Las Noticias de hoy 16 Diciembre 2021

Enviado por adminideas el Jue, 16/12/2021 - 13:00

Alberto Garzón, muy criticado en redes por esta navideña foto con su familia  | Famosos

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 16 de diciembre de 2021   

Indice:

ROME REPORTS

El silencio de José como escuela de escucha del Espíritu y de acción

Francisco: "El arte crea fraternidad, no hay amigos ni enemigos"

Francisco cercano al pueblo de Haití que sufre demasiado

VIGILANTES ANTE LA LLEGADA DEL SEÑOR : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: jueves de la 3ª semana de Adviento

“Somos cristianos corrientes, llevamos una vida ordinaria” : San Josemaria

«Aprendamos de san José a cultivar espacios de silencio»

Mensaje del Prelado (15 diciembre 2021)

Hogares luminosos y alegres

La familia en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer

La ternura de Dios (VI): Una serena atención: las obras de misericordia espirituales : Carlos Ayxelá

“El juego del calamar” : Mario Arroyo.

Lo Maravilloso, lo real y lo horrendo en la literatura infantil : Plinio Corrêa de Oliveira

La única cosa que se necesita para ser feliz, según Harvard : LaFamilia.info

Las redes sociales: ¿nos acercan o nos alejan? : Lucía Legorreta

Fin de año: familia y salud : Ana Teresa López de Llergo

Lotería de Navidad: Compartir nos hace grandes :  Alfonso Méndiz 

Luces de Navidad: Jorge Hernández Mollar

¿Conoces la Carta del Papa sobre el significado y el valor del Belén? – Admirabile signum

NAVIDAD.:  Amparo Tos Boix, Valencia.

Los cristianos de forma especial : Jesús D Mez Madrid

La esperanza del mañana : José Morales Martín

NAVIDAD… Y “EL DIOS CONSUMO” : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

El silencio de José como escuela de escucha del Espíritu y de acción

En la cuarta catequesis dedicada al padre terrenal de Jesús, Francisco invitó a aprender de San José a unir el silencio con la acción. Es la invitación del Papa en su catequesis de la audiencia general de esta mañana, la cuarta dedicada a la figura del padre terrenal de Jesús

 

Vatican News

Aprendamos de José, que en los Evangelios nunca habla, aunque lo hace de otra manera, es decir, cultivando el silencio, para dejar espacio a la Palabra de Dios. De este modo, permite que el Espíritu Santo regenere y sane nuestra lengua, para no herir más a nuestros hermanos. “Aprendamos de él a unir el silencio con la acción”. Esta fue la invitación que el Santo Padre dirigió esta mañana durante la catequesis de la audiencia general celebrada en el Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano, la cuarta dedicada a la figura del padre terrenal de Jesús.

San José, hombre del silencio

En un escenario festivo por estar en camino hacia la Navidad, junto al belén montado por los jóvenes de la localidad italiana de Gallio, el Obispo de Roma prosiguió sus meditaciones sobre San José, en esta ocasión en su calidad de "hombre del silencio". Tras ilustrar el entorno en el que vivió, su papel en la historia de la salvación y su condición de justo y de esposo de María, el Santo Padre recordó que "los Evangelios no recogen ninguna palabra de José de Nazaret", no porque fuera taciturno, sino para "dejar espacio a la Presencia del Verbo hecho carne, a Jesús", tal como también lo señala San Agustín.

Un silencio lleno de escucha

Francisco afirmó que "el silencio de José no es un mutismo; es un silencio lleno de escucha, un silencio laborioso, un silencio que pone de manifiesto su gran interioridad". Mientras Jesús, en la casa del carpintero de Nazaret, creció en esta "escuela", buscando siempre "espacios de silencio en sus días", invitando a sus discípulos a hacer la misma experiencia.

“Qué bonito sería si cada uno de nosotros, en el ejemplo de San José, lograra recuperar esta dimensión contemplativa de la vida abierta de par en par precisamente por el silencio. Pero todos nosotros sabemos por experiencia que no es fácil: el silencio nos asusta un poco, porque nos pide entrar dentro de nosotros mismos y encontrar la parte más verdadera de nosotros”

“Queridos hermanos y hermanas – dijo el Pontífice – aprendamos de San José a cultivar espacios de silencio, en el que pueda emerger otra Palabra: la del Espíritu Santo que habita en nosotros”.

“No es fácil reconocer esta Voz, que muy a menudo se confunde junto a los miles de voces de preocupaciones, tentaciones, deseos, esperanzas que habitan en nosotros; pero sin este entrenamiento que viene precisamente de la práctica del silencio, puede enfermarse también nuestra habla”

Y esto, añadió Francisco, “en lugar de hacer que brille la verdad, se puede convertir en un arma peligrosa. De hecho, nuestras palabras se pueden convertir en adulación, vanagloria, mentira, maledicencia, calumnia. Es un dato de experiencia que, como nos recuerda el Libro del Eclesiástico, ‘muchos han caído a filo de espada, mas no tantos como los caídos por la lengua’”.

“Jesús lo dijo claramente: quien habla mal del hermano y de la hermana, quien calumnia al prójimo, es homicida”

Mientras el Apóstol Santiago en su Carta, prosiguió explicando el Papa, “desarrolla este antiguo tema del poder, positivo y negativo, de la palabra con ejemplos deslumbrantes: ‘Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo. […] también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. […] Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hecho a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendición y la maldición’”.

 

15/12/2021Francisco cercano al pueblo de Haití que sufre demasiado

 

El Papa agregó que “este es el motivo por el cual debemos aprender de José a cultivar el silencio: ese espacio de interioridad en nuestras jornadas en las que damos la posibilidad al Espíritu de regenerarnos, de consolarnos, de corregirnos”. Y dijo que “el beneficio del corazón que tendremos sanará también nuestra lengua, nuestras palabras y sobre todo nuestras elecciones”. De hecho”

“José ha unido la acción al silencio. Él no ha hablado, pero ha hecho, y nos ha mostrado así lo que un día Jesús dijo a sus discípulos: ‘No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial’”

Por último, el Santo Padre concluyó esta catequesis con una oración:

 

  1. San José, hombre de silencio,
  2. tú que en el Evangelio no has pronunciado ninguna palabra,
  3. enséñanos a ayunar de las palabras vanas,
  4. a redescubrir el valor de las palabras que edifican, animan, consuelan, sostienen.
  5. Hazte cercano a aquellos que sufren a causa de las palabras que hieren,
  6. como las calumnias y las maledicencias,
  7. y ayúdanos a unir siempre los hechos a las palabras. Amén. 

Saludos del Papa

Al saludar a los fieles y peregrinos de nuestro idioma, el Papa dijo:

“Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor Jesús, por intercesión de san José, que nos libre de los pecados de la lengua, el odio, la calumnia, la difamación, y nos conceda la gracia de que nuestras obras coincidan con nuestro hablar, y que seamos ante los demás testigos alegres y creíbles del amor misericordioso de Dios por toda la humanidad. Que Dios los bendiga”

Antes de rezar el Padrenuestro en latín, y de impartir su bendición apostólica, el Santo Padre, al saludar en italiano dirigió, como es costumbre, un pensamiento especial para los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados presentes en esta audiencia.

“Queridos ancianos y enfermos, gracias por su ejemplo. Rezo para que lleven su cruz con la paciencia mansa y dócil de San José. Queridos jóvenes, los invito a mirar a San José como guía para los sueños de su juventud. Queridos esposos, que encuentren en la Sagrada Familia de Nazaret las virtudes y la serenidad para su camino en la vida. A todos mi bendición”

 

Francisco: "El arte crea fraternidad, no hay amigos ni enemigos"

Antes de la audiencia general, en el Aula Pablo VI, el Papa saludó a los artistas que actuarán mañana en el Concierto de Navidad 2021 y les agradeció el apoyo que la recaudación del espectáculo aportará a proyectos educativos en Líbano y Haití.

 

Adriana Masotti - Ciudad del Vaticano

"La Navidad trae la ternura de Dios al mundo, despertando la alegría y la esperanza en todos. Y estos sentimientos, los artistas también sabéis revivir y difundir con vuestro talento". Estas fueron las primeras palabras que el Papa Francisco dirigió a los organizadores y artistas de la 29ª edición del Concierto de Navidad, que se celebrará mañana a las 7 de la tarde en el Auditorium Conciliazione, y que será retransmitido en Nochebuena por Canal 5 en Italia, en horario de máxima audiencia:

“La ternura nace del amor, es como el lenguaje del amor, cuando quieres a un niño, lo acaricias, cuando quieres a tu novia la acaricias, a tu novio lo acaricias, nace del amor, el gesto del amor es el más sencillo (...) Quiero repetirlo: el lenguaje de Dios es la cercanía, la compasión y la ternura. Las tres cosas juntas”

Para el Pontífice, la imagen de la Natividad es la ternura que fue plenamente restaurada por el primer pesebre de la historia: 

 

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15/12/2021El silencio de José como escuela de escucha del Espíritu y de acción

«San Francisco de Asís, con su pesebre viviente en Greccio, quiso representar lo que había sucedido en la gruta de Belén, para que pudiera ser contemplado y adorado. El "pobre de Asís" se llenó de una ternura que le hizo llorar al pensar en la pobreza en la que nació el Hijo de Dios».

La sonrisa de un bebé derrite el más duro de los corazones

En este sentido, el amor genera alegría, al igual que el nacimiento de una nueva vida. Y los pensamientos de Francisco se posaron en la gran cantidad de niños menos afortunados del mundo. El concierto de mañana también beneficiará a algunos de ellos:  

“En el Concierto de Navidad ustedes ofrecen sus cualidades artísticas para apoyar proyectos educativos, especialmente para niños y jóvenes de dos países que se encuentran en condiciones muy precarias: Haití y Líbano. El Líbano está saliendo adelante con la ayuda de los salesianos, valientes salesianos que siempre inventan algo para ir hacia adelante. Y esto es una promesa de vida. Haití es llevado por Scholas Occurentes, el movimiento pontificio que tan bien cuida Monseñor Zani”

"Vuestra música, vuestro canto", dijo el Papa a los artistas, "ayudan a abrir el corazón para no olvidar a los que sufren y a realizar gestos concretos de compartir, que llevan la alegría a tantas familias que desean dar un futuro a sus hijos a través de la educación".

El arte de la fraternidad

Junto con la ternura y la alegría, la esperanza que en la gruta de Belén se encendió para la humanidad.

 

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15/12/2021Francisco cercano al pueblo de Haití que sufre demasiado

El Papa Francisco hizo alusión al hecho de que la pandemia ha pesado y sigue pesando sobre tantos niños "excluidos de toda actividad educativa" y otras "pandemias" que dificultan "la difusión de la cultura del diálogo y la inclusión".

"Es necesario trabajar para que todos los jóvenes tengan oportunidades de crecimiento y formación, invertir en educación", dijo Francisco, "ayudar a las niñas y niños a mirar el futuro con esperanza". La luz de la Navidad -añadió- nos hace redescubrir el sentido de la fraternidad y nos impulsa a ser solidarios con los necesitados, porque en la educación "habita la semilla de la esperanza".

"Y en el arte se crea inmediatamente la fraternidad, frente al arte no hay amigos ni enemigos, todos somos iguales, todos amigos, todos hermanos. El suyo es un lenguaje fructífero", puntualizó el Santo Padre, agradeciendo una vez más a los artistas por su generosidad y deseándoles "que sean siempre mensajeros de ternura, alegría y esperanza". 

 

Francisco cercano al pueblo de Haití que sufre demasiado

Al final de la audiencia general, el Santo Padre recordó la tragedia provocada por la explosión de un camión cisterna que transportaba combustible en Cabo Haitiano. Unas 70 personas murieron, entre ellas muchos niños, y decenas resultaron heridas, actualmente están hospitalizadas: recemos por estos "hermanos y hermanas duramente probados", dijo Francisco

 

Andrea De Angelis – Ciudad del Vaticano

Una nueva herida para el pueblo de Haití, esta vez relacionada con una trágica explosión que ha causado numerosas víctimas, entre ellas varios niños. El pensamiento del Papa se dirigió hoy a los heridos y a sus familias, al final de la audiencia general de esta mañana. "Pobre Haití – dijo Francisco en el Aula Pablo VI – una detrás de la otra, es un pueblo que sufre...

“Recemos, recemos por Haití: son gente buena, buena gente, gente religiosa, pero están sufriendo mucho”

Francisco dijo que está "cerca de los habitantes de esa ciudad y de las familias de las víctimas, así como de los heridos", e invitó a los fieles a unirse "en la oración por estos hermanos nuestros que son tan duramente probados".

Crónica

Al menos 69 personas murieron cuando un camión cisterna que transportaba combustible explotó el lunes por la noche en Cabo Haitiano, una de las mayores ciudades de Haití en el Caribe. Así lo confirmó vicealcalde de la ciudad, Patrick Almonor, quien añadió que en estos momentos hay decenas de heridos en los hospitales y diversos centros médicos de la ciudad.

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15/12/2021El silencio de José como escuela de escucha del Espíritu y de acción

 

También hay escasez de personal médico en estos centros, y pocos medicamentos disponibles. La explosión dañó asimismo unas cincuenta casas, la mayoría de las cuales tendrán que ser demolidas.

Las víctimas

Las autoridades locales dijeron que las operaciones de rescate siguen en marcha y sugirieron que es probable que el número total de muertos aumente en las próximas horas. El primer ministro de Haití, Ariel Henry, declaró tres días de luto nacional por las víctimas de esta terrible tragedia. Esta es una de las muchas heridas que siguen abiertas en un país que, en los últimos 20 años, ha vivido numerosas crisis relacionadas con la política (el golpe de Estado de 2004, por ejemplo), con las catástrofes naturales y las epidemias de cólera, especialmente en el 2010. A ello se suma, el mismo año, el terremoto de 7 grados que destruyó gran parte del país, causando al menos 200.000 muertos.

 

 

VIGILANTES ANTE LA LLEGADA DEL SEÑOR

— El Señor nos invita a estar en vela. Vigilar es amar. «Ven, Señor Jesús».

— Nuestra vigilancia ha de estar en las cosas pequeñas de cada día. La oración diaria, el examen de conciencia, las pequeñas mortificaciones... nos mantienen en vela.

— Purificación interior.

I. El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y a comunicarle la vida eterna1.

Viene el Señor a visitarnos, a traernos la paz, a darnos la vida eterna prometida. Y ha de encontrarnos como el siervo diligente2 que no se duerme durante la ausencia de su amo, sino que cuando vuelve su señor lo encuentra en su puesto, entregado a la tarea.

Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!3. Son palabras dirigidas a todos los hombres de todos los tiempos. Son palabras del Señor dirigidas a cada uno de nosotros, porque los hombres tendemos a la somnolencia y al aburguesamiento. No podemos permitir que se ofusquen nuestros corazones con la glotonería y la embriaguez, y las preocupaciones de esta vida4, y perder así el sentido sobrenatural que debe animar todo cuanto hacemos.

El Señor viene a nosotros y debemos aguardar su llegada con espíritu vigilante, no asustados como quienes son sorprendidos en el mal, ni distraídos como aquellos que tienen el corazón puesto únicamente en los bienes de la tierra, sino atentos y alegres como quienes aguardan a una persona querida y largo tiempo esperada.

Vigilar es sobre todo amar. Puede haber dificultades para que nuestro amor se mantenga despierto: el egoísmo, la falta de mortificación y de templanza, amenazan siempre la llama que el Señor enciende una y otra vez en nuestro corazón. Por eso es preciso avivarla siempre, sacudir la rutina, luchar. San Pablo compara esta vigilia a la guardia que hace el soldado bien armado que no se deja sorprender5.

Los primeros cristianos repetían con frecuencia y con amor la jaculatoria: «Ven, Señor Jesús»6. Y aquellos fieles, al ejercitar así la fe y el amor, encontraban la fuerza interior y el optimismo necesarios para el cumplimiento de los deberes familiares y sociales, y se desprendían interiormente de los bienes terrenos, con el señorío que da la esperanza en la vida eterna.

Para el cristiano que se ha mantenido en vela, ese encuentro con el Señor no llegará inesperadamente, no vendrá como ladrón en la noche7, no habrá sorpresas, porque en cada día se habrán producido ya muchos encuentros con Él, llenos de amor y de confianza, en los Sacramentos y en los acontecimientos ordinarios de la jornada. Por eso la Iglesia reza: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo, alegre por la venida de tu Hijo en carne mortal, y haz que cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno8.

II. Es necesario estar vigilantes contra los enemigos de Dios, pero también contra la complicidad que ofrecen nuestras malas inclinaciones: vigilad y orad para no caer en la tentación, porque si bien el espíritu está pronto, la carne es débil9.

Estamos alerta cuando nos esforzamos por hacer mejor la oración personal, que aumenta los deseos de santidad y evita la tibieza, y cuando cuidamos la mortificación, que nos mantiene despiertos para las cosas de Dios. También reforzamos nuestra vigilancia mediante un delicado examen de conciencia, para que no nos ocurra lo que señala San Agustín, como dicho por el Señor: «Ahora, mientras te dedicas al mal, llegas a considerarte bueno, porque no te tomas la molestia de mirarte. Reprendes a los otros y no te fijas en ti mismo. Acusas a los demás y tú no te examinas. Los colocas a ellos delante de tus ojos y a ti te pones a tu espalda. Pues cuando me llegue a mí el turno de argüirte, haré todo lo contrario: te daré la vuelta y te pondré delante de ti mismo. Entonces te verás y llorarás»10.

Nuestra vigilancia ha de estar en las cosas pequeñas que llenan el día. «Ese modo sobrenatural de proceder es una verdadera táctica militar. —Sostienes la guerra –las luchas diarias de tu vida interior– en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza.

»Y el enemigo acude allí: a tu pequeña mortificación, a tu oración habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es difícil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. —Y si llega, llega sin eficacia»11.

Si consideramos en nuestro examen de conciencia «las pequeñas cosas de cada día», encontraremos el verdadero camino y las raíces de nuestros fallos en el amor a Dios. Las cosas pequeñas suelen ser antesala de las grandes.

Nuestra meditación diaria nos mantendrá vigilantes ante el enemigo que no duerme, y nos hará fuertes para sobrellevar y vencer tentaciones y dificultades. Y en esa meditación encontraremos los medios para combatir al hombre viejo, esas tendencias menos rectas que continúan latentes en nosotros.

Para conseguir esa necesaria purificación interior es precisa una constante mortificación de la memoria y de la imaginación, porque gracias a ella será posible eliminar del entendimiento los estorbos que nos impiden cumplir con plenitud la voluntad de Dios. Afinemos por tanto en pureza interior, durante estos días de espera de la Navidad, para recibir a Cristo con una mente limpia en la que, eliminado todo lo que va contra el camino o está fuera de él, no quede ya nada que no pertenezca al Señor: «Esa palabra acertada; el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior»12.

III. Esa purificación del alma por la mortificación interior no es algo meramente negativo. Ni se trata solo de evitar lo que esté en la frontera del pecado; por el contrario, consiste en saber privarse, por amor de Dios, de lo que sería lícito no privarse.

Esta mortificación, que tiende a purificar la mente de todo lo que no es de Dios, se dirige en primer lugar a librar la memoria de recuerdos que vayan en contra del camino que nos lleva al Cielo. Esos recuerdos pueden asaltarnos mientras trabajamos o descansamos e, incluso, mientras rezamos. Sin violencia, pero con prontitud, pondremos los medios para apartarlos, sabiendo hacer el esfuerzo necesario para que la mente vuelva a llenarse del amor y del deseo divino que dirige nuestro día de hoy.

Con la imaginación puede suceder algo parecido: que moleste inventando novelas de muy diversos tipos, urdiendo historias fantásticas que no sirven para nada. «Aleja de ti esos pensamientos inútiles que, por lo menos, te hacen perder el tiempo»13. También entonces hay que reaccionar con rapidez y volver serenamente a nuestra tarea ordinaria.

De todas formas, la purificación interior no se limita a vaciar el entendimiento de pensamientos inútiles. Va mucho más allá: la mortificación de las potencias nos abre el camino a la vida contemplativa, en las diversas circunstancias en las que Dios nos haya querido situar. Con ese silencio interior para todo lo que es contrario al querer de Dios, impropio de sus hijos, el alma se encuentra dispuesta al diálogo continuo e íntimo con Jesucristo, en el que la imaginación ayuda a la contemplación –por ejemplo, al contemplar el Evangelio o los misterios del Santo Rosario– y la memoria trae recuerdos de las maravillas que Dios ha hecho con nosotros y de sus bondades, que encenderán de gratitud el corazón y harán más ardiente el amor.

La liturgia de Adviento nos repite muchas veces este anuncio apremiante: El Señor está para llegar, y hay que prepararle un camino ancho, un corazón limpio. Crea en mí, ¡oh Dios!, un corazón puro14, le pedimos. Y en nuestra oración hacemos hoy propósitos concretos de vaciar nuestro corazón de todo lo que no agrada al Señor, de purificarlo mediante la mortificación, y de llenarlo de amor a Dios con constantes muestras de afecto al Señor, como hicieron la Virgen Santísima y San José, con jaculatorias, actos de amor y de desagravio, con comuniones espirituales...

Muchas almas se beneficiarán también de este esfuerzo nuestro para preparar una morada digna al Salvador. Le podremos decir a muchos que nos acompañan por nuestros mismos senderos lo que expresa con sencillez aquella antigua copla popular: Yo sé de un camino llano / por donde se llega a Dios / con la Virgen de la mano.

A ella le pedimos que nuestra vida sea siempre, como pedía San Pablo a los primeros cristianos de Éfeso, un caminar en el amor15.

1 Antífona de entrada. Viernes de la 3ª Semana de Adviento: Cfr. Mc 13, 34-37. — 2 Mc 13, 37. — 3 Lc 21, 34. — 4 Cfr. 1 Tes 5, 4-11. — 5 1 Cor 16. — 6 Cfr. Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1981, nota Mc 13, 33-37. — 7 1 Tes 5, 2. — 8 Oración colecta del día 21 de diciembre. — 9 Mt 26, 41. — 10 San Agustín, Sermón 17. — 11 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 307. — 12 Ibídem, n. 173. — 13 Ibídem, n. 13. — 14 Sal 50, 12. — 15 Cfr. Ef 5, 2-5.

 

 

Meditaciones: jueves de la 3ª semana de Adviento

Reflexión para meditar el jueves de la tercera semana de Adviento. Los temas propuestos son: Dios es fiel a sus promesas; el ejemplo de san Juan Bautista; la fidelidad siempre es creativa.

16/12/2021

– Dios es fiel a sus promesas

– El ejemplo de san Juan Bautista

– La fidelidad siempre es creativa


En gran parte del libro del profeta Isaías leemos cuánto le duele a Yahvé la infidelidad de su pueblo. Sin embargo, llega un momento en el que Dios decide consolar a Jerusalén, perdonar todos sus pecados y sellar una alianza eterna. Lo recordamos hoy en la primera lectura de la Misa. El lenguaje que utiliza el profeta es casi maternal: «Por un breve instante te abandoné, pero con grandes ternuras te recogeré», «te oculté mi rostro un momento, pero con amor eterno me he apiadado de ti», «mi amor no se apartará de ti» (Is 54,1-10). Frente a nuestras infidelidades, Dios responde con misericordia. «Su ira dura un sólo instante, su bondad, toda la vida» (Sal 29,6). Su amor es más fuerte que nuestro pecado.

En Adviento la liturgia nos recuerda una y otra vez el deseo divino de estar con los hombres. El Señor anhela que el hombre no rechace su compañía y se deje querer. «Dios está cerca de nosotros, es fiel y hace grandes obras de salvación en aquellos que esperan en Él. Dios ama con un amor sin límites, que ni el pecado puede frenar, y hace que el corazón del hombre se llene de alegría y de consolación»[1]. La historia humana, por nuestra parte, está tristemente llena de infidelidades. No obstante, Dios tiene una paciencia infinita y no se cansa de educarnos como unos padres lo hacen con su hijo. Su corazón está siempre inclinado hacia el perdón. Dios mantiene su alianza a pesar de los pesares, de generación en generación. Como dice san Pablo, «Dios es fiel y no puede negarse a sí mismo» (2Tm 2,13).

«Este “misterio” de la fidelidad de Dios constituye la esperanza de la historia»[2]. Se trata de la mayor garantía para nuestra lealtad, pues el Señor «es fiel en todas sus palabras, y piadoso en todas sus obras» (Sal 144,13). «¿Que cuál es el fundamento de nuestra fidelidad?», se preguntaba en una ocasión san Josemaría; y respondía: «Te diría, a grandes rasgos, que se basa en el amor de Dios, que hace vencer todos los obstáculos: el egoísmo, la soberbia, el cansancio, la impaciencia…»[3].


DURANTE estas semanas de Adviento, Juan Bautista está muy presente en la liturgia de la Palabra. Escuchamos los momentos más importantes de su singular misión de preparar el camino a Jesús. Le miramos para aprender a esperar con deseo creciente el nacimiento del redentor. Juan es el último de los profetas y el primero en morir por Cristo. En el evangelio de hoy, Jesús habla de su primo a la multitud: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que visten con lujo y viven entre placeres están en palacios de reyes. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta» (Lc 7,24-26).

Entre las características de la personalidad de Juan, y que son un modelo para los cristianos, destaca la fidelidad. El Precursor no duda en señalar al Mesías, no teme perder a sus discípulos o quedarse solo porque conoce y se identifica con su misión. «Ese es el Cordero de Dios» (Jn 1,29) «que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias» (Lc 3,16), dice. Son expresiones de un corazón humilde, consciente de que está de paso, como cada uno de nosotros; sabe que su felicidad está en poner en primer plano a Dios, así que no se siente imprescindible.

El Bautista no es «una caña sacudida por el viento», de naturaleza inestable, complaciente para quedar bien con todos; Juan es un mensajero de Dios que vive para su misión, aunque esta le obligue a hacer ciertos sacrificios personales. La lealtad a Dios y a la verdad le llevan incluso a derramar su sangre. Por eso, san Juan Pablo II pudo afirmar que la «fidelidad radical a Cristo resplandece en el martirio de san Juan Bautista»[4].


«TU ALIANZA la estableciste para siempre»[5]. Esta certeza estuvo presente durante toda la vida san Juan Bautista. La fidelidad de Dios no conoce ocaso. Dios es el de siempre. Al considerar esta intensidad de su amor, la criatura se siente empujada a devolver también un amor fiel, fruto de su libertad. Leemos hoy en la Antífona de la comunión los consejos que Pablo da a Tito: «Pues se ha manifestado la gracia de Dios (...). Vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2,12-13). Esta fidelidad a Dios exige una intimidad auténtica con Jesús en la oración, porque en el coloquio con el Señor experimentamos su amor –dulce y exigente– y esto nos lleva a ser generosos.

El rostro de una vida santa y fiel está compuesto por tantos momentos que no brillan externamente, porque la mayoría de las veces son escondidos, pero siempre hechos por amor: una sonrisa, un detalle de orden, agradecer o pedir perdón cuando hemos ofendido a otra persona, una respuesta amable… Refiriéndose al beato Álvaro, san Josemaría comentó: «Querría que le imitarais en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. En este montón de años de su vocación, se le han presentado muchas ocasiones –humanamente hablando– de enfadarse, de molestarse, de ser desleal; y ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables. Por motivos sobrenaturales, no por virtud humana. Sería muy bueno que le imitaseis en esto»[6].

«La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor; de un amor coherente, verdadero y profundo»[7]. A lo largo de la vida, el amor auténtico se renueva muchas veces al día. Así crece cada vez más, está vivo; la fidelidad no es inercia o sencillamente dejar pasar el tiempo. Ser fieles no supone ser personas inflexibles; nada más lejos la fidelidad que el simple mantener una elección del pasado. La persona fiel es creativa, es capaz de renovarse y de soñar en grande dentro de los planes de Dios.

Y si, en algún momento, el camino se hace algo más duro, la reacción del hombre fiel es pedir ayuda para poner todo de su parte en seguir adelante. Al mirar a María, Virgen fiel, podemos poner en sus manos nuestros deseos de amar como ella.


[1] Francisco, Audiencia,16-III-2016.

[2] Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía del Señor, 6-I-2008.

[3] San Josemaría, Forja, n. 532.

[4] San Juan Pablo II, Ángelus, 29-VIII-1999.

[5] Jueves de la III semana de Adviento, Antífona de entrada.

[6] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 19-II-1974.

[7] Benedicto XVI, Discurso 12-V-2010.

 

“Somos cristianos corrientes, llevamos una vida ordinaria”

Dios no te arranca de tu ambiente, no te remueve del mundo, ni de tu estado, ni de tus ambiciones humanas nobles, ni de tu trabajo profesional... pero, ahí, ¡te quiere santo! (Forja, 362)

Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo.

Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius, el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae, el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas.

Como cualquier otro suceso de su vida, no deberíamos jamás contemplar esos años ocultos de Jesús sin sentirnos afectados, sin reconocerlos como lo que son: llamadas que nos dirige el Señor, para que salgamos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad. (Es Cristo que pasa, nn. 14-15)

 

«Aprendamos de san José a cultivar espacios de silencio»

El Papa Francisco reflexionó sobre un aspecto de la vida de San José que los Evangelios muestran: “no refieren ninguna palabra suya, sino su actitud de silencio, escucha y acción, que pone de relieve su profunda interioridad”, dijo.

15/12/2021

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos nuestro camino de reflexión sobre san José. Después de haber ilustrado el ambiente en el que vivió, su papel en la historia de la salvación y su ser justo y esposo de María, hoy quisiera considerar otro aspecto importante de su figura: el silencio.

Muchas veces hoy es necesario el silencio. El silencio es importante, a mí me conmueve un versículo del Libro de la Sabiduría que fue leído pensando en la Navidad y dice: “Cuando la noche estaba en el silencio más profundo, ahí tu palabra bajó a la tierra”. En el momento de más silencio Dios se manifestó. Es importante pensar en el silencio en esta época en la que parece no tenga tanto valor.

Los Evangelios no relatan ninguna palabra de José de Nazaret, nada, no habló nunca. Eso no significa que fuera taciturno, no, hay un motivo más profundo. Con su silencio, José confirma lo que escribe san Agustín: «Cuando el Verbo de Dios crece, las palabras del hombre disminuyen». [1] En la medida en que Jesús ―la vida espiritual― crece, las palabras disminuyen. Esto que podemos definir como el “papagayismo”, hablar como papagayos, continuamente, disminuye un poco.

El mismo Juan Bautista, que es «voz que clama en el desierto: preparad del camino del Señor”» ( Mt 3,1), dice sobre el Verbo: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» ( Jn 3,30). Esto quiere decir que Él debe hablar y yo estar callado y José con su silencio nos invita a dejar espacio a la Presencia de la Palabra hecha carne, a Jesús.

El silencio de José no es mutismo; es un silencio lleno de escucha, un silencio trabajador, un silencio que hace emerger su gran interioridad. «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo ― comenta san Juan de la Cruz― y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma». [2]

Jesús creció en esta “escuela”, en la casa de Nazaret, con el ejemplo cotidiano de María y José. Y no sorprende el hecho de que Él mismo busque espacios de silencio en sus jornadas (cf. Mt 14,23) e invite a sus discípulos a hacer tal experiencia, por ejemplo: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» (Mc 6,31).

Qué bonito sería si cada uno de nosotros, siguiendo el ejemplo de san José, lograra recuperar esta dimensión contemplativa de la vida abierta de par en par precisamente por el silencio. Pero todos sabemos por experiencia que no es fácil: el silencio nos asusta un poco, porque nos pide entrar dentro de nosotros mismos y encontrar la parte más verdadera de nosotros. Y mucha gente tiene miedo del silencio, debe hablar, hablar, hablar o escuchar, radio, televisión…, pero el silencio no puede aceptarlo porque tiene miedo. El filósofo Pascal observaba que «toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse tranquilos en una habitación». [3]

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos de san José a cultivar espacios de silencio, en los que pueda emerger otra Palabra, es decir, Jesús, la Palabra: la del Espíritu Santo que habita en nosotros y que lleva a Jesús. 

No es fácil reconocer esta Voz, confusa a menudo con los miles de voces de preocupaciones, tentaciones, deseos, esperanzas que albergamos; pero sin este entrenamiento que viene precisamente de la práctica del silencio, puede enfermarse también nuestra habla. Sin la práctica del silencio se enferma nuestra habla. Esta, en lugar de hacer que brille la verdad, se puede convertir en un arma peligrosa. De hecho, nuestras palabras se pueden convertir en adulación, vanagloria, mentira, maledicencia, calumnia. 

Es un dato de experiencia que, como nos recuerda el Libro del Eclesiástico, «muchos han caído a filo de espada, mas no tantos como los caídos por la lengua» (28,18). Jesús lo dijo claramente: quien habla mal del hermano y de la hermana, quien calumnia al prójimo, es homicida (cf. Mt 5,21-22). Mata con la lengua. Nosotros no creemos en esto pero es la verdad. Pensemos un poco en las veces que hemos matado con la lengua ¡nos avergonzaremos! Pero nos hará muy bien, muy bien.

La sabiduría bíblica afirma que «muerte y vida estarán en poder de la lengua, el que la ama comerá su fruto» (Pr 18,21). Y el apóstol Santiago, en su Carta, desarrolla este antiguo tema del poder, positivo y negativo, de la palabra con ejemplos deslumbrantes y dice así: «Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo. […] también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. […] Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendición y la maldición» (3,2-10).

Este es el motivo por el cual debemos aprender de José a cultivar el silencio: ese espacio de interioridad en nuestras jornadas en el que damos la posibilidad al Espíritu de regenerarnos, de consolarnos, de corregirnos. No digo caer en un mutismo, no, sino cultivar el silencio. 

Cada uno mire dentro de sí: muchas veces estamos haciendo un trabajo y cuando terminamos enseguida buscamos el móvil para hacer otra cosa, siempre estamos así. Y esto no ayuda, esto nos hace caer en la superficialidad. 

La profundidad del corazón crece con el silencio, silencio que no es mutismo, como he dicho, sino que deja espacio a la sabiduría, a la reflexión y al Espíritu Santo. A veces tenemos miedo de los momentos de silencio, ¡pero no debemos tener miedo! Nos hará mucho bien el silencio. Y el beneficio del corazón que tendremos sanará también nuestra lengua, nuestras palabras y sobre todo nuestras decisiones. 

De hecho, José ha unido la acción al silencio. Él no ha hablado, pero ha hecho, y nos ha mostrado así lo que un día Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). 

Palabras fecundas cuando hablemos, nos recordamos de aquella canción “Palabras, palabras, palabras…” y nada de sustancial. Silencio, hablar justo, alguna vez morderse la lengua, que hace bien, en vez de decir tonterías.

Concluimos con una oración:

San José, hombre de silencio,
tú que en el Evangelio no has pronunciado ninguna palabra,
enséñanos a ayunar de las palabras vanas,
a redescubrir el valor de las palabras que edifican, animan, consuelan, sostienen.
Hazte cercano a aquellos que sufren a causa de las palabras que hieren,
como las calumnias y las maledicencias,
y ayúdanos a unir siempre los hechos a las palabras. Amén.


[1] Sermón 288, 5: PL 38, 1307.

[2] Dichos de luz y amor, BAC, Madrid, 417, n. 99.

[3] Pensamientos, 139.

 

Mensaje del Prelado (15 diciembre 2021)

El prelado del Opus Dei nos invita en esta Navidad a llevar la alegría del nacimiento de Jesús a los más necesitados y a las personas que nos rodean.

15/12/2021

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En estos días, ponemos ya una mirada más intensa en Belén. La Sagrada Familia, ante la falta de sitio en la posada, busca refugio en un establo. El frío, la pobreza y la escasa acogida marcan esos momentos. Sin embargo, Jesús recién nacido está rodeado del cariño de María y de José.

Esta misma estrechez de Belén puede repetirse de algún modo en muchos hogares de nuestras ciudades, especialmente este año, marcado por dificultades sociales, laborales y sanitarias. También muchos experimentan más la soledad. Procuremos, con la oración y con la ayuda material, llevar calor a todas las personas que podamos, sabiendo contemplar en cada una el rostro de Cristo hecho Niño: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). ¡Qué alegría da ver las iniciativas de tantas personas para llevar la ilusión del nacimiento de Jesús a los más necesitados!

En estas fiestas, además, serán muchos los momentos que pasaremos con familiares y amigos. Podremos compartir la Buena Nueva con ellos, haciéndonos cargo de la situación de cada uno; como dice san Josemaría, «más que en dar, la caridad está en comprender» (Camino, n. 463). Así, a pesar de nuestra personal poquedad, podemos transmitir una luz de esperanza en esta Navidad. El nacimiento de Jesús nos recuerda que, incluso en mitad de la noche más fría, siempre hay una llama encendida. Traer hasta nuestros hogares el ambiente de intimidad del portal de Belén nos ayudará también a descubrir o redescubrir el amor de Dios por nosotros.

Con mi bendición más cariñosa, os deseo una muy feliz y santa Navidad.

vuestro Padre

Roma, 15 de diciembre de 2021

 

Hogares luminosos y alegres

Vídeos y textos de Benedicto XVI, San Josemaría y el prelado del Opus Dei sobre el matrimonio y la familia.

San Josemaría en la Universidad de Navarra (8 de octubre de 1967)

03/01/2011

"Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntadQue la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones, escribe el apóstol. La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida".

San Josemaría Escrivá (Es Cristo que pasa, 22)

Vídeos sobre la familia Construir la familia

Vídeo de 33 minutos con las enseñanzas de San Josemaría sobre la vida en familia: el amor entre los esposos, el trato con los hijos, Dios en la familia... El vídeo se puede descargar para mostrarlo a otras personas.

San Josemaría habla de la familia, el matrimonio y la educación de los hijos

“Bendigo el matrimonio con mis dos manos de sacerdote”, decía San Josemaría. A los cónyuges les recomendaba reñir poco y terminar siempre con el perdón y un abrazo. Seis vídeos breves de encuentros de San Josemaría con gente diversa.

Encuentro Mundial de la Familia en Valencia

Algunas imágenes de Benedicto XVI en el Encuentro Mundial de la Familia celebrado en Valencia el 9 y 10 de julio.

El Prelado del Opus Dei habla de la familia Vídeo breve de la tertulia que mantuvieron el Prelado y los participantes en un congreso sobre la familia celebrado en Roma. Mons. Echevarría habla sobre el trato entre los cónyuges y la educación de los hijos. (Resumen en texto de la tertulia).

El Prelado del Opus Dei habla de la Navidad en familia

En esta entrevista, el Prelado del Opus Dei habla sobre la Navidad y la familia. “Querría tratar a los demás como los trata Cristo”, dice. Con motivo de estas fiestas, ofrecemos este vídeo (02’00’’).

Textos sobre la familia

Textos de Benedicto XVI sobre la familia Todas las intervenciones de Benedicto XVI en el V Encuentro Mundial de las Familias en Valencia (8-9 de julio de 2006)

 

San Josemaría habla del matrimonio y la familia

El matrimonio (www.josemariaescriva.info)

Dios y la familia (www.josemariaescriva.info)

Selección de textos de San Josemaría sobre la familia San Josemaría, intercesor de la familia

San Josemaría desde el Cielo puede interceder ante Dios para fortalecer la unidad de una familia, mejorar la relación en un matrimonio o ayudar a los hijos ante alguna dificultad. Ofrecemos la novena a San Josemaría por la familia.

Textos del Prelado del Opus Dei sobre la familia Carta del Prelado del Opus Dei sobre la familia

Recogemos los párrafos que, en esa carta, se dedican a la necesidad de fortalecer la institución familiar.

La familia en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer

Conferencia del Prelado del Opus Dei en la clausura del Congreso Internacional sobre Familia y Sociedad en la Universitat Internacional de Catalunya (Barcelona, 17-V-2008).

Homilía de Mons. Javier Echevarría en la Jornada mariana de la familia en Torreciudad. 

Historias de familias

Laurent y Solange: su matrimonio y el Opus Dei Solange y Laurent son una joven pareja de París, con tres niños pequeños. Los dos pertenecen al Opus Dei y en este vídeo explican cómo la vida espiritual les ayuda a quererse más (4’41’’).

El significado de la palabra tolerancia

Isabel García, periodista gallega y madre de seis hijos, tres de ellos de acogida. Relata su experiencia al procurar fomentar la generosidad en la propia familia, y cómo le ayuda el espíritu del Opus Dei a aceptar a los demás como son.

Familia: una labor compartida

Pablo y Carmen cuentan cómo procuran sacar adelante su familia compartiendo las labores domésticas e implicándose en la educación de los hijos.

“Soy una trapera del tiempo”

 Gabriela Méndez dice que tiene que ser una “trapera del tiempo” para robarle minutos al día. Nos habla de sus cuatro hijas, su trabajo en un colegio, de su vida social, y de sus grandes aficiones: la pintura y la música.

Educar a los hijos en libertad  

Pablo tiene cinco hijos, trabaja en la Administración Pública y "como a todo el que tiene hijos pequeños lo que más me preocupa es su educación. Han de aprender a usar su libertad de manera responsable: acertar y equivocarse". 

La maxi-cosi y el rey león

Rosa Pich y Jose María Postigo hablan de sus hijos, de un viaje en avión, de la maxi-cosi, del rey león...

"Tener una familia numerosa te obliga a estar siempre en forma" 

Patricia Donesteve es arquitecto, Pablo Poole estudió ICADE y es master del IESE. Se casaron hace 16 años y ahora tienen diez hijos.

 

La familia en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer

Conferencia de Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, en la clausura del Congreso Internacional sobre Familia y Sociedad en la Universitat Internacional de Catalunya (Barcelona, 17-V-2008)

17/10/2008

Sumario
1. Un mensaje para todos: santidad en la vida ordinaria
2. La fundación de la familia
3. Educación de los hijos
4. La familia, configuradora de la sociedad


Introducción

Agradezco la invitación que me habéis hecho para intervenir en este encuentro, y hablar sobre la familia en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei.

Estoy seguro de que conocéis bien esas líneas maestras, puesto que no resultan ajenas al origen mismo de la Universitat Internacional de Catalunya. En efecto, quienes promovieron esta institución —algunos se hallan hoy aquí, otros nos han precedido en el camino del Cielo—, son padres de familia que se han sentido movidos por las grandes sugerencias trazadas por San Josemaría, en puntos tan importantes como la santificación del trabajo profesional, el sentido vocacional del matrimonio y la familia, el espíritu de servicio y la responsabilidad por el bien común de la sociedad. Con estas luces —contenidas en el Evangelio—, habéis comprendido con hondura vuestros deberes en la educación de los hijos y en el papel que corresponde a la familia para la recta ordenación social.

Vuestro sentido de cristianos coherentes, de ciudadanos honrados, os llevó, en primer lugar, a actuar variadas iniciativas de orientación y formación, encaminadas a ayudar a los padres en su tarea de atender a sus hijos conforme a los auténticos ideales humanos y también cristianos. De esta libérrima actuación vuestra, a la que incansablemente animó San Josemaría a personas del mundo entero, ha nacido la Universitat Internacional de Catalunya, que ahora cumple su primera década de existencia.

Quienes sacáis adelante esta Alma Mater, que tiene un carácter plenamente civil, deseáis difundir —junto con el conocimiento de las disciplinas que se imparten—, la luz de la fe cristiana y el espíritu apostólico que, por providencia divina, San Josemaría Escrivá de Balaguer predicó por el mundo entero. A petición vuestra, la Prelatura del Opus Dei os ofrece la ayuda de sus sacerdotes para la asistencia pastoral de los estudiantes y profesores, del personal no docente, de los colaboradores y antiguos alumnos, dejando a todos la máxima libertad de participar.

La inspiración cristiana y la importancia que lógicamente se atribuye a la familia —características originarias de esta institución docente—, constituyen un acicate para desarrollar una rigurosa labor de investigación y una alta excelencia académica. Muy grabado lleváis en vuestra mente que una Universidad de la que la religión está ausente, es una Universidad incompleta: porque ignora una dimensión fundamental de la persona humana, que no excluye —sino que exige— las demás dimensiones[1].

Pertenecen estas palabras a unas declaraciones de San Josemaría, hace poco más de cuarenta años. En aquella ocasión, el Fundador del Opus Dei mencionaba también otro elemento, que resulta imprescindible y dota de un sentido pleno tanto a la Universidad como a la familia: la vocación de servicio a los demás. Se expresaba así: es necesario que la Universidad forme a los estudiantes en una mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien común con su trabajo profesional y con su actuación cívica. Los universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por los problemas de los demás y un espíritu generoso que les lleve a enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor solución. Dar al estudiante todo eso es tarea de la Universidad[2].

1. Un mensaje para todos: santidad en la vida ordinaria

También en la década de los años sesenta del pasado siglo, en el campus de la Universidad de Navarra, San Josemaría dirigió una homilía en la que se condensa de modo particularmente paradigmático su enseñanza constante. Tuvo lugar durante una Misa —verdadero centro y raíz de la vida cristiana— celebrada a cielo abierto ante millares de personas.

En aquella memorable ocasión, San Josemaría se detuvo a explicar un punto central del mensaje que Dios le había confiado el 2 de octubre de 1928: que el mundo es bueno, porque ha salido de las manos de Dios; y es ahí, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir, donde Dios nos espera cada día.

Lo recordó con gran fuerza el Papa Juan Pablo II, durante la canonización de San Josemaría, que tuvo lugar en Roma, el 6 de octubre de 2002. El Santo Padre subrayó que el Fundador del Opus Dei «no cesaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios, y la vida familiar, profesional y social, hecha de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones, n. 114)»[3].

La familia se enmarca en este conjunto de realidades que —como el trabajo, o la vida de relación social y cívica— componen nuestra existencia ordinaria, que un cristiano coherente sabe que ha de santificar, buscando al mismo tiempo la santificación propia y la de los demás. La cotidianidad, la existencia de cada día, es el ámbito en el que Dios llama —a cada una y a cada uno— a la santidad, a una íntima relación con Él, que no se quede en meras palabras, sino que se traduzca en un esfuerzo constante por imitar a Cristo y gastar la vida en su servicio, siendo sembradores de paz y de alegría entre quienes nos rodean.

En aquella homilía del campus de Pamplona, San Josemaría mencionó explícitamente el matrimonio y la familia. El amor humano, afirmaba, no es algo permitido, tolerado, junto a las verdaderas actividades del espíritu, como podría insinuarse en los falsos espiritualismos. Y añadía, como remachando la idea:El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid —insisto— ese algo divino que en los detalles se encierra: toda esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el que se encuadra el amor humano[4].

Esta visión trascendente de las comunes realidades diarias, que impulsa a la persona a materializar la vida espiritual, forma parte del mensaje del Evangelio. Se trata de enseñanzas perennes de la Iglesia: San Josemaría, con su predicación y con sus escritos, y —sobre todo— con el ejemplo de su conducta cotidiana, nos ayuda a profundizar en ese tesoro y a hacerlo carne de nuestra carne, programa de nuestra tarea de mujeres y hombres de fe, en todas las ocupaciones honradas.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar[5].

El espacio vital de la familia es pues, ante todo, lugar de encuentro con Dios, ámbito propicio para una existencia alegre de servicio y donación a los demás basada en la conciencia activa y permanente de nuestra condición de hijos de Dios. De la maravillosa realidad de nuestra filiación divina en Cristo, se desprenden muy variadas consecuencias para la conducta personal, para nuestras familias, para la sociedad.

El Papa Benedicto XVI ha explicado repetidamente que «matrimonio y familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas particulares. Por el contrario, la cuestión de la justa relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo puede encontrar su respuesta a partir de ésta. Es decir, no puede separarse de la pregunta siempre antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy?, ¿quién es el hombre? Y esta pregunta, a su vez, no se puede separar del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios? Y, ¿quién es Dios? ¿Cuál es verdaderamente su rostro?

»La respuesta de la Biblia a estas dos cuestiones es unitaria y consecuente: el hombre es creado a imagen de Dios, y Dios mismo es Amor. Por este motivo, la vocación al amor es lo que hace que el hombre sea la auténtica imagen de Dios: es semejante a Dios en la medida en que ama»[6]. Y en su visita pastoral a Valencia, el Santo Padre definió la familia como «el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y a recibir amor»[7].

La familia, en efecto, nace como comunidad querida por Dios, fundada y edificada sobre el amor. En el hogar se hace posible un aprendizaje que resulta imprescindible: la necesidad de contar con los demás en nuestra vida, respetando y desarrollando los vínculos que nos entrelazan a unos con otros. Comprender que he de darme gustosamente cada día, viviendo con una sana atención y servicio a las personas que me rodean, es uno de los grandes tesoros que las familias cristianas, consecuentes con su fe, brindan a sus propios miembros y a toda la sociedad. En la escuela del amor que caracteriza a la familia —que, insisto, tiene como condición irrenunciable el olvido de sí—, se adquieren hábitos que necesariamente repercuten en beneficio del tejido social, a todos los niveles.

Escuchemos de nuevo a San Josemaría. Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad[8].

Estas palabras nos servirán de guía para repasar algunas de sus muchas enseñanzas sobre el matrimonio y la familia. Lo haremos siguiendo los tres puntos que nos señala: la fundación de la familia en el matrimonio, la educación de los hijos y la irradiación cristiana de la familia en la sociedad.

2. La fundación de la familia

La familia es escuela de amor, en primer lugar, para la mujer y para el hombre que deciden contraer matrimonio. Consideraba el Fundador del Opus Dei: Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio —que es un sacramento, un ideal y una vocación—, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido[9].

El matrimonio entraña una vocación, nos dice San Josemaría en este texto, recogiendo ideas que venía predicando desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei. Con la ayuda de Dios, que nunca faltará, esposa y esposo pueden perseverar en el amor y, a través de ese amor, les resulta posible y amable el propio crecimiento como cristianos, que es también mejorar como personas.

Vivido con estas disposiciones, el matrimonio se manifiesta verdaderamente como una vocación, una senda de encuentro con Dios. De modo semejante a todo camino, no faltarán dificultades. A veces surgirán diferencias, modos de pensar distintos entre el marido y la mujer; quizás el egoísmo intentará ganar terreno en sus almas. Hay que estar prevenidos y no sorprenderse. San Josemaría era muy sobrenatural y, al mismo tiempo, muy humano; por eso, previendo estas naturales dificultades en el matrimonio, solía comentar: como somos criaturas humanas, alguna vez se puede reñir; pero poco. Y después, los dos han de reconocer que tienen la culpa, y decirse uno a otro: ¡perdóname!, y darse un buen abrazo... ¡Y adelante!"[10]

La relación entre los esposos se convierte, así, en una constante oportunidad de ejercitarse en la entrega mutua. Se trata de un aprendizaje mediante el que los cónyuges toman conciencia, en la cotidianidad de su caminar terreno, de que se deben el uno al otro. En ese estupendo ambiente de confianza, de lealtad, de sinceridad y cariño, ¡de verdadera entrega!, se mostrarán dispuestos a recibir los hijos que Dios quiera confiarles, fruto al mismo tiempo de su amor.

Si uno desea sinceramente llevar a la práctica este ideal, resulta imprescindible vivir delicadamente la castidad, también en el estado matrimonial. En ningún caso el ejercicio de la sexualidad —es algo querido por Dios, bueno y bello— debe perder su noble y original sentido. Con palabras de San Josemaría os recuerdo que cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara. Los esposos deben edificar su convivencia sobre un cariño sincero y limpio, y sobre la alegría de haber traído al mundo los hijos que Dios les haya dado la posibilidad de tener, sabiendo, si hace falta, renunciar a comodidades personales y poniendo fe en la providencia divina: formar una familia numerosa, si tal fuera la voluntad de Dios, es una garantía de felicidad y de eficacia, aunque afirmen otra cosa los fautores equivocados de un triste hedonismo[11].

Ordinariamente, el amor matrimonial —como cualquier cariño humano limpio— se manifestará también en cosas pequeñas. San Josemaría habló en innumerables ocasiones de la importancia de lo que parece pequeño —que es grande si se realiza por amor— en los distintos aspectos de la existencia del cristiano. Promovía, por ejemplo, un trato personal e íntimo con Dios, en las circunstancias normales de la vida. Porque la relación con Dios tiene el carácter de trato de familia: somos sus hijos, y Él nuestro Padre. De este modo, lo que le resultaba útil para meditar en el amor divino, San Josemaría lo aplicaba también al amor humano, a la existencia de nuestras familias; y al revés. De intento lo repito, haciendo mías unas palabras suyas para subrayar que cada pequeño detalle tiene sentido. Afirmaba: el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz[12].

Invitaba a tomar como modelo a la Sagrada Familia y también a esforzarse —con la entrega diaria— para convertir el ambiente de familia en un anticipo del cielo. Todavía me parece oír el eco de unas afirmaciones del Fundador del Opus Dei: en Nazaret nadie se reserva nada: todo allí se puso al servicio de los planes de Dios, con un desvelo continuo de unos por otros. Con renovada frecuencia, San Josemaría meditó las escenas que los Evangelios recogen de la Sagrada Familia. Le gustaba introducirse en aquel hogar con la imaginación, como un habitante más de la casa, y pensar en el trato habitual entre Jesús, María y José. De esta costumbre sacaba valiosas enseñanzas para los fieles del Opus Dei y para todas las personas que acudían a pedirle consejo.

3. Educación de los hijos

En sus reuniones con padres de familia, el Fundador del Opus Dei quiso resaltar muchas veces la importancia del cariño y la entrega mutua de los esposos, precisamente para mejorar la educación de los hijos. No se le escapaba que la conducta, el ejemplo, se demuestra cauce eficacísimo y primordial de esa formación. Por eso insistía en que conviene que los hijos —ya desde pequeños— vean, contemplen, que sus padres están unidos y se quieren de veras.

La educación corresponde principalmente a los padres. En esa tarea, nadie puede sustituirlos: ni el Estado, ni la escuela, ni el entorno. Supone una gran responsabilidad, un reto estupendo, de cuyo ejercicio consecuente dependen el presente y el futuro de los propios hijos y de la sociedad.

A quienes sois madres y padres de familia, os animo a afrontar con valentía y con optimismo esta tarea que el Señor ha puesto en vuestras manos. Dejadme que os repita, con San Josemaría, que la educación de los hijos es el mejor negocio de vuestras vidas. En esta tierra catalana se valora mucho la eficiencia y el rendimiento —también económico— del trabajo; por eso, estoy seguro de que os dais cuenta de la profunda verdad de esa afirmación, y de que estáis dispuestos a invertir generosamente todas vuestras energías en la buena educación de las criaturas que el Señor os ha confiado, acogiendo con generosidad las obligaciones que comporta; y que también, cuando resulte preciso, sabréis defender unos derechos que os corresponden como madres y padres de familia, como ciudadanos libres.

Corresponde igualmente a los padres y madres enseñar a sus hijos toda la belleza y toda la exigencia que se contiene en el gran tesoro de la libertad personal: el don natural más preciado que Dios ha otorgado al hombre. Un don que ha de usarse con responsabilidad, para emprender el camino del bien y avanzar por esa senda.

En consecuencia, al tratar con sus hijas e hijos, los padres han de procurar que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Eccli 15, 14)[13].

Por eso, me ha llenado de alegría conocer que la Universitat Internacional de Catalunya ha resumido su ideario en una frase de Jesucristo recogida en el Evangelio de San Juan: veritas liberabit vos (Jn 8, 32), la verdad os hará libres. Amar la verdad significa amar y defender la libertad, pues se alzan como actitudes inseparables. Para ser verdaderamente libres, resulta preciso buscar sinceramente la verdad y, en el caso de los educadores —entre los que en primer lugar destacado se encuentran los padres—, exige un empeño diario por educar a los niños y a los jóvenes en los bienes auténticos.

Los padres han de enseñar a sus hijos a distinguir el bien del mal, y a escoger libremente el bien. Pero ¿cómo compaginar, en la práctica, el respeto de su libertad con el desvelo para que opten por el bien? San Josemaría nos responde: no es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable[14].

La amistad con los hijos requiere tiempo y empeño constante por atenderlos, estar interesados por sus cosas, compartir con ellos afanes y proyectos. Resulta importantísimo que esas criaturas vuestras lleguen a considerar al padre y a la madre como verdaderos amigos, es decir, personas a las que confiar sus preocupaciones y dificultades. Afirmaba San Josemaría: los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. Unas veces prestarán esa ayuda con su consejo personal; otras, animando a sus hijos a acudir a otras personas competentes: a un amigo leal y sincero, a un sacerdote docto y piadoso, a un experto en orientación profesional. Pero el consejo —continuaba el Fundador del Opus Dei— no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal[15].

Si hay verdadero cariño en la familia, esto resulta hacedero. Y así, todas las circunstancias que jalonan la vida ordinaria harán que el hogar se convierta en una constante y efectiva escuela de virtudes. La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria[16].

Los padres cristianos procuran dar a sus hijos, también, lo mejor que poseen: la fe. Han de acompañarlos en el camino del conocimiento y del trato con Dios, aprender juntos las verdades del Evangelio y el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas. De manera semejante, en este punto, San Josemaría recomendaba optar por el ejemplo y por la libertad. Así lo explicaba en una de sus catequesis: no les obliguéis a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres, y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron solo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata[17].

Poned interés en hacerles entender las oraciones que les enseñáis —pocas, cuando son pequeños—, y esmeraos en que lleguen bien preparados para recibir los sacramentos. Resulta indispensable ayudarles a tomar conciencia de su dignidad de hijos de Dios, ya que sepan responder generosamente a los dones que reciben de su Padre del cielo, orientando su existencia a horizontes generosos y trascendentes.

Junto a la gozosa realidad de esta vida de libertad, como hijos de Dios, afanaos en enseñarles las obligaciones que corresponden a su situación como personas y como cristianos. Se trata, en definitiva, de acompañarlos en el empeño por alcanzar la santidad, a la que todos estamos llamados. Os recuerdo esta exhortación de San Josemaría: vosotros, madres y padres cristianos, sois un gran motor espiritual, que manda a los vuestros fortaleza de Dios para esa lucha, para vencer, para que sean santos. ¡No les defraudéis! [18].

Recientemente, Benedicto XVI resumía todas estas recomendaciones cuando pedía a los padres: «Que permanezcáis siempre firmes en vuestro amor recíproco: éste es el primer gran don que necesitan vuestros hijos para crecer serenos, para ganar confianza en sí mismos y confianza en la vida, y para aprender ellos a ser a su vez capaces de amor auténtico y generoso. Además, el bien que queréis para vuestros hijos debe daros el estilo y la valentía del verdadero educador, con un testimonio coherente de vida y también con la firmeza necesaria para templar el carácter de las nuevas generaciones, ayudándoles a distinguir con claridad entre el bien y el mal y a construir a su vez sólidas reglas de vida, que las sostengan en las pruebas futuras. Así enriqueceréis a vuestros hijos con la herencia más valiosa y duradera, que consiste en el ejemplo de una fe vivida diariamente»[19]

4. La familia, configuradora de la sociedad

La familia, en la medida en que cada uno de sus miembros pone un serio empeño en llevar a cabo la misión que le corresponde, es el entorno más adecuado para el crecimiento de las personas. Pero no acaba en ese ámbito —en el de la propia familia— su función. Se requiere que toda esa riqueza redunde en favor de la sociedad.

Esta dimensión natural de la familia —como ocurre en otros campos— se esclarece aún más a la luz de la fe. Todos somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros. Con este sentido de viva fraternidad, ningún afán de los demás puede resultarnos indiferente. Los retos de la sociedad a la que pertenecemos merecen, entonces, toda nuestra atención.

En la década de los 60 del siglo XX, en momentos de particular intensidad en la historia del mundo y de la Iglesia, el Señor dio a entender con fuerza a San Josemaría que, al ser los padres los primeros responsables de la educación de sus hijos, debían ser ellos mismos quienes sin dilación emprendieran y se hicieran cargo de muchos nuevos centros de enseñanza, en los que se educara a los hijos en los valores humanos y cristianos. Doctrina antigua, que repetidamente había puesto por escrito y había predicado. Pero en aquellos años 60, caracterizados por fuertes convulsiones sociales, esa luz se hizo más fuerte y operativa.

Su intensa oración por esta intención concreta, y una incansable catequesis, removieron la conciencia de muchos padres y madres de familia en los cinco continentes. Desde entonces, han florecido por todas partes centros de enseñanza a todos los niveles, cuya promoción, gestión y desarrollo recae sobre los padres de los alumnos, que prestan así un gran bien a la familia, a la sociedad y a la Iglesia.

En una ocasión, San Josemaría dirigía estas palabras a los padres de uno de esos colegios:

El primer negocio es que vuestros hijos salgan como deseáis; por lo menos tan buenos y, si es posible, mejor que vosotros. Por tanto, ¡insisto!: esta clase de Colegios, promovidos por los padres de familia, tienen interés, en primer término, para los padres de familia; luego, para el profesorado, y después para los estudiantes. Y me diréis: ¿este trabajo será útil? Lo estáis viendo: cada uno tiene experiencia personal, a través de la de sus hijos. Si no van mejor, es por culpa vuestra: porque no rezáis y porque no venís por aquí. Vuestra labor es muy interesante, y vuestros negocios no se resentirán por esta dedicación que os pide el Colegio. Con palabras del Espíritu Santo, os digo: electi mei non laborabunt frustra (Is 65, 23). Os ha elegido el Señor, para esta labor que se hace en provecho de vuestros hijos, de las almas de vuestros hijos, de las inteligencias de vuestros hijos, del carácter de vuestros hijos; porque aquí no sólo se enseña, sino que se educa, y los profesores participan de los derechos y deberes del padre y de la madre [20].

No puedo acabar este recorrido —necesariamente breve- por algunas enseñanzas de San Josemaría sobre el matrimonio y la familia, sin señalar que se inscriben perfectamente en la doctrina social de la Iglesia, que concibe la institución familiar como vertebradora de la sociedad. La familia es, en efecto, «célula fundamental de la sociedad»[21] y «escuela del más rico humanismo»[22]. Tiene, sin lugar a dudas, una misión insustituible: los hijos educados en su seno serán el día de mañana cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad[23].

San Josemaría acudía con frecuencia al ejemplo de los primeros cristianos. Le gustaba referirse a aquellas familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoysembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído[24].

Paz y alegría. Ante algunos sucesos, ante algunas modas culturales y legislaciones deshumanizadoras, que se alejan del ideal cristiano —que es también el auténticamente humano— de matrimonio y familia, alguno podría tener la tentación de quedar abatido. Si así le ocurriera, estoy seguro de que San Josemaría le replicaría que, aunque se trate de momentos fuertes para las personas, son tiempos de optimismo, de trabajar y rezar, de rezar y trabajar, con la firme seguridad de la fe y con la fuerza perenne de la familia. Ha llegado el momento, por tanto, de hacer una extensa labor positiva, ahogando el mal en abundancia de bien. Un bien que, por otro lado, repartiremos a manos llenas y con alegría en todos los ambientes. Las familias cristianas tienen un gran tesoro que transmitir a los demás, un servicio preciosísimo que prestar a la sociedad con su conducta ejemplar y con su solidaridad entre padres e hijos, y también con los abuelos. Y, como todo servicio, se debe hacer con alegría.

Nos encontramos ante una cultura que corre el peligro de perder el sentido propio del matrimonio y de la institución familiar. Frente a este panorama, Juan Pablo II urgía a procurar que “mediante una educación evangélica cada vez más completa, las familias cristianas ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más frágiles que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada vez más conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz presencia eclesial y social para tutelar sus derechos»[25].

Como recordó la Congregación para la Doctrina de la Fe, en un importante y actual documento, si el ordenamiento jurídico de una sociedad reconoce y tutela «la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad», la sociedad se constituye sobre una base sólida. Junto con «el derecho primario a la vida desde la concepción hasta su término natural» y «la libertad de los padres en la educación de sus hijos», la tutela y promoción de la familia, así entendida, constituye una «exigencia ética fundamental e irrenunciable», para «el bien integral de la persona»[26], de todas las personas, que es preciso defender. Por eso, como afirmaba San Josemaría, hay dos puntos capitales en la vida de los pueblos: las leyes sobre el matrimonio y las leyes sobre la enseñanza; y ahí, los hijos de Dios tienen que estar firmes, luchar bien y con nobleza, por amor a todas las criaturas[27].

Es ésta una labor que es preciso llevar a cabo por amor a todos: porque a todos beneficia el hecho de que haya muchas familias unidas, abiertas a la vida y con mentalidad de servicio. Constituyen el lugar idóneo para el crecimiento y realización de cada uno como persona, para su apertura a los demás, para la adquisición de virtudes y, en el caso de los cristianos, para la recepción y la transmisión de la fe.

Difundir la verdad sobre la familia y el matrimonio se nos muestra como una de las tareas prioritarias en la nueva evangelización. Es obligación que corresponde a todos, a cada uno desde su propia posición en la familia: como esposos, como padres, como hijos, como abuelos; también en el caso de quienes, aceptan­do alegremente la Voluntad de Dios, no han recibido el fruto de los hijos y gastan sus energías siendo un matrimonio ejemplar en el servicio a los demás. Os animo, pues, a todos, a tomar parte en este reto, del que dependen grandes beneficios para el futuro de muchas personas y de la entera sociedad.

Sé que este empeño forma parte muy importante de la misión que configura a esta Universidad, y que desde los comienzos habéis desarrollado instrumentos e iniciativas académicas para trabajar por el pleno reconocimiento de la familia. Una prueba es este Congreso universitario internacional en torno a esta célula capital de la sociedad, con el que habéis querido celebrar el décimo aniversario de la fundación de la Universidad.

Estoy seguro de que San Josemaría mira con predilección, desde el Cielo, todos vuestros esfuerzos, y los bendice.

También yo bendigo de todo corazón estos afanes, incluyendo a todos los que formáis parte de la Universitat Internacional de Catalunya, y a cuantos habéis participado en este Congreso y trabajáis por hacer realidad estos ideales en los más variados lugares del mundo.


[1] San Josemaría, Conversaciones, n. 73.

[2] Ibid., n. 74.

[3] Juan Pablo II, Homilía en la canonización de San Josemaría, 6-X-2002

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 121.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23

[6] Benedicto XVI, Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, 6-VI-2005.

[7] Benedicto XVI, Discurso en el Encuentro Mundial de las Familias, 8-VII-2006.

[8] San Josemaría, Conversaciones, n. 91.

[9] Ibid [10] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-VI-1974.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 25. [12] San Josemaría, Conversaciones, n. 91.

[13] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 27.

[15] San Josemaría, Conversaciones, n. 104.

[16] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 23

[17] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 28-X-1972.

[18] San Josemaría, Forja, n. 692

[19]Benedicto XVI, Discurso a la Diócesis de Roma con motivo de la entrega de la carta sobre la tarea urgente de la educación, 23-11-2008.

[20] San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 21-XI-1972.

[21] Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 40.

[22] Concilio vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 52. [23] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 28.

[24]Ibid., n. 30.

[25] Juan Pablo II, Carta apost. Novo millennio ineunte, 6-1-2001, n. 47.

[26] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24-xI-2002, n. 4.

[27] San Josemaría, Forja, n. 104

 

La ternura de Dios (VI): Una serena atención: las obras de misericordia espirituales

Las obras de misericordia espirituales atienden al hambre y a la sed, a la desnudez y al desamparo, a la enfermedad y a la cautividad que experimenta, en tantas formas diversas, el corazón humano.

 

02/09/2016

La Iglesia tiene la sabiduría de una buena madre, que sabe lo que necesitan sus hijos para crecer sanos y fuertes, en el cuerpo y en el espíritu. Con las obras de misericordia, nos invita a descubrir siempre de nuevo que tanto el cuerpo como el alma de nuestros hermanos los hombres necesitan de cuidados, y que Dios nos confía a cada uno esa custodia atenta. «El objeto de la misericordia es la misma vida humana en su totalidad. Nuestra vida misma en cuanto “carne” está hambrienta y sedienta, necesitada de vestido, casa y visitas, así como de un entierro digno, cosa que nadie puede darse a sí mismo (…). Nuestra vida misma, en cuanto “espíritu”, necesita ser educada, corregida, animada, consolada (…). Necesitamos que otros nos aconsejen, nos perdonen, nos aguanten y recen por nosotros»[1].

AUN CON EL PESO QUE LLEVEMOS A NUESTRAS ESPALDAS, DIOS ESPERA QUE NUESTRO CORAZÓN SE CONMUEVA COMO EL SUYO, QUE NO SE INSENSIBILICE ANTE LAS NECESIDADES DE LOS DEMÁS.

Vamos a considerar ahora las obras espirituales, que atienden al hambre y a la sed, a la desnudez y al desamparo, a la enfermedad y a la cautividad que experimenta, en tantas formas diversas, el corazón humano: formas de mendicidad espiritual que a todos nos aquejan, y que descubrimos también, si no nos dormimos, a nuestro alrededor[2]. Aun con el peso que llevemos a nuestras espaldas, Dios espera que nuestro corazón se conmueva como el suyo, que no se insensibilice ante las necesidades de los demás. «En medio de tanto egoísmo, de tanta indiferencia –¡cada uno a lo suyo!–, recuerdo aquellos borriquitos de madera, fuertes, robustos, trotando sobre una mesa... –Uno perdió una pata. Pero seguía adelante, porque se apoyaba en los otros»[3].

La misericordia de todos los días

San Josemaría recordaba en una ocasión su alegre experiencia de generosidad cristiana, confirmada a lo largo de los años: «conozco miles de estudiantes (…) que han renunciado a construirse su pequeño mundo privado, dándose a los demás mediante un trabajo profesional, que procuran hacer con perfección humana, en obras de enseñanza, de asistencia, sociales, etc., con un espíritu siempre joven y lleno de alegría»[4]. Donde hay un cristiano que se reconoce «como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar», encontramos «la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades»[5]. «Hombres todos, y todos hijos de Dios, no podemos concebir nuestra vida como la afanosa preparación de un brillante curriculum, de una lucida carrera»[6]. Es lógico que nos ilusionemos con los horizontes que se abren ante nosotros en nuestro trabajo; pero esa ilusión, si no quiere ser delirio –«vanidad de vanidades» (Qo 1,2)–, debe estar inspirada por la pasión de iluminar las inteligencias, pacificar las tensiones, confortar los corazones.

Todos incidimos de un modo u otro en la cultura y en la opinión pública: no solo los escritores, los profesores o los profesionales de la comunicación. Cada uno a su modo puede hacer mucho por «enseñar al que no sabe», «dar buen consejo al que lo necesita» y «corregir al que se equivoca»: a quienes son víctimas, aun sin saberlo, de la superficialidad o de las ideologías; a quienes tienen sed de saber, de beber de las fuentes de la sabiduría humana y divina; a quienes no conocen a Cristo, «ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina»[7] El esfuerzo por pensar la fe, de modo que se perciba el resplandor de la verdad; la disposición a complicarse la vida organizando medios de formación en los contextos más diversos; la ilusión por dar forma cristiana a la propia profesión, purificándola de abusos y abriéndole horizontes; el interés de los profesores por hacer crecer a sus alumnos; la iniciativa para orientar con nuestra experiencia a quienes se abren paso en el mundo profesional; la disposición a ayudar o aconsejar a los colegas en sus dificultades; el apoyo a los jóvenes que no se deciden a formar una familia a causa de la precariedad de sus condiciones de trabajo; la nobleza y la valentía de «corregir al que se equivoca»… Estas, y otras actitudes que van mucho más allá de éticas minimalistas, dan forma a la misericordia ordinaria que Dios pide a los cristianos de la calle.

EL TERRENO HABITUAL DE LA MISERICORDIA ES UN DÍA A DÍA DEL TRABAJO REGIDO POR LA PASIÓN DE AYUDAR: ¿QUÉ MÁS PUEDO HACER? ¿A QUIÉN MÁS PUEDO IMPLICAR?

Aunque sin duda conviene dar vida a proyectos allí donde tengamos posibilidad de dar una mano, el terreno habitual de la misericordia es un día a día del trabajo regido por la pasión de ayudar: ¿qué más puedo hacer? ¿a quién más puedo implicar? Todo esto es misericordia en acto, sin horarios, sin cálculos: «una misericordia dinámica, no como un sustantivo cosificado y definido, ni como adjetivo que decora un poco la vida, sino como verbo –misericordiar y ser misericordiados–»[8].

Arropar la debilidad del otro

Este binomio –misericordiar y ser misericordiados– se hace eco de la bienaventuranza más específica de este año jubilar: «bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia» (Mt 5,7): se abrirá paso en ellos la misericordia, porque al darla la recibirán de lo alto. El genio de Shakespeare lo sintetizó así: «La misericordia no es obligatoria; cae como la dulce lluvia del cielo sobre la tierra que está bajo ella. Es una doble bendición: bendice al que la concede y al que la recibe»[9].

A los misericordiosos, pues, el Señor no les promete solo clemencia y comprensión al final de sus días, sino también una medida generosa de dones –el ciento por uno (Mt 19, 29)– para esta vida: el misericordioso percibe más intensamente cómo Dios le perdona y le comprende; se alegra a su vez perdonando y comprendiendo, aunque duela; y experimenta también la alegría de ver cómo la misericordia de Dios se contagia, a través de él, a los demás. «Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Co 1,25). Cuando ahogamos el mal con abundancia de bien; cuando evitamos que la dureza de los demás nos endurezca el corazón, y no respondemos a la frialdad con más frialdad; cuando nos resistimos a volcar sobre quienes nos rodean nuestras dificultades; cuando nos esforzamos por sobreponernos a nuestra susceptibilidad y a nuestro amor propio, entonces libramos «las batallas de Dios (…). No hay más remedio que tomarse con empeño esta hermosísima guerra de amor, si de verdad queremos conseguir la paz interior, y la serenidad de Dios para la Iglesia y para las almas»[10].

Otra de las obras de misericordia espirituales consiste en «sufrir con paciencia los defectos de los demás». No se trata solo de no poner en evidencia al otro, de no señalarle con el dedo: la misericordia arropa la debilidad del otro, como los hijos de Noé[11], aunque al arroparle note el «olor» de sus defectos. Una misericordia distante no sería misericordia. El «olor a oveja»[12] –porque todos en la Iglesia somos «oveja y pastor»[13]– no suele ser agradable, pero exponerse a él es un sacrificio que, realizado sin aspavientos, sin que se note, tiene un aroma muy agradable a Dios: el bonus odor Christi[14]. «Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto» (Mt 6,17-18)

LA MISERICORDIA INVIERTE UNA FÁCIL TENDENCIA A SER EXIGENTES CON LOS DEMÁS, Y TRANSIGENTES CON NOSOTROS MISMOS.

La misericordia invierte una fácil tendencia a ser exigentes con los demás, y transigentes con nosotros mismos. Descubrimos entonces con frecuencia que lo que nos parecía un defecto era simplemente una etiqueta que habíamos puesto al otro, quizá por un episodio aislado, o por una impresión a la que habíamos dado demasiada importancia; un «juicio sumario» que cristalizó, y que nos impide verle como es, porque percibimos solo esa cara negativa, ese rasgo hinchado por nuestro amor propio. La misericordia de Dios nos ayuda a evitar y, en su caso, a levantar esos dictámenes severos, de los que a veces no somos demasiado conscientes. También aquí rige aquella sentencia tan sabia de Tertuliano de que «dejan de odiar quienes dejan de ignorar, desinunt odisse qui desinunt ignorare»[15]. Un reto de la misericordia ordinaria, pues, es conocer mejor a quienes nos rodean, y evitar etiquetarles: padres, hijos, hermanos; vecinos, colegas... Además, cuando comprendemos a una persona, cuando no desesperamos de ella, la ayudamos a crecer; y en cambio, la fijación en las insuficiencias produce una tensión, un agarrotamiento con el que difícilmente brota lo mejor de cada uno. Toda nuestra relación con los demás, especialmente en la familia, debe ser «un “pastoreo” misericordioso»: sin paternalismos, «cada uno, con cuidado, pinta y escribe en la vida del otro»[16]

Hace falta también misericordia para llevar sin resentimiento la dureza con la que los demás a veces puedan tratarnos. No es fácil querer cuando uno recibe coces o indiferencia, pero «si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?» (Mt 5,47). El aire cristiano no se caracteriza solo por la mutua comprensión sino también por la disposición a reconciliarse cuando fallamos o cuando nos tratan con desdén. La actitud sincera de «perdonar las ofensas» es la única vía para romper las espirales de incomprensión que vemos alzarse a nuestro alrededor y que son, casi siempre, espirales de desconocimiento mutuo. No es esta una actitud idealista para ingenuos que no están en contacto con la mezquindad o con el cinismo, sino «fuerza de Dios» (1 Co 1, 19): una brisa suave, capaz de derrumbar las estructuras más imponentes.

Enviados a consolar

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros seamos capaces de consolar a los que se encuentran en cualquier tribulación, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Co 1,3-4). El cristiano sufre como los demás hombres; sufre a veces más por las incomprensiones o por las dificultades que le crea su fidelidad a Dios[17]; pero a la vez los sufrimientos se le hacen más ligeros, porque tiene el consuelo de su Padre. «Esta es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡victoria!»[18] El consuelo que Dios nos da nos hace capaces de consolar; nos envía al mundo a consolar, porque «nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor»[19].

UNA DE NUESTRAS ALEGRÍAS EN EL CIELO SERÁ DESCUBRIR EL BIEN QUE HIZO A TANTAS PERSONAS UNA BREVÍSIMA ORACIÓN EN MEDIO DEL AJETREO DEL TRÁFICO O DEL TRANSPORTE PÚBLICO.

Para «consolar al que está triste» es necesario aprender a leer las necesidades de los demás. Hay personas que están tristes porque experimentan la «amargura que proviene de la soledad o de la indiferencia»[20]; otras porque están sometidas a mucha tensión y necesitan descansar: se tratará de acompañarles y, a veces, de enseñarles a descansar, porque nunca aprendieron ese arte. Un buen hijo de Dios procura emular la tarea discreta del verdadero Consolador, «descanso en el trabajo, alivio en el calor, consuelo en el llanto»[21]: atender a los demás sin hacerles notar que les estamos dedicando tiempo, sin que tengan la impresión de que les concedemos audiencia, o de que les gestionamos. «Estamos hablando de una actitud del corazón, que vive todo con serena atención, que sabe estar plenamente presente ante alguien sin estar pensando en lo que viene después, que se entrega a cada momento como don divino que debe ser plenamente vivido»[22] Un hijo de Dios camina por la existencia con la convicción profunda de que «cada persona es digna de nuestra entrega»[23]: la sonrisa, la disposición a ayudar, el interés verdadero por los demás, también por aquellos a quienes ni siquiera conocemos, pueden cambiarles el día, y a veces la vida.

Con todos, conocidos y desconocidos, nuestra misericordia encontrará un «cauce ancho, manso y seguro»[24] en la oración: «Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios»[25]. Por eso la Iglesia nos alienta a «rogar a Dios por vivos y difuntos». Una de nuestras alegrías en el cielo será descubrir el bien que hizo a tantas personas una brevísima oración en medio del ajetreo del tráfico o del transporte público, a veces quizá como respuesta misericordiosa a un gesto poco amable; la esperanza que Dios inspiró, por nuestra intercesión, a quienes sufrían por cualquier motivo; el consuelo que recibieron vivos y difuntos por nuestro recuerdo –memento– en la Santa Misa, metidos en la oración de Jesús al Padre, en el Espíritu Santo.

Acabamos así este breve recorrido por las obras de misericordia, que son en realidad «infinitas, cada una con su sello personal, con la historia de cada rostro. No son solamente las siete corporales y las siete espirituales en general. O más bien, estas, así numeradas, son como las materias primas –las de la vida misma–: cuando las manos de la misericordia las tocan y las moldean, se convierten cada una de ellas en una obra artesanal. Una obra que se multiplica como el pan en las canastas, que crece desmesuradamente como la semilla de mostaza»[26].

Carlos Ayxelá


[1] Francisco, 3ª meditación en el Jubileo de los sacerdotes, 2-VI-2016.

[2] El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica las enumera así: enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que yerra; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos de los demás; rogar a Dios por vivos y difuntos.

[3] San Josemaría, Forja, 563.

[4] San Josemaría, Conversaciones, 75.

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium (24-XI-2013), 273.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, 76.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 179.

[8] Francisco, 1ª meditación en el Jubileo de los sacerdotes, 2-VI-2016.

[9] W. Shakespeare, El mercader de Venecia, Acto IV, Escena I. Cfr. Francisco, Mensaje para la 50 Jornada mundial de las comunicaciones sociales, 24-I-2016.

[10] San Josemaría, Apuntes tomados de una meditación, II-1972, citado en Es Cristo que pasa, Edición crítico-histórica preparada por Antonio Aranda, Rialp 2013, 8d.

[11] Cfr. Gn 9,22-23.

[12] Francisco, Homilía, 28-III-2013.

[13] Cfr. Javier Echevarría, Carta Pastoral, 1-VIII-2007.

[14] Cfr. 2 Cor 2,15.

[15] Tertuliano, ad Nationes, 1, 1. También San Agustín aborda esta cuestión en In Evangelium Ioannis Tractatus, 89 y 90.

[16] Francisco, Ex. Ap. Amoris Laetitia (19-III-2016), 322.

[17] Los salmos se hacen eco con frecuencia de esta dificultad del creyente. Cfr. p.ej. Sal 42 (41),10-12; 44 (43),10-26; 73 (72).

[18] Via Crucis, VII estación, 3.

[19] Francisco, Evangelii Gaudium, 265.

[20] San Josemaría, Discurso en el Centro ELIS, con motivo de su inauguración, 21-XI-1965 (en Josemaría Escrivá de Balaguer y la universidad, Pamplona, Eunsa 1993, 84).

[21] Misal Romano, Pentecostés, Secuencia Veni Sancte Spiritus

[22] Francisco, Enc. Laudato si’ (24-V-2015), 226

[23] Francisco, Evangelii Gaudium, 274.

[24] Amigos de Dios, 306.

[25] Catecismo de la Iglesia Católica, 2635.

[26] Francisco, 3ª meditación en el Jubileo de los sacerdotes, 2-VI-2016. Cfr. Mt 13,31-32; 14,19-20.

 

“El juego del calamar”

Escrito por Mario Arroyo.

El juego del calamar nos muestra la crudeza del sinsentido de la vida, la banalidad de todos los esfuerzos que culminan en la muerte, la desesperanza para afrontar la vida.

El juego del calamar es al día de hoy la serie más exitosa de Netflix, más de 142 millones de personas la han visto, ¿dónde radica su encanto? En realidad, es una trama sórdida y cruel, pues se trata de un sádico juego donde los perdedores son inmisericordemente asesinados. La pregunta es, ¿por qué hipnotizó a un espectro considerable de la población una trama así?

El juego es una metáfora de la existencia hodierna, salvajemente competitiva y donde no hay lugar digno para los perdedores. Es la puesta en escena del capitalismo salvaje en versión de juego sádico. Al mismo tiempo, refleja el cansancio existencial propio de la sociedad secularizada, donde tanto los ricos como los pobres se enfrentan al hastío de vivir. En ese sentido, es particularmente relevante un diálogo entre los dos protagonistas Seong Gi-hun y Oh Il-nam durante el último capítulo (el protagonista y el anciano moribundo), cuando este último le explica las motivaciones que le llevaron a organizar el juego. El hastío de vivir y la necesidad de una emoción fuerte que rompa la monotonía de la existencia, el cual ataca por igual a los súper ricos y a los desesperados. Por ello unos organizan el juego y los otros lo juegan: en realidad, ambos vienen a evidenciar la banalidad de la existencia secularizada.

El juego es entonces una metáfora de la lucha por la supervivencia en medio de una sociedad impersonal e inmisericorde. Es una imagen bastante lograda del vacío existencial que enfrentan las sociedades altamente desarrolladas, así como la honda ruptura que existe entre los ricos y los pobres desesperados. La vida en la sociedad pinta tan horrible, que es preferible el juego sádico a la fría sociedad. Por lo menos en el juego hay una esperanza de ganar y un sentido a la lucha; en la sociedad, por el contrario, esa lucha está avocada necesariamente al fracaso y la relegación social.

Kang Sae-byeok, la desertora norcoreana, refleja claramente cómo no hay espacio para la confianza en medio de esta sociedad despersonalizada. Cada uno es un “lobo estepario” que con sus solas fuerzas debe hacer frente al desafío de la supervivencia. No confía en nadie, no quiere a nadie, excepto a su familia, a la que aspira a salvar. Muestra así cómo, el último reducto en la sociedad híper desarrollada es la familia. Varios de los personajes coinciden en este diagnóstico; la familia es lo que los ancla a la vida, lo que los mueve a luchar por su vida. Así Seong Gi-hun lucha por su hija y por su madre, y cae en una profunda depresión cuando al finalizar el juego como ganador llega a su casa y la ve muerta. Nuevamente aparece ahí, en toda su crudeza, el vacío de la sociedad secularizada. El guionista se regodea en la crueldad: nada ha valido la pena: han muerto 455 personas, llega el 456 a casa y descubre el cadáver de su madre. El juego, la vida, no valen la pena.

Es el triste mensaje que transmite la serie. Pienso que en ello radica su éxito. Es un espejo donde reconocemos el sinsentido del absurdo juego que estamos jugando como sociedad. Todos mueren, y el único que sobrevive no encuentra la alegría de vivir, sino la depresión en el vivir. Las últimas escenas nos muestran a Seong Gi-hun como un zombie, un muerto en vida, en medio de una sociedad a la que le resulta indiferente su destino y sólo es tomado en cuenta por la cantidad de dinero que acumula en el banco. El juego nos enfrenta con la crudeza del sinsentido de la vida, la banalidad de todos los esfuerzos que culminan en la muerte, la desesperanza para afrontar la vida. Y en esa realidad nos vemos reflejados, es el epítome de una sociedad plenamente secularizada.

Llama la atención cómo maneja la presencia cristiana en la sociedad. La ridiculiza a través de un personaje evangélico que reza a Dios mientras juega un juego donde el perdedor es asesinado, o a través de un predicador del eminente fin del mundo. Descalifica al cristianismo como alternativa para dotar de esperanza a la existencia, aunque reconoce su papel social a través del orfelinato llevado por monjas, donde está el hermanito de Kang Sae-byeok. Hace un guiño a la esperanza, precisamente por el personaje principal, despegado del dinero y que valora la amistad más que el triunfo. Abre una rendija a la esperanza también, al mostrar cómo vale la pena luchar por la familia. Pero, en síntesis, es un inquietante reflejo del sinsentido propio de la sociedad secularizada, donde “el hombre es el lobo del hombre”.

 

Lo Maravilloso, lo real y lo horrendo en la literatura infantil

A través de los cuentos, la inteligencia infantil transpone los límites del ambiente doméstico y aprende las nociones iniciales sobre la sociedad humana. Dibujo de la serie infantil francesa Becassine

Las primeras nociones sobre la vida, las impresiones más profundas que el hombre recibe relativas a los aspectos esenciales de la vida y de su posición ante ella, las recibe en sus primeros años de existencia a través de los cuentos, de los juguetes y… del smartphone. ¿Qué ven nuestros hijos?

Los niños, todo el mundo lo sabe, tienen sus primeros contactos con la vida a través de los cuentos.

Por medio de ellos, la inteligencia infantil transpone los límites del ambiente doméstico y aprende las nociones iniciales sobre la sociedad humana, con las innumerables diferenciaciones que comporta, las atracciones que ofrece, los deberes que impone, las decepciones que trae, y el juego complicado de las pasiones en los altos y bajos de esta gran lucha que es la existencia. «Militia est vita hominis super terram«, dice la Sagrada Escritura (Job 7,1). “Militia” sí, en que unos luchan por los intereses personales, legítimos o ilegítimos, y otro luchan contra el mundo, contra el demonio y contra la carne, para mayor gloria de Dios.

Las primeras nociones sobre esta “militia”, las impresiones más profundas que el hombre recibe relativas a los aspectos esenciales de la vida y de su posición ante ella, las recibe en sus primeros años de existencia.

La Cenicienta va con su Príncipe hacia el castillo encantado

De ahí la importancia capital, para una civilización católica, el hecho de proporcionar a los niños una literatura profunda y sanamente religiosa. No nos referimos únicamente al Catecismo y a la Historia Sagrada, que por supuesto debe ser el centro de todo, sino a otras que serían como el comentario o la aplicación de lo que la Religión enseña.

Esto que en términos de buena doctrina es lo normal, ¡cómo difiere del caudal de la literatura infantil moderna!

En este caudal completamente laico —y ya por eso lamentable— hay aún distinciones que hacer. Pues hace mucho que el laicismo no es el único mal de la literatura infantil de nuestros días.

Cuando hablamos de la literatura infantil, incluimos evidentemente en esta calificación genérica las ilustraciones que ella comprende legítimamente, y de la cual se hace un uso muchas veces exagerado.

Deseando tratar hoy de la literatura infantil en esta sección, que no es de crítica literaria, lo hacemos analizando algunas de esas ilustraciones.

La vida cotidiana, con sus aspectos serenos, caseros, simpáticos

* * *

Antes de todo, una composición de Walt Disney. Es la Cenicienta que va con su Príncipe hacia el castillo encantado. Es lo maravilloso en la literatura infantil.

Habría algunas restricciones a hacer.

En principio, lo que se ofrece a los niños debe tender a hacerlos madurar, bajo pena de no ser enteramente sano. Ahora bien, en esta composición hay ciertas simplicidades, deliciosas para los ojos de adultos como interpretación delicada de la fantasía infantil, pero que no ayudan esa maduración. Alguna cosa en el cochero, en el lacayo, en la estructura del cerro y en los edificios da la idea de una cosa hecha no solamente para niños, sino por niños. Y eso se nota, aunque menos claramente, en los otros elementos de la escena.

La inocencia y el sentido de lo maravilloso

Pero, hecha esta reserva, ¿cómo no elogiar el gusto, la delicadeza, la variedad de esta composición? Lo maravilloso, indispensable en los horizontes infantiles como medio para perfeccionar el sentido artístico, elevar el espíritu, abrir el horizonte, estimular sanamente a la imaginación, está aquí expresado con un tacto y un gusto notables.

* * *

Pasemos ahora de lo maravilloso a una representación de la vida cotidiana, con sus aspectos serenos, caseros, simpáticos: otro elemento esencial en los horizontes de la literatura infantil, para despertar la atracción y el interés, por la realidad y por la virtud.

Al lado tenemos una conocida ilustración de “Juca e Chico”. En lo alto del tejado, los dos niños de las «siete travesuras» están «pescando» las gallinas de la Viuda Chaves.

Cercano al horno, ladra asustado el fiel perrito. En la parte de abajo, la viuda, entregada a los quehaceres domésticos, nada percibe. Los «dos niños malcriados, estos dos endiablados» que «vuelven loco a todo el mundo», representan de modo vivo el trajín tan frecuente en la vida casera. Travesuras que por cierto no terminarán sin una ejemplar severidad.

Excepción hecha de los dos traviesos – y quizás ni siquiera esto – todo evoca la atmósfera feliz, serena, discretamente abundante, de la vida doméstica popular. Lozanía de alma, templanza, largueza, bienestar sensato en la propia medianía, todo ello ahí se expresa.

¿Qué horizontes se abren así para la infancia? Los del crimen.

Viene ahora la literatura dañina.

Presentamos un ejemplo entre mil. Puñetazos, tiros, asaltos, agresiones, vibración exagerada, narración melodramática, correrías, sangre, muerte, «super-hombres» que vuelan, que transponen murallas, que lanzan rayos: toda una siniestra y ridícula contextura de inverosimilitudes, de crueldades, de groseros artificios de sensacionalismo.

Y esto no es sólo una historia, sino que por desgracia es todo un género «literario» que llena revistas y revistas, ávidamente seguidas por los niños.

¿Qué horizontes se abren así para la infancia? Los del crimen. ¿Qué placeres? Los de la excitación nerviosa tendiente en ciertos casos casi al delirio. ¿Qué ideales? Los de la fuerza bruta y de la vida de aventura sin ton ni son.

Con eso no se forma un hombre y mucho menos un cristiano. El producto típico de esta literatura es el neo-bárbaro…

Plinio Corrêa de Oliveira

 

La única cosa que se necesita para ser feliz, según Harvard

ElTiempo.com - 13.12.2021


foto: freepik

Es común que las personas se cuestionen por la felicidad. Muchos la asocian con dinero, lujos o comodidades, o eso que no se tiene, por ello, la Universidad de Harvard se tomó la tarea de estudiar qué es eso que hace a una persona verdaderamente feliz.

La investigación se realizó durante más de 70 años, siguiendo de cerca la vida de 724 hombres desde 1938, cuando eran adolescentes. Los participantes escogidos hacían parte de diferentes clases sociales, pero la conclusión a la que se llegó fue la misma, las relaciones impactan en la salud y, con ello, en la sensación de felicidad.

"El hallazgo sorprendente es que nuestras relaciones y lo felices que somos en nuestras relaciones tiene una poderosa influencia en nuestra salud", afirmó el director del estudio, Robert Waldinger, a 'The Harvard Gazette'.

De acuerdo con el psiquiatra, a las personas que mejor les fue en la vida, fueron aquellas que se inclinaron por tener buenas relaciones con su familia, amigos y comunidad.

"Cuidar tu cuerpo es importante, pero cuidar tus relaciones también es una forma de autocuidado. Eso, creo, es la revelación", aseguró el experto.

Así las cosas, la calidad de las relaciones es fundamental, entre otras cosas, porque son la familia, los amigos y los seres más cercanos quienes están presentes en los momentos difíciles de la vida. No se trata de la ausencia de problemas, sino de contar con las personas correctas para sobrepasar cualquier obstáculo.

"Esos lazos protegen a las personas del descontento de la vida, ayudan a retrasar el deterioro mental y físico y son mejores predictores de vidas largas y felices que la clase social, el coeficiente intelectual o incluso los genes", afirma la publicación de la Universidad.

Además, Waldinger explicó que la satisfacción que tiene un individuo con sus relaciones contribuye a una vejez más saludable y tranquila: "Las personas que estaban más satisfechas en sus relaciones a los 50 años fueron las más saludables a los 80".

Saber cuándo dejar ir y mantenerse conectado

Al encontrar una fuerte conexión entre la felicidad y las relaciones cercanas, los científicos también encontraron dos aspectos importantes en los participantes a medida que envejecían:

1. Con el paso de los años se conectaban más con lo que les importaba y no se preocupaban por las pequeñeces: "Tienden a darse cuenta de lo corta que es la vida y es más probable que presten más atención a lo que los hace felices", explicó el doctor Waldinger.

2. Al ser importante tener relaciones sanas, los participantes más felices eran aquellos que sabían soltar a las personas negativas, que no aportaban nada.

Por lo tanto, el psiquiatra recomienda disfrutar de las actividades que le gustan desde que se es joven, aprovechar el tiempo con sus seres queridos, dejar ir lo que le hace daño y no aislarse.

"La conexión personal crea estimulación mental y emocional, que estimula automáticamente el estado de ánimo, mientras que el aislamiento destruye el estado de ánimo", concluyó el experto.

 

Las redes sociales: ¿nos acercan o nos alejan?

Lucía Legorreta

Las redes sociales tienen que estar a nuestros servicio para disfrutarlas y aprovecharlas positivamente, pero nunca para esclavizarnos o hacernos sentir mal.

Recuerdo muy bien las palabras de un experto: estamos más cerca que nunca, y más alejados que siempre. Las redes sociales han revolucionado la forma de comunicarse; de los amigos contados con los dedos de una mano se ha pasado en muy poco tiempo a tener cientos, a los que la mayoría de las veces nunca se le ha dado un abrazo. Estas estructuras de contacto acercan y alejan.

Si se usan adecuadamente, ofrecen grandes ventajas como:

- Facilitan comunicarse en la distancia. Ahora solo se necesita una conexión de internet.
- Visibilidad para tu negocio: las redes sociales son un gran escaparate para atraer clientes o inversionistas.
- Permiten que personas tímidas se puedan expresar tranquilamente: en ellas se pueden practicar las habilidades sociales para exponerse al público cuando uno se siente inseguro.
- Búsqueda de pareja o amigos que comparten los mismos intereses.
- Facilitan estar informados al segundo de lo que ocurre en el mundo.

Por el otro lado, las redes sociales también tienen grandes inconvenientes:

- Te alejan de la gente cercana. Es un error usarlas durante los momentos en los que tendrías que estar interactuando con las personas con las cuales estás.
- Engaños. Tener en cuenta que puedes encontrar en ellas personas que mienten sobre distintos aspectos.
- Cobardía. Detrás de mensajes anónimos, se enconden personas que insultan, menosprecian y humillan sin dar la cara.
- La falsa seguridad. Muchas personas y sobretodo adolescentes aprenden a relacionar su autoestima en función del número de seguidores y los “likes” que reciben.
- La falta de paciencia. Hace años, cuando se necesitaba discutir con alguien, había que verlo y controlarse. El hecho de hacerlo por mensaje o texto da lugar a malas interpretaciones y a ser más desinhibido.
- Adicción: su atractivo y rapidez pueden provocar adicción.
- Intimidación y acosos: la falta de valentía puede llevar a personas agresivas, rencorosas y con malos sentimientos a arremeter contra alguin, acosarlo y hacerle daño.

Algunas reglas establecidas por expertos para comunicarnos mejor:

- Ten mucha prudencia con lo que expresas y con las fotografías que compartes con los demás. Una vez que está en la red ya no controlas quien lo está leyendo o viendo.
- Sé discreto y pide permiso antes de hacer un comentario de alguien.
- Paciencia: piensa las cosas dos veces antes de escribir y contestar.
- No escribas con faltas de ortografía: aunque son redes sociales, pierde credibilidad algo mal escrito.
- No sustituyas la comunicación personal por la comunicación en redes: ver, tocar, besar, observar, felicitar un cumpleaños o agradecer algo requieren de una llamada o tu presencia.
- Sé sincero, pero a la vez protege tu intimidad: no proporciones datos ínitmos o privados.
- Sé empático: si vas a hacer un comentario público, piensa en los demás, en quien lo recibe y que tanto le afecta.
- Sé amable y positivo: a todos nos gusta relacionarse con personas positivas, alegres y agradecidas.

Las redes sociales tienen que estar a nuestros servicio para disfrutarlas y aprovecharlas positivamente, pero nunca para esclavizarnos o hacernos sentir mal. Y mucho menos para hacer sufrir a los demás.

 

Fin de año: familia y salud

Ana Teresa López de Llergo

El amor es más fuerte que la muerte. Por eso el recuerdo es otra manera de amar. La experiencia de una pérdida descubre un tipo de amor más sólido.

Hay momentos en los que, de manera natural, surgen algunas actividades. Uno de esos es el cierre de un año. Un año complicado es el 2021. Estamos cansados por haber dado muchas vueltas al asunto de la salud. Nos pareció demasiado lo que vivimos durante el 2020: encierro y resultó haberse prolongado el año siguiente y, ahora iniciaremos otro año con otra mutación del virus que parece estar presente y bien instalado como un inquilino advenedizo.

Y, la actividad lógica es hacer balance. Pero dadas las experiencias recogidas, el balance ha de ser propositivo y realista para diseñar un futuro más benéfico en lo personal y en lo social. De hecho, la experiencia vivida al cerrar el año pasado tenemos que aprovecharla. Ahora podemos tener más seguridad ante las agresiones de salud, pero estamos más desgastados.

Es un hecho innegable que a la sociedad le va como le va a la familia. Por eso podemos seguir la fórmula, inequívoca: familias sanas, sociedad sana; familias enfermas, sociedad enferma. Puede dar la impresión que tanto hablar de la familia es no querer afrontar directamente los problemas que son muy graves. La respuesta es tratar de resolverlos cuando nos llegan directamente, pero si no es así, pensar en la familia es ir a buscar las soluciones en la raíz.

Y promover que en cada familia el padre y la madre asuman sus responsabilidades. Unas vienen dadas por la naturaleza, otras por los acuerdos entre los progenitores. Cada vez es más evidente el impacto ocasionado por la ausencia física de él o de ella. También es muy grave estar, pero sin asumir las responsabilidades. Esto provoca enfermedades físicas y psíquicas. Gran parte de las deficiencias que se constatan en la sociedad son consecuencia de los desajustes en la vida familiar.

En un matrimonio bien constituido las cualidades físicas, psicológicas y espirituales de los cónyuges se complementan y facilitan la ayuda intrafamiliar, además del buen ejemplo para los hijos. Sin embargo, en la colaboración que prestan los adultos se requiere madurez, porque, por ejemplo, las diferencias de salarios, especialmente si la mujer gana más que el hombre, puede dar origen a comparaciones y a desavenencias.

Otro aspecto que influye en la afectividad de los hijos y evita rivalidades está en el modo como les manifiestan el cariño. Las preferencias exageradas y centradas en un solo hijo, hacen mucho daño a los demás. Por eso, es necesario atender a todos y como es imposible el trato uniformado, conviene tratarlos a todos, pero de acuerdo al peculiar modo de ser. Cuando esto sucede, cada hijo se sabe atendido en sus preferencias y ese sentimiento de plenitud deja de lado las comparaciones y las envidias.

La edad es otra variable. La maduración lleva su tiempo y varía en cada persona. Las comparaciones son funestas y también ocasionan envidia y rencor. Quienes crecen así tendrán problemas de adaptación con los compañeros de trabajo y, con frecuencia tratarán de desprestigiar a quienes destacan.

Hay familias que por distintas circunstancias viven en pobreza. En estos casos es indispensable la solidaridad entre ellos, y con ellos. Si la familia sufre unida es muy probable que más adelante cada miembro salga adelante, porque saben aprovechar al máximo lo poco. Pero si las relaciones intrafamiliares se deterioran debido al reclamo incomprensivo, la dispersión no tardará en llegar y más adelante los que triunfen disfrutarán sin pensar en los demás, pero con esa conducta labran la dureza de corazón.

Las enfermedades bien llevadas, ayudan siempre, si se aprende a consolar, a acompañar, a aliviar en la medida de lo posible. Al saber que hay momentos de fragilidad, las personas pueden descubrir su vocación para ayudar y estar cerca de los enfermos, y siempre crecerán en la sensibilidad para sacarlos adelante con oportunidad.

Es muy importante educar a los hijos, desde temprana edad, en la solidaridad con los enfermos. Una educación que aprende a ver la vulnerabilidad y la posibilidad de caer enfermo hace personas fuertes. Así desde la niñez o la juventud palpan el sufrimiento de los demás, o el suyo. También será más fácil entender a los demás cuando se enferman. E incluso sabrán cumplir con un trabajo importante, aunque se sientan mal.

También la enfermedad puede ser la antesala de la muerte. Si viven esa experiencia, entenderán el distinto modo de experimentar el duelo, de que es posible hacerlo compatible con el modo de seguir llevando a cabo las obligaciones cotidianas. Palpan el consuelo que da la fe y el amor a los demás. Aprenden a consolar y a entender que la vida continúa, aunque otro ya no esté.

El amor es más fuerte que la muerte. Por eso el recuerdo es otra manera de amar. La experiencia de una pérdida descubre un tipo de amor más sólido. Esta experiencia puede aumentar la solidaridad de los vínculos familiares y entender el dolor de los demás. Aumentará la empatía con personas que sufren esa experiencia, aunque uno experimente alguna satisfacción por otros motivos.

Estas experiencias hacen a las personas más abiertas, más comprensivas, más respetuosas. Tienen más facilidad de olvidar lo suyo para abrirse al estado de ánimo de los demás. Una persona con esas cualidades es un miembro de familia mucho más capaz de sortear las dificultades propias de una convivencia íntima. Son personas capaces de alejar los deseos de exigir el respeto a su independencia y a su gratificación.

El dolor y el sufrimiento bien llevado forja el carácter y esas personas serán miembros positivos de su sociedad. Tendrán más capacidad de combinar sus responsabilidades familiares con las laborales y con las de la sociedad. Y, entenderán que los demás también tienen que lograr ese engranaje.

Forjar el carácter nos ayudará a afrontar las agresiones contra la salud que puedan presentarse en el futuro. Y la realidad de la enfermedad o de la muerte estará bien ubicada.

 

Lotería de Navidad: Compartir nos hace grandes

 

El spot comienza con un hombre que abre el buzón y recoge un sobre con un décimo del Sorteo de Navidad y una nota: "Queridos vecinos, nada me haría más ilusión que celebrarlo con la gente que más aprecio, con todos mis vecinos". Una carta sin remitente. "¿Quién nos lo manda?", pregunta su mujer.

No hay respuesta, nadie sabe quién lo manda. “¡Qué bonito! – exclama ella–. ¿Y si hacemos nosotros lo mismo?”. Contagiados por el amable detalle de un desconocido, se pone en marcha una simpática “cadena de favores” que mueve a repartir décimos de forma anónima entre los paisanos del pueblo. Cada uno, con aquel que siente una deuda de gratitud.

Como fruto de un milagro, en el pueblo resurge la alegría, la amistad, el deseo de regalar felicidad a los otros. Y, de repente, se desencadena una especie de “amigo invisible”: sobres que entran bajo las puertas, boletos en los bolsillos de los abrigos y hasta un décimo que aparece dentro de un fotomatón. 

Cuando la vecina del principio, boleto en mano, descubre el día 22 que ha ganado el premio, su exclamación no tiene nada de ilusión personal o de egoísmo: "¡Nos ha tocado!", pronuncia con emoción, mientras oímos cómo la felicidad crece en todas las casas de alrededor. Y es que… el pueblo entero ha recibido ese regalo como premio a su generosidad.

El spot se cierra con este lema: "Compartimos la suerte con quien compartimos la vida". Y es verdad: compartimos nuestro décimo con la familia, con los amigos, con aquellos compañeros de trabajo con los que hemos compartido tantos momentos alegres… y difíciles.

Como ha señalado Jesús Huerta, Presidente de Loterías y Apuestas del Estado, se trata de "una historia ilusionante que pone el foco en valores humanos y en la capacidad de compartir". 

En efecto, es un spot cargado de "un optimismo sencillo, cercano, con un toque de magia y cuento de Navidad para despertar ilusión".

Brindo por esta publicidad con valores. A todos vosotros, ¡muy feliz Navidad!

 

 

Luces de Navidad

No limitemos la Navidad a la luz artificial

Durante la  inauguración de la iluminación para la Navidad de la ciudad de Vigo, su exultante regidor Abel Caballero desveló que desde la Estación Espacial Internacional se observaba la poderosa luminosidad que proyectaba y que sus tripulantes estaban deslumbrados porque la luz de la Navidad ocupaba todo el espacio”.

El tiempo de Navidad es propicio para que numerosas ciudades de  Europa y de gran parte del planeta se iluminen de una forma extraordinaria y celebrar así el gran acontecimiento que desde hace más de dos mil años,  los cristianos de todo el orbe conmemoramos en estas fechas, nada más y nada menos, que el nacimiento del Hijo de Dios.

Frente a la oscuridad que hoy se cierne sobre la humanidad por distintas causas como la pandemia; los desastres naturales; el tráfico de seres humanos; la desnaturalización de la familia o la exaltación  de la muerte convirtiendo en un derecho inhumano el aborto y la eutanasia, solo la luz que proyecta sobre la tierra la bondad, la ternura y la esperanza del niño que Dios envió a la tierra es capaz de penetrar en la mente y el corazón de los hombres para superar las incertidumbres que esa oscuridad nos abate y entristece.

Parece que negar a Dios, enterrarlo e incluso despreciarlo se ha convertido en la bandera de su más encarnizado enemigo. Vivimos tiempos en los que degradar al hombre y a la mujer en su propia esencia, imagen de Dios, se ha convertido en el leit motiv de quien quiere convencernos de que los creadores del ser humano podemos llegar a ser nosotros mismos y que seremos más libres en la medida que nuestra voluntad solo se someta a nuestros propios sentidos y apetencias.

Es por eso que es el tiempo adecuado, para que no limitemos nuestro sentido de la Navidad a la luz artificial que ilumina el espacio sideral desde ciudades como Málaga, Vigo, Nueva York o Singapur y que contemplan los astronautas, porque esa es una luz temporal y efímera que solo invita al ruido, la diversión o las compras para los regalos propios de estas fiestas navideñas.

Lejos de ese bullicio, la luz de Navidad es la que alumbra la humanidad desde el misterio de la encarnación y nacimiento del Hijo de Dios que quiso hacerse visible para recordarnos que vino al mundo “cuando un  sereno silencio lo envolvía todo y la noche estaba a la mitad  de su curso” (Sab 18, 14-15).

Jorge Hernández Mollar

 

¿Conoces la Carta del Papa sobre el significado y el valor del Belén? – Admirabile signum

Nueva carta apostólica sobre el significado y el valor del Belén

 

El Papa ha firmado la carta Admirabile signum sobre el significado y el valor del pesebre, un signo que «siempre despierta asombro y admiración»

«El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración». Así da comienzo la carta apostólica Admirabile signum sobre el significado y el valor del pesebre, que el Papa Francisco firmó este domingo durante su visita al santuario franciscano de Greccio.

«La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús –se lee en el texto– equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría».

«La contemplación de la escena de la Navidad –escribe el Papa– nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.

Con esta carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas… Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza.

Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada».

 

San Francisco y el pesebre viviente en Greccio

El Papa, recordando los orígenes de la representación del nacimiento de Jesús, subraya la etimología latina de la palabra praesepium, es decir, pesebre, y cita a san Agustín que observa como Jesús, «puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros». Y recuerda el belén viviente querido por san Francisco en Greccio en la Navidad de 1223, que llenó de alegría a todos los presentes: «San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe».

 

Asombro y emoción por el Dios que se hace pequeño

El pesebre –escribe el Papa– «despierta tanto asombro y nos conmueve» porque «manifiesta la ternura de Dios» que «se abaja a nuestra pequeñez», se hace pobre, invitándonos a seguirle por el camino de la humildad para «encontrarle y servirle con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados».

 

Los signos del pesebre: el cielo estrellado en el silencio de la noche

La carta revisa los diversos signos del pesebre. En primer lugar, el cielo estrellado, en la oscuridad y el silencio de la noche: es la noche que a veces rodea nuestra vida. «Pues bien, incluso en esos momentos –escribe el Papa– Dios no nos deja solos, sino que se hace presente» y «lleva la luz allí donde hay tinieblas e ilumina a los que pasan por las tinieblas del sufrimiento».

 

Los paisajes, los ángeles, la estrella cometa, los pobres

Luego, a menudo, hay paisajes hechos de ruinas de casas y palacios antiguos, «signo visible de la humanidad caída» que Jesús vino «a sanar y reconstruir». Hay montañas, arroyos, ovejas, para representar a toda la creación que participa en la fiesta de la venida del Mesías. Los ángeles y la estrella cometa son el signo de que «nosotros también estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la cueva y adorar al Señor». Los pastores nos dicen que son «los más humildes y los más pobres que saben acoger el acontecimiento de la Encarnación», como lo son las estatuas de los mendigos. «Los pobres, en efecto, son los privilegiados de este misterio y, a menudo, los más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros», mientras que el palacio de Herodes «está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de la alegría». Nacido en el pesebre –afirma Francisco– Dios mismo inicia la única verdadera revolución que da esperanza y dignidad a los desposeídos, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura».

 

Los otros personajes: del herrero al panadero

En el pesebre se colocan a menudo figuras que parecen no tener relación con las narraciones evangélicas, para decirnos –observa el Papa– que «en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay lugar para todo lo humano y para toda criatura». Del pastor al herrero, del panadero al músico, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan, para representar «la santidad cotidiana, la alegría de hacer las cosas cotidianas de una manera extraordinaria, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina».

 

María y José: el abandono a Dios

En la cueva están María y José. María es «el testimonio de cómo abandonarse en la fe a la voluntad de Dios», así como José, «el custodio que no se cansa de proteger a su familia».

 

El Niño Jesús: el amor que cambia la historia

En el pesebre está el pequeño Jesús: Dios «es imprevisible» –afirma el Papa– «fuera de nuestros esquemas» y «así se presenta, en un niño, para ser acogido en nuestros brazos. En la debilidad y la fragilidad esconde su poder que crea y transforma todo» con amor. «El pesebre nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de la historia».

 

Los Reyes Magos: los lejanos y la fe

Finalmente, el último signo. Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el pesebre las tres estatuas de los Reyes Magos, que «enseñan que se puede partir desde lejos para llegar a Cristo».

 

Para la felicidad del hombre

«El pesebre –concluye el Papa Francisco– forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe»: no importa cómo se construye, «lo que importa es que hable a nuestras vidas», diciéndonos el amor de Dios por nosotros, «el Dios que se hizo Niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, en cualquier condición en que se encuentre», y para decirnos que «aquí es donde está la felicidad».

Leer la Carta Apostólica –  Admirabile signum

Vatican News

 

 

NAVIDAD.

Hace unos 20 siglos, probablemente por estas fechas, nacía en Belén un niño a quien pusieron el nombre de Jesús Un número reducido de personas supieron quién era este Niño: María -su madre-, José, y un pequeño  grupo de pastores a quienes lo anunció un ángel.

Pasados unos dos mil años, sigue habiendo muchos millones de personas que desconocen quién es Jesús. Pero hay -hoy- otros muchos que, conociendo quién es, y para qué se hizo hombre como nosotros, quieren borrar esta realidad porque, así como Jesús fue desnudado antes de ser clavado en una cruz, intentan desnudar el sentido de la fiesta que celebraremos este mes, convirtiendo la conmemoración del nacimiento del Mesías en una simple “felices fiestas”.

Amparo Tos Boix, Valencia.

 

Los cristianos de forma especial

Mientras el tiempo del coronavirus ha sido, y continua siendo, el tiempo del miedo, de la soledad y de los templos vacíos, el camino sinodal recién iniciado, para los cristianos,  es una llamada al encuentro, a hacer familia, a avanzar juntos sin miedo. Tenemos ante nosotros una oportunidad única para tomar en serio que somos un Pueblo de Dios que camina junto hacia el Reino prometido.

Se nos invita a no ser una masa de espectadores o consumidores, sino un pueblo de actores y trabajadores en la historia de la salvación. Este esfuerzo redundará en beneficio de toda la Iglesia, y de nuestro país en particular. Si los católicos que estamos presentes en los diversos ámbitos de la sociedad entramos en la dinámica sinodal que propone el Papa, ayudaremos también a la cohesión, a la humanización y al bien común de nuestro país.

Jesús D Mez Madrid

 

La esperanza del mañana

El Papa Francisco nos recordaba un domingo de noviembre, que lo genuino del cristiano es ser sembrador y constructor de esperanza. Era en la Eucaristía celebrada con motivo de la Jornada Mundial de los Pobres, que el Papa nos pedía que denunciemos el dolor de tantos que sufren la injusticia, víctimas de la cultura del descarte, pero que no nos quedemos ahí, sino que organicemos de manera eficaz esa esperanza para que se traduzca en gestos concretos de atención, justicia, solidaridad y cuidado de la casa común.

José Morales Martín

 

NAVIDAD… Y “EL DIOS CONSUMO”

 

                                Leí hace tiempo que, estando de paseo Platón tropezó con un mercadillo ambulante donde igualmente eran abundante las mercancías a vender, todas ellas expuestas en los tenderetes propios de estos mercados; picado por la curiosidad quiso ir viendo lo que allí había y con cierta lentitud y deteniéndose algunas veces, fue mirando todo. Estando detenido en un tenderete, un visitante que le conocía y con cierta sorna le preguntó… ¿Qué haces aquí Platón… comprando? Y a lo que el sabio filósofo sin inmutarse le respondió de inmediato… “No, estoy viendo la cantidad de cosas que hay aquí, que yo no voy a necesitar”.

                                Imaginemos aquel mercadillo y hace dos milenios y medio y con la tecnología que había en aquella época, donde todo o casi todo se tenía que fabricar manualmente… ¿Qué diría hoy el sabio si se presentara en uno de esos grandes monstruos o grandes superficies donde hay un altar “al dios consumo”?

                                Pero hay que consumir, ese es el santo y seña de la política actual, que aun teniendo la economía arruinada y al consumidor sin medios para consumir, incita a ello puesto que es la única salida que ve para que “el pueblo progrese”; pero si antes de la deflación que actualmente padecemos en el mundo consumista, ya se nos advertía que el consumo que llevábamos no era sostenible, que incluso el planeta no podría soportarlo… ¿cómo pretenden mantener un consumo que no es posible?

                                Y curiosamente fueron los chinos, los que hace ya tiempo advirtieron al mundo, que para mantener el consumo de aquellas fechas, eran necesarios varios planetas como la Tierra y sólo teníamos uno; lo que por otra parte no les impidió posteriormente llegar a ser el mayor productor mundial de bienes de consumo y por tanto de la contaminación mundial, pasando del comunismo a ese extraño maridaje, que hoy tienen y que yo denomino… “comunismo-capitalismo”.

                                Pero como estamos en Navidad, hay que consumir más y sobre todo consumir mucho más comida y bebida, cosa esta última perniciosa por demás, por las consecuencias de tan brutales “cantidades y revueltos”, que se suelen consumir en la peligrosa cena (tengo el recuerdo ingrato de asistir al entierro de un amigo al día siguiente de la cena de nochebuena, que fue la culpable de su muerte) y a la que cada año temo más; pero se ha institucionalizado el tirar la casa por la ventana, todo aquel que pueda y muchos aunque no puedan… “pero ese día o noche podrán”, aunque sea ayudados por la parroquia o el banco de alimentos.

                                Desde hace muchos años, es “el dios consumo” el que se superpone al “Dios de aquel niño que nació en Belén” y el que se nos asegura nació en una cuadra, único alojamiento que sus padres encontraron aquella memorable noche, en la que puede ser que ni pudieran cenar, puesto que los preliminares del parto, no les dejarían tiempo ni tranquilidad para consumir, los pobres alimentos que se supone portarían.

                                De ahí que la Navidad cristiana, que en realidad ya se celebraba con ostentación, dedicada a otros dioses (de lo que ya escribiré en otra ocasión) y otro nacimiento; puesto que se hacía coincidir con la noche más larga de todo el año y por ende del día más corto; anunciándose así, el nacimiento de un nuevo año y en el que… “de nuevo, la luz solar vencía a las largas tinieblas padecidas”; aquellos antiguos también se emborrachaban, hartaban de comer y celebraban con juergas interminables aquel gran acontecimiento que para ellos era.

                                Lo de la “paz en la Tierra”, ni entonces ni ahora ha florecido jamás; puesto que aquí y en esa noche, suelen abundar las broncas incluso familiares, donde los demonios “de la estirpe”, suelen acudir para amargar la que se suponía “cena de nochebuena”; y así lo confirman los policías que esa noche están de guardia, fuera o dentro de las comisarías, puesto que suelen ser noches donde abundan las peleas incluso con heridos y quién sabe si algún que otro muerto; son cosas de los excesos que si bien aún no son una plaga, pero sí que al parecer son abundantes.

                                Así es que aunque nos digan miles y miles de veces, feliz navidad, noche de paz, de amor y no sé cuántas cosas más; que cada cual ponga de su parte y procure morderse la lengua si llegada la ocasión, “alguien le tira de ella”; y procure pasarla lo mejor que pueda en ese ambiente y conformidad humana, que nos hace más llevadera esta vida que nos ha tocado vivir… “que es la que es y no la que nos quieren contar, los que al final van a pasar por los mismos avatares que la mayoría”.

                                Yo y como siempre hago desde hace muchos años… me diré a mí mismo, “bueno otra más… y he sobrevivido”, esperemos a la siguiente. ¿Triste? No, realista y humana por demás.

                                LA FLOR DE PASCUA: Origen y leyenda de una planta tropical que sin embargo se emplea en una celebración muy ajena a sus orígenes. Ver nota final.[i]

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Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y http://blogs.periodistadigital.com/nomentiras.php

 


[i] FLOR DE PASCUA Y SU HISTORIA

 

Pocos símbolos hay más propios de la Navidad que esta planta de color rojo intenso que vemos en toda suerte de decoraciones.

La Flor de Pascua es de origen mejicano y su nombre original, en el idioma nahuatl, era "Cuitlaxochitl", que significa “flor que crece en los desperdicios”. Desde el siglo XVII forma parte muy notable de las celebraciones navideñas mejicanas. La historia de cómo adquirió ese papel y la forma en la que salió de Méjico para ser conocida en todo el mundo es digna de ser conocida.

Cuenta la leyenda que Pepita, una niña mejicana muy pobre, no tenía un regalo que ofrecerle al Niño Jesús durante las celebraciones de la Nochebuena. Mientras caminaba lentamente hacia la iglesia con el corazón apesadumbrado, un ángel acudió a consolarla, diciéndole: "Piensa que el más humilde de los regalos, si es ofrecido con amor, será más que bienvenido ante los ojos de Jesús". No sabiendo qué otra cosa hacer, Pepita se arrodilló al borde del camino y recogió un puñado de hierbas con las que formó un ramo. Cuando lo miró de reojo, la niña se sintió aún más triste y avergonzada por la pobreza de su ofrecimiento y, al entrar en la pequeña iglesia del lugar, no pudo evitar que se le escapara una lágrima.  SIGUE >>>>>>>>>>>>> 

Pero a medida que se acercaba al altar y se arrodillaba para colocar el ramo a los pies del pesebre, sentía que su espíritu se elevaba recordando las amables palabras del ángel.

De repente, el ramillete de hierbas estalló en flores de color rojo intenso, y todos los presentes estuvieron seguros de estar presenciando un milagro. A partir de ese día, esas plantas rojas brillantes se conocieron como Flores de Pascua y jamás dejaron de florecer en esas fechas.

El primer embajador de los EE.UU. en Méjico, Mr. Joël Roberts Poinsett, que además de diplomático era un entusiasta botánico aficionado, fue quien llevó la planta a su país, en 1828, y allí rápidamente adquirió gran popularidad. A causa de este éxito, se le pidió a William Prescott, un famoso historiador y horticultor, que sugiriera un nombre para ella, asignándole el de "Poinsettia"  en honor a su "descubridor".

Casi un siglo más tarde llegó la primera planta a Europa donde recibió el nombre científico de "Euphorbia pulcherrima" o "la más hermosa de las euforbiáceas. Es curioso que en Egipto esta planta recibe el nombre de "Bent-el-Consul", que significa “La hija del Cónsul”, en referencia también a Poinsett, que estuvo en allí como diplomático en 1860 y la llevó consigo en su viaje.

Un detalle que suele pasar por alto es que el color rojo de la Flor de Pascua no está en sus flores. Las que le han dado su popularidad son en realidad unas hojas pigmentadas, llamadas brácteas, de las que los aztecas obtenían tintes. Las flores son muy pequeñas y de un color amarillo verdoso.

Hoy en día es difícil imaginar una Navidad sin la presencia de abundantes cantidades de Flores de Pascua. En España se venden unos 6 millones de plantas cada año durante la temporada navideña.

Las poinsettias son cultivadas comercialmente en invernaderos, donde se consiguen ejemplares de varios colores, incluyendo blanco, amarillo, rosa y naranja.

No cabe duda que Mr. Poinsett no podía imaginar que sería recordado en todo el mundo, no por su trabajo como diplomático y político, sino como el hombre que dio a conocer al mundo una hermosa planta mejicana.