Las Noticias de hoy 4 Diciembre 2021

Enviado por adminideas el Sáb, 04/12/2021 - 12:25

14 frases dichas por niños que muestran el daño que sufren tras el divorcio  de sus padres | Difundir.ORG

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 04 de diciembre de 2021        

Indice:

ROME REPORTS

Papa: Cerrazones y prejuicios levantan muros e impiden el encuentro

Santa Misa en Chipre. Francisco: se necesitan cristianos luminosos

Síntesis de la segunda jornada del Papa Francisco en Chipre

El Papa: La migración necesita una intervención eficaz con un esfuerzo conjunto

EL BUEN PASTOR ANUNCIADO POR LOS PROFETAS  Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: sábado de la 1ª semana de Adviento

Viaje apostólico del Papa Francisco a Chipre y Grecia

“Implora la misericordia divina” : San Josemaria

4 de Diciembre – “María, Madre del Amor Hermoso” 

Agradar a Dios (I): en donde se oculta Dios. Santidad y monotonía : Diego Zalbidea

Si conocieras el don de Dios… : Madre Verónica

Amar a Dios con todo nuestro corazón: ¿Qué significa? : Aleida López de Steinmetz

Para saber corregir. Licenciatura en chismorreo : José Martínez Colín.

El año de San José llega a su fin, pero que San José se quede en nuestra familia : Silvia del Valle Márquez.

La Santísima Virgen destruyó todas las herejías : Acción Familia

Gracias, Justo : Julio Tudela

Escocia deniega la petición de áreas libres de protestas frente a las clínicas abortivas

¿Se debería regular el uso del cannabis en España? : Julio Tudela Cuenca

Derecho natural, democracia y cultura : Javier Hervada

La laicidad, “religión de la esclavitud”: José Ramón Recuero Astray

Entre todos la mataron… “y ella sola se murió” : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

Papa: Cerrazones y prejuicios levantan muros e impiden el encuentro

El sueño de Dios, de una humanidad liberada del odio que intoxica, donde no hay forasteros sino conciudadanos reconciliados resonó en la Iglesia de la Santa Cruz en Nicosia, en el encuentro ecuménico del Santo Padre con los migrantes. Al responder a cada testimonio, el Pontífice llamó a no “resignarnos a vivir en un mundo dividido", a no quedarnos callados e indiferentes ante el sufrimiento.

 

Alina Tufani- Ciudad del Vaticano

“Ustedes no son forasteros, sino conciudadanos”. Esta frase del Apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso inspiró el discurso del Papa Francisco a los migrantes reunidos en la Iglesia franciscana de la Santa Cruz en Nicosia. Un encuentro ecuménico que abrió con los testimonios de varios jóvenes migrantes provenientes de África, Medio Oriente y Asia, historias que ya el Papa conocía, pues las había recibido con anticipación y que lo habían “emocionado mucho”, lo habían, como hoy “conmovido”.

Las cosas como son

Cuando ya había respondido en su discurso a las palabras de sus interlocutores, cuando ya había conminado a todos los cristianos presentes a seguir el único camino posible de la unidad en el amor de Dios, el Papa, pidiendo “disculpas, por decir las cosas como son”, dio peso a esas palabras con las que inició su discurso, “emocionado y conmovido”, hacia los migrantes presentes en la celebración.

Papa Francisco: “No podemos quedarnos callados y mirar para otro lado, en esta cultura de la indiferencia”.

“Escuchándote, mirándote a la cara, el recuerdo va más allá, va al sufrimiento. Has llegado aquí, pero ¿cuántos de tus hermanos y hermanas quedan en el camino? ¿Cuántas personas desesperadas inician su viaje en condiciones muy difíciles, incluso precarias, y no han podido llegar? Podemos hablar de este mar que se ha convertido en un gran cementerio. Mirándote, miro los sufrimientos del viaje, tantos que han sido secuestrados, vendidos, explotados, todavía están en camino, no sabemos hacia dónde. Pero es la historia de una esclavitud, una esclavitud universal”.

Una grave enfermedad

En una dolorosa enumeración de noticias que diariamente hablan del sufrimiento de migrantes, desplazados y refugiados, el Papa exhortó a no “acostumbrarse” a leer estas tragedias en los periódicos o escucharlas en otros medios, porque sería caer en una grave enfermedad.

“Mirándote, pienso en muchos que tuvieron que volver porque los rechazaron y terminaron en campos de concentración, verdaderos campos de concentración, donde las mujeres son vendidas, los hombres torturados, esclavizados”, dijo el Pontífice, al recordar que no son solo los esclavos del pasado, “los de los nazis, los de Stalin” sino lo de hoy: ¡Está sucediendo hoy, en las costas cercanas! Puentes de esclavitud. “Es la guerra de este momento, es el sufrimiento de hermanos y hermanas que no podemos callar”, añadió el Papa.  “No podemos quedarnos callados y mirar para otro lado, en esta cultura de la indiferencia”.

El sueño de Dios

La celebración ecuménica que comenzó con el saludo del Patriarca de los Latinos de Jerusalén y de las palabras de una representante de Cáritas Chipre, dieron paso a las historias de estos cuatro jóvenes migrantes a quienes el Papa respondió personalmente, pues sus testimonios son “como un espejo”, no sólo para los numerosos migrantes que en los últimos años han llegado a Chipre, sino también para las comunidades cristianas llamadas a cumplir el sueño de Dios.

Joven migrante saluda al Papa tras haber dado su testimonio de vida

Al destacar la actualidad de las palabras de San Pablo cuando dice: “Ustedes ya no son extraños ni forasteros, sino conciudadanos.”, el Papa afirmó que en ellas se cumple la “profecía de la Iglesia”, la de una comunidad que “encarna —con todos los límites humanos— el sueño de Dios”. “Como tú - le confirmó el Papa a Marianie, de la República democrática de Congo - Dios sueña un mundo de paz, en el que sus hijos viven como hermanos y hermanas. Somos nosotros que no lo queremos”.

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No somos números

En cambio, a Thamara, de Sri Lanka, que a menudo cuando le preguntan “quién es” se siente como un número más, un caso más, el Pontífice reconoció que lamentablemente con esa pregunta “lo que se quiere decir es: “¿De qué parte estás? ¿A qué grupo perteneces?”

"La brutalidad de la migración pone en peligro la identidad de uno", es decir, enfatizó el Pontífice, hace que la persona se pregunte quién es y dónde están sus raíces. “No somos números ni individuos que haya que catalogar – subrayó Francisco - somos ‘hermanos’, ‘amigos’, ‘creyentes’ y ‘prójimos’ los unos de los otros”.  Y añadió que cuando los intereses de grupo o los intereses políticos, incluso de las naciones, presionan , tienden también a esclavizar sin que nos demos cuenta:  "El amor -dijo - que es amplio, que es contrario al odio, el amor nos hace libres.

El odio que intoxica

A Maccolins, un joven de Camerún que se dice “herido por el odio” a lo largo de su vida, el Santo Padre recuerdó que el odio ha contaminado también las relaciones entre los cristianos, lo que ha dejado una “marca profunda” que dura mucho tiempo.  El odio, dijo el Papa, “es un veneno del que resulta difícil desintoxicarse, es una mentalidad distorsionada que, en vez de hacer que nos reconozcamos hermanos, lleva a que nos veamos como adversarios, como rivales.

Participantes en la Oración ecuménica con el Papa en la Iglesia de la Santa Cruz de Nicosia, Chipre

El muro de los prejuicios

Al responder el testimonio de Rozh, un joven de Irak que al contar el largo recorrido que lo llevó hasta Chipre, dijo ser “una persona en camino”, Francisco enfatizó que también la comunidad de cristianos es “una comunidad en camino”, que como la suya está hecha de “subidas y bajadas”, que no deben asustar “No nos deben asustar las diferencias entre nosotros, sino más bien, nuestras cerrazones y nuestros prejuicios, que impiden que nos encontremos realmente y que caminemos juntos. Las cerrazones y los prejuicios vuelven a construir entre nosotros ese muro de separación que Cristo ha derribado, es decir, la enemistad.

Avanzar en la unidad

El Papa durante el encuentro ecuménico habló sobre la necesidad de avanzar hacia la unidad de los cristianos con la mirada fija en Dios que “es una nuestra paz” y nuestra “piedra principal”.  Recordó que Jesús viene a nuestro encuentro “en el rostro del hermano marginado y descartado, en el rostro del migrante despreciado, rechazado y oprimido”, pero también en el “rostro del migrante que está en camino hacia algo, hacia una esperanza, hacia una convivencia más humana”. El Papa puntualizó nuevamente que "Dios habla a través de los sueños" de esos migrantes, de esos jóvenes.

“Nos llama a no resignarnos a vivir en un mundo dividido, en comunidades cristianas divididas, sino a caminar en la historia atraídos por el sueño de Dios, que es una humanidad sin muros de separación, liberada de la enemistad, sin más forasteros sino sólo conciudadanos. Diferentes, es verdad, y orgullosos de nuestras peculiaridades, que son un don de Dios, pero conciudadanos reconciliados.

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Chipre taller de fraternidad

En esta última cita del Papa en Chipre, antes de su partida, mañana, sábado, hacia Grecia, el Santo Padre deseó que “esta isla, marcada por una dolorosa división, pueda convertirse con la gracia de Dios en taller de fraternidad”. En este contexto, agradeció a quienes trabajan con los migrantes, sobre todo, al reconocer la generosidad de una isla que no lo puede hacer todo, ya que el número de personas que llegan es mayor que su capacidad para entrar, integrarse, acompañar, promocionar. Y por ello, advirtió que lo podrá hacer bajo dos condiciones; con el reconocimiento “efectivo” de la dignidad de cada persona humana, y con “la apertura confiada a Dios, Padre de todos.

“Con estas condiciones es posible que el sueño se traduzca en un viaje cotidiano, hecho de pasos concretos que van del conflicto a la comunión, del odio al amor. Un camino paciente que, día tras día, nos hace entrar en la tierra que Dios ha preparado para nosotros, la tierra donde, si te preguntan: “¿Quién eres?”, puedes responder a cara descubierta: “Soy tu hermano”, concluyó el Pontífice

 

Santa Misa en Chipre. Francisco: se necesitan cristianos luminosos

Cristianos que “lleven la luz recibida de Cristo para iluminar la noche que a menudo nos rodea”. El Papa en la homilía en el Estadio GSP habló de tres pasos que en este Adviento “pueden ayudarnos a acoger al Señor que viene”. El punto de partida fue el Evangelio de Mateo que habla de la curación de los ciegos que van hacia Jesús, juntos le llevan sus sufrimientos y anuncian con alegría su curación. Lo hacen porque “perciben que, en la oscuridad de la historia, Él es la luz que ilumina el mundo".

 

En la memoria de San Francisco Javier el Papa celebró la Santa Misa en el Estadio Neo GSP de Chipre. Del Evangelio de Mateo, que narra de los ciegos que expresaban a gritos a Jesús su miseria y esperanza, el Papa Francisco desarrolló su reflexión, deteniéndose en tres pasos del encuentro que, en este camino de Adviento, “pueden ayudarnos a acoger al Señor que viene.” 

«¡Hijo de David, ten piedad de nosotros!»

Los ciegos que gritaban a Jesús mientras lo seguían, llamándolo “Hijo de David” - título que era atribuido al Mesías, que las profecías anunciaban como proveniente de la estirpe de David – no lo “veían”, pero “escuchaban su voz y seguían sus pasos”. Buscaban en Cristo “lo que habían preanunciado los profetas, es decir, los signos de curación y de compasión de Dios en medio de su pueblo”. Los dos ciegos del Evangelio – dijo el Santo Padre - “se fían” de Jesús y lo siguen en busca de luz para sus ojos. Y lo hacen porque “perciben que, en la oscuridad de la historia, Él es la luz que ilumina las noches del corazón y del mundo, que derrota las tinieblas y vence toda ceguera”. 

El don de la Eucaristía, Viaje Apostólico a Chipre

También nosotros, como los dos ciegos, tenemos cegueras en el corazón. También nosotros, como los dos ciegos, somos viajeros a menudo inmersos en la oscuridad de la vida. Lo primero que hay que hacer es acudir a Jesús, como Él mismo dijo: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas, y yo los haré descansar» (Mt 11,28). ¿Quién de nosotros no está de alguna manera cansado y abrumado? Pero nos resistimos a ir hacia Jesús; muchas veces preferimos quedarnos encerrados en nosotros mismos, estar solos con nuestras oscuridades, autocompadecernos, aceptando la mala compañía de la tristeza. Jesús es el médico, sólo Él, la luz verdadera que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,9), nos da luz, calor y amor en abundancia. Sólo Él libera el corazón del mal.

El “primer paso” indicado por el Papa es, pues, “ir hacia Jesús”: darle la posibilidad de curarnos el corazón. 

Si cada uno piensa en sí mismo, no podrá curarse la ceguera

Tal como reza el relato evangélico, en este caso no se cura a un solo ciego, sino dos: “se encuentran – dijo el Papa - juntos en el camino”. Lo significativo, tal como indicó el Santo Padre, es que dicen a Cristo “ten piedad de nosotros”. No piensa “cada uno en su propia ceguera, sino que piden ayuda juntos”. Se trata del “signo elocuente de la vida cristiana, el rasgo distintivo del espíritu eclesial” que es “pensar, hablar y actuar como un ‘nosotros’, saliendo del individualismo y de la pretensión de la autosuficiencia que enferman el corazón”.

Los dos ciegos, al compartir sus sufrimientos y con su amistad fraterna, nos enseñan mucho. Cada uno de nosotros de algún modo está ciego a causa del pecado, que nos impide “ver” a Dios como Padre y a los otros como hermanos. Esto es lo que hace el pecado: distorsiona la realidad, nos hace ver a Dios como el amo y a los otros como problemas. Es la obra del tentador, que falsifica las cosas y tiende a mostrárnoslas bajo una luz negativa para arrojarnos en el desánimo y la amargura. Y la horrible tristeza, que es peligrosa y no viene de Dios, anida bien en la soledad. Por tanto, no se puede afrontar la oscuridad estando solos. Si llevamos solos nuestras cegueras interiores, nos vemos abrumados. Necesitamos ponernos uno junto al otro, compartir las heridas y afrontar el camino juntos.  

Son esos los motivos por los que el Papa señala el segundo paso: el de llevar “juntos” a Jesús nuestras heridas. Y es el motivo por el que “frente a cada oscuridad personal y a los desafíos que se nos presentan en la Iglesia y en la sociedad” somos llamados “a renovar la fraternidad”, puesto que, “si permanecemos divididos entre nosotros, si cada uno piensa sólo en sí mismo o en su grupo, si no nos juntamos, si no dialogamos, si no caminamos unidos, no podremos – aseguró Francisco - curar la ceguera plenamente”. 

Se necesitan cristianos “luminosos”

Aunque Jesús había recomendado a los ciegos, tras haberlos curado, que no dijeran nada a nadie, ellos, sin embargo, hicieron lo contrario. No fue para “desobedecer al Señor”, sino simplemente porque “no lograron contener el entusiasmo” del encuentro y de su curación. De ahí que el tercer y último paso indicado por el Papa haya sido el de “anunciar el Evangelio con alegría”, signo distintivo del cristiano: 

La alegría del Evangelio, que es incontenible, «llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1), libera del riesgo de una fe intimista, distante y quejumbrosa, e introduce en el dinamismo del testimonio.

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Vivir con alegría el anuncio liberador del Evangelio, aseguró Francisco, “no se trata de proselitismo, sino de testimonio; no es moralismo que juzga, sino misericordia que abraza; no se trata de culto exterior, sino de amor vivido”. He aquí que animó a los chipriotas, tras haber manifestado su alegría por ver cómo viven el Evangelio, a seguir adelante y a renovar el encuentro con Jesús, saliendo “sin miedo” para testimoniarlo, llevando “la luz” recibida para “iluminar la noche que a menudo nos rodea”. 

Se necesitan cristianos iluminados, pero sobre todo luminosos, que toquen con ternura las cegueras de los hermanos, que con gestos y palabras de consuelo enciendan luces de esperanza en la oscuridad; cristianos que siembren brotes de Evangelio en los áridos campos de la cotidianidad, que lleven caricias a las soledades del sufrimiento y de la pobreza.  

Renovar la confianza en Jesús, que “escucha el grito de nuestras cegueras” y que “quiere tocar nuestros ojos y nuestro corazón”, “atraernos hacia la luz, hacernos renacer y reanimarnos interiormente” es la recomendación final del Papa que invoca, al final de su homilía al Hijo de Dios: 

“¡Ven, Señor Jesús!”

 

Agradecimiento de Mons. Selim Sfeir y saludo final del Papa: "pienso en los migrantes"

Al final de la Santa Misa el agradecimiento de Monseñor Selim Sfeir, Arzobispo de Chipre de los Maronitas, al Papa por su visita. Un agradecimiento que se convierte en Acción de gracias a Dios, por Su amor incondicional por cada uno de nosotros, por “permitirnos ser responsables los unos de los otros”, por representar Su presencia “vivificante” para los demás. También a la Santísima Trinidad, por su “obra de salvación” en Su Iglesia “en nombre de todos los pueblos, lenguas y civilizaciones” que se encuentran en tierra chipriota. Las alabanzas a Dios Padre, a Jesús, al Espíritu y la expresa voluntad dirigida a María de ir con ella “hacia los demás” y hacia su Hijo Jesús, hecha ante el Sucesor de Pedro, culmina con los aplausos de los presentes y con el saludo final del Papa Francisco que, previa entrega de un cáliz al Arzobispo de Chipre de los Maronitas y al Patriarca Latino de Jerusalén, demuestra su gratitud por la acogida y el afecto brindado, y dice:

Aquí en Chipre estoy respirando un poco de esa atmósfera típica de Tierra Santa, donde la antigüedad y la variedad de las tradiciones cristianas enriquecen al peregrino. Esto me hace bien, y hace bien encontrar comunidades de creyentes que viven el presente con esperanza, abiertas al futuro, y que comparten este horizonte con los más necesitados. Pienso particularmente en los migrantes que buscan una vida mejor, con los que tendré mi último encuentro en esta isla, junto a los hermanos y hermanas de diversas confesiones cristianas. 

Gracias a todos los que han colaborado en esta visita. Recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen Santa los proteja. Efcharistó! [¡Gracias!]

El Santo Padre a su salida del Estadio

El saludo a la comunidad judía chipriota

Al regresar a la Nunciatura Apostólica, donde almorzó en privado, el Santo Padre Francisco se reunió brevemente con el rabino jefe de Chipre, Arie Zeev Raskin, y a través de él envió un saludo a la comunidad judía chipriota.

También encontró al director de la prisión de la isla, que le llevó los saludos y un regalo de los reclusos, entre los que se encontraban inmigrantes encarcelados por falta de documentos. El Santo Padre, en la Iglesia Parroquial de la Santa Cruz, punto de referencia para la comunidad católica en Chipre, prosigue su agenda con la Oración Ecuménica con los migrantes. 

El encuentro entre el Papa y el Rabino Arie Zeev Raskin

 

 

Síntesis de la segunda jornada del Papa Francisco en Chipre

Compartimos este video con los principales momentos del segundo día del Viaje Apostólico del Santo Padre a Chipre y Grecia. Desde Atenas nos informa nuestro enviado, el Padre Felipe Herrera sobre el Encuentro del Papa con Crisóstomo II, el Santo Sínodo, la Misa en el GSP Stadium y la Oración ecuménica con los migrantes.

 

Ciudad del Vaticano

Desde Atenas, Grecia, hasta donde llegará mañana por la mañana el Papa Francisco, como parte de su 35 Viaje Apostólico, nos informa el Padre Felipe Herrera, enviado especial de Vatican News.

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03/12/2021El Papa: Trabajar juntos en la caridad, educación y promoción dignidad humana

Encuentro con Crisóstomo y el Santo Sínodo

Hoy, el Santo Padre cumplió su segundo día de visita en Chipre. El Pontífice inició su jornada visitando a su Beatitud Crisóstomo II, líder de la Iglesia ortodoxa del país, y que es la comunidad cristiana mayoritaria de la isla. Y para profundizar en este gesto ecuménico que busca un acercamiento entre ambas Iglesias, Francisco se dirigió a la Catedral de san Juan, donde fue acogido fraternalmente por el Santo Sínodo. Este es el grupo de líderes ortodoxos de Chipre que juntos constituyen la máxima autoridad religiosa.  El Papa les pidió que, como testigos de Cristo, puedan trabajar unidos en la caridad, en la educación y en la promoción de la dignidad humana.

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03/12/2021Santa Misa en Chipre. Francisco: se necesitan cristianos luminosos

Santa Misa en el GSP Stadium

Después, hacia las 10 de la mañana Francisco llegó hasta el estadio Panchipriota. Allí lo aguardaban más de 10 mil personas, junto a quienes celebró la Eucaristía, y a quienes exhortó a ser cristianos luminosos, que toquen con ternura las cegueras de los hermanos, que enciendan luces de esperanza en la oscuridad.

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03/12/2021Papa: Cerrazones y prejuicios levantan muros e impiden el encuentro

Oración ecuménica con los migrantes

Por la tarde el Papa tuvo su esperado encuentro con los migrantes… fue en la iglesia de la Santa Cruz donde el Santo Padre escuchó los testimonios de cuatro personas que han llegado a este país buscando refugio, y ante ellos pronunció un nuevo contundente discurso pidiendo condiciones dignas para quienes se han visto forzados a dejar sus tierras. Después todos juntos elevaron una oración ecuménica y rezaron el Padre Nuestro.

Así Francisco concluyó sus actividades oficiales en la Isla de Chipre. mañana temprano viajará hasta acá, Atenas, desde donde les contaremos todos los pormenores de su histórica visita.

 

El Papa: La migración necesita una intervención eficaz con un esfuerzo conjunto

El Papa, dirigiéndose a participantes en la VII Conferencias Diálogos Med, dijo que el fenómeno migratorio en el Mediterráneo muestra que todo está conectado y nos advierte, dijo el Papa, de que una solución estable requiere un enfoque capaz de tener en cuenta los múltiples aspectos vinculados a él, que los diálogos de esta Conferencia pueden poner de relieve.

Patricia Ynestroza-Ciudad del Vaticano

El Papa envió un mensaje a los participantes en la VII Conferencia Diálogos MED de Roma, promovida anualmente por el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional de Italia y el Instituto de Estudios de Política Internacional, con el objetivo de repensar el enfoque tradicional del área mediterránea y buscar respuestas nuevas y compartidas a los importantes retos que plantea.

El Papa les dijo, que el “mare nostrum” tiene una importancia geopolítica central, el Mediterráneo es la frontera, y por tanto el lugar de encuentro, de tres continentes, afirmó, que no sólo están bañados por él, sino que se tocan en él y por tanto están llamados a convivir.

La política y la diplomacia que hagan lo posible contra la indiferencia

“La interconexión centrada en este mar nos muestra, y no sólo simbólicamente, que todo el planeta es una gran casa común y que el destino de un país no puede ser independiente del de los demás”. Y advirtió que el “propio concepto de independencia está cambiando peligrosamente. Mientras que en el pasado significaba sobre todo la reivindicación legítima de autonomía frente a la injerencia o la ocupación de Estados extranjeros”, actualmente, “la independencia está adquiriendo un significado de "indiferencia" y "desinterés" hacia el destino de otros pueblos”.

Por tanto, el Pontífice alertó que la política y la diplomacia deben cuestionarse y hacer todo lo posible para evitar que el proceso de globalización degenere en la globalización de la indiferencia. Sobre todo, como lo demuestra la crisis climática y la pandemia, “pruebas de que no sólo los Estados, sino aún más los Continentes, no pueden seguir ignorándose mutuamente”.

Al respecto, Francisco dijo que, en esta área mediterránea, “todos los recursos y todo el potencial de este mar necesitan un nuevo enfoque, no individual y egoísta, sino conjunto y compartido entre los países que lo bordean, y también entre los que no lo bordean pero que se ven afectados por las políticas mediterráneas de diferentes maneras”. Un enfoque, afirmó, capaz de difundir los múltiples conflictos regionales que se desarrollan en la superficie, en las profundidades y en los bordes del mar, y que se extienden desde el mar hasta los continentes.

El tema urgente de la migración

Uno de los principales problemas centrales en el Mediterráneo es la migración, un tema “urgente”, que requiere además “una visión política de largo alcance”, y que siempre ha estado en el corazón del Papa y que motivó su primer viaje apostólico, a la isla de Lampedusa, en 2013.

“El fenómeno migratorio nos muestra una vez más que todo está conectado y nos advierte de que una solución estable requiere un enfoque capaz de tener en cuenta los múltiples aspectos vinculados a él, que los diálogos de esta Conferencia pueden poner de relieve”.

Los acontecimientos de los últimos años, dijo más adelante, confirman cada vez más que una intervención eficaz sólo puede provenir de un esfuerzo conjunto no limitado a los países fronterizos, sino también compartido por los respectivos continentes a los que pertenecen. “No hay que dejar a nadie solo ante este enorme problema. Todos deben sentirse responsables, porque todos lo son de hecho”, afirmó.

El Mediterráneo centro de atención de la Iglesia

El Mediterráneo es el centro de la atención constante de la Iglesia. Mientras se realiza esta Conferencia, el Papa se encuentra realizando su viaje apostólico a Chipre y Grecia. El año pasado se realizó “el fructífero encuentro” en Bari, con el tema: "Mediterráneo, frontera de la paz", promovido por la Conferencia Episcopal Italiana, en el que participaron los obispos de 20 países ribereños del mare nostrum, el próximo año se hará otro encuentro en Florencia, que se está organizando actualmente, dijo el Santo Padre.

Al respecto, expresó un deseo, le gustaría pensar, dijo, que estos encuentros eclesiales, y sus diálogos sobre el Mediterráneo pueden inspirarse en las "conversaciones mediterráneas" inauguradas por Giorgio La Pira en los años 50 y 60, que acercaron las orillas opuestas del mar, inaugurando la política de diálogo en torno a lo que La Pira consideraba, en una visión de fe, como "un gran lago de Tiberíades".

 

 

EL BUEN PASTOR ANUNCIADO POR LOS PROFETAS

— Jesucristo es el Buen Pastor prometido por los Profetas. Nos conoce a cada uno por nuestro nombre.

— El Señor ha dejado en su Iglesia buenos pastores.

— Encontramos al Buen Pastor en la dirección espiritual.

I. Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: «Éste es el camino, caminad por él»1. Una de las gracias mayores que el Señor nos puede dar en esta vida es la de tener claro el camino que nos conduce a Él y contar con una persona que nos ayude a salir de nuestros desvíos y errores para retornar de nuevo al sendero bueno.

En muchos momentos de su historia, el pueblo de Dios se encontró sin rumbo y sin camino, en el desconcierto y abatimiento más grandes, por falta de verdaderos guías. Así halla el Señor a su pueblo: como ovejas sin pastor, según nos narra el Evangelio de la Misa de hoy2Al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Sus guías se habían comportado más como lobos que como verdaderos pastores del rebaño.

En la larga espera del Antiguo Testamento, los Profetas anunciaron, con siglos de antelación, la llegada del Buen Pastor, el Mesías, que guiaría y cuidaría amorosamente su rebaño. Sería un pastor único3, que buscaría a la oveja perdida y a la extraviada, vendaría a la herida y curaría a la enferma4. Con Él, las ovejas estarían seguras y, en su nombre, habría otros buenos pastores con el encargo de cuidarlas y guiarlas: Les daré pastores que de verdad las apacienten, y ya no habrán de temer más, ni angustiarse ni afligirse5.

Yo soy el buen pastor6, dice Jesús. Ha venido al mundo para congregar al rebaño de Dios7Andabais, nos dice San Pedro, como ovejas descarriadas, mas ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas8; viene el Buen Pastor para recoger a su rebaño de su extravío9, para guiarlo10, para defenderlo11, para alimentarlo12, para juzgarlo13, para conducirlo por fin hasta las praderas definitivas, junto a las aguas de la vida14.

Jesús es el Buen Pastor anunciado por los Profetas. En Él se cumplen al pie de la letra todas las profecías. Él conoce y llama a cada una de las ovejas por su nombre15. ¡Jesús nos conoce personalmente, nos llama, nos busca, nos cura! No nos sentimos perdidos en medio de una humanidad inmensa y sin nombre. Somos únicos para Él. Podemos decir con toda exactitud: Me amó y se entregó por mí16. Él distingue mi voz entre otras muchas. Ningún cristiano tiene derecho a decir que está solo. Jesucristo está con él, y si se ha perdido por los caminos del mal, el Buen Pastor ha salido ya en su busca. Solo la mala voluntad de la oveja puede hacer fracasar el desvelo del pastor; el no querer regresar al aprisco. Solo eso.

II. Además del título de Buen Pastor, Cristo se aplica a sí mismo la imagen de la puerta por la que se entra al aprisco de las ovejas, que es la Iglesia. Ella «es un redil cuya única y obligada puerta es Cristo. Es también una grey de la que el mismo Dios se profetizó Pastor, y cuyas ovejas, aunque conducidas ciertamente por pastores humanos, son, no obstante, guiadas y alimentadas continuamente por el mismo Cristo, Buen Pastor y Príncipe de los pastores, que dio su vida por las ovejas»17.

Jesús ha dispuesto que haya en su Iglesia buenos pastores para que en su nombre guarden y guíen a sus ovejas18. Por encima de todos y como Vicario suyo en la tierra estableció a Pedro y a sus sucesores19, a quienes hemos de tener una especial veneración, amor y obediencia. Junto al Papa y en comunión con él, a los obispos, como sucesores de los Apóstoles.

Los sacerdotes son buenos pastores, especialmente en la administración del sacramento de la Penitencia, donde nos curan de todas nuestras heridas y enfermedades. «Recuerden –decía Juan Pablo II– que su ministerio sacerdotal (...) está ordenado, de manera particular, a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre (...), que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia, para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna»20.

Cada cristiano debe ser un buen pastor también de sus hermanos, especialmente por medio de la corrección fraterna, del ejemplo y de la oración. Pensemos con frecuencia que de alguna forma también nosotros somos buenos pastores de las personas que Dios ha puesto a nuestro lado. Tenemos obligación de ayudarles –con el ejemplo y la oración– a que anden el camino de la santidad y perseveren en la correspondencia a los dones y llamadas del Buen Pastor, que nos conduce a los pastos de la vida eterna.

El oficio de buen pastor es un oficio delicado en extremo: exige mucho amor y mucha paciencia21, valentía22, competencia23, mansedumbre también, prontitud de ánimo24 y un gran sentido de la responsabilidad25. El descuido de esta misión ocasionaría gravísimos daños al pueblo de Dios26: «el mal pastor lleva a la muerte incluso a las ovejas fuertes»27.

«Cuatro son las condiciones que debe reunir el buen pastor. En primer lugar, el amor: fue precisamente la caridad la única virtud que el Señor exigió a Pedro para entregarle el cuidado de su rebaño. Luego, la vigilancia, para estar atento a las necesidades de las ovejas. En tercer lugar, la doctrina, con el fin de poder alimentar a los hombres hasta llevarlos a la salvación. Y finalmente la santidad e integridad de vida; esta es la principal de todas las cualidades»28.

A todos nos corresponde pedir insistentemente que no falten nunca los buenos pastores en la Iglesia. Especialmente hemos de pedir por aquellos que Dios ha constituido como buenos pastores para nuestras almas.

III. Cada uno de nosotros necesita un buen pastor que guíe su alma, pues nadie puede orientarse a sí mismo sin una ayuda especial de Dios. La falta de objetividad, el apasionamiento con que nos vemos a nosotros mismos y la pereza, van oscureciendo nuestro camino hacia el Señor. Y llega entonces el estancamiento espiritual, la tibieza y el desánimo. En cambio, «de manera semejante a como una nave que tiene buen timonel llega sin peligro a puerto, así también, el alma que tiene un buen pastor lo alcanza fácilmente, aunque haya cometido muchos errores»29.

«Cualquiera comprende sin dificultad que para realizar la ascensión de una montaña es necesario un guía; lo mismo sucede cuando se trata de la ascensión espiritual...; y tanto más, cuanto que en este caso hay que evitar los lazos que nos tiende alguien (el demonio) muy interesado en impedir que subamos»30.

La dirección espiritual nos es necesaria para que no tengamos que decir, al final de nuestra vida, lo mismo que los judíos después de vagar por el desierto sin rumbo ni sentido: 40 años hemos dado vueltas alrededor de la montaña31. Hemos vivido sin ton ni son, sin saber adónde íbamos, sin que el trabajo o el estudio nos acercara a Dios, sin que la amistad, la familia, la salud y la enfermedad, los éxitos o los fracasos nos ayudaran a dar un paso adelante en lo verdaderamente importante: la santidad, la salvación. Para que no tengamos que decir que hemos vivido de cualquier manera, sin sentido, entretenidos con cuatro cosas pasajeras. Y todo, porque nos faltaron unas metas sobrenaturales en las que luchar, un camino claro y un guía.

Puede ser necesario confiar a alguien la dirección de nuestra alma, porque todos necesitamos una palabra de aliento si llega el desánimo por nuestras derrotas en este camino de Dios. Precisamos entonces de esa voz amiga que nos dice ¡adelante!, ¡no debes pararte, porque tienes la gracia de Dios para superar cualquier dificultad! Dice el Espíritu Santo: Si uno cae el otro lo levanta: pero ¡ay del que está solo, que cuando cae no tiene quien le levante!32. Y con esa ayuda nos recomponemos por dentro, y sacamos fuerzas cuando nos parecía que ya no nos quedaba ninguna, y seguimos nuestro camino.

Es una gracia especial de Dios poder contar con esa persona amiga que nos ayuda eficazmente en algo de tanta importancia, a la que podemos abrir el alma en una confidencia llena de sentido humano y sobrenatural. ¡Qué alegría poder comunicar lo más íntimo de nuestros sentimientos, para orientarlos a Dios, a alguien que nos comprende, nos estima, nos abre horizontes nuevos, nos alienta, reza por nosotros, y tiene una gracia especial del Señor para ayudarnos! Pero es importante acudir al que es verdaderamente buen pastor para nosotros, aquel a quien el Señor quiere que acudamos.

San Lucas nos narra de qué manera el hijo pródigo siente la necesidad de descargar el peso que agobia su alma. También Judas se siente agobiado por la carga de su traición. El primero se dirige a quien tiene que ir y encuentra una paz que ni siquiera podía imaginar; restableció de nuevo su vida. Judas debió volver a Jesús, quien, a pesar de su pecado, lo hubiera acogido y confortado, como a Pedro. Fue, sin embargo, a quien no debía: a quienes eran incapaces de comprender, y, sobre todo, incapaces de dar a aquel hombre lo que necesitaba. ¿A nosotros qué? Allá tú, le dicen.

En la dirección espiritual encontramos al Buen Pastor que nos da las ayudas necesarias para no perdernos, para recuperar el camino si nos hubiéramos desorientado en nuestro andar hacia Cristo.

Nuestra Madre Santa María nos muestra siempre el sendero seguro que conduce a Cristo.

1 Primera lectura de la Misa, Is 30, 21. — 2 Mt 9, 35-10; 1, 6-8. — 3 Ez 34, 23. — 4 Cfr. Ez 34, 16. — 5 Jer 23, 4. — 6 Jn 10, 11. — 7 Mt 15, 24. — 8 1 Pedr 2, 25.  9 Lc 15, 3-7. — 10 Jn 10, 4. — 11 Lc 12, 32. — 12 Mc 6, 34. — 13 Mt 25, 32. — 14 1 Pedr 5, 4; Apoc 7, 17. — 15 Jn 10, 3. — 16 Gal 2, 20. — 17 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 6. — 18 Ef 4, 11. — 19 Jn 21, 15-17. — 20 Juan Pablo II, Carta a todos los sacerdotes, 8-IV-1979, 7. — 21 Is 40, 11; Ez 34, 4. — 22 1 Sam 25, 7; Is 31, 4; Am 3, 12. — 23 Prov 27, 23. — 24 1 Pedr 5, 2. — 25 Mt 18, 12. — 26 Is 13, 14-15; Jer 50, 6-8. — 27 San Agustín, Sermón 46, Sobre los pastares. — 28 Santo Tomás de Villanueva, Sermón sobre el Evang. del Buen Pastor, en Opera omnia, Manila 1922, pp. 324-325. — 29 San Juan Clímaco, Escala del Paraíso. — 30 D. Garrigou Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Ed. Palabra, vol. I, 2ª ed., p. 297. — 31 Dt 2, 1. — 32 Eccl 4, 10.

 

 

Meditaciones: sábado de la 1ª semana de Adviento

Reflexión para meditar en el sábado de la primera semana de Adviento. Los temas propuestos son: Jesús sale a nuestro encuentro; pedir al Señor que envíe obreros a su mies; renovar nuestra misión.

04/12/2021

– Jesús sale a nuestro encuentro

– Pedir al Señor que envíe obreros a su mies

– Renovar nuestra misión


EL EVANGELIO de hoy nos presenta a Jesús que sale al encuentro de la gente. «Recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias» (Mt 9,35). Su preocupación e interés por cada persona no se quedan solo en las palabras. Jesús se esfuerza por acercarse a las necesidades de cada uno, toma la iniciativa y se moviliza. Les infunde optimismo hablándoles del amor que Dios les tiene, escucha atentamente sus dificultades y hace lo que está a su alcance para remediarlas. Podemos imaginar al Señor mirando a los ojos con cariño a la gente que se acercaba hasta Él. «Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).

También hoy el Señor se acerca a nuestro mundo; incluso más: está siempre en él. Es un Dios cercano que no se ha retirado de su creación, nunca la ha abandonado a su suerte. Al contrario, se alegra y se deleita con la maravillosa bondad de las personas corrientes, humildes, inadvertidas para la gran historia, que procuran vivir según el corazón de Dios. Y, asimismo, se llena de compasión al ver otras personas maltratadas, abatidas, desorientadas, sin una compañía que las guíe y conforte.

«Iesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula!» (Hb 13,8). Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre. Sigue saliendo a nuestro encuentro de innumerables maneras: alimenta nuestras almas con el Pan eucarístico, nos transmite paz y esperanza con la voz de su Palabra, nos muestra el camino a seguir hablándonos en el silencio de la oración. «Pueblo de Sion, que habitas en Jerusalén: no tendrás que llorar más. Él te concederá gracia a la voz de tu súplica. Tan pronto la oiga, te responderá» (Is 30,19). Jesús nos busca sin que se lo pidamos, la iniciativa es siempre suya. Nuestro agradecimiento nunca será suficiente, nuestra respuesta nunca será proporcionada a tanta bondad. Por eso queremos acompañar nuestras acciones de gracias con un deseo de permanecer atentos a sus inspiraciones que no cesan.


EN EL EVANGELIO vemos a Jesús en medio de la gente, sacando a cada jornada su máximo provecho, al punto de que en ocasiones ni siquiera tiene tiempo para comer (cfr. Mc 6,31). No le alcanzan las horas del día para hacer frente a tantas necesidades. Ante ese panorama, nos cuenta san Mateo que el Señor confía a sus discípulos más cercanos algo que llevaba en su alma: «La mies es mucha, pero los obreros pocos» (Mt 9,37); hay muchas personas a las que ayudar, pero son pocos los que se dedican a esta tarea apremiante. El mundo tiene necesidad de Dios. Y Jesús, mejor que nadie, lo sabe. «¿Cómo invocarán a Aquel en quien no creyeron? ¿O cómo creerán, si no oyeron hablar de él? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique? ¿Y cómo predicarán, si no hay enviados?» (Rm 10,14-15). Frente a tal necesidad, siempre serán pocos los que comparten con el Señor la misión de comunicar al mundo la alegría del evangelio, de anunciar al hombre de hoy ese mensaje de salvación.

Del fondo del corazón de Jesús nace la súplica dirigida a sus discípulos: «Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,38). Daremos una alegría al Señor si nos disponemos a rezar con más insistencia por esta intención suya. Supliquemos a nuestro Padre Dios que nos encienda a nosotros y a muchos cristianos en una santidad que nos llene de alegría y nos lance a compartirla con todos. Pidamos también que envíe más vocaciones a su Iglesia y de modo particular a la Obra; personas de todo tipo y condición que con generosidad decidan entregar su vida entera al servicio del Evangelio.


SEGUIMOS meditando el pasaje del Evangelio que la liturgia nos ofrece hoy. Inmediatamente después de confiar a sus discípulos esta petición, Jesús los llama y les confiere el poder necesario para que sean ellos los que le ayuden en la tarea de salir al encuentro de las necesidades de los hombres: «Id y predicad: “El Reino de los Cielos está al llegar”. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 9,7-8). El Señor pide a sus discípulos que recen para que haya muchas almas generosas que se decidan a colaborar con Él y, al mismo tiempo, les pide también que ellos mismos lleven adelante esta apremiante tarea.

Cuando pedimos vocaciones, el Señor renueva continuamente nuestra propia misión de apóstoles. «Son muchos los cristianos –señala san Josemaría– persuadidos de que la Redención se realizará en todos los ambientes del mundo, y de que debe haber algunas almas –no saben quiénes– que con Cristo contribuyen a realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos...: serían una eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega. Así pensabas tú, hasta que vinieron a “despertarte”»[1].

Si pedimos al Señor con sinceridad que envíe operarios que se ocupen de la abundante cosecha, si tenemos esta clara –aunque íntima– manifestación de fervor apostólico, esa oración redundará también en nuestra propia santidad y fidelidad. Pedir a Dios que encienda a más cristianos en la alegría de evangelizar nos servirá también de despertador a nosotros. María ante el anuncio del ángel manifestó su plena disponibilidad para que se cumpliera en su vida la palabra de Dios. Esta actitud personal siempre fue de la mano con querer que quienes la rodeaban hicieran lo que Jesús decía (cfr. Jn 2,5). A ella confiamos nuestra oración de petición por más evangelizadores, y pedimos su intercesión para que esta actitud nos lleve a nosotros más cerca de su Hijo.


[1] San Josemaría, Surco, n. 1.

 

Viaje apostólico del Papa Francisco a Chipre y Grecia

Intervenciones del Papa Francisco en el viaje apostólico a Chipre y Grecia (2-6 de diciembre de 2021). Actualizado el viernes, 3 de diciembre, a las 16:00.

03/12/2021

El viaje apostólico de Francisco a los dos países mediterráneos, del 2 al 6 de diciembre, sigue los pasos del Papa emérito en Chipre en 2010 y del Papa san Juan Pablo II en Grecia en 2001.

Jueves, 2 de diciembre de 2021

Encuentro con sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos, catequistas, asociaciones y movimientos eclesiales de Chipre en la Catedral maronita de Nuestra Señora de las Gracias, Nicosia  

Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en la “Ceremonial Hall” del Palacio Presidencial de Nicosia

Viernes, 3 de diciembre de 2021

- Visita de cortesía a Su Beatitud Crisóstomo II, Arzobispo ortodoxo de Chipre en el Arzobispado ortodoxo de Chipre, Nicosia 

Encuentro con el Santo Sínodo en la Catedral ortodoxa de Nicosia 

Santa Misa en el Estadio GSP de Nicosia 

Oración ecuménica con los migrantes en la iglesia parroquial de la Santa Cruz, Nicosia

Sábado, 4 de diciembre de 2021

Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en el Palacio Presidencial de Atenas 

Visita de cortesía a Su Beatitud Jerónimo II, Arzobispo de Atenas y toda Grecia en el Arzobispado ortodoxo de Grecia, Atenas 

Encuentro de Su Beatitud Jerónimo II y Su Santidad Francisco con sus respectivos séquitos en la “Sala del Trono” del Arzobispado ortodoxo de Grecia, Atenas 

Encuentro con los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y catequistas en la Catedral de San Dionisio de Atenas

Domingo, 5 de diciembre de 2021

Visita a los refugiados en el Centro de acogida e identificación de Mitilene 

Santa Misa en “Megaron Concert Hall” de Atenas 

Visita de cortesía de Su Beatitud Jerónimo II al Santo Padre en la Nunciatura Apostólica de Atenas

Lunes, 6 de diciembre de 2021

Encuentro con los jóvenes en la Escuela San Dionisio de las Hermanas Ursulinas de Marusi, Atenas 

Ceremonia de despedida en el aeropuerto internacional de Atenas


Jueves, 2 de diciembre

Encuentro con sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos, catequistas, asociaciones y movimientos eclesiales de Chipre

Beatitudes, queridos hermanos obispos,
queridos sacerdotes, religiosas y religiosos,
queridos catequistas, hermanos y hermanas: Χαίρετε! [¡Hola!]

Me siento contento de estar entre ustedes. Deseo expresar mi gratitud al Cardenal Béchara Boutros Raï por las palabras que me ha dirigido y saludar con afecto al Patriarca Pierbattista Pizzaballa. Gracias a todos ustedes por su ministerio y su servicio; en particular a ustedes, hermanas, por la obra educativa que llevan adelante en la escuela, a la que asisten tantos jóvenes de la isla, lugar de encuentro, de diálogo y aprendizaje del arte de construir puentes. ¡Gracias! Gracias a todos por su cercanía a las personas, especialmente en los contextos sociales y laborales donde es más difícil.

Comparto mi alegría de visitar esta tierra, caminando como peregrino tras las huellas del gran apóstol Bernabé, hijo de este pueblo, discípulo enamorado de Jesús, intrépido anunciador del Evangelio que, pasando por las nacientes comunidades cristianas, veía cómo actuaba la gracia de Dios y se alegraba de ello, exhortando «a todos para que permanecieran unidos al Señor con firmeza de corazón» (Hch 11,23). Y yo vengo con el mismo deseo: ver la gracia de Dios obrando en su Iglesia y en su tierra, alegrándome con ustedes por las maravillas que el Señor obra y exhortándolos a perseverar siempre, sin cansarse, sin desanimarse nunca. ¡Dios es más grande! Dios es más grande que nuestras contradicciones. ¡Adelante!

Los miro y veo la riqueza de su diversidad. Es cierto, ¡una buena "macedonia". Todo diferente. Saludo a la Iglesia maronita, que en el curso de los siglos ha llegado en varias ocasiones a la isla y que, a menudo atravesando muchas pruebas, ha perseverado en la fe. Cuando pienso en el Líbano siento mucha preocupación por la crisis en la que se encuentra y noto el sufrimiento de un pueblo cansado y probado por la violencia y el dolor. Llevo a mi oración el deseo de paz que sube desde el corazón de ese país. Les agradezco lo que hacen en la Iglesia, por Chipre. Los cedros del Líbano se citan numerosas veces en la Escritura como modelos de belleza y grandeza. Pero incluso un gran cedro surge desde las raíces y crece lentamente. Ustedes son estas raíces, trasplantadas en Chipre para difundir la fragancia y la belleza del Evangelio. ¡Gracias!

Saludo también a la Iglesia latina, presente aquí por milenios, que ha visto crecer en el tiempo, junto a sus hijos, el entusiasmo de la fe y que hoy, gracias a la presencia de tantos hermanos y hermanas migrantes, se presenta como un pueblo “multicolor”, un auténtico lugar de encuentro entre etnias y culturas diferentes. Este rostro de la Iglesia refleja el rol de Chipre en el continente europeo: una tierra de campos dorados, una isla acariciada por las olas del mar, pero sobre todo una historia que es cruce de pueblos y mosaico de encuentros. Así es también la Iglesia: católica, es decir, universal, espacio abierto en el que todos son acogidos y alcanzados por la misericordia de Dios y su invitación a amar. No hay ni debe haber muros en la Iglesia católica. Y esto, no lo olvidemos, ninguno de nosotros ha sido llamado aquí para hacer proselitismo como predicadores, eso jamás. El proselitismo es estéril, no da vida. Todos hemos sido llamados por la misericordia de Dios, que nunca se cansa de llamar, nunca se cansa de estar cerca, nunca se cansa de perdonar. ¿Dónde están las raíces de nuestra vocación cristiana? En la misericordia de Dios. Nunca debemos olvidar eso. El Señor no defrauda; su misericordia no defrauda. Siempre nos espera. No hay y no debe haber muros en la Iglesia católica, por favor. Y una casa común, es el lugar de las relaciones, es la convivencia de la diversidad: ese rito, ese otro rito; uno lo piensa así, esa monja lo vio así, la otra lo vio de otro modo. La diversidad de todos y, en esa diversidad, la riqueza de la unidad. ¿Y quién hace la unidad? El espíritu santo. ¿Y quién hace la diversidad? El espíritu santo. Quien puede entender que entienda. Él es el autor de la diversidad y es el autor de la armonía. San Basilio solía decirlo: “Ipse harmonia est”. Él es quien hace la diversidad de dones y la unidad armoniosa de la Iglesia.

Queridos amigos, ahora quisiera compartir algo con ustedes a propósito de san Bernabé, su hermano y patrono, inspirándome en dos palabras de su vida y de su misión.

La primera palabra es paciencia. Se habla de Bernabé como de un gran hombre de fe y de equilibrio, que fue elegido por la Iglesia de Jerusalén —se puede decir de la Iglesia madre— como la persona más idónea para visitar una nueva comunidad, la de Antioquía, que estaba compuesta por diversas personas que se habían convertido recientemente del paganismo. Fue enviado para ir y ver qué estaba sucediendo, casi como un explorador. Allí encontró personas que provenían de otro mundo, de otra cultura y sensibilidad religiosa; personas que acababan de cambiar de vida y por eso tenían una fe llena de entusiasmo, pero todavía frágil, como al inicio. En toda esta situación, la actitud de Bernabé fue de gran paciencia. Sabe esperar. Sabe esperar que el árbol crezca. Es la paciencia de estar dispuesto a salir constantemente de viaje, la paciencia de entrar en la vida de personas hasta ese momento desconocidas, la paciencia de acoger la novedad sin juzgarla apresuradamente, la paciencia del discernimiento, que sabe captar los signos de la obra de Dios en todas partes, la paciencia de “estudiar” otras culturas y tradiciones. Bernabé tuvo sobre todo la paciencia del acompañamiento, deja crecer, acompañando. No sofocó la fe frágil de los recién llegados con actitudes estrictas, inflexibles, o con requerimientos demasiado exigentes en cuanto a la observancia de los preceptos. No. Los dejaba crecer, los acompañaba, los tomaba de la mano, dialogaba con ellos. Bernabé no se escandaliza, como un padre y una madre no se escandalizan con sus hijos, los acompañan, los ayudan a crecer. Tengan en cuenta esto, las divisiones, el proselitismo dentro de la Iglesia no van. Deja crecer y acompaña. Y si tienes que regañar a alguien, regaña, pero con amor, con paz. Es el hombre de la paciencia.

Necesitamos una Iglesia paciente, queridos hermanos y hermanas. Una Iglesia que no se deja turbar y desconcertar por los cambios, sino que acoge serenamente la novedad y discierne las situaciones a la luz del Evangelio. En esta isla es precioso el trabajo que llevan adelante en la acogida de nuevos hermanos y hermanas que llegan desde otros lugares del mundo. Como Bernabé, también ustedes están llamados a cultivar una mirada paciente y atenta, a ser signos visibles y creíbles de la paciencia de Dios que nunca deja a nadie fuera de casa, nadie privado de su tierno abrazo. La Iglesia en Chipre tiene estos brazos abiertos: acoge, integra y acompaña. Es un mensaje importante también para la Iglesia en toda Europa, marcada por la crisis de fe. No sirve ser impulsivos, no sirve ser agresivos, o nostálgicos o quejumbrosos, es mejor seguir adelante leyendo los signos de los tiempos y también los signos de la crisis. Es necesario volver a comenzar y anunciar el Evangelio con paciencia, tomar en mano las Bienaventuranzas, sobre todo anunciarlas a las nuevas generaciones. A ustedes, hermanos obispos, quisiera decirles: sean pastores pacientes en la cercanía, no se cansen nunca de buscar a Dios en la oración; buscar a los sacerdotes, en el encuentro; a los hermanos de otras confesiones cristianas, con respeto y solicitud; y a los fieles, allí donde viven. Y a ustedes, queridos sacerdotes que están aquí, quisiera decirles: sean pacientes con los fieles, siempre dispuestos a animarlos, ministros incansables del perdón y de la misericordia de Dios. Nunca jueces severos, siempre padres amorosos.

Cuando leo la Parábola del hijo pródigo: el hermano mayor era un juez riguroso, pero el padre era misericordioso, la imagen del Padre que siempre perdona, es más, que siempre está esperando para perdarnos. El año pasado un grupo de jóvenes que hacen espectáculos de música pop, quisieron hacer la parábola del hijo pródigo, cantada en música pop y diálogos. ¡Hermoso! Pero lo más lindo es la discusión final, cuando el hijo pródigo se acerca a un amigo y le dice: “No puedo seguir así. Quiero irme a casa, pero tengo miedo de que papá me cierre la puerta en la cara, que me eche. Tengo este miedo y no sé cómo hacer. —Pero tu papá es bueno— —Sí, pero ya sabes... mi hermano está ahí calentándose la cabeza”. Hacia el final de esa ópera pop sobre el hijo pródigo, su amigo le dice: “Haz una cosa: escribe a tu papá y dile que quieres volver, pero tienes miedo de que no te reciba bien. Dile a tu papá que, si quiere darte la bienvenida, ponga un pañuelo en la ventana más alta de la casa, así tu papá te dirá primero si te dará la bienvenida o te rechazará”. Ese acto termina. En el otro acto, el hijo se dirige a la casa de su padre. Y cuando está en camino, se vuelve y ve la casa de su padre: que estaba llena de pañuelos blancos. ¡Llena! Este es Dios para nosotros. Este es Dios para nosotros. Nunca se cansa de perdonar. Y cuando el hijo empieza a hablar: “Ah, señor, yo hice…”, —Cállate, y le tapa la boca—.

A ustedes sacerdotes: por favor, no sean rigurosos en la confesión. Cuando ves que alguien está en problemas, di: "entiendo, entiendo". Esto no significa "manga ancha", no. Significa corazón de padre, como corazón de padre tiene Dios.

La obra que el Señor realiza en la vida de cada persona es una historia sagrada, dejémonos apasionar por ella. En la multiforme variedad de su pueblo, paciencia significa también tener oídos y corazón para acoger sensibilidades espirituales diferentes, modos de expresar la fe distintos y culturas diversas. La Iglesia no quiere uniformar, por favor no. Sino integrar todas las culturas, todas las psicologías de las personas, con paciencia materna, porque la Iglesia es madre. Es lo que deseamos hacer con la gracia de Dios en el itinerario sinodal: la oración paciente, la escucha paciente de una Iglesia dócil a Dios y abierta al hombre. La paciencia era uno de los aspectos de Bernabé.

En la historia de Bernabé hay un segundo aspecto importante que quisiera subrayar: su encuentro con Pablo de Tarso y la amistad fraterna entre ellos, que los conducirá a vivir juntos la misión. Después de la conversión de Pablo —que antes había sido un encarnizado perseguidor de los cristianos— «todos le temían, porque no creían que él también fuera discípulo» (Hch 9,26). Aquí el libro de los Hechos de los Apóstoles dice algo muy hermoso: Bernabé lo tomó consigo, lo presentó a la comunidad, contó lo que le había sucedido y respondió por él (cf. v. 27). Escuchemos este “lo tomó consigo”. La expresión hace referencia a la misma misión de Jesús, que tomó consigo a los discípulos por los caminos de Galilea, que tomó sobre sí nuestra humanidad herida por el pecado. Es una actitud de amistad, una actitud de compartir la vida. “Tomar consigo”, “tomar sobre sí” significa hacerse cargo de la historia del otro, darse tiempo para conocerlo sin etiquetarlo, cargarlo sobre los hombros cuando está cansado o herido, como hace el buen samaritano (cf. Lc 10,25-37). Esto se llama fraternidad, y esta es la segunda palabra que deseo decirles. La primera, paciencia y la segunda fraternidad.

Bernabé y Pablo, como hermanos, viajaron juntos para anunciar el Evangelio, aun en medio de persecuciones. En la Iglesia de Antioquía «estuvieron juntos todo un año e instruyeron a mucha gente» (Hch 11,26). Luego ambos tenían reservada una misión más grande y, enviados por el Espíritu Santo, «se embarcaron para Chipre» (Hch 13,4). Y la Palabra de Dios corría y crecía no sólo por sus cualidades humanas, sino sobre todo porque eran hermanos en el nombre de Dios y esta fraternidad entre ellos hacía resplandecer el mandamiento del amor. Hermanos distintos, como los dedos de una mano, todos diversos, pero todos con la misma dignidad. Hermanos. Después, como sucede en la vida, pasó algo inesperado. Los Hechos cuentan que los dos tuvieron un fuerte desacuerdo y sus caminos se separaron (cf. Hch 15,39). También entre los hermanos se discute, a veces hay disputas. Pero Pablo y Bernabé no se separaron por motivos personales, sino que estaban discutiendo acerca de su ministerio, sobre cómo llevar adelante la misión, y tenían visiones diferentes. Bernabé también quería llevar a la misión al joven Marcos, y Pablo no quería. Discutieron, pero por algunas cartas sucesivas se intuye que no quedó rencor entre ellos. Incluso a Timoteo, que tenía que alcanzarlo más adelante, Pablo le escribió: «Ven a verme cuanto antes […] Recoge a Marcos [¡justamente a él!] y tráelo contigo, pues será de gran ayuda en mi ministerio» (2 Tm 4,9.11). Esta es la fraternidad en la Iglesia, se puede discutir sobre visiones, sobre puntos de vista, es bueno hacerlo. Un poco de discusión es siempre bueno. En particular sobre diferentes sensibilidades e ideas, ya que es malo no discutir nunca. Cuando hay una paz demasiado rigurosa, no es de Dios. En familia, los hermanos discuten, intercambian puntos de vista. Sospecho de los que nunca discuten, porque todo el tiempo tienen "agendas" ocultas. Esta es la fraternidad de la Iglesia: se pueden discutir visiones, sensibilidades, ideas diferentes, y en algunos casos decir cosas con franqueza, esto ayuda, y no decirlas por atrás con una crítica que no hace bien a nadie. La discusión es una oportunidad para el crecimiento y el cambio. Pero recordemos siempre que no se discute para hacerse la guerra, para imponerse, sino para expresar y vivir la vitalidad del Espíritu, que es amor y comunión. Se discute, pero seguimos siendo hermanos.

Recuerdo que cuando era niño éramos cinco. Discutíamos entre nosotros, a veces con fuerza, no todos los días, y luego estábamos todos juntos en la mesa. La discusión de la familia que tiene madre, la madre Iglesia: los hijos discuten.

Queridos hermanos y hermanas, necesitamos una Iglesia fraterna que sea instrumento de fraternidad para el mundo. Aquí en Chipre existen muchas sensibilidades espirituales y eclesiales, varias historias de procedencia, de ritos de tradiciones diferentes; pero no debemos sentir la diversidad como una amenaza contra la identidad, ni debemos recelar y preocuparnos de los respectivos espacios. Si caemos en esta tentación crece el miedo, el miedo genera desconfianza, la desconfianza conduce a la sospecha y, antes o después, lleva a la guerra. Somos hermanos amados por un único Padre. Ustedes están inmersos en el Mediterráneo, un mar con diferentes historias, un mar que ha mecido numerosas civilizaciones, un mar del que todavía hoy desembarcan personas, pueblos y culturas de todas partes del mundo. Con su fraternidad pueden recordar a todos, a toda Europa, que para construir un futuro digno del hombre es necesario trabajar juntos, superar las divisiones, derribar los muros y cultivar el sueño de la unidad. Necesitamos acogernos e integrarnos, caminar juntos, ser todos hermanos y hermanas.

Les agradezco lo que son y lo que hacen, la alegría con la que anuncian el Evangelio, las fatigas y renuncias con las que lo sostienen y lo hacen avanzar. Este es el camino trazado por los santos apóstoles Pablo y Bernabé. Les deseo que sean siempre una Iglesia paciente, que discierne, que no se asusta nunca, que acompaña y que integra; y una Iglesia fraterna, que hace espacio al otro, que discute pero permanece unida y crece en la discusión. Los bendigo a cada uno de ustedes. Y, por favor, sigan rezando por mí, porque tengo necesidad. Efcharistó! [¡Gracias!]

Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en la “Ceremonial Hall” del Palacio Presidencial de Nicosia

Señor Presidente de la República,
miembros del gobierno y del Cuerpo diplomático,
distinguidas Autoridades religiosas y civiles,
insignes Representantes de la sociedad y del mundo de la cultura,
señoras y señores:

Los saludo cordialmente, manifestándoles mi alegría por estar aquí. Le agradezco, señor Presidente, el recibimiento que me ha dado en nombre de toda la población. He venido como peregrino a un país pequeño por su geografía, pero grande por su historia; a una isla que a lo largo de los siglos no ha aislado a la gente, sino que la ha unido; a una tierra cuyo límite es el mar; a un lugar que representa la puerta oriental de Europa y la puerta occidental de Oriente Medio. Son una puerta abierta, un puerto que reúne. Chipre, encrucijada de civilizaciones, lleva en sí la vocación innata al encuentro, favorecida por el carácter acogedor de los chipriotas.

Acabamos de homenajear al primer Presidente de esta República, el Arzobispo Makarios, y al realizar este gesto he deseado homenajear a todos los ciudadanos. Su nombre, Makarios, evoca las palabras iniciales del primer discurso de Jesús: las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12). ¿Quién es ese makarios, quién es realmente ese bienaventurado según la fe cristiana, a quien esta tierra está ligada indisolublemente? Bienaventurados pueden ser todos, y son ante todo los pobres de espíritu, los que han sido heridos por la vida, aquellos que viven con mansedumbre y misericordia, cuantos practican la justicia y construyen la paz sin hacerse notar. Las Bienaventuranzas, queridos amigos, son la constitución perenne del cristianismo. Vivirlas permite que el Evangelio sea siempre joven y fecunde la sociedad de esperanza. Las Bienaventuranzas son la brújula que orienta, en todas las latitudes, las rutas que los cristianos abordan en el viaje de la vida.

Justamente desde aquí, donde Europa y Oriente se encuentran, comenzó la primera gran inculturación del Evangelio en el continente y para mí es emocionante recorrer los pasos de los grandes misioneros de los orígenes, en particular de los santos Pablo, Bernabé y Marcos. Heme aquí, pues, peregrino entre ustedes para caminar con ustedes, queridos chipriotas; con todos ustedes, con el deseo de que la buena noticia del Evangelio lleve desde aquí a Europa un alegre mensaje en el signo de las Bienaventuranzas. Aquello que los primeros cristianos dieron al mundo con la fuerza humilde del Espíritu fue en efecto un inaudito mensaje de belleza. Fue la novedad sorprendente de la bienaventuranza al alcance de todos para conquistar los corazones y la libertad de muchos. Este país tiene una herencia particular en ese sentido, como mensajero de belleza entre los continentes. Chipre trasluce belleza en su territorio, que debe conservarse y protegerse con políticas ambientales oportunas y concertadas con los vecinos. La belleza se refleja también en la arquitectura, en el arte —particularmente en el arte sacro—, en el artesanado religioso y en los numerosos tesoros arqueológicos. Trayendo una imagen del mar que nos rodea, quisiera decir que esta isla representa una perla de gran valor en el corazón del Mediterráneo.

Una perla, en efecto, se convierte en lo que es porque se forma con el paso del tiempo, requiere años para que las diversas estratificaciones la hagan compacta y reluciente. De este modo, la belleza de esta tierra deriva de las culturas que a lo largo de los siglos se encontraron y mezclaron. También hoy la luz de Chipre tiene muchos matices, varios son los pueblos y las personas que, con tonalidades diversas, componen la gama cromática de esta población. Pienso también en la presencia de muchos inmigrantes, que porcentualmente es la más relevante entre los países de la Unión Europea. Salvaguardar la belleza multicolor y poliédrica del conjunto no es fácil. Se necesita tiempo y paciencia, como para la formación de la perla. Se requiere una mirada amplia que abrace la variedad de las culturas y tienda hacia el futuro con amplitud de miras. En este sentido, es importante tutelar y promover a cada componente de la sociedad, de modo especial a los que estadísticamente son minoritarios. Pienso además en varias entidades católicas que se beneficiarían de un oportuno reconocimiento institucional, para que la contribución que aportan a la sociedad por medio de sus actividades, en particular educativas y caritativas, sea definido adecuadamente desde el punto de vista legal.

Una perla pone de manifiesto su belleza en circunstancias difíciles. Nace de la oscuridad, cuando la ostra “sufre” después de haber recibido una visita inesperada que amenaza su incolumidad, como, por ejemplo, un grano de arena que la irrita. Para protegerse, reacciona asimilando aquello que la ha herido, envuelve aquello que para ella es peligroso y extraño y lo transforma en belleza, en una perla. La perla de Chipre fue eclipsada por la pandemia, que impidió a muchos visitantes que accedan a ver su belleza, agravando, como en otros lugares, las consecuencias de la crisis económica y financiera. Lo que garantizará un desarrollo sólido y duradero en este período de reactivación no será el entusiasmo por recobrar cuanto se ha perdido, sino el compromiso por promover la recuperación de la sociedad, particularmente por medio de una decidida lucha contra la corrupción y las plagas que atentan contra la dignidad de la persona; me refiero, por ejemplo, al tráfico de seres humanos.

Pero la herida que más hace sufrir a esta tierra es la provocada por la terrible laceración que ha padecido en los últimos decenios. Me refiero al sufrimiento interior de cuantos no pueden regresar a sus casas y lugares de culto. Ruego por la paz de ustedes, por la paz de toda la isla, y la deseo con todas las fuerzas. El camino de la paz, que sana los conflictos y regenera la belleza de la fraternidad, está marcado por una palabra: diálogo que Usted Señor Presidente, ha repetido tantas veces. Tenemos que ayudarnos a creer en la fuerza paciente y humilde del diálogo, aquella fuerza de la paciencia, de “llevar sobre las espaldas”, hypomoné, que podemos extraer de las Bienaventuranzas. Sabemos que no es un camino fácil; es largo y tortuoso, pero no hay alternativas para llegar a la reconciliación. Alimentemos la esperanza con el poder de los gestos en lugar de poner la esperanza en los gestos de poder. Porque hay un poder de los gestos que prepara la paz, no se trata de los gestos de poder, de las amenazas de venganza y de las demostraciones de fuerza, sino de los gestos de distensión, de los pasos concretos de diálogo. Me refiero, por ejemplo, al compromiso por entablar un debate sincero que ponga las exigencias de la población en primer lugar, a una implicación cada vez más activa de la Comunidad internacional, a la salvaguardia del patrimonio religioso y cultural, a la restitución de cuanto en este sentido es más querido por la gente, como los lugares o al menos los objetos sagrados. A este respecto, quisiera expresar mi aprecio y animarlos en relación al Religious Track of the Cyprus Peace Project, promovido por la Embajada de Suecia, para cultivar el diálogo entre los líderes religiosos.

Los tiempos que no parecen favorables y en los que el diálogo decae son precisamente aquellos que pueden preparar la paz. Nos lo recuerda una vez más la perla, que se vuelve tal cuando, con paciencia y en la oscuridad, teje sustancias nuevas junto al agente que la ha herido. En esta coyuntura, no dejemos prevalecer el odio, no renunciemos a curar las heridas, no olvidemos los casos de las personas desaparecidas. Y cuando venga la tentación del desánimo, pensemos en las generaciones futuras, que desean heredar un mundo pacificado, colaborador, unido, no habitado por rivalidades perennes y contaminadas por conflictos no resueltos. Para esto es necesario el diálogo, sin el cual la sospecha y el resentimiento crecen. Que nuestra referencia sea el Mediterráneo, que ahora lamentablemente es lugar de conflictos y de tragedias humanitarias; en su belleza profunda es el mare nostrum, el mar de todos los pueblos que se asoman a él para estar conectados, no divididos. Chipre, encrucijada geográfica, histórica, cultural y religiosa, tiene esta posición para poner en marcha una acción de paz. Que sea una obra abierta en la que se construye la paz en medio del Mediterráneo.

Con frecuencia, la paz no nace de los grandes personajes, sino de la determinación cotidiana, todos los días, de los más pequeños. El continente europeo necesita reconciliación y unidad, necesita valentía e impulso para caminar hacia adelante. Porque no serán los muros del miedo ni los vetos dictados por intereses nacionalistas los que contribuirán al progreso, ni tampoco la recuperación económica por sí sola podrá garantizar la seguridad y la estabilidad. Miremos la historia de Chipre y veamos cómo el encuentro y la acogida han dado frutos beneficiosos a largo plazo; no sólo en lo que se refiere a la historia del cristianismo, para la que Chipre fue “el trampolín de lanzamiento” en el continente, sino también por la construcción de una sociedad que ha encontrado su propia riqueza en la integración. Este espíritu amplio, esta capacidad de mirar más allá de las propias fronteras rejuvenece, permite volver a encontrar el brillo perdido.

Refiriéndose a Chipre, los Hechos de los Apóstoles narran que Pablo y Bernabé «atravesaron toda la isla hasta llegar a Pafos» (Hch 13,6). Para mí es un motivo de alegría atravesar durante estos días la historia y el alma de esta tierra, con el deseo de que su anhelo de unidad y su mensaje de belleza sigan guiando su camino. O Theós na evloghí tin Kípro! [¡Que Dios bendiga a Chipre!]


Viernes, 3 de diciembre

Encuentro con el Santo Sínodo en la Catedral ortodoxa de Nicosia

Beatitud, queridos obispos del Santo Sínodo:

Estoy contento de encontrarme entre ustedes y les agradezco la cordial acogida. Gracias, querido hermano, por sus palabras, por la apertura del corazón y por el compromiso de promover el diálogo entre nosotros. Deseo extender mi saludo a los sacerdotes, a los diáconos y a todos los fieles de la Iglesia ortodoxa de Chipre, recordando particularmente a los monjes y las monjas, que con su oración purifican y elevan la fe de todos.

La gracia de estar aquí me lleva a pensar que tenemos un origen apostólico común: Pablo atravesó Chipre y posteriormente llegó a Roma. Por tanto, descendemos del mismo ardor apostólico y nos une un único camino: el del Evangelio. Me agrada ver que seguimos caminando en la misma dirección, en busca de una fraternidad cada vez mayor y de la unidad plena. En este retazo de la Tierra Santa que difunde la gracia de los Santos Lugares en el Mediterráneo, viene con naturalidad el recuerdo de tantas páginas y figuras bíblicas. Entre todas, quisiera referirme de nuevo a san Bernabé, destacando algunos aspectos que pueden orientarnos en el camino.

«José, a quien los apóstoles llamaban “Bernabé”» (Hch 4,36): así es presentado en los Hechos de los Apóstoles. Lo conocemos y veneramos por su sobrenombre, debido a lo mucho que este definía su persona. Ahora bien, la palabra Bernabé significa al mismo tiempo “hijo del consuelo” e “hijo de la exhortación”. Es hermoso que en su figura se fundan ambas características, indispensables para el anuncio del Evangelio. En efecto, todo consuelo verdadero no puede ser intimista, sino que debe traducirse en exhortación, orientar la libertad hacia el bien. Al mismo tiempo, cada exhortación en la fe no puede más que fundarse en la presencia consoladora de Dios y estar acompañada por la caridad fraterna.

De este modo Bernabé, hijo del consuelo, nos exhorta a nosotros sus hermanos a emprender la misma misión de proclamar el Evangelio a los hombres, invitándonos a comprender que el anuncio no puede basarse en exhortaciones generales, en la repetición de preceptos y normas que observar, como se ha hecho con frecuencia. Hay que seguir el camino del encuentro personal, prestar atención a las preguntas de la gente, a sus necesidades existenciales. Para ser hijos del consuelo, antes de decir cualquier cosa, es necesario escuchar, dejarse interrogar, descubrir al otro, compartir: porque el Evangelio se transmite por la comunión. Esto es lo que, como católicos, deseamos vivir en los próximos años, redescubriendo la dimensión sinodal, constitutiva del ser de la Iglesia. Y en esto sentimos la necesidad de caminar más intensamente con ustedes, queridos hermanos, que por medio de la experiencia de su sinodalidad pueden sernos verdaderamente de gran ayuda. Gracias por su colaboración fraterna, que también se manifiesta en la participación activa en la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa.

Deseo de corazón que aumenten las posibilidades de encontrarnos, de conocernos mejor, de derribar muchos preconceptos y de disponernos para una escucha serena de las respectivas experiencias de fe. Será una exhortación estimulante para que cada uno ofrezca lo mejor y esto dará un fruto espiritual de consolación a todos. El apóstol Pablo, de quien descendemos, habla a menudo de consolación y es hermoso imaginar que Bernabé, hijo del consuelo, haya sido el inspirador de algunas palabras suyas, como aquellas del comienzo de la segunda Carta a los corintios, con las que recomienda que nos consolemos mutuamente con el mismo consuelo que recibimos de Dios (cf. 2 Co 1,3-5). En este sentido, queridos hermanos, deseo asegurarles mi oración y cercanía, así como la de la Iglesia católica, tanto en los problemas más dolorosos que los angustian como en las esperanzas más hermosas y audaces que los animan. Las tristezas y las alegrías de ustedes nos pertenecen, las sentimos nuestras; y también sentimos que necesitamos mucho de sus oraciones.

A continuación —segundo aspecto—, san Bernabé es presentado en los Hechos de los Apóstoles como «un levita nacido en Chipre» (Hch 4,36). El texto no agrega otros detalles, ni en cuanto a su aspecto ni en cuanto a su persona, pero inmediatamente después revela a Bernabé por medio de una acción emblemática: «vendió un campo de su propiedad, llevó el importe y lo puso a disposición de los apóstoles» (v. 37). Este magnífico gesto sugiere que para revitalizarnos en la comunión y en la misión también nosotros hemos de tener la valentía de despojarnos de aquello que, aun siendo valioso, es terreno, para favorecer la plenitud de la unidad. No me refiero ciertamente a lo que es sagrado y nos ayuda a encontrar al Señor, sino al riesgo de absolutizar ciertos usos y costumbres que no son esenciales para vivir la fe. No nos dejemos paralizar por el temor de abrirnos y de realizar gestos audaces, no secundemos el “carácter irreconciliable de las diferencias” que no encuentra correspondencia en el Evangelio. No permitamos que las tradiciones —en plural y con la “t” minúscula— tiendan a prevalecer sobre la Tradición —en singular y con la “t” mayúscula—. Esta nos exhorta a imitar a Bernabé, a dejar cuanto, aun siendo bueno, puede comprometer la plenitud de la comunión, el primado de la caridad y la necesidad de la unidad.

Bernabé, dejando todo lo que poseía a los pies de los apóstoles, entró en sus corazones. También nosotros estamos invitados por el Señor a redescubrirnos como parte del mismo Cuerpo, a abajarnos hasta los pies de los hermanos. Es cierto que la historia, en el campo de nuestras relaciones, ha abierto amplios surcos entre nosotros, pero el Espíritu Santo desea que volvamos a acercarnos con humildad y respeto. Él nos invita a no resignarnos frente a las divisiones del pasado y a cultivar juntos el campo del Reino, con paciencia, asiduidad y de modo concreto. Porque si dejamos de lado teorías abstractas y trabajamos juntos codo a codo —por ejemplo, en la caridad, en la educación y en la promoción de la dignidad humana—, redescubriremos al hermano y la comunión madurará por sí misma, para gloria de Dios. Cada uno mantendrá las propias maneras y el propio estilo pero, con el tiempo, el trabajo conjunto acrecentará la concordia y se mostrará fecundo. Así como estas tierras mediterráneas fueron embellecidas por el trabajo respetuoso y paciente del hombre, también nosotros cultivemos, con la ayuda de Dios y con humilde perseverancia, nuestra comunión apostólica.

Por ejemplo, es un buen fruto lo que sucede aquí en Chipre en la iglesia de “Nuestra Señora de la Ciudad de oro”. El templo, dedicado a la Panaghia Chrysopolitissa, es actualmente lugar de culto para varias confesiones cristianas, amado por la población y elegido con frecuencia para las celebraciones de los matrimonios. Es por tanto un signo de comunión de fe y de vida, bajo la mirada de la Santa Madre de Dios, que reúne a sus hijos. Además, dentro del complejo se conserva una columna donde, según la tradición, san Pablo sufrió treinta y nueve azotes por haber anunciado la fe en Pafos. La misión, así como la comunión, pasa siempre a través de sacrificios y pruebas.

El tercer aspecto que destaco de la figura de Bernabé es precisamente una prueba, la cual marcó su historia y los orígenes de la difusión del Evangelio en estas tierras. Al regresar a Chipre con Pablo y Marcos, Bernabé encontró a Elimas, “mago y falso profeta”, que se les opuso con malicia, tratando de torcer los caminos derechos del Señor (cf. Hch 13,6.8.10). Tampoco hoy faltan falsedades y engaños que el pasado nos pone delante y que obstaculizan el camino. Siglos de división y distancias que han llevado a asimilar, aun involuntariamente, no pocos prejuicios hostiles respecto a los demás, preconceptos basados a menudo en informaciones deficientes y distorsionadas, divulgadas por una lectura agresiva y polémica. Pero todo esto tuerce el camino de Dios, que se orienta hacia la concordia y la unidad. Queridos hermanos, la santidad de Bernabé es elocuente también para nosotros. Cuántas veces en la historia, entre los mismos cristianos nos hemos preocupado por oponernos a los demás, en lugar de acoger dócilmente el camino de Dios, que tiende a recomponer las divisiones en la caridad. Cuántas veces hemos agrandado y difundido prejuicios sobre los demás, en vez de cumplir la exhortación que el Señor repite especialmente en el Evangelio escrito por Marcos, quien fuera con Bernabé a esta isla: hacerse pequeños y servir a los demás (cf. Mc 9,35; 10,43-44).

Beatitud, hoy en nuestro diálogo he quedado conmovido cuando usted habló de la Iglesia Madre. Nuestra Iglesia es madre, es una madre que siempre reúne a sus hijos con ternura. Confiamos en esta Madre Iglesia, que nos reúne a todos y que, con paciencia, ternura y valentía, nos conduce hacia adelante en el camino del Señor. Pero, para sentir la maternidad de la Iglesia, todos nosotros tenemos que ir allí donde la Iglesia es madre. Todos nosotros, con nuestras diferencias, pero todos hijos de la Iglesia Madre. Gracias por esa reflexión que hoy ha hecho conmigo.

Supliquemos al Señor sabiduría y valentía para seguir sus caminos y no los nuestros. Pidámoslo por intercesión de los santos. Leontios Machairas, cronista del siglo XV, definió a Chipre como la “Isla santa” por la cantidad de mártires y beatos que esta tierra ha conocido a lo largo de los siglos. Además de los más célebres y venerados, como Bernabé, Pablo y Marcos, Epifanio, Bárbara, Espiridón, hay muchos otros, multitudes innumerables de santos que, unidos en la única Iglesia celestial —la Iglesia Madre—, nos impulsan a navegar juntos hacia el puerto por el que todos suspiramos. Desde el más allá invitan a que hagamos de Chipre —que ya es un puente entre Oriente y Occidente— un puente entre el cielo y la tierra. Que así sea, para gloria de la Santísima Trinidad, para nuestro bien y para el bien el de todos. Gracias.

Santa Misa en el Estadio GSP de Nicosia

Mientras Jesús pasaba, dos ciegos le expresaban a gritos su miseria y su esperanza: «¡Hijo de David, ten piedad de nosotros!» (Mt 9,27). “Hijo de David” era un título atribuido al Mesías, que las profecías anunciaban como proveniente de la estirpe de David. Los dos protagonistas del Evangelio de hoy son ciegos y, sin embargo, ven lo más importante: reconocen a Jesús como el Mesías que ha venido al mundo. Detengámonos en tres pasos de este encuentro que, en este camino de adviento, pueden ayudarnos a acoger al Señor que viene, al Señor que pasa.

El primer paso: ir a Jesús para sanar. El texto dice que los dos ciegos gritaban al Señor mientras lo seguían (cf. v. 27). No lo veían, pero escuchaban su voz y seguían sus pasos. Buscaban en el Cristo lo que habían preanunciado los profetas, es decir, los signos de curación y de compasión de Dios en medio de su pueblo. A este respecto, Isaías había escrito: «Se despegarán los ojos de los ciegos» (35,5). Y otra profecía, incluida en la primera Lectura de hoy: «Los ojos de los ciegos verán sin sombra ni oscuridad» (29,18). Los dos ciegos del Evangelio se fían de Jesús y lo siguen en busca de luz para sus ojos.

¿Y por qué, hermanos y hermanas, estas dos personas se fían de Jesús? Porque perciben que, en la oscuridad de la historia, Él es la luz que ilumina las noches del corazón y del mundo, que derrota las tinieblas y vence toda ceguera. También nosotros, como los dos ciegos, tenemos cegueras en el corazón. También nosotros, como los dos ciegos, somos viajeros a menudo inmersos en la oscuridad de la vida. Lo primero que hay que hacer es acudir a Jesús, como Él mismo dijo: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas, y yo los haré descansar» (Mt 11,28). ¿Quién de nosotros no está de alguna manera cansado y abrumado? Todos. Pero nos resistimos a ir hacia Jesús; muchas veces preferimos quedarnos encerrados en nosotros mismos, estar solos con nuestras oscuridades, autocompadecernos, aceptando la mala compañía de la tristeza. Jesús es el médico, sólo Él, la luz verdadera que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,9), nos da luz, calor y amor en abundancia. Sólo Él libera el corazón del mal. Podemos preguntarnos: ¿me encierro en la oscuridad de la melancolía, que reseca las fuentes de la alegría, o voy al encuentro de Jesús y le ofrezco mi vida? ¿Sigo a Jesús, lo “persigo”, le grito mis necesidades, le entrego mis amarguras? Hagámoslo, démosle a Jesús la posibilidad de curarnos el corazón: este es el primer paso; la curación interior requiere otros dos.

El segundo paso es llevar las heridas juntos. En este relato evangélico no se cura a un solo ciego, como por ejemplo, en el caso de Bartimeo (cf. Mc 10,46-52) o del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Aquí los ciegos son dos. Se encuentran juntos en el camino. Juntos comparten el dolor por su condición, juntos desean una luz que pueda hacer brillar un resplandor en el corazón de sus noches. El texto que hemos escuchado está siempre en plural, porque los dos hacen todo juntos: ambos siguen a Jesús, ambos, dirigiéndose a Él, le piden la curación a gritos; no cada uno por su lado, sino juntos. Es significativo que digan a Cristo: ten piedad de nosotros. Usan el “nosotros”, no dicen “yo”. No piensa cada uno en su propia ceguera, sino que piden ayuda juntos. Este es el signo elocuente de la vida cristiana, el rasgo distintivo del espíritu eclesial: pensar, hablar y actuar como un “nosotros”, saliendo del individualismo y de la pretensión de la autosuficiencia que enferman el corazón.

Los dos ciegos, al compartir sus sufrimientos y con su amistad fraterna, nos enseñan mucho. Cada uno de nosotros de algún modo está ciego a causa del pecado, que nos impide “ver” a Dios como Padre y a los otros como hermanos. Esto es lo que hace el pecado: distorsiona la realidad, nos hace ver a Dios como el amo y a los otros como problemas. Es la obra del tentador, que falsifica las cosas y tiende a mostrárnoslas bajo una luz negativa para arrojarnos en el desánimo y la amargura. Y la horrible tristeza, que es peligrosa y no viene de Dios, anida bien en la soledad. Por tanto, no se puede afrontar la oscuridad estando solos. Si llevamos solos nuestras cegueras interiores, nos vemos abrumados. Necesitamos ponernos uno junto al otro, compartir las heridas y afrontar el camino juntos.

Queridos hermanos y hermanas, frente a cada oscuridad personal y a los desafíos que se nos presentan en la Iglesia y en la sociedad estamos llamados a renovar la fraternidad. Si permanecemos divididos entre nosotros, si cada uno piensa sólo en sí mismo o en su grupo, si no nos juntamos, si no dialogamos, si no caminamos unidos, no podremos curar la ceguera plenamente. La curación llega cuando llevamos juntos las heridas, cuando afrontamos juntos los problemas, cuando nos escuchamos y hablamos entre nosotros. Y esta es la gracia de vivir en comunidad, de comprender el valor de estar juntos, de ser comunidad. Pido para ustedes que puedan estar siempre juntos, siempre unidos; seguir adelante así y con alegría, hermanos cristianos, hijos del único Padre. Y lo pido también para mí.

Y el tercer paso es anunciar el Evangelio con alegría. Después de haber sido curados juntos por Jesús, los dos protagonistas anónimos del Evangelio, en los que podemos reflejarnos, comenzaron a difundir la noticia en toda la región, a hablar de eso en todas partes. Hay un poco de ironía en este hecho: Jesús les había recomendado que no dijeran nada a nadie, sin embargo, ellos hicieron exactamente lo contrario (cf. Mt 9,30-31). Pero por el relato se entiende que no era su intención desobedecer al Señor, sino que simplemente no lograron contener el entusiasmo por haber sido curados y la alegría por lo que habían vivido en el encuentro con Él. Aquí hay otro signo distintivo del cristiano: la alegría del Evangelio, que es incontenible, «llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1); la alegría del Evangelio libera del riesgo de una fe intimista, distante y quejumbrosa, e introduce en el dinamismo del testimonio.

Queridos amigos, es hermoso verlos y percibir que viven con alegría el anuncio liberador del Evangelio: les agradezco por esto. No se trata de proselitismo —por favor, nunca hagan proselitismo—, sino de testimonio; no es moralismo que juzga —no, no lo hagan—, sino misericordia que abraza; no se trata de culto exterior, sino de amor vivido. Los animo a seguir adelante en este camino. Como los dos ciegos del Evangelio, renovemos también nosotros el encuentro con Jesús y salgamos de nosotros mismos sin miedo para testimoniarlo a cuantos encontremos. Salgamos a llevar la luz que hemos recibido, salgamos a iluminar la noche que a menudo nos rodea. Hermanos y hermanas, se necesitan cristianos iluminados, pero sobre todo luminosos, que toquen con ternura las cegueras de los hermanos, que con gestos y palabras de consuelo enciendan luces de esperanza en la oscuridad; cristianos que siembren brotes de Evangelio en los áridos campos de la cotidianidad, que lleven caricias a las soledades del sufrimiento y de la pobreza.

Hermanos, hermanas, el Señor Jesús pasa, también pasa por nuestras calles de Chipre, escucha el grito de nuestras cegueras, quiere tocar nuestros ojos, quiere tocar nuestro corazón, quiere atraernos hacia la luz, hacernos renacer y reanimarnos interiormente: esto quiere hacer Jesús. Y también a nosotros nos dirige la pregunta que hizo a aquellos ciegos: «¿Creen que puedo hacer esto?» (Mt 9,28). ¿Creemos que Jesús pueda hacer esto? Renovemos nuestra confianza en Él. Digámosle: Jesús, creemos que tu luz es más grande que cualquiera de nuestras tinieblas, creemos que Tú puedes curarnos, que Tú puedes renovar nuestra fraternidad, que puedes multiplicar nuestra alegría; y con toda la Iglesia te invocamos, todos juntos: ¡Ven, Señor Jesús! [todos repiten: “¡Ven, Señor Jesús!”] ¡Ven, Señor Jesús! [todos repiten: “¡Ven, Señor Jesús!”] ¡Ven, Señor Jesús! [todos repiten: “¡Ven, Señor Jesús!”]

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Saludo al final de la Santa Misa

Queridos hermanos y hermanas:

Soy yo el que desea agradecerles a todos ustedes. Mañana por la mañana, al despedirme de este país, tendré la oportunidad de saludar al señor Presidente de la República, aquí presente, pero ya desde ahora deseo expresar de corazón mi gratitud a todos por la acogida y el afecto que me han brindado. ¡Gracias!

Aquí en Chipre estoy respirando un poco de esa atmósfera típica de Tierra Santa, donde la antigüedad y la variedad de las tradiciones cristianas enriquecen al peregrino. Esto me hace bien, y hace bien encontrar comunidades de creyentes que viven el presente con esperanza, abiertas al futuro, y que comparten este horizonte con los más necesitados. Pienso particularmente en los migrantes que buscan una vida mejor, con los que tendré mi último encuentro en esta isla, junto a los hermanos y hermanas de diversas confesiones cristianas.

Gracias a todos los que han colaborado en esta visita. Recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen Santa los proteja. Efcharistó! [¡Gracias!]

 

“Implora la misericordia divina”

Realmente, a cada uno de nosotros, como a Lázaro, fue un «veni foras» –sal fuera, lo que nos puso en movimiento. –¡Qué pena dan quienes aún están muertos, y no conocen el poder de la misericordia de Dios! –Renueva tu alegría santa porque, frente al hombre que se desintegra sin Cristo, se alza el hombre que ha resucitado con Él. (Forja, 476)

4 de diciembre

Es bueno que hayamos considerado las insidias de estos enemigos del alma: el desorden de la sensualidad y de la fácil ligereza; el desatino de la razón que se opone al Señor; la presunción altanera, esterilizadora del amor a Dios y a las criaturas. Todas estas situaciones del ánimo son obstáculos ciertos, y su poder perturbador es grande. Por eso la liturgia nos hace implorar la misericordia divina: a Ti, Señor, elevo mi alma; en Ti espero; que no sea confundido, ni se gocen de mí mis adversarios, hemos rezado en el introito. Y en la antífona del Ofertorio repetiremos: espero en Ti, ¡que yo no sea confundido!

Ahora, que se acerca el tiempo de la salvación, consuela escuchar de los labios de San Pablo que después que Dios Nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor con los hombres, nos ha liberado no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia.

Si recorréis las Escrituras Santas, descubriréis constantemente la presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra, se extiende a todos sus hijos, super omnem carnemnos rodeanos antecedese multiplica para ayudarnos, y continuamente ha sido confirmada. Dios, al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su misericordia: una misericordia suavehermosa como nube de lluvia.

Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso(Es Cristo que pasa, 7)

 

4 de Diciembre: “María, Madre del Amor Hermoso” – Novena a la Inmaculada (día 5º)

novena inmaculada 4 diciembre

 

4 de Diciembre – “María, Madre del Amor Hermoso” 

Novena a la Inmaculada (día 5º)

Lecciones que nos recuerda hoy Santa María. Lección de amor hermoso, de vida limpia, de un corazón sensible y apasionado, para que aprendamos a ser fieles al servicio de la Iglesia.

 

Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza.

 

No es un amor cualquiera éste: es el Amor. Aquí no se dan traiciones, ni cálculos, ni olvidos. Un amor hermoso, porque tiene como principio y como fin el Dios tres veces Santo, que es toda la Hermosura y toda la Bondad y toda la Grandeza. Pero se habla también de temor. No me imagino más temor que el de apartarse del Amor.

 

Porque Dios Nuestro Señor no nos quiere apocados, timoratos, o con una entrega anodina. Nos necesita audaces, valientes, delicados. El temor que nos recuerda el texto sagrado nos trae a la cabeza aquella otra queja de la Escritura: busqué al amado de mi alma; lo busqué y no lo hallé.

 

Esto puede ocurrir, si el hombre no ha comprendido hasta el fondo lo que significa amar a Dios. Sucede entonces que el corazón se deja arrastrar por cosas que no conducen al Señor. Y, como consecuencia, lo perdemos de vista. Otras veces quizá es el Señor el que se esconde: El sabe por qué. Nos anima entonces a buscarle con más ardor y, cuando lo descubrimos, exclamamos gozosos: le así y ya no lo soltaré.

 

La pureza limpísima de toda la vida de Juan le hace fuerte ante la Cruz. —Los demás apóstoles huyen del Gólgota: él, con la Madre de Cristo, se queda. —No olvides que la pureza enrecia, viriliza el carácter.

Este corazón nuestro ha nacido para amar. Y cuando no se le da un afecto puro y limpio y noble, se venga y se inunda de miseria. El verdadero amor de Dios —la limpieza de vida, por tanto— se halla igualmente lejos de la sensualidad que de la insensibilidad, de cualquier sentimentalismo como de la ausencia o dureza de corazón.

¿Por qué no te entregas a Dios de una vez…, de verdad… ¡ahora!?

María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad, quasi fluvium pacis , como un río de paz.

Porque Tú eres mar de inagotable misericordia: los ríos van todos al mar y la mar no se llena.

S. Josemaría, Amigos de Dios, 277

Camino, 144

ORACIÓN

Debes suplicar confiadamente a la Virgen,

ahora mismo, en la soledad acompañada de tu

corazón, sin ruido de palabras: Madre mía, este

pobre corazón mío se subleva tontamente… Si

tú no me proteges… Y te amparará para que lo

guardes puro y recorras el camino al que Dios

te ha llamado.

S. Josemaría, Amigos de Dios, 180

 

 

Agradar a Dios (I): en donde se oculta Dios. Santidad y monotonía

En la discreción y en el silencio de los sacramentos nos espera Jesús para que le abramos libremente nuestra alma.

15/12/2020

Escucha el artículo «Agradar a Dios» (1): En donde se oculta Dios

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Hay un gran revuelo en las cercanías del Templo de Jerusalén. Un grupo de hombres trae a empujones a una mujer sorprendida con un hombre que no era su marido. Es fácil imaginar el dolor de Jesús pensando en el sufrimiento de esa pobre mujer y en la ceguera de esos hombres: ¡Qué poco conocen a su Padre Dios! En realidad la arrastran hasta allí para tender a Jesús una emboscada: «Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices?» (Jn 8,5). En el fondo no les interesa la respuesta; aquellos hombres, utilizando las leyes de Dios, quieren una justificación a su personal sentencia ya dictada. Por eso no serán capaces de entender el primer gesto lleno de elocuencia que el Señor les ofrece: «Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra» (Jn 8,6). Después se incorpora y, con claridad, les dice: «El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero» (Jn 8,7). Y, al final, vuelve a inclinarse y a escribir en el polvo que estaba bajo sus pies.

Discretas acciones y gestos

En este pasaje vemos que Jesús, aunque se pone de pie para hablar públicamente, cuando desea escribir algo que responda personalmente a la vida de aquella mujer lo hace inclinado en el suelo. Esa suele ser la forma mediante la cual se comunica con nosotros: agachado, escondido, como ocultando su divinidad en discretas acciones y pequeños gestos. A veces nos cuesta valorar lo que está escrito en la tierra; en numerosas ocasiones no somos capaces de reconocerle ahí. Aquello pasa tan desapercibido que el evangelista no nos ha contado ni siquiera lo que Jesús escribió. El Hijo de Dios aparece en la escena –de la misma manera como lo hace también en nuestra vida– pero no quiere imponer su presencia, ni su opinión, ni siquiera quiere especificar de manera indudable una correcta interpretación de la ley de Moisés, tal como se lo pedían. Jesús «no cambió la historia constriñendo a alguien o a fuerza de palabras, sino con el don de su vida. No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente. Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad»[1].

Quizá muchas veces nos hemos preguntado por qué Dios no se manifiesta más claramente, por qué no habla más alto. A lo mejor incluso hemos querido rebelarnos ante esta forma suya de ser e ingenuamente hemos buscado corregirla. Benedicto XVI nos prevenía ante aquella tentación, haciéndonos ver que se repite constantemente a lo largo de la historia: «Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que Moisés, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aarón, un dios que se hace accesible, manipulable, a la mano del hombre. Esta es una tentación constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, que corresponda a los propios esquemas, a los propios proyectos»[2].

Deseamos no sucumbir a esa tentación. Nos gustaría maravillarnos y adorar al Dios escondido en las situaciones que vivimos cada día, en las personas que nos rodean, en los sacramentos a los que acudimos con frecuencia como la confesión y la santa Misa. Queremos encontrar a Jesús en esta tierra nuestra donde escribe, con su propia mano, palabras de cariño y esperanza. Por eso le pedimos comprender sus razones para actuar de esa forma, le rogamos tener la sabiduría para valorar el misterio de ese respeto exquisito de nuestra libertad. En la escena evangélica vemos que Jesús no se enfada ni con la mujer que había pecado ni con los acusadores que le tendieron una trampa. Se pone en medio de ambos y toma consigo las piedras, los gritos, la condena. Nos puede venir a la mente lo que narra el libro de los Reyes cuando nos dice que Dios no está en el viento fuerte que parte las rocas, ni en el terremoto, ni en el fuego; Dios es un susurro de brisa suave. Ahí lo encontró Elías y ahí queremos descubrirlo nosotros (cfr. 1 R 19,11-13).

Cuando parece demasiado vulnerable

Puede suceder que esta forma de ser de Dios nos inquiete. Podemos pensar que ese silencio hace muy fácil que sus derechos sean pisoteados, nos puede venir la idea de que ese mecanismo resulta demasiado arriesgado, que lo hace demasiado vulnerable. Efectivamente, Dios nos ha dado un grado tan alto de libertad que podemos realmente escoger nuestros caminos, tan distintos unos de otros, usando la voluntad auxiliada por su gracia. Pero si podemos alguna vez ofender a Dios no es porque él sea demasiado susceptible. Al contrario, es muy confiado, muy libre en las relaciones que establece con nosotros. Puede parecer fácil pasar por encima del amor que en realidad merece, pero eso sucede porque ha querido poner su corazón en el suelo para que nosotros pisemos blando. El Señor no sufre ni se siente ofendido por lo que eso supone para sí, sino por el daño que nos hace a nosotros mismos. A las mujeres que lloraban camino al Calvario, Jesús les advierte: «No lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23,28.31).

Sin embargo, lo más sorprendente es que el Señor no se queja, no se enfada, no se cansa. Incluso, si alguna vez le hemos dejado poco espacio en nuestro corazón, no se aleja dando un portazo. Dios siempre se queda cerca, sin hacer ruido, como oculto en los sacramentos, con la esperanza de que volvamos a permitirle hospedarse plenamente en nuestra alma cuanto antes.

Es verdad que, como Jesús nos ofrece una y otra vez su amor, pueden ser muchas las veces en que le fallamos. Pero a él no le preocupa lo inmensa que sea la llaga de su corazón si eso la convierte en la puerta para que entremos y descansemos en su amor. Dios no es ingenuo y, por eso, nos ha dicho que lo hace de mil amores: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30). A los hombres, sin embargo, tanta bondad nos puede sobrepasar y podemos, incluso inconscientemente, reaccionar con cierto descreimiento. Podemos no llegar a comprender la verdadera magnitud de ese regalo. En palabras de san Josemaría, puede suceder que los hombres «rompen el yugo suave, arrojan de sí su carga, maravillosa carga de santidad y de justicia, de gracia, de amor y de paz. Rabian ante el amor, se ríen de la bondad inerme de un Dios que renuncia al uso de sus legiones de ángeles para defenderse»[3].

La cercanía de la confesión

Volvamos a la escena del Templo, donde habían tendido esa trampa a Jesús, podemos ver que aunque aquella mujer no se había respetado a sí misma, sus acusadores no han sido capaces de reconocer en ella a una hija de Dios. Pero Cristo la mira de otra forma. ¡Qué diferencia entre la mirada de Jesús y la nuestra! «A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”»[4]. Santa Teresa de Jesús, de alguna manera, experimentó esa mirada divina con frecuencia: «Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama, y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que una sola vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio»[5]. La mirada de Cristo no es candorosa sino profunda y, por eso mismo, comprensiva, llena de futuro. «Oye cómo fuiste amado cuando no eras amable; oye cómo fuiste amado cuando eras torpe y feo; antes, en fin, de que hubiera en ti cosa digna de amor. Fuiste amado primero para que te hicieras digno de ser amado»[6].

En el sacramento de la confesión comprobamos que a Jesús le basta el arrepentimiento para creer firmemente que le amamos. Le bastó el de Pedro y le basta el nuestro: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Al acercarnos al confesionario, en aquellas palabras y gestos que dan forma al sacramento, estamos diciendo a Jesús: «Te he ofendido de nuevo, he vuelto a buscar la felicidad fuera de ti, he despreciado tu cariño, pero Señor, sabes que te quiero». Entonces escuchamos nítidamente, como lo hizo aquella mujer: «Tampoco yo te condeno» (Jn 8,11). Y nos llenamos de paz. Si a veces podemos pensar que Dios ha tomado pocas precauciones para no ser ofendido por nosotros, todavía más fácil nos lo ha puesto para ser perdonados por él. Un padre de la Iglesia pone estas palabras en los labios de Jesús: «Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo al ser extendido en la cruz os acoge con un seno más dilatado pero no aumenta mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio»[7].

Por todo esto, deseamos ser muy finos con esta delicadeza con la que nos trata Dios. Nos preocupa la mera posibilidad de abusar de tanta confianza. No nos gusta rebajar lo sagrado, transformarlo tan solo en una rutina para cumplir cada cierto tiempo. El sacramento de la confesión ha sido ganado con la sangre de Jesús y no queremos dejar de agradecerla, también con los hechos. Queremos escuchar siempre ese perdón divino, por lo que se nos hace fácil remover cualquier obstáculo para sabernos otra vez mirados y empujados hacia el futuro por Dios.

La Misa de Jesús es nuestra Misa

Santo Tomás de Aquino explica el valor que tiene la salvación obrada por Jesús en el Calvario: «Cristo, al padecer por caridad y por obediencia, presentó a Dios una ofrenda mayor que la exigida como recompensa por todas las ofensas del género humano»[8]. Y esa misma ofrenda sanadora la podemos ofrecer como si fuera nuestra propia ofrenda; Cristo nos la regala cada día en la celebración de la Eucaristía. Por eso a san Josemaría le gustaba decir que es «"nuestra" Misa»[9], de cada uno de nosotros y de Jesús. ¡Qué fácil es, si queremos, ser corredentores! ¡Qué fácil es cambiar el curso de la historia junto a él!

San Agustín, al contemplar la escena del evangelio que hemos meditado, notaba que «sólo dos se quedan allí: la miserable y la Misericordia. Cuando se marcharon todos y quedó sola la mujer, levantó los ojos y los fijó en ella. Ya hemos oído la voz de la justicia; oigamos ahora también la voz de la mansedumbre»[10]. Qué suavidad la de Jesús para invitarla a la santidad. Ya no va a estar sola en su lucha. Sabrá siempre que la mirada de Jesús la acompaña. Una vez que hemos gustado esa suavidad no queremos vivir de otra forma: «Te he paladeado y me muero de hambre y de sed»[11]. Qué natural es entonces tratar con esa suavidad y respeto a Jesús presente en la Eucaristía. No supone distancia, ni es mera educación o cortesía protocolaria; es cariño verdadero, hecho de libertad y de admiración. Hasta en la manera de acercarnos a comulgar, en el silencio ante el Sagrario o en las genuflexiones pausadas descubrimos una oportunidad de corresponder a tanto amor derramado por cada uno. No son más que muestras de la pureza interior que deseamos y que tantas veces habremos pedido a la Virgen rezando la comunión espiritual.

En la santa Misa comprobamos de manera especial que «cuando Él pide algo, en realidad está ofreciendo un don. No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida, llenándola de sentido»[12]. ¡Cuántas gracias nos gustaría darle a Dios por hacer tan asequible la santidad! Así es fácil vernos, como aquella mujer, lanzados hacia la esperanza por Jesús: «Vete y a partir de ahora no peques más» (Jn 8,11). Esa es la mejor noticia posible. Jesús la ha convencido de que el pecado no es inevitable, no es su destino, no es la última palabra. Hay una luz fuera del túnel que, en nuestro caso, llega vigorosamente a través de los sacramentos. Ya nadie la condena, ¿por qué habría de condenarse ella a sí misma? Ahora sabe que, fortalecida por Jesús, puede volver, hacer feliz a su marido, ser ella misma muy feliz.

Diego Zalbidea


[1] Francisco, Homilía en la Misa de Nochebuena 24-XII-2019.

[2] Benedicto XVI, Audiencia 1-VI-2011.

[3] San Josemaría,Es Cristo que pasa, n. 185.

[4] Francisco, Homilía en la Misa de Nochebuena 24-XII-2019.

[5] Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 14.

[6] San Agustín, Sermón 142.

[7] San Pedro Crisólogo, Sermón 108: PL 52, 499-500.

[8] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 48, a. 2, co.

[9] San Josemaría, Camino, n. 533.

[10] San Agustín, Tratado sobre el evangelio de San Juan, 33, 5-6.

[11]San Agustín, Confesiones, X, 38.

[12] Fernando Ocáriz, Luz para ver y fuerza para querer, ABC, 18-IX-2018

 

Si conocieras el don de Dios…

Escrito por Madre Verónica

 “Nuevos evangelizadores para la nueva evangelización”. En medio de tanta desesperanza…

       “Pero ¿qué estáis diciendo? O vivís fuera de la realidad sin pisar la tierra o, si es verdad la alegría que veo y lo que decís, no puedo ocultar mi enfermedad: mi enfermedad es que no conozco al Señor”. Esta afirmación la escuché hace muy poco a una joven en uno de los encuentros que mantenemos en nuestros locutorios, donde compartimos con sencillez la fe con quienes se acercan a nuestra casa. Y continuó diciendo aquella joven: “Creo que la desesperanza me apresó por tratar de defenderme del cristianismo, concibiendo el ser cristiano como un obstáculo para alcanzar la felicidad, como si Dios fuera un enemigo a la puerta que viniese a coartar mi libertad y a deshacer mis planes”. En estas palabras se resume la experiencia de muchos otros, incluso de nosotras mismas.

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 No es la tristeza por lo que se tiene –a veces muchísimo–, por más legítimo y honesto que pueda ser, sino la tristeza por lo que no se tiene, por lo que se anhela, sin que uno pueda dárselo a sí mismo y quizás sin capacidad para ni siquiera expresarlo. Ese anhelo lleva consigo la certeza de que no merece la pena vivir por menos de lo que intuimos, o de que malvivimos cuando renunciamos a entendernos en el designio con el que Dios quiere plenificarnos. El corazón sufre opresión cuando amordazamos el clamor más hondo de nuestro ser, y entonces sobrellevamos el paso del tiempo de la forma menos incómoda o, si se puede, más placentera posible; en cualquier caso, padecemos cuando desertamos de llegar a ser hombres en la plenitud para la que fuimos creados.

     Decimos tener pánico al sufrimiento y a la muerte. Pero ¿acaso no tenemos miedo a vivir al no encontrar el sentido de la vida ni su valor y, por tanto, no somos capaces de afrontar los acontecimientos diarios?

     Imposible olvidar el impacto que me produjo a mis diecisiete años ver literalmente una alfombra humana de jóvenes tirados por tierra, desorientados, despersonalizados. Mi reflexión fue ésta: “Señor, ¿Tú nos ha creado para esto? ¡No, no, estoy segura de que no!” Yo misma me sorprendí hablando con Él, porque indudablemente Él estaba allí; jamás puede el Creador abandonar la obra de sus Manos. Aquella imagen determinó mi vida; nadie tenía que convencerme de que el hombre, si no vive abrazado a Dios y a su voluntad, está desorientado, camina a tientas, no logra saber quién es, ni a dónde va, ni con quiénes puede avanzar en verdad.

La sed pone de manifiesto el grito del Espíritu en el corazón del hombre

     Me atrevo a afirmar que, a veces, quizás demasiadas, caemos donde no queremos buscando saciar por caminos equivocados, como el hijo pródigo, el clamor de amor, felicidad, salvación, comunión, plenitud que existe en lo más profundo del hombre. Estamos bien hechos, incluso cuando experimentamos la sed abrasadora de una vida en plenitud; una sed que, cuando busca ser saciada en espejismos, aún se hace más ardiente y fomenta más la desesperanza. Esa sed, en definitiva, pone de manifiesto el grito del Espíritu en el corazón del hombre, para que no se conforme con una vida mediocre, para que se sienta espoleado a acoger la vida en plenitud.

     La sed del hombre resuena en el grito de Cristo en la Cruz: “Tengo sed” (Jn 19, 28). La sed del hombre sólo se calma, sólo encuentra alivio y descanso en Jesús, ¡sólo en Jesús!, el Mendigo sediento que sale al encuentro de la mujer samaritana: “Si conocieras el don de Dios…” (Jn 4, 10). Cristo no viene jamás a arrebatar, sino que desea ardientemente agraciar a la criatura con el don de Dios, colmar a su criatura con una vida en plenitud mediante el don del Espíritu que nos introduce en la comunión del amor trinitario. Cristo es el que está sediento por colmar nuestra sed; Cristo tiene sed de que del seno del sediento lleguen a brotar ríos de agua viva, fecundidad desbordante.

     Pero como ni la imposición ni el avasallamiento son propios de Dios, éste sale al encuentro de la libertad humana invitándola a abrirse a su don: “Si conocieras el don de Dios…, tú le pedirías, y Él te daría…”. Su atracción es su Amor. Su promesa, el designio del Amor de Dios, por ser don, el hombre no lo hubiese podido ni soñar, pero lo reconoce cuando se hace presente.

     El Espíritu derramado, don de Dios, conduce siempre al encuentro personal con Jesús, a la configuración con el Resucitado, con el Viviente, en una comunión que supera cualquier frontera de espacio y de tiempo, pero que afecta a nuestra concreta vida e historia, a nuestro aquí y a nuestro hoy. El Espíritu, a la vez que nos configura a Cristo, crea la comunión entre los creyentes, porque nunca recrea a los hombres como individuos aislados sino constituyendo un cuerpo, el cuerpo de Cristo, la Iglesia, que en modo alguno es la mera suma de unos individuos con unos mismos ideales o valores, sino el hogar alentado por el Espíritu, que perpetúa a lo largo del tiempo la presencia de Cristo, la visibilidad del Señor.

El testimonio cristiano, testimonio de un don incomparable

     Nuestro testimonio, sencillamente, como posiblemente el de ustedes, es haber quedado totalmente cautivadas por el don incomparable de ser cristianos, por la belleza de vida de tantos cristianos que con su forma de vivir, de pensar, de sentir, de actuar señalan al misterio de Jesucristo, el más Bello de los hombres, que enamora y arrebata el corazón como “inseparable vivir”. En la Humanidad de Cristo obediente y plenificado por el don del Espíritu, los creyentes descubren su identidad, su vocación, su misión y su destino. El encuentro con Jesucristo da un vuelco entero a la existencia porque, al quedar nuestra mirada fija en Él, nos libera de la mirada egocéntrica que nos empequeñece y pervierte, porque el hombre sólo camina hacia la plenitud cuando se abre al designio de Dios y al caminar de los hombres, redescubiertos como hermanos a los que Dios ama con ternura.

     Cautiva ver el gozo de vidas plenificadas por el Espíritu Santo. Por medio de ellas, se suscita el deseo y la decisión de vivir en santidad. En la Iglesia, hemos podido apreciar la belleza de la santidad como plenitud de la existencia, que impulsa a vivir postrados en actitud de continua conversión. En la Iglesia, se nos permite acercarnos a la experiencia de los santos, que no es sólo algo del pasado ni un itinerario para unos pocos ni un privilegio de una élite: la santidad es, por el contrario, la más profunda vocación humana.

La santidad es la más profunda vocación humana

     Los creyentes, con la belleza y la dignidad de su vida, son testigos gozosos de Jesús resucitado. Viven del Espíritu de Cristo y en Cristo, porque su vida se alimenta en la mesa del Señor, donde cada día pueden asistir al milagro de la Eucaristía, y donde el Cuerpo entregado y la Sangre derramada del Señor se ofrecen en abrazo de unión que les permite hacerse una carne con el Cuerpo resucitado de Cristo y un cuerpo con sus hermanos.

     Con entrañas de Eucaristía ofrendan y hacen fecundos todos los espacios y todos los momentos de la vida, no como conquista humana, sino como fruto del don acogido. Viven del don que nunca deja de ser a la vez promesa futura y tarea presente, adoración postrada y obrar diligente, conscientes de que la historia es el tiempo que Dios se toma para ir haciendo a su criatura hasta conducirla a la plenitud querida por Dios y ya manifestada en la Humanidad glorificada de Cristo.

     La existencia de los creyentes es un caminar continuamente orientado hacia Cristo, con el oído despierto a su Palabra meditada y hecha carne, que les posibilita vivir con sobrecogedora dignidad la prosperidad y la adversidad, la salud y la enfermedad, en definitiva, todos los avatares y los momentos de la existencia, incluso la temida vejez y la muerte, abiertos al don del Espíritu de Cristo resucitado que les permite vivir la cruz no desde la rebeldía y la desesperanza sino desde la fecundidad de la obediencia, confiados en la misericordia de su Señor que les ha prometido vivir eternamente con Él.

     El gran testimonio que roba el corazón es ver en el hombre el obrar de Cristo que se realiza y se expresa en la comunión en la que viven los cristianos; se aman de verdad y están dispuestos a entregar la vida unos por otros. La comunión distingue a los discípulos de Cristo y es el más bello testimonio y el más poderoso atractivo. En su entorno, a pesar de su conciencia de fragilidad, herida por el pecado, florece la vida y la alegría; porque encarnan y anuncian la fecundidad del don del Evangelio. Lamentan y lloran todo lo que emborrona, enturbia o fractura la belleza de la comunión eclesial, pero no lo convierten en ariete contra la institución y sus pastores, sino que les impele a una renovada conversión y a un más decidido anhelo de santidad, alejado del escándalo puritano.

     En la comunión eclesial que el Espíritu de Jesús ha hecho posible, vemos la audacia de una libertad que no se arredra ante la avasalladora presencia del mal en cualquiera de sus manifestaciones o estrategias, sino una libertad siempre disponible para abrazar y seguir el querer de Dios. Los creyentes aman la verdad, viven de ella; conciben el pecado como profanación de la dignidad sagrada de la criatura y, por tanto, como ofensa a Dios; evitan la violencia y el egoísmo como negación del amor, no consienten con la injusticia, huyen de la envidia y de la ambición, que atentan contra la comunión.

     Los creyentes se desbordan en compasión y perdón; entregan la vida que se aprecia y se acoge como un don precioso para que se haga don para otros y despierte el deseo de entrega, de amar y servir, porque comprenden que la gloria del hombre es perseverar y permanecer en el servicio de Dios, un Dios que en Jesucristo, el Hijo hecho Siervo por amor, ha salido a su encuentro: los ha acogido, los ha lavado, los ha servido, los ha alimentado, los ha liberado, los ha fortalecido hasta hacerlos presencia suya en medio de los hombres, sin que por ello se crean mejores ni superiores a los demás: simplemente se sienten y actúan como servidores del don, y esto constituye su gozo y su recompensa.

     En la comunión de la Iglesia de Cristo, hemos conocido y vemos, por más que experimenten su incapacidad para llegar a todas las heridas y dolores del mundo, el amor solícito y atento de hombres y mujeres, cuyas vidas se gastan fecundamente, confiados en que la victoria de Cristo, y no el mal, tendrá la última palabra en la historia de los hombres; pero esa esperanza futura no impide que sus manos ahora se acerquen y alivien el dolor y el sufrimiento de los menesterosos, pobres, marginados, olvidados, desesperanzados, desorientados, angustiados… en los que ven a Cristo mismo que sale a su encuentro.

Cristo en su Iglesia ha ganado nuestro corazón

     Cristo en su Iglesia ha ganado nuestro corazón, porque en ella no nos hemos encontrado con un Dios rival de nuestra felicidad, de nuestra plenitud, sino con el Dios de Jesucristo, garante de la razón, la libertad, el bien, la verdad, la belleza, la vida del hombre, porque “la gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo).

     En la Iglesia, tierra de vivientes, hemos experimentado el amor y la ternura de Dios. Cristo, nuestro Buen Samaritano, no ha pasado de largo ante nosotras, sino que se ha compadecido de nuestras heridas, se ha abajado para levantarnos y rescatarnos, tal y como estábamos nos cargó sobre sí, ha derramado sobre nosotras óleo de sanación y nos ha confiado al cuidado y guía del Espíritu en la Iglesia. Hemos experimentado la fiesta de la salvación por el hijo desorientado que volvió al calor y a la luz del hogar.

     Quien ha conocido la sed de Cristo sobre su vida queda herido por su sed y abrasado por el deseo de que todos conozcan el don de Dios, está dispuesto a que su vida se haga por entero don y entrega que calme la sed de sus hermanos; lejos de ofrecer vinagre ante el grito del Crucificado, anhela ardientemente que se cumpla el deseo que Jesús expresó al Padre antes de su Pasión: “Padre, que todos sean uno en nosotros para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 21). La comunión configura nuestra existencia y se convierte en testimonio y misión.

     En la Iglesia, hogar del Espíritu, nos ha traspasado el grito de Cristo: “Tengo sed”, que sigue hoy resonando de mil maneras en todos los confines de la tierra, porque el hombre tiene sed del don de Dios, aunque muchos lo ignoren o incluso lo rechacen.

Urgidas por la sed de Cristo

      Urgidas por la sed de Cristo mismo, que no quiere que ninguno se pierda sino que todos tengan vida abundante, queremos ofrecer lo que de la Iglesia estamos recibiendo y aprendiendo. Queremos ser testigos de que nada hemos perdido, de que, por el contrario, nuestra vida se ha visto enriquecida en todo. Queremos ser presencia del don recibido.

      Nuestra comunión quiere ser templo donde, en adoración, se custodie la presencia del Dios vivo, se ame al Esposo con todo el ser, y arda día y noche la oración continuada que acoja y abrace el lamento, el dolor, la esperanza del mundo, y se vele por cada uno de los hijos que se nos confían.

      Nuestra comunión quiere ser hogar con entrañas de Eucaristía donde se celebren los Sacramentos, donde se invite al abrazo del perdón sanador y al banquete de la Eucaristía, alimento para avanzar sin temor en el camino de la santidad; nuestra comunión quiere ser casa encendida donde se espere siempre al hijo que vuelve malherido, decepcionado, arrepentido, desorientado o abierto también al don; posada donde el Buen Samaritano siga otorgando descanso, aliento y fortaleza para emprender, continuar o retomar el camino de la fe.

      Nuestra comunión quiere ser casa siempre abierta donde se comparta la fe en Jesucristo desde la personal experiencia de rescate y sanación, donde se comparta la Palabra proclamada y encarnada para ayudarnos a superar la oscuridad que a veces obstaculiza el peregrinar.

     Nuestra comunión quiere ser testimonio de que, a pesar de nuestras fragilidades y caídas, el Espíritu es capaz de unir, por encima de las diferencias, a los dispares y dispersos para que seamos un solo corazón y una sola alma porque el Espíritu recrea a cada uno de manera única e irrepetible, y al mismo tiempo nos inserta armoniosamente en una comunión donde el tú y el yo no se entienden sin ser nosotros, destruyendo así la amarga soledad y el doloroso vacío del corazón.

     Nuestra comunión quiere ser seno donde se testimonie la dimensión materna de la Iglesia, donde los hijos de Dios envueltos en caridad y en esperanza sean alumbrados y se sientan invitados a descubrir la grandeza y la belleza de la vida humana llamada a ser presencia del Amor de Cristo aquí y ahora.

     Nuestra comunión quiere vivir unida al canto de María que proclama la grandeza y la fidelidad de Dios, así como la alegría de la criatura cuando se deja recrear por su Señor.

Llenas de agradecimiento

     No puedo concluir mis palabras sino manifestando mi más profundo agradecimiento y amor al Santo Padre Benedicto XVI, padre, pastor, maestro, sucesor de Pedro, garantía de la comunión eclesial para vivir en la permanente novedad del Evangelio que primorosamente la gran Tradición eclesial ha conservado y transmitido desde la frescura de las primeras generaciones cristianas hasta nuestros días; gracias a los pastores que, configurados con Cristo, el Buen Pastor, velan sin descanso por cada uno en la gran fraternidad que constituye la Iglesia extendida por todo el mundo; gracias a todos los que desde la rica variedad de vocaciones y carismas suscitados por el Espíritu Santo nos hacéis presente a Cristo; y permitidme que asimismo muestre mi agradecimiento a mis hermanas, la pequeña y preciosa heredad en la que Dios ha querido que viva mi consagración: acogiendo y ofreciéndonos el perdón cada día, no queremos otra cosa que dejarnos hacer por las manos de Dios, el Hijo y el Espíritu Santo, con su infinita paciencia creadora.

     Gracias a quienes hacéis posible que confesemos cada día con más asombro y gratitud: “Creo en Dios Padre, que con su amor omnipotente creó el cielo y la tierra como lugar de encuentro y diálogo amoroso con los hombres, a los que había destinado de antemano a vivir de y en la comunión del amor trinitario. Creo en Jesús, el Ungido, su Hijo único, nuestro Señor, que por nuestra causa nació de las entrañas virginales de María, fue bautizado, padeció, murió, fue sepultado, resucitó y subió al cielo para liberarnos del pecado y de la muerte y hacer que, como hijos, vivamos de y en la comunión del amor trinitario. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que Cristo derramó de una manera nueva sobre los hombres para configurar la Iglesia, que, por medio de la comunión en las realidades santas, especialmente la Eucaristía y el perdón de los pecados, preludia en nuestra tierra y en nuestro tiempo la resurrección de la carne para que, elevada ésta a la altura de Dios, goce eternamente de la comunión del amor trinitario”.

     No hay nada más bello y con más autoridad que la Iglesia, y los jóvenes lo saben.

Madre Verónica

 

Amar a Dios con todo nuestro corazón: ¿Qué significa?

Escrito por Aleida López de Steinmetz

Los fariseos y los escribas muchas veces trataron de tentar a Jesús con varias preguntas. Sin embargo otros le hacían preguntas genuinas porque buscaban respuestas. Hay una pregunta la cual fue hecha dos veces por dos personas diferentes, una que quería aprender y otra que quería tentarle. Se trata de la pregunta de que cuál mandamiento es el más grande de todos. Vamos a leer los pasajes relacionados:

 “Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.” (Mt 22, 35-38)

 “Acercándose uno de los escribas, que los había oído disputar, y sabía que les había respondido bien, le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos? Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.” (Mc 12, 28-30)

1. Amar a Dios: ¿Qué significa?

Como leemos: amar a Dios con todo nuestro corazón es el mandamiento más importante. Pero, ¿qué significa? Desafortunadamente vivimos en una época donde la palabra amor a terminado significando solo un sentimiento. Amar a alguien se confunde con “me cae bien”. Sin embargo, que alguien “me caiga bien” no necesariamente constituye el amor en términos bíblicos. Porque en términos bíblicos el amor está estrechamente conectado con hacer y específicamente el amar a Dios con hacer lo que Dios quiere, esto es, Sus mandamientos, Su voluntad. Jesús puso esto muy en claro cuando dijo:

 “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Jn 14, 15)

Y Juan

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió.” (Jn 14,21-24)

También en Deuteronomio (ver también Éxodo 20, 5-6) leemos:

“No harás para ti escultura, ni imagen alguna de cosa que está arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las servirás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y que hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.” (Dt 5, 8-10)

Amar a Dios y guardar Sus mandamientos: la Palabra de Dios, los cuales son cosas inseparables una de la otra. Jesús lo puso absolutamente claro. ¡El que lo ama guarda la Palabra de Dios y aquel que no guarda la Palabra de Dios no le ama! Entonces amar a Dios, el principal mandamiento, no significa que siento bonito sentado en la banca de la iglesia el domingo en la mañana. Más bien lo que significa es que trato de hacer lo que complace a Dios, lo que hace feliz a Dios. Y eso es una cuestión diaria.

1 Juan contiene más pasajes que establecen claramente lo que significa amar a Dios.

 “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.” (1Jn 4, 19-21)

 “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.” (1Jn 5, 2-3)

 “y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él. Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado. Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.” (1Jn 3, 22-23)

Hay varias falacias corriendo por el cristianismo de hoy. Una muy seria es la falsa idea de que a Dios no le importa si hacemos o no Sus mandamientos, Su voluntad. De acuerdo a esta falacia, todo lo que a Dios le importa es ese único momento cuando comenzamos en la “fe”. “Fe” y “amar a Dios” han sido separados de cuestiones prácticas y son consideradas ciertas nociones de tipo teórico, estados mentales, los cuales existen separadamente de lo que uno vive. ¡Pero la fe significa ser fiel! Y el fiel cuida de complacer a aquel al cual le es fiel, esto es, se ocupa de hacer Su voluntad, Sus mandamientos.

Algo más que se vuelve evidente con lo anterior es que el amor y el favor de Dios no son verdaderamente condicionales, así como algunos nos han hecho creer. Esto también lo vemos en los pasajes anteriores. Entonces en Juan leemos:

"Jesús respondió, y le dijo: Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada." (Jn 14, 23)

Y en 1 Juan

“y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él.” (1Jn 3, 22)

Y en Deuteronomio

“No te inclinarás a ellas ni las servirás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y que hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.” (Dt 5, 9-10)

En Jn 14, 23 hay un “si” y una “y”. Si alguien ama a Jesús, guardará Su Palabra, Y, como resultado, el Padre lo amará y Él junto con Su Hijo vendrán y morarán en él. También en 1 Juan, recibimos cualquier cosa que le pidamos, porque guardamos Sus mandamientos y hacemos lo que le complace. También en Deuteronomio, el misericordioso amor de Dios se demuestra a aquellos que le aman y guardan Sus mandamientos . Hay un claro ligamento entre el amor y el favor de Dios con el hacer Su voluntad. Por decirlo de otro modo, no pensemos que desobedecer a Dios, descuidando Su Palabra y Sus mandamientos, no importan de verdad, porque como quiera Dios nos ama. No pensemos de ese modo, cuando decimos que amamos a Dios en verdad lo amamos. Yo creo que si amamos a Dios o no se demuestra mediante la respuesta a la siguiente pregunta simple: ¿Hacemos lo que complace a Dios, Su Palabra, Sus mandamientos? Si la respuesta es sí, entonces amamos a Dios. Si la respuesta es no, entonces no lo amamos. Así de simple.

 “Si alguno me ama, guardará mi palabra;…. El que no me ama, no guarda mis palabras...” (Jn 14, 23-24)

2. “Pero no siento hacer la voluntad de Dios”: El caso de los dos hermanos

Otra área de confusión, cuando se trata de hacer la voluntad de Dios, es la idea de que deberíamos hacer la voluntad de Dios solo si sentimos hacerla. Pero si no lo sentimos entonces estamos disculpados porque, supuestamente, Dios no querría que hiciéramos algo que no sentimos hacer. Pero dime algo: ¿vas a trabajar porque lo sientes? ¿Te levantas en la mañana pensando en cómo te sientes para ir a trabajar y dependiendo de si lo sientes o no te paras de la cama o te volteas y te tapas con la colcha? ¿Así es cómo lo haces? No lo creo. HACES tu trabajo independientemente de cómo te sientas al respecto. Pero cuando se trata de hacer la voluntad de Dios le hemos dado mucho lugar a los sentimientos. Por supuesto que Dios quiere que hagamos Su voluntad y que sintamos hacerla, pero aun si no lo sentimos, es mucho mejor hacerla como quiera. Un ejemplo de lo que el Señor nos dijo: “Y si tu ojo te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti...” (Mt 18, 9). No dijo: “Y si tu ojo te es ocasión de caer y sientes sacarlo entonces hazlo. Pero si no sientes sacarlo entonces estás disculpado -puesto que no sientes hacerlo, lo puedes dejar ahí produciendo que sigas pecando”. ¡El ojo podrido debe de ser sacado, aunque lo sintamos o no, hazlo como quiera, en vez de desobedecerle a Él!

Pero veamos otro ejemplo en Mateo. En Mateo 21, los sumos sacerdotes cuestionaron a Jesús una vez más. Para responder una de esas preguntas Jesús dio la siguiente parábola:

 “Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios.” (Mt 21, 28-31)

Su respuesta era correcta. El primero hijo no sentía hacer la voluntad de su padre. Claramente se lo dijo: No quiero ir hoy a la viñedo. Pero luego lo pensó y cambió de opinión. No se sabe lo que causó ese cambio.. Yo creo que le importaba su padre. Escuchó a su padre pedirle que hiciera su voluntad, pero no sentía hacerla. Quería dormir un rato más, tomar su café despacio o tal vez salir con sus amigos. Entonces su primer reacción, tal vez desde la cama, fue “no voy a ir”. Pero luego pensó en su padre y porque lo ama, cambió de opinión, se paró de la cama y fue e hizo lo que su padre quería que hiciera.

El segundo hijo, por otra parte, le dijo a su padre -tal vez también ya levantado de la cama- “Papá, voy a ir”. Pero luego no fue, tal vez se volvió a dormir, luego llamó a un amigo y se desapareció haciendo lo que él quería. Tal vez por un momento “sintió” hacer la voluntad de su padre, pero los sentimiento van y vienen. Entonces ese “sentimiento” de hacer la voluntad de Dios fue reemplazado por otro “sentimiento” de algo diferente y ya no fue.

¿Cuál de estos dos hijos hizo la voluntad de su padre? ¿El que no lo sentía al principio pero que la hizo como quiera o el que al principio sentía hacerla pero en realidad no la hizo? La respuesta es obvia. Ahora, ya vimos que amar al Padre significa hacer Su voluntad. Por lo tanto, podríamos preguntar lo siguiente: ¿Cuál de los dos amaba a su padre? o ¿Con cuál de los dos estaba el padre complacido? ¿Con el que al principio le dijo que iba a hacer Su voluntad y luego no la hizo o con el que en realidad hizo Su voluntad? La respuesta es obviamente la misma: con el que hizo Su voluntad. Entonces concluyendo: Haz la voluntad de Dios, independientemente de los sentimientos. Incluso si la primer respuesta es “No siento hacerla”, cambia de opinión y hazla. Por supuesto que es mucho mejor sentir hacer la voluntad de Dios y hacerla, pero entre no hacer la voluntad de Padre y hacerla sin querer necesariamente hacerla, la opinión a escoger aquí es: Como quiera voy a hacer la voluntad de mi Padre, porque lo amo y quiero complacerlo.

3. La noche en Getsemaní

Ahora, lo anterior no significa que no podemos o no deberíamos hablarle al Padre y pedirle otras opciones posibles. Nuestra relación con el Padre es una RELACIÓN real. El Señor quiere los canales de comunicación con Sus hijos-siervos siempre abiertos. Lo que sucedió en Getsemaní la noche que Jesús fue entregado para ser crucificado fue característico. Jesús estaba en el jardín con Sus discípulos y Judas el traidor venía junto con los sirvientes de los sumos sacerdotes y los ancianos, a arrestar a Jesús y crucificarlo. Jesús estaba en agonía. Hubiera querido dejar pasar esa copa de Él. Y se lo pidió al Padre:

 “Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.” (Lc 22, 41-44)

No hay nada de malo en preguntar al Padre si hay alguna salida. No hay nada de malo en preguntarle al Padre si hoy puedes quedarte en casa y no ir al viñedo. Lo que está mal es quedarse en casa comoquiera y sin preguntarle. Eso es desobediencia. Pero no está mal preguntarle por una excepción o por otra alternativa. De hecho, si no hay otra forma, puede que obtengas una motivación especial para avanzar y hacer Su voluntad, Jesús obtuvo tal motivación: “Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle”.

Jesús hubiera querido que pasara de Él la copa, PERO solo si esa era la voluntad de Dios. Y en ese caso no lo era. Y Jesús la aceptó. Como le dijo a Pedro después de que llegó Judas con la compañía de guardias:

 “Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Jn 18, 11)

Jesús siempre hizo lo que complacía al Padre, incluso si no sentía hacerlo. Y por eso, porque siempre hizo lo que complacía al Padre, el Padre nunca lo dejó solo. Como Él dijo:

 “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.” (Jn 8, 29)

Él es nuestro ejemplo. Como el apóstol Pablo también nos dice en Filipenses:

 “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” (Flp 2, 5-11)

Jesús se humilló a sí mismo. Dijo: “que se haga Tu voluntad y no la mía”. ¡Jesús obedeció!

Y lo mismo debemos de hacer nosotros también. El mismo pensar, la misma obediencia, la mente que dice no mi voluntad sino la Tuya esté en nosotros también. Como Pablo continúa:

 “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Flp 2, 12-13)

“Por lo tanto, amados míos” esto es, porque tenemos tal ejemplo de obediencia, Jesucristo nuestro Señor, obedezcamos también cuidando nuestra salvación con temor y temblor de Dios, es el obrar en nosotros el querer como el hacer por Su buena voluntad. Como Santiago dice:

 “Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.” (St 4, 6-10)

Conclusión

Amar al Señor con todo nuestro corazón es el mandamiento más importante. Pero amar a Dios no es un estado de la mente, donde “sentimos bonito” respecto a Dios. Amar a Dios es lo mismo que hacer lo que Dios quiere. No hay tal cosa de amar a Dios mientras que al mismo tiempo le desobedezco. No existe eso de tener fe y ser infiel. La fe no es un estado mental. La fe en Dios y Su Palabra es serle fiel a Dios y a Su Palabra. No creamos la falacia que trata de separar una cosa de la otra. También el amor de Dios y Su favor vuelve a aquellos que le aman, esto es, a aquellos que hacen lo que a Él le place, Su voluntad. Además, también vimos que es mejor continuar y hacer la voluntad de Dios aunque no lo sintamos, que desobedecerle. Esto no nos hace robots sin sentimientos. Podemos (deberíamos) hablarle al Señor y pedirle otra alternativa para que nos la provea. Él es el Maestro más maravilloso de todos, misericordioso y bueno con sus hijos. Y si no hay otra alternativa Él nos fortalecerá para hacer lo que parece muy difícil para nosotros, exactamente como lo hizo con Jesús aquella noche.

Aleida López de Steinmetz

 

 

Para saber corregir. Licenciatura en chismorreo

Escrito por José Martínez Colín.

Cuando tengamos la tentación de juzgar mal a los otros, debemos reflexionar sobre nuestra fragilidad y no seguir el camino fácil del chismorreo.

1) Para saber

En un pueblecito vivía una anciana que había cumplido cien años. Les sorprendía dos cosas a sus conocidos: su dentadura bien conservada y que nunca hablaba mal o murmuraba de alguien. Cuando murió la viejita, en la homilía del funeral, el párroco comentó: “Esta buena mujer conservó hasta el final perfectamente sus dientes, porque nunca mordió a nadie”.

En su reflexión sobre la Carta a los Gálatas, el papa Francisco hizo énfasis sobre la exhortación de San Pablo para “vivir según el Espíritu”. Lo que implica hacerse cargo de las dificultades del otro, y si vemos que alguien comete una falta, en vez de hacer chisme, que le corrijamos con mansedumbre. Según el Espíritu es tener esta dulzura al corregirlo y vigilar para no caer nosotros en esos pecados. Porque, ¡qué fácil es criticar a los otros! Hay gente que parece tener una licenciatura en chismorreo, todos los días critican a los demás, dice el papa. Es preciso dar espacio a la caridad.

2) Para pensar

Muchas veces se critica sin saber las causas de cierto comportamiento. Así le sucedió a Virgilio, poeta romano autor de grandes obras como la "Eneida". Se cuenta que gastó mucho dinero para el entierro de una mosca que, decía él, había sido su fiel mascota por años.

El cortejo fue acompañado por más de cincuenta músicos, plañideras que lloraban; el cadáver fue depositado en un pequeño mausoleo construido en medio de las tierras propiedad de Virgilio. No faltó una pequeña lápida con epitafio: "MVSCA. Sit tibi vrna levis et molliter ossa quiescant", o sea, "Mosca. Te sea leve esta urna y descansen en ella tus huesos". Se sirvieron exquisitos vinos y manjares, Virgilio recitó sentidos poemas y sus amigos discursos laudatorios.

Muchos criticaron al poeta, dijeron que estaba loco de remate. Desconocían el plan pensado por el poeta. Al morir Julio César, se había formado un segundo triunvirato entre Marco Antonio, Octavio y Lépido. Quienes pensaban emitir un decreto para expropiar las tierras de terratenientes para repartirlas a los soldados. Solo se exceptuarían los terrenos en los que hubiera tumbas (no se decía que tuviera que ser de personas), pues eran terrenos sagrados. Virgilio, enterado del peligro sobre sus tierras, se apresuró para hacer un entierro público y notorio de su querida "Mosca", para que supieran que sus tierras ahora eran sagradas y a salvo de la expropiación. Su plan surtió los efectos deseados.

3) Para vivir

Ahora que comienza el tiempo de Adviento, podemos proponernos vivir según el Espíritu, como aconseja el papa Francisco. Ello implica creer en Jesús e ir por su camino, evitando el camino opuesto, el del egoísmo, orgullo, envidias, prejuicios, hipocresías, rencores, el de buscar el propio interés… El camino de Cristo es un camino maravilloso pero fatigoso. Empieza en el Bautismo y dura toda la vida. Como en una excursión a la montaña: es fascinante, pero requiere esfuerzo y tenacidad.

Cuando tengamos la tentación de juzgar mal a los otros, debemos reflexionar sobre nuestra fragilidad y no seguir el camino fácil del chismorreo. Y si es necesario hacer una corrección, seguir la regla suprema del amor: querer el bien de los demás.

 

El año de San José llega a su fin, pero que San José se quede en nuestra familia

Escrito por Silvia del Valle Márquez.

San José es el modelo de padre, por haber tenido el honor de ser el papá terrenal de Jesús y tener que defender a su hijo de las asechanzas de quienes querían dañarlo.

Llegamos al final de este año de gracia por el 150 aniversario de la declaración de San José como patrono universal de la Iglesia y es verdad que en este año ha estado más presente en la vida de la Iglesia y de nuestras familias.

Pero vienen la tentación de dejar en el olvido a San José después de que pase la Navidad y eso sería una pena, ya que hemos visto que San José tiene un lugar muy importante y especial, por ser el padre de Jesús en esta Tierra. De nosotros depende que siga teniendo un lugar especial en nuestra familia, por eso aquí te dejo mis 5Tips para lograrlo.

PRIMERO. Si aún no la tienes, coloca una imagen de San José en tu altar familiar.
Es cierto que como personas, necesitamos signos visibles para mantener presente a las personas que queremos o para no olvidar eventos o circunstancias importantes en nuestra vida.

Es por esto que necesitamos de una imagen de San José para ayudarnos a mantenerlo presente en nuestra vida familiar y para recordar que lo podemos tener de intercesor en los casos más difíciles que a lo largo del tiempo se nos presenten.

SEGUNDO. Conoce las Virtudes de San José y aplícalas en tu familia.
Las virtudes son esos hábitos buenos que caracterizan a alguien y que pueden compartir con los demás y seguir su ejemplo para adaptarlos a tu propia vida, por lo que es muy bueno conocer las de San José.

Entre otras están la paciencia, la mansedumbre, la amabilidad, la ternura, la obediencia, la acogida y calidez, la valentía, la creatividad, el silencio y principalmente el trabajo.

Podríamos pensar en un plan para implementarlas en la familia y que con diferentes acciones las llevemos a la vida cotidiana.

Para nuestros hijos más pequeños podemos hacer fichas o flashcards para que las iluminen y sobre todo para que los conozcan y las hagan propias, así la familia completa estaremos en sintonía y podremos trabajar juntos.

TERCERO. Haz o renueva tu consagración a San José.
Una consagración es propiamente una dedicación voluntaria a Dios y ponerse bajo la protección y cuidados de un santo en particular, pudiendo pedir su auxilio e intercesión en las diferentes situaciones y eventos de nuestra vida.

Puede ser tan sencillo como hacer una oración personal, o podemos hacer toda una preparación de varios días, existen varias consagraciones ya establecidas que podemos adoptar.

Podemos hacerla de forma personal o también hacerla familiarmente y así ponernos bajo el resguardo y protección de San José.

Podemos incluir a nuestros hijos en esta actividad y les podemos explicar lo que implica la consagración para que la puedan realizar adecuadamente y con total conciencia, de acuerdo a su edad.

Podemos preparar material didáctico para que los más pequeñitos lo comprendan.

CUARTO. Adopta una jaculatoria a San José.
Las jaculatorias son pequeñas oraciones que nos ayudan a tener siempre cerca a San José y que nos ayudan a estar siempre bajo su protección.

Existen varias ya establecidas como "Bendito San José, aumenta nuestra fe", pero también podemos hacer nuestras propias oraciones y jaculatorias que salgan de nuestro corazón.

Podemos pedirles a nuestros hijos que también ellos nos ayuden a hacerlas, será una actividad genial.

Y QUINTO. Encomiéndale tu familia a San José.
San José es el modelo de padre, por haber tenido el honor de ser el papá terrenal de Jesús, conocer las angustias y necesidades de una familia y tener que defender a su hijo de las asechanzas de los que le querían hacer daño, por esto, no tuvo reparo en recibir los mensajes de Dios en sueños y ponerlos en práctica, obedeciendo con amor.

Así que es muy importante que encomendemos a nuestra familia a su protección y auxilio.

Como papá o mamá tenemos la posibilidad de continuar cada día encomendando nuestra familia a San José y pidiendo que nos ayude a saber guiar a nuestros hijos, defendiéndolos de los peligros que se les presentas y guiándolos por el camino de las virtudes, que es el que lleva a la vida eterna, la vida de la gracia.

Hagamos de nuestras familias hogares que, a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazareth, busquen siempre hacer la voluntad de Dios y sean pequeñas Iglesias domésticas donde Jesús crezca cada día más y más en los corazones de cada uno de los miembros.

 

 

La Santísima Virgen destruyó todas las herejías

Imagen de la Inmaculada Concepción – Quito

María en los planes de Dios.

Contenidos

 

El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo, previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán.

Habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar al cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos

En tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola Ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios. (…)

19. Nuestra boca está llena de gozo y nuestra lengua de júbilo, y damos humildísimas y grandísimas gracias a nuestro Señor Jesucristo, y siempre se las daremos, por habernos concedido aun sin merecerlo, el singular beneficio de ofrendar y decretar este honor, esta gloria y alabanza a su santísima Madre.

Celebrando la Inmaculada Concepción

Ella aplastó la cabeza de la Serpiente

Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma Santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y trajo la salud al mundo.

Y que gloria de los profetas y apóstoles, y honra de los mártires, y alegría y corona de todos los santos, y que refugio segurísimo de todos los que peligran, y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santa, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades de todas clases a los pueblos fieles y naciones.

Una protección infalible

Y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad

Para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.

«Ineffabilis Deus«, Epístola apostólica de Pío IX, 8 de diciembre de 1854

 

Gracias, Justo

Gracias, Justo

El pasado 27 de noviembre, a los 84 años, falleció Justo Aznar, Director del Observatorio de Bioética y fundador del Instituto de Ciencias de la Vida de la Universidad Católica de Valencia (UCV), al que dedicó los últimos años de su carrera. Además de su gran valía profesional, los que lo conocíamos de cerca, no podemos dejar a un lado su impresionante calidad humana. Sin duda, Justo deja un vacío enorme en el mundo científico y entre su numerosa familia y amistades.

Su labor científica e investigadora, su incansable trabajo hasta los últimos momentos de su vida, ha sido reconocida a nivel mundial a lo largo de sus años de imparable carrera, donde fue, jefe del Departamento de Biopatología Clínica del Hospital Universitario La Fe de Valencia desde 1974 hasta su jubilación en julio de 2006.

El doctor Aznar fue también muy reconocido por su incansable defensa de la vida, impulsando y presidiendo algunas iniciativas para tal fin, como la Federación Española de Asociaciones Provida -de la que fue presidente durante 21 años, desde 1977  hasta 1998- o la Asociación Valenciana para la Defensa de la Vida, que también dirigió durante 33 años, desde 1979 hasta 2012. Además, ha sido miembro de la subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española y desde 2005 miembro correspondiente de la Pontificia Academia para la Vida.

Julio Tudela, actual Director del Observatorio de Bioética y amigo del Doctor en Medicina por la Universidad de Navarra, le dedica este homenaje en un día muy triste para todo el equipo del Observatorio.

*Reproducimos en este enlace una entrevista realizada a Julio Tudela (Dircetor del Observatorio de Bioética) en Capital Radio, donde habla del Dr. Justo Aznar (ver a partir del minuto 2:14).

La verdadera fecundidad de las personas extraordinarias no reside simplemente en la admiración que suscitan, o el asombro que produce contemplar su inteligencia, aptitudes o logros. Aquello por lo que personas excepcionales tienen sentido en medio de lo común es por su capacidad de iluminar, salar o fermentar.

El símil evangélico nos descifra la existencia fecunda de mi querido Justo, Justo Aznar Lucea, maestro, amigo y compañero que ayer, víspera del primer domingo de Adviento, emprendió su viaje definitivo, su culminación, su verdadera plenitud y liberación.

Sí, verdaderamente Justo era una persona excepcional, especialmente dotada intelectualmente, con una gran capacidad de trabajo y sentido común, una gran intuición y sentido de la oportunidad, un talante moderado y agudo, perspicaz y tenaz. Acumuló honores, premios y una trayectoria investigadora descomunal.

Pero estas deslumbrantes cualidades no justifican por sí mismas la fecundidad de su vida y su obra. Su corona era su familia: su esposa Vicen a la que amaba y respetaba con el amor primero, sus diez hijos, que fueron traspasados por su honestidad y rectitud, que ha hecho de ellos personas íntegras y preocupadas por la verdad, sus 49 nietos que lo amaban con devoción especial o sus biznietos, a los que no será difícil seguir la estela luminosa que han sembrado los bisabuelos.

Su verdadero anhelo era Jesucristo y conquistar la intimidad con él. La vida eterna, la vida perdurable, el encuentro definitivo, era lo que repetía como lo verdaderamente valioso, hacia lo que se orienta la apariencia provisional y pasajera de este mundo y su belleza.

Su energía y su veleta era la Fe y el cumplimiento fiel de su respuesta a la vocación cristiana en el Opus Dei a la que Dios le había llamado desde su juventud. Una respuesta constantemente alegre aún en medio de sus sufrimientos finales.

Justo ha roto penumbras y oscuridades que nos asedian encendiendo una luz en la tiniebla del desprecio a la vida humana, del odio, de la vanidad, mostrando con nitidez el valor inalienable de la vida y su dignidad en toda circunstancia, defendiéndolas con valentía aún en medio de vientos contrarios, en el diálogo y la aproximación con todos, también con los más alejados de sus posiciones.

Justo ha sido fecundo porque ha salado. Ha dado sabor a los que se acercaban a él, a los que leían sus trabajos, a sus alumnos, a sus compañeros. La sal de ofrecer un sentido a nuestro trabajo, a los sufrimientos y dificultades, proyectando aún las pequeñas cosas hacia la trascendencia: todo por los otros, todo por Dios.

Pero también ha sido fermento. Ha fermentado la masa de los que hemos trabajado con él, convivido a su lado, de los que lo han leído y escuchado. Incansable, tenaz, siempre en actitud de aprendizaje, sensible a la urgencia de su labor en la búsqueda de la verdad, nos ha movido a todos, urgiéndonos, animándonos, solicitándonos, contagiándonos de sus prisas; sus prisas por hallar la verdad, por defender la dignidad de todos, pero especialmente de los sin voz, de los débiles, de los que no cuentan.

Justo recibió muchos talentos, muchos. Pero los multiplicó abundantemente en su fértil existencia. Su obra y su vida son contagiosas de su entusiasmo, de la solidez de su Fe.

Gracias, Justo. ¿Cuál es la próxima tarea?

Hasta pronto.

Julio Tudela

 

Escocia deniega la petición de áreas libres de protestas frente a las clínicas abortivas

Escocia deniega la petición de áreas libres de protestas frente a las clínicas abortivas

La petición del grupo escoces Back Off Scotland de implantar ‘zonas de amortiguación’ (áreas libres de protestas) de 150 metros alrededor de las clínicas que brindan servicios de aborto en toda Escocia, ha sido denegada por parte del Gobierno escoces, de izquierdas, por considerarla desproporcionada. El diputado socialdemócrata John Mason, afirmó que dicha prohibición limitaría la libertad de expresión y circulación de los ciudadanos provida, cuya expresión suele darse “de forma pacífica y sin incidentes”. También en España se ha propuesto por el Congreso de los diputados un cambio en el Código Penal que incluya hasta un año de cárcel a quienes “hostiguen o coarten la libertad de una mujer que pretenda ejercer su derecho a la interrupción voluntaria del embarazo” en las clínicas. Desde el Observatorio de Bioética nos unimos a las voces que se alzan en contra de coartar la  libertad de expresión. 

Escocia deniega la petición de áreas libres de protestas frente a las clínicas abortivas

 

 

¿Se debería regular el uso del cannabis en España?

¿Se debería regular el uso del cannabis en España?

Cuando algo se legaliza deja de ser ilegal, pero no deja de alentar su producción, tráfico y consumo, que finalmente es el que acaba perjudicando severamente a todos los que piensan que por ser legal deja de ser perjudicial, y acceden a productos tóxicos.

No es la primera vez que desde el Observatorio de Bioética publicamos noticias sobre si se deberían legalizar o no determinado tipo de drogas, en este caso el cannabis, tanto para uso médico como recreativo. De nuevo y a colación de un artículo publicado el pasado 16 de noviembre en Diario Médico en el que se vuelve a plantear este debate desde el ámbito político, social y científico, nos parece de interés para nuestros lectores mencionar algunos aspectos tratados en el mismo.

Es evidente que legalizar el uso de drogas con fines médicos o terapéuticos para tratar determinados síntomas y cuya administración está supervisada por personal sanitario, y la legalización del consumo del cannabis para uso recreativo, merecen un debate y un tratamiento completamente distinto en el que la opinión de los expertos deberá tenerse muy en cuenta antes de tomar cualquier decisión por parte del Gobierno.

La utilización de principios activos obtenidos de distintos orígenes, útiles en determinados tratamientos, es lo que se viene haciendo desde tiempo inmemorial. Su moderna regulación y control farmacoterapéutico garantiza niveles de seguridad y eficacia que permiten su inclusión en el arsenal terapéutico. La morfina, extraída del opio, es uno de los analgésicos más eficaces de los que se dispone hoy, aunque requiere estricta vigilancia en su administración y seguimiento. Algo parecido puede ocurrir con algunos de los componentes del cannabis, que debidamente identificados y extraídos de la droga, pueden utilizarse como principios activos útiles en farmacoterapia.

Un caso bien diferente es el del uso recreativo del cannabis

Uno de los argumentos que exponen los partidos defensores de la legalización del cannabis para uso recreativo (Más País, Podemos y ERC) es que la prohibición del cannabis no solo no ha frenado su uso, sino que es la droga ilegal más consumida en España, por lo que si se legaliza podría resolverse el problema del narcotráfico y el mercado negro. No parece que éste sea un argumento lo suficientemente sólido para justificar el libre acceso al consumo de sustancias que ponen en grave riesgo la salud de los ciudadanos, especialmente de los más jóvenes.  Tal y como afirma en el artículo mencionado Francisco Lozano, presidente de la Red Europea de Prevención del Tabaquismo REPT-ENSP, “si existe una realidad social de consumo de cannabis habrá que abordar esa realidad social con educación” y la realidad del narcotráfico con un mayor control policial.

Nuestra valoración

En nuestra opinión, debe apelarse a la evidencia científica a la hora de evaluar la conveniencia de facilitar el acceso a drogas como el cannabis, cuyo uso está relacionado con el incremento en el riesgo de aparición de trastornos tan graves como la psicosis o la esquizofrenia, además de haberse relacionado con la pérdida de memoria y otros efectos secundarios.

Tal como afirma el presidente de la Sociedad Española de Neumología (Separ), Carlos Jiménez  el cannabis “es una droga que tiene impacto en patología respiratoria, provoca bronquitis aguda pero también bronquitis crónica, produce cáncer de pulmón y se sabe que la utilización de cannabis es una vía de entrada al consumo de tabaco y además hay grandes problemas a nivel psicológico y psiquiátrico debido al uso del cannabis y por eso sería una pésima noticia cualquier camino a una legalización del uso recreativo del cannabis”.

Además, el consumo de cannabis supone en muchos casos el acceso a otras adicciones, con resultados devastadores.

Las propuestas legalizadoras de las drogas de abuso, que no de determinados principios activos que contienen, que debidamente aislados y controlados pueden resultar útiles terapéuticamente, se pretenden fundamentar ingenuamente en que pueden contribuir a reducir su tráfico ilegal.

El argumento no puede ser más peregrino: desde luego, cuando algo se legaliza deja de ser ilegal, pero no deja de alentar su producción, tráfico y consumo, que finalmente es el que acaba perjudicando severamente a todos los que piensan que por ser legal deja de ser perjudicial, y acceden a productos tóxicos, lo son y mucho, sin limitación, en una conducta promovida por quienes irresponsablemente normalizan -por legalizarlas- conductas adictivas y consumos tóxicos.

La legalización del consumo de cocaína, heroína, LSD o anfetaminas de síntesis, también acabaría con su mercado clandestino e ilegal. Pero no solo con estos, también con sus consumidores, que sufrirían sus devastadores efectos tras convencerse de que, por ser legales, han dejado de ser tóxicos.

 

Julio Tudela Cuenca

Instituto Ciencias de la Vida

 

Derecho natural, democracia y cultura

Sin libertad de enseñanza no hay verdadera democracia ni sociedad libre.

Hace siglos hubo un político romano, orador de arrebatada elocuencia, que, en ratos de ocio obligado, compuso algunas obras de filosofía política, todavía hoy leídas, en las que se inspiraron no pocos de los que en la época moderna lucharon –tan meritoriamente– por las libertades democráticas. Como filósofo que también era, no dejó de hacerse una de las preguntas fundamentales que plantea la democracia, esa forma de gobierno, que es una preciada conquista de la humanidad: ¿es todo objeto de votos? ¿tienen límites la libertad democrática y la voluntad popular? Pregunta tan consustancial con el régimen democrático, que es la misma que se hacen muchos pensadores modernos. A la vuelta de los siglos, el problema no ha cambiado. Es aquella vieja pregunta –aunque con matices nuevos– para la que cierto político español, un liberal, decía no tener respuesta. Este político no tenía respuesta, porque su ideario era liberal y para el liberalismo –que no debemos confundir con la democracia– no hay ni puede haber respuesta. Pero nuestro orador romano sí, la tenía. ¿Por qué el liberalismo no sabe ni puede responder a la cuestión? No tiene respuestas porque el liberalismo tiene entre sus fuentes el dogma rousseauniano de la bondad y de la infalibilidad de la voluntad general: lo que quiere la mayoría es necesariamente bueno y verdadero. Ciertamente, la mayoría ha cometido en los dos siglos que nos separan de Rousseau, los suficientes desaguisados como para que ni los más puros liberales crean ya en ese dogma. Pero siguen creyendo, si no en la bondad absoluta, al menos en la soberanía absoluta de la mayoría.

También nuestro filósofo romano creía en la democracia y en la mayoría. Pero sus maestros estoicos le descubrieron que el hombre –y por lo tanto también el pueblo– tiene un límite infranqueable, que si bien el pueblo es soberano, no lo es de modo absoluto, porque el hombre es, ciertamente, rector de sí mismo, pero antes que eso es un ser regido. No es el hombre, como quería el viejo Protágoras, la medida de todas las cosas. Es un ser libre, modelador de su destino, pero su libertad está gobernada por las exigencias objetivas de su propio ser. No es el hombre el criterio del bien y del mal, no es el pueblo el criterio de lo justo y de lo injusto; tal criterio es la ley natural.

Cicerón –que éste es nuestro romano– escribió, con la simplicidad propia de su estilo –de hace más de veinte siglos– una hermosa página al respecto, que conviene reproducir: Es absurdo pensar que sea justo todo lo determinado por las costumbres y las leyes de los pueblos. ¿Acaso también si son leyes de tiranos? Si los Treinta Tiranos de Atenas hubieran querido imponer sus leyes, o si todos los atenienses estuvieran a gusto con las leyes tiránicas ¿iban por eso a ser justas esas leyes? Creo que no serían más justas que aquella otra que dio nuestro interrey de que el dictador pudiera matar impunemente al ciudadano que quisiera, incluso sin formarle proceso. Hay un único derecho que mantiene unida la comunidad de todos los hombres, y está constituido por una sola ley, la cual ley es el criterio justo que impera o prohibe: el que la ignora, esté escrita o no, es injusto (…). Que si los derechos se fundaran en la voluntad de los pueblos, las decisiones de los príncipes y las sentencias de los jueces, sería justo el robo, justa la falsificación, justa la suplantación de testamentos, siempre que tuvieran a su favor los votos o los plácemes de una masa popular (…). Y es que para distinguir la ley buena de la mala no tenemos más norma que la de la naturaleza. No sólo lo justo y lo injusto, sino también todo lo que es honesto y lo torpe se discierne por la naturaleza. La naturaleza nos dio así un sentido común, que esbozó en nuestro espíritu, para que identifiquemos lo honesto con la virtud y lo torpe con el vicio. Pensar que eso depende de la opinión de cada uno y no de la naturaleza, es cosa de loco (De legibus, 1, 15-16.)

Claro que hoy se ha oscurecido tanto el concepto de ley natural, que no es posible tratar de la cuestión planteada sin dar un largo rodeo. Ruego al oyente que me acompañe en esta aparente divagación con su atención y cortesía; aunque el rodeo sea largo, la respuesta llegará.

1. La ley natural

Los fundadores de la ciencia jurídica europea –los llamados glosadores– fueron hombres en muchos aspectos geniales. Y por eso supieron escribir frases tan cortas y, a la vez, tan llenas de sentido, que la posteridad no ha podido menos que gastar bastante ingenio en meditarlas e interpretar su rico contenido. Y hay una de esas glosas que revela –contra lo escrito por algunos autores, que me atrevería a calificar de poco entendedores del alma de los medievales– un profundo conocimiento cristiano de la ley natural. Junto a los textos romanos –paganos– que nos hablan de la naturaleza como principio del ius naturale, la glosa en cuestión contiene una aclaración que vale por muchas páginas: natura, idest Deus. «La naturaleza, esto es Dios». No quería con esto nuestro glosador, ni situarse en una visión panteísta de resonancias más o menos estoicas, ni negar que la ley natural tenga como fundamento inmediato la naturaleza humana. Su intención fue glosar un texto pagano con la luz que la revelación cristiana proyecta sobre la ley natural. Ley natural, sí, fundada en la naturaleza humana, pero en una naturaleza humana que es creatura, obra de un Dios personal, que a través de ella manifiesta su Sabiduría y sus planes amorosos de felicidad y de bien para el hombre. La ley natural, penetrando en su fundamento último, nos aparece como razón y voluntad – ley– de Dios, fruto del poder, de la sabiduría y del amor divinos.

Porque la ley natural es inclinación grabada en la naturaleza del hombre procede de la acción creadora de Dios. No es la ley natural una superestructura impuesta al hombre, individual y socialmente considerado, unos mandatos, sin duda justos y buenos, pero, en definitiva, extrínsecos a su ser. La ley natural es ley constitutiva del hombre, una dimensión de su ser en relación a su desarrollo existencial.

La ley natural enlaza con el poder creador divino, porque es una ley inherente al ser del hombre y de la sociedad. Es éste –ley del ser– un matiz que importa resaltar, porque sin él deja de tener sentido hablar de ley natural.

El desarrollo existencial de la persona humana no es, primariamente, un simple sucederse de hechos, un mero acontecer. Reducir el desarrollo existencial del hombre al mero acontecer, es uno de los más brutales vaciamientos de la vida humana, porque equivale a despojarla de su sentido. Entonces sí que sería verdad que detrás del acontecer humano, detrás de la vida del hombre, no hay más que la nada. La existencia humana sin un sentido propio del ser mismo del hombre, no tiene bajo sí ni ante sí más que el no absoluto, en otras palabras, el vacío total. Decir, como escribía Ortega y Gasset –reflejando una tesis común a las diversas corrientes existencialistas–, que el hombre no es naturaleza –y naturaleza ordenada a unos fines– sino historia, no tiene otra consecuencia lógica que la vida sin sentido. Y esto lo ha visto con gran claridad Sartre. Cualquier fin que –de ser cierta tal tesis– quisiera el hombre ponerse como sentido de su existencia, sería pura artificialidad –por ser creación del hombre, sin base ontológica–, que al final no resultaría ser más que una máscara de cartón, o un ensueño vacío, sin otra realidad que el despertar en la frustracíón, como producto de la alienación más completa.

No es pura casualidad, ni sólo producto de la sofisticada artificiosidad de tantos aspectos de nuestra civilización, que la causa principal de alteraciones psicológicas sea hoy la frustración existencial, como ha puesto de relieve, más de una ocasión, el insigne psiquiatra austriaco Viktor Frankl (Vide, p. e., V. E. Frankl, Aggression und existentielle Frustration, en «Persona y Derecho» III (1976), Págs. 265 ss.) He aquí que una civilización que ha pretendido poner en primer plano la existencia, ha recogido la cosecha de la frustración existencial más profunda. Y es que ha cometido el más grave error en el que podía haber incurrido: olvidar que la existencia presupone la esencia. Vaciar la existencia de esencia, de naturaleza y de ley natural, es vaciar la misma existencia.

El orden moral –cuya expresión y principio rector es la ley natural– no puede entenderse, pues, como un orden extrínseco al hombre, porque es la dimensión orden del hombre como persona; en palabras de Del Portillo (A. DEL PORTILLO, Moral y Derecho, en «Persona y Derecho», I (1974), pág. 494), es el conjunto de exigencias que derivan de la estructura óntica del hombre en cuanto es un ser personal. Del mismo modo, el Derecho, natural representa la regla fundamental de la sociedad en cuanto humana. Es ahí donde, del modo más radical y profundo se entabla, en cada hombre y en cada sociedad, el famoso dilema hamletiano: ser o no ser.

Quizás algún oyente piense que me estoy yendo por las ramas. Tienen razón, aunque creo que más bien me he estado yendo por las raíces. En todo caso, ha sido una divagación calculada, porque esta es la idea que deseo poner sobre todo de relieve: que la ley natural es orden del ser del hombre y de la sociedad, el camino recto de nuestra perfección personal y social. Seguir o no seguir la ley natural, en nuestra vida personal y en la vida social, representa un radical ser o no ser, perfeccionarse o degradarse.

2. Democracia y ley natural

Después de todo cuanto llevo dicho, es muy posible que ustedes piensen que soy partidario de la ley natural, y quizás me encuentre en el riesgo de que me ocurra algo semejante a lo sucedido al predicador de la conocida y vieja anécdota –no la voy a repetir porque es muy conocida- uno de cuyos oyentes, a la pregunta de un curioso sobre qué había dicho sobre el pecado, resumió su sermón con la frase: Pues que no es partidario. Probablemente estoy en el peligro de que, al menos mentalmente, pueda alguien resumir cuanto he dicho hasta ahora sobre la ley natural con la frase contraria: Es partidario. Pues no, una de las cosas que me interesa dejar bien claro es que yo no soy partidario de la ley natural. Y por si acaso la conjunción negativa no ha quedado clara, quiero volver a repetirlo: no soy partidario de la ley natural. Es más, entiendo que nadie puede ser partidario de la ley natural.

Y me parece tanto más importante que esto quede claro, porque uno de los rasgos más acusados de la llamada mentalidad moderna es reducir el ámbito de los valores y los bienes supremos del, hombre a cuestión de partidismo. Se trata en definitiva, del relativismo, de la actitud que reduce –en el ámbito indicado– la verdad a una opinión, la certeza a un parecer, los valores objetivos a valores subjetivos. En esta línea de pensamiento sí que hay partidarios, si no propiamente de la ley natural, sí del Derecho natural: Stammler, Kaufmann o Maihoffer, pueden citarse como representantes de esta dirección.

Confío en que hayan adivinado el sentido de mi negativa a ser incluido entre los partidarios de la ley natural. No soy partidario de la ley natural, porque ésta pertenece al campo de la verdad y no de la opinión; de la ciencia, no de la opción; de la objetividad, no de la subjetividad. No es cuestión de partidismo, sino de certeza, de estudio y de conocimiento. La ley natural está fuera de todo partidismo; se puede seguir o rechazar, se puede afirmar –se debe diría yo– o se puede negar, pero no es de suyo objeto de opiniones ni de banderías. Yo tengo la certeza –por razón natural y por revelación divina– de que existe la ley natural. Sé, pues, que existe, no opino que existe, estoy cierto de ello. Y porque no opino, no soy partidario, que es adjetivo de opinión.

Punto éste que enlaza directamente con el tema planteado al principio. Ni la ley natural en bloque ni sus contenidos concretos son objeto de votos. A nadie se le ocurre poner a votación cuánto son dos y dos; o si no queremos aludir a cosas evidentes podemos acudir a la teoría de la relatividad, a la geometría euclidiana o a la física cuántica.

Las verdades objetivas no son producto de convenciones mayoritarias sino de estudio y de conocimiento de la realidad. ¿No es ridículo pensar que una verdad filosófica o científica pueda obtenerse por pactos o convenios? No muchos años antes de Jesucristo, cierto procónsul romano intentó algo parecido y vean cómo lo narra Cicerón en su diálogo sobre las leyes: Porque recuerdo haber oído contar a mi admirado Fedro, en Atenas, que tu amigo Gelio, al venir como procónsul a Grecia, después de haber sido pretor, conoció en una reunión a todos los filósofos que había entonces en Atenas, y que, con mucha insistencia, les propuso la idea de acabar de una vez con sus controversias: que si no estaban dispuestos a malgastar toda su vida en disputas, podría llegarse a un consenso, y que él les prometía su ayuda, por si era posible llegar a algún acuerdo. Eso sí que fue cosa de risa, Pomponio, y de la que siempre se burló todo el mundo (De legibus, 1, 20.)

El Derecho natural representa la objetividad de una regla de conducta y de una exigencia de justicia, que es inherente a la persona humana. No es objeto de opinión o de opción –repito– sino de conocimiento y de estudio; no es elección, sino verdad. Viene aquí como anillo al dedo un consejo de la Sagrada Escritura: No sigas la muchedumbre para obrar mal, ni en el juicio te acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad (Ex 23, 2.)

Los congresos científicos están llenos de discusiones, pero hasta ahora, que yo sepa, nunca se ha sometido a votación una teoría científica o el resultado de una investigación para determinar su verdad o su falsedad.

La ley natural pertenece al orden del ser, decíamos al principio; pertenece, pues, al orden de las realidades objetivas, de la ciencia. En otras palabras, la ley natural no es objeto de votaciones. La democracia es una forma de gobierno buena –sin duda la mejor y más deseable en nuestro contexto cultural– fundada, al igual que otras formas lícitas, en la ley natural. Es esta ley la que posibilita la democracia, porque la democracia se basa en la naturaleza del hombre y de la sociedad. Porque la democracia se funda en la ley natural, cuando de ella se separa, se corrompe y se transforma en esa corruptela que es la demagogia.

Una ley democráticamente establecida, si es contraria a la ley natural, es una injusticia y una tiranía (en realidad, no es democracia sino demagogia). Cuando hablamos de totalitarismos, de opresiones, de abusos de poder o de tiranía, tenemos una especial tendencia a imaginarnos a una persona o grupo minoritario de personas que impone la fuerza, la violencia –la injusticia en otras palabras– a la gran masa de la población. Y olvidamos que todo ello puede ser ejercido igualmente por un Parlamento o por una mayoría.

Negar esto, conceder a la democracia el carisma creador de la justicia y de la moral, es trastocar los términos del problema y manipular el término democracia, dándole un sentido que no es el propio.

Democracia es, propiamente, nombre de forma de gobierno. Forma, no contenido. Se refiere a la forma de acceder los gobernantes al poder, a la forma de dictar las leyes, a la forma de controlar el ejercicio del poder. Pero la forma no altera el contenido. Cuando afirmamos que las leyes positivas deben ser conformes a la ley natural aludimos a su contenido, y ello es válido, tanto para la ley dictada por un gobernante, como para la aprobada por un Parlamento o la establecida por referéndum o plebiscito. A todas las leyes, cualquiera que sea la forma de su establecimiento, es aplicable que deben ser justas. No sólo el gobernante puede ser injusto, también lo puede ser el pueblo en su conjunto.

La democracia, no menos que el gobierno personal, está sometida a la ley impresa en la naturaleza. He ahí el radical sinsentido de someter a votación normas o principios de Derecho natural. El divorcio democrático, el aborto democrático o una no menos democrática discriminación racial, serán democráticos, pero no dejarán de ser sinrazones, asesinatos e injusticias, y más que democráticos habrá que llamarlos demagógicos.

Hablaba antes de una manipulación de la palabra democracia; y, en efecto, cuando de la forma se pasa al contenido –como es tantas veces habitual en nuestros días– hay en realidad un enmascaramiento del fondo de la cuestión. Porque se llama democracia a otra cosa distinta: al relativismo y al antropocentrismo; al indiferentismo y al liberalismo; al sociologismo y al permisivismo. No entro en problemas políticos concretos, que no son de mi incumbencia en estos momentos. Sí debo entrar, y lo estoy haciendo, en temas de filosofía jurídica y política. También la democracia está sometida a la ley natural; la forma democrática de gobierno está para el amplísimo campo del legítimo pluralismo de la sociedad; para el ancho espacio de las legítimas opciones y opiniones, donde no hay dogmas. Pero no está para aquellas cosas que no son objeto de opinión ni de opción.

3. Democracia y libertad de enseñanza

No se me ocultan los graves problemas que la aplicación de este principio presenta de hecho a la democracia en cualquier sociedad. ¿Cómo garantizar el respeto de la ley natural si la ordenación de la sociedad depende, en último término, de las decisiones del pueblo? ¿Cómo limitar de hecho la soberanía de la voluntad popular, si es esa voluntad la que ha de establecer dichos límites? El problema planteado –no se les oculta a ustedes.– es de importancia decisiva. De no garantizarse el respeto a la ley natural, la democracia contendrá en sí el germen de su propia destrucción, de su inexorable conversión en demagogia –es decir, en forma de gobierno que lesione, por su dinámica, al bien común–, mientras el contexto social no tenga como base irrenunciable la ley natural.

Ya decía antes que la ley natural, por ser ley objetiva del ser humano, no es quebrantada sin que el hombre y la sociedad se degraden. Por eso, una democracia, en una sociedad que no respete los valores objetivos, será cauce, no de gobierno sino de desgobierno, no de desarrollo social sino de corrupción de la sociedad, no de la libertad sino del permisivismo, no del progreso sino del regreso a formas salvajes de vida. Más que democracia, será demagogia.

Sustituir la ley natural por los dictados de la mayoría y, por tanto, extender la democracia al sistema de reglas y valores fundamentales que han de regir la vida social en cuanto organizada en Estado, deja a la democracia desamparada frente a las fuerzas disolventes de la sociedad y de ella misma. Pero, sobre todo, deja a la democracia sin su última y más básica fundamentación.

Si –como pretende el liberalismo de rancio abolengo– todo se funda en la prevalencia de los votos, ¿en qué se fundamenta la democracia? La respuesta es tan obvia como inquietante: se funda en ella misma. Y digo que es inquietante, porque esto significa que carece de fundamento fuera de la pura voluntad del pueblo, a la que habría que calificar de arbitraria por cuanto carecería de un fundamento ulterior. Y a la voluntad arbitraria del hombre en política se la llama tiranía. De donde resultaría paradójicamente, que la democracia no sería otra cosa que la forma menos desagradable de tiranía. Afortunadamente la democracia no es eso; lejos de ser la forma menos mala de tiranía, de suyo es –o al menos puede ser– una excelente forma de gobierno.

Para los grandes clásicos de la filosofía política anteriores al liberalismo, la democracia tiene su fundamento sólido y claro: el Derecho natural, sobre el que se asienta la voluntad del pueblo de constituirse en democracia en lugar de otras formas, en sí mismas igualmente posibles; en versión de la teología, diríamos que todo poder, de modo último y radical, tiene su origen en Dios. Esto significa que, tanto desde el punto de vista filosófico, como desde el teológico, hay una clara distinción entre uso y abuso del poder, entre poder legítimo y tiranía. Y, al propio tiempo, que el Derecho natural es fundamento de la democracia –no como forma de gobierno necesaria, pero sí como forma posible– y en consecuencia anterior a ella e intangible por ella. El liberalismo originario, por el contrario, al quitar a la democracia su fundamento trascendente, desdibuja los límites entre legitimidad y tiranía y desguarnece a la democracia frente al riesgo de una desnaturalizada libertad.

¿Qué solución hay, entonces, para sacar a la democracia de esta situación crítica en la que se encuentra? No hay, digámoslo ante todo, una solución política; pretender buscarla sería querer encontrar esa especie de cuadratura del círculo que los antiguos expresaban con el dicho: ¿Quis custodiet custodes «¿Quién guardará a los guardianes?» Pero, además, cualquier intento de solución política sería contradictorio con la misma democracia, pues tal solución consistiría en la instauración de una especie de democracia limitada, esto es, mediante la sustracción a la decisión popular del campo de valores que se considera intangible. Ni de hecho ni teóricamente esta solución parece posible. No sólo el contexto social no admitiría tal solución, sino que tampoco eso sería verdadera democracia. Tanto en el campo personal como en el terreno político, la libertad humana comporta que se corra el riesgo de la libertad; es el hombre y la sociedad quienes deben asumir, en el acto más íntimo y más propiamente humano, los valores éticos, morales, y la ley natural. Y la democracia es una forma de gobierno –legítima– que otorga al cuerpo social entero el ejercicio de esa asumpción. Quien no quiera correr el riesgo de la libertad o entienda que los tiempos no están para correrlo, que no aspire a la democracia. La democracia limitada, no es, a mi juicio, una verdadera democracia.

No habiendo –no pudiendo haber– una solución política al problema planteado, hay, sin embargo, una solución, postulada por lo que es y representa la democracia: una solución social, que ustedes sin duda habrán adivinado: el pueblo debidamente educado, la cultura y, como transmisión de ella, la enseñanza. Dicho en breves palabras, la única solución es la educación de la sociedad en el bien y en los valores.

Claro que para que esto sea posible, la clave reside en que la enseñanza esté en manos de la sociedad y no del Estado, lo que equivale a decir, con otras palabras, que la clave está en la libertad de enseñanza.

La libertad de enseñanza, como derecho natural que es, debe ser respetada en cualquier forma legítima de gobierno, pero en un régimen democrático adquiere una importancia suprema por la misma concepción de la democracia.

Examinemos, como segunda parte de esta exposición, el tema que acabo de enunciar, refiriéndolo, claro está, a la democracia moderna.

Aunque parezca innecesario por obvio, no es inoportuno comenzar recordando cuál es la idea central que configura la democracia moderna: volver una y otra vez a los principios fundamentales es –en definitiva– la sana y prudente regla del buen gobierno que recogió la Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia. La democracia en sentido actual –el que aparece en el siglo XVIII– es, ciertamente, una forma de gobierno en la que el pueblo designa a sus gobernantes; pero es también –y principalmente– un régimen de libertad. Sin libertades personales y, de modo fundamental, sin la libertad de ser persona –en el sentido propio de esta palabra– no hay democracia, aunque haya votaciones. Sólo por votar no se es persona, ni las elecciones son la democracia; ambas cosas son instrumentos para la libertad y para la democracia, mas no son la democracia ni la libertad.

Un pueblo manipulado, unos ciudadanos masificados, por mucho que participen en asambleas y votaciones no forman un pueblo libre, ni son ciudadanos que vivan en libertad. Son marionetas del grupo manipulador, que convierte el régimen político en una dictadura oligárquica, aunque tenga la máscara de una democracia.

Por eso es regla elemental de una verdadera democracia el respeto a la libertad de pensamiento filosófico, científico y cultural y, con ella, la libertad de comunicación, de palabra. No sin razón, las Naciones Unidas acogieron como piezas clave de la Declaración de Derechos Humanos las cuatro libertades con cuyo enunciado Roosevelt resumió el ideario de los aliados en su lucha contra el totalitarismo: la libertad de palabra y de expresión, la libertad religiosa, la libertad de vivir sin miedo y la libertad de vivir a cubierto de la necesidad. Alguna de estas libertades, es cierto, pueden ser entendidas de modo incorrecto como lo ha hecho la filosofía liberal. Pero tienen también un modo correcto de entenderse y aplicarse.

He aquí un principio fundamental: no hay sociedad libre si la cultura y su transmisión están en manos del poder. Si el Estado se convierte en el sujeto de la cultura y en sus manos está el medio de su transmisión, que es la enseñanza, no es posible el hombre libre. Para construir una sociedad verdaderamente libre es indispensable que la ciencia y la cultura estén en manos de la propia sociedad. Esto es lo que, en su radicalidad, quieren decir las libertades sobre el pensamiento filosófico, científico y cultural, la libertad de las conciencias y la libertad religiosa. Los sistemas culturales, la ciencia, la decisión de vivir según conciencia, el culto, a Dios pertenecen a la persona, no al Estado, porque son aspectos de un derecho que está en la raíz de todos ellos: el derecho a ser persona.

Que tales libertades las tiene como propias la persona humana, lo muestra el hecho fundamental de que el Estado no es el sujeto de la cultura –del pensamiento–, de la conciencia moral, ni del acto radical de adhesión del hombre a Dios. Es el hombre, personalmente, su sujeto: quien piensa, quien tiene conciencia, quien primeramente está relacionado con Dios. Del hombre vienen y al hombre van. De la cultura, de la moralidad, de la religión el Estado no es agente, sino receptor. El Estado es también auxiliador, pero ayudando a la libertad, no sustituyéndola. De lo contrario, los términos se invierten: el Estado es agente y el hombre es receptor; entonces la libertad ha sido segada de raíz y la personalidad del hombre se esfuma.

Las libertades de pensamiento filosófico y científico, de las conciencias y religiosa, la libertad cultural en una palabra, tampoco son –políticamente hablando– libertades residuales. Se las concibe como libertades residuales cuando se entienden como meras ausencias de coacción, en cuya virtud el Estado no coaccionaría a quienes no siguiesen la cultura y las concepciones ofrecidas desde las estructuras oficiales. Esto no es libertad, sino simple tolerancia.

Para una sociedad libre es necesario que la cultura y su transmisión estén en posesión de la sociedad y no del Estado. En el caso de las libertades a que nos referimos, derecho o libertad significa que el sujeto de esos bienes –y por consiguiente de su transmisión– no es el Estado, sino la persona. Significa que el sistema de ideas, de cultura, de ciencia y de moralidad pertenecen a la persona y a su libre desarrollo. No hay peor encadenamiento de la persona y de la sociedad que el dirigismo cultural, o sea atribuir al Estado la función de dirigir la cultura y su transmisión.

La ilación entre las libertades nucleares enunciadas y la libertad de enseñanza es clara. Enseñar y educar no es otra cosa que transmitir el sistema de ideas, de cultura, de ciencia, de moralidad y de religión. Por consiguiente, las libertades de cultura, de las conciencias y religiosa quedan gravemente cercenadas –y reducidas a la triste condición de libertades residuales– sin verdadera libertad de enseñanza, lo que quiere decir que la enseñanza debe estar en manos de la sociedad, o sea, de los ciudadanos. Conclusión evidente: si el sujeto y agente de la cultura, de la moralidad y de la religión es el hombre y no el Estado, el sujeto y agente de la enseñanza es la persona, no el Estado. La transformación del Estado en sujeto y agente de la enseñanza, tanto cercenará la libertad cuanto suponga hacerse sujeto y agente primero y principal de la cultura.

La libertad de enseñanza no es, pues, un tema más o menos importante, sino un punto capital de la construcción y organización de una sociedad libre y de la estructuración política de una democracia en sentido moderno, es decir, de un régimen democrático de la libertad.

Y advierto, para evitar equívocos, que esto no significa el desarme ideológico del Estado, punto importante en el que no puedo detenerme ahora; significa sencillamente que las ideas no van del Estado a la sociedad, sino de la sociedad al Estado. Y a eso se le llama sociedad libre.

Hay quienes piensan que la democracia postula un Estado neutro, idea, no por vieja menos peregrina, que falsifica la democracia, porque contradice la esencia misma de la democracia. Estado neutro en efecto, o equivale a Estado vacío de cultura y de moral, o equivale –y es lo que más frecuentemente ocurre– a Estado relativista y agnóstico, esto es, confesionalmente laico. Si de lo primero se trata, quiere decir que se ha roto una pieza básica del sistema democrático: el paso de las opciones y corrientes sociales a las estructuras de gobierno. Lo que caracteriza la democracia es que las instancias ideológicas se generan en el pueblo y de ahí moldean las instituciones públicas, el gobierno y el Estado. Un Estado democrático no puede ser un Estado vacío –neutro–, salvo cuando de una sociedad vacía de ideas se tratase. Sólo rompiendo los cauces de trasvase de las instancias ideológicas –de las concepciones filosóficas, culturales, éticas– entre sociedad y Estado, puede éste quedare vacío; pero esta ruptura equivale a romper un factor básico de la democracia.

A su vez, un Estado neutro, en el sentido de laico –aparte de no ser neutro sino confesional, de confesionalidad laica– sólo tiene sentido en una democracia si el pueblo es, en su mayoría políticamente decisoria, laico. Pero en una sociedad minoritariamente laica o no socialmente laica, es claro que el Estado sólo será laico por una vía no democrática, pues es evidente que, en tal supuesto, no hay correlación ideológica entre Estado y sociedad, que es lo esencial de la democracia; luego la laicidad habrá debido de imponerse por una vía no democrática (oligárquica; v. gr., una oligarquía intelectual). La pieza de la neutralidad del Estado –en el sentido de laicismo– entendida como rasgo impuesto a su constitución es una pieza limitadora de la democracia, por cuanto rompe la ósmosis ideológica que debe existir entre sociedad y Estado. Lo democrático es que el Estado sea reflejo de la sociedad. Si la sociedad no es laicista, ¿cómo en una democracia el Estado puede serlo?

La verdadera estructura democrática rechaza la neutralidad laicista del Estado; éste no debe estar constituido –cuando tiene la forma democrática–, ni en neutral-laico ni bajo cualquier otra forma de confesionalidad cultural, moral o religiosa que impida la correlación Estado-Sociedad. Lo que pide la democracia es el Estado posibilitador de la libertad y el Estado abierto a la realidad social. Y esto es tanto más necesario en una sociedad plural, donde cabe que accedan al poder distintos grupos ideológicos. Hay quien piensa que la pluralidad social significa un Estado conformado de acuerdo con una especie de sincretismo medio. Pero esto no es lo democrático, pues la democracia es una forma de organización del Estado en la que la sociedad se desarrolle libre y plenamente; por ello lo democrático es que su organización permita el acceso al poder de las corrientes mayoritarias, las cuales desarrollen su programa de gobierno tanto más plenamente cuanto más mayoritarias sean, siempre respetando la libertad de las minorías. Si algo pide la democracia es la autenticidad del gobierno –es el pueblo el que se manifiesta auténticamente a través del gobierno libremente elegido–, siendo esto imposible si éste se viese obligado por una pieza constitucional sincretizadora a sustituir su ideario por un gelatinoso sincretismo.

Tres son, pues, las piezas fundamentales de la democracia: a) el Estado abierto; b) la posibilidad de acceso al poder de distintas opciones y corrientes; c) la libertad de mayorías y minorías. Y todo ello postula lo antes dicho: que las ideas no vayan –primariamente– del Estado a la sociedad, sino de la sociedad al Estado. De ahí la importancia capital de las libertades en el pensamiento, de las conciencias y religiosa. Son una exigencia de autenticidad democrática. Y como corolario, la importancia capital de la libertad de enseñanza; es también exigencia de autenticidad democrática.

Sin libertad de enseñanza no hay libertad de pensamiento y de conciencia; hay, en cambio, dirigismo cultural, pretensión de imponer desde el Estado una determinada concepción del mundo, del hombre y de la sociedad. Sin libertad de enseñanza no hay verdadera democracia ni sociedad libre. En todo caso habrá votaciones y asambleas, pero no libertad.

La libertad de enseñanza –decía– está al servicio de la libertad de concepciones culturales y de las conciencias, es su corolario necesario. Por lo tanto, carece de sentido, o más bien constituye un atentado frontal a esas libertades, no garantizar y sobre todo imponer una regulación de la iniciativa ciudadana que yugule, dificulte o haga muy difícil el mantenimiento de las convicciones filosóficas, morales y religiosas que constituyen el ideario de la escuela y lo que, frecuentemente, ha motivado su creación. En tales supuestos, no hay respeto a la libertad de enseñanza. como no lo hay a las libertades de pensamiento y de conciencia. Quienes crean un centro de enseñanza han de tener en sus manos los resortes de su dirección.

Nada de lo dicho debe interpretarse en el sentido de que el Estado deba desentenderse de la enseñanza y de la educación. Conlleva, sin embargo, que el Estado asuma su propio papel sin invadir el de la sociedad. Y este papel del Estado es el mismo que el que tiene respecto de las demás libertades: el Estado debe reconocer, garantizar y regular el ejercicio de la libertad de enseñanza.

Ante todo, reconocerla, y esto se hace, como paso imprescindible, asumiéndola como base de toda la legislación educativa y como principio fundamental del gobierno en materia de enseñanza. Ciertamente el Estado puede, y debe, asumir metas y objetivos concretos en el campo de la enseñanza, sin limitarse sólo a reconocer la libertad: puede ordenar esta materia, puede –y debe– ponerla al alcance de todos, pero todo ello ha de hacerse en función y en servicio de la libertad de enseñanza.

En segundo lugar, garantizándola, o dicho de otro modo, posibilitando su ejercicio. Y es aquí donde entra, en las circunstancias actuales, la necesaria ayuda del Estado a los ciudadanos, lo cual supone no limitarse a reconocer la libertad de enseñanza como una libertad meramente formal, sino sobre todo, como una libertad real.

4. La iniciativa privada

Es en este punto donde quisiera hacer unas pocas observaciones para precisar, con brevedad pero con la necesaria claridad, mi pensamiento.

Tengo la impresión de que el pensamiento político actual se ha encerrado –en su concepción del Estado y de sus funciones– en una vía muerta y que la práctica política, de consuno con la filosofía social, está dando muestras de una notable falta de imaginación y de inventiva. Me parece que ambos, pese a los deseos de modernizar sus concepciones y sus opciones, son epígonos de una dialéctica histórica, inaugurada en el siglo XVIII y hoy estéril y caduca: o individualismo o colectivismo. O iniciativa privada o iniciativa estatal.

El individualismo –por otro nombre el liberalismo orginario– contempla la sociedad como la coexistencia más o menos pacífica de ámbitos individuales que buscan su propio interés. En palabras de los filósofos liberales de mayor renombre, ámbitos individuales que buscan su propia felicidad. Se escinde así la actividad humana en dos grandes esferas de intereses, cuyos titulares son distintos: el interés personal o ámbito privado, cuyo titular y responsable es la persona; y el interés general o ámbito público, cuyo único titular y responsable sería el Estado. Desde esta perspectiva, la iniciativa privada es vista como una actividad directamente ordenada al bien particular, teñida de egocentrismo, aunque, al menos en ciertos aspectos, se trate de un egocentrismo noble, necesario y bueno. ¿Quién negará nobleza y bondad al afán del padre de familia por sacar adelante a sus hijos? Claro que, en ocasiones, se tratará de ese egoísmo que convierte al hombre en lobo para el hombre, o al menos en el hombre que se niega a ser guardián de su hermano.

Es bien sabido, además, que, para estos modos de entender la sociedad como coexistencia de individualismos, el Estado queda reducido a la flaca condición del Estado-guardián o Estado-gendarme; si acaso, se admitirá un proteccionismo defensivo de los particulares, que en nada palia la radical insolidaridad con que es entendida –con una visión deformadora– la iniciativa privada.

La alternativa colectivista, que históricamente nació casi simultáneamente con la que acabamos de exponer, bajo el nombre de socialismo, parte de la misma escisión entre el interés personal o ámbito privado y el interés general o ámbito público. Llega, en cambio, a la solución opuesta. Pues la acción del individuo es insolidaria –vienen a decir– el ámbito público, cuyo titular y responsable es el Estado, debe absorber totalmente al individuo, reducido a ser una mera parte del todo social. Uno de los primeros colectivistas, Morelly, anterior incluso a los que Marx llamó socialistas, utópicos, escribía en 1755 que el interés partícular y, en consecuencia, la propiedad privada eran una peste universal, fuentes de todos los vicios y de todos los males. Según su proyecto, que él presentaba como ley fundamental y sagrada de la naturaleza, todo ciudadano debía ser hombre público, sostenido, mantenido y ocupado a expensas del Estado. Para el colectivismo, el Estado es un Estado absorbente.

Individualismo o colectivismo, Estado-gendarme o Estado-absorbente: he aquí una dialéctica en la que la gran víctima es la libre acción ciudadana en beneficio del interés general o bien común. Incomprendida y adulterada en la visión individualista; incomprendida y suprimida en la concepción colectivista.

El encerramiento en esta dialéctica es aquella falta de imaginación política a la que antes me he referido. A mi parecer, lo que postula nuestro tiempo es una nueva concepción de las funciones del Estado y una purificación de aquella iniciativa privada que lo necesite.

Lo que reclama nuestra época es, por una parte, una iniciativa y una acción ciudadanas solidarias y socialmente responsables; y, por otra, el Estado posibilitador, en cuanto haga falta, de esa iniciativa y de esa acción, mediante la ayuda y el aporte de los bienes necesarios. Esta es, entiendo, la clave para construir una sociedad libre.

No es infrecuente que las palabras que expresan grandes principios, a fuerza de ser manipuladas o utilizadas con visión estrecha, terminen por ser entendidas de modo incorrecto o vaciadas parcialmente de su significación plena; y no podemos negar que algo de esto ha ocurrido con la expresión iniciativa privada. Son muchos los que la entienden hoy como perteneciente al mundo de las actividades mercantiles y económicas o poco más. Y sin embargo, la iniciativa privada abarca casi todos los campos de la actividad humana y constituye uno de los principios basilares de la recta organización de la sociedad.

Urge, en consecuencia, devolver a la iniciativa privada todo su sentido, para que, mejor conocida, sea más respetada. Si quisiera en pocas palabras mostrar el inmenso panorama que encierra y sus potencialidades, la definiría como el conjunto de actividades en orden al bien común de la sociedad, que nacen de las energías de las personas y son sostenidas por las personas.

Vista desde esta óptica –y sin caer en excesos panegíricos, que serían tan injustos como perniciosos–, fácilmente se comprende que la iniciativa privada ha sido el gran motor del progreso de la sociedad. Las ciencias, las artes, el comercio, la industria, la cultura, las Universidades y tantas cosas más han nacido de la iniciativa privada y de ella han recibido durante siglos la savia fecundante y la protección necesaria. Este Colegio Mayor que hoy nos acoge tan gentilmente es un testimonio incontestable de lo que acabo de decir.

La iniciativa privada no es el resultado de una circunstancia histórica más o menos feliz, sino energía y actividad que nace de la ley natural. El principio de subsidiariedad, defendido reiteradamente por el Magisterio de la Iglesia y hoy aceptado incluso por ciertas corrientes del socialismo liberal, no es otra cosa que la enseñanza y la defensa de que la ley natural es el origen de la iniciativa privada y, por ello, su respeto es uno de los principios básicos de la recta organización de la sociedad. Pero si esto es así, no podemos entenderla más que como el resultado de la captación de la ley natural, que es orden querido por Dios y, en consecuencia, como resultado de una recta conciencia ciudadana. Ciudadana, porque su finalidad es el bien común; recta conciencia, porque ha de ser resultado de la preocupación, no por el bien privado y personal, sino por el bien de los demás. En otras palabras, ha de ser el resultado del amor a todos los hombres y de la decisión de afrontar -con todos los riesgos y sacrificios que ello comporta—, los problemas de la sociedad.

La recta conciencia ciudadana comporta salir de sí mismo, de los límites de la propia vida personal ” para proyectarse en la solución de los problemas sociales y en la promoción del bien común. Es ahí donde radica uno de los principales títulos de legitimidad -hay otros de la iniciativa privada, porque ser. buen ciudadano no consiste en limitarse a cumplir las leyes o los deberes políticos cuando el Estado llama a cumplirlos. La buena ciudadanía es, sobre todo. la iniciativa, la positiva contribución con hechos al progreso de la sociedad y a la resolución de los problemas planteados. Es así como se abre esa amplia panorámica a que antes he hecho referencia: enseñanza, arte, cultura, industria, comercio, promoción humana, deporte, descanso, ciencia, etc.

Es tendencia enraizada distinguir -y la distinción es verdadera-, entre bien privado y bien común, a la vez que señalar a uno y otro como los campos respectivos de la iniciativa privada y de la acción estatal. Y en esto segundo es donde reside el fallo. La iniciativa privada no es sólo ni principalmente la acción al servicio del bien privado. Su nobleza y su carácter fundante del principio de subsidiariedad residen en su servicio al bien común, porque el bien común no es sólo fin del Estado, sino -y principalmente-, el fin de la sociedad, que por ley natural formamos todos. El bien común de la sociedad es nuestro bien; no hay problemas y dificultades, bienes o calamidades públicas que no nos afecten; la identidad de intereses con el resto de los hombres no permite que nos separe ninguna barrera.

Es más, el bien común es, como fin propio de la sociedad, el vínculo social básico que nos une; la sociedad es la unión de todos en esa tarea común. Se trata de comprender que, a nivel de nación o de comunidad internacional ocurre lo mismo que en las sociedades menores. Quienes se unen en una sociedad lo hacen para sacar adelante el bien común y la búsqueda del interés general. El titular del bien común y del interés general no es sólo el Estado, lo son principalmente los ciudadanos y lo es, por consiguiente, la acción ciudadana o iniciativa privada. La purificación de la iniciativa privada reside sobre todo en que sus protagonistas mejoren su visión con el colirio de la trascendentalidad de su misión: poner todas estas actividades al servicio del bien común de la sociedad. Cosa sencilla y prácticamente conseguida en las obras no lucrativas, en las que suelen llamarse obras sociales.

Mucho más difícil, casi tarea de titanes, es -como se comprende enseguida- hacer entender que las tareas lucrativas son y han de ser primariamente tareas al servicio del bien común y que el lucro obtenido no está sólo para el disfrute personal, sino también para el bien de la sociedad. En este punto confluyen dos aspectos de capital importancia. En primer lugar, que el egoísmo y el interés -que conduce tantas veces a la injusticia- es lo que da el golpe mortal a la iniciativa privada. En segundo término, y con ello nos elevamos a un plano superior, que la perfección de toda tarea humana -de acuerdo con la ley natural- reside en que sea realizada en servicio de los hombres, en que se ordene al progreso de la sociedad.

Responsabilidad social de la iniciativa privada y Estado garante y posibilitador de esa iniciativa son los dos aspectos complementarios para una sociedad auténticamente libre y solidaria. Libre, porque la primacía se atribuye al verdadero protagonista de la vida social, que es la persona, y a su autonomía. Solidaria, porque la acción ciudadana se ordena al bien común, que es el bien de todos.

5. Conclusión

Por eso decía antes que la libertad de enseñanza no puede quedarse en una libertad meramente formal. Su garantía por parte del Estado postula la necesaria ayuda, su conversión en libertad real. No entender esto, es encerrarse -lo repito una vez más-en una falta de imaginación política, cuando no constituye un ataque a la libertad de las conciencias y, en consecuencia, a la tarea de construir una sociedad en la libertad, en la justicia y en la solidaridad.

Por Javier Hervada, catedrático emérito de Derecho Natural de las Facultades de Derecho y Derecho Canónico de la Universidad de Navarra.

 

La laicidad, “religión de la esclavitud”

Escrito por José Ramón Recuero Astray

Pretendiendo imponernos a todos su visión parcial de la vida

 El ministro de Cultura don José Manuel Rodríguez Uribes ha publicado en el diario digital El Español, el día 11 de enero de 2021, una carta que ha remitido como secretario de laicidad de su partido con el título La laicidad, “religión de la libertad”. Dado lo controvertido del asunto, y que ha hecho público tal escrito destacando su posición como ministro de Cultura, tras agradecerle la claridad con que expone sus ideas yo quiero transmitirle también públicamente las mías. Son fruto de muchas lecturas, reflexiones, conversaciones y vivencias, y sobre todo de mi preocupación por mejorar nuestro querido país.

Usted, señor ministro, califica en el mismo título de su carta la laicidad como una religión, y hace bien, pues es eso, una religión, una y otra vez nos lo aseguran sus apologistas como Hume, Kant, Compte, Schopenhauer y, sobre todo, Rousseau: su famoso libro El contrato social termina con un capítulo titulado De la religión civil. Ahí está todo, desde una profesión de fe puramente civil hasta los dogmas del laicismo, esos dogmas que según él fija el soberano y que los revolucionarios franceses pretendieron imponer a todos mediante la guillotina. A continuación escribe usted que «la laicidad es, en efecto la “religión de la libertad”», de manera que, escribe también, «la política de laicidad es indispensable para la democracia» y el Estado Laico es el único que hace posible la libertad y la autonomía moral. Eso dice. Usted propugna públicamente una religión para el Estado. ¿Es esto constitucional a la vista del artículo 16.3 de nuestra Constitución, que establece que ninguna confesión tendrá carácter estatal? ¿Lo es a la vista de la reiterada jurisprudencia del Tribunal Constitucional sobre la neutralidad del Estado en materia religiosa y moral? Francamente, y lo digo con pena y todo respeto, nunca pensé que un ministro de nuestra España democrática se atreviese a defender y promover una política basada en una concreta religión, con la intención además de imponer esa fe civil a todos mediante las leyes. Su propuesta me trae a la memoria a Franco y al Fuero de los Españoles, que calificó una determinada religión, en este caso la católica, como oficial del Estado. La diferencia es que ahora hablamos de la suya y de un Estado confesionalmente laico, que pretende erigirse como tal bien por la vía de la mutación constitucional (una más), bien y simplemente mediante hechos consumados (otra vez).

Lo peor es que esta religión laica es intolerante además, tal como la diseñaron Morelly, Proudhon, Marx, Feuerbach y tantos otros, simplemente porque consideran que es la única religión verdadera. Esto Nietzsche lo dice a las claras cuando proclama que su nihilismo laico tiene valor de verdad. De esta suerte, desgracia para muchos, el laicismo cae precisamente en aquello que según usted, señor ministro, pretende sanar, eso que al inicio de su escrito llama «monismo de valores, pretensión de verdad única o superioridad moral». Y de esta forma el laicismo deviene en lo que usted mismo escribe: «fanatismo, dogmatismo y ausencia de libertad». Lamentablemente en muchos momentos de la historia los gobernantes han intentado imponer a todos su religión, la única verdadera para ellos, lo que tampoco imaginaba yo es que ahora eso lo hicieran los partidos políticos. Estos se han convertido en facciones que tras unas elecciones que son como las saturnales romanas (en las que los señores jugaban a servir a sus siervos), utilizan los votos que han obtenido como si fuesen de su propiedad. Y así el partido o la coalición de partidos que resulta dominante tras las intrigas, cesiones y trapicheos post- electorales ocupa todos los centros de poder, todos, sin división de poderes (salvo en cierto modo, de momento, la judicatura), se convierte en el soberano en cuyos despachos y no en el Parlamento se manda y se toman las decisiones, manejando a su antojo una voluntad popular que se identifica con la de sus dirigentes. Y la utilizan a discreción pretendiendo imponernos a todos su visión parcial de la vida, bien claro lo proclaman los dirigentes de los partidos, ejemplo palmario de ello es la carta del señor ministro de Cultura que estoy comentando, carta que sigue la hoja de ruta marcada por el Libro blanco de la laicidad de 2007. La verdad es algo muy serio, el Estado (o quienes lo manejan) no se identifican con ella, a pesar de lo que haya dicho Hegel.

¿Cuál es la visión de la vida que nos quieren imponer ahora? El ministro lo dice claramente cuando escribe que «el ser humano es el centro del mundo y está centrado en el mundo, un antropocentrismo que empieza a defenderse a partir de 1492 y que forma parte esencial de los fundamentos filosóficos de la laicidad». La verdad es que no entiendo la referencia a esa fecha tan señalada, no creo que el antropocentrismo tenga nada que ver con el descubrimiento, ni con Luis Vives, que nació en 1492 y amaba a Cristo más que a su propia persona. Dejando esto aparte, la cuestión que se nos propone es simple: creer que el hombre de carne y hueso es dios… nada menos. Eso significa exactamente la palabra «antropocentrismo». Hay que reconocer que el culto al hombre es muy antiguo, comenzó con nuestros primeros padres, a los que la serpiente engañó prometiéndoles que serían como dioses conocedores del bien y del mal; siguió con los sofistas y los epicúreos; creció con el culto a la humanidad de Comte; aumentó con el materialismo contemplativo de Feuerbach —que repetía una y otra vez: «el hombre es dios para el hombre»—, el materialismo dialéctico de Marx y Engels y el absoluto de Nietzsche; y llega a nuestros días en forma de antropoteismo, como pone de manifiesto uno de los libros más vendidos actualmente, me refiero a Homo Deus de Harari, un profesor de historia de Jerusalén. Es el nuevo credo. Absurdo. Las cosas no son así, señor ministro, ni usted, ni el lector, ni yo somos dios, no somos el ombligo del mundo, y eso por multitud de razones. El propio Harari reconoce que el homo sapiens ha perdido el control, es un dios autodestruido por los algoritmos y los ordenadores; y basta mirarnos a nosotros mismos, que con frecuencia lo embarullamos todo y somos una mezcla de racionalidad y necedad, Erasmo lo explica muy bien en su Elogio de la locura. Somos lo más noble y digno que hay en la tierra, pero no somos dios. Esto es un hecho empírico. Y si nos centramos en la política, que es lo que ahora nos interesa, eso que usted afirma ahora es muy, muy peligroso, todos hemos visto una y otra vez lo que ha traído endiosar al hombre (y con ello a la oligarquía dominante): tiranía y guerra. Desaparecidos de la escena pública un Dios transcendente y la ley natural, el hombre es un dios que hace lo que le da la gana, su única ley es su voluntad, Nietzsche lo explicó muy bien antes de pasar diez años en el manicomio. Y dado que, como es lógico, esta religión civil del laicismo se refleja en nuestra vida social y política, el resultado es claro: un hombre que ha dado la espalda a Dios asume por su cuenta el gobierno del mundo, y así el poder se convierte en el dios de tal mundo. Es decir, el Estado se convierte en un dios social, un Leviatán, un Estado-dios que, a imagen y semejanza del hombre-dios, también hace lo que le da la gana, su única guía es su voluntad, a la que eufemísticamente llama voluntad popular. Sin nada que limite al Estado, sin leyes naturales que observar, los que mandan tienen plenitud de potestad y mangonean todo lo nuestro, nuestras vidas, nuestras libertades y nuestros bienes. Lo cual es una faena pavorosa a la que Ortega llamó politicismo integral: prohibido todo aparte, nada de tener opiniones propias, nada de discrepar, estamos encerrados en la cárcel del pensamiento único y Leviatán (el Estado) nos ordena lo que debemos hacer, decir, y en ocasiones hasta pensar. Así funcionaron el socialismo científico de Stalin y el nacional socialismo de Hitler, quienes gobernaron a modo de dioses en la tierra, destrozando lo más humano en nombre de nuestra liberación. Y sobre esta misma base antropoteista ahora los partidarios del socialismo democrático quieren hacer ingeniería social con todos nosotros, «hacer pedagogía» dice el ministro en su escrito, y ello desde la más tierna infancia (véase la reciente reforma educativa), también supuestamente para liberarnos de mitos y supersticiones. Pero el hecho es que la estupenda (y supuesta) gran libertad individual que nos promete el laicismo, lleva necesariamente a una férrea (y real) sujeción social.

Yo amo profundamente la libertad, la suya, la mía y la de todos. Por eso me gusta pensar y decidir por mí mismo. Usted afirma en su carta, señor ministro, que lo que define a la laicidad es «el reconocimiento a todos los seres humanos de la capacidad de pensar (sapere aude) y de decidir por sí mismos, sin andaderas ni paternalismos injustificados»: por eso precisamente le ruego, por favor, le suplico, que no intente hacerme libre imponiéndome su idea de mi libertad. La libertad es lo más preciado e íntimo que tenemos, después de la vida, el don más sagrado que reside en lo más profundo de nosotros mismos, de nuestra alma. ¿Qué quiere, establecer un Ministerio de las Almas como en otro tiempo se implantó en Francia?

¡Por favor, no me libere!, déjeme como estoy. No me ponga andaderas ni sea paternalista, recuerde que para el ilustrado Kant (al que me encanta leer), el Kant que proclamó sapere aude, el Estado paternalista que trata a los ciudadanos como niños es el más despótico de todos ya que comunidad política no supone comunidad ética, nadie puede pretender hacerme feliz contra mi voluntad sin cometer una injusticia para conmigo. Eso dice Kant, y dice bien. Ciertamente usted dice en su papel que «la libertad no admite injerencias injustificadas del Estado», pero igualmente afirma que, dado que la laicidad es la única religión posible en democracia, sólo deben gobernar «unas leyes necesariamente civiles». Es decir, las suyas. En el Estado Laico ya no hay una moral que limite al poder cuando dicta sus leyes, ni siquiera una consensuada por ciudadanos libres e iguales. ¿No lo ve?, la imposición del relativismo es el caldo de cultivo del totalitarismo: si no hay un orden de exigencias morales al que apelar, el poder se auto-constituye como fuente de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto, me impone sus valores (en este caso laicos) aunque discrepen de los míos, lo hace utilizando un positivismo jurídico que es cementerio de la libertad. Esas leyes que usted y sus compañeros disparan a discreción basadas en un antropoteismo en el que yo no creo, limitan cada vez más y más mi libertad y la de muchos ciudadanos, olvidando que como señaló Montesquieu las leyes deben adaptarse a la naturaleza de las cosas y no al capricho del legislador. Un mundo en el que los que mandan tienen que crear la justicia por sí mismos es un mundo sin esperanza: nadie puede garantizar que el poder no siga disponiendo de todo lo nuestro, empezando por nuestra libertad.

Sé lo que me replica, lo dice en su carta: hay que «asumir sin confusiones ni reduccionismos la moderna separación entre Ética pública y Ética privada, entre Política y Religión, entre Derecho y Moral. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Si cumpliera esta propuesta dejaría fuera de la política la laicidad, que según vimos es una religión. Dejando aparte esta incongruencia, lo malo es cuando el César se queda con todo. Lo hace cuando se convierte en única fuente de moral para todos. A esta propuesta de separación entre Ética pública y Ética privada se me ocurre contestar lo mismo que Hamann contestó a Kant: la distinción entre el uso público y el uso privado de la propia razón (y de la ética), es tan cómica como la de Flögel entre lo digno de risa y lo risible. ¿Para qué me sirve el traje de fiesta de la libertad de conciencia y la autonomía, si en público tengo que llevar el delantal de la esclavitud y la heteronomía? La voluntad del Estado plasmada en sus leyes no es origen de la moral. El propio Cicerón, al que usted cita como antecesor de la laicidad (sic), dijo, y lo creía, que la ley moral que rige el mundo procede de la Razón de Dios, jamás se le pasó por la imaginación que su república pudiera estar gobernada por el capricho de cónsules, senado y pueblo, me remito a su diálogo sobre la naturaleza de los dioses, donde se aprecia su vena estoica. De manera que libertad y ley moral se necesitan mutuamente, son como dos caras de una moneda, esto lo ha mostrado muy bien Kant en su Crítica de la razón práctica. Hay otro hecho empíricamente verificable: la historia nos muestra que los Estados que han sido auténticamente democráticos y han progresado en paz y libertad han sido aquellos que han llevado a cabo una política contando con Dios, la ley moral y la libertad religiosa. Recogeré algunos ejemplos: la Ley Celeste era la guía de los romanos según constató Cicerón, Polibio llegó a decir que lo que sostuvo e hizo grande la república fue una cosa que entre los demás pueblos ha sido objeto de mofa: la religión. Vitoria, Mariana y Suárez tenían una concepción democrática del poder porque lo basaban en la ley moral procedente de Dios, si no existiera, escribió el gran demócrata Mariana, ¿qué fuerza tendrían los contratos, las promesas, las relaciones entre los hombres? Nadie negará que la Constitución de Inglaterra asentó la democracia real, y esta Constitución tan democrática estaba fundamentada en Dios y su ley natural, desde su mismo comienzo, Locke, Blackstone, Burke y Smith lo han dicho claramente, Locke llegó a asegurar que prescindir de Dios aunque sea sólo en el pensamiento lo disuelve todo (el Parlamento inglés, cuna de los modernos parlamentos democráticos, no se consideraba constituido hasta que se habían rezado unas oraciones: artículo 128, antiguo 107, del reglamento de la Cámara de los Comunes). También los colonos norteamericanos apelaron contra los abusos del poder ante el Dios de los Cielos, Juez Supremo del Mundo según ellos, protector de sus derechos y libertades naturales. Y en base a ello aprobaron una Constitución, la de los Estados Unidos, que ¿no es democrática? Creo que sí, que lo es, Jefferson la redactó para impedir la tiranía del poder asentando la democracia en las leyes establecidas en la naturaleza. Y, en fin, la famosa y admirada Constitución de Cádiz comienza su Preámbulo diciendo: «En nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Autor y Supremo Legislador de la sociedad…». Acaso por todo esto Gustavo Bueno, partidario del materialismo filosófico, escribe en su libro La fe del ateo lo siguiente: «El Estado sí necesita tener en cuenta a Dios, es decir, al Dios de las religiones positivas, para llevar a cabo sus cálculos políticos. La tesis teórica de un Estado laico o aconfesional, que se declara ignorante de todo componente religioso, es una de tantas ficciones de las constituciones laicas del presente, pero no es una tesis real ni defendible». De manera que sí, señor ministro, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

Sin duda la democracia es la mejor forma de gobierno, dado que por naturaleza el poder político reside en todos los hombres y mujeres de la comunidad, en todos nosotros, los ciudadanos. Quizá por eso Chesterton dijo que la maquinaria del voto es profundamente cristiana, pues es un intento de averiguar la opinión de aquellos que están marginados o son demasiado modestos para darla. La clave, el fundamento de la democracia es contar con todos y cada uno, ese es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Precisamente por esa razón, y en contra de lo que usted escribe, señor ministro, la laicidad no es algo indispensable para la democracia. Al contrario. Pues no se trata de imponer a todos una determinada forma de pensar (por ejemplo, el laicismo), sino de entre todos (sin excluir a nadie, crea en lo que crea) dialogar para llegar a normas éticas y jurídicas comunes que nos permitan convivir en paz, libertad y armonía. Como ve estoy hablando de una democracia real y auténtica, no de un simulacro de democracia en el que la mayoría de los ciudadanos somos meros espectadores de lo que hacen y dicen los dirigentes de los partidos políticos, una oligarquía que ocupa el Estado, concentra todo el poder y somete todo a su capricho. Precisamente para evitarlo, el uso del poder que en una democracia representativa transferimos a nuestros representantes (fíjese bien: transferimos su mero uso, pues siempre la roca, el soberano, el titular del poder es el pueblo) debe ser siempre limitado, y quien abusa de él haciendo lo que le viene en gana se convierte en un tirano, en tiranía democrática si hay democracia (me remito a las Notas sobre Virginia de Jefferson). Y lo que en mayor medida lo limita son las leyes morales, que existen y son la estrella polar de las leyes positivas. No somos ángeles, también en política hay que ocuparse de lo honesto, esto es lo que hace que un Estado sea un auténtico Estado de Derecho, lo explica muy bien Carnelutti en un bello libro titulado El arte del Derecho. Y ya antes había dicho Solón que es mayor crimen falsificar leyes que falsificar moneda.

Yo no quiero imponer a nadie mi religión ni mi moral, pero tampoco quiero que otros me impongan las suyas como si fuesen las únicas verdaderas. Soy totalmente partidario de la libertad, incluida por supuesto la libertad religiosa, que para mí es esencial. Como ve propongo un diálogo sincero y abierto entre todos, entre libres e iguales, para consensuar normas morales y jurídicas comunes. Pues aconfesionalidad no es amoralidad. Y dialogando digo que creo en la vida, en toda vida, y que por eso la defiendo. Digo también que espero y deseo para todos una buena muerte (hay ejemplos admirables), pero rechazo la pena de muerte, y por tanto rechazo que el Estado se dedique a matar a sus ciudadanos. El Estado no puede disponer de la vida de sus miembros, lo ha reiterado el Tribunal Constitucional y es de humanidad y sentido común, aunque el que va a morir o sus familiares se lo pidan (¿y si le piden que le saquen un ojo o le corten una mano?). Pues eso precisamente es lo que hace mediante la eutanasia de la que se afana ahora usted, señor ministro, como si implantarla (sin diálogo previo alguno) fuese un gran logro. Escribe en su carta que la nueva ley sobre la eutanasia «facilitará, con todas la garantías, el ejercicio efectivo de la autonomía moral, de este derecho fundamental».

¿No sabe que la Constitución en su artículo 15 consagra el derecho a la vida, no a la muerte? Morir no es un derecho, es una obligación de todo mortal. Si lo que se quiere decir es que hay derecho a elegir la forma y el momento de la muerte, eso evidentemente es parte de nuestra libertad individual. Cada uno es libre de matarse donde y cuando quiera. Pero si, insistiendo en pedir, lo que se dice es que el Estado, la sociedad, el vecino y el médico deben cooperar para que el titular muera cuando y como quiera, se está confundiendo la libertad individual (querer) con el derecho subjetivo (poder reclamar legalmente algo frente a otro). No todo aquello para lo que somos libres hace nacer un derecho subjetivo, y menos frente al Estado. Y menos aun cuando lo que se pide está mal, no bien, se opone al primer derecho fundamental y subjetivo, que es el derecho a la vida, y contradice el fin de la medicina, que es curar, no eliminar al paciente. ¿No sabe, señor ministro de Cultura, lo que desde hace años sucede en Holanda, ejemplo paradigmático? No se engañe, es otro hecho que en una especie de pendiente resbaladiza la dinámica de matar puede controlarse al comienzo, pero nadie sabe como será el final, pues si se admite que una persona mate a su semejante porque éste lo quiere inevitablemente se acaba asesinando sin el consentimiento de la víctima. Abierta la caja de Pandora la vida ya no tiene valor en sí misma, respetarla es una cuestión de grado (hasta dónde puede respetarse), no de esencia (toda vida es un bien a proteger), y ya se sabe, quien juega con fuego termina quemándose. ¿Es esto progreso? ¿Es respeto a la dignidad humana? Cierro este apartado con una cita de un viejo maestro al que el profesor Peces Barba (que, por cierto, fue profesor mío) invistió doctor honoris causa por la Universidad Carlos III. Me refiero a Norberto Bobbio, quien entrevistado dijo:

«me sorprendo de que los laicos dejen a los creyentes el privilegio y el honor de afirmar que no se debe matar». Yo también, también me sorprendo.

Acabo, señor ministro. Todo lo aquí dicho lo digo con la pretensión de buscar lo mejor para nuestro país, por supuesto con todo respeto a sus opiniones. Espero no haberle distraído mucho de sus ocupaciones y no haberle molestado, no era mi intención. Igual que usted deseo que «todos seamos libres en un mundo pacífico, próspero y sostenible». También quiero ser dueño de mí mismo, en lo humanamente posible, sobre la base de una filosofía «abierta, progresista e integradora». Por eso mismo reitero que, por favor, no nos encierre a todos en la cárcel del pensamiento único. No nos quite nuestras utopías alegres y esperanzadoras de libertad, igualdad y gobierno del pueblo, ese que Lincoln diseñó en su discurso de Gettysburg. No nos las quite prometiendo tristes utopías libertarias que son imposibles, pues los hechos muestran que han fracasado estrepitosamente, causando además graves estragos. Esto lo explican muy bien los miembros de la Escuela de Frankfurt Horkheimer y Adorno en su libro Dialéctica de la ilustración, que es un canto fúnebre al laicismo: la ilustración que lo trajo, dicen, se ha autodestruido víctima de sus propios errores, ha hecho trizas los valores que defendía, se ha convertido en mitología totalitaria que aplasta y esclaviza al hombre, y ha desembocado en Auschwitz. Con meridiana claridad escribe Lyotard en su libro La postmodernidad que «el proyecto moderno no ha sido abandonado ni olvidado, sino que ha sido destruido, liquidado». En resumidas cuentas, por favor, no nos imponga una laicidad que más que “religión de la libertad” es “religión de la esclavitud”. Gracias por su atención.

José Ramón Recuero Astray

 

 

Entre todos la mataron… “y ella sola se murió”

 

                                España (“u lo que esto sea ya”) fue y sigue siendo algo así, como un país irreal, o de pesadilla; puede que peor aún, “un territorio maldito y con un cáncer político de milenios y que se retro alimenta debido a que por sus muchas riquezas nunca llega a arruinarse y desaparecer”. Leer su historia y pese a las “grandezas” (que cuando las hubo, las hizo “el pueblo, no sus gobernantes) que se irrogan la inmensidad de nefastos regidores que soportó el territorio; es como para muchas veces, “no haber querido ni haber nacido en tan violento y destructivo territorio”, puesto que “eso de echarse a reír o llorar”, es tan idiota postura, que mejor ni recordarlo. Hoy y en la actualidad, del último “medio siglo”; repasar circunstancias, individuos, situaciones y hechos bochornosos; es de “horrenda sensación”; hoy me limito a comentar varias noticias que separo de periódicos cibernéticos que las publican, y que son las que siguen.

                                “Aunque el déficit público acabará este año en las proximidades del 9% del PIB, el Congreso y el Senado han empezado de nuevo a financiar los planes de pensiones privados de los asesores contratados por los partidos políticos así como del resto de empleados de ambas cámaras. Se trata de un gasto total de 664.000 euros previsto en 2021, que se suprimió en 2012 por la crisis económica y que se ampliará también en 2022 y en los siguientes ejercicios.  La partida más llamativa es la aportación del Congreso y el Senado de dinero público para el personal de confianza contratado a dedo por los partidos (asesores de los grupos parlamentarios). Además de correr con el cargo del abono de estas nóminas (más de 15 millones de euros), pese a que los grupos políticos cuentan con una subvención para el desempeño de su actividad parlamentaria, las cámaras financian también con dinero público su participación en un plan de pensiones privado. (Vozpópuli 28-11-2021)

CORRUPCIÓN: El alcalde de Ourense también cobraba en dinero negro las mordidas a sus falsos asesores. Al menos cuatro de los trabajadores eventuales que contrató con cargo a los presupuestos del Ayuntamiento y la Diputación reconocen a la policía que entregaban en mano y en metálico a Gonzalo Pérez Jácome sus donaciones al partido. El alcalde de Ourense, Gonzalo Pérez Jacome, cobró durante años en mano, en metálico y sin declarar a Hacienda las mordidas sobre los sueldos de los asesores ficticios a los que contrataba con cargo a los fondos públicos de la Diputación Provincial y del Ayuntamiento. Así figura en las actas de las declaraciones de al menos cuatro supuestos colaboradores del regidor ante la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV) de la Policía Nacional, que investiga las denuncias contra el alcalde por malversación y apropiación indebida del dinero que recibe su partido, Democracia Ourensana, para sufragar el funcionamiento de sus grupos municipal y provincial en las dos instituciones. Las mordidas en B que reflejan esas declaraciones, a las que ha tenido acceso Público, se suman a las que abonaban otros supuestos asesores, que ingresaban en ventanilla o por transferencia a la cuenta bancaria del grupo municipal las donaciones mensuales de hasta el 60% de sus sueldos, incluidas las pagas extra, que el alcalde exigía en algunos casos a cambio de contratarles. Esa cuenta era luego vaciada por Jácome mediante cheques y traspasos de cantidades de hasta 40.000 euros por facturas por supuestos servicios prestados al partido por el canal de televisión propiedad del regidor. (“Público” 26-11-2021)

Primera lección: No hemos salido de la crisis: Sostiene Cristobal Montoro (Ex ministro de Hacienda, con el PP) que estamos todavía navegando la crisis derivada del covid. La economía española sigue todavía lejos de los niveles de PIB existentes antes de la pandemia y aunque los indicadores de empleo se han recuperado más rápido, el consumo, la inversión y las exportaciones de bienes y servicios siguen en niveles bajos. "La crisis económica está siendo muy dura y muy duradera", dice el profesor, rechazando los triunfalismos. "Cuidado, porque si no salimos de la crisis y recuperamos los niveles de PIB que teníamos antes de la pandemia podemos tener muchos problemas. Y ese momento se sigue retrasando". Montoro incide en que "esta no es una crisis de desequilibrios económicos", sino “una crisis de características del tejido productivo, con muchas pymes y autónomos, que está muy ligado al sector servicios y al turismo. Por lo tanto, es una crisis que va a afectar muchísimo al tejido productivo. Por eso España ha sido uno de los países del mundo que ha sufrido una mayor caída de la actividad económica”. (Cotizalia 28-11-2021).

                        Noticias como estas, peores y mucho peores, las hay aquí, no “todos los días”, sino “a todas horas”; y aquí “no pasa nada”; desde “las vestimentas reales a las togas más altas y con más puñetas en sus mangas, pasando por los muchos gallineros de representantes que sólo se representan a ellos mismos”, cobran religiosamente suculentas cantidades; procedentes de lo que ya nos exprimen los impuestos; y se supone, que viven tranquilos y contentos, “en sus cómodos lares”; ignorando que “el hediondo fango que inunda a España; es a ellos a quienes les llega en primer lugar, lo huelan o no quieran olerlo”. ¿El pueblo?... “pues como el pastor que cuida sus ganados, sólo para ordeñarlos, esquilarlos, y venderlos para carne de consumo, al mejor precio posible”: Amén.

“El Gobierno ha aprobado vía Real Decreto 16,6 millones de euros en ayudas para el desarrollo y la investigación de las nuevas redes de telecomunicaciones 5G y 6G a la 'Fundació Privada i2CAT, Internet i Innovació Digital a Catalunya'”. (Vozpópuli: 29-11-2021).  Este es uno de los actos claros y constatables, de cómo un gobierno de “mercenarios”, desvalija el dinero público (que nos exprimen a los ya arruinados contribuyentes españoles) y lo dirigen a destinos “y bolsillos” que hay que mantener a los cómplices en ese ya “criminal y mercenario expolio de una ya demasiado expoliada españa y sus habitantes; y cuya calificación idiomática, no encuentro palabras para denominarla como merece, en nuestro riquísimo IDIOMA ESPAÑOL”; pobre España, siempre indefensa y en manos de INDESEABLES.

            NOTA: Significado: de “entre todos la mataron y ella sola se murió”: En ocasiones se achaca a una sola persona o a una única causa el daño producido por muchas, un daño que ya no se puede remediar. Se emplea cuando nadie desea asumir la parte que le corresponde de responsabilidad de algún suceso infausto, en cuyo resultado han contribuido varios, o muchos, muchísimos factores.

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

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