperanza.

Sin una formación adecuada, no se pueden vivir ni comprender bien los sacramentos. Por su carácter “dialogal”, en ellos, a través de sencillos símbolos (el agua, el aceite, la luz y el fuego, etc.), Dios nos ofrece sus palabras de amor –¡en último término su Palabra misma hecha carne: Cristo!–, eficaces para darnos su gracia salvadora; y espera nuestra respuesta amorosa con la coherencia de nuestra vida: “La fe es la llave que abre la entrada en ese mundo que hace que las realidades sacramentales se conviertan verdaderamente en signos que significan y causan de modo eficaz la gracia divina” (n. 67).

d) Validez y fruto de los sacramentos. Cuando se celebran del modo adecuado, los sacramentos siempre producen lo que significan (validez). Para que tengan todo su fruto, se necesita además la fe en el que los recibe, junto con la intención positiva de recibir lo que ahí se significa. Así, “cada recepción fructífera de un sacramento es un acto comunicativo y, por lo tanto, forma parte del diálogo entre Cristo y el creyente individual” (n. 68). De este modo los sacramentos reflejan la Alianza que Dios ha querido establecer con los hombres en la historia de la salvación.

Por medio de los sacramentos, el cristiano se convierte en “sacramento vivo de Cristo” con su propia vida y participa del sacerdocio mismo de Cristo ("sacerdocio común de los fieles").

Así se entiende una afirmación central en este documento: que la persona está llamada a conducir a la creación, mediante un “sacerdocio cósmico”, hacia su verdadera finalidad: la manifestación de la gloria de Dios (cf. n. 27). En otros términos: por medio de las personas, todo lo creado puede y debe ser un “libro” (libro de la naturaleza) y un “camino” (un camino de amistad y de amor) para que Dios sea conocido y amado. Y al mismo tiempo, los hombres y las mujeres, unidos en la vida divina, puedan ser, en la vida terrena y después de ella, felices. Los sacramentos, en efecto, permiten vivir esa “ecología integral” que hoy reclama nuestra fe.

Esto comienza en los sacramentos de iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía). Ante las deficiencias, heridas y pecados de la vida cristiana, la Iglesia nos administra los sacramentos de curación (Penitencia o confesión de los pecados y la Unción de los enfermos).

La vida cristiana, que es vida sacramental, se desarrolla y crece en el contexto de la comunidad eclesial, a la que sirven los sacramentos del Orden y del matrimonio. Así la Iglesia es familia y las familias cristianas pueden ser “iglesias domésticas” (pequeñas iglesias o iglesias del hogar), donde se aprende la vida cristiana para el bien de la Iglesia y del mundo.

 

 

Asombro ante la debilidad y grandeza de la vida humana

Salvador Bernal

San Juan Pablo II.

Entre tantas preguntas suscitadas por la epidemia del coronavirus, no es fácil sustraerse al hecho de la fragilidad del ser humano, con el recuerdo de la expresiva metáfora bíblica que compara la vida con la flor del heno, que apenas despunta, ya se marchita. Pero no se puede olvidar tampoco el relato del Génesis sobre la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios: una grandeza merecedora, a pesar de la caída en el paraíso, de la muerte redentora de Cristo.

Vale la pena quizá considerarlo cuando se cumplen veinticinco años de la encíclica Evangelium vitae, de Juan Pablo II. Ese documento aborda a fondo no pocas de las contradicciones del mundo desarrollado, con un afán positivo de contribuir a crear una civilización de la verdad y del amor, en la línea de los grandes pontífices romanos del siglo XX. En cierto modo, se resume en la urgencia de “una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida” (n. 95). Como es natural, el papa reconocía que “el Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos. El tema de la vida y de su defensa y promoción no es prerrogativa única de los cristianos” (n. 101).

En el arranque del documento confesaba que la expresión “Evangelio de la vida” no se encuentra como tal en la Sagrada Escritura, aunque exprese de hecho un “aspecto esencial del mensaje bíblico” (n. 1). Y destacaba desde el primer momento la conexión entre la dignidad de la persona y la defensa de la vida humana: “El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio” (n. 2).

Parece importante volver a pensar en el sentido profundo de la vida humana, para evitar contradicciones: “justo en una época en la que se proclaman solemnemente los derechos inviolables de la persona y se afirma públicamente el valor de la vida, el derecho mismo a la vida queda prácticamente negado y conculcado, en particular en los momentos más emblemáticos de la existencia, como son el nacimiento y la muerte” (n. 18).

La clave está en el concepto de libertad, que se manifiesta en la tendencia a transformar meros deseos en derechos e, incluso, a invertir la calificación jurídica de algunos delitos contra la vida, por entender que responden a “legítimas expresiones de la libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios derechos”. Como muestran las consecuencias, entender la libertad desde la exaltación absoluta de la conciencia individual, la acaba transformando en “libertad de los ‘más fuertes’ contra los débiles” (n.19).

En el trasfondo, gravita el fundamento de los derechos humanos, tema muy querido de Karol Wojtyla, como pude comprobar cuando conocí en Roma al cardenal de Cracovia en 1974: subrayaba una idea reproducida casi a la letra en la EV: “el hombre, a diferencia de los animales y de las cosas, no puede ser sometido al dominio de nadie”; si se niega ese cimiento radical de lo humano, “todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la vida”. Algunos de los invocados nuevos derechos llevan a “atribuir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás” (n. 19).

Así, a propósito del gesto de la eutanasia: “aparece aún más perverso si es realizado por quienes —como los familiares— deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos —como los médicos—, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas. (…) Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir” (n. 66).

Por otra parte –se podría decir que, desde la ética de los procedimientos, para mí esencial en un sistema democrático-, la encíclica refleja un hondo sentido de la colegialidad en el ejercicio del ministerio petrino. Recuerda el consistorio extraordinario de cardenales celebrado en Roma del 4 al 7 de abril de 1991: “con voto unánime, me pidieron ratificar, con la autoridad del Sucesor de Pedro, el valor de la vida humana y su carácter inviolable, con relación a las circunstancias actuales y a los atentados que hoy la amenazan”. Juan Pablo II dirigió en Pentecostés de ese año una carta personal a cada obispo: les rogaba su colaboración para redactar ese documento. Pudieron “testimoniaron así su unánime y convencida participación en la misión doctrinal y pastoral de la Iglesia sobre el Evangelio de la vida (n. 5).

Por eso, podía escribir con cierta solemnidad: “Con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en su propio corazón (cf. Rm 2, 14-15), es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal” (n. 57).

Ciertamente, no existen derechos absolutos: tampoco el de la vida, pues es lícito ofrecerla por un bien superior; al cabo, en expresión de Jesucristo, “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. Pero nadie puede decidir arbitrariamente entre vivir o morir, porque “el mandamiento ‘no matarás’ tiene un valor absoluto cuando se refiere a la persona inocente” (n.57).

 

 

Ludopatía

Ángel Cabrero Ugarte

Al regresar de una buena excursión por la montaña entramos en un bar del pueblecito donde habíamos dejado el coche, para un refrigerio merecido, después del esfuerzo. Nunca había entrado en ese lugar y me sorprendió una imagen que me resultó antigua, porque probablemente no la veía desde hacía muchos años: había en el bar, espacioso, cinco o seis mesas cuadradas de tamaño adecuado para jugar a las cartas. Y allí estaban los paisanos del lugar -podríamos pensar que todos- muy serios y concentrados en sus cartas, de manera que, aunque se oía la música del televisor y algunas personas hablaban, lo que predominaba era ese ambiente de silencio, sorprendente cuando hay tantas personas allí concentradas.

Me gustó ese ambiente en el que casi seguro todos aquellos hombres eran amigos, y desde luego se conocían perfectamente. Y me imaginé que un rato después se irían levantando, terminada la partida, y se irían tranquilamente charlando por la calle, a sus casas. Si había algo de dinero por medio, lógicamente habría alguno un poco escocido por las pérdidas, en todo caso pequeñas.

Me acordé de esos chavales que se pasan horas, a veces muchas horas, pegados al teclado del ordenador, jugando a uno de esos juegos disponibles en las redes -no tengo ni idea de en qué
consisten-, que enganchan, aunque no llevan a ningún sitio. Universitarios que reconocen haber perdido días de estudio por haberse quedado hasta las tantas jugando con un amigo suyo a través de la red, sin verle la cara sin posibilidad de ningún tipo de conversación entre ellos, ni ninguna manifestación de amistad.

Están horas jugando y luego, al día siguiente no son capaces de levantarse, y no van a clase. Esto en juegos en sí mismos inocuos, pero que enganchan, que son parte de las temibles adicciones del internet y los móviles. Y unas veces ganas y otras pierdes, y te quedas con la comezón de que podrías haber ganado, y sigues, y no sabes parar y creas una adicción peligrosísima, absurda, totalmente inútil, pero que te lleva a la perdición.

Cuando a esos ludópatas llegan a tener una profesión y a ganar dinero, fácilmente se aficionan a los juegos con dinero por medio. Me contaba un amigo de un matrimonio roto, de personas bien conocidas, porque el marido cayó en este vicio. Perdió mucho dinero. Su mujer no sabía nada y él contaba mentiras sobre sus negocios. Le pidió a ella dinero y se lo prestó. También lo perdió. Pero sucedió lo normal, que ella se enteró de lo que ocurría. Se sintió engañada y pidió la separación. Había arruinado a los dos y el matrimonio.

A pesar del daño que hacen las apuestas, los juegos con dinero, es algo que se anuncia y se promueve con toda impunidad en las redes y en las casas de juego en cualquiera de las calles
que nos rodean en todas las ciudades. Se promueven las apuestas en los deportes y todo tipo de juegos. Y nadie pone una pega ni denuncia estos sistemas de enriquecimiento por modos tan terribles. Se promociona impunemente la ludopatía.

¿Tiene esto algo que ver con aquellos paisanos en su pueblo en una partida de cartas? Podríamos decir que es lo mismo, pero a un nivel mínimo. Es bien conocido por todos, no es algo oculto, no se juegan grandes cantidades -como puede ocurrir en los casinos- y, sobre todo, es un modo de pasar un rato amable, entretenido, con los amigos. En el momento en que esto se hace se convierte en uno solo frente a la red o a la casa de apuestas, estamos ya ante otro problema distinto, grave, preocupante

 

 

"Especiales": La grandeza de los niños diferentes

 

(JUAN JESÚS DE CÓZAR).- Que la persona, con su especial dignidad, ocupe el centro de una obra artística es siempre una gran noticia. No es que el término dignidad no pueda aplicarse en otros supuestos, pero stricto sensu le corresponde a cada hombre y a cada mujer desde su concepción hasta su extinción natural. Y además, nadie es más digno que nadie. Pues bien, cuando una película como "Especiales", de los franceses Olivier Nakache y Éric Toledano, concentra su mirada en la generosa atención de niños y jóvenes que padecen TEA (Trastorno del Espectro Autista) solo queda aplaudir. Pero si además esa mirada ilumina valores como la ternura, la abnegación, el olvido de uno mismo o la magnanimidad, entonces… hay que volver a aplaudir.

​El binomio Nakache-Toledano, que triunfó en media Europa con "Intocable" (2011), relata ahora en "Especiales" la labor que dos entidades no gubernamentales de la Francia actual realizan con unos seres tan delicados y tan indescifrables a veces como son los autistas. Bruno y Malikjudío y musulmán respectivamente, son los líderes de ambas organizaciones. Siempre al borde de la quiebra, a ambos les va la vida en lo que hacen. Además, ayudan en la inserción de jóvenes de pasado difícil reclutándolos como voluntarios. Agotador. Y apasionante.

Los inspectores oficiales vigilarán concienzudamente las andanzas de Bruno Malik para que cumplan los requisitos legales; pero ellos saben que estos enfermos solo mejoran si los cuidadores saben poner el corazón en su tarea, algo muy difícil de gestionar en los organismos institucionales. Para reforzar esta idea, la cinta late al compás de la banda sonora del dúo germano-suizo Grandbrothers. Una música electrónica rítmica que mezcla piano y percusión, y que impulsa el desarrollo de la historia como un marcapasos al corazón.

La narración contiene momentos dramáticos, pero el tono es siempre amable, optimista y puntualmente divertido. Se intuyen también, aunque no se mencionen expresamente, las motivaciones religiosas que alientan la tenacidad de los dos protagonistas. Vincent Cassel (Bruno) y Reda Kateb (Malik) viven sus papeles, que les exigen un derroche de simpatía, energía y humanidad. Unas cualidades que atesoran los responsables en la vida real de las ONGs recreadas en la pantalla: Stéphane Benhamou y Daoud Tatou.

Hay quienes han comparado “Especiales” con “Campeones”, la cinta de Fesser. Pero, en realidad, los planteamientos son distintos. “Campeones” usa el humor como medio y remedio. “Especiales” es más profunda y, sobre todo, conmueve y remueve.

 

 

 

 

La Pasión del Señor. Algunas consideraciones de tipo médico.

Se destacan aquí algunos de los sufrimientos y padecimientos del Señor en su Pasión, enfocados bajo un punto de vista médico.

La agonía en Getsemaní le llevó a sudar sangre, probablemente, sobre todo, en la espalda, manos, pies y cara, junto con una gran reacción emotiva, con taquicardia (sabía bien lo que le iba a pasar).

Después de la oración en el huerto, fue apresado y llevado a la presencia de varios jueces, religiosos y civiles. Desde esos momentos no durmió ni descansó, padeciendo además del sueño, frío, hambre, sed, deshonra en público (burlas, escupitajos, bofetadas, golpes), deserción de sus amigos. Fue trasladado de un lugar a otro atado de cuello y manos con cuerdas, con cadenas, como era la costumbre de llevar a los reos; esto provocaría además tensión muscular, y de forma destacada en el cuello.

Fue azotado, cayendo los azotes sobre la espalda y parte posterior del cuello, de los muslos y de las  piernas; pero que envolvían el cuerpo y alcanzaban la cara, el tórax, el vientre, produciendo heridas y contusiones a causa de los objetos punzantes y desgarrantes de los látigos, vergajos, fustas y flagelos. Se producía un desgarro, sobre todo, de las zonas costales, poniendo al descubierto las costillas y lesionando los músculos y paquetes vasculonerviosos intercostales (precisamente, el herpes afecta a los nervios intercostales, provocando un gran dolor en los enfermos que padecen tal afección vírica). Era un castigo que, por su dureza, provocaba la muerte en muchos condenados. Podían ser hasta más de cien azotes los que suministraban los dos verdugos que ponían en práctica el suplicio. Como suponía una gran deshonra, no estaba permitido tal castigo a los ciudadanos romanos.

Una de las burlas que sufrió fue la coronación de espinas. Las espinas lesionaron una zona especialmente inervada y vascularizada, como es el cuero cabelludo. Con ello, aumentaba la hemorragia.

Y hay que añadir el camino hacia el Gólgota, de unos mil quinientos pasos, según se calcula, con la cruz sobre una espalda y unos hombros heridos, doloridos; y andando sobre un empedrado polvoriento con los pies desnudos; además, con daño en las uñas de los pies, lo que hace verosímil que hubiese tropezones y caídas; tradicionalmente, se habla de tres caídas.

Con la crucifixión, sufrió desgarrones en manos y pies. La estimulación del nervio mediano, al atravesar los clavos las muñecas, provocaría dolor y contracciones en los tres o cuatro primeros dedos de las manos y en especial de cada pulgar, en situación de oposición contracturada. (Si hay destrucción del nervio se produce lo contrario: flaccidez, parálisis de los citados músculos, supresión de la sensibilidad en los dedos). Al colgar del madero, los desgarrones, según pasaba el tiempo, iban en aumento.

En la cruz se incrementó la afectación de los órganos de los sentidos: vértigos, zumbidos de oídos, boca seca, saliva pastosa, náuseas; sensación correosa en una espalda herida, provocada por un madero sin cepillar; visión borrosa; olores desagradables en un monte donde se ejecutaba a los malhechores y donde los verdugos comían, bebían, jugaban a los dados. Y unido a ello una fuerte jaqueca provocada por tanta tensión nerviosa.

Le ofrecieron vino mirrado. La mirra es una sustancia que tiene efectos antipiréticos, antiinflamatorios, inmunoestimulantes y analgésicos, incrementados si se mezcla con vino. No lo quiso tomar.

Sintió en la cruz soledad y abandono, como es el no ver a sus discípulos (estaban presentes su Madre, unas mujeres y un joven), el no ver a Dios (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”): el sufrimiento fue no solo corporal, sino también mental y espiritual.

Probablemente, la muerte se produjo a consecuencia de una gran deshidratación, por shock hipovolémico (debido a la pérdida de líquidos, por la sudoración y las hemorragias), por cansancio, o por asfixia. Además, el suplicio originaría insuficiencia cardíaca. Con la crucifixión se iniciaría un proceso de septicemia, es decir, paso de bacterias a la sangre circulante (por infección de las heridas),

La muerte por crucifixión podría ocurrir en horas o en días. En el caso de Jesús fue cuestión de horas. Los padecimientos previos a la defunción fueron  intensos y cuantiosos. Padecimientos y sufrimientos que duraron como mínimo unas quince horas, desde la agonía en el monte de los Olivos a la muerte en el Calvario. Algunos consideran que la Pasión empezó con la Ultima Cena, antes de su prendimiento en el huerto. Murió hacia las tres de la tarde, y plenamente consciente (“dando un fuerte grito, expiró”. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.).

J. L. Velayos

 

 

Educar a un niño es corregir sus malas tendencias

Poner límites a los hijos les obligará a adaptarse, desde muy temprana edad, a circunstancias no esperadas y, en consecuencia, a buscar alternativas. La psicoterapia actual concluye que gracias a la negativa, nuestros hijos se volverán más flexibles y creativos, aprenderán a negociar y desarrollarán mejor sus capacidades emocionales.

​San Marcelino Champagnat

Una curva de la historia: del “está prohibido prohibir” al “está permitido prohibir”

Consiéntales todo, no los cohíba en nada; no corrija en lo más mínimo a sus hijos”, proclamaba —ad nauseam— la llamada “educación moderna” de escuelas pedagógicas, sicológicas y siquiátricas, que surgieron alrededor de la década de los 60. No reprimir ni los malos impulsos de los hijos, ni siquiera prohibirles que se chupen el dedo o que asistan a cines de dudosa moralidad, pues cualquier prohibición podría tener un efecto traumático negativo —dictaminaban los flamantes pedagogos.

El tiempo pasa, el mundo da sus vueltas… y, con el apagar de luces del siglo XX, “bellos conceptos” de la llamada “educación moderna” caen por tierra, como un castillo de naipes cimentado en la utopía. Con el desmoronamiento de esta seudo-pedagogía, nuevos conceptos emergen y pedagogos, psicoterapeutas y siquiatras, señalan que los padres deben aprender a imponer límites.

Quien trate de satisfacer todas las necesidades del niño y evitarle cualquier sufrimiento, está equivocado; sólo generará una criatura infeliz y mal adaptada. Poner límites a los hijos les obligará a adaptarse, desde muy temprana edad, a circunstancias no esperadas y, en consecuencia, a buscar alternativas. La psicoterapia actual concluye que gracias a la negativa, nuestros hijos se volverán más flexibles y creativos, aprenderán a negociar y desarrollarán mejor sus capacidades emocionales.

Consejos del famoso educador San Marcelino de Champagnant

Contenidos
 

¿En qué consiste la educación del niño?

​Quien trate de satisfacer todos los deseos del niño y de evitarle cualquier sufrimiento, está equivocado

¿En cuidarlo, proveer a sus necesidades para no dejarle carecer de nada referente al vestido y alimento?

–No.

¿Es enseñarle a leer y escribir, comunicarle los conocimientos que va a necesitar más adelante para administrar sus negocios?

– No.

La educación es labor más excelsa…

Después de mostrar que todo eso es bueno y necesario, pero de menor importancia para el niño, el padre Marcelino Champagnat explica que, debido al pecado original el hombre nace con el germen de todos los vicios.

Es un lirio [el niño], pero crece entre espinas; es una vid que necesita poda… El objeto de la educación es arrancar las espinas, podar la vid…

Educar al niño será, pues:

Corregirle vicios y defectos: orgullo, indocilidad, doblez, egoísmo, gula, grosería, ingratitud, desenfreno, robo, pereza, etc.

Consejos de San Alfonso María de Ligorio para educar a los hijos

Ahora bien, todos esos vicios y otros semejantes han de ser ahogados en germen: hay que matar el gusano antes de que llegue a ser víbora, y remediar una indisposición antes de que degenere en dolencia mortal.

Cuando asoma un defecto en un niño, basta una reprensión blanda, un castigo ligero para remediar el mal y ahogar el germen nocivo; pero si lo dejáis crecer, se convertirá en hábito que no lograréis corregir, por más que os empeñéis en ello. Los defectos y vicios incipientes a los que no se da importancia y, con tal pretexto, se dejan de reprimir, «son —dice Tertuliano— gérmenes de pecados que presagian una vida criminal».

Las espinas, cuando empiezan a brotar, no pican; las víboras, al nacer, no tienen veneno; sin embargo, con el tiempo, las puntas de las espinas se vuelven duras y afiladas como puñales; y las víboras, conforme van envejeciendo, se hacen más ponzoñosas. Sucede igual con los vicios y defectos de los muchachos: si se les deja crecer y medrar, se convierten en pasiones tiránicas y hábitos criminales que oponen resistencia invencible a cualquier intento de corrección.*

 

 

Para curar siempre que pueda

El debate actual sobre la eutanasia no se plantea como una cuestión médica -el médico no está para propiciar la muerte de nadie, sino para curar siempre que pueda- sino ideológica, con una profunda raíz antropológica. Hay en el fondo una determinada concepción del ser humano y de sus implicaciones familiares y sociales, y un concepto de libertad concebida como voluntad absoluta desvinculada de la verdad y del bien. En este contexto tan desfavorable, los médicos no lo van a tener nada fácil, pero como les ha pedido el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, deben resistir con firmeza y no ceder ante la eutanasia, incluso cuando la situación del enfermo es irreversible. El médico no está para propiciar la muerte de nadie, sino para curar siempre que pueda y, cuando no sea posible, para cuidar, aliviar y acompañar en el dolor a quienes padecen la enfermedad.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Ayudar a vivir, no a morir

Los cuidados paliativos de que se dispone en la actualidad favorecen una muerte digna, y lo digno es aprobar una Ley de Cuidados Paliativos, no dar vía libre a la eutanasia.

Recuerdo las graves enfermedades y, en su caso, el fallecimiento de seres queridos, familiares y amigos. Alguno expresaba su deseo de querer morir, pero estaba bien atendido médicamente y no sufría, gracias a los cuidados paliativos. En algunos casos, se recuperaron de esa grave enfermedad y siguen viviendo, con alegría para ellos y su familia.

Soy partidario de la vida, no de la muerte: Y por ello estoy en contra de la eutanasia. Quieren hacernos creer que es algo “progresista”, y es un retroceso. No es un derecho, es un engaño, revestido de compasión y sentimentalismo, que aunque sean sinceras esas actitudes ante un enfermo terminal no valoran en justa medida el valor de la vida humana.

¿Alguien me va a convencer de que la eutanasia que se practicaba en sociedades antiguas era algo digno y que compensa recuperar? ¿Alguien se atreve a justificar la eutanasia que Hitler puso en marcha, con enfermos incurables o que suponían un gasto de entidad y atención costosa?

Apelo a las experiencias que todos tenemos de enfermedades graves o incurables de seres queridos. Yo de ahí saco muchas conclusiones. Ninguno ha fallecido indignamente ni sufriendo de modo trágico, sino con cariño, suavidad y compañía de su familia. Lo humano es ayudar a vivir, no ayudar a morir.

JD Mez Madrid

 

Para financiar mejoras de bienestar

Un grupo de expertos, que trabaja para el Ministerio de Agricultura alemán, ha recomendado mejorar las condiciones de bienestar animal en las explotaciones ganaderas y que las mejoras necesarias en infraestructuras sean financiadas mayoritariamente por el gobierno.

Actualmente, el Ministerio alemán ha establecido un etiquetado voluntario de bienestar en el porcino con tres categorías (1, 2 y 3, de menos a más exigencia), que tienen que cumplir normas más estrictas a las establecidas legalmente. Muchos se temían que estas normas voluntarias podrían pasar a ser obligatorias en un futuro.

De hecho, es lo que propone el grupo, conocido como Comisión Borchert, porque está dirigido por Jochen Borchert, antiguo ministro de agricultura alemán. Avanzan que las tres categorías deberían ser esencialmente el criterio para futuras formas de cría y que en el futuro, las normas deberían ser más exigentes a las actuales.

Concretamente proponen que para 2040, todos los animales cumplan de manera obligatoria las condiciones de la categoría 2 (que entre otras cuestiones establece más espacio por animal). Actualmente en Alemania, solo una cuarta parte de los animales cumplen condiciones por encima de lo legislado.

El grupo considera que el presupuesto para las inversiones de renovación podría ascender a 3.000-5.000 millones de euros. Los consultores sugieren que los productores deberían ser compensados en un 80-90% del gasto adicional.

¿Y de donde va a salir este dinero? Pues sugieren que de un impuesto especial que gravaría a los productos animales. Por ejemplo, 40 céntimos/kg de carne y productos cárnicos, 2 céntimos/kg de leche, productos lácteos frescos y huevos y 15 céntimos/kg de queso, mantequilla y leche en polvo. Esto generaría ingresos fiscales de alrededor de 3.600 M€ y que correspondería casi al monto de las necesidades financieras previstas.

Domingo Martínez Madrid

 

La enseñanza de la Religión

Admiro profundamente a los profesores de Religión. Conozco a muchos y veo, me doy cuenta perfectamente, el gran bien que hacen entre la juventud, desde la Educación Infantil hasta el Bachillerato. Se me cae la baba con las cosas que me cuentan, sus luchas, sus alegrías. Viendo lo que van consiguiendo con tantos chicos y chicas, de diversas edades, me reafirmo siempre en que no hay profesión más importante. Les enseñan a sus alumnos la fe verdadera, les ayudan a conocer a Jesucristo, les acercan a los sacramentos. ¿Hay algo más importante en la vida de las personas?

Me gusta hablar de trascendencia y me consta que estos profesores, en su mayoría, tienen en la mente este concepto. Al final lo que importa es que los alumnos, desde los niños y niñas de 3 años, van comprendiendo que Dios está muy cerca de ellos. Que son templo y sagrario de la Trinidad. Que Dios no está en algún lugar lejano, está conmigo, y puedo hablarle en cualquier momento, y me oye y me habla. Es trascendente. Distinto de nosotros, pero con nosotros.

Es un concepto esencial y, como tal aparece en el currículo de la enseñanza de Religión de Educación Infantil: “La formación religiosa y moral católica pretende contribuir a la formación integral del alumno, desarrollando especialmente su capacidad trascendente”. Estas son las dos primeras líneas del documento que contiene todas las indicaciones sobre qué hacer en la formación religiosa con los niños de 3 a 5 años. Todo un reto para el profesor. Y, desde luego, solo consigue metas importantes aquel que vive lo que dice. Esto es evidente.

Enric Barrull Casals

 

 

Las leyes, los juicios y el dinero

 

                                Las leyes suelen ser acomodaticias a, “determinados hechos y circunstancias”; por ello aquel “lince en asuntos judiciales”, español famoso en su tiempo, afirmara aquello de, “vosotros haced las leyes y dejadme a mí que haga los reglamentos”; (Fue don Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, el autor de unas palabras que siguen más vigentes que nunca. 'Hagan ustedes las leyes y déjenme los reglamentos', decía). Y a pesar de los consejos del Maestro Pitágoras, sobre, “abogados, jueces y médicos”. Y lo que siglos antes sentenciara aquel rey filósofo (Anacarsis) y que ya he señalado aquí en otros artículos, pero que hoy no repito. Y terminando en el famoso pleito del gitano, que tras ganar el pleito; y haber pagado mucho más que lo que en él reclamaba, sentenciara… “pleitos tengas y los ganes”; y no digamos lo que el aún “vivito y coleando”, ex alcalde de Jerez de la Frontera, afirmara sobre los resultados judiciales, de no recuerdo que pleitos en los que él intervenía; hoy cuando escribo, leo lo que sigue:

            “E‘caso Julen’ ha vuelto a tener un giro inesperado de los acontecimientos. La Sala de lo Penal número 9 de Málaga podrá ratificar, el martes 21 de enero, el acuerdo extrajudicial al que llegaron la Fiscalía, la acusación particular y la defensa. Lo que permitirá emitir la sentencia por conformidad y evitar ‘in extremos’ un juicio por la muerte del pequeño que falleció tras precipitarse en un minúsculo y profundo pozo ilegal, en una finca del Cerro de la Corona, ubicado en la localidad malagueña de Totalán.El acuerdo, que podrá ser ratificado, establece que David Serrano (dueño de la finca donde ocurrió el accidente) asume una pena de prisión que podría situarse entre seis meses y un año de cárcel, a lo que se suma una indemnización que rondaría los 175.000 euros. Una sentencia que han aceptado José y Victoria, los padres de Julen”. (Periodista Digital 22-01-2020)

            Aclaremos que, “lo de cárcel”, es algo inexistente, puesto que con esa condena, el presunto condenado no entraría en “la trena”; lo que en sí, es otro sinsentido, ya que si no va a entrar en la cárcel, es absurdo el gastar tinta en escribirlo en un papel. Y como ocurre en sentencias a asesinos “en serie o de otros tipos análogos”; a los que llegaron a condenar “a miles de años de cárcel” y algunos de ellos, estuvieron y están ya en la calle  y “cobrando sueldos del dinero público para que sigan viviendo una vida normal o incluso haciendo propagandas subversivas como ocurre en las provincias vascongadas”.

            Pero a lo otro, “del dinero”. O sea que con esa fabulosa cantidad de dinero... "se compra la muerte de un hijo"... ¿Pero se puede comprar cosas como esta con dinero? ¿La justicia como tal admite estos trasiegos? Pienso que si esto es así, mejor sentir compasión, por los propios padres de aquel desgraciado y por los jueces, fiscales, abogados y demás intermediarios; de estos negocios, que se solucionan con dinero. Entiendo que en la verdadera justicia, no pueden existir ni incluso LAS FIANZAS; si alguien es culpable... lo es, y si no... Es que es inocente; el resto para mí no tiene nombre “justiciero”.

            Y como ya son tan abundantísimos, “los casos y cosas que leemos o vemos en los medios de información”; pues… puede ser que, nuestros, legisladores, debieran ir pensando en aquellos, “consejos de ancianos que regían las antiguas tribus de los pieles rojas norteamericanos y de otras latitudes”, que con leyes ni escritas siquiera, mantenían unas disciplinas y orden, con las que vivieron muchos siglos, hasta que llegaron los más avanzados y se dice que civilizados, colonizadores, que los sacaron de… “sus ancestrales normas y leyes, “a punta de pistola, fusil y bayoneta”; sumergiéndolos en el alcohol y otras drogas que con ellos llevaron a tan salvajes nativos, que vivían salvajemente, en sus amplísimas praderas o selvas, cazando lo que necesitaban y consumiendo lo que les daba la tierra; “con lo que vivían hechos unos desgraciados; y a los que había que redimir y educar en el progreso que les llevaron”.  Amén.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes