Las Noticias de hoy 6 Febrero 2020

Enviado por adminideas el Jue, 06/02/2020 - 15:05
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 06 de febrero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Aceptar la pobreza de nuestro ser para “poder amar”– Catequesis completa

El Papa asegura que un mundo rico “debe acabar con la pobreza”

Papa Francisco: Ser pobres “nos abre el camino del reino de los cielos”

Encuentro entre Francisco y la joven ocho días después del incidente del 31 de diciembre

LOS ENFERMOS, PREDILECTOS DEL SEÑOR: Francisco Fernandez Carbajal

“La Misa es acción divina”: San Josemaria

Una investigación exhaustiva sobre una década esencial

Carta sobre el Año de la Eucaristía (2004)

Obligaciones y deberes de padres e hijos: encuentra.com

“Dos Papas”: + Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

VIVIMOS EN UN PAÍS SERIO?: María de los Ángeles Albornoz

Bouygues Telecom: Por una comunicación humana: Alfonso Mendiz

¿Y la clase de religión?: Jesús Martínez Madrid

Un SOS por los cristianos perseguidos: Pedro García

Para cuidar de las personas: Jesús D Mez Madrid

Proteger y acompañar el final de la vida: Valentín Abelenda Carrillo

Ladrones: ¿Qué devuelven de lo robado?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aceptar la pobreza de nuestro ser para “poder amar”– Catequesis completa

Ciclo sobre las bienaventuranzas

FEBRERO 05, 2020 16:54LARISSA I. LÓPEZAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 5 febrero 2020).- “Porque hay una pobreza que debemos aceptar, la de nuestro ser, y una pobreza que en cambio debemos buscar, la concreta, de las cosas de este mundo, para ser libres y poder amar”, indicó el Papa Francisco.

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<p>Descripción generada automáticamente​Hoy, 5 de febrero de 2020, en el Aula Pablo VI, el Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre la primera de las ocho bienaventuranzas descrita en el Evangelio de Mateo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el Reino de los cielos” (Mt. 11, 28-30).

Francisco resaltó cómo este evangelista no se refiere al sentido económico del término “pobreza”, sino a los “pobres de espíritu”: “aquellos que son y se sienten pobres, mendigos, en lo más profundo de su ser” y a los que Jesús proclama benditos “porque el Reino de los Cielos les pertenece”.

Todos somos vulnerables

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<p>Descripción generada automáticamente​El Pontífice subrayó que todos los humanos somos vulnerables y que se vive mal si se rechaza este límite. Las personas orgullosas “no piden ayuda, no pueden pedir ayuda, no se les ocurre pedir ayuda porque tienen que mostrarse autosuficientes”. El orgulloso “no puede disculparse: siempre tiene razón. No es pobre en espíritu”.

En cambio, el Señor “no se cansa de perdonar” y “somos nosotros los que desgraciadamente nos cansamos de pedir perdón. El cansancio de pedir perdón: esta es una enfermedad fea”, describió. Y agregó que es difícil pedir perdón porque humilla, pero que vivir ocultando los propios defectos es “angustiante”.

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<p>Descripción generada automáticamente​Ante ello, continuó el Obispo de Roma, “Jesucristo nos dice: ser pobre es una ocasión de gracia; y nos muestra el camino

para salir de esta fatiga. Se nos da el derecho de ser pobres de espíritu, porque este es el camino del Reino de Dios”. Y no necesitamos transformarnos para ser pobres: “¡somos ‘pobres’ en espíritu! Necesitamos de todo. Todos somos pobres de espíritu, somos mendigos. Es la condición humana”.

La verdadera libertad

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<p>Descripción generada automáticamente​“El Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Están aquellos que tienen los reinos de este mundo: tienen bienes y tienen comodidad. Pero son reinos que terminan”, expuso, y puntualizó que “realmente reinan aquellos que saben cómo amar el verdadero bien más que a sí mismos. Y ese es el poder de Dios”.

Finalmente el Santo Padre recordó que el poder de Cristo se mostró porque “ha sabido hacer lo que los reyes de la tierra no hacen: dar la vida por los hombres” y “ese es el verdadero poder. El poder de la fraternidad, de la caridad, del amor, de la humildad”.

“En esto reside la verdadera libertad. Quien tiene este poder de la humildad, del servicio, de la hermandad, ¡es libre! Al servicio de esta libertad está la pobreza alabada por las Bienaventuranzas”, concluyó.

A continuación, sigue la catequesis completa del Santo Padre.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

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<p>Descripción generada automáticamente​Hoy nos enfrentamos a la primera de las ocho Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo. Jesús comienza a proclamar su camino hacia la felicidad con un anuncio paradójico: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (5,3). Una forma sorprendente, y un extraño objeto de felicidad, la pobreza.

Debemos preguntarnos: ¿qué se entiende por “pobre” aquí? Si Mateo usara solamente esta palabra, el significado sería simplemente económico, es decir, indicaría a las personas que tienen pocos o ningún medio de subsistencia y necesitan la ayuda de otros.

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<p>Descripción generada automáticamente​Pero el Evangelio de Mateo, a diferencia de Lucas, habla de “pobres de espíritu”. ¿Qué quiere decir? El espíritu, según la Biblia, es el aliento de vida que Dios comunicó a Adán; es nuestra dimensión más íntima, digamos la dimensión espiritual, la más íntima, aquella que nos hace humanos, el núcleo profundo de nuestro ser. Entonces los “pobres de espíritu” son aquellos que son y se sienten pobres, mendigos, en lo más profundo de su ser. Jesús los proclama benditos, porque a ellos pertenece el Reino de los cielos.

¡Cuántas veces nos han dicho lo contrario! Tienes que ser algo en la vida, tienes que ser alguien… Tienes que hacerte un nombre… De esto surge la soledad y la infelicidad: si tengo que ser “alguien”, estoy en competencia con los demás y vivo en una preocupación obsesiva por mi ego. Si no acepto ser pobre, aborrezco todo lo que me recuerda mi fragilidad. Porque esta fragilidad me impide convertirme en una persona importante, un rico no solo en dinero, sino en fama, en todo.

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<p>Descripción generada automáticamente​Todo el mundo, frente a sí mismo, sabe que por mucho que lo intente, siempre permanece radicalmente incompleto y vulnerable. No hay ningún truco para cubrir esta vulnerabilidad. Todo el mundo es vulnerable en el interior. Tiene que ver dónde. ¡Qué mal se vive mal si rechazas tus límites! Se vive mal. Sin digerir el límite. Está ahí. Las personas orgullosas no piden ayuda, no pueden pedir ayuda, no se les ocurre pedir ayuda porque tienen que mostrarse autosuficientes. Y cuántos de ellos necesitan ayuda, pero el orgullo les impide pedir ayuda. ¡Y qué difícil es admitir un error y pedir perdón!. Cuando doy algún consejo a los recién casados, que me hablan de cómo llevar bien su matrimonio, les digo: “Hay tres palabras mágicas: permiso, gracias, disculpa”. Son palabras que provienen de la pobreza de espíritu. No tienes que ser entrometido, pero pide permiso: “¿Te parece bien hacer esto?”, así hay diálogo en la familia, el esposo y la esposa dialogan. “Hiciste esto por mí, gracias, lo necesitaba”. Después siempre se cometen errores, se tropieza: “Disculpa”. Y normalmente, las parejas, los nuevos matrimonios, los que están aquí y muchos, me dicen: “El tercero es el más difícil”, pedir disculpas, pedir perdón. Porque el orgulloso no puede hacerlo. No puede disculparse: siempre tiene razón. No es pobre en espíritu. En cambio, el Señor no se cansa de perdonar; somos nosotros los que desgraciadamente nos cansamos de pedir perdón. El cansancio de pedir perdón: esta es una enfermedad fea.

¿Por qué es difícil pedir perdón? Porque humilla nuestra imagen hipócrita. Pero vivir tratando de ocultar los propios defectos es agotador y angustiante. Jesucristo nos dice: ser pobre es una ocasión de gracia; y nos muestra el camino para salir de esta fatiga. Se nos da el derecho de ser pobres de espíritu, porque este es el camino del Reino de Dios.

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<p>Descripción generada automáticamente​Pero hay algo fundamental que reiterar: no debemos transformarnos para hacernos pobres de espíritu, no debemos hacer ninguna transformación porque ya somos pobres! Somos pobres… o más claramente: ¡somos “pobres” en espíritu! Necesitamos de todo. Todos somos pobres de espíritu, somos mendigos. Es la condición humana.

El Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Están aquellos que tienen los reinos de este mundo: tienen bienes y tienen comodidad. Pero son reinos que terminan. El poder de los hombres, incluso los más grandes imperios, pasan y desaparecen. Tantas veces vemos en el telediario o en los periódicos que aquel gobernante fuerte, potente o aquel Gobierno que ayer estaba y que hoy ya no, cayó. Las riquezas de este mundo se van y también el dinero. Los viejos nos enseñaban que el sudario no tenía bolsillos. Es verdad. Yo nunca he visto detrás de una procesión fúnebre un camión de mudanza: nadie se lleva nada. Estas riquezas se quedan aquí.

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<p>Descripción generada automáticamente​El Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Hay quienes tienen reinos de este mundo, tienen bienes y tienen comodidades. Pero sabemos cómo terminan. Realmente reinan aquellos que saben cómo amar el verdadero bien más que a sí mismos. Y ese es el poder de Dios.

¿En qué se ha mostrado Cristo poderoso? Porque ha sabido hacer lo que los reyes de la tierra no hacen: dar la vida por los hombres. Ese es el verdadero poder. El poder de la fraternidad, de la caridad, del amor, de la humildad. Esto hizo Cristo.

En esto reside la verdadera libertad. Quien tiene este poder de la humildad, del servicio, de la hermandad, ¡es libre! Al servicio de esta libertad está la pobreza alabada por las Bienaventuranzas.

Porque hay una pobreza que debemos aceptar, la de nuestro ser, y una pobreza que en cambio debemos buscar, la concreta, de las cosas de este mundo, para ser libres y poder amar. Siempre debemos buscar la libertad de corazón, la libertad que está enraizada en la pobreza de nosotros mismos.

 

El Papa asegura que un mundo rico “debe acabar con la pobreza”

Discurso en taller sobre nuevas formas de fraternidad

FEBRERO 05, 2020 19:04ROSA DIE ALCOLEAPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 5 feb. 2020).- “Un mundo rico y una economía vibrante pueden y deben acabar con la pobreza”, así ha intervenido el Papa Francisco este miércoles, 5 de febrero de 2020, en el taller sobre “Nuevas formas de fraternidad solidaria, inclusión, integración e innovación”.

En el encuentro, organizado por la Academia Pontificia de Ciencias Sociales y celebrado en la Casina Pio IV, dentro del Vaticano, han participado economistas, ministros de finanzas, banqueros con el objetivo de desarrollar propuestas para una mejor distribución de las riquezas.

Francisco ha compartido con los participantes un mensaje de esperanza: “Se trata de problemas solucionables y no de ausencia de recursos. No existe un determinismo que nos condene a la inequidad universal”. Igualmente, les ha instado a trabajar juntos para terminar con estas injusticias: “Ustedes conocen de primera mano cuales son las injusticias de nuestra economía global actual”.

Cuando los organismos multilaterales de crédito asesoren a las diferentes naciones, ha advertido, «resulta importante tener en cuenta los conceptos elevados de la justicia fiscal, los presupuestos públicos responsables en su endeudamiento y, sobre todo, la promoción efectiva y protagónica de los mas pobres en el entramado social”.

Así, les ha exhortado a recordarles su “responsabilidad de proporcionar asistencia para el desarrollo a las naciones empobrecidas y alivio de la deuda para las naciones muy endeudadas” y a “detener el cambio climático provocado por el hombre, como lo han prometido todas las naciones, para que no destruyamos las bases de nuestra Casa Común”.

“Estructuras de pecado”

A la globalización de la indiferencia, el Papa Francisco la llama “inacción”. Sin embargo, san Juan Pablo II la llamó estructuras del pecado.

El Pontífice recordó que “la Iglesia celebra las formas de gobierno y los bancos —muchas veces creados a su amparo— cuando cumplen con su finalidad, que es, en definitiva, buscar el bien común” si bien “pueden decaer en estructuras de pecado”.

Del mismo modo, ha denunciado que la mayor estructura de pecado es “la misma industria de la guerra, ya que es dinero y tiempo al servicio de la división y de la muerte”. El mundo pierde cada año billones de dólares en armamentos y violencia, “sumas que terminarían con la pobreza y el analfabetismo si se pudieran redirigir”, ha señalado.

El Papa ha señalado que las personas empobrecidas en países muy endeudados “soportan cargas impositivas abrumadoras y recortes en los servicios sociales, a medida que sus gobiernos pagan deudas contraídas insensible e insosteniblemente”.

En este contexto, Francisco ha citado al papa Juan Pablo II, indicando lo “asombrosamente actuales” que suenan sus palabras –pronunciadas en 1991– hoy: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En estos casos es necesario —como, por lo demás, está ocurriendo en parte— encontrar modalidades de reducción, dilación o extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso” (Centesimus Annus, § 35).

A continuación ofrecemos el discurso completo del Santo Padre:

***

Discurso del Papa

Buenas tardes. Quiero expresarles mi gratitud por este encuentro. Aprovechemos este nuevo inicio del año para construir puentes, puentes que favorezcan el desarrollo de una mirada solidaria desde los bancos, las finanzas, los gobiernos y las decisiones económicas. Necesitamos de muchas voces capaces de pensar, desde una perspectiva poliédrica, las diversas dimensiones de un problema global que afecta a nuestros pueblos y a nuestras democracias.

Quisiera comenzar con un dato de hecho. El mundo es rico y, sin embargo, los pobres aumentan a nuestro alrededor. Según informes oficiales el ingreso mundial de este año será de casi 12,000 dólares por cápita. Sin embargo, cientos de millones de personas aún están sumidas en la pobreza extrema y carecen de alimentos, vivienda, atención médica, escuelas, electricidad, agua potable y servicios de saneamiento adecuados e indispensables. Se calcula que aproximadamente cinco millones de niños menores de 5 años este año morirán a causa de la pobreza. Otros 260 millones carecerán de educación debido a falta de recursos, las guerras y las migraciones.

Esta situación ha propiciado que millones de personas sean víctimas de la trata y de las nuevas formas de esclavitud, como el trabajo forzado, la prostitución y el tráfico de órganos. No cuentan con ningún derecho y garantías; ni siquiera pueden disfrutar de la amistad o de la familia.

Estas realidades no deben ser motivo de desesperación, sino de acción.

El principal mensaje de esperanza que quiero compartir con Ustedes es precisamente éste: se trata de problemas solucionables y no de ausencia de recursos. No existe un determinismo que nos condene a la inequidad universal. Permítanme repetirlo: no estamos condenados a la inequidad universal. Esto posibilita una nueva forma de asumir los acontecimientos, que permite encontrar y generar respuestas creativas ante el evitable sufrimiento de tantos inocentes; lo cual implica aceptar que, en no pocas situaciones, nos enfrentamos a falta de voluntad y decisión para cambiar las cosas y principalmente las prioridades. Se nos pide capacidad para dejarnos interpelar y dejar caer las escamas de los ojos y ver con una nueva luz estas realidades.

Un mundo rico y una economía vibrante pueden y deben acabar con la pobreza. Se pueden generar y estimular dinámicas capaces de incluir, alimentar, curar y vestir a los últimos de la sociedad en vez de excluirlos. Debemos elegir qué y a quién priorizar: si propiciamos mecanismos socio-económicos humanizantes para toda la sociedad o, por el contrario, fomentamos un sistema que termina por justificar determinadas prácticas que lo único que logran es aumentar el nivel de injusticia y de violencia social. El nivel de riqueza y de técnica acumulado por la humanidad, así como la importancia y el valor que han adquirido los derechos humanos, ya no permite excusas. Nos toca ser conscientes de que todos somos responsables.

Si existe la pobreza extrema en medio de la riqueza (también extrema) es porque hemos permitido que la brecha se amplíe hasta convertirse en la mayor de la historia. Las 50 personas más ricas del mundo tienen un patrimonio equivalente a 2,2 billones de dólares. Esas cincuenta personas por sí solas podrían financiar la atención médica y la educación de cada niño pobre en el mundo, ya sea a través de impuestos, iniciativas filantrópicas o ambos. Esas cincuenta personas podrían salvar millones de vidas cada año.

A la globalización de la indiferencia la he llamado “inacción”. San Juan Pablo II la llamó: estructuras del pecado. Tales estructuras encuentran una atmósfera propicia para su expansión cada vez que el Bien Común viene reducido o limitado a determinados sectores o, en el caso que nos convoca, cuando la economía y las finanzas se vuelven un fin en sí mismas. Es la idolatría del dinero, la codicia y la especulación. Y esta realidad sumada ahora al vértigo tecnológico exponencial, que incrementa a pasos jamás vistos la velocidad de las transacciones y la posibilidad de producir ganancias concentradas sin que estén ligadas a los procesos productivos ni a la economía real.

Aristóteles celebra la invención de la moneda y su uso, pero condena firmemente la especulación financiera porque en ésta “el dinero mismo se convierte en productivo, perdiendo su verdadera finalidad que es la de facilitar el comercio y la producción” (Política, I, 10, 1258 b).

De manera similar y siguiendo la razón iluminada por la fe, la doctrina social de la Iglesia celebra las formas de gobierno y los bancos —muchas veces creados a su amparo— cuando cumplen con su finalidad, que es, en definitiva, buscar el bien común, la justicia social, la paz, como asimismo el desarrollo integral de cada individuo, de cada comunidad humana y de todas las personas. Sin embargo, la Iglesia advierte que estas benéficas instituciones, tanto públicas como privadas, pueden decaer en estructuras de pecado.

Las estructuras de pecado hoy incluyen repetidos recortes de impuestos para las personas más ricas, justificados muchas veces en nombre de la inversión y desarrollo; paraísos fiscales para las ganancias privadas y corporativas, y la posibilidad de corrupción por parte de algunas de las empresas más grandes del mundo, no pocas veces en sintonía con el sector político gobernante.

Cada año cientos de miles de millones de dólares, que deberían pagarse en impuestos para financiar la atención médica y la educación, se acumulan en cuentas de paraísos fiscales impidiendo así la posibilidad del desarrollo digno y sostenido de todos los actores sociales.

Las personas empobrecidas en países muy endeudados soportan cargas impositivas abrumadoras y recortes en los servicios sociales, a medida que sus gobiernos pagan deudas contraídas insensible e insosteniblemente. De hecho, la deuda pública contraída, en no pocos casos para impulsar y alentar el desarrollo económico y productivo de un país, puede constituirse en un factor que daña y perjudica el tejido social.

Así como existe una co-irresponsabilidad en cuanto a este daño provocado a la economía y a la sociedad, también existe una co-responsabilidad inspiradora y esperanzadora para crear un clima de fraternidad y de renovada confianza que abrace en conjunto la búsqueda de soluciones innovadoras y humanizantes.

Es bueno recordar que no existe una ley mágica o invisible que nos condene al congelamiento o a la parálisis frente a la injusticia. Y menos aún existe una racionalidad económica que suponga que la persona humana es simplemente una acumuladora de beneficios individuales ajenos a su condición de ser social.

Las exigencias morales de San Juan Pablo II en 1991 resultan asombrosamente actuales hoy: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En estos casos es necesario —como, por lo demás, está ocurriendo en parte— encontrar modalidades de reducción, dilación o extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso” (Centesimus Annus, § 35).

De hecho, los Objetivos del Desarrollo Sostenible aprobados por unanimidad por todas la naciones también reconocen este punto, y exhortan a todas los pueblos a «ayudar a los países en desarrollo a lograr la sostenibilidad de la deuda a largo plazo a través de políticas coordinadas destinadas a fomentar el financiamiento de la deuda, el alivio de la deuda y la reestructuración de la deuda, según corresponda, y abordar el problema externo deuda de los países pobres muy endeudados para reducir la angustia de la deuda» (ODS 17.4).

En esto deben consistir las nuevas formas de solidaridad que hoy nos convocan, si se piensa en el mundo de los bancos y las finanzas: en la ayuda para el desarrollo de los pueblos postergados y la nivelación entre los países que gozan de un determinado estándar y nivel de desarrollo con aquellos imposibilitados a garantizar los mínimos necesarios a sus poblaciones. Solidaridad y economía para la unión, no para la división con la sana y clara conciencia de la co-responsabilidad.

Prácticamente de aquí es necesario afirmar que la mayor estructura de pecado es la misma industria de la guerra, ya que es dinero y tiempo al servicio de la división y de la muerte. El mundo pierde cada año billones de dólares en armamentos y violencia, sumas que terminarían con la pobreza y el analfabetismo si se pudieran redirigir. Verdaderamente, Isaías habló en nombre de Dios para toda la humanidad cuando previó el día del Señor en que “con las espadas forjarán arados y con sus lanzas podaderas” (Is, 2,4). ¡Sigámoslo!

Hace más de setenta años, la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas comprometió a todos sus Estados Miembros a cuidar de los pobres en su tierra y hogar y en todo el mundo, es decir, en la casa común. Los gobiernos reconocieron que la protección social, los ingresos básicos, la atención médica para todos y la educación universal eran inherentes a la dignidad humana fundamental y, por lo tanto, a los derechos humanos fundamentales.

Estos derechos económicos y un entorno seguro para todos son la medida más básica de la solidaridad humana. Y la buena noticia es que mientras que en 1948 estos objetivos no estaban al alcance inmediato, hoy, con un mundo mucho más desarrollado e interconectado, sí lo están.

Ustedes, que tan amablemente se han reunido aquí, son los líderes financieros y especialistas económicos del mundo. Junto con sus colegas, ayudan a establecer las reglas impositivas globales, informar al público global sobre nuestra condición económica y asesorar a los gobiernos del mundo sobre los presupuestos. Conocen de primera mano cuales son las injusticias de nuestra economía global actual.

Trabajemos juntos para terminar con estas injusticias. Cuando los organismos multilaterales de crédito asesoren a las diferentes naciones, resulta importante tener en cuenta los conceptos elevados de la justicia fiscal, los presupuestos públicos responsables en su endeudamiento y, sobre todo, la promoción efectiva y protagónica de los mas pobres en el entramado social. Recuérdenles su responsabilidad de proporcionar asistencia para el desarrollo a las naciones empobrecidas y alivio de la deuda para las naciones muy endeudadas. Recuérdenles el imperativo de detener el cambio climático provocado por el hombre, como lo han prometido todas las naciones, para que no destruyamos las bases de nuestra Casa Común.

Una nueva ética supone ser conscientes de la necesidad de que todos se comprometan a trabajar juntos para cerrar las guaridas fiscales, evitar las evasiones y el lavado de dinero que le roban a la sociedad, como también para decir a las naciones la importancia de defender la justicia y el bien común sobre los intereses de las empresas y multinacionales más poderosas (que terminan por asfixiar e impedir la producción local). El tiempo presente exige y reclama dar el paso de una lógica insular y antagónica como único mecanismo autorizado para la solución a los conflictos, a otra capaz de promover la interconexión que propicia una cultura del encuentro, donde se renueven las bases sólidas de una nueva arquitectura financiera internacional.

En este contexto donde el desarrollo de algunos sectores sociales y financieros alcanzó niveles nunca antes vistos, qué importante es recordar las palabras de San Lucas: “Al que mucho se le da, se le exigirá mucho” (Lc 12, 39 ss.). Qué inspirador es escuchar a San Ambrosio, quien piensa con el Evangelio: “ Tú [rico] no das de lo tuyo al pobre [cuando haces caridad] sino que le estás entregando lo que es suyo. Pues, la propiedad común dada en uso para todos, la estás usando tu solo” (Naboth, 12, 53). Este es el principio del destino universal de los bienes, la base de la justicia económica y social, como también del bien común.

Me alegro de vuestra presencia hoy aquí. Celebramos la oportunidad de sabernos co-partícipes en la obra del Señor que puede cambiar el curso de la historia en beneficio de la dignidad de cada persona de hoy y de mañana, especialmente de los excluidos y en beneficio del gran bien de la paz. Nos esforzamos juntos con humildad y sabiduría para servir a la justicia internacional e inter-generacional. Tenemos una esperanza ilimitada en la enseñanza de Jesús de que los pobres en espíritu son bendecidos y felices, porque de ellos es el Reino de los cielos (cfr Mt 5, 3) que comienza ya aquí y ahora.

¡Muchas gracias! No se olviden de rezar por mí. Invoco sobre Ustedes y sus familias, las bendiciones del Señor.

© Librería Editorial Vaticano

 

 

Papa Francisco: Ser pobres “nos abre el camino del reino de los cielos”

Palabras en español

FEBRERO 05, 2020 10:23LARISSA I. LÓPEZAUDIENCIA GENERAL

(ZENIT – 5 febrero 2020).- “Ser pobres nos libera del orgullo, del exigirnos ser autosuficientes y nos da derecho a pedir ayuda, a pedir perdón, tan difícil pedir perdón. Nos abre el camino del reino de los cielos”, dijo el Papa Francisco.

Hoy, 5 de febrero de 2020, en la audiencia general celebrada en el Aula Pablo VI, el Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre las bienaventuranzas. En concreto, se ha referido a la primera de ellas: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Pobreza de espíritu

San Mateo, indica Francisco, no se conforma con el sentido puramente económico o material de la palabra pobre, sino que dice “pobre en el espíritu’”, refiriéndose a ser “pobre en lo más íntimo y profundo, allí donde todos debemos reconocernos incompletos y vulnerables, por mucho que nos esforcemos”.

“Paradójicamente es ahí donde está nuestra felicidad, nuestra bienaventuranza, pues negar esta realidad nos lleva por caminos de oscuridad, a odiar y odiarnos a causa de nuestros límites, a tratar de ocultarlos, a buscar con desesperación ser alguien, ser más todavía”, aclaró el Pontífice.

Humildad y oración

Igualmente, señaló que el camino al reino de los cielos se encuentra en la humildad y en la oración porque “nos ponemos delante de Dios y le pedimos que venga en nuestro auxilio, que no tarde en socorrernos, que manifieste su potencia, en el perdón y la misericordia”.

Y es ahí donde Jesús ha manifestado la fuerza de Dios, “no en el poder humano, en tener o aparentar, sino en el testimonio de un amor que es capaz de dar la vida y la verdadera libertad”, concluyó el Obispo de Roma.

 

Encuentro entre Francisco y la joven ocho días después del incidente del 31 de diciembre

El estilo del Papa Francisco

FEBRERO 05, 2020 17:46ANITA BOURDINAUDIENCIA GENERAL

(zenit – 5 febrero 2020).- Las fotos de L’Osservatore Romano lo atestiguan: el Papa Francisco se encontró, al final de la audiencia del 8 de enero de 2020 en el Aula Pablo VI del Vaticano, con la joven que le había agarrado de la mano el 31 de diciembre en la plaza de San Pedro, provocando un gesto de impaciencia por su parte.

El Papa acababa de rezar ante el pesebre de Navidad y saludó a varias personas presentes detrás de las vallas de seguridad de madera.

El video del Vaticano muestra claramente que la joven agarró de la mano al Papa en el momento en el que se alejaba: podría haberle desequilibrado. Él reaccionó intentando liberarse con un manotazo en las manos de la joven.

Al día siguiente, 1 de enero, el Papa se disculpó públicamente en el  Ángelus por su “impaciencia” y “mal ejemplo”.

Pero fue más allá al desear conocerla y saludarla al final de la audiencia ocho días después.

Observadores en el Vaticano comentan que la historia tiene un final feliz, al estilo de la “simplicidad” y “humildad” del Papa Francisco.

El Vaticano no confirma ni desmiente que la joven sea china y quisiera pedirle al Papa Francisco que rezara por los cristianos de la China continental.

En encuentro del 8 de enero se llevó a cabo con la ayuda de un sacerdote que sirvió de intérprete. El 31 de diciembre, en el video de Vatican Media, no es posible entender lo que la joven dijo en voz alta al Papa Francisco: él mismo parece no haber comprendido.

En el video se puede ver a la joven esperando tranquilamente la llegada del Papa y, mientras este se acercaba, hace lentamente la señal de la cruz. Parece estar rezando antes del encuentro casual.

De hecho, el Papa no saludó a todos los presentes y no todos los presentes sabían que el Papa vendría a esa hora a rezar frente al pesebre después de la celebración en la Basílica Vaticana de las primeras vísperas de la fiesta de María Madre de Dios y del Te Deum de acción de gracias por el año civil anterior.

 

 

LOS ENFERMOS, PREDILECTOS DEL SEÑOR

— Imitar a Cristo en el amor y atención a los enfermos.

— La Unción de los enfermos.

— Valor corredentor del dolor y de la enfermedad. Aprender a santificarlo.

I. El Evangelio de la Misa1 nos habla de la misión de los Doce por las aldeas y parajes de Palestina. Predicaron la necesidad de hacer penitencia para entrar en el Reino de Dios y expulsaban los demonios y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban.

El aceite se utilizaba frecuentemente para curar las heridas2, y el Señor determinó que fuera la materia del sacramento de la Unción de los enfermos. En las breves palabras del Evangelio de San Marcos la Iglesia ha visto insinuado este sacramento3, que fue instituido por el Señor, y más tarde promulgado y recomendado a los fieles por el Apóstol Santiago4. Es una muestra más del desvelo de Cristo y de su Iglesia por los cristianos más necesitados.

Nuestro Señor mostró siempre su infinita compasión por los enfermos. Él mismo se reveló a los discípulos enviados por el Bautista llamando su atención sobre lo que estaban viendo y oyendo: los ciegos recobran la vista y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados5. En la parábola del banquete de bodas, los criados recibieron esta orden: salid a los caminos... y traed a los pobres, a los lisiados, a los ciegos, a los cojos...6. Son innumerables los pasajes en los que Jesús se movió a compasión al contemplar el dolor y la enfermedad, y sanó a muchos como signo de la curación espiritual que obraba en las almas.

El Señor ha querido que sus discípulos le imitemos en una compasión eficaz hacia quienes sufren en la enfermedad y en todo dolor. «La Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador, pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo»7. En los enfermos vemos al mismo Señor, que nos dice: lo que hicisteis por uno de estos, por mí lo hicisteis8. «El que ama al prójimo debe hacer tanto bien a su cuerpo como a su alma –escribe San Agustín–, y esto no consiste solo en acudir al médico, sino también en cuidar el alimento, la bebida, el vestido, la habitación y proteger el cuerpo contra todo lo que le pueda resultar molesto... Son misericordiosos los que ponen delicadeza y humanidad al proporcionar lo necesario para resistir males y dolores»9.

Entre las atenciones que podemos tener con los enfermos está: acompañarles, visitarles con la frecuencia oportuna, procurar que la enfermedad no les intranquilice, facilitarles el descanso y el cumplimiento de todas las prescripciones del médico, hacerles grato el tiempo que estemos con ellos, sin que nunca se sientan solos, ayudarles a que ofrezcan y santifiquen el dolor, procurar que reciban los sacramentos. No olvidemos que son el «tesoro de la Iglesia», que pueden mucho delante de Dios y que el Señor les mira con particular predilección.

II. Debemos preocuparnos por la salud física de quienes están enfermos, y también de su alma. Procuraremos ayudarles con los medios humanos a nuestro alcance y, sobre todo, haciéndoles ver que ese dolor, si lo unen a los padecimientos de Cristo, se convierte en un bien de valor incalculable: ayuda eficaz a toda la Iglesia, purificación de sus faltas pasadas, y una oportunidad que Dios les da para adelantar mucho en su santidad personal, porque Cristo bendice en ocasiones con la Cruz.

El sacramento de la Unción de enfermos es uno de los cuidados que la Iglesia reserva para sus hijos enfermos. Este sacramento fue instituido para ayudar a los hombres a alcanzar el Cielo, pero no puede administrarse a los sanos, ni tampoco a quien no padezca grave enfermedad, aunque se halle en peligro su vida, porque fue instituido a manera de medicina espiritual, y las medicinas no se dan a sanos, sino a los enfermos10. La Iglesia tampoco desea que se espere hasta los momentos finales para recibirlo, sino cuando ya comienzan a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez11; sin embargo, puede reiterarse si el enfermo se recupera después de la Unción o si, durante la misma enfermedad, el peligro o la gravedad se acentúa12; igualmente, se puede administrar a quien va a sufrir una intervención quirúrgica, con tal que sea una enfermedad grave la razón para esa intervención13.

Este sacramento es un gran don de Jesucristo, y trae consigo abundantísimos bienes; por tanto, hemos de desearlo y pedirlo cuando nos encontremos en enfermedad grave. Por ser un bien tan grande, la fe nos llevará a que lo reciban con alegría aquellas personas con quienes nos une algún lazo de parentesco o de amistad, y todos aquellos a los que podemos llegar en nuestro apostolado. Es un deber de caridad y, en muchos casos, de justicia.

El bien mayor de este sacramento es librar al cristiano del decaimiento y debilidad que contrajo con los pecados14. De esta manera se le fortalece y se devuelve al alma la juventud y el vigor que perdió a causa de sus faltas y flaquezas.

El Papa Pablo VI, citando al Concilio de Trento, explicaba y resumía los efectos de este sacramento: da «la gracia del Espíritu Santo, cuya unción quita los pecados, si alguno queda aún por quitar, y los vestigios de pecado; también alivia y fortalece el alma de la persona enferma, despertando en ella una gran confianza en la misericordia divina; sostenido de esta suerte, puede fácilmente soportar las pruebas y penalidades de la enfermedad, resistir más fácilmente las tentaciones del demonio que está al acecho (Gen 3, 15), y a veces recupera la salud corporal, si resulta conveniente para la salud del alma»15. Este sacramento infunde una gran paz y alegría al alma del enfermo consciente, le mueve a unirse a Cristo en la Cruz, corredimiendo con Él, y «prolonga el interés que el mismo Señor mostró por el bienestar corporal y espiritual del enfermo, como testifican los Evangelios, y que Él deseaba que mostraran también sus discípulos»16.

Examinemos hoy en nuestra oración si en cada enfermo sabemos ver a Cristo doliente, si le cuidamos con cariño y respeto, si tenemos atenciones delicadas y prestamos esas pequeñas ayudas que tanto se agradecen. Sobre todo, veamos junto al Señor si le ayudamos con oportunidad a unirse más a Cristo, a corredimir con Él.

III. Cuando el Señor nos haga gustar su Cruz a través del dolor y de la enfermedad, debemos considerarnos como hijos predilectos. Puede enviarnos el dolor físico u otros sufrimientos: humillaciones, fracasos, injurias, contradicciones en la propia familia... No debemos olvidar entonces que la obra redentora de Cristo se continúa a través de nosotros. Por muy poca cosa que podamos ser, nos convertimos en corredentores con Él, y el dolor –que era inútil y dañoso– se convierte en alegría y en un tesoro. Y podremos decir con San Pablo: Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia17. El Apóstol recuerda la lección del Maestro: por esto sigue sus pisadas18, toma su cruz19 y continúa la labor de dar a conocer la doctrina de Cristo a todos los hombres.

Afirma el Papa Juan Pablo II que el dolor «no solo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible. En el Cuerpo de Cristo (...) el sufrimiento, penetrado por el espíritu del sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención»20.

Para aprovechar esta riqueza de gracias que, de una forma u otra, nos llegará, se requiere «una preparación remota, hecha cada día con un santo desapego de uno mismo, para que nos dispongamos a sobrellevar con garbo –si el Señor lo permite– la enfermedad o la desventura. Servíos ya de las ocasiones normales, de alguna privación, del dolor en sus pequeñas manifestaciones habituales, de la mortificación, y poned en ejercicio las virtudes cristianas»21.

El dolor, que ha separado a muchos de Dios porque no lo han visto a la luz de la fe, debe unirnos más a Él. Y debemos enseñar a los enfermos su valor redentor. Entonces llevarán con paz la enfermedad y las contradicciones que el Señor permita, y las amarán, porque habrán aprendido que también el dolor viene de un Padre que solo quiere el bien para sus hijos.

Acudimos a nuestra Madre Santa María. Ella, «que en el Calvario, estando de pie valerosamente junto a la cruz del Hijo (cfr. Jn 19, 25), participó de su pasión, sabe convencer siempre a nuevas almas para unir sus propios sufrimientos al sacrificio de Cristo, en un “ofertorio” que, sobrepasando el tiempo y el espacio, abraza a toda la humanidad y la salva»22. Pidámosle que el dolor y las penas –inevitables en esta vida– nos ayuden a unirnos más a su Hijo, y que sepamos entenderlos, cuando lleguen, como una bendición para nosotros mismos y para toda la Iglesia.

1 Mc 6, 7-13. — 2 Cfr. Is 1, 6; Lc 10, 34. — 3 Cfr. Conc. de Trento, Ses. XIV, Doctrina de sacramento extremae unctionis, cap. 1. — 4 Cfr. Sant 5, 14 ss. — 5 Cfr. Mt 11, 5. — 6 Cfr. Lc 14, 21. — 7 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 8. — 8 Cfr. Mt 25, 40. — 9 San Agustín, Sobre las costumbres de la Iglesia católica, 1, 28, 56. — 10 Cfr. Catecismo Romano, II, 6, n. 9. — 11 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 73. — 12 Cfr. Ritual de la Unción, Praenotanda, n. 8. — 13 Cfr. Ibídem, n. 10. — 14 Cfr. Catecismo Romano, II, 6, n. 14. — 15 Pablo VI, Const. Apost. Sacram Unctionem infirmorun, 30-XI-1972. — 16 Ritual de la Unción, Praenotanda, n. 5. — 17 Col 1, 24. — 18 Cfr. 1 Pdr 2, 21. — 19 Cfr. Mt 10, 38. — 20 Juan Pablo II, Carta Apost. Salvifici doloris, 11-II-1984, 27. — 21 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 124. — 22 Juan Pablo II, Homilía 11-XI-1980.

 

“La Misa es acción divina”

¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar? (Camino, 530)

Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. Aprendamos a tratar a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino: tres Personas divinas en la unidad de su sustancia, de su amor, de su acción eficazmente santificadora.

Inmediatamente después del lavabo, el sacerdote invoca: Recibe, Santa Trinidad, esta oblación que te ofrecemos en memoria de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Jesucristo, Señor Nuestro. Y, al final de la Misa, hay otra oración de encendido acatamiento al Dios Uno y Trino: Placeat tibi, Sancta Trinitas, obsequium servitutis meae... que te sea agradable, oh Trinidad Santísima, el tributo de mi servidumbre; dispón que el sacrificio que yo, aunque indigno, he ofrecido a la Majestad tuya, merezca aceptación; y te pido que, por tu misericordia, sea éste un sacrificio de perdón para mí y para todos por los que lo he ofrecido.

La Misa ‑insisto‑ es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christe, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.

El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias. Este es el sacrificio que profetizó Malaquías: desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes; y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura. Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley. (Es Cristo que pasa, 86)

 

 

Una investigación exhaustiva sobre una década esencial

José María Escrivá llega a Madrid en 1927. Al año siguiente funda el Opus Dei, y en menos de diez años es ya un sacerdote conocido en buena parte de los ambientes eclesiásticos y universitarios de la capital española. Hemos entrevistado a uno de los editores, Santiago Martínez Sánchez, para que explique el alcance del libro.

NOTICIAS05/02/2020

Opus Dei - Una investigación exhaustiva sobre una década esencial​Santiago Martínez Sánchez (izda.) con varias personas que trabajan en el Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá

Este libro muestra del modo más exhaustivo posible la actividad que José María Escrivá realizó durante ese tiempo (1927-1936). Su actividad día por día, a modo de dietario, siempre que haya información. Arranca y finaliza en Madrid, entre su traslado a la ciudad en abril de 1927 y el inicio de la guerra civil española en el verano de 1936. Es una cronología parcial de su vida, que radiografía los eventos que protagoniza el entonces joven sacerdote aragonés, en torno a la fundación y primera expansión del Opus Dei.

Habéis optado por referiros a él como: “José María Escrivá y Albás”, y no por “Josemaría Escrivá de Balaguer”.

En la introducción del libro explicamos que le citamos con los nombres de pila que usaba en los años veinte y treinta del siglo XX. Es decir, José María. Por devoción a san José y a la Virgen María, decidió unirlos después en un solo nombre, en su correspondencia y en sus publicaciones. Y lo mismo hacemos con su primer apellido, que citamos tal como lo usaba durante los años de nuestra Cronología: Escrivá. En 1940 lo cambió en el registro civil por “Escrivá de Balaguer” para diferenciarse de otras ramas familiares.


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¿Dónde reside la novedad?

Hasta la fecha es la exposición más completa para conocer la red de personas, lugares y actividad que José María Escrivá desplegó durante esos diez años. El epicentro de este tiempo es la fundación y primera expansión del Opus Dei. Intuíamos que merecía la pena indagar acerca del cosmos de gentes, lugares y eventos del fundador del Opus Dei durante esa intensa década. Y ofrecer algo nuevo a los investigadores y a los interesados en conocer mejor a este santo de la Iglesia católica y a la institución del Opus Dei.

La investigación histórica intenta seguir añadiendo luz a la vida de este santo. Escrivá es un santo en, de y para la Iglesia católica. Brindamos a los lectores más información sobre él y el Opus Dei. Con más información, es más fácil entender y juzgar rectamente una vida y las circunstancias de su época. Y con más información se puede crear una opinión más veraz y justa sobre alguien.


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Se entiende que las fuentes históricas usadas han sido positivas, neutras y negativas ¿Dónde se fundamenta este volumen informativo?

Las fuentes para relatar cronológicamente su vida han sido muchas. Diría que exhaustivas: su epistolario, sus apuntes autobiográficos y espirituales, los diarios de los centros de la Obra que entonces había, los archivos de las universidades donde estudió, las Academias donde dio clase, los Patronatos eclesiásticos donde echó una mano, papeles diversos de los chicos con los que se relacionó el fundador del Opus Dei. Toda esa documentación ofrece el cuadro más completo posible sobre la vida de Escrivá.

Hay muchos y excelentes trabajos sobre su figura o sobre el Opus Dei para este tiempo. Los hemos utilizado también para elaborar nuestro estudio. Pero este libro contiene mucho material inédito e información que, hasta ahora, era desconocida. Sobre esto último, quisiera destacar solo las muchas entrevistas que aparecen en sus “Apuntes íntimos”, de las que damos cuenta brevemente.

Portada del libro Cronología de Jose María Escrivá y Albás (Madrid, 1927-1936)​Portada del libro Cronología de Jose María Escrivá y Albás (Madrid, 1927-1936)

 

Esas fuentes exhaustivas, ¿brindan alguna faceta nueva de la personalidad de Josemaría Escrivá, a cien años vista?

Esencialmente, diría que no. Pero sí que son reveladoras, en conjunto, del considerable volumen de personas con las que se relacionó durante esa década. Al final del libro hay un extenso índice onomástico de 800 personas, y casi 200 biografías de aquellos con quienes tuvo mayor trato.

Por el libro desfilan enfermos y familias a las que daba catequesis, eclesiásticos, estudiantes, periodistas y militares, hombres y mujeres del Opus Dei, y muchos más con los que trabó contacto por diversas razones. Escrivá en la peluquería, en el tranvía, rodeado de chiquillos que le cantan canciones anticlericales por la calle, leyendo el periódico, andando por Madrid, confesándose, hablando con estudiantes…


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¿Vais a proseguir con otras etapas de la cronología del fundador del Opus Dei?

No sabría dar una respuesta categórica. Sinceramente, no lo sé. La curva de eventos y personas vinculadas a José María Escrivá se aceleraba conforme pasaban los años republicanos. Y, contrariamente a lo que pensábamos al principio (al menos yo), durante la guerra civil su actividad no se detuvo. Al contrario, se mantuvo en 1936, creció en 1937 y aumentó enormemente en 1938 y 1939. Dicho de otro modo, sería relativamente fácil trabajar ese periodo (1936-1939). Pero los siguientes años nos imponen mucho respeto, por la desbordante cantidad de relaciones personales que sostuvo con el mundo eclesiástico y civil español y extranjero. Veremos la acogida de los lectores...


Santiago Martínez Sánchez, licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y doctor en Historia por la Universidad de Navarra, es también visiting scholar por la universidad de Berkeley (Estados Unidos). Investigador de la historia del Opus Dei y de la violencia político-religiosa en la España de los años 1930 y 1940, desde 2008 dirige el Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá, de la Universidad de Navarra.

Ha publicado el libro Los papeles perdidos del cardenal Segura, 1880-1957, y diversos artículos sobre la represión del clero vasco durante la guerra civil, figuras político-religiosas católicas, el episcopado español ante el nazismo entre 1936 y 1939, o el papel de los obispos y sacerdotes españoles en los procesos depurativos de guerra y postguerra.

 

Carta sobre el Año de la Eucaristía (2004)

"Nos ha llenado de alegría la decisión del Santo Padre, hecha pública en la pasada Solemnidad del Corpus Christi, de celebrar un Año de la Eucaristía en la Iglesia universal", dice el Prelado en esta carta publicada en 2004.

CARTAS PASTORALES Y MENSAJES30/11/2004

Opus Dei - Carta sobre el Año de la Eucaristía (2004)

Foto: JoePhilipson.

Descarga la Carta sobre el Año de la Eucaristía (2004) en formato PDF

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Por eso, nos ha llenado de alegría la decisión del Santo Padre, hecha pública en la pasada Solemnidad del Corpus Christi, de celebrar un Año de la Eucaristía en la Iglesia universal. Recordáis que este tiempo comienza en este mes de octubre, con el Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), y se concluirá en octubre de 2005, con la Asamblea ordinaria del Sínodo de Obispos, dedicada precisamente a este admirable Sacramento.

En continuidad ideal con el Jubileo del 2000 y en el espíritu de la Carta Apostólica Novo Millennio ineunte , deseo que los fieles de la Prelatura, los Cooperadores y las personas que se forman al calor del espíritu de la Obra, diariamente secundemos al Romano Pontífice y procuremos con todas nuestras fuerzas que la Sagrada Eucaristía ocupe cada vez más el núcleo de nuestra existencia entera. También os sugiero que, en este Año eucarístico, acompañados por la Virgen con el rezo del Rosario y movidos por el ejemplo de San Josemaría, vayamos activamente al Sagrario para manifestar a Jesús, hecho Hostia Santa, con profunda sinceridad: Adoro te devote! Fijémonos esta meta con exigencia de conducta, porque tanto valdrá nuestra vida cuanto intensa sea nuestra piedad eucarística.

Adoro te devote, latens deitas, quæ sub his figuris vere latitas

Tanto amó Dios al mundo

Comenzamos con un acto personal de rendida adoración a la Eucaristía, al mismo Cristo, pues en este Santísimo Sacramento «están contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» 3 . Jesús se halla presente, pero no se le ve: está oculto bajo las especies de pan y de vino 4 . «Está escondido en el Pan ... por amor a ti» 5 .

El amor que manifiesta a las criaturas es la causa de que se haya quedado entre nosotros, en este mundo, bajo el velo eucarístico. «Desde pequeño he comprendido perfectamente el porqué de la Eucaristía: es un sentimiento que todos tenemos; querer quedarnos para siempre con quien amamos» 6 . Nuestro Padre, considerando el misterio del amor de Cristo que pone sus delicias en estar entre los hijos de los hombres (cfr. Prv 8, 31), que no consiente en dejarnos huérfanos (cfr. Jn 14, 18), que ha decidido permanecer con nosotros hasta la consumación de los siglos (cfr. Mt 28, 20), ilustraba el motivo de la institución de este Sacramento con la imagen de las personas que se tienen que separar. «Desearían estar siempre juntas, pero el deber —el que sea— les obliga a alejarse»; y al no estar en condiciones de conseguirlo, «se cambian un recuerdo, quizá una fotografía», pero «no logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer». Jesús, Dios y Hombre, supera esos límites por amor nuestro. «Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor». Él «no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo» 7 : el que nació de María en Belén; el que trabajó en Nazaret y recorrió Galilea y Judea y murió crucificado en el Gólgota; el que resucitó gloriosamente al tercer día y se apareció a sus discípulos repetidas veces 8 .

La fe cristiana ha confesado siempre esta identidad, también para rechazar las nostalgias de quienes excusaban su escaso espíritu cristiano, alegando que no veían al Señor como los primeros discípulos; o de quienes argumentaban que se comportarían de otro modo si pudieran tratarlo físicamente. «Cuántos dicen ahora: "¡Quisiera ver su forma, su figura, sus vestidos, su calzado!" Pues he ahí que a Él ves, a Él tocas, a Él comes. Tú deseas ver sus vestidos; pero Él se te da a sí mismo, no sólo para que lo veas, sino para que lo toques y lo comas, y le recibas dentro de ti. Nadie, pues, se acerque con desconfianza, nadie con tibieza: todos encendidos, todos fervorosos y vigilantes» 9 .

Un Dios cercano

San Josemaría nos ha enseñado a asumir con plenitud la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, de manera que el Señor entre verdaderamente en nuestra vida y nosotros en la suya, que le miremos y contemplemos —con los ojos de la fe— como a una persona realmente presente: nos ve, nos oye, nos espera, nos habla, se acerca y nos busca, se inmola por nosotros en la Santa Misa 10 .

Explicaba nuestro Padre que los hombres tienden a imaginar al Señor muy «lejos, donde brillan las estrellas», como desentendido de sus criaturas; y no terminan de creer «que también está siempre a nuestro lado» 11 . Quizá hayáis encontrado personas que consideran al Creador tan distinto de los hombres, que les parece que no le conciernen los pequeños o grandes avatares que componen la vida humana. Nosotros, sin embargo, sabemos que no es así, que «Dios habita en lo más alto y mira las cosas pequeñas» ( Sal 137, 6, Vg): se fija con amor en cada uno, todo lo nuestro le interesa.

«El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones» 12 . Su amor y su interés infinitos por cada uno de nosotros, han llevado al Hijo a quedarse en la Hostia Santa, además de a encarnarse y a trabajar y a sufrir como sus hermanos los hombres. Es verdaderamente Emmanuel , Dios con nosotros. «El Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y —en lo que nos es posible entender— porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros» 13 .

Actos de adoración

Ante este misterio de fe y de amor, caemos en adoración; actitud necesaria, porque sólo así manifestamos adecuadamente que creemos que la Eucaristía es Cristo verdadera, real y sustancialmente presente con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. También resulta precisa esta disposición porque sólo así nuestro amor —rendido y total— puede alcanzar el nivel de respuesta adecuada al inmenso amor de Jesús por cada uno (cfr. Jn 13, 1; Lc 22, 15). Nuestra adoración a Cristo sacramentado, por ser Dios, entraña a la vez gesto externo y devoción interna, enamoramiento. No es ritualismo convencional, sino oblación íntima de la persona que se traduce externamente. «En la Santa Misa adoramos, cumpliendo amorosamente el primer deber de la criatura para su Creador: «adorarás al Señor, Dios tuyo, y a Él sólo servirás» ( Dt 6, 13; Mt 4, 10). No adoración fría, exterior, de siervo, sino íntima estimación y acatamiento, que es amor entrañable de hijo» 14 .

Los gestos de adoración —como la inclinación de cabeza o de cuerpo, la genuflexión, la postración— quieren siempre expresar reverencia y afecto, sumisión, anonadamiento, deseo de unión, de servicio y, desde luego, ningún servilismo. La verdadera adoración no significa alejamiento, distancia, sino identificación amorosa, porque «un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza» 15 .

¡Qué categoría concedía San Josemaría a esos modales de piedad, por pequeños que pudieran parecer! Esos detalles están llenos de sentido, revelan la finura interior de la persona y la calidad de su fe y de su amor. «¡Qué prisa tienen todos ahora para tratar a Dios! (...). Tú no tengas prisa. No hagas, en lugar de una genuflexión piadosa, una contorsión del cuerpo, que es una burla (...). Haz la genuflexión así, despacio, con piedad, bien hecha. Y mientras adoras a Jesús sacramentado, dile en tu corazón: Adoro te devote, latens deitas. Te adoro, mi Dios escondido» 16 .

Y más importancia aún reconocía a esa actitud interior de amor, que debe empapar todas las manifestaciones externas de la devoción eucarística. La adoración a Jesús sacramentado va de la contemplación de su amor por nosotros, a la declaración rendida del amor de la criatura por Él; pero no se queda sólo en cuestión de palabras, que también resultan necesarias, sino que se manifiesta sobre todo en hechos externos e internos de entregamiento: «que sepamos cada uno decir al Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de Él, que su disponibilidad —inerme— de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles! del pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios» 17 . Haciendo eco a San Juan Damasceno, Santo Tomás de Aquino explica que, en la verdadera adoración, la humillación exterior del cuerpo manifiesta y excita la devoción interior del alma, el ansia de someterse a Dios y servirle 18 .

No hemos de tener reparo —¡al contrario!— en repetir al Señor que le amamos y le adoramos, pero hemos de avalorar esas palabras con nuestras obras de sujeción y de obediencia a su querer. «Dios Nuestro Señor necesita que le repitáis, al recibirlo cada mañana: ¡Señor, creo que eres Tú, creo que estás realmente oculto en las especies sacramentales! ¡Te adoro, te amo! Y, cuando le hagáis una visita en el oratorio, repetídselo nuevamente: ¡Señor, creo que estás realmente presente! ¡te adoro, te amo! Eso es tener cariño al Señor. Así le querremos más cada día. Luego, continuad amándolo durante la jornada, pensando y viviendo esta consideración: voy a acabar bien las cosas por amor a Jesucristo que nos preside desde el tabernáculo» 19 .

Tibi se cor meum totum subiicit, quia, te contemplans, totum deficit

Pasmarse ante el misterio de amor

Ante la entrega de Jesucristo en la Eucaristía, cuántas veces repetía nuestro Padre: «se quedó para ti»; «se humilló hasta esos extremos por amor a ti» 20 . Al contemplar tanto amor, el corazón creyente queda como fulminado, lleno de admiración, y desea corresponder a su vez dándose del todo al Señor. «Yo me pasmo ante este misterio de Amor» 21 . Cultivemos este sentimiento, esta disposición de la inteligencia y de la voluntad, para no acostumbrarnos y para mantener siempre el ánimo sencillo del niño que se maravilla ante los regalos que su padre le prepara. Expresemos también con hondo agradecimiento: «Gracias, Jesús, gracias por haberte rebajado tanto, hasta saciar todas las necesidades de nuestro pobre corazón» 22 . Y, como consecuencia lógica, rompamos a cantar, alabando a nuestro Padre Dios, que ha querido alimentar a sus hijos con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo; perseverando en esa alabanza porque siempre resultará corta 23 .

Jesús se ha quedado en la Eucaristía para remediar nuestra flaqueza, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras angustias; para curar nuestra soledad, nuestras perplejidades, nuestros desánimos; para acompañarnos en el camino; para sostenernos en la lucha. Sobre todo, para enseñarnos a amar, para atraernos a su Amor. «Cuando contempléis la Sagrada Hostia expuesta en la custodia sobre el altar, mirad qué amor, qué ternura la de Cristo. Yo me lo explico, por el amor que os tengo; si pudiera estar lejos trabajando, y a la vez junto a cada uno de vosotros, ¡con qué gusto lo haría!»

»Cristo, en cambio, ¡sí puede! Y Él, que nos ama con un amor infinitamente superior al que puedan albergar todos los corazones de la tierra, se ha quedado para que podamos unirnos siempre a su Humanidad Santísima, y para ayudarnos, para consolarnos, para fortalecernos, para que seamos fieles» 24 .

«No son mis pensamientos como vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos —oráculo de Yahveh—. Pues cuanto superan los cielos a la tierra, así superan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros» ( Is 55, 8-9). La lógica eucarística sobrepasa toda lógica humana, no sólo debido a que la presencia de Cristo bajo las especies sacramentales es un misterio que nunca podremos comprender plenamente con nuestra inteligencia; sino también porque la donación de Cristo en la Eucaristía desborda completamente la pequeñez del corazón humano, la de todos los corazones humanos juntos. A la capacidad de nuestra mente, tanta generosidad le puede parecer inexplicable, porque se halla muy distante de los egoísmos grandes o pequeños que tantas veces nos acechan.

«El más grande loco que ha habido y habrá es Él. ¿Cabe mayor locura que entregarse como Él se entrega, y a quienes se entrega?

»Porque locura hubiera sido quedarse hecho un Niño indefenso; pero, entonces, aun muchos malvados se enternecerían, sin atreverse a maltratarle. Le pareció poco: quiso anonadarse más y darse más. Y se hizo comida, se hizo Pan.

»—¡Divino Loco! ¿Cómo te tratan los hombres?... ¿Yo mismo?» 25 .

Es necesario agrandar el corazón para acercarse a Jesús sacramentado. Ciertamente, se precisa la fe; pero se requiere además, para ser alma de Eucaristía, "saber querer", "saber darse a los demás", imitando —dentro de nuestra poquedad— la entrega de Cristo a todos y a cada uno. Con su experiencia personal, San Josemaría ha podido confiarnos: «La frecuencia con que visitamos al Señor está en función de dos factores: fe y corazón; ver la verdad y amarla» 26 .

En la "escuela" de San Josemaría

Nuestro Padre saboreó con hondura, desde muy joven, el amor de Cristo al quedarse en este Sacramento, porque tenía una fe muy grande —«que se podía cortar»— y porque sabía amar: se podía poner «como ejemplo de hombre que sabe querer». Por eso, la «locura de amor» del Señor al donarse a nosotros en este Sacramento «le robó el corazón», y entendió el colmo de anonadamiento y humillación a que llegó el Señor por cariño tierno y recio a cada uno de nosotros. Por eso también, supo corresponder a ese amor sin ceder a la generalidad del anonimato: se consideró directamente interpelado por Cristo que se ofrecía por su vida, y por la de todos, en la Eucaristía, y estuvo en condiciones de escribir, refiriéndose al Santo Sacrificio: «"Nuestra" Misa, Jesús...» 27 .

Emprendamos cotidianamente ese itinerario de nuestro queridísimo Fundador: pidamos al Señor muchas veces con los Apóstoles, como repetía San Josemaría: adauge nobis fidem!; y, por tanto, aprendamos en "la escuela de Mariano" a darnos constantemente a los demás, comenzando por servir a quienes se encuentran a nuestro alrededor, con una atención vibrante de amor sacrificado. Así sabremos también nosotros entrar en el misterio del Amor eucarístico y unirnos íntimamente al sacrificio de Cristo. A la vez, el amor que alberguemos al Señor sacramentado nos conducirá a darnos a los otros, precisamente sin que se note, sin hacerlo pesar: como Él, pasando ocultos. «Por amor y para enseñarnos a amar, vino Jesús a la tierra y se quedó entre nosotros en la Eucaristía» 28 .

Hemos de imitar en nuestra conducta personal el oblatus est quia ipse voluit Is 53, 7, Vg) de Jesús: esa decidida determinación interior de donarse y entregarse a la persona amada, de cumplir lo que espera y pide. Necesitamos un corazón limpio, lleno de afectos rectos, vacío de los desórdenes que introduce el yo desorbitado. «Las manifestaciones externas de amor deben nacer del corazón, y prolongarse con testimonio de conducta cristiana (...). Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios» 29 .

Ser de verdad almas de Eucaristía no se reduce a la fiel observancia de unas ceremonias, que resultan desde luego indispensables; se extiende a la entrega completa del corazón y de la vida, por amor a Quien nos consignó y nos sigue consignando la suya con absoluta generosidad. Aprendamos de la Virgen la humildad y la disponibilidad sin condiciones para amar, acoger y servir a Jesucristo. Meditemos frecuentemente, como nos proponía nuestro queridísimo Padre, que Ella «fue concebida inmaculada para albergar en su seno a Cristo». Y afrontemos la pregunta con que concluía esa invitación: «si la acción de gracias ha de ser proporcional a la diferencia entre don y méritos, ¿no deberíamos convertir todo nuestro día en una Eucaristía continua?» 30 .

Visus, tactus, gustus in te fallitur, sed auditu solo tuto creditur

Con la luz de la fe

¡Qué patente se alza el fracaso de los sentidos ante el Santísimo Sacramento! La experiencia sensible, camino natural para que nuestra inteligencia conozca lo que son las cosas, aquí no basta. Sólo el oído salva al hombre del naufragio sensible ante la Eucaristía. Sólo oyendo la Palabra de Dios que revela lo que la mente no percibe a través de la sensibilidad, y acogiéndola con la fe, se llega a saber que la sustancia —aunque lo parezca— no es pan sino el cuerpo de Cristo, no es vino sino la sangre del Redentor.

También la inteligencia zozobra, porque no alcanza ni alcanzará jamás a comprender la posibilidad de que permaneciendo lo sensible —las "especies"— del pan y del vino, la realidad sustancial constituya el Cuerpo y la Sangre de Cristo. «Lo que no comprendes y no ves, lo afirma una fe viva, más allá del orden propio de las cosas» 31 .

Por esta virtud teologal se consigue, ante el Misterio eucarístico, la certeza que a la sola razón humana se presenta como imposible. «Señor, yo creo firmemente. ¡Gracias por habernos concedido la fe! Creo en Ti, en esa maravilla de amor que es tu Presencia Real bajo las especies eucarísticas, después de la consagración, en el altar y en los Sagrarios donde estás reservado. Creo más que si te escuchara con mis oídos, más que si te viera con mis ojos, más que si te tocara con mis manos» 32 .

«Es toda nuestra fe la que se pone en acto cuando creemos en Jesús, en su presencia real bajo los accidentes del pan y del vino» 33 . Fe en el poder del Creador; fe en Jesús, que afirma: «Esto es mi cuerpo», y añade: «Éste es el cáliz de mi sangre»; fe en la acción inefable del Espíritu Santo, que intervino en la encarnación del Verbo en el seno de la Virgen e interviene en la admirable conversión eucarística, en la transubstanciación.

Fe en la Iglesia, que nos enseña: «Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia de pan ( Mt 26, 26 ss; Mc 14, 22 ss; Lc 22, 19 ss; 1 Cor 11, 24 ss); de ahí que la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión, y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio, que por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. La cual conversión, propia y convenientemente, fue llamada transubstanciación por la Santa Iglesia Católica» 34 .

En continuidad con este Concilio y con la entera Tradición, el Magisterio posterior ha insistido en que «toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener, para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el cuerpo y la sangre adorables de Cristo Jesús son los que están realmente delante de nosotros» 35 .

Os aconsejo que, especialmente a lo largo de este Año de la Eucaristía , releáis y meditéis algunos de los más importantes documentos que el Magisterio de la Iglesia ha dedicado al Santísimo Sacramento 36 . Acojamos con agradecimiento íntimo estos venerados textos, reforzando nuestra obœdientia fidei a la Palabra de Dios que en esas enseñanzas se nos transmite con autoridad dada por Jesucristo 37 .

Credo quidquid dixit Dei Filius; nil hoc verbo veritatis verius

Palabras de vida

Nuestra fe se funda en las palabras mismas del Señor, que la Iglesia ha entendido siempre como son, es decir, en sentido plenamente real. Después de haber multiplicado los panes y los peces, el Señor declaró: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo» ( Jn 6, 51). No hablaba en términos figurados; si hubiera sido así, al comprobar que muchos —incluidos algunos discípulos— se escandalizaban ante esos vocablos, los habría explicado de otro modo. Pero no lo hizo; al contrario, reafirmó con fuerza: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» ( Jn 6, 54-55). Para que no pensaran que iba a ofrecérseles como alimento de forma material y sensible, añadió: «El Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve de nada; las palabras que os he hablado son espíritu y son vida» ( Jn 6, 63).

Son palabras del Verbum spirans amorem : palabras de amor, que llevan al amor, porque revelan el Amor de Dios a la humanidad, que anuncian la Buena Nueva: «La Trinidad se ha enamorado del hombre» 38 . ¿Cómo no van a importarle nuestras cosas? ¿Cómo no intervendrá en nuestro favor cuando sea necesario? «Dice Sión: "Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado". ¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella pudiera olvidarle, yo no te olvidaré» ( Is 49, 14-15). Este interés, este cuidado de Dios por cada uno de nosotros, con la encarnación del Verbo nos llega a través de su Corazón humano. «Conmueven a Jesús el hambre y el dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia. "Vio Jesús la muchedumbre que le aguardaba, y enterneciéronsele con tal vista las entrañas, porque andaban como ovejas sin pastor, y así se puso a instruirlos sobre muchas cosas" ( Mc 6, 34)» 39 .

Una actitud de confianza

En el plano natural, es lógico subrayar la importancia de la experiencia sensible, como fundamento de la ciencia y del saber. Pero si los ojos se quedan «pegados a las cosas terrenas», no es difícil o extraño que suceda lo que describía nuestro Padre: «Los ojos se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios (...). La inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el "seréis como dioses" ( Gn 3, 5) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios» 40 . En una época que «fomenta un clima mundial para centrar todo en el hombre; un ambiente de materialismo, desconocedor de la vocación trascendente del hombre» 41 , hemos de cultivar en nosotros y difundir a nuestro alrededor la actitud de apertura a los demás, de confianza razonable en la palabra de los otros.

Antes os señalaba que, para comprender el «derroche divino» 42 de la Eucaristía, es preciso "saber querer"; considerad también que es igualmente necesario "saber oír" y confiar, ante todo, en Dios y en su Iglesia. La fe —sometimiento y, a la vez, elevación de la inteligencia— en Jesús sacramentado nos librará de esa espiral nefasta que aleja de Dios y también de los demás; nos defenderá de ese «engreimiento general» que encubre «el peor de los males» 43 . Ese postrar la inteligencia ante la Palabra increada, oculta en las especies de pan, nos ayuda también a no fiarnos sólo de nuestros sentidos y de nuestro juicio, y a reforzar en nosotros la autoridad de Dios que no se equivoca ni puede equivocarse.

En el Sagrario se esconde la fortaleza, el refugio más seguro contra las dudas, contra los temores y las inquietudes 44 . Éste es el Sacramento de la Nueva Alianza, de la Alianza eterna, novedad última y definitiva porque ya no cabe otra posibilidad de darse más. Sin Cristo, el hombre y el mundo se quedarían a oscuras. También la vida del cristiano se torna más y más sombría si se separa de Él. Este Sacramento, con su definitiva novedad, ahuyenta para siempre lo viejo, la incredulidad, el pecado. «Lo caduco, lo dañoso y lo que no sirve —el desánimo, la desconfianza, la tristeza, la cobardía— todo eso ha de ser echado fuera. La Sagrada Eucaristía introduce en los hijos de Dios la novedad divina, y debemos responder in novitate sensus Rm 12, 2), con una renovación de todo nuestro sentir y de todo nuestro obrar. Se nos ha dado un principio nuevo de energía, una raíz poderosa, injertada en el Señor» 45 .

In Cruce latebat sola deitas, at hic latet simul et humanitas

Con Cristo en el Calvario

La celebración de la Eucaristía nos sitúa en el Calvario, pues «en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la cruz ( Hb 9, 27) (...). Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse» 46 . «Y al Calvario tenemos acceso «no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente , perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado» 47 .

En el Gólgota, en otra cruz, cerca de Jesús está Dimas, el buen ladrón. Coincidimos con él en ese hallarnos realmente ante la misma Persona, en asistir al mismo dramático acontecimiento. También coincidimos —o queremos coincidir— en la fe profunda en esa Persona: él creyó que Jesús traía consigo el Reino de Dios y, arrepentido, deseaba estar con Cristo en ese Reino. Nosotros creemos igualmente que es Dios, el Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvarnos; pero nos distinguimos de aquel pecador contrito en que él veía la humanidad de Cristo, pero no la divinidad; nosotros, en Jesús sacramentado, no vemos ni la divinidad ni la humanidad.

El ladrón arrepentido

A diferencia del otro malhechor, Dimas reconocía sus culpas, aceptaba el castigo merecido por sus ofensas y confesaba la santidad de Jesús: «Éste ningún mal ha hecho» ( Lc 23, 41). También nosotros rogamos al Señor que nos acoja en su Reino. Para recibirle más purificados en nuestro pecho, confesamos nuestras culpas y le pedimos perdón; cuando sea necesario también, como la Iglesia nos enseña, acudiendo antes con dolor constructivo al sacramento de la Reconciliación:

«Si no es decente que nadie se acerque a función alguna sagrada, sino santamente; (...) con tanta más diligencia (el cristiano) debe evitar acercarse a recibirlo sin grande reverencia y santidad, señaladamente leyendo en el Apóstol aquellas tremendas palabras: "El que come y bebe indignamente, come y bebe su propio juicio, al no discernir el cuerpo del Señor" (1 Cor 11, 29). Por lo cual, al que quiere comulgar hay que traerle a la memoria el precepto suyo: "Mas pruébese a sí mismo el hombre" (1 Cor 11, 28).

»La costumbre de la Iglesia declara ser necesaria aquella prueba por la que nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal, por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental» 48 .

La humildad de Cristo crucificado movió a Dimas a no engreírse y a aceptar con mansedumbre el sufrimiento, rechazando la tentación de rebelarse. «Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... —Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz» 49 . Imitemos al latro pœnitens en la disposición humilde, con mayor motivo, porque el ejemplo de anonadamiento en la Eucaristía, que contemplamos con la fe, es aún mayor que aquél que él vio con sus ojos en el Calvario. Cuando el "yo" se alce soberbio, reclamando derechos de comodidad, sensualidad, reconocimientos o agradecimientos, el remedio es mirar al Crucificado, ir al Sagrario, participar sacramentalmente en su sacrificio. A esa conclusión llegaba nuestro Padre, que cerraba así ese punto de Camino : «Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa!» 50 .

Cátedra de todas las virtudes

Escribe Santo Tomás de Aquino que Cristo en la Cruz da ejemplo de toda virtud: «Passio Christi sufficit ad informandum totaliter vitam nostram» 51 , basta volver los ojos al Crucificado, para aprender cuanto necesitamos en esta vida. E insiste: «Nullum enim exemplum virtutis abest a Cruce» 52 , no faltan ejemplos de ninguna virtud, abundan claramente para todas: fortaleza, paciencia, humildad, desprendimiento, caridad, obediencia, desprecio de los honores, pobreza, abandono...

De la Eucaristía podemos afirmar otro tanto: es cátedra excelsa de amor y de humildad; en este divino Don, podemos fortalecernos también en las demás virtudes cristianas. «En la Sagrada Eucaristía y en la oración está la cátedra en la que aprendemos a vivir, sirviendo con servicio alegre a todas las almas: a gobernar, también sirviendo; a obedecer en libertad, queriendo obedecer; a buscar la unidad en el respeto de la variedad, de la diversidad, en la identificación más íntima» 53 .

Se demuestra especialmente como cátedra para las virtudes que deben cultivarse a diario en el trabajo y en la familia, en las situaciones comunes de las personas corrientes: saber esperar, saber acoger a todos, estar disponible siempre... El silencio de Jesús sacramentado resulta sobre todo elocuente para quienes, como nosotros, hemos de santificarnos nel bel mezzo della strada , atareados en mil ocupaciones en apariencia de escasa importancia. Desde el silencio de esa sede, Él nos puntualiza que la vida ordinaria nos ofrece —con la humildad en que transcurre— una posibilidad constante de santificación y de apostolado; que encierra todo el tesoro y la fuerza de Dios, que interviene y dialoga en cada instante con nosotros, y se interesa hasta de la caída de un cabello de la criatura (cfr. Mt 10, 29).

Contemplando a Jesús sacramentado, nos adentramos en la necesidad de movernos con rectitud de intención, con no tener otra voluntad que la de cumplir el querer divino: servir a las almas para que lleguen al Cielo. Se descubre la trascendencia de darnos a los demás, gastando la propia existencia en acompañar a nuestros hermanos los hombres, sin ruido, con paciencia, discretamente; con la amistad y el afecto manifestados en obras quizá pequeñas pero concretas y útiles; con la disponibilidad de tiempo y con la amplitud de corazón que sabe pronunciar para todos, para cada uno, la oportuna palabra, el consejo y el consuelo necesarios, el comentario doctrinal y la corrección fraterna.

«Él se abaja a todo, admite todo, se expone a todo —a sacrilegios, a blasfemias, a la frialdad de la indiferencia de tantos—, con tal de ofrecer, aunque sea a un hombre solo, la posibilidad de descubrir los latidos de un Corazón que salta en su pecho llagado» 54 .

Entregarse al servicio de los demás

Ante la presencia real de Jesús en el Sagrario, se comprende la eficacia inefable de «ocultarse y desaparecer», que no entraña caer en el dolce far niente , aislarse de los demás, dejar de influir en el ambiente y en el desarrollo de los acontecimientos en el propio ámbito familiar, profesional o social. Se traduce, por el contrario, en dar toda la gloria a Dios y respetar la libertad de los demás; y también en empujarles hacia el Señor no con ruido humano, sino con la "coacción" de la propia entrega y de la virtud alegre y generosa.

Mirando al Señor sacramentado, nos persuadimos de la conveniencia de "hacernos pan"; de que los demás puedan alimentarse de lo nuestro —de nuestra oración, de nuestro servicio, de nuestra alegría— para ir adelante en el camino de la santidad. Nos convencemos de la necesidad del «sacrificio escondido y silencioso» 55 , sin espectáculo ni gestos grandilocuentes. «Jesús se quedó en la Eucaristía por amor..., por ti.

»—Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres..., y cómo lo recibes tú.»

»—Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al Sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas —¡muchas!— sigan igual camino» 56 .

En la Eucaristía, Jesús muestra con elocuencia divina que, para ser como Él, hay que entregarse completamente y sin regateos a los demás, hasta hacer de nuestro caminar un servicio constante. «Llegarás a ser santo si tienes caridad, si sabes hacer las cosas que agraden a los demás y que no sean ofensa a Dios, aunque a ti te cuesten» 57 .

Ambo tamen credens atque confitens, peto quod petivit latro pœnitens

Al ritmo de la contrición

Volvamos a la escena del Calvario, para escuchar la petición del buen ladrón, que tanto removía a San Josemaría cuando meditaba el Adoro te devote . «He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: "Peto quod petivit latro pœnitens", y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!

»Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se "abrió" las puertas del Cielo» 58 .

Especialmente en los últimos años, ante las dificultades de la Iglesia, nuestro Padre se acogía con toda su alma a la misericordia divina, pidiendo esta comprensión, este amor de Dios para sí y para todos. No exhibía méritos, que pensaba no tener; «todo lo ha hecho el Señor», aseguraba convencido. No se apelaba a motivos de justicia para conseguir del Señor la ayuda en la tribulación y en la prueba; buscaba el refugio de su compasión. Así, de la fe en Cristo pasaba a la contrición: a la conversión constante y alegre. Con esta lógica actuaba nuestro Padre, bien seguro de que cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies Sal 50 [51], 19), no desprecia Dios un corazón contrito y humillado.

Ahora, con su intercesión en el Cielo, hemos de asimilar ese ritmo de fe y dolor que constituye la señal inequívoca de auténtica vida interior. El trato eucarístico reforzará nuestra esperanza, nuestra confianza en la misericordia del Señor, de muchos modos; entre otros, ayudándonos a descubrir nuestras miserias para que las llevemos al pie de la Cruz y así, con la lucha contra los defectos, alcemos victoriosa la Cruz del Señor sobre nuestras vidas, sobre nuestras debilidades.

Fiarse de la misericordia divina

Dimas encontró la misericordia y la gracia divinas transformando aquella actividad que antes era su "profesión": asaltar y robar a otros. En la cruz, por la fe y un dolor sincero, "asaltó" a Cristo, le "robó" el corazón y entró con Él en la gloria. Nuestro Padre nos ha transmitido la «amorosa costumbre de "asaltar" Sagrarios» 59 ; nos ha enseñado, sobre todo, a unir nuestro trabajo santificado a la ofrenda que Jesús hace de Sí mismo en la Misa y a trabajar así con la fuerza que dimana de su sacrificio.

La experiencia del latro pœnitens es también la nuestra: de la misericordia del Señor esperamos nuestra santificación. Al recibir su perdón y su gracia, reflejamos estos dones en la fraternidad con que tratamos a todos, pues la santidad, la perfección, está directamente relacionada con la misericordia. Lo expresa claramente el mismo Señor: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» ( Mt 5, 48); y «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» ( Lc 6, 36).

Pero hemos de tener siempre presente que «la misericordia no se queda en una escueta actitud de compasión: la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia» 60 . Se traduce sencillamente en darse y dedicarse a los demás, como el buen samaritano: sin descuidar los propios deberes y, al mismo tiempo, decidirse a sacrificar la comodidad y a prescindir de pequeños —o no tan pequeños— planes e intereses personales. «Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso» 61 .

Entendida de ese modo, esta disposición activa del ánimo cabe aplicarla analógicamente a Cristo, Dios y Hombre. Esto resultaría absurdo si refiriéramos nuestra misericordia a Dios en sí mismo, pero no lo es en relación a la Humanidad de Jesús, pues el mismo Señor nos ha dicho que considera dirigida a Él la misericordia usada con sus hermanos los hombres, aun los más pequeños (cfr. Mt 25, 40). Además, podemos vivir la misericordia de algún modo —como desagravio— con la Humanidad del Señor oculta en el Sagrario, donde se nos presenta como «el Gran Solitario»: es un profundo acto de amor y de piedad ir a visitarle a la «cárcel de amor», donde se ha quedado «voluntariamente encerrado» 62 porque ha querido estar siempre con nosotros, hasta el final.

¡Cuántas posibilidades se nos abren para "tratarle bien", para acompañarle, para manifestarle cariño! A tal conducta nos alentaba San Josemaría: «Jesús Sacramentado, que nos esperas amorosamente en tantos Sagrarios abandonados, yo pido que en los de nuestros Centros te tratemos siempre "bien", rodeado del cariño nuestro, de nuestra adoración, de nuestro desagravio, del incienso de las pequeñas victorias, del dolor de nuestras derrotas» 63 .

Plagas, sicut Thomas, non intueor, Deum tamen meum te confiteor

La actitud inicial de Tomás

Ocho días después de la Resurrección de Jesús, en el Cenáculo, Tomás mira al Señor, que le muestra sus llagas y le dice: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel» ( Jn 20, 27). Nosotros, en la Eucaristía, nos encontramos también realmente ante su cuerpo glorioso, aunque a la vez en estado de víctima — Christus passus — por la separación sacramental del cuerpo y de la sangre. «El sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucaristía "pan de vida" ( Jn 6, 35 y 48), "pan vivo" ( Jn 6, 51)» 64 .

Podemos pensar que el Apóstol Tomás, cuando prendieron a Jesús en Getsemaní y después —ante el "fracaso humano" de Cristo—, se sentiría desconcertado, defraudado, desesperanzado. Quizá su hundimiento interior fuese especialmente emotivo y por esto le costase, más que a los otros diez, aceptar la realidad de la Resurrección del Señor. Se le hizo particularmente difícil volver a creer en Jesús, esperar de nuevo en Él, llenarse otra vez de sólida ilusión; en pocas palabras: amarle y sentirse amado por Él. Y puso condiciones.

Dios se ha revelado progresivamente, y el curso histórico de la Revelación de alguna manera se traduce a nivel personal en el itinerario de fe de cada uno. Cualquier nuevo paso en ese camino significa un abandono interior también "nuevo", que resulta más costoso, que obliga a una mayor identificación con Cristo, muriendo más y más al propio yo. Y nos conviene estar prevenidos, porque la reacción de Santo Tomás puede también asomarse a nuestra alma: una actitud de incredulidad, de resistencia a creer sin vacilación, a creer más: no nos extrañemos ni nos asustemos. Para salvar este inconveniente, repitamos con más fe ante el Sagrario y en otras ocasiones: Dominus meus et Deus meus! Jn 20, 28).

Los Apóstoles creían en Jesús como profeta y enviado de Dios; como Mesías y Salvador de Israel; como Hijo de Dios. Pero se habían formado una idea inexacta de cómo se actuaría esa salvación y qué formas asumiría el Reino de su Maestro. Los anuncios que Cristo puntualizó sobre su pasión y muerte, al menos tres veces, no los entendieron del todo. Luego, en parte por su indolencia y en parte por toda la tragedia de la pasión, los acontecimientos les pusieron violentamente ante el plan de Dios, y todos naufragaron excepto San Juan. Y les costó, de modo particular a Santo Tomás, aceptar la realidad gloriosa de Cristo resucitado. Pero las diversas apariciones del Señor resolvieron sus reservas, y el mismo Tomás superó su flojedad espiritual, como acabo de mencionar, con un maravilloso acto de fe y de amor: Dominus meus et Deus meus! A la hora de las pruebas

No excluyamos en nosotros mismos, por diversos motivos, una inicial resistencia a creer, por la acumulación de experiencias negativas; por la adversidad de un ambiente anticristiano; o por «un encuentro inopinado con la Cruz» 65 , que se nos muestra más concreta y cruda: «Porque Dios nos pide a todos una abnegación plena, y a veces el pobre hombre de barro —de que estamos hechos— se rebela; sobre todo, si hemos dejado que nuestro yo se interponga en el trabajo, que ha de ser para Dios» 66 .

Ese tipo de situaciones las superamos siempre, con la gracia divina, si las afrontamos por lo que son: invitaciones a acercarnos más a Dios, a conocerle mejor y amarle más, a servirle con más eficacia. Y el medio más seguro para superarlas nos viene facilitado por el encuentro con Cristo crucificado y glorioso; con Jesús sacramentado. De modo muy especial, entonces, ha llegado el momento de ir al Sagrario a hablar con el Señor, que nos muestra sus llagas como credenciales de su amor; y, con fe en esas llagas que físicamente no contemplamos, descubriremos con los apóstoles la necesidad del Misterio de que «Cristo padeciera y así entrara en su gloria» ( Lc 24, 26); acogeremos más claramente la Cruz como un don divino, entendiendo así aquella exhortación de nuestro Padre: «empeñémonos en ver la gloria y la dicha ocultas en el dolor» 67 .

A las llagas de Cristo

Insisto, hijas e hijos míos, no debemos sorprendernos ni asustarnos si nos topamos con situaciones especialmente duras, en las que el "claroscuro" de la fe nos presenta más explícitamente su dimensión de oscuridad; ocasiones en que quizá resulte más difícil reconocer a Cristo, ni tan siquiera otear por dónde pasa el camino querido por Dios. Este tipo de pruebas interiores puede deberse, a veces, a la miseria humana, a la falta de correspondencia; pero con frecuencia no es así, sino que forma parte del plan querido por Dios para identificarnos con Jesucristo, para santificarnos.

Ha llegado el momento de "ir", como hizo el Apóstol Tomás, a las llagas de Cristo. Así nos lo explica San Josemaría: «No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios.

»Es la hora de amar la mortificación pasiva, que viene —oculta o descarada e insolente— cuando no la esperamos (...).

»Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus Llagas. Y en esos tiempos de purgación pasiva, penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas que procuramos esconder, necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas Santísimas Heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa Sangre redentora, para fortalecernos (...).

»Id como más os conmueva: descargad en las Llagas del Señor todo ese amor humano... y ese amor divino. Que esto es apetecer la unión, sentirse hermano de Cristo, consanguíneo suyo, hijo de la misma Madre, porque es Ella la que nos ha llevado hasta Jesús» 68 .

No sólo en momentos de prueba, sino siempre, busquemos más perseverantemente el encuentro con Cristo resucitado, que nos espera en el Altar y en el Sagrario. ¡Con cuánta confianza y seguridad hemos de acudir a la oración ante Jesús sacramentado, para pedir, con la audacia de los niños, por tantas necesidades e intenciones! Tomás apóstol puso ese encuentro como condición para creer; nosotros, ahora, por la gracia de Dios, abrigamos la certeza de que en ese situarnos ante Jesús se resuelven todas nuestras dificultades espirituales. No contemplamos ni la humanidad ni la divinidad del Señor, pero creemos firmemente, y vamos a Él, que «nos ve, nos oye, nos espera y nos preside desde el Tabernáculo, donde está realmente presente escondido en las especies sacramentales (...), que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... y enseguida, luz o, al menos, aceptación y paz» 69 . Así seremos fieles y sentiremos el impulso y la fuerza para decir a todo el mundo, sin respetos humanos, con naturalidad y con urgencia, que hemos encontrado a Cristo, que le hemos tocado, ¡que vive! Saborearemos, como San Josemaría, la verdad y el gozo de que Iesus Christus heri et hodie idem, et in sæcula! Hb 13, 8).

Fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere

Almas de eucaristía: fe, amor, esperanza

El crecimiento de la vida espiritual está directamente relacionado con el crecimiento de la devoción eucarística. ¡Con qué fuerza lo predicó nuestro Padre! Como fruto de su propia experiencia espiritual, nos empuja a cada una, a cada uno: «¡Sé alma de Eucaristía! —Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!» 70 .

El deseo de santidad y el celo apostólico encuentran en la contemplación eucarística su cauce y su fundamento más sólido. «No comprendo cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía. Y entiendo muy bien que, a lo largo de los siglos, las sucesivas generaciones de fieles hayan ido concretando esa piedad eucarística» 71 .

Cuando Dios se acerca al alma para atraerla a Sí, la criatura debe disponerse con más actos de fe, de esperanza y de amor; debe intensificar su vida teologal, traduciéndola en más oración, más penitencia, mayor frecuencia de sacramentos, más intenso trato eucarístico. Así se comportó siempre nuestro Padre, sobre todo desde que el Señor empezó a manifestarse a su alma, con aquellos barruntos de amor. Ya en el Seminario de San Carlos pasó noches enteras en oración, acompañando al Señor en el Sagrario; a medida que transcurrían las jornadas, percibía hondamente la urgencia de estar más con Él.

El camino cristiano es senda esencialmente teologal: fruto del conocimiento sobrenatural, de la tensión al Bien infinito que es la Trinidad, de la comunión en la caridad. Y la adoración eucarística contiene su expresión más sublime, porque se dirige a Dios tal como Él ha decidido quedarse más a nuestro alcance. A la vez, y por lo mismo, se nos muestra como el medio mejor para crecer en esas tres virtudes. Nuestro Padre las pedía todos los días, precisamente en la Santa Misa, mientras alzaba a Jesús sacramentado en la Hostia consagrada y en el cáliz con su Sangre: adauge nobis fidem, spem, caritatem!

La fe, la esperanza y la caridad: virtudes sobrenaturales, que sólo Dios puede infundir en las almas y sólo Él puede intensificar. Pero eso no significa que la recepción de estos dones divinos exima de la colaboración personal, porque en todos sus planes jamás el Omnipotente impone su amor: «No quiere esclavos, sino hijos, y respeta nuestra libertad» 72 . Por esto, de ordinario, dispone que su acción inefable esté acogida y acompañada por el esfuerzo de la criatura: admirémonos ante la categoría que nos atribuye.

Delicadezas del Señor

Cabe descubrir que el ocultamiento de Jesucristo en las especies eucarísticas, que responde a las exigencias de la economía sacramental, también responde precisamente al deseo divino de no forzar la libertad humana. Ocultándose, el Señor nos invita a buscarle, mientras Él sale a nuestro encuentro, «se hace el encontradizo» 73 . ¡Cuántas veces sucedió así con San Josemaría, que, sin darse cuenta, sin proponérselo expresamente, se encontraba "rumiando" palabras de la Escritura que iluminaban aspectos de su labor, que le manifestaban la voluntad de Dios, que contestaban a problemas y dudas que había expuesto a su Señor! «Cuenta el Evangelista que Jesús, después de haber obrado el milagro, cuando quieren coronarle rey, se esconde.

»—Señor, que nos haces participar del milagro de la Eucaristía: te pedimos que no te escondas, que vivas con nosotros, que te veamos, que te toquemos, que te sintamos, que queramos estar siempre junto a Ti, que seas el Rey de nuestras vidas y de nuestros trabajos» 74 .

La vida teologal, de fe, esperanza y caridad, por su misma naturaleza tiende siempre a más, a un crecimiento de la correspondencia: no se conforma con lo que ya hace. Señal de amar de verdad a Dios, por tanto, es juzgar que se le ama poco, que se ha de aumentar el trato diario. Sólo quien alberga un amor escaso, piensa que ya ama mucho. Nuestro Padre nos interpela con fuerza: «¿Que... ¡no puedes hacer más!? —¿No será que... no puedes hacer menos?» 75 . Respondamos, acudiendo una vez más a Cristo, Señor nuestro, oculto en el Sagrario: «Fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere!»

Esta tensión a "más" —como toda la vida cristiana— encuentra en la Eucaristía su raíz y su centro. Porque Jesús eucarístico es la cumbre del "crescendo" de donación de Dios a la humanidad, y —al identificarnos con Él— nos comunica esa misma tendencia al "crescendo" en entrega personal, "suaviter et fortiter", como llevándonos de la mano. Así lo expresaba San Josemaría: «Comenzaste con tu visita diaria... —No me extraña que me digas: empiezo a querer con locura la luz del Sagrario» 76 . Y, ante el Tabernáculo, supliquemos con fervorosa piedad a Jesús que nos conceda a todos, más y más, una «fe operativa», una «caridad esforzada», una «esperanza constante» (1 Ts 1, 3).

O memoriale mortis Domini, panis vivus, vitam præstans homini

Memorial del Sacrificio de la Cruz

La Eucaristía es memorial de la muerte del Señor y banquete donde Cristo nos da como alimento su cuerpo y su sangre. «La divina sabiduría —enseña Pío XII— ha hallado un modo admirable para hacer manifiesto el sacrificio de nuestro Redentor con señales exteriores, que son símbolos de muerte. En efecto, gracias a la transubstanciación del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo, así como está realmente presente su cuerpo, también lo está su sangre; y de esa manera las especies eucarísticas, bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta separación del cuerpo y de la sangre. De este modo, la conmemoración de su muerte, realmente sucedida en el Calvario, se repite en cada uno de los sacrificios del altar; ya que por medio de señales diversas se significa y se muestra a Jesucristo en estado de víctima» 77 .

Juan Pablo II, al exponer esta doctrina, escribe: «La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica. Lo que se repite es su celebración memorial, la "manifestación memorial" ( memorialis demonstratio ), por la cual el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del Misterio eucarístico no puede ser entendida, por tanto, como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario» 78 .

La Santa Misa jamás se queda, por tanto, en un simple recuerdo del acontecimiento salvador del Gólgota, sino que lo actualiza sacramentalmente. Todo sacramento realiza lo que significa; así, la Misa significa y hace presente el mismo sacrificio de Jesús en el Calvario. Nos trae el memorial vivo de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. «Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la Cruz, permanece siempre actual» 79 . En el Sacrificio de la Misa, unimos todo lo nuestro al ofrecimiento con que Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, se entregó a Dios Padre, en adoración, acción de gracias, satisfacción por los pecados de la humanidad y petición por todas las necesidades del mundo.

Centro y raíz de la vida espiritual

Nuestro Fundador, en sus catequesis, se esforzaba en explicar la íntima relación existente entre la Última Cena, la Cruz y la Misa. En momentos en los que, en no pocos ambientes, se oscurecía la esencia sacrificial de la Eucaristía, puso especial hincapié en el infinito valor del Santo Sacrificio. Con palabras asequibles a todos, comentaba en una ocasión: «Distingo perfectamente la institución de la Sagrada Eucaristía, que es un momento de manifestación de amor divino y humano, y el Sacrificio en el madero de la Cruz. En la Cena, Jesús estaba pasible, no había padecido aún; en el Calvario está paciente, sufriendo con gesto de Sacerdote Eterno. Jesús está allí clavado con hierros, después de haber santificado el mundo con sus pisadas, y muere por amor de cada uno de nosotros: toda su sangre es el precio de nuestra alma, de cada alma» 80 .

Con esa inmolación, el Señor nos ha obtenido una redención eterna (cfr. Hb 9, 12). Este sacrificio «es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él , como si hubiéramos estado presentes. Así pues, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe, de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas» 81 .

San Josemaría supo acoger este legado de fe y vivirlo a fondo en todas sus implicaciones. Siguiendo el consejo y el ejemplo de los Santos Padres, buscó siempre imitar —a lo largo de cada día— lo que se realiza en la Misa, y esto mismo aconsejaba a los demás: «¡Que te identifiques con ese Jesús Hostia que se ofrece en el altar!» 82 . Siempre se ejercitó en lo que enseñaba: la Santa Misa, como centro y raíz de la vida espiritual del cristiano , constituyó el fundamento de cada una de sus jornadas. Y lo supo meditar y transmitir a la luz de su contemplación profunda del Misterio eucarístico.

La Misa «es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi , en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.

»El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias. Éste es el sacrificio que profetizó Malaquías (...). Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley.

»La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación» 83 .

Una correspondencia esforzada

La celebración de la Eucaristía debe convertirse, insisto, en el centro y raíz de la vida espiritual de un hijo de Dios, porque en este sacramento culmina el sacrificio de la vida del Hijo de Dios: no sólo lo pone ante nuestros ojos y nos concede imitarlo en nuestra respuesta cotidiana, sino que además nos otorga la gracia de la Redención y la posibilidad de entregarnos como Él para la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Recibir tan inefable don requiere nuestra esforzada correspondencia, y que nos afanemos seriamente en unirnos —en unir todo lo nuestro— a la oblación de Jesús a Dios Padre. «En el Santo Sacrificio del altar, el sacerdote toma el Cuerpo de nuestro Dios y el Cáliz con su Sangre, y los levanta sobre todas las cosas de la tierra, diciendo: "Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso" —¡por mi Amor!, ¡con mi Amor!, ¡en mi Amor!

»Únete a ese gesto. Más: incorpora esa realidad a tu vida» 84 .

Deseo insistir en que nuestro Padre no se limitó a enseñar que la Santa Misa es centro y raíz de la vida interior, sino que también mostró cómo corresponder personalmente a la donación de la Trinidad en el Santo Sacrificio, de modo que la pelea espiritual de cada uno girara verdaderamente en torno a la Misa, de este Sacrificio se nutriera y en este Holocausto se enraizara.

Entre otros consejos, comentaba que le resultaba muy provechoso dividir la jornada en dos mitades: una para preparar la Misa y otra para agradecerla; aprovechaba el tiempo del reposo nocturno para intensificar el diálogo contemplativo, subrayando su dimensión eucarística; y, muy especialmente, procuraba saborear y sacar contenido a cada gesto y a cada palabra de los diversos momentos que componen la celebración eucarística. Unía toda esa ejercitación —siempre con nuevos matices— a expresiones de fe, esperanza y caridad, a situaciones e intenciones concretas. ¡Cuánto nos ayuda su homilía "La Eucaristía, misterio de fe y de amor"! 85 .

Todo cuanto, con la gracia de Cristo —savia divina— nos llega de la raíz eucarística, exige —ya os lo he dicho— también esfuerzo de nuestra parte. San Josemaría nos exhorta a este estupendo combate diario: «Lucha para conseguir que el Santo Sacrificio del Altar sea el centro y la raíz de tu vida interior, de modo que toda la jornada se convierta en un acto de culto —prolongación de la Misa que has oído y preparación para la siguiente—, que se va desbordando en jaculatorias, en visitas al Santísimo, en ofrecimiento de tu trabajo profesional y de tu vida familiar...» 86 .

Comunión con Cristo y unidad de la Iglesia

En el Sacrificio del Altar se unen el aspecto convivial y el sacrificial: Cristo, a través del sacerdote, se ofrece como Víctima a Dios Padre, y el mismo Padre nos lo entrega a nosotros como alimento. Cristo sacramentado es el «Pan de los hijos» 87 . La comunión del cuerpo y sangre del Señor nos llena de una gracia específica, que produce en el alma efectos análogos a los que el alimento causa en el cuerpo, «como son el sustentar, el crecer, el reparar y deleitar» 88 . Pero a diferencia del alimento corporal, donde el cuerpo asimila a sí lo que come, aquí sucede al revés: somos nosotros los asimilados por Cristo a su Cuerpo, nos transformamos en Él. «Nuestra participación en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no tiende a otra cosa que a transformarnos en aquello que recibimos» 89 .

La Eucaristía se alza en la Iglesia como el sacramento de la unidad, porque al comer todos un mismo Pan, nos hacemos un solo Cuerpo. La Santa Misa y la Comunión edifican la Iglesia, construyen su unidad y su firmeza, le dan cohesión. «Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por eso mismo, Cristo une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a formar un solo cuerpo (cfr. 1 Cor 12, 13); la Eucaristía realiza esta llamada» 90 .

Hijas e hijos míos, ¡qué importante es que nos unamos a la Cabeza visible, al celebrar o al participar en este Santo Sacrificio! Todos bien pegados a la Cabeza de la Iglesia universal, al Papa; vosotros a quien hace Cabeza en cada Iglesia particular, a los Obispos, y muy especialmente a este Padre vuestro que el Señor ha querido poner como Cabeza visible y principio de unidad en esta «partecica de la Iglesia» que es la Obra.

Præsta meæ menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere

Vivir de Cristo

«La carne de Cristo, en virtud de su unión con el Verbo, es vivificante» 91 . San Lucas escribe: «Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos» ( Lc 6, 19). También el Pan eucarístico es no sólo pan vivo, sino vivificante, que da la vida divina en Cristo. Al recibirlo, cada uno puede decir con San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» ( Gal 2, 20).

Præsta meæ menti de te vivere... Esta estrofa nos invita a que todo en nosotros se alimente de vivir siempre de Cristo, a asumir una conducta completamente fiel a su amor, a gustar perseverantemente de sus dulzuras: que nuestro gozo y nuestro "gusto" estén en Cristo, que vayamos a Él «como el hierro atraído por la fuerza del imán» 92 .

Este deseo sincero, esta petición, ayuda poderosamente a anhelar y a cuidar la unidad de vida; con otras palabras: no tener más que un Señor en el alma (cfr. Mt 6, 24); no buscar más que una cosa (cfr. Lc 10, 42), y someterse totalmente a un solo Amor, que es Él; no querer sino lo que quiere Dios, y acoger lo demás porque Dios lo quiere y en el modo y medida que Él lo dispone; estar tan identificado con Cristo, que el cumplimiento de su Voluntad se revele en la criatura como característica esencial de la propia personalidad. Significa poseer «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» ( Flp 2, 5); y, para lograrlo, pidámoselo a Él, como San Josemaría: «Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma» 93 .

Los cristianos no hemos de olvidar que, con el Señor, omnia sancta , todo es santo; sin Él, mundana omnia, todo es mundano. No nos dejemos engañar por la falta de amor, que se oculta tras una apariencia de naturalidad, para no arrostrar con decisión —por amor— las consecuencias de la fidelidad a Cristo. Nuestra relación con Dios sólo puede construirse sobre el único modelo que es Cristo; y debemos ver con claridad que la relación de Jesús con su Padre brilla por su total unidad: «Yo y el Padre somos uno» ( Jn 10, 30).

Unidad de vida

La Santa Misa, por sí misma y más aún cuando se lucha para que sea el centro de la propia vida interior, posee un poder verdaderamente unificante de la existencia humana. Jesús sacramentado, en la renovación incruenta de su sacrificio en el Calvario, toma por completo los trabajos y las intenciones de la persona que se une a su oblación; y los recapitula en la adoración que Él rinde al Padre, en el agradecimiento que le manifiesta, en la expiación que le ofrece, y en la petición que le dirige.

Así como Cristo, en su caminar terreno, recapituló la historia humana desde Adán; y, en su sacrificio, recapituló su propia vida; así también en el Sacrificio de la Misa se unifica todo lo que Dios otorga a la humanidad y se sintetiza cuanto la humanidad puede elevar al Padre en Cristo, bajo el impulso del Paráclito. En una palabra, «la Sagrada Eucaristía (...) resume y realiza las misericordias de Dios con los hombres» 94 .

El Santo Sacrificio compendia lo que ha de ser nuestra conducta: adoración amorosa, acción de gracias, expiación, petición; es decir, dedicación a Dios y, por Él, a los demás. En la Misa debe confluir cuanto nos pese y nos agobie, cuanto nos colme de alegría y nos ilusione, cada detalle del quehacer cotidiano; hemos de ir con las preocupaciones nuestras y las de los demás, las del mundo entero.

En las pasadas fiestas de Navidad, comentaba a un grupo de hermanos vuestros que no fueran a Belén sólo con sus intenciones y necesidades, que llevasen al Niño los sufrimientos y las urgencias de todas las personas de la Obra, de la Iglesia, del mundo entero. Y lo mismo os aconsejo ahora a todas y a todos: id a la Misa, presentando al Señor las urgencias materiales y espirituales de todos, como Cristo subió al Madero cargado con los pecados de los hombres de todos los tiempos. Intentemos subir con Él y como Él a la Cruz, donde intercedió —y ahora intercede desde los altares y desde los sagrarios de esta tierra— ante su Padre, para obtener a cada criatura, con sobreabundancia divina, las gracias que necesita, sin excluir ninguna.

Recordáis que, en 1966, San Josemaría tuvo una fuerte experiencia, que relató así: «Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: "operatio Dei", trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina.

»A Cristo también le costó esfuerzo la primera Misa: la Cruz» 95 .

Interpretó ese episodio como si Dios hubiese querido premiar su esfuerzo de años por centrar su existencia entera en el Santo Sacrificio; y, a la vez, confirmarle en la validez sobrenatural de ese camino para alcanzar la unidad de vida tan característica del espíritu de la Obra. Peleemos, jornada tras jornada, para que —hagamos lo que hagamos— nuestra mente se dirija a Jesucristo, para adherirnos a sus designios y también para adentrarnos en su dulce saber.

Pie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine

Purificarse más y más

La antigua creencia de que el pelicano alimenta a sus crías con su sangre, haciéndola brotar de su pecho herido con el pico, ha sido tradicionalmente un símbolo eucarístico, que trataba de ejemplificar de algún modo la inseparabilidad de los aspectos sacrificial y convivial de la Eucaristía. Efectivamente, en la Santa Misa «se efectúa la obra de nuestra redención» 96 , y se nos da a comer el cuerpo de Cristo y se nos da a beber su sangre.

En este Sacramento, queda patente que la sangre de Cristo redime y a la vez alimenta y deleita. Es sangre que lava todos los pecados (cfr. Mt 26, 28) y vuelve pura el alma (cfr. Ap 7, 14). Sangre que engendra mujeres y hombres de cuerpo casto y de corazón limpio (cfr. Zac 9, 17). Sangre que embriaga, que emborracha con el Espíritu Santo y que desata las lenguas para cantar y narrar las «magnalia Dei» ( Hch 2, 11), las maravillas de Dios.

La Eucaristía, por ser el mismo sacrificio del Calvario, contiene en sí la virtud de lavar todo pecado y conceder toda gracia: de la Misa, como del Calvario, nacen los demás sacramentos, que luego nos dirigen al Holocausto de Jesucristo como a su fin. Pero el sacramento ordinario —repetidlo en el apostolado—, dispuesto por Dios para la remisión de los pecados mortales, no es la Misa, sino el de la Penitencia; el de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia, mediante la absolución que sigue a la confesión plenamente sincera y contrita —ante el sacerdote— de todos los pecados mortales aún no perdonados directamente en este sacramento 97 .

Comulgar dignamente

Más aún, la Eucaristía, precisamente porque es manifestación y comunicación de amor, exige, en quienes quieren recibir el cuerpo y la sangre del Señor, una clara disposición de unión a Jesús por la gracia. «¿Has pensado en alguna ocasión cómo te prepararías para recibir al Señor, si se pudiera comulgar una sola vez en la vida?

»—Agradezcamos a Dios la facilidad que tenemos para acercarnos a Él, pero... hemos de agradecérselo preparándonos muy bien, para recibirle» 98 .

La calidad y la delicadeza de esa preparación depende, como ya os recordaba antes, de la finura y profundidad interior de la persona, particularmente de su fe y de su amor a Jesús sacramentado. «Hemos de recibir al Señor, en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos...

»—Y si me preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma» 99 .

Naturalmente, no hay que esperar a ser perfectos —estaríamos siempre esperando— para recibir sacramentalmente al Señor, ni hay que dejar de asistir a Misa porque falte sentimiento o porque a veces vengan distracciones. «Comulga. —No es falta de respeto. —Comulga hoy precisamente, cuando acabas de salir de aquel lazo.

»—¿Olvidas que dijo Jesús: no es necesario el médico a los sanos, sino a los enfermos?» 100 .

Menos aún hay que dejar de recibir la Santa Comunión, porque la frecuencia en la recepción de este Sacramento parezca que no produce en nosotros el efecto que cabría esperar de la generosidad divina. «¡Cuántos años comulgando a diario! —Otro sería santo —me has dicho—, y yo ¡siempre igual!

»—Hijo —te he respondido—, sigue con la diaria Comunión, y piensa: ¿qué sería yo, si no hubiera comulgado?» 101 .

Más bien el cristiano debe razonar con el pensamiento de que esa frecuencia, ya antigua en la Iglesia, es signo de un enamoramiento auténtico, que las propias miserias no pueden apagar. «Alma de apóstol: esa intimidad de Jesús contigo, ¡tan cerca de Él, tantos años!, ¿no te dice nada?» 102 .

Cuando asomen esos falaces argumentos, u otros semejantes, es el momento de asumir, más que nunca, con agradecimiento y confianza en Jesús, la actitud del centurión, que repetimos en la Santa Misa: «Domine, non sum dignus!». No cabe olvidar que, ante la majestad y la perfección de Cristo, Dios y Hombre, nosotros somos pordioseros que nada poseen, que estamos manchados con la lepra de la soberbia, que no siempre vemos la mano de Dios en lo que nos sucede y que, en otras ocasiones, nos quedamos paralizados ante su Voluntad. Pero todo esto no justifica la actitud de retraernos; nos ha de conducir, en cambio, a repetir muchas veces, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre: «yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción...»

Cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere

Dar a conocer la eficacia de la Eucaristía

Con estas palabras, se nos menciona de nuevo esa característica, tan propia de la Eucaristía: su "sobreabundancia", el "exceso" de amor divino que se nos ha concedido y se nos continúa ofreciendo constantemente. La estrofa del himno eucarístico se refiere a la dimensión expiatoria de este Sacramento: bastaba una gota de la sangre del Hombre-Dios para borrar todos los pecados de la humanidad. Pero quiso derramar toda. «Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y al instante brotó sangre y agua» ( Jn 19, 34). La sangre, entre los pueblos antiguos, y en cierto modo también hoy, supone signo de vida. Cristo decidió no ahorrarse nada de su sangre, también como manifestación de su voluntad precisa de comunicarnos toda su Vida.

Contemplar la entrega total de Jesús por nosotros, considerar una vez más que «no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor» 103 , nos alienta a ser conscientes de que nosotros no podemos contentarnos con conducirnos personalmente como almas de Eucaristía: hemos de impulsar a que también tomen esa determinación los demás.

No basta con que cada uno, cada una, de nosotros busque y trate al Señor en la Eucaristía; debemos conseguir "contagiar" —en nuestra labor apostólica— a cuantos más mejor, para que también miren y frecuenten esa amistad inigualable. «Amad muchísimo a Jesús sacramentado, y procurad que muchas almas le amen: sólo si metéis esta preocupación en vuestras almas, sabréis enseñarla a los demás, porque daréis lo que viváis, lo que tengáis, lo que seáis» 104 .

Ante la triste ignorancia que hay, incluso entre muchos católicos, pensemos, hijas e hijos míos, en la importancia de explicar a las personas qué es la Santa Misa y cuánto vale, con qué disposiciones se puede y se debe recibir al Señor en la comunión, qué necesidad nos apremia de ir a visitarle en los sagrarios, cómo se manifiestan el valor y el sentido de la «urbanidad de la piedad» 105 .

Ahí se nos abre un campo inagotable y fecundísimo para el apostolado personal, que traerá como fruto, por bendición del Señor, muchísimas vocaciones. Así nos lo repitió nuestro queridísimo Padre desde el principio, también con su comportamiento diario. «Para cumplir esta Voluntad de nuestro Rey Cristo» (nuestro Padre se refiere con estas palabras a la extensión de la Obra por el orbe), «es menester que tengáis mucha vida interior: que seáis almas de Eucaristía, ¡viriles!, almas de oración. Porque sólo así vibraréis con la vibración que el espíritu de la Obra exige» 106 .

Amar la mortificación y la penitencia

Para convertirnos realmente en almas de Eucaristía y almas de oración, no cabe prescindir de la unión habitual con la Cruz, también mediante la mortificación buscada o aceptada. Don Álvaro nos ha dejado escrito que, en una ocasión, nuestro Padre preguntaba a un grupo de hijos suyos: «¿Qué haremos para ser apóstoles, como el Señor quiere, en el Opus Dei?». Y respondió inmediatamente, con energía y con firmísimo convencimiento: «¡llevar a Cristo crucificado en nosotros! (...). El Señor escucha las peticiones de las almas mortificadas y penitentes» 107 . Don Álvaro sacaba enseguida la conclusión, que aplicaba a sí mismo y a todos: «Considerad que, para ser fieles al gran compromiso de corredimir, hemos de identificarnos personalmente con Nuestro Señor Jesucristo, mediante la crucifixión de nuestras pasiones y concupiscencias en el alma y en el cuerpo (cfr. Gal 5, 24). Ésta es la divina "paradoja" que ha de renovarse en cada uno: "Para Vivir hay que morir" ( Camino , n. 187)» 108 .

Precisamente en el sacramento del Sacrificio del Hijo de Dios, obtenemos la gracia y la fuerza para identificarnos con Cristo en la Cruz. No lo dudemos: el origen y la raíz de nuestra vida de mortificación se encuentran en la devoción eucarística. Sólo estaremos en condiciones de afirmar que somos auténticas almas de Eucaristía, si vivimos de verdad — cum gaudio et pace — clavados con Cristo en la Cruz; si sabemos «sujetarnos y humillarnos, por el Amor», si «nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestros sentidos y potencias, nuestras palabras y nuestras obras», todo, está "bien atado", por el amor a la Virgen, a la Cruz de su Hijo» 109 . Un alma de Eucaristía necesariamente es, siempre y a la vez, un alma sacerdotal; y de modo concreto, si la criatura se consume en deseos de reparar y de sacrificar. Entonces guarda un alma «esencialmente, ¡totalmente!, eucarística» 110 .

Cuando nos tomamos en serio que la Misa es «nuestra Misa, Jesús», porque la celebra Jesús con cada uno de nosotros, porque cada uno hace de sí una oblación a Dios Padre unida a la de Cristo, entonces dura las veinticuatro horas de la jornada. «Amad mucho al Señor. Tened afán de reparación, de una mayor contrición. Es necesario desagraviarle, primero por nosotros mismos, como el sacerdote hace antes de subir al altar. Y nosotros, que tenemos alma sacerdotal, convertimos nuestra jornada en una misa, muy unidos a Cristo sacerdote, para presentar al Padre una oblación santa, que repare por nuestras culpas personales y por las de todos los hombres (...). Tratadme bien al Señor, en la Misa y durante todo el día» 111 .

Iesu, quem velatum nunc aspicio, / oro, fiat illud quod tam sitio, / ut te revelata cernens facie, / visu sim beatus tuæ gloriæ

Hambres de ver el rostro de Cristo

Concluye el Adoro te devote con esta estrofa, que cabría resumir así: Señor, ¡que te quiero ver! Muy lógica conclusión, pues la Eucaristía, «prenda de la gloria venidera» 112 , nos concede un anticipo de la vida definitiva. «La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del Cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino» 113 .

Este tesoro central de la Iglesia anticipa la eternidad, porque nos convierte en comensales de la "Cena del Cordero", donde los bienaventurados se sacian de la visión de Dios y de su Cristo (cfr. Ap 19, 6-10). Nosotros conseguimos ya, por la gracia de Dios, acceso a la misma realidad, pero no de modo pleno: sólo imperfectamente (cfr. 1 Cor 13, 10-12). Con el don del Sacramento se nos aumenta y se consolida la vida nueva conferida con el Bautismo, que está llamada a su perfección en la gloria.

La recepción de Jesús en la Sagrada Comunión nos obtiene serenidad ante la muerte y ante la incertidumbre del juicio, porque Él ha asegurado: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día» ( Jn 6, 54). «Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo» 114 . La fe y la esperanza eucarísticas alejan de nosotros muchos temores.

La Sagrada Eucaristía es «la acción más sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida: comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor viene a ser, en cierto sentido, como desligarnos de nuestras ataduras de tierra y de tiempo, para estar ya con Dios en el Cielo, donde Cristo mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado (cfr. Ap 21, 4)» 115 .

Este Sacramento se coloca como en el umbral entre esta vida y la otra, no sólo cuando se administra a los moribundos en forma de viático; sino más propiamente porque contiene a Christus passus , ya glorioso, de modo que participa en el orden sacramental de la condición de esta vida, mientras sustancialmente pertenece ya a la otra. También por eso, la piedad eucarística nos irá haciendo más y más Opus Dei, empujándonos a conducirnos como contemplativos en el mundo, pues caminamos amando en la tierra y en el Cielo: «no "entre" el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez! Esta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras estemos "in hoc sæculo"» 116 .

Prenda de la vida eterna

El plan salvífico de Dios se incoa en esta etapa terrena, que es "penúltima", y se consuma en la que debe venir, que es eterna 117 . Así, la fe entraña cierta incoación del conocimiento cara a cara, una incoación de la visión gloriosa y beatífica. En la Eucaristía, la tensión a la gloria se apoya sobre todo en el amor que nace del trato. El alma eucarística anhela adorar abiertamente a Quien ya adora oculto en el Pan, porque el repetido trato con un amor escondido genera un deseo irrefrenable de poseerlo abiertamente. «Trata a la Humanidad Santísima de Jesús... Y Él pondrá en tu alma un hambre insaciable, un deseo "disparatado" de contemplar su Faz» 118 .

Ésta ha sido siempre la impaciencia de los santos, la que guardaba San Josemaría en su corazón. «Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. "Vultum tuum, Domine, requiram" ( Sal 26, 8), buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no "como en un espejo, y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara" (1 Cor 13, 12). Sí, hijos, "mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y veré la faz de Dios?" ( Sal 41, 3)» 119 .

La devoción eucarística irá comunicando y aumentando en nosotros esa ansia, hasta convertir el estar con Cristo en lo único que nos importe, sin que esto nos aparte de este mundo; al contrario, lo amaremos más apasionadamente, con nuestro corazón unido estrechamente al Corazón de Jesucristo. La intimidad, el trato con el Señor en la Eucaristía, nos irá imprimiendo con vigor el convencimiento de que la felicidad no se halla en estos o aquellos bienes de la tierra, que envejecerán y desaparecerán; sino en permanecer para siempre con Él, porque la felicidad es Él, que ya ahora poseemos como «tesoro infinito, margarita preciosísima» en este Sacramento 120 . «Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la Felicidad!» 121 .

La Santísima Virgen, mujer eucarística

Con esta advocación —«mujer eucarística»—, Juan Pablo II ha propuesto a la Iglesia el ejemplo de María como "escuela" y "guía" para aprender a pasmarnos —que significa acoger, adorar, agradecer...— ante el misterio de la Eucaristía 122 . A la luz de la fe, lo entendemos muy bien, como sucedió a nuestro Padre, que nos hacía considerar que en la Santa Misa, «de algún modo, interviene la Santísima Virgen, por la íntima unión que tiene con la Trinidad Beatísima y porque es Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre: Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Jesucristo concebido en las entrañas de María Santísima sin obra de varón, por la sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma Sangre de su Madre: y esa Sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor en el Calvario y en la Santa Misa» 123 .

María, al pie de la Cruz, unió su propio sacrificio interior —«ved si hay dolor como mi dolor» ( Lm 1, 12)— al de su Hijo, cooperando a la Redención en el Calvario. Ella misma, «presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas» 124 , coopera con el Hijo en difundir en el mundo —¡Medianera de toda gracia!— la infinita fuerza santificadora del Santo Sacrificio que sólo Jesús cumple.

Hijas e hijos míos, si de algún modo nos hemos confrontado con Dimas, el buen ladrón, y con el Apóstol Tomás, ¿cómo no mirar a María para conocer y querer más a Jesús sacramentado, para aprender de Él e imitarle, para «tratarle bien»? En esta personalísima labor, que de modo incesante nos renovará interiormente y nos llenará de deseos de santidad y apostolado, ayudémonos con la contemplación de los misterios del Rosario, desde la Anunciación, cuando vemos cómo la Virgen acoge incondicionalmente en su seno purísimo al Verbo encarnado, hasta su glorificación, cuando Dios la recibe en cuerpo y alma en la gloria, y la corona como Reina, Madre y Señora nuestra.

«A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María» 125 . Pidamos a nuestra Madre que nos tome siempre de la mano, y especialmente en este Año de la Eucaristía para que constantemente digamos al Señor sacramentado, con las palabras y las obras: «¡te adoro, te amo!» Adoro te devote! Y cuando lo hagamos, escuchemos a nuestro queridísimo Padre, que nos insiste: «invocad a María y a José, porque de alguna manera estarán presentes en el Sagrario, como lo estuvieron en Belén y en Nazaret (...). ¡No os olvidéis!» 126 .

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 6 de octubre de 2004, segundo aniversario de la canonización de San Josemaría.

 

1 Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis , n. 5.

2 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 87. Cfr Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium , n. 11; Decr. Presbyterorum ordinis , n. 14.

3 Concilio de Trento, ses. XIII, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía , can. 1 (Denz. 1651).

4 Cfr. Ibid ., can. 2 (Denz. 1652).

5 San Josemaría, Camino , n. 538.

6 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-IV-1960.

7 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 83.

8 Cfr. Ibid ., n. 84.

9 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de San Mateo , 82, 4 (PG 58, 743).

10 Cfr. Camino , nn. 269, 537, 554; Forja , nn. 831, 991; Es Cristo que pasa , n. 151.

11 San Josemaría, Camino , n. 267.

12 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 84.

13 Ibid. 14 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad , 13-IV-1973.

15 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 64.

16 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, octubre 1972.

17 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 90.

18 Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica , II-II, q. 84, a. 2; San Juan Damasceno, Sobre la fe ortodoxa , 4, 12 (PG 94, 1133).

19 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-IV-1970.

20 San Josemaría, Camino , nn. 539, 538. Cfr. Surco , nn. 685, 686; Forja , n. 887.

21 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 161.

22 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-IV-1960.

23 «Lauda, Sion, Salvatorem, / lauda ducem et pastorem / in hymnis et canticis. / Quantum potes, tantum aude: / quia maior omni laude, / nec laudare sufficis» (Misal Romano, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Secuencia Lauda Sion ).

24 San Josemaría, Forja , n. 838. Cfr. nn. 832, 837.

25 San Josemaría, Forja , n. 824.

26 San Josemaría, Surco , n. 818.

27 San Josemaría, Camino , n. 533.

28 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 151.

29 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 156.

30 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad , 13-IV-1973.

31 Misal Romano, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Secuencia Lauda Sion .

32 San Josemaría, Carta 28-III-1973 , n. 7.

33 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 153.

34 Concilio de Trento, ses. XIII: Decreto sobre la Sagrada Eucaristía , cap. 4 (Denz. 1642).

35 Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios , 30-VI-1968. Cfr Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 15.

36 Cfr., por ejemplo, Pío XII, Litt. enc. Mediator Dei , 20-XI-1947; Pablo VI, Litt. enc. Mysterium fidei , 3-IX-1965; Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003; Catecismo de la Iglesia Católica , nn. 1322-1419.

37 Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum , n. 10.

38 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 84.

39 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 109.

40 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 6.

41 San Josemaría, Carta 28-III-1973 , n. 10.

42 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 80.

43 Ibid , n. 6.

44 Cfr. San Josemaría, Surco , n. 817.

45 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 155.

46 Concilio de Trento, ses. XXII, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la Misa , cap. 2 (Denz. 1743).

47 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 12.

48 Concilio de Trento, ses. XIII, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía , cap. 7 (Denz. 1647).

49 San Josemaría, Camino , n. 533.

50 Ibid. 51 Santo Tomás de Aquino, Colación 4 sobre el Credo .

52 Ibid .

53 San Josemaría, Carta 24-III-1931 , n. 61.

54 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad , 13-IV-1973.

55 San Josemaría, Camino , n. 509.

56 San Josemaría, Forja , n. 887.

57 San Josemaría, Forja , n. 556.

58 San Josemaría, Vía Crucis , XII estación, n. 4.

59 San Josemaría, Camino , n. 876.

60 San Josemaría, Amigos de Dios , n. 232.

61 Ibid .

62 San Josemaría, Forja , n. 827

63 San Josemaría, Carta 28-III-1973 , n. 7.

64 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 14.

65 San Josemaría, Vía Crucis , V estación.

66 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 25-VI-1972.

67 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 9-IV-1937.

68 San Josemaría, Amigos de Dios , nn. 301-303.

69 San Josemaría, Amigos de Dios , n. 249.

70 San Josemaría, Forja , n. 835.

71 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 154.

72 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 129.

73 San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad , 13-IV-1973.

74 San Josemaría, Forja , n. 542.

75 San Josemaría, Camino , n. 23.

76 San Josemaría, Surco , n. 688.

77 Pío XII, Litt. enc. Mediator Dei , 20-XI-1947, n. 20.

78 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 12. Cfr. Concilio de Trento, ses. 22, Doctrina acerca del Santo Sacrificio de la Misa , cap. 2 (Denz. 1743).

79 Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1364.

80 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 22-V-1970.

81 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 11.

82 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-IV-1960.

83 San Josemaría, Es Cristo que pasa , nn. 86-87.

84 San Josemaría, Forja , n. 541.

85 Cfr. Es Cristo que pasa , nn. 88-91.

86 San Josemaría, Forja , n. 69.

87 Misal Romano, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Secuencia Lauda Sion .

88 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica , III, q. 79, a. 1.

89 San León Magno, Homilía 12 sobre la Pasión , 7 (PL 54, 357).

90 Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1396.

91 Concilio de Éfeso, año 431 (Denz. 262).

92 San Josemaría, Amigos de Dios , n. 296.

93 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 19-III-1975.

94 San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer , n. 123.

95 San Josemaría, Vía Crucis , XI estación, n. 4.

96 Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium , n. 3.

97 Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Reconciliatio et pænitentia , 2-XII-1984, n. 31, I.

98 San Josemaría, Forja , n. 828.

99 San Josemaría, Forja , n. 834.

100 San Josemaría, Camino , n. 536.

101 Ibid., n. 534.

102 Ibid., n. 321.

103 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 122.

104 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-IV-1970.

105 San Josemaría, Camino , n. 541.

106 San Josemaría, Instrucción , 1-IV-1934, n. 3.

107 Recogido por don Álvaro, Carta , 16-VI-1978.

108 Ibid .

109 Ibid .

110 San Josemaría, Forja , n. 826.

111 San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 6-X-1968.

112 Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium , n. 47.

113 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 19.

114 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 18.

115 San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer , n. 113.

116 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 27-III-1975.

117 Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Evangelium vitæ , 25-III-95, n. 2.

118 San Josemaría, Vía Crucis , VI estación, n. 2.

119 San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1973.

120 San Josemaría, Camino , n. 432.

121 San Josemaría, Forja , n. 267.

122 Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, nn. 53-58.

123 San Josemaría, Es Cristo que pasa , n. 89.

124 Juan Pablo II, Litt. enc. Ecclesia de Eucharistia , 17-IV-2003, n. 57.

125 San Josemaría, Camino , n. 495.

126 San Josemaría, Apuntes tomados en una conversación, 6-VI-1974.

«En la Santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que por su Carne vivificada y que vivifica por el Espíritu Santo, da vida a los hombres» 1 . Esta misteriosa e inefable manifestación del amor de Dios por la humanidad, ocupa un lugar privilegiado en el corazón de los cristianos y, concretamente, de los hijos de Dios en el Opus Dei. Así lo enseñó nuestro queridísimo Padre con su ejemplo, con su predicación y con sus escritos, cuando afirmaba que la Eucaristía constituye «el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano» 2 .

 

Obligaciones y deberes de padres e hijos

Respeto mutuo, bienestar temporal y formación espiritual, son elementos indispensables en las obligaciones de los padres y los deberes de los hijos en el cuarto mandamiento.

Obligaciones de los padres

¿Cuáles son en detalle los principales deberes de los padres hacia sus hijos? Dejando a un lado lo obvio (alimento, vestido, etcétera), en primer lugar está lo referente a sus necesidades espirituales y sobrenaturales. Y ya que el fin de los hijos es alcanzar la vida eterna, éste es el más importante de los deberes paternos. Tienen, por tanto, obligación de bautizarlos en las primeras semanas luego de su nacimiento. Después, cuando la mente infantil comienza a abrirse, surge el deber de hablarles de Dios, especialmente de su amor y su cuidado paterno, y de la obediencia que le debemos. Y, en cuanto comienzan a hablar, deben los padres enseñarlos a rezar, mucho antes de que tengan edad de ir al colegio.

Cuando no haya seguridad de que en su escuela se dé una buena formación religiosa, debe procurarse que vayan regularmente a clases de catecismo, o bien enseñarles en el propio hogar los rudimentos de la doctrina cristiana, preparándolos adecuadamente para los sacramentos de la Confirmación y la Primera Comunión. El niño aprenderá a amar la Misa dominical y a frecuentar la confesión y comunión no porque se le mande, sino porque entiende que haciéndolo así es capaz de aumentar su unión con Dios.

A medida que el niño crece, los padres mantendrán una actitud vigilante hacia los amigos de sus hijos, sus lecturas, sus diversiones y la forma de emplear sus ratos de ocio. Junto a ello, se suma el grave deber de formarlos en las virtudes humanas. ¡Cuántas veces son los padres débiles, que todo lo consecuentan, la causa de la ruina humana y espiritual de los suyos! Como ellos mismos tendrían que prescindir de su actitud aburguesada, no la piden a sus hijos y enervan su carácter y vigor naturales. La madre de María Goretti podría darles buenos consejos: la reciedumbre, el espíritu de servicio, la sobriedad y el olvido de sí habrían de ser virtudes claves en cada hogar cristiano. Así se lograría hacer de lo hijos buenos ciudadanos: útiles, económicamente solventes, bien educados y patriotas inteligentes.

Por otra parte, y aunque parezca una paradoja, ser buenos padres no comienza con la disposición hacia los hijos, sino con el amor mutuo y verdadero que los esposos se tienen entre sí. Aquellos padres que dependen de los hijos para satisfacer su necesidad de cariño, rara vez consiguen una adecuada relación de afecto con ellos. Cuando los esposos no se quieren lo suficiente es muy posible que su amor de padres sea ese amor posesivo y celoso que busca la propia satisfacción más que el verdadero bien del hijo. Y amores así hacen a los hijos egoístas y débiles.

Sin embargo, los padres que se aman el uno al otro en Dios, y a los hijos como dones de Dios, pueden quedarse tranquilos: tienen todo lo que necesitan para ser buenos padres, aunque no hayan tomado cursos de educación familiar (cosa, por otro lado, muy aconsejable). Quizá cometan errores, pero no causarán a los hijos daño permanente, porque, en un hogar así, el hijo se siente amado, querido, seguro; crecerá ecuánime de espíritu y recio de carácter.

 

Deberes de los hijos

Las obligaciones con nuestros padres nos alcanzan a todos sin excepción. Si ya han muerto, nuestros deberes son sencillos: recordarlos en nuestras oraciones y, periódicamente, ofrecer alguna Misa por el eterno descanso de sus almas. Si aún viven, estos deberes dependerán de nuestra edad y situación, y de la suya. Quizá sería más apropiado decir que la manera de cumplir estas obligaciones varía con la edad y situación, pero lo que es verdadero es que nadie está excluido de amar y respetar a los padres, incluidos los hijos que han formado ya su propia familia.

La obligación de amar a los padres no es de ordinario un deber difícil de cumplir. Pero, incluso en aquellos casos en que no salga natural quererlos a nivel humano (porque el padre haya abandonado el hogar, o la madre sea neurasténica, por ejemplo), el deber obliga. Los hijos deben amarlos con ese amor sobrenatural que Cristo nos manda tener también a quienes nos resulte difícil amar naturalmente. Debemos desear su bienestar temporal y su salvación eterna. No importa cual sea el perjuicio que nos hayan ocasionado, son nuestros padres, y la deuda que tenemos con ellos es impagable.

Otra obligación derivada del amor filial es el respeto: hemos de tratar a nuestros padres con reverencia, con estima y atención. Faltaríamos a este deber filial si les echamos en cara sus defectos o rarezas, dirigiéndoles palabras altaneras, o no dándoles las muestras usuales de cortesía (como son el saludo al llegar o salir de casa, por la mañana y al final del día). También faltaríamos si los tratamos con palabras y acciones tales que los harían parecer como iguales nuestros, por la desfachatez o vulgaridad de las expresiones. Recuerdo a una joven muchacha que me decía: “Oiga, si me llevo tan bien con mi papá, no entiendo por qué se enoja cuando le hablo con los modismos que empleo para tratar a mis compañeros”. Busqué explicarle que su papá es su papá, no su compañero; es su superior y no su igual. Merece, por ello, un trato distinto, de sincera veneración y respeto.

Al tratar del matrimonio, hablaremos del importante papel que desempeñan los padres cuando su hijo se va a casar. Por ahora baste mencionar que es muy sano buscar su consejo en decisiones importantes, como la elección del estado de vida o la idoneidad de un posible matrimonio. Pero hay que recordar a los padres que en los asuntos que se refieren a la elección de estado pueden aconsejar, pero no mandar. Por ejemplo, los padres no pueden obligar a un hijo a casarse si prefiere quedarse soltero, o que sea médico en lugar de abogado, ni prohibir que se haga sacerdote o ingrese en un convento.

Quizá no debiéramos mencionar siquiera que odiar a los padres, golpearlos, insultarlos, amenazarlos o ridiculizarlos seriamente, maldecirlos o negarles nuestra ayuda si estuvieran en grave necesidad, o hacer alguna otra cosa que les pudiera causar ira o grave dolor, constituyen pecado mortal. Si lo anterior es ya pecado dirigido a un extraño, si se hace en contra de los padres resulta un pecado de doble malicia.

Antes de terminar el estudio del cuarto mandamiento mencionaremos la obligación de amar a nuestra patria (nuestra familia a gran nivel); de preocuparnos verdaderamente por su desarrollo, de respetar y obedecer a sus autoridades legítimas. Decimos autoridades “legítimas”, porque los ciudadanos tienen, claro está, el derecho de defenderse de las que no lo son, o bien, de aquellas que siendo legítimas preceptúan leyes contrarias a los derechos humanos fundamentales. Ningún gobierno debe dictar leyes contrarias a los derechos del individuo o de la familia. Un gobierno -lo mismo que un padre- no tiene derecho a mandar lo que Dios prohíbe, o a impedir que se realice lo que Dios desea.

Exceptuando estos casos, un buen católico será necesariamente un buen ciudadano. Como sabe que la razón iluminada por la fe le pide que trabaje por el bien de su nación, cumplirá ejemplarmente todos sus deberes cívicos; obedecerá las leyes de su país y pagará sus impuestos como justa contribución a los gastos de un buen gobierno; defenderá a su patria en caso de guerra justa (las condiciones de guerra justa las explicamos en el capítulo siguiente), con el servicio de las armas si a ello fuera requerido. Y todo esto lo hará no sólo por motivos de patriotismo natural, sino porque su conciencia de católico le dice que el servicio a la legítima autoridad del país es en último término sumisión a Dios, de quien de toda autoridad emana.

Respeto mutuo, bienestar temporal y formación espiritual, son elementos indispensables en las obligaciones de los padres y los deberes de los hijos en el cuarto mandamiento.

 

 

 “Dos Papas”

“Es el Espíritu Santo quien guía a la Iglesia”

+ Felipe Arizmendi Esquivel. Obispo Emérito de San Cristóbal de Las Casas

VER

Varias personas solicitaron mi opinión sobre la película Los dos Papas, y decidí verla. No soy crítico de cine, pero me pareció una buena realización, que toca temas de interés en forma atractiva. Sin embargo, a pesar de que, de entrada, dice que se basa en hechos reales, parece más una novela, llena de ficciones y suposiciones, que una relación histórica.

Toda la trama gira en torno a supuestas conversaciones que hubieran tenido el Papa Benedicto XVI y el cardenal Jorge Bergoglio, antes de que éste fuera elegido Sucesor de Pedro. No hay constancia de que eso haya sucedido en los apartamentos pontificios, en la Capilla Sixtina o en Castengaldolfo.

Es injusto el tratamiento que se le da a Benedicto, como queriendo resaltar a Francisco. Ciertamente son dos estilos, dos maneras de ser, pero no son dos iglesias, ni dos formas antagónicas del servicio petrino. De eso no hay que extrañarse. Así es siempre; los Papas son todos diferentes. Como son cuatro los evangelios, distintos entre sí, pero reflejan, cada cual en su estilo, el único Evangelio de Jesús. Marcos es mucho muy diferente a Juan, pero ambos siguen con fidelidad a Jesús. Entre éste y Juan Bautista, hay diferencias enormes en su manera de vivir, y los dos sirven al único Reino de Dios.

El hecho, por ejemplo, de que Benedicto usara zapatillas, típicas en los pontífices de ese momento, y Francisco use zapatos comunes y corrientes, no descalifica a aquél y sobrevalora a éste, sino que son “usos y costumbres” de diferentes tiempos y lugares. No es lo mismo Italia o Alemania, que Argentina y en general América Latina. Los obispos y cardenales de Europa y los de nuestro Continente vivimos y trabajamos en forma distinta, nuestros estilos de relacionamiento con el pueblo son diferentes, pero somos una sola Iglesia, discípulos misioneros del único Jesucristo.

A los latinoamericanos nos parece normal que Francisco viva de una forma más sencilla, porque así es nuestro estilo; pero algunos no le perdonan que haya roto protocolos que significan mucho en la práctica monárquica que aún prevale en algunas gentes de Europa. Son cosas secundarias. Lo esencial no cambia. Uno y otro pontífice aman profundamente a Jesucristo y a su Iglesia, cada quien a su manera y en su tiempo.

Tuve varias oportunidades de tratar al cardenal Ratzinger, también ya siendo Papa, y doy testimonio de su sencillez y humildad, de su profundidad integral, de su trato amable y caballeroso, de su rectitud y responsabilidad eclesial. ¡Extraordinario! Fue el Papa que, en ese momento, necesitábamos. Y luego el regalo, para mí inesperado, de Francisco. ¡Es el Espíritu Santo quien guía a su Iglesia! ¡Qué dichosos somos de tener estos egregios pontífices! Así como los anteriores. ¡Ni duda cabe!

PENSAR

Desde San Juan Pablo II hasta Francisco, hay un serio compromiso de renovar la forma de ejercer el papado. Ya lo había anticipado San Pablo VI: “La Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio… De esta iluminada y operante conciencia brota un espontáneo deseo de comparar la imagen ideal de la Iglesia -tal como Cristo la vio, la quiso y la amó como Esposa suya santa e inmaculada (cf. Ef 5,27)- y el rostro real que hoy la Iglesia presenta… Brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior, frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de sí” (Ecclesiam suam, 3).

En esa línea, dice Francisco: “Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización. El Papa Juan Pablo II pidió que se le ayudara a encontrar «una forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva» (Ut unum sint, 95). Hemos avanzado poco en ese sentido. También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral… Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera” (EG 32).

ACTUAR

Es el Espíritu Santo quien guía a la Iglesia. Pidámosle que asista con sus dones a Benedicto y a Francisco, para que, junto con ellos, sigamos el proceso de renovación eclesial que se requiere, y así seamos fieles al camino y estilo de Jesús.

 

 

VIVIMOS EN UN PAÍS SERIO?

 

 Dicen que un buen cristiano debe ser prudente  antes de hablar o manifestar su opinión, para evitar lastimar al otro. Durante estos últimos meses por problemas en mi computadora, solamente leo y reflexiono sobre los artículos que aparecen en este valioso Boletín. Muchas veces silencio mis opiniones, correctas o no, pero que nacen de mi profundo amor a Dios y a los dones con Él  ha adornado a mi persona, y que sin querer parecer vanidosa, puse al servicio de la  Docencia, a quién me entregué  en el transcurso de mis días. Hoy, me levanté rebelde,  algo en mi interior grita: piensa en el presente de los niños y jóvenes del mañana, del país,arrasado por la mentira, la impunidad, la violencia en todos los ámbitos de nuestra sociedad, la educación carente de valores, principios y normas de conducta que deben conocer y poner en práctica desde la más tierna edad en el seno de la familia, en los claustros del saber y en la vida cotidiana. 

He expresado en muchas oportunidades, lo que re afirmo y reclamo en mis artículos y poemas,  el Amor a Dios y al prójimo, cualquiera sea su credo, evitaría tantos males. La constitución de la familia ha cambiado mucho, acepto los cambios, pero con reservas. La política se ha degradado a lo largo de la historia, se ha transformado en una vidriera que expresa lo peor de una sociedad. Los cargos políticos no se ganan por  mérito o con el sudor de la frente, como fuimos educados en mi generación,  sino otorgados respondiendo a  una perversa  cadena de favores, que tarde o temprano ven luz, es decir se conocen a través  de los medios de comunicación y la avanzada tecnológica, poniendo al descubierto un entramado infame. A mi WhatsApp,  llegan mensajes escalofriantes,  con noticias nacionales, provinciales y municipales del país y del mundo.

Voy a referirme a este último tema, mensajes de Whats App, muchos reflejan la verdad,  cuando personas más adelantadas en el uso de la tecnología celular, confirman o no la veracidad de los mismos. 

 Aquí surge la duda a quién creerle, así que haciendo un sondeo y entre cambiando información, entre personas de mi amistad, descubrimos lo que sucede en nuestras comunidades y destapamos una olla que despide muy mal olor. 

Y me permito usar algunas citas bíblicas: la que transcribo apareció en el 2019, en el almanaque de un comercio y que me pareció interesante: 

"Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán ". ( Salmo 126:5) de la biblia de cristiana evangélica. 

 A continuación  transcribo  el Salmo 126 (125) de la biblia católica El libro del pueblo de Dios: "El tono de este poema - como el del salmo 85- refleja elocuentemente la situación espiritual de los Israelitas al territorio del exilio. El edicto de Ciro (538 a. C ), que autorizó la vuelta de los cautivos a la patria, había provocado un inesperado cambio político y era motivo de la más intensa alegría. Pero al mismo tiempo la restauración nacional se realizaba en medio  de muchas dificultades, y los vaticinios proféticos (Is. 40, 55 ) no acababan de cumplirse plenamente. por eso Israel pide al Señor que cambie la suerte de Sión  (v. 4 ), para que la fatigosa siembra se transforme en una gozosa cosecha".

No soy teóloga para explicar y  hacer comparaciones, pero en el fondo, mi sentido común me dice que en estas citas hay una gran lección. Qué para conseguir algo bueno en la vida,  debemos esforzarnos, siempre cumpliendo con la Ley. Lamentablemente en nuestra sociedad, esto no sucede, hay  "políticos" que seducen a nuestros vecinos con dádivas económicas, bastante importantes, durante las elecciones,  de esta manera ha surgido un dicho popular  el 29 de cada mes, celebran su día  los ñoquis  políticos, que cobran abultados subsidios,  muchos de ellos profesionales o jubilados estatales, en buena situación económica, mientras que otro grupo numeroso, carente de recursos, a los que prometieron ayuda,  no figuran en sus listas.

Sintetizando, no sólo se burlaron de los pobres, sino que la suma repartida supera el sueldo de los jubilados, que trabajaron durante muchos años,  y  aportaron en muchos casos, el doble del empleado común, para recibir una jubilación que les permita vivir con dignidad. Siempre el jubilado fue y son el último orejón del tarro, dicho popular,  que sufre a diario, cuando debe pagar sus medicamentos, no hablar de servicios e impuestos provinciales y municipales..., pero, cuando hay un aumento insignificante, son titulares de noticias en todos los medios. Una burla.

Pero nadie habla de estos temas, no hablan de la Estafa  al   Estado Provincial o Nacional y al electorado en general, que sufre las consecuencias...

Como siempre lo hago, mil disculpas si mis palabras no son del agrado de mi prójimo.

 

María de los Ángeles Albornoz

Monteros-Tucumán-Argentina

                                

 

Bouygues Telecom: Por una comunicación humana

La compañía Bouygues Telecom y la agencia creativa BETC han ideado un emotivo spot para crear un nuevo posicionamiento de la marca. Con esta campaña tratan de posicionar a la compañía francesa como el operador que hace crecer las relaciones humanas, facilitando la comunicación y aprovechando las posibilidades de las nuevas tecnologías.

El anuncio, dirigido por Martin Werner, cuenta la historia de "Max & Romain" (así se titula), dos amigos que comparten momentos únicos en su infancia y adolescencia. Con los años pierden el contacto, aunque en determinadas situaciones algo les hace recordar al amigo ausente. Todo sigue igual, hasta que un día, un mensaje al móvil lo cambia todo.

"Las relaciones personales son la principal fuente de nuestra felicidad. Desde 1996, te hemos ayudado a hacerlas crecer", reza el anuncio que, además, estrena su nuevo claim: "We Are Made to be Together".

Con esta campaña, Bouygues Telecom deja claro que, a pesar de las sombras que rodean a la tecnología, ellos quieren aprovechar sus ventajas para conectar a las personas. "La ambición de Bouygues Telecom es que la tecnología digital sea accesible para todos, que no se convierta en una fuente de exclusión o división y, sobre todo, alentar a las personas a dar más tiempo a las personas cercanas a ellos", explican sus directivos.

Es bueno que las compañías de telecomunicaciones nos hablen de comunicación y no tanto de aparatos, dispositivos y frías conexiones. Por eso conectan con el público. Esta campaña está en la línea de las que han hecho, con bastante éxito, True Move o D-Tac. Porque la comunicación, o es humana y enriquecedora, o no vale para nada, ¿no os parece?

Agradeceré vuestros comentarios.

 

 

 

 

 

¿Y la clase de religión?

El acuerdo de gobierno PSOE-Podemos sentencia que la asignatura de Religión no será computable a efectos académicos. ¿Y será computable alguna otra asignatura que sustituya una religión por otra? ¿Por qué no puede tener valor académico esta asignatura cuando lo demandan padres, alumnos y profesores? ¿Es esto libertad?

Se minusvalora una asignatura que no es catequesis (función que hacen muy bien las parroquias) y que además es voluntaria, pero creo que bien merece una equiparación con el resto de asignaturas. El ser humano no es solo física o química, es espiritual, transcendente y filosófico.

Ante esta medida, profesores de religión de la enseñanza pública y asociaciones de padres, consideran que la medida va contra la libertad de las familias y el derecho de los alumnos y que se aleja del Pacto Educativo en libertad que propone la comunidad educativa.

Veremos a ver qué escalada de medidas contra las libertades individuales, y concretamente contra la religión nos trae este Gobierno.  

Jesús Martínez Madrid

 

Un SOS por los cristianos perseguidos

El pasado día 5 de diciembre, en las páginas de Paris Match, el filósofo Bernard Hénry-Levi escribió un reportaje sobre la masacre contra los cristianos de Nigeria. Este francés nacido en Argel y de origen sefardí quería saber sobre el terreno por qué en el país más rico de África se aplicaba, con la complicidad del Ejército, lo que él calificó de limpieza étnica contra los cristianos. Hénry-levi lanzaba un SOS con la mirada puesta en la persecución de los cristianos de Sudán o Rwanda.

Esta llamada de socorro ha pasado desapercibida. Y, sin embargo, son legión los niños, mujeres y hombres que a lo largo del planeta sufren persecución por razón de su fe cristiana. Solo en Nigeria, en los diez últimos años han sido asesinados 20.000 cristianos y más de dos millones han sido obligados a refugiarse en el Sur del país. Lo recordaban en los primeros días del año las páginas del periódico francés Le Figaro: no hay fiesta cristiana a lo largo del planeta que no se convierta en objetivo de los ataques violentos de grupos, grupúsculos y organizaciones.

Pedro García

 

 

Para cuidar de las personas

¿Cómo es posible que haya tanta organización para cuidar la naturaleza, para cuidar el planeta y a los animales, y a nadie se le ocurra que hay que dar una batalla frontal a la industria pornográfica para cuidar de las personas? A veces me pregunto ¿Cuál es el problema? Pues que prácticamente todos los medios de comunicación están sacando algún beneficio, no pequeño, de propuestas de este estilo. Y no es que sea difícil perseguirles, están ahí, a la vista de todos. Si hubiera una prohibición drástica se sabría perfectamente contra quien ir.

Si al menos se dieran cuenta los padres de que ellos son los primeros culpables, de que con el acceso a la pornografía, están destrozando a sus hijos, sería un primer paso. Pero tienen una presión social que los lleva a que el chico tenga los mismos medios técnicos que sus amigos. Ante todo, cuidemos las apariencias.

Jesús D Mez Madrid

 

 

Proteger y acompañar el final de la vida

Recuerdo haber leído que el pasado día 4 había presentado en la sede de la Conferencia Episcopal un importante documento titulado “Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida”. En un momento en el que el debate social sobre la eutanasia ocupa un puesto destacado en la agenda política, los obispos han querido ofrecer a los cristianos, y a quienes quieran recibir su propuesta, una serie de criterios sobre la naturaleza y los múltiples aspectos que están en juego en el final de la vida, sin eludir la legislación sobre la eutanasia que ya se anuncia.

El documento fue presentado por el obispo de Bilbao, monseñor Mario Iceta, y ofrece sesenta respuestas a otras tantas preguntas que abarcan desde el punto de vista médico a las cuestiones antropológicas, sociales y morales. Un documento que, sin duda, ayuda a tener las ideas claras y que promueve un aspecto esencial de la cultura de la vida en un momento de especial confusión e incertidumbre.

Valentín Abelenda Carrillo

 

 

Ladrones: ¿Qué devuelven de lo robado?

 

                                No se necesita ser muy inteligente, para no poder explicarse lo que ocurre en los juicios de ladrones y donde en los procesos se llegan a acumular “montañas” de papel, cantidades enormes de dinero robado y al final, cuando se dicta sentencia apenas aparece nada de lo robado y a los que condenan (que muchos se escapan no sabemos el porqué de ello) lo hacen en muy cortas penas; lo que no les impide a la mayoría, seguir teniendo una vida muy desahogada, seguro que fruto de los robos realizados y cuyas cuantías o capitales, los tienen en lugares seguros.

                                Con lo sencillo que sería, una vez demostrado el robo que fuere, meter en la cárcel al ladrón y de inmediato a trabajos forzados (si no es ello legal se legaliza y punto) y llamado por el juez, preguntarle por el producto del robo y donde lo tiene; y caso de “hacerse el tonto” y no decirlo, que siguiera en trabajos forzados hasta que depositase lo robado en la mesa o bajo el control del juez, más la multa que corresponda por el hecho delictivo; momento que marcaría el inicio del proceso judicial, sin que ello interrumpiese esos trabajos forzados ya referidos. O sea y más claro, que si no aparece la totalidad de lo robado, no hay juicio, lo que en sí, significaría “cadena perpetua y sin apelación posible”.

                                Y he dicho trabajos forzados y de la forma más natural que a mi mente vienen esas palabras, puesto que desde siempre, hasta las personas honradas han tenido que estar “forzadas” a trabajar para obtener su sustento o cuidar sus intereses; puesto que el trabajo y el esfuerzo es consustancial al ser humano… incluso los delincuentes, de alguna manera “tienen que trabajar para realizar sus fechorías”.

                                Si de verdad hubiese leyes sencillas y contundentes, seguro que muchos de los delitos que hoy se cometen no se cometerían; sencillamente por cuanto y como dice el viejo dicho del común del pueblo… “el miedo guarda la viña”.

                                Pero mientras se sigan con estos “líos tan liados” y donde hay brechas para solucionar muchas cosas que no debieran serlo; los ladrones y demás delincuentes, están mucho más protegidos que las personas honradas; y a la vista están los múltiples casos de indefensión y donde los que de verdad debieran ser castigados con la máxima severidad, al final salen indemnes o con tan pocos daños, que ello les permite seguir de por vida la carrera delincuencial que muchos y desde niños emprendieron; incluso estimulados por sus mayores, puesto que debido a esas leyes que no sirven para nada, al niño delincuente se le exime de cargos y penas que son muy discutibles, puesto que un delincuente “en edad de delinquir”, sabe lo que hace y define perfectamente lo que está haciendo bien o mal dentro de las leyes que rigen a los hombres en este planeta; eludir ello es de una idiotez digna de mejor causa.

                                Asombra leer cada día, los robos descubiertos y las cantidades asombrosas que suman, pero nunca aparece la noticia de que tal o cual ladrón, que fuera descubierto desde tiempo atrás, devolviese cantidad alguna de lo que en su día robó… y no me hablen de malversación, derivación y tantos subterfugios como se emplean con palabras absurdas, puesto que todo el que se queda con algo que no es suyo, es un ladrón y hay que emplear esa palabra y al hecho significarlo como un robo, puesto que robar es llevarse con malas artes lo que no es de uno.

                                La delincuencia abunda por lo blando de las leyes y la farragosidad de las mismas, lo que permite todos los abusos y latrocinios que se cometen, sobre todo en “la delincuencia de guante blanco”, la que antes de emprender sus sucios negocios y por tanto delictivos, estudian las leyes para en su momento saber por dónde eludirlas o quedar libres de incluso acusación alguna.

                                Por descontado que la fianza no debe existir en ningún código legal, puesto que ello es el salvoconducto para que el que tenga dinero, eluda de inmediato el estar en la cárcel, como un preso más. Y esto último es otra cosa a tener en cuenta… ¿por qué y dentro de una cárcel pueden tener privilegios absurdos unos sí y otros no… por cuanto el dinero se lo permite? Esta es otra aberración más a tener en cuenta; la cárcel debe ser lo más ingrata posible, precisamente para que el que entra en ella y logra salir, no le queden ganas de volver… “Ahora si a algunos la cárcel les resulta incluso más cómoda que la libertad, pues ocurre lo que ya ocurriera aquí en España a un tal “Taguas”, que cuando salía de la trena, delinquía de nuevo para entrar de inmediato, puesto que el desgraciado o ya deshecho humano, encontraba la cárcel como el mejor de los hogares de este mundo, ya que allí lo alimentaban, daban cobijo, vestían y cuidaban sus enfermedades sin esfuerzo o costo alguno”.

                                Aquello tan idiota de que… “hay que odiar al delito y compadecer al delincuente”; es de tal grado de idiotez, que no merece ni la risa; al que hay que repeler y significar todo cuanto se pueda, es al delincuente, que es el que produce el delito y al que hay que castigar con la máxima ejemplaridad, para que al salir de la cárcel se regenere y se integre… “como la mayoría y sin delinquir, tuvimos que hacer y muchos desde muy niños, por cuanto la situación y necesidades eran de tal grado que nos obligaron a ello… ¡Y no pasa nada! Es el propio individuo el que tiene que estimularse a sí mismo”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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