Las Noticias de hoy 30 Diciembre 2021

Enviado por adminideas el Jue, 30/12/2021 - 12:50

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 30 de diciembre de 2021      

Indice:

ROME REPORTS

El Papa en la Audiencia: ante las adversidades de la vida, ser valientes como José

El Papa: Defender la inocencia de los niños de los Herodes de hoy

Pasar del "yo" al "tú" y rezar en familia por el don de la paz

Gambino: en la Carta a los esposos, el Papa dirige su mirada paternal a las familias

NO TENGÁIS MIEDO : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: 30 de diciembre

Debemos reaccionar ante el miedo con la valentía de confiar en la Providencia de Dios

“La labor de los padres es importantísima” : San Josemaria

Querer ser hijos, abrirnos a un hogar. Filiación y paternidad en el Opus Dei

Para mí, vivir es Cristo (VII): apóstoles en medio del mundo. Sentido de misión (II) : Lucas Buch

Premios y castigos en la preservación de los inocentes

¿Sabes qué es el “Te Deum”? – ¿Por qué se reza al finalizar el año?

Verdad es lo que es. Y sigue siendo verdad aunque se piense al revés : Nuria Chinchilla

La fiesta de las “A”. Romper el espejo : José Martínez Colín.

Cultura de la paz: resolución de conflictos : Lucía Legorreta

Familia más solidaria: Ana Teresa López de Llergo

Una verdadera calidad humana : Alfonso Aguiló Pastrana

La Navidad explicada a padres e hijos. : Francisco Gras

La banalización de la infancia : Pedro García

La importancia de la inocencia: José Morales Martín

Las pensiones no son “la espada de Damocles” : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

 

El Papa en la Audiencia: ante las adversidades de la vida, ser valientes como José

Es un error común considerar la valentía como virtud exclusiva del héroe, puesto que, en realidad, “la vida cotidiana de cada persona requiere valor para afrontar las dificultades de cada día”. Lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del último miércoles del 2021. El Santo Padre habló de José como un migrante “perseguido y valiente”, y realizó un fuerte llamamiento por los migrantes, que acompañó con una oración al padre adoptivo de Jesús.

En la audiencia General del último miércoles del año, el Papa Francisco habló de José como un migrante “perseguido y valiente” al referirse del episodio de la “huida a Egipto”, narrado en el Evangelio de Mateo. La familia de Nazaret sufrió en primera persona la precariedad, el miedo y el dolor de tener que abandonar su tierra natal: una situación que también hoy deben experimentar muchos hermanos nuestros. Motivo de ello, según el Papa, es “casi siempre” la prepotencia y violencia de los poderosos. 

Tras recordar el episodio, el Papa Francisco hizo presente las opuestas personalidades del padre adoptivo de Jesús y de Herodes: el uno, premuroso y valiente, el segundo, de una crueldad “despiadada”.

Era un hombre cruel: para resolver los problemas, tenía solamente una receta: matar. Es el símbolo de muchos tiranos de ayer y de hoy; y para ellos, para estos tiranos, la gente no cuenta: cuenta el poder, y si necesitan de espacio de poder, matan a la gente. Esto sucede hoy: no debemos ir a la historia antigua, hoy sucede. Es el hombre que se convierte en "lobo" para los otros hombres. La historia está llena de personalidades que, viviendo a merced de sus miedos, intentan vencerlos ejerciendo el poder de manera despótica y realizando actos de violencia inhumanos.

Advirtió, el Santo Padre, que no sólo se vive “en la perspectiva de Herodes” si se convierte en “tiranos”, puesto que todos pueden caer en dicha actitud: 

De hecho, todos podemos caer en esta actitud, cada vez que tratamos de disipar nuestros miedos con la prepotencia, aunque sea sólo verbal o hecha a base de pequeños abusos realizados para mortificar a los que nos rodean. También nosotros tenemos en el corazón la posibilidad de ser pequeños Herodes. 

José "es todo lo contrario a Herodes”. En primer lugar, es “un hombre justo” - dijo Francisco - mientras que Herodes, es un dictador. Pero, además, el padre de Jesús “muestra valor al cumplir la orden del Ángel”. 

Cabe imaginar las vicisitudes que tuvo que afrontar durante el largo y peligroso viaje y las dificultades que comportaron la permanencia en un país extranjero, con otro idioma. muchas dificultades. Su valentía surge también en el momento de su regreso, cuando, tranquilizado por el Ángel, supera sus comprensibles temores y se instala con María y Jesús en Nazaret (cf. Mt 2,19-23). Herodes y José son dos personajes opuestos, que reflejan las dos caras de la humanidad de siempre. 

Según el Papa “es un error común considerar la valentía como la virtud exclusiva del héroe”, puesto que, en realidad, “la vida cotidiana de cada persona requiere valor para afrontar las dificultades de cada día”.

En todas las épocas y culturas encontramos hombres y mujeres valientes que, por ser coherentes con sus creencias, han superado todo tipo de dificultades, soportado injusticias, condenas e incluso la muerte. La valentía es sinónimo de fortaleza, que, junto con la justicia, la prudencia y la templanza forma parte del grupo de virtudes humanas conocidas como "cardinales". 

La lección que hoy nos deja José – concluyó el Santo Padre - es la siguiente: la vida siempre nos depara adversidades, es verdad, y ante ellas también podemos sentirnos amenazados, con miedo, pero sacar lo peor de nosotros, (como hace Herodes), no es el modo para superar ciertos momentos, sino actuando como José, que reacciona ante el miedo con la valentía de confiar en la Providencia de Dios. 

Creo que hoy es necesaria una oración por todos los migrantes y por todos los perseguidos y por todos aquellos que son víctimas de circunstancias adversas: ya sea por circunstancias políticas, históricas o personales. Pero, pensemos en tantas personas que son víctimas de las guerras y que quieren huir de su patria y no pueden; pensemos en los migrantes que inician ese camino para ser libres y muchos fallecen en la calle o en el mar; pensemos en Jesús en los brazos de José y María, huyendo, y veamos en él a cada uno de los migrantes de hoy. La migración actual es una realidad a la que no podemos cerrar los ojos. Es un escándalo social para la humanidad.

“San José, tú que has experimentado el sufrimiento de los que deben huir tú que te viste obligado a huir para salvar la vida de sus seres más queridos, protege a todos los que huyen a causa de la guerra, el odio, el hambre. Sostiénelos en sus dificultades, Fortalécelos en la esperanza y haz que encuentren acogida y solidaridad. Guía sus pasos y abre los corazones de quienes pueden ayudarles. Amén.”

 

El Papa: Defender la inocencia de los niños de los Herodes de hoy

Hoy, 28 de diciembre, es la memoria litúrgica de los Santos Inocentes. En un tweet, Francisco invita a rezar y a defender a los niños de los "nuevos Herodes" que rompen su inocencia.

 

Isabella Piro - Ciudad del Vaticano

"Los nuevos Herodes de nuestros días desgarran la inocencia de los niños bajo el peso del trabajo esclavo, de la prostitución y la explotación, de las guerras y la emigración forzada. #Oremosjuntos hoy por estos niños y defendámoslos. #SantosInocentes". Este es el tweet lanzado por el Papa Francisco desde su cuenta @Pontifex para la conmemoración litúrgica de hoy de los Santos Inocentes, que recuerda a los niños de Belén de hasta dos años de edad, que fueron asesinados por el rey Herodes para eliminar al Niño Jesús, anunciado en las profecías como el Mesías y nuevo rey de Israel.

Niños de la calle en Camboya

152 millones de niños obligados a trabajar

Pero hoy, como en el pasado, los Herodes siguen siendo muchos y muchas también las armas que utilizan para destruir la inocencia de los niños: basta decir que, según el último informe de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), publicado en marzo de 2021, todavía hay 152 millones de niños y adolescentes -64 millones son niñas y 88 millones son niños- que son víctimas del trabajo infantil. La mitad de ellos, 73 millones, se ven obligados a realizar trabajos peligrosos que ponen en peligro su salud, seguridad y desarrollo moral. Muchos de ellos viven en contextos de guerra y catástrofes naturales donde luchan por sobrevivir, rebuscando entre los escombros o trabajando en las calles. Otros son reclutados como niños soldados para luchar en guerras libradas por adultos.

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Los "mercaderes de la muerte" se tragan la inocencia de los niños

Un fenómeno dramático e inaceptable contra el que el propio Papa Francisco había alzado la voz en 2016, en una Carta a los Obispos publicada el 28 de diciembre de ese año. Invitando a los prelados a tener el valor de defender a los menores de todo lo que "devora" su inocencia, el Pontífice recordó que "miles de nuestros niños han caído en manos de bandidos, de mafias, de mercaderes de la muerte que lo único que hacen es explotar sus necesidades". Francisco citó los millones de niños que se quedan sin educación, los que son objeto de "tráfico sexual", los menores que se ven obligados a "vivir fuera de sus países por desplazamiento forzoso", los niños que mueren de desnutrición y los que son doblegados por el trabajo esclavo.

Niños pobres de un barrio en Brasil esperan 'Santa Claus' durante una distribución de comida navideña.

Niños pobres de un barrio en Brasil esperan 'Santa Claus' durante una distribución de comida navideña.

¡Nunca más atrocidades!

Si la situación mundial no cambia", escribió el Papa, citando las estimaciones de Unicef, "167 millones de niños vivirán en la pobreza extrema en 2030, 69 millones de niños menores de cinco años morirán en 2030 y 60 millones de niños no asistirán a la escuela primaria básica". Francisco tampoco olvidó "el sufrimiento, la historia y el dolor de los menores abusados sexualmente por sacerdotes". "Un pecado que nos avergüenza", subrayó, que hay que "deplorar profundamente" y por el que "pedimos perdón". De ahí el llamamiento del Pontífice a "renovar todo nuestro compromiso para que estas atrocidades no se repitan entre nosotros".

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"Nuestro silencio es cómplice"

Las palabras de Francisco de 2016 se hicieron eco de las del mensaje Urbi et Orbi de la Navidad de 2014, durante el cual el Pontífice había dirigido un pensamiento a "todos los niños asesinados y maltratados hoy, tanto los que están antes de ver la luz, privados del amor generoso de sus padres y enterrados en el egoísmo de una cultura que no ama la vida"; o a los niños desplazados por las guerras y las persecuciones, maltratados y explotados ante nuestros ojos y nuestro silencio cómplice; y a los niños masacrados bajo los bombardeos, incluso donde nació el hijo de Dios". "También hoy su silencio impotente grita bajo la espada de tantos Herodes", subrayó Francisco, "Sobre su sangre se alza hoy la sombra de los Herodes de hoy. En verdad hay tantas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús".

El recurso de la oración

Pero, ¿hay una respuesta a todo esto, a "la tragedia del asesinato de seres humanos indefensos, al horror del poder que desprecia y suprime la vida"? La oración es ciertamente un recurso, como explicó el propio Papa en la Audiencia General del 4 de enero de 2017: "Cuando alguien se acerca a mí y me hace preguntas difíciles, por ejemplo: 'Dígame, Padre: ¿por qué sufren los niños?', realmente no sé qué responder -explicó-, solo digo: 'Mira el Crucifijo: Dios nos dio a su Hijo, sufrió, y quizás allí encuentres una respuesta'. (...) Sólo mirando el amor de Dios que da a su Hijo, que ofrece su vida por nosotros, puede indicar algún camino de consuelo; su Palabra es definitivamente una palabra de consuelo, porque nace del llanto".

 

Pasar del "yo" al "tú" y rezar en familia por el don de la paz

Contemplar con asombro la belleza del misterio de la Sagrada Familia que representa “la historia de la que provenimos”, aunque todo no vaya bien, y aprender cada día más a “ser familia” a pesar de los problemas inesperados, la angustia y el sufrimiento. Fue la invitación del Papa Francisco antes de rezar el Ángelus dominical en que pidió a María, esposa de José y madre de Jesús, que proteja a nuestras familias

 

Vatican News

En el día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, el domingo después de Navidad, el Papa Francisco rezó a mediodía la oración mariana del Ángelus con los fieles y peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro. El Santo Padre explicó que “Dios eligió a una familia humilde y sencilla para venir entre nosotros”. E invitó a “contemplar con asombro la belleza de este misterio”, destacando dos aspectos concretos para nuestras familias:

Dos aspectos concretos para las familias

El primero, dijo Francisco, es “la familia”, que representa “la historia de la que provenimos”. Y con el Evangelio propuesto por la liturgia del día, el Pontífice afirmó que “nos recuerda que Jesús es también hijo de una historia familiar”, tal como “lo vemos viajar a Jerusalén con María y José para la Pascua”; y “luego hace preocupar a su madre y a su padre, que no lo encuentran”; mientras “una vez encontrado, vuelve a casa con ellos” (cf. Lc 2, 41-52). De ahí la afirmación del Obispo de Roma:

“Es hermoso ver a Jesús insertado en la red de afectos familiares, naciendo y creciendo en el abrazo y la preocupación de los suyos. Esto es importante también para nosotros: venimos de una historia entretejida de lazos de amor y la persona que somos hoy nace no tanto de los bienes materiales que hemos disfrutado, sino del amor que hemos recibido”

Después de destacar que “puede que no hayamos nacido en una familia excepcional y sin problemas”, a pesar de los cual “es nuestra historia” y “son nuestras raíces”, Francisco exclamó que “¡si las cortamos, la vida se seca!”, puesto que “Dios no nos creó para ser conductores solitarios, sino para caminar juntos”.

“Démosle las gracias y recemos por nuestras familias. Dios piensa en nosotros y quiere que estemos juntos: agradecidos, unidos, capaces de proteger nuestras raíces”

El segundo aspecto, prosiguió explicando el Papa, es que “aprendemos a ser una familia cada día”. En efecto, el Evangelio nos muestra “que incluso en la Sagrada Familia no todo va bien”, sino que “hay problemas inesperados, angustia, sufrimiento”. A lo que añadió que “no existe la Sagrada Familia de las imágenes”.

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Mientras recordó que María y José, cuando encuentran a Jesús sentado entre los maestros del Templo, que les responde que “debe atender los asuntos de su Padre, no lo entienden”; “necesitan tiempo para aprender a conocer a su hijo”, tal como nos ocurre también a nosotros:

“Cada día, en la familia, hay que aprender a escucharnos y comprendernos, a caminar juntos, a afrontar los conflictos y las dificultades. Es el reto diario, y se gana con la actitud adecuada, con pequeñas atenciones, con gestos sencillos, cuidando los detalles de nuestras relaciones”

Del "yo" al "tú" como enseña la Sagrada Familia

Para hacer esto el Santo Padre invitó a fijarnos en María, “que en el Evangelio de hoy dice a Jesús: ‘Tu padre y yo te buscábamos’. Tu padre y yo; no yo y tu padre: ¡antes del ‘yo’ está el ‘tú’! Para preservar la armonía en la familia, hay que luchar contra la dictadura del ‘yo’".

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Por esta razón Francisco afirmó que “es peligroso cuando, en lugar de escucharnos, nos culpamos de nuestros errores; cuando, en lugar de preocuparnos por los demás, nos centramos en nuestras propias necesidades; cuando, en lugar de hablar, nos aislamos con nuestros teléfonos móviles; cuando nos acusamos unos a otros, repitiendo siempre las mismas frases, escenificando una obra de teatro ya vista en la que cada uno quiere tener razón y al final hay un frío silencio”.

“Repito un consejo: por la noche, después de todo, hagan las paces. Nunca vayan a dormir sin haber hecho las paces, porque si no al día siguiente habrá una ‘guerra fría’. ¡Cuántas veces, por desgracia, nacen conflictos dentro de las paredes del hogar como resultado de silencios demasiado largos y egoísmos no curados! A veces incluso se llega a la violencia física y moral. Esto rompe la armonía y mata a la familia”

Que María proteja a las familias

Antes de rezar a la Madre de Dios, el Papa Francisco invitó a pasar del "yo" al "tú". Y cada día, pidió, “recen un poco juntos, para pedir a Dios el don de la paz”. A la vez que añadió que nos comprometamos todos, padres, hijos, Iglesia y sociedad civil, para “apoyar, defender y proteger la familia”, con la invocación a “la Virgen María, esposa de José y madre de Jesús”, para que “proteja a nuestras familias”.

 

Gambino: en la Carta a los esposos, el Papa dirige su mirada paternal a las familias

“La Carta enviada por el Papa a los esposos, los frutos del Año dedicado a la Familia, y la preparación para el Encuentro Mundial de las Familias en Roma el próximo año”, son los temas al centro de la entrevista con Gabriella Gambino, Subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

 

Gabriella Ceraso / Renato Martinez - Ciudad del Vaticano

“Con esta Carta el Papa entra en nuestra vida cotidiana, entra en las dinámicas familiares, casi tomándonos de la mano para animarnos y no hacernos sentir solos en este camino y además, exhorta a los jóvenes a que se casen, a que confíen en la gracia que invade a la pareja, que la sostiene durante toda su vida”, lo dijo Gabriella Gambino, Subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, comentando la reciente publicación de la Carta que el Santo Padre envió a los esposos de todo el mundo, con motivo del Año “Familia Amoris laetitia”.

Entrevista con Gabriella Gambino

La Subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, dialogando con nuestra colega del programa italiano de Vatican News, Gabriella Ceraso, señaló que lo que más le impresiona de las palabras del Papa en la Carta a los esposos – que fue publicado en la Fiesta de la Sagrada Familia, este 26 de diciembre – es “la ternura de su tono, el afecto que quiere expresar a las familias en un momento tan complejo dominado por la pandemia”. Asimismo, Gabriella Gambino recordó que, hoy hay muchas familias que atraviesan crisis y dificultades de todo tipo, a las que el Papa dirige su mirada paternal. “Pero, me llama especialmente la atención – subrayó la Subsecretaria – la preocupación que presta al sacramento del matrimonio, la belleza de este don, tan difícil de entender para los jóvenes, hoy reside en la presencia de Cristo que habita en las familias, en medio de nuestra vida cotidiana”.

Básicamente, el Papa nos recuerda que como cristianos no podemos renunciar a proponer a los jóvenes el ideal del matrimonio, es decir, el plan de Dios en toda su grandeza, no hacerlo sería una falta de amor de la Iglesia hacia los jóvenes y el Santo Padre nos lo dice también en Amoris laetitia.

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¿Cuáles son los frutos que se han producido en este Año Familia Amoris Laetitia?

R.- Sin duda, diría que todas las iniciativas que el mundo esta dando a conocer a nuestro Dicasterio y también todas las que no nos llegan desde que el Papa nos ha dado este impulso, son muchísimas las parroquias, las diócesis, incluso los colegios, las universidades, que nos escriben para contarnos lo que hacen en respuesta a la llamada del Santo Padre. Por ejemplo, acompañar a las familias y a los matrimonios, a las situaciones más frágiles, a las nuevas uniones en las que se busca el construir. Se ha puesto en marcha un proceso de creatividad pastoral, que también está conduciendo a una mayor comunión entre los pastores y las familias para aprender a escucharse mutuamente y potenciar el papel de las familias y de los matrimonios en la Iglesia. Claro no es fácil, pero, en todas partes se ven las ganas de salir adelante, de tratar de entender como se camina juntos y también de acompañar las situaciones más difíciles, las que antes se dejaban un poco de lado. Las familias son realmente un bien para la Iglesia, pero en muchos casos, en muchos contextos, todavía tenemos que entender como poner en práctica esta importante afirmación.

¿De qué modo la preparación del Encuentro Mundial de las Familias se entrelaza con el proceso sinodal?

R.- Amoris laetitia es el hilo rojo que nos lleva la Encuentro Mundial, nos pide que discernamos el estilo y el modo de realizar nuestro servicio pastoral. El Santo Padre nos invita, ahora, a enmarcar en este camino sinodal de la Iglesia a través de la comunión, la participación y la misión de cada componente del pueblo de Dios, incluida las familias. Entonces, pastores y familias juntos bajo la guía del Espíritu, pero el tema es cómo hacerlo. Sería interesante, por ejemplo, en este tiempo de camino sinodal y al mismo tiempo de preparación del Encuentro Mundial, intentar combinar el proceso de discernimiento eclesial, partiendo también de la relación Iglesia–familia, haciéndonos preguntas un poco diferentes a las que estamos acostumbrados. Por ejemplo: ¿Cómo puede la familia ayudar a la Iglesia a ser más sinodal? ¿Qué puede aprender la Iglesia del modo familiar de discernir, escuchar y acoger? O por ejemplo, ¿Qué puede aprender la Iglesia del modo en que los padres, los hijos y los hermanos intentan amarse con sus fragilidades, conflictos y puntos de vista diferentes?

Estas y otras cuestiones podrían abrir, creo, una nueva forma de pensar la pastoral, un estilo diferente, una comunión más concreta entre familias e Iglesia, no solo eso, sino que creo que se iniciaría un nuevo proceso de discernimiento más allá de la conclusión del Año de la Familia con el Encuentro Mundial, podría continuar al menos hasta el Sínodo continuando con el estímulo de la Pastoral Familiar en todo el mundo.

 

NO TENGÁIS MIEDO

— Jesucristo es siempre nuestra seguridad en medio de las dificultades y tentaciones que podamos padecer. Con Él se ganan todas las batallas.

— Sentido de nuestra filiación divina. Confianza en Dios. Él nunca llega tarde para socorrernos.

— Providencia. Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios.

I. La historia de la Encarnación se abre con estas palabras: No temas, María1. Y a San José le dirá también el Ángel del Señor: José, hijo de David, no temas2. A los pastores les repetirá de nuevo el Ángel: No tengáis miedo3. Este comienzo de la entrada de Dios en el mundo marca un estilo propio de la presencia de Jesús entre los hombres.

Más tarde, acompañado ya de sus discípulos, atravesaba Jesús un día el pequeño mar de Galilea. Y se levantó una tempestad tan recia en el mar, que las olas cubrían la barca4. San Marcos precisa el momento histórico del suceso: fue por la tarde del día en el que Jesús habló de las parábolas sobre el reino de los cielos5. Después de esta larga predicación, se explica que el Señor, cansado, se durmiese mientras navegaban.

La tormenta debió de ser imponente. Aquellas gentes, aunque estaban acostumbradas al mar, se vieron, sin embargo, en peligro. Y recurrieron angustiadas a Jesús: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!

Los Apóstoles respetarían al principio el sueño del Maestro (¡muy cansado tenía que estar para no despertarse!), y ponen los medios a su alcance para hacer frente al peligro: arriaron las velas, tomaron los remos con fuerza, achicaron el agua que comenzaba a entrar en la barca... Pero el mar se embravecía más y más, y el peligro de naufragio era inminente. Entonces, inquietos, con miedo, acuden al Señor como único y definitivo recurso. Le despertaron diciendo: ¡Maestro, que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?6.

¡Qué poca fe también la nuestra cuando dudamos porque arrecia la tempestad! Nos dejamos impresionar demasiado por las circunstancias que nos rodean: enfermedad, trabajo, reveses de fortuna, contradicciones del ambiente. El temor es un fenómeno cada vez más extendido. Se tiene miedo de casi todo. Muchas veces es el resultado de la ignorancia, del egoísmo (la excesiva preocupación por uno mismo, la ansiedad por males que tal vez nunca llegarán, etc.) pero, sobre todo, es consecuencia de que en ocasiones apoyamos la seguridad de nuestra vida en fundamentos muy frágiles. Nos podríamos olvidar de una verdad esencial: Jesucristo es, siempre, nuestra seguridad. No se trata de ser insensibles ante los acontecimientos, sino de aumentar nuestra confianza y de poner, en cada caso, los medios humanos a nuestro alcance. No debemos olvidar jamás que estar cerca de Jesús, aunque parezca que duerme, es estar seguros. En momentos de turbación, de prueba, Jesús no se olvida de nosotros: «nunca falló a sus amigos»7, nunca.

II. Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos. Aun en los casos que parezcan más extremos, Dios llega siempre, aunque sea de modo misterioso y oculto, en el momento oportuno. La plena confianza en Dios, con los medios humanos que sea necesario poner, dan al cristiano una singular fortaleza y una especial serenidad ante los acontecimientos y circunstancias adversas.

«Si no le dejas, Él no te dejará»8. Y nosotros –se lo decimos en nuestra oración personal– no queremos dejarle. Junto a Él se ganan todas las batallas, aunque, con mirada corta, parezca que se pierden. «Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza (Sal 42, 2). Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio nosotros, en Dios, somos lo permanente»9. Esta es la medicina para barrer, de nuestras vidas, miedos, tensiones y ansiedades. San Pablo alentaba a los primeros cristianos de Roma, ante un panorama humanamente difícil, con estas palabras: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará en contra.?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... Mas en todas estas cosas vencemos por aquel que nos amó. Porque persuadido estoy que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios10. El cristiano es, por vocación, un hombre entregado a Dios, y a Él ha entregado también todo cuanto pueda acontecerle.

Otra vez instruía el Señor a las gentes acerca del amor y cuidado que Dios tiene por cada criatura. Quienes le escuchan son personas sencillas y honradas que alaban la majestad de Dios, pero a las que les falta esa peculiar confianza de hijos en su Padre Dios.

Es probable que en el preciso momento en que se dirigía a su auditorio, pasara cerca una bandada de pájaros buscando cobijo en un lugar cercano. ¿Quién se preocupa de ellos? ¿Acaso las amas de casa no solían comprarlos por unos pocos céntimos para mejorar sus comidas ordinarias? Estaban al alcance del más modesto bolsillo. Tenían poco valor.

El Señor los señalaría con un ademán, a la vez que decía a su auditorio: «Ni uno solo de estos gorriones está olvidado por Dios». Dios los conoce a todos. Ninguno de ellos cae al suelo sin el consentimiento de vuestro Padre. Y el Señor vuelve a darnos confianza: No temáis, vosotros valéis más que muchos pájaros11. Nosotros no somos criaturas de un día, sino sus hijos para siempre. ¿Cómo no se va a cuidar de nuestras cosas? No temáis. Nuestro Dios nos ha dado la vida y nos la ha dado para siempre. Y el Señor nos dice: A vosotros, mis amigos, os digo: No temáis12. «Todo hombre, con tal que sea amigo de Dios –son palabras de Santo Tomás–, debe tener confianza en ser librado por Él de cualquier angustia... Y como Dios ayuda de modo especial a sus siervos, muy tranquilo debe vivir quien sirve a Dios»13. La única condición: ser amigos de Dios, vivir como hijos suyos.

III. «Descansad en la filiación divina. Dios es un Padre lleno de ternura, de infinito amor»14. En toda nuestra vida, en lo humano y en lo sobrenatural, nuestro «descanso», nuestra seguridad, no tiene otro fundamento firme que nuestra filiación divina. Echad sobre Él vuestras preocupaciones –decía San Pedro a los primeros cristianos–, pues Él tiene cuidado de vosotros15.

La filiación divina no puede considerarse como algo metafórico: no es simplemente que Dios nos trate como un padre y quiera que le tratemos como hijos; el cristiano es, por la fuerza santificadora del mismo Dios presente en su ser, hijo de Dios. Esta realidad es tan profunda que afecta al mismo ser del hombre, hasta el punto de que Santo Tomás afirma que por ella el hombre es constituido en un nuevo ser16.

La filiación divina es el fundamento de la libertad, seguridad y alegría de los hijos de Dios, y en donde el hombre encuentra la protección que necesita, el calor paternal y la seguridad del futuro, que le permite un sencillo abandono ante las incógnitas del mañana y le confiere el convencimiento de que detrás de todos los azares de la vida hay siempre una última razón de bien: Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios17. Los mismos errores y desviaciones del camino acaban siendo para bien, porque «Dios endereza absolutamente todas las cosas para su provecho...»18.

El saberse hijo de Dios hace adquirir al cristiano, en todas las circunstancias de su vida, un modo de ser en el mundo esencialmente amoroso, que es una de las manifestaciones principales de la virtud de la fe; el hombre que se sabe hijo de Dios no pierde la alegría, como no pierde la serenidad. La conciencia de la filiación divina libera al hombre de tensiones inútiles y, cuando por su debilidad se descamina, si verdaderamente se siente hijo de Dios, es capaz de volver a Él, seguro de ser bien recibido.

La consideración de la Providencia nos ayudará a dirigirnos a Dios, no como a un Ser lejano, indiferente y frío, sino como a un Padre que está pendiente de cada uno de nosotros y que ha puesto un Ángel –como esos Ángeles que anunciaron a los pastores el Nacimiento del Señor– para que nos guarde en todos nuestros caminos.

La serenidad que esta verdad comunica a nuestro modo de ser y de vivir no procede de permanecer de espaldas a la realidad, sino de verla con optimismo, porque confiamos siempre en la ayuda del Señor. «Esta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios: estos, en la adversidad, se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan en ella»19, porque sabemos que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados.

Estemos siempre con paz. Si de verdad buscamos a Dios, todo será ocasión para mejorar.

Al terminar nuestra oración hagamos el propósito de acudir a Jesús, presente en el Sagrario, siempre que las contradicciones, las dificultades o la tribulación nos pongan en situación de perder la alegría y la serenidad. Acudamos a María, a la que contemplamos en el belén tan cercana a su Hijo. Ella nos enseñará en estos días llenos de paz de la Navidad, y siempre, a comportarnos como hijos de Dios; también en las circunstancias más adversas.

1 Lc 1, 30. — 2 Mt 1, 20. — 3 Lc 2, 10. — 4 Mt 8, 24. — 5 Mc 4, 35. — 6 Mt 8, 25-26. — 7 Santa Teresa, Vida, 11, 4. — 8 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 730. — 9 ídem, Amigos de Dios, 92. — 10 Rom 3, 31 ss. — 11 Cfr. Mt 8, 26-27. — 12 Lc 8, 50. — 13 Santo Tomás, Exp. Simb. Apost., 5. — 14 San Josemaría Escrivá, o. c., 150. — 15 1 Pedr 5, 7. — 16 Santo Tomás, Suma Teológica, 1-2, q. 110, a. 2 ad 3. — 17 Rom 8, 28. — 18 San Agustín, De corresp. et gracia, 30, 35. — 19 San Cipriano, De moralitate, 13.

 

Meditaciones: 30 de diciembre

Reflexión para meditar el 30 de diciembre. Los temas propuestos son: Ana, la profetisa, anuncia la llegada del Mesías; Jesús crecía como un niño más; los tiempos de Dios

30/12/2021

– Ana, la profetisa, anuncia la llegada del Mesías

– Jesús crecía como un niño más

– Los tiempos de Dios


«CUANDO un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, Señor, se lanzó desde el cielo, desde el trono real» (Sb 18,14-15). Así arranca la antífona de entrada de la Misa de hoy. En esta Octava de Navidad queremos vivir de este hecho prodigioso: Dios nos ha enviado su Palabra, se ha hecho carne, es uno de nosotros. Nos gustaría agradecer a la Trinidad todo lo que ha sucedido. Nos unimos a la voz de los ángeles que cantan sin cesar la gloria de Dios, su felicidad, es decir, nuestra salvación. El cielo está de fiesta y la tierra se contagia de este gozo.

Hoy, en la lectura del evangelio, aparece Ana, viuda desde hace muchos años. San Lucas la describe como una profetisa. Es significativo que Dios haya elegido a una humilde viuda para comunicar su nacimiento, en lugar de algún personaje conocido o prestigioso del pueblo. Todos los testigos del nacimiento de Jesús son personas corrientes a quienes no era sencillo que la sociedad creyera.

Quizá algunos pensaron que Ana estaba un poco confundida a causa del sufrimiento y la soledad de tantos años de viudez, o por el rigor de sus ayunos y oraciones. No sabemos si le hicieron caso. Pero el Señor quiso servirse de ella para anunciar el nacimiento del Mesías: «Llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Lc 2,38). En ocasiones, Dios elige a testigos que son aparentemente poco creíbles. Algo similar sucede con los pastores o volverá a pasar años después con María Magdalena, a quien los discípulos no creyeron. «Solo los que tienen el corazón como los pequeños —la gente sencilla— son capaces de recibir esta revelación: el corazón humilde, manso, el que siente la necesidad de rezar, de abrirse a Dios, porque se siente pobre»[1].


DESPUÉS de relatar el encuentro con Ana, el evangelio de hoy continúa narrando que la Sagrada Familia, tras haber cumplido todo lo que prescribía la ley, toma el camino de vuelta a Nazaret. Y termina con un versículo breve pero lleno de contenido, porque resume en pocas palabras gran parte de la vida oculta de Jesús: «El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él» (Lc 2,40). Dios asume los tiempos del crecimiento normal de un niño; no tiene prisa, quiere hacer la redención de ese modo tan natural y discreto.

San Josemaría dirigiéndose a la Virgen de Guadalupe en México pedía que en nuestros corazones crecieran «rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis»[2].

Durante treinta años, vuelve a hacerse silencio en la vida de Jesús, como antes de que naciera en Belén. Pero ese silencio es muy elocuente porque allí se está cumpliendo nuestra redención. Luego muchos dirán: «¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?» (Mt 13,55). La naturalidad de la vida ordinaria fue también el camino que recorrió Jesús durante su adolescencia, su juventud y su madurez. Y de ahí tomamos ejemplo para la santificación de nuestro trabajo y nuestras relaciones; de lo de cada día y lo más cercano.


HEMOS ESPERADO nueve meses para que naciera Dios y ahora vamos a esperar treinta años hasta que comience su vida pública. Sin embargo, sabemos que la redención se está haciendo desde el mismo momento de la Anunciación. El sí de nuestra Madre a los designios divinos de salvación de los hombres ha puesto en marcha el plan trazado desde la eternidad por Dios. Es imparable, pero no sigue nuestro compás. Va despacio pero no da ningún paso atrás. «El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres»[3]. Con frecuencia, la rutina nos vence y no somos capaces de encontrar a Dios en lo corriente, en lo repetido un día y otro.

«Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo»[4]. Nuestra salvación ya ha comenzado y la fidelidad de Dios dura por siempre.

Ana esperó durante muchos años la manifestación del Mesías, haciendo en su alma un espacio para que el Señor pudiera hablar. Quizá a veces reprochamos a Dios su silencio y en realidad somos nosotros quienes nos envolvemos en ruido que no nos deja oírlo. En medio de la noche y del silencio, Dios ha enviado su Palabra y es definitiva. No se arrepentirá de su alianza. María fue la que custodió ese silencio, esa normalidad, durante los nueves meses y después: podemos pedirle a ella ayuda y compañía en nuestro silencio, porque tampoco queremos perdernos la manifestación de su Hijo.


[1] Francisco, Homilía, 2-XII-2014.

[2] San Josemaría, Oración personal ante la Virgen de Guadalupe, 20-V-1970.

[3] Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.

[4] Francisco, Homilía, 24-XII-2015.

 

Debemos reaccionar ante el miedo con la valentía de confiar en la Providencia de Dios

El Papa Francisco ha recordado la valentía de José cuando tuvo que huir precipitadamente a Egipto con la Virgen María y el Niño. También ha recordado que “como tantos de nuestros hermanos y hermanas en la actualidad, experimentaron la injusticia y el sufrimiento de tener que dejar la propia patria debido a la prepotencia y violencia del poderoso de turno”.

29/12/2021

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero presentarles a san José como unmigrante perseguido y valiente. Así lo describe el evangelista Mateo. Este acontecimiento concreto de la vida de Jesús, en el que también están implicados José y María, se conoce tradicionalmente como “la huida a Egipto” (cf. Mt 2,13-23).

La familia de Nazaret sufrió tal humillación y experimentó en primera persona la precariedad, el miedo y el dolor de tener que abandonar su tierra natal. Aún hoy en día muchos de nuestros hermanos y hermanas se ven obligados a experimentar la misma injusticia y sufrimiento. El motivo es casi siempre la prepotencia y la violencia de los poderosos. También para Jesús ocurrió así.

El rey Herodes se entera por los Reyes Magos del nacimiento del "rey de los Judíos", y la noticia lo trastorna. Se siente inseguro, se siente amenazado en su poder. Así que reúne a todas las autoridades de Jerusalén para averiguar el lugar del nacimiento, y ruega a los Reyes Magos que se lo comuniquen con precisión, para que ―dice falsamente― él también pueda ir a adorarle. Pero cuando se dio cuenta de que los Reyes Magos se habían ido en otra dirección, concibió un malvado plan: matar a todos los niños de Belén de dos años para abajo, que era el tiempo en que, según el cálculo de los Reyes Magos, Jesús había nacido.

Mientras tanto, un ángel ordena a José: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; allí estarás hasta que te avise. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle» (Mt 2,13). Pensemos hoy en tantas personas que sienten esta inspiración en su interior: “Huyamos, huyamos, porque aquí hay peligro”. 

El plan de Herodes recuerda al del faraón de arrojar al Nilo a todos los hijos varones del pueblo de Israel (cf. Ex 1,22). Y la huida a Egipto evoca toda la historia de Israel, desde Abraham, que también estuvo allí (cf. Gn 12,10), hasta José, hijo de Jacob, vendido por sus hermanos (cf. Gn 37,36) y luego convertido en “líder del país” (cf. Gn 41,37-57); y a Moisés, que liberó a su pueblo de la esclavitud de los egipcios (cf. Ex 1,18).

La huida de la Sagrada Familia a Egipto salva a Jesús, pero desgraciadamente no impide que Herodes lleve a cabo su masacre. Nos encontramos así con dos personalidades opuestas: por un lado, Herodes con su ferocidad, y, por otro lado, José con su premura y valentía. 

Herodes quiere defender su poder, su propia “piel”, con una crueldad despiadada, como atestiguan las ejecuciones de una de sus esposas, de algunos de sus hijos y de cientos de opositores. Era un hombre cruel: para resolver los problemas, sólo tenía una receta: matar. Es el símbolo de muchos tiranos de ayer y de hoy. Y para ellos, para estos tiranos, las personas no cuentan, cuenta el poder, y si necesitan un espacio de poder, eliminan a las personas. Y esto ocurre hoy: no tenemos que ir a la historia antigua, ocurre hoy. Es el hombre que se convierte en “lobo” para los otros hombres. La historia está llena de personalidades que, viviendo a merced de sus miedos, intentan vencerlos ejerciendo el poder de manera despótica y realizando actos de violencia inhumanos. 

Pero no debemos pensar que sólo vivimos en la perspectiva de Herodes si nos convertimos en tiranos, no. De hecho, todos nosotros podemos caer en esta actitud, cada vez que tratamos de disipar nuestros miedos con la prepotencia, aunque sea sólo verbal o hecha a base de pequeños abusos realizados para mortificar a los que nos rodean. También nosotros tenemos en nuestro corazón la posibilidad de ser pequeños Herodes.

José es todo lo contrario a Herodes: en primer lugar, es «un hombre justo» (Mt 1,19), mientras que Herodes es un dictador; además, muestra valor al cumplir la orden del Ángel. 

Cabe imaginar las vicisitudes que tuvo que afrontar durante el largo y peligroso viaje y las dificultades de su permanencia en un país extranjero, con otra lengua: muchas dificultades. Su valentía surge también en el momento de su regreso, cuando, tranquilizado por el Ángel, supera sus comprensibles temores y se instala con María y Jesús en Nazaret (cf. Mt 2,19-23). 

Herodes y José son dos personajes opuestos, que reflejan las dos caras de la humanidad de siempre. Es un error común considerar la valentía como la virtud exclusiva del héroe. En realidad, la vida cotidiana de cada persona requiere valor. Nuestra vida ―la tuya, la mía, la de todos nosotros― requiere valentía: ¡no se puede vivir sin valentía! La valentía para afrontar las dificultades de cada día. En todas las épocas y culturas encontramos hombres y mujeres valientes que, por ser coherentes con sus creencias, han superado todo tipo de dificultades, soportado injusticias, condenas e incluso la muerte. 

La valentía es sinónimo de fortaleza, que, junto con la justicia, la prudencia y la templanza forma parte del grupo de virtudes humanas conocidas como “cardinales”.

La lección que hoy nos deja José es la siguiente: la vida siempre nos depara adversidades, esto es verdad, y ante ellas también podemos sentirnos amenazados, con miedo, pero sacar lo peor de nosotros, como hace Herodes, no es el modo para superar ciertos momentos, sino actuando como José, que reacciona ante el miedo con la valentía de confiar en la Providencia de Dios. 

Hoy creo que es necesaria una oración por todos los migrantes, todos los perseguidos y por todos aquellos que son víctimas de circunstancias adversas: ya sea por circunstancias políticas, históricas o personales. Pero, pensemos en tantas personas, víctimas de las guerras, que quieren huir de su patria y no pueden; pensemos en los migrantes que inician ese camino para ser libres y muchos acaban en la calle o en el mar; pensemos en Jesús en brazos de José y María, huyendo, y veamos en él a cada uno de los migrantes de hoy. La migración actual es una realidad ante la que no podemos cerrar los ojos. Es un escándalo social de la humanidad.

San José,
tú que has experimentado el sufrimiento de los que deben huir
tú que te has visto obligado a huir
para salvar la vida de los seres queridos,
protege a todos los que huyen a causa de la guerra,
el odio, el hambre.
Sostenlos en sus dificultades,
fortalécelos en la esperanza y haz que encuentren acogida y solidaridad.
Guía sus pasos y abre los corazones de quienes pueden ayudarlos. Amén.

 

 

“La labor de los padres es importantísima”

Admira la bondad de nuestro Padre Dios: ¿no te llena de gozo la certeza de que tu hogar, tu familia, tu país, que amas con locura, son materia de santidad? (Forja, 689)

30 de diciembre

Me conmueve que el Apóstol califique al matrimonio cristiano de «sacramentum magnum» –sacramento grande. También de aquí deduzco que la labor de los padres de familia es importantísima.

–Participáis del poder creador de Dios y, por eso, el amor humano es santo, noble y bueno: una alegría del corazón, a la que el Señor –en su providencia amorosa– quiere que otros libremente renunciemos.

–Cada hijo que os concede Dios es una gran bendición divina: ¡no tengáis miedo a los hijos! (Forja, 691)

En mis conversaciones con tantos matrimonios, les insisto en que mientras vivan ellos y vivan también sus hijos, deben ayudarles a ser santos, sabiendo que en la tierra no seremos santos ninguno. No haremos más que luchar, luchar y luchar.

–Y añado: vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis! (Forja, 692)

No tengas miedo de querer a las almas, por Él; y no te importe querer todavía más a los tuyos, siempre que queriéndoles tanto, a Él le quieras millones de veces más. (Surco, 693)

Por tu trato con Cristo, estás obligado a rendir fruto.

–Fruto que sacie el hambre de las almas, cuando se acerquen a ti, en el trabajo, en la convivencia, en el ambiente familiar... (Forja, 981)

 

Querer ser hijos, abrirnos a un hogar. Filiación y paternidad en el Opus Dei

Con ocasión del cumpleaños del Prelado del Opus Dei, reflexionamos sobre la paternidad y la filiación en esta familia.

26/10/2021

Cada vez que es elegido un nuevo sucesor de san Josemaría y, posteriormente, nombrado por el Papa, esa persona pasa de ser hijo a ser Padre de esta familia sobrenatural. El Espíritu Santo obra una transformación en su corazón. Ocurrió en 1975, año en que falleció el fundador, así como en 1994, en 2017, y seguirá sucediendo mientras la Obra continúe su camino. Cuando acontece esta sucesión, también cada fiel de la Obra aprende a ser hijo de una manera nueva. En realidad, se trata de una oportunidad que se nos presenta, diariamente, toda la vida.

Aunque uno sea hijo por generación natural o por vínculos espirituales, aquella relación puede permanecer simplemente como un «hecho», como algo que está allí, tal vez olvidado, y que no es elegido en presente con una fuerza personal. Porque, por encima de ese «hecho», podemos además escoger «vivir como hijos», de la misma manera que un padre de familia supera el simple «saberse padre» para, efectivamente, escoger «vivir como padre», para asumir la belleza de esa relación. Aquella elección supone no contentarnos con «ser hijos», que ya es bastante, sino también «querer ser hijos», abrirnos al calor de un hogar.

El Espíritu Santo: escuela para ser hijos y para ser Padre

Sin irnos muy lejos, san Josemaría tuvo que aprender a ser padre. «Hasta el año 1933 me daba una especie de vergüenza el llamarme “Padre” de toda esta gente mía», comentaba, refiriéndose a los primeros años que siguieron a la fundación del Opus Dei. «Por eso yo les llamaba casi siempre “hermanos” en vez de “hijos”»[1]. Se puso, sin embargo, a la escucha del Espíritu Santo, y pronto pudo entreverse en sus expresiones ese sentimiento de sano orgullo por los suyos: «No puedo dejar de levantar el alma agradecida al Señor, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra, por haberme dado esta paternidad espiritual que, con su gracia, he asumido con la plena conciencia de estar sobre la tierra solo para realizarla. Por eso, os quiero con corazón de padre y de madre»[2].

Muchas veces el fundador del Opus Dei confesaba que, inexplicablemente, sentía su corazón ensancharse cada vez más, conforme eran más numerosas las personas que se acercaban al calor de esta familia. Al mismo tiempo, era consciente de que él, personalmente, no era imprescindible. Sabía que estaríamos bien cuidados cuando ya no se encontrara físicamente en la tierra para ejercer su paternidad: «Hijos míos, os quiero –no me importa decirlo, porque no exagero– más que vuestros padres. Y estoy seguro de que en el corazón de los que me sucedan, encontraréis este mismo cariño –iba a añadir que más, aunque me parece imposible–, porque tendrán muy metido dentro del alma este espíritu tan de familia que informa la Obra entera. Llamadles Padre, como lo hacéis conmigo»[3].

La familia es mayor que la parte

La decisión de asumir una paternidad o asumir una filiación –querer vivir verdaderamente como padres o como hijos– supone superar la lógica del aislamiento y entrar en la lógica de la familia. Decía san Juan Pablo II que «Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor»[4]. Por eso, siempre hace germinar su palabra en el terreno fértil de esos vínculos humanos: una familia, una agrupación, un pueblo… hasta llegar a la comunidad universal que es la Iglesia. De Dios Padre, señala san Pablo, «toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra» (Ef 3,15).

Dice el refrán africano: «Si quieres ir rápido ve solo, si quieres llegar lejos, ve acompañado». Una familia nos regala una mirada más amplia: nos enriquecemos con muchas otras sensibilidades y perspectivas. En el caso de la Obra, nos enriquecemos de los fieles de todas las latitudes, guiados por el Padre. El Papa Francisco ha hablado muchas veces sobre la bonita tarea de conjugar nuestro afán santo por mejorar lo que tenemos a mano, con la pertenencia a una familia que se extiende más allá de lo que alcanzamos a tocar: «El todo es más que las partes y también es más que la mera suma de ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar»[5].

A medida que van creciendo, los hijos se entusiasman cuando su padre les confía algo importante. Sentirse valorados forma parte del proceso que les lleva a ser adultos. Y esos actos de confianza suelen ser cada vez de mayor envergadura. No siempre hace falta que la petición sea expresa. Cuando el hijo ha aprendido a adelantarse a las necesidades de su familia, le basta una insinuación. Trata de comprender la voluntad de su padre, quiere asumirla como propia, se ofrece para realizarla. En el caso de la familia de la Obra, esas señales del Padre las podemos recibir a través de sus frecuentes comunicaciones en mensajes y cartas; teniendo la atención despierta para detectar sus preocupaciones cuando participa en encuentros o entrevistas; procurando reconocer su guía en las orientaciones y sugerencias que nos hace llegar para toda la Obra que, de algún modo, tienen prioridad sobre lo particular. Los hijos buscan sorprender al padre demostrándole que no solamente comprenden bien sus palabras, sino que incluso van más allá: las recuerdan en cada momento, se impulsan en ellas y las hacen fecundas.

Dificultades de moverse al ritmo divino

Mirando la vida de Cristo comprendemos bien que filiación y cruz no son incompatibles, sino todo lo contrario: ambas están marcadas por la promesa de la resurrección. Toda filiación natural y espiritual tienen también, de alguna manera, esta doble dimensión. Su fundamento es el amor y, por eso, el dolor puede hacerse presente: no para estropearlo todo, sino para mostrar hasta qué punto esa relación es firme, segura, resistente a la fuerza de cualquier vaivén. Ser hijo implica estar unido a la voluntad amorosa de un padre. Y no debe sorprendernos que esto requiera, en ocasiones, sufrir.

Esta actitud no anula las dificultades que podamos encontrar, ni siquiera nos asegura que se optará por la mejor solución desde el punto de vista humano, pues todos nos podemos equivocar. Lo que sí sabemos es que el Espíritu Santo es quien nos guía, y que para él no hay obstáculo insalvable, ni descamino que no tenga retorno. Este dinamismo es parte de sabernos insertados en una lógica sobrenatural, de Dios, con muchas más dimensiones que solamente ese largo y ancho que se asoma ante nuestros ojos. Tantos santos se han movido con estas coordenadas, a veces sin mucho acuerdo humano, pero de acuerdo con el Espíritu Santo que suena una melodía que a veces no comprendemos del todo. «Para ser buen bailarín contigo –decía una escritora del siglo XX, refiriéndose a la docilidad hacia aquella música divina– no es preciso saber adónde lleva el baile. Hay que seguir, ser alegre, ser ligero (…). No hay por qué querer avanzar a toda costa sino aceptar el dar la vuelta, ir de lado, saber detenerse y deslizarse»[6].

Esa cruz que puede venir junto a cualquier filiación no será de ordinario grande y pesada. No pretendemos sostener todo el peso, sino solamente lo que un hijo puede llevar. Es nuestro deseo más grande aportar, con nuestros ahorros, un granito de arena al negocio familiar.

Un mensaje velado

Entre las costumbres que san Josemaría, por inspiración de Dios, quería que vivieran las personas del Opus Dei, se encuentran la oración y la mortificación diarias por el Prelado. A ojos humanos puede parecer muy poco, pero, unidas y avivadas con la caridad de Dios que las impulsa, se convierten en un potente flujo de gracia.

Es lógico que los sucesores de san Josemaría hayan sentido el peso de esa bendita carga que Dios ha puesto en sus hombros. Al mismo tiempo, es el Espíritu Santo quien de verdad realiza la misión sobrenatural que se les ha encomendado como pastores. El Padre confesaba, al final de su carta del 14 de febrero de 2017, pocos días después de ser nombrado Prelado del Opus Dei por el Papa: «Hijas e hijos míos, si en este mundo, tan bello y a la vez tan atormentado, alguno se siente alguna vez solo, que sepa que el Padre reza por él y le acompaña de verdad, en la comunión de los santos, y que lo lleva en su corazón. Me gusta recordar en ese sentido cómo la liturgia canta la presentación del Niño en el Templo (…): parecía, dice, que Simeón sostuviera a Jesús en sus brazos; en realidad, era al revés, (…) era el Niño quien sostenía al anciano y lo dirigía. Así nos sostiene Dios, aunque a veces podamos percibir solamente lo que nos pesan las almas»[7].

Detrás de estas palabras, quizá podemos intuir un mensaje velado y discreto para cada uno. Es como si el Padre nos dijera que le sostenemos nosotros. Siente el peso de ser el Padre, de haberse convertido en guía y pastor de este rebaño, pero le alivia descubrir que somos nosotros los que le sostenemos con nuestra oración, con nuestro sacrificio y con nuestro impulso en la aventura que nos propone. Dios se sirve de nosotros para sostenerle.


[1] San Josemaría, Apuntes íntimos, 28-X-1935. Citado en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, tomo I, Rialp, Madrid 1997, p. 555.

[2] San Josemaría, Cartas 11, n. 23.

[3] San Josemaría, Comunicación leída por don Álvaro del Portillo al inicio del Congreso Electivo del primer sucesor del Opus Dei, 15-IX-1975.

[4] San Juan Pablo II, Homilía, 28-I-1979.

[5] Francisco, Ex. ap. Evangelii Gaudium, n. 235.

[6] Sierva de Dios Madeleine Delbrêl, “El baile de la obediencia”.

[7] Mons. Fernando Ocáriz, Carta Pastoral 14-II-2017, n. 33.

 

Para mí, vivir es Cristo (VII): apóstoles en medio del mundo. Sentido de misión (II)

El dinamismo propio del apostolado es la caridad, que es don divino: «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor» (Forja, 565). La Iglesia crece por medio de la caridad de sus fieles y, solo después, llegan la estructura y la organización, como frutos de esa caridad y para estar al servicio de ella.

15/09/2018

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Con vivos trazos describe san Lucas la vida de los primeros creyentes en Jerusalén después de Pentecostés: «Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse» (Hch 2, 46-47). Con todo, pronto llegarían las contradicciones: la prisión de Juan y Pedro, el martirio de Esteban y, finalmente, la persecución abierta.

¿QUÉ MOVÍA A LOS PRIMEROS CRISTIANOS A HABLAR DEL SEÑOR, INCLUSO DURANTE LA PERSECUCIÓN?

En ese marco precisamente, narra el evangelista algo sorprendente: «los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio» (Hch 8,4). A cualquiera le llama la atención que, en momentos en que su vida estaba en serio peligro, no renunciaran a seguir anunciando la Salvación. Y no es un suceso aislado, sino que refleja un dinamismo constante. Un poco más adelante se encuentra una noticia similar: «Los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos» (Hch 11,19). ¿Qué movía a aquellos primeros fieles a hablar del Señor a quienes encontraban, incluso en el mismo momento en que huían de una persecución? Les mueve la alegría que han encontrado y que les llena el corazón: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1Jn 1,3). Lo anuncian, sencillamente, «para que nuestra alegría sea completa» (1Jn 1,3). El Amor que se ha cruzado en su camino… deben compartirlo. La alegría es contagiosa. Y eso, ¿no podríamos vivirlo también los cristianos de hoy?

La vía de la amistad

Un detalle de esta escena del libro de los Hechos es muy significativa. Entre aquellos que se habían dispersado «había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús» (Hch 11,20). Los cristianos no se movían en círculos especiales, ni esperaban llegar a lugares idóneos para anunciar la Vida y la Libertad que habían recibido. Cada uno compartía su fe con naturalidad, en el ambiente que le era más cercano, con las personas que Dios ponía en su camino. Como Felipe con el etíope que volvía de Jerusalén, como el matrimonio de Aquila y Priscila con el joven Apolo (cfr. Hch 8,26-40; 18,24-26). El Amor de Dios que llenaba su corazón les llevaba a preocuparse por todas esas personas, compartiendo con ellas aquel tesoro «que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban»[1]. Si partimos de la cercanía con Dios, podremos dirigirnos a quienes nos son más cercanos para compartir lo que vivimos. Más aún, querremos acercarnos a más y más gente, para compartir con ellos la Vida nueva que el Señor nos da. De este modo, ahora como entonces, podrá decirse que «la mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch, 11,21).

Una segunda idea que podemos considerar a la luz de la historia es que, más que por una acción estructural y organizada, la Iglesia crecía —y crece— por medio de la caridad de sus fieles. La estructura y la organización llegarían más tarde, precisamente como fruto de esa caridad y al servicio de ella. En la historia de la Obra hemos visto algo similar. Quienes primero siguieron a San Josemaría querían a los demás con un cariño sincero, y ese era el ambiente en que el mensaje de Dios se fue abriendo camino. Como se cuenta de la primera Residencia: «“Los de Luchana 33” eran amigos unidos por el mismo espíritu cristiano que transmitía el Padre. Por eso, quien se encontró a gusto en el ambiente formado en torno a don José María y a las personas que estaban junto a él, regresó. De hecho, si al piso de Luchana se acudía por invitación, en cambio se permanecía por amistad»[2].

Nos hace bien recordar estos aspectos de la historia de la Iglesia y de la Obra cuando, con el crecimiento que han tenido a lo largo de los años, existe el riesgo de que confiemos más en las obras de apostolado, que en la labor que puede hacer cada una o cada uno. El Padre ha querido recordárnoslo últimamente: «Las circunstancias actuales de la evangelización hacen aún más necesario, si cabe, dar prioridad al trato personal, a este aspecto relacional que está en el centro del modo de hacer apostolado que san Josemaría encontró en los relatos evangélicos»[3].

LOS CRISTIANOS NO SE MOVÍAN EN CÍRCULOS ESPECIALES PARA ANUNCIAR LA VIDA Y LA LIBERTAD RECIBIDAS

En realidad, es natural que sea así. Si el dinamismo propio del apostolado es la caridad que es don de Dios, «en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»[4]. La amistad es amor y, para un hijo de Dios, es auténtica caridad. Por eso, no se trata de procurar tener amigos para hacer apostolado, sino que amistad y apostolado son manifestaciones de un mismo amor. Más aún, «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos»[5]. No está de más que nos preguntemos: ¿cómo cuido a mis amigos?, ¿comparto con ellos la alegría que procede de saber lo mucho que le importo a Dios? Y, por otra parte, ¿procuro llegar a más gente, a personas que quizá nunca han conocido a un creyente, para acercarlas al Amor de Dios?

En las encrucijadas del mundo

«Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1Co 9,16). Estas palabras de san Pablo son un reclamo continuo para la Iglesia. De igual modo, su conciencia de haber sido llamado por Dios para una misión es un modelo siempre actual: «Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo una misión encomendada» (1Co 9,17). El apóstol de las gentes era consciente de haber sido llamado para llevar el nombre de Jesucristo «ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel» (Hch 9,15), y por eso tenía una santa urgencia por llegar a todos ellos.

Cuando, en su segundo viaje, el Espíritu Santo le condujo a Grecia, el corazón de Pablo se dilataba y se encendía a medida que percibía la sed de Dios a su alrededor. En Atenas, mientras esperaba a sus compañeros, que se habían quedado en Berea, cuenta san Lucas que «se consumía en su interior al ver la ciudad llena de ídolos» (Hch 17,16). Se dirigió en primer lugar –como solía– a la Sinagoga. Pero le pareció poco, y en cuanto pudo fue también al Ágora, hasta que los mismos atenienses le pidieron que se dirigiera a todos para exponer «esa doctrina nueva de la que hablas» (Hch 17,19). Y así, en el Areópago de Atenas, donde se daban encuentro las corrientes de pensamiento más actuales e influyentes, Pablo anunció el nombre de Jesucristo.

Como el apóstol, también nosotros «estamos llamados a contribuir, con iniciativa y espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los planes de Dios para la humanidad: cogitationes cordis eius, los proyectos de su corazón, que se mantienen de generación en generación (Sal 33 [32], 11)»[6]. Es natural que en muchos fieles cristianos nazca el deseo de llegar a aquellos lugares que «tienen gran incidencia para la configuración futura de la sociedad»[7]. Hace dos mil años, eran Atenas y Roma. Hoy, ¿cuáles son esos lugares? ¿Hay en ellos cristianos que puedan ser en ellos «el buen olor de Cristo» (2Co 2,15)? Y nosotros, ¿no podríamos hacer algo por acercarnos a aquellos lugares, que a menudo no son ya ni siquiera lugares físicos? Pensemos en los grandes espacios en que muchas personas toman decisiones importantes, vitales para su vida… pero pensemos también en esos mismos centros de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestro lugar de trabajo. Cuánto puede hacer, en esos lugares, la presencia de quien promueve una visión más justa y solidaria del ser humano, que no distingue entre ricos o pobres, sanos o enfermos, locales o extranjeros, etc.

Bien pensado, todo esto forma parte de la misión propia de los fieles laicos en la Iglesia. Como propuso el Concilio Vaticano II, ellos «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad»[8]. Esa llamada, común a todos los fieles laicos, se concreta de modo particular en quienes hemos recibido la vocación al Opus Dei. San Josemaría describía el apostolado de sus hijas e hijos como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»[9]. Los veía preocupados de «llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña»[10], poniéndole, con su trabajo, «en la cumbre de todas las actividades de la tierra»[11].

«LA AMISTAD MISMA ES APOSTOLADO; LA AMISTAD MISMA ES UN DIÁLOGO, EN EL QUE DAMOS Y RECIBIMOS LUZ; EN EL QUE SURGEN PROYECTOS, EN UN MUTUO ABRIRSE HORIZONTES» (F. OCÁRIZ)

Con el deseo de mantener vivo ese rasgo constitutivo de la Obra, el Padre nos animaba, en su primera carta como prelado, a «promover en todos una gran ilusión profesional: a los que todavía son estudiantes y han de albergar grandes deseos de construir la sociedad, y a los que ejercen una profesión; conviene que, con rectitud de intención, fomenten la santa ambición de llegar lejos y de dejar huella»[12]. No se trata de «estar a la última» por un prurito de originalidad, sino de tomar conciencia de que, para los fieles del Opus Dei, «el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad»[13]. Es una hermosa tarea, que exige de nosotros un constante empeño por salir de nuestro pequeño mundo y levantar los ojos al horizonte inmenso de la Salvación: ¡el mundo entero espera la presencia vivificante de los cristianos! Nosotros, en cambio, «¡cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (cfr. Lc 5,4). Nos invita a gastar nuestra vida en su servicio. Aferrados a él nos animamos a poner todos nuestros carismas al servicio de los otros. Ojalá nos sintamos apremiados por su amor (cfr. 2Co 5,14) y podamos decir con san Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Co 9,16)»[14].

Disponibilidad para hacer la Obra

Junto al deseo de llevar la Salvación a muchas personas, está en el corazón del apóstol «el desvelo por todas las iglesias» (cfr. 2Co 11,28). Necesidades en la Iglesia ha habido desde el principio: el libro de los Hechos cuenta cómo Bernabé «tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hch 4,37); san Pablo recuerda en muchas de sus cartas la colecta que estaba preparando para los cristianos de Jerusalén. La Obra no ha sido, tampoco en este punto, una excepción. Apenas una semana después de llegar por primera vez a Roma, el 30 de junio de 1946, San Josemaría escribía por carta a los miembros del Consejo General, que estaba entonces en Madrid: «Yo pienso ir a Madrid cuanto antes y volver a Roma. Es necesario —¡Ricardo![15]— preparar seiscientas mil pesetas, también con toda urgencia. Esto, con nuestros grandes apuros económicos, parece cosa de locos. Sin embargo, es imprescindible adquirir casa aquí»[16]. Las necesidades económicas en relación con las casas de Roma no habían hecho más que empezar, y, como los primeros cristianos, todos en la Obra las veían como algo muy propio. En los últimos años, don Javier solía contar con emoción la historia de los dos sacerdotes que llegaron a Uruguay para comenzar la labor del Opus Dei. Después de un tiempo en el país, recibieron un donativo importante, que les hubiera sacado del apuro en que se encontraban. Sin embargo, no dudaron un momento en enviarlo enteramente para las casas de Roma.

Las necesidades materiales no terminaron en vida de san Josemaría, sino que permanecen –y permanecerán– siempre. Gracias a Dios, las labores se multiplican por todo el mundo, y además hay que pensar en el mantenimiento de las que existen ya. Por eso, es igualmente importante que se mantenga vivo el común sentido de responsabilidad ante esas necesidades. Como nos recuerda el Padre, «nuestro amor a la Iglesia nos moverá a procurar recursos para el desarrollo de las labores apostólicas»[17]. No es cuestión solamente de que pongamos de nuestra parte, sino sobre todo de que ese esfuerzo nazca del amor que tenemos a la Obra.

Lo mismo se podría decir de otra manifestación maravillosa de nuestra fe en el origen divino de la propia llamada a hacer el Opus Dei en la tierra. Conocemos bien la alegría que le daba a san Josemaría la entrega alegre que veía en sus hijas y en sus hijos. En una de sus últimas cartas, agradeció al Señor que hubieran vivido una «total disponibilidad dentro de los deberes de su estado personal, en el mundo para el servicio de Dios en la Obra»[18]. Los momentos de incertidumbre y contestación que se vivían en la Iglesia y en el mundo hacían brillar con una luz muy especial esa entrega generosa: «jóvenes y menos jóvenes, han ido de acá para allá con la mayor naturalidad, o han perseverado fieles y sin cansancio en el mismo lugar; han cambiado de ambiente si se necesitaba, han suspendido un trabajo y han puesto su esfuerzo en una labor distinta que interesaba más por motivos apostólicos; han aprendido cosas nuevas, han aceptado gustosamente ocultarse y desaparecer, dejando paso a otros: subir y bajar»[19].

En efecto, aunque la labor principal de la Obra sea el apostolado personal de cada uno de sus fieles[20], no hay que olvidar que promueve también, de modo corporativo, algunas actividades sociales, educativas y benéficas. Son manifestaciones distintas del mismo amor ardiente que Dios ha puesto en nuestros corazones. Además, la formación que da la Obra requiere «una cierta estructura»[21], reducida pero imprescindible. El mismo sentido de misión que nos lleva a acercarnos a muchas personas, y a procurar ser levadura en los centros de decisión de la vida humana, mantiene en nosotros una sana preocupación por estas necesidades de toda la Obra.

Muchos fieles del Opus Dei –célibes y casados– trabajan en labores apostólicas de muy distinto tipo. Algunos se ocupan de las tareas de formación y gobierno de la Obra. Aunque no constituyen la esencia de su vocación, estar abierto a esos encargos forma parte de su modo concreto de ser Opus Dei. Por eso el Padre les anima a tener, junto a una «gran ilusión profesional», «una disponibilidad activa y generosa para dedicarse cuando sea preciso, con esa misma ilusión profesional, a las tareas de formación y gobierno»[22]. No se trata de aceptar esas tareas como un encargo impuesto, que nada tiene que ver con la propia vida. Al contrario, es algo que nace de la conciencia de haber sido llamados por Dios para una tarea grande y, como san Pablo, de querer hacerse «siervo de todos para ganar a cuantos más pueda» (1Co 9,19). Esas tareas son, de hecho, una «labor profesional, que exige una específica y cuidadosa capacitación»[23]. Por eso, cuando se aceptan encargos de este tipo se reciben con sentido de misión, para vivirlos con el deseo de aportar cada uno su granito de arena. Y por la misma razón, no les deben sacar del mundo, sino que, en su caso, serán el modo en que permanezcan en medio del mundo, reconciliándolo con Dios, y el quicio en torno al cual gire su santificación.

En la primera Iglesia, los discípulos tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Vivían pendientes unos de otros, con una encantadora fraternidad: «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor? (2Co 11,29). Desde el lugar en que habían encontrado la alegría del Evangelio, llenaban el mundo de luz. Todos sentían la preocupación de acercar a muchas personas a la Salvación cristiana. Todos deseaban colaborar en la labor de los apóstoles: con su propia vida entregada, con su hospitalidad, con ayudas materiales, o poniéndose a su servicio, como los compañeros de viaje de Pablo. No es un cuadro del pasado, sino una maravillosa realidad, que vemos encarnada en la Iglesia y en la Obra, y que estamos llamados a encarnar hoy, con toda la actualidad de nuestra libre correspondencia al don de Dios.

Lucas Buch


[1] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 131.

[2] J. L. González Gullón, DYA –La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), Rialp, Madrid, p. 196.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.

[4] San Josemaría, Forja, n. 565.

[5] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 14.

[6] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[7] Ibíd., n. 29.

[8] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[9] San Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 42.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

[11] Ibíd., n. 183.

[12] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 26.

[14] Papa Francisco, Ex. Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 130.

[15] Ricardo Fernández Vallespín era entonces el Administrador General de la Obra y, por tanto, quien tenía el encargo de velar por las necesidades económicas.

[16] A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. III, Rialp, Madrid, p. 45.

[17] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[18] San Josemaría, Carta 14-II-1974, n. 5.

[19] Ídem.

[20] San Josemaría, Conversaciones, n. 51.

[21] Ibíd., n. 63.

[22] F. Ocáriz, Carta 14-II-17, n. 8.

[23] San Josemaría, Carta 29-IX-1957, n. 9.

 

Premios y castigos en la preservación de los inocentes

Si los ángeles pudieran sufrir y llorar, veríamos ciertamente a los Ángeles de la Guarda de las grandes metrópolis modernas llorar amargamente

El egoísmo germinando en el propio corazón materno, la lleva a desear estancar, con el concurso de la ciencia, la propia fuente de la vida. La espada fue sustituida por la ciencia, y el soldado por la madre, que no sólo evita la vida, sino que la elimina.

Es conocida aquella dolorosísima figura bíblica de Raquel vagando por los alrededores de la ciudad de Rama, lamentando la muerte de sus hijos y rechazando cualquier consuelo.

La corrupción general y el aborto

Contenidos

Miremos a las ciudades contemporáneas. Nos enseña la Sagrada Teología que, además de tener cada persona un Ángel de la Guarda, todas las ciudades poseen el suyo. Si los ángeles pudieran sufrir y llorar, veríamos ciertamente a los Ángeles de la Guarda de las grandes metrópolis modernas llorar amargamente, como Raquel, sobre las ciudades que les han sido confiadas, y rechazar quizá el consuelo.

Es que, gracias a la corrupción general y las dolorosas condiciones de vida que tenemos hoy en día en el mundo entero, no hay gran ciudad donde la muerte de los inocentes asuma proporciones siniestras. Y si queremos buscar las causas de los males que hoy afligen a la humanidad, no sería difícil encontrarlas al menos en parte, en esa gran matanza de inocentes, de que nuestro siglo es teatro.

* * *

El exterminio, por orden de Herodes, de los niños entre los cuales buscaba matar al propio Creador.

Hubo siglos pasados ​​que conocieron verdaderas matanzas de inocentes. Este es el caso, por ejemplo, del exterminio, por orden de Herodes, de los niños entre los cuales buscaba matar al propio Creador.

Ya no es un tirano que da muerte a los inocentes

Nuestro siglo conoció un mal más atroz. No es ya el soldado cruel que invade el hogar y arranca del cuello materno al niño inocente  hiriéndolo, sino que hiere a la madre con una flecha moral mil veces más cruel que el gladio de acero.

Aborto: ¿Puede haber algo más terrible para un país?

Es el egoísmo germinando en el propio corazón materno, y llevándola a desear estancar, con el concurso de la ciencia, la propia fuente de la vida. La espada fue sustituida por la ciencia, y el soldado por la madre, que no sólo evita la vida, sino que la elimina.

* * *

Atrayendo los castigos de Dios

Dije que esa matanza es alarmante. ¿Por qué? Pocas cosas pueden merecer tan graves y pesados ​​castigos de Dios como la matanza de inocentes, cuya sangre clama al cielo pidiendo venganza.

Ese estado permanente de cosas es para una ciudad una fuente de males y castigos innumerables. Es un crimen que aplasta en la brutalidad de sus ruedas de molino una cantidad de niños cuyo total sólo en el día del Juicio Final se podrá conocer. Pero esta siniestra verdad tiene un reverso luminoso.

Si Dios promete tantos y tales castigos para los que asesinan a los niños, ¿qué recompensas y qué indulgencias no encontrarán junto a Él los que los protegen?

Si, Él sabe castigar con mano inexorable a los que matan a los inocentes, ¿no sabrá Él premiar las manos misericordiosas que les salvan? ¿No sabrá Él recompensar con generosidad a los que sacrifican su tiempo, sus ocios, sus recursos pecuniarios, y quizá sus intereses más fundamentales a la obra de preservar a los niños de la muerte que la perfidia de hombres desalmados, lanzan en la desgracia?

 

 

¿Sabes qué es el “Te Deum”? – ¿Por qué se reza al finalizar el año?

Te Deum – Una antiquísima oración cristiana

El “Te Deum” (“A Ti, Oh Dios“) es un antiquísimo himno cristiano de alabanza y acción de gracias a Dios. Actualmente el Papa lo reza solemnemente cada 31 de diciembre, para dar gracias a Dios por el año que termina. También se canta en las grandes solemnidades.

Suele ser entonado en momentos de celebración. El himno continúa siendo regularmente utilizado por la Iglesia católica, en el Oficio de las Lecturas encuadrado en la Liturgia de las Horas. También se suele entonar en las misas celebradas en ocasiones especiales como en las ceremonias de canonización, la ordenación de presbíteros y proclamaciones reales.

Los cardenales lo entonan tras la elección de un papa. Posteriormente, los fieles de todo el mundo para agradecer por el nuevo papa, lo cantan en las catedrales.

Compuesto originalmente en latín, el nombre se debe a que así empieza su primer verso. Se suele denominar también “Himno Ambrosiano” pues, según una leyenda, lo compusieron en común San Ambrosio de Milán y San Agustín de Hipona: en el año 387, cuando San Agustín recibió el bautismo de manos de San Ambrosio, este último, movido por el Espíritu Santo, improvisó el himno y Agustín iba respondiendo a sus versos. Empero, estudios recientes han verificado que el Te Deum en realidad fue escrito en el siglo IV por Aniceto de Remesiana.

Por tanto, su origen se remonta probablemente a la primera mitad del siglo IV. En su forma actual se encuentra por primera vez en el “Antiphonarium Benchorense” de Bangor (Irlanda del Norte), que se debe fechar alrededor del año 690. Desde el siglo IX, se han conocido también diversas traducciones.

 

Muchos compositores (Haydn, Mozart, Berlioz) le han puesto música.

En latín:

Te Deum laudamus: te Dominum confitemur.
Te æternum Patrem omnis terra veneratur.
Tibi omnes Angeli; tibi cæli et universæ Potestates;
Tibi Cherubim et Seraphim incessabili voce proclamant:
Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt cæli et terra maiestatis gloriæ tuæ

Te gloriosus Apostolorum chorus,
Te Prophetarum laudabilis numerus,
Te Martyrum candidatus laudat exercitus.
Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensæ maiestatis:

 

Venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.

Tu Rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.

Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes, in gloria Patris.
Iudex crederis esse venturus.

Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni:
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac cum sanctis tuis in gloria numerari.

(Posteriormente se añadió esta parte, con fragmentos de Salmos:)

Salvum fac populum tuum, Domine, et benedic hereditati tuae.
Et rege eos, et extolle illos usque in aeternum.
Per singulos dies benedicimus te;
Et laudamus Nomen tuum in saeculum, et in saeculum saeculi.
Dignare, Domine, die isto sine peccato nos custodire.
Miserere nostri Domine,
miserere nostri.
Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quemadmodum speravimus in te.
In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum.

 

En español

A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios de los ejércitos.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.
Tú sentado a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día has de venir como juez.

Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.

 

Verdad es lo que es. Y sigue siendo verdad aunque se piense al revés

En la última sesión de I-Wil tuvimos el placer de adentrarnos, de la mano de Miguel Angel Ariño, en la vida y la obra de Antonio Machado. Miguel Angel es Profesor Ordinario del departamento de Análisis de Decisiones en el IESE. Su forma de abordar la obra del poeta andaluz nos recuerda que ninguna forma de expresión o acción del ser humano es comprensible fura del contexto de su propia existencia.

Para comprender en toda su plenitud la obra de Antonio Machado, es preciso conocer y comprender su vida. Esta es la invitación que nos hace Miguel Angel Ariño al abrirnos las puertas a una exposición que entreteje la vida del poeta sevillano y su obra. Los versos del andaluz adquieren todo su sentido al compás de los sucesos de su vida: Soria, Leonor, el amor, la muerte, Baeza y esa búsqueda constante de un Dios al que anhela.

Miguel Angel nos traslada a cada uno de los escenarios y nos muestra un Machado rotundo que rompe con el relativismo, un Machado que duda de su ateísmo y envidia a los creyentes. Para comprender su obra es necesario conocer su vida, y al contrario, para indagar en su vida es preciso acercarse a su obra, algo que podemos decir de cualquiera. Por sus frutos los conoceréis (Lc6.43-44) o, en lenguaje más castizo, obras son amores y no buenas razones. Somos nuestras acciones, nuestros pensamientos, criterios y valores afloran en todo lo que hacemos, lo queramos o no.  Por eso, entre otras razones, y acudiendo de nuevo al poeta sevillano, Despacito, y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas (A. Machado, Poesías completas, CLXI, Proverbios y cantares, XXIV).

En una época de completo relativismo, de insensata profusión por el hacer -bien o mal-, de abandono irresponsable por el detalle, Miguel Angel nos regala este inspirador recorrido por la vida y la obra de D. Antonio Machado, un andaluz enamorado de Soria. De este paseo nos llevamos el recuerdo de un hombre honesto y valiente, que amó y sufrió, que buscó a Dios. Un hombre, como el mismo se definió, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Con esta maravillosa sensación de haber indagado en el alma y la obra de un hombre bueno, honesto y sin excesos, terminamos el año 2021, no sin antes dejaros el enlace con la grabación de esta sesión e invitando a todos a que os regaleis el placer de disfrutarla. Aprovecho para desearos Felices Fiestas y un Feliz y Próspero Año Nuevo y recordaros que volveremos en enero, con nuevas y fascinantes sesiones.

 

 

 

La fiesta de las “A”. Romper el espejo

 

Escrito por José Martínez Colín.

El Nacimiento de Jesús es un evento universal que afecta a todos, pero que cada uno puede decir: Dios viene por mí.

1) Para saber

Si se visita el lugar donde nació Jesús, en Belén, causa extrañeza que la entrada sea de poca altura, para entrar hay que inclinarse. Se dice que fue porque durante el tiempo de las Cruzadas, los musulmanes invadían los lugares sagrados y entraban a caballo. Para evitarlo la tapiaron y dejaron una pequeña puerta en que solo se entra inclinándose. Es significativo que para acercarse a Dios se requiera hacerse pequeños, ser humildes.

El papa Francisco nos invita a acercarnos con la imaginación a Belén, imitando la actitud de los primeros que llegaron a adorar al Señor: los pastores y los magos del Oriente. Ambos pudieron encontrar a Jesús gracias a su humildad. Los pastores, aceptando plenamente el anuncio del ángel, y los magos, dejando sus comodidades y rutinas. Sin humildad no encontraremos nunca a Dios. Porque la persona que no tiene humildad no tiene horizontes delante, solamente tiene un espejo: es el espejo de la vanidad, de la soberbia, de mirarnos a nosotros mismos. Pidamos al Señor que rompa el espejo y para mirar hacia el horizonte, donde está Él, enfatizó el papa.

2) Para pensar

En los pastores y magos descubrimos las maneras propias para acudir al Señor. Encontramos seis actitudes que comienzan con la letra “a”, por lo que podemos llamarla, «La fiesta de las “a”≫. Ellas son:

a) Asombro: un acontecimiento único en la historia. Un gran milagro que la Virgen conciba y dé a luz al Hijo de Dios.

b) Alabanza: los ángeles cantan alabanzas a Dios en su aparición a los pastores. Se recogen en la oración “Gloria” que recitamos las fiestas litúrgicas como los domingos: “Gloria a Dios en el Cielo y paz en la tierra…”.

c) Adoración: los magos reconocen que es Dios quien nace, y expresan: “porque hemos vista su estrella en Oriente y hemos venido a adorarle”. Una vez hallado, nos dice el Evangelista que “postrándose le adoraron” (Mt 2, 11).

d) Alegría: el ángel a los pastores: “Mirad que os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo” (Lc 2, 10). Nació nuestro Salvador que nos abre las puertas del Cielo y nos consigue el perdón de nuestros pecados. El motivo de la alegría es ser amados por Dios.

e) Agradecimiento: Siempre hemos de dar gracias a Dios por tantos bienes que nos da. Con mayor razón a Jesús por su Encarnación que nos reconcilia con Dios y nos posibilita ser sus hijos.

f) Amor: La razón por la cual el Verbo se hizo hombre fue por amor a nosotros: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16). Este amor tiene un nombre y un rostro: Jesús. Al contemplarlo con María y José descubramos el gran amor de la Sagrada Familia.

Pensemos si vivimos esas seis actitudes, especialmente estos días.

3) Para vivir

El Nacimiento de Jesús es un evento universal que afecta a todos, pero que cada uno puede decir: Dios viene por mí.

Todo hombre, en lo profundo de su corazón, está llamado a buscar a Dios. El papa nos invita a hacer nuestra la oración de san Anselmo (1033-1109): «Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré» (Proslogion, 1).

 

Cultura de la paz: resolución de conflictos

Lucía Legorreta

Uno de los graves problemas de fondo que entorpecen y distorsionan nuestras relaciones es la falta de comunicación.

Últimamente hemos sido testigos de marchas masivas por la paz, manifestaciones en contra de la violencia. Todos queremos vivir en paz y armonía.

Hay una propuesta que se está planteando en algunos países del primer mundo, con muy buenos resultados. ¿De qué se trata? De empezar desde las escuelas y universidades a enseñar a los niños métodos de la negociación y la resolución de conflictos.

En una sociedad, siempre van a existir problemas y situaciones difíciles, y sobretodo diferentes puntos de vista para resolverlos. Si logramos entre los ciudadanos ponernos de acuerdo, dirigir nuestras acciones a un ganar-ganar, y trabajar por el bien común, estoy convencida de que reinaría una cultura de paz.

La relación de conflictos engloba un conjunto de actividades, técnicas y estrategias dirigidas al establecimiento de buenas relaciones, profundas y duraderas, empáticas, independientes, dentro de un marco de colaboración con el objetivo final de convivir y no nada más existir.

La negociación y resolución de conflictos no es nada más una teoría aplicable al ser humano, sino más bien una forma de vivir. No se trata de técnicas psicológicas terapéuticas para modelar la conducta del ser humano.

Esta corriente es una cultura de paz, de convivencia sin violencia; se fundamenta en los valores más profundos del ser humano: la irrepetabilidad, la unicidad y la diferencia, valores inalienables de todos los seres humanos.

Mientras sigamos queriendo imponer nuestras ideas a los otros, nuestras costumbres, nuestra forma de vivir y de pensar, nunca contrarrestaremos la escalada de violencia que estamos viviendo.

Tú y yo como seres humanos somos independientes, libres, responsables, inacabados y sociales. No somos personas violentas por naturaleza, es algo que hemos aprendido a lo largo de nuestra vida.

Como seres sociales convivimos unos con otros. Por lo tanto, debemos inculcar y dar ejemplo a nuestros hijos de los verdaderos valores. Ser congruentes entre lo que decimos y hacemos; ser empáticos con los demás, resolver los conflictos de una forma pacífica.

Y estoy hablando de todo tipo de conflictos: familiares, en el matrimonio, con los hijos, los amigos, en los negocios, en nuestra comunidad.

Uno de los graves problemas de fondo que entorpecen y distorsionan nuestras relaciones es la falta de comunicación. Si hay un conflicto surge el chantaje, el reproche, la manipulación, la mentira, juicios de valor, y termina en amenazas y agresión.

Mientras no estemos dispuestos a soltar estas prácticas destructivas y violentas, no podremos resolver nuestros conflictos de manera eficiente.

Debemos de aprender a resolverlos con una comunicación profunda, en la que las partes se escuchan activamente, no juzgan, se valida el sentimiento de otro y se le acepta tal y como es.

La construcción de una cultura de paz exige educar en y para el conflicto, aprendiendo a analizar las diferencias, descubrir su complejidad y buscar entre nosotros el consenso, la mediación, la conciliación y el bien común.

Pregúntate qué tanto promueves en tu vida una cultura de paz, si cuando enfrentas algún conflicto lo resuelves violentamente o buscando la armonía con los demás.

 

Familia más solidaria

Ana Teresa López de Llergo

Cada familia ha de ser un campo de entrenamiento y un grupo de familias un auténtico batallón para forjar la paz y la salud de cada uno, de todos y de la sociedad.

Es más frecuente que desde el ámbito social se afirme que la familia es la base de la sociedad, y no tanto que desde la familia se hable de su realidad de ser forjadora de la sociedad. Tal vez en esta reciprocidad, la debilidad está en el escaso énfasis para recordarle a cada familia su deber de crecer en fortaleza para hacer una sociedad envidiable.

Por eso, cada familia ha de advertir dónde están sus fortalezas y dónde sus debilidades para tomar medidas eficaces y asumir su papel en el entorno, como debe ser. O tener el valor de reconocer que la influencia es nociva por las actividades que realizan o porque alguno de sus miembros es un elemento transgresor en la sociedad. Pero no basta con reconocer, es necesario cambiar para aportar positivamente.

Contamos con la promoción de cuidarnos para cuidar a los demás, gracias a la pandemia. Esto da la esperanza de comunidades más solidarias en la salud porque todos compartimos la misma experiencia. Este ejemplo lo hemos de proyectar a otras áreas. Es de desear que tal iniciativa surja de las familias para mejorar a la comunidad.

Quienes desde su niñez o su juventud han vivido la pandemia, tienen más profunda la huella de esta experiencia y, por eso, pueden ser más eficaces en sus intervenciones. Conviene tenerlos en cuenta en el diseño de proyectos educativos, para lograr una difusión más generalizada y recíproca. La facilidad proviene de que todas las comunidades resultamos más afines por la común vivencia del fenómeno.

Estamos en un buen momento para inaugurar nuevas maneras de inserción al entorno: mejorar en la capacidad de adaptación, más apertura a la confianza mutua, adopción de la comunicación a distancia para abrirse a nuevos horizontes, secundar el impulso de nuevos talentos e incluir nuevos medios y recursos para apoyar la creatividad.

La tarea es muy extensa, por eso, es necesario la unión de familias sensibles al tema de la recuperación del ambiente social. Una familia sola puede poco, en estos momentos. El proyecto, para que sea duradero y eficaz requiere de familias valientes que recuperen las calles, ya no es tan oportuno que generen ámbitos cerrados para algunas pocas familias, es necesario el combate al ambiente tan malo y tan difundido.

Esto no prevalecerá, porque el bien tiene la última palabra, pero mientras tanto urge neutralizarlo y derrumbarlo. Muchas personas buenas, pero aisladas, sufren sin tener recursos para el combate. Estamos ante la urgente tarea solidaria de las pocas familias bien orientadas. Es necesario que éstas incorporen a otras, abriéndolas a la esperanza y al proyecto común.

Es urgente recuperar espacios en la sociedad para que se vuelvan educativos, que eviten todo tipo de corrupción y de agresividad irrespetuosa contra la vida humana, no podemos acostumbrarnos. Es oportuno recordar que el mal existe en el fondo de cada persona y necesitamos ambientes que nos impidan conductas inconvenientes. Esto nos llevará a entender que ni aunque logremos instaurar el buen ambiente nos podemos dormir, siempre habrá que combatir los nuevos brotes del mal, pero el combate ha de ser inmediato para que no crezca, para que se corrija a tiempo.

Somos testigos de nuestro descuido. Por ejemplo, hace tiempo cuando una persona vivía de recursos mal habidos, o cooperaba con instituciones que operaban al margen de la ley, lo ocultaban con esmero. Ahora las empresas transgresoras son una escuela para los hijos, con dolor vemos a gente joven involucrada en los negocios turbios de sus progenitores.

El trasfondo muestra una gran pérdida del sentido del bien, de los principios morales y religiosos. La palabra de honor no se practica. Ahora vivimos en un mundo de mentira donde se da el nombre de valores a los que no lo son, como la mentira, el engaño, la sagacidad, el poder económico aunque sea mal habido, el robo, el asesinato, la pornografía,…

Hemos llegado demasiado lejos, para el combate se necesita heroísmo esperanzado. Permanecer en la lucha hasta alcanzar, y si no vemos el final otros lo verán, esta seguridad será una realidad.

Las acciones han de ser grandes y pequeñas. Éstas últimas están a nuestro alcance. Por ejemplo: la sonrisa a una persona inoportuna, un acto servicial aunque estemos cansados, mostrar afecto a quien vemos aislado, aconsejar a quien está a punto de hacer una tontería. Estos detalles y otros que aparezcan en nuestro camino son nuestros puestos en el campo de batalla.

Cada familia ha de ser un campo de entrenamiento y un grupo de familias un auténtico batallón para forjar la paz y la salud de cada uno, de todos y de la sociedad. El entrenamiento constante está en las relaciones conyugales que con su esfuerzo forman a las nuevas generaciones. Vamos de lo cotidiano y concreto a lo amplio y universal.

De estas familias saldrán ciudadanos comprometidos con la verdad y el bien. Serán médicos honestos, abogados honestos, políticos honestos, comerciantes honestos, policías honestos, etcétera, etcétera, etcétera. No es un sueño, es una realidad posible, siempre que todos estemos dispuestos a impedir las tentaciones, o a corregir cuando inicia cualquier desviación.

Pero toda esa fortaleza proviene del buen ejemplo observado en el padre y en la madre de una familia normal. También tienen su papel los hermanos, los abuelos y los demás miembros de la familia extensa. Por supuesto los miembros de las familias amigas. Así, con obras, se combate la crisis espiritual que padecemos.

 

 

Una verdadera calidad humana

Alfonso Aguiló Pastrana

Todos solemos contemplar con admiración a las personas, las familias o las instituciones que están basadas en principios sólidos y hacen bien las cosas. Nos admira su fuerza, su prestigio o su madurez, y habitualmente nos preguntamos: ¿Cómo lo logran? Tendría que aprender a hacerlo así.

Lo malo es que muchas veces buscamos un consejo que sea una solución rápida y milagrosa a nuestros problemas, como si fuera todo cuestión de una especie de sencilla cosmética de los valores.

Al calor de ese afán humano por los remedios rápidos, ha surgido en los últimos años una extensa literatura dedicada a la efectividad personal, que a menudo parece ignorar el proceso natural de esfuerzo y desarrollo que la hacen posible. Es el esquema del «hágase rico en una semana», «aprenda inglés sin esfuerzo», «cómo ganar un montón de amigos», «cómo causar buena impresión», etc. Lo habitual es que proporcionen una serie de consejos más o menos eficaces para solucionar problemas superficiales, pero dejen de lado las cuestiones de fondo.

Sin embargo, desde los filósofos griegos hasta nuestros días, los autores que han estudiado seriamente la búsqueda humana de las claves del vivir con acierto, se han centrado básicamente en los esfuerzos que el hombre hace por integrar profundamente en su naturaleza ciertos principios y valores como la honestidad, la justicia, la generosidad, el esfuerzo, la paciencia, la humildad, la sencillez, la fidelidad, el valor, la mesura, la lealtad, la veracidad, etc. Y no como una cuestión cosmética, sino profunda, que busca cambiar por dentro a la persona, constituir hábitos y rasgos que conformen con hondura el propio carácter.

Podría compararse a las labores del campo. De la misma manera que sería ridículo olvidarse de sembrar en primavera, holgazanear luego durante todo el verano, y pretender al final acudir afanosamente en otoño a recoger la cosecha…, por la misma razón, no se puede pretender cosechar una vida lograda sin haber puesto previamente los medios necesarios.

El campo, como la vida humana, es un sistema natural. Uno hace el esfuerzo, el proceso natural sigue su curso y -aunque el proceso esté expuesto a incertidumbres- lo normal es que se coseche lo que se siembra. Y, desde luego, si no se siembra, si el campo no se trabaja, lo normal es que no se recojan más que malas hierbas.

En la mayoría de las interacciones humanas breves, se puede salir del paso mediante técnicas superficiales que dan resultado a corto plazo. En esas estrategias se centran los autores que antes hemos mencionado. Y ciertamente se puede lograr producir una impresión favorable en otras personas mediante el encanto y la habilidad personales, o mediante cualquier técnica de persuasión, pero esos rasgos secundarios no tienen ningún valor en relaciones personales prolongadas.

Puedes producir de modo ficticio una buena imagen en un encuentro o un trato más o menos ocasional, pero difícilmente podrás mantener esa imagen en una convivencia de años con tus hijos, tu cónyuge, tus compañeros o tus amigos. Si no hay una integridad personal profunda y un carácter bien formado, tarde o temprano los desafíos de la vida sacan a la superficie los verdaderos motivos, y el fracaso de las relaciones humanas acaba imponiéndose sobre el efímero triunfo anterior.

Hay personas que presentan una imagen exterior de cierta categoría personal, y logran incluso un considerable reconocimiento social de sus supuestos talentos, pero carecen en su vida privada de una verdadera calidad humana. Pienso que antes o después, y de modo inevitable, esa mezquindad personal se traslucirá en su vida social y en todas sus relaciones personales prolongadas.

 

 

La Navidad explicada a padres e hijos.

ESCUELA PARA PADRES

La Navidad explicada a padres e hijos.

¿QUÉ ES LA NAVIDAD?  Probablemente, si hiciéramos una encuesta popular con esa pregunta, todo el mundo sabría qué contestar, en cualquier continente del mundo, aunque posiblemente no todas las constataciones serían las que consideramos correctas. Podríamos recopilar más o menos las siguientes respuestas:

-Es una fiesta grande: cuando viene Santa Claus o el Papá Noel.

-Cuando dan vacaciones en los colegios.

-Cuando se pone la feria y los circos.

-Cuando nos vamos a esquiar.

-Cuando nos reunimos toda la familia para una buena comida.

-Es cuando se celebra el nacimiento de Jesús en Belén.

Alguna de esas respuestas se podrá dar incluso en países que no tienen tradición cristiana (Japón, por ejemplo), pero que, por influencias occidentales, engalanan las calles y los comercios y celebran la fiesta sin saber por qué.

Un paso adelante en la comprensión de la Navidad (N.) supone el hecho de que muchos padres han contado, y siguen contando a sus hijos, por esas fechas, la narración de los hechos que motivaron esta fiesta. Los narran por costumbre, como una bella rutina, acompañada de una serie de exposiciones belenísticas, preciosamente construidas, mediante las cuales los niños saben que en un lugar nació una noche un niño en un humilde portal, recostado en un pesebre; que unos ángeles cantaban, mientras unos pastores venían a traerles regalos y que a lo lejos aparecían tres camellos con tres reyes, guiados por una estrella, que le llevan al niño oro, incienso y mirra, y que esos reyes siguen trayendo regalos todos los años a los niños que se han portado bien.

Esta explicación es ya casi la Navidad, aunque habría que decir algo más, que lo dejamos para el final; pero de momento con esa bella historia podemos “funcionar”…Las bellas historias, las narraciones, parábolas, cuentos, son siempre útiles. No hace mucho tiempo, un cardenal de Los Angeles (USA), llamado Roger Mahoney, escribía: “Durante miles y miles de años, la gente ha contado historias cuando estaba asustada, sentía soledad o confusión; necesitaba juntarse para dar sentido a sus vidas y contarse historias de amor, o de guerra, de valentía, o de humor. Nos gusta contar o escuchar historias; los humanos somos así”.

Jesús fue también narrador de historias, a las que llamaba parábolas. Jesús era oriental y hablaba para orientales, que tienen gran imaginación y para quienes una imagen retórica, una narración, sugiere mucho más que un concepto abstracto. Es un lenguaje que sirve para ser interpretado y da paso a que la inteligencia deduzca una verdad importante. Lo que conviene a nuestra civilización cristiana es no olvidar que esa bella narración no es un simple cuento de hadas, una “story” o un “tale”, como dicen los ingleses, sino una “History” (con hache), que ocurrió realmente en un lugar y tiempo determinados y con un fin muy concreto.

¿CUÁNDO OCURRIÓ? PRIMERO? : ¿En qué año? Este es un tema un poco debatido y, al mismo tiempo, divertido de considerar: Jesús nació y tras su vida, muerte y resurrección, los cristianos sólo se ocuparon de vivir tal como Él enseñó, y de extender su evangelio, y así pasaron muchos años (invasión de los romanos, persecuciones de los primeros emperadores romanos, conversión de Constantino, división del imperio romano, llegada de los pueblos bárbaros, etc.) cuyos años se iban contando oficialmente desde una fecha: la fundación de Roma, que era el año 1º, lo cual se indicaba en los documentos con las iniciales U.C. (“Urbis conditae”= fundación de la ciudad).

Pero varios siglos después de Cristo, el imperio romano se había desmoronado por la división entre oriente y occidente y la invasión de los bárbaros. Roma ya no era la cabeza de un imperio, y es entonces cuando un monje llamado Dionisio el Exiguo (por su baja estatura física pero de gran talla intelectual, porque escribía y compilaba decretos de los Papas y decisiones de Concilios), decidió cambiar el cómputo de los años, iniciándolo desde el año en que nació Cristo. Se basó para ello en el evangelio de Lucas (3, 23) en el que dice que al empezar su vida pública Jesús, tenía 30 años. Y en unos versículos antes (Lucas 3, 1) describe que ello ocurrió en el bautismo que recibió de manos de Juan el Bautista, en el Jordán, “en el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilatos gobernador de Judea, Herodes virrey de Galilea, etc.”

Confrontando tablas romanas de cronologías, Dionisio dedujo que el año 15 de Tiberio correspondía al año 783 U.C. (de la fundación de Roma). Restando los 30 que tenía Jesús en aquel momento, obtuvo que había nacido en el año 753 U.C., así pues, el año 754 U.C. debería llamarse el año 1º D.C. (después de Cristo). Por tanto, Dionisio, que había estado viviendo hasta entonces en el año 1.275 U.C., se encontró viviendo en el año 526 D.C. (o sea, en el siglo VI).

Este nuevo cómputo fue admitiéndose poco a poco por todas las naciones cristianas; al Reino de Valencia llegó tarde, en el año 1.358. Por supuesto que en algunas naciones donde dominan otras religiones, el cómputo de los años es muy diferente, pero para las relaciones internacionales actuales, se usa ese cómputo de años que originó Dionisio el Exiguo. Sin embargo, historiadores modernos descubrieron que Dionisio se había equivocado un poco. El evangelio de Mateo (2, 1) aporta un dato no visto por Dionisio: que “Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a rendirle homenaje. Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó…” Según unas citas del escritor romano Flavio Josefo, el rey murió en un año que, traducido al cómputo cristiano, equivaldría al 4º antes de Cristo. Si sumamos dos más que vivió Herodes tras la llegada de los Magos, nos da un posible error de seis o siete años. Hubo quien propuso cambiar todas las fechas de la Historia, de forma que en los libros se escribiera que el descubrimiento de América no sería en el 1492 D.C., sino en el 1.499; y que, por ejemplo, la simpática fecha de la batalla de las Navas de Tolosa no sería 1212, sino 1219, etc. etc. Semejante barbaridad no valía la pena, y así lo único que pueden decir los historiadores es que Jesús nació en el año 7 antes de Cristo…

Sabemos, pues, el año de la Navidad o nacimiento de Jesús. Pero ¿SABEMOS EL DÍA?. Esto es más difícil porque, desgraciadamente no se conserva un registro civil de la época… Hay un “carol” (que es como los ingleses llaman a los villancicos) que siempre me ha hecho gracia porque dice lo siguiente:

“God rest you merry, gentlemen; let nothing you dismay, for Jesus Crhist, our savior, was born a Crismas day”.

Esto nos indica la objetivación de la palabra Navidad, o su equivalente en inglés, pues nos dice, traducido al español: “Dios os guarde alegres, caballeros; que nada os perturbe, porque Jesucristo, nuestro salvador, nació en un día de la Navidad”. Ese día es, desde hace muchos años, el 25 de diciembre.

Para los romanos, el día del nacimiento (y sus aniversarios) era el “dies natalis”. El día más importante para ellos era el “dies natalis solis invicti”, o sea, el día del nacimiento del sol y su divinidad (en los griegos era “Helios”), que tenía lugar el equinoccio de invierno, fecha de la victoria de la luz sobre la noche más larga del año, es decir, cuando empieza a alargar el día, que era el 25 de diciembre. Para los cristianos, (que no sabían el día exacto en que nació Jesús) la luz verdadera, la luz del mundo era Jesucristo, y pensaron que era una buena fecha para celebrar el nacimiento del que era más que el sol. Así pues, cristianizaron una fecha pagana, al contrario de lo que se intenta hacer ahora en algunos lugares: paganizar las fechas cristianas.

Tenemos datos históricos escritos sobre esa celebración, aunque probablemente se iniciaría antes, pues el documento escrito siempre se produce bastante después que el acontecimiento real. El primer dato es un calendario litúrgico del año 354 d.C. y durante ese siglo IV hay datos de otras celebraciones de la fiesta de Navidad en el occidente cristiano. En Oriente se solía celebrar la Navidad junto a la Epifanía o adoración de los Magos (que para occidente es el 6 de enero).

Uno de los documentos históricos más valiosos de aquella época, mundialmente apreciado, es el “Itinerario de la virgen Egeria a los Santos Lugares”, que se ha fechado del año 381 al 386. Hay 133 obras literarias comentando ese viaje, glosándolo, traduciéndolo por diversos autores de múltiples países. Se conserva un manuscrito que es copia del que Egeria escribió, y no está completo pues se perdió parte de él, concretamente el relato desde que parte de aquí hasta que llega, lo que era un viaje heroico que duró varios años. El resto es descripción de lo que esta monja, probablemente de Galicia, vio en Tierra Santa: iglesias y lugares que fueron después destruidos por los musulmanes, y después reconstruidos por los Cruzados, algunos descubiertos gracias a la descripción de Egeria. Cuenta cómo se celebraban las fiestas y los domingos, las oraciones que se hacían, las lecturas, los ornamentos. Narra la fiesta de la Epifanía y dice que “en Belén, durante ocho días completos, celebran también cada día esos mismos festejos (que antes ha descrito en Jerusalén), con gran alegría y solemnidad, por lo que acuden de todas partes gentes, no solo monjes, sino seglares, hombres y mujeres”.

Aquí, el occidente cristiano, la costumbre de la Misa por la noche se inicia con el Papa Sixto III en el año 432, y en Santa María la Mayor, de Roma (iglesia que luego fue reconstruida). Este Papa hizo construir en dicha iglesia una capilla que era una copia de la gruta de Belén, por lo que durante tiempo se llamó a esa iglesia “Santa María del Pesebre”.

CÓMO SE CELEBRA LA NAVIDAD.- La liturgia de las iglesias cristianas varía un poco de unas a otras. Nuestra Iglesia Católica celebra una Misa en la víspera o vigilia de Navidad; otra Misa por la noche, que llamamos “misa del gallo”; otra al amanecer, la llamada “misa de la aurora” y, por último, la Misa del día. No en todos los templos se celebran todas estas cuatro Misas, pero están en el Misal.

Alrededor de la liturgia oficial de la Iglesia, se han ido formando en el decurso de los siglos una serie de COSTUMBRES POPULARES originadas por la devoción de las gentes, que no por iniciativa de la jerarquía eclesiástica, pero admitidas por ella, que han contribuido a crear un ambiente alegre y festivo, tanto dentro de los templos, como en las casas particulares y hasta en las calles de las poblaciones. Ya en el siglo V se compusieron cánticos sobre la encarnación y el nacimiento de Jesús, muchos de ellos de origen popular anónimo, y también obra de compositores más o menos famosos. En España los llamamos “villancicos”, aunque este nombre es adoptado de cantos populares de las villas, sobre temas variados (de amor, de humor, etc.) En inglés se llaman “carols”; en francés, “chansons de Noel”; en alemán, “weihnachtslieder” (pronunciar “vaij-najt-slider”); en italiano, “natale”; en valenciano, “nadalencs”, etc.

Es curioso observar cómo influye en estas canciones el carácter mediterráneo, alegre, espontáneo, imaginativo, que se refleja en unas letrillas llenas de buen humor e incluso, a juicio de algún nórdico, rayanas en la falta de respeto, pero que nacen del cariño familiar. Veamos algunos ejemplos:

-“San José al niño Jesús, un beso le dio en la cara/ y el niño Jesús le dijo: que me pinchas con las barbas”. Hay muchos ejemplos de villancicos de este tipo. Alguno de ellos no se debería de cantar, por ejemplo: “En el portal de Belén, gitanillos han entrado, y al Niño que está en la cuna, los pañales le han robado”. Otros son más finos: “La Virgen se está peinando, entre cortina y cortina; sus cabellos son de oro, el peine de plata fina”.

En valenciano los hay muy graciosos también: son famosos aquí los del “Triptic nadalenc” de Blanquer: “Pastoret on vas”, “A Belém m´en vaig” y “Feume lenya que tinc fred”, así como aquel que canta. “Sant Jusep se fa vellet i no pot pujar la escala; matarem un corderet per a tota la semana”, etc.

Son famosos en Sevilla los “campanilleros”, grupos de niños que los días de Navidad van recorriendo bares y cafeterías cantando villancicos, ayudándose con instrumentos baratos: un cántaro golpeado con una zapatilla, una botella de anís rascada con una cuchara, unos hierros, una zambomba, etc.

Al contrario, en países más nórdicos, los cantos son más serios e incluso a veces, lecciones de teología. Hay muchos de ellos, solo mencionaré el famoso “Stille nacht” (noche silenciosa), “Es ist in ros entsprungen” (nos ha nacido una rosa de le vara de Jesé), ambos en alemán; o los ingleses: “The first Nowell” (la primera Navidad) o “Away in a manger” (Allá en un pesebre, sin una cuna por cama, el pequeño Señor, Jesús, su cabecita reposaba. Las estrellas del cielo miraban donde él yacía, y el pequeño Señor, Jesús, entre las pajas dormía). También “Once in royal David´s city”, etc. La riqueza y variedad de canciones de Navidad es inmensa, y aparte de las más famosas, hay otra muchas creadas en plan casi anónimo: hay un colegio en Valencia que tiene editados unos discos con villancicos muy graciosos creados por las alumnas: Guadalaviar.

LOS PESEBRES, BELENES O NACIMIENTOS. También llamados “misterios” en Andalucía, son otra de las formas de celebrar la Navidad. El primero se creó en Greccio, villa italiana, por obra de San Francisco de Asís y sus frailes, que iniciaron la costumbre de representar el nacimiento de Jesús en la cueva de Belén, poniendo las figuras de la Virgen, San José, el Niño, y también una burrita y un buey, teniendo presente lo que dice Isaías al comienzo de su libro (1, 3): “Conoce el buey y el asno a su dueño, pero Israel no entiende; mi pueblo no tiene conocimiento” (es un lamento de Yavé). Esta costumbre se ha extendido por todo el mundo y, sobre todo en los países meridionales de Europa, Italia, España, Francia, se siguen poniendo “belenes” en las iglesias y en las casas. A veces hay hasta concursos para ver quien los hace mejor. Son famosos los de Milán, también los de Salcillo, en Murcia, y otros muchos.

Además de los montes, riachuelo, palmeras, etc. se ponen muchos pastores que llevan regalos al Niño Jesús, así como el ángel anunciador. En alguna comarca aparece alguna figura especial: me referiré sólo a un personaje típico de los belenes en Sicilia y en Francia, llamado el “maravillado” o el “Raví”. Está junto al portal con las manos vacías, brazos abiertos en plan de asombro. Según esa tradición, ese pastor está admirado, se siente feliz. Alguien le dice: ”Tú eres un holgazán, no has traído ningún regalo”, pero la Virgen intercede: “No hagas caso, Raví, porque tú estás puesto en la Tierra para maravillarte”. La Virgen nos dice, pues, que el mundo será maravilloso mientras existan personas capaces de maravillarse.

EL ARBOL DE NAVIDAD. Suele ser un abeto, el famoso “tannenbaum”, en alemán. Es otra costumbre navideña, originaria de países nórdicos y que se ha extendido últimamente mucho por el nuestro. Hay casas en que ponen un árbol de navidad sólo, y otras en que ponen además un belén. Tiene raíces cristianas: en Alemania, en la Edad Media, los cristianos celebraban el 24 de diciembre, víspera de Navidad, la “fiesta de Adán y Eva” y con este motivo ponían un árbol del paraíso, en sus ramas colgaban rojas manzanas, en recuerdo de la famosa manzana que mordió Adán, y también velas encendidas que significaban la llegada de la luz de Cristo. Sobre el árbol ponían la estrella de Belén. Esta costumbre pasó en el siglo XVII a los países eslavos y más tarde, en el XIX, a Francia.

LOS REYES MAGOS. Es costumbre en España que el día 5 de enero, por la noche, víspera de la Epifanía, los Reyes Magos de Oriente llegan a todas partes dejando regalos a los niños que se han portado bien.

SANTA CLAUS.- Es una derivación, surgida en Holanda, del nombre de San Nicolás de Bari. Este santo, nacido en Asia menor, al sur de la actual Turquía, en el siglo IV, y del cual se desconocen muchos detalles de su vida, aunque se sabe que fue perseguido por Diocleciano, adquiere gran importancia siglos después, al redactarse una vida de santos en la que se recogen muchos milagros hechos por él. Sus restos fueron trasladados desde Turquía hasta Bari, Italia. Era un santo muy generoso y por ello en los Países Bajos, en Navidad y también el día 6 de diciembre, San Nicolás trae los regalos a los niños. Una derivación de él es PAPA NOËL.

LAS “ESTRENAS”, el “aguinaldo” o propinas que se dan en Navidad por los padrinos a sus ahijados es otra costumbre derivada de los primeros cristianos de Roma, que a primeros de año daban unas propinas (dinero o dulces) a los hijos y a los criados, para “estrenar el año”.

Podemos pensar que con motivo de los Reyes Magos, de Santa Claus, de Papá Noel, de las estrenas, etc. los más beneficiados son los comerciantes, que además crean otras fiestas propicias para el gasto: San Valentín, en febrero; Sam José y el día del padre, en marzo; el día de la madre en Mayo, el día del abuelo en junio; en octubre, Sant Dionís, en noviembre, “todos santos” y “ya es Navidad en el Corte Inglés”…

En conclusión, la Navidad no debe ser solo una bella historia, un relato de algo que aconteció hace más de dos mil años…Debe ser algo presente, no solo porque el llamado “espíritu de la Navidad”, que ha dado lugar a preciosas películas, (recordemos “Qué bello es vivir”, o “Milagro en la calle 34”, “De ilusión también se vive”, el famoso “Cuento de Navidad “ de Dickens, etc.) ha de durar siempre, todo el año, sino porque nosotros, los que nos llamamos cristianos, hemos de tener muy presente que Jesús nació aquel día y que vive hoy, que no se nos ha ido nunca y está siempre con nosotros, y nos enseña a ser generosos, cariñosos, pacíficos, caritativos, podríamos decir, felices.

Aquel acontecimiento que ocurrió en un humilde portal de Belén, ha marcado la vida de los hombres. Nuestra civilización occidental ha sido influida por las enseñanzas del evangelio, y por el respeto a la dignidad y a la libertad de la persona, ha dado lugar a regímenes democráticos, a pensamientos filosóficos y políticos avanzados, a empresas económicas pioneras, a un patrimonio artístico inmenso en todas las manifestaciones del Arte, en aras de la iniciativa privada, fuente de creatividad. El llamado “humanismo cristiano” que ha inspirado el ideario de muchos políticos, que han seguido también la doctrina social de la Iglesia, dio lugar al nacimiento de Europa, y como extensión, la civilización del Nuevo Mundo.

Este artículo lo ha escrito un querido amigo para una de sus conferencias. Me ha pedido que mantenga su anonimato, pero si Vd. tiene alguna pregunta o comentario, se lo haré llegar. Me pueden pedir las referencias bibliográficas que ha consultado para hacerlo.

francisco@micumbre.com

 

La banalización de la infancia

Los niños son el colectivo más vulnerable y, por tanto, el que más sufre las crisis y los problemas de la sociedad. Según un  Informe publicado en 2020 por la OMS  y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, cada año, la mitad de los niños del mundo, alrededor de mil millones, se ven afectados por algún tipo de maltrato físico, sexual o psicológico, porque los países no siguen las estrategias establecidas para protegerlos. Además del sufrimiento que provocan en el momento de padecerlos, todos esos maltratos tienen consecuencias posteriores cuando los menores crecen. Así, por ejemplo, los niños que padecen cuatro o más experiencias violentas durante su infancia tienen siete veces más probabilidades de estar implicados en actos violentos, como víctimas o como autores, cuando son adultos. Y treinta veces más probabilidades de suicidarse.

Un segundo atentado contra la infancia es la alteración de su  identidad. Narodowski, por ejemplo,  sostiene que la cultura mediática está provocando nuevas identidades infantiles, como, por ejemplo, la de la “infancia hiperrealizada”: los niños atraviesan de forma vertiginosa el período infantil de la mano de las nuevas tecnologías, adquiriendo un saber instrumental superior al de muchos adultos. Los niños de hoy se sienten autosuficientes; creen que no necesitan la ayuda de los adultos para informarse, ya que con el ordenador pueden llegar a saberlo todo.

Existe una tendencia creciente a la “adultización” de los niños. Algunos padres intentan educar a sus hijos pequeños para una  autonomía a ultranza. Quieren que se comporten como adultos. Se ignora que la infancia es la etapa de “ser-niño”, y no la de “no-ser aún adulto.” Estamos asistiendo al regreso de un viejo mito que parecía superado: el del niño como adulto en miniatura (o a escala). Se olvida que el niño tiene personalidad propia, diferente de la del adulto.

Pedro García

 

 

La importancia de la inocencia

Ahora que estamos en vacaciones escolares me parece interesante la siguiente consideración. La investigadora  canadiense Catherine L'Ecuyer ha reivindicado recientemente la importancia de la inocencia, porque "nos estamos saltando una etapa necesaria para el desarrollo personal. En ese momento de la vida hay que favorecer el juego, la imaginación y la creatividad". También ha advertido de los riesgos de acortar la infancia, porque si no se vive en su momento, se hace después, y entonces surge el infantilismo en los adultos.

Los niños de hoy se sienten muy solos, a veces pudiendo evitarse. Pienso en los padres que no intentan conciliar la vida profesional con la familiar y en los que creen que es bueno que los hijos pequeños se acostumbren a estar solos en casa. La soledad impuesta nunca es buena; en su vida adulta solo les traerá grandes dificultades para relacionarse sanamente con los demás. Este problema se agrava con la casi desaparición del juego tradicional en las pandillas sustituido por los videojuegos. El juego es una fuente de aprendizaje para los más pequeños. Además desarrolla su pensamiento y su creatividad. Un niño que juega seguramente será un adulto bien adaptado y con buen desempeño en la vida.

Algunas manifestaciones de menosprecio infantil se derivan de  una errónea visión de la infancia. ¿Por qué a los adultos se nos sigue invitando a que seamos como niños? La respuesta conlleva hablar de los valores de la infancia.  Se nos propone  centrarnos  en el presente, no en el pasado ni en el futuro; asombrarnos con lo que nos rodea y mostrar curiosidad; saber perdonar y evitar el rencor; expresar con franqueza los sentimientos; no prejuzgar; levantarse siempre después de una caída; ver lo mejor de las personas; poner el corazón en todo lo que se hace; ser feliz con lo que se tiene; ser creativos (un adulto creativo es un niño que ha sobrevivido); mirar las cosas como si fuera la primera vez que se ven.

La invitación a ser como niños no consiste en fomentar infantilismos. No se trata de un proceso de regresión y de fijación en la etapa infantil. Es algo similar a proponer a los mayores “ser jóvenes de espíritu”. La niñez, como la juventud, es una virtud sin edad. No es extraño, por ello, que para algunos autores el camino hacia la perfección cristiana pasa por la “infancia espiritual”.

José Morales Martín

 

Las pensiones no son “la espada de Damocles”

 

                           No en absoluto; las pensiones ni son un regalo o dádiva, de la que a su capricho, pueden disponer “los que no saben gobernar”. Las pensiones deben ser, la compensación del que trabajó de verdad, por el Estado en los mil oficios que sostuvieron y sostienen al mismo; donde no deben existir ni privilegiados, ni maltratados con limosnas indecentes y que no se pueden denominar pensión. Por descontado que esas pensiones, no deben llegar al parásito y que no sólo no trabajó, sino que de por vida fue solo eso, “un parásito que a lo sumo lo que merece es el bodrio conventual y los mínimos, mínimos para subsistir; por descontado que no incluyo a los que por impotencias humanas, no nacieron capacitados, nada más que para ser una carga para la sociedad, la que debe atenderlos socialmente; puesto que si ya, se le reconocen cuidos y derechos hasta los animales, e incluso a las tierras y parajes naturales, a los que “hay que proteger”… ¿Cómo no dar ejemplo protegiendo dignamente al ser humano, que trabajó demostradamente, para sostener al Estado? Lo contrario y para mí, es un delito gubernativo.

                           ¿Pero por qué no hay pensiones dignas en países que como España, fueron, son y lo seguirá siendo un país rico y suficiente para atender esta obligación (que no carga) como la “justicia natural” ordena? Sencillamente, porque en España, de nunca, los recursos públicos, o dinero público, se han empleado ni se emplean (“hoy incluso de forma delictiva y que debieran castigar leyes apropiadas para juzgar ello”) mal, muy mal o peor aún; puesto que y como hoy se puede demostrar; cobran pagas desde parásitos, a delincuentes, o pésimos administradores públicos, que sin escrúpulos cobran, porque se lo impusieron ellos mismos con leyes injustas, lo que ni merecen, incluso en proporciones muchísimo menores de lo que hoy cobran, incluidas prebendas absurdas, por lo injustas y abusivas; y aquí nombro sin reparo alguno; a los que fueron presidentes del gobierno y muchos otros más, que al amparo de “leyes del embudo”, reitero, cobran lo que ni merecen; mientras millones de españoles muchos de ellos, “deslomados por trabajos duros y desde niños”; cobran, pensiones miserables o de limosna, e incluso muchos de ellos, ni eso, “pues ni cotizaron”; ¿pero el trabajo continuado no fue una cotización diaria para el sostenimiento de la economía en general, o es que esto no es un valor… valorable?

                           Las pensiones deben ya ser incluidas, en lo que se denominan, PRESUPUESTOS GENERALES DEL ESTADO; y es así, por cuanto ya los antiguos sistemas no son válidos y menos justos; por muchas causas, en las cuales incluso entran, “los saqueos oficiales y otros derroches absurdos”, que los investigadores deben señalar; hoy hay que tener en cuenta, que no es el hombre/mujer los que sostienen las producciones materiales que crean la riqueza que “engorda” con abusivos impuestos, “la tesorería general (que nunca debe dejar de ser centralizada y nacionalmente a todos los efectos)… “hoy la riqueza la generan las máquinas y las altas tecnologías, por tanto son esos orígenes, los que deben cargar con la proporción que les corresponda, según análisis exhaustivos de los mismos”; ya y afortunadamente (“o desgraciadamente por lo que de inmaterial supone para el alma o espíritu humanos”) es la máquina, la que domina todo, pero insensiblemente, “esa máquina la dominan y controlan minorías avarientas e insaciables, que por esas enfermedades, chupan demasiado y por ello no llegan esas “savias” económicas a los que de verdad deben llegar y por derecho propio”.

                           Reflejo a continuación, algo que deben estudiar, los que se atreven a ir a la política y de verdad a servirla como tales estadistas al servicio del Estado.

El sistema de pensiones de Islandia, calificado como el mejor en el mundo de acuerdo con el Índice Global de Pensiones de Mercer, había acumulado el doble de la economía del país, en parte gracias a una pensión estatal "bastante generosa" y al sistema privado bien regulado que cubre a todos los empleados que contribuyen con una gran parte de sus ingresos a los fondos de pensiones, que representa al menos el 12 % de sus salarios. Según el ministro de Finanzas de Islandia, Bjarni Benediktsson, los ahorros de jubilación de los ciudadanos alcanzaron los 6,4 billones de coronas islandesas (alrededor de 49.000 millones de dólares). Mientras, algunos fondos de pensiones ya se acercan al límite de inversiones establecido dado que la legislación vigente limita la porción de las participaciones en el extranjero al 50 %. (RT en Español: 08-12-2021)

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NOTA: La famosa «espada de Damocles» se remonta a una antigua parábola moral popularizada por el filósofo romano Cicerón en su libro «Disputaciones Tusculanas», del 45 a.C. La historia se centra en Dionisio II, un rey tiránico que gobernó la ciudad siciliana de Siracusa en el siglo IV a.C. Para Cicerón, la historia de Dionisio y Damocles representaba la idea de que los que están en el poder trabajan siempre con ansiedad y miedo a la muerte y que «no puede haber felicidad para quien está bajo constantes temores».

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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