Las Noticias de hoy 01 Febrero 2020

Enviado por adminideas el Sáb, 01/02/2020 - 13:25
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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 01 de febrero de 2020       

Indice:

ROME REPORTS

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Congreso para Ancianos: Los mayores, “presente” y “mañana” de la Iglesia

“Los niños son esperanza”: Nuevo libro en italiano del Papa Francisco

LA CORRECCIÓN FRATERNA: Francisco Fernandez Carbajal

“Renueva la alegría de luchar”: San Josemaria

Audiencia con el Papa Francisco: «Seguid el ejemplo de los primeros cristianos»

Conocerle y conocerte (III): En compañía de los santos: Carlo de Marchi

Agradar a Dios: Diego Zalbidea

Discutir de religión, no: Daniel Tirapu 

Comentario al evangelio: Presentación del Señor

IV domingo del tiempo ordinario.: + Francisco Cerro Chaves. Arzobispo electo de Toledo

La Familia es la cuna de las civilizaciones

Atreverse a educar a fondo: encuentra.com

El amor matrimonial: Sheila Morataya

Valores: Servicio

¿Responsable o mitigadora?: Jesús Domingo

Envejecimiento global rápido: Domingo Martínez Madrid

El retroceso del derecho a la vida: Jesús Martínez Madrid

Primó la visión partidista: Suso do Madrid

Un rumbo preocupante: Enric Barrull Casals

“Cuerpos y almas” y mucho más  (y II): Antonio García Fuentes

Te  pido que reces por el PAPA FRANCISCO que el Señor le ilumine y por tu Obispo, si te queda un poco acuérdate de mí. Si estimas que vale la pena el “Boletín” difúndelo entre familiares y amigos. ¡¡¡Gracias!!!

Con el mayor afecto. Félix Fernández

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ROME REPORTS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

Viernes, 31 de enero de 2020

La primera lectura (2S 11,1-4a. 5-10a. 13-17) se centra en la figura del santo rey David, que cometió muchos pecados: el censo del pueblo y el asunto de Urías, al que manda matar, tras haber dejado encinta a su mujer Betsabé. Elige el asesinato porque su plan para arreglar las cosas, después del adulterio, fracasa miserablemente. David siguió su vida normal y tranquilo. ¡Su corazón ni se movió! ¿Cómo el gran David, que es santo, que había hecho tantas cosas buenas y que estaba tan unido a Dios fue capaz de hacerlo? Porque eso no pasa de un día para otro. El gran David fue resbalando lentamente.
 
Poco a poco el pecado se apodera del hombre aprovechando su comodidad. Todos somos pecadores, y a veces cometemos pecados del momento –me enfado, insulto, y luego me arrepiento– y otras veces, en cambio, nos dejamos resbalar hacia un estado de vida donde todo parece normal. Normal, por ejemplo, como no pagar a la empleada doméstica lo que se debe, o pagar la mitad de lo debido a quien trabaja en el campo. Pero es gente buena –parece– la que hace eso, que va a Misa todos los domingos, que se dice cristiana. ¿Pero cómo haces eso? Porque has caído en un estado donde has perdido la conciencia del pecado. Y ese es uno de los males de nuestro tiempo. Pío XII lo había dicho: perder la conciencia del pecado. “Se puede hacer de todo…”, y al final se pasa una vida para resolver un problema.
 
No son cosas antiguas. Recuerdo un reciente asunto sucedido en Argentina con algunos jóvenes jugadores de rugby que mataron a un compañero a golpes, tras una noche de movida. ¡Chicos convertidos en una manada de lobos! Un hecho que abre interrogante sobre la educación de los jóvenes, sobre la sociedad. Muchas veces hace falta una bofetada de la vida para detenerse, para parar ese lento resbalar hacia el pecado. Hace falta una persona como el profeta Natán, enviado por Dios a David, para hacerle ver su error.
 
Pensemos un poco: ¿cuál es la atmósfera espiritual de mi vida? ¿Estoy atento, necesito siempre a alguien que me diga la verdad, o no, creo que no? ¿Escucho la reprimenda de algún amigo, del confesor, del marido, de la mujer, de los hijos… que me ayuda un poco? Viendo esta historia de David –del santo rey David– preguntémonos: si un santo fue capaz de caer así, estemos atentos, hermanos y hermanas, porque también nos puede pasar a nosotros. Y preguntémonos también: ¿en qué atmósfera vivo? Que el Señor nos dé la gracia de enviarnos siempre a un profeta –puede ser el vecino, el hijo, la madre, el padre– que nos abofetee un poco cuando estemos resbalando hacia esa atmósfera donde parece que todo sea lícito.

 

 

Congreso para Ancianos: Los mayores, “presente” y “mañana” de la Iglesia

Discurso del Papa Francisco

ENERO 31, 2020 14:49LARISSA I. LÓPEZPAPA Y SANTA SEDE

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<p>Descripción generada automáticamente​(ZENIT – 31 enero 2020).- El Papa Francisco considera que

 los mayores “son también el presente y el mañana de la Iglesia”, que, junto con los jóvenes, “profetiza y sueña” e insiste en la relevancia de que estas dos generaciones se comuniquen entre ellos.

En la mañana de hoy, 31 de enero de 2020, el Santo Padre recibió en audiencia a los participantes del I Congreso Internacional de Pastoral para los Ancianos cuyo tema es “La Riqueza de los Años”.

Este encuentro fue organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, y se ha celebrado del 29 al 31 de enero en el Centro de Congresos “Augustinianum” de Roma.

“La riqueza de los años”

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<p>Descripción generada automáticamente​Para Francisco, la “riqueza de los años” es la de “cada persona que tiene a sus espaldas muchos años de vida, experiencia e historia”, “el tesoro precioso que toma forma en el camino de la vida de cada hombre y mujer, sin importar sus orígenes, procedencia, condiciones económicas o sociales”, pues “la vida es un regalo, y cuando es larga es un privilegio, para uno mismo y para los demás. Siempre, siempre es así”.

El Papa destacó cómo en el siglo XXI, “la vejez se ha convertido en una de las características de la humanidad” y cómo a ella le corresponden hoy “diferentes estaciones de la vida: para muchos es la edad en la que cesa el esfuerzo productivo, las fuerzas disminuyen y aparecen los signos de la enfermedad, de la necesidad de ayuda y del  aislamiento social; pero para muchos es el comienzo de un largo período de bienestar psicofísico y de liberación de las obligaciones laborales”.

En ambas situaciones y ante la desorientación e incluso “la indiferencia y el rechazo” social, el Pontífice indicó que es necesario definir la manera de vivir estos años y que ha acogido con gran interés este primer congreso centrado en la pastoral para mayores: “Necesitamos cambiar nuestros hábitos pastorales para responder a la presencia de tantas personas mayores en las familias y en las comunidades”.

Mirar al futuro

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<p>Descripción generada automáticamente​Al mismo tiempo, el Obispo de Roma recordó que en la Biblia, “la longevidad es una bendición” porque “nos enfrenta a nuestra fragilidad, a nuestra dependencia mutua, a nuestros lazos familiares y comunitarios, y sobre todo a nuestra filiación divina” y que el anciano, “incluso cuando es débil, puede convertirse en un instrumento de la historia de la salvación”.

También apuntó que, “consciente de este papel irremplazable de los ancianos”, la Iglesia “se convierte en un lugar donde las generaciones están llamadas a compartir el plan de amor de Dios, en una relación de intercambio mutuo de los dones del Espíritu Santo” que “nos obliga a cambiar nuestra mirada hacia las personas mayores, a aprender a mirar el futuro junto con ellos”.

Revolución de la ternura

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<p>Descripción generada automáticamente​“La profecía de los ancianos se cumple cuando la luz del Evangelio entra plenamente en sus vidas; cuando, como Simeón y Ana, toman a Jesús en sus brazos y anuncian la revolución de la ternura, la Buena Nueva de Aquel que vino al mundo para traer la luz del Padre”, señaló el Santo Padre.

Por este motivo, demandó: “No os canséis de proclamar el Evangelio a los abuelos y a los ancianos” yendo a ellos “con una sonrisa en vuestro rostro y el Evangelio en vuestras manos”.

Francisco también aludió al hecho de que en las sociedades secularizadas de muchos países la mayoría de los padres no cuentan con la formación cristiana y la fe que los abuelos pueden transmitir a sus nietos, de manera que estos “son el eslabón indispensable para educar a los niños y a los jóvenes en la fe”. Es preciso, por tanto, “incluirlos en nuestros horizontes pastorales” considerándolos “como uno de los componentes vitales de nuestras comunidades”.

A continuación sigue el discurso completo del Papa.

***

Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas,

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<p>Descripción generada automáticamente​Os doy mi cordial bienvenida a vosotros, participantes en el primer Congreso internacional de pastoral de los ancianos – «La Riqueza de los Años» – organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida; y agradezco al cardenal Farrell sus amables palabras.

La «riqueza de los años» es la riqueza de las personas, de cada persona que tiene a sus espaldas muchos años de vida, experiencia e historia. Es el tesoro precioso que toma forma en el camino de la vida de cada hombre y mujer, sin importar sus orígenes, procedencia, condiciones económicas o sociales. Porque la vida es un regalo, y cuando es larga es un privilegio, para uno mismo y para los demás. Siempre, siempre es así.

En el siglo XXI, la vejez se ha convertido en una de las características de la humanidad. En unas pocas décadas, la pirámide demográfica – que una vez descansaba sobre un gran número de niños y jóvenes y tenía  pocos ancianos en la cumbre – se ha invertido. Si hace tiempo los ancianos hubieran poblar un pequeño estado, hoy pueden poblar un continente entero. En este sentido, la ingente presencia de los ancianos es una novedad en todos los entornos sociales y geográficos del mundo. Además, a la vejez corresponden hoy diferentes estaciones de la vida: para muchos es la edad en la que cesa el esfuerzo productivo, las fuerzas disminuyen y aparecen los signos de la enfermedad, de la necesidad de ayuda y del  aislamiento social; pero para muchos es el comienzo de un largo período de bienestar psicofísico y de liberación de las obligaciones laborales.

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<p>Descripción generada automáticamente​En ambas situaciones, ¿cómo vivir estos años? ¿Qué sentido dar a esta fase de la vida, que para muchos puede ser larga? La desorientación social y, en muchos casos, la indiferencia y el rechazo que nuestras sociedades muestran hacia las personas mayores, llaman no sólo a la Iglesia, sino a todo el mundo, a una reflexión seria para aprender a captar y apreciar el valor de la vejez. En efecto, mientras que, por un lado, los Estados deben hacer frente a la nueva situación demográfica en el plano económico, por otro, la sociedad civil necesita valores y significados para la tercera y la cuarta edad. Y aquí, sobre todo, se coloca la contribución de la comunidad eclesial.

Por eso he acogido con interés la iniciativa de esta conferencia, que ha centrado la atención en la pastoral de los ancianos e iniciado una reflexión sobre las implicaciones que se derivan de una presencia sustancial de los abuelos en nuestras parroquias y sociedades. Os  pido que no se quede en una iniciativa aislada, sino que marque el inicio de un camino de profundización y discernimiento pastoral. Necesitamos cambiar nuestros hábitos pastorales para responder a la presencia de tantas personas mayores en las familias y en las comunidades.

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<p>Descripción generada automáticamente​En la Biblia, la longevidad es una bendición. Nos enfrenta a nuestra fragilidad, a nuestra dependencia mutua, a nuestros lazos familiares y comunitarios, y sobre todo a nuestra filiación divina. Concediendo la vejez, Dios Padre nos da tiempo para profundizar nuestro conocimiento de Él, nuestra intimidad con Él, para entrar más y más en su corazón y entregarnos a Él. Este es el momento de prepararnos para entregar nuestro espíritu en sus manos, definitivamente, con la confianza de los niños. Pero también es un tiempo de renovada fecundidad. «En la vejez volverán a dar fruto», dice el salmista (Sal 91, 15). En efecto,  el plan de salvación de Dios también se lleva a cabo en la pobreza de los cuerpos débiles, estériles e impotentes. Del vientre estéril de Sara y del cuerpo centenario de Abraham nació el Pueblo Elegido (cf. Rom 4:18-20). De Isabel y el viejo Zacarías nació Juan Bautista. El anciano, incluso cuando es débil, puede convertirse en un instrumento de la historia de la salvación.

Consciente de este papel irremplazable de los ancianos, la Iglesia se convierte en un lugar donde las generaciones están llamadas a compartir el plan de amor de Dios, en una relación de intercambio mutuo de los dones del Espíritu Santo. Este intercambio intergeneracional nos obliga a cambiar nuestra mirada hacia las personas mayores, a aprender a mirar el futuro junto con ellos.

Cuando pensamos en los ancianos y hablamos de ellos, sobre todo en la dimensión pastoral, debemos aprender a cambiar un poco los tempos de los verbos. No sólo hay un pasado, como si para los ancianos sólo hubiera una vida detrás de ellos y un archivo enmohecido. No. El Señor puede y quiere escribir con ellos también nuevas páginas, páginas de santidad, de servicio, de oración… Hoy quisiera deciros que los ancianos son también el presente y el mañana de la Iglesia. Sí, ¡son también el futuro de una Iglesia que, junto con los jóvenes, profetiza y sueña! Por eso es tan importante que los ancianos y los jóvenes hablen entre ellos, es muy importante.

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<p>Descripción generada automáticamente​La profecía de los ancianos se cumple cuando la luz del Evangelio entra plenamente en sus vidas; cuando, como Simeón y Ana, toman a Jesús en sus brazos y anuncian la revolución de la ternura, la Buena Nueva de Aquel que vino al mundo para traer la luz del Padre. Por eso os pido que no os canséis de proclamar el Evangelio a los abuelos y a los ancianos. Id a ellos con una sonrisa en vuestro rostro y el Evangelio en vuestras manos. Salid a las calles de vuestras parroquias y buscad a los ancianos que viven solos. La vejez no es una enfermedad, es un privilegio. La soledad puede ser una enfermedad, pero con caridad, cercanía y consuelo espiritual podemos curarla.

Dios tiene un pueblo numeroso de abuelos en todo el mundo. Hoy en día, en las sociedades secularizadas de muchos países, las generaciones actuales de padres no tienen, en su mayoría, la formación cristiana y la fe viva que los abuelos pueden transmitir a sus nietos. Son el eslabón indispensable para educar a los niños y a los jóvenes en la fe. Debemos acostumbrarnos a incluirlos en nuestros horizontes pastorales y a considerarlos, de forma no episódica, como uno de los componentes vitales de nuestras comunidades. No sólo son personas a las que estamos llamados a ayudar y proteger para custodiar sus vidas, sino que pueden ser actores de una pastoral evangelizadora, testigos privilegiados del amor fiel de Dios.

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<p>Descripción generada automáticamente​Por esto doy las gracias a todos los que dedicáis vuestras energías pastorales a los abuelos y a los ancianos. Sé muy bien que vuestro compromiso y vuestra reflexión nacen de la amistad concreta con tantos ancianos. Espero que lo que hoy es la sensibilidad de unos pocos se convierta en el patrimonio de cada comunidad eclesial. No tengáis miedo, tomad iniciativas, ayudad a vuestros obispos y a vuestras diócesis a promover el servicio pastoral a los ancianos y con los ancianos. No os desaniméis, ¡adelante! El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida continuará acompañándoos en este trabajo.

Yo también os acompaño con mi oración y mi bendición. Y vosotros por favor, no os olvidéis de rezar por mí ¡Gracias!

© Librería Editorial Vaticano

 

“Los niños son esperanza”: Nuevo libro en italiano del Papa Francisco

“Sed felices”

ENERO 31, 2020 09:50MARINA DROUJININALIBROS Y RECENSIONESPAPA Y SANTA SEDE

(zenit – 31 enero 2020).- Los niños son esperanza: este es el título del libro en italiano del Papa Francisco dirigido a los más pequeños, que acaba de ser publicado en Milán por la editorial Salani, indica la edición de L’Osservatore Romano en italiano del 30 de enero de 2020.

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Nuevo libro del Papa Francisco © Antonio Spadaro

El Papa invita a los pequeños a ser felices – porque “Jesús nos quiere mucho” – e incluso a “bailar” para mostrar a todo el mundo lo importante que es vivir con alegría. “Baila y expresa la alegría que hay en tu corazón”, escribe el Papa. “Baila ahora que eres un niño, así no serás muy serio cuando crezcas”.

Escrito en un lenguaje adaptado a los pequeños lectores, el libro de 36 páginas está adornado con imágenes vívidas y coloridas creadas por Sherre Boyd, ilustradora neoyorquina nacida en Italia.

En este libro, precisa el diario del Vaticano, el Papa “acompaña dulcemente los diferentes momentos” del día del niño, “sugiriendo vías de reflexión”. Viéndolos jugar, recomienda: “Sed felices cuando estéis con los demás”, o, imaginándolos en un momento de dificultad o tristeza, Francisco aconseja: “Jesús entiende tus problemas. Reza en silencio y deja que las palabras salgan de tus lágrimas”. El Papa aprovecha este “diálogo” con los pequeños para hablar del espíritu de compartir, de la tolerancia, de la paz, de la generosidad. Aborda estos temas “con un lenguaje simple y frases cortas, casi ‘susurradas’, como si fueran los preciados consejos de un abuelo”.

L’Osservatore Romano recuerda que el Papa Francisco “concede siempre”, “en toda circunstancia”, “una particular atención” a los niños. Al reunirse con los invitados del dispensario pediátrico Santa Marta en el Vaticano hace dos años, el Papa declaró: “Para comprender la realidad de la vida, es necesario abajarse, como nos abajamos para besar a un niño”.

 

LA CORRECCIÓN FRATERNA

— El deber de la corrección fraterna. Su eficacia sobrenatural.

— La corrección fraterna se practicaba con frecuencia entre los primeros cristianos. Falsas excusas para no hacerla. Ayuda que prestamos.

— Virtudes que han de vivirse al hacer la corrección. Modo de recibirla.

I. Desde el Antiguo Testamento, nos muestra la Sagrada Escritura cómo Dios se vale frecuentemente de hombres llenos de fortaleza y de caridad para advertir a otros de su alejamiento del camino que conduce al Señor. El Libro de Samuel nos presenta al profeta Natán, enviado por Dios al rey David1 para que le hable de los pecados gravísimos que había cometido. A pesar de la evidencia de esos pecados tan graves (adulterio con la mujer de su fiel servidor y el procurar la muerte de este) y de ser el rey un buen conocedor de la Ley, «el deseo se había apoderado de todos sus pensamientos y su alma estaba completamente aletargada, como por un sopor. Necesitó de la luz del profeta, que con sus palabras le hiciera caer en la cuenta de lo que había hecho»2. En aquellas semanas, David vivía con la conciencia adormecida por el pecado.

Natán, para hacerle caer en la cuenta de la gravedad de su delito, le expone una parábola: Había dos hombres en un pueblo: uno rico y pobre el otro. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y de bueyes; el pobre solo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico; y, no queriendo perder una oveja o un buey para invitar a su huésped, cogió la cordera del pobre y convidó a su huésped. David se puso furioso contra aquel hombre y dijo a Natán: ¡Vive Dios que el que ha hecho eso es reo de muerte!

Natán respondió entonces al rey: ese hombre eres tú. Y David recapacitó sobre sus pecados, se arrepintió y expresó su dolor en un Salmo que la Iglesia nos propone como modelo de contrición. Comienza así: Apiádate de mí, ¡oh Dios!, según tu piedad; según la muchedumbre de tu misericordia, borra mi iniquidad...3. David hizo penitencia y fue grato a Dios. Todo, gracias a una corrección fraterna, a una advertencia, oportuna y llena de fortaleza, como fue la de Natán.

Uno de los mayores bienes que podemos prestar a quienes más queremos, y a todos, es la ayuda, en ocasiones heroica, de la corrección fraterna. En la convivencia diaria podemos observar que nuestros parientes, amigos o conocidos –como nosotros mismos– pueden llegar a formar hábitos que desdicen de un buen cristiano y que les separan de Dios (faltas habituales de laboriosidad, chapuzas, impuntualidades, modos de hablar que rozan la murmuración o la difamación, brusquedades, impaciencias...). Pueden ser también faltas contra la justicia en las relaciones laborales, faltas de ejemplaridad en el modo de vivir la sobriedad o la templanza (gastos ostentosos, faltas de gula o de ebriedad, dilapidación de dinero en el juego o loterías), relaciones que ponen en situación arriesgada la fidelidad conyugal o la castidad... Es fácil comprender que una corrección fraterna a tiempo, oportuna, llena de caridad y de comprensión, a solas con el interesado, puede evitar muchos males: un escándalo, el daño a la familia difícilmente reparable...; o, sencillamente, puede ser un eficaz estímulo para que alguno corrija sus defectos o se acerque más a Dios.

Esta ayuda espiritual nace de la caridad, y es una de las principales manifestaciones de esta virtud. En ocasiones, es también una exigencia de la justicia, cuando existen especiales obligaciones de prestar ayuda a la persona que debe ser corregida. Con frecuencia debemos pensar en cómo ayudamos a los que están más cerca. «¿Por qué no te decides a hacer una corrección fraterna? —Se sufre al recibirla, porque cuesta humillarse, por lo menos al principio. Pero, hacerla, cuesta siempre. Bien lo saben todos.

»El ejercicio de la corrección fraterna es la mejor manera de ayudar, después de la oración y del buen ejemplo»4. ¿La practicamos con frecuencia? ¿Es nuestro amor a los demás un amor con obras?

II. La corrección fraterna tiene entraña evangélica; los primeros cristianos la llevaban a cabo frecuentemente, tal como había establecido el Señor –Ve y corrígele a solas5–, y ocupaba en sus vidas un lugar muy importante6; sabían bien de su eficacia. San Pablo escribe a los fieles de Tesalónica: si alguno no obedece a lo que decimos en esta carta... no le miréis como enemigo, sino corregidle como a hermano7. En la Epístola a los Gálatas dice el Apóstol que esta corrección ha de hacerse con espíritu de mansedumbre8. Del mismo modo, el Apóstol Santiago alienta también a los primeros cristianos, recordándoles la recompensa que el Señor les dará: si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro hace que vuelva a ella, debe saber que quien hace que el pecador se convierta de su extravío, salvará su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus propios pecados9. No es pequeña recompensa. No podemos excusarnos y repetir otra vez aquellas palabras de Caín: ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?10.

Entre las excusas que pueden instalarse en nuestro ánimo para no hacer o para retrasar la corrección fraterna está el miedo a entristecer a quien hemos de hacer esa advertencia. Resulta paradójico que el médico no deje de decir al paciente que, si quiere curar, debe sufrir una dolorosa operación, y sin embargo los cristianos tengamos a veces reparos en decir a quienes nos rodean que está en juego la salud, ¡cuánto más valiosa!, de su alma. «Por desgracia, es grande el número de los que, por no desagradar o por no impresionar a alguien que está viviendo sus últimos días y los últimos momentos de su existencia terrena, le callan su estado real, haciéndole así un mal de incalculables dimensiones. Pero todavía es más elevado el número de los que ven a sus amigos en el error o en el pecado, o a punto de caer en uno o en otro, y permanecen mudos, y no mueven un dedo para evitarles estos males. ¿Concederíamos, a quienes de tal modo se portasen con nosotros, el título de amigos? Ciertamente, no. Y, sin embargo, suelen hacerlo para no desagradarnos»11.

Con la práctica de la corrección fraterna se cumple verdaderamente lo que nos dice la Sagrada Escritura: el hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada12. Nada ni nadie puede vencer contra la caridad bien vivida. Con esta muestra de amor cristiano no solo mejoran las personas, sino también la misma sociedad. A la vez, se evitan críticas y murmuraciones que quitan la paz del alma y enturbian las relaciones entre los hombres. La amistad, si es verdadera, se hace más profunda y auténtica con la corrección sincera. La amistad con Cristo crece también cuando ayudamos a un amigo, a un familiar, a un colega, con ese remedio eficaz que es la corrección amable, pero clara y valiente.

III. Al hacer la corrección fraterna se han de vivir una serie de virtudes, sin las cuales no sería una verdadera manifestación de caridad. «Cuando hayas de corregir, hazlo con caridad, en el momento oportuno, sin humillar..., y con ánimo de aprender y de mejorar tú mismo en lo que corrijas»13. Como Cristo la practicaría si estuviera ocupando nuestro lugar, con la misma delicadeza, con la misma fortaleza.

A veces, una cierta animosidad y falta de paz interior nos puede llevar a ver, en otros, defectos que en realidad son nuestros. «Debemos corregir, pues, por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda (...). ¿Por qué le corriges? ¿Porque te apena haber sido ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras bien»14.

La humildad nos enseña, quizá más que cualquier otra virtud, a encontrar las palabras justas y el modo que no ofende, al recordarnos que también nosotros necesitamos muchas ayudas parecidas. La prudencia nos lleva a hacer la advertencia con prontitud y en el momento más oportuno; nos es necesaria esta virtud para tener en cuenta el modo de ser de la persona y las circunstancias por las que pasa, «como los buenos médicos, que no curan de un solo modo»15, no dan la misma receta a todos los pacientes.

Después de avisar a alguien con la corrección, si parece que no reacciona, es preciso ayudarle todavía un poco más con el ejemplo, con la oración y mortificación por él, con una mayor comprensión.

Por nuestra parte, hemos de recibirla con humildad y silencio, sin excusarnos, conociendo la mano del Señor en ese buen amigo, que al menos lo es desde aquel momento; con un sentimiento de viva gratitud, porque alguien se interesa de verdad por nosotros; con la alegría de pensar que no estamos solos para enderezar nuestros caminos, que deben conducir siempre al Señor. «Después que hayas recibido con muestras de alegría y de reconocimiento sus advertencias, imponte como un deber el seguirlas, no solo por el beneficio que reporta el corregirse, sino también para hacerle ver que no han sido vanos sus desvelos y que tienes en mucho su benevolencia. El soberbio, aunque se corrija, no quiere aparentar que ha seguido los consejos que le han dado, antes bien los desprecia; quien es verdaderamente humilde tiene a honra someterse a todos por amor a Dios, y observa los sabios consejos que recibe como venidos de Dios mismo, cualquiera que sea el instrumento de que Él se haya servido»16.

Acudamos, al terminar nuestra oración, a la Santísima Virgen, Mater boni consilii, para que nos ayude a vivir siempre que sea necesaria esta muestra de caridad fraterna, de amistad verdadera, de aprecio sincero por aquellos con quienes nos relacionamos más frecuentemente.

1 Cfr. 1 Sam 12, 1-17.  2 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 60, 1. — 3 Sal 50.  4 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 641. — 5 Cfr. Mt 18, 15.  6 Cfr. Doctrina de los Apóstoles, 15, 13. — 7 2 Tes 3, 14-15. — 8 Gal 6, 1. — 9 Sant 5, 19-20.  10 Gen 4, 9.  11 S. Canals, Ascética meditada, p. 170. — 12 Prov 18, 19.  13 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 455. — 14 San Agustín, loc. cit. — 15 San Juan Crisóstomo, o. c., 29. — 16 J. Pecci -León XIII-, Práctica de la humildad, 41.

 

“Renueva la alegría de luchar”

En algunos momentos te agobia un principio de desánimo, que mata toda tu ilusión, y que apenas alcanzas a vencer a fuerza de actos de esperanza. –No importa: es la hora buena para pedir más gracia a Dios, y ¡adelante! Renueva la alegría de luchar, aunque pierdas una escaramuza. (Surco, 77)

Con monótona cadencia sale de la boca de muchos el ritornello, ya tan manido, de que la esperanza es lo último que se pierde; como si la esperanza fuera un asidero para seguir deambulando sin complicaciones, sin inquietudes de conciencia; o como si fuera un expediente que permite aplazar sine die la oportuna rectificación de la conducta, la lucha para alcanzar metas nobles y, sobre todo, el fin supremo de unirnos con Dios.

Yo diría que ése es el camino para confundir la esperanza con la comodidad. En el fondo, no hay ansias de conseguir un verdadero bien, ni espiritual, ni material legítimo; la pretensión más alta de algunos se reduce a esquivar lo que podría alterar la tranquilidad -aparente- de una existencia mediocre. Con un alma tímida, encogida, perezosa, la criatura se llena de sutiles egoísmos y se conforma con que los días, los años, transcurran sine spe nec metu, sin aspiraciones que exijan esfuerzos, sin las zozobras de la pelea: lo que importa es evitar el riesgo del desaire y de las lágrimas. ¡Qué lejos se está de obtener algo, si se ha malogrado el deseo de poseerlo, por temor a las exigencias que su conquista comporta! (Amigos de Dios, nn. 206-207)

 

Audiencia con el Papa Francisco: «Seguid el ejemplo de los primeros cristianos»

El Santo Padre ha recibido en audiencia hoy, a las 11.45 h., al prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, acompañado por el vicario auxiliar, Mons. Mariano Fazio.

DEL PRELADO30/01/2020

Opus Dei - ​Audiencia con el Papa Francisco: «Seguid el ejemplo de los primeros cristianos»

El prelado del Opus Dei saluda al Papa Francisco.

El Papa Francisco ha recibido en audiencia al prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz. Le acompañaba el vicario auxiliar, Mons. Mariano Fazio. Durante el encuentro, que se prolongó unos treinta minutos, el Papa manifestó todo su afecto por los apostolados de la Obra y alentó a seguir “el ejemplo de los primeros cristianos” en la evangelización de la sociedad.

El Papa Francisco, con Mons. Fernando Ocáriz y Mons. Mariano Fazio.

El Papa Francisco, con Mons. Fernando Ocáriz y Mons. Mariano Fazio.

 

Al impartir su bendición, el Santo Padre la hizo extensiva a toda la Prelatura y a quienes participan en sus apostolados.

 

Conocerle y conocerte (III): En compañía de los santos

Para aprender a orar pueden servirnos de ayuda aquellos hombres y mujeres que lo hicieron durante su vida: los santos. De manera especial, santa María.

VIDA ESPIRITUAL01/02/2020

Opus Dei - Conocerle y conocerte (III): En compañía de los santos

Jesús sube por primera vez de manera pública hacia Jerusalén. Se dedica de lleno, finalmente, al anuncio del reino de Dios mediante sus palabras y sus milagros. Su fama, desde el prodigio obrado en las bodas de Caná, se iba extendiendo poco a poco. Es entonces cuando, oculto por el silencio y la oscuridad de la noche, un maestro judío bastante conocido se acerca para conversar con él (Jn 3,1). Nicodemo había sentido un terremoto en su interior cuando escuchó y vio a Cristo. Muchas cosas daban vueltas en su cabeza y prefería solucionarlas en la intimidad de una conversación cara a cara. Jesús, que conoce la sinceridad de su corazón, le dice rápidamente: «Si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3,5).

El diálogo sigue con lo que cualquiera de nosotros se hubiera preguntado: ¿qué significa eso? Si conozco el día exacto en que nací, incluso la hora, ¿cómo se puede nacer dos veces? Jesús, en realidad, estaba pidiendo a Nicodemo que no buscase solo comprender las cosas sino –más importante– que dejase entrar a Dios en su vida. Porque querer ser santo es como nacer otra vez, como ver todo con una nueva luz; en definitiva, ser una nueva persona: transformarnos, poco a poco, en el mismo Jesucristo, «dejando que su vida se manifieste en nosotros»[1]. Los santos ya han recorrido los caminos del reino de Dios: han subido sus montañas, han descansado en sus valles y también han experimentado los rincones un poco más oscuros. Por eso nos llenan de esperanza. Una manera de reconocer a Cristo es, precisamente, a través de los santos. Sus vidas pueden desempeñar un importante papel en el camino personal de todo bautizado que desee aprender a orar.

María ora cuando está alegre…

Las mujeres y hombres que nos han precedido son testigos de que el diálogo vital con Dios es realmente posible en medio de tantas idas y venidas que a veces nos pueden llevar a pensar lo contrario. Entre ellos, un testimonio fundamental es el de Santa María. Ella, debido a la tierna cercanía con su hijo Jesús en la vida cotidiana de una familia, tuvo la experiencia más viva de diálogo con el Padre. Y, como en toda casa, en el hogar de Nazaret había momentos buenos y momentos más difíciles; sin embargo, en medio de estados de ánimo muy diferentes, la Virgen siempre ora.

LA VIDA DE MARÍA NOS ENSEÑA A ORAR EN TODO MOMENTO

Ora, por ejemplo, cuando está alegre. Sabemos que, poco después de recibir el anuncio del ángel, María sale «deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá» (Lc 1,39) para visitar a su prima Isabel. Había recibido la noticia de que la familia crecería en número con un nuevo sobrino, lo cual era digno de ser festejado; mucho más si se trataba de un suceso inesperado, dada la edad de Isabel y de Zacarías. «La descripción que hace san Lucas del encuentro entre las dos primas está llena de emoción, y nos sitúa en un escenario de bendición y alegría»[2]; emoción a la que, de alguna manera, se une el Espíritu Santo revelando la presencia física del Mesías, tanto al Bautista como a su madre.

Isabel, apenas hubo entrado María a su casa, la alaba con afecto, utilizando palabras que se convertirán en una oración universal y a las que nosotros nos hacemos eco a diario, adentrándonos también en esa alegría: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42). La Virgen, por su parte, responde con emoción al entusiasmo de su prima: «Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». El Magnificat, nombre que la tradición ha dado a esta respuesta de nuestra Madre, nos enseña lo que es una oración de alabanza que se ha empapado de la palabra de Dios. Como señala Benedicto XVI: «María conocía bien las sagradas Escrituras. Su Magníficat es un tapiz tejido con hilos del Antiguo Testamento»[3]. Cuando sentimos nuestros corazones llenos de gratitud por un don que hemos recibido, es el momento de explayarnos con Dios en nuestra oración –tal vez con palabras de la Escritura– reconociendo las cosas grandes que ha hecho en nuestra vida. La acción de gracias es una actitud fundamental en la oración cristiana, especialmente en los momentos de alegría.

…y también en el dolor o en el desánimo.

Sin embargo, la Virgen ora también en momentos de oscuridad, cuando están presentes el dolor o la falta de sentido. Nos enseña, de esa manera, otra actitud fundamental de la oración cristiana, expresada de manera concisa pero luminosa en el relato de la muerte de Jesús: «Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre» (Jn 19,25). María, abrumada por el dolor, simplemente está. Ella no pretende salvar a su Hijo ni tampoco resolver la situación. No la vemos pedir cuentas a Dios por lo que no entiende. Solo procura no perderse ni una sola de las palabras que pronuncia Jesús, con un hilo de voz, desde la Cruz. Por eso, cuando recibe una nueva tarea la acepta sin demora: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Entonces dijo al discípulo: "¡He ahí a tu madre!"» (Jn 19,26-27). María está en manos de un dolor que, para muchos, es el más terrible que una persona puede experimentar: presenciar la muerte de un hijo. Sin embargo, mantiene la lucidez que le permite aceptar esta nueva llamada para acoger a Juan como hijo suyo y, con él, a nosotros, a los hombres y mujeres de todos los tiempos.

LOS ESCRITOS Y LA VIDA DE LOS SANTOS NOS AYUDAN A CULTIVAR NUESTRA AMISTAD CON DIOS, PUES ELLOS TAMBIÉN LO HICIERON

La oración dolorosa es ante todo un estar junto a la propia cruz, amando la voluntad de Dios; es saber decir  a las personas y a las situaciones que el Señor pone a nuestro lado. Orar es ver la realidad, aunque parezca particularmente oscura, partiendo de la certeza de que siempre hay un don en ella, de que siempre está Dios detrás. Así podremos ser capaces de acoger a las personas y a las situaciones repitiendo como María: «Aquí estoy» (Lc 1,38).

Por último, en la vida de la Virgen descubrimos otro estado de ánimo en el que ora, distinto al de la oscuridad del dolor. Vemos a María, junto a su esposo José, rezar también en un momento de angustia. Un día, mientras regresaban de su peregrinación anual al Templo de Jerusalén, advierten la ausencia de su hijo de doce años. Deciden volver en su búsqueda. Cuando finalmente le encuentran conversando con los maestros de la ley, María pregunta: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos» (Lc 2,48). También nosotros, muchas veces, nos podemos sentir angustiados cuando nos asalta una sensación de insuficiencia, de incumplimiento o de estar fuera de lugar. Nos puede parecer, entonces, que el mundo está equivocado: la vida, la vocación, la familia, el trabajo… Podemos llegar a pensar que el camino no es como yo esperaba. Los planes y sueños del pasado nos parecen ingenuos. Es reconfortante saber que María y José pasaron por esta crisis y que ni siquiera su angustiosa oración tuvo una respuesta clara y tranquilizadora: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo» (Lc 2,49-50).

Orar en esos momentos de angustia no nos asegura encontrar soluciones fáciles y rápidas. Entonces, ¿qué hacer? La Virgen nos enseña el camino: permanecer fieles a nuestra propia vida, volver a la situación normal y redescubrir la voluntad de Dios incluso cuando no la entendemos del todo. Y también, como María, podemos conservar todos estos eventos misteriosos y a veces oscuros en el corazón, meditándolos, es decir, observándolos con una actitud de oración. De este modo, poco a poco nos damos cuenta de que la presencia de Dios vuelve; experimentaremos que Jesús crece en nosotros y vuelve a hacerse visible (cfr. Lc 2,51-52).

Biografías que son como nuestras vidas

María es un testigo único de la cercanía con Dios que anhelamos, pero también lo son los santos, cada uno de manera personal y específica. «Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios», enseña Benedicto XVI en un documento en el que sugiere algunos maestros: «San Ignacio de Loyola en su búsqueda de la verdad y en el discernimiento espiritual; san Juan Bosco y su pasión por la educación de los jóvenes; san Juan María Vianney y su conciencia de la grandeza del sacerdocio como don y tarea; san Pío de Pietrelcina y su ser instrumento de la misericordia divina; san Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada universal a la santidad; la beata Teresa de Calcuta, misionera de la caridad de Dios para con los últimos»[4].

Humanamente es natural tener simpatía por ciertas maneras de ser, por personas que se dedican a tareas que nos atraen más o que hablan de una manera que nos llega directamente al corazón y a la mente. El conocimiento de la vida y las experiencias de un santo, junto a la lectura de sus escritos, son momentos privilegiados para cultivar una verdadera relación de amistad con él o ella. Por eso, si se subrayan solo los ejemplos extraordinarios de la vida y de la oración de los santos, corremos el riesgo de hacer que su ejemplo sea un poco más lejano y más difícil de seguir. «¿Os acordáis de Pedro, de Agustín, de Francisco? Nunca me han gustado esas biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno», escribe san Josemaría, que siempre insistió en la importancia de no idealizar a las personas, ni siquiera a los santos canonizados por la Iglesia, como si hubieran sido perfectos. «No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha»[5]. Este enfoque realista hace que el testimonio de los santos sea mucho más creíble, precisamente porque son similares a cada uno de nosotros: entre los santos, dice el Papa Francisco, «puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas (cfr. 2 Tm 1,5). Quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor»[6].

EL CURA DE ARS, SAN FELIPE NERI, SANTA TERESITA DE JESÚS O SAN JOSEMARÍA, PUEDEN SER GRANDES MAESTROS DE ORACIÓN

Nuestra perspectiva sobre la oración puede ser más completa cuando la vemos encarnada en la vida de las personas. La familiaridad con los santos nos ayuda a descubrir diferentes maneras de comenzar y recomenzar a orar de nuevo. Puede ofrecernos una nueva luz, por ejemplo, saber que el salmo 91 fue un gran consuelo para santo Tomás Moro durante los largos meses que pasó en la cárcel: «Bajo sus alas encontrarás refugio... Has puesto al Altísimo como asilo... Porque se ha unido a mí, lo libraré»[7]. El salmo que consoló a un mártir en la desolación de la prisión, ante la perspectiva de la muerte violenta y del sufrimiento de sus seres queridos, también puede señalarnos un camino de oración en las pequeñas y grandes contrariedades de la vida.

Asombra ser mirado por Dios

La familiaridad con los santos nos puede ayudar a descubrir a Dios en las cosas de cada día como ellos mismos lo hicieron. Podemos leer con admiración lo que descubrió san Juan María Vianney, el cura de Ars,aquel día en que se acercó a uno de sus feligreses, un campesino analfabeto, que pasaba largos ratos frente al sagrario. ¿Qué hace usted?, le preguntó el cura. Y el buen hombre respondió con sencillez: Yo le miro y él me mira. No hacía falta más. Aquella respuesta quedó como una enseñanza indeleble en el corazón de su párroco. «La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús»[8], enseña el Catecismo de la Iglesia citando precisamente este episodio. Yo lo miro y –mucho más importante– él me mira. Dios nos mira siempre pero lo hace de una manera particular cuando levantamos los ojos y le devolvemos su mirada de amor.

Una experiencia parecida le sucedió a san Josemaría, que quedó tan impresionado que la relató muchas veces a lo largo de su vida. Cuando era un joven sacerdote, durante sus primeras experiencias pastorales, solía permanecer todas las mañanas en el confesionario, esperando a los penitentes. En cierto momento oyó un golpear de latas que lo inquietó y, sobre todo, lo intrigó. Un día, dejándose vencer por la curiosidad, el joven don Josemaría se escondió detrás de la puerta para ver quién era aquel misterioso visitante. Lo que presenció fue a un hombre que trasportaba unos cántaros de leche y que, desde la puerta abierta de la iglesia, se dirigía al Sagrario diciendo: Señor, aquí está Juan, el lechero. Se quedó allí un momento y se marchó. Esa persona sencilla, sin saberlo, ofreció un ejemplo de oración confiada que asombró al sacerdote y le llevó a repetir, como un estribillo constante: «Señor, aquí está Josemaría, que no sabe amarte como Juan el lechero»[9].

Los testimonios de tantos santos de diferentes épocas y ambientes nos confirman que es posible sentirse mirado con afecto por Dios, allí donde estamos y tal como somos. Lo dicen de manera creíble porque ellos mismos fueron los primeros en asombrarse de este descubrimiento.

 

Lo mismo dormidos que despiertos

Los santos, decíamos antes, nos ayudan también cuando los vemos débiles y cansados: «Ayer no pude rezar con atención dos Avemarías seguidas», confiaba san Josemaría un día, al final de su vida. «¡Si vieras cómo sufrí!; pero, como siempre, aunque me costaba y no sabía hacerlo, seguí rezando: ¡Señor, ayúdame!, le decía, tienes que ser Tú el que saques adelante las cosas grandes que me has confiado, porque ya te das cuenta de que yo no soy capaz de realizar ni siquiera las cosas más pequeñas: me pongo como siempre en tus manos»[10].

También el joven Felipe Neri rezaba: «Señor, mantén hoy tus manos sobre Felipe, porque, si no, Felipe te traiciona»[11]; y la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri reconocía, en una carta, la falta de consuelos sensibles mientras oraba: «En el fondo está Dios; aunque, sobre todo en los ratos de oración, no le sienta casi nunca esta temporada... »[12]; por no hablar de santa Teresita de Lisieux, quien apuntaba: «Verdaderamente, estoy lejos de ser una santa, y nada lo prueba mejor que lo que acabo de decir. En vez de alegrarme de mi sequedad, debiera atribuirla a mi falta de fervor y de fidelidad. Debiera causarme desolación el hecho de dormirme (después de siete años) durante la oración y la acción de gracias. Pues bien, no siento desolación... Pienso que los niñitos agradan a sus padres lo mismo dormidos que despiertos. Pienso que, para hacer sus operaciones, los médicos duermen a sus enfermos»[13].

Por eso necesitamos el testimonio y la compañía de los santos: para convencernos cada día de que es posible y vale la pena cultivar nuestra amistad con el Señor, abandonándonos en sus manos: «Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo»[14].

Carlo de Marchi


[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 104.

[2] Palabras del Padre en Covadonga, 13-VII-2018.

[3] Benedicto XVI, Homilía, 18-XII-2005.

[4] Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 48.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 76.

[6] Francisco, Gaudete et exsultate, n. 3.

[7] Sal 91, 4.9.14. Cfr. Tomás Moro, Diálogo de la fortaleza contra la tribulación: El tercer libro de la obra, escrito durante el encarcelamiento en la Torre de Londres, está construido como una especie de comentario a los versículos del Salmo 91 (90).

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2715.

[9] Cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Rialp, 1997, vol. I, Cap. VIII, p. 501.

[10] San Josemaría, 26-XI-1970, citado en J. Echevarría, Memoria del beato Josemaría, p. 25.

[11] Citado por Benedicto XVI en la audiencia del 1-VIII-2012.

[12] M. Montero, En Vanguardia: Guadalupe Ortiz de Landázuri, 1916-1975, Rialp, Madrid 2019, p. 94

[13] Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma: manuscritos autobiográficos, Manuscrito A, folio 76, r°.

[14] J. Ratzinger, “Dejar obrar a Dios”, en L’Osservatore Romano, 6-X-2002.

 

 

Agradar a Dios

La llamada del Señor a «ser perfectos como el Padre celestial» (Mt 5,48) consiste en vivir como hijos de Dios, conscientes del valor que tenemos a sus ojos, anclados en la esperanza y en la alegría que nace de sentirnos hijos de tan buen Padre.

VIDA ESPIRITUAL22/08/2018

Opus Dei - Agradar a Dios

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En plena guerra civil española, tras varios meses escondido en diversos lugares, san Josemaría decidió abandonar la capital del país. Era preciso llegar a un sitio donde su vida no corriera peligro, y recomenzar de nuevo su misión apostólica. Con un grupo de sus hijos espirituales, atravesó los Pirineos en un viaje lleno de peligro y consiguió llegar a Andorra. Tras pasar por Lourdes, se dirigió a Pamplona, donde el obispo le acogió y le ofreció alojamiento. Allí, al poco de llegar, en las Navidades de 1937, hizo un curso de retiro en soledad. En un momento de oración, escribía: «Meditación: mucha frialdad: al principio, sólo brilló el deseo pueril de que "mi Padre-Dios se ponga contento, cuando me tenga que juzgar". —Después, una fuerte sacudida: "¡Jesús, dime algo!", muchas veces recitada, lleno de pena ante el hielo interior. —Y una invocación a mi Madre del cielo —"¡Mamá!"—, y a los Custodios, y a mis hijos que están gozando de Dios... y, entonces, lágrimas abundantes y clamores... y oración. Propósitos: "ser fiel al horario, en la vida ordinaria”»[1].

NO ES LO MISMO SANTIDAD QUE PERFECCIONISMO, AUNQUE EN OCASIONES PODEMOS CONFUNDIRLOS

Son unas notas íntimas en las que explica cómo se siente su alma, cómo son sus afectos, su estado de ánimo, y lo hace con gran intensidad: hielo, lágrimas, deseos… Busca amparo en sus Amores: el Padre, Jesús, María. Y sorprendentemente, en medio de la gran tribulación externa que se vivía en ese momento, saca un propósito que podría parecer nimio: cuidar el horario en la vida ordinaria. Sin duda, esta es una de las grandezas de san Josemaría: conjugar una relación afectiva con Dios, íntima y apasionada, con la fidelidad en la lucha diaria en cosas ordinarias, en apariencia, insignificantes.

Un riesgo para quienes desean agradar a Dios

Agradar a alguien es lo contrario de entristecerlo, decepcionarlo. Como queremos amar a Dios y agradarle, es lógico que tengamos miedo a defraudarlo. Sin embargo, en ocasiones, el miedo puede traer a nuestra mente y a nuestro corazón justo lo que tratamos de evitar. Por otra parte, el miedo es un sentimiento negativo, que no puede ser fundamento de una vida plena. Tal vez por eso «en las Sagradas Escrituras encontramos 365 veces la expresión “no temas”, con todas sus variaciones. Como si quisiera decir que todos los días del año el Señor nos quiere libres del temor»[2].

Hay una forma de temor contra la que el Padre nos ponía en guardia al comienzo de su primera Carta. Nos animaba a «exponer el ideal de la vida cristiana sin confundirlo con el perfeccionismo, enseñando a convivir con la debilidad propia y la de los demás; asumir, con todas sus consecuencias, una actitud cotidiana de abandono esperanzado, basada en la filiación divina»[3]. Una persona santa teme ofender a Dios. Teme igualmente no corresponder a su Amor. El perfeccionista, en cambio, teme no estar haciendo las cosas suficientemente bien y, por eso, teme que Dios esté enfadado. No es lo mismo santidad que perfeccionismo, aunque en ocasiones podemos confundirlos.

Cuántas veces nos llenamos de enfado al contemplar que nos hemos dejado llevar, una vez más, por nuestras pasiones, que hemos vuelto a pecar, que somos débiles para cumplir los propósitos más sencillos. Nos enfadamos, y llegamos a pensar que Dios está decepcionado: perdemos la esperanza de que pueda seguir amándonos, de que realmente podamos vivir una vida cristiana. Nos invade la tristeza. En esas ocasiones, conviene recordar que esta es aliada del enemigo: no nos acerca a Dios, sino que nos aleja de Él. Confundimos nuestro enfado y nuestra rabieta con una supuesta decepción de Dios. Pero el origen de todo eso no es el Amor que le tenemos, sino nuestro yo herido, nuestra fragilidad no aceptada.

Al leer de labios de Cristo en el Evangelio: «Sed perfectos», deseamos seguir ese consejo, hacerlo vida nuestra, pero corremos el riesgo de entenderlo como: «Hacedlo todo perfectamente». Podemos llegar a pensar que, si no lo hacemos todo con perfección, no agradamos a Dios, no somos auténticos discípulos. Con todo, Jesús aclara en seguida el sentido de sus palabras: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Se trata de la perfección que Dios nos abre al hacernos partícipes de su naturaleza divina. Se trata de la perfección del Amor eterno, del Amor más grande, del «Amor que mueve al Sol y las demás estrellas»[4], el mismo Amor que nos ha creado libres y nos ha salvado «siendo todavía pecadores» (Rm 5,8). Para nosotros, esa perfección consiste en vivir como hijos de Dios, conscientes del valor que tenemos a sus ojos, sin perder nunca la esperanza ni la alegría que nace de sentirnos hijos de tan buen Padre.

AGRADAR A DIOS NO ESTÁ EN NUESTRAS MANOS, PERO SÍ EN LAS DE ÉL

Ante el peligro del perfeccionismo podemos considerar que agradar a Dios no está en nuestras manos, pero sí en las de Él. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó» (1 Jn 4,10). Por eso, debemos renunciar a señalar a Dios cómo tiene que reaccionar ante nuestra vida. Somos criaturas, y por eso hemos de aprender a respetar su libertad, sin imponerle por qué o por qué no se supone que debe amarnos. De hecho, nos ha demostrado su Amor y, por eso, lo primero que espera de nosotros es que le dejemos amarnos, a su modo.

 

Dios nos ama libremente

¿Por qué nos cuesta tanto comprender la lógica de Dios? ¿No tenemos muestras suficientes de hasta dónde está dispuesto a llegar Dios Padre para conseguir hacernos felices? ¿No es verdad que Jesús se ciñe la toalla ante los apóstoles y les limpia los pies?

En palabras de san Pablo, Dios no ha perdonado a su propio Hijo para hacernos posible la felicidad para siempre (cfr. Rm 8,32). Ha querido amarnos con el Amor más grande, hasta el extremo. Sin embargo, a veces, nosotros continuamos pensando que Dios nos amará en la medida en que «estemos a la altura», o seamos capaces de «dar la talla». No deja de ser paradójico. ¿Necesita un niño pequeño hacerse «merecedor» del amor de sus padres? Quizá a quien estamos buscando con tanta preocupación por «merecer» es a nosotros mismos. Nos puede la inseguridad, la necesidad de buscar puntos de referencia estables, fijos, y pretendemos encontrarlos en nuestras obras, en nuestras ideas, en nuestra percepción de la realidad.

En cambio, nos basta mirar a Dios, Padre nuestro, y descansar en su Amor. En el Bautismo de Jesús y en su Transfiguración, la voz de Dios Padre refiere que se complace en su Hijo. Nosotros también hemos sido bautizados y, por su Pasión, participamos de su vida íntima, de sus méritos, de su gracia. Eso hace que Dios Padre pueda mirarnos complacido, encantado. La Eucaristía nos transmite, entre otras cosas, un mensaje muy claro sobre lo que Dios siente por nosotros: tiene hambre de estar junto a cada uno, ilusión por esperarnos el tiempo que sea preciso, deseos de intimidad y amor correspondido.

La lucha de un alma enamorada

Descubrir el Amor que Dios nos tiene es el motivo más grande que podemos hallar para amar. De igual modo, «la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más»[5]. No son ideas abstractas. Lo vemos en ejemplos tan humanos como el endemoniado de Gerasa, quien, tras ser liberado por Jesús y ver cómo sus connacionales rechazaban al Maestro, «le suplicaba quedarse con él» (Mc 5,18). Lo vemos también en Bartimeo quien, tras ser curado de su ceguera, «le seguía por el camino» (Mc 10,52). Lo vemos finalmente en Pedro, quien solo tras haber descubierto la hondura del Amor de Jesús, que le perdona y confía en él después de su traición, puede seguir su llamada: «Sígueme» (Jn 21,19). El descubrimiento del Amor de Dios es el motor más potente para nuestra vida cristiana. De ahí nace nuestra lucha.

PODEMOS PENSAR QUE DIOS NOS AMARÁ EN LA MEDIDA EN QUE «ESTEMOS A LA ALTURA»

San Josemaría nos animaba a considerarlo desde la perspectiva de nuestra filiación divina: «Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre–Dios?»[6] La presencia de Dios no llena de temor a sus hijos. Ni siquiera cuando caen. Sencillamente, porque Él mismo ha querido decirnos del modo más claro posible que, también cuando caemos, nos está esperando. Como el padre de la parábola, está deseoso de venir a nuestro encuentro en cuanto le dejemos, y echarse a nuestro cuello y llenarnos de besos (cfr. Lc 15,20).

Ante el posible temor a contristar a Dios, podemos preguntarnos: ¿este temor me une a Dios, me hace pensar más en Él?, ¿o me centra en mí: en mis expectativas, en mi lucha, en mis logros? ¿Me lleva a pedir perdón a Dios en la Confesión, y llenarme de gozo al saber que me perdona?, ¿o me conduce a la desesperanza? ¿Me sirve para recomenzar con alegría?, ¿o me encierra en mi tristeza, en mis sentimientos de impotencia, en la frustración que nace de una lucha basada en mis fuerzas… y en los resultados que consigo?

La sonrisa de María

Un suceso de la vida de San Josemaría puede servirnos para comprender esto mejor. Se trata de una de las anotaciones sobre su vida interior que escribía para hacer más sencilla la tarea de su director espiritual. Aunque sea un poco larga, vale la pena citarla por entero:

«Esta mañana —como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme— desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. Efectivamente, eran las seis menos cuarto. Anoche, como de costumbre también, pedí al Señor que me diera fuerzas para vencer la pereza, al despertar, porque —lo confieso, para vergüenza mía— me cuesta enormemente una cosa tan pequeña y son bastantes los días, en que, a pesar de esa llamada sobrenatural, me quedo un rato más en la cama. Hoy recé, al ver la hora, luché… y me quedé acostado. Por fin, a las seis y cuarto de mi despertador (que está roto desde hace tiempo) me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra, reconociendo mi falta —serviam!—, me vestí y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos»[7].

Se había propuesto algo que quizá también supone una lucha para nosotros algunas veces: levantarse puntual. Y no lo había conseguido. Era algo que le humillaba. Sin embargo, no confunde su rabieta y su humillación con la magnanimidad del corazón de Dios. Y vio a la Virgen que le sonreía, después de ese fracaso. ¿No es verdad que tendemos a pensar que Dios está contento con nosotros cuando —y, a veces, solamente cuando— hacemos las cosas bien? ¿Por qué confundimos nuestra satisfacción personal con la sonrisa de Dios, con su ternura y su cariño? ¿No se conmueve igualmente cuando nos levantamos otra vez después de una nueva caída?

BUSCAR CON LA MIRADA LOS OJOS DE MARÍA NOS VOLVERÁ A CONTAGIAR DE SU ALEGRÍA

Muchas veces habremos dicho a la Virgen que hable bien de nosotros al Señor –ut loquaris pro nobis bona–. Alguna vez, incluso nos habremos imaginado esas conversaciones entre ella y su Hijo. En nuestra oración, bien podemos introducirnos en esa intimidad y tratar de contemplar el amor de María y de Jesús por cada uno de nosotros.

«Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre. Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada»[8]. Benedicto XVI lo recordó en Lourdes, hablando de la pequeña Bernadette. En su primera aparición, antes de presentarse como la Inmaculada, la Virgen solamente la sonrió. «María le dio a conocer primero su sonrisa, como si fuera la puerta de entrada más adecuada para la revelación de su misterio»[9].

Nosotros queremos ver y vivir también en esa sonrisa. Nuestros errores —por grandes que puedan llegar a ser— no son capaces de borrarla. Si nos levantamos de nuevo, podemos buscar con la mirada sus ojos y nos volveremos a contagiar de su alegría.

Diego Zalbidea


[1] Camino. Edición crítico-histórica, nota al n. 746.

[2] Papa Francisco, Mensaje del Santo Padre Francisco para La XXXIII Jornada Mundial de la Juventud, 25-III-2018.

[3] F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[4] Dante A., Divina Comedia, Paraíso, Canto 33.

[5] Francisco, Ex. Ap. Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 264.

[6] San Josemaría, Camino, n. 265.

[7] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 701; en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, nt. 139, p. 469.

[8] Benedicto XVI, Homilía, 15-IX-2008.

[9] Ídem

 

Discutir de religión, no

Daniel Tirapu 

Religión en las aulas.

Si me permitís un consejo, nunca perdáis el tiempo discutiendo sobre religión. Tal como se discute hoy día, todo queda en una confrontación de ideas en la que nadie escucha al otro y en la que todos los «discutientes» no tienen sino un único objetivo: salirse con la suya. Además, os enfadáis y acabáis pecando. ¡Menuda gracia

Personalmente, me gustan los «reventadores de tertulias». Y el ciego de nacimiento es uno de ellos. Es de esas personas que no saben nada de ideas, y, por tanto, no pretenden discutir. Simplemente, te atizan con la realidad como si te dieran con un mazo y te tapan la boca.

Sólo sé que yo era ciego, y ahora veo. Punto. Discusión terminada. ¿Qué puedes responder a eso? No hay idea, ni argumento, ni sofisma capaz de hacer que lo que no es sea. Por mucho que le digas a este hombre, no va a volver a ser ciego. Y, por mucho que argumentes, no podrás cambiar su pasado de tinieblas.

¡Ah, ya sé! El problema es que a gran parte de los cristianos no les ha sucedido absolutamente nada con Jesucristo. No se han acercado lo suficiente a Él. Por eso discuten. ¡Pobres!

 

Comentario al evangelio: Presentación del Señor

Evangelio de la Fiesta de la Presentación del Señor (Ciclo A) y comentario al evangelio

VIDA CRISTIANA

Opus Dei - Comentario al evangelio: Presentación del Señor

Evangelio (Lc 2,22-40)

Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.

Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

—Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz,

según tu palabra:

porque mis ojos han visto

tu salvación,

la que has preparado

ante la faz de todos los pueblos:

luz para iluminar a los gentiles

y gloria de tu pueblo Israel.

Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.

Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre:

—Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción —y a tu misma alma la traspasará una espada—, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.

Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.


Comentario

El evangelio de este cuarto domingo del tiempo ordinario coincide con el de la fiesta de la Presentación del Señor, que se celebra el 2 de febrero. Nos cuenta san Lucas que María y José subieron al Templo de Jerusalén “cumplidos los días de su purificación”. Según varias prescripciones de la Ley de Moisés (cfr. Lv 12,1-8), desde que una mujer israelita daba a luz a un varón, debían cumplirse un total de 40 días hasta presentarse en el Templo para realizar una ceremonia de purificación ritual. La ceremonia incluía dos ofrendas para sacrificar. Si la familia no tenía recursos suficientes, podía presentar un par de tórtolas o de pichones.

La Sagrada Familia aprovecha esta subida al Templo para presentar además el niño al Señor y rescatarlo. En efecto, la Ley de Moisés estipulaba también que todo primogénito de Israel pertenecía a Dios. Él mismo había dicho: “en la tierra de Egipto consagré para mí todos los primogénitos de Israel, tanto de hombre como de animal; son míos” (Nm 3,13). Por tanto, era preciso presentarlos al Señor y pagar por ellos un rescate (cfr. Ex 13,1-13), que consistía en unas cuantas monedas (cfr. Nm 18,16).

Aunque Jesús era el Hijo de Dios encarnado y su nacimiento fue virginal, María y José viven con reverencia y docilidad todas estas prescripciones de la Ley. Para su sorpresa (cfr. v. 33), la escena y los sucesos en torno a ella aparecen cargados de profundo significado. Las palabras de Simeón sobre el niño y su madre están revestidas de misterio. El niño que el anciano toma entre sus manos es la salvación de Dios encarnada (de ahí el nombre que se le puso: “Jesús”, Dios salva). Una salvación que será luz para los gentiles y gloria para Israel.

Luego Simeón realiza dos vaticinios sobre Jesús y sobre María. Del niño dice que será “signo de contradicción”, porque la encarnación del Hijo de Dios es un signo que exige de cada persona una respuesta que compromete. Y en cuanto al anuncio de la espada que traspasaría el alma de María, dice Beda el Venerable que Simeón estaba “refiriéndose al dolor de la Virgen por la pasión del Señor. Aun cuando Jesucristo moría por voluntad propia (como Hijo de Dios) y aun cuando no dudase Ella de que habría de vencer a la misma muerte, sin embargo, no pudo ver crucificar al Hijo de sus entrañas sin un sentimiento de dolor”[1].

El Catecismo de la Iglesia condensa el misterio de toda esta escena así: “La Presentación de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana, toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, ‘luz de las naciones’ y ‘gloria de Israel’, pero también ‘signo de contradicción’. La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado ‘ante todos los pueblos’”[2].

San Josemaría invitaba a meditar el pasaje de la Presentación reviviéndolo como un personaje cercano que hubiese estado allí y le importara mucho todo lo que sucedía: “Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. —¿Te fijas? Ella —¡la Inmaculada!— se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios? ¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! —Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. —Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón”[3].


[1] Catena Aurea, in loc.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 529.

[3] San Josemaría, Santo Rosario, Cuarto Misterio Gozoso, Purificación de la Virgen.

 

 

IV domingo del tiempo ordinario.

Lc 2, 22-32.

 

La presentación del Señor.

 

Fue el Papa Juan Pablo ll el que instituyo esta jornada de la vida consagrada unido a la presentación de Jesús en el Templo el primer consagrado al Padre.

Ya en el seno de la Virgen nos recuerda la carta a los hebreos la actitud de vida consagrada de Jesús, aquí estoy Señor para hacer tu voluntad.

 

1.     La escena de Lucas tiene el encanto y la ternura de los que han permanecido esperando en todas las noches. Simeón y Ana nos recuerdan que nunca es tarde si la dicha es buena. Siempre hay solución cuando nos envuelve la esperanza. Se de quien me he fiado y estamos ciertos de que no falla de que el Señor es puntual a la cita.

 

2.     María como buena israelita presenta al Niño como primer consagrado, como primogénito del Padre. Ella entra en el Templo con José como una más con su hijo. No pide privilegios. Ni se le hace una mención o recibimiento especial. Seguramente que por la noche alguien dijo, todo normal en este día, rutinario, nada extraordinario. Las cosas de Dios llevan siempre el signo inconfundible de lo sencillo y lo cotidiano, de lo humilde.

 

3.     Seguir a Jesús es saber esperar. Cuando nos cansamos y no somos capaces de tener paciencia con los planes de Dios no llegaremos muy lejos. Es necesario caminar confiados. Saber tener paciencia.

 

El seguimiento de Jesús esta tejido de poner los ojos en quien siempre tiene abierto el Corazón. Estos humildes contemplativos del Templo nos marcan un camino de esperanza y osadía. De saber esperar tejiendo primaveras con su Presencia. Sigamos al Señor con la mirada puesta en quien sabemos que nos ama.

+ Francisco Cerro Chaves. Arzobispo electo de Toledo

Administrador Apostólico de Coria-Cáceres.

 

La Familia es la cuna de las civilizaciones

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En el origen de las grandes civilizaciones siempre nos deparamos con una familia o grupo de familias que han tenido un desarrollo de acuerdo con el orden natural.

 

Sin la familia, no sólo no se formarían las ciudades, sino que las civilizaciones no se desarrollarían, una vez que éstas no se sustentan sin la institución familiar, del mismo modo que un árbol no se sustenta sin sus raíces.

«La Ciudad Antigua», es el título del famoso libro del historiador francés, Fustel de Coulanges (1830-1889), profesor de Historia Medieval en la Sorbonne (Francia). En esa obra, el autor demuestra que en la antigua Grecia, así como en la Italia de la civilización romana, después de un desarrollo natural, las ciudades y después los Estados, nacieron de la sociedad familiar, confirmando la tesis de que la familia es anterior al Estado.

 

La familia, solución para la crisis contemporánea

 

Ese ilustre autor, después de constatar que, en el mundo antiguo, las personas se reunían en torno del paterfamilias (autoridad venerable que podría ser un padre de familia o un jefe de clan familiar) pasa a describir como las familias dieron origen a las tribus, a las ciudades y a las naciones:

«Cada fratria o Cúria [en la Grecia antigua, cada uno de los grupos en que se subdividían las tribus atenienses denominábase fratria, y entre los romanos, cúria ] tenía un jefe fratriarca o curión, cuya principal función era la presidir los sacrificios, tal vez. originariamente sus atribuciones hubiesen sido más amplias. La fratria reuníase en asambleas donde tomaba sus deliberaciones y podía promulgar decretos. En la fratria como en la familia, había un dios, un culto, un sacerdocio, una justicia, un gobierno. Era una pequeña sociedad modelada exactamente sobre la familia.

«La asociación continuó naturalmente creciendo y según el mismo sistema. Muchas cúrias o fratrias se agruparon y formaron una tribu

La Familia según Pío XII

Contenidos

«Precisamente por que [la familia] es el elemento orgánico de la sociedad, todo atentado perpetrado contra ella es un atentado contra la humanidad. Dios puso en el corazón del hombre y de la mujer, como instinto innato, el amor conyugal, el amor paterno y materno, el amor filial. Por consiguiente, querer arrancar y paralizar este triple amor es una profanación que por sí horroriza y lleva a la ruina la patria y la humanidad». (Pio XII, Alocución Aurions-nous pu, 20-9-1949).

«La tribu, como la fratria, tenía asambleas y promulgaba decretos, alos cuales todos sus miembros debían someterse. Tenía un tribunal y un derecho de justicia sobre sus miembros. Tenía un jefe, tribunus, phylobasileus.

El nacimiento de las ciudades

«La tribu, como la familia y la fratria se constituyó para ser un cuerpo independiente, ya que ella tenía culto especial del cual el extranjero era excluido, Una vez formada ninguna nueva familia podía ser en ella admitida, Dos tribus en modo alguno podían fundirse en una sola; su religión a esto se oponía. Pero así como muchas fratrias se habían reunido en una tribu, muchas tribus pudieron asociarse entre sí, con la condición de que el culto de cada una de ellas fuese respetado. El día en que se hizo esta alianza nación la cuidad.

«Poco importa buscar la causa que determinó la unión de muchas tribus vecinas. La unión fue voluntaria, ya impuesta por la fuerza superior de una tribu, o por la voluntad poderosa de un hombre. Lo que es cierto es que el vínculo de la nueva asociación fue todavía un culto. Las tribus que se agruparon para formar una ciudad no dejaron nunca de encender un fuego sagrado y de instituir una religión común.

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<p>Descripción generada automáticamente​Ciudad medieval de Carcassone, Francia

«Así la sociedad humana, en esta raza, no creció a la manera de un círculo, que se alargase poco a poco, avanzando progresivamente. Son por el contrario pequeños grupos, que hace mucho tiempo constituidos, se juntaron unos a los otros. Muchas familia formaron la fratria, muchas fratrias la tribu, y muchas tribus la cuidad. Familia, fratria, tribu, ciudad, son por lo tanto sociedades perfectamente semejantes entre sí y nacidas unas de las otras, a través de una serie de federaciones.

Alteridad y no masificación

«Es necesario incluso notar que, a medida que estos diferentes grupos se asociaban así entre ellos, ninguno perdía entretanto ni su individualidad, ni su independencia. Si bien que muchas familias se reunieron en una sola fratria, cada una de ellas manteníase constituida como en la época de su aislamiento; nada mudaba en ella, ni su culto, ni su sacerdocio, ni su derecho de propiedad, ni su justicia interna. A continuación asociábanse las cúrias, pero cada una continuaba teniendo su culto, sus reuniones. sus fiestas, su jefe. De la tribu se pasó a la ciudad, pero las tribus no fueron por ese motivo disueltas, y cada una de ellas continuó formando un cuerpo, casi como si la ciudad no existiese. […]

«Así la ciudad no es una agrupación de individuos, sino una confederación de muchos grupos ya anteriormente constituidos, y que la ciudad deja subsistir. Se ve en los oradores áticos, que cada ateniense hace parte al mismo tiempo de cuatro sociedades distintas: es miembro de una familia, de una fratria, de una tribu y de una ciudad». *

* La Cité Antique, Librairie Hachette, Paris 1957, Libro III, pp. 134-135 y 143-145

 

 

Atreverse a educar a fondo

Educar a fondo a los hijos, para la verdadera felicidad.

Educar a fondo a los hijos, para la verdadera felicidad; programar, en cierta manera, un plan de formación y seguirlo con flexibilidad y constancia, para transmitir los valores auténticos, no es una tarea hercúlea que exija «mucho tiempo». Más bien consiste en una constante del vivir.

¿HASTA QUE PUNTO INFLUYE LA DEDICACIÓN DE LOS PADRES EN LA FORMACIÓN DE SUS HIJOS?

Wolfrang Amadeus Mozart a los siete años escribía sonatas y a los doce, óperas. Parece increíble, pero alguien lo hizo posible: su padre Leopoldo Mozart, un gran músico que sacrificó sus muchas posibilidades de éxito para dedicarse por entero a la educación del pequeño genio.

Robert Browning, cuando contaba apenas cinco años, cierto día vio a su padre leyendo un libro. «¿Qué lees, papá?». El padre levanta su mirada llena de luz y contesta: «El sitio de Troya». «¿Qué es Troya?», pregunta el niño. La respuesta no fue: «Troya es una ciudad de la Antigua Grecia. Ahora vete a jugar», sino que allí mismo, en el cuarto de estar, el padre de Robert hizo con asientos y mesas una especie de ciudad. Una silla de brazos hizo de trono y en él puso al pequeño Robert. «Aquí tienes a Troya, y tú eres el rey Príamo. Ahí está Helena de Troya, bella y zalamera (señaló a la gata bajo el escabel). Allá afuera, en el patio, ¿ves unos perros grandes que tratan siempre de entrar en la casa? Son los aguerridos reyes Agamenón y Menelao que están poniendo sitio a Troya para apoderarse de Helena…»

A los siete años, Robert leía ya la Ilíada, penetrando gracias al ingenio de su padre, con toda naturalidad, en el mundo de la gran poesía. Años más tarde sería el más importante poeta inglés de la época victoriana.

Quizá nosotros no tengamos el talento musical de Leopoldo Mozart ni el ingenio de Mr. Browning. No es indispensable, porque lo importante es que hagamos de nuestros hijos hombres y mujeres felices. Y para esto basta enseñar a ser hombres y mujeres cabales. Y esto nos es asequible, luchando por serlo nosotros.

Es significativo que el escritor existencialista Jean Paul Sartre -que a tantos ha llevado con sus escritos a la náusea del mundo y de sí mismos-, confesara que él no llegó al ateísmo por un conflicto de dogmas, sino por la indiferencia religiosa de su familia.

Afortunadamente, cabe recordar, también tantos casos como el bien conocido de la madre de San Agustín. Con su ejemplo, larga oración y penitencia hizo de un hijo a la deriva uno de los más grandes santos doctores de la Iglesia.

LA EDUCACIÓN Y EL PLUMERO

Desde luego la educación de los hijos requiere tiempo. Pero no mucho, sino todo (es una ventaja). Porque en todo momento, queramos o no, estamos enseñando cosas muy importantes a nuestros hijos, con nuestras actitudes y nuestro comportamiento ante las cosas más pequeñas de la vida cotidiana: tanto si los castigamos como si los mimamos o los divertimos; tanto si los miráramos con indiferencia como si lo hacemos con preocupación, siempre estamos enseñándo, formando o… deformando. Cabe decir: en todo momento se nos ve el plumero, es decir, la escala de valores que llevamos dentro, en la cabeza y en el corazón.

Los hijos lo perciben todo: la mirada esquiva, la sonrisa irónica al otro lado de la habitación; no digamos ya un juicio inequívoco: «la vecina del quinto es insoportable», «qué desgracia, no nos ha tocado la lotería», etcétera.

Si el padre al llegar a casa nunca dice a su hijo más que «hola», para sumergirse acto continuo en «lo suyo», está enseñando al niño de un modo tan efectivo como si se preocupara intensamente de él y le consagrara varias horas al día. Lo malo es que en ese caso, la enseñanza es negativa y deformante. Se le ve al padre la pobre idea que padece de paternidad, de filiación, de familia y de todo lo humano y lo divino. No hay que olvidar que es toda la persona del padre que educa a toda la persona del hijo.

¿QUÉ VA A SER DE NUESTROS HIJOS?

¿Qué va a ser de nuestros hijos? Es cosa clara que la educación de los hijos entraña una aventura en el más estricto sentido de la palabra. Se emprende con la ilusión de alcanzar una alta meta: la felicidad de los hijos. Pero no cabe esperar una garantía de éxito infalible, y menos un triunfo inmediato. Pero esta incertidumbre es providencial, porque impide que los padres se duerman, se aburguesen y se compliquen la vida con preocupaciones demasiado egoístas. Los padres se encuentran siempre instados a poner toda la carne en el asador, desde el primer momento al último del día.

EL NIÑO, ESE ANIMAL RACIONAL

A pesar de lo incierto del resultado, es bueno y alentador pensar que «el niño y el adolescente son animales racionales (creados a imagen y semejanza de Dios) y no hacen ni dicen nada irracionalmente (…). Desde siempre han empezado a pensar. Debemos tener muy presente esta idea. Si fallamos, seremos nosotros, no ellos. Existen caracteres más y menos dóciles, es cierto, pero las personas con más o menos docilidad -es otra cosa- son fruto directo de la educación que han recibido. Si unos hijos resultan más fáciles de educar que otros, no depende tanto de los caracteres, sino de la educación que han recibido, desde el momento de nacer (…) (EUSEBIO FERRER, Exigir para educar, Ed. Palabra, Col. Hacer familia 4, págs. 190-191).

¿QUÉ HACER CON LOS INTERMINABLES POR QUÉS?

 

Los niños, afortunadamente, hacen miles de preguntas (cada una de ellas es una oportunidad estimulante para la enseñanza). Cuando un niño mirando por la ventanilla del tren pregunta: «¿Por qué los alambres suben y bajan?», si se le contesta: «No me molestes», o «Eslavelocidadeltren», el niño llega a la conclusión de que las personas mayores no tienen respuestas razonables o que tienen un genio endiablado. De este modo, es natural, se desilusionan un poco del mundo y disminuye su interés por conocerlo. Cuando los niños le pregunten -dice Gilbert Highet- «¿de dónde viene la lluvia?», dígaselo, y si no lo sabe dígales eso también, que no lo sabe, y prométales averiguarlo.

Si hacen preguntas en un momento inoportuno, como cuando tratamos de hacerles dormir, se les debe decir: «Pregúntame eso mañana, a la hora del desayuno, ¿quieres?». Nunca es bueno dejar sin alguna respuesta verdadera la pregunta de un niño.

VENTAJAS DE LA MENTE INFANTIL

El niño es un gran ignorante, pero tiene la ventaja de carecer de nuestros prejuicios (escépticos, relativistas o subjetivistas). El niño es una persona, un ser racional que razona; y razona siempre, aun cuando no lo parezca. Sus antenas están siempre desplegadas, y su razón hace lo que debiera hacer toda razón: buscar razones, los porqués profundos de las cosas. El niño sabe que todo tiene una explicación, aunque no sepa cuál sea la explicación de tantas cosas concretas. Sus por qués son continuos y exasperantes… para quienes han renunciado a razonar y se conforman con verdades a medias, medias verdades, conjeturas, o incluso con opiniones tan volubles como erradas.

Si no se le facilita pronto al niño la respuesta que está al final (o al principio, según se mire) de todas las preguntas posibles -es decir, Dios-, su razón sufrirá sin duda una dolorosa insatisfacción, porque ¿cómo admitir sin artificiosos ejercicios mentales, que pueda existir algo sin causa proporcionada, sin razón de ser, sin sentido?; en otros términos, ¿cómo puede una razón sana admitir el absurdo?. El absurdo es precisamente una voluntaria renuncia a proseguir la búsqueda de la verdad acerca de alguna cuestión, es decir, su porqué radical; equivale a la parálisis responsable de la razón, quizá porque no interese la verdad, o porque no compense a la pereza mental el esfuerzo de continuar la indagación.

EL ABSURDO HACE DAÑO

 

Por eso admitir el absurdo hace daño a la razón, a la persona entera, porque es una gran mentira. Lo cierto es que todo tiene su porqué, al menos -y nada menos- en la sapientísima y amorosísima Voluntad de Dios.

No se trata, por supuesto, de poner a Dios como respuesta inmediata de todo cuanto sucede. Si, por ejemplo, algún conocido ha muerto, no debemos explicarlo siempre enseguida con un «porque Dios lo ha querido», porque si ha sido víctima de un atentado terrorista, es evidente que no lo ha querido Dios. Lo que sí es cierto es que el Amor de Dios a la persona, se encuentra de algún modo siempre en la explicación profunda de cuanto ha sucedido y sucede. Esto es lo que hay que aprender a explicar, no sin antes -claro es- habérnoslo explicado a nosotros mismos. Una buena educación de la mente y de la afectividad requiere hablar de Dios. «Dios debe ser un miembro más de la familia, no un fetiche al que se acude cuando hay algún peligro y que se olvida cuando éste pasó. Eso sería inventar algo más parecido al genio de la lámpara de Aladino que aceptar la realidad del Dios verdadero» (Ibid., p 208).

¿ES POSIBLE LA NEUTRALIDAD EN MATERIA RELIGOSA?

 

La experiencia enseña que un niño sin religión equivale a un niño-problema, ocupado de sí mismo, de sus cosas, de su egoísmo. La felicidad estriba en la generosidad, y se proyecta al futuro que salta hasta la vida eterna. Por eso, los padres que quieren la felicidad de sus hijos han de enseñarles cuanto antes la raíz de la felicidad temporal y de la plenitud de la felicidad eterna: el Amor infinito de Dios.

Las dimensiones, el relieve, la relevancia de las cosas cambia mucho si se miran a la luz de Dios o a la luz del materialismo. Por eso, en la cuestión sobre si es necesario enseñar la religión a los niños, o silenciársela, no cabe neutralidad. El silencio es una opción concretísima, de enormes, disolventes y desasosegantes consecuencias.

SI DIOS NO EXISTIESE

Hace unos pocos años había en cierto país europeo un hombre de Gobierno que declaró públicamente -y de ello se hizo eco la prensa- que le había entusiasmado una pintada que vio en un muro, que decía: «Si Dios existe, ése es su problema»; y rizando el rizo apostilló: «existirá o no, pero a mí que no me maree».

Dejando a un lado la insolente y preocupante trivialización del asunto a cargo de hombre investido de tan alta responsabilidad, cabe preguntarse si de veras es o no indiferente para la vida de cada persona en particular, y de la sociedad en general, la existencia de Dios.

Dostoiewski, el gran escritor ruso, dice por medio de uno de sus personajes: «Si Dios no existe, todo está permitido». Es claro, porque Dios es el único ser verdaderamente superior que puede exigir al hombre. Obviamente, en el todo permitido se incluiría -¿por qué no?- el terrorismo, el infanticidio (aborto procurado) y el geronticidio (matar ancianos, aunque con la mayor dulzura posible). «En efecto -tuvo que reconocer el ateo Jean Paul Sartre -, todo está permitido si Dios no existe, y por consiguiente el hombre se encuentra abandonado porque no encuentra en él ni fuera de él, dónde aferrarse».

Es claro que si Dios no existe, no hay Absoluto: ni principios absolutos, ni derechos absolutos; todo es relativo, y el bien y el mal moral no pasan de ser palabras huecas. ¿No plantea esto ningún problema a todo ser humano inteligente? ¿Da igual que haya o no haya Dios?¿Se vive igual cuando se sabe que Dios existe que cuando se niega? ¿No es evidente la gran sima que se abre entre el supuesto mundo encapsulado en sí mismo, sin autor, rodando a su aire, hacia su suerte fatal y el mundo realmente creado y cuidado por Dios?

SIN DIOS, LA SELVA

«Haz el mal, verás como te sientes libre», dice uno de los héroes de Sartre, en Le Diable et le bon Dieu. Sin Dios no hay posibilidad de fundar sólidamente valores éticos para el hombre o la sociedad. Sólo cabe la ley del más fuerte. «Puesto que yo he eliminado a Dios Padre -sigue Sartre-, alguien ha de haber que fije los valores. Pero al ser nosotros quienes fijamos los valores, esto quiere decir llanamente que la vida no tiene sentido a priori». En rigor, para el ateísmo «no tiene sentido que hayamos nacido, ni tiene sentido que hayamos de morir. Que uno se embriague o que llegue a acaudillar pueblos, viene a ser lo mismo; el hombre es una pasión inútil»; y el niño «un ser vomitado al mundo», «la libertad es una condena» y «el infierno son los otros».

El Premio Nobel, agnóstico, Albert Camus reconoció que «si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si en ninguna parte se puede descubrir valor alguno, entonces todo está permitido y nada tiene importancia. Entonces no hay nada bueno ni malo, y Hitler no tenía razón ni sinrazón. Lo mismo da arrastrar al horno crematorio a millones de inocentes que consagrarse al cuidado de enfermos. A los muertos se les puede hacer honores o se les puede tratar como basura. Todo tiene entonces el mismo valor…» En este caso, ya no se divide el mundo en justos e injustos, sino en señores y esclavos. El que domina tiene razón». Es la ley de la selva. Y el héroe así concebido es Sísifo, el hombre que se mofa de los dioses, menosprecia su propio destino, mira estúpidamente cómo una y otra vez se le cae el peñasco que había empujado hasta una cima, y torna a subirlo, sin saber por qué, sin lograr nunca una finalidad, un sentido.

LA LUZ GOZOSA DE LA FE

En cambio, quien tiene fe en Dios Padre Todopoderoso, por mal que se le den las cosas siempre tendrá la posibilidad de venirse arriba, de enriquecer su corazón incluso con el amor a sus enemigos -porque verá que también son hijos de Dios-, y de vivir una alegría íntima que nada ni nadie, pase lo que pase, pueden arrebatar.

CUIDADO CON EL CUELLO DE LA BOTELLA

Tampoco se trata de atosigar al niño con lecciones profundas incesantes. La mente del niño se ha comparado al cuello de una botella: si se intenta meterle gran cantidad de licor en poco tiempo, se derrama y desperdicia; en cambio, gota a gota, despacio, pero con constancia, pronto se llena y va asimilando sabiduría.

LA CONTRAEDUCACIÓN Y LAS COSAS PEQUEÑAS

El mal se suele difundir ordinariamente por medio de cosas pequeñas. Lo virus, las bacterias nocivas se instalan en los buenos alimentos. No dar importancia a pequeños detalles de higiene puede acarrear graves enfermedades. La «contraeducación» promovida por ciertos -abundantes- medios de comunicación social muchas veces es subliminal, a base de indirectas, insinuaciones, pequeñas ironías aparentemente inofensivas, pero que dividen, destruyen un afecto hacia los padres, la fe en Dios, la fidelidad a un amor importante.

La solución de los grandes males -el peor de nuestra época es la indiferencia religiosa- se encuentra muchas veces en el cuidado de cosas pequeñas, aparentemente insignificantes, en la vida de familia. El breve comentario o la sonrisa laudatoria que despierta el amor a lo bueno y noble y lo discierne de lo zafio y vil. La ayuda para rezar las oraciones diarias. La bendición de la mesa. El empeño por conseguir, a pesar de algún sacrificio, rezar el Rosario en familia (explicando por qué). Ir juntos -y elegantes- a Misa, ocasión de comentar alguna de las grandes maravillas que encierra tan gran misterio. Dar gracias después de la Comunión, etcétera.

Vale la pena meditar esta poesía de Juan Bárbara: «Dichoso el niño/ que al oir que Dios baja a la mesa,/ sorprende en su padre la pupila grave/ pendiente del misterio,/ no perdida en desconches y vidrieras;/ y percibe,/entre los femeninos gestos de su madre,/ esa seguridad de hablar con alguien./ Qué rica herencia,/ si no sufre el desmentido de la vida,/ salir a contemplar desde el origen/ la variable irisación del mundo»

Estar educando de continuo no es una forma angustiosa de vivir, sino un estímulo de superación constante, un deporte superior, en el que tampoco importa demasiado que haya altibajos de forma, sino la voluntad inquebrantable de mejorar la calidad de vida espiritual propia, con vistas a enriquecer la de toda la familia. Y, como en la vida de un buen deportista, como en la vida de un buen cristiano, habrá derrotas y momentos en que parecerá que todo se ha perdido, pero enseguida se redescubrirán en el último Porqué sobradas razones para proseguir con esperanza hasta el fin de la prueba. Así, en todo caso seremos vencedores.

 

El amor matrimonial

¿Cuál es el mejor consejo que te dieron antes de casarte? ¿Alguien te invitó a no casarte? En mi experiencia trabajando con parejas, he observado la poca o nula consciencia con la cual la mayoría de parejas contraen matrimonio. Hay que cambiar ésta realidad de las parejas.

Pero, ¿qué quiere decir casarse? ¿En qué piensas o pensabas cuando eras novia y preparabas tu fiesta? Y si eras novio, ¿cómo imaginabas que iba a ser o será tu vida? La verdad es que esto es algo en lo que fallamos no sólo los cristianos sino todos: vamos al matrimonio dormidos. Esta experiencia de vida va más allá del compromiso, las clases pre-matrimoniales, la unión por medio del sacramento, la fiesta, los regalos, la puesta de la casa y la luna de miel.

El vestido blanco, el arreglo con flores de la iglesia, lo nuevo y lo prestado, el traje del novio, el Mercedes Benz en el que llega la novia o la procesión por el pueblo, todo esto es ínfimo e inclusive es pura ilusión cuando una vez pasada la exaltación del momento, se empieza a caminar desierto adentro. Y digo desierto, porque si hay algo que han visto mis ojos y me ha impactado, es el desierto en Israel. Esto es el matrimonio. De la ciudad (que representan los preparativos, la ilusión, la fiesta, la luna de miel y el primer mes de convivencia) llegamos al umbral de lo desierto y si no se tiene una total claridad de por dónde se quiere caminar, los caminantes mueren. Lo mismo ocurre, si el cansancio arrasa y el tiempo corre, está el peligro de quedarse sin agua y alimentos y también morir. El desierto es impresionante, agobiante, maravilloso y misterioso, todo al mismo tiempo.

Así es como veo el matrimonio no sólo desde mi experiencia personal sino también desde la experiencia que me dado el asesorar a todo tipo de parejas. El matrimonio es el llamado hacia el perfeccionamiento de mí ser, la experiencia de posibilidad de ser que hay en mí, la propuesta de Dios exclusiva para los humanos: ser santo. Y, ¿quién es el santo? Es aquel o aquella que ha vivido o vive a un grado heroico las virtudes humanas. No busca placer, por lo que el sufrimiento estará presente en su vida y está empeñado en manifestar el amor con toda su luminosidad y fuerza. El amor y su práctica es lo que nos hace profundamente humanos y el matrimonio es el ejercicio de esa práctica.

El llamado a la santidad está siendo fuertemente enfatizado por nuestro actual Santo Padre Francisco, que ha asegurado que «hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades -ha dicho- La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él… La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor… no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano».

Tú y yo no somos ángeles, por lo que estaremos enfrentado a todo tipo de propuestas psicológicas, choque entre personalidades, pruebas de madurez y caprichos. Como casados, este tipo de obstáculos psicológicos para nuestra felicidad han sido estudiados por el brillante Doctor John Gottman de la Universidad de Washington ,experto en parejas, creador del método “La casa de una relación sana” y de quién esta servidora es educadora certificada y nivel 3 clínico en dicho método. El Doctor John Gottman ha llamado a los enemigos de la relación “Los cuatro jinetes del apocalipsis” pues son los que predicen una separación o divorcio inminente. Estos son: la crítica, la actitud defensiva, el desprecio y el atrincheramiento.   Afortunadamente se combaten con un antídoto para cada uno: señalar suavemente los errores o faltas del otro; asumir la responsabilidad por nuestros errores y acciones; apreciar al otro por ser quién es y no permitir que las emociones nos inunden al momento de tener una discusión. Próximamente, en otro artículo, profundizaré en éstas cuatro figuras.

Por último, los casados deberán estar abiertos a la procreación pues es el principio de Dios para que los humanos sigamos habitando la tierra: “La vida es siempre un don inestimable; cada vez que surge, percibimos la potencia de la acción creadora de Dios, que se fía del hombre y, de este modo, lo llama a construir el futuro con la fuerza de la esperanza” ha dicho el Papa Benedicto VXI. Es en este momento, con la llegada de los hijos, cuando la pareja tiene la oportunidad para educar, formar, pulir y entregar una herencia de valores que los dos han decidido, como pareja, crear juntos para sus hijos. Esta etapa es fascinante, pues como padres también vamos descubriendo nuestras carencias, limitaciones y no estaremos exentos de cometer errores. Sin embargo, si desde el principio se ha creado un sentido de auto-trascendencia juntos (el último piso de la casa de la relación sana) los esposos, ahora padres no se habrán detenido ahí en su perfeccionamiento humano, al contrario seguirán de la mano orando juntos y pidiendo a Dios perseverancia, fortaleza y sabiduría para terminar la tarea que El mismo les encomendó cuando unió su vidas como marido y mujer.

Ama hasta que duela (Madre Teresa).

Sheila Morataya

 

Valores: Servicio

Brindar ayuda de manera espontánea en los detalles más pequeños, habla de nuestro alto sentido de colaboración para hacer la vida más ligera a los demás.

Servir es ayudar a alguien de manera espontánea, como una actitud permanente de colaboración hacia los demás. La persona servicial lo es en su trabajo, con su familia, pero también en la calle ayudando a otras personas en cosas aparentemente insignificantes, pero que van haciendo la vida más ligera. Todos recordamos la experiencia de algún desconocido que apareció de la nada justo cuando necesitábamos ayuda que sorpresivamente tras ayudarnos se pierde entre la multitud.

Las personas serviciales viven continuamente estuvieran atentas, observando y buscando el momento oportuno para ayudar a alguien, aparecen de repente con una sonrisa y las manos por delante dispuestos a hacernos la tarea más sencilla, en cualquier caso, recibir un favor hace nacer en nuestro interior un profundo agradecimiento.

La persona que vive este valor, ha superado barreras que al común de las personas parecen infranqueables:

– El temor a convertirse en el “hácelo todo”, en quien el resto de las personas descargará parte de sus obligaciones, dando todo género de encargos, y por lo tanto, aprovecharse de su buena disposición.

La persona servicial no es débil, incapaz de levantar la voz para negarse, al contrario, por la rectitud de sus intenciones sabe distinguir entre la necesidad real y el capricho.

– Vernos solicitados en el momento que estamos concentrados en una tarea o en estado de relajación (descansando, leyendo, jugando, etc.), se convierte en un verdadero atentado. ¡Qué molesto es levantarse a contestar el teléfono, atender a quien llama la puerta, ir a la otra oficina a recoger unos documentos… ¿Por qué “yo” si hay otros que también pueden hacerlo?

Quien ha superado a la comodidad, ha entendido que en nuestra vida no todo está en el recibir, ni en dejar la solución y atención de los acontecimientos cotidianos, en manos de los demás.

– La pereza, que va muy de la mano a la comodidad también tiene un papel decisivo, pues muchas veces se presta un servicio haciendo lo posible por hacer el menor esfuerzo, con desgano y buscando la manera de abandonarlo en la primera oportunidad. Es claro que somos capaces de superar la apatía si el favor es particularmente agradable o de alguna manera recibiremos alguna compensación. ¡Cuántas veces se ha visto a un joven protestar si se le pide lavar el automóvil…! pero cambia su actitud radicalmente, si existe la promesa de prestárselo para salir con sus amigos.

Todo servicio prestado y por pequeño que sea, nos da la capacidad de ser más fuertes para vencer la pereza, dando a quienes nos rodean, un tiempo valioso para atender otros asuntos, o en su defecto, un momento para descansar de sus labores cotidianas.

La rectitud de intención siempre será la base para vivir este valor, se nota cuando las personas actúan por interés o conveniencia, llegando al extremo de exagerar en atenciones y cuidados a determinadas personas por su posición social o profesional, al grado de convertirse en una verdadera molestia. Esta actitud tan desagradable no recibe el nombre de servicio, sino de “servilismo”.

Algunos servicios están muy relacionados con nuestros deberes y obligaciones, pero como siempre hay alguien que lo hace, no hacemos conciencia de la necesidad de nuestra intervención, por ejemplo:

– Pocos padres de familia ayudan a sus hijos a hacer los deberes escolares, pues es la madre quien siempre esta al pendiente. Darse tiempo para hacerlo, permite al cónyuge dedicarse a otras labores.

– Los hijos no ven la necesidad de colocar la ropa sucia en el lugar destinado, si es mamá o la empleada del hogar quien lo hace regularmente.

Algunos otros detalles de servicio que pasamos por alto, se refieren a la convivencia y a la relación de amistad:

– No hace falta preocuparse por preparar la cafetera en la oficina, pues (él o ella) lo hace todas las mañanas.

– En las reuniones de amigos, dejamos que (ellos, los de siempre) sean quienes ordenen y recojan todo lo utilizado, ya que siempre se adelantan a hacerlo.

No podemos ser indiferentes con las personas serviciales, todo lo que hacen en beneficio de los demás requiere esfuerzo, el cual pasa inadvertido por la forma tan habitual y natural con que realizan las cosas.

Como muchas otras cosas en la vida, el adquirir y vivir un valor, requiere disposición y repetición constante y consciente de acciones encaminadas para lograr el propósito. Hagamos unas breves consideraciones:

– Esforzarnos por descubrir pequeños detalles de servicio en lo cotidiano y lo común: ayudar a recoger los platos después de la comida, mantener en orden los efectos personales (sea en casa o el trabajo), ceder el paso o el lugar a una persona, llevar documentos u objetos en vez de esperar que alguien venga por ellos… Existen múltiples oportunidades y el realizar cada una de ellas, nos capacita para hacer un mayor esfuerzo en lo sucesivo.

– Observa cuantas cosas hacen los demás por tu persona y sin que lo pidas. Cada una de ellas puedes convertirla en un propósito y una acción personal.

– Dejar de pensar que “siempre me lo piden a mí”. Observa cuantas veces te niegas a servir, seguramente muchas y frecuentemente. Existe un doble motivo para esta insistencia, primero: que nunca ayudas, y segundo: se espera un día poder contar contigo.

– Si algo se te pide no debes detenerte a considerar lo agradable o no de la tarea, sin aplazar el tiempo, comenzar inmediatamente sin considerarlo una carga.

Esperar a recibir atenciones tiene poco mérito y cualquiera lo hace, para servir eficazmente hace falta iniciativa, capacidad de observación, Generosidad y vivir la Solidaridad con los demás, haciendo todo aquello que deseamos que hagan por nosotros, viendo en los demás a su otro yo.

 

 

¿Responsable o mitigadora?

¿La ganadería es responsable o mitigadora del Cambio climático?

Una gran parte de la opinión pública, especialmente habitantes de las ciudades,  considera que la ganadería tiene parte de responsabilidad en el calentamiento global. Según las estimaciones del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el sector ganadero global contribuye con el 14% de las emisiones de GEI generadas por actividades humanas.

Ante esta afirmación parcial y sin matizaciones, el Grupo de Productores del Sur (GPS), que agrupa a especialistas e instituciones de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, ha realizado un trabajo científico sobre el rol de las tierras de pastoreo en el balance regional, según recoge la Bolsa de Rosario.

Dicho estudio ha puesto de manifiesto que en los países de Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) se estaría generando un secuestro de carbono, es decir que las emisiones que producen los animales resultan más que compensadas por el secuestro de carbono que hacen los pastos.

Es destacable el caso de Argentina, en el que su ganadería secuestra 12 veces más carbono de lo que emite. La media en Mercosur sería de 3,5 más secuestro que emisión. En el cuadro adjunto puede verse el resultado por países.

Similares mediciones se realizaron para los cultivos anuales y para los cambios de uso de la tierra provocados principalmente por deforestación, resultando ambas mediciones en balances negativos para la región.

Sin embargo, integrando los tres balances, el resultado es positivo. Argentina sigue a la cabeza, secuestrando 6,7 veces el carbono emitido, mientras que los restantes países se ubican entre 1,1 y 2,1.

En conclusión, el excedente de carbono generando por un sistema de pastos, para la alimentación ganadera especialmente rumiantes que son los que más carbono producen, no sólo puede compensar las emisiones del sector rural en su conjunto sino también, parcial o totalmente, las emisiones de sectores no rurales. Sin embargo, al no medirlo y considerar solo una parte de este flujo de intercambio, lo que se produce no lo que secuestra, lleva a generalizar conclusiones erróneas.

Jesús Domingo

 

Envejecimiento global rápido

Las últimas cifras de las Naciones Unidas muestran un envejecimiento de la población mundial global rápido. Incluso con ajustes para una vida más larga y saludable, las últimas cifras de población de la ONU muestran un rápido envejecimiento y una preparación económica en todo el mundo. Para cada una de las tres métricas utilizadas en el último informe de la ONU sobre el envejecimiento, sólo se proyecta África para evitar los efectos graves del envejecimiento en las próximas décadas, un mundo donde el número de ancianos se proyecta a más del doble, llegando a más de 1.500 millones.

Según las perspectivas mundiales de la población, en 2050, una de cada seis personas tendrá más de 65 años, pasando de una de las once de 2019, a medida que la población del mundo crece en términos absolutos y relativos.

Las más lentas en edad son aquellas regiones que ya han envejecido: Europa, América del Norte, Australia y Nueva Zelanda. África envejecerá rápidamente a medida que las tasas de fecundidad bajen y la esperanza de vida sube, pero nueve de los diez países con envejecimiento más rápidos se encuentran en Asia, dirigidos por Corea, Singapur y Taiwán, la fecundidad de la cual se disminuyó hace décadas y se mantiene por debajo de los niveles de sustitución a pesar de las intervenciones gubernamentales para aumentarla.

Según la medida tradicional del envejecimiento, contando el número de estos 65 años y más por ciento de personas entre 20 y 64 años, la proporción de personas mayores en situación de dependencia aumentará bruscamente del 16 al 28 en 2050. Europa habrá 49 personas mayores por cada 100 trabajadores; En Japón, Corea y España habrá 80 personas mayores por cada 100 trabajadores. Por su parte, en África, sólo 7 personas mayores de edad tienen el apoyo de 100 trabajadores actuales, y esto aumentará lentamente hasta sólo 9 hasta 2050.

Domingo Martínez Madrid

 

 

El retroceso del derecho a la vida

Durante la segunda mitad del siglo XX, la reacción ante los horrores que significaron las guerras mundiales y la eliminación sistemática de personas humanas llevó a una fuerte toma de conciencia sobre la decisiva importancia del derecho a la vida. En estos primeros veinte años del siglo XXI puede observarse un progresivo retroceso del derecho a la vida, que es considerado como relativo y reglamentable. Así, el imperativo biotecnológico se impone para que el respeto a la vida ceda ante la expansión de una autonomía individual exacerbada.

Este retroceso se ha verificado en muchos debates sobre el aborto en todo el mundo en la última década, pero particularmente en América Latina. Podemos mencionar la sentencia “Artavia Murillo y otros c/Costa Rica” de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que sostuvo que el embrión humano no era persona y que, durante el embarazo, tenía derecho a la vida sólo en forma gradual y relativa. En la Argentina, las sentencias “FAL” (2012) y “MAD” (2015) de la Corte Suprema se ubicaron en esta línea de admitir excepciones al principio de que no es lícito quitar la vida.

Jesús Martínez Madrid

 

 

Primó la visión partidista

¿Más responsables máximos? Las elecciones del 10-N hacían muy previsible lo que ha pasado. Lo sabían los denominados partidos constitucionalistas, pero no supieron articular unas candidaturas que otorgaran más diputados a una suma de PP-Ciudadanos-Vox, llegando por ejemplo a acuerdos para que Vox no se presentara en aquellas provincias que no iba a sacar diputado, y podía favorecer al PP, o Ciudadanos también podía haberlo hecho. Primó la visión partidista.

El PP intentó la fórmula de “España Suma”, como sucede en Navarra. No tuvo éxito. También el PP ha de revisar a fondo su capacidad de llegar a acuerdos con otros partidos por el socorrido “bien de España”. Afán de protagonismo en Ciudadanos y Vox, velando más por su propio partido que por el mencionado “interés general”. Ha faltado altura de miras, incluso coherencia, que es lo que reprochan a otros partidos.

Los dardos han ido dirigidos a Teruel Existe. Queda la duda de si la mayoría de los que votaron a Tomás Guitarte hubiera apoyado el “sí” o bien el “no” a Sánchez: para unos  prima facilitar la gobernabilidad que prometió la agrupación electoral, y para otros prima el respeto a la Constitución que Guitarte ha reiterado. Buen galimatías, pero desproporcionado atribuir a Guitarte la responsabilidad máxima del resultado final.

 

Un rumbo preocupante

Soy de los que piensan que la política española tomaba un rumbo preocupante con la investidura de Pedro Sánchez y los posicionamientos de los diversos partidos políticos. Y de los que piensan que hubiera sido mejor ir a unas terceras elecciones que tener el Gobierno con las dependencias que este tienen y va a seguir teniendo. Pero no hay que perder la calma y, si existiera, creo que habría que administrar una dosis de serenidad para administrársela a algunos, a bastantes.

Es cierto que los votos a favor de Sánchez representan a 10,9 millones de  electores, y los diputados que han votado “no” representan a 11,3 millones  de votantes. Pero mientras tengamos el sistema electoral que tenemos, es el riesgo: la mayoría de los españoles no querían este Gobierno, y lo tenemos.

El resultado en la investidura es un jeroglífico o sopa de letras: 8 partidos apoyando a Sánchez –mejor dicho, siete partidos y la agrupación electoral Teruel Existe-, 8 en contra y 2 abstenciones.

Hay que sopesar lo que ha sucedido sin perder los nervios. La opción PSOE+Ciudadanos en abril hubiera supuesto 11,7 de votantes a favor, pero no cuajó, para mal de este país, visto lo visto.

¿Responsables máximos de la actual situación, con comunistas en el Gobierno –llamado “populismo”-, y el regocijo de independentistas y filoetarras? En primer lugar, Pedro Sánchez tiene su cuota importante.

Enric Barrull Casals

 

 

“Cuerpos y almas” y mucho más  (y II)

 

            Lo que quiero resaltar del libro, es un diálogo final que mantienen dos médicos (uno maestro y el otro discípulo) y el que figura en el capítulo VII de este largo libro que en las obras completas que poseo, cuenta con 690 páginas, pero todas o casi todas ellas de un contenido, que atrae el verdadero lector de obras que enriquece el ser y por tanto la mente del ser humano; y es por lo que recomiendo su lectura: leamos ese profético relato que dice…

 

            “¡La guerra! ¡Pobre país! ¡Pobre pueblo! ¡Pobre Francia!

            -Sí –dijo Michel-, Sólo entra en mis cálculos la posibilidad de una victoria. Y para nosotros, moralmente, una victoria constituiría ya un desastre. ¡Qué orgullo, qué afán de placeres, que liberación de nuestros peores instintos…! Sería conveniente que la victoria nos dejara exangües; de otro modo nos conduciría a una fulminante decadencia.

            -Sea cual fuere nuestra victoria Dotutreval – dijo Domberlé-, sea cual fuere la salida de esta guerra, el porvenir de nuestra civilización conocerá la decadencia si no modificamos totalmente nuestro modo de vivir. Una vez terminada la guerra y restañadas las heridas, lo que ocurrirá pronto gracias al maquinismo, ¿qué será entonces de los pueblos?

            -Me imagino –contestó Michel- que conocerán días de opulencia y de facilidad, lo que ellos denominaban Felicidad: la semana de treinta o de veinticuatro horas, el auto al alcance de todo el mundo, vacaciones, alimentación completa y variada, la distracción, el placer, y todo eso de una forma de la que ni siquiera podemos formarnos una idea. Arrumbadas las trabas aduaneras y psicológicas, las naciones, gracias al intercambio y el maquinismo, tendrán acceso a la abundancia. Esto durará cincuenta, cien años…

            -Exactamente –dijo Domberlé-. Y lo que luego sobrevendrá lo sabe usted, Doutreval, también como yo: asistiremos entonces a una aterradora degeneración de la raza blanca, de los pueblos civilizados. La abundancia “incontrolada” es la muerte de los pueblos y civilizaciones…

            -Sin embargo –Observó Michel-, la abundancia, la distracción, las comodidades son en sí un bien.

            Sí. Con tal de que el hombre las utilice en primer lugar para fomentar su cultura y su elevación de espíritu. Ahora bien, hasta hoy día sólo han sido para el instrumento de goces mezquinos.

            “No cabe duda –prosiguió-, que para el gran peligro que amenaza a la raza blanca no es la revolución, ni la guerra, sino el maquinismo, el ocio, la facilidad y sobreabundancia. Tenemos el ejemplo; la más magnifica nación que en el mundo haya sido (Roma) pereció por haber querido el trigo madurado bajo otros cielos, las legiones mercenarias y los juegos circenses. La vida de las ciudades, los trabajos sedentarios y malsanos de la fábrica, los ocios embrutecedores y sin control, la alimentación artificial, química, industrial o sobreexcitante y concentrada en demasía, los excesos de carne, de azúcar, de alcohol, de tabaco, de café, de conservas y de productos farmacéuticos, ese modo de vivir inadecuado para el hombre, conducirán irremisiblemente a una rápida decrepitud por el camino del artritismo, esa vejez de los pueblos. No lo impedirán ni vacunas, ni sueros, ni laboratorios, ni sanatorios, ni remedios específicos. Y llegado este momento, por bella que nuestra civilización europea haya sido se hundirá rápidamente dejando vacío tal vez mayor que el que dejó Roma. ¿Por qué me mira así? ¿Cree usted que exagero?

            -No –repuso Michel- pero todo eso es muy sombrío.

            -Todo eso sería sombrío si el progreso, la perfectibilidad, no fueran la única ley.

            -Cierto. No puedo creer, es imposible, que todo el esfuerzo de la inteligencia humana para evadirse del bruto, para mejorar su condición y hacer uso para su bienestar, como es justo, de las fuerzas de la naturaleza tenga que concluir con ese desastre. ¡No por eso nuestros sabios y nuestros hombres de ciencia se han afanado desde hace tantos siglos!

            -Tiene usted razón –afirmó Domberlé-. Llegaremos a utilizar cuerdamente el regio don de la ciencia gracias a la medicina, de vuelta de sus aberraciones y con la primordial misión, en adelante, de procurar que el hombre retorne a la naturaleza.

            ¿Se producirá eso a largo plazo? Tal vez no. En todo caso está escrito. La verdad acaba siempre por triunfar.

            Suceda lo que suceda, la medicina del mañana tiene una magnífica misión que cumplir.

            -Sí, amigo mío; comprender los errores, escapar a la multiplicidad de los males y del sintomatismo y volver a una noción unitaria, general, humoral de la salud y la enfermedad. Y luchar para educar a los hombres, instruirlos desde la infancia acerca de las causas reales de nuestros males, de las leyes que rigen al ser humano y de la necesidad de una alimentación a base de cereales y frutas a la que está fisiológicamente adaptado. Evidentemente precisará para ello de la ayuda del legislador”. (Dejo aquí el relato y conversación entre dos médicos imaginarios y que dialogan en la novela; pero el diálogo es mucho más extenso; y el lector interesado que lo busque y lea; y paso del ayer al hoy, puesto que como muy viejo que soy, nací en “esos días en que sale a la luz este precioso libro” (1938) y por ello he vivido mucho de lo que ese libro relata, puesto que si el mismo se sitúa en Francia, en este lado de los Pirineos, las cosas eran mucho peor y como mínimo iguales o similares, a lo que este escritor relata de su tiempo y entornos que viviera.

            Primero que este privilegiado cerebro, intuye ya la gran tragedia que va a llegar poco tiempo después y que conocemos como la peor guerra de todos los tiempos (la denominada segunda guerra mundial -1939-1945) y donde se destruyó “medio mundo o más”; aparte que nosotros los españoles (yo la padecí) sufrimos la peor de las guerras cual fuera la “civil” de 1936-1939; y a la que hay que sumarle, “el antes y el después”; y que los “venenos celtíberos, aún están presentes en muchas analfabestias mentes hispanas y que no asumen, lo ya caduco y asumido por el tiempo y la historia”.

            Segundo: Que terminada la destrucción, se empieza la reconstrucción gracias “a la máquina” (que reiteradamente ha nombrado el escritor) y con todos los adelantos conseguidos, se llega a este “crac” que hoy padecemos, donde el ser humano lo han dejado para “apretar botones y conducir enormes máquinas”; el resto no saben qué hacer con él; mientras el planeta, se ha llenado de basuras y todo tipo de podredumbres, e igualmente, de “enfermedades físicas y mentales”; las masas desorientadas o enloquecidas por “luces de bengala” y muchas cosas más que no digo, pero que invito a mis lectores las vean como yo las veo, puesto que pueden incluso empeorar la visión, ya que ahora mismo… “No se ve porvenir halagüeño alguno”.

            Y tercero: Que acertó el escritor al profetizar que “las masas y aquí entran desde el más rico al más pobre”; cuando llegaron las épocas de “vacas gordas” (recurro a lo que dice la Biblia) en vez de llenar su cerebro con enseñanzas útiles, puesto que hubo dinero para grandes derroches y lo tuvieron todas las capas sociales de los países mal denominados “desarrollados”; se dedicaron a cambiar de casa, coche, mobiliario, algunos “de mujer o marido”; viajar por el mundo sin aprender nada¸ llenar la panza y el bolsillo, cuanto más mejor, o sea, la necedad humana llevada al máximo de la presunción e idiotez de todos los tiempos…  y más claro, “tener más y no ser más”; puesto que, “como el saber no ocupa lugar y además cuesta mucho trabajo o esfuerzo llegar a ese saber del sabio, que en realidad no sabe nada”; mejor practicar aquello tan viejo e idiota, que afirma… ¡Comamos y bebamos que mañana moriremos! Amén… (Pero busquen y lean el libro “y no me lo agradezcan”)

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo) www.jaen-ciudad.es (aquí más)