Las Noticias de hoy 27 Diciembre 2021

Enviado por adminideas el Lun, 27/12/2021 - 12:24

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 27 de diciembre de 2021      

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: Dios no quiere un monólogo, sino un diálogo con nosotros

El Papa a los esposos: “Están caminando con el Señor”

El Papa: En esta Navidad pidamos a Jesús la gracia de la pequeñez

EL DISCÍPULO A QUIEN AMABA EL SEÑOR : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: 27 de diciembre, san Juan, apóstol y evangelista

“Servir al Señor en el mundo” : San Josemaria

Carta del Santo Padre Francisco a los matrimonios con ocasión del Año “Familia Amoris laetitia”

Muy humanos, muy divinos (X): Te seguiré adonde vayas

«San Josemaría me robó el corazón»

La intención mensual: rezar todos a una

Para mí, vivir es Cristo (VI): amados, llamados, enviados. Sentido de misión (I) : Lucas Buch

Los 85 de Francisco : Mario Arroyo.

Las caras del egoísmo : Lucía Legorreta

En las tinieblas del paganismo nacía un mundo nuevo : Plinio Corrêa de Oliveira

¿Por qué se celebra el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre? : primeroscristianos

Navidad: ¿cómo enseñarla a los hijos? : LaFamilia.info

Navidad oscura : Mario Arroyo.

Los consumidores españoles hemos gastado un 7% más en productos ecológicos este año : Jesús Domingo Martínez

El buen humor : Domingo Martínez Madrid

Sobre la Iglesia y los abusos : JD Mez Madrid

Una Campaña mundial orientada : Jesús Domingo Martínez

La amistad y su desnudez  : Antonio García Fuentes

 

 

ROME REPORTS

El Papa: Dios no quiere un monólogo, sino un diálogo con nosotros

Muchas son las dificultades de nuestro tiempo, dijo el Papa Francisco en su mensaje navideño, “pero más fuerte es la esperanza, porque ‘un niño nos ha nacido’”. Mientras ante el riesgo de “no querer dialogar, o de que la complejidad de la crisis induzca a elegir atajos, en vez de los caminos más lentos del diálogo”; el Pontífice afirmó que sólo dialogando se puede llegar “a la solución de los conflictos y a beneficios compartidos y duraderos”

 

Vatican News

Puntualmente a mediodía, desde la Logia central de la Basílica Vaticana el Papa Francisco ofreció su mensaje navideño con su bendición "Urbi et Orbi", es decir a la ciudad de Roma y al mundo para desear a todos los queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Navidad!

Tras recordar que “la Palabra de Dios, que ha creado el mundo y da sentido a la historia y al camino del hombre, se hizo carne y vino a habitar entre nosotros” el Obispo de Roma explicó que “apareció como un susurro, como el murmullo de una brisa ligera, para colmar de asombro el corazón de todo hombre y mujer que se abre al misterio”. En efecto, “el Verbo se hizo carne para dialogar con nosotros”, dijo el Pontífice y añadió:

“Dios nos mostró el camino del encuentro y del diálogo al venir al mundo en la Persona del Verbo encarnado. Es más, Él mismo encarnó en sí mismo este camino, para que nosotros pudiéramos conocerlo y recorrerlo con confianza y esperanza”

El riesgo de no querer dialogar

“Hermanas, hermanos – prosiguió diciendo el Papa – qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades”, tal como él mismo lo ha escrito en su encíclica Fratelli tutti. Y recordó que “en este tiempo de pandemia nos damos cuenta de esto todavía más”, puesto que, como dijo Francisco, “se pone a prueba nuestra capacidad de relaciones sociales, se refuerza la tendencia a cerrarse, a valerse por uno mismo, a renunciar a salir, a encontrarse, a colaborar”. De ahí que haya destacado que también en el ámbito internacional “existe el riesgo de no querer dialogar, el riesgo de que la complejidad de la crisis induzca a elegir atajos, en vez de los caminos más lentos del diálogo; pero son estos, en realidad, los únicos que conducen a la solución de los conflictos y a beneficios compartidos y duraderos”.

Conflictos, crisis y contradicciones

En efecto, mientras el anuncio del nacimiento del Salvador, fuente de la verdadera paz, resuena a nuestro alrededor y en el mundo entero, vemos todavía muchos conflictos, crisis y contradicciones. Parece que no terminan nunca y casi pasan desapercibidos. Nos hemos habituado de tal manera que inmensas tragedias ya se pasan por alto; corremos el riesgo de no escuchar los gritos de dolor y desesperación de muchos de nuestros hermanos y hermanas.

“Pensemos en el pueblo sirio, que desde hace más de un decenio vive una guerra que ha provocado muchas víctimas y un número incalculable de refugiados. Miremos a Iraq, que después de un largo conflicto todavía tiene dificultad para levantarse. Escuchemos el grito de los niños que se alza desde Yemen, donde una enorme tragedia, olvidada por todos, se está perpetrando en silencio desde hace años, provocando muertos cada día”

Francisco invitó a recordar “las continuas tensiones entre israelíes y palestinos que se prolongan sin solución, con consecuencias sociales y políticas cada vez mayores”. Pidió asimismo que “no nos olvidemos de Belén, el lugar en el que Jesús vio la luz, que vive tiempos difíciles, también a causa de las dificultades económicas provocadas por la pandemia, que impide a los peregrinos llegar a Tierra Santa, con efectos negativos en la vida de la población”. “Pensemos en el Líbano – prosiguió – que sufre una crisis sin precedentes con condiciones económicas y sociales muy preocupantes”.

Signo de esperanza en medio de la noche

Sin embargo, el Santo Padre dijo que “en medio de la noche” está “el signo de esperanza”. Por eso, tras citar el Paraíso de Dante, Francisco invitó a pedir al Salvador “la fuerza de abrirnos al diálogo”. “En este día de fiesta – agregó el Papa – le imploramos que suscite en nuestros corazones anhelos de reconciliación y de fraternidad”, invitando nuevamente a dirigir a Él “nuestra súplica”:

“Niño Jesús, concede paz y concordia a Oriente Medio y al mundo entero. Sostén a todos los que están comprometidos en la asistencia humanitaria a las poblaciones que se ven forzadas a huir de su patria; consuela al pueblo afgano, que desde hace más de cuarenta años es duramente probado por conflictos que obligan a muchos a dejar el país”

Al “Rey de las naciones”, el Papa le pidió que ayude “a las autoridades políticas a pacificar las sociedades devastadas por tensiones y conflictos”. De modo concreto le pidió que sostenga “al pueblo de Myanmar, donde la intolerancia y la violencia también golpean frecuentemente a la comunidad cristiana y los lugares de culto, y opacan el rostro pacífico de sus gentes”. Prosiguió pidiendo al Salvador:

“Sé luz y sostén para quienes creen y trabajan en favor del encuentro y del diálogo, yendo incluso contra corriente, y no permitas que se propaguen en Ucrania las metástasis de un conflicto gangrenoso”

De la misma manera invocó al “Príncipe de la Paz”, para que asista “a Etiopía para que vuelva a encontrar el camino de la reconciliación y la paz a través de un debate sincero, que ponga las exigencias de la población en primer lugar”. Que escuche “el grito de los pueblos de la región del Sahel, que padecen la violencia del terrorismo internacional”; y que dirija “su mirada a los pueblos de los países del Norte de África que sufren a causa de las divisiones, el desempleo y la desigualdad económica, y alivia los sufrimientos de muchos hermanos y hermanas que sufren por los conflictos internos de Sudán y Sudán del Sur”. El Santo Padre prosiguió en su mensaje de Navidad:

“Haz que en los corazones de los pueblos del continente americano prevalezcan los valores de la solidaridad, la reconciliación y la pacífica convivencia, a través del diálogo, el respeto recíproco y el reconocimiento de los derechos y los valores culturales de todos los seres humanos”

Al “Hijo de Dios”, el Papa le pidió que conforte “a las víctimas de la violencia contra las mujeres que se difunde en este tiempo de pandemia”; que ofrezca “esperanza a los niños y a los adolescentes víctimas de intimidación y de abusos”; que dé “consuelo y afecto a los ancianos, sobre todo a los que se encuentran más solos”; y que conceda “serenidad y unidad a las familias, lugar primordial para la educación y base del tejido social”.

“Dios con nosotros, concede salud a los enfermos e inspira a todas las personas de buena voluntad para que encuentren las soluciones más adecuadas que ayuden a superar la crisis sanitaria y sus consecuencias. Haz que los corazones sean generosos, para hacer llegar la asistencia necesaria, especialmente las vacunas, a las poblaciones más pobres. Recompensa a todos los que demuestran responsabilidad y entrega al hacerse cargo de sus familiares, de los enfermos y de los más débiles”

Francisco se dirigió al “Niño de Belén”, para pedirle que permita “que los prisioneros de guerra, civiles y militares, de los conflictos recientes, y quienes están encarcelados por razones políticas puedan volver pronto a sus hogares”. “No nos dejes indiferentes ante el drama de los emigrantes, de los desplazados y de los refugiados, añadió, puesto que “sus ojos nos piden que no miremos a otra parte, que no reneguemos de la humanidad que nos une, que hagamos nuestras sus historias y no olvidemos sus dramas”.

 

24/12/2021El Papa: En esta Navidad pidamos a Jesús la gracia de la pequeñez

 

Hacia el final de su mensaje, y antes de impartir su bendición "Urbi et Orbi", dirigiéndose al “Verbo eterno” que se hizo carne, el Santo Padre le pidió que nos haga “diligentes hacia nuestra casa común, que también sufre por la negligencia con la que frecuentemente la tratamos, y motiva a las autoridades políticas a llegar a acuerdos eficaces para que las próximas generaciones puedan vivir en un ambiente respetuoso para la vida”. Por último, antes de desear “¡Feliz Navidad a todos!”, dirigiéndose a los queridos hermanos y hermanas del mundo entero, el Papa dijo:

“Muchas son las dificultades de nuestro tiempo, pero más fuerte es la esperanza, porque ‘un niño nos ha nacido’. Él es la Palabra de Dios y se ha hecho un infante, sólo capaz de llorar y necesitado de todo. Ha querido aprender a hablar, como cada niño, para que aprendiésemos a escuchar a Dios, nuestro Padre, a escucharnos entre nosotros y a dialogar como hermanos y hermanas. Oh Cristo, nacido por nosotros, enséñanos a caminar contigo por los senderos de la paz”

 

El Papa a los esposos: “Están caminando con el Señor”

Se hizo pública la Carta que el Santo Padre firmó en San Juan de Letrán este 26 de diciembre, dirigida a los esposos y esposas de todo el mundo con motivo del Año “Familia Amoris laetitia”. Francisco los anima a seguir caminando con la fuerza de la fe cristiana y la aduda de San José y de Nuestra Señora

 

Vatican News

Francisco se dirige en una Carta a los queridos esposos y esposas de todo el mundo con ocasión del Año “Familia Amoris laetitia”. De este modo, Su Santidad se acerca a todos ellos para expresarles su “afecto y cercanía en este tiempo tan especial que estamos viviendo”. Ya en las primeras líneas de este amplio texto el Pontífice les dice que siempre ha tenido presente a las familias en sus oraciones, y más aún durante la pandemia, que los ha probado duramente y de modo  especial, a los más vulnerables.

“El momento que estamos pasando me lleva a acercarme con humildad, cariño y acogida a cada persona, a cada matrimonio y a cada familia en las situaciones que estén experimentando”

El bien de la propia familia y de la sociedad

Después de destacar que este contexto particular “invita a hacer vida las palabras con las que el Señor llama a Abrahán a salir de su patria y de la casa de su padre hacia una tierra desconocida que Él mismo le mostrará”, Francisco afirma que todos “hemos vivido más que nunca la incertidumbre, la soledad, la pérdida de seres queridos y nos hemos visto impulsados a salir de nuestras seguridades, de nuestros espacios de control, de nuestras propias maneras de hacer las cosas, de nuestras apetencias, para atender no sólo al bien de la propia familia, sino además al de la sociedad, que también depende de nuestros comportamientos personales”.

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Mientras a partir de la fe cristiana el Santo Padre les recuerda que no están solos “ya que Dios está en nosotros, con nosotros y entre nosotros: en la familia, en el barrio, en el lugar de trabajo o estudio, en la ciudad que habitamos”. Y hace un paralelismo con la vida de Abrahán, puesto que también los esposos salen de su tierra tal como lo implica el mismo noviazgo que conduce al matrimonio y a las distintas situaciones de la vida.

“Dios los acompaña, los ama incondicionalmente. ¡No están solos!”

Dirigiéndose a los esposos y especialmente a los jóvenes, el Papa escribe que sus hijos “los observan con atención” y buscan en ellos “el testimonio de un amor fuerte y confiable”.

“Los hijos son un regalo, siempre, cambian la historia de cada familia. Están sedientos de amor, de reconocimiento, de estima y de confianza. La paternidad y la maternidad los llaman a ser generativos para dar a sus hijos el gozo de descubrirse hijos de Dios, hijos de un Padre que ya desde el primer instante los ha amado tiernamente y los lleva de la mano cada día”

Los matrimonios deben ‘primerear’ en sus comunidades

Después de diversas recomendaciones inherentes al ámbito de la educación, el Papa les dice que “tienen la misión de transformar la sociedad con su presencia en el mundo del trabajo y hacer que se tengan en cuenta las necesidades de las familias”. Por otra parte, en opinión del Pontífice, “los matrimonios deben ‘primerear’ dentro de la comunidad parroquial y diocesana con sus iniciativas y su creatividad, buscando la complementariedad de los carismas y vocaciones como expresión de la comunión eclesial”.

“Por tanto, los exhorto, queridos esposos, a participar en la Iglesia, especialmente en la pastoral familiar. Porque ‘la corresponsabilidad en la misión llama […] a los matrimonios y a los ministros ordenados, especialmente a los obispos, a cooperar de manera fecunda en el cuidado y la custodia de las Iglesias domésticas”

“Recuerden que la familia es la célula básica de la sociedad”

Tras afirmar que “el matrimonio es realmente un proyecto de construcción de la ‘cultura del encuentro’, tal como él mismo lo ha escrito en su encíclica Fratelli tutti, Francisco dice a las familias que “tienen el desafío de tender puentes entre las generaciones para la transmisión de los valores que conforman la humanidad”. Y no duda en añadir que:

Se necesita una nueva creatividad para expresar en los desafíos actuales los valores que nos constituyen como pueblo en nuestras sociedades y en la Iglesia, Pueblo de Dios

A la vez que no olvida que “la vocación al matrimonio es una llamada a conducir un barco incierto, pero seguro por la realidad del sacramento. en un mar a veces agitado”, de manera que el Santo Padre comprende si a veces, como los apóstoles, sienten ganas de gritar: “¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?”.

“No olvidemos que a través del sacramento del matrimonio Jesús está presente en esa barca. Él se preocupa por ustedes, permanece con ustedes en todo momento en el vaivén de la barca agitada por el mar”

El Papa manifiesta la importancia de “que juntos mantengan la mirada fija en Jesús”, puesto que “sólo así encontrarán la paz, superarán los conflictos y encontrarán soluciones a muchos de sus problemas”.

“Sólo abandonándose en las manos del Señor podrán vivir lo que parece imposible. El camino es reconocer la propia fragilidad y la impotencia que experimentan ante tantas situaciones que los rodean, pero al mismo tiempo tener la certeza de que de ese modo la fuerza de Cristo se manifiesta en su debilidad”

A la luz de diversos pasajes bíblicos, el Papa aprovecha para reflexionar sobre algunas dificultades y oportunidades que han vivido las familias en este tiempo de pandemia, destacando una serie de oportunidades. Y les recuerda cuanto escribió en Amoris laetitia retomando el himno paulino de la caridad. De ahí su invitación a pedir el don del amor a la Sagrada Familia, releyendo “el elogio de la caridad para que sea ella la que inspire sus decisiones y acciones”.

Permiso, gracias, perdón

El Papa también les pide a las familias que guarden en su corazón el consejo a los novios que expresó con las tres palabras: “permiso, gracias, perdón”. Y los anima a no avergonzarse “de arrodillarse juntos ante Jesús en la Eucaristía para encontrar momentos de paz y una mirada mutua hecha de ternura y bondad. O de tomar la mano del otro, cuando esté un poco enojado, para arrancarle una sonrisa cómplice”.

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Sin olvidar que “para algunos matrimonios la convivencia a la que se han visto forzados durante la cuarentena ha sido especialmente difícil”, el Papa manifiesta que “los problemas que ya existían se agravaron, generando conflictos que muchas veces se han vuelto casi insoportables”, por lo que les expresa su cercanía y afecto comprensivo.

También aborda el dolor de la ruptura de una relación conyugal y la falta de entendimiento. Aun así, Francisco les pide que “no dejen de buscar ayuda para que los conflictos puedan superarse”. Por esta razón les recuerda que “el perdón sana toda herida” y que “perdonarse mutuamente es el resultado de una decisión interior que madura en la oración”.

“Nuestro amor humano es débil, necesita de la fuerza del amor fiel de Jesús. Con Él pueden de veras construir la ‘casa sobre la roca’”

A este propósito, el Pontífice se dirige a los jóvenes que se preparan al matrimonio, para decirles que “si antes de la pandemia para los novios era difícil proyectar un futuro cuando era arduo encontrar un trabajo estable, ahora aumenta aún más la situación de incerteza laboral”. Por esta razón escribe:

“Invito a los novios a no desanimarse, a tener la ‘valentía creativa’ que tuvo san José, cuya memoria he querido honrar en este Año dedicado a él. Así también ustedes, cuando se trate de afrontar el camino del matrimonio, aun teniendo pocos medios, confíen siempre en la Providencia, ya que ‘a veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener’”

Un saludo especial a los abuelos y a las abuelas

Antes de despedirse, Francisco envía un saludo especial a los abuelos y a las abuelas “que durante el tiempo de aislamiento se vieron privados de ver y estar con sus nietos, a las personas mayores que sufrieron de manera aún más radical la soledad”. Y no duda en reafirmar un concepto ya expresado en diversas ocasiones:

“La familia no puede prescindir de los abuelos, ellos son la memoria viviente de la humanidad, ‘esta memoria puede ayudar a construir un mundo más humano, más acogedor’”

Con el deseo de que “San José inspire en todas las familias la valentía creativa, tan necesaria en este cambio de época que estamos viviendo”, y que “Nuestra Señora acompañe en sus matrimonios la gestación de la ‘cultura del encuentro’, tan urgente para superar las adversidades y oposiciones que oscurecen nuestro tiempo” el Papa Francisco les dice que:

“Los numerosos desafíos no pueden robar el gozo de quienes saben que están caminando con el Señor. Vivan intensamente su vocación. No dejen que un semblante triste transforme sus rostros”

Y se despide “con cariño animándolos a seguir viviendo la misión que Jesús” les ha encomendado, :perseverando en la oración” y pidiéndoles que “por favor, no se olviden de rezar” por él, tal como él mismo lo hace “todos los días” por los esposos y sus familias.

 

El Papa: En esta Navidad pidamos a Jesús la gracia de la pequeñez

En la Misa de Nochebuena, el Santo Padre habló de la pequeñez como el camino elegido por Dios para llegar a nosotros. Y así nosotros debemos acoger y abrazar a Jesús en los pequeños, pobres y últimos. Un llamado también a una dignidad del trabajo que no haga esclavos ni provoque muertes, un llamado a una Iglesia unida, en camino y sinodal.

Alina Tufani - Ciudad del Vaticano

“Dios no cabalga en la grandeza, sino que desciende en la pequeñez”. Esta frase del Papa Francisco en su homilía de la Misa de Nochebuena, celebrada este viernes, 24 de diciembre, en la Basílica de San Pedro, está en el corazón de su mensaje para esta Navidad: pedir a Jesús la gracia de la pequeñez y honrarlo con la acogida y el abrazo a los más pobres y últimos.

Una reflexión la del Santo Padre que, partiendo del anuncio del nacimiento del Mesías, “un niño en la dura pobreza de un pesebre”, pone de relieve el contraste entre la grandeza del emperador César Augusto y el Salvador que nace “donde no hay nada grande”, en pañales y rodeado de pastores: “Allí está Dios, en la pequeñez” – dijo el Papa.

“La pequeñez es el camino que eligió para llegar a nosotros, para tocarnos el corazón, para salvarnos y reconducirnos hacia lo que es realmente importante.”

Y esta es la primera invitación del Pontífice, la de contemplar ante el pesebre, “más allá de las luces y los adornos”, al Niño Dios, a “Aquel que abraza al universo” pero necesita ser cargado, mimado, arropado:"El Amor infinito tiene un corazón minúsculo, que emite ligeros latidos. La Palabra eterna es infante, es decir, incapaz de hablar. El Pan de vida debe ser alimentado. El Creador del mundo no tiene hogar”.

Jesús nació para servir

El desafío, subrayó el Papa, es saber acoger a ese Dios que viene al mundo pequeño y cuya grandeza se ofrece en la pequeñez. “Dios se revela, pero los hombres no lo entienden”, afirmó el Pontífice, porque “seguimos buscando la grandeza según el mundo” y mientras “Dios se abaja, nosotros queremos subir al pedestal”, mientras pide “humildad, nosotros pretendemos brillar”. Mientras “nosotros pasamos los años persiguiendo el éxito, Dios no busca fuerza y poder, pide ternura y pequeñez interior”, aseguró el Papa, porque “Jesús nació para servir.

“Esto es lo que podemos pedir a Jesús para Navidad: la gracia de la pequeñez. “Señor, enséñanos a amar la pequeñez. Ayúdanos a comprender que es el camino para la verdadera grandeza”

El Papa asperge la imagen del Niño Jesús

“Me hice pequeño por ti”

El Santo Padre explicó que acoger la pequeñez es creer que Dios quiere estar en las pequeñas cosas de nuestra vida, habitar las realidades cotidianas, en la casa, la familia, la escuela, el trabajo: “Quiere realizar, en nuestra vida ordinaria, cosas extraordinarias”, afirmó Francisco. Pero además quiere llegar hasta nuestra propia pequeñez, allí donde somos débiles, frágiles, incapaces o fracasados.

“Hermana, hermano, si como en Belén, la oscuridad de la noche te rodea, si adviertes a tu alrededor una fría indiferencia, si las heridas que llevas dentro te gritan: “Cuentas poco, no vales nada, nunca serás amado como anhelas”, esta noche Dios responde. Esta noche te dice: “Te amo tal como eres. Tu pequeñez no me asusta, tus fragilidades no me inquietan. Me hice pequeño por ti. Para ser tu Dios me convertí en tu hermano.”

Jesús cerca de los olvidados de las periferias

Acoger la pequeñez en nuestras vidas significa también, como dijo el Pontífice, “abrazar a Jesús en los pequeños de hoy; es decir, amarlo en los últimos, servirlo en los pobres”, no herir a Dios despreciando a los pobres con la indiferencia: “Cuidemos a Jesús ahora, acariciándolo en los necesitados”.  

Además, Jesús no solo se identificó con los más pobres y humildes, sino que nació rodeado de ellos, pastores entregados a su trabajo y a su grey. “Jesús nace allí, cerca de ellos, cerca de los olvidados de las periferias”, dijo el Papa al aclarar que Jesús “viene a ennoblecer a los excluidos y se revela sobre todo a ellos; no a personajes cultos e importantes, sino a gente pobre que trabaja”. Un llamado entonces a dar dignidad al trabajo del hombre.

“Esta noche, Dios viene a colmar de dignidad la dureza del trabajo. Nos recuerda qué importante es dar dignidad al hombre con el trabajo, pero también dar dignidad al trabajo del hombre, porque el hombre es señor y no esclavo del trabajo. En el día de la Vida repitamos: ¡No más muertes en el trabajo! Y esforcémonos por lograrlo”

Iglesia sinodal, en camino, vayamos a Belén

Por último, en su homilía, el Santo Padre hizo notar que cuando contemplamos a Jesús “todo vuelve a la unidad”, pues en Belén los ricos, los pobres, los pastores, eruditos y magos estaban unidos, porque “todo se recompone cuando en el centro está Jesús”, y eso es lo esencial, volver a Belén, a los orígenes, “a lo esencial de la fe, al primer amor, a la adoración y a la caridad”.

“Contemplemos a los magos que peregrinan y como Iglesia sinodal, en camino, vayamos a Belén, donde Dios está en el hombre y el hombre en Dios; donde el Señor está al centro y es adorado; donde los últimos ocupan el lugar más cercano a Él; donde los pastores y los magos están juntos en una fraternidad más fuerte que cualquier clasificación. Que Dios nos conceda ser una Iglesia adoradora, pobre y fraterna. Esto es lo esencial. Volvamos a Belén.”

Misa de Nochebuena en la Basílica de San Pedro en el Vaticano

 

 

EL DISCÍPULO A QUIEN AMABA EL SEÑOR

— La vocación del Apóstol. Su fidelidad. Nuestra propia vocación.

— Detalles particulares de predilección por parte del Señor. El encargo de cuidar de Santa María. Nuestra devoción a la Virgen.

— La pesca en el lago después de la Resurrección. La fe y el amor le hacen distinguir a Cristo en la lejanía; nosotros debemos aprender a verle en nuestra vida ordinaria. Peticiones a San Juan.

I. El Apóstol San Juan era natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera norte del mar de Tiberíades. Sus padres eran Zebedeo y Salomé; y su hermano, Santiago el Mayor. Formaban una familia acomodada de pescadores que, al conocer al Señor, no dudan en ponerse a su total disposición. Juan y Santiago, en respuesta a la llamada de Jesús, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron1. Salomé, la madre, siguió también a Jesús, sirviéndole con sus bienes en Galilea y Jerusalén, y acompañándole hasta el Calvario2.

Juan había sido discípulo del Bautista cuando este estaba en el Jordán, hasta que un día pasó Jesús cerca y el Precursor le señaló: He ahí el Cordero de Dios. Al oír esto fueron tras el Señor y pasaron con Él aquel día3. Nunca olvidó San Juan este encuentro. No quiso decirnos nada de lo que aquel día habló con el Maestro. Solo sabemos que desde entonces no le abandonó jamás; cuando ya anciano escribe su Evangelio, no deja de anotar la hora en la que se produjo el encuentro con Jesús: Era alrededor de la hora décima4, las cuatro de la tarde.

Volvió a su casa en Betsaida, al trabajo de la pesca. Poco después, el Señor, tras haberle preparado desde aquel primer encuentro, le llama definitivamente a formar parte del grupo de los Doce. San Juan era, con mucho, el más joven de los Apóstoles; no tendría aún veinte años cuando correspondió a la llamada del Señor5, y lo hizo con el corazón entero, con un amor indiviso, exclusivo.

En San Juan, y en todos, la vocación da sentido aun a lo más pequeño. La vida entera se ve afectada por los planes del Señor sobre cada uno de nosotros. «El descubrimiento de la vocación personal es el momento más importante de toda existencia. Hace que todo cambie sin cambiar nada, de modo semejante a como un paisaje, siendo el mismo, es distinto después de salir el sol que antes, cuando lo bañaba la luna con su luz o le envolvían las tinieblas de la noche. Todo descubrimiento comunica una nueva belleza a las cosas y, como al arrojar nueva luz provoca nuevas sombras, es preludio de otros descubrimientos y de luces nuevas, de más belleza»6.

Toda la vida de Juan estuvo centrada en su Señor y Maestro; en su fidelidad a Jesús encontró el sentido de su vida. Ninguna resistencia opuso a la llamada, y supo estar en el Calvario cuando todos los demás habían desaparecido. Así ha de ser nuestra vida, pues, aunque el Señor hace llamamientos especiales, toda su predicación tiene algo que comporta una vocación, una invitación a seguirle en una vida nueva, cuyo secreto Él posee: si alguno quiere venir en pos de Mí...7.

A todos nos ha elegido el Señor8 –a algunos con una vocación específica– para seguirle, imitarle y proseguir en el mundo la obra de su Redención. Y de todos espera una fidelidad alegre y firme, como fue la del Apóstol Juan. También en los momentos difíciles.

II. Este es el apóstol Juan, que durante la cena reclinó su cabeza en el pecho del Señor. Este es el apóstol que conoció los secretos divinos y difundió la palabra de vida por toda la tierra9.

Junto con Pedro, San Juan recibió del Señor particulares muestras de amistad y de confianza. El Evangelista se cita discretamente a sí mismo como el discípulo a quien Jesús amaba10. Ello nos indica que Jesús le tuvo un especial afecto. Así, ha dejado constancia de que, en el momento solemne de la Última Cena, cuando Jesús les anuncia la traición de uno de ellos, no duda en preguntar al Señor, apoyando la cabeza sobre su pecho, quién iba a ser el traidor11. La suprema expresión de confianza en el discípulo amado tiene lugar cuando, desde la Cruz, el Señor le hace entrega del amor más grande que tuvo en la tierra: su santísima Madre. Si fue trascendental en la vida de Juan el momento en que Jesús le llamó para que le siguiera, dejando todas las cosas, ahora, en el Calvario, tiene el encargo más delicado y entrañable: cuidar de la Madre de Dios.

Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice el discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa12. A Juan, como a ningún otro, pudo hablar la Virgen de todo aquello que guardaba en su corazón13.

Hoy, en su festividad, miramos al discípulo a quien Jesús amaba con una santa envidia por el inmenso don que le entregó el Señor, y a la vez hemos de agradecer los cuidados que con Ella tuvo hasta el final de sus días aquí en la tierra.

Todos los cristianos, representados en Juan, somos hijos de María. Hemos de aprender de San Juan a tratarla con confianza. Él, «el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores principales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre»14.

Podemos también imaginar la enorme influencia que la Virgen ejerció en el alma del joven Apóstol. Nos podemos hacer una idea más acabada al recordar esas épocas de nuestra vida –quizá ahora– en que nosotros mismos hemos acudido y hemos tratado de modo especial a la Madre de Dios.

III. Pocos días después de la Resurrección del Señor se encuentran algunos de sus discípulos junto al mar de Tiberíades, en Galilea, cumpliendo lo que les ha dicho Jesús resucitado15. Están dedicados de nuevo a su oficio de pescadores. Entre ellos se encuentran Juan y Pedro.

El Señor va a buscar a los suyos. El relato nos muestra una escena entrañable de Jesús con los que, a pesar de todo, han permanecido fieles. «Pasa al lado de sus Apóstoles, junto a esas almas que se han entregado a Él; y ellos no se dan cuenta. ¡Cuántas veces está Cristo, no cerca de nosotros, sino en nosotros; y vivimos una vida tan humana! (...). Vuelve a la cabeza de aquellos discípulos lo que, en tantas ocasiones, han escuchado de los labios del Maestro: pescadores de hombres, apóstoles. Y comprenden que todo es posible, porque Él es quien dirige la pesca.

»Entonces, el discípulo aquel que Jesús amaba se dirige a Pedro: es el Señor. El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor!

»Simón Pedro apenas oyó es el Señor, vistiose la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros?»16.

¡Es el Señor! Ese grito ha de salir también de nuestros corazones en medio del trabajo, cuando llega la enfermedad, en el trato con aquellos que conviven con nosotros. Hemos de pedirle a San Juan que nos enseñe a distinguir el rostro de Jesús en medio de esas realidades en las que nos movemos, porque Él está muy cerca de nosotros y es el único que puede darle sentido a lo que hacemos.

Además de sus escritos inspirados por Dios, conocemos por la tradición detalles que confirman el desvelo de San Juan para que se mantuviera la pureza de la fe y la fidelidad al mandamiento del amor fraterno17. San Jerónimo cuenta que a los discípulos que le llevaban a las reuniones, cuando ya era muy anciano, les repetía continuamente: «Hijitos, amaos los unos a los otros». Le preguntaron por su insistencia en repetir siempre lo mismo. San Juan respondió: «Este es el mandamiento del Señor y, si se cumple, él solo basta»18.

A San Juan podemos pedirle hoy muchas cosas: de modo especial que los jóvenes busquen a Cristo, lo encuentren y tengan la generosidad de seguir su llamada; también podemos acudir a su intercesión para nosotros ser fieles al Señor como él lo fue; que sepamos tener al sucesor de Pedro el amor y el respeto que él manifestó al primer Vicario de Cristo en la tierra; que nos enseñe a tratar a María, Madre de Dios y Madre nuestra, con más cariño y más confianza; le pedimos que quienes están a nuestro alrededor puedan saber que somos discípulos de Jesús por el modo en que los tratamos.

Dios y Señor nuestro, que nos has revelado por medio del apóstol San Juan el misterio de tu Palabra hecha carne; concédenos, te rogamos, llegar a comprender y a amar de corazón lo que tu apóstol nos dio a conocer19.

1 Mc 1, 20. — 2 Mc 15, 40-41. — 3 Jn 1, 35-39. — 4 Jn 1, 39. — 5 Cfr. Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, p. 1.094. — 6 F. Suárez, La Virgen Nuestra Señora, p. 80. — 7 Mt 16, 24. — 8 Cfr. Rom 1, 7; 2 Cor 1, 1. — 9 Antífona de entrada de la Misa. — 10 Cfr. Jn 13, 23; 19, 26; etc. — 11 Jn 13, 23. — 12 Jn 19, 26-27. — 13 Cfr. Lc 2, 51. — 14 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 140. — 15 Cfr. Mt 28, 7. — 16 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 265-266. — 17 Cfr. Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona, 1983, p. 1.101. — 18 San Jerónimo, Comentario a Gálatas, 3, 6. — 19 Oración colecta de la Misa.

 

 

Meditaciones: 27 de diciembre, san Juan, apóstol y evangelista

Reflexión para meditar el 27 de diciembre. Los temas propuestos son: el discípulo que Jesús amaba; la paciencia de Dios nos transforma; amar como Jesús ama.

27/12/2021

– El discípulo que Jesús amaba.

– La paciencia de Dios nos transforma.

– Amar como Jesús ama.


PEDRO Y JUAN, tras haber escuchado el testimonio de María Magdalena, corren hacia el sepulcro vacío del Señor. En este pasaje del evangelio de hoy, el cuarto evangelista se presenta a sí mismo como el discípulo «al que Jesús amaba» (Jn 20,2). ¿Por qué Juan, cuya fiesta celebramos, fue el discípulo amado, el predilecto de Cristo? Quizá fue porque era el más joven, o quizá porque era el que más necesitaba ese cariño especial… Puede ser que por su carácter fogoso o, simplemente, porque Jesús así lo quiso. Lo que sí sabemos es que san Juan estaba convencido de ser depositario del cariño inconfundible con que el Señor le trataba.

Sin embargo, todos podemos decir que somos amados de una forma especial, única y exclusiva por Dios. Es parte del misterio de su amor por nosotros. La fe nos lo asegura, pero nuestro corazón a veces se resiste un poco a creerlo. De hecho, «la Navidad nos recuerda que Dios sigue amando a cada hombre. A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”». En efecto, al igual como lo hizo con san Juan, «el Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con él y como él. Esto solo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos».


JUAN ERA IMPETUOSO, y Jesús lo sabía perfectamente cuando lo eligió. Por ejemplo, cuando no les reciben en Samaría, el discípulo amado le pregunta: «¿Quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» (Lc 9,54). En otra ocasión, seguro de sí mismo, le contó a Jesús que habían prohibido expulsar demonios a uno que no iba con ellos (cfr. Mc 9,38). Jesús siempre escucha con paciencia. Cuántas horas debieron de haber compartido para encauzar aquel fuego devorador y hacer crecer en su alma la semilla de la caridad auténtica. «A veces sucede que oponemos a la paciencia con la que Dios trabaja el terreno de la historia, y trabaja también el terreno de nuestros corazones, la impaciencia de quienes juzgan todo de modo inmediato: ahora o nunca, ahora, ahora, ahora. Y así perdemos aquella virtud, la “pequeña” pero la más hermosa: la esperanza».

Juan aprendió bien las lecciones del Maestro porque se sabía querido. Los evangelios nos permiten rastrear el cambio que se fue operando en Juan. En la carrera al sepulcro que leemos hoy, por ejemplo, le vemos menos fogoso, tiene la deferencia de esperar a Pedro para entrar: «Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó» (Jn 20,8). Al final de su vida, repetirá incansablemente a los primeros cristianos lo que constituye la esencia del mensaje evangélico: «Queridísimos: amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios» (1 Jn 4,7). San Jerónimo narra cómo los discípulos de san Juan le preguntaban, al final de su vida, por qué repetía tanto esto; y cuenta cómo respondía el evangelista: «Porque este es el precepto del Señor y su solo cumplimiento es más que suficiente».


«QUEREOS mucho unos a otros –repetía san Josemaría–. Y al decir esto, os digo lo que está en la entraña del cristianismo: Deus caritas est (1 Jn 4,8), Dios es cariño. ¿Os acordáis de aquel Juan (…)?». Entonces, el fundador del Opus Dei recordaba lo que decía el apóstol cuando estaba ya «viejo, viejo, viejo, aunque él se debía sentir joven, joven»: que el mensaje cristiano se resume «no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Por eso, a los ojos de un cristiano, todas las personas son destinatarias del cariño infinito de Dios.

«Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada (...). Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos con Él. Él nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con Él y así haya paz en la tierra». Después de haber deseado que una lluvia de fuego devorase la ciudad de Samaría, Juan relata la escena de Jesús y la samaritana. Es el único evangelista que lo hace. Quizá ese relato fue fruto de alguna de las tantas conversaciones con el Maestro, que quería explicarle por qué debía amar a todos, tal como Dios Padre los ama.

Juan es, finalmente, el discípulo que recibe de Jesús el dulce encargo de cuidar a la Virgen María. ¿Quién cuidó de quién? Seguramente ambos cumplieron su misión llenos de gozo y agradecimiento. María, que contempló a todas las personas a través de su hijo, amó a Juan cumpliendo la última voluntad de Jesús. Podemos acudir a ella y a san Juan para que Dios ponga en nuestro corazón ese amor que se hace fecundo en los demás.

 

“Servir al Señor en el mundo”

Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro. Les llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna. (Forja, 13)

27 de diciembre

Permitidme que vuelva de nuevo a la ingenuidad, a la sencillez de la vida de Jesús, que ya os he hecho considerar tantas veces. Esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo. Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad.

Sueño ‑y el sueño se ha hecho realidad‑ con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas. Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es porque el Señor no os haya llamado. Os ha invitado a que continuéis en las actividades y en las ansiedades de la tierra, porque os ha hecho saber que vuestra vocación humana, vuestra profesión, vuestras cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos, sino que Él las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre (Es Cristo que pasa, 20).

 

Carta del Santo Padre Francisco a los matrimonios con ocasión del Año “Familia Amoris laetitia”

Carta que el Santo Padre ha firmado en San Juan de Letrán este 26 de diciembre, dirigida a los esposos y esposas de todo el mundo con motivo del Año “Familia Amoris laetitia”. El Papa Francisco los anima a seguir caminando con la fuerza de la fe cristiana y la ayuda de San José y de la Virgen María.

Carta del Santo Padre Francisco a los matrimonios con ocasión del Año “Familia Amoris laetitia”

26/12/2021

Queridos esposos y esposas de todo el mundo,

Con ocasión del Año “FamiliaAmoris laetitia, me acerco a ustedes para expresarles todo mi afecto y cercanía en este tiempo tan especial que estamos viviendo. Siempre he tenido presente a las familias en mis oraciones, pero más aún durante la pandemia, que ha probado duramente a todos, especialmente a los más vulnerables. El momento que estamos pasando me lleva a acercarme con humildad, cariño y acogida a cada persona, a cada matrimonio y a cada familia en las situaciones que estén experimentando.

Este contexto particular nos invita a hacer vida las palabras con las que el Señor llama a Abrahán a salir de su patria y de la casa de su padre hacia una tierra desconocida que Él mismo le mostrará (cf. Gn 12,1). También nosotros hemos vivido más que nunca la incertidumbre, la soledad, la pérdida de seres queridos y nos hemos visto impulsados a salir de nuestras seguridades, de nuestros espacios de “control”, de nuestras propias maneras de hacer las cosas, de nuestras apetencias, para atender no sólo al bien de la propia familia, sino además al de la sociedad, que también depende de nuestros comportamientos personales.

La relación con Dios nos moldea, nos acompaña y nos moviliza como personas y, en última instancia, nos ayuda a “salir de nuestra tierra”, en muchas ocasiones con cierto respeto e incluso miedo a lo desconocido, pero desde nuestra fe cristiana sabemos que no estamos solos ya que Dios está en nosotros, con nosotros y entre nosotros: en la familia, en el barrio, en el lugar de trabajo o estudio, en la ciudad que habitamos.

Como Abrahán, cada uno de los esposos sale de su tierra desde el momento en que, sintiendo la llamada al amor conyugal, decide entregarse al otro sin reservas. Así, ya el noviazgo implica salir de la propia tierra, porque supone transitar juntos el camino que conduce al matrimonio. Las distintas situaciones de la vida: el paso de los días, la llegada de los hijos, el trabajo, las enfermedades son circunstancias en las que el compromiso que adquirieron el uno con el otro hace que cada uno tenga que abandonar las propias inercias, certidumbres, zonas de confort y salir hacia la tierra que Dios les promete: ser dos en Cristo, dos en uno. Una única vida, un “nosotros” en la comunión del amor con Jesús, vivo y presente en cada momento de su existencia. Dios los acompaña, los ama incondicionalmente. ¡No están solos!

Queridos esposos, sepan que sus hijos —y especialmente los jóvenes— los observan con atención y buscan en ustedes el testimonio de un amor fuerte y confiable. «¡Qué importante es que los jóvenes vean con sus propios ojos el amor de Cristo vivo y presente en el amor de los matrimonios, que testimonian con su vida concreta que el amor para siempre es posible!» [1]. Los hijos son un regalo, siempre, cambian la historia de cada familia. Están sedientos de amor, de reconocimiento, de estima y de confianza. La paternidad y la maternidad los llaman a ser generativos para dar a sus hijos el gozo de descubrirse hijos de Dios, hijos de un Padre que ya desde el primer instante los ha amado tiernamente y los lleva de la mano cada día. Este descubrimiento puede dar a sus hijos la fe y la capacidad de confiar en Dios.

Ciertamente, educar a los hijos no es nada fácil. Pero no olvidemos que ellos también nos educan. El primer ámbito de la educación sigue siendo la familia, en los pequeños gestos que son más elocuentes que las palabras. Educar es ante todo acompañar los procesos de crecimiento, es estar presentes de muchas maneras, de tal modo que los hijos puedan contar con sus padres en todo momento. El educador es una persona que “genera” en sentido espiritual y, sobre todo, que “se juega” poniéndose en relación. Como padre y madre es importante relacionarse con sus hijos a partir de una autoridad ganada día tras día. Ellos necesitan una seguridad que los ayude a experimentar la confianza en ustedes, en la belleza de sus vidas, en la certeza de no estar nunca solos, pase lo que pase.

Por otra parte, y como ya he señalado, la conciencia de la identidad y la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad ha aumentado. Ustedes tienen la misión de transformar la sociedad con su presencia en el mundo del trabajo y hacer que se tengan en cuenta las necesidades de las familias.

También los matrimonios deben “primerear” [2] dentro de la comunidad parroquial y diocesana con sus iniciativas y su creatividad, buscando la complementariedad de los carismas y vocaciones como expresión de la comunión eclesial; en particular, los «cónyuges junto a los pastores, para caminar con otras familias, para ayudar a los más débiles, para anunciar que, también en las dificultades, Cristo se hace presente» [3].

Por tanto, los exhorto, queridos esposos, a participar en la Iglesia, especialmente en la pastoral familiar. Porque «la corresponsabilidad en la misión llama […] a los matrimonios y a los ministros ordenados, especialmente a los obispos, a cooperar de manera fecunda en el cuidado y la custodia de las Iglesias domésticas» [4]. Recuerden que la familia es la «célula básica de la sociedad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 66). El matrimonio es realmente un proyecto de construcción de la «cultura del encuentro» (Carta enc. Fratelli tutti, 216). Es por ello que las familias tienen el desafío de tender puentes entre las generaciones para la transmisión de los valores que conforman la humanidad. Se necesita una nueva creatividad para expresar en los desafíos actuales los valores que nos constituyen como pueblo en nuestras sociedades y en la Iglesia, Pueblo de Dios.

La vocación al matrimonio es una llamada a conducir un barco incierto —pero seguro por la realidad del sacramento— en un mar a veces agitado. Cuántas veces, como los apóstoles, sienten ganas de decir o, mejor dicho, de gritar: «¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?» (Mc 4,38). No olvidemos que a través del sacramento del matrimonio Jesús está presente en esa barca. Él se preocupa por ustedes, permanece con ustedes en todo momento en el vaivén de la barca agitada por el mar. En otro pasaje del Evangelio, en medio de las dificultades, los discípulos ven que Jesús se acerca en medio de la tormenta y lo reciben en la barca; así también ustedes, cuando la tormenta arrecia, dejen subir a Jesús en su barca, porque cuando subió «donde estaban ellos, […] cesó el viento» (Mc 6,51). Es importante que juntos mantengan la mirada fija en Jesús. Sólo así encontrarán la paz, superarán los conflictos y encontrarán soluciones a muchos de sus problemas. No porque estos vayan a desaparecer, sino porque podrán verlos desde otra perspectiva.

Sólo abandonándose en las manos del Señor podrán vivir lo que parece imposible. El camino es reconocer la propia fragilidad y la impotencia que experimentan ante tantas situaciones que los rodean, pero al mismo tiempo tener la certeza de que de ese modo la fuerza de Cristo se manifiesta en su debilidad (cf. 2 Co 12,9). Fue justo en medio de una tormenta que los apóstoles llegaron a conocer la realeza y divinidad de Jesús, y aprendieron a confiar en Él.

A la luz de estos pasajes bíblicos, quisiera aprovechar para reflexionar sobre algunas dificultades y oportunidades que han vivido las familias en este tiempo de pandemia. Por ejemplo, aumentó el tiempo de estar juntos, y esto ha sido una oportunidad única para cultivar el diálogo en familia. Claro que esto requiere un especial ejercicio de paciencia, no es fácil estar juntos toda la jornada cuando en la misma casa se tiene que trabajar, estudiar, recrearse y descansar. Que el cansancio no les gane, que la fuerza del amor los anime para mirar más al otro —al cónyuge, a los hijos— que a la propia fatiga. Recuerden lo que les escribí en Amoris laetitia retomando el himno paulino de la caridad (cf. nn. 90-119). Pidan este don con insistencia a la Sagrada Familia, vuelvan a leer el elogio de la caridad para que sea ella la que inspire sus decisiones y acciones (cf. Rm 8,15; Ga 4,6).

De este modo, estar juntos no será una penitencia sino un refugio en medio de las tormentas. Que el hogar sea un lugar de acogida y de comprensión. Guarden en su corazón el consejo a los novios que expresé con las tres palabras: «permiso, gracias, perdón» [5]. Y cuando surja algún conflicto, «nunca terminar el día en familia sin hacer las paces» [6]. No se avergüencen de arrodillarse juntos ante Jesús en la Eucaristía para encontrar momentos de paz y una mirada mutua hecha de ternura y bondad. O de tomar la mano del otro, cuando esté un poco enojado, para arrancarle una sonrisa cómplice. Hacer quizás una breve oración, recitada en voz alta juntos, antes de dormirse por la noche, con Jesús presente entre ustedes.

Sin embargo, para algunos matrimonios la convivencia a la que se han visto forzados durante la cuarentena ha sido especialmente difícil. Los problemas que ya existían se agravaron, generando conflictos que muchas veces se han vuelto casi insoportables. Muchos han vivido incluso la ruptura de un matrimonio que venía sobrellevando una crisis que no se supo o no se pudo superar. A estas personas también quiero expresarles mi cercanía y mi afecto.

La ruptura de una relación conyugal genera mucho sufrimiento debido a la decepción de tantas ilusiones; la falta de entendimiento provoca discusiones y heridas no fáciles de reparar. Tampoco a los hijos es posible ahorrarles el sufrimiento de ver que sus padres ya no están juntos. Aun así, no dejen de buscar ayuda para que los conflictos puedan superarse de alguna manera y no causen aún más dolor entre ustedes y a sus hijos. El Señor Jesús, en su misericordia infinita, les inspirará el modo de seguir adelante en medio de tantas dificultades y aflicciones. No dejen de invocarlo y de buscar en Él un refugio, una luz para el camino, y en la comunidad eclesial una «casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 47).

Recuerden que el perdón sana toda herida. Perdonarse mutuamente es el resultado de una decisión interior que madura en la oración, en la relación con Dios, como don que brota de la gracia con la que Cristo llena a la pareja cuando lo dejan actuar, cuando se dirigen a Él. Cristo “habita” en su matrimonio y espera que le abran sus corazones para sostenerlos con el poder de su amor, como a los discípulos en la barca. Nuestro amor humano es débil, necesita de la fuerza del amor fiel de Jesús. Con Él pueden de veras construir la «casa sobre roca» (Mt 7,24).

A este propósito, permítanme que dirija una palabra a los jóvenes que se preparan al matrimonio. Si antes de la pandemia para los novios era difícil proyectar un futuro cuando era arduo encontrar un trabajo estable, ahora aumenta aún más la situación de incerteza laboral. Por ello invito a los novios a no desanimarse, a tener la “valentía creativa” que tuvo san José, cuya memoria he querido honrar en este Año dedicado a él. Así también ustedes, cuando se trate de afrontar el camino del matrimonio, aun teniendo pocos medios, confíen siempre en la Providencia, ya que «a veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener» (Carta ap. Patris corde, 5).No duden en apoyarse en sus propias familias y en sus amistades, en la comunidad eclesial, en la parroquia, para vivir la vida conyugal y familiar aprendiendo de aquellos que ya han transitado el camino que ustedes están comenzando.

Antes de despedirme, quiero enviar un saludo especial a los abuelos y las abuelas que durante el tiempo de aislamiento se vieron privados de ver y estar con sus nietos, a las personas mayores que sufrieron de manera aún más radical la soledad. La familia no puede prescindir de los abuelos, ellos son la memoria viviente de la humanidad, «esta memoria puede ayudar a construir un mundo más humano, más acogedor» [7].

Que san José inspire en todas las familias la valentía creativa, tan necesaria en este cambio de época que estamos viviendo, y Nuestra Señora acompañe en sus matrimonios la gestación de la “cultura del encuentro”, tan urgente para superar las adversidades y oposiciones que oscurecen nuestro tiempo. Los numerosos desafíos no pueden robar el gozo de quienes saben que están caminando con el Señor. Vivan intensamente su vocación. No dejen que un semblante triste transforme sus rostros. Su cónyuge necesita de su sonrisa. Sus hijos necesitan de sus miradas que los alienten. Los pastores y las otras familias necesitan de su presencia y alegría: ¡la alegría que viene del Señor!

Me despido con cariño animándolos a seguir viviendo la misión que Jesús nos ha encomendado, perseverando en la oración y «en la fracción del pan» (Hch 2,42).

Y por favor, no se olviden de rezar por mí, yo lo hago todos los días por ustedes.

Fraternalmente,

Francisco

Roma, San Juan de Letrán, 26 de diciembre de 2021, Fiesta de la Sagrada Familia.


[1] Videomensaje a los participantes en el Foro «¿Hasta dónde hemos llegado con Amoris laetitia?» (9 junio 2021).

[2] Cfr Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24. 

[3] Videomensaje a los participantes en el Foro «¿Hasta dónde hemos llegado con Amoris laetitia?» (9 junio 2021). 

[4] Ibíd. 

[5] Discurso a las familias del mundo con ocasión de su peregrinación a Roma en el Año de la Fe (26 octubre 2013); cf. Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 133. 

[6] Catequesis del 13 de mayo de 2015. Cf. Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 104. 

[7] Mensaje con ocasión de la I Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores “Yo estoy contigo todos los días” (31 mayo 2021).

 

Muy humanos, muy divinos (X): Te seguiré adonde vayas

La virtud de la fortaleza nos permite seguir a Jesús sin depender de las condiciones cambiantes de nuestra vida y de nuestro entorno.

26/12/2021

Desde el umbral de la puerta, en la casa de Simón, Jesús acaba de curar a muchos enfermos, además de expulsar a otros tantos demonios. Es hora de cruzar a la otra orilla del lago cuando se acerca un escriba, deslumbrado quizá por todos esos prodigios, y le dice: «Maestro, te seguiré adonde vayas» (Mt 8,19). ¿Qué intenciones se movían en el fondo del corazón de este hombre? ¿Hasta qué punto se hacía cargo de lo que suponía seguir al Maestro? Solo sabemos lo que respondió Jesús: «Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20).

Aunque a primera vista estas puedan parecer unas palabras duras, como para desilusionar a cualquiera, todo depende de lo que el escriba estuviera buscando en Cristo. Los apóstoles seguramente escucharon respuestas similares y, más que una advertencia o un freno, descubrieron en ellas una invitación. Así se comprende, por ejemplo, que Pedro, Juan y Santiago dejaran «todas las cosas» cuando Jesús los llamó al acabar la jornada de trabajo (cfr. Lc 5,11), o que Mateo hiciera lo mismo cuando el Señor lo fue a buscar mientras cobraba impuestos (cfr. Lc 5,18). Los apóstoles perciben que, aunque no tener «dónde reclinar la cabeza» puede suponer mucho sacrificio, cualquier cosa es poco al lado de una vida junto a Jesús.

El Señor, pues, habla fuerte, porque no quiere que este hombre se engañe, pensando quizá que abraza un proyecto de fantasía, en el que todo irá siempre viento en popa. Porque en el camino junto a Jesús, muchas veces las dificultades –el cansancio, los defectos propios o ajenos, las incomprensiones, los malentendidos– pesan más de lo que nos gustaría. Y es entonces cuando la virtud de la fortaleza, elevada por la gracia divina, se revela decisiva: nos da las armas para que nuestro deseo de seguir a Jesús «adonde vaya» sea más grande que cualquier obstáculo.

Una afectividad orientada siempre a Dios

«La felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[1], solía repetir san Josemaría. En nuestro día a día hay muchas cosas que nos dan alegría, pero también surgen contrariedades que nos ponen a prueba. Es lógico, en ese sentido, que nuestra felicidad en la tierra tenga mucho que ver con aprender a encajar esos momentos complicados, los días en los que casi nada sale como lo habíamos planificado. La fortaleza tiene que ver con eso, porque transforma los obstáculos en oportunidades para volver a orientar nuestros deseos más profundos, una y otra vez, hacia la dirección correcta: hacia Dios. La fortaleza modela nuestra afectividad para que se deje afectar más por Dios que por las circunstancias personales o externas, que siempre pueden cambiar.

Hay cosas innecesarias para ser felices que a veces quizá se nos presentan como imprescindibles. Esto puede suceder con ciertas comodidades que hoy son casi moneda común, pero también con otras necesidades que nos podemos haber creado, casi sin darnos cuenta. Aparte de tomar conciencia de esas dependencias, queremos ser lo suficientemente libres para que las circunstancias externas no tomen las decisiones por nosotros: que un momento incómodo no nos robe la sonrisa, que el cansancio no nos venza tan rápidamente, o que seamos capaces de renunciar a un gusto personal en favor de otra persona. La fortaleza nos hace menos dependientes de todo lo que no es el amor de Dios, de modo que estemos contentos entre todo tipo de gente, en cualquier sitio, y dedicándonos a cualquier tarea.

Así, cuando las multitudes querían proclamarlo rey, entusiasmados con sus milagros, Jesús «no se dejó engañar por el triunfalismo: era libre. Como en el desierto, cuando rechaza las tentaciones de Satanás porque era libre, y su libertad era seguir la voluntad del Padre (…). Pensemos hoy en nuestra libertad (…). ¿Soy libre? ¿O, por el contrario, soy esclavo de mis pasiones, de mis ambiciones, de las riquezas, de la moda?»[2]. San Pablo nos transmite su experiencia: «He aprendido a contentarme con lo que tengo: he aprendido a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Fil 4,11). Para él nada es un obstáculo en su camino hacia lo que verdaderamente quiere: amar a Dios con todo su corazón.

El bien mayor es en ocasiones el menos evidente

Basta una mirada realista al mundo para reconocer la necesidad de la fortaleza. Notamos que las circunstancias, positivas o adversas, influyen en nosotros. Nos damos cuenta de la necesidad de sobrellevar ciertos periodos difíciles sin abatirnos ni perder la serenidad. Además, sabemos por experiencia propia que las cosas valiosas requieren esfuerzo y paciencia: desde sacar adelante unos estudios o vencer un defecto del propio carácter, hasta cultivar relaciones profundas con otras personas, o crecer en amistad con Dios. Sin embargo, a pesar de que el sentido común nos muestra esto con claridad, no es infrecuente que en algún punto del razonamiento se tuerza el camino, y que nos quedemos con una visión estrecha de la fortaleza: como si fuera tan solo un fatigoso esfuerzo por ir a contrapelo.

Y no, la fortaleza no consiste en un gris ejercicio de la voluntad por superarse, por no quejarse, por negarse o por resistir ante lo que no queremos o no entendemos. Verla de esta manera acaba por agotar a cualquiera. Ser fuertes consiste, más bien, en robustecer nuestras convicciones, en renovar siempre el amor que nos mueve, en hacer brillar con mayor fuerza en nosotros los bienes más auténticos. Entonces elegiremos cada vez con más facilidad, incluso con gusto, lo que verdaderamente queremos, esa «mejor parte» de la que habla Jesús (cfr. Lc 10,42).

Veámoslo con un ejemplo: quien carece de fortaleza quizá no sea capaz de evitar un comentario brusco o de sonreír cuando se encuentra cansado. En ese tipo de situaciones, la fatiga es el motivo que pesa más en sus reacciones o en sus decisiones, y le hace perder de vista otros motivos por los que quizá valdría la pena esforzarse. En cambio, quien ha hecho crecer en sí la fortaleza no solo puede sobreponerse al cansancio, sino que lo hace porque percibe el bien que eso le reporta, tanto a él como a los demás, e incluso descubre ahí un camino para amar a Dios. Solo de este modo, acciones como privarse de un pequeño gusto, levantarse a una hora fija, evitar una queja o hacer un favor que espontáneamente no realizaríamos, se transforman en un modo de educarnos en la percepción de un bien mayor pero quizá menos evidente, al menos al principio.

Este proceso, del que podríamos ver solo el desafío que significa sobreponerse a uno mismo, termina de hecho haciéndonos más libres, ya que nuestra alegría y nuestra paz dependerá más de lo que verdaderamente queremos, y menos de pequeñas tiranías del momento, ya sean externas o internas. En la lucha por ganar en fortaleza se trata precisamente de explorar esos ángulos muertos que nos impiden ver algunos aspectos del bien, simplemente porque suponen esfuerzo. Quien aprende a vivir con fortaleza podrá perseverar en el bien cuando las buenas decisiones no sean las más atractivas. Ser fuerte es la actitud propia de quien percibe el valor real de las cosas.

Moverse con soltura en la realidad

Cuando escuchamos a Jesús decir al escriba que «no tiene dónde reclinar la cabeza», podríamos pensar también que está queriendo ponerlo a prueba: «seguirme no es cosa fácil, ¿estás seguro que quieres hacerlo?». Sin embargo, encontramos otros pasajes del Evangelio en los que el Señor se expresa de manera similar, y no lo hace a modo de advertencia, sino —lo hemos visto con la llamada de varios de los apóstoles— de invitación: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga» (Lc 9,23); «Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición» (Mt 7,13). En ningún caso se trata de llamadas a un sufrimiento sin sentido, sino al desarrollo de una libertad grande: a hacer crecer en nosotros, poco a poco, una disposición del corazón que sea capaz de amar hasta el extremo, como él mismo lo hizo.

«Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[3].El camino del cristiano es exigente porque requiere un amor cada vez más hondo; y, como dice aquella vieja canción, «corazón que no quiera sufrir dolores, pase la vida entera libre de amores»[4]. La vida de Jesús nos muestra cómo debemos relacionarnos con la adversidad o con el dolor. Su fortaleza no es la de quien construye muros a su alrededor, ni la de quien se cubre con una armadura para evitar las heridas, o para que la realidad no le afecte. A base de muros y de armaduras, en realidad, la resistencia no pasa a ser parte de nuestra personalidad; estos recursos más bien impiden el contacto, la relación con la realidad. Su rigidez imposibilita moverse con soltura.

La fortaleza de Jesús, en cambio, dialoga constantemente con lo que lo rodea. Jesús no acepta el dolor solamente porque resulta arduo, o bien por demostrarse o por demostrarnos algo. En realidad, simplemente lo asume cuando es necesario, sin permitir que lo desarme. Ve en las dificultades un sentido que da motivos y profundidad a lo que está viviendo, en lugar de volverlo todo absurdo. Y eso es amar al mundo apasionadamente en su sentido más pleno. Amar al mundo significa tener la capacidad de poder relacionarse con él en toda su riqueza, también con el valor oculto de lo imperfecto, en las situaciones de la vida, en nosotros mismos, en los demás. Si buscamos la fortaleza de Cristo seremos personas más sensibles y profundas, más metidas de lleno en la realidad, más capaces de encontrar a Dios en todo. Personas, en definitiva, más contemplativas.

Paciencia para llegar hasta el fin

«Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios», escribe san Pablo. «Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,2-5). Cada sacrificio libremente asumido, cada contradicción acogida sin rebeldía, cada vencimiento hecho por amor, reafirma en nosotros la convicción de que nuestra felicidad está en Dios, más que en cualquier otra realidad. La lucha cotidiana se convierte, entonces, en una conquista progresiva del bien verdadero, que nos concede algo de la gloria futura a la que aspiramos: la lucha se convierte en un camino de esperanza.

Buscar de manera habitual el bien auténtico y oculto en nuestras decisiones nos concede el ánimo para no conformarnos con lo inmediato o con lo efímero. Y eso genera paciencia: empezamos a esperar más y más en el amor que no falla, y que da sentido a nuestros esfuerzos. Por eso, el fuerte no desespera, no pierde la serenidad ante un fracaso o cuando los frutos del trabajo tardan en verse. La paciencia no es ni optimismo simplón ni resignación: es la actitud del hombre libre, que ama no solo por temporadas, sino que lucha con los ojos puestos siempre en el fin que le aguarda. La convicción profunda de no querer conformarse con menos que con la felicidad del cielo puede sostener el necesario combate cotidiano que permite seguir a Jesús «adonde quiera que vaya». Eso es la fortaleza. Un corazón fuerte, que no pierde de vista el fin, puede «luchar, por Amor, hasta el último instante»[5].

[1] San Josemaría, Forja, n. 1005.

[2] Francisco, Homilía, 13-IV-2018.

[3] San Josemaría, Surco, n. 795.

[4] «A los árboles altos», canción tradicional.

[5] San Josemaría, «Tiempo de reparar», n. 4, en En diálogo con el Señor, edición histórico-crítica.

 

«San Josemaría me robó el corazón»

Don Olegario Peña es el segundo sacerdote agregado en la historia de estos primeros cincuenta años del Opus Dei en Gran Canaria. Tiene 94 años, se ordenó hace 70, es de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz desde 1969, y su biografía es una explicación gráfica de la vida de un sacerdote diocesano que vive el espíritu de la Obra.

D. Olegario Peña Vega, sacerdote

27/12/2021

Olegario Peña Vega tiene 94 años y es sacerdote desde 1951. Risueño, ágil, feliz. Es “el cura más viejo de la diócesis de los que andan por la calle”, una reliquia viva de la historia de la Iglesia en Canarias y un testigo protagonista de los primeros cincuenta años de vida de la Obra en estas islas afortunadas.

Natural del municipio de Valdesequillo y sus palmerales, hoy reside en el corazón de Las Palmas de Gran Canaria. En estos 70 años de sacerdote ha ido pasado por diecisiete parroquias intentando entender, querer y encender a las personas que le han asomado su alma. Ha tratado de ser un sacerdote dispuesto, con el sí en la boca, los brazos abiertos, y Jesús en sus palabras, en sus gestos y en su intención.

Don Olegario es el segundo sacerdote agregado que pidió la admisión en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz en Canarias, allá por la primavera de 1969, cuando casi todo esto era campo para el desarrollo del Opus Dei en aquel rincón de España. Un año antes se habían inaugurado los primeros viajes apostólicos de personas de la Obra a la capital de Gran Canaria y dos años después se levantó el primer centro.

Le tenemos en un sofá, a la distancia de seguridad oportuna, con la mascarilla al acecho. Se le ve feliz hablando de su ministerio, de sus años en la Obra, y de estas cinco décadas prodigiosas que han pasado en la historia de las islas con personas del Opus Dei intentando santificarse por sus calles y tratando de difundir, con su ejemplo, el espíritu encarnado de un compromiso cristiano en medio del mundo.

Se le encienden los ojos hablando de su obispo, y de los obispos que han pasado por su trayectoria sacerdotal, porque han sido “los san-pedros de Canarias”. “Tengo la obediencia muy metida en la cabeza y en el alma”. Don Olegario es un hombre con los pies en la arena y un sacerdote enamorado de su vocación. En su sotana conviven los brillos y las oscuridades del alma humana, pero él ha logrado salir indemne de cualquier atisbo de cinismo, porque está cerca de Dios y eso se nota, porque por la boca vive el pez.

“A mí san Josemaría me robó el corazón”, dice, y a él esa conexión con más de 52 años de vida le ha dado alas para vivir su sacerdocio. Del fundador del Opus Dei bebió conceptos fundamentales de su espíritu que salen, con naturalidad, en esta conversación: la filiación divina, el valor divino de lo humano, la vida de infancia, el amor al Papa y a los obispos, el trato de cariño con la Virgen María… “La Obra es un milagro para el mundo. La pena es que el mundo y los que estamos en la Obra no seamos conscientes de eso con nuestra fidelidad”.

Sonríe, rebobina con la elasticidad de un atleta, y entre recuerdo y recuerdo da gracias a Dios, y expresa con sencillez “que cada vez tengo más claro eso de la pata de banco de la que hablaba san Josemaría: que se sirve de cualquier instrumento, aunque no tenga las mejores condiciones, para extender el Reino de Cristo”.

Salvavidas, boya y faro

Don Olegario está así, contento y ágil a sus 94. Con esa juventud de espíritu que es capaz de tirar de cualquier no-puedo. En estos años ha construido sus muletas de optimismo con piedad y con obras. Cuesta arriba y cuesta abajo. Con marea alta y marea baja. Con cielo claro y con panza de burro. “A mí me ha servido siempre vivir con fidelidad el plan de vida, que es sagrado”. Su Misa, sus ratos de oración, sus cosas con Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, María, san José. Todo eso, en medio de la agenda efervescente de un sacerdote 4x4, que a veces es las manos y los pies de un barrio, el salvavidas de más de una persona sola, el ancla que estabiliza las penas que naufragan en océanos bravíos, la boya que saca a flote la esperanza, el faro que ilumina el camino de quien no sabe a qué puerta llamar.

Dice don Olegario que “la gran desgracia de los cristianos -religiosos, sacerdotes o laicos, da igual-, es sucumbir al demonio, al mundo y a la carne sin dejarse arrastrar por la omnipotencia de nuestro Padre”. Quizá ese sea el resumen de su biografía sacerdotal. Algo de eso transmiten sus ojos.

D. Olegario Peña Vega

Con este porte palpable de nonagenaria juventud, el presbítero canario cuenta que sigue admirado al comprobar “cómo Dios elige a las personas”, y la eficacia “de la presencia de Dios en la historia”. Que sigue aprendiendo todos los días, y que ahora “aprendo a morir”. Recuerda a su madre, que le explicó la Trinidad con los dedos, y elogia el fruto de su devoción a la Divina Misericordia, “que es la que me ha traído hasta aquí” y la que le ha ayudado a “encontrar soluciones para las personas” sin pasar de largo por la vida de la gente.

Esa mirada jovial que ha vencido la tentación a envejecer no mira para otro lado, como si todo el pasado hubiera sido un cuento de Navidad. No. Él ha trajinado en municipios con récords de prostitutas por metro cuadrado, y ha sabido mirarlas a los ojos y entender el alcance de aquella alerta del Evangelio: “Os precederán…”. Y ha lidiado con las corrientes anticristianas y los tsunamis ideológicos del modernismo o el paganismo. Él, sacerdote encendido, ha visto y contempla cada día “la pena de que el hombre se haya olvidado de Dios y que idolatre el dinero, el poder y el placer”. Su respuesta no es un cíclico ¡qué mal está el mundo! o echar el pestillo a la grandeza de su misión para evitar quemarse en el último tramo del camino. Su respuesta es que tener a Dios muy presente cada día.

Los mismos pasos, el mismo horizonte

Combina en sus pasos el servicio a la Iglesia y su vocación al Opus Dei. Avanzan juntos al centenario su amor al Papa, a los obispos –“yo los he querido con locura”-, y a san Josemaría, “que es un padrazo”. Se mezclan como la vida misma en sus palabras la vida misma que se explican con puntillismo en los tratados, y en los libros de derechos particulares. Iglesia diocesana hasta los tuétanos. Espíritu del Opus Dei hasta la médula.

Don Olegario viste sotana desde el tercer año de seminario, y lo hace sin arrastrar los pies. Lento al pasear, a sus 94, pero con un ritmo interno de serena admiración. Con su historial de luchas y sus propias confesiones. “Sin perder el punto de mira de todo cristiano”, que es el cielo. Él, que quería ser militar, y lleva ya setenta años de cura con los ojos achispados. “Estoy para lo que Dios quiera”. Dispuesto todavía. Porque “mi tiempo es para dárselo a Dios”.

Veníamos a escuchar apuntes históricos del cincuenta aniversario de la Obra en Canarias, pero nos hemos llevado un testamento, porque la verdadera historia la escriben las personas fieles con las luces y las sombras de sus vidas.

 

La intención mensual: rezar todos a una

Publicamos la intención del 2-X-2021 hasta el 2-X-2022, que el Prelado propone a los fieles y amigos del Opus Dei.

11/10/2021

Los creyentes saben que la oración unida y perseverante puede alcanzarlo todo. Esta confianza en el poder de la oración ha sido comentada con frecuencia por el Papa, quien pide periódicamente que los cristianos recen por intenciones particulares. Al mismo tiempo, la oración y la acción son inseparables: las intenciones de la oración se traducen en un profundo trabajo apostólico en los diversos ambientes. Por este motivo, desde mediados de los años cincuenta san Josemaría comenzó a proponer una intención mensual que fuese el objeto de la oración, estudio y trabajo apostólico de muchas personas.

El fundador del Opus Dei –y posteriormente sus sucesores– han ido sugiriendo intenciones específicas por las que rezar y actuar. De algún modo, san Josemaría pretendía que todos sintieran las necesidades de la Obra, de la Iglesia y del mundo, y rezaran y trabajaran todos a unaCon el paso del tiempo, la costumbre de la intención mensual se ha concretado en la Prelatura de diferentes maneras y duraciones (varios meses, un año, etc.).

Intención del 2-X-2021 hasta el 2-X-2022

Además de unirnos a las intenciones de oración del Papa, durante el periodo que comprende desde el 2-X-2021 hasta el 2-X-2022, el Prelado propone a los fieles y amigos del Opus Dei la siguiente intención:

Pidamos al Señor por el proyecto de mejora del impulso y la coordinación de las labores apostólicas, que se está desarrollando en distintas circunscripciones de la Obra. Procuremos contribuir a lo anterior con nuestros proyectos de impulso e iniciativa apostólica, dejándonos inspirar por el Espíritu Santo. Desarrollando los propios talentos allí donde estamos, somos fermento cristiano. Él es el Señor de la Historia y cuenta con nosotros para renovar el mundo.

 

 

Para mí, vivir es Cristo (VI): amados, llamados, enviados. Sentido de misión (I)

Vivir con sentido de misión es saberse enviados por el Señor para llevar su Amor a quienes tenemos cerca. Esto supone decidir en cada momento –bajo el impulso del Espíritu Santo– qué hacer, en función de esa misión que da contenido y finalidad a nuestro paso por la tierra.

03/09/2018

Escucha el artículo «Amados, llamados, enviados. Sentido de misión (I)»

Descarga el libro electrónico: «Para mí, vivir es Cristo» (Disponible en PDF, ePub y Mobi)


Hay una escena en los primeros capítulos del libro de los Hechos que no ha perdido un ápice de fuerza. Después de haber sido encarcelados, los apóstoles son milagrosamente liberados por un ángel y, en lugar de huir de las autoridades, vuelven al templo a predicar. De nuevo, son arrestados y conducidos ante los príncipes de los sacerdotes. Estos, sorprendidos de lo que ven, les preguntan: «¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre?». Los apóstoles, lejos de arredrarse, responden: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,28-29).

Los primeros cristianos heredaron esa profunda convicción. El libro de los Hechos recoge múltiples ejemplos, y la historia de los primeros siglos del cristianismo es suficientemente elocuente. Con la naturalidad de lo auténtico, una y otra vez nos encontramos con la misma necesidad: «nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Los creyentes son capaces de afrontar castigos, e incluso la muerte, sin perder la alegría. Hay algo en su corazón que les hace felices, una plenitud y una Vida que ni siquiera la muerte puede quitarles, y que no pueden dejar de compartir. Para nosotros, que hemos llegado a la Iglesia mucho tiempo después, surge clara una pregunta: ¿Es todo eso algo propio del pasado? ¿o deberíamos vivir nosotros algo parecido?

La actualidad de la llamada

Quizá nos parece que entre nosotros y aquellos primeros cristianos hay un abismo, que ellos poseían un grado de santidad que jamás podremos alcanzar, que la cercanía física con Jesucristo (o al menos con alguno de los Doce) les hizo poco menos que impecables y les llenó de un encendimiento que nada ni nadie podía apagar. En realidad, basta abrir el Evangelio para darnos cuenta de que no es así.

NO PODEMOS DEJAR DE HABLAR DE LO QUE HEMOS VISTO Y OÍDO (HCH 4,20)

Muchas veces los apóstoles se presentan como hombres con miserias: tanto como nosotros. Por otra parte, no tienen una especial preparación intelectual. Jesús envía a los primeros setenta y dos cuando llevan apenas unas pocas semanas con Él… (cfr. Lc 10,1 - 12). Sin embargo, los fieles de la primera Iglesia tienen muy clara una cosa: que Jesucristo, el Señor, ha muerto y ha resucitado por cada uno de ellos, que les ha entregado el Don del Espíritu Santo y que con ellos cuenta para que esa Salvación llegue al mundo entero. No es cuestión de preparación, ni de tener unas condiciones excepcionales para el apostolado; se trata sencillamente de acoger la llamada de Cristo, de abrirse a su Don y de corresponder con la propia vida. Tal vez por eso el Papa Francisco ha querido recordarnos, con palabras de san Pablo, que «a cada uno de nosotros el Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor” (Ef 1,4)»[1].

La Iglesia de todos los tiempos es consciente de haber recibido de Cristo una llamada y, con ella, una tarea; es más, ella misma es esa llamada y es esa tarea: la Iglesia «es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre»[2]. No se trata de un hermoso deseo, o de una empresa humana, sino que su «misión continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión del mismo Cristo»[3]. En otras palabras, la Iglesia –y, en ella, cada uno de sus fieles– es continuación de la misión de Cristo, que fue enviado a la tierra para hacer presente y llevar a consumación el Amor de Dios por sus criaturas. Y eso es posible porque el Señor le envió –y nos envía– al Espíritu Santo, que es el principio de ese mismo Amor.

Así pues, también nosotros somos fruto de una llamada, y nuestra vida consiste en una tarea en el mundo y para el mundo. Nuestra vida espiritual y la idea que tenemos del apostolado cambian cuando las consideramos en esta perspectiva. El Señor nos ha buscado y nos envía al mundo para compartir con todos la Salvación que hemos recibido. «“Id, predicad el Evangelio... Yo estaré con vosotros...” Esto ha dicho Jesús... y te lo ha dicho a ti»[4]A mí: a cada una y a cada uno. En la presencia de Dios, podemos considerar: «Soy cristiano porque Dios me ha llamado y me ha enviado...». Y desde el fondo del corazón, movidos por la fuerza de su Espíritu, contestaremos con las palabras del Salmo: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (cfr. Sal 40,8-9)

La experiencia de un mandato imperativo

Durante los años cincuenta, cuando viajaba por Europa para visitar a los primeros fieles del Opus Dei que habían marchado a distintos países para poner en marcha la labor apostólica de la Obra, san Josemaría «dirigía a menudo la oración de la tarde de quienes le acompañaban, haciéndoles considerar el texto evangélico en que el Señor dice a los apóstoles: Os he elegido para que vayáis…, ut eatis»[5]. Era como un estribillo. Procuraba que las palabras de Jesús resonaran en los corazones de quienes tenía cerca. Así procuraba que se reafirmaran en la verdad que daba sentido a su vida y que mantuvieran vivo el sentido de misión que ponía en movimiento su entera existencia: « No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16).

LA LLAMADA DEL SEÑOR SIGUE RESONANDO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS, EN EL CORAZÓN DE CADA CREYENTE

Hemos leído –y hemos escuchado– muchas historias de las primeras personas que siguieron al Señor en el Opus Dei: el primer círculo, en el asilo de Porta Coeli; la primera Residencia, en la calle Ferraz; la intensa vida de familia que San Josemaría procuró cultivar durante los años dramáticos de la Guerra Civil; la primera expansión por España; la llegada a Roma; la rápida expansión por todo el mundo… Aquellos jóvenes –y no tan jóvenes– seguían al Fundador conscientes de estar siguiendo una auténtica llamada de Dios. A través de la Obra, habían encontrado a Jesucristo y habían descubierto un tesoro por el que valía la pena dar la vida entera: el Amor de Cristo, la misión de llevar ese Amor al mundo entero, de acercar a muchas personas a su calor, de encender los corazones en ese fuego divino. No necesitaban que nadie se lo recordase: les urgía extender el incendio. Es muy comprensible: «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión»[6].

Unos eran jóvenes y entusiastas, otros, quizás más fríos y racionales; pero todos estaban convencidos de que, detrás de aquel joven sacerdote y de la obra que tenía entre manos, había un querer explícito de Dios. Por eso fueron capaces de seguir la invitación del Señor, dejar todas las cosas y seguirle. Habían experimentado aquello que san Josemaría les repetía: «No olvidéis hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo»[7]. Y, como seguían a Jesús con plena libertad, aquel mandato no les pesaba. Al contrario. Es lo que también les repetía el Fundador: «Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[8]. No necesitaban que nadie les glosara el sentido de estas palabras: lo vivían.

No hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!

Contemplar las historias de los comienzos no nos deja indiferentes. Han pasado muchos siglos desde la predicación apostólica. No han pasado aún cien años desde la Fundación de la Obra. Toda la historia de la Iglesia nos permite comprender que la llamada del Señor sigue resonando a través de los siglos, en el corazón de cada creyente –en el nuestro–. El Amor se ha presentado en nuestra vida, hemos sido alcanzados por Cristo (cfr. Flp 3,12): a cada una y a cada uno nos corresponde abrazar ese Amor y dejar que nuestras vidas sean transformadas por Él. Una cosa va unida a la otra. Cuanto más centrada está nuestra vida en Cristo, más «se fortalece el sentido de misión de nuestra vocación, con una entrega plena y alegre»[9].

Los primeros y las primeras en la Obra, como aquellos primeros cristianos, encontraron a Jesucristo, abrazaron con todas sus fuerzas su Amor y la misión que les presentaba, y vieron cómo su vida se transformaba de un modo maravilloso. En ellos se cumplió lo mismo que el Padre ha querido recordarnos poco después de su elección: «Somos libres para amar a un Dios que llama, a un Dios que es amor y que pone en nosotros el amor para amarle y amar a los demás. Esta caridad nos da plena conciencia de nuestra misión, que no es “un apostolado ejercido de manera esporádica o eventual, sino habitualmente y por vocación, tomándolo como el ideal de toda la vida”»[10].

SOMOS LIBRES PARA AMAR A UN DIOS QUE LLAMA, A UN DIOS QUE ES AMOR Y QUE PONE EN NOSOTROS EL AMOR PARA AMARLE

La misión apostólica, que llena la vida entera, no es un encargo que alguien nos impone, ni una carga que hay que sumar a nuestras obligaciones cotidianas; es la expresión más exacta de nuestra propia identidad, que la llamada nos descubrió: «no hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!»[11]. Al mismo tiempo, al vivir esa misión se refuerza nuestra identidad de apóstoles. En este sentido, la vida de san Pablo es siempre una fuente de inspiración. Cuando se lee la historia de sus viajes, llama la atención la cantidad de ocasiones en que su misión no alcanza el resultado esperado. En el primero, por ejemplo, es rechazado por los judíos en Antioquía de Pisidia, y más tarde es expulsado de la ciudad; se ve obligado a huir de Iconio, amenazado de muerte; es lapidado en una ciudad de Licaonia… (cfr. Hch 13-14).

Con todo, el apóstol de las gentes no pierde de vista la llamada que Jesús le dirigió camino de Damasco, y luego concretó ya en esa ciudad. Por eso, no se cansa de repetir: «¡El amor de Cristo nos urge!» (2 Co 5,14). Incluso cuando escribe a una comunidad que aún no le conoce, no teme presentarse como « Pablo, siervo de Jesucristo, apóstol por vocación, designado para el Evangelio de Dios» (Rm 1,1). Ese es él: el «apóstol por vocación». Y enseguida se dirige a aquellos fieles como «elegidos de Jesucristo (…) amados de Dios, llamados a ser santos» (Rm 1,6-7). Pablo se sabe llamado por Dios, pero es igualmente consciente de que, en realidad, todos los fieles lo somos[12]. Su sentido de misión le lleva a vivir una fraternidad que va más allá de los lazos terrenos. De modo análogo, a la pregunta «¿Quién soy yo?», podríamos responder: «Soy alguien amado por Dios, salvado por Jesucristo; elegido para ser apóstol, llamado a llevar a muchas personas el Amor que he recibido. Por eso, el apostolado no es para mí un encargo… sino una necesidad». Tras haber encontrado a Jesucristo, sabemos que somos sal y luz, y por eso no podemos dejar de dar sabor, de iluminar, dondequiera que estemos. Este es uno de aquellos descubrimientos que revoluciona la vida espiritual, y que nadie puede hacer por mí.

Con la fuerza del Espíritu Santo

Cuando descubrimos al Señor en nuestra vida, cuando nos sabemos amados, llamados, elegidos, y nos decidimos a seguirle, «es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio»[13].

La misión apostólica es, en primer lugar, «como si se encendiera una luz dentro de nosotros». La oscuridad propia de la existencia, que consiste en no conocer con certeza el sentido de nuestra vida, se desvanece. La invitación que Jesucristo nos dirige nos permite comprender nuestro pasado y, al mismo tiempo, nos ofrece una ruta clara para el futuro. Jesús mismo vivió así su vida en la tierra. Cuando multitud de personas le piden que se quede en un lugar, Él sabe que debe continuar su viaje, «porque para esto he sido enviado» (Lc 4,43). Incluso al encarar su Pasión permanece sereno y confiado, y ante el juez romano no duda: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).

Vivir con sentido de misión es saberse en todo momento enviados por el Señor para llevar su Amor a quienes tenemos cerca: para eso hemos sido creados. Y es también decidir en cada momento qué hacer, en función de esa misión que da contenido y finalidad a nuestro paso por la tierra. Puede haber dificultades, obstáculos, contradicciones; habrá momentos de oscuridad; pero la estrella que marca el norte sigue brillando siempre en el firmamento. Mi vida tiene un porqué, hay una luz que me permite orientarme.

Esa luz de la misión es al mismo tiempo impulso. Pero no lo es como una fuerza humana. Por supuesto, habrá en nuestra vida momentos de entusiasmo sensible, en que experimentaremos un deseo encendido de pegar el fuego de Cristo a quienes tenemos cerca. Sin embargo, cualquiera que lleve algo de tiempo siguiendo al Señor ha podido comprobar que el impulso humano viene y va. Eso no tiene nada de malo: es humano, y los santos son los primeros que lo han vivido, como nos recuerda, sin ir más lejos, la vida del Beato Álvaro del Portillo. Como es sabido, poco después de pedir la Admisión en la Obra tuvo que escribir al Fundador para reconocer que se le había pasado el entusiasmo[14].

En todo esto, conviene no perder de vista que la auténtica fuerza, el dinamismo que nos lleva a salir de nosotros mismos para servir a los demás «no es una estrategia, sino la fuerza misma del Espíritu Santo, Caridad increada»[15]. En efecto, «ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu», y por eso precisamente, «para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente»[16]. Los fieles del Opus Dei le invocamos a diario en la Santa Misa, en algunas oraciones vocales como el Santo Rosario o las Preces de la Obra. En ocasiones, nos ayudará acudir también a alguna oración dirigida especialmente a Él, como la Secuencia de Pentecostés, el Himno Veni Creator Spiritus, o tantas otras oraciones que a lo largo de los siglos se le han dedicado. En todas ellas le pedimos que venga, que nos transforme, que nos llene del Amor y la fuerza que movieron al Señor. Le pediremos entonces: «Espíritu de amor, creador y santificador de las almas, cuya primera obra es transformarnos hasta asemejarnos a Jesús, ayúdame a parecerme a Jesús, a pensar como Jesús, a hablar como Jesús, a amar como Jesús, a sufrir como Jesús, a actuar en todo como Jesús»[17].

Así, el impulso transformador del Espíritu Santo nos dará un corazón encendido como el de Jesucristo, y la misión apostólica se convertirá en la sangre que moverá nuestro corazón. Si nos dejamos llevar por el Amor de Dios, si permanecemos atentos a sus inspiraciones y hacemos caso a esos pequeños gestos que Él nos indica, el apostolado se convierte en el oficio que constituye nuestra propia identidad. No necesitaremos proponérnoslo, y tampoco precisaremos estar en un lugar o en un contexto determinados para actuar como apóstoles. Del mismo modo que alguien es médico (y no solo hace de médico), y no deja de serlo en ningún lugar o circunstancia (en un autobús donde se marea una persona, durante las vacaciones, entre semana y en fin de semana, etc.), nosotros somos apóstoles en todo lugar y circunstancia. En el fondo, se trata de algo tan sencillo como ser lo que ya somos: «los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Lo principal es que permanezcamos abiertos a la acción del Paráclito, atentos para «reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo»[18] y que constituye la realización de nuestra propia vida.

Lucas Buch


[1] Papa Francisco, Ex.Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 2.

[2] Concilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes, 7-XII-1965, n. 2.

[3] Ibíd., n. 5.

[4] San Josemaría, Camino, n. 904.

[5] A. Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. 3, Rialp, Madrid 2003, p. 339

[6] Papa Francisco, Ex.Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 9.

[7] San Josemaría, Instrucción 19-III-1934, n. 27; la cursiva es del original; en Camino. Edición crítico-histórica, nota al n. 942.

[8] San Josemaría, Instrucción 19-III-34, n. 49, en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. 1, Rialp, Madrid 1997, 576.

[9] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[10] Ibíd., n. 9.

[11] Íd.

[12] De ahí viene precisamente el término Iglesia, ekklesía, que literalmente significa «los convocados», esto es, «todos nosotros, quienes hemos sido bautizados y creemos en Dios, somos convocados por el Señor», YouCat: Catecismo joven de la Iglesia Católica, n. 121.

[13] San Josemaría, Carta 9-I-1932, n. 9.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino. Edición crítico-histórica, comentario al n. 994.

[15] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.

[16] Papa Francisco, Ex.Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, nn. 261 y 280, respectivamente. En ese mismo documento, nos sugería: «Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma» (Ibíd., n. 259).

[17] A. Riaud, La acción del Espíritu Santo en las almas, Palabra, Madrid19835, pp. 49-50. Algunas oraciones al Paráclito se pueden encontrar en el volumen preparado por A. Burgos, Oraciones y plegarias al Espíritu Santo, Palabra, Madrid 1998.

[18] Papa Francisco, Ex.Ap. Gaudete et Exultate, 19-III-2018, n. 174.

 

Los 85 de Francisco

Escrito por Mario Arroyo.

Jorge Mario Bergoglio cumplió este 17 de diciembre 85 años, la edad que tenía Benedicto XVI al renunciar, casi la edad de San Juan Pablo II al fallecer.

Jorge Mario Bergoglio cumplió este 17 de diciembre 85 años, la edad que tenía Benedicto XVI al renunciar, casi la edad de San Juan Pablo II al fallecer (84 años, 11 meses). Como se puede ver, una edad crucial. Pero, a pesar de su reciente intervención quirúrgica y a que tiene un pulmón funcionando a media capacidad –le extirparon un lóbulo del pulmón derecho cuando tenía 21 años-al Papa se le ve en plena forma, metido al 100% en los graves problemas de la humanidad y en los desafíos de la Iglesia.

En efecto, Francisco ha metido nuevamente a la Iglesia en el gran debate contemporáneo, siendo una voz escuchada en lo referente al cambio climático o a la crisis de los migrantes, por citar sólo dos rubros donde su intervención ha sido decidida y ampliamente reconocida. Le ha plantado cara, con humildad y decisión, a la crisis de pederastia en la Iglesia; pero no se ha limitado a ser un apagafuegos en este aspecto, pues ha relanzado a la Iglesia a un decidido apostolado: “la Iglesia en salida” como le gusta llamarla, y ha vuelto en ese intento, a lo esencial, a anunciar con nuevos bríos, a Jesús de Nazaret a un mundo cansado.

Francisco, con sus gestos, ha dado una nueva fisonomía al papado. En efecto, son paradigmáticas y ejemplares las imágenes de todo un Papa lavándoles los pies a un grupo de delincuentes en una prisión; o departiendo con los “sin techo” el día de su cumpleaños; o besándoles los pies a un grupo de dirigentes africanos suplicándoles que pongan fin a una guerra fratricida. Digamos que, por gestos elocuentes, no se queda corto su pontificado, todo lo contrario. Y, esos gestos, no forman parte de una estudiada campaña mediática, sino que son auténticos, pues ya los vivía siendo arzobispo de Buenos Aires. Sólo los ha llevado a la Sede de Pedro, y ahí han tenido un efecto multiplicador, que confronta a la Iglesia misma, de forma que todos nos sentimos inclinados a salir de nuestra zona de confort al encuentro del hermano que sufre; todos nos sentimos interpelados a contribuir para hacer de este mundo un mejor lugar, luchando contra las estructuras de pecado o, en positivo, para edificar la civilización del amor.

El papa Francisco también ha tenido muy presentes a los de su edad desde el principio del pontificado. Ha denunciado con fuerza a la “cultura del descarte”, siendo los ancianos los primeros olvidados o relegados por una sociedad marcadamente individualista, donde lo que cuenta es el “yo” y sus apetencias. Paradójicamente ahora es un anciano el protagonista, un anciano con una inmensa capacidad de convocatoria de jóvenes a través de las Jornadas Mundiales de la Juventud que le ha tocado presidir. Un anciano con alma joven que clama para que no se les arranque a los jóvenes la esperanza, que se dirige a un mundo donde tantas veces los jóvenes ya enfrentan le vida con un corazón cansado; el alto y creciente índice de suicidios juveniles no permiten exagerar este punto. Un anciano que invita a los jóvenes a entablar el diálogo con sus abuelos para que sean conscientes de sus raíces y no sean desarraigados y por tanto fácilmente manipulables.

Por todo lo anterior, no nos queda sino agradecerle a Francisco su fidelidad a Dios, a la Iglesia, a la humanidad. Agradecerle y, ¿por qué no?, admirar su vitalidad espiritual, su empuje, sus enfoques directos, claros, esperanzadores. Es, sin lugar a dudas, un ejemplo de vida lograda. Desde la altura de sus 85 años puede verse toda su vida con cierta perspectiva, y se puede concluir que ha valido la pena, que todo ese esfuerzo y sacrificio han producido dos realidades estrechamente emparentadas: una vida feliz –la de Jorge Mario Bergoglio- y una vida fecunda; nos enseña así cómo vida feliz y vida fecunda, van de la mano. ¿El secreto? Una vida de fe, de esperanza, de caridad.

¿Qué podemos hacer en consecuencia? Agradecer a Dios el habernos dado un pastor como Francisco, con su vida a la par feliz y fecunda. Rezar por él, pues el peso de la Iglesia y del mundo que se ha echado sobre sus espaldas es muy grande, y no podemos permitir que lo lleve solo, sino que se encuentre respaldado por nuestras oraciones. “Rezad por mí” es su insistente petición y no nos queda más remedio que acogerla con generosidad. Y aprender de él cómo una vida de fe es una vida fecunda, una vida que vale la pena, una vida plena, una vida feliz.

 

Las caras del egoísmo

Lucía Legorreta

Ser egoístas no es bueno ni malo, es necesario. Necesitamos pensar en nosotros mismos para sobrevivir física y emocionalmente.

Aunque la connotación que le damos al egoísmo es negativa, quiero decirte que es algo necesario en nuestras vidas. Es por ello que hoy vamos a diferenciar entre las distintas formas de egoísmo para disfrutar de las relaciones con los demás.

Al pensar en una persona egoísta, se nos viene a la mente alguien que presta demasiada atención a sus propios deseos, necesidades y bienestar y no toma en cuenta a los demás.

Las conductas egoístas se describen como inmorales, ya que una buena persona piensa en los otros primero: si quieres ser feliz en tu vida, ayuda a alguien. Es considerado como uno de los peores defectos del ser humano.

Sin embargo, hay otra clase de egoísmo que no busca el propio placer a cualquier coste, sino cubrir las propias necesidades, para desde nuestro bienestar, poder ser útiles a los otros. Estas son las razones para fomentar el llamado egoísmo en positivo:

- Mejora las relaciones sociales: contrariamente a lo que se pueda pensar, mirar por los propios intereses clarifica las relaciones con los demás. La gente tiene más dificultades para manipularte o aprovecharse de ti, si eres egoísta. Establecer límites significa saber dónde termina tu espacio y dónde comienza el de la otra persona.

- Facilita el vínculo sentimental: dado que respetar prioridades es un signo de madurez, las relaciones sentimentales que funcionan no son las que dos medias naranjas tratan de llenar lo que les falta, sino las de dos naranjas enteras. Es decir, dos adultos maduros que cuidan de sí mismo como tales y saben disfrutar del otro.

- Potencia el liderazgo en el entorno laboral, ya que la persona es segura de sí misma y no quiere renunciar a sus objetivos.

- Beneficia la salud: escuchar las propias necesidades implica también cuidar del cuerpo, de las horas de sueño, alimentación, ejercicio, etc.

- Promueve la felicidad: si eres consciente de lo que eres, de lo que te gusta, y aprendes a comunicarlo a los demás, serás una persona más dichosa. Ponerte en primer lugar, no es una cualidad negativa, es tu obligación para cuidar de ti mismo y obtener lo que necesitas para darlo a los demás.

La otra cara del egoísmo positivo es el egocentrismo, que es malo tanto para la persona como para quienes la rodean. La persona vive metida tanto en sí misma, que es incapaz de empatizar con quienes le rodean. El ego ocupa tanto espacio que apenas se deja sitio para los demás.

El egoísmo egocéntrico se nutre de nuestra sombra o lado oscuro, esto es, carencias, frustraciones y miedos. Estas son las armas con las que peleamos contra nosotros mismos y, por ende, contra los demás.

Esta cara del egoísmo lleva a la persona a construir una personalidad victimista y reactiva, quejándose o culpando siempre a algo o a alguien cuando las cosas no salen como uno esperaba. Esto tiene como consecuencia grave una sensación de vacío e insatisfacción, y por lo tanto de infelicidad.

Es irónico cómo este tipo de personalidad tacha a los demás de egoístas.

Etimológicamente, la palabra egoísta procede del latín ego, que significa YO. Lo cierto es que ser egoístas no es bueno ni malo, es necesario. Necesitamos pensar en nosotros mismos para sobrevivir física y emocionalmente.

Y de esta manera, estar preparados para dar lo mejor de nosotros a los demás.

 

En las tinieblas del paganismo nacía un mundo nuevo

Se había apoderado de muchos hombres la sensación de que el mundo había llegado a un fracaso irremediable

El viejo mundo adorador de la carne, del oro y de los ídolos moría. Un mundo nuevo nacía basado en la Fe, en la pureza, en la probidad, en la esperanza del Cielo.

…no puedo dejar de notar que esos pastores y esos rebaños y esas tinieblas hacen recordar la situación del mundo el día de la primera Navidad.

En el Imperio romano sólo se divisaban el caos y la aniquilación

Contenidos
 

Numerosas fuentes históricas de aquel tiempo ya lejano nos relatan que se había apoderado de muchos hombres la sensación de que el mundo había llegado a un fracaso irremediable; de que una maraña inextricable de problemas fatales les cerraba el camino; de que estaban en una postración, más allá de la cual sólo se divisaba el caos y la aniquilación.

Mirando hacia el camino recorrido por la humanidad desde los primeros días hasta entonces, los hombres podían sentir una comprensible ufanía. Estaban en un auge de cultura, de riqueza y de poder. Cuánto distaban las grandes naciones de aquel año Uno de nuestra era —y más que todas, el super Estado Romano— de las tribus primitivas que vagaban por las llanuras, entregadas a la barbarie y azotadas por factores adversos de todo orden.

Poco a poco, habían surgido las naciones. Ellas habían tomado fisonomía propia, engendrando culturas típicas, creando instituciones inteligentes y prácticas, trazando caminos, iniciando la navegación y difundiendo por todas partes, tanto los productos de la tierra cuanto los de la industria naciente. Abusos y desórdenes, los había, por cierto. Pero los hombres no los notaban completamente. Pues cada generación sufre de una insensibilidad sorprendente para con los males de su tiempo.

Una opulencia que no daba felicidad

Lo más crucial de la situación en que se encontraba el Mundo Antiguo no estaba pues, en que los hombres no tuviesen lo que querían. Consistía en que grosso modo disponían de lo que deseaban, pero después de haber hecho laboriosamente la adquisición de esos instrumentos de felicidad, no sabían qué hacer con ellos.

“Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos…”

De hecho, todo cuanto habían deseado a lo largo de tanto tiempo y de tantos esfuerzos, les dejaba en el alma un terrible vacío. Más aún, no raras veces los atormentaba. Pues el poder y la riqueza de los que no se sabe sacar provecho, sirven tan sólo para dar trabajo y producir aflicción.

Así, alrededor de ellos todo era tinieblas. —Y en esas tinieblas…

La corrupción de las costumbres

En el Mundo Antiguo, entre los millones de personas aplastadas por el peso de la cultura y de la opulencia inútiles, había hombres elegidos que percibían toda la densidad de las tinieblas, toda la corrupción de las costumbres, toda la ilegitimidad del orden, todos los riesgos que rondaban alrededor de la humanidad, y sobre todo el non sense al que conducían las civilizaciones basadas en la idolatría.

Había también algunas almas de elección, que no eran necesariamente personas de una instrucción o de una inteligencia privilegiada.

Había también algunas almas de elección, que no eran necesariamente personas de una instrucción o de una inteligencia privilegiada. Pues la lucidez para percibir los grandes horizontes, las grandes crisis y las grandes soluciones, vienen menos de la penetración de la inteligencia que de la rectitud de alma.

Se daban cuenta de la situación los hombres rectos, para los cuales la verdad es la verdad y el error es el error. Las almas que no pactan con los desmanes del tiempo, acobardadas por la risa o por la lenta inmolación con que el mundo cerca a los inconformes. Eran almas de ese quilate, raras y un tanto esparcidas por todas partes, entre señores y siervos, ancianos y niños, sabios y analfabetos, que vigilaban en la noche, oraban, luchaban y esperaban la Salvación.

La llegada de la Redención

Ésta comenzó a llegar para los pastores fieles.

Pero, transcurrido todo cuanto el Evangelio nos cuenta, sobrepasó los exiguos confines de Israel y se presentó como una gran luz para todos los que en el mundo entero rechazan como solución la fuga en la orgía o en el sueño estúpido y muelle. Cuando vírgenes, niños y ancianos, centuriones, senadores y filósofos, esclavos, viudas y potentados comenzaron a convertirse estúpido y muelle. Cuando vírgenes, niños y ancianos, centuriones, senadores y filósofos, esclavos, viudas y potentados comenzaron a convertirse, bajó sobre ellos el ciclo de las persecuciones.

Sin embargo, ninguna violencia los hizo inclinarse. Y cuando en la arena miraban serenos a los Césares, las masas ululantes y las fieras,los Ángeles del Cielo cantaban: Gloria a Dios en los más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Este canto angélico, ningún oído la escuchó. Pero conmovía a las almas. La sangre de estos héroes serenos e inquebrantables se transforma así en semilla de nuevos cristianos.

El viejo mundo adorador de la carne, del oro y de los ídolos moría. Un mundo nuevo nacía basado en la Fe, en la pureza, en la probidad, en la esperanza del Cielo.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

¿Por qué se celebra el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre?

SOBRE LOS ORÍGENES DE LA CELEBRACIÓN DE LA NAVIDAD

Los primeros cristianos no parece que celebrasen su cumpleaños (cf., por ej., Orígenes, PG XII, 495). Celebraban su dies natalis, el día de su entrada en la patria definitiva (por ej., Martirio de Policarpo 18,3), como participación en la salvación obrada por Jesús al vencer a la muerte con su pasión gloriosa. Recuerdan con precisión el día de la glorificación de Jesús, el14/15 de Nisán, pero no la fecha de su nacimiento, de la que nada nos dicen los datos evangélicos.

 

¿Por qué se celebra el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre? 2

   

 

“Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo”

(J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).

 

Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre la fecha del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221.

La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico filocaliano del año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (“el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”). A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.

 

 
 

Nacimiento

       

Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por ese día porque, a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el dies natalis Solis invicti, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año.

 

Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como «sol de justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo» (Jn 1,4ss.).

Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución. Es posible, no obstante, que con el transcurso del tiempo la fiesta cristiana fuera asimilando la fiesta pagana.

Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que:

“Nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33).

En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero. La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí.

Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán. El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz.

Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).

 

Navidad: ¿cómo enseñarla a los hijos?

Por LaFamilia.info

Foto: Freepik

La Navidad es una celebración de fe, de inmensa alegría por el nacimiento de Jesús; pero… ¿nuestros hijos saben que éste es el motivo de la Navidad?

¿Saben la razón por la que nos damos regalos o nos reunimos en familia más que de costumbre? Es importante transmitirles a los niños el verdadero sentido de la Navidad y no aquella imagen que el comercio les vende, la cual en ocasiones también convence a los adultos.

Por esta época es frecuente encontrar padres con angustia por no poder regalar a sus hijos lo que ellos piden (tablets, móviles, videojuegos...) pero en realidad estos pedidos están muy lejanos del significado de esta celebración cristiana; por desgracia la Navidad se ha ido materializando.

Si fuera por los mensajes que recibimos de la publicidad, parecería que la Navidad se reduce a una temporada en que se vive la amabilidad e intercambiamos regalos. Y los niños también son víctimas de este bombardeo mediático. Por eso la misión de los padres es orientarles hacia los valores cristianos que representa esta época, a vivir la solidaridad, la humildad, la gratitud, la generosidad, la paz, la reconciliación… virtudes que los harán mucho más apreciables que los obsequios materiales (Ver: Los valores de la Navidad).

Cómo transmitir la fe en Navidad

Lo primero es contextualizar a los hijos en la auténtica festividad. Debemos explicarles que celebramos con enorme alegría el nacimiento de Jesús, quien nació entre nosotros en un humilde establo acompañado de sus padres, la Santísima Virgen y San José, y junto a ellos, los pastores y animales que les brindaron compañía y calor. La elaboración del pesebre o Belén es una magnifica actividad para enseñarles a los hijos esta historia sagrada y el significado especial que cobra cada figura (ver aquí).

Hay que enfatizar que de este hecho es donde germina toda la felicidad característica de esta fiesta, es por ello que nos reunimos en familia para esperar la llegada del Niño Jesús al ser un gran acontecimiento que ansiamos durante todo un año.

A este respecto, el Padre Juan de Dios Larrú aconseja hacer llegar a los niños que “la fe aporta alegría: es muy importante que la fe se celebre. La fe tiene que ver con la fiesta. Un niño debe percibir que la fe está unida al sentido gozoso de la vida. La Navidad es la alegría enorme de que Dios está cerca de nosotros” *CaminoCatólico.org. Por eso decimos que la Navidad es también una fiesta familiar, fiesta de solidaridad y de fraternidad universal.

De igual forma, el nacimiento de Jesús nos invita a hacernos conscientes de su legado en la tierra, a llevar una vida coherente con su mensaje: amor y paz; pues con su nacimiento también debemos nacer nosotros, cambiamos para ser mejores. Y ello implica vivir los valores en carne propia, como realizar en familia una actividad que así lo ratifique: por ejemplo la generosidad, compartir con niños de menores recursos o con personas necesitadas.

Finalmente, la labor educativa de la familia no debe pasar por alto esta fecha para transmitir a los hijos el origen y verdadero significado de la Navidad, lo que implica ubicarles en el entorno espiritual para vivir la fe. También los padres deberán ayudar a los niños a comprender el nacimiento de Jesús como eje central de la festividad y entender el tema de los regalos como una actividad que acompaña el ritual, la cual debe vivirse con moderación, con la misma humildad con la que el Niño Jesús nació en el pesebre.

 

Navidad oscura

Escrito por Mario Arroyo.

El Niño Jesús está más cercano espiritualmente de aquellos que sufren, por el motivo que sea, y que se ven abocados a vivir una navidad oscura.

En la Navidad tradicionalmente todo se viste de luz y color. Las lucecitas que se prenden y se apagan simbolizan la alegría. Ha venido Jesucristo, Luz del mundo, a traernos esperanza. Es, tradicionalmente, la fiesta familiar por excelencia, donde el intercambio de regalos muestra que unos somos importantes para otros. Pero hay otra navidad, oculta, escondida. La navidad de los que no pueden vivirla como todos los demás y que a veces se torna una navidad oscura: no la debemos olvidar; sean estas líneas un reconocimiento de todos aquellos que viven de esta forma la navidad.

Pienso, en primer lugar, en todos aquellos que pasan la navidad trabajando. No hay más opciones, el mundo sigue dando vueltas, no puede parar del todo, y necesita que algunas personas se sacrifiquen sirviendo, para que todo pueda transcurrir en orden y armonía. Pienso en los médicos que tienen intervenciones de emergencia, en las enfermeras que están cuidando de los pacientes, en los enfermeros que se turnan para atender a un anciano con demencia senil. La lista puede engrosarse todo lo que se quiera: policías, bedeles de un hotel, pilotos y azafatas, personal de limpieza pública, meseros de restaurantes que ofrecen cenas de navidad o fin de año. Sumándolos, de poquito en poquito, suman un silencioso ejército de personas que sirven, para que muchas otras puedan pasar cómodamente su navidad.

En segundo lugar, pienso en esas navidades tristes. Las de aquellos que la pasarán solos, o no con sus seres queridos, porque han tenido que emigrar lejos de sus familias para conseguir una mejor situación laboral. La navidad de tantos indocumentados, que no pueden darse el lujo de volver al país de origen, y que no les queda más remedio que vivirla solos, en el país que involuntariamente los acoge, con la zozobra de ser descubiertos y deportados al país de origen.

También está esa otra navidad, más amarga, de los que pasan las fiestas solos porque su familia se ha roto. O quizá no solos del todo, pero no con sus hijos, porque su mujer los ha demandado y se ha llevado consigo a los niños. O esas otras navidades incómodas a la par de amargas, donde se hacen equilibrios extraños para cumplir con los compromisos propios de familias rotas: pasas un rato el 24 con tu papá, otro ratito el 25, pero la cena de Navidad y la comida de Navidad es con mamá, o viceversa. La navidad de las familias rotas es particularmente amarga, aunque se puedan visitar a los niños, a fuerza de arreglos con los abogados.

Luego está la navidad de los que están solos. De aquellas personas que no han sabido o no han podido formar un hogar, y ya están entradas en años. Si siempre pesa, durante las fiestas navideñas se torna más duro el zarpazo de la soledad. Las personas cobran una mayor conciencia de su triste situación vital. En estas ocasiones, lo que uno quiere es que pase la fiesta rápido, y busca sucedáneos que suavicen la sensación de soledad. Siempre es posible embriagarse o, más sano, darse un atracón de Netflix hasta que te sangren los ojos. Pero ello solo esconde, solo pospone el drama de la soledad. Tarde o temprano, uno se enfrenta con la almohada y no le queda más remedio de reconocer que está solo, que tiene un vacío inmenso y no hay nadie para colmarlo.

En fin, están las navidades que, por azares del destino, tristemente embonan con algún acontecimiento luctuoso, o con una situación de grave enfermedad. Cuando te dan el diagnóstico fatídico pocos días antes de las fechas, y sabes que quizá sea la última vez que comas las uvas de fin de año. Cuando el pariente cercano atina a fallecer en navidad o los días cercanos a ella, la navidad se torna oscura, insoportable.

Mi pensamiento va con aquellos que se encuentran así. Quienes más que vivir, sufren la navidad. De poco les servirán mis pensamientos, quizá sean más útiles mis oraciones, a las que ojalá se unan las del apreciado lector. En cualquier caso, solo podría decirles que, de una forma misteriosa, su navidad es más auténtica; pues la original no fue cómoda: se vivió en la soledad y en la pobreza. Y que el Niño Jesús está más cercano espiritualmente de aquellos que sufren, particularmente de quienes, por el motivo que sea, se ven abocados a vivir una navidad oscura.

 

Los consumidores españoles hemos gastado un 7% más en productos ecológicos este año

El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación publicado el informe Análisis de la caracterización y proyección de la producción ecológica española en 2020, que muestra cómo este sector continúa con su intenso proceso de crecimiento y se configura como un importante ámbito de consumo diferenciado dentro del conjunto del sistema alimentario español.

Según dicho informe el gasto de los consumidores españoles en productos ecológicos alcanzó en el año 2020 los 2.528 millones de euros, lo que supone un crecimiento del 7 % respecto al año anterior, mientras que el porcentaje de gasto en alimentos ecológicos respecto al gasto total alimentario de España en dicho año se situó en un 2,48 %, indicando un crecimiento de un 10,3 % respecto a 2019. En 2020, el gasto por persona y año llegó a los 53,41 euros, un 6,10 % más que el registrado el año anterior.

En el periodo 2015-2020, el crecimiento del gasto en productos ecológicos ha sido del 67,42 %, incremento que es del 154,07 % si tomamos un periodo de referencia más largo (2012-2020).

El ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación considera que el crecimiento continuado del sector ecológico en España es fruto de su profesionalidad, gran experiencia y clara visión de futuro. Para el ministro constituye una gran satisfacción colaborar en el impulso de este sector, que cuenta con unas buenas perspectivas de crecimiento en los próximos años.

Por eso, desde el ministerio se trabaja para dar a conocer la riqueza y diversidad de la producción agroecológica de nuestro país y contribuir a incrementar la confianza de los consumidores sobre la excelencia y calidad que hay detrás de los productos que llevan el logotipo de ecológico.

PRINCIPALES DATOS DE LA PRODUCCIÓN ECOLÓGICA

Los productos vegetales ecológicos más consumidos en España fueron las frutas frescas, con un 15,5 % en la cesta de la compra ecológica; y las hortalizas frescas, con un 13,9 %. Le siguen el pan, galletas y bollería, que en conjunto sumaron un 6,6 % de la compra ecológica; y el aceite y el vino (4,4 % y 2,2 %, respectivamente).

En cuanto a los productos ecológicos de origen animal, los más consumidos fueron las carnes y derivados cárnicos, con el 15 % de la cesta ecológica, la leche y derivados lácteos (7,5 %); el pescado, marisco y sus conservas (4,2 %), huevos (2,2 %) y miel y derivados (1,2 %). De acuerdo con los datos del estudio, España ocupa la novena posición en producción ecológica.

Jesús Domingo Martínez

 

 

El buen humor

En vísperas de la Navidad el Papa Francisco nos invitaba a pedir una gracia de la que se habla muy poco: la de vivir estas fiestas "con un sano humorismo". Según mi opinión, la idea que el Papa quería trasmitirnos es que el primer acto de caridad es tener el rostro sereno y sonriente para llevar a quien nos mira la alegría de Dios. El buen humor es, posiblemente, uno de esos dones salidos del corazón que los vientos de crisis parecen haberse llevado de la vida diaria, en la que nos sumergimos en todo tipo de lamentaciones por lo que pasa.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Sobre la Iglesia y los abusos

Me parece oportuno recodar en estos días que a instancia de los periodistas sobre los abusos, monseñor Argüello portavoz de la Conferencia Episcopal Española, recordaba que “las denuncias por abusos perpetrados por personas vinculadas a la Iglesia representan el 0,8 por ciento”, del total de abusos cometidos en otros ámbitos de la sociedad: familiares, deportivos, educativos, del cine y artes escénicas; y se preguntaba por qué “el foco solo está en la Iglesia católica”. El problema afecta a toda la sociedad pero precisamente la Iglesia “ha dado muestras de acogida a las víctimas y ha puesto en marcha protocolos de prevención”, escuchándolas de modo personal para que alcancen la debida sanación.

JD Mez Madrid

 

 

Una Campaña mundial orientada

Me parece conveniente recordar, durante estos días de navidad, la campaña de Caritas Internacional quien ha puesto en marcha una Campaña mundial orientada a paliar y combatir la pobreza, de acuerdo con su misión. A partir de las orientaciones que presentan las encíclicas Laudato Sii y Frattelli Tutti, Cáritas propone crear comunidades comprometidas con el cuidado de los pobres y de la Creación.

Esta campaña se extenderá hasta diciembre de 2024. Durante dos años, Caritas Internacional trabajará en tres dimensiones complementarias: concienciar, sensibilizar y desarrollar actividades con incidencia política. Es urgente restaurar y proteger el acceso a los recursos naturales, es necesario que las demandas y necesidades de las personas con más dificultades sean escuchadas y es preciso sensibilizar a las comunidades locales para que fomenten y asuman estilos de vida distintos.

Jesús Domingo Martínez

 

La amistad y su desnudez 

                                                                                 

                                Me dijeron una vez hace ya muchos años que… “Si encuentras un amigo, siéntete feliz, si encuentras dos, siéntete un dios; y no busques un tercero, puesto que no lo encontrarás”. Y es, que suele ocurrir con mucha frecuencia, que cuando de verdad necesitas acudir a un amigo para algo importante, es cuando lo pierdes, puesto que no te corresponde y te presenta pretextos y elude todo cuanto puede; así pues, yo sonrío, cuando en esas relaciones, en “la manigua de Internet”, se dicen y se cuentan, “las amistades, por miles o millones”. La amistad como el tan cacareado “amor”; es algo que a pesar de lo muy nombrado y difundido, es algo que en realidad es enormemente desconocido; y dificilísimo de definir, y más de disfrutar (generalmente se habla de sexo) precisamente por lo grandioso que, “debe de ser”. Y no lo que en realidad es; que se busca “al amigo”, para simplemente aprovecharse de él, y abusar de lo que se dice amistad, que desde luego, no lo es, salvo ese “barniz insulso con que se barniza hoy”.

                                Por todo ello, hoy reproduzco lo que un destacado sabio estoico dijo sobre la amistad, y de esto hace ya la friolera de “un par de milenios”: veamos:

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Sobre la amistad: “La amistad es atributo sólo del sabio. ¿Cómo sería capaz de amar quién no sabe distinguir lo bueno de lo malo? No es posible  que ame a los hombres quien ama las riquezas, los placeres o la vanagloria. Sólo el que ama lo honrado y lo decente es capaz de amarlos de verdad. Para amar es preciso colocar al mismo nivel la utilidad, la santidad, la honradez, la patria, los padres, los amigos y la justicia. Si se separan estas cosas ya no es posible la amistad, porque donde domina el yo y lo mío, domina el animal, no la razón inteligente. Si el yo, es decir, lo mío, o sea mi interés, está de acuerdo con la honestidad y la justicia, soy buen amigo, buen hijo, buen padre y buen esposo; pero si en un lado está mi interés y en otro aquellas virtudes, entonces adiós amistad y adiós todos los deberes más santos e indispensables.

                                Si quieres saber si dos hombres son amigos, no preguntes si son hermanos, si se han educado juntos, si tuvieron los mismos maestros y preceptores; pregunta tan sólo en qué hacen consistir su intimidad. Y si esta intimidad estuviese basada en las cosas que no dependen de nosotros, guárdate mucho de decir que son amigos; no, no lo son, como no son fieles, ni constantes, ni libres. En cambio, si basan su amistad en aquellas cosas que de nosotros dependen y las sostienen y cimentan con opiniones sanas, entonces no te preocupes de si los atan o no los lazos de la sangre, de si se conocen desde largo tiempo ni de sus protestas de amistad; porque ¿puede no haber amistad allí donde hay felicidad y comunicación en todo lo bello y honesto?

                                El alma del vicioso es incapaz de amistad por lo mismo que, entregada a la inconstancia y al desenfreno, va siempre de un lado para otro empujada por sus opiniones y jamás satisfecha.

                                ¿Ves esos perros que están jugando? Diríase que son los mejores amigos del mundo, a juzgar por sus fiestas, sus caricias, su bullicio y sus lametones, ¿verdad? Pues echa en medio de ellos un hueso y verás lo que ocurre. Esta suele ser la amistad entre padres, hijos y hermanos. En cuanto se ofrecen motivo de disputa: dinero, tierras, una querida, bienes de cualquier clase, ya no hay padre, ni hijo, ni hermano”.

 

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                             Son algunas de “las máximas”, de Epicteto: sabio estoico, en la época de Nerón y los herederos del primer emperador romano; y el que vivió como esclavo de un “alto personaje de la aristocracia romana”; como los grandes seres de la Historia, no necesitó escribir; sus discípulos se encargaron de hacerlo y de transmitir sus enseñanzas; por ello cualquier hábido del saber, debe buscar lo que se conserva de él, leerlo y meditarlo.

 

NOTA BIOGRÁFICA: Epicteto, o Epícteto, fue un filósofo griego, de la escuela estoica, que vivió parte de su vida como esclavo en Roma. Hasta donde se sabe, no dejó obra escrita, pero de sus enseñanzas se conservan un  'Manual', y sus Discursos editados por su discípulo Flavio Arriano. Epicteto nació en el año 55  en Hierápolis de Frigia (actualmente Pamukkale, en el sudoeste de Turquía), a unos 6 km al norte de Laodicea. En su infancia llegó a Roma como esclavo del liberto Epafrodito, que a su vez había servido como secretario del emperador Nerón; a instancias de Epafrodito, estudió con el filósofo estoico Musonio Rufo. La fecha de la manumisión de Epicteto es incierta; se sabe que alrededor del año 93 fue exiliado, junto con los restantes filósofos residentes en Roma, por el emperador Domiciano. Se trasladó a Nicópolis, en el noroeste griego, donde abrió su propia escuela, adonde concurrieron numerosos patricios romanos. Entre ellos se contaba Flavio Arriano, que llegaría a ser un respetado historiador bajo Adriano; y el que conservaría el texto de las enseñanzas de su maestro. La fama de Epicteto fue grande, mereciendo —según Orígenes— más respeto en vida del que había gozado Platón. (Wikipedia)

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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