Las Noticias de hoy 25 Noviembre 2021

Enviado por adminideas el Jue, 25/11/2021 - 12:06

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Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 25 de noviembre de 2021  

Indice:

ROME REPORTS

San José y su rol en la historia de salvación, al centro de la Catequesis del Papa

Francisco: "Hay que proteger y escuchar a las víctimas de la violencia"

Francisco a la Asamblea Eclesial: "Escucha y desborde", claves hacia la sinodalidad

Francisco: Repensemos la presencia del ser humano en el mundo

BENDECID TODOS AL SEÑOR : Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: jueves de la 34.ª semana del tiempo ordinario

Mensaje del Prelado (25 noviembre 2021)

“Te adoro, te amo, auméntame la fe” : San Josemaria

San José nos enseña que estamos llamados a sentirnos custodios de nuestros hermanos

Tiempo de Adviento: Preparar la venida del Señor : Juan José Silvestre

La luz de la fe (II): la creación (I): «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» : Marco Vanzini / Carlos Ayxelá

El Adviento – ¿Cómo y cuando empieza a vivirse? : primeroscristianos

Autoerotismo : Mario Arroyo.

El reto de ser mujer en el Siglo XXI: femineidad y felicidad, descifrando el código : Nuria Chinchilla

Cómo prevenir el abuso sexual infantil : Lucía Legorreta

Las tremendas consecuencias de la corrupción : Ana Teresa López de Llergo

La Confesión y los pedidos de Fátima : Acción Familia

Para Navidad se detecta una escasez de cordero : Jesús Domingo

Congresos en Noviembre : Jorge Hernández Mollar

Un modelo que desprestigia valores : Jesús D Mez Madrid

La ansiada jubilación : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

 

San José y su rol en la historia de salvación, al centro de la Catequesis del Papa

Continuando con su ciclo de catequesis sobre la figura de San José, el Papa Francisco reflexionó durante su Audiencia General de esta mañana, sobre el rol del padre adoptivo de Jesús en la historia de salvación. Asimismo, el Pontífice recordó que todos podemos encontrar en San José, a un hombre "que pasa inobservado", de presencia discreta e inadvertida pero que actúa como un intercesor, "un apoyo y una guía fundamental en los momentos de dificultad".

 

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

La mañana del 24 de noviembre y tras haber saludado a unos 1.500 fieles en la Basílica de San Pedro que por motivos de espacio no pudieron entrar en el Aula Pablo VI del Vaticano, el Papa Francisco celebró su habitual Audiencia General de los miércoles junto a peregrinos procedentes de Italia y de todas partes del mundo.

 

 

24/11/2021Francisco: "Hay que proteger y escuchar a las víctimas de la violencia"

Prosiguiendo con su ciclo de catequesis sobre la figura de San José, y hablando en italiano, el Santo Padre se detuvo a reflexionar sobre su rol en la historia de la salvación.

Francisco explicó que Jesús en los Evangelios es indicado como «hijo de José» (Lc 3,23; 4,22; Jn 1,45; 6,42) e «hijo del carpintero» (Mt 13,55; Mc 6,3), por tanto, los Evangelistas Mateo y Lucas, dan espacio al rol de José al narrar la infancia de Jesús:

«Ambos componen una "genealogía", para evidenciar la historicidad de Jesús», añadió el Pontífice haciendo hincapié en que los dos evangelistas "presentan a José no como padre biológico, pero sí como padre de Jesús en toda regla".

San José: pieza fundamental en nuestra salvación

En este sentido, el Papa subrayó que, a través de José, "Jesús realiza el cumplimiento de la historia de la alianza y de la salvación transcurrida entre Dios y el hombre", y destacó que para Mateo "esta historia comienza con Abraham", mientras que para Lucas empieza "con el origen mismo de la humanidad".

El evangelista Mateo -puntualizó Francisco- nos ayuda a comprender que la figura de José, "aunque aparentemente marginal, discreta, en segunda línea", representa sin embargo una pieza fundamental en la historia de la salvación: "José vive su protagonismo sin querer nunca adueñarse de la escena".

De esta manera -añadió el Papa- todos pueden encontrar en San José, el hombre que pasa inobservado, el hombre de la presencia cotidiana, discreta y escondida, pero que a la vez es un intercesor, un apoyo y una guía fundamental en los momentos de dificultad.

“Él nos recuerda que todos aquellos que están aparentemente escondidos o en «segunda línea» tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. El mundo necesita a estos hombres y a estas mujeres”

Custodio de Jesús y de María

Por otra parte, el Obispo de Roma observó que en el Evangelio de Lucas, José aparece como el custodio de Jesús y de la Virgen María:

“Y por esto él es también el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María. José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre”

Además, Francisco manifestó que una sociedad como la nuestra, que ha sido definida “líquida”, encuentra en la historia de José una indicación bien precisa sobre la importancia de los vínculos humanos.

"De hecho -dijo el Santo Padre- el Evangelio nos cuenta la genealogía de Jesús, además de por una razón teológica, para recordar a cada uno de nosotros que nuestra vida está hecha de vínculos que nos preceden y nos acompañan. El Hijo de Dios, para venir al mundo, ha elegido la vía de los vínculos".

Oración a San José: aliado, amigo y apoyo

En este punto, el Papa dedicó un pensamiento especial a todas las personas a las que les cuesta encontrar vínculos significativos en su vida, "y precisamente por esto cojean, se sienten solos, no tienen la fuerza y la valentía para ir adelante".

Francisco concluyó su alocución compartiendo con todos los fieles una oración para que los ayude, "y nos ayude a todos nosotros", a encontrar en San José un aliado, un amigo y un apoyo.

San José,

tú que has custodiado el vínculo con María y con Jesús,

ayúdanos a cuidar las relaciones en nuestra vida.

Que nadie experimente ese sentido de abandono

que viene de la soledad.

Que cada uno se reconcilie con la propia historia,

con quien le ha precedido,

y reconozca también en los errores cometidos

una forma a través de la cual la Providencia se ha hecho camino,

y el mal no ha tenido la última palabra.

Muéstrate amigo con quien tiene mayor dificultad,

y como apoyaste a María y Jesús en los momentos difíciles,

apóyanos también a nosotros en nuestro camino. Amén.

 

A continuación compartimos la síntesis de la Catequesis del Papa pronunciada en español:

Proseguimos hoy con la segunda catequesis sobre san José, referida a su papel en la Historia de la Salvación. Los evangelios, aun cuando dejan claro que José no es el padre biológico de Jesús, afirman que es su padre a pleno título. Su figura, a través de las dos genealogías que recogen los evangelistas Mateo y Lucas, evidencia cómo Jesús se hace presente en la historia, y de ese modo da cumplimiento a la alianza de Dios con el linaje de Abrahán y a la salvación de la humanidad.

Además de este valor teológico, José se muestra como esa presencia cotidiana, discreta y escondida que sostiene a Jesús y María. En ambas imágenes, nos enseña que nuestras vidas, como la de Jesús, están sostenidas por personas comunes, que nos preceden y nos acompañan, tejiendo con nosotros la historia de nuestra vida. Por esta razón, José no sólo es el “custodio” de la Sagrada Familia, sino que también lo es de la Iglesia, prolongación del Cuerpo de Cristo, y podemos encontrar en él el sostén, la intercesión y la guía en los momentos de dificultad.

* * *

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Los animo a pedir con confianza a san José la capacidad de valorizar los vínculos profundos de nuestra vida, a las personas comunes que nos acompañan y sostienen, para que nadie se sienta solo y abandonado y todos puedan reconciliarse con su propia historia viendo en ella la providencia de Dios pese a su debilidad. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

 

Francisco: "Hay que proteger y escuchar a las víctimas de la violencia"

El Papa inició su Audiencia General de este miércoles de un modo inusual: se reunió con un grupo de fieles y peregrinos en la Basílica de San Pedro que por motivos de espacio y en el marco de la pandemia, no pudo entrar en el Aula Pablo VI del Vaticano. Entre ellos, el Santo Padre saludó a los miembros de la Asociación Italiana que protege a quienes han sufrido maltratos y situaciones de desamparo, especialmente a las mujeres: "Que vuestro ejemplo inspire un renovado compromiso", dijo Francisco.

 

Ciudad del Vaticano

La mañana del miércoles 24 de noviembre el Papa Francisco comenzó su Audiencia General de un modo inusual: reuniéndose y saludando a unos 1500 fieles procedentes de diversas parroquias de Italia reunidos en la Basílica de San Pedro.

Se trata de miembros de varias asociaciones católicas, grupos parroquiales, familias, estudiantes y parejas recién casadas, que por motivos de espacio y en el respeto de las medidas de seguridad anti Covid-19, no entraban en el Aula Pablo VI del Vaticano, lugar donde el Pontífice pronuncia habitualmente su catequesis.

 

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En este contexto y teniendo en cuenta las bajas temperaturas de Roma en este período otoñal, el Papa decidió recibir a estos peregrinos en la Basílica Vaticana y dirigirles unas palabras especiales.

Saludo a la familia Vicentina

"Saludo a la Familia Vicentina de Italia que ha promovido la peregrinación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa a todas las regiones de Italia, junto con las diócesis y las parroquias", dijo el Papa recordando que en estos meses de pandemia, "su misión ha traído esperanza, haciendo que muchos experimenten la misericordia de Dios".

Asimismo, el Obispo de Roma dedicó un pensamiento particular a las personas solas, a los enfermos de los hospitales, a quienes viven en las cárceles, en los centros de acogida y en las periferias existenciales y que son asistidos por la congregación religiosa Vicentina:

“Gracias, porque han dado testimonio del estilo de la Iglesia en salida que llega a todos, empezando por los excluidos y los marginados. Sigan por este camino y ábranse cada vez más a la acción del Espíritu Santo, que les da la fuerza para anunciar con valentía la novedad del Evangelio”

Anunciar a Cristo con nuestra vida

Igualmente, el Papa saludó a los peregrinos de la Asociación Juan Pablo II de Bisceglie:

“Queridos amigos, imiten el ejemplo de este Santo Pontífice y esfuércense por comprender y acoger el amor de Dios, fuente y razón de nuestra verdadera alegría. En comunión con sus pastores, anuncien a Cristo con vuestra vida, en la familia y en todos los ambientes”

Proteger a las víctimas de la violencia

Por último, el Pontífice saludó a la Asociación Italiana de Víctimas de la Violencia:

“Queridos hermanos y hermanas, les agradezco su labor de asistencia y apoyo a quienes han sufrido malos tratos y viven en la angustia y el malestar. Con su importante labor, ustedes contribuyen a construir una sociedad más justa y solidaria. Que su ejemplo inspire en todos un compromiso renovado, para que las víctimas de la violencia sean protegidas y su sufrimiento sea tenido en cuenta y escuchado”

"Gracias a todos por esta visita", concluyó Francisco: "Desde mi corazón les imparto mi bendición a cada uno de ustedes, que extiendo a sus familias y a sus comunidades".

 

 

Francisco a la Asamblea Eclesial: "Escucha y desborde", claves hacia la sinodalidad

A través de un mensaje escrito, el Papa Francisco se une a los participantes de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, reunidos en Ciudad de México del 21 al 28 de noviembre de 2021. En el escrito, el Pontífice hace hincapié en tres claves para caminar hacia la sinodalidad -comunión, participación y misión- a la vez que propone dos palabras fundamentales para avanzar en el camino sinodal: "escucha y desborde".

Ciudad del vaticano

El domingo 21 de noviembre, se publicó el mensaje del Papa Francisco dirigido a los participantes de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, reunidos en Ciudad de México del 21 al 28 de noviembre de 2021, con el deseo -escribe el Santo Padre- de impulsar una Iglesia en salida sinodal, "reavivar el espíritu de la V Conferencia General del Episcopado que, en Aparecida en 2007, nos convocó a ser discípulos misioneros, y animar la esperanza, vislumbrando en el horizonte el Jubileo Guadalupano en 2031 y el Jubileo de la Redención en 2033".

Comunión, participación y misión

En su mensaje (firmado en San Juan de Letrán, Roma, el 15 de octubre de 2021), el Pontífice agradece a todos por su presencia en esta Asamblea, «que es una nueva expresión del rostro latinoamericano y caribeño de nuestra Iglesia, en sintonía con el proceso preparatorio de la XVI Asamblea general del Sínodo de los Obispos que tiene como tema 'Para una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión'».

En base a estas claves que "vertebran y orientan la sinodalidad", es decir, comunión, participación y misión; el Papa reflexiona brevemente sobre dos palabras que exhorta "a tener en cuenta de modo especial en este camino que están haciendo juntos: escucha y desborde".

Procuren escucharse mutuamente

La primera palabra propuesta por Francisco es escucha:

"El dinamismo de las asambleas eclesiales está en el proceso de escucha, diálogo y discernimiento", escribe el Obispo de Roma, destacando que en una Asamblea, "el intercambio facilita escuchar la voz de Dios hasta escuchar con Él el clamor del pueblo, y escuchar al pueblo hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama".

Les pido -se lee en el mensaje del Papa- que procuren escucharse mutuamente y escuchar los clamores de nuestros hermanos y hermanas más pobres y olvidados.

Que esta Asamble "desborde” el amor creativo de su Espíritu

La segunda palabra es desborde:

"El discernimiento comunitario requiere mucha oración y diálogo para poder hallar juntos la voluntad de Dios, y también requiere encontrar caminos superadores que eviten que las diferencias se conviertan en divisiones y polarizaciones", escribe Francisco manifestando que, en este proceso, pide al Señor que esta Asamblea sea expresión del “desborde” del amor creativo de su Espíritu, "que nos impulsa a salir sin miedo al encuentro de los demás, y que anima a la Iglesia para que, por un proceso de conversión pastoral, sea cada vez más evangelizadora y misionera".

Por ello, el Pontífice alienta a todos a vivir estos días "acogiendo con gratitud y alegría este llamado al desborde del Espíritu en el Pueblo fiel de Dios que peregrina en América Latina y el Caribe".

"Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide con su protección maternal. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí", concluye Francisco.

 

Francisco: Repensemos la presencia del ser humano en el mundo

Aún hoy, el humanismo bíblico sigue siendo el camino para las respuestas sobre el futuro de los seres humanos, sus relaciones entre sí y con Dios. En un vídeo mensaje dirigido a la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, el Papa Francisco señala la necesidad de redescubrir "el sentido y el valor del ser humano en relación con los desafíos que afronta”

 

Vatican News

Frente a la “revolución” que toca “los nudos esenciales de la existencia humana”, es necesario realizar “un esfuerzo creativo de pensamiento y acción” y repensar “la presencia del ser humano en el mundo”. En un vídeo mensaje a la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, el Papa Francisco señala la necesidad de redescubrir "el sentido y el valor del ser humano en relación con los desafíos que afronta”. Francisco señala además la necesidad de responder a diversos “interrogantes fundamentales de la existencia: la pregunta sobre Dios y el ser humano”:

En efecto, en esta coyuntura histórica, no sólo necesitamos nuevos programas económicos o nuevas recetas contra el virus, sino sobre todo una nueva perspectiva humanista, basada en la Revelación bíblica, enriquecida por la herencia de la tradición clásica, así como por las reflexiones sobre la persona humana presentes en las diferentes culturas

El fin de las ideologías y el humanismo profano

El Pontífice cita a San Pablo VI, quien a finales de 1965 y del Concilio Vaticano II, “invitaba a esa humanidad cerrada a la trascendencia a reconocer nuestro nuevo humanismo, porque – decía – "también nosotros, nosotros más que nadie, somos los cultores del hombre". Desde entonces han transcurrido casi sesenta años que Francisco recuerda afirmando en su mensaje:

En nuestra época, marcada por el fin de las ideologías, parece olvidado, parece sepultado frente a los nuevos cambios provocados por la revolución informática y el increíble desarrollo de las ciencias, que nos obligan a replantearnos todavía que es el ser humano. La cuestión del humanismo parte de esta pregunta: ¿qué es el hombre, el ser humano?

Indicaciones de la Gaudium et spes

El Papa afirma que “en la actualidad, esto ha desaparecido debido a la fluidez de la visión cultural contemporánea. Es la era de la liquidez o de lo gaseoso”. “Sin embargo, la Constitución conciliar Gaudium et spes sigue siendo actual a este respecto”. Y dice que “la Iglesia tiene todavía mucho que dar al mundo, y nos obliga a reconocer y valorar, con confianza y valentía, los logros intelectuales, espirituales y materiales que han surgido desde entonces en diversos campos del saber humano”.

“Hoy está en marcha una revolución -sí, una revolución- que toca los nudos esenciales de la existencia humana y exige un esfuerzo creativo de pensamiento y acción. De ambos. Están cambiando estructuralmente las formas de entender la generación, el nacimiento y la muerte. Se cuestiona la especificidad del ser humano en el conjunto de la creación, su singularidad frente a otros animales e incluso su relación con las máquinas”

El hombre servidor de la vida

Sin ceder a la crítica y a la negación, Francisco indica además que es el momento de pensar: “Más bien se nos pide que repensemos la presencia del ser humano en el mundo a la luz de la tradición humanista: como servidor de la vida y no como dueño suyo, como constructor del bien común con los valores de la solidaridad y la compasión”. Mientras junto a la pregunta sobre Dios, hoy surge otra que se refiere al ser humano y su identidad:

“La Sagrada Escritura nos brinda las coordenadas esenciales para perfilar una antropología del ser humano en su relación con Dios, en la complejidad de las relaciones entre el hombre y la mujer, y en la conexión con el tiempo y el espacio en que vive”

Tal como dice el Santo Padre, “esta fusión entre la sabiduría antigua y la bíblica sigue siendo un paradigma fecundo”. Sin embargo, “el humanismo bíblico y clásico hoy debe abrirse sabiamente para acoger, en una nueva síntesis creativa, también las aportaciones de la tradición humanista contemporánea y de otras culturas”.

Las diversas culturas

“Pienso, por ejemplo, en la visión holística de las culturas asiáticas, en la búsqueda de la armonía interior y la armonía con la creación. O en la solidaridad de las culturas africanas, para superar el excesivo individualismo típico de la cultura occidental. También es importante la antropología de los pueblos latinoamericanos, con su vivo sentido de la familia y la fiesta. Así como las culturas de los pueblos indígenas de todo el planeta”.

“En estas diferentes culturas existen formas de un humanismo que, integrado en el humanismo europeo heredado de la civilización grecorromana y transformado por la visión cristiana, es hoy el mejor medio para hacer frente a las inquietantes preguntas sobre el futuro de la humanidad”

Por último, dirigiéndose a los queridos miembros y consultores, a los queridos participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, el Papa les confirma sui apoyo y les recuerda: “Hoy más que nunca el mundo necesita redescubrir el sentido y el valor del ser humano en relación con los desafíos que afronta. Hoy quiere que repitamos aquellos versos de un pagano: ‘Sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt’". Y concluye con su bendición, pidiéndoles que sigan rezando por él.

 

 

BENDECID TODOS AL SEÑOR

— La naturaleza entera alaba a Dios. El Canto del Trium puerorum.

— Preparación y acción de gracias de la Misa.

— Jesús viene a visitarnos en la Comunión. Poner todos los medios para darle buena acogida.

I. Rocíos y escarchas, bendecid al Señor. // Hielo y frío, bendecid al Señor. // Luz y tinieblas, bendecid al Señor...1.

Una de las lecturas de estos días nos narra diversos pasajes del Libro de Daniel, y los Salmos responsoriales recogen el bellísimo Canto llamado de los tres jóvenes (Trium puerorum), utilizado en la Iglesia desde la antigüedad como himno de acción de gracias, introducido primero en la Santa Misa, y después fuera de ella, para fomentar la piedad de los fieles2.

Cuando los tres jóvenes judíos fueron condenados a morir en un horno ardiendo por negarse a adorar la estatua de oro erigida por el rey Nabucodonosor, oraron al Dios de sus padres, al Dios de la Alianza, que manifestó su santidad y magnificencia en tantos prodigios sobre el pueblo de Israel, y cantaron este himno que «suena como una llamada dirigida a las criaturas a fin de que proclamen la gloria de Dios Creador»3; esta gloria está ante todo en Dios mismo y, mediante la obra de la Creación, brota del seno mismo de la Divinidad y, «en cierto modo, se traslada fuera: a las criaturas del mundo visible y del invisible, según su grado de perfección»4.

Comienza el himno con una invitación a todas las criaturas a dirigirse a su Creador: Obras todas del Señor, bendecid al Señor: alabadle y ensalzadle por todos los siglos de los siglos. Los ángeles del Cielo dirigen la alabanza. Luego, los cielos, donde está la lluvia5, y todos los cuerpos celestes, el sol y la luna, las estrellas, aguaceros y rocío, los vientos, fuego y calor, frío y helada, rocío y escarcha, helada y nieves, noches y días, luz y tinieblas, relámpagos y nubes son invitados a alabar al Señor. La tierra con sus montes y colinas, sus fuentes, sus mares y ríos, ballenas y peces y todo lo que se mueve en las aguas; las aves del cielo, las bestias todas y los ganados son instados a bendecir al Señor.

El hombre, rey de la Creación, aparece el último, y por este orden: todos los hombres en general, el pueblo de Israel, los sacerdotes, los ministros del Señor, el pueblo judío, los justos, los santos y humildes de corazón. Por último, los mismos jóvenes judíos fieles al Señor (Ananías, Azarías y Misael) son llamados a cantar alabanzas al Creador6.

Para la acción de gracias después de la Misa, se añadió desde antiguo a este Cántico el Salmo 150, último del Salterio, en el que también se convoca a todos los seres vivientes para bendecir al Señor. Laudate Dominum in sanctis eius... Alabad al Señor en su templo, alabadlo en todo su firmamento. Alabadlo por sus obras magníficas, por su inmensa grandeza. Alabadlo tocando trompas, con arpas y cítaras, con tambores y danzas... ¡Todo ser viviente alabe al Señor!

Nuestra vida cristiana debe ser toda ella como un canto vibrante de alabanza, lleno de adoración, acciones de gracias y entrega amorosa. Por eso, en la acción de gracias de la Comunión, mientras que tenemos en nuestro corazón al Señor de Cielo y tierra, nos unimos a todo el universo en su pregón de agradecimiento al Creador.

II. La vida entera, pero especialmente los momentos después de haber comulgado, es un tiempo de alegría y de alabanza a Dios. Para dar gracias al Señor nos podemos unir interiormente a todas las criaturas que, cada una según su ser, manifiestan su gozo al Señor. «Hay que cantar desde ahora –comenta San Agustín–, porque la alabanza a Dios hará nuestra dicha durante la eternidad y nadie sería apto para esta ocupación futura si no se ejercitara alabando en las condiciones de la vida presente. Cantemos el Aleluya, diciendo unos a otros: alabad al Señor; y así prepararnos el tiempo de la alabanza que seguirá a la resurrección»7¡Alabad al Señor...! Nos unimos a todos los seres de la tierra, y a los santos y «los ángeles y los arcángeles, y con todos los coros celestiales cantamos sin cesar el himno de tu gloria ...»8.

Te adoro con devoción, Dios escondido9, le decimos a Jesús en la intimidad de nuestro corazón después de haber comulgado. En esos momentos hemos de frenar las impaciencias y permanecer recogidos con Dios que nos visita. Nada hay en el mundo más importante que prestar a ese Huésped el honor y la atención que se merece. Si somos generosos con el Señor y cuidamos esos diez minutos en su compañía, llegará un tiempo –quizá ya ha llegado– en el que esperaremos con impaciencia la Santa Misa y el momento de la Comunión. Las almas de todos los tiempos que han estado cerca de Dios han esperado con impaciencia ese momento inefable en el que tan próximos estamos de Dios. Así ocurría a San Josemaría Escrivá: durante la mañana daba gracias por la Misa que había celebrado, y por la tarde preparaba la Misa del día siguiente. Y era tal su amor que incluso durante la noche, cuando se interrumpía su sueño, su pensamiento se dirigía hacia la Misa que iba a celebrar al día siguiente y, con el pensamiento, el deseo de glorificar a Dios a través de aquel Sacrificio único. De este modo, el trabajo y las mortificaciones, las jaculatorias y las comuniones espirituales, los detalles de caridad, iban dirigidos como preparación o como obsequio en acción de gracias10.

Examinemos hoy con qué amor acudimos nosotros a la Santa Misa, donde tributamos a Dios la alabanza suprema, y con qué atención y esmero cuidamos de esos minutos que estamos con Él. Es una cortesía que no debemos descuidar jamás.

III. El Evangelio de la Misa11 nos recuerda la venida gloriosa de Cristo al fin de los tiempos: Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria, Ahora, en la Comunión, llega el mismo Hijo del Hombre a nuestro corazón para fortalecernos y llenarnos de paz. Viene como el Amigo tanto tiempo esperado. Y hemos de recibirlo como lo hicieron sus más íntimos: con la atención de María de Betania, con la alegría con que le acogió Zaqueo en su casa... «Parece que esto es lo correcto: si se recibe en casa a un amigo, a un invitado, se le atiende, es decir, se le da conversación, se le acompaña. No se le deja en la sala de visitas o en cualquier otro lugar de la casa, con el periódico, para que entretenga la espera hasta que nos venga bien atenderle. Sin duda sería de muy mala educación. Y si la persona que nos visitara fuera de tan gran categoría, que el solo hecho de venir a nuestra casa supusiera un honor muy por encima de nuestra condición y merecimientos, entonces la desatención no sería ya falta de educación, sino grosería incalificable»12. Hemos de tratar bien a Jesús, que tanto desea visitarnos en nuestra pobre casa. «Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hace buen hospedaje»13. Es una buena ocasión de unirnos a toda la Creación para alabar y dar gracias al Creador que, humilde, se queda sacramentalmente en nuestro corazón durante esos minutos.

La Iglesia, siempre Madre buena, nos ha aconsejado a sus hijos esas oraciones que han alimentado la piedad de tantos cristianos para ayudarnos, especialmente cuando nos sintamos pobres de palabras para dirigirnos a Jesús: el Himno Adoro te devote, el Trium puerorum, la Oración a Jesús Crucificado, las Invocaciones al Santísimo Redentor... Si al comulgar procuramos tener a mano algún devocionario –cuando sea posible– o algún Misal de los fieles, dispondremos de una buena ayuda para aprovechar ese tiempo que tanto va a influir luego a lo largo de todo el día. Muchas veces, la jornada depende de esos minutos junto a Jesús Sacramentado.

No dejemos de poner todos lo medios a nuestro alcance para mejorar nuestras disposiciones antes y después de haber comulgado. Cualquier esfuerzo que pongamos es siempre largamente recompensado. «Cuando recibas al Señor en la Eucaristía, agradécele con todas las veras de tu alma esa bondad de estar contigo.

»—¿No te has detenido a considerar que pasaron siglos y siglos, para que viniera el Mesías? Los patriarcas y los profetas pidiendo, con todo el pueblo de Israel: ¡que la tierra tiene sed, Señor, que vengas!

»—Ojalá sea así tu espera de amor»14.

1 Salmo responsorial. Año 1. Dan 3, 68 ss. — 2 Cfr. A. G. Martimort, La Iglesia en oración, Herder, 3ª ed., Barcelona 1987, p. 168. — 3 Juan Pablo II, Audiencia general 12-III-1986. — 4 Ibídem. — 5 Cfr. Gen 1, 7. — 6 Cfr. B. Orchard y otros, Verbum Dei, vol. II, notas a Dan 3, 51-90. — 7 San Agustín, cit. por D. de las Heras, Comentario ascético-teológico sobre los Salmos, p. 374. — 8 Misal Romano, Prefacio de la Misa. — 9 Himno Adoro te devote. — 10 Cfr. F. Suárez, El sacrificio del altar, p. 280. — 11 Lc 21, 20-28. — 12 F. Suárez, o. c., p. 274. — 13 Santa Teresa, Camino de perfección, 39. — 14 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 991.

 

Meditaciones: jueves de la 34.ª semana del tiempo ordinario

Reflexión para meditar el jueves de la semana treinta y cuatro del tiempo ordinario. Los temas propuestos son: la brevedad de nuestra vida; Dios nos acompañará al final del camino; la urgencia de hacer felices a los demás.

25/11/2021

 


PENSAR EN LA BREVEDAD de la vida y considerar que nuestro paso por la tierra tiene un final puede producirnos temor. «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed que ya se acerca su desolación (...). Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de las olas» (Lc 21,20-25), dice hoy Jesús en el discurso escatológico que la Iglesia nos presenta en la liturgia. De hecho, pocos años después, al ver que los ejércitos rodeaban la ciudad, algunos cristianos que recordaban las palabras del Señor efectivamente huyeron a Transjordania1.

Sin embargo, los apóstoles habían vivido una ocasión parecida a la que describe Jesús, con un mar agitado y grandes olas. Lo tenían bien guardado en su memoria. Aquella vez estuvieron sobre una barca y todo parecía indicar que morirían ahogados en la tempestad. Entonces, el Señor se había levantado, había calmado las aguas y serenado sus ánimos. «“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes, solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros necesitaban las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con él a bordo, no se naufraga. Esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere»2.

San Josemaría miraba con mucha seguridad las realidades últimas que la Iglesia nos propone considerar estos días. A algunas personas «la muerte les para y sobrecoge. A nosotros, la muerte –la Vida– nos anima y nos impulsa. Para ellos es el fin: para nosotros, el principio»3.


EN MUCHOS SARCÓFAGOS antiguos se representa la figura de Cristo mediante la imagen del buen pastor. En el arte romano, «el pastor expresaba generalmente el sueño de una vida serena y sencilla, de la cual tenía nostalgia la gente inmersa en la confusión de la ciudad. Pero ahora la imagen era contemplada en un nuevo escenario que le daba un contenido más profundo: “El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. El verdadero pastor es aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su “vara y su cayado me sosiega”, de modo que “nada temo”, era la nueva esperanza que brotaba en la vida de los creyentes»4.

Llegará el momento, cuando Dios quiera y como Dios quiera, en el que el Señor nos llamará a su presencia. La Iglesia pone en labios del sacerdote que asiste a un moribundo unas palabras especiales para esos instantes: «Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios (…), con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos (…). Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra»5. Considerar que saldremos de este mundo sin nada, nos puede ayudar a vivir con mayor ligereza para movernos al ritmo de Dios. ¿Qué es realmente lo importante? ¿Qué he de custodiar en el corazón para que, cuando llegue el momento, atraviese el umbral de la vida terrena hacia la eternidad sin congojas? Sabemos bien que solo el amor está destinado a durar para siempre. Nos hacemos eternos al entregarnos cada día, en cada cosa que hacemos.


SABER QUE NUESTRO TIEMPO es limitado aviva el sentido de misión que tiene nuestra vida de bautizados. Nos impulsa a aprovechar cada día como si fuese el último. ¿Qué aspiración es más grande que llevar la felicidad eterna a quienes nos rodean? Lo haremos gradualmente, uno a uno, pensando en las circunstancias de cada persona concreta, tratando de discernir qué pasos quiere dar Dios en sus corazones… pero con esa prisa de saber que cada momento es único, que el tiempo se nos escapa de entre las manos. «Si el Señor te ha llamado “amigo”, has de responder a la llamada, has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios!»6.

«La amistad multiplica las alegrías y ofrece consuelo en las penas; la amistad del cristiano desea la felicidad más grande –la relación con Jesucristo– para quienes tiene cerca. Pidamos, como hacía san Josemaría: “¡Danos, Jesús, un corazón a la medida del tuyo!”. Ese es el camino. Solo identificándonos con los sentimientos de Cristo –tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (Fil 2,5)– podremos llevar esa alegría plena a nuestra casa, a nuestro trabajo y a todos los lugares en los que nos encontremos, a través de nuestra amistad»7.

Identificarse con los sentimientos del Señor, sin miedo a la muerte porque nos lleva al cielo, y con la inquietud de llevar hacia esa felicidad a las personas que queremos, podría ser un buen resumen de la vida cristiana en esta tierra. Queremos llegar a la presencia de Dios rodeados de nuestros familiares y amigos, para compartir la vida con Jesús y María durante toda la eternidad.


1 Cfr. Eusebio de Cesarea, Historia ecclesiastica, 3, 5.
2 Francisco, Momento extraordinario de oración en tiempos de pandemia, 27-III-2020.
3 San Josemaría, Camino, 738.
4 Benedicto XVI, Spe salvi, n. 6.
5 Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral.
6 San Josemaría, Surco, n. 629.
7 Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 1-XI-2019, n. 23

 

 

Mensaje del Prelado (25 noviembre 2021)

El prelado del Opus Dei nos invita a vivir con esperanza la realidad de la muerte, confiando en el amor de Dios y acudiendo a santa María.

25/11/2021

Queridísimos: ¡Que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En estas semanas de noviembre estamos rezando especialmente por todos los difuntos. Nuestro recuerdo se dirige de manera especial a tantas y tantos fieles de la Obra que han dejado este mundo, a los difuntos de nuestras familias y a las personas que hemos conocido durante su paso por esta tierra.

Por otro lado, sabemos que la muerte no tiene la última palabra. ¡Qué magnífica esperanza despierta en nosotros la fe! La esperanza en la gloria del cielo es una «esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Se trata de un «don de Dios que nos atrae hacia la vida, hacia la alegría eterna. La esperanza es un ancla que tenemos al otro lado» (Francisco, 2-XI-2020).

Sin embargo, es comprensible que ante la realidad de la muerte pueda entrar alguna vez en el alma la inquietud o la sombra del desaliento. Procuremos entonces reaccionar con prontitud, acudiendo a santa María, Madre de la esperanza y Causa de nuestra alegría. Entonces, con una esperanza alegre, recibida de Dios, tendremos renovada fuerza interior para servir a los demás.

Agradezcamos al Señor la reciente ordenación de veinticuatro nuevos diáconos de la Prelatura; seguid rezando por ellos y por todos los que en la Iglesia se preparan para el sacerdocio.

Con todo cariño os bendice

vuestro Padre

Roma, 25 de noviembre de 2021

 

“Te adoro, te amo, auméntame la fe”

Cuando le recibas, dile: Señor, espero en Ti; te adoro, te amo, auméntame la fe. Sé el apoyo de mi debilidad, Tú, que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas. (Forja, 832)

25 de noviembre

Asistiendo a la Santa Misa, aprenderéis a tratar a cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al Hijo, que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo que de los dos procede. Tratando a cualquiera de las tres Personas, tratamos a un solo Dios; y tratando a las tres, a la Trinidad, tratamos igualmente a un solo Dios único y verdadero. Amad la Misa, hijos míos, amad la Misa. Y comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad.

No ama a Cristo quien no ama la Santa Misa, quien no se esfuerza en vivirla con serenidad y sosiego, con devoción, con cariño. El amor hace a los enamorados finos, delicados; les descubre, para que los cuiden, detalles a veces mínimos, pero que son siempre expresión de un corazón apasionado. De este modo hemos de asistir a la Santa Misa. Por eso he sospechado siempre que, los que quieren oír una Misa corta y atropellada, demuestran con esa actitud poco elegante también, que no han alcanzado a darse cuenta de lo que significa el Sacrificio del altar.

El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros, nos impulsa a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción de gracias personal, íntima, que prolongue en el silencio del corazón esa otra acción de gracias que es la Eucaristía. (Es Cristo que pasa, nn. 91-92)

 

San José nos enseña que estamos llamados a sentirnos custodios de nuestros hermanos

Durante la audiencia general el Papa explicó que José fue “esa presencia cotidiana, discreta y escondida que sostiene a Jesús y María”. Dijo que es importante pensar que este santo “nos enseña que nuestras vidas, como la de Jesús, están sostenidas por personas comunes, que nos preceden y nos acompañan”. Por eso sugirió “pedir con confianza a san José la capacidad de valorizar los vínculos profundos de nuestra vida, a las personas comunes que nos acompañan y sostienen, para que nadie se sienta solo y abando

24/11/2021

Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado empezamos el ciclo de catequesis sobre la figura de san José —está terminando el año dedicado a él—. Hoy proseguimos este recorrido deteniéndonos en su rol en la historia de la salvación.

Jesús en los Evangelios es indicado como «hijo de José» (Lc 3,23; 4,22; Jn 1,45; 6,42) e «hijo del carpintero» (Mt 13,55; Mc 6,3). Los Evangelistas Mateo y Lucas, narrando la infancia de Jesús, dan espacio al rol de José. Ambos componen una “genealogía”, para evidenciar la historicidad de Jesús. Mateo, dirigiéndose sobre todo a los judeocristianos, parte de Abraham para llegar a José, definido «el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo» (1,16). Lucas, sin embargo, se remonta hasta Adán, empezando directamente por Jesús, que «era hijo de José», pero precisa: «según se creía» (3,23). Por tanto, ambos evangelistas presentan a José no como padre biológico, pero de todas formas como padre de Jesús en toda regla. A través de él, Jesús realiza el cumplimiento de la historia de la alianza y de la salvación transcurrida entre Dios y el hombre. Para Mateo esta historia comienza con Abraham, para Lucas con el origen mismo de la humanidad, es decir con Adán.

El evangelista Mateo nos ayuda a comprender que la figura de José, aunque aparentemente marginal, discreta, en segunda línea, representa sin embargo una pieza fundamental en la historia de salvación. José vive su protagonismo sin querer nunca adueñarse de la escena. Si lo pensamos, «nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, […]. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños, con gestos cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos» (Cart. ap. Patris corde, 1). 

Así, todos pueden hallar en san José, el hombre que pasa inobservado, el hombre de la presencia cotidiana, de la presencia discreta y escondida, un intercesor, un apoyo y una guía en los momentos de dificultad. Él nos recuerda que todos aquellos que están aparentemente escondidos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. El mundo necesita a estos hombres y a estas mujeres: hombres y mujeres en segunda línea, pero que sostienen el desarrollo de nuestra vida, de cada uno de nosotros, y que, con la oración, con el ejemplo, con la enseñanza nos sostienen en el camino de la vida.

En el Evangelio de Lucas, José aparece como el custodio de Jesús y de María. Y por esto es también «el Custodio de la Iglesia: si ha sido el custodio de Jesús y de María, trabaja, ahora que está en los cielos, y sigue haciendo el custodio, en este caso de la Iglesia; porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se refleja la maternidad de María. 

José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia —por favor, no os olvidéis de esto: hoy, José protege la Iglesia— sigue amparando al Niño y a su madre» (ibid., 5). Este aspecto de la custodia de José es la gran respuesta al pasaje del Génesis. Cuando Dios le pide a Caín que rinda cuentas sobre la vida de Abel, él responde: «¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» (4,9). José, con su vida, parece querer decirnos que siempre estamos llamados a sentirnos custodios de nuestros hermanos, custodios de quien se nos ha puesto al lado, de quien el Señor nos encomienda a través de muchas circunstancias de la vida.

Una sociedad como la nuestra, que ha sido definida “líquida”, porque parece no tener consistencia. Yo corregiré a ese filósofo que acuñó esta definición y diré: más que líquida, gaseosa, una sociedad propiamente gaseosa. Esta sociedad líquida, gaseosa encuentra en la historia de José una indicación bien precisa sobre la importancia de los vínculos humanos. 

De hecho, el Evangelio nos cuenta la genealogía de Jesús, además de por una razón teológica, para recordar a cada uno de nosotros que nuestra vida está hecha de vínculos que nos preceden y nos acompañan. El Hijo de Dios, para venir al mundo, ha elegido la vía de los vínculos, la vía de la historia: no bajó al mundo mágicamente, no. Hizo el camino histórico que hacemos todos nosotros.

Queridos hermanos y hermanas, pienso en muchas personas a las que les cuesta encontrar vínculos significativos en su vida, y precisamente por esto cojean, se sienten solos, no tienen la fuerza y la valentía para ir adelante. Quisiera concluir con una oración que les ayude y nos ayude a todos nosotros a encontrar en san José un aliado, un amigo y un apoyo.

San José,
tú que has custodiado el vínculo con María y con Jesús,
ayúdanos a cuidar las relaciones en nuestra vida.
Que nadie experimente ese sentido de abandono
que viene de la soledad.
Que cada uno se reconcilie con la propia historia,
con quien le ha precedido,
y reconozca también en los errores cometidos
una forma a través de la cual la Providencia se ha hecho camino,
y el mal no ha tenido la última palabra.
Muéstrate amigo con quien tiene mayor dificultad,
y como apoyaste a María y Jesús en los momentos difíciles,
apóyanos también a nosotros en nuestro camino. Amén.

 

Tiempo de Adviento: Preparar la venida del Señor

El Señor no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. El Adviento es un tiempo en el que la Iglesia llama a sus hijos a vigilar, a estar despiertos para recibir a Cristo que pasa, a Cristo que viene. Editorial sobre este tiempo del año litúrgico.

26/11/2015

Tiempo de Adviento: Preparar la venida del Señor (Descarga en formato PDF)

«Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno». Estas palabras de la oración colecta del primer domingo de Adviento iluminan con gran eficacia el peculiar carácter de este tiempo, con el que se da inicio al Año litúrgico. Haciéndose eco de la actitud de las vírgenes prudentes de la parábola evangélica, que supieron tener a punto el aceite para las bodas del Esposo[1], la Iglesia llama a sus hijos a vigilar, a estar despiertos para recibir a Cristo que pasa, a Cristo que viene.

Tiempo de presencia

AL DECIR ADVENTUS, LOS CRISTIANOS AFIRMABAN, SENCILLAMENTE, QUE DIOS ESTÁ AQUÍ: EL SEÑOR NO SE HA RETIRADO DEL MUNDO, NO NOS HA DEJADO SOLOS.

El deseo de salir al encuentro, de preparar la venida del Señor[2], nos pone ante el término griego parusía, que el latín traduce como adventus, de donde surge la palabra Adviento. De hecho, adventus se puede traducir como “presencia”, “llegada”, “venida”. No se trata, por lo demás, de una palabra acuñada por los cristianos: en la Antigüedad se usaba en ámbito profano para designar la primera visita oficial de un personaje importante -el rey, el emperador o uno de sus funcionarios- con motivo de su toma de posesión. También podía indicar la venida de la divinidad, que sale de su ocultamiento para manifestarse con fuerza, o que se celebra en el culto. Los cristianos adoptaron el término para expresar su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey que ha entrado en esta pobre “provincia”, nuestra tierra, para visitar a todos; un Rey que invita a participar en la fiesta de su Adviento a todos los que creen en Él, a todos los que están seguros de su presencia entre nosotros.

Al decir adventus, los cristianos afirmaban, sencillamente, que Dios está aquí: el Señor no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no podamos verlo o tocarlo, como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de muchos modos: en la lectura de la Sagrada Escritura; en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía; en el año litúrgico; en la vida de los santos; en tantos episodios, más o menos prosaicos, de la vida cotidiana; en la belleza de la creación... Dios nos ama, conoce nuestro nombre, todo lo nuestro le interesa y está siempre presente junto a nosotros. Esta seguridad de su presencia, que la liturgia del Adviento nos sugiere discretamente, pero con constancia a lo largo de estas semanas, ¿no esboza una imagen nueva del mundo ante nuestros ojos? "Esta certeza que nos da la fe hace que miremos lo que nos rodea con una luz nueva, y que, permaneciendo todo igual, advirtamos que todo es distinto, porque todo es expresión del amor de Dios"[3]

Una memoria agradecida

El Adviento nos invita a detenernos, en silencio, para captar la presencia de Dios. Son días en los que volver a considerar, con palabras de san Josemaría, que "Dios está junto a nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando"[4].

Si nos empapamos de esta realidad, si la consideramos con frecuencia en el tiempo de Adviento, nos sentiremos animados a dirigirle la palabra con confianza en la oración, y muchas veces durante el día; le presentaremos los sufrimientos que nos entristecen, la impaciencia y las preguntas que brotan de nuestro corazón. Es este un momento oportuno para que crezca en nosotros la seguridad de que Él nos escucha siempre. «A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío; no quede yo defraudado»[5].

Comprenderemos también cómo los giros a veces inesperados que toma cada día son gestos personalísimos que Dios nos dirige, signos de su mirada atenta sobre cada uno de nosotros. Sucede que solemos estar muy atentos a los problemas, a las dificultades, y a veces apenas nos quedan fuerzas para percibir tantas cosas hermosas y buenas que vienen del Señor. El Adviento es un tiempo para considerar, con más frecuencia, cómo Él nos ha protegido, guiado y ayudado en las vicisitudes de nuestra vida; para alabarlo por todo lo que ha hecho y sigue haciendo por nosotros.

Ese estar despiertos y vigilantes ante los detalles de nuestro Padre del cielo, cuaja en acciones de gracias. Se crea así en nosotros una memoria del bien que nos ayuda incluso en la hora oscura de las dificultades, de los problemas, de la enfermedad, del dolor. «La alegría evangelizadora -escribe el Papa- siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir»[6]. El Adviento nos invita a escribir, por decirlo así, un diario interior de este amor de Dios por nosotros. "Me figuro -decía san Josemaría- que vosotros como yo, al pensar en las circunstancias que han acompañado vuestra decisión de esforzaros para vivir enteramente la fe, daréis muchas gracias al Señor, tendréis el convencimiento sincero -sin falsas humildades- de que no hay mérito alguno por vuestra parte" [7]

Dios viene

LA ALEGRÍA EVANGELIZADORA SIEMPRE BRILLA SOBRE EL TRASFONDO DE LA MEMORIA AGRADECIDA: ES UNA GRACIA QUE NECESITAMOS PEDIR (PAPA FRANCISCO)

Dominus veniet![8] ¡Dios viene! Esta breve exclamación abre el tiempo de Adviento y resuena especialmente a lo largo de estas semanas, y después, durante todo el año litúrgico. ¡Dios viene! No se trata simplemente de que Dios haya venido, de algo del pasado; ni tampoco es un simple anuncio de que Dios vendrá, en un futuro que podría no tener excesiva trascendencia para nuestro hoy y ahora. Dios viene: se trata de una acción siempre en marcha; está ocurriendo, ocurre ahora y seguirá ocurriendo conforme trascurra el tiempo. En todo momento, “Dios viene”: en cada instante de la historia, sigue diciendo el Señor: «mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo»[9]

El Adviento nos invita a tomar conciencia de esta verdad y a actuar de acuerdo con ella. «Ya es hora de que despertéis del sueño»; «estad siempre despiertos»; «lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!»[10] Son llamadas de la Sagrada Escritura en las lecturas del primer domingo de Adviento que nos recuerdan estas constantes venidas, adventus, del Señor. No ayer, no mañana, sino hoy, ahora. Dios no está solo en el cielo, desinteresado de nosotros y de nuestra historia; en realidad, Él es el Dios que viene. La meditación atenta de los textos de la liturgia del Adviento nos ayuda a prepararnos, para que su presencia no nos pase desapercibida.

Para los Padres de la Iglesia, la “venida” de Dios -continua y, por decirlo así, connatural con su mismo ser- se concentra en las dos principales venidas de Cristo: la de su encarnación y la de su vuelta gloriosa al fin de la historia[11] El tiempo de Adviento se desarrolla entre estos dos polos. En los primeros días se subraya la espera de la última venida del Señor al final de los tiempos. Y, a medida que se acerca la Navidad, va abriéndose camino la memoria del acontecimiento de Belén, en el que se reconoce la plenitud del tiempo. «Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre»[12].

El prefacio I de Adviento sintetiza este doble motivo: «al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, [el Señor] realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar»[13].

Días de espera y esperanza

DIOS NO ESTÁ SOLO EN EL CIELO, DESINTERESADO DE NOSOTROS Y DE NUESTRA HISTORIA; EN REALIDAD, ÉL ES EL DIOS QUE VIENE.

Una nota fundamental del Adviento es, por tanto, la de la espera; pero una espera que el Señor viene a convertir en esperanza. La experiencia nos muestra que nos pasamos la vida esperando: cuando somos niños queremos crecer; en la juventud aspiramos a un amor grande, que nos llene; cuando somos adultos buscamos la realización en la profesión, el éxito determinante para el resto de nuestra vida; cuando llegamos a la edad avanzada aspiramos al merecido descanso. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, o también cuando naufragan, percibimos que esto, en realidad, no lo era todo. Necesitamos una esperanza que vaya más allá de lo que podemos imaginar, que nos sorprenda. Así, aunque existen esperanzas más o menos pequeñas que día a día nos mantienen en camino, en realidad, sin la gran esperanza -la que nace del Amor que el Espíritu Santo ha puesto en nuestro corazón[14] y aspira a ese Amor-, todas las demás no bastan.

El Adviento nos anima a preguntarnos ¿qué esperamos? ¿cuál es nuestra esperanza? O, más en profundidad, ¿qué sentido tiene mi presente, mi hoy y ahora? «Si el tiempo no está lleno de un presente cargado de sentido -decía Benedicto XVI- la espera puede resultar insoportable; si se espera algo, pero en este momento no hay nada, es decir, si el presente está vacío, cada instante que pasa parece exageradamente largo, y la espera se transforma en un peso demasiado grande, porque el futuro es del todo incierto. En cambio, cuando el tiempo está cargado de sentido, y en cada instante percibimos algo específico y positivo, entonces la alegría de la espera hace más valioso el presente»[15].

Un Belén para nuestro Dios

EL TIEMPO DE ADVIENTO NOS DEVUELVE EL HORIZONTE DE LA ESPERANZA, UNA ESPERANZA QUE NO DECEPCIONA PORQUE EL SEÑOR NO DECEPCIONA JAMÁS (PAPA FRANCISCO)

Nuestro tiempo presente tiene un sentido porque el Mesías, esperado durante siglos, nace en Belén. Junto a María y José, con la asistencia de nuestros Ángeles Custodios, le esperamos con renovada ilusión. Al venir Cristo entre nosotros, nos ofrece el don de su amor y de su salvación. Para los cristianos la esperanza está animada por una certeza: el Señor está presente a lo largo de toda nuestra vida, en el trabajo y en los afanes cotidianos; nos acompaña y un día enjugará también nuestras lágrimas. Un día, no demasiado lejano, todo encontrará su cumplimiento en el reino de Dios, reino de justicia y de paz. «El tiempo de Adviento nos devuelve el horizonte de la esperanza, una esperanza que no decepciona porque está fundada en la Palabra de Dios. Una esperanza que no decepciona, sencillamente porque el Señor no decepciona jamás»[16]

El Adviento es un tiempo de presencia y de espera de lo eterno; un tiempo de alegría, de una alegría íntima que nada puede eliminar: «os volveré a ver, promete Jesús a sus discípulos, y se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría»[17] El gozo en el momento de la espera es una actitud profundamente cristiana, que vemos plasmada en la Santísima Virgen: Ella, desde el momento de la Anunciación, «esperó con inefable amor de madre»[18] la venida de su Hijo, Jesucristo Por eso, Ella también nos enseña a aguardar sin ansia la llegada el Señor, al mismo tiempo que nos preparamos interiormente para ese encuentro, con la ilusión de "construir con el corazón un Belén para nuestro Dios"[19].

Juan José Silvestre


[1] Cfr. Mt 25, 1ss.

[2] Cfr. Ts 5, 23.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 144.

[4] San Josemaría, Camino, n. 267.

[5] Misal Romano, I Domingo de Adviento, Antífona de entrada. Cf. Sal 24 (25) 1-2.

[6] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 13.

[7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 1.

[8] Cfr. Misal Romano, Feria III de las semanas I-III de Adviento, Antífona de entrada. Cfr. Za 14, 5.

[9] Jn 5, 17.

[10] Rm 13, 11; Lc 21, 36; Mc 13, 37.

[11] Cfr. San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 15, 1: PG 33, 870 (II Lectura del Oficio de Lecturas del I Domingo de Adviento).

[12] Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, n. 39.

[13] Misal Romano, Prefacio I de Adviento.

[14] Cfr. Rm 5, 5

[15] Benedicto XVI, Homilía I Vísperas del I Domingo de Adviento, 28-XI-2009.

[16] Francisco, Angelus, 1-XII-2013.

[17] Jn 16, 22.

[18] Misal Romano, Prefacio II de Adviento.

[19] Notas de una meditación, 25-XII-1973 (AGP, biblioteca, P09, p. 199). Publicado en Álvaro del Portillo, Caminar con Jesús. Al compás del año litúrgico, Ed. Cristiandad, Madrid 2014, p. 21.

 

La luz de la fe (II): la creación (I): «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno»

Si el mundo antes transparentaba a Dios, hoy se ha vuelto, para muchos, opaco. Por qué la fe en la creación es aún decisiva en la era de la ciencia.

06/08/2017

«Cuando veo los cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas, que Tú pusiste, ¿qué es el hombre, para que de él te acuerdes, y el hijo de Adán, para que te cuides de él?» (Sal 8,4-5). La contemplación del mundo inspira asombro en los hombres de todas las épocas. También hoy, aunque podamos conocer bien las causas físicas de los colores de una puesta de sol, de un eclipse o de la aurora boreal, nos fascina presenciar estos fenómenos. Además, a medida que la ciencia avanza, se hace más patente la complejidad y la inmensidad que nos rodea, tanto por debajo de nuestra escala –desde la vida microscópica hasta las entrañas mismas de la materia– como por encima de ella, en las distancias y magnitudes de las galaxias, que sobrepasan la imaginación de cualquiera.

A MEDIDA QUE LA CIENCIA AVANZA, SE HACE MÁS PATENTE LA COMPLEJIDAD Y LA INMENSIDAD QUE NOS RODEA, TANTO POR DEBAJO COMO POR ENCIMA DE NUESTRA ESCALA

El estupor también nos puede captar de modo profundo al detenernos a considerar la realidad de nuestro yo: cuando uno se da cuenta de que existe, sin ser capaz de comprender del todo el origen de su vida, y de la conciencia que tiene de sí mismo. ¿De dónde vengo? –Aunque la velocidad con que se vive hoy en muchas partes del planeta lleva a eludir este tipo de preguntas, en realidad no son algo reservado a espíritus particularmente introspectivos: responden a una necesidad de dar con las coordenadas fundamentales, un sentido de la orientación que a veces puede adormecerse, pero que de un modo u otro, tarde o temprano, vuelve a aflorar en la vida de todos.

La búsqueda de un Rostro más allá del universo

La percepción del abismo de la propia conciencia o de la inmensidad del mundo puede limitarse a veces a experimentar un profundo vértigo. Sin embargo, la religiosidad de los hombres ha sondeado en todas las épocas más allá de estos fenómenos; ha buscado, de formas muy variadas, un Rostro que adorar. Por eso, ante el espectáculo de la naturaleza, dice el salmista: «Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal 19,2); y también, ante el misterio del yo, de la vida: «Te doy gracias porque me has hecho como un prodigio» (Sal 139,14). Durante siglos este paso desde el mundo visible hasta Dios se hacía con gran naturalidad. Pero el creyente se ve hoy a veces ante interrogantes que pueden causarle perplejidad: ¿no es esta búsqueda de un Rostro más allá del universo conocido una proyección del hombre, propia de un estadio superado de la humanidad? Los avances de la ciencia, aun cuando esta no disponga de respuesta para todas las preguntas y problemas, ¿no hacen de la noción de creación una suerte de velo de nuestra ignorancia? ¿No es, por lo demás, una cuestión de tiempo que la ciencia llegue a salir al encuentro de todas esas preguntas?

Sería un error descartar demasiado rápido estas cuestiones como impertinencias, o como síntomas de un escepticismo infundado. Sencillamente, ponen en evidencia cómo «la fe tiene que ser revivida y reencontrada en cada generación»[1]: también en el momento presente, en el que la ciencia y la tecnología han mostrado con creces todo lo que el hombre puede conocer y hacer por sí mismo, hasta el punto de que la idea de un orden anterior a nuestra iniciativa se ha vuelto a veces lejana y difícil de imaginar. Estas cuestiones, pues, requieren una consideración sosegada, que permita afianzar la propia fe, comprendiendo su sentido y su relación con la ciencia y la razón, para poder iluminar también a otros. Naturalmente, en un par de artículos solo es posible trazar algunas vías, sin agotar una cuestión que por sí misma incide en multitud de aspectos de la fe cristiana.

La revelación de la creación

En nuestro recorrido podemos partir sencillamente de la afirmación fundamental de la Biblia sobre el origen de todo lo que existe y, en particular, de cada persona a lo largo de la historia. Se trata de una afirmación muy concreta y fácil de enunciar: somos creación de Dios, fruto de su libertad, de su sabiduría y de su amor. «Todo cuanto quiere el Señor, lo hace en los cielos y en la tierra, en los mares y en los abismos» (Sal 135,6). «¡Qué numerosas son tus obras, Señor! Todas las hiciste con sabiduría. Llena está la tierra de tus criaturas» (Sal 104,24).

EL GÉNESIS NO AHORRA DETALLES SOBRE LOS MODOS EN QUE EL MAL Y EL DOLOR SE ABREN CAMINO DESDE MUY PRONTO, Y SIN EMBARGO AFIRMA REPETIDAMENTE QUE EL MUNDO ES ESENCIALMENTE BUENO

Sin embargo, a veces las afirmaciones más simples encubren las realidades más complejas. Si en la actualidad la razón humana percibe a veces borrosamente esta visión del mundo, tampoco llegó de un modo sencillo hasta ella. Históricamente, la noción de creación –en el sentido en que la Iglesia la recoge en el Credo– surgió solo en el curso de la revelación al pueblo de Israel. El apoyo de la Palabra divina permitió poner al descubierto los límites de las distintas concepciones míticas sobre los orígenes del cosmos y del hombre, para llegar más allá de las especulaciones de los brillantes filósofos griegos, y reconocer al Dios de Israel como el único Dios, que creó todo de la nada.

Un rasgo distintivo del relato bíblico es, pues, el hecho de que Dios cree sin partir de nada preexistente, con la sola fuerza de su palabra: «Dijo Dios: –haya luz. –Y hubo luz (…). –Hagamos al hombre a nuestra imagen (…) –Y creó Dios al hombre a su imagen» (Gn 1,3.26-27). También es propio de este relato el que en el origen no haya ningún rastro de mal: «Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno» (Gn 1,31). El propio Génesis no ahorra detalles sobre los modos en que el mal y el dolor se abren camino desde muy pronto en la historia. Con todo, y en abierto contraste con esta experiencia universal, la Biblia afirma repetidamente que el mundo es esencialmente bueno, que la creación no es una forma degradada de ser, sino un inmenso don de Dios. «El universo no surgió como resultado de una omnipotencia arbitraria, de una demostración de fuerza o de un deseo de autoafirmación. La creación es del orden del amor (…): «Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste, porque, si algo odiaras, no lo habrías creado» (Sb 11,24). Entonces, cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño»[2].

NUESTROS ANTEPASADOS NO TENÍAN MICROSCOPIO, ACELERADORES DE PARTÍCULAS O REVISTAS ESPECIALIZADAS, PERO QUIZÁ SABÍAN Y VEÍAN COSAS ESENCIALES QUE NOSOTROS PODEMOS HABER PERDIDO DE VISTA POR EL CAMINO

El inicio del evangelio de San Juan arroja también una luz decisiva sobre este relato. «En el principio existía el Verbo» (Jn 1,1), escribe el cuarto evangelista, retomando las primeras palabras del Génesis (Cfr. Gn 1,1). En el inicio del mundo está el logos de Dios, que hace de él una realidad profundamente racional, radicalmente llena de sentido. «Contigo está la sabiduría, que conoce tus obras, que estaba presente cuando hiciste el universo, y sabe lo que es agradable a tus ojos y conforme con tus mandamientos» (Sb 9,9). A propósito del término griego con que se designa al Verbo de Dios, explicaba Benedicto XVI: «Logossignifica tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón. De este modo, san Juan nos ha brindado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra con la que todos los caminos de la fe bíblica, a menudo arduos y tortuosos, alcanzan su meta, encuentran su síntesis. En el principio existía el logos, y el logos es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad»[3]. Todo diálogo presupone un interlocutor racional, con logos. Así, el diálogo con el mundo que empezaron a entablar los filósofos griegos era posible precisamente porque la realidad creada está transida de racionalidad, de una lógica muy simple y muy compleja a la vez. Este diálogo venía a encontrarse, pues, con la afirmación decidida de que el mundo «no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar»[4], sino de una inteligencia amorosa –un Ser personal– que trasciende el orden mismo del universo, porque lo precede.

El núcleo de los relatos de la creación

No es infrecuente que los relatos de la creación en el Génesis se perciban hoy como textos bellos y poéticos, llenos de sabiduría, pero quizá a fin de cuentas poco a la altura de la sofisticación y la seriedad metodológica que entretanto han adquirido la ciencia y la crítica literaria e histórica. Sin embargo, sería un error tratar con desdén a nuestros antepasados porque no tuvieran microscopio, aceleradores de partículas o revistas especializadas: olvidaríamos demasiado fácilmente que quizá sabían y veían cosas esenciales; cosas que nosotros podemos haber perdido de vista por el camino. Para comprender lo que una persona o un texto quieren decirnos es necesario atender a su modo de hablar, sobre todo si es distinto del nuestro. En este sentido, conviene tener en cuenta que, en los relatos de la creación, «la imagen del mundo queda delineada bajo la pluma del autor inspirado con las características de las cosmogonías del tiempo»; y que es en ese cuadro donde Dios inserta la novedad específica de su revelación a Israel y a los hombres de todos los tiempos: «la verdad acerca de la creación de todo por obra del único Dios»[5].

INCLUSO EN MEDIO DE LA IMPERFECCIÓN, DEL MAL, DEL DOLOR, EL CRISTIANO VE EN CADA SER UN REGALO QUE SURGE DEL AMOR Y QUE LLAMA AL AMOR: A DISFRUTAR, A RESPETAR, A CUIDAR, A TRANSMITIR

Con todo, se objeta con frecuencia que, si la noción de creación tuvo un papel en el pasado, hoy resulta ingenuo intentar proponerla de nuevo. La física moderna y los hallazgos acerca de la evolución de las especies habrían hecho obsoleta la idea de un creador que interviene para generar y dar forma al mundo: la racionalidad del universo sería, en el mejor de los casos, una propiedad interior a la materia, y hablar de otros agentes supondría desafiar la seriedad del discurso científico. Sin embargo, se hace así fácilmente, sin saberlo, una lectura literalista de la Biblia, que la Biblia misma descarta. Si, por ejemplo, se comparan los dos relatos sobre los orígenes, situados uno detrás de otro en los dos primeros capítulos del Génesis, se observan diferencias muy claras que no es posible atribuir a un descuido redaccional. Los autores sagrados eran conscientes de que no tenían que proporcionar una descripción detallada y literal acerca de cómo se produjo el origen del mundo y del hombre: procuraban expresar, a través del lenguaje y los conceptos de que disponían, algunas verdades fundamentales[6].

Cuando se acierta a comprender el lenguaje peculiar de estos relatos –un lenguaje primitivo, pero lleno de sabiduría y de profundidad–, se puede identificar su verdadero núcleo. Nos hablan de «una intervención personal»[7] que trasciende la realidad del universo: antes del mundo existe la libertad personal y la sabiduría infinita de un Dios creador. A través de un lenguaje simbólico, aparentemente ingenuo, se abre camino una profunda pretensión de verdad, que podríamos resumir así: todo esto lo hizo Dios, porque quiso[8]. La Biblia no pretende pronunciarse sobre los estadios de la evolución del universo y del origen de la vida, sino afirmar la «libertad de la omnipotencia»[9] de Dios, la racionalidad del mundo que crea, y su amor por este mundo. Se despliega así una imagen de la realidad, y de cada uno de los seres que la conforman, como «un don que surge de la mano abierta del Padre de todos»[10]. La realidad, a la luz de la fe en la creación, queda marcada en su entraña misma bajo el signo de la acogida. Incluso en medio de la imperfección, del mal, del dolor, el cristiano ve en cada ser un regalo que surge del Amor y que llama al amor: a disfrutar, a respetar, a cuidar, a transmitir.

Marco Vanzini / Carlos Ayxelá

Foto: Kurt K. Kreger (cc)


[1] J. Ratzinger, Dios y el mundo, Random House Mondadori, Barcelona 2002, 49.

[2] Francisco, Enc. Laudato si’ (24-V-2015), 77.

[3] Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona (12-IX-2006).

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 295.

[5] San Juan Pablo II, Audiencia, 29-I-1986.

[6] Junto a esas razones internas a la propia Biblia, el conocimiento sobre la forma correcta de interpretar el texto sagrado también se ha logrado a través del diálogo –no exento de tensiones, pero muy fructífero– entre la teología y la ciencia. En estos largos procesos es frecuente que se den excesos por ambas partes, que se alimentan mutuamente: una lectura fundamentalista de la Biblia, por la que se pretende hacerle decir más de lo que realmente dice, suele desacreditar al texto sagrado, de modo que la ciencia se considera autorizada a decir más de lo que realmente es capaz de decir sobre el origen y sentido de la realidad.

[7] J. Ratzinger, La fiesta de la fe, Desclée, Bilbao 1999, 25.

[8] Esta convicción estaba radicada fuertemente en la fe de Israel, como muestran las palabras de una madre a su hijo, antes del martirio: «Te suplico, hijo, que mires el cielo y la tierra, y viendo todo lo que hay en ellos reconozcas que Dios no los ha hecho de cosas ya existentes, y que lo mismo sucede con el género humano» (2 M 7,28).

[9] R. Guardini, La fine dell’epoca moderna. Il potere, Morcelliana, Brescia 1993, 17.

[10] Francisco, Laudato si’, 76.

 

El Adviento – ¿Cómo y cuando empieza a vivirse?

adviento

Tiempo litúrgico que prepara la Navidad

Expectación penitente, piadosa y alegre

La venida del Hijo de Dios a la Tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos (…). Al celebrar anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida. (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 522 y 524)

Con el tiempo de Adviento, la Iglesia romana da comienzo al nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento gravita en torno a la celebración del misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

 

A partir del siglo IV

El origen y significado del Adviento es un tanto oscuro; en cualquier caso, el término adventus era ya conocido en la literatura cristiana de los primeros siglos de la vida de la Iglesia, y probablemente se acuñó a partir de su uso en la lengua latina clásica.

La traducción latina Vulgata de la Sagrada Escritura (durante el siglo IV) designó con el término adventus la venida del Hijo de Dios al mundo, en su doble dimensión de advenimiento en la carne –encarnación- y advenimiento glorioso –parusía-.

La tensión entre uno y otro significado se encuentra a lo largo de toda la historia del tiempo litúrgico del Adviento, si bien el sentido de “venida” cambió a “momento de preparación para la venida”.

Quizá la misma amplitud de las realidades contenidas en el término dificultaba la organización de un tiempo determinado en el que apareciera la riqueza de su mensaje. De hecho, el ciclo de adviento fue uno de los últimos elementos que entraron a formar parte del conjunto del año litúrgico (siglo V).

 

Parece ser que desde fines del siglo IV y durante el siglo V, cuando las fiestas de Navidad y Epifanía iban cobrando una importancia cada vez mayor, en las iglesias de Hispania y de las Galias particularmente, se empezaba a sentir el deseo de consagrar unos días a la preparación de esas celebraciones.

Dejando de lado un texto ambiguo atribuido a San Hilario de Poitiers, la primera mención de la puesta en práctica de ese deseo la encontramos en el canon 4 del Concilio de Zaragoza del año 380:

“Durante veintiún días, a partir de las XVI calendas de enero (17 de diciembre), no está permitido a nadie ausentarse de la iglesia, sino que debe acudir a ella cotidianamente” (H. Bruns, Canones Apostolorum et Conciliorum II, Berlín, 1893, 13-14).

La frecuencia al culto durante los días que corresponden, en parte, a nuestro tiempo de adviento actual, se prescribe, pues, de una forma imprecisa.

 

Un tiempo de penitencia

Más tarde, los concilios de Tours (año 563) y de Macon (año 581) nos hablarán, ya concretamente, de unas observancias existentes “desde antiguo” para antes de Navidad. En efecto, casi a un siglo de distancia, San Gregorio de Tours (fallecido en el año 490) nos da testimonio de las mismas con una simple referencia.  Leemos en el canon 17 del Concilio de Tours que los monjes “deben ayunar durante el mes de diciembre, hasta Navidad, todos los días”.

El canon 9 del Concilio de Macon ordena a los clérigos, y probablemente también a todos los fieles, que “ayunen tres días por semana: el lunes, el miércoles y el viernes, desde San Martín hasta Navidad, y que celebren en esos días el Oficio Divino como se hace en Cuaresma” (Mansi, IX, 796 y 933).  Aunque la interpretación histórica de estos textos es difícil, parece según ellos que en sus orígenes el tiempo de adviento se introdujo tomando un carácter penitencial, ascético, con una participación más asidua al culto.

Sin embargo, las primeras noticias  a cerca de la celebración del tiempo litúrgico del Adviento, se encuentran a mediados del siglo VI, en la iglesia de Roma.

Según parece, este Adviento romano comprendía al principio seis semanas, aunque muy pronto -durante el pontificado de Gregorio Magno (590-604)-  se redujo a las cuatro actuales.

 

Una doble espera

El significado teológico original del Adviento se ha prestado a distintas interpretaciones. Algunos autores consideran que, bajo el influjo de la predicación de Pedro Crisólogo (siglo V), la liturgia de Adviento preparaba para la celebración litúrgica anual del nacimiento de Cristo y sólo más tarde –a partir de la consideración de consumación perfecta en su segunda venida- su significado se desdoblaría hasta incluir también la espera gozosa de la Parusía del Señor.

No faltan, sin embargo, partidarios de la tesis contraria: el Adviento habría comenzado como un tiempo dirigido hacia la Parusía, esto es, el día en que el Redentor coronará definitivamente su obra. En cualquier caso, la superposición ha llegado a ser tan íntima que resulta difícil atribuir uno u otro aspecto a las lecturas escriturísticas o a los textos eucológicos de este tiempo litúrgico.

El Calendario Romano actualmente en vigor conserva la doble dimensión teológica que constituye al Adviento en un tiempo de esperanza gozosa:

“El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos.

Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, 39).

Fuente: www.primeroscristianos.com

 

Autoerotismo

Escrito por Mario Arroyo.

El autoerotismo es una falsificación del auténtico amor, una copia barata del mismo, o su devaluación hasta identificarse, simple y llanamente, con el placer.

Se puso álgida la discusión en la clase, “¿por qué está mal la masturbación?”, preguntaba una alumna. “Pienso que a la primera persona que tienes que amar es a ti misma, y es una forma de hacerlo, acariciándote y conociendo tu propio cuerpo”. Otro compañero la apoyó diciendo: “yo no me masturbo, yo me hago el amor”. En síntesis, la tesis defendida por mis alumnos es que masturbarse es una forma de manifestarse el amor a uno mismo, y por eso, hacerlo de forma moderada –cualquier exceso es malo- no presenta inconvenientes, al contrario, es algo bueno.

Antes de comenzar a desarrollar la respuesta, debo reconocer mi derrota. No fui capaz de convencerlos de lo contrario, obviamente respeto su posición, que no comparto; he aquí algunas de las motivaciones de mi desavenencia.

El punto de fondo de nuestra discordancia estriba en el significado de una palabra tan manida como lo es el “amor”. No me parece que el autoerotismo sea una forma de amarse a uno mismo, aunque comprendo que sea una realidad bastante frecuente. Hay indicios objetivos que me invitan a pensar que no es así, pues más que una forma de amar, es una válvula de escape. Es sabido, por ejemplo, que se recurre a la masturbación como forma de paliar la frustración, la ansiedad, el desconsuelo, la soledad. Es decir, se trata de una “salida de emergencia”, que produce ciertamente una satisfacción efímera, pero que no conduce a ningún lado, con la agravante de ser altamente adictiva. Lo que comencé como ejercicio de mi libertad para hacer frente a una situación adversa, no es difícil que termine arrebatándome la libertad.

La masturbación, frecuentemente, es un síntoma de que algo va mal, de que existe un cierto desasosiego consigo mismo, el cual busca ser paliado a través de ese medio. Pero ese acto está por naturaleza volcado hacia uno mismo, cuando muchas veces la respuesta correcta a esa situación de turbación interna no es la masturbación, sino al contrario, salir de uno mismo y proyectarse hacia los demás, a la familia, a la sociedad. Tener anhelos de “algo grande y que sea amor”, tener ideales, cosas por las cuales merezca la pena luchar, y no claudicar cómodamente al autoerotismo, la autocomplacencia, la cual muchas veces va unida a la auto-conmiseración. En síntesis, desde una antropología cristiana, que choca frontalmente con la antropología individualista imperante, lo que está mal es la palabra “auto”, porque nos cierra en nosotros mismos, cuando la visión cristiana de la persona es “además”, es decir, salir de uno mismo y proyectarse a los demás.

Es verdad que para amar a los demás primero debo comenzar por amarme a mí mismo. Lo dice claramente el mandamiento: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, con lo cual, se presupone el amor a uno mismo. Pero lo que resulta muy dudoso es que el significado del “amor a uno mismo” sea “producirse placer a uno mismo”. Amor no es lo mismo que placer. El placer puede acompañar al amor; pero el amor siempre es “éxtasis”, que etimológicamente viene a designar “salir de uno mismo” para darse a los demás. El amor es don. Por ello, el recto amor a mí mismo, me hace crecer como persona, como “ser-para-los-otros”; en definitiva, el amor me conduce a crecer en la virtud.

Por eso, más que discutir con médicos o psicólogos, que juzguen normal la masturbación –que sea frecuente, sin embargo, no significa que sea buena-, prefiero señalar las disposiciones positivas que fomenta el rechazo del autoerotismo. En efecto, el rechazo de la masturbación no es simplemente “porque está mal”, sino que supone la elección de “algo mejor”. Obviamente es comprensible el recurso a la misma, pero es digno de admiración el ser capaz de sobreponerse a tal inclinación de nuestra frágil naturaleza humana.

Para decirle “no” a la masturbación, hay que decirle que “sí” a muchas disposiciones que nos hacen crecer como personas: tener ideales, aprovechar el tiempo, vivir la laboriosidad, tener fortaleza y autodominio, controlar los estados de ánimo, etc., todas esas disposiciones que manifiestan un auténtico amor a uno mismo, que nos capacita, además, para ser capaces de amar a los demás. Por ello, el autoerotismo me parece una falsificación del auténtico amor, una copia barata del mismo, o su devaluación hasta identificarse, simple y llanamente, con el placer.

 

El reto de ser mujer en el Siglo XXI: femineidad y felicidad, descifrando el código

El día 18 de noviembre tuvimos una nueva sesión del I-Wil networking Lunches. Esta vez tuvimos la ocasión de disfrutar de la gran visión de María Calvo ante la situación actual para las mujeres.  Es presidenta en España de European Association for the Single Sex Education (EASSE).  Es profesora de la Universidad Carlos III de Madrid en Derecho Administrativo y ha impartido sesiones en diversas universidades del mundo, entre otras, la Universidad de Harvard. Ha escrito muchos libros interesantes. Entre otros: «Paternidad robada»«Educación diferenciada en el Siglo XXI»«Padres destronados»«Masculinidad robada».

Comenzó su presentación diciendo que quisiéramos tener la libertad de carácter para ser nosotras mismas, pero en el siglo XXI tenemos la dificultad de preguntarnos «¿quien soy yo?». Mencionó y combatió la oferta de Facebook y Google de congelar óvulos y «esperar el mejor momento para ser madres». Os invitamos a ver el video a continuación con los puntos más importantes del encuentro:

 

 

Cómo prevenir el abuso sexual infantil

Lucía Legorreta

Nov 24, 2021

Los padres somos responsables de nuestros hijos y somos los que debemos estar alerta para evitar que pueda darse una situación de abuso.

Por mucho tiempo este tema estuvo escondido, es difícil de tratar pero importante de poner sobre la mesa. Gran labor han realizado los integrantes de la asociación civil Guardianes al informar a la población sobre esta situación.

En su informe “Percepción del abuso sexual infantil en México”. En 2016, 49% de los mexicanos consideraba que el principal agresor sexual de niños y niñas era un extraño cuando en realidad el 80% de los agresores son los familiares directos: padre, abuelo, tío, hermano.

Hoy, esta cifra ha disminuido y sólo 40% lo cree así, es decir hay más conciencia de que los familiares cercanos son quienes abusan en primera instancia de niñas, niños y adolescentes.

Otro dato importante por resaltar es que la calle era, en opinión de hombres y mujeres (37%), el principal lugar de riesgo para niños y niñas. Sin embargo, hoy podemos hablar de que 6 de cada 10 mexicanos tiene mayor conciencia de que el abuso puede ocurrir en cualquier lugar, especialmente en casa.

Podemos definirlo como toda aquella actividad sexual con o sin violencia entre un adulto y un menor, o entre dos menores, cuando uno ejerce poder sobre el otro.

Aproximadamente el 20% de las víctimas de abuso sexual infantil son menores de 8 años y la mayoría nunca informa del abuso, lo cual afecta su vida fuertemente.

Ahora bien, sabemos la gravedad del abuso sexual infantil. Sabemos dónde ocurre. Lo más importante: ¿Cómo prevenirlo?

Comparto contigo, siete pasos para evitarlo:

1. Conoce los hechos: los padres somos responsables de nuestros hijos y somos los que debemos estar alerta para evitar que pueda darse una situación de abuso. Como ya lo comentamos, una gran parte de las víctimas es abusada por miembros de su familia.

2. Reduce los riesgos: el abuso infantil ocurre cuando un adulto está a solas con el niño. Debemos conocer a las personas que se quedan con nuestros hijos e intentar que otras personas puedan observarlos. Internet es una gran puerta de entrada para los abusadores, debemos supervisar el uso que puedan hacer nuestros hijos de la red.

3. Habla sobre el tema: los niños suelen mantener el abuso en secreto. Los abusadores manipulan y confunden a los niños para que crean que es culpa de ellos o que lo que están haciendo es algo normal o un juego, pueden amenazar al niño incluso con hacerle daño a otras personas de su familia. Hablar con ellos sobre este tema es muy importante.

4. Mantente alerta: estar pendiente de las señales físicas que puedan presentar, así como problemas emocionales o de comportamiento como depresión, rabia y rebeldía inexplicables.

5. Infórmate y aprende a reaccionar: crea un clima de confianza con tus hijos, y SIEMPRE créeles lo que te están diciendo: no quiero ir con ese familiar, no me gusta estar con tal persona

6. Actúa de inmediato cuando tengas sospechas: denuncia de inmediato, ya que los abusadores suelen tener varias víctimas.

7. Involúcrate: apoya las leyes y a organizaciones como Guardianes que luchan contra el abuso sexual a los menores.
Enséñale a tus hijos que NADIE (conocido o desconocido) puede tocar su cuerpo ni hacer caricias que lo incomoden; nadie puede tomarle fotografías sin su consentimiento; no debe recibir regalos a cambio de una petición o condición; revisa los sitios que visita en internet, y dile que siempre te puede platicar lo que le sucede y que vas a creer en él o ella. ¡No al abuso sexual infantil!

 

 

Las tremendas consecuencias de la corrupción

Ana Teresa López de Llergo

Nov 24, 2021

La corrupción tiene muchas caras: no sólo es robar, extorsionar o matar, también es engañar, mentir, calumniar y mucho más. La calumnia destroza injustamente.

Frente a la realidad de la corrupción es necesaria una postura madura. La corrupción no sale de la nada, ni de creer en la existencia de dos grupos: unos buenos y otros perversos o corruptos. Esta clasificación es irreal y manifiesta un espíritu derrotado que se acomoda y dice: así son las cosas y no han nada qué hacer.

Casi siempre las personas se colocan en el grupo de los buenos, a no ser que se trate de personas que han organizado su vida y sacan sus recursos de la clandestinidad. Estos buscan cómplices, desgraciadamente muchos son los miembros de la propia familia, viven al margen de la ley y hacen prosélitos para llegar a tener más fuerza que las instituciones legales.

Es mucho más fácil la cuesta abajo del mal que la cuesta arriba del bien. Esto sucede a nivel personal y a nivel social. Por eso, si pedimos salud social y el destierro de la corrupción, hemos de tener la decisión de elegir la renuncia al confort y defender las causas honestas.

Los cárteles ofrecen beneficios fáciles si colaboran con ellos. Si no lo hacen empieza la persecución y la venganza con toda clase de desmanes que les suceden a las personas, a sus familias y a sus negocios. Por eso, muchas personas emigran y otras acaban cediendo a las demandas de los narcos. Esto es muy triste y se agrava cuando los gobernantes tampoco apoyan.

Pero muchas veces hemos sido testigos de que la fuerza ciudadana puede mucho. Hacerlo es elegir la cuesta arriba, pero vale la pena poner esfuerzo en mantener la perseverancia, la firmeza para contrarrestar el mal y valor para defender a quienes actúan bien, lo hagan de modo institucional, familiar o personal.

En marzo de este año, Reforma publicó la noticia de las empresas más éticas frente al mundo de este año 2021. Les aplicaron el Cociente de Ética diseñado por The Ethisphere Institute.

Con esta evaluación, se busca que las empresas demuestren su compromiso con las prácticas comerciales éticas que tienen en sus programas y producen resultados positivos y benefician a los empleados, a las comunidades y a quienes cualquier tipo de relaciones. Así muestran un desempeño empresarial sostenible y rentable a largo plazo.

En esa edición se reconocieron 135 empresas de 22 países y 47 industrias diferentes. Dos son mexicanas: Grupo Bimbo, en el rubro de industria de alimentos, bebidas y agricultura. Y Fresnillo, del sector metales, minerales y minería. Bimbo es el quinto año consecutivo en que recibe el reconocimiento.

El presidente y director general de Grupo Bimbo dijo a nombre de la empresa que están muy honrados y agradecidos de recibir este reconocimiento por quinto año. E hizo ver que estos resultados son posibles por el trabajo comprometido de los más de 135 mil colaboradores que integran el Grupo. Subrayó que en Bimbo “la ética es mucho más que un compromiso, forma parte del ADN de nuestra empresa y nuestra gente, de la manera en la cual llevamos a cabo nuestras actividades. Es la esencia bajo la que cada mañana emprendemos la ruta que nos ponga en camino a cumplir nuestro propósito de alimentar un mundo mejor.”

Mucho se habla del impacto de los ejemplos porque muestran que es posible hacer el bien y de obtener ganancias para todos. Seguramente han sabido sortear calumnias y sabotajes de parte de quienes quisieran imponer sus malos manejos. Pero cuando hay unidad en todos los estratos es imposible provocar hundimientos.

Es importante captar que toda empresa está destinada a obtener buenos resultados: ganancias bien habidas, abrir fuentes de trabajo y ofrecer productos de alta calidad. Y que sí las hay.

Es importante captar también que hoy en nuestro país hay demasiados mensajes que desprestigian a las empresas y a los empresarios. Es verdad que pueden existir algunas deshonestas, es verdad que ellas desvirtúan la esencia de las empresas, que consiste en crear ámbitos de trabajo con trabajadores de distintos estratos, pero a quienes les une el deber-derecho de crear y conservar fuentes laborales.

Estas fuentes de trabajo son imposibles sin empresarios y expertos en su área de trabajo. Además, los contratos son claros. Si por algún motivo hubiera distorsiones, las injusticias se pueden eliminar con la fuerza de la ley. Nunca con la calumnia o la deshonestidad sea de quien provenga.

La madurez de un trabajador se mide con la observación de los hechos tal como suceden. Y evitando comentarios injustificados que envenenan a algunos.

Argumentar con la mentira es calumniar, es envenenar el alma de las personas, es destrozar los caminos del trabajo necesario.

Cada uno tiene la obligación de impedir este tipo de difusiones. O de impedir que algunas personas se dejen llevar por comentarios destructivos.

Y si se descubren empresas que no lo hacen bien, seguir una investigación legal, pero nunca aceptar la mentira.

La corrupción tiene muchas caras: no sólo es robar, extorsionar o matar, también es engañar, mentir, calumniar y mucho más. La calumnia destroza injustamente.

 

La Confesión y los pedidos de Fátima

 

En Fátima, la Santísima Virgen afirmó: “Es preciso que los hombres se enmienden y que pidan perdón de sus pecados”. Cuando los pecados son mortales, no basta un arrepentimiento interno: es necesario obtener el perdón mediante el sacramento de la confesión. Actualmente se ha relativizado esta condición indispensable teniendo una idea falsa de la misericordia de Dios.

San Alfonso María de Ligorio, gran moralista y Doctor de la Iglesia, escribió sobre la confesión lo que sigue con varios ejemplos muy atractivos.

*     *     *

Para quien ha ofendido a Dios con culpa mortal, no hay otro remedio que oponer a su condenación que confesar el pecado. ¿Y si me duelo de él de corazón?  ¿Si hago de él penitencia por toda mi vida? ¿Si voy a un áspero desierto a alimentarme de yerbas y a dormir sobre la dura tierra?

Podrás hacer cuanto quieras; sino confiesas el pecado de que te acuerdas, no puedes ser perdonado. He dicho el pecado de que te acuerdas, pues si por ventura te hubieses olvidado de él, sin culpa tuya, siempre que hubieses tenido un dolor general de todas las ofensas hechas a Dios, aquel pecado se te ha perdonado inmediatamente. Basta que cuando de él te acordares después, lo confieses.

Pero si le has callado voluntariamente, entonces no solo debes confesarte de aquel pecado  sino también de todos los demás aunque confesados, porque la confesión fue nula y sacrílega.

¡Maldito rubor! ¡Cuántas almas por este rubor se van al infierno! Esto era lo que inculcaba Santa Teresa a los predicadores: Predicad, (decía) predicad, Sacerdotes míos, contra la mala confesión, pues por las malas confesiones se pierden la mayor parte de los cristianos.

Cierto discípulo de Sócrates había entrado un día en casa de una prostituta, y estando para salir de ella advirtió que pasaba su maestro, y se volvió a meter dentro para no ser visto. Pero Sócrates, que ya le había atisbado, acercándose a la puerta le dijo: Vergüenza es el entrar en esta casa, pero el salir no debe causar vergüenza. Esto mismo digo yo a los que han cometido ya el pecado, y se avergüenzan después de confesarlo. Hijo mío: la vergüenza está en cometer el pecado, pero no es vergonzoso el librarse de él por medio de la confesión.

Dice el Espíritu Santo: Est confusio adducens peccatum; et est confusio adducens gloriam et gratiam. (Eccli. 4 .2 3.) Evítese como se debe la confusión que nos hace enemigos de Dios cuando le ofendemos, pero no aquella confusión que, confesando el pecado, nos hace recobrar la divina gracia y la gloria del paraíso.

¿Vergüenza decís? ¿Vergüenza? ¿Tuvieron vergüenza tantas santas penitentes, una Santa María Magdalena, una Santa María Egipcíaca, una Santa Margarita de Crotona, en confesar sus pecados? Sus confesiones les han hecho alcanzar el paraíso, en donde ahora están gozando de Dios en aquel reino inmortal, y le gozarán por toda una eternidad. San Agustín, cuando se convirtió a Dios, no solo confesó su mala vida, sino que compuso un libro en el cual escribió sus pecados para que los supiese todo el mundo.

Refiere S. Antonino, que cierto prelado vio una vez al demonio junto a una señora que iba a confesarse: preguntóle que hacía, y le respondió el demonio: Observo el precepto de la restitución. Cuando incité esta mujer a pecar, le quité la vergüenza, ahora se la restituyo para que no confiese su pecado. Tal es la traza del enemigo, según escribe S. Juan Crisóstomo: Pudorem dedit Deus peccato, confessioni fiduciam; inverlit rem diabolus, peccato fiduciam proebet, confessioni pudorem. Agarra el lobo la ovejuela por la garganta para que no pueda gritar, y así se la lleva y la devora. Esto hace el demonio con muchas infelices almas: les clava su garra en la garganta para que no digan el pecado, y así las arrastra después consigo al infierno.

Cuéntase en la vida del P. Juan Ramírez de la Compañía de Jesús, que predicando en una ciudad, fue llamado para confesar una doncella que estaba moribunda. Era noble, y había llevado una vida santa en apariencia, pues a menudo comulgaba, ayunaba y hacia otras mortificaciones. A punto de morir se confesó con el P. Ramírez con muchas lágrimas, que llenaron al Padre de consuelo.

 

Aceptación de uniones homosexuales es incompatible con el Cristianismo

 

Más, regresado el Padre a su casa, le dijo su compañero, que mientras se confesaba aquella joven, había visto que una mano negra le tapaba la boca. Sabido esto, el P. Ramírez volvió a la casa de la enferma, pero antes de entrar, supo que había ya muerto. Retiróse a su morada, y estando en oración, se le apareció la difunta bajo un aspecto horrible, rodeada de llamas y de cadenas, y le dijo:

Que era condenada por un pecado que con un joven había cometido, y que por rubor no había querido nunca confesar, y que en la hora de la muerte quería decirlo, pero que el demonio por medio de la misma vergüenza la había inducido a callar. Y dicho esto desapareció dando espantosos, aullidos en medio de un gran estrépito de cadenas.

Hija mía, ¿no has cometido ya el pecado? ¿Por qué no quieres confesarle? Me da vergüenza, dices. ¡Ay de tí, dice S. Agustín, piensas sólo en la vergüenza y no piensas en que si no te confiesas estás condenada! ¿Te causa rubor? Y ¿cómo? replica el mismo Santo, no te has avergonzado de darte está herida en el alma, ¿y ahora te avergüenza de ponerle el vendaje que puede curarla? Oh insania, de vulnere non erubeseis, de ligatura, vulneris erubeseis. Dice el Concilio de Trento: Quod ignorat, medicina non curat. (Sess, 14. c. 6.) El médico si no ve y conoce la llaga, no puede curarla.

¡Oh, cuan desdichadamente se arruina un alma que se confiesa y calla algún pecado por vergüenza! Remedium fit ipsi Diabolo triunfa, dice S. Ambrosio (lib. 2, de poenit.) Los soldados cuando salen vencedores en la guerra, ostentan con pompa y alarde las armas quitadas al enemigo: ¡Oh que triunfo hace el demonio de estas confesiones sacrílegas, cuando se gloria de haber quitado a las almas aquellas armas con que podían vencerle! Y ¡pobres almas que de tal modo convierten la triaca en veneno!

Aquella pobre mujer tenía aquel solo pecado en su conciencia; más después de haberle callado en la confesión, carga con un sacrilegio, que es un pecado gravísimo, y cede aquel triunfo al demonio.

Dime, hermana, si tú, por no confesar aquel pecado hubieses de ser quemada viva en un caldero de pez derretida, y después de esto tu pecado hubiese de saberse por todos tus parientes y compatricios, dime, ¿callarías entonces tu pecado? Ciertamente que no, sabiendo que confesando tu pecado estaría oculto, y no serias quemada. Ahora pues, es más que cierto, que si no confiesas aquel pecado, tendrás que arder en el infierno por toda una eternidad, y después, en el día del juicio, aquel tu pecado lo habrán de saber, no solo tus parientes y paisanos, sino todos los hombres del mundo: Omnes nos manifestari oportet ante tribunal Christi. (2. Cor. 5. 10.) Dice el Señor: si no confiesas el mal que has hecho, yo manifestaré tus ignominias a todas las gentes: Revelabo pudenda tua in facie tua, et ostendam regnis ignominiam tuam. (Nahum. 3. 5.)

¿Has cometido el pecado? pues sino le confiesas, eres condenada, Si quieres pues salvarte, le has de confesar una vez. Y si le has de confesar una vez, ¿porque no le confiesas ahora? ¿Si aliquando, cur non modo? Dice S. Agustín. ¿Quieres esperar que te tome la muerte, después de la cual no podrás ya confesarte más? Y has de saber, que cuanto más difiere el confesarse y más se  multiplican los sacrilegios, tanto más crecer la vergüenza y la obstinación para confesarlos. Ex retentione peccati nascitur obstinatio, escribe Pedro Blesense.

Para quien ha ofendido a Dios con culpa mortal, no hay otro remedio que oponer a su condenación que confesar el pecado. (El juicio final, de Fra Angélico)

¡Cuántas infelices almas, habiéndose acostumbrado a callar la culpa diciendo, cuando me veré cerca de la muerte, entonces la confesaré, se han visto después en el trance mortal, y ni aun la han confesado!

Sabes además, que si no confiesas el pecado cometido, no tendrás nunca paz en toda tu vida. ¡Oh Dios y que infierno siente dentro de sí misma una pobre penitente, que sale del confesionario sin haber dicho su pecado!

Lleva siempre consigo una víbora que continuamente le lacera el corazón. ¡Infeliz, Llevará un infierno en esta vida, y un infierno en la otra!

Aliento, hermanos míos; si alguno de vosotros hubiese caído en semejante desgracia, de no confesar algún pecado por vergüenza, cobre valor y resolución para confesarle luego, tan luego como pueda. Basta que diga al confesor: Padre, tuve rubor de declarar un pecado, o bastará que diga solamente: Padre, tengo un cierto escrúpulo de mi vida pasada.

Esto basta, porque después el confesor ya procurará arrancaros la espina que os hiere, y tranquilizara vuestra conciencia. ¡Y qué alegría sentiréis después de haber arrojado aquella víbora de vuestro corazón!

¿A cuántas personas has de descubrir este tu pecado? Basta que lo digas una sola vez a un solo confesor, y todo tu mal queda remediado. Y para que no te engañe el demonio has de saber que no estamos obligados a confesar sino los pecados mortales; y así, si aquel tu pecado no hubiese sido mortal, o cuando lo cometiste no le  tenías por pecado mortal, no estás obligado a confesarlo. Por ejemplo, no faltarán personas que en su infancia habrán cometido algún acto impúdico; pero si entonces no lo tenían por pecado, y ni aun dudaban que lo fuese, no están obligadas a confesarlo.

Pero si, al contrario, cuando le cometieron, tenían ya el escrúpulo de si era pecado grave, ahora ya no hay medio, preciso es que lo confiesen, y si no, están condenadas.

‒ Pero padre, puede ser  que este confesor descubra a otros mi pecado.

¿Qué has dicho? ¿Qué has dicho? ¡Has de saber que si el confesor por no descubrir un solo pecado venial que escuchó del penitente hubiese de ser quemado vivo, está obligado a dejarse quemar antes que descubrirle! Ni aun con el mismo penitente, puede hablar el confesor de las cosas que oyó en confesión.

‒ Pero temo que el confesor me reprenda ásperamente al oír el pecado que he cometido.

¿Qué dijiste? ¡Qué delirio! estos son vanos fantasmas dé que llena el demonio vuestra imaginación. Para esto se ponen los confesores en el confesionario, no para escuchar éxtasis y revelaciones, sino para escuchar los pecados del que viene a confesarse; y no pueden sentir mayor consuelo, que cuando viene un penitente que les descubre todas sus miserias. Si tú pudieras sin daño tuyo librar de la muerte a una reina, mortalmente herida por sus enemigos, ¿qué consuelo, que gozo no sintieras en librarla con tu cooperación? Esto mismo hace el confesor cuando está en el confesionario; viene un alma penitente a decirle los males que ha hecho; él entonces, con la absolución que le da, libra aquella alma de la herida del pecado, librándola así mismo de la muerte eterna del infierno.

Refiere S. Buenaventura en la vida de S. Francisco, que cierta señora, hallándose al fin de su vida, y después de habérsela visto expirar, y antes que fuese sepultada, se incorporó súbitamente sobre su lecho, y temblando de pavor declaró que habiendo ya expirado su alma, y estando ya para caer en el infierno por haber callado un pecado en la confesión, había vuelto a esta vida por las oraciones de S. Francisco; y así llamó luego al confesor, y con lágrimas copiosas se confesó, diciendo todos los circunstantes que se guardasen bien de callar algún pecado en la confesión, pues Dios no con todos hubiera usado de aquella misericordia que con ella acababa de tener; y dicho esto, entregó de nuevo su espíritu.

Cuando el demonio te tentare para que no confieses el pecado que has cometido, respóndele, como hizo cierta mujer llamada Alaide, la cual, habiendo pecado con un joven, supo que su cómplice, caído en la desesperación se había ahogado con sus propias manos, y condenado después; entonces ella entró en un monasterio para hacer penitencia, y allí, dirigiéndose un día a confesarse de sus pecados, le preguntó el demonio: Alaide, ¿Dónde vas? y respondió ella: Voy a confundirte a ti y a mí, por medio de la confesión. Así pues has de responder al enemigo cuando te tienta a que no confieses tus pecados: Voy a confundir a ti y a mí.

Advierta el Instructor que este mal de callar en la confesión los pecados por vergüenza sucede de menudo en todas partes, y especialmente en lugares pequeños; y así no basta hablar de ello una sola vez en el decurso del Catecismo, sino muchas veces, manifestando con vehemencia al pueblo la fatal ruina que acarrean a las almas las confesiones sacrílegas.

 

Para Navidad se detecta una escasez de cordero

El pasado día 23 leía que “Desde la organización agraria navarra EHNE han hecho un llamamiento a los y las pastoras para que defiendan el precio del cordero y recordar ‘a los comercializadores que con todo lo que han aumentado de precio las materias primas, ahora más que nunca, deben pagar un precio justo por sus productos a los y las baserritarras’”.

Lo anterior es debido a que este año se está detectando una escasez de cordero en el mercado y esta situación ha provocado que el precio de esta carne también haya aumentado. Y es que ahora que cada vez empezamos a escuchar más cerca los sonidos de la Navidad, también los y las pastoras han comenzado a comercializar los corderos que suelen estar en los platos de esos días de fiesta.

Además, el llamado consumo consciente o ciudadano es una tendencia global imparable. El número de consumidores que consideran la forma de comprar como una herramienta potente para cambiar el mundo ha aumentado en los últimos años. Según el estudio ‘Un consumo diferente para un futuro mejor’, elaborado por la OCU en colaboración con el Foro Nacional de la Nueva Economía y la Innovación Social, el 73% de los consumidores ya toma decisiones de consumo por razones éticas.

En este sentido, teniendo en cuenta esta tendencia, la organización agraria recuerda que la carne de pastoreo, y más en estos momentos de escasez de cordero en el mercado, ha demostrado a lo largo de la historia que consumir cordero es sostenible, además de saludable. Gracias a la producción natural se convierte en una oportunidad inmejorable para las generaciones futuras y para quienes buscan un producto sabroso que contribuya al cuidado del medio ambiente. Recordar que:

–La presencia de rebaños es determinante para la conservación de los hábitats de interés natural.

–Las ovejas que se desplazan por el territorio contribuyen a la prevención de incendios y a la conservación de los paisajes y del ecosistema.

–En la rotación de ganado, las semillas se esparcen por el territorio, lo que permite polinizar las flores e intercambiar genéticamente las especies al tiempo que esparcen la semillas, evitando la endogamia de los paisajes.

–Los pastos sirven para almacenar carbono en el suelo de forma segura, protegiendo los ecosistemas. Las ovejas hacen un uso respetuoso de los recursos naturales y los devuelven orgánicamente al medio.

–En los pastos las ovejas se benefician: tierra fértil, ya que dejan a su paso un sinfín de rutas con agua limpia y aire puro.

Jesús Domingo

 

Congresos en Noviembre

España necesita hoy más que nunca a una Andalucía estable, desarrollada y próspera

No hay duda de que durante este mes de Noviembre han sucedido en Andalucía dos acontecimientos políticos de una gran relevancia para el futuro de su gobernabilidad.

Por una parte el PSA, ha renovado su cartel electoral con el sevillano Juan Espadas  y el PPA ha ratificado al malagueño Juan Manuel Moreno para intentar prorrogar un nuevo mandato en el Palacio de San Telmo.

Retirado ya de la escena política como estoy, los que hemos pasilleado durante muchos años asambleas, convenciones y congresos de un partido político u otro, conocemos bien los entresijos que alimentan esperanzas, ilusiones o decepciones de quienes participan activamente para aupar el líder de turno, corretear salas para interesarse y votar por las ponencias más afines con sus intereses o simplemente para mirar o ser mirado por dirigentes famosos, impartir abrazos y sonrisas y sobretodo aplaudir con fruición y entusiasmo al candidato que puede llevar al partido a la cumbre del poder y la gloria.

No es mi cometido analizar las decisiones internas del partido socialista andaluz de cara a la nueva etapa que emprende con el “todavía” Alcalde de Sevilla Juan Espadas que inicia su andadura con una decisión, difícil de comprender y asimilar para el ciudadano sevillano, como es la de compatibilizar el cargo de regidor con el de candidato a la presidencia de la Junta…las arcas municipales están para lo que están.

Si me interesa y mucho lo acontecido alrededor del congreso que una vez más ha aupado a la presidencia del partido popular de Andalucía a mi buen amigo Juanma Moreno. Como ya estoy libre de ataduras personales y no soy sospechoso de halagos innecesarios e interesados, creo que puedo afirmar que no se ha correspondido el mérito y esfuerzo que ha derrochado Juanma y su equipo en el difícil y exitoso gobierno que viene ejerciendo en Andalucía, con el sosiego y la proyección mediática y personal que el partido a nivel nacional debería haberle prestado.

Desde la lealtad y cariño que profeso a unas siglas que he servido para los mejores intereses de España, considero que es mi deber reseñar que la dirección nacional del partido debería haber evitado en el seno de un Congreso tan relevante como el de Andalucía, que afloraran diferencias públicas  entre dirigentes cualificados de ámbito nacional y autonómico.

España necesita hoy más que nunca a una Andalucía estable, desarrollada y próspera y es obligación del Partido Popular y de sus dirigentes, seguir acometiendo con éxito esa apasionante tarea.

Jorge Hernández Mollar

 

 

Un modelo que desprestigia valores

Se trata de un modelo que desprestigia valores como el mérito, el trabajo y la tradición, hablamos del Decreto de Bachillerato que el Gobierno quiere imponer. Creo importante tener en cuenta que los alumnos serán los primeros perjudicados porque compromete su vida profesional, favorece la desventaja social de quienes menos posibilidades económicas tienen, dificulta la movilidad de los estudiantes españoles, y desincentiva la motivación de los docentes y sus ansias de formarse para ser excelentes. Nuestros vecinos franceses desandaron ese camino hace dieciocho años, pero el gobierno Sánchez prefiere un experimento del que ya se conoce el resultado: fracaso, frustración y jóvenes sin capacitación para cultivar mediante el trabajo su autonomía, al menos en amplios sectores sociales. Parece que los que puedan pagar otro modelo educativo, o estudiar fuera de nuestras fronteras, no tendrán de qué preocuparse.

Jesús D Mez Madrid

 

La ansiada jubilación

 

                                La jubilación, debiera ser algo así, como “el gran premio de una vida de trabajo”; pero ello no es así, puesto que hay, “jubilaciones, jubilacioncillas, miserables; e incluso, inexistentes”. Y que las hay desde las muy abusivas, que se preparan los que gobiernan, incluso después de haber sacado de sus gobiernos fortunas incalculables, por lo oculto de las mismas… hasta los que las reciben de limosna solemne, por lo ridículas de las mismas; y así hasta los que les llega la vejez y no reciben nada, puesto que los gobiernos que “han disfrutado”, no pensaron nunca nada más que en ellos mismos y sus allegados. En este perro mundo hay de todo, “como en botica”, que dicen los ya viejos de mi tierra; y que es frase muy extendida (ver en Internet); como extendida es, aprovecharse del prójimo cuanto más mejor, sobre todo por el parásito que no produjo nada a lo largo de su triste vida.

                                Pero volvamos a “la ansiada jubilación” y lo que gran mayoría piensan y esperan de la misma. En general y en mi entorno, mayoritariamente, lo que he oído a lo largo de toda mi vida, es más o menos lo que sintetizo… “Estoy deseando llegar a jubilarme para no hacer nada”; lo que es para el que piense en profundidad y tenga el suficiente caletre para analizar… es; la peor condena para ese idiota jubilado (hombre o mujer), que por lo visto sólo piensa, “en dormir, comer y beber; y como último trabajo, el ciscar mal por el estreñimiento que seguro padecerá”.

                                Ese idiota o ignorante, si lo calificamos piadosamente; ni por asomo piensa el que… “Se jubila del trabajo que ejerciera pero no de la vida; y la vida mientras se tiene dignidad necesita trabajos para alimentarla y mantenerla, en la máxima salud que cada cuerpo pueda tener”. Y de ahí la muy vieja sentencia que afirma una realidad indiscutible: “La vagancia es la madre de todos los vicios”.

                                Aparte que parece ser, que muchas de esas enfermedades “modernas”; como “el Alzheimer, la demencia, la senilidad, la impotencia en definitiva física y mental; es porque todos los órganos que tiene, nuestro maravilloso conjunto de posibilidades humanas, se dejan dormir y no se emplean o usan como se debe; de ahí que ni se sepa, que no es el cuerpo el que sostiene el alma, sino muy al contrario; es el alma la que sostiene al cuerpo; lo que unido a un cerebro constantemente empleado (el que no envejece sino que se fortalece de por vida); de lugar a esos viejos o muy viejos, que mantienen su vitalidad hasta donde otros ya, han muerto o están semi muertos muchos años antes; casos concretos; Gandhi, Miguel Ángel, Picasso, Voltaire, Leonardo de Vinci; y tantos otros famosos y a los que hay que añadir, multitud de “viejos y viejas”, que aún en la ancianidad, laten en una energía envidiable; como ayer mismo me demostraba mi muy vieja amiga Carmen, que con sus 96 años y dejando en este perro mundo, ocho hijos y más de treinta nietos, más algunos biznietos; aún apenas si necesita a nadie para asistirse en todas sus necesidades perentorias; y vive sola; si bien sus hijos que viven aquí en la misma ciudad que yo, la atienden y ayudan, en lo que pueda necesitar, visitándola a diario en esa obligación que en las buenas familias (hoy tan escasas) se cumple como antes, se cumplía a rajatabla.

                                Así pues y como reitero, “te jubilas del trabajo pero no de la vida”; quién llegue a esa etapa final de esa vida; tiene que mentalizarse en que empieza “una nueva vida”; donde la actividad, será la mejor medicina para llegar felizmente al final de ella; y por descontado: “hay actividades infinitas a realizar, en pro de uno mismo y más hermoso; en pro de los demás”: como final sepa el que no lo sepa, que yo ya “estoy subido en los ochenta y cuatro años… y me encuentro muy bien con arreglo a esa edad; esperando que Dios me siga ayudando a vivir… como a morir cuando llegue mi tiempo”: Amén.

Y MUY IMPORTANTE: Aquí donde nací y vivo y resto de la muy mezquina Europa, existe una sucia guerra interior, de considerar como “una carga excesiva”, la de los jubilados (“entiendan como jubilado al que verdaderamente trabajó toda su vida y le llega la jubilación, no al parásito que de ello sí que hay muchos)… Que no olviden esos idiotas que dicen gobernar y los sindicatos tanto de empresarios como de trabajadores, que… “EL BIENESTAR QUE HOY DISFRUTAN LOS QUE AÚN NO SON VIEJOS, SE LO DEBEN A NOSOTROS, TODOS LOS VIEJOS QUE TRABAJAMOS PARA QUE LA NACIÓN LLEGASE A LOS NIVELES DE BIENESTAR QUE HOY DISFRUTAMOS, por tanto no nos vengan con imposibles y más mentiras, o sea más claro;   QUE LAS PAGAS A LOS JUBILADOS TIENEN QUE ENTRAR EN LOS PRESUPUESTOS GENERALES DEL ESTADO Y POR ESOS DERECHOS DE QUIENES TRABAJARON; hoy el trabajo del hombre no sostiene las jubilaciones ni tiene el por qué sostenerlo, HOY LO SOSTIENE LA INMENSA MÁQUINA Y TECNOLOGÍA QUE CADA VEZ NECESITA MENOS HOMBRES Y MUJERES, PARA CREAR LA RIQUEZA QUE SE OBTIENE; y el hombre no puede ser VÍCTIMA DE SUS ADELANTOS.

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes