Las Noticias de hoy 15 Enero,2022

Enviado por adminideas el Sáb, 15/01/2022 - 12:42

41. CINCO FRASES DEL PAPA FRANCISCO - CIEC

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 15 de enero de 2022       

Indice:

ROME REPORTS

Inmunizar lo más posible a la población y no ceder a las ideologías actuales

El Papa: Los padres que se enfrentan a todos los desafíos por sus hijos son héroes

Francisco: la medida del progreso debe ser la persona y no las ganancias

CONVIVIR CON TODOS : Francisco Fernandez Carbajal

 Meditaciones: sábado de la 1.ª semana del tiempo ordinario

“La corrección fraterna” : San Josemaria

Unidos por el vínculo de la gracia bautismal

Trabajar bien, trabajar por amor (II): Trabajar a conciencia

Las manos de una Madre : Mons. Javier Cremades Sanz-Pastor

La importancia de la vitalidad urbana I : María Beltrán Rodríguez

¿Qué es el Octavario por la Unidad de los Cristianos?

Obediencia inteligente. Cumplir, por amor : José Martínez Colín.

Libertad, filiación divina y secularidad : José Ignacio Murillo

Juan Pablo II, profeta de la Doctrina social de la Iglesia : Giampaolo Crepaldi   

Alimentos preparados con esmero, una receta para la caridad : Nelson Fragelli

Eduquemos en la empatía. ¡Cuidémonos para cuidar a los demás! : Silvia del Valle Márquez

El 2022 seguiremos con la crisis : Pedro García

Más luminosa de lo que nos han contado : Juan García. 

Una sociedad alicaída, temerosa,… : José Morales Martín

El poder, la gloria, la fama: todo desaparece : Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

 

 

Inmunizar lo más posible a la población y no ceder a las ideologías actuales

En su audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Papa Francisco se detuvo en las consecuencias sanitarias, económicas y sociales de la pandemia. Insistió en la cura necesaria para afrontar el problema. Hizo un llamamiento contra las guerras y en favor de los migrantes, que no son “mercancías con las que se puede comerciar”. Del pensamiento único afirmó que no se deben “borrar las diversidadades para ser inclusivos". E insistió en "esclarecer los abusos"

 

Vatican News

El Papa Francisco celebró el esperado encuentro anual con los miembros del Cuerpo diplomático ante la Santa Sede, para el tradicional intercambio de felicitaciones al inicio del nuevo año. En su amplio discurso – tras recordar que acaba de concluir el tiempo litúrgico de Navidad, que se caracteriza por ser un período “privilegiado para cultivar las relaciones familiares” – el Pontífice afirmó que deseaba continuar hoy con el mismo espíritu, en este encuentro que los vio reunidos “como una gran familia, que se encuentra y dialoga”. Además, destacó que el “objetivo de la diplomacia” es “ayudar a dejar a un lado los desacuerdos de la convivencia humana, favorecer la concordia y experimentar cómo, cuando superamos las arenas movedizas de los conflictos, podemos redescubrir el sentido de la profunda unidad de la realidad”.

Luces y sombras de nuestro tiempo

El Santo Padre agradeció la presencia de los embajadores en este “encuentro de familia”, que representa una “ocasión propicia” – dijo – para formularse recíprocamente sus mejores deseos para el año nuevo y para considerar juntos las luces y sombras de nuestro tiempo. Francisco tomó la palabra después de la introducción del Decano, George Poulides, Embajador de Chipre, a quien Su Santidad le agradeció sus palabras en nombre de todo el Cuerpo diplomático.

Lucha contra la pandemia

Destacó asimismo que, a través de ellos, deseaba hacer llegar su saludo y afecto a los pueblos que representan y recordó que muchos de ellos llegaron de otras capitales para unirse al nutrido grupo de los embajadores residentes en Roma, “al que en breve también se agregará el de la Confederación Suiza”. Dirigiéndose a los “queridos embajadores”, Francisco, afirmó:

“En estos días vemos cómo la lucha contra la pandemia requiere aún un notable esfuerzo por parte de todos y cómo también el nuevo año se presenta desafiante. El coronavirus sigue creando aislamiento social y cosechando víctimas y, entre los que han perdido la vida, quisiera recordar al recientemente fallecido Monseñor Aldo Giordano, Nuncio Apostólico muy conocido y estimado en el seno de la comunidad diplomática”

Tras destacar que se ha podido constatar “que en los lugares donde se ha llevado adelante una campaña de vacunación eficaz, ha disminuido el riesgo de un avance grave de la enfermedad”, el Papa dijo que “es importante que se continúen los esfuerzos para inmunizar a la población lo más que se pueda”. Lo que requiere, prosiguió, “un múltiple compromiso a nivel personal, político y de la comunidad internacional en su conjunto”.

Cura de realidad

Después de afirmar que “todos tenemos la responsabilidad de cuidar de nosotros mismos y de nuestra salud”, y que “el cuidado de la salud constituye una obligación moral”, Francisco lamentó que se constata cada vez más que “vivimos en un mundo de fuertes contrastes ideológicos”.

“Toda afirmación ideológica cercena los vínculos que la razón humana tiene con la realidad objetiva de las cosas. En cambio, la pandemia nos impone una suerte de ‘cura de realidad’, que requiere afrontar el problema y adoptar los remedios adecuados para resolverlo. Las vacunas no son instrumentos mágicos de curación, sino que representan ciertamente, junto con los tratamientos que se están desarrollando, la solución más razonable para la prevención de la enfermedad”

En cuanto a la política el Obispo de Roma dio que “debe comprometerse a buscar el bien de la población por medio de decisiones de prevención e inmunización, que interpelen también a los ciudadanos para que puedan sentirse partícipes y responsables, por medio de una comunicación transparente de las problemáticas y de las medidas idóneas para afrontarlas”. Además, aludió a la “falta de firmeza decisional y de claridad comunicativa” que “genera confusión, crea desconfianza y amenaza la cohesión social, alimentando nuevas tensiones”, de manera que “se instaura un relativismo social que hiere la armonía y la unidad”.   

Después de manifestar la necesidad de “un compromiso global de la comunidad internacional, para que toda la población mundial pueda acceder de la misma manera a los tratamientos médicos esenciales y a las vacunas”, el Santo Padre dijo textualmente:

“En particular, me permito exhortar a los Estados que se están esforzando por establecer un instrumento internacional sobre la preparación y la respuesta a las pandemias, bajo el patrocinio de la Organización Mundial de la Salud, para que adopten una política de desinteresada ayuda mutua, como principio clave para que el acceso a instrumentos diagnósticos, vacunas y fármacos esté garantizado a todos”

“Al mismo tiempo, sería conveniente – añadió el Papa – que instituciones como la Organización Mundial del Comercio y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual adecuen sus propios instrumentos jurídicos, para que las reglas monopólicas no constituyan ulteriores obstáculos a la producción y a un acceso organizado y coherente a los tratamientos a nivel mundial”.

Cercanía y oración al Líbano

Al pasar revista de las condiciones mundiales el Pontífice recordó que el año pasado tuvo la oportunidad de recibir a muchos jefes de estado y de gobierno, además de diversas autoridades civiles y religiosas. Y entre aquellos múltiples encuentros, mencionaó la jornada del pasado 1 de julio, dedicada a la reflexión y a la oración por el Líbano.

“Al querido pueblo libanés, azotado por una crisis económica y política difícil de remediar, deseo renovar hoy mi cercanía y mi oración, mientras espero que las reformas necesarias y el apoyo de la comunidad internacional ayuden al país a permanecer firme en su identidad como modelo de coexistencia pacífica y de fraternidad entre las diversas religiones ahí presentes”

Iraq

También recordó sus viajes apostólicos del año recién transcurrido, por lo que manifestó la alegría que le produjo visitar Iraq. Un hecho gracias a la Providencia que representó “un signo de esperanza después de años de guerra y terrorismo”.

“El pueblo iraquí tiene derecho a recuperar la dignidad que le pertenece y a vivir en paz. Sus raíces religiosas y culturales son milenarias: Mesopotamia es cuna de civilización; fue de allí de donde Dios llamó a Abrahán para dar inicio a la historia de la salvación”

Prosiguiendo en su recuerdo, el Papa aludió a su visita a Budapest con motivo de la clausura del Congreso Eucarístico Internacional; y, luego, Eslovaquia, sin olvidar su reciente viaje a Chipre Grecia, y el aspecto conmovedor que representó regresar a la isla de Lesbos, donde constató “la generosidad de quienes trabajan para brindar acogida y ayuda a los migrantes”, y donde vio “los rostros de muchos niños y adultos alojados en los centros de acogida”.

Situación de los migrantes

“En sus ojos – dijo Francisco – está el cansancio del viaje, el miedo a un futuro incierto, el dolor por los propios seres queridos que dejaron atrás y la nostalgia de la patria que se vieron obligados a abandonar”.

“Ante estos rostros no podemos permanecer indiferentes ni quedarnos atrincherados detrás de muros y alambres espinados, con el pretexto de defender la seguridad o un estilo de vida”

Después de agradecer a quienes “se esfuerzan por garantizar acogida y protección a los migrantes, haciéndose cargo también de su promoción humana y de su integración en los países que los han acogido”, el Papa manifestó que es “consciente de las dificultades que algunos estados encuentran frente a flujos ingentes de personas”. Sin embargo, agregó:

“Es necesario vencer la indiferencia y rechazar la idea de que los migrantes sean un problema de los demás. El resultado de semejante planteamiento se ve en la deshumanización misma de los migrantes, concentrados en los centros de registro e identificación – hotspot – donde acaban siendo presa fácil de la delincuencia y de los traficantes de seres humanos, o por intentar desesperados planes de fuga que a veces culminan con la muerte”

Por otra parte, Su Santidad agregó que “es preciso destacar que los mismos migrantes a menudo son transformados en armas de coacción política, en una especie de artículo de negociación, que despoja a las personas de su dignidad”. De ahí que haya querido “renovar” su “gratitud a las autoridades italianas”, gracias a las cuales algunas personas pudieron viajar con él a Roma desde Chipre y Grecia. Algo que Francisco definió como “un gesto sencillo pero significativo” y con su agradecimiento dijo:

“Al pueblo italiano, que sufrió mucho al comienzo de la pandemia, pero que también ha demostrado alentadores signos de recuperación, dirijo mis mejores votos, para que mantenga siempre el espíritu de apertura generosa y solidaria que lo distingue”

Destacando, además, lo importante que es que la Unión Europea “encuentre su cohesión interna en la gestión de las migraciones”, el Papa hizo hincapié en la necesidad de “dar vida a un sistema coherente e integral de gestión de las políticas migratorias y de asilo, de modo que se compartan las responsabilidades en la recepción de migrantes, la revisión de las solicitudes de asilo, la redistribución e integración de cuantos puedan ser acogidos”.

“La capacidad de negociar y encontrar soluciones compartidas es uno de los puntos de fuerza de la Unión Europea y constituye un modelo válido para afrontar con visión los retos globales que nos esperan”

Nadie se puede salvar por sí mismo

De las migraciones, el Papa recordó que “no conciernen sólo a Europa”, que se ve afectada por los flujos provenientes de África y Asia, puesto que en estos años se ha asistido “al éxodo de los prófugos sirios, al que se han agregado en los últimos meses los que huyeron de Afganistán”, sin olvidar “los éxodos masivos que afectan al continente americano y que crean presión en la frontera entre México y Estados Unidos de América”. Recordó, además, que “muchos de esos migrantes son haitianos que huyen de las tragedias que han golpeado su país en estos años”.

“La cuestión migratoria, como también la pandemia y el cambio climático, muestran claramente que nadie se puede salvar por sí mismo, es decir, que los grandes desafíos de nuestro tiempo son todos globales. Por eso, es preocupante constatar que, frente a una mayor interconexión de los problemas, vaya creciendo una mayor fragmentación de las soluciones”

Recuperar el sentido de la familia humana

Mientras al destacar cierta “falta de voluntad de querer abrir ventanas de diálogo y señales de fraternidad”, lo que “termina por alimentar más tensiones y divisiones”, además de “una sensación generalizada de incertidumbre e inestabilidad”, Francisco afirmó que hay que “recuperar el sentido de nuestra común identidad como única familia humana”.

Crisis de confianza de la diplomacia multilateral

En su visión general del planeta el Papa no dudó en afirmar que “la diplomacia multilateral atraviesa una crisis de confianza, debida a una reducida credibilidad de los sistemas sociales, gubernamentales e intergubernamentales”. Algo que “genera una falta de aprecio hacia los organismos internacionales por parte de muchos estados y debilita el sistema multilateral en su conjunto, reduciendo cada vez más su capacidad para afrontar los desafíos globales”.

Colonización ideológica

Un “déficit de eficacia de muchas organizaciones internacionales” que obedece también “a las diferentes visiones” de sus miembros y de “los fines” que se “deberían alcanzar”. Después de destacar que “el centro de interés” suele haberse “trasladado a temáticas que por su naturaleza provocan divisiones y no están estrechamente relacionadas con el fin de la organización, dando como resultado agendas cada vez más dictadas por un pensamiento que reniega los fundamentos naturales de la humanidad y las raíces culturales que constituyen la identidad de muchos pueblos”, el Papa agregó:

“Como tuve oportunidad de afirmar en otras ocasiones, considero que se trata de una forma de colonización ideológica, que no deja espacio a la libertad de expresión y que hoy asume cada vez más la forma de esa cultura de la cancelación, que invade muchos ámbitos e instituciones públicas”

Hermenéutica de la época

El Papa aludió asimismo al “riesgo de acallar las posiciones que defienden una idea respetuosa y equilibrada de las diferentes sensibilidades” mientras “se está elaborando un pensamiento único – peligroso – obligado a renegar la historia o, peor aún, a reescribirla en base a categorías contemporáneas”, cuando “toda situación histórica debe interpretarse según la hermenéutica de la época, no la hermenéutica de hoy”.

“Por eso, la diplomacia multilateral está llamada a ser verdaderamente inclusiva, no suprimiendo sino valorando las diversidades y las sensibilidades históricas que distinguen a los distintos pueblos”

Valores permanentes

El Pontífice dijo también que nunca hay que olvidar los “hermenéutica de la época”. Por esta razón destacó “el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, y el derecho a la libertad religiosa”.

En cuanto al “cuidado de nuestra casa común, que está sufriendo a causa de una continua e indiscriminada explotación de los recursos”, el Pontífice dirigió su pensamiento a Filipinas y otras naciones del Pacífico, “vulnerables por los efectos negativos del cambio climático”. Por eso manifestó que se “debe impulsar a la comunidad internacional en su conjunto” para que encuentre “soluciones comunes” que se pongan práctica.

Soluciones comunes

El Santo Padre recordó la reciente COP26 de Glasgow, en la que “se dieron algunos pasos que van en la correcta dirección, aunque más bien débiles respecto a la consistencia del problema a afrontar”. De ahí su afirmación:

“El camino para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París es complejo y parece todavía largo, mientras el tiempo a disposición es cada vez menos. Todavía hay mucho que hacer, y por consiguiente el 2022 será otro año fundamental para verificar cuánto y cómo, lo que se decidió en Glasgow, pueda y deba ser reforzado posteriormente, en consideración a la COP27, prevista para el próximo mes de noviembre en Egipto”

Diálogo y fraternidad

En este amplio discurso el Pontífice también planteó a los embajadores la cuestión del “diálogo y la fraternidad: como “dos frentes esenciales para superar las crisis del momento actual”.

“Sin embargo, «a pesar de los numerosos esfuerzos encaminados a un diálogo constructivo entre las naciones, el ruido ensordecedor de las guerras y los conflictos se amplifica», y toda la comunidad internacional debe interrogarse sobre la urgencia de encontrar soluciones a los interminables conflictos, que a veces adoptan la forma de verdaderas guerras subsidiarias”

Tragedias humanas causadas por las guerras

Por eso su pensamiento se dirigió, en primer lugar, a Siria, “donde todavía no hay un horizonte claro para la recuperación del país”, donde su pueblo “sigue llorando a sus muertos y la pérdida de todo, con la esperanza de un futuro mejor”. Recordó asimismo el conflicto en Yemen, que definió como “una tragedia humana que lleva años desarrollándose en silencio”. De la misma manera destacó que “el año pasado no se produjo ningún avance en el proceso de paz entre Israel y Palestina. Y manifestó su deseo de que ambos pueblos reconstruyan la confianza recíproca para vivir “en paz y seguridad, sin odio ni resentimiento, pero curados por el perdón recíproco”.

Francisco no olvidó “las tensiones institucionales en Libia que “son motivo de preocupación”, así como también “los episodios de violencia provocados por el terrorismo internacional en la región del Sahel y los conflictos internos en SudánSudán del Sur y Etiopía, donde es necesario encontrar el camino de la reconciliación y la paz a través de un debate sincero, que ponga las exigencias de la población en primer lugar”. 

Continente americano

Igualmente “las desigualdades profundas, las injusticias y la corrupción endémica, así como las diversas formas de pobreza que ofenden la dignidad de las personas, también siguen alimentando los conflictos sociales en el continente americano – dijo Francisco – donde la polarización cada vez más fuerte no ayuda a resolver los problemas reales y urgentes de los ciudadanos, especialmente de los más pobres y vulnerables”.

Enfrentamientos en tantas regiones

Auspició, además, “confianza mutua” y “voluntad para un debate sereno” “para encontrar soluciones aceptables y duraderas en Ucrania y en el Cáucaso meridional, así como evitar la apertura de nuevas crisis en los Balcanes, sobre todo en Bosnia y Herzegovina”. Mientras el “diálogo” y la “fraternidad” “son más urgentes que nunca para hacer frente, con sabiduría y eficacia, a la crisis que afecta desde hace casi un año a Myanmar, donde las calles que antes eran lugares de encuentro son ahora escenario de enfrentamientos, que no perdonan ni siquiera los lugares de oración”.

Ilusión de las armas

“Evidentemente – prosiguió diciendo el Papa – estos conflictos “se ven facilitados por la abundancia de armas disponibles y la falta de escrúpulos de quienes se encargan de difundirlas”. Y al recordar que solemos tener “la ilusión de que las armas sólo sirven para disuadir a posibles agresores”, añadió que “la historia, y por desgracia también las noticias, nos enseñan que no es así”.

“Quien tiene armas, tarde o temprano acaba usándolas, porque, como decía san Pablo VI, ‘no es posible amar con armas ofensivas en las manos’”

Armas nucleares

Todas estas preocupaciones – dijo el Papa – “se concretan aún más hoy en día por la disponibilidad y el uso de armamentos autónomos, que pueden tener consecuencias terribles e imprevisibles, mientras que deberían estar sujetas a la responsabilidad de la comunidad internacional”. Y en cuanto a las armas nucleares, afirmó “que son motivo de especial preocupación”. Además, recordó que a finales de diciembre pasado “se pospuso de nuevo, por causa de la pandemia, la X Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares, que estaba prevista en Nueva York para estos días”.

“Un mundo sin armas nucleares es posible y necesario. En este sentido, deseo que la comunidad internacional aproveche la oportunidad de dicha conferencia para dar un paso significativo en esta dirección”

Después de asegurar que la “Santa Sede sigue insistiendo en que las armas nucleares son instrumentos inadecuados e inapropiados para responder a las amenazas a la seguridad en el siglo XXI y que su posesión es inmoral”, Francisco puso de manifiesto que “su fabricación desvía recursos a las perspectivas de un desarrollo humano integral y su uso “amenaza la existencia misma de la humanidad”. A la vez que afrimó que “la Santa Sede considera también importante que la reanudación de las negociaciones en Viena sobre el Acuerdo Nuclear con Irán (Joint Comprehensive Plan of Action) pueda alcanzar resultados positivos para garantizar un mundo más seguro y fraterno”.

Tras recordar que, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, destacó los elementos que considera “esenciales para fomentar una cultura del diálogo y la fraternidad”, el Papa dijo que “un lugar especial lo ocupa la educación, a través de la cual se forman las nuevas generaciones, que son la esperanza y el futuro del mundo”.

“El proceso educativo es lento y complicado, a veces puede llevar al desánimo, pero nunca se puede abandonar; es una expresión eminente del diálogo, porque no hay verdadera educación que no sea dialógica en su estructura”

Asimismo, el Pontífice recordó que la Santa Sede “ha subrayado el valor de la educación participando en la Expo Dubái 2021, en los Emiratos Árabes Unidos, con un pabellón inspirado en el tema de la Exposición: ‘Conectando mentes, creando el futuro’”. Afirmó que “la Iglesia Católica siempre ha reconocido y valorado el papel de la educación en el crecimiento espiritual, moral y social de las nuevas generaciones”. Por ello, añadió:

Abusos

“Me resulta aún más doloroso constatar – añadió el Papa – que en diversos ámbitos educativos – parroquias y colegios – se han producido abusos a menores, con graves consecuencias psicológicas y espirituales para las personas que los han sufrido. Son crímenes sobre los que debe haber una firme voluntad de esclarecimiento, examinando los casos individuales para determinar las responsabilidades, hacer justicia a las víctimas y evitar que semejantes atrocidades se repitan en el futuro”.

De la pandemia que “ha impedido que numerosos jóvenes accedan a los centros educativos, en detrimento de su desarrollo personal y social”, el Santo Padre dijo que sin “negar la utilidad de la tecnología y sus productos, que nos permiten conectarnos cada vez más fácil y rápidamente”, deseaba “señalar la urgente necesidad de vigilar para que estos instrumentos no sustituyan las verdaderas relaciones humanas, a nivel interpersonal, familiar, social e internacional”. Puesto que:

“Si se aprende a aislarse desde pequeños, será más difícil en el futuro construir puentes de fraternidad y paz. En un universo donde sólo existe el ‘yo’, difícilmente puede haber lugar para el ‘nosotros’”

Trabajo

Al recordar brevemente la cuestión del trabajo como “factor indispensable para construir y mantener la paz”, dijo que “es expresión de uno mismo y de los propios dones, pero también es compromiso, esfuerzo, colaboración con otros, porque se trabaja siempre con o por alguien”.

“En esta perspectiva marcadamente social, el trabajo es el lugar donde aprendemos a ofrecer nuestra contribución por un mundo más habitable y hermoso”

Con la pandemia que “ha puesto a prueba la economía mundial, con graves repercusiones para las familias y los trabajadores, que están experimentando situaciones de angustia psicológica”, el Pontífice destacó la cuestión económica, que “ha puesto aún más de manifiesto la persistencia de las desigualdades” en los diversos ámbitos, sin olvidar “el acceso al agua potable, la alimentación, la educación y la atención médica”.

“El número de personas que viven en pobreza extrema está aumentando considerablemente. Además, la crisis sanitaria ha llevado a muchos trabajadores a cambiar el tipo de empleo y a veces los ha obligado a entrar en el espacio de la economía sumergida, privándolos también de las medidas de protección social previstas en muchos países”

La cuestión ecológica

Después de destacar que “el trabajo es también ocasión para descubrir la propia dignidad, para ir al encuentro de los demás y crecer como ser humano”, Francisco dijo a los embajadores que “es necesaria una mayor cooperación entre todos los actores a nivel local, nacional, regional y mundial, especialmente en el próximo período, con los desafíos que plantea la deseada reconversión ecológica”.

Planes de paz

Por último, el Papa les dijo que “el profeta Jeremías nos recuerda que Dios tiene para nosotros `planes de paz y no de desgracia, de darnos un futuro y una esperanza’. Por eso –agregó Francisco – no debemos tener miedo de dar cabida a la paz en nuestras vidas, cultivando el diálogo y la fraternidad entre nosotros”.

“La paz es un bien ‘contagioso’, que se propaga desde el corazón de quienes la desean y aspiran a vivirla, alcanzando al mundo entero. A cada uno de ustedes, a sus seres queridos y a sus pueblos les renuevo mi bendición y mi más sincero deseo de un año de serenidad y paz”

Estados que mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede

Cabe destacar que actualmente son 183 los Estados que mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede. A ellos hay que añadir la Unión Europea y la Soberana Orden Militar de Malta. Son 87 las cancillerías de embajada con sede en Roma, incluidas las de la Unión Europea y la Soberana Orden Militar de Malta. Además, también se encuentran en Roma las oficinas de la Liga de los Estados Árabes, la Organización Internacional para las Migraciones y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.   

Durante el año 2021 – el 10 de febrero – se ratificó el Séptimo Acuerdo Adicional entre la Santa Sede y la República de Austria al Convenio para la Regulación de las Relaciones Patrimoniales del 23 de junio de 1960, firmado el 12 de noviembre de 2020. El 26 de noviembre de 2021, la Santa Sede depositó el instrumento de ratificación del Convenio mundial sobre el reconocimiento de las cualificaciones en la educación superior, adoptado por la UNESCO el 25 de noviembre de 2019. Además, el 31 de mayo se formalizó la participación de la Santa Sede en los trabajos de la Organización Mundial de la Salud como Estado observador no miembro.

 

 

El Papa: Los padres que se enfrentan a todos los desafíos por sus hijos son héroes

Entrevista del Papa Francisco con los medios de comunicación del Vaticano sobre la paternidad en tiempos del Covid y el testimonio de San José, ejemplo de fuerza y ternura para los padres de hoy.

Andrea Monda – Alessandro Gisotti

El Año especial sobre San José se concluyó el pasado 8 de diciembre, pero la atención y el amor del Papa Francisco por este Santo no se han concluido, es más, se desarrollan aún más con las catequesis que, desde el pasado 17 de noviembre, se están centrando en la figura del Patrón de la Iglesia universal.

Por nuestra parte, L’Osservatore Romano ha publicado una columna mensual, a lo largo de todo el 2021, y que también ha recogido el portal de Vatican News, sobre la Patris Corde, dedicanto cada número a un capítulo de la Carta Apostólica sobre San José. Esta columna que ha hablado de padres, pero también de hijos y de madres en diálogo ideal con el Esposo de María, ha suscitado en nosotros el deseo de poder confrontarnos con el Papa precisamente sobre el tema de la paternidad en sus diversas facetas, desafíos y complejidades. El resultado es esta entrevista, en la que el Papa Francisco responde a nuestras preguntas mostrando todo su amor por la familia, su proximidad a quien experimenta el sufrimiento y el abrazo de la Iglesia a los padres y a las madres que hoy deben afrontar miles de dificultades para dar un futuro a sus hijos.

Santo Padre, usted ha establecido un Año especial dedicado a San José, ha escrito una carta, la Patris Corde, y está llevando a cabo un ciclo de catequesis dedicadas a su figura. ¿Qué representa San José para usted?

Nunca he escondido la sintonía que siento hacia la figura de San José. Creo que esto viene de mi infancia, de mi formación. Desde siempre he cultivado una devoción especial por San José porque creo que su figura representa, de manera hermosa y especial, lo que debería ser la fe cristiana para cada uno de nosotros. José, de hecho, es un hombre normal y su santidad consiste precisamente en haberse convertido en santo a través de las circunstancias buenas y malas que ha debido vivir y afrontar. No podemos tampoco esconder que a San José lo encontramos en el Evangelio, sobre todo en los relatos de Mateo y de Lucas, como un protagonista importante de los inicios de la historia de la salvación. En efecto, los acontecimientos que rodearon el nacimiento de Jesús fueron acontecimientos difíciles, llenos de obstáculos, de problemas, de persecuciones, de oscuridad y Dios, para ir al encuentro de Su Hijo que nacía e el mundo le coloca al lado a María y a José. Si María es aquella que dio al mundo el Verbo hecho carne, José es aquel que lo defendió, que lo protegió, que lo alimentó, que lo hizo crecer. En él podremos decir que está el hombre de los tiempos difíciles, el hombre concreto, el hombre que sabe asumir la responsabilidad. En este sentido, en San José se unen dos características. Por una parte, su fuerte espiritualidad se traduce en el Evangelio a través de los relatos de los sueños; estos relatos atestiguan la capacidad de José para escuchar a Dios que habla a su corazón. Sólo una persona que reza, que tiene una intensa vida espiritual, puede tener también la capacidad de distinguir la voz de Dios en medio de las muchas voces que nos habitan. Junto a esta característica después hay otra: José es el hombre concreto, es decir, el hombre que afronta los problemas con extrema practicidad, y frente a las dificultades y a los obstáculos, no asume nunca la posición del victimismo. En cambio, se sitúa siempre en la perspectiva de reaccionar, de corresponder, de fiarse de Dios y de encontrar una solución de manera creativa.

¿Esta atención renovada a San José en este momento de prueba tan grande asume un significado particular?

El tiempo que estamos viviendo es un tiempo difícil marcado por la pandemia del coronavirus. Muchas personas sufren, muchas familias están en dificultades, muchas personas se ven asediadas por la angustia de la muerte, de un futuro incierto. He pensado que precisamente en un tiempo tan difícil necesitamos a alguien que pueda animarnos, ayudarnos, inspirarnos, para entender cuál es el modo juntos para saber afrontar estos momentos de oscuridad. José es un testimonio luminoso en tiempos oscuros. He aquí por qué era justo darle espacio en este tiempo para poder volver a encontrar el camino.

Su ministerio petrino inició precisamente el 19 de marzo, día de la fiesta de San José…

He considerado siempre una delicadeza del cielo poder iniciar mi ministerio petrino el 19 de marzo. Creo que, de algún modo, San José me ha querido decir que continuaría ayudándome, estando junto a mí y yo podría continuar pensando en él como un amigo al que dirigirme, al que confiarme, al que pedir que interceda y rece por mí. Pero ciertamente esta relación, que se da por la comunión de los santos, no sólo me está reservada a mí, creo que puede ser de ayuda para muchos. Por eso espero que el año dedicado a San José haya llevado a muchos cristianos a redescubrir el profundo valor de la comunión de los santos, que no es una comunión abstracta, sino una comunión concreta que se expresa en una relación concreta y tiene consecuencias concretas.

En la columna sobre la Patris Corde, organizada por nuestro periódico durante el Año especial dedicado a San José, hemos enlazado la vida del Santo con la de los padres, pero también con la de los hijos de hoy. ¿Qué pueden recibir del diálogo con San José los hijos de hoy, es decir, los padres del mañana?

No se nace padres, pero ciertamente todos nacemos hijos. Esta es la primera cosa que debemos considerar, es decir, cada uno de nosotros más allá de lo que la vida le ha reservado, es sobre todo un hijo, ha estado confiado a alguien, proviene de una relación importante que lo ha hecho crecer y que lo ha condicionado en el bien o en el mal. Tener esta relación y reconocer su importancia en la propia vida significa comprender que un día, cuando tengamos la responsabilidad de la vida de alguien, es decir, cuando debamos ejercer una paternidad, llevaremos con nosotros sobre todo la experiencia que hemos hecho personalmente. Y es importante entonces poder reflexionar sobre esta experiencia personal para no repetir los mismos errores y para atesorar las cosas hermosas que hemos vivido. Estoy convencido de que la relación de paternidad que José tenía con Jesús ha influenciado tanto su vida hasta el punto de que la futura predicación de Jesús está plena de imágenes y referencias tomadas precisamente del imaginario paterno. Jesús, por ejemplo, dice que Dios es Padre, y no puede dejarnos indiferentes esta afirmación, especialmente si pensamos en la que ha sido su personal experiencia humana de paternidad. Esto significa que José lo ha hecho tan bien como padre que Jesús encuentra en el amor y la paternidad de este hombre la referencia más hermosa para dar a Dios. Podríamos decir que los hijos de hoy que se convertirán en los padres de mañana deberían preguntarse qué padres han tenido y qué padres quieren ser. No deben dejar que su papel paternal sea el resultado de la casualidad o simplemente la consecuencia de una experiencia pasada, sino que deben decidir conscientemente de qué modo amar a alguien, de qué modo responsabilizarse de alguien.

En el último capítulo de Patris Corde se habla de José como padre en la sombra. Un padre que sabe estar presente, pero dejando al hijo libre para crecer. ¿Es posible esto en una sociedad que parece premiar solo a quien ocupa espacios y visibilidad?

Una de las características más hermosas del amor, y no solo de la paternidad, es, de hecho, la libertad. El amor genera siempre libertad, el amor nunca debe convertirse en una prisión, en posesión. José nos muestra la capacidad de cuidar de Jesús sin adueñarse nunca de él, sin querer manipularlo, sin querer distraerlo de su misión. Creo que esto es muy importante como prueba de nuestra capacidad de amar y también de nuestra capacidad de saber dar un paso atrás. Un buen padre lo es cuando sabe retirarse en el momento oportuno para que su hijo pueda emerger con su belleza, con su singularidad, con sus elecciones, con su vocación. En este sentido, en toda buena relación es necesario renunciar al deseo de imponer una imagen desde arriba, una expectativa, una visibilidad, una forma de llenar completa y constantemente la escena con excesivo protagonismo. La característica de José de saber hacerse a un lado, su humildad, que es también la capacidad de pasar a un segundo plano, es quizá el aspecto más decisivo del amor que José muestra por Jesús. En este sentido es un personaje importante, me atrevería a decir que esencial en la biografía de Jesús, precisamente porque en un momento determinado sabe retirarse de la escena para que Jesús pueda brillar en toda su vocación, en toda su misión. A imagen y semejanza de José, debemos preguntarnos si somos capaces de saber dar un paso atrás, de permitir que los demás, y sobre todo los que nos han sido confiados, encuentren en nosotros un punto de referencia, pero nunca un obstáculo.

En varias ocasiones usted ha denunciado que la paternidad hoy está en crisis. ¿Qué se puede hacer, qué puede hacer la Iglesia, para devolver la fuerza a las relaciones padre-hijo, fundamentales para la sociedad?

Cuando pensamos en la Iglesia pensamos en ella siempre como Madre y esto no es algo equivocado. También yo en estos años he tratado de insistir mucho en esta perspectiva porque el modo de ejercer la maternidad de la Iglesia es la misericordia, es decir, es ese amor que genera y regenera la vida. ¿El perdón, la reconciliación no son tal vez un modo a través del que nos volvemos a poner en pie? ¿No es un modo a través del que recibimos nuevamente la vida porque recibimos otra posibilidad? ¡No puede existir una Iglesia de Jesucristo si no es a través de la misericordia! Pero creo que deberemos tener el valor de decir que la Iglesia no debería ser solo materna sino también paterna. Es decir, está llamada a ejercer un ministerio paterno no paternalístico. Y cuando digo que la Iglesia debe recuperar este aspecto paterno me refiero precisamente a la capacidad paterna de colocar a los hijos en condiciones de asumir las propias responsabilidades, de ejercer la propia libertad, de hacer elecciones. Si por un lado la misericordia nos sana, nos cura, nos consuela, nos anima, por el otro lado el amor de Dios no se limita simplemente a perdonar, a sanar, sino que el amor de Dios nos empuja a tomar decisiones, a despegar.

A veces, el miedo, más aún en este tiempo de pandemia, parece paralizar este impulso…

Sí, este periodo histórico es un periodo marcado por la incapacidad de tomar decisiones grandes en la propia vida. Nuestros jóvenes muy a menudo tienen miedo de decidir, de elegir, de ponerse en juego. Una Iglesia es tal no solo cuando dice sí o no, sino sobre todo cuando anima y hace posible las grandes elecciones. Y cada elección siempre tiene consecuencias y riesgos, pero a veces por el miedo a las consecuencias y a los riesgos permanecemos paralizados y no somos capaces de hacer nada ni de elegir nada. Un verdadero padre no te dice que irá siempre todo bien, sino que incluso si te encontrarás en la situación en la que las cosas no irán bien podrás afrontar y vivir con dignidad también esos momentos, también esos fracasos. Una persona madura se reconoce no en las victorias sino en el modo en el que sabe vivir un fracaso. Es precisamente en la experiencia de la caída y de la debilidad como se reconoce el carácter de una persona.

Para usted es muy importante la paternidad espiritual. ¿Los sacerdotes cómo pueden ser padres?

Decíamos antes que la paternidad no es algo que se da por descontado, no se nace padres, como mucho uno se convierte en ello. Igualmente, un sacerdote no nace ya padre, sino que debe aprenderlo un poco cada vez, a partir sobre todo del hecho de reconocerse hijo de Dios, pero también hijo de la Iglesia. Y la Iglesia no es un concepto abstracto, es siempre el rostro de alguien, una situación concreta, algo a lo que podemos dar un nombre bien preciso. Nuestra fe cristiana no es algo que siempre hemos recibido a través de una relación con alguien. La fe cristiana no es algo que se pueda aprender en los libros o en un simple razonamiento, sino que es siempre un pasaje existencial que pasa por las relaciones. Así, nuestra experiencia de fe surge siempre del testimonio de alguien. Por tanto, debemos preguntarnos cómo vivimos nuestra gratitud hacia estas personas y, sobre todo, si conservamos la capacidad crítica de saber distinguir lo que no es bueno que ha pasado a través de ellas. La vida espiritual no es diversa de la vida humana. Se un buen padre, humanamente hablando, es tal porque ayuda al hijo a convertirse en sí mismo, haciendo posible su libertad y empujándole a las grandes decisiones,  de igual modo un buen padre espiritual lo es cuando no cuando sustituye la conciencia de las personas que se confían a él, no cuando responde a las preguntas que estas personas se llevan en el corazón, no cuando domina la vida de los que le han sido confiados, sino cuando de manera discreta y al mismo tiempo firme es capaz de indicar el camino, de ofrecer claves de lecturas diversas, ayudar en el discernimiento.

¿Qué es más urgente hoy para dar fuerza a esta dimensión espiritual de la paternidad?

La paternidad espiritual es muy a menudo un don que nace sobre todo de la experiencia. Un padre espiritual puede compartir no tanto sus conocimientos teóricos, sino sobre todo su experiencia personal. Sólo así puede serle útil a un hijo. Hay una gran urgencia, en este momento histórico, de relaciones significativas que podríamos definir como paternidad espiritual, pero -permítanme decir- también maternidad espiritual, porque este papel de acompañamiento no es una prerrogativa masculina o sólo de los sacerdotes. Hay muchas religiosas buenas, muchas consagradas, pero también muchos laicos que tienen una gran experiencia que pueden compartir con otras personas. En este sentido, la relación espiritual es una de esas relaciones que necesitamos redescubrir con más fuerza en este momento histórico, sin confundirla nunca con otras vías de naturaleza psicológica o terapéutica.

Entre las dramáticas consecuencias del Covid está también la pérdida del trabajo de muchos padres. ¿Qué le gustaría decir a estos padres en dificultades?

Siento muy cercano el drama de esas familias, de esos padres y de esas madres que están viviendo una particular dificultad, agravada sobre todo a causa de la pandemia. No creo que sea un sufrimiento fácil de afrontar el de no conseguir dar el pan a los propios hijos y de sentirse encima la responsabilidad de la vida de los demás. En este sentido, mi oración, mi cercanía, y también todo el apoyo de la Iglesia es para estas personas, para estos últimos. Pero pienso también en tantos padres, en tantas madres, en tantas familias que escapan de las guerras, que son rechazadas en los confines de Europa y no solo y que viven situaciones de dolor, de injusticia, y que nadie toma en serio o ignora deliberadamente. Quisiera decir a estos padres, a estas madres, que para mí son héroes porque encuentro en ellos el coraje de quien arriesga su propia vida por amor a sus hijos, por amor a su familia. También María y José han experimentado este exilio, esta prueba, debiendo escapar a un país extranjero a causa de la violencia y del poder de Herodes. Este sufrimiento suyo les hace cercanos precisamente a estos hermanos que hoy sufren las mismas pruebas. Que estos padres se dirijan con confianza a San José sabiendo que como padre él mismo ha experimentado la misma experiencia, la misma injusticia. y a todos ellos y a sus familias quisiera decir que no se sientan solos. El Papa se acuerda de ellos siempre y en la medida de lo posible continuará dándoles voz y no los olvidará.

 

Francisco: la medida del progreso debe ser la persona y no las ganancias

Con un mensaje, el Papa acompañó la apertura del evento "Preparar el futuro, construir una economía sostenible, inclusiva y regenerativa" celebrado este 12 de enero en el Palacio de Letrán, y promovido por la Comisión vaticana para Covid-19 del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y la Red Deloitte. La fuerte invitación del Papa: es necesario un nuevo enfoque, se han perdido demasiadas oportunidades

 

No declaraciones de intenciones, ni mensajes sobre grandes principios, sino compromisos concretos para que la economía y las finanzas estén al servicio de las personas y de la Madre Tierra: que la medida del progreso sea la gente que sale de la pobreza y trabaja con dignidad, y no la lógica del beneficio, de la expansión y de la rentabilidad a corto y muy corto plazo. Con esta esperanza, el Papa dirigió un mensaje a los participantes en el evento del 12 de enero en el Palacio de Letrán, titulado "Preparar el futuro: construir una economía regenerativa, inclusiva y sostenible", promovido por la Comisión Vaticana para Covid-19 del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y la Red Deloitte. 

Nuevas injusticias

El Papa pide preparar el futuro, basándose en la mejor ciencia disponible, con el realismo del Evangelio y en solidaridad con los marginados. Y repite: no saldremos igual de esta crisis. Saldremos mejores o peores, y lo que ocurra dependerá de nuestro compromiso. 

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11/01/2022"Preparando el futuro”: Encuentro organizado por la Comisión vaticana COVID-19

 

Lamentablemente, dos años después del inicio de la pandemia, debemos admitir que hemos perdido muchas oportunidades de cambiar nuestro enfoque. Estamos perpetrando nuevas injusticias y desigualdades. El cuidado de nuestra casa común, la distribución de vacunas, el aumento del hambre, la pobreza y el comercio de armas siguen siendo prioridades y desafíos para todos. El mundo de la economía y las finanzas tiene la importante responsabilidad de promover un cambio de paradigma y ayudar a encontrar soluciones creativas.

Nuevos compromisos

Para el Sumo Pontífice es necesario asumir compromisos concretos, teniendo como criterio de éxito no los beneficios, la expansión y las ganancias a corto plazo, sino el número de personas que salen de la pobreza extrema, y se pregunta: 

“¿Es tan difícil garantizar las condiciones para que todos ayuden a transformar el mundo con su trabajo?”

Animando los participantes a “marcar la diferencia”, al final de su mensaje el Santo Padre expresó su deseo que todos acepten la responsabilidad de preparar un futuro diferente: de ahí partieron los trabajos a puertas cerradas entre expertos y economistas en modo zoom y presencial, para analizar el reto global de la pandemia, que ha puesto de manifiesto la insuficiencia de los actuales sistemas económicos y sociales y ha transformado las sociedades, y presentar nuevos modelos de economía que valoren la naturaleza, las personas y la sociedad en su conjunto.

 

 

CONVIVIR CON TODOS

— Un cristiano no puede estar encerrado en sí mismo, despreocupado y ajeno a lo que pasa a su alrededor. Jesucristo, modelo de convivencia.

— La virtud humana de la afabilidad.

— Otras virtudes necesarias para la convivencia diaria: gratitud, cordialidad, amistad, alegría, optimismo, respeto mutuo...

I. Después de responder a la llamada del Señor, Mateo dio un banquete al que asistieron Jesús, sus discípulos y otras gentes. Entre estos, había muchos publicanos y pecadores, todos amigos de Mateo. Los fariseos se sorprenden al ver a Jesús sentarse a comer con esta clase de personas, y por eso dicen a sus discípulos: ¿Por qué come con publicanos y pecadores?1.

Pero Jesús se encuentra bien entre gentes tan diferentes. Se siente bien con todo el mundo, porque ha venido a salvar a todos. No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Y como todos somos pecadores y nos sentimos algo enfermos, Jesús no se separa de nosotros. En esta escena contemplamos cómo el Señor no rehúye el trato social; más bien lo busca. Se entiende Jesús con los tipos humanos y los caracteres más variados: con un ladrón convicto, con los niños llenos de inocencia y de sencillez, con hombres cultos y pudientes como Nicodemo y José de Arimatea, con mendigos, con leprosos, con familias... Este interés manifiesta el afán salvador de Jesús, que se extiende a todas las criaturas de cualquier clase y condición.

El Señor tuvo amigos, como los de Betania, donde es invitado o se invita en diversas ocasiones. Lázaro es nuestro amigo2. Tiene amigos en Jerusalén que le prestan una sala para celebrar la Pascua con sus discípulos, y conoce tan bien al que le prestará el pollino para su entrada solemne en Jerusalén que los discípulos pueden tomarlo directamente3.

Jesús mostró un gran aprecio a la familia, donde se ha de ejercer en primer término la convivencia, con las virtudes que esta requiere, y donde tiene lugar el primero y principal trato social. Así nos lo muestran aquellos años de vida oculta en Nazaret, de los que el Evangelista resalta, por delante de otros muchos pequeños sucesos que nos podría haber dejado, que Jesús Niño estaba sujeto a sus padres4. Debió de ser uno de los recuerdos imborrables de María en aquellos años. Para ilustrar el amor de Dios Padre con los hombres se sirve del amor de un padre para con su hijo (que no le da una piedra si pide pan, o una serpiente si le pide un pez)5. Resucita al hijo de una viuda en Naím6 porque se compadece de su soledad (era hijo único) y de su pena. Y Él mismo, en medio de los sufrimientos de la cruz, vela por su Madre confiándola a Juan7. Así lo entendió el Apóstol: y el discípulo, desde aquel instante, la recibió en su casa8.

Jesús es un ejemplo vivo para nosotros porque debemos aprender a convivir con todos, por encima de sus defectos, ideas y modos de ser. Debemos aprender de Él a ser personas abiertas, con capacidad de amistad, dispuestos siempre a comprender y a disculpar. Un cristiano, si de veras sigue a Cristo, no puede estar encerrado en sí mismo, despreocupado y ajeno a lo que pasa a su alrededor.

II. Una buena parte de nuestra vida se compone de pequeños encuentros con personas que vemos en el ascensor, en la cola de un autobús, en la sala de espera del médico, en medio del tráfico de la gran ciudad o en la única farmacia del pequeño pueblo donde vivimos... Y aunque son momentos esporádicos y a veces fugaces, son muchos en un día e incontables a lo largo de una vida. Para un cristiano son importantes, pues son ocasiones que Dios nos da para rezar por ellos y mostrarles nuestro aprecio, como corresponde a hijos de un mismo Padre. Y lo hacemos normalmente a través de esas muestras de educación y de cortesía, que se convierten fácilmente en vehículos de la virtud sobrenatural de la caridad. Son personas muy diferentes, pero todas esperan algo del cristiano: lo que Cristo hubiera hecho en nuestro lugar.

También tratamos a personas muy distintas en la propia familia, en el trabajo, en el vecindario..., con caracteres, formación cultural y humana y modos de ser muy diversos. Es necesario que nos ejercitemos en la convivencia con todos. Santo Tomás señala la importancia de esa virtud particular –que encierra en sí otras muchas–, que ordena «las relaciones de los hombres con sus semejantes, tanto en los hechos como en las palabras»9. Esta virtud particular es la afabilidad, que nos lleva a hacer la vida más grata a quienes vemos todos los días.

Esta virtud, que debe formar como el entramado de la convivencia, no causa quizá una gran admiración; sin embargo, cuando falta se echa mucho de menos, se vuelven tensas las relaciones entre los hombres y se falta frecuentemente a la caridad; a veces, este trato se torna difícil o quizá imposible. La afabilidad y las otras virtudes con las que se relaciona hacen amable la vida cotidiana: la familia, el trabajo, el tráfico, la vecindad... Son opuestas, por su misma naturaleza, al egoísmo, al gesto destemplado, al malhumor, a la falta de educación, al desorden, al vivir sin tener en cuenta los gustos, preocupaciones e intereses de los demás. «De estas virtudes –escribía San Francisco de Sales– es necesario tener una gran provisión y muy a mano, pues se han de estar usando casi de continuo»10.

El cristiano sabrá convertir los múltiples detalles de la virtud humana de la afabilidad en otros actos de la virtud de la caridad, al hacerlos también por amor a Dios. La caridad hace entonces de la misma afabilidad una virtud más fuerte, más rica en contenido y con un horizonte mucho más elevado. Debe practicarse también cuando es necesario tomar una actitud firme y continua: «Tienes que aprender a disentir –cuando sea preciso– de los demás, con caridad, sin hacerte antipático»11.

El cristiano, mediante la fe y la caridad, sabe ver hijos de Dios en sus hermanos los hombres, que siempre merecen el mayor respeto y las mejores muestras de atención y consideración12. Por eso, debemos estar atentos a las mil oportunidades que ofrece un día.

III. Todo el Evangelio es una continua muestra del respeto con que Jesús trataba a todos: sanos, enfermos, ricos, pobres, niños, mayores, mendigos, pecadores... Tiene el Señor un corazón grande, divino y humano; no se detiene en los defectos y deficiencias de estos hombres que se le acercan, o con los que Él se hace el encontradizo. Es esencial que nosotros, sus discípulos, queramos imitarle, aunque a veces se nos haga difícil.

Son muchas las virtudes que facilitan y hacen posible la convivencia: la benignidad y la indulgencia, que nos llevan a juzgar a las personas y sus actuaciones de forma favorable, sin detenernos mucho en sus defectos y errores; la gratitud, que es ese recuerdo afectuoso de un beneficio recibido, con el deseo de corresponder de alguna manera. En muchas ocasiones solo podremos decir gracias, o algo parecido; cuesta muy poco ser agradecidos, y es mucho el bien que se hace. Si estamos pendientes de quienes están a nuestro alrededor, notaremos qué grande es el número de personas que nos prestan favores diversos.

Ayudan mucho en la convivencia diaria la cortesía y la amistad. ¡Qué formidable sería que pudiéramos llamar amigos a las personas con quienes trabajamos o estudiamos, a los padres, a los hijos, a aquellas personas con las que convivimos o nos relacionamos!: amigos, y no solo colegas o compañeros. Esto será señal de que nos hemos esforzado en muchas virtudes humanas que fomentan y hacen posible la amistad: el desinterés, la comprensión, el espíritu de colaboración, el optimismo, la lealtad. Amistad particularmente honda dentro de la propia familia: entre hermanos, con los hijos, con los padres. La amistad resiste bien las diferencias de edad, cuando está vivificada por el ejemplo de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, que ejercitó las virtudes humanas acabadamente, en plenitud.

En la convivencia diaria, la alegría, manifestada en la sonrisa oportuna o en un pequeño gesto amable, abre la puerta de muchas almas que estaban a punto de cerrarse al diálogo o a la comprensión. La alegría anima y ayuda al trabajo y a superar las numerosas contradicciones que a veces trae la vida. Una persona que se dejara llevar habitualmente de la tristeza y del pesimismo, que no luchara por salir de ese estado enseguida, sería un lastre, un pequeño cáncer para los demás. La alegría enriquece a los otros, porque es expresión de una riqueza interior que no se improvisa, porque nace de la convicción profunda de ser y sentirnos hijos de Dios. Muchas personas han encontrado a Dios en la alegría y en la paz del cristiano.

Virtud de convivencia es el respeto mutuo, que nos mueve a mirar a los demás como imágenes irrepetibles de Dios. En la relación personal con el Señor, el cristiano aprende a «venerar (...) la imagen de Dios que hay en cada hombre»13. También la de aquellos que por alguna razón nos parecen menos amables, simpáticos y divertidos. La convivencia nos enseña también a respetar las cosas porque son bienes de Dios y están al servicio del hombre. El respeto es condición para contribuir a la mejora de los demás, porque cuando se avasalla a otro se hace ineficaz el consejo, la corrección o la advertencia.

El ejemplo de Jesús nos inclina a vivir amablemente abiertos hacia los demás; a comprenderlos, a mirarlos con una simpatía inicial y siempre creciente, que nos lleva a aceptar con optimismo la trama de virtudes y defectos que existen en la vida de todo hombre. Es una mirada que alcanza las profundidades del corazón y sabe encontrar la parte de bondad que existe en todos. Una persona comprendida abre con facilidad su alma y se deja ayudar. Quien vive la virtud de la caridad comprende con facilidad a las personas, porque tiene como norma no juzgar nunca las intenciones íntimas, que solo Dios conoce.

Muy cercana a la comprensión está la capacidad para disculpar con prontitud. Mal viviríamos nuestra vida cristiana si al menor roce se enfriase nuestra caridad y nos sintiéramos separados de las personas de la familia o con quienes trabajamos. El cristiano debe hacer examen para ver cómo son sus reacciones ante las molestias que toda convivencia diaria suele llevar consigo. Hoy, sábado, podemos terminar la oración formulando el propósito de cuidar con esmero, en honor de Santa María, estos detalles de fina caridad con el prójimo.

1 Mc 2, 13-17. — 2 Jn 11, 11. — 3 Cfr. Mc 11, 3. — 4 Cfr. Lc 2, 51. — 5 Cfr. Mt 9, 7. — 6 Cfr. Lc 7, 11. — 7 Cfr. Jn 19, 26-27. — 8 Jn 19, 26-27. — 9 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 114, a. 1. — 10 San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, III, 1. — 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 429.  12 Cfr. F. Fernández-Carvajal, Antología de textos, Palabra, 13ª edición actualizada y ampliada, Madrid 2003, voz Afabilidad. — 13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 230.

 

Meditaciones: sábado de la 1.ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el sábado de la 1.ª semana del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: el «sí» rápido y decidido de san Mateo; las peticiones de Dios son dones; agradecer en la santa Misa.

15/01/2022


JESÚS PASA por nuestras vidas y nos llama. Lo hacía ayer, lo hace hoy, y lo seguirá haciendo. De la misma manera como lo hizo con Mateo, el Señor viene a nuestro encuentro en medio de nuestro trabajo: «Sígueme» (Mc 2,14). Contemplamos la rápida respuesta de quien se convertiría en apóstol y evangelista. No vaciló en abandonar su seguridad, «conocer a Cristo y seguirle fue todo uno»1. Quizás la sola presencia de Jesús le transmitió la confianza suficiente para arriesgarse, ni siquiera necesitó tiempo para pensar en lo que dejaría atrás. Como es astuto, quizá huele un buen negocio desde lejos y sabe que esta vez su felicidad será la recompensa.

Tal vez en alguna ocasión nos asalte la duda de si seremos capaces de seguir a Jesús hasta el final, si podremos ser fieles, si no caeremos en la rutina y el desánimo. ¿Qué motivos suelen retrasar nuestra respuesta afirmativa hacia lo que Jesús nos pide? Obviamente, hace falta discernimiento para orientar nuestra vida. Habitualmente la vocación no aparece de manera evidente, así que no debe inquietarnos que nos entren dudas. «Te has asustado un poco al ver tanta luz... –dice san Josemaría–. Tanta que se te antoja difícil mirar, y aun ver. Cierra los ojos a tu evidente miseria; abre la mirada de tu alma a la fe, a la esperanza, al amor, y sigue adelante, dejándote guiar por Él, a través de quien dirige tu alma»2.

Mateo no sabe qué va a ser de su vida, de su negocio, de sus posesiones; quizá no sabe dónde vivirá mañana, cómo reaccionarán sus compañeros de trabajo, ni si será capaz de permanecer siempre junto al Maestro. Para él todo es nuevo, pero tiene la suficiente amplitud de miras y humildad para no detenerse en lo ya conocido, en sus límites o en lo que pensarán los demás. Se deja ganar por la gratuidad de la oferta que el Señor le ha hecho. «Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante. Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte de él, vence y lleva a feliz término toda la lucha»3.


«UNA VEZ MÁS nos encontramos delante de la paradoja del Evangelio: somos libres en el servir, no en el hacer lo que queremos. Somos libres en el servir, y ahí viene la libertad. Nos encontramos plenamente a nosotros en la medida en que nos donamos; poseemos la vida si la perdemos (cfr. Mc 8,35). Esto es Evangelio puro»4. Cualquier petición que Dios nos dirige es, en realidad, un regalo. Contraponer libertad y entrega, voluntad de Dios y felicidad, es la gran mentira que nos susurra el demonio. El maligno tiene mucho interés en que no percibamos los dones que Dios desea regalarnos ni la belleza de la entrega.

Puede suceder que pensemos que los compromisos limitan nuestra libertad. A veces no confiamos en que seamos capaces de mantener la palabra dada si, en algún momento, cambian las circunstancias o cambian nuestros afectos, que ahora nos hacen ser felices en una determinada situación. Pero seremos capaces de responder con amor, de comprometer nuestra libertad sin miedo, solo si antes nos hemos dejado conquistar por él. Solo responderemos con el regalo de nuestra vida si hemos descubierto, primero, que hemos recibido mucho más de lo que se nos pide. Quien piensa, equivocadamente, que hace un don semejante al que ha recibido, no tardará en encontrar motivos para decir que no, que se equivocó, que quizás no vale la pena. Quien llega a ser consciente de la inmensidad de lo que ha recibido, no sale de su asombro y procura llenarse de agradecimiento sincero.


«EN VERDAD es justo y necesario darte gracias, siempre y en todo lugar», repetimos muchas veces en la santa Misa. Así comienzan muchos prefacios, y así queremos permanecer nosotros: en continua acción de gracias. Incluso antes de decirle a Dios que sí en tantas cosas que todavía no conocemos, nos puede ayudar dar gracias por adelantado. Habrá días en que el camino se haga un poco más cuesta arriba, en que nos toque subir hacia el Calvario. Podemos pensar, entonces, que Jesús adelantó la entrega de su cuerpo en la noche del Jueves Santo, y lo hizo en una celebración de acción de gracias. Cada vez que asistimos a la Eucaristía somos conscientes de esa actitud: «Dando gracias, te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo...».


La acción de gracias es la mejor forma de acoger un don. Es reconocerlo como tal, es apreciar la gratuidad del amor de quien nos lo regala. Agradecer algo que nos cuesta tiene la gran ventaja de que nos ayuda a desprendernos del cálculo, de la renuncia que implica. Mateo agradeció a Jesús su llamada con un banquete. No le importó invitar a sus amigos, pecadores como él: era su regalo para Jesús. «Un día Dios, agradecido, exclamará: “Ahora me toca a mí”. Y, ¿qué veremos entonces? –escribía santa Teresita de Lisieux–. ¿Qué será esa vida que nunca tendrá fin? Dios será el alma de nuestra alma... ¡misterio insondable! El ojo del hombre no ha visto la luz increada, su oído no ha escuchado las incomparables armonías y su corazón no puede soñar lo que Dios tiene reservado a los que ama»5.

No hay mejor momento que la Misa para dar gracias a Dios por nuestra vocación, incluso si todavía estamos tratando de discernir lo que el amor de Dios nos quiere regalar. Poner allí todos los días nuestra vocación, junto a la entrega de Jesús, para que Dios Padre las reciba unidas, formando un solo sacrificio, puede ser la mayor fuente de alegría. Y qué maravilla que nuestra madre, la Virgen María, sea quien nos ha enseñado a dar gracias desde el primer momento: «Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46-47).


1  San Josemaría, Forja, n. 6.
Ibíd., n. 1015.
San Pablo Le-Bao-Tinh, Carta, 1843, citado en Liturgia de las Horas, 24 de noviembre.
Francisco, Audiencia, 20-X-2021.
Santa Teresa de Lisieux, Carta 94 a Celina, 14-VII-1889.

 

“La corrección fraterna”

La práctica de la corrección fraterna –que tiene entraña evangélica– es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives. (Forja, 566)

15 de enero

Sed prudentes y obrad siempre con sencillez, virtud tan propia del buen hijo de Dios. Mostraos naturales en vuestro lenguaje y en vuestra actuación. Llegad al fondo de los problemas; no os quedéis en la superficie. Mirad que hay que contar por anticipado con el disgusto ajeno y con el propio, si deseamos de veras cumplir santamente y con hombría de bien nuestras obligaciones de cristianos.

No os oculto que, cuando he de corregir o de adoptar una decisión que causará pena, padezco antes, mientras y después: y no soy un sentimental. Me consuela pensar que sólo las bestias no lloran: lloramos los hombres, los hijos de Dios. Entiendo que en determinados momentos también vosotros tendréis que pasarlo mal, si os esforzáis en llevar a cabo fielmente vuestro deber. No me olvidéis que resulta más cómodo -pero es un descamino- evitar a toda costa el sufrimiento, con la excusa de no disgustar al prójimo: frecuentemente, en esa inhibición se esconde una vergonzosa huida del propio dolor, ya que de ordinario no es agradable hacer una advertencia seria. Hijos míos, acordaos de que el infierno está lleno de bocas cerradas.

(…) Para curar una herida, primero se limpia bien, también alrededor, desde bastante distancia. De sobra sabe el cirujano que duele; pero, si omite esa operación, más dolerá después. Además, se pone enseguida el desinfectante: escuece -pica, decimos en mi tierra-, mortifica, y no cabe otro remedio que usarlo, para que la llaga no se infecte.

Si para la salud corporal es obvio que se han de adoptar estas medidas, aunque se trate de escoriaciones de poca categoría, en las cosas grandes de la salud del alma -en los puntos neurálgicos de la vida de un hombre-, ¡fijaos si habrá que lavar, si habrá que sajar, si habrá que pulir, si habrá que desinfectar, si habrá que sufrir! La prudencia nos exige intervenir de este modo y no rehuir el deber, porque soslayarlo demostraría una falta de consideración, e incluso un atentado grave contra la justicia y contra la fortaleza. (Amigos de Dios, nn. 160-161)

 

Unidos por el vínculo de la gracia bautismal

El día 18 comienza la semana de oración por la unidad de los cristianos, que culmina con la fiesta de la conversión de San Pablo.

14/01/2022

El Octavario por la unidad de los cristianos, también conocido como Semana de oración por la unidad de los cristianos es una práctica cristiana ecuménica que se celebra entre el 18 de enero y el 25 de enero.

Este año se celebra con el lema Nosotros hemos visto aparecer su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo (Mt 2, 2).


Recursos para la Semana de oración por la unidad de los cristianos

1. Meditaciones sobre el octavario por la unidad de los cristianos

Colección de textos para meditar sobre el octavario por la unidad de los cristianos, que la Iglesia celebra del 18 al 25 de enero. Disponibles en libro electrónico (ePub, Mobi y PDF).

2. Materiales para la semana de oración por la unidad de los cristianos 2022. Elaborado por una comisión mixta entre el Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias.

3. Homilía del Santo Padre Francisco. Basílica de San Pablo extramuros (25 de enero de 2021).

4. ¿Qué puedo hacer yo por la unidad de los cristianos? Rezar con San Josemaría durante el Octavario por la unidad de los cristianos.

5. Rezar con don Álvaro por la unión de los cristianos.


Artículos sobre el Ecumenismo

1. Ecumenismo, D. Pedro Rodríguez, teólogo y miembro de la Academia de Doctores de España.

2. Evangelización, proselitismo y ecumenismo, Artículo de Mons. Fernando Ocáriz, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz publicado en Scripta Theologica. (Descarga, en formato PDF)

3. Ecumenismo espiritual. Conferencia pronunciada por el Cardenal Kasper (19 de febrero de 2007)

4. Hacia la plena unidad de la Iglesia de Jesucristo. Artículo sobre la visita del Papa Francisco a Turquía (11 de diciembre de 2014).


Entrevistas

1. Ulf Ekman, sueco: “El Papa nos ayudará a acercarnos mutuamente con humildad”

2. «En Finlandia las relaciones ecuménicas con luteranos y ortodoxos son maravillosas». Entrevista al Vicario General de la diócesis de Helsinki, el sacerdote español Raimo Goyarrola.

3. “El ecumenismo es, en primer lugar, una cuestión de oración y de caridad", entrevista a la teóloga Jutta Burggraf (+2010).

4. La situación actual del ecumenismo. Entrevista al profesor Pedro Rodríguez.

5. “Las enseñanzas de san Josemaría son ecuménicas”. Evgeni Pazukhin, filósofo y escritor ortodoxo.

6. Labor evangelizadora en Rusia. Entrevista a Jaime Falcó en COPE. Jaime vive en Moscú donde colabora en la labor apostólica del Opus Dei.

7. “Los católicos estonios tienen un sentido muy fuerte de lo sagrado”. El obispo Philippe Jourdan es un francés nacionalizado estonio que lleva diez años al frente de la Iglesia católica en Estonia.


Algunas historias

1. Al Cielo por la belleza. Barbara nació en una familia de origen luterano y recorrió su camino hacia la Iglesia católica a través de la belleza de la música y de la naturaleza.

2. Dagmar: la fuerza de la oración. Dagmar vive en Canadá y es luterana. En 2005 pudo saludar a Mons. Javier Echevarría en un momento doloroso de su vida: su madre se enfrentaba a una arriesgada operación.

3. Yo, antes luterano y ahora católico. Ville Savolainen, investigador y doctorando en Ciencias Económicas, explica el camino de su conversión en el que le ayudaron las conversaciones con un pastor luterano y el ejemplo de otros conversos; el apoyo de la familia y el de varios amigos luteranos…

4. Viento ecuménico del norte: Católicos, luteranos y ortodoxos trabajan de la mano en Finlandia para conseguir que la fe descongele la falta de trascendencia de la sociedad del progreso.

5. Aleksei: un ortodoxo en un Centro del Opus Dei.


Algunos viajes del Papa Francisco, relacionados con la unidad de los cristianos

∙ Viaje apostólico del Papa Francisco a Chipre y Grecia (2-6 de diciembre de 2021)

∙ Viaje del Santo Padre a Rumanía (mayo-junio 2019)

∙ Encuentro ecuménico en la Catedral evangélica luterana de Riga (24 de septiembre de 2018)

∙ Peregrinación ecuménica del Santo Padre a Ginebra (21 de junio de 2018)

∙ El Papa Francisco en Egipto (abril de 2017)

∙ El Papa Francisco en Suecia (noviembre 2016)

∙ Intervenciones del Papa Francisco en Georgia y Azerbaiyán (30 de septiembre-2 de octubre de 2016).

∙ Declaración conjunta del Papa Francisco y del Patriarca Kiril de Moscú y toda Rusia (Cuba, 12 de febrero de 2016).

∙ Declaración conjunta del Santo Padre Francisco y del Patriarca Ecuménico Bartolomé I (Jerusalén, 25 de mayo de 2014).

 

Trabajar bien, trabajar por amor (II): Trabajar a conciencia

A quien desea ser santo, no le basta trabajar: debe trabajar bien, empeñándose, aceptando los fracasos, y aprendiendo a vivir las virtudes -como la paciencia o la caridad- en su ocupación diaria. Nuevo texto editorial sobre la santificación del trabajo.

Foto: fundacionfadei

01/09/2009

Si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural[1].

Ya hemos visto, en un artículo precedente, que trabajar por un motivo sobrenatural es como el alma de la santificación del trabajo[2]. Ahora nos detendremos a considerar que la materia, por así decir, a la que da vida ese alma es el trabajo bien hecho, pues el motivo sobrenatural, si es auténtico amor a Dios y al prójimo, reclama necesariamente que procuremos llevar a cabo nuestra tarea lo mejor posible.

De modo particular hemos de tener presente que, según enseñó San Josemaría, la santificación del trabajo ordinario supone la buena realización del trabajo mismo, la perfección también humana, el buen cumplimiento de todas las obligaciones profesionales y sociales. Es trabajar a conciencia, con sentido de responsabilidad, con amor y perseverancia, sin abandonos ni ligerezas.

Para meditar con fruto esa enseñanza del fundador del Opus Dei, conviene observar que cuando hablamos de "trabajar bien" nos referimos ante todo a la actividad de trabajar, no al resultado del trabajo.

Puede suceder que se trabaje bien y sin embargo la tarea salga mal, ya sea por una equivocación involuntaria o por causas que no dependen de uno mismo. En estos casos –que se presentan a menudo– aparece con claridad la diferencia entre quien trabaja con sentido cristiano y quien busca principalmente el éxito humano. Para el primero lo que tiene valor es, ante todo, la misma actividad de trabajar y, aunque no haya obtenido un buen resultado, sabe que no se ha perdido nada de lo que ha procurado hacer bien por amor a Dios y afán de corredimir con Cristo; por eso no se rebela ante las contrariedades –tratando de superarlas–, sino que ve la posibilidad de unirse más a la Cruz del Señor. En cambio, para el segundo, todo se ha malogrado si no ha salido bien. Evidentemente, quien piense de este modo nunca entenderá qué es santificar el quehacer profesional.

Trabajar a conciencia es trabajar con perfección humana por un motivo sobrenatural. No es trabajar humanamente bien y "después" añadir un motivo sobrenatural. Es algo más profundo. Es el amor a Dios lo que debe llevar a un cristiano a realizar con perfección su tarea, porque no podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de El (Lv 22, 20)[3].

Cuando se procura actuar de este modo es normal que el trabajo salga bien y se obtengan buenos resultados. Más aún, es frecuente que quien busca santificar el trabajo destaque profesionalmente entre sus iguales porque, el amor a Dios impulsa a excederse gustosamente, y siempre, en el deber y en el sacrificio[4]. Pero no hay que olvidar nunca –vale la pena repetirlo– que Dios permite a veces contradicciones y fracasos humanos para que purifiquemos la intención y participemos de la Cruz del Señor. Y esto no significa que no se haya trabajado bien y santificado esa tarea.

VIRTUDES HUMANAS EN EL TRABAJO

El trabajo bien hecho pone en práctica las virtudes humanas informadas por la caridad. Es toda una trama de virtudes la que se pone en juego al desempeñar nuestro oficio, con el propósito de santificarlo: la fortaleza, para perseverar en nuestra labor, a pesar de las naturales dificultades y sin dejarse vencer nunca por el agobio; la templanza, para gastarse sin reservas y para superar la comodidad y el egoísmo; la justicia, para cumplir nuestros deberes con Dios, con la sociedad, con la familia, con los colegas; la prudencia, para saber en cada caso qué es lo que conviene hacer, y lanzarnos a la obra sin dilaciones... Y todo, insisto, por Amor[5].

Todas las virtudes humanas son necesarias, porque forman un entramado en el que los hilos se refuerzan entre sí. Pero hay un orden entre ellas: unos hilos que se ponen antes que otros, lo mismo que al tejer un tapiz.

Como la primera condición es trabajar y trabajar bien, se comprende que nuestro Fundador destaque dos virtudes humanas –la laboriosidad y la diligencia–, que se confunden en una sola: en el empeño por sacar partido a los talentos que cada uno ha recibido de Dios[6].

Como en la parábola del Evangelio, el Señor nos ha otorgado los talentos necesarios para cumplir la misión de ponerle en la entraña de las actividades humanas santificando la profesión propia de cada uno. No es lícito comportarse como el siervo malo y perezoso[7] que enterró el talento recibido. Dios quiere que hagamos rendir, por amor suyo, los dones que nos ha dado. Y para esto hay que trabajar con empeño y constancia, con rigor, con calidad humana, poniendo todo el esfuerzo necesario.

La laboriosidad y la diligencia inclinan juntas a afrontar el trabajo que se debe hacer, no cualquier cosa o lo que apetece, y a realizarlo cómo y cuándo se debe. El que es laborioso aprovecha el tiempo, que no sólo es oro, ¡es gloria de Dios! Hace lo que debe y está en lo que hace, no por rutina, ni por ocupar las horas, sino como fruto de una reflexión atenta y ponderada. Por eso es diligente. El uso normal de esta palabra –diligente– nos evoca ya su origen latino. Diligente viene del verbo diligo, que es amar, apreciar, escoger como fruto de una atención esmerada y cuidadosa. No es diligente el que se precipita, sino el que trabaja con amor, primorosamente[8].

Es preciso luchar contra la pereza, vicio capital y madre de todos los vicios[9]. Una de sus formas es la tardanza en el cumplimiento de las obligaciones[10]: aplazando lo que cuesta y dando prioridad a otras cosas que gustan más o exigen menos esfuerzo. No dejes tu trabajo para mañana[11], aconseja San Josemaría, porque a veces, con falsas excusas, somos demasiado cómodos, nos olvidamos de la bendita responsabilidad que pesa sobre nuestros hombros, nos conformamos con lo que basta para salir del paso, nos dejamos arrastrar por razonadas sinrazones para estar mano sobre mano, mientras Satanás y sus aliados no se toman vacaciones[12]. No servimos a Dios con lealtad cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles...[13].

El quehacer profesional es campo para el ejercicio de todas las virtudes humanas, imitando el ejemplo de los años de Jesús en Nazaret. El orden y la serenidad, la alegría y el optimismo, la reciedumbre y la constancia, la lealtad, la humildad y la mansedumbre, la magnanimidad y todas las demás virtudes que aquí no es posible ni siquiera mencionar, hacen del trabajo profesional terreno fecundo que se llena de frutos con la lluvia de la gracia.

 

Sin la lucha para practicar diariamente estas virtudes es fácil caer en el error de quienes se consideran cristianos "practicantes" porque asisten a unos actos de culto y recitan unas oraciones, pero dejan que su vida profesional discurra, más o menos descaradamente, al margen de la moral cristiana, con faltas de justicia, de veracidad, de honradez...

Una labor de este género no es agradable a Dios, y no puede decirse que esté bien hecha, ni santificada, aunque obtenga resultados brillantes a los ojos humanos y destaque por su perfección técnica en algunos aspectos. San Josemaría ha enseñado siempre a poner en práctica la fe –¡a encarnarla!– en el trabajo profesional, con unidad de vida. Y esto se logra mediante las virtudes humanas informadas por la caridad.

Sin la caridad, el esfuerzo humano no basta para santificar el trabajo, porque la caridad –el amor sobrenatural a Dios y a las almas– es la esencia de la santidad. Un cristiano que sea muy eficaz, si falta a la caridad no santifica su trabajo. En realidad tampoco puede decirse que trabaje muy bien, porque la caridad va dentro de las virtudes, y su falta se manifiesta antes o después en la quiebra de éstas: en injusticias, en odios, en ira, en envidia...

San Josemaría Escrivá, con sus dos sucesores, don Álvaro y don Javier.

El amor a Dios no es un sentimiento inoperante. Es el acto de la virtud teologal de la caridad que, junto con la fe y la esperanza, debe gobernar la realidad concreta de la vida de un hijo de Dios mediante el ejercicio de las virtudes humanas. Sólo así podemos identificarnos a Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre.

COSAS PEQUEÑAS

Las virtudes cristianas se manifiestan y se desarrollan en la actividad profesional ordinariamente a través de cosas pequeñas. La misma laboriosidad, que de algún modo es la condición de las demás virtudes en el trabajo, no consiste sólo en trabajar mucho, porque no hay que olvidar que a fuerza de descuidar detalles, pueden hacerse compatibles trabajar sin descanso y vivir como un perfecto comodón[14].

Esta virtud puede perder su genuino valor si se descuida la lucha en aquellos detalles de orden a los que quizá no se siente inclinación, o de puntualidad al comenzar y terminar el trabajo, o se posterga la atención a la familia, o se desatienden las iniciativas apostólicas con la excusa de que el trabajo absorbe casi todas las energías. El cuidado de las cosas pequeñas protege de este peligro porque custodia la rectitud de intención, ya que muchos detalles sólo brillan ante Dios.

La santidad no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, decía San Josemaría, sino en hacerlas cada día con más amor. El secreto para realizar cada día mejor el trabajo son las cosas pequeñas: detalles que están al alcance de un hijo de Dios y que dan un remate de perfección a nuestra actividad.

Otra cosa distinta es el "perfeccionismo", el defecto de buscar como fin la perfección por la perfección en el resultado exterior del trabajo. Este defecto encierra una deformación de las virtudes humanas, muestra que se ha perdido la visión de conjunto, el sentido de la prudencia que dicta a veces que lo mejor es enemigo de lo bueno, porque pretender lo mejor llevaría a descuidar otras exigencias del trabajo bien hecho, como acabarlo en el plazo oportuno. El perfeccionismo es un sucedáneo de la perfección, que revela amor propio y complacencia vana, y es preciso combatirlo con el realismo de la humildad cristiana que sabe reconocer las propias limitaciones y confiar en Dios.

Él ha creado todo por amor, y sus obras son perfectas: Dei perfecta sunt opera[15]. Nuestro trabajo es una participación en la obra creadora[16], y ha de ser también perfecto, en lo que depende de nuestras fuerzas, con la gracia de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas caracteriza el modo divino de trabajar de un hijo de Dios, porque manifiesta la perfección del amor. Y es fundamental llegar a ser contemplativos en el trabajo, porque así como Dios creó y vio que era bueno[17] –contempló el reflejo de su Amor y Verdad en lo que había creado– análogamente, con la infinita distancia que comporta aquí la analogía, nuestro trabajo será bueno y medio de contemplación si es una tarea no sólo acabada hasta el detalle, sino llevada a cabo con rectitud moral. Así el trabajo será oración. Oración contemplativa, pues un trabajo realizado con perfección, poniendo amor en las cosas pequeñas, permite descubrir ese algo divino que en los detalles se encierra[18]. Por eso, concluía nuestro Padre, cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios[19].

APRENDER A TRABAJAR BIEN

El panorama maravilloso que se abre ante nuestros ojos ha de ser puesto por obra en nuestra vida. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo[20]. Servir a Dios y a los demás con nuestro trabajo, requiere preparación, competencia no sólo técnica sino moral, humana y cristiana.

Para servir, servir, son unas palabras que San Josemaría quería grabar en nuestros corazones con el fin de que no olvidásemos que no basta la "buena voluntad" para ser un buen médico o una buena ama de casa, sino que se requieren conocimientos y virtudes. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas[21].

La "formación profesional" para santificar el trabajo no consiste sólo en unos conocimientos teóricos previos. Se necesita mucho más como se ha dicho antes: hacen falta virtudes humanas informadas por la caridad. Por este motivo, principalmente, la formación profesional dura toda la vida, y se mejora día a día poniendo empeño en crecer en las virtudes cristianas. No basta el afán de poseer esas virtudes: es preciso aprender a practicarlas. Discite benefacere (Is 1, 17), aprended a hacer el bien. Hay que ejercitarse habitualmente en los actos correspondientes –hechos de sinceridad, de veracidad, de ecuanimidad, de serenidad, de paciencia–, porque obras son amores, y no cabe amar a Dios sólo de palabra, sino con obras y de verdad (1 Jn 3, 18)[22].

Cauce estupendo para esta formación es la dirección espiritual personal. Si sabemos abrir el alma de par en par, podremos recibir consejos certeros –a veces indicaciones sobre deberes morales o de conciencia–, porque el Espíritu Santo da su luz y su gracia a través de ese medio. También hemos de estar dispuestos a recibir esta formación en el mismo lugar de trabajo, sabiendo aprovechar las observaciones de quienes nos rodean. Se requiere para esto humildad, sencillez para admitir las propias limitaciones y para dejarse ayudar evitando la suficiencia, la presunción y la vanidad.

ILUSIÓN PROFESIONAL

Una disposición interior muy conveniente para aprender a trabajar es la ilusión profesional. Pero es importante tener una idea justa, elevada, de lo que debe ser esta ilusión en un cristiano, para no reducirla a una simple inclinación natural.

En rigor es el anhelo de servir a Dios y a los demás con nuestro trabajo, el deseo de contribuir con la propia actividad profesional al progreso humano orientándolo con sentido cristiano, y a empapar así la sociedad con el espíritu de Cristo. Esta es la médula de la ilusión profesional de un hijo de Dios, que despierta el interés humano por la tarea que se realiza y lo alimenta desde la raíz con una savia de esperanza sobrenatural que mantiene vivo el empeño de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico[23].

Las actividades más ordinarias no son ya un monótono sucederse de acciones que se repiten, como no lo fueron en la vida de Jesús, María y José en Nazaret. Se descubre una nueva dimensión en nuestras tareas, y se goza con la presencia de Dios que las aprueba, acogiendo la ofrenda del trabajo bien hecho.

Para un hijo de Dios, la ilusión profesional no es un gusto o un capricho. Es la ilusión de realizar el trabajo que Dios quiere para que se santifique y dé fruto. Por esto hay una vocación profesional, que es parte importante de la vocación divina. Pero ese querer de Dios se descubre no sólo por las inclinaciones y aptitudes –que ciertamente cuentan–, sino también por las circunstancias en las que cada uno se encuentra por Providencia divina, y concretamente por los deberes que ha de cumplir y los servicios que de hecho puede prestar.

Todo este conjunto de factores configura la vocación profesional, y se llama "vocación" porque efectivamente representa una llamada de Dios a elegir, de acuerdo con las circunstancias personales, la actividad profesional más conveniente como materia de santificación y apostolado.

En este marco se ve cuán lejos de la ilusión profesional esté esa patología que suele llamarse profesionalitis. Lo primero es el amor al trabajo como medio de santificación y apostolado; lo segundo es la esclavitud a un ídolo que se ha puesto como fin. Y esto último puede suceder sin haberlo pretendido expresamente, por haber descuidado rectificar la intención y haberse movido en la práctica por metas terrenas poniendo en el triunfo la propia complacencia.

San Josemaría advierte de este peligro: coloca los quehaceres profesionales en su sitio: constituyen exclusivamente medios para llegar al fin; nunca pueden tomarse, ni mucho menos, como lo fundamental. ¡Cuántas "profesionalitis" impiden la unión con Dios![24]. Aprender a trabajar bien es también aprender a poner el trabajo en su sitio, un sitio tan importante como el de eje de la santificación en la vida ordinaria, pero siempre un medio.

* * *

A lo buenos profesionales se les conoce por su trabajo. A San José todos le conocían como el artesano, y a Jesús como el hijo del artesanofabri filius[25], y artesano Él mismo[26]. No nos ha quedado el resultado de su trabajo, ninguno de los enseres que fabricaron, con calidad, con la perfección que permitían las herramientas, trabajando con esfuerzo, orden, alegría..., mientras Santa María se ocupaba con el mismo espíritu de las tareas del hogar. Nos ha quedado en cambio el amor redentor de Jesús en ese quehacer, y el de María y José unidos al suyo con un solo corazón. Ésta es la esencia de la santificación del trabajo.

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[1] Forja, n. 698.

[2] Cfr. Camino, n. 359.

[3] Amigos de Dios, n. 55.

[4] Surco, n. 527.

[5] Amigos de Dios, n. 72.

[6] Ibidem, n. 81.

[7] Mt 25, 26.

[8] Amigos de Dios, n. 81.

[9] Surco, n. 505. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1866.

[10] Santo Tomás de Aquino, S.Th., II-II, q. 54, a. 2, ad 1.

[11] Camino, n. 15.

[12] Amigos de Dios, n. 62.

[13] Ibidem.

[14] Surco, n. 494.

[15] Dt 32, 4 (Vg).

[16] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427.

[17] Gn 1, 10 ss.

[18] Conversaciones, n. 116.

[19] Ibidem, n. 116.

[20] Es Cristo que pasa, n. 50.

[21] Ibidem.

[22] Amigos de Dios, n. 91.

[23] Es Cristo que pasa, n. 50.

[24] Surco, n. 502.

[25] Mt 13, 55.

[26] Cfr. Mc 6, 3.

 

Las manos de una Madre

Escrito por Mons. Javier Cremades Sanz-Pastor

El pasado día 7 se cumplió un año del fallecimiento de D. Javier Cremades Sanz-Pastor, sacerdote del Opus Dei. Como recuerdo a una vida tan llena de frutos, hemos querido hacerle un homenaje publicando una conferencia –transcrita de youtube- que impartió ante las delegadas y delegados del Santuario de Torreciudad, del que él era, en esa época -rector-.

El título que hemos escogido para esta conferencia se llama las manos de una madre. He pedido que ahí detrás pongan también las manos de la madre. Si os fijáis las manos y la cabeza de la imagen de la Virgen está proporcionalmente desproporcionada; a idea, como para resaltar el rostro de la Santísima Virgen y sus manos acogedoras. Una mano de la Virgen abraza al niño. Se puede pensar que ese abrazo al niño, también para nosotros es Cristo, es la gracia del perdón que nos trae Cristo con su pasión y muerte, con su resurrección. Y la otra mano sostiene una rosa; esa rosa me gusta pensar, y más en este año la misericordia, que rosas son las obras de la misericordia; las siete obras espirituales y corporales cada una siete y siete obras de misericordia, sin cansarse, sin cejar un momento en el empeño. El Santo Padre constantemente nos recuerda a todos para que -como siempre tenemos que hacer- quiere que lo hagamos particularmente intenso a lo largo también este año.

Hace mes y pico, hablé de las manos de una Madre  en una conferencia que di en Casteldaura. Yo me las prometía muy felices porque me dije ya tengo la conferencia preparada,  le suelto la misma matraca a los delegados y a las delegadas. Pero no contaba con los avances modernos, y poco tiempo después de esta conferencia me la encontré puesta ya en internet en diferentes lugares; no sólo el texto, sino también la voz, o sea todo. Me dije tendremos que cambiar y a la vez darle menos aire de conferencia y darle más aire de familia.

Puesto que la explicación de todo lo que hemos visto hasta este momento, como queda claro, tiene sus orígenes aquí en Barbastro, me encanta la presencia de estos alcaldes aquí presentes, especialmente el de Castilla, al que le agradezco que me haya admitido como ciudadano de ese Castilla; soy castillano desde hace unos meses

Claro es una historia de las manos de esa madre que empieza aquí. Son cuatro manos, las dos manos que acogen ese niño pequeño que agoniza y que la madre con cariño lo ofrece a la virgen de Torreciudad y le dice que si lo cura es para ella. Cuando el médico viene a certificar la defunción se encuentra con que este niño barbastrense de pro, de  toda su vida,  -porque fue un barbastrense tremendo, estupendo- se da cuenta que el niño está jugando con los barrotes de la cuna y en brazos de su madre, a caballo, como en la época, por caminos muy inexistentes.

Yo cuando vine en 1958 por primera vez a Torreciudad tuvimos que dejar el coche en Volturina, porque quizá había un sendero previo, pero después se construyó el pantano que se lo debió llevar por delante. Los paisanos si sabían dónde estaba Torreciudad, iban tantas veces descalzos a poner en manos de la Virgen -las manos de la madre-, sus preocupaciones, sus ilusiones, sus problemas, sus circunstancias como esta madre, la madre de san Josemaría. Luego me he ido enterando -porque aun llevo poco tiempo como rector, pero Torreciudad ha sido un paisaje casi  constante en mi vida-  y he presenciado casos directamente de varias madres conocidas también por mí que les ha pasado exactamente lo mismo; que con sus manos han venido a traer, a ofrecer a ese niño, esa niña a la Santísima Virgen, y ella ha cuidado de ellos y los ha sacado adelante.

Una nos lo contaba hace poquito -en el video- y otra es muy reciente – va a salir quizá en la información de las actividades del santuario del año pasado-. Una, en concreto, que relata como viene agradecida a traer a su niño porque se lo ha curado la Santísima Virgen y viene ofrecérselo de nuevo.

La historia posterior -desde hace ciento y pico años- es la historia de esas manos de madre que tiene grabadas a fuego en su corazón, esas manos de madre que le hacen a él también ser padre, ser madre, y que le hace querer a la Virgen con locura, y le hacen saber contagiar a todas las personas que tienen a su alrededor ese cariño loco grande, enorme, profundo, por la Santísima Virgen. Él vive y experimenta  que está siempre en manos de su madre María, su vida no es fácil en absoluto, pasa por dificultades tremendas -siempre parte de lo que cuento es historia que he oído de primera mano, parte de lo que cuento es historia vivida por mí-, porque ya teniendo mis años tengo a mi favor el agradecer a Dios haber podido estar con san Josemaría antes de 1975; viviendo con él varios años en Roma.

Y cuando, -por diferentes motivos, nos conocimos, -pues la amistad de San Josemaría con mi familia entronca en mil novecientos ventialgo- cuando tanto él como mi padre estudiaban juntos -aunque diferentes años- en la facultad de derecho de la Universidad de Zaragoza. Ahí empieza una amistad y un trato en profundidad porque san Josemaría realizaba entonces también muchas obras de caridad, llevaba a sus compañeros de universidad a dar catecismo a los barrios más extremos de Zaragoza. Allí es donde mi padre comentaba con todo el amor, como desde el centro de la ciudad iban andando hasta el centro de la ciudad, más allá de donde estaba la Romareda -aunque del Zaragoza mejor no hablar-. Pero imagino esas conversaciones por el camino porque iba a enseñar al que no sabe, esas obras de misericordia; en  concreto el catecismo que daba a los niños pobres de esas barriadas de Zaragoza. Pero supongo que iría también percutiéndole a mi señor padre. Preparando a mi padre para su vida posterior. Cada vez que me miro en el espejo por las mañanas y veo el negro panorama que me espera por mi vestidos -en ese sentido mi armario es desanimante- (no tengo problemas de que ponerme nunca), pienso que tanto regalos que mi familia y yo hemos recibido a lo largo de nuestra vida comienza precisamente ahí, ejerciendo esas obras de caridad. El que se sabía en manos de una madre, porque en esa época San Josemaría iba todos los días al Pilar a pedirle la Santísima Virgen, a ponerse en manos de la Santísima Virgen porque no sabía qué era lo que Dios le pedía, y esa tónica suya fue la habitual. Luego ya descubre lo que Dios le pide y lo va llevando hasta el último rincón con dificultades sin cuento, pero  toda su vida en manos de la Virgen, toda su vida hasta el momento de morir. Nos dice este barbastrense ilustre que nos deja en lo humano -como herencia- el buen humor, y en lo sobrenatural –dice- el cariño a la Santísima Virgen el ponernos en manos de la Madre.

Ya en 1934 escribe -es un poco curioso este texto porque aunque suena a frase bonita cuando uno lo mira despacio, no puede ser más que autobiográfica- ¡Madre! -Llámala fuerte, fuerte. -Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo (hasta aquí bien), el consuelo de su regazo (san Josemaría sabe lo que es el consuelo de regazo), la ternura de sus caricias (las manos de una madre acariciando): y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha (parece una referencia autobiográfica). (Camino, 516). Un poquitín más adelante en ese libro escribe: Sé de María (Camino, 494). Ama con locura a la madre de Dios que es madre tuya y madre nuestra. Eso le lleva a estar agradecidísimo a la madre de Dios. El era muy, muy agradecido por eso era muy de Barbastro, muy de todos los sitios donde iba y la gente –pues- con él abría el corazón.

En Lérida, unos años después, cuando está predicando unos ejercicios sacerdotes, fallece su madre. No se esperaba. Desaparecen como en la tierra, esas manos de madre y él desconcertado acude a pedir ayuda mi padre, que para aquéllas era el gobernador civil de Lérida, y le pide que puede hacer para llegar al entierro de esa madre, responsable también de su curación. No debió ser difícil para mi padre ponerle un coche, lo que no fue fácil fue llegar hasta Madrid: carreteras rotas, algunas inexistentes, coches que, éste de hecho se averió, y de madrugada del día siguiente pudo llegar a darle ese descanso también final, acompañar a su madre en ese momento. Él decía que nunca iba a olvidar -lo dejó por escrito- ese detalle de mi padre para con él. Y de hecho no lo olvidó jamás. Yo en el año 41 tenía menos 4 años, menos 5 años, mi existencia no era precaria, era inexistente.

Yo he pasado por el apuro, que recuerdo conmovido, de allá por los años 70, un día acompañando San Josemaría por las calles de Roma, -el iba hacer ver una serie de gente- yo iba como de compañía. En un momento en que él iba detrás, yo estaba delante, me agarró del brazo con fuerza y me dijo:

  • - Hijo mío -yo insisto en el año 41 estaba en menos 5 años- hijo mío, qué agradecido te estoy.
  • - Padre, ¿por qué?- respondí.
  • - Yo te debo a ti el haber podido llegar a darle un beso a mi madre antes de que la enterraran.
  • - Pero, Padre, si yo no existía.
  • - No, hijo mío, yo te debo a ti. ¡Ay Dios mío!, es la madre, es el padre, es el cariño de quien siembra, siembra y siembra toda su vida, incluso agradeciendo cuando más le maltrataban -pienso en los años 70-, que fue lo que me tocó vivir con él.

Iba por todos los santuarios del mundo, poniéndose en manos de la Virgen, en manos de la madre. Hacía peregrinaciones al Pilar, a Fátima, a Lourdes, bebía el agua bendita de Lourdes con todo cariño, a Eisenberg, en Roma a diferentes lugares, a Guadalupe, para que se resolvieran las cosas, para que la Obra pudiera tener la configuración jurídica que Dios quería. Iba volviendo loca a la Santísima Virgen, y las manos de la virgen le seguían, le bendecían. Tengo aquí apuntadas una palabras que San Josemaría, quizá hoy se pueden hacer, viéndoos aquí a vosotras y a vosotros, en esta tierra nuestra, los que somos aquí del alto Aragón; chantajeaba a la Santísima Virgen de esta manera, le decía:

  • Madre, te ofrezco un futuro de amor con muchas almas -yo que no soy nada, que sólo no puedo nada- me atrevo ofrecerte muchas almas, infinidad de almas, oleadas de almas en todo el mundo y en todos los tiempos, decididas a entregarse a tu Hijo y al servicio de los demás para llevarlos a Él.

Pensar, -hemos visto un resumen de actividades- aunque bueno lo de menos es poner las actividades que ha habido. Lo interesante es lo que pasa, porque viene la gente, ¿qué es lo que tienen en su corazón cuando vienen a Torreciudad?. Los que somos de aquí, del Somontano, del Rigor, del Sobrarbe, lo que tenemos en el corazón cuando vamos a ver a la Virgen, los que vienen desde cualquier rincón del mundo a ver a la Santísima Virgen; venimos a esos brazos de Madre.

Resuenan sus palabras:     

Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos.

     —Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo. (Camino 301).

Resuenan sus palabras de que resolvamos las cosas en la medida en que haya un puñado, -y aquí hay mas de un puñado de mujeres y hombres decididos a tomar en serio a Dios- porque en esta situación tan convulsa que está atravesando en occidente, en esa situación tan curiosa que está atravesando en nuestro país, la solución no va a venir por la línea de los nombres, de los políticos que están en estos días, más o menos discutiendo, con mejor o peor educación, como los líderes del mundo entero. La solución no va por ahí, que también, la solución va porque de tu y yo seamos como Dios quiere, de que tú y yo nos tomemos en serio estar en brazos de una madre, dependen –no lo olvides- muchas cosas grandes.

Torreciudad, hermanas mías hermanos míos, no hecho más que comenzar. Ese secreto entre la virgen y san Josemaría que -yo creo- está todavía por descubrir. Tuve la gracia de Dios en poder estar en Barbastro el 25 de mayo de 1975, el día que le dieron los paisanos de nuestro fundador, del fundador del Opus Dei, del creador del santuario, el título de hijo predilecto. Que no es el santuario nuevo, que no es que Torreciudad sea del Opus Dei, es de la Iglesia universal. Llevamos unos cuantos la dirección pero a él le tocó empujarlo y darle dimensión universal, que hace que Barbastro -por ejemplo- se ha conocido hasta el último rincón de la tierra, porque ahí donde hay una estampa del fundador del Opus Dei vuelves detrás y la primera línea -en caracteres chinos, filipinos, tagalos, suecos, rusos, da al igual, lo que quieras. La tercera, cuarta palabra entre paréntesis es Barbastro, España. Pero recuerdo como él, ese día estaba particularmente emocionado, por diferentes cosas. No puedo dejar de declararos mi orgullo de barbastrense se siente hoy singular y profundamente agradecido a todos cuantos hoy, estáis haciendo lo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo. El maravilloso empeño que clava sus raíces junto a Nuestra Señora de Torreciudad. Mi corazón sacerdotal se llena también de gratitud a quienes con sus invocaciones a Santa María, con su sacrificio, con su trabajo, con sus aportaciones económicas -quizá en apariencia humildes- procuran sinceramente aumentar la devoción a la Santísima Virgen, sabedores de que los frutos espirituales y educativos de aquel centro mariano serán de carácter universal, pero se notarán especialmente en la antiquísima ciudad episcopal de Barbastro y en todo el somontano.

Salía de su profundo corazón ese agradecimiento a los que en aquel momento hacían posible -estaban dándole esta distinción- que Torreciudad se  estuviera construyendo sabiendo que esas almas, muchas almas, oleadas de almas y un futuro de amor, -te prometo si me escuchas-. Y fíjate tú si la Santísima Virgen le escuchó, que es en la tela de la historia, donde las manos de una Madre, las manos de las madres han hecho mucha labor. Ahí está la Virgen y me gusta decir que en Torreciudad no hay rector -no sé lo que pasará en vuestras casas-, pero en Torreciudad hay rectora -que tal queda esto-. No sé, en vuestras casas, quien mandan si ellas o ellos; bueno sí que lo sé.

¿Qué hace la Virgen?,  ¿qué hace la Madre con esas manos?

Hace unos meses vinieron de un pueblo, más allá de Córdoba -en un minibús de unas 30 y tantas plazas-, una familia que venía a celebrar las bodas de oro de los abuelos, y antes de comenzar una ceremonia así, pues paseo por la explanada, oteo un poco el panorama, miro a ver, y ahí note que entre los asistentes había mucha gente muy contenta, pero también había unos cuantos nietos que se les veía discretamente calcinados:

  • - ¿qué pasa?
  • - Te cree que traerlos aquí la abuela.
  • - ¿No haber venido?
  • - Cualquiera no viene.
  • - Pero claro –le decíamos- ¿pero siempre le preguntábamos: ¿abuela que quieres para los 50 años? Y la abuela siempre decía ir a Torreciudad. ¡Abuela pídenos cualquier cosa menos eso.
  • - ¡No me preguntéis que quiero! -decía la buena señora-.

Cuando pude cogí a la señora y le dije:

  • - ¡Oye!, porque esa perra tuya de venir a Torreciudad.

Me dijo:

  • - ¡Ay!, mire yo ya sé cómo funciona esto de Torreciudad. Mire -y señalo-, es mi hijo mayor, hacía siete años que no venía a casa y no se hablaba con sus hermanos.  Esos dos no están casados y viven con esas dos, y mis cuatro o cinco nietos no están bautizados. Usted no sabe lo que es tener ese dolor en el corazón. Ese está enfermo de no sé de que, esa otra el trabajo no sé cuantos. Yo a mis hijos no les voy dejar mucho dinero, pero les quería dejar grabado en su corazón lo que es la Virgen, en concreto, lo que es la Virgen de Torreciudad.

Empecé la homilía diciendo: yo creo que lo mejor es que la homilía la de la abuela.

La abuela dijo:

  • - ¡No!

Bueno pues entonces la doy yo con palabras de la abuela. Así ataque al final:

  • - ¡Nietos!...

Ya se han casados los hijos, han bautizado a los no tan churumbeles. Y Hay fotos que se graban con los móviles y fotos que se graban con cámaras especiales, pero hay fotos que te quedan en el disco duro del corazón. Son esas fotos que pasan en Torreciudad, que a veces se ven -la mayor parte de las veces- lo que pasa entre las manos de la Virgen y lo que pasa en el corazón de las personas, no se ve.

Hace un tiempo -también poquito-, llevo ocho meses nada más en Torreciudad. Yo procuro encontrarme en la explanada con todo el mundo y aprovechó los encuentros de la explanada, como viene gente que sabe, gente que no sabe, gente que anti sabe.

Y recibí una pareja de 50 ó 60 años, y note que el saludo fue cordial, que la pobre mujer tenía un tic en la cara. No es un tic grato, pero al cabo de un rato empecé a sospechar, no sabía yo –ese tic me sonaba extraño; me fijé con más calma y me di cuenta que la señora tenía el tic en la medida en que su marido no le veía la cara, si su marido le veía la cara no había tic. Entonces empecé a pensar que estaba echando la mujer señales de humo, como diciendo en inglés ¡help!. Entonces hubo un momento audaz en que le dije a la señora:

  • - ¿Te puedo pedir un favor?
  • - ¿Dígame?
  • - Vete un momento y déjame con tu marido que quiero hablar con él.

El marido saltó:

  • - No, no, no conmigo.
  • - Bueno pues que se vaya tu mujer, el que quiere hablar contigo soy yo, si tú no quieres hablar conmigo, no hables.

Y ahí nos quedamos los dos a solas -y se baja el telón pues porque lo que se habla, se queda con el sacerdote -y hasta se baja el telón. Una hora después estoy por la explanada -y se levanta el telón- porque me encuentro de nuevo con esta pareja los dos llorando a moco tendido, y la mujer se me echa encima diciendo:

  • - ¡Gracias!, ¡gracias!, ¡gracias!
  • - ¿Por qué?
  • - Yo no sé nada.
  • - Se confesó mi marido.

Y por lo que contaron en ese momento, su marido hace 40 años que no se confesaba. No se había confesado ni para casarse, es la inconfensionalidad. Y le dijo en un momento determinado.

  • - ¡Cuéntale, cuéntale al mosén –en Aragón es mosel- lo que me estabas diciendo ahora.
  • - ¡Mujer, no!
  • - Si, cuéntaselo al mosén.

Entonces, en ese momento, y así me lo contaron. Decía el marido:

  • - Tu sabes lo que va a ser esta noche al llegar a casa poderte dar a ti, a mis hijos  -conforme los vaya viendo-, y a mi nietos -conforme los vaya viendo- por primera vez en mi vida, a ti mi mujer, a los hijos, por primera vez en mi vida, un beso como Dios manda; porque yo sabía cuando besaba que eso no era lo que Dios quería.

¿Qué ha pasado entre ese hombre y las manos de esa madre mía?

Piensa si quieres en los 10 millones de visitantes que ha habido en Torreciudad en estos últimos 40 años. Y no me refiero a la repercusión indudable económica, social, lo que tú quieras porque como todos, como vosotros, hoy comemos aquí, y cenamos aquí, dormimos aquí, ese empujón–insisto- que me parece a mí que no ha hecho más que empezar.

Piensa en el bien que eso significa para toda la humanidad, que se han puesto en las manos de la Madre. Piensa en cómo vienen los peregrinos tantas veces rotos, hace 15 días una niñita llorando por la explanada:

  • - ¿Qué te pasa?
  • - Se ha ido mi padre de casa.

Y había ido con el resto de la familia a pedir que el padre volviera. Y 15 días después te llaman para decirte que ha vuelto el padre, que le dé las gracias a la Santísima Virgen.

Piensa en cómo vienen ahora en el año de la misericordia, -os lo hemos pedido también a vosotros- vienen habitualmente trayendo productos, nos hemos especializado en productos de higiene. Cogemos todo porque hablando con diferentes instituciones y con Cáritas Barbastro, Monzón, ahí los más indigentes de la diócesis carecen -dicen los responsables- tantas veces de lo más elemental: de jabón para poder lavarse, de papel higiénico, y desde luego siempre a lo largo de los santuarios -al lado de los santuarios- a lo largo de la historia ha habido siempre una dimensión clara de caridad, de solidaridad, de justicia. Este año queremos que sea más, que sea mucho más, desde luego que ningún indigente, que ninguna una persona necesitada, que ninguna familia, que a ninguna mujer, a un niño, le falte lo dispensable para su higiene personal. Piensa cómo se van los peregrinos de Torreciudad con deseos de volver, comprometiéndose cada uno en los lugares de origen. Piensa en que si realmente decimos que Torreciudad en la comarca, en la zona, está siendo un gran factor de desarrollo -lo que tú quieras- pero la manos de la Virgen van hacer también de modo particular este año pero ya digo, habitualmente, otro factor de desarrollo de que no haya ninguna persona que pueda decir que no tiene mientras otras personas tiran lo que les sobra, les falta.

A mí me recuerda esto los comienzos de san Josemaría cuando su padre se arruina en Barbastro y tienen que irse fuera, me recuerda los comienzos de la Obra, me recuerda cuando va a dar catecismo las barriadas pobres de Zaragoza. Me recuerda cuando va corriendo por los pobres de Madrid con unos zapatos que decían que tenía llamativamente limpios y no se fijaban que no tenían suela, porque no tenía dinero ponerle suelas nuevas. Y promovió centenares de centros sociales. Piensa y si quieres sueña- un poco más y voy terminando- porque las manos de la virgen sois ahora, somos ahora, los que trabajamos en Torreciudad. Las manos de la Virgen, -especialmente- sois ahora las delgadas, sois ahora los delegados. Esas manos que acercan a la Santísima Virgen a todo que se encuentra alrededor, y que es además la mejor y la única respuesta a la ignorancia y de la labor destructora que se quiera hacer en todos los lugares, porque además el que no está con Cristo, está contra Él.

 Yo pienso en el Cristo de Torreciudad -lo veréis mañana-; recordáis que está vivo. San Josemaría mandó hacer dos ejemplares de ese Cristo; que le corrigió el molde al artista en diferentes ocasiones y que al final cuando el artista lo vio hecho dijo: “esta es la obra maestra de mi vida”. Y San Josemaría –divertido- comentó por lo bajo: “este se piensa que la hecho él”. Pues hizo ese Cristo sacó los dos moldes, las dos copias e hizo que se destruyera el molde.

Por aquellos años yo vivía en Roma y un día me dijeron:

  • - Oye te puedo pedir un favor, ponte con ropa de trabajo, anda

Me puse con ropa de trabajo con otro -faltaba poco tiempo para que san Josemaría me llamara al sacerdocio-. Me puse con ropa de trabajo, bajé a un almacén, me dieron un martillo, me dieron un cincel y me dijeron rompe eso y que el trozo más grande sea así. Quité lo que lo cubría y debajo estaba el Cristo en yeso. Os puedo asegurar que no se me olvidará jamás los golpetazos que tuve que dar aquel Cristo. Me acompañaba otro -que parece ser que era más delicado que yo- porque cuando reconocía alguna zona del crucifijo donde él tenía que pegar, decía:

  • - Esto tú.

Y me lo pasaba a mí para que yo lo hiciera.

Es esa labor destructora que se quiere hacer de todo lo de Cristo, en todos los rincones, pero la gente no se da cuenta. Como decía Juan Pablo II podéis intentar hacer un mundo sin Dios, pero cuando penséis que lo habéis conseguido os daréis cuenta que habéis hecho un mundo contra el hombre.

Por aquel entonces mientras yo golpeaba el Cristo, Torreciudad se alzaba. Con todo el cariño, con la locura de hacer Torreciudad, y soñando lo que ahora es realidad. Pero nos interesa lo que pasa en los corazones de todos los que vienen. Y ahora un ataque directo a las delgadas y a los delegados ¿qué tal queda? Ser delegado no es un encargo:

  • - Me han dicho, que si puedo ser delegado.

Ser delegado de Torreciudad es un regalazo enorme. Es un honor, es un enchufe. ¿Qué tal delegados del mundo? Es un gran enchufe, es la respuesta más directa para resolver -en primer plano- todos los problemas de nuestro mundo, este mundo nuestro, que tantas veces se irrita y se entristece hoy mismo aquí en Barbastro.

Lamentamos la muerte trágica de un guardia civil por una insensatez de unos locos. Bueno, pues, delegadas y delegados si antes decíamos tener el corazón abierto, saber que si tenemos que llevar a la Virgen a tanta gente, porque somos sus manos, vosotras, vosotros y yo tenemos particular enchufe, como los que estamos aquí en esta zona del alto de Aragón, tenemos particular enchufe con nuestra Madre. Aprovecharos muy requete bien y estos días llenaros de esa fuerza que da la Virgen, esa fuerza que nos da la intercesión de este santo desde el cielo, que nos dice que -con nuestra ayuda- eso que le ofrecía la Virgen: que ofrezco yo que no soy nada, que no puedo nada; muchas almas, oleadas de almas, infinidad de almas y un futuro de amor, ese el futuro de amor de las delegadas y de los delegados de 2016. Gracias delegadas, gracias delegados.

Mons. Javier Cremades Sanz-Pastor

 

 

La importancia de la vitalidad urbana I

Escrito por María Beltrán Rodríguez

 

1.     Introducción

Este artículo destaca la importancia de los espacios públicos como lugares imprescindibles para las relaciones sociales. Se encuadra la vitalidad como una cualidad que habla de las personas, colocando a las personas no a la estética o tecnología, como elemento prioritario en la teoría urbana y el diseño del espacio público. La investigación pretende arrojar luz sobre aquellos aspectos del espacio público que escapan muchas veces a los ojos de políticos o diseñadores, y que rara vez aparecen en los planos, pero que en el día a día de todos nosotros, proporcionan calidad de vida. El objetivo principal de la investigación es traer la vitalidad del espacio público a una primera línea de debate tanto a la hora de estudiar la ciudad como de crearla. Habla del importante vínculo que existe entre el nivel de vitalidad de los espacios públicos cotidianos y la fuerza que tiene una ciudad de regenerarse, de mantenerse sana, sostenible y resiliente, con capacidad para evolucionar favorablemente y mantenerse equilibrada y próspera en lo social, económico, físico o estético y legal.

Una red de espacios públicos bien diseñados y administrados puede ser una de las grandes virtudes de una ciudad y a la larga conlleva muchos beneficios (Jacobs, 1961). Sin embargo, la morfología de muchos nuevos desarrollos está provocando la desaparición de los espacios públicos vitales. Esta morfología ha provocado la ruptura de la escala de barrio, que sí encontramos en el centro de las ciudades o   en tejidos más antiguos y compactos. Al desaparecer la escala de espacio público, desaparecen con ella las actividades cotidianas que realizamos diariamente, los encuentros fortuitos y espontáneos, y con ello la generación de identidades colectivas y espacios de representación comunitaria. Desaparece el street ballet, que describía Jane Jacobs en sus libros, y que explica el sentido de pertenencia al barrio y la cohesión social, inherentes a barrios bien definidos y delimitados y con calles de tamaño mediano o pequeño y que gozan de variedad de usos y actividades.

Muchos teóricos y estudiosos del tema describen esta falta de vitalidad de    la ciudad contemporánea como “la muerte de la calle” (Scully & Levine, 2003; Augé, 1995; Venturi, 1968). Destacando la problemática social, La Cecla (2012), explica cómo hoy en día, en parte por la herencia recibida por el planeamiento   del Movimiento Moderno, estamos siendo testigos de “la muerte de la calle”, la pérdida de contacto con el suelo y con la acera. Critica, además, los terribles efectos que todo esto ha tenido en nuestras relaciones sociales, haciendo que pasemos más tiempo en casa, en lugar de “encontrarnos” en espacios públicos. Así, las relaciones sociales en los espacios públicos en muchos barrios recientes, son prácticamente inexistentes. El hecho de que hoy, aun con los avances tecnológicos que permiten la comunicación sin necesidad de salir a la calle, los ciudadanos reclamen todavía un espacio público digno y de calidad, donde aparezcan actividades sociales (Gehl, 2010), es aún más inquietante. Todo ello hace que sea más urgente e importante buscar un nuevo camino a la hora de afrontar el diseño y planeamiento de las ciudades en general y el espacio público en particular.

Algunos tenemos la suerte de escoger donde vivir. Pero todos buscamos cosas similares para escoger un hogar. Como dice Max-Neef (1986) las necesidades humanas son finitas, pocas y clasificables; son las mismas en todas las culturas y periodos históricos. Y si todos buscamos satisfacer las mismas necesidades, ¿cómo es que existen barrios tan dispares, barrios en los que muchos nunca escogerían vivir? Lucy & Philipps (2006), tras el estudio de las 35 áreas metropolitanas de mayor población en los Estados Unidos, concluyeron que el lugar de residencia, el “hogar”, es la posesión más valiosa para la mayoría de la gente; y que la localización, y las características del barrio donde se encuentre (incluyendo centros educativos y de salud, redes de amigos o familiares, actividades de recreo y amenidad, distancia al trabajo, etc.), constituyen no sólo los valores por los que se escoge una residencia, sino que marcan a un niño o adulto durante décadas; definen en gran medida las oportunidades que esa persona tendrá en la vida (Yates, 2011).

Partiendo de todas estas consideraciones, la investigación plantea en primer lugar, tres preguntas fundamentales: ¿por qué es importante la vitalidad?, ¿por qué desaparece? y ¿qué hace a un lugar vital? En segundo lugar, discute cómo abordar el estudio de la vitalidad, y explica la diferente visión que tienen distintos agentes a la hora de entender el concepto de vitalidad. Por último, señala un posible camino para estudiar el fenómeno de la vitalidad, combinando distintos puntos de mira y actores que intervienen en la ciudad, mediante un acercamiento transversal y multidisciplinar.

2.        Un espacio público cotidiano vital

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define la “vitalidad” como la cualidad de tener vida. Vital es aquello que está dotado de gran energía o impulso; vivo, enérgico, activo, vivaz, exuberante, animado, bullicioso, entusiasta, vibrante, dinámico. Pero, ¿qué connotación adquiere cuando se aplica al tejido urbano?

No se ha encontrado documentación de alguien que acuñase el término “vitalidad” por primera vez para referirse a la ciudad. El término “ciudad viva”, sin embargo sí se ha podido rastrear. Roberta Brandes Gratz (1989) lo atribuye a Jane Jacobs, quien lo utiliza como concepto de la ciudad, como “acuerdo”, que constantemente genera crecimiento económico de su propia economía “local” (Jacobs, 1969, p. 262). Este uso también coincide con el del sociólogo Max Weber (1958) y el historiador Henri Pirenne. Pero lo que sí se puede deducir de toda la información recopilada, es que el término vitalidad se utiliza siempre en forma de adjetivo, de cualidad, para describir un sustantivo al que acompaña: un lugar, una ciudad, un barrio, una calle. Nunca aparece por sí solo. La investigación, dotando al concepto de vitalidad de mayor importancia y fuerza, opta por utilizarlo, en su conjunto, por sí solo, como sustantivo en lugar de adjetivo.

 

Fig. 1a. Imagen izda. Chicago. Fuente: Norberg Schulz (1971). Fig. 1b. Imagen dcha. Times Square. Fuente: en.wikipedia.org.

La vitalidad, según el significado que le demos, será más o menos cuantificable mediante el número de eventos por metro cuadrado ocurriendo en una plaza o el número de personas que pasa cada día por un mismo punto. Por ejemplo, ¿es más vital la escena representada en la imagen de Chicago con seis niños jugando en la calle o Times Square repleto de miles de personas? (Fig. 1a y 1b). Si entendemos vitalidad como algo relacionado con la equidad, entonces diremos que es difícilmente medible numéricamente. Sin embargo, si la entendemos como algo más relacionado con el éxito económico de un lugar o la cantidad de actividades que tienen lugar, ésta podría ser cuantificada más fácilmente.

Esta investigación define vitalidad como algo que va más allá de lo físico, y que incluye de forma simultánea, conceptos como vida, energía, actividad, sociabilidad, convivencia, sostenibilidad social y económica o tolerancia. La dificultad de estudiar la vitalidad radica en que es un concepto complejo, con múltiples significados y variables, físicas pero también económicas, sociales, o legales. Por lo tanto, sería necesario un enfoque mixto, así como métodos cuantitativos y cualitativos, para poder estudiarla y entenderla.

2.1     ¿Por qué es importante la vitalidad?

¿Por qué debería preocuparnos la falta de vitalidad? ¿Por qué no interesa que nuestros espacios públicos cotidianos estén faltos de vida? Una red de espacios públicos vitales tiene multitud de beneficios demostrados, como son:

·               Incremento de la interacción social.

·               Mayor diversidad y equidad.

·               Incremento del capital social.

·               Menor índice de delincuencia.

  • Mayor sentido de pertenencia, identidad vecinal y sentido de comunidad.

·               Mejora del turismo y de los negocios cercanos.

·               Creación de lugares más atractivos.

·               Mayor respeto al medio ambiente.

Aunque los beneficios de un entorno vital son variados, todo ello converge, en el contexto de esta investigación, en un punto común y prioritario: las personas. La vitalidad es importante porque es una cualidad que habla de las personas, que coloca a las personas (y no a la estética o la tecnología) como elemento prioritario en la teoría urbana. Más allá de una razón estética o económica, si partimos de     la base de que los espacios públicos “saludables”, gozan de un alto grado de vitalidad (Ewing & Clemente, 2013), la vitalidad debería preocuparnos, como  algo que afecta directamente a nuestra salud. En 2007, la Royal Commission on Environmental Pollution en el Reino Unido publica informes en los que concluye cómo “la salud y el bienestar están indisolublemente vinculadas al medio urbano” (Robbins, 2007). “El mapa de asentamiento en relación a la salud” (Fig. 2), muestra de forma gráfica la multitud de factores asociados directamente con la calidad de vida y la salud de las personas. El tipo de planeamiento urbano aplicado, el tipo de calles y espacios públicos que diseñamos, pueden tener efectos directos   en aspectos que afectan directamente a la salud de las personas, como son los estilos de vida que adoptamos o la relación que tenemos con la naturaleza.

 

Fig. 2. The Settlement Health Map. Fuente: Barton & Grant, 2006.

Los efectos dañinos de algunos asentamientos urbanos en las personas son visibles (como es el caso de los efectos de la contaminación en la aparición de enfermedades cardiorrespiratorias). En otros casos, no es tan aparente, como ocurre con los trastornos psicológicos, debidos por ejemplo, a la falta de interacción social. La Organización Mundial de la Salud define que “la salud es un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no únicamente la ausencia de enfermedad.” (The World Health Organization Constitution, 1946). Esta investigación destaca el bienestar social, por ser quizás el más olvidado hasta ahora. Informes recientes del Grattan Institute (Australia) y del Design for Social Sustainability, Young Foundation (UK), demuestran que los vínculos sociales son cruciales para el bienestar. Estos informes exponen que existe una fuerte conexión entre la calidad de la infraestructura social y el bienestar de los residentes de una zona o población. Los seres humanos somos fundamentalmente “animales sociales”: las relaciones son esenciales para nuestro bienestar y nuestra salud. La falta de interacción social conduce a soledad y aislamiento; experiencias mucho más dañinas de lo que se creía hasta ahora. Por ejemplo, para una mejor calidad de vida, podría ser más importante relacionarse de forma activa con vecinos y amigos en el entorno cercano, que tener un sueldo más elevado.

2.2.    ¿Por qué desaparece la vitalidad?

La desaparición de la vitalidad en espacios públicos no es algo nuevo. Si examinamos la historia de las ciudades, veremos cómo ha habido periodos más proclives a la vitalidad en las calles –como el Medievo- y otros menos proclives, como aquellos marcados por regímenes totalitarios. Pero para los problemas actuales, interesa la combinación de múltiples factores del siglo XX, entre los que se encuentran:

-Crecimiento de población urbana.

-Llegada del automóvil.

- Nuevos sistemas económicos dominantes.

-  Nuevas formas de planeamiento.

Esta combinación de factores tuvo como consecuencia ciertos patrones que aún hoy caracterizan muchas de nuestras ciudades y que afectan de forma directa a la vitalidad del espacio público:

·                   Proliferación de circunvalaciones y vías de alta velocidad para vehículos mayoritariamente privados.

·                   Grandes centros comerciales desconectados del centro de la ciudad.

·                   Separación de usos.

·                   Privatización de lugares de encuentro.

Fig. 3a. Imagen izda. Enclosing agents: at three scales. Fuente: Urban Space, Rob Krier.

Fig. 3b. Imagen dcha. Ville Contemporaine. Fuente: Town of Three Million Project, Le Corbusier.

Como arquitectos y urbanistas nos interesa el cambio de mentalidad que supuso el Movimiento Moderno y la forma de hacer ciudad que proponía y que aún hoy se ve en nuestras ciudades. Frente a una forma de hacer ciudad mucho más adaptada a la figura humana, como la que explica Rob Krier (Fig. 3a), se plantea una ciudad ideal en la que los edificios y los vastos espacios que los separan pierden toda relación con lo humano, tanto en los físico como en lo psíquico (Fig. 3b). A pesar de las buenas intenciones de muchos urbanistas, arquitectos y administradores para idear e implantar sistemas pluricéntricos y equitativos, las ciudades de los últimos años no han cambiado su escala de valores. La Cecla (2012) critica la desigualdad que existe entre unos barrios y otros en ciudades europeas, y en especial entre los centros y su periferia.

“The ugliness of the suburbs is linked to the ideology of the enclosure of domestic space for the single working-class family, ‘with the reduction of life to a private shadow theatre’. There is nothing of the richness found in even the poorest city, where the semipublic and informal spaces, markets, traveling fairs, bars, osterias, cafés, news kiosks, and stalls, all uphold the importance of the street over an Anglo-Saxon pretense of privacy.” [1] (La Cecla, 2012, p. 53).

2.3.   ¿Qué hace a un lugar vital?

Todos sabríamos reconocer una plaza como llena de vida y actividades, de vitalidad. ¿Pero cómo ocurre? ¿Por qué unas plazas gozan de vitalidad y otras no? Esta investigación revisa el trabajo de profesionales y teóricos que centran sus estudios en lo social y las personas. A continuación se resumen las ideas de una selección de autores contemporáneos, que desde distintas disciplinas profesionales, defienden la importancia de la vitalidad –entendida en el marco de esta investigación–, y explican qué la fomenta. Los puntos más importantes se encuentran resumidos en la Tabla 1.

Peter Bosselmann (2009) destaca en sus investigaciones en distintos barrios de todo el mundo, que uno de los “sellos” de la vida en las ciudades es el beneficio que se obtiene de la presencia de otras personas en el entorno cercano. Jane Jacobs (1961) señala la cualidad de vitalidad como la clave para la regeneración de una ciudad, para su permanencia en el tiempo, su “resiliencia”. Defiende que una ciudad o un barrio sano es aquél en el que sus calles gozan de diversidad de personas, y que esta diversidad es la fuente de energía para afrontar cualquier problema en un futuro. La vitalidad según Bosselman, ocurre porque hay “presencia de personas”. Sin embargo Jacobs ahonda en la definición y habla de la vitalidad urbana como consecuencia de la “variedad de personas”. Si hay diversidad de personas en una red de espacios públicos (ya sea porque vivan o trabajen cerca), es más probable que “La falta de atractivo de los suburbios está vinculada a la idea de envolver el espacio doméstico familiar de la clase trabajadora, reduciendo la vida a un teatro privado de sombras. No tienen nada de la riqueza que se encuentra hasta en la ciudad más pobre, donde los espacios semipúblicos e informales, mercados, ferias ambulantes, bares, tabernas, cafeterías, quioscos de prensa y patios de butacas, recalcan la importancia de la calle frente a la pretensión anglosajona por la privacidad.” (Traducción al castellano realizada por la autora).

la interacción entre ellas de lugar a más ideas, más sectores de demanda y también más recursos para cubrir esos sectores. Todo ello por tanto acaba teniendo un efecto positivo en el barrio, en sus vecinos e incluso en su economía.

N. J. Habraken (2000) define vitalidad no por el número o el tipo de personas que la crean sino por lo que hacen. Su “intervención”, como algo relacionado con la creatividad, y su participación activa en ese entorno, es lo que lo hace vital, ya que lo renueva, lo modifica y amplía. Esta perspectiva es parecida a la del economista Sanford Ikeda (AA.VV., 2010), que defiende que la vitalidad de un entorno no es el resultado del diseño humano, sino de la acción humana. Esto es importante, pues se deduce que es la vitalidad propia de las interacciones impredecibles y espontáneas de los habitantes de un barrio o ciudad, la que activa la economía, crea los complejos mercados, intrincadas redes sociales e incluso la variada cultura. Ikeda profundiza en las ideas de Jacobs sobre la economía y la vitalidad social.

Profundizando más en el concepto de “creatividad” y su fuerte vínculo con  la vitalidad, el geógrafo David Harvey (1989), define la vitalidad urbana como aquella energía que surge de la diversidad y de la capacidad humana de controlar lo inesperado de una forma creativa. Peter Zlonicky (AA.VV., 2010), también partidario del concepto de creatividad ligado al de vitalidad, habla de las infraestructuras sociales híbridas y de los usos temporales creados por los ciudadanos en espacios públicos infrautilizados, como alguno de los aspectos claves de la vitalidad urbana.

William H. Whyte también ha escrito sobre la materia, a pesar de ser más conocido por haber estudiado y diseñado algunas de las plazas más famosas de Manhattan. De sus escritos se deduce que la vitalidad es algo que trasciende el diseño, que va más allá del entorno construido o físico. “It is often assumed that children play in the street because they lack playground space. But many children play in the street because they like to” [2], dice Whyte (1980, p. 10), recalcando su carácter impredecible, lo mucho que se puede escapar del control de los diseñadores que haya vitalidad o no, cuando se centran sólo en lo formal. Whyte nos recuerda que no todo se puede solucionar mediante el diseño, que hay que mirar, que hay que trabajar en equipos multidisciplinares.

Jan Gehl (2011), conocido por liderar el proyecto de peatonalización del centro de Copenhague, y por extender sus ideas sobre revitalización y rehabilitación de centros urbanos por todo el mundo, defiende la importancia de un urbanismo para las personas. Sin quedarse sólo en la forma final (peatonalizar, en su caso), ahonda también en el fondo, en los mecanismos legales para crear políticas integradas   que coloquen a los ciudadanos en el centro. Gehl aúna el diseño y lo legal, como nexo imprescindible en la creación de entornos vitales, de ciudades llenas de vida, seguras, sostenibles y saludables, contribuyendo a los objetivos –que él considera esenciales– de sostenibilidad social y sociedad abierta y democrática.

Por último destacar las ideas de un político –además de arquitecto–, Jaime Lerner (AA.VV., 2010), que explica la vitalidad de una ciudad como algo en continuo cambio, no como algo que se obtiene de un modelo de planeamiento o  un instrumento económico determinado. El alma de la ciudad –la fuerza que la hace existir y progresar– reside en cada uno de sus ciudadanos y en el poder con  el que las relaciones, la diversidad y cohesión, la identidad y densidad, moldean la calidad del espacio urbano. La vitalidad debe ser un concepto entendido también por políticos, no como algo superficial, como únicamente la presencia de personas o como un rendimiento económico, sino como algo variado y complejo, tal cual se entiende en esta investigación.

 

Tabla 1. Aspectos que fomentan la vitalidad urbana según distintos estudiosos de la ciudad.

María Beltrán Rodríguez*, en dianet.unirioja.es

* María Beltrán Rodríguez (mbeltran@umd.edu) es doctor arquitecto por la Escuela Politécnica Superior de la Universidad CEU San Pablo (Madrid, España) y M.Sc. en Urban Planning & Design por el KTH Royal Institute of Technology, Estocolmo (Suecia).

Notas:

1 “La falta de atractivo de los suburbios está vinculada a la idea de envolver el espacio doméstico familiar de la clase trabajadora, reduciendo la vida a un teatro privado de sombras. No tienen nada de la riqueza que se encuentra hasta en la ciudad más pobre, donde los espacios semipúblicos e informales, mercados, ferias ambulantes, bares, tabernas, cafeterías, quioscos de prensa y patios de butacas, recalcan la importancia de la calle frente a la pretensión anglosajona por la privacidad.” (Traducción al castellano realizada por la autora).

2   “A menudo se asume que los niños jueguen en la calle por falta de espacio de juegos. Sin embargo, muchos niños juegan en la calle porque les gusta.” (Traducción al castellano realizada por la autora).

 

 

¿Qué es el Octavario por la Unidad de los Cristianos?

  • unidad cristianos

Semana de oración por la unidad de los cristianos

Son unos días de súplica a la Santísima Trinidad por la unidad

Tradicionalmente, la Semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra del 18 al 25 de enero. Estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el periodo entre la fiesta de san Pedro y la de san Pablo.

Son unos días de súplica a la Santísima Trinidad pidiendo el pleno cumplimiento de las palabras del Señor en la Última Cena: “Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Juan 17,11). La oración de Cristo alcanza también a quienes nunca se han contado entre sus seguidores. Dice Jesús:

“Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño con un solo pastor” (Juan 10, 16).

En el Octavario por la Unión de los Cristianos pedimos por nuestros hermanos separados; hemos de buscar lo que nos une, pero no podemos ceder en cuestiones de fe y moral. Junto a la unidad inquebrantable en lo esencial, la Iglesia promueve la legítima variedad en todo lo que Dios ha dejado a la libre iniciativa de los hombres. Por eso, fomentar la unidad supone al mismo tiempo respetar la multiplicidad, que es también demostración de la riqueza de la Iglesia.

En el Concilio de Jerusalén, al tratar de los preceptos, los Apóstoles decidieron no imponer “más cargas que las necesarias” (Act XV, 28). Con ocasión de este octavario podemos dar un paso en ese identificarnos con los mismos sentimientos de Jesús. Concretar oración y mortificación pidiendo por la unidad de la Iglesia y de los cristianos. Este fue uno de los grandes deseos de Juan Pablo II (Encíclica Ut unum sint, nn. 1 a 4), y lo es asimismo de Benedicto XVI.

En estos días pedimos al Señor que acelere los tiempos de la ansiada unión de todos los cristianos. ¿La unión de los cristianos?, se preguntaba nuestro Padre. Y respondía: sí. Más aún: la unión de todos los que creen en Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera. No hay que reconstruirla con trozos dispersos por todo el mundo (Homilía, Lealtad a la Iglesia).

La Iglesia es Santa porque es obra de la Santísima Trinidad. Es pueblo santo compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia. La Iglesia que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos, todos somos polvo y ceniza (Ecclo 17, 31), cita n.P.

Por nosotros mismos no somos capaces sino de sembrar la discordia y la desunión. Dios nos sostiene para que sepamos ser instrumentos de unidad, personas que saben disculpar y reaccionar sobrenaturalmente. Demostraría poca madurez el que, ante la presencia de defectos en cualquiera de los que pertenecen a la Iglesia, sintiese tambalearse su fe en la Iglesia y en Cristo. La Iglesia no está gobernada por Pedro, Pablo o Juan, sino por el Espíritu Santo. Jesús tuvo 12 Apóstoles, uno le falló…

Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad –pero también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia constante del Espíritu Santo.

La predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa personal de unos cuantos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No contaban nada en su tiempo; no eran ni ricos, ni cultos, ni héroes a lo humano., Jesús echa sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. No me elegisteis vosotros a mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidieres al Padre en mi nombre, os la conceda (Juan 15,16).

Desde hace siglos la Iglesia está extendida por los cinco continentes; pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón llagado de Jesús. Ahora, como entonces, extender la Iglesia a nuevos ambientes y a nuevas personas requiere fidelidad a la fe, y obediencia rendida al Magisterio de la Iglesia.

Desde hace dos mil años, Jesucristo quiso construir su Iglesia sobre una piedra: Pedro, y el Sucesor de San Pedro en la cátedra de Roma es, por eso, el Vicario de Cristo en la tierra. Hemos de dar gracias a Dios porque ha querido poner al frente de la Iglesia un Vicario que la gobierne en su nombre. En estos días hemos de incrementar nuestra plegaria por el Romano Pontífice y esmerarnos en el cumplimiento de cuanto disponga.

San Pablo, a quien el Señor mismo llamó al apostolado, acude a San Pedro para confrontar su doctrina: “subí a Jerusalén para ver a Cefas, escribe a los Gálatas, y permanecí a su lado quince días”. (I,18).

El Octavario concluye conmemorando la conversión de San Pablo. El martirio de San Esteban, dice San Agustín, fue la semilla que logró la conversión del Apóstol. Dice textualmente: “Si Esteban no hubiera orado a Dios la Iglesia no tendría a Pablo” (cfr. S. Agustín, Serm, 315,7).

El principal obstáculo para la conversión, dice Scott Hahn son los mismos católicos… El principal apostolado que hemos de realizar en el mundo es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad.

En el octavario del 2005 decía Juan Pablo II: Sin oración y sin conversión no hay ecumenismo. Podemos acudir a la Virgen María para ser más humildes y, por tanto, más fieles.

 

Obediencia inteligente. Cumplir, por amor

Escrito por José Martínez Colín.

La obediencia, siendo algo bueno, requiere, como cualquier virtud, de la caridad.

1) Para saber

Se cuenta que en una ocasión iba una mamá con su hijo pequeño, cuando se les acercó una amiga de la mamá que no era nada esbelta. El niño al verla exclamó: “¡Qué gorda está!”. La madre muy apenada ordenó a su hijo: “Hijo, ¡dile que lo sientes mucho!”. El niño obediente le dijo a la señora: “Siento mucho que esté muy gorda”.

La obediencia, siendo algo bueno, requiere, como cualquier virtud, de la caridad. Como seres humanos, nuestros actos han de ir acompañados de la razón. Los niños aún no la desarrollan, pero el adulto ha de hacer las cosas convencido. Por ello, no basta hacer las cosas, sino se ha de interiorizarlas, conocerlas con la razón y hacerlas propias. El papa Francisco en su Audiencia señala que existe el peligro de simplemente cumplir los preceptos o ritos de la Iglesia, pensando erróneamente que sólo eso es la Iglesia y así ya obtengo la salvación. Hay quien asiste a ceremonias de la Iglesia, por ejemplo a un matrimonio, y luego no vuelve al templo. Se olvida que el principal mandamiento es el del amor, a Dios y al prójimo, y que la Iglesia está para tener un encuentro con Dios mismo.

2) Para pensar

“Regreso a Ítaca” es un reportaje que recoge seis historias de personas que han vuelto a la fe católica después de varias décadas sin práctica religiosa. María Villarino, coordinadora del proyecto, explicó que el nombre de Ítaca es un símbolo por la isla que Homero pone al viaje de regreso de Ulises a su casa.

Una de esas historias es la de Rosa. Aunque católica, declara que hacía todo “por cumplir, por quedar bien”; se sentía “obligada” a practicar el cristianismo, iba a Misa por obligación… No lo hacía libre ni convencida. Creía en Dios pero lo pensaba muy lejano y difícil para comunicarse con Él.

Una amiga, que vivía su fe de manera auténtica, la invitó a unas charlas de formación. Fue, y en una ocasión vio un video donde San Josemaría Escrivá decía que todos los cristianos hemos de ser como farolillos encendidos, porque hay cristianos apagados. Ella pensó que su vida estaba apagada. Para obtener paz, fue a unos ejercicios espirituales. Ahí comprendió lo que significa ser hija de Dios, y “fue como una explosión”. Se descorrieron “las cortinas de mi vida y entró la luz del sol”. Vio las cosas de modo diferente. Eso le cambió la vida, ahora podía ver a Dios en los demás. Ya no se siente sola nunca: “Dios me mide por lo que amo, no por lo que hago mal; sé que si caigo tengo una red, y no pasa nada”, asegura Rosa.

El documental —que puede verse en el sitio opusdei.org—, recuerda las palabras del papa Francisco: “Dios es un Padre que me ama y espera mi regreso”. La Iglesia es madre y hogar, no una institución fría y burocrática.

3) Para vivir

El Apóstol san Pablo les dice a los gálatas, que no piensen que ellos se salvan a sí mismos al cumplir los preceptos, olvidando que la salvación la obtuvo Jesucristo con su muerte y resurrección. Jesús es el Salvador y el Espíritu Santo quien cambia nuestro corazón: no nuestras obras.

Se trata de cumplir los preceptos obedeciendo al Espíritu Santo, pero con amor a Dios y para disponernos a amarlo cada vez más. Al captar la belleza de la fe en Jesucristo haremos las cosas dando un testimonio alegre de nuestra fe.

 

Libertad, filiación divina y secularidad

José Ignacio Murillo

Al pensar en la religión, en todo aquello que se suele incluir bajo este término, pocos piensan en la libertad. En el imaginario contemporáneo la religión es más bien algo de lo que uno se puede —o tal vez se debe— liberar. Se considere un fenómeno positivo o negativo, lo primero que evoca son las obligaciones que imponen cualquier culto o unas determinadas creencias: lo pensamos unido a la obediencia y la renuncia. Resulta, por tanto, extraño a nuestros contemporáneos que la fe cristiana —que es aquella que, aunque lejana y borrosamente, tiene como referente la cultura occidental—, se haya presentado, en realidad, desde el principio como una liberación. Es comprensible esta extrañeza porque esa conciencia de libertad que sentían y manifestaban los primeros cristianos falta con frecuencia entre los que viven en nuestro tiempo. ¿A qué se debe este cambio? ¿Se han transformado de algún modo nuestra comprensión y nuestra vivencia de la libertad hasta facilitar o provocar este malentendido?

En la prelatura del Opus Dei la libertad no solo es algo que se respeta, sino que ocupa un lugar destacado en su tarea evangelizadora y en la vida de sus miembros, hasta tal punto que resulta casi imposible describir su peculiar lugar dentro de la misión de la Iglesia sin mencionarla expresamente. Recientemente el prelado del Opus Dei ha dedicado a este tema una de sus cartas pastorales [1], donde se hace eco de las numerosas enseñanzas de san Josemaría sobre la libertad. De hecho, el fundador del Opus Dei señalaba en una ocasión que es preciso «formar cristianos llenos de optimismo y de empuje capaces de vivir en el mundo su aventura divina —compossessores mundi, non erroris (Tertuliano, De idolol. 14.); poseedores del mundo, con los otros hombres, no del error—; cristianos decididos a fomentar, defender y amparar los intereses —los amores— de Cristo en la sociedad; que sepan distinguir la doctrina católica de lo simplemente opinable, y que en lo esencial procuren estar unidos y compactos; que amen la libertad y el consiguiente sentido de responsabilidad personal» [2].

En este artículo no se pretende llevar a cabo un estudio exhaustivo sobre el lugar de la libertad en el espíritu del Opus Dei y sobre todas sus consecuencias. Me limitaré a poner de relieve el lugar central que tiene en él la libertad y la coherencia que guarda este hecho con sus rasgos esenciales [3].

Filiación divina y secularidad

En cierto sentido, pienso que podríamos definir la vocación al Opus Dei como una llamada a la santidad que se caracteriza externamente por ser en el mundo —o sea, la secularidad—, e internamente por estar radicada en un esencial y profundo sentido de la filiación divina. Al menos así lo expresaba el beato Álvaro del Portillo: «Santidad en el mundo y, al mismo tiempo, enraizada y alimentada dentro de un esencial y profundo sentido de la filiación sobrenatural del cristiano en Cristo. Si el primer postulado —darse en el mundo— podría definirse como una cualidad externa definitoria de la vocación a la santidad anunciada por el beato Josemaría Escrivá, el segundo —su radicarse en el sentido de la filiación divina — debe ser entendido como la cualidad interna definitoria por excelencia, la más característica, la más importante» [4]. Este énfasis se corresponde con la clara afirmación de san Josemaría de que la filiación divina o, como señalaba en otras ocasiones, el sentido de la filiación divina, es el fundamento de la vida interior de quienes buscan la santidad con el espíritu del Opus Dei [5].

Tomaré como guía esta «especie» de definición, pues pienso que las dos características que subraya permiten organizar de un modo adecuado los diversos aspectos que componen esta particular vocación, el espíritu que la anima y la institución que la promueve y preserva.

En concreto, el tema que nos ocupa, la libertad, se encuentra explícitamente conectado con ambas cualidades. Proponer la santidad en medio del mundo implica afirmar la condición secular de los llamados a ella y la mentalidad laical que les corresponde. ¿Qué caracteriza a esa mentalidad laical? Así responde san Josemaría: «Libertad, hijos míos, libertad, que es la clave de esa mentalidad laical que todos tenemos en el Opus Dei» [6]. Y, para comprobar la profunda unión entre la filiación divina y la libertad, basta considerar sus comentarios a las palabras de Jesús: “(...) veritas liberabit vos (Jn 8, 32), la verdad os hará libres. Qué verdad es esta que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad. Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y las criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y señorío propios de los que aman al Señor sobre todas las cosas” [7].

Esta íntima conexión de la libertad con el fundamento del espíritu del Opus Dei muestra por sí sola que la libertad penetra todas las dimensiones de esta peculiar vocación. Proponerla además como clave de la secularidad, que es otro de sus rasgos esenciales, añade a la noción una nueva nota de interés, y parece incluso sugerir una indicación para entender qué relación guarda el sentido de la filiación divina con la secularidad, como dos cualidades definitorias de la vocación al Opus Dei.

La historia y el progreso de la conciencia de libertad

El espíritu del Opus Dei ve la luz en un momento histórico en que la libertad ha cobrado tal importancia que se ha llegado a utilizar como categoría para explicar el sentido mismo de la historia universal. Así, ya para Hegel, «el fin último del mundo es que el espíritu tenga conciencia de su libertad y que de este modo su libertad se realice» [8]. Conviene señalar el inesperado paralelismo entre esta afirmación y otra de san Juan Pablo II: «En el umbral de un nuevo milenio somos testigos de cómo aumenta de manera extraordinaria y global la búsqueda de libertad, que es una de las grandes dinámicas de la historia del hombre. Este fenómeno no se limita a una sola parte del mundo, ni es expresión de una única cultura. Al contrario, en cada rincón de la tierra hombres y mujeres, aunque amenazados por la violencia, han afrontado el riesgo de la libertad, pidiendo que les fuera reconocido el espacio en la vida social, política y económica que les corresponde por su dignidad de personas libres. Esta búsqueda universal de libertad es verdaderamente una de las características que distinguen nuestro tiempo» [9]. Resumiendo esta inspiración, el prelado del Opus Dei afirma: «La pasión por la libertad, su exigencia por parte de personas y pueblos, es un signo positivo de nuestro tiempo» [10]. La conciencia de que el progreso en la conciencia de la libertad y en la exigencia de su realización es un signo positivo de los tiempos forma, por tanto, parte de una comprensión cristiana de la historia.

Esta toma de conciencia de la importancia de la libertad se encuentra unida con la secularización [11], entendida como el proceso por el que el mundo secular ha adquirido conciencia de su autonomía. La secularización, entendida como la afirmación de las leyes que rigen espontáneamente las actividades de los seres humanos y sus relaciones mutuas, puede considerarse una consecuencia de la afirmación de la naturaleza que, aun con vacilaciones a la hora de manifestarse a lo largo de la historia, se encuentra ya presente desde el principio en la vida y en la predicación cristianas [12]. Es esta una convicción a la que cabe atribuir, entre otras cosas, al menos en la cultura occidental, el reconocimiento de la autonomía de la política, el derecho y la ciencia, que han permitido la aparición de las sociedades modernas [13]. De hecho, es algo comúnmente aceptado que, en el proceso por el que la humanidad toma conciencia de la libertad, el cristianismo ocupa un lugar decisivo. Para algunos, sin embargo, este proceso conduce necesariamente a la secularización entendida en otro sentido, quizá el más común en el discurso público: la marginación del hecho religioso y sus manifestaciones, que llega a entenderse como requisito para realizar una sociedad plenamente libre. Esta última forma de comprender la libertad supone un largo y complejo desarrollo histórico.

En el mundo antiguo la libertad (eleuthería) tiene ante todo una connotación social y política, que se encuentra vinculada a las leyes que rigen la polis. No es libre quien es ajeno a la ley, sino quien es medido por ella. El hombre libre se contrapone así al esclavo, que no es reconocido como ciudadano de pleno derecho ni participa del fin colectivo de la polis, y cuya actividad se encuentra orientada a los fines de otro. Esta importancia del reconocimiento de la ley explica la gravedad que se atribuye a la condena al destierro, que priva al desterrado de la condición de posibilidad para el despliegue de la propia humanidad. Éste se encuentra muerto desde el punto de vista social [14].

La filosofía socrática formula un nuevo sentido de la libertad, para el que lo que hoy llamaríamos ser libre consiste ante todo en conocer —o, al menos, buscar— el verdadero bien, más allá de los deseos inmediatos. En consecuencia, lo que más se opone a la libertad es la ignorancia. La inspiración socrática se traduce en diversas propuestas para alcanzar el bien humano, que tienen como guía la búsqueda racional del verdadero bien y la determinación, también racional, de los medios adecuados para conseguirlo. Una de ellas —extrema en sus manifestaciones, pero muy significativa, porque pone de manifiesto la limitación del orden social y los peligros que puede suponer para la vida buena— es la que encarna el movimiento cínico, que propone seguir las tendencias que consideran naturales y rechazar las que nos imponen las convenciones sociales.

Con el helenismo, la polis pierde independencia y relevancia. Se cobra conciencia de que no es posible reducir la humanidad al estrecho ámbito de la propia sociedad y que la ley de esta no puede ser ya concebida como la medida de lo humano. En este contexto, en que falta una norma social que mida la acción, los estoicos formulan, en continuidad con la noción de libertad moral socrática, la noción de ley natural. El hombre no se entiende ya, en primer lugar, como ciudadano de una polis, sino como ciudadano del cosmos y sometido a la legalidad de este. El reconocimiento racional y la aceptación de esta ley superior nos libera de la necedad de quien no es capaz de ordenar sus deseos de acuerdo con la realidad.

Para los estoicos lo que corresponde al ser humano es aceptar el destino, aquello que no podemos cambiar, y actuar de acuerdo con la naturaleza, es decir, buscar el acuerdo de todas las tendencias con la parte más noble del hombre, la razón. En este contexto, entienden la libertad como apátheia (ausencia de pasión), y consideran que esta es un fruto de la virtud, que es la que hace al hombre dueño de sí. Ser libre es no encontrarse a merced de las pasiones, que provocan el descontrol de las fuerzas humanas y la someten a lo inferior, y no ser afectado por los acontecimientos externos.

Pero es el cristianismo el que va a poner la libertad en el centro de la comprensión de la realidad al afirmar que Dios crea libremente suscitando novedades que, a su vez, en el caso de las personas, pueden aceptar libremente su condición de criaturas y escoger su destino: «La Creación misma es una manifestación de la libertad divina. Los relatos del Génesis dejan entrever el amor creador de Dios, su alegría por comunicar al mundo su bondad, su belleza (cfr. Gn 1, 31), y al hombre su libertad (cfr. Gn 1, 26-29). Al llamarnos a cada uno a la existencia, Dios nos ha hecho capaces de elegir y querer el bien, y de responder con amor a su Amor» [15]. Ser libre coincide, para las personas humanas, con la capacidad de corresponder por propia iniciativa al amor de Dios y, en consecuencia, también con la independencia respecto de todo lo que pueda impedir la realización de ese sentido último de la libertad. La libertad humana es así el reflejo —imagen— de la libertad de un Dios que es comunión amorosa de personas y que crea sin necesidad alguna, por libre amor a sus criaturas.

La medida del hombre no es ya ser buen ciudadano de una polis constituida según leyes humanas, aunque la inspiración cristiana recoge y refuerza el carácter interpersonal implícito en aquella concepción antigua. Es lo que san Agustín denomina la Ciudad de Dios. Una de las características más señaladas de esta nueva comunidad —que se realiza misteriosamente en la historia, pero cuya realización plena será escatológica—, es que están llamados a pertenecer a ella todos los hombres.

También se recoge, dándole un nuevo sentido, la visión estoica de la libertad como independencia de todo lo exterior. Pero ser libre ya no se reduce a ser dueño de sí y no ser afectado por lo externo; ahora es la posibilidad de unirse a Dios, el bien supremo, participando así de su dominio soberano sobre el cosmos. Al ofrecerle un destino —una destinación, diríamos más bien, para distinguirla del destino estoico, Dios no obliga al ser humano a renunciar a sus más profundas aspiraciones, sino que le insta a realizarlas: «El sentido de la filiación divina conduce por eso a una gran libertad interior, a una profunda alegría y al optimismo sereno de la esperanza: spe gaudentes (Rm 12, 12). Sabernos hijos de Dios nos lleva también a amar al mundo, que salió bueno de las manos de nuestro Padre Dios, y a afrontar la vida con la clara conciencia de que se puede hacer el bien, vencer al pecado y llevar el mundo a Dios» [16]. La confianza en un Dios todopoderoso y benevolente cambia así el sentido de la libertad, que ya no se concibe como la capacidad de ajustar racionalmente los propios deseos a aquello que se encuentra en nuestro poder. Y es que para quien libremente decide corresponder al amor de Dios, todo coopera para bien (cfr. Rm 8, 28), de modo que se siente seguro para afirmar y reforzar sus deseos más profundos y para aspirar a la plenitud del bien. Por eso ahora aquello de que es preciso liberarse es, ante todo, el pecado, que es el responsable de la esclavitud del hombre, de su sometimiento a lo inferior y, en definitiva, del aislamiento que frustra su condición personal.

Aceptar la existencia de un Dios inteligente, libre y todopoderoso podría resultar terrible si no estuviera unido a la convicción de que nos mira con complacencia y quiere nuestro bien. Esta convicción puede quedar empañada por la conciencia del pecado, que, si no está unida a la esperanza, induce a huir de la divinidad, a negarla o a deformar su imagen. Pero es restaurada por la fe en Jesucristo. La libertad que Cristo nos ha ganado es la propia de los hijos, y el buen padre no ejerce su autoridad en beneficio propio sino del hijo: «Con la gracia, surge una nueva y más alta libertad para la que Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1). El Señor nos libera del pecado mediante sus palabras y sus obras: todas tienen eficacia redentora. Por eso, “en todos los misterios de nuestra fe católica aletea ese canto a la libertad” (Amigos de Dios, n. 25)» [17]. La seguridad de que el Dios que nos crea y nos ama —a diferencia de las divinidades paganas, sometidas al destino— es omnipotente y es el Señor de la historia garantiza una liberación absoluta y otorga a la dignidad humana un significado nuevo.

Aunque el fermento de esta nueva doctrina obra ya desde el primer momento en la vida espiritual de todos los cristianos, transformando su vida personal y su visión del mundo, hará falta tiempo para extraer todas sus consecuencias y aplicarlas a las diversas dimensiones de la vida personal y social.

Libertad cristiana y filiación divina

Pero este proceso no resulta pacífico. En la época moderna la libertad adquiere un nuevo protagonismo. Una manifestación política de esta sensibilidad son las revoluciones de finales del siglo XVIII, a la que sigue la expresión teórica, sobre todo en torno al idealismo alemán. Ambas inspiraciones, la política y la teórica, se traducirán en diversas iniciativas y movimientos a lo largo del siglo XIX, cuyas consecuencias llegan hasta el siglo XX y, a través de él, a nuestros días.

En concreto, en los tiempos modernos se descubre que la libertad significa también la capacidad de introducir novedades en la historia mediante la propia acción [18]. Esta capacidad se experimenta como posibilidad de progreso no solo moral y personal, sino también social. La formulación de este sentido de la libertad matiza el énfasis que los clásicos ponían en que la libertad consistía ante todo en seguir la naturaleza racional y en el perfeccionamiento propio a través de las propias acciones. Esta convicción se traducía en un cierto desdén por la actividad productiva y los beneficios que puede reportar, que quedaban relegados casi exclusivamente a posibilitar y garantizar la vida. En la modernidad, sin embargo, crece la confianza en la capacidad creadora y transformadora del hombre. De todos modos, junto con este descubrimiento, en ella toma cuerpo una nueva interpretación de la naturaleza y del dinamismo humano. La naturaleza se entiende como un ámbito desprovisto de fines y sujeto a leyes, y la libertad como la posibilidad de autodeterminarse. Esto conduce poco a poco a concebirla como simple independencia y a oponerla a la naturaleza, que aparece como un límite que es preciso dominar o superar.

Comprender la libertad como la independencia de un ser indeterminado capaz de autorrealizarse por sí mismo impide reconocerla como capacidad creada de responder libremente al amor y obliga a rechazar que exista una naturaleza que le pueda ofrecer criterios acerca de lo conveniente y de lo que no lo es. Se comprende que esta concepción de la libertad, que toma cuerpo en la modernidad, puede llegar a merecer la severa denuncia que le dirige Cornelio Fabro: «Faltándole un fundamento trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma: se ha convertido en una libertad vacía, en una libertad de la libertad, ley de sí misma porque es libertad sin más ley que la explosión de los instintos o la tiranía de la razón absoluta, que se revela después como capricho del tirano» [19]. En esta complicada historia, la reivindicación de la libertad parece separarse del cristianismo hasta el punto de llegar a enfrentarse con él y de inspirar sistemas de pensamiento y movimientos políticos abiertamente anticristianos o incluso ateos.

Es precisamente en este contexto, pleno de anhelos pero intelectualmente confuso, en el que san Josemaría reivindica el sentido cristiano de la libertad, convencido de que es el único capaz de abarcar y vivificar todos los sentidos legítimos que su mención evoca en los seres humanos: «Los cristianos —afirma— no tenemos que pedir a nadie el verdadero sentido de ese don, porque la única libertad que salva es cristiana» [20].

Donde quizá se muestra con más claridad su discrepancia con las concepciones modernas a que me refería es en la estrecha vinculación que, como hemos visto, defiende entre la libertad y la filiación divina; y es que «uno de los fenómenos más notorios de las ideologías modernas es el no querer ser hijo, el considerar la filiación como una deuda intolerable» [21]. Sin embargo, «cualquiera que sea la duración de su biografía, el hombre siempre es interpelado por la cuestión de su origen, interpelación que le encamina al reconocimiento de su ser generado, del que no puede hurtarse: no puede soslayarlo o sustituirlo. La identidad personal es, por tanto, indisociable de ese reconocimiento» [22].

Ese reconocimiento nos remite a nuestra condición de criaturas. En ocasiones se tiende a minusvalorar la doctrina cristiana de la creación, no negándola, pero sí tratándola como un «hecho» del que se puede prescindir a la hora de entender al ser humano. De este modo se soslaya que la criatura es absolutamente irreconocible al margen del acto creador de Dios [23] y que considerarla como independiente de él solo puede conducir a un espejismo. El pensamiento moderno ha sabido descubrir que la libertad es radical, pero a menudo, para defenderlo, ha considerado necesario negar toda dependencia y ha incurrido en el error a que se refieren autores como Fabro o Polo, que priva a la persona de identidad y destino, y la condena a convertirse en el resultado de su propia actividad.

Sin embargo, para un cristiano, depender de Dios es ser creado como libre, con la libertad de quien se sabe amado por sí mismo —es hijo— y dispone de un horizonte ilimitado —Dios mismo— para acoger su crecimiento y despliegue. Así, el reconocimiento de la identidad propia se resuelve en el de su filiación divina: «¡Cada día aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios! (Rm 8, 21)» [24]. Se trata de un descubrimiento lleno de consecuencias. Comentando las enseñanzas de san Josemaría, Polo afirma: «La interioridad más íntima desde la que vive el hombre transciende su ser entero. Esto significa: al retrotraerse se descubre la paternidad de Dios. Este descubrimiento nunca es bastante, pues si Dios es Padre, el hombre arranca de más acá de su yo [...]. Si Dios es Padre, nosotros somos hijos, no autores de nosotros mismos, pero sí colaboradores» [25]. De este modo, reconocer la dependencia de Dios equivale a afirmar la realidad de libertad y no a limitarla.

Pero no basta con ser consciente de esta riqueza de la filiación divina y de la libertad que la acompaña, sino que es preciso erigirla en norma de comportamiento, y esto exige volver constantemente sobre ella: «Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres» [26]. Y es que la vida auténticamente cristiana es un despliegue coherente con esa condición radical de hijo de Dios. De hecho, el prelado del Opus Dei, en su Carta pastoral del 9-I-2018, dedica especial atención a esta íntima relación entre libertad y filiación divina: «Nuestra filiación divina hace que nuestra libertad pueda expandirse con toda la fuerza que Dios le ha conferido. No es emancipándonos de la casa del Padre como somos libres, sino abrazando nuestra condición de hijos. “El que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima» (Amigos de Dios, n. 26): vive de espaldas a sí mismo, en conflicto consigo mismo. Por eso, qué liberador es saber que Dios nos ama; qué liberador es el perdón de Dios, que nos permite volver a nosotros mismos, y a nuestra verdadera casa (cfr. Lc 15, 17-24)» [27].

El cristiano es consciente de que vivir a la altura de su condición exige responder con una entrega amorosa a la llamada que lo constituye. Pero esa entrega no es una enojosa exigencia, sino la posibilidad inusitada de tratar a Dios de tú a tú, que se revela como el único modo de vivir que merece la pena. «Preguntémonos de nuevo, en la presencia de Dios: Señor, ¿para qué nos has proporcionado este poder?; ¿por qué has depositado en nosotros esa facultad de escogerte o rechazarte? Tú deseas que empleemos acertadamente esta capacidad nuestra. Señor, ¿qué quieres que haga? Y la respuesta diáfana, precisa: Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37)» [28]. De este modo, la libertad adquiere un sentido digno de sí misma y la ley deja de verse como una constricción, para convertirse en el medio —el lenguaje, podríamos decir— para manifestar el amor, la correspondencia. «Por amor a la libertad, nos atamos. Únicamente la soberbia atribuye a esas ataduras el peso de una cadena» [29].

«Cuando se respira este ambiente de libertad, se entiende claramente que el obrar mal no es una liberación, sino una esclavitud» [30]. Consiste en ponerse a merced de aquello de lo que hemos sido liberados. El que actúa así «ha decidido por lo peor, por la ausencia de Dios, y allí no hay libertad» [31]. Y es que, recordémoslo una vez más, es Dios el autor de la libertad y el único que le puede dar cumplimiento. Este riesgo compone el «claroscuro de la libertad» [32], un riesgo que, antes que del hombre, se trata de un riesgo de Dios [33].

Es cierto que el cristiano debe estar precavido frente a sí mismo, porque se sabe capaz de abdicar de su condición, empleando la libertad de un modo equivocado. Pero ni siquiera este carácter falible de la libertad despierta necesariamente un movimiento de miedo o pesadumbre, sino que también puede transformarse en un cántico agradecido: «Vuelvo a levantar mi corazón en acción de gracias a mi Dios, a mi Señor, porque nada le impedía habernos creado impecables, con un impulso irresistible hacia el bien, pero juzgó que serían mejores sus servidores si libremente le servían (San Agustín, De vera religione, XIV, 27 (PL 34, 133). ¡Qué grande es el amor, la misericordia de nuestro Padre! Frente a estas realidades de sus locuras divinas por los hijos, querría tener mil bocas, mil corazones, más que me permitieran vivir en una continua alabanza a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo» [34].

Libertad cristiana: responsabilidad y secularidad

Uno de los más importantes logros de este amor a la libertad que cultivó el fundador del Opus Dei consiste en volver operativa esta profunda concepción que tiene de ella y en encarnarla en la vida ordinaria. La exaltación de la libertad no es en él retórica sino vital y llena de consecuencias. Según Fabro, «después de siglos de espiritualidades cristianas basadas en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obediencia una actitud y consecuencia de la libertad, como un fruto de su flor o, más profundamente de su raíz» [35]. No se trata, por supuesto, de una revolución frente a la espiritualidad cristiana del pasado, sino de poner de relieve un aspecto que es patrimonio de toda ella. Pero este cambio de perspectiva y las consecuencias que de él se extraen no son una casualidad. Son una exigencia del mensaje y de la espiritualidad del Opus Dei, pues de él depende al menos la afirmación de uno de sus rasgos esenciales: la secularidad.

Algo que permite discernir la verdadera libertad de sus sucedáneos es que siempre se encuentra acompañada de la responsabilidad: libertad personal con personal responsabilidad. En ocasiones se tiende a ver la responsabilidad como el reverso negativo de la libertad, pero esta identificación se debe, en el fondo, a una concepción errada de ambas. Y es que, contra lo que puede parecer a primera vista, en muchas ocasiones lo más costoso es el ejercicio de la libertad. Esto tiene una gran relevancia en el espíritu del Opus Dei, que no tiende a suprimir el riesgo que acompaña a la decisión personal, sino a ofrecer luz para ejercerla con mayor radicalidad [36]. Además, conviene recordar que somos responsables ante todo de lo bueno, y no, como a veces se tiende a pensar, de lo malo, a pesar de nuestras malas acciones.

Si radicamos la libertad en la persona, queda claro que ser libre es precisamente ser capaz de responder. Poder actuar arbitrariamente o sin referencia alguna a los demás no puede ser la esencia de la libertad, porque, de ser así, la libertad sólo podría tener que ver y ejercerse respecto de lo inferior, respecto de aquello que tal vez podemos dominar, pero que en modo alguno puede corresponder. Pero la libertad sólo se emplea acabadamente, y adquiere su pleno sentido, en la relación interpersonal. Y para que esta relación se pueda establecer es preciso que la persona comparezca en sus actos, algo que solo ocurre cuando esta se responsabiliza de su actividad. Es en este punto donde la libertad parece alcanzar su sentido más profundo, pues Dios nos crea libres para responder a su llamada y entablar así con él un diálogo personal.

No es extraño que una de las primeras manifestaciones de la libertad errada, del pecado, sea que el hombre se encierre en sí mismo y busque excusas, incluso ante Dios, para evitar inútilmente las consecuencias de los propios actos [37]. En la vida psíquica esta actitud puede ser también una manifestación de inmadurez. Ante este peligro, la labor de formación que se desarrolla en el Opus Dei estimula a que cada cual acepte su propia responsabilidad, y su fundador invitaba a renunciar a las excusas del tipo «es que, creí que, pensé que», que denotan el rechazo y el miedo —impropio de un hijo de Dios— a asumirla.

Esta norma de comportamiento es una manifestación más de un modo de hacer que consiste en promover que se siga el mismo patrón de comportamiento con los hombres que con Dios. Se trata, en mi opinión, de una consecuencia de sostener que el lugar de santificación son las mismas realidades cotidianas, y, por tanto, es coherente con la aceptación radical del mundo como lugar en el que y desde el que alcanzar la santidad. Como esta no se adquiere mediante una vida interior separada de la vida común entre los hombres, sino a través de esa misma vida común, es preciso, para llegar a Dios, comenzar por vivir con los hombres las condiciones propias del diálogo con Dios. Así, por ejemplo, no es posible luchar por ser sincero con Dios si no se lucha al mismo tiempo por serlo con los hombres [38]. La sinceridad en la dirección espiritual a la que animaba san Josemaría es un ejemplo claro de esta norma de comportamiento. Abrir con claridad nuestra alma ante quien nos puede ayudar es el mejor camino para presentarnos ante Dios sin anonimatos, una condición que resulta necesaria para vivir con él un trato amistoso y filial, y no un formalismo hueco plagado de fórmulas estereotipadas: «La sinceridad en la dirección espiritual, que nos mueve a abrir libremente el alma para recibir consejo, nos mueve también a la iniciativa personal, a manifestar con libertad lo que vemos como posibles puntos para nuestra lucha interior por identificarnos cada vez más con Jesucristo» [39]. Por supuesto, la misma lucha por tratar a Dios sin anonimatos ayuda a ser sinceros con los hombres. Pero esta insistencia en la sencillez previa con los demás como camino para aprender a tratar a Dios parece algo propio del espíritu de la Obra y sumamente coherente con su carácter.

El mismo hecho de que quien está al frente del Opus Dei, el prelado, se presente ante todo como un padre tiene que ver también con este modo de convertir la vida cotidiana en medio de acceso a las realidades espirituales. En este contexto se aprende a vivir la filiación, y al mismo tiempo se ofrece un medio de comprender cómo la obediencia no esclaviza, porque la autoridad de un padre —como recordábamos antes— se ejerce en beneficio del hijo y no de unos objetivos externos. Si se vive de este modo la relación con quienes gobiernan, se abre una vía segura para adquirir un trato filial y confiado con Dios.

Puesto que la aceptación de la propia responsabilidad es el mejor punto de anclaje de la verdadera libertad, quienes ejercen la autoridad pueden reforzarla. Y el modo más eficaz de hacerlo es la confianza: «Mandar con respeto a las almas es, en primer lugar, respetar delicadamente la interioridad de las conciencias, sin confundir el gobierno y la dirección espiritual. En segundo lugar, ese respeto lleva a distinguir los mandatos de lo que son solo oportunas exhortaciones, consejos o sugerencias. Y, en tercer lugar —y no, por eso, menos importante—, es gobernar con tal confianza en los demás, que se cuente siempre, en la medida de lo posible, con el parecer de las personas interesadas. Esta actitud de quienes gobiernan, su disposición a escuchar, es una estupenda manifestación de que la Obra es familia» [40]. Quien nota que se confía en él se siente estimulado a ser responsable. Se trata de un estímulo dirigido directamente a la libertad, y en esto se distingue de la coacción. La coacción obliga a que la libertad se pliegue a hacer algo por motivos negativos, para evitar un mal, por miedo en definitiva. En cambio, la confianza refuerza la libertad, porque la induce a ejercerse respecto del bien, y cuando el cumplimiento del deber brota del fondo de la libertad, arrastra consigo a las demás fuerzas del hombre. Esto facilita la unidad de vida, sin la cual no se puede acometer la empresa de santificarse en medio del mundo [41].

La convicción de que Dios ha querido correr el riesgo de nuestra libertad, y la exigencia cristiana de imitar el estilo divino de actuar —«sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48)—, exige que el hombre no sólo tolere, sino que respete, ame y fomente la libertad de los demás. Esto se aplica de un modo especial a las tareas de formación y de gobierno en que el ser humano colabora de un modo especial con la acción divina. Por eso san Josemaría recordaba la importancia de no imponer opiniones particulares y, ante la duda, estar siempre del lado de la libertad [42]. El fundador del Opus Dei no veía la libertad como un principio de desorden o anarquía, algo que debe ser controlado, sino, por el contrario, como un principio de organización y gobierno [43]: cada uno actúa por sí mismo con libertad y espontaneidad [44].

Como se ve, hay aquí un cambio de acento respecto al primado de la obediencia, pues esta viene después de la libertad, como un requisito necesario para conseguir aquello que se quiere. Por esta razón, lo importante es que aquello se quiera de verdad. Y esto es ya sobrenatural, es más, constituye el motivo más sobrenatural. «Pensad en lo que tantas veces os he dicho: porque me da la gana, me parece la razón más sobrenatural de todas» [45]. Se trata de una consideración que expresa con gran profundidad las relaciones entre la gracia y la libertad mostrando que no solo son compatibles, sino que se reclaman mutuamente. En el ejercicio pleno y radical de la libertad el ser humano entra en contacto de un modo particular con la gracia divina: Dios no quiere esclavos.

Lo expuesto hasta ahora no implica minusvalorar la obediencia. En efecto, así como la redención fue alcanzada mediante la obediencia de quien es Hijo por naturaleza, todo cristiano puede hacer suya esta actitud de aceptación confiada y gozosa de la voluntad del Padre, que no subyuga, sino que, en último extremo, libera. Esta voluntad comparece en la ley moral, pero también en toda autoridad legítima, que es obedecida sin renunciar a la propia inteligencia. Con su «obediencia inteligente» [46] —usando una expresión de san Josemaría— el hombre se identifica con Cristo, que no tiene que abdicar de su condición de Logos eterno para someterse, en cuanto hombre, también inteligente y libre, al Padre por amor.

A modo de conclusión

El Opus Dei propone una espiritualidad para aquellos que viven en medio del mundo que no entra en colisión con su condición secular sino que la refuerza, pues afirma la vida ordinaria y las circunstancias familiares y sociales de cada cristiano como medio y camino de santificación. Esto implica que la vocación no se edifica «en torno» a la secularidad como un adorno suyo, sino precisamente a través y por medio de ella: desde ella. Y esto se traduce en que, a un mayor empeño en la santidad, nunca le puede corresponder un abandono del mundo, sino una inmersión más profunda en él.

Pero, para que esto sea posible, la respuesta a la vocación respeta la espontaneidad, es decir, el obrar por propia iniciativa y en primera persona que caracteriza el comportamiento en el mundo, un ámbito con leyes propias, que se deducen de su propia naturaleza. Esto es incompatible con instrumentalizar las realidades humanas como medio para alcanzar una finalidad sobrenatural que les resultara externa. Una forma en que puede tomar cuerpo esta actitud consistiría en sentirse un mero instrumento de consignas que anularan o comprometieran la propia espontaneidad. De ahí que una de las manifestaciones del amor a la libertad en la Obra sea mostrar el máximo respeto a las opiniones de cada miembro, algo que reviste una importancia especial respecto del trabajo profesional y la actuación pública [47]. Lo contrario significaría instrumentalizar las actividades seculares, y, por lo tanto, desnaturalizarlas, con lo que dejarían de ser aptas en cuanto tales para convertirse en camino de santificación.

Por otra parte, para que un serio vínculo de obediencia en el ámbito espiritual y apostólico no entre en conflicto con la condición secular, es preciso que sea asumido con plena libertad, de tal modo que quien obedece esté en condiciones de aceptar lo que Dios le pide y llevarlo a cabo como una decisión propia. Pues, si para explicar la actuación del cristiano en la vida social fuera necesario mostrar públicamente un vínculo de naturaleza espiritual, la conducta de este aparecería como fruto de la renuncia a la propia iniciativa y, por lo tanto, como contraria a la identificación plena con la propia condición que comporta la mentalidad laical.

Al igual que otros condicionamientos familiares o personales libremente asumidos, la vinculación al Opus Dei forma parte de la dinámica de la propia libertad. Esto explica que en el Opus Dei la libertad no sea solo reconocida y respetada, sino que su constante ejercicio sea un fin de la formación: «El constante ejercicio de la libertad, en que se forma a los socios de la Obra —afirma san Josemaría—, está en la base de nuestra ascética, como algo connatural e íntimamente conexo con la condición secular de mis hijos, y con lo que es el quicio de nuestra vocación y el modo específico de nuestra dedicación» [48].

Resulta claro que una actitud como esta evita la comedia, el engaño o, peor aún, el autoengaño, en la medida en que la libertad se encuentra en su fundamento. Y esto sólo parece posible si ese fundamento es la condición filial del cristiano. El hijo trabaja en el campo del Padre según el espíritu del Padre, pero, a la vez también como en un campo propio. Probablemente sólo esta visión de la propia tarea permite conciliar el sometimiento rendido y amoroso a la voluntad de Dios con la soltura y espontaneidad necesarias para no usar las realidades del mundo —entendido como el ámbito de las relaciones espontáneas entre los hombres—, como meros instrumentos de un fin espiritual separado de ellas. Sólo la autoconciencia de la libertad de la gloria que poseen los hijos de Dios (Rm 8, 21) permite entender la propia actividad como transfiguración operada desde dentro, evitando el peligro de sucumbir a la presión del pecado que en ocasiones las deforma.

José Ignacio Murillo, en es.romana.org/

 

Juan Pablo II, profeta de la Doctrina social de la Iglesia

Por monsignor Giampaolo Crepaldi   

ROMA, viernes 22 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Juan Pablo II dedicó todo su largo pontificado a hablarnos del sí de Dios al hombre como fundamento de la Doctrina social de la Iglesia (DSI). Ésta - nos dijo - no es sólo una ética, y mucho menos una ideología, pues la Iglesia ve la justicia dentro de la caridad, la fraternidad dentro de la hermandad, y la libertad dentro de la gracia.

Cuando Juan Pablo II inició su pontificado, eran muchos aún los que consideraban la DSI inútil y superflua, e incluso dañina. Si es ética natural - se decía - no tiene directamente nada que ver con el Evangelio. Si es filosofía social, tiene que ver con la razón y no con la fe. Si es una guía para el comportamiento social, bastan los libros de moral social.

¿No corre el riesgo - se nos decía - la DSI, de parecer un sistema, una doctrina deducida de forma abstracta del Evangelio, una especie de sacralización del mundo, expresión de una presunta identidad cristiana en el campo social y político, una tercera vía entre las ideologías modernas? Y a menudo se respondía que sí. Ésta - se argumentaba - expresa un nuevo sueño de "cristiandad", una falta sustancial de respeto de la autonomía de las realidad terrenas y una falta de reconocimiento de la libertad y responsabilidad de los fieles laicos en orden a la construcción de la sociedad. Tiene una pretensión universalista excesiva, proponiéndose de igual forma para todas las situaciones del planeta. Corre el riesgo de ser una ideología que justifica la realidad, garantiza el statu quo, no mueve a la práxis, no incide en las estructuras. Ésta es, como mucho, alienación. Por esto - se decía - el Concilio casi no había hablado de ella y Pablo VI la presentaba en tono menor. Esto se decía.

Después, en 1978, Juan Pablo II se asomó al balcón de la Basílica de San Pedro invitando a no tener miedo de Cristo. ¿Y no eran, de hecho, los miedos hacia la DSI otras tantas formas de miedo hacia Cristo y su Iglesia? En seguida se dirigió a Puebla, a la Asamblea general del Episcopado Latino-americano para decir que había que sacar del cajón la DSI. Juan Pablo II fue un profeta de la DSI porque empezó inmediatamente a recordar a los cristianos su deber de asumir propiamente en su vida toda la DSI. Tuvo que denunciar los errores y los abusos que el abandono de la DSI había producido. Se preocupó de anunciar qué era verdaderamente la DSI, en continuidad con toda la tradición del magisterio de la Iglesia y con el Concilio, poniendo de manifiesto la ideologización no de la DSI, sino de sus detractores.

Juan Pablo II fue profeta de la DSI porque mostró cómo esta nace del sí de Dios al hombre, del proyecto de amor de Dios por el hombre, ese proyecto que ha sido confiado sobre todo a la Iglesia. La DSI se nutre del Evangelio y de hombre, de luz de Cristo y de problemas humanos, de Iglesia y de mundo. Ésta afecta a la vida de la Iglesia en el mundo y es expresión de la caridad de la Iglesia hacia éste.

Karol Wojtyla y Juan Pablo II

La historia personal de Karol Wojtyla no carece de importancia a la hora de explicar cómo y por qué Juan Pablo II fue profeta de la DSI. Cuanto hace un papa nunca es completamente reducible al hombre que era ya antes, pero está ciertamente conformado también por ello. El proprio Juan Pablo II, por lo demás, recordó muchas veces su experiencia de trabajador y dio siempre importancia a su pertenencia al pueblo y a la Iglesia de Polonia. A nivel personal, Karol Wojtyla siempre experimentó la significatividad de Cristo para su vida concreta, y cómo sus aspiraciones de joven, de obrero, de estudiante, de hombre encontraban en Cristo una luz que las valoraba también en su humanidad. Esta experiencia la pudo probar también dentro de la nación polaca. Una nación en la que la historia civil y la historia religiosa se compenetran muy estrechamente. Basta visitar la catedral de Varsovia o el Wawel de Cracovia para darse cuenta de cómo la civilización polaca se había nutrido de catolicismo y cómo el catolicismo polaco está profundamente ligado a su historia nacional. Historia de participación de la Iglesia en las fatigas y en los dramas del pueblo polaco, en las divisiones y en las persecuciones, en las invasiones y en los regímenes totalitarios. En la Iglesia católica los polacos han visto siempre una fuerza que les representaba y que tutelaba su identidad y su libertad, incluso en regímenes de esclavitud o durante el periodo de desmembramiento del territorio nacional entre las grandes potencias limítrofes. Karol Wojtyla hizop experiencia de una religión de pueblo, arraigada entre la gente y partícipe de sus vicisitudes compartidas íntimamente. El catolicismo polaco está por tanto arraigado en la historia, no es una iglesia nacional en el sentido nacionalista del término, al contrario, el vínculo con Roma y con el papa siempre garantizó esa independencia y esa libertad que permitieron la unidad con el pueblo también en el largo periodo oscuro del régimen comunista.

Por su propia experiencia personal y de la sacerdotal antes y episcopal después, Wojtyla debió haber experimentado la "presencia" del cristianismo en la sociedad y la capacidad de la fe de animar la solidaridad, de crear cultura y civilización, de ser fuerza operante en la historia concreta de los hombres.

Al mismo tiempo, sus estudios, marcados por la fenomenología de Edith Stein, desarrollados desde una perspectiva que la hacía encontrarse con santo Tomás, guiaban al pensador Karol Wojtyla a una visión de la persona como "acto". Esto supuso ver el actuar humano - tanto en el amor humano como en el trabajo - como acto de la totalidad de la persona que tiene una consecuencia ante todo para la propia persona. Actuando y obrando, la persona se construye, se hace. Ésta no es un agente individual interesado solamente en el producto de su actuación, sino que está interesado en sí mismo, expresa, actuando, una necesidad de ser. En esto se encuentra con los demás hombres, de modo que la relación social vale no tanto por lo que los hombres hacen, sino por lo que son, o mejor, por lo que quieren ser actuando. La comunidad está constitutida por hombres que pretenden ser hombres. Es el fin, y no los medios, los que nos constituyen en comunidad. Pero este fin no está establecido por nos otros, nos es dado, pertenece a nuestra naturaleza de criaturas destinadas al Creador. Es el sí de Dios al hombre el que nos convoca. El cristianismo, de esta forma, se concibe como profundamente humano, y la vida del hombre sobre la tierra, el actuar humano en la práxis social, se entiende como proceso de humanización, el mismo que realizó Jesús durante su vida terrena. Cristo tiene que ver profundamente con la práxis social del hombre, con el trabajo en la fábrica, con la actuación económica, porque en esos lugares el hombre se construye, encuentra la verdad de sí mismo y de los demás. En esos lugares se encuentra con Cristo.

Los acontecimientos de 1989 en Europa del Este y en particular en Polonia, son leídos de hecho por Juan Pablo II en el capítulo III de la Centesimus annus (1991) como un ejemplo de encuentro de la Iglesia con el movimiento de los trabajadores. Un ejemplo, por tanto, de Iglesia popular que supo mostrar con la vida que Cristo tenía un sitio en las luchas por la justicia. Releyendo teológicamente esos acontecimientos, Juan Pablo II vio la fecundidad histórica de la fe cristiana, que suscita el sentido de la dignidad humana, invita a mirar a lo alto y anima un movimiento pacífico de justicia y de paz. Ante los totalitarismos, la Iglesia opone la principal resistencia, es decir, la conciencia difundida de la dignidad trascendental de la persona humana, único y verdaderi antídoto a toda forma de régimen totalitario.

Un último elemento que marca profundamente a Karol Wojtyla antes de ser elegido papa es el Concilio Vaticano II y en particular la Constitución pastoral Gaudium et spes. Del Concilio no deriva una falta de potenciación de la DSI, sino una colocación más clara dentro de la misión de la Iglesia en servicio del mundo. Tras la Gaudium et spes queda claro que el anuncio de Cristo también en las realidades temporales, es decir, el compromiso por la evangelización y la promoción humana, son dos aspectos inseparables de la misión de la Iglesia. Es partiendo del Concilio, aunque en continuidad con todo el magisterio precedente, como Juan Pablo II podrá decir que la DSI anuncia a Cristo y que es un instrumento de evangelización.

La Iglesia, primera voz en defensa del hombre

Durante el pontificado de Juan Pablo II la voz del Papa fue percibida por la opinión pública mundial como la más alta defensa de los derechos de la persona humana. En sus innumerables viajes, Juan Pablo II defendió a los indefensos y se hizo voz de los oprimidos. No es una novedad en la historia de la DSI. También León XIII, escribiendo la Rerum novarum, se hacía intérprete de los derechos de los oprimidos de entonces, los obreros. Sorprende sin embargo la fuerza con la que Juan Pablo II interpretó esta tradición, las latitudes en las que proclamó la dignidad de la persona, y su cercanía a todos los oprimidos por la injusticia. El mundo quedó impresionado sobre todo por la libertad de la denuncia, es decir, como si el Papa superase todas las conveniencias ideológicas para concentrarse en el hombre, cualquiera que fuese, y para denunciar todos los abusos cometidos contra él, fueran quienes fuesen sus responsables. Ningún temor reverencial cuando está en juego la dignidad de la persona. En África, por ejemplo, condenó la esclavitud, pero también los odios tribales que siembran la guerra y frenan el desarrollo. En Australia defendió los derechos de los aborígenes y en América latina los de los habitantes de las degradadas periferias urbanas. A su Polonia le confió una tarea y después la recriminó por no haberlo llevado a término plenamente. Defendió el derecho de los pueblos al desarrollo y también el de la pareja a una procreación libre y responsable, criticando las doctrinas ecologistas que temen la superpoblación como el cáncer del planeta.

Celebró el genio femenino y el derecho de las mujeres a participar en la vida social, pero también subrayó que éste no debe tener lugar a costa de su papel de mujer y madre. En Sicilia tronó contra la Mafia y en Campania pidió "estructurar" la esperanza. Defendió los derechos del mundo del trabajo, sin contraponerlos nunca a la responsabilidad de los empresarios. Se puso muchas veces el casco en la cabeza para visitar fábricas, siderurgias y minerías, atestiguando su cercanía a los trabajadores y su apoyo a las reivindicaciones legítimas de sus derechos. Pero también dijo que hay que alargar el concepto de trabajo y de derecho al trabajo, incluyendo también el trabajo familiar, el inmaterial, el de los empresarios y el de la sociedad civil.

Sería demasiado largo enumerar las intervenciones del papa Juan Pablo II en apoyo de los derechos humanos. Pero es indispensable subrayar dos aspectos no marginales: la defensa de los derechos de los más pobres entre los pobres, los niños concebidos que viven en el seno materno aunque aún no han nacido, y la enseñanza sobre los fundamentos morales de los derechos y, por tanto, de los deberes.

En la Evangelium vitae, Juan Pablo II compara a los niños no nacidos con los obreros a quienes defendía León XIII: entonces los pobres eran los obreros, hoy hay otros pobres, entre ellos los niños a quienes con el aborto legalizado el Estado les niega el derecho a la vida. De este modo, Juan Pablo II proponía una visión de los derechos entendidos no en sentido subjetivo e individualista sino como fundados en la objetividad de la naturaleza humana y, en último término, en Dios creador. El tema de la vida estuvo siempre ampliamente presente en el magisterio de Juan Pablo II y él repetidamente sostuvo que el primero entre los derechos es el derecho a la vida. Diciendo así, pretendía indicar que si no se respetaba ese derecho no se pueden respetar los demás y que, antes o después, la negación de ese derecho tendría repercusiones negativas también sobre el respeto de todos los demás derechos, conduciendo a la sociedad, incluso democrática, hacia formas manifiestas u ocultas de totalitarismo. Juan Pablo II hizo de la vida un tema plenamente social y político.

La insistencia de Juan Pablo II sobre el deber de respetar la vida y sobre la existencia de una gramática natural que hace de base para la sociedad pertende insertar los derechos humanos en un marco de objetividad, con el fin de sustraerlos al libre arbitrio. Este es el segundo aspecto fundamental al que me refería antes. Y es también en elemento que más pone de manifiesto la confrontación abierta por el Papa con la modernidad. Confrontación en algunos aspectos nueva, en cuanto que pretende mostrar que es la Iglesia y no la modernidad el verdaderi paladín de los derechos humanos. Esto es lo que todos han percibido durante el largo magisterio de Juan Pablo II: la Iglesia defiende y promueve al hombre en cuanto que no aparta sus derechos del cuadro de sus deberes, no los aísla de la complejidad de la persona y, sin absolutizarlos, también los refuerza, porque los sustrae al arbitrio de un individuo o de una mayoría.

El hombre moderno ha entendido a veces los derechos como pura posibilidad de hacer, es decir, como posibilidad de hacer todo. Pero no se ha dado cuenta de que si tiene el derecho de hacer todo, también tiene el derecho de negar los derechos. El aborto legalizado es una prueba evidente de ello. Los derechos, entonces, se debilitan por su propia pretendida absolutez. La Iglesia no rechaza los derechos, pero los inserta en una gramática natural que les de un sentido, los sustrae al arbitrio y los refuerza. Juan Pablo II superó a la modernidad y defendió más que la modernidad los derechos humanos. Los defendió siempre y en todas partes, sin excepciones, precisamente porque los hizo indisponibles para el hombre. El arraigo de los derechos de la persona en su dignidad trascendente y la referencia a Dios dan una garantía absoluta a los derechos humanos.

El sí del hombre a Dios

La DSI tiene su origen en el sí de Dios al hombre. A este sí Juan Pablo II respondió con otro sí, su sí, el sí del hombre a Dios. Con esto se quiere decir que en la base de la DSI está la fe y, por tanto, la conversión continua. También la DSI necesita conversión: de un mundo que sueña con construirse con sus propias manos “como si Dios no existiera” a un mundo que reconoce su propia incapacidad de fundar una convivencia humana digna de este nombre sin una ayuda de lo Alto. Al final, el motivo último de la crisis en la que había caído la DSI antes de que Juan Pablo II la relanzase consistía precisamente en esto: la autonomía de un mundo que pretendía ser ya adulto había llegado tan lejos que ya no había ninguna necesidad de una referencia a Dios en el ámbito público.

Pero “no sería difícil demostrar que la concepción del individuo como persona y la tutela del valor de la dignidad de cada persona no se pueden sostener sin que estén fundados en la idea de Dios”. Sin la conversión a la DSI, es decir, al hecho de que nuestra historia necesita la luz trascendente de Dios, el gran esfuerzo realizado por Juan Pablo II para volver a poner la DSI en la vida de la Iglesia y del mundo quedaría inconcluso. Al mismo tiempo, sin embargo, quedarían sin respuesta las dos necesidades fundamentales de la persona humana: la necesidad de verdad y de amor también en las relaciones sociales, la necesidad de la inteligencia y del corazón. Benedicto XVI, precisamente por esto, ha retomado el discurso de Juan Pablo II precisamente desde aquí: desde la conversión a Dios que es verdad y amor.

 

Alimentos preparados con esmero, una receta para la caridad

La buena cocina denota la dedicación y el afecto indispensables para mantener la unión de la familia. Padres e hijos se consideran estimados al notar el cuidado en la preparación de los platos. Las comidas crean un ambiente capaz de influir en las relaciones personales.

La mesa es un fiel espejo del cariño de la esposa y madre

 

Se tornó común escuchar, incluso en familia, la siguiente exclamación: ¿Cocina? ¡Es cosa del pasado! El tiempo de las mañanas trabajosas junto al fogón, preparando platos rebuscados, es cosa del pasado. La simplificación se impone, los minutos son preciosos”.

Se propagó la idea de que el esmero en la preparación de las comidas, la selección de las recetas, la búsqueda de los ingredientes, y aún más la preparación de los platos, son desvelos inútiles.

Esa opinión es perjudicial para todos: no toma en consideración que la buena cocina denota la dedicación y el afecto indispensables para mantener la unión de la familia. Padres e hijos se consideran estimados al notar el cuidado en la preparación de los platos. Las comidas crean un ambiente capaz de influir en las relaciones personales. San Francisco de Sales decía que las comidas favorecen la condescendencia mutua que los cristianos debemos tener.

* * *

La mesa es un fiel espejo del cariño de la esposa y madre. Uno de mis amigos, Pedro Luis, se casó cerca de los 40 años. Mientras estaba soltero vivía con su madre, y ella le preparaba un almuerzo para llevarlo a la oficina donde trabajaba. Cada día los sándwiches eran diferentes, con bastante mantequilla, para ser consumidos con jugos de frutas frescas. Ella misma hacia los bizcochos o queques para el postre del hijo. Los colegas sentían el olor del buen café que salía del termo. Vaso, taza y cubiertos estaban ajustados en una cajita de cuero, todo envuelto en una gran servilleta de lino blanco, inmaculado, que le servía de mantel.

Ninguno de sus colegas tenía algo semejante. Ellos comían sus sándwiches envueltos en papel común y tomaban café en vasos de plástico, pero veían con delicias a Pedro Luis tomar su rápido almuerzo.

Entre tanto, a partir de cierto día, Pedro Luis comenzó a retirar de una bolsa de plástico sándwiches comprados en un supermercado. Como postre, una tableta de chocolate. Su café pasó a ser el de la máquina de la oficina. Y así pasaron tres, cinco días, con un Pedro Luis silencioso, masticando su vulgar merienda. Allá por el quinto día, uno de sus colegas le preguntó:

– “Pedro, ¿Qué pasó? ¿Te casaste?”

– “No, todavía no”. La madre estaba en el hospital por algunos días, curándose de un reumatismo.

He ahí como una simple comida transmite un mensaje de atención o de falta de afecto. Los colegas de Pedro Luis lo percibieron, y explicitaron una triste realidad actual: frecuentemente ciertas esposas, incluso diligentes, toman con negligencia los cuidados de la mesa.

* * *

Se engañan los que creen que la Iglesia, para evitar la gula, tomó el partido del ayuno y de la abstinencia como regla general para la sociedad. Éstos son justos y necesarios en los tiempos y condiciones propios a él destinados. Sin embargo, la Iglesia desde sus primeros siglos favoreció la elaboración de recetas culinarias como factor de perfeccionamiento de los pueblos.

El cristianismo benefició a todas las artes. Bajo su influencia la arquitectura alcanzó, con el gótico, esplendores nunca vistos por el mundo antiguo. La pintura con el Beato Angélico y la música con el canto gregoriano, llegaron a las más altas expresiones de lo sublime. Así también ocurrió con el arte culinario, que tuvo su gran desarrollo en los monasterios y abadías.

Los benedictinos de la abadía de Cluny, en Borgoña, tomaron como un deber el crear recetas para la preparación de pescados, huevos y verduras. (Ellos se abstenían de la carne). Cada día era servido un menú diferente en el gran refectorio de los monjes, lo que les obligó a reflexionar sobre los sabores y posibilidades alimenticias, saliendo así del primitivismo en que se encontraba la culinaria pagana. De Cluny datan los primeros libros de recetas, destinados a la educación de los pueblos todavía impregnados de barbarie.

Al penetrar los secretos gustativos de la Creación, los monjes sabían que sus buenos platos, al agradar al cuerpo, suscitarían virtudes del alma. Tenían en vista los deleites del maná, dado milagrosamente a los judíos en el desierto, cuando se dirigían a la Tierra Prometida. Especulaban sobre la excelencia del vino ofrecido por Nuestro Señor Jesucristo en las bodas de Caná: ¿No manifestaba Dios así el deseo de que los hombres también buscasen refinados sabores? ¿No generarían así en las almas movimientos virtuosos, análogos a las sensaciones gustativas del paladar?

“Dios estableció misteriosas y admirables relaciones entre ciertas formas, colores, sonidos, perfumes, sabores y ciertos estados de espíritu. Las artes pueden influenciar de modo intenso las mentalidades”. Este pensamiento de Plinio Corrêa de Oliveira, en Revolución y Contra-Revolución, fue por él repetido y desarrollado en innumerables conferencias y en la intimidad para sus amigos.

San Gregorio VIISan Gregorio VII, uno de los mayores Pontífices de la Iglesia católica

En la Edad Media –época católica por excelencia– existía en las abadías la costumbre de los grandes banquetes. Soberanos y monjes (estos en gran parte procedían de la nobleza) repartían así dones de Dios elaborados por el buen gusto. La sacralización de los ritos de los almuerzos llevaba a la unión espiritual, apaciguando los ánimos y disminuyendo las querellas. Los monjes elaboraban delicias por un deber de caridad, y junto con ellas una etiqueta, y con la etiqueta la elevación de las costumbres. La conversación y la cortesía se perfeccionaban. Se formaban en esa convivencia los ritos de la sociedad civil, que hicieron de Europa un modelo de civilización. ¿No es esa la más alta finalidad del acto de comer?

Los grandes abades de Cluny – San Odón, San Odilón, San Mayeul – tuvieron grandes cocineros. Santo Tomás de Aquino era apreciador de buenos platos y los consumía con entusiasmo. San Gregorio VII apreciaba las recetas preparadas con esmero. San Pío V tenía un cocinero de renombre, Bartolomeo Scappi, que dejó recetas culinarias en un conceptuado libro.

Casi todas las herejías bajo pretexto de oponerse a la gula y promover la austeridad, combatieron la calidad de los platos “a los cuales la Iglesia dio un alma”. Lutero, a pesar de ser un notorio glotón, fue de los que más demolió esta tradición.

En su excelente obra Gastronomie française, Jean-Robert Pitte muestra como “la tendencia sensual de Lutero no impidió a la Reforma Protestante – y más aún a la calvinista – de optar por la austeridad. Para comprenderlo, es necesario relacionar la actitud moral de los protestantes con la negación del Sacramento de la Confesión, que los obliga a vivir en sobresalto, manteniendo sus adeptos en constante inquietud”. Esta afirmación puede parecer sorprendente, pero es verosímil, pues la inquietud causada por el rechazo del Sacramento de la Confesión y la consecuente falta de certeza sobre el perdón, lleva al protestante a buscar una falsa austeridad, renunciando a un placer no sólo lícito, sino necesario para la elevación espiritual, como es la buena mesa.

En la película “Le diner de Babette” (La cena de Babette), premiado en Cannes en 1987, se encuentra un ejemplo simbólico de los males causados por el protestantismo a la culinaria cristiana, y en consecuencia a la convivencia social.

La proliferación de MacDonald’s y en el fast food.

La evolución de esa actitud pesimista de los protestantes desembocó en nuestros días en la comida enlatada o en polvo, en la proliferación de MacDonald’s y en el fast food. La preparación de los platos deja de tener en vista a las almas y la convivencia humana, tornándose alimentación en masa. Se abandona el horno y el fogón, y se adopta la “línea de montaje alimenticia”, en la que las personas van en fila rellenando su bandeja, a la moda de las grandes fábricas. Es un tipo de alimentación que representa el triunfo de la materia sobre el espíritu.

* * *

Se cuenta que un francés, aficionado a la mesa, preguntó a un amigo si deseaba comer algo. Este le respondió: “No, no tengo hambre”. A lo que el francés replicó: “¿Pero Usted sólo come cuando tiene hambre?”

La concepción de muchos franceses, según la cual el buen plato alimenta sobre todo la convivencia de las almas, tiene mucho de verdadero. Con el fast food las formas de respeto por la dignidad del prójimo tienden a desaparecer.

A pesar de que parezca paradójico, aquellos que, sin necesidad, prefieren este tipo de comidas pueden cometer el pecado atribuido a los glotones, que al comer piensan apenas en satisfacer las apetencias del cuerpo. Con el fast food, se comete el pecado de los glotones sin haber comido.

Cierta vez una familia conocida mía, recibía a un viejo y querido amigo, venido de lejos, y a quien hacía mucho tiempo no veía. Ese amigo tenía una especial preferencia por tomar pato con almejas, y con este plato la familia lo aguardó. Momentos antes del almuerzo, alguien tuvo un sobresalto: “Estamos en Cuaresma, tiempo de abstinencia!”. Inquieto, sin otra comida para ofrecer dignamente al amigo, el jefe de familia consultó a un Canónigo de la Catedral. Constatado el olvido, y teniendo en vista las circunstancias, respondió el viejo sacerdote con toda seguridad: “Sirvan el pato. La caridad pasa delante del sacrificio en este caso. La penitencia debe ser hecha por cada uno, pero no impuesta a otros”.

La buena cocina y la mesa dignamente servida son preceptos de caridad cristiana.

Autor: Nelson Fragelli

 

 

Eduquemos en la empatía. ¡Cuidémonos para cuidar a los demás!

Silvia del Valle Márquez

Ene 13, 2022

Es muy importante que nuestros hijos tengan la capacidad de focalizar su atención en los detalle para que puedan sentir con el otro.

La empatía es esa capacidad de sentir con el otro, de darse cuenta de las emociones de los demás y hacerlos propios y esto nos permite comprender y apoyar de manera inmediata.

Junto con la empatía se requiere la escucha atenta, la comprensión y la solidaridad, además de la conciencia social para tratar de hacer nuestras las necesidades sociales y poner nuestros talentos para darles solución.

La empatía también es una virtud cuando se logra dejar a un lado los intereses propios para perseguir los comunitarios y lograr así un bien mayor, a pesar de que nuestra sociedad nos invite a que busquemos nuestro bien a toda costa sin importar a quien nos llevamos en el camino.

Nosotros como papás tenemos la posibilidad de educar a nuestros hijos en esta tan necesaria virtud en nuestros días, por eso aquí te dejo mis 5Tips para lograrlo.

PRIMERO. Que aprendan a escuchar atentamente.
Y es que así comienza el proceso de diálogo, escuchando atentamente para después acoger en el corazón la situación, hacerla propia, tratar de comprender, de sentir con el otro y solo hasta después dar una respuesta.

Es importante que nuestros hijos aprendan a escuchar siendo escuchados por nosotros. Recordemos que el ejemplo es más fuerte que la teoría. Y para eso es necesario que nuestros hijos se den cuenta de que los estamos escuchando, una forma muy sencilla es mirarlos a los ojos cuando nos hablen, dependiendo de la edad de nuestros hijos, podemos sentarlos en nuestras piernas para lograr captar su atención y que poco a poco comprendan que cuando alguien nos habla es necesario es necesario ponerle atención.

SEGUNDO. Que sepan reconocer sus emociones y que les puedan poner nombre.
La inteligencia emocional es nuestra mejor aliada, es por eso que debemos ayudarles a nuestros hijos a reconocer lo que sienten y a ponerle nombre, recordando que ellos no nacen sabiéndolo.

Cuando son pequeños nuestros hijos lloran por muchas cosas, cuando tienen frío, cuando tienen sueño, cuando tienen hambre, cuando están aburridos o cuando les duele algo. Nosotros aprendemos a distinguir el llanto y así podemos ayudarles. El siguiente paso es que les digamos, desde pequeños, cómo se llama lo que están sintiendo y viviendo, así aprenderán a identificar sus emociones y sentimientos y podrán ponerles nombre.

Un excelente ejercicio es que cuando lloren nuestros pequeños antes de decirles que se callen o que no lloren, les preguntemos qué sienten y una vez que nos lo dijeron les digamos cómo se llama ese conjunto de sentimientos, por ejemplo, enojo, tristeza, alegría, miedo, etc.

Es muy normal que en la actualidad nuestros hijos sientan miedo, enojo o frustración por todo lo que estamos viviendo como sociedad así que la pandemia es excelente oportunidad para comenzar a educarlos en la inteligencia emocional.

TERCERO. Que aprendan a darle valor a las cosas pequeñas.
Es muy importante que nuestros hijos tengan la capacidad de focalizar su atención en los detalle para que puedan sentir con el otro.

Un ejemplo claro es cumplir con las pequeñas medidas que debemos tomar para cuidarnos y así cuidar a los demás, por ejemplo, lavarse las manos, usar cubrebocas, guardar la sana distancia son pequeños detalles que podemos hacer para cuidarnos nosotros y ayudar a cuidar a los que nos rodean.

Muchos piensan que son pequeñeces pero en verdad pueden hacer la diferencia y nuestros hijos deben tener la capacidad de atender a estos pequeños detalles.

Para esto es necesario entrenarlos en poner atención en lo pequeño y darle su justo valor. Que aprendan a agradecer lo que los otros hacen por ellos, que aprendan a ver las pequeñas necesidades de sus amigos y que traten de ayudar, que comprendan la importancia de cumplir sus deberes en casa para el bienestar familiar.

CUARTO. Que aprendan a leer entre líneas.
Otro punto indispensable para lograr ser empíricos es que comprendan que el lenguaje no verbal es más fuerte que el verbal, es decir, que los gestos y actitudes nos comunican más que las palabras.

Es así que debemos educarlos para que puedan leer los signos y las actitudes a pesar de las palabras, de tal forma que sean sensibles a lo que pasa a su alrededor, que tengan la capacidad de percibir cuando alguien no se encuentra bien en la familia a pesar de que nos diga que no hay problemas.

Muy seguido pasa que los hermanos saben mejor cuando alguno de ellos no se siente bien a pesar de que no lo hayan expresado con palabras. Eso es empatía.

Existen ejercicios muy sencillos y que pueden ser hasta juegos didácticos para lograr que nuestros hijos le den más peso a los signos y la comunicación no verbal que a las palabras como por ejemplo que aprendan a hacer lo que nuestro dedo dice a pesar que nuestras palabras sean contrarias, o que hagamos tarjetas con dibujos de instrucciones como arriba y abajo y que se acostumbren a hacer lo que ven y no lo que escuchan.

Otro buen ejercicio es que se acostumbre a ver las indicaciones que nos dan en los señalamientos viales y que sepan que deben hacer en cada caso, ahora también puede ser los señalamientos de usar el cubrebocas, guardar la distancia y lavarse las manos.

Debemos recordar que la práctica hace al maestro y que todo esto es un proceso, así que debemos armarnos de paciencia para lograr educarlos en la empatía.

Y QUINTO. Que sepan hacer a un lado el egoísmo para que todos salgan ganando.
A veces no nos gusta lo que debemos hacer y nos cuenta trabajo hacerlo, pero es muy necesario que comprendamos que para que todos estemos bien debemos poner todos de nuestra parte y seguir las instrucciones que nos dan como son los semáforos de protección civil. A ninguno nos gusta dejar de hacer lo que tenemos planeado, pero debemos ser muy cuidadosos para ayudar al bienestar comunitario.

Podemos explicarles a nuestros pequeños por qué debemos hacer a un lado nuestros intereses personales en aras de un bien social mayor.

En la actualidad es algo que ya no se acostumbra hacer pero el que pocos lo hagan no es sinónimo de que esté mal, por lo que debemos educar a nuestros hijos para que hagan lo correcto a pesar de que no esté de moda.

Y ahora que la pandemia ha tomado otra vez fuerza es muy necesario que seamos capaces de esforzarnos para hacer lo correcto, lo que nos indican las autoridades a pesar de que nos guste usar cubrebocas, o que nos implique dejar de asistir a reuniones familiares, haciendo conciencia de que aún existe un riesgo de contagio, sin caer en pánico pero poniendo lo que está de nuestra parte y sobre todo, cuidándonos para cuidar a los demás.

 

 

El 2022 seguiremos con la crisis

Las tendencias (económicas, sociales, empresariales, tecnológicas, etc) en 2022 no serán radicalmente nuevas. Habrá una consolidación de las tendencias que se gestaron en 2020, con la pandemia, se han extendido por todo el planeta en 2021 y, este año, se harán sólidas, muy fuertes y arraigadas.

Habitualmente, a lo largo del siglo XX y principios del XXI los cambios de tendencias sucedían cada 8 a 10 años. Es algo muy estudiado en Sociología, acompañada de la Historia. De vez en cuando, hay acontecimientos de fuerte calado que dan lugar a un nuevo orden mundial: sucedió entre 1989, con la Caída del Muro de Berlín y 1991, con la desaparición de la Unión Soviética. Por primera vez en muchas décadas en el mundo había una sola potencia económica, militar y cultural que exportaba sus valores y costumbres al resto del planeta: Estados Unidos.

Desde la Gran Recesión de 2007-2008, con el estallido de la burbuja inmobiliaria, primero y la crisis derivada del covid en marzo de 2020, el mundo vive en una nueva etapa de la humanidad. La recuperación económica que vino tras la Gran Recesión fue liviana y breve: de 2015 a 2020. España no había aún recuperado los niveles de empleo previos a 2008 y, de golpe y porrazo (y confinamiento, el 13 de marzo de 2021) caímos en otra crisis económica que, en el imaginario de los españoles, era continuidad de la crisis previa de la que apenas habíamos salido. En consecuencia, sin darnos cuenta, los españoles hemos -en nuestro subconsciente- vivido una larga crisis económica desde 2008 hasta finales de 2021. Lo del “subconsciente” es un eufemismo, porque con 4,4 millones de desempleados, tasa de paro del 14,56% (dato EPA, INE) decrecimiento económico, destrucción de sectores empresariales claves como el turismo, los viajes, la hostelería, la restauración y los sueldos más bajos de la OCDE, las personas sienten la crisis económica en su propia piel, en el pago de la hipoteca, la gasolina y el recibo del gas y la luz, que durante los últimos meses se han encarecido desproporcionadamente.

Pedro García

 

Más luminosa de lo que nos han contado

En general, los de cultura media tenemos normalmente una imagen oscura de la Edad Media, como un tiempo en el que no había cultura, lleno de abusos y de ignorancia. Con motivo de la celebración del 800 aniversario del nacimiento de Alfonso X me parece que asomarse a la obra de Alfonso X desmonta el mito de la Edad Media como una época sombría. He oído, no he podido asistir aún, que los códices expuestos en el monasterio del Escorial reflejan la apuesta del Rey sabio por el conocimiento, por la poesía y por la música. Alfonso X recoge buena parte del saber que circulaba en ese momento en Europa y lo hace traducir. Impulsa la escuela de traductores de Toledo e incorpora a estudiosos judíos. La persecución de los judíos fue cosa de la modernidad, no del Medievo. La lengua que hablamos en nuestro país y que se habla en muchos lugares del mundo tiene una larga y bonita historia. Una historia que arranca en la Edad Media, que fue mucho más luminosa de lo que nos han contado.

Juan García. 

 

Una sociedad alicaída, temerosa,…

En nuestra sociedad hay cantidad de tabúes que nos están oprimiendo. Comer carne es malo para la salud y la pasta de dientes tiene que estar homologada para que no produzca cáncer; es fundamental la medicina preventiva “por si acaso” y hay que vigilar los tejidos –aunque tengan etiqueta europea- que rozan nuestra piel por si producen efectos no deseados; el sol es malo y el frío también; el azúcar produce enfermedades sin cuento y el pulpo a la gallega hay que tomarlo, no porque sea sabroso y esté bien condimentado, sino porque contiene Omega 3.

Hay que comer fruta pero teniendo muy en cuenta que de postre engorda; y  es necesario llevar un reloj que mida los pasos que damos para controlar nuestro ejercicio físico.

Ha bastado vivir la desgracia del suicidio de alguien conocido para que se ponga en marcha toda una batería de informaciones sobre la salud mental de las gentes; y ahora que, pese a las riadas, hay sequía  se debe  circular a paso de tortuga; los ríos se desbordan y las alertas cambian de color continuamente, pero la falta de riego hace peligrar las cosechas.

De la ciudad alegre y confiada, que decía Benavente, hemos pasado, desde mucho antes del Covid, a una sociedad alicaída, temerosa y  aherrojada por las continuas prohibiciones.

Y es que lo que sí parece claro es que tanto miedo, tanto temor, tantas precauciones y tanta prohibición, están sirviendo a los políticos para controlar a los votantes, a algunos medios para inflar audiencias y a bastantes para hacer negocio.

José Morales Martín

 

El poder, la gloria, la fama: todo desaparece

 

                                Acabo de ver un documental, de los muchos y buenos que la “dos” de la televisión oficial nos ofrece; y relativos a dos emperadores romanos y también con referencias al “gran Alejandro, el macedónico o grande”. Los dos primeros, fueron grandes y famosos, nacidos en la entonces “Hispania” (la mejor, más rica y primera colonia, ya en la república de Roma) “imperial”; Fueron Trajano y Adriano; en cuya época el Imperio de Roma, llega a su cénit o mayor poder de que dispuso a lo largo de los más de dos milenios de su existencia, y que comprenden desde que el primer reino, luego, república romana; que nace en “el Lacio italiano,  hasta que los turcos destruyen conquistando, los restos del mismo en aquella Constantinopla, que desde entonces, se denomina Estambul (1.453) y que cubren en la Historia, más de dos milenios.

                                Pues bien, en el documental y de forma más que “condesada”, de textos e imágenes; nos abruman de las grandezas de estos dos hombres, que en su vida “imperial”, dispusieron de hombres y dinero en cantidades tan enormes, que ello les permitió, todo cuanto les apeteció; hasta llegar uno de ellos, a “crear como un dios, a su querido, Antinoo”, al que dedicó aparte de la adoración, moneda, una ciudad y todo cuanto le dio la gana; su poder era inmenso, pero y como dice en uno de sus libros, un gran escritor escocés y del que abajo reflejo nota, “El dinero en verdad, puede mucho, pero no lo puede todo”; y es por lo que hoy, seguro que ni se sabe donde están sus huesos; y pese a lo grandiosa de su tumba y exequias que en su momento, dedicaran a estos hombres, que pese a ser de carne y hueso, se declararon, o los declararon, dioses y con obligación de ser adorados por sus, “más que ciudadanos, semi esclavos”; cosa por otra parte nada sorprendente, puesto que el otro grande, “el macedónico” y después de fundar una gran ciudad, que aún se denomina como él quiso (“Alejandría”) y en la que fue “sepultado una vez muerto”; hoy también desaparecida la enorme y grandiosa tumba, que sus herederos le dedicaron; no encuentran, ni una sola piedra de la misma.

                                Y es algo así como aquel cateto resumió en una frase, que yo hoy considero inmortal; puesto que, “el gachó”; dijo en su lenguaje… “¡Hay que vé, no semos naide ni denguno; hoy presonas y mañana estáutas”. Frase igualmente que la otra “grandiosa”, que dijera un muy famoso torero español, al presentarle al más famoso filósofo de su época… “En este mundo hay gente pa tó”;¸ y se quedó tan pancho.

 

NOTAS:

Marco Ulpio Trajano (Itálica18 de septiembre de 53-Selinus, c. 11 de agosto de 117) fue emperador romano desde el año 98 hasta su muerte en 117. Siendo natural de la Bética, es considerado como el primer emperador provincial, concretamente proveniente de una familia indígena turdetana, aunque entroncada con otra de antiguos colonos itálicos asentados en esta provincia.

Publio Elio Adriano (en latínPublius Aelius HadrianusItálica o Roma,24 de enero de 76-Bayas10 de julio de 138), conocido oficialmente durante su reinado como Imperator; y tras su deificación, comúnmente conocido como Adriano, fue emperador del Imperio romano (117-138). Miembro de la Dinastía Ulpio-Aelia y tercero de los «cinco emperadores buenos», así como segundo de los emperadores nacidos en la provincia de Bética. Adriano destacó por su afición a la filosofía estoica y epicúrea.

 

SOBRE EL DINERO: “El dinero en verdad, puede mucho, pero no lo puede todo” (Thomas Carlyle – (Escocia4 de diciembre de 1795-Londres5 de febrero de 1881) en su libro. “LOS DIOSES”; y a lo que yo le añado; “Si el dinero lo pudiera todo, ya hace siglos que la Humanidad, ni existiría”: AGF 02-01-2022

 

Hay gente pa tó es una frase categórica atribuida al gran maestro y califa del toreo cordobés Guerrita, aunque otros también la atribuyen al torero "El Gallo". Por cuestiones temporales, parece ser más creíble la atribución al torero sevillano que al cordobés.

Cuenta la historia del toreo que después de una gran corrida en Madrid, era corriente que los diestros ofrecieran una fiesta en el hotel a amigos, periodistas y gente relacionada con las artes y la cultura en general. Pues bien, en una de esas celebraciones le presentaron a nuestro afamado matador a José Ortega y Gasset, y se lo presentaron como "filósofo", a lo que el maestro inquirió sorprendido:

-¿Filósofo? ¿Y eso qué es?

De inmediato le explicaron que se trataba de la persona que trabajaba sobre las ideas y el pensamiento, a lo que el Guerra, asombrado por tamaña profesión, sentenció con su famoso: -Hay gente pa tó.

Antínoo o Antinoo: Fue un joven de gran belleza, favorito y amante del emperador romano Adriano. Tras su muerte fue deificado y se le rindió culto. Muchos de los retratos que se hicieron de él se han conservado hasta nuestros días. Desde el Renacimiento hasta la actualidad, Antínoo ha sido muy representado en el arte, especialmente en la escultura, y su enigmática figura ha captado la atención de numerosos artistas.

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                                ¿Qué nos enseña todo esto? Pues ya nos lo dijeron hace muchos cientos de años aquellos sabios estoicos: “¿A qué te preocupa el ayer, si ya pasó y no volverá? ¿A qué te preocupa el mañana, sabes si lo vas a vivir? Vive el hoy y vívelo bien, de forma que cuando vayas esta noche a dormir, que duermas bien y que tu alma no te remuerda la conciencia de algo mal hecho; y mañana sigue esta norma y así hasta que los dioses quieran? … He citado de memoria, pero al final; ¿Quién sigue hoy esos consejos “absurdos”, para los miedos y ambiciones que siempre están en este planeta? Y aún sabiendo que… “todo nace para morir y desaparecer”.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes