Las Noticias de hoy 20 Diciembre 2021

Enviado por adminideas el Lun, 20/12/2021 - 12:40

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    lunes, 20 de diciembre de 2021      

Indice:

ROME REPORTS

El Papa: Como María, levantarse y caminar con prontitud

Papa a la Universidad Católica: "Un nuevo pensamiento para superar las injusticias"

Encuentro del Santo Padre con los niños del dispensario Santa Marta

El Papa: Lleven un vestido a medida de su unicidad

LA VOCACIÓN DE MARÍA. NUESTRA VOCACIÓN : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: 20 de diciembre

“Nuestra tendencia al egoísmo no muere” : San Josemaria

La ternura de Dios (VIII): María, Madre de la misericordia : Carlos Ayxelá

José de Nazaret: un creyente ensombrecido : Alberto Echeverri

El fin justifica los medios: el retorno de la tiranía : Gilberto A. Gamboa

Demolición moral e institucional de la Familia

Los orígenes de la Navidad : Francisco Varo

La confesión, el sacramento incomprendido

¿Democracia sin valores? Un totalitarismo evidente: Pedro Beteta

Comunión y misión :  Jesús Martínez Madrid

Lo primero que hay que hacer es callarse : JD Mez Madrid

Restricciones severas en Europa : José Morales Martín

Las “saturnales” y otras paganas fiestas : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

El Papa: Como María, levantarse y caminar con prontitud

Se trata de “los dos movimientos” que hizo la Madre de Dios y “que nos invita también a nosotros” a hacer lo mismo con vistas a la Navidad”, puesto que ella “no piensa a quién pedir ayuda, sino a quién ayudar”, dijo el Santo Padre antes de rezar el Ángelus del cuarto Domingo de Adviento

 

Vatican News

Al comentar el Evangelio de san Lucas, propuesto por la Liturgia del día, correspondiente al cuarto Domingo de Adviento, que narra la visita de María a Isabel, el Papa Francisco antes de rezar el Ángelus con los fieles y peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro explicó que tras haber recibido el anuncio del ángel, la Virgen no se quedó en su casa, “pensando en lo sucedido y considerando los problemas y los imprevistos, que ciertamente no faltaban”, sino al contrario, lo primero que hizo fue “pensar en quien lo necesita”, en su caso en su pariente Isabel, que era mayor y estaba embarazada.

“María sale de viaje con generosidad, sin dejarse intimidar por los inconvenientes del viaje, respondiendo a un impulso interior que la llama a hacerse cercana y a ayudar”

Y lo hizo “compartiendo su alegría”. Lo hizo donando “a Isabel la alegría de Jesús, la alegría que llevaba en el corazón y en el vientre”, dijo el Papa. “Va donde ella y proclama el Magníficat”.

Dos verbos de movimiento: levantarse y caminar

Además, el Santo Padre destacó que María para hacer esto, tal como se lee en el texto, “se fue con prontitud”. Por esta razón, “en el último tramo del camino del Adviento”, Francisco invitó a dejarnos “guiar por estos dos verbos”.

“Levantarse y caminar con prontitud: son los dos movimientos que María hizo y que nos invita también a nosotros a hacer en vista a la Navidad”

Aprender de María a reaccionar

Francisco invitó a imaginarmos “¡cuántos pensamientos y turbaciones tenía!” la Virgen tras el “anuncio del ángel”, puesto que para ella “se perfilaba un período difícil” con un “embarazo inesperado” que “la exponía a incomprensiones y también a penas severas”.

“Sin embargo, no se desanima, no se desespera, sino que se levanta. No mira hacia abajo, hacia los problemas, sino a lo alto, hacia Dios. Y no piensa a quién pedir ayuda, sino a quién ayudar”

Por esta razón el Santo Padre afirmó que “aprendemos de la Virgen esta forma de reaccionar: levantarse, sobre todo cuando las dificultades amenazan con aplastarnos”.

 

19/12/2021Francisco expresa su cercanía a las poblaciones de Filipinas afectadas por el tifón

 

"Levantarnos, para no empantanarnos en los problemas, hundiéndonos en la autocompasión y en una tristeza paralizante". Mientras ante la pregunta de “¿por qué levantarnos?”, el Papa explicó: “Porque Dios es grande y está preparado para levantarnos si nosotros le tendemos la mano”.

"Entonces arrojemos en Él los pensamientos negativos, los miedos que bloquean todo impulso e impiden ir adelante. Y después hagamos como María: ¡miremos a nuestro alrededor y busquemos alguna persona a la que podamos ser de ayuda!".

De ahí la pregunta que deberíamos hacernos, por ejemplo, si ¿hay algún anciano que conozco al que puedo hacer un poco de compañía, un servicio, un favor, una llamada?

“Ayudando a los otros, nos ayudaremos a nosotros mismos a levantarnos de las dificultades”

En cuanto al “segundo movimiento”, “caminar con prontitud”, el Obispo de Roma explicó que no “quiere decir proceder con agitación”, sino “más bien de conducir nuestras jornadas con paso alegre, mirando adelante con confianza, sin arrastrarnos por la desgana, esclavos de las lamentaciones, siempre buscando alguien a quien culpar”.

“Yendo hacia la casa de Isabel, María procede con el paso rápido de quien tiene el corazón y la vida llenos de Dios, llenos de su alegría”

Caminar con prontitud hacia la Navidad

La siguiente pregunta sugerida por Francisco fue: “¿Cómo es mi ‘paso’? ¿Soy propositivo o me quedo en la melancolía?”.

“Si procedemos con el paso cansado de los gruñones o de los chismorreos, no llevaremos a Dios a nadie. Hace mucho bien, sin embargo, cultivar un sano sentido del humor, como hacían, por ejemplo, Santo Tomás Moro o San Felipe Neri”

“No nos olvidemos de que el primer acto de caridad que podemos hacer al prójimo es ofrecerle un rostro sereno y sonriente. Es llevarles la alegría de Jesús, como hizo María con Isabel”, dijo Francisco, antes de invocar a “la Madre de Dios” para que “nos tome de la mano, nos ayude a levantarnos y caminar con prontitud hacia la Navidad!”.

 

 

Papa a la Universidad Católica: "Un nuevo pensamiento para superar las injusticias"

A través de un videomensaje dirigido a la Universidad Católica del Sagrado Corazón, en Milán, con motivo del centenario de su fundación, el Papa Francisco se sumó a la inauguración del nuevo curso académico en presencia de la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. En su discurso, el Pontífice subrayó que para afrontar las urgencias de hoy es necesario "diseñar nuevos modelos de pensamiento".

 

Tiziana Campisi - Ciudad del Vaticano

Fuego, esperanza y servicio: son las tres palabras que para el Papa Francisco pueden representar la mística de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, que hoy inauguró el año académico 2021/22, celebrando los 100 años de su fundación. La ceremonia, en la que participó la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, estuvo precedida por una misa celebrada en Milán, en la Basílica de San Ambrosio, por el Arzobispo Monseñor Mario Delpini. 

 

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En su discurso, emitido en un videomensaje en el Aula Magna de la Universidad, el Pontífice deseó lo mejor a la universidad por el importante aniversario de la "gran institución cultural" a la que el padre Agostino Gemelli y sus colaboradores dieron vida.

Reflexionando sobre los "cien años de vida" de la universidad en los que "se reconoce una importante tradición educativa, hecha vida gracias a la dedicación de cientos de hombres y mujeres y testimoniada por miles de graduados", el Santo Padre profundizó sobre la educación como "uno de los medios más eficaces para humanizar el mundo de la historia". 

Una enseñanza que, según Francisco, la Universidad Católica del Sagrado Corazón conserva en su mandato "gracias a la valorización -renovada a través de las generaciones- del patrimonio cultural y espiritual que constituye su identidad". Una identidad que el Papa define como "clara e inmutable, que, sin embargo, no rechaza, sino que respeta y acoge las distintas sensibilidades, consciente de que es a partir de una confrontación franca y respetuosa con el otro como florece la condición humana".

Educar es encender fuego

"Como ya entendieron los antiguos -recordó el Pontífice- educar no es llenar jarrones sino encender fuegos". Y aquí está el fuego, la primera palabra sobre la cual profundiza el Papa:

"La Universidad Católica custodia este fuego y por lo tanto puede transmitirlo porque la única manera de hacerlo es por contacto, es decir, a través del testimonio personal y comunitario. Incluso antes de transmitir lo que uno sabe, se enciende el fuego compartiendo lo que uno es. Este contacto se realiza mediante el encuentro, estando uno al lado del otro y haciendo algo juntos".

La esperanza y la educación

El Papa se centró entonces en la palabra esperanza, para contrastarla con lo que desafía a la educación hoy en día: la "cultura individualista, que exalta el yo en oposición al nosotros" y "promueve la indiferencia", que "disminuye el valor de la solidaridad y pone en marcha la cultura del descarte". 

 

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Pero quien educa, subrayó Francisco, "mira al futuro con confianza, y realiza una acción -la educativa- que implica a varios actores de la sociedad, para ofrecer a los alumnos una formación integral". Por ello, es necesario estar abierto al conocimiento y a las preguntas que la actualidad plantea, sin miedo:

"Esto es la esperanza: apostar por el futuro superando el impulso natural que proviene de los muchos miedos que corren el riesgo de inmovilizarnos, fijarnos y encerrarnos en un presente eterno e ilusorio. Por ello, la apertura y la acogida de los demás son especialmente importantes, porque fomentan un vínculo de solidaridad entre generaciones y combaten las derivas individualistas presentes en nuestra cultura. Y sobre todo, construye, justo a partir de las aulas universitarias, una ciudadanía inclusiva, opuesta a la cultura del descarte".

La contribución del Pacto educativo global

En este contexto, Francisco recordó el Pacto educativo global promovido "para sensibilizar a todos sobre los grandes interrogantes existenciales de nuestro tiempo, empezando por los de las nuevas generaciones que hacen frente a la injusticia social, las violaciones de derechos y las migraciones forzadas". 

Denuncias -observa el Pontífice- a las que "la universidad no puede hacer oídos sordos". 

 

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19/12/2021Encuentro del Santo Padre con los niños del dispensario Santa Marta

Asimismo, el Papa elogió a la Universidad Católica del Sagrado Corazón por sus "proyectos de cooperación internacional, dirigidos a diferentes poblaciones del planeta, las numerosas ayudas económicas que se proporcionan cada año a los estudiantes necesitados, así como por la atención prestada a los últimos y a los enfermos que atestiguan un compromiso concreto, y el estímulo para continuar por este camino".

Francisco observó el mundo de hoy, "totalmente interdependiente", y precisó que esto "ha dejado obsoletos los marcos interpretativos del pasado, que ya no sirven para entender el presente", por lo que es necesario "diseñar nuevos modelos de pensamiento, para definir soluciones a las urgencias que estamos llamados a afrontar": desde las ambientales a las económicas, desde las sociales a las demográficas.

"No podemos seguir con la categoría del luminismo. Necesitamos un pensamiento nuevo y creativo. La Universidad Católica del Sagrado Corazón puede ser un lugar privilegiado para el desarrollo avanzado de esta elaboración cultural. Y aquí volvemos a la relación profesor-alumno, ¡que es importante! -que es una relación dinámica, en tensión entre el presente y el futuro: juntos estáis llamados a pensar, planificar y actuar con vistas a la casa común de mañana, partiendo de la realidad concreta de hoy".

"Partir de las raíces para crecer"

El Pontífice se dirigió también a los estudiantes, "en estos tiempos confusos, que se han vuelto más complejos por la pandemia", exhortándoles a no dejarse robar la esperanza, a no dejarse "infectar por el virus del individualismo", y les recomienda que "no se conviertan en tradicionalistas de las raíces", sino que "tomen de la raíz para crecer, para ir hacia adelante, para jugar con sus vidas".

El servicio

Finalmente, la última palabra sobre la que el Papa invitó a reflexionar a la Universidad Católica del Sagrado Corazón, fue el servicio.

Francisco destacó que en el transcurso de sus cien años "la Universidad ha demostrado en varias ocasiones que está fielmente al servicio de la Iglesia y de la sociedad", esperando que el espíritu de servicio siga siendo siempre el rasgo distintivo de toda la comunidad universitaria. 

Finalmente, el Pontífice concluyó su videomensaje exhortando a la Universidad a seguir adelante en su misión educativa con "valor y paciencia; la de aguantar las contradicciones, las cosas que no van bien". "Pero la paciencia, el ímpetu del valor", dijo, "van juntos", por tanto "interpreten este valor y esta paciencia como un servicio apasionado a toda la sociedad, incluida la Iglesia".

 

 

 

Encuentro del Santo Padre con los niños del dispensario Santa Marta

Reunido esta mañana en el Aula Pablo VI con los trabajadores del Dispensario Santa Marta, organización caritativa que celebra su centenario, el Papa Francisco vivió un momento de celebración mientras conversó con los niños y sus familias. A ellos les reiteró la importancia de atender las necesidades de un hermano o hermana necesitado, aunque "no sea una buena persona o hable mal de mí". "La prioridad -subrayó- no es mirar hacia otro lado, sino acudir en su ayuda".

 

Antonella Palermo - Ciudad del Vaticano

Fue un momento de encuentro gozoso el que vivió el Papa esta mañana en el Aula Pablo VI del Vaticano junto a unas 350 personas que forman parte de las actividades del Dispensario Pediátrico Santa Marta. En el ambiente festivo e íntimo prenavideño, como si fuera una especie de oratorio parroquial, Francisco interactuó con los niños presentes.

 

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"Hay que escuchar las necesidades del pueblo", afirmó invitando a los pequeños a repetir esta frase en coro, con su habitual estilo paternalmente afectuoso. En presencia también del Cardenal Konrad Krajewski, de la Limosnería Apostólica; el Dispensario organizó este encuentro en el cuarto domingo de Adviento, en el que también repartieron pequeños regalos navideños con juguetes y ropa recibidos en estos días gracias a la solidaridad de muchos.

Observar y escuchar las necesidades de las personas

"Amor por el otro" dijo una de las niñas que participó en este evento conversando con Francisco. Aquí, la síntesis evangélica que el Papa subraya como una buena respuesta. "Significa que debemos escuchar las necesidades de la gente. Si no miramos las necesidades a la cara nunca las entenderemos". 

Asimismo, el Santo Padre se detuvo a analizar la palabra "escuchar", una palabra que definió como importante:

"Una persona que no escucha a los demás sólo se escucha a sí misma. Es aburrido escucharse a uno mismo. Es mejor escuchar a los demás", explicó el Papa, "porque puedes entender sus necesidades y exigencias".

En este contexto, Francisco invitó nuevamente a todos a repetir: "escuchar para entender". Y todos los niños gritaron estas palabras en voz alta, mientras el Papa bromeaba haciéndose el sordo, para que el coro lo repitiese más fuerte y esas palabras se fijen en la mente y el corazón.

Un siglo de caridad fraterna

El Dispensario Pediátrico Santa Marta fue fundado el 8 de mayo de 1922, con la bendición del Papa Pío XI. Encargado a las Hermanas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl que trabajan en Santa Marta, en el Vaticano, colabora con los médicos voluntarios del Hospital Bambino Gesù, de la Asociación de los Santos Pedro y Pablo, de particulares y de otras instituciones sanitarias de Roma, así como de voluntarios laicos, cuyo compromiso y apoyo contribuyen a mantener la organización. 

Como recordó uno de ellos en su saludo al Papa Francisco, el Dispensario ofrece escucha, asistencia sanitaria y psicológica, servicios de secretaría social y manutención a familias de todas las confesiones religiosas en nombre de la máxima hospitalidad y generosidad. "Damos afecto y cercanía sin más expectativa que una sonrisa", dijo. Y el estilo es el que enseña la Encíclica Fratelli tutti, que guía las acciones ocultas y fecundas de esta realidad palpitante de la vida.

 

El Papa: Lleven un vestido a medida de su unicidad

Al reunirse con los jóvenes de la Acción Católica, Francisco mencionó a su coetáneo Carlo Acutis y al joven Gino Pistoni, muerto a los 20 años en 1944, y cuya causa de beatificación está en curso. Su invitación fue a asumir, en todos los ámbitos de la vida cotidiana, el estilo de Dios hecho de cercanía, compasión y ternura porque es Él quien da valor y energía. Los chicos llamaron al Papa su “verdadero incluencer” y le regalaron sacos de dormir para la caridad con los pobres

 

Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano

La metáfora del sastre que confecciona un traje a medida es el trasfondo de las palabras del Papa Francisco dirigidas a unos setenta chicos de la Acción Católica a quienes recibió esta mañana en la Sala Clementina del Palacio apostólico. Con ellos llevan en el corazón el pensamiento por muchos otros coetáneos que viven "soledades dolorosas, por dificultades familiares, lazos rotos, confianzas traicionadas".

Cada uno es una persona única

El punto de partida fue el lema elegido por la asociación para el camino de este año: Hecho a medida para ti, inspirado precisamente en el trabajo de sastrería. Al Papa le gustó este tema: "Es hermoso porque cada uno de nosotros es una persona única", les dijo.

“No somos fotocopias, ¡somos todos originales! Y es importante que cada uno de nosotros lleve con alegría el ‘vestido’ de su propia originalidad cada día. Piensen que en la historia no hay ni habrá nadie igual a ustedes. Cada uno de ustedes es una belleza única e irrepetible”

Y aquí añadió una referencia a lo que "su coetáneo" Carlo Acutis repetía a menudo: cada uno es una belleza única e irrepetible. En el bien – precisó sonriendo – pero “también en el mal".

Jesús los ama tal como son

Al acercarse la Navidad, el Papa les recordó que Jesús vino al mundo como un niño y cree en un mundo "a medida de niño".

“Así los ve Jesús, que los ama tal como son, incluso si alguien no los considere y piense que cuentan poco”

Se trata de una historia que no se limita sólo al pasado lejano:

Nos lo hizo comprender al nacer en Belén. Pero también hoy se hace cercano a los chicos de todos los países y pueblos, y lo hace todos los días. Es el estilo de Dios, que se describe con tres palabras: cercanía, compasión y ternura.

Siempre y en todo lugar se puede ser misioneros del Evangelio

Por ello, Francisco los invitó a hacerse "cercanos" a sus familiares, a sus amigos, a sus coetáneos y a los necesitados.

Siempre podemos hacer algo por los demás sin esperar que los demás hagan algo por nosotros. Siempre podemos ser siempre misioneros del Evangelio, y serlo en todas partes, empezando por los ambientes en los que vivimos: en la familia, en la escuela, en la parroquia, en los lugares del deporte y del entretenimiento. Pero para hacerlo, para asumir el estilo de Jesús, para ser sus testigos, primero hay que estar cerca de él, hacerle lugar.

“No tengan miedo de dedicarle tiempo en la oración, de hablarle de sus amigos, de pedirle fuerza en las dificultades, de contarle cuando están felices y cuando tienen miedo, de charlar de todo con Él”

Es Jesús quien da energía y coraje

Con la mirada amorosa de un papá, Francisco planteó entonces una pregunta dirigida a los presentes: "Yo les pregunto, ¿ustedes le hacen lugar a Él en su estudio, en su descanso?". Y les recordó cuál es la verdadera fuente de la alegría plena: "Sólo Él es capaz de hacer siempre nueva la aventura de la vida". Él jamás se olvida de ustedes – precisó –siempre está dispuesto a animarlos y nunca deja de creer en ustedes”.

El ejemplo de Gino Pistoni

A continuación, hablando espontáneamente, el Papa citó el ejemplo de extrema valentía de Gino Pistoni, cuya Causa de Beatificación está en curso, quien murió desangrado a los veinte años mientras intentaba ayudar a un soldado enemigo herido en un ataque de las SS alemanas en 1944. En su mochila se encontró la inscripción: "Ofrezco mi vida por la Acción Católica y por Italia, W Cristo Rey". De hecho, fue miembro de la AC de Ivrea. A la luz de esa vida donada, Francisco repitió hoy a los jóvenes: "Cada uno debe expresarse con todo lo que tiene", mirando a Jesús:

“Les da energía y valor cada vez que van a su encuentro en la Misa y mirándolos les sonríe; en particular, cuando tienen gestos de compartir y de solidaridad hacia los demás, sobre todo cuando son capaces de estar cerca de quien está solo, sin amigos, en dificultad; de quien sufre, ¡y lamentablemente hay muchos de sus coetáneos que sufren! Ánimo, ¡Jesús cuenta con ustedes!”

ACR da las gracias al Papa, su "verdadero influencer"

Al día siguiente del cumpleaños del Papa, los jóvenes de la AC no dejan de expresarle sus alegres deseos "aunque sea con un día de retraso". El agradecimiento es grande: por la sonrisa, los gestos y las palabras que sienten como "punto de referencia constante" y por la esperanza infundida en estos dos años de pandemia. "A nosotros también nos gustaría ser así: influencer de la alegría, para decir a todos que Jesús nos ama y es nuestra felicidad. Él es nuestro amigo más querido, siempre presente para cada uno de nosotros en las dificultades y en las alegrías", le dijeron a Francisco. Y se comprometieron a "Remendar la paz" porque el deseo es "reparar los desgarros, las divisiones que estropean nuestras relaciones" en un esfuerzo por educar a la gente a compartir.

El regalo a Francisco para los pobres

Los jóvenes de Acción Católica decidieron regalar al Papa algunos sacos de dormir y material para la higiene personal, para que los ofrezca como regalo a los más necesitados y "que sientan constantemente – le dijeron –  la pasión de su caridad". Porque en la gran familia en la que se educan, con la ayuda de asistentes y animadores, sienten la belleza de un mensaje – el del Papa – que llega "mostrando una Iglesia nueva, cuyas puertas están abiertas, de par en par, al mundo y en la que los creyentes no se quedan de brazos cruzados, sino que se entregan para dar a conocer a todos la belleza del Evangelio de Jesús". La esperanza es que "el Niño Jesús nazca de nuevo en medio de nosotros, en nuestros corazones, en nuestras familias cansadas, en nuestras clases distanciadas, en nuestras comunidades redescubiertas, para traer el calor, la alegría y la esperanza de un amor que supera todos nuestros deseos".

 

LA VOCACIÓN DE MARÍA. NUESTRA VOCACIÓN

— La Virgen, elegida desde la eternidad.

— Nuestra vocación. Correspondencia.

— Imitar a la Virgen en su espíritu de servicio a los demás.

I. Estamos ya muy próximos a la Navidad. Ahora va a cumplirse la profecía de Isaías: Una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y se llamará Emmanuel, que significa «Dios con nosotros»1.

El pueblo hebreo estaba familiarizado con las profecías que señalaban a la descendencia de Jacob, a través de David, como portadora de las promesas mesiánicas. Pero no podía imaginar tanto: el Mesías iba a ser el mismo Dios hecho hombre.

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer2. Y esta mujer, elegida y predestinada desde toda la eternidad para ser la Madre del Salvador, había consagrado a Dios su virginidad, renunciando al honor de contar entre su descendencia directa al Mesías. Desde la eternidad fui yo predestinada –dice el libro de los Proverbios, prefigurando ya a Nuestra Señora–, desde los orígenes, antes que la tierra fuese3.

Son muchos los frutos que podemos obtener en estos días con el trato y amor a la Virgen. Ella misma nos dice: Como vid eché hermosos sarmientos y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos. Yo soy la madre del amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza.

Venid a mí cuantos deseáis y saciaos de mis frutos. Porque recordarme es más dulce que la miel, y poseerme, más rico que el panal de miel4.

María aparece como la Madre virginal del Mesías, que dará todo su amor a Jesús, con un corazón indiviso, como prototipo de la entrega que el Señor pedirá a muchos.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió al Arcángel Gabriel a Nazaret, donde vivía la Virgen. La piedad popular presenta a María recogida en oración mientras escucha, atentísima, el designio de Dios sobre Ella, su vocación: Dios te salve, llena de gracia, le dice el Ángel...5 como leemos en el Evangelio de la Misa de hoy.

Y la Virgen da su pleno asentimiento a la voluntad divina: Hágase en mí según tu palabra6. Desde ese momento acepta y comienza a realizar su vocación; consiste esta vocación en ser Madre de Dios y Madre de los hombres.

El centro de la humanidad, sin saberlo, se encuentra en la pequeña ciudad de Nazaret. Allí está la mujer más amada de Dios, Aquella que es también la más amada del mundo, la más invocada de todos los tiempos. En la intimidad de nuestro corazón, ahora, en nuestra oración personal, le decimos: ¡Madre! ¡Bendita eres entre todas las mujeres!

En función de su Maternidad, fue rodeada de todas las gracias y privilegios que la hicieron digna morada del Altísimo. Dios escogió a su Madre y puso en Ella todo su Amor y su Poder. No permitió que la rozara el pecado: ni el original, ni el personal. Fue concebida Inmaculada, sin mancha alguna. Y le concedió tantas gracias «que por debajo de Dios no se pudiera concebir mayor, y que nadie, fuera de Dios, pudiera alcanzar a comprender»7. Su dignidad es casi infinita.

Todos los privilegios y todas las gracias le fueron dadas para llevar a cabo su vocación. Como en toda persona, la vocación fue el momento central de su vida: Ella nació para ser Madre de Dios, escogida por la Trinidad Beatísima desde la eternidad.

También es Madre nuestra, y en estos días se lo queremos recordar muchas veces. Con una oración antigua, que hacemos nuestra, le podemos decir nosotros: Acuérdate, Virgen Madre de Dios, cuando estés delante del Señor, de decirle cosas buenas de mí.

II. La vocación es también en cada uno de nosotros el punto central de nuestra vida. El eje sobre el que se organiza todo lo demás. Todo o casi todo depende de conocer y cumplir aquello que Dios nos pide.

Seguir y amar la propia vocación es lo más importante y lo más alegre de la vida. Pero a pesar de que la vocación es la llave que abre las puertas de la felicidad verdadera, hay quienes no quieren conocerla, prefieren hacer su propia voluntad en vez de la Voluntad de Dios, quedarse en una ignorancia culpable en vez de buscar con toda sinceridad el camino en que serán felices, alcanzarán con seguridad el Cielo y harán felices a otros muchos.

El Señor hace llamamientos particulares: también hoy. Nos necesita. Además, a todos nos llama con una vocación santa: una invitación a seguirle en una vida nueva cuyo secreto Él posee: si alguno quiere venir en pos de mí...8. Todos hemos recibido por el Bautismo una vocación para buscar a Dios en plenitud de amor. «Porque no es la vida corriente y ordinaria, la que vivimos entre los demás conciudadanos, nuestros iguales, algo chato y sin relieve. Es, precisamente en esas circunstancias, donde el Señor quiere que se santifique la inmensa mayoría de sus hijos.

»Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él, para realizar –en el lugar donde estamos– su misión divina.

»Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad»9.

La llamada del Señor a una mayor entrega nos urge, entre otras razones, porque la mies es mucha y los operarios pocos10. Y hay mieses que se pierden cada día porque no hay quien las recoja.

Hágase en mí según tu palabra, dice la Virgen11. Y la contemplamos radiante de alegría. Nosotros, mientras hacemos nuestra oración, nos podemos preguntar: ¿Busco a Dios en mi trabajo o en mi estudio, en mi familia, en la calle... en todo? ¿Soy audaz en el apostolado? ¿Quiere el Señor algo más de mí?

III. Ante la Voluntad de Dios, la Virgen tiene una sola respuesta: amarla. Al proclamarse la esclava del Señor, acepta sus designios sin limitación alguna. En la antigüedad, cuando está plenamente vigente la esclavitud, se valora en toda su fuerza y profundidad esta expresión de María. El esclavo, se puede decir, no tenía voluntad propia, ni otro querer fuera del de su amo. La Virgen acepta con suma alegría no tener otro querer que el de su Amo y Señor. Se entrega al Señor sin limitación alguna, sin poner condiciones.

Imitando a la Virgen, no queramos tener otra voluntad y otros planes sino los de Dios. Y esto en cosas trascendentales para nosotros (en nuestra propia vocación) y en las pequeñas cosas ordinarias de nuestro trabajo, familia, relaciones sociales.

Uno de los misterios del Adviento es el que contemplamos como segundo misterio de gozo del Santo Rosario: la Visitación. Pero vamos a fijarnos en un aspecto concreto del servicio a los demás que lleva consigo la vocación: el orden de la caridad.

Esta delicada visita de nuestra Madre a su prima Santa Isabel es también una manifestación del orden de la caridad. Amor a todos, porque todos son o pueden ser hijos de Dios, hermanos nuestros. Pero amor, en primer término, a los que están más cerca, a aquellos con quienes nos unen especiales lazos: nuestra familia. Ese orden ha de manifestarse también con obras, no solo con el afecto. Pensemos ahora en el trato con nuestra familia, en las mil oportunidades que nos brinda de ejercitar, de un modo natural, la caridad, el espíritu de servicio.

Queremos vivir estos días de Adviento con el mismo espíritu de servicio con que los vivió nuestra Madre. Apoyados en la entrega humilde de María, vamos a pedirle como buenos hijos que nos ayude para que, cuando el Señor venga, encuentre nuestro corazón dispuesto y sin reservas, dócil a sus mandatos, a sus consejos, a sus sugerencias.

«Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia»12.

1 Primera lectura de la Misa, Is 7, 14. — 2 Gal 4, 4. — 3 Prov 8, 23-31. — 4 Eclo 24, 23-24. — 5 Lc 1, 28-33. — 6 Lc 1, 38. — 7 Pío XI, Bula Ineffabilis Deus. — 8 Mt 16, 24. — 9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 110. — 10 Cfr. Mt 9, 37.  11 Lc 1, 38. — 12 San Josemaría Escrivá, o. c., 174.

 

Meditaciones: 20 de diciembre

Reflexión para meditar el 20 de diciembre. Los temas propuestos son: la alegría de toda vocación; hallar gracia delante de Dios; dejar que el Señor haga su obra en nosotros.

20/12/2021

– La alegría de toda vocación

– Hallar gracia delante de Dios

– Dejar que el Señor haga su obra en nosotros


EL ARCÁNGEL san Gabriel ha de cumplir una misión delicada. Ha llegado la hora. Dios ha puesto su mirada en una doncella de Nazaret para llevar a plenitud la historia apasionante de la salvación de sus hijos. El mensajero saluda a la llena de gracia y la creación entera contiene la respiración. «Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo» (Lc 1,29). Muchas representaciones artísticas han imaginado a nuestra Madre leyendo la Sagrada Escritura cuando recibió el saludo del ángel; y es esta actitud de meditación la que probablemente le permite a santa María permanecer en ese diálogo constante con Dios, en esa permanente consideración de las cosas, que es la vida de oración.

En contraste con María, cuántas veces nos cuesta a nosotros percibir las invitaciones divinas. Algunas veces podemos incluso pensar que Dios nos quiere quitar algo, que nos pide renunciar a la alegría en esta tierra para cumplir su voluntad. Sin embargo, la realidad no puede ser más distinta: Dios es quien más desea que seamos felices, que estemos llenos de gozo, que compartamos con él su alegría infinita; ha llegado hasta la cruz con ese único objetivo. Y solo nuestra libertad es capaz de detener su iniciativa. «¡No tengáis miedo de Cristo! –decía Benedicto XVI en el inicio de su ministerio petrino–. Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[1].

La Iglesia nos muestra en el evangelio de la Misa hoy la vocación de nuestra Madre, santa María, cuyo relato se parece mucho al de nuestra vida. Toda llamada es una vocación a la alegría. De hecho, «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[2]. Cuando el Señor pide algo en realidad nos está ofreciendo un don: es Dios quien ilumina nuestro camino, lo llena de sentido y le da su mayor proyección.


«NO TEMAS, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,30). Estas palabras del ángel nos muestran cómo mira el creador a su más bella criatura: María es, de alguna manera, el sueño de Dios, su consuelo, su esperanza. A nosotros nos resulta difícil pensar que Dios pueda contemplarnos de esa forma. Por supuesto, sabemos que el Señor es misericordioso y que nos regala y nos devuelve la gracia cuantas veces sea necesario. Sin embargo, que halle gracia en nosotros, hacerle disfrutar como lo hace María, nos puede parecer que es algo inalcanzable.

Sin embargo, «la misma formulación de las palabras del ángel nos da a entender que la gracia divina es continua, no algo pasajero o momentáneo, y por esto nunca faltará. También en el futuro seremos sostenidos siempre por la gracia de Dios, sobre todo en los momentos de prueba y de oscuridad. La presencia continua de la gracia divina nos anima a abrazar con confianza nuestra vocación, que exige un compromiso de fidelidad que hay que renovar todos los días. De hecho, el camino de la vocación no está libre de cruces: no sólo las dudas iniciales, sino también las frecuentes tentaciones que se encuentran a lo largo del camino. La sensación de no estar a la altura acompaña al discípulo de Cristo hasta el final, pero él sabe que está asistido por la gracia de Dios.

Las palabras del ángel se posan sobre los miedos humanos, disolviéndolos con la fuerza de la buena noticia de la que son portadoras. Nuestra vida no es pura casualidad ni mera lucha por sobrevivir, sino que cada uno de nosotros es una historia amada por Dios. El haber “encontrado gracia ante Dios” significa que el Creador aprecia la belleza única de nuestro ser y tiene un designio extraordinario para nuestra vida. Ser conscientes de esto no resuelve ciertamente todos los problemas y no quita las incertidumbres de la vida, pero tiene el poder de transformarla en profundidad. Lo que el mañana nos deparará, y que no conocemos, no es una amenaza oscura de la que tenemos que sobrevivir, sino que es un tiempo favorable que se nos concede para vivir el carácter único de nuestra vocación personal y compartirlo con nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia y en el mundo»[3].


DELANTE DE Dios hallan gracia las almas sencillas, las que se dejan querer y elevar hasta la santidad más grande. Nada hay que deleite tanto a un padre como ver brillar a sus hijos. «Hágase en mí según tu palabra». Muchos años antes de que María pronunciara esas palabras, en el momento de establecer su alianza con el pueblo elegido, Israel se comprometió a cumplir su parte: «Haremos todo lo que nos ha dicho el Señor» (Ex 24,3). María e Israel utilizan el mismo verbo. Israel, sin embargo, pone el acento en su acción, mientras que María lo hace en la fuerza de Dios. Los resultados de una y otra respuesta saltan a la vista porque es muy diferente hacer que dejar hacer. Aunque parece que lo segundo es más sencillo, sabemos bien que con frecuencia sucede al revés. Preferimos, equivocadamente, tener las cosas bajo nuestro control; lo que escapa a nuestra vigilancia y a nuestras previsiones con frecuencia nos inquieta.

Adviento es un tiempo de alegría, de gozo, de paz. Sabemos que no van a desaparecer las dificultades pero estamos salvados cuando aprendemos a decir que  a la acción de Dios. «María nos invita a decir también nosotros este “sí”, que a veces resulta tan difícil (...). Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo “sí” a su voluntad»[4].

Decir que  es pedir a Dios que se cumpla su voluntad, pedir la gracia de no ser obstáculo para sus planes, de no estorbar la acción del Espíritu Santo. No es fácil abrir espacio en nuestro corazón para tanto amor. El desafío es darse cuenta de que «lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?»[5]. Podemos agradecer a Jesús y a su Madre bendita por nuestro camino de santidad; una vida sembrada de una felicidad cotidiana, muy normal pero, a la vez, divina.


[1] Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.

[2] San Josemaría, Forja, n. 1005.

[3] Francisco, Mensaje para la XXXIII Jornada Mundial de la Juventud, 25-III-2018.

[4] Benedicto XVI, Homilía, 18-XII-2005.

[5] Francisco, Homilía, 24-XII-2014.

 

“Nuestra tendencia al egoísmo no muere”

No pongas tu “yo” en tu salud, en tu nombre, en tu carrera, en tu ocupación, en cada paso que das... ¡Qué cosa tan molesta! Parece que te has olvidado de que “tú” no tienes nada, todo es de Él. Cuando a lo largo del día te sientas –quizá sin motivo– humillado; cuando pienses que tu criterio debería prevalecer; cuando percibas que en cada instante borbota tu “yo”, lo tuyo, lo tuyo, lo tuyo..., convéncete de que estás matando el tiempo, y de que estás necesitando que “maten” tu egoísmo. (Forja, 1050)

20 de diciembre

Conviene que dejemos que el Señor se meta en nuestras vidas, y que entre confiadamente, sin encontrar obstáculos ni recovecos. Los hombres tendemos a defendernos, a apegarnos a nuestro egoísmo. Siempre intentamos ser reyes, aunque sea del reino de nuestra miseria. Entended, con esta consideración, por qué tenemos necesidad de acudir a Jesús: para que Él nos haga verdaderamente libres y de esa forma podamos servir a Dios y a todos los hombres. (...)

Estemos precavidos, entonces, porque nuestra tendencia al egoísmo no muere, y la tentación puede insinuarse de muchas maneras. Dios exige que, al obedecer, pongamos en ejercicio la fe, pues su voluntad no se manifiesta con bombo y platillo. A veces el Señor sugiere su querer como en voz baja, allá en el fondo de la conciencia: y es necesario escuchar atentos, para distinguir esa voz y serle fieles. (Es Cristo que pasa, 17)

 

 

La ternura de Dios (VIII): María, Madre de la misericordia

En el Magnificat, Santa María canta la misericordia, el amor alegre de Dios que viene a devolver la felicidad a un mundo entristecido. Ella es la primera Hija de la misericordia de Dios; y a la vez que Hija, es Madre del Dios de misericordia: por eso la llamamos Mater misericordiæ.

05/11/2016

Cuando Gabriel le comunica la noticia alegre, el evangelion que, desde la humildad de un pueblo de Galilea, cambiará la vida de los hombres para siempre[1], «la Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración»[2]. El Señor también ha escuchado a Isabel, le dice el ángel a la Virgen, antes de retirarse. Santa María reposa unos instantes las palabras de Gabriel: se abre paso en su interior una alegría que le ensancha el alma y que, a la vez, la recoge en adoración del Dios escondido, latens Deitas[3], que ahora alberga en su seno. Al poco, está ya saliendo para la montaña: su prima quizá necesita que le dé una mano; y, casi más, necesita también ella ir a verla, porque no cabe en su gozo, y no sabe de nadie más con quien pueda compartir ese feliz secreto, además de José. Santa María es ya en este momento «imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza del mundo por los montes de la historia»[4].

DIOS HA TOMADO LA INICIATIVA; HA ESCOGIDO LA TIERRA FÉRTIL DE SU GENEROSIDAD Y DE SU ABANDONO, Y HA INAUGURADO EN ELLAS [MARÍA E ISABEL] LA VERDADERA PRIMAVERA DE LA HISTORIA.

Si nadie como una madre percibe la alegría de vivir que palpita en un recién nacido, la felicidad de la Virgen y de su prima, a la que se asoman las vecinas de Ain Karim, es mucho más intensa: Dios ha tomado la iniciativa; ha escogido la tierra fértil de su generosidad y de su abandono, y ha inaugurado en ellas la verdadera primavera de la historia. Mientras el gran mundo intenta vivir de sus alegrías inciertas, en este rincón de Judea estalla, silenciosamente, la alegría de Dios. San Lucas nos cuenta que, al saludar María a Isabel, san Juan Bautista da un brinco de alegría en el seno de su Madre. Como el profeta David bailaba y brincaba en torno al Arca de la Alianza, así ahora el mayor de «entre los nacidos de mujer», aquel que es «más que un profeta» (Mt 11,9.11), salta a la llegada de Santa María, la nueva Arca de la Alianza. También en esto, el Bautista es precursor del Hijo de David; como dirá de sí mismo al cabo de los años, él es «el amigo del esposo, que (…) se alegra con la voz del esposo» (Jn 3,29). Y ya ahora, al oír a la Madre del Esposo, movido por el Espíritu Santo, es profeta sin palabras de la alegría del Evangelio.

Se alegra mi espíritu en Dios

«El Señor, tu Dios, está en medio de ti como poderoso Salvador. Él disfrutará de ti con alegría, te renovará su amor, se regocijará en ti con canto alegre, como en los días de fiesta» (So 3,17-18). San Lucas tenía bien presente al profeta Sofonías cuando relataba estos momentos de la vida de la Virgen. La alegría, íntima y desbordante a la vez, que Santa María ha contenido en sus días de viaje desde Nazaret, y que se contagia instantáneamente a santa Isabel y a san Juan, encuentra ahora su cauce en el Magnificat, canto de alegría y de misericordia[5]. «Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado (…) el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón inmaculado: mi alma glorifica al Señor»[6].

«Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador». Santa María es hija de un pueblo mediterráneo, de una tierra donde se canta y se baila: su emoción íntima, que viene del fondo del alma, se exterioriza en gestos y exclamaciones. «A veces no os bastará hablar, tendréis necesidad de cantar por amor (…) andaréis por el mundo, dando luz, como hachones encendidos que chispean fuego»[7]. La alegría de María no se explica solo porque Dios ha entrado en su vida, sino porque, a través de Ella, el Hijo de Dios se hecho uno de nosotros, «acordándose de su misericordia (…) para siempre».

La Iglesia se reconoce en el Magnificat, «el cántico del Pueblo de Dios que camina en la historia»[8], y por eso lo rememora a diario en el oficio de Vísperas. Con Santa María, no canta una alegría pequeña e individual: canta la alegría de la humanidad entera; una alegría que proviene de la esperanza en «Dios mi salvador». La Iglesia sabe que Dios es más fuerte que el mal. «Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Co 1,25): la fuerza de los «poderosos» y los «soberbios de corazón», que hacen la guerra a «aquellos que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17), y amenazan con aplastar el Amor de Dios, no es más que fuerza exterior, ruido, vanidad: «como polvo que dispersa el viento» (Sal 1,4).

«Nuestra tristeza infinita solo se cura con un infinito amor»[9]: la misericordia es el amor alegre de Dios que viene al encuentro de un mundo entristecido, un «valle de lágrimas»[10]. Dios «sale como esposo de su alcoba, alegre, como un héroe, a recorrer su camino» (Sal 19 [18],7): viene con su cariño, con su perdón, con su comprensión… Viene sobre todo con la alegría del Espíritu Santo, caridad increada, que es la fuente continua de su misericordia, porque solo desde la alegría se tienen fuerzas para perdonar sin reservas y sin límites. Esta alegría de Dios es también el horizonte de su misericordia, porque nos ha creado para Él; quiere salvarnos de la tristeza del pecado para darnos una felicidad que nadie nos podrá quitar[11].

Dios ha confiado esta alegría a su Iglesia, y nadie se la puede quitar, «a pesar de los pesares»[12]. Por eso canta con María: «me llamarán bienaventurada todas las generaciones». Todas las generaciones de los hombres acaban encontrando en la Iglesia una Madre que, a través de las crisis y tragedias de la historia, y aun en su sufrimiento por los hijos o los extraños que la maltratan o la desprecian, rebosa de la alegre salvación de Dios, y ofrece incansablemente a todos su misericordia. Como María en su Magnificat, la Iglesia sobrevuela en cierto modo la historia[13]; Ella custodia la alegría de la Resurrección y vislumbra, entre tanto dolor y miseria, tanta santidad oculta y fecunda: la misericordia de Dios que «se derrama de generación en generación sobre los que le temen».

Los pobres de Dios

El Magnificat está impregnado de «la espiritualidad de los anawim bíblicos, es decir, de los fieles que se reconocían “pobres” no solo por su alejamiento de cualquier tipo de idolatría de la riqueza y del poder, sino también por la profunda humildad de su corazón, (…) abierto a la irrupción de la gracia divina salvadora»[14]. Santa María, y nosotros con ella, no canta su propia grandeza: canta su pequeñez —«la humildad de su esclava»—, y las «cosas grandes» que Dios ha hecho en Ella. «Magnificat anima mea Dominum»: todas las generaciones y todas las culturas han puesto y seguirán poniendo música a estas palabras, que podrían traducirse así: «Qué grande es Dios, qué bien hace las cosas». El entusiasmo de María en Ain Karim resonará tres décadas después en los labios de su Hijo, en el momento en que quizá la alegría de Jesús se expande más claramente en los evangelios. Es bonito observar que las notas de su alegría son las mismas que en el Magnificat de su Madre: «En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21)[15]. Esta predilección de Dios por lo pequeño encierra un profundo misterio. Dios queda “desarmado” ante los sencillos; su lenguaje, aparentemente ingenuo e inofensivo, «derriba de su trono a los poderosos». La misericordia nos muestra el verdadero rostro de Dios y el «poder de su brazo», que acaba siempre venciendo. «De la boca de los pequeños y de los niños de pecho has preparado alabanza frente a tus adversarios, para acabar con enemigos y rebeldes» (Sal 8,3).

Virgen blanca, de la Catedral de Toledo (España).

Cuando Juan envía a sus discípulos a preguntar a Jesús si él es «el que ha de venir» (Mt 11,3), el Señor desglosa, con palabras del profeta Isaías[16], los signos de la presencia de Dios en medio de su pueblo, entre los que brilla este: «a los pobres se les anuncia el Evangelio» (Lc 7,22). Los pobres, en la Biblia, son quienes esperaban la visita de Dios. Zacarías era un pobre y por eso supo que «por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente» nos visitaría «desde lo alto» (Lc 1,78); Simeón era pobre, y por eso sus ojos vieron la salvación[17].

Esta pobreza no es pobretería del alma ni estrechez de miras; ni significa ausencia de letras: los magos de Belén, que pertenecían seguramente a la élite cultural de su tierra, eran «pobres en el espíritu» (Mt 5,3); su actitud contrasta con la suficiencia de los escribas, la ansiedad de Herodes y la curiosidad efímera de Jerusalén donde, pasada la trepidación por la llegada de los Magos y su pregunta acerca del Rey que estaba por nacer, nadie más volvió a interesarse por el asunto. Estos sabios tenían la sencillez de los pastores de Belén; tenían corazón para entender, ojos para ver, oídos para escuchar[18], y por eso pudieron contarse entre los primeros en adorarle.

«Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava (…). Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen». La mirada misericordiosa de Dios se posa en quienes pueden acogerla, porque reconocen con el salmista: «Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí» (Sal 40 [39],18). Dios “necesita” nuestra pobreza para entrar en el alma: «Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma»[19].

Hija y Madre de la misericordia

SANTA MARÍA ES HIJA DE DIOS Y MADRE DE DIOS: GENUISTI QUI TE FECIT; ENGENDRÓ A AQUEL QUE LA HABÍA CREADO, Y QUE LA HABÍA REDIMIDO

Santa María es Hija de Dios y Madre de Dios: genuisti qui te fecit[20]; engendró a Aquel que la había creado, y que la había redimido, ciertamente de un modo especial que la distingue de todo el género humano: «María recibió en su concepción la bendición del Señor y la misericordia de Dios, su salvador»[21]. Ella es por eso la primera Hija de la misericordia de Dios. Y a la vez que Hija, es Madre del Dios de misericordia: por eso la llamamos Mater misericordiæ, Madre de la misericordia. «Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús»[22]. San Josemaría nos enseñó que «a Jesús siempre se va y se “vuelve” por María»[23]. Nuestra Madre disuelve la soberbia de nuestros corazones y nos ayuda a hacernos pequeños, para que Dios ponga los ojos en nuestra humildad y nazca Jesús en nosotros. Acudamos a Ella con confianza de hijos, en tantos pequeños detalles de cariño; uno, que San Josemaría aconsejaba a los fieles del Opus Dei, es besar el rosario antes de rezar el Salmo 2, cada martes.

Todas las generaciones la han llamado y la «llamarán bienaventurada», porque «el amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz»[24]: con su Hijo, Santa María sufrió en el Calvario «el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina»[25]. La Piedad, como ha venido a llamarse la escena de la Virgen con su Hijo muerto entre los brazos, expresa intensamente esta participación íntima de nuestra Madre en la misericordia de Dios. «Piedad» traduce precisamente el hebreo hesed, uno de los conceptos con los que la Biblia expresa la misericordia de Dios. En la Cruz, despreciado por los hombres, Dios protege más que nunca «a Israel su siervo, recordando su misericordia». Cuando los hombres se olvidan de las misericordias del Señor, Dios las lleva hasta el extremo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo (…). Aquí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). Estas palabras que el Señor decía desde la Cruz a su Madre y a cada uno de nosotros[26], manifiestan «el misterio de una especial misión salvífica. Jesús nos dejaba a su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto Jesús pudo sentir que “todo está cumplido” (Jn 19,28)»[27]. Nos acogemos a su protección, para que nos haga misericordiosos como el Padre: «Ella agrandará nuestro corazón y nos hará tener entrañas de misericordia»[28].

Carlos Ayxelá


[1] Cfr. Lc 1,26-38.

[2] San Josemaría, Santo Rosario, 1º misterio gozoso.

[3] Cfr. Himno Adoro te devote.

[4] Benedicto XVI, Enc. Spe salvi (30-XI-2007), 50.

[5] Cfr. Lc 1,46-55.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, 241.

[7] San Josemaría, Carta 11-III-1940, 30.

[8] Francisco, Homilía, 15-VIII-2013.

[9] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), 265.

[10] Antífona Salve Regina.

[11] Cfr. Jn 16, 22.

[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 131.

[13] En el original griego, el Magnificat «tiene siete verbos en aoristo, que indican otras tantas acciones que el Señor realiza de modo permanente en la historia: “Hace proezas...; dispersa a los soberbios...; derriba del trono a los poderosos...; enaltece a los humildes...; a los hambrientos los colma de bienes...; a los ricos los despide vacíos...; auxilia a Israel”» (Benedicto XVI, Audiencia, 15-II-2006).

[14] Benedicto XVI, Audiencia, 15-II-2016.

[15] Cfr. Mt 11,25-27.

[16] Cfr. Is 42,7.18; 61,1; Lc 7,19-20; Mt 11,2-3.

[17] Cfr. Lc 2,30.

[18] Cfr. Dt 29,3.

[19] Es Cristo que pasa, 181.

[20] Misal Romano, Común de la Virgen María, Antífona de entrada.

[21] Liturgia de las horas, 8 de diciembre, Officium lectionis, Antífona.

[22] Francisco, Bula Misericordiæ Vultus (11-IV-2015), 24.

[23] San Josemaría, Camino, 495.

[24] Es Cristo que pasa, 43.

[25] Francisco, Evangelii gaudium, 285.

[26] Cfr. San Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia (17-IV-2003), 57.

[27] Francisco, Evangelii gaudium, 285.

[28] San Josemaría, “El compromiso de la verdad” (9-V-1974), en Josemaría Escrivá y la Universidad, Pamplona: Eunsa, 1993, 109.

 

 

José de Nazaret: un creyente ensombrecido

 

Escrito por Alberto Echeverri

Publicado: 10 Diciembre 2021

Introducción

Por más de quince siglos José ha quedado en la oscuridad y en el silencio del magisterio eclesial: en pocas palabras, ha sido muy amado por el pueblo cristiano pero poco estimado por sus teólogos. Con excepción de los tiempos recientes, de hecho parece que no ha sido considerado digno de una reflexión teológica profunda, por parte también de teólogos, papas, obispos que no han profundizado nunca su figura (Signori, 2014, pp. 51-52).

Las páginas siguientes miran la figura de san José que, tras una consideración significativa en los orígenes del cristianismo, penetra en un extraño silencio que se prolonga por cerca de mil años, hasta transformarse en símbolo de variadas políticas eclesiales de los últimos cinco siglos. El estudio encuesta la presencia del santo en la doctrina y en la devoción popular, una investigación más representativa que exhaustiva, reveladora de un cierto funcionalismo, que emerge paso a paso para la fe del creyente. Su importancia radica en que el padre putativo de Jesús hace parte constitutiva de la revelación atestiguada por el Nuevo testamento, la de los relatos de Lucas y Mateo sobre la infancia de Jesús, última etapa de redacción de los Sinópticos. En fin, buscamos contribuir a la coherencia de la reflexión teológica en torno a la silenciosa “sombra del Padre” por medio de la profundización de su papel en la nueva alianza desde la tradición de la primera.

El itinerario josefino en la Iglesia

En La sombra del Padre, el polaco Jan Dobraczynski (2002), escritor de la primera mitad del siglo XX, apellidaba así a José de Nazaret, ofreciendo a la espiritualidad cristiana de Occidente una mirada muy original sobre la personalidad de un santo que plantea más de un problema a la devoción y aún a la doctrina de la iglesia católica romana. Justamente porque el padre putativo de Jesús ha quedado en la sombra a través de los siglos; el cardenal Louis Edouard Pie, obispo de Poitiers, lo reconocía ya en 1871 con la proclamación de san José como patrono de la Iglesia católica por obra de Pío IX:

El velo que cubre el nombre y el poder del venerable José durante las primeras épocas cristianas aparece como la prolongación del silencio con el que estuvo rodeada su carrera mortal; es la continuación de esta vida oculta cuyos esplendores debían tanto más maravillar la inteligencia y el corazón de los fieles cuanto que su revelación estuvo durante más largo tiempo reservada (1870, p. 282; 1871, pp. 324-327).

Pero el singular camino de la figuración de san José en la vida concreta de la iglesia católica romana había comenzado tiempo atrás. Mientras los primeros teólogos latinos y griegos le dedicaron una escueta pero significativa atención que se mantendrá en la tradición ortodoxa del Oriente cristiano, no sucede lo mismo en los documentos pontificios de los primeros quince siglos: las noticias sobre él parecen iniciarse con una bula de León X quien, al tiempo que continúa la diatriba con Lutero sobre el asunto de las indulgencias, las concede a los peregrinos que asiduos al lugar (Cotignac, Francia) donde san José se ha aparecido junto a la virgen María (10 de agosto de 1519), llevando en brazos a Jesús. Allí mismo, volverá a hacerse presente curiosamente solo en pleno período barroco (1660). En 1783 tras el rechazo de la infructuosa mediación que se había buscado con el emperador austríaco José II a causa de su política ilustrada anticatólica, Pío VI hará coronar una pintura polaca que lo representa, calificada de milagrosa por los visitantes que la frecuentan desde 1670. Sin embargo, la noticia más antigua sobre su culto en el Occidente cristiano se remonta al año 1129, cuando en la Bolonia italiana se dedica a él una iglesia. La fiesta del santo, celebrada por los cristianos coptos el 20 de julio desde el siglo IV y por los griegos el día siguiente a la Navidad, solo será fijada en el santoral romano por Sixto IV a fines del siglo XV; otros papas intervendrán en ella: Clemente X a fines del siglo XVII, Clemente XI a comienzos del XVIII, Pío VII y Pío IX durante el XIX, y Pío XII en el XX.

Será el siglo XIX el que verá afirmarse considerablemente el rostro de san José. El discutido pero enérgico Pío IX reformulará la liturgia de la fiesta de su patronato, nacida de las cofradías de artistas y ebanistas en 1680, refrendada luego por Inocencio XI. “Consternado por el reciente y luctuoso estado de cosas” y a ruego de varios obispos participantes en el apenas interrumpido y clausurado Vaticano I, el papa Mastai Ferretti lo declarará patrono de la Iglesia universal: “ya que en estos tiempos malvados la misma Iglesia, plagada de enemigos por todas partes, está totalmente oprimida por los más graves

males, que hombres impíos pensaron hacer prevalecer finalmente las puertas del infierno contra ella” (1870, p. 282). La ocasión era muy propicia, pues habían transcurrido escasos cinco meses desde la solemne aprobación conciliar de la infalibilidad pontificia, la sucesiva invasión garibaldina de los Estados pontificios y algo más de un mes del lanzamiento de la nueva excomunión contra los rebeldes de Porta Pía que daba acceso a la capital. Ya en 1854, al proclamar el dogma de la concepción inmaculada de María había manifestado que san José era, después de María, “la más segura esperanza de la Iglesia” y su decreto del 27 de abril de 1865 extendería al mes de marzo, consagrado a honrarlo, las indulgencias temporales y plenaria concedidas al mes de mayo dedicado a Nuestra Señora.

La figuración de san José llega al culmen en el conjunto de la doctrina cristiana con la encíclica Quamquam pluries (QP), hasta entonces la única de dos documentos pontificios de igual categoría dedicados a él, que León XIII publicará en 1889, al cumplir el undécimo de los veinticinco años y medio del tercer pontificado más largo de la historia de la iglesia (1878-1903). Y el contexto era favorable. La vieja cuestión romana, que el papa parecía dejar de lado desde el comienzo de su gobierno, resurgía en la conciencia del pueblo católico; la imagen suya había sido colgada en un patíbulo, mientras en el romano Campo dei Fiori un escultor erigía su estatua y los obispos de Cremona y Piacenza, Jeremías Bonomelli y Juan Bautista Scalabrini se arrepentían de sus desvaríos republicanos al proponer la reconciliación de la Iglesia con el naciente Estado italiano (Castiglioni, 1936, pp. 623-637). Por eso el texto se iniciaba con una denuncia: “La Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad” (León XIII, 1889, n. 1).

Fue por ese tiempo, el de la “Roma desorientada entre la devoción y la indiferencia” (Laboa, 2007, pp. 341-370), cuando irrumpió una avalancha de ejercicios piadosos en la devoción de la iglesia católica que respaldaban las decisiones pontificias en favor de nuestro santo. En primer lugar, las “letanías a san José”. Benedicto XIII lo había hecho entrar oficialmente (1726) en las de los santos; un poco antes (1715) lo añadía Pío VII en la oración A cunctis [1]. Corresponderá a san Pío X aprobar el decreto que publicaba las letanías, subrayando su título de “augusto Patriarca” y apellidándolo “poderoso patrono de la Iglesia católica ante Dios” (S. Congregatio Rituum, 1909, pp. 290-292). Benedicto XV hará incluir su nombre en las invocaciones destinadas a la reparación de las blasfemias al final de las exposiciones solemnes de la reserva eucarística (S. Congregatio Rituum, 1921, p. 158). Y Juan XXIII hará otro tanto en el canon romano de la misa, enseguida del de María, llamándolo “su esposo” (Sagrada Congregación de los Ritos, 1962, p. 873).

A las letanías se agregarán los “gozos de san José” y aun los “dolores de san José”, reflejo popular de las antiquísimas letanías lauretanas en alabanza de Nuestra Señora [2]. Es entonces cuando comienza a evidenciarse la peregrina mezcla que hará la tradición en torno a José de Nazaret entre las fuentes bíblicas y las leyendas apócrifas de los orígenes cristianos. En las letanías es invocado como “esperanza de los enfermos”, “abogado de los enfermos” y “terror de los demonios”. Los dolores no dudan en verlo sufriente ante la pérdida de Jesús niño en el templo, y los gozos lo refieren reconfortado porque su muerte acontece en brazos de María y Jesús.

Resulta evidente que se ha ignorado la noticia evangélica en beneficio de una devoción cuyo fundamento no va más allá de una pía consideración. Benedicto XIV, papa entre 1740 y 1758, apoyado en la doctrina agustiniana, afirmará que María y José comienzan la serie de los santos del Nuevo Testamento, mientras san Juan Bautista concluye la lista de los del Antiguo Testamento. El pontífice olvidaba que los santos cristianos pertenecen a la segunda alianza –uno de ellos el Bautista- y que la iglesia católica romana no ha incluido en su santoral a los personajes de la primera [3], aunque a varios de sus actores los considera participantes de la santidad propia de los creyentes en el amor misericordioso del Dios de Jesús.

Si puede ser laudable que su patronazgo se haya extendido a países, conventos, santuarios, parroquias, seminarios, instituciones educativas, congregaciones religiosas masculinas y femeninas, asociaciones laicales no lo es tanto que se haya insistido en presentarlo como patrono para los enfermos y los ancianos: su tardía muerte a más de 100 años cumplidos, que permite deducir una lenta enfermedad y su matrimonio a los 90 que le ayudan a proteger la virginidad de su esposa hacen parte de una leyenda, considerada piadosa por algunos pero que en realidad ha contribuido a deformar o, al menos, demeritar el significado de su santidad ante los creyentes. Que José hubiera “abrazado con paternal ternura”, “colmado de besos” y “alimentado con un celoso cuidado y una solicitud sin par” a Jesús, como en su momento había escrito Pío IX (1870), bien podía ser tenido por obvio en un hombre que se adhirió en todo al designio sobre el Hijo de Dios según el texto bíblico. Lo que contrasta con las suposiciones devotas que no tenían raigambre histórica [4].

A mi juicio, hace parte de este tipo de textos, uno de los parágrafos del que Benedicto XV publicó el 25 de julio de 1920, con ocasión del cincuentenario de la proclamación del patronazgo del santo sobre toda la Iglesia. En el que subraya que este “mereció ser tenido como el más eficaz protector de los moribundos, habiendo expirado con la asistencia de Jesús y María”, y por tanto los pastores de la Iglesia deberán “favorecer las congregaciones instituidas para suplicar a José en favor de los moribundos”, como las “de la buena muerte”, del “tránsito de san José” y “por los agonizantes”. Era consciente el papa de “la situación difícil en la que se debate hoy el género humano” y por eso acudía a san José como conductor a la devoción hacia la Sagrada Familia de Nazaret y, a través de ella, a la virgen María. Recursos en los que veía más que un freno, una cooperación para superar los excesos provocados por los horrores de la Gran Guerra (Benedicto XV, 1920, p. 313).

Poco a poco el patronazgo de José en la Iglesia llegará a ser entendido como el de su protector y defensor. Según Pío IX (1870), patrono de la Iglesia (“católica”, especifica el documento), “plagada de enemigos por todas partes”.

Promovido a “especial patrono de toda la Iglesia” por León XIII (1889, p. 4), un siglo después, al conmemorar el centenario de la del papa Pecci en la encíclica Redemptoris custos (RC), repetirá el mismo Juan Pablo II (1989, n. 31c) las palabras finales de éste: “Como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad” [5]. Tras haber puntualizado que “destinado a ser el custodio de la religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia” (Juan Pablo II, 1989, n. 28a.b). En la antevíspera de la segunda conflagración mundial, la encíclica Divini redemptoris (DR) de Pío XI (1937) recurrirá a él para enfrentar a los adversarios de la Iglesia: “para acelerar la paz de Cristo en el reino de Cristo, por todos tan deseada, ponemos la grande acción de la Iglesia católica contra el comunismo ateo mundial bajo la égida del poderoso protector de la Iglesia, san José” (Pío XI, 1937); y enfatizará que por haber sido “el jefe o señor de la casa, su intercesión no puede sino ser todopoderosa” [6]. Otra línea asumirá Pablo VI al reconocerlo patrono de la Iglesia por su “ennoblecedora colaboración” humana a la acción divina y por “hacer florecer su terrena existencia con genuinas virtudes evangélicas” (Juan Pablo II, 1989, n. 30c). Y la misma RC lo invocará como “aliento para la evangelización y la reevangelización” (1989, n. 29).

A mediados del siglo XX san José inicia su patronazgo de los trabajadores. Pío XII (1955) instituirá la festividad litúrgica de “san José artesano” el 1 de mayo, destinada no solo a remplazar de inmediato la ya antigua del patronato, sino también a oponerse a la que el movimiento socialista mundial había logrado legislar en la mayoría de los países como fiesta o día del trabajo:

Es claro que ningún trabajador estuvo jamás tan perfecta y profundamente penetrado de él como el padre putativo de Jesús, que vivió con él en la más estrecha intimidad y comunidad de familia y de trabajo. De igual modo, si queréis estar junto a Jesús, os repetimos: id a José (Pío XII, 1955).

Poco antes del papa Pacelli, su predecesor anotaba que el santo había “pertenecido a la clase obrera” (Pio XI, 1937, n. 87) [7]. Resulta extraño que con un retardo de veinte siglos la Iglesia descubriera a san José como trabajador, a pesar de que el relato bíblico lo hubiese puesto en evidencia. No dispongo de noticias sobre las confraternidades, tan significativas entre los clérigos y laicos de la Europa medieval, que reclamaran el patronazgo de san José [8], a pesar de que su estructuración corporativa les permitía vehicular la mutua ayuda económica y profesional en vida de sus miembros, a la par que la espiritual aun en los funerales. Solo a mediados del siglo XX la investigación reinterpretará el término griego que los Sinópticos utilizaban para identificar la actividad laboral de José: el téktonos podría muy bien dar a entender la de un carpintero o un albañil. Según algunos exégetas de una especie de obrero sabelotodo; que se hubiese preferido la versión del casero y pacífico carpintero llevará a su caracterización como “artesano” (León XIII, 1889, n. 4) [9]. Sin embargo, la predicación y la pastoral popular continuaron y continuarán favoreciendo hasta hoy tan solo la imagen del carpintero José, y aun de Jesús como aprendiz y ayudante en su taller. RC cooperará al mismo estado de cosas, en el brevísimo discurso dedicado al tema, que inicia así: “Expresión cotidiana del este amor en la familia de Nazaret es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo de trabajo… el de carpintero” (Juan Pablo II, 1989, n. 22) [10].

Lugar aparte merece la exhortación apostólica de Juan Pablo II. El papa declara que los Santos Padres reconocieron en él tres papeles: cuidador de María, educador de Jesús y custodio y protector de la Iglesia (Juan Pablo II, 1989, n. 1e). El texto presenta cuatro capítulos: los de mayor extensión son el segundo (“El depositario del misterio de Dios”) y el tercero (“El varón justo – el esposo”); los otros dos retoman los temas de “el trabajo como expresión del amor” y “la vida interior”; y el último, algo más largo que los dos precedentes, vuelve sobre el “patrono de la iglesia de nuestro tiempo”, con un párrafo conclusivo [11].

Desde el siglo XIX, el magisterio pontificio en torno a la figura de José se había planteado el problema de su paternidad sobre Jesús. Y RC (1989) prolonga la misma problemática en términos aun legales. Sostiene que “el matrimonio con María es el fundamento jurídico de la paternidad de José”. Anota enseguida que “si para la Iglesia es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José”. Afirma luego que el ángel se dirige a José por ser el esposo de María, con lo cual evidencia la “especial confirmación del vínculo esponsal existente ya antes entre ellos”. Bien puede cuestionarse la necesidad teológica de enfatizar y aun defender un vínculo jurídico entre personajes decisivos en la consideración del significado salvífico de la persona de Cristo para la fe del creyente: se sale por los fueros de un dato de la narrativa evangélica pero que, cuando se trata de la misión evangelizadora de la Iglesia, se pone en igualdad de importancia con otro esencial para la fe cristiana [12].

No menos acucioso pareciera el reconocimiento a José de su autoridad paterna, porque es él quien pone el nombre al niño y cumple el rescate del primogénito: la suya no es una “paternidad derivada de la generación ni sustitutiva ni aparente” sino que “posee plenamente la autenticidad de la paternidad humana”. Sin embargo, el anhelo interpretativo del relato evangélico que apunta a las raíces históricas de la persona de Jesús debe tener en cuenta el riesgo de caer en un historicismo que extravía el significado simbólico del texto bíblico:

“en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja; la de José y María, constituye el vértice por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra”; en cambio, la cristología y la eclesiología contemporáneas han subrayado que la pareja bíblica de la primera alianza tiene su contrafigura en las bodas de Cristo Señor con la humanidad y, por tanto, es ese y no otro el origen de la santidad cristiana que ha sido insuflada por el Espíritu de Dios en Pentecostés.

La exhortación pontificia llega a sostener que “el misterio de la Iglesia, virgen y esposa, encuentra en el matrimonio de María y José su propio símbolo”; mientras la hermenéutica bíblica suele reconocer en la relación de Cristo Señor con la Iglesia lo que la constituye en virgen y esposa. Que “José tuvo hacia Jesús… toda aquella afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda conocer”, que “contento con sus pocas posesiones” hubiese “pasado con magnanimidad las pruebas que acompañan a una fortuna tan escasa” son consideraciones que merecen ser puestas de relieve como obvia deducción de su comportamiento de base ante la esposa y el hijo y del talante propio de éste cuando ante José realza su directa dependencia del Padre. Aun aceptadas por el cristiano devoto, no resulta coherente historizarlas, sin solución de continuidad, incluyéndolas entre los datos evangélicos sobre la infancia del Señor (Juan Pablo II, 1989, n. 7; 7c; 18c; 13b; 21; 7e; 20a; 8c; León XIII, 1889, n. 4).

El esfuerzo por “demostrar” de alguna manera la verdad histórica de la virginidad de María a través de la persona de José, “testigo de su virginidad y tutor de su honestidad” (León XIII, 1889, n. 3), se muestra al menos aventurado cuando RC (1989) recurre a la doctrina agustiniana respecto a la unión de María y José: “ambos merecieron ser llamados padres de Cristo… no solo aquella madre, sino también aquel padre, del mismo modo que era esposo de su madre, ambos por medio de la mente, no de la carne”. Que el texto pontificio subraye la expresión permite pensar que es a esto a lo que apuntan sea el obispo de Hipona, sea Juan Pablo II; y tanto la filosofía como la teología contemporáneas, encontrarán mérito para discutir sobre la distinción entre una paternidad y una maternidad, merecida por demás la primera y física la segunda, mediadas por la mente y no por la carne. Salta a la vista la mirada propia de san Agustín en la enseñanza del papa: “en los padres de Cristo se han cumplido todos los bienes del matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento” (Juan Pablo II, 1989, n. 7d) [13]; es una lástima que no sean tenidos en cuenta aspectos claves del matrimonio como el compartir la vida cotidiana, los cuerpos, los sentimientos, las expectativas y los deseos, los valores mutuos, uno de estos el trabajo, del que ha sido símbolo José.

En otro momento, el prestigioso “Centro Josefino” de los Carmelitas descalzos de Valladolid (España) atribuirá el “comprensible silencio” sobre san José a que “era preciso salvaguardar la virginidad de María frente a los ataques de herejías agresivas”  [14]. En definitiva, que la fe de la Iglesia confiese la concepción virginal de Jesús por parte de María no significa por fuerza que ella y José, su esposo –como insiste en llamarlo, con los Sinópticos, la misma doctrina pontificia-, nunca tuvieron la comunión sexual típica de los cónyuges judíos, así ella nunca hubiera concebido otro hijo antes o después del nacimiento de Jesús: su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto es considerada por la mariología reciente un dato para la fe más que para la ciencia médica. El san José creyente se convierte así en punto de referencia para la fe silenciosa de quien la declara en Cristo Señor.

Elementos para una teología josefina

No siempre han sido coherentes los esfuerzos de los papas y, en general, de los teólogos católicos romanos por delinear la figura evangélica de san José, a pesar de que unos y otros logran proporcionar elementos de importancia para la construcción de una auténtica teología josefina. A continuación, se presentan algunas sugerencias al respecto, considerando ampliamente los escasos datos bíblicos sobre él.

Habrá que empezar por excavar en el predecesor de los tiempos antiguos, “tipo de san José”, que como lo recuerda León XIII, fue llamado “salvador del mundo” por un extraño a Israel, el faraón egipcio, sorprendido ante su gestión de los recursos imperiales y su generosidad con los hermanos que había vuelto a encontrar (1889, n. 4). Se trata de otro patriarca, José, hijo de Jacob, de quien nacen las doce tribus que a su vez darán origen al pueblo de Israel. Un salvador que anticipa la intervención futura de Yahvé en el hijo de José de Nazaret, el Jesús también nazareno, Yeoshua, “Dios salva” (Juan Pablo II, 1989, n. 3b.4); a quien RC atribuye el mismo título, al contrastar su pertenencia al género humano como “ciudadano de este mundo… pero también salvador del mundo” (1989, n. 4.9).

En la imaginería dedicada a san José, el bastón, símbolo del peregrino y el primero que lo caracteriza en los íconos y la pintura románica y medieval, será reemplazado por un “arbusto de hojas lanceoladas coriáceas y flores grandes en racimos, de diversos colores” (Moliner, 1979, I, p. 53b), la adelfa, llamada laurel rosa o rosa francesa en algunos lugares. Ya había empezado a ser preferido san Cristóbal como patrono de los peregrinos, sobre todo de los que debían afrontar algún peligro; hay que notar que, tanto en la tradición latina como en la griega, por su confusión con san Menas, de origen copto, desaparecerá del santoral romano. Cuando el Renacimiento descubrió que la adelfa era venenosa lo cambió por la azucena, pronto convertida en distintivo del estimadísimo san Antonio de Padua, quien de hecho sustituirá en la devoción popular al padre de Jesús: José de Nazaret dejará de ser un joven, lucirá como un hombre entrado en años, hasta transformarse en el anciano que, acompañado de la azucena, sostiene en brazos a un recién nacido, a veces un niño de poca edad. El papel juvenil lo asumirá el santo franciscano que llevará, en la práctica, los mismos símbolos del predecesor encanecido. De ahí que san José haya transmutado en protector de los ancianos, por demás cercanos a la muerte, gracias a su “quinto dolor”:

La separación de Jesús y de María al llegarle la hora de morir. Pero a este sufrimiento le siguió la alegría, la paz y el consuelo de morir acompañado de los dos seres más santos de la tierra. Por eso invocamos a san José como Patrono de la Buena Muerte, porque tuvo la muerte más dichosa que un ser humano pueda desear: acompañado y consolado por Jesús y María [15].

Lo decía Juan Pablo II: al “participar de la fe de María en la fe de la anunciación (…) ha sido puesto en primer lugar en la vía de la peregrinación de la fe” (1981, n. 5b). El “santo patriarca José”, como la tradición católica romana ha gustado en llamarlo durante siglos se revela ante todo un creyente que cumple un itinerario nada fácil. En abundancia lo han testimoniado frescos, mosaicos y pinturas de los primeros siglos cristianos, que muestran a un joven, relativamente maduro, sumido en actitud meditativa al margen de la escena principal casi siempre [16]. Es justamente el primer dato relevante que emerge de su presentación evangélica y por eso el hermoso símbolo del peregrino, de tanta estima en las iglesias orientales católica y ortodoxa, como lo fue en la occidental del medioevo, el que más convendría al José de la segunda alianza. Sin embargo, aun la exhortación del papa Francisco, Amoris laetitia (AL) que con tanto afecto trata la figura del inmigrante, alude a “la fuga a Egipto” de la familia, en la que Jesús “huye a tierra extranjera” y así “participa del dolor de su pueblo exiliado, perseguido y humillado” (Francisco, 2016a, n. 46.21), sin referencia directa a José, guía de la primera inmigración de la nueva alianza. Más todavía, la de los primeros prófugos de la historia cristiana.

Ninguna dificultad ha tenido el cristianismo para identificar a Abraham, el padre en la fe del pueblo de Israel y de los creyentes de todo el mundo, con un peregrino y aún la antropología ha visto en él un símbolo de los desplazamientos nómadas; de manera contrastante lo confirma la visita de los tres peregrinos junto al encinar de Mamré (Gn 18, 1-15) [17]. Al lado de Abraham, José, que nace de las generaciones sucesivas. El acostumbrado desconocimiento de la Biblia hebrea que aqueja a los católicos romanos nos ha hecho ignorar, casi totalmente, las semejanzas entre el José nazareno y el hijo de Jacob. Este nace del matrimonio de Yezrael -nombre que le dará más tarde el mismo Yahvé, derrotado en la lucha entre ambos (Gn 32, 29-30)- con el amor de su juventud, la hermosa pero estéril Raquel que, amada por Jacob más que su hermana, había luchado contra la fecunda Lía (Gn 29, 30), quien a su vez había dado a Jacob seis hijos y facilitado otros dos por medio de Zilpá, su esclava; dos más concedería Raquel a Jacob al autorizar la relación de éste con Bilhá, esclava suya. Solo cuando Dios “se acordó” de ella haciéndola fecunda, engendraría a José, el úndécimo de los hijos de Israel: “Ha quitado Dios mi afrenta, y le llamó José, como diciendo: Añádeme Yahvé otro hijo” (Gn 30, 22-24). Fue la preferencia del afecto del padre por él –“lo quería más que a todos ellos (…) por ser el hijo de su vejez” (Gn 37, 3-4)- lo que determinará el comienzo del odio de sus hermanos que lo venden a mercaderes de paso con quienes inicia su larga aventura en Egipto: un secuestrado que ha sido comercializado en el mercado negro, desde entonces peregrino a pesar suyo. Tan astuto como el progenitor, al final José logrará proteger a sus hermanos e iniciar el período de tranquilidad del naciente pueblo de Israel en tierra extranjera. Su capacidad de perdón, a pesar de la propia fragilidad interior, resultante de una condición de orfandad pues el padre y la madre son ya ancianos, lo hará grande ante la historia del pueblo; su opción creyente transformará las circunstancias que le son hostiles en comunión de vida (Emmanuelle-Marie, 2007, pp. 63-68). Hay que admitir que no resultan ejemplos de moralidad los episodios atinentes a los “santos patriarcas” de Israel pero es de esas familias y etnias, obligadas a desplegar su vida cotidiana en un mundo adverso, de las que procede José de Nazaret.

Llegamos así a la sugerente pero espinosa cuestión de la “sagrada familia de Nazaret”. De muy larga tradición en la Iglesia occidental, como lo hacen manifiesto las continuas referencias de la enseñanza doctrinal y homilética, de la pintura y la escultura, sin que falte la arquitectura: los santuarios, las iglesias catedrales y, en particular, la monumental “basílica de la Sagrada Familia” iniciada por Antoni Gaudí en Barcelona. A través de los siglos han corrido peregrinas ideas acerca de ella, fruto de la imaginación piadosa ante las necesidades sociales y psicológicas de diversas épocas, originadas a su vez en los relatos de los evangelios apócrifos entremezclados con leyendas populares.

Pero el grupo conformado por Jesús, José y María en un poblado de Israel nada parece tener de comunidad familiar, al menos para su inmediato contexto judío, si atendemos la narración evangélica: la madre es virgen mientras no lo son la mayoría de sus contemporáneas que aspiraban siempre a una maternidad fecunda, muestra un solo hijo y el padre no puede dar fe ante los vecinos de la bendición divina en una prole numerosa. Los Sinópticos confieren la autoridad en Nazaret a quien debería figurar como segundo en orden jerárquico por ser varón. Última en las costumbres judías, la mujer resulta teniendo mayor importancia que el marido, relegado a un tercer lugar. El padre nunca habla, la madre lleva la voz cantante en los dos capítulos de Lucas y Mateo, el hijo no exhibe un obsequioso respeto por sus progenitores al pronunciar la única y perentoria frase con la que termina el relato de la infancia de Jesús, antes de que uno solo de los evangelistas enuncie en dos renglones los rasgos propios de su obediencia filial. Aún más, las palabras de Jesús no pueden resonar con mayor dureza en los oídos de José, en apariencia desclasado de su papel de padre y casi que rechazado por su desconocimiento de lo más importante: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían ustedes que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”(Mc 3, 31-35). Y no parecieran honrar a José y María las únicas palabras con que Marcos se refiere a la infancia de Jesús: “¿De dónde ha sacado este esa sabiduría y los milagros que hace? ¿No es este el carpintero, el hijo de María…?” (Mc 6, 2-3) [18]; por añadidura, tras comenzar su predicación, los preocupados familiares –quiénes sean no lo dice el texto, solo de “hermanos y hermanas” tenemos noticia en la historia evangélica– pretenden regresarlo a casa, “pues decían que se había vuelto loco” (Mc 3, 21) [19].

Al fin de cuentas el Jesús adulto que escandaliza de continuo a sus oyentes y discípulos al invertir los roles sociales a los ojos de Dios está reportado como niño en una “familia” también contradictoria, de cuyo buen ejemplo ante las familias contemporáneas suyas nada sabemos [20]. No es a la familia a la que mira la predicación del Nazareno sino al “reino de Dios”, a una comunidad nueva de mujeres y hombres vinculados por el amor misericordioso de Dios y no por lazos de sangre, ni de carne y ni siquiera de historia; la tradición ulterior la llamará iglesia, anunciadora de ese reino. A ella tendría que apuntar la manera como los creyentes en el Padre de Jesús hablamos hoy de san José: “el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia” (León XIII, 1889, p. 3). Porque es “para todos un maestro singular en el servir a la misión salvífica de Cristo” (Juan Pablo II, 1989, n. 32). Pero arriesga a caer en una confusión RC (Juan Pablo II, 1989, n. 17) cuando, a propósito del grupo que forma con María y Jesús, en cita del magisterio montiniano alude al de León XIII y de Benedicto XV, afirmando que hay en los tres papas una “análoga exaltación de la familia de Nazaret como modeloabsoluto de la comunidad familiar” [21]. En términos cristianos habría que aclarar que la oferta de la “sagrada familia” a la familia actual va en contravía de la sacralización de una laudable estructura de la vida social, optando por la de una comunión de amor que excede cualquier atadura cultural, étnica, racial y aún generacional; porque es “el vínculo de caridad el que constituye su vida”, no otro (Juan Pablo II, 1989, n. 21) [22].

De hecho, las referencias de los cuatro evangelios a la familia son escasas [23]. Un solo relato habla de ella con cierto detenimiento: la parábola del padre compasivo, más conocida como la del hijo pródigo (Lc 15, 11-32) [24]. Se trata de un padre cuya figura aparece contradictoria, quien ofendido se transforma en vehículo de misericordia para el hijo que con su comportamiento no solo ha traicionado la generosidad de un progenitor que ha cedido sus bienes (“su vida”, dice el texto griego) antes de la propia muerte, sino que por el mismo hecho ha puesto en entredicho su prestigio ante los vecinos. De ahí que estos sean también invitados a la fiesta de recepción del pródigo; el significado de los lazos familiares resulta ampliamente superado por un padre cuya actitud no necesita de la presencia de la madre, en realidad ausente de la historia que se cuenta: “Jesús habla de un banquete espléndido para todos (…) de música y de danzas, de hombres perdidos que desatan la ternura de un padre, de hermanos llamados a perdonarse” (Pagola, 2013, p. 142). Una situación semejante a la de los hermanos del José de la primera alianza, cuando los hermanos son reconvocados por el perdón mutuo. El pasaje que Marcos (Mc 10, 35-45) se dedica a contar de los hijos del Zebedeo que acuden ante Jesús para adquirir un puesto de relieve en el reino anunciado por él, encuentra su rechazo frontal [25]: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” – responderá perentorio a quienes le anuncian que lo están buscando. Dirime con tono desafiante y sin un prolijo debate, al punto que sus opositores “no se atrevieron a hacerle más preguntas”, las discusiones sobre el divorcio (Mt 19, 1-11; Mc 10, 1-12; Lc 16, 18) y la resurrección de las varias esposas del mismo marido (Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40). Cuando “sus hermanos” le aconsejan predicar en Judea, a donde se negaba a ir, no les da oídos, pues “ni siquiera ellos creían en él” y “no había llegado su hora” (Jn 7, 1-7) [26]. Y para colmo: “No llamen a nadie padre suyo en la tierra, porque uno solo es su padre: el del cielo” (Mt 23, 9) [27].

Es interesante constatar que la exhortación del papa Francisco propone a la contemplación de la familia contemporánea el “icono de la familia de Nazaret (…), que puede ayudarnos a interpretar los acontecimientos para reconocer en la historia familiar el mensaje de Dios” (2016a, n. 30). Si bien prescinde de una directa referencia a san José, resulta obvia su presencia allí. Como el antecesor de la primera alianza, descubre en los sueños el designio del amor de Dios sobre su hijo y su esposa y lo sigue sin dudarlo. Pareciera que con su claridad ante las sombras del mundo onírico reivindicara la oscuridad en la que ha permanecido por tanto tiempo su figura. Ha estado rodeado de las palabras escasas de María y, al final de su camino evangélico, de las únicas puestas en boca del Jesús niño. La narración evangélica no explicita la presencia de José durante los diálogos de María con el ángel y con Isabel ni un eventual recuento de su esposa a él.

Como la primera, la nueva creación se inicia en medio de la total ausencia de sonidos. Las únicas voces que se escuchan al comenzar la segunda alianza son las de un ángel y una mujer que dialogan en medio de una experiencia más interior que exterior. El Jesús de Marcos que pronuncia sus primeras frases después del Bautista y el de Juan que hace otro tanto luego de las de su madre María, es precedido por el silencio absoluto de José, el padre. Silencio contemplativo “que posee una especial elocuencia”, con pleno acierto subrayado por la tradición cristiana. Un “silencio que descubre (…) el perfil de su figura”; testimonio de su fe porque en ese ambiente aparece José como “testigo ocular del nacimiento”, “testigo de la adoración de los pastores” y “de los magos”, en fin, “testigo de la virginidad de María”. Quizá la búsqueda del hijo que sus padres daban por perdido, definida por la madre “angustiosa” para ambos, revela el significado más hondo de su silencio, trasparentado por sus acciones –solo de ellas habla el evangelio, nota la exhortación-, “un clima de profunda contemplación” (Juan Pablo II, 1989: 17a.10b.20c.25). Lo expresaba el salmista: “El corazón me dice: Busca la presencia del Señor. / Tu rostro buscaré, Señor. / ¡No te escondas de mí!” (Sal 27 (26), 8-9). Y, entre otros, la mística española del siglo XVI: “¡Qué bien sé yo la fuente que mana y corre /aunque es de noche! / (…) / Aquesta eterna fonte está escondida /en este vivo pan por darnos vida, / aunque es de noche” (San Juan de la Cruz, 1957, pp. 10-11) [28].

No han faltado las instituciones católicas que se identifican con la función educadora de José frente a Jesús, subrayada por la primigenia teología cristiana que, sin embargo, recibió una mínima acogida en los siglos ulteriores: solo dos párrafos de la RC lo relevan como educador (Juan Pablo II, 1989, n. 1.16). De nuevo, la historia que da base a la idea no va más allá de la muy escueta referencia evangélica a la llamada “vida oculta” del Señor en Nazaret, que una tradición no verificada ha precisado hasta sus treinta años de edad. Una mayor atención a su presencia en los antiquísimos íconos que ha conservado la iglesia cristiana ortodoxa podría lograr una explicitación de esa tarea por parte del santo justamente con su silencio; el silencio en que parece relegado por el mismo Jesús que nunca habla de él como padre pero le atribuye un lugar de privilegio en el reino, el de los que están atentos a la palabra de Dios y la ponen por obra (Mc 3, 33-35; Lc 8,21; Mt 12, 48-50) [29].

Para concluir: ¿luz tras la sombra?

Dos memorias se nos pide cuidar en nuestro pueblo. La memoria de Jesucristo y la memoria de nuestros antepasados (…). Fue al interno de una vida familiar que (sic) la fe fue llegando a nuestra vida y haciéndose carne (…). Perder la memoria es desarraigarnos de dónde venimos y por lo tanto, no sabremos tampoco a dónde vamos (Francisco, 2016b) [30].

Asiste la razón a las iglesias orientales cristianas al preferir siempre la inclusión de san José en la familia de Nazaret más que apreciarlo por separado de ella: “José podría ser la forma abreviada de un nombre hebreo que significa Que el Señor añada o que el Señor dé más” (Sociedades Bíblicas Unidas, 1994, p. 64, nota f a Gn 30, 18-24). Al fin de cuentas, el José de la segunda alianza participa de la condición de “añadido”, que dio origen al nombre de su homónimo de la primera alianza. Una mirada distinta que hace parte de las calladas contribuciones legadas por el padre putativo de Jesús a la autoconciencia de la Iglesia misma como “redil, labranza, edificación, esposa (…) de Dios” (Concilio Vaticano II, 1967, n. 6) [31]. Y por igual motivo a la causa ecuménica: bien podría ser un hermoso símbolo del que quita la afrenta –otra versión para su nombre hebreo- de las seculares enemistades entre las iglesias cristianas que han hecho estéril la fe de muchos.

AL (Francisco, 2016a, n. 46) se ocupará del problema planteado hoy a las familias por la inmigración, pero apenas sí da importancia marginal a la figura del prófugo –con escasas excepciones rechazado por varios continentes en los dos últimos años, asustados por la marea humana llegada ante sus puertas-, que es explotado por gentes a las que nada interesan ni su procedencia social ni su futuro. Tanto las historias del José casi que egipcio como la del nazareno son claros ejemplos de inmigraciones forzadas que los transforman en prófugos: y los de la familia judía de Nazaret los primeros al inicio de la era cristiana; ¿podría leerse en esa condición social otro rasgo propio del nuevo ecumenismo?

Enfatizaba RC que el esposo de María “participó en este misterio –el `divino de la encarnación´- como ninguna otra persona, a excepción de la Madre del Verbo encarnado” (Juan Pablo II, 1989, n. 1f). Una relevante afirmación que hace tanto más inexplicable la sombra mantenida sobre José, con notables excepciones: los santos Vicente Ferrer, Brígida, Bernardino de Siena, Francisco de Sales y, en especial, Teresa de Jesús y teólogos como Jean Charlier de Gerson (1363–1429), supuesto autor de la Imitación de Cristo que compuso un “Oficio de los esponsales de san José” en el París del siglo XV. Por añadidura, de acuerdo con G. Boccadamo (2011, p. 201), el siglo XI se había caracterizado por el peregrinaje a Jerusalén, el XII por el que se hacía a Santiago de Compostela, el XIII por la reanudación del peregrinaje a Roma y aún el XIV por el inicio del jubilar a la misma Roma propiciado por Bonifacio VIII. Varias de las confraternidades nacerán con el fin de asistir a los peregrinos, pero ninguna de ellas escogerá a san José como patrono. A pesar de ello, la devoción popular a san José ha logrado arraigarse en varios países europeos (España, Italia, algunos cantones de Suiza) al celebrar el “día del padre” en su fiesta litúrgica del 19 de marzo, que ya no es día festivo para el calendario civil italiano pero sí en algunas regiones de España y Suiza; el solo nombre José dado todavía a muchas personas en las naciones occidentales alude de alguna manera a esa memoria.

Que José fuese “de sangre real” (León XIII, 1889, p. 4) lo atestiguan la genealogía de Jesús en Mateo (Mt 1, 1ss) y, cuando aparece en escena, la somera referencia de Lucas (Lc 1, 27) que tienen por objeto mostrar su raigambre judía, pero también su procedencia profética. No es comprensible por tanto la razón de que la teología occidental sobre san José haya preferido por lo general la línea regia a la profética; los reyes de Israel, incluido el “santo rey David”, tendrán comportamientos nada enaltecedores para sus descendientes. De las tres figuras de la primera alianza que permiten comprender quién sea Jesús de Nazaret: sacerdote, profeta, rey, los Sinópticos enfatizarán la segunda. Por eso, a mi parecer, cae en una especie de providencialismo el párrafo de RC (8f) que sostiene: “Con la encarnación, las promesas y… figuras del Antiguo Testamento se hacen realidad: lugares, personas y ritos se entremezclan según precisas órdenes divinas” [32]. Sirva como ejemplo la afirmación, que no tiene un testimonio bíblico fehaciente, de que la peregrinación de José “se concluirá antes de que María se detenga ante la cruz en el Gólgota” y “se encuentre en Pentecostés” (Juan Pablo II, 1981, n. 6). No está por demás señalar que las páginas precedentes no han buscado poner en discusión el “derecho” de los ancianos y los enfermos a invocarlo y, menos aún, a tener un santo patrono. Pero sí es significativo que, a pesar de la importancia dada en el texto de AL a esa edad de la vida (Francisco, 2016a, n. 48.191-193), no hay en exhortación la mínima referencia a las eventuales ancianidad y enfermedad de san José; a pesar de que el documento fue emitido el mismo día de su fiesta litúrgica.

Sin embargo, dos funciones parecen reconocerse al padre de Jesús: la primera, en analogía con su predecesor de la primera alianza, la de protector de María y Jesús, característica relevada por QP al asemejar la fe de los dos personajes; pero ni RC que vuelve sobre el mismo tema citando la encíclica precedente, ni AL que ignora el parecido, superan ese límite. La segunda, la de educador, función no solo de José sino del grupo de Nazaret, retomando a Pablo VI la subrayará el papa Francisco (2016a, n. 30.65-66).

Además ¿No sería posible que la misma teología reinterpretara la relación de María y José a la luz de AL?:

Hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta idealización excesiva (…) no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y su atractivo, sino todo lo contrario (2016a, n. 36).

Porque la misma AL nos recuerda que: “Jesús exalta la necesidad de otros vínculos más profundos también dentro de las relaciones familiares” (Francisco, 2016a, n. 18). Valdría la pena profundizar en el significado de la virginidad del mismo José, que se desprende de la de María, a la luz de la sugerente afirmación de Raimundo Lulio: “El Espíritu Santo es santo porque es inocente hacia el Padre y el Hijo en cuanto no desea producir una cuarta persona” (Panikkar, 2005, p. 7). El teólogo indio a su vez describe la “nueva inocencia” o “inocencia consciente” como aceptación de nuestra desnudez, vale decir, la vulnerabilidad, los límites, la condición humana.

La insistencia de las ciencias sociales contemporáneas en la necesidad de que cualquier discurso acerca de la realidad humana precise el desde dónde se plantean sus presupuestos, temas y afirmaciones fue conduciendo a la teología de los dos últimos siglos a privilegiar la fuente bíblica. Por eso procura abstenerse de canonizar un específico modelo de estructura social, por ejemplo, el de la familia y opta por cuestionarlo desde el anuncio evangélico. A mi parecer, se inscribe allí aun la oración que finaliza el texto muy amplio de la AL: “Santa familia de Nazaret, haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del evangelio y pequeñas iglesias domésticas” (Francisco, 2016a).

Por tanto, al igual que durante un eclipse “la sombra de la tierra nos revela la verdadera naturaleza de la luna”, la sombra que por tanto tiempo se ha cernido sobre la figura de san José permite vislumbrar el rostro del Padre. La teología ha tenido que vérselas generalmente con la penumbra, aquella región a donde llega la luz desde fuentes ideales. Explica Tomás de Aquino la intuición de Agustín de Hipona sobre uno de dos tipos de conocimiento, el vespertino: el conocimiento del ser de la criatura (1265-1274, I, q. 58, a. 6). Por eso la teología comienza a la hora del poniente, cuando va concluyendo el día e irrumpiendo la noche; entonces la sombra ha terminado su recorrido. José hace parte de la invitación renovada a ocuparse en serio de “las sombras que, en vez de ocultar, revelan” (Casati, 2001, p. 8.239-240). O si se prefiere, glosando a Raimon Panikkar (2005, p. 9), cuando la sombra da acceso a los relámpagos que, a veces blancos y a veces rojos, son azules, los aislamientos artificiales ya no sirven; entonces el problema del otro empieza a convertirse en el propio interrogante, pues se ha adquirido la nueva inocencia, la inocencia consciente; a mi juicio, la que simboliza el peregrino José de Nazaret.

Alberto Echeverri, dialnet.unirioja.es

Notas:

1.   La oración A cunctis, que hace parte del Breviario romano, es compendio de las conmemoraciones comunes o sufragios de los santos.

2.   Ya en 1521 Isidoro Isolani había escrito la “Suma de los dones de San José” Recuperado de: http://www. treccani.it/enciclopedia/isidoro-isolani_(Dizionario-Biografico); consultado 23 de julio de 2016.

3.   No es claro si el pontífice tenía en cuenta la tradición de las comunidades cristianas ortodoxas que incluyen en su santoral muchos de los personajes de la primera alianza; no había por esa época la consideración ecuménica de las diversas iglesias hoy corriente entre nosotros.

4.   Esta mentalidad ha dado lugar a referencias como la que ofrece el sitio actual de Wikipedia: “no se menciona a José de Nazaret en los evangelios sinópticos durante el ministerio público de Jesús, por lo que se presume que murió antes de que éste tuviera lugar” (José de Nazaret. Recuperado de: https://es.wikipedia.org/wiki/ José de Nazaret; consultado 12 de mayo de 2016). Una afirmación imprecisa la de esa mención, cierta en el caso de Marcos, falsa en Mateo y Lucas.

5.   Sin embargo, el texto alarga la mirada: se le invoca como protector ante “los peligros que amenazan a la familia humana” (Juan Pablo II, 1989, n. 31b). Es el segundo de los documentos pontificios dedicados por entero a san José y el último hasta hoy.

6.   La bastardilla es del original.

7.   El papa llega a extender su significación hasta un tema que en los decenios sucesivos será central en la doctrina social de la Iglesia: “después de merecer el calificativo de justo (2Pe 3,13; cf. Is 65,17; Ap 2, 1), ha quedado como ejemplo viviente de la justicia cristiana, que debe regular la vida social de los hombres”.

8.   Una especialista en el tema enumera el patronazgo de tres advocaciones de la virgen María, del Espíritu Santo, de la Trinidad, de la Santa Cruz, del Salvador, de siete santos y cuatro santas; ¿olvidó incluir a san José o quizás este nunca fue patrono de alguna confraternidad? (Sánchez de Madariaga, 2011, p. 179). Por demás, aun los arquitectos lograron tener su propio patrono en santo Tomás, el discípulo de Jesús, con base en la leyenda que lo conectaba con un rey de la India, quien lo adquirió como esclavo para encargarle la construcción de su palacio; pero bien podría serlo san José si el tekton evangélico designa, más que a un carpintero, a un constructor (“un artesano que trabaja con diversos materiales como la piedra, la madera e incluso el hierro” (Pagola, 2013, p. 66).

9.   “José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia” (QP, p. 4). Y, de acuerdo con la Historia copta de José el carpintero (s.f.). XXIX, “practicó su oficio (…) hasta el día en que lo atacó la enfermedad de que debía morir”. Quizás el “san José artesano”, en lugar de carpintero, contribuiría a la revalorización de todo tipo de trabajo manual tan demeritado en el mundo contemporáneo: “ha dejado un ejemplo de vida a todos los que tienen que ganarse el pan con el trabajo de sus manos”, había declarado Pío XI (1937, n. 87) en la encíclica ya citada.

10. La bastardilla es mía. Si bien la referencia pierde su impacto al citar el n. 9 de su precedente encíclica Laborem exercens (14 de septiembre de 1981): El “trabajo que (…) hace al hombre, en cierto sentido, más hombre”; cabría preguntarse si la atenuación hace parte de la discusión con el socialismo sobre el trabajo como un valor al tiempo que un derecho.

11. Sucesivamente: capítulo II, 4-16 y capítulo III, 17-21; n. 22-24; 25-27; 28-31; 32.

12. Sin que se ignore que el término griego Andra Marías, usado por los Sinópticos para caracterizar la relación de José con María (Mt 1, 16-19) significa estrictamente “su hombre”, manera corriente en el evangelio de nombrar al esposo de una mujer.

13. La bastardilla es del original. Nótese que es la teología posterior, no la del evangelio, la que distingue como “padres de Cristo” a José y María. Y la historia del arte renacentista ha identificado en Rafael Sanzio de Urbino (1483-1520), quien comienza su actividad pictórica a inicios del siglo XVI, al primero que representa a María como jovencita, una casi adolescente, que tiene en brazos a Jesús recién nacido o niño de pocos años.

14. Nacido 75 años atrás en Valladolid (España), hoy “Centro de Investigación Josefino Español”, da origen en 1947 a Estudios josefinos, la más reconocida revista en lengua española especializada en estudios históricos y teológicos sobre la figura de san José.

15. Centro Josefino de Centro América. Dolores y gozos de san José. Recuperado de http://www.centroiph.org/index.php?option=com_content&task=view&id=14&Itemid=34 consultado 25 de abril de 2016; las mayúsculas internas son del original.

16. Habrá que esperar a la estatuaria y la pintura de muy entrado el siglo XVII y a los siguientes para encontrar a un José de barba blanca, que sostiene en un brazo a un niño, asemejado más al nieto que al hijo, mientras en la otra muestra el lirio símbolo de la virginidad; pareciera que la composición artística tuviese mayor interés en subrayar la castidad del santo que su fe. No conozco estudios sobre la figura de san José en la historia del arte cristiano y, menos aún, su posible comparación con la de Antonio de Padua, un parangón indispensable de ser cierto que el santo franciscano ha remplazado a san José en la devoción popular.

17. También Abraham es un desplazado que emigra a Egipto por la carestía que aqueja a la región del Negueb, y un prófugo que de alguna manera se ve forzado a escapar de los egipcios para que no le rapten a su esposa Sara (Gn 12, 10-20). Las citas bíblicas son tomadas de la traducción ahora indicada, a menos que se cite otra por motivo de contraste.

18. Nótese que Marcos es considerado por los exégetas como autor del evangelio más antiguo y fuente para los de Mateo y Lucas, en esta ocasión y en la precedente (Mc 3, 31-35) en las que podría hacer referencia a José, nunca nos da su nombre, pero sí reporta en la segunda los de la madre y cuatro hermanos; por añadidura, señala unas hermanas anónimas en su elenco de parientes; pero en ninguno de los dos casos incluye un padre. Y que el tradicional relato de “la pérdida (y hallazgo) del Niño Jesús en el templo”, al origen del quinto misterio gozoso del rosario mariano-, no tiene fundamento evangélico: Jesús “se quedó en Jerusalén sin que sus padres se dieran cuenta” (Lc 2, 43); la bastardilla es mía.

19. La insistencia de la Iglesia católica romana en la maternidad única de María ha llevado a preferir una determinada acepción de la expresión evangélica “los hermanos y las hermanas” de Jesús (Marcos 3, 31-33; 6, 3; Mateo 13, 55-56; Juan 2, 12; 7, 3.5) a la otra: “en las lenguas bíblicas la palabra puede referirse en algunas ocasiones a personas unidas por otros grados de parentesco” (Sociedades Bíblicas Unidas, 1994, p. 1484, nt. b a Marcos 12, 46); la bastardilla es mía. Mateo utiliza la misma fuente de Marcos, lo que sugiere un acontecimiento histórico.

20. A menos que quiera apurarse como argumento propicio el genérico “gozaba del favor de Dios y de los hombres” (Lc 2, 40.51), expresión tomada del antiquísimo libro de los Proverbios (Pro 3, 4) y repetida en la descripción de otros personajes bíblicos, como Sansón (Jueces 13, 24b), Samuel (1S 2, 26) y Juan el Bautista (Lc 1, 80). “Ninguna familia puede ser fecunda si se concibe como demasiado diferente o separada”: de ahí que el papa Francisco desee mostrar enseguida que el grupo formado por José, Jesús y María en Nazaret “no era visto como una familia rara, como una casa extraña y distante del pueblo mismo”; por eso sus contemporáneos “tenían dificultad para reconocer la sabiduría de Jesús” (Mc 6, 2-3; Mt 13, 55). Y añade: “Lo que confirma que era una familia simple, cercana a todos, insertada de manera normal en el pueblo” (2016, n. 182); la bastardilla es del original. Esfuerzo hermenéutico notable que va más allá de la narración evangélica, pues las singularidades que los vecinos de la casa de Nazaret podían advertir en ellos –lo especificábamos atrás- no permiten deducir que se tratara de una familia como tantas otras. Además, un varón judío que, como Jesús, parece haber superado los veinticinco años sin haberse casado, no debía ser bien visto por quienes lo rodeaban y por eso mismo tampoco sus padres.

21. La bastardilla es mía. Podría estar de acuerdo con el evangelio dicha afirmación si se acepta que “Jesús no vivió en el seno de una pequeña célula familiar junto a sus padres, sino integrado en una familia más extensa” (Pagola, 2013, p. 53).

22. “Estudia las Escrituras y verás que de Galilea jamás procede un profeta”: es la tajante respuesta que dan los fariseos a Nicodemo quien reclama el derecho de Jesús a ser oído antes de recibir una condena (Juan 7, 50-52).

23. Según el “Índice temático” de la Biblia (Sociedades Bíblicas Unidas, 1994, p. 1921) no hay ninguna en los Sinópticos; solo Juan tiene dos muy someras “Y el oficial del rey y toda su familia creyeron en Jesús”, que ha curado al hijo  (Jn 4, 53); “Un esclavo no pertenece para siempre a la familia pero un hijo sí, y para siempre” (Jn 8, 35), ofrecen cierta relevancia en los Sapienciales, en los Hechos, en algunas de las cartas paulinas y en una de las de Pedro.

24.  Para otros, parábola del hermano mayor envidioso. Lucas la ubica en una respuesta que da Jesús a los escribas y fariseos, sus críticos porque come con pecadores; la cristología contemporánea sugiere que pertenece a un contexto más amplio (Pagola, 2013, p. 138, nota 31).

25. Se adivina cierta ironía en el texto paralelo de Mateo (20, 20-28) cuando señala como peticionaria a la madre de los dos discípulos; sorprende que Jesús no parezca mostrar algún aprecio por el vínculo familiar, pues no dirige su atención a la mujer, en contraste con muchos otros momentos en que la presencia femenina es definitiva para él, sino al grupo de los discípulos a quienes implica en su respuesta: acababa de preanunciarles su muerte por tercera vez (Mc 10, 32-34; Mt 20, 17-19). La presencia del texto, casi idéntico en los tres Sinópticos (Mc 3, 31-35; Mt 12, 46-50; Lc 8, 19-21), permite atribuirlo al mismo Jesús.

26. Pagola (2013, p. 64, nota 41) opta por reportar los nombres de los hermanos, solo varones: Simón (Simeón), José, Judas (Judá) y Santiago (Jacob), ya proporcionados por Marcos ( Mc 6, 2-3).

27. Elaboración de la comunidad mateana (Mt 23, 9) pero “eco del pensamiento auténtico de Jesús” (Pagola, 2013, p. 54, nota 13).

28. El texto se remonta a 1578. A mediados de agosto el carmelita descalzo escapa de la cárcel de Toledo, donde ha sido retenido por los Calzados desde inicios de diciembre del año precedente.

29. Será la misma exhortación la que, en parte citando a Pablo VI, vuelva (AL, n. 30.65-66) sobre el rol educador ya no del solo José sino de la familia de Nazaret.

30. La bastardilla es del original. Escribía así el papa Francisco al presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, cardenal Marc Ouellet, en una “reflexión sobre la actividad pública de los laicos en nuestro contexto latinoamericano”; el texto tiene la misma fecha de la exhortación AL. Se cumplen ambas memorias en la familia de Nazaret (w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2016/documents/papa-francesco_20160319_ pont-comm-america-latina.html; consultado 15 de mayo de 2016).

31. La bastardilla es del original. Y añade el texto: “cuya única y obligada puerta es Cristo”, “el celestial Agricultor la plantó como viña escogida”, “habitación de Dios”; es la obligante referencia a la contraparte la que confiere el propio ser a cada uno de los miembros del par (Concilio Vaticano II, 1967, n. 6).

32. La bastardilla señala el original entrecomillado.

 

 

El fin justifica los medios: el retorno de la tiranía

 

Escrito por Gilberto A. Gamboa

Publicado: 20 Diciembre 2021

 

“La estupidez humana es una constante matemática y la historia de cada lugar es el desarrollo en el tiempo de esta lamentable ecuación”

 El avance científico no deja de sorprender y los sueños en el terreno de la biotecnología cada vez se están realizando más aceleradamente. La misma sociedad se ha encargado muchas veces de empujar a los científicos a resolver problemas antiguos, nuevos, e incluso supuestos o inexistentes –para el caso da casi igual–. Los avances que se incluyen en las grandes obras de ciencia ficción, cada vez con mayor celeridad dejan de ser tales, pues entran en obsolescencia o se constituyen en temores anticipatorios de tecnoutopías cada vez más próximas, con sus correspondientes tiránicos paradigmas (1).

Dos hechos recientes han alertado a la opinión pública mundial sobre las posibilidades, pero también sobre los límites, de la aplicación de la biotecnología. Su relación con la Bioética es patente pues en cada caso la dignidad de la persona humana está en juego.

Treinta años después de Louise Brown, la primera “niña probeta” (2), las técnicas de reproducción asistida (TRA) han mostrado unos avances paradójicos (3): a pesar de los miles de nacimientos que esta técnica ha hecho posibles, los porcentajes de éxito no han aumentado como se esperaba, y las pérdidas de vidas humanas tampoco parece que hayan disminuido, pues generalmente no se tienen en cuenta, ni hacen parte de las estadísticas de los centros dedicados a estas lucrativas técnicas (4).

Es llamativo que en el último año en solo España hayan nacido cerca de siete mil niños con la utilización de las TRA (5), y sin embargo, esta técnica que se está posicionando como un recurso frecuente, no pueda ofrecer porcentajes de éxito superiores al 20 ó 30%, cuando en el mundo médico una técnica que no se sitúe por encima del 70% sencillamente no se realiza.

Uno de los refinamientos de las TRA es el recurso a los “bebés medicamento” (6). En octubre de este año, científicos de Sevilla (España) dieron la noticia (7) del primero de ellos que logra nacer. Javier fue “querido” con la finalidad de servir de tratamiento para la enfermedad congénita que padece su hermano de 6 años, una anemia talasémica mayor.

Los medios de comunicación no dicen nada de los hermanos de Javier que no llegaron a nacer, bien porque fueron diagnosticados como portadores de la misma u otra enfermedad, y como consecuencia de la selección genética no fueron implantados en el útero de la madre, o bien porque sencillamente su desarrollo no fue satisfactorio y se “perdieron” en el intento.

Este procedimiento, que ya se ha venido empleando en países distintos de España, ha sido posible por la permisión que en 2006 hizo la Ley de Reproducción Humana Asistida en ese país; pero la difusión mediática no había alcanzado cotas globales como ha ocurrido en el caso de Javier.

También en días pasados, con gran despliegue la prensa inglesa comunicó al mundo la noticia sobre el desarrollo de una nueva técnica, la “karyomapping”, (8), para ayudar a los padres en riesgo de engendrar hijos con algún defecto genético (en teoría casi todos), al diagnosticar algún problema potencial en el embrión; de esta manera, mediante diagnóstico preimplantatorio será posible implantar sólo los embriones sanos.

La técnica ha sido desarrollada por el equipo del Centro Bridge de Fertilidad en Londres, quienes afirman que con ella están en capacidad de detectar casi todos los 15.000 trastornos hereditarios conocidos.

“La técnica básicamente consiste en el análisis de cualquier diferencia individual en la estructura del ADN de los padres y los embriones”, explicó el profesor Alan Handyside, a la BBC.

“Esto nos permite trazar un mapa de los cromosomas de los padres y los abuelos para poder rastrear genes defectuosos e identificar embriones que serán afectados por enfermedades como fibrosis quística o distrofia muscular de Duchenne”.

Sin embargo, las noticias tampoco hablan del destino de aquellos otros embriones diagnosticados con esas enfermedades o aquellos otros que con la aplicación de la técnica dejan de existir, simplemente se deduce que no se implantan.

Estos dos casos son ejemplos inobjetables de la aplicación de una técnica que no se pregunta por su dimensión ética, ni en el diseño ni en el desarrollo, ni en los efectos, mostrando un severo divorcio que lleva consigo efectos deseables para unos, pero a costa de la lesión de otros, generalmente los más indefensos y débiles.

Una de esas convicciones erróneas o injustificadas que se pueden encontrar en la decisión de acometer estos procedimientos es no tener en cuenta la diferencia –y la relación mutua– que existe entre el fin y los medios para alcanzarlo. Esta omisión –culpable o no– clausura la entrada a lo real, y ocasiona necesariamente una vital injusticia.

Parecería que en un razonamiento técnico el fin sí justifica los medios, pues para garantizar la eficacia no haría falta considerar la moralidad del medio. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el sabio precepto “El fin no justifica los medios” no se puede dejar de lado cuando se realiza la valoración de cualquier acto humano. Este aforismo está presente en la filosofía clásica cuando ella intenta salvar las evidencias más generales del sentido común (9). Cinco siglos después lo utilizará Pablo de Tarso para enseñar una de las pautas que es necesario tener en cuenta para que las acciones realizadas con conocimiento y voluntad, los actos humanos, puedan hacer parte de un obrar verdaderamente humano.

Un desarrollo biotecnológico que ignore esta sencilla orientación, antes o después se convierte en un ejemplo paradigmático de la tiranía que la ciencia puede ejercer sobre la persona humana. Cada vez con mayor celeridad la sociedad de consumo va demandando una serie de servicios que en lugar de servirla la degradan y la ponen en peligro. Con Lipovetsky habría que afirmar que la biotecnología como bien de consumo convierte a la vida en una cascada de frustradas expectativas que amenazan con destruir o, al menos, transformar a la sociedad misma (10). Ese sería parte del precio de dar vía libre a una ciencia (11) sin norte, sin más sentido que el que le imprime el imperativo consumista.

Los dos ejemplos comentados inicialmente, en lugar de mostrar que la razón humana avanza, parecería que reflejan una somnolencia o una hipnosis que el título de un aguafuerte de Goya retrata: “El sueño de la razón produce monstruos”. Cuando la razón humana se oscurece se cierran las posibilidades de la libertad, de alcanzar la verdad, de recorrer con plenitud el itinerario existencial. Las consecuencias de estas claudicaciones están acompañadas de prejuicios que obturan el acceso a la realidad de manera objetiva (12).

El “sueño de la razón” tiene una aproximación explicativa en el artículo “Relativismo y dogmatismo”, donde se comentan varias de sus causas y consecuencias; sobre todo se ofrece el realismo como antídoto al esbozar algunas condiciones para conocer la realidad, y algunas actitudes que lo favorecen. Y aunque para algunos “La estupidez humana es una constante matemática y la historia de cada lugar es el desarrollo en el tiempo de esta lamentable ecuación”, la razón de la persona, su racionalidad, volverá a ejercer la tarea de liberar al hombre del pesado lastre (13) que el cientificismo le ha impuesto. Esto será posible si esa capacidad de razonar está bien orientada; de lo contrario se podría sostener, con C. S. Lewis, que “la razón humana va a convertirse en tecnociencia”.

En el tercer tomo de la Trilogía de Ramson, escrita en 1945, se encuentra un magistral diálogo entre Mark Studdock y lord Feverstone cuando éste trata de convencer a aquel de sumarse a su causa (dominar el mundo a través de la ciencia), que refleja el falso mesianismo de una razón miope:

–        El tercer problema es el propio hombre.

–        Sigue. Eso me interesa mucho.

–        El hombre tiene que hacerse cargo del hombre. Recuerda que eso significa que algunos hombres tienen que hacerse cargo del resto: otra razón para enfrentarse a ello en cuanto se pueda. Tú y yo queremos ser la gente que se haga cargo, no de las personas de las que se hagan cargo.

–        ¿Qué tienes en mente?

–        Cosas muy simples y obvias al principio: esterilización de los incapaces, exterminación de las razas atrasadas (no queremos pesos muertos), reproducción selectiva… Después verdadera educación, incluyendo educación prenatal. Por verdadera educación quiero decir una que no incluya el sinsentido de “tómalo o déjalo”. Una verdadera educación transforma al que la experimenta en lo que ella quiere infaliblemente, sea lo que fuere lo que los padres o el paciente traten de hacer al respecto. Por supuesto, tendrá que ser sobre todo psicológica al principio. Pero a la larga llegaremos al condicionamiento bioquímico y a la manipulación directa del cerebro.

El artículo del doctor Antonio Pardo C. contiene un interesante análisis del acto humano que, en buena medida, puede ayudar a dar claridad sobre la necesaria valoración que todo ser humano ha de realizar sobre su propio actuar y para darle una aplicación práctica ofrece una propuesta a manera de pautas para realizar una valoración ética de una acción humana.

Para ayudar a mantener en la práctica biomédica ese precepto según el cual los medios han de ordenarse al fin y no al contrario, se ofrecen cuatro temas que reflejan muy bien –cada uno en su ámbito y muchas veces sin mencionarlo apenas, pues se da por supuesto– la importancia de tener en cuenta en cada actuación el bien del paciente y su irrenunciable dignidad.

Buena parte de la experiencia del doctor Ramón Córdoba P. se vierte en su artículo “Génesis y esencia de la medicina” con el que se busca reforzar lo más propio y originario de la tarea que los médicos –y por extensión, los profesionales de la salud– están llamados a realizar sin desvirtuar con sus acciones su “ethos profesional”.

Aunque también se habrían podido mencionar como ejemplos para la introducción de estas líneas las situaciones puntuales que en el momento actual se presentan en Inglaterra, Italia y España sobre el recrudecimiento de la polémica relacionada con la eutanasia, el artículo del doctor Luis Fernando Giraldo C. brinda algunos elementos que ponen en contexto esa realidad humana de la muerte y muestra la importancia de los cuidados paliativos como un recurso que deja sin piso las pretensiones de humanizar la muerte a través de medios ajenos a la profesión médica.

El tratamiento de todas estas temáticas conduce a una de las tareas más importantes y apasionantes en la Bioética: su enseñanza. La experiencia de un grupo de profesionales, encabezados por el doctor Pablo González B., que en el Brasil está trabajando en este campo con estudiantes de medicina, es compartida a través del artículo “Una nueva metodología docente en Bioética”, donde se muestra el recurso del “portafolio” que permite ir integrando el aprendizaje de esta disciplina con las prácticas clínicas donde el estudiante es el principal protagonista del proceso al darse cuenta de situaciones donde se presentan problemas bioéticos que luego discute tanto con su tutor como con un consultor de Bioética.

La buena acogida que ha recibido la sección Jóvenes Investigadores, que en esta ocasión trae un interesante estudio sobre la influencia del estado civil en las adolescentes embarazadas, nos ha animado a poner en marcha otra iniciativa que es –hasta cierto punto– corriente en publicaciones que tratan temas éticos y huma- nos: llevará por nombre “Bioética en Práctica”, y utilizará la narrativa como vehículo para comunicar y transmitir con fuerza pensamientos, virtudes y valores. Esperamos contar con la experiencia y colaboración de nuestros lectores, que se pueden constituir en autores, al redactar y enviar narraciones de las que se puedan desprender enseñanzas para mejorar el quehacer ético.

Los relatos y los testimonios han demostrado gran utilidad en la laboriosa tarea de contribuir a formar actitudes bioéticas, y se constituyen en poderosos aliados de la fundamentación teórica que muchas veces –por su misma naturaleza– muestra limitaciones para “aterrizar” en la práctica.

Esta nueva sección de la revista Persona y Bioética pretende ser una herramienta cognitiva que permita explicar la acción humana, mostrándola coherente y plausible: las imágenes ayudan a entender e interpretar el porqué y el cómo se llega a la solución de problemas, procurando siempre que predomine el discurso pedagógico. Este recurso está pensado –más que para resolver problemas– para sensibilizar, para añadir conocimiento y experiencia vividos, para intentar comprender sentidos de la vida no accesibles de otros modos. Se utiliza la interacción texto-lector, aprovechando la capacidad mimética del actuar humano y el gran paralelismo entre narrativa e historia personal

Gilberto A. Gamboa, en scielo.org.co/

Notas:

1.   Pontificio Arzoz I. Tecnociencia y ciencia ficción: hacia el paradigma tecno-hermético, en La Tecnociencia y su divulgación: un enfoque transdisciplinar. Barcelona: Anthropos; 2004. p. 104.      

2.   Gómez CA. Manipulación de embriones humanos: algunas objeciones. Iatreia 2008; 21 (1): 75-82.

3.   Sarmiento, PJ. Las Técnicas de Reproducción Asistida veinticinco años después. Revista Persona y Bioética 2002; 6 (16): 20-31.

4.   Burguera M. El mercado sin reglas del baby-business. URL disponible en: http://www.aceprensa.com/articulos/2007/apr/18/el-mercado-sin-reglas-del-baby-business/. [Fecha de consulta: 24 de octubre de 2008]  

5.   Burguera M. El hijo a cualquier precio en el mercado de la fertilidad. URL disponible en: http://www.aceprensa.com/articulos/2008/jul/30/el-hijo-cualquier-precio-en-el-mercado-de-la-fertilidad/. [Fecha de consulta: 24 de octubre 2008]

6.   López-Guzmán J. El diagnóstico preimplantatorio: una nueva forma de violencia social. Cuadernos de Bioética 2007; 18 (4): 357 -365.

7.   Lucio C, Lantigua I. Nace en España el primer bebé seleccionado genéticamente. URL disponible en: http://www.elmundo.es/elmundosalud/2008/10/14/biociencia/1223975461.html [Fecha de consulta: 15 de octubre 2008].

8.   BBC Ciencia. Prueba para defectos en embriones. URL disponible en http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/science/newsid_ 7689000/7689316.stm [Fecha de consulta: 26 de octubre de 2008].

9.   Sánchez-Migallón S. Ética Filosófica. Pamplona: EUNSA; 2008. p. 178.

10.    Lipovetsky G. La sociedad de la decepción. Barcelona: Anagrama; 2008.

11.    Lewis CS. Trilogía de Ransom, III parte. Bogotá: Planeta; 2008. p. 49.

12.    Burgos JM. Antropología: una guía para la existencia. Madrid: Palabra; 2005. p. 162.

13.    Artigas M. El desafío de la racionalidad. Pamplona: Eunsa; 1999. p. 188.

 

Demolición moral e institucional de la Familia

 

El socialismo ataca a la familia en tres frentes simultáneos, que se apoyan mutuamente: el jurídico‒institucional, el educativo, y el de las costumbres. El socialismo tiene en vista producir un cambio fundamental e irreversible en el hombre y en la sociedad, de acuerdo con una concepción filosófica radicalmente atea, igualitaria y libertaria.

Por razones tácticas, los socialistas han decidido no aventurarse en una destrucción drástica e inmediata de la propiedad privada, con la consiguiente implantación de la dictadura socio-económica igualitaria.

Por el momento, se trataría de “relativizar” el derecho de propiedad, mediante nuevos impuestos y otros medios. Su acción destructora de las instituciones que constituyen los pilares de la actual sociedad se vuelve, pues, prioritariamente, contra la familia.

El ataque a la familia se desarrolla en tres frentes simultáneos, que se apoyan mutuamente: el jurídico‒institucional, el educativo, y el de las costumbres. En este triple frente, más que en ningún otro, el socialismo manifiesta claramente que sus objetivos no se ciñen a la conquista del Poder para aplicar un determinado programa de gobierno, sino que van mucho más lejos.

Un cambio irreversible

Contenidos

Lo que el socialismo tiene en vista es producir un cambio fundamental e irreversible en el hombre y en la sociedad, de acuerdo con una concepción filosófica radicalmente atea, igualitaria y libertaria.

 

Entre la demolición y la reconstrucción de una civilización

 

Para realizar esta transformación, la familia, pura y simplemente, debe dejar de existir. Pero, de acuerdo al estilo neo-socialista europeo, deberá desaparecer gradualmente, evitando la ruptura irremediable del consenso, en un proceso presentado como la interpretación de las ansias populares reprimidas que exigen más libertad e igualdad.

Familia y utopía socialista, dos realidades que se excluyen

Actuando de este modo, el socialismo no sólo escoge un terreno que le es tácticamente más favorable ‒dada la permisividad moral que tiende a aumentar en Occidente‒, sino que obedece también a sus objetivos estratégicos a largo plazo y a sus más radicales principios filosóficos.

La destrucción de la familia para alcanzar el igualitarismo ‒so pretexto de modernización y liberación sexual‒ parece en estos momentos un camino menos peligroso a los designios revolucionarios que la destrucción de la propiedad privada a golpes de decretos o de fuerza, que despertaría reacciones incontrolables.

La doble motivación estratégico-filosófica responde a una cuestión de fondo que debe ser considerada con detenimiento.

La familia católica y el socialismo

La familia católica comunica a sus miembros una mentalidad y un modo de ser que los hace naturalmente refractarios al utopismo revolucionario.

En el ambiente familiar de un hogar bien constituido, el niño vive bajo la influencia de determinados principios que reflejan de modo admirable el orden del universo: la unidad en la diversidad, la jerarquía, la estabilidad, la rectitud moral, etc. Precisamente por esto, los socialistas luchan para que la familia desaparezca.

 

 

Los orígenes de la Navidad –

¿Cuáles son los orígenes de la celebración de la Navidad?

 

Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre el día del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221.

 

 

La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida.

En la segunda mitad del siglo IV se va extendiendo por todo el mundo cristiano: por el norte de Africa (año 360), por España (año 384).

SOBRE LOS ORÍGENES DE LA CELEBRACIÓN DE LA NAVIDAD

Los cristianos de la primera generación, es decir, aquellos que escucharon directamente la predicación de los Apóstoles, conocían bien y meditaban con frecuencia la vida de Jesús. Especialmente los momentos decisivos: su pasión, muerte redentora y resurrección gloriosa.

También recordaban sus milagros, sus parábolas y muchos detalles de su predicación. Era lo que habían oído contar a aquellos que habían seguido al Maestro durante su vida pública, que habían sido testigos directos de todos aquellos acontecimientos. Acerca de su infancia sólo conocían algunos detalles que tal vez narrara el propio Jesús o su Madre, aunque la mayor parte de ellos María los conservaba en su corazón.

Cuando se escriben los evangelios sólo se deja constancia en ellos de lo más significativo acerca del nacimiento de Jesús. Desde perspectivas diferentes, Mateo y Lucas recuerdan los mismos hechos esenciales: que Jesús nació en Belén de Judá, de la Virgen María, desposada con  José, pero sin que Ella hubiese conocido varón. Además, hacia el final de los relatos sobre la infancia de Jesús, ambos señalan que después fueron a vivir a Nazaret.

Mateo subraya que Jesús es el Mesías descendiente de David, el Salvador en el que se han cumplido las promesas de Dios al antiguo pueblo de Israel. Por eso, como la pertenencia de Jesús al linaje de David viene dada por ser hijo legal de José, Mateo narra los hechos fijándose especialmente en el cometido del Santo Patriarca.

Los orígenes de la Navidad - 2

San José con el Niño Jesús

Por su parte,  Lucas, centrándose en la Virgen —que representa también a la humanidad fiel a Dios—, enseña que el Niño que nace en Belén es el Salvador prometido, el Mesías y Señor, que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres.

En el siglo II el deseo de saber más sobre el nacimiento de Jesús y su infancia hizo que algunas personas piadosas, pero sin una información histórica precisa, inventaran relatos fantásticos y llenos de imaginación. Se conocen algunos a través de los evangelios apócrifos. Uno de los relatos más desarrollados sobre el nacimiento de Jesús contenido en los apócrifos es el que se presenta en el llamado Protoevangelio de Santiago, según otros manuscritos, Natividad de María, escrito a mediados del siglo II.

En las primeras generaciones de cristianos la fiesta por excelencia era la Pascua, conmemoración de la Resurrección del Señor. Todos sabían bien en qué fechas había sido crucificado Jesús y cuándo había resucitado: en los díascentrales de la celebración de la fiesta judía de la Pascua, en torno al día 15 de Nisán, es decir, el día de luna llena del primer mes de primavera.

Sin embargo, posiblemente no conocían con la misma certeza el momento de su nacimiento. No formaba parte de las costumbres de los primeros cristianos la celebración del cumpleaños, y no se había instituido una fiesta particular para conmemorar el cumpleaños de Jesús.

¿POR QUÉ SE CELEBRA EL 25 DE DICIEMBRE?

Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre el día del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221.

La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico filocaliano del año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (“el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”). A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.

Gruta de la Natividad. Belén

Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por ese día porque, a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el dies natalis Solis invicti, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año.

Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como «sol de justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo» (Jn 1,4ss.).

Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución.

Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte.

En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33).

En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero.

Los orígenes de la Navidad - 3

La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí.

Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán. El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz.

Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).

La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida. En la segunda mitad del siglo IV se va extendiendo por todo el mundo cristiano:por el norte de Africa (año 360), por Constantinopla (año 380), por España (año 384) o por Antioquía (año 386). En el siglo V la Navidad es una fiesta casi universal.

 

by FRANCISCO VARO, www.primeroscristianos.com
Profesor de Sagrada Escritura en la
Facultad Teología de la

Universidad de Navarra.

 

La confesión, el sacramento incomprendido

Muchos católicos han deformado la visión del sacramento de la Reconciliación.

Desafortunadamente, en la actualidad, millones de cristianos parecen haberse olvidado del sacramento de la Reconciliación, pues se ha convertido en algo impopular, en algo pasado de moda. A cambio de ello, se han puesto de moda los psiquiatras, los mediums, los adivinos, los consultores matrimoniales y los abogados.

La necesidad de sentirse en paz con Dios, con uno mismo y con los demás es innata en nuestra naturaleza y, al no querer aceptar el remedio instituido por Dios, la confesión, el hombre ha tenido que inventarse nuevas formas de salida para sus angustias y preocupaciones.

Constantemente escuchamos frases como:
“yo no me confieso, yo me entiendo directo con Dios”
“no tengo por qué decirle mis pecados a un hombre que es igual a mí, o peor»
“no robo, no mato, .. . etc., así que no tengo porque confesarme”.

En estas expresiones vemos una falta de conocimiento de este sacramento y por consiguiente, se le da poco valor. Es necesario quitar los prejuicios que han hecho que los muchos católicos hayan deformado la visión del sacramento de la Reconciliación.

Esta situación parece ser fruto de tres razones:

1. Muchas personas por ignorancia o porque se les ha presentado una visión errónea de Dios, tienen una idea equivocada sobre quién es Él. Para muchos, Dios es un inspector que se dedica a contar los pecados de los hombres, un juez implacable que espera el momento en que hagamos algo malo para dictar su sentencia. Esta imagen distorsionada de Dios no resulta atractiva y ocasiona que las personas se alejen de Él y no hagan nada para volver a Él.

2. El concepto de “pecado”, parece haber desaparecido en la sociedad. Vemos que la palabra “pecado” se menciona lo menos posible. Aparentemente, ya nadie comete pecados, cuando mucho, se habla de cometer “errores”, o de tener “malos hábitos”. Esto lleva a una tolerancia excesiva de los malos actos y a una deformación de las conciencias.

3. El materialismo y el hedonismo están en el mundo a la orden del día. En la actualidad, se busca hacer un cristianismo a la medida. Se acepta el plan de Dios, siempre y cuando no nos moleste o nos incomode. De ahí, surgen expresiones cómo: “todos lo hacen”, o “yo hago lo que quiero mientras no moleste a nadie”. Es más cómodo seguir viviendo como hasta ahora, aunque no sintamos mal con nosotros mismos, que pensar en convertirnos, ya que la verdadera conversión implica un esfuerzo y el abandono de costumbres o estilos de vida arraigados.

Debemos redescubrir a Dios como lo que es: nuestro Padre, Aquél que nos ama a pesar de nuestros defectos, nos ama tal como somos. Tanto nos ama, y es tan paciente con nosotros, que es Él mismo quien nos ofrece el perdón para que tengamos vida eterna, pidiéndonos a cambio una conversión, un cambio de vida, un volver nuestra mirada hacia Él a través del sacramento de la Reconciliación.

Podemos leer y meditar en Las parábolas de la misericordia y podemos conocer mejor ese corazón de Jesucristo, que acoge a los pecadores con amor y ternura.

Esta actitud de perdón de Cristo es continuada por la Iglesia, la cual siempre está dispuesta a acoger a los pecadores con un amor de madre.

 

¿Democracia sin valores? Un totalitarismo evidente

Con la dictadura que hoy sufren tantos países del viejo Continente, pretenden poner una mordaza al ciudadano y conseguir así callar también la boca a los cristianos. La verdad y la libertad no se pueden encerrar porque trasciende el mundo material, el único que conocen algunos gobiernos. Desean, como en el holocausto judío, poner un brazalete de ciudadano de segunda categoría al católico y encerrarlo en un gueto. El concepto de estado laico nada tiene que ver con la verdadera independencia que debe existir entre Iglesia y Estado en la que se respetan sus autónomas competencias. El viaje de su Santidad al país más demócrata ha respetado siempre estas dos esferas. Aquí todavía no sabemos amar la libertad ni descubrir la verdad.

“Ante el creciente laicismo, que pretende reducir la vida religiosa de los ciudadanos a la esfera privada, sin ninguna manifestación social y pública, la Iglesia sabe muy bien que el mensaje cristiano refuerza e ilumina los principios básicos de toda convivencia, como el don sagrado de la vida, la dignidad de la persona junto con la igualdad e inviolabilidad de sus derechos, el valor irrenunciable del matrimonio y de la familia, que no se puede equiparar ni confundir con otras formas de uniones humanas”[1].

No es en absoluto nociva una legítima y sana laicidad del Estado, “en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según sus normas propias, pero sin excluir las referencias éticas que tienen su fundamento último en la religión”[2]. Cada cosa en su sitio es lo propio del orden y cuando no es así el desorden o “caos” levanta una nube de polvo que ciega, asfixia, ensucia, etc.

Ante la actuación del gobierno actual, y diría lo mismo si otro de distinta enseña hiciera igual: ¿tiene sentido arreglar todos los problemas a base de subvenciones, y peor todavía, indiscriminadas? ¿Es que es igual ayudar a una ONG que atiende enfermos de Parkinson que subvencionar un colectivo que prostituye a la infancia con libros que informan sobre cómo ser homosexuales? ¿O es que acaso las familias de nuestros gobernantes enseñan eso a sus hijos? Recuerdo un programa de televisión en que varios contertulios defendían briosamente la “libertad” de la prostitución como una profesión más y uno de los presente, silencioso, sólo hizo esta pregunta: ¿Qué le parece a usted si ahora cuando llegue a sus casa le dijera su hija emocionada: “papá, he decidido dejar Derecho y ser prostituta? Se quedó helado.

Hace varios siglos, cuando comenzó hacer estragos el racionalismo a ultranza de la Ilustración, la población –católicos o no– aunque no compartiesen la misma fe, pensaban que debían conservar los valores morales comunes, aceptando vivir como si Dios no existiese. Era como un modo de salvaguardar una ética mínima de valores para convivir pensando en otras muchas cosas de modo diverso y hasta opuesto. Hoy nos encontramos en una situación opuesta; se ha invertido la situación. Y todo porque justamente “la autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que derivan de una visión integral del hombre y de su destino eterno”[3]. Pero la sociedad se ha empobrecido al hilo de la corrupción y ya no resultan evidentes los valores morales. No son evidentes porque si se pierde el sentido de Dios se pierde el sentido del pecado, situación en la que estamos. ¿Cómo salvaguardar los valores que hagan posible una convivencia sin desmanes: abortos, eutanasia, comercio de los cuerpos, corrupción, rapiña y todo ese espectro de desmanes que asolan al país? Actuando al revés que antes, no como si Dios no existiera sino: piensa por un momento que Dios existe, ¿cómo lo ves? “Y, a mi parecer –dice Benedicto XVI– este sería un primer paso para acercarse a la fe. En muchos contactos veo que, gracias a Dios, aumenta el diálogo al menos con parte del laicismo”[4].

En un Estado laico, donde la normalidad es su bandera, son los propios ciudadanos quienes al ejercitar su libertad, dan un determinado sentido religioso a la vida social.  “Un Estado democrático laico es aquel que protege la práctica de religiosa de sus ciudadanos, sin preferencias ni rechazos” [5]. Por su parte, la Iglesia entiende bien que en las sociedades modernas y democráticas, puede y debe haber plena libertad religiosa. Además, un Estado moderno ha de servir y proteger la libertad de los ciudadanos y también la práctica religiosa que ellos elijan, sin ningún tipo de restricción o coacción. No se trata de un derecho de la Iglesia como institución, se trata de un derecho de cada persona, de cada pueblo y de cada nación.

En la encíclica Centesimus annus Juan Pablo II advertía que “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”, puesto que, sin una verdad última que guíe y oriente la acción política, “las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder”. En el Discurso al Cuerpo Diplomático, el 12 de mayo de 2005 el Papa expuso con claridad que “la Iglesia proclama y defiende sin cesar los derechos fundamentales, por desgracia violados aún en diferentes partes de la tierra, y se esfuerza por lograr que se reconozcan los derechos de toda persona humana a la vida desde su concepción, a la alimentación, a una casa, al trabajo, a la asistencia sanitaria, a la protección de la familia y a la promoción del desarrollo social, en el pleno respeto de la dignidad del hombre y de la mujer, creados a imagen de Dios”.

Asustan los gobernantes, que habiendo recibido el encargo de proteger y difundir estos mismos derechos, los ignoran y no sólo no se esfuerzan por superar las dificultades que supone superarlas sino que añaden con su ideología más escollos en contra de la dignidad de las personas que forman su nación.

Pedro Beteta

Doctor en Teología y escritor


[1] Benedicto XVI, Alocución, 23-IX-2005

[2] Benedicto XVI, Discurso al Presidente de Italia, 24-VI-2005

[3] Ibídem.

[4] Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Aosta, 25-VII-2005.

[5] Alocución, 23-IX-2005

 

Comunión y misión

A nadie se le escapa que vivimos tiempos difíciles. Como ha recordado el presidente de la Conferencia Episcopal en su discurso inaugural de la Asamblea Plenaria, la crisis sanitaria ha dejado tocados a muchos, y las pobrezas, de muy diverso tipo, están lastrando especialmente a los jóvenes y a los ancianos.

Cierto que el ambiente social y político que nos envuelve no es el más alentador, pero es precisamente esta circunstancia la que debe empujarnos a caminar juntos. Los cristianos, de forma especial estos días de Navidad, estamos llamados a ser en el mundo comunión y misión que ilumine y acompañe al hombre en esta travesía. En este sentido, el proceso sinodal que vive la Iglesia es un signo profético.

Jesús Martínez Madrid

 

Lo primero que hay que hacer es callarse

En el vivir de cada día cada vez resultan más difíciles de entender esas frases tan repetidas como: ‘volver a sumar transversalidad’, ‘construir una alternativa que trascienda los intereses de las siglas’ o ‘emprender otro tipo de políticas más horizontales y pegadas al ciudadano’. Es como ‘la nueva normalidad’, que si es nueva, no es normal; y si es normal, no es nueva. Lo transversal es “lo que está atravesado de una parte a otra, de manera perpendicular” interrumpiendo el camino; y un personaje atravesado o transversal, es el que “tiene mala intención o mal carácter”.

Es muy llamativo el intento de hablar y hablar sin parar, pretendiendo que la solución de todo consista en escuchar más a la gente, como si fuera algo que se había descuidado hasta ahora, cuando resulta evidente que para escuchar a alguien, lo primero que hay que hacer es callarse. Si no, es imposible entender a los demás.

JD Mez Madrid

 

Restricciones severas en Europa

Desde hace días, aproximadamente un mes, han vuelto las restricciones severas en varios países de Europa para hacer frente a la sexta ola, que algunos aseguran es la ola de los no vacunados. En Austria han decretado un nuevo confinamiento y a partir de febrero se va a imponer la vacunación obligatoria. Con la legislación sanitaria que tenemos en España la vacunación no se puede hacer obligatoria. Tampoco es conveniente aunque los casos más afectados por esta nueva ola sean los no vacunados. Esto ya quedó resuelto en julio por el Tribunal Constitucional después de que Galicia promulgara una ley que incluía la posible inoculación obligada. En Austria, cuando ha estallado la nueva ola, solo estaba vacunada el 65 por ciento de la población. En España el 90 por ciento.

José Morales Martín

 

Las “saturnales” y otras paganas fiestas

                     Se termina volviendo a lo que se practicaba antes de que naciera Cristo; los gobernantes y “las religiones”, fomentaron lo mismo que los denominados “paganos”; cuyos políticos eran “más o menos como los de hoy”; y optaron por dejar a las masas en “su pan y circo”; puesto que a las masas y salvo escasas minorías, se mantenían y se mantienen bien; simplemente, “procurando que llenen sus panzas y puedan practicar con libertad el fornicio, consumir drogas (alcohol y otras) y sobre todo, mantenerlos con el cerebro embotado, para que ni piensen y menos, decidan por sí mismos”. 

                                Los jolgorios que hoy tienen lugar a lo largo y ancho del mundo, sobre “las miles de vírgenes inventadas o las diosas madres, la madre tierra, etc., son los mismos que hace milenios, innumerables pueblos y tribus, celebraban, animados por sus brujos, chamanes, sacerdotes y jefes, que se encargaban de mantener las costumbres, puesto que eran y son, las bases de sus negocios o poder sobre la tierra”; el resto poco importa, ni importaba, al gobernante de cualquier tipo,  “material o religioso”.

La diosa madre: es una diosa que sirve como representación de la energía femenina y de la fertilidad. En algunas culturas además es representada como la Madre Tierra, siendo la generosa personificación de la Tierra y de la vida en general. Como tal, no todas las diosas pueden considerarse manifestaciones de la diosa madre. Sus fiestas eran y son, campestres y generalmente cercanas a un santuario o manantial sagrado (la masa tendría sed y necesitaba agua cercana) y se celebraban en primavera, cuando el tiempo es más agradable y “las energías naturalmente se renuevan en todo lo vivo”.

Saturnales

Las Saturnales eran unas importantes festividades romanas. La fiesta se celebraba con un sacrificio en el Templo de Saturno, en el Foro Romano, y un banquete público, seguido por el intercambio de regalos, continuo festejo, y un ambiente de carnaval en el que se producía una relajación de las normas sociales. El poeta Catulo la llamó "el mejor de los días".

Saturnalia, en honor de Saturno, fue introducida alrededor del 217 a. C. para elevar la moral de los ciudadanos después de una derrota militar sufrida ante los cartagineses en el lago Trasimeno. Oficialmente se celebraba el día de la consagración del templo de Saturno en el Foro romano, el 17 de diciembre, con sacrificios y banquete público. En estas fechas se conmemoraba “la venida del nuevo año”, puesto que como ocurre en “la nochebuena de hoy”, es cuando coinciden “la noche más larga y el día más corto, dando paso al nuevo día y año natural, que marca el sol, en “su solsticio” de invierno. Pero esta fiesta era tan apreciada por el pueblo, que de forma no oficial se festejaba a lo largo de siete días, del 17 al 23 de diciembre. Las autoridades estatales se vieron obligadas a atender a la costumbre popular, visto el fracaso que supuso intentar reducir a 3 o 5 días de celebraciones propuestas respectivamente por Augusto y Calígula. A finales del siglo I, las vacaciones judiciales se prolongaron definitivamente a cinco días.

En las fiestas Saturnales, se decoraban las casas con plantas y se encendían velas para celebrar la nueva venida de la luz. Los romanos amigos y familiares, se hacían regalos (en un principio, recordando a antiguos rituales, velas o figurillas de barro) como los que se hacen en la fiesta de la Navidad. Estas fiestas estaban dirigidas por un sacerdote, que cambiaba según el dios al que se le daba culto, el sacerdote se elegía en un colegio de sacerdotes. Los solsticios son los momentos del año en los que el Sol alcanza su mayor excursión (declinación astronómica) hacia el norte o el sur relativa al ecuador celestial en la esfera celeste, y la duración del día o de la noche son las máximas del año. Geográficamente, los solsticios son los momentos en los que el Sol alcanza la máxima latitud; norte (+23º 26’) o sur (−23º 26’) con respecto al ecuador terrestre.

            Y en cuanto a los excesos de todo tipo; para comprobar ello, no hay más que leer el libro, “El Satiricón” de Petronio; y analizar su contenido; y sobre todo “el banquete y bacanal del denominado, “cena de Trimalción”, aparte que de seguro, casi todo el mundo ha visto, películas “romanas”, reflejando aquella época y sus banquetes, fiestas y bacanales, de las que si no como hoy; pero desenfrenadas y de forma muy similar.

Trimalción es un personaje de la novela romana El Satiricón, escrita por Petronio, y que se remonta al siglo I. Desempeña un papel único en la sección titulada Cena Trimalchionis (El banquete de Trimalción). Trimalción fue, un liberto que a través del trabajo duro y la perseverancia ha alcanzado poder y riqueza enormes. Su nombre completo es Cayo Pompeyo Trimalción Maecenatianus, las referencias a Pompeyo y Mecenas en su nombre, sirven para ilustrar su carácter ostentoso. El nombre de su esposa  (Fortunata),  fue una antigua esclava y corista. Trimalción es conocido por ofrecer grandes fiestas y cenas, donde sus numerosos sirvientes traen una sucesión de manjares exóticos, tales como aves vivas cocidas en el interior de un cerdo, jabalíes enteros; aves vivas dentro de unos huevos falsos que los invitados tienen que "recoger" ellos mismos y un plato para representar todos los signos del zodíaco. Estos banquetes son similares a los que en esa época ofrecía Nerón, que gobernaba el Imperio en esos días, de allí la inspiración de Petronio. El Satiricón incluye una larga descripción de las propuestas para la tumba de Trimalción, que es muy ostentosa y lujosa. Esta tumba iba a ser diseñada por un conocido constructor de tumbas llamado Habinnas, que era también uno de los juerguistas presentes en el banquete de Trimalción. O sea y resumiendo, es ya la época decadente de un imperio que se forma en la austeridad y disciplina y que muere como todos, en los excesos de todo tipo, en los que uno de los principales, fue el aumento desmedido de unos “ejércitos de empleados y anexos al dinero público, que terminó por agotar todo”.

            Lo que ocurre hoy, “en los nuevos y modernos tiempos”… ¿No es muy parecido a lo que ocurriera entonces, donde y por ejemplo, “pones las televisiones, y no te muestran nada más que infinitos cocineros, con ya platos inverosímiles, deporte a mansalva, crímenes y desgracias mil, así como chismes infinitos e infinitas corrupciones; de formación y cultura, están casi totalmente “ayunas”; sigue sin interesar, formar “al actual mono humano”; cuyas aspiraciones en general, son hoy, las mismas que la denominada, “plebe de Roma”.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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