Las Noticias de hoy 28 Marzo 2022

Enviado por adminideas el Lun, 28/03/2022 - 13:26

Ucrania, última hora | Biden llama a Putin "criminal de guerra"

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 28 de marzo de 2022       

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: la guerra es un acto bárbaro que debe ser abolido

El Papa en el Ángelus: “El bien del otro es también el mío”

Hace dos años la Statio Orbis de Francisco, voz profética contra las guerras

LA ORACIÓN PERSONAL : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: lunes de la 4 semana de Cuaresma

Domingo de Ramos: "Bendito sea el Rey" : San Josemaria

La ordenación sacerdotal de san Josemaría Escrivá

Meditación sobre la paz

La luz de la fe (XIII): la otra parte de la historia: muerte y resurrección : Santiago Sanz

Examen de conciencia para la confesión (adultos)

¿Cuáles son los 10 Mandamientos?

Es la guerra : Pedro López

¿Se extiende la cristiano fobia? : Sheila Morataya

Educación por la paz : Mèrcé Sáiz Sáiz

Democracia en el Magisterio de la Iglesia : + Antonio Mª Rouco Varela

El ensayista Gregorio Luri llama a la unidad como objetivo fundamental del debate público en España

“Putin tiene ahora dos posibilidades: insistir en mantener Ucrania bajo su influencia o asegurar el mantenimiento de las tropas rusas allí sin aspirar a integrarla” : Ana Terreros

El reto de acoger a los que huyen : Jesús Martínez Madrid

Minamos la concordia humana : Jesús Martínez Madrid

“Estas crisis mundiales son crisis de santos” : José Morales Martín

La campaña de Ayuda a la Iglesia Necesitada :  Pedro García

La ideología de género como máscara : Juan García. 

Día de los mares”, los males, los peores y los inútiles : Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

 

El Papa: la guerra es un acto bárbaro que debe ser abolido

El pensamiento del Pontífice se dirige siempre a Ucrania: "Es necesario repudiar la guerra, un lugar de muerte donde los padres y las madres entierran a sus hijos, donde los hombres matan a sus hermanos sin siquiera haberlos visto, donde los poderosos deciden y los pobres mueren".

 

Ciudad del Vaticano

Un nuevo llamamiento del Papa Francisco por la paz en Europa del Este. El Pontífice, que el 25 de marzo presidió el Acto de Consagración de Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María en la Basílica de San Pedro, vuelve a alzar su voz para que se silencien las armas y se detenga el conflicto. "Ha pasado más de un mes -recuerda el Papa tras la oración mariana del Ángelus- desde la invasión de Ucrania, desde el inicio de esta guerra cruel y insensata que, como toda guerra, representa una derrota para todos, para todos nosotros. Es necesario repudiar la guerra, un lugar de muerte donde los padres y las madres entierran a sus hijos, donde los hombres matan a sus hermanos sin siquiera verlos, donde los poderosos deciden y los pobres mueren".

Escuche el informe con la voz del Papa

La guerra no sólo devasta el presente, sino también el futuro de una sociedad. He leído que desde el comienzo de la agresión contra Ucrania, uno de cada dos niños ha sido desplazado del país. Esto significa destruir el futuro, causando un trauma dramático en los más jóvenes e inocentes de entre nosotros. ¡Esto es la bestialidad de la guerra, un acto bárbaro y sacrílego! La guerra no puede ser algo inevitable: ¡no debemos acostumbrarnos a ella! En cambio, debemos convertir la indignación de hoy en el compromiso de mañana. Porque, si salimos de esta situación como antes, todos seremos culpables de alguna manera. Ante el peligro de la autodestrucción, que la humanidad comprenda que ha llegado el momento de abolir la guerra, de cancelarla de la historia de la humanidad antes de que sea ella la que cancele al hombre de la historia.

Que callen las armas

Francisco vuelve a vincular el llamamiento a la paz con la oración: "¡Ruego a todo dirigente político a que reflexione sobre esto, a que se comprometa con esto! Y, mirando a la martirizada Ucrania, comprendamos que cada día de guerra empeora la situación para todos. Por eso renuevo mi llamamiento: ¡basta, basta, que callen las armas, que se negocie seriamente por la paz! Recemos de nuevo, sin cansarnos, a la Reina de la Paz, a la que hemos consagrado a la humanidad, y en particular a Rusia y Ucrania, con una gran e intensa participación, por la que les doy las gracias a todos".

El Papa y los peregrinos y fieles reunidos en la Plaza de San Pedro procedieron al rezo de un Avemaría, implorando el fin de esta masacre.

 

El Papa en el Ángelus: “El bien del otro es también el mío”

Un corazón abierto, una escucha verdadera, una sonrisa transparente: tres aspectos esenciales para “celebrar la fiesta” y alegrarse con quienes están lejos y se arrepienten, mencionados por el Santo Padre al reflexionar sobre el Evangelio de este domingo: la parábola del hijo pródigo. “Quien tiene un corazón sintonizado con Dios, cuando ve el arrepentimiento de una persona, por graves que hayan sido sus errores, se alegra”, remarcó el Pontífice.

 

Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano

Este 27 de marzo, cuarto domingo de Cuaresma, el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico. Ante los 30.000 fieles congregados en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre reflexionó sobre el Evangelio de hoy que narra la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc. 15,11-32).

Según el Pontífice, este relato “nos lleva al corazón de Dios, que siempre perdona con compasión y ternura”. Nos dice –subrayó el Papa- que Dios es Padre, que no solo acoge de nuevo, sino que se alegra y hace fiesta por su hijo, que ha vuelto a casa después de haber derrochado todos sus bienes.

“Nosotros somos ese hijo, y conmueve pensar en cuánto nos ama y espera siempre el Padre”, consideró el Obispo de Roma.

“Pero en la parábola está también el hijo mayor, que entra en crisis frente a este Padre. Y que puede ponernos en crisis también a nosotros. De hecho, dentro de nosotros está también este hijo y, al menos en parte, tenemos la tentación de darle la razón: siempre había hecho su deber, no se había ido de casa, por eso se indigna al ver al Padre abrazar de nuevo al hermano que se ha portado mal. Protesta y dice: «Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya», sin embargo, por «ese hijo tuyo», ¡ncluso celebras una fiesta! (vv. 29-30)”

De estas palabras –dijo el Papa- emerge el problema del hijo mayor. En la relación con el Padre él basa todo en el puro cumplimiento de los mandamientos, en el sentido del deber.

“Puede ser también nuestro problema con Dios: perder de vista que es Padre y vivir una religión distante, hecha de prohibiciones y deberes. Y la consecuencia de esta distancia es la rigidez hacia el prójimo, que ya no se ve como hermano. De hecho, en la parábola el hijo mayor no dice al Padre mi hermano, sino tu hijo. Y al final precisamente él corre el riesgo de quedar fuera de casa. De hecho – dice el texto - «no quería entrar» (v. 28)”

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Volver a casa y alegrarse

El Papa recordó las palabras del padre en la novela El padre Goriot, de Balzac: “Cuando me convertí en padre, entendí a Dios”. Expresó que, en ese momento de la parábola, el Padre abrió el corazón al hijo mayor y le manifestó dos necesidades, “que no son mandamientos, sino necesidad del corazón: ‘Convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida” (v.32).

El Santo Padre animó a ver si “también nosotros tenemos en el corazón dos necesidades del Padre: celebrar una fiesta y alegrarse”.

En primer lugar, celebrar una fiesta quiere decir “manifestar nuestra cercanía a quien se arrepiente o está en camino, a quien está en crisis o alejado”, según Francisco. Y explicó que hay que hacer así porque ayudará a “superar el miedo y el desánimo, que pueden venir al recordar los propios errores”. “Quien se ha equivocado, a menudo se siente reprendido por su propio corazón; distancia, indiferencia y palabras hirientes no ayudan”, puntualizó el Romano Pontífice. Por tanto, según el Padre, es necesario ofrecerles una acogida cálida, que aliente para ir adelante, remarcó.

El Santo Padre invitó a preguntarnos si nosotros hacemos esto: “¿Buscamos a quien está lejos, deseamos celebrar fiesta con él? ¡Cuánto bien puede hacer un corazón abierto, una escucha verdadera, una sonrisa transparente; ¡celebrar fiesta, no hacer sentir incómodo!”.

En segundo lugar, el Papa enfatizó la necesidad de la alegría, porque “quien tiene un corazón sintonizado con Dios, cuando ve el arrepentimiento de una persona, por graves que hayan sido sus errores, se alegra”. No se queda quieto sobre los errores –aclaró-, no señala con el dedo el mal, sino que se alegra por el bien, ¡porque el bien del otro es también el mío!

“Y nosotros, ¿sabemos ver a los otros así? ¿Sabemos alegrarnos por los otros? La Virgen María nos enseñe a acoger la misericordia de Dios, para que se vuelva la luz en la que mirar a nuestro prójimo”, concluyó el Papa Francisco.

 

 

Hace dos años la Statio Orbis de Francisco, voz profética contra las guerras

El 27 de marzo de 2020, desde el atrio de la Basílica Vaticana, el Papa invocó la curación del mundo asediado por el coronavirus. Releer su oración es una forma de recordar, también en esta Cuaresma, que la paz y la fraternidad son los requisitos fundamentales para vivir como buenos centinelas, atentos a las injusticias del mundo y al grito de los pobres

 

Antonella Palermo - Ciudad del Vaticano

Era el Papa, solo, avanzando en la escalinata empapada de lluvia de la Basílica de San Pedro y quien, en esa misma soledad, soportaba la angustia de un mundo que anhelaba liberarse de la pandemia. En la Statio Orbis del 27 de marzo de 2020, la oración se volvía, al mismo tiempo,  íntima y coral, solemne y sencilla, profética.

Nadie se salva solo

"Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos". Se trata de uno de los pasajes más vibrantes de aquel "Momento extraordinario de oración en tiempo de epidemia presidido por el Santo Padre", recordado como un icono del pontificado de Francisco. Oscuridad, silencio, vacío, desconcierto, miedo: los sentimientos que habitaban el corazón de las personas asediadas por la pandemia y que el Papa -a la luz del relato evangélico de la tempestad calmada- encomendó al Padre. En todo el mundo, repetido por creyentes y no creyentes, sigue resonando aquel "nadie se salva solo" y que "todos estamos en el mismo barco": un ancla, la renovada conciencia de una interconexión que no es una jaula sino vida.

 

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"Mientras estamos en mares agitados, te suplicamos"

La invocación del Papa se elevaba mientras los equipos de médicos, voluntarios y enfermeros se movilizaban en primera línea para luchar contra un virus que estaba aniquilando fuerzas y cobrando víctimas hasta en las aldeas más remotas. Hoy, además de una pandemia que aún no ha sido erradicada, se libra una guerra en el corazón de Europa, que durante un mes ha acelerado un conflicto a baja intensidad, poniendo de cabeza al pueblo ucraniano y catapultando a los pueblos y cancillerías del mundo en un aturdimiento surrealista. Porque el miedo colosal al que todos se enfrentan es la aniquilación nuclear. Una guerra -se repite- que nos ha pillado desprevenidos. Y, sin embargo, es el propio Papa Francisco quien nunca separa los peligros y las urgencias del individuo de los de la comunidad, las necesidades del prójimo de las de los que viven lejos. Más firmemente aún, aquel mismo 27 de marzo, fue él quien nunca separó la preocupación por la salud de aquella por las "injusticias planetarias".

Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

Una oración profética para este tiempo de guerra

La oración del 27 de marzo tuvo como contrapunto la oración de ayer en la Basílica Vaticana para la consagración de Rusia y Ucrania al Corazón Inmaculado de María, implorando el fin de la guerra. También ayer, Francisco cargó sobre sus hombros los temores del mundo, repitiendo que el miedo no puede tenernos como rehenes. También ayer, en la oración a la Virgen, el eco de aquella súplica de hace dos años:

Nos hemos enfermado de avidez, nos hemos encerrado en intereses nacionalistas, nos hemos dejado endurecer por la indiferencia y paralizar por el egoísmo. Hemos preferido ignorar a Dios, convivir con nuestras falsedades, alimentar la agresividad, suprimir vidas y acumular armas, olvidándonos de que somos custodios de nuestro prójimo y de nuestra casa común.

Abandonar el afán de la omnipotencia

"En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo", decía el Papa en la Statio Orbis, recordando la vulnerabilidad del ser humano tentado constantemente por el sentido de omnipotencia y el egocentrismo. Varias veces después, repetiría que de una crisis como la pandemia no se sale igual que antes: se sale mejor o peor. Y habría instado a tener el valor de cambiar, de ser mejor, y de poder construir positivamente el tiempo "después". En retrospectiva, queda el regusto amargo de darse cuenta de que precisamente la clarividencia de esas palabras no fue suficientemente atendida y el tesoro de la paz no fue suficientemente custodiado. Volver a esas palabras es, por tanto, tener "la valentía de abrazar todas las contrariedades del tiempo presente",  como rezaba el Papa hace dos años, "abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar". Esto es abrazar la cruz de Jesús, incluso en esta Cuaresma, especialmente en este toque de queda. Recapitular todos los miedos en Él, reaprender la fraternidad. Esperar.

 

 

LA ORACIÓN PERSONAL

— Necesidad de la oración. El ejemplo de Jesús.

— Oración personal: diálogo confiado con Dios.

— Poner los medios para rezar con recogimiento y evitar las distracciones.

I. Estaba Jesús orando en cierto lugar...1. Muchos pasajes del Evangelio muestran a Jesús que se retiraba y quedaba a solas para orar2; y se pone particularmente de relieve en los momentos más importantes de su ministerio público: Bautismo3, elección de los Apóstoles4, primera multiplicación de los panes5, transfiguración6, etcétera. Era una actitud habitual de Jesús: «A veces, pasaba la noche entera ocupado en coloquio íntimo con su Padre. ¡Cómo enamoró a los primeros discípulos la figura de Cristo orante!»7. ¡Cómo nos ayuda a nosotros!

En esta Cuaresma podemos fijarnos especialmente en una escena que contemplamos en el Santo Rosario: la oración de Jesús en el Huerto. Inmediatamente antes de entregarse a la Pasión, el Señor se dirige con los Apóstoles al Huerto de Getsemaní. Muchas veces había rezado Jesús en aquel lugar, pues San Lucas dice: Salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos8. Pero esta vez la oración de Jesús tendrá un matiz muy particular, porque ha llegado la hora de su agonía.

Llegado a Getsemaní, les dijo: Orad, para no caer en tentación9. Antes de retirarse un poco para orar, el Señor pide a los Apóstoles que permanezcan también en oración. Sabe Jesús que se acerca para ellos una fuerte tentación de escándalo al ver que es apresado su Maestro. Se lo ha comunicado ya durante la Última Cena, y ahora les advierte que no podrán resistir la prueba si no permanecen vigilantes y orando.

La oración es indispensable para nosotros, porque si dejamos el trato con Dios, nuestra vida espiritual languidece poco a poco. «Si se abandona la oración, primero se vive de las reservas espirituales..., y después, de la trampa»10. En cambio, la oración nos une a Dios, que nos dice: Sin mí no podéis hacer nada11. Conviene orar perseverantemente12, sin desfallecer nunca. Hemos de hablar con Él y tratarle mucho, con insistencia, en todas las circunstancias de nuestra vida. Además, ahora, durante este tiempo de Cuaresma, vamos con Jesucristo camino de la Cruz, y «sin oración, ¡qué difícil es acompañarle!»13.

El Señor nos enseña con el ejemplo de su vida cuál ha de ser nuestra actitud: dialogar siempre filialmente con Dios. «No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama»14. Siempre hemos de procurar tener presencia de Dios y contemplar los misterios de nuestra fe. Ese diálogo con Dios no debe interrumpirse; más aún, debe hacerse en medio de todas las actividades. Pero es indispensable que sea más intenso en esos ratos que diariamente dedicamos a la oración mental: meditamos y hablamos en su presencia sabiendo que verdaderamente Él nos oye y nos ve. Quizá sea la necesidad de la oración, junto con la de vivir la caridad, uno de los puntos en los que el Señor insistió más veces en su predicación.

II. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, puesto de rodillas, oraba, diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya15.

Cuando el sufrimiento espiritual es tan intenso que le hace entrar en agonía, el Señor se dirige a su Padre con una oración llena de confianza. Le llama Abba, Padre, y le dirige palabras íntimas. Ese es el camino que debemos seguir también nosotros. En nuestra vida habrá momentos de paz espiritual y otros de lucha más intensa, quizá de oscuridad y de dolor profundo, con tentaciones de desaliento... La imagen de Jesús en el Huerto nos señala cómo hemos de proceder siempre: con una oración perseverante y confiada. Para avanzar en el camino hacia la santidad, pero especialmente cuando sintamos el peso de nuestra debilidad, hemos de recogernos en oración, en conversación íntima con el Señor.

La oración pública (o en común) en la que participan todos los fieles es santa y necesaria, pues Dios quiere ver a sus hijos también juntos orando16, pero nunca puede sustituir al precepto del Señor: tú, en tu aposento, cerrada la puerta, ora a tu Padre17. La liturgia es la oración pública por excelencia, «es la cumbre hacia la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo fuente de donde mana toda su fuerza (...). Con todo, la vida espiritual no se contiene en la sola participación de la sagrada Liturgia. Pues el cristiano, llamado a orar en común, debe sin embargo entrar también en su aposento y orar a su Padre en lo oculto, es más, según señala el Apóstol, debe rezar sin interrupción (1 Tes, 5, 17)»18.

La oración hecha en común con otros cristianos también debe ser oración personal, mientras los labios la recitan con las pausas oportunas y la mente pone en ella toda su atención.

En la oración personal se habla con Dios como en la conversación que se tiene con un amigo, sabiéndolo presente, siempre atento a lo que decimos, oyéndonos y contestando. Es en esta conversación íntima, como la que ahora intentamos mantener con Dios, donde abrimos nuestra alma al Señor, para adorar, dar gracias, pedirle ayuda, para profundizar –como los Apóstoles– en las enseñanzas divinas. «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!; y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

»En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”»19.

Nunca puede ser plegaria anónima, impersonal, perdida entre los demás, porque Dios, que ha redimido a cada hombre, desea mantener un diálogo con cada uno de ellos, y al final de la vida la salvación o condenación dependerán de la correspondencia personal de cada uno. Debe ser el diálogo de una persona concreta –que tiene un ideal y una profesión determinada, y unas amistades propias..., y unas gracias de Dios específicas– con su Padre Dios.

III. Cuando se levantó de la oración y llegó hasta los discípulos, los encontró adormilados por la tristeza. Y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en tentación20.

Los apóstoles han descuidado el mandato del Señor. Los había dejado allí, cerca de Él, para que velaran y orasen y así no cayeran en la tentación: pero aún no aman bastante, y se dejan vencer por el sueño y la flaqueza, abandonando a Jesús en aquel momento de agonía. El sueño, imagen de la debilidad humana, ha permitido que se apodere de ellos una tristeza mala: decaimiento, falta de espíritu de lucha, abandono de la vida de piedad.

No caeremos en esa situación si mantenemos vivo el diálogo con Dios en cada rato de oración. Frecuentemente tendremos que acudir a los Santos Evangelios o a otro libro –como este que lees–, para que nos ayude a encauzar ese diálogo, aproximarnos más al Señor, en el que nada ni nadie nos puede sustituir. Así hicieron muchos santos: «Si no era acabando de comulgar –dice Santa Teresa– jamás osaba comenzar a tener oración sin libro, que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como una compañía o escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba consolada»21.

Hemos de poner los medios para hacer esa oración mental con recogimiento. En el lugar más adecuado según nuestras circunstancias, siempre que sea posible, ante el Señor en el Sagrario. Y a la hora que hayamos determinado en nuestro plan de vida ordinario. En la oración estaremos también prevenidos contra las distracciones; esto supone, en gran medida, la mortificación de la memoria y de la imaginación, apartando lo que nos impida estar atentos a nuestro Dios. Hemos de evitar el tener «los sentidos despiertos y el alma dormida»22.

Si luchamos con decisión contra las distracciones, el Señor nos facilitará la vuelta al diálogo con Él; además, el Ángel Custodio tiene, entre otras, la misión de interceder por nosotros. Lo importante es no querer estar distraídos y no estarlo voluntariamente. Las distracciones involuntarias, que nos vienen a pesar nuestro, y que procuramos rechazar en cuanto somos conscientes, no quitan provecho ni mérito a nuestra oración. No se enfadan el padre y la madre porque balbucee sin sentido el niño que todavía no sabe hablar. Dios conoce nuestra flaqueza y tiene paciencia, pero hemos de pedirle: «concédenos el espíritu de oración»23.

Al Señor le será grato que hagamos el propósito de mejorar en la oración mental todos los días de nuestra vida; también aquellos en los que nos parezca costosa, difícil y árida, porque «la oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada»24. Si lo hacemos así, toda nuestra vida saldrá enriquecida y fortalecida. La oración es un potentísimo faro que da luz para iluminar mejor los problemas, para conocer mejor a las personas y así poder ayudarlas en su caminar hacia Cristo, para situar en su verdadero lugar aquellos asuntos que nos preocupan. La oración deja en el alma una atmósfera de serenidad y de paz que se transmite a los demás. La alegría que produce es un anticipo de la felicidad del Cielo.

Ninguna persona de este mundo ha sabido tratar a Jesús como su Madre Santa María, que pasó largas horas mirándole, hablando con Él, tratándole con sencillez y veneración. Si acudimos a Nuestra Madre del Cielo, aprenderemos muy pronto a hablar, llenos de confianza, con Jesús, y a seguirle de cerca, muy unidos a su Cruz.

1 Lc 11, 1-3. — 2 Cfr. Mt 14, 23; Mc 1, 35; Lc 5, 16; etc. — 3 Cfr. Lc 3, 21. — 4 Cfr. Lc 6, 12. — 5 Cfr. Mc 6, 46. — 6 Cfr. Lc 9, 29. — 7 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 119. — 8 Lc 22, 39. — 9 Lc 22, 40. — 10 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 445. — 11 Jn 15, 5. — 12 Cfr. Lc 18, 1. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 89. — 14 Santa Teresa, Vida, 8, 2. — 15 Lc 22, 41-42. — 16 Cfr. Mt 18, 19-20. — 17 Mt 6, 6. — 18 Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 10, 12. — 19 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 91. — 20 Lc 22, 45-46. — 21 Santa Teresa, Vida, 6, 3. — 22 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 368. — 23 Preces de laudes. Lunes IV semana de Cuaresma. — 24 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 464.

 

Meditaciones: lunes de la 4 semana de Cuaresma

Reflexión para meditar el lunes de la 4 semana de Cuaresma. Los temas propuestos son: Dios se ilusiona con nosotros; abandonarnos como hijos; fe es dejar sitio a Dios.

28/03/2022

– Dios se ilusiona con nosotros.

– Abandonarnos como hijos.

– Fe es dejar sitio a Dios.


AYER CELEBRÁBAMOS el domingo laetare, como un recordatorio de que la Cuaresma es un tiempo de penitencia que nos dispone hacia la gran alegría de la Pascua. En el libro del profeta Isaías escuchamos a Dios que nos dice: «He aquí que Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva. Las cosas pasadas no serán recordadas ni vendrán a la memoria. Al contrario, alegraos y regocijaos eternamente de lo que yo voy a crear, pues voy a crear a Jerusalén para el gozo, y a su pueblo para la alegría. Me gozaré en Jerusalén y me alegraré en su pueblo» (Is 65,17-19). El Señor nos invita a la alegría y él mismo se alegra. En el libro del Génesis también percibimos este gozo de Dios cuando, al contemplar el mundo recién salido de sus manos, ve que es «muy bueno» (Gn 1,31). El creador, que había preparado el mundo para los hombres, soñaba ya con la vida de sus hijos.

Sabemos que, sin embargo, después vino el pecado y la destrucción de la armonía inicial. Pero Dios no se cansó de perdonar ni de ilusionarse con los hombres. Cada uno de nosotros somos, de alguna manera, un sueño de Dios, un proyecto de bien y felicidad. «Dios piensa en cada uno de nosotros, ¡y piensa bien! Nos quiere y sueña con la alegría que gozará con nosotros. Por eso, el Señor quiere recrearnos, hacer nuevo nuestro corazón (...) para que triunfe la alegría. (...) Y hace tantos planes: construiremos casas..., plantaremos viñas, comeremos sus frutos..., todas las ilusiones que pueda tener un enamorado»1. San Josemaría, al pensar en las palabras del profeta Isaías en las que Dios nos dice que somos un proyecto divino, no ocultaba su emoción: «¡Que Dios me diga a mí que soy suyo! ¡Es como para volverse loco de Amor!»2.


«TE ENSALZARÉ, Señor, porque me has librado» (Sal 29,2). Este salmo expresa el agradecimiento de un hombre que fue rescatado por Dios de las garras de la muerte. En esta experiencia, el salmista ha aprendido al menos dos cosas importantes. La primera es que la ira de Dios dura solo un instante, pero su bondad toda la vida. El Señor no quiere destruir, sino corregir para que sus hijos puedan ser felices. Por eso, aun habiéndole ofendido con el pecado, siempre es posible volver a él con la seguridad de que seremos acogidos. Aunque quizás alguna vez parezca que nos ha dejado solos o que se ha ocultado, en realidad Dios siempre será fiel. «Por un breve instante te abandoné, pero con grandes ternuras te recogeré. En un arrebato de ira te oculté mi rostro un momento, pero con amor eterno me he apiadado de ti, dice tu Redentor, el Señor» (Is 54,7-8).

La segunda enseñanza del salmo es que la enfermedad y la muerte muestran al hombre su fragilidad. En el momento de la prosperidad es fácil olvidarlo y no dar relieve a la necesidad que tenemos de los demás y, sobre todo, de Dios. En cambio, cuando llega un momento de crisis personal o familiar, esta debilidad se pone de manifiesto; se comprende, entonces, con nueva profundidad, la importancia que tienen en nuestra vida la comunión –con Dios y con los demás– y la oración. «Me has dicho: “Padre, lo estoy pasando muy mal”. Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecica de esa cruz, solo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella,... déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: “Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno”. Y quédate tranquilo»3.


EN UNA OCASIÓN, un hombre poderoso, funcionario real de alto rango, le pide a Jesús que vaya con él a Cafarnaún para curar a su hijo gravemente enfermo. Su fe y su esperanza son todavía débiles, pero en su amor de padre no quiere dejar de intentar cualquier cosa para ayudar a su hijo. Por eso, ha recorrido los más de treinta kilómetros entre Cafarnaún y Caná, para ir a buscar a este Maestro del que le han asegurado que hace milagros nunca vistos.

El Señor se hace un poco de rogar, lamentándose serenamente de la incredulidad que encontraba en Galilea: todos deseaban ver signos y prodigios, pero no estaban tan dispuestos a acoger su palabra ni a convertirse. Aquel hombre insiste y, sobre todo, empieza poco a poco a creer de verdad, como muestra su dócil obediencia a lo que Jesús le indica: «Vete, tu hijo está vivo» (Jn 4,50). Mientras regresa presuroso a Cafarnaún, sus servidores le salen al encuentro con la noticia de que el niño se encuentra bien. «Y creyó él y toda su casa» (Jn 4,53), concluye el evangelista.

El Señor nos quiere curar, como al hijo del funcionario real, liberándonos de nuestras esclavitudes y perdonando nuestros pecados. Y nos pide lo mismo: creer. «La fe es dejar sitio a ese amor de Dios, dejar sitio al poder de Dios, pero no al poder de alguien muy poderoso, sino al poder de alguien que me quiere, que está enamorado de mí y quiere vivir la alegría conmigo. Eso es la fe. Eso es creer: dejar sitio al Señor para que venga y me cambie»4. Podemos pedir a nuestra Madre que nos ayude a tener, como ella, una fe grande, disponible y humilde, para que el Señor pueda llenarnos con su gracia.


Francisco, Homilía, 16-III-2015.
San Josemaría, Forja, n. 12.
San Josemaría, Vía Crucis, VII Estación, n.3.
Francisco, Homilía, 16-III-2015.

 

Domingo de Ramos: "Bendito sea el Rey"

Con obras de servicio, podemos preparar al Señor un triunfo mayor que el de su entrada en Jerusalén... Porque no se repetirán las escenas de Judas, ni la del Huerto de los Olivos, ni aquella noche cerrada... ¡Lograremos que arda el mundo en las llamas del fuego que vino a traer a la tierra!... Y la luz de la Verdad –nuestro Jesús– iluminará las inteligencias en un día sin fin (Forja, 947).

28 de marzo

Leemos en el día de hoy estas palabras de profunda alegría: los hijos de los hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, clamando y diciendo: Gloria en las alturas (Antífona en la distribución de los ramos.).

La aclamación a Jesucristo se enlaza en nuestra alma con la que saludó su nacimiento en Belén. Mientras Jesús pasaba, cuenta San Lucas, las gentes tendían sus vestidos por el camino. Y estando ya cercano a la bajada del monte de los Olivos, los discípulos en gran número, transportados de gozo, comenzaron a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que habían visto: bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor, paz en el cielo y gloria en las alturas (Lc XIX, 36–38.). (...)

En este Domingo de Ramos, cuando Nuestro Señor comienza la semana decisiva para nuestra salvación, dejémonos de consideraciones superficiales, vayamos a lo central, a lo que verdaderamente es importante. Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena. Para ir al cielo, es indispensable la fidelidad a la doctrina de Cristo. Para ser fiel, es indispensable porfiar con constancia en nuestra contienda contra los obstáculos que se oponen a nuestra eterna felicidad. (...)

El cristiano puede vivir con la seguridad de que, si desea luchar, Dios le cogerá de su mano derecha, como se lee en la Misa de esta fiesta. Jesús, que entra en Jerusalén cabalgando un pobre borrico, Rey de paz, es el que dijo: el reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los que la hacen son los que lo arrebatan (Mt XI, 12.). Esa fuerza no se manifiesta en violencia contra los demás: es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario. (Es Cristo que pasa, nn. 72-83)

 

 

La ordenación sacerdotal de san Josemaría Escrivá

San Josemaría Escrivá recibió la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925, en la ciudad de Zaragoza, en la iglesia de San Carlos. Dos días después, celebró su primera Misa en la Basílica del Pilar. Andrés Vázquez de Prada lo cuenta así en la biografía del santo.

San Josemaría en 1923.

27/03/2022

El Sábado de Témporas, 28 de marzo de 1925, se celebró en la iglesia de San Carlos la ceremonia de la ordenación sacerdotal, confiriéndole el presbiterado don Miguel de los Santos Díaz Gómara.

El ordenado siguió con los cinco sentidos las ceremonias litúrgicas: la unción de las manos, la traditio instrumentorum, las palabras de la consagración... Emocionado y confuso ante la bondad del Señor, tuvo en nada las dificultades pasadas desde el día de su llamamiento, dando gracias como un tierno enamorado.

Hizo los preparativos de su primera Misa. No cabía calificarla de solemne; iba a ser una misa rezada, el lunes de la Semana de Pasión, con ornamentos morados y ofrecida en sufragio por su padre. El recién ordenado envió recordatorios a muy pocas personas, a causa del luto. Celebrarían la fiesta en la intimidad. Unas estampas de Nuestra Señora llevaban impreso por detrás el texto del recordatorio:

«El Presbítero José María Escrivá y Albás celebrará su primera Misa en la Santa y Angélica Capilla del Pilar de Zaragoza, el 30 de Marzo de 1925, a las diez y media de la mañana, en sufragio del alma de su padre D. José Escrivá Corzán, que se durmió en el Señor el día 27 de Noviembre de 1924. A.M.D.G. Invitación y recuerdo»

No le había sido fácil conseguir que le cediesen la Santa Capilla; pero su vivo deseo era celebrar allí, en el lugar que visitaba a diario y donde clamaba su Domina, ut sit! Por lo demás, la misa fue más dolorosa de lo que el celebrante podía prever, aunque escondiera la memoria y circunstancias del acto en una frase muy simple: en la Santa capilla ante un puñado de personas, celebré sin ruido mi Primera Misa.

Su hermano Santiago, que contaba seis años, recuerda la sencillez de la ceremonia y la escasa compañía: «fue Misa rezada, a la que asistimos mi madre, mi hermana Carmen, yo y pocos más». Su prima, Sixta Cermeño, hace una relación más explícita:

«Mi marido y yo fuimos los únicos de la familia Albás que, acompañando a su madre, asistimos a aquella Primera Misa [...].

Estábamos la madre de Josemaría —la tía Lola—, su hermana, el chico —que tendría entonces seis años—, nosotros —mi marido y yo—, dos vecinas de Barbastro que se llaman las de Cortés y eran íntimas amigas de su hermana Carmen —tendrían la misma edad que ella— y alguien más que yo no conocía: me parece recordar a dos o tres sacerdotes y posiblemente estarían también algunos amigos de la Universidad o del Seminario. Es difícil decirlo porque es sabido que aquella Capilla del Pilar está siempre llena de gente».

Con las ausencias de los sacerdotes de la familia de doña Dolores, el corto número de los allí presentes daba impresión de soledad. «Sus tíos Carlos, Vicente y Mariano Albás —refiere Amparo Castillón—, no estuvieron en su primera misa, en 1925, a la que yo asistí y me di cuenta que estaba muy solo».

El Rector, don José López Sierra, añade que dos sacerdotes amigos de la familia hicieron de padrinos de altar y, movido de patetismo, describe la escena en la Santa Capilla: la madre estaba «hecha un mar de lágrimas, que a veces parecía desmayarse», mientras de rodillas, «sin pestañear siquiera, inmóviles toda la misa, contemplábamos los ademanes sagrados de aquel ángel en la tierra».

La emoción de doña Dolores, que se había levantado enferma esa mañana, se avivaba al considerar los muchos sacrificios que ella y su marido habían pasado para ver la ceremonia a la que asistía. Este pensamiento debió de cruzar por la mente de su sobrina, Sixta Cermeño, allí presente, cuando dice recordar que, «junto a la intimidad del momento, había una nota triste» y que la madre lloraba, «posiblemente porque recordaba la reciente pérdida de su marido».

El nuevo presbítero tenía la ilusión filial de que su madre fuese la primera persona que recibiera de sus manos una de las Formas por él consagradas. Se vio privado de esa alegría. Una señora se adelantó a doña Dolores para arrodillarse en el reclinatorio cuando iba a repartir la comunión, por lo que el sacerdote se vio obligado a dar de comulgar primero a esa buena mujer, para evitar un desaire. Acabada la misa hubo un besamanos, los parabienes de costumbre en la sacristía, y la despedida del pequeño grupo de asistentes. De aquella primera misa guardó Josemaría un sabor de sacrificio. Se la imaginaba como una estampa del dolor, con su madre vestida de luto.

Sobre el altar, al celebrar la Santa Misa ejerce el sacerdote su ministerio litúrgico del modo más excelso. Allí se inmola aquella misma Víctima que se ofreció en la Cruz para redimir a toda la humanidad. Josemaría, identificado personal y definitivamente con Cristo en virtud del sacramento del Orden, hizo del Sacrificio Eucarístico el centro de su vida interior. Y, así como la víspera de su primera Comunión había recibido como recordatorio la dolorosa caricia de una quemadura provocada por un descuido del peluquero, así también ahora le quedó impreso en la memoria el sacrificio de una piadosa ilusión: dar de comulgar a su madre, antes que a ninguna otra persona, en su primera misa. El Señor, claramente, le atraía más y más hacia la Cruz con estas pequeñas muestras de predilección.

En el piso de la calle Rufas estaban invitados a comer los sobrinos de doña Dolores, las dos amigas de Carmen venidas de Barbastro y alguna otra persona de confianza. El modesto agasajo combinaba la pobreza y el buen gusto. El ama de casa había preparado un excelente plato de arroz.

Cuando terminaron de comer, el sacerdote se retiró a su cuarto. Le acababan de notificar su primer nombramiento en la carrera eclesiástica. Repasó los sucesos de los últimos meses y los recientes golpes de la jornada. Razón tenía para pensar que el Señor continuaba el consabido martilleo: una en el clavo y ciento en la herradura. Desconsolado y sollozando protestaba filialmente al Señor: ¡Cómo me tratas, cómo me tratas!

Texto tomado de El Fundador del Opus Dei.


Para saber más

— Los años del seminario de san Josemaría Escrivá. Breve relato biográfico.

— Una amistad de 43 años. Artículo en el que Mons. Pedro Altabella, que conoció a san Josemaría al principio de los años 20 en Zaragoza, evoca algunos recuerdos de su amistad con el fundador del Opus Dei.

— San Josemaría, sacerdote diocesano. Mons. José María Yanguas menciona algunos de los rasgos del sacerdocio de san Josemaría que han modelado aspectos fundamentales de su vida como sacerdote diocesano.

— 18 frases de San Josemaría sobre los sacerdotes : Selección de frases de San Josemaría sobre la vida y la vocación de los sacerdotes.

— Una placa de san Josemaría en el lugar donde “vivió, se formó y se ordenó” (Zaragoza, diciembre de 2018)

— Breve vídeo sobre la ordenación sacerdotal de san Josemaría.

 

Meditación sobre la paz

En este texto se reflexiona sobre la paz a partir de estos temas: bienaventurados los pacíficos, ayudar con el realismo de la oración y forjar la paz desde la familia.

24/03/2022

  • Bienaventurados los pacíficos.
  • Ayudar con el realismo de la oración.
  • Forjar la paz desde la familia.

«AL VER JESÚS a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: (…) Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,1-2.9). En el Evangelio de san Mateo, el Señor, antes de confirmar sus palabras con prodigios, nos enseña con las bienaventuranzas el camino hacia la felicidad en la tierra y en el cielo. La ruta, aunque pueda sorprender, no es otra que ser pobre de espíritu, preocuparse por el dolor de los demás, buscar la justicia, tener un corazón limpio, no devolver mal por mal… Y, también, ser una persona que construye la paz.

San Pablo VI, a mitad de los años setenta, decía que «desafortunadamente, a medida que la trágica experiencia de la última guerra mundial va declinando en la esfera de los recuerdos, tenemos que registrar un recrudecimiento del espíritu contencioso entre las naciones»[1]. San Juan Pablo II, constatando un ambiente similar, a finales de 1989 señaló que «la memoria vigilante del pasado debería conseguir que nuestros contemporáneos estuvieran atentos a los abusos siempre posibles en el uso de la libertad, que la generación de esta época ha conquistado a costa de tantos sacrificios. El frágil equilibrio de la paz –continuaba– podría verse comprometido si en las conciencias se despertaran males como el odio racial, el menosprecio de los extranjeros, la segregación de los enfermos o de los ancianos, la exclusión de los pobres o el recurso a la violencia privada y colectiva»[2]. Y ya hacia nuestros días, el Papa Francisco, teniendo en mente tanto los conflictos en diversas partes del mundo, como la siempre creciente interdependencia entre países, ha afirmado que se podría hablar de una «guerra mundial a pedazos»[3]. En este contexto, ¿cómo hacer vida aquellas palabras de paz que dirigió Jesús a sus discípulos? ¿Cómo podemos ser esas personas pacíficas que buscan alcanzar la bienaventuranza?

«Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz» (Is 52,7), dice el profeta Isaías refiriéndose a Cristo y, en él, a todos quienes queremos seguir su camino. Ante la impotencia y la incomprensión que puede generar la violencia, estamos llamados a ser sembradores de esperanza. «La realización de la paz depende en gran medida del reconocimiento de que, en Dios, somos una sola familia humana (…). La paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible»[4], animaba Benedicto XVI. En su discurso de las bienaventuranzas, Jesús une la paz con la filiación común: «O somos hermanos o todo se derrumba»[5].


«PAZ, VERDAD, unidad, justicia. ¡Qué difícil parece a veces la tarea de superar las barreras, que impiden la convivencia humana! –decía san Josemaría–. Y, sin embargo, los cristianos estamos llamados a realizar ese gran milagro de la fraternidad»[6]. Dios, desde los primeros tiempos, nos ha querido revelar la tristeza que surge de la violencia entre sus hijos. «¿Dónde está tu hermano?» (Gén 4,9), pregunta a Caín en el libro del Génesis; se trata de un interrogante que resuena a lo largo de los siglos, recordándonos la tarea de cuidar de quienes nos acompañan en esta tierra. Ese «milagro de la fraternidad» espera nuestra colaboración, nuestro empeño positivo, ya que todos podemos ayudar de alguna manera. En primer lugar, Dios cuenta con nuestras oraciones; si nos fijamos bien, en la santa Misa rogamos incesantemente por la paz.

Es lógico que, al sabernos hijos de un mismo Padre, nos interesen las cosas que suceden en cualquier lugar del planeta. Vivir la comunión de los santos nos hace experimentar como propio el destino de muchas otras personas. En un mundo interconectado y casi inmediato, es comprensible querer saber siempre lo que ocurre, estar atentos a los medios de comunicación que nos acercan hasta esos lugares. Sin embargo, puede suceder que «la velocidad con la que se suceden las informaciones supera nuestra capacidad de reflexión y de juicio (...). El mundo de la comunicación puede ayudarnos a crecer o, por el contrario, a desorientarnos»[7]. En este contexto, a la vez que se impone una responsabilidad personal de aprender a informarse bien y no solo superficialmente, sin hacer violencia a la realidad, también puede ser bueno estar atentos a un posible desorden al querer saberlo todo, a tiempo real, o querer tener la mayor cantidad posible de detalles. El prelado del Opus Dei, refiriéndose a la profesión de la comunicación, señalaba que solo «un comunicador sereno podrá infundir el sentido cristiano en el flujo inevitablemente veloz de la opinión pública»[8]. De manera análoga, solo un consumidor sereno de noticias podrá asimilar la información con un sentido cristiano.

«La comprensión comienza cuando tratamos de ver personas concretas, y no “masas”, en el centro de cada relación comunicativa, aunque esas personas no estén físicamente presentes. No las vemos, pero están ahí, con toda su dignidad, especialmente cuando son más vulnerables»[9]. Este equilibrio para informarnos sobre conflictos lo podemos conseguir si vivimos el realismo que nos otorga una vida de oración y de caridad con los más cercanos; un realismo forjado en el silencio y en la vida concreta, que impulsa nuestro deseo de servir, aquí y ahora, en medio de nuestra familia y de nuestra profesión. La vida contemplativa nos lleva a ocuparnos de lo que verdaderamente podemos cambiar: primero en nosotros mismos y, después, en el ambiente que nos rodea, para llenarlo todo de paz.


«NO DEVOLVÁIS a nadie mal por mal –dice san Pablo a los romanos–: buscad hacer el bien delante de todos los hombres. Si es posible, en lo que está de vuestra parte, vivid en paz con todos los hombres» (Rm 12,17-18). Nuestro anhelo por que llegue la paz a tantos lugares del mundo puede ser un buen impulso para hacer lo mismo en nuestro ambiente. Quizás nosotros también vivimos nuestras pequeñas batallas domésticas, o enemistades con personas que vemos día a día. La sabiduría del pueblo judío recogía una máxima que rezaba: «Es honra para un hombre dejarse de litigios, pero cualquier necio se enzarza en ellos» (Prov 20,3), y esto sucede tanto a nivel político como a nivel doméstico. San Juan Pablo II, que ha sido llamado el Papa de la familia, veía que es precisamente en aquel entorno en donde se puede sembrar un futuro de paz para el mundo: «Los pequeños aprenden muy pronto a conocer la vida. Observan e imitan el modo de actuar de los adultos. Aprenden rápidamente el amor y el respeto por los demás, pero asimilan también con prontitud los venenos de la violencia y del odio. La experiencia que han tenido en la familia –continuaba diciendo el santo Papa polaco– condicionará fuertemente las actitudes que asumirán de adultos. Por tanto, si la familia es el primer lugar donde se abren al mundo, la familia debe ser para ellos la primera escuela de paz»[10].

«Tanto la paz, como la guerra, están dentro de nosotros»[11], escribió san Josemaría. «Si el origen del que brota la violencia está en el corazón de los hombres, entonces es fundamental recorrer el sendero de la no violencia en primer lugar en el seno de la familia (…). La familia es el espacio indispensable en el que los cónyuges, padres e hijos, hermanos y hermanas aprenden a comunicarse y a cuidarse unos a otros de modo desinteresado, y donde los desacuerdos o incluso los conflictos deben ser superados no con la fuerza, sino con el diálogo, el respeto, la búsqueda del bien del otro, la misericordia y el perdón. Desde el seno de la familia, la alegría se propaga al mundo y se irradia a toda la sociedad»[12]. El fundador del Opus Dei, en su búsqueda de paz, acudía a María; en ella podemos encontrar, primero, nuestra paz interior y, subiendo en escalada, la paz en nuestro ambiente, en nuestro trabajo, en nuestra ciudad. «Santa María es –así la invoca la Iglesia– la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!” –Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad?... –Te sorprenderás de su inmediata eficacia»[13].


[1] San Pablo VI, Mensaje, 1-I-1974.

[2] San Juan Pablo II, Carta apostólica, 27-VIII-1989.

[3] Francisco, Fratelli tutti, n. 259.

[4] Benedicto XVI, Mensaje, 1-I-2013.

[5] Francisco, Videomensaje, 4-II-2022.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 157.

[7] Francisco, Mensaje, 1-VI-2014.

[8] Mons. Fernando Ocáriz, Discurso, 19-IV-2018.

[9] Ibíd.

[10] San Juan Pablo II, Mensaje, 1-I-1996.

[11] San Josemaría, Surco, n. 852.

[12] Francisco, Mensaje, 1-I-2017.

[13] San Josemaría, Surco, n. 874.

 

 

La luz de la fe (XIII): la otra parte de la historia: muerte y resurrección

¿Qué tiene que ver la muerte y resurrección de Cristo con la plenitud de la vida que tanto deseamos? ¿Es la muerte el único límite al progreso?¿Por qué es tan decisiva la resurrección de Jesús? ¿En qué consiste un cielo nuevo y una tierra nueva?

04/05/2019

Es posible que hayamos visto alguna película, leído algún libro o incluso jugado a algún videojuego en que aparezca el elixir de la vida. Con esta expresión, acuñada hace siglos, se trataba de describir la búsqueda por parte de los alquimistas de un medicamento, también llamado "panacea", que permitiera al ser humano vivir para siempre. En nuestra época, existe una corriente de pensamiento –llamada Transhumanismo que constituye una versión actualizada de esta pretensión, y que se caracteriza por el seguimiento de tres grandes objetivos para la aparición de una humanidad perfecta: la súper longevidad, el súper conocimiento y el súper bienestar; en otras palabras, la búsqueda de una vida en plenitud.

Progreso vs. muerte: ¿límite o punto de partida?

¿Por qué, después de tantos siglos de progreso, buscamos todavía unos fines que siguen sin ser alcanzados? Es evidente que el hombre es un ser insatisfecho. Es alguien que, aunque consiga un nivel de vida y de felicidad que se pueda considerar satisfactorio, nunca se siente del todo satisfecho: quiere conocer siempre más, vivir cada vez mejor y hacerlo para siempre. Con el desarrollo científico y tecnológico, los conocimientos se han ampliado notablemente, y también la capacidad de evitar el dolor o de combatirlo. Sin embargo, antes o después, la existencia terrena se topa con un obstáculo que hasta el momento ningún ser humano ha conseguido saltar: la muerte.

JESUCRISTO NO SOLO HA SUPERADO EL LÍMITE DE LA MUERTE, TAMBIÉN NOS INVITA A PARTICIPAR A LOS HOMBRES DE SU VICTORIA

Esta se presenta como algo profundamente injusto, como aquello que nunca debiera ocurrir. Y, sin embargo, si algo sabemos con seguridad en esta vida, es que un día moriremos. Nuestro ser está abierto a una perfección que queda truncada con la muerte. Por eso, los pueblos de todo tiempo y cultura han desarrollado modos de enfrentarse con aquello que trasciende esta vida, desplegando el sentido religioso que está anclado en la naturaleza humana. Las representaciones sobre la existencia de un más allá son variadas en el panorama religioso de la humanidad, y dan testimonio de ese deseo humano de infinito; a la vez que ninguna de ellas logra demostrar que es la única realmente verdadera.

En este vasto horizonte, el cristianismo irrumpe con una fuerza inusitada: afirma que ha habido un hombre que ha superado la muerte como límite; que, venciendo a la muerte, ha obtenido una vida que dura para siempre. Ese hombre es Jesucristo. Pero no se queda ahí, sino que además afirma que Jesús ha prometido, a quienes vivan de él y sigan su ejemplo, el poder participar de esa nueva existencia que vence a la muerte.

Ante la muerte de una persona querida, con frecuencia se escucha una frase como esta: «su desaparición constituye una pérdida». La muerte de un ser humano es injusta, pues cada uno es un ejemplar irrepetible, y por tanto su desaparición del mundo supone un auténtico empobrecimiento. Si esto es así para nosotros, se puede decir que la muerte de Cristo fue el acontecimiento más injusto de la historia, pues su vida, según nos ha llegado a través de los testimonios de su época, muestra una ejemplaridad fuera de lo común, que ha sido reconocida incluso por aquellos que tienen del cristianismo una opinión negativa.

Volver a las raíces

Algunas piezas literarias describen esta búsqueda humana como el intento de volver a un paraíso perdido, como sugiere el título de la famosa obra de John Milton. Con ello hacen referencia a diversas tradiciones que hablan de una idílica época inicial de la humanidad, que fue quebrada por algún acontecimiento que hizo perder al hombre su inmortalidad y su bondad. La historia de algunos personajes de la mitología griega, como Aquiles, sugiere que el precio que el hombre ha de pagar para ser él mismo y no un ser indiferenciado en el mundo divino es la aceptación de la propia mortalidad. En el pensamiento ilustrado, es frecuente encontrarse con la idea de que el ser humano, para poder ser él mismo, necesita emanciparse de su origen, de su dependencia de un Dios o de un entorno familiar que hasta entonces lo ha protegido. Valerse por sí mismo significa perder el miedo a enfrentarse a la muerte. Las promesas de vida después de la muerte serían, pues, una vuelta a los orígenes felices. Recuérdese que algunos clásicos literarios de muy diversas épocas, desde La odisea hasta El Señor de los anillos, se plantean como la vuelta del héroe a casa.

Se ha hablado previamente de la búsqueda de una existencia duradera, de un bienestar y de un conocimiento supremo. Pues bien, en realidad, la fe cristiana dice que exactamente eso era lo que el ser humano tenía en sus orígenes remotos, cuando fue creado por Dios en un estado de inocencia, que la doctrina de la Iglesia llama «justicia original»[1]: además de la amistad con Dios, el hombre gozaba de los dones de integridad, conocimiento, impasibilidad e inmortalidad. Fue el pecado, la desobediencia a Dios (cfr. Gn 3,6), lo que provocó la expulsión del paraíso, y por consiguiente la pérdida del acceso al árbol de la vida (cfr. Gn 3,22-24). La Biblia precisa en seguida que la historia primordial no concluye así, de modo trágico, sino que Dios mismo se ocupa de los humanos cubriendo su desnudez con unos vestidos improvisados (cfr. Gn 3,21), y prometiéndoles un futuro redentor (cfr. Gn 3,15). En efecto, Jesucristo, que se presenta como «el último Adán» (1Cor 15,45), nuevo inicio de la humanidad, permaneciendo a la vez en su condición divina, toma sobre sí la condición humana (cfr. Flp 2,5-11), con esos efectos de mortalidad, sufrimiento y exposición a la tentación, y realiza en su vida el proyecto de Dios, en plena obediencia al Padre hasta la entrega de su propia vida. Y gracias a ese acto supremo de amor, vence la muerte con su resurrección, reabriendo las puertas del paraíso a los hombres, que ahora pueden acceder de nuevo al árbol de la vida: los sacramentos, cuya fuente y cima es el alimento eucarístico[2]. En Él, de alguna manera, el Cielo de Dios, el Paraíso, se une a la tierra que habitamos, mientras esperamos su prometida manifestación gloriosa al final de los tiempos[3].

La resurrección: el misterio de Dios en el mundo

La fe cristiana habla, por tanto, de un más allá que se hace presente en nuestro más acá, de un Cielo que, siendo promesa de algo completamente nuevo, no asimilable a las categorías espacio temporales de nuestro mundo, a la vez será algo que responde a un deseo profundamente arraigado en nuestro ser. Es verdad que Jesús, después de su resurrección, ascendió a los Cielos, desde donde volverá; esos mismos Cielos que acogieron a María, que fue concebida sin pecado y por tanto participa de modo eminente del misterio de su Hijo; pero es también cierto, que esos Cielos no son otra cosa que el misterio de Dios que, a la vez que es trascendente a este mundo, está por completo dentro de él, de modo que, paradójicamente, ahora Jesús se encuentra más cerca de nosotros que cuando recorría los caminos de Palestina[4].

EL CIELO ES EL MISTERIO DE DIOS: A LA VEZ QUE TRASCIENDEEL MUNDO, SE HALLA DENTRO DE ÉL.

Con su resurrección y su promesa, Jesús ha introducido en el mundo de nuestra experiencia, muchas veces negativa por estar marcada por las consecuencias del pecado en nuestras vidas (ignorancia, dolor, muerte, etc.), una esperanza nueva, real, pues la existencia y resurrección de Jesús se han dado en nuestra historia y, a la vez, de algún modo la superan, porque la abren a lo que está más allá de ella, en la otra parte de la historia. Esa esperanza es creíble porque Jesús ha dado su vida, y no hay nada más creíble en este mundo que el ejemplo, que siendo de santidad –es decir, de caridad–, es simplemente incontestable. «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Por eso, el martirio, desde los inicios del cristianismo hasta hoy, constituye la mayor muestra de la credibilidad y veracidad de una fe por la que se es capaz de dar la vida.

De este modo, se entiende que la vida eterna prometida por Jesús, de una parte ya ha comenzado en este mundo para el que cree y, a la vez, recibirá una plenitud transfiguradora que no podemos todavía soñar. «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1Cor 2,9). Si la imaginamos con las categorías de este mundo, nos podría entrar la sospecha del aburrimiento de una vida que consistiría en «un continuo sucederse de días del calendario»[5]. Pero no se trata de un reduplicado de esta vida sino, más bien, de un don sorprendente, por el que vale la pena dejarse la vida, pues amamos y nos fiamos de quien dice que nos hará felices: «Muy bien, siervo bueno y fiel, […] entra en la alegría de tu Señor» (Mt 25,21.23). Cuando dos personas forman un proyecto común de vida, se dicen mutuamente que se harán felices, no porque piensen que la otra persona será un medio para alcanzar la felicidad, sino porque ocuparse de su felicidad será lo que les haga felices. Ciertamente, Dios es ya feliz en cuanto comunión trinitaria de Personas; pero, a la vez, quiere hacernos participar de su felicidad de la que, ya esta existencia terrena, vivida por amor, es un anticipo. Por eso, decía san Agustín que «amando al prójimo purgas el ojo para ver a Dios»[6].

Un cielo nuevo y una tierra nueva

Ver a Dios requiere seguir siendo criaturas de alma y cuerpo, y por tanto, que haya una resurrección final, que consiste en que, siendo Dios creador de todo, también la materia, el cosmos y nuestros cuerpos, transfigurados, puedan participar de la gloria divina, como de hecho participa ya la humanidad de Jesucristo, que existe para siempre en Dios. Se trata de algo muy importante para una correcta interpretación de las implicaciones del cristianismo en la sociedad, en la historia y en la cultura: el «cielo nuevo y la tierra nueva» (Ap 21,1) no serán algo completamente diferente, sino que, de alguna manera, el empeño por construir un mundo mejor acompañará al hombre en la eternidad.

LA VIDA ETERNA PROMETIDA POR JESÚS, DE UNA PARTE YA HA COMENZADO PARA EL QUE CREE

Por tanto, el hombre es padre de sí mismo[7], pues sus decisiones le configuran, y eso quiere decir que se construye la eternidad con su actuar en este mundo, pues sus acciones le conforman. Por eso, resucitará no solo un cuerpo en un sentido puramente material, sino todo su ser con el bagaje de toda su historia[8]. De ahí que resulte tan certera la invitación a «vivir cada instante con vibración de eternidad»[9].

Ninguna otra doctrina como la de la resurrección suscitó las ironías de los paganos en los primeros siglos, como ya le ocurriera a san Pablo: «te escucharemos sobre eso en otra ocasión»; «las muchas letras te han hecho perder el juicio» (Hch 17,32; 26,24). Sin embargo, el dualismo entre materia y espíritu, que caracterizaba la cosmovisión griega, no ofrecía perspectivas de salvación de la dimensión material, considerada como fuente del mal. Tampoco las teorías, antiguas y nuevas, que prometen una reencarnación satisfacen, pues aunque parecen valorar la necesidad de que la materia esté presente en el destino del hombre, no parecen respetar la identidad real del hombre en la indisoluble unión de cuerpo y alma.

Mirando a Cristo se puede comprender que es razonable la promesa de la resurrección, si bien no está en la mano del Hombre alcanzarla, pues se trata de un puro don. Por eso, el cristianismo es una propuesta de sentido que, sin resolver del todo en esta vida los enigmas que rodean la existencia, ofrece una esperanza razonable de una vida imperecedera, por la que vale la pena seguir a Jesucristo y dar la vida por él.

Santiago Sanz


[1] Cfr. San Juan Pablo II, El pecado del hombre y el estado de justicia original, Audiencia general, 3-IX-1986.

[2] Cfr. J. Ratzinger, Escatología. La muerte y la vida eterna, Herder, Barcelona 1992, p. 150.

[3] Cfr. S. Hahn, La cena del Cordero. La Misa, el cielo en la tierra, Rialp, Madrid 2016.

[4] Cfr. J. Ratzinger / Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Encuentro, Madrid 2011, pp. 323-339.

[5] Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 12.

[6] San Agustín, In Evangelium Ioannis Tractatus, 17,8.

[7] Cfr. San Gregorio de Nisa, De vita Moysis, 2,3.

[8] Cfr. R. Guardini, El tránsito a la eternidad, PPC, Madrid 2003.

[9] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 239.


Lecturas recomendadas:

Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30-XI-2007.

R. Guardini, El tránsito a la eternidad, PPC, Madrid 2003.

J. Ratzinger, Escatología. La muerte y la vida eterna, Herder, Barcelona 1992.

P. O’Callaghan – J.J. Alviar, Breve y sencillo curso de escatología, en www.collationes.org, Roma 2013.

 

Examen de conciencia para la confesión (adultos)

Ofrecemos una serie de preguntas que pueden ayudar a realizar el examen de conciencia personal previo a la confesión. Esta versión está dirigida a adultos.

22/03/2019

Amarás a Dios sobre todas las cosas...

- ¿Creo todo lo que Dios ha revelado y nos enseña la Iglesia Católica? ¿He dudado o negado las verdades de la fe católica?

- ¿Hago con desgana las cosas que se refieren a Dios? ¿Me acuerdo del Señor a lo largo del día? ¿Rezo en algún momento de la jornada?

- ¿He recibido al Señor en la Sagrada Comunión teniendo algún pecado grave en mi conciencia? ¿He callado en la confesión por vergüenza algún pecado mortal?

- ¿He blasfemado? ¿He jurado sin necesidad o sin verdad? ¿He practicado la superstición o el espiritismo?

- ¿He faltado a Misa los domingos o días festivos? ¿He cumplido los días de ayuno y abstinencia?

… y al prójimo como a ti mismo.

- ¿Manifiesto respeto y cariño a mis familiares? ¿estoy pendiente y ayudo en el cuidado de mis padres o familiares si lo necesitan? ¿Soy amable con los extraños y me falta esa amabilidad en la vida de familia? ¿tengo paciencia?

- ¿Permito que mi trabajo ocupe tiempo y energías que corresponden a mi familia o amigos? Si estoy casado, ¿he fortalecido la autoridad de mi cónyuge, evitando reprenderle, contradecirle o discutirle delante de los hijos?

- ¿Respeto la vida humana? ¿He cooperado o alentado a alguien a abortar, destruir embriones, a la eutanasia o cualquier otro medio que atente contra la vida de seres humanos?

- ¿Deseo el bien a los demás, o albergo odios y realizo juicios críticos? ¿He sido violento verbal o físicamente en familia, en el trabajo o en otros ambientes? ¿He dado mal ejemplo a las personas que me rodean? ¿Les corrijo con cólera o injustamente?

- ¿Procuro cuidar mi salud? ¿He tomado alcohol en exceso? ¿He tomado drogas? ¿He arriesgado mi vida injustificadamente (por el modo de conducir, las diversiones, etc.)?

- ¿He mirado vídeos o páginas web pornográficas? ¿Incito a otros a hacer el mal?

- ¿Vivo la castidad? ¿He cometido actos impuros conmigo mismo o con otras personas? ¿He consentido pensamientos, deseos o sensaciones impuras? ¿Vivo con alguien como si estuviéramos casados sin estarlo?

- Si estoy casado, ¿he cuidado la fidelidad matrimonial? ¿procuro amar a mi cónyuge por encima de cualquier otra persona? ¿Pongo mi matrimonio y mis hijos en primer lugar? ¿Tengo una actitud abierta a nuevas vidas?

- ¿He tomado dinero o cosas que no son mías? ¿En su caso, he restituido o reparado?

- ¿Procuro cumplir con mis deberes profesionales? ¿Soy honesto? ¿He engañado a otros: cobrando más de lo debido, ofreciendo a propósito un servicio defectuoso?

- ¿He gastado dinero para mi comodidad o lujo personal olvidando mis responsabilidades hacia otros y hacia la Iglesia? ¿He desatendido a los pobres o a los necesitados? ¿Cumplo con mis deberes de ciudadano?

- ¿He dicho mentiras? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse? ¿He descubierto, sin causa justa, defectos graves de otras personas? ¿He hablado o pensado mal de otros? ¿He calumniado?


- Volver a La Confesión: una guía paso a paso

Examen de conciencia para niños

Examen de conciencia para jóvenes

Los tres exámenes de conciencia para la Confesión, en un solo archivo.

En ocasiones, es nuestra propia vida la que parece bloquearse, torcerse, fruto de una decisión equivocada o de un mal paso… ¿Y quién no desearía contar entonces con la posibilidad de empezar de cero? Esa posibilidad existe gracias a RESET, un reportaje multimedia con varias historias sobre la bondad de acudir al sacramento del Perdón, para alcanzar la certeza de que Dios nos perdona y nos anima a volver a empezar.


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Si tienes cualquier duda o quieres ampliar información escríbenos info.es@opusdei.org

 

¿Cuáles son los 10 Mandamientos?

Los Diez Mandamientos o Decálogo son las «diez palabras» que recogen la Ley dada por Dios al pueblo de Israel durante la Alianza hecha por medio de Moisés (Ex 34, 28). El Decálogo, al presentar los mandamientos del amor a Dios (los tres primeros) y al prójimo (los otros siete), traza, para el pueblo elegido y para cada uno en particular, el camino de una vida liberada de la esclavitud del pecado.

Preguntas y respuestas sobre los Diez Mandamientos. Foto: Alberto Barrera.

15/06/2020

¿Cuáles son los 10 mandamientos?

  1. Primer Mandamiento
    Amarás a Dios sobre todas las cosas.
  2. Segundo Mandamiento
    No tomarás el nombre de Dios en vano.
  3. Tercer Mandamiento
    Santificarás las fiestas.
  4. Cuarto Mandamiento
    Honrarás a tu padre y a tu madre.
  5. Quinto Mandamiento
    No matarás.
  6. Sexto Mandamiento
    No cometerás actos impuros.
  7. Séptimo Mandamiento
    No robarás.
  8. Octavo Mandamiento
    No darás falso testimonio ni mentirás.
  9. Noveno Mandamiento
    No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
  10. Décimo Mandamiento
    No codiciarás los bienes ajenos.

Más información sobre los mandamientos

Fórmula catequética de los Diez Mandamientos con enlaces para profundizar en cada uno de ellos

¿En el Evangelio dónde habla Jesús de los Mandamientos?

¿A qué mandamientos se refiere Jesús? ¿Dónde están recogidos?

¿Cuáles son Los Diez Mandamientos?

¿Qué importancia tienen los Mandamientos en la vida cristiana?

¿Deben los cristianos vivir los Diez Mandamientos?

¿Cuál es el Mandamiento más importante?

¿Qué relación tienen los mandamientos de la ley de Dios y la Ley Natural?


Fórmula catequética de los Diez Mandamientos con enlaces para profundizar en cada uno de ellos

«Yo soy el Señor tu Dios:
Primer Mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Segundo Mandamiento: No tomarás el nombre de Dios en vano.
Tercer Mandamiento: Santificarás las fiestas.
Cuarto Mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre.
Quinto Mandamiento: No matarás.
Sexto Mandamiento: No cometerás actos impuros.
Séptimo Mandamiento: No robarás.
Octavo Mandamiento: No darás falso testimonio ni mentirás.
Noveno Mandamiento: No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
Décimo Mandamiento: No codiciarás los bienes ajenos

¿En el Evangelio dónde habla Jesús de los Mandamientos?

Jesucristo se refiere a los Diez Mandamientos cuando un joven le pregunta cómo conseguir la vida eterna: “Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?”. Jesús responde: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor del prójimo: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre”. Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 19, 16-19). (Catecismo de la Iglesia Católica, 2052)

¿A qué mandamientos se refiere Jesús? ¿Dónde están recogidos?

Los 10 mandamientos o “Decálogo” que significa literalmente “diez palabras” son las que Dios reveló a su pueblo, Israel, cuando habló con Moisés en la montaña santa y están recogidas en los libros del Éxodo y del Deuteronomio del Antiguo Testamento (cfr. Ex 20, 1-17 y 34, 28 ; Dt 5, 6-22, y 4,13; 10, 4). Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente. Pero su pleno sentido ha sido revelado por Jesucristo. (Leer Catecismo de la Iglesia Católica, 2056)

Textos de san Josemaría para meditar

Vias tuas, Domine, demonstra mihi, et semitas tuas edoce me: Señor, indícame tus caminos, enséñame tus sendas. Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas, para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la caridad. (Es Cristo que pasa, 1)

José era un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres. (Es Cristo que pasa, 40)

¿Cuáles son Los Diez Mandamientos?

La división y numeración de los mandamientos ha variado en el curso de la historia. El actual catecismo de la Iglesia sigue la división de los mandamientos establecida por san Agustín y que ha llegado a ser tradicional en la Iglesia católica. Es también la de las confesiones luteranas. Los Padres griegos hicieron una división algo distinta que se usa en las Iglesias ortodoxas y las comunidades reformadas. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2066)

Vea la tabla los mandamientos dados por Dios a Moisés, según recoge el libro del Éxodo y del Deuteronomio y la formulación más sencilla de la catequesis de la Iglesia.

Textos de san Josemaría para meditar

La vida de Cristo es vida nuestra, según lo que prometiera Jesús a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él. El cristiano debe —por tanto— vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus , no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí. (Es Cristo que pasa, 103)

Con agradecimiento, porque percibimos la felicidad a que estamos llamados, hemos aprendido que las criaturas todas han sido sacadas de la nada por Dios y para Dios: las racionales, los hombres, aunque con tanta frecuencia perdamos la razón; y las irracionales, las que corretean por la superficie de la tierra, o habitan en las entrañas del mundo, o cruzan el azul del cielo, algunas hasta mirar de hito en hito al sol. Pero, en medio de esta maravillosa variedad, sólo nosotros, los hombres —no hablo aquí de los ángeles— nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe. Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana. El Señor nos invita, nos impulsa —¡porque nos ama entrañablemente!— a escoger el bien. Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás... Escoge la vida, para que vivas.

¿Quieres tú pensar —yo también hago mi examen— si mantienes inmutable y firme tu elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí? (Amigos de Dios, 24)

¿Qué importancia tienen los Mandamientos en la vida cristiana?

Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.

Desde san Agustín, los “Diez Mandamientos” ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. En el siglo XV se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy. Los catecismos de la Iglesia han expuesto con frecuencia la moral cristiana siguiendo el orden de los “diez mandamientos”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2065)

Textos de san Josemaría para meditar

Si sabemos contemplar el misterio de Cristo, si nos esforzamos en verlo con los ojos limpios, nos daremos cuenta de que es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con El en la oración. Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo en él. Quien conoce mis mandamientos y los cumple, ése es quien me ama. Y el que me ame será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él.

No son sólo promesas. Son la entraña, la realidad de una vida auténtica: la vida de la gracia, que nos empuja a tratar personal y directamente a Dios. Si cumplís mis preceptos, permaneceréis en mi amor, como yo he cumplido los mandatos de mi Padre y permanezco en su amor. (Es Cristo que pasa, 118)

¿Deben los cristianos vivir los Diez Mandamientos?

Los diez mandamientos, en su contenido fundamental, enuncian obligaciones para todos los hombres, ya que manifiestan la conducta digna del hombre. Los cristianos al conocerlos sin error, por el magisterio de la Iglesia, deben obedecerlos y vivirlos. La obediencia a estos preceptos es grave pero implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2081)

Aunque a veces pueda parecer difícil vivirlos, hay que tener en cuenta que Dios hace posible por su gracia lo que manda. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2082)

Textos de san Josemaría para meditar

¿Qué importa tropezar, si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento? No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. Si en el libro de los Proverbios se comenta que el justo cae siete veces al día, tú y yo —pobres criaturas— no debemos extrañarnos ni desalentarnos ante las propias miserias personales, ante nuestros tropiezos, porque continuaremos hacia adelante, si buscamos la fortaleza en Aquel que nos ha prometido: venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Gracias, Señor, quia tu es, Deus, fortitudo mea, porque has sido siempre Tú, y sólo Tú, Dios mío, mi fortaleza, mi refugio, mi apoyo. (Amigos de Dios, 131)

En tu alma parece que materialmente oyes: "¡ese prejuicio religioso!"... —Y después la defensa elocuente de todas las miserias de nuestra pobre carne caída: "¡sus derechos!". Cuando esto te suceda di al enemigo que hay ley natural y ley de Dios, ¡y Dios! —Y también infierno. (Camino, 141)

¿Cuál es el Mandamiento más importante?

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”.
San Mateo en el versículo 22, 36 de su Evangelio recoge cuando un escriba le hace esta pregunta a Jesús: “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” y la respuesta de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40; cf Dt 6, 5; Lv 19, 18). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2055)

Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado en la primera de las “diez palabras”. Los mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2083)

Textos de san Josemaría para meditar

La caridad no la construimos nosotros; nos invade con la gracia de Dios: porque El nos amó primero. Conviene que nos empapemos bien de esta verdad hermosísima: si podemos amar a Dios, es porque hemos sido amados por Dios. Tú y yo estamos en condiciones de derrochar cariño con los que nos rodean, porque hemos nacido a la fe, por el amor del Padre. Pedid con osadía al Señor este tesoro, esta virtud sobrenatural de la caridad, para ejercitarla hasta en el último detalle.

Con frecuencia, los cristianos no hemos sabido corresponder a ese don; a veces lo hemos rebajado, como si se limitase a una limosna, sin alma, fría; o lo hemos reducido a una conducta de beneficencia más o menos formularia. Expresaba bien esta aberración la resignada queja de una enferma: aquí me tratan con caridad, pero mi madre me cuidaba con cariño. El amor que nace del Corazón de Cristo no puede dar lugar a esa clase de distinciones.

Para que se os metiera bien en la cabeza esta verdad, de una forma gráfica, he predicado en millares de ocasiones que nosotros no poseemos un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas: este pobre corazón nuestro, de carne, quiere con un cariño humano que, si está unido al amor de Cristo, es también sobrenatural. Esa, y no otra, es la caridad que hemos de cultivar en el alma, la que nos llevará a descubrir en los demás la imagen de Nuestro Señor. (Amigos de Dios 229)

Pero fijaos en que Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos.

El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas . Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados. (Es Cristo que pasa, 166)

No se ha limitado el Señor a decirnos que nos ama: sino que nos lo ha demostrado con las obras, con la vida entera. —¿Y tú? (Forja 62)

Pásmate ante la magnanimidad de Dios: se ha hecho Hombre para redimirnos, para que tú y yo —¡que no valemos nada, reconócelo!— le tratemos con confianza. (Forja, 30)

¿Qué relación tienen los mandamientos de la ley de Dios y la Ley Natural?

Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios y nos enseñan la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la “ley natural”: «Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo, el cual, si alguien no lo guarda, no tendrá la salvación, y no les exigió nada más» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 15, 1). (Catecismo de la Iglesia Católica, 2070)

Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto de las exigencias de la ley natural, la humanidad herida por el pecado, con dificultad para alcanzar la verdad y el bien, necesitaba esta revelación: «En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del oscurecimiento de la luz de la razón y de la desviación de la voluntad» (San Buenaventura, In quattuor libros Sententiarum, 3, 37, 1, 3).

Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la con ciencia moral. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2071)

Textos de san Josemaría para meditar

Si el mundo y todo lo que en él hay —menos el pecado— es bueno, porque es obra de Dios Nuestro Señor, el cristiano, luchando continuamente por evitar las ofensas a Dios —una lucha positiva de amor—, ha de dedicarse a todo lo terreno, codo a codo con los demás ciudadanos; debe defender todos los bienes derivados de la dignidad de la persona.

Y existe un bien que deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros —para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje— integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad.

El Reino de Cristo es de libertad: aquí no existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a Dios. ¡Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres! Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana. (Es Cristo que pasa, 184)


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Es la guerra

La guerra no es ya la continuación de la política por otros medios, sino lo incívico, la barbarie

Clausewitz decía que «la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas por otros medios». Eso lo escribía en 1832, cuando los ejércitos, formados por profesionales en su mayoría, se plantaban cara a cara en una llanura; y el que vencía se quedaba con el poder de las urbes y del territorio. Pero si entonces era dudoso que fuera cierto, hoy es inservible: la guerra no es ya la continuación de la política por otros medios, sino lo incívico, la barbarie.

Las guerras modernas, sin embargo, no son así; sobre todo cuando hay desigualdad y asimetría; pues entonces, lo único posible para no ser arrasado por completo es refugiarse en las ciudades. Pero esto conlleva el enfrentamiento con los no combatientes que son  la inmensa mayoría de la población.

El sufrimiento del pueblo ucraniano es inimaginable y francamente llena de tristeza, porque vemos impotentes destrucciones masivas de fanáticos e intransigentes que han optado por la violencia, tachando de agresivos a los que son sus víctimas. Ante el ataque violento, injusto y mortífero, hay que posicionarse siempre a favor del agredido. No en vano, el papa Francisco, clamaba recientemente contra la guerra, subrayando que  “quien hace la guerra olvida la humanidad, no mira la vida concreta de las personas, sino que coloca delante todos los intereses del poder, se confía a la lógica diabólica de las armas que es la más alejada de la voluntad de Dios y se distancia de la gente común que quiere la paz. En cada conflicto la gente corriente es la verdadera victima que paga con su piel la locura de la guerra”. Es necesario que en las zonas asediadas y bombardeadas se abran urgentemente corredores humanitarios, pues son los ancianos, los niños, las madres quienes padecen especialmente ese sufrimiento.

Los amantes de la paz hemos de implorar con confianza, aunque seamos conscientes de nuestra impotencia para modificar el rumbo de los acontecimientos. Pero no podemos olvidar tampoco, al menos los cristianos, que Dios es Señor de la historia y que la paz es un don y una tarea que se nos encomienda.

Hace años, contemplaba una pintada anarquista en un mural, que decía así: «aunque todo esté perdido siempre queda molestar». Uno, que tiene algo de provocador, simplemente lo traducía por este otro: aunque todo esté perdido, siempre queda rezar. Sí, a veces, solo cabe el recurso de implorar; que muchos amenes al cielo llegan. Este es nuestro caso hoy y ahora, en este tiempo aciago que nos toca vivir. Pues pacificar los corazones, y más después de la barbarie, no es tarea sencilla: se necesita tiempo y una gran capacidad de perdón; pero si cada uno lo intenta en su propio ambiente, con los que están a nuestro lado, comenzamos a enderezar lo torcido.

Escrito por Pedro López

 

¿Se extiende la cristiano fobia?

«Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos,. Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.» (Juan 8)

EWTN es una famosa cadena de televisión católica fundada la Madre M. Angélica, una religiosa de clausura de orden de Clarisas Pobres y dedicada a la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. Inició sus operaciones el 15 de agosto de 1981 y se ha convertido en la mayor cadena multimedios religiosa del mundo, con programas 24 horas al día que llegan a más de 160 millones de hogares en 144 países.

La Agencia católica de noticias ACIPRENSA ha informado una increíble noticia en detrimento de los católicos del mundo:

“YouTube penalizó este 1 de abril al canal de EWTN Español por la publicación de unos programas provida, decisión con la cual impide transmitir en vivo las actividades del Papa Francisco en Semana Santa. Debido a esto, EWTN no puede ofrecer a su audiencia hispanohablante la posibilidad de ver en vivo los eventos del Papa Francisco en Roma durante el Triduo Pascual”.

Hagamos un alto. Mira a tu alrededor. Satanás está más activo que nunca y quiere acabar con la vida porque la vida está ganando la batalla. Y es lo que puedes esperar de él.

Las Escrituras nos dicen estas fuertes palabras, a ver si despertamos de una vez por todas: “Ustedes tienen por padre al diablo y quieren realizar los malos deseos de su padre. Ha sido un asesino desde el principio, porque la verdad no está en él, y no se ha mantenido en la verdad. Lo que le ocurre decir es mentira, porque es un mentiroso y padre de toda mentira.” (Juan 8)

No pensé que mi generación viviría este ataque tan directo contra los valores morales, contra la fe y contra la Iglesia de Cristo. No seamos ingenuos, a quien quieren matar es otra vez a Cristo.

Quedamos nosotros, los católicos del mundo, para defender a Cristo del derrumbe de los valores y principios morales, de la espiritualidad libre que no lo reconoce como Dios, de la infiltración de la superficialidad en las iglesias. Eres un soldado de Cristo. Nunca lo olvides.

Éste es un momento histórico donde tú y yo cómo bautizado tenemos el deber de defender la fe, el deber de gritar: Soy católico. EWTN es un canal católico, por tanto, lo defenderemos. Señores de  YouTube, exigimos que lo regresen a su pueblo, que no censuren programas que proclaman el derecho y la dignidad de la vida humana.”

“Señor, en estos momentos de adversidad, quédate con nosotros, que sin ti nos perderemos”. 

Sheila Morataya

 

 

Educación por la paz

La educación por sí sola no acabará nunca con las guerras ni con las causas profundas de la falta de paz y de los conflictos violentos del mundo, pero es una vía que está a nuestro alcance, y que bien empleada, puede ser generadora de paz.

Por Mèrcé Sáiz Sáiz

Querido/a profesor/a:

Yo soy un superviviente de un campo de concentración.

Mis ojos vieron lo que ningún hombre debería presenciar:

Cámaras de gas construidas por ingenieros instruidos.

Niños envenenados por médicos profesionales.

Niños muertos por enfermeras profesionales.

Mujeres y recién nacidos muertos a tiros y quemados por graduados en altas escuelas mayores y universidades.

Así es como yo sospecho de la educación.

Mi petición es: ayuda a tus alumnos a llegar a ser humanos.

Tus esfuerzos nunca deben producir monstruos, hábiles psicópatas, futuros Eichmans.

Leer, escribir, calcular… son importantes sólo si sirven para hacer a nuestros hijos más humanos. (1)

Este testimonio puede ser uno de los muchos motivos por los que haga falta fomentar una pedagogía de la paz, en que la enseñanza llegue a ser más humanista. A través de los aprendizajes escolares, con la innovación que supone la implantación de la Reforma Educativa en nuestro sistema escolar, se puede impulsar la educación en valores a través de un aprendizaje significativo, en el que se desarrollen las habilidades necesarias para construir una buena pedagogía para la gestión de conflictos. Posiblemente la educación por sí sola no acabará nunca con las guerras ni con las causas profundas de la falta de paz y de los conflictos violentos del mundo, pero es una vía que está a nuestro alcance, y que bien empleada, puede ser generadora de paz.

 

La Asamblea General de las Naciones Unidas, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, manifiesta: «La educación tiene que tender al pleno desarrollo de la personalidad humana y al refuerzo del respeto por los Derechos del Hombre y de las libertades fundamentales. Tiene que favorecer la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos sociales o religiosos, y la difusión de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.»

 

Queda, pues, más que justificada la necesidad de educar para la paz, no sólo por el hecho de constituir un derecho humano básico de los declarados universales, sino porque la paz es algo a construir y, para construirla, hace falta educar en las actitudes, los conceptos, los valores, las normas y los procedimientos que conduzcan a la libertad, la inteligencia y los sentimientos de la persona hacia esta meta, con el fin de vivir los conflictos en paz.

 

Cualquier trabajo de educación por la paz o cualquier propuesta desde las diferentes instituciones, dirigida a concienciar por la paz, no obtendrá resultados inmediatos, ni podrá solucionar ninguno de sus conflictos bélicos actuales. Constatamos que trabajar por la paz es un trabajo de años y es una labor a hacer en el interior de las personas, de las sociedades, de los colectivos, de los grupos sociales: en el ámbito de los resentimientos, las venganzas, los conflictos, las disensiones, etc. Todo esto atañe a los valores humanos, por lo cual los resultados de este trabajo siempre son a medio o largo plazo. Precisamente por esto hace falta empezar pronto.

 

La educación por la paz no es solamente un tema escolar. Es básicamente un tema social. La vertiente no formal de la educación tiene a su alcance la posibilidad de trabajar más de cerca los valores y actitudes que se derivan de ella y que constituyen la dimensión moral de la persona.

 

La educación por la paz se corresponde al hecho de dotar de procedimientos para vivir la paz y pone en cuestión la mera transmisión de contenidos. En esta línea, hace falta una profunda reflexión social de los objetivos que se exigen a la institución escolar y por los que se le valora, que muy a menudo no coinciden con los que hemos ido enumerando.

 

 

Democracia en el Magisterio de la Iglesia

Conferencia del cardenal Antonio María Rouco Varela

Conferencia del cardenal Antonio María Rouco Varela, en la investidura Doctor Honoris Causa por la Universidad CEU San Pablo, en Madrid.

La cuestión ética, ante el futuro del Estado democrático

Permítanme, en primer lugar, manifestar mi más profundo y sentido agradecimiento al muy estimado señor Gran Canciller y, en su persona, a la querida Universidad CEU San Pablo, por el honor que me concede al investirme hoy como Doctor Honoris Causa. Quisiera expresar también mi gratitud al excelentísimo señor Rector por sus cordiales palabras de acogida, y al profesor don Dalmacio Negro Pavón, que ha tenido la delicadeza de ofrecernos una valoración de mi labor académica, especialmente en el campo de la Teología del Derecho, en la que ha ido más allá de lo que mi persona merece.

Desde hace muchos años, me he sentido muy unido a la Universidad CEU San Pablo, con lazos de amistad personal y, no en último lugar, por gozosas razones pastorales. Es un honor para mí, ciertamente inmerecido, a la vez que es una gran alegría el ser recibido en el Claustro de esta Universidad a la que seguiré prestando, desde ahora con más motivos, mi colaboración y apoyo.

Haciendo memoria de mi ya lejana dedicación universitaria, y ante el momento presente –al que tiene que mirar la Universitas–, me pareció oportuno, y, en nuestros días, urgente, llamar la atención sobre la necesidad de iniciar una reflexión acerca de la cuestión ética ante el futuro del Estado democrático de Derecho.

La evocación de la Historia

En el capítulo de la historia del Estado y de las teorías políticas que lo han sustentado en los dos últimos siglos, marcados por la Ilustración, la cuestión del control jurídico del ejercicio de la autoridad pública ha ocupado un lugar sistemáticamente preeminente. La superación efectiva de la idea y de la realidad misma del poder absoluto, propio de las monarquías europeas del Antiguo Régimen, había constituido el objetivo por excelencia del pensamiento y de la acción política de todos los ilustrados europeos, antes y después de la gran convulsión histórica representada por la Revolución Francesa. El instrumento conceptual y teórico-jurídico que se emplea, bien conocido de todos, es el de la teoría de la división de poderes –el legislativo, el ejecutivo y el judicial– y de su mutuo control, expresado en un nuevo ordenamiento constitucional del Estado. El posible significado de la conciencia moral en la forma de asumir y de ejercitar la autoridad, fuese por medio de las leyes, de las decisiones de Gobierno o de la jurisprudencia, quedaría relegado progresivamente a un plano sin relevancia positivo-jurídica, cuando no negado escéptica y/o irónicamente.

La concepción del poder político se autonomiza cada vez más como una categoría amparada, en el mejor de los casos, por la fuerza sociológica. El respeto a las exigencias más básicas y elementales de la justicia, tal como las percibían el sentido común y el instinto ético del pueblo, se creían y esperaban encontrar salvaguardadas a través del primado jurídico de la ley u ordenamiento constitucional, al que habrían de someterse todos los poderes del Estado, y del principio formal de la soberanía popular. No hizo falta llegar a las tragedias históricas del constitucionalismo centroeuropeo del primer tercio del siglo XX, del cual es ejemplo excepcional la Constitución de la República de Weimar, para que se llegase a la conclusión práctica de que no hay seguridades jurídico-formales suficientes que puedan impedir por sí mismas, automáticamente, las transgresiones y las crisis constitucionales. Ante las inmensas ruinas materiales, espirituales y morales que dejó detrás de sí la Segunda Guerra Mundial y su relativo fracaso histórico, desde el punto de vista de la derrota total de los totalitarismos políticos –la Unión Soviética los continuaría encarnando dentro de ella misma y en sus Estado-satélites durante cuarenta y cuatro largos y ominosos años, hasta 1989, si bien con intensidad decreciente–, la pregunta que se alzaba lacerantemente ante la opinión pública mundial, al filo de los años cincuenta del pasado siglo, era cómo salvar y garantizar un orden de justicia en todos los Estados u ordenamientos políticos capaz de librar al hombre de la violación sistemática de sus derechos más elementales, y a la Humanidad de la guerra y de la lucha del todos contra todos: de la terrible máxima del homo homini lupus.

Se creyó encontrar la respuesta en un nuevo desarrollo jurídico-positivo del Derecho internacional en torno a la Organización de las Naciones Unidas y a su Declaración Universal de los Derechos Humanos. El Estado democrático de Derecho encontraría su último y efectivo sostén en el Derecho internacional. ¿Habría finalmente triunfado la doctrina sobre el valor universal del derecho de gentes –del ius gentium– con la que los maestros de la Escuela de Salamanca responden en los siglos XVI y XVII al doble y formidable reto del descubrimiento del Nuevo Mundo y del nacimiento de los Estados nacionales, a renglón seguido de la crisis irreversible de la cristiandad europea? Tristemente, no. Los maestros salmantinos fundaban su teoría del ius gentium en el derecho y la ley natural, inscrita por Dios en el ser personal y social del hombre, y reconocible objetivamente por éste en el sagrario de la conciencia como una exigencia ética primordial. Las Naciones Unidas, en cambio, y las teorías políticas y jurídicas que las inspiraban no pretendían –ni parece que pretendan hasta el momento– superar el plano doctrinal y moral del puro positivismo jurídico, de la teoría pura del Derecho –la reine Rechtslehre– de Hans Kelsen.

El proyecto y el programa de las Naciones Unidas suponía, con todo, un avance considerable en el camino de la paz y de una nueva civilización digna del hombre; pero claramente insuficiente, como se ha puesto de manifiesto a la luz de lo que ha venido ocurriendo en el escenario político del mundo en las últimas décadas. En los umbrales del nuevo siglo y del nuevo milenio resulta inevitable hacer dos constataciones: los derechos fundamentales de la persona humana, especialmente los más significativos y decisivos, como son el derecho a la vida, a la libertad religiosa y de conciencia y el Derecho al matrimonio y a la familia, junto con el principio y el valor del bien común o, lo que es lo mismo, el postulado ético de la solidaridad, se encuentran en profunda crisis tanto en el plano nacional como internacional. Crisis que puede arrastrar consigo –quiérase o no– la crisis del Estado mismo de Derecho tal como fue surgiendo y consolidándose en la segunda mitad del siglo XX. Porque no se trata sólo de infracciones y de incumplimientos de sus contenidos básicos, cometidos y/o consentidos en la práctica con peor o mejor conciencia, sino de su puesta en duda intelectual y cultural, y hasta de su negación teórica. Es decir, nos encontramos ante su cuestionamiento no sólo de hecho, sino de su razón de ser: de su cuestionamiento doctrinal.

Presupuestos éticos, pre-políticos

Ya en los años sesenta del pasado siglo un famoso teórico alemán del Derecho, luego magistrado del Tribunal Constitucional de Alemania, Ernst Wolfgang Böckenförde, planteaba la pregunta de «si el Estado libre y laico –secularizado– no se alimenta de presupuestos normativos, que él mismo no puede garantizarse». Los ecos de ese interrogante han llegado con creciente resonancia hasta nuestros días: hasta el ya famoso diálogo Jürgen Habermas–Joseph Ratzinger, que tuvo lugar, el 19 de enero de 2004, en la Academia Católica de Baviera.

Ambos autores coinciden en que el Estado democrático de Derecho precisa para su subsistencia de fundamentos que trasciendan un desnudo formalismo jurídico, máxime en un momento histórico –que Habermas califica como post-secular– caracterizado por el hecho de que en las sociedades más prósperas, es decir, las euro-americanas, se está asistiendo a un fenómeno cultural sorprendente: el de que el dominio de las respuestas inmanentistas y agnósticas, en el debate intelectual y en la realidad social vivida, comienza a ser relevado por un pluralismo de visiones del hombre y del mundo en el que la religión ocupa un puesto creciente en la estima popular, aunque a veces aparezca planteada, más allá incluso de la metafísica, en forma de nostalgia o de búsqueda inquieta de una solución trascendente para los grandes interrogantes de la existencia, es decir: en la forma de una respuesta genuinamente religiosa.

La irrupción del fundamentalismo islámico en el marco social, político y cultural de las sociedades, otrora cristianas y luego laicistas, viene a reafirmar a los dos pensadores antes citados en la tesis de la necesidad de un proceso comunicativo y de formación de la conciencia pública en el que deben intervenir la razón y la fe al unísono y, consiguientemente, la experiencia secular y la vivencia religiosa de la vida para llegar a precisar los contornos éticos mínimos e irrenunciables de lo que significan los principios sustentadores de la dignidad de la persona humana, de sus derechos fundamentales y de sus deberes de solidaridad en función del bien común nacional e internacional. Para lograrlo, habrían de evitarse lo que Ratzinger llama las patologías de la razón –bien manifiestas en la historia social, política y cultural del siglo XX– y, también, las patologías de las religiones, patentes hoy, sobre todo en el fundamentalismo islámico.

Detrás del lúcido diagnóstico histórico y, sobre todo, del análisis del presente europeo, que emerge del diálogo de Habermas y Ratzinger, se esconde una evidente preocupación de cara al futuro del Estado libre y democrático de Derecho. Por parte de la opinión pública europea, especialmente de sus sectores dirigentes, ¿se ha caído en la cuenta de la nueva y agudizada aparición de esos factores intelectualmente y políticamente disolventes, a los que hemos aludido, capaces de poner de nuevo en peligro el orden jurídico construido sobre el respeto a la dignidad inviolable de la persona humana, a sus derechos fundamentales, anteriores al poder del Estado y a su ordenamiento constitucional, y sobre la defensa y promoción libre y solidaria del bien común?

De nuevo circulan y se propugnan teorías antropológicas y visiones del mundo y de la vida en las que no queda sitio, no ya para una tabla de valores normativos indiscutibles sobre los que fundamentar la convivencia y la cooperación social, sino que tampoco lo hay para una concepción o una idea elementalmente nítida de la verdad del hombre. ¿Qué es ser hombre? ¿Quién es hombre? ¿Cuándo comienza y en qué consiste el ser humano, la persona humana? Lo único que vale para estas nuevas antropologías sociales, de un positivismo y pragmatismo radicales, es el uso práctico de una metodología social que averigüe e imponga lo que conviene a los más fuertes; es decir, el método sociológico de la dictadura del relativismo, como denunciaba en su famosa y clarividente homilía de apertura del Cónclave en abril del pasado año el cardenal Ratzinger. El riesgo máximo para la subsistencia de un ordenamiento libre y democrático de la comunidad política llega cuando esa teoría del absoluto relativismo ético se constituye en doctrina justificadora de la actuación del Estado, dispuesto a convertirse en la última instancia de los principios normativos de la ética pública, cuando no de la moral privada. Si, además, trata de enseñarlos obligatoriamente a través del sistema educativo, por encima de los derechos de los padres y de los alumnos, el peligro resulta extraordinariamente preocupante.

Urgencias de la hora presente

Ante esta situación, la apelación intelectual y el reclamo social de reconstituir procesos y cauces de intercomunicación entre los grupos y agentes que crean pensamiento, formas de ver la vida y hábitos culturales –entre los que hay que contar ineludiblemente a las instituciones religiosas–, en orden al reconocimiento lo más amplio y hondo posible de los principios éticos y los valores normativos de los que depende la suerte del hombre y de la Humanidad, sobreponiéndose a las pretensiones del poder y de las veleidades y modas sociológicas, son de una urgente y vital importancia para el futuro de las sociedades europeas; y, no en último lugar, de la española.

En Europa –y, por supuesto, en España– parece evidente que los dos grandes protagonistas de ese imprescindible proceso de diálogo cultural en el amplio sentido de la expresión han de ser el pensamiento laico –que no el laicismo ideológico– y el pensamiento cristiano: situados ambos ante el desafío históricamente formidable del fundamentalismo islámico, que les afecta al menos por igual. Presupuesto jurídico y político ¡conditio sine qua non! para que este método dialogal pueda llevarse a cabo y fructificar en la configuración de la conciencia social y en el ordenamiento constitucional de la comunidad política, es el respeto escrupuloso al derecho a la libertad religiosa y de todas sus connotaciones individuales, sociales e institucionales, que incluyen y presuponen, naturalmente, la libertad general de opinión y de expresión públicas, salvo el límite último de las exigencias de lo que la tradición filosófico-jurídica más común llama el orden público.

Y, desde luego, si no se impone un freno dialéctico o se excluye expresamente el tema del debate y la discusión intelectual del problema, se llegará con toda seguridad –la que se sigue de la lógica más auténtica– a la cuestión de Dios como fundamento último del orden moral, en el que, a su vez, están insertos y descansan el Derecho y el Estado. Juan Pablo II, en su libro póstumo Memoria e identidad, una honda y comprometida reflexión teológica sobre la historia del siglo XX al hilo de la experiencia espiritual y pastoral de la propia vida, expresada en el género literario de la conversación –al filo de dos milenios, lo subtitula él–, llega al siguiente juicio sobre el racionalismo antropológico y jurídico inmanentista: «Todo esto, el gran drama de la historia de la Salvación, desapareció de la mentalidad ilustrada. El hombre se había quedado solo; solo como creador de su propia historia y de su propia civilización, solo como quien decide por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo, como quien existiría y continuaría actuando etsi Deus non daretur, aunque Dios no existiera. Pero si el hombre por sí solo, sin Dios, puede decidir lo que es bueno y lo que es malo, también puede disponer que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado. Determinaciones de este tipo se tomaron, por ejemplo, en el Tercer Reich por personas que, habiendo llegado al poder por medios democráticos, se sirvieron de él para poner en práctica los perversos programas de la ideología nacionalsocialista, que se inspiraba en presupuestos racistas. Medidas análogas tomó también el Partido Comunista en la Unión Soviética y en los países sometidos a la ideología marxista».

¡Un texto memorable para esa nueva andadura ética y religiosa que necesitan urgentemente Europa y, sin duda alguna, España! El futuro de la democracia libre y solidaria como marco cultural y jurídico para la construcción de una Unión Europea políticamente sólida y para el destino de una España unida humana, espiritual y socialmente, depende en una decisiva medida de saber volver a sus raíces cristianas, en diálogo abierto con el laicismo de la mejor tradición humanista, no ausente de la historia contemporánea de España, como no lo ha estado de la de Italia, con la que compartimos situaciones culturales, espirituales y religiosas muy semejantes. Véase, si no, la otra obra, fruto del diálogo entre el profesor Pera y el mismo cardenal Ratzinger, de mayo de 2004: Senza radici. Europa. Relativismo. Cristianesimo. Islam.

Martín Heidegger, el filósofo del intelectualmente más autosuficiente existencialismo, tenía que reconocer al final de su vida, en 1976: Nur Gott kann uns noch retten: Sólo Dios puede todavía salvarnos. Recurrir a la oración para despejar y abrir generosa y magnánimamente mentes y corazones, a la hora de proponerse sin demora y de alcanzar ese objetivo históricamente urgente e ineludible de poner renovados fundamentos éticos a la sociedad y al Estado entre nosotros, europeos y españoles del siglo XXI, es un medio al alcance de todos y de una probada eficacia.

+ Antonio Mª Rouco Varela

 

El ensayista Gregorio Luri llama a la unidad como objetivo fundamental del debate público en España

Nueve expertos debaten en la Universidad sobre la cultura de la cancelación y la libertad de expresión en la esfera pública española

 


FotoManuel Castells/

 

 

 

24 | 03 | 2022

“El objetivo fundamental de la política española es la unidad”, afirmó en la Universidad de Navarra el ensayista Gregorio Luri. El filósofo propuso un equilibrio entre la diversidad y la unidad, como punto de partida de su exposición durante un coloquio organizado por el Instituto Core Curriculum del centro académico. El encuentro reunió a nueve expertos para reflexionar sobre “Los retos del debate público en España: ¿confrontación o encuentro?” 

Por su parte, el ensayista y columnista Daniel Capó recordó que el debate público no es sinónimo de guerra cultural; pues éste enriquece la reflexión del oponente. “El consenso nace del disenso, por lo que enfrentarnos con otras ideas te ayuda a mejorar las tuyas”. Sin embargo, España no se caracteriza por la heterogeneidad, según el profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad CEU San Pablo, Armando Zerolo, quien aseguró que tenemos una sociedad mucho más homogénea que la de nuestros vecinos de Francia, Italia, Inglaterra y Alemania. Asimismo, animó a los asistentes a distinguir los debates importados de los importantes, entre el que destacó la soledad y vulnerabilidad del ser humano.

Por su parte, el catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, Pablo de Lora, lamentó la degradación de los foros de razón pública y la dogmatización de la política, y recordó que “las cuestiones que más nos atañen son aquellas a las que solo podemos dar una respuesta basada en principios, para la que no cabe ningúna solución transaccional”. 

Nueve expertos debaten en la Universidad de Navarra sobre la cultura de la cancelación y la libertad de expresión en la esfera pública española

Proponer ideas sin complejos ni autocensura

Desde el ámbito de los medios de comunicación, la directora de Ethosfera, Elena Herrero-Beamont, recordó que hoy la verdad más que una obligación moral es una necesidad política, un requisito de la democracia e invitó a la recuperación de un "espacio común de hechos", custodiada por el "periodismo veraz" frente a desinformación y posverdad. Ante este compromiso con la verdad, el escritor Juan Claudio de Ramón destacó la diferencia entre censura y tabú, pues el primero se impone y el segundo se decide suprimir por consenso. Asimismo hizo una llamada a la tolerancia: “Todos nos creemos tolerantes hasta que llega alguien que piensa verdaderamente distinto”.

El poeta y articulista, y redactor jefe de Aceprensa, Juan Meseguer, animó a fomentar una actitud reflexiva en el debate público que lleve a mirar y profundizar en las cuestiones del debate. Como pasos a seguir destacó la necesidad de reflexionar sobre “a favor de qué estás, qué te preocupa, por qué te preocupa y qué propones” como pasos de ejercitar la vida intelectual y de enfocar el debate público. 

Sin embargo, la editora del Grupo Planeta y analista política Aurora Nacarino-Brabo advirtió del peligro de quienes compiten por ocupar espacio político. “No es verdad que los académicos o la universidad no estén perteneciendo al debate público, pero solo lo están haciendo una parte. En España ‘o haces política o te la hacen’. Si queréis que vuestros valores sean tenidos en cuenta, tenéis que establecerlos en el espacio público”, advirtió Nacarino. Por último, el poeta, columnista de prensa y crítico literario Enrique García- Máiquez recordó que la razón también se pierde cuando no se le da a quien la tiene; y animó a proponer las ideas propias sin complejos, sin autocensura, sin victimismo: la "pelea" de ideas es lo más parecido a un abrazo. 

 

“Putin tiene ahora dos posibilidades: insistir en mantener Ucrania bajo su influencia o asegurar el mantenimiento de las tropas rusas allí sin aspirar a integrarla”

Tres expertos de la Universidad debaten sobre el contexto geopolítico y las consecuencias económicas del conflicto entre Rusia y Ucrania cuando se cumple un mes de la invasión


FotoManuel Castells/De izquierda a derecha, el profesor Antonio Moreno, la profesora María Teresa Gil Bazo y Elena Terán, responsable de Comunicación con Alumnos del servicio de Comunicación de la Universidad, encargada de moderar la sesión. El profesor Salvador Sánchez Tapia, en la pantalla, intervino online.

24 | 03 | 2022

Texto Ana Terreros

Un mes después de la invasión rusa de Ucrania, tres expertos de la Universidad de Navarra, los profesores Salvador Sánchez Tapia, María Teresa Gil Bazo y Antonio Moreno, analizaron en una sesión algunas de las claves del conflicto que ha puesto en jaque el orden internacional establecido desde la II Guerra Mundial. “Tras un mes de lucha, Putin ha visto que no está consiguiendo su objetivo; por eso ahora está revisando su estrategia, lo que implica revisar objetivos, recursos, y procedimientos. A partir de ahora, se abren dos posibilidades: que siga insistiendo en su intención de mantener a Ucrania en su área de influencia, o que redefina el plan y decida asegurar el mantenimiento de las tropas rusas en Ucrania sin aspirar a integrarlo”, explicó Salvador Sánchez Tapia. 

Sánchez Tapia es general de Brigada, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Navarra, analista de conflictos y experto en asuntos de seguridad internacional y defensa. “Desde el inicio de la invasión se han dado varios errores, no solo en la ejecución sino también en el cálculo sobre la capacidad de resistencia que podría ejercer Ucrania”, añadió. 

María Teresa Gil Bazo, profesora titular de Derecho internacional, habló sobre los refugiados: “Es interesante notar que, por su posición geográfica, los refugiados procedentes de Ucrania solo pueden huir hacia la Unión Europea y esta ha respondido otorgando protección temporal. Para que esto ocurra, todos los estados miembros tienen que estar de acuerdo; la UE ha logrado tan solo en una semana esta posición de unanimidad ante la acogida de refugiados ucranianos”. 

Gil Bazo, que ha sido profesora de Derecho internacional de los derechos humanos y de refugiados en la Universidad de Oxford y experta externa de la Agencia de Asilo de la UE, explicó que esta directiva de protección temporal que la Unión Europea adoptó en 2001 y que no se había utilizado nunca antes “obliga a los estados miembros a dar protección temporal no solo a los ucranianos, sino también a los refugiados de cualquier país a los que Ucrania hubiera acogido y a todos aquellos extranjeros que residen permanentemente en Ucrania”. 

La generalización de las sanciones económicas como arma

Por su parte, Antonio Moreno, profesor de la Universidad de Navarra y catedrático y doctor en Economía por la Universidad de Columbia, se refirió a los efectos de las sanciones económicas aplicadas a Rusia. “A pesar de las implicaciones negativas que tienen no solo para Rusia, sino también para el resto de países, estas sanciones están justificadas desde el punto de vista moral. Lo importante es que esta guerra termine cuanto antes”, comentó. Algunas de estas consecuencias a las que el experto en macroeconomía y política monetaria se refirió son la inflación, el desabastecimiento o el cambio de ciclo de la política monetaria. “Otra consecuencia es la generalización de las sanciones como arma de política económica. Vamos a una situación de política de bloques en la que las sanciones se van a generalizar".

 

El reto de acoger a los que huyen

Detrás del fulgor rojo de las bombas, que los rusos dejan caer diariamente, caen sobre las ciudades de Ucrania siempre hay personas.

Es por ello que el reto de acoger a los que huyen de las bombas es inmenso. Hasat el momento la acogida está siendo ejemplar. Estamos viendo un derroche de energía social para dar techo, alimento y asistencia, sobre todo a mujeres, niños y personas mayores. El movimiento de personas hacia los países de la Unión se va a incrementar, y hay quien estima que puede llegar a ser de 4 millones, hoy se hablaba de que ya han salido 3 millones. Va a ser necesario un esfuerzo sostenido en el tiempo, apoyo a los seis países que limitan con Ucrania y compromiso de todos los miembros de la Unión Europea. No es solo un problema de gobiernos y agencias internacionales. Es también la ocasión para el compromiso de los ciudadanos y de la sociedad civil. Volvemos a ver en Europa refugiados de un país europeo.

Jesús Martínez Madrid

 

Minamos la concordia humana

Hoy, en la convivencia social y relaciones humanas de todo tipo, vemos la necesidad imperiosa de no ahogar la verdad y dejarla respirar, empezando por la verdad más esencial: no somos dioses y mal nos irá si expulsamos a Dios de nuestra sociedad para usurpar su lugar. Sucederá lo que afirmaba Henry de Lubac:”No es cierto, como a veces se dice, que el hombre no puede organizar el mundo sin Dios. Lo cierto es que, sin Dios, sólo puede organizarlo contra el hombre”. Esto sucede al tomar decisiones que basadas en falsas premisas confirman aquella sentencia: “La primera víctima de la guerra es la verdad”, como está ocurriendo estos días con la invasión de Ucrania. El Papa Francisco ha dirigido “un llamamiento a quienes tienen responsabilidades políticas, para que hagan un serio examen de conciencia delante de Dios, que es Dios de la paz y no de la guerra: que es Padre de todos, no solo de algunos, que nos quiere hermanos y no enemigos” (Audiencia gral. 23-II-22). Hoy Consagra Ucrania y Rusia a la Virgen María.

Minamos la concordia humana si no respetamos la verdad, que es su fundamento. Que cada une aporte su granito de arena, para construir una convivencia fraterna, sin mentiras ni engaños. Bastará seguir el consejo del Señor  recordándonos de nuevo -y no es casualidad-, que el demonio está de parte del mentiroso: “Que vuestro modo de hablar sea: ‘Si, sí’; ‘no, no’. Lo que exceda de esto, viene del Maligno” (Mt 5, 37).

Jesús Martínez Madrid

 

“Estas crisis mundiales son crisis de santos”

Actualmente, seguro que muchos de los lectores coinciden conmigo, los grandes valores humanos y cristianos están casi ausentes en la sociedad occidental. Por eso viene bien la pregunta: ¿estamos preparados para la época que nos ha tocado vivir? Nuestros contemporáneos y conciudadanos necesitan unos valores y unas referencias morales que nosotros, los católicos, podemos ofrecer. ¿Estamos a la altura de las circunstancias? ¿Cómo podemos, cada uno de nosotros, ayudar a los demás a recuperar el sentido de su vida? Seguro que este es el mayor servicio que podemos ofrecer a los demás.

San Josemaría Escrivá decía: “estas crisis mundiales son crisis de santos” (Camino, n. 301). Cuando publicó estas palabras acababa de vivir la guerra civil española y estaba a punto de estallar la guerra mundial. Pero pienso que trascienden las circunstancias de su época histórica.

Pidamos a Nuestra Señora de la Paz, unidos a la Consagración hecha ayer por el Papa, que se acaben las guerras en el mundo y que demos el testimonio de santidad que siempre necesitará el mundo.

José Morales Martín

 

La campaña de Ayuda a la Iglesia Necesitada

La fundación pontificia "Ayuda a la Iglesia Necesitada" ha puesto en marcha, al inicio de la guerra en Ucrania, la campaña “Emergencia Ucrania: Empieza la guerra, la Iglesia se queda”. La iniciativa tiene por objetivo recaudar un millón de euros que la fundación donará a la Iglesia en Ucrania para atender a las numerosas necesidades que afrontan a consecuencia de la guerra.

La campaña de Ayuda a la Iglesia Necesitada es solo un botón de muestra. Como sucede siempre cuando la situación de un país empeora y, por las circunstancias que sean, casi todos se van, la Iglesia da ejemplo, con su palabra y su obra, y se queda en medio del pueblo que sufre. El Arzobispo Mayor de la Iglesia greco-católica lo ha dicho con toda claridad al afirmar que no abandonaran a la gente, aunque haya guerra. Los sacerdotes, monjas y misioneros laicos se quieren quedar allí, saben que su misión ahora cobra, si cabe más sentido, al anunciar y testimoniar con sus propias vidas el evangelio de la paz en medio de la guerra.

Pedro García

 

La ideología de género como máscara

Una de las ventajas de la ideología de género es que puede servir para enmascarar las carencias de ideologías políticas refractarias a la libertad. Ese pretendido aire de modernidad, envuelto en un discurso inclusivo y antidiscriminatorio por razones de género, es un buen recurso para ocultar las discriminaciones por razones de orientación política.

Un buen ejemplo es el proyecto de Código de las Familias que está en proceso de consulta en Cuba, antes de ser votado en el Parlamento y después sometido a referéndum. Es curioso que el Código consagre el pluralismo en el terreno familiar, mientras que en el político sigue imperando el partido único comunista, que es el modelo político tradicional. Aquí no hay innovaciones.

El Código de las Familias rescata la propuesta del matrimonio gay, que ya intentó introducirse en la nueva Constitución de 2019. Entonces  fue  abandonada por la oposición popular que despertaba. De las 192.408 opiniones recogidas sobre esto, más de 158.300 fueron a favor de no variar el concepto de matrimonio como unión de hombre y mujer, y no de “dos personas”, sin  especificar sexo. Ante el riesgo de que la oposición popular a este punto desluciera la aprobación de la Constitución, se optó por aparcar el tema hasta ahora.

Juan García. 

 

Día de los mares”, los males, los peores y los inútiles

El pasado 22 de Marzo, se proclamaba “el día de los mares” y como siempre a estas “capulladas”, todos los medios responden y montan el tinglado de una defensa, que en realidad a pocos importa; “pasada la capullada a esperar la siguiente, mientras todo sigue igual, y no se emprende lo que se debe hacer ya mismo, o sea, una campaña mundial e ininterrumpida de reeducar  a las masas y fustigar a los inútiles gobernantes, que no saben gobernar como todos necesitamos “y el planeta mucho más”; por todo ello Geenpeace siempre en guardia nos comunica algo interesante y como siempre poniendo el dedo en la llaga”; pero como siempre ocurre, todo seguirá igual. Ya todo se ha dicho, se ha denunciado, se ha razonado, pero de forma aislada y la mayoría de veces, por “franco tiradores cuya influencia en lo que es global no tienen efectividad”.
                 “Mientras los gobiernos discutían lentamente sobre el texto del Tratado nuestro barco Arctic Sunrise se ha topado con una extensa flota de más de 400 barcos saqueando el océano en el Atlántico sur, en una zona conocida como el “Blue Hole”. Precisamente esta zona del Atlántico sudoeste es conocida como el “salvaje Oeste de los mares” por una razón: no hay ningún tipo de regulación. Comparto contigo el terrible testimonio de mi compañera a bordo Luisina Vueso, responsable de la campaña de Océanos de Greenpeace Andino: “Desde la cubierta del Arctic Sunrise puedo ver innumerables barcos de pesca industrial en el horizonte. Contamos 265 barcos dentro de un rango de 35 km de distancia a nuestro barco, y más de 400 en el 'Blue Hole'. No estamos hablando de pequeñas embarcaciones, el océano está salpicado de enormes barcos industriales y apenas hay escrutinio. Durante las últimas dos semanas, los gobiernos reunidos en la ONU para negociar un Tratado Global de los Océanos han estado hablando, hablando y hablando, pero aquí está la realidad. Saqueando con oscurantismo para obtener ganancias, empujando al colapso de la biodiversidad marina y amenazando la salud del ecosistema más grande de la Tierra. Es terrible de ver”. (Del comunicado de Greenpeace 23-03-2022: aquí el resto del comunicado que como todos los de igual origen son interesantes. https://mail.google.com/mail/u/0/#inbox/FMfcgzGmvfRccsVKSDLbVgrQCCWgLVCR )

                    Sobre ejércitos, armamentos y rearmamentos; o sea el fomento constante en inversiones de material de guerra y que en realidad para nada positivo ha servido nunca, ni va a servir en el futuro. “La UE lanza el embrión del futuro ejército europeo en medio de la invasión rusa a Ucrania. Los Estados miembros se dividen sobre boicotear o no el sector energético ruso. Para algunos, Putin ha traspasado demasiadas "líneas rojas", mientras que para otros este paso tendría un coste inasumible para sus economías”. https://www.publico.es/internacional/ue-lanza-embrion-del-futuro-ejercito-europeo-medio-invasion-rusa-ucrania.html (Resto aquí)

            O sea y hablando claro; que una vez más, son las grandes potencias las que ganan la partida, puesto que a la vez son estas “impotencias” (que es su realidad cruda y dura) las que más fabrican y renuevan su armamento; por lo que necesitan vender los sobrantes o mejor dicho, lo que ya “no les sirve”; venderlo a las otras, “potencillas menores”, a las que obligan a comprarlos con la mentira de que son “ayudas”; pero que en realidad son préstamos que tienen que pagar; y todo ello, les limita cada vez más para invertir sus propios recursos, en beneficio de sus poblaciones y en conseguir verdaderos avances y progresos, que de ninguna manera van a venir con las armas “en la mano”; y como estamos viendo en la ya “medio destruida Ucrania”, que es la última víctima de lo que yo considero globalmente, como “la máquina mundial para mantener la guerra constante, puesto que necesitan vender excedentes de material de guerra y que sus fábricas y laboratorios no se detengan en seguir inventando nuevas armas a lucir para sostenimiento del poder de cada cual y pase lo que pase, que a ellos nunca les pasa”.

            Y aquí está el quid de la cuestión; no se progresa “globalmente”, por cuanto “los que dicen globalizarnos”; no les interesa “acortar distancias” y para mantener su supremacía, necesitan que grandes territorios, permanezcan, atrasados, empobrecidos, necesitados de “ayudas” absurdas y todos los demás tinglados, que necesitan los poderosos para mantener su poder; con la única ley que aquí ha imperado siempre, que no es otra que: “LA LEY DE LA FUERZA Y NO LA DE LA RAZÓN, QUE ES LA QUE LA HUMANIDAD NECESITA; TODO LO DEMÁS ES MENTIRA.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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