Las Noticias de hoy 30 Diciembre 2019

Enviado por adminideas el Dom, 19/01/2020 - 16:47
Feliz

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 30 de diciembre de 2019      

Indice:

ROME REPORTS

‘Vatican News’ organizó Pesebre Challenge

Ángelus: «La Sagrada Familia, don de Dios»

NO TENGÁIS MIEDO: Francisco Fernandez Carbajal

“La labor de los padres es importantísima”: San Josemaria

La paz como esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica: Francisco

La novedad en Cristo: P. O'Callaghan

El materialismo de la Navidad: Monseñor José H. Gomez

Es bueno confesarse para salvar la vida: Sheila Morataya

7 importantes sacerdotes científicos de distintas épocas que todo católico debería conocer

Oración de fin y de nuevo año: Daniel Tirapu

La modestia es un deber: America Needs Fatima

El conocimiento existencial y su apertura a Dios. Experiencia y analogía: Juan Manuel Fidalgo

¿Tendrán fe nuestros hijos? Dios en la educación: José Granados

SANTOS INOCENTES.:  Amparo Tos Boix, Valencia.

Sobre memoria histórica: Jesús Martínez Madrid

La política pro-vida de los EEUU: Jesús Martínez Madrid

Hablemos de la familia: Enric Barrull Casals

El discurso de “Navidad” que iniciara Franco y…: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

‘Vatican News’ organizó Pesebre Challenge

Triunfó el Niño Jesús, según los ganadores

diciembre 29, 2019 14:40Enrique SorosRoma

(ZENIT – 29 dic. 2019).- Más de 100 pesebres participaron del «Pesebre Challenge» en Facebook, organizada por Vatican News, versión alemana. Quien tuviera más “me gusta” ganaría el concurso. Y el premio lo obtuvo la Iglesia de Adoración, en Schoenstatt, Alemania, con 2128 likes.

El mismo consistió en que el Papa Francisco bendijera desde Roma a quienes lo habían preparado. Las Hermanas de María de Schoenstatt, le pidieron al Papa que bendijera también a los 10.000 visitantes que acuden cada año a la oración ante el pesebre en el tiempo de Navidad, en la Iglesia de Adoración de la Santísima Trinidad, sobre el Monte Schoenstatt.

El Papa Francisco puso su mano sobre la foto del pesebre de Schoenstatt, se detuvo un momento y luego hizo la señal de la cruz, según Inés Schaberger. «Hermoso», dijo el Santo Padre al contemplarlo.

Es una tradición que Schoenstatt ofrezca los “10 minutos ante el pesebre” en los días del tiempo de Navidad, en la mencionada Iglesia de Adoración, en el monte Schoenstatt. Allí se cantan villancicos, se ofrecen pastorelas y se vive minutos de gozo ante la llegada del Niño Dios.

El pesebre está ambientado en un paisaje natural y su objetivo es elevar el corazón al misterio de la venida de Dios al mundo, haciéndose niño, para redimir a la humanidad. Especialmente los niños lo disfrutan mucho, sea desde la participación como figuras del pesebre, sea contemplando la pastorela y el mismo belén.

Jesús en brazos de José

Pesebre, Jesús en brazos de José

Schaberger le explicó al Papa que Vatican News recibió más de 100 pesebres de Austria, Alemania y Suiza, y también los bendijo. El pesebre que obtuvo más fama es en realidad el brasilero, en el que José tiene en sus brazos a Jesús mientras María descansa.

Este fue mencionado por el Papa Francisco la semana anterior a la Navidad, como un ejemplo de familia. Mientras muchos lo ven como una escena maravillosa, como es de esperar, personas acostumbradas a la tradición, se resistieron a tal imagen, más que nada como protección ante el feminismo, y ante el temor de salir de su zona de confort.

Cabe mencionar que es inimaginable que esta escena no se hubiera repetido miles de veces en el seno de la familia de Belén, ejemplo de toda familia cristiana. Los roles de las tareas se reparten con absoluta naturalidad, apoyando uno al otro, brindándose José son su abrazadora paternidad y María con su amorosa maternidad, lo que nada tiene que ver con feminismo ni con machismo, sino simplemente con amor realista y comprometido en una familia sana, natural.

Pesebre Hnas, de Maria de Schoenstatt

Triunfó el Niño Jesús

La hermana Francine-Marie, Hermana de María de Schoenstatt, celebró con alegría que el pesebre de Schoenstatt hubiera ganado la competencia, pero expresó que quien triunfó es el Niño Jesús. En los próximos días seguirá el momento diario de alabanza ante el pesebre del Monte Schoenstatt, en la Iglesia de Adoración de la Santísima Trinidad, a las 15 horas y a las 16 horas.

Aquí ofrecemos la Carta Apostólica Admirabile Signum del Papa Francisco sobre el Significado y el Valor del Belén.

Compartimos el saludo de la hermana Francine-Marie sobre el pesebre de Schoenstatt:

 

 

 

Ángelus: «La Sagrada Familia, don de Dios»

Palabras del Papa antes del Ángelus

diciembre 29, 2019 13:23Raquel AnilloAngelus y Regina Coeli

(ZENIT – 29 diciembre 2019).- María, José y Jesús, la Sagrada Familia de Nazaret, representa una respuesta coral a la voluntad del Padre: los tres miembros de esta singular familia se ayudan mutuamente a descubrir y realizar el proyecto de Dios. Dijo el Papa Francisco, este domingo, 29 de diciembre de 2019, Domingo de la Sagrada Familia. El Papa Francisco expresó estos deseos, en italiano, antes de la oración del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, en presencia de decenas de miles de personas.

Estas son las palabras del Papa al introducir la oración mariana

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Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Verdaderamente hoy es una hermosa jornada. Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. El término «sagrada» coloca a esta familia en el ámbito de la santidad, que es un don de Dios pero, al mismo tiempo, es una adhesión libre y responsable para unirse al proyecto de Dios. Así fue para la familia de Nazaret: estaba totalmente disponible a la voluntad de Dios.

Cómo no asombrarse de la docilidad de María a la acción del Espíritu Santo que le pide que se convierta en la madre del Mesías?  por que María, como toda joven de su tiempo, estaba a punto de realizar su proyecto de vida en una profunda comunión con su esposo José. Pero cuando se da cuenta de que Dios la llama a una misión particular, no duda en proclamarse su «sierva» (cf. Lc 1,38). Jesús exaltará la grandeza en ella no tanto por su papel de madre, sino por su obediencia a Dios, Jesús dijo: «¡Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen!» como María (Lc 11:28). Y cuando no comprende plenamente los acontecimientos que la implican, María en silencio medita, reflexiona y adora la iniciativa divina. Su presencia al pie de la cruz consagra esta disponibilidad total.

En lo que respecta a José, el Evangelio no nos deja ni una sola palabra: no habla, sino que actúa obedeciendo. En el hombre del silencio, en el hombre de la obediencia. La página del Evangelio de hoy (cf. Mt 2,13-15.19-23) nos recuerda tres veces esta obediencia del justo José, refiriéndose a la huida a Egipto y el regreso a la tierra de Israel. Bajo la guía de Dios, representado por el Ángel, José aleja a su familia de las amenazas de Herodes y la salva. De esta manera, la Sagrada Familia se solidariza con todas las familias del mundo que se ven obligadas a exiliarse, se solidariza con todos aquellos que se ven obligados a dejar su tierra por la represión, la violencia y la guerra.

Finalmente, la tercera persona de esta familia, Jesús. Él es la voluntad del Padre: en Él, dice San Pablo, no hubo un «sí» y un «no» sino sólo «sí» (véase 2Cor 1,19). Y esto se manifestó en muchos momentos de su vida terrenal. Por ejemplo, el episodio en el templo cuando, a los angustiados padres que lo buscaban, respondió: «¿No saben que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» (Lc 2,49); su constante repetir: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jn 4,34); su oración en el Huerto de los Olivos: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt 26, 42). Todos estos acontecimientos son la realización perfecta de las mismas palabras de Cristo, que dice: «No has querido ni sacrificio ni ofrenda […]. Entonces dije: «He aquí que vengo […] a hacer, oh Dios, tu voluntad» (Eb 10.5-7; Sal 40.7-9).

María, José y Jesús, la Sagrada Familia de Nazaret, representa una respuesta coral a la voluntad del Padre: los tres miembros de esta singular familia se ayudan mutuamente a descubrir y realizar el proyecto de Dios. Ellos rezaban, trabajaban, se comunicaban y yo me pregunto: Tú en tu familia, sabes comunicarte?, o eres como aquellos chicos, que en la mesa cada uno con su móvil está chateando? la comida parece como un silencio, como si estuvieran en mis, pero no se comunican entre ellos. Debemos retomar la comunicación, los padres, los hijos con los abuelos, pero comunicarse, con los hermanos entre sí. Este es un deber que hay que hacer hoy, hoy precisamente en la Jornada de la Sagrada Familia. Que la Sagrada Familia sea el modelo de nuestras familias, para que los padres y los hijos se sostengan mutuamente en la adhesión al Evangelio, fundamento de la santidad de la familia.

Confiemos a María «Reina de la Familia», todas las familias del mundo, especialmente las que están probadas por el sufrimiento o el malestar …e invocamos sobre ellos su protección maternal.

 

 

NO TENGÁIS MIEDO

— Jesucristo es siempre nuestra seguridad en medio de las dificultades y tentaciones que podamos padecer. Con Él se ganan todas las batallas.

— Sentido de nuestra filiación divina. Confianza en Dios. Él nunca llega tarde para socorrernos.

— Providencia. Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios.

I. La historia de la Encarnación se abre con estas palabras: No temas, María1. Y a San José le dirá también el Ángel del Señor: José, hijo de David, no temas2. A los pastores les repetirá de nuevo el Ángel: No tengáis miedo3. Este comienzo de la entrada de Dios en el mundo marca un estilo propio de la presencia de Jesús entre los hombres.

Más tarde, acompañado ya de sus discípulos, atravesaba Jesús un día el pequeño mar de Galilea. Y se levantó una tempestad tan recia en el mar, que las olas cubrían la barca4. San Marcos precisa el momento histórico del suceso: fue por la tarde del día en el que Jesús habló de las parábolas sobre el reino de los cielos5. Después de esta larga predicación, se explica que el Señor, cansado, se durmiese mientras navegaban.

La tormenta debió de ser imponente. Aquellas gentes, aunque estaban acostumbradas al mar, se vieron, sin embargo, en peligro. Y recurrieron angustiadas a Jesús: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!

Los Apóstoles respetarían al principio el sueño del Maestro (¡muy cansado tenía que estar para no despertarse!), y ponen los medios a su alcance para hacer frente al peligro: arriaron las velas, tomaron los remos con fuerza, achicaron el agua que comenzaba a entrar en la barca... Pero el mar se embravecía más y más, y el peligro de naufragio era inminente. Entonces, inquietos, con miedo, acuden al Señor como único y definitivo recurso. Le despertaron diciendo: ¡Maestro, que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?6.

¡Qué poca fe también la nuestra cuando dudamos porque arrecia la tempestad! Nos dejamos impresionar demasiado por las circunstancias que nos rodean: enfermedad, trabajo, reveses de fortuna, contradicciones del ambiente. El temor es un fenómeno cada vez más extendido. Se tiene miedo de casi todo. Muchas veces es el resultado de la ignorancia, del egoísmo (la excesiva preocupación por uno mismo, la ansiedad por males que tal vez nunca llegarán, etc.) pero, sobre todo, es consecuencia de que en ocasiones apoyamos la seguridad de nuestra vida en fundamentos muy frágiles. Nos podríamos olvidar de una verdad esencial: Jesucristo es, siempre, nuestra seguridad. No se trata de ser insensibles ante los acontecimientos, sino de aumentar nuestra confianza y de poner, en cada caso, los medios humanos a nuestro alcance. No debemos olvidar jamás que estar cerca de Jesús, aunque parezca que duerme, es estar seguros. En momentos de turbación, de prueba, Jesús no se olvida de nosotros: «nunca falló a sus amigos»7, nunca.

II. Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos. Aun en los casos que parezcan más extremos, Dios llega siempre, aunque sea de modo misterioso y oculto, en el momento oportuno. La plena confianza en Dios, con los medios humanos que sea necesario poner, dan al cristiano una singular fortaleza y una especial serenidad ante los acontecimientos y circunstancias adversas.

«Si no le dejas, Él no te dejará»8. Y nosotros –se lo decimos en nuestra oración personal– no queremos dejarle. Junto a Él se ganan todas las batallas, aunque, con mirada corta, parezca que se pierden. «Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza (Sal 42, 2). Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio nosotros, en Dios, somos lo permanente»9. Esta es la medicina para barrer, de nuestras vidas, miedos, tensiones y ansiedades. San Pablo alentaba a los primeros cristianos de Roma, ante un panorama humanamente difícil, con estas palabras: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará en contra.?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... Mas en todas estas cosas vencemos por aquel que nos amó. Porque persuadido estoy que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios10. El cristiano es, por vocación, un hombre entregado a Dios, y a Él ha entregado también todo cuanto pueda acontecerle.

Otra vez instruía el Señor a las gentes acerca del amor y cuidado que Dios tiene por cada criatura. Quienes le escuchan son personas sencillas y honradas que alaban la majestad de Dios, pero a las que les falta esa peculiar confianza de hijos en su Padre Dios.

Es probable que en el preciso momento en que se dirigía a su auditorio, pasara cerca una bandada de pájaros buscando cobijo en un lugar cercano. ¿Quién se preocupa de ellos? ¿Acaso las amas de casa no solían comprarlos por unos pocos céntimos para mejorar sus comidas ordinarias? Estaban al alcance del más modesto bolsillo. Tenían poco valor.

El Señor los señalaría con un ademán, a la vez que decía a su auditorio: «Ni uno solo de estos gorriones está olvidado por Dios». Dios los conoce a todos. Ninguno de ellos cae al suelo sin el consentimiento de vuestro Padre. Y el Señor vuelve a darnos confianza: No temáis, vosotros valéis más que muchos pájaros11. Nosotros no somos criaturas de un día, sino sus hijos para siempre. ¿Cómo no se va a cuidar de nuestras cosas? No temáis. Nuestro Dios nos ha dado la vida y nos la ha dado para siempre. Y el Señor nos dice: A vosotros, mis amigos, os digo: No temáis12. «Todo hombre, con tal que sea amigo de Dios –son palabras de Santo Tomás–, debe tener confianza en ser librado por Él de cualquier angustia... Y como Dios ayuda de modo especial a sus siervos, muy tranquilo debe vivir quien sirve a Dios»13. La única condición: ser amigos de Dios, vivir como hijos suyos.

III. «Descansad en la filiación divina. Dios es un Padre lleno de ternura, de infinito amor»14. En toda nuestra vida, en lo humano y en lo sobrenatural, nuestro «descanso», nuestra seguridad, no tiene otro fundamento firme que nuestra filiación divina. Echad sobre Él vuestras preocupaciones –decía San Pedro a los primeros cristianos–, pues Él tiene cuidado de vosotros15.

La filiación divina no puede considerarse como algo metafórico: no es simplemente que Dios nos trate como un padre y quiera que le tratemos como hijos; el cristiano es, por la fuerza santificadora del mismo Dios presente en su ser, hijo de Dios. Esta realidad es tan profunda que afecta al mismo ser del hombre, hasta el punto de que Santo Tomás afirma que por ella el hombre es constituido en un nuevo ser16.

La filiación divina es el fundamento de la libertad, seguridad y alegría de los hijos de Dios, y en donde el hombre encuentra la protección que necesita, el calor paternal y la seguridad del futuro, que le permite un sencillo abandono ante las incógnitas del mañana y le confiere el convencimiento de que detrás de todos los azares de la vida hay siempre una última razón de bien: Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios17. Los mismos errores y desviaciones del camino acaban siendo para bien, porque «Dios endereza absolutamente todas las cosas para su provecho...»18.

El saberse hijo de Dios hace adquirir al cristiano, en todas las circunstancias de su vida, un modo de ser en el mundo esencialmente amoroso, que es una de las manifestaciones principales de la virtud de la fe; el hombre que se sabe hijo de Dios no pierde la alegría, como no pierde la serenidad. La conciencia de la filiación divina libera al hombre de tensiones inútiles y, cuando por su debilidad se descamina, si verdaderamente se siente hijo de Dios, es capaz de volver a Él, seguro de ser bien recibido.

La consideración de la Providencia nos ayudará a dirigirnos a Dios, no como a un Ser lejano, indiferente y frío, sino como a un Padre que está pendiente de cada uno de nosotros y que ha puesto un Ángel –como esos Ángeles que anunciaron a los pastores el Nacimiento del Señor– para que nos guarde en todos nuestros caminos.

La serenidad que esta verdad comunica a nuestro modo de ser y de vivir no procede de permanecer de espaldas a la realidad, sino de verla con optimismo, porque confiamos siempre en la ayuda del Señor. «Esta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios: estos, en la adversidad, se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan en ella»19, porque sabemos que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados.

Estemos siempre con paz. Si de verdad buscamos a Dios, todo será ocasión para mejorar.

Al terminar nuestra oración hagamos el propósito de acudir a Jesús, presente en el Sagrario, siempre que las contradicciones, las dificultades o la tribulación nos pongan en situación de perder la alegría y la serenidad. Acudamos a María, a la que contemplamos en el belén tan cercana a su Hijo. Ella nos enseñará en estos días llenos de paz de la Navidad, y siempre, a comportarnos como hijos de Dios; también en las circunstancias más adversas.

1 Lc 1, 30. — 2 Mt 1, 20. — 3 Lc 2, 10. — 4 Mt 8, 24. — 5 Mc 4, 35. — 6 Mt 8, 25-26. — 7 Santa Teresa, Vida, 11, 4. — 8 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 730. — 9 ídem, Amigos de Dios, 92. — 10 Rom 3, 31 ss. — 11 Cfr. Mt 8, 26-27. — 12 Lc 8, 50. — 13 Santo Tomás, Exp. Simb. Apost., 5. — 14 San Josemaría Escrivá, o. c., 150. — 15 1 Pedr 5, 7. — 16 Santo Tomás, Suma Teológica, 1-2, q. 110, a. 2 ad 3. — 17 Rom 8, 28. — 18 San Agustín, De corresp. et gracia, 30, 35. — 19 San Cipriano, De moralitate, 13.

 

 

“La labor de los padres es importantísima”

Admira la bondad de nuestro Padre Dios: ¿no te llena de gozo la certeza de que tu hogar, tu familia, tu país, que amas con locura, son materia de santidad? (Forja, 689)

Me conmueve que el Apóstol califique al matrimonio cristiano de «sacramentum magnum» –sacramento grande. También de aquí deduzco que la labor de los padres de familia es importantísima.
–Participáis del poder creador de Dios y, por eso, el amor humano es santo, noble y bueno: una alegría del corazón, a la que el Señor –en su providencia amorosa– quiere que otros libremente renunciemos.
–Cada hijo que os concede Dios es una gran bendición divina: ¡no tengáis miedo a los hijos! (Forja, 691)
En mis conversaciones con tantos matrimonios, les insisto en que mientras vivan ellos y vivan también sus hijos, deben ayudarles a ser santos, sabiendo que en la tierra no seremos santos ninguno. No haremos más que luchar, luchar y luchar.
–Y añado: vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis! (Forja, 692)
No tengas miedo de querer a las almas, por El; y no te importe querer todavía más a los tuyos, siempre que queriéndoles tanto, a El le quieras millones de veces más. (Surco, 693)
Por tu trato con Cristo, estás obligado a rendir fruto.
–Fruto que sacie el hambre de las almas, cuando se acerquen a ti, en el trabajo, en la convivencia, en el ambiente familiar... (Forja, 981)

 

 

La paz como esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2020 (1 de enero).

De la Iglesia y del Papa28/12/2019

 

 

1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas

 

La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación difícil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino»[1]. En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables.

La esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables

Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles. Naciones enteras se afanan también por liberarse de las cadenas de la explotación y de la corrupción, que alimentan el odio y la violencia. Todavía hoy, a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos se les niega la dignidad, la integridad física, la libertad, incluida la libertad religiosa, la solidaridad comunitaria, la esperanza en el futuro. Muchas víctimas inocentes cargan sobre sí el tormento de la humillación y la exclusión, del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del ensañamiento sistemático contra su pueblo y sus seres queridos.

Las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a menudo agravados por la violencia sin piedad, marcan durante mucho tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad. En realidad, toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana.

Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la diversidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversión de las relaciones, de las ambiciones hegemónicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obstáculo; y al mismo tiempo alimenta todo esto.

La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción

Es paradójico, como señalé durante el reciente viaje a Japón, que «nuestro mundo vive la perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo. La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana»[2].

Cualquier situación de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue en la propia condición. La desconfianza y el miedo aumentan la fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un círculo vicioso que nunca puede conducir a una relación de paz. En este sentido, incluso la disuasión nuclear no puede crear más que una seguridad ilusoria.

Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios

Por lo tanto, no podemos pretender que se mantenga la estabilidad en el mundo a través del miedo a la aniquilación, en un equilibrio altamente inestable, suspendido al borde del abismo nuclear y encerrado dentro de los muros de la indiferencia, en el que se toman decisiones socioeconómicas, que abren el camino a los dramas del descarte del hombre y de la creación, en lugar de protegerse los unos a los otros[3]. Entonces, ¿cómo construir un camino de paz y reconocimiento mutuo? ¿Cómo romper la lógica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Cómo acabar con la dinámica de desconfianza que prevalece actualmente?

Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca. El deseo de paz está profundamente inscrito en el corazón del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto.

2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad

Los Hibakusha, los sobrevivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, se encuentran entre quienes mantienen hoy viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió en agosto de 1945 y el sufrimiento indescriptible que continúa hasta nuestros días. Su testimonio despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo de dominación y destrucción: «No podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno»[4].

La memoria es, aún más, el horizonte de la esperanza

Como ellos, muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no sólo para evitar cometer nuevamente los mismos errores o para que no se vuelvan a proponer los esquemas ilusorios del pasado, sino también para que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras.

La memoria es, aún más, el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades.

Abrir y trazar un camino de paz es un desafío muy complejo, en cuanto los intereses que están en juego en las relaciones entre personas, comunidades y naciones son múltiples y contradictorios. En primer lugar, es necesario apelar a la conciencia moral y a la voluntad personal y política. La paz, en efecto, brota de las profundidades del corazón humano y la voluntad política siempre necesita revitalización, para abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las comunidades.

El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación

El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes. La paz «debe edificarse continuamente»[5], un camino que hacemos juntos buscando siempre el bien común y comprometiéndonos a cumplir nuestra palabra y respetar las leyes. El conocimiento y la estima por los demás también pueden crecer en la escucha mutua, hasta el punto de reconocer en el enemigo el rostro de un hermano.

Por tanto, el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza. En un Estado de derecho, la democracia puede ser un paradigma significativo de este proceso, si se basa en la justicia y en el compromiso de salvaguardar los derechos de cada uno, especialmente si es débil o marginado, en la búsqueda continua de la verdad[6]. Es una construcción social y una tarea en progreso, en la que cada uno contribuye responsablemente a todos los niveles de la comunidad local, nacional y mundial.

Como resaltaba san Pablo VI: «La doble aspiración hacia la igualdad y la participación trata de promover un tipo de sociedad democrática. […] Esto indica la importancia de la educación para la vida en sociedad, donde, además de la información sobre los derechos de cada uno, sea recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los demás; el sentido y la práctica del deber están mutuamente condicionados por el dominio de sí, la aceptación de las responsabilidades y de los límites puestos al ejercicio de la libertad de la persona individual o del grupo»[7].

La Iglesia participa plenamente en la búsqueda de un orden justo, y continúa sirviendo al bien común

Por el contrario, la brecha entre los miembros de una sociedad, el aumento de las desigualdades sociales y la negativa a utilizar las herramientas para el desarrollo humano integral ponen en peligro la búsqueda del bien común. En cambio, el trabajo paciente basado en el poder de la palabra y la verdad puede despertar en las personas la capacidad de compasión y solidaridad creativa.

En nuestra experiencia cristiana, recordamos constantemente a Cristo, quien dio su vida por nuestra reconciliación (cf. Rm 5,6-11). La Iglesia participa plenamente en la búsqueda de un orden justo, y continúa sirviendo al bien común y alimentando la esperanza de paz a través de la transmisión de los valores cristianos, la enseñanza moral y las obras sociales y educativas.

3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna

La Biblia, de una manera particular a través de la palabra de los profetas, llama a las conciencias y a los pueblos a la alianza de Dios con la humanidad. Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él. Sólo eligiendo el camino del respeto será posible romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza.

Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él

Nos guía el pasaje del Evangelio que muestra el siguiente diálogo entre Pedro y Jesús: «“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18,21-22). Este camino de reconciliación nos llama a encontrar en lo más profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz.

Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo político y económico, puesto que la cuestión de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo. Como escribió hace diez años Benedicto XVI en la Carta encíclica Caritas in veritateCaritas in veritate: «La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión» (n. 39).

4. La paz, camino de conversión ecológica

«Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar»[8].

Ante las consecuencias de nuestra hostilidad hacia los demás, la falta de respeto por la casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales —vistos como herramientas útiles únicamente para el beneficio inmediato, sin respeto por las comunidades locales, por el bien común y por la naturaleza—, necesitamos una conversión ecológica.

Necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra más al encuentro con el otro y a la acogida del don de la creación

El reciente Sínodo sobre la Amazonia nos lleva a renovar la llamada a una relación pacífica entre las comunidades y la tierra, entre el presente y la memoria, entre las experiencias y las esperanzas.

Este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común. De hecho, los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma se nos confían para ser “cultivadas y preservadas” (cf. Gn 2,15) también para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de cada uno. Además, necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra más al encuentro con el otro y a la acogida del don de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su Hacedor.

De aquí surgen, en particular, motivaciones profundas y una nueva forma de vivir en la casa común, de encontrarse unos con otros desde la propia diversidad, de celebrar y respetar la vida recibida y compartida, de preocuparse por las condiciones y modelos de sociedad que favorecen el florecimiento y la permanencia de la vida en el futuro, de incrementar el bien común de toda la familia humana.

Por lo tanto, la conversión ecológica a la que apelamos nos lleva a tener una nueva mirada sobre la vida, considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida. Para el cristiano, esta pide «dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea»[9].

5. Se alcanza tanto cuanto se espera[10]

El camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera.

En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz. En esto, podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable.

La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza

El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial.

Para los discípulos de Cristo, este camino está sostenido también por el sacramento de la Reconciliación, que el Señor nos dejó para la remisión de los pecados de los bautizados. Este sacramento de la Iglesia, que renueva a las personas y a las comunidades, nos llama a mantener la mirada en Jesús, que ha reconciliado «todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20); y nos pide que depongamos cualquier violencia en nuestros pensamientos, palabras y acciones, tanto hacia nuestro prójimo como hacia la creación.

Habiendo recibido su perdón, en Cristo, podemos ponernos en camino para ofrecerlo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo

La gracia de Dios Padre se da como amor sin condiciones. Habiendo recibido su perdón, en Cristo, podemos ponernos en camino para ofrecerlo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Día tras día, el Espíritu Santo nos sugiere actitudes y palabras para que nos convirtamos en artesanos de la justicia y la paz.

Que el Dios de la paz nos bendiga y venga en nuestra ayuda.

Que María, Madre del Príncipe de la paz y Madre de todos los pueblos de la tierra, nos acompañe y nos sostenga en el camino de la reconciliación, paso a paso.

Y que cada persona que venga a este mundo pueda conocer una existencia de paz y desarrollar plenamente la promesa de amor y vida que lleva consigo.

Vaticano, 8 de diciembre de 2019

Francisco


[1] Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 1.

[2] Discurso sobre las armas nucleares, Nagasaki, Parque del epicentro de la bomba atómica, 24 noviembre 2019.

[3] Cf. Homilía en Lampedusa, 8 julio 2013.

[4] Encuentro por la paz, Hiroshima, Memorial de la Paz, 24 noviembre 2019.

[5] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 78.

[6] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los dirigentes de las asociaciones cristianas de trabajadores italianos, 27 enero 2006.

[7] Carta. ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 24.

[8] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 200.

[9] Ibíd., 217.

[10] Cf. S. Juan de la Cruz, Noche Oscura, II, 21, 8.


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La novedad en Cristo

Dios se ha hecho hombre para darnos la vida eterna, pero también para hacernos felices en la vida terrena. Este ensayo es una reflexión sobre las implicaciones que tiene para el cristiano la venida de Cristo a la Tierra.

Cristo20/02/2016

​"La novedad en Cristo", artículo escrito por P. O'Callaghan.

El sentido de novedad recorre todo el Evangelio, desde la Anunciación a la Virgen María hasta la Resurrección del Señor. El Nuevo Testamento habla en mil modos diversos de un nuevo comienzo para la humanidad. La misma palabra “evangelio” quiere decir justo eso: la “buena noticia”. Desde el arranque de su ministerio público, Cristo anuncia abiertamente el cumplimiento de los tiempos y la venida del Reino de Dios: el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio[1].

Pero esto no significa que el Señor quiera cambiar todo. No es un revolucionario o un iluminado. De hecho, por ejemplo, para hablar de la indisolubilidad del matrimonio, toma como punto de partida lo que Dios hizo en el origen, cuando creó a la mujer y al hombre[2]. Por eso declaró: no penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud[3]; y, en repetidas ocasiones, conminó a los discípulos a que cumplieran fielmente los mandamientos que Moisés había comunicado al pueblo de parte de Dios.

Y sin embargo, en la predicación del Señor hay, sin duda, un aire nuevo, liberador. Por una parte, la doctrina de Jesús desarrolla elementos ya presentes en el Antiguo Testamento, como son la rectitud de intención, el perdón, o la necesidad de amar a todos los hombres sin restricción, en particular a los pobres y a los pecadores. En Cristo se da cumplimiento a las antiguas promesas que Dios hizo a los profetas. Por otra parte, la llamada del Señor se dirige de modo radical y perentorio no a un pueblo, sino a todos los hombres, a los que llama uno por uno.

La novedad de la presencia y actuación de Jesucristo se percibe también de otro modo, desconcertante a primera vista: muchos hombres lo rechazan. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron[4], dice San Juan. Ese rechazo de parte de los hombres pone todavía más de relieve, si es posible, lo incondicional de la entrega y de la caridad del Señor hacia la humanidad. Además, este rechazo lo llevó derechamente a su muerte en la Cruz, libremente abrazada, sacrificio único y definitivo, fuente salvífica para todos los hombres.

Pero Dios fue fiel a su promesa, y la potencia del mal no pudo apagar la entrega divina de Jesús, como manifestó la Resurrección. La fuerza salvífica que Dios introdujo en el mundo por la Encarnación de su Hijo, y sobre todo por su Resurrección, es la novedad absoluta, universal y permanente. Esto se aprecia desde el inicio de la predicación apostólica: con alegría desbordante, los apóstoles proclamaron por toda Judea, por el Imperio Romano y por el mundo entero que Jesús había resucitado; que el mundo podía cambiar, que cada mujer, cada hombre podían cambiar; que ya no estábamos sometidos a la ley del pecado y de la muerte eterna. Cristo, asentado a la derecha del Padre, dice: mira, hago nuevas todas las cosas[5]. En Cristo, Dios ha tomado de un modo nuevo las riendas del mundo y de la historia humana, sumidos en el pecado, para llevarlos a su realización plena. A pesar de todas la dificultades que los cristianos de la primera hora tuvieron, miraban al futuro con esperanza y optimismo. Y contagiaban sin cesar su fe entre todas las personas que tenían alrededor.

La novedad de la vida eterna después de la muerte

En el mundo pagano era común considerar el futuro como una simple réplica del pasado. El cosmos existía desde siempre y, dentro de grandes mutaciones cíclicas, perduraría para siempre. Según el mito del eterno retorno, todo lo que tuvo lugar ayer, volvería en el futuro. En este contexto antropológico-religioso, el hombre sólo podía salvarse escapando de la materia, en una especie de éxtasis espiritual separado de la carne; o viviendo en este mundo, como decía San Pablo, sin miedo ni esperanza[6]. En los primeros siglos del cristianismo, los paganos siguen una ética más o menos recta; creen en Dios o en los dioses y les dirigen un culto asiduo, en búsqueda de protección y consuelo; pero les falta la esperanza cierta de un futuro feliz. La muerte era un puro truncamiento, un sinsentido.

Por otra parte, la voluntad de vivir para siempre es profunda en el hombre, como manifiestan los filósofos, los literatos, los artistas, los poetas y, de modo eminente, los que se aman. El hombre ansía perdurar; y tal deseo se manifiesta de múltiples modos: en los proyectos humanos, en la voluntad de tener hijos, en el deseo de influir sobre la vida de otras personas, de ser reconocido y recordado; en todo esto, se puede adivinar la tensión humana hacia la eternidad. Hay quien piensa en la inmortalidad del alma; hay quien entiende la inmortalidad como reencarnación; hay, en fin, quien ante el hecho cierto de la muerte decide poner todos los medios para conseguir el bienestar material o el reconocimiento social: bienes que nunca serán suficientes, porque no sacian, porque no dependen sólo de la propia voluntad. En esto el cristiano es realista, pues sabe que la muerte es el término de todos los sueños vanos del hombre.

En medio del dilema de la muerte y de la inmortalidad, el poder recreador de Dios se hace presente en la vida, pasión y resurrección de Jesucristo. El fiel cristiano, unido con Él por el Bautismo y los demás sacramentos, reproduce los hitos principales del paso del Señor por la tierra. Como escribe San Pablo a los romanos, fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en él con una muerte como la suya, también lo seremos con una resurrección como la suya [7].

En efecto, el cristiano tiene la certeza de que Dios le ha dado la vida creándolo a su imagen y semejanza [8]. Sabe que cuando experimenta la angustia de la muerte que se acerca, Cristo actúa en él, convirtiendo sus penas y su muerte en fuerza corredentora. Y está seguro de que el mismo Jesús, al que ha servido, imitado y amado, le recibirá en el Cielo, llenándolo de gloria después de su muerte. La grande y gozosa verdad de la fe cristiana es que, por la fe en Cristo, el hombre puede superar con creces al último enemigo [9], la muerte, abriéndose a la visión perpetua de Dios y a la resurrección del cuerpo al final de los tiempos, cuando todas las cosas se hayan cumplido en Cristo.

La vida no termina aquí; estamos seguros de que el sacrificio escondido y la entrega generosa tienen un sentido y un premio que, por la misericordia magnánima de Dios, van más allá de lo que el hombre podría esperar con las propias fuerzas. Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva? [10].

Los novísimos empiezan de algún modo en la tierra

Aunque es cierto que la novedad cristiana se refiere principalmente a la otra vida, al más allá, la Iglesia enseña que la novedad de la Resurrección de Cristo ya está presente, de algún modo, en la tierra. Por más que dure el universo tal como lo conocemos, estamos ya “en los últimos tiempos”, seguros de que el mundo ha sido redimido, pues Cristo ha derrotado el pecado, la muerte, al demonio.

El Reino de Dios está ya en medio de vosotros [11]; en medio no sólo como una presencia externa, sino también como dentro del creyente, en el alma en gracia, con una presencia real, actual, eficaz, aunque todavía no del todo visible y completa. «La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros (cfr. 1 Cor 10, 11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente, ya que la Iglesia, aun en la tierra, se reviste de una verdadera, si bien imperfecta, santidad (...). Somos llamados hijos de Dios y lo somos de verdad (cfr. 1 Jn 3, 1); pero todavía no hemos sido manifestados con Cristo en aquella gloria (cfr. Col 3, 4), en la que seremos semejantes a Dios, porque lo veremos tal cual es (cfr. 1 Jn 3, 2)» [12].

La Iglesia es depositaria en la tierra de esa presencia por adelantado del Reino de Dios; camina como peregrina en la tierra, pero todo el poder salvífico de Dios actúa ya de algún modo en el siglo presente, por medio de la Palabra revelada y de los sacramentos, especialmente la Eucaristía; poder salvífico que se manifiesta también en la vida santa de los cristianos, que viven en el mundo, sin ser del mundo [13]. El cristiano es, ante el mundo y en el mundo, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo: se establece así una cierta polaridad en la vida de la Iglesia y de cada creyente entre el ya y el todavía no, entre el momento presente –ocasión de acoger la gracia– y la plenitud final; tensión que tiene muchas consecuencias para la vida del cristiano y para la comprensión del mundo.

Esta realidad confirma la distinción que existe entre el orden natural y el orden sobrenatural. La vida sobrenatural, basada en la fe y en la gracia de Dios, se inserta en el alma del cristiano, aunque no haya informado plenamente todos los aspectos de su existencia. El cristiano vive metido en Dios y para Dios, y se esfuerza por comunicar los bienes divinos a los demás hombres. En la vida futura, la gracia, o vida sobrenatural, se convertirá en gloria, y el hombre alcanzará una inmortalidad completa en la resurrección de los muertos. En la vida presente, en cambio, aunque esté perfeccionada por la gracia, la existencia humana posee leyes propias, que han de aplicarse en los distintos ámbitos: personal, familiar, social y político. La vida sobrenatural acoge, perfecciona y lleva a plenitud la naturaleza, sin anularla ni sustituirla.

Otra consecuencia de la tensión entre el ya y el todavía no se expresa en la noción cristiana del tiempo y de la historia. Para el pensamiento pagano, casi siempre fatalista, los eventos de la historia estaban previstos y determinados de antemano por el fatum, el destino. El tiempo pasaba intocable e impertérrito, como espectador mudo y pasivo, enmarcando el curso de la historia. Pero el tiempo cristiano no es sólo tiempo que pasa; es espacio creado por Dios para crecimiento y progreso, para la historia y la redención. Dios actúa con su Providencia en el tiempo, para llevar el mundo y la historia hacia su plenitud.

El Señor ha querido contar con la respuesta inteligente y libre de los hombres, con las oraciones de los santos y las buenas acciones de muchos, para influir en el curso de los eventos. Como imagen suya, los hombres pueden cambiar la historia: en unos casos para mal, como ocurrió con el pecado de Adán y Eva; pero sobre todo de un modo positivo, participando activamente en la realización del designio divino, precisamente porque el evento más relevante y eficaz, el que dio a la historia del mundo el viraje más radical, fue la Encarnación del Hijo de Dios. Por eso, la colaboración humana más profunda y duradera en los planes divinos para cambiar el curso de la historia ha sido llevada a cabo por la Virgen, cuando acogió con un decidido fiat! al Hijo de Dios en su seno.

Los cristianos viven en el mundo conscientes de los pecados propios y ajenos, pero convencidos de que el mejor modo de aprovechar el tiempo es servir a Dios, para mejorar el mundo que nos ha confiado. De algún modo, el tiempo es plasmado por el hombre, es humanizado. La tensión escatológica se hace patente en la Providencia divina, siempre presente en la vida de la Iglesia y de cada cristiano. «La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada “en estado de vía”, hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección»[14]. El Señor no ha hecho todo, hasta el último detalle, desde el inicio. Poco a poco, contando con la inteligente y perseverante colaboración de las criaturas, va acercando a todas y cada una de ellas hacia su fin. Como hemos visto, el poder salvífico de Dios normalmente se hace presente en la vida del hombre de forma escondida e interior; de manera similar, la Providencia divina obra suave y ordinariamente, no sólo en los grandes eventos, sino también en los que, en apariencia, son más pequeños. Por eso el Señor invita a la plena confianza: así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán [15].

Dios –explicaba san Josemaría–, que es la hermosura, la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de fe para no desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en nuestras manos. Fe como la de los Reyes Magos: la convicción de que ni el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con Dios[16].

Desde el inicio de su existencia terrena, el Señor llenó a la que sería la Madre de su Hijo con una extraordinaria abundancia de dones, humanos y sobrenaturales. Concebida sin pecado original, Ella era lallena de gracia[17]. Durante su vida, en medio de un sinfín de pruebas y oscuridades, vivió heroicamente la fe, fortaleciendo con su ejemplo a los primeros discípulos. Al final de su vida, exenta de cualquier pecado, fue asunta al cielo en cuerpo y alma, participando para siempre, como Reina de los Ángeles y de toda la creación, en la gloria del Señor. En Ella se ha verificado plenamente la promesa divina de llevar a los hombres a la gloria. Por eso, la Virgen es para cada hombre spes nostra, faro que nos ilumina y causa de nuestra esperanza.

Autor: P. O'Callaghan

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[1] Mc 1, 15.

[2] Cfr. Mt 19, 3-9; Gn 2, 24.

[3] Mt 5, 17.

[4] Jn 1, 11.

[5] Ap 21, 5.

[6] Cfr. 1 Ts 4, 13; Ef 2, 12.

[7] Rm 6, 4-5.

[8] Cfr. Gn 1, 27.

[9] 1 Cor 15, 26.

[10] Surco, n. 891.

[11] Lc 17, 21.

[12] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 48.

[13] Cfr. Jn 17, 14.

[14] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 302.

[15] Mt 6, 31-33.

[16] Es Cristo que pasa, n. 32.

[17] Lc 1, 28.

 

 

El materialismo de la Navidad

El Papa Francisco nos dio un regalo navideño adelantado con su pequeña carta “Admirabile Signum” (“Hermoso signo”), sobre la antigua costumbre de elaborar escenas de la Natividad como una forma de prepararse para el nacimiento de Jesús.

Los cristianos empezaron casi de inmediato a rendirle culto a Dios en Belén, en el lugar del nacimiento de nuestro Señor. Tanta gente acudía, que el emperador Adriano intentó suprimir esa devoción construyendo un templo al dios Apolo en la parte superior de ese sitio en el año 136.

La actual Basílica de la Natividad se encuentra en ese mismo sitio. Esta Navidad, miles de personas irán una vez más a hacer peregrinaciones a este lugar, para besar la tierra del lugar en el que se dice que Jesús fue recostado por primera vez.

Varios santos, desde Orígenes y Jerónimo, hasta Carlos de Foucauld y Juan Pablo II, han hecho esta peregrinación. Varios místicos tales como la Beata Margaret Ebner y Santa Brígida de Suecia han narrado sus visiones de la noche en que nació Cristo.

En su carta, el Papa Francisco evoca al testimonio de San Francisco de Asís, que fue quien hizo popular la costumbre de volver a imaginar y recrear lo que sucedió en la noche del nacimiento de Jesús.

El cristianismo no es un cuento de hadas ni un mito. Nuestra fe tiene sus raíces en la historia y la biografía, en la geografía y la genealogía. La historia de Jesús no empieza diciendo, “Érase una vez”. En lugar de ello, decimos que, en un momento específico de la historia, en un lugar determinado, el Dios vivo vino a vivir con nosotros.

Hay una hermosa materialidad en el corazón de la Navidad.

No me refiero al crudo comercialismo y consumismo que vemos en las tiendas y en la publicidad que hay en esta época del año. Pero, de hecho, la comercialización de la Navidad por parte de nuestra cultura es simplemente una distorsión de esa materialidad tan asombrosa de la Natividad.

La Navidad nos muestra qué tan seria es la “materia” para Dios.

Lo que celebramos es al Dios que creó este mundo material de la nada, entrando en su creación para habitarla, descendiendo del cielo para vivir junto a sus criaturas en la tierra.

Nuestra vida comienza en el seno de nuestras madres, así que ahí es donde Dios empieza a hacerse humano.

La imagen del Dios invisible, del primogénito de toda la creación, viene en semejanza humana, como primogénito de María.

Hemos escuchado con tanta frecuencia estas palabras que podemos darlas por sentado, pero para nuestros antepasados cristianos, esta era una verdad sorprendente: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Esta sensación de asombro es la fuente de la piedad y las costumbres populares en torno al Niño Jesús que encontramos en casi todas las culturas: la tradición del Santo Niño de Atocha de España, del Santo Niño de Cebú en Filipinas y de muchas otras tradiciones más.

En este Niño, vemos nuestra propia infancia. Pero hay algo más que un mero parecido material aquí.

Cada Nacimiento es un “Evangelio vivo”, como dice el Papa Francisco. En el Niño que está en el pesebre, vemos manifestado lo que Jesús vino a enseñarnos: que debemos volver atrás y hacernos como niños para entrar en el reino de los cielos.

Podemos ver lo invisible en eso que Dios ha hecho visible, como dijo San Pablo.

La Navidad nos dice que las cosas de este mundo son “sacramentos”, son signos que apuntan hacia nuestro Creador. Si tenemos la actitud correcta hacia las cosas materiales, pueden ser instrumentos que abran nuestros corazones y nos conduzcan a su presencia.

Desde aquella primera Navidad, no podemos dejar de ver la imagen y semejanza del Creador en cada persona con la que encontramos.

La materialidad plena de espiritualidad de la Navidad se corresponde con su humanismo trascendente. Así como toda creación ha de ser apreciada como un don del Creador, así todo hombre y mujer ha de ser acogido y amado, aceptándolo, en primer lugar, en ese sitio en el cual empezó aquí la vida de Jesús: en el niño que se encuentra en el seno materno.

El Papa Francisco nos invita insistentemente a recuperar la tradición de poner Nacimientos en los hogares y espacios públicos. Yo estoy de acuerdo con eso. Nunca podremos tener demasiados recordatorios de que nuestro Dios ha venido a estar con nosotros.

Le pido a Dios que también redescubramos el profundo espíritu bíblico que se esconde detrás de todas nuestras tradiciones navideñas “materiales”.

Decoramos árboles porque las Escrituras nos dicen que cuando el Señor venga, todo árbol cantará de alegría. Cantamos villancicos e himnos navideños porque cuando el Señor venga, toda la tierra cantará un canto nuevo y los ángeles del cielo lo alabarán.

Las luces de Navidad nos recuerdan que Él es la estrella de la mañana, la gran luz que se ha dado a quienes caminan en la oscuridad para guiarnos en el viaje de la vida. Incluso la tradición de la repostería navideña tiene sus raíces en la invitación de nuestro Señor a probar y ver que sus promesas son más dulces que la miel.

Le damos regalos a nuestros seres queridos en Navidad porque Dios, en su tierno amor, nos ha entregado el precioso regalo que es Él mismo.

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes. Y les deseo a ustedes y a su familia una santa y bendecida Navidad.

Que la Santísima Virgen María sea una madre para todos nosotros y que nos ayude a amar al Dios que vino para ser su Hijo y para volverse uno con nosotros.

 

 

Es bueno confesarse para salvar la vida

Habían pasado muchos meses desde la última vez que fui a la confesión. Hubieron meses en los que olvide la limpieza y cuidado  de mi alma .  Sin embargo, no fue más que mirar el calendario del primer día de diciembre en el que decidí y sentí con fuerza moverse al Espíritu Santo en mí, en mi cuerpo y en mi corazón. Pensaba y pensaba, ¿cómo  haré  esta confesión?  Han pasado tantos meses…

Trataba de leer la información de cómo hacer una buena confesión pero no podía concentrarme. Ya estaba en la iglesia. Había una cola muy larga de personas así que no me sentí tan mal y me dije: “cuánto necesitamos de un salvador”.  La lectura de esta semana para la segunda semana de Adviento es perfecta para ilustrar que confesarse , cura la mente, tranquiliza el corazón, lo impulsa a la pureza  y da luz al alma. Salva la vida. Ahí mismo se comprueba que Jesús es luz y es Luz del mundo.  Esa luz puede verse con claridad cuando se va a la confesión tratando de salir de la oscuridad en la que seguramente uno mismo se ha metido. Lo que pasa es que si no se esta  constantemente en oración muchas veces uno no se da cuenta de en qué momento ya está metido en la oscuridad. Pero Dios, en su gran misericordia, cada año, viene a nacer en el corazón, y susurra al oído por medio de la lectura: “ que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Isaías 40: 11

Dios sabe bien que hay muchos  caminos que se nos proponen  por estos días para llevar una vida espiritual. Y digo que lo sabe porque es así, especialmente después del aparecimiento de  internet que no deja de impresionarme.  Ha sido de gran bien para  la humanidad pero también cuanto mal a representado para  muchos .   Esta  es una herramienta que puede llevarte a encontrar caminos que ni siquiera buscabas o pensabas que existían . Por ello, si eres católico tienes que estudiar tu fe. Estudiarla, sí. Porque todos esos caminos de corrientes espirituales buenas y profundas tienen entre sus devotos a gente que estudia conscientemente eso en lo que cree.  Cuando uno va a la confesión, como católico tiene que saber a  qué  va. No se puede ir a la confesión como en piloto automático,  porque hay que preparar el corazón para recibir a Dios que va a nacer y todo el mundo va. – No-. Hay que ir a la confesión porque hay una verdader necesidad en la mente y en el corazón .  Cuando tú y yo nos confesamos hacemos también un bien incalculable a toda la Iglesia. Toda Ella se alegra y se enriquece misteriosamente cada vez que el sacerdote pronuncia la absolución . Esto es así porque mis acciones afectan tu vida  y la de muchos. Estamos todos conectados por medio de nuestras buenas obras pero  también  de nuestros pecados. El pecado , pecado es y hay que llamarlo así. Pecado es decidir separarse de Dios porque yo quiero seguir por este camino que me parece más apetecible, que despierta mi curiosidad y porque hasta hoy el del Señor me está pareciendo como aburrido… la verdad es que,  como escribe Francisco Fernández Carbajal hay en la vida cristiana dos leyes: la de la elevación , que es vivir queriendo ser bueno, de cara a Dios, practicar siempre el amor y la bondad y la ley del descenso que es la opción de abajarse como alma y con ello al mundo entero, a la Iglesia de Cristo, pues todos somos partes de su cuerpo, todos estamos  en verdad conectados.

Por ello es importante saber por  qué voy a confesarme, puedo plantearme preguntas tales como : ¿en quién me convierto cada vez que peco? ¿de qué manera mis pecados afectan a otros y  al corazón de la Iglesia que es el corazón de  Cristo? ¿a qué me estoy resistiendo o qué es lo que no quiero ver cuando dejo de asistir a la confesión?

Para muchos es  muy difícil acudir a la confesión  , especialmente porque hay cosas que se deben de decir y como ser humano te llenan de vergüenza…. no sabemos que esto es así porque llegamos enfermos o ciegos.  Sin embargo la Palabra de Dios nos dice   “al mismo tiempo se acercaron a El varios ciegos y cojos y los curo”2 de Corintios 11,12.   A esto   vamos tú y yo cuando nos acercamos a hablar de  nuestra vida y reflexionamos frente a un hombre la pregunta – ¿en quién  me he convertido? –

 En estos días de Adviento,  esta segunda semana, tú y yo tenemos la oportunidad de reflexionar más, de sentarnos en la puerta de nuestro corazón  inclinado  de por sí  al mal a consecuencia del pecado original.  Aquí y ahora, esta  es una semana ideal para examinar como luchamos contra las pasiones, los defectos, el pensamiento, el mal carácter, la intención del corazón …

Volvamos la mirada a San José y Santa María , estudiemos sus rostros y sus corazones, sus acciones y elecciones y  tratemos con humildad de darnos cuenta si nuestras vidas son dignas para que un Rey como Jesús  venga a visitarla . Que El quiera por siempre vivir en ella.

Venti Jesús!

Sheila Morataya

 

7 importantes sacerdotes científicos de distintas épocas que todo católico debería conocer

Todos estos sacerdotes coinciden en que realizaron importantes grandes aportes a la ciencia en distintos momentos de la historia

La historia de la ciencia está desde hace siglos repleta de aportaciones realizadas por católicos muy devotos, muchos de ellos sacerdotes, lo que mostraría una vez más que la Iglesia lejos de ser un estorbo para los avances científicos ha sido una parte activa y fundamental en ellos.

Sobre estas aportaciones ha dejado constancia Ignacio Del Villar Fernández, doctor ingeniero de telecomunicación por la Universidad Pública de Navarra, divulgador de temas científicos y su relación con la fe así como autor del libro Sacerdotes y científicos (Digital Reasons).

Ignacio Villar, junto al arzobispo de Pamplona, presentando este libro 

Este experto en temas científicos recuerda el papel de algunos de estos sacerdotes que en distintos siglos y en contextos muy diferentes realizaron aportaciones trascendentales en distintas disciplinas científicas. Algunos nombres son muy conocidos, aunque muchos no sabrán que eran religiosos, y otros no lo son tanto pero todo católico debería saber que eran personas religiosas que servían a un fin mayor. Estos son siete de ellos que recoge Ignacio Villar:

Nicolás Copérnico: el padre de la astronomía moderna

Copérnico fue canónigo del cabildo de Frombork, sede del obispado de Warmia (un país que se sitúa en la actual Polonia). Existen indicios que apuntan a que pudo ser también sacerdote. Elaboró la teoría heliocéntrica, en la que los planetas y la Tierra giran alrededor del Sol y donde definió el movimiento de rotación y traslación de la Tierra.

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Este personaje es especialmente interesante por dominar disciplinas muy variadas. Se licenció en Derecho Canónico por la Universidad de Ferrara (Italia) y también completó dos cursos de Medicina en Padua. Gracias a estos últimos estudios ejerció como médico de los diversos obispos que ocuparon la sede episcopal de Warmia. También llama la atención que se prestó a atender a uno de los consejeros de Prusia Ducal, un país luterano, lo que demuestra su amplitud de miras.

Pierre Gassendi, autor de la primera biografía del genio polaco, llegó incluso a afirmar que Nicolás Copérnico ejercía la medicina en beneficio de los pobres de la región y que lo hacía gratis. En el campo de la cartografía elaboró mapas de la región centro este de Europa en colaboración con los mejores cartógrafos de la época. En el campo de la diplomacia ocupó importantes y variados puestos de responsabilidad (administrador, canciller, comisionado), desempeñando una labor muy notable en la resolución de conflictos. Asimismo, en el terreno de la economía también redactó documentos sobre la moneda y la inflación.

Pero donde destacó especialmente es en la astronomía, donde elaboró la teoría heliocéntrica. Con un rudimentario observatorio y en condiciones climáticas muy adversas (la región donde vivía tiene pocos días en que el cielo está completamente despejado) calculó que la distancia de la Luna a la Tierra era de 60.3 veces el radio de la Tierra, cuando en realidad la media es de 60.43 (el cálculo del gran astrónomo Ptolomeo fue de 48). Los historiadores sitúan el modelo heliocéntrico de Copérnico como el evento que desencadenó la revolución científica, es decir, el surgimiento de la ciencia moderna.

Marin Mersenne: el padre de la comunidad científica

Marin Mersenne, francés, fue monje de la congregación de los mínimos, entre los siglos XVI-XVII. Es famoso por los números primos de Mersenne, básicos para las matemáticas, sus investigaciones sobre la propagación del sonido (constató que el sonido se propaga a la misma velocidad independientemente de la fuente que lo origine o de la dirección en que se propague), y también por sus estudios de teoría musical (algunos le consideran el padre de la acústica).

Este religioso es igualmente representativo porque en el siglo XVI aún se funcionaba mucho con una mentalidad de gremios y secretos técnicos. Los países y los gremios profesionales no revelaban sus descubrimientos; pero eso empezó a cambiar con gente religiosa como Mersenne, que era amigo del filósofo y matemático René Descartes y compañero de estudio suyo en el colegio de los jesuitas de La Flêche.

Mersenne se escribía con científicos de diversos países y difundía entre ellos los descubrimientos que hacían. A su celda en su convento de París llegaban, a veces en persona, a veces por escrito, los mensajes e ideas de Roberval, Descartes, Gassendi y Pascal. Al principio, su grupo se llamó Academia Mersenne, si bien al incorporarse al grupo Dupuy pasó a llamarse Academia Parisiensis: ¡sabios de distintas disciplinas colaborando! Aquello llevaría en 1666 a que Colbert creara una institución científica oficial: la Academia de las Ciencias de Francia. Por eso se considera que Mersenne fue el creador del concepto de "comunidad científica": sin secretismos nacionales o gremiales, trabajar por el avance de la ciencia, compartiendo descubrimientos.

Nicolás Steno: geólogo, anatomista, biomecánico... y beato

El danés Nicolás Steno fue sacerdote y posteriormente obispo y vicario apostólico en los países nórdicos en el siglo XVII.

Fue él quien enunció las cuatro leyes fundamentales de la estratigrafía y también descubrió el ductus Stenonianus, un conducto de la boca que parte de la glándula parótida. Fue el primer científico en observar el folículo ovárico. Además, elaboró un modelo para explicar el funcionamiento de la biomecánica de los músculos y fue también el primero en describir una malformación del corazón llamada tetralogía Fallot.

En tan solo diez años en que se dedicó de lleno a la investigación, se convirtió en figura esencial de tres ciencias. La primera de ellas es la geología. Mediante su obra “De Solido” se definen los fundamentos para poder entender cómo se han formado el terreno y su evolución a lo largo de años; ya no hacía falta recurrir a documentos históricos o a la Biblia para tener esta información. La segunda ciencia es la anatomía. Europa quedó maravillada con sus dotes en la disección, un arte a través del que desveló aspectos desconocidos del corazón, el cerebro y las glándulas. En un periódico parisino se decía de él: “Lo expone todo de una manera tan vívida que obliga a uno a convencerse, y solo queda preguntarse por qué se les ha escapado eso a todos los anatomistas anteriores”. La tercera ciencia es la biomecánica. Elaboró un modelo para el músculo que, 300 años después de su muerte, se demostró con métodos de cálculo numérico por ordenador que era correcto.

En la cima de su carrera se convirtió de luterano a católico y, aunque por un tiempo compaginó su nueva fe con las investigaciones, terminó por hacerse sacerdote y más adelante llegó a ser obispo, un puesto para el que tuvo que implicarse de lleno y que le llevó a convertirse en beato. En una carta, el jesuita Atanasio Kircher, considerado por algunos como el Leonardo Da Vinci del siglo XVII, le felicitaba a Steno por haber propiciado la conversión de un hombre alejado de la fe.

Ruđer Bošković: el abuelo de la teoría atómica

Ruđer Bošković fue un jesuita del siglo XVIII de la República de Ragusa. Fue este religioso el que elaboró la primera teoría atómica con un cierto fundamento, la cual ha inspirado el descubrimiento de las leyes del electromagnetismo y la teoría de la relatividad.

Aunque sus escritos pertenecen a lo que se llama ciencia especulativa (no contaba con demasiadas pruebas que soportaran sus afirmaciones), lo cierto es que la teoría que elaboró en su libro Theoria Philosophiae Naturalis estimuló a grandes científicos que usaron su trabajo como referente: Volta, el inventor de la pila, Michael Faraday, padre del electromagnetismo y la electroquímica, y también el propio Albert Einstein se basó en él para intentar crear una teoría de campo unificada que uniera el campo eléctrico y el gravitatorio. Bošković también fue un excelente astrónomo: ideó un método geométrico para determinar el ecuador de un planeta en rotación a partir de tres observaciones de su superficie y la órbita de un planeta a partir de tres observaciones de su posición. Asimismo, sus aptitudes como ingeniero-arquitecto quedan patentes en cuanto a que diseñó un sistema para salvar la cúpula de la Basílica de San Pedro en Roma de su derrumbe.

René Just Haüy: el padre de la cristalografía

René Just Haüy fue un sacerdote francés, canónigo de Notre Dame, de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Junto con Lavoisier y otros científicos definió el sistema métrico y descubrió la ley de racionalidad de índices.

A este sacerdote le tocó vivir en una época muy complicada en lo político, durante la que demostró una actitud propia de un santo. Perdió la pensión por negarse a jurar la Constitución que se aprobó en la Revolución francesa y además fue encarcelado por este motivo. Fue un milagro que no lo ejecutaran. Sus amigos mediaron para evitarlo, pero se negó a salir de la cárcel mientras no liberaran al resto de sacerdotes y prisioneros que compartían celda con él. Se jugó la vida, pues los demás sí fueron asesinados. También hizo lo posible por salvar al padre de la química, Antoine Lavoisier, que finalmente fue guillotinado.

En el terreno científico se convirtió en una autoridad merced a su gran obra de cuatro volúmenes, Traité de minéralogie. En esta obra, entre otras cosas, se produjo una conexión con el anteriormente citado Nicolás Steno, que definió una ley según la cual los cristales de cualquier especie química o mineral presentan un ángulo constante y característico de esa especie. Haüy, apoyado en esa ley, la amplió al observar que la relación entre los parámetros de todas las caras de un cristal sobre un mismo eje da siempre números racionales que pueden determinarse por tres números enteros. También elaboró una rigurosa clasificación de los minerales siguiendo un modelo en el que fijaba determinadas características geométricas y estudió diversas propiedades como la piroelectricidad de los minerales. Por todo esto es considerado como el padre de la cristalografía.

Gregor Mendel: el padre de la genética

Este fraile agustino austriaco del siglo XIX definió las leyes fundamentales de la genética. Es famoso por establecer las leyes fundamentales de la genética, para cuya elaboración pasó 6 años haciendo experimentos. Solo para el caso de los guisantes estudió unas trescientas mil muestras, lo que le permitió obtener unas proporciones exactas a las que otros científicos no pudieron llegar por hacer unos estudios menos rigurosos.

Debido a lo novedoso de su hallazgo, los científicos de la época no apreciaron su labor y por eso se tardó 35 años en reconocer que había surgido una nueva ciencia, la genética. Curiosamente Mendel murió como una figura de reconocido prestigio en un campo completamente diferente, el de la meteorología, donde publicó varios trabajos que apuntaban hacia la posibilidad de predecir el tiempo de forma estadística. Mendel también fue un gran apicultor y estudió el cruce de razas de diversas regiones del mundo.

Llegó a ser abad del monasterio de Brno y a su funeral acudieron bastantes personas, entre ellas muchos de los pobres de los alrededores del monasterio, con quienes Mendel siempre se había comportado de forma amable y les había intentado ayudar.

Georges Lemaître: el creador de la teoría del Big Bang

Este sacerdote belga y miembro de la fraternidad de Les amis de Jésus fue el creador, a comienzos del siglo XX, de la teoría del Big Bang, basada en la expansión del universo a partir de un punto, en contra de la idea establecida en su época de que el universo era estático.

Su aportación fue convencer al resto de científicos de que el universo se expande y tiene un origen, algo que le resultó muy complicado. Albert Einstein, en su primer encuentro con Lemaître le dijo que sus cálculos matemáticos eran buenos pero que su física era abominable. Sin embargo, con el tiempo se hicieron grandes amigos y Einstein reconoció la gran labor de su colega. Lemaître, por su lado, llegó a colaborar en proteger a Einstein del nazismo.

El resto de científicos, aunque también reticentes a reconocer que el universo tiene un origen porque esto evocaba a la Creación, con el tiempo se fueron convenciendo de esta realidad. Lemaître también fue un maestro del cálculo matemático y sus aportaciones sirvieron para saber más cosas acerca de los rayos cósmicos o de la concentración de materia en galaxias y nebulosas.

Debido a su humildad, su figura es menos reconocida de lo que debería. Por ejemplo, la ley de Hubble que explica la expansión del universo, se llamó así durante muchos años aun cuando Lemaître fue quien la enunció por primera vez. Pero el sacerdote belga no quiso reclamar la autoría y solo ahora, en el año 2018, la Internacional Astronomical Union ha decidido rebautizarla como ley de Hubble-Lemaître.

Lemaître también fue un hombre de intensa oración (todos los días celebraba Misa y dedicaba una hora a rezar) y también se preocupó por acercar a Dios a la comunidad china que vivía en Bélgica.

 

 

Oración de fin y de nuevo año

 

Daniel Tirapu

photo_camera Cartel de la semana de oración de los cristianos.

Señor Dios, dueño del tiempo y de la eternidad,
tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.Al terminar este año quiero darte gracias
por todo aquello que recibí de TI.

Gracias por la vida y el amor, por las flores,
el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto
fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que
pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos
y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores,
los más cercanos a mí y los que estén más lejos,
los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo,
el dolor y la alegría.

Pero también, Señor,  hoy quiero pedirte perdón,
perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado,
por la palabra inútil y el amor desperdiciado.Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho,
y perdón por vivir sin entusiasmo.

También por la oración que poco a poco fui aplazando
y que hasta ahora vengo a presentarte.
Por todos mis olvidos, descuidos y silencios
nuevamente te pido perdón.

En los próximos días iniciaremos un nuevo año
y detengo mi vida ante el nuevo calendari,
aún sin estrenar, y te presento estos días
que sólo TÚ sabes si llegaré a vivirlos.

Hoy te pido para mí y los míos, la paz y la alegría,
la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad
llevando a todas partes un corazón lleno
de comprensión y paz.

Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios
a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno
que mi espíritu se llene sólo de bendiciones
y las derrame a mi paso.

Cólmame de bondad y de alegría para que,
cuantos conviven conmigo o se acerquen a mí,
encuentren en mi vida un poquito de TI.

Danos un año feliz y enséñanos
a repartir felicidad.

Amén

 

La modestia es un deber

​La vestimenta es un mensaje para los otros del respeto que nos tenemos a nosotros mismos

«Me encanta la vulgaridad. El buen gusto es la muerte, la vulgaridad es la vida. » [1]

Estas palabras de la diseñadora inglesa de moda Mary Quant, que se hizo famosa por la invención de la minifalda y los shorts, ponen de manifiesto uno de los más importantes aspectos, aunque rara vez señalado, de la «revolución de la moda» que comenzó en los años sesenta: la vulgaridad.

Desde entonces, las modas han tendido cada vez más hacia la vulgaridad. Es una vulgaridad que pisotea el buen gusto y el decoro, pero que refleja una mentalidad contraria a todo orden y disciplina así como a toda prohibición, ya sea moral, estética o social, y que en última instancia, sugiere una completa «liberación» de las normas de comportamiento.

1. ¿La comodidad y lo práctico son criterios supremos?

Contenidos

La excusa para la introducción de las faldas cada vez más cortas era «ser práctico y liberador, permitiendo a las mujeres subir con facilidad a un autobús». [2] La noción de que la comodidad, lo práctico y la libertad de movimiento deben ser los criterios únicos para escoger el vestido ha conducido a una ruptura del nivel general de sobriedad y elegancia, por no hablar de las normas de la modestia.

Así, la vestimenta informal, por ser más cómoda y práctica, se convierte cada vez más en la norma, independientemente del sexo de las personas, la edad y circunstancias. Blue Jeans y camiseta (una antigua pieza de ropa interior) se convirtieron en parte de la vestimenta común.

Aunque se pueda usar ropa menos formal en los momentos de ocio, esta ropa no debe dar la impresión de que uno abandonó su dignidad y gravedad. No se debe dar la idea de que uno está de vacaciones de los propios principios.

En el pasado, en los momentos de descanso se vestía de modo más cómodo, pero manteniendo la dignidad, que nunca se debe abandonar.

Es curioso observar que muchas empresas exigen a sus empleados que usen trajes de negocios para transmitir una imagen de seriedad y responsabilidad. Esta es la prueba de que la ropa transmite un mensaje. Puede expresar seriedad y responsabilidad, o por el contrario, inmadurez y descuido

2. Vestimenta unisex

La premisa de que el confort y lo práctico deben presidir la elección de la ropa tiene también otra consecuencia: la ropa ya no refleja la propia identidad. En otras palabras, ya no indica la posición social de una persona, la profesión, o las características más fundamentales, tales como el sexo y la edad.

Así, la indumentaria unisex, se ha generalizado: blue jeans y shorts son usados por personas de ambos sexos y de todas las generaciones. Los hombres y las mujeres, los jóvenes y los ancianos, los profesores, los solteros y casados, los estudiantes, los niños y adultos, todos se confunden al usar una misma ropa, que ya no expresa lo que son, piensan o desean.

3. El hábito no hace al monje, pero lo identifica

Santa Teresita del Niño Jesús. Un jardinero del convento declaró en el proceso de canonización que la reconocía hasta por la espalda por su porte regio

Se podría objetar que «el hábito no hace al monje». El hecho de que una persona se vista con distinción y elegancia no significa necesariamente que tiene buenos principios o buen comportamiento. Del mismo modo, el hecho una persona que siempre lleva ropa informal, no necesariamente indica que tenga malos principios o una conducta reprochable. A primera vista, el argumento parece lógico y hasta obvio. Sin embargo, analizado en profundidad, no se sustenta.

Es verdad que el hábito no hace al monje. Sin embargo, es un elemento que lo identifica. Nadie negará que la pérdida de la identidad de muchas monjas y monjes, que tuvo lugar durante los últimos cincuenta años fue en gran parte debida a que abandonaron sus hábitos tradicionales, que expresaban adecuadamente el espíritu de pobreza, castidad y obediencia, así como un estilo de vida ascética adecuada para la vida consagrada. [3]

4. La necesidad de coherencia entre el vestido y las convicciones.

Habida cuenta de la unidad que existe entre nuestras tendencias, principios, convicciones y el comportamiento, la forma de vestir no puede dejar de influir en nuestra mentalidad.

El uso de un determinado tipo de ropa es una forma de comportamiento, y cuando la ropa ya no refleja adecuadamente nuestras tendencias, principios y convicciones, la propia mentalidad empieza a sufrir un cambio imperceptible para permanecer «en sintonía» con la forma con la que uno se presenta a sí mismo. Esto se debe a que la razón humana, por la fuerza de la lógica inherente a ella, naturalmente, tiende a establecer la coherencia entre el pensamiento y la conducta.

Esta norma está magníficamente resumida en la famosa frase del escritor francés Paul Bourget: «Hay que vivir como se piensa, so pena de tarde o temprano terminar pensando como se ha vivido».

El proceso de transformación o de erosión de los principios puede ser tornado más lento o impedido, por el fervor religioso de una persona, por tendencias o ideas profundamente arraigadas, y otros factores. Sin embargo, en caso de contradicción entre la conducta ‒reflejada en la forma de vestir‒ y los principios, aunque las convicciones no sean eliminadas, el proceso de erosión, por lento que sea, se convierte en inexorable.

5. Una fe viva, una vestimenta inadecuada

Esta erosión sutil se manifiesta a menudo por una pérdida de sensibilidad con respecto a los puntos fundamentales de nuestra mentalidad. Un ejemplo sería el respeto que se debe tener por lo sagrado.

De alguna manera, las concesiones al principio de que la comodidad debe ser la única regla de vestir han terminado por dar una nota informal a las actividades más serias y sagradas. ¿Cómo se puede explicar, por ejemplo, que personas que tienen verdadera fe en la presencia real de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, y que hacen sacrificios admirables para frecuentar la adoración perpetua, sin embargo, no ven ninguna contradicción en presentarse ante el Santísimo Sacramento con pantalones cortos, como si estuvieran en un picnic?

​La distinción en los modales y las vestimentas facilitan la vida en sociedad y la virtud

La misma persona que aparece vestida así a la adoración perpetua nunca usaría esa ropa en público, por ejemplo, visitando a la Reina Elizabeth II. Esta contradicción muestra cómo, a pesar de que la persona ha mantenido su fe, en cierta medida la idea de la majestad del Sacramento del Altar ‒la presencia real‒ ha desaparecido de su alma.

6. Igualitarismo…

Hay una tendencia general en nuestro tiempo para establecer un igualitarismo radical en todos los niveles de la cultura y de las relaciones sociales entre los sexos, e incluso, en la tendencia igualitaria, entre hombres y animales. [4]

En el vestir, este igualitarismo se manifiesta por la proletarización creciente, el establecimiento de una moda unisex y la supresión de las diferencias entre las generaciones. El mismo traje puede ser usado por cualquier persona sin importar su posición, edad o circunstancias (por ejemplo, en un viaje, una ceremonia religiosa o civil).

El caos reina en los ámbitos de la moda de hoy. A menudo es difícil distinguir, por sus ropas los hombres de las mujeres, los padres de los niños, una ceremonia religiosa de un picnic. Cortes de cabello y peinados siguen la misma tendencia a confundir la edad y el sexo, y de romper las normas de elegancia y buen gusto.

7. …Que lleva a la infantilización

Uno de los aspectos que se destacan más en los dictados de la moda es el deseo de crear una ilusión de eterna juventud, incluso los adolescentes la perpetúan sin responsabilidad, un fenómeno que se ha llamado el «Síndrome de Peter Pan». [5]

La moda actual muestra una tendencia a infantilizar a la gente. Un crítico de la moda brasileña se expresaba así: «Por mucho tiempo, hemos visto en las pasarelas, tanto internacionales como nacionales, el nivel de infantilización que las modas sugieren. Estilistas con más de 25 años de edad están diseñando (y usando) ropa que podría ser usada por los niños en una guardería.»

8. La modestia es esencial para la castidad

Además de la tendencia extravagante, igualitaria y la infantilización de la moda actual, es necesario considerar el atentado contra la virtud y la total falta de modestia.

El cuerpo humano tiene su belleza, y esta belleza nos atrae. Debido al desorden que el pecado original introdujo en el hombre, por el trastorno de la concupiscencia, el deleite en la contemplación de la belleza corporal, y en particular del cuerpo femenino, puede llevar a la tentación y el pecado.

Eso no quiere decir que algunas partes del cuerpo sean buenas y que se puedan mostrar, y otras son malas y que deban ser cubiertas. Tal afirmación es absurda y nunca fue parte de la doctrina de la Iglesia. Todas las partes del cuerpo son buenas, pues el cuerpo es bueno en su conjunto, ha sido creado por Dios. Sin embargo, no todas las partes del cuerpo son iguales, y algunas excitan el apetito sexual más que otras. Así, la exposición de esas partes, a través de semi-desnudos o vestidos escotados subidos de tono, o que acentúan la anatomía, representa un grave riesgo de causar excitación, especialmente en los hombres en relación con las mujeres.

Por lo tanto, la ropa debe cubrir lo que deben estar cubierto y hacer resaltar lo que se puede destacar. Cubrir el rostro de una mujer, como lo hacen los musulmanes, muestra la falta de equilibrio de una religión que no entiende la verdadera dignidad humana. La cara, que es la parte más noble del cuerpo, ya que refleja más perfectamente el alma espiritual, es precisamente la parte que sobresale más en los hábitos tradicionales de las monjas.

Así como la ropa masculina debe hacer hincapié en el aspecto viril propio del hombre, la moda femenina debe manifestar su gracia y delicadeza. Y en este sentido, el pelo más largo es un adorno natural para enmarcar la cara de una mujer.

9. Inmoralidad en la moda y la destrucción de la familia

El atuendo que no muestra el auto-respeto de una persona, como un ser inteligente y libre (y, por el bautismo, como hijo o hija de Dios y templo del Espíritu Santo), contribuye en gran medida a la actual destrucción de la familia. Esto favorece las tentaciones contra la pureza. También lo hace por su vulgaridad y por el infantilismo, que corroe la idea de la seriedad de la vida y la necesidad de la ascesis (autodisciplina), todos estos son elementos fundamentales que mantienen la cohesión familiar y su estabilidad.

La lucha por la restauración de la familia, el oponerse al aborto, a la anticoncepción y a la homosexualidad, será mucho más eficaz si se hace junto a esfuerzos para restaurar la sobriedad, la modestia y la elegancia en el vestir.

10. Vestido y Amor de Dios

El papel de la ropa no es sólo proteger el cuerpo contra los elementos, sino también para servir como adorno y símbolo de las funciones de una persona, sus características y su mentalidad. No sólo el vestido debe ser digno y decente, sino tan hermoso y elegante cuanto sea posible (lo que requiere más gusto que dinero).

Si el «camino de la belleza» nos lleva a Dios, viéndolo como la causa ejemplar de la Creación, el «camino de la fealdad» nos aleja del Creador y nos sitúa en la pendiente resbaladiza del pecado. Esa es la razón por la cual la fealdad es el símbolo del pecado y está tan bien expresada por el enunciado «feo como el pecado».

Fuente: America Needs Fatima


[1] An interview with Mary Quant, from the Guardian, October 10 1967 http://www.guardian.co.uk/books/2005/may/14/featuresreviews.guardianreview5?INTCMP=SRCH

[2] Cf., http://www.spiritus-temporis.com/mary-quant/

[3] Afortunadamente, desde hace algún tiempo ha habido una reacción saludable contra el abandono de la vestimenta tradicional, un hecho que ha traído un aumento en el número de vocaciones. According to a recently published book, “communities of sisters whose members wear an identifiable religious habit” are the most flourishing and attract young women the most. (Book says young women attracted to orders whose members wear habits, CNS, http://www.catholicnews.com/data/briefs/cns/20090526.htm). Según un libro publicado recientemente, «las hermanas de las comunidades cuyos miembros usan un hábito religioso identificable» son las más florecientes y atraen a las mujeres más jóvenes. (Los jóvenes son atraídos por órdenes cuyos miembros visten hábitos, http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=4002)

[4] Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra‒Revolución (Puede bajar este libro gratuitamente)

[5] Cf. Dr. Dan Kiley, The Peter Pan Syndrome – Men Who Have Never Grown Up, Dodd, Mead & Company, New York, 1983. El Dr. Dan Kiley, The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up, Dodd, Mead & Company, Nueva York, 1983.

 

El conocimiento existencial y su apertura a Dios. Experiencia y analogía

Dios no es un tema más del conocimiento humano, un objeto junto a otros. El tema “Dios” no se resuelve en el plano metodológico, sino en el plano personal-existencia

La actitud cognoscitiva ante Dios determina en buena medida la propia existencia humana y el propio modo de conocer. Gran parte de la modernidad abandonó la revelación como vía de acceso a Dios, y se cerró dogmáticamente ante toda posibilidad de trascendencia. Esta fractura entre fe y razón, abierta y ampliada a lo largo de siglos, constituye un elemento fundamental y un marco de referencia del pensamiento actual. Permite vislumbrar el origen de la dificultad para abrirse cognoscitivamente a Dios y el desconcierto −a veces con tonos angustiosos− ante una realidad de la que poseemos mucha información, pero cuya comprensión y sentido se nos escapan continuamente. Sin Dios, la persona –sostiene Guardini– no se entiende a sí misma ni entiende el mundo existencial que habita. Por eso propone una conversión cognoscitiva, una nueva ejercitación en el cristianismo que permita hoy a la persona, a través de un conocimiento vivo, no abstracto, recuperar su contacto personal con la realidad.

Introducción

El carácter existencial del conocimiento humano fue tratado con amplitud y acierto por Romano Guardini en múltiples escritos[1].

El conocimiento es algo vivo y concreto. La actitud real y viva frente al objeto determina el conocimiento que se tiene de él. Se puede no conocer algo porque, en definitiva, no se quiere conocer, o se carece de la actitud adecuada para aceptarlo. La disposición interior configura el propio conocimiento de la realidad.

De ahí que el conocimiento de Dios tiene un valor existencial determinante. En gran parte, la vida humana se organiza en torno a este conocimiento, y por ello tiene un marcado carácter existencial:

“En lo que piensa un hombre sobre Dios radica su propia historia. Si se examina la mutua dependencia entre los diversos elementos que hay en el entendimiento de la vida, se llega a un resultado de gran capacidad iluminadora: la imagen que tiene un hombre de sí mismo no queda determinada en definitiva desde abajo, es decir, por su concepción de su propia naturaleza, sino desde arriba, esto es, por su idea de Dios”[2].

Dios no es un tema más del conocimiento humano, un objeto junto a otros. El tema “Dios” no se resuelve en el plano metodológico. Dios como tema del conocimiento afecta al mismo conocimiento. La actitud cognoscitiva ante Dios determina en buena medida la propia existencia humana y el propio modo de conocer. Precisamente porque Dios es una realidad profundamente humana y que afecta a la totalidad de la persona, el conocimiento de Dios se configura ante todo como una decisión personal:

“Darse cuenta de que Dios existe tiene consecuencias que alcanzan hasta lo más íntimo: ¿pero está de acuerdo con esas consecuencias lo más íntimo nuestro?”[3].

El intento llevado a cabo por la modernidad de configurar un mundo profano[4], una existencia humana sin referencia a Dios ha ocasionado la pérdida de la unidad del saber y del sentido del mundo y de la acción, llegando a una especie de “esquizofrenia objetiva”[5].

La modernidad, por una serie de causas complejas que aquí no podemos analizar en detalle, abandonó en gran parte esta vía cognoscitiva de acceso a Dios. La revelación del Dios vivo y el conocimiento natural se separan y recorren caminos diversos en su andadura moderna. Esta fractura entre fe y razón, abierta y ampliada a lo largo de la modernidad, constituye un elemento fundamental y un marco de referencia del pensamiento actual. Permite vislumbrar el origen de su dificultad para abrirse cognoscitivamente a Dios y el desconcierto −a veces con tintes angustiosos– ante una realidad de la que poseemos mucha información, pero cuya comprensión y sentido se nos escapan continuamente. Para Guardini, sin Dios, el hombre moderno no se entiende a sí mismo ni entiende el mundo que le rodea.

1. La modernidad y el conocimiento religioso

¿Cómo ha influido la modernidad en el conocimiento religioso? ¿Qué consecuencias ha tenido para nuestro acceso cognoscitivo a Dios? ¿Cómo ha determinado el concepto y nuestra imagen de Dios?

Un verdadero y auténtico conocimiento de Dios es fruto siempre de una actitud adecuada. La correspondencia adecuada entre la actitud cognoscitiva del sujeto y la realidad del objeto es uno de los puntos centrales de todo realismo cognoscitivo[6]. Para todo conocimiento válido de Dios, ya sea un concepto, una imagen o una experiencia religiosa, se requiere la actitud cognoscitiva adecuada. También la fe en Dios requiere una actitud adecuada por parte del hombre, pues nadie cree si no quiere.

Guardini mantiene la tesis de que la modernidad ha configurado una actitud cognoscitiva que ha imposibilitado paulatinamente el conocimiento de Dios. El autonomismo constituye la actitud nuclear de la modernidad y crea en el sujeto cognoscente una dificultad –podríamos decir, imposibilidad– para lograr un acceso adecuado a Dios[7]. De ahí que la tarea de conocer a Dios es, ante todo, una conversión cognoscitiva: cambiar la actitud para recuperar la capacidad de experimentar a Dios. Y, con Dios, cambiar la manera de ver el mundo. La fe en Dios, el conocimiento racional, las imágenes de Dios, la posibilidad de la analogía, el ver símbolos de Dios y signos en la realidad de las cosas, depende esencialmente de la actitud del que conoce.

La modernidad ha concebido y pensado un mundo al margen de su carácter religioso. Ha configurado una imagen del mundo como naturaleza autónoma, que se rige por sí misma sin necesidad de referencia a Dios. Ha sentenciado como dogma cognoscitivo que los elementos materiales son simples hechos puros sin significación. La significación vendría a ser así un añadido subjetivo del intelecto humano. Durante siglos nos hemos acostumbrado a pensar así el mundo[8]: cerrado sobre sí mismo. Se ha perdido su carácter simbólico, porque las cosas no remiten a nada que no sea su propia materialidad, o su utilidad práctica.

La incapacidad para captar a Dios se produce por un prolongado no-querer, un ensuciamiento del corazón[9]. Este cierre del conocimiento a lo sobrenatural se ha convertido en “un estado general de todos”[10]. Su historia pasa por el abstraccionismo moderno, racionalismo y empirismo, donde los conceptos se han quedado sin realidad (autónomos) y los objetos empíricos sin sentido (falta de simbolismo)[11]. El racionalismo y el empirismo modernos van unidos: son el producto, en definitiva, de la separación fe-razón. A un mundo de hechos, sin sentido trascendente (sin Dios) corresponde, paralelamente, un concepto espiritualista de Dios: algo abstracto y sin vida, emoción sin realidad. Positivismo y espiritualismo vacío van de la mano.

Guardini propone una nueva ejercitación de la fe, entendida como pureza del conocimiento: dejar de lado los prejuicios propios de la modernidad. Si la mirada cognoscitiva del ser humano se libera de los prejuicios acumulados, aparece la relación esencial del mundo y del hombre a Dios. Se experimenta el carácter creatural del mundo de modo natural.

2. La experiencia religiosa

El realismo cognoscitivo de Guardini está emparentado con aquel realismo escolástico que parte de la experiencia para llegar a Dios.

En todo pensamiento verdaderamente cristiano late un profundo realismo, pues de lo que se habla siempre se considera en serio. En efecto, Dios, la creación, el Reino, la gracia, la libertad, el pecado, la redención, los milagros, los demonios, etc., no son conceptos abstractos o símbolos: son realidades concretas y vivas. De ahí que, al pensamiento crítico moderno, el pensamiento y el lenguaje cristiano le parecen ingenuos: son precríticos, infantiles, faltos de madurez. Esta acusación moderna esconde, sin embargo, la percepción de algo importante: el “realismo sencillo” que hay detrás de todo pensamiento genuinamente cristiano. Dios no es una mera idea, una función social o una proyección psicológica de necesidades profundas y complejas de la subjetividad humana. Dios es, sencillamente, Alguien real y vivo, origen y sentido de todo lo real.

En la modernidad, la autonomía cognoscitiva ha llevado a una imagen de Dios abstracta, irreal. La religión ha adquirido un aire superficial, interno y sentimental, evanescente, espiritualoide, y ha perdido su realismo genuino. Se trata de sentimientos más que de realidades, ideas, pero no hechos. Frente a esto, la auténtica fe cristiana consiste más bien en una confianza filial, sencilla. La mirada realista que ve la acción de Dios detrás de cada cosa y de cada acontecimiento es propia de la confianza; pero a la vez exige fortaleza y audacia. Es la mirada de la auténtica sabiduría, del que acepta con humildad la verdad que contempla, sin dejarse influir por sí mismo y sus prejuicios.

Lo que expone Guardini no está lejos de la teoría clásica del conocimiento con su continuidad entre la sensibilidad y el intelecto: en el conocimiento no hay ámbitos separados y cerrados[12].

A Dios se llega a partir de la experiencia. La experiencia con la que se alcanza a Dios es una experiencia religiosa.

No podemos tratar aquí todos los análisis que hace Guardini sobre la experiencia religiosa. Se trata más bien de aclarar el auténtico camino cognoscitivo hacia Dios a partir de la experiencia.

2.1. La experiencia

La experiencia del mundo no es una colección de datos empíricos neutros. Esto es lo que pretende el positivismo moderno, que hace una abstracción injustificada sobre la realidad de los hechos que se nos presentan.

La experiencia, tal como se da en la realidad concreta y viva, es un fenómeno complejo, articulado, que no se puede simplificar sin destruirlo. Toda actitud no realista, que no acepta la realidad tal y como es, acaba en un reduccionismo. Este trata, en definitiva, de ahorrarse la complejidad ontológica de lo real[13]. La experiencia es el fenómeno, es decir, “que aparece algo, que se hace visible y comprensible en su sentido”[14].

La verdadera experiencia (no el factum abstracto y artificial del positivismo) es lo que se aparece, tal y como se aparece. Y la experiencia, al aparecer, se presenta como un todo unitario dotado de sentido, es decir, una esencia concreta:

“Su peculiaridad no está formada por una acumulación de detalles, sino por un todo: una trabazón en que cada elemento está condicionado por cada cual de los demás. Así el primer acto, el que sustenta todos los posteriores ahondándose cada vez más, es un acto de mirar y ver. Mi mirada ve la esencia, y concretamente, de tal modo que esta da testimonio de sí misma. La esencia es ‘evidente’, salta a la vista: mira y ese mirar suyo hace posible el mío, más aún, lo provoca. Toca la sensibilidad de mi mirada con su peculiaridad de ser lo que es. Determina mi percepción sensible con el poder de sentido de su significación, encomendándomelo. Al ver, me comporto de manera receptiva respecto a esa comunicación de sí mismo: atendiendo a ese mandato de sentido. Finalmente, con eso se ha dicho también que el proceso de ver no es mecánico: no es un mero reflejar y fotografiar. Significa más bien que la aparición de la esencia y la captación del fenómeno, mirando y siendo mirado, deben ponerse de acuerdo: de lo cual se deriva una doctrina de las condiciones concretas del conocimiento, una ética y una teoría formativa del conocimiento”[15].

La experiencia es, por tanto, un encuentro con la realidad tal y como es, con lo que verdaderamente existe, con lo auténtico, con la esencia concreta[16]. La experiencia es lo que se aparece a la mirada, al propio ojo[17].

La mirada que experimenta realmente el mundo no capta un conjunto de hechos empíricos (una colección de datos) a los que se añade posteriormente un sentido subjetivo. En la misma experiencia ya está incluido el sentido, porque, en caso contrario, no hay experiencia. En la experiencia no se da “lo material”, sino que se me presentan “figuras significativas”[18], unidades dotadas de sentido objetivo.

Así se tiene, por ejemplo, la experiencia de un ser vivo. Cuando se ve una planta o un animal, no se capta primero un conjunto de elementos materiales, a los que se añade posteriormente la característica vida. La vida como totalidad real se capta desde el primer momento como algo que está dando sentido y unidad a todas las partes y los elementos materiales que componen el ser[19]. En caso contrario, no estaría captando nada.

Ahora bien, la mirada que sale al encuentro del objeto para encontrarse con él tal y como se da, necesita también una actitud adecuada[20]. La experiencia es un encuentro de sujeto y objeto. Para que se produzca tal encuentro, se exige la disposición necesaria.

La actitud que hace posible la verdad de la experiencia exige una decisión: la decisión de obedecer la realidad antes que dominarla. La verdad exige siempre humildad, renunciar a sí mismo para acoger la realidad tal y como es sin imponer esquemas previos y subjetivismos de diversa índole[21]. En resumen, la experiencia real del mundo es un encuentro con su unidad y con su sentido originario, tal y como se presentan a la mirada auténtica y respetuosa con la realidad, sin querer imponer esquemas previos.

A partir de esta experiencia −sostiene Guardini−– hay un acceso abierto a Dios. En la medida en que se mantiene la pureza de la mirada, la experiencia nos lleva a Dios. El problema está en mantener la firmeza de esa mirada adecuada frente a la distorsión introducida por los hábitos de pensamiento moderno, que ha hecho de la autonomía la esencia de la existencia y del conocimiento humano.

Guardini habla de diversas experiencias que abren de manera natural, inmediata e inequívoca, el tema de Dios al conocimiento humano: la experiencia de la no-obviedad del mundo, la inseguridad, el desorden, lo desconocido, la contingencia, la finitud, del límite[22]… No podemos detenernos a analizarlas en detalle.

2.2. El contenido religioso de la experiencia

¿Qué es lo que está detrás de todas estas experiencias? Se trata ahora de delimitar el contenido esencial que se presenta en toda experiencia del mundo y de las cosas del mundo. Un contenido que es esencialmente religioso.

Las cosas del mundo no están cerradas sobre sí mismas. Todo remite a algo que está más allá y que está más arriba. Cuando experimento cualquier cosa del mundo y el mundo en su conjunto, advierto de suyo una referencia fundamental a algo que está más allá. Las cosas no son algo dado sin más, no son pura naturaleza. Toda la experiencia de contingencia, límite, finitud, no-obviedad, etc., remiten a una experiencia común que constituye el contenido esencial de la experiencia humana: las cosas del mundo y el mundo en su conjunto son una obra[23].

La experiencia fundamental de la realidad, que se ve y se percibe, que se experimenta siempre que la mirada no está deformada internamente por presupuestos previos, es la condición creatural de las cosas. No es fruto de ningún razonamiento, aunque cabe evidentemente una conceptualización posterior, sino una experiencia inmediata. De igual manera que se reconoce inmediatamente la condición artificial de un objeto, porque se ve cómo la mano del hombre lo configura y solo se entiende desde ese núcleo de sentido, así el mundo se ve inmediatamente en su condición de creado:

“La condición de haber sido creado no es algo que yo pueda añadir a la cosa, sino un modo de estar ahí, que se patentiza por sí mismo, por la limitación como tal. Veo ese ser creado; y con ello veo también la relación con el Creador. El mundo se manifiesta como pendiente de algo que está más allá de él. Está, por su esencia, en una referencia cualitativa, que se manifiesta”[24].

Esta es la experiencia religiosa fundamental que está en la base de todo conocimiento sobre Dios. Para Guardini, ver el mundo sin Dios es el resultado artificial de un ejercicio moderno de autonomismo. Toda prueba de la existencia de Dios y todo desarrollo de cómo es Dios tienen en esta experiencia su base cognoscitiva fundamental. Y por eso, también, la distorsión o la negación de esta base experimental anula o dificulta en gran manera cualquier acceso cognoscitivo a Dios.

¿Es posible que Dios se manifieste en las cosas y no verlo? El problema, que ya se ha tratado, es que la mirada que se encuentra con el mundo está sometida a una decisión interna: vemos lo que decidimos ver[25]. El ojo ve desde el corazón, es decir, desde una decisión interna que compromete a toda la persona[26].

Para ver al Dios Creador detrás de cada cosa del mundo, hay que amar. Como decía san Agustín, solo el amor ve. Solo es necesaria la actitud adecuada, que es una actitud de respeto. Hay que dejar existir a las cosas tal y como son, hay que dejar espacio a la verdad. Si se mira así, con amor, con respeto, con un “corazón puro”[27], entonces se ve a Dios en la experiencia inmediata de las cosas. Se tiene la experiencia inmediata de que el mundo es creado.

En los siglos de pensamiento moderno, un prolongado no-querer, un ensuciamiento del corazón ha provocado que no se vea a Dios al mirar el mundo. Es a lo que san Pablo dice que “habiendo conocido a Dios no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón: presumiendo de sabios, se hicieron necios”[28].

Detrás de la dificultad actual para conocer a Dios a partir de la experiencia hay una historia, y por eso se exige una conversión, que es también una conversión cognoscitiva: volver a aprender a mirar las cosas con pureza, volver a un realismo cognoscitivo, en el que se deja a las cosas ser como son, no cerradas en sí mismas, sino símbolos de algo más alto. Se tratará esto más adelante.

3. La analogía y el conocimiento de Dios

3.1. La analogía de los conceptos

Guardini indica que los conceptos analógicos sobre Dios se han de construir sobre la experiencia religiosa para que tengan validez, recibiendo a la vez de ella vida y garantía interior.

En relación con la experiencia religiosa fundamental de la finitud[29], se constituye el núcleo del concepto de Dios. El concepto de Dios viene así a dar fundamento a dicha experiencia:

− Dios fundamenta lo finito.

− Dios crea y da sentido al mundo.

− Ordena todo hacia su fin.

− Establece la verdad y el bien.

− Se constituye como el Tú absoluto del yo finito.

En torno a esta fundamentación de lo finito en su diferenciación respecto al mundo, se despliega el concepto de Dios en una serie de expresiones que se derivan de aquello que debe ser propio en el ser absoluto para cumplir esta fundamentación de todo lo finito. Surgen así conceptos diversos: señorío, omnipotencia y capacidad inventiva, saber, sabiduría, esencia de verdad y conocimiento absoluto, plenitud personal y libertad, pureza de intención y fuerza de responsabilidad, sublimidad e intocabilidad, capacidad de comunicar la felicidad, lejanía y misterio, proximidad y familiaridad, etc.[30].

No se puede limitar la cantidad de elementos que surgen de este modo. Los conceptos de Dios son representaciones que dependen en gran medida de la particularidad del individuo y de la cultura. Las representaciones de Dios son plásticas y variadas como las circunstancias y los condicionamientos psicológicos, sociales, culturales, etc. Constituyen la espontaneidad de la religión natural.

Aun así, los conceptos de Dios tienen sus límites y se puede hablar incluso de conceptos superficiales, deformados, exagerados, etc. Lo cual significa que la analogía en el conocimiento de Dios está sometida a la esclavitud de lo particular. Para Guardini, solo en el seno de la Iglesia, a partir de la revelación, el cristianismo alcanza una analogía realmente independiente en la idea de Dios. La fe nos libera del peligro del particularismo[31].

La pregunta que se hace ahora es la siguiente: ¿hasta qué punto se puede captar lo absoluto-sagrado con conceptos finitos?

Cabe la respuesta de que lo absoluto en modo alguno se puede expresar mediante palabras humanas. En este sentido se abre la alternativa de callar. No es posible hablar sobre Dios, porque supera siempre infinitamente cualquier lenguaje humano. Pero esto no es posible:

“Los que así afirman, sin embargo, no sacan las consecuencias: no callan en absoluto sobre Dios, pues también la negación es una expresión”[32].

Guardini acepta la triple vía analógica clásica (afirmación, negación y sublimación) para referirse a Dios a partir de la experiencia finita. Pero todo este proceso de pensamiento descansa sobre una condición: la afirmación de que el mundo tiene en Dios la causa de su esencia y de su realidad[33].

La causalidad divina que está en la base de la analogía del conocimiento de Dios no es aquella causalidad abstracta, sino la causalidad ejemplar. Solo esta causalidad hace posible la comparación y permite un movimiento que va ontológicamente de lo infinito-sagrado a lo finito y gnoseológicamente de lo finito a Dios.

El movimiento cognoscitivo que se produce en la analogía lleva en sí un acto de entrega y donación que se recupera en una apertura de significación más alta[34].

a) La analogía es un acto de entrega.

“Se le quita de las manos el concepto al que lo expresa. Desaparece en lo absoluto, entrando en Dios; pero de tal modo que permanece la orientación de sentido. Esta desaparición del concepto siguiendo la línea de su sentido constituye el resultado de toda expresión sobre Dios que proceda de lo finito”[35].

b) La analogía es un acto de tránsito.

Se trata de un tránsito no solo desde lo finito a lo absoluto, sino “un tránsito desde lo profano a lo religioso”[36]. Por eso supone una conmoción de la seguridad del conocimiento en sí mismo, en definitiva, un acto de humildad. Adquiere así un carácter diverso que antes no tenía: un carácter, en cierto modo, sagrado. Es por eso que también la analogía es “un acto de veneración”[37].

c) El éxtasis del concepto.

Después del sacrificio del concepto que renuncia a su propia finitud, la entrega de lo finito a Dios, el concepto se encuentra consigo mismo en Dios, en su significación más alta. Dios ha llevado al concepto a su máxima realización, a su plenitud de significación, que antes era insospechada.

3.2. Analogía y revelación

No se puede prescindir de la analogía. El rechazo de la analogía es el rechazo a la plena realización del conocimiento humano. Rechazar la analogía supone la clausura de lo finito-humano sobre sí mismo y, en definitiva, su propia anulación. El conocimiento humano solo se conoce a sí mismo, plenamente, solo manifiesta lo que realmente es, cuando se aplica analógicamente a Dios.

Ahora bien, esta analogía, este movimiento cognoscitivo desde lo finito-humano hasta lo divino, solo es posible realizarlo porque es Dios mismo el que ha llevado la iniciativa. La revelación de Dios es una incitación a la analogía. En definitiva, la analogía es la respuesta del conocimiento humano a la revelación de Dios.

Esta revelación es en primer lugar la creación. Dios se muestra al hombre a través de la creación y esta abre el camino analógico para llegar a Él. La plenitud de la revelación se da en Cristo donde Dios se manifiesta plenamente al modo humano.

La analogía tiene también un peligro. Lo señala Guardini cuando afirma que puede “falsearse por dos lados”[38]. Por un lado, la mitología es una deformación posible de la analogía: se toma el concepto mundano-natural y se traslada sin entrega, sin purificación, a lo sagrado absoluto. Por otro, la afirmación de la radical desemejanza entre Dios y el mundo y la imposibilidad total de conocimiento de Dios a partir de las cosas creadas es la otra deformación (por anulación) de la analogía. Esto niega la posibilidad de cualquier tránsito, perdiendo así cualquier posibilidad de verdad y sentido. Esto último es, en gran medida, lo que ha pasado en la modernidad.

Todo conocimiento analógico para que sea verdadero tránsito ha de ser consciente de que lo que afirma (momento positivo) es limitado y exige una entrega (momento negativo) para poderlo referir a Dios (momento de sublimación).

La relación entre lo finito y lo infinito que se produce en la analogía remite en última instancia y en su significado profundo y pleno a aquella relación entre la razón y la fe que se produce cuando el conocimiento humano se encuentra con la verdad de la revelación.

3.3. Analogía y circularidad entre razón y fe

La luz de la fe ilumina algunas verdades que la razón puede por sí misma alcanzar de modo natural. La fe les da un sentido pleno, al ponerlas en contacto con el misterio revelado[39], donde está la verdad última de todo. Se crea así un espacio característico del encuentro entre fe y razón, un ámbito de la existencia propio que algunos denominan tercera vía[40], que es el campo de interacción entre teología y filosofía. Que sea campo de interacción no significa confusión, sino encuentro. De ahí que no se trate de un conocimiento extraño, sino la colaboración mutua que se prestan ambos saberes. Se establece una relación de circularidad entre ambos saberes, sin mezcla ni confusión:

“La relación que ha de instaurarse oportunamente entre la teología y la filosofía debe estar marcada por la circularidad. Para la teología, el punto de partida y la fuente original debe ser siempre la palabra de Dios revelada en la historia, mientras que el objetivo final no puede ser otro que la inteligencia de esta, profundizada progresivamente a través de las generaciones. Por otra parte, ya que la palabra de Dios es Verdad, favorecerá su mejor comprensión la búsqueda humana de la verdad, o sea, el filosofar, desarrollado en el respeto de sus propias leyes. No se trata simplemente de utilizar la reflexión filosófica, uno u otro concepto o aspecto de un sistema filosófico, sino que es decisivo que la razón del creyente emplee sus capacidades de reflexión en la búsqueda de la verdad dentro de un proceso en el que, partiendo de la palabra de Dios, se esfuerza por alcanzar su mejor comprensión”[41].

En la relación entre la fe y la razón, no solo hay una relación negativa en el sentido de purificación de la razón de los errores en los que puede caer[42], sino también una relación objetiva, de contenido. La fe abre a la razón con un sentido pleno muchos contenidos[43]: el concepto de un Dios personal, libre y creador; la realidad del pecado; la concepción de la persona; la dignidad, igualdad y libertad de todos los hombres; la importancia del hecho histórico, etc.

Estos contenidos son accesibles por naturaleza a la razón, pero tal vez nunca la razón los hubiera alcanzado, si no tuviera la revelación como punto de referencia. Estos temas amplían, de este modo, el ámbito real de la razón[44]. Los filósofos, al trabajar así, no se convierten en teólogos, ni se produce ninguna mezcla del saber.

Una de las ideas de fondo de todo el pensamiento guardiniano consiste precisamente en la convicción de que la razón necesita de la revelación para alcanzar algunas verdades que, aun siendo en principio naturales, su sentido real y pleno se clarifica solo a la luz de la fe. Existen realidades, valores, exigencias, relaciones, etc., que de suyo son accesibles al ser humano, pero que, de hecho, la razón no llega a ellas, al menos no de modo claro[45]. Estos temas son precisamente los más elevados: los que pertenecen a la esfera personal-espiritual: Dios, el espíritu, la libertad, el amor, la persona, etc.[46]. Un saber totalmente independiente de la fe no puede captar estos objetos en toda su riqueza:

“Si se quiere que esas realidades lleguen a dársenos de manera efectiva, de forma plena y con claridad; si se las quiere fijar, a fin de que el conocimiento pueda aprehenderlas con fuerza, y la decisión pueda adoptar una actitud, entonces es preciso que un contenido correspondiente de la revelación las eleve, las haga libre, las cobije. No es que ellas se revelen a sí mismas. El contenido de la revelación es lo que viene ‘de arriba’, lo que ‘no es de este mundo’. Pero son elevadas por verdades reveladas correspondientes, que mantienen con ellas una relación de analogía”[47].

Según Guardini, hay una relación de analogía que es la base de la circularidad que se establece entre las verdades naturales captadas por la razón y las verdades de la fe[48]. De ahí que, en un pensamiento circular, no se pueda establecer una separación tajante (sí una distinción) de dónde empieza un razonamiento filosófico y dónde, un razonamiento teológico[49].

Esta analogía tiene, sin duda, un fundamento ontológico en la relación entre Dios y lo creado. La analogía está presente en todas las realidades naturales[50]. Así, la revelación no se puede desligar de la creación[51]. Creación y redención están unidas.

“La relación de analogía adquiere su significado propio donde lo que está en cuestión es la relación entre Dios y lo creado. Dios no nos está dado de manera inmediata. Tan solo nos está dado lo finito: el mundo externo e interno. Todas las afirmaciones acerca de Dios se basan en el hecho de que Él es el fundamento del ser finito. Él lo hace realidad, lo crea a su imagen”[52].

3.4. La analogía de las imágenes

Las imágenes son otro aspecto del conocimiento analógico. Las imágenes de lo finito-humano se aplican, purificadas de su limitación, a la realidad de Dios. Así se puede hablar de Dios como roca, o usar la imagen del sol, el Espíritu Santo aparece bajo la imagen de paloma, o se habla de Él como una fuente de agua viva. El mismo Cristo utiliza imágenes y, por ejemplo, se refiere a sí mismo como camino.

¿Qué valor y validez tienen estas imágenes? Ante todo, hay que aclarar en primer lugar de qué tipo de imágenes se está tratando.

Guardini distingue las “imágenes en formación” de las “imágenes derivadas de conceptos”[53]. Las primeras son imágenes que constituyen la etapa intermedia en la formación de un concepto. Las segundas son expresiones originarias, imágenes que se encuentran en la existencia, que tienen un especial valor simbólico y significativo, y que pueden entrar en relación y colaboración con los conceptos. Solo las últimas tienen valor analógico en el conocimiento de Dios.

Estas imágenes indican un contenido que no se puede expresar conceptualmente sin perder su fuerza y su contenido originales. De estas imágenes está llena la Sagrada Escritura y los textos espirituales.

Estas imágenes originarias suponen un paso adelante en la riqueza cognoscitiva del concepto. Tienen su propia función vital. Sin ellas, el concepto carece de fuerza expresiva. Sin imágenes de este tipo, la cultura no se hace más madura y razonable, como pretende el racionalismo y el moralismo moderno, sino que se empobrece. La experiencia religiosa disminuye en la medida en que disminuye su empleo. Este tipo de imágenes sirve analógicamente como figuras de Dios.

Algunas de esas imágenes han adquirido tal fuerza y están tan identificadas con el concepto, que adquieren, dice Guardini, “un inmediato significado conceptual”. Estas imágenes atraviesan la historia. Este tipo de imágenes tienen un valor especial y son creadoras de tradición espiritual. De este tipo son la imagen de la luz (“yo soy la luz del mundo”), Dios es Padre, Hijo, Esposo. Así se configura la imagen del aliento para referirse al Espíritu Santo. De este tipo es la imagen del Reino[54].

La importancia de las imágenes es enorme. No son adherencias impuras a la idea de Dios, ni meros medios didácticos para presentar una idea. Presentan intuitivamente la verdad. No se deben sustituir por conceptos abstractos, sino conseguir que los conceptos vayan unidos a estas intuiciones.

La imagen es humana por esencia. Lo mismo que el hombre no es pura materia ni puro espíritu, sino una unidad sustancial, así el conocimiento de Dios está conectado con el cuerpo a través de la imagen. Toda religiosidad se vuelve falsa tan pronto pierde su relación con el cuerpo y el mundo. Por eso todo conocimiento y lenguaje religioso que perdieran las imágenes se volvería infecundo[55].

Dios no se corresponde más a conceptos abstractos que a imágenes. La importancia de la imagen (y, por tanto, de la teología de la imagen) radica, en última instancia, en el mismo ser y actuar de Dios. Dios es, ciertamente, espíritu puro; pero nunca es Dios un concepto abstracto o puro. En definitiva, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Dios no solo es su autor, sino también su modelo. Dios ha creado el mundo y “las cosas pueden y deben ser llevadas de nuevo a Él en la forma de la imagen”[56].

En fin, Cristo es la Palabra y la Imagen del Padre, en quien todo ha sido creado. Aquí radica en última instancia el fundamento de toda analogía en el conocimiento de Dios.

3.5. La revelación como epifanía. El fundamento de la analogía

Lo que caracteriza a la revelación desde un punto de vista gnoseológico es la irrupción de Dios en el mundo de modo que puede ser conocido. Dios entra en la vida humana y actúa en ella. La eternidad entra en el tiempo. El más allá viene al más acá57[57].

Todo esto no es una alegoría, sino una realidad. Su realidad es algo inigualable para el pensamiento humano. Con esta revelación está conectado el sentido de la epifanía. La epifanía es la aparición de realidad divina, que en sí misma es inaccesible en la realidad humana, de modo que se hace accesible al conocimiento humano[58].

La plenitud de esa epifanía se alcanza en Cristo, revelación perfecta del Padre. Así “hemos contemplado su gloria, gloria cual del Unigénito del Padre” (Jn 1, 14). San Juan habla con una precisión y una fuerza inmensa de cómo hemos oído, hemos visto con nuestros ojos y hemos tocado con nuestras manos al Verbo[59]. Esto no es alegoría, sino realidad.

Después de Cristo, sigue habiendo epifanía porque Cristo permanece hasta el fin del mundo[60], y el Espíritu Santo sigue enseñando la doctrina predicada por Cristo. Y todo esto hasta la consumación escatológica. La epifanía tiene lugar en el testimonio de los mártires y de los santos, en la enseñanza de la Iglesia, en el curso de los acontecimientos que Dios dirige[61]. La epifanía se hace manifiesta, de un modo peculiar, en la liturgia.

La pérdida de las imágenes ocurrida a lo largo de la modernidad supone un peligroso desequilibrio cognoscitivo: demasiada abstracción y poca imagen intuitiva. Esto supone una dificultad notable para captar a Dios[62].

Con la encarnación, Dios no es solo pensable, sino visible. Se ha revelado a la visión, no solo al pensamiento. Esta imagen de Cristo nos llega hasta hoy a través de la memoria de la Iglesia[63]. La conservación de esta imagen es esencial. La imagen cambia porque es viva: cambia en cada evangelio y cambia a lo largo de la historia.

Conservar la verdadera imagen de Cristo es tarea de la Iglesia: debe respetar el honor de Dios. Una imagen penetra más en el espíritu que una doctrina. De ahí que el arte cristiano tenga una especial responsabilidad, al servicio de la memoria de la Iglesia[64]. Toda obra de arte sacro cristiano es un camino: por un lado, es una vía de evangelización y actualización fiel de la imagen de Dios en la vida cristiana histórica; por otro, es una vía de devoción, amor y respeto hacia Dios[65].

* * *

Abrir el conocimiento a Dios para conocer el sentido pleno del mundo: esta fue la gran tarea intelectual de Romano Guardini. Una nueva ejercitación cognoscitiva en el cristianismo, para romper los estrechos dogmas de la modernidad, que imponen y sentencian, con su autonomismo a ultranza, vías cerradas a la trascendencia y que clausuran la cuestión del siento: el mundo y la persona misma se vuelven opacos.

Tanto el espiritualismo como el sensismo, el racionalismo como el intuicionismo, nacen de esa fractura del pensamiento moderno que se cierra al diálogo con la fe. Estos extremos son típicos de un pensamiento que ha dado la espalda a la posibilidad racional de la revelación. Y al cerrarse, el pensamiento se convierte en algo demasiado abstracto o demasiado etéreo, y siempre desgajado de la existencia real. La persona no se reconoce en los conceptos modernos.

No hay espíritu puro ni materia pura: la vida humana es espíritu que se materializa o materia transida de espíritu. Por eso toda auténtica teoría del conocimiento existencial acoge la realidad viva de la unidad de intelecto y sentidos en continuidad, armonía y complementariedad.

El diálogo racional con la revelación abre el conocimiento, a través de imágenes con contenido y conceptos vivos, a una plenitud de sentido que la propia existencia reclama.

Juan Manuel Fidalgo
Universidad de Navarra

Fuente: dialnet.unirioja.es

 

[1] Vamos a seguir aquí especialmente: Die Sinne und die Religiöse Erkenntnis, Werkbund, Würzburg 1950. (R. Guardini, Los sentidos y el conocimiento religioso, Cristiandad, Madrid 1965); Religion und Offenbarung, M. Grünewald-Schöningh, Mainz-Paderborn 1990. (Ed. original en Werkbund, Würzburg 1958). (R. Guardini, Religión y revelación, Guadarrama, Madrid 1960).

[2] R. Guardini, Religión y revelación, cit., p. 258.

[3] Ibid., p. 260.

[4] Cfr. ibid., pp. 266-267.

[5] Ibid., p. 269.

[6] Todo el aspecto metodológico del conocimiento en R. Guardini está desarrollado en una de sus obras fundamentales: R. Guardini, Der Gegensatz. Versuche zu einer Philosophie des Lebending-Konkreten, M. Grünewald-Schöningh, Mainz-Paderborn 1998. (Ed. Original en Grünewald, Mainz 1925). (El contraste. Ensayo de una filosofía de lo viviente-concreto, BAC, Madrid 1996). Se trata de un método fenomenológico y personalista basado en la estructura contrastada de la realidad.

[7] Cfr. R. Guardini, Los sentidos y el conocimiento religioso, cit., pp. 44-47.

[8] Guardini señala el siglo XIV como el inicio del pensamiento moderno que llega a su plenitud en la Ilustración. Este pensamiento moderno adopta formas diversas: empirismo, racionalismo, idealismo, positivismo y cientificismo, nihilismo...

[9] Cfr. R. Guardini, Los sentidos y el conocimiento religioso, cit., p. 45.

[10] Cfr. ibid., p. 46.

[11] Cfr. ibid., pp. 43-45.

[12] “No hay nada en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos” (Cfr. R. Guardini, Los sentidos y el conocimiento religioso, cit., pp. 47-48). Esta afirmación, tan propia del pensamiento aristotélico-tomista, está también inspirando todo el realismo de Guardini. La conexión de concepto e intuición apunta a este tema.

[13] Cfr. ibid., p. 34.

[14] R. Guardini, Religión y revelación, cit., p. 27.

[15] Ibid., pp. 27-28.

[16] Cfr. R. Guardini, Los sentidos y el conocimiento religioso, cit., p. 31.

[17] Guardini habla del ojo que capta con su mirada la esencia de las cosas. Evidentemente, no está queriendo decir que la esencia se capte a nivel sensible, sino que, precisamente, no hay un “conocimiento sensible puro”. Cuando veo, también entiendo: hay una continuidad. Dice en un momento dado el autor: “El ojo es, sencillamente, el hombre, en la medida en que puede ser afectado por la realidad en sus formas orientadas a la luz” (Ibid., pp. 30-31).

[18] Cfr. ibid., pp. 28-29.

[19] Cfr. ibid., pp. 27-28.

[20] Se podría expresar esto como la co-actualidad de sujeto y objeto. El acto del sujeto que conoce es el mismo acto del objeto en cuanto conocido. Si eso no se produce, no hay en verdad conocimiento alguno.

[21] Cfr. ibid., p. 34.

[22] Cfr. R. Guardini, Religión y revelación, cit., pp. 62-90.

[23] Cfr. ibid., p. 99.

[24] Ibid., p. 100.

[25] Cfr. R. Guardini, Los sentidos y el conocimiento religioso, cit., p. 42.

[26] Cfr. ibid., p. 43.

[27] Cfr. ibid., pp. 44-45.

[28] Rm 1, 18. 21-22.

[29] Aquí se toma la experiencia religiosa en lo esencial. Su articulación se ha tratado más arriba.

[30] Cfr. R. Guardini, Religión y revelación, cit., pp. 228-229.

[31] Cfr. ibid., p. 231. La idea del efecto liberador del dogma es muy querida por el autor, y está presente en muchas de sus obras.

[32] Ibid., p. 232.

[33] Cfr. ibid., p. 233.

[34] En todo lo que está afirmando Guardini está de fondo una frase del Evangelio que siempre inspiró sus principales intuiciones intelectuales: “quien quiera ganar su vida la perderá; quien la pierda (...)”.

[35] Ibid., p. 234.

[36] Ibid., p. 234.

[37] Cfr. ibid., p. 235.

[38] Cfr. ibid., p. 236.

[39] Cfr. ibid., n. 67.

[40] Término empleado por Hans Urs von Baltasar. Cfr. M. Lluch, La Katolische Weltanschaung de Romano Guardini, en “Scripta Theologica” 30 (1998), p. 638.

[41] Juan Pablo II, Fides et ratio, n. 73.

[42] Cfr. A. Rodríguez, Pensiero filosofico e fede cristiana. A proposito dell’enciclica Fides et ratio, en “Acta Philosofica” 9 (2000), p. 55.

[43] Fides et ratio, n. 76.

[44] Ibid.

[45] Cfr. A. Rodríguez, Pensiero filosofico e fede cristiana. A proposito dell’enciclica Fides et ratio, pp. 53-55.

[46] Cfr. R. Guardini, Cristianismo y sociedad, Sígueme, Salamanca 1982, pp. 111-117.

[47] Ibid., pp. 113-114.

[48] “La analogía constituye el núcleo del método intelectual del pensamiento cristiano”, A. Rodríguez, Pensiero filosofico e fede cristiana. A proposito dell’enciclica Fides et ratio, p. 54.

[49] Quizá en esto radiquen, en el fondo, las confusiones y desconciertos sobre el status científico de la obra guardiniana.

[50] En última instancia, el método contrastado se funda ontológicamente en esta analogía. Cfr. R. Guardini, Cristianismo y sociedad, cit., p. 138.

[51] El peligro de los dualismos cristianos de diverso cuño tienen aquí su raíz última: separar excesivamente naturaleza y gracia. Cfr. ibid., p. 138.

[52] Ibid., p. 139.

[53] Cfr. R. Guardini, Religión y revelación, cit., pp. 237-239.

[54] Cfr. ibid., pp. 246-247.

[55] Cfr. ibid., p. 248.

[56] Cfr. ibid., p. 249.

[57] Cfr. R. Guardini, Los sentidos y el conocimiento religioso, cit., p. 52.

[58] Cfr. ibid., p. 55.

[59] Cfr. Jn 1, 1-3.

[60] Cfr. Mt 28, 20.

[61] Cfr. R. Guardini, Los sentidos y el conocimiento religioso, cit., pp. 60-62.

[62] Cfr ibid., pp. 80-81.

[63] Cfr. ibid., p. 104.

[64] Cfr. ibid., pp. 106-107.

[65] Cfr. ibid., p. 112.

 

 

¿Tendrán fe nuestros hijos? Dios en la educación

La pregunta por la fe de los hijos es la más importante que pueden hacerse los padres cristianos

Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel: “Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’” (1 Sam 3,8-9).

“Si te llama, di: ¡habla!” En un tiempo en que las visiones del Señor no eran frecuentes, es un niño quien percibe Su presencia, testimonio de la esperanza que trae cada nueva generación. Todo hijo recuerda a sus padres las cuestiones centrales de la vida y, sobre todo, la pregunta sobre Dios. Pero Samuel no fue capaz por sí solo de encontrar el camino, de percibir quién le hablaba y cómo responderle. Al sacerdote Elí tocó mediar para que el joven madurara en su fe.

La pregunta por la fe de los hijos es la más importante que pueden hacerse los padres cristianos[1]. Y es que la misión de ellos consiste no solo en engendrar y educar al hijo, sino, como dice santo Tomás, en educarle para el culto divino, de modo que pueda dar gloria a Dios[2]. Se trata, por eso, no solo de una misión corporal, sino corporal y espiritual a la vez. En el bautismo encendimos para nuestros hijos la llama de la fe. La educación, donde familia y escuela se alían, conduce a que sean ellos mismos quienes la protejan y nutran.

¿Podrán hacerlo en medio de los vientos que soplan en la sociedad secularizada? ¿Realizarán los padres la mediación de Elí? Viene a la memoria la novela del escritor judío Israel Singer La familia Karnowski, que narra la pérdida completa de la fe en solo tres generaciones, y termina con la dramática imagen del padre médico, tratando de sacar la bala del corazón de su hijo, símbolo de una muerte más honda[3]. ¿Lo conseguirá?

Vamos a empezar preguntándonos por el papel de Dios en la educación (I), para delinear después algunos hitos del itinerario de educación en la fe (II).

I. La pregunta sobre Dios, clave educativa

La situación que vive hoy la sociedad puede compararse a la que nos narra la historia de Samuel. Es un tiempo arduo para la fe del Pueblo, cuyos enemigos llegarán a robarle su emblema más sagrado, el arca, privándole de la presencia divina. Pero la corrupción nace de dentro: los hijos sacerdotes de Elí hacen rapiña en el holocausto quedándose con las mejores partes del sacrificio. Es verdad que en este panorama el Señor no abandona al Pueblo y suscita salvación a través de Samuel, pero también que Samuel será testigo de la pérdida de confianza de Israel en Dios. Dado que el Pueblo no siente ya la presencia cercana del único Rey, pedirá a Samuel que instituya la monarquía.

Nuestro tiempo no quiere ya ni siquiera a ese rey, es decir, esa mediación de Dios a través de las relaciones entre los hombres. En efecto, un aspecto de la sociedad secularizada es haber olvidado la presencia de Dios en la plaza pública. Nuestros hijos van a vivir, por tanto, en una cultura que funciona como si Dios no existiera en lo que toca a la vida común. Además, van a ver su propia fe como una opción más entre muchas otras, con el peligro consiguiente de pensar que es un adorno superficial de la vida, que no toca a su substancia. En la medida en que pongan esa fe como fundamento último de lo que son (único modo de ser cristianos), serán considerados fanáticos.

A la luz de las múltiples opciones religiosas que se presentan en nuestra sociedad, la pregunta “¿tendrán fe nuestros hijos?” podría cambiarse por esta otra: “¿qué fe tendrán nuestros hijos?” Y es que la cuestión de la trascendencia en la vida humana no se puede eludir ni privada ni socialmente. La Biblia lo ha expresado con el contraste entre fe e idolatría como dos únicas alternativas: “o adoras al que te ha hecho, o adoras lo que tú has hecho”, comenta un exegeta[4]. La sociedad de hoy promueve también su tipo de religiosidad, que es una fe sin pertenencia (“believing without belonging”) y una espiritualidad sin religión (“spiritual, yes, but religious, not”)[5].

Muy distinta, sin duda, de la fe cristiana, que se basa en nuestra incorporación a Cristo y a la Iglesia. ¿Tendrán esta fe nuestros hijos?

El gran desafío se formula, pues, así: ¿tendremos hijos para quienes la fe lo sea todo, es decir, para quienes la fe sea el fundamento de cada paso y el fuego secreto de sus acciones? Hay aquí algo que pertenece a la misión de todo padre, llamado a dar a sus hijos grandes certezas. Ningún hijo pide a sus padres meras opiniones, porque tampoco es una opinión el nombre que de ellos ha recibido.

Tal planteamiento ya nos avisa de que preguntarse por la educación en la escuela no se resuelve haciendo a Dios un hueco entre nuestros programas y actividades. Si el Dios Creador existe, como lo confiesa la fe cristiana, entonces cambia todo, pues Él es el fundamento que determina cuanto queremos, pensamos, obramos[6]. Su existencia no es como la del planeta Plutón, que, una vez conocida, deja inmutado el resto de nuestra experiencia. Si Él existe, como exclamaba Rilke al contemplar la belleza, “debo cambiar mi vida”.

De hecho, la fe de nuestros hijos dependerá del modo en que perciban la presencia de Dios, no solo como un ingrediente añadido a su educación, sino como algo esencial para la vida a la cual la educación les introduce. Si esto es así, entonces plantear la pregunta sobre Dios en la educación no puede hacerse sin plantear la pregunta sobre el sentido de la entera educación[7].

Notemos que la pregunta sobre Dios en la educación podría suscitarse como si se tratara de contar los beneficios que Dios trae a la educación. Y es verdad que Dios aporta ventajas al proceso educativo, como las aporta a la sociedad. Así, se ha dicho que quien cree en Dios respeta las reglas, o que escapa del relativismo y de lo fugaz de la vida, o que tiene más recursos para afrontar las crisis.

Ahora bien, la pregunta “¿existe Dios?” no es la pregunta “¿necesitas a Dios?” Pues en el momento en el que medimos la fe en Dios por su utilidad, siempre es posible encontrar un sustituto para esta fe en Dios, es decir, algo que cumpla la misma función y tenga las mismas ventajas. Y entonces ya no sería Dios ni tendría utilidad para la vida de los hombres. Esta posición utilitarista ante la religión es la que seguían, como hemos visto en el libro de Samuel, los hijos del sacerdote Elí, que ofrecían el sacrificio, pero quedándose con la mejor parte. El resultado fue que la gente llegó a despreciar la ofrenda hecha a Yahvé[8].

Este punto es decisivo, pues la educación se tiende hoy a ver en clave utilitarista, es decir, como un proceso en que se prepara a los niños para integrarse con éxito en la sociedad. Ahora bien, la educación no puede buscar solo un fin externo, que comenzará una vez terminado el proceso educativo. Ocurre, más bien, que la misma educación solo puede darse como participación incipiente en una plenitud de vida, la cual tiene sentido en sí misma y no solo en función de otra cosa. Por eso, como ha dicho Alasdair MacIntyre, al alumno que pregunta “¿de qué me va a servir después aprender esto?” hay que responderle que solo puede abandonar la escuela aquel que ha dejado de hacer este tipo de preguntas, dándose cuenta de que son impertinentes[9]. Pues lo que la educación permite no es solo participar con éxito en la sociedad, sino llegar a juzgar sobre la bondad de cuanto la sociedad promueve.

Pues bien, la fe en Dios es justamente aquello que protege contra una visión meramente utilitarista. En efecto, aceptar a Dios es aceptar que existe el bien en sí, lo cual permite ver como un bien en sí la misma vida humana y las actividades que en ella realizamos. Si hay Dios, Él es aquel “por quien se vive”, como le llamó la Virgen en Guadalupe, y aquel por quien se educa, del mismo modo que si hay vida eterna, entonces esta determina radicalmente la vida temporal.

En consecuencia, la transmisión de la fe depende de que esta fe pueda entenderse como plenitud de vida. De otro modo no sería fe en el Dios cristiano creador del Universo. Pascal desarrolló su famoso argumento de la apuesta, para invitar a la fe en Dios[10]. Queriendo mostrar que creer es razonable, el filósofo comparó la vida con un juego de apuestas, en la que no hay otra opción que apostar. Y apostar por Dios es razonable, pues lo que pierdo es poco, la vida temporal. Mientras que lo que puedo ganar lo es todo, la eternidad de vida. Ahora bien, este razonamiento tiene un límite: parece que creer en Dios va de la mano con una visión empequeñecida de la vida. Pero ocurre justamente al revés: solo creyendo en Dios se hace valiosa la vida temporal. “Cien veces más en este tiempo”, promete Jesús a los que le siguen (Mc 10,30). Elemento clave del proceso educativo será mostrar que, para quien cree, el mundo aparece como morada acogedora donde se puede habitar y como lugar generativo, donde lo que hacemos lleva mucho fruto. De este modo, la fe en Dios puede mediarse a través de prácticas educativas que, a la vez, muestran el espesor de la experiencia humana. Detengámonos a enumerar algunas coordenadas de la presencia educativa de Dios.

II. Educación sacramental

Nos está inspirando la historia de Samuel. En el momento de recibir la llamada de Dios, el joven mora en el Templo, donde habita la presencia y se reúne la comunidad orante. El entorno es el del sacrificio. Para Israel el sacrificio significa el reconocimiento del don originario de Dios y la entrega del hombre a Él. Cuando san Agustín quiso explicar lo propio de la cultura cristiana, sabiendo que la cultura se genera en el culto, identificó la comunidad cristiana como aquella regida por la Eucaristía. Desde la Eucaristía se hacen concretos algunos elementos de la presencia de Dios en la educación. Vamos a llamarlos las tres “erres”: relatos, ritos, razón.

Relatos: Dios narrado

La Eucaristía contiene un relato: el de la vida de Jesús, repetido en cada misa y escanciado según el año cristiano, al que se unen los relatos de los santos. Celebrarla es entrar en una memoria común y engancharnos a una esperanza de futuro, esa esperanza que es capitana de la vida de los hombres, como decía Platón en su República[11]. A partir de la Eucaristía se aprende a narrar nuestro propio relato en el marco del relato de Cristo. ¿Y por qué es importante aprender a narrar el propio relato?

Nuestra identidad depende del modo en que comprendemos nuestra historia, nuestro camino en el tiempo. Hay un proceso continuo con el que relatamos la propia biografía, y que nos permite imaginar y proyectar el futuro. Quien acierta en este proceso puede decir, con Don Quijote: “sé quién soy, y sé quién quiero ser”. Por eso es cierto, inspirándonos en el título de un libro sobre la generación en la Biblia, que educar es narrar[12].

Esta operación de narrar la vida no es sencilla. En efecto, corre el peligro continuo de detenerse, como cuando nos sucede algo malo que no podemos olvidar y a lo que volvemos obsesivamente. O puede ser también que el futuro esté demasiado abierto, tan abierto que se llene de nuestros miedos y acabe por quedarse sin salida. Para poder narrar el relato necesitamos una ayuda, que nos permita desatar el pasado y vislumbrar lo suficiente del futuro.

Pensemos en La vida es sueño de Calderón de la Barca. El rey Basilio ha encerrado a su hijo Segismundo porque los oráculos anuncian que al crecer será un tirano. Aquí actúa un miedo al futuro que se ve como destino trágico ineludible. Detrás imaginamos el miedo del padre ante el hijo que le sustituirá, de forma que llega a anular al hijo, ocultándose como padre. En la obra ocurre lo que en inglés se llama self fulfilled prophecy: al no educar a Segismundo, Basilio confirmará el oráculo.

Frente a esta cerrazón actúan los buenos relatos, que ayudan a liberar la historia. Pues nos presentan modos para combinar pasado, presente y futuro ante las paradojas de la vida en el tiempo. La lectura aumenta nuestra capacidad de entender el relato de otros, y nos sitúa dentro de una tradición comunitaria, de forma que aprendamos a narrar nuestra propia vida desde una perspectiva más amplia. Pensemos en los ecos del relato del joven rico, suscitando la vocación de Antonio, y Antonio la de Agustín, Agustín la de Teresa de Jesús, Teresa la de Edith Stein... Se logra así reconocer la herencia a la que pertenecemos, pues quien lee “escucha con los ojos a los muertos”, como decía Quevedo, para que “corrijan y fecunden” nuestros asuntos.

Pues bien, el trasfondo último de los relatos lo constituye la apertura a Dios. Propio de la Biblia es ser una narración donde Dios mismo nos revela su relato, compartido con el nuestro. Es interesante notar cómo los autores sagrados han inventado la prosa religiosa histórica, alejándose así de los típicos relatos míticos de los demás pueblos, de corte épico[13]. De este modo la Biblia logra expresar la libertad humana concreta, con sus idas y venidas y el modo en que Dios la acompaña y encauza.

Nuestra tradición cristiana ha cultivado los relatos por amor a la Biblia, asumiendo los relatos antiguos de la edad clásica y creando nuevos relatos, esenciales para educar. Pensemos en la Divina Comedia, el gran viaje de Dante atravesando todos los momentos de la vida humana. Aquí estamos ante un sueño, como en la gran obra de Calderón, pero se trata ahora de una visión que muestra la realidad última de todo. ¿En qué consiste la visión? En que se narra la historia de la vida a la luz de su fin último, arrancando el velo sobre esa meta definitiva, que normalmente acompaña nuestras acciones. El Infierno, el Purgatorio, el Paraíso, son nuestro paso por este mundo, alejándonos del mal (Infierno) y ejercitando la libertad (Purgatorio) para alcanzar el bien pleno (Paraíso).

Dante nos enseña que narrar la totalidad de una vida no es posible desde el hombre aislado. La necesidad de narrar esta totalidad, de hecho, nos alza a la pregunta sobre Dios, en este caso en la forma de la pregunta sobre la providencia. La fe en Dios significa saber que Él es narrador del gran relato, de forma que nosotros podamos co-narrarlo con Él. La providencia es lo contrario del destino inexorable al que temía Basilio, padre de Segismundo, pues la providencia no elimina la libertad, sino que se cuida de ella, abriéndole un espacio para que pueda actuar.

Este contexto narrativo ayuda a despertar a la oración como diálogo con Dios[14]. Samuel conocía al Señor, pero no había entablado todavía una relación viva con Él. La oración nace cuando nos abrimos a la voz de Dios que narra nuestra vida, para que la narremos juntos. Educamos en la oración cuando ayudamos a introducir a Dios en el relato de la propia vida, de modo que se haga relato común.

Ritos: Dios practicado

La Eucaristía, que contiene un relato, no se limita a narrarlo, sino que lo realiza como rito. En este rito cobra especial valor el cuerpo, de modo que el relato, por así decir, se encarna y, encarnándose, muestra su dimensión comunitaria. ¿Para qué son necesarios los ritos?

En los ritos se aprende, en primer lugar, lo que no es inmediatamente útil. Y de este modo puede llegarse a captar la dimensión de rito de cuanto hacemos, ayudándonos a entender que hay cosas que merecen la pena por sí mismas. La misma educación tiene esta dimensión ritual, porque, como ya dijimos, no se educa solo para un fin exterior, como la adaptación al mundo laboral, sino por el mismo bien de educar, que es la vida humana plena.

Es propio del rito eucarístico incluir en sí los momentos centrales de la vida. Las dos imágenes clave de la Eucaristía son el alimento (fruto de la tierra y del trabajo) y la unión esponsal (dichosos los invitados a la cena del Señor). Se trata de dos experiencias humanas que no se realizan solo por mor de otra cosa, sino que contienen un bien en sí mismas, lanzándonos a desear el bien en sí[15]. Que ambas estén presentes en la Eucaristía nos invita, pues, a extender el rito a todas las actividades vitales. Uno podría decir que aquí está el meollo de la tarea educativa: nuestros hijos tendrán fe si son capaces de unir lo que se celebra en la Eucaristía con lo que realizan el resto del día. Y abandonarán la fe si no son capaces de unir estas dos cosas, incluso aunque hagan las dos por separado.

Otro elemento esencial del rito, y en particular de la Eucaristía, es su nexo con el cuerpo y su lenguaje. Los ritos enseñan que el cuerpo tiene un lenguaje propio, que es necesario saber descifrar y saber pronunciar. La proliferación, hoy, de medios electrónicos difunde fácilmente la vivencia del cuerpo como instrumento del que me puedo separar y que puedo modelar a capricho, para cambiar mi imagen o para producir placer. La educación, a través del rito, enseña a acoger el propio cuerpo y a amarlo, lo que solo es posible si ese cuerpo se percibe como algo recibido de otro y que me liga a otro, lo cual implica que el cuerpo posee su lenguaje propio[16].

La historia de Samuel puede leerse también como el despertar a este lenguaje del cuerpo. La voz que escucha el muchacho llega de lo más hondo de su afectividad y deseo, como una llamada al amor. Es una voz muy antigua, que contiene una indicación hacia la vida plena, si la seguimos en relación a otra persona y sabemos entregarnos a ella. En el cuerpo, en sus deseos y afectos, no hay solo un impulso de placer, sino una llamada a una alianza. Esencial para el proceso educativo es que en esa llamada al amor se escuche una voz divina[17]. Si esa llamada se arraiga en el cuerpo, entonces desde ella se abre una visión unitaria sobre todo el cosmos. ¿De qué visión se trata?

Razón: Dios y el conocimiento del mundo

La tercera “erre”, después de relatos y ritos, es la razón. Esta se nos desvela en la Eucaristía en cuanto que aquí se celebra, según san Pablo, el “culto racional” (Rom 2). El término “razón”, en griego “logos”, hace referencia asimismo al lenguaje, a la “palabra” (en griego también “logos”). La Eucaristía es, de hecho, el lugar de la palabra plena de Dios, una palabra que es inseparable del rito y del relato. La perspectiva cristiana despliega desde aquí una visión unitaria sobre las distintas materias del plan de estudios, para que se pueda encontrar la unidad de ellas.

Primeramente, la Eucaristía nos indica que el conocimiento no puede darse a partir de una distancia entre el hombre y su mundo. Pues conocemos en cuanto que participamos de la realidad, en cuanto que nos abrimos a ella y a ella nos unimos. De ahí que conocer el mundo sea conocerse a sí mismo, y viceversa. En hebreo bíblico, la palabra “conocer” se usa para indicar la unión conyugal, mostrando así que el conocimiento requiere unidad con lo conocido. La consecuencia es que solo podemos conocer desde dentro de una comunidad y de una tradición. No hay un conocer desde la distancia neutra, como no se puede aprender un lenguaje neutro o general, que no sea el lenguaje concreto de una comunidad de hablantes.

En la Eucaristía la clave está en la relación de Jesús con su Padre. Desde allí se entiende todo lo demás que se vive en el rito: el pan y vino como creación de Dios y fruto del trabajo, la carne y la sangre como esencia de la vida, la memoria del Pueblo y la esperanza de la resurrección... Por eso, quien tome la Eucaristía como modelo del saber, entenderá que la relación con Dios confiere unidad a todas las demás áreas del conocimiento. Esto implica que el papel de la fe en la educación no puede reducirse a la asignatura de religión como una más en la lista. La fe se juega, más bien, en el modo en que la clase de religión se hace presente en las demás materias, es decir, en cómo las demás materias se abren a la pregunta sobre el bien último de la vida humana. Recordemos que el gran amor de las letras que se desarrolló en el Occidente cristiano nacía precisamente del deseo de buscar a Dios[18]. Pues para encontrarle era necesario leer la Escritura, viendo cómo en este relato y culto se integraba todo el Universo. Por eso la búsqueda de Dios llevaba a cultivar todas las artes.

Dos ejemplos concretos, referidos al currículo, nos ayudan a entender la amplitud de esta cuestión. En primer lugar, desde la Eucaristía es claro que el punto integrador de todo es el cuerpo humano. Hacia un cuerpo se dirige todo el rito, que incluye el pan y el vino, donde se aloja el cosmos entero. El estudio del cuerpo humano es, desde este punto de vista, una clave para entender el universo material. En el rito eucarístico el cuerpo humano se ve como lugar de sentido, capaz, tanto de asumir en sí el universo, como de instaurar relaciones entre las personas, relaciones que dan sentido al hombre y a su mundo.

Es esencial a este respecto que el niño entienda la diferencia entre el organismo viviente y el resto de seres inanimados. La distinción entre lo vivo y lo inerte, y la adopción de lo vivo como clave para entender todo el cosmos, es un postulado necesario para la educación en la fe, porque solo de este modo la materia misma puede poseer un lenguaje y, por tanto, referirnos al Creador. Esto supone, ciertamente, distanciarse del modo moderno de entender la ciencia, que ignora esta distinción. La escuela tiene que enseñar cómo, en el siglo XX, la misma ciencia positiva ha conocido cambios de paradigmas que la relativizan como único modo de mirar a lo real. Desde aquí puede comunicarse que nuestras fórmulas científicas nunca llegarán a comprehender todo, y que hemos de verlas como herramientas para buscar órdenes de armonía cada vez más amplios, que siempre superan nuestros esquemas. La pregunta por la religión aparece no como opuesta a la búsqueda de la ciencia, sino como aquella que se refiere al último orden de armonía, que contiene los demás órdenes y, así, los sostiene[19].

En segundo lugar, junto a las ciencias de la naturaleza, que se dan cita en el cuerpo humano, están las ciencias del lenguaje que se refieren a la vida común. Desde la metáfora de la lengua pueden plantearse las preguntas sobre la contribución al bien común en una sociedad pluricultural y, en muchos sentidos, acultural o anticultural, en cuanto negadora de lo humano. Está, por un lado, la posibilidad de aprender distintas lenguas y, por tanto, distintas tradiciones culturales, lo que solo es posible si uno domina la lengua propia. A la vez se plantea la existencia de modos reducidos o incluso nocivos en que pueden desarrollarse las lenguas, las cuales representan distintas visiones del hombre y del mundo, no todas igualmente buenas. Todo esto es necesario para que la educación permita vivir en una sociedad donde se dan cita no solo muchas culturas, sino también modos contradictorios de entender la cultura.

Se toca así la cuestión de Dios. La lengua, como ambiente comunicativo abierto al sentido, necesita en su centro la palabra “Dios”, que es una parte de toda palabra, pues perderla significa reducir el significado del lenguaje. Sin la palabra “Dios”, en efecto, la lengua ya no media una visión total de la realidad, con el riesgo de reducirlo todo a expresión de una preferencia personal o de un sentimiento, haciendo imposible la comunicación.

Nuestros hijos van a vivir en un ambiente de lenguaje donde ha desaparecido o se quiere hacer desaparecer la palabra “Dios”. Queremos educarles en la tradición católica, donde la palabra “Dios” existe y tiene sentido, y queremos que puedan imaginar también las tradiciones rivales, que entienden de modo distinto la palabra “Dios” o que la niegan[20]. La educación busca transmitirles la capacidad de entender los distintos puntos de vista desde el arraigo en su propia tradición. Esto significa que adquieran capacidad de desvelar la pregunta de fondo a la que los otros puntos de vista responden, y que explican su vitalidad parcial. Y, a la vez, que hayan recibido los recursos que ofrece la tradición cristiana para responder a este punto de vista rival. El objetivo es, por un lado, un sentido fuerte de pertenencia a la propia tradición católica y, a la vez, que esa tradición no se entienda como particularidad cerrada, sino como lugar de apertura máxima a la realidad. Nuestra rica tradición ha mostrado, ante todo, su confianza en Dios como palabra y razón que, al haberse encarnado y asumido la realidad, puede recoger todo lo que hay de verdadero en los demás modos de habitar el mundo.

Querría señalar aún otro aspecto esencial de la presencia de Dios en la educación, que sería necesario desarrollar. La apertura de la vida a Dios encuentra un escollo en la presencia del mal, la cual no solo parece oponerse a la existencia de Dios, sino también a la plenitud de la vida humana. A este respecto, dos claves nos ayudan en la educación. Por una parte, el nexo que existe entre sufrimiento y fecundidad, que ayuda a iluminar el problema del dolor. Por otra, la posibilidad del perdón, que resitúa la cuestión de la culpa ajena y propia a la luz de la esperanza en la reconciliación futura. Ambas claves dicen referencia a la presencia y acción de Dios. La Eucaristía, de hecho, de donde brota la educación en la fe, contiene en su centro el dolor fecundo y la expiación perdonadora del pecado.

Concluimos. La pregunta sobre Dios en la educación no busca solo cómo fomentar la presencia y acción de Dios. Se trata también de comprender que Dios mismo está presente y de que Él mismo actúa. Dios no es solo un tema educativo, sino también un actor de la educación. Y su acción se da en modo privilegiado a través de los pequeños. Educar es acercarse al misterio de una nueva generación, que siempre tiene lugar desde Dios. No es, pues, solo una transmisión de la fe, sino un modo de avivar la propia fe. ¿No fue Samuel, de hecho, quien trajo consigo de nuevo la revelación divina y quien recordó a Elí que Dios no duerme? Elí, es cierto, recibiría de Samuel una noticia mala, el fin de su estirpe, pero la muerte del anciano sacerdote nos hace presentir una esperanza. Pues falleció, no al oír que sus hijos habían perecido, sino solo cuando se le dijo: “fue apresada el Arca de Dios” (1Sam 4,17). Le despertaron de sus sueños, como a todo padre, las preguntas mismas del hijo que, al contrario que los ídolos, tiene boca y habla.

Nuestro recorrido se puede resumir volviendo a la historia de Samuel. Según Dionisio el Cartujano las tres veces que el Señor llamó a Samuel corresponden a sus tres unciones, como profeta, juez, sacerdote[21]. Lo de juez se aplica al conocimiento de la verdad (razón); lo de profeta, a la narración que estructura la vida (relatos); lo de sacerdote, a los ritos donde se transforman los afectos y se forja el obrar. A esto podemos añadir que las tres “erres” de que hemos hablado se transforman, pensando en el nombre de Samuel, en tres “eses”. En efecto, del relato individual hay que pasar a la saga, donde contamos juntos una historia común. De la razón que conoce y conecta, hay que pasar a la sabiduría, que ve todo desde la plenitud de Dios, fin último del cosmos. Y del rito hay que pasar al sacramento, que extiende la celebración al resto de la vida. Como educadores podemos acompañar al hijo durante estas tres llamadas. Pero hay, añadía Dionisio, una cuarta llamada. Le toca al hijo, y de él depende, responder a esta llamada definitiva, la que fraguó la relación de amistad con Dios: “¡Samuel!” “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

José Granados

Fuente: humanitas.cl

 

[1] Westerhoff, John Henry, Will our children have faith? Morehouse Pub., Harrisburg, PA, 2012.

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa Contra Gentiles IV, 58.

[3] Singer, Israel Yehoshua, La familia Karnowsky. Acantilado, Barcelona, 2015.

[4] Beauchamp, Paul, La ley de Dios. De una montaña a otra. Didáskalos, Madrid, 2014.

[5] Taylor, Charles, “Religion Today”, en: A Secular Age. Harvard University Press, Cambridge, MS – London, 2007.

[6] AA.VV., Dio oggi. Con Lui o senza di Lui cambia tutto. Cantagalli, Siena, 2010.

[7] Cf. Granados, José y Granados, Juan Antonio (eds.), La alianza educativa: Introducción al arte de vivir. Monte Carmelo, Burgos, 2009.

[8] Así algunos ayuntamientos españoles hacen ya un “bautizo laico”, precisamente porque entienden la utilidad civil de la liturgia. Ahora bien, precisamente en cuanto Dios pasa a ser un factor de utilidad, deja de ser Dios y su efecto sobre la vida desaparece. Por eso el presupuesto para que el bautismo laico sea eficaz es que la gente no conozca sus verdaderas motivaciones, es decir, el presupuesto es que la gente no esté bien educada, para que así deje de plantear ciertas preguntas.

[9] Cf. Macintyre, Alasdair y Dunne, Joseph, “Alasdair MacIntyre on Education: In Dialogue with Joseph Dunne”, Journal of Philosophy of Education Nº36 (2002) 1-19.

[10] Cf. Pascal, Pensamientos III, n. 233.

[11] Platón, República I, 331a.

[12] Sonnet, Jean-Pierre, Generare è narrare. Vita e pensiero, Milano, 2014

[13] Alter, Robert, The Art of Biblical Narrative. Basic Books, New York, 2011.

[14] Sobre la vida espiritual de los niños, cf. Coles, Robert, The spiritual life of children. Houghton Mifflin, Boston, 1990.

[15] MacIntyre, Alasdair y Dunne, Joseph, “Alasdair MacIntyre on Education”, op.cit.

[16] Al respecto, cf. Granados, José, Teología de la carne: el cuerpo en la historia de su salvación. Monte Carmelo, Burgos, 2012.

[17] Sennett, Richard, The craftsman. Yale University Press, New Haven, 2008.

[18] Leclercq, Jean, L’amour des lettres et le désir de Dieu: initiation aux auteurs monastiques du moyen âge. Cerf, Paris, 1957.

[19] Bohm, David, On creativity. Routledge, London, 2004.

[20] Sobre la necesidad de cultivar la propia tradición, cf. MacIntyre, Alasdair, Whose justice? Which rationality? University of Notre Dame, Notre Dame, IN, 1988.

[21] Enarratio in librum I Regum VII. Opera Omnia, vol. III, 1897, p. 279.

 

 

SANTOS INOCENTES.

Un año más conmemoramos el masivo asesinato ordenado en Belén por el más sanguinario de los asesinos en serie: Herodes.

Para retener su reino, causó mucho dolor a las madres de aquellos pequeñines. 

Hoy, todos los días, se provocan miles de asesinatos de inocentes, con o sin la voluntad  de sus propias madres, niños cuya vida en desarrollo ha sido truncada.

No pido una ley que prohíba el aborto porque está demostrado que no es efectiva. Es a la sociedad,y especialmente a las madres, a quien hay que ayudar con una educación adecuada y apoyo económico.

Pido al Gobierno que el dinero que “gasta” la sanidad pública en estas operaciones lo “invierta” en ayudar a las madres que quieren aceptar a los hijos que llevan en su seno, y que modifiquen las leyes y trámites para, en su caso, facilitar la adopción. 

 

Amparo Tos Boix, Valencia.

 

 

Sobre memoria histórica

Se escribe mucho sobre memoria histórica, pero se olvida la destrucción social causada por los grandes totalitarismos del siglo XX. Importa más de lo que parece recordar el desmoronamiento del absoluto marxista, que negó el concepto teórico de verdad y aplicó profusamente la mentira en todos los ámbitos de la existencia. Al cabo, las sociedades de la antigua URSS y de los países satélites no acaban de recuperar la normalidad, que exige un mínimo de confianza, rota incluso en los ámbitos más íntimos de la familia.

Porque, sin entrar en “satanismos”, la mentira es la negación de la dignidad humana y de la concordia social. Nunca batallaremos suficientemente por la verdad, también contra el relativismo cultural de lo políticamente impuesto. Al cabo, por encima de tantas consideraciones de peso, se impone aceptar la máxima de san Juan: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.  La mentira es camino de esclavitud: encadena, aun de modo casi imperceptible.

Jesús Martínez Madrid

 

 

La política pro-vida de los EEUU

Las declaraciones de los críticos de la política pro-vida de los EEUU en la Asamblea General de la ONU fueron extraordinariamente duras y fueron efectuadas con visible rabia y frustración. Algunos delegados acusaron a los EEUU de “anular” las protecciones para la salud de niños y jóvenes, y de mala fe.

La administración Trump respondió con las palabras del Presidente Trump a la Asamblea General en Septiembre: “Los americanos nunca se cansarán de defender a la vida inocente”.

“Los Estados Unidos creen en las protecciones legales para los no nacidos, y rechazan cualquier interpretación de los derechos humanos internacionales (tales como el Comentario General 36 en el Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos) para pedir a cualquier Estado parte que proporcione acceso seguro, legal y efectivo al aborto”, indicaba la declaración.

“Cada nación tiene el derecho soberano para poner en práctica programas relacionados y actividades consistentes con sus leyes y políticas. No existe un derecho internacional para abortar, ni existe ninguna obligación por la parte de los Estados Unidos para financiar o facilitar el aborto,” añadía la declaración.

A pesar de la inusualmente fuerte declaración pro-vida, la administración Trump realmente se contuvo y promovió solamente unas pocas enmiendas menores pro-vida en las resoluciones de la ONU sobre la infancia y la juventud. Ninguna enmienda fue propuesta en varias resoluciones acerca de las mujeres que incluían los mismos términos controvertidos.

Esta inconsistencia, combinada con el número limitado de diplomáticos de los EEUU comprometidos con la causa pro-vida, probablemente dejaron a los países que podían ser más simpatizantes con los EEUU vulnerables a la presión de la UE. La UE, a diferencia de los EEUU, tiene un enfoque sistémico consistente de la “salud sexual y reproductiva” en todas las resoluciones. La UE también respalda su diplomacia en la ONU con presión y ayuda financiera e incentivos a capitales extranjeros. A pesar de esta desigualdad en potencia diplomática, los EEUU tuvieron el apoyo de treinta países.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Hablemos de la familia

En estas fechas, hoy concretamente, hablar de la familia es un lugar común, y una experiencia básica compartida.

La persona no está sola en familia y la familia no está sola en un mundo en el que se impone la soledad. Está la Iglesia.

Por cierto que en un pasado no muy lejano, en la Iglesia en España, en estos días se hablaba, y mucho, sobre la familia, sobre “la novedad del Evangelio de la Familia”.

El Vaticano II dice que “la Iglesia considera el servicio a la familia una de sus tareas esenciales. En este sentido, tanto el hombre como la familia constituyen  “el camino de la Iglesia””(Carta a las familias, 2).

Benedicto XVI, en el encuentro con los sacerdotes y diáconos de la diócesis de Roma, el jueves 2 de marzo de 2006, dio un paso más y, en la espontaneidad del diálogo y desde la serenidad del pensamiento, señaló que “no hay verdadero progreso sin esta comunidad de vida y, asimismo, no es posible sin el elemento religioso. (…) Lo vemos hoy. Sólo la fe en Cristo, sólo la participación en la fe de la Iglesia salva a las familias; y, por otra parte, la Iglesia sólo puede vivir si se salva la familia”. “La fe –afirmó - no es una teoría que se puede seguir o abandonar. Es algo muy concreto: es el criterio que decide nuestra vida” (23-1-2006).

Enric Barrull Casals

 

 

El discurso de “Navidad” que iniciara Franco y…

 

            Que han seguido sus sucesores, más o menos con, “los mismos tintes”; puesto que, “al pueblo hay que pintarle y brochearle con la máxima suavidad para que vea que vivimos en uno de los mejores lugares del mundo-mundial; y más o menos y como hacía su padre, ha hecho el actual rey constitucional, Felipe VI, en esta Navidad”; y al que cada año, yo procuro verlo y oírlo, para ver cómo, “nos canta las bondades y soslaya la realidad, puesto que al rey, no le dejan que se moje, ya que entiendo que él no es el que escribe estos discursos, sino que se los dan escritos, para que los lea, se empape bien, y los desarrolle en el tiempo necesario, que requiera la escenificación correspondiente cada año, siguiendo la tramoya de los teatros”.

            En todo discurso político (y éste lo es en profundidad) el que lo da o pronuncia, elude “todo lo espinoso de la realidad”, y lo cubre, con esas palabras agradables y pausadas que son empleadas, puesto que tocar y hablar de “la verdad”; no es político y menos conveniente, sencillamente, por cuanto… “La verdad es la herida que más duele y no cicatriza”; y la verdad de España no era lo que decía Franco en sus discursos, y que igualmente han continuado sus sucesores, que tan poco la abordan, con la crudeza que requieren “los tiempos”.

            Yo, la “nochebuena”, quedaba maravillado, al ir oyendo al monarca, en ese discurso tranquilo y sosegado, pero eludiendo la realidad de un país, nación, “u lo que ya seamos el conglomerado de españoles y sus tierras”; puesto que al irlo oyendo, me imaginaba que nos situaba “en un país de las maravillas o de casi Jauja”; y donde las tierras, todas fértiles y cultivadas, producían un bienestar envidiable y cuasi bucólico, donde los rebaños pactaban en prados o pastos jugosos, los pastores y pastoras, vivían felices en sus campos y pueblos; y los que contentos de su vida, luego regresaban a danzar felices en sus apacibles lares; donde sus proles nacían abundantes, sanas, bien educadas y con el porvenir asegurado, o resuelto sin problemas insolubles, o sea, “un cuento de hadas y el que de niños, nos llenaba de felicidad, imaginando aquellos personajes de fábula”. Pero no. España hoy es un país, cabreado en demasía, convulso, en lucha abierta por facciones, que se olvidan totalmente “lo español” y van a su medro, o por decirlo más claro aún, “a su panza y su bolsillo”; y “tiran para adelante como burros o bueyes de carga, sin arriero; y salga el sol por Antequera o por la isla del Hierro”; a ellos sólo les preocupa su negocio inmediato; y ni se les ocurre pensar ni en el presente y menos aún en el porvenir; y esa es para mí (hoy) la tierra donde vine a nacer en este planeta.

            Los españoles estamos ya no solo hartos, sino hastiados, de discursos, “elaborados con el cuidado que emplea el mejor de los joyeros” y que luego no sirven para nada. Lo que queremos (porque lo necesitamos) son verdaderos hombres y mujeres de Estado (estadistas); que sepan encauzar de una puñetera vez, este muy rico territorio, siempre saqueado, por quienes en definitiva, no saben administrar, ni un puesto de chucherías, instalado en un apeadero ferroviario.

HISTORIA DE ESTOS DISCURSOS:

                “La tradición del discurso navideño fue comenzada por el dictador, Francisco Franco, quien se dirigió por primera vez en la Nochevieja de 1937 a los «combatientes de España por la causa». Esa tradición se instauró de forma anual (excepto entre 1940 y 1945, en que no hubo discurso) y desde 1946 hasta 1974, dio un discurso cada fin de año, para mandar un mensaje a los españoles. El último sería en 1974, en el cual envió su «más cordial mensaje de felicitación navideña» en la que, entre otros asuntos, apeló a la unidad de la nación. Franco falleció el 20 de noviembre de 1975, y el siguiente discurso fue realizado por el ya rey Juan Carlos I. Éste, como contó el periodista Ramón Pérez-Maura, creyó que había que alejarse de él y trasladó la tradición al 24 de diciembre, día de Nochebuena.

El discurso continúa hoy en día siendo una tradición cada Nochebuena, en la que el monarca hace un balance de la situación económica, política, social y cultural del Reino, aludiendo siempre a la unidad de España y al diálogo. Con la abdicación del rey Juan Carlos, desde 2014 es su hijo, el rey Felipe VI, quien continúa dicha tradición”.

            Yo, entiendo que, si de 1940 y 1945 no hubo discurso, fue por que aquellos eran “los terribles años del hambre y tantas otras grandes miserias que atenazaban a la mayoría de españoles que sufrimos las terribles consecuencias de aquella horrorosa guerra civil, que digan lo que digan, “la perdió España entera por cuanto de decadencia hubo tras ella y que sólo sabemos los que tuvimos que soportarla”. Esperemos que, “las cuestas abajo que nos hacen rodar, no nos lleven de nuevo a situaciones como aquella y de las que la horrible historia de España, está bastante llena”. Amén.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

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