Las Noticias de hoy 18 Abril 2022

Enviado por adminideas el Lun, 18/04/2022 - 12:34

Colección de Gifs ®: IMÁGENES DE FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 18 de abril de 2022       

Indice:

ROME REPORTS

Vigilia Pascual. El Papa: Cristo está vivo y pasa, transforma y libera

Urbi et Orbi: ¡Dejémonos vencer por la paz de Cristo! La paz es posible

Francisco visita a Benedicto por sus 95 años: Conversación afectuosa y oración

El Papa: el mundo ha elegido a Caín, pero Dios no deja de salvarnos

LA ALEGRÍA DE LA RESURRECCIÓN : Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del lunes: sin miedo

“Ha triunfado de la muerte” : San Josemaria

«Para dar la paz hay que tenerla, y a nosotros nos la da Cristo»

«La Luz de la resurrección. Homilías de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual» : José Manuel Martín Q.

Pascua de Resurrección

Nuevos Mediterráneos (I): «Aquella primera oración de hijo de Dios» : Lucas Buch

Una familia sin Dios, un fracaso seguro

Busquemos la unidad sobre las cosas : Sheila Morataya

Guerra en Ucrania. ¿Sensatez política? : Josefa Romo

Alimentación y cerebro. :   José Luis Velayos

PADRE MIO…SI ES POSIBLE : Magui del Mar

R E S U C I T Ó! : Magui del Mar

La sonrisa construye la paz. Los pequeños también enseñan : José Martínez Colín.

A partir del lunes de Pascua: Jorge Hernández Mollar

Semana Santa 2022.  : Josefa Romo Garlito

Un mes después : Domingo Martínez Madrid

La ultratontería : Jesús Martínez Madrid

La cultura postmoderna se derrumba :  JD Mez Madrid

LAS CUATRO ESTACIONES DE LA VIDA : Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

 

Vigilia Pascual. El Papa: Cristo está vivo y pasa, transforma y libera

La Noche Santa de este sábado, 16 de abril, el Santo Padre presidió en la Basílica de San Pedro, la celebración de la Vigilia Pascual en la cual después de bendecir el fuego nuevo, proclamar la Palabra, bautizar a un grupo de catecúmenos, recordó a toda la Iglesia que, “un cristianismo que busca al Señor entre los vestigios del pasado y lo encierra en el sepulcro de la costumbre es un cristianismo sin Pascua”.

 

Renato Martinez - Ciudad del Vaticano

“¡Celebremos la Pascua con Cristo! Él está vivo y también hoy pasa, transforma y libera”. Con Él, el mal no tiene más poder, el fracaso no puede impedir que empecemos de nuevo, la muerte se convierte en un paso para el inicio de una nueva vida”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Vigilia Pascual en la Noche Santa, en la Basílica de San Pedro, este sábado 16 de abril de 2022.

Con estas tres acciones entremos en la Pascua del Señor

El Santo Padre inició su homilía recordando que, muchos escritores han evocado “la belleza de las noches, iluminadas por las estrellas”, en cambio, hoy, dijo el Papa, “las noches de guerras están surcadas por luminosas estelas de muerte”. Por ello, en esta noche, el Pontífice invitó a dejarnos “tomar de la mano por las mujeres del Evangelio, para descubrir con ellas la manifestación de la luz de Dios que brilla en las tinieblas del mundo”. Esas mujeres, señaló el Santo Padre, mientras la noche se disipaba y las primeras luces del alba despuntaban sin clamores, se dirigieron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús y allí vivieron una experiencia desconcertante que se puede resumir en tres acciones: ven, escuchan, anuncian.

“Allí vivieron una experiencia desconcertante: primero descubrieron que la tumba estaba vacía; después vieron dos figuras con vestiduras resplandecientes, que les dijeron que Jesús había resucitado; y rápidamente corrieron a anunciar la noticia a los demás discípulos (cf. Lc 24,1-10)”

Procesión de la luz en la Vigilia Pascual

Las mujeres ven

La primera acción que el Santo Padre describe es que “las mujeres ven”, las mujeres vieron «que la piedra estaba corrida. Cuando entraron no hallaron el cuerpo del Señor Jesús». El primer anuncio de la Resurrección, precisó el Pontífice, no se presenta como una fórmula que hay que comprender, sino como un signo que hay que contemplar. La Pascua, por tanto, empieza cambiando nuestros esquemas. Llega con el don de una esperanza sorprendente. Pero no es fácil acogerla. A veces —debemos admitirlo— esta esperanza no encuentra espacio en nuestro corazón. También en nosotros, como en las mujeres del Evangelio, prevalecen preguntas e incertidumbres, y la primera reacción ante el signo imprevisto es el miedo, el “no levantar la vista del suelo”.

¡El Señor ha resucitado! Levantemos la mirada

Con mucha frecuencia, miramos la vida y la realidad sin levantar los ojos del suelo, subrayó el Papa Francisco; sólo enfocamos el hoy que pasa, sentimos desilusión por el futuro y nos encerramos en nuestras necesidades, nos acomodamos en la cárcel de la apatía, mientras seguimos lamentándonos y pensando que las cosas no cambiarán nunca. Y así permanecemos inmóviles ante la tumba de la resignación y del fatalismo, y sepultamos la alegría de vivir. Pero, sin embargo, esta noche el Señor quiere darnos unos ojos diferentes, encendidos por la esperanza de saber que el miedo, el dolor y la muerte no tendrán la última palabra sobre nosotros.

“Gracias a la Pascua de Jesús podemos dar el salto de la nada a la vida, «y la muerte ya no podrá defraudarnos más de nuestra existencia», que ha sido abrazada totalmente y para siempre por el amor infinito de Dios. Es verdad que puede atemorizarnos y paralizarnos, ¡pero el Señor ha resucitado! Levantemos la mirada, quitemos de nuestros ojos el velo de la amargura y la tristeza, y abrámonos a la esperanza de Dios”

El Papa Francisco en la Vigilia Pascual

Las mujeres escuchan

En segundo lugar, el Santo Padre dijo que, “las mujeres escuchan”. Las mujeres del Evangelio escuchan el anuncio de los dos hombres con vestiduras resplandecientes que les dicen: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí: ¡ha resucitado!». El Pontífice dijo que, nos hace bien escuchar y repetir estas palabras: ¡no está aquí! “Cada vez que creemos saber todo sobre Dios, que lo podemos encasillar en nuestros esquemas, repitámonos a nosotros mismos: ¡no está aquí! Cuando lo buscamos sólo en la emoción pasajera o en el momento de la necesidad, para después hacerlo a un lado y olvidarnos de Él en las situaciones y en las decisiones concretas de cada día, repitámonos: ¡no está aquí! Y cuando pensamos que lo hemos aprisionado en nuestras palabras, fórmulas y costumbres, pero nos olvidamos de buscarlo en los rincones más oscuros de la vida, donde hay alguien que llora, lucha, sufre y espera, repitámonos: ¡no está aquí!”.

No podemos celebrar la Pascua si nos quedamos en la muerte

Es por ello que el Papa Francisco invitó a todos a escuchar la pregunta dirigida a las mujeres: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?”. “No podemos celebrar la Pascua si seguimos quedándonos en la muerte – afirmó el Papa – si permanecemos prisioneros del pasado; si en la vida no tenemos la valentía de dejarnos perdonar por Dios, de cambiar, de terminar con las obras del mal, de decidirnos por Jesús y por su amor; si reducimos la fe a un amuleto, haciendo de Dios un hermoso recuerdo de tiempos pasados, en lugar de descubrirlo como el Dios vivo que hoy quiere transformarnos a nosotros y al mundo”.

“Un cristianismo que busca al Señor entre los vestigios del pasado y lo encierra en el sepulcro de la costumbre es un cristianismo sin Pascua. ¡Pero el Señor ha resucitado! ¡No nos detengamos en torno a los sepulcros, sino vayamos a redescubrirlo a Él, el Viviente! Y no tengamos miedo de buscarlo también en el rostro de los hermanos, en la historia del que espera y del que sueña, en el dolor del que llora y sufre: ¡Dios está allí!”

El Papa durante la homilía

Las mujeres anuncian

Por último, el Santo Padre comentó la tercera actitud de las mujeres del Evangelio, ellas anuncian. ¿Qué anuncian? La alegría de la Resurrección. “La Pascua no acontece para consolar íntimamente al que llora la muerte de Jesús – subrayó el Pontífice – sino para abrir de par en par los corazones al anuncio extraordinario de la victoria de Dios sobre el mal y sobre la muerte”. Por eso, la luz de la Resurrección no quiere retener a las mujeres en el éxtasis de un gozo personal, no tolera actitudes sedentarias, sino que genera discípulos misioneros que “regresan del sepulcro” y llevan a todos el Evangelio del Resucitado. Es por eso que, después de haber visto y escuchado, las mujeres corrieron a anunciar la alegría de la Resurrección a los discípulos.

Llevar a todos la alegría del Evangelio

¡Qué hermosa es una Iglesia que corre de esta manera por los caminos del mundo! Sin miedos, sin estrategias ni oportunismos; sólo con el deseo de llevar a todos la alegría del Evangelio. A esto somos llamados, a experimentar el encuentro con el Resucitado y a compartirlo con los demás; a correr la piedra del sepulcro, donde con frecuencia hemos encerrado al Señor, para difundir su alegría en el mundo. Resucitemos a Jesús, el Viviente, de los sepulcros donde lo hemos metido, liberémoslo de las formalidades donde a menudo lo hemos encerrado.

“Despertémonos del sueño de la vida tranquila en la que a veces lo hemos acomodado, para que no moleste ni incomode más. Llevémoslo a la vida cotidiana: con gestos de paz en este tiempo marcado por los horrores de la guerra; con obras de reconciliación en las relaciones rotas y de compasión hacia los necesitados; con acciones de justicia en medio de las desigualdades y de verdad en medio de las mentiras. Y, sobre todo, con obras de amor y de fraternidad”

Los diáconos preparan la pila bautismal

Nuestra esperanza se llama Jesús

El Papa Francisco concluyó su homilía señalando que, nuestra esperanza se llama Jesús. “Él entró en el sepulcro de nuestros pecados, llegó hasta el lugar más profundo en el que nos habíamos perdido, recorrió los enredos de nuestros miedos, cargó con el peso de nuestras opresiones y, desde los abismos más oscuros de nuestra muerte, nos despertó a la vida y transformó nuestro luto en danza. ¡Celebremos la Pascua con Cristo! Él está vivo y también hoy pasa, transforma y libera”. Con Jesús, dijo el Santo Padre, el mal no tiene más poder, el fracaso no puede impedir que empecemos de nuevo, la muerte se convierte en un paso para el inicio de una nueva vida. Porque con Jesús, el Resucitado, ninguna noche es infinita; y, aun en la oscuridad más densa, brilla la estrella de la mañana.

La delegación ucraniana presente en la Vigilia Pascual

Oremos esta noche por tanto sufrimiento

Y precisamente con la oscuridad más fuerte en la mente, la de la devastadora guerra en Ucrania, que el Papa Francisco concluyó su homilía dirigiéndose al alcalde de Melitopol, Ivan Fedorov, ahora en el exilio y presente en la Vigilia con algunos representantes del gobierno y el parlamento del país. A ellos les renovó, en ucraniano, el más bello anuncio: "Cristo ha resucitado":

En esta oscuridad en la que viven, señor alcalde, señoras y señores parlamentarios, la densa oscuridad de la guerra, de la crueldad, todos rezamos, rezamos con ustedes y por ustedes, esta noche; rezamos por tanto sufrimiento. Sólo nosotros podemos darles nuestra compañía, nuestra oración y decirles: "¡Ánimo! Los acompañamos". Y también para decirles lo más grande que celebramos hoy: ¡Cristo ha resucitado!

 

 

Urbi et Orbi: ¡Dejémonos vencer por la paz de Cristo! La paz es posible

Dirigiéndose al mundo entero en su tradicional Mensaje de Pascua, Francisco recordó la guerra en Ucrania, a los países atormentados por largos conflictos y violencia y afectados por tensiones sociales y dramáticas crisis humanitarias. "Que Cristo resucitado acompañe y asista a los pueblos de América Latina que han visto empeorar sus condiciones sociales"

 

Cecilia Mutual – Ciudad del Vaticano

“Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Pascua! Jesús, el Crucificado, ha resucitado”. Fue el saludo del Papa Francisco a los fieles del mundo entero y a los presentes congregados en una soleada plaza de San Pedro, que participaron hoy en la Misa de Resurrección.

Francisco presidió la celebración ante unos 100 mil fieles presentes, tras una pausa de dos años debido a la pandemia, en una coloreada plaza de San Pedro decorada con cientos de arreglos florales y adornos. Finalizada la Santa Misa, dirigió el Mensaje Urbi et Orbi (a la ciudad de Roma y al mundo entero) e impartió su Bendición Apostólica desde el Balcón central de la Basílica Vaticana.

«¡La paz esté con ustedes!»

El Obispo de Roma, remitiéndose al Evangelio de Juan, repitió las palabras pronunciadas por Jesús al presentarse ante “las miradas incrédulas” de los discípulos que lloraban por él y evidenció:

“También nuestras miradas son incrédulas en esta Pascua de guerra. Hemos visto demasiada sangre, demasiada violencia. También nuestros corazones se llenaron de miedo y angustia, mientras tantos de nuestros hermanos y hermanas tuvieron que esconderse para defenderse de las bombas”

También a nosotros, afirmó Francisco, “nos cuesta creer que Jesús verdaderamente haya resucitado, que verdaderamente haya vencido a la muerte. ¿Será tal vez una ilusión, un fruto de nuestra imaginación? No, no es una ilusión”. “¡Cristo ha resucitado!”, afirmó.

“Hoy más que nunca tenemos necesidad de Él, al final de una Cuaresma que parece no querer terminar. Parecía que había llegado el momento de salir juntos del túnel, tomados de la mano, reuniendo fuerzas y recursos. Y en cambio, estamos demostrando que tenemos todavía en nosotros el espíritu de Caín, que mira a Abel no como a un hermano, sino como a un rival, y piensa en cómo eliminarlo”

La paz se logra con las armas del amor de Jesús

Para creer en la victoria del amor y en la reconciliación, necesitamos a Jesús Resucitado, añadió el Papa.  “Sólo Él puede hacerlo. Sólo Él tiene hoy el derecho de anunciarnos la paz. Sólo Jesús, porque lleva las heridas, nuestras heridas”. Y explicó:

“Las heridas en el Cuerpo de Jesús resucitado son el signo de la lucha que Él combatió y venció por nosotros con las armas del amor, para que nosotros pudiéramos tener paz, estar en paz, vivir en paz. Mirando sus llagas gloriosas, nuestros ojos incrédulos se abren, nuestros corazones endurecidos se liberan y dejan entrar el anuncio pascual: «¡La paz esté con ustedes!»”

Que se elija la paz de Cristo

“¡Dejemos entrar la paz de Cristo en nuestras vidas, en nuestras casas y en nuestros países!” exhortó el Santo Padre, dirigiendo, como de costumbre, su mirada a todas las realidades del mundo necesitadas de esta paz de Jesús. En primer lugar, Francisco recordó a la “martirizada Ucrania”, tan duramente probada por la violencia y la destrucción de la “guerra cruel e insensata”, dirigiendo un fuerte llamamiento a los responsables de las naciones para que escuchen el grito de paz de la gente:

“Que se elija la paz. Que se dejen de hacer demostraciones de fuerza mientras la gente sufre. Por favor, no nos acostumbremos a la guerra, comprometámonos todos a pedir la paz con voz potente, desde los balcones y en las calles. Que los responsables de las naciones escuchen el grito de paz de la gente, que escuchen esa inquietante pregunta que se hicieron los científicos hace casi sesenta años: «¿Vamos a poner fin a la raza humana; o deberá renunciar la humanidad a la guerra?»”

“Llevo en el corazón a las numerosas víctimas ucranianas” aseguró el Santo Padre, “los millones de refugiados y desplazados internos, a las familias divididas, a los ancianos que se han quedado solos, a las vidas destrozadas y a las ciudades arrasadas”.  Y mencionando el sufrimiento de los niños ucranianos que “se quedaron huérfanos y huyen de la guerra” el Papa recordó también de manera especial a muchos otros que mueren de hambre o por falta de atención médica, son víctimas de abusos y violencia, “y aquellos a los que se les ha negado el derecho a nacer”.

 

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17/04/2022El anuncio de la Resurrección en la Misa en la Plaza de San Pedro

Los signos esperanzadores no obstante la guerra

A pesar del dolor de la guerra, Francisco evidenció que no faltan “signos esperanzadores, como las puertas abiertas de tantas familias y comunidades que acogen a migrantes y refugiados en toda Europa”.

“Que estos numerosos actos de caridad sean una bendición para nuestras sociedades, a menudo degradadas por tanto egoísmo e individualismo, y ayuden a hacerlas acogedoras para todos.”

No olvidar otras situaciones de sufrimiento

El Papa pidió que haya paz en Oriente Medio, “lacerado desde hace años por divisiones y conflictos”, en particular, entre israelíes y palestinos, en el Líbano, Siria e Irak. Pidió también paz para Libia y Yemen, Myanmar y Afganistán. Paz para todo el continente africano, especialmente en la zona del Sahel, en Etiopía y en la República Democrática del Congo. Y que no falten la oración y la solidaridad para los habitantes de la parte oriental de Sudáfrica afectados por graves inundaciones.

Dirigiendo su mirada al continente americano, el Pontífice pidió que “Cristo resucitado acompañe y asista a los pueblos de América Latina que, en estos difíciles tiempos de pandemia, han visto empeorar, en algunos casos, sus condiciones sociales, agravadas también por casos de criminalidad, violencia, corrupción y narcotráfico”.  También recordó a Canadá, pidiendo al Señor Resucitado que “acompañe el camino de reconciliación que está siguiendo la Iglesia Católica canadiense con los pueblos indígenas”.

Finalmente, recordó que “toda guerra trae consigo consecuencias que afectan a la humanidad entera: desde los lutos y el drama de los refugiados, a la crisis económica y alimentaria de la que ya se están viendo señales”. Sin embargo, subrayó el Papa, ante los signos persistentes de la guerra, Cristo, “vencedor del pecado, del miedo y de la muerte”, nos exhorta a no rendirnos frente al mal y a la violencia” y exhortó:

“¡Dejémonos vencer por la paz de Cristo! ¡La paz es posible, la paz es necesaria, la paz es la principal responsabilidad de todos!”

 

 

Francisco visita a Benedicto por sus 95 años: Conversación afectuosa y oración

El Papa esta tarde estuvo en el monasterio "Mater Ecclesiae", residencia de Ratzinger desde su dimisión en 2013, para desearle personalmente una buena fiesta de Pascua, en vísperas del Triduo y del 95° cumpleaños del Pontífice emérito.

 

Salvatore Cernuzio - Ciudad del Vaticano

Como es ya una costumbre consolidada cada Pascua y Navidad, también este año, Francisco ha querido visitar al Papa emérito Benedicto XVI, para desearle personalmente lo mejor en las celebraciones de Pascua. En vísperas del Triduo y a tres días del 95° cumpleaños del Pontífice emérito, el 16 de abril, Jorge Mario Bergoglio ha acudido por tanto esta tarde a la residencia Mater Ecclesiae, el monasterio en el corazón de los Jardines Vaticanos en el que vive Joseph Ratzinger desde mayo de 2013, tres meses después de renunciar al ministerio petrino, conduciendo sus días entre la oración, la música y la lectura, asistido por su secretario particular, monseñor Georg Gänswein, y un grupo de Memores Domini. "Tras una breve y afectuosa conversación, y después de rezar juntos, el Papa Francisco regresó a la Casa Santa Marta", informa el director de la Oficina de Prensa del Vaticano, Matteo Bruni.

El primer abrazo en Castel Gandolfo

Desde los primeros momentos de su pontificado, pocos días después del Cónclave que lo eligió como el 266º Sucesor de Pedro, Francisco inició la "tradición" de reunirse con su predecesor directo, comenzando con la primera visita histórica del recién elegido Papa que llegó en helicóptero a la residencia de Castel Gandolfo, donde Benedicto permaneció unas semanas antes de trasladarse al Vaticano.

En vísperas de las vacaciones o con motivo del Consistorio con los nuevos cardenales, Francisco nunca ha querido dejar de tener este gesto de cercanía y cortesía con el hombre al que en una entrevista en el avión describió como "un sabio abuelo en casa" y al que en el Ángelus del 29 de junio de 2021, en el 70° aniversario de la ordenación sacerdotal de Ratzinger, llamó "padre" y "hermano".

La "Feliz Pascua" con los fieles en San Pedro

También en 2017, fue el 13 de abril cuando el Papa Francisco acudió a la Mater Ecclesiae para una visita con un doble carácter festivo: la Pascua y los 90 años del Papa emérito. El 28 de marzo de 2018, el Pontífice había vuelto de nuevo en la víspera del Triduo Pascual, permaneciendo durante media hora en conversación con Benedicto en la pequeña sala de estar del monasterio. Luego, en la siguiente audiencia general del 4 de abril, pidió a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro que dedicaran un pensamiento a su predecesor todos juntos: "Nuestro querido Papa Benedicto nos sigue por televisión. Y todos le damos una Feliz Pascua y un fuerte aplauso".  

Deseos para la Pascua y de cumpleaños

El 15 de abril de 2019, la víspera del cumpleaños de Ratzinger, Francisco fue a visitarlo por la tarde y "el encuentro -explicó entonces la Oficina de Prensa del Vaticano- fue también una ocasión para que el Pontífice ofreciera, con particular afecto, deseos de un feliz cumpleaños al Papa emérito que mañana cumplirá 92 años".

Las restricciones impuestas por la pandemia de Covid habían impedido una nueva reunión para la Semana Santa de 2020, que sin embargo fue "maquillada" el 29 de noviembre de ese año, cuando Francisco acompañó a los once nuevos cardenales creados en el Consistorio de ese día en una visita al Pontífice emérito. Una costumbre que siempre se ha renovado desde 2016. Los dos primeros años, de hecho, en 2014 y 2015, el Papa emérito había participado en la celebración en la Basílica de San Pedro.

 

 

El Papa: el mundo ha elegido a Caín, pero Dios no deja de salvarnos

En la entrevista concedida por Francisco a la periodista Lorena Bianchetti, en un episodio especial del programa "A Su imagen", se abordan varios temas: el drama de la guerra, no sólo en Ucrania, el papel de las mujeres, la cuestión de los refugiados, la pandemia, la mundanidad en la Iglesia. Pero también la importancia del perdón y la esperanza en el camino cristiano. El Papa envía también sus deseos para la Pascua

 

Amedeo Lomonaco - Ciudad del Vaticano

El silencio es el sonido del Viernes Santo, en particular cuando llega una hora precisa, las tres de la tarde, el momento en que el Hijo de Dios grita su abandono ante el Padre y muere en la cruz. Y el silencio es también la palabra adecuada para el momento del dolor humano, el que da cabida a los que lloran. Las tres de la tarde es la brújula que guía la entrevista titulada "La esperanza bajo el asedio", emitida en Rai 1 y concedida por el Papa Francisco a la periodista Lorena Bianchetti, presentadora del programa "A Sua Immagine". El del silencio es uno de los pasajes más intensos de la conversación, cuando Francisco confiesa: "Una de las cosas que he aprendido es a no hablar cuando alguien sufre", "debemos pedir la gracia del llanto".

A ese momento de la Pasión del Señor están ligados hoy los caminos dolorosos recorridos por tantos inocentes. Personas que murieron a causa de la guerra. No sólo Ucrania, subraya Francisco, está sacudida por la tragedia de un conflicto. En todas partes resuena el sonido de las armas, "el mundo está en guerra":  Siria, Yemen y el drama de los "rohingya expulsados, sin patria", "el genocidio de Ruanda de hace 25 años" son algunos de los escenarios bélicos que tiñen de sangre diversas regiones del planeta. Un mundo, explica el Pontífice, que "ha elegido el esquema de Caín", de "matar al hermano".

No se dialoga con el diablo sino con las personas

Con el diablo "no se dialoga" porque es "el mal absoluto". Pero sí se habla, dice Francisco, con las personas afectadas por "la enfermedad del odio". "Todos tenemos algo bueno". Esto, dice el Papa, "es el sello de Dios en nosotros". Siempre el Señor "busca salvarnos hasta el final" porque en cada hombre ha sembrado "algo bueno". Esta siembra también se hizo en Caín, pero el hermano de Abel, recuerda el Pontífice, fue culpable de una acción que formaba parte de la violencia. Y es con esta acción "que se hace una guerra".

La guerra es pluriforme

El diablo, reitera el Papa, no es un mito sino una realidad: "Yo lo creo". El demonio "es seductor", presenta "algo de bello en el pecado" y "lleva a pecar": "Si los pecados fueran feos, si no tuvieran algo de bello, nadie pecaría".  Están, afirma Francisco, los "que hacen la guerra, los que destruyen la vida de los demás, los que explotan a las personas en su trabajo". También la explotación "es una guerra". Esto también destruye, "no sólo los tanques". El demonio "siempre busca la destrucción" porque el hombre es "imagen de Dios". Cuando Jesús muere, vuelve al Padre. Pero "está en cada persona explotada, que sufre las guerras, la destrucción, la trata". "Cuántas mujeres -subraya el Santo Padre- son esclavas de la trata en Roma y en las grandes ciudades." "Es obra del mal. Es una guerra".

Todo hombre puede sembrar la destrucción

La respuesta del Papa viene precedida de una frase, citada por la periodista Lorena Bianchetti, del escritor ruso Fiódor Mijáilovich Dostoyevski: "La batalla entre Dios y el demonio está en el corazón del hombre". Es allí -subraya el Santo Padre- donde se juega. Por eso necesitamos esa mansedumbre, esa humildad de decirle a Dios: soy un pecador, pero tú sálvame, ayúdame". Porque cada uno de nosotros, explica Francisco, tiene dentro de sí la posibilidad de hacer lo que hacen los que "destruyen, explotan". El pecado "es una posibilidad de nuestra debilidad y también de nuestro orgullo".

Pedir la gracia de llorar

Una dramática imagen de la guerra en Ucrania, retomada por los medios de comunicación del mundo, precede otra reflexión del Papa Francisco. Es la de la carrera desesperada de un hombre y su mujer hacia un hospital. Corren llevando a su hijo que ha sido alcanzado por las esquirlas de una bomba. Por desgracia, en ese caso no fue posible salvar la vida del niño. ¿Qué le nace decirles -pregunta Lorena Bianchetti- a los padres que pasan por esta angustiosa experiencia de perder un hijo? "Una de las cosas que he aprendido -afirma el Papa- es a no hablar cuando alguien sufre". Quienes sufren deben ser llevados "de la mano, en silencio". Ante el dolor, el Papa indica dos caminos: el silencio y el llanto. "Debemos pedir la gracia del llanto, ante nuestras debilidades, ante las debilidades y tragedias del mundo".

La fuerza de las mujeres

Otra imagen de la guerra en Ucrania es la premisa de una pregunta sobre el papel de las mujeres. Es la imagen de una joven ucraniana embarazada llevada en camilla entre los escombros. Intenta acariciar su vientre con las últimas fuerzas que le quedan. Lorena Bianchetti dice, recordando aquella dramática escena, que se acuerda de las mujeres, de la fuerza de las mujeres, de las madres rusas y ucranianas. La periodista se pregunta entonces qué importancia tiene el papel activo de las mujeres para construir concretamente la paz. Las mujeres, subraya el Papa, son "fuertes". "Jesús es el esposo de la Iglesia". Y "la Iglesia es mujer". Una madre "es capaz de acompañar a los hijos hasta el final". Como "María y las mujeres al pie de la cruz". Las mujeres saben lo que significa "preparar la vida" y lo que es la muerte. "Hablan ese idioma". Después, recordando que la explotación y la violencia contra las mujeres son "el pan nuestro de cada día", el Pontífice subraya que "las mujeres son la fuerza". A los pies de la cruz los discípulos huyen. No huyen, en cambio, las mujeres que "lo habían seguido durante toda la vida". "Jesús, de camino al Calvario, se detiene ante un grupo de mujeres". Ellas -señala el Papa- tienen la capacidad de llorar".

La conductora del programa de televisión "A Sua immagine" recuerda a continuación las escenas de los refugiados que huyen de Ucrania a causa de la guerra y también la respuesta concreta recibida de estas personas en señal de acogida y solidaridad. Lorena Bianchetti se pregunta: "¿ha derribado los muros de la indiferencia y los prejuicios contra los que huyen de otras partes del mundo porque han sido heridos por la guerra, o se sigue dividiendo a los refugiados en severas categorías?". "Es cierto - responde el Papa- los refugiados están subdivididos. "De primera clase, de segunda clase" y por "color de piel". "Somos racistas. Y eso es malo". Incluso Jesús, recuerda el Pontífice, "fue emigrante y refugiado en Egipto cuando era niño, para escapar de la muerte".

La guerra es una monstruosidad

La reflexión del Papa vuelve entonces al Calvario. En la cruz hay personas azotadas por la guerra "de los países de África, Oriente Medio, América Latina, Asia". "Hace algunos años -añade el Santo Padre- dije que estábamos viviendo la tercera guerra mundial por pedazos. Pero no hemos aprendido". El Pontífice recuerda, en particular, sus visitas al santuario militar de Redipuglia y al cementerio de Anzio. "Vi y lloré". Francisco, recordando también las conmemoraciones en 2019 por el 75 aniversario del desembarco de Normandía, subraya que "la guerra crece con la vida de nuestros hijos". "Por eso digo que la guerra -afirma el Papa- es una monstruosidad. Vayamos a estos cementerios que son precisamente la vida de esta memoria".

Hemos olvidado el lenguaje de la paz

El drama de la guerra sigue presente en una de las preguntas que plantea la periodista Lorena Bianchetti: ¿por qué los hombres no han aprendido del pasado y siguen utilizando las armas para resolver sus problemas? Francisco responde explicando que entiende a "los gobernantes que compran armas". "No los justifico, pero los entiendo". "Tenemos que defendernos" porque seguimos el esquema de Caín. Pero se trata de un "esquema demoníaco" que lleva a "nos matemos unos a otros en aras del poder, en aras de la seguridad, en aras de muchas cosas". "Si fuera un modelo de paz, esto no sería necesario". También hay muchas "guerras ocultas", "lejos de nosotros". El lenguaje de la paz ha sido "olvidado". Aunque no faltan los esfuerzos por hacer callar las armas. "Se habla de paz. Las Naciones Unidas han hecho de todo, pero no han tenido éxito".

Se necesitan mujeres que hagan sonar la alarma

Hojeando las páginas del Evangelio, el Papa recuerda entonces que hay una mujer de la que no se habla mucho. Es la esposa de Pilato. "Le dice a su marido: 'No te metas con este hombre justo'. Pero Pilato no la escucha, 'cosas de mujeres'". Esta mujer, señala el Pontífice, "comprendió el drama desde lejos". "Tal vez era madre, tenía esa intuición de las mujeres", explica. "El poder es capaz de cambiar la opinión de la gente de domingo a viernes. El Hosanna del domingo se convierte en el "¡Crucifícalo!" del viernes. Y este es nuestro pan de cada día. Necesitamos que las mujeres den la voz de alarma".

Hay tantas soledades

La periodista Lorena Bianchetti subraya que "el Viernes Santo es un poco el día de la soledad". Y la soledad, recuerda, "hace pensar inevitablemente en lo que cada uno de nosotros sintió durante el periodo más agudo de la pandemia". Y también al momento extraordinario de oración del 27 de marzo de 2020. "No sabía -dice el Pontífice- que la plaza iba a estar vacía". "Fue un mensaje del Señor para entender bien la soledad". Hay muchas soledades. "La soledad de los ancianos, la soledad de los jóvenes a los que dejamos solos". Y luego "la sabiduría de los ancianos, tantas veces descuidada y dejada de lado en una casa de reposo". Pero también la soledad "de los jóvenes, de los viejos. De quienes tienen una enfermedad mental en las residencias sanitarias. La soledad de las personas que atraviesan un tragedia personal", la soledad "de una mujer golpeada por su marido". Todos experimentan la soledad. "Usted también debe tener la suya", añade el Papa dirigiéndose a la periodista. Yo tengo la mía. "Pequeñas soledades, pero es ahí, en esas pequeñas soledades, es donde podemos entender la soledad de Jesús, la soledad de la cruz."

"Dios ha sido bueno conmigo"

¿Se ha sentido alguna vez solo -pregunta Lorena Bianchetti durante la entrevista- en el desempeño de su ministerio? "No-responde Francisco-, Dios ha sido bueno conmigo. ¡Siempre, si hay algo malo, pone a alguien para que me ayude! Se hace presente. Ha sido muy generoso. Tal vez porque Él sabe que no puedo hacerlo solo".

La Iglesia y el mal de la mundanidad

Refiriéndose a algunas heridas que también afectan a la Iglesia, el Papa observa que el espíritu de mundanidad es lo "lo que más hace mal hoy en día". "Se alimenta y crece con el dinero". "Cuando cae en el espíritu mundano, la Iglesia es derrotada". Está bien "usar el dinero para hacer el bien, para sacar adelante a la familia con el trabajo", para servir. El Pontífice recuerda también que cada día, por la mañana, dirige una oración a San Miguel Arcángel. "¡Todos los días! Para que me ayude a vencer al diablo". "Yo tengo miedo de él, por eso tengo que defenderme tanto. Al diablo que había hecho todas las maniobras para que Jesús terminara, como lo hizo, en la cruz".

Olvidamos llorar

Al plantear otra pregunta sobre la guerra en Ucrania, la periodista señala que "Kiev ya no es sólo un lugar geográfico". A los ojos del mundo representa mucho más. En su corazón, pregunta, "¿qué es? "Un dolor. El dolor-añade el Papa- es una certeza. Para el dolor físico se puede intervenir, pero para el dolor moral "no hay anestesias". "Sólo la oración y el llanto". "Nos hemos olvidado de llorar. Si puedo dar un consejo, a mí mismo y a la gente, es pedir el don de las lágrimas". El Santo Padre recuerda también "una hermosa oración": "Señor, tú que hiciste brotar agua de la roca, haz brotar lágrimas de la roca de mi corazón". Luego Francisco se pregunta: ¿cuántas personas, ante las imágenes de las guerras, de cualquier guerra, han sido capaces de llorar? "Algunos lo hicieron, estoy seguro, pero muchos no".

Deja que Jesús te hable

En esta jornada de Viernes Santo, el Papa se dirige también al corazón de cada hombre: "Ante Jesús Crucificado, deja que tu corazón se conmueva, deja que te hable con su silencio y con su dolor". Deja que te hable "con las personas que sufren en el mundo: que sufren el hambre, la guerra, tanta explotación y todas estas cosas". "Deja que Jesús te hable y, por favor, no hables tú. Silencio. Que sea Él y pida la gracia de poder llorar". A continuación, el Pontífice envió un mensaje de fraternidad a todos sus "hermanos obispos ortodoxos". Hermanos "que están viviendo esta Pascua con el mismo dolor con el que la vivimos nosotros, yo y muchos católicos".

Perdonar y pedir perdón

¿Cómo se hace para perdonar a todas esas personas que nos hacen daño, que matan a inocentes, que hacen daño no sólo físico sino también psicológico? El Papa responde a esta pregunta subrayando que el perdón tiene una raíz divina: "Si no he hecho ese mal, es porque Él me ha detenido con Su mano, con Su misericordia. Por eso no puedo condenar a quien viene a pedir perdón. Debo perdonar siempre. Cada uno puede decirlo a sí mismo".

La esperanza nunca decepciona

Otro pasaje de la entrevista se refiere a todas aquellas personas que, también como consecuencia del Covid, han perdido su empleo. "¿Qué palabras de esperanzaquiere darles? "La palabra clave que acaba de decir - responde el Papa- ; es esperanza". "La esperanza es tensión hacia el futuro, hacia el cielo". "La esperanza es la certeza de que tengo en mi mano la cuerda de esa ancla lanzada allí. Nos gusta hablar de la fe, tanto, de la caridad: ¡Mírala! La esperanza es un poco la virtud oculta, la pequeñita, la pequeñita de la casa. Pero es la más fuerte para nosotros".

Los deseos del Papa para la Semana Santa

La entrevista concluye con los deseos del Papa Francisco para la Semana Santa: Mi deseo es no perder la esperanza, pero la verdadera esperanza -que no defrauda-, es pedir la gracia de llorar, pero el llanto de la alegría, el llanto del consuelo, el llanto de la esperanza. Estoy seguro, repito, que debemos llorar más. Nos hemos olvidado de llorar. Pidamos a Pedro que nos enseñe a llorar como él lo hizo. Y luego el silencio del Viernes Santo".

 

LA ALEGRÍA DE LA RESURRECCIÓN

— La alegría verdadera tiene su origen en Cristo.

— La tristeza nace del descamino y del alejamiento de Dios. Ser personas optimistas, serenas, alegres, también en medio de la tribulación.

— Dar paz y alegría a los demás.

I. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho, alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. ¡Aleluya!1.

Nunca falta la alegría en el transcurso del año litúrgico, porque todo él está relacionado, de un modo u otro, con la solemnidad pascual, pero es en estos días cuando este gozo se pone especialmente de manifiesto. En la Muerte y Resurrección de Cristo hemos sido rescatados del pecado, del poder del demonio y de la muerte eterna. La Pascua nos recuerda nuestro nacimiento sobrenatural en el Bautismo, donde fuimos constituidos hijos de Dios, y es figura y prenda de nuestra propia resurrección. Dios –nos dice San Pablo– nos ha dado vida por Cristo y nos ha resucitado con Él2. Cristo, que es el primogénito de los hombres, se ha convertido en ejemplo y principio de nuestra futura glorificación.

Nuestra Madre la Iglesia nos introduce en estos días en la alegría pascual a través de los textos de la liturgia: lecturas, salmos, antífonas..., en ellos pide sobre todo que esta alegría sea anticipo y prenda de nuestra felicidad eterna en el Cielo. Desde muy antiguo se suprimen en este tiempo los ayunos y otras mortificaciones corporales, como símbolo externo de esta alegría del alma y del cuerpo. «Los cincuenta días del tiempo pascual –dice San Agustín– excluyen los ayunos, pues se trata de una anticipación del banquete que nos espera allí arriba»3. Pero de nada serviría esta invitación de la liturgia si en nuestra vida no se produce un verdadero encuentro con el Señor, si no vivimos con una mayor plenitud el sentido de nuestra filiación divina.

Los Evangelistas nos han dejado constancia, en cada una de las apariciones, de cómo los Apóstoles se alegraron viendo al Señor. Su alegría surge de haber visto a Cristo, de saber que vive, de haber estado con Él.

La alegría verdadera no depende del bienestar material, de no padecer necesidad, de la ausencia de dificultades, de la salud... La alegría profunda tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia a ese amor. Se cumple –ahora también– aquella promesa del Señor: Y Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar4. Nadie: ni el dolor, ni la calumnia, ni el desamparo..., ni las propias flaquezas, si volvemos con prontitud al Señor. Esta es la única condición: no separarse de Dios, no dejar que las cosas nos separen de Él; sabernos en todo momento hijos suyos.

II. Nos dice el Evangelio de la Misa: las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: Alegraos. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies5.

La liturgia del tiempo pascual nos repite con mil textos diferentes estas mismas palabras: Alegraos, no perdáis jamás la paz y la alegría; servid al Señor con alegría6, pues no existe otra forma de servirle. «Estás pasando unos días de alborozo, henchida el alma de sol y de color. Y, cosa extraña, ¡los motivos de tu gozo son los mismos que otras veces te desanimaban!

»Es lo de siempre: todo depende del punto de mira. —“Laetetur cor quaerentium Dominum!” —cuando se busca al Señor, el corazón rebosa siempre de alegría»7.

En la Última Cena, el Señor no había ocultado a los Apóstoles las contradicciones que les esperaban; sin embargo, les prometió que la tristeza se tornaría en gozo: Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo8. Aquellas palabras, que entonces les podrían resultar incomprensibles, se cumplen ahora acabadamente. Y poco tiempo después, los que hasta ahora han estado acobardados, saldrán del Sanedrín dichosos de haber padecido algo por su Señor9. En el amor a Dios, que es nuestro Padre, y a los demás, y en el consiguiente olvido de nosotros mismos, está el origen de esta alegría profunda del cristiano10. Y esta es lo normal para quien sigue a Cristo. El pesimismo y la tristeza deberán ser siempre algo extraño al cristiano. Algo que, si se diera, necesitaría de un remedio urgente.

El alejamiento de Dios, el descamino, es lo único que podría turbarnos y quitarnos ese don tan apreciado. Por tanto, luchemos por buscar al Señor en medio del trabajo y de todos nuestros quehaceres, mortifiquemos nuestros caprichos y egoísmos en las ocasiones que se presentan cada día. Este esfuerzo nos mantiene alerta para las cosas de Dios y para todo aquello que puede hacer la vida más amable a los demás. Esa lucha interior da al alma una peculiar juventud de espíritu. No cabe mayor juventud que la del que se sabe hijo de Dios y procura actuar en consecuencia.

Si alguna vez tuviéramos la desgracia de apartarnos de Dios, nos acordaríamos del hijo pródigo, y con la ayuda del Señor volveríamos de nuevo a Dios con el corazón arrepentido. En el Cielo habría ese día una gran fiesta, y también en nuestra alma. Esto es lo que ocurre todos los días en pequeñas cosas. Así, con muchos actos de contrición, el alma está habitualmente con paz y serenidad.

Debemos fomentar siempre la alegría y el optimismo y rechazar la tristeza, que es estéril y deja el alma a merced de muchas tentaciones. Cuando se está alegre, se es estímulo para los demás; la tristeza, en cambio, oscurece el ambiente y hace daño.

III. Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables dones que nos hace; la alegría es «el primer tributo que le debemos, la manera más sencilla y sincera de demostrar que tenemos conciencia de los dones de la naturaleza y de la gracia y que los agradecemos»11. Nuestro Padre Dios está contento con nosotros cuando nos ve felices y alegres con el gozo y la dicha verdaderos.

Con nuestra alegría hacemos mucho bien a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a los demás a Dios. Dar alegría será con frecuencia la mejor muestra de caridad para quienes están a nuestro lado. Fijémonos en los primeros cristianos. Su vida atraía por la paz y la alegría con que realizaban las pequeñas tareas de la vida ordinaria. «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Esos fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído»12. Muchas personas pueden encontrar a Dios en nuestro optimismo, en la sonrisa habitual, en una actitud cordial. Esta muestra de caridad con los demás –la de esforzarnos por alejar en todo momento el malhumor y la tristeza y remover su causa– ha de manifestarse particularmente con los más cercanos. En concreto, Dios quiere que el hogar en el que vivimos sea un hogar alegre. Nunca un lugar oscuro y triste, lleno de tensiones por la incomprensión y el egoísmo.

Una casa cristiana debe ser alegre, porque la vida sobrenatural lleva a vivir esas virtudes (generosidad, cordialidad, espíritu de servicio...), a las que tan íntimamente está unida esta alegría. Un hogar cristiano da a conocer a Cristo de modo atrayente entre las familias y en la sociedad.

Debemos procurar también llevar esta alegría serena y amable a nuestro lugar de trabajo, a la calle, a las relaciones sociales. El mundo está triste e inquieto y tiene necesidad, ante todo, del gaudium cum pace13, de la paz y de la alegría que el Señor nos ha dejado. ¡Cuántos han encontrado el camino que lleva a Dios en la conducta cordial y sonriente de un buen cristiano! La alegría es una enorme ayuda en el apostolado, porque nos lleva a presentar el mensaje de Cristo de una forma amable y positiva, como hicieron los Apóstoles después de la Resurrección. Jesucristo debía manifestar siempre su infinita alegría interior. La necesitamos también para nosotros mismos, para crecer en la propia vida interior. Santo Tomás dice expresamente que «todo el que quiere progresar en la vida espiritual necesita tener alegría»14. La tristeza nos deja sin fuerzas; es como el barro pegado a las botas del caminante que, además de mancharlo, le impide caminar.

Esta alegría interior es también el estado de ánimo necesario para el perfecto cumplimiento de nuestras obligaciones. Y «cuanto más elevadas sean estas, tanto más habrá de elevarse nuestra alegría»15. Cuanto mayor sea nuestra responsabilidad (sacerdotes, padres, superiores, maestros...), mayor también nuestra obligación de tener paz y alegría para darla a los demás, mayor la urgencia de recuperarla si se hubiera enturbiado.

Pensemos en la alegría de la Santísima Virgen. Ella está «abierta sin reservas a la alegría de la Resurrección (...). Ella recapitula todas las alegrías, vive la perfecta alegría prometida a la Iglesia: Mater plena sanctae laetitiae, y, con toda razón, sus hijos en la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocan como causa de su alegría: Causa nostrae laetitiae»16.

1 Antífona de entrada en la Misa. — 2 Ef 2, 6. — 3 San Agustín, Sermón 252. — 4 Jn 16, 22. — 5 Mt 28, 8-9. — 6 Sal 99, 2. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 72. — 8 Jn 16, 22. — 9 Hech 5, 40. — 10 Cfr. Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, pp. 1125-1126. — 11 P. A. Reggio, Espíritu sobrenatural y buen humor, Rialp, Madrid 1966, p. 12. — 12 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 30. — 13 Misal Romano, Preparación de la Santa Misa, Formula intentionis. — 14 Santo Tomás, Comentario a la Carta a los Filipenses, 4, 1. — 15 P. A. Reggio, o. c., p. 24. — 16 Pablo VI, Exhor. Apost. Gaudete in Domino, 9-V-1975, IV.

 

 

Evangelio del lunes: sin miedo

Comentario del lunes de Pascua. “No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán”. Las santas mujeres, reconfortadas por haber visto a Jesús, vencieron el temor, y fueron las primeras en cumplir el mandato apostólico.

18/04/2022

Evangelio (Mt 28,8-15)

En aquel tiempo:

Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos.

De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo:

— No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán.

Mientras ellas se iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los príncipes de los sacerdotes todo lo sucedido. Se reunieron con los ancianos, se pusieron de acuerdo y dieron una buena suma de dinero a los soldados diciéndoles:

— Tenéis que decir: «Sus discípulos han venido de noche y lo robaron mientras nosotros estábamos dormidos». Y en el caso de que esto llegue a oídos del procurador, nosotros le calmaremos y nos encargaremos de vuestra seguridad.

Ellos aceptaron el dinero y actuaron según las instrucciones recibidas. Así se divulgó este rumor entre los judíos hasta el día de hoy.


Comentario

En este lunes de Pascua la alegría por la resurrección de Jesús nos sigue desbordando, como les ocurrió a aquellas mujeres, “María de Magdala y la otra María”, al ver el sepulcro vacío y escuchar la noticia del ángel. Quedaron atemorizadas, pero no paralizadas. Sin ver a Jesús, obedecieron presurosas al mandato del ángel de anunciar la resurrección. Entre el temor y la alegría venció la alegría, porque creyeron, y por su fe, obedecieron. Todo sostenido por el amor incondicional al Maestro. Y enseguida fueron recompensadas: les salió al encuentro el mismo Jesús resucitado. Aquellas mujeres creyentes, alegres y obedientes, merecían un saludo del propio Jesús para recibir de él la serenidad. Ya les dijo el ángel: “no tengáis miedo”. Pero seguían atemorizadas. Por eso reciben por segunda vez el mismo anuncio, pero esta vez de labios del mismo Jesús. Y el amor les empuja a abrazarse a sus pies: “En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor” (1 Juan 4,18).

A los guardianes del sepulcro no se les anunció nada: no era necesario, pues lo vieron todo. Y aunque parecían haber quedado como muertos, se levantaron para contar todo lo sucedido. En su anuncio no hubo alegría, solo miedo. La calma les llegó por el dinero recibido a cambio de no decir nada a nadie. ¿Que pudo ser de aquellos soldados amordazados por el soborno pero testigos de la Verdad?

Hoy nos enfrentamos ante estas dos reacciones: fe en Jesús resucitado y audacia para anunciarlo, o silencio a causa de la avaricia, “raíz de todos los males” (1 Timoteo 6,10). En los soldados se cumplió lo dicho por Jesús en la parábola del sembrador: “Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril” (Mateo 13,22). En las mujeres, ocurrió lo contrario: “Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta” (Mateo 13,23). A otra María, la Madre del resucitado, le pedimos la fe y la audacia de aquellas mujeres, para “anunciar las obras del Señor” (Sal 118,17).

 

 

“Ha triunfado de la muerte”

Cristo resucitado, glorioso, se ha despojado de todo lo terreno, para que sus hermanos los hombres pensemos de qué hemos de despojarnos (Forja, 526).

18 de abril

Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. No temáis, con esta invocación saludó un ángel a las mujeres que iban al sepulcro; no temáis. Vosotras venís a buscar a Jesús Nazareno, que fue crucificado: ya resucitó, no está aquí (Mc XVI, 6 (Evangelio de la Misa del Domingo de Resurrección).). Haec est dies quam fecit Dominus, exsultemus et laetemur in ea; éste es el día que hizo el Señor, regocijémonos (Ps CXVII, 24, Gradual de esa misma Misa).

El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos.

No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti (Is XLIX, 14–15.), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres (Cfr. Prv VIII, 31.). (Es Cristo que pasa, 102)

 

 

«Para dar la paz hay que tenerla, y a nosotros nos la da Cristo»

Mons. Fernando Ocáriz ha tenido diversas tertulias con los 2.400 jóvenes que han participado en el encuentro UNIV en Roma durante esta Semana Santa. Ha escuchado sus historias y ha respondido a sus preguntas sobre la paz, la pobreza, el noviazgo, el celibato, la amistad... Este es un resumen.

 

«La Luz de la resurrección. Homilías de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual»

Hoy, 95 cumpleaños de Benedicto XVI, y aniversario de su bautismo -fue también Sábado Santo-, publicamos este libro electrónico con la recopilación de las homilías que pronunció en la Vigilia Pascual durante sus años de pontificado; siete, en total, de 2006 a 2012, tomadas de la web del Vaticano.

"La Luz de la resurrección. Homilías en la Vigilia Pascual"

16/04/2022

Descargar «La Luz de la resurrección. Homilías de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual», en formato digital.

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Se nos ofrece en estas páginas una recopilación de las homilías que Benedicto XVI pronunció en la Vigilia Pascual durante sus años de pontificado; siete, en total, de 2006 a 2012, tomadas de la web del Vaticano (www.vatican.va). El único añadido se refiere al título que acompaña cada homilía, y que de algún modo intenta dar una idea sobre su contenido; de algún modo, porque una temática tan rica no es posible resumir en una breve enunciado, casi periodístico.

Siete. Pocas son…, podríamos pensar al acercarnos a este libro; seguramente, al acabar, diremos…, pero enjundiosas, llenas de sabiduría teológica y de pericia catequética. Leyéndolas fácilmente se saca la conclusión de que el papa en estos escritos, si se me permite expresarlo así, ha echado el resto, ha apostado todo, sabiendo lo que el cristiano —y el cristianismo, como verdadero encuentro y comunión de vida con el Resucitado— se juega en este artículo del Credo, fundamento de nuestra fe en Jesucristo y culmen de la Historia de la salvación.

Con la Resurrección del Señor Jesús al tercer día, cobran sentido todas las Escrituras, como él mismo explicó a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13−35); conquista su significado pleno el acontecimiento de la cruz; toma vuelos la teología del domingo: «El domingo, primer día de la semana, se apoya de inmediato en otra fórmula cronológica del nuevo testamento que fue acogida en el credo de la Iglesia: “Resucitó al tercer día según las Escrituras” (1 Co 15,4). La tradición primitiva tomó nota del tercer día y guardó así la memoria del sepulcro vacío y de las apariciones del Resucitado. Recuerda al mismo tiempo —y por eso añade “según las Escrituras”— que el tercer día era el día anunciado por las Escrituras, es decir, por el antiguo testamento, para este suceso básico de la historia universal o, más exactamente, no de la historia universal sino de la salida de ella, salida de la historia de muerte y de lo mortal, y comienzo y nacimiento de una vida nueva» (J. Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, 76−77).

"La Luz de la resurrección. Homilías en la Vigilia Pascual"

"La Luz de la resurrección. Homilías en la Vigilia Pascual"

Con estas premisas, no es ligero el camino para sintetizar en pocas frases el contenido de estas homilías, ni tampoco lo voy a pretender. Sólo quiero subrayar dos aspectos que me parecen de especial relieve. El primero es que estos siete textos son joyas vibrantes de la homilética que se engastan en torno a la Noche santa, madre de todas las auroras, donde la oscuridad da paso al resplandor, la esclavitud a la liberación, la tristeza al gozo, el pecado a la gloria, la muerte a la vida, el silencio al aleluya.
El segundo es que, mientras que el Catecismo de la Iglesia católica aborda la verdad de la Resurrección de Jesús desde una perspectiva más bien doctrinal (Artículo 5, Párrafo 2: “Al tercer día resucitó de entre los muertos”, nn. 638−655, dentro del Capítulo segundo, “Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios”), Benedicto XVI afronta la cuestión desde un punto de vista existencial−catequético, por un lado, pegado a la vida de los creyentes y, por otro, acudiendo a las fuentes de nuestra tradición: el bautismo como vida nueva en Cristo, la explicación de los símbolos que se emplean en la Vigilia pascual, y también preguntas, por ejemplo, “¿qué significa resucitar?”.”

Por eso, pienso que el título que hemos dado al libro, La Luz de la resurrección. Homilías en la Vigilia Pascual, se ajusta y engloba bien los distintos temas tratados por el papa. Porque Jesucristo mismo es la Luz que alumbra a todos los hombres; y, de modo análogo, cada cristiano está llamado a ser luz para los demás, pues, como dice un conocido escritor medieval, «no existe el cuerpo separado de la cabeza, ni la cabeza separada del cuerpo; ni existe el Cristo total, cuerpo y cabeza, separado de Dios» (Beato Isaac de Stella, Lectura patrística de la Liturgia de las Horas, Viernes V de Pascua, tr. de Félix M. Arocena). O, con la fuerza de la poesía de un autor contemporáneo: «Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchas no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna» (san Josemaría Escrivá, Forja n. 1).

José Manuel Martín Q.

 

Pascua de Resurrección

Audios y textos para vivir el Tiempo Pascual, que comienza el Domingo de Resurrección y finaliza el Domingo de Pentecostés.

16/04/2022

San Josemaría explica en la homilía Cristo presente en los cristianos, que «El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos».

1. La Resurrección del Señor: pasaje del Evangelio de San Juan.

2. Homilía de san Josemaría: Cristo presente en los cristianos. El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano.

3. Evangelio del Domingo de Pascua: ¡Jesús vive!

4. Meditaciones: Domingo de Resurrección (audio y texto).

5. Homilía del Prelado, en la Vigilia Pascual

6. Pascua: He resucitado y aún estoy contigo. Explicación de la liturgia del tiempo de Pascua.

7. Rezar el Regina Cæli: Regina Coeli (o Regina Cæli) es el nombre de una oración mariana y cristológica de la Iglesia católica en honor de la Virgen, que sustituye al Ángelus durante el Tiempo Pascual.

8. Domingo de Resurrección: Jesús ha vencido la muerte. Meditación de Mons. Javier Echevarría en EWTN (2004)

9. Dentro del Evangelio: san Josemaría comenta la Resurrección.


Para leer y meditar

1. Varias preguntas sobre la Resurrección de Jesucristo:

2. Tema 11 (Resúmenes de fe cristiana). Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo.

3. Vida de María (XVII): Resurrección y Ascensión del Señor. Los evangelios no incluyen a la Virgen en el grupo de mujeres que el domingo fueron a lavar el cuerpo del Señor. Su ausencia abre la esperanza en la victoria de Cristo.

 

Nuevos Mediterráneos (I): «Aquella primera oración de hijo de Dios»

El sentido de la filiación divina lo cambia todo, como cambió la vida de san Josemaría cuando descubrió inesperadamente ese Mediterráneo.

31/07/2017

Escucha el artículo Nuevos Mediterráneos (I): «Aquella primera oración de hijo de Dios»

Descarga el libro electrónico: «Nuevos mediterráneos» (Disponible en PDF, ePub y Mobi)


«Son momentos, hijas e hijos míos, para adentrarnos más y más por «caminos de contemplación» en medio del mundo»[1]. Con estas palabras señala el prelado del Opus Dei una de las prioridades del momento actual. El apostolado de los cristianos es, hoy como siempre, «una superabundancia de nuestra vida interior»[2]. Por una parte, porque consiste en comunicar precisamente esa Vida; por otra, porque para proponer la fe al mundo es necesario comprenderla y vivirla en profundidad. Se trata, en definitiva, como nos indicó san Josemaría, de «ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres»[3].

NO BASTA SER HIJOS DE DIOS, SINO QUE HEMOS DE SABERNOS HIJOS DE DIOS, DE MODO TAL QUE NUESTRA VIDA ADQUIERA ESE SENTIDO

Este camino hacia adentro tiene una peculiaridad. No transita de un lugar conocido a otro desconocido: consiste más bien en ahondar en lo que ya se conoce, en lo que parece obvio, de tan oído. Se descubre entonces algo que, en realidad, se sabía, pero que ahora se percibe con una fuerza y una profundidad nueva. San Josemaría se refiere a esa experiencia hablando de distintos «Mediterráneos» que se fueron abriendo ante sus ojos de manera inesperada. Así lo expone, por ejemplo, en Forja:

«En la vida interior, como en el amor humano, es preciso ser perseverante. Sí, has de meditar muchas veces los mismos argumentos, insistiendo hasta descubrir un nuevo Mediterráneo.

»–¿Y cómo no habré visto antes esto así de claro?, te preguntarás sorprendido. –Sencillamente, porque a veces somos como las piedras, que dejan resbalar el agua, sin absorber ni una gota.

»–Por eso, es necesario volver a discurrir sobre lo mismo, ¡que no es lo mismo!, para empaparnos de las bendiciones de Dios»[4].

«Discurrir sobre lo mismo» para intentar abrirnos a toda su riqueza y descubrir así «¡que no es lo mismo!» Ese es el camino de contemplación al que estamos llamados. Se trata de surcar un mar que, a primera vista, no tiene nada de nuevo, porque ya forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Los romanos llamaban al Mediterráneo Mare nostrum: se trataba del mar conocido, del mar con el que convivían. San Josemaría habla de descubrir Mediterráneos porque, en cuanto nos adentramos en los mares que creemos conocer bien, se abren ante nuestros ojos horizontes amplios, insospechados. Podemos decir entonces al Señor, con palabras de santa Catalina de Siena: «eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco»[5].

Estos descubrimientos responden a luces que Dios da cuando y como quiere. Con todo, nuestra consideración pausada nos pone en disposición de recibir esas luces del Señor. «Y como aquél que primero estaba en las tinieblas y después ve de pronto el sol que le ilumina la cara, y distingue claramente lo que hasta entonces no veía, del mismo modo el que recibe el Espíritu Santo queda con el alma iluminada»[6]. En los siguientes editoriales repasaremos algunos de estos Mediterráneos que san Josemaría descubrió en su vida interior, para ahondar con él «en la hondura del Amor de Dios».

Abba Pater!

Una de las convicciones más arraigadas en los primeros cristianos era que podían dirigirse a Dios como hijos amados. Jesús mismo les había enseñado: «Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en el cielo…» (Mt 6,9). Él se había presentado ante los judíos como el Hijo amado del Padre, y había enseñado a sus discípulos a comportarse de igual modo. Los apóstoles le habían oído dirigirse a Dios con el término que usaban los niños hebreos para dirigirse a sus padres. Y, al recibir el Espíritu Santo, ellos mismos habían comenzado a usar esa fórmula. Se trataba de algo radicalmente nuevo, respecto a la piedad de Israel, pero San Pablo lo referiría como algo común y conocido por todos: «recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abbá, Padre!”. Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rm 8,15-16). Era una convicción que les llenaba de confianza y les daba una audacia insospechada: «si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo» (Rm 8,17). Jesús no es solo el Unigénito del Padre, sino también el Primogénito de muchos hermanos (cfr. Rm 8,29; Col 1,15). La Vida nueva, traída por Cristo, se presentaba ante los ojos de aquellos primeros creyentes como una vida de hijos amados de Dios. No era esta una verdad teórica o abstracta, sino algo real que les llenaba de una desbordante alegría. Buena muestra de ello es el grito que se le escapa al apóstol san Juan en su primera carta: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).

La paternidad de Dios, su amor singularísimo y tierno por cada uno, es algo que los cristianos aprendemos desde pequeños. Y, sin embargo, estamos llamados a descubrirlo de un modo personal y vivo, que llegue a transformar nuestra relación con Dios. Al hacerlo, se abre ante nuestros ojos un Mediterráneo de paz y confianza, un horizonte inmenso en el que podremos ahondar a lo largo de toda la vida. Para san Josemaría, fue un hallazgo inesperado, la repentina apertura de un panorama que se encontraba en realidad como escondido en algo que conocía bien. Era el otoño de 1931; lo recordaba muchos años después: «Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía –una hora, hora y media, no lo sé–; Abba, Pater!, tenía que gritar»[7].

SAN JOSEMARÍA HABLA DE DESCUBRIR «MEDITERRÁNEOS» PORQUE, EN CUANTO NOS ADENTRAMOS EN LOS MARES QUE CREEMOS CONOCER BIEN, SE ABREN ANTE NUESTROS OJOS HORIZONTES AMPLIOS, INSOSPECHADOS

En los meses siguientes, san Josemaría volvió repetidamente sobre este punto. En el retiro que hizo un año más tarde, por ejemplo, apuntaba: «Día primero. Dios es mi Padre. –Y no salgo de esta consideración»[8]. ¡El día entero considerando la Paternidad de Dios! Aunque de entrada una contemplación tan dilatada en el tiempo pueda sorprendernos, de hecho señala la profundidad con la que caló en él la experiencia de la filiación divina. También nuestra primera actitud, en la oración y, en general, al dirigirnos a Dios, debe cifrarse en un confiado abandono y agradecimiento. Pero, para que nuestro trato con Dios adquiera esta forma, conviene descubrir personalmente, una vez más, que Él ha querido ser Padre nuestro.

¿Quién es Dios para mí?

Como san Josemaría, tal vez aprendimos siendo muy pequeños que Dios es Padre, pero quizá nos queda un buen trecho de camino para vivir nuestra condición de hijos en toda su radicalidad. ¿Cómo podemos facilitar ese descubrimiento?

En primer lugar, para descubrir la paternidad de Dios, es necesario muchas veces restaurar su auténtica imagen. ¿Quién es Él para mí? De modo consciente o inconsciente, hay quien piensa en Dios como Alguien que impone leyes y anuncia castigos para quienes no las cumplan; Alguien que espera que se acate su voluntad y se enfurece ante la desobediencia; en una palabra, un Amo del que nosotros no seríamos más que involuntarios súbditos. En otros casos –sucede también a algunos cristianos–, Dios es percibido fundamentalmente como el motivo por el que hay que portarse bien. Se piensa en Él como la razón por la que cada uno se mueve hacia donde realmente no quiere, pero debe ir. Sin embargo, Dios «no es un Dominador tiránico, ni un Juez rígido e implacable: es nuestro Padre. Nos habla de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestra falta de generosidad: pero es para librarnos de ellos, para prometernos su Amistad y su Amor»[9].

La dificultad para percibir que «Dios es Amor» (1 Jn 4,8) se debe a veces también a la crisis que atraviesa la paternidad en diversos países. Tal vez lo hemos comprobado al hablar con amigos o compañeros: su padre no les genera buenos recuerdos, y un Dios que es Padre no les parece particularmente atractivo. Al proponerles la fe, es bueno ayudarles a ver cómo su dolor por esa carencia muestra hasta qué punto llevan la paternidad inscrita en el corazón: una paternidad que les precede y que les llama. Por otra parte, un amigo, un sacerdote, pueden ayudarles con su cercanía a descubrir el amor del «Padre de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra» (Ef 3,14), y a experimentar esa ternura también en la «vocación de custodiar»[10] que palpita dentro de cada uno, y que se abre camino en el padre o la madre que ellos mismos ya son, o que quisieran ser un día. Así pueden ir descubriendo en el fondo de su alma el auténtico rostro de Dios y la manera en que sus hijos estamos llamados a vivir, sabiéndonos mirados por Él con infinito cariño. En efecto, un padre no quiere a su hijo por lo que hace, por sus resultados, sino sencillamente porque es su hijo. Al mismo tiempo, le lanza al mundo y procura sacar lo mejor de él, pero siempre partiendo de lo mucho que vale a sus ojos.

UN PADRE NO QUIERE A SU HIJO POR LO QUE HACE, POR SUS RESULTADOS, SINO SENCILLAMENTE PORQUE ES SU HIJO

Puede servirnos considerarlo, en particular, en los momentos de fracaso, o cuando la distancia entre nuestra vida y los modelos que nos presenta el mundo en que vivimos nos lleven a tener una baja consideración de nosotros mismos. Quizá deberíamos recordar más a menudo que «esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre (…). No aceptarse, vivir descontentos y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea»[11].

Darnos cuenta de que Dios es Padre va de la mano con dejarnos mirar por Él como hijos muy amados. De este modo, comprendemos que nuestra valía no depende de lo que tengamos –nuestros talentos– o de lo que hagamos –nuestros éxitos–, sino del Amor que nos ha creado, que ha soñado con nosotros y nos ha afirmado «antes de la fundación del mundo» (Ef 1,4). Ante la fría idea de Dios que se hace a veces el mundo contemporáneo, Benedicto XVI quiso recordar desde el inicio de su pontificado que «no somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[12]. ¿De verdad incide esta idea en nuestra vida diaria?

La confiada esperanza de los hijos de Dios

San Josemaría recordaba con frecuencia a los fieles del Opus Dei que «el fundamento de nuestra vida espiritual es el sentido de nuestra filiación divina»[13]. Lo comparaba al «hilo que une las perlas de un gran collar maravilloso. La filiación divina es el hilo, y ahí se van engarzando todas las virtudes, porque son virtudes de hijo de Dios»[14]. Por eso es crucial pedir a Dios que nos abra este Mediterráneo, que sostiene y da forma a toda nuestra vida espiritual.

El hilo de la filiación divina se traduce en «una actitud cotidiana de abandono esperanzado»[15], una actitud que es propia de los hijos, especialmente cuando son pequeños. Por eso en la vida y en los escritos de san Josemaría, la filiación divina iba a menudo unida a la infancia espiritual. Ciertamente, ¿qué le importan las sucesivas caídas al niño que está aprendiendo a ir en bicicleta? No valen nada, mientras vea a su padre cerca, animándole a volver a intentarlo. En eso consiste su abandono esperanzado: «Papá dice que puedo… ¡vamos!».

Sabernos hijos de Dios es también la seguridad sobre la que apoyarnos para llevar a cabo la misión que el Señor nos ha confiado. Nos sentiremos como aquel hijo a quien su padre dice: «Hijo mío, vete hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,28). Tal vez nos asaltará primero la inseguridad, o mil ocurrencias de diverso tipo. Pero enseguida consideraremos que es nuestro Padre quien nos lo pide, demostrándonos una confianza inmensa. Como Cristo, aprenderemos a abandonarnos en las manos del Padre y a decirle desde el fondo de nuestra alma: «Que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36). San Josemaría nos enseñó con su vida a comportarnos de este modo, a imagen de Cristo: «A lo largo de los años, he procurado apoyarme sin desmayos en esta gozosa realidad. Mi oración, ante cualquier circunstancia, ha sido la misma, con tonos diferentes. Le he dicho: Señor, Tú me has puesto aquí; Tú me has confiado eso o aquello, y yo confío en Ti. Sé que eres mi Padre, y he visto siempre que los pequeños están absolutamente seguros de sus padres»[16].

Desde luego, no podemos negar que habrá dificultades. Pero las encararemos desde la conciencia de que, pase lo que pase, ese Padre todopoderoso nos acompaña, está a nuestro lado y vela por nosotros. Él hará lo que nos proponemos, porque a fin de cuentas es obra suya; lo hará quizá de un modo distinto, pero más fecundo. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto... Porque habrán “salido” como le conviene a Dios que salgan»[17].

Cultivar el «sentido de la filiación divina»

San Josemaría, es preciso conviene notarlo, no señalaba como fundamento del espíritu del Opus Dei la filiación divina, sino el sentido de la filiación divina. No basta ser hijos de Dios, sino que hemos de sabernos hijos de Dios, de modo tal que nuestra vida adquiera ese sentido. Tener esa seguridad en el corazón es el fundamento más sólido; la verdad de nuestra filiación divina se convierte entonces en algo operativo, con repercusiones concretas en nuestra vida.

Para cultivar tal sentido, es bueno ahondar en esa realidad con la cabeza y con el corazón. Con la cabeza, primero, meditando en la oración los pasajes de la Escritura que hablan de la paternidad de Dios, de nuestra filiación, de la vida de los hijos de Dios. Esta meditación puede recibir luz de los muchos textos de san Josemaría sobre nuestra condición de hijos de Dios[18], o de las reflexiones de otros santos y escritores cristianos[19].

NO HAY DERROTA PARA QUIEN DESEA ACOGER CADA DÍA EL AMOR DE DIOS. INCLUSO EL PECADO PUEDE CONVERTIRSE EN OCASIÓN DE RECORDAR NUESTRA IDENTIDAD DE HIJOS

Con el corazón podemos ahondar en nuestra condición de hijos de Dios acudiendo al Padre confiadamente, abandonándonos en su Amor, actualizando con o sin palabras nuestra actitud filial, y procurando tener siempre presente el Amor que Él nos tiene. Un modo de hacerlo es acudir a Él con breves invocaciones o jaculatorias. San Josemaría sugería: «Llámale Padre muchas veces al día, y dile –a solas, en tu corazón– que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo»[20]. También podemos acudir a alguna breve oración que nos ayude a afrontar la jornada desde la seguridad de sentirnos hijos de Dios, o a terminarla, con agradecimiento, contrición y esperanza. El papa Francisco proponía esta a los jóvenes: «“Señor, te doy gracias porque me amas; estoy seguro de que me amas; haz que me enamore de mi vida”. No de mis defectos, que hay que corregir, sino de la vida, que es un gran regalo: es el tiempo para amar y ser amado»[21].

Volver a la casa del Padre

Se ha descrito la familia como «el lugar al que se vuelve», donde hallamos reparo y descanso. Lo es de modo particular en cuanto «santuario del amor y de la vida»[22], como le gustaba decir a san Juan Pablo II. Allí reencontramos el Amor que da sentido y valía a nuestra vida, porque está en su mismo origen.

De igual modo, sentirnos hijos de Dios nos permite volver a Él confiadamente cuando estamos cansados, cuando nos han tratado mal o nos sentimos heridos… o también cuando le hemos ofendido. Volver al Padre es otro modo de vivir en esa actitud de «abandono esperanzado». Conviene meditar a menudo la parábola del padre que tenía dos hijos, recogida por san Lucas (Cfr. Lc 15,11-32): «Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos»[23].

Aquel hijo quizá apenas pensó en el dolor que había causado a su Padre: sobre todo añoraba el buen trato que recibía en la casa paterna (cfr. Lc 15,17-19). Se dirige hacia allá con la idea de no ser más que un siervo entre otros. Sin embargo, su padre le recibe –¡sale a buscarle, se le echa al cuello y le llena de besos!– recordándole su identidad más profunda: es su hijo. Enseguida dispone que le devuelvan los vestidos, las sandalias, el anillo… las señales de esa filiación que ni siquiera su mal comportamiento podía borrar. «A fin de cuentas se trataba del propio hijo y tal relación no podía ser alienada, ni destruida por ningún comportamiento»[24].

Aunque a veces podamos ver a Dios como un Amo del que somos siervos, o como un frío Juez, Él se mantiene fiel a su Amor de Padre. La posibilidad de acercarnos a Él después de haber caído es siempre una ocasión magnífica para descubrirlo. Al mismo tiempo, eso nos revela nuestra propia identidad. No se trata solamente de que Él haya decidido amarnos, porque sí, sino de que verdaderamente somos –por gracia– hijos de DiosSomos hijos de Dios y nada, ni nadie, podrá robarnos jamás esa dignidad. Ni siquiera nosotros mismos. Por eso, ante la realidad de nuestra debilidad y del pecado –consciente y voluntario– no dejemos que nos invada la desesperanza. Como señalaba san Josemaría, «esta conclusión no es la última palabra. La última palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina»[25].

Ocupados en amar

El sentido de la filiación divina lo cambia todo, como cambió la vida de san Josemaría cuando descubrió inesperadamente ese Mediterráneo. ¡Qué distinta es la vida interior cuando, en lugar de basarla en nuestros avances o en nuestros propósitos de mejora, la centramos en el Amor que nos precede y nos espera! Si uno da prioridad a lo que él mismo hace, su vida espiritual gira casi exclusivamente en torno a la mejora personal. A la larga, este modo de vivir no solo corre el riesgo de dejarse el amor de Dios olvidado en una esquina del alma, sino también de caer en el desánimo, porque se trata de una lucha en la que uno está solo ante el fracaso.

Cuando, en cambio, nos centramos en lo que Dios hace, en dejarnos amar cada día por Él, acogiendo diariamente su Salvación, la lucha adquiere otro temple. Si salimos vencedores, se abrirán paso con gran naturalidad el agradecimiento y la alabanza; si caemos derrotados, nuestro trato con Dios consistirá en volver confiadamente al Padre, pidiendo perdón y dejándonos abrazar por Él. Se entiende así que «la filiación divina no es una virtud particular, que tenga sus propios actos, sino la condición permanente del sujeto de las virtudes. Por eso no se obra como hijo de Dios con unas acciones determinadas: toda nuestra actividad, el ejercicio de nuestras virtudes, puede y debe ser ejercicio de la filiación divina»[26].

No hay derrota para quien desea acoger cada día el Amor de Dios. Incluso el pecado puede convertirse en ocasión de recordar nuestra identidad de hijos y de volver al Padre, que insiste en salir a nuestro encuentro clamando: «¡Hijo, hijo mío!». De esa misma conciencia nacerá –como nacía en san Josemaría– la fuerza que necesitamos para volver a caminar en pos del Señor: «Sé que vosotros y yo, decididamente, con el resplandor y la ayuda de la gracia, veremos qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que arrancar, y las arrancaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos»[27]. Pero lo haremos sin agobio, y sin desánimo, procurando no confundir el ideal de la vida cristiana con el perfeccionismo[28]. Viviremos, así, pendientes del Amor que Dios nos tiene, ocupados en amar. Seremos como hijos pequeños que han descubierto un poco el amor de su Padre, y quieren agradecérselo de mil modos y corresponder con todo el amor –poco o mucho– que son capaces de expresar.

Lucas Buch


[1] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 30.

[2] Ibidem. Cfr. San Josemaría, Camino, n. 961; Amigos de Dios, n. 239.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 97.

[4] San Josemaría, Forja, n. 540.

[5] Santa Catalina de Siena, Diálogo, c. 167.

[6] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 16, 16.

[7] San Josemaría, Meditación del 24-XII-1969 (en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, Rialp, Madrid 1997, p. 390).

[8] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1637 (en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, p. 465).

[9] Es Cristo que pasa, n. 64.

[10] Francisco, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 19-III-2013.

[11] Francisco, Homilía, 31-VII-2016.

[12] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inicio del pontificado, 24-IV-2005.

[13] San Josemaría, Carta 25-I-1961, n. 54 (en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol. 2, Rialp, Madrid 2013, p. 20, nota 3).

[14] San Josemaría, Apuntes de la predicación, 6-VII-1974, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, vol. 2, p. 108.

[15] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[16] Amigos de Dios, n. 143.

[17] San Josemaría, Surco, n. 860.

[18] Cfr. p.ej. F. Ocáriz, “Filiación divina” en Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo, Burgos 2013, pp. 519-526.

[19] El año jubilar de la Misericordia ha permitido redescubrir a algunos de ellos. Cfr. Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Misericordiosos como el Padre. Subsidios para el Jubileo de la Misericordia 2015-2016.

[20] Amigos de Dios, n. 150.

[21] Francisco, Homilía, 31-VII-2016.

[22] San Juan Pablo II, Homilía, 4-V-2003.

[23] Es Cristo que pasa, n. 64.

[24] San Juan Pablo II, Enc. Dives in Misericordia (30-XI-1980), n. 5.

[25] Es Cristo que pasa, n. 66.

[26] F. Ocáriz – I. de Celaya, Vivir como hijos de Dios, Eunsa, Pamplona 1993, p. 54.

[27] Es Cristo que pasa, n. 66.

[28] Cfr. F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

 

Una familia sin Dios, un fracaso seguro

Así como no puede dejarse a un hombre sin alimento, es impensable dejar a la familia sin Dios.

En más de una ocasión escuchamos las arengas que recibe un matrimonio desganado, cansado o poco amante. Muchas de esas veces nos decimos, cuando no es tal nuestro caso o lo hemos superado: ¿Acaso no soy yo un/a esposo/a amante y fiel? ¿Por qué sin embargo no estoy feliz?

Evidentemente, en esta época es cada vez más difícil de encontrar una persona que pueda, libre de toda mancha en su conciencia, encontrarse fiel y amante con su familia. Sin embargo, a quienes ya han empezado el arduo camino de la santificación, o incluso quienes con esfuerzo, sudor y lágrimas alcanzaron una relativa paz en sus hogares, creen en más de una ocasión haber alcanzado el punto culmine de su perfeccionamiento familiar, o incluso social.

¿Por qué, entonces, muchas veces obtenemos tan poco éxito en la organización y gobierno de nuestra familia? ¿Por qué fracasamos en la educación de nuestros hijos?

Fácil es encontrar familias devastadas, pero más fácil aún es encontrar familias aparentemente “normales” y “felices” que se encuentran, pese a la fachada, carcomidas por los ratones del desorden, la frustración, la tibieza o la rebeldía.

Cuenta la Sagrada Escritura que cuando los futuros apóstoles se esforzaron toda la noche en su labor de pesca, nada lograron, pero cuando de día fueron con Jesucristo y siguieron sus instrucciones, la pesca fue copiosa.

Suele suceder, en todo tipo de familias, que toda la falla se encuentra en esto: falta de Dios en sus vidas. Cada quien olvida con facilidad a Jesús y se empeña en obrar por su cuenta. Así sus afanes se ven frustrados. Por eso el Señor nos dice que quiere niños en la fe, niños demandantes, niños indefensos, niños que lo necesiten y lo llamen ante cada necesidad y cada alegría.

Para el espíritu es de noche, como aquella infructuosa noche de los apóstoles, cuando las tinieblas de las preocupaciones terrenas o de las concupiscencias cubren su horizonte, sin que lleguen hasta él las luces religiosas.

Así, afanándose cada cual en sus tareas propias como esposo, esposa, hijo, es llevado por una serie de móviles únicamente terrenos. Contentar al marido, consentir al niño, hacer la tarea escolar o halagar a la esposa, se convierte entonces en un mero impulso terreno. ¡Pero si así soy bueno! Bueno, sí, pero no es suficiente.

Contentar a los suyos, disfrutar de los hijos, labrarles un porvenir, mejorar la fortuna y la posición social, sentirse amados y rodeados de bienestar y… ¿qué más? ¿cuándo abrimos nuestra puerta a la gracia sobrenatural que diariamente llama desde el otro lado?

Es de noche, y no está Jesús. Es probable que, tarde o temprano, fracasemos. Por eso aquellas personas que nos causan una cierta envidia por su vida llena de opulencias, de largueza económica, de reconocimiento social, de aventuras y de amores, son vidas, sin embargo, que terminan por lo general en la desesperación. Es de desesperación de la falta de Dios, la desesperación de haberlo probado todo y no estar satisfecho y feliz. Tal vez sea una de las derrotas más tristes de un ser humano.

¿Queremos el éxito? Busquemos a Dios. Dios es Perfección y Bien absolutos. Donde Él está es de día. Su luz lo ilumina todo, y junto a su luz está su ley. Ambas cosas son inseparables: luz de Cristo y ley de Cristo.

La luz nos alcanza por medio del sentido cristiano de la vida, que debemos procurar adquirir a través de toda una existencia forjada en el amor a Dios, en necesidades, en alegrías, en soledad, en búsqueda, en esperanza: siempre Dios.

Si desarrollamos nuestros afanes a la luz de Cristo, si observamos su ley, si saturamos de ambas nuestra vida, acaso tengamos fracasos materiales, y no logremos la prosperidad terrena, ni consigamos mejorar la fortuna o la posición (acaso sí), pero tendremos un éxito espiritual que se trasparentará en todos los ámbitos de nuestra vida, personal, familiar, social. Gozaremos de la paz del alma, de la tranquilidad del hogar honrado y de la satisfacción de ver a nuestros seres amados felices y contentos en cuanto pueden estarlo en la tierra.

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Busquemos la unidad sobre las cosas

Busquemos la unidad como lo hacía Jesús en nuestras relaciones

El tema de la unidad es fundamental. Es un tema al que Jesús s refirió en los últimos días en la tierra. En el capítulo 17 de San Juan dice:” Como Tú Padre estás en Mí y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros”. Ser cristiano es ante todo, buscar la unidad entre las personas. Evitar el conflicto, la separación, la murmuración, la crítica y la envidia. La unidad es siempre un bien mayor pues es la que permite que podamos vivir en paz y armonía y tener esa experiencia de estabilidad profunda.

Al escribir estas líneas reflexiono en torno al drama de desunión que se vive en una familia cercana que conozco. Son dos mujeres. Cada una con sus propias ideas y formas de ver la vida. Cada una de generaciones diferentes y que a causa de un desacuerdo entre ellas, ahora tienen sufriendo a sus respectivas familias. Esto es muy triste pues me toca muy de cerca. Habiendo hecho hasta la imposible y agotado todos los recursos, estas dos mujeres ha elegido su postura. Ambas son mujeres que oran y van a la iglesia. ¿De qué forma se manifiesta Jesús verdaderamente aquí? ¿es la edad de una persona importante para hacer lo imposible para cultivar la unión? Es un gran reto….

Ser bautizado es haber recibido una gracia especial para poder ser luz en el mundo, ser uno con todos. Que el sufrimiento del afligido sea mío.

La humildad permite que entre las personas no existan separaciones.

Aquél que es humilde, es generoso en el corazón. Cede, reconcilia, se convierte en un lecho de rosas para que el otro camine sobre “lo blandito”, una expresión que utilizaba mucho San José María Escrivá de Balaguer. Pero, ¿qué es estar ordenado por dentro? Es estar libre de imaginaciones absurdas, rivalidades entre hermanos de sangre y de comunidad, celos, aspectos de la conducta que no sirven sino para separar a las personas.

Por ello hay que procurar ser alma de oración y más importante alma de comunión ya que en la comunión Cristo nos transforma en todo lo que somos mente, corazón, cuerpo. Su vida divina pasa a formar parte de la nuestra y vamos muriendo a nuestro yo egoísta y gigante para que su vida divina me unifique.

En la situación familiar que explico arriba, ambas mujeres aparentemente oran. ¿Comulgan de forma diaria? ¿todos los domingos? No lo sé. Lo que sí sé es que mujeres o personas orantes, nunca permitirán, cuando esta es una oración auténtica, que a causa de sus propios intereses la unión en la familia se rompa.

Debemos tú y yo cuidar nuestra alma, para que cuando Dios venga, la encuentre limpia, lo más preparada posible. Debemos procurar que nuestra oración será sincera. Los frutos de la oración siempre serán la paz, la armonía, el servicio entre las personas, el crecimiento en el amor. La generosidad.

No podemos vivir sin comer, tampoco podemos vivir sin el silencio y los momentos de oración. Ambos son necesarios e importantes para hacer limpieza profunda de todo eso que se nos pega cuando salimos al mundo, tenemos interacciones con las personas, especialmente con las de nuestra familia pues el “león rugiente anda buscando a quien devorar”.

Hay que tratar de volver la mirada a San José, el padre adoptivo de Dios y seguir su ejemplo de hombre en la tierra que renunció a sus propios sueños para seguir con fidelidad y humildad el plan de Dios. Le he encomendado a él a estas dos maravillosas mujeres.

A mayor vida interior y vida de comunión, mayor consciencia del llamado a ser agentes de unidad como lo son El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo.

Dios te bendiga!

Sheila Morataya

 

Guerra en Ucrania. ¿Sensatez política?

En Semana Santa y en Guerra dentro de Europa. Aparece en Internet: “Estimados políticos, vuestra estrategia es belicista” ( 12 de abril).  Dicen mucho esas palabras ya al principio. Es idea generalizada. En Europa, las guerras parecían superadas con la democracia.  En la proximidad del 2000, los niños catalanes clamaban: “OTAN NO porque nos lleva a la guerra” ( Cataluña, la de más votos en contra); pero entramos (1982).  Más tarde, durante el mandato de George W. Bush, se escuchaban gritos de “NO A LA GUERRA”. ¿Los hemos olvidado? Después, volvieron a provocarse guerras con Clinton y con Obama y su vicepresidente, Joe Biden ( Obama fue distinguido con el Premio Nóbel de la Paz, una incoherencia). Ahora, ante las llamas, vuelven los Estados Unidos con leños.

Las guerras, todas, son una manifestación de barbarie inhumana, en las que se pisotea el derecho a la vida ( también, lo tienen los soldados). El miedo a la guerra es general y comprensible. Terrible cómo empiezan y da pánico no saber cómo acaban. Hoy, la técnica supera la capacidad de brutalidad humana: armas nucleares, químicas y bacteriológicas. Todas las guerras son salvajes e injustas, y sólo es digno procurar las negociaciones de paz, que realizan los hombres buenos.  ¿Es necesario apuntalar esta guerra que tanto nos puede llevar a perder como pueblo y, además, sin ganar nada? ¿Hemos olvidado  los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki ? ¿ Y los daños familiares y sociales que pueden ocasionar patógenos salidos o “escapados” de laboratorios de guerras?

El político sin tacha busca negociaciones de paz. Los que apoyan las guerras, ¿no será por intereses particulares o por obediencia  servil a grupúsculos de adinerados psicópatas que buscan aumentar su nunca satisfecho caudal?

Comparto las palabras de sor Rosalina Ravasio en la Nuova Bussola Quotidiana ( 12 de abril): “Estimados eurodiputados, queridos políticos italianos [¿sólo italianos?] Os empeñáis en arrastrarnos a todos, precipitadamente, a un «tiempo de zozobra»; hacia un horizonte indefinido, en el que cada vez es más evidente el riesgo real de una nueva guerra en Europa con implicaciones y consecuencias totalmente incontrolables (…). Esta acción política no sólo deja un sabor amargo en la boca, sino que lacera la propia existencia; porque la sensación es que hemos tomado un camino que ya estaba pensado, preparado y dispuesto desde hace tiempo (…). Esta Europa, que ha renunciado a sus raíces cristianas, que ha alimentado el desprecio por una ontología ética de la persona, que mira con desprecio su pasado y sus tradiciones, y que ha sentado las bases de su futuro sobre una visión del mundo en la que se van a borrar los valores de las generaciones que la hicieron grande, ¿conseguirá sobrevivir a sí misma, no quemarse y no desintegrarse? (…). Un hombre sin Dios y sin ética es en sí mismo un campo de batalla entre el bien y el mal (…)”.

Josefa Romo

 

Alimentación y cerebro.

Alimenticio es todo lo que alimenta. La palabra “alimentario se refiere a la alimentación en general.                                                                                         

La actividad alimentaria (desayuno, comida, merienda, cena) es rítmica. La pronta instauración de tal ritmo en los viajes intercontinentales favorece  la normalidad del ciclo vigilia - sueño.

La frase de Ludwig Feuerbach,  “Eres lo que comes” (“Der Mensch ist, was er isst”) es en parte cierta: gente que come mucho y mal tiene un aspecto grasiento; quien come poco y mal tiene aspecto esquelético (“está en los huesos”). La gente delgada suele ser nerviosa, a veces malhumorada; el obeso suele ser tranquilo.

Las  cantidades de hidratos de carbono, grasas y proteínas necesarios varían según la edad, sexo, vida activa o sedentaria, situación psicológica, etc. Pero sobre todo, es necesaria una buena educación en los hábitos alimentarios.

Comer o ayunar en exceso es perjudicial para la salud corporal y mental

El apetito y la saciedad en el encéfalo.

El hipotálamo recibe señales nerviosas del aparato digestivo, de la sangre (nivel de glucosa), de la corteza cerebral, dentro del circuito de la regulación alimentaria.

La estimulación de las zonas laterales del hipotálamo produce hiperfagia (comer excesivamente); su destrucción produce lo contrario, pudiéndose llegar a la inanición.

La estimulación de los núcleos paraventriculares hipotalámicos produce sensación de saciedad, provocando incluso afagia (no comer); su lesión origina un apetito voraz.

Uno de los síntomas de la diabetes es el exceso de apetito y sed.

La anorexia (o anorexia nervosa) es enfermedad mental: el individuo (hay más casos en mujeres que en hombres) tiene una visión distorsionada del propio cuerpo y del mundo exterior. Suele aparecer en la adolescencia. Posiblemente vaya  ligada a una lesión en la corteza parietal. En lesiones de esta corteza se puede ver un miembro como ajeno, que no se siente como propio, que hay que eliminar.

La persona anoréxica, para perder peso, se provoca el vómito, usa laxantes, diuréticos, se excede en el ejercicio físico. Y aunque esté delgada, se ve gorda, sobre todo observándose las caderas, las nalgas, los muslos.

Generalmente pasa por fases de bulimia, con impresionantes “atracones”. Suelen ser personas puntillosas, perfeccionistas, muy atentas al detalle, incluso obsesivas.

Consecuencias de esta alteración alimentaria son la hipotermia (temperatura corporal baja), bradicardia (disminución del número de latidos cardíacos), bradipnea (disminución del número de actos respiratorios), y a larga, afectaciones renales, circulatorias, óseas, hormonales, etc.

La causa es multifactorial: sucesos familiares estresantes, la muerte de un ser querido, un desengaño, etc. Realmente no está clara la causa. Y la cultura actual da mucha importancia a la imagen corporal: cuerpo delgado, aspecto agradable, elegante, hermoso, despreocupado, deportivo, juvenil.

El peso ideal (no el normal) se calcula teniendo en cuenta  los centímetros correspondientes a la talla menos 100. Por ejemplo, para una talla de 175 cms. el peso ideal sería de 75 kgrs.

El peso y la talla óptimos son datos relativos, dependientes, entre otros factores, de la moda y las costumbres vigentes. Hace tiempo, la mujer ideal tenía que ser obesa; hoy día se prefiere que sea delgada. Los cánones de belleza son variables.

La OMS considera patológico tener un índice de masa corporal menor de 17.5 (cociente entre el peso en kgrs. y el cuadrado de la altura en metros), siendo lo normal entre 20 y 25. En la anorexia las cifras son inferiores a 17.5.

En la obesidad el índice supera la cifra de 30; en la obesidad mórbida es superior a 50. La obesidad conlleva riesgos de diabetes, hipertensión, problemas cardiológicos, hipercolesterolemia, apneas de sueño, alteraciones en la memoria (el cerebro está peor nutrido que en el individuo normal), etc. Las causas también son multifactoriales: factores genéticos, falta de ejercicio físico, sedentarismo, errores alimentarios, etc.  La cirugía bariátrica puede aportar soluciones. Tanto en la obesidad como en la anorexia  la psicoterapia es un remedio interesante.

En las sociedades occidentales, opulentas, comer de menos está bien visto, lo que a la larga es saludable. No se considera elegante la “voracidad”.

  José Luis Velayos

 

 

PADRE MIO…SI ES POSIBLE

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Autora: Magui del Mar

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

Poeta Mexicana.

 

Al contemplarlo así, llora mi alma arrepentida,

es tan inconcebible que el Dios que da la vida

sumergido hoy se encuentre en mares de dolor.

 

Mis ojos lo descubren en oración profunda…

el rojo de la sangre todo su rostro inunda

y sus labios resecos musitan la oración:

 

“Este cáliz retira, Padre mío si es posible”

con agónico acento que apenas es audible

el Redentor añade “mas sea tu voluntad,

 

con ella yo me abrazo para dar vida al mundo

no importa mi agonía y este dolor profundo

si sufriendo yo  puedo salvar al pecador”

 

Y así reconfortado con el sólo deseo

de redimir al hombre, levantarse lo veo,

ir hasta sus amigos y ¡cruel desilusión!

 

Dormidos los encuentra…siente inmensa tristeza,

mas con bríos renovados a la oración regresa

y su alma de amor llena, todo ofrece al Señor.

 

La agonía se repite… y esa sangre bendita

a gotas cae  al suelo ¿qué más se necesita

para expiar el pecado de lesa humanidad?

 

Está dispuesto a todo…sí…a sufrir cualquier cosa

las burlas…las espinas…y la muerte oprobiosa

que le ofrece su pueblo cual delincuente vil.

 

Mi corazón se angustia al verlo allí…postrado,

mis lágrimas le ofrezco ¡cuántas he derramado

al verlo así sufriendo por mí en Getsemaní!

 

Señor…aquí me tienes ante Ti arrodillada,

te ofrezco este mi llanto…mi ser…¡hasta mi nada!

quisiera consolarte…¿los quieres recibir?.

 

Derechos Reservados.

 

 

 

 

MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

¡R E S U C I T Ó!

Autora: Magui del Mar

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

Poeta Mexicana

Domingo de Resurrección

 

Cómo puede la pluma describir

un hecho que resulta tan sublime:

ver el amor de Cristo que redime,

sufrió por ello hasta en la cruz, morir.

 

Un ¡Aleluya! el universo entona

un ¡Aleluya! que se eleva al cielo,

¡Cristo resucitó!, con cuánto anhelo

el milagro esperaba…y lo pregona.

 

¡Resucitó! ¡Resucitó! ¡Aleluya!

Este canto se eleva hasta la gloria…

Hoy Cristo confirmó la salvación.

 

El mundo esta pregunta hace suya:

“Di dónde está, oh muerte tu victoria!

O dónde está, oh muerte, tu aguijón?”

 

Derechos Reservados.

 

 

 

MAGUI DEL MAR

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

La sonrisa construye la paz. Los pequeños también enseñan

Escrito por José Martínez Colín.

La lógica de la cordialidad está amenazada por el secularismo y la pseudo cultura globalizada a base de consumismo, neocapitalismo y relativismo. 

1) Para saber

En una guerra, el capellán guardaba sus cosas en su maleta para ir a visitar unas aldeas atacadas, cuando irrumpieron en su casa los soldados enemigos: disparaban y atacaban contra quien se encontraban. Un soldado, con los ojos llenos de odio, con la bayoneta calada y dispuesto a matar, entró de imprevisto a la habitación del sacerdote misionero. A punto estuvo de atacarlo cuando el sacerdote hizo algo inesperado: Mirándole a los ojos le sonrió. El soldado se detuvo en seco. Quedó sorprendido por ese gesto. Hubiera esperado resistencia, miedo o violencia, pero esa sonrisa era algo nuevo para él. La sonrisa fue aplacándolo y serenamente empezó también a sonreírle. Bajó el arma y al ver que estaba empacando… ¡le ayudó a doblar su ropa!

Lo decía la Santa Madre Teresa de Calcuta: “La paz comienza con una sonrisa”. En su reciente viaje a Malta, el papa Francisco se refirió a la buena acogida que recibió. Se hizo realidad lo que San Pablo dijo de los de esta isla: que los habían recibido con una cordialidad fuera de lo común (cfr. Hech 28,2). El papa recordó que esta isla, en medio del Mediterráneo, recibió muy pronto el Evangelio debido al naufragio del barco en donde iba san Pablo, y han continuado con su carácter hospitalario.

El papa nos invita aprender a acoger a los demás, no solo a los migrantes, sino a todos: es un llamado general para que el mundo se vuelva más fraterno, y se salve de un “naufragio” que nos amenaza.

2) Para pensar

Una maestra y educadora, nos ofrece un consejo en la educación a los menores: “Enseñarles buenos modales a los niños es enseñarles acerca de la bondad, la consideración y el respeto” (Claire Stranberg). Si los niños aprenden a ser cordiales, hospitalarios y respetuosos, se estará construyendo una generación pacífica, donde imperará la caridad.

La isla de Malta, con ser pequeña, tiene mucho que enseñar a las grandes potencias, enfatizaba el Papa Francisco. Pues Malta representa, el derecho y la fuerza de los “pequeños”; de las Naciones pequeñas pero ricas de historia y de civilización, que llevan otra lógica tomada del Evangelio de Cristo predicado por san Pablo: la del respeto, la solidaridad y fraternidad; la lógica de la libertad y la convivencia.

3) Para vivir

La lógica de la cordialidad está amenazada por el secularismo y la pseudo cultura globalizada a base de consumismo, neocapitalismo y relativismo, señala el papa. Un secularismo que pretende apartar a Dios de la vida ordinaria.

Por ello el papa quiso visitar la “Gruta de San Pablo”, como un símbolo de volver a dirigirse a la frescura de los orígenes del Evangelio de donde hemos de beber. También visitó el Santuario mariano nacional de Ta’ Pinu, y se alegró de la confianza del pueblo maltés en Santa María, quien nos lleva siempre a lo esencial, a Cristo crucificado y resucitado. María nos anima a llevar el alegre anuncio del Evangelio, ¡porque la alegría de la Iglesia es evangelizar! El papa Francisco recordó a su antecesor san Pablo VI quien afirmaba que la vocación de la Iglesia es evangelizar; la alegría de la Iglesia es evangelizar: es la definición más bonita de la Iglesia, concluyó el papa.

 

 

    A partir del lunes de Pascua

Los españoles debemos defendernos de un gobierno que invade nuestras libertades

A partir del lunes de Pascua se silencian en toda España las bandas y tambores que durante al menos unos días, han apagado el fragor de las batallas políticas con las  que nos fustigan diariamente los medios de comunicación, aunque no han podido hacerlo con los tambores de guerra que  siguen inundando de terror y muerte las calles y ciudades del masacrado pueblo ucraniano, dispuesto a una defensa numantina de su libertad frente al invasor ruso.

Con ese mismo espíritu nos toca a los españoles defendernos de un gobierno que  invade nuestras libertades con una nueva Ley de educación que en su desarrollo, además de perseguir un adoctrinamiento indecente  en la nueva religión civil del Estado,  pretende rebajar el nivel cultural e intelectual de nuestra sociedad.

 El objetivo no es otro que impregnar las aulas públicas de una ideología de género que desnaturaliza obsesivamente las relaciones personales y familiares, al mismo tiempo que persigue eliminar o degradar algunas de las ciencias humanísticas, base y fundamento de nuestra civilización occidental, como son la filosofía o la religión y lo que es peor aún,  devaluar y desmotivar el esfuerzo de los alumnos para el aprendizaje y estudio, igualando méritos y deméritos para superar los cursos.

Pero es que además el olor a incienso que nos ha inundado durante las procesiones ha dado paso al olor a corrupción con  el que Sánchez y sus grupos mediáticos  pretenden inútilmente enrarecer  el aire de Madrid y de toda España, utilizando la compra de  mascarillas por el Ayuntamiento, en un enésimo ataque para doblegar políticamente a la ciudad y a la Comunidad acosando a sus dos máximos y temidos regidores, Almeida y Ayuso. Vano intento que a buen seguro se le revertirá como un boomerang.

Pero aún es más grave y preocupante lo que está ocurriendo en nuestras relaciones internacionales y más concretamente con Marruecos. Sánchez ha sobrepasado todos los límites de la normal actuación entre Estados que tienen intereses comunes, aunque a veces sean contrapuestos por razones políticas o de vecindad fronteriza. Escribir una carta personal al Rey alauita Mohamed VI, como si de un particular se tratara, resulta hasta grotesco. ¿La conocía también nuestro Rey?

Con esa vanidosa incompetencia ha comprometido, con desconocimiento de su propio gobierno y  el rechazo del Congreso de los Diputados, la postura del Estado español ante un enconado problema como es el del Sahara,  lo que sin duda tiene ya graves consecuencias para nuestras importantes relaciones con Argelia, nuestro principal proveedor de gas y también para Ceuta y Melilla fronteras terrestres de la UE, que sufren permanentemente el acoso humano y comercial de Marruecos.

Jorge Hernández Mollar

 

Semana Santa 2022. 

Digamos que esta Semana Santa ha sido explosiva. ¿Por el deseo de celebrar un final de pandemia? ¿Por el buen tiempo y la sed espiritual que ha estallado tras ser comprimida? Somos, por naturaleza, espíritu y materia y, además de pan, necesitamos espiritualidad para evitar un vacío existencial que puede ser asfixiante. No nos engañemos: necesitamos a Dios, y hay muchos que lo encuentran tras largos años de alejamiento de su amor y de la Iglesia. Impactantes este testimonio en Internet: “Enfermera abortista de Bilbao que se convierte en el Himalaya”, o el de Marcela: “sin fe, herida por drogas y amarguras, reiki y masonería…”, entre otros muchos.

Muchos buscan llenar su vacío con cosas; pero las cosas nunca llenan, experiencia que relató muy bien San Agustín: “Nos has hecho para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que te encuentra (…). ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y siempre nueva! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba (…). Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera » (Confesiones I, 1). Ocurre la paradoja bíblica: Sus heridas nos han curado” (1 P 2,25).  Esta Semana Santa hemos podido contemplar, fuera del templo, esas heridas sanadoras del Crucificado y suplicar su Misericordia, de la que tan necesitados estamos nosotros y el mundo entero.                                                     

Josefa Romo Garlito

 

 

Un mes después

Un mes después de la invasión rusa de Ucrania, el Papa convocaba a la Iglesia en todo el mundo para poner en manos de la Virgen María los sufrimientos de esta guerra terrible, y el empeño de conseguir la paz basada en la justicia. Niños, jóvenes, mujeres, adultos y ancianos, son víctimas del horror en el que la guerra ha sumido a Ucrania. Es una guerra que, además, compromete la paz mundial. En este contexto dramático, la Iglesia acude a la madre de Jesús, a la Virgen María, para encomendarle a la humanidad entera, con especial atención a Ucrania, y a Rusia.

La festividad de la Anunciación fue una jornada de penitencia y de oración, como  explicaba el Papa en una carta dirigida a todos los obispos del mundo, en la que pedía que todas las iglesias locales de norte a sur y de este a oeste vivan como una única Iglesia este acto comunitario y público de oración. Me parece oportuno seguir haciendo actos, públicos y privados, como aquel, puesto que Rusia no parece estar dispuesta a reconocer ni a ceder.

Domingo Martínez Madrid

 

La ultratontería

Seguramente que hemos pensado muchas veces que 'ultra' es un calificativo despectivo de extremista, pero ultra también significa 'más allá': ultramar, ultraligero, ultramarino. La moda dicotómica de dividirlo todo en buenos y malos, ultraderecha o ultraizquierda no permite percibir con claridad a los ultratontos porque son gente que está por todas partes y son los que piensan que todos los demás son tontos ya que se resisten a pensar y actuar como los ultratontos quieren o creen.

Y es que la ultratontería se extiende peligrosamente cuando alguien quiere avasallar, imponerse, dominar, sin percibir que eso es imposible, porque la gente no es tan tonta. Lo hemos visto con el anciano que se quejaba del maltrato que le daban los bancos a él y a los de su edad, y lo vemos con los intentos de algunas feministas y/o dirigentes políticos de cualquier bando, empeñados en llevar la contraria a la normalidad y querer controlar, por ejemplo, la enseñanza para que en las aulas se explique sólo y todo lo que ellos consideran oportuno, creyendo que así los jóvenes acabarán pensando como ellos, ya que con los mayores es imposible llevarse bien porque están contaminados con falacias antiguas, difíciles de destruir.

Jesús Martínez Madrid

 

La cultura postmoderna se derrumba

Quizá es pronto para afirmarlo, pero mi sensación es que la invasión de Ucrania por el ejército ruso es un gran punto de inflexión, a partir del cual la realidad del mundo no puede verse de la misma manera que antes. Pienso que da la puntilla a los restos de la postmodernidad mediante la recuperación de valores absolutos, como el que recogía días pasados el editor digital de The Economist, que comenta semanalmente los mensajes que llegan a la redacción: invadir un estado soberano porque no te gusta el gobierno elegido democráticamente está completamente injustificado. No hay excepción: es un valor adquirido, pero absoluto.

No todo vale en un sistema democrático, ni todo se justifica apelando a la mera soberanía popular. Porque la democracia se sostiene justamente porque admite su fundamento en valores éticos y jurídicos que dan sentido a los principios y preceptos constitucionales, y al ordenamiento jurídico. El pluralismo político es consecuencia de la libertad y del diálogo, no del relativismo que aboca al nihilismo y a la destrucción.

Ciertamente, quedaría más nítido si fuera acompañado, en el caso de Rusia y Ucrania, de la unanimidad de los cristianos. La división sigue provocando escándalos y es causa de la dilatación del movimiento ecumenista. Históricamente, en resumen quizá burdo, la jerarquía de las iglesias orientales ha influido y dependido mucho de la autoridad civil. Se explicaría así la tensión, agudizada estos días, entre los patriarcas de Moscú y Kiev. Ojalá sean escuchadas las palabras de paz y unidad que llegan desde Roma, y bendecidas por la consagración al Corazón de María, Reina de la Paz.

Espero que nadie dé ya pábulo a las grotescas denuncias de nazificación que lanzan desde Moscú contra el pueblo ucraniano. Recuerdan aquello de Allan Bloom en su Cierre de la mente americana de los años ochenta: a falta de héroes y modelos, quedaba Hitler como único y supremo mal, encarnación casi diabólica de toda intolerancia.

JD Mez Madrid

 

LAS CUATRO ESTACIONES DE LA VIDA

 

           Al entrar la primavera, “todo el mundo sensible, suele cantar a esta estación” y suele hacerlo por considerarla la más importante del ciclo anual, que repetido desde que el mundo es mundo, sólo es un hito más en LA VIDA, cuyos ciclos vitales los dividieron en cuatro y de ahí lo de “las cuatro estaciones”.

          PRIMAVERA: Efectivamente, es la más pujante de las estaciones o ciclos, es la más rebelde y activa; es la eclosión de una vida latente –siempre- la que en esta época, se manifiesta con todo el esplendor y toda la belleza que la Madre Naturaleza otorga a todos sus hijos; sean estos del reino animal, vegetal y “otros menos conocidos”. Figurativamente se la dedica, al amor y la pureza de sentimientos y es el “aguijón” para que muchos poetas canten a la Creación; si bien la mayoría suelen quedarse más abajo y dedican sus cantos a otros amores menos platónicos y por tanto más excitantes para la sangre humana y fogosa. De cualquier forma es –para mí- el símbolo del crecimiento continuo en la constante renovación del progreso Universal; donde nada muere, todo se transforma y progresa en una evolución positiva, aunque imperceptible, la mayoría de veces.

          VERANO: Menos cantado –mucho menos- que “su madre”, la primavera; ya que el verano es la estación madura, la estación del máximo calor y energía; la estación... “donde todos los frutos se entregan”, donde todas las cosechas se recogen y reparten; donde el crecimiento llega al cenit de cada ciclo anual –o de vida-. Donde la plenitud de la vida se manifiesta al máximo de su potencia y donde “el Padre Sol”, sonríe con su máxima generosidad, llenando de vital calor espacial a esta parte de la esfera terrestre, donde se vuelca con todo su poder generador de energías para reservas del futuro “enfriamiento”, que a continuación, e inexorablemente... llegará con las otras estaciones.

          OTOÑO: Suele ser cantado con tristeza, con pena, con sentimiento de impotencia; muy pocos son los que saben encontrar en esta estación los valores simbólicos y reales de lo que representan en la vida... “TODA LA VIDA”. Pues el otoño, es la época de “las canas”, es la época en que las hojas cogen sus más vistosos “dorados... y brillantes tonalidades”... antes de morir. Es la época... “de la paz y algún sosiego”; es la época de la reflexión sobre la sabiduría; la época del merecido descanso, donde el vegetal y el animal comienzan a aletargarse, en una menor actividad, e igualmente se preparan para la época más dura a que han de pasar seguidamente. Pero esa preparación se hace –al menos así debiera hacerse- sin miedos, sin temores, sin pánico a lo inevitable; debe ser asimilada y asumida, con la sonrisa de la experiencia; con el “curtido” de haber soportado ya... “todos los soles y todos los aires”, con la más plena y segura esperanza de un futuro que aunque con apariencia sombría, no es –ni mucho menos- lo que inconscientemente la ignorancia humana le ha asignado.

          INVIERNO: Es la muerte aparente, puesto que digo –y mantengo- que nada muere, que todo se transforma en una vida eterna, esperanzadora y de progreso continuo; por tanto, el frío invierno es el reposo transitorio del cuerpo y del alma; del vegetal y el animal; de –incluso- la actividad de LA MADRE TIERRA,  de la caricia suficiente del PADRE SOL. Es la época de las cabezas plateadas, en el más bello color de los cabellos; es la época de las más dulces arrugas de la piel del Sabio, de la máxima madurez de las neuronas cerebrales, la época en que ya mueren o duermen –al fin- las terribles pasiones, los inútiles y efímeros afanes que no tienen casi valor alguno. Es donde el “frío manto de las nieves eternas y periódicas”... otorgan la paz al que está preparado para recibir ese máximo fruto, obtenido en el largo –larguísimo- camino de, “sus cuatro estaciones”; es el final de una etapa vivida en una esfera del espacio. Es la estancia tranquila en el, “andén del tiempo”, esperando con toda la tranquilidad del mundo, el tren que lleva a la eternidad.

     Por ello los sabios, nunca han temido a la muerte, más bien la han amado y añorado su natural llegada, puesto que han sabido comprender que esa transición, no es más que una etapa final y que inicia otras etapas venideras y superiores; donde nuevas primaveras vendrán a lanzar sus espíritus y almas, sus "yos" y esperanzas, sus fuerzas vitales y creadoras... “hacia ese infinito final”, del que nadie sabe, del que nadie dice... del que muchos no creen, pero del que otros muchos también... firmemente creemos y pensamos que es la realidad de una Justicia Universal, que es la que impera en todo el Universo y la que nadie, “NADIE”, puede interferir... y menos aún, cambiar.

 

NOTA: He querido en estos “cuatro” días de semana santa (que no lo es) distraer a mis lectores con unos relatos de la vida en este planeta, al que llaman, Tierra; y con ello apartar la mente de lo que no son otra cosa, que… “ferias, fiestas y luces de bengala”: amén. Abril 2022 AGF

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y Filósofo)

www.jaen-ciudad.es (en ella otros muchos temas)