Las Noticias de hoy 05 Febrero 2020

Enviado por adminideas el Mié, 05/02/2020 - 12:33
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    miércoles, 05 de febrero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Videomensaje del Papa: El Documento de Fraternidad Humana, “esperanza de un futuro mejor”

Bahrein: Francisco recibe al príncipe heredero Salman bin Hamad Al Khalifa

TRABAJAR BIEN: Francisco Fernandez Carbajal

“Ven, Santificador Omnipotente”: San Josemaria

Carta del Prelado (5 febrero 2020)

La lectura espiritual: José Manuel Martín

La filiación divina: fuente de vida espiritual: Javier Sesé

La enseñanza de la Religión: Ángel Cabrero Ugarte

Carta de un padre socialista a su hijo sobre la enseñanza de la religión

«Nuestra gente del Amazonas merece sacerdotes de 'primera división', no funcionarios de sacramentos»

Hay tanto que decir…: Blanca Sevilla

Así son los hombres: 13 puntos que te ayudarán a entender a tu marido: LaFamilia.info

La contemplación en la vida diaria: Plinio Corrêa de Oliveira

¿Sabemos usar el móvil? Mensaje familiar de Vodafone: Alfonso Méndiz

El miedo de traer hijos al mundo: Raúl Espinoza

Una profanación de Dios: Jaume Catalán Díaz

La epidemia del siglo: Enric Barrull Casals

Enganchados a la pornografía: Jesús Martínez Madrid

España: Pasado, presente… y futuro : Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Martes, 4 de febrero de 2020

“¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!”. Es el grito angustiado de David, llorando, ante la noticia de la muerte de su hijo. La primera lectura (2S 18,9-10. 14b. 24-25a. 30-19,3) describe el fin de la larga batalla de Absalón contra su padre, el rey David, para quitarle el trono. David sufría por aquella guerra que el hijo, Absalón, le había declarado convenciendo al pueblo para luchar a su lado; tanto que David tuvo que huir de Jerusalén para salvar su vida. Descalzo, con la cabeza cubierta, insultado por unos y apedreado por otros, porque todos estaban con ese hijo que había engañado a la gente, había seducido el corazón de la gente con promesas.
 
El texto describe a David a la espera de noticias del frente. Finalmente, la llegada de un mensajero le advierte: Absalón ha muerto en la batalla. “Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se puso a llorar. Decía al subir: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!»”. El que estaba con él se extraña de esta reacción: “Pero, ¿por qué lloras? Él estaba contra ti, te había negado, había renegado de tu paternidad, te ha insultado, te ha perseguido… ¡Mejor haz una fiesta, celebra que has vencido!”. Pero David solo dice: “¡Absalón, hijo mío, hijo mío!”, y llora. Este llanto de David es un hecho histórico pero también es una profecía. Nos muestra el corazón de Dios, qué hace el Señor con nosotros cuando nos alejamos de Él, qué hace el Señor cuando nos destruímos a nosotros mismos con el pecado, desorientados, perdidos. El Señor es padre y jamás reniega de esa paternidad: “Hijo mío, hijo mío”. Encontramos ese llanto de Dios cuando vamos a confesar nuestros pecados, porque no es como ir a la tintorería a quitar una mancha, sino que es ir al padre que llora por mí, porque es padre.
 
La frase de David, “¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío!»”, es profética, insisto, y en Dios se hace realidad. Es tan grande el amor de padre que Dios tiene por nosotros que murió en nuestro lugar. Se hizo hombre y murió por nosotros. Cuando miremos el crucifijo, pensemos en ese “¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!”. Y sintamos la voz del Padre que en el Hijo nos dice: “Hijo mío, hijo mío”. Dios no reniega de sus hijos, Dios no regatea su paternidad.
 
El amor de Dios llega hasta el extremo. El que está en la cruz es Dios, el Hijo del Padre, enviado para dar la vida por nosotros. Nos vendrá bien, en los momentos malos de nuestra vida –todos los tenemos–, momentos de pecado, momentos de alejamiento de Dios, sentir esa voz en el corazón: “Hijo mío, hija mía, ¿qué estás haciendo? No te suicides, por favor. Yo he muerto por ti”. Jesús lloró al ver Jerusalén. Jesús llora porque no dejamos que Él nos ame. Así pues, en el momento de la tentación, en el momento del pecado, en el momento en que nos alejamos de Dios, intentemos sentir esa voz: “Hijo mío, hija mía, ¿por qué?”

 

Videomensaje del Papa: El Documento de Fraternidad Humana, “esperanza de un futuro mejor”

Primer aniversario de la declaración

FEBRERO 04, 2020 18:41LARISSA I. LÓPEZPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 4 febrero 2020).- “Hoy celebramos el primer aniversario de este gran evento humanitario, con la esperanza de un futuro mejor para la humanidad, un futuro libre de odio, rencor, extremismo y terrorismo, en el que prevalezcan los valores de paz, amor y fraternidad”, expuso el Papa Francisco.

El Santo Padre envió un videomensaje a los participantes en la ceremonia que tiene lugar hoy, 4 de febrero de 2020, en Abu Dhabi, con motivo del primer aniversario de la firma del Documento sobre la Fraternidad Humana.

Francisco recuerda también el momento de la rúbrica de esta declaración hace un año junto con “mi hermano” el gran imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb.

Premio a la Fraternidad Humana

Además, el Papa se dirige a “todas las personas que en la humanidad ayudan a sus hermanos pobres, enfermos, perseguidos y débiles, independientemente de la religión, el color o la raza a la que pertenezcan”. Y agradece el apoyo ofrecido por los Emiratos Árabes Unidos a la labor del Comité Supremo para la Fraternidad Humana, así como la iniciativa de la Casa Abrahámica, que ha puesto en marcha el Premio a la Fraternidad Humana.

Finalmente, el Pontífice manifiesta su alegría por “poder participar en este momento de presentación al mundo del Premio Internacional de Fraternidad Humana, para que todos los modelos virtuosos de hombres y mujeres que en este mundo encarnan el amor a través de acciones y sacrificios hechos por el bien de los demás, sin importar cuán diferentes sean por religión o pertenencia étnica y cultural” y exhorta a “Dios Todopoderoso que bendiga todo esfuerzo que beneficie el bien de la humanidad y nos ayude a avanzar en fraternidad”.

 

 

 

Bahrein: Francisco recibe al príncipe heredero Salman bin Hamad Al Khalifa

Las relaciones bilaterales continúan

FEBRERO 04, 2020 10:46ANNE KURIANPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 4 febrero 2020).- El Papa Francisco recibió al príncipe heredero de Bahrein, Salman bin Hamad Al Khalifa, en el Vaticano el pasado 3 de febrero de 2020.

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El príncipe es vice comandante supremo de las Fuerzas Armadas y de Defensa del Reino Insular de Arabia en el Golfo Pérsico.

Las relaciones bilaterales progresaron considerablemente en 2008, tras la llegada del primer embajador y el encuentro entre Benedicto XVI y el soberano de Bahrein.

El Papa recibió al rey de Bahrein, Hamad bin Isa Al-Khalifa, el 19 de mayo de 2014. Las conversaciones brindaron la oportunidad de examinar “temas de interés común”, con “especial hincapié en el compromiso con la paz y la estabilidad en el Oriente Medio, así como con la promoción del diálogo y la coexistencia pacífica entre todos los componentes de la sociedad”.

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Se subrayaron la “contribución positiva” de la minoría cristiana del país y la atención del rey “a las necesidades de la comunidad católica local”. Los cristianos representan casi el 9% (y los católicos el 5%) de la población con una mayoría musulmana (84%), siendo el Islam la religión del Estado. Según Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN), la conversión del Islam a otras religiones “se hace muy difícil por la discriminación social”.

En los últimos años, Bahrein ha ofrecido dos parcelas de terreno para la construcción de una iglesia católica en 2009 y una catedral en 2014.

 

 

TRABAJAR BIEN

— Vida de trabajo de Jesús en Nazaret. La santificación del trabajo.

— El trabajo nos hace partícipes de la obra creadora de Dios. Jesús y el mundo del trabajo.

— Sentido redentor del trabajo. Acudir a San José para que nos enseñe a trabajar con competencia y a corredimir con nuestras tareas.

I. Después de un tiempo, Jesús volvió a Nazaret, su ciudad, con sus discípulos1. Allí le esperaba su Madre con inmensa alegría. Quizá fue la primera vez que aquellos primeros seguidores del Maestro conocieron el lugar donde se había desarrollado la vida de Jesús; y en casa de María repondrían fuerzas. La Virgen tendría particulares atenciones con ellos; les serviría como nadie hasta entonces lo había hecho.

En Nazaret todos conocen a Jesús. Le conocen por su oficio y por la familia a la que pertenece, como a todo el mundo: es el artesano, el hijo de María. Como ocurre a tantos en la vida, el Señor siguió el oficio de quien hizo de padre suyo aquí en la tierra. Por eso también le llaman el hijo del artesano2; tuvo la profesión de José, que ya habría muerto, quizá hacía años. Su familia, que custodiaba el mayor de los tesoros, el Verbo de Dios hecho hombre, fue una más entre las del vecindario, querida y apreciada por todos. «El mismo Verbo encarnado quiso hacerse partícipe de esta humana solidaridad. Tomó parte en las bodas de Caná, se invitó a casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores. Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre, echando mano de las realidades más vulgares de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las imágenes de la existencia más corriente. Santificó las relaciones humanas, sobre todo las relaciones familiares, de las que brotan las relaciones sociales, siendo voluntariamente un súbdito más de las leyes de su patria. Llevó una vida idéntica a la de cualquier obrero de su tiempo y región»3.

Jesús debió de estar varios días en casa de su Madre, y visitar a otros parientes y conocidos... Y llegado el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. Las gentes de Nazaret quedaron sorprendidas. Uno que les ha construido muebles y aperos de labranza, que se los ha arreglado cuando se estropeaban, les habla con suma autoridad y sabiduría, como nadie lo había hecho hasta entonces. Solo ven en Él lo humano, lo que habían observado durante treinta años: la normalidad más completa. Les cuesta trabajo descubrir al Mesías detrás de esa «normalidad».

También la ocupación de la Virgen fue la de cualquier ama de casa de su tiempo, con su forma peculiar de hablar, propia de las mujeres galileas, con el modo de vestir sencillo y común de aquella región. Todo igual a las demás mujeres..., menos, claro está, su amor a Dios, que jamás podrá ser igualado.

El taller de José, que luego heredaría Jesús, era como los otros existentes en aquellos tiempos en Palestina. Quizá era el único de Nazaret. Olía a madera y a limpio. José cobraba lo habitual; quizá daba más facilidades a quien estaba con apuros económicos, pero cobraba lo justo. Los trabajos que se realizaban en aquel pequeño taller eran los propios de ese oficio, en el que se hacía un poco de todo: construir una viga, fabricar un armario sencillo, arreglar una mesa desajustada, pasarle la garlopa a una puerta que no encajaba bien... No se fabricaban allí cruces de madera, como nos presentan algunos grabados piadosos: ¿quién les iba a encargar un objeto semejante? Tampoco importaban del cielo las maderas, sino de los bosques vecinos.

Los habitantes de Nazaret se escandalizaron de Él. La Virgen, no. Ella sabe bien que su hijo es el Hijo de Dios. Le mira con inmenso amor y con una admiración sin límites. Ella le comprende bien.

La meditación de este pasaje, en el que indirectamente queda reflejada la vida anterior de Jesús en Nazaret, nos ayuda a examinar si nuestra vida corriente, llena de trabajo y de normalidad, es camino de santidad, como lo fue la de la Sagrada Familia. Así será si procuramos llevarla a cabo con perfección humana, con honradez y, a la vez, con fe y sentido sobrenatural. No debemos olvidar que, permaneciendo en nuestro lugar, con nuestros quehaceres aquí en la tierra nos ganamos el Cielo y ayudamos a toda la Iglesia y a la humanidad entera.

II. El Señor manifestó conocer muy bien el mundo del trabajo. En su predicación utiliza frecuentemente imágenes, parábolas, comparaciones de la vida de trabajo que Él vivió o vivieron sus paisanos.

Quienes le oyen entienden bien el lenguaje que emplea. Jesús hizo su trabajo en Nazaret con perfección humana, acabándolo en sus detalles, con competencia profesional. Por eso ahora, cuando vuelve a su ciudad, es conocido precisamente como el artesano, por su oficio. A nosotros nos enseña hoy el valor de la vida corriente, del trabajo y de las tareas que debemos desempeñar cada día4.

Si nuestras disposiciones son realmente sinceras, Dios nos concederá siempre la luz sobrenatural para imitar el ejemplo del Señor, buscando en la ocupación profesional no solo el cumplir, sino el sobreabundar en la abnegación y el sacrificio, en un empeño gustoso, con amor. Nuestro examen personal ante el Señor y nuestra conversación con Él versará frecuentemente sobre esas tareas que nos ocupan: debemos llegar al fondo, con valentía. Hemos de realizar el trabajo a conciencia, haciendo rendir el tiempo, sin dejarnos dominar por la pereza; mantener la ilusión por mejorar día a día la preparación profesional; cuidar los detalles en la tarea cotidiana; abrazar con amor la Cruz, la fatiga de la labor de cada día.

El trabajo, cualquier trabajo noble hecho a conciencia, nos hace partícipes de la Creación y corredentores con Cristo. «Esta verdad –enseña Juan Pablo II–, según la cual el hombre, a través del trabajo, participa en la obra de Dios mismo, su Creador, ha sido particularmente puesta de relieve por Jesucristo, aquel Jesús ante el que muchos de sus primeros oyentes en Nazaret permanecían estupefactos y decían: ¿De dónde sabe estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado?... ¿No es este el artesano?»5.

Los años de Jesús en Nazaret son el libro abierto donde aprendemos a santificar lo de cada día. La misma ausencia forzosa de trabajo, la enfermedad... es una situación querida o permitida por Dios para ejercitar las virtudes sobrenaturales y las humanas6Todo cuanto hacéis de palabra o de obra, todo sea en el nombre del Señor, dando gracias a Dios7.

III. La extrañeza de los vecinos de Nazaret –¿no es este el artesano...?– es para nosotros una luminosa enseñanza: nos revela que la mayor parte de la vida del Redentor fue de trabajo, como la de los demás hombres. Y esta tarea realizada día a día fue instrumento de redención, como todas las acciones de Cristo. Siendo una tarea humana sencilla (la propia de un carpintero que en un pueblo pequeño debía hacer otras muchas labores) se convierte en acciones de valor infinito y redentor por estar realizadas por la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima hecha hombre.

El cristiano, al ser otro Cristo por el Bautismo, ha de convertir sus quehaceres humanos rectos en tarea de corredención. Nuestro trabajo, unido al de Jesús, aunque según el juicio de los hombres sea pequeño y parezca de poca importancia, adquiere un valor inconmensurable.

El mismo cansancio que todo trabajo lleva consigo, consecuencia del pecado original, adquiere un nuevo sentido. Lo que aparecía como castigo es redimido por Cristo y se convierte en mortificación gratísima a Dios, que sirve para purificar nuestros propios pecados y para corredimir con el Señor a la entera Humanidad. Aquí radica la diferencia profunda entre el trabajo humanamente bien realizado por un pagano y el de un cristiano que, además de estar bien acabado, es ofrecido en unión con Cristo.

La unión con el Señor, buscada en el trabajo diario, reforzará en nosotros el propósito de hacer todo solamente por la gloria de Dios y el bien de las almas. Nuestro prestigio, noblemente acrecentado, atraerá a nuestro lado a los mejores colegas y será abundante la ayuda del Cielo para empujar a otras muchas personas por el camino de una intensa vida cristiana. De ese modo irán a la par en nuestra vida la santificación del trabajo y el afán apostólico en nuestra labor profesional, índice claro de que trabajamos realmente con rectitud de intención.

San José enseñó a Jesús su oficio. Lo hizo poco a poco, según crecía aquel Niño que el mismo Dios le había encomendado. Un día le explicó cómo se manejaba la garlopa; otro, la sierra, la gubia, el formón... Jesús supo pronto distinguir las clases de maderas y las que debían utilizarse en cada caso; aprendió a fabricar la cola para ensamblar las juntas, el modo de encajar una cuña para ajustar dos piezas... Jesús seguía las indicaciones de José sobre el modo de cuidar los instrumentos, aprendió de él a recoger las virutas después de la jornada, a dejar las herramientas ordenadas en su sitio...

Acudamos hoy a San José para pedirle que nos enseñe a trabajar bien y a amar nuestro quehacer. José es Maestro excepcional del trabajo bien realizado, pues enseñó su oficio al Hijo de Dios; de él aprenderemos, si acudimos a su patrocinio mientras trabajamos. Y si amamos nuestros quehaceres, los realizaremos bien, con competencia profesional, y entonces podremos convertirlos en tarea redentora, al ofrecerlos a Dios.

1 Mc 6, 1-6. — 2 Cfr. Mt 13, 55. — 3 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 32. — 4 Cfr. J. L. Illanes, La santificación del trabajo, p. 29. — 5 Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 14-IX-1981. — 6 Cfr. Pablo VI, Discurso a la Asociación de Juristas Católicos, 15-XII-1963.  7 Col 3, 17.

 

“Ven, Santificador Omnipotente”

¡Sé alma de Eucaristía! -Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado! (Forja, 835)

5 de febrero

Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. Por eso me gusta tanto repetir en la colecta, en la secreta y en la postcomunión aquellas palabras finales: Por Jesucristo, Señor Nuestro, Hijo tuyo ‑nos dirigimos al Padre‑, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

En la Misa, la plegaria al Padre se hace constante. El sacerdote es un representante del Sacerdote eterno, Jesucristo, que al mismo tiempo es la Víctima. Y la acción del Espíritu Santo en la Misa no es menos inefable ni menos cierta. Por la virtud del Espíritu Santo, escribe San Juan Damasceno, se efectúa la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo.

Esta acción del Espíritu Santo queda expresada claramente cuando el sacerdote invoca la bendición divina sobre la ofrenda: Ven, santificador omnipotente, eterno Dios, y bendice este sacrificio preparado a tu santo nombre, el holocausto que dará al Nombre santísimo de Dios la gloria que le es debida. La santificación, que imploramos, es atribuida al Paráclito, que el Padre y el Hijo nos envían. Reconocemos también esa presencia activa del Espíritu Santo en el sacrificio cuando decimos, poco antes de la comunión: Señor, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste el mundo con tu muerte... (Es Cristo que pasa, 85)

 

Carta del Prelado (5 febrero 2020)

Con ocasión del próximo 90º aniversario de la sección femenina de la Obra, Mons. Ocáriz nos anima a dar muchas gracias a Dios por este don que concedió a la Obra y a la Iglesia.

CARTAS PASTORALES Y MENSAJES05/02/2020Opus Dei - Carta del Prelado (5 febrero 2020)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Cada año, en la Obra, el 14 de febrero es un día en que intensificamos la actitud habitual de agradecimiento al Señor al conmemorar las fechas fundacionales de 1930 y 1943. En esta ocasión lo celebramos con particular relieve, pues se cumplen 90 años de cuando san Josemaría vio que Dios llamaba también a las mujeres a la misión que inició el 2 de octubre de 1928.

De la santidad de la mujer depende en gran parte la santidad de las personas que la rodean. Así lo consideró siempre san Josemaría, con la firme convicción de que «la mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar» (Conversaciones, n. 87).

Si volvemos la mirada al Evangelio, recordaremos que Jesucristo nació «de una mujer» (Gal 4,4); esa misma mujer, santa María, con su encendido afán por servir a los demás, adelantó la intervención pública de su Hijo (cfr. Jn 2,4-5); en los momentos de abandono, fueron las «hijas de Jerusalén» (Lc 23,28) las que se hacían hueco entre la multitud para acompañar a Jesús; mujeres estuvieron al pie de la Cruz cuando se estaba cumpliendo nuestra redención (cfr. Jn 19,25); y fue una mujer la primera testigo de la Resurrección del Señor (cfr. Jn 20,16), de aquella Buena Noticia que después se extendería a todas las naciones.

Da mucha alegría contemplar, también pensando en la misión de mis hijas en la Obra, cómo las maravillas de Dios se cumplen y realizan a través de tantos frutos de santidad femenina al servicio de las demás personas.

Por todo esto, os invito a considerar especialmente en este día las palabras de san Josemaría: «Ut in gratiarum semper actione maneamus, vivamos en una continua acción de gracias a nuestro Dios. Acciones de gracias que son un acto de fe, que son un acto de esperanza, que son un acto de amor» (Carta 28-III-1973, n. 20).

Fe agradecida por la divinidad de la personal vocación cristiana y de la correspondiente misión apostólica que el Señor nos confía; de manera especial, al contemplar la extensión e intensidad del trabajo cristiano que llevan adelante las mujeres del Opus Dei, poniendo en diálogo toda su riqueza espiritual y humana con las personas de nuestro tiempo. Agradecimiento esperanzado, porque podemos mirar el futuro con serenidad y optimismo, a pesar de las dificultades, pues contaremos siempre con el amor de Dios por cada una y cada uno, a pesar de nuestras limitaciones y errores. Finalmente, con un amor agradecido, porque en estos noventa años de trabajo se comprueba la misericordia que ha tenido el Señor con nosotros.

Os sugiero también vivir, alrededor de este 14 de febrero, algún detalle personal –quizá una romería– que ayude a manifestar el agradecimiento al Señor, acudiendo a la mediación materna de santa María.

Con mi bendición más cariñosa,

vuestro Padre

Roma, 5 de febrero de 2020

 

 

La lectura espiritual

¿En qué consiste la lectura espiritual y qué objetivos tiene? ¿Qué origen tiene? ¿Por qué san Josemaría incluyó esta práctica entre las normas aconsejadas para conformar el plan de vida espiritual que solía proponer a los cristianos?

PREGUNTAS SOBRE LA FE CRISTIANA04/02/2020

 

Opus Dei - La lectura espiritual

Sumario
1. Contexto histórico de la lectura espiritual
2. El lugar de la lectura espiritual en las enseñanzas de san Josemaría


Te puede interesar • 50 preguntas sobre Jesucristo y la Iglesia • La oración (Tema de 'Resúmenes de fe cristiana') • Libro electrónico gratuito: el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica • Devocionario online • Versión digital gratuita de los Evangelios

Si tienes cualquier duda o quieres ampliar información escríbenos a info.es@opusdei.org


La espiritualidad cristiana entiende por lectura la práctica regular de la lección de la Sagrada Escritura y otros libros adecuados para nutrir y avivar la vida espiritual. San Josemaría incluyó esta práctica entre las normas aconsejadas para conformar el plan de vida espiritual que solía proponer y la recomendaba como un medio importante para alcanzar el trato continuo con Dios en las circunstancias de la vida ordinaria y para tener criterio a fin de orientar adecuadamente las diversas tareas.

1. Contexto histórico de la lectura espiritual

El origen de la lectura espiritual se encuentra en la lectio divina. Con esta expresión se designa una lectura meditada de la Palabra de Dios, que requiere una actitud activa en el sujeto. Éste ha de orar, meditando el texto bíblico y haciéndolo propio, comprometiendo su ser y su existir. “Aplícate, te lo ruego, a meditar cada día las palabras de tu Creador. Aprenderás a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios” (San Gregorio Magno, Ep. 4, 31). Los Padres de la Iglesia propusieron la lectura de la sacra pagina –o de la Biblia– a todos los cristianos. En la práctica la lectio divina se concretó fundamentalmente en los monasterios, donde ocupó un lugar principal entre los medios ascéticos (cfr. Rousse, 1974, col. 475).

SE PUEDE AFIRMAR QUE LA LECTURA TIENE COMO OBJETIVOS EDIFICAR, CONSOLAR Y FORTALECER EL ÁNIMO

Durante los siglos XIV y XV, la práctica de la lectura alcanzó mayor difusión entre el pueblo cristiano gracias a la devotio moderna, una corriente que promovía una “piedad práctica y metódica” a la que, acudiendo a una expresión antigua, llamaron devoción (cfr. Sesé, 2005, p. 179). Su ascetismo, centrado en la imitación de Cristo, y en la interioridad, hizo de la lectio “un ejercicio espiritual autónomo y específico” (Boland, 1974, col. 490).

Se puede afirmar que la lectura tiene como objetivos edificar, consolar y fortalecer el ánimo; es alimento que orienta hacia la oración, alumbra la caridad e incita a rezar (cfr. Boland, 1974, col. 497). Aúna, pues, dos dimensiones inseparables: fomenta el amor por Jesucristo (affectus), y mejora el conocimiento de la doctrina cristiana (intellectus).

2. El lugar de la lectura espiritual en las enseñanzas de san Josemaría

Al incorporar la lectura espiritual a las prácticas de piedad (cfr. AVP, II, p. 453), san Josemaría extendió este medio ascético entre cristianos de todos los ambientes y categorías sociales. Recomendaba dedicar de modo constante, a ser posible diariamente, unos minutos a esta práctica. En esa recomendación incluía la lectura de la Biblia, especialmente el Nuevo Testamento, y también otros libros de espiritualidad cristiana. Consideraba esencial que se hiciera con verdadero recogimiento, y procurando sacar provecho del texto para el propio diálogo con Dios y para la mejora de la conducta.

Según recuerda Álvaro del Portillo, su colaborador más inmediato, san Josemaría diariamente “dedicaba un tiempo a la lectura meditada del Nuevo Testamento. Con frecuencia anotaba alguna frase, nada más leerla, y la utilizaba en la predicación, en sus escritos, o en la oración mental de la tarde” (Del Portillo, 1993, p. 53). En la selección de textos, “hacía la lectura espiritual preferentemente con obras de los Padres y Doctores de la Iglesia. Era raro el día en que no se detuviese al terminar para anotar expresiones o ideas que le habían impresionado: signo no sólo de la atención con que hacía esa práctica de piedad, sino sobre todo de la importancia que le concedía” (ibidem, p. 148).

LA RELEVANCIA DE LA LECTURA ESPIRITUAL ESTÁ EN FUNCIÓN DEL ENCUENTRO PERSONAL CON CRISTO Y LA IDENTIFICACIÓN CON ÉL

La relevancia de la lectura espiritual está en función de una realidad central en la vida cristiana: el encuentro personal con Cristo y la identificación con Él. A este fin, es indispensable la lectura del Nuevo Testamento, con los relatos evangélicos de la vida del Señor, los Hechos y las Cartas apostólicas. Su lectura meditada conduce a incorporar la vida de Cristo a la propia existencia y se refleja necesariamente en el comportamiento: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo” (C, 2; cfr. CECH , p. 218). Por eso tiene también una gran importancia para la actividad apostólica, como refleja un consejo que, según narra Mons. Álvaro del Portillo, san Josemaría dio a los primeros sacerdotes del Opus Dei y que tiene un valor universal: les inculcó vivamente que dedicaran tiempo “a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él” (Del Portillo, 1993, p. 150).

La lectura de otras obras espirituales, aunque tiene diversas dimensiones, debe guardar siempre relación con el núcleo de la vida cristiana y, por tanto, con el Evangelio, con Cristo. “Para acercarnos a Dios hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo. Por eso, aconsejo siempre la lectura de libros que narran la Pasión del Señor. Esos escritos, llenos de sincera piedad, nos traen a la mente al Hijo de Dios, Hombre como nosotros y Dios verdadero, que ama y que sufre en su carne por la Redención del mundo” (AD, 299). Uno de los primeros fieles del Opus Dei, Ricardo Fernández Vallespín, refirió que en su primera entrevista con san Josemaría “cogió un libro que estaba usado por él y en la primera página puso, a modo de dedicatoria, estas tres frases: + Madrid – 29-V-1933. Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo. El libro era «La Historia de la Pasión» del Padre Luis de la Palma” (CECH, p. 553; cfr. C, 382).

LA LECTURA CONSTITUYE UN ALIMENTO DEL DIÁLOGO CON DIOS Y MEDIO PARA ALCANZAR LA PRESENCIA DE DIOS EN LA VIDA ORDINARIA

Con el mejor conocimiento de Cristo, la lectura constituye un alimento del diálogo con Dios y medio para alcanzar la presencia de Dios en la vida ordinaria, y para orientar debidamente esa vida. “En la lectura –me escribes– formo el depósito de combustible. –Parece un montón inerte, pero es de allí de donde muchas veces mi memoria saca espontáneamente material, que llena de vida mi oración y enciende mi hacimiento de gracias después de comulgar” (C, 117). Por eso, aconsejaba, también en circunstancias difíciles: “No dejes tu lección espiritual. –La lectura ha hecho muchos santos” (C, 116; cfr. CECH, p. 319).

San Josemaría recomendó la lectura como medio para la formación doctrinal-religiosa porque se dirige tanto al corazón como a la inteligencia. Subrayó que la búsqueda de la santidad y el apostolado en el Opus Dei han de fundamentarse en la doctrina, en la fe de la Iglesia, y para adquirir esa doctrina, se precisa tiempo y estudio. A través de este medio, el cristiano madura conocimientos y actitudes que le convierten en una persona sólida en sus convicciones y en su amor por Cristo (cfr. CECH, p. 535).

José Manuel Martín

Voz del Diccionario del «Diccionario de San Josemaría»


Bibliografía: Benedicto XVI, Exhort. Ap. Verbum Domini, 2010; Lucio Coco, L’atto del leggere. Il mondo dei libri e l’esperienza della lettura nelle parole dei Padri della Chiesa, Milano, Qiqajon, 2004; Id., La lettura spirituale. Scrittori cristiani tra Medioevo ed età moderna, Milano, Sylvestre Bonnard, 2005; Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, I, Madrid, Rialp, 19958 ; Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Madrid, Rialp, 1993, pp. 45-58, 136-151; Jacques Rousse - Hermann Josef Sieben - André Boland, “Lectio divina et lecture spirituelle”, en DSp, VIII, 1974, cols. 470-510; Javier Sesé, Historia de la espiritualidad, Pamplona, EUNSA, 2005.

 

La filiación divina: fuente de vida espiritual

Ofrecemos el artículo "La conciencia de la filiación divina, fuente de vida espiritual", escrito por el profesor de Teología Javier Sesé y publicado en “Scripta Theologica” 31 (1999/2).

OTROS20/02/2016

La filiación divina: fuente de vida espiritual (PDF, para imprimir)

1. Desde la experiencia de los santos

“Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo (…) Y así, aquí está empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos; en lo cual conoce el alma la verdad del dicho de Isaías que dice: ‘A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis regalados’ (Is 66, 12)”. Hasta aquí San Juan de la Cruz en su Cántico espiritual.

“Ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de agradecimiento y de amor”, añade Santa Teresa del Niño Jesús, recordando la misma cita de Isaías, completada, entre otras referencias de la Escritura, con ésta del mismo profeta: “¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49, 15).

Por eso, Santa Teresa de Jesús dice de Dios “que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en El no puede haber sino todo bien cumplido”; y San Josemaría Escrivá afirma, de forma paralela, que Dios es un Padre que nos ama “más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos”. Y añade, conmovido, en otro momento: “Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con El la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada”.

Estos textos, citados como arranque de nuestra reflexión, pretenden ser paradigmáticos de la misma, tanto de su contenido como de su método. En efecto, nos proponemos presentar una reflexión teológica sobre la conciencia de la filiación como fuente de vida espiritual, pero inspirada en la experiencia y la enseñanza de los santos.

No es mi intención analizar unos textos concretos de determinados maestros de espiritualidad; ni abrumar con una amplia erudición de referencias, aunque sí citaré un buen número de ejemplos como apoyo de mis reflexiones; sino exponer lo que la lectura, el estudio y, sobre todo, una “contemplación” teológica de la doctrina y la experiencia interior de diversos santos me lleva a concluir como síntesis común a todos ellos.

De esta forma, deseo presentar algunas ideas que tengan, por una parte, un carácter y una aplicación lo más universal posible, y por otra, estén apoyadas en autoridades teológicas contrastadas. Efectivamente, la filiación divina, como condición común y básica del ser cristiano, puede y debe ayudarnos a todos en el camino de nuestra vida espiritual; y la experiencia y la enseñanza de aquéllos que han recorrido con éxito ese camino es la mejor garantía tanto de la veracidad de lo que afirmemos como de su utilidad práctica.

Si toda la teología, a mi entender, debe conducir armónicamente al conocimiento de la verdad divina y al afianzamiento de la santidad personal, mucho más aquella parte de esta ciencia que estudia expresamente la santidad cristiana, y que solemos denominar teología espiritual; y si los santos proporcionan luces decisivas para toda buena reflexión teológica, en teología espiritual se hacen imprescindibles.

Pienso que así, además, mi contribución puede resultar verdaderamente complementaria de las que hemos escuchado hasta ahora en el simposio; no tanto por decir cosas distintas, pues seguiremos contemplando la figura de nuestro Padre Dios, sino por iluminar esas ideas desde otra perspectiva: una perspectiva que ojalá sea viva y vivificante para todos, como sin duda lo fue para los que han inspirado estas líneas.

Como última consideración introductoria, no debemos olvidar que estamos ante el principal misterio de nuestra fe (Dios mismo), contemplado desde unas experiencias espirituales que, a su vez, esconden otro misterio de fe: el de la vida divina en el interior del alma cristiana. Hay, por tanto, mucho más en esas realidades -infinitamente más- de lo que aquí se pueda decir, y en la misma experiencia de esos santos hay mucha más riqueza de la que la teología haya podido extraer hasta ahora. Por eso, cada afirmación que aquí se propone abre nuevos y amplios panoramas de reflexión. Pero éste es precisamente uno de los grandes alicientes de la ciencia teológica, y de la teología espiritual en particular.

2. Amor paterno de Dios e intimidad trinitaria

La contemplación reflexiva de textos y experiencias como los citados al principio me han llevado, en estos últimos meses, a un primer convencimiento que considero fundamental, y que propongo como idea clave de todo lo que seguirá: lo que hace reaccionar a los santos no es tanto la conciencia de ser él mismo o ella misma hija o hijo de Dios, sino la comprensión cada vez más profunda y viva de lo que significa “Dios es mi Padre”; es decir, el descubrimiento del infinito amor divino volcado en él o en ella: la constatación viva y práctica de “cuánto Dios me quiere”.

El santo es, sin duda, consciente de lo que causa el Amor divino en su propio ser y en su propia vida, y lo agradece de veras; pero más que fijarse en sí mismo, se fija en Dios: contempla admirado su infinita grandeza, y descubre con sorpresa que todo ese esplendor no se queda estático y como ajeno ante sus ojos, sino que se inclina hacia él, se le da, se hace suyo, sin más motivo que la pura liberalidad de su Amor divino.

Estos sentimientos se hayan presentes, en particular, en los textos citados al principio, pero recojamos otras palabras significativas, en este caso de Santa Teresa de los Andes, que nos ayuden a dar algunos pasos más: “Nuestro Señor me dijo que quería que viviera con El en una comunión perpetua, porque me amaba mucho (…) Después me dijo que la Sma. Trinidad estaba en mi alma; que la adorara (…) Mi alma estaba anonadada. Veía su Grandeza infinita y cómo bajaba para unirse a mí, nada miserable. El, la Inmensidad, con la pequeñez; la Sabiduría, con la ignorancia; el Eterno, con la criatura limitada; pero, sobre todo, la Belleza, con la fealdad; la Santidad, con el pecado. Entonces, en lo íntimo de mi alma, de una manera rápida, me hizo comprender el amor que lo hacía salir de sí mismo para buscarme (…) Vi que (…) con una criatura tan miserable se quiere unir; quiere identificarla con su propio ser sacándola de sus miserias para divinizarla de tal manera que llegue a poseer sus perfecciones infinitas”.

Apoyados en lo que acabamos de leer, subrayemos otras dos ideas fundamentales que considero inseparables de la primera ya apuntada: es el Dios Todopoderoso, Inmenso, Eterno, Infinito, Inmutable, etc., el que es nuestro Padre y nos ama así, con toda la conmovedora ternura materna que hemos recordado al principio; y es, a la vez, el Dios Trino el que así se nos entrega, no sólo porque nos revela los secretos de su intimidad trinitaria, sino porque introduce al alma en esa misma intimidad.

No me refiero con ello a la deducción de que lo dicho debe ser así porque así es Dios; sino a que la conciencia viva que tienen los santos de ese Amor paternal divino que se vuelca en el alma, y que les conmueve hasta las entrañas, incluye inseparablemente tres aspectos, cuya combinación provoca precisamente la intensidad y hondura de su reacción interior: el amor de Dios por mí es tan cercano e íntimo como el que existe entre una madre y su hijo recién nacido (primer aspecto); no porque se digne darme unas migajas de su infinito amor, sino porque se entrega Él verdaderamente, como es, en su grandeza e infinitud (segundo aspecto); y la prueba irrebatible de que esto es así, la constituye el hecho de que Dios se me entrega como se entrega a su Hijo (tercer aspecto): es mi Padre como es Padre de Jesús; mi filiación es participación en la misma Filiación de su Hijo; y su amor por mí es como el Amor con que ama a su Hijo: me entrega su mismo Amor paterno-filial que es el Espíritu Santo.

Dicho de otra forma: la experiencia y enseñanza de los santos -eco de lo que se manifiesta en la Escritura- nos muestra, por una parte, que sólo desde el seno de la misma Trinidad, y porque Ella toma la iniciativa de abrirse y darse, puede haber verdadera intimidad con Dios, verdadero intercambio de amor, verdadero trato paterno-filial; y por otra -o mejor, como consecuencia-, que sólo así Dios es realmente mío y todo lo suyo es mío, sin dejar de ser Dios.

El santo comprende profundamente, y enseña, a través de esa muestra de asombro y osadía, de amor y humildad, maravillosamente combinados, que si Dios me amara “como desde fuera de sí mismo”, es decir, no trinitariamente, no sería realmente Padre: sería, como mucho, sólo analógica o limitadamente padre; bueno, eso sí; incluso capaz de abrumarnos con infinidad de regalos y muestras de afecto, tratando de ganar nuestro corazón; pero sin acabar de entrar de verdad en él: porque el alma intuiría, en el fondo, que se trata de un amor indirecto, incluso interesado; que no es un verdadero amor de padre.

Sin embargo, la Encarnación de Jesucristo, su muerte por nosotros, el don de su Espíritu, la vida trinitaria en el alma, nos están diciendo que Dios es Padre de verdad, que me ama Él personalmente (tri-personalmente, podríamos decir); más allá de dones y dádivas concretos por maravillosos que sean… ¡que lo son!. El alma que comprende y siente esto a fondo trasciende los dones y regalos concretos; porque, ante todo, sabe que le tiene siempre a Él, con todos los tesoros de su misma vida divino-trinitaria.

Insistamos en esta importante doctrina reproduciendo una certera síntesis teológica salida de la pluma de Santa Edith Stein: “El alma, en la que mora Dios por gracia, no es simplemente una pantalla impersonal en la que se refleje la vida divina, sino que ella misma está dentro de esa vida. La vida divina es una vida trinitaria, tripersonal: es el Amor desbordante con el que el Padre engendra al Hijo y le da su Ser, y con el que el Hijo recibe ese Ser y se lo devuelve al Padre, el Amor en que el Padre y el Hijo son una misma cosa y que lo espiran ambos como su común Espíritu. Mediante la gracia este Espíritu se derrama a su vez sobre las almas. De esta manera resulta que el alma vive su vida de gracia por el Espíritu Santo, ama en Él al Padre con el Amor del Hijo y al Hijo con el Amor del Padre”.

3. Singularidad de la relación Padre-hijo

Desmenucemos un poco más estas ideas básicas. El alma santa es particularmente consciente no sólo de cuánto Dios ama, de cómo ama, sino de la singularidad de su Amor: de cuánto me ama y cómo me ama; de que no sólo es Padre, sino mi Padre; no sólo es Amor, sino mi Amor.

Por eso se atreve a tratar a Dios con las mismas palabras de Jesús: “Padre mío”, “Abbá”: ¡Papá!. Bien consciente, eso sí, de que lo puede decir y lo dice movido por el Espíritu del Padre y del Hijo que habita en su alma, como recuerda San Pablo (cf. Rom 8, 14-17 y Gal 4, 4-7)… ¡Pero lo dice! Y el “Padre nuestro” alcanza entonces su verdadero significado: mi Padre, tu Padre y su Padre …, de todos y cada uno, en Jesucristo.

Así lo propone San Josemaría Escrivá: “le diremos con San Pablo, Abbá, Pater!, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo”.

Dios es, de esta forma, mi Padre (cercanísimo, intimísimo)…, pero no deja de ser mi Dios; y esto tiene importantes consecuencias: todo el poder, gloria y majestad, bondad, verdad y belleza divinos son para el hombre… ¡Para mí en concreto! Míos por derecho de hijo. No merecidos, ni ganados o conquistados, desde luego; pero tampoco simplemente dados graciosamente por un Señor todopoderoso que se digna acercarse desde su altura majestuosa; sino recibidos como efecto irrefutable de que me ha hecho realmente su hijo, con todas sus consecuencias… Y esto es, sin duda, mucho más grande y más conmovedor, aunque los resultados prácticos parezcan los mismos.

Digo “parezcan”, porque, de hecho, los resultados no son los mismos: muchas de las audacias -por ejemplo, apostólicas- que contemplamos en la vida de los santos pienso que sólo son explicables porque “usan” el poder de Dios -valga la expresión- como propio de un hijo, de un heredero de pleno derecho. Mejor aún, como un poder que brota del mismo Dios actuando desde lo íntimo de la propia alma; y no simplemente como un don recibido desde fuera para ser usado, por muy liberal que haya sido la dádiva y por mucha libertad de uso que haya concedido el donador. Además, sólo desde esa perspectiva se puede mantener el equilibrio -como mantienen los santos- entre audacia y humildad.

Afinando un poco más, podemos decir que la verdadera conciencia de la filiación divina es la conciencia no sólo de que es mi Padre y mi Dios, sino mi Dios-Padre, que me entrega como propios a su Hijo y, con Él, a su Espíritu; es decir, hay una captación muy profunda de la Unidad en la Trinidad y de la Trinidad en la Unidad; y en ella, del equilibrio entre trascendencia y cercanía de Dios, entre su grandeza y su sorprendente anonadamiento para ser mío, nuestro.

Es lo que expresa, entre otros posibles testimonios, uno de los más conocidos párrafos de las Moradas de Santa Teresa de Jesús: “entiende (el alma que llega a las séptimas moradas) con grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios (…) Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos (cf. Jn 14, 23). ¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma”.

Y es lo que explica también San Juan de la Cruz en su Llama de amor viva, ya desde el prólogo: “Y no hay que maravillar que haga Dios tan altas y extrañas mercedes a las almas que él da en regalar; porque Si consideramos que es Dios, y que se las hace como Dios, y con infinito amor y bondad, no nos parecerá fuera de razón; pues él dijo que en el que le amase vendrían el Padre, Hijo y Espíritu Santo, y harían morada en él (cf. Jn 14, 23); lo cual había de ser haciéndole a él vivir y morar en el Padre, Hijo y Espíritu Santo en vida de Dios”.

Volveremos en seguida sobre los aspectos trinitarios de esta realidad. Ahora sigamos profundizando en los rasgos de intimidad paterno-filial que los santos descubren tras ese Amor divino.

La confianza y el abandono que brotan de la realidad de la filiación divina son habitualmente muy subrayados, pero, siguiendo la línea marcada al principio de nuestra reflexión, quiero insistir en que el santo se fija sobre todo en cómo Dios le quiere y le trata, de tal forma que no tiene más remedio, por decirlo así, que confiar y abandonarse. Es decir, esa actitud no es tanto fruto de un esfuerzo ascético personal -aunque ese esfuerzo también existe-, como, sobre todo, de un dejarse llevar por Dios: ¡por algo se habla precisamente de abandono! Aunque se trate siempre de un abandono activo, libre y consciente por parte del hijo.

Así lo expresa, por ejemplo, San Francisco de Sales: “‘Si no os hacéis sencillos como niños, no entraréis en el reino de mi Padre’ (Mt 10, 16). En tanto que el niño es pequeñito, se conserva en gran sencillez; conoce sólo a su madre; tiene un solo amor, su madre; una única aspiración, el regazo de su madre; no desea otra cosa que recostarse en tan amable descanso. El alma completamente sencilla sólo tiene un amor, Dios; y en este único amor, una sola aspiración, reposar en el pecho del Padre celestial, y aquí establecer su descanso, como hijo amoroso, dejando completamente todo cuidado a Él, no mirando a otra cosa sino a permanecer en esta santa confianza”.

Por otra parte, es esa “combinación” divinidad-paternidad-amor, presente en la donación trinitaria al alma que comporta la realidad de la filiación divina, la que realmente provoca en los santos una honda respuesta de amor filial, un entusiasmo, una auténtica “locura” de amor. Así se expresaban, en su oración, por ejemplo, Santa Teresa del Niño Jesús y San Josemaría Escrivá: “Déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame, sí, que te diga que tu amor llega hasta la locura… ¿Cómo quieres que, ante esa locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi confianza…?”. “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?”.

4. El Amor paterno de Dios manifestado en Jesucristo y en el Espíritu Santo

Busquemos de nuevo la perspectiva trinitaria ya apuntada. No podemos olvidar, en efecto, dos realidades teológicas que se hacen también particularmente vivas en las almas que poseen una profunda vida interior, y que les mueven aún más a corresponder.

La primera, que el Hijo es la Imagen del Padre y, al encarnarse, acerca esa imagen a nosotros, también en el sentido de que podemos contemplar “encarnado” el Amor de Dios Padre: en Jesús, vemos, sentimos y experimentamos ese Amor divino “humanizado”; y esto es decisivo tanto para acercarse intelectualmente a esa realidad, como para que exista por nuestra parte una verdadera respuesta filial, que tiene que ser necesariamente humana. Es decir, en el Corazón de Jesús, en sus acciones divino-humanas, en sus manifestaciones de cariño, el alma cristiana se hace más consciente y siente más vivamente qué significa el Amor paterno-maternal de Dios: cómo me ama Dios, cómo se “traduce” humanamente (corporal y espiritualmente) ese Amor; además de descubrir los caminos del verdadero amor filial, aprendidos de quien es el Hijo por naturaleza.

Por otra parte, no sólo somos hechos hijos en el Hijo, sino que la Encarnación de Jesucristo aparece como garantía de la verdad de nuestra propia filiación divina, como explica agudamente San Juan de Avila: “Inefable merced es que adopte Dios por hijos los hijos de los hombres, gusanillos de la tierra. Mas para que no dudásemos de esta merced, pone San Juan otra mayor, diciendo: ‘La palabra de Dios es hecha carne’ (Jn 1, 14) . Como quien dice: No dejéis de creer que los hombres nacen de Dios por espiritual adopción, mas tomad, en prendas de esta maravilla, otra mayor, que es el Hijo de Dios ser hecho hombre, e hijo de una mujer”.

Visto desde otra perspectiva, la intimidad con Jesús no sólo es intimidad con el Verbo encarnado, sino necesariamente también con el Padre de quien procede y que le ha enviado a nosotros (a mí, descubre cada uno, en la perspectiva íntima y singular que estamos subrayando). Crecen así, a la vez, la intimidad con el Padre y la intimidad con el Hijo; y crece a la vez la “distinción” en el trato con ellos, precisamente en la medida en que crece la conciencia viva de que soy hijo del Padre en el Hijo, de que soy más Cristo…

Así lo sintetiza un conocido texto de San Josemaría Escrivá, que guarda por lo demás gran paralelismo con el citado más arriba de Santa Teresa de Jesús, y nos conduce también a la segunda idea prometida: “Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: ‘cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él’ (Jn 14, 23). El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador”.

En efecto, por su parte -y ésta es la segunda idea, inseparable de la anterior, como indivisible es el misterio trinitario-, el Espíritu Santo es el Amor paterno-filial del Padre y del Hijo, por el que soy hecho hijo de Dios en Jesucristo. El Paráclito no sólo me hace hijo, me enseña a ser hijo y me mueve a vivir como hijo, sino que, ante todo y como causa de esto, me hace participar en el mismo Amor paterno-filial divino en Cristo; y en esa participación, me muestra de forma viva y experimental cómo es el Amor paterno de Dios en Jesús, porque El mismo -el Espíritu del Padre y del Hijo- es ese Amor.

Por ello, también la intimidad que busca y obtiene el alma con el Espíritu Santo es necesariamente intimidad con el Padre y el Hijo, en cuanto son y se aman como Padre e Hijo, y en cuanto los tres son Dios; y crece la intimidad del cristiano con el Espíritu Santo como Persona divina distinta, en la medida en que es más consciente de lo que significa ser hijo del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo.

Oigamos, en este punto, a Santa Catalina de Siena en su oración: “¡Oh Trinidad eterna, oh Deidad! Esta, la naturaleza divina, dio valor a la sangre de tu Hijo. Tú, Trinidad eterna, eres un mar profundo, donde cuanto más me sumerjo, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Eres insaciable, pues llenándose el alma en tu abismo, no se sacia, porque siempre queda hambre de ti, Trinidad eterna, deseando verte con luz en tu luz (…) ¡Oh Trinidad eterna, fuego y abismo de caridad! (…) Por haber experimentado y visto con la luz del entendimiento la luz de tu abismo y la belleza de la criatura. Trinidad eterna, por eso, mirándome en ti, he visto que era imagen tuya, partícipe de tu poder, Padre eterno, y de tu sabiduría en el entendimiento. Esta sabiduría se atribuye a tu Hijo unigénito. El Espíritu Santo, que procede de ti y de tu Hijo, me ha dado la voluntad, pues soy capaz de amar. Tú, Trinidad eterna, eres el que obra, y yo, tu criatura. He conocido que estás enamorado de la belleza de tu obra en la nueva creación que hiciste de mí por medio de la sangre de tu Hijo. ¡Oh abismo, oh Deidad eterna, oh Mar profundo! ¿Qué más podías darme que darte a ti mismo?”.

5. La Bondad de nuestro Padre Dios

En todo lo dicho hasta ahora hemos podido comprobar cómo la conciencia de la filiación divina no sólo conduce a una respuesta generosa de amor a Dios, sino que va dando también al alma luces importantísimas sobre el mismo Dios; luces que provocan, desde luego, un mayor crecimiento interior, pero que también ayudan al teólogo en su estudio científico sobre los misterios divinos. Por este camino deseo proseguir mi reflexión, profundizando en ese binomio intimidad-grandeza con que se nos presenta la paternidad divina.

Conciencia de la paternidad de Dios significa, lo hemos subrayado ya, conciencia de un amor personal del Padre, en Cristo y por el Espíritu Santo hacia cada uno de sus hijos e hijas singularmente. Esto quiere decir, entre otras cosas, y así lo sienten y lo expresan con particular viveza los santos, un amor divino vivo, actual y operante, continuo e intenso, y a la vez, concreto, lleno de detalles muy personales de amor de Dios respecto a cada hijo en cuanto tal, en los que la infinita capacidad divina de amar se adapta a la condición y necesidades de cada uno. Y cuanto mayor es la correspondencia del alma santa a ese amor, más se esmera Dios, por decirlo así, en sorprenderle con finuras y delicadezas de amor, como el mejor de los padres y la mejor de las madres.

Todo esto proporciona al santo una comprensión particular de la Bondad de Dios, que lejos de ser una simple afirmación teórica, la ve manifestada día a día en su propia vida, hasta conmoverle profundamente. Entroncamos así con una de las cuestiones más delicadas que la conciencia del hombre se plantea cuando se le presenta la figura paternal de Dios: el problema del mal. No es el momento de entrar en cuestión tan compleja y a menudo desconcertante, e incluso traumática, para el ser humano; pero sí de apuntar, al menos, la perspectiva que abre la experiencia de los santos para iluminar una reflexión sobre el mal.

Podríamos decir que los santos abordan la cuestión desde el interior de Dios mismo. Es decir, no intentan congeniar la experiencia del mal en el mundo con la certeza de fe de la infinita bondad divina, buscando ese complejo equilibrio en el que tantas veces la reflexión filosófico-teológica se embarca sin acabar de llegar a puerto. Sino que, más bien, lo ven todo desde esa intimidad alcanzada con la Trinidad, en la que la bondad divina es, ante todo, el mismo amor paterno-filial al que han sido llamados a participar; y el mundo y el hombre son vistos así desde la óptica de Dios Creador y Redentor. Y esto hasta tal punto que, más que intentar explicar el mal, da la impresión de que para ellos ha desaparecido como problema, porque en el mismo Dios no existe.

Es lo que expresan, por ejemplo, estas palabras de Santo Tomás Moro a su hija mayor, en su prisión de la Torre de Londres: “Hija mía queridísima, nunca se perturbe tu alma por cualquier cosa que pueda ocurrirme en este mundo. Nada puede ocurrir sino lo que Dios quiere. Y yo estoy muy seguro de que sea lo que sea, por muy malo que parezca, será de verdad lo mejor”.

Y así lo aplica también San Josemaría Escrivá a situaciones más ordinarias, objetivamente menos dramáticas, pero en las que también un alma cristiana puede pasarlo mal y desconcertarse: “¿Penas?, ¿contradicciones por aquel suceso o el otro?… ¿No ves que lo quiere tu Padre-Dios…, y Él es bueno…, y Él te ama -¡a ti solo!- más que todas las madres juntas del mundo pueden amar a sus hijos?”.

En efecto, desde esa experiencia de intimidad con Dios, resulta incuestionable que lo que solemos llamar mal físico nunca es un verdadero mal; y en cuanto al único verdadero mal, el pecado, aparece enfocado siempre a la luz de la Misericordia divina y del bien que Dios mismo extrae continuamente de él.

6. Dios Padre Misericordioso

La Misericordia paterna de Dios, vista desde la entraña misma de su Amor y su Bondad, tiene particular fuerza, en efecto, en la conciencia de la filiación divina. No puedo detenerme ahora en todas sus implicaciones, pero sí subrayar, en la misma línea que viene marcando nuestra reflexión, lo que me parece más decisivo en la experiencia de los santos: no es tanto la Misericordia en cuanto perdón lo que contemplan, sino en cuanto Amor que no puede dejar de incluir el perdón; no es tanto que mi Padre me perdona, sino que mi Padre me ama, y por eso me perdona: que realmente su corazón se vuelca en mí como hijo, más allá de la realidad concreta de mis obras buenas o malas.

Me atrevería a decir que el santo apenas se fija en el pecado como tal, sino sólo como contraste que ayuda a calibrar hasta qué punto Dios le ama personalmente, sin condicionar su amor a la respuesta fiel o infiel de su hijo. La parábola del hijo pródigo, sobre la que con toda razón se está hablando y escribiendo tanto últimamente, resulta sin duda emblemática en este sentido. El hijo menor de la parábola busca, como mucho, el perdón, pero lo que encuentra es el amor: amor paterno que incluye, desde luego, el perdón, pero que va mucho más allá. El hijo no recupera a su Padre, sino que se da cuenta de que nunca lo ha perdido; que él puede ser mal hijo, pero que el Padre nunca puede dejar de ser buen Padre, porque le ama de verdad, por ser quién es, en lo más hondo y desde lo más hondo.

Se entiende así que los santos se conmuevan hasta el punto que reflejan, por ejemplo, estas palabras de Santa Teresa de Jesús: “Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de Misericordia tan grande y merced tan crecida a traición tan fea y abominable?; que no sé cómo no se me parte el corazón cuando esto escribo, porque soy ruin”; o estas otras de San Josemaría Escrivá, referidas precisamente a la reacción del padre de la parábola: “Éstas son las palabras del libro sagrado: ‘le dio mil besos’, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres?”.

La Misericordia suele aparecer, efectivamente, en la experiencia y enseñanza de los santos, como la gran prueba del amor paternal divino, y también del Corazón de su Hijo encarnado, que es su Imagen fiel: la manifestación más conmovedora, la más consoladora, la más tierna… Por eso, es un aspecto clave para comprender mejor todo lo dicho hasta ahora y lo que seguirá; y en el caso particular de los santos, buena parte de su comprensión del Amor divino y de su respuesta generosa a la gracia brota precisamente de sus experiencias personales sobre la Misericordia viva y operante de Dios.

Demos un paso más. Como acabamos de comprobar en la referencia a la parábola del hijo pródigo, la Misericordia divina refuerza el convencimiento de que en el Amor paternal de Dios cabemos todos: ninguno pierde cariño paterno por muy pecador que sea. Más bien al contrario: todo invita a pensar en una “predilección” divina por el pecador. Hasta el punto de que santos como San Agustín o Santa Teresa del Niño Jesús hablan de la existencia de una Misericordia “previniente” de Dios; porque intuyen que, incluso para el cristiano que en un momento determinado, sinceramente, no tenga conciencia de graves pecados, no puede dejar de ser verdad que Dios le ama mucho porque le perdona mucho (cf. Lc 7, 40-47).

Citemos las reflexiones de la santa de Lisieux: “Sé también que a mí Jesús me ha perdonado mucho más que a Santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer. ¡Cómo me gustaría saber explicar lo que pienso…! Voy a poner un ejemplo. Supongamos que el hijo de un doctor muy competente encuentra en su camino una piedra que le hace caer, y que en la caída se rompe un miembro. Su padre acude en seguida, lo levanta con amor y cura sus heridas, valiéndose para ello de todos los recursos de su ciencia; y pronto su hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe de que a ese hijo le sobran motivos para amar a su padre!

“Pero voy a hacer otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de su hijo hay una piedra, se apresura a ir antes que él y la retira (sin que nadie lo vea). Ciertamente que el hijo, objeto de la ternura previsora de su padre, si DESCONOCE la desgracia de que su padre lo ha librado, no le manifestará su gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado… Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse, ¿no lo amará todavía mucho más?

“Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. El quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como Santa María Magdalena, sino que ha querido que YO SEPA hasta qué punto Él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a Él ¡con locura…!”.

7. La Misericordia del Padre y del Hijo

Por otra parte, la comprensión de hasta qué punto es grande el Amor misericordioso de Dios Padre por cada uno de sus hijos suele alcanzar su cénit en la contemplación del misterio de la Cruz, visto no sólo desde la conmovedora entrega de Jesús por mis pecados, sino desde la generosidad del Padre que entrega a su Hijo y que recibe la entrega de Éste.

Así lo expresa, por ejemplo, San Agustín, parafraseando a San Pablo y a San Juan: “¡Oh cómo nos amaste, Padre bueno, ‘que no perdonaste a tu Hijo único, sino que le entregaste por nosotros, impíos!’ (cf. Rom 8, 32) ¡Oh cómo nos amaste, haciéndose por nosotros, ‘quien no tenía por usurpación ser igual a ti, obediente hasta la muerte de cruz, siendo el único libre entre los muertos (cf. Fil 2, 6), teniendo potestad para dar su vida y para nuevamente recobrarla’ (cf. Jn 10, 18). Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima, y por eso vencedor, por ser víctima; por nosotros sacerdote y sacrificio ante ti, y por eso sacerdote, por ser sacrificio, haciéndonos para ti de esclavos hijos, y naciendo de ti para servirnos a nosotros”.

Toda esta riqueza de pruebas de Amor y Misericordia divina no hace sino proporcionar nuevos impulsos a las manifestaciones de trato filial, osado y atrevido, del alma que se deja arrebatar y conmover por Dios. Volvamos a oír a Santa Catalina de Siena en su oración a Dios Padre:

“¡Oh Misericordia, que procede de tu divinidad, Padre eterno, y que gobierna con tu poder el mundo entero! En tu Misericordia fuimos creados, en tu Misericordia fuimos creados de nuevo por la sangre de tu Hijo; tu Misericordia nos conserva; tu Misericordia hizo que tu Hijo usara sus brazos en el madero de la cruz para la lucha de la muerte con la vida y de la vida con la muerte (...) ¡Oh Misericordia! El corazón se sofoca pensando en ti, pues dondequiera que intente fijar mi pensamiento no encuentro más que Misericordia. ¡Oh Padre eterno!, perdona mi ignorancia, pero el amor a tu Misericordia me excusa ante tu benevolencia”.

De hecho, con relativa frecuencia, en la oración de los santos, la consideración de la Misericordia del Padre y la de Jesucristo se entremezclan hasta que parecen confundirse, y es una de las ocasiones en que suelen tratar también a Jesús como Padre; así ocurre, por ejemplo, en esta oración de San Alfonso María de Ligorio: “Vos mismo, Jesús mío, que sois el ofendido por mí, os hacéis mi intercesor: ‘Y Él es propiciación por nuestros pecados’ (1 Jn 2, 2). No quiero, pues, haceros este nuevo agravio de desconfiar de vuestra Misericordia. Me arrepiento con toda el alma de haberos despreciado, ¡oh sumo Bien!; dignaos recibirme en vuestra gracia por aquella sangre derramada por mí. Padre…, no soy ya digno de llamarme hijo tuyo (Lc 15, 21). No, Redentor y Padre mío, no soy digno de ser hijo vuestro, por haber tantas veces renunciado a vuestro amor; mas vos me hacéis digno con vuestros merecimientos. Gracias. Padre mío, gracias; os amo”.

Reencontramos así, desde una nueva perspectiva, la estrecha relación entre el Amor paterno de Dios y la donación redentora de su Hijo, que no es sino un reflejo de lo que el Hijo recibe del Padre en el seno de la Trinidad: toda su realidad divina, y por tanto todo su infinito Amor, el mismo con que Padre, Hijo y Espíritu Santo nos aman y nos perdonan.

8. La cercanía de Dios

Por un itinerario contemplativo-reflexivo parecido al que acabamos de recorrer hablando de la Bondad y la Misericordia, la intimidad divina que brota de la filiación divina vivida hasta sus últimas consecuencias nos da luz también sobre otros atributos divinos; y al profundizar en ellos, vuelve a crecer la vida espiritual, deseando corresponder más a ese Amor divino inagotable.

La inmensidad de Dios y su omnipresencia, por ejemplo, aparecen así como una presencia activa, viva y efectiva de Dios en cada hijo suyo; como una realidad concreta, amorosa e íntima para el alma; una presencia de un Padre “interesado y ocupado” en las cosas de su hijo, pequeñas y grandes, trascendentes y anecdóticas. El alma siente de verdad que su Padre Dios sólo tiene ojos para ella; y su vida en Cristo y la presencia activa del Espíritu no dejan de recordárselo y de moverle a obrar en consecuencia.

Análogamente, la Eternidad divina se experimenta como la plenitud de esa presencia y donación amorosa de Dios a cada uno en cada instante, volcando en el interior del alma toda la riqueza de su ser divino: una participación en el eterno entregarse del Padre al Hijo y al Espíritu Santo. No es una eternidad al margen de mi tiempo, sino una eternidad volcada en mi tiempo, al que llega a proporcionar valor de eternidad; y en todo esto, la Encarnación del Verbo juega de nuevo un papel decisivo, pues el alma descubre ahí hasta qué punto a Dios le interesa de verdad todo lo humano y temporal.

Toda esta realidad subyace, por ejemplo, a lo expresado en este punto de Camino, del que hemos reproducido ya unas palabras al principio: “Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos”.

O a estas otras consideraciones y recomendaciones de Santa Teresa de Jesús: “Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas parte y que le vino a hallar dentro de sí mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija”.

Desde otra perspectiva, la eternidad de Dios como ausencia de principio y de fin, conmueve también al santo por lo que supone de prolongación infinita del amor de Dios por cada uno. Así lo expresa San Francisco de Sales: “Considera el amor eterno que Dios te ha manifestado, pues antes que la humanidad de Jesucristo padeciese por ti en la Cruz, su Divina Majestad te llevaba presente en su soberana bondad y te amaba desde el principio. Pero ¿cuándo comenzó a amarte? Cuando comenzó a ser Dios. Y ¿cuándo comenzó a ser Dios? Nunca, pues no tiene principio ni fin; y, por tanto, te amó siempre, desde toda la eternidad; y desde toda la eternidad te tenía preparados los favores y las gracias que te ha concedido”.

En estrecha relación con lo anterior, la inmutabilidad deja de ser un atributo fundamentalmente negativo, que parece alejar a Dios de nosotros, y se desvela más bien como una vida llena de intensa actividad, rica y perfecta, que se vuelca en cada alma con verdadero amor paterno. Hasta tal punto que, en esa intimidad filial, el alma siente, por ejemplo, que Dios se “conmueve” al ritmo de sus personales experiencias, como todo buen padre reacciona con amor paterno ante los sentimientos, las necesidades y las inquietudes de su hijo.

Ciertamente, Dios no se conmueve en el sentido de sufrir un cambio, pero sí en cuanto vive con toda la intensidad de su infinito amor su relación con nosotros, como vivas e intensas son las relaciones en el seno de la Trinidad. Es decir, Dios ama de verdad y “vive” su amor por cada hijo y cada hija; y por tanto, participa realmente en todas sus vicisitudes, aunque no las sufra en el sentido en que esa expresión pueda significar imperfección.

Aún así, el santo suele llegar más lejos todavía; porque, a través de la Humanidad de Jesucristo, comprende que Dios ha querido acercarse también a los aspectos pasivos de esas experiencias de sus hijos: ha querido “humanizar” su amor, sin dejar de ser divino. Y esto le conmueve profundamente por doble motivo: porque Dios se le hace así más cercano, sin duda; pero también porque no deja de ser Dios: porque -insistimos una vez más- lo grandioso y conmovedor es, sobre todo, que es mi Padre y mi Dios inseparablemente; y que Jesús es el Hombre-Dios que me abre los secretos de la intimidad divina, sin rebajar ni un ápice toda su grandeza al entregárnosla.

Contemplémoslo desde otro ángulo: la conciencia de la paternidad de Dios significa descubrir que Dios tiene verdaderos “sentimientos paternales”, en lo que tienen de perfección de amor; acciones divinas que el alma enamorada siente realmente como “nuevas”, “distintas” en cada momento de su trato íntimo con Dios, en la medida en que se sabe amado como hijo concreto, distinto de otros hijos, y al que le pasan cosas distintas cada día y cada hora, que no son indiferentes para un amor verdaderamente paternal y maternal.

Sólo desde esa perspectiva se puede atisbar la hondura teológica que existe tras consideraciones íntimas de los santos, como la que paso a reproducir, en boca de Santa Teresa del Niño Jesús, y vencer la tentación de clasificarlas superficialmente como, por ejemplo, “ingenuidades piadosas de una niña”:

“Me he formado del cielo una idea tan elevada, que a veces me pregunto cómo se las arreglará Dios, después de mi muerte, para sorprenderme (…) En fin, pienso ya desde ahora que, si no me siento suficientemente sorprendida, aparentaré estarlo por darle gusto a Dios. No habrá peligro alguno de que le haga ver mi decepción; sabré ingeniármelas para que él no se dé cuenta. Por lo demás, me las arreglaré siempre para ser feliz. Para lograrlo, tengo mis pequeños trucos, que tú ya conoces y que son infalibles… Además, con sólo ver feliz a Dios me bastará para sentirme yo plenamente feliz”.

¿Realmente se puede pretender “engañar” así a Dios? Por lo menos, me atrevo a asegurar, dándole la vuelta al texto de la santa, que el Señor se las habrá ingeniado para que a Santa Teresita le parezca que ha conseguido engañarle; porque ante un alma tan fina, un corazón paterno como el de Dios no puede más que rendirse.

Finalmente, sin pretender agotar la lista de atributos divinos, observemos también cómo la omnipotencia de Dios toma otra perspectiva desde esta intimidad filial con él: no es un poder que me domina y sojuzga, sino que está “a mi servicio”, del que incluso llego a participar, porque soy su hijo y heredero, con todas sus consecuencias. Su providencia no es la propia de un vigía o controlador, ni -peor aún- la de un titiritero que moviera los hilos de mi vida como si fuera una marioneta; sino la que reflejan los desvelos de un Padre amoroso, continua e intensamente preocupado del bien de sus hijos; incluida, ante todo, su libertad, donada en la creación y reconquistada para nosotros por Jesucristo en la Cruz.

9. Trascendencia de Dios e intimidad filial

En definitiva, la trascendencia divina, para un alma plenamente consciente de lo que significa ser hijo de Dios, no es lejanía y desinterés, sino cercanía e intimidad: conciencia de que toda esa grandeza de Dios, que en sí misma parece inalcanzable e inabarcable, se pone al alcance del hijo, no porque éste la alcance, sino porque Él se la da como verdadero Padre amoroso.

Este es el convencimiento que subyace a estas frases extraídas de una carta de Santa Teresa de los Andes a una amiga suya: “Créeme. Sinceramente te lo digo; yo antes creía imposible poder llegar a enamorarme de un Dios a quien no veía; a quien no podía acariciar. Mas hoy día afirmo con el corazón en la mano que Dios resarce enteramente ese sacrificio. De tal manera siente uno ese amor, esas caricias de Nuestro Señor, que le parece tenerlo a su lado. Tan íntimamente lo siento unido a mí, que no puedo desear más, salvo la visión beatífica en el cielo. Me siento llena de Él y en este instante lo estrecho contra mi corazón pidiéndole que te dé a conocer las finezas de su amor. No hay separación entre nosotros. Donde yo vaya, El está conmigo dentro de mi pobre corazón. Es su casita donde yo habito; es mi cielo aquí en la tierra”.

Esta última expresión (“cielo en la tierra”), referida al alma, está tomada por la santa chilena de los escritos de la Beata Isabel de la Trinidad, quien la utiliza con gran frecuencia y la explica así: “‘Padre nuestro que estás en los cielos’ (Mt 6, 9). En ese pequeño cielo que Él se ha hecho en el centro de nuestra alma es donde debemos buscarle y, sobre todo, donde debemos morar (…) ‘adorémosle en espíritu y en verdad’ (cf. Jn 4, 23). Es decir, por Jesucristo y con Jesucristo porque Él sólo es el verdadero adorador en espíritu y en verdad. Seremos entonces hijas de Dios y conoceremos por experiencia la verdad de estas palabras de Isaías: ‘Serán llevados en brazos, y acariciados sobre las rodillas’ (Is 66, 12). En efecto, la única ocupación de Dios parece consistir en colmar al alma de caricias y pruebas de amor como una madre cría a su hijo y le alimenta con su leche. ¡Oh! Permanezcamos a la escucha de la voz misteriosa de nuestro Padre. ‘Hija mía, nos dice, dame tu corazón’ (cf. Pv 23, 26)”.

Sin embargo, la misma idea del “cielo en la tierra” puede ser vista desde otra perspectiva enriquecedora, como la que plantea San Josemaría Escrivá en la homilía pronunciada en este campus universitario en 1967: “Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”.

La intimidad de la relación paterno-filial con Dios se proyecta así en toda la realidad que rodea la vida del cristiano: en el mundo visto desde la Bondad de su Creador, que es nuestro Padre y que nos lo ha dado por herencia. Se explica así el título que el fundador de esta universidad dio a la homilía citada: “Amar al mundo apasionadamente”, tan apasionadamente como amamos a nuestro Padre Dios.

Me parece importante, en este momento ya avanzado de nuestra reflexión, apuntar otra realidad hondamente sentida por los santos (presente también en los textos citados), pero no siempre bien entendida en algunas reflexiones especulativas sobre nuestro tema. Trascendencia divina significa verdadera intimidad, sí, pero con “otro”; más aún: lo maravilloso para el santo es que, siendo Dios quién es, sea mi Padre, se una a mí; y que, unido a mí, siga siendo quién es. Es un amor y una unión de dos: el Padre no es el hijo y el hijo no es el Padre; y, además, yo soy el hijo porque Él ha querido libérrimamente constituirme como tal.

Es una divinización que no es confusión; más aún, el alma santa intuye que si hubiera algún tipo de mezcla o confusión, ya no sería un amor genuino, porque ya no recibiría tanto, mereciendo tan poco: ya no sería el todo que se vuelca en la nada; e intuye también que, si hubiera igualdad de “condiciones” con Dios, perdería encanto ese amor.

Personalmente, a pesar de la pobreza de toda comparación de este estilo, me ayuda a entender y explicar ese sentimiento íntimo de los santos ante el amor de Dios que supera el abismo abierto por su condición humana y su miseria personal, la imagen, repetida de formas diversas en la literatura, de la pobre doncella de la que se enamora un gran príncipe, o del pordiosero despreciado por todos que descubre un buen día, con gran asombro, que su verdadero padre es el rey.

Aprovechemos este momento para anotar también que, en todo lo dicho hasta aquí, subyace una actitud fundamental por parte del hijo de Dios, actitud que es virtud básica en el camino de la vida interior: la humildad. La filiación me eleva a unas alturas insospechadas de intimidad con Dios y de divinización, sí; pero porque Dios se hace mío, no porque yo deje de ser criatura, ni pecador, ni miserable. Más aún, cuanto más íntima es esa unión con la Trinidad, más siente el alma santa, a la vez, el abismo que le separa de Dios, y más valora en consecuencia su Amor y su Misericordia; volviendo a iniciarse así otro ciclo de enamoramiento y respuesta de amor, en esa espiral apasionante que conduce a la santidad.

10. Conciencia de la filiación divina y camino hacia la santidad

Nos vamos acercando al final de nuestra reflexión, pero no quiero dejar de aludir brevemente a otros dos aspectos que me parecen decisivos en la comprensión de la vida espiritual a la luz de la filiación divina. El primero, que en buena medida ha estado presente a lo largo de toda la ponencia, brota de las conocidas palabras que cierran la primera parte del sermón de la montaña: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Al hablar de la llamada universal a la santidad es habitual el recurso a esta cita, entre otras referencias bíblicas. Sin embargo, al desarrollar lo que esa llamada implica en la vida cristiana el acento se pone a veces -con verdad, pero, a mi juicio, demasiado unilateralmente- en la imitación de Jesucristo. Por contra, me parece que la referencia explícita que el mismo Jesús hace al Padre en ese momento, abre otras perspectivas enriquecedoras sobre lo que significa la santidad cristiana que todos buscamos, y sobre cómo alcanzarla.

En efecto, esas palabras del Señor nos hablan de la grandeza y maravilla de la meta, sin rebajarla un ápice y, al mismo tiempo, aumentan nuestra confianza y deseo de alcanzarla: si no fuera mi Padre, su perfección sería inalcanzable; si no fuera Dios, flaquearía mi confianza y tampoco bulliría mi deseo, pues la meta no sería tan maravillosa y apetecible; la más apetecible de todas.

De hecho, algo paralelo ocurre cuando reflexionamos sobe la imitación de Jesucristo, a quién no se puede separar de su Padre: si no fuera hombre como yo, ¡qué difícil sería seguirle!; y si no fuera Dios, qué poco poder tendría para ayudarme, y qué poco aliciente encontraría en ser su discípulo. Y otra consideración similar se puede hacer al meditar en lo que significa ser templos del Espíritu Santo y ser conducidos por Él en nuestro camino de santidad.

Pero, siendo paralelas estas consideraciones, me parece que no se deben reconducir una a las otras, sin tergiversar la realidad misma del misterio trinitario y de nuestra participación en él: realmente soy hijo de Dios -del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo-, y mi santidad brota de ahí y debe crecer en esas mismas coordenadas trinitarias, hasta una meta apenas entrevista ahora, pero que seguirá siendo divino-trinitaria: “Queridísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Así, en particular, en la medida en que crece la conciencia de esa relación paterno-filial con Dios, el alma corre: vuela hacia la santidad… Escribe la Beata Isabel de la Trinidad, después de citar el fragmento de San Juan que acabamos de reproducir: “He ahí el módulo de la santidad de los hijos de Dios: ser santo como Dios es santo; ser santo con la santidad de Dios y esto viviendo íntimamente con Él en el fondo del abismo sin fondo, dentro de nuestro ser”.

11. Paternidad de Dios y Maternidad de María

Nuestra última consideración nos va a llevar de la paternidad divina a la maternidad mariana. Pero dejemos la palabra a San Luis María Grignion de Montfort: “Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María (…) El mundo era indigno -dice San Agustín- de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de manos del Padre, quien lo entregó a María para que el mundo lo recibiera por medio de Ella. Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su corte”.

Al hilo de estas consideraciones, queremos subrayar la relación entre la paternidad divina y la maternidad mariana, que, desde esa singular relación de Santa María con la Trinidad, se vierte en nosotros. En efecto, igual que hemos insistido en contemplar la conciencia de la filiación divina como una comprensión de la paternidad de Dios, queremos apuntar la conveniencia de no mirar sólo a María como modelo de filiación, ni contemplar simplemente su maternidad espiritual desde su relación maternal con Jesucristo, sino también desde su relación singular con el Padre en cuanto Padre de Jesús, y con el Espíritu Santo en cuanto nexo de unión en el seno de la Trinidad.

Como consecuencia de esta consideración, en el amor maternal de María, sentiremos y comprenderemos mejor, de forma viva y muy “humana”, el amor paternal de Dios, del que ella participa de forma singular; y particularmente en sus manifestaciones “maternales”: las que precisamente sirvieron de arranque a nuestra ponencia y han reaparecido varias veces a lo largo de ella, en boca de los santos. Volvamos a oír a uno de ellos, a este gran maestro del amor a María que acabamos de citar:

“Esta Madre del Amor Hermoso quitará de tu corazón todo escrúpulo y temor servil desordenado y lo abrirá y ensanchará para correr por los mandamientos de su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios, y encender en el alma el amor puro, cuya tesorera es Ella. De modo que en tu comportamiento con el Dios-Caridad ya no te gobernarás -como hasta ahora- por temor, sino por amor puro. Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por agradarle incesantemente y dialogarás con Él confidencialmente como un hijo con su cariñoso Padre. Si, por desgracia, llegaras a ofenderlo, te humillarás al punto delante de Él, le pedirás perdón humildemente, tenderás hacia Él la mano con sencillez, te levantarás de nuevo amorosamente, sin turbación ni inquietud, y seguirás caminando hacia Él, sin descorazonarte”.

 

 

La enseñanza de la Religión

 Ángel Cabrero Ugarte

Admiro profundamente a los profesores de Religión. Conozco a muchos y veo, me doy cuenta perfectamente, el gran bien que hacen entre la juventud, desde la Educación Infantil hasta el Bachillerato. Se me cae la baba con las cosas que me cuentan -algunos han sido mis alumnos en la carrera-, sus luchas, sus alegrías. Viendo lo que van consiguiendo con tantos chicos y chicas, de diversas edades, me reafirmo siempre en que no hay profesión más importante. Les enseñan a sus alumnos la fe verdadera, les ayudan a conocer a Jesucristo, les acercan a los sacramentos. ¿Hay algo más importante en la vida de las personas?

Me gusta hablar de trascendencia y me consta que estos profesores, en su mayoría, tienen en la mente este concepto. Al final lo que importa es que los alumnos, desde los niños y niñas de 3 años, van comprendiendo que Dios está muy cerca de ellos. Que son templo y sagrario de la Trinidad. Que Dios no está en algún lugar lejano, está conmigo, y puedo hablarle en cualquier momento, y me oye y me habla. Es trascendente. Distinto de nosotros, pero con nosotros.

Es un concepto esencial y, como tal aparece en el currículo de la enseñanza de Religión de Educación Infantil: “La formación religiosa y moral católica pretende contribuir a la formación integral del alumno, desarrollando especialmente su capacidad trascendente”. Estas son las dos primeras líneas del documento que contiene todas las indicaciones sobre qué hacer en la formación religiosa con los niños de 3 a 5 años. Todo un reto para el profesor. Y, desde luego, solo consigue metas importantes aquel que vive lo que dice. Esto es evidente.

Estas líneas citadas son del currículo de 2007. El currículo del mismo año para Primaria decía algo parecido: “La enseñanza religiosa contribuye a la calidad de la educación que preconiza la LOE desde la propuesta y desarrollo de unos conocimientos, valores y actitudes que conforman su propio currículo. Lo hace desarrollando especialmente la capacidad trascendente del alumno, facilitándole una propuesta de sentido último para su vida”. Eran las primeras líneas del documento directivo de todo el trabajo del profesor de Religión.

Pero este currículo ha dejado de estar vigente al publicarse el del 2015. Este, a diferencia con el anterior, dedica unas cinco líneas iniciales muy generales explicando la importancia de la enseñanza de la Religión y cuando se podría esperar la frase “especialmente la capacidad trascendente” nos encontramos con que se ha cambiado por: “La enseñanza de la religión católica en los centros escolares ayudará a los estudiantes a ensanchar los espacios de la racionalidad y adoptar una actitud de apertura al sentido religioso de la vida, sea cual sea su manifestación concreta”. Asombroso. El concepto de trascendencia ha desaparecido.

Hemos cambiado la importancia de conseguir un sentido claro de trascendencia por “ensanchar los espacios de racionalidad”. ¿Quién ha llevado a cabo semejante idea? ¿Nadie en la Conferencia se ha dado cuenta de la diferencia? Habría que investigar qué es lo que han querido decir o con quien quieren congeniar, pero ya he visto algún TFG de futuro profesor sorprendido por semejante explicación de la asignatura de Religión. Del sentido trascendente se pasa, sin más explicaciones, a la racionalidad. Si el currículo lo hubiera confeccionado el Ministerio de Educación de Pedro Sánchez nos parecería lógico.

Mis amigos profesores siguen teniendo ideas claras, a Dios gracias.

 

 

Carta de un padre socialista a su hijo sobre la enseñanza de la religión

El socialista Jean Jaurés nació en 1859 en Castres, Francia. Fue diputado por el Partido Obrero Francés en 1889, manteniéndose como parlamentario hasta 1898. Posteriormente fue elegido también en las elecciones de 1902, 1906, 1910 Y 1914. Murió en 1914. En 1904 fundó el periódico L’Humanité. En 1905 consigue unir bajo su liderazgo a los socialistas franceses, formando la Sección Francesa de la Internacional Obrera. Fue precisamente el diario L’Humanité el que publicó esta carta dirigida a su hijo que reproducimos.

«Querido hijo, me pides un justificante que te exima de cursar la religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos, y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te la enviaré jamás.

No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, no lo serían sin un estudio serio de la religión.

Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos, pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?

Dejemos a un lado la política y las discusiones, y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos, y ¿ qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? En el arte, ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen? En las letras, ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente en cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho, de filosofía o de moral, ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? -éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau-.

Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas.

¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras. Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía, en el simple “savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos, por lo menos, comprenderlas, para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable, sin nociones religiosas.

Querido hijo: convéncete de lo que te digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión; pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de consuno los hechos y el sentido común. Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad

Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen facultad para serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad, exige la facultad de poder obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa, hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación».

Jean Jaurés 

 

 

«Nuestra gente del Amazonas merece sacerdotes de 'primera división', no funcionarios de sacramentos»

El padre Doñoro estuvo a punto de morir en Perú debido a una paliza que casi le costó la vida

El padre Doñoro estuvo a punto de morir en Perú debido a una paliza que casi le costó la vida

El padre Ignacio María Doñoro siempre ha sido un sacerdote que lo ha apostado todo por Dios entregándose al más débil. Se jugó la vida defendiendo y consolando a las víctimas del terrorismo de ETA, estuvo destinado en varias misiones internacionales hasta que se sintió llamado a dejar su amada patria para rescatar a niños abusados, explotados y pobres de la selva, lo que estuvo a punto de costarle la vida.

Ahora con su Hogar Nazaret ha salvado a cientos de niños y cuya obra sigue creciendo mientras este sacerdote vasco lo fía todo a Dios. Con su labor en el Amazonas peruano, el padre Doñoro tiene una visión privilegiada de una parte importante de la actualidad eclesial ante el debate sobre el celibato y la posible ordenación de hombres casados. Así en esta entrevista con Religión en Libertad habla de su misión, de su amado Hogar para niños y de las necesidades reales de los católicos en esta zona del mundo abandonada en tantas ocasiones:

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- Padre, usted ha estado como sacerdote al lado de las víctimas de ETA, con las víctimas de conflictos internacionales y ahora con los niños pobres, explotados o abusados en Perú. ¿De dónde surge y proviene esta entrega por los últimos y más dañados? 

-Surge del mismo Jesús. Él es mi referencia. Lo que busco es identificarme con Él, porque Él y yo somos uno. ¿Qué hizo el Señor? Curó a los enfermos, perdonó a la mujer adúltera, pidió a Mateo que le siguiera, comió con Zaqueo… Eran los últimos. ¿Y qué dijo Jesús? "Lo que hicisteis con estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis", y también: "Porque tuve hambre y me disteis de comer…". Jesús escogió muy bien cada una de sus palabras y por eso no dijo: "Es como si de alguna manera, me lo hicierais a mí", o "lo agradeceré porque yo quiero mucho a los necesitados, los pobres". No. Me lo hicisteis a mí. Jesús es muy claro.

Resulta imposible no creer en Dios cuando lo tienes delante de ti, en el desvalido, en el que está machacado, en el último de la tierra. Es imposible no ver a Dios crucificado ahí, imposible no ver al Señor en los más pobres de los pobres.

Los pobres, los más dañados, los últimos, son como un octavo sacramento. Si el Concilio Vaticano II dice que los sacramentos son signos visibles y eficaces de la gracia, los pobres son un signo visible y eficaz porque, a través de ellos, Dios actúa y nos transforma con su gracia. Hay una presencia muy fuerte de Dios en los más pobres. Es como si Jesús se disfrazara, se pusiera una careta y llamara a la puerta: "A ver quién soy…". ¡Pero es que se disfraza muy mal! «Soy Fulanito», me dice. Y yo le contesto: "Tú eres Jesucristo. Tú eres mi Dios y te veo perfectamente. Te distingo con toda claridad".

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Y si ese Jesús me dijera que viene a quedarse una semana en mi casa, no se me ocurriría meterlo debajo de la escalera. Pues con los pobres igual. Por eso, cuando alguna vez nos han dado ropa o comida que nadie quiere, siempre defiendo a los niños del Hogar Nazaret: "No, perdona, mis niños no son un basurero, porque eso es insultarles. Eso es insultar a Dios y no lo voy a permitir". ¡Es que es Jesús y yo no puedo insultar así a Dios! Dios se merece lo mejor. Estos niños que han sufrido tanto, en justicia, se merecen lo mejor. En ellos realmente está Dios.

- ¿Podría describirnos la zona en la que sirve como misionero y está situado el Hogar Nazaret?

- Creo que no me siento misionero. Me chirría un poco esa palabra, que con frecuencia se asocia a dejar patria y familia e irse a otro lugar. Mi verdadera patria es el Cielo. Lo que sí siento es que estoy con los más pobres de los pobres. Y si esta realidad que yo estoy viviendo aquí estuviera en España, yo no dudaría en irme a España o a China, me da igual el país. Por muy español que me sienta, para mí estar en el Corazón de Dios es lo primero, y lo tercero y lo cuarto.

La situación de la Región de San Martín, en la selva, en la Amazonía peruana, donde está situado el Hogar Nazaret, es muy complicada. Hay muchísimas enfermedades y las temperaturas son muy elevadas. Creo que el hombre no está preparado para vivir aquí. Ahora están haciendo carreteras en algunos sitios, pero la mayoría son pistas de tierra y hay muchos lugares a los que solo se puede acceder andando.

Se da la circunstancia de que conviven dos tipos de pobreza: junto a una pobreza material extrema, hay una pobreza moral muy grande. En muchos casos, ambas van unidas. Es difícil encontrar familias estructuradas y ahí es donde el Hogar Nazaret marca la diferencia: los niños del Hogar Nazaret saben que son una familia, y una familia para siempre, que no ha nacido de la carne sino de la misma sangre de Cristo. Los lazos que nos unen son más fuertes que los humanos.

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- ¿Cómo se evangeliza allí? ¿Hay alguna particularidad?

- En esta zona de la selva del Amazonas, Prelatura de Moyobamba, Región de San Martín, hay más de 2.270 comunidades dispersas y una población aproximadamente de 852.000 habitantes. La mayoría de los habitantes no son católicos. Viven privados de conocer el amor infinito de Jesucristo. Aquí se necesitan miles de catequesis, retiros y cursos de formación. Hace falta mucha formación doctrinal, espiritual, humana y familiar. Hay más de 1200 animadores (catequistas). Cada año se bautizan unos 3.000 adultos.

El "mirad cómo se aman" es el mejor gancho para evangelizar y para llegar al Corazón de Dios. No se trata de andar preocupados por caer bien a la gente, como nos pasa a todos a veces. No. Eso no es lo importante. Por eso, cuando predico le digo a la gente que yo no he venido aquí a hacer amigos, sino a que ellos se hagan amigos de Dios.

- Usted está en el Amazonas, y tras el reciente sínodo y el debate en torno al celibato y a la posible ordenación de hombres casados, ¿qué opinión tiene usted con la perspectiva además de estar en esta zona ejerciendo su ministerio?

- En mi opinión, la falta de vocaciones no se resuelve ordenando hombres casados, sino amando al Señor con toda el alma y dejándose amar por Él. De ahí es donde surgen las vocaciones porque es Dios el que elige y llama a sus sacerdotes.

El celibato es un regalo inmenso de Dios, una manera de amar y vivir en una comunión de corazones que crece de día en día. Es un diálogo de amor permanente, amor que es imposible encontrar en este mundo ni comparar con otros amores. Es un amor pleno, que llena la sed que el hombre tiene de Dios. Es estar desposado para siempre con Cristo, en este mundo y para toda la eternidad.

Vivir el celibato en la selva del Amazonas, en un clima extremo, donde las familias no disponen de ingresos suficientes para cubrir sus necesidades básicas, es salir al encuentro del más necesitado, abriendo el corazón enamorado, mostrando al Señor y cantando su misericordia, agradecidos por su predilección.

El hermoso don del celibato llena y da sentido a la existencia. Don Rafael Escudero López Brea, Padre Sinodal en el Sínodo de la Amazonía, explica muy bien el tema del celibato y la ordenación de hombres casados, con las implicaciones que eso tendría: "Un desafío importante de la evangelización en la Amazonia es la carencia de sacerdotes que puedan atender las comunidades católicas. La solución que propone el Instrumentum Laboris es la de estudiar la posibilidad de ordenar varones ancianos casados, concediéndoles sólo la tarea de administrar los sacramentos, pero no dice nada de la tarea de enseñar y gobernar. En consecuencia, se hace una separación entre el munus sanctificandi, el munus regendi y el munus docendi. De esta manera se introduce una novedad en el plano eclesiológico, en la estructura jerárquica-sacramental que la Iglesia tiene por mandato divino. Se propone una nueva visión del Orden que no procede de la Revelación, sino de los usos culturales de los pueblos amazónicos que prevén, entre otros, “una autoridad por rotación” (IL 127), y se invita a reconsiderar la obligatoriedad del celibato. Los hombres ancianos casados ordenados supondrían una especie de sacerdocio de segunda categoría y se reduciría la identidad del sacerdote católico a una mera funcionalidad sacramental. El sacerdote, de ser pastor de la comunidad, fuente de consejo, maestro de vida cristiana, presencia cercana de Cristo, pasaría a ser un mero funcionario de Misa".

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Nuestra gente, la gente del Amazonas, merece sacerdotes de "primera división", no funcionarios de sacramentos. La dureza del día a día en la selva del Amazonas necesita un amor que te lleva a dar a todo y no espera ser amado, un amor que nada quiere ni desea.

Es importante puntualizar algo: el celibato no afecta al sacramento del Orden. Perfectamente podría ser válida la ordenación sacerdotal de un casado, pero el celibato contiene una riqueza impresionante. No digo que sea más excelso que el matrimonio, sino diferente. Es un desposorio con el Señor. Yo no me puedo enamorar de otra persona, porque está Jesús ahí y Jesús lo quiere todo. Y yo se lo quiero dar todo. Y si en algún momento alguien se cruza en mi camino, lo aparto, porque no deseo tener otro amor. Desde mi absoluta libertad, y desde mi absoluta entrega de la voluntad, le dije a Jesús: "Señor, quiero ser totalmente tuyo y solamente para ti".

- Otro de los debates que se generó en torno al sínodo fue el de la “Pachamama”. ¿Qué nos puede decir sobre esta polémica desde su propia experiencia en esta zona?

-"Pachamama" (Madre Tierra) o "Mama Pacha" es una diosa totémica de los incas que representa a la Tierra. Se le brindaban presentes en las ceremonias agrícolas y ganaderas en el mundo andino. Llevo casi diez años en dos lugares de la Selva del Amazonas, en Región de Madre de Dios y en la Región de San Martín. La primera vez que vi la estatuilla de la Pachamama fue en las imágenes que nos llegaban del Sínodo de la Amazonía.

La idolatría es abominable. Los católicos de la Amazonía se han sentido muy ofendidos. Nada tiene que ver con la realidad. Tampoco he visto aquí otro tipo de ídolos. Solo puedo decir que lloré de pena al ver ídolos encima de los restos de San Pedro y San Pablo... Hay mucho que reparar.

- ¿Cómo va su Hogar Nazaret?

Dios tiene prisa, demasiada prisa, en bajar a los niños de la cruz. El dolor de los niños crucificados es el suyo. En muy poco tiempo se han ido creando seis hogares diferentes que a la vez se complementan:

1. Hogar Nazaret del Corazón Inmaculado de María

-Está constituido por dos Hogares, uno para niños y otro para adolescentes varones, en el Barrio la Primavera, frente al canal de regantes, en el centro poblado menor Cristino García Carhuapoma. La construcción de esos dos hogares está totalmente terminada. Los niños y adolescentes del Hogar son varones en situación de extrema pobreza material o moral, elegidos entre las 2300 comunidades por los sacerdotes, religiosas y animadores de la Prelatura de Moyobamba, procedentes de caseríos muy alejados de la Región de San Martín.

 

 

2. Escuela de Fútbol Hogar Nazaret

Forma parte de la Federación Peruana de Fútbol, en convenio con la Fundación del Real Madrid, para 234 niños del centro poblado menor Cristino García Carhuapoma. Atiende todas las necesidades básicas de los niños que pertenecen a la Escuela de Fútbol Hogar Nazaret.

3. Hogar Nazaret Nuestra Señora del Rocío

Al igual que en el caso de los varones, hay dos Hogares, uno para niñas y otro para chicas adolescentes, en el Tercer Piso de Bellavista.

 4. Hogar de niños por nacer

Para atender a las jóvenes embarazadas, en un pequeño consultorio médico en Jr Ayacucho, en la entrada de la ciudad de Bellavista, Carretera de San Pablo. Algunas de esas jóvenes, después de un tiempo, se quedan en el Hogar Nuestra Señora del Rocío; otras se quedan como voluntarias; a otras se les busca alojamiento en casas alquiladas. Cada caso es diferente.

Muchas de ellas llegan con ideas de suicidio. Algunas quieren "que se las trague la tierra", se plantean abortar, etc. Después de un tiempo, ese bebé que era una amenaza para su futuro se convierte en el gran regalo que Dios les da para ser felices. Esas jóvenes tienen a sus bebés y nosotros trabajamos a la vez con su familia. Cuando lo desean, cuando ya han sanado sus heridas, dejan el Hogar Nazaret.

Precisamente estos días los sacerdotes, religiosas y animadores han estado buscando los casos más extremos de niños a los que se les ha robado su infancia. Esos niños se sumarán a los ochenta y cuatro que ya forman parte de esta familia sobrenatural. Eso implica muchísimo trabajo y, por supuesto, muchos problemas, pero es Dios quien los trae a su propia casa, con su Madre. Es su sueño, el sueño de Dios. Cada día tengo más la convicción de que no tengo nada que ver con esto. Dios va haciendo todo, hasta el último detalle.

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El Padre Doñoro, cuando era capellán en misiones internacionales

Es muy duro estar aquí, eso no lo voy a negar. Los niños del Hogar Nazaret están crucificados con Cristo y estar con ellos es ver cómo la sangre de Cristo te está cayendo en la cara. A la vez, es la historia de la victoria del Reino de los Cielos, porque Él es quien tiene poder para sacarlos adelante, para salvarlos y sanar sus heridas.

- Viendo los proyectos en los que se embarca con estos niños, ¿no es usted un loco de la providencia?

- Quizá sí, no lo sé. Es posible que esté loco de amor. Hace poco me preguntaba un amigo sacerdote cómo podía aguantar estas historias tan duras y le dije que la única respuesta, muy sencilla, es que yo no soy un superhombre, pero tengo un secreto: el secreto de mi vida es que puedo traer todos los días a Jesús a la tierra, y además puedo comérmelo, y ya no soy yo, sino que es Cristo el que está viviendo en mí. Eso me da la fuerza y el coraje necesarios. Cada día, en la Santa Misa, es Cristo el que presenta al Padre su Hogar Nazaret.

Si quieres ayudar al padre Doñoro y a su Hogar Nazaret puede hacerlo AQUÍ.

 

Hay tanto que decir…

Blanca Sevilla

En este mundo, al que resulta muy difícil calificar de manera original entre tantos apelativos que ya tiene, todos llevamos dentro la enorme necesidad de que nos escuchen.

Soledad creativa

 

Por supuesto, la soledad creativa, esa oportunidad privilegiada de imaginar, de crear, de conocernos y de respondernos, constituye una parte de la vida.

Pero todo ese cúmulo de experiencias busca otras intimidades, afinidad de espíritu y de convicciones, para constituir un tesoro que se llama solidaridad.

Por eso es tan difícil encontrar un ala cariñosa y comprensiva que nos dé su tiempo, su silencio, su raciocinio y su madurez.

En medio del ruido, de las ansias materialistas, de los conflictos económicos, de los agobios laborales y de los compromisos, ¿quién va a tomarse la molestia de escucharse en el silencio de su propio yo, en una noche sin sueño?

Menos aún hay quien quiera escuchar a los demás. Si no están llenas las soledades, ¿qué es lo que se puede compartir?

Aprender a oír, con todas sus consecuencias, es un proceso largo. Las palabras salen fácilmente cuando se trata de que otros conozcan nuestras experiencias, nuestras frustraciones, nuestros logros.

Los oídos y el entendimiento olvidan su tarea cuando quien habla es el de enfrente. Hay tanto qué decir…

El hombre, ya lo dijeron muchos filósofos, no puede vivir solo. No hay mayor desgracia que la soledad en compañía, porque quienes nos rodean y nosotros mismos estamos sordos, aunque no mudos cuando llega el tiempo de proferir superficialidades.

 

 

Así son los hombres: 13 puntos que te ayudarán a entender a tu marido

LaFamilia.info - 20.01.2020

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<p>Descripción generada automáticamenteFoto: Freepik

 

Sí, mujeres, los hombres son simples y prácticos, por eso, aunque resulte difícil, no hay que montar videos. A veces que las mujeres quisiéramos que nuestros maridos se comportaran de cierta manera, que fueran más empáticos o que nos escucharan como lo hacen nuestras amigas. Pero la verdad es que esto es pedirle "peras al olmo", pues su naturaleza masculina tiene unas características diferentes a la femenina. 

 

Así que este manifiesto masculino además de sacarte unas cuantas risas, te ayudará a entender mejor a tu marido:  

 

1. Las indirectas sutiles no funcionan. Las indirectas directas tampoco. Las indirectas muy obvias menos. Si quieres algo, solo pídelo.

 

2. Si te pido que me pases el pan solo quiero decir eso. No te estoy reprochando que no esté puesto. No hay segundas intenciones ni retorcimientos.

 

3. Acude a mí con un problema solo si quieres ayuda para resolverlo. No me pidas empatía como si fuera una de tus amigas.

 

4. Repuestas sencillas como un sí o no, son perfectamente aceptables para cualquier pregunta.

 

5. A veces no estoy pensando en ti y no me preguntes en qué estoy pensando, a menos que quieras hablar de temas como política, economía, fútbol o carros deportivos.

 

6. Cuando tengamos que ir a alguna parte, absolutamente cualquier cosa que te pongas está bien. De verdad.

 

7. Si algo que dije se puede interpretar de dos formas distintas, y una de ellas hace que te entristezcas o te enojes, mi intención era decir la otra.

 

8. Si piensas que estás gorda, muy probablemente sea cierto. No preguntes. Me negaré a responder.

 

9. La mayoría de los hombres tenemos tres pares de zapatos. ¿Qué te hace pensar que sirvo para decidir cuál par de los 30 que tienes te va mejor?.

 

10. No preguntes ¿me quieres? Ten la seguridad de que si no te quisiera no estaría contigo.

 

11. Si te pregunto si pasa algo malo y tu respuesta es “nada”, te creeré y reaccionaré como si nada malo pasara.

 

12. Regla genérica, ante cualquier duda sobre nosotros, piensa lo más sencillo. No le des tantas vueltas. Somos simples.

 

13. Ir de compras no es divertido, y no, nunca voy a considerarlo de esa manera.

 

 

La contemplación en la vida diaria

La contemplación en la vida diaria es algo mucho más fácil y natural de lo que se imagina, incluso para el hombre más disipado: él contempla continua y activamente.

Coracero imperial Napoleón​Un coracero del tiempo de Napoleón

La contemplación es algo mucho más fácil y natural de lo que se imagina.

Es cierto que el hombre, incluso el más disipado, contempla activamente. Para darnos cuenta de esto, bastará que aclaremos qué es concretamente en la vida terrena y en el plano natural una contemplación.

¿Qué es la contemplación?

Contenidos

¿Qué hace un hombre cuando se detiene en el camino para ver pasar un desfile militar o una procesión religiosa, para considerar un edificio o un panorama, para observar una escena particularmente grave o pintoresca de la vida cotidiana, para asistir a una obra de teatro? Contempla, esto es, fija la atención sobre determinado objeto, toma conocimiento de lo que en él hay de verdadero o de falso, de bueno o de malo; acepta, consiente, como que asimila en su alma la verdad y el bien; experimenta una disonancia, rechaza, opera una especie de depuración en sí mismo de lo malo que la cosa pueda haberle comunicado.

La contemplación de una hermosa vista en la cordillera

Viendo a seres relativos y contingentes, que tienen en sí el reflejo del Ser Absoluto, el hombre, por los canales de los sentidos, considera en los seres contingentes algo que existe absolutamente en Dios; como que se apropia de ese bien y, en el propio acto en que los considera, se identifica con este bien. En suma, hace un acto característicamente contemplativo, a pesar de estar marcado por las condiciones inseparables de esta vida terrena.

La elevación hacia Dios

Desgraciadamente, muchos hombres al realizar tales actos de contemplación, no se elevan en modo alguno hasta Dios, y se detienen en la fruición egoísta y circunscrita del ser relativo que tienen delante de sí.

 

El hombre contemplativo

 

Muchas veces su conocimiento es vicioso, y da acogida al error y no a la verdad; la contemplación los lleva a asimilar el mal y no el bien. Es que, evidentemente, así como hay contemplaciones buenas, hay también contemplaciones malas. Son los triunfos del mundo, del demonio y de la carne. No obstante todo esto, la acción que realizan es esencialmente contemplativa. A pesar de que pueda ser meramente natural, y esto constituye una afirmación de que hay en el hombre una vivaz veta de contemplación.

La antítesis de la contemplación

La Conciergerie es un palacio que pueden contemplar a diario los franceses​La Conciergerie en París fue residencia de los reyes de Francia entre los siglos X a XIV. Terminó convertido en prisión del Estado en 1392. En ella, la Reina María Antonieta fue encerrada antes de ser guillotinada.

Esa contemplación trae necesariamente como consecuencia la alabanza o su antítesis, que es la blasfemia: en la Tierra, como en el Cielo, como en el infierno, el hombre es como dijimos exclamativo, es decir, propenso a comunicar lo que lleva en el alma. Y esto conduce al servicio, pues el hombre sirve naturalmente a aquello que ama: la Ciudad de Dios o la Ciudad del Demonio, la verdad o el error, el bien o el mal.

Y es de esta manera que el alma humana realiza desde esta Tierra, para su salvación o para su condenación, las grandes operaciones que será llevada a realizar por toda la eternidad. Claro está que la contemplación, en la medida en que es hecha a la luz de la Fe, es una operación animada por la gracia.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

¿Sabemos usar el móvil? Mensaje familiar de Vodafone

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¡He vuelto al blog! Después de una ausencia de diez meses, he recapacitado y he decidido continuar esta iniciativa que lleva ya 550 post en algo más de diez años.

Para regresar, he escogido una campaña emotiva –un auténtico storytelling, lleno de encanto y de valores– con la que Vodafone quiso felicitarnos la Navidad. Se titula #TiempoDeUso.

Es frecuente oír la queja de que pasamos mucho tiempo con el móvil en las manos, mirando a la pantalla y descuidando el trato personal con los demás. Y es verdad que muchas veces el móvil se utiliza así, de forma abusiva y despersonalizada. Pero ese mensaje tan reiterado como negativo puede esconder algunos aspectos verdaderamente hermosos. Porque, ¿y si en realidad estar tanto tiempo con nuestro smartphone no fuera tan terrible como dicen?

Vodafone ha querido tomar este tema como hilo conductor de su campaña, subrayando que el móvil se ha convertido en una útil herramienta para mantener el contacto con los seres queridos que viven lejos, a los que no podemos ver de forma diaria. Según el estudio “Tiempo de Uso del móvil en España” de Conecta Research & Consulting para Vodafone, los españoles recurrimos al móvil de forma habitual para estar en contacto con la familia y amigos, convirtiendo a este dispositivo en el preferido para hablar con ellos. Según este informe, el 70% del tiempo que usamos el móvil lo pasamos con nuestros seres queridos, y el 87% de los encuestados afirman que el móvil es el único modo para mantener la relación con los familiares alejados.

"Es importante relativizar el discurso ciberpesimista –señala José Manuel Robles, sociólogo experto en la sociedad de la información–. La telefonía móvil y las redes sociales son tecnologías que ayudan a adaptarse a contextos sociales nuevos, como la deslocalización (ya no vivimos donde nacimos, y nuestros seres queridos y amigos no siempre están cerca de nosotros). De ahí que la telefonía móvil se utilice en mayor media para la comunicación rutinaria con las personas a las que no podemos ver tanto como desearíamos".

Este anuncio, creado por la agencia Sra Rushmore, realizado por Gabe Ibáñez y producido por Garlic, puede hacernos pensar. El problema no está en los dispositivos, sino en el uso que hacemos de ellos. Por eso, ¿y si fuéramos capaces de educar a nuestros hijos –y a nosotros mismos– en el uso positivo y altruista del móvil? ¿Y si en vez de utilizarlo para el ocio o el pasatiempo lo utilizáramos para comunicarnos, para aportar vida a quienes queremos?

¡Ah! Ciertamente, si hiciéramos eso el mundo entero cambiaría. ¡Bienvenidos de nuevo al blog! Como siempre, agradeceré vuestros comentarios y vuestras experiencias.

 

 

 

 

El miedo de traer hijos al mundo

Raúl Espinoza

Cuando se trastorna seriamente el crecimiento poblacional y a los ciudadanos se les siembra un “terror a tener hijos”, entonces sobrevienen serios desórdenes que hoy observamos.

Estamos viviendo una época en que la familia –como institución– se encuentra sufriendo duros embates. Se tiende a ridiculizar, en ciertos ambientes, que el matrimonio es la unión de un hombre con una mujer en orden a procrear hijos y formar una familia estable.

Otras veces se pone en tela de juicio la indisolubilidad del vínculo y que esa unión de los cónyuges es para toda la vida.

En repetidas ocasiones y a lo largo de la historia, los gobiernos socialistas o comunistas sostienen la absurda idea de que los hijos de una familia les pertenecen al Estado y no a sus padres, como está ocurriendo actualmente en España.

A principios de 1970, el candidato a la Presidencia de la República por el PRI, Luis Echeverría Álvarez afirmaba que “Gobernar es poblar”. Tiempo después lanzó la campaña con el eslogan de que “La familia pequeña vive mejor” y autorizó que en las comunidades indígenas se esterilizaran tanto a mujeres (mediante la ligadura de trompas) o a los hombres (mediante la vasectomía) sin pedirles su consentimiento.

Fue un brutal abuso a la dignidad y a los derechos humanos de estas comunidades. También se lanzaron campañas de reducción de la natalidad al precio que fuera, como la difusión masiva de preservativos, el colocar dispositivos intrauterinos sin previo aviso a los esposos, a la menor dificultad –según lo decidían arbitrariamente algunos médicos– extirpar la matriz, provocar abortos, etc.

Los siguientes presidentes de este partido continuaron con estas funestas medidas al punto que el índice de la natalidad se ha visto reducida en forma considerable de 50 años a la fecha. Los sociólogos sostienen que a mediados de este siglo en México habrá mayoría de personas de la tercera edad, como ya está ocurriendo en Suecia, Dinamarca, Holanda, Inglaterra, Francia, Canadá… sin que haya relevos generacionales para los diversos trabajos.

Decía la ilustre filósofa y escritora mexicana, dra. Emma Godoy: “Dios perdona siempre, los hombres algunas veces, pero la naturaleza no perdona nunca”. Es decir, cuando se trastorna seriamente el crecimiento poblacional y a los ciudadanos se les siembra un “terror a tener hijos”, entonces sobrevienen estos serios desórdenes que hoy observamos.

El célebre músico y poeta, Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura en 2016, escribió en su melodía “Señores de la Guerra”: “Ustedes han sembrado el peor de los miedos / que jamás se haya lanzado; / el miedo a traer niños al mundo. / Han amenazado a mi bebé, / cuando todavía no ha nacido / y ni siquiera tiene un nombre. / Y es porque ustedes no valoran / la sangre que corre por sus venas”.

El intelectual Antonio Socci, en su libro titulado El genocidio censurado, afirma que esta oleada de legalizaciones del aborto en muchos países del planeta, se ha convertido en el mayor genocidio de los siglos XX y XXI.

Ninguna guerra mundial –por sangrienta que haya sido– ha arrojado la escalofriante cifra de más de mil millones de víctimas inocentes abortadas como saldo de este genocidio.

Sin duda, se trata de la peor de las barbaries de nuestra civilización. Precisamente ahora en que se tiene tanta sensibilidad por el adecuado equilibrio en el ecosistema, por preservar animales en extinción; salvar ballenas, delfines, tortugas; cuidar los manglares y corales, etc. es justo ahora cuando se mira con enorme desprecio e indiferencia el valor de la vida humana.

Es innegable que diversos organismos internacionales aportan bastante dinero y presionan constantemente para que en los países denominados del “Tercer Mundo” o “subdesarrollados” se imponga esta “Cultura de la muerte”.

Me impacto mucho una entrevista que les hicieron a un par de jovencitas mexicanas al salir de una preparatoria pública, sobre si estaban de acuerdo o no con el aborto, una contestó que ya había abortado una vez, y la otra, respondió con displicencia que en dos ocasiones lo había hecho y que no sentía remordimiento alguno por haberlo realizado. Y todavía añadió que estaría dispuesta a tener un tercer aborto.

Pienso que esto es precisamente el trasfondo de lo que pretenden estos organismos internacionales: destruir la moral ciudadana al extremo que una chica pierda la conciencia del bien y del mal y le dé exactamente lo mismo asesinar a una criatura inocente en su vientre o practicar el infanticidio (es decir, dejarla morir al nacer).

Por ello, resulta urgente que los ciudadanos tengan un papel más protagónico en la sociedad y pongan los medios necesarios a su alcance para evitar que se continúe con este nuevo holocausto.

 

 

Una profanación de Dios

Recuerdo que el Papa Francisco dedicó la homilía de su primera Misa del año a la mujer, a la luz de la gran figura de María, la madre de Jesús. Para los creyentes, muy especialmente para los cristianos, toda violencia contra la mujer debe ser vista como una profanación de Dios. También afirmó el Papa que es propio de la mujer tomarse la vida en serio, entender que el significado de la vida no es continuar produciendo cosas, sino tomar en serio las que ya están. De ellas debemos aprender a mirar con el corazón, para “ver en profundidad” a la persona más allá de sus errores, al hermano más allá de sus fragilidades, la esperanza en medio de las dificultades; para ver a Dios en todo.

Jaume Catalán Díaz

 

La epidemia del siglo

Pienso que la adicción más grave en nuestra sociedad, con consecuencias que, de solo pensarlo, estremece a cualquier persona, es la pornografía, que no solo no se ataca de modo decisivo si no que se promueve con total libertad en cantidad de medios. Sumamente asequible. No es necesario tener ninguna capacidad especial para buscar en la red, lo encuentras a la mínima de cambio, al segundo o tercer clic tienes toda la porquería a tu alcance.

Y es una enfermedad con unas consecuencias que casi nadie se atreve a denunciar con claridad. El daño que se hace a los jóvenes y no tan jóvenes, a los hombres y también, aunque por hoy en menor número, a las mujeres, es aterrador. El principal problema que tenemos con esta extensísima plaga es que, el que la sufre, normalmente no se lo cuenta más que a los amigos cercanos, metidos en el mismo problema. Hay muy poca gente que salga de este grave problema con salud mental y valentía para contarlo.

La pornografía destroza a la persona por dentro. El exceso de dopamina lleva a situaciones verdaderamente crueles. La droga la tienes que comprar, y aunque te la regalen, no tiene el efecto destructivo que tiene la adicción al sexo desordenado y enfermizo. Una persona que sale de la drogadicción es más fácil que lo diga, no tiene esa vergüenza terrible que se apodera del destrozado por la pornografía.

Enric Barrull Casals

 

 

Enganchados a la pornografía

Sin ninguna dificultad, desde la juventud, algunos desde la niñez, gracias a la imprudencia de los padres -quizá también moralmente indiferentes- que les dan un móvil con conexión a la red, o les regalan un portátil a la mínima de cambio, muchos chicos están destrozados. Son totalmente incapaces de entender lo que es el amor. Cuando ven a una mujer solo ven sexo. Esto no es una exageración. Algunos, con datos, opinan que puede haber un 80% de jóvenes inmersos en este vicio.

Un joven con esta lacra es incapaz de formar una familia, porque no sabe lo que es amar. Puede casarse y su matrimonio durará lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Siendo esto así, una epidemia terrible, ¿cómo es posible que no haya nadie, ningún poder público, ninguna organización importante, que lo denuncie, que proponga medios, que dé una batalla? Respuesta: porque la pornografía produce unas cantidades ingentes de dinero. ¿Por qué nadie habla claramente del dinero que se genera?

Hay datos de sobra para afirmar que la mayoría de los abusos sexuales a menores, maltratos a mujeres, etc., provienen de hombres que están totalmente destrozados por la pornografía. Y cuidado que ya no son solo hombres, también hay muchas mujeres que están enganchadas a esta tremenda enfermedad.

Jesús Martínez Madrid

 

 

España: Pasado, presente… y futuro 

 

            ¡Se encienden las luces de Navidad en España! Sí, y un mes antes que llegue tan, “absurdo festejo religioso” (“que de religioso tiene lo que yo de chamán de Nueva Guinea”); pero dónde los que dicen gobernar los arruinados municipios de España (Jaén que es el mío, no tiene ni para reponer las baldosas rotas de las aceras y sin embargo anuncia que este año será el más rimbombante en luminosidad navideña)… derrochan abusivamente lo que no tienen, a costa de endeudar mucho más a sus indefensos gobernados, que bobalicones en mayoría, muchos de ellos, dejarán caer la baba, prendados por esas luces de bengala, que no aportan nada.

            Lo mismo hace el Estado central, anunciando “a bombo y platillo”; esa “barbaridad” denominada, Lotería de Navidad; en la que espera recaudar una infinidad de impuestos indirectos, puesto que para ello fue inventada esa lotería (y todas las demás), la que igualmente mantendrá “su encanto de luces de bengala”, puesto que alguno “pillará un premio muy alto”; y que servirá como veneno para seguir manteniendo ese “fuego fatuo”, cuál es la las loterías; que dicho sea de paso, son tan abundantes en España, que ya han ocasionado una gran plaga, cuál es la Ludopatía; y la que sufren, los idiotas que creyeron que solucionarían sus problemas económicos, jugando a “los mil juegos de azar que mantienen y fomentan los propios gobiernos, puesto que como arriba digo, son vehículos enormes  para recaudar impuestos, que luego malgastan los que no sabiendo gobernar, los emplean de la forma que los emplean”.

            En esta “juerga anual”, se desarrolla, “la otra juerga política y que en España marcha desastre tras desastre, mientras nos presentan una menestra de políticos inútiles, que siempre están haciendo palmas, a no sabemos qué; puesto que España, está más para llorar que para alegrías algunas”. Y es que “en esa menestra”, sólo vemos individuos que sólo defienden su panza y su bolsillo; su situación de privilegio o luchan por obtenerlo; el resto de españoles, les importamos… “menos que nada, salvo para imponernos y sacarnos impuestos, ya de una envergadura ruinosa para la mayoría de paganos”.

            Y como nada bueno podemos esperar de este “río revuelto o galerna política y destructora”; comentando en un foro algo del triste pasado de España, tropiezo con este episodio y me da a pensar, si no es que estaremos caminando a otro similar y que se sintetiza con aquel ¡Viva Cartagena! Y que en tantas miserias sumergió al pueblo español, que es en definitiva el que pagamos todo… “los grandes bandidos y más grandes delincuentes sociales, siempre tienen abrigo y escapan de las leyes que no existen, puesto que las plagas se renuevan y suceden en España siglos y siglos”.

            El episodio citado dice así: “Ante la decisión de Las Cortes de Madrid de proclamar la República Democrática Federal, la respuesta es inmediata. En Barcelona, la Diputación declara la República Independiente de Catalunya; lo mismo hacen de inmediato Málaga, Cádiz, Sevilla, Granada, Valencia, Cartagena y otras muchas ciudades. Las repúblicas de Granada y Jaén se declaran la guerra. Por otra parte, un regimiento amotinado da muerte en Catalunya a su coronel, y los carlistas aprovechan el desaguisado para imprimir mayor actividad a su guerra”.

             ESTA ERA LA ESPAÑA DE 1873, POR TANTO, LA HISTORIA PUEDE REPETIRSE; TAMBIÉN LOS RÍOS DE SANGRE DERRAMADA: Tomen nota de lo que puede ocurrir, aquellos que de verdad se sientan españoles y sientan lo que hay que sentir, para de una puñetera vez, “encarrilar a este ingobernable país y el que a pesar de todo, se sigue llamando ESPAÑA”. Amén.

 

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes