Las Noticias de hoy 03 Febrero 2020

Enviado por adminideas el Lun, 03/02/2020 - 13:04
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 03 de febrero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

El Papa en el Ángelus: “Movimiento y asombro, actitudes para servir a los hermanos”

El enfermo no es un número: es una persona que necesita humanidad

DESPRENDIMIENTO Y VIDA CRISTIANA: Francisco Fernandez Carbajal

“Dios no acepta las chapuzas”: San Josemaria

La virtud de la esperanza y la ascética cristiana en algunos escritos de San Josemaría: Paul O'Callaghan

¿Qué es la oración?, ¿cómo se hace?, ¿Dios escucha y responde?

Judas, ¿sigue presente: Ernesto Juliá

Luis de Moya, sacerdote tetrapléjico: «Dios es Padre bueno de los hombres en toda circunstancia»

Adriana Domínguez: liderazgo del sentido común: Nuria Chinchilla

Por qué ignoramos a los cristianos perseguidos: Francisco José Contreras

Disidencia frente al Pensamiento Único: Pedro Luis Llera

SE FUE LA JUVENTUD: Magui del Mar

Explica por qué las protestas del campo: Jesús Domingo

La igualdad y la supresión de la religión:

La Iglesia y el nuevo Gobierno: Jesús Domingo Martínez

Que el mundo levante la voz y tenga el coraje de denunciar: Suso do Madrid

Leves reflexiones: Pedro García

 Hoy día… ¿De la violencia de “género”?: Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

El Papa en el Ángelus: “Movimiento y asombro, actitudes para servir a los hermanos”

Alocución del Santo Padre antes de rezar la oración mariana del Ángelus de este primer domingo de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor y XXIV Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Que la Virgen María nos ayude a contemplar cada día en Jesús el Don de Dios para nosotros, y a dejarnos involucrar por Él en el movimiento del don, con alegre asombro, para que toda nuestra vida se convierta en una alabanza a Dios en el servicio a nuestros hermanos”, lo dijo el Papa Francisco en su alocución antes de rezar la oración mariana del Ángelus de este primer domingo de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor y XXIV Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

Modelos de acogida y donación de la propia vida a Dios

Hoy celebramos la Fiesta de la Presentación del Señor, dijo el Santo Padre, y también hoy se celebra el Día de la Vida Consagrada, “que recuerda el gran tesoro en la Iglesia de aquellos que siguen de cerca al Señor profesando los consejos evangélicos”. Comentado el Evangelio de San Lucas que narra la presentación del Niño Jesús en el templo para consagrarlo a Dios, como prescribía la Ley judía, el Obispo de Roma señaló que, “este episodio llama nuestra atención al ejemplo de algunos personajes que son tomados en el momento en el cual hacen experiencia del encuentro con el Señor”. Se trata de María y José, Simeón y Ana, que representan modelos de acogida y donación de la propia vida a Dios y que el evangelista Lucas los describe a todos con una doble actitud: de movimiento y de asombro.

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Ángelus del 2 de febrero de 2020

Movimiento: la vida cristiana es dinamismo y disponibilidad

La primera actitud es el movimiento, afirmó el Papa Francisco, vemos a María y José que se ponen en camino hacia Jerusalén; por su parte, Simeón, movido por el Espíritu, va al templo, mientras que Ana sirve a Dios día y noche sin descanso. “De esta manera los cuatro protagonistas del pasaje evangélico – precisó el Pontífice – nos muestran que la vida cristiana requiere dinamismo y disponibilidad de caminar, dejándose guiar por el Espíritu Santo”. El inmovilismo, señalo el Papa, no se acomoda con el testimonio cristiano y la misión de la Iglesia. Por ello, el mundo necesita cristianos que se dejen conmover, que no se cansen de caminar por las calles de la vida, para llevar a todos la palabra consoladora de Jesús.

“¡Todo bautizado ha recibido la vocación al anuncio – anunciar algo, anunciar a Jesús, a la misión evangelizadora: anunciar a Jesús! Las parroquias y las diversas comunidades eclesiales están llamadas a fomentar el compromiso de jóvenes, familias y ancianos, para que todos puedan hacer una experiencia cristiana, viviendo la vida y la misión de la Iglesia como protagonistas”

Asombro: capacidad de maravillarse ante lo que nos rodea

La segunda actitud, subrayó el Santo Padre, con la que San Lucas presenta a los cuatro personajes de la narración es el asombro. María y José «se asombraron de las cosas que se decían de él [de Jesús]». El asombro es también una reacción explícita del viejo Simeón, que en el Niño Jesús ve con sus ojos la salvación obrada por Dios en favor de su pueblo. Y lo mismo ocurre con Ana, que «también comenzó a alabar a Dios». “Estas figuras de creyentes – señaló el Pontífice – están envueltas en el asombro, porque se dejaron capturar e involucrar por los eventos que estaban sucediendo ante sus ojos”.

“La capacidad de maravillarse ante las cosas que nos rodean fomenta la experiencia religiosa y hace fructífero el encuentro con el Señor. Por el contrario, la incapacidad de asombrarse nos hace indiferentes y amplía la distancia entre el camino de la fe y la vida de cada día. ¡Hermanos y hermanas, siempre en movimiento y dejando apertura a la maravilla!”

Nuestra vida se convierta en alabanza a Dios en el servicio

Antes de concluir su alocución, el Papa Francisco pidió que la Virgen María nos ayude a contemplar cada día en Jesús el Don de Dios para nosotros, y a dejarnos involucrar por Él en el movimiento del don, con alegre asombro, para que toda nuestra vida se convierta en una alabanza a Dios en el servicio a nuestros hermanos.

Abrir las puertas a nuevas formas de fraternidad solidaria

Después de rezar a la Madre de Dios, el Santo Padre recordó que, hoy en Italia se celebra la Jornada por la Vida, que tiene como tema: “Abran las puertas a la vida”. “Me asocio al Mensaje de los Obispos – señaló el Pontífice – y espero que esta Jornada sea una oportunidad para renovar el compromiso de custodiar y proteger la vida humana desde el principio hasta su fin natural. También es necesario contrastar toda forma de violación de la dignidad, incluso cuando están en juego la tecnología o la economía, abriendo las puertas a nuevas formas de fraternidad solidaria”.

En el Día de la Vida Consagrada, el Pontífice invitó a todos los fieles a rezar por todas las personas consagradas que trabajan mucho y a veces lo hacen en silencio. Ave María…

Asimismo, el Papa Francisco saludó a los fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, en particular, a los estudiantes de Badajoz (España); a los fieles de Cremona, Spoleto, Fano, Palau y Roseto degli Abruzzi, a los peregrinos Polacos y Japoneses. Para luego despedirse con su acostumbrado saludo de “buen domingo” y de no olvidarse de rezar por él. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

 

El enfermo no es un número: es una persona que necesita humanidad

Al recibir al Grupo Villa María care and research, una realidad que opera en el sector de la salud, el Papa Francisco manifestó su esperanza en una nueva cultura al servicio de la vida humana, centrada en la preparación técnica y moral de los trabajadores de la salud

Ciudad del Vaticano

Al dar su cordial bienvenida a los casi doscientos cincuenta representantes del Grupo Villa María – médicos, enfermeras, personal administrativo y gerentes – el Santo Padre agradeció ante todo a su Presidente las palabras que le había dirigido en nombre de los presentes. Y tras escuchar la ilustración de los objetivos e intenciones que animan la vida de este Grupo, activo desde hace cuarenta años en el sector de la sanidad y al servicio de la salud de las personas, el Papa se congratuló en su discurso por el dinamismo que los ha llevado a extender su actividad, además de a Italia, a otros países, y siempre al servicio de la vida humana marcada por la enfermedad.

Por esta razón Francisco los animó a perseverar “con dedicación en las obras que han emprendido”, y les manifestó su esperanza a fin de que “sus estructuras, lugares de sufrimiento pero también de esperanza y de experiencia humana y espiritual, estén cada vez más marcadas por la solidaridad y el cuidado de la persona enferma”.

Una nueva cultura

El Papa puso de manifestó que la evolución tecnológica y los propios cambios de naturaleza social, económica y política han modificado el tejido sobre el que descansa la vida de los hospitales y las estructuras de atención de la salud. Y les recordó que “de ahí la necesidad de una nueva cultura, especialmente en la preparación técnica y moral de los trabajadores de la salud a todos los niveles”.

En esta perspectiva, el Santo Padre les dijo que es importante lo que el Grupo Villa María ha realizado hasta ahora para satisfacer las necesidades de los pacientes y sus familias, que a veces se ven obligados a emigrar a centros especializados lejos de su propio territorio. Sin embargo, el compromiso de ampliar el ámbito de actuación con la adquisición o creación de nuevas estructuras y la ampliación de las infraestructuras – prosiguió  Francisco – “muestra la voluntad de asegurar el equipamiento y el confort necesarios para los enfermos y su recuperación”.

“Es de esperar que los lugares de atención sean cada vez más casas de acogida y de confort, donde el enfermo encuentre amistad, comprensión, gentileza y caridad”

El enfermo no es un número: es una persona que necesita  humanidad. En este sentido, es necesario estimular la colaboración de todos, para salir al encuentro de las necesidades de los enfermos con espíritu de servicio y actitud de generosidad y sensibilidad. Esto no es fácil, porque el enfermo se encuentra mal, y pierde la paciencia y está "fuera de sí" muchas veces.

Espíritu de servicio y actitud de generosidad

En este sentido, es necesario estimular la colaboración de todos, para atender las necesidades de los enfermos con espíritu de servicio y actitud de generosidad y sensibilidad. Para lograr estos objetivos, es necesario no dejarse absorber por los "sistemas" que sólo apuntan al componente económico-financiero, sino actuar un estilo de proximidad a la persona, para poder asistirla con calor humano frente a  las ansiedades que la afectan en los momentos más críticos de la enfermedad. De esta manera se contribuye concretamente a humanizar la medicina y la realidad hospitalaria y sanitaria.

He dicho una palabra: proximidad. No debemos olvidarla. La proximidad también es – digamos así – el método que Dios usó para salvarnos. Ya al pueblo judío le dijo: "Dime, ¿qué gente tiene a sus dioses tan cercanos, tan próximos como tú me tienes a mí?". El Dios de la proximidad se hizo próximo en Jesucristo: uno de nosotros.

“La proximidad es la clave de la humanidad y del cristianismo”

Seguir a Jesús en la atención al otro

El Papa también destacó que quienes se reconocen en la fe cristiana están llamados a realizar su servicio según el espíritu de las palabras de Jesús: "Todo lo que han hecho a uno solo de estos, mis hermanos más pequeños, me lo han hecho a mí". Y les dijo que ahí está la base evangélica del servicio a los demás. De manera que los enfermos y los que sufren se convierten para los que tienen fe en signos vivos de la presencia de Cristo, el Hijo de Dios, que vino para sanar y curar, asumiendo sobre sí nuestra fragilidad, nuestra debilidad.

“Cuidar del hermano que sufre significará, en este sentido, hacer sitio al Señor”

El hombre que sufre

Además el Papa afirmó que de los lugares de curación y de dolor también viene un mensaje para la vida de todos; una gran lección que ninguna otra cátedra puede impartir, y es que “el hombre que sufre, de hecho, comprende más la necesidad y el valor del don divino de la redención y de la fe, y también ayuda a los que están cerca de él a apreciar y buscar este don”.

Cercanía del Papa a los enfermos

Por último, y después de expresar su cercanía a los enfermos y a las personas que se encuentran ingresadas en sus estructuras, Francisco les dijo que se unía a todos ellos en su expectativa de curación, compartiendo espiritualmente su prueba y esperando que pronto termine, para que todos puedan volver a su hogar y a su familia lo antes posible.

“Para ellos invoco del Señor los dones de la paciencia y la confianza, junto con tanta fuerza de resistencia, para ser siempre dóciles a la voluntad de Dios, confiando en su bondad paterna y providente”

María, salud de los enfermos

Y a todos ellos, a quienes llamó “queridos amigos”, el Santo Padre les renovó su aprecio por su servicio a los enfermos, a la vez que encomendó su trabajo a la intercesión maternal de la Virgen María Salus infirmorum, mientras de corazón les impartió su bendición apostólica y les pidió, por favor, que no se olviden de rezar por él.

 

DESPRENDIMIENTO Y VIDA CRISTIANA

— La presencia de Jesús en nuestra vida puede significar, alguna vez, perder algo temporal. Jesús vale más.

— Todas las cosas deben ser medios que nos acerquen a Cristo.

— Desprendimiento. Algunos detalles.

I. Nos dice San Marcos en el Evangelio de la Misa1 que llegó Jesús a la región de los gerasenos, una tierra de gentiles, al otro lado del lago de Genesaret. Allí, nada más dejar la barca, le salió al encuentro un endemoniado que, postrado ante Él, gritaba: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, hijo de Dios Altísimo? Te pido por Dios que no me atormentes. Porque Jesús le estaba diciendo: Espíritu inmundo, sal de este hombre. Jesús le preguntó por su nombre, y él respondió: Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella región. Cerca del lugar donde ellos se encontraban pacía una gran piara de cerdos.

La aparición del Mesías lleva consigo la derrota del reino de Satanás, que por eso muestra su resistencia de modo tan acentuado en numerosos pasajes del Evangelio. Como en los demás milagros, cuando Jesús expulsa a los demonios pone de relieve su poder redentor. El Señor se presenta siempre en la vida de los hombres librándolos de los males que les oprimen: Pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído bajo el poder del diablo2, dirá San Pedro en el discurso ante Cornelio y su familia, resumiendo esta y otras muchas expulsiones de demonios que hizo el Señor.

Aquí los demonios hablan por boca de este hombre y se quejan de que Jesús haya venido a destruir su reino en la tierra. Y le piden quedarse en aquel lugar. Por eso quieren entrar en los cerdos. Era también, quizá, una manera de perjudicar y de vengarse de aquellas gentes, y de alborotarlas contra Jesús. El Señor accede, con todo, a la petición de los demonios. Entonces, la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en el campo. Y la gente fue a ver lo que había pasado.

San Marcos nos indica expresamente que eran alrededor de dos mil los cerdos que se ahogaron. Debió de significar una gran pérdida para aquellos gentiles. Quizá sea el rescate pedido a este pueblo por librar a uno de los suyos del poder del demonio: han perdido unos cerdos, pero han recuperado a un hombre. Y este endemoniado, este hombre «rebelde y dividido, con dominio miserable de una multitud de espíritus impuros, ¿no ofrece por ventura algún parecido con un tipo humano que no es ajeno a nuestro tiempo? En todo caso, el alto costo pagado por la liberación de aquel hombre, la hecatombe de la piara de los dos mil cerdos ahogados en las aguas del mar de Galilea, tal vez sea el índice del elevado precio que tiene el rescate del hombre pagano contemporáneo. Un costo valorable también en riquezas que se pierden; un rescate cuyo precio es la pobreza del que generosamente intenta redimirle. La pobreza real de los cristianos quizá sea el valor que Dios haya fijado por el rescate del hombre de hoy. Y vale la pena pagarlo (...); un solo hombre vale mucho más que dos mil cerdos»3, vale más que todo el mundo creado con sus riquezas y sus maravillas.

Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado. En el cambio de un hombre por unos cerdos se inclinan por estos, por los cerdos. Ellos, al ver lo que había pasado, rogaron a Jesús que se marchara de su país. Cosa que el Señor hizo enseguida.

La presencia de Jesús en nuestras vidas puede significar, alguna vez, perder la ocasión de un buen negocio, porque no era del todo limpio, o por no poder competir con los mismos medios ilícitos que nuestros colegas..., o, sencillamente, porque quiere que ganemos su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer junto a Él, un desprendimiento efectivo de los bienes, una pobreza cristiana real, que señale con claridad la primacía de lo espiritual sobre lo material, y del fin último –la salvación, la nuestra y la del prójimo– sobre los fines temporales del bienestar humano.

II. Le pidieron a Jesús que se alejase de su región. No incurramos nosotros jamás en la aberración de decir a Jesús que se aleje de nuestra vida, porque por manifestarnos como cristianos perdamos en alguna circunstancia un cargo público, un puesto de trabajo, o debamos sufrir un perjuicio material de cualquier clase. Al contrario, hemos de decirle muchas veces al Señor, con las palabras que el sacerdote pronuncia en secreto antes de la Comunión en la Santa Misa: fac me tuis semper inhaerere mandatis, et a te numquam separari permittas: haz que cumpla siempre tus mandatos y no permitas que me separe nunca de Ti. Es preferible estar con Cristo sin nada, que estar sin Él y tener todos los tesoros del mundo juntos. «Bien sabe la Iglesia que solo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solo los elementos humanos»4.

Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven ya para nada. Más vale Jesús que cualquier negocio, más que la vida misma. «Si destierras de ti a Jesús y lo pierdes, ¿a dónde irás?, ¿a quién buscarás por amigo? Sin amigo no puedes vivir mucho; y si no fuere Jesús tu especialísimo amigo, estarás triste y desconsolado»5. Perderás mucho en esta vida, y todo en la otra.

Los primeros cristianos, y muchos hombres y mujeres a lo largo de los siglos, han preferido el martirio antes que perder a Cristo. «Durante las persecuciones de los primeros siglos, las penas habituales eran la muerte, la deportación y el exilio.

»Hoy, a la prisión, a los campos de concentración o de trabajos forzados, a la expulsión de la propia patria, se han unido otras penas menos llamativas pero más sutiles: no es ya una muerte sangrienta, sino una especie de muerte civil; no solo la segregación en una prisión o en un campo, sino la restricción permanente de la libertad personal o la discriminación social (...)»6. ¿Seremos nosotros capaces de perder, si fuera necesario, la honra o la fortuna, a cambio de permanecer con Dios?

Seguir a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que sea un impedimento para estar con Él. Para eso, debemos tener muy enraizada en el alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor y a su Madre que aparten de nosotros todo lo que nos separe de Él: «Madre, líbranos a tus hijos –a cada una, a cada uno– de toda mancha, de todo lo que nos aparte de Dios, aunque tengamos que sufrir, aunque nos cueste la vida»7. ¿Para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús?

III. «Y que entre los moradores de aquella región había gentes necias –comenta San Juan Crisóstomo– bien claro se ve por el desenlace de todo este episodio. Porque cuando debían haberse postrado en adoración y admirar su poder, le mandaron recado suplicándole que se marchara de sus términos»8. Jesús fue a visitarles y no supieron comprender quién estaba allí, a pesar de los prodigios que había hecho. Esta fue la mayor necedad de estas gentes: no reconocer a Jesús.

El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales no le reconoceremos; y hay muchas formas, algunas muy sutiles, de decirle que se vaya de nuestros dominios, de nuestra vida, ya que nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas9.

Conocemos por propia experiencia el peligro que corremos de servir a los bienes terrenos, en sus múltiples manifestaciones de deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios, etc.; y vemos también lo que ocurre a nuestro alrededor: «Muchos hombres parecen guiarse por la economía, de tal manera que casi toda su vida personal y social está como teñida de cierto espíritu materialista»10. Piensan que su felicidad está en los bienes materiales y se llenan de ansiedad por conseguirlos.

Nosotros debemos estar desprendidos de todo cuanto tenemos. De este modo, sabremos utilizar todos los bienes de la tierra según lo dispuesto por Dios, y tendremos el corazón en Él y en los bienes que nunca se agotan. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia. El cristiano ha de examinar con frecuencia si se mantiene vigilante para no caer en la comodidad, o en un aburguesamiento que no se compagina de ninguna forma con ser discípulo de Cristo; si procura no crearse necesidades superfluas; si las cosas de la tierra le acercan o le separan de Dios. Siempre podemos y debemos ser parcos en las necesidades personales, frenando los gastos superfluos, no cediendo a los caprichos, venciendo la tendencia a crearse falsas necesidades, siendo generosos en la limosna.

También podemos considerar hoy en nuestra oración si estamos dispuestos a tirar lejos de nosotros lo que nos estorbe para acercarnos a Cristo, como hizo Bartimeo, aquel ciego que pedía limosna en las afueras de Jericó11.

El Señor vale infinitamente más que todos los bienes creados. No ocurrirá en nuestra vida como en la de aquellos gerasenos: toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verle, le rogaron que se alejara de su región12. Nosotros, por el contrario, digámosle, con las palabras de la oración de San Buenaventura para después de la Comunión: que Tú seas siempre (...) mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté siempre fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón13. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti?

1 Mc 5, 1-20. — 2 Hech 10, 38. — 3 J. Orlandis, La vocación cristiana del hombre de hoy, Rialp, 2ª ed., Madrid 1964, p. 186. — 4 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 41. — 5 T. Kempis, Imitación de Cristo, II, 8, 3. — 6 Juan Pablo II, Meditación-plegaria, Lourdes, 14-VIII-1983. — 7 A. del Portillo, Carta 31-V-1987, n. 5. — 8 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 28, 3. — 9 Mt 6, 24. — 10 Conc. Vat. II, loc. cit., 63. — 11 Cfr. Mc 10, 50. — 12 Mt 8, 34. — 13 Misal Romano, Oración para la acción de gracias de la Comunión.

 

“Dios no acepta las chapuzas”

Es difícil gritar al oído de cada uno con un trabajo silencioso, a través del buen cumplimiento de nuestras obligaciones de ciudadanos, para luego exigir nuestros derechos y ponerlos al servicio de la Iglesia y de la sociedad. Es difícil..., pero es muy eficaz. (Surco, 300)

Comenzar es de muchos; acabar, de pocos, y entre estos pocos hemos de estar los que procuramos comportarnos como hijos de Dios. No lo olvidéis: sólo las tareas terminadas con amor, bien acabadas, merecen aquel aplauso del Señor, que se lee en la Sagrada Escritura: mejor es el fin de la obra que su principio. (…)

Muchos cristianos han perdido el convencimiento de que la integridad de Vida, reclamada por el Señor a sus hijos, exige un auténtico cuidado en realizar sus propias tareas, que han de santificar, descendiendo hasta los pormenores más pequeños.

No podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de El. Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable.

Si os fijáis, entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y de entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar atónita sus milagros: bene omnia fecit, todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo, perfecto Dios y hombre perfecto. (Amigos de Dios, 55-56)

 

 

La virtud de la esperanza y la ascética cristiana en algunos escritos de San Josemaría

Estudio de Paul O´Callaghan, de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana" nº 23 (1996).

VIRTUDES31/05/2015

Opus Dei - La virtud de la esperanza y la ascética cristiana en algunos escritos de San Josemaría

1. LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA SOBRE LA ESPERANZA CRISTIANA

En 1934, el Beato Josemaría Escrivá, en su primera colección de puntos para la meditación personal, Consideraciones espirituales, escribió: «Espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —Él obrará, si en Él te abandonas»[1]. Se trata de una afirmación que, sólidamente fundada en la Escritura, los Padres y la teología, expresa la común, fundamental e indiscutida convicción de la fe cristiana viva y vivida de que Jesucristo es el único Salvador, a la vez que declara la radical contingencia y precariedad del hombre —sobre todo en consideración del desorden introducido en él por el pecado— y mueve a la confianza en Dios y al abandono filial en sus manos.

Sin embargo, es preciso hacerse una pregunta: ¿hay que entender este modo de expresarse del Beato Josemaría sólo como la repetición de una doctrina bien conocida en la tradición teológica y espiritual de la Iglesia o, por el contrario, reviste esa afirmación del Fundador del Opus Dei, en el seno de esta tradición, un significado nuevo y un valor específico? ¿Dónde reside, en definitiva, su valor propiamente teológico y espiritual? Por una parte, se trata de una afirmación perenne y permanente, supratemporal, radicada en el mismo corazón de la espiritualidad cristiana de todos los tiempos; por otra, sin embargo, se enmarca en un preciso momento histórico: el Beato Josemaría, como tantos cristianos antes y después de él, proclamaba vigorosamente con esas palabras su personal confianza en Dios, descargando sobre el Señor su deseo de apoyo y consuelo (cfr. Sal 55, 23) y, a la vez, procurando mover a los demás cristianos a hacer lo mismo. Teniendo esto en cuenta, es preciso preguntarse si esta abierta proclamación personal de una esperanza radical e inquebrantable trasciende de alguna manera el momento y las circunstancias en que fue pronunciada. En otras palabras, la proclamación de una tal esperanza, trascendiendo —con su contenido específico— el momento contingente y la circunstancia histórica particular, ¿tiene una validez real, concreta, en otros momentos, para otras personas, para otras épocas, para otras situaciones, para toda la Iglesia, para toda la humanidad[2]?

La breve reflexión que sigue acerca de algunos textos del Beato Josemaría sobre la esperanza cristiana pretende precisamente no sólo investigar el contenido teológico y espiritual de la virtud de la esperanza en su vida y en sus enseñanzas, sino también explicar por qué esa vida y esa proclamación revisten un valor propiamente teológico, perenne y eclesial, es decir, una reflexión potencialmente válida e inspiradora para todo hombre, para todos los hombres.

2. LA ESPERANZA CRISTIANA, FRUTO DE LA GRACIA DE DIOS EN EL HOMBRE

En primer lugar, hay que hacer notar que la fundamental convicción que el Beato Josemaría enuncia en Consideraciones espirituales ha permanecido intacta, e incluso se ha robustecido, a lo largo de su vida. Al comienzo de su homilía La esperanza del cristiano[3], pronunciada en 1968, el Beato Josemaría vuelve a las palabras de 1934 y las completa con dos consideraciones significativas. La primera es autobiográfica: el autor afirma que aquellas palabras habían sido escritas «con un convencimiento que se acrecentaba de día en día» (EC 205 a). Después añade: «Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda» (ibid). La segunda consideración es apostólica y eclesial: «He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras» (ibid).

Por lo tanto, la afirmación «espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —Él obrará, si en Él te abandonas» no era sólo, para el Fundador del Opus Dei, un punto de partida, sino de llegada: se trataba de una convicción consolidada tanto en la propia vida como en la vida de la Iglesia: una convicción vivida, más que deducida; experimental, más que sapiencial; una convicción que indudablemente manaba de la misma vida de la gracia. El Fundador del Opus Dei no habla en ese texto de la esperanza cristiana, como refiriéndose a una cosa abstracta; habla, tal como refleja el título de la homilía de 1968, de la esperanza del cristiano[4], la que se vive día a día. Desde luego, se la puede llamar "teologal" porque Dios eternamente poseído es su "objeto formal quod" y Dios omnipotente y misericordioso su "objeto formal quo"; pero también porque, en cierto sentido, Dios mismo actúa directamente en el hombre que espera, incitándole a dar pasos, motivándole interiormente, haciéndole superar los obstáculos, el pecado, la nada, el vacío: la misma "convicción" que le llevó a proclamar durante toda su vida el valor de la esperanza cristiana era fruto de la gracia de Dios en él. Tal "convicción" es, por lo tanto, lugar teológico, ámbito válido para la reflexión cristiana[5].

La riqueza y la profunda resonancia humana de las expresiones del Beato Josemaría sobre la acción de Dios en la esperanza son notables. Se trata de una convicción, de una seguridad, de un «suave don de Dios», del «deseo por el que nos sostenemos» (Es Cristo que pasa, 3 c); de una realidad hecha de fuego, de calor, de amor, del apretar «esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar» (EC 213 b), de una seguridad y una confianza que Dios pone en nosotros (cfr. EC 214 a), es decir, de una protección divina que «se toca con las manos» (EC 216 a), de la «seguridad de sentirme —de saberme— hijo de Dios» (EC 208 c), de la «seguridad de que Dios nos gobierna con su providente omnipotencia, que nos da los medios necesarios» (EC 218 a), de la alegría sobrenatural, de un auténtico «anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria» (Amigos de Dios, 278 b), que espera nuestra llegada y en la que resuena la llamada definitiva: «ven a la casa de tu Padre»[6].

Está claro que, cuando habla de la esperanza, el punto de partida del Beato Josemaría Escrivá no es una reflexión abstracta realizada a priori, obtenida, por ejemplo, de un análisis exegéticamente riguroso de la Escritura. Se trata más bien de la experiencia vivida de la gracia de Dios en las circunstancias cotidianas: desde la gracia, con una lectura meditada y personalmente interiorizada de la Palabra de Dios, el significado y la inagotable riqueza de esa palabra viva y vivificante que lleva a la total confianza en Dios es descubierto y redescubierto, profundizado y continuamente confirmado.

1. La experiencia vivida de la gracia de Dios y la caducidad de las esperanzas secularizadas

Se trata, en primer lugar, de una experiencia de la gracia de Dios conscientemente vivida, es decir, de una verdadera acción de la gracia, de una iniciativa divina, suave y eficaz, recibida sin asomo alguno de pelagianismo. El cristiano debe, sobre todo, dirigir la mirada hacia el cielo, porque sólo allí «nos aguarda el Amor infinito» (EC 206 a):

«Un cristiano sincero, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo. Nos lo confirma San Pablo: quæ sursum sunt quærite; buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboread las cosas del Cielo, no las de la tierra. Porque muertos estáis ya —a lo que es mundano, por el Bautismo—, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3, 1-3)» (EC 206 c).

En repetidas ocasiones, el Fundador del Opus Dei explica que el objeto y el motivo de nuestra esperanza es Dios mismo:

«Frecuentemente nos habla el Señor del premio que nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. Yo voy a preparar un lugar para vosotros. Y cuando habré ido, y os haya preparado lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 2-3). El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José —a quien tanto venero—, de los Ángeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada» (EC 220 b); «...decídete a abrir tu alma a Dios, pues exclusivamente en el Señor hallarás fundamento real para tu esperanza y para hacer el bien a los demás» (EC 211 a); «El Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer» (EC 219 b); «La divinidad de nuestro camino —Jesús, camino, verdad y vida (cfr. Jn 14, 6)— es prenda segura de que acaba en la felicidad eterna, si de Él no nos apartamos» (EC 220 c).

También subraya clarividentemente el Beato Josemaría que la alternativa a esa vida cristiana empapada de esperanza y de gracia y orientada al Amor que nunca se agosta, es decir, una vida que quisiera prescindir de Dios (cfr. EC 206 b), no sería una vida neutra o meramente humana, sino una "vida animal", aun en el caso de que se consiguiera llevar una existencia «más o menos humanamente ilustrada» (ibid). Y describe con profundidad y sensibilidad la patética, desesperada situación de las personas que intentan, con grandes esfuerzos, vivir una vida de esperanza secularizada, sin Dios. Dice, por ejemplo:

«Pero si abundan los temerosos y los frívolos, en esta tierra nuestra muchos hombres rectos, impulsados por un noble ideal —aunque sin motivo sobrenatural, por filantropía—, afrontan toda clase de privaciones y se gastan generosamente en servir a los otros, en ayudarles en sus sufrimientos o en sus dificultades. Me siento siempre movido a respetar, e incluso a admirar la tenacidad de quien trabaja decididamente por un ideal limpio. Sin embargo, considero una obligación mía recordar que todo lo que iniciamos aquí, si es empresa exclusivamente nuestra, nace con el sello de la caducidad» (EC 208 a).

«Por desgracia, algunos, con una visión digna pero chata, con ideales exclusivamente caducos y fugaces, olvidan que los anhelos del cristiano se han de orientar hacia cumbres más elevadas: infinitas. Nos interesa el Amor mismo de Dios, gozarlo plenamente, con un gozo sin fin. Hemos comprobado, de tantas maneras, que lo de aquí abajo pasará para todos, cuando este mundo acabe: y ya antes, para cada uno, con la muerte... Por eso, con las alas de la esperanza, que anima a nuestros corazones a levantarse hasta Dios, hemos aprendido a rezar: in te Domine speravi, non confundar in æternum (Sal 30, 2); espero en Ti, Señor, para que me dirijas con tus manos ahora y en todo momento, por los siglos de los siglos» (EC 209 b).

Se entiende que el Beato Josemaría afirme no haber nunca «concedido demasiado peso a los "santones" que alardean de no ser creyentes: los quiero muy de veras, como a todos los hombres, mis hermanos; admiro su buena voluntad, que en determinados aspectos puede mostrarse heroica, pero los compadezco, porque tienen la enorme desgracia de que les falta la luz y el calor de Dios, y la inefable alegría de la esperanza teologal» (EC 206 b).

Por eso, «quizá no exista nada más trágico en la vida de los hombres que los engaños padecidos por la corrupción o por la falsificación de la esperanza, presentada con una perspectiva que no tiene como objeto el Amor que sacia sin saciar» (EC 208 b).

2. La experiencia de la vida de esperanza, ¿fuente de una reflexión teológica válida?

La lectura de estos textos, a pesar de su indudable fuerza y de su ceñida belleza expresiva, podría producir una doble perplejidad: el lector, en efecto, podría pensar, por una parte, que el autor está describiendo una experiencia de la gracia divina tan excepcional y de tal intensidad que, en la práctica, sólo llega a ser vivida por un reducido número de afortunados; por otra parte, podría pensar también que detrás de esos textos hay una concepción de la vida cristiana demasiado "desencarnada" e inaccesible, según la cual, aparentemente, el único protagonista de la vida cristiana es Dios mismo, que se ocupa de ahorrarnos el esfuerzo, la energía, el empeño inteligente y perseverante, la solidaridad constante, mientras nosotros simplemente nos dejamos llevar por la gracia, al modo quietista. Podría parecer, en definitiva, que el dinamismo propio de la virtud de la esperanza descrito por el Beato Josemaría refleja tanto un carácter de excepcionalidad como una fundamental inarticulación en la realidad humana, es decir, en lo cotidiano, en la tarea humana de construir un mundo mejor.

Para poder discernir la validez teológica de la reflexión sobre la esperanza del Beato Josemaría es preciso, por tanto, analizar esa reflexión en la doble perspectiva "ecuménica" (o universal) y antropológica. El resultado de este análisis muestra claramente que las reflexiones del Beato Josemaría Escrivá apelan directamente a la concreta situación histórica del hombre y sirven a todo fiel cristiano llamado a santificarse en medio del mundo —ocupándose de cosas humanas y ordenándolas según Dios—, sea cual sea la situación en que se encuentre y el ámbito en que se desarrolle su existencia.

3. LA CONCRECIÓN DE LA VIRTUD DE LA ESPERANZA EN LA LUCHA ASCÉTICA ORDINARIA DEL CRISTIANO

La cualidad "eclesial" y la humana se encuentran profundamente radicadas en la reflexión teológica del Beato Josemaría sobre la virtud de la esperanza. Se comprueba a través de los tres pasos siguientes, que constituyen la parte analítica principal de este estudio.

1. La vida cristiana, con el impulso de la virtud teologal de la esperanza, se configura como una realidad plenamente humana que puede aflorar en todas las situaciones humanas, por limitadas y coyunturales que éstas sean.

2. La fuerza de la esperanza teologal no elimina el empeño humano; es incompatible, por tanto, con la pasividad y con la evasión irresponsable.

3. El reverso de la concreta vitalidad de la virtud de la esperanza es la lucha ascética cristiana vivida a fondo.

1. La esperanza cristiana, una realidad auténticamente humana

Hablando de la relación entre las esperanzas terrenas y la esperanza cristiana, el Beato Josemaría Escrivá se dirige personalmente al lector en un párrafo rico y denso:

«A mí, y deseo que a vosotros os ocurra lo mismo, la seguridad de sentirme —de saberme— hijo de Dios me llena de verdadera esperanza que, por ser virtud sobrenatural, al infundirse en las criaturas se acomoda a nuestra naturaleza, y es también virtud muy humana. Estoy feliz con la certeza del Cielo que alcanzaremos, si permanecemos fieles hasta el final; con la dicha que nos llegará, quoniam bonus (Sal 105, 1), porque mi Dios es bueno y es infinita su misericordia. Esta convicción me incita a comprender que sólo lo que está marcado con la huella de Dios revela la señal indeleble de la eternidad, y su valor es imperecedero. Por esto, la esperanza no me separa de las cosas de esta tierra, sino que me acerca a esas realidades de un modo nuevo, cristiano, que trata de descubrir en todo la relación de la naturaleza, caída, con Dios Creador y con Dios Redentor» (EC 208, c).

El texto es sugestivo. Es evidente que el cristiano no considera su contexto humano —ese mosaico de los variados elementos que envuelven y conforman su existencia ordinaria en el mundo— del mismo modo que quienes, según la lapidaria frase paulina, no tienen esperanza (1 Tes 4, 13). El cristiano comparte con el no cristiano su naturaleza humana, pero no su humanismo, porque se acerca a las realidades de la tierra «de un modo nuevo, cristiano», es decir, con un esfuerzo positivo por «descubrir en todo la relación de la naturaleza con Dios Creador y con Dios Redentor». La acción de la esperanza cristiana —esperanza viva, unida a la caridad— procede directamente, dice el texto, de «la seguridad de sentirme —de saberme— hijo de Dios». El cristiano, por ser hijo de Dios, ve y considera la entera realidad que le rodea a la luz de la acción creadora del Padre, de la acción redentora del Hijo, de la acción santificadora del Espíritu Santo, es decir, del actuar divino, lleno de misericordia, de omnipotencia, de fidelidad. El cristiano, precisamente porque lo espera todo de Dios y lo espera sólo de Él, no deja de "esperar" en las cosas y de las cosas que Él ha creado; no deja de esperar en el hombre ni siquiera cuando éste aparece ante sus ojos como poco fiable —como pecador—, porque se da cuenta de que el sacrificio redentor del Hijo puede vencer en cualquier momento de la historia todas las sombras del pecado y transformar al hombre, hacerle fuerte, fiel, convertirlo en un hijo amoroso, por más que pródigo.

En otros textos, el Beato Josemaría insiste en este ímpetu intensamente humano de la esperanza cristiana. El cristiano participa en la realidad histórica y cultural que le envuelve con un entusiasmo y una fuerza que parecen derivar directamente de la vitalidad divina intrínseca a la virtud de la esperanza. Escribe el Fundador del Opus Dei, por ejemplo:

«El mundo... —"¡Esto es lo nuestro!"... —Y lo afirmas, después de poner la mirada y la cabeza en el cielo, con la seguridad del labriego que camina soberano por su propia mies: "regnare Christum volumus!" —¡queremos que Él reine sobre esta tierra suya!» (Surco, n. 292).

«"Es tiempo de esperanza, y vivo de este tesoro. No es una frase, Padre —me dices—, es una realidad"... Entonces..., el mundo entero, todos los valores humanos que te atraen con una fuerza enorme —amistad, arte, ciencia, filosofía, teología, deporte, naturaleza, cultura, almas...—, todo eso deposítalo en la esperanza: en la esperanza de Cristo» (Surco, n. 293).

«No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor. Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra» (EC 221 b).

Y el optimismo, ese resorte decisivo para emprender cualquier proyecto humano, es presentado teológicamente, por el Fundador del Opus Dei, como manifestación genuina de una esperanza cristiana proyectada sobre las cosas humanas con el objeto de remover los obstáculos que se oponen al progreso terreno:

«Utilizando estos recursos [la recepción del sacramento de la Penitencia y el cumplimiento del deber cristiano], con buena voluntad, y rogando al Señor que nos otorgue una esperanza cada día más grande, poseeremos la alegría contagiosa de los que se saben hijos de Dios... Optimismo, por lo tanto. Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a Él, si aprendemos a arrepentirnos» (EC 219 c).

«Movido por la esperanza», dice el Beato Josemaría Escrivá, el cristiano encara la vida y el mundo, lucha por superar el mal y descubre —redescubre— en lo creado la huella profunda y viva de la alegría y del amor del Padre por lo que ha salido de sus manos; y en esa complacencia divina encuentra apoyo y sostén para su empeño cristiano. Los textos del Beato Josemaría que apuntan en este sentido son muy numerosos[7].

Cabría, sin embargo, preguntarse cómo es posible que la acción vivificante de Dios, que se manifiesta en la esperanza cristiana y lleva al hombre a su realización personal y colectiva, se relacione de modo tan "natural" y espontáneo con la concreta realidad humana e infunda sobre ésta semejante fuerza. Y la respuesta habría de ser, lógicamente, que lo que produce en el quehacer humano y cristiano en todos los ámbitos de este mundo esa fuerza insospechada y perenne es la misma realidad que nos ha convertido en hijos de Dios, la encarnación del Hijo Eterno. Escribe, a este propósito, el Beato Josemaría:

«Tanto se ha acercado el Señor a las criaturas, que todos guardamos en el corazón hambres de altura, ansias de subir muy alto, de hacer el bien. Si remuevo en ti ahora esas aspiraciones, es porque quiero que te convenzas de la seguridad que Él ha puesto en tu alma: si le dejas obrar, servirás —donde estás— como instrumento útil, con una eficacia insospechada» (EC 214 a).

La paternal solicitud de Dios se hace tangible y plenamente humana para quien medita asiduamente sobre la extraordinaria sinfonía de lo humano y lo divino que se da en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre: esa sinfonía se reproduce en la vida de cada bautizado, de cada hijo de Dios, que ha de ser una vida plenamente "crística", es decir, modelada según la hechura de la vida terrena —tan llena de cosas concretas y tan aparentemente ordinaria— de Jesucristo:

«Mezclaos con frecuencia entre los personajes del Nuevo Testamento. Saboread aquellas escenas conmovedoras en las que el Maestro actúa con gestos divinos y humanos, o relata con giros humanos y divinos la historia sublime del perdón, la de su Amor ininterrumpido por sus hijos. Esos trasuntos del Cielo se renuevan también ahora, en la perenne actualidad del Evangelio: se palpa, se nota, cabe afirmar que se toca con las manos la protección divina; un amparo que gana en vigor, cuando vamos adelante a pesar de los traspiés, cuando comenzamos y recomenzamos, que esto es la vida interior, vivida con la esperanza en Dios» (EC 216 a).

2. La fuerza de la esperanza teologal es incompatible con la pasividad y con la evasión irresponsable

Hemos aludido antes a la crítica del Beato Josemaría a las extrapolaciones exclusivamente humanas de la esperanza. En la homilía La esperanza del cristiano, el Fundador del Opus Dei describe incisivamente otro modo de considerar la esperanza que es igualmente incompatible con la doctrina cristiana, por su excesivamente despreocupada "confianza" en Dios. La esperanza, según esta visión, sería una coartada para justificar la irresponsabilidad, el egoísmo sutil, la fantasía que desea escapar del momento presente, la indolencia, la comodidad, la superficialidad, la evasión de la concreta realidad humana y cristiana.

«Con monótona cadencia sale de la boca de muchos el ritornello, ya tan manido, de que la esperanza es lo último que se pierde; como si la esperanza fuera un asidero para seguir deambulando sin complicaciones, sin inquietudes de conciencia; o como si fuera un expediente que permite aplazar sine die la oportuna rectificación de la conducta, la lucha para alcanzar metas nobles y, sobre todo, el fin supremo de unirnos con Dios.

»Yo diría que ése es el camino para confundir la esperanza con la comodidad. En el fondo, no hay ansias de conseguir un verdadero bien, ni espiritual, ni material legítimo; la pretensión más alta de algunos se reduce a esquivar lo que podría alterar la tranquilidad —aparente— de una existencia mediocre. Con un alma tímida, encogida, perezosa, la criatura se llena de sutiles egoísmos y se conforma con que los días, los años, transcurran sine spe nec metu, sin aspiraciones que exijan esfuerzos, sin las zozobras de la pelea: lo que importa es evitar el riesgo del desaire y de las lágrimas. ¡Qué lejos se está de obtener algo, si se ha malogrado el deseo de poseerlo, por temor a las exigencias que su conquista comporta!

»No falta tampoco la actitud superficial de quienes —incluso con visos de afectada cultura o de ciencia— componen con la esperanza poesía fácil. Incapaces de enfrentarse sinceramente con su intimidad y de decidirse por el bien, limitan la esperanza a una ilusión, a un ensueño utópico, al simple consuelo ante las congojas de una vida difícil. La esperanza —¡falsa esperanza!— se muda para éstos en una frívola veleidad, que a nada conduce» (EC 207).

De hecho, esa visión pasiva y desencarnada de la esperanza pretende que Dios se encargue de resolver todos los problemas y preocupaciones que afligen al hombre, de modo que éste pueda eludir cómodamente el empeño responsable, humano y cristiano, en el mundo. Por eso afirma el Beato Josemaría Escrivá:

«Déjate de construir castillos con la fantasía, decídete a abrir tu alma a Dios, pues exclusivamente en el Señor hallarás fundamento real para tu esperanza y para hacer el bien a los demás» (EC 211 a)... «Esos propósitos tan poco delineados me parecen ilusiones falaces, que intentan acallar las llamadas divinas que percibe el corazón; fuegos fatuos, que no queman ni dan calor, y que desaparecen con la misma fugacidad con que han surgido (EC 211 b)[8]. «Militia est vita hominis super terram, et sicut dies mercenarii, dies eius (Job 7, 1), la vida del hombre sobre la tierra es milicia, y sus días transcurren con el peso del trabajo. Nadie escapa a este imperativo; tampoco los comodones que se resisten a enterarse: desertan de las filas de Cristo, y se afanan en otras contiendas para satisfacer su poltronería, su vanidad, sus ambiciones mezquinas; andan esclavos de sus caprichos» (EC 217 b).

Es evidente en las palabras del Beato Josemaría que la acción de la gracia a través de la virtud de la esperanza de ningún modo es incompatible con el esfuerzo inteligente, solidario, realista, adecuado a una concreta situación histórica, del cristiano. La paradoja y la riqueza principal de la reflexión viva y vital del Beato Josemaría sobre la virtud de la esperanza está precisamente en la correspondencia exacta entre la acción divina propia de la virtud de la esperanza y la lucha esforzada del cristiano. Cuando no hay lucha, se puede decir que no hay santidad, no porque la santidad sea un producto de la lucha ascética, sino porque la lucha ascética cristiana no es otra cosa que la concreta y generosa acogida de la gracia de Dios.

3. La lucha ascética cristiana, manifestación de la virtud de la esperanza

Hay diferentes formas de "quietismo" que coinciden en considerar que el efecto propio de la gracia de Dios es simplificar la acción humana, ahorrar al hombre el uso inteligente y perseverante de sus fuerzas, rellenar las lagunas y deficiencias de su debilidad o incompetencia. Sólo un planteamiento de este tipo, se dice, es coherente con la gratuidad de la gracia divina y conduce a la plena confianza en Dios. En relación con la gracia, que nos lleva adelante y nos inspira, toda actividad humana "positiva" sería, en el mejor de los casos, irrelevante, cuando no un obstáculo a la gracia. Mucho se podría hablar sobre las controversias históricas en torno a esta visión, que en este momento está ya un tanto superada. Lo que es evidente para el Beato Josemaría Escrivá es que la gracia de Dios no ahorra el empleo de las energías humanas, sino más bien al revés, induce a la auténtica lucha ascética, «complicando la vida», como tantas veces recordó[9]. En otras palabras, la confianza humana en Dios y en su gracia se refleja precisamente en una perseverante lucha ascética.

El riquísimo entrelazamiento entre la gracia divina y la respuesta humana generosa (humilde pero comprometida e inteligente) está en la misma médula de los escritos del Fundador del Opus Dei. Atendiendo principalmente a la homilía La esperanza del cristiano, se puede decir que sus enseñanzas al respecto se orientan en dos direcciones complementarias: (1) la acción de Dios por medio de la gracia, tal como ya se ha dicho, induce o inspira experimentalmente al hombre a la lucha perseverante por superar los obstáculos que se oponen a una vida cristiana; (2) la libre, personal y confiada respuesta del hombre a esta gracia se manifiesta como lucha ascética concreta y habitual. No se trata, claro está, de una lucha ascética preparativa, es decir, previa a la acción de la gracia o independiente de su lógica, porque la naturaleza de la lucha ascética cristiana está determinada, en su contenido y en su forma, por la lógica de la gracia. Por esta razón, la ascética cristiana es radicalmente distinta de la meramente humana (piénsese, por ejemplo, en la ascesis estoica), porque en ella el cristiano manifiesta conscientemente su confiada esperanza en Dios. Los textos del Beato Josemaría reproducidos a continuación presentan atinadamente este aspecto.

«Acostumbraos a ver a Dios detrás de todo, a saber que Él nos aguarda siempre, que nos contempla y reclama justamente que le sigamos con lealtad, sin abandonar el lugar que en este mundo nos corresponde. Hemos de caminar con vigilancia afectuosa, con una preocupación sincera de luchar, para no perder su divina compañía» (EC 218 b)... «..."Contra spem, in spem!" —vive de esperanza segura, contra toda esperanza. Apóyate en esta roca firme que te salvará y empujará. Es una virtud teologal, ¡estupenda!, que te animará a adelantar, sin temor a pasarte de la raya, y te impedirá detenerte. —¡No me mires así!: ¡sí!, cultivar la esperanza significa robustecer la voluntad» (Surco, n. 780).

Dios está pendiente del hombre, lo espera, es exigente con él; y el hombre camina vigilante para no perder su compañía. "Cultivar la esperanza", esa esperanza divina que impulsa a avanzar sin temor e impide detenerse, significa, por parte del hombre, «robustecer la voluntad».

Tres son las principales manifestaciones prácticas de esta reciprocidad entre la virtud de la esperanza y la lucha cristiana:

1. Sin una decidida lucha ascética, la acción de Dios en el hombre es ineficaz. Los siguientes cinco textos, pertenecientes a la homilía La esperanza del cristiano, exponen esta convicción. Se afirma en ellos, en el fondo, que con nuestra respuesta personal el Señor "obra en nosotros y por medio de nosotros", infundiendo seguridad en nuestra alma, de modo que las dificultades objetivas que nos obligan a luchar no son obstáculo, sino condición para el desarrollo de la vida cristiana, porque nos ofrecen la posibilidad de seguir de cerca a Cristo; por el contrario, cuando no hay una lucha concreta se pierde el sentido y el frescor de la esperanza.

«Por el Bautismo, somos portadores de la palabra de Cristo, que serena, que enciende y aquieta las conciencias heridas. Y para que el Señor actúe en nosotros y por nosotros, hemos de decirle que estamos dispuestos a luchar cada jornada, aunque nos veamos flojos e inútiles, aunque percibamos el peso inmenso de las miserias personales y de la pobre personal debilidad. Hemos de repetirle que confiamos en Él, en su asistencia: si es preciso, como Abraham, contra toda esperanza (Rom 4, 18)» (EC 210 b).

«Tanto se ha acercado el Señor a las criaturas, que todos guardamos en el corazón hambres de altura, ansias de subir muy alto, de hacer el bien. Si remuevo en ti ahora esas aspiraciones, es porque quiero que te convenzas de la seguridad que Él ha puesto en tu alma: si le dejas obrar, servirás —donde estás— como instrumento útil, con una eficacia insospechada. Para que no te apartes por cobardía de esa confianza que Dios deposita en ti, evita la presunción de menospreciar ingenuamente las dificultades que aparecerán en tu camino de cristiano» (EC 214 a).

«Lejos de desalentarnos, las contrariedades han de ser un acicate[10] para crecer como cristianos: en esa pelea nos santificamos, y nuestra labor apostólica adquiere mayor eficacia. Al meditar esos momentos en los que Jesucristo —en el Huerto de los Olivos y, más tarde, en el abandono y el ludibrio de la Cruz— acepta y ama la Voluntad del Padre, mientras siente el peso gigante de la Pasión, hemos de persuadirnos de que para imitar a Cristo, para ser buenos discípulos suyos, es preciso que abracemos su consejo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y me siga (Mt 16, 24). Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales.

»Compréndelo: si, al clavar un clavo en la pared, no encontrases resistencia, ¿qué podrías colgar allí? Si no nos robustecemos, con el auxilio divino, por medio del sacrificio, no alcanzaremos la condición de instrumentos del Señor. En cambio, si nos decidimos a aprovechar con alegría las contrariedades, por amor de Dios, no nos costará ante lo difícil y lo desagradable, ante lo duro y lo incómodo, exclamar con los Apóstoles Santiago y Juan: ¡podemos! (Mc 10, 39)» (EC 216 c-d).

«Cuando no se lucha consigo mismo, cuando no se rechazan terminantemente los enemigos que están dentro de la ciudadela interior —el orgullo, la envidia, la concupiscencia de la carne y de los ojos, la autosuficiencia, la alocada avidez de libertinaje—, cuando no existe esa pelea interior, los más nobles ideales se agostan como la flor del heno, que al salir el sol ardiente, se seca la hierba, cae la flor, y se acaba su vistosa hermosura (Sant 1, 10-11). Después, en el menor resquicio brotarán el desaliento y la tristeza, como una planta dañina e invasora» (EC 211 a)... «Si no luchas, no me digas que intentas identificarte más con Cristo, conocerle, amarle. Cuando emprendemos el camino real de seguir a Cristo, de portarnos como hijos de Dios, no se nos oculta lo que nos aguarda: la Santa Cruz, que hemos de contemplar como el punto central donde se apoya nuestra esperanza de unirnos al Señor» (EC 212 a).

2. En el ejercicio concreto de la lucha ascética se pone confiadamente la mirada en Dios. El cristiano se esfuerza en una lucha práctica y perseverante, en una lucha gozosa, positiva, enamorada, que se manifiesta en el concreto ejercicio de las virtudes humanas, en el cumplimiento del deber, en la caridad con quienes le rodean. Sin embargo, no deja de tener presente que hace eso "por Dios, con el pensamiento en su gloria, con la mirada alta, anhelando la Patria definitiva". Se comprueba en los siguientes pasajes de La esperanza del cristiano:

«Por eso, me convenceré de que tus intenciones para alcanzar la meta son sinceras, si te veo marchar con determinación. Obra el bien, revisando tus actitudes ordinarias ante la ocupación de cada instante; practica la justicia, precisamente en los ámbitos que frecuentas, aunque te dobles por la fatiga; fomenta la felicidad de los que te rodean, sirviendo a los otros con alegría en el lugar de tu trabajo, con esfuerzo para acabarlo con la mayor perfección posible, con tu comprensión, con tu sonrisa, con tu actitud cristiana. Y todo, por Dios, con el pensamiento en su gloria, con la mirada alta, anhelando la Patria definitiva, que sólo ese fin merece la pena» (EC 211 c).

«Si la situación de lucha es connatural a la criatura humana, procuremos cumplir nuestras obligaciones con tenacidad, rezando y trabajando con buena voluntad, con rectitud de intención, con la mirada puesta en lo que Dios quiere» (EC 217 c).

«Esta lucha del hijo de Dios no va unida a tristes renuncias, a oscuras resignaciones, a privaciones de alegría: es la reacción del enamorado, que mientras trabaja y mientras descansa, mientras goza y mientras padece, pone su pensamiento en la persona amada, y por ella se enfrenta gustosamente con los diferentes problemas. En nuestro caso, además, como Dios —insisto— no pierde batallas, nosotros, con Él, nos llamaremos vencedores» (EC 219 a).

Hay en la lucha ascética, por tanto, una confianza filial basada en las promesas del mismo Dios, una confianza no abstracta u ocasional, sino ejercitada «con la mirada alta» en los momentos de mayor cansancio. Y es esta confianza lo que da fuerza, lo que da la auténtica fortaleza divina.

«Te he rogado que, en medio de las ocupaciones, procures alzar tus ojos al Cielo perseverantemente, porque la esperanza nos impulsa a agarrarnos a esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar, con el fin de que no perdamos el punto de mira sobrenatural; también cuando las pasiones se levantan y nos acometen para aherrojarnos en el reducto mezquino de nuestro yo, o cuando —con vanidad pueril— nos sentimos el centro del universo. Yo vivo persuadido de que, sin mirar hacia arriba, sin Jesús, jamás lograré nada; y sé que mi fortaleza, para vencerme y para vencer, nace de repetir aquel grito: todo lo puedo en Aquel que me conforta (Fil 4, 13)» (EC 213 b).

«...La certeza de nuestra nulidad personal —no se requiere una gran humildad para reconocer esta realidad: somos una auténtica multitud de ceros— se trocará en una fortaleza irresistible, porque a la izquierda de nuestro yo estará Cristo, y ¡qué cifra inconmensurable resulta!: el Señor es mi fortaleza y mi refugio, ¿a quién temeré? (Sal 26, 1)» (EC 218 a)[11].

En el texto siguiente, el Beato Josemaría glosa la conocida sentencia de Baltasar Gracián: «Hanse de procurar los medios humanos como si no hubiese divinos, y los divinos como si no hubiese humanos»[12]. En su comentario, el Fundador del Opus Dei insiste en la necesidad de emplear a fondo las fuerzas humanas contra la debilidad presente en todo hombre, emprendiendo «esas ascensiones, esas tareas divinas y humanas de cada día que siempre desembocan en el Amor de Dios».

«No hemos de extrañarnos. Arrastramos en nosotros mismos —consecuencia de la naturaleza caída— un principio de oposición, de resistencia a la gracia: son las heridas del pecado de origen, enconadas por nuestros pecados personales. Por tanto, hemos de emprender esas ascensiones, esas tareas divinas y humanas —las de cada día—, que siempre desembocan en el Amor de Dios, con humildad, con corazón contrito, fiados en la asistencia divina, y dedicando nuestros mejores esfuerzos como si todo dependiera de uno mismo» (EC 214 b).

3. La lucha ascética, con su característico "comenzar y recomenzar", tan familiar a la virtud de la esperanza, se traduce en humildad, en conversión y en penitencia. Son muchos los textos del Fundador del Opus Dei que exponen esta realidad. Por ejemplo:

«Advierte la Escritura Santa que hasta el justo cae siete veces (Pro 24, 16). Siempre que he leído estas palabras, se ha estremecido mi alma con una fuerte sacudida de amor y de dolor... Una sacudida de amor, os decía. Miro mi vida y, con sinceridad, veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy la nada!, pero Él es el todo y, al mismo tiempo, es mío, y yo soy suyo, porque no me rechaza, porque se ha entregado por mí. ¿Habéis contemplado amor más grande? Y una sacudida de dolor, pues repaso mi conducta, y me asombro ante el cúmulo de mis negligencias. Me basta examinar las pocas horas que llevo de pie en este día, para descubrir tanta falta de amor, de correspondencia fiel. Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que Él me repite despacio: meus es tu! (Is 43, 1); sabía —y sé— cómo eres, ¡adelante!» (EC 215 a-c).

La lectura de ese texto del libro de los Proverbios mueve al Beato Josemaría a comunicar su experiencia personal: como criatura, tiene clara conciencia de que él es nada delante de Dios y, paralelamente, de que el Señor es bueno y fiel, de que «es mío, y yo soy suyo»; como pecador, se duele por su falta de correspondencia, pero ese dolor no le quita la paz ni le conduce a la desesperación, porque, a pesar de todo, Dios se muestra siempre fiel y dice suavemente al corazón del cristiano: meus es tu[13].

La vida interior, en consecuencia, difícilmente presentará el perfil rectilíneo de un crecimiento suave y constante, serenamente verificable y cuantificable: más bien se resolverá en un «ir adelante a pesar de los traspiés, comenzando y recomenzando» con tenacidad, porque precisamente los momentos en que parece que las victorias no llegan y se retrocede en la vida espiritual presentan una singular oportunidad de ejercitar la virtud de la esperanza, a través de la cual «se palpa, se nota, cabe afirmar que se toca con las manos la protección divina». Encontramos esta idea en numerosos textos del Beato Josemaría:

«Esos trasuntos del Cielo [la vida de Jesús en la tierra] se renuevan también ahora, en la perenne actualidad del Evangelio: se palpa, se nota, cabe afirmar que se toca con las manos la protección divina; un amparo que gana en vigor, cuando vamos adelante a pesar de los traspiés, cuando comenzamos y recomenzamos, que esto es la vida interior, vivida con la esperanza en Dios» (EC 216 a).

«Debo preveniros ante una asechanza, que no desdeña en emplear Satanás —¡ése no se toma vacaciones!—, para arrancarnos la paz. Quizá en algún instante se insinúa la duda, la tentación de pensar que se retrocede lamentablemente, o de que apenas se avanza; hasta cobra fuerza el convencimiento de que, no obstante el empeño por mejorar, se empeora. Os aseguro que, de ordinario, ese juicio pesimista refleja sólo una falsa ilusión, un engaño que conviene rechazar. Suele suceder, en esos casos, que el alma se torna más atenta, la conciencia más fina, el amor más exigente; o bien, ocurre que la acción de la gracia ilumina con más intensidad, y saltan a los ojos tantos detalles que en una penumbra pasarían inadvertidos. Sea lo que fuere, hemos de examinar atentamente esas inquietudes, porque el Señor, con su luz, nos pide más humildad o más generosidad. Acordaos de que la Providencia de Dios nos conduce sin pausas, y no escatima su auxilio —con milagros portentosos y con milagros menudos— para sacar adelante a sus hijos» (EC 217 a)[14]. «En las batallas del alma, la estrategia muchas veces es cuestión de tiempo, de aplicar el remedio conveniente, con paciencia, con tozudez. Aumentad los actos de esperanza. Os recuerdo que sufriréis derrotas, o que pasaréis por altibajos —Dios permita que sean imperceptibles— en vuestra vida interior, porque nadie anda libre de esos percances. Pero el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer. Basta que los empleemos, como os comentaba antes, con la resolución de comenzar y recomenzar en cada momento, si fuera preciso» (EC 219 b)[15].

Por último, un aspecto central de la lucha cristiana descrita en estas enseñanzas es la conversión, la penitencia, y consecuentemente la recepción asidua del sacramento de la Reconciliación, fuente de alegría y fruto del don de la esperanza, don que el Señor nos concede cada vez con mayor abundancia.

«Acudid semanalmente —y siempre que lo necesitéis, sin dar cabida a los escrúpulos— al santo Sacramento de la Penitencia, al sacramento del divino perdón. Revestidos de la gracia, cruzaremos a través de los montes (cfr. Sal 103, 10), y subiremos la cuesta del cumplimiento del deber cristiano, sin detenernos. Utilizando estos recursos, con buena voluntad, y rogando al Señor que nos otorgue una esperanza cada día más grande, poseeremos la alegría contagiosa de los que se saben hijos de Dios... Optimismo, por lo tanto. Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a Él, si aprendemos a arrepentirnos» (EC 219 c).

4. CONCLUSIÓN: LA VALIDEZ TEOLÓGICA DE LA REFLEXIÓN DEL BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ SOBRE LA VIRTUD DE LA ESPERANZA

¿Se puede, entonces, dar validez teológica, al menos hipotética, a la viva y hermosa reflexión que ha hecho el Beato Josemaría sobre la esperanza en la homilía La esperanza del cristiano y en otros escritos suyos? Después de todo lo visto hasta ahora, la respuesta tiene que ser afirmativa, porque es evidente que la del Beato Josemaría Escrivá es una reflexión de fe a partir de una experiencia cristiana plenamente integrada en la realidad humana: es decir, se trata de una reflexión eclesial y no excepcional. Pero estudiemos ahora con más detenimiento estos dos aspectos: el humano y el eclesial.

1. Una experiencia plenamente humana

La teología siempre ha sostenido que la esperanza es virtud sólo en la medida en que es teologal[16], es decir, sólo en cuanto tiene por objeto el Amor «que sacia sin saciar», sólo en cuanto encuentra su motivación y su fundamento en la misericordia omnipotente y fidelísima de Dios. En el pensamiento de nuestro siglo, por desgracia, ha ejercido una poderosa influencia el prejuicio de que los cristianos, cuando predican esta virtud y la dirigen a su objeto primordial (Dios, el cielo, la vida eterna), evidencian el inconfesado deseo de huir de la realidad, de eludir los múltiples y cambiantes desafíos humanos que presenta el mundo. En consecuencia, ha sido inevitable que, una vez consumado el derrumbe de las filosofías nihilistas, destructoras de la esperanza, las modernas visiones de una esperanza secularizada —directa o indirectamente inspiradas en el pensamiento marxista[17]- hayan cosechado un cierto éxito. El hecho de que éste tampoco haya sido duradero justifica la conclusión de que cualquier reflexión sobre la esperanza que no sea capaz de tocar el corazón del hombre en sus más nobles aspiraciones, que no mueva eficazmente al perseverante esfuerzo en orden a la construcción de un mundo mejor, más justo, más a la medida del hombre, no es creíble. Al mismo tiempo, el agotamiento utópico que caracteriza a este final del milenio nos enseña que sin la acción silenciosa de esa agua viva que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 14), sin ese amor de Dios difundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5), la esperanza tiende a desaparecer o a tornarse meramente espiritual y desencarnada. De manera concisa pero existencial y rigurosa, el Beato Josemaría Escrivá ha enseñado que, por el contrario, esa acción de Dios denominada esperanza, alimentando «maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón» (EC 205 a), se manifiesta plenamente en las concretas situaciones humanas de cada momento histórico como una disposición estable a la lucha para superar los obstáculos, tanto interiores como exteriores, tanto personales como colectivos. En la práctica sería imposible, sin esta esperanza, perseverar en tal esfuerzo.

2. Una experiencia plenamente eclesial y universal

La reflexión del Beato Josemaría sobre la esperanza se desarrolla en dos momentos estrechamente unidos entre sí: por una parte, es una reflexión que, a la luz de la palabra de Dios, profundiza en la experiencia de la gracia, generosamente acogida en la propia vida; por otra parte, que en realidad es inseparable de la anterior, la reflexión del Beato Josemaría se proyecta sobre la Iglesia y la humanidad[18], sobre esa misma experiencia existencial en la vida de muchos hombres y mujeres a los que, con frecuencia, ha removido su propia predicación y su propio ejemplo[19]. La primera reflexión le ofrece la posibilidad de entender y calibrar la segunda; pero, al mismo tiempo, la segunda reflexión, es decir, la nacida de la experiencia de personas que se encuentran en las más variadas situaciones humanas, confirma y ratifica la primera, esto es, la que se origina en la propia experiencia de la gracia.

El Beato Josemaría se da cuenta de que la esperanza florece con fuerza, en su propia vida y en la de hombres y mujeres de toda condición —enfrentados, por tanto, con todos los desafíos pequeños y grandes que la vida terrena presenta—, cuando los sobreabundantes dones de Dios son acogidos con generosidad y perseverancia. Es esta gozosa realidad lo que le impulsa a dirigirse con tanta fuerza y constancia a todos los hombres: «Espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —Él obrará, si en Él te abandonas»[20]. Es también esta experiencia, personal y eclesial a la vez y vivida a fondo, lo que le mueve a gritar a los cuatro vientos su fe y su esperanza inconmovibles en el Dios de Jesucristo.

La virtud teologal de la esperanza ha de considerarse esencial en el conjunto de la reflexión teológica y espiritual del Beato Josemaría. Basta pensar en su infatigable predicación, a lo largo de toda su vida, sobre la llamada universal a la santidad[21]. Cuando se afirma, como ha hecho el último Concilio Ecuménico[22], que la llamada a la santidad es efectivamente universal, lo que en el fondo se está proclamando es que ninguna realidad humana o creada puede obstaculizar o condicionar seriamente el despliegue de la bondad omnipotente de Dios, empeñada en llevar a sus hijos a la plenitud de la santidad en Cristo. En consecuencia, el cristiano puede y debe esperar de Dios la gracia, la abundancia de sus dones, no —por así decir— a pesar de sus propias limitaciones interiores y de los obstáculos exteriores, sino en y por medio de todas las vicisitudes y circunstancias de su concreta existencia.

Paul O'Callaghan

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Consideraciones espirituales, Cuenca 1934, p. 67. Esta colección fue posteriormente ampliada, y en 1939 se publicó con otro título: Camino. El punto citado de Consideraciones espirituales corresponde al n. 731 de Camino.

[2] Cfr., en relación con estas reflexiones metodológicas fundamentales, A. DEL PORTILLO, Significado teológico-espiritual de "Camino", en J. Morales (ed.), "Escritos sobre Camino", Madrid 1989, pp. 45-56.

[3] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, La esperanza del cristiano (8-VI-1968), en "Amigos de Dios", Madrid 1996, nn. 205-221. Las citas de esta homilía, fundamental en la reflexión del Beato Josemaría sobre la esperanza, se indican en adelante con la sigla EC seguida del número y párrafo de la mencionada edición en Amigos de Dios.

[4] «Cuando hables de las virtudes teologales, de la fe, de la esperanza, del amor, piensa que, antes que para teorizar, son virtudes para vivir» (Forja, n. 479).

[5] El teólogo G. GRESHAKE afirma que los santos «no viven de una doctrina, sino que es su vida la que produce una doctrina» (L'uomo e la salvezza di Dio, en AA.VV., "Problemi e prospettive di teologia dogmatica", Brescia 1983, p. 310). Cfr. también las jugosas reflexiones de H. URS VON BALTHASAR, Teologia e santità: "Verbum Caro", vol. 1, Brescia 1985, pp. 200-229.

[6] Estos son algunos de los textos mas representativos: «...La esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras» (EC 205 a); «Aquí, en la presencia de Dios, que nos preside desde el Sagrario —¡cómo fortalece esta proximidad real de Jesús!—, vamos a meditar hoy acerca de ese suave don de Dios, la esperanza, que colma nuestras almas de alegría, spe gaudentes (Rom 12, 12), gozosos, porque —si somos fieles— nos aguarda el Amor infinito» (EC 206 a); «Don de Dios que colma el alma de alegría»...: no se trata, por tanto, de una alegría cualquiera, sino de «la luz y el calor de Dios, y la inefable alegría de la esperanza teologal» (EC 206 b). Cfr. también Camino, n. 659: «La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios»; «...La seguridad de sentirme —de saberme— hijo de Dios me llena de verdadera esperanza que, por ser virtud sobrenatural, al infundirse en las criaturas se acomoda a nuestra naturaleza, y es también virtud muy humana...» (EC 208 c); «Te he rogado que, en medio de las ocupaciones, procures alzar tus ojos al Cielo perseverantemente, porque la esperanza nos impulsa a agarrarnos a esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar, con el fin de que no perdamos el punto de mira sobrenatural...» (EC 213 b); «Advierte la Escritura Santa que hasta el justo cae siete veces (Pro 24, 16). Siempre que he leído estas palabras, se ha estremecido mi alma con una fuerte sacudida de amor y de dolor... Una sacudida de amor, os decía. Miro mi vida y, con sinceridad, veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy la nada!, pero Él es el todo y, al mismo tiempo, es mío, y yo soy suyo, porque no me rechaza, porque se ha entregado por mí... Y una sacudida de dolor... Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que Él me repite despacio: meus es tu!" (Is 43, 1); sabía —y sé— cómo eres, ¡adelante!» (EC 215, a-c); «...De nada sirven todas las maravillas de la tierra, todas las ambiciones colmadas, si en nuestro pecho no arde la llama de amor vivo, la luz de la santa esperanza que es un anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria» (Amigos de Dios, 278 b).

[7] «Ha querido el Señor que sus hijos, los que hemos recibido el don de la fe, manifestemos la original visión optimista de la creación, el "amor al mundo" que late en el cristianismo. —Por tanto, no debe faltar nunca ilusión en tu trabajo profesional, ni en tu empeño por construir la ciudad temporal» (Forja, n. 703). Cfr., especialmente, la homilía Amar al mundo apasionadamente (8-X-1967), en la que el Beato Josemaría explica la expresión «materialismo cristiano».

[8] Sobre la imagen de los «fuegos fatuos», cfr. también Camino, n. 412; Forja, n. 57.

[9] Cfr., por ejemplo, Amigos de Dios, nn. 21 a, 207 a, 223 b; Es Cristo que pasa, n. 19 b; Camino, n. 6; Forja, nn. 900, 902.

[10] Cfr. Surco, nn. 134, 626.

[11] Cfr Camino, n. 473.

[12] B. GRACIÁN, Oráculo manual y arte de prudencia, n. 251.

[13] «Repasad con calma aquella divina advertencia, que llena el alma de inquietud y, al mismo tiempo, le trae sabores de panal y de miel: redemi te, et vocavi te nomine tuo: meus es tu (Is 43, 1); te he redimido y te he llamado por tu nombre: ¡eres mío! No robemos a Dios lo que es suyo. Un Dios que nos ha amado hasta el punto de morir por nosotros, que nos ha escogido desde toda la eternidad, antes de la creación del mundo, para que seamos santos en su presencia: y que continuamente nos brinda ocasiones de purificación y de entrega» (Amigos de Dios, n. 312 b). Cfr. Forja, nn. 12, 123.

[14] «En el camino de la santificación personal, se puede a veces tener la impresión de que, en lugar de avanzar, se retrocede; de que, en vez de mejorar, se empeora... Mientras haya lucha interior, ese pensamiento pesimista es sólo una falsa ilusión, un engaño, que conviene rechazar. —Persevera tranquilo: si peleas con tenacidad, progresas en tu camino y te santificas» (Forja, n. 223); cfr. ibid., n. 222; «Renovad cada mañana, con un serviam! decidido —¡te serviré, Señor!—, el propósito de no ceder, de no caer en la pereza o en la desidia, de afrontar los quehaceres con más esperanza, con más optimismo, bien persuadidos de que si en alguna escaramuza salimos vencidos podremos superar ese bache con un acto de amor sincero» (EC 217 d).

[15] «Insisto, ten ánimos, porque Cristo, que nos perdonó en la Cruz, sigue ofreciendo su perdón en el Sacramento de la Penitencia, y siempre tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo, el Justo... (1 Jn 2, 1-2)... ¡Adelante, pase lo que pase! Bien cogido del brazo del Señor, considera que Dios no pierde batallas. Si te alejas de Él por cualquier motivo, reacciona con la humildad de comenzar y recomenzar; de hacer de hijo pródigo todas las jornadas, incluso repetidamente en las veinticuatro horas del día; de ajustar tu corazón contrito en la Confesión, verdadero milagro del Amor de Dios. En este Sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea, y para retornar sin cansancio a Dios, aun cuando todo te parezca oscuro. Además, la Madre de Dios, que es también Madre nuestra, te protege con su solicitud maternal, y te afianza en tus pisadas» (EC 214 d-e).

[16] Cfr., por ejemplo, SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II, q. 17, a. 1-3.

[17] Pienso especialmente en la influencia que ha tenido la reflexión de E. BLOCH, recogida principalmente en su obra Das Prinzip Hoffnung, Frankfurt am Main 1954, 1955 y 1959. Cfr. P. O'CALLAGHAN, Hope and Freedom in Gabriel Marcel and Ernst Bloch: "Irish Theological Quarterly" 55 (1989) 215-239.

[18] «...He concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide...» (Es Cristo que pasa, n. 99 b).

[19] En el breve prólogo a Camino escribió: «Lee despacio estos consejos. Medita pausadamente estas consideraciones. Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios. «No te contaré nada nuevo. Voy a remover en tus recuerdos, para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. Y acabes por ser alma de criterio».

[20] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Consideraciones espirituales, Cuenca 1934, p. 67.

[21] «Ésta ha sido mi predicación constante desde 1928: urge cristianizar la sociedad; llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano» (EC 210 a).

[22] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, nn. 39-42.

 

 

¿Qué es la oración?, ¿cómo se hace?, ¿Dios escucha y responde?

Orar. En el Nuevo Testamento, Jesús nos enseña cómo podemos relacionarnos con nuestro Padre Dios. Esta experiencia de la oración la han tenido miles de personas a lo largo de los siglos, pero en ocasiones no sabemos cómo dirigirnos a Dios o no tenemos certeza de que nos atienda.

PREGUNTAS SOBRE LA FE CRISTIANA19/08/2019

Opus Dei - ¿Qué es la oración?, ¿cómo se hace?, ¿Dios escucha y responde?​¿Se puede hablar con Dios?, ¿cómo se hace oración?

1. ¿Puedo hablar con Dios y escucharle?

Sí, En el Antiguo Testamento, Abrahám, Moisés y los profetas hablaban y escuchaban a Dios. En el Nuevo Testamento, Jesús nos enseña cómo podemos relacionarnos con nuestro Padre Dios. Esta experiencia de la oración la han tenido miles de personas a lo largo de los siglos. Los santos son ejemplo de que en cualquier época y circunstancia Dios busca a cada persona y ésta puede responderle manteniendo con Él un verdadero diálogo.

 

 

“Para escuchar al Señor, es necesario aprender a contemplarlo, a percibir su presencia constante en nuestra vida; es necesario detenerse a dialogar con Él, dejarle espacio en la oración. Cada uno de nosotros, también vosotros muchachos, muchachas, jóvenes, tan numerosos esta mañana, debería preguntarse: ¿qué espacio dejo al Señor? ¿Me detengo a dialogar con Él? Desde que éramos pequeños, nuestros padres nos acostumbraron a iniciar y a terminar el día con una oración, para educarnos a sentir que la amistad y el amor de Dios nos acompañan. Recordemos más al Señor en nuestras jornadas”. Papa Francisco, audiencia 1 de mayo de 2013.

2. ¿Cómo dialogar con Dios? ¿Qué significa rezar?

Todos los hombres están llamados a la comunicación con Dios. Por la creación, Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le ha creado y le busca.

Dios llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Dios es el que toma la iniciativa en la oración, poniendo en nosotros el deseo de buscarle, de hablarle, de compartir con Él nuestra vida. La personas que reza, que se dispone a escuchar a Dios y a hablarle, responde a esa iniciativa divina.

Cuando rezamos, es decir, cuando hablamos con Dios, el que ora es todo el hombre. Para designar el lugar de donde brota la oración, las Sagradas Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de mil veces): Es el corazón el que ora.

El corazón es nuestro centro escondido, sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro con Dios, de la relación entre Dios y cada uno de nosotros personalmente.

La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar y aprender a orar. Aprendemos a hablar con Dios a través de la Iglesia: escuchando la palabra de Dios, leyendo los Evangelios y, sobre todo, imitando el ejemplo de Jesús. Catecismo de la Iglesia Católica, nn 2559-2564

Textos de san Josemaría para orar

“Minutos de silencio”. —Dejadlos para los que tienen el corazón seco. Los católicos, hijos de Dios, hablamos con el Padre nuestro que está en los cielos. Camino, 115

Que no falten en nuestra jornada unos momentos dedicados especialmente a frecuentar a Dios, elevando hacia El nuestro pensamiento, sin que las palabras tengan necesidad de asomarse a los labios, porque cantan en el corazón. Al lado del Sagrario, acompañando al que se quedó por Amor. Y si no hubiese más remedio, en cualquier parte, porque nuestro Dios está de modo inefable en nuestra alma en gracia. Amigos de Dios, 249

 

 

Mira qué conjunto de razonadas sinrazones te presenta el enemigo, para que dejes la oración: “me falta tiempo” —cuando lo estás perdiendo continuamente—; “esto no es para mí”, “yo tengo el corazón seco”... La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada. Surco, 464

Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia cristiana, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer. La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada. Amigos de Dios, 238

3. ¿Cómo rezaba Jesús?

En el Nuevo Testamento el modelo perfecto de oración se encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la soledad, en lo secreto, la oración de Jesús entraña una adhesión amorosa a la voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta confianza en ser escuchada.

Jesucristo nos da testimonio de que está en continua comunicación con su Padre y nos invita a hacerlo. En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseverante, como hijos que hablan con su Padre.

La oración de la Virgen María, en su Fiat y en su Magnificat, se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe, por eso nuestra Madre es también modelo de oración, de persona atenta a lo que Dios le quiere decir para responderle.

El Evangelio de san Lucas nos ha transmitido tres parábolas en las que Jesús habla de la oración:

- “El amigo importuno” , que invita a una oración insistente. “Llamad y se os abrirá”. Al que ora así, el Padre del cielo “le dará todo lo que necesite”.

- “La viuda importuna”, está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe.

- “El fariseo y el publicano” se refiere a la humildad del corazón que ora: “Oh Dios, ten compasión de mi que soy un pecador”. Catecismo de la Iglesia Católica, 2566-25672613-2622

Textos de san Josemaría para orar

Son tantas las escenas en las que Jesucristo habla con su Padre, que resulta imposible detenernos en todas. Pero pienso que no podemos dejar de considerar las horas, tan intensas, que preceden a su Pasión y Muerte, cuando se prepara para consumar el Sacrificio que nos devolverá al Amor divino. En la intimidad del Cenáculo su Corazón se desborda: se dirige suplicante al Padre, anuncia la venida del Espíritu Santo, anima a los suyos a un continuo fervor de caridad y de fe. Amigos de Dios, 240

Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones. Amigos de Dios, 253

 

 

Habla Jesús: “Así os digo yo: pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. Haz oración. ¿En qué negocio humano te pueden dar más seguridades de éxito? Camino, 96

Cómo enamora la escena de la Anunciación. —María —¡cuántas veces lo hemos meditado!— está recogida en oración..., pone sus cinco sentidos y todas sus potencias al habla con Dios. En la oración conoce la Voluntad divina; y con la oración la hace vida de su vida: ¡no olvides el ejemplo de la Virgen! Surco, 481

4. ¿Hay diferentes formas de oración?

El Espíritu Santo nos enseña y recuerda todo lo que Jesús dijo, y nos educa también en la vida de oración, suscitando expresiones que se renuevan dentro de unas formas permanentes de orar: bendecir a Dios, pedirle perdón, pedirle lo que necesitamos, darle gracias y alabarle.

El hombre puede descubrir en su corazón todas las bendiciones de las que Dios le ha hecho partícipe. A su vez, el hombre puede responder a Dios, la fuente de esas bendiciones, con una oración de bendición. La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. La oración de petición tiene por objeto el perdón, la búsqueda del Reino y cualquier necesidad verdadera.

La oración de intercesión consiste en una petición en favor de otro. No conoce fronteras y se extiende hasta los enemigos. Se funda en la confianza que tenemos en nuestro Padre Dios, que quiere lo mejor para sus hijos y atiende sus necesidades.

Toda alegría y toda pena, todo acontecimiento y toda necesidad pueden ser motivo de oración de acción de gracias, la cual, participando de la de Cristo, debe llenar la vida entera, como aconsejaba san Pablo a los Tesalonicenses: “En todo dad gracias” (1 Ts 5, 18). La oración de alabanza, totalmente desinteresada, se dirige a Dios; canta para Él y le da gloria no sólo por lo que ha hecho sino porque ÉL ES. Catecismo de la Iglesia Católica, 2644-2649

Textos de san Josemaría para orar

Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De El, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!” Camino, 91

“Reza por mí”, le pedí como hago siempre. Y me contestó asombrado: “¿pero es que le pasa algo?” Hube de aclararle que a todos nos sucede o nos ocurre algo en cualquier instante; y le añadí que, cuando falta la oración, “pasan y pesan más cosas”. Surco, 479

Es muy importante —perdonad mi insistencia— observar los pasos del Mesías, porque El ha venido a mostrarnos la senda que lleva al Padre. Descubriremos, con El, cómo se puede dar relieve sobrenatural a las actividades aparentemente más pequeñas; aprenderemos a vivir cada instante con vibración de eternidad, y comprenderemos con mayor hondura que la criatura necesita esos tiempos de conversación íntima con Dios: para tratarle, para invocarle, para alabarle, para romper en acciones de gracias, para escucharle o, sencillamente, para estar con El. Amigos de Dios, 238

 

 

Con esta búsqueda del Señor, toda nuestra jornada se convierte en una sola íntima y confiada conversación. Lo he afirmado y lo he escrito tantas veces, pero no me importa repetirlo, porque Nuestro Señor nos hace ver —con su ejemplo— que ése es el comportamiento certero: oración constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones! Y ese Dios, manso y humilde de corazón, no olvidará nuestros ruegos, ni permanecerá indiferente, porque El ha afirmado:pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Amigos de Dios, 247

Qué firmeza nos debe producir la Palabra divina! No me he inventado nada, cuando —a lo largo de mi ministerio sacerdotal— he repetido y repito incansablemente ese consejo. Está recogido de la Escritura Santa, de ahí lo he aprendido: ¡Señor, que no sé dirigirme a Ti! ¡Señor, enséñanos a orar! Y viene toda esa asistencia amorosa —luz, fuego, viento impetuoso— del Espíritu Santo, que alumbra la llama y la vuelve capaz de provocar incendios de amor. Amigos de Dios, 244

 

 

Judas, ¿sigue presente

Son bien conocidas, también porque se encargan de hacer mucha publicidad, las diferentes corrientes que dentro de la Iglesia quieren acomodar la realidad de Cristo, las palabras de Cristo, las enseñanzas de Cristo, el sufrimiento de Cristo al redimirnos del pecado, la misericordia de Cristo perdonándonos cuando nos arrepentimos, el Amor de Cristo que nos habla de tomar la Cruz si queremos vivir
con Él la Resurrección; al “espíritu del siglo”.

Y son también muy conocidas las “exigencias” de esas corrientes para que los cristianos conformemos nuestra cabeza y nuestras acciones, basándonos siempre en “nuestro propio discernimiento”, el banal espíritu del siglo que pretende quitar de su mente la noción de pecado, la noción de ofensa a Dios, la noción del mal que el hombre se hace rechazando a Dios; y que pretende llenar el vacío existencial del
hombre que abandona su relación vital con Cristo, con cuatro gestos adornados con un cierto aire “religioso”.

Gobel nació en  Thann, en el Haut-Rhin (Alsacia), y estudió teología en el Colegio Alemán en Roma. Fue, sucesivamente, obispo  in paribus de Lydda, y finalmente obispo auxiliar de la sección de la diócesis de  Basilea  en territorio francés. Su carrera política comenzó cuando fue elegido representante del clero ante los  Estados Generales de 1789.

Aunque moderado, durante la revolución se posicionó con el clero reformista. El punto de inflexión de su carrera fue su jura de la  Constitución civil del clero el 3 de enero de 1791, a favor de la cual se había manifestado desde el 5 de mayo de 1790. Esta constitución permitía el nombramiento de obispos y párrocos a las asambleas electorales y no a la Santa Sede y a los obispados. La popularidad de Gobel tras la jura de la Constitución fue tal que fue elegido  obispo constitucional de varias diócesis. Entre ellas, se decidió por el  arzobispado de París, y pese a las dificultades con que se encontró para acceder al cargo una vez elegido, fue finalmente consagrado el 27 de marzo de 1791 por ocho obispos, entre los que se encontraba Talleyrand.


El 8 de noviembre de 1792, Gobel fue nombrado administrador de París. Sus públicas demostraciones de anti-clericalismo probablemente fueran una táctica cuidadosamente seleccionada para ganarse las simpatías de los políticos; entre otras cosas, se declaró opuesto al celibato del clero. No obstante, no pudo evitar ser víctima del Reinado del Terror: el 17 de brumario del año II de la revolución (7 de noviembre de 1793), tuvo que presentarse ante el tribunal de la  Convención Nacional para declarar sobre sus actividades. En una famosa escena, renunció a sus funciones episcopales, proclamando que lo hacía por amor al pueblo y respeto a sus deseos.

Poco después se alió con los seguidores del periodista Hébert, que buscaban la descristianización de Francia. Hébert se enfrentó políticamente a Robespierre, y perdió.

Robespierre organizó cuidadosamente el proceso acusando a Hébert de alta traición a la revolución – no hemos avanzado mucho en este tipo de “procesos” y en la manipulación de la justicia- y el 12 de abril de 1794, junto a Hébert y algunos colaboradores suyos, el propio Gobel fue guillotinado.
En aquel entonces, el “espíritu del siglo” no tenía mucha piedad; y sigue sin tenerla más de 200 años después. El diablo suele pagar así a sus servidores; y no parece que cambie a lo largo de los siglos.

La Iglesia revivió en orden en Francia, y misioneros franceses, célibes, llevaron la palabra de Cristo, la vida de Cristo, a muchos rincones de la tierra.

ernesto.julia@gmail.com

 

Luis de Moya, sacerdote tetrapléjico: «Dios es Padre bueno de los hombres en toda circunstancia»

Dios no pone a sus hijos ante sufrimientos que no puedan sobrellevar y es siempre Su ayuda la que permite sobrellevarlos, dice el sacerdote Luis Moya.

Dios no pone a sus hijos ante sufrimientos que no puedan sobrellevar y es siempre Su ayuda la que permite sobrellevarlos, dice el sacerdote Luis Moya.Suicidio asistido

El sacerdote Luis de Moya quedó tetrapléjico en 1991 a consecuencia de un accidente de automóvil. No quiso que esa circunstancia, por grave que fuese, mermase su vocación sacerdotal, y ha escrito diversos textos contando su historia o reflexionando sobre su significación moral y espiritual. En El sentido del dolor reunió tres de ellos: Sobre la marcha, publicado un tiempo después del accidente, donde analiza lo que pasó y sus repercusiones en su vida; Vía Crucis con María, una meditación sobre la Pasión de Cristo vista con los ojos de su Madre; y una conferencia sobre el valor del sufrimiento que pronunció en Santiago de Compostela.

Sobre ese sentido del dolor que unifica su obra hemos conversado con Don Luis:

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El sacerdote Luis de Moya quedó  tetrapléjico tras un accidente en 1991.

-Usted escribió un libro sobre El sentido del dolor. ¿Qué le impulsó a ello?

-El deseo de continuar con mi actividad de sacerdote. No dejar que la limitación física frenara en mí la tarea emprendida hacía años de dar a conocer las grandezas de Dios, en particular que Dios es Padre bueno de los hombres en toda circunstancia.

-Tras el accidente que sufrió en 1991, ¿qué fue lo más difícil de asumir de su nueva vida "sobre ruedas”?

-Posiblemente la necesidad de depender de un modo muy tangible de los demás.

-Han transcurrido muchos años desde que despertó después de ese fatídico accidente. En ese momento, ¿fue consciente de las nuevas pruebas que debía afrontar?

-Inmediatamente. Nada más recobrar el conocimiento me di cuenta de que había perdido la movilidad y, por tanto, todo lo que ello suponía.

-¿Qué sentido tiene el dolor para un católico, un cristiano? ¿Por qué permite Dios el sufrimiento?

-Un católico, un cristiano, como cualquiera, tanto ama como está dispuesto a sufrir por quien ama. Como Jesucristo, que nos muestra su amor en la Cruz: sufriendo.

-¿Qué lecciones puede extraer un cristiano de la contemplación del Vía Crucis?

-En realidad el viacrucis es una permanente lección para un cristiano en cada una de sus estaciones. En este sentido escribí unas reflexiones hace algunos años.

-¿Qué les diría a los políticos que utilizan el dolor para defender la eutanasia? ¿Qué le diría a un enfermo que desea morir?

-Que Dios no pone a sus hijos, los hombres, en situaciones insufribles. Para cada momento Dios nos brinda su ayuda para vivir esa situación de un modo digno en su presencia. También en las situaciones más dolorosas que podamos imaginar. Por otra parte, ésta es mi experiencia desde el año 1991.

-Hoy en día, la visión de que solo se puede ser feliz teniendo unas buenas condiciones económicas y de salud se encuentra muy extendida. ¿Cómo combatir esta concepción nihilista de la vida?

-Cualquier situación, por favorable que sea en esta vida, está destinada a terminar, y por tanto no es verdadera felicidad. La verdadera felicidad sólo es posible en la otra vida, que nunca termina.

 

Adriana Domínguez: liderazgo del sentido común

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<p>Descripción generada automáticamente​La semana pasada tuvimos la ocasión de escuchar de primera mano un testimonio muy inspirador de cómo sacar adelante un proyecto hundido. Una empresa familiar, el sueño de toda una vida -la del fundador y patriarca- y una de las hijas que toma las riendas con determinación, ilusión, y mucha formación, aprendizaje y valores aplicados. Las personas, lo primero. Adriana Domínguez, consejera delegada de ADOLFO DOMINGUEZ, hija del fundador y presidente de la conocidísima marca, compartió desayuno con nuestras participantes en una nueva sesión I-WiL Breakfast y su trayectoria personal, familiar, profesional. Os resumo algunos puntos:

  • Reconvertirse: «Me ha gustado la frase del nuevo CEO de Alibaba, debemos matar nuestro negocio existente, hacerle la competencia porque, si no, otra persona lo hará».
  • «Las mujeres, yo diría aún mayoritariamente, cargamos con muchas más responsabilidades… pequeñas cosas invisibles».
  • Asumir el mando: «No fue fácil, pero tampoco muy difícil. Ocurrió como cuando tu padre o tu madre están en dificultades: instintivamente, les ayudas. Pensé en lo que necesitaba el proyecto, no en lo que me convenía. La empresa es como mi familia. Aunque no es plenamente familiar, la hemos visto en casa desde siempre. Son muchos años de aprendizaje de valores y de cultura empresarial. Somos una saga empresarial, desde el taller que tenían mis abuelos, a la empresa que creó mi padre y en la que estamos, mis tíos, mis primas con Bimba y Lola… Mi familia disfruta trabajando, y eso hace que empleemos muchas horas en algo que nos gusta».
  • «La primera decisión importante que tomé fue eliminar dos marcas y quedarnos solo con Adolfo Domínguez. Estoy muy agradecida al apoyo del consejo de administración, porque es una medida que ha demostrado ser clave en los resultados. En un sector tan competitivo como el textil, no podíamos tener tantas identidades. Cogimos lo mejor de U (juventud, transgresión, marca joven) y Plus (más talla y volumetría) y ahora llegamos a un público más amplio y concentrado en la marca Adolfo Domínguez».
  • «Lo realmente increíble del turn arround es que lo hicimos sin dinero«.
  • «Nuestra empresa está compuesta en un 82% por mujeres, y tenía un consejo de administración en el que el 90% eran hombres. En la actualidad, el 50% del consejo son mujeres. Es importante, porque el 70% de nuestras ventas es a mujeres. Es una realidad que entienden mejor. Por otra parte, no es extraño en nuestro sector: las mujeres compran más ropa que los hombres.»
  • Tener a Galicia presente en pequeños intangibles, como el estampado de mejillones.
  • Es muy difícil rejuvenecer una marca: las hijas no quieren ponerse lo que llevan sus madres y abuelas. Para ello hay que ser muy bold (una mezcla entre audaz e intenso).
  • Liderazgo del sentido común, de escucha.
  • El poder de las microacciones: afilar la punta de las tijeras; cambiar las viejas máquinas de café (símbolo de lo antiguo); cambiar la orientación de las mesas para mejorar la costura de negro sobre negro…
  • «La intuición es pensar muy rápido».
  • «Me han ayudado la capacidad de escucha (importancia del group think) y, en liderazgo, el coraje: aguantar la vela, porque en el liderazgo estás muy desprotegido y eso hay que abrazarlo». «No es que no tenga miedo, es que me lo gestiono«.  «Cuando las cosas están muy mal, la libertad es mucho mayor». «He tenido que aprender a sostener un espacio de no-agradar».
  • Liderazgo de la sostenibilidad. Lo verdaderamente sostenible es no consumir o consumir menos, así hay menos que reciclar
  •  Mi trayectoria en comunicación me ha formado y ayudado mucho, y seguirá haciéndolo. Además de un producto, Adolfo Domínguez tiene detrás una historia muy bonita que hay que contar. Al final, se trata de contar historias

Adriana Domínguez, la humildad en la verdad. Sin miedo, autoliderazgo, gestión de uno mismo y escucha al otro.

 

 

 

Por qué ignoramos a los cristianos perseguidos

Francisco José Contreras

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El occidental contemporáneo no entiende que los cristianos de Oriente Medio, la India o África sigan tomándose tan en serio su religión

En realidad, los cristianos perseguidos nos incomodan con su maldita fidelidad. Son un reproche mudo contra la forma de vida que hemos escogido.

El Jueves Santo de 2015, un comando de Al Shabab penetró en la Universidad de Garissa, en Kenia, tomando como rehenes a unos 700 estudiantes. Durante las 15 horas que permanecieron en el recinto −antes de ser abatidos por la Policía− mataron a los que se identificaron como cristianos, mientras perdonaban a los musulmanes. 142 encontraron así la muerte y 79 resultaron heridos. Hubiera sido fácil para ellos salvar la vida pretendiéndose mahometanos. “Dieciséis mil mártires y ni una apostasía”, escribió Paul Claudel cuando el bando llamado democrático por nuestras leyes de Memoria Histórica exterminaba a los católicos en la Guerra Civil.

La matanza de Garissa apareció, sí, en el telediario… en el minuto 21 (¡lo apunté!). Incluso en plena ofensiva de Estado Islámico (2014-16) contra las comunidades cristianas de Irak y Siria, con réplicas morbosas en otros lugares, como la degollina de cristianos coptos en una playa libia, la atención concedida por los medios occidentales a los sufrimientos de los cristianos era muy reducida.

Desde entonces el eclipse ha sido cada vez mayor. Sin embargo, la situación de los cristianos sigue siendo dramática en muchos lugares, y tiende a empeorar. La derrota de Estado Islámico no ha traído la seguridad a la llanura de Nínive, pues nuevos grupos yihadistas intentan llenar el hueco, y en todo caso solo un 30% de los cristianos exiliados entonces se han atrevido a regresar. La población cristiana iraquí ha pasado de 1,5 millones en 2003 a 120.000 en la actualidad; en Siria, de 1,7 millones en 2011 a 450.000 hoy. La limpieza étnico-religiosa está casi consumada. En los territorios palestinos, el porcentaje de cristianos, que pasaba del 10% no hace tanto, ha caído al 1,5%.

Pero no es solo Oriente Medio. En China, el país más poblado del mundo, el Gobierno comunista-nacionalista incrementa la presión sobre las iglesias independientes. Informa Human Rights Watch: “Durante el mandato del presidente Xi Jinping, el gobierno ha estrechado su vigilancia sobre las iglesias cristianas, en un intento de ‘chinesizar’ las religiones obligándolas a ‘adoptar características chinas’”. Hay pastores protestantes encarcelados, como Wang Yi; los sacerdotes católicos Su Guipeng,  Zhao HeZhang Guilin y Wang Zhong permanecen detenidos por su resistencia a integrarse en la “Iglesia patriótica”.

El segundo país más populoso es la India. Casi nadie sabe que allí se ha deteriorado mucho la situación de los cristianos desde la llegada al poder en 2014 del partido nacionalista Bharatiya Janata. Su doctrina es la Hindutva, la “hinduización”, con un sesgo anti-occidental que conduce a ver a las minorías cristianas como cuerpos extraños. Han aumentado los ataques de turbas contra las iglesias: 440 en 2017, 477 en 2018 y 117 solo en el primer cuarto de 2019, según Ayuda a la Iglesia Necesitada.

En Pakistán, el caso de Asia Bibi tuvo un final feliz, gracias a la constante presión de grupos como HazteOir.org. Pero hay decenas de asias bibis, es decir, de cristianos encarcelados −algunos, a la espera de la ejecución de sentencias de muerte− en virtud de las infames leyes anti-blasfemia. A veces, la mera acusación basta para desencadenar linchamientos del “blasfemo” o su familia. En 2011, el ministro cristiano Shabaz Bhatti fue asesinado cuando intentaba reformar la legislación anti-blasfemia.

Las dictaduras socialistas de Hispanoamérica pisotean también la libertad religiosa. En Cuba, desde hace 60 años

Y en Egipto los coptos siguen en peligro, pese a los nobles esfuerzos del presidente Al Sisi, que intenta protegerlos. En Turquía, la impronta islamista-nacionalista del régimen de Erdogan significa hostigamiento para los pocos cristianos que allí quedan. En Nigeria, Boko Haram está menos activo (aunque más de 100 de las chicas secuestradas en 2014 siguen en paradero desconocido), pero otras milicias islamistas toman el relevo; en la violencia de los pastores fulani se mezcla la cristofobia con la milenaria rivalidad entre agricultores y ganaderos.

Las dictaduras socialistas de Hispanoamérica pisotean también la libertad religiosa. En Cuba, desde hace 60 años. Pero ahora también en Venezuela (asaltos a las residencias de los arzobispos de Barquisimeto y Caracas, entre otros desmanes) y Nicaragua (numerosas iglesias cercadas por la policía, asalto a la catedral de Managua, etc.), desde que los obispos plantaron cara a sus gobiernos bolivarianos. En Chile se han quemado muchas iglesias cuando la ultraizquierda tomó las calles a partir de octubre de 2019.

Llama la atención el contraste entre nuestra indiferencia a los sufrimientos de los cristianos y la atención dedicada a la persecución de los musulmanes rohingyás por el gobierno birmano. O a la de los yazidíes en el norte de Irak, a los que la prensa europea y norteamericana concedía más foco que a los cristianos, sometidos a idéntica persecución por Estado Islámico.

Y no se trata de minimizar las desventuras de yazidíes, rohingyás o budistas tibetanos. Pero sí de señalar el doble rasero, y lo que tiene de autonegación. Pues ignoramos a los nuestros, a los que comparten nuestra religión, o la que lo fue. En el siglo XIX, cuando el imperio otomano se debilitó, Francia, Rusia, Inglaterra y otras naciones competían por el título de “defensora de los cristianos de Tierra Santa”. En el siglo XXI, ningún país occidental (salvo Hungría, que ha creado una Oficina de Asistencia a Cristianos Perseguidos) quiere ser sorprendido en pecado de… parcialidad pro-occidental. No se puede defender a quien se parece a nosotros. El diferente siempre tiene prioridad. Es lo que Renato Cristin llama xenofilia, culto a lo ajeno; su contrapartida es la oikofobia: el odio al hogar, a lo propio.

En realidad, el occidental contemporáneo no entiende que los cristianos de Oriente Medio, la India o África sigan tomándose tan en serio su religión. Piensa en el fondo que los problemas de discriminación religiosa se solucionarían mejor con la receta que propuso Marx en La cuestión judía: mediante la desaparición de todas las religiones. ¿Por qué pagar un precio tan alto por mantener unas creencias anticuadas e irracionales?

Los cristianos orientales no gustan del empoderamiento trans, el matrimonio homosexual, las charlas pornográficas a niños de ocho años, el aborto… Tampoco se han secularizado: la práctica religiosa sigue siendo muy alta. Suelen tener familias sólidas y proles numerosas. Son la imagen de lo que hubiéramos podido ser de no producirse la revolución moral-cultural de los 60 y 70. Quizás por eso los ignoramos.

En realidad, nos incomodan con su maldita fidelidad. Son un reproche mudo contra la forma de vida que hemos escogido: “Tendamos trampas al justo, porque nos molesta y […] nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. […] Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar, y su sola presencia nos resulta insoportable. Porque lleva una vida distinta de los demás y va por caminos muy diferentes” (Sabiduría, 2, 11-15).

Francisco José Contreras

 

 

Disidencia frente al Pensamiento Único

Visto en la red

El nuevo orden mundial​Vivimos en los albores de una nueva etapa negra de la Historia marcada por el totalitarismo, las dictaduras y la represión a escala global

 

El llamado Nuevo Orden Mundial pretende imponernos un nuevo modelo de sociedad, dominada por un pensamiento único. Quieren transformar la sociedad y dominarla. Y ello pasa por la destrucción de la familia.

Vivimos en los albores de una nueva etapa negra de la Historia. Si Dios no lo remedia, se nos avecina una nueva era marcada por el totalitarismo, las dictaduras y la represión; sólo que esta vez la dictadura será a escala global.

El llamado Nuevo Orden Mundial pretende imponernos un nuevo modelo de sociedad, dominada por un pensamiento único. Parece como si las distopías de Orwell o de Robert Hugh Benson se nos vinieran encima de repente. Quieren transformar la sociedad y dominarla. Y ello pasa por la destrucción de la familia.

Pero, ¿por qué quieren acabar con la familia? ¿Por qué esa obsesión? Pues porque la familia es la célula básica de la sociedad. La familia establece unos lazos, unos vínculos; la familia transmite unos valores que el pensamiento único detesta.

La persona, sin familia, sin referencias, sin ningún tipo de anclaje, sin un paraguas que la ampare cuando llegan las crisis o las dificultades; la persona, desvinculada, queda a merced del Estado. De esta manera, una vez tomado el poder, los políticos de turno (todos piensan lo mismo y lo único que se puede pensar) adquieren un poder omnímodo y el Estado se convierten en un nuevo dios, dueño y señor del destino de cada individuo.

El Estado se convierte en un ídolo al que hay que adorar para que solucione todos los problemas de la gente: la educación, la sanidad, las pensiones, las prestaciones por desempleo…

El hombre queda a merced del dios Estado Providente que me hará feliz y garantizará mi bienestar a cambio de que sea sumiso y obediente. Con eso se consigue aplastar a la sociedad civil y a cualquier institución intermedia entre el Estado todopoderoso y la persona. Se acaba así con la libertad y se instaura un nuevo tipo de totalitarismo –con apariencias de democracia– que condenará a cualquiera que se atreva a ir en contra del pensamiento único políticamente correcto.

Marx afirmaba que toda la historia es una lucha de clases, de opresores contra oprimidos, en una batalla que sólo se resolverá cuando los oprimidos se alcen en revolución e impongan una dictadura de los oprimidos. Entonces, la sociedad será totalmente reconstruida y emergerá la sociedad sin clases, libre de conflictos, que asegurará la paz y prosperidad utópicas para todos. Los marxistas clásicos creían que el sistema de clases desaparecería una vez que se eliminara la propiedad privada, se facilitara el divorcio, se forzara la entrada de la mujer al mercado laboral, se colocara a los niños en institutos de cuidado diario y se eliminara la religión. Sin embargo, para los nuevos progresistas, los comunistas fracasaron por concentrarse en soluciones económicas sin atacar directamente a  la familia, que es el verdadero origen de la lucha de clases.

En los años 70, tras la Revolución del mayo del 68, los movimientos de izquierda – comunistas, anarquistas, hippies – empezaron a atacar a la familia considerándola como una institución reaccionaria. Entonces se decía que el matrimonio mataba el amor; que cuando se ama a otra persona, no hacían falta contratos ni firmas ni ceremonias. Defendían entonces el “amor libre” y las “parejas de hecho”. Lo ideal era que las parejas vivieran juntas, sin ataduras ni compromisos ni vínculos matrimoniales. Y así, cuando el amor “se acabara”, cada uno se iba por su lado y aquí paz y después gloria. El problema surgía cuando había hijos de por medio y quedaban desamparados tras las separaciones. Así que hubo que regular legalmente las parejas de hecho para que tuvieran los mismos derechos y obligaciones que los matrimonios. Y así se hizo.

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<p>Descripción generada automáticamente​La persona, sin familia, sin referencias, sin ningún tipo de anclaje, queda a merced del Estado.

Pero como hombres y mujeres seguían empeñados en casarse y el plan de acabar con la familia por ese camino había fracasado – o se mostraba claramente insuficiente –, los ideólogos “progresistas” tuvieron que ir más allá: si no podemos destruir a la familia convenciendo a la gente para que no se case, vamos a acabar con la familia procurando que legalmente cualquier cosa sea una familia. Y entonces, se acabó con el discurso del amor libre y decidieron reformular el concepto de matrimonio y propugnar “nuevos modelos de familia”: familias monoparentales, homosexuales… Y todos los que hasta hacía un minuto despreciaban el matrimonio y atacaban la institución familiar, se pusieron a reivindicar su derecho a casarse. Y así se ha llegado a la legalización del matrimonio homosexual. Pero créanme: a quienes promueven el matrimonio homosexual, el matrimonio en sí les importa un bledo. Lo que quieren es acabar con la familia tradicional: si cualquier cosa es un matrimonio y una familia, el matrimonio y la familia acaban convirtiéndose en nada. Su objetivo sigue siendo el mismo que cuando predicaban el amor libre. Ni más ni menos.

Hoy en día, las ideologías tradicionales han muerto y los partidos políticos apenas se diferencian. Liberales y conservadores han asumido que los principios progresistas son superiores. La derecha ha renunciado a sus propios valores y ha aceptado la superioridad moral de la izquierda. De este modo, al final, todos piensan igual y solo se distinguen unos de otros por alguna que otra receta técnica de carácter fundamentalmente económico. En lo demás, son esencialmente idénticos: cuando los partidos de derecha llegan al poder, lo que hacen es consolidar cada uno de los “avances” que la izquierda ha ido consiguiendo.

Lo que ha pasado en España con la legislación sobre el aborto o el matrimonio homosexual resulta sumamente ilustrativo. Hay una serie de ideas de fondo en las que todos están de acuerdo. Se ha llegado a una especie de consenso ideológico transversal. Se mantiene la ficción del pluralismo ideológico y la democracia: puedes votar a distintas opciones. El problema es que todos los partidos son en realidad el mismo partido. Sólo se puede pensar de una manera y quienes se apartan de esa manera de pensar son automáticamente estigmatizados y señalados como peligrosos integristas radicales, lo que supone su muerte social. Predican la libertad y la tolerancia pero, a la hora de la verdad, practican lo contrario.

El instrumento de transformación social que el Pensamiento Único ha asumido como innegociable y que han asumido como propio todos los partidos políticos del arco parlamentario – no sólo las formaciones políticas de izquierda, sino también la derecha liberal pagana y anticristiana – se llama  Ideología de Género. Esta ideología considera que los roles del hombre y la mujer no son resultado de la naturaleza, sino de la historia y la cultura. Es la sociedad la que inventó los papeles de hombre y mujer. Según este planteamiento, para conseguir la igualdad definitiva entre hombre y mujer sería necesario:

a) Cambiar los roles masculinos y femeninos existentes: hay que deconstruir (destruir) los roles del hombre y la mujer. En realidad, el ser humano nace sexualmente neutro. Más tarde, es socializado en hombre o en mujer. Esta socialización afecta de manera negativa a la mujer. Por ello las feministas proponen depurar la educación y los medios de comunicación de todo estereotipo de género.

Los ideólogos del Pensamiento Único saben muy bien que la educación, los medios de comunicación y los productos culturales (series de televisión, películas, teatro, literatura…) son instrumentos que deben dominar y controlar para transmitir su ideología. Por eso en todas las series de televisión hay su cuota de homosexuales, con el fin de normalizar y visualizar la realidad que ellos quieren imponer. Por eso, en esas mismas series de televisión, los católicos siempre aparecemos como personajes patéticos, reaccionarios, ridículos, deleznables e hipócritas.

b) Cambiar el lenguaje: el Nuevo Orden Mundial pretende también transformar nuestra manera de hablar y de escribir porque consideran que el idioma es machista e “invisibiliza” a la mujer. Por eso se han inventado una nueva lengua “igualitaria” (como la neolengua orwelliana). Tienen que cambiar el lenguaje para cambiar el pensamiento y transformar la realidad.

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<p>Descripción generada automáticamente​Si cualquier cosa es un matrimonio y una familia, el matrimonio y la familia acaban convirtiéndose en nada.

En esta nueva jerga, por ejemplo, se eliminan todas las palabras que incluyen lo femenino dentro de lo masculino. Así en vez de “los alumnos de esa clase” se dirá “los alumnos y alumnas de esa clase”. O se cambiarán términos como “Asociación de Padres” por “Asociación de Padres y Madres”. También están promoviendo el uso de la grafía “@” para incluir a los dos géneros de una palabra a la vez. Su pasión revolucionaria les lleva a pretender modificar nuestro lenguaje. Ya no les vale el español de Cervantes. Y en ciertos ámbitos, supuestamente “ilustrados” (políticos, psicólogos, periodistas, profesores…), esta ideología está calando de manera tan llamativa, como lamentablemente reveladora del nivel de servilismo  y mediocridad de buena parte de la supuesta intelectualidad contemporánea. De nada vale lo que pueda decir la Real Academia Española de la Lengua ni los escritores que siguen manteniendo una pizca de libertad.

c) Fomentar diferentes formas de relación sexual como parte de la igualdad: se reclama el reconocimiento del derecho hedonista al placer sexual, libremente deseado, sin vinculación necesaria a la afectividad (al amor); sin que se limite al matrimonio, a la heterosexualidad o a la procreación. Ya no existen dos sexos. Existen cinco géneros: heterosexual masculino, heterosexual femenino, gay, lesbiana y bisexual; sin olvidar la transexualidad (incoherencia entre el sexo del cuerpo e identidad de género, que les lleva a someterse a intervenciones quirúrgicas de cambio de sexo), el transgenerismo (los que desean cambiar su identidad de género, pero sin transformar su cuerpo), o el travestismo (placer erótico que surge de vestirse con ropa del otro sexo).

En este sentido, la Ideología de Género incluye como parte esencial de su agenda la promoción de la “libre elección” en asuntos reproductivos y de “estilo de vida”. “Libre elección de reproducción” es la expresión clave para referirse al aborto libre; mientras que “estilo de vida” apunta a promover la homosexualidad y toda forma de sexualidad “alternativa”.

El homosexualismo político pretende “normalizar” comportamientos ciertamente rechazables moralmente para un católico. Su objetivo es cambiar la sociedad, nuestra cultura y nuestra civilización a través de cambios legislativos que redefinan las evidencias antropológicas y biológicas. Por ejemplo, pretenden perseguir penalmente a quienes afirmamos que los actos homosexuales constituyen una grave depravación moral.  Así, todos los que no compartimos sus opiniones somos acusados de “homofobia”.

La asignatura de Educación para la Ciudadanía que implantó la LOE – evaluable y obligatoria, al contrario que la Religión – se inscribe dentro de esta política de adoctrinamiento ideológico, de agitación y propaganda (el agitpro de toda la vida), al servicio de la nueva revolución del arco iris y del Pensamiento Único.

La Ideología de Género tiene una vocación sustancialmente totalitaria. Sólo pueden ser considerados demócratas aquellos que piensan como ellos. Y todos los que pensamos de manera diferente somos carcas reaccionarios. Se trata de una concepción de la democracia al estilo de la antigua “República Democrática Alemana”. Los que nos apartamos del pensamiento políticamente correcto somos ciudadanos de segunda a los que hay que eliminar, reeducar o reducir al ostracismo (eso ya lo hacía papá Stalin).

De ahí el constante acoso a los católicos y a todos cuantos se oponen a esta nueva revolución silenciosa, a esta nueva dictadura a la que nos quieren someter. Porque una vez que todo el arco político ha aceptado y asumido el pensamiento único, el único adversario que les queda a quienes promueven la Ideología de Género es la Iglesia Católica, que mantiene los principios morales cristianos y se opone radicalmente a esta Ideología totalitaria.

“Los códigos culturales profundamente enraizados, las creencias religiosas y las fobias estructurales han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales”: son palabras muy reveladoras de Hilary Clinton. Espeluznante: mentalidad totalitaria pura y dura.

Por este camino, llegaremos a la ilegalización de la religión católica. Con lemas como “arderéis como en el 36” o “la única iglesia que ilumina es la iglesia que arde”; con asaltos “pacíficos” a nuestras capillas; con la propagación del odio hacia los católicos, no tardaremos en encontrar a grupos descontrolados y violentos que pongan la bala donde otros han puesto previamente la diana. Lo mismo que ocurrió en los años treinta cuando los “descontrolados” se dedicaron a quemar iglesias y a fusilar a fieles católicos, a curas y a obispos.

Ante esta amenaza totalitaria, reivindico el derecho a la disidencia, a definirme como católico y a defender los valores cristianos que desde hace siglos configuran la cultura y la historia de España y de Europa.

Los católicos tenemos derecho a serlo, a vivir conforme a nuestros principios morales, a celebrar nuestros sacramentos “como Dios manda” y no como le gustaría al “lobby gay”; a vivir como ciudadanos libres en una sociedad plural. Nosotros no queremos imponer nada a nadie. Y la Iglesia no cierra sus puertas a nadie ni excluye a nadie. Pero la Iglesia tiene el deber de conservar y transmitir la fe en su integridad: guste más o guste menos. La Iglesia tiene la obligación de predicar el Evangelio y la doctrina que ha llegado hasta nosotros por la tradición apostólica y por las palabras y la vida de los Santos.

La salvación que anuncia la Iglesia pasa por la conversión de todos a Cristo. Cristo murió y resucitó para salvarnos a todos: si queremos. Pero esa salvación pasa, insisto, por la conversión; es decir, por cambiar nuestra manera de vivir para hacerlo conforme a los Mandamientos de la Ley de Dios.

Lo que la Iglesia nunca podrá hacer es adaptarse a los gustos del mundo ni acomodar su predicación al pensamiento o a las imposiciones de los poderosos de este mundo o de los grupos de presión. No vamos a permitir que el pensamiento único nos obligue a renunciar a nuestros principios ni nadie nos va a obligar a redefinir nuestros dogmas, nuestro catecismo o nuestros sacramentos para adaptarlos a lo que le agrade al mundo. No vamos a adorar al Dios Estado ni vamos a plegarnos a las exigencias de los enemigos de Cristo y de la Iglesia. “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno”. “Nos acosan por todas partes, pero no hasta el punto de abatirnos; estamos en apuros, pero sin llegar a ser presa de la desesperación; nos persiguen, pero no quedamos abandonados; nos derriban, pero no consiguen rematarnos”. Se avecinan tiempos recios.

Pedro Luis Llera

 

 

SE FUE LA JUVENTUD


Autora: Magui del Mar
La Dama Azteca de la Pluma de Oro.
Tijuana, B.Cfa., México.

Se fue la juventud con el paso del tiempo
nada pasó a destiempo, Dios lo estuvo marcando
veloz se fue pasando, cambiando nuestras vidas
y esas horas vividas nuestros cuerpos trocando.

Quedan en nuestra mente los ayeres vividos...
los rostros conocidos... nuestras horas de llanto...
nada anhelamos tanto que apresar la vivencia
y tener trascendencia sin dolor ni quebranto.

Poder volver el rostro contemplando el pasado,
si nos ha lastimado, enfrentarlo sin pena.
El corazón se llena de deliciosa calma
y sentimos el alma tranquila...muy serena.

El dolor que vivimos que nunca nos lastime,
el sufrir nos redime, nos llena de firmeza
nos da tal entereza, que aunque somos golpeados
siempre fuimos amados ¡tenemos la certeza!

Las grandes alegrías que en la vida tuvimos
también hoy las sentimos y pueden la existencia
llenar con su presencia, haciéndonos vivirlas
de nuevo y sentirlas en todita su esencia.

Y así se fue la vida...ha llegado el momento
¡es duro, lo presiento! de pedir a los nuestros
que sean nuestros maestros, porque ya está olvidado
lo que hemos enseñado ¡y ya no somos diestros!

Que si el cuerpo vacila y tiemblan nuestras manos
¡aun somos humanos! que no nos abandonen,
nuestras fallas perdonen...¡que solos no nos dejen!
ni de ellos nos alejen ¡no nos descorazonen!.

Y quiero recordarles: si el cuerpo se desgasta
y a veces dice ¡basta! ¡el alma no envejece!
y de joven parece porque aun sigue amando
y firme va luchando ¡para ella no atardece!

Mas aunque no queramos, cercano esta ya el día
en que con alegría lleguemos al final
¡es nuestro día triunfal! Pues damos un abrazo
estando en su regazo ¡al Padre celestial!.

Derechos Reservados.

MAGUI DEL MAR 

La Dama Azteca de la Pluma de Oro

ruizrmagui@gmail.com

 

 

Explica por qué las protestas del campo

Otro dato que explica las protestas del campo: La economía agraria cae un 2,6% en 2019, tras subir un 5,9% en 2018

Era noticia el pasado día 31 de enero: “La economía agraria ha caído un 2,6% en 2019, siendo el único de los grandes sectores que retrocede y lo hace después de un 2018 en el que lideró las subidas con un 5,9%”, según el avance de contabilidad nacional publicados este viernes por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Unos datos que justifican y explican el porqué de las movilizaciones que está desarrollando el campo, especialmente durante los últimos días de mes y que se prolongará durante todo el año si no hay cambios.

Y es que en el último trimestre del año, el PIB (Producto Interior Bruto) de agricultura, ganadería, silvicultura y pesca retrocedió un 0,7% respecto a los tres meses previos.

Esta tasa son dos puntos por debajo de la registrada en el tercer trimestre, cuando el PIB agrícola creció un 1,3 %.

Además, la variación interanual de la economía agraria en el último trimestre (con ajustes de estacionalidad y calendario) cayó un 6 % (en el trimestre anterior hubo un ligero repunte del 0,1%).

A precios corrientes, el sector agrario y pesquero retrocedió en su PIB en 2019 un 0,5% (cifra que en 2018 fue del +3,3%).

El empleo de la economía agraria, en términos de puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo, varió un -2 y un -2,1% en 2019 para asalariados y ocupados, respectivamente. En ocupados, eso supone 15.000 personas menos; en asalariados,  9.200 menos.

En términos generales, la economía creció el 0,5% en el cuarto trimestre de 2019 y el 2 % en el conjunto del año, que significa una desaceleración de cuatro décimas respecto al avance de 2018.

La demanda nacional (consumo e inversión) contribuyó al crecimiento anual con 1,5 puntos, mientras que la demanda externa (exportaciones e importaciones) aportó 0,4 puntos, con lo que vuelve a tener una contribución positiva al PIB tras restar en 2018.

El empleo aumentó a un ritmo del 2%, lo que supone la creación de 358.000 puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo en un año.

El valor del PIB a precios corrientes para el conjunto del año se situó en 1.244.757 millones de euros, un 3,5% superior al de 2018.

JDM

 

La igualdad y la supresión de la religión

Para Karl Marx sólo la implantación de la igualdad completa, haría posible la desaparición de la concepción religiosa del mundo.

Las desigualdades y el conocimiento de Dios​Con las desigualdades, quiso Dios proveer al hombre con abundantísimos medios para tener siempre presente sus infinitas perfecciones.

Dios quiere las desigualdades armónicas

Contenidos

No quiso Dios que las desigualdades existieran solamente entre los seres de los reinos inferiores ‒mineral, vegetal y animal‒ sino también entre los hombres y, por lo tanto, entre los pueblos y naciones.

Con esas desigualdades, que Dios creó armónicas entre sí y bienhechoras, tanto para cada categoría de seres como para cada ser en particular, quiso Dios proveer al hombre con abundantísimos medios para tener siempre presente sus infinitas perfecciones.

La eliminación radical de las desigualdades conduce al comunismo

Las desigualdades entre los seres son, ipso facto, una sublime e inmensa escuela de antiateísmo.

Así parece haberlo comprendido el escritor comunista francés Roger Garaudy (posteriormente “convertido” al islamismo), al destacar la importancia de la eliminación de las desigualdades sociales para conseguir la victoria del ateísmo en el mundo:

Imagen que contiene hombre, persona, pared, gafas</p>
<p>Descripción generada automáticamente​Roger Garaudy, ex-miembro del Comité Central del PC francés

“Para un marxista, no es posible decir que la eliminación de las creencias religiosas es una condición sine qua non para la edificación del comunismo. Karl Marx mostraba, por el contrario, que sólo la completa realización del comunismo, tornando transparentes las relaciones sociales, haría posible la desaparición de la concepción religiosa del mundo.

Para un marxista es, pues, la edificación del comunismo la condición sine qua non para eliminar las raíces sociales de la religión, y no la eliminación de las creencias religiosas la condición para la construcción del comunismo. («L’homme chrétien et l’homme marxiste», Semaines de la pensée marxiste – Confrontations et débats, La Palatine, Paris -Généve, 1964. p. 64.)

El orden jerárquico y el amor de Dios

Querer destruir el orden jerárquico del Universo es, pues, privar al hombre de recursos para poder ejercer libremente el más fundamental de sus derechos: el de conocer, amar y servir a Dios; es decir, es desear la mayor de las injusticias y la más cruel de las tiranías.

Una superioridad social paterna

Los socialistas y ciertas “nuevas” derechas tienen como el punto más importante en todas las reformas legales que proponen esta erosión de las desigualdades legítimas.

Plinio Corrêa de Oliveira, Nobility and Analogous Traditional Elites in the Allocutions of Pius XII: A Theme Illuminating American Social History (York, Pensilvania. The American Society for the Defense of Tradition, Family, and Property, 1993), Documents V, p. 488).

 

La Iglesia y el nuevo Gobierno

Como es habitual en estas ocasiones, investidura del Presidente del Gobierno, el Presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Ricardo Blázquez, enviaba su saludo al presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez. En el texto, el cardenal Blázquez ofrecía al Gobierno la “colaboración leal y generosa” de los obispos de la Iglesia católica, y recordaba que “la vida religiosa auténtica contribuye al bien general de la sociedad”.

Unas relaciones normales entre la Iglesia y el Gobierno deben partir de una adecuada comprensión de la naturaleza y misión de la Iglesia. Los principios de autonomía, lealtad y cooperación en el marco de un Estado aconfesional deben marcar la forma de esa relaciones, tal y como contemplan los vigentes Acuerdos firmados con la Santa Sede. Los obispos han insistido reiteradas veces en la voluntad de diálogo a la hora de sacar adelante un proyecto común que respete la libertad religiosa y tenga en cuenta la dignidad de la persona, fomente la libertad personal y social y apueste preferencialmente por los pobres y descartados de la sociedad.

Jesús Domingo Martínez

 

Que el mundo levante la voz y tenga el coraje de denunciar

Ante la masacre que contra los cristianos se está produciendo en Nigeria, a diferencia de otras confesiones religiosas, el cristianismo no se circunscribe a una nación, raza, lengua o continente. Algo que se olvida de manera habitualmente es que el cristianismo nació en Oriente aunque alcanzó su máximo desarrollo en Occidente. No se trata, por tanto, de que Occidente ajuste las cuentas con los perseguidores. Se trata de que el mundo que ha hecho de los derechos humanos su santo y seña levante la voz y tenga el coraje de denunciar una masacre tolerada por razones económicas, y silenciada en nombre de una inconfesable corrección política

Suso do Madrid

 

 

Leves reflexiones

La evolución del lenguaje no deja de tener su misterio. Los términos carecen de la precisión de los números. En una misma palabra conviven significados antagónicos contradictorios: en el castellano clásico se podría describir viciosa a una ciudad amena, tranquila, plena de belleza; en cierto modo, pervive en la expresión “estar de vicio” respecto de algo que se considera envidiable.

Sirve de introducción al uso y abuso del término secularización. Sin entrar en etimologías, lo secular o seglar suele aplicarse en el lenguaje religioso a los fieles comunes, que no son sacerdotes ni han hecho profesión de vida consagrada. En tiempos recientes, a propósito de tristes abusos conocidos, hemos escuchado otra acepción: secularizar a un sacerdote es reducirlo al estado laical. Antes, se hablaba –se lamentaba- la secularización de la sociedad, pero no era tanto olvido de la fe, como pérdida de poder de la Jerarquía eclesiástica.

Ese cambio se produce fundamentalmente en la Edad Contemporánea, en un doble plano: la decadencia doctrinal refleja el predominio de esquemas de pensamiento alejados de la clásica cosmovisión cristiana; a la vez, la Jerarquía pierde potestad civil, sea por absorción estatal de los territorios pontificios, o por la caída del paradigma “trono y altar”.

Fue un largo proceso intelectual y revolucionario, con jalones históricos bien conocidos, que deposita hoy en las orillas de la humanidad restos de pensamiento acrítico y postmoderno. Por fortuna, ha arrumbado también –no definitivamente: renacen con demasiada frecuencia- adherencias que desfiguraban, y no de modo accidental, el rostro de la Iglesia, cuerpo de Cristo, pueblo de Dios…

Pedro García

 

 

Hoy día… ¿De la violencia de “género”?

                           Como nos hacen vivir en un mundo “ya podrido en demasía”; la política que nunca tuvo escrúpulos, hoy los tiene aún menos, puesto que con la fuerza que le da, “el dominio del dinero público y la compra de los medios de difusión, que la hacen principalmente sobre la base de ese dinero público”; han creado una enorme mentira basada en la violencia que el hombre ejerce sobre la mujer; e incluso han logrado leyes muy abusivas, que castigan al hombre mucho más que a la mujer, olvidando “adrede”, que la maldad, la violencia, el escarnio y todo lo que achacan al hombre, también se encuentra en la mujer; y que en la “generalidad de ese género que emplean los políticos tan parcialmente, hay aparte de hombres y mujeres de las edades que más sufren lo que yo entiendo como peleas en la plenitud de la edad; también hay alrededor, viejos, viejas, niños y niñas, incluso recién nacidos o no nacidos aún”; por tanto cualquier ley “de género”, tiene que amparar a todo él y no a la parte con que se justifica “esta ley parcial”; con la que no están de acuerdo incluso ni juristas.

                           ¿Por qué se conmemora esa ley a tan alto grado y hoy? Para mí es sencillo, la política (“sucia política”) hoy se sustenta por el voto, y el voto en la mujer adulta es mucho más numeroso que en el hombre; también y por lo que sea, la mujer es mucho más fácil de “soliviantar” y por tanto llevarla, “a los cazaderos del voto”; y de ahí el que casi todas las tendencias, apoyen “a ciegas”; ese movimiento tiránico, que también fomentan las que yo denominé “hembristas”, que en gran parte, lo que quieren es formar “una nueva fuerza política”; y que en ella, mediante el tramado oportuno, vivan miles de estas “machistas”, que lo son iguales o peores que lo que ellas han logrado presentar al macho, con ese “machismo”, que no lo es, en el grado tiránico en que han logrado presentarlo, puesto que en las sociedades de parejas, en unas domina el macho y en otras la hembra, y en las nuevas de homosexuales, ocurre similar, puesto que seguro que en todas ellas, quién domina es uno de los dos. Y es que el ser humano en general, siempre es o un dominante o un dominado.

                           Como hay muchos que no opinamos el cómo está hoy el asunto de “machos y hembras y menos sobre eso de que son iguales los matrimonios que no son de diferente sexo, y por cuanto sencillamente, dos cosas desiguales no pueden ser denominadas de igual forma o manera”; y sin que ello merme los derechos que afecten al individuo como humanos que somos; se ha difundido un escrito, que leído por mí, recomiendo su lectura;  pero mejor se lo copio; y abajo figura.

Antonio García Fuentes

                                                       (Escritor y filósofo)                   

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)

COPIA QUE SE CITA: “Escrita por una mujer”:

Están de moda los eventos solidarios y hoy te voy a proponer un ‘Desayuno solidario’. Hoy quiero pedirte que nos solidaricemos contra la violencia…. contra la violencia hacia todos. Este lunes, 25 de noviembre, se celebra el Día Internacional contra la ‘violencia de género’ y yo te quiero decir que la violencia no tiene género. No quiero así, de ninguna manera, reivindicar la violencia contra la mujer ejercida aquellos violentos que se hacen llamar hombres cuando son animales. La mal llamada violencia de género es una realidad social recortada por los argumentos de la ideología de género. Tenemos que pararnos a pensar con una visión mucho más completa. La violencia no es exclusiva de un sexo. Por supuesto que existe violencia contra la mujer, pero no ha de ser la única que despierta el interés de los gobernantes y los medios de comunicación.

No hay que hablar de ‘violencia de género’. Y la nefasta ley que la pretende regular con bastante poco éxito (Ley Orgánica de Protección Integral contra la Violencia de Género, LOIVG) no es adecuada para la igualdad porque no contempla la presunción de inocencia del varón, ni protege, por ser varones, a niños, jóvenes, hombres o ancianos de sus maltratadores, que a veces son mujeres. No se puede negar que hay hombres violentos y fuertes, pero también es una realidad que existen mujeres violentas más fuertes que algunos hombres. La violencia de ‘género’, por tanto, discrimina al varón. 

Condeno por igual los abusos vengan de donde vengan. “La violencia es violencia y es deplorable si se comete del hombre hacia la mujer y de la mujer hacia al hombre, y no hay que hacer distinciones. Hay que erradicar la violencia en el ámbito familiar, la violencia doméstica, entre la pareja, hacia el hijo -y la hija-, hacia el abuelo -y la abuela-

Y me pregunto si protege la ley de violencia de género a todas las mujeres españolas. La respuesta en que no. Si la violencia se produce entre lesbianas, la mujer no está amparada por esta ley porque la violencia no viene de la mano de su pareja varón. Si la violencia es de un hijo a su madre, tampoco. Tampoco se juzgaría mediante la LOIVG la violencia de madres hacia sus hijas.

Otra incongruencia de esta ley pasa por que se juzgan casi todos los casos de violencia del hombre hacia la mujer y no todos están motivados por el odio del varón hacia la mujer por su condición de ser mujer; muchos provienen de un conflicto por una causa específica y no porque el agresor sea misógino.

Otro sinsentido, es que no sabemos cuántos géneros hay y habría que aplicar esta clasificación a la ley. “¿Sería violencia de género que una mujer, hormonándose en su tránsito a ser varón, golpeara a su pareja hembra? ¿Sería violencia de género que un varón de género fluido agrediera a su pareja hembra? ¿Cómo saber si en el momento de la agresión era varón o hembra?

Por otra parte, en lo que se refiere al derecho penal de autor, el mismo hecho tiene una pena distinta para varones que para mujeres. 

Hay que acabar con la lacra de la violencia machista. Los medios de comunicación tienen que hablar de las mujeres que son asesinadas o maltratadas por sus parejas o ex parejas, pero no puede haber un silencio informativo cuando son los varones quienes sufren la violencia de las mujeres. Todas las conductas violentas en el hogar son reprobables y algunas son criminales. Tenemos que educar en el respeto a hombres y mujeres por igual y tenemos  que derogar la Ley contra la Violencia de Género -y sustituirla por una contra la violencia intrafamiliar o doméstica- y todas aquellas que en su esencia discriminan a un sexo de otro, por condición social o por raza. Esto no implica un recorte en los derechos de las mujeres. ¿No hay mayor igualdad que equiparar a hombres y mujeres ante la ley?

Los logros de las feministas en materia de igualdad son incuestionables, pero no podemos ir a la deriva de un feminismo radical que opina que la sugerencia sobre derogar la ley es la propuesta ‘de una sociedad fascista que no reconoce a las mujeres como sujetos de derecho’. Este feminismo radical resulta totalmente rancio en el año 2019.

Hoy te propongo reivindicar, entre otras cuestiones: 

1.      La derogación de las leyes ideológicas de ‘género’.

2.      Que se acabe con la financiación de los ‘chiringuitos ideológicos de género’.

3.      El rechazo a todo tipo de violencia: contra las mujeres, los niños, los ancianos y los hombres. 

Con motivo de la celebración del 8M, HazteOir.org lanzó la campaña ‘Fuera leyes que adoctrinan, odian y discriminan’ que recogió más de 22.000 firmas y que aún está en marcha. 

Como ves, la violencia no tiene ‘género’. ¡Qué no te engañen!

Y para desayunar, hoy te traigo un enfoque diferente sobre la discriminación que sufrimos las mujeres. La que se produce por nuestra capacidad para dar vida, por la maternidad. 

Nuestra querida Leonor Tamayo, presidenta de la plataforma Women of the World bien sabe lo que es dedicarse en cuerpo y alma a su familia, que es de las más numerosas que conozco: diez hijos. Y ha charlado sobre el acoso a la maternidad y otras cuestiones en Actuall con motivo de este día que pone el foco en la violencia sobre la mujer. (WWW.HazteOir.org