Las Noticias de hoy 3 Enero 2022

Enviado por adminideas el Lun, 03/01/2022 - 12:03

Frases y pensamientos del Padre Francisco

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 03 de enero de 2022       

Indice:

ROME REPORTS

Papa: "Dejemos que Dios habite nuestro corazón y toque nuestras zonas oscuras"

Ángelus del Papa: "En nuestra debilidad, sentimos a Dios más cerca"

Los mejores deseos del Papa para el nuevo año

Francisco: "Todos, jóvenes y mayores, necesitamos soñar"

LA PROFECÍA DE SIMEÓN : Francisco Fernandez Carbajal

3 de enero: Santísimo Nombre de Jesús

3 de enero: fiesta del Nombre de Jesús

“Cristo me dice y te dice que nos necesita” : San Josemaria

Pedro al timón, Dios en la barca: unión con el Papa

Algo grande y que sea amor (X): ¡Somos apóstoles! : José Manuel Antuña

La encarnación del Logos según la perspectiva fenomenológica de Michel Henry: de la gnosis a la archignosis : Alberto F. Roldán

Mujeres esenciales para humanizar el mundo creado : Lourdes Delgado

Fin de año, tiempo de ver la misericordia de Dios en nuestra familia : Silvia del Valle Márquez.

La paz sólo vendrá con la enmienda y el pedido de perdón : Acción Familia

Familia… ¡año nuevo, lucha nueva! : Roque Morán Latorre

Alzad la mirada : JD Mez Madrid

Ofrece razones suficientes : Jesús Martínez Madrid

No se trata de estadísticas, sino de personas: José Morales Martín

No es “nuevo”… es un año igual : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

Papa: "Dejemos que Dios habite nuestro corazón y toque nuestras zonas oscuras"

A la hora del rezo del Ángelus, el domingo 2 de enero, el Papa Francisco invitó a los fieles y peregrinos a aprovechar estos días navideños para acoger al Señor en nuestro corazón, no sólo con palabras, sino con gestos concretos. "Invitémoslo oficialmente a formar parte de nuestras vidas -dijo el Pontífice- sobre todo presentándole nuestras zonas oscuras y contándole sin miedo los problemas sociales y eclesiales de nuestro tiempo, porque Dios ama habitar entre nosotros".

 

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

El domingo 2 de enero, el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus, asomado desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano junto a los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro.

El Pontífice reflexionó sobre el Evangelio del día, según san Juan (Jn 1, 14), que presenta una hermosa frase que siempre rezamos a la hora del Ángelus y que es la única que nos revela el sentido de la Navidad: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". 

Dios: Verbo y carne

Estas palabras contienen una paradoja -dijo el Santo Padre- ya que ponen juntas dos realidades opuestas: el Verbo y la carne:

“Verbo indica que Jesús es la Palabra eterna del Padre, infinita, que existe desde siempre, antes de todas las cosas creadas; carne, en cambio, indica precisamente nuestra realidad creada, frágil, limitada, mortal”

En este contexto, Francisco puntualizó que antes de Jesús eran dos mundos separados: "El Cielo opuesto a la tierra, lo infinito opuesto a lo finito, el espíritu opuesto a la materia".

Ante nuestra fragilidad, el Señor no retrocede

El Papa se detuvo a analizar otro binomio presente en el Prólogo del Evangelio de Juan: luz y tinieblas (cfr. v. 5).

"Jesús es la luz de Dios que ha entrado en las tinieblas del mundo. Dios es luz: en Él no hay opacidad; en nosotros, en cambio, hay muchas oscuridades. Ahora, con Jesús, se encuentran la Luz y las tinieblas: la santidad y la culpa, la gracia y el pecado", subrayó.

Pero... ¿qué quiere anunciar el Evangelio con estas polaridades? Para Francisco se trata de una cosa espléndida, es decir, el modo de actuar de Dios:

“Ante nuestra fragilidad, el Señor no retrocede. No permanece en su beata eternidad y en su luz infinita, sino que se hace cercano, se hace carne, desciende a las tinieblas, habita tierras extrañas a Él. Lo hace porque no se resigna a que podamos extraviarnos yendo lejos de Él, lejos de la eternidad, lejos de la luz. He aquí la obra de Dios: venir entre nosotros. Si nosotros nos consideramos indignos, eso no lo detiene. Si lo rechazamos, no se cansa de buscarnos. Si no estamos preparados y bien dispuestos a recibirlo, prefiere venir de todos modos”

Dejar que Dios habite en nuestra vida, aunque sea desaliñada

Continuando con su alocución, el Pontífice recordó que, a menudo, nos mantenemos a distancia de Dios porque pensamos que no somos dignos de Él por diversos motivos y aunque esto sea cierto, la Navidad nos invita a ver las cosas desde el punto de vista divino:

“Dios desea encarnarse. Si tu corazón te parece demasiado contaminado por el mal, desordenado, no te cierres, no tengas miedo. Piensa en el establo de Belén. Jesús nació allí, en esa pobreza, para decirte que ciertamente no teme visitar tu corazón, habitar en una vida desaliñada. Habitar. Es el verbo que utiliza hoy el Evangelio: expresa un compartir total, una gran intimidad. Esto es lo que Dios quiere”

Sin embargo, para lograr que Dios habite en nuestro corazón -añadió el Santo Padre- cada uno debe hacerle un espacio, aunque no sólo con palabras, sino con gestos concretos:

"Tal vez haya aspectos de la vida que guardamos para nosotros, exclusivos, lugares interiores en los cuales tenemos miedo que entre el Evangelio, donde no queremos poner a Dios en medio", afirmó Francisco, a la vez que invitó a todos a aprovechar estos días navideños para acoger al Señor en nuestro corazón.

Presentémosle nuestras zonas oscuras

Y ¿cómo podemos hacerlo? El Papa sugiere dos formas: deteniéndonos ante el pesebre, "porque muestra a Jesús que viene a habitar toda nuestra vida concreta, ordinaria, donde no va todo bien, donde hay muchos problemas"; y presentándole allí nuestras situaciones, lo que vivimos.

Ante el pesebre, hablemos con Jesús de nuestras vicisitudes concretas. Invitémoslo oficialmente a nuestra vida, sobre todo a las zonas oscuras, a nuestros "establos interiores", -aseveró el Obispo de Roma- exhortando también "a contarle sin miedo los problemas sociales y eclesiales de nuestro tiempo, porque Dios ama habitar entre nosotros". 

"Que la Madre de Dios, en quien el Verbo se hizo carne, nos ayude a cultivar una mayor intimidad con el Señor", concluyó.

 

Ángelus del Papa: "En nuestra debilidad, sentimos a Dios más cerca"

"Cuando experimentamos nuestra debilidad y fragilidad, es cuando podemos sentir a Dios aún más cerca, porque se nos ha presentado así, débil y frágil". Fueron las palabras del Papa Francisco a la hora del rezo del Ángelus, en el primer día del nuevo año 2022. El Pontífice recordó que Jesús, "nace pequeño y necesitado para que nadie deba avergonzarse jamás de sí mismo” e invitó a todos a vivir en fraternidad y trabajar en la construcción de la paz mundial.

 

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

Tras haber celebrado la primera Misa del Año 2022, el sábado 1 de enero, solemnidad de María Santísima, Madre de Dios; el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus junto a los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

María presenta a Jesús para todos

Reflexionado sobre el Evangelio de la liturgia de hoy que habla de la Virgen, "remitiéndonos nuevamente al encanto del pesebre", el Santo Padre destacó que María, tras el nacimiento del Hijo de Dios, "no se lo guarda para ella misma, sino que nos lo presenta" y deja que los pastores que van sin demora hacia la gruta, puedan adorarlo:

"Lo deposita para invitarnos a mirarlo, a acogerlo y a adorarlo. He aquí la maternidad de María: el Hijo que ha nacido nos lo ofrece a todos nosotros", añadió el Pontífice subrayando que al colocarlo ante nuestros ojos, "sin decir ninguna palabra", nos da un mensaje estupendo:

“Dios está cerca, a nuestro alcance. No viene con el poder de quien quiere ser temido, sino con la fragilidad de quien pide ser amado; no nos juzga desde lo alto de un trono, sino que nos mira desde abajo como a un hermano, más aún, como un hijo. Nace pequeño y necesitado para que nadie deba avergonzarse jamás de sí mismo”

Para Francisco, precisamente cuando experimentamos nuestra debilidad y fragilidad, es cuando podemos sentir a Dios aún más cerca, "porque se nos ha presentado así, débil y frágil".

"Es el Dios-niño que nace para no excluir a nadie. Para hacer que nos convirtamos todos en hermanos y hermanas".

Un pensamiento especial para las jóvenes madres

Por ello, el Papa indicó que el nuevo año empieza con Dios que, "en los brazos de su Madre y acostado en un pesebre", nos anima con ternura:

“Tenemos necesidad de este aliciente. Vivimos aún tiempos inciertos y difíciles a causa de la pandemia. Son muchos los que están atemorizados por el futuro y agobiados por las situaciones sociales, los problemas personales, los peligros que provienen de la crisis ecológica, de las injusticias y de los desequilibrios económicos planetarios”

Y dirigiendo su mirada a María con su Hijo en brazos, el Pontífice dedicó un pensamiento especial a las jóvenes madres y en sus hijos que huyen de las guerras y de las carestías o que esperan en los campos de refugiados:

 

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"Contemplando a María que coloca a Jesús en el pesebre, poniéndolo a disposición de todos, recordamos que el mundo cambia y la vida de todos mejora sólo si nos ponemos a disposición de los demás, sin esperar que sean ellos los que comiencen" -dijo Francisco- haciendo hincapié en que, si nos convertimos en artesanos de la fraternidad, "podremos tejer los hilos de un mundo lacerado por guerras y violencias".

La paz es un don y un compromiso

En alusión al Día Mundial de la Paz, que se celebra este 1 de enero, el Papa puntualizó que la paz "es tanto un don de lo alto como el fruto de un compromiso compartido" (Mensaje para la LV Jornada Mundial de la Paz, 1):

“Don de lo alto: debe ser implorada por Jesús, porque solos no somos capaces de custodiarla. Sólo podemos construir verdaderamente la paz si la tenemos en nuestro corazón, sólo si la recibimos del Príncipe de la paz. Pero la paz es también nuestro compromiso: nos pide dar el primer paso, nos pide gestos concretos. Se construye con la atención a los últimos, con la promoción de la justicia, con el valor del perdón, que apaga el fuego del odio”

En este sentido, el Santo Padre aseveró que para lograr la paz también es necesaria una mirada positiva, es decir, que siempre se mire – en la Iglesia como en la sociedad – no el mal que nos divide, sino ¡el bien que puede unirnos!

"No sirve abatirse y quejarse, sino arremangarse para construir la paz" -concluyó Francisco- orando para que "la Madre de Dios, Reina de la paz, al comienzo de este año obtenga la concordia para nuestros corazones y para el mundo entero".

 

Los mejores deseos del Papa para el nuevo año

"Vayamos a casa pensando: ¡paz, paz, paz! Necesitamos la paz. ¡Queremos la paz!", fue la invitación del Santo Padre Francisco a los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro para rezar el Ángelus, el sábado 1 de enero de este nuevo año 2022, en el marco de la celebración del Día mundial de la Paz. En su alocución, el Pontífice saludó al presidente de Italia, Sergio Mattarella, y compartió sus mejores deseos para todos.

 

Sofía Lobos - Ciudad de Vaticano

Después de haber rezado la oración del Ángelus, el sábado 1 de enero, solemnidad de María Santísima, Madre de Dios; el Papa Francisco saludó a los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro a quienes deseó el don de la paz:

 

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"Al comienzo del Año Nuevo deseo a todos la paz, que es el compendio de todo lo bueno", dijo.

Saludos del Papa al presidente Mattarella

Asimismo, el Santo Padre saludó con gratitud al presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, asegurando sus oraciones por él y por el pueblo italiano.

Día Mundial de la Paz

En el marco del Día Mundial de la Paz, que se celebra hoy (y que fue iniciada por San Pablo VI en 1968), el Pontífice recordó que la paz se construye con el diálogo entre generaciones, con la educación y con el trabajo. "Sin estos tres elementos, los cimientos faltan".

Igualmente, Francisco agradeció todas las iniciativas promovidas en todo el mundo con motivo de esta Jornada, compatibles con la situación de pandemia; en particular, la Vigilia celebrada ayer por la tarde en la catedral de Savona como expresión de la Iglesia en Italia.

Gracias a la Comunidad de Sant'Egidio 

Antes de despedirse, el Papa saludó a los participantes en el evento "La paz en todas las tierras", organizado por la Comunidad de Sant'Egidio en Roma y en muchas partes del mundo, en colaboración con las diócesis y las parroquias. "Gracias por su presencia y su compromiso", dijo. 

 

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Finalmente, el Obispo de Roma saludó a los romanos y peregrinos:

"Saludo a los jóvenes de Curtatone, a las familias de Forlimpopoli, a los fieles de Padua y a los de Comun Nuovo, cerca de Sotto il Monte -lugar de nacimiento de San Juan XXIII, el Papa de la Encíclica Pacem in Terris, ¡más actual que nunca! Vayamos a casa pensando: ¡paz, paz, paz! Necesitamos la paz. ¡Queremos la paz!"

Francisco concluyó su alocución compartiendo sus mejores deseos para todos: "Por favor, no olviden de rezar por mí. ¡Feliz Año Nuevo! Que tengan un buen almuerzo y hasta mañana".

 

Francisco: "Todos, jóvenes y mayores, necesitamos soñar"

En las páginas del periódico italiano "Il Fatto Quotidiano" de hoy, se ha publicado un extracto de la conversación del padre jesuita Antonio Spadaro con el Papa Francisco, que luego fue incluido en la serie documental de Netflix centrada en la relación entre los mayores y los jóvenes y que estará disponible a partir del 25 de diciembre, titulada "Stories of a Generation" (Historias de una generación).

 

Gabriella Ceraso - Ciudad del Vaticano

Un relato coral sobre la vejez como un tesoro que hay que redescubrir, contada desde un punto de vista nuevo y original: los ojos de la generación más joven. Se trata de la serie documental de cuatro episodios "Historias de una generación con el Papa Francisco" que Netflix pone a disposición del público a partir del día de Navidad en los cinco continentes. 

Historias de amor, de sueños, de lucha y de trabajo, unidas por el hilo conductor de la relación intrageneracional, acompañadas de las reflexiones y recuerdos de Francisco que enriquecen las historias de los demás.

 

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Todo surge de una conversación entre el Papa y el padre jesuita Antonio Spadaro, director de La Civiltà Cattolica y asesor editorial de la serie escrita por Simona Ercolani y producida por "Stand By Me". En el extracto que el autor publica hoy en las páginas de Il Fatto quotidiano, se comparte el pensamiento y las palabras de Francisco sobre los temas de fondo de la narración televisiva. 

El Papa habla del amor como "un sentimiento, la electricidad que recorre un organismo similar a la sensación de dos polos que se atraen"; reinterpreta el baile del tango de forma personal y poética, como "dirigir y ser dirigido, tener la responsabilidad de cuidar al otro"; y luego explica el concepto de "paternidad", que no es tanto generar hijos como transmitir la propia existencia al hijo. "En la vida", dice el Pontífice en la conversación con el padre Spadaro, "lo que te hace ser padre es tu compromiso con la existencia, los límites, la grandeza, el desarrollo de esa persona a la que has dado la vida y a la que has visto crecer".

La vida es aséptica sin sueños

Pero el tema central son los sueños y el vínculo entre jóvenes y mayores también a través de ellos. Quien no sueña es una persona aséptica y su vida carece de poesía, dice Francisco, calificándose a sí mismo de soñador. "Yo también escribía poemas, pero luego los rompía porque no me gustaban. Así era como daba voz a mis sueños". "Todos necesitamos soñar. Consciente o inconscientemente".

Sueño y profecía

¿Y las personas mayores? También ellos deben soñar -dice Francisco- y así llevarnos "hacia horizontes" inimaginables. Y son los jóvenes los que tienen un papel fundamental en esto: el Papa en su conversación con el padre Spadaro destaca la importancia de la cercanía entre generaciones. 

 

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"Los sueños de una persona mayor son la riqueza de la vida que te ofrecen y te dan. Es la riqueza de toda esa vida que te ofrecen como experiencia de vida. El sueño de los jóvenes es la profecía, es decir, la capacidad de avanzar. Por eso es importante reunir a los jóvenes y a los mayores. El anciano que da sus sueños y el joven que los recibe y puede transmitirlos, con vistas al futuro". 

Dignidad y creatividad en el trabajo

Y luego está la lucha: porque para realizar los sueños, a veces, dice el Papa, "es necesario luchar" y la lucha es una realidad: 

"No me gusta, pero no puede haber vida sin lucha. No me gusta, pero no puede haber vida sin lucha. Es algo que está dentro de nosotros" y nunca se es demasiado viejo para luchar por lo que se tiene dentro "si se tiene el corazón y el alma abiertos". Así que no hay vida sin lucha, como no hay dignidad sin trabajo. Incluso el trabajo es un logro que -y el Papa lo explica cuando cuenta su experiencia de trabajo de verano en una fábrica de calcetines- es una fuente de dignidad. Y de la dignidad surge la creatividad.

"La creatividad es poesía. Pensemos que el poeta es alguien que sueña con los ojos abiertos. Un creador es un poeta. Cuando creas algo, eres un poeta. Estás haciendo poesía. No hay dignidad sin creatividad. La dignidad nos lleva a crear. Uno no se automatiza en su trabajo. La automatización es peligrosa. Por eso, un buen trabajador es siempre creativo. Se transforma en un regalo para los demás".

 

LA PROFECÍA DE SIMEÓN

— La Sagrada Familia en el Templo. El encuentro con Simeón. Nuestros encuentros con Jesús.

— María, Corredentora con Cristo. El sentido del dolor.

— La Virgen nos enseña a corredimir. Ofrecer el dolor y las contradicciones. Desagraviar. Apostolado con quienes nos rodean.

I. Cuando se cumplieron los días de la purificación de María, la Sagrada Familia subió de nuevo a Jerusalén para dar cumplimiento a dos prescripciones de la Ley de Moisés: la purificación de la madre, y la presentación y rescate del primogénito1.

Ninguna de estas leyes obligaban a María y a Jesús, por el nacimiento virginal y por ser Dios. Pero María quiso cumplir la ley. En esto se comportó como cualquier judía piadosa de su tiempo. «María –dice Santo Tomás– fue purificada para dar ejemplo de obediencia y de humildad»2.

La Virgen, acompañada de San José y llevando a Jesús en sus brazos, se presentó en el Templo confundida, como una más, entre el resto de las mujeres.

Jesús fue ofrecido a su Padre en las manos de María. Nunca se ofreció nada semejante en aquel Templo, y nunca se volvería a ofrecer. La siguiente ofrenda la hará el mismo Jesús, fuera de la ciudad, sobre el Gólgota. Ahora, muchas veces cada día, Jesús es ofrecido en la Santa Misa a la Trinidad Beatísima en un Sacrificio de valor infinito.

María y José ofrecieron el Niño a Dios y lo rescataron, recibiéndolo de nuevo. Para la ofrenda, los padres cotizaron como pobres. Sus recursos solo llegaban al arancel más pequeño: un par de tórtolas. La Virgen cumplió con los ritos de la purificación.

Cuando llegaron a las puertas del Templo se presentó ante ellos un anciano, Simeón, hombre justo y temeroso de Dios, que esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él3. Vino al Templo movido por el Espíritu Santo4. Tomó al Niño en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has puesto ante la faz de todos los pueblos, como luz que ilumina a los gentiles y gloria de Israel, tu pueblo5.

María y José estaban admirados por las cosas que se decían acerca de Jesús.

Este anciano había merecido conocer la llegada del Mesías, universalmente ignorada. Toda su existencia había consistido en una ardiente espera de Jesús. Ahora daba por cumplida su vida: Nunc dimittis servum tuum, Domine... Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo...

Simeón da por bien cumplida su vida: ha llegado a conocer al Mesías, al Salvador del mundo. Aquel encuentro ha sido lo verdaderamente importante en su vida; ha vivido para este instante. No le importa ver solo a un niño pequeño, que llega al Templo llevado por unos padres jóvenes, dispuestos a cumplir lo preceptuado en la Ley, igual que otras decenas de familias. Él sabe que aquel Niño es el Salvador: mis ojos han visto a tu Salvador. Esto le basta; ya puede morir en paz. No debieron ser muchos los días que el anciano sobrevivió a este acontecimiento.

Nosotros no podemos olvidar que con ese mismo Salvador, el que ha sido puesto ante la faz de todos los pueblos como luz, hemos tenido, no solo uno, sino muchos encuentros; quizá le hemos recibido miles de veces a lo largo de nuestra vida en la Sagrada Comunión. Encuentros más íntimos y más profundos que el de Simeón. Y nos duelen ahora las comuniones que hayamos realizado con menos fijeza, y hacemos el propósito de que el próximo encuentro con Jesús en la Sagrada Eucaristía sea al menos como el de Simeón: lleno de fe, de esperanza y de amor.

Después de cada Comunión, que es única e irrepetible, también podemos decir nosotros: mis ojos han visto al Salvador.

II. El anciano Simeón, después de bendecir a los jóvenes esposos, se dirige a María y, movido por el Espíritu Santo, le descubre los sufrimientos que padecerá un día el Niño y la espada de dolor que traspasará el alma de Ella: Éste, le dice señalando a Jesús, ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción –y a tu misma alma la traspasará una espada–, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones6.

«Tiempo vendrá –dice San Bernardo– en que Jesús no será ofrecido en el Templo ni entre los brazos de Simeón, sino fuera de la ciudad y entre los brazos de la cruz. Tiempo vendrá en que no será redimido con lo ajeno, sino que redimirá a otros con su propia sangre, porque Dios Padre le ha enviado para rescate de su pueblo»7.

El sufrimiento de la Madre –la espada que traspasará su alma– tendrá como único motivo los dolores del Hijo, su persecución y muerte, la incertidumbre del momento en que sucedería, y la resistencia a la gracia de la Redención que ocasionaría la ruina de muchos. El destino de María está delineado sobre el de Jesús, en función de este, y sin otra razón de ser.

La alegría de la Redención y el dolor de la Cruz son inseparables en las vidas de Jesús y de María. Parece como si Dios, a través de las criaturas que más ha amado en el mundo, nos quisiera mostrar que la felicidad no está lejos de la Cruz.

Desde el comienzo, las vidas del Señor y de su Madre están marcadas con este signo de la Cruz. A la alegría del Nacimiento se añade pronto la privación y la zozobra. María sabe ya desde estos primeros momentos el dolor que la espera. Cuando llegue su hora contemplará la Pasión y Muerte de su Hijo sin un reproche, sin una queja. Sufriendo como ninguna madre es capaz de sufrir, María aceptará el dolor con serenidad porque conoce su sentido redentor. «Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (Cfr. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado»8.

El dolor de María es particular y propio, y está relacionado con el pecado de los hombres. Es un dolor de corredención. La Iglesia aplica a la Virgen el título de Corredentora.

Nosotros aprendemos el valor y el sentido del dolor y de las contradicciones que lleva toda vida aquí en la tierra, contemplando a María. Con Ella aprendemos a santificar el dolor uniéndolo al de su Hijo y ofreciéndolo al Padre. La Santa Misa es el momento más oportuno para ofrecer todo aquello que tiene nuestra vida de más costoso. Y allí encontramos a Nuestra Señora.

III. Simeón, por voluntad de Dios, inició a María, desde el principio, en el misterio profundo de la Redención, y le declaró que el Señor le había señalado un puesto especial en la Pasión de su Hijo. Un nuevo elemento entró en la vida de María con la profecía del anciano Simeón, y permaneció en Ella hasta que estuvo al pie de la cruz de Jesús.

Los Apóstoles, a pesar de las numerosas declaraciones y enseñanzas del Señor, no llegaron a comprender del todo, hasta la Resurrección, que era preciso que el Mesías padeciese mucho de parte de los escribas y de los sumos sacerdotes9; María supo desde el principio que le esperaba un gran dolor, y que ese dolor se relacionaba con la redención del mundo. Ella, que guardaba y ponderaba todo en su corazón10, debió de reflexionar muy a menudo sobre las palabras misteriosas de Simeón. Por un proceso que nosotros no podemos comprender del todo, se hizo su corazón semejante al de su Hijo. Su dolor redentor «está sugerido tanto en la profecía de Simeón como en el relato mismo de la Pasión del Señor. Éste, decía el anciano refiriéndose al Niño que tiene en brazos, está puesto para resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción, y a tu misma alma la traspasará una espada... De hecho, cuando tu Jesús –que es de todos pero especialmente tuyo– entregó su espíritu, la lanza cruel no alcanzó su alma. Si le abrió el costado, sin perdonarle, estando ya muerto, sin embargo no le pudo causar dolor. Pero sí atravesó tu alma; en aquel momento la suya no estaba allí, pero la tuya no podía en absoluto separarse de Él»11.

El Señor ha querido asociarnos a todos los cristianos a su obra redentora en el mundo para que cooperemos con Él en la salvación de todos. Y cumpliremos esta misión ejecutando con rectitud nuestros deberes más pequeños y ofreciéndolos por la salvación de las almas, llevando con serenidad y paciencia el dolor, la enfermedad y la contradicción y realizando un apostolado eficaz a nuestro alrededor. Ordinariamente, el Señor nos pide comenzar por aquellos que por vínculos de familia, amistad, trabajo, vecindad, estudio, etc., están más cercanos. Así procedió Jesús, y también sus Apóstoles.

De modo especial le pedimos hoy a nuestra Madre Santa María que nos enseñe a santificar el dolor y la contradicción, que sepamos unirlos a la Cruz, que desagraviemos frecuentemente por los pecados del mundo, y que aumente cada día en nosotros los frutos de la Redención. ¡Oh Madre de piedad y de misericordia, que acompañabais a vuestro dulce Hijo mientras llevaba a cabo en el altar de la cruz la redención del género humano, como corredentora nuestra asociada a sus dolores...! conservad en nosotros y aumentad los frutos de la Redención y de vuestra compasión12.

1 Cfr. Lev 12, 2-8; Ex 13, 2. 12-13. — 2 Santo Tomás, Suma Teológica, 1-2 q. 1 a. 2. — 3 Cfr. Lc 2, 25. — 4 Lc 2, 27. — 5 Lc 2, 29-32. — 6 Lc 2, 34-35. — 7 San Bernardo, Sermón 3, Del Niño, de María y de José, Pl. 183, 370-371. — 8 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 58. — 9 Cfr. Mt 16, 21. — 10 Lc 2, 19. — 11 San Bernardo, Sermón para el domingo de la octava de la Asunción, 14. — 12 Pío XI, Oración en la clausura del jubileo de la Redención, en H. Marín, Doctrina Pontificia, vol. IV, Madrid 1954, n. 647.

 

3 de enero: Santísimo Nombre de Jesús

Reflexión para meditar el 3 de enero. Los temas propuestos son: el nombre de Jesús significa “Dios salva”; como óleo derramado; rezar en su nombre y llevarlo a todas partes.

03/01/2022

– El nombre de Jesús significa “Dios salva”

– Como óleo derramado

– Rezar en su nombre y llevarlo a todas partes


LA IMPOSICIÓN del nombre tenía mucha importancia en las culturas semitas ya que subrayaba la misión para la que una persona era llamada. En Israel se imponía el nombre durante la circuncisión, el momento en que el niño era incorporado a la descendencia de Abrahán. Así sucedió con Jesús, a los ocho días de su nacimiento (cfr. Lc 2,21). Dios le comunica a José, por medio del ángel, el nombre que debía poner al hijo de María: «Dará a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Hoy celebramos precisamente la fiesta dedicada al Santísimo Nombre del Señor. La antífona de la Misa resume bien el sentido de la celebración, cuando nos invita a adorar con reverencia al Niño que en estos días contemplamos recostado en un pesebre: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: “Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”»[1].

A algunas personas especialmente destacadas en la historia de la salvación Dios les cambia el nombre como símbolo del cometido que les confía. Así sucedió, por ejemplo, con Abram, que pasó a ser llamado Abraham, porque sería padre de una multitud de pueblos; Jacob recibió el nombre de Israel, porque había luchado con Dios y había vencido; y a Simón, Jesucristo mismo le llamará Cefas –Pedro–, porque será la roca sobre la que se edificará la Iglesia. En el caso de Jesús, Dios mismo interviene para que el nombre del Verbo Encarnado significase exactamente la misión redentora que venía a realizar: «Yahvé salva».

San Bernardino de Siena impulsó en su época la devoción al nombre de Jesús y, como fruto de su empeño, se lo añadió a las palabras de santa Isabel que repetimos en el avemaría. «El gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios», afirmaba el santo italiano. La fe «consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna»[2]. De ahí que recemos en la Oración colecta de la Misa de hoy: «Oh, Dios, que cimentaste en la encarnación de tu Verbo la salvación del género humano, concede a tu pueblo la misericordia que implora, para que todos sepan que no ha de ser invocado otro nombre que el de tu Unigénito».


«TU NOMBRE es como óleo derramado» (Ct 1,3), dice el Cantar de los Cantares refiriéndose al Esposo. El nombre de Jesús es, efectivamente, como un aroma que esparce su perfume por toda la casa. Continuando con esta comparación, san Bernardo de Claraval observa que el óleo posee tres cualidades que se pueden aplicar al nombre de Jesús: así como el aceite «es luz, comida y medicina», también el dulcísimo nombre de Jesús «brilla cuando es predicado, alimenta cuando es comido, unge y mitiga los males cuando es invocado»[3].

En primer lugar, Jesús es luz que resplandece en medio de las tinieblas, brillo que deseamos que reluzca en nuestro comportamiento. Para recibir esa luz de Cristo, hemos de abrir los ojos del alma y limpiarlos con el colirio de los sacramentos. «Ut videam, ut videamus, ut videant!», nos invitaba a repetir san Josemaría: que con nuestra mirada limpia hagamos limpias las vidas de muchos otros. En segundo lugar, Jesús es también alimento del alma. Al pronunciar su nombre, nuestro corazón se llena de gozo. «El leer me fastidia, si no leo el nombre de Jesús –continúa san Bernardo–. El hablar me disgusta, si no habla de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón»[4].

En último lugar, su precioso nombre es medicina para nuestra debilidad. «Nada hay más propio para detener el ímpetu de la ira, abatir la hinchazón del orgullo, curar las llagas de la envidia, contener los ataques de la lujuria, apagar el fuego de la concupiscencia, calmar la sed de la avaricia y desterrar todos los apetitos desordenados»[5]. Con ocasión de esta fiesta, podemos pedir al Espíritu Santo que derrame este óleo santo en nuestros corazones, en nuestros labios y en nuestras obras. Así, nos uniremos al salmista que en la liturgia de hoy aclama: «Señor, Señor nuestro, ¡qué admirable es tu nombre por toda la tierra!» (Sal 8,1).


«EN VERDAD, en verdad os digo: si pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). De esta manera alentaba el Señor a sus apóstoles en la víspera de su pasión. Fiados en la palabra misma del Señor, podemos invocar frecuentemente su santo nombre. Como decía santa Teresa: «Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón»[6].

San Josemaría, a su vez, nos enseñó una jaculatoria estupenda: «Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus!»: Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús. Si la repetimos con frecuencia nos pasmaremos de sus efectos, sobre todo cuando nos sintamos tristes, preocupados o cansados. «Yo le llamo Jesús, sin miedo, a solas», nos decía. «Aquí, junto al Sagrario, no me da vergüenza invocarle por su nombre. Hijo mío, dile tú también que le amas, que le amarás siempre. ¡Cada vez más!»[7]. Es misión nuestra –misión de cristianos corrientes– difundir la fragancia de este nombre a nuestro alrededor.

«Este nombre ha de ser publicado para que brille, no debe quedar escondido. Pero no puede ser predicado con un corazón manchado o una boca impura, sino que ha de ser colocado y mostrado en un vaso escogido»[8], continuaba san Bernardino. El sacerdocio real –sello divino del Bautismo y la Confirmación– «nos capacita para llevar el nombre de Cristo a todos los ambientes donde trabajan y viven los hombres. Pero no me olvidéis que el apostolado, para que sea verdaderamente eficaz, ha de fundamentarse en una unión profunda, habitual, diaria, con Jesucristo Señor Nuestro»[9]. ¡Con qué acento y ternura resonaría el nombre de Jesús en labios de su Madre y de san José! Les suplicamos con confianza que nos recuerden su nombre bendito para tenerlo permanentemente en nuestro corazón.


[1] Misa del Santísimo Nombre de Jesús, Antífona de entrada.

[2] San Bernardino de Siena, Sermón 49, Sobre el glorioso nombre de Jesucristo, cap. 1.

[3] San Bernardo, Sermón 15, Sobre el Cantar de los cantares, II, n. 4.

[4] San Bernardo, Sermón 15, Sobre el Cantar de los cantares, III, n. 6.

[5] Ibíd.

[6] Santa Teresa, Libro de su vida, cap. 22.

[7] San Josemaría, Notas de una meditación, 13-IV-1954.

[8] San Bernardino de Siena, Sermón 49, Sobre el glorioso nombre de Jesucristo, cap. 2.

[9] Beato Álvaro del Portillo, Carta, 1-IV-1985.

 

3 de enero: fiesta del Nombre de Jesús

Textos del fundador del Opus Dei para meditar con ocasión de la fiesta del Nombre de Jesús.

Textos de San Josemaría para la fiesta del Santo Nombre de Jesús. Photo by Mark Fletcher-Brown on Unsplash

03/01/2022

Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre -Jesús- y a decirle que le quieres.

Si amamos a Cristo, si lo seguimos sinceramente, si no nos buscamos a nosotros mismos sino sólo a Él, en su nombre podremos transmitir a otros, gratis, lo que gratis se nos ha concedido. Amigos de Dios, 262

¡Poder de tu nombre, Señor! —Encabecé mi carta, como suelo: "Jesús te me guarde". —Y me escriben: "El ¡Jesús te me guarde! de su carta ya me ha servido para librarme de una buena. Que Él les guarde también a todos". Camino, 312

Aquella mañana —para superar la sombra de pesimismo que te asaltaba— también insististe, como haces a diario..., pero te "metiste" más con tu Ángel. Le echaste piropos y le dijiste que te enseñara a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él... Y te quedaste tranquilo. Forja, 271

Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración "Jesús, te amo", oyó esta respuesta del cielo: "Obras son amores y no buenas razones". Piensa si acaso tú no mereces también ese cariñoso reproche. Camino, 933

Decía un alma de oración: en las intenciones, sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro Amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo. Camino, 271

Siempre nos acompaña

Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que —sin darse cuenta— han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída, se hace de noche.

Así somos: siempre poco atrevidos, quizá por insinceridad, o quizá por pudor. En el fondo, pensamos: quédate con nosotros, porque nos rodean en el alma las tinieblas, y sólo Tú eres luz, sólo Tú puedes calmar esta ansia que nos consume. Porque entre las cosas hermosas, honestas, no ignoramos cuál es la primera: poseer siempre a Dios.

Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha —anochece—, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo. Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra. Amigos de Dios, 314

Por amor y para enseñarnos a amar, vino Jesús a la tierra y se quedó entre nosotros en la Eucaristía. Como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin. Es Cristo que pasa, 151

No dejes la Visita al Santísimo. —Luego de la oración vocal que acostumbres, di a Jesús, realmente presente en el Sagrario, las preocupaciones de la jornada. —Y tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano. Camino, 554

Si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender un poco lo que hay en ese corazón de Dios que se anonada, que renuncia a manifestar su poder y su majestad, para presentarse en forma de esclavo. Hablando a lo humano, podríamos decir que Dios se excede, pues no se limita a lo que sería esencial o imprescindible para salvarnos, sino que va más allá. La única norma o medida que nos permite comprender de algún modo esa manera de obrar de Dios es darnos cuenta de que carece de medida: ver que nace de una locura de amor, que le lleva a tomar nuestra carne y a cargar con el peso de nuestros pecados. Es Cristo que pasa, 144

 

“Cristo me dice y te dice que nos necesita”

Devoción de Navidad. –No me sonrío cuando te veo componer las montañas de corcho del Nacimiento y colocar las ingenuas figuras de barro alrededor del Portal. –Nunca me has parecido más hombre que ahora, que pareces un niño. (Camino, 557)

3 de enero

Cuando llegan las Navidades, me gusta contemplar las imágenes del Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor que se anonada, me recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido presentarse desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría.

No alcanzaremos jamás el verdadero buen humor, si no imitamos de verdad a Jesús; si no somos, como Él, humildes. Insistiré de nuevo: ¿habéis visto dónde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás.

Es a veces corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia: el desear convertirse en el centro de la atención y de la estimación de todos, la inclinación a no quedar mal, el no resignarse a hacer el bien y desaparecer, el afán de seguridad personal. Y así muchas almas que podrían gozar de una paz maravillosa, que podrían gustar de un júbilo inmenso, por orgullo y presunción se trasforman en desgraciadas e infecundas.

Cristo fue humilde de corazón. A lo largo de su vida no quiso para Él ninguna cosa especial, ningún privilegio. (Es Cristo que pasa, 18)

 

Pedro al timón, Dios en la barca: unión con el Papa

El testimonio de san Josemaría y de los santos sobre el amor al Papa y la confianza en Dios

11/10/2021

Termina una jornada agotadora para Jesús. Tanta gente ha venido a escucharlo, que tuvo que hablar desde la barca de uno de sus discípulos. Les relató varias parábolas: el sembrador, la lámpara encendida, el grano de mostaza… Una vez despedida la multitud, parten hacia la orilla oriental del lago de Tiberíades, quizá a bordo de la misma embarcación. Sopla una brisa suave. No es el mejor momento para descansar, pero Jesús encuentra un cabezal en la popa y se deja vencer por el sueño. Tiene plena confianza en las manos expertas de sus apóstoles para atravesar las aguas.

Al poco tiempo, el mar se desata: la brisa se transforma poco a poco en viento fuerte y asistimos al relato de una nueva parábola, hecha esta vez no con palabras, sino en vivo y en directo. Los evangelios nos hablan de una gran tempestad que amenaza con hundir la barca (cfr. Mc 4,37). Por la situación geográfica de esa zona, no es algo infrecuente: el lago está bordeado por montañas en el norte y se encuentra en una depresión de doscientos metros bajo el nivel del mar. Suele ocurrir cuando cae la tarde y el viento golpea enfurecido desde el oeste, agitando las aguas.

A bordo, no en la orilla

Muchos padres de la Iglesia han visto en la barca sacudida por las olas y el viento una imagen de la Iglesia. «El mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. La barca, en cambio, representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los apóstoles»[1]. En su última audiencia general, a la vuelta de casi ocho años como sucesor de Pedro, Benedicto XVI confesaba haber pasado, junto a los días de sol y de brisa suave, también otros momentos con vientos tempestuosos. «Pero siempre supe –continuaba– que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es él quien la conduce, ciertamente también a través de los hombres que ha elegido, pues así lo ha querido»[2].

Esta certeza, que forma parte del claroscuro de la fe, nos impulsa a no mirar la tempestad desde la orilla, como si fuera algo ajeno a nosotros. No se trata de un crucero en el que una parte de la tripulación solo se dedica a mirar: somos pescadores, compañeros de faena de Pedro y de los apóstoles. Somos responsables de ayudar a quienes vienen a bordo, cada uno desde nuestro lugar, también sosteniendo al Papa que nos guía.

Apenas dos semanas después de aquella última audiencia de su predecesor, al terminar sus primeras palabras el día que fue elegido, el Papa Francisco nos recordó que necesita de nosotros, cosa que desde entonces suele hacer con frecuencia: «Ahora quisiera darles la bendición, pero primero, les pido un favor: antes de que el obispo bendiga al pueblo, les pido que recen al Señor para que me bendiga. Les pido la oración del pueblo que pide la bendición para su obispo. Hagamos en silencio esta oración de ustedes por mí»[3]. Así nos enseñó también a hacer san Josemaría; desde muy pronto, tenía la ilusión de que todas las personas del Opus Dei y quienes, de un modo u otro, se acercan al calor de esta familia, pudieran rezar diariamente por el Papa, pidiendo concretamente a Dios: que lo cuide, lo anime, lo haga feliz y que le dé fuerza en las tempestades[4].

El amor al Papa, un don que se recibe

Al atardecer del 23 de junio de 1946, san Josemaría había llegado a Roma después de varias peripecias, entre las que se contaba otra tempestad marina, esta vez en el Mediterráneo. El piso que sus hijos habían alquilado contaba con una pequeña terraza que se asomaba a Piazza Città Leonina. Desde allí se podían divisar las ventanas de las habitaciones del Papa Pío XII. El fundador del Opus Dei pasó la noche en vela, rezando por la Iglesia y por el Romano Pontífice. Años más tarde, contaba que algún eclesiástico se burló de ese gesto filial, tal vez por considerarlo ingenuo o inútil: «Se rieron de mí. En un primer momento, esa murmuración me hizo sufrir; después ha hecho surgir en mi corazón un amor al Romano Pontífice menos español –que es un amor, que brota del entusiasmo–, pero mucho más firme, porque nace de la reflexión: más teológico y, por tanto, más profundo»[5].

El amor al Santo Padre, «fundamento perpetuo y visible de unidad, así de los Obispos como de la multitud de los fieles»[6], va madurando poco a poco, a lo largo de los años. Al inicio seguramente se alimenta de un entusiasmo humano que, con el tiempo, se va tornando «más teológico», más consciente de sus razones, de su importancia y de su carácter sobrenatural, difícil de explicar solo con parámetros humanos.

San Josemaría vivió bajo la guía de diversos Papas. Cuando era pequeño, san Pío X gobernaba la Iglesia y a él debe la gracia de haber recibido tan temprano su primera comunión. Después, decidió hacerse sacerdote cuando el Papa era Benedicto XV. El Opus Dei nació bajo el pontificado de Pío XI y recibió la aprobación definitiva de manos del venerable Pío XII, que fue el primer Papa con quien san Josemaría se encontró personalmente. San Juan XXIII lo recibió varias veces, mostrándole un cariño paternal, y de san Pablo VI fueron «las primeras palabras de cariño y afecto»[7] que encontró al llegar a Roma. El fundador del Opus Dei recogió en Camino algo que Dios le había regalado desde su juventud y que sería un hilo conductor durante todos estos pontificados: «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón»[8].

Aquellas palabras nos sugieren que el amor al Romano Pontífice es algo que no controlamos necesariamente con nuestra fuerza de voluntad, con una convicción puramente teórica o con una natural simpatía. Con esta breve oración san Josemaría agradece este amor como un don de Dios, como algo recibido gratuitamente. Así se explica mejor lo que aprendió de su primera noche romana: a querer al Papa con un amor recibido de Dios, que no está a merced de las tempestades, que no depende de una mayor o menor afinidad. La misma mañana del día de su fallecimiento, el fundador del Opus Dei pidió que una persona cercana a Pablo VI le trasmitiera el siguiente mensaje: «Desde hace años, ofrezco la santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Podéis asegurarle –porque me lo habéis oído decir muchas veces– que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea»[9].

San Josemaría, santa Catalina, san Ireneo…

En la sede central del Opus Dei, en Roma, una pequeña arca de plata guarda una reliquia de santa Catalina de Siena. Sobre un esmalte de la urna, puede leerse, en latín: «Amó con obras y de verdad a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice». La santa del siglo XIV había escrito en una de sus cartas, refiriéndose al Papa: «Lo que le hacemos a él, se lo hacemos al Cristo del cielo, sea reverencia, sea vituperio»[10]. También pedía en otra: «Humildemente quiero que pongamos la cabeza en el regazo de Cristo en el cielo con afecto y amor, y de Cristo en la tierra, que hace sus veces, por reverencia a la sangre de Cristo, de la que él tiene las llaves»[11].

Esta convicción sobre la figura del Romano Pontífice –rodeado, en aquel siglo, de complicadas tormentas– permitía a santa Catalina hacerse cargo de la inmensa responsabilidad que pesa sobre los hombros de los Papas, y la llevaba a cultivar una intensa oración de intercesión por ellos. San Josemaría, lector de los escritos de la santa de Siena, decía también: «Mil veces me cortaría la lengua con los dientes y la escupiría lejos, antes de pronunciar la menor murmuración de quien más amo en la tierra, después del Señor y de Santa María: il dolce Cristo in terra, como suelo decir, repitiendo las palabras de santa Catalina»[12]. Esta actitud es todo lo contrario a hablar negativamente en público sobre el Papa o a menoscabar la confianza en él, tampoco en casos en los que no se comparta algún criterio personal concreto. Si esto último llegase a suceder, es debido al menos un «asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad»[13] a sus enseñanzas.

Los testimonios de esta unión con el Papa en las vidas de los santos son tan numerosos como los mismos santos. Por mencionar tan solo uno más, podemos pensar que mil años antes, en los albores del cristianismo, san Ireneo sentía la urgencia de rogar por la unidad con quien estaba al mando de la Iglesia de Roma. Ya en aquellos primeros momentos estaba claro que solamente «en ella, todos los que se encuentran, en todas partes, han conservado la tradición apostólica» [14].

Podríamos decir, en fin, que la barca de la Iglesia tiene un sistema de orientación con tres fuentes: primero Cristo que, aunque a veces duerma, está presente en cada parte y en cada tripulante; después, María, como estrella que permanece iluminándonos, aunque las olas sean grandes; y, después, Pedro, al mando del timón por mandato del mismo Jesús. «Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica?»[15].

Orar en medio de olas y vientos

Al meditar sobre esta tempestad en el lago de Tiberíades, san Agustín exhortaba a la confianza en quien de verdad gobierna no solo la barca, sino el mundo entero: «Imita al mar y a los vientos, y obedece al Creador. El mar atiende al mandato de Cristo, ¿y tú estás sordo? El viento amaina, ¿y tú soplas? ¿Qué es lo que pasa? Yo digo, yo hago, yo pienso que... Todo esto, ¿qué es sino soplar y no querer amainar ante la voz de Cristo? Que las olas no os arrastren ante las confusiones de vuestro corazón»[16].

Nada escapa de los planes providentes de Dios: tampoco los vientos ni las olas. «“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con él a bordo, no se naufraga»[17]. Pero para que esa convicción eche raíces en nosotros es necesario entrar en su lógica a través de una vida contemplativa, de una vida de oración que se abra a las acciones de Dios, muchas veces sorprendentes para nosotros. Tendremos que desprendernos de la tentación de querer tomar el timón en nuestras manos. «El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros –decía san Josemaría– una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo. Si tratamos al Señor en la oración, caminaremos con la mirada despejada que nos permita distinguir, también en los acontecimientos que a veces no entendemos o que nos producen llanto o dolor, la acción del Espíritu Santo»[18].

Hasta el sueño de Jesús en la barca es redentor. Esa aparente inactividad es su modo habitual de actuar: él apela a nuestra libertad; nos implica en la misión maravillosa de llevar a los hombres el amor infinito de su Padre. Su corazón está siempre atento, «no dormita, no se duerme el guardián de Israel» (Sal 121,4). Aunque a veces no comprendamos sus tiempos o sus modos –su paciencia–, podremos siempre acabar diciendo de él que, «a la vez que calmó la tempestad de las aguas, calmó también la tempestad de las almas»[19].


[1] Benedicto XVI, Ángelus, 7-VIII-2011.

[2] Benedicto XVI, Audiencia, 27-II-2013.

[3] Francisco, bendición apostólica Urbi et orbi, 13-III-2013.

[4] Cfr. Preces del Opus Dei. Allí se recoge la tradicional oración Oremus pro Pontifice.

[5] San Josemaría, Carta 17, n. 19.

[6] Concilio Vaticano II, Const. dog. Lumen Gentium, n. 23,

[7] San Josemaría, Conversaciones, n. 46.

[8] San Josemaría, Camino, n. 573.

[9] Beato Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 2001, p. 232.

[10] Santa Catalina de Siena, Carta 207, I, 436.

[11] Santa Catalina de Siena, Carta 28, I, 549

[12] San Josemaría, Carta 17, n. 53.

[13] Código de Derecho Canónico, n. 752. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 892.

[14] San Ireneo de Lyon, Contra los herejes, III, 3, 2.

[15] San Josemaría, Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra, n. 31.

[16] San Agustín, Sermón 63, n. 3.

[17] Francisco, Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia, 27-III-2020.

[18] San Josemaría, Amar a la Iglesia, n. 30.

[19] San Cirilo, en Catena Aurea, Lc 8,22-25.

 

Algo grande y que sea amor (X): ¡Somos apóstoles!

Para un cristiano el apostolado no es simplemente un encargo que supone ciertas horas; ni siquiera un trabajo importante: es una necesidad que brota de un corazón que se ha hecho «un solo cuerpo y un solo espíritu» con el Señor.

11/06/2019

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Cafarnaúm es el lugar donde comienza la aventura apostólica que Jesús inauguró en el mundo. Sabemos que al menos cuatro de los doce Apóstoles eran pescadores en esa ciudad. «Estaban junto a la barca vieja y junto a las redes rotas, remendándolas. El Señor les dijo que le siguieran; y ellos, “statim” —inmediatamente, “relictis omnibus” —abandonando todas las cosas, ¡todo!, le siguieron...»[1].

Jesús llama a aquellos primeros con unas palabras en las que delinea un plan que cambiará para siempre el curso de la historia: «Seguidme, y haré que vengáis a ser pescadores de hombres» (Mc 1,16-17). No les detalla más. Seguirán siendo pescadores, pero a partir de ahora pescarán otro tipo de «peces». Conocerán otros «mares», pero no han de perder lo que han aprendido con su trabajo. Vendrán días con viento favorable y pesca abundante, pero habrá también jornadas poco vistosas, sin pesca alguna, o con una pesca tan escasa que tendrán la sensación de volver a la orilla con las manos vacías. Pero lo decisivo no será el volumen de la pesca, o lo que los hombres juzguen como un éxito o como un fracaso; lo que importa es lo que van a ser. Desde el principio, Jesús quiere que caigan en la cuenta de su nueva identidad, porque no les convoca solo para hacer algo —una tarea bonita, algo extraordinario— sino para ser alguien que cumple una misión: ser «pescadores de hombres».

«Todo lo hago por el Evangelio»

Responder a la llamada de Dios reconfigura nuestra identidad: «Es una visión nueva de la vida», decía san Josemaría. Saber que el mismo Jesús nos invita a participar en su misión enciende en cada uno el deseo de «dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio». De ese modo, poco a poco, «la vocación nos lleva —sin darnos cuenta— a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría hasta en el trance de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión»[2]. Y esa tarea, que nos hace felices, va modelando nuestro modo de ser, de actuar, de ver el mundo.

Mons. Ocáriz lo ha recordado con palabras expresivas: «no hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!»[3]. La misión apostólica no ocupa un tiempo o unos aspectos determinados de nuestra vida personal, sino que afecta a todo: tiene un alcance de 360 grados. San Josemaría lo recordaba desde el inicio a las personas de la Obra: «No olvidéis hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[4].

LA VOCACIÓN ES UNA LLAMADA DEL SEÑOR PARA 'SER ALGUIEN'

«¡Ay de mí si no evangelizara!», escribe san Pablo (cfr. 1 Co 9,16-23): es algo que le sale de lo más hondo del alma. Para él, ese impulso de amor es una invitación y un deber: «Si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe». Por eso, la única recompensa que busca consiste en «predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente», porque se siente «siervo de todos para ganar a cuantos más pueda». A menudo abre su corazón: él es el último entre los apóstoles; indigno y sin méritos, pero es apóstol. Por eso, no hay para él circunstancia que no sea apostólica, hasta poder afirmar: «todo lo hago por el Evangelio». Esa es su carta de presentación, y así quiere ser considerado: «Pablo, siervo de Jesucristo, apóstol por vocación, designado para el Evangelio» (Rm 1,1).

De modo análogo, para un cristiano el apostolado no es simplemente «un encargo», o una actividad que supone ciertas horas diarias; ni siquiera «un trabajo importante»: es una necesidad que brota de un corazón que se ha hecho «un solo cuerpo y un solo espíritu»[5] en Jesús, con toda su Iglesia. Ser apóstol «no es y no puede ser un título honorífico, sino que empeña concretamente y también dramáticamente toda la existencia del sujeto interesado»[6]. Algunas veces necesitaremos que nos alienten; otras buscaremos consejo para acertar en nuestro esfuerzo por evangelizar; pero, en todo caso, sabemos que nuestra llamada es un don de Dios, y por eso le pedimos que el apostolado mane de nuestro corazón como salta el agua de la fuente (cfr. Jn 4,14).

Sal, luz y fermento del mundo

Para explicar a sus discípulos el papel que iban a desarrollar en el mundo, el Señor se servía a menudo de parábolas. «Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo», les dice en una ocasión (cfr. Mt 5,13-14). Otra vez, les habla de la levadura: de cómo siendo poca hace fermentar toda la masa (cfr. Mt 5,33). Porque así han de ser los apóstoles de Jesús: sal que alegra, luz que orienta, levadura que hace crecer la masa. Y así es como vio san Josemaría el apostolado de sus hijas y de sus hijos: «Tienes la llamada de Dios a un camino concreto: meterte en todas las encrucijadas del mundo, estando tú metido en Dios. Y ser levadura, ser sal, ser luz del mundo. Para iluminar, para dar sabor, para fermentar, para acrecentar»[7].

Los fieles del Opus Dei, como tantos otros cristianos corrientes, desarrollan su apostolado en medio del mundo, con naturalidad y discreción. Aunque a veces eso se haya prestado a incomprensiones, de hecho simplemente procuran hacer realidad en su vida estas parábolas del Señor. La sal, en efecto, no se ve, si se mezcla bien con la comida, sin hacer grumos; da gracia a los alimentos, que sin ella pueden quedar insípidos, aunque sean de buena calidad. Lo mismo sucede con la levadura: da volumen al pan, sin hacerse notar. La luz, a su vez, se coloca «en alto para que alumbre a todos», siempre «delante de la gente» (Mt 5,15-16); pero no centra la atención en sí misma, sino en aquello que ilumina. Un cristiano está a gusto con los demás, compartiendo ilusiones y proyectos. Más aún, «debemos sentirnos incómodos, cuando no estamos —sal y luz de Cristo— en medio de la gente»[8]. Esa apertura, además, supone relacionarse también con quienes no piensan como nosotros, con la disposición serena de dejar en los corazones la garra de Dios[9], del modo que Él mismo nos sugiera: a veces rezando por ellos una sencilla oración, otras con una palabra, o un gesto amable…

La eficacia apostólica de una vida no se puede contabilizar. Muchos frutos quedan en la sombra, y no llegaremos a conocerlos en esta vida. Lo que podemos poner de nuestra parte es un deseo, siempre renovado, de vivir muy unidos al Señor. «Andar por la vida como apóstoles: con luz de Dios, con sal de Dios. Sin miedo, con naturalidad, pero con tal vida interior, con tal unión con el Señor, que alumbremos, que evitemos la corrupción y las sombras»[10]. Dios mismo hará fecundas nuestras fatigas y no nos perderemos pensando en nuestra fragilidad o en las dificultades externas: que si el lago es demasiado grande, que si las multitudes apenas nos entienden, que si han empezado a criticarnos, que si el camino es pesado, que si no puedo remar contra esta tormenta...

Con motor propio

Repasando la lista de los doce Apóstoles, llama la atención lo distintos que son, a veces con personalidades muy marcadas. Lo mismo sucede al pensar en los santos y santas canonizados por la Iglesia. Y lo mismo, cuando repasamos las vidas de mucha gente corriente que sigue al Señor con una entrega discreta pero constante. Todos distintos, y al mismo tiempo, todos apóstoles, fieles, enamorados del Señor.

Al entregarnos a Dios no echamos a perder nuestra propia riqueza; al contrario, porque «cuando el Señor piensa en cada uno, en lo que desearía regalarle, piensa en él como su amigo personal. Y si tiene planeado regalarte una gracia (...) será seguramente algo que te alegrará en lo más íntimo y te entusiasmará más que ninguna otra cosa en este mundo. No porque lo que te vaya a dar sea un carisma extraordinario o raro, sino porque será justo a tu medida, a la medida de tu vida entera»[11]. Por eso quien se decide a seguir al Señor percibe, a la vuelta de los años, cómo la gracia, acompañada del trabajo personal, transforma incluso su carácter, de modo que le resulta más fácil amar y servir a todos. Esto no es fruto de la imposición voluntarista de un ideal de perfección. Más bien, es el influjo y la pasión que produce Jesucristo en la vida del apóstol.

Al poco de su elección como Prelado, preguntaron a D. Javier Echevarría si había tenido una vida propia: «¿Usted ha podido ser usted?». Su respuesta conmueve: son las palabras de alguien que mira atrás, sobre la propia vida, y ve lo que Dios ha hecho en ella. «Sí que he tenido mi propia vida. Yo nunca hubiera soñado realizar mi vida de un modo tan ambicioso. Viviendo a mi aire, yo hubiese tenido unos horizontes muchísimo más estrechos, unos vuelos más cortos (…). Yo, como hombre de mi tiempo, como cristiano y como sacerdote, soy una persona ambiciosamente realizada. Y tengo el corazón mundializado, gracias a haber vivido con dos hombres [San Josemaría y el beato Álvaro] de espíritu grandioso, cristianamente grandioso »[12].

Quien es enviado por Cristo y deja que sea Él quien lleve el timón de su vida no puede olvidar que Él espera una respuesta profundamente libre. Libre, en primer lugar, de egoísmos, de nuestra soberbia y de nuestro afán de brillar. Pero libre también para poner a su servicio todos nuestros talentos, nuestra iniciativa, nuestra creatividad. Por eso, decía san Josemaría que «una de las más evidentes características del espíritu del Opus Dei es su amor a la libertad y a la comprensión»[13].

A la vez, esa libertad de espíritu no consiste en «actuar conforme a los propios caprichos y en resistencia a cualquier norma»[14], como si todo lo que no viene de nosotros fuera una imposición de la que liberarse. Más bien, se trata de obrar con el mismo Espíritu que movía a Jesús: «he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38). Si el apostolado se considerase una «actividad» más, se correría el riesgo de sentirse cohibido por las indicaciones de quienes coordinan las iniciativas apostólicas. En cambio, quien se siente enviado por Cristo disfruta con la ayuda y el impulso que Dios transmite a través de sus múltiples instrumentos. Vivir con libertad de espíritu es dejar que sea el Espíritu Santo quien nos conforme y nos guíe, sirviéndose también de quienes Él ha puesto a nuestro lado.

La libertad de espíritu lleva a actuar «con motor propio» ante una u otra necesidad de la misión apostólica; con motor propio, es decir, no con una aceptación pasiva, sino con la convicción de que eso es lo que el Señor nos pide en ese momento, porque eso es lo que corresponde al apóstol que somos. Así continuamente, en las pequeñas circunstancias de nuestro día a día, podemos notar la fresca brisa del Espíritu, que nos empuja «mar adentro» (Lc 5,4), para continuar con Él la encantadora historia del Amor de Dios por nosotros.

Si nuestra misión fuera «hacer apostolado» podríamos dejarla de lado a causa de un trabajo absorbente o de una enfermedad, o cabría tener «vacaciones» apostólicas. Sin embargo, «¡somos apóstoles!»: ¡es nuestra vida! Por eso, sería un contrasentido salir a la calle y dejar en la habitación el afán evangelizador. Ciertamente, la misión supondrá a menudo esfuerzo, y exigirá de nuestra parte valentía para vencer nuestros miedos. Sin embargo, esas resistencias interiores no deben inquietarnos, porque el Espíritu Santo hace que crezca, en el corazón de quienes le son dóciles, una auténtica espontaneidad y creatividad apostólica: a medida que uno se identifica con nuestra misión, todo se vuelve ocasión de apostolado.

Se adquiere la «conciencia de estar en un puesto avanzado, de centinela»[15], que lleva a permanecer «en vigilia de amor, tenso, sin dormir, trabajando con empeño»[16]. Una vigilia que es de amor, y que por tanto no significa ansiedad o nerviosismo. Tenemos en nuestras manos una labor que nos ilusiona, que nos hace felices y que comunica a nuestro alrededor felicidad. Trabajamos en la viña del Señor y estamos seguros de que la labor es suya. Si alguna vez se filtrara en el alma una cierta falta de paz, una tensión excesiva, será el momento de acercarse a Él para decirle: lo hago por Ti, ayúdame a trabajar con calma y con la certeza de que todo lo haces Tú.

Luz divina que da calor

Cuando, en la parábola de los invitados a las bodas, el padre de familia se entera de que algunos de los convidados se han excusado, ordena a su criado que traiga «a los pobres, a los tullidos, a los ciegos y a los cojos» (Lc 14,21). La sala queda bastante concurrida, pero quedan aún sitios libres. Entonces, dice a su criado: «Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar, para que se llene mi casa (Lc 14,23). «Obliga a entrar», compelle intrare: hasta ese punto llega la intensidad de su deseo.

La orden es tajante, porque la llamada a la salvación es universal. San Josemaría lo entendía así: «No es como un empujón material, sino la abundancia de luz, de doctrina; el estímulo espiritual de vuestra oración y de vuestro trabajo, que es testimonio auténtico de la doctrina; el cúmulo de sacrificios, que sabéis ofrecer; la sonrisa, que os viene a la boca, porque sois hijos de Dios: filiación, que os llena de una serena felicidad —aunque en vuestra vida, a veces, no falten contradicciones—, que los demás ven y envidian. Añadid, a todo esto, vuestro garbo y vuestra simpatía humana, y tendremos el contenido del compelle intrare»[17]. No se trata, pues, de coaccionar a nadie: es una combinación, inédita cada vez, de oración y amistad, de testimonio y sacrificio generoso… una alegría que se comparte, una simpatía que invita con libertad.

Dios actúa «por atracción»[18], espoleando a las almas con la alegría y el encanto de la vida de los cristianos. Por eso el apostolado es amor que se desborda. Un corazón que sabe amar sabe atraer: «nosotros atraemos a todos con el corazón —decía san Josemaría—. Por eso, para todos pido un corazón muy grande: si amamos a las almas, las atraeremos»[19]. En efecto, nada atrae tanto como el amor auténtico, especialmente en un tiempo en que muchas personas no han conocido el calor del Amor de Dios. La amistad verdadera es de hecho el «modo de hacer apostolado que San Josemaría encontró en los relatos evangélicos»[20]: Felipe atrajo a Bartolomé; Andrés a Pedro; y debían ser buenos amigos los que llevaron hasta Jesús a aquel paralítico que no podía moverse de su camilla.

«En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»[21]. Tener amigos exige asiduidad, contacto personal; ejemplo y lealtad sincera; disposición a ayudar, a sostenerse mutuamente; escucha y empatía: capacidad de hacerse cargo de las necesidades del otro. La amistad no es un instrumento para el apostolado, sino que el apostolado mismo es, en su entraña, amistad: gratuidad, ganas de vivir la vida con los demás. Por supuesto, deseamos que nuestros amigos se acerquen al Señor, pero dispuestos a que eso suceda como y cuando Dios quiera. Aunque es lógico que un apóstol busque buenos resultados en su labor, y que valore la relación entre sus esfuerzos y la influencia que tiene en los demás, nunca puede olvidar que los apóstoles siguieron con Jesús incluso cuando casi todos se fueron (cfr. Jn 6,66-69); ya vendrían, con el tiempo, los frutos (cfr. Hch 2,37-41).

En una ocasión, un joven preguntó a San Josemaría: «Padre ¿qué debemos hacer para que piten[22] muchos?». San Josemaría le contestó enseguida: «Mucha oración, amistad leal y respeto a la libertad». Al joven la respuesta le supo a poco. Añadió: «Y eso ¿no es ir demasiado despacio, Padre?». «No, porque la vocación es sobrenatural», respondió san Josemaría, alargando cada sílaba. «Bastó un segundo para pasar de Saulo a Pablo. Después, tres días de oración, y se convirtió en un apasionado apóstol de Jesucristo»[23].

Es Dios quien llama y el Espíritu Santo quien mueve el corazón. El apóstol acompaña a sus amigos con oración y sacrificio, sin impacientarse al recibir un «no» a sus sugerencias, ni enfadarse cuando alguien no se deja ayudar. Un verdadero amigo se apoya en las fortalezas para ayudar a crecer, y evita muchas veces los reproches sobre las decisiones ajenas; sabe cuándo es necesario callar, y cuando es necesario «volver a la carga» de un modo distinto, sin hacerse cargante, sin reprochar: desde la confianza y el compromiso con lo mejor de cada uno, de cada una. Así hace Dios, y así quiere que hagan sus hijos.

Sin hacernos pesados, manteniendo la sonrisa en el rostro, podremos insinuar unas palabras al oído, como hacía el Señor. Y, continuamente, mantendremos vivo el deseo de que muchas personas le conozcan: «Tú y yo, hijos de Dios, cuando vemos a la gente, tenemos que pensar en las almas: he aquí un alma —hemos de decirnos— que hay que ayudar; un alma que hay que comprender; un alma con la que hay que convivir; un alma que hay que salvar»[24].

José Manuel Antuña


[1] San Josemaría, Forja, n. 356.

[2] San Josemaría, Carta 9-I-1932, n. 9.

[3] F. Ocáriz, Carta, 14-II-2017, n. 9.

[4] Instrucción 19-III-1934, n. 27 (la cursiva es del original), citado en Camino, edición crítico-histórica, nota al n. 942.

[5] Misal Romano, Plegaria eucarística III.

[6] Benedicto XVI, Audiencia, 10-IX-2008.

[7] San Josemaría, Notas de una meditación de abril de 1955, en Obras 1956, XI, p. 9 (AGP, biblioteca, P03).

[8] San Josemaría, A solas con Dios, n. 273 (AGP, Biblioteca, P10).

[9] Cfr. D. Javier, Homilía, 5-IX-2010 (Romana, n. 51, Julio-Diciembre 2010, p. 339).

[10] Forja, n. 969.

[11] Francisco, Ex. ap. Christus vivit (25-III-2019), n. 287.

[12] Entrevista de P. Urbano a D. Javier, Época, 20-IV-1994, citada en A. Sánchez León, En la tierra como en el cielo, Madrid, Rialp 2019, pp. 349-350.

[13] San Josemaría, Carta 31-V-1954, n. 22.

[14] F. Ocáriz, Carta, 9-I-2018, n. 5.

[15] San Josemaría, Carta 31-V-1954, n. 16.

[16] Ibidem.

[17] San Josemaría, Carta 24-X-1942, n. 9; cfr. Amigos de Dios, n. 37.

[18] Benedicto XVI, Homilía, 13-V-2007; Francisco, Homilía, 3-V-2018.

[19] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 10-V-1967 en Crónica 1967, p. 605 (AGP, biblioteca, P01).

[20] F. Ocáriz,, Carta, 14-II-17, n. 9.

[21] Forja, n. 565.

[22] En el lenguaje coloquial del Madrid de mediados de siglo pasado, “pitar” significaba funcionar bien. San Josemaría usaba el término para referirse al hecho de que una persona pidiera la Admisión en el Opus Dei. Desde entonces ha quedado en la Obra como un modo familiar de hablar.

[23] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 24-IV-1967, en Crónica 1967, p. 506 (AGP, biblioteca, P01).

[24] San Josemaría, Meditación del 25-II-1963, en Crónica 1964, IX, p. 69 (AGP, biblioteca, P01).

 

La encarnación del Logos según la perspectiva fenomenológica de Michel Henry: de la gnosis a la archignosis

Escrito por Alberto F. Roldán

“El motivo último de la Encarnación que contiene la posibilidad de la salvación se descubre a nosotros: la Encarnación del Verbo es su revelación, su venida a nosotros. […] La carne misma en cuanto tal es revelación”. Michel Henry“La declaración ‘Dios se hizo carne’ ( Jn 1,14) es el anuncio de una abismal fenomenología de la encarnación…”. Mario Lipsitz

Introducción

El tema de la carne ha sido recuperado en las recientes filosofías y teologías. Uno de los aportes más significativos es el del filósofo francés Michel Henry que, desde un enfoque fenomenológico, profundiza en los alcances de la carne y la encarnación como ejes centrales no solo del misterio cristiano, sino también de la filosofía. El presente trabajo consiste en una exposición de lo que Michel Henry desarrolla en su obra Encarnación, a partir de lo que denomina “una inversión fenomenológica”. Se observará cómo Henry procura encontrar en la Vida el archiprincipio que adviene a la carne como medio esencial para la realización de la salvación de la humanidad a partir de la osada afirmación joánica: “El Verbo se hizo carne”. En primer lugar, exponemos lo que Henry quiere decir con la “encarnación” como objeto de estudio y método; en segundo término, definimos en qué consiste lo que Henry denomina “inversión fenomenológica”; en tercer lugar, analizamos la fenomenología de la vida tal como la expone el filósofo francés; en cuarto lugar, seguimos el tránsito que Henry hace de la concepción helénica del cuerpo a la fenomenología de la carne, según los aportes de Tertuliano e Ireneo; en quinto término, resumimos su recapitulación de lo expuesto; en sexto lugar, analizamos la derivación de la encarnación al cuerpo místico de Cristo; y en el séptimo lugar, reflexionamos sobre las relaciones entre filosofía y teología a partir de la inversión fenomenológica realizada por Henry. Terminamos con algunas conclusiones y desafíos que Henry ofrece tanto a la filosofía como a la teología.

La encarnación: objeto de estudio y método

Michel Henry, filósofo francés nacido en Vietnam, desarrolla una serie de textos filosóficos en perspectiva fenomenológica, enfocando su reflexión sobre todo en el cuarto Evangelio. Es autor, entre otras muchas obras, de Palabras de Cristo, Yo soy la vida, Encarnación: una filosofía de la carne y Fenomenología de la vida. A los fines de nuestro tema, nos remitimos mayormente a este último libro. En la introducción, Henry advierte que el tema de la encarnación “se sitúa en el centro de una constelación de problemas que nos proponemos abordar en este ensayo”. [1] Henry distingue entre “cuerpo inerte” y nuestro cuerpo. Apelando a la observación de Heidegger, dice que la mesa no “toca” la pared. Lo propio de un cuerpo como el nuestro es sentir cada objeto próximo, percibir cualidades, colores, etcétera. A partir de ello, hay dos sentidos para “cuerpo”: uno, un cuerpo u objeto inerte del universo; y otro, el nuestro. A partir de esa distinción, resuelve designar los términos del siguiente modo:

Llamaremos carne al primero, reservando el uso de la palabra cuerpo para el segundo. Esto es así porque nuestra carne no es otra cosa que aquello que, al experimentarse, sufrirse, padecerse y soportarse a sí mismo y, de este modo, gozar de sí según impresiones siempre renacientes, es susceptible, por esta razón, de sentir el cuerpo exterior a sí, de tocar así como el ser tocado por él. Cosa de la que por principio es incapaz el cuerpo exterior, el cuerpo inerte del universo material. [2]

Más adelante, Henry pone de manifiesto que su propósito es elucidar sistemáticamente el tema de la carne, el cuerpo y la relación entre ambos permitiendo con ello “abordar el tema de nuestra investigación: la Encarnación en sentido cristiano. Esta tiene por fundamento la alucinante proposición de Juan: ‘Y el Verbo se hizo carne’ ( Jn 1,14)” [3]. El autor destaca la importancia que ha tenido esta palabra extraordinaria, desde la reflexión de Pablo, los padres de la Iglesia, los herejes y sus críticos y los concilios. Pero señala que la secuencia decisiva entre filosofía y teología, que en sus comienzos estaban unidas, desapareció de las producciones intelectuales, víctimas de un gigantesco naufragio que acontece en el enfrentamiento entre quienes intentaban comprenderla y quienes la rechazaban de forma incondicional por ser incompatible con la filosofía griega. Para hacer más clara la importancia que el concepto tiene para el cristianismo, dice Henry:

Por otra parte, la incompatibilidad radical del concepto griego de Logos con la idea de su eventual encarnación alcanza su paroxismo tan pronto como esta última reviste la significación que le es propia en el cristianismo, la de conferir la salvación. Tal es, en efecto, la tesis que se puede afirmar como “crucial” del dogma cristiano y el principio de toda su “economía” [4].

El autor comenta el hecho de que, cuando el cristianismo sale de su matriz hebraica y se dispone a conquistar una cultura más universal, se enfrenta precisamente al desafío de los griegos. Y agrega: “... para decirlo ahora con más precisión: la realidad del cuerpo de Cristo como condición de la identificación del hombre con Dios. Se va a confiar a los conceptos griegos la comprensión de la verdad más antigriega. Tal es la contradicción en la que los Padres y los Concilios se encontrarán más de una vez” [5]. Todo el combate se suscitó desde fines del siglo I en torno al tema del cuerpo real de Cristo, carne real semejante a la nuestra, como la única posibilidad de que en ella se pudiera concretar nuestra salvación.

La encarnación no solo es importante para la salvación, sino que también es el medio de revelación, luego, también, de manifestación. Explica Henry: “El motivo último de la Encarnación que contiene la posibilidad de la salvación se descubre a nosotros: la Encarnación del Verbo es su revelación, su vida a nosotros. […] La carne misma en cuanto tal es revelación” [6]. El filósofo francés se pregunta si existe alguna ciencia que nos permita acceder a este tema de la revelación de Dios en la carne del Logos. Y responde:

Ahora bien, esa ciencia existe: es la fenomenología. Por tanto, vamos a preguntar a la fenomenología el modo de aproximación apropiado al tema de nuestra investigación. La fenomenología inventada por Husserl a principios de este siglo ha suscitado uno de los movimientos de pensamiento más importantes de este tiempo y, quizá, de todos los tiempos. Las breves notas de esta introducción nos permiten por lo menos saber a condición de qué una filosofía podría servir de vía de acceso a la intelección de estas realidades que son, por un [sic] parte, la carne y, por otra, la venida a esta carne, la encarnación y especialmente la Encarnación en sentido cristiano. [7]

En síntesis, el autor escoge la fenomenología como el método por el cual va a interpretar la encarnación en sentido general y en sentido específico: el cristiano. Antes de terminar su introducción, aclara que el ensayo aborda tanto la filosofía como la fenomenología y la teología, disciplinas que se encargarán de explicar cada vez que las utilice en su análisis del tema. A continuación, analizamos algunos aspectos que consideramos más importantes al tema de la encarnación en sentido cristiano, dejando de lado otros que, aunque merecerían un análisis, tienen una extensión que supera con creces los límites del presente trabajo.

La inversión de la fenomenología

Henry comienza su investigación con un análisis del término de su método escogido: la fenomenología. Se trata de dos palabras de origen griego: phainomenon y logos. Luego, el primer término cualifica el objeto de esa ciencia y el segundo indica el modo de tratamiento que se aplica a ese objeto. Citando el § 7 de Ser y tiempo de Martín Heidegger, dice que fenomenología se deriva “del verbo phainesthai, que significa mostrarse, fenómeno designa “lo que se muestra, el mostrarse, lo manifiesto” [8]. Aplicado a las formas verbal y sustantiva, la condición de fenómeno significa desvelar, descubrir, aparecer, manifestar, revelar. Y, en forma sustantiva, donación, mostración, fenomenización, desvelamiento, descubrimiento, aparición, manifestación, revelación. Para entender acaso más claramente de qué trata la fenomenología, quizás sea oportuno citar al propio Heidegger: “Fenomenología es el modo de acceso y de determinación evidenciante de lo que debe constituir el tema de la ontología. La ontología sólo es posible como fenomenología. El concepto fenomenológico de fenómeno entiende como aquello que se muestra el ser del ente, su sentido, sus modificaciones y derivados” [9].

Se trata del aparecer, de la fenomenicidad pura, del cómo aparece el ente a nuestra vista. Y de allí, se trata de ver de qué modo viene el Verbo al mundo. Más específicamente, pregunta Henry:

Si él es la revelación de Dios, si, por otra parte, ha tomado una carne semejante a la nuestra, ¿no llevamos, en nuestra propia carne, a Dios mismo? Revelación de Dios en su Verbo, revelación del Verbo en su carne, estas epifanías puestas en línea en la Archi-inteligibilidad joánica, ¿no se descubren solidarias o, para decirlo de manera más radical, no toman carne en nosotros de la misma manera? [10].

Henry aclara lo que los fenomenólogos llaman “fenómeno reducido”. Se trata de los fenómenos que son reducidos a su contenido fenomenológico efectivo, es decir, lo que aparece y el modo en que aparece. “Ir a las cosas mismas, tomadas en su sentido, consiste en considerar este dato inmediato en su inmediatez, eliminadas las interpretaciones y saberes sucesivos que corren el riesgo de recubrirlo, de interponerse entre nosotros y él” [11]. Otro término clave en el planteo de la fenomenología es la “intuición.” Citando a Husserl, dice Henry que “toda intuición en que se da algo originariamente es un fundamento de derecho del conocimiento” [12]. Comenta: “‘Intuición’ es un concepto fenomenológico: no se refiere a un objeto sino a su modo de aparecer. Es por esto por lo que se dice ‘en que se da’, porque un modo de aparecer es un modo de donación” [13]. Tenemos ya una serie de términos clave en lo que hace a la fenomenología.

Fenómeno – intuición – aparecer – donación − revelación

Sobre el último término, que por cierto tiene también una connotación teológica, dice Henry: “Dado que es esta venida afuera lo que produce la fenomenicidad, la revelación que opera la intencionalidad queda definida de forma rigurosa: se cumple en esta venida afuera y coincide con ella. Revelar es semejante venida afuera, en una puesta a distancia, es hacer ver” [14].

Ahora bien, ¿a qué denomina Henry “inversión de la fenomenología”? Define que “es el movimiento del pensamiento que comprende aquello que lo precede, a saber: la autodonación de la Vida absoluta en la que ella misma adviene a sí” [15]. Henry no se queda con el fenómeno en sí, sino que apunta a lo que precede al fenómeno, la Vida en sentido absoluto, de la cual dependen todos los seres o entes, en palabras de la teología joánica: del Logos en el cual estaba la vida y se nos manifestó.

La fenomenología de la vida

Henry parte del axioma de que ninguna impresión se trae por sí misma o se funda a sí misma. Se trata de la Vida, que no es de este mundo. Es “el aparecer de la Vida, que es la Vida en su fenomenización originaria” [16].

¿Cómo se experimenta la vida? Henry responde categóricamente: en un pathos considerando como “una Afectividad originaria y pura, una Afectividad que denominamos transcendental porque, en efecto, es la que posibilita el experimentarse a sí mismo sin distancia en el sufrir inexorable y en la pasividad insalvable de una pasión” [17]. La fenomenología de la vida conduce al tema de la fenomenología de la carne. La Vida se ofrece en forma absoluta y adviene a sí. “Es siempre la vida la que hace posible su auto-objetivación en el pensamiento, en calidad de condición interna de este pensamiento y de su objeto” [18]. Para la fenomenología de la vida, existen dos modos de aparecer: el del mundo y el de la vida. Henry comenta que generalmente atribuimos a los mismos cuerpos sus cualidades sonoras, táctiles, de colores, su rugosidad, su suavidad, etcétera. Pero todas esas cualidades solo son proyecciones en ellos de las sensaciones e impresiones. Es cierto que se experimentan así, pero las cualidades que poseen no son materia de esos cuerpos “que en realidad no sienten ni han sentido nunca nada, sino, precisamente, la materia fenomenológica pura de la vida, la carne afectiva de la que no son más que modalidades” [19]. Por otra parte, nacer significa venir a la carne, donde toda carne viene a sí en lo que Henry denomina: “la Archi-Carne de la Vida” [20]. Y agrega:

Es así como la fenomenología de la carne remite invenciblemente a una fenomenología de la Encarnación. La fenomenología de la Encarnación debería preceder lógicamente a la de la carne, puesto que eso que llamamos “carne” no puede comprenderse más que a partir de la venida a sí en la venida a sí de la Vida absoluta […][21].

En Fenomenología de la vida, serie de ensayos y conferencias para ser publicadas en español por Mario Lipsitz, Michel Henry define lo que quiere decir con “vida”. Afirma: “Vivir significa ser. El concepto de vida es bruscamente rescatado de su aparente indeterminación cuando circunscribe al mismo tiempo el campo y la tarea de una ontología, es decir de la filosofía misma” [22]. En crítica al existencialismo, dice que implicó una tentativa de rechazar el racionalismo, pero envejeció prematuramente al no saber encontrar la vía que conduce a la vida. Y explica: “Pues la vida permanece en sí misma; carece de afuera, ninguna cara de su ser se ofrece a la aprehensión de una mirada teórica o sensible, ni se propone como objeto de cualquiera acción. Nadie ha visto nunca a la vida y tampoco la verá jamás. La vida es una dimensión de inmanencia radical” [23].

De la concepción helénica del cuerpo a la fenomenología de la carne: Tertuliano e Ireneo

El § 24 es fundamental para nuestro tema. Allí, Henry contrasta la visión griega del cuerpo con la fenomenología de la carne tomando como referente a Tertuliano de Cartago. La fenomenología de la carne, señala Henry, nos pone frente a dos tipos de correlaciones: la de la carne y la Vida, y la de la carne y el nacimiento. Esa doble correlación es difícil de pensar cuando la vida deja de ser un mero ente para transformarse en el aparecer puro. La rotunda afirmación de Juan de que “el Verbo fue hecho carne” irrumpe en el mundo antiguo de modo desafiante y establece la confrontación entre pensamiento griego y pensamiento cristiano. Explica Henry: “La violencia de la confrontación entre la concepción griega del cuerpo y la concepción cristiana de la carne va a estallar en el mundo antiguo desde la primera difusión de la nueva religión, cuyo tenor esencial es la afirmación de la venida de Dios a la condición humana bajo la forma de su encarnación” [24].

Así surge la lucha encarnizada de los padres de la Iglesia frente a la herejía que negaba la verdadera humanidad de Jesús. Henry, entonces, toma en consideración a dos de esos padres: Tertuliano de Cartago e Ireneo de Lyon. El primero afirmó que no hay nacimiento sin carne ni carne sin nacimiento. Y comenta: “Lo que reprochó [Tertuliano] a la herejía en el caso de Valentín y sus seguidores fue precisamente ‘reconocer la carne y el nacimiento pero dándoles un sentido diferente” [25]. Henry se pregunta a partir de qué presupuesto fenomenológico y ontológico Tertuliano comprende el nacimiento y la carne de Cristo. Siguiendo las reflexiones del teólogo africano, Henry se pregunta qué tipo de carne debería ser para que Cristo, con su muerte, lograra la salvación del mundo. Y su respuesta —siguiendo las intuiciones de Tertuliano— es que debía ser una carne abocada o destinada a la muerte, una carne hecha de la materia del mundo, en otras palabras, una carne terrestre. Para decirlo de modo más rotundo, amplía Henry:

Nacido de las entrañas de una mujer, Cristo toma de ella su carne, una carne terrestre y humana, que él ha vivido como los humanos: alimentarse, fatigarse, dormir, en suma, compartir el destino de los hombres en primer lugar –para poder cumplir el suyo, que era ser crucificado, morir, ser amortajado— y después –sólo después— resucitar [26].

De ese modo, se afirma el carácter humano y mortal de la carne de Cristo rechazando la herejía que sustituía esa carne verdadera por una carne “celeste”, “astral”, “psíquica” o “espiritual”. Resulta interesante observar la ironía que marca Henry en cuanto a los términos utilizados por Tertuliano en su argumentación, que son de raigambre hebraica, pero apelan a la medicina y al saber griegos.

No dejará de observarse que las metáforas de que se sirve Tertuliano a la hora de establecer contra la herejía la realidad de la carne es [sic] de origen hebraico, que remiten al texto del Génesis más que a cualquier tratado griego. Pero ello no tiene precisamente más que un valor metafórico. La descripción mucho más precisa, casi objetiva, del parto en las invectivas dirigidas contra Marción, está apoyada sobre la medicina griega, sobre el saber griego, sobre la herencia griega. Cierto texto de Tertuliano –“los músculos semejantes a capellones de tierra”– indica por otra parte claramente la asimilación que tenía lugar en su espíritu entre la herencia griega, con sus conocimientos objetivos pre-científicos, y las metáforas bíblicas: unos y otras remiten al contenido de este mundo, contenido que remite a su aparecer, a la exterioridad primitiva de la naturaleza y de la creación en que se nos muestra, fuera de nosotros, la tierra y su limo, así como los desagradables procesos que tienen lugar en el vientre de las mujeres [27].

De este modo, Henry pone de manifiesto lo que muchos han observado en cuanto a la incoherencia de Tertuliano en su rechazo a la filosofía griega —“¿qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?”— y su utilización del pensamiento y las ciencias procedentes de Grecia. Lo que se cuestiona en todo este debate entre Tertuliano y Marción es si Dios es impasible, como decía Aristóteles, o si un Dios eterno puede sufrir y aun morir. Tertuliano se empecina en demostrar que la encarnación de Cristo es real y su pasión es real, porque la carne que asimiló era “una carne como la nuestra, regada por la sangre, montada sobre los huesos, surcada por venas” [28].

El § 25 está consagrado a Ireneo de Lyon. Vuelve a suscitarse la polémica con la gnosis, la cual no quería reconocer en Cristo una carne real como la nuestra, terrestre, material, porque tal consideración era demasiado trivial para esa perspectiva. Frente a ello, comenta Henry: “La asignación incondicional de la carne a la Vida, en la que reside su efectuación patética, encuentra en Ireneo una profundidad extraordinaria” [29]. La vida de Dios mismo, autorrevelada en el Verbo, es la que se hace carne. Henry explica la inversión que Ireneo hace del postulado gnóstico:

La inversión de la gnosis radica en dos proposiciones fundamentales que expresamos como sigue: lejos de ser la vida incapaz de tomar carne, es su condición de posibilidad. Lejos de ser incapaz de recibir la vida, la carne es su efectuación fenomenológica. En el lenguaje de Ireneo: “Dios puede vivificar la carne” –y sólo Dios, añadimos nosotros—, “La carne puede ser vivificada por Dios” –y sólo puede ser vivificada por él, añadimos—. “Si no vivificase lo que está muerto, Dios dejaría de ser poderoso.” Lo muerto es el cuerpo inerte del que Dios hace una carne en él comunicándole la vida –su Vida, la única que existe—. Y de ahí que la donación de la primera carne al primer hombre prefigure su salvación. “El que en el comienzo ha hecho […] lo que no había, podrá, si quiere, restablecer en la vida lo que ha existido” –resucitar la carne, la cual no toma nunca su condición de carne más que de su propia vida en él—. Derivada de la primera, la segunda proposición es más que inteligible –archi-inteligible—. Precisamente porque la Vida es la condición de posibilidad de la carne, la carne es posible en ella, y no es posible más que en ella. La carne puede recibir la Vida como aquello mismo que hace de ella una carne y sin lo cual no sería en modo alguno –como aquello mismo que es—. “La carne –dice Ireneo en una proposición fundamental, será capaz de recibir y contener el poder de Dios” [30].

Para Ireneo, la carne no es excluida del arte, de la sabiduría y del poder de Dios, “sino que el poder de Dios, que procura la vida, se despliega en la debilidad de la carne”. [31] Esa debilidad significa que la carne toma vida no de sí misma, sino de la donación de la Vida absoluta. Dice Henry:

Con la inmanencia en la carne de la Vida que constituye su realidad, le es comunicada la Archi-inteligibilidad de la Vida. De donde resulta la propuesta de una de las tesis más inauditas que ha formulado el pensamiento humano: la interpretación de la carne como portadora en sí ineluctablemente de una Archi-inteligibilidad, la de la Vida en la que se da a sí misma, en la que ese hace carne [32].

También comenta que Ireneo critica a quienes pretenden que la carne es incapaz de recibir vida porque, si tal es el caso, ellos mismos, los gnósticos, no serían vivientes, ya que desarrollan acciones propias de los vivos. Henry amplía la crítica de Ireneo a otras expresiones más allá de los gnósticos, al decir: “Nos equivocaríamos si pensásemos que estas secuencias de absurdos que denuncia Ireneo pertenecen a la gnosis y a sus tesis específicas. Las volveríamos a encontrar por doquier allí donde la revelación de la carne no se atribuya a la revelación de la vida misma, comprendida como su auto-revelación” [33].

Recapitulación

A modo de recapitulación de los resultados de la inversión fenomenológica, Henry reafirma el sentido final de esa inversión: “… sustituir el aparecer del mundo en el que se nos muestran los cuerpos por el de la vida, en cuya afectividad transcendental es posible toda carne” [34]. Henry vuelve a referirse al comienzo de su reflexión, a partir de dos palabras joánicas: “Al principio era el Verbo” y “el Verbo se hizo carne”. Las dos afirmaciones se refieren al Verbo, la primera, conectándola con la vida, la segunda, con la carne. Entonces, intenta determinar la implicación que está en juego en esas afirmaciones.

La cuestión de la Encarnación es una de las más graves, por cuanto que pone en tela de juicio a la vez la naturaleza de la relación del hombre con Dios, la de Cristo y, en fin, la posibilidad de la salvación. Pero también, decíamos, la posibilidad de la culpa y de la perdición. Esta ambigüedad de la carne, capaz de significar tanto la salvación como la perdición del hombre, ha sido señalada y explícitamente formulada por los primeros pensadores cristianos. Ireneo afirma esta doble potencialidad, con una claridad y una fuerza singulares: “Por lo tanto, en esos miembros en los que perecíamos por el hecho de llevar a cabo las obras de la corrupción, en esos mismos miembros somos vivificados en el momento en que llevamos a cabo las obras del Espíritu”. [35]

Luego, Henry reflexiona sobre el “yo puedo” afirmando que “Todo poder tropieza en sí mismo con aquello sobre y contra lo que no puede nada, con un no –poder absoluto” [36]. Ilustra esa realidad con el caso de Pilato que hace alarde de su poder de condenar o soltar a Jesús.

La brutal respuesta de Cristo –“No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto’ ( Jn 19, 10.11)— descalifica de manera radical, no sólo la idea que espontáneamente nos hacemos de un “poder”, sino todo poder real y el nuestro en particular, vaciándolo de su sustancia, de la capacidad que lo define, precisamente la de poder, independientemente de su especificidad, de su objeto y de su modo de ejercerse. “Ningún poder”… No hay ningún poder que sea tal, pues sólo es verdadero poder el que toma su poder de sí mismo, y no es poder más que   por esta razón [37].

El poder concedido es simplemente una donación de lo alto. De allí que, aplicado a la salvación, ella no puede obtenerse más que por una intervención de un poder soberano y superior: el de Dios. El medio que Dios ha escogido para realizar esa salvación es la encarnación como presupuesto para la cruz. “Encarnándose, el Verbo ha tomado por tanto sobre sí el pecado y la muerte inscritos en nuestra carne finita y los ha destruido, muriendo él mismo sobre la Cruz” [38]. Esto nos conduce al último punto que deseamos subrayar de la exposición de Henry: el cuerpo místico de Cristo.

Relación con el otro: el cuerpo místico de Cristo

En el parágrafo § 48, último del texto, Michel Henry se refiere a la relación con el otro como identificación plena y el cuerpo místico de Cristo. Hablando de la reciprocidad entre el Padre y el Hijo, recogida por Juan en el Evangelio, dice:

[…] la interioridad fenomenológica del Padre con el Hijo se encuentra constantemente planteada como interioridad del Hijo con el Padre: “Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti”; “De este modo podrías reconocer que el Padre está en mí yo en el Padre”; “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?” ( Jn 17, 24; 17, 21; 10, 28; 14,10, respectivamente) [39].

Lo sorprendente es que ese proceso de estructura interna de la Vida absoluta no se da solo en la relación del Padre con el Hijo y del Hijo con el Padre, sino que se amplía a los otros vivientes que entran en comunión con el Mesías. “Esta unión ha sido llamada deificación porque al repetirse la interioridad fenomenológica recíproca de la Vida y de su Verbo cuando el Verbo mismo se hace carne en Cristo, toda unión con ésta es idénticamente una unión con el Verbo y, en éste, con la Vida absoluta” [40].

De allí pasa Henry a referirse a la doctrina del cuerpo místico de Cristo que implica una cabeza y diversidad de miembros según la teología paulina expresada en 1Co 12.

El elemento que edifica, la “cabeza” de ese cuerpo, es Cristo. Sus miembros son todos aquellos que, santificados y deificados en y por él, le pertenecen en lo sucesivo hasta el punto de devenir partes de ese mismo cuerpo, precisamente sus miembros. En la medida en que él es la Encarnación real del Verbo, Cristo edifica primero cada Sí transcendental viviente en su Ipseidad originaria, que es la de la Vida absoluta, lo une a sí mismo [41].

La unidad y la identificación de la cabeza, Cristo, con el cuerpo, los creyentes, es de tal dimensión que Pablo llega a expresar: “Ahora me alegro de padecer por vosotros, pues así completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1,24). Eso es posible porque Cristo es uno que está unido a un cuerpo extendido: el cuerpo místico. Por tal razón, dice Henry:

[…] los miembros de su cuerpo, a cada uno de los que, dados a sí mismos en la auto-donación del Verbo, sólo vivirán de la Vida infinita que se experimenta en ese Verbo, a aquéllos que se aman en Él de tal manera que es a Él a quien aman en sí mismos, a Él y a todos aquéllos que están con Él, les será dada la Vida eterna. En esta Vida que llega a ser la suya, serán salvados [42].

De esta reflexión sobre el cuerpo místico de Cristo, Michel Henry pasa a su conclusión.

Más allá de la fenomenología y la teología

A modo de conclusión de su amplia y profunda exposición, Michel Henry dedica un espacio a las relaciones y las diferencias entre filosofía y teología. En esta conclusión, el interés del autor radica en distinguir entre ambas disciplinas que no compiten entre sí, ya que son distintas y, tal vez, se complementan [43]. Pero establece una diferencia importante. “La diferencia radica en aquello que la teología toma como punto de partida, más aún: en el objeto mismo de su reflexión, las Escrituras […]” [44].Al fundamentarse sobre una Palabra de Verdad, la teología tiene una ventaja decisiva sobre la filosofía. En contraste, Henry expresa: “La filosofía resulta entonces singularmente desprotegida e indigente; se encuentra en su comienzo en una situación errática, sin saber qué es la Verdad, ni cómo conducirse para llegar hasta ella” [45].

Por otra parte, según Henry, no existe diferencia en cuanto al método utilizado tanto por la filosofía como por la teología. En ambas disciplinas se trata de un movimiento del pensamiento que se desarrolla mediante evidencias y “llega a ciertos resultados que son otras tantas adquisiciones progresivas, constitutivas de una teoría siempre en devenir” [46]. Tomando distancia del planteo de Heidegger, Henry dice que no es el pensamiento de “el ser-en-el-mundo” lo que da acceso a la vida sino que la Vida misma da acceso al pensamiento. “Sólo la Vida absoluta lleva a cabo esta autorrevelación del Comienzo” [47].

Volviendo al tema central de su investigación, Henry se refiere al carácter crucial del problema que el cuerpo ha planteado, que es “la sustitución del cuerpo material por esta carne viva que realmente somos y que hoy nos compete redescubrir a pesar del objetivismo reinante […]” [48].Ese objetivismo se expresa en reemplazar la carne por un cuerpo reducido a objeto que se ofrece a la investigación y a la manipulación científica.

Incluyéndose dentro de los fenomenólogos poshusserlianos, Henry dice que este presupuesto cristiano adquiere una significación decisiva. La nueva inteligibilidad exige elaborar de nuevo la concepción del cuerpo “dado que nuestro cuerpo no es un cuerpo sino una carne […] Originariamente y  en sí, nuestra carne real es archi-inteligible, revelada en sí en esta revelación anterior al mundo propia del Verbo de la Vida del que habla Juan” [49].

¿Qué consecuencias se derivan de este nuevo planteo que sustituye el cuerpo como mero objeto por la carne como sustancia real e inteligible? La primera es que la aporía griega de la venida del Logos se disipa en el planteo joánico y es totalmente diferente a la concepción griega de un Logos que es Razón y posibilidad de lenguaje de los hombres porque “el Verbo de Vida es la condición fenomenológica transcendental, última y radical, de toda carne posible” [50]. En segundo lugar, la encarnación del Verbo no significa solamente que el Verbo se haya hecho carne, sino que “en el Verbo mismo se cumple el hacerse carne fuera del cual ninguna carne, ningún Sí carnal vivo, ningún hombre ha sido nunca posible” [51]. Cuando él lo crea a su imagen y semejanza, no pone fuera de sí un mero cuerpo material inerte y ciego, sino que “lo que genera en él es una carne, fuera del mundo, en el proceso de su auto-generación de su Verbo. ‘En él todo ha sido hecho y sin él nada de lo que ha sido hecho hubiera sido hecho” [52]. Estableciendo una vez más el contraste con la filosofía griega, Henry dice:

Por eso la carne no miente. No miente como lo hace el pensamiento verídico que dice lo que ve o cree ver, incluso cuando no hay nada, como en los sueños. Pensamiento que no miente, aunque podría hacerlo, voluntaria o inadvertidamente, incluso por ignorancia. La carne no miente porque no puede mentir, porque en el fondo de sí misma, allí donde es captada por la Vida, es la Vida la que habla, el Logos de Vida, la Archi-inteligibilidad joánica [53].

A estas conclusiones, Henry agrega dos notas más: la archignosis y el archigozo. Lo primero, tiene que ver con que Juan, oponiéndose a la gnosis que negaba la verdadera encarnación del Logos, plantea una gnosis superadora. A modo de pregunta retórica, dice Henry: “¿No es la Archi-inteligibilidad joánica una forma superior de conocimiento, un conocimiento de tercer género, dado solamente a aquellos que en virtud de un esfuerzo inaudito del intelecto, o gracias a ciertos dones excepcionales, se han elevado hasta ella? El cristianismo, es preciso reconocer esto, es una Archi-gnosis” [54].

La carne que somos se manifiesta de modo patente cuando estamos despojados de todo y especialmente en medio de los sufrimientos. Pero cuando ese sufrimiento llega a la situación límite de la esperanza es cuando la mirada de Dios nos socorre. Haciendo referencia a Dios, Michel expresa en términos poéticos: “Nos sumerge la embriaguez sin límites de la vida, el Archi-gozo de su amor eterno en su Verbo, su Espíritu. Todo lo que ha sido rebajado será levantado. Dichosos los que sufren, los que quizás no tienen nada más que su carne. La Archi-gnosis es la gnosis de los simples” [55].

Conclusiones

El planteo de Henry se inscribe dentro de la fenomenología. Pero es una fenomenología poshusserliana que propone tomar la “carne” como el núcleo central de esa fenomenología y que es común tanto a la teología como a la filosofía. Para Henry, hay una radical incompatibilidad entre el concepto griego de Logos y lo que postula y afirma, escandalosamente para los griegos: un Logos hecho carne. Esa afirmación es crucial del dogma cristiano y el principio de su oikonomía de la salvación [56].

La inversión de la fenomenología consiste en el movimiento del pensamiento que comprende una realidad que precede a lo que se manifiesta: la autodonación de la Vida absoluta que viene a la carne. De la Vida dependen todos los seres porque la Vida misma estaba en el Logos y todo fue hecho en él. Henry sostiene que, según la fenomenología, hay dos modos de aparecer: el del mundo y el de la carne. Es esta última, la fenomenología de la carne, la que nos remite a una fenomenología de la encarnación. La encarnación del Logos es, para Henry, esencial no solo para la salvación de la humanidad, sino también como centro de revelación. Dice Henry: “La Revelación de Dios, condición de la salvación de los hombres, sería Cristo encarnado, hecho carne. Y eso supondría también la venida a ese mundo de Cristo, quien sería la revelación de Dios y la salvación de los hombres” [57].

Henry distingue entre “cuerpo” y “carne”. Ambos conceptos son ambiguos, ya que “cuerpo” puede referirse tanto a un objeto inerte del universo como a nuestro propio cuerpo. Insiste en evitar la objetivación del cuerpo para centrar el análisis en la carne que somos, la que siente, sufre y padece. Pero la carne también es un término ambiguo, aun en el Nuevo Testamento, donde puede ser residencia del mal, pero también residencia de la Vida de Dios en un hombre: Jesús. Como bien interpreta Philippe Capelle, Henry invierte la relación entre carne y cuerpo ya que no es el análisis de este lo que nos permite el análisis de la carne y en el principio de su explicación, sino que “lo que es verdadero es lo contrario: sólo nuestra carne nos permite conocer (…) algo como un cuerpo” [58].

Uno de los aportes más significativos de la investigación de Michel Henry consiste en el análisis de los padres de la Iglesia frente al desafío del gnosticismo y su negación de la realidad del cuerpo de carne de Jesucristo. La encarnizada lucha —¡justamente por la carne!— que entablan tanto Tertuliano como Ireneo para refutar esa herejía muestra de modo palmario la importancia que tenía la afirmación de que el Logos fue hecho carne, y carne real. La fuerza del lenguaje utilizado por Tertuliano, que afirma que la carne de Cristo era igual que la nuestra, por estar regada por la sangre, montada sobre los huesos y surcada por las venas, pone de manifiesto la importancia decisiva que tenía afirmar la realidad de la carne del Verbo y de la cual dependía la salvación de la humanidad. En el caso de Ireneo de Lyon, se destaca la asignación de la carne a la Vida, ya que en el Verbo se autorrevela y se manifiesta la Vida misma de Dios y, de ese modo, la carne, en su fragilidad y debilidad intrínsecas, puede recibir y contener el poder de Dios.

La inversión fenomenológica referida al Verbo de Vida, el Cristo, implica también superar la gnosis griega por una archignosis. No es una gnosis solo para iniciados, sino una dación de Dios para todo aquel que cree en el Verbo y experimenta así el nacimiento “de arriba”. Ya que “la carne no miente”, mientras sí puede mentir la filosofía con sus argumentos, en el Logos es la Vida misma la que habla en toda su radicalidad y su pasión.

Esto conduce al tema del sufrimiento como experiencia de la carne que, llegado a su paroxismo, conduce a los creyentes al archigozo que se produce en la donación que Dios hace de su Vida en el Verbo encarnado. De ese modo, la encarnación así entendida se constituye en el tema común tanto para la filosofía —en su acepción fenomenológica— como para la teología cristiana. Para esta última, la carne del Verbo es el locus tanto de la revelación (phainomenon) como de la redención.

Alberto F. Roldán, en dialnet.unirioja.es/

Notas:

1.    Michel Henry, Encarnación: una filosofía de la carne, trad. Javier Teira, Gorka Fernández y Roberto Ranz (Salamanca, ES: Sígueme, 2001), 9.

2.   Henry, Encarnación, 10. Cursivas originales.

3.   Ibíd., 12. Hay varias formas de traducir la expresión joánica καί ό λόγος σάρξ έγένετο: “Y aquel Verbo fue hecho carne” (Reina Valera 1960); “Y la Palabra se hizo carne” (Biblia de Jerusalén); “Y la Palabra se hizo hombre” (Nueva Biblia Española); “Y la Palabra se hizo carne” (La Biblia Latinoamérica); “Y el Verbo se hizo hombre” (Nueva Versión Internacional); “Y el Logos se hizo carne” (Biblia Textual). Para Mario Lipsitz, esta declaración es el anuncio de una abismal fenomenología de la encarnación y constituye la revelación de una verdad fundamental que estaba oculta en el Génesis. Mario Lipsitz, Eros y el nacimiento fuera de la ontología griega: Emmanuel Levinas y Michel Henry (Buenos Aires, AR: Prometeo Libros, 2004), 63.

4.   Ibíd., 13.

5.   Ibíd., 16-17. Cursivas originales. También es antigriego el concepto joánico del Verbo. Mario Lipsitz explica: “El hijo es también Verbo (Logos), palabra de Dios, pues en él, el Padre se expresa y se experimenta. Logos cristiano, pathos, y no logos estático griego” (Lipsitz, Eros y el nacimiento, 64. Cursivas originales).

6.   Henry, Encarnación, 24. Cursivas originales.

7.   Henry, Encarnación, 30. Efectivamente, Edmund Husserl, filósofo nacido en lo que hoy se llama República Checa, fue el iniciador de la fenomenología, profesor del propio Martín Heidegger. Algunas de sus obras son La idea de la fenomenología, Investigaciones lógicas, Ideas relativas a una fenomenología pura y a una filosofía fenomenológica, Meditaciones cartesianas y Las crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Una excelente introducción a la fenomenología de Husserl en comparación con la filosofía de Heidegger es el libro de Emmanuel Levinas, Descubriendo la existencia con Husserl y Heidegger, trad. Manuel E. Vázquez (Madrid, ES: Síntesis, 2005).

8.   Henry, Encarnación, 35. Cursivas originales.

9.   Martín Heidegger, Ser y tiempo, trad. Jorge Eduardo Rivera (Madrid, ES: Biblioteca Nacional, 2002), 50. Cursivas originales.

10. Henry, Encarnación, 40. Cursivas originales. En otro texto, Henry define la revelación de Dios como autorrevelación. Dice: “Dios es la revelación pura que no revela nada distinto de sí. Dios        se revela. La revelación de Dios es su auto-revelación. Si por ventura la ‘Revelación de Dios’ se dirigiese a los hombres, no consistiría en el desvelamiento de un contenido ajeno a su esencia y transmitido, no se sabe cómo, a algunos iniciados. Revelarse a los hombres no podría significar para Dios más que darles como herencia su auto-revelación eterna. El cristianismo no es, en verdad, más que la teoría sorprendente y rigurosa de esta donación de la auto-revelación de Dios heredada por los hombres”. Michel Henry, Yo soy la verdad. Para una filosofía del cristianismo, trad. Javier Teira Lafuente (Salamanca, ES: Sígueme, 2001), 35. Cursivas originales.

11. Henry, Encarnación., 43.

12. E. Husserl, Idées directrices pour une phénoménologie, tomo I, trad. Paul Ricoeur (París: Galimard, 1950), 78, cit. en ibíd., 47.

13. Ibíd.

14. Ibíd., 49.

15. Ibíd., 125.

16. Ibíd., 79.

17. Ibíd., 84. Interpretando estos conceptos de Henry, dice Ricardo Óscar Díez: “La Vida se auto-dona, se auto-revela instaurando una nueva palabra. Verbo que no tiene distancia con el acontecer, que no es indiferente y que es esencialmente creativo. Para escuchar la Palabra de la Vida no hay que ‘mirar atrás’, sino sentir lo que acontece en la carne que nos fue dada y por la que somos”. Ricardo Óscar Díez, “Michel Henry, fundador de la fenomenología de la vida”, en Acta fenomenológica latinoamericana, vol. 3 (Lima, PE/Morelia, MX: Pontificia Universidad Católica del Perú/Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2009), 242.

18. Henry, Encarnación, 126.

19. Ibíd., 134.

20. Sobre el prefijo “archi” aplicado a carne, pathos, hijo y gozo, explica Lipsitz: “El prefijo archi refiere en Henry en un sentido amplio a lo comenzante, a lo no mundano y a lo eterno. El Hijo es Archi-Hijo porque ‘es tan antiguo como el Padre (y) como él se halla en el comienzo’” (Eros y nacimiento, 65). Cursivas originales.

21. Henry, Encarnación, 164

22. Michel Henry, Fenomenología de la vida, trad. Mario Lipsitz (Buenos Aires, AR: Prometeo libros, 2010), 19.

23. Ibíd., 26.

24. Henry, Encarnación, 165-166. Cursivas originales.

25. Ibíd., 166. La frase entre comillas corresponde a Tertuliano, La Chair du Christ (París, FR: Éditions du Cerf, 1975), 213. Cursivas de Henry.

26. Ibíd., 167.

27. 27 Ibíd., 169-170. La frase entre comillas corresponde a Tertuliano, La Chair du Christ, 253.

28. Tertuliano, Op. Cit., 229, cit. en ibíd., 172. Sobre la impasibilidad de Dios, véase la refutación de Jürgen Moltmann en Trinidad y Reino de Dios [trad. Manuel Olasagasti (Salamanca, ES: Sígueme, 1983), 35-74], donde el teólogo reformado destaca a Orígenes de Alejandría como el único de los padres griegos y latinos que se atrevió a reflexionar teológicamente sobre “el sufrimiento de Dios”. Ibíd., 48.

29. Henry, Encarnación, 174.

30. Ibíd., 175-176. Cursivas originales. La cita entre comillas corresponde a Ireneo de Lyon, Contre les hérésies, 383-384; 576-577. A esta descripción de la carne elaborada por Henry, se debe agregar la aguda aclaración de Mario Lipsitz: “La carne es más verbal que substantiva, es el obrar silencioso que instala interiormente nuestros poderes en ellos mismos para que entonces, pudiéndose, apoderándose de sí, puedan poder efectivamente” (Eros y nacimiento, 73). Cursivas originales. Por supuesto, que la carne sea más verbal que sustantiva no se fundamenta en el modo en que algunas versiones bíblicas vierten Logos por Verbo, porque tales versiones remiten al latín verbum, es decir, palabra.

31. Henry, Encarnación, 176. Para un análisis del enfoque de la carne en la teología de Ireneo de Lyon en relación con la encarnación y la imago Dei, véase José Granados, Teología de la carne: el cuerpo en la historia de su salvación (Burgos, ES: Monte Carmelo-Disdáskalos, 2012), 124-128.

32.  Henry, Encarnación, 177. Cursivas originales. La inteligibilidad y la manifestación del Verbo están declaradas en el lenguaje joánico cuando, respecto al Verbo que es vida, afirma: “Esta vida se manifestó (kai h zwh ejanerwqh)”.

33. Henry, Encarnación., 178.

34. Ibíd., 221.

35. Ibíd., 225. La cita entre comillas corresponde a la obra de Ireneo ya citada, 550, subrayado de Henry. Para un estudio de la ambigüedad del término sárx en el Nuevo Testamento, véase Alberto F. Roldán, “El carácter ambivalente de los conceptos carne y carnalidad en la teología cristiana”, Enfoques 22, n.º 1 (otoño 2010): 53-69.

36. Henry, Encarnación., 227. Cursivas originales.

37. Ibíd., 228. Cursivas originales.

38. Ibíd., 304.

39. Henry, Encarnación, 318.

40. Ibíd., 319. Cursivas originales.

41. Ibíd., 324. Cursivas originales.

42. Ibíd., 326. Cursivas originales.

43. Para un planteo de las relaciones entre filosofía y teología en los sistemas de Paul Tillich y Wolfhart Pennenberg, véase Alberto F. Roldán, Atenas y Jerusalén en diálogo. Filosofía y teología en la mediación hermenéutica (Lima, PE: Puma, 2015), 13-39.

44. Ibíd., 327.

45. Ibíd.

46. Ibíd., 328.

47. Ibíd, 329. Para un análisis comparativo entre Heidegger y Henry, véase Mario Lipsitz, “Ontología y fenomenología en Michel Henry”, Enfoques 57, n.º 2 (primavera 2005): 149-158.

48. Henry, Encarnación, 330.

49. Ibíd., 330-331. Cursivas originales.

50. Ibíd., 331.

51. Ibíd.

52. Henry, Encarnación, 332.

53. Ibíd., 332-333.

54. Ibíd., 337. La idea de una “archignosis” puede encontrar su paralelo en la expresión del griego del Nuevo Testamento que aparece en pasajes como 2P 1, 3; Rm 3, 20 y Col 2, 2.

55. Ibíd., 339. Sobre los receptores de esta archignosis, sintetiza Lipsitz: “El cristianismo es una archignosis, afirma Henry. Gnosis por el logos cristiano, que no requiere ni dones excepcionales del intelecto ni esfuerzo particular. Gnosis de la carne, ‘gnosis de los simples’, escribe el filósofo. Y la fenomenología de Henry parece, sobre el filo de Incarnation, tomar el paso nuevamente sobre la metafísica en este pasable notable cuyo sentido no admite ambigüedad: ‘Sólo aquel que escucha en él el ruido de su nacimiento –que se experimenta como dado a sí en la auto-generación de la vida absoluta en su Verbo-, aquel que, dado a sí en esta autodonación del comienzo, no se experimenta más, en rigor él mismo, sino que experimenta en sí sólo el Sí que lo dona a sí, sólo aquel puede decir a este Sí del Verbo: ‘tengo la certeza de la verdad que hay en Ti’” (Eros y nacimiento, 68). Cursivas originales.

56. Sobre la oikonomía de la salvación y su influencia en la teoría política moderna véase Alberto F. Roldán, Hermenéutica y signos de los tiempos (Buenos Aires, AR: Teología y Cultura Ediciones, 2016), 27-48.

57. Henry, Yo soy la verdad, 96.

58. Philippe Capelle, Fenomenología francesa actual, trad. de Gerardo Losada (Buenos Aires, AR: UNSAM-Jorge Baudino Ediciones, 2009), 55. Jean-Luc Marion amplía la visión de la carne de Cristo en el Nuevo Testamento: “el Verbo no vino a la humanidad sino simplemente a la carne. Literalmente ha tomado ´carne´: ‘El Verbo se hizo carne’ (Juan 1,14), ‘…vino a la carne’ (1 Juan 4,2), al punto que el Padre ‘envió a su propio hijo para asimilarse a carne de pecado’ (Romanos 8,3)”. Jean-Luc Marion, Acerca de la donación. Una perspectiva fenomenológica, trad. Gerardo Losada (Buenos Aires, AR: UNSAM-Jorge Baudino Ediciones, 2005), 74. Cursivas originales. En otro texto, Marion reflexiona sobre la carne como receptáculo del sentir: “La carne no puede sentir nada sin sentirse ella misma y sentirse que siente (que es tocada e incluso herida por lo que toca); también puede ocurrir que sienta no sólo sintiéndose sentir, sino además sintiéndose sentida (por ejemplo, si un órgano de mi carne toca otro órgano de mi propia carne). […] Nunca puedo entonces ponerme a distancia de mi carne, distinguirme de ella, alejarme de ella, mucho menos ausentarme de ella”. Jean-Luc Marion, El fenómeno erótico. Seis meditaciones, trad. Silvio Mattoni (Buenos Aires, AR: Ediciones Literales-El Cuenco de Plata, 2003), 50.

 

 

Mujeres esenciales para humanizar el mundo creado

Escrito por Lourdes Delgado

 

La primera cosa grande que ha pasado en nuestra vida es que Dios nos ama con locura (Isabel Sánchez)

Mujeres esenciales para humanizar el mundo creado  tiene como objetivo mostrar perfiles femeninos que entienden a la persona como una realidad dimensionada y transversal. Qué se expresa en lo corporal y en la psique a través de la dualidad. Haciéndose posible de esta forma el descubrimiento de la identidad recibida, poder experimentarla y sentirla. El mundo creado necesita seguir reconociendo la dignidad absoluta de la esencia humana como única e irrepetible, así como su carácter ambital, siempre abierto a otros.

Nuestra primera mujer esencial es  Isabel Sánchez Serrano (Murcia, 1969), ella  dirige desde 2010 la Asesoría Central del Opus Dei,  el organismo compuesto por mujeres que asesoran al prelado en el gobierno del Opus Dei. Es licenciada en Derecho, vive en Roma desde 1992 y trabaja para las más de 50.000 mujeres que forman parte de la institución en 70 países.

Cuando se lee esta breve semblanza sobre nuestra protagonista es muy probable -que de encontrarnos con ella- podríamos sentir cierto nerviosismo. Pero eso deja de ocurrir en el momento en que se lee detenidamente. Porque junto al verbo  “dirige” aparecen las palabras  “trabaja para”.  Y es que estas últimas lo cambian todo, hablan de trabajo, de liderazgo entendido como servicio y cuidado, generosidad, delicadeza, amor a Dios y a los demás a través de lo cotidiano. Ese es el resumen del mensaje del Opus Dei, institución de la Iglesia Católica fundada en 1928 por San Josemaría, ya en camino de celebrar su primer centenario.

Nuestra protagonista ha saltado a los focos por la publicación de su libro  “Mujeres brújula en un bosque de retos”.  Un libro totalmente inspirador. Los medios han dado abundantemente cuenta de ello.

Sandra Rilova ha creado esta hermosa ilustración para la cubierta del libro «Mujeres brújula en un bosque de retos», escrito por Isabel Sánchez y editado por Espasa.

Isabel, muchas gracias por dedicarnos este espacio dentro de tu ajetreado día.

WE.- A las lectoras y lectores de Woman Essentia les gustaría conocer algunos enfoques por los que una mujer del Opus Dei puede resultar esencial para el mundo en el que vivimos.

Isabel Sánchez.- Todo ser humano es esencial para el mundo en que vivimos, en el sentido de que su aportación será única e insustituible. Una mujer del Opus Dei sabe que no es mejor que las demás, pero siente una llamada de Dios a servir a todos, convivir con todos y a trabajar apasionadamente para que en este mundo brillen los valores evangélicos: la caridad, la justicia, el aprecio profundo por los más necesitados. Esto llena de sentido su cotidianidad y de esperanza contagiosa su vida entera.

WE.- Recientemente escuché que te referías a las mujeres del Opus Dei como locomotoras. A menudo se habla del liderazgo femenino ¿son conscientes las mujeres del Opus Dei de su gran aportación -en este sentido- a la sociedad?

IS.- En parte, mi trabajo consiste en hacerlas cada vez más conscientes. Pienso que lo son, pero si en algún caso falta esa convicción, entono yo también el mea culpa.

Considero que el reto fundamental de la mujer en este siglo es construir con el hombre una cultura del cuidado, que impregne todos los ámbitos de la realidad: laboral, social, político, y por supuesto el de la propia familia

Y en el caso de las mujeres cristianas, tenemos el desafío de aspirar a ser santas de pura cepa: con un amor a Dios y a los demás mucho más grande que nuestros defectos y limitaciones, que son patentes e innegables.

WE.- Tú colaboras en la dirección del Opus Dei ayudando al Prelado en la Asesoría Central. ¿Qué se siente cuando se tiene la oportunidad de conocer de primera mano la actividad de 50.000 mujeres luchando por ser santas cada día?

IS.- Agradecimiento a Dios, asombro, respeto hacia cada una de ellas, responsabilidad para hacer mi trabajo lo mejor que pueda, porque se lo merecen y ganas de que muchas más personas conozcan el mensaje de San Josémaría, pues sus enseñanzas han hecho muy felices a miles de personas.

WE.- A diario experimentamos la gran batalla que se está desarrollando entre el bien y el mal. ¿Desde ahí arriba, cómo se ve?

IS.- No es que yo esté situada por encima de nadie. Lo de “ahí arriba” puede servir como analogía, porque Roma (y en concreto este puesto de trabajo) ofrece una visión panorámica del mundo entero. Sin embargo, no hace falta ir muy lejos para advertir con realismo esa lucha entre el bien y mal: la encontramos cada uno, cada día, dentro de nuestro corazón. Eso ayuda a no juzgar a nadie, a intentar ser mejor en primera persona y a acudir al único que nos puede limpiar y sanar: Dios, a través de su gracia.

WE.- Tal como decía San Josemaría, el fundador de la institución que ayudas a dirigir “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere, no lo olvides, dependen cosas grandes”, o “Estas crisis mundiales son crisis de santos”. ¿Qué te inspiran estas frases?

IS.- No querría que se entendieran en sentido moralista, como “cosas que tenemos que hacer” para que Dios esté contento o premie nuestras acciones. Eso sería una reducción. La primera cosa grande que ha pasado en nuestra vida es que Dios nos ama con locura (si no, no no estaríamos en este mundo) y nos espera en el otro. La convicción de este amor filial (somos hijos del mejor Padre) es lo que nos llena de una esperanza que se convierte en motor para convertir todas las circunstancias en las que nos encontremos en ocasión de hacer el bien, de amar cada vez más a Dios, el mundo que nos ha dado como hogar y a cada persona

WE.- Y ahora, una pregunta más personal: por tu cuenta de Instagram (isanchez_roma) parece que este año has tenido problemas de salud. ¿Cómo se “puede con todo”, cuando faltan las fuerzas físicas?

IS.- Cuando llega la falta de salud, la primera lección es aceptar con realismo la limitación y no intentar llegar a todo como cuando se está al 100%. Además, en esas circunstancias cambian las prioridades vitales: se saborea cada minuto como un regalo; aprendes a amoldarte a las fuerzas de cada momento, agradeciendo los buenos y afrontando con valentía y paciencia los malos; se perciben con especial brillo las manifestaciones de afecto e interés por parte de la familia, amigos, colegas y, como consecuencia de eso, se comprende que lo más importante del trabajo es cuidar a cada uno de los que te rodea. Doy gracias a Dios, por esa temporada de enfermedad, que me ha proporcionado más intimidad con Él, ha afianzado muchas amistades y me ha traído otras nuevas.

Muchísimas gracias Isabel por tu tiempo y por haber compartido tantas ideas con otras muchas mujeres esenciales, que no se ven pero que tiran como verdaderas locomotoras de su familia cada día y que hacen que todo creado sea más humano.

Lourdes Delgado

 

 

Fin de año, tiempo de ver la misericordia de Dios en nuestra familia

Escrito por Silvia del Valle Márquez.

Es bueno que nosotros aprendamos a reconocer lo que Dios hace con nosotros en lo personal y en lo familiar.

El año se acaba y esto nos da pie a poner los ojos en todo lo ocurrido en el año, tanto en lo personal como en lo familiar.

A pesar de que este año trajo pruebas fuertes y momentos de tristeza, son estos tiempos los que nos hacen ver la misericordia de Dios para con nosotros y eso nos permite sentir su amor y gozar con él.

Es bueno que nosotros aprendamos a reconocer lo que Dios hace con nosotros en lo personal y en lo familiar. Y eso hay que hacer nielares lo también a nuestros hijos por eso aquí te dejo mis 5Tips para que podamos hacer un balance de nuestro año y podamos reconocer la misericordia de Dios en él.

PRIMERO. Aparta un tiempo para reflexionar sobre lo que vivimos este año.
Es importante que en verdad dediquemos tiempo para hacer conscientes los acontecimientos sucedidos en este año y así ubicar en el tiempo y en el espacio lo que fue de nuestra vida, tanto personal como familiar.

A veces suceden cosas que son más importantes para alguno de mis miembros de la familia que para los demás, es así que debemos hacer esta reflexión en lo personal y en lo familiar.

Aún estamos a tiempo y por favor, que no nos dé temor confrontarnos con los hechos vividos, como quiera que estos hayan sido.

SEGUNDO. Haz una lista personal y familiar.
Ya que hemos reflexionado, ahora es tiempo de ponerlos de forma clara y concreta en una lista doble, es decir, de un lado los acontecimientos buenos y del otro lado los dolorosos o difíciles.

Los primeros nos sirven para agradecer y los segundos para ofrecer y como oportunidad de mejora.

Nuestros hijos pequeños pueden hacer esta lista con dibujos, pero es bueno que desde pequeños los acostumbremos a este proceso para que puedan hacerlo después de forma natural.

Si hacemos esta lista frente al santísimo o frente al altar familiar es mucho mejor pues lo haremos bajo la mirada amorosa de la Virgen Santísima y de Nuestro Amado Jesús.

TERCERO. Agradece todo lo positivo.
Al darnos cuenta de todas las bendiciones que Dios nos ha regalado podemos agradecerlos y sentirnos muy amados por Él.

Esto nos debe dar fuerzas y ánimos para seguir adelante el próximo año.

No siempre es tan fácil ver lo positivo así que podemos discernir juntos por qué lo sucedido es bueno y nos trae una bendición de Dios, no siempre nuestros hijos saben hacerlo o están tan acostumbrados a discernir. Recordemos que educamos con el ejemplo.

CUARTO. Ofrece todo esto a Dios en la misa de fin de año.
Con lo negativo o doloroso de la lista hay que hacer un proceso de sanación interior para personar y pedir perdón a quien sea necesario y así poder ofrecerlo a Dios con Amor.

Este proceso puede ser un poco más largo que el anterior y nos puede traer un poco de dolor al alma, pero hay que hacerlo a la luz del Espíritu Santo para que nos conserve La Paz en el corazón.

Si nos acostumbramos a ofrecer todo lo que nos pasa, colaboramos a que muchas otras personas reciban frutos abundantes para su salvación por los méritos de nuestros sufrimientos ofrecidos con Amor a Dios.

Y un miembro excelente es en la misa de final de año, así dejaremos a los pies de Jesús todo lo que hemos cargado fuera te este año y que no nos deja acercarnos más a Él.

Y QUINTO. Hagan propósitos para mejorar lo que haga falta.
Ahora sí, llega el tiempo de hacer planes y propósitos para el siguiente año, pero siempre basados en mejorar en lo que este año hemos fallado.

Podemos hacer una lista de cosas que queremos hacer o mejorar e irles poniendo un rango de tiempo que debe ser firme pero flexible.

Si tenemos acciones concretas es el tiempo de ponerlas en práctica y de preferencia que sean medibles para poder saber nuestros avances.

También los podemos llevar a la misa de inicio de año y ofrecerlos a Dios para que nos ayude y nos ilumine para llevarlos a cabo, siempre conforme a su divina voluntad.

Yo ruego a Dios que este año que comienza sea un año muy lleno del Amor de Dios y que siempre estemos bajo su mirada.

Que el Señor les bendiga y les proteja, haga resplandecer su rostro sobre ustedes y les conceda su favor. Que el Señor les mire con benevolencia y les conceda la paz. Y que la Santísima Virgen María les cubra con su manto de Amor.

 

La paz sólo vendrá con la enmienda y el pedido de perdón

El mundo de hoy, la familia, y particularmente nuestro País, necesitan urgentemente la paz. Esto que parece imposible de alcanzar, lo ofreció la Santísima Virgen en Fátima si atendemos a sus pedidos.

Verdades Olvidadas

 

“Es necesario que los hombres se enmienden y que pidan perdón de sus pecados”.

La Santísima Virgen en Fátima

La Santísima Virgen María, en su aparición a los pastorcitos en Fátima, les confió cuatro peticiones y cuatro promesas, necesarias para la paz y la salvación de los hombres.

Pues, “la salvación del mundo en esta hora extraordinaria la ha puesto Dios en el Inmaculado Corazón de María”. (Palabras del Cardenal Cerejeira, Patriarca de Lisboa, el 7 de septiembre de 1946).

 

El cumplimiento del mensaje de Fátima (PDF)

 

Peticiones de Nuestra Señora:

“Hay que rezar el Santo. Rosario todos los días”.

“Es preciso que los hombres se enmienden y que pidan perdón de sus pecados”.

«Que el mundo entero se consagre a mi Inmaculado Corazón”.

“La Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de mes en honra del Inmaculado Corazón de María”.

Promesas de Nuestra Señora:

“Si se hace lo que yo Os digo, obtendréis la paz”.

“Si se atienden a mis ruegos, Rusia se convertirá”.

“Si se hace lo que os digo, se salvarán muchas almas”.

“Anuncia de mi parte que prometo asistir en el momento de la muerte y con las gracias necesarias para la salvación, a todos aquellos que en el Primer Sábado de cinco meses consecutivos, se confiesen, comulguen, recen el Santo Rosario y me hagan compañía durante un cuarto de hora meditando en sus Misterios, con la intención de hacerme reparación”

 

Familia… ¡año nuevo, lucha nueva!

Revista Vive - 26.12.2021 


foto: freepik

El cambio de año nos da un campo inextinguible para la reflexión personal y proyectarnos para la lucha en familia hacia el siguiente año.

Estamos a pocos días de terminar el año. Algunas personas reflexionan sobre cómo fue el periodo que finaliza y ya hacen planes para el próximo. Ante tal circunstancia, San Josemaría, un santo de nuestro tiempo, nos imprime optimismo, esperanza, decisión –con la conocida frase del epígrafe– de que todo irá mejor si aceptamos tal desafío con cara a Dios y, muy en concreto, con cara a los más cercanos, a nuestro prójimo, a quien está al lado, muy junto a nosotros: nuestra familia.

Sin embargo, las inquietudes que priorizan nuestra atención giran, por lo general, alrededor de lo urgente, quizá, apremiante: lo económico, la salud, el bienestar, la comodidad y otras cosas que nos alejan del ideal trascendente de pensar en los demás antes que en nosotros mismos.

Examinarse para ser mejores

“Una vida sin examen no vale la pena ser vivida”, es una sentencia atribuida al gran Sócrates. Ciertamente, aplicable a la conclusión de esos últimos doce meses:

¿cómo llevo la relación con mi cónyuge? ¿Cómo está mi “balance emocional” con aquellos a los que digo que amo? ¿A cuál de nuestros hijos, ese, el que más me ocasiona preocupaciones, le dedico tiempo y dedicación? ¿Cuál es ese defecto al que tengo que seguir combatiendo? ¿Qué debo hacer para tener coherencia entre lo que predico y practico? ¿Cómo puedo intentar ser ejemplo de serenidad, de amabilidad, de ecuanimidad? ¿Cómo actuar para brindar confianza a quienes me rodean y no intentar siempre ser yo el centro de atención?

Solo depende de cada uno de nosotros el que valga la pena examinarnos, pero con estrictez, sin compasión, porque eso nos conducirá a luchar por ser mejores. ¡Es todo un año! Si Dios lo permite: 365 días, miles de horas, de minutos, de segundos, que nos regala para esa lucha; para a veces perder, a veces ganar, pero la satisfacción íntima de habernos esforzado en la batalla estará en nuestro corazón, sin aplausos, sin premios ni reconocimientos públicos, solo en la profundidad de nuestra alma.

Nosotros, la herramienta para la comunicación en la familia

En medio de la turbulencia que nos somete la sociedad, de aquellas ideologías raras que nos rodean, en medio del materialismo y de la superficialidad que presenciamos a nuestro alrededor, mirando la abstracción que ocasionan esos aparatitos electrónicos, deberíamos ser quienes contribuyen a una mejor comunicación entre los miembros de la familia. Éste es un factor indispensable para la armonía y relación, para la comprensión y para el entendimiento cabal, evitando percepciones y suposiciones erradas.

Como vemos, el cambio de año nos da un campo inextinguible para la reflexión personal. Pero… una reflexión sin acción es desperdicio. Requerimos de acciones concretas, puntuales; ojalá no muchas, solo pocas, solo aquellas que estemos convencidos de que sí las podremos cumplir. Conviene pensar en todo ese tiempo que malgastamos durante el año, en tanta minucia y urgencia, en tanta actividad infructuosa, sin razón ni meta. Sí es valioso aquel tiempo para luchar por ser mejores. Solo así podremos hacer felices a los demás, con base en nuestra propia felicidad.

Por: Roque Morán Latorre

 

 

Alzad la mirada

El Papa Francisco hacía el domingo, 21 noviembre, un encendido llamamiento a los jóvenes en general y especialmente a los cristianos, para que sean libre y auténticos. En un tiempo plagado de incertidumbres, en el que muchos jóvenes viven angustiados por la pandemia y por la falta de oportunidades y son incapaces de atisbar una mínima esperanza en el horizonte, el Papa les ha puesto en camino, con la mirada fijada ya en la Jornada Mundial de Lisboa del 2023.

JD Mez Madrid

 

Ofrece razones suficientes

La vida humana no admite recortes, seguro que estos días en los que estamos celebrando el nacimiento de Jesús lo entendemos mejor, ni se puede defender a plazos. Debe ser promovida y defendida desde su inicio, en la concepción, hasta su muerte natural. Cualquier otra componenda, sea por el interés que sea, nos aboca a la situación en la que estamos. La pendiente resbaladiza sigue en aumento.

En la actualidad, los 3 casos para los que se despenalizó en su día el aborto suponen solo el 9% del total de los abortos que se producen. Y, por si fuera poco, el Gobierno prepara una ley aún más ideológica, permisiva e inhumana, en el contexto también de la ley de eutanasia, las dificultades que se pretenden poner a la objeción de conciencia y el nuevo delito que se estaría tratando de pergeñar contra las personas pro vida. Todo ello nos ofrece razones suficientes para alzar la voz, y agradecer a tantas personas que apuestan por una cultura de la vida, fundamento de una sociedad mejor para todos.

Jesús Martínez Madrid

 

 

No se trata de estadísticas, sino de personas

Son muchas las tradiciones religiosas que comparten los imperativos sobre migraciones, que deberían fundamentar la política migratoria. Cierto que las personas migrantes plantean el reto de la acogida, pero también suponen grandes beneficios para los países que los reciben. En cualquier caso, advierte el Papa, no pueden ser valoradas sólo por su productividad, ni tratadas como moneda de cambio en conflictos políticos e internacionales.

Más allá de cálculos de intereses, con las migraciones debe trabajarse por evitar las situaciones irregulares, lo que frenará la voracidad de los traficantes de seres humanos; fomentar la integración desde el respeto a la cultura y a las leyes de los países de acogida, favorecer la reunificación familiar y el desarrollo integral de los países de origen. No se trata de estadísticas, sino de personas reales con sus vidas en juego.

José Morales Martín

 

No es “nuevo”… es un año igual

 

                                No, no lo es, es un ciclo que se repite desde que existe el “Sistema Solar” y que cíclicamente o periódicamente, repite lo que “por lo que sea”, es una “rutina estelar”, que durará lo que dure el motor de toda ella, o sea el Sol.

                                Lo he vuelto a apreciar esta misma mañana en mi paseo matutino; al cruzarme con conocidos que me paran para hablar; me dicen que “hace frío”; yo les digo que no, que en esta meridional y montañosa tierra en que nací y vivo, ahora hace un clima hermosísimo, puesto que luce un brillante y limpio Sol, sobre un “inmenso telón de cielo azul bellísimo”, que obliga a bajar la vista hasta el suelo, puesto que “al Padre Sol no se le puede mirar de frente o cara a cara”. También el rostro me lo acaricia un aire purísimo y algo frío; el que al ser aspirado por mi nariz expande mi pecho y pulmones, que agradecen tan insustituible alimento, carente de polución, puesto que aún vivimos en una zona tan poco industrializada, que nuestros cielos están limpios como en muchos otros lugares quisieran; quizá ahora sólo enturbian esos ambientes, las no muy abundantes “orujeras” (extractoras del aceite de orujo, nada similar al de aceituna virgen) que con sus altas temperaturas y química necesaria, extraen esa grasa o subproducto del olivar, y es claro que esas reacciones envenenan en algo, la muy pura atmósfera de nuestras sierras y montañas, que la purifican sin gran esfuerzo, puesto que esas industrias sólo funcionan unos meses de cada año.

                                Ese vientecillo frío o muy fresco, a mí me anuncia la ya próxima primavera, que aquí empezará pronto, llenando de “manchas blancas”, que en los campos aparecerán con los almendros en flor; al propio tiempo florecerán los bellísimos lirios silvestres o salvajes; “que son pequeñas orquídeas” que espontáneamente, nacen en lugares determinados y de duros suelos, alfombrando esos pequeños espacios, de flores de una tonalidad que va del blanco como la nieve, al morado “nazareno” y todos ellos desprendiendo un tenue y preciosísimo aroma, que muy pocos han saboreado. Su floración no es larga, más bien muy breve y luego desaparecen bajo la tierra, escondiendo su muy valioso bulbo, que aguantará todas las inclemencias de los extremos que aquí se dan de altas temperaturas y sequías, para luego en el siguiente año, florecer de nuevo como cosa natural.

                                Le seguirán las flores amarillas y que en múltiples plantas salvajes proliferan por todos los campos, que “no hayan matado con los terribles herbicidas”; y así aquí y en cualquier lado, habrá flores cuasi todo el año; o sea lo normal, rutinario o habitual de una muy rica naturaleza, que hoy florece entre “el mar de olivos y la gran alfombra de coníferas que aquí tenemos, y en menor grado, encinas y alcornoques, amén de infinidad de otras especies de arbolado, arbustos y yerbas infinitas, y donde pasta el ganado, muy abundante también en mi tierra madre, que como ya escribí y fue publicado incluso en el primer cartel turístico, con el eslogan… ¡JAÉN NO ES SÓLO OLIVOS!; cosa que molestó a los “olivotenientes” (no terratenientes), que incluso lo consideraron ofensivo, pero es verdad, ya que “Jaén, la provincia de Jaén, es mucho más que los olivos que posee, aunque estos representen la plantación que dá la máxima cosecha mundial, del mal llamado aceite de oliva, puesto que la oliva es el árbol, por lo que debiera denominarse “ACEITE DE ACEITUNA”; y la provincia en sí es tan grande, que equivale “a la mitad de Bélgica u Holanda”; por tanto la clasificación que di, creo fue acertada.

                                En cuanto a que del tiempo su medida no existe, se desprende de lo que escribiera ya hace muchos años en una de mis reflexiones y que dice así: “¿QUE ES EL TIEMPO... EXISTE EL TIEMPO?

                                El tiempo nosotros aquí en la Tierra, lo contamos o medimos, sobre la base de las vueltas que ésta da sobre sí misma y alrededor del Sol.

            Si éste preciso instante lo fijásemos aquí en La Tierra, pero al mismo tiempo lo situamos en el Sol, la Luna, Marte... o en la Estrella Polar ("cuyas esferas marcan igualmente su tiempo")... ¿qué sería el tiempo?... ¿de dónde partiría y como contaría?... ¿Existe entonces el tiempo y por tanto la edad?

            Si por otra parte "nada desaparece en el Universo", la materia simplemente se transforma y cambia ininterrumpidamente a múltiples formas y por tanto "siempre será la misma" y el tiempo se fija (o lo fijamos nosotros) sobre la base de esa materia aparentemente fija en el espacio; y digo aparentemente fija, por cuanto todos los cuerpos están en continuo movimiento en el espacio.

            Por tanto si la materia (base del tiempo) no desaparece y siempre está presente... ¿no ocurrirá igual con el tiempo... que será constante y permanente pero con diferentes apariencias?

            Deducido todo ello, la eternidad aparece segura... la duda es si también nosotros seremos eternos... desde luego "la materia de que estamos compuestos, sí que lo será" y entonces... ¿por qué no el resto de lo que componga nuestro yo "invisible"? (20 Abril 1.996).

                                La vida y de la que escribiré otro día; “no es nueva ni vieja y también es como el tiempo”, sólo se vive el momento que se vive y por tanto cuando se pasa a otra vida (que no a la muerte) sólo perdemos ese momento de vida, que no vivimos en este plano, puesto que pasamos “al otro”… lo aseguraron los sabios, yo no, que me remito a copiarlo y difundirlo.

                                Y no busquen esa quimera que dicen FELICIDAD que aquí no existe, procuren un conformismo inteligente y considérense conformes con lo que consigan, no hay más por mucho que se esfuercen. Así pues: ¡Feliz conformismo!

 

                                En cuanto a la fecha en que celebramos el “año nuevo”; tengamos en cuenta que los chinos la celebran en “nuestro mes de febrero”; los hindúes, en noviembre; los musulmanes en fechas variables y tomando como base a su profeta Mahoma y hechos señeros de sus obras o realizaciones; los budistas, en febrero y según sus sectas, en diferentes días del mismo mes; y los persas, en el equinoccio del mes de marzo. O sea que cada religión y según “su Dios”, fijaron el nacimiento del año, según les pareció oportuno; por lo que hay que sonreír, viendo estas y… “muchas otras cosas de este peculiar mundo y sus tribus, de monos humanos”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)