Las Noticias de hoy 4 Abril 2022

Enviado por adminideas el Lun, 04/04/2022 - 12:18

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 04 de abril de 2022       

Indice:

ROME REPORTS

Papa en Malta: Salvar el naufragio de nuestra civilización con humanidad

El Papa reza en la Gruta de San Pablo: Aprendamos a dar acogida

VETE Y NO PEQUES MÁS : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: lunes de la 5 semana de Cuaresma

"Haz lo que debes y está en lo que haces" : San Josemaria

Viaje apostólico del Papa Francisco a Malta

La luz de la fe (XVI): ¿Entre Dios y yo? Liturgia y sacramentos : Felix María Arocena

¿Qué es la oración?

La violencia es el último recurso del incompetente : Carmen Agud

Un mensaje de esperanza en un refugio ucraniano : Robert Brennan

La urgencia de pensar la libertad : José Francisco Serrano Oceja

Sucedió en una confesión : Sheila Morataya

La Pasión del Señor. Algunas consideraciones de tipo médico. : J. L. Velayos

  El Congreso del PP en Sevilla : Jorge Hernández Mollar

La transmisión de la sabiduría. Cuando llega la vejez : José Martínez Colín.

La Academia Nacional de Medicina de Francia se suma a los países e instituciones críticos con los tratamientos de transición de género pediátrica : Julio Tudela

6 errores que los padres separados deben evitar con sus hijos : LaFamilia.info 

“El Kolbe valenciano”. Un tiempo para cambiar : José Martínez Colín.

Iglesia y Sociedad Democrática : Domingo Martínez Madrid

Compromiso : Jesús Martínez Madrid

Añoranza de la familia : Domingo Martínez Madrid

El problema no es el gobernado… es el gobernante : Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

 

Papa en Malta: Salvar el naufragio de nuestra civilización con humanidad

El Papa se despide de Malta en un centro de inmigración

 

Encuentro con los migrantes © Vatican Media

 

 

 

El Santo Padre Francisco concluyó este domingo su viaje a Malta visitando el centro de recepción de inmigrantes “Giovanni XXIII”, y a los aproximadamente 200 de ellos les dijo que quería despedirse, “quedándome un tiempo con ustedes”. En la bienvenida, dos personas, Daniel y Siriman, dieron sus testimonios tocando el corazón del Papa: “Nos han abierto el corazón y vuestra vida, y al mismo tiempo se han convertido en portavoces de muchos hermanos y hermanas, obligados a marcharse de su patria a buscar un refugio seguro”. Y añadió: “Desde el día que fui a Lampedusa, nunca les he olvidado. Les llevo siempre en mi corazón y están siempre presente en mis oraciones”.

 

 

El sucesor de Pedro quiso allí encender una vela frente a la imagen de la Virgen. “Un gesto sencillo, pero con un gran significado”, porque les explicó: «en la tradición cristiana, esa pequeña llama es símbolo de la fe en Dios. Y es también símbolo de esperanza, una esperanza de que María, nuestra Madre, nos apoye en los momentos más difíciles.

Tomando como ejemplo el naufragio del San Pablo en Malta y la “rara humanidad” con la que lo trataron, Francisco indicó que el naufragio es una experiencia que miles de hombres, mujeres y niños han tenido en el Mediterráneo a lo largo de los años. Y lamentablemente para muchos de ellos fue trágico”. Aquí el Papa da un paso más: “Pero hay otro naufragio que se produce mientras suceden estos hechos: es el naufragio de la civilización, que amenaza no sólo a los refugiados, sino a todos nosotros”.

El Pontífice se pregunta: “¿Cómo podemos salvarnos de este naufragio que corre el riesgo de hundir el barco de nuestra civilización? Comportándonos con la humanidad. Mirar a las personas no como números, sino por lo que son -como nos dijo Siriman-, es decir, de rostros, de historias, simplemente hombres y mujeres, hermanos y hermanas”.

También vosotros -prosiguió el Pontífice- habéis vivido esta tragedia, y habéis llegado hasta aquí. Tus historias recuerdan las de miles y miles de personas que en los últimos días se han visto obligadas a huir de Ucrania a causa de la guerra. Pero también a las de muchos otros hombres y mujeres que, en busca de un lugar seguro, se vieron obligados a dejar su hogar y su tierra en Asia, África y América. Mis pensamientos y oraciones van para todos ellos en este momento.

Sobre los traumas que dejan las migraciones, el Papa afirma: “Lleva tiempo sanar esta herida; requiere tiempo y sobre todo experiencias ricas en humanidad: encontrarse con personas acogedoras que saben escuchar, comprender, acompañar; y también estar junto a otros compañeros de viaje, para compartir, para llevar juntos la carga…”. Agradeció entonces, a los centros de recepción que trabajan con humanidad, pero también a las personas y comunidades que aceptan el desafío, “conscientes de que la realidad de la migración es un signo de los tiempos donde la civilización está en juego”.

“Permítanme, hermanos y hermanas, expresar un sueño que tengo. Que ustedes migrantes, después de haber experimentado una hospitalidad rica en humanidad y fraternidad, que sean personalmente testigos y animadores de cobijo y fraternidad”, añadió.

“Es la esperanza que he visto hoy en vuestros ojos, la que ha dado sentido a vuestro camino -concluyó el Papa- y la que les mantiene en marcha. ¡Que Nuestra Señora les ayude a no perder nunca esta esperanza! A ella encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestras familias, y les llevo conmigo en mis oraciones. Y Ustedes también, por favor, no se olviden rezar por mí. ¡Gracias”!

A continuación sigue el discurso del Papa.

***

Discurso del Papa

Queridos hermanos y hermanas

Os saludo a todos con afecto; me alegra concluir mi visita a Malta pasando un rato con vosotros. Agradezco al padre Dionisio su acogida; y sobre todo agradezco a Daniel y a Siriman sus testimonios: nos habéis abierto vuestros corazones y vuestras vidas, y al mismo tiempo os habéis convertido en portavoces de tantos hermanos y hermanas que se ven obligados a dejar su tierra para buscar un refugio seguros

Como dije hace unos meses en Lesbos, “estoy aquí para deciros que estoy cerca de vosotros… Estoy aquí para ver vuestros rostros, para miraros a los ojos” Discurso en Mitilene , 5 de diciembre de 2021). Desde el día que fui a Lampedusa, nunca os he olvidado. Siempre os llevo en mi corazón y siempre estáis presente sen mis oraciones.

En este encuentro con los migrantes emerge plenamente el significado del lema de mi viaje a Malta. Es una cita de los Hechos de los Apóstoles que dice: “Nos trataron con rara humanidad” (28:2). Hace referencia a la forma en que los malteses acogieron al apóstol Pablo y a todos los que naufragaron cerca de la isla con él. Los trataron “con rara humanidad”. No sólo con humanidad, sino con una humanidad poco común, una solicitud especial, que San Lucas quiso inmortalizar en el Libro de los Hechos. Espero que Malta trate siempre así a los que llegan a sus costas, que sea realmente un “refugio seguro” para ellos.

(C) Vatican Media

 

 

El naufragio es una experiencia que miles de hombres, mujeres y niños han vivido en los últimos años en el Mediterráneo. Y desgraciadamente para muchos de ellos ha sido trágico. Ayer mismo se conoció la noticia del rescate frente a las costas de Libia de sólo cuatro inmigrantes de una embarcación en la que viajaban unos noventa. Recemos por estos hermanos nuestros que han encontrado la muerte en nuestro Mar Mediterráneo. Y recemos también por la salvación de otro naufragio que se está produciendo al mismo tiempo que estos acontecimientos: es el naufragio de la civilización, que amenaza no sólo a los refugiados, sino a todos nosotros. ¿Cómo podemos salvarnos de este naufragio que amenaza con hundir el barco de nuestra civilización? Comportándose con humanidad. Mirando a las personas no como números, sino por lo que son -como nos dijo Siriman- es decir, rostros, historias, simplemente hombres y mujeres, hermanos y hermanas. Y pensar que en el lugar de esa persona que veo en un barco o en el mar en la televisión, o en una foto, podría ser yo, o mi hijo, o mi hija… Tal vez incluso en este momento, mientras estamos aquí, los barcos están cruzando el mar de sur a norte… Recemos por estos hermanos y hermanas que arriesgan sus vidas en el mar en busca de esperanza. Tú también has vivido este drama y has venido aquí.

Sus historias me traen a la memoria las de miles y miles de personas que en los últimos días se han visto obligadas a huir de Ucrania a causa de esa guerra injusta y salvaje. Pero también los de tantos otros hombres y mujeres que, en busca de un lugar seguro, se han visto obligados a abandonar sus hogares y sus tierras en Asia, África y América, pienso en los rohingya… Mis pensamientos y oraciones están con todos ellos en estos momentos.

Hace algún tiempo recibí otro testimonio de su Centro: la historia de un joven que contaba el doloroso momento en que había tenido que dejar a su madre y a su familia de origen. Esto me conmovió y me hizo reflexionar. Pero tú también, Daniel, tú también, Siriman, y cada uno de vosotros ha tenido esta experiencia de irse y separarse de sus raíces. Es una lágrima. Una lágrima que deja su huella. No es sólo un dolor momentáneo y emocional. Deja una herida profunda en el camino de crecimiento de una persona joven, de una mujer joven. Se necesita tiempo para curar esta herida; se necesita tiempo y, sobre todo, se necesitan experiencias ricas en humanidad: conocer a personas acogedoras, que sepan escuchar, comprender, acompañar; y también estar junto a otros compañeros de viaje, para compartir, para llevar juntos la carga… Esto ayuda a curar las heridas.

Pienso en los centros de acogida: ¡qué importante es que sean lugares de humanidad! Sabemos que es difícil, hay muchos factores que alimentan las tensiones y la rigidez. Y, sin embargo, en todos los continentes hay personas y comunidades que aceptan el reto, conscientes de que la realidad de la migración es un signo de los tiempos en los que la civilización está en juego. Y para nosotros, los cristianos, también está en juego nuestra fidelidad al Evangelio de Jesús, que dijo “fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). ¡Esto no se puede crear en un día! Hace falta tiempo, hace falta mucha paciencia, hace falta sobre todo un amor hecho de cercanía, de ternura y de compasión, como es el amor de Dios por nosotros. Creo que debemos decir un gran “gracias” a quienes han aceptado este reto aquí en Malta y han dado vida a este Centro. ¡Hagámoslo con aplausos, todos juntos!

Permítanme, hermanos y hermanas, expresar un sueño mío. Para que vosotros, migrantes, después de haber experimentado una acogida rica en humanidad y fraternidad, os convirtáis personalmente en testigos y animadores de la acogida y la fraternidad. Aquí y donde Dios quiera, donde la Providencia guiará tus pasos. Este es el sueño que quiero compartir con vosotros y que pongo en manos de Dios. Porque lo que es imposible para nosotros no es imposible para Él. Creo que es muy importante que, en el mundo actual, los emigrantes se conviertan en testigos de los valores humanos esenciales para una vida digna y fraterna. Son valores que llevas dentro, que pertenecen a tus raíces. Una vez curada la herida del desgarro, del desarraigo, podéis sacar esa riqueza que lleváis dentro, un precioso patrimonio de la humanidad, y compartirla con las comunidades donde os acogen y en los ambientes donde estáis insertados. ¡Este es el camino! El camino de la fraternidad y la amistad social. Aquí está el futuro de la familia humana en un mundo globalizado. ¡Estoy feliz de poder compartir este sueño con ustedes hoy, así como ustedes, en sus testimonios, comparten sus sueños conmigo!

Me parece que aquí está también la respuesta a la pregunta que está en el centro de su testimonio, Siriman. Nos ha recordado que los que tienen que abandonar su país se van con un sueño en el corazón: el sueño de la libertad y la democracia. Este sueño choca con una realidad dura, a menudo peligrosa, a veces terrible, inhumana. Usted ha dado voz a la súplica sofocada de millones de migrantes cuyos derechos fundamentales son violados, lamentablemente a veces con la complicidad de las autoridades competentes. Y esto es así, y esto es lo que quiero decir: desgraciadamente a veces con la complicidad de las autoridades competentes. Y ha llamado la atención sobre el punto clave: la dignidad de la persona. Repito sus palabras: no son números, sino personas de carne y hueso, rostros, sueños que a veces se rompen.

Aquí es donde podemos y debemos empezar de nuevo: desde las personas y su dignidad. No nos dejemos engañar por los que dicen: “No podemos hacer nada”, “Estos problemas son más grandes que nosotros”, “Yo me ocuparé de mis asuntos y los demás pueden arreglárselas”. No. No caigamos en esta trampa. Respondamos al desafío de los migrantes y refugiados con el estilo de la humanidad, encendamos fuegos de fraternidad, en torno a los cuales la gente pueda calentarse, levantarse, reavivar la esperanza. Fortalezcamos el tejido de la amistad social y la cultura del encuentro, a partir de lugares como éste, que pueden no ser perfectos, pero son “laboratorios de paz”.

 

Vatican Media

 

 

Y como este Centro lleva el nombre del Papa San Juan XXIII, me gusta recordar lo que escribió al final de su memorable Encíclica sobre la paz: “Que aleje del corazón de los hombres lo que puede poner en peligro la paz, y los transforme en testigos de la verdad, la justicia y el amor fraterno”. Que ilumine a los dirigentes de los pueblos para que, junto con su preocupación por el justo bienestar de sus ciudadanos, garanticen y defiendan el gran don de la paz; que encienda la voluntad de todos de superar las barreras que dividen, de aumentar los lazos de caridad mutua, de comprender a los demás, de perdonar a los que han ofendido; que, con su acción, se acerquen todos los pueblos de la tierra y florezca en ellos y reine siempre la tan deseada paz” (Pacem in terris, 91).

Queridos hermanos y hermanas, dentro de unos momentos, junto con algunos de vosotros, encenderé una vela ante la imagen de la Virgen. Un gesto sencillo, pero de gran significado. En la tradición cristiana, esa pequeña llama es un símbolo de la fe en Dios. Y es también un símbolo de esperanza, una esperanza que María, nuestra Madre, sostiene en los momentos más difíciles. Es la esperanza que he visto hoy en tus ojos, la que ha dado sentido a tu viaje y te hace seguir adelante. Que la Virgen te ayude a no perder nunca esta esperanza. A ella os confío a cada uno de vosotros y a vuestras familias, y os llevo conmigo en mi corazón y en mi oración. Y tú también, por favor, no te olvides de rezar por mí. Gracias.

Oración al final del encuentro con los migrantes 

Señor Dios, creador del universo,
fuente de libertad y de paz,
de amor y de fraternidad,
Tú nos has creado a tu imagen
y has infundido en todos nosotros tu soplo vital,
para hacernos partícipes de tu ser en comunión.
Aun cuando hemos quebrantado tu alianza
Tú no nos has abandonado en poder de la muerte
sino que en tu infinita misericordia
siempre nos has llamado a volver a Ti
y a vivir como tus hijos.
Infunde en nosotros tu Santo Espíritu
y danos un corazón nuevo,
capaz de escuchar el grito, a menudo silencioso,
de nuestros hermanos y hermanas que han perdido
el calor del hogar y de la patria.
Haz que podamos infundirles esperanza
con miradas y gestos de humanidad.
Haz de nosotros instrumentos de paz
y de amor fraterno concreto.
Líbranos de los miedos y de los prejuicios,
para hacer nuestros sus sufrimientos
y luchar juntos contra la injusticia;
para que crezca un mundo en el que cada persona
sea respetada en su inviolable dignidad,
esa que Tú, oh Padre, has puesto en nosotros
y tu Hijo ha consagrado para siempre.
Amén.

 

 

 

El Papa reza en la Gruta de San Pablo: Aprendamos a dar acogida

Primer acto público en su 2º día del viaje apostólico a Malta

 

El Papa Francisco reza en la Gruta de San Pablo, 3 abril 2022 © Vatican Media

En el segundo y último día del viaje apostólico a Malta, el Papa Francisco visitó este domingo 3 de abril de 2022 uno de los lugares más significativos del archipiélago: la Gruta de San Pablo, en Rabat, en los extramuros de Medina.

Aquí la tradición indica el lugar donde se alojó San Pablo en el año 60, tras el naufragio del barco que lo llevaba a Roma para ser juzgado. Pablo pasó tres meses predicando, bautizando y sanando a los enfermos. Con él también estaba Lucas, el evangelista, que narra los sucedido en los Hechos de los Apóstoles.

Gracias a un pequeño ascensor el Papa descendió hasta la gruta, el antiguo lugar de culto en un conjunto que alterna elementos arquitectónicos de estilo barroco, para pedir al “Buen Padre” que “nos conceda la gracia de un buen corazón que late por amor a los hermanos”, como la del maltés que hospedó a Pablo tras el naufragio.

Más tarde, en la basílica superior, el Sucesor de Pedro encendió una lámpara votiva y recitó una breve oración:

Oh Dios, tu misericordia es infinita

e inagotable el tesoro de tu bondad,

acrecienta benigno la fe del pueblo a Ti consagrado,

para que todos comprendan con sabiduría

qué amor los ha creado,

qué Sangre los ha redimido,

qué Espíritu los ha regenerado.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Luego firmó el Libro de Honor, saludó a 14 líderes religiosos ya los enfermos y fue asistido por Caritas.

La cueva fue visitada por Juan Pablo II el 27 de mayo de 1990 y por Benedicto XVI el 17 de abril de 2010, con motivo del 1950 aniversario del naufragio de San Paolo.

Oración del Papa en la Gruta de San Pablo

Dios de misericordia,

en tu admirable providencia

quisiste que el apóstol Pablo

anunciase tu amor a los habitantes de Malta,

que todavía no te conocían.

Él les proclamó tu palabra

y curó sus enfermedades.

Salvados del naufragio,

san Pablo y sus compañeros de viaje

encontraron aquí para acogerlos

gente pagana de buen corazón,

que los trató con una cordialidad

fuera de lo común,

dándose cuenta de que necesitaban

refugio, seguridad y asistencia.

Ninguno conocía sus nombres,

su procedencia o condición social;

sólo sabían una cosa:

que necesitaban ayuda.

 

 

VETE Y NO PEQUES MÁS

— Es Cristo quien perdona en el sacramento de la Penitencia.

— Gratitud por la absolución: el apostolado de la Confesión.

— Necesidad de la satisfacción que impone el confesor. Ser generosos en la reparación.

I. Mujer, ¿ninguno te ha condenado? —Ninguno, Señor. —Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más1. Habían llevado a Jesús una mujer sorprendida en adulterio. La pusieron en medio, dice el Evangelio2. La han humillado y abochornado hasta el extremo, sin la menor consideración. Recuerdan al Señor que la Ley imponía para este pecado el severo castigo de la lapidación: ¿Tú qué dices?, le preguntan con mala fe, para tener de qué acusarle. Pero Jesús los sorprende a todos. No dice nada: inclinándose, escribía con el dedo en tierra.

La mujer está aterrada en medio de todos. Y los escribas y fariseos insistían con sus preguntas. Entonces, Jesús se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra. E inclinándose de nuevo, seguía escribiendo en la tierra.

Se marcharon todos, uno tras otro, comenzando por los más viejos. No tenían la conciencia limpia, y lo que buscaban era tender una trampa al Señor. Todos se fueron: y quedó solo Jesús y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Las palabras de Jesús están llenas de ternura y de indulgencia, manifestación del perdón y la misericordia infinita del Señor. Y contestó enseguida: Ninguno, Señor. Y Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más. Podemos imaginar la enorme alegría de aquella mujer, sus deseos de comenzar de nuevo, su profundo amor a Cristo.

En el alma de esta mujer, manchada por el pecado y por su pública vergüenza, se ha realizado un cambio tan profundo, que solo podemos entreverlo a la luz de la fe. Se cumplen las palabras del profeta Isaías: No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo... Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo...; para apagar la sed de mi pueblo escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza3.

Cada día, en todos los rincones del mundo, Jesús, a través de sus ministros los sacerdotes, sigue diciendo: «Yo te absuelvo de tus pecados...», vete y no peques más. Es el mismo Cristo quien perdona. «La fórmula sacramental “Yo te absuelvo...”, y la imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al penitente (...). Dios es siempre el principal ofendido por el pecado –tibi soli peccavi–, y solo Dios puede perdonar»4.

Las palabras que pronuncia el sacerdote no son solo una oración de súplica para pedir a Dios que perdone nuestros pecados, ni una mera certificación de que Dios se ha dignado concedernos su perdón, sino que, en ese mismo instante, causan y comunican verdaderamente el perdón: «en aquel momento todo pecado es perdonado y borrado por la misericordiosa intervención del Salvador»5.

Pocas palabras han producido más alegría en el mundo que estas de la absolución: «Yo te absuelvo de tus pecados...». San Agustín afirma que el prodigio que obran supera a la misma creación del mundo6. ¿Con qué alegría las recibimos nosotros cuando nos acercamos al sacramento del Perdón? ¿Con qué agradecimiento? ¿Cuántas veces hemos dado gracias a Dios por tener tan a mano este sacramento? En nuestra oración de hoy podemos mostrar nuestra gratitud al Señor por este don tan grande.

II. Por la absolución, el hombre se une a Cristo Redentor, que quiso cargar con nuestros pecados. Por esta unión, el pecador participa de nuevo de esa fuente de gracias que mana sin cesar del costado abierto de Jesús.

En el momento de la absolución intensificaremos el dolor de nuestros pecados, diciendo quizá alguna de las oraciones previstas en el ritual, como las palabras de San Pedro: «Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo»; renovaremos el propósito de la enmienda, y escucharemos con atención las palabras del sacerdote que nos conceden el perdón de Dios.

Es el momento de traer a la memoria la alegría que supone recuperar la gracia (si la hubiésemos perdido) o su aumento y nuestra mayor unión con el Señor. Dice San Ambrosio: «He aquí que (el Padre) viene a tu encuentro; se inclinará sobre tu hombro, te dará un beso, prenda de amor y de ternura; hará que te entreguen un vestido, calzado... Tú temes todavía una reprensión...; tienes miedo de una palabra airada, y prepara para ti un banquete»7. Nuestro Amén se convierte entonces en un deseo grande de recomenzar de nuevo, aunque solo nos hayamos confesado de faltas veniales.

Después de cada Confesión debemos dar gracias a Dios por la misericordia que ha tenido con nosotros y detenernos, aunque sea brevemente, para concretar cómo poner en práctica los consejos o indicaciones recibidas o cómo hacer más eficaz nuestro propósito de enmienda y de mejora. También una manifestación de esa gratitud es procurar que nuestros amigos acudan a esa fuente de gracias, acercarlos a Cristo, como hizo la samaritana: transformada por la gracia, corrió a anunciarlo a sus paisanos para que también ellos se beneficiaran de la singular oportunidad que suponía el paso de Jesús por su ciudad8.

Difícilmente encontraremos una obra de caridad mejor que la de anunciar a aquellos que están cubiertos de barro y sin fuerzas, la fuente de salvación que hemos encontrado, y donde somos purificados y reconciliados con Dios.

¿Ponemos los medios para hacer un apostolado eficaz de la confesión sacramental? ¿Acercamos a nuestros amigos a ese Tribunal de la misericordia divina? ¿Fomentamos el deseo de purificarnos acudiendo con frecuencia al sacramento de la Penitencia? ¿Retrasamos ese encuentro con la Misericordia de Dios?

III. «La satisfacción es el acto final, que corona el signo sacramental de la Penitencia. En algunos países lo que el penitente perdonado y absuelto acepta cumplir, después de haber recibido la absolución, se llama precisamente penitencia»9.

Nuestros pecados, aun después de ser perdonados, merecen una pena temporal que se ha de satisfacer en esta vida o, después de la muerte, en el Purgatorio, al que van las almas de los que mueren en gracia, pero sin haber satisfecho por sus pecados plenamente10.

Además, después de la reconciliación con Dios quedan todavía en el alma las reliquias del pecado: debilidad de la voluntad para adherirse al bien, cierta facilidad para equivocarse en el juicio, desorden en el apetito sensible... Son las heridas del pecado y las tendencias desordenadas que dejó en el hombre el pecado de origen, que se enconan con los pecados personales. «No basta sacar la saeta del cuerpo –dice San Juan Crisóstomo–, sino que también es preciso curar la llaga producida por la saeta; del mismo modo en el alma, después de haber recibido el perdón del pecado, hay que curar, por medio de la penitencia, la llaga que quedó»11.

Después de recibida la absolución –enseña Juan Pablo II–, «queda en el cristiano una zona de sombra, debida a las heridas del pecado, a la imperfección del amor en el arrepentimiento, a la debilitación de las facultades espirituales en las que obra un foco infeccioso de pecado, que siempre es necesario combatir con la mortificación y la penitencia. Tal es el significado de la humilde, pero sincera, satisfacción»12.

Por todos estos motivos, debemos poner mucho amor en el cumplimiento de la penitencia que el sacerdote nos impone antes de impartir la absolución. Suele ser fácil de cumplir y, si amamos mucho al Señor, nos daremos cuenta de la gran desproporción entre nuestros pecados y la satisfacción. Es un motivo más para aumentar nuestro espíritu de penitencia en este tiempo de Cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a ello de una manera particular.

«“Cor Mariae perdolentis, miserere nobis!” —invoca al corazón de Santa María, con ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los hombres de todos los tiempos.

»—Y pídele –para cada alma– que ese dolor suyo aumente en nosotros la aversión al pecado y que sepamos amar, como expiación, las contrariedades físicas o morales de cada jornada»13.

1 Jn 8, 10-11. — 2 Cfr. Jn 8, 1-11. — 3 Is 43, 16-21. — 4 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Reconciliatio et paenitentia, 2-XII-1984, n. 31, III. — 5 Ibídem. — 6 Cfr. San Agustín, Coment. sobre el Evang. de San Juan, 72.— 7 San Ambrosio, Coment. sobre el Evang. de San Lucas, 7. — 8 Cfr. Jn 4, 28. — 9 Juan Pablo II, loc. cit. — 10 Cfr. Conc. de Florencia, Decreto para los griegos, Dz 673. — 11 San Juan Crisóstomo, Hom. sobre San Mateo, 3, 5. — 12 Juan Pablo II, loc. cit.; Cfr. también Audiencia general, 7-III-1984. — 13 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 258.

 

Meditaciones: lunes de la 5 semana de Cuaresma

Reflexión para meditar el lunes de la 5 semana de Cuaresma. Los temas propuestos son: Jesús es la luz del mundo; una mirada luminosa; el Señor es mi pastor.

04/04/2022


«YO SOY LA luz del mundo –dijo Jesús a los fariseos mientras enseñaba en el Templo–; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Quizá en más de una ocasión nos hemos tenido que enfrentar a la oscuridad de la noche. Entonces, desaparecen las figuras de las cosas que nos rodean, y perdemos la orientación. Pero en el momento en que, de pronto, vuelve la luz, todo recobra su contorno y sentido.

En aquellas palabras en las que el Señor se proclama como luz nuestra, encontramos un refugio para los momentos de oscuridad en los que alguna vez nos puede invadir el pesimismo o la tristeza. «Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve en la vida solamente el sol, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra una vía, el camino que conduce a la vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran incluso en la noche más oscura una luz, y ven ya la claridad de un nuevo día»1.

«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (Lc 24,29), le dice a Cristo uno de los discípulos de Emaús. También nosotros podemos sentir muchas veces al día la necesidad de pedirle al Señor que no se aleje de nuestra vida. Nuestras dudas, heridas e inquietudes necesitan airearse a la luz de su mirada. Comprendemos bien que aquellos seguidores de Cristo, que caminaban desanimados hacia su casa, se dieran cuenta de que «entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz»2.


LA LUZ de Cristo nos ayuda a descubrir la belleza que se esconde en los distintos eventos y personas que conforman nuestra vida. Alguna vez podemos frustrarnos cuando no resultan las cosas como las habíamos planificado; o le damos demasiada importancia a un desencuentro con una persona cercana; o tenemos la impresión de que la sociedad tiene demasiados problemas. Durante alguna temporada, quizás podemos experimentar con una mayor conciencia nuestras propias limitaciones. Sin embargo, si nos dejamos llenar por la luz de Cristo, no solo encontraremos el consuelo para sobrellevar todo aquello, sino que podremos adquirir esa «mirada al mundo que, más allá del simple carácter natural, permite ver el lado positivo –y, si es el caso, divertido– de las cosas y de las situaciones»3.

Normalmente, en un recién nacido es difícil identificar el color de sus ojos. Aunque al comienzo sean más bien grisáceos, solo gradualmente con el paso del tiempo adquirirán su verdadera tonalidad. Algo similar ocurre en nuestra oración. Cada vez que nos dirigimos al Señor, queremos que transforme nuestra mirada a veces gris, en una contemplación luminosa y agradecida hacia todo lo que nos rodea. «Permanezcamos unos instantes en el recogimiento, cada día un rato, fijemos nuestra mirada interior en su rostro y dejemos que su luz nos impregne e irradie en nuestra vida»4.

En una ocasión, Jesús subrayó la importancia que tienen los ojos para la vida interior: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso» (Mt 6, 22-23). No solo queremos ver la luz del Señor, sino que además deseamos irradiar esa luz de Cristo a quienes nos rodean. Por eso, san Josemaría enseñaba a repetir una jaculatoria que esconde un profundo planteamiento de vida: «Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma»5.


«EL SEÑOR es mi pastor, nada me falta –reza el salmista–: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas» (Sal 22,3). Si Cristo es nuestro Pastor, ¿qué oscuridad podrá atemorizarnos? «Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es la certeza que nos sostiene»6.

Esta realidad influye en el modo de afrontar las situaciones de cada día. Jesús ilumina los momentos mejores y peores de la jornada. «Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos»7. Por eso, cada hogar cristiano refleja, más allá de las pequeñas o grandes contrariedades que debe afrontar, una serenidad profunda, fruto de la confianza en Dios. Es la misma tranquilidad que siente un niño cuando, en medio de la oscuridad, no se deja vencer por el miedo porque sabe que su padre está cerca.

«Si somos almas de fe, a los sucesos de esta tierra les daremos una importancia muy relativa, como se la dieron los santos... El Señor y su Madre no nos dejan y, siempre que sea necesario, se harán presentes para llenar de paz y de seguridad el corazón de los suyos»8. Si alguna vez sintiéramos que esa oscuridad se hace más patente, podemos acudir como buenos hijos a nuestra Madre, y, uniéndonos a las palabras de san Josemaría, le podemos llamar con la seguridad de que nos escucha: «¡Mamá!, no me dejes»9.


Benedicto XVI, Discurso, 24-IX-2011.
Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, 7-X-2004.
Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018.
Francisco, Ángelus, 17-III-2019.
San Josemaría, Apuntes de una meditación, 19-III-1975.
Benedicto XVI, Audiencia, 5-X-2011.
San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 22.
San Josemaría, Via Crucis, IV estación, n.5.
Ibíd., n.3.

 

"Haz lo que debes y está en lo que haces"

Hacedlo todo por Amor. -Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. -La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo. (Camino, 813)

4 de abril

¿Quieres de verdad ser santo? -Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces. (Camino, 815)

La santidad "grande" está en cumplir los "deberes pequeños" de cada instante. (Camino, 817)

Me dices: cuando se presente la ocasión de hacer algo grande... ¡entonces! -¿Entonces? ¿Pretendes hacerme creer, y creer tú seriamente, que podrás vencer en la Olimpiada sobrenatural, sin la diaria preparación, sin entrenamiento? (Camino, 822)

¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? -Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. -Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. -Y trozos de hierro. -Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas... ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... -¡A fuerza de cosas pequeñas! (Camino, 823)

¿No has visto en qué "pequeñeces" está el amor humano? -Pues también en "pequeñeces" está el Amor divino. (Camino, 824)

 

 

Viaje apostólico del Papa Francisco a Malta

Intervenciones del Papa Francisco en el viaje apostólico a Malta (2-3 de abril de 2022).

03/04/202236° viaje apostólico internacional, en el que el Sucesor de Pedro confirmará en la fe a los habitantes de la isla, llegada y puerta de esperanza para muchos migrantes, en la que Pablo comenzó su labor evangelizadora tras un naufragio, como se relata en los Hechos de los Apóstoles.

 

Malta, en el extremo sur de Europa, se prepara para acoger al tercer Papa de su historia. Después de San Juan Pablo II, que visitó la República de Malta en dos ocasiones en 1990 y 2001, y de Benedicto XVI en 2010, el Papa Francisco visitará ahora el archipiélago el próximo sábado y domingo. Un viaje muy deseado por el Pontífice, ya anunciado para mayo de 2020, luego aplazado por la pandemia y que estará inevitablemente marcado por la guerra de Ucrania y el incesante flujo de refugiados que huyen de los bombardeos.


Sábado, 2 de abril de 2022
Encuentro con las autoridades y el Cuerpo Diplomático en la Sala del Consejo Supremo del Palacio del Gran Maestre en La Valeta.
Encuentro de oración en el Santuario Nacional de "Ta' Pinu", Gozo

Domingo, 3 de abril de 2022
Visita a la Gruta de San Pablo en la Basilíca de San Pablo de Rabat
Santa Misa en la Plaza de los Graneros, Floriana
Ángelus
Encuentro con los migrantes en el Centro para Migrantes “Giovanni XXIII Peace Lab” de Hal Far


Sábado, 2 de abril de 2022

Encuentro con las autoridades y el Cuerpo Diplomático en la Sala del Consejo Supremo del Palacio del Gran Maestre en La Valeta

Señor Presidente de la República,
miembros del gobierno y del Cuerpo diplomático,
distinguidas autoridades religiosas y civiles,
insignes representantes de la sociedad y del mundo de la cultura,
señoras y señores:

Los saludo cordialmente y agradezco al señor Presidente las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos los ciudadanos. Vuestros antepasados ofrecieron hospitalidad al apóstol Pablo cuando se dirigía a Roma, tratándolo a él y a sus compañeros de viaje con «una cordialidad fuera de lo común» (Hch 28,2); ahora, viniendo de Roma, yo también experimento la cálida acogida de los malteses, tesoro que se transmite en este país de generación en generación.

Por su posición, Malta puede ser definida el corazón del Mediterráneo. Pero no sólo por su posición: el entramado de acontecimientos históricos y el encuentro de los pueblos hacen de estas islas, desde milenios, un centro de vitalidad y de cultura, de espiritualidad y de belleza, una encrucijada que ha sabido acoger y armonizar influjos provenientes de muchas partes. Esta diversidad de influencias hace pensar en la variedad de vientos que caracterizan al país. No es casual que en las antiguas representaciones cartográficas del Mediterráneo la rosa de los vientos se colocara a menudo cerca de la isla de Malta. Quisiera tomar prestada precisamente esa imagen de la rosa de los vientos, que posiciona las corrientes de aire en base a los cuatro puntos cardinales, para delinear cuatro influencias esenciales para la vida social y política de este país.

Los vientos que prevalentemente soplan en las islas malteses son del noroeste. El norte evoca Europa, en particular la casa de la Unión Europea, edificada para que allí viva una gran familia unida en la salvaguardia de la paz. Unidad y paz son los dones que el pueblo maltés pide a Dios cada vez que entona el himno nacional. La oración escrita por Dun Karm Psaila, en efecto, dice: «Concede, Dios omnipotente, sabiduría y misericordia a los que gobiernan, salud a los que trabajan, y asegura al pueblo maltés la unidad y la paz». La paz sigue a la unidad y brota de ella. Esto recuerda la importancia de trabajar juntos, de anteponer la cohesión a toda división, de afianzar las raíces y los valores compartidos que han forjado la singularidad de la sociedad maltesa.

Pero para garantizar una buena convivencia social, no basta con consolidar el sentido de pertenencia, sino que hay que reforzar los fundamentos de la vida común, que se basa en el derecho y la legalidad. La honestidad, la justicia, el sentido del deber y la transparencia son pilares esenciales de una sociedad civilmente desarrollada. Que el compromiso para extirpar la ilegalidad y la corrupción sea, por tanto, fuerte como el viento que, soplando desde el norte, barre las costas del país. Y que se cultiven siempre la legalidad y la transparencia, que permiten erradicar la delincuencia y la criminalidad, unidas por el hecho de que no actúan a la luz del sol.

La casa europea, que se compromete a promover los valores de la justicia y de la equidad social, también está en primera línea para salvaguardar la casa más amplia, la de la creación. El ambiente en el que vivimos es un regalo del cielo, como lo reconoce el himno nacional, pidiéndole a Dios que mire la belleza de esta tierra, madre adornada con la más alta luz. Es cierto, en Malta, donde la luminosidad del paisaje alivia las dificultades, la creación se muestra como el don que, en medio de las pruebas de la historia y de la vida, recuerda la belleza de habitar la tierra. Por eso, hay que protegerla de la avidez voraz, de la codicia del dinero y de la especulación edilicia, que no sólo afectan el paisaje, sino el futuro. En cambio, el cuidado del ambiente y la justicia social preparan el porvenir, y son excelentes caminos para que los jóvenes se apasionen por la buena política, sustrayéndolos a las tentaciones del desinterés y de la falta de compromiso.

El viento del norte a menudo se mezcla con el que sopla del oeste. Este país europeo, particularmente en su juventud, comparte, en efecto, los estilos de vida y de pensamiento occidentales. De esto proceden grandes bienes —pienso, por ejemplo, en los valores de la libertad y de la democracia—, pero también riesgos que es necesario vigilar, para que el afán de progreso no lleve a apartarse de las raíces. Malta es un maravilloso “laboratorio de desarrollo orgánico”, donde progresar no significa cortar las raíces con el pasado en nombre de una falsa prosperidad dictada por las ganancias y las necesidades creadas por el consumismo, así como por el derecho de tener cualquier derecho. Para un desarrollo sano es importante conservar la memoria y tejer respetuosamente la armonía entre las generaciones, sin dejarse absorber por homologaciones artificiales y colonizaciones ideológicas, que frecuentemente se suscitan, por ejemplo, en el campo de la vida, del inicio de la vida. Son colonizaciones ideológicas que van contra el derecho a la vida desde el momento de la concepción.

En el fundamento de un crecimiento sólido está la persona humana, el respeto a la vida y a la dignidad de todo hombre y de toda mujer. Conozco el compromiso de los malteses por abrazar y proteger la vida. Ya en los Hechos de los Apóstoles ustedes se distinguían por salvar a mucha gente. Los animo a seguir defendiendo la vida desde el inicio hasta su fin natural, pero también a protegerla en todo momento del descarte y del abandono. Pienso especialmente en la dignidad de los trabajadores, de los ancianos y de los enfermos. Y en los jóvenes, que corren el peligro de desperdiciar el bien inmenso que son, persiguiendo espejismos que dejan tanto vacío interior. Es lo que provocan el consumismo exacerbado, la cerrazón ante las necesidades de los demás y la plaga de la droga, que sofoca la libertad creando dependencia. ¡Protejamos la belleza de la vida!

Continuando con la rosa de los vientos, miramos al sur. Desde allí llegan tantos hermanos y hermanas en busca de esperanza. Quisiera agradecer a las autoridades y a la población por la acogida que les ofrecen en nombre del Evangelio, de la humanidad y del sentido de hospitalidad típico de los malteses. Según la etimología fenicia, Malta significa “puerto seguro”. Sin embargo, ante la creciente afluencia de los últimos años, los temores y las inseguridades han provocado desánimo y frustración. Para afrontar de una manera adecuada la compleja cuestión migratoria es necesario situarla dentro de perspectivas más amplias de tiempo y de espacio. De tiempo: el fenómeno migratorio no es una circunstancia del momento, sino que marca nuestra época; lleva consigo las deudas de injusticias pasadas, de tanta explotación, de los cambios climáticos y de los desventurados conflictos cuyas consecuencias hay que pagar. Desde el sur, pobre y poblado, multitud de personas se trasladan hacia el norte más rico. Es un hecho que no se puede rechazar con cerrazones anacrónicas, porque en el aislamiento no habrá prosperidad ni integración. Asimismo, hay que considerar el espacio. La expansión de la emergencia migratoria —pensemos en los refugiados de la martirizada Ucrania actualmente— exige respuestas amplias y compartidas. No pueden cargar con todo el problema sólo algunos países, mientras otros permanecen indiferentes. Y países civilizados no pueden sancionar por interés propio acuerdos turbios con delincuentes que esclavizan a las personas. Desgraciadamente esto sucede. El Mediterráneo necesita la corresponsabilidad europea, para convertirse nuevamente en escenario de solidaridad y no ser la avanzada de un trágico naufragio de civilizaciones. El mare nostrum no puede convertirse en el mayor cementerio de Europa.

Y a propósito de naufragio, pienso en san Pablo, que en el curso de su última travesía en el Mediterráneo llegó a estas costas de manera inesperada y fue socorrido. Después, mordido por una víbora, pensaron que era un asesino; pero luego, al ver que no le pasó nada malo, fue en cambio considerado un dios (cf. Hch 28,3-6). Entre las exageraciones de los dos extremos se escapaba la evidencia principal: Pablo era un hombre, necesitado de acogida. La humanidad está ante todo y recompensa en todo. Lo enseña este país, cuya historia se ha visto beneficiada por la llegada forzosa del apóstol náufrago. En nombre del Evangelio que él vivió y predicó, ensanchemos el corazón y descubramos la belleza de servir a los necesitados. Sigamos por este camino. Hoy, mientras prevalece el miedo y “la narrativa de la invasión”, y el objetivo principal parece ser la tutela de la propia seguridad a cualquier costo, ayudémonos a no ver al migrante como una amenaza y a no ceder a la tentación de alzar puentes levadizos y de erigir muros. El otro no es un virus del que hay que defenderse, sino una persona que hay que acoger, y «el ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 88). ¡No dejemos que la indiferencia desvanezca el sueño de vivir juntos! Ciertamente, acoger supone esfuerzo y exige renuncias. También le ocurrió a san Pablo: para ponerse a salvo primero tuvo que sacrificar los bienes de la nave (cf. Hch 27,38). Pero son santas las renuncias que se hacen por un bien más grande, por la vida del hombre, que es el tesoro de Dios.

Por último, está el viento proveniente del este, que a menudo sopla al amanecer. Homero lo llamaba “Euro” (cf. La Odisea, Canto V). Pero, precisamente del este de Europa, del Oriente, donde surge antes la luz, han llegado las tinieblas de la guerra. Pensábamos que las invasiones de otros países, los brutales combates en las calles y las amenazas atómicas fueran oscuros recuerdos de un pasado lejano. Pero el viento gélido de la guerra, que sólo trae muerte, destrucción y odio, se ha abatido con prepotencia sobre la vida de muchos y los días de todos. Y mientras una vez más algún poderoso, tristemente encerrado en las anacrónicas pretensiones de intereses nacionalistas, provoca y fomenta conflictos, la gente común advierte la necesidad de construir un futuro que, o será juntos, o no será. Ahora, en la noche de la guerra que ha caído sobre la humanidad —por favor— no hagamos que desaparezca el sueño de la paz.

Malta, que resplandece con luz propia en el corazón del Mediterráneo, puede inspirarnos, porque es urgente devolver la belleza al rostro del hombre, desfigurado por la guerra. Hay una hermosa estatua mediterránea datada siglos antes de Cristo que representa a la paz, Irene, como una mujer que tiene en brazos a Pluto, la riqueza. Nos recuerda que la paz produce bienestar y la guerra solamente pobreza, y nos hace pensar el hecho de que en la estatua la paz y la riqueza se representen como una mamá que tiene en brazos un bebé. La ternura de las madres, que dan la vida al mundo, y la presencia de las mujeres son la verdadera alternativa a la lógica perversa del poder, que conduce a la guerra. Necesitamos compasión y cuidados, no visiones ideológicas y populismos que se alimentan de palabras de odio y no se preocupan de la vida concreta del pueblo, de la gente común.

Hace más de sesenta años, en un mundo amenazado por la destrucción, donde las leyes eran dictadas por las contraposiciones ideológicas y la férrea lógica de las coaliciones, desde la cuenca mediterránea se elevó una voz contracorriente, que a la exaltación de la propia parte opuso un impulso profético en nombre de la fraternidad universal. Era la voz de Giorgio La Pira, que dijo: «La coyuntura histórica que vivimos, el choque de intereses e ideologías que sacuden a la humanidad, presa de un increíble infantilismo, restituyen al Mediterráneo una responsabilidad capital: definir nuevamente las normas de una Medida donde el hombre, abandonado al delirio y a la desmesura, pueda reconocerse» (Intervención en el Congreso Mediterráneo de la Cultura, 19 febrero 1960). Son palabras actuales; podemos repetirlas porque tienen una gran actualidad. Cuánto necesitamos una “medida humana” frente a la agresividad infantil y destructiva que nos amenaza, frente al riesgo de una “guerra fría ampliada” que puede sofocar la vida de pueblos y generaciones enteros. Ese “infantilismo”, lamentablemente, no ha desaparecido. Vuelve a aparecer prepotentemente en las seducciones de la autocracia, en los nuevos imperialismos, en la agresividad generalizada, en la incapacidad de tender puentes y de comenzar por los más pobres. Hoy es muy difícil pensar con la lógica de la paz. Nos hemos habituado a pensar con la lógica de la guerra. Es aquí donde comienza a soplar el viento gélido de la guerra, que también esta vez ha sido alimentado a lo largo de los años. Sí, la guerra se fue preparando desde hace mucho tiempo, con grandes inversiones y comercio de armas. Y es triste ver cómo el entusiasmo por la paz, que surgió después de la segunda guerra mundial, se haya debilitado en los últimos decenios, así como el camino de la comunidad internacional, con pocos poderosos que siguen adelante por cuenta propia, buscando espacios y zonas de influencia. Y, de este modo, no sólo la paz, sino tantas grandes cuestiones, como la lucha contra el hambre y las desigualdades han sido de hecho canceladas de las principales agendas políticas.

Pero la solución a las crisis de cada uno es hacerse cargo de las de todos, porque los problemas globales requieren soluciones globales. Ayudémonos a escuchar la sed de paz de la gente, trabajemos para poner las bases de un diálogo cada vez más amplio, volvamos a reunirnos en conferencias internacionales por la paz, donde el tema central sea el desarme, con la mirada dirigida a las generaciones que vendrán. Y que los cuantiosos recursos que siguen siendo destinados a los armamentos se empleen en el desarrollo, la salud y la alimentación.

En fin, mirando todavía hacia el este, quisiera dirigir un pensamiento al vecino Oriente Medio, que se refleja en la lengua de este país, que se armoniza con otras, como recordando la capacidad de los malteses de generar convivencias benéficas, en una suerte de coexistencia de las diferencias. Esto es lo que necesita Oriente Medio: el Líbano, Siria, Yemen y otros contextos destrozados por los problemas y la violencia. Que Malta, corazón del Mediterráneo, siga haciendo palpitar el latido de la esperanza, el cuidado de la vida, la acogida del otro, el anhelo de paz, con la ayuda de Dios, cuyo nombre es paz.

¡Que Dios bendiga a Malta y a Gozo!

Encuentro de oración en el Santuario Nacional de "Ta' Pinu", Gozo

Junto a la cruz de Jesús están María y Juan. La Madre que ha dado a luz al Hijo de Dios está afligida por su muerte, mientras las tinieblas cubren el mundo. El discípulo amado, que había dejado todo para seguirlo, ahora está inmóvil a los pies del Maestro crucificado. Parece que todo está perdido, que todo acabó para siempre. Y Jesús, mientras carga sobre sí las llagas de la humanidad, reza: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Mc 15,34). Esta es también nuestra oración en los momentos de la vida marcados por el sufrimiento; es la oración que cada día sube a Dios desde vuestro corazón, Sandi y Domenico. ¡Gracias por la perseverancia de vuestro amor, gracias por vuestro testimonio de fe!

Sin embargo, la hora de Jesús —que en el Evangelio de Juan es la hora de la muerte en la cruz— no representa la conclusión de la historia, sino que señala el comienzo de una vida nueva. Junto a la cruz, en efecto, contemplamos el amor misericordioso de Cristo, que extiende hacia nosotros sus brazos abiertos de par en par y, a través de su muerte, nos abre a la alegría de la vida eterna. En la hora del final se desvela una vida que comienza; en esa hora de la muerte comienza otra hora llena de vida: es el tiempo de la Iglesia que nace. De esa célula originaria el Señor reunirá un pueblo, que seguirá recorriendo los arduos caminos de la historia, llevando en el corazón el consuelo del Espíritu, para enjugar las lágrimas de la humanidad.

Hermanos y hermanas, desde este Santuario de Ta’ Pinu podemos meditar juntos sobre el nuevo inicio que brota de la hora de Jesús. También en este lugar, antes del espléndido edificio que vemos hoy, había sólo una pequeña capilla en estado de abandono. Se había dispuesto que fuera demolida; parecía el final. Pero una serie de acontecimientos cambiaron el curso de la historia, como si el Señor quisiera decir a este pueblo: «Ya no te llamarán “Abandonada”, ni a tu tierra, “Devastada”; a ti te llamarán “Mi delicia está en ella”, y a tu tierra, “Desposada”» (Is 62,4). Esa capillita se convirtió en el Santuario nacional, meta de peregrinos y fuente de vida nueva. Nos lo has recordado tú, Jennifer; aquí muchos confían a la Virgen sus sufrimientos y sus alegrías, y todos se sienten acogidos. Aquí también llegó como peregrino san Juan Pablo II, del que hoy recordamos el aniversario de su muerte. Un lugar que parecía perdido, ahora renueva, en el Pueblo de Dios, la fe y la esperanza.

Teniendo en cuenta esto, intentemos comprender también la invitación de la hora de Jesús, de esa hora de la salvación, para nosotros. Nos dice que, para renovar nuestra fe y la misión de la comunidad, estamos llamados a volver a ese inicio, a la Iglesia naciente que vemos en María y Juan al pie de la cruz. ¿Pero qué significa volver a ese comienzo? ¿Qué significa volver a los orígenes?

En primer lugar, se trata de redescubrir lo esencial de la fe. Volver a la Iglesia de los orígenes no significa mirar hacia atrás para copiar el modelo eclesial de la primera comunidad cristiana. No podemos “omitir la historia”, como si el Señor no hubiera hablado y obrado grandes cosas también en la vida de la Iglesia de los siglos sucesivos. Tampoco significa ser demasiado idealistas, imaginando que en esa comunidad no hayan existido dificultades; al contrario, leemos que los discípulos discutían, que llegaron incluso a pelearse entre ellos, y que no siempre comprendían las enseñanzas del Señor. Volver a los orígenes significa más bien recuperar el espíritu de la primera comunidad cristiana, es decir, volver al corazón y redescubrir el centro de la fe: la relación con Jesús y el anuncio de su Evangelio al mundo entero. ¡Y esto es lo esencial! Esta es la alegría de la Iglesia: evangelizar.

Vemos, en efecto, que los primeros discípulos, como María Magdalena y Juan, después de la hora de la muerte de Jesús, viendo la tumba vacía corrieron con el corazón estremecido, sin perder tiempo, para ir a anunciar la buena noticia de la Resurrección. El llanto de dolor junto a la cruz se transforma en la alegría del anuncio. Y pienso también en los apóstoles, de los que se escribió que «todos los días, en el Templo y en las casas, no cesaban de enseñar y anunciar la Buena Noticia de Cristo Jesús» (Hch 5,42). La principal preocupación de los discípulos de Jesús no era el prestigio de la comunidad y de sus ministros, no era la influencia social, no era el refinamiento del culto. No. La inquietud que los movía era el anuncio y el testimonio del Evangelio de Cristo (cf. Rm 1,1), porque la alegría de la Iglesia es evangelizar.

Hermanos y hermanas, la Iglesia maltesa cuenta con una historia inestimable que ofrece numerosas riquezas espirituales y pastorales. Sin embargo, la vida de la Iglesia —recordémoslo siempre— no es solamente “una historia pasada que hay que recordar”, sino “un gran futuro que hay que construir”, dóciles a los proyectos de Dios. No nos puede bastar una fe hecha de costumbres transmitidas, de celebraciones solemnes, de hermosas reuniones populares y de momentos fuertes y emocionantes; necesitamos una fe que se funda y se renueva en el encuentro personal con Cristo, en la escucha cotidiana de su Palabra, en la participación activa en la vida de la Iglesia, en el espíritu de la piedad popular.

La crisis de la fe, la apatía de la práctica creyente sobre todo en la pospandemia y la indiferencia de tantos jóvenes respecto a la presencia de Dios no son cuestiones que debemos “endulzar”, pensando que al fin y al cabo un cierto espíritu religioso todavía resiste, no. A veces, en efecto, el andamiaje puede ser religioso, pero detrás de ese revestimiento la fe envejece. De hecho, el elegante guardarropa de los hábitos religiosos no siempre corresponde a una fe entusiasta animada por el dinamismo de la evangelización. Es necesario vigilar para que las prácticas religiosas no se reduzcan a la repetición de un repertorio del pasado, sino que expresen una fe viva, abierta, que difunda la alegría del Evangelio, porque la alegría de la Iglesia es evangelizar.

Sé que a través del Sínodo habéis iniciado un proceso de renovación, os doy las gracias por este camino. Hermanos, hermanas, esta es la hora para volver a ese comienzo, al pie de la cruz, mirando a la primera comunidad cristiana. Para ser una Iglesia a la que le importa la amistad con Jesús y el anuncio de su Evangelio, no la búsqueda de espacios y atenciones; una Iglesia que pone en el centro el testimonio, y no ciertas prácticas religiosas; una Iglesia que desea ir al encuentro de todos con la lámpara encendida del Evangelio y no ser un círculo cerrado. No tengáis miedo de recorrer, como ya estáis haciendo, itinerarios nuevos, quizá incluso arriesgados, de evangelización y de anuncio, que transforman la vida, porque la alegría de la Iglesia es evangelizar.

Sigamos contemplando los orígenes, a María y Juan al pie de la cruz. En los inicios de la Iglesia está su gesto de acogerse mutuamente. El Señor, en efecto, confió a cada uno al cuidado del otro: Juan a María y María a Juan, de modo que «desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,27). Volver al inicio también significa desarrollar el arte de la acogida. Entre las últimas palabras que Jesús pronunció desde la cruz, las dirigidas a su Madre y a Juan exhortan a hacer de la acogida el estilo permanente del discipulado. No se trató, en efecto, de un simple gesto de piedad, por medio del cual Jesús confió su mamá a Juan para que no se quedara sola después de su muerte, sino de una indicación concreta sobre el modo de vivir el mandamiento más alto, el del amor. El culto a Dios pasa por la cercanía al hermano.

¡Y qué importante es en la Iglesia el amor entre los hermanos y la acogida del prójimo! El Señor nos lo recuerda en la hora de la cruz, en la acogida recíproca de María y Juan, exhortando a la comunidad cristiana de cada tiempo a no perder de vista esta prioridad: «Ahí tienes a tu hijo», «ahí tienes a tu madre» (vv. 26.27). Es como decir: han sido salvados por la misma sangre, son una única familia, por tanto, acójanse mutuamente, ámense unos a otros, cúrense las heridas recíprocamente. Sin sospechas, sin divisiones, sin habladurías, rumores o recelos. Hermanos y hermanas, hagan “sínodo”, es decir, “caminen juntos”. Porque Dios está presente donde reina el amor.

Queridos amigos, la acogida recíproca, no por mera formalidad sino en el nombre de Cristo, es un desafío permanente. Lo es sobre todo para nuestras relaciones eclesiales, porque nuestra misión da fruto si trabajamos en la amistad y la comunión fraterna. Malta y Gozo: sois dos hermosas comunidades, Gozo y Malta —no sé cuál es la más importante o cuál va antes—, precisamente como dos eran María y Juan. Que las palabras de Jesús en la cruz sean entonces vuestra estrella polar, para acogerse mutuamente, crear familiaridad y trabajar en comunión. Y siempre avanzando en la evangelización, porque la alegría de la Iglesia es evangelizar.

Pero la acogida también es la prueba de fuego para verificar cuán efectivamente la Iglesia está impregnada del espíritu del Evangelio. María y Juan se acogen no en el cálido refugio del cenáculo, sino al pie a la cruz, en aquel lugar oscuro donde eran condenados y crucificados como malhechores. Y también nosotros, no podemos acogernos sólo entre nosotros, a la sombra de nuestras hermosas iglesias, mientras fuera tantos hermanos y hermanas sufren y son crucificados por el dolor, la miseria, la pobreza, la violencia. Ustedes se encuentran en una posición geográfica crucial, frente al Mediterráneo como polo de atracción y puerto de salvación para tantas personas sacudidas por las tormentas de la vida que, por diversos motivos, llegan a vuestras costas. En el rostro de estos pobres es Cristo mismo el que se presenta a ustedes. Esta ha sido la experiencia del apóstol Pablo que, después de un terrible naufragio, fue acogido calurosamente por vuestros antepasados. Los Hechos de los Apóstoles afirman: «Como llovía intensamente y hacía mucho frío, [los nativos] encendieron una hoguera y nos recibieron a todos» (Hch 28,2).

Este es el Evangelio que estamos llamados a vivir: acoger, ser expertos en humanidad y encender hogueras de ternura cuando el frío de la vida se cierne sobre aquellos que sufren. Y también en este caso, de una experiencia dramática nació algo importante, porque Pablo anunció y difundió el Evangelio y, a continuación, muchos anunciadores, predicadores, sacerdotes y misioneros siguieron sus huellas, impulsados por el Espíritu Santo, por evangelizar, por hacer patente la alegría de la Iglesia que es evangelizar. Quisiera agradecerles especialmente a ellos, a estos evangelizadores, a los numerosos misioneros malteses que difunden la alegría del Evangelio en el mundo entero, a tantos sacerdotes, religiosas y religiosos, y a todos ustedes. Como ha dicho vuestro obispo, Mons. Teuma, sois una isla pequeña, pero de corazón grande. Sois un tesoro en la Iglesia y para la Iglesia. Lo digo otra vez: son un tesoro en la Iglesia y para la Iglesia. Para cuidarlo, es necesario volver a la esencia del cristianismo: al amor de Dios, motor de nuestra alegría, que nos hace salir y recorrer los caminos del mundo; y a la acogida del prójimo, que es nuestro testimonio más sencillo y hermoso en la tierra, y así seguir avanzando, recorriendo los caminos del mundo, porque la alegría de la Iglesia es evangelizar.

Que el Señor los acompañe en esta senda y la Virgen Santa los guíe. Que Ella, que pidió que recemos tres “Ave María” para acordarnos de su corazón materno, reavive en nosotros sus hijos el fuego de la misión y el deseo de cuidarnos unos a otros. ¡Que la Virgen los cuide y los acompañe en la evangelización!

Domingo, 3 de abril de 2022

Visita a la Gruta de San Pablo en la Basilíca de San Pablo de Rabat

Dios de misericordia,
en tu admirable providencia
quisiste que el apóstol Pablo
anunciase tu amor a los habitantes de Malta,
que todavía no te conocían.
Él les proclamó tu palabra
y curó sus enfermedades.

Salvados del naufragio,
san Pablo y sus compañeros de viaje
encontraron aquí para acogerlos
gente pagana de buen corazón,
que los trató con una cordialidad
fuera de lo común,
dándose cuenta de que necesitaban
refugio, seguridad y asistencia.

Ninguno conocía sus nombres,
su procedencia o condición social;
sólo sabían una cosa:
que necesitaban ayuda.

No era tiempo para las discusiones,
para los juicios, los análisis y los cálculos;
era el momento de prestar auxilio;
dejaron sus ocupaciones
y así lo hicieron.

Encendieron un gran fuego,
y los hicieron secarse y calentarse.
Los acogieron con corazón abierto
y, junto con Publio,
primero en el gobierno y en la misericordia,
encontraron alojamiento para ellos.

Padre bueno,
concédenos la gracia de un buen corazón
que palpite por amor a los hermanos.
Ayúdanos a reconocer desde lejos las necesidades
de cuantos luchan entre las olas del mar,
golpeados contra las rocas de una costa desconocida.
Haz que nuestra compasión
no se agote en palabras vanas,
sino que encienda la hoguera de la acogida,
que hace olvidar el mal tiempo,
da calor a los corazones y los une;
fuego de la casa construida sobre roca,
de la única familia de tus hijos,
hermanas y hermanos todos.
Tú los amas sin distinción
y quieres que sean uno
con tu Hijo, Jesucristo, nuestro Señor,
por el poder del fuego que enviaste del cielo,
tu Espíritu Santo,
que quema toda enemistad,
y en la noche ilumina el camino
hacia tu reino de amor y de paz.
℟. Amén.

Oración en la Basílica de San Pablo

Oh Dios, tu misericordia es infinita
e inagotable el tesoro de tu bondad,
acrecienta benigno la fe del pueblo a Ti consagrado,
para que todos comprendan con sabiduría
qué amor los ha creado,
qué Sangre los ha redimido,
qué Espíritu los ha regenerado.
Por Jesucristo nuestro Señor.
℟. Amén.

Santa Misa en la Plaza de los Graneros, Floriana

Jesús «al amanecer se presentó en el Templo y toda la gente se acercó a él» (Jn 8,2). Así empieza el episodio de la mujer adúltera. El escenario se muestra sereno: una mañana en el lugar santo, en el corazón de Jerusalén. El protagonista es el pueblo de Dios, que busca a Jesús, el Maestro, en el patio del templo. Desea escucharlo, porque lo que Él dice ilumina y reconforta. Su enseñanza no tiene nada de abstracto, toca la vida y la libera, la transforma y la renueva. Ese es el “olfato” del pueblo de Dios, que no se conforma con el templo hecho de piedras, sino que se reúne alrededor de la persona de Jesús. En esta página se vislumbra al pueblo de los creyentes de todos los tiempos, el pueblo santo de Dios, que aquí en Malta es numeroso y vivaz, fiel en la búsqueda del Señor, vinculado a una fe concreta, vivida. Les doy las gracias por esto.

Jesús, ante el pueblo que acudía a Él, no tenía prisa: «Se sentó —dice el Evangelio— y comenzó a enseñarles» (v. 2). Pero en la escuela de Jesús hay lugares vacíos. Hay algunos ausentes: son la mujer y sus acusadores. No se acercaron al Maestro como los demás, y las razones de su ausencia son diferentes: los escribas y los fariseos creen que ya lo saben todo, que no necesitan las enseñanzas de Jesús; la mujer, en cambio, es una persona extraviada, que terminó por mal camino, buscando la felicidad por senderos equivocados. Ausencias debidas, pues, a motivaciones diferentes, como diferente es el desenlace de sus historias. Reflexionemos sobre estos ausentes.

En primer lugar, fijémonos en los acusadores de la mujer. En ellos vemos la imagen de los que se jactan de ser justos, observantes de la ley de Dios, personas buenas y honestas. No tienen en cuenta sus propios defectos, pero están muy atentos a descubrir los de los demás. Así se presentan ante Jesús; no con el corazón abierto para escucharlo, sino «para ponerlo a prueba y poder acusarlo» (v. 6). Es una actitud que refleja la interioridad de estas personas cultas y religiosas, que conocen las Escrituras, asisten al templo, pero todo lo subordinan a sus propios intereses, y no combaten contra los pensamientos maliciosos que se agitan en sus corazones. A los ojos de la gente parecen expertos de Dios, pero, precisamente ellos, no reconocen a Jesús; más aún, lo ven como un enemigo que hay que quitar del medio. Para esto, le ponen delante a una persona, como si fuera una cosa, llamándola con desprecio «esta mujer» y denunciando su adulterio públicamente. Presionan para que la mujer sea lapidada, descargando en ella la aversión que ellos sienten por la compasión de Jesús. Y hacen todo esto amparados en su fama de hombres religiosos.

Hermanos y hermanas, estos personajes nos dicen que también en nuestra religiosidad pueden insinuarse la carcoma de la hipocresía y la mala costumbre de señalar con el dedo. En todo tiempo, en toda comunidad. Siempre se corre el peligro de malinterpretar a Jesús, de tener su nombre en los labios, pero desmentirlo con los hechos. Y esto también puede producirse elevando estandartes con la cruz. ¿Cómo verificar, entonces, si somos discípulos en la escuela del Maestro? Por nuestra mirada, por el modo en que miramos al prójimo y nos miramos a nosotros mismos. Este es el punto para definir nuestra pertenencia.

Por el modo en que miramos al prójimo: si lo hacemos como Jesús nos muestra hoy, es decir, con una mirada de misericordia; o de una manera que juzga, a veces incluso que desprecia, como los acusadores del Evangelio, que se erigen como paladines de Dios, pero no se dan cuenta de que pisotean a los hermanos. En realidad, el que cree que defiende la fe señalando con el dedo a los demás tendrá incluso una visión religiosa, pero no abraza el espíritu del Evangelio, porque olvida la misericordia, que es el corazón de Dios.

Para entender si somos verdaderos discípulos del Maestro, también es necesario examinar cómo nos miramos a nosotros mismos. Los acusadores de la mujer están convencidos de que no tienen nada que aprender. Ciertamente, su estructura exterior es perfecta, pero falta la verdad del corazón. Son el retrato de esos creyentes de todos los tiempos, que hacen de la fe un elemento de fachada, donde lo que se resalta es la exterioridad solemne, pero falta la pobreza interior, que es el tesoro más valioso del hombre. Para Jesús, en efecto, lo que cuenta es la apertura y disponibilidad del que no siente que haya alcanzado la meta, sino más bien que está necesitado de salvación. Entonces nos hace bien, cuando estamos rezando y también cuando participamos en hermosas ceremonias religiosas, preguntarnos si hemos sintonizado con el Señor. Podemos preguntárselo directamente a Él: “Jesús, estoy aquí contigo, pero Tú, ¿qué quieres de mí? ¿Qué quieres que cambie en mi corazón, en mi vida? ¿Cómo quieres que vea a los demás?”. Nos hará bien rezar así, porque el Maestro no se conforma con la apariencia, sino que busca la verdad del corazón. Y cuando le abrimos el corazón en la verdad, puede hacer grandes cosas en nosotros.

Lo vemos en la mujer adúltera. Su situación parece comprometida, pero ante sus ojos se abre un horizonte nuevo, antes impensable. Cubierta de insultos, lista para recibir palabras implacables y castigos severos, con asombro se ve absuelta por Dios, que le abre ante sí, de par en par, un futuro inesperado: «¿Nadie te ha condenado? —le dijo Jesús— Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar» (vv. 10.11). ¡Qué diferencia entre el Maestro y los acusadores! Estos habían citado la Escritura para condenar; Jesús, la Palabra de Dios en persona, rehabilita completamente a la mujer, devolviéndole la esperanza. De esta situación aprendemos que cualquier observación, si no está movida por la caridad y no contiene caridad, hunde ulteriormente a quien la recibe. Dios, en cambio, siempre deja abierta una posibilidad y sabe encontrar caminos de liberación y de salvación en cada circunstancia.

La vida de esa mujer cambió gracias al perdón. Se encontraron la Misericordia y la miseria. Misericordia y miseria estaban allí. Y la mujer cambió. Incluso se podría pensar que, perdonada por Jesús, aprendió a su vez a perdonar. Quizá haya visto en sus acusadores ya no personas rígidas y malvadas, sino personas que le permitieron encontrar a Jesús. El Señor desea que también nosotros sus discípulos, nosotros como Iglesia, perdonados por Él, nos convirtamos en testigos incansables de la reconciliación, testigos de un Dios para el que no existe la palabra “irrecuperable”; de un Dios que siempre perdona, siempre. Dios siempre perdona. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Un Dios que sigue creyendo en nosotros y nos brinda a cada momento la posibilidad de volver a empezar. No hay pecado o fracaso que al presentarlo a Él no pueda convertirse en ocasión para iniciar una vida nueva, diferente, en el signo de la misericordia. No hay pecado que no pueda ir por este camino. Dios perdona todo. Todo.

Este es el Señor Jesús. Lo conocen verdaderamente quienes experimentan su perdón. Quienes, como la mujer del Evangelio, descubren que Dios nos visita valiéndose de nuestras llagas interiores. Es precisamente allí donde al Señor le gusta hacerse presente, porque no ha venido para los sanos sino para los enfermos (cf. Mt 9,12). Y hoy es esta mujer —que ha conocido la misericordia en su miseria y que regresa al mundo sanada por el perdón de Jesús— la que nos sugiere, como Iglesia, que volvamos a empezar en la escuela del Evangelio, en la escuela del Dios de la esperanza que siempre sorprende. Si lo imitamos, no nos enfocaremos en denunciar los pecados, sino en salir en busca de los pecadores con amor. No nos fijaremos en quienes están, sino que iremos a buscar a los que faltan. No volveremos a señalar con el dedo, sino que empezaremos a ponernos a la escucha. No descartaremos a los despreciados, sino que miraremos como primeros aquellos que son considerados últimos. Esto, hermanos y hermanas, nos enseña hoy Jesús con su ejemplo. Dejémonos asombrar por Él y acojamos su novedad con alegría.

Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Agradezco las palabras que Mons. Scicluna me ha dirigido en nombre de todos ustedes. Pero soy yo el que les digo a ustedes: ¡Gracias!

Quisiera expresar mi gratitud al señor Presidente de la República y a las autoridades, a mis hermanos obispos, a ustedes, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, y a todos los ciudadanos y fieles de Malta y de Gozo por la acogida y el afecto recibidos. Esta tarde, después de haberme encontrado con varios hermanos y hermanas migrantes, será ya hora de volver a Roma, pero llevaré conmigo muchos momentos y palabras de estos días. Tantos gestos. Sobre todo, guardaré en el corazón numerosos rostros, y el rostro luminoso de Malta. También agradezco a quienes han trabajado para esta visita y quisiera saludar cordialmente a los hermanos y hermanas de diversas confesiones cristianas y religiones que encontré durante estos días. A todos les pido que recen por mí; yo lo haré por ustedes. ¡Rezamos unos por otros!

En estas islas se respira el sentido del Pueblo de Dios. Sigan adelante así, recordando que la fe crece en la alegría y se fortalece en la entrega. Continúen la cadena de santidad que ha llevado a tantos malteses a darse con entusiasmo a Dios y a los demás. Pienso en Dun Ġorġ Preca, que fue canonizado hace quince años. Y, por último, quisiera dirigir unas palabras a los jóvenes, que son vuestro futuro. Queridos amigos jóvenes, comparto con ustedes lo más hermoso de la vida. ¿Saben qué es? Es la alegría de desgastarse en el amor, que nos hace libres. Pero esta alegría tiene un nombre: Jesús. Les deseo la belleza de enamorarse de Jesús, que es Dios de la misericordia —lo hemos escuchado hoy en el Evangelio—, que cree en ustedes, sueña con ustedes, ama sus vidas y no los defraudará jamás. Y para avanzar siempre con Jesús también con la familia, con el pueblo de Dios, no se olviden de las raíces. Hablar con los mayores, hablar con los abuelos, hablar con los ancianos.

Que el Señor los acompañe y que la Virgen los proteja. Le pedimos ahora por la paz, pensando en la tragedia humanitaria de la martirizada Ucrania, todavía bajo los bombardeos de esta guerra sacrílega. No nos cansemos de rezar y de ayudar a los que sufren. ¡Que la paz esté con ustedes!

Oración al final el encuentro con los migrantes en el Centro para Migrantes “Giovanni XXIII Peace Lab” de Hal Far

Señor Dios, creador del universo,
fuente de libertad y de paz,
de amor y de fraternidad,
Tú nos has creado a tu imagen
y has infundido en todos nosotros tu soplo vital,
para hacernos partícipes de tu ser en comunión.
Aun cuando hemos quebrantado tu alianza
Tú no nos has abandonado en poder de la muerte
sino que en tu infinita misericordia
siempre nos has llamado a volver a Ti
y a vivir como tus hijos.
Infunde en nosotros tu Santo Espíritu
y danos un corazón nuevo,
capaz de escuchar el grito, a menudo silencioso,
de nuestros hermanos y hermanas que han perdido
el calor del hogar y de la patria.
Haz que podamos infundirles esperanza
con miradas y gestos de humanidad.
Haz de nosotros instrumentos de paz
y de amor fraterno concreto.
Líbranos de los miedos y de los prejuicios,
para hacer nuestros sus sufrimientos
y luchar juntos contra la injusticia;
para que crezca un mundo en el que cada persona
sea respetada en su inviolable dignidad,
esa que Tú, oh Padre, has puesto en nosotros
y tu Hijo ha consagrado para siempre.
Amén.

 

La luz de la fe (XVI): ¿Entre Dios y yo? Liturgia y sacramentos

La centralidad de Jesucristo en nuestra vida adquiere su sentido más pleno y real en la celebración litúrgica, cuando Dios se deja "rozar" por nosotros y nos trae el hoy de su salvación.

16/11/2019​

Los cristianos creemos y anunciamos a Jesucristo, el Hijo de Dios que ha muerto y resucitado por todos y por cada uno de nosotros, insertándose en los aconteceres del linaje humano para hacer de ellos una historia de salvación. No podemos llegar a Dios Padre si no somos hechos hermanos de Cristo por el agua y el Espíritu, si no seguimos –de corazón– sus gestos y palabras.

Sintiendo hondamente esta realidad, Pablo VI, en el viaje más largo de su pontificado, pronunciaba ante una multitud reunida en Manila palabras que conmueven porque son un elogio encendido a Cristo que brotaba de su corazón: «Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; Él es nuestro pastor, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos. ¡Jesucristo! Recordadlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su Nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos».[1]

Que el núcleo del cristianismo sea la persona viva de Jesús, el Crucificado-Resucitado, nos invita a poner la lógica de nuestra identidad y de nuestra vida en conexión con Cristo que muere y resucita, y percibir que toda nuestra existencia lleva, día a día, una impronta pascual. Para entender esta profunda afirmación se requiere prestar una especial atención a la persona de Cristo en su íntima relación con el misterio litúrgico.

“Rozar” a Cristo en la liturgia

San Josemaría recordaba, en cierta ocasión, que «un obispo muy santo, en una de sus incesantes visitas a las catequesis de su diócesis, preguntaba a los niños por qué, para querer a Jesucristo, hay que recibirlo a menudo en la Comunión. Nadie acertaba a responder. Al fin, un gitanillo tiznado y lleno de mugre, contestó: “¡porque para quererlo, hay que rozarlo!”»[2]. Ese niño puso de relieve, sin proponérselo, una cuestión central: el roce de Cristo, o sea, dónde, cuándo y cómo el cristiano puede tener su personal experiencia del Resucitado. Porque para vivir como hijos en el Hijo, además de saber conceptualmente quién es Jesús, se precisa “rozarlo” es decir, que exista la posibilidad de tratarle de un modo real. Pero, ¿es esto viable? ¿con cuánto realismo?

LA LITURGIA ES EL LUGAR PRIVILEGIADO PARA VIVIR "LA EXPERIENCIA DE CRISTO", PARA CONOCERLE Y TRATARLE

“Experiencia” significa, aquí, conocer y sentir a Cristo vivo. Pues bien, en la Iglesia, tratar de esta experiencia equivale a hablar principalmente de la santa liturgia, como lugar privilegiado donde vivir esa pasión de lo divino, algo que para los cristianos no es opcional ni irrelevante, pues ser contemplativos en medio del mundo requiere crecer al calor de la Palabra de Dios y de la liturgia.

Experimentar el “hoy” de la salvación

Entonces, ¿es posible “rozar” hoy a Cristo tras su ascensión al cielo? Para dar respuesta a esta cuestión, ayuda contemplar un pasaje del libro del Éxodo donde se describe el deseo de Moisés por tener una experiencia más íntima de Dios: «Moisés exclamó: muéstrame tu gloria. Y el Señor respondió: Yo haré pasar todo mi esplendor ante ti (…), pero no podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo». Siendo Dios infinito, resulta imposible para el hombre abarcar su excelsitud; no obstante, el Señor añade: «cuando pase mi gloria, te colocaré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Luego retiraré mi mano y tú podrás ver mi espalda» (Ex 33,1-3). Participar en las acciones sagradas de la Iglesia podría compararse con esa hendidura desde la cual contemplar las sagradas especies, que –sin ser la espalda de Dios– son el sacramento de su verdadero Cuerpo y de su verdadera Sangre.

Otro texto que recoge una experiencia significativa es el pasaje de la hemorroisa. Aquella mujer toca con fe la orla del manto de Cristo y la fuerza del Señor la cura de su prolongada enfermedad. Llama la atención que la lámina que el Catecismo de la Iglesia Católica escoge para iniciar la exposición sobre la liturgia y los sacramentos sea la más antigua representación del pasaje de la hemorroísa en las catacumbas de san Marcelino y san Pedro. ¿Por qué motivo se elige esta imagen? La razón estriba en que los sacramentos de la Iglesia continúan ahora la obra de salvación que Cristo realizó durante su vida terrena. Los sacramentos son como fuerzas que salen del Cuerpo de Cristo para darnos la vida nueva de Cristo[3]. Lo enseñaba san Ambrosio con términos muy vivos y realistas: «oh Cristo, a quien encuentro vivo en tus sacramentos»[4]. Los términos claves de esta frase son “vivo” y “sacramentos”. Lo primero se refiere a la comparecencia del Resucitado, a su presencia real; lo segundo alude a las celebraciones litúrgicas. Y Ambrosio enlaza ambas realidades con el verbo encontrar. En las celebraciones se da el encuentro entre Cristo y la Iglesia. Por eso, es posible experimentar, aquí y ahora, el mismo poder divino del Hijo de Dios, que, trascendiendo la distancia geográfica y temporal, salva al hombre por entero, cuando la Iglesia celebra la liturgia de cada uno de los sacramentos.

EN LA LITURGIA SE PRODUCE EL ENCUENTRO ENTRE CRISTO Y LA IGLESIA, SU ESPOSA

Y en los sacramentos lo que vemos materialmente es agua, pan, vino, aceite, la luz, la cruz...; observamos unos gestos y escuchamos unas palabras. Son gestos y palabras que Jesús, al tomar nuestra naturaleza ­-al encarnarse-­, los asumió para hacerse presente a través de ellos con el fin de seguir curando, perdonando o enseñando[5]. Es una lógica que cuesta entender, como le costaba a Felipe y por eso el Señor tiene que ayudarle a comprenderlo con una cariñosa reprensión: «Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9). Y esto no es algo que Cristo decida, sino algo que Cristo es. Que Él sea el gran Sacramento no proviene de su voluntad, sino de su ser, de su ontología. Derivadamente, la Iglesia es sacramento de Cristo y los sacramentos son sacramentos de la Iglesia. Se ha dicho pedagógicamente –con las limitaciones de un ejemplo– que, cuando se trata de alcanzar un objeto, la cabeza (Cristo) envía una orden al brazo (la Iglesia) para que los dedos (los sacramentos) lo tomen. Son los sacramentos, el organismo sacramental de la Iglesia.

Un contacto sacramental

La segunda pregunta planteaba qué tipo de contacto es el que se establece entre Cristo y nosotros. En la fe de la Iglesia, este contacto se llama mistérico o sacramental, lo cual quiere decir que acontece mediante un régimen de signos y símbolos.

La comunicación del misterio de Cristo a nosotros se realiza a través de mediaciones simbólicas, que son los ritos del culto cristiano: la celebración del bautismo, de la Eucaristía, del matrimonio... Todo tiene un significado en el universo simbólico de la liturgia, toda ella manifiesta la fe. Los sacramentos se llaman sacramentos de la fe.

La liturgia es una membrana sutil que pone en relación el misterio de Dios y el misterio del hombre. Esta membrana es una membrana de símbolos. El espacio de una catedral, ermita u oratorio; el tiempo de la aurora o del ocaso, de Navidad o de Cuaresma; los textos de la Biblia y las oraciones del Misal; los gestos de adorar de rodillas o de recibir la ceniza; la comunidad reunida en torno al altar; los cantos y aclamaciones, luces y colores, aromas y sabores..., todos estos –y aún otros más– son los símbolos cristianos en cuya celebración reverbera la insondable trascendencia de Dios, el poder de su amor salvífico. Estos símbolos son como fisuras a través de las cuales el Eterno ilumina nuestra cotidianidad hasta hacernos hombres y mujeres dignos de «servirle en su presencia»[6]. Por medio de ellos, Dios permite que pregustemos la liturgia de la Jerusalén del cielo. Participar definitivamente en ella será un día la consumación definitiva de nuestra vocación bautismal.

La connaturalidad con los símbolos de la liturgia es patrimonio de los cristianos. Al igual que una madre no mima a su hijo mediante el uso exclusivo de palabras, sino por medio de una rica gama de códigos maternos de comunicación, así también la celebración litúrgica invita al cristiano a participar en la acción sagrada con todas las posibilidades de su sensibilidad, con el alma y con el cuerpo, con todos sus sentidos: aclama la Palabra de Dios, venera al santísimo Sacramento, canta los himnos con los cuales los Ángeles alaban a Dios, ofrece incienso, gusta del pan y del vino consagrados, guarda silencio... De este modo, los signos del misterio de Cristo nos llevan como de la mano al misterio de Cristo y entonces todo el peso de verdad, que tiene ese misterio, lo percibimos en la envolvente de los ritos que lo celebran.

Y, además de la connaturalidad, el aprecio. Estimamos los humildes velos tras los cuales el Resucitado manifiesta y oculta su presencia. En este sentido, era san Agustín quien confesaba: «pero yo no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios, ni sabía de qué cosa pudiera ser maestra su flaqueza»[7].

El realismo sacramental

Al comienzo nos preguntábamos también: ¿con cuánto realismo? Hemos de mencionar también el realismo sacramental, si queremos responder a la pregunta de hasta qué punto ese roce, ese contacto con Cristo es verdadero. Realismo sacramental quiere decir que, al participar en la liturgia, recibimos la mismísima realidad divina a través de los signos de la Iglesia. Los signos y símbolos litúrgicos están colmados de esa realidad, máxime en la Eucaristía. Decir que el contacto entre Cristo y la Iglesia es sacramental en nada merma la neta realidad de ese contacto.

EL CONTACTO ES SACRAMENTAL; ESTO ES, SE PRODUCE MEDIANTE SIGNOS Y SÍMBOLOS

El sustantivo contacto es un término que encontramos en las antiguas fuentes litúrgicas: «oh Dios, que en la participación de tu sacramento llegas hasta nosotros (contingis)», es decir, entras en contacto con nosotros, te acercas hasta alcanzarnos[8]. Dios contacta con nosotros y nosotros contactamos con Dios por medio de la participación en el misterio celebrado. Contactos físicos con el Señor los tuvieron santo Tomás, la hemorroisa o los leprosos; en nosotros, esos contactos son ahora sacramentales. No se trata de imaginar el pasado como algo que ahora está presente solo para la fe de los creyentes. La liturgia no dice: esto simbolizaimagina..., sino que afirma: esto es. No es un mero enunciado ¡es una noticia! Es un acontecer real.

Los Padres de la Iglesia subrayaron este realismo del misterio sacramental y lo han mostrado por medio de expresiones, como en el caso del Papa san León Magno, quien, comentando los efectos del bautismo sobre quien lo recibe, afirma: «el cuerpo del bautizado es carne del Crucificado»[9]. Fruto del punzante realismo sacramental, que late en esta expresión, es la apertura inmediata de un gran horizonte en la comprensión de quién es un cristiano: una identidad que abraza dimensiones que van desde el valor sagrado de su cuerpo, hasta la esperanza de gloria con la que será revestido; desde su condición de concorpóreo con Cristo, hasta la santidad de las relaciones esponsales (cfr. Ef 3,6). Son valores insospechados que, al brotar de la fuente inagotable que ofrece la Iglesia en sus sacramentos, enaltecen hasta el extremo la condición humana del bautizado.

De otra parte, en la tensión por narrar el misterio, los lenguajes no se excluyen, sino que se complementan mutuamente, y por eso la liturgia sabe intuir cuándo es el momento de la palabra, cuándo el del canto o del silencio, cuándo es el momento del gesto o cuándo la adoración; pero siempre es momento del arte, pues, al ser Dios la eterna Belleza, su acontecer sacramental –la liturgia– se constituye en arte de las artes. En ella, la verdad y el bien se muestran envueltos en la hermosura y, por eso, el decoro y el buen gusto comparecen siempre por ser elementos estructurantes de la acción sagrada. La experiencia de Dios discurre a través de esa via pulchritudinis, que es la celebración, cada una de las cuales es un acontecimiento de alta envergadura estética.

Para que la remisión que hacen los ritos al plus de significado sea notoria, se precisan celebraciones que irradien verdad y sencillez, autenticidad y dignidad. La celebración se realiza en la solemnidad de lo sencillo. Todo cuanto en ellas interviene no puede ser prosaico, ni suntuoso, sino límpido, noble y de buen gusto. Son las cualidades del decoro con el que la Esposa dedica su humilde homenaje al Esposo, su aprecio a lo que celebra: el amor salvífico desbordante de la santa Trinidad.

Felix María Arocena


[1] San Pablo VI, Homilía durante un viaje pastoral a Manila, 29-XI-1970.

[2] San Josemaría, Notas de una meditación, 12-IV-1937, en “Crecer para adentro”, p. 50 (AGP, Biblioteca, P12). Este prelado era don Manuel González, que había ocupado la sede de Málaga, y fue canonizado en el año 2016.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1066.

[4] San Ambrosio, Apologia prophetæ David 1, 2.

[5] San Josemaría recordaba la enseñanza de los Padres cuando decían que los sacramento son “huellas de la encarnación del Verbo” (cfr. San Josemaría Escrivá. Amar al mundo apasionadamente).

[6] Misal Romano, Plegaria eucarística II.

[7] San Agustín, Confesiones 7, 18.

[8] Cfr. Sacramentario Veronense 1256. El verbo latino contingo es un compuesto de tango (cum-tango), que significa tocar; contingere remite a “con-tactar”.

[9] San León Magno, Sermo 70, 4: “corpus regenerati fit caro Crucifixi”.

 

 

¿Qué es la oración?

No podemos hacer oración bien si primero no sabemos qué es. Descubre la oración y qué es exactamente

La oración es a la vez algo fácil y difícil. Fácil porque hablar con Dios es algo que podemos hacer en cualquier momento, prácticamente en cualquier circunstancia. Y es difícil porque a veces no sabemos exactamente qué es hacer oración, porque las ocupaciones diarias nos absorben o simplemente porque hay una gran resistencia a sentarse un rato para hablar con Dios.

Para poder hacer bien la oración, para rezar bien, es importante entender qué es la oración.

Orar es hablar con Dios, de tú a tú, como le habla un hijo a un padre. Y a Dios podemos decirle cualquier cosa: lo que vivimos, nuestras preocupaciones, lo que hemos logrado, en lo que necesitamos su ayuda, incluso platicarle nuestro día tal y como lo haríamos con la gente a la que le tenemos confianza y le queremos. La oración es un dirigirse a Dios para alabarlo, agradecerle, reconocerlo y pedirle cosas que sean para nuestro bien.

Es buena idea conocer las definición de oración de algunos autores espirituales, santos, doctores de la Iglesia y el Santo Padre:

• No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama (SANTA TERESA, Vida, 8, 2).

• La oración es la elevación del alma hacia Dios y la petición de lo que se necesita de Dios. (SAN PEDRO DAMIAN, en Catena Aurea, vol. III, p. 304)

• La oración es la elevación de nuestro corazón a Dios, una dulce conversación entre la criatura y su Criador.(SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la oración)

• La adoración es el acto por el que uno se dirige a Dios con ánimo de alabarle (ORIGENES, Trat. sobre la oración, 14).

• La oración es el acto propio de la criatura racional. (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 2-2, q. 83, a. 10)

• La oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por tanto, no podemos menos de abandonarnos a El, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza […]. La oración es, ante todo, un acto de inteligencia, un sentimiento de humildad y reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor. La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de confianza y amor. (JUAN PABLO II, Aloc. 14-III-1979)

El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica en síntesis que «La oración es la elevación del alma hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes» (CEC 2590), es decir, pedirle lo que es bueno para nuestra alma y nuestra salvación. Cualquier cosa que sea contraria a esto, por supuesto que no nos la concederá, porque ante todo nos ama y nunca haría nada para hacernos daño.

En las definiciones anteriores encontramos varias palabras «clave» en el concepto de la oración: diálogo, elevación, adoración, tratamiento de amistad. En la oración nuestra mente se eleva a Dios para alabarlo y pedirle cosas convenientes a nuestra salvación.

Ya sabemos qué es la oración, aunque hay muchos tipos diferentes. Mencionaremos las clases de oración más importantes:

En primer lugrar, muchos pueden preguntarse qué diferencia hay entre la oración que se hace por ejemplo en la Santa Misa y la que hacemos solos frente al Sagrario o en nuestra casa, esto es la diferencia entre la oración privada y la pública. Explicaremos la primera:

Algunos recordarán que Jesucristo nos dijo «…cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. » Mt 6,6 Esta es una oración privada, personal en la que solamente estamos a solas con Dios. Esta oración es fundamental, verdaderamente el pilar de la vida interior. Con ella nos acercamos a Dios y nos dirigimos a Él que es persona. Dios, nuestro Padre en el cielo está siempre presente y lo puede todo (es omnipotente y omnipresente), y cuando Jesús nos indica que vayamos a nuestro aposento y cerremos la puerta para orar privadamente, es porque Dios quiere vernos a solas, como una Padre se sienta a hablar cariñosamente con su hijo sobre las cosas más privadas, más trascendentes y más importantes. Jesús comprende nuestra necesidad de consuelo, de ayuda y nos invita a que en la intimidad, nos dirijamos con toda la confianza del mundo a nuestro Padre para pedirle cuanto nos haga falta.

Jesucristo nos da testimonio de que está en continua comunicación con su Padre y nos invita a hacerlo. Jesús ora en el Bautismo (Lc3,21); en su primera manifestación en Cafarnaún (Mc 1 ,35; Lc 5,16); en la elección de los Apóstoles (Lc 6,12). Noches enteras pasa el Señor en diálogo de oración con su Padre (Lc 3,21; 5,16; 6,12; 9,29; 10,21 ss.). Jesús enseñará a sus discípulos que han de orar en todo tiempo (Lc 18,1). La plegaria de Jesús pone de manifiesto su confianza filial con Dios-Padre que se traducirá en la familiar expresión de Abba, Padre (Mc 14,36). Lo mismo sucede con las diversas peticiones que formula en la oración sacerdotal ( lo 17), poco antes de su Pasión (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46), y en la petición por sus verdugos (Lc 23,34). Jesús -ante la pregunta de uno de sus discípulos- ha dejado a los cristianos no sólo el modelo de su propia oración, sino también el cómo y la manera de hacerla (Lc 11,1-4). El Señor instruye a sus discípulos para que hagan bien la ORACIÓN, sin charlatanería (Mt 6,5-15); con una postura de humildad, tal y como nos lo señala la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14); en unión de la fe y la con- fianza, como requisitos de eficacia para él orante (Mt 11 , 24; Lc 17 ,5 ss.).

Como podemos ver, esta oración privada es fundamental en la vida de piedad de todo católico. Ahora bien, no debemos olvidar que todos los bautizados formamos parte de la Iglesia (y en ese sentido somos parte del cuerpo místico de Cristo); el Señor nos dijo que «donde están dos o tres reunidos en mi nombre , allí estoy yo en medio de ellos.» Mt 18,20 La oración también puede hacerse en conjunto con otras personas, incluso Jesucristo le da tanto valor que promete «estar en medio de nosotros» cuando lo hagamos. Esa es la oración pública, la que se hace en nombre de la Iglesia, por un ministro destinado legítimamente a este fin (CIC, can. 1256; v. III). Este tipo de oración suele tener un carácter eminentemente litúrgico, como le ocurre al rezo del Oficio divino. Santo Tomás le llamaba a esta oración común; y considera que debe realizarse en voz alta para que el pueblo fiel tenga conocimiento de ella. La oración privada es la que ofrece la persona individual por sí misma o por los demás.

Una vez que hemos entendido la diferencia entre oración pública y oración privada, llega el momento de comentar la oración que se expresa hacia afuera de forma visible y externa (o sea con palabras) y la oración que hacemos sin palabras, sin que nada en nuestro exterior lo exprese, pero que se da dentro de nuestra mente como un acto de raciocinio. Cuando la oración se exterioriza con palabras se le llama oración vocal.

Don Antonio Royo Marín, O.P. nos dice en su Teología Moral para Seglares que «La oración vocal está al alcance de todos. No se requiere de una fórmula determinada, si bien la ofrece insuperable el Padrenuestro. Para que sea verdadera oración es preciso que se haga con atención (toda distracción voluntaria es un pecado venial de irreverencia) y con profunda piedad.»

La la oración es interior, sin que existan palabras habladas, se le llama oración mental. En ella el diálogo con Dios se realiza mediante nuestra razón y nos dirigimos a Dios hablándole con nuestra mente. Esta oración puede ser un diálogo con el Señor (recordemos que para el católico la oración no es necesariamente un monólogo) y en ese sentido la oración mental se llama discursiva porque, en efecto, es un discurso.

La oración es acto de raciocinio

La oración, nos enseña Santo Tomás de Aquino, es una un acto de raciocinio, sin olvidar que nuestros sentimientos y afectos forman parte de dicha acción. La oración debe dejarnos una resolución práctica y concreta. La oración en la que predominan los afectos sobre el entenidmiento es afectiva que cada vez qeu se simplifica más se convierte en oración de sencillez.

Ahora bien, además de la oración discursiva, hay otro tipo de oración mental que es la contemplativa. En ella se da un total recogimiento de los sentidos y un «silencio interior» que nos permite escuchar mejor a Dios. Es, efectivamente, como contemplar a Dios, pero no es un contemplarle con la vista, sino una contemplación del alma.

La oración contemplativa (también conocida como mística), es de gran profundidad. Las almas con un gran avance espiritual pueden recibir de Dios grandes dones y un inmenso gozo en la oración contemplativa. En esta oración, Dios puede permitir que nuestra alma tenga un recogimiento, una paz y un sosiego excepcionales. Con ello llega una quietud derivada de la presencia de Dios que cautiva la voluntad y llena el alma y el cuerpo con una suavidad y un deleite imposibles de describir con palabras.

Hay un punto en la vida de oración en la cual se puede dar una unión intensa en la que todas las potencias del almas se cautiven y estén absortas en Dios. Esta unión puede ser tan fuerte e intensa que se suspenden los sentidos internos y externos. El alma no ve nada ni oye nada de lo que ocurre en el exterior. Es lo que se llama una unión extática. Y el alma que ha logrado traspasar todas estas corrientes de la vida interior, llega a una transformación total en Dios, en donde ambas partes se entregan totalmente la una a la otra.

Todo cristiano puede llegar a estos puntos en una cumbre de la vida interior. La santidad está al alcance de toda alma que sea verdaderamente fiel a la gracia y generosa al servicio de Dios. Todo lo que hemos descrito en el párrafo anterior no está reservado para unos pocos aristócratas del espíritu, por el contrario, en el desarrollo progresivo y normal de la gracia santificante ocurre. La unión con Dios en un sentido pleno debería ser el preludio normal de la visión beatífica, alcanzado en este mundo por todos los fieles bautizados. Esto nos lo enseña Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, plenamente de acuerdo con los principios más firmes de la teología católica. El concilio Vaticano II ha proclamado con fuerza el llamamiento universal a la santidad para todos los hombres sin excepción (Constitución Lumen gentium c.5).

Hemos recorrido un buen camino hasta ahora, pero no nos perdamos de la vía principal. Hay muchos tipos de oración, y conforme se avanza en ella la Gracia de Dios comienza a actuar más y más en el alma, pero no olvidemos nuestro concepto fundamental. Y respondiendo a la primera pregunta ¿Qué es la oración? recordemos que

«La oración es la elevación del alma hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes» (CEC 2590)

 

La violencia es el último recurso del incompetente

Ha llegado el momento de analizar la realidad, de plantearnos preguntas sobre la situación actual y tratar de buscar soluciones. Pero… ¿qué está pasando?

Pero… ¿qué está pasando? La violencia es causada por problemas o discapacidades psíquicas, físicas o mentales, por la edad, por un historial difícil y por problemas sociales que son potenciadores como la pobreza, el paro, la inseguridad, el consumo de drogas, el abuso del alcohol y el porte de armas (lamentablemente estas tres últimas son las más rentables del mundo).

A lo que todos aspiramos es a poder trabajar en paz, salir a la calle sin temor a un robo o a una agresión, a llevar una vida donde no haya cabida para los actos vandálicos y delictivos, contra la propiedad pública o privada. Los sentimientos destructivos e inhumanos no deberían albergar en nuestros corazones.

La UNESCO aboga por una cultura de No- Violencia y la transmisión de valores como la tolerancia, la solidaridad y el respeto mutuo. Todas las instituciones deben condenar los discursos de odio y sancionar los que constituyen delito. El aliento y el apoyo del Vicepresidente del Gobierno (para más ironía Ministro de Derechos Sociales) a estas manifestaciones violentas es increíble, como también lo es que el Presidente engulla y le permita todo con tal de continuar con la coalición y… ¡Todo va bien!

El encarcelamiento del rapero ha prendido la mecha pero la leña que arde es la situación actual y el catalizador son las personas y colectivos que permaneciendo en el anonimato a través de las redes sociales y mensajería les animen sin escrúpulos.

Formamos un colectivo en el que cada acción es importante y por lo tanto, todos somos responsables. ¿Qué modelos tienen los jóvenes? ¿Será que les hemos mostrado una sociedad y una manera de vivir que no es la real? ¿Les hemos hecho caprichosos, sin valores, sin capacidad de esfuerzo y sin ganas de trabajar ni estudiar? Están saqueando las tiendas de Nike, Apple, Versace, etc… pero no cogen picos, ni palas, ni herramientas de trabajo.

Desde mi humilde opinión, las sanciones deberían encaminarse a realizar cursos de convivencia, formación y sobretodo ponerles a reparar y a reconstruir los daños ocasionados y sin ninguna clase de retribución.

¡Una sociedad se vuelve grandiosa cuando las personas plantan árboles cuyas sombras saben que nunca disfrutarán! Actuemos en consecuencia para que nuestros descendientes se sientan orgullosos de nosotros.

Escrito por Carmen Agud

 

 

Un mensaje de esperanza en un refugio ucraniano

«No soy un soldado. No hago política. Sólo toco el violín».

Tres frases sencillas y exactas pronunciadas por una joven de aspecto frágil desde un sótano de Ucrania que se ha convertido en un improvisado refugio antibombas. Vera Litoshenko no es un nombre conocido, pero debería serlo.

Hay un vídeo en las redes sociales en el que se la ve tocando el violín para los hombres, mujeres y niños apiñados en este sótano. Las paredes son crudas, la gente lleva todas sus pertenencias terrenales a la espalda, y sin embargo es un momento de sublime quietud y belleza puntuado por el sonido del violín de Vera.

Qué regalo ha hecho la Sra. Litoshenko a esta gente. Qué regalo le ha hecho a cualquiera que vea el vídeo.

Por algo existe la música litúrgica. Dios siempre llega a nosotros a través de este maravilloso atributo humano de poner melodías y notas en algún orden metafísico y específico que mueve los corazones y toca lo más profundo de nuestras almas.

No sé leer música. Apenas puedo leer en inglés. Pero la música puede hacerme pensar en algo que sucedió cuando tenía 9 o 29 o 49 años. No puedo explicarlo, pero sé que la mayoría de la gente tiene una relación similar con esta forma de comunicación exclusivamente humana.

Como muchos de los dones que recibimos de Dios, la música tiene un misterio que no es fácil de entender, pero que es tan real como la salida del sol. Y es una conexión espiritual que se remonta a mucho tiempo atrás. El rey David tenía el don de la música y era bastante hábil con la lira. Debía de ser una fuente de gran consuelo para él tocar cuando su corazón estaba turbado. Como tenía una dosis de problemas del tamaño de un rey, probablemente la lira estaba siempre a mano.

La historia está llena de momentos trascendentales en los que alguien decide que la música es la única respuesta a la calamidad. Cuando el general británico Charles Cornwallis se enfrentó a la humillante tarea de tener que entregar su espada a George Washington y a su variopinto grupo de revolucionarios estadounidenses, ordenó a la banda del ejército que tocara una melodía llamada «The World Turned Upside Down».

Durante la Primera Guerra Mundial, los sonidos de las ametralladoras y los gritos de los heridos y moribundos se silenciaron de forma inquietante un 24 de diciembre. En un acto espontáneo de caridad de ambos lados del frente, los soldados bajaron sus armas en lo que se conoció como la tregua de Nochebuena.

La imagen de los villancicos tradicionales en una tierra de nadie bombardeada y convertida en un paisaje lunar nos hace pensar en una sombría película de fantasía de Tim Burton. Sin embargo, en medio de este crudo ejemplo de nuestra naturaleza caída, la música surgió, aunque sólo brevemente, antes de que el salvajismo se reanudara el 26 de diciembre.

Cuando esa metáfora implacable que es el Titanic se hundía en el Atlántico Norte, la banda del barco siguió tocando mientras lo permitía la creciente inclinación. Varios supervivientes tenían opiniones diversas sobre cuál fue exactamente la última melodía que tocó la banda, pero al final eso no importa. Lo que sí importaba era el recuerdo universal de todos los supervivientes: la música que sonaba y cómo aliviaba su miedo.

La música era un elemento básico en casi todos los campos de exterminio nazis, pero tenía un propósito muy diferente. Se utilizaba para controlar y humillar a los prisioneros de los campos de concentración. Se formaban orquestas enteras entre los prisioneros con el fin de entretener a los oficiales y guardias de los campos mientras realizaban sus «tareas». Pero en medio de este horror surgieron innumerables historias de músicos que tocaban para sí mismos y para sus compañeros de prisión. Así fue como algunos mantuvieron viva la esperanza en una situación desesperada.

Y aquí estamos en el siglo XXI: La guerra hace estragos y la música emana de un refugio antiaéreo. Con las bombas explotando en lo alto, una joven con cara de piedra toca una hermosa música con su violín, no para hacer una declaración política, ni para engendrar odio hacia los soldados de un ejército invasor que han estado haciendo cosas odiosas. Su único objetivo es tocar esas misteriosas secuencias de notas musicales que llevan a la gente acurrucada en ese refugio antibombas a un lugar mejor en sus corazones y mentes.

Víctor Hugo, un hombre que supo escribir sobre los que sufren la injusticia, lo dijo mejor: «La música expresa lo que no se puede decir y sobre lo que es imposible callar».

Por Robert Brennan

 

La urgencia de pensar la libertad

Mariano Fazio en "Libertad para amar" responder a esa pregunta sobre qué hay que hacer para ser libre

Mariano Fazio.

FECHA

04/04/22access_time 1:03

José Francisco Serrano Oceja

Da la impresión de que está don Mariano Fazio, en este momento vicario auxiliar del Opus Dei, antes académico y gestor universitario, creando un corpus de publicaciones a modo de curso introductorio al cristianismo. Con la peculiar metodología del uso predominante de los clásicos de la literatura universal como motivo para proponer temas y ofrecer criterios.En este sentido su propuesta, que suponemos tendrá otros hitos editoriales, bien puede servir para un curso reglado de formación de los jóvenes, y de los no tan jóvenes si se propone como motivo de debate. Una formación integral que parte de la educación en las virtudes humanas y a la que se le añade, en la perspectiva de la plenitud de procesos, la propuesta cristiana.

Pedagogia cristiana 

Comenzó la serie, si mal no recuerdo al menos por los editados en Rialp, con “Seis grandes escritores rusos”, continuó con “El siglo de oro español”, después “El universo de Dickens” y “Cinco clásicos italianos” y ahora con este “Libertad para amar a través de los clásicos”.

Esto no quiere decir que, en este último movimiento de propuesta de pedagogía cristiana, no utilice ideas o, incluso, textos que ya había abordado en los otros trabajos.

Esta forma, que está ligada a lo que en la academia, a partir de que Leo Strauss introdujera la asignatura de grandes libros en su Universidad cuando fue rector, permite un diálogo doble del lector. El primero con el autor que lee y, segundo, con el tiempo que vive, es decir, con su experiencia vital y su mundo vida. 

Formación integral 

Ahora que están de moda las iniciativas en las que se pretende completar la formación integral de los sujetos educandos en los centros académicos superiores, ante la insatisfacción por los efectos que producen los sistemas normativos y reglados de educación, esta propuesta puede ser ciertamente útil. El ejemplo sería, en cierto sentido, el Core Currículum.

Vayamos a la cuestión de la libertad. Sin duda, en término orteguianos, el tema de nuestro tiempo. Lo hace nuestro autor con un capítulo marco introductorio en el que explica las diferencias clásicas entre “libertad para “ y “libertad de”.

Como señala, “en orden a desplegar todas las potencialidades de la libertad radical, de la libertad “para”, decíamos más arriba, tenemos que trabajar nuestra alma para vivir las libertades “de””.

La aventura de la libertad 

Mucho se ha escrito, ciertamente, sobre la libertad, sobre la aventura de la libertad, sobre el camino de la libertad. Tanto quizá como los espejismo no solo de la conquista de la libertad, sino de una forma de vida libre.

No olvidemos que Wamba, el bufón de Ivanhoe, célebre novela de Walter Scott, cuando salió de la prisión dijo aquello de que “he oído hablar de las ventajas de la libertad, pero me gustaría que alguien me enseñara qué puedo hacer ahora que soy libre”.

Esta es la clave de este libro. Responder a esa pregunta sobre qué hay que hacer para ser libre.

Formación humanista 

En este sentido, al final, este volumen se convierte en algo más que un libro en el que el lector encuentra un modelo de formación humanística. Se podría decir, incluso-y en este sentido este libro es distinto de los anteriores-, que el lector encuentra una lectura espiritual.

Al fin y al cabo, lo humano no puede obviar lo espiritual. Quizá sea hora de acabar con ciertos dualismo al uso. Es difícil escribir de la felicidad, de la conciencia, de la verdad, del perdón, de los peligros del sentimentalismo y del voluntarismo sino se tiene en cuenta al Evangelio y a la rica tradición espiritual de la Iglesia. Se podría decir que este libro es el más confesional de la producción reciente de nuestro autor.

Por último, permítanme una referencia curiosa. La primera cita de este trabajo es de un escritor discutido en determinados ambientes, Rod Dreher, autor de la opción benedictina. Aunque es cierto que la cita no es de ese libro suyo, sino del dedicado a Dante.

Libertad para amar

Mariano Fazio

 

Sucedió en una confesión

Llegaba la iglesia 10 minutos antes de que las confesiones comenzaran. Quería ser de las primeras, sino la primera. Le urgía hablar con el sacerdote, contar lo que vivía, la confusión en la que estaba. Al llegar pudo ver que había 20 penitentes antes de ella. No dudó en quedarse.

Empezaron el rezo del Santo Rosario y se unió a él, tuvo varios momentos donde las lágrimas brotaban copiosamente. Sabía que le estaba pasando algo, pero no alcanzaba a comprender lo que era. Había tan solo un sacerdote, pues el otro se había contagiado del Covid 19. De repente llegó el diácono diciendo que las confesiones habían terminado que volvieran mañana a las 3 pm.

Es extraño, pero no se molestó. Aceptó y se dijo que mañana volvería. Llegado el día salió temprano para estar 30 minutos antes de la confesión y ser la primera. Al llegar a la iglesia el diácono le dice que no puede entrar, ella le pregunta:

—¿No hay confesiones a las 3 pm?

—Sí— le responde el diácono—, regrese a esa hora. Si quiere vaya a la capilla que está abierta.

Notó que obedeció sin sentir enojo, pero no pudo dejar de reconocer que el diácono había sido bastante extraño.

Al faltar 5 minutos para las 3 pm regreso a la Iglesia. El diácono le dijo, pase usted que es la segunda.  Ese día, minutos antes de entrar, vino a su memoria Santa Hildegarda Von Bigen. Desde hace unos seis años la admiraba y las últimas semanas había pensado mucho en ella. Le cautivaba su misticismo, su pasión por Cristo. Platicó con esta santa acerca de esta confesión…. le pidió ayuda.

Empezó a llorar con dolor de corazón y un arrepentimiento sincero.  Entonces alguien la tocó en el hombro. Era su turno. Se sentó detrás del divisor pues era un confesionario improvisado.

—Padre, ¿usted habla español?

—Sí claro— respondió una voz de más más dulces que haya escuchado.

Suspiró muy hondo, y con lágrimas en los ojos contó al sacerdote lo que pasaba. Entonces comenzó el momento más hermoso de su vida buscando a Jesús. Era como si el sacerdote conociera su alma. Entonces le dijo que el Señor estaba permitiendo ese dolor para darle una Gracia… que el Espíritu Santo estaba haciendo ese trabajo…

Entonces algo quedó iluminado en su inteligencia y pudo sentir una paz sobrenatural que inundaba su corazón y su cuerpo. Era como si el sacerdote se hubiese convertido en Jesús. Y le preguntó:

—¿Qué has sentido?

Ella respondió sentir una gran paz y alivio.  El sacerdote le dijo que repitiera estas palabras después de él:

—Jesús perdóname porque soy una pecadora. Ten Misericordia de mí.

Le dijo que fuera en paz y que rezara un Padre Nuestro y 3 Aves María. Se fue corriendo a la capilla. Iba toda conmovida. Se detuvo frente a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y le dijo:

—Por favor Jesús….

Y siguió conmovida hacia la capilla.

Entró y se dirigió hacia la imagen del Sagrado Corazón. No recuerda un momento en su vida en que haya tenido el gesto de tocar una imagen, puso su mano sobre el Sagrado Corazón y lloró, lloró como mujer enamorada, como mujer de un solo hombre, como alguien que busca desesperadamente la Gracia del Salvador.

Entonces sintió que Él la miraba con el amor que como mujer necesitaba. Y se sintió inundada de un gran gozo. Le había dicho que sí al Señor de la forma en la que Él quisiera.

Salió de ahí con una alegría indescriptible, escuchando claramente unas palabras:

—Vivirás a partir de ahora con Alegría sobrenatural. Yo te amo.

Ha sido el encuentro con Jesús más maravilloso de su vida. Me hizo recordar estas palabras de las Sagradas Escrituras:

“Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.” (Juan 4, 23- 24)

Sheila Morataya

 

La Pasión del Señor. Algunas consideraciones de tipo médico.

Se destacan aquí algunos de los sufrimientos y padecimientos del Señor en su Pasión, enfocados bajo un punto de vista médico.

La agonía en Getsemaní le llevó a sudar sangre, probablemente, sobre todo, en la espalda, manos, pies y cara, junto con una gran reacción emotiva, con taquicardia (sabía bien lo que le iba a pasar).

Después de la oración en el huerto, fue apresado y llevado a la presencia de varios jueces, religiosos y civiles. Desde esos momentos no durmió ni descansó, padeciendo además del sueño, frío, hambre, sed, deshonra en público (burlas, escupitajos, bofetadas, golpes), deserción de sus amigos. Fue trasladado de un lugar a otro atado de cuello y manos con cuerdas, con cadenas, como era la costumbre de llevar a los reos; esto provocaría además tensión muscular, y de forma destacada en el cuello.

Fue azotado, cayendo los azotes sobre la espalda y parte posterior del cuello, de los muslos y de las  piernas; pero que envolvían el cuerpo y alcanzaban la cara, el tórax, el vientre, produciendo heridas y contusiones a causa de los objetos punzantes y desgarrantes de los látigos, vergajos, fustas y flagelos. Se producía un desgarro, sobre todo, de las zonas costales, poniendo al descubierto las costillas y lesionando los músculos y paquetes vasculonerviosos intercostales (precisamente, el herpes afecta a los nervios intercostales, provocando un gran dolor en los enfermos que padecen tal afección vírica). Era un castigo que, por su dureza, provocaba la muerte en muchos condenados. Podían ser hasta más de cien azotes los que suministraban los dos verdugos que ponían en práctica el suplicio. Como suponía una gran deshonra, no estaba permitido tal castigo a los ciudadanos romanos.

Una de las burlas que sufrió fue la coronación de espinas. Las espinas lesionaron una zona especialmente inervada y vascularizada, como es el cuero cabelludo. Con ello, aumentaba la hemorragia.

Y hay que añadir el camino hacia el Gólgota, de unos mil quinientos pasos, según se calcula, con la cruz sobre una espalda y unos hombros heridos, doloridos; y andando sobre un empedrado polvoriento con los pies desnudos; además, con daño en las uñas de los pies, lo que hace verosímil que hubiese tropezones y caídas; tradicionalmente, se habla de tres caídas.

Con la crucifixión, sufrió desgarrones en manos y pies. La estimulación del nervio mediano, al atravesar los clavos las muñecas, provocaría dolor y contracciones en los tres o cuatro primeros dedos de las manos y en especial de cada pulgar, en situación de oposición contracturada. (Si hay destrucción del nervio se produce lo contrario: flaccidez, parálisis de los citados músculos, supresión de la sensibilidad en los dedos). Al colgar del madero, los desgarrones, según pasaba el tiempo, iban en aumento.

En la cruz se incrementó la afectación de los órganos de los sentidos: vértigos, zumbidos de oídos, boca seca, saliva pastosa, náuseas; sensación correosa en una espalda herida, provocada por un madero sin cepillar; visión borrosa; olores desagradables en un monte donde se ejecutaba a los malhechores y donde los verdugos comían, bebían, jugaban a los dados. Y unido a ello una fuerte jaqueca provocada por tanta tensión nerviosa.

Le ofrecieron vino mirrado. La mirra es una sustancia que tiene efectos antipiréticos, antiinflamatorios, inmunoestimulantes y analgésicos, incrementados si se mezcla con vino. No lo quiso tomar.

Sintió en la cruz soledad y abandono, como es el no ver a sus discípulos (estaban presentes su Madre, unas mujeres y un joven), el no ver a Dios (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”): el sufrimiento fue no solo corporal, sino también mental y espiritual.

Probablemente, la muerte se produjo a consecuencia de una gran deshidratación, por shock hipovolémico (debido a la pérdida de líquidos, por la sudoración y las hemorragias), por cansancio, o por asfixia. Además, el suplicio originaría insuficiencia cardíaca. Con la crucifixión se iniciaría un proceso de septicemia, es decir, paso de bacterias a la sangre circulante (por infección de las heridas),

La muerte por crucifixión podría ocurrir en horas o en días. En el caso de Jesús fue cuestión de horas. Los padecimientos previos a la defunción fueron  intensos y cuantiosos. Padecimientos y sufrimientos que duraron como mínimo unas quince horas, desde la agonía en el monte de los Olivos a la muerte en el Calvario. Algunos consideran que la Pasión empezó con la Ultima Cena, antes de su prendimiento en el huerto. Murió hacia las tres de la tarde, y plenamente consciente (“dando un fuerte grito, expiró”. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.).

J. L. Velayos

 

  El Congreso del PP en Sevilla

De la refundación de Fraga  a la reactivación de Feijóo

Entre el 31 de marzo y el 1 de abril de 1990 se celebró en Sevilla el X Congreso en el que José María Aznar inició su exitosa trayectoria hacia la presidencia del gobierno después de que, un año antes, se refundara el centro derecha español bajo las siglas del Partido Popular.

Justo treinta y dos años después, la ciudad de Sevilla ha vuelto a ser el escenario de un evento de extraordinaria importancia para el partido en el que un nuevo líder, Alberto Núñez Feijóo, asume la  difícil tarea de reactivarlo para “ganar y gobernar”, como se acaba de comprometer en el XX Congreso.

Es un hecho que los tiempos son diferentes, la sociedad española ha sufrido un profundo cambio en todos los órdenes y que los acontecimientos  que se vienen sucediendo estos dos últimos años, dentro y fuera de España, exigen unas decisiones inmediatas para enderezar el rumbo del partido y el de su organización y por otra parte articular una alternativa real, creíble e ilusionante al gobierno mas caótico e incompetente de nuestra democracia.

Un político avezado y curtido en numerosas batallas en su tierra gallega y con larga experiencia de gobierno como es Núñez Feijóo,  creo que debe ya tener un  diagnóstico de los males sobrevenidos a la organización política que los militantes han puesto en sus manos. El fiasco de una joven clase dirigente sin experiencia profesional y política alguna, que ha hecho gala de una preocupante inmadurez, debe hacerle meditar sobre el procedimiento y requisitos que deben exigirse a quienes tengan la inquietud o vocación de servicio público y que pretendan acceder por vía electoral a los órganos de representación institucional del Estado.

Se hace urgente también que el partido popular tenga bien definida su línea estratégica a seguir en la política económica, social o cultural que demandan sus votantes, con portavoces acreditados y solventes que ofrezcan argumentos y soluciones a los graves problemas que hoy agobian a los españoles y sin titubeos, atavismos o acercamientos innecesarios a ideologías que está propagando este gobierno socialcomunista y que están desestructurando la sociedad en ámbitos tan relevantes como la educación y la familia.

España necesita en estos momentos un mensaje de esperanza y credibilidad en su propia fortaleza para poder enfrentarse a los demonios de su creciente empobrecimiento por la imparable inflación que sufre, el grave deterioro de sus instituciones y de la democracia parlamentaria, así como el de la pérdida de rumbo y prestigio en el contexto internacional. Todo un reto para Núñez Feijóo al que deberá enfrentarse de inmediato en Andalucía y con Juanma Moreno a la cabeza.

Jorge Hernández Mollar

 

La transmisión de la sabiduría. Cuando llega la vejez

Escrito por José Martínez Colín.

Los jóvenes deben hablar con los ancianos y los ancianos con los jóvenes. Y este puente será la transmisión de la sabiduría en la humanidad.

1) Para saber

El cineasta sueco, Ingmar Bergman, que vivió cerca de 90 años, comentaba que “envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”.

Hoy en día hace falta destacar la figura del anciano, que se entienda bien que el anciano no es un material de descarte: es una bendición para la sociedad. A menudo, dice el papa Francisco, los ancianos son vistos como “un peso”. Por ello, el Pontífice ha comenzado, en sus Audiencias, una serie de reflexiones sobre la ancianidad. Quiere mostrar el sentido y el valor de la vejez, siendo una de las cuestiones más urgentes que la familia humana está llamada a afrontar. Afirma, incluyéndose, que nunca han sido tan numerosos en la historia humana.

2) Para pensar

Hay un breve poema llamado “Síndrome” del admirado poeta Mario Benedetti que dice: “Todavía tengo casi todos mis dientes / casi todos mis cabellos y poquísimas canas / puedo hacer y deshacer el amor / trepar una escalera de dos en dos / y correr cuarenta metros detrás del ómnibus / o sea que no debería sentirme viejo / pero el grave problema es que antes no me fijaba en estos detalles”.

La vejez llega e importa aceptarla. El papa Francisco reflexionó las palabras del profeta Joel: «Vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones». Las interpretó diciendo que cuando los ancianos comunican sus sueños, los jóvenes ven bien lo que deben hacer. Pero si los jóvenes no conocen esos sueños, les costará llevar su presente y soportar su futuro. Por ello, los ancianos han de comunicar esos sueños y los jóvenes, a su vez, han de escucharlos. Porque si los jóvenes se encorvan en su smartphone, dice el papa, aunque la pantalla permanezca encendida, la vida se apaga antes de tiempo.

3) Para vivir

“Todos deseamos llegar a viejos; y todos negamos que hemos llegado”, afirma el escritor español Francisco de Quevedo. Y es que pareciera en la cultura actual que el único modelo es el del joven o la joven que permanece siempre joven. Pero, se pregunta el papa, ¿es verdad que la juventud contiene el sentido pleno de la vida, mientras que la vejez representa el vaciamiento y la pérdida? No hay que olvidar que la exaltación de la juventud como única edad digna, unida al desprecio de la vejez, fue bandera de los totalitarismos del siglo XX.

A la vejez le ha de ser restituida su dignidad; es un don para todas las edades de la vida. Es un don de madurez y de sabiduría. Aunque hay planes de asistencia, faltan proyectos creativos de existencia para hacerles vivir en plenitud. Pues ser ancianos es tan importante —y hermoso— como ser jóvenes. Hay que recuperar la alianza entre las generaciones, pero ¿hay amistad entre las diferentes edades de la vida o prevalecen la separación?

Importa que haya un coloquio. Los jóvenes deben hablar con los ancianos, y los ancianos con los jóvenes. Y este puente será la transmisión de la sabiduría en la humanidad. Los ancianos puedan ofrecer los sueños y los jóvenes puedan recibirlos para llevarlos adelante.

 

La Academia Nacional de Medicina de Francia se suma a los países e instituciones críticos con los tratamientos de transición de género pediátrica

La Academia Nacional de Medicina de Francia se suma a los países e instituciones críticos con los tratamientos de transición de género pediátrica

La Academia Nacional de Medicina de Francia ha emitido un comunicado de prensa adoptado el 25 de febrero de 2022, con 59 votos a favor, 20 votos en contra y 13 abstenciones,  advirtiendo, al igual que han hecho otros países recientemente del alarmante incremento en el número de casos de identidad transgénero en los jóvenes, afirmando que, a menudo, están relacionados con la influencia del entorno social y que debe extremarse la prudencia al instaurar tratamientos de bloqueo hormonal y transición de género, porque pueden resultar contraproducentes y, en muchos casos, irreversibles.

La Academia llama la atención sobre la dificultad en diferenciar una tendencia transexual duradera de una fase pasajera del desarrollo de un adolescente.

La Sociedad para la Medicina de Género Basada en la Evidencia (SEGM), en un comunicado de prensa, ofrece el texto completo, que puede consultarse aquí.

Reproducimos a continuación los aspectos más importantes:

La identidad transgénero, identificarse con un género diferente al biológico, es persistente y dura más de 6 meses. Esta experiencia puede causar una angustia significativa y prolongada, lo que puede contribuir a un mayor riesgo de suicidio.

No existen evidencias de la existencia de bases genéticas que predispongan a la disforia de género o a la tendencia transexual.

Si bien esta condición se ha reconocido durante mucho tiempo, se ha observado un fuerte aumento en la demanda de intervenciones médicas(1,2) primero en América del Norte, luego en el norte de Europa y, más recientemente, en Francia, particularmente entre niños y adolescentes. Un estudio reciente de varias escuelas secundarias en Pittsburgh reveló una prevalencia que es claramente más alta que la estimada anteriormente en los Estados Unidos(3): el 10 % de los estudiantes se declararon transgénero o no binarios o no estaban seguros de su género. En 2003, el Royal Children’s Hospital de Melbourne diagnosticó disforia de género a un solo niño, mientras que en la actualidad trata a casi 200.

Cualesquiera que sean los mecanismos involucrados en los adolescentes -compromiso excesivo con las redes sociales, mayor aceptabilidad social o influencia por parte de su círculo social- este fenómeno epidémico se manifiesta en la aparición de casos o incluso grupos de casos en el entorno inmediato de los adolescentes(4). . Este problema primordialmente social se debe, en parte, al cuestionamiento de una visión demasiado dicotómica de la identidad de género por parte de algunos jóvenes.

La demanda de intervenciones médicas, debido al malestar que provoca esta condición (que no es una enfermedad mental per se), conduce a una creciente oferta de atención en forma de consultas o atención en clínicas especializadas(5). Esto involucra muchas subespecialidades pediátricas. Se utilizan primero las consultas psiquiátricas, y si la identidad es auténtica y persiste el malestar, se interviene endocrinología, ginecología y, en última instancia, cirugía.

Sin embargo, se debe extremar la precaución médica en niños y adolescentes, dada la vulnerabilidad, especialmente psicológica, de esta población y los múltiples efectos indeseables e incluso complicaciones graves que pueden ocasionar algunas de las terapias disponibles. En este sentido, es importante recordar la reciente decisión (mayo de 2021) del Hospital Universitario Karolinska de Estocolmo de prohibir el uso de bloqueadores de la pubertad.

Aunque Francia permite el uso de bloqueadores de la pubertad u hormonas cruzadas con autorización de los padres y sin límites de edad, se necesita la mayor precaución en su uso, teniendo en cuenta los efectos secundarios como el impacto en el crecimiento, el debilitamiento de los huesos, el riesgo de esterilidad, consecuencias emocionales e intelectuales y, para las niñas, síntomas parecidos a la menopausia.

En cuanto a los tratamientos quirúrgicos, en concreto la mastectomía, permitida en Francia a partir de los 14 años, y las cirugías relativas a los genitales externos (vulva, pene), hay que subrayar que estos procedimientos son irreversibles.

Cuando se brinda atención médica por este motivo, es fundamental asegurar el apoyo médico y psicológico, primero a los niños y adolescentes afectados, pero también a sus padres, sobre todo porque no existe una prueba que distinga entre disforia de género persistente y disforia adolescente transitoria. Además, el riesgo de sobrediagnóstico es real, como lo demuestra el creciente número de adultos jóvenes que desean la “detransición” o reversión del proceso. Conviene, por tanto, prolongar al máximo la fase de atención psicológica.

La Academia Nacional de Medicina llama la atención de la comunidad médica sobre la creciente demanda de atención en el contexto de la identidad transgénero en niños y adolescentes, y recomienda lo siguiente:

  • Los niños y adolescentes que expresen un deseo de transición, así como sus familias, deben recibir apoyo psicológico extendido.
  • Si persiste el deseo de transición, la decisión de tratar con bloqueadores de la pubertad o hormonas sexuales cruzadas debe considerarse cuidadosamente y en el marco de consultas multidisciplinarias.
  • Los estudios médicos deben incluir información clínica específicamente adaptada para informar y orientar a los jóvenes y sus familias.
  • Es necesario seguir investigando tanto los aspectos clínicos y biológicos como los éticos de este asunto, con evidencias todavía insuficientes.
  • Los padres que respondan a las preguntas de sus hijos sobre la identidad transgénero o la angustia asociada deben permanecer atentos al papel adictivo del compromiso excesivo con las redes sociales, que es perjudicial para el desarrollo psicológico de los jóvenes y es responsable de una parte muy importante del creciente sentido de incongruencia de género.

Valoración bioética

La acumulación de posicionamientos en distintos países alertando del enorme riesgo de las intervenciones de bloqueo y transición hormonal de género, así como las cirugías posteriores relacionadas, que han llevado a países pioneros en este tipo de intervenciones, como Finlandia o Suecia, a prohibirlas en adolescentes, surge de las numerosas evidencias acerca del negativo balance beneficio/riesgo de estos tratamientos, que no resuelven las causas del problema sino que, por el contrario, generan trastornos graves y, en muchos casos, irreversibles en las poblaciones afectadas.(ver aquí)

Sorprendentemente, persiste la tendencia en muchos países, especialmente en España, de publicar leyes que promueven todo lo contrario de aquello de lo que nos advierten los expertos, facilitando al máximo las intervenciones de transición de género, a edades tempranas, sin evidencias sólidas y renunciando a todo control clínico que incluya diagnósticos precisos tanto de los procesos de disforia como de otros trastornos que pueden estar asociados, así como del necesario acompañamiento que debe ofrecerse, en actitud prudente y expectante, a los jóvenes que experimentan el deseo de transición de género, que en la mayoría de casos, lo hacen de manera transitoria influenciados por el ambiente, potenciado por las redes sociales y medios de comunicación.

Persistir, como hacen muchos políticos desde posiciones ideológicas mal fundamentadas y en actitud intransigente, en negar la evidencia científica, empujando a muchos jóvenes a intervenciones lesivas e irreversibles, constituye un acto maleficente e imprudente, que debe ser denunciado en aras de la protección de la salud de los implicados, su autonomía y, en último término, su libertad, para lo que es necesario informales debidamente del alcance y riesgos de estas intervenciones, así como de las alternativas disponibles.

Julio Tudela

Observatorio de Bioética

 

6 errores que los padres separados deben evitar con sus hijos

Por LaFamilia.info 


foto: freepik

A pesar de lo difíciles que puedan ser las circunstancias de una pareja, la separación es una decisión que afecta negativamente a los hijos, no importa la edad de éstos.

Por lo general en una separación, los hijos quedan en medio de dos "bandos" e injustamente resultan bastante afectados. No es el objetivo reprochar la conducta de los padres que están pasando por una situación de separación, sino invitarlos a observar su manejo del problema y su forma de proceder ante los hijos.

Para que hijos salgan lo menos lastimados posible de esta situación, los padres deben evitar las siguientes conductas:

1. Ocultarles lo que está sucediendo

Los hijos tienen derecho a saber lo que está sucediendo en casa, ellos no deben estar engañados por una situación que tarde que temprano tendrán que afrontar. Se debe hablar con ellos desde un primer momento, escucharlos, comprenderlos y responderles a todas sus preguntas: ¿qué será de mí?, ¿dónde vivirá papá?, ¿cuándo podré estar con mi papá/mamá?

2. Incitar a los hijos a tomar partido

Utilizar a los hijos de manera consciente o inconsciente. Usarlos como chantaje para dominar, perjudicar o vengarse del otro y hasta como trofeo de victoria, es un error fatal que provoca terribles daños en ellos.

3. Convertirlos en mensajeros

Eso de estar enviándole razones al ex esposo(a) con los hijos es inaceptable, y menos cuando son para desprestigiar al otro. Hay que tratar los conflictos como personas adultas y civilizadas.

4. Hablarles mal del “ex” 

Lo que pase como esposos no tiene por qué afectar la relación padre-hijo. Él/Ella seguirá siendo el papá o la mamá y eso no debe cambiar a pesar de que ya no estén juntos.

5. Educar en contravía

Por el bien de los hijos, padre y madre se tendrán que poner de acuerdo en la educación y tomar decisiones conjuntas. Es dañino que el papá apruebe algo que la mamá no ha autorizado y viceversa. Se debe buscar la unión de criterios.

6. Hacerle “mala fama” al matrimonio

Todos quisiéramos tener un buen matrimonio, sin embargo, no siempre se da así por diversos factores. Por eso es importante evitar transmitirles a los hijos una idea errónea del matrimonio; ni es malo, ni es una pesadilla. Vale la pena recalcarles que la unidad matrimonial es algo por lo que vale la pena luchar, y que algún día cuando encuentren la persona idónea, luchen por compartir una vida juntos.

Y, como puntada final, una premisa básica: se puede acabar el matrimonio pero nunca el rol de papá/mamá. ¡Ser padre es vitalicio e inherente! El hecho que ya no se comparta el mismo techo con la pareja, no quiere decir que las obligaciones como mamá/papá han culminado. Los hijos no tienen por qué sufrir las consecuencias de los problemas de sus padres, pero lamentablemente, muchas veces ellos son los que pagan el precio de la ruptura... Por eso, nunca hay que perder las esperanzas de volver a tener la familia unida y en armonía.

 

“El Kolbe valenciano”. Un tiempo para cambiar

Escrito por José Martínez Colín.

"El Kolbe valenciano" es el religioso que eligió morir en el campo de concentración de Auschwitz en el lugar de su hermano, ya que éste era un padre de familia.

1) Para saber

Haciendo la referencia al mandamiento del amor, comentaba el escritor C. K. Chesterton (1874-1936): “La Biblia nos pide que amemos a nuestros prójimos y también que amemos a nuestros enemigos; probablemente porque generalmente son la misma persona”.

Sucede que solemos enemistarnos, no con las personas de otras creencias y culturas de otros países, sino con quienes convivimos día a día. El papa Francisco en su mensaje de Cuaresma nos invita a practicar la caridad y cuidar precisamente a quienes tenemos cerca. Así no nos quedamos solo en buenos deseos: “No nos cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo”, nos exhorta.

Para ello nos propone un cambio de mentalidad. En vez de estar pensando en poseer cada vez más cosas, habría que pensar en dar y compartir. Ello se puede practicar con la limosna, dando con alegría, pues Dios nos proporciona a cada uno no sólo lo que necesitamos para subsistir, sino también para que podamos ser generosos en el hacer el bien a los demás.

2) Para pensar

Si conmueve que una persona sufra por otra, cuánto más si lo que hace es sacrificar su vida. Un suceso así aconteció durante la persecución religiosa que tuvo lugar en los años 30 en España, especialmente durante la Guerra Civil (1936-1939).

Alberto Meléndez, era un joven de tenía 27 años y el cuarto de 10 hijos que tuvieron Mª Dolores Boscá y Pablo Meléndez. Alberto, aunque era simpático y jovial, también era de un carácter fuerte que le llevaba a enemistarse con los demás.

En septiembre de 1936 milicianos del Frente Popular llegaron a su casa para detener al padre de familia Pablo Meléndez y a su hijo mayor, también llamado Pablo, quien estaba casado y tenía dos hijos. Alberto entonces, para salvar a su hermano, dijo que él era Pablo. Fue detenido y conducido junto a su padre a la cárcel de Valencia. Durante los días que estuvieron en la cárcel, pidió a los demás compañeros de celda que le llamaran Pablo y no Alberto, para no descubrir el engaño. Dicen que fue un gran apoyo para su padre y los demás.

Alberto y su padre fueron fusilados en la madrugada del 24 de septiembre de 1936, sus cadáveres aparecieron en un camino.

Alberto decidió morir en lugar de su hermano Pablo. Por eso se le conoce como "el Kolbe valenciano", haciendo referencia a San Maximiliano Kolbe, el religioso que eligió morir en el campo de concentración de Auschwitz en el lugar de otro preso para salvarlo, ya que éste era un padre de familia. El proceso de beatificación de Alberto va dando buenos pasos.

3) Para vivir

Nuestra vida es un tiempo para sembrar el bien, y podemos aprovechar esta Cuaresma para hacernos prójimos de aquellos hermanos y hermanas que están cerca y heridos en el camino de la vida, nos aconseja el papa Francisco.

La Cuaresma, continúa el papa, es un tiempo propicio para buscar —y no evitar— a quien está necesitado; para llamar —y no ignorar— a quien desea ser escuchado y recibir una buena palabra; para visitar —y no abandonar— a quien sufre la soledad. Pongamos en práctica el llamado a hacer el bien a todos, tomándonos tiempo para amar a los más pequeños e indefensos, a los abandonados y despreciados, a quienes son discriminados y marginados.

 

Iglesia y Sociedad Democrática

Estamos en un cambio de época en el que se hace patente la fragilidad del cimiento ético y cultural de las democracias europeas. La Iglesia puede alumbrar este momento con el bagaje de su Doctrina Social, y puede contribuir con el testimonio y la creatividad de sus comunidades a dar consistencia a ese cimiento. La Iglesia no puede vivir de la nostalgia, no desea ni privilegios ni protecciones especiales, y sabe que tiene que aprender y ensayar formas nuevas de presencia en este contexto histórico. El hecho de que destacados representantes de la Iglesia, de la política, de la economía y de la cultura, cooperen ante las mutaciones profundas de la historia, es una aportación relevante para la convivencia.

Domingo Martínez Madrid

 

Compromiso

Han pasado 10 días del Compromiso y faltan diez días para que se complete con la Pasión, Muerte y Resurrección. Cuando María decidió acoger al hijo de Dios tras la Anunciación, también aceptó todo lo que esto conllevaba, es decir, no solo la salvación del mundo, sino también las pruebas para ella y para José. Sin embargo, notemos que María no puso ninguna condición, ni tampoco se echó atrás ante la primera dificultad, por el contrario, dijo que sí, y ¡eso bastó!. Antes de dar una respuesta, te invito a apropiarte de estas palabras que Jesús pronunció durante el Sermón del Monte: “Cuando digas “sí”, que sea sí, y cuando digas “no”, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno” (Mateo 5:37).

Perfecto abandono a Dios: María se entregó al amor de Dios totalmente y confió incondicionalmente en la voluntad del Padre. Sabemos que no es posible controlarlo todo o conocer todas las consecuencias de cada una de nuestras decisiones, sin embargo, tengamos presente que un "sí" constituye un acto de fe y recordemos lo que nos dice el apóstol Pablo, “Ahora bien, la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven.” (Hebreos 11:1)

Te invito a confiar tus próximos "Sí" a María para que sean auténticos, llenos de confianza y entusiasmo, de modo que podamos irradiar el amor de Dios a través de cada decisión que tomemos.

Jesús Martínez Madrid

 

Añoranza de la familia

Hace unos días, pocos, leía una nota que me pareció muy conveniente que otros también puedan participar de lo que el autor quería transmitir. Dos pequeños hechos acaecidos estos días me han llevado a pensar que el renacer de la familia –la verdadera familia-, está ya saliendo a la luz del día, aunque nunca ha dejado de estar vivo.

Una profesora universitaria, al reunir a un pequeño grupo de doce estudiantes –siete mujeres y cinco hombres-, se dio cuenta de que cinco de ellos, tres chicas y dos chicos manifestaban algún deterioro psíquico. Comentó el caso a un médico amigo, que le respondió con toda claridad: Entérate de como marchan sus familias. 

El resultado le apenó: las cinco familias estaban destrozadas, rotas, desde hacía años: padres por un lado, madres por otro; hermanos y hermanas cada uno por su cuenta, y cada uno con una “pareja”.

 La profesora se confirmó en lo que ya sospechaba, aunque no acababa de creérselo: que todos esos intentos de manipulación de una realidad creada por Dios pensando en el bien de los hombres, no llevan más que al aborto –matar los hijos para que no creen ningún problema-, y a llenar las consultas de psiquiatras, psicólogos, “gurus” variados, etc., además de un aumento considerable de suicidios entre jóvenes “trans” o sencillamente abandonados a sus instintos sexuales.

El otro hecho es conmovedor. Padre y madre con un hijo de cuatro años están viendo en la televisión un reportaje que recoge a un buen número de niñas y de niños que, por diversas causas, han crecido lejos de amor materno y paterno. Se les ve un tanto apenados y sin saber muy bien como reaccionar entre ellos.

La criatura de cuatro años comienza a entristecerse, y a los pocos minutos las lágrimas llegan con naturalidad a sus ojos. Se levanta, se dirige a su madre y le dice entre sollozos: “Mamá, tu no me dejarás nunca, ¿verdad?”

La madre, algo sorprendida, le da un beso, y le contesta: “No, hijo mío, no. Nunca”.

Nostalgia de la madre; añoranza de la familia.

Domingo Martínez Madrid

 

El problema no es el gobernado… es el gobernante

                        Sí, es así rotundamente; y es así por cuanto y sencillamente, el gobernante ni supo, ni sabe gobernar. El gobernado siempre indefenso, ha sido explotado, masacrado, envilecido siempre; y es por lo que nunca dejó de ser “masa”; y los pocos que decidieron ser de verdad individuo ejerciendo su libertad, fueron eliminados de las diferentes formas y maneras en las que el que gobierna (“sea quien sea”) y ejerciendo siempre, “su ley” (siempre impera la ley de la fuerza, nunca la de la razón) se impone, mientras conserva esa fuerza dominante; y cuando surge el relevo y lo derrocan los que siempre esperan “su oportunidad”; normalmente siguen igual sistema y todo ello conlleva la situación anquilosada de en general, todos los pueblos o lo que se denomina humanidad; que por ello mismo, nunca llegará a estar civilizada y preparada para una convivencia de verdadera paz y concordia en grados de verdadera civilización.

          Y como al ser humano y como tal, la propia Naturaleza, Creación, Dios o como queramos llamar a, “lo que nos dio la vida”; con ella nos dio igualmente una libertad plena, que si bien “cargada de miserias”, pero libertad al fin, a la que sólo un poeta, la definió en un corto poema, “El grito máximo”, en el que y en uno sólo de sus versos sintetiza, esa terrible pero hermosa libertad, diciendo… “Mi hambre es mía y en ella mando yo”; frases terribles y duras, pero valientes, en las que reconoce su total soledad y a la que sin embargo está dispuesto a enfrentarse mientras viva. Dicho poema está en mi Web y lo puede ver, leer o copiar todo aquel que quiera.

                                Como vivimos una época tan decadente, ya que, “lo más bajo o in-útil de la política y sus dirigentes son los que mandan”; y entre ellos, lo que destaca, es la mentira y la cobardía; o peor aún y como ocurre ahora, con la invasión de Ucrania, efectuada, por un miserable abyecto, ambicioso sin límites, indeseable en grado máximo y todo cuanto queramos añadir sobre tal “bicho”. Y lo que ocurre es que ya no hay palabra en idioma conocido como para calificarlo; puesto que… ¿Cómo se puede definir la destrucción de una nación independiente y que con más de cuarenta millones de habitantes, estamos viendo, como “se desgrana”, cómo y por ejemplo se desgrana una panocha o mazorca de maíz, la que grano a grano va desapareciendo, dejando sólo ese esqueleto estéril cuál es el corazón de ese vegetal? No, no hay palabras para calificar ese hecho, que aunque tuviese otro similar en la horrenda historia del “mono humano”, hoy no debiera ser consentido como lo está siendo.

                        Sólo me queda el consuelo, de que sea verdad, la “Ley del Karma o de Causa y efecto”; la que ya en su propio desarrollo, sea la que se vuelva contra el propio “bicho”, y lo destruya como merece; y aunque ya hay indicios; ese “boomerang” que dicen es de origen divino, en la reacción que provocará, vuelva contra el tirano con la fuerza y eficacia, que lo hacen ese “arma” antiquísima y que emplearon los aborígenes de Australia como su mejor arma de ataque, defensa y caza para subsistir en tan áridos territorios.

            Y reitero el que hoy ya no son admisibles estos horrorosos hechos, por cuanto los pueblos (“que no los gobernantes: ojo a esta reflexión”) han inventado todo lo necesario para vivir con una seguridad y bienestar, impensables hace sólo una cuantas décadas; y sin embargo, con todo ese “arsenal”, están siendo obligados, a volver a estados de miseria, que mejor no decirlo aquí, que cada cual piense de lo que es capaz “el mono humano”, cuando de verdad le falta la imprescindible para vivir. Recuerden sólo, las situaciones ya vividas en “las grandes ciudades”, en situación de revueltas, y cuando “las chusmas”, se lanzan a las calles y lo van arrasando todo, para terminar en lo que se termina en esas situaciones límite, o sea, en el caos; que es lo que ocurrirá, si se paraliza la normal marcha o vida a que ya nos han acostumbrado; y que va, desde “el repartidor de leche que ya no reparte, el camión de transporte que ya no funciona, el barco de pesca que ya no puede salir a pescar, la tienda de alimentos cuyas estanterías quedan vacía por cuanto no le llegan nuevas mercancías para reponer…¿Y cuánto más?

                        Tristemente hemos desembocado en una incivilización por lo débil de la misma, que acabar con ella resulta de una facilidad horrible y ello se ve palpablemente, sabiendo analizar lo que hoy ocurre en esa Ucrania, que podría ser, “nuestro propio país y los hechos serían igual”.

                        Por ello reitero, el problema no es el gobernado, sino el que lo gobierna o dice gobernar; puesto que hoy todo lo material, tiene soluciones sobradas para que no ocurran estos desastres; y sin embargo ocurren; ¿no piensan en ello esas legiones de inútiles políticos de todas las ideologías inventadas y que como pavesas u hojas secas y ya muertas, están bailando las macabras danzas que nos ofrecen cada minuto?

                        La realidad es que disponen de “una máquina enormemente perfecta y bien lograda, pero lo que no encuentran es el capitán o técnico que la pueda dirigir a buen puerto”, cuando a mi entender, la solución o soluciones vitales son sencillas y poco costosas; puesto que en política o buena política, todo se reduce, a convivir, o sea vivir y dejar vivir; y que es el medio para civilizar a las masas de “monos humanos”, que es lo que verdaderamente necesitan para salir de sus profundas ignorancias; “y para lo que hay de sobras en este perro mundo, dominado por inútiles y perversos avarientos o sedientos de poder”, a los que hay que recordarles cada momento, lo que le ocurriera al “poderoso Craso”, al que “le apagaron todas sus ansias, simplemente, derritiendo oro y ya líquido, echándoselo por la garganta, con lo que le apagaron su insaciable sed para siempre. Sólo que para llegar a esos fines que antes indico y que son verdaderamente humanos, sólo se necesita “saber repartir el trigo”, disponer de verdaderas leyes equitativas y no “del embudo”, que son las que siempre nos han impuesto y siguen imponiendo. Amén.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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