Las Noticias de hoy 4 Marzo 2020

Enviado por adminideas el Mié, 04/03/2020 - 11:54
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 04 de marzo de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Videomensaje del Papa: “Celebremos juntos la ‘Semana Laudato Si’”

Retiro cuaresmal: “Significado del nacimiento” y “vocación”, temas de reflexión

CONFESAR LOS PECADOS: Francisco Fernandez Carbajal

“Tú eres sal, alma de apóstol”: San Josemaria

Examen de conciencia para la confesión (adultos)

Laicos: santos en medio del mundo: Mons. Mariano Fazio

Nuevos Mediterráneos (I): «Aquella primera oración de hijo de Dios»: Lucas Buch

Meditación para los cuarenta días: Sheila Morataya

Mujeres iluminando al mundo: encuentra.com

Papa da ideas sobre cómo vivir la Cuaresma: ayuno de televisión, celular y de críticas: primeroscristianos

¿Quién decide la educación de nuestros hijos?: Lourdes Ruano Espina

Dur désir de durer: Enrique García-Máique

La alegría de cada hijo: ​ Ángel Cabrero Ugarte 

¿Cómo vives tu trabajo?: Lucía Legorreta​ 

El gran pánico y el coronavirus: Acción Familia

A pesar de todo siguen teniendo ideas claras: Juan García. 

Judas ¿también hoy?: Pedro García

Manos Unidas: Jaume Catalán Díaz

Alarma en la enseñanza concertada en Cataluña: Suso do Madrid

Surge la esperanza… “los biodegradables” : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Videomensaje del Papa: “Celebremos juntos la ‘Semana Laudato Si’”

“Cuidemos la creación”

MARZO 03, 2020 12:33LARISSA I. LÓPEZPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 3 de marzo 2020).- “Cuidemos la creación, don de nuestro buen Dios Creador. Celebremos juntos la Semana Laudato Si’”.

Con estas palabras y para celebrar 5º aniversario de la Encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco invita a las comunidades católicas a participar en la Semana Laudato Si’ del 16 al 24 de mayo.

Involucar a los católicos

Esta iniciativa coincide, efectivamente, con el 5º aniversario de la Laudato Si’ y busca involucrar a los 1.300 millones de católicos de todo el mundo en acciones concretas para proteger la casa común.

De acuerdo a una nota difundida por Movimiento Católico Mundial por el Clima, con cerca de un sexto de la población mundial organizada en más de 220.000 parroquias en todo el mundo, la Iglesia Católica desempeña un papel único y vital para hacer frente a la crisis ambiental.

Protección de la creación

En su video, el Papa Francisco reflexiona sobre la protección de la Creación como tema central de su papado y anima a los fieles a participar en dicho acontecimiento:” ¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo? (cfr Laudato si’, 160)”, expone.

“Motivado por esa pregunta, quisiera invitarlos a participar en la Semana Laudato si’, del 16 al 24 de mayo del 2020. Es una campaña global en ocasión del 5º aniversario de la Carta Encíclica Laudato Si’ sobre el cuidado de la casa común”, insiste.

Finalmente, el Papa renovó su “llamado urgente a responder a la crisis ecológica. ‘El clamor de la tierra y el clamor de los pobres’ no dan para más” .

Encíclica Laudato Si’

Publicada en 2015, la Encíclica del Papa Francisco Laudato Si’  ha inspirado la oración y la acción para proteger el medio ambiente en miles de comunidades católicas y ha dado un nuevo impulso al movimiento católico para cuidar la creación, señala la citada nota.

Sin embargo, los análisis científicos revelan que el ritmo del cambio climático y de las extinciones masivas sigue aumentando. Se necesitan urgentemente mayores esfuerzos para hacer frente a este desafío.

En este contexto, el Santo Padre y el Dicasterio del Vaticano para el Servicio de Desarrollo Humano Integral animan a las comunidades católicas a reflexionar sobre sus acciones hasta la fecha y, por lo tanto, a dar el siguiente paso. Estas acciones ambiciosas variarán de una comunidad a otra; las sugerencias para acciones de alto impacto están disponibles en el sitio web de la Semana Laudato Si.

Quinto aniversario

El 5º aniversario de Laudato Si’ coincide con los principales acontecimientos que tendrán lugar antes de finales de año. En noviembre, en la 26ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, los países tendrán que anunciar sus planes para alcanzar los objetivos del acuerdo climático de París.

En octubre se celebrará también la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Bodiversidad, durante la cual el mundo tendrá la oportunidad de establecer importantes objetivos para proteger la creación.

“El Papa Francisco nos pide que volvamos al corazón de lo que somos como cristianos: personas que aman a sus vecinos como nosotros mismos. La catástrofe climática está aumentando el riesgo de hambre, enfermedades y conflictos para nuestros vecinos más vulnerables. Cada minuto que pasamos calentando el planeta es una tragedia para los más vulnerables. El Papa Francisco nos hace un urgente llamado a actuar aquí y ahora de acuerdo a los valores de nuestra fe”, explicó Tomás Insua, director ejecutivo del Movimiento Católico Mundial por el Clima.

 

 

 

Retiro cuaresmal: “Significado del nacimiento” y “vocación”, temas de reflexión

Predicaciones del 2 de marzo

MARZO 03, 2020 15:38CHRISTIAN VALLEJOPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 3 marzo 2020).- El significado del nacimiento y la vocación han sido los temas de las dos primeras meditaciones del padre Bovati en el retiro de Cuaresma en Ariccia, Italia.

El Papa Francisco lo ha seguido desde la Casa de Santa Marta al no poder participar personalmente a causa de un resfriado, tal y como informa Vatican News.

“Quiénes somos”

​La mañana del 2 de marzo de 2020, el padre Bovati , predicador de estos Ejercicios Espirituales, comenzó su intervención en la Casa del Divino Maestro en Ariccia resaltando que debemos “meditar sobre cómo venimos al mundo, en nuestra relación con Dios y con las cosas, constituye el principio y fundamento de nuestra vida espiritual”.

De este modo, lo que realmente necesitamos es “entender quiénes somos”, yendo al “origen del prodigio de nuestro nacimiento” y meditando sobre el propio génesis y sentido de la existencia.

Jesús y Moisés

Posteriormente, señala el medio vaticano, el predicador se introdujo en la reflexión de dos nacimientos antiguos, el de Moisés y el de Jesús. En sus vidas se revela el misterioso significado de nuestra venida al mundo: “estamos constituidos como hijos prodigiosamente donados por el amor eterno de Dios”.

Al referirse a la figura de Moisés, dado que la Sagrada Escritura expone que en el vientre de cada mujer es Dios mismo quien forma el feto y le da el aliento de vida, apuntó que “esta ardiente imagen de Dios tiene el mérito de hacernos comprender que toda existencia humana es una obra querida por el Creador, siempre deseada y realizada por Él en el tiempo establecido”.

Fuimos salvados

Por otro lado, como Moisés, que sobrevivió a la muerte de pequeño, recordó que “nosotros también nacimos como fruto de una manifestación extraordinaria, un conjunto de causas inimaginables, pero guiadas por el plan de Dios. Y fuimos salvados. Podríamos haber muerto muchas veces, podríamos habernos perdido. Y estos son sólo los rastros, los signos de un maravilloso plan para nosotros”.

“Esta experiencia debe ser leída más bien como un evento de amor, porque alguien nos salvó, sacándonos de la amenaza de muerte, del vórtice de las aguas, en algunos casos de muerte física, en otros de muerte espiritual”, continuó. Además, sostuvo que “el hecho de ser salvado es la experiencia de haber sido amado por personas concretas”, ya que, “fuimos adoptados por nuestros padres”.

La genealogía

En este sentido, el jesuita recomendó que en Cuaresma saquemos “nuestra genealogía a través de la oración y, en ella, ver los rostros de aquellos que me amaron y ayudaron, porque en esos rostros, como signos, se manifiesta la voluntad providencial de Dios hacia mí”.

Por último, subrayó que si bien en la historia de Moisés son sobre todo las mujeres las que intervienen en su infancia “para mostrar la presencia activa de Dios”, en la historia de Jesús “es un hombre, José, el que toma este papel”. Y es el ejemplo de José el que “debe guiar nuestras decisiones” con la fuerza de su “dócil, predispuesta y humilde obediencia a la voz de Dios”.

Encuentro con Dios

​En la segunda meditación, por otro lado, el padre Bovati definió la vocación como “el encuentro decisivo en el que Dios nos ha hablado” y en el que decidimos obedecer su elección.

Después, destacó que “Dios siempre está trabajando para guiar a la persona al descubrimiento de una dimensión superior de la vida, de una donación más útil, un servicio más útil para los hermanos y hermanas. Dios llama en la vida, en esa historia concreta en la que, de algún modo de puede ver una parte de esa llamada. Dios llama en la vida, incluso en sus aspectos de sentido y esfuerzo, que son las condiciones para aspirar, tal vez inconscientemente, a una realidad más alta: lo que Dios, y sólo Él, es capaz de revelar y cumplir”.

Dios llama por sorpresa

Poniendo como ejemplo la llamada del Señor a Moisés, que no comprendía el significado de la zarza ardiendo y lo que se le reveló, el padre indicó que la ignorancia y la no conciencia “constituyen la matriz esencial para comprender lo que es realmente la vocación en su dimensión profética, es decir, que siempre es una revelación de Dios, no una lúcida autoconciencia, no una autodeterminación”.

Y agregó que la llamada de Dios se produce “en una condición humana, en una persona no preparada; sucede como una sorpresa, como un evento inesperado que aparentemente sucedió de manera inesperada”, una sorpresa que relaciona directamente con “la marca” de Dios.

Elección personal

​Asimismo, aclaró que la vocación “es siempre una elección que viene del corazón del individuo y nunca es el asentimiento a un grupo, a algo que se determina de manera colectiva, como una especie de ola en la que se participa sin una responsabilidad personal y decisiva”.

En el caso de Pedro, el apóstol también se transforma por la adhesión a Dios: “Él, débil, incierto, se convierte en la roca en la que se apoya la propia Iglesia, se convierte en el principio de la solidez en la fe para ayudar a sus hermanos y hermanas a superar todos los escollos del diablo, todos los poderes del inframundo que se desatarán”, describió.

Finalmente, el padre Bovati se dirigió a la Curia: “A nosotros se nos ha pedido ser como Pedro, pero debemos seguir al Señor, seguirlo de verdad”, en su camino de la Pasión y la Cruz.

 

 

CONFESAR LOS PECADOS

— La Confesión, un encuentro con Cristo.

— Al sacramento de la Penitencia vamos a pedir perdón por nuestros pecados. Cualidades de una buena Confesión: «concisa, concreta, clara y completa».

— Luces y gracias que recibimos en este sacramento. Importancia de las disposiciones interiores.

I. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas1, leemos en la Antífona de entrada de la Misa.

La Cuaresma es un tiempo oportuno para cuidar muy bien el modo de recibir el sacramento de la Penitencia, ese encuentro con Cristo, que se hace presente en el sacerdote; encuentro siempre único, y siempre distinto. Allí nos acoge como Buen Pastor, nos cura, nos limpia, nos fortalece. Se cumple en este sacramento lo que el Señor había prometido a través de los Profetas: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y yo mismo las llevaré a la majada. Buscaré a la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré a la herida y curaré la enferma, y guardaré las gordas y robustas2.

Cuando nos acercamos a este sacramento debemos pensar ante todo en Cristo. Él debe ser el centro del acto sacramental. Y la gloria y el amor a Dios han de contar más que nuestros pecados. Se trata de mirar mucho más a Jesús que a nosotros mismos; más a su bondad que a nuestra miseria, pues la vida interior es un diálogo de amor en el que Dios es siempre el punto de referencia.

El hijo pródigo que vuelve –eso somos nosotros cuando decidimos confesarnos– inicia el camino del retorno movido por la triste situación en la que se encuentra, sin perder nunca la conciencia de su pecado: No soy digno de ser llamado hijo tuyo; pero conforme se acerca a la casa paterna va reconociendo con cariño todas las cosas del hogar propio, del hogar de siempre. Y ve en la lejanía la figura inconfundible de su padre que se dirige hacia él. Esto es lo importante: el encuentro. Cada Confesión contrita es «un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro en la propia verdad interior, turbada y transformada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo, y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo han dejado de gustar»3. Nosotros hemos de procurar que sientan, que experimenten esa nostalgia de Dios y se acerquen a Él, que les espera.

Debemos sentir deseos de encontrarnos a solas con el Señor lo antes posible, como lo desearían sus discípulos después de unos días de ausencia, para descargar en Él todo el dolor experimentado al comprobar las flaquezas, los errores, las imperfecciones, los pecados, tanto al desempeñar nuestros deberes profesionales como en la relación con los demás, en la actividad apostólica, en la misma vida de piedad.

Este empeño por centrar la Confesión en Cristo es importante para no caer en la rutina, para sacar del fondo del alma aquellas cosas que son las que más pesan y que solo saldrán a la superficie a la luz del amor a Dios. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas.

II. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado4.

Muchas veces a lo largo de nuestra vida hemos pedido perdón, y muchas veces nos ha perdonado el Señor. Al finalizar cada día, cuando hacemos recuento de nuestras obras, podríamos decir: Misericordia, Dios mío... Cada uno de nosotros sabe cuánto necesita de la misericordia divina.

Así acudimos a la Confesión: a pedir la absolución de nuestras culpas como una limosna que estamos lejos de merecer. Pero vamos con confianza, fiados no en nuestros méritos, sino en Su misericordia, que es eterna e infinita, siempre dispuesta al perdón: Señor, Tú no desprecias un corazón quebrantado y humillado5Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies.

Él solo nos pide que reconozcamos nuestras culpas con humildad y sencillez, que reconozcamos nuestra deuda. Por eso, a la Confesión vamos, en primer lugar, a que nos perdone quien está en lugar de Dios y haciendo sus veces. No tanto a que nos comprendan, a que nos alienten. Vamos a pedir perdón. Por eso, la acusación de los pecados no consiste en la simple declaración de los mismos, porque no se trata de un relato histórico de las propias faltas, sino de una verdadera acusación de ellas: Yo me acuso de... Es, a la vez, una acusación dolorida de algo que desearíamos que no hubiese ocurrido nunca, y en la que no caben las disculpas con las que disimular las propias faltas o disminuir la responsabilidad personal. Señor..., por tu inmensa compasión, borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

San Josemaría Escrivá, con criterio sencillo y práctico, aconsejaba que la Confesión fuese concisa, concreta, clara y completa.

Confesión concisa, de no muchas palabras: las precisas, las necesarias para decir con humildad lo que se ha hecho u omitido, sin extenderse innecesariamente, sin adornos. La abundancia de palabras denota, en ocasiones, el deseo, inconsciente o no, de huir de la sinceridad directa y plena; para evitarlo, hay que hacer bien el examen de conciencia.

Confesión concreta, sin divagaciones, sin generalidades. El penitente «indicará oportunamente su situación y también el tiempo de su última confesión, sus dificultades para llevar una vida cristiana»6, declara sus pecados y el conjunto de circunstancias que hacen resaltar sus faltas para que el confesor pueda juzgar, absolver y curar7.

Confesión clara, para que nos entiendan, declarando la entidad precisa de la falta, poniendo de manifiesto nuestra miseria con la modestia y delicadeza necesarias.

Confesión completa, íntegra. Sin dejar de decir nada por falsa vergüenza, por «no quedar mal» ante el confesor.

Revisemos si al prepararnos, en cada ocasión, para recibir este sacramento procuramos que lo que vamos a decir al confesor tenga estas características anteriormente descritas.

III. «La Cuaresma es un tiempo particularmente adecuado para despertar y educar la conciencia. La Iglesia nos recuerda precisamente en este período la necesidad inderogable de la Confesión sacramental, para que todos podamos vivir la resurrección de Cristo no solo en la liturgia, sino también en nuestra propia alma»8.

La Confesión nos hace participar en la Pasión de Cristo y, por sus merecimientos, en su Resurrección. Cada vez que recibimos este sacramento con las debidas disposiciones se opera en nuestra alma un renacimiento a la vida de la gracia. La Sangre de Cristo, amorosamente derramada, purifica y santifica el alma, y por su virtud el sacramento confiere la gracia –si se hubiera perdido– o la aumenta, aunque en grados diferentes, según las disposiciones del penitente. «La intensidad del arrepentimiento es, a veces, proporcionada a una mayor gracia que aquella de la que cayó por el pecado; a veces, igual; a veces, menor. Y por lo mismo, el penitente se levanta en unas ocasiones con mayor gracia de la que tenía antes; otras, con igual gracia; y a veces, con menor. Y lo mismo hay que decir de las virtudes que dependen y siguen a la gracia»9.

En la Confesión, el alma recibe mayores luces de Dios y un aumento de sus fuerzas –gracias particulares para combatir las inclinaciones confesadas, para evitar las ocasiones de pecar, para no reincidir en las faltas cometidas...– para su lucha diaria. «Mira qué bueno es Dios y qué fácilmente perdona los pecados; no solo devuelve lo perdonado sino que concede cosas inesperadas»10 ¡Cuántas veces las mayores gracias las hemos recibido después de una Confesión, después de haberle dicho al Señor que nos hemos portado mal con Él! Jesús da siempre bien por mal, para animarnos a ser fieles. El castigo que merecemos por nuestros pecados –como el que merecían los habitantes de Nínive, que hoy se nos narra en la Primera lectura de la Misa11– es borrado por Dios cuando ve nuestro arrepentimiento y nuestras obras de penitencia y desagravio.

La Confesión sincera de nuestras culpas deja siempre en el alma una gran paz y una gran alegría. La tristeza del pecado o de la falta de correspondencia a la gracia se torna gozo. «Quizá los momentos de una Confesión sincera figuran entre los más dulces, más confortantes y más decisivos de la vida»12.

«Ahora comprendes cuánto has hecho sufrir a Jesús, y te llenas de dolor: ¡qué sencillo pedirle perdón, y llorar tus traiciones pasadas! ¡No te caben en el pecho las ansias de reparar!

»Bien. Pero no olvides que el espíritu de penitencia está principalmente en cumplir, cueste lo que cueste, el deber de cada instante»13.

1 Antífona de entrada. Sal 24, 6. — 2 Ez, 34, 15-16. — 3 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, 31, III. — 4 Salmo responsorial. Sal 50, 4. — 5 ídem. — 6 Pablo VI, Ordo Paenitentiae, 16. — 7 Cfr. Ibídem. — 8 Juan Pablo II, Carta a los fieles de Roma, 28-II-1979. — 9 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 89, a. 2c. — 10 San Ambrosio, Trat. sobre el Evangelio de San Lucas, 2, 73. — 11 Primera lectura, Jon 3, 1-10. — 12 Pablo VI, Alocución, 27-II-1975. — 13 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, Rialp, Madrid 1981, IX, 5.

 

 

“Tú eres sal, alma de apóstol”

Tú eres sal, alma de apóstol. -"Bonum est sal" -la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, "si autem sal evanuerit" -pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil. Tú eres sal, alma de apóstol. -Pero, si te desvirtúas... (Camino, 921)

4 de marzo

Los católicos hemos de andar por la vida como apóstoles: con luz de Dios, con sal de Dios. Sin miedo, con naturalidad, pero con tal vida interior, con tal unión con el Señor, que alumbremos, que evitemos la corrupción y las sombras, que repartamos el fruto de la serenidad y la eficacia de la doctrina cristiana. (Forja, 969)

En momentos de desorientación general, cuando clamas al Señor por ¡sus almas!, parece como si no te oyera, como si se hiciera sordo a tus llamadas. Incluso llegas a pensar que tu trabajo apostólico es vano.

–¡No te preocupes! Sigue trabajando con la misma alegría, con la misma vibración, con el mismo afán. –Déjame que insista: cuando se trabaja por Dios, ¡nada es infecundo! (Forja, 978)

Hijo: todos los mares de este mundo son nuestros, y allí donde la pesca es más difícil es también más necesaria. (Forja, 979)

Con tu doctrina de cristiano, con tu vida íntegra y con tu trabajo bien hecho, tienes que dar buen ejemplo, en el ejercicio de tu profesión, y en el cumplimiento de los deberes de tu cargo, a los que te rodean: tus parientes, tus amigos, tus compañeros, tus vecinos, tus alumnos... –No puedes ser un chapucero. (Forja, 980)

 

Examen de conciencia para la confesión (adultos)

Ofrecemos una serie de preguntas que pueden ayudar a realizar el examen de conciencia personal previo a la confesión. Esta versión está dirigida a adultos.

DE LA IGLESIA Y DEL PAPA22/03/2019

Amarás a Dios sobre todas las cosas...

- ¿Creo todo lo que Dios ha revelado y nos enseña la Iglesia Católica? ¿He dudado o negado las verdades de la fe católica?

- ¿Hago con desgana las cosas que se refieren a Dios? ¿Me acuerdo del Señor a lo largo del día? ¿Rezo en algún momento de la jornada?

- ¿He recibido al Señor en la Sagrada Comunión teniendo algún pecado grave en mi conciencia? ¿He callado en la confesión por vergüenza algún pecado mortal?

- ¿He blasfemado? ¿He jurado sin necesidad o sin verdad? ¿He practicado la superstición o el espiritismo?

- ¿He faltado a Misa los domingos o días festivos? ¿He cumplido los días de ayuno y abstinencia?

… y al prójimo como a ti mismo.

- ¿Manifiesto respeto y cariño a mis familiares? ¿estoy pendiente y ayudo en el cuidado de mis padres o familiares si lo necesitan? ¿Soy amable con los extraños y me falta esa amabilidad en la vida de familia? ¿tengo paciencia?

- ¿Permito que mi trabajo ocupe tiempo y energías que corresponden a mi familia o amigos? Si estoy casado, ¿he fortalecido la autoridad de mi cónyuge, evitando reprenderle, contradecirle o discutirle delante de los hijos?

- ¿Respeto la vida humana? ¿He cooperado o alentado a alguien a abortar, destruir embriones, a la eutanasia o cualquier otro medio que atente contra la vida de seres humanos?

- ¿Deseo el bien a los demás, o albergo odios y realizo juicios críticos? ¿He sido violento verbal o físicamente en familia, en el trabajo o en otros ambientes? ¿He dado mal ejemplo a las personas que me rodean? ¿Les corrijo con cólera o injustamente?

- ¿Procuro cuidar mi salud? ¿He tomado alcohol en exceso? ¿He tomado drogas? ¿He arriesgado mi vida injustificadamente (por el modo de conducir, las diversiones, etc.)?

- ¿He mirado vídeos o páginas web pornográficas? ¿Incito a otros a hacer el mal?

- ¿Vivo la castidad? ¿He cometido actos impuros conmigo mismo o con otras personas? ¿He consentido pensamientos, deseos o sensaciones impuras? ¿Vivo con alguien como si estuviéramos casados sin estarlo?

- Si estoy casado, ¿he cuidado la fidelidad matrimonial? ¿procuro amar a mi cónyuge por encima de cualquier otra persona? ¿Pongo mi matrimonio y mis hijos en primer lugar? ¿Tengo una actitud abierta a nuevas vidas?

- ¿He tomado dinero o cosas que no son mías? ¿En su caso, he restituido o reparado?

- ¿Procuro cumplir con mis deberes profesionales? ¿Soy honesto? ¿He engañado a otros: cobrando más de lo debido, ofreciendo a propósito un servicio defectuoso?

- ¿He gastado dinero para mi comodidad o lujo personal olvidando mis responsabilidades hacia otros y hacia la Iglesia? ¿He desatendido a los pobres o a los necesitados? ¿Cumplo con mis deberes de ciudadano?

- ¿He dicho mentiras? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse? ¿He descubierto, sin causa justa, defectos graves de otras personas? ¿He hablado o pensado mal de otros? ¿He calumniado?


- Volver a La Confesión: una guía paso a paso

Examen de conciencia para niños

 

Examen de conciencia para jóvenes

Los tres exámenes de conciencia para la Confesión, en un solo archivo.

En ocasiones, es nuestra propia vida la que parece bloquearse, torcerse, fruto de una decisión equivocada o de un mal paso… ¿Y quién no desearía contar entonces con la posibilidad de empezar de cero? Esa posibilidad existe gracias a RESET, un reportaje multimedia con varias historias sobre la bondad de acudir al sacramento del Perdón, para alcanzar la certeza de que Dios nos perdona y nos anima a volver a empezar.

 

 

Laicos: santos en medio del mundo

"El laico es quien de modo natural está siempre en “salida”, pues está ahí donde está la gente, y es ese su primer y más importante espacio de evangelización". Así lo afirma Mons. Mariano Fazio, en un artículo publicado en la revista Mundo Cristiano.

REVISTA DE PRENSA03/03/2020

Descargue el artículo de Mundo Cristiano en pdf

Solo un millón de los 1.300 millones de católicos que hay en el mundo no son laicos. Pero a lo largo de la historia quizá no se ha reflexionado lo suficiente sobre la condición de la inmensa mayoría de los fieles.

Los obispos españoles quieren ofrecer una ocasión para profundizar sobre la responsabilidad y la misión de los laicos. Para ello, del 14 al 16 de febrero, han convocado en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo de Madrid un Congreso Nacional de Laicos, bajo el lema “Pueblo de Dios en salida”.

Mundo Cristiano ha seguido con particular interés esta convocatoria, que pretende “impulsar la conversión pastoral y misionera del laicado”. Como contribución a esta reflexión, ofrecemos en estas páginas una autorizada opinión sobre la condición del laico y la santificación en medio del mundo, a cargo de monseñor Mariano Fazio, vicario auxiliar del Opus Dei.

Junto a sus palabras, presentamos la opinión de seis laicos, de distinta profesión y condición, quienes responden a una doble cuestión: ¿Qué puede aportar el próximo congreso a los laicos? ¿Qué necesitan por parte de la Iglesia?

Al inicio de este milenio, san Juan Pablo II definió el plan pastoral de la Iglesia para los futuros siglos. Se podría resumir en una palabra: santidad. El Papa Francisco dedicó una entera exhortación apostólica a la santidad. Tanto el uno como el otro han mirado siempre hacia el Concilio Vaticano II, que tiene como uno de sus puntos focales la llamada universal a la santidad.

Todos estamos llamados a seguir a Cristo, a imitarlo, pues en eso precisamente consiste la santidad. Todos los bautizados compartimos esta llamada y, al mismo tiempo, los distintos fieles tienen en la Iglesia una misión específica. Los miembros de la Jerarquía –obispos, sacerdotes, diáconos– tienen como misión enseñar con autoridad la Palabra de Dios, apacentar a los fieles y celebrar el culto divino; los religiosos, recordar al mundo las realidades escatológicas a través de su vida consagrada; los laicos, santificarse en el seno de las estructuras temporales, en medio del mundo. Después del Concilio y del magisterio de los últimos Papas ya nadie puede pensar que la santidad está reservada a los sacerdotes o a los religiosos: todos hemos recibido, en virtud del bautismo, esta vocación a la plenitud de la vida cristiana.

En la actualidad hablamos mucho de la necesidad de una “Iglesia en salida”. “Salir” tiene múltiples significados, bíblicos, espirituales, etc., como, por ejemplo, salir de la propia tierra, de la zona de confort, de estructuras oxidadas, de una actitud defensiva… e ir al encuentro de la gente. Podemos preguntarnos: ¿dónde está la gente? La respuesta es obvia: la encontramos en las familias, en los ambientes de trabajo, en el entramado de las relaciones sociales... Desde esta óptica, podríamos decir que el laico es quien de modo natural está siempre en “salida”, pues está ahí donde está la gente, y es ese su primer y más importante espacio de evangelización. No hay que penetrar en las estructuras temporales, pues el laico ya se encuentra allí, como su hábitat natural.

Redescubrir el bautismo

En una carta de hace unos años, el Papa escribía que “mirar al Pueblo de Dios es recordar que todos ingresamos en la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, [los fieles] quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo. Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo” (Carta al cardenal Ouellet, 2016).

El bautismo es fuerza de salvación y envío. Como el Big bang, quien lo recibe inicia algo nuevo –la vida en Cristo– destinado a expandirse hacia los demás en la Historia y en la pequeña historia de cada uno. El lugar de “expansión” de los laicos es el mundo en todas sus dimensiones, es decir, en la vida familiar, en los ambientes de trabajo, en los espacios públicos. La gracia del bautismo es la que impulsa ese movimiento.

UN POTENCIAL IRRENUNCIABLE EN NUESTROS ANHELOS POR LLEVAR A CRISTO A TODAS LAS PERSONAS

En aquella misma carta, refiriéndose a ciertos eslóganes, Francisco añadía: “Recuerdo ahora la famosa expresión: ‘es la hora de los laicos’ pero pareciera que el reloj se ha parado”. Y es cierto, parece como si la mayoría de los fieles laicos no sintiera todavía el protagonismo de ser hijos de Dios y su responsabilidad de iluminar con el evangelio hasta los últimos repliegues de su vida cotidiana. Quizá los pastores tampoco hayamos caído del todo en la cuenta del inmenso potencial de santidad y evangelización de los hombres y mujeres laicos, que han de desarrollar desde su libertad e iniciativa; un potencial irrenunciable en nuestros anhelos por llevar a Cristo a todas las personas. Redescubrir el papel del laico en la Iglesia precisa de un cambio de mentalidad muy grande. El punto de partida nos llevaría a regresar al bautismo y a su primera consecuencia: la llamada a identificarnos con Cristo, a ser santos.

Comentando la doctrina del Concilio Vaticano II, san Josemaría afirmaba que “la específica participación del laico en la misión de la Iglesia consiste precisamente en santificar ab intra(desde dentro) –de manera inmediata y directa– las realidades seculares, el orden temporal, el mundo”(Conversaciones). A veces se tiende a pensar en el “laico” como en aquel que tiene algún cargo de responsabilidad en las estructuras eclesiales o el que cumple unas funciones litúrgicas.

Nadie duda de la importancia y de la necesidad de esos servicios, pero su misión en la Iglesia es, fundamentalmente, hacer presente a Dios en las estructuras temporales, en las encrucijadas sociales, en medio del mundo. En este proceso de cambio de mentalidad, siempre hemos de estar atentos ante la tentación de “clericalizar” al laico, evadiendo los desafíos de formación y de acompañamiento que este paradigma supone, para tomar caminos más cortos pero tal vez menos efectivos.

Es imposible describir todos los escenarios donde los laicos se encuentran y donde tantos buscan a Dios. Unos pocos tendrán funciones en la vida pública y política. La figura de santo Tomás Moro, proclamado por san Juan Pablo II como patrono de los gobernantes y de los políticos durante el jubileo del año 2000, es paradigmática de hasta dónde puede llegar el ejemplo de un laico en la política: su integridad, su fortaleza, su buen humor, es una gran inspiración para numerosos políticos y servidores públicos de nuestros días. Como estadista – recordaba el papa polaco– “se puso siempre al servicio de la persona, especialmente del débil y del pobre; los honores y las riquezas no hicieron mella en él, guiado como estaba de un distinguido sentido de la equidad. Sobre todo, él no aceptó nunca ir contra la propia conciencia, llegando hasta el sacrificio supremo con tal de no desoír su voz”.

La mayoría de los laicos viven ajenos a la política o a la función pública en sentido estricto, pero no son –no pueden ser– indiferentes a los retos de la sociedad ni a los nuevos estilos de vida. No son “personajes públicos”: son hombres y mujeres corrientes que tratan, en sus familias, profesiones y ámbitos sociales en los que se desempeñan, de dejar la huella de Dios. Me detendré brevemente en tres dimensiones propias del laicado que parecen especialmente significativos: la familia, el trabajo profesional y los estilos de vida.

Familia, trabajo, estilos de vida

Desde hace siglos, la familia ha sido la mayor fuerza transmisora de la fe. Constituye el primer espacio de responsabilidad de los laicos, donde la labor evangelizadora acontece fundamentalmente a través del testimonio de una vida de cristianos coherentes, y no tanto por medio de grandes razonamientos, aunque estos serán necesarios a medida en que los hijos maduran. Además de unos contenidos formativos y unas costumbres de piedad cristiana, se transmite también en el seno familiar una visión de la persona humana que, al menos en las sociedades secularizadas, aparece cada vez más difuminada y minoritaria.

CRISTO ENTREGA SU VIDA POR LOS DEMÁS Y ASÍ HEMOS DE IMITAR A CRISTO

¿En qué consiste la visión cristiana de la persona? Como enseña el Concilio Vaticano II, el hombre y la mujer encuentran su plena manifestación en Cristo, y se realizan en el don sincero de sí. Cristo entrega su vida por los demás y así hemos de imitar a Cristo. La “verdad sobre el hombre” incluye, entre otras cosas, el amor entendido como don, el aprendizaje del perdón, la afectividad y la sexualidad integradas en un contexto de entrega mutua y fructífera, las modulaciones de la justicia, la atención preferencial a los pobres, enfermos y ancianos, y la gratuidad. En una sociedad donde casi todos los vínculos son líquidos, la familia cristiana puede proponer una visión adecuada de la realización de la persona humana a través del don sincero y fiel de sí: madres y padres que comparten la responsabilidad de formar a sus hijos con amor, con la entrega diaria, ayudándoles a administrar su libertad, pues sin libertad no podemos ni formar ni ser formados. La familia, en cuanto iglesia doméstica, es el punto estratégico de la nueva evangelización, como han señalado los últimos romanos pontífices. Es el semillero de las nuevas generaciones de cristianos.

Otro gran ámbito propio de los laicos es el trabajo, espacio amplísimo que puede iluminar a sociedades enteras. Como decía san Josemaría, todo cristiano está llamado a “santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo”. Ante Dios no hay trabajos de mayor o menor importancia: ésta dependerá de la unión con Dios que alcance la persona, desarrollando en su profesión todas sus potencialidades, puestas al servicio de los demás. El fundador del Opus Dei utilizaba otra expresión muy gráfica para señalar la importancia del trabajo en la evangelización: los cristianos –y en particular, los hombres y mujeres en medio del mundo– hemos de poner “a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas”.

La sociedad actual nos presenta muchos desafíos. Los laicos están llamados a resolverlos –o al menos, a intentar resolverlos– con sentido cristiano, con profesionalidad, movidos por la justicia y por la misericordia. Habitualmente, los problemas sociales requieren conocimientos técnicos adecuados. Al mismo tiempo, las soluciones propuestas pueden ser muy distintas entre sí. Los laicos que están empeñados en mejorar este mundo y hacerlo más acorde con el plan de Dios han de poner todas sus capacidades al servicio del bien común. Estarán muy unidos en el deseo de imitar al Señor y en su decisión de hacer presente la luz del evangelio en la sociedad, pero evidentemente no estarán necesariamente de acuerdo en las soluciones técnicas que se deberían adoptar.

Al tratarse de cuestiones temporales, las soluciones normalmente no serán unívocas, sino múltiples, entrando en juego la libertad y la responsabilidad de cada uno. Imponer una solución “católica” a problemas que ofrecen muchas posibilidades de respuesta sería un “clericalismo” intolerable, opuesto a la libertad de los hijos de Dios. Se estaría confundiendo lo dogmático con lo opinable, con el riesgo de instrumentalizar a la Iglesia para fines temporales. Ya en 1934, un gran pensador católico, Étienne Gilson, escribía: “Todas las injurias que el odio de Voltaire le ha hecho verter contra los curas, estamos dispuestos a repetirlas contra el clericalismo; somos tal vez los únicos incluso que podamos dar de ello una justificación teológica” (Por un orden católico).

Estilos de vida

Familia, trabajo. Dediquemos unas palabras a los estilos de vida. En los primeros siglos del cristianismo los laicos participaban con sus conciudadanos del devenir de la historia sin salir del mundo. Su influencia en la sociedad no era en primer lugar de tipo económico, político, militar o social. Más bien su estilo de vida inspirada en la caridad cristiana causaba, en unos, atracción, y en otros, rechazo. Los primeros cristianos nos han entregado una herencia inspiradora sobre la experiencia del laicado en una sociedad que no conoce a Cristo. Demostraron que es posible ser consecuente con la propia fe en cualquier circunstancia y que también es posible, desde las ocupaciones ordinarias en medio de la sociedad, transformarla.

Seguir a Cristo implica una forma determinada de encarar la vida. Las propuestas del evangelio, como amar a los enemigos, llevar una vida austera, tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros, acoger al pobre y al extranjero, asumir compromisos familiares permanentes, esperar en una vida futura, etc., se transparentarán a nuestro alrededor, servirán a muchos de inspiración, aunque también encontrarán el rechazo de otros. El reto del laico es mantener la coherencia de la fe ante la presión de otros comportamientos quizá muy difundidos y saber explicar, de manera sencilla y alegre, el porqué de su estilo de vida y la felicidad que encuentra en él: como nos pide san Pedro, los cristianos tenemos que “dar razón de nuestra esperanza”.

La luz de los santos laicos

Al igual que nuestros primeros hermanos en la fe, en las últimas décadas son numerosos los ejemplos de otros laicos (canonizados o no) que han sido un reflejo de Cristo en los ambientes del trabajo, del deporte, de la sociedad civil, de la cultura, de la familia, en medio de su vida ordinaria; personas que en nada externo se ha distinguido de las de sus conciudadanos, que han sabido profundizar en su condición de bautizados y han sido levadura, ánimo y apoyo para millares de colegas. A su modo y en su ambiente, fueron grandes anunciadores del evangelio.

SEGUIR A CRISTO IMPLICA UNA FORMA DETERMINADA DE ENCARAR LA VIDA

Entre los que se encuentran en proceso de beatificación, me gusta recordar a un empresario de mi tierra llamado Enrique Shaw (1921-1962), cuya causa de canonización fue abierta cuando el cardenal Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires. Fue un gran esposo y padre de una numerosa familia, y también un empresario exitoso, que se volcó en el servicio de quienes trabajaban con él; luchó continuamente para mejorar las condiciones laborales de los obreros y tenía como misión propia la de “humanizar la empresa”, de la que hablaba con frecuencia en las reuniones que organizaba con sus amigos de la Acción Católica.

Se comportaba de modo benévolo, paciente, amable, atento a las necesidades de la gente, sacando fuerzas de su trato con Dios; de hecho, como muchos han testimoniado, irradiaba el amor de Cristo. Su corta vida es una extraordinaria lección sobre el valor de la doctrina social de la Iglesia con la legitimidad de quien la ha vivido desde dentro, en el mundo de la empresa.

Recientemente fue beatificada en Madrid la química Guadalupe Ortiz de Landázuri (1917-1975). El Papa Francisco la definió como “un ejemplo para las mujeres cristianas dedicadas al trabajo social y a la investigación científica”. Era una persona alegre que puso sus “numerosas cualidades al servicio de los demás”, dijo el Papa. En sus diversas facetas como profesora, amiga, investigadora, acercó a muchas personas hacia la fe, en ambientes donde quizá no hubiera llegado con facilidad un eclesiástico.

Hay laicos que han dejado una huella profunda a pesar de su corta existencia. Ahí está el hermoso ejemplo de la romana Chiara Corbella Petrillo (1984-2012), amante de la música, casada con Enrico, que nos queda como una catequesis potente sobre el noviazgo, el matrimonio y el amor a la vida. O la del joven milanés Carlo Acutis, fallecido con tan solo 15 años de edad a causa de una leucemia fulminante; su vida auténticamente cristiana se reflejaba en todo lo que hacía en internet, donde conectó con bastantes jóvenes a los que hizo partícipes de su amor por la Eucaristía y por la Virgen María. Su alegría cristiana generaba admiración entre sus conocidos.

Enrique, Guadalupe, Chiara y Carlo son solo unos pocos ejemplos de cómo los laicos son el rostro visible de la Iglesia (rostro de Cristo) en unos ambientes (en el mundo del trabajo, de la química, de la tecnología, de la familia) que les son propios. Son propulsores de estilos de vida, evangelizadores de primer orden, en un modo distinto –a veces complementario y siempre necesario– al de quienes tienen funciones ministeriales o de otro tipo en la estructura de la Iglesia. En la Iglesia siempre será “la hora de los laicos”. Podrán transformar el mundo, a condición de profundizar en la nueva vida que recibieron en el bautismo, que los injerta en Aquel que dijo de sí mismo que es la Vida.

Mons. Mariano Fazio es vicario auxiliar del Opus Dei desde 2019, licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

 

 

Nuevos Mediterráneos (I): «Aquella primera oración de hijo de Dios»

El sentido de la filiación divina lo cambia todo, como cambió la vida de san Josemaría cuando descubrió inesperadamente ese Mediterráneo.

VIDA ESPIRITUAL31/07/2017

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«Son momentos, hijas e hijos míos, para adentrarnos más y más por «caminos de contemplación» en medio del mundo»[1]. Con estas palabras señala el prelado del Opus Dei una de las prioridades del momento actual. El apostolado de los cristianos es, hoy como siempre, «una superabundancia de nuestra vida interior»[2]. Por una parte, porque consiste en comunicar precisamente esa Vida; por otra, porque para proponer la fe al mundo es necesario comprenderla y vivirla en profundidad. Se trata, en definitiva, como nos indicó san Josemaría, de «ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres»[3].

NO BASTA SER HIJOS DE DIOS, SINO QUE HEMOS DE SABERNOS HIJOS DE DIOS, DE MODO TAL QUE NUESTRA VIDA ADQUIERA ESE SENTIDO

Este camino hacia adentro tiene una peculiaridad. No transita de un lugar conocido a otro desconocido: consiste más bien en ahondar en lo que ya se conoce, en lo que parece obvio, de tan oído. Se descubre entonces algo que, en realidad, se sabía, pero que ahora se percibe con una fuerza y una profundidad nueva. San Josemaría se refiere a esa experiencia hablando de distintos «Mediterráneos» que se fueron abriendo ante sus ojos de manera inesperada. Así lo expone, por ejemplo, en Forja:

«En la vida interior, como en el amor humano, es preciso ser perseverante. Sí, has de meditar muchas veces los mismos argumentos, insistiendo hasta descubrir un nuevo Mediterráneo.

»–¿Y cómo no habré visto antes esto así de claro?, te preguntarás sorprendido. –Sencillamente, porque a veces somos como las piedras, que dejan resbalar el agua, sin absorber ni una gota.

»–Por eso, es necesario volver a discurrir sobre lo mismo, ¡que no es lo mismo!, para empaparnos de las bendiciones de Dios»[4].

«Discurrir sobre lo mismo» para intentar abrirnos a toda su riqueza y descubrir así «¡que no es lo mismo!» Ese es el camino de contemplación al que estamos llamados. Se trata de surcar un mar que, a primera vista, no tiene nada de nuevo, porque ya forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Los romanos llamaban al Mediterráneo Mare nostrum: se trataba del mar conocido, del mar con el que convivían. San Josemaría habla de descubrir Mediterráneos porque, en cuanto nos adentramos en los mares que creemos conocer bien, se abren ante nuestros ojos horizontes amplios, insospechados. Podemos decir entonces al Señor, con palabras de santa Catalina de Siena: «eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco»[5].

Estos descubrimientos responden a luces que Dios da cuando y como quiere. Con todo, nuestra consideración pausada nos pone en disposición de recibir esas luces del Señor. «Y como aquél que primero estaba en las tinieblas y después ve de pronto el sol que le ilumina la cara, y distingue claramente lo que hasta entonces no veía, del mismo modo el que recibe el Espíritu Santo queda con el alma iluminada»[6]. En los siguientes editoriales repasaremos algunos de estos Mediterráneos que san Josemaría descubrió en su vida interior, para ahondar con él «en la hondura del Amor de Dios».

Abba Pater!

Una de las convicciones más arraigadas en los primeros cristianos era que podían dirigirse a Dios como hijos amados. Jesús mismo les había enseñado: «Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en el cielo…» (Mt 6,9). Él se había presentado ante los judíos como el Hijo amado del Padre, y había enseñado a sus discípulos a comportarse de igual modo. Los apóstoles le habían oído dirigirse a Dios con el término que usaban los niños hebreos para dirigirse a sus padres. Y, al recibir el Espíritu Santo, ellos mismos habían comenzado a usar esa fórmula. Se trataba de algo radicalmente nuevo, respecto a la piedad de Israel, pero San Pablo lo referiría como algo común y conocido por todos: «recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abbá, Padre!”. Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rm 8,15-16). Era una convicción que les llenaba de confianza y les daba una audacia insospechada: «si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo» (Rm 8,17). Jesús no es solo el Unigénito del Padre, sino también el Primogénito de muchos hermanos (cfr. Rm 8,29; Col 1,15). La Vida nueva, traída por Cristo, se presentaba ante los ojos de aquellos primeros creyentes como una vida de hijos amados de Dios. No era esta una verdad teórica o abstracta, sino algo real que les llenaba de una desbordante alegría. Buena muestra de ello es el grito que se le escapa al apóstol san Juan en su primera carta: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).

La paternidad de Dios, su amor singularísimo y tierno por cada uno, es algo que los cristianos aprendemos desde pequeños. Y, sin embargo, estamos llamados a descubrirlo de un modo personal y vivo, que llegue a transformar nuestra relación con Dios. Al hacerlo, se abre ante nuestros ojos un Mediterráneo de paz y confianza, un horizonte inmenso en el que podremos ahondar a lo largo de toda la vida. Para san Josemaría, fue un hallazgo inesperado, la repentina apertura de un panorama que se encontraba en realidad como escondido en algo que conocía bien. Era el otoño de 1931; lo recordaba muchos años después: «Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía –una hora, hora y media, no lo sé–; Abba, Pater!, tenía que gritar»[7].

SAN JOSEMARÍA HABLA DE DESCUBRIR «MEDITERRÁNEOS» PORQUE, EN CUANTO NOS ADENTRAMOS EN LOS MARES QUE CREEMOS CONOCER BIEN, SE ABREN ANTE NUESTROS OJOS HORIZONTES AMPLIOS, INSOSPECHADOS

En los meses siguientes, san Josemaría volvió repetidamente sobre este punto. En el retiro que hizo un año más tarde, por ejemplo, apuntaba: «Día primero. Dios es mi Padre. –Y no salgo de esta consideración»[8]. ¡El día entero considerando la Paternidad de Dios! Aunque de entrada una contemplación tan dilatada en el tiempo pueda sorprendernos, de hecho señala la profundidad con la que caló en él la experiencia de la filiación divina. También nuestra primera actitud, en la oración y, en general, al dirigirnos a Dios, debe cifrarse en un confiado abandono y agradecimiento. Pero, para que nuestro trato con Dios adquiera esta forma, conviene descubrir personalmente, una vez más, que Él ha querido ser Padre nuestro.

¿Quién es Dios para mí?

Como san Josemaría, tal vez aprendimos siendo muy pequeños que Dios es Padre, pero quizá nos queda un buen trecho de camino para vivir nuestra condición de hijos en toda su radicalidad. ¿Cómo podemos facilitar ese descubrimiento?

En primer lugar, para descubrir la paternidad de Dios, es necesario muchas veces restaurar su auténtica imagen. ¿Quién es Él para mí? De modo consciente o inconsciente, hay quien piensa en Dios como Alguien que impone leyes y anuncia castigos para quienes no las cumplan; Alguien que espera que se acate su voluntad y se enfurece ante la desobediencia; en una palabra, un Amo del que nosotros no seríamos más que involuntarios súbditos. En otros casos –sucede también a algunos cristianos–, Dios es percibido fundamentalmente como el motivo por el que hay que portarse bien. Se piensa en Él como la razón por la que cada uno se mueve hacia donde realmente no quiere, pero debe ir. Sin embargo, Dios «no es un Dominador tiránico, ni un Juez rígido e implacable: es nuestro Padre. Nos habla de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestra falta de generosidad: pero es para librarnos de ellos, para prometernos su Amistad y su Amor»[9].

La dificultad para percibir que «Dios es Amor» (1 Jn 4,8) se debe a veces también a la crisis que atraviesa la paternidad en diversos países. Tal vez lo hemos comprobado al hablar con amigos o compañeros: su padre no les genera buenos recuerdos, y un Dios que es Padre no les parece particularmente atractivo. Al proponerles la fe, es bueno ayudarles a ver cómo su dolor por esa carencia muestra hasta qué punto llevan la paternidad inscrita en el corazón: una paternidad que les precede y que les llama. Por otra parte, un amigo, un sacerdote, pueden ayudarles con su cercanía a descubrir el amor del «Padre de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra» (Ef 3,14), y a experimentar esa ternura también en la «vocación de custodiar»[10] que palpita dentro de cada uno, y que se abre camino en el padre o la madre que ellos mismos ya son, o que quisieran ser un día. Así pueden ir descubriendo en el fondo de su alma el auténtico rostro de Dios y la manera en que sus hijos estamos llamados a vivir, sabiéndonos mirados por Él con infinito cariño. En efecto, un padre no quiere a su hijo por lo que hace, por sus resultados, sino sencillamente porque es su hijo. Al mismo tiempo, le lanza al mundo y procura sacar lo mejor de él, pero siempre partiendo de lo mucho que vale a sus ojos.

UN PADRE NO QUIERE A SU HIJO POR LO QUE HACE, POR SUS RESULTADOS, SINO SENCILLAMENTE PORQUE ES SU HIJO

Puede servirnos considerarlo, en particular, en los momentos de fracaso, o cuando la distancia entre nuestra vida y los modelos que nos presenta el mundo en que vivimos nos lleven a tener una baja consideración de nosotros mismos. Quizá deberíamos recordar más a menudo que «esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre (…). No aceptarse, vivir descontentos y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea»[11].

Darnos cuenta de que Dios es Padre va de la mano con dejarnos mirar por Él como hijos muy amados. De este modo, comprendemos que nuestra valía no depende de lo que tengamos –nuestros talentos– o de lo que hagamos –nuestros éxitos–, sino del Amor que nos ha creado, que ha soñado con nosotros y nos ha afirmado «antes de la fundación del mundo» (Ef 1,4). Ante la fría idea de Dios que se hace a veces el mundo contemporáneo, Benedicto XVI quiso recordar desde el inicio de su pontificado que «no somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[12]. ¿De verdad incide esta idea en nuestra vida diaria?

La confiada esperanza de los hijos de Dios

San Josemaría recordaba con frecuencia a los fieles del Opus Dei que «el fundamento de nuestra vida espiritual es el sentido de nuestra filiación divina»[13]. Lo comparaba al «hilo que une las perlas de un gran collar maravilloso. La filiación divina es el hilo, y ahí se van engarzando todas las virtudes, porque son virtudes de hijo de Dios»[14]. Por eso es crucial pedir a Dios que nos abra este Mediterráneo, que sostiene y da forma a toda nuestra vida espiritual.

El hilo de la filiación divina se traduce en «una actitud cotidiana de abandono esperanzado»[15], una actitud que es propia de los hijos, especialmente cuando son pequeños. Por eso en la vida y en los escritos de san Josemaría, la filiación divina iba a menudo unida a la infancia espiritual. Ciertamente, ¿qué le importan las sucesivas caídas al niño que está aprendiendo a ir en bicicleta? No valen nada, mientras vea a su padre cerca, animándole a volver a intentarlo. En eso consiste su abandono esperanzado: «Papá dice que puedo… ¡vamos!».

Sabernos hijos de Dios es también la seguridad sobre la que apoyarnos para llevar a cabo la misión que el Señor nos ha confiado. Nos sentiremos como aquel hijo a quien su padre dice: «Hijo mío, vete hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,28). Tal vez nos asaltará primero la inseguridad, o mil ocurrencias de diverso tipo. Pero enseguida consideraremos que es nuestro Padre quien nos lo pide, demostrándonos una confianza inmensa. Como Cristo, aprenderemos a abandonarnos en las manos del Padre y a decirle desde el fondo de nuestra alma: «Que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36). San Josemaría nos enseñó con su vida a comportarnos de este modo, a imagen de Cristo: «A lo largo de los años, he procurado apoyarme sin desmayos en esta gozosa realidad. Mi oración, ante cualquier circunstancia, ha sido la misma, con tonos diferentes. Le he dicho: Señor, Tú me has puesto aquí; Tú me has confiado eso o aquello, y yo confío en Ti. Sé que eres mi Padre, y he visto siempre que los pequeños están absolutamente seguros de sus padres»[16].

Desde luego, no podemos negar que habrá dificultades. Pero las encararemos desde la conciencia de que, pase lo que pase, ese Padre todopoderoso nos acompaña, está a nuestro lado y vela por nosotros. Él hará lo que nos proponemos, porque a fin de cuentas es obra suya; lo hará quizá de un modo distinto, pero más fecundo. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[17].

Cultivar el «sentido de la filiación divina»

San Josemaría, es preciso conviene notarlo, no señalaba como fundamento del espíritu del Opus Dei la filiación divina, sino el sentido de la filiación divina. No basta ser hijos de Dios, sino que hemos de sabernos hijos de Dios, de modo tal que nuestra vida adquiera ese sentido. Tener esa seguridad en el corazón es el fundamento más sólido; la verdad de nuestra filiación divina se convierte entonces en algo operativo, con repercusiones concretas en nuestra vida.

Para cultivar tal sentido, es bueno ahondar en esa realidad con la cabeza y con el corazón. Con la cabeza, primero, meditando en la oración los pasajes de la Escritura que hablan de la paternidad de Dios, de nuestra filiación, de la vida de los hijos de Dios. Esta meditación puede recibir luz de los muchos textos de san Josemaría sobre nuestra condición de hijos de Dios[18], o de las reflexiones de otros santos y escritores cristianos[19].

NO HAY DERROTA PARA QUIEN DESEA ACOGER CADA DÍA EL AMOR DE DIOS. INCLUSO EL PECADO PUEDE CONVERTIRSE EN OCASIÓN DE RECORDAR NUESTRA IDENTIDAD DE HIJOS

Con el corazón podemos ahondar en nuestra condición de hijos de Dios acudiendo al Padre confiadamente, abandonándonos en su Amor, actualizando con o sin palabras nuestra actitud filial, y procurando tener siempre presente el Amor que Él nos tiene. Un modo de hacerlo es acudir a Él con breves invocaciones o jaculatorias. San Josemaría sugería: «Llámale Padre muchas veces al día, y dile –a solas, en tu corazón– que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo»[20]. También podemos acudir a alguna breve oración que nos ayude a afrontar la jornada desde la seguridad de sentirnos hijos de Dios, o a terminarla, con agradecimiento, contrición y esperanza. El papa Francisco proponía esta a los jóvenes: «“Señor, te doy gracias porque me amas; estoy seguro de que me amas; haz que me enamore de mi vida”. No de mis defectos, que hay que corregir, sino de la vida, que es un gran regalo: es el tiempo para amar y ser amado»[21].

Volver a la casa del Padre

Se ha descrito la familia como «el lugar al que se vuelve», donde hallamos reparo y descanso. Lo es de modo particular en cuanto «santuario del amor y de la vida»[22], como le gustaba decir a san Juan Pablo II. Allí reencontramos el Amor que da sentido y valía a nuestra vida, porque está en su mismo origen.

De igual modo, sentirnos hijos de Dios nos permite volver a Él confiadamente cuando estamos cansados, cuando nos han tratado mal o nos sentimos heridos… o también cuando le hemos ofendido. Volver al Padre es otro modo de vivir en esa actitud de «abandono esperanzado». Conviene meditar a menudo la parábola del padre que tenía dos hijos, recogida por san Lucas (Cfr. Lc 15,11-32): «Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos»[23].

Aquel hijo quizá apenas pensó en el dolor que había causado a su Padre: sobre todo añoraba el buen trato que recibía en la casa paterna (cfr. Lc 15,17-19). Se dirige hacia allá con la idea de no ser más que un siervo entre otros. Sin embargo, su padre le recibe –¡sale a buscarle, se le echa al cuello y le llena de besos!– recordándole su identidad más profunda: es su hijo. Enseguida dispone que le devuelvan los vestidos, las sandalias, el anillo… las señales de esa filiación que ni siquiera su mal comportamiento podía borrar. «A fin de cuentas se trataba del propio hijo y tal relación no podía ser alienada, ni destruida por ningún comportamiento»[24].

Aunque a veces podamos ver a Dios como un Amo del que somos siervos, o como un frío Juez, Él se mantiene fiel a su Amor de Padre. La posibilidad de acercarnos a Él después de haber caído es siempre una ocasión magnífica para descubrirlo. Al mismo tiempo, eso nos revela nuestra propia identidad. No se trata solamente de que Él haya decidido amarnos, porque sí, sino de que verdaderamente somos –por gracia– hijos de DiosSomos hijos de Dios y nada, ni nadie, podrá robarnos jamás esa dignidad. Ni siquiera nosotros mismos. Por eso, ante la realidad de nuestra debilidad y del pecado –consciente y voluntario– no dejemos que nos invada la desesperanza. Como señalaba san Josemaría, «esta conclusión no es la última palabra. La última palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina»[25].

Ocupados en amar

El sentido de la filiación divina lo cambia todo, como cambió la vida de san Josemaría cuando descubrió inesperadamente ese Mediterráneo. ¡Qué distinta es la vida interior cuando, en lugar de basarla en nuestros avances o en nuestros propósitos de mejora, la centramos en el Amor que nos precede y nos espera! Si uno da prioridad a lo que él mismo hace, su vida espiritual gira casi exclusivamente en torno a la mejora personal. A la larga, este modo de vivir no solo corre el riesgo de dejarse el amor de Dios olvidado en una esquina del alma, sino también de caer en el desánimo, porque se trata de una lucha en la que uno está solo ante el fracaso.

Cuando, en cambio, nos centramos en lo que Dios hace, en dejarnos amar cada día por Él, acogiendo diariamente su Salvación, la lucha adquiere otro temple. Si salimos vencedores, se abrirán paso con gran naturalidad el agradecimiento y la alabanza; si caemos derrotados, nuestro trato con Dios consistirá en volver confiadamente al Padre, pidiendo perdón y dejándonos abrazar por Él. Se entiende así que «la filiación divina no es una virtud particular, que tenga sus propios actos, sino la condición permanente del sujeto de las virtudes. Por eso no se obra como hijo de Dios con unas acciones determinadas: toda nuestra actividad, el ejercicio de nuestras virtudes, puede y debe ser ejercicio de la filiación divina»[26].

No hay derrota para quien desea acoger cada día el Amor de Dios. Incluso el pecado puede convertirse en ocasión de recordar nuestra identidad de hijos y de volver al Padre, que insiste en salir a nuestro encuentro clamando: «¡Hijo, hijo mío!». De esa misma conciencia nacerá –como nacía en san Josemaría– la fuerza que necesitamos para volver a caminar en pos del Señor: «Sé que vosotros y yo, decididamente, con el resplandor y la ayuda de la gracia, veremos qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que arrancar, y las arrancaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos»[27]. Pero lo haremos sin agobio, y sin desánimo, procurando no confundir el ideal de la vida cristiana con el perfeccionismo[28]. Viviremos, así, pendientes del Amor que Dios nos tiene, ocupados en amar. Seremos como hijos pequeños que han descubierto un poco el amor de su Padre, y quieren agradecérselo de mil modos y corresponder con todo el amor –poco o mucho– que son capaces de expresar.

Lucas Buch


[1] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 30.

[2] Ibidem. Cfr. San Josemaría, Camino, n. 961; Amigos de Dios, n. 239.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 97.

[4] San Josemaría, Forja, n. 540.

[5] Santa Catalina de Siena, Diálogo, c. 167.

[6] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 16, 16.

[7] San Josemaría, Meditación del 24-XII-1969 (en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, Rialp, Madrid 1997, p. 390).

[8] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1637 (en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, p. 465).

[9] Es Cristo que pasa, n. 64.

[10] Francisco, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 19-III-2013.

[11] Francisco, Homilía, 31-VII-2016.

[12] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 24-IV-2005.

[13] San Josemaría, Carta 25-I-1961, n. 54 (en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol. 2, Rialp, Madrid 2013, p. 20, nota 3).

[14] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 6-VII-1974, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol. 2, p. 108.

[15] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[16] Amigos de Dios, n. 143.

[17] San Josemaría, Surco, n. 860.

[18] Cfr. p.ej. F. Ocáriz, “Filiación divina” en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo, Burgos 2013, pp. 519-526.

[19] El año jubilar de la Misericordia ha permitido redescubrir a algunos de ellos. Cfr. Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Misericordiosos como el Padre. Subsidios para el Jubileo de la Misericordia 2015-2016.

[20] Amigos de Dios, n. 150.

[21] Francisco, Homilía, 31-VII-2016.

[22] San Juan Pablo II, Homilía, 4-V-2003.

[23] Es Cristo que pasa, n. 64.

[24] San Juan Pablo II, Enc. Dives in Misericordia (30-XI-1980), n. 5.

[25] Es Cristo que pasa, n. 66.

[26] F. Ocáriz – I. de Celaya, Vivir como hijos de Dios, Eunsa, Pamplona 1993, p. 54.

[27] Es Cristo que pasa, n. 66.

[28] Cfr. F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

 

 

Meditación para los cuarenta días

 “Rásguense el corazón y no las vestiduras. Vuelvan a el Señor su Dios”. Joel 2: 12

Estos días para los cristianos son días para buscar a Cristo. Buscarlo por medio de la oración, el ayuno y la limosna.

“Cuídense entre ustedes, no se hagan daño”, ha dicho el Papa Francisco. Y es que de esto se trata el seguimiento de Cristo al que de repente se pierde debido al mal que impera en el mundo.

Estos cuarenta días son necesarios para hacer un detox del pensamiento, de los apetitos mundanos y, hasta quizá de las bajas pasiones que surgen el corazón, casi sin darse cuenta. Por esto esta gran necesidad de hacer un alto, para meditar la vida de Cristo por medio de lo más seguro que es lectura de la santa Biblia y el camino de la oración, el ayuno y la limosna. Estas prácticas espirituales propiamente son las que nos llevan a renovarnos interiormente.

Con la oración imitamos la forma en la que Cristo se relacionaba con su Padre, aprendemos cómo cultivaba su vida interior para poder descubrir la voluntad de este en su vida.

Estos cuarenta días no son solo para ir a la Iglesia y recordar que somos polvo; tampoco para renunciar a los dulces o a las compras o quizá a la cerveza. Esto es lo que el catolicismo light nos ha hecho creer.  Es algo más profundo que debes comprender.

Es preciso que yo me esfuerce y me pregunte en el momento de que la ceniza me sea impuesta: “Quiero buscar a Cristo, ¿para qué? ¿Qué es lo que me mueve a hacer este alto en mi vida? ¿Cómo están mi mente, mi corazón y mi vida espiritual en este Aquí y ahora? ¿Cuáles son los resultados que quiero ver en mi vida en cuanto a mi conocimiento de Cristo y su imitación en estos cuarenta días? ¿Qué estoy dispuesto a hacer en estos cuarenta días? ¿Cómo monitorearé mi propio progreso? ¡Cuántas preguntas!

Estas Preguntas te obligan a pararte para pensar y encontrar lo que hay o no hay en el corazón. Por esto el ayuno no es menos importante ya que por medio de él, podré abrir una de esas puertas que permanecen cerradas cuando se vive una vida orientada a la comodidad.

Ayunaré sin que nadie sepa que me quito los postres, aquella novela que tanto me gusta, los helados, los dulces, las habladurías o qué aceptaré cosas que en general me incomodan o que no desayunaré hasta el almuerzo porque quiero sentir el hambre de Dios.

San Juan Crisostomo invitaba a “ayunar de no decir nada que haga mal al otro”, y añadía: “¿De qué te sirve no comer carne si devoras a tu hermano?”

Por medio de mi ayuno me quiero dar cuenta de cuáles son mis disposiciones interiores para acompañarlo cuando llegue el momento de la agonía en Getsemaní, el camino de la vía dolorosa, la burla de los soldados, el despojo de la autoestima y quizá entonces lo encontraré.

Me preguntaré o le preguntaré: Señor: ¿Cómo quieres que sea mi ayuno? ¿Qué necesitas que haga por ti para que más te conozcan? ¿Qué tanto sientes que te amo? Y al hacerme estas preguntas pensaré en los pobres y necesitados que requieren de mi ayuda. Creo que por esto dedicaré todos los días de estos cuarenta días a pensar en los pobres.

Quizá yo mismo soy pobre y comprendo muy bien estas palabras ya que comprendo su sencillez y su dependencia De Dios Padre. Pero, ¿y si no lo soy?

Le preguntaré: “Señor, ¿cómo puedo ayudarte entre los pobres? ¿De qué formas quieres que me acuerde de ellos en estos cuarenta días? ¿Cómo podré consolarte en ellos?

En estos cuarenta días tendré muy presentes las palabras de san Alberto Hurtado, ese santo jesuita chileno que decía: “El pobre es Cristo”.

Ciertamente Jesús, Cristo, eres el modelo de una nueva humanidad. Este día, solo por hoy te pido con humildad tu Gracia en mi corazón para buscarte, para encontrarte y para amarte todos y cada uno de todos los días de mi vida.

Sheila Morataya

 

 

Mujeres iluminando al mundo

Se ha dicho que el siglo XXI será de la mujer o no será. No pude evitar el reflexionar la frase y agregar que si la mujer sana, sanará la raza humana…

“Cuerpo y espíritu. Exterior e interior. Polvo y Eternidad. El Dios invisible rodea mi vida. Su perfección se ha manifestado a través de la forma: Soy un ser humano, Soy Una mujer, Soy, Yo misma…..”

 

Hace poco leí una frase que me impactó mucho. Se ha dicho que el siglo XXI será de la mujer o no será. No pude evitar el reflexionar la frase y agregar que si la mujer sana, sanará la raza humana. La mujer tiene en sus manos ese poder depositado y confiado a ella a través de la Gracia. Su naturaleza, vocación y misión es lo que trataremos de ampliar en este artículo.

 

La naturaleza de la mujer está basada sobre su vocación originaria: ser esposa y madre; su creación, completa la creación del ser humano. Cuando Dios hizo caer a Adán en un sueño profundo, lo hizo con el objeto de crear otra intimidad que viniera a compartir la suya. Para que su soledad, se viera llena con el encuentro de está otra soledad, La mujer. Es por esto que el cuerpo de la mujer está hecho para “ser una sola carne con otro” y desarrollar en sí una nueva vida humana. Es maravilloso, que la mujer tenga el privilegio de ser portadora potencial de la vida y por lo mismo, tan urgente que re-descubra su razón de ser en el mundo.

 

La función de la mujer es doble: ser compañera de un alma y madre de otros hombres, de más mujeres. Para serlo de una forma sublime, deberá ella misma tomar la decisión de desarrollar su naturaleza femenina. Conocer su alma única, individual que sólo le pertenece a ella y forjar su carácter a través de esfuerzos concretos y pre-establecidos, la convertirá en la mujer que la sociedad de hoy necesita. El alma de la mujer en palabras de Edith Stein debe de ser por consiguiente amplia y abierta a todo lo humano; debe ser sosegada, de modo que ninguna débil llamita pueda ser apagada por la tempestad; debe ser cálida, a fin de que las tiernas semillas no se congelen; debe ser luminosa para que en las esquinas y pliegues oscuros no hagan su nido los parásitos; en sí reservada, de forma que las irrupciones del exterior no amenacen la vida en el interior; vacía de sí misma, para que la vida ajena tenga en ella espacio; finalmente, señora de sí misma y de su propia realidad, a fin de que toda su personalidad se encuentre en actitud de servicio a toda llamada. Esa es una imagen ideal del alma femenina. Para eso estaba plasmada el alma de la primera mujer, y así podemos nosotros pensar el alma de la Madre de Dios. Todo esto nos lleva a ver claramente cual es la misión de la mujer en el mundo: Humanizar la raza humana.

 

REFLEXIONANDO

 

Si tu alma es amplia: tendrás presente que debes llevar el calor y corazón a donde quiera que vayas. Que serás un instrumento de integración y no de división. Se debe tener presente que esto debe hacerse por perseguir la aceptación de los otros o por que se diga de mí, ¡Qué mujer más extraordinaria! Sino, por el puro hecho de estar conciente que cada otro, independiente de tu relación con él, es un alma digna de veneración y acogida como la tuya.

 

El resultado de esto es que haya delicadeza en tu trato hacia los otros. ¡Es un gusto estar en tu compañía!

 

Si tu alma es silenciosa: Especialmente en la sociedad en la que vivimos hoy, hay muy pocas respuestas de silencio interior. La misma Edith Stein lo dice: muchas almas femeninas se encuentran demasiado, y demasiado fuertemente, en movimiento; este movimiento, la carrera loca de cada día; levantarme, llevar a los niños al colegio, preparar el almuerzo; ir a la oficina; recoger a los niños, recoger la casa, ruido, estruendos que no dejan dar paso a las acciones que son ejercidas desde una mujer vigilante de ese tan necesario silencio interior para ser más efectiva en nuestras relaciones humanas. La mujer que ha conquistado el silencio interior puede vivir en medio de un mundo lleno de ruido, competencia y materialismo, pero siempre estará centrada y sus acciones serán actitudes de luz para con los demás.

 

Si tu alma esta vacía de sí y recogida en sí: Muy difícil, muy difícil, porque estamos dirigiéndonos al ego. Pero no es imposible alcanzar el vacío interior cuando hay voluntad soberana. Por supuesto, la liberación del ego sólo se logra a través del trato constante con El Dios del Amor. La piedad es una cualidad que le pertenece al sexo femenino, en ella misma por su propia naturaleza existe ese deseo de darse, de entregarse. Al donarse ella misma por voluntad propia a Dios, la entrega a los demás ya no le parecerá difícil. Aunque esto debe hacerse con el convencimiento de que eso, es lo que se quiere.

 

Si tu alma es cálida: tendrás una presencia luminosa. Cálido es el seno de una madre porque acoge; cálidas son las notas de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi porque nos hacen danzar el alma; cálido es el canto de un canario porque nos trae paz. Todo esto, eres tú cuando se desarrolla la calidez en tu alma.

 

Ser mujer en nuestros días es convertirse en guerrera de la paz. La psicología moderna ha dado por fin su visto bueno a que el alma humana forma parte de nuestra totalidad. Nos hace ser quien somos, nosotros, seres humanos. Con una dignidad que no le pertenecen a los animales ni a las plantas.

 

Viktor Frankl, medico, filósofo y neuropsiquiatra, trata de dar sentido a la vida y a la persona ante los valores como una forma de autorrealización singular. Frank ve tres dimensiones en el ser humano: Lo somático, lo psíquico y lo espiritual.

 

Lo espiritual es lo que nos hace humanos, es nuestro valor propio. Esto espiritual no es algo definitivo ni acabado, sino una construcción y un proyecto, que se realiza en la construcción de la personalidad por medio de la búsqueda del significado en nuestra propia vida. Es aquí en donde se hace presente el papel de la religión en la educación de la mujer. La religión nos hace convertirnos en aquello que estamos destinadas a ser: Mujeres…..Iluminando el mundo.

 

 

Papa da ideas sobre cómo vivir la Cuaresma: ayuno de televisión, celular y de críticas

En la primera audiencia general de esta Cuaresma, el Papa propuso contemplar “los cuarenta días en que Jesús se retiró al desierto para orar y ayunar, y allí fue tentado por el diablo”.

 

 

“El camino a través del desierto cuaresmal es un tiempo propicio en nuestra vida para apagar la televisión y abrir la Biblia; para desconectarnos del celular y conectarnos al Evangelio; para renunciar a tantas palabras y críticas inútiles para estar más tiempo con el Señor y dejar que transforme nuestro corazón”, propuso.

CATEQUESIS DEL PAPA EN ESPAÑOL

Queridos hermanos y hermanas:

Comenzamos hoy la Cuaresma, un camino de cuarenta días hacia la Pascua, hacia el corazón del año litúrgico. En este camino, tenemos presente los cuarenta días en que Jesús se retiró al desierto para orar y ayunar, y allí fue tentado por el diablo.

Hoy, Miércoles de Ceniza, reflexionamos sobre el significado espiritual del desierto.

Imaginemos que estamos en el desierto: nos alejamos de los ruidos, de todo lo que nos rodea habitualmente y un gran silencio nos envuelve. En el desierto hay ausencia de palabras, y así podemos hacer espacio para que el Señor nos hable al corazón: es el lugar de la Palabra de Dios. En el desierto, también nos alejamos de tantas realidades superfluas que nos rodean, aprendemos a “ayunar”, que es renunciar a cosas vanas para ir a lo esencial. Por último, el desierto es un lugar de soledad. Allí podemos encontrar y ayudar a tantos hermanos descartados y solos, que viven en el silencio y en la marginalidad.

El camino a través del desierto cuaresmal es un tiempo propicio en nuestra vida para apagar la televisión y abrir la Biblia; para desconectarnos del celular y conectarnos al Evangelio; para renunciar a tantas palabras y críticas inútiles para estar más tiempo con el Señor y dejar que transforme nuestro corazón.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, venidos de España y de Latinoamérica. Pidamos al Señor que nos ayude a entrar en el desierto cuaresmal, que lo sepamos recorrer a través de la oración, el ayuno y las obras de misericordia, para que podamos gustar la Pascua, la fuerza del amor de Dios que hace florecer los desiertos de nuestra vida. Que el Señor los bendiga.

 

 

¿Quién decide la educación de nuestros hijos?

 

Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Lo que proscribe la obligada neutralidad de los poderes públicos en el ámbito educativo es que se transmita esa formación desde un modelo antropológico y ético concreto

Tradicionalmente, la educación se consideró como un deber más que como un derecho. De ahí que las primeras declaraciones de derechos (la de Virginia, de 1776 y la francesa, de 1789) no hicieran referencia al derecho a la educación. Fue en la época de la Ilustración cuando se planteó la conveniencia de proporcionar una educación obligatoria. Dado que la tarea educativa había estado encomendada tradicionalmente a la Iglesia, en la ideología propia de la Ilustración se optó por prescindir de las confesiones religiosas para que la educación fuera asumida por el Estado. Fue así como, a raíz de la revolución francesa, el Estado asumió la gestión directa de la educación, que comenzó a concebirse como un servicio público. La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 incluyó, entre los derechos fundamentales, el de toda persona a la educación, debiendo ser, la instrucción elemental y fundamental, obligatoria y gratuita, pues tiene por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana (art. 26, 1 y 2). Y estableció que “los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”.

Principio de neutralidad

La configuración de la educación como un derecho-deber de toda persona, que debe prestar el Estado de forma gratuita (art. 27, 1 y 5 CE), implica un importante avance en el reconocimiento de los derechos humanos, pero también exige la asunción, por parte del Estado, de amplias competencias, en cuyo ejercicio queda investido de un considerable poder. En el ejercicio de la potestad que la legislación atribuye al gobierno, éste podría adoptar fórmulas de adoctrinamiento que, invadiendo el ámbito de la conciencia moral de los niños, fuera considerada como no respetuosa de las convicciones personales de los menores y/o de sus padres, sean religiosas, morales, éticas o filosóficas. Aquí es donde encaja, precisamente, el derecho fundamental que tienen los padres de elegir para sus hijos aquella educación moral y religiosa que sea conforme a las propias convicciones, derecho reconocido tanto por nuestra Constitución (art. 27, 3) como por numerosos textos y tratados internacionales, que garantiza un ámbito de autonomía e inmunidad, para que los padres puedan elegir esas enseñanzas o negarse a que sus hijos reciban las que contraríen sus convicciones. Este derecho constituye un límite a la potestad del Estado al regular el sistema educativo, que tiene que estar presidido por el principio de neutralidad.

La transmisión obligatoria de unas concretas enseñanzas carentes de la exigida neutralidad se llevó a cabo ya con la famosa Educación para la Ciudadanía, que incidía en la formación moral de los niños desde una concreta ideología y antropología, que no todos compartimos. Por ello, el Tribunal Supremo, en su sentencia de 11 febrero 2009 estableció que, al organizar el sistema educativo, el Estado debe respetar en todo caso el pluralismo, que es un valor superior del ordenamiento jurídico. “El Estado no puede llevar sus competencias educativas tan lejos que invada el derecho de los padres a decidir sobre la educación religiosa y moral de sus hijos” (FJ 9). La Administración educativa no está autorizada “a imponer o inculcar, ni siquiera de manera indirecta, puntos de vista determinados sobre cuestiones morales que en la sociedad española son controvertidas” (FJ 10). 

Para salvaguardar ese ámbito, desde la asociación Educación y Persona y la Federación España Educa en Libertad se elaboró un documento de consentimiento informado, que se distribuyó a padres y madres de toda España en marzo de 2009. En él, los padres solicitan información y manifiestan su consentimiento −o no− para que sus hijos asistan, en el centro escolar, a actividades (generalmente extracurriculares, como talleres, charlas, etc.) o reciban una formación impartida por personas ajenas al claustro de profesores, de contenido moral, sexual o ideológico, dado que esta formación se puede impartir desde perspectivas antropológicas, éticas y psicológicas muy diversas. Este documento lo han hecho suyo y difundido, en las pasadas semanas, alguna organización y un partido político, con la desafortunada denominación de pin parental. 

Núcleo de la discusión

La solicitud de información y consentimiento de los padres para actividades extracurriculares no es excepcional, y viene aplicándose en el ámbito escolar. De hecho, fue adoptada hasta fechas recientes, por administraciones educativas de Comunidades autónomas gobernadas por partidos de izquierda como Extremadura (vid. comunicación a los centros educativos de 16 octubre 2019) o Valencia. La polémica ha surgido cuando determinados lobbies y partidos políticos han visto peligrar sus pretensiones. La discusión se ha centrado en aquellas actividades, talleres o charlas, que contienen una formación afectivo-sexual, generalmente impartidas por asociaciones LGTBI (la misma Comunidad extremeña envió otro comunicado el 28 octubre 2019 para excluir, de la necesidad de consentimiento expreso, las actividades formativas sobre coeducación, educación afectivo-sexual, identidad o expresión de género o modelos de familia), cuando tienen lugar en la escuela pública, pues los centros con ideario religioso pueden hacerlo valer como cláusula de salvaguardia de su identidad religiosa y carácter propio ex art. 6 de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa. Cabe recordar que la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales y sus entidades, en octubre de 2019, exigió al Ministerio de Educación y a las consejerías autonómicas que recuerden, a través de un documento escrito a sus centros educativos, la necesidad y obligatoriedad de implantar este tipo de formación en sus aulas y de ofrecerla a todos los alumnos, así como la retirada inmediata de las instrucciones que obligan a los centros a solicitar el consentimiento paterno para determinada formación.

Los padres, primeros responsables

Con independencia de la denominación del documento, nos encontramos ante una cuestión nuclear en que están en juego derechos y libertades fundamentales, de padres e hijos. Se acusa a los padres de intolerantes, de pretender cercenar la formación integral de sus hijos, y se apela a la obligación de los poderes públicos de velar por sus derechos. La estrategia es, ciertamente, perversa. Tanto el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, como la ministra de Educación, Isabel Celaá, han afirmado públicamente que el pin parental vulnera el derecho de niños y niñas a recibir una educación integral. Nada más torticero que hacer creer que son los padres quienes están privando a sus hijos del derecho a la educación, por lo que es el Estado quien debe asumir esa competencia. Craso error. Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos, quienes deciden lo que es bueno para ellos. El Estado asume, de forma subsidiaria, la tarea, no de educarlos, sino de procurarles un puesto escolar, desde el respeto escrupuloso a la libertad de enseñanza y a la libertad religiosa y de conciencia. Y en base a esas libertades, el derecho a elegir la formación de los menores, en el ámbito religioso, moral e ideológico, es exclusivo de sus padres. 

El adoctrinamiento

La educación exige una formación en valores, tan necesaria hoy en día: la libertad, la igualdad y no discriminación, el respeto al otro, el pluralismo, la diversidad y la tolerancia hacia todos, valores que constituyen el sustrato moral del sistema constitucional. Es preciso y urgente educar a los niños en el reconocimiento y el respeto a la dignidad de toda persona. Y ello con independencia de cuál sea la concepción antropológica, de la sexualidad o la afectividad que se tenga. Lo que proscribe la obligada neutralidad de los poderes públicos en el ámbito educativo es que se transmita esa formación desde un modelo antropológico y ético concreto. Expresiones como “Lo que va a hacer que seas hombre o mujer no es que nazcas con unos genitales u otros, sino cómo te identificas tú” (taller de diversidad sexual impartido en un Instituto de Ciempozuelos a niños de 10 y 11 años), “curiosidad ante el sexo anal: ¿hay división clara entre quienes desean penetrar y quienes desean ser penetrados?”, tener un número elevado de compañeros sexuales no tiene por qué tener connotaciones peyorativas” (Guía del colectivo COGAM para dar charlas en institutos), o “la escuela debe impulsar una educación afectivo-sexual basada en la atracción”, “enseñar la satisfacción y disfrute sexual en solitario” (Programa Skolae, del gobierno de Navarra) exceden la mera formación objetiva y neutral y constituyen adoctrinamiento en toda regla. 

Límites a la acción educativa

No son homófobos o machistas los padres que, en su libertad, quieren educar a sus hijos en una concepción antropológica y de la afectividad distinta a la impuesta por la ideología LGTBI. Los postulados ideológicos de la ideología de género constituyen un concreto modo de concebir al hombre y la sexualidad, con importante repercusión moral, pero no es el único. Por ello, podrá informarse a los menores, sobre diversos modos de concebir al hombre, o los distintos modelos de familia que la ley reconoce, pero la valoración moral que merecen las conductas, lo que es bueno y lo que es malo, forma parte de las convicciones ideológicas, religiosas y morales, sobre las que solo los padres pueden decidir. Como ha señalado el Tribunal Supremo español, los derechos consagrados en los arts. 16,1 y 27,3 de la Constitución, se erigen en límite a la acción educativa del Estado. Los padres no deben permitir el adoctrinamiento moral de sus hijos por parte del Estado. Sea cual sea su ideología y sus creencias. Es la libertad lo que está en juego. n

Lourdes Ruano Espina

Catedrática de Derecho Eclesiástico del Estado. Presidenta de la Asociación Española de Canonistas. Facultad de Derecho, Universidad de Salamanca.

Fuente: revistapalabra.es.

 

 

Dur désir de durer

Nos queda tanto por leer de Steiner y su muerte nos ha traído tantas memorias que está cercano y palpitante

Ha muerto George Steiner. Tengo en mi casa, por su gusto y el mío, el doble de libros suyos de los que he leído. Me deja, pues, en medio, entre el deseo de los que aún no y la memoria de los que sí. Él defendió la memoria. La escuela de hoy −se quejaba− es como una "amnesia planificada". El texto memorizado, en cambio, interactúa. Puso el ejemplo de la frase de Aquiles al matar a Licaón: "Por esa razón, amigo, vas a morir". Y cuenta en Errata que toda su vida se preguntó por qué en ese momento le llama "amigo". Aunque yo, que siento ahora cuánto me lo acerca su muerte, podría explicárselo.

Recuerdo bien (por los cargos de conciencia) cuando dijo en Elogio de la transmisión que, por ser el profesor el factor fundamental de la enseñanza, "un profesor mediocre es un pecado contra el Espíritu Santo", ay. Uno que se precie tiene que ser capaz de "marcar un antes y un después" en sus alumnos. Por suerte también me dio un consuelo cuando disculpó o, incluso, defendió que el alumno perciba a su profesor como un poco loco o algo diferente. Quizá el alumno se burlará, pero le escuchará. Otro consuelo fue que, quizá con un eco de Pascal, sentenciase: "Si alguien consigue estar sentado en una silla, en silencio y a solas, en una habitación, es que ha recibido una buena educación". Eso lo explico y ejemplifico mucho. Pero Steiner no me deja relajarme: el desafío −dice− es "hacerles creer que la trascendencia existe". ¿Y cómo?

Él lo hacía. No olvidaré su explicación del holocausto nazi como el intento atroz de los nazis de borrar de la historia la huella de Dios, que es el pueblo judío. Y esta advertencia: "La falta de infierno abrió una brecha que hubo de llenar el maduro estado totalitario […] El paso de la creencia religiosa a la hueca convención parece ser un proceso más peligroso de lo que habían previsto los philosophes".

Supongo que su relación con la trascendencia era menos tridentina que la mía, más hecha de anhelos, pero muy honda. Criticó que la religiosidad de T. S. Eliot, al que admiraba tanto, tuviese en su centro el duro deseo de durar, según la admirada aliteración de Éluard. Pero él dura en sus libros y hasta surgirá intonso en aquellos que aún no le he leído. Escribió unas palabras que guardan un eco del paraíso: "En un futuro ideal, el arte será la risa de la inteligencia, como en Platón, en Mozart, en Stendhal". Sus ensayos están escritos para ese futuro.

Enrique García-Máique

 

 

La alegría de cada hijo

​ Ángel Cabrero Ugarte 

Familia numerosa.

No hay ninguna madre, no hay ningún padre, que se arrepienta de haber tenido un hijo. No se arrepienten ni del primero ni del segundo ni del tercero. Y hay quien dice que el último, el sexto
o el que sea, es el que más alegría les ha dado. Me da pena cuando encuentro a matrimonios
que no han podido tener hijos o que solo han podido tener uno o dos. Me encuentro con
frecuencia con algunos matrimonios buscando por todos los medios, de especialista en
especialista, la posibilidad de tener un hijo. Pero también es verdad lo que me decía un amigo:
que sea lo que Dios quiera.

Me decía la señora que me corta el pelo, con bastantes años de matrimonio, pensando ya en
prejubilarse, que ella, cuando se casó, le dijo a su marido que si quería ser peluquera no podía
tener hijos. Supongo que habrá encontrado grandes satisfacciones en su profesión, pero no
sabe, no sabemos si lo intuye, lo que se ha perdido, sobre todo teniendo en cuenta que es uno
de los fines esenciales del matrimonio, la procreación.

Hace unas décadas eran muy frecuentes las familias numerosas. En mi casa seis, mis primos
más cercanos cinco, y así siguiendo. Pero también de entonces conozco quienes no pudieron
tener hijos o quienes solo pudieron tener uno. Siempre ha habido de todo. Pero lo que apenas
hay ahora son familias auténticamente numerosas. Llamar numerosa a una familia de tres
hijos nos da un poco de risa. Hoy se casan tarde y, ya si eso, la parejita. Insisto, sin juzgar a
nadie porque no soy quién para juzgar a nadie.

Pero sí soy quién para recordar a las familias jóvenes: cada hijo es fuente de alegrías. Si tienes
seis hijos tienes seis fuentes de gran alegría. Y esto no es solo de hace 30 o 40 años. Hoy
también hay familias de siete hermanos, de once hermanos, de seis hermanos. ¿Qué cómo se
pueden arreglar unos padres con tantos hijos? Cada caso es cada caso. Para empezar, se puede
leer un librito breve titulado “¡Vaya lío de familia!”, escrito por el padre y la madre, todo él
anécdotas de lo que han sido bastantes años sacando adelante una familia de diez hijos.

Ni un solo deje de “¡qué agobio!” o parecido. Soluciones, modos de salir adelante con dos
sueldos normales. Los regateos, los equilibrios, sabiendo que las cosas saldrían adelante, con la
ayuda de Dios y con unos cálculos presupuestales de lo más fino. Con mucho cariño, mucha
paciencia y buenas dotes para educar al mismo tiempo al de 3 años que al de 12, que es
siempre más complicado. La lectura de esta historia hace ver esa realidad: es una maravilla
tener toda esa tropa y es mucho más fácil educar, porque los hermanos se ayudan, y el mayor
enseguida se responsabiliza de los que siguen.

Pero ahora, con demasiada frecuencia, parejas con más o menos buenas intenciones o
convencimientos diversos, deciden esperar para tener algo más que la parejita, por cuestiones
casi siempre pecuniarias. Viven muy bien y no quieren bajar el nivel. Les parece que a sus hijos
hay que asegurarles una vida digna, y no se dan cuenta de que es muy difícil mejorar la calidad
de vida que tienen las familias numerosas. Leí hace poco la historia de un matrimonio, ya
jubilados, que, por ese empeño de tener una vida desahogada, habían retrasado tener hijos,
por mantener su estatus. Tuvieron al fin uno. Y ese uno se murió con pocos años. Al llegar a la
jubilación se daban cuenta de que no tenían nada, ni trabajo, ni un hijo. Y no sabían bien para
que servía ese bien estar económico.

 

 

¿Cómo vives tu trabajo?

Lucía Legorreta 

¿Odias lo que haces, cumples con lo que haces, amas lo que haces, o realmente haces lo que amas, y, por lo tanto, has encontrado tu lugar en el mundo?

Es un hecho que no podemos cambiar a nuestro jefe ni a nuestros compañeros de trabajo; tampoco modificar las condiciones laborales o reglas de la empresa. Sin embargo, el grado de satisfacción o insatisfacción no tiene que ver con nuestras circunstancias, sino con la actitud que tomamos frente a ellas.

Me pareció muy interesante el punto de vista de Borja Vilaseca que analiza las cuatro formas en que podemos vivir nuestro trabajo:

El primer nivel de actitud es el conformado por hombres o mujeres que odian lo que hacen, y me refiero a todos aquellos que no solo detestan su empleo, sino también el sueldo que perciben. No disimulan su descontento: se les nota en su cara y en su lenguaje corporal. Estas personas están peleadas con el mundo, y están convencidas de que son víctimas de lo que los rodea.

La segunda forma de vivir el trabajo inculye a quienes cumplen con lo que hacen. Tristemente, en este nivel está la gran mayoría de las personas: resignados, indiferentes y con sentimientos de impotencia.

En general no saben qué les gustaría hacer con su vida laboral, o bien, no se atreven a dar un paso para conseguir sus sueños por miedo a salirse de su zona de confort. Se dedican a cumplir durante horas con sus obligaciones laborales, y caen en una rutina que los lleva a una visión aburrida y apática.

Si por ellos fuera, no trabajarían, ya que conciben al trabajo como un trámite necesario para ganar dinero y poder cubrir sus gastos. Constantemente ven el reloj en su oficina, deseando que llegue la hora de la salida, y con más ganas el viernes.

Seguramente has escuchado la historia de los tres albañiles que trabajaban en una construcción. Al primero de ellos se le preguntó en que trabajaba: yo pongo un ladrillo encima del otro. El segundo respondió que estaba haciendo un muro. ¿Y cuál fue la respuesta del tercer albañil?: estoy construyendo una catedral.

Los tres hacían el mismo trabajo, la diferencia entre ellos era la actitud y propósito con el cual lo hacían.

En el tercer nivel están las personas que aman lo que hacen. Son aquellos que, aunque no estén dedicados a su profesión o sueño, tratan de poner al mal tiempo buena cara. Tienen energía positiva hacia los demás y hacia su trabajo.

Las personas que aman lo que hacen cuentan con una alta inteligencia emocional, saben cómo convertir los problemas laborales en oportunidades para aprender. Y en lugar de quejarse por lo que no tienen, agradecen aquellas cosas provechosas que les da su trabajo. Viven a gusto consigo mismas.

Y, por último, las que se encuentran en el cuarto nivel de actitud hacia su trabajo: aquellas que hacen lo que aman. Hombres y mujeres que tienen una misión y un propósito de vida que van más allá de ellos mismos. Desarrollan una actividad útil, creativa y con sentido, que realmente contribuye a mejorar la vida de los demás.

Han descubierto sus talentos y su trabajo se convierte en vocación para servir a los demás. Sin importar el dinero que ganen, se sienten inmensamente ricas.

Pregúntate sinceramente: ¿cómo vives tu trabajo? ¿odias lo que haces, cumples con lo que haces, amas lo que haces, o realmente haces lo que amas, y, por lo tanto, has encontrado tu lugar en el mundo? ¡Eso es lo que realmente vale en la vida!

 

El gran pánico y el coronavirus

​El famoso cuadro de Goya «El coloso» (detalle) ilustra bien los efectos del pánico sobre los seres humanos.

El pánico producido a nivel mundial por la difusión del coronavirus en varios países del mundo no existe ante los efectos mortales de epidemias como la gripe. El pánico puede ser una epidemia más peligrosa que el virus.

Una mirada a los pánicos históricos

Durante la Revolución francesa ocurrió un fenómeno conocido como “La grade peur” (El gran terror o gran pánico).

En todos los pueblos de Francia, y de modo simultáneo, aparecían mensajeros gritando que estaban llegando los bandidos. Esos «bandidos» en realidad no existían.

La población entró en pánico y tomó de asalto los depósitos de armas y municiones del Estado. Esas armas fueron utilizadas después para derrocar el sistema monárquico de ese país.

Una especie de psicosis colectiva

​La aparición de un gigante irreal produce una escena de pánico. Es el temor a lo desconocido, a lo que nos supera.

En el caso del coronavirus el mundo entero parece estar entrando en una especie de psicosis colectiva análoga a la “Grande Peur”. Es una epidemia biológica acompañada de otra psicológica, no menos dañina que la primera.

En Italia supermercados han sido asaltados, la gente invade las farmacias en busca de mascarillas protectoras; angustia permanente de la población, son algunos de los fenómenos ocurridos en el norte de ese país. Cierre de iglesias, suspensión de sacramentos, como la confesión. Eventos deportivos o culturales han sido diferidos. Varios pueblos italianos han sido declarados en cuarentena.

Los medios y las fake news

En este caso muchos medios de comunicación y las fake news en las redes parecen estar realizando el papel de los mensajeros que alertaban sobre los imaginarios “bandidos”. Sin embargo, los datos disponibles hasta hoy son: 83.392 casos de contagio en varios países del mundo, causando 2788 muertes.  

Pese a la alarma social, la gripe, que se difunde todos los años,  mató al más del doble de personas en España en 2019 que el coronavirus en todo el mundo. La última gripe sólo en España causó 525.300 casos y 6.300 muertes. [1]

La relativa apatía con los efectos de la gripe

A la vista del contraste enorme entre la atonía frente a la gripe común y este pánico con el coronavirus, el lector podrá preguntarse, ¿habrá alguien interesado en producir este terror? ¿Qué fruto podrá obtener de ello? ¿Se tratará de un experimento psicológico mundial? ¿Para qué?

Haciendo memoria, también podemos preguntar, ¿qué ocurrió con las epidemias del Ebola o de la gripe aviar que produjeron un pánico mundial?

El pánico se produce por la sensación de no poder hacer nada contra un enemigo que nos supera y que es invisible. Algunos se adaptan y otros reaccionan como si estuvieran bajo un bombardeo como los de la II Guerra mundial.

Las consecuencias para la economía

Uno de los elementos del problema causado por este pánico y que no se puede ignorar es su repercusión en la economía de los países. Esa es una reflexión que dejo para los especialistas.

El pánico puede ser una epidemia más peligrosa que el virus.

 

 

A pesar de todo siguen teniendo ideas claras

En el currículo de la enseñanza de Religión de Educación Infantil se dice: “La formación religiosa y moral católica pretende contribuir a la formación integral del alumno, desarrollando especialmente su capacidad trascendente”. Estas líneas son del currículo de 2007. El currículo del mismo año para Primaria decía algo parecido: “La enseñanza religiosa contribuye a la calidad de la educación que preconiza la LOE desde la propuesta y desarrollo de unos conocimientos, valores y actitudes que conforman su propio currículo. Lo hace desarrollando especialmente la capacidad trascendente del alumno, facilitándole una propuesta de sentido último para su vida”. Eran las primeras líneas del documento directivo de todo el trabajo del profesor de Religión.

Pero este currículo ha dejado de estar vigente al publicarse el del 2015. Este, a diferencia con el anterior, dedica unas cinco líneas iniciales muy generales explicando la importancia de la enseñanza de la Religión y cuando se podría esperar la frase “especialmente la capacidad trascendente” nos encontramos con que se ha cambiado por: “La enseñanza de la religión católica en los centros escolares ayudará a los estudiantes a ensanchar los espacios de la racionalidad y adoptar una actitud de apertura al sentido religioso de la vida, sea cual sea su manifestación concreta”. Asombroso. El concepto de trascendencia ha desaparecido.

Hemos cambiado la importancia de conseguir un sentido claro de trascendencia por “ensanchar los espacios de racionalidad”. ¿Quién ha llevado a cabo semejante idea? ¿Nadie en la Conferencia se ha dado cuenta de la diferencia? Habría que investigar qué es lo que han querido decir o con quien quieren congeniar, pero ya he visto algún TFG de futuro profesor sorprendido por semejante explicación de la asignatura de Religión. Del sentido trascendente se pasa, sin más explicaciones, a la racionalidad. Si el currículo lo hubiera confeccionado el Ministerio de Educación de Pedro Sánchez nos parecería lógico. Mis amigos profesores siguen teniendo ideas claras, a Dios gracias.

Juan García. 

 

 

Judas ¿también hoy?

Son bien conocidas, también porque se encargan de hacer mucha publicidad, las diferentes corrientes que dentro de la Iglesia quieren acomodar la realidad de Cristo, las palabras de Cristo, las enseñanzas de Cristo, el sufrimiento de Cristo al redimirnos del pecado, la misericordia de Cristo perdonándonos cuando nos arrepentimos, el Amor de Cristo que nos habla de tomar la Cruz si queremos vivir con Él la Resurrección; al “espíritu del siglo”.

Y son también muy conocidas las “exigencias” de esas corrientes para que los cristianos conformemos nuestra cabeza y nuestras acciones, basándonos siempre en “nuestro propio discernimiento”, el banal espíritu del siglo que pretende quitar de su mente la noción de pecado, la noción de ofensa a Dios, la noción del mal que el hombre se hace rechazando a Dios; y que pretende llenar el vacío existencial del hombre que abandona su relación vital con Cristo, con cuatro gestos adornados con un cierto aire “religioso”.

Al pararme a considerar estas dos realidades, he recordado que el card. Sarah habla de Judas, de la presencia de Judas en este “anochecer” de la situación de la Iglesia hoy. Aunque lo cierto es que la figura de Judas ha estado siempre presente en la Iglesia, y seguirá hasta el final de los tiempos. Y con todo esto me ha venido a la cabeza la triste y lamentable historia del arzobispo de París los primeros años de la revolución francesa.

Pedro García

 

 

Manos Unidas

Como cada año, la ONG de la Iglesia, Manos Unidas, para el desarrollo, pone el dedo en la llaga y trata de sensibilizar aquí, entre nosotros, para poder realizar proyectos por todo el mundo. 821 millones de personas siguen, a día de hoy, pasando hambre. Es una vergüenza global ante la que no cabe la indiferencia. Por eso este año se nos invita a poner nuestro granito de arena para contribuir a la construcción de un mundo más sostenible. Las consecuencias del deterioro del planeta las sufren especialmente los más pobres, y por eso Manos Unidas quiere ser altavoz del grito de la tierra herida y de las personas empobrecidas y hambrientas, porque como subraya el Papa, ambos lamentos suenan al unísono. Manos Unidas lleva en la brega 61 años, sin faltar a la cita de esta campaña. Su trayectoria es una garantía de que cuanto aportemos, por poco que sea, llegará a su destino, y manejado por las buenas manos de tantos misioneros, servirá para mejorar las condiciones de vida de tantos hermanos nuestros que viven en la miseria, más aún, para fortalecer su esperanza.

Jaume Catalán Díaz

 

 

Alarma en la enseñanza concertada en Cataluña

El proyecto de los decretos sobre la educación en Cataluña está impulsado por la Consellería de Educación de Cataluña. El proyecto ha generado una reacción contundente de todas las Patronales y Federaciones de AMPA de la escuela concertada. Por eso, todas juntas han decidido iniciar una campaña de recogida de alegaciones “express” en todos los colegios concertados de Cataluña.

La campaña busca la recogida de firmas de familias, docentes y amigos: cualquier persona mayor de edad puede firmar la alegación. Desde los colegios harán llegar a la Consellería de Educación todas las alegaciones.

Los padres de estos centros han destacado que hay muy poco margen de tiempo, y están pidiendo que se remitan a la Secretaría de los colegios.

Suso do Madrid

 

 

Surge la esperanza… “los biodegradables” 

 

            El día de su publicación (24-12-2019) leo un muy interesante artículo, sobre la reacción de la industria y algunos gobiernos, para empezar a trabajar, produciendo cuanto más mejor, de productos biodegradables, en todos los campos que necesita la humanidad; si esto se generaliza, puede paliarse y regenerarse “el muladar” en que ya hemos convertido grandes áreas del planeta Tierra. Es claro que todo ello y si se continua con verdadera disciplina de regeneración, no va a ser cosa de cuatro días o incluso de “cuarenta años”; pero ya digo, al menos “la gran obra ya se ha empezado en serio”. Y reitero… Es esperanzador leer ello; esperemos que en tiempos prudenciales, "el hombre aprenda lo que desde la noche de los tiempos hace la Naturaleza"; o sea, a reciclar todo lo que produce. Lo lamentable es el estado actual de basuras en el mundo; cuando si se hubiese legislado con previsión, esto no hubiese ocurrido; o sea, no haber autorizado nunca, fabricados NO BIODEGRADABLES; así de sencillo; pero no se hizo y ahora nos encontramos un planeta ya demasiado "enmierdado"; lo que va a costar ni se sabe cuánto esfuerzo, disciplinas y tiempo el lograrlo… “pero ya dice el viejo adagio que, para hacer un largo camino, siempre hay que empezar dando el primer paso”.

                        Lo que hay que exigir, es que igualmente, todos los aparatos y artilugios que se fabriquen, que se hagan con la mayor durabilidad que permita la técnica que se domine; lo que no es puede seguir es produciendo artículos o fabricados para…”usar y tirar”; si una lavadora puede durar muchos años por ejemplo, que los dure, igual un televisor, un ordenador, un automóvil, o cualquier otro útil que se fabrique; puesto que sabido es que se han fabricado ya con premeditación y alevosía, para que se inutilicen por sí mismos “en el tiempo que ha marcado el fabricante” y automáticamente queden inutilizados, para obligar a que compres uno nuevo. Y ello es uno de los principales motivos, de “las montañas de basuras que hoy contaminan al planeta”.

                        Les dejo una parte del texto del artículo referido; y también la dirección para que puedan leer el mismo, en su totalidad, puesto que es muy interesante; lean y difundan, al propio tiempo que se conciencian que es una obligación de todos, el conocer y fomentar las cosas que por su envergadura nos afectan hoy y más a los que “vienen tras de nosotros”…

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 https://www.elconfidencial.com/sociedad/2019-12-24/envases-futuro-plasticos-biodegradables-bra_2385780/

“24/12/2019 05:00 (El Confidencial)

Un refresco en una botella de vidrio rellenable, ligera y con mayor capacidad que la clásica de usar y tirar. Yogures con un envase más redondeado para que no cueste rebañar los bordes con la cuchara. Menos peso, más capacidad. El ecodiseño se ha impuesto en los envases de los productos que compramos y usamos, no solo para ahorrar costes a la hora de utilizar materias primas sino también para ser más sostenibles: con el mismo material se pueden fabricar más envases.

Los números dan la razón a esta tendencia. En 20 años, gracias a replantear los diseños se ha conseguido ahorrar 528.700 toneladas de materia prima y se ha evitado la emisión de 1.430.500 toneladas de CO2. Solo el pasado año, gracias al ecodiseño se ahorraron más de 25.200 toneladas de materias primas, según Ecoembes. Esta tendencia a hacer los envases más sostenibles ha reducido un 18% el peso de las botellas de agua, un 21% los envases de yogur y un 20% las latas de aluminio desde 1999.

Además, supone un reto para las empresas, cada vez más comprometidas con la necesidad de innovar para ser más sostenibles. “Aunque no hay un 'envase del futuro' concreto, los bioplásticos, que proceden de fuentes vegetales o son biodegradables o ambas cosas, son la tendencia en cuanto a materiales", nos explica Jorge García, especialista en innovación de Ecoembes. "El año pasado obtuvimos botellas y bandejas a partir del excedente en estado de descomposición de frutas y verduras de mercados municipales. También eran reciclables mediante compostaje", apunta”.

 

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes