Las Noticias de hoy 19 Febrero 2020

Enviado por adminideas el Mié, 19/02/2020 - 12:02
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 19 de febrero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Miércoles de Ceniza: Francisco presidirá la celebración de las “Estaciones” romanas

Carta del Papa por el Año Jubilar de Costa Rica: Seguir evangelizando

Bari: Presentación del encuentro de obispos “Mediterráneo frontera de paz”

CON LA MIRADA LIMPIA: Francisco Fernandez Carbajal

“¡Señor, que no sé rezar!”: San Josemaria

Todo el día una Misa: Salvador Bernal

Enamoramiento: el papel de los sentimientos y las pasiones (1): Enrique Rojas

Santos Jacinta y Francisco Marto, videntes de Fátima – 20 de febrero

El encanto de la Vejez: encuentra.com

El amor matrimonial: Sheila Morataya

SEAT: "Juntos, pueden suceder cosas grandes": Alfonso Mendiz

¿Quién vigila entre el centeno?: Ángel Cabrero Ugarte

8 claves para que el móvil no te robe el tiempo que pasas con tus hijos: Isabel Molina Estrada

   Del fuego al Sol: un largo camino.: José Manuel Belmonte.

Vivir con humor: Alfonso Aguiló

¿A quién pertenecen los hijos?: Jesús Martínez Madrid

La píldora de la muerte: Jesús Martínez Madrid

Afirmó en Jerusalén: Valentín Abelenda Carrillo

Pensamientos y reflexiones 245 : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta


Martes, 18 de febrero de 2020

Falta suficiente pan para los discípulos que subieron al bote con Jesús y les entra la preocupación de la gestión de algo material. Dice el Evangelio (Mc 8,14-21): “Discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes. Dándose cuenta, les dijo Jesús: ¿Por qué andáis discutiendo que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis el corazón embotado? ¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís? ¿No recordáis cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil?”.
 
Vemos la diferencia que hay entre un “corazón embotado”, como el de los discípulos, y un “corazón compasivo” como el del Señor, el que expresa su voluntad. Y la voluntad del Señor es la compasión: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Porque un corazón sin compasión es un corazón idolátrico, es un corazón autosuficiente, que avanza sostenido por su propio egoísmo, que se hace fuerte solo con las ideologías. Pensemos en los cuatro grupos ideológicos del tiempo de Jesús: los fariseos, los saduceos, los esenios y los zelotes. Cuatro grupos que habían embotado el corazón para llevar adelante un proyecto que no era el de Dios; no había sitio para el plan de Dios, no había sitio para la compasión.
 
Pero existe una “medicina” contra la dureza del corazón, y es la memoria. Por eso, en el Evangelio de hoy, y en tantos pasajes de la Biblia, se escucha la llamada al poder salvífico de la memoria, una gracia que debemos pedir porque mantiene el corazón abierto y fiel. Cuando el corazón se endurece, cuando el corazón se embota, se olvida… Se olvida la gracia de la salvación, se olvida la gratuidad. El corazón duro lleva a las peleas, lleva a las guerras, lleva al egoísmo, lleva a la destrucción del hermano, porque no hay compasión. Y el mensaje de salvación más grande es que Dios tuvo compasión de nosotros. Ese estribillo del Evangelio, cuando Jesús ve una persona, una situación dolorosa: “y tuvo compasión”. Jesús es la compasión del Padre; Jesús es una bofetada a toda dureza de corazón. 
 
Pedir la gracia de tener un corazón no ideologizado ni endurecido, sino abierto y compasivo ante cuanto sucede en el mundo porque por eso seremos juzgados el día del juicio, no por nuestras ideas o por nuestras ideologías. “Tuve hambre, y me diste de comer; estuve en prisión, y viniste a verme; estaba afligido y me consolaste”. Así está escrito en el Evangelio, y esa es la compasión, esa es la no-dureza de corazón. Y la humildad, la memoria de nuestras raíces y de nuestra salvación, nos ayudarán a conservarlo así. Cada uno tiene algo que se ha endurecido en su corazón. Hagamos memoria, y que sea el Señor quien nos dé un corazón recto y sincero —como hemos pedido en la oración colecta(*)— donde habita el Señor. En los corazones duros no puede entrar el Señor; en los corazones ideológicos no puede entrar el Señor. El Señor entra solo en los corazones que son como el suyo: corazones compasivos, corazones que tienen compasión, corazones abiertos. Que el Señor nos dé esa gracia.

_______________________________________________

(*) Oh Dios, que prometiste permanecer en los rectos y sencillos de corazón, concédenos, por tu gracia, vivir de tal manera que te dignes habitar en nosotros (colecta del VI Domingo del Tiempo Ordinario). (ndt)

 

 

Miércoles de Ceniza: Francisco presidirá la celebración de las “Estaciones” romanas

El 26 de febrero

FEBRERO 18, 2020 16:18REDACCIÓNPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 18 febrero 2020).- El 26 de febrero, Miércoles de Ceniza, día en el que comienza la Cuaresma, está prevista una celebración en forma de “Estaciones” romanas presidida por el Papa Francisco.

Así lo ha comunicado hoy, 18 de febrero de 2020, la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

De acuerdo a la citada fuente, a las 16:30 horas, en la iglesia de San Anselmo del Aventino, comenzará la liturgia “de las estaciones” seguida de la procesión penitencial a la basílica de Santa Sabina.

A la procesión asistirán los cardenales, arzobispos, obispos, monjes benedictinos de San Anselmo, los Padres dominicos de Santa Sabina y algunos fieles.

Al final de la procesión, en la basílica de Santa Sabina, tendrá lugar la celebración de la Santa Misa con el rito de la bendición y la imposición de las cenizas.

 

 

Carta del Papa por el Año Jubilar de Costa Rica: Seguir evangelizando

Aniversario de la fundación de la Provincia Eclesiástica

FEBRERO 18, 2020 11:05LARISSA I. LÓPEZAÑOS ESPECIALES Y JUBILEOSPAPA Y SANTA SEDE

(ZENIT – 18 febrero 2020).- El Papa Francisco anima a los costarricenses a tener presente “el amor misericordioso de nuestro Señor Jesucristo, de quien brota toda verdad, bondad y belleza, para que laicos y consagrados prosigan incansablemente su actividad evangelizadora (…)”.

El Santo Padre se unió espiritualmente a la apertura del Año Jubilar en Costa Rica con una carta, firmada por el cardenal secretario de Estado Pietro Parolin, indica Vatican News.

Año Jubilar

El Año Jubilar, aprobado por la Penitenciaría apostólica de la Santa Sede del 16 de febrero del 2020 al 16 de febrero de 2021, recuerda la fundación canónica de la Provincia Eclesiástica de Costa Rica. Esta fue realizada por el Papa Benedicto XV con la bula Praedecessorum de 1921, elevando a sede Metropolitana a la Diócesis de San José  y creando las diócesis de Limón y Alajuela.

Las tres catedrales de dichas diócesis constituyen las sedes jubilares donde los peregrinos y fieles podrán obtener las gracias espirituales e indulgencia plenaria.

Acción de gracias

En la misiva, Francisco saluda al clero, a los religiosos y laicos, que participaron el 16 de febrero de 2020 en la apertura de la Puerta Santa por el Centenario de la creación de la Provincia Eclesiástica de Costa Rica.

Igualmente, de acuerdo al citado medio, el Pontífice se “une espiritualmente a la ferviente acción de gracias al Señor por todos los frutos conseguidos a lo largo de estos cien años, en su misión de acompañar, iluminar y animar a todos los hijos e hijas de esa Nación”.

Llevar el Evangelio a todos

El Obispo de Roma también invita a llevar a todos “la alegría del Evangelio, particularmente a los más necesitados y alejados” y a dar “verdadero testimonio de la vida cristiana en los diversos ambientes de la sociedad”, indica la misiva.

Finalmente, implora la maternal protección de Nuestra Señora de Los Ángeles, patrona de Costa Rica, impartiendo “con afecto la implorada Bendición Apostólica que complacido hace extensiva a todos los participantes en la Solemne Celebración”, indica la misma fuente.

 

 

Bari: Presentación del encuentro de obispos “Mediterráneo frontera de paz”

Misa de clausura presidida por el Papa

FEBRERO 18, 2020 17:05LARISSA I. LÓPEZIGLESIA CATÓLICA

(zenit – 18 febrero 2020).- La “nota característica” del encuentro de obispos “Mediterráneo, frontera de la paz” será “la escucha”, indicó el Mons. Stefano Russo, secretario general de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI).

Con estas palabras, en la rueda de prensa de presentación del evento, el prelado define las intenciones de esta reunión que comienza mañana, miércoles 19 de febrero de 2020, y concluye el 23 de febrero, en Bari, Italia.

En estos días, los obispos católicos de los países bañados por el Mare Nostrum discutirán el papel del “Mediterráneo, frontera de la paz”. La asamblea será clausurada por el Papa Francisco con la celebración de la Santa Misa el domingo 23 en el Corso Vittorio Emanuele II.

Momento de escucha

Para el secretario de la CEI, este encuentro supone “un momento de escucha entre las Iglesias católicas que miran al Mediterráneo, el resultado de un camino hecho en el diálogo y que esperamos que continúe”.

De acuerdo a Vatican News, esta asamblea, que contará con 58 obispos y patriarcas, se construirá en base a los temas cada vez más complicados sobre la fraternidad y la paz. De la discusión, estimulada por dos introducciones y llevada a cabo en ocho mesas de discusión, “surgirá un documento que entregaremos al Papa”, anunció el prelado.

Mons. Russo estuvo acompañado en la presentación por el arzobispo de Bari-Bitonto, Mons. Francesco Cacucci, así como por el presidente de la Región de Apulia, Michele Emiliano, y el alcalde de Bari, Antonio Decaro.

Acontecimiento histórico

Después de la visita de 2018, la capital de Puglia acoge de nuevo al Papa Francisco, esta vez con ocasión del “encuentro de los obispos católicos de la cuenca del Mediterráneo procedentes de Europa, los Balcanes, Oriente Medio, África del Norte, una realidad compleja que tras el período colonial acabó siendo un lugar de conflicto”, apuntó Mons. Francesco Cacucci.

Michele Emiliano, por su parte, describió esta cita como “un acontecimiento histórico sin precedentes”. Igualmente, para él, este espacio de reflexión y espiritualidad representa una etapa del largo camino “que comenzó con Juan Pablo II, continuó con Benedicto XVI que en 2005 nos pidió que realizáramos acciones concretas para promover el diálogo ecuménico y luego con el Papa Francisco, que nos pidió que lleváramos la reliquia de San Nicolás a Moscú y que ahora regresa de nuevo”.

Valor simbólico y evocador

“La comunidad de Bari está contenta porque Bari, una vez más, es protagonista de un evento que tiene un valor simbólico y evocador”, dijo Antonio Decaro, alcalde de la ciudad.

El patrón y símbolo de esta ciudad italiana es san Nicolás, que precisamente encarna los “valores de la paz, la hospitalidad, la tolerancia”. “La esperanza es que el Mediterráneo vuelva a ser el mar por el que pasan las historias y la paz, y no las rutas de los traficantes de armas y de los seres humanos”, concluyó el alcalde.

 

 

CON LA MIRADA LIMPIA

— La guarda de la vista.

— En medio del mundo, sin ser mundanos.

— Un cristiano no asiste a lugares o espectáculos que desdicen de su condición de discípulo de Cristo.

I. Llegó Jesús a Betsaida con sus discípulos, y enseguida le llevaron un ciego para que lo tocara. El Señor tomó de la mano al ciego y lo sacó fuera de la aldea, y allí hizo lodo con saliva y lo puso en sus ojos; a continuación le impuso las manos y le preguntó si veía algo. El ciego, alzando la mirada, dijo: Veo a los hombres como árboles que andan. Y después de imponerle de nuevo las manos, el ciego comenzó a ver, de manera que veía con claridad todas las cosas1.

Las curaciones del Señor solían ser instantáneas. Esta, sin embargo, tuvo un pequeño proceso, porque quizá la fe del ciego al comienzo era débil, y Jesús quería curar a la vez alma y cuerpo2. Ayudó a este hombre, al que con tanta piedad tomó de la mano, para que su fe se fortaleciera. Pasar de no tener luz alguna a ver algo borroso ya era algo, pero el Maestro quería darle una mirada clara y penetrante para que pudiera contemplar las maravillas de la creación. Muy probablemente, lo primero que vio con claridad aquel ciego fue el rostro de Jesús, que le miraba complacido.

Lo sucedido con este hombre ciego para las cosas materiales nos puede servir para considerar la ceguera espiritual; con frecuencia nos encontramos a muchos ciegos espirituales que no ven lo esencial: el rostro de Cristo, presente en la vida del mundo. El Señor habló muchas veces de este tipo de ceguera, cuando decía a los fariseos que eran ciegos3 o cuando se refería a quienes tienen los ojos abiertos pero no ven4. Es un gran don de Dios mantener la mirada limpia para el bien, para encontrar a Dios en medio de los propios quehaceres, para ver a los hombres como hijos de Dios, para penetrar en lo que verdaderamente vale la pena..., incluso para contemplar, junto a Dios y desde Dios, la belleza divina que dejó como un rastro en las obras de la creación. Por otra parte, es necesario tener la mirada limpia para que el corazón pueda amar, para mantenerlo joven, como Dios desea.

Muchos hombres no están ciegos del todo, pero tienen una fe muy débil y una mirada apagada para el bien, que apenas vislumbran en el horizonte de su vida. Estos cristianos apenas se dan cuenta del valor de la presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía, el inmenso bien del sacramento de la Penitencia, el valor infinito de una sola Misa, la belleza del celibato apostólico... Les falta limpieza de alma y una mayor vigilancia en la guarda de los sentidos –que son como las puertas del alma–, y de modo particular de la vista.

El alma que comienza a tener vida interior aprecia el tesoro que lleva en su corazón y cada día evita con más esmero la entrada en el alma de imágenes que imposibiliten o entorpezcan el trato con Dios. No se trata de «no ver» –porque necesitamos la vista para andar en medio del mundo, para trabajar, para relacionarnos–, sino de «no mirar» lo que no se debe mirar, de ser limpios de corazón, de vivir sin rarezas el necesario recogimiento. Y esto al ir por la calle, en el ambiente en el que nos movemos, en las relaciones sociales. Mirada limpia no solo en aquello que se refiere directamente a la lujuria –que ciega para los bienes sobrenaturales, e incluso para los auténticos valores humanos–, sino en otros campos que también caen dentro de la «concupiscencia de los ojos»: afán de poseer ropas, objetos, determinadas comidas o bebidas... La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas5.

¡Qué pena si alguna vez –por no haber sido delicadamente fieles en esta materia– en vez de ver el rostro de Cristo con claridad vislumbráramos solo una imagen desdibujada y lejana! Examinemos hoy en nuestra oración cómo vivimos esa «guarda de la vista», tan necesaria para la vida sobrenatural, para ver a Dios. Quien no tiene esa mirada limpia, su visión es borrosa y frecuentemente deforme.

II. El cristiano ha de saber –poniendo los medios necesarios– quedar a salvo de esa gran ola de sensualidad y consumismo que parece querer arrasarlo todo. No tenemos miedo al mundo porque en él hemos recibido nuestra llamada a la santidad, ni tampoco podemos desertar, porque el Señor nos quiere como fermento y levadura; los cristianos «somos una inyección intravenosa puesta en el torrente circulatorio de la sociedad»6. Pero estar en medio del mundo no quiere decir ser frívolos y mundanos: no te pido que los saques del mundo -pidió Jesús al Padre-, sino que los preserves del mal7. Debemos estar vigilantes, con una auténtica vida de oración y sin olvidar que las pequeñas mortificaciones –y las grandes, cuando lleguen y cuando el Señor las pida– han de mantenernos siempre en guardia, como el soldado que no se deja vencer por el sueño, porque es mucho lo que depende de su vigilia.

Los Apóstoles alertaron a quienes se convertían a la fe para que vivieran la doctrina y la moral de Cristo, en un ambiente pagano bastante parecido al que en estos tiempos nos rodea8. Si alguno no luchara de una manera decidida sería arrastrado por ese clima de materialismo y de permisivismo. Incluso en los países de honda tradición cristiana es patente cómo se han extendido modos de vivir y de pensar en oposición abierta con las exigencias morales de la fe cristiana y hasta de la misma ley natural.

Los propagadores del nuevo paganismo han encontrado un eficaz aliado en esas diversiones de masas, que ejercen un gran influjo en el ánimo de los espectadores. Con mayor abundancia en los últimos años, proliferan estos espectáculos que, bajo las más variadas excusas o sin excusa alguna, fomentan la concupiscencia y un estado interior de impureza que da lugar a muchos pecados internos y externos contra la castidad. A un alma que viviera en ese clima sensual le sería imposible seguir a Cristo de cerca... y quizá tampoco de lejos. No es raro que, junto a la procacidad e impureza en la forma o en el fondo, esas representaciones traten de ridiculizar la religión y las verdades más santas del Cristianismo, y hagan alarde de irreligiosidad y de ateísmo, con un lenguaje blasfemo o unas actitudes irreverentes.

Los Santos Padres utilizaron en su predicación palabras duras para apartar a los primeros cristianos de los espectáculos y diversiones inmorales9. Y aquellos fieles supieron prescindir –con soltura, porque así lo pedían los nuevos ideales que habían encontrado al conocer a Cristo– de los esparcimientos que podían desdecir de su afán de santidad o poner en peligro su alma, hasta el punto de que, no pocas veces, los paganos se daban cuenta de la conversión de un amigo, de un pariente o de un vecino porque dejaba de asistir a aquellos espectáculos10, poco coherentes o abiertamente opuestos a la delicadeza de conciencia de una persona que ha encontrado en su vida a Cristo.

¿Ocurre con nosotros algo semejante? ¿Sabemos cortar con diversiones, o dejamos de asistir a lugares que desdicen de un cristiano? ¿Cuidamos la fe y la santa pureza de los hijos, de los hermanos más pequeños, por ejemplo cuando un programa de televisión es inconveniente? Pidamos al Señor una delicada conciencia para apartar con firmeza, sin titubeos, lo que nos separe de Él o enfríe nuestro afán de seguirle.

III. El Cristianismo no ha cambiado: Jesucristo es el mismo ayer, y hoy y siempre11, y nos pide la misma fidelidad, fortaleza y ejemplaridad que pedía a los primeros discípulos. También ahora deberemos navegar contra corriente en muchas ocasiones; y pueden darse situaciones que quizá nuestros amigos no entiendan en un primer momento, pero que frecuentemente son el primer paso para acercarlos al Señor y para que se decidan a vivir una honda vida cristiana.

Nuestra lealtad con Dios nos ha de llevar a evitar las ocasiones de peligro para el alma. Por esto, antes de ver la televisión o de acudir a una diversión hay que tener la seguridad de que no será ocasión de pecado. En la duda debemos prescindir de esos entretenimientos, y si –por estar mal informados– se asistiera a un espectáculo que desdice de la moral, la conducta que sigue un buen cristiano es levantarse y marcharse: si tu ojo derecho te es ocasión de escándalo, arráncatelo y tíralo lejos de ti12. No asistir o marcharse, sin miedo a «parecer raros» o poco naturales, pues lo poco natural en un seguidor de Jesucristo es precisamente lo contrario.

Para vivir como verdaderos cristianos debemos pedir al Señor la virtud de la fortaleza, de no transigir con nosotros mismos y saber hablar con claridad a los demás, sin miedo al qué dirán, aunque parezca que no van a entender lo que les decimos. Las palabras, acompañadas del ejemplo y de una actitud llena de seguridad y de alegría, les ayudarán a comprender y a buscar una vida más firme, una mejor formación. Y si alguno objetara que está inmune al influjo de esas diversiones, cuando sea oportuno le podremos recordar cómo, de modo imperceptible, se va creando en el alma una corteza que impide el trato con Dios y la delicadeza y respeto que exige todo amor humano verdadero. Cuando alguien dice que no le hace daño asistir a esos lugares o ver esos programas, quizá es señal precisamente de que él necesita más que otros abstenerse de ellos. Posiblemente tiene ya el alma endurecida y los ojos nublados para el bien.

Además de no asistir, de no contribuir ni con una sola moneda al mal, y poner de su parte, cada uno según sus posibilidades, los medios para evitarlo, los cristianos deben contribuir positivamente a que existan espectáculos y diversiones sanas y limpias que sirvan para descansar del trabajo, para relacionarse y conocerse, para cultivar amenamente el espíritu, etc.

San José, fiel a su vocación de custodio y protector de Jesús y de María, los amó con amor purísimo. Pidámosle hoy que sepamos nosotros, con fortaleza, poner los medios que sean necesarios para poder contemplar a Dios con una mirada clara y penetrante; que sepamos amar a las criaturas con hondura y limpieza, según la peculiar vocación recibida de Dios.

1 Cfr. Mc 8, 22-26. — 2 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, 2ª ed., Pamplona 1985, nota a Mc 8, 22-26. — 3 Mt 15, 14. — 4 Cfr. Mc 4, 12; Jn 9, 39. — 5 Mt 6, 22-23. — 6 San Josemaría Escrivá, Carta 19-III-1934. — 7 Jn 17, 15. — 8 Cfr. Rom 13, 12-14. — 9 Cfr. San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 6, 7. — 10 Cfr. Tertuliano, Sobre los espectáculos, 24. — 11 Cfr. Heb 13, 8. — 12 Mt 5, 29.

 

“¡Señor, que no sé rezar!”

Si de veras deseas ser alma penitente –penitente y alegre–, debes defender, por encima de todo, tus tiempos diarios de oración –de oración íntima, generosa, prolongada– y has de procurar que esos tiempos no sean a salto de mata, sino a hora fija, siempre que te resulte posible. No cedas en estos detalles. Sé esclavo de este culto cotidiano a Dios, y te aseguro que te sentirás constantemente alegre. (Surco, 994)

19 de febrero

Cuando veo cómo algunos plantean la vida de piedad, el trato de un cristiano con su Señor, y me presentan esa imagen desagradable, teórica, formularia, plagada de cantilenas sin alma, que más favorecen el anonimato que la conversación personal, de tú a Tú, con Nuestro Padre Dios -la auténtica oración vocal jamás supone anonimato-, me acuerdo de aquel consejo del Señor: en la oración no afectéis hablar mucho, como hacen los gentiles, que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras. No queráis, pues, imitarles, que bien sabe vuestro Padre lo que habéis menester, antes de pedírselo. Y comenta un Padre de la Iglesia: pienso que Cristo nos manda que evitemos las largas oraciones; pero larga, no en cuanto al tiempo, sino por la multitud inacabable de palabras... El Señor mismo nos puso el ejemplo de la viuda que, a fuerza de súplicas, venció la resistencia del juez inicuo; y el otro de aquel inoportuno que llegó a deshora en la noche y, por su tozudez más que por la amistad, logró que se levantara de la cama el amigo (cfr. Lc XI, 5-8; XVIII, 1-8). Con esos dos ejemplos, nos manda que pidamos constantemente, pero no componiendo oraciones interminables, sino contándole con sencillez nuestras necesidades.

De todos modos, si al iniciar vuestra meditación no lográis concentrar vuestra atención para conversar con Dios, os encontráis secos y la cabeza parece que no es capaz de expresar ni una idea, o vuestros afectos permanecen insensibles, os aconsejo lo que yo he procurado practicar siempre en esas circunstancias: poneos en presencia de vuestro Padre, y manifestadle al menos: ¡Señor, que no sé rezar, que no se me ocurre nada para contarte!... Y estad seguros de que en ese mismo instante habéis comenzado a hacer oración. (Amigos de Dios, 145)

 

 

Todo el día una Misa

Memoria del Beato Josemaría Escrivá, entrevista de Salvador Bernal a Mons. Javier Echevarría.

ÚLTIMAS NOTICIAS31/12/2011

Uno de los párrafos del Decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre las virtudes heroicas de Josemaría Escrivá de Balaguer, comienza con estas palabras: "Amó ardientemente a la Santísima Eucaristía, y consideró siempre el Sacrificio de la Misa centro y raíz de la vida cristiana". En infinidad de lugares, afirmó que de cada cristiano debe poder decirse que no es alter Christus, otro Cristo, sino ipse Christus, el mismo Cristo. Con mayor motivo es ipse Christus el sacerdote, cuando oficia esa acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo (Es Cristo que pasa, 86). Vd. ha visto de cerca, desde 1953, cómo se preparaba el Fundador del Opus Dei para celebrar la Misa, cómo la decía, cómo daba gracias y cómo se prolongaba durante el día.

Exponer cómo celebraba la Misa, rezaba la Liturgia de las Horas, o administraba los Sacramentos, requeriría mucho tiempo, porque era la expresión más clara de su trato inmediato, intenso y amorosísimo con el Señor.

Sufría mucho cuando una enfermedad le impedía celebrar; y sólo el ofrecimiento de esa pena paliaba un poco la tristeza de no poder renovar el Sacrificio del Calvario. Se dibujaba en su rostro la gran alegría interior que experimentaba cuando el médico le autorizaba a levantarse: aunque se encontrase muy débil, salía al altar con gran recogimiento, con todos sus sentidos y potencias. Muchas veces, exclamaba: tengo ansias de celebrar, tengo ansias de estar con Jesús en el altar, tengo ansias de que el Señor baje a través de mis manos otra vez al altar.

Nunca celebraba sin haber considerado, en la presencia del Señor, la sublimidad y la grandeza del Santo Sacrificio. Hacía antes la meditación, para prepararse con la mayor dignidad posible. Cuando dio la Primera Comunión a algunos de sus sobrinos, organizaron las ceremonias hacia la mitad de la mañana, para que pudiesen asistir los invitados. Como es lógico, saludaba a sus parientes al llegar, pero, después de cambiar unas palabras con ellos, se despedía: me tengo que retirar, porque voy a prepararme para celebrar la Santa Misa. Se marchaba al oratorio, y allí se quedaba recogido en oración, hasta el momento de comenzar.

Muchas veces, me confió lo que repetía mientras daba gracias o se preparaba para la celebración del día siguiente: gracias, Señor, porque me has dejado decir la Misa esta mañana; gracias, Señor, porque mañana podré tenerte nuevamente entre las manos, si me concedes la vida.

Recuerdo que el 9 de febrero de 1973, nos manifestó a Mons. Álvaro del Portillo y a mí: quiero decir la Santa Misa muy bien. Don Álvaro comentó: "¡es muy difícil!". Y el Fundador del Opus Dei agregó: ya lo sé, pero quiero decirla bien porque al Señor le agradan esos deseos.

En otra ocasión, instantes antes de empezar, me rogó: únete a la intención de mi Misa, y pide al Señor que yo celebre la Santa Misa como Él quiere. Pondré en el altar, como hago todos los días, a los enfermos y a los atribulados, aunque muchas veces nos inventemos las tribulaciones. De modo que "buen sastre es el que conoce el paño" y os lo digo yo, porque me veo con las mismas debilidades que podéis tener vosotros.

Antes de considerar otros aspectos, añadiría alguna referencia a la actitud de fondo con que Mons. Escrivá de Balaguer acudía a la Misa. Me ha impresionado siempre lo que escribió en Es Cristo que pasa, 87, para prevenir respuestas empobrecedoras: nuestros corazones, mezquinos, son capaces de vivir rutinariamente la mayor donación de Dios a los hombres.

El 24 de octubre de 1971, cuando nos leía en el Círculo semanal las normas del plan de vida, repitió despacio: ¡Santa Misa! Y, tras una pausa, añadió: ¡nunca es una labor de administrativo, de rutina!

Se tocaba con las manos que cada día era algo muy distinto, independientemente del número de asistentes. Al celebrar el Santo Sacrificio, llevaba al altar a la humanidad, a los Ángeles y Arcángeles, la creación entera, sintiendo la compañía de todas las criaturas, con sus alabanzas y con sus necesidades, que ofrecía a la Trinidad. Ponía de su parte un gran esfuerzo mental y físico, que en ocasiones, por el cansancio del trabajo y las circunstancias de su enfermedad, hacía que terminase verdaderamente agotado. Al mismo tiempo, se reflejaba en su rostro una felicidad inmensa por ese encuentro que había tenido con la Trinidad Beatísima, ya que siempre estuvo radicada en su alma y en su mente la inmediatísima cercanía de las Tres Personas en la renovación del Sacrificio del Calvario.

No había un gesto al que no diera un hondo contenido espiritual, como tampoco pronunciaba una palabra sin fijar su atención, poniendo el amor de que era capaz. Respondía perfectamente a lo que le escuché en 1956:hay que insistir en la piedad de la Misa, para nosotros y para los demás: no podemos, no me podéis, desaprovechar esa fuerza centrípeta, infinita, que recoge los dones de Dios, en este máximo Sacrificio.

De esos detalles en el modo de celebrar la Santa Misa, valdría la pena recoger algunos especialmente significativos.

Sus palabras y sus gestos no eran en ningún momento afectados y, sin embargo, denotaban una piedad que transparentaba su unión con el Señor y su esfuerzo para aprovechar la gracia.

Comenzaba al pie de la grada del altar, santiguándose con pausa, con un trato ya inmediato con las Tres Personas de la Santísima Trinidad. Rezaba el Salmo XLII, el Confiteor y el Misereatur con una contrición profunda. Aprovechaba ese instante para agradecer al Señor que actualizase ese Sacrificio a través de su persona, dándole una energía y una juventud eternas, para luego acometer empresas que superaban las fuerzas humanas. Se notaba además que, en el Confiteor, ponía más énfasis en las palabras ideo precor, para acudir especialmente a la intercesión de Nuestra Señora.

Subía al altar mientras rezaba los dos Oremus en secreto, y besaba el sepulcro de las reliquias. Me confiaba en una ocasión: yo beso apasionadamente el altar. Pienso que allí se renueva el Sacrificio del Calvario; y allí, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se vuelcan con la humanidad... Llenaos de deseos de amor, de reparación y de sacrificio. Él nos ha dado su Amor, y amor con amor se paga. Que no me digan que Dios está lejos: está bien metido dentro de cada uno de nosotros, si no le echamos por el pecado.

Impresionaba mucho el tono con que leía los textos litúrgicos, con la nitidez propia de quien los pronuncia a la vez con la boca y con el corazón. Se metía tanto en estos textos, y concretamente en las lecturas, que -si asistían otras personas- no podía contenerse y, al término del Evangelio, exteriorizaba su sentimiento en una homilía.

Rezaba el Credo, con una fe profunda y sincera. Paladeaba cada palabra. Proclamaba con fuerza las verdades del Símbolo, y concretamente las notas de la Iglesia. Se entusiasmaba con estas afirmaciones, y las convertía en oración de petición que quería extender por la tierra: Una, Santa, Católica y Apostólica.

Preparaba luego, con gestos y miradas de verdadero amor, la hostia y el vino que habrían de transformarse después en el Cuerpo y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. El gesto de sus manos al tratar las Sagradas Especies, denotaba el afecto que abrigaba su alma y su anhelo de acariciar a ese Dios que se nos entrega. Acariciarle, no solamente con las manos, sino con la vida entera. Y cuando, llegado el Ofertorio, tomaba la Hostia o el Cáliz en las manos, resultaba evidente que colocaba allí a toda la humanidad y muy especialmente a la Iglesia Santa, al Papa, a los Obispos, y a sus hijas y sus hijos. Se advertía entonces la autenticidad de su respuesta a los que le manifestaban sus preocupaciones: mañana, cuando suba al altar, pondré todo lo que me dices en la patena, para que el Señor se lo encuentre cuando baje.

Rezaba el Orate fratres con una entonación que invitaba muy de veras a los asistentes a participar con intensidad. Se giraba hacia el pueblo, en los momentos prescritos por la liturgia, con los ojos entornados para evitar las distracciones.

Se notaba que pedía por la santidad de toda la Iglesia. Muy piadosamente, pronunciaba en el Canon romano el nombre del Papa y del Obispo de la diócesis, mostrando su adhesión a la autoridad de la Jerarquía. Repetidamente nos comentaba que su oración se extendía a todos los Pastores de la Iglesia y a los fieles, empezando por sus hermanos sacerdotes, para que fuesen auténticos mediadores entre Dios y los hombres.

Se detenía en el memento, recogiéndose con una plenitud contagiosa. Ponía ante el Señor lo que llevaba en el alma, con el convencimiento seguro de que le escuchaba, y de que le iba a conceder lo que pedía, de la manera más conveniente. En 1962, nos encarecía: encomendad a la gente en la Santa Misa, y decídselo así porque lo agradecen y porque eso es vida cristiana. No podemos hablar de Dios de una manera hueca y pedante, sin contenido, sino llevando la esencia de Dios a las almas con el enriquecimiento de la Santa Misa, con esa renovación del Amor y del Sacrificio de Cristo, que ha de ser el centro y la raíz de nuestras vidas.

Con la oración del Communicantes, se apoyaba gozosa y confiadamente en la intercesión de la Santísima Virgen María. Recuerdo bien su inclinación de cabeza mientras pronunciaba su nombre. Disfrutaba con la enumeración de los Santos y Mártires que se citan en el Canon romano: manifiestan la continuidad y la unidad de la Iglesia, fortalecida por quienes han sabido dar con su vida testimonio de la entrega salvadora del Señor.

En el Hanc igitur se llenaba de alegría y al mismo tiempo de vergüenza, porque el Señor nos había colocado entre sus elegidos para que le rindiésemos culto aquí en la tierra, y para que eternamente se lo demos en el Cielo: por lo tanto, somos elegidos de Dios.

Muchas personas que asistieron a alguna Misa celebrada por Mons. Escrivá de Balaguer, han relatado la fuerte impresión que sintieron al llegar a la Consagración.

Su fe resplandecía mientras pronunciaba las palabras que actúan la Transubstanciación, sabiendo que en ese momento no es Josemaría quien las dice, sino Cristo. De acuerdo con las rúbricas de entonces, se inclinaba sobre el altar, cogía la Santa Hostia con cariño y respeto, con suavidad y delicadeza, sin afectación ninguna, poniendo todo su amor. En 1956, le escuché este comentario: hoc est enim Corpus meum... Hic est enim Calix Sanguinis mei... ["Porque esto es mi Cuerpo... Porque éste es el Cáliz de mi Sangre..."] No lo digo yo, lo dice Él; yo le presto mi voz, mi persona; pero es Cristo quien consagra, porque no hay más sacerdote que Cristo, Sacerdote Eterno. Como no hay más que una Víctima: por eso me gusta a mí tanto tocar la Forma con mis manos: en ningún sitio está mejor la Víctima que en las manos del sacerdote. Y solía agregar, cuando se refería a este privilegio: yo, que soy un miserable, le presto mi voz, mi voluntad, todo mi ser. Y Él, que es el Amor infinito, que no necesita de nadie, se somete a mi pobre persona.

Pronunciaba las palabras de la Consagración con solemnidad, con encendido amor, con claridad y delicadeza, con una fe que se tocaba. Luego, con el Cuerpo de Nuestro Señor o el Cáliz en sus manos, invocaba interiormente: Dominus meus et Deus meus! ["¡Señor mío y Dios mío!"] Después añadía sin ruido de palabras: Adauge nobis fidem, spem et charitatem! ["¡Auméntanos la fe, la esperanza y la caridad!"] Inmediatamente recitaba en silencio una oración al Amor misericordioso: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo, en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Pedía después: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace ["la alegría y la paz"] a mí y a todos. Y finalmente, mientras volvía a arrodillarse, repetía: Adoro te devote, latens Deitas ["te adoro devotamente, Dios escondido"]. Eran estas oraciones modos fijos de adorar al Señor, que completaba con otras invocaciones y jaculatorias. Por ejemplo, había épocas en las que le manifestaba: ¡Bienvenido! ¡Gracias por haber venido! No supe hasta 1970, en la Villa de Guadalupe, que dirigía estos requiebros y peticiones al Señor, mientras le adoraba en la Consagración.

Recuerdo con qué pasión nos hablaba de nuestras genuflexiones ante el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor. Refiriéndose a las que se hacían entonces antes y después de la elevación, explicaba con detenimiento la rúbrica sacerdos genuflexus adorat ["el sacerdote adora con una genuflexión"]: ¡que le adoréis, y que no tengáis vergüenza de que el pueblo vea que le adoráis, y que le adoráis con todo vuestro amor!

Algunos señalan también que, a partir de ese momento, se le notaba como más concentrado aún en la celebración de los misterios.

En las palabras del Unde et memores, ponía una entonación muy personal y llena de fervor. Actualizaba su convicción de que todo depende de la gracia, y a nosotros nos toca corresponder. Por eso, me impresionaba el acento de amor y de agradecimiento con que rezaba el de tuis donis ac datis, para ofrecer a la Trinidad la hostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immaculatam.

En el memento de difuntos, volvía a recogerse con profunda piedad. Como en el de vivos, curvaba un poco la espalda, metiendo la cabeza sobre el pecho, y apoyándola en las manos juntas delante. Solía repetir que rezaba por todas las almas del Purgatorio -¡sus buenas amigas, las ánimas del Purgatorio!-, deteniéndose a pedir en concreto por sus padres y sus parientes, por sus hijas e hijos, por los padres de sus hijas y de sus hijos, por los hijos de sus hijas y de sus hijos. Con la misma devoción y con la misma caridad encomendaba a las almas de personas que habían intentado hacer daño a la Obra: no les guardaba el más mínimo rencor, ni se sintió jamás enemigo de nadie.

Rezó hasta el final de su vida las siguientes jaculatorias al concluir el tiempo en que estaba recogido, durante el memento de difuntos: os ruego, que digáis conmigo: Señor, Madre mía, que se acabe el tiempo de la prueba para la Iglesia. Y, a continuación: ut inimicos Sanctae Ecclesiae humiliare digneris, te rogamus audi nos ["dígnate humillar a los enemigos de tu Santa Iglesia: te rogamos, óyenos"]. Hacía esta petición con todo el sentido litúrgico: porque no deseaba otra humillación que el reconocimiento de su error, que les permitiera acercarse con una participación total a la vida de la Iglesia.

Venía después aquel golpe de pecho -profundo- con el que acompañaba la oración del Nobis quoque peccatoribus, sintiéndose muy pecador. Tomaba luego con muchísima devoción la Hostia y el Cáliz, para repetir piadosamente: Per ipsum, et cum ipso, et in ipso, est tibi Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria ["Por Cristo, y con Él, y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria"]. En el Pater noster y en las oraciones preparatorias para la Comunión, invocaba a Nuestro Padre Dios, bien seguro de que le escucharía porque tenía a su Hijo sobre el Altar.

Ponía luego un especial cuidado en la fracción de la Hostia, con auténticas caricias de veneración. Por eso, no me extrañó en absoluto un suceso de sus últimos años: vino a su memoria la primera vez que tuvo al Señor entre sus manos y cómo había temblado entonces físicamente, por su devoción y respeto; al recordarlo, volvió a experimentar un temblor idéntico, y de nuevo imploró que nunca se acostumbrase a tratarle ni a tocarle.

Siempre me ha conmovido la intensidad con que recibía la Comunión. Su compostura traslucía un reconocimiento de su indignidad y de su nada. Dirigía al Señor con frecuencia las palabras que rezaba mientras se preparaba para sumir el SanguisQuid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi? ["¿qué podré devolver al Señor por todos los dones que me ha concedido?"].

Terminada la Comunión, purificaba atentamente la patena, el corporal y el cáliz, pero sin caer en el escrúpulo de estar mirando y remirando más tiempo del debido. Exhortaba a los sacerdotes a poner los medios para que no se perdiese ninguna partícula; pero, al mismo tiempo, sin dejarse llevar por los escrúpulos, pues si alguna no se encontraba, ¡la recogerán los Ángeles!

Daba la bendición pausadamente, para trasladarse luego a leer el último Evangelio, el inicio del primer capítulo de San Juan. Pedía con fuerza que los hombres recibiesen al Señor y no lo rechazasen. Hacía la genuflexión con pausa y con profundidad, dando ejemplo de adoración a ese Verbo que se encarna y se nos entrega. Imploraba con fe que todos nos comportáramos como hijos de Dios.

Terminaba rezando -como estaba dispuesto, aunque se dejaba a veces a la discreción de los sacerdotes- las tres Avemarías, la Salve, y las oraciones a la Virgen y a San José, y al Arcángel San Miguel. Concluía repitiendo con mucha entonación las tres invocaciones al Corazón Sacratísimo de Jesús, bien convencido de que necesitamos de esa Misericordia del Señor, que da -así lo predicaba- hasta la última gota de su Sangre y hasta el último aliento de su Vida por la salvación de cada uno de nosotros.

Se comprende que la Misa celebrada por Mons. Escrivá de Balaguer durase mucho más tiempo de lo normal.

En los comienzos de la Obra, necesitaba una hora y más. De acuerdo con su director espiritual, se propuso no alargar la celebración, pensando en los asistentes. También con la conformidad del confesor, aunque no fuese muy litúrgico, ponía el reloj sobre el altar, junto a los corporales, para no superar el tiempo previsto. Fue una lucha titánica, que peleó con generosidad, pensando que no podía regatear nada al Señor, pero tampoco dejarse llevar de modos extraordinarios que quizá llamasen la atención a otras personas. Cuando comencé a asistir a su Misa, dedicaba el tiempo prescrito: de veinticinco a treinta minutos.

Al aconsejarnos a los sacerdotes no alargarla, recordaba su lucha personal para cumplir esa norma: su amor a Dios le arrastraba a quedarse más tiempo; en cambio, los monaguillos, durante el memento de difuntos, al ver que se detenía mucho tiempo, le tiraban de la casulla mientras le repetían en voz alta Agnus Dei!Agnus Dei!, para sacarle del ensimismamiento.

Algunos lectores habrán advertido que buena parte de los comentarios precedentes evocan las rúbricas litúrgicas según el rito de San Pío V, vigente hasta las reformas derivadas del Concilio Vaticano II. ¿Qué sucedió cuando entraron en vigor esos cambios?

Mons. Escrivá de Balaguer aceptó con serenidad y obediencia la reforma, aunque los cambios le exigieron mucho trabajo: no por oposición o crítica a las innovaciones; sino porque la liturgia estaba muy integrada en su piedad, y había obtenido luces para su vida espiritual y su ministerio sacerdotal hasta de gestos que pueden parecer insignificantes en las rúbricas.

Notaba yo el esfuerzo que le suponía el cambio, teniendo en cuenta que llevaba cuarenta años siguiendo el rito anterior. Pero no aceptó excepción alguna, y me rogaba diariamente que no dejase de advertirle lo que hiciera menos bien en las nuevas rúbricas, dispuesto a manifestar su amor a la liturgia, a través del rito renovado.

Sin que hubiese por su parte el menor síntoma de rebeldía, nos comentaba a un grupo de sacerdotes en 1968: obedezco rendidamente en todo lo que han dispuesto para la celebración de la Santa Misa, pero echo de menos tantas rúbricas de piedad y de amor que han quitado: por ejemplo, ya no doy el beso a la patena, en el que ponía tanto amor -toda mi alma- para que Él se lo encontrara. Pero hemos de saber obedecer, viendo la mano de Dios, y tratando al Señor con delicadeza, sin robarle nada de tiempo.

Fue una temporada larga de esfuerzo. Si volvíamos a plantearle la posibilidad de pedir el privilegio, previsto para sacerdotes de cierta edad, se oponía: por espíritu de obediencia a las normas eclesiásticas, prohibió que se diera un solo paso en ese sentido. Sucedió una vez que, estando don Álvaro del Portillo con Mons. Bugnini, hablaron de la nueva liturgia. Comentó don Álvaro el trabajo que suponía el cambio para el Fundador del Opus Dei. Mons. Bugnini preguntó: "¿por qué no usa del privilegio?" Le aclaró don Álvaro que el Fundador de la Obra nos había enseñado siempre con su propia vida, también ahora, a obedecer rendidamente; "además -añadió-, me ha prohibido estrictamente que te pida nada". Mons. Bugnini suplicó que le dijera que tenía concedido el privilegio de celebrar la Santa Misa con el rito anterior. Insistió don Álvaro en que no le pedía nada, y Mons. Bugnini reiteró : "di a Mons. Escrivá que tú no me has pedido nada, porque ésa es la verdad; y añádele que te he comunicado que celebre como antes, porque tiene esa facultad". Don Álvaro le comunicó ese diálogo, y Mons. Escrivá de Balaguer agradeció la posibilidad que se le concedía. Pero, desde entonces, cuando la utilizaba, no quiso que asistiese a su Misa más que la persona que le ayudaba.

Volvamos quizá a los momentos que seguían inmediatamente a la terminación de la Santa Misa.

Mientras se quitaba los ornamentos, iba rezando oraciones de agradecimiento al Señor; al final, después del lavabo, solía hacerme una cruz en la frente y me daba las gracias de corazón, añadiendo: ¡que Dios te bendiga!, o ¡Dios te lo pague!

Al terminar, aparte de la fatiga física que muchas veces experimentaba por la intensidad de su esfuerzo, respiraba una paz extraordinaria. En 1965, nos confió a Mons. Álvaro del Portillo y a mí: termino cansado después de decir la Santa Misa: ¡es trabajo de Dios! Y en 1970: la Santa Misa es Opus Dei, trabajo de Dios. Yo, cada día, mientras celebro, sufro, me canso, me gozo y me lleno de fe, en estos momentos en los que tantos niegan la presencia real del Señor.

¿Cómo era la acción de gracias de la Misa?

No se sujetaba a normas rígidas, para dar más espontaneidad a su acción de gracias. La comenzaba al dejar el altar con el rezo pausado del Te Deum. Luego, también cuando se encontraba indispuesto o cansado, se arrodillaba los primeros minutos, en el suelo o en el reclinatorio: mirando el crucifijo de bolsillo cogido entre sus manos, recitaba la oración En ego. Mientras repetía las palabras que se referían a las Llagas del Señor, besaba devotamente cada una. A continuación, empleaba otras oraciones recogidas por la piedad cristiana. Tenía también costumbre de rezar un responso por las almas del Purgatorio, aprovechándose de la intimidad y cercanía física con Nuestro Señor Jesucristo.

La acción de gracias, que comenzaba en el oratorio, se prolongaba a lo largo del día. Desde joven, dividió la jornada en dos partes: la mitad para agradecer la Comunión; y la otra mitad, para prepararse para el día siguiente, si el Señor le daba vida. Enseñaba a vivir todas las horas cerca del altar, pensando en que cada una de nuestras acciones se puede ofrecer unida al Sacrificio Eucarístico.

Meditaba los textos de la liturgia y los llevaba a su predicación y a su vida de piedad. Por eso, muchas de esas frases se convertían en jaculatorias que le servían también para prolongar la Santa Misa, que no se acaba con la celebración: ha de continuarse durante el día, con la acción de gracias y con el ofrecimiento de lo que hagamos. Por este motivo, frecuentemente, después de celebrar, tomaba nota de pasajes de la Epístola, del Evangelio o de las oraciones. Otras veces me encargaba que, en cuanto tuviera un rato libre, le hiciera una copia de determinadas palabras de la Escritura, para darles más vueltas en su meditación y aprovecharlas en documentos que estaba redactando.

Con gran fuerza, como por una necesidad de su alma, nos abría el corazón el 7 de junio de 1973: acostúmbrate a dar gracias al Señor durante el día por la Santa Misa. Cuando llego al examen, si veo que no he puesto todo el esfuerzo, ¡me llevo un berrinche!; me duele mucho no amar al Señor. En estos días repito, como acción de gracias: Iesu, Fili Dei, miserere mei! ["¡Jesús, hijo de Dios, ten misericordia de mí!"]Pienso que, a lo largo de mi vida, el Señor me ha dejado como abandonado tantas veces, para que me diera cuenta de que todo salía porque Él quería. Y en 1956 nos había comentado: nuestro día es una Misa: un sacrificio de amor; por eso, hemos de estar alegres y hemos de saber encajar bien todos los golpes.

 

 

Enamoramiento: el papel de los sentimientos y las pasiones (1)

Enamorarse es un sentimiento de atracción hacia otra persona. ¿Qué experimentamos cuando nos enamoramos? ¿cómo ayuda la fe cristiana a que el enamoramiento acompañe a una vida feliz? Nuevo editorial sobre el amor humano.

AMOR HUMANO13/07/2015

Qué es enamorarse

Los sentimientos son el modo más frecuente como experimentamos la vida afectiva. Y podemos definirlos de la siguiente manera: son estados de ánimo difusos, que tienen siempre una tonalidad positiva o negativa, que nos acercan o nos alejan de aquello que tenemos delante de nosotros. Trataré de explicar esta definición que propongo:

  1. La frase estados de ánimo significa algo que es sobre todo subjetivo. La experiencia es interior. Es una vivencia que circula dentro de esa persona.
  2. La palabra difuso quiere decir que la noticia que recibimos no es clara, precisa, sino algo vaga, etérea, poco nítida, de perfiles borrosos y desdibujados, y que más tarde se va aclarando en la percepción de esa persona.
  3. La tonalidad es siempre positiva o negativa y en consecuencia acerca o aleja, se busca ese algo o se rechaza. No existen sentimientos neutros; el aburrimiento, que podría parecer una manifestación afectiva cercana a la neutralidad, es negativa y está cerca del mundo depresivo. Todos los sentimientos tienen dos caras contrapuestas: amor-desamor, alegría-tristeza, felicidad-infortunio, paz-ansiedad, etc.

El enamoramiento es un sentimiento positivo de atracción que se produce hacia otra persona y que hace que se la busque con insistencia. El enamoramiento es un hecho universal y de gran importancia, pues de ahí arrancará el amor, que dará lugar nada más y nada menos que a la constitución de una familia.

Si pensáramos el enamoramiento como una cierta “enfermedad”, deberíamos destacar dos tipos de síntomas. Unos síntomas iniciales, que son sus primeras manifestaciones.

Para enamorarse de alguien tienen que producirse una serie de condiciones previas que poseen un enorme relieve.

La primera es la admiración, que puede darse por diversos hechos: por la coherencia de su vida, por su espíritu de trabajo, por las dificultades que ha sabido superar, por su capacidad de comprensión, y un largo etcétera.

La segunda es la atracción, que en el hombre es más física y en la mujer más psicológica; para el hombre significa la tendencia a buscarla, a relacionarse con ella de alguna forma, a estar con ella[1]. Y esto va a conllevar un cambio de la conducta: el pensar mucho en esa persona o dicho de otro modo, tenerla en la cabeza. El espacio mental se ve invadido por esa figura que una y otra vez preside los pensamientos.

Y vienen a continuación dos notas que me parecen especialmente interesantes: el tiempo psicológico se vuelve rápido, lo que significa que se goza tanto con su presencia que el tiempo vuela, todo va demasiado deprisa: se está a gusto con él/ella y se saborea esa presencia; y asoma después, la necesidad de compartir…, que se desliza por una rampa que acaba en la necesidad de emprender un proyecto de vida en común.

La secuencia puede no ser siempre lineal, aunque va apareciendo aproximadamente así, con los matices que se quiera; todo ello se hace presente de un modo u otro: admiración, atracción física y psicológica, tener hipotecada la cabeza, el tiempo subjetivo corre en positivo y se quiere compartir todo con dicha persona.

Pero aún no se han revelado en ese itinerario afectivo lo que llamo los síntomas esenciales del enamoramiento, aquellos que son raíz y fundamento de todo lo que vendrá después, y que consiste en decirle a alguien: no entiendo la vida sin ti, mi vida no tiene sentido sin que tú estés a mi lado. Tú eres parte esencial de mi proyecto de vida. En términos más rotundos: te necesito. Esa persona se vuelve imprescindible.

Enamorarse es la forma más sublime del amor natural. Es crear una “mitología” privada con alguien. Es descubrir que se ha encontrado a la persona adecuada con quien caminar juntos por la vida. Es como una revelación súbita que ilumina toda la existencia[2]. Se trata de un encuentro singular entre un hombre y una mujer que se detienen el uno frente al otro. En ese pararse emerge la idea central: compartir la vida, con todo lo que eso significa.

Los 3 principales componentes del amor conyugal

Pero, ¿qué entendemos por ‘amor’? –se pregunta el papa Francisco–. ¿Sólo un sentimiento, una condición psicofísica? Ciertamente, si es así, no se puede construir encima nada sólido. Pero si el amor es una relación, entonces es una realidad que crece y también podemos decir, a modo de ejemplo, que se construye como una casa. Y la casa se edifica en compañía, ¡no solos!”. Construidla “sobre la roca del amor verdadero, el amor que viene de Dios”[3].

Uno de los errores más frecuentes sobre el amor, consiste en pensar que éste es sobre todo un sentimiento y que ésta es la dimensión clave del mismo. Se ha dicho, igualmente, que los sentimientos van y vienen, se mueven, oscilan, están sujetos a muchos avatares a lo largo de la vida. Este fallo conceptual ha recorrido casi todo el siglo XX.

“El paso del enamoramiento al noviazgo y luego al matrimonio exige diferentes decisiones, experiencias interiores. (…) Es decir, el enamoramiento debe hacerse verdadero amor, implicando la voluntad y la razón en un camino de purificación, de mayor hondura, que es el noviazgo, de modo que todo el hombre, con todas sus capacidades, con el discernimiento de la razón y la fuerza de voluntad, dice realmente: ‘Sí, esta es mi vida’”[4].

Nadie pone en duda que el amor nace de un sentimiento, que es enamorarse y experimentar una vivencia positiva que invita a ir detrás de esa persona. Pero para concretar más los hechos que quiero desmenuzar, voy a las Normas del Ritual Romano del Matrimonio[5], en el que se realizan tres preguntas de enorme importancia:

  • ¿quieres a esta persona…?
  • ¿estáis decididos a…?
  • ¿estáis dispuestos a…?

Voy a detenerme en estas tres cuestiones, porque de ahí arranca el verdadero tríptico del amor, lo que constituye el fin y como el culmen del enamoramiento. Cada una de ellas nos remite en una dirección bien precisa, veámoslo.

La primera, utiliza la expresión quieres. Y hay que decir que querer es sobre todo un acto de la voluntad. Dicho de otro modo: en el amor maduro la voluntad se pone en primer plano, y no es otra cosa que la determinación de trabajar el amor elegido. La voluntad actúa como un estilete que busca corregir, pulir, limar y cortar las aristas y partes negativas de la conducta, sobre todo, aquellas que afectan a una sana convivencia. Va a lo concreto[6].

Por eso, la voluntad ha de representar un papel estelar, sabiendo además hacerla funcionar con alegría[7]. Esto lo saben bien los matrimonios que llevan muchos años de vida en común, con una relación estable y positiva.

La segunda pregunta utiliza la expresión ¿estáis decididos? La palabra decisión remite a un juicio, que no es otra cosa que un acto de la inteligencia. La inteligencia debe actuar antes duranteA priori, sabiendo elegir la persona más adecuada. El juicio ha de ser capaz de discernir si esa es la mejor de las personas que uno ha conocido, y la más apropiada para embarcarse con ella toda la vida[8]. Es la lucidez de tener los cinco sentidos bien despiertos. Por eso, inteligencia es saber distinguir lo accesorio de lo fundamental; es capacidad de síntesis. Inteligencia es saber captar la realidad en su complejidad y en sus conexiones. Y debe actuar también aposteriori, utilizando los instrumentos de la razón para llevar con arte y oficio a la otra persona. Ese saber llevar está repleto de lo que actualmente se llama inteligencia emocional, que es la cualidad para mezclar, ensamblar y reunir a la vez inteligencia y afectividad[9]: capacidad imprescindible para establecer una convivencia armónica, equilibrada, y feliz, en definitiva.

El tercer ingrediente del amor de la pareja, aunque lo hemos mencionado al principio, son los sentimientos. La siguiente pregunta que se hace en el Rito del matrimonio es: ¿estáis dispuestos? La disposición es un estado de ánimo mediante el cual nos disponemos para hacer algo. En sentido estricto esto depende de la afectividad, que está formada por un conjunto de fenómenos de naturaleza subjetiva que mueven la conducta. Y como ya hemos comentado, se expresan de forma habitual a través de los sentimientos[10].

​¿Qué quiere decir esto, y cuáles son las características que aquí deben darse? Las personas, hombre y mujer, deben casarse cuando estén profundamente enamorados uno de otra. No se trata de sentirse atraído sin más o que le guste o le llame la atención. Tiene que ser mucho más que eso. ¿Por qué? Porque se trata de la opción fundamental. No hay otra decisión tan importante y que marque tanto la existencia, se trata nada más y nada menos de la persona que va a recorrer el itinerario biográfico a nuestro lado.

Se han visto muchos fracasos en personas que se casaron sin estar enamorados de verdad, porque llevaban años saliendo de novios o “porque tocaba casarse” o porque muchas de las amistades más cercanas ya estaban casadas o por no quedarse soltera/o; y así podríamos dar otras respuestas inadecuadas, si ese matrimonio arranca ya con unas premisas poco sólidas…, amores que nacen más o menos con materiales de derribo y que, antes o después, tienen mal pronóstico.

El amor conyugal debe estar vertebrado de estas tres notas: sentimiento, voluntad e inteligencia. Tríptico fuerte, consistente. Cada uno con su propio ámbito, que a la vez se cuela en la geografía del otro. “Es una alianza por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de vida, ordenando al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole”[11]. De este modo se aspira a alcanzar una íntima comunidad de vida y amor, pues se trata de un vínculo sagrado, que no puede depender del arbitrio humano[12], porque está arraigado en el sentido sobrenatural de la vida, teniendo a Dios por su principal artífice.

Enrique Rojas


[1] Hay dos modalidades, por tanto, de atracción, que son la belleza exterior, por un lado, y la belleza interior, por otro. La primera se refiere a una cierta armonía que se refleja especialmente en la cara y en todo lo que ella representa; todo el cuerpo depende de la cara, ella es programática, anuncia la vida que esa persona lleva por dentro. Y luego está el cuerpo como totalidad. Ambos aspectos forman un binomio. La segunda, la belleza interior, hay que descubrirla al conocer al otro, y consiste en ir adivinando las cualidades que tiene y que están sumergidas, escondidas en su sótano y que es menester ir captando gradualmente: sinceridad, ejemplaridad, valores humanos sólidos, sentido espiritual de la vida, etc.

[2] San Juan Pablo II expresó esto con gran riqueza de argumentos en su libro Amor y responsabilidad. El amor matrimonial es la opción fundamental, que implica a la persona en su totalidad.

[3] Papa Francisco, Audiencia general, 14-II-2014.

[4] Benedicto XVI, Intervención en el VII Encuentro mundial de las Familias, Milán, 2-VI-2006.

[5] Cfr. Ritual del Matrimonio, 7ª ed., 2003, nn. 64 y 67.

[6] Hay que saber distinguir bien, en este contexto, entre metas objetivos; ambos son conceptos que se parecen, pero entre los dos hay claras diferencias. Las metas suelen ser generales y amplias, mientras que los objetivos son medibles. P. ej., en una relación matrimonial con dificultades, la meta sería arreglar esas desavenencias más o menos sobre la marcha, lo que realmente no suele ser fácil de entrada. Los objetivos, como veremos después, son más concretos: aprender a perdonar (y a olvidar) los recuerdos negativos, poner las prioridades en el otro en las cosas del día a día, no sacar la lista de reproches del pasado, etc. A la hora de mejorar en la vida matrimonial, es decisivo tener objetivos bien determinados e ir a por ellos.

[7] El fin de una adecuada educación es la alegría. Educar es convertir a alguien en persona. Educar es seducir con valores que no pasan de moda, y cuyo resultado final es patrocinar la alegría.

[8] Don Quijote, en un momento determinado, dice una sentencia completa: “el que acierta en el casar, ya no le queda en qué acertar”.

[9] Fue Daniel Goleman el diseñador de este concepto. Remitimos aquí a su libro La inteligencia emocional. Hoy es un tema de primera actualidad en la Psicología moderna.

[10] Existen cuatro modos de vivir la afectividad: sentimientos, emociones, pasiones y motivaciones. Cada uno ofrece una mirada distinta. Los sentimientos constituyen la vida regia de la afectividad, el modo más frecuente de vivirla. Las emociones son estados más breves e intensos, que además se acompañan de manifestaciones somáticas (alegría desbordante, llanto, pellizco gástrico, dificultad respiratoria, opresión precordial, etc.). Las pasiones presentan una mayor intensidad y tienden a nublar el entendimiento o a desdibujar la acción de la inteligencia y sus recursos. Y, finalmente, las motivaciones, cuyo palabra procede del latín motus: lo que mueve, lo que empuja a realizar algo; son el fin, y también, por tanto, el motor del comportamiento, el porqué de hacer esto y no aquello. Entre las cuatro existen estrechas relaciones.

[11] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1601 ss. En otras páginas se define el amor entre un hombre y una mujer como humano, total, fiel y fecundo. Y si cada una de estas características se nos abriera en abanico, nos ofrecería toda su riqueza (vid. ibid., 1612-1617).

[12] Es importante saber proteger el amor. Evitar aventuras psicológicas que lleven a conocer a otras personas e iniciar con ellas una cierta relación, quizá en principio de poco relieve, pero en la que puede llegar a darse un enamoramiento, no deseado al principio, pero que tras el paso de un cierto tiempo puede ser una seria amenaza para el matrimonio. Cuidar la fidelidad en sus detalles más pequeños es clave. Y eso tiene mucho que ver con la voluntad, por una parte, y con tener una vida espiritual fuerte, por otra.

 

Santos Jacinta y Francisco Marto, videntes de Fátima – 20 de febrero

 

Los santos, no mártires, más jóvenes

Santos Jacinta y Francisco Marto, quienes junto a su prima Lucía, vieron a la Virgen en varias ocasiones entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917 en Cova de Iría, cerca de Ajustrel y de Fátima, en Portugal.

Fecha de beatificación 13 de mayo de 2000 por el papa Juan Pablo II.
Fecha de canonización: 13 de mayo de 2017 por el Papa Francisco

Breve Semblanza

En Aljustrel, pequeño pueblo situado a unos ochocientos metros de Fátima, Portugal, nacieron los pastorcitos que vieron a la Virgen María: Francisco y Jacinta, hijos de Manuel Pedro Marto y de Olimpia de Jesús Marto. También nació allí la mayor de los videntes, Lucía Dos Santos, quien murió el 13 de Febrero de 2005.

  • Francisco nació el día 11 de junio, de 1908.
  • Jacinta nació el día 11 de marzo, de 1910.

Desde muy temprana edad, Jacinta y Francisco aprendieron a cuidarse de las malas relaciones, y por tanto preferían la compañía de Lucía, prima de ellos, quien les hablaba de Jesucristo. Los tres pasaban el día juntos, cuidando de las ovejas, rezando y jugando.

 

Entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, a Jacinta, Francisco y Lucía, les fue concedido el privilegio de ver a la Virgen María en el Cova de Iría. A partir de está experiencia sobrenatural, los tres se vieron cada vez más inflamados por el amor de Dios y de las almas, que llegaron a tener una sola aspiración: rezar y sufrir de acuerdo con la petición de la Virgen María. Si fue extraordinaria la medida de la benevolencia divina para con ellos, extraordinario fue también la manera como ellos quisieron corresponder a la gracia divina.

Los niños no se limitaron únicamente a ser mensajeros del anuncio de la penitencia y de la oración, sino que dedicaron todas sus fuerzas para ser de sus vidas un anuncio, mas con sus obras que con sus palabras. Durante las apariciones, soportaron con espíritu inalterable y con admirable fortaleza las calumnias, las malas interpretaciones, las injurias, las persecuciones y hasta algunos días de prisión.

Durante aquel momento tan angustioso en que fue amenazado de muerte por las autoridades de gobierno si no declaraban falsas las apariciones, Francisco se mantuvo firme por no traicionar a la Virgen, infundiendo este valor a su prima y a su hermana. Cuantas veces les amenazaban con la muerte ellos respondían: “Si nos matan no importa; vamos al cielo.” Por su parte, cuando a Jacinta se la llevaban supuestamente para matarla, con espíritu de mártir, les indicó a sus compañeros, “No se preocupen, no les diré nada; prefiero morir antes que eso.”

San Francisco Marto (6-11-1908 / 4-4-1919)

Francisco era de carácter dócil y condescendiente. Le gustaba pasar el tiempo ayudando al necesitado. Todos lo reconocían como un muchacho sincero, justo, obediente y diligente.

Las palabras del Ángel en su tercera aparición: “Consolad a vuestro Dios”, hicieron profunda impresión en el alma del pequeño pastorcito.

 

El deseaba consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, que le había parecido estaban tan tristes.

En su enfermedad, Francisco confió a su prima: “¿Nuestro Señor aún estará triste? Tengo tanta pena de que El este así. Le ofrezco cuanto sacrificio yo puedo.”

En la víspera de su muerte se confesó y comulgó con los mas santos sentimientos. Después de 5 meses de casi continuo sufrimiento, el 4 de abril de 1919, primer viernes, a las 10:00 a.m., murió santamente el consolador de Jesús.

 

Santa Jacinta: (3-10-1910/ 2-20-1920)

Jacinta era de clara inteligencia; ligera y alegre. Siempre estaba corriendo, saltando o bailando. Vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno, cuya pavorosa visión tanto le impresionó.

Una vez exclamó: ¡Qué pena tengo de los pecadores! !Si yo pudiera mostrarles el infierno!

Murió santamente el 20 de febrero, de 1920. Su cuerpo reposa junto con el de su hermano, San Francisco, en el crucero de la Basílica, en Fátima.

Jacinta y Francisco siguieron su vida normal después de las apariciones. Lucia empezó a ir a la escuela tal como la Virgen se lo había pedido, y Jacinta y Francisco iban también para acompañarla. Cuando llegaban al colegio, pasaban primero por la Iglesia para saludar al Señor. Mas cuando era tiempo de empezar las clases, Francisco, conociendo que no habría de vivir mucho en la tierra, le decía a Lucia, “Vayan ustedes al colegio, yo me quedaré aquí con Jesús Escondido. ¿Qué provecho me hará aprender a leer si pronto estaré en el Cielo?” Dicho esto, Francisco se iba tan cerca como era posible del Tabernáculo.

 

Cuando Lucia y Jacinta regresaban por la tarde, encontraban a Francisco en el mismo lugar, en profunda oración y adoración.

De los tres niños, Francisco era el contemplativo y fue tal vez el que más se distinguió en su amor reparador a Jesús en la Eucaristía. Después de la comunión recibida de manos del Ángel, decía: “Yo sentía que Dios estaba en mi pero no sabia como era.” En su vida se resalta la verdadera y apropiada devoción católica a los ángeles, a los santos y a María Santísima. Él quedó asombrado por la belleza y la bondad del ángel y de la Madre de Dios, pero él no se quedó ahí. Ello lo llevó a encontrarse con Jesús. Francisco quería ante todo consolar a Dios, tan ofendido por los pecados de la humanidad. Durante las apariciones, era esto lo que impresionó al joven.

Mas que nada Francisco quería ofrecer su vida para aliviar al Señor quien el había visto tan triste, tan ofendido. Incluso, sus ansias de ir al cielo fueron motivadas únicamente por el deseo de poder mejor consolar a Dios. Con firme propósito de hacer aquello que agradase a Dios, evitaba cualquier especie de pecado y con siete años de edad, comenzó a aproximarse, frecuentemente al Sacramento de la Penitencia.

Una vez Lucia le preguntó, “Francisco, ¿qué prefieres más, consolar al Señor o convertir a los pecadores?” Y el respondió: “Yo prefiero consolar al Señor. ¿No viste que triste estaba Nuestra Señora cuando nos dijo que los hombres no deben ofender mas al Señor, que está ya tan ofendido? A mi me gustaría consolar al Señor y después, convertir a los pecadores para que ellos no ofendan mas al Señor.” Y siguió, “Pronto estaré en el cielo. Y cuando llegue, voy a consolar mucho a Nuestro Señor y a Nuestra Señora.”

A través de la gracia que había recibido y con la ayuda de la Virgen, Jacinta, tan ferviente en su amor a Dios y su deseo de las almas, fue consumida por una sed insaciable de salvar a las pobres almas en peligro del infierno. La gloria de Dios, la salvación de las almas, la importancia del Papa y de los sacerdotes, la necesidad y el amor por los sacramentos – todo esto era de primer orden en su vida. Ella vivió el mensaje de Fátima para la salvación de las almas alrededor del mundo, demostrando un gran espíritu misionero.

 

Jacinta tenía una devoción muy profunda que la llevo a estar muy cerca del Corazón Inmaculado de María. Este amor la dirigía siempre y de una manera profunda al Sagrado Corazón de Jesús. Jacinta asistía a la Santa Misa diariamente y tenía un gran deseo de recibir a Jesús en la Santa Comunión en reparación por los pobres pecadores. Nada le atraía mas que el pasar tiempo en la Presencia Real de Jesús Eucarístico. Decía con frecuencia, “Cuánto amo el estar aquí, es tanto lo que le tengo que decir a Jesús.”

Con un celo inmenso, Jacinta se separaba de las cosas del mundo para dar toda su atención a las cosas del cielo. Buscaba el silencio y la soledad para darse a la contemplación. “Cuánto amo a nuestro Señor,” decía Jacinta a Lucia, “a veces siento que tengo fuego en el corazón pero que no me quema.”

Desde la primera aparición, los niños buscaban como multiplicar sus mortificaciones

No se cansaban de buscar nuevas maneras de ofrecer sacrificios por los pecadores. Un día, poco después de la cuarta aparición, mientras que caminaban, Jacinta encontró una cuerda y propuso el ceñir la cuerda a la cintura como sacrificio. Estando de acuerdo, cortaron la cuerda en tres pedazos y se la ataron a la cintura sobre la carne. Lucia cuenta después que este fue un sacrificio que los hacia sufrir terriblemente, tanto así que Jacinta apenas podía contener las lágrimas.

Pero si se le hablaba de quitársela, respondía enseguida que de ninguna manera pues esto servía para la conversión de muchos pecadores. Al principio llevaban la cuerda de día y de noche pero en una aparición, la Virgen les dijo: “Nuestro Señor está muy contento de vuestros sacrificios pero no quiere que durmáis con la cuerda. Llevarla solamente durante el día.” Ellos obedecieron y con mayor fervor perseveraron en esta dura penitencia, pues sabían que agradaban a Dios y a la Virgen. Francisco y Jacinta llevaron la cuerda hasta en la ultima enfermedad, durante la cual aparecía manchada en sangre.

 

Jacinta sentía además una gran necesidad de ofrecer sacrificios por el Santo Padre. A ella se le había concedido el ver en una visión los sufrimientos tan duros del Sumo Pontífice. Ella cuenta: “Yo lo he visto en una casa muy grande, arrodillado, con el rostro entre las manos, y lloraba. Afuera había mucha gente; algunos tiraban piedras, otros decían imprecaciones y palabrotas.”

En otra ocasión, mientras que en la cueva del monte rezaban la oración del Ángel, Jacinta se levantó precipitadamente y llamó a su prima: “¡Mira! ¿No ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente que llora de hambre y no tienen nada para comer… Y al Santo Padre, en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando?” Desde estos acontecimientos, los niños llevaban en sus corazones al Santo Padre, y rezaban constantemente por el. Incluso, tomaron la costumbre de ofrecer tres Ave Marías por él después de cada rosario que rezaban.

La Virgen María no dejaba de escuchar los ferviente súplicas de estos niños, respondiéndoles a menudo de manera visiblemente. Tanto Francisco como Jacinta fueron testigos de hechos extraordinarios:

En un pueblo vecino, a una familia le había caído la desgracia del arresto de un hijo por una denuncia que le llevaría a la cárcel si no demostrase su inocencia. Sus padres, afligidísimos, mandaron a Teresa, la hermana mayor de Lucia, para que le suplicara a los niños que les obtuvieran de la Virgen la liberación de su hijo. Lucía, al ir a la escuela, contó a sus primos lo sucedido.

Dijo Francisco, “Vosotras vais a la escuela y yo me quedaré aquí con Jesús para pedirle esta gracia.” En la tarde Francisco le dice a Lucia, “Puedes decirle a Teresa que haga saber que dentro de pocos días el muchacho estará en casa.” En efecto, el 13 del mes siguiente, el joven se encontraba de nuevo en casa.

En otra ocasión, había una familia cuyo hijo había desaparecido como prodigo sin que nadie tuviera noticia de él. Su madre le rogó a Jacinta que lo recomendará a la Virgen. Algunos días después, el joven regresó a casa, pidió perdón a sus padres y les contó su trágica aventura. Después de haber gastado cuanto había robado, había sido arrestado y metido en la cárcel. Logró evadirse y huyó a unos bosques desconocidos, y, poco después, se halló completamente perdido.

 

No sabiendo a qué punto dirigirse, llorando se arrodilló y rezó. Vio entonces a Jacinta que le tomó de una mano y le condujo hasta un camino, donde le dejo, indicándole que lo siguiese. De esta forma, el joven pudo llegar hasta su casa. Cuando después interrogaron a Jacinta si realmente había ido a encontrase con el joven, repuso que no pero que si había rogado mucho a la Virgen por él.

Ciertamente que los prodigiosos acontecimientos de los que estos niños fueron protagonistas hicieron que todo el mundo se volvieran hacia ellos, pero ellos se mantenían sencillos y humildes. Cuanto mas buscados eran por la gente, tanto mas procuraban ocultarse.

Un día que se dirigían tranquilamente hacia la carretera, vieron que se paraba un gran auto delante de ellos con un grupo de señoras y señores, elegantemente vestidos. “Mira, vendrán a visitarnos…” empezó Francisco. “¿Nos vamos?” pregunta Jacinta. “Imposible sin que lo noten,” responde Lucía: “Sigamos andando y veréis cómo no nos conocen.” Pero los visitantes los paran: “¿Sois de Aljustrel?” “Si, señores” responde Lucia.

“¿Conocéis a los tres pastores a los cuales se les ha aparecido la Virgen?” “Si los conocemos” “¿Sabrías decirnos dónde viven?” “Tomen ustedes este camino y allí abajo tuerzan hacia la izquierda” les contesta Lucía, describiéndoles sus casas. Los visitantes marcharon, dándoles las gracias y ellos contentos, corrieron a esconderse.

Ciertamente, Francisco y Jacinta fueron muy dóciles a los preceptos del Señor y a las palabras de la Santísima Virgen María. Progresaron constantemente en el camino de la santidad y, en breve tiempo, alcanzaron una gran y sólida perfección cristiana. Al saber por la Virgen María que sus vidas iban a ser breves, pasaban los días en ardiente expectativa de entrar en el cielo. Y de hecho, su espera no se prolongó.

El 23 de diciembre de 1918, Francisco y Jacinta cayeron gravemente enfermos por la terrible epidemia de bronco-neumonía. Pero a pesar de que se encontraban enfermos, no disminuyeron en nada el fervor en hacer sacrificios.

Hacia el final de febrero de 1919, Francisco desmejoró visiblemente y del lecho en que se vio postrado no volvió a levantarse. Sufrió con íntima alegría su enfermedad y sus grandísimos dolores, en sacrificio a Dios. Como Lucía le preguntaba si sufría. Respondía: “Bastante, pero no me importa. Sufro para consolar a Nuestro Señor y en breve iré al cielo.”

 

El día 2 de abril, su estado era tal que se creyó conveniente llamar al párroco. No había hecho todavía la Primera Comunión y temía no poder recibir al Señor antes de morir. Habiéndose confesado en la tarde, quiso guardar ayuno hasta recibir la comunión. El siguiente día, recibió la comunión con gran lucidez de espíritu y piedad, y apenas hubo salido el sacerdote cuando preguntó a su madre si no podía recibir al Señor nuevamente.

Después de esto, pidió perdón a todos por cualquier disgusto que les hubiese ocasionado. A Lucia y Jacinta les añadió: “Yo me voy al Paraíso; pero desde allí pediré mucho a Jesús y a la Virgen para que os lleve también pronto allá arriba.” Al día siguiente, el 4 de abril, con una sonrisa angelical, sin agonía, sin un gemido, expiró dulcemente. No tenía aún once años.

Jacinta sufrió mucho por la muerte de su hermano. Poco después de esto, como resultado de la bronconeumonía, se le declaró una pleuresía purulenta, acompañada por otras complicaciones. Un día le declara a Lucia: “La Virgen ha venido a verme y me preguntó si quería seguir convirtiendo pecadores.

Respondí que si y Ella añadió que iré pronto a un hospital y que sufriré mucho, pero que lo padezca todo por la conversión de los pecadores, en reparación de las ofensas cometidas contra Su Corazón y por amor de Jesús. Dijo que mamá me acompañará, pero que luego me quedaré sola.” Y así fue.

Por orden del médico fue llevada al hospital de Vila Nova donde fue sometida a un tratamiento por dos meses. Al regresar a su casa, volvió como había partido pero con una gran llaga en el pecho que necesitaba ser medicada diariamente. Mas, por falta de higiene, le sobrevino a la llaga una infección progresiva que le resultó a Jacinta un tormento.

Era un martirio continuo, que sufría siempre sin quejarse. Intentaba ocultar todos estos sufrimientos a los ojos de su madre para no hacerla padecer mas. Y aun le consolaba diciéndole que estaba muy bien.

Durante su enfermedad confió a su prima: “Sufro mucho; pero ofrezco todo por la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María”

En enero de 1920, un doctor especialista le insiste a la mamá de Jacinta a que la llevasen al Hospital de Lisboa, para atenderla. Esta partida fue desgarradora para Jacinta, sobre todo el tener que separarse de Lucía.

Al despedirse de Lucía le hace estas recomendaciones: ´Ya falta poco para irme al cielo. Tu quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al I.C. de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del I.C. de María.

Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el I.C. de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón, que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro en el pecho, que me está abrazando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María.”

Su mamá pudo acompañarla al hospital, pero después de varios días tuvo ella que regresar a casa y Jacinta se quedó sola. Fue admitida en el hospital y el 10 de febrero tuvo lugar la operación. Le quitaron dos costillas del lado izquierdo, donde quedó una llaga ancha como una mano. Los dolores eran espantosos, sobre todo en el momento de la cura. Pero la paciencia de Jacinta fue la de un mártir. Sus únicas palabras eran para llamar a la Virgen y para ofrecer sus dolores por la conversión de los pecadores.

Tres días antes de morir le dice a la enfermera, “La Santísima Virgen se me ha aparecido asegurándome que pronto vendría a buscarme, y desde aquel momento me ha quitado los dolores. El 20 de febrero de 1920, hacia las seis de la tarde ella declaró que se encontraba mal y pidió los últimos Sacramentos. Esa noche hizo su ultima confesión y rogó que le llevaran pronto el Viático porque moriría muy pronto. El sacerdote no vio la urgencia y prometió llevársela al día siguiente. Pero poco después, murió. Tenía diez años.

Tanto Jacinta como Francisco fueron trasladados al Santuario de Fátima. Los milagros que fueron parte de sus vidas, también lo fueron de su muerte. Cuando abrieron el sepulcro de Francisco, encontraron que el rosario que le habían colocado sobre su pecho, estaba enredado entre los dedos de su manos. Y a Jacinta, cuando 15 años después de su muerte, la iban a trasladar hacia el Santuario, encontraron que su cuerpo estaba incorrupto.

El 18 de abril de 1989, el Santo Padre, Juan Pablo II, declaró a Francisco y Jacinta Venerables.

 

El encanto de la Vejez

«Al atardecer se levantará para ti una especie de luz meridiana, y cuando creyeres que estás acabado, te levantarás cual estrella matinal. Estará lleno de confianza por la esperanza que te aguarda»(Job 11, 17-18)

SER ANCIANO implica haber vivido una prolongada existencia, encontrarse al final de un largo viaje, quizá demasiado cansado. La ancianidad es también tiempo de despedidas. Las cosas y los afanes le van dejando a uno. También la gente querida que ha partido antes que nosotros. Con frecuencia, como recuerda Ovidio, se siente el abandono de quienes más nos debían. La ancianidad es antesala natural de la muerte y del juicio divino; antesala, según el plan de Dios, del gozo y descanso eternos. Pero no se puede olvidar que la ancianidad pertenece todavía al tiempo del peregrinaje terreno. Es, por tanto, tiempo de prueba, tiempo de hacer el bien, tiempo de labrar nuestro destino eterno, tiempo de siembra. No puede concebirse la vejez como una época fácil de nuestra vida. A los trabajos propios del peregrinaje sobre la tierra —eso es la vida humana— se suman la progresiva pérdida de fuerzas, la inercia de cuanto se ha obrado anteriormente, los característicos defectos de la vejez contra los que es necesario luchar, los inconvenientes que plantea este siglo nuestro tan inhumano.

Es inevitable envejecer; pero no se puede ser buen anciano —y son tan necesarios— sin mucha gracia de Dios y sin una continua lucha personal. Por ello, la vejez, que es tiempo de serena recogida de frutos, puede ser también tiempo de naufragios. Se atribuye al general De Gaulle esta descripción amarga de la ancianidad: «La vejez es un naufragio.» La frase debe calificarse en ocasiones como de muy justa. No es sólo un naufragio de las fuerzas físicas o una disminución paulatina de las mismas fuerzas morales: inteligencia y voluntad. Es un naufragio de todo el hombre. Digamos que en la vejez puede revelarse con todas sus fuerzas —y sin piadosas vendas que lo oculten—el naufragio de toda una vida. Tantas veces el estrepitoso derrumbamiento moral de la vejez muestra que se naufragó en la adolescencia, en la juventud, en la madurez. Metido en la corriente de la vida, se intentó almacenar, como el cocodrilo, las pequeñas piezas cobradas en sórdidas cacerías, y el paso del tiempo lo único que hace es difundir su olor a podrido.

En oposición a la adolescencia —que es tiempo de promesas y de esperanzas, tiempo en que el ensueño desdibuja los perfiles de las cosas y de las acciones—, la ancianidad es tiempo de recuento, de verdad desnuda, de examen de conciencia. Y aquí radica no poco de su utilidad y de su grandeza. Digamos que la misma debilidad de la vejez es su mayor fuerza y, a una mirada cristiana, uno de sus principales encantos.

Y no es que sea aceptable la concepción heideggeriana del hombre como un ser-para-la-muerte, un ser que alcanzase su realización en la propia destrucción. Quédese esto para quienes conciben al hombre como un ser vomitado con la amargura de quien se cree hijo del azar y no de una omnipotente y amable sabiduría creadora. E1 hombre no es fruto del azar. Su misma estructura material ha sido delineada por la sabiduría amorosa del Creador; infundióle Dios un alma inmortal, capaz de conocer y de amar trascendiendo lo efímero, capaz de desear una vida y un amor eternos. El hombre fue creado para vivir, y no para envejecer o morir.

Y sin embargo, la misma debilidad de la vejez —que es un mal, en cuanto que es carencia de vida— es su mayor fuerza. Lejanos ya los sueños de la adolescencia y los delirios de la juventud, el anciano puede enfrentarse a la verdad con una sobriedad y con un realismo superiores a los de las demás épocas de la vida. Se hace así más fácil descubrir con una nueva nitidez lo que es importante y lo que es intrascendente, distinguir lo fugaz de lo que permanece. La ancianidad pertenece al ciclo vital humano. Antesala de la muerte, la vejez prepara para el encuentro definitivo con Dios, para ese juicio divino que va a recaer sobre toda nuestra existencia.

La debilidad inherente a la vejez ayuda a despojarse de todo vano afán, de toda estúpida soberbia. Si a lo largo de la existencia el hombre superficial ha podido olvidarse de su humilde origen, de que ha sido hecho, de que es una débil criatura, la vejez le otorga una oportunidad inmejorable para volver al sentido común, a la contemplación de las realidades elementales. La ancianidad facilita el cumplimiento de aquella primera regla del ideal apolíneo —conócete a ti mismo—, expresión que en su sentido inicial quería decir: conoce tus limitaciones, tu condición mortal respecto a los inmortales, para que no te rebeles contra ellos. En definitiva, es buena época la ancianidad para que Dios siga colmando aquel deseo suplicante que formulaba San Agustín: Domine, noverim me, noverim te; que me conozca a mí, que te conozca a Ti, Señor.

La ancianidad es tiempo de recoger frutos y tiempo de siembra. Siendo un mal, Dios la ha permitido, porque de ella pueden surgir bienes superiores. E1 dolor, la soledad, la sensación de impotencia, se convierten —tantas veces— en imprescindible colirio para curar los ojos del alma y abrirlos a las realidades trascendentes. También la ancianidad está bajo la mano providente y amorosa de nuestro Padre Dios.

La medicina divina es enérgica, pero el hombre sigue siendo hombre y libre: puede no aprovecharla. Es posible que quien naufragó a lo largo de toda su vida naufrague también en esta última época, ya cercana la última batalla entre el pecado y Dios, en que se juega la suerte eterna. El proceso de involución, que se inició con el primer pecado y que ha podido irse acelerando —generalmente por la pereza y la soberbia—, puede seguir avanzando, y la egolatría terminar en un lamento estéril por el ídolo caído. Se avanzaría así, casi inexorablemente, hacia el endurecimiento total del corazón, precursor del infierno. Y es que la ancianidad, como toda época de la vida, puede ser bien vivida o mal vivida; pero es una época quizá fatigosa —¿cuál no lo es?—, en la que Dios nos espera, nos asiste, llama a la puerta de nuestro corazón, y en la que tiene más importancia de lo que a veces sospechamos la respuesta de nuestras libres decisiones.

No es la vejez una época vacía o inútil. Es época de lucha ascética, de heroísmo, de santidad. A pesar de la decadencia física, la gracia de Dios rejuvenece el alma con fuerzas sobrenaturales, hacienda la santidad tan asequible como en la adolescencia.

Pero decíamos que, a una mirada cristiana, la ancianidad tiene un encanto especial, como la niñez, la enfermedad o la pobreza. En efecto, si cada hombre es Cristo, los débiles lo son especialmente. Dios, que es misericordioso con todas sus criaturas, siente una ternura especial por las más desamparadas. Los enfermos, los niños, los ancianos son de una forma especial el mismo Cristo que nos sale al encuentro. Resuenan con fuerza eterna aquellas palabras del Maestro en la descripción del juicio final: «Venid, benditos de mi Padre, entrad a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber (…); estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; (…) En verdad os digo, cuantas veces se lo habéis hecho a uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt. 25, 34-40)

Los ancianos constituyen en realidad una parte importante del tesoro humano y sobrenatural de la humanidad entera. La picaresca de un mundo deshumanizado —precio inherente al ateísmo— se esfuerza en poner de relieve que los ancianos son una carga, subrayando sus defectos. A este triste materialismo hedonista sólo hay un yugo que no le parece insoportable: la esclavitud a placeres desnaturalizados en un frenesí cada vez más insaciable.

No es verdad que los ancianos sean inútiles o constituyan una carga difícil de soportar, aunque a veces su misma debilidad material les convierta en ocasión de que los hombres y la sociedad entera practiquen con ellos la virtud de la caridad en cumplimiento de unas dulces obligaciones que, casi siempre, dimanan de estricta justicia. ¡Ellos, en cambio, aportan tantas cosas con su presencia! Nos dieron mucho, cuando se encontraban en plena fuerza; nos lo dan ahora, en el ocaso de su vida, con su presencia venerable, con su sufrimiento silencioso, con su palabra acogedora. Privar a la humanidad de los ancianos sería tan bárbaro como privarle de los niños. Dios cuenta con los ancianos para el bien de todos nosotros. Ellos son útiles en tantas cosas humanas; son útiles, sobre todo, en el aspecto sobrenatural. Forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y lo enriquecen con su santidad, con su oración, con sus sacrificios. Si ninguna vida es inútil a los ojos de Dios, mucho menos puede serlo la de aquellos que sufren física o moralmente. Estas vidas, en las que se refleja con especial vigor la Cruz de Cristo, adquieren a la mirada divina un relieve y un valor inexpresables.

Los ancianos, vivificados par la gracia de Dios, pueden ejercer ese «sacerdocio real» de que habla San Pedro (1 Pedr 2, 5 ), ofreciendo su vida —unidos a Cristo— como acción de gracias, como impetración, como reparación. La vida, entonces, se ennoblece, y el alma descubre horizontes de universalidad insospechados. Se puede palpar lo certero de esta afirmación de monseñor Escrivá de Balaguer: «Si sientes la Comunión de los Santos —si la vives— serás gustosamente hombre penitente. Y entenderás que la penitencia es gaudium etsi laboriosum —alegría, aunque trabajosa—, y te sentirás aliado de todas las almas penitentes que han sido, y son y serán» (Camino, n. 548~.

Es la vejez tiempo de sufrimiento, tiempo de santidad, tiempo de hacer el bien. Es la vejez, también, tiempo de despedida; y en las despedidas se suelen decir las cosas más importantes. No es la vejez —no puede ser— tiempo de jubilación en lo que se refiere a la ayuda humana y sobrenatural a los demás. Aunque las circunstancias han cambiado, permanecen en su sustancia las mismas obligaciones y los mismos lazos entrañables que fuimos adquiriendo durante la vida. Ningún bien nacido puede recordar a sus padres, ya ancianos, sin conmoverse. Cuando la muerte nos los arrebata, sentimos una irreparable pérdida, nos duele la orfandad, aunque les sabemos en el cielo. No es sólo la sensación lógica de haber perdido la tierra donde hundíamos nuestras raíces; es, por encima de eso, el claro convencimiento de que con ellos se nos ha ido el cariño más desinteresado, de que hemos perdido nuestra mejor custodia. Nos damos cuenta, quizá demasiado tarde, de que, a pesar de su invalidez, eran nuestro mejor tesoro, de que con su presencia nos hacían mucho bien. Nos conforta la seguridad de que, ahora de una forma invisible, nos siguen custodiando desde el cielo, de que conservamos los mismos vínculos, ahora más queridos y beneficiosos. Y nos queda el orgullo de que en ningún momento, ni siquiera en los de su mayor postración, nos fueron inútiles. Su rostro deseado, surcado por las arrugas de tantos sufrimientos, es ahora una de esas pequeñas luces que iluminan indeficientemente la noche de nuestra vida. De su mano —que antaño nos enseñó a andar— y de la mano de Santa María, que es Madre del Amor Hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza (cfr Eccli. 24, 24), podemos aprender —aún en nuestra misma ancianidad— esas lecciones que son las que más importan, las que orientan toda la vida hacia su verdadero centro: hacia esa Hermosura, esa Bondad y ese Poder indeficientes de nuestro Padre-Dios; hacia esa fecundidad del espíritu que no mengua cuando el vigor de la carne muere.

 

 

El amor matrimonial

¿Cuál es el mejor consejo que te dieron antes de casarte? ¿Alguien te invitó a no casarte? En mi experiencia trabajando con parejas, he observado la poca o nula consciencia con la cual la mayoría de parejas contraen matrimonio. Hay que cambiar ésta realidad de las parejas.

Pero, ¿qué quiere decir casarse? ¿En qué piensas o pensabas cuando eras novia y preparabas tu fiesta? Y si eras novio, ¿cómo imaginabas que iba a ser o será tu vida? La verdad es que esto es algo en lo que fallamos no sólo los cristianos sino todos: vamos al matrimonio dormidos. Esta experiencia de vida va más allá del compromiso, las clases pre-matrimoniales, la unión por medio del sacramento, la fiesta, los regalos, la puesta de la casa y la luna de miel.

El vestido blanco, el arreglo con flores de la iglesia, lo nuevo y lo prestado, el traje del novio, el Mercedes Benz en el que llega la novia o la procesión por el pueblo, todo esto es ínfimo e inclusive es pura ilusión cuando una vez pasada la exaltación del momento, se empieza a caminar desierto adentro. Y digo desierto, porque si hay algo que han visto mis ojos y me ha impactado, es el desierto en Israel. Esto es el matrimonio. De la ciudad (que representan los preparativos, la ilusión, la fiesta, la luna de miel y el primer mes de convivencia) llegamos al umbral de lo desierto y si no se tiene una total claridad de por dónde se quiere caminar, los caminantes mueren. Lo mismo ocurre, si el cansancio arrasa y el tiempo corre, está el peligro de quedarse sin agua y alimentos y también morir. El desierto es impresionante, agobiante, maravilloso y misterioso, todo al mismo tiempo.

Así es como veo el matrimonio no sólo desde mi experiencia personal sino también desde la experiencia que me dado el asesorar a todo tipo de parejas. El matrimonio es el llamado hacia el perfeccionamiento de mí ser, la experiencia de posibilidad de ser que hay en mí, la propuesta de Dios exclusiva para los humanos: ser santo. Y, ¿quién es el santo? Es aquel o aquella que ha vivido o vive a un grado heroico las virtudes humanas. No busca placer, por lo que el sufrimiento estará presente en su vida y está empeñado en manifestar el amor con toda su luminosidad y fuerza. El amor y su práctica es lo que nos hace profundamente humanos y el matrimonio es el ejercicio de esa práctica.

El llamado a la santidad está siendo fuertemente enfatizado por nuestro actual Santo Padre Francisco, que ha asegurado que «hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades -ha dicho- La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él… La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor… no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano».

Tú y yo no somos ángeles, por lo que estaremos enfrentado a todo tipo de propuestas psicológicas, choque entre personalidades, pruebas de madurez y caprichos. Como casados, este tipo de obstáculos psicológicos para nuestra felicidad han sido estudiados por el brillante Doctor John Gottman de la Universidad de Washington ,experto en parejas, creador del método “La casa de una relación sana” y de quién esta servidora es educadora certificada y nivel 3 clínico en dicho método. El Doctor John Gottman ha llamado a los enemigos de la relación “Los cuatro jinetes del apocalipsis” pues son los que predicen una separación o divorcio inminente. Estos son: la crítica, la actitud defensiva, el desprecio y el atrincheramiento.   Afortunadamente se combaten con un antídoto para cada uno: señalar suavemente los errores o faltas del otro; asumir la responsabilidad por nuestros errores y acciones; apreciar al otro por ser quién es y no permitir que las emociones nos inunden al momento de tener una discusión. Próximamente, en otro artículo, profundizaré en éstas cuatro figuras.

Por último, los casados deberán estar abiertos a la procreación pues es el principio de Dios para que los humanos sigamos habitando la tierra: “La vida es siempre un don inestimable; cada vez que surge, percibimos la potencia de la acción creadora de Dios, que se fía del hombre y, de este modo, lo llama a construir el futuro con la fuerza de la esperanza” ha dicho el Papa Benedicto VXI. Es en este momento, con la llegada de los hijos, cuando la pareja tiene la oportunidad para educar, formar, pulir y entregar una herencia de valores que los dos han decidido, como pareja, crear juntos para sus hijos. Esta etapa es fascinante, pues como padres también vamos descubriendo nuestras carencias, limitaciones y no estaremos exentos de cometer errores. Sin embargo, si desde el principio se ha creado un sentido de auto-trascendencia juntos (el último piso de la casa de la relación sana) los esposos, ahora padres no se habrán detenido ahí en su perfeccionamiento humano, al contrario seguirán de la mano orando juntos y pidiendo a Dios perseverancia, fortaleza y sabiduría para terminar la tarea que El mismo les encomendó cuando unió su vidas como marido y mujer.

Ama hasta que duela (Madre Teresa).

Sheila Morataya

 

 

SEAT: "Juntos, pueden suceder cosas grandes"

Hace pocas semanas, Seat lanzó en Europa un spot muy emotivo en Navidades para subrayar esta idea: juntos, pueden suceder cosas grandes. Como ha pasado bastante inadvertido, he querido rescatarlo para el blog.

El anuncio, un precioso storytelling de 2 minutos de duración, se titula "The Code" ("El código") y es descrito por la compañía de automóviles como "una historia que celebra la unión entre las personas y la verdadera amistad". Es el relato de una amistad infantil que comienza una mañana, cuando una chica tímida, de pocas palabras, se traslada a un nuevo colegio.

​Un chico también tímido, apenas conectado con los demás, siente por ella una especial fascinación. No tienen grandes habilidades comunicativas, pero juntos, son capaces de cosas grandes.

Ella le enseña el lenguaje morse; y, sin palabras, son capaces de comunicarse por las noches, cuando cada uno enciende su linterna en la ventana y se intercambian mensajes de luz. El afecto hace inútiles las palabras; la sonrisa hace superfluo el tono de voz.

La historia de esta silenciosa y luminosa amistad avanza noche tras noche. Hasta que un día, el niño y sus padres se mudan por vacaciones, y la chica queda sumida en la tristeza. El día en que su amigo va al aeropuerto para tomar su vuelo, ella se comunica con la gente de su vecindario para organizar una gran sorpresa. Y de nuevo comprobamos el mensaje de SEAT: “juntos, suceden cosas grandes”. Cuando el niño está en el avión, sobrevolando la ciudad y su querido barrio, recibe un inesperado y sorprendente mensaje. Vemos entonces el rostro de cada uno, plenamente feliz. Y por primera vez les vemos pronunciar unas palabras que van dirigidas no al oído, sino al corazón del otro

El spot, acompañado por una melodía dulce y muy pegadiza, termina con el eslogan de la campaña: "Together, great things can happen”. Y también: “Happy Holidays from Barcelona”. Un buen deseo navideño para esta publicidad con valores.

 

 

 

¿Quién vigila entre el centeno?

Ángel Cabrero Ugarte

En una tertulia para alumnos universitarios hemos vuelto a leer una novela mítica, que leyeron en su día adolescentes, universitarios y mayores: “El guardián entre el centeno”. Una de esas novelas con éxito universal que muestra en gran medida el individualismo americano y que nos habla de un joven estrafalario, una historia con varios sucesos ocurridos en un solo día. Holden es expulsado del colegio donde vive y aunque le quedan dos días para el final de su estancia, él decide irse, aunque sin saber muy bien adónde.

Se puede decir que es un chalado, que se mete en todo tipo de líos y que, en su cabeza, aparentemente tiene sexo y poco más. Sorprende que, en aquellos años, comienzo de los 50,
las conversaciones, las experiencias que recuerda, las preguntas que dirige a sus amigos estén
tan llenas de historias sexuales. Y, al mismo tiempo, encontramos, en varios momentos,
mezclados con las historias anteriores, un muchacho con buen corazón. Según los expertos hay
síntomas para diagnosticar que era bipolar. Por lo tanto, probablemente también el autor.

Holden Caulfield da la impresión de tener la cabeza llena de pájaros, lo que se manifiesta,entre otras cosas, en que lo han expulsado ya de tres colegios y los padres están desesperados con él. Curiosamente, a pesar de la preocupación que tienen en su familia, él tiene mucho dinero, que le han dado sus padres o su abuelo. Huyendo del colegio se mete en un hotel en Nueva York y el ascensorista le ofrece una prostituta. En un momento de desconcierto acepta.

Al rato a su habitación le llevan una chiquilla joven. Y Holden es incapaz de hacer nada con ella. A pesar de su mente desbocada, llega el momento y siente compasión por aquella chiquilla. Su hermana pequeña está muy triste al ver cómo le van las cosas a su hermano. En una larga conversación que mantienen por la noche se da cuenta de que su hermano no hace más que despotricar de todo. Y le pregunta si hay algo que le guste. Holden se queda un poco desconcertado y, después de algunos intentos que suenan a disculpa, le dice a su hermana que él se imagina un campo de centeno y muchos niños jugando entre el centeno, sin darse cuenta de que hay allí mismo un profundo precipicio. Le dice a su hermana que lo que le gustaría es estar siempre pendiente de que no se cayeran los niños.

El guardián entre el centeno. Sorprende un poco esta reacción y quizá es ahí, entre otros sucesos, donde se manifiesta su bipolaridad. En todo caso hay otros momentos del relato en los que se nota que tiene buen corazón, que valora lo bueno. Y releyendo esta famosísima novela se me ocurría qué hubiera sido de Holden con un móvil en sus manos, conectado a la red, viendo porquerías a todas horas. ¿Hubiera sido compatible su bondad con la pornografía, totalmente accesible? Hubiera tenido tan clara en su mente la idea de ser el guardián para aquellos niños.

Y me pregunto quién es ahora el guardián. Quien hace algo para evitar que los chavales caigan irreparablemente por un tremendo precipicio. ¿Qué hubiera hecho Holden y si se hubiera
encontrado con este precipicio horrible y los niños cayendo a miles? Es la gran diferencia. En los años en que se sitúa la historia de esta novela había unos límites, unas prohibiciones, y, sobre todo no tenían a su alcance con toda facilidad, toda la pornografía del mundo.

¿Dónde están los guardianes? ¿Cómo es posible que no haya ningún poder público que se preocupe para que la juventud de hoy no se vaya por el precipicio? ¿Será por la cantidad de
dinero que produce?

Jerome D. Salinger, El guardián entre el centeno, Alianza 2010 

 

 

8 claves para que el móvil no te robe el tiempo que pasas con tus hijos

Por Isabel Molina Estrada / Revista Misión - 17.02.2020

Diversos estudios han demostrado que hoy las madres pasan el doble de tiempo con sus hijos de lo que lo hacían hace 50 años y que los padres pasan con ellos cuatro veces más. Sin embargo, la interferencia constante del móvil en ese tiempo juntos tira por la borda este logro. El estudio El impacto de las pantallas en la vida familiar, de Empantallados.com, denuncia que “en general, los padres realizan un uso más intensivo de las pantallas que sus hijos, nativos digitales”.

 

“¿Por qué preferimos estar enganchados al móvil a disfrutar con las personas que tenemos cerca?”, se pregunta para Misión María Zalbidea, una de las expertas consultadas por el estudio de Empantallados "El impacto de las pantallas en la vida familiar. Hogares hiperconectados: el comportamiento de padres e hijos en un entorno multipantalla". Es cierto que los padres no solo usan el móvil para divertirse, también les ayuda en su trabajo o en la gestión del hogar. Sin embargo, “si estás en casa contestando e-mails mientras los niños hacen sus deberes, es importante que ellos sepan que son lo primero para ti y que no compiten por tu atención”, reclama Zalbidea. ¿Y cómo se logra? Esta analista en tendencias digitales y autora del blog Cosiendo la brecha digital da ocho claves.

 

1. Gobierna tú

 

“Soy una fiel defensora de las ventajas que nos ha traído la tecnología y creo con firmeza que se puede hacer un uso responsable y saludable de los dispositivos en el día a día. Pero tenemos que ponerlos a nuestro servicio, y no al revés:  Yo gobierno mis dispositivos y les hago el hueco que quiero en mi vida. Si no, estos acaban por gobernarnos a nosotros”, sentencia Zalbidea.  Y añade: “Nuestros hijos tienen que ver que, igual que intentamos comer sano, hacer ejercicio o no abusar del alcohol, hacemos el esfuerzo de controlar nuestro uso del móvil”.

 

2. Aparca la pantalla

 

Cada familia puede decidir en qué momentos del día quiere prescindir totalmente de las pantallas. Esos momentos de detox digital son necesarios para “charlar, charlar y charlar. Es decir, para tender puentes entre la propia familia y conocernos bien”, reclama Zalbidea. Además de los tiempos diarios sin interferencias digitales, “cada semana es bueno establecer unos tiempos de calidad para pasar con los hijos. Pregúntales qué les gusta y haz cosas a solas con cada uno de ellos, como montar en bici o en patines, leer con ellos esos libros que quieres que lean, o repasar esos vídeos de inventos en YouTube de los que siempre te habla y que nunca has visto. Y poner día y hora”, recomienda Zalbidea.

 

3. Centra tu atención 

 

La incapacidad de centrar la atención en una sola cosa es una condición que se conoce como “atención parcial continua”. Zalbidea explica que “hoy nos cuesta más entrar en profundidad en los temas y concentrarnos en las cosas. Vamos saltando de un lugar a otro, de un chat a otro, de una noticia a otra, y cuando la atención es parcial, lastra nuestras relaciones. Hoy nos cuesta más escuchar a un amigo que habla despacio, a un abuelo que repite las cosas… Nos gustaría hacer un salto de pantalla, pero no podemos. Así que aprende a quedarte ahí, a sonreír, a escuchar y a fomentar la capacidad de la espera”.

 

4. Saca el trabajo de casa

 

Hoy la oficina y los compañeros han entrado al hogar y cuesta separar el trabajar de la vida familiar. Zalbidea cuenta que a menudo se encuentra con padres a quienes sus hijos les han llegado a decir: “Papá, es que tú siempre estás hablando por el móvil”. “No nos engañemos –sentencia–, estar colgado a los auriculares del móvil no es estar en casa”. Para que el trabajo no interfiera en la vida familiar, la experta recomienda hacerse una planificación y tener claras las prioridades:  “Salvo que sea una urgencia o un imprevisto, los tiempos de trabajo y de estar en familia deben quedar claros”, señala.

 

5. Evita interrupciones

 

“Una vez escuché a Sherry Turkle, profesora del MIT y autora del libro En defensa de la conversación: El poder de la conversación en la era digital (Ático Bolsillo, 2019), decir que estamos educando a una generación que ha crecido sin mantener conversaciones sin interrupción”, explica Zalbidea. Y eso podemos cambiarlo. Diversos estudios han demostrado que la conversación sin interferencias entre padres e hijos es clave para el adecuado desarrollo del lenguaje en los niños y para mejorar su rendimiento escolar.

 

6. Vive el presente

 

“No descubro nada nuevo si digo que da pena ver a un padre columpiando a su hijo en el parque y mirando la pantalla del móvil que tiene en la mano. Como sociedad tenemos que cuidar estas cosas”, reclama María Zalbidea. “Si es del todo imprescindible utilizar el móvil durante el tiempo que pasamos con los niños, conviene que les expliquemos la razón: ‘Gabriela, papá está haciendo un pago urgente para comprar una cosa, pero enseguida se centrará de nuevo en ti’”.

 

7. Baja el ritmo

 

“La multitarea no nos la ha dado la tecnología; no hay nada más multitask que una madre: puede estar atendiendo a un niño que hace deberes mientras pela las patatas para la tortilla y piensa en la reunión que tendrá con un cliente al día siguiente”, comenta Zalbidea. Sin embargo, esta capacidad encomiable compite con la pérdida de atención, “una de las grandes plagas del siglo XXI”. Para combatirla, Zalbidea propone una revolución del silencio: “Recupera la capacidad de sopesar las cosas, de reencontrarte contigo mismo y de alimentar tu mundo interior. De esa forma, estarás en cada momento en lo que toca”.

 

8. Muéstrate disponible

 

“Por último, y sobre todo, tenemos que estar accesibles para nuestros hijos: para que nos cuenten, nos pregunten… Si nos ven con el móvil todo el día, pensarán que estamos ocupados, que no tenemos tiempo para ellos, y nos estaremos perdiendo momentos especialmente buenos para educar, charlar, comprender, empatizar y, en definitiva, quererles como ellos necesitan”.

 

 

   Del fuego al Sol: un largo camino.

      La mañana 9/10 de febrero 2020, comenzó el viaje hacia la estrella. Del descubrimiento del fuego, al inicio del viaje, han transcurrido 790.000 años de la Humanidad.

      Un invento humano, la nave espacial, Solar Orbiter, desarrollada por la Agencia Espacial Europea (ESA) con la participación de la NASA, tendrá que recorrer por lo menos 108 millones de kilómetros para estudiar la Estrella  de la que dependemos y su influencia. Se acercará hasta los 42 millones de kilómetros, de los 149,6 millones que nos separan.

       Ya en 1969, la Humanidad puso un pie en la Luna.

      Fue en el siglo pasado, el 20 de julio de 1969. Fue uno de los momentos importantes para los humanos, su inteligencia, su tecnología, y la competencia, lograron el éxito.    

      Hoy, desde el espacio, se puede descubrir la Tierra profusamente iluminada, con el alumbrado público, sobre todo en los núcleos urbanos y grandes ciudades. Aunque la iluminación, en la noche, se da por sentada,  también es relativamente reciente.

      Los humanos,  en el siglo XVI habían colgado el fuego a la intemperie,  para alumbrar la noche.  Es que la Luna y las lejanas estrellas no daban la suficiente claridad,  ni  proporcionaban seguridad  para caminar de noche. La oscuridad era un peligro.

       Por eso, en 1558 comenzaron a colocarse en algunas encrucijadas, faroles. De las encrucijadas, las luces se necesitaban en las calles. En 1662 se empezaron a organizar en Francia cuerpos de "faroleros", encargados de encender, apagar, y mantener lámparas urbanas.  

La primera gran ciudad con un exuberante alumbrado público fue París, que se ganó el sobrenombre de Ciudad de la Luz en las postrimerías del siglo XVII, cuando Luis XIV hizo instalar farolas en las calles. Pero ahora es una ciudad castellana, Valladolid, la que nos ofrece la noche más bella del planeta. 

     En España y  más concretamente, en Madrid, "eran tantos los maleantes que aprovechaban la nocturnidad de Madrid que en 1717 Felipe V ordenó sin excepción que cada vecino fijara un farol en la fachada de su casa, y que no distaran, entre ellos, más de 100 pasos". En estos faroles se emplearon diversos combustibles, desde sebos, aceite, grasas o betunes, etc.  

        La idea era buena, pero no funcionó porque los madrileños no cumplieron del todo. ¿Cuál es la explicación? Los gastos y el mantenimiento corrían a cargo de cada vecino y eso de compartir, para hacer un bien púbico, no estaba en su naturaleza.

    Fue Carlos III en el año 1765 quien a través de una Real orden decido instalar un sistema de alumbrado público e instaurar el oficio de "farolero". Los dueños de las casas quedaban así liberados del gasto, limpieza y mantenimiento de los faroles. Madrid disponía entonces de 4.408 faroles a una altura de 12 pies. Sus velas de sebo, luego, fueron de aceite: el farolero  los encendía subido en una escalera y  al amanecer, los apagaba.

        En 1797 se crea el cuerpo de "serenos"  algunos de los cuales se encargaban también de encender faroles.

        El gas natural, para usos públicos, llegó en 1807 a algunas calles de Londres. Llegaba mediante tuberías hasta las farolas, aunque su encendido era de forma manual. En 1878 se inaugura el primer alumbrado eléctrico en la Puerta del Sol.  En 1922 el ayuntamiento  de Madrid firma un contrato de prestación de servició con la empresa Gas Madrid S.A que combinaba también faroles eléctricos. Y en 1930, el oficio del farolero desapareció definitivamente.

      La última  fase en la iluminación pública ha sido la sustitución de las viejas bombillas por las nuevas luminarias LED, que ahorran más de un 50% del gasto público.

          Del fuego al Sol: Solar Orbiter, 10 de febrero de 2020

      El ministro de Ciencia e Innovación  de España, (antes astronauta), Pedro Duque, celebró el lanzamiento de la misión europea Solar Orbiter desde Cabo Cañaveral como "un hito" científico y tecnológico para la Agencia Espacial Europea (ESA), con la colaboración de la NASA.

      La sonda europea es la más sofisticada que se haya lanzado hasta ahora para el estudio de nuestra estrella. La nave tiene previsto aproximarse al Sol desde la órbita de Mercurio, (el planeta más cercano al Sol) a unos 42 millones de kilómetros, soportando temperaturas de hasta 500ºC. (La nave y los sistemas están previsto de un escudo protector especial).

     Tardará cerca de 2 años en alcanzar su órbita operativa. Antes, para la puesta en servicio de sus instrumentos y sistemas, efectuará su primer pase frente al sol, en junio, con la nave a mitad de la distancia de la órbita terrestre al Sol. La fase de crucero inicial, se extenderá hasta noviembre de 2021, 

         Y para encarar su objetivo, Solar Orbiter, tiene previsto efectuar dos maniobras de asistencia gravitatoria, una al rededor de Venus y otra al rededor de la Tierra, para alterar la trayectoria y dirigirse hacia las regiones interiores del Sistema Solar. Eso le proporcionará una perspectiva única y le permitirá observar los polos del Sol.

https://youtu.be/rU7R1rMLwDw

          Una aportación científica y humana de Alcalá y Guadalajara.  

            Duque recordó que los científicos y las empresas españolas han participado de forma muy activa en esta misión ya que una parte importante de los sistemas de la nave y  de los instrumentos científicos principales que lleva a bordo.

          La misión de la nave, se prolongará 7 años, observará el Sol desde una perspectiva sin precedentes y estudiará tanto la física solar como la influencia del Sol en el medio interplanetario. Para ello lleva a bordo 10 instrumentos, entre ellos, el Energetic Particle Detector (EPD), desarrollado por la Universidad de Alcalá.

             Gracias a los instrumentos incorporados, tomará medidas locales y remotas, lo que aportará la primera visión completa, tanto de la física solar, como de la heliosférica. La ESA pretende que la misión capte detalles de 180 kilómetros de ancho (el ancho del disco visible del Sol es de 1,4 millones de kilómetros).  Eso ayudará a entender lo que ocurre en el sol y las tormentas solares  que afectan a la magnetosfera y capas superiores de la atmosfera terrestre.

              En esas tormentas el Sol lanza llamaradas o fuegos (eyecciones coronarias) que a veces equivalen a 10 millones de bombas de hidrógeno a una velocidad de 12 millones de kilómetros/hora.  Conocer todo eso de cerca, ayudará a comprender la influencia del Sol en nuestro planeta, y en su caso poder estar preparados.

              El progreso de la Humanidad es obra de las personas, la inteligencia y la colaboración científica, donde siempre alguien va a la cabeza. En este caso concreto, Javier Rodríguez Pacheco, que vive en  Cabanillas, (Guadalajara) y es catedrático de Astronomía y Astrofísica, ha sido el investigador principal y ha trabajado durante 15 años en el instrumento EPD/Solar ... del grupo de investigación SRG-UAH. En concreto, uno de los instrumentos de detección y medición  de partículas energéticas durante toda la misión del Solar Orbiter.

         EPD: el detector de partículas del Sol: principal y a destacar. Porque estudiará la composición, los flujos y las variaciones de las partículas energéticas emanadas por el Sol.

        De los diez instrumentos que lo componen, destaca el Detector de Partículas Energéticas (Energetic Particle Detector – EPD) y su Unidad de Control del instrumento desarrollado por miembros del grupo de investigación Space Research Group  (SRG) de la UAH, como parte de un consorcio en el que también participan la Universidad de Kiel (Alemania) y la Universidad Johns Hopkins (EE.UU.).

          Ha podido desarrollar su  aventura de investigación en la oficina del proyecto instalada en el Parque Científico y Tecnológico de Castilla-La Mancha en Guadalajara.  Es apasionante escuchar a Rodríguez-Pacheco hablando de Solar Orbiter y de  su  EPD, que supone un hito en la investigación espacial y en la colaboración española a la misma.

https://youtu.be/eoy5Rky0VRE

         "Los resultados que deje Solar Orbiter en los próximos años serán clave para entender los misterios del Sol y cómo afecta a nuestro planeta. Vivimos al lado de una estrella y es nuestra responsabilidad, como especie inteligente, el conocerla y poder predecir aquellos cambios que puedan afectar a la vida sobre la Tierra".

          Por el proyecto y sin duda por los resultados que de Solar Orbiter se esperan en el próximo futuro, agradecemos y nos sentimos orgulloso como humanos y como españoles. Enhorabuena por esa aportación al progreso y por su acercamiento, sin precedentes a nuestra Estrella, el Sol.

         "El viaje a las estrellas" no ha hecho más que empezar.

José Manuel Belmonte.

 

 

Vivir con humor

No se trata de decirnos constantemente cosas bonitas para halagarnos, aunque a veces no estaría de más, sino, sobre todo, salirnos un poco de esa moda cansina de la queja, procurar no pensar tanto en que los demás tienen más suerte o que nosotros nunca recibimos lo que merecemos…

En tiempos difíciles, y todas las épocas han considerado difíciles sus propios tiempos, es la actitud lo que marca la diferencia. Y la actitud depende mucho de la psicología que cada uno se ha ido forjando, del balance que hacemos con nosotros mismos cuando nos pasamos cuentas de cada cosa que nos sucede. Todos tendemos a cargar o descargar la autoestima en función de lo que dicen o piensan quienes tenemos alrededor. Y si estamos rodeados de gente que tiende a hacer valoraciones negativas de las cosas, es fácil que nos contaminemos de sus ganas de quejarse de todo, de su afán por considerarse víctimas y de su triste afición a buscar siempre y a toda costa culpables que carguen con la responsabilidad de cada cosa que no les gusta (o sea, de casi todo).

Quizá lo más importante, lo más decisivo, lo más transformador, es todo eso que nos decimos a nosotros mismos ante cada cosa que nos sucede. No se trata de decirnos constantemente cosas bonitas para halagarnos, aunque a veces no estaría de más, sino, sobre todo, salirnos un poco de esa moda cansina de la queja, procurar no pensar tanto en que los demás tienen más suerte o que nosotros nunca recibimos lo que merecemos, o dejar de meternos en la cama cargados de reproches contra todo el mundo.

Si procuramos pensar un poco mejor de los demás y de nosotros mismos, si trabajamos por tener una psicología limpia y clara, si cada día sumamos a nuestra memoria balances positivos, algunos aprendizajes nuevos y enriquecedores, de ese modo iremos amueblando nuestra memoria con buenos recuerdos, sabremos ir hilando un relato real sobre la parte positiva de lo que nos pasó ayer, y, así, nos sentiremos con fuerza para vivir hoy con mejor actitud y más ganas.

Lo mismo puede decirse de los recuerdos de más atrás. No soy de los que consideran que todo tiempo pasado fue mejor, pero tampoco peor. Cada tiempo tiene su encanto, su atractivo, su nostalgia, sus aciertos y sus errores. Y hay muchas formas de valorar nuestras vivencias y nuestro pasado. Algunos quizá rumian tanto sus antiguos malos momentos que consiguen que esas impresiones ensucien toda su memoria.

Tengo para mí que cada uno se construye bastante a sí mismo al destilar sus propios recuerdos. Si centras tu atención y te fijas sobre todo en lo negativo, y piensas casi siempre en lo negativo, y hablas casi siempre de lo negativo, y quizá incluso lo exageras un poco, para dejar claro no se sabe qué, y estás casi siempre trayendo a tu memoria esos malos recuerdos, es probable que al final toda tu memoria y toda tu psicología sean negativas. Y en esa patológica búsqueda de culpables, ¿quién crees que es el culpable último de que te sientas así? Quizá esa actitud, que lleva años devorándote y tienes que vencer. ¿Cómo? Aprendiendo a ser positivos, a ser agradecidos, a ver con mejores ojos las situaciones y las personas, también las que peor consideramos. No es fácil, es verdad. Pero cambia por completo la perspectiva de una vida.

Alfonso Aguiló

 

 

¿A quién pertenecen los hijos?

Uno de los argumentos más útiles en retórica es la reducción al absurdo, que consiste en dar respuesta a un planteamiento ridículo para constatar su naturaleza falaz. A la ministra Isabel Celaá, que en los últimos tiempos nos tiene acostumbrados a grandes perlas ideológicas que nos ayudan a recordar la base de nuestros presupuestos morales, se le fueron los cálculos con su respuesta a la propuesta del pin parental cuando dijo que los hijos no pertenecen a los padres. Si aplicamos la reducción al absurdo, la pregunta inmediata es a quién pertenecen y la respuesta inherente en el planteamiento de la ministra es “al Estado”, que parece el único con potestad para garantizar no ya la educación académica sino la moral.

El problema es más grave que el debate que ha saltado a la palestra de los medios y que ha traspasado las fronteras de la información convertido en los más ocurrentes memes –nuestra memecracia líquida y superficial– para acabar sentándose a comer el domingo en todos los hogares de España. Lo que se adivina debajo de la polémica –posiblemente teatralizada por parte del actual Gobierno para evitar otros temas de calado– es una verdadera crisis antropológica, de concepción de la persona. Porque la única respuesta posible a la pregunta de a quién pertenecen los hijos es que son libres y, sin embargo, los padres tenemos la potestad y la responsabilidad de hacer de ellos los adultos que serán: buenos, generosos, entregados, comprometidos con el bien común.

Jesús Martínez Madrid

 

 

La píldora de la muerte

Los Países Bajos disponen ya de la legislación más permisiva del mundo respecto a la eutanasia. Es el ejemplo de la incapacidad de una sociedad de proponer alternativas de cuidados ante la enfermedad y de recuperación del gusto por la vida y el bienestar integral de la persona. Una sociedad encerrada en sí misma y entregada a la esclavitud de las emociones. Con esta píldora de la muerte se ponen las bases de una peligrosa pendiente, que influirá también en la percepción de muchos ancianos, angustiados por el hecho de ser considerados como una carga.

El proyecto de legalización de la píldora letal significa apostar por la muerte y renunciar a factores esenciales de la condición humana. Las leyes deben estar para proteger la vida, a los más débiles y vulnerables, y no para facilitar la muerte a la carta y sin control. Por eso es más necesario que nunca un testimonio de razón y de afecto por la vida, capaz de sostener la esperanza de muchos que, ante su dificultad, sólo encuentran una invitación al vacío.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Afirmó en Jerusalén

Felipe VI afirmó en Jerusalén que la misma barbarie que sacudió a Europa hace sesenta años, puede crecer cuando menos se espera. Por esta razón, rendir homenaje a las víctimas del terror, como se ha hecho en el Foro de Jerusalén, es una de las obligaciones que deben asumir los Estados para mantener viva la memoria de las víctimas, su dignidad y la exigencia de justicia. Coincidía la celebración de este Foro con los veinticinco años del asesinato del dirigente del Partido Popular en el País Vasco, Gregorio Ordóñez, a manos de ETA. Aquel crimen, como los centenares cometidos por la banda terrorista, no puede caer en el olvido. Es imprescindible exigir a los herederos políticos de ETA un arrepentimiento que no se ha producido, a pesar de lo cual disfrutan de un rédito político inconcebible en democracia.

Valentín Abelenda Carrillo

 

 

Pensamientos y reflexiones 245 

 

Una muestra más del porqué la política no funciona

                                No tengo que investigar mucho ni salirme de mi propio entorno, para reflejar un conjunto global o mundial, del porqué la política no funciona y del porqué los pueblos se anquilosan o los anquilosan quienes los dominan; y no, no hay que señalar a ningún grupo o partido político, en general son todos lo mismo o tan parecidos, que los hechos confirman cuanto hoy relato. Por ello me refiero a la ciudad donde nací y vivo, cuyo municipio lleva siendo saqueado desde hace muchos años.

                                “Jaén: El consistorio cuadruplica su gasto en personal en veinte años: GASTO: Los salarios de la plantilla acaparan el treinta y siete por ciento de todo el gasto del Ayuntamiento. PERSONAL: El número de personal en nómina ha crecido un 113 por ciento en dos décadas: El aumento de personal contraviene los distintos planes de ajuste del Estado”. Todo ello figura en primera plana y en grandes tipos, del diario “VivaJaén del 12 de Septiembre del 2018; en páginas interiores amplían datos.

                                Los culpables de todo ello, aún resisten y además se siguen presentando en las elecciones, para con ello, muchos de sus “cabezas o dirigentes”, puedan seguir chupando de los fondos públicos y sin ningún escrúpulo; mientras los ya esclavizados contribuyentes, soportamos subidas ya confiscatorias de injustos impuestos; y aun así, la tesorería del municipio está en quiebra y haciendo todo cuanto consiguen imponer para que la deuda crezca de forma tan brutal, que ahora mismo y para disimularla tratan de alargarla a tan larguísimos plazos que ya veremos si lo consiguen o no, pero de cualquier forma es cargar de deudas absurdas no sólo a los vivos, sino a los que nacerán a lo largo de vete a saber cuántos años o siglos venideros.

                                ¿Qué a pesar de tantos y tantos disloques los servicios municipales funcionan a satisfacción de los indefensos habitantes del municipio? No en absoluto; simplemente apuntemos, que de tal forma el municipio decae, que aun siendo capital de una provincia más que rica, sus habitantes decrecen de forma alarmante y tienen que huir de ella para emigrar a lugares donde puedan encontrar un medio digno de vida. (De mi artículo de igual titular 09-03-2019)

¿Por qué hay cada vez menos en los bancos?:  Me refiero a “los comercios del dinero”, que no otra cosa es un banco, aunque también andan “devorándose unos a los otros” y se desprende con ello, que “algún enfermo terrible de la avaricia”, quisiera ostentar el mando de uno sólo y que éste controlara todo el dinero del mundo; para ello ya han eliminado incluso los bancos nacionales (en Europa) para que sean, “los tentáculos avarientos y usureros de esos individuos que en la sombra controlan de verdad toda la fuerza dineraria”; habiéndonos engañado miserablemente, puesto que lo que están haciendo es esclavizar al ser humano, de la forma más atroz y sibilina con que cuentan, debido a tan alta y miserable tecnología electrónica, con la que dicho sea de paso; están eliminando a la mayoría de seres humanos que como empleados mantenían; mientras los que dicen gobernar, los políticos, son simples y pobres lacayos de “los otros”, a los que sirven como verdaderos ya esclavizados; y lo diré de forma comprensible para quién esto lea.

                                Llegas a “una tienda del dinero” (Banco-Caja) y lo primero que encuentras es colas e indicaciones de que “esperes tu turno”; los empleados cada vez son más escasos y han sido sustituidos por “máquinas”, a las que te obligan a ir, para que así y “como empleado gratuito de la banca” (ESO ES EN LO QUE NOS HAN CONVERTIDO) operes y te sirvas tú mismo lo que la máquina admita, puesto que si necesitas una consulta personal, ármate de paciencia y espera a ver si de verdad hay un empleado que te pueda atender, o a éste, “también lo tienen atado” y depende de otro empleado situado dios sabe dónde y el que quizá, tenga la solución que necesitas, puesto que ese ausente “jefe”, también dependerá de otro más lejano y entonces, nada resolverás hasta que a ellos les convenga o les venga bien; tú no les interesas, pero tu dinero sí, por el que además tienes que pagar gastos, por cuanto dicen que “te lo custodian y ello tiene un precio”; o sea y resumiendo… LA USURA LLEVADA AL GRADO MÁXIMO HASTA EL DÍA DE HOY; que seguro lo ampliarán más.

                                Ocurre también en pueblos donde antes había una o dos “tiendas del dinero”, que debido a los ordenadores las cerraron… “y por allí pasa una o dos veces por semana, uno de esos pocos empleados bancarios, ambulantes, que mediante puestos en cola, despachan de la forma más fría e inhumana, a los pobres labriegos que tienen en esa “tienda dineraria”, sus ahorros, sus pensiones y sus otras “cosas” bancarias; si el resto de semana necesitas dinero, “se lo pides a un familiar, vecino, o vas a la tienda de suministros y que te lo fíen, como se hacía en los tiempos más miserables y que vivimos los viejos hace ya muchas décadas”. (De mi artículo de igual titular 07-03-2019)

“La verdad es la herida que más duele… y no cicatriza”. AGF 24 octubre 2019

 NOSOTROS EL PUEBLO: A nosotros, el pueblo, nos importan dos cojones, los políticos que sean; lo que queremos son verdaderos estadistas, o sea, hombres y mujeres de Estado, y que de verdad, vayan solucionando los verdaderos problemas de España, que no son de partido alguno; son de todos los españoles y eso se olvida totalmente. (7 MAYO 2019)

DICHO POR EL ACTUAL PAPA CATÓLICO:

“A la gente la empobrecen para que luego voten a quienes les hundieron en la pobreza” (Afirmación del Papa Francisco en Julio del 2018)

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes