Las Noticias de hoy 18 Noviembre 2021

Enviado por adminideas el Jue, 18/11/2021 - 12:37

SAN JOSE 2021 IMAGENES Y ORACIONES | Imágenes para whatsapp

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 18 de noviembre de 2021       

Indice:

ROME REPORTS

José, hombre de la periferia, enseña a la Iglesia a mirar lo esencial

Francisco se suma a la 1° Jornada italiana de oración por las víctimas de abusos

El Papa: cuidado de la casa común y fraternidad, vías para el desarrollo integral

LAS LÁGRIMAS DE JESÚS  Francisco Fernandez Carbajal

Meditaciones: dedicación de las basílicas de san Pedro y san Pablo

“Nuestra fortaleza es prestada” : San Josemaria

San José es un verdadero maestro de lo esencial

Libertad y compromiso, ejes del simposio de san Josemaría

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici : Raúl Lanzetti

La otra parte de la historia: muerte y resurrección : Santiago Sanz

Caminos de la fe: siete itinerarios : Ramiro Pellitero

Amar y hacer el amor. Algunas consideraciones neurobiológicas. : José Luis Velayos

¿Qué es el Adviento y cuándo empieza? : primeroscristianos

Los lobos no son ovejas descarriadas : Plinio Corrêa de Oliveira

Noviembre y los difuntos : Mario Arroyo.

¿La solución al hambre en el mundo? : Jesús Domingo

Solos o en compañía : Ana Teresa López de Llergo

El miedo y las fobias: Lucía Legorreta

Merkel: Adiós a la Vieja Europa: Jorge Hernández Mollar

El planeta es nuestra casa común : Jesús Domingo Martínez

Cómo nos roban con la electricidad y…? : Antonio García Fuentes

 

ROME REPORTS

 

José, hombre de la periferia, enseña a la Iglesia a mirar lo esencial

En la audiencia general de esta mañana, el Papa Francisco inició un nuevo ciclo de catequesis dedicado al esposo de María y padre putativo de Jesús. La elección de Belén y Nazaret, explicó, dice que "la periferia y la marginalidad son preferidas por Dios". Y propuso una nueva oración a san José: "Ayúdanos a preferir lo que el mundo descarta"

Vatican News

Tras terminar la serie de catequesis sobre la Carta de San Pablo a los Gálatas, este miércoles 17 de noviembre el Papa Francisco – durante su tradicional audiencia general celebrada en el Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano – comenzó un nuevo tema de reflexiones semanales referidas a San José. “San José y el ambiente en el que vivió” es el título de la catequesis que se introdujo con la lectura en ocho idiomas de la lectura bíblica (Mi 5, 1.2-3.4) que reza:

Mas tú, Belén Efrata, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel […]. Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel. El se alzará y pastoreará con el poder de Yahveh, con la majestad del nombre de Yahveh su Dios. […] El será la Paz.

San José y el ambiente en el que vivió

El Santo Padre comenzó recordando a los queridos hermanos y hermanas presentes tras darles los buenos días, que el 8 de diciembre de 1870, el beato Pío IX proclamó a San José patrón de la Iglesia universal. A lo que añadió textualmente:

Estamos viviendo un Año especialmente dedicado a él, con motivo del 150­º aniversario de su proclamación como patrono de la Iglesia universal. En la Carta apostólica ‘Patris corde’ recogí algunas reflexiones sobre él. Espero que, en este tiempo de crisis global que estamos viviendo, nos confiemos a su intercesión, y su ejemplo nos edifique y nos guíe cada día.

Oración a San José

En efecto el Pontífice explicó que por esta razón decidió dedicarle una serie de catequesis a este santo tan querido. Y manifestó su deseo de “enviar un mensaje a todos los hombres y mujeres que viven en las periferias geográficas más olvidadas del mundo o que viven situaciones de marginalidad existencial”. “Que puedan encontrar en San José – dijo Francisco – el testigo y el protector al que mirar. A él podemos dirigirnos con esta oración”:

“San José, tu que siempre te has fiado de Dios, y has tomado tus decisiones guiado por su providencia, enséñanos a no contar tanto en nuestros proyectos, sino en su plan de amor. Tú que vienes de las periferias, ayúdanos a convertir nuestra mirada y a preferir lo que el mundo descarta y pone en los márgenes. Conforta a quien se siente solo. Y sostiene a quien se empeña en silencio por defender la vida y la dignidad humana. Amén”

Un hombre de fe, que confía en los designios de Dios

El Papa recordó que en la Biblia hay más de diez personajes con el nombre de José, que en hebreo significa ‘que Dios te haga crecer’. Y explicó que este detalle nos permite reconocer un rasgo que distingue a san José: “es un hombre de fe, que confía en los designios y en la providencia de Dio”. Otro aspecto de su figura son las principales referencias geográficas de su vida, Belén y Nazaret, que eran dos lugares periféricos. “Esto – prosiguió diciendo Francisco – nos recuerda que tenemos que estar atentos a lo que el mundo ignora, y recuperar una mirada que sepa discernir y valorar lo esencial”.

Saludos del Papa

Tras el resumen de su catequesis en nuestro idioma, el Santo Padre saludó cordialmente a los diversos grupos de fieles y peregrinos presentes. En lengua española, el Obispo de Roma lo hizo con estas palabras:

“Hoy, de modo particular, quisiera que mi mensaje llegue a todos los hombres y mujeres que viven en las periferias más olvidadas y que atraviesan situaciones de marginalidad. Que san José los proteja, y no se olviden de acudir a él en todo momento con confianza y amor filial. Que Dios los bendiga. Muchas gracias”

Al saludar a los peregrinos de habla portuguesa, el Papa les dejó una invitación:

“Los invito a pedir la intercesión de San José para que crezca nuestra confianza en los planes amorosos de la Divina Providencia y podamos amar más a los que el mundo descarta y deja al margen. ¡Que Dios los bendiga!”

A los participantes de lengua inglesa, especialmente a los grupos procedentes de los Países Bajos, Dinamarca y los Estados Unidos de América, Francisco les dijo:

En este mes de noviembre recemos por los seres queridos que nos han dejado y por todos los difuntos, para que el Señor, en su misericordia, los acoja en el Reino de los cielos.  Invoco sobre ustedes y sus familias la alegría y la paz de Cristo. ¡Que Dios los bendiga!

Al dirigirse a los fieles procedentes de los países francófonos, en particular a las Hermanas Hijas del Corazón de María, a los elegidos de Hauts de Saine, acompañados por el Obispo de Nanterre, y al grupo de Alfabetización y Salud para todos de Camerún, Francisco les dijo:

Que san José, venido de las periferias, nos ayude a convertir nuestra mirada y a ocuparnos de las personas descartadas y a las que están marginados de la sociedad. ¡Mi bendición para todos!

A los queridos hermanos y hermanas de lengua alemana, el Papa les dijo que “siempre y en todas las necesidades de nuestro tiempo y de nuestra vida podemos acudir a san José”. Siguiendo su ejemplo, confiemos plenamente en Dios y, al mismo tiempo, aportemos nuestra humilde y obediente contribución al plan divino de salvación.

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A los grupos de peregrinos polacos, el Papa les recordó que “San José, Custodio de la Iglesia, es un hombre de profunda fe, valiente y humilde”. En este tiempo, marcado por la crisis global y la pérdida de valores, invoquémoslo para que nos enseñe a ver lo que el mundo pone al margen y rechaza. Que su intercesión nos ayude a ser sensibles a los demás. Los bendigo de corazón.

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Al saludar a los fieles de habla árabe Francisco los invitó a pedir a san José, “que viene de las periferias, que nos ayude a convertir nuestra mirada y a preferir lo que el mundo descarta y margina”. Y que ustedes, que viven en las periferias geográficas más olvidadas del mundo o que viven situaciones de marginalidad existencial, que encuentren en san José el testigo y el protector al que mirar. ¡Que el Señor los bendiga a todos y los proteja siempre de todo mal!

Por último, antes de cantar el Padrenuestro en latín y de impartir su bendición apostólica final, el Pontífice saludó a los fieles y peregrinos de lengua, Ante todo dio su cordial a los participantes en la Conferencia de la conexión nacional de los santuarios, al grupo del Policlínico San Mateo de Pavía y a los fieles de Sant'Elpidio a Mare.

A todos ellos el Obispo de Roma los animó a adherirse “con alegría a la voluntad de Dios, encomendándose a la protección maternal de la Virgen María”.

Además, como es costumbre, el pensamiento del Santo Padre se dirigió a los ancianos, enfermos, jóvenes y recién casados presentes en el Aula Pablo VI, a quienes les dijo:

“La liturgia de hoy conmemora a Santa Isabel de Hungría, mujer de profunda fe y ardiente caridad. Que el ejemplo y la intercesión de esta ilustre santa de la caridad ayude a cada uno de ustedes a vivir una vida virtuosa, saliendo al encuentro, con ánimo abierto, a los pobres y a todos los necesitados. A todos ustedes mi bendición”

 

Francisco se suma a la 1° Jornada italiana de oración por las víctimas de abusos

En el momento de los saludos en su Audiencia General de hoy, en el Aula Pablo VI del Vaticano, el Papa Francisco recordó que mañana 18 de noviembre se llevará a cabo en Italia la 1° Jornada de Oración por las Víctimas y Supervivientes de Abusos, organizada por los obispos del país. "Una oportunidad de reflexión y concienciación para apoyar la recuperación humana y espiritual de las víctimas", dijo el Pontífice.

 

Ciudad del Vaticano

Tras haber pronunciado su catequesis en la Audiencia General del miércoles 17 de noviembre, en el Aula Pablo VI del Vaticano, el Papa Francisco procedió con sus habituales saludos, recordando la 1° Jornada Mundial de Oración por las Víctimas y Supervivientes de Abusos, que se llevará a cabo el 18 de noviembre en Italia, promovida por la Conferencia Episcopal de este país.

Recuperación humana y espiritual de las víctimas

"Espero que esta iniciativa pueda ser una oportunidad de reflexión, concienciación y oración para apoyar la recuperación humana y espiritual de las víctimas", dijo el Santo Padre, subrayando que es deber ineludible de todos los que tienen alguna responsabilidad educativa en la familia, en la parroquia, en la escuela, en los lugares de recreo y deporte, "proteger y respetar a los adolescentes y jóvenes que se les confían, porque es precisamente en esos lugares donde se producen la mayoría de los abusos".

Cuando no se gana el pan, se pierde la dignidad

Asimismo, el Pontífice dirigió un pensamiento especial a los trabajadores de la comuna de Borgo Valbelluna, en la región italiana del Veneto, que están preocupados por su futuro laboral:

 

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"Ante sus acuciantes problemas, me uno a los obispos y párrocos de la zona para expresar mi cercanía. Hago un llamamiento sincero para que en esta situación, como en otras similares que ponen en dificultades a tantas familias, no prevalezca la lógica del beneficio sino la del reparto justo y solidario", aseveró Francisco puntualizando que en el centro de toda cuestión laboral está siempre la persona y su dignidad: "Cuando no se gana el pan, se pierde la dignidad. Debemos rezar, y mucho, por estas personas".

 Santa Isabel de Hungría, mujer de profunda fe 

Finalmente, el Papa saludó a los fieles y peregrinos presentes en la audiencia, en particular, a los participantes en la Convención de la Red Nacional de Santuarios, al grupo del Policlínico San Matteo de Pavía y a los fieles de Sant'Elpidio a Mare: "Los animo a sumarse con alegría a la voluntad de Dios, encomendándose a la protección maternal de la Virgen María", aseveró.

Por último, como es habitual, Francisco expresó un pensamiento especial a los ancianos, los enfermos, los jóvenes y los recién casados:

"La liturgia de hoy conmemora a Santa Isabel de Hungría, mujer de profunda fe y ardiente caridad. Que el ejemplo y la intercesión de este ilustre santo de la caridad los ayuden a cada uno de ustedes a vivir una vida virtuosa, tendiendo el corazón a los pobres y a todos los necesitados".

 

El Papa: cuidado de la casa común y fraternidad, vías para el desarrollo integral

Mensaje del Papa Francisco a los participantes en el encuentro promovido por las comisiones "Justicia y Paz" de las Conferencias Episcopales de todo el mundo que se reúnen por videoconferencia, hoy y mañana, para reflexionar sobre su papel "en la era (post) Covid", analizando "los desafíos actuales y las perspectivas de futuro a la luz de Laudato si' y Fratelli tutti".

 

Ciudad del Vaticano

En el llevar adelante la misión de difundir y dar a conocer la doctrina social de la Iglesia, "pueden recurrir ampliamente a las Encíclicas Laudato si' y Fratelli tutti, esforzándose en combinarlas según las distintas situaciones locales, en los diferentes contextos continentales, regionales y nacionales". Lo escribe el Papa Francisco en su mensaje a los participantes en el Encuentro Mundial de las Comisiones Justicia y Paz de las Conferencias Episcopales. "En todas las partes del mundo -se lee en el mensaje- el desarrollo integral, y por tanto la justicia y la paz, sólo pueden construirse a través de estas dos vías: el cuidado de la casa común y la fraternidad y la amistad social. Dos caminos que se originan en el Evangelio de Cristo, pero en los que podemos caminar juntos con muchos hombres y mujeres de otras confesiones cristianas, de otras religiones e incluso sin una pertenencia religiosa específica".

Por lo tanto, los animo a llevar adelante este trabajo con esperanza, determinación y creatividad. Lo hago a sabiendas de lo desafiante que es el contexto actual, caracterizado por la crisis sanitaria y social debida a la pandemia de Covid-19 y por viejos y nuevos brotes de conflicto, mientras se tiende a retroceder respecto a los compromisos adquiridos tras las inmensas tragedias del siglo pasado.

Dar a conocer la doctrina social de la Iglesia

 "La crisis actual -añade el Pontífice- ha puesto de manifiesto numerosas contradicciones en el sistema económico y político, mientras persisten desafíos no resueltos que requieren el esfuerzo conjunto de muchos actores. "Los exhorto, por tanto, a abordar estas cuestiones también en colaboración con otras realidades eclesiales y civiles -locales, regionales e internacionales- comprometidas con la promoción de la justicia y la paz". En el mensaje, el Papa también recuerda que San Pablo VI, poco después de la conclusión del Concilio Vaticano II, "estableció la Comisión Pontificia Iustitia et Pax". Y San Juan Pablo II "la reformó en el Consejo Pontificio de Justicia y Paz".

Estoy seguro de que estos dos Santos Pontífices, con su intercesión, siguen acompañando su trabajo en las numerosas Comisiones Justicia y Paz de las Conferencias Episcopales de todo el mundo. Estas Comisiones realizan un servicio indispensable dentro de la pastoral social de las Iglesias locales. De hecho, tienen la tarea de difundir y dar a conocer la doctrina social de la Iglesia, trabajando activamente por la protección de la dignidad de la persona humana y sus derechos, con una opción preferencial por los pobres y los últimos. De este modo, contribuyen al crecimiento de la justicia social, económica y ecológica, y a la construcción de la paz.

Organizado por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, el encuentro en línea pretende reavivar la colaboración entre las comisiones y el Dicasterio. La reunión se desarrolla el miércoles 17 de noviembre por la mañana, de 9 a 13 horas, para Europa, Oceanía, África y Asia. Y en la tarde del jueves 18, de 14 a 18 horas, para América Latina y el Caribe, Canadá y Estados Unidos.

 

LAS LÁGRIMAS DE JESÚS

— Jesús no queda indiferente ante la suerte de los hombres.

— Humanidad Santísima de Cristo.

— Tener los mismos sentimientos de Jesús.

I. Descendía Jesús por la vertiente occidental del monte de los Olivos dirigiéndose al Templo. Le acompañaba una multitud llena de fervor que gritaba alabanzas al Mesías. En un momento dado, Jesús se paró y contempló la ciudad de Jerusalén que se extendía a sus pies. Y al ver la ciudad lloró sobre ella1. Es un llanto inesperado que rompió la alegría de todos. En aquel instante, el Señor vio cómo quedaba destruida años más tarde la ciudad que tanto amaba, porque no conoció el tiempo de su visitación. El Mesías había estado por sus calles, había enseñado la Buena Nueva, sus habitantes habían visto milagros..., y siguieron igual. ¡Si conocieras en este día lo que puede traerte la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Vendrán días en que tus enemigos te rodearán y te asediarán y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán junto con tus hijos, porque no has conocido el tiempo en que Dios te ha visitado2.

A través de estas líneas se puede leer la angustia que oprimía el corazón del Señor. «Pero ¿por qué no entendía Jerusalén la gracia especialísima de conversión que se le ofrecía en aquel mismo día con el esplendor del triunfo de Jesús? ¿Por qué se obstinaba en cerrar los ojos a la luz? Ocasiones había tenido de reconocer a Jesús por su Mesías y su Redentor; esta que ahora se le da será la última. Si rechaza este postrer beneficio, todos los males descritos en la profecía caerán irremisiblemente sobre ella. Y rechazó, ¡oh dolor!, y todo se cumplió a la letra»3. El Señor se llena de aflicción, pues Él no queda indiferente ante la suerte de los hombres. Su pena es tan grande que sus ojos se cubrieron de lágrimas. Las palabras anteriores debieron de ser pronunciadas con un particular acento de dolor y de tristeza.

San Juan nos ha dejado constancia en otra ocasión de esas lágrimas de Jesús, que pueden ser tan consoladoras para nuestra alma. Llegó el Maestro a Betania, donde había muerto su amigo Lázaro. Allí se encontró con la hermana de Lázaro, María. Cuando Jesús la vio llorando se estremeció en su interior, se conmovió y dijo: ¿Dónde le habéis puesto? Le contestaron: Señor, ven y verás. En aquel momento Jesús da rienda suelta a su dolor por la muerte de aquel amigo, y comenzó a llorar. Los judíos presentes exclamaron: Mirad cómo le amaba4.

Jesús –perfecto Dios y hombre perfecto5– sabe querer a sus amigos, a sus íntimos y a todos los hombres, por los que dio la vida. Este amor que Jesús muestra en su aflicción es la expresión humana del amor que Dios tiene a los hombres, la manifestación sensible de la compasión con que nos mira. Y hoy, en este rato de oración, podemos contemplar la profundidad y la delicadeza de los sentimientos de Jesús, y comprender cómo Él no es indiferente a nuestra correspondencia a esa oferta de amistad y de salvación. No es indiferente a que vayamos cada día a visitarlo y permanezcamos junto a Él unos minutos delante del Sagrario; no es neutral ante el empeño diario por aumentar nuestra amistad con Él, ante el esfuerzo por vivir con esmero la caridad, por servirle en medio del mundo... ¡Tantas veces se hace el encontradizo con nosotros!

«El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente (...). El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (...) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe “apropiarse” y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no solo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor (Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia pascual), si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, no muera sino que tenga la vida eterna (cfr. Jn 3, 16)!»6. No dejemos de tratar cada día a Jesús que nos espera. En Él se encuentra el fin de nuestra vida.

II. La vida cristiana consiste en una amistad creciente con Cristo, en imitarle, en hacer nuestra su doctrina. Seguir a Jesús no consiste en detenerse en difíciles especulaciones teóricas, ni tampoco en la mera lucha contra el pecado, sino en amarle con obras y sentirnos amados por Él, «porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»7. Él vive ahora en medio de nosotros: le vemos con los ojos de la fe, le hablamos en la oración, nos escucha apenas hemos levantado la voz o el corazón hacia Él; no es indiferente a nuestras alegrías y pesares, pues «se unió, en cierto modo, con cada hombre por su encarnación. Con manos humanas trabajó, con mente humana pensó, con voluntad humana obró, con corazón de hombre amó. Nacido de María Virgen se hizo de verdad uno de nosotros, igual que nosotros en todo menos en el pecado. Cordero inocente, mereció para nosotros la vida derramando libremente su sangre y en Él el mismo Dios nos reconcilió consigo y entre nosotros mismos y nos arrancó de la esclavitud del diablo y del pecado. Así cada uno de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí (Gal 2, 20)»8, por cada uno, como si no hubiera más hombres sobre la tierra. Su Humanidad Santísima es el puente que nos conduce a Dios Padre.

Hoy consideramos esas lágrimas de Jesús por aquella ciudad que tanto amó, pero que no conoció lo más importante de su historia: la visita del Mesías y los dones que llevaba para cada uno de sus habitantes. Y hemos de meditar también las ocasiones en las que nosotros personalmente le hemos llenado de aflicción por nuestros pecados, por las faltas de correspondencia a la gracia, por no haber sabido responder a tantas muestras de amistad. Y también las ocasiones en que nos ha echado de menos, como aquel día en que esperaba la vuelta de nueve leprosos que una vez curados se marcharon por otro camino y no volvieron. ¡Cuántas veces, quizá, ha quedado Jesús esperándonos!

Si no amamos a Jesús no podremos seguirle. Y para amarle hemos de meditar con frecuencia el Evangelio, donde se nos muestra profundamente humano y ¡tan cercano a todo lo nuestro! Unas veces le veremos cansado del camino9, sentado junto al pozo de Jacob, después de una larga caminata en un día caluroso, con sed real, que le dará ocasión para convertir a una mujer de Samaria y a muchos vecinos del pueblo de Sicar. Le contemplaremos con hambre, como el día en que, en el camino de Betania a Jerusalén, se acercó a una higuera que solo tenía hojas10; o agotado después de una jornada de intensa predicación a las gentes que no cesaban de acudir a Él, y era tal su cansancio que en medio incluso de un mar alborotado se quedó dormido sobre un cabezal en la popa11.

A lo largo de su vida irá aliviando las dolencias de quienes encuentra en su camino: vio una turba numerosa y sintió compasión de ellos, y curó a sus enfermos12. Aunque vino a salvar nuestras almas, no se olvida de los cuerpos. Para quererle y seguirle hemos de contemplarle: su vida es una inagotable fuente de amor, que hace fácil la entrega y la generosidad en su seguimiento. Y «cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha –una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado– para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (cfr. Jn 4, 34)»13.

III. El llanto de Jesús sobre Jerusalén encierra un profundo misterio. Ha expulsado demonios, curado enfermos, resucitado muertos, convertido a publicanos y pecadores, pero ante esta ciudad tropieza con la dureza de sus habitantes. Algo podemos entrever de lo que ocurría en su Corazón cuando hoy nos encontramos con la resistencia de tantos que se cierran a la gracia, a la llamada divina. «A veces, cara a esas almas dormidas, entran unas ansias locas de gritarles, de sacudirlas, de hacerlas reaccionar, para que salgan de ese sopor terrible en que se hallan sumidas. ¡Es tan triste ver cómo andan, dando palos de ciego, sin acertar con el camino!

»—Cómo comprendo ese llanto de Jesús por Jerusalén, como fruto de su caridad perfecta...»14.

Los cristianos proseguimos la obra del Maestro y participamos de los sentimientos de su Corazón misericordioso. Por eso, mirándole a Él, hemos de aprender a querer a nuestros hermanos los hombres, tratando a cada uno como es, en sus peculiares circunstancias, comprendiendo sus deficiencias cuando las haya, siendo siempre cordiales y estando disponibles para ayudar, para servir. De Cristo hemos de aprender a ser muy humanos, disculpando, alentando a seguir adelante, procurando –cada día– hacer la vida más grata y amable a los que comparten el mismo hogar, el mismo trabajo, idénticas aficiones, sacrificando los propios gustos, por legítimos que sean, cuando entorpecen la convivencia, interesándonos sinceramente por su salud y por su enfermedad... Y sobre todo nos preocupará especialmente el estado del alma de las personas que cada día tratamos, a quienes procuramos ayudar en su caminar hacia Cristo: a quienes están cerca de ti para que se aproximen más; a los que están lejos, para que emprendan el camino de vuelta hacia la casa del Padre. «No hay señal, no existe marca alguna que distinga mejor al cristiano, que el cuidado que tiene por sus hermanos»15, afirmaba San Juan Crisóstomo.

Hoy le pedimos a Nuestra Madre Santa María que nos dé un corazón semejante al de su Hijo, que no permanezca nunca indiferente ante la suerte de los que nos tratan cada día.

1 Lc 19, 41. — 2 Lc 19, 41-44. — 3 L. Cl. Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, FAX, Madrid 1966, p. 713. — 4 Jn 11, 33-36. — 5 Símbolo Atanasiano. — 6 Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 10. — 7 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 102. — 8 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 22. — 9 Jn 4, 4. — 10 Cfr. Mc 11, 12-13. — 11 Mc 4, 38. — 12 Mt 14, 14. — 13 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 201.  14 ídem, Surco, n. 210. — 15 San Juan Crisóstomo, Homilía 6, 3.

 

Meditaciones: dedicación de las basílicas de san Pedro y san Pablo

Reflexión para meditar en la fiesta de la dedicación de las basílicas de san Pedro y san Pablo. Los temas propuestos son:

18/11/2021


LAS VIDAS DE san Pedro y san Pablo están entrelazadas por el amor a Jesucristo y por un mismo afán evangelizador. Aunque poseían un origen, un temperamento y una formación muy distintos, a partir de la llamada del Señor dedicaron sus mejores energías a dar testimonio por toda la tierra de la alegría que habían recibido, cada uno con su peculiar misión y estilo: Pedro como cabeza de la Iglesia, Pablo como apóstol de las gentes.

Se conocieron en Jerusalén, cuando Pablo visitó a los apóstoles tres años después de su conversión (cfr. Gal 1,15-18). Allí convivieron apenas unos pocos días. Es posible que posteriormente coincidieran en Roma, cuando Pablo fue encarcelado en la capital del Imperio. Sabemos que ambos dieron en esta ciudad su máximo testimonio de amor a Cristo en el martirio: Pedro fue crucificado; Pablo, decapitado. En la ciudad eterna reposan hoy sus reliquias en las basílicas dedicadas a ellos. Así se recoge hacia el año 200 en el testimonio del sacerdote romano Gayo: «Yo te puedo mostrar los restos de los apóstoles; pues, ya te dirijas al Vaticano, ya a la vía Ostiense, hallarás los trofeos de quienes fundaron aquella Iglesia».

Hoy contemplamos lo que Dios puede hacer con quienes se abren generosamente a su acción. «¡Ánimo! Tú... puedes –escribía san Josemaría–. ¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde... con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz?». «La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a san Pedro y a san Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo». Ambos son fundamento de la Iglesia, símbolos de su unidad y columnas de la fe. Por este motivo, la Iglesia ha unido en un mismo día la Dedicación de las basílicas romanas de san Pedro y san Pablo, edificadas sobre sus tumbas.


DELANTE DE LA fachada de la basílica de San Pedro están colocadas dos grandes estatuas, fácilmente reconocibles por lo que llevan en sus manos: las llaves entre las de Pedro, y la espada entre las de Pablo.

El símbolo de las llaves –que Pedro recibe de Cristo– representa su autoridad. El Señor le promete que, como fiel administrador de su mensaje, a él le corresponderá abrir la puerta del reino de los cielos (cfr. Ap 3,7). La espada que Pablo porta en sus manos es el instrumento con el que fue asesinado. Sin embargo, leyendo sus cartas descubrimos que la imagen de la espada también evoca su misión evangelizadora. Cuando siente que se acerca su muerte, escribe a su discípulo Timoteo: «He luchado el noble combate» (2 Tm 4,7). Pablo ha sido denominado el decimotercer apóstol, pues, aunque no formaba parte del grupo de los doce, fue llamado por Cristo Resucitado en el camino de Damasco.

Humanamente eran muy distintos y probablemente no faltaron diferencias en su relación. Pero estas no fueron obstáculo para que uno y otro muestren «un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos». Así lo expresaba San Josemaría: «Querría –ayúdame con tu oración– que, en la Iglesia Santa, todos nos sintiéramos miembros de un solo cuerpo, como nos pide el Apóstol; y que viviéramos a fondo, sin indiferencias, las alegrías, las tribulaciones, la expansión de nuestra Madre, una, santa, católica, apostólica, romana. Querría que viviésemos la identidad de unos con otros, y de todos con Cristo».


AL DEDICAR un templo al culto, ese edificio deja de ser un lugar corriente para transformarse en un espacio sagrado, que tendrá como fin dar gloria a Dios. La parte central del rito de dedicación es la consagración del altar que, estando totalmente desnudo, es ungido con el crisma en el centro y en sus cuatro ángulos. A continuación, se inciensa, y se viste con los manteles, las flores, los cirios y la cruz. El celebrante, con una vela encendida en la mano, invoca a la «luz de Cristo», de modo análogo a como se hace durante la Vigilia Pascual.

A imagen de un templo, todos los cristianos hemos sido consagrados a Dios en nuestro Bautismo, hemos sido ungidos en el pecho con el santo crisma. También a nosotros se nos ha entregado una vela, encendida a partir de la llama del cirio pascual, para que seamos fuentes de luz en el mundo. Podemos cooperar con entusiasmo a la edificación de la Iglesia porque somos «piedras vivas» (1 P 2,5) de este edificio sobrenatural. Estos dos testigos de la fe son admirables no tanto por poseer unas capacidades inigualables, sino más bien porque en el centro de su historia «está el encuentro con Cristo que cambió sus vidas. Experimentaron un amor que los sanó y los liberó y, por ello, se convirtieron en apóstoles y ministros de liberación para los demás».

«Pedro conoció personalmente a María y, en diálogo con ella, especialmente en los días que precedieron Pentecostés (cf. Hch 1,14), pudo profundizar el conocimiento del misterio de Cristo. Pablo, al anunciar el cumplimiento del designio salvífico “en la plenitud del tiempo”, no dejó de recordar a la “mujer” de la que el Hijo de Dios había nacido en el tiempo (cfr. Gal 4,4)». Les pedimos a ella que, a ejemplo de san Pedro y san Pablo, abracemos en nuestra vida la aventura de edificar la Iglesia.

 

 

“Nuestra fortaleza es prestada”

No me seas flojo, blando. -Ya es hora de que rechaces esa extraña compasión que sientes de ti mismo. (Camino, 193)

18 de noviembre

Hablábamos antes de lucha. Pero la lucha exige entrenamiento, una alimentación adecuada, una medicina urgente en caso de enfermedad, de contusiones, de heridas. Los Sacramentos, medicina principal de la Iglesia, no son superfluos: cuando se abandonan voluntariamente, no es posible dar un paso en el camino del seguimiento de Jesucristo: los necesitamos como la respiración, como el circular de la sangre, como la luz, para apreciar en cualquier instante lo que el Señor quiere de nosotros.

La ascética del cristiano exige fortaleza; y esa fortaleza la encuentra en el Creador. Somos la oscuridad, y Él es clarísimo resplandor; somos la enfermedad, y El es salud robusta; somos la debilidad, y Él nos sustenta, quia tu es, Deus, fortitudo mea, porque siempre eres, oh Dios mío, nuestra fortaleza. Nada hay en esta tierra capaz de oponerse al brotar impaciente de la Sangre redentora de Cristo. Pero la pequeñez humana puede velar los ojos, de modo que no adviertan la grandeza divina. De ahí la responsabilidad de todos los fieles, y especialmente de los que tienen el oficio de dirigir ‑de servir‑ espiritualmente al Pueblo de Dios, de no cegar las fuentes de la gracia, de no avergonzarse de la Cruz de Cristo. (Es Cristo que pasa, 80)

 

San José es un verdadero maestro de lo esencial

El Papa ha comenzado un nuevo ciclo de catequesis sobre San José. Ha recordado que “estamos viviendo un Año especialmente dedicado a él, con motivo del 150 aniversario de su proclamación como patrono de la Iglesia universal”. Francisco recordó que “las principales referencias geográficas de su vida, son Belén y Nazaret, dos lugares periféricos. Esto nos recuerda que tenemos que estar atentos a lo que el mundo ignora, y recuperar una mirada que sepa discernir y valorar lo esencial”.

17/11/2021

Queridos hermanos y hermanas:

El 8 de diciembre de 1870, el beato Pío IX proclamó a san José patrón de la Iglesia universal. Ahora, 150 años después de aquel acontecimiento, estamos viviendo un año especial dedicado a san José, y en la Carta Apostólica Patris corde he recogido algunas reflexiones sobre su figura.

Nunca antes como hoy, en este tiempo marcado por una crisis global con diferentes componentes, puede servirnos de apoyo, consuelo y guía. Por eso he decidido dedicarle una serie de catequesis, que espero nos ayuden a dejarnos iluminar por su ejemplo y su testimonio. Durante algunas semanas hablaremos de san José.

En la Biblia hay más de diez personajes que llevan el nombre de José. El más importante de ellos es el hijo de Jacob y Raquel, que, a través de diversas peripecias, pasó de ser un esclavo a convertirse en la segunda persona más importante de Egipto después del faraón (cf. Gn 37-50). 

El nombre José en hebreo significa “que Dios acreciente. Que Dios haga crecer”. Es un deseo, una bendición fundada en la confianza en la providencia y referida especialmente a la fecundidad y al crecimiento de los hijos. De hecho, precisamente este nombre nos revela un aspecto esencial de la personalidad de José de Nazaret. Él es un hombre lleno de fe en su providencia: cree en la providencia de Dios, tiene fe en la providencia de Dios. Cada una de sus acciones, tal como se relata en el Evangelio, está dictada por la certeza de que Dios “hace crecer”, que Dios “aumenta”, que Dios “añade”, es decir, que Dios dispone la continuación de su plan de salvación. Y en esto, José de Nazaret se parece mucho a José de Egipto.

También las principales referencias geográficas que se refieren a José: Belén y Nazaret, asumen un papel importante en la comprensión de su figura.

En el Antiguo Testamento la ciudad de Belén se llama con el nombre de Beth Lehem, es decir, “Casa del pan”, o también Efratá, por la tribu que se asentó allí. En árabe, en cambio, el nombre significa “Casa de la carne”, probablemente por el gran número de rebaños de ovejas y cabras presentes en la zona. De hecho, no es casualidad que, cuando nació Jesús, los pastores fueran los primeros testigos del acontecimiento (cf. Lc 2,8-20). A la luz del relato de Jesús, estas alusiones al pan y a la carne remiten al misterio de la Eucaristía: Jesús es el pan vivo bajado del cielo (cf. Jn 6,51). Él mismo dirá de sí: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna» (Jn 6,54).

Belén se menciona varias veces en la Biblia, ya en el libro del Génesis. Belén también está vinculada a la historia de Rut y Noemí, contada en el pequeño pero maravilloso Libro de Rut. Rut dio a luz a un hijo llamado Obed, que a su vez dio a luz a Jesé, el padre del rey David. Y fue de la línea de David de donde provino José, el padre legal de Jesús. El profeta Miqueas predijo grandes cosas sobre Belén: «Mas tú, Belén-Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel» (Mi 5,1). El evangelista Mateo retomará esta profecía y la vinculará a la historia de Jesús como su evidente cumplimiento.

De hecho, el Hijo de Dios no eligió Jerusalén como lugar de su encarnación, sino Belén y Nazaret, dos pueblos periféricos, alejados del clamor de las noticias y del poder del tiempo. Sin embargo, Jerusalén era la ciudad amada por el Señor (cf. Is 62,1-12), la «ciudad santa» (Dn 3,28), elegida por Dios para habitarla (cf. Zac 3,2; Sal 132,13). Aquí, en efecto, habitaban los maestros de la Ley, los escribas y fariseos, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (cf. Lc 2,46; Mt 15,1; Mc 3,22; Jn 1,19; Mt 26,3).

Por eso la elección de Belén y Nazaret nos dice que la periferia y la marginalidad son predilectas de Dios. Jesús no nace en Jerusalén con toda la corte… no: nace en una periferia y pasó su vida, hasta los 30 años, en esa periferia, trabajando como carpintero, como José. 

Para Jesús, las periferias y las marginalidades son predilectas. No tomar en serio esta realidad equivale a no tomar en serio el Evangelio y la obra de Dios, que sigue manifestándose en las periferias geográficas y existenciales. 

El Señor actúa siempre a escondidas en las periferias, también en nuestra alma, en las periferias del alma, de los sentimientos, tal vez sentimientos de los que nos avergonzamos; pero el Señor está ahí para ayudarnos a ir adelante. El Señor continúa manifestándose en las periferias, tanto en las geográficas, como en las existenciales. En particular, Jesús va en busca de los pecadores, entra en sus casas, les habla, los llama a la conversión. Y también se le reprende por ello: “Pero mira a este Maestro —dicen los doctores de la ley— mira a este Maestro: come con los pecadores, se ensucia, va a buscar a aquellos que no han hecho el mal, pero lo han sufrido: los enfermos, los hambrientos, los pobres, los últimos. 

Siempre Jesús va hacia las periferias. Y esto nos debe dar mucha confianza, porque el Señor conoce las periferias de nuestro corazón, las periferias de nuestra alma, las periferias de nuestra sociedad, de nuestra ciudad, de nuestra familia, es decir, esa parte un poco oscura que no dejamos ver, tal vez por vergüenza.

Bajo este aspecto, la sociedad de aquella época no es muy diferente de la nuestra. También hoy hay un centro y una periferia. Y la Iglesia sabe que está llamada a anunciar la buena nueva a partir de las periferias. José, que es un carpintero de Nazaret y que confía en el plan de Dios para su joven prometida y para él mismo, recuerda a la Iglesia que debe fijar su mirada en lo que el mundo ignora deliberadamente. 

Hoy José nos enseña esto: “a no mirar tanto a las cosas que el mundo alaba, a mirar los ángulos, a mirar las sombras, a mirar las periferias, lo que el mundo no quiere”. Nos recuerda a cada uno de nosotros que debemos dar importancia a lo que otros descartan. 

En este sentido, es un verdadero maestro de lo esencial: nos recuerda que lo realmente valioso no llama nuestra atención, sino que requiere un paciente discernimiento para ser descubierto y valorado. Descubrir lo que vale. 

Pidámosle que interceda para que toda la Iglesia recupere esta mirada, esta capacidad de discernir y esta capacidad de evaluar lo esencial. Volvamos a empezar desde Belén, volvamos a empezar desde Nazaret.

Quisiera hoy enviar un mensaje a todos los hombres y mujeres que viven en las periferias geográficas más olvidadas del mundo o que viven situaciones de marginalidad existencial. Que puedan encontrar en san José el testigo y el protector al que mirar. A él podemos dirigirnos con esta oración, oración “hecha en casa”, pero que ha salido del corazón:

San José,
tú que siempre te has fiado de Dios,
y has tomado tus decisiones
guiado por su providencia,
enséñanos a no contar tanto en nuestros proyectos,
sino en su plan de amor.
Tú que vienes de las periferias,
ayúdanos a convertir nuestra mirada
y a preferir lo que el mundo descarta y pone en los márgenes.
Conforta a quien se siente solo
Y sostiene a quien se empeña en silencio
Por defender la vida y la dignidad humana. Amén.

 

Libertad y compromiso, ejes del simposio de san Josemaría

El Simposio Internacional San Josemaría celebra en Jaén su décima edición los días 19 y 20 de noviembre, bajo el título 'Libertad y compromiso'.

Foto del simposio celebrado en 2018

18/11/2021

 

Durante dos días la capital jienense será el punto de unión de personas que debatirán sobre el «ejercicio de la libertad a través del compromiso, pues nos salva de la esclavitud de nuestro egoísmo», tal como explicó ante los medios de comunicación Antonio Sánchez Font, secretario fundación Catalina Mir, organizadora del simposio.

En la última edición asistieron unas 600 personas y en esta se prevé que supere los 400 inscritos. Con las medidas de restricción por la pandemia del coronavirus, las charlas también serán retransmitidas por 'streaming' a través de la página web del simposio.

Un simposio enfocado en los jóvenes

El programa contiene conferencias, paneles de testimonios, paneles de expertos, la presentación de un libro, la entrega del Premio San Josemaría, que se entrega a una iniciativa relacionada con el tema del simposio, y un mensaje del prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, que se leerá al final de las jornadas.

Los paneles con charlas sobre la 'Libertad y compromiso' hablarán de la paternidad cristiana en la posmodernidad, la experiencia personal de un profesional en el hospital Isabel Zendal durante la pandemia, o las expectativas de los migrantes desde los ojos de un senegalés, entre otros temas.

Programa del X Simposio Internacional San Josemaría

Los jóvenes serán uno de los focos principales del simposio, con intervenciones en diversas mesas de debate. Pedro Palomeque y Carmen Carcelén son los responsables de las mesas de jóvenes y de los voluntarios, respectivamente: “Hay que recoger gasolina en estos encuentros para seguir con fe”, sostiene Pedro.

Desde 2002 profundizando en el mensaje del fundador del Opus Dei

El Simposio está organizado por la Fundación Catalina Mir, una entidad de beneficencia particular, aprobada por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, que tiene como fines promover y realizar actividades de carácter asistencial, cultural y social.

Su finalidad es profundizar y dar a conocer las diversas facetas del mensaje de este “santo de lo ordinario”, como lo llamó el papa san Juan Pablo II, con el objetivo de que, de su estudio, puedan nacer sugerencias e iniciativas que sirvan a las necesidades de nuestro tiempo.

Al igual que en ocasiones anteriores, asistirán personas de otras comunidades autónomas y de diversos países europeos, africanos y americanos. 

Este es el décimo simposio que se celebra desde 2002, de forma bienal, aunque el año pasado tuvo que posponerse a causa de la pandemia, con una media de 400 personas cada uno, procedentes de distintos países como mexicanos, franceses, argentinos, chilenos, holandeses, italianos, ingleses, finlandeses, bielorrusos, kenianos y nigerianos.

Las ediciones anteriores se dedicaron, la primera, a profundizar en los puntos centrales de su mensaje, y las siguientes, a La familia, a Los medios de comunicación, a La solidaridad, a Los jóvenes, al Trabajo, a Los escenarios de la libertad en el s. XXI, al Diálogo y la convivencia, y el último a Fe y sociedad.

 

La unidad de vida y la misión de los fieles laicos en la Exhortación Apostólica Christifideles laici

Estudio de Raúl Lanzetti, de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, publicado en "Romana" nº 9 (1989).

27/05/2015

En la conclusión de la VII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos se daba casi por descontado que el enfoque de la unidad de vida, como testimonio esencial pedido al cristiano por el mundo contemporáneo, habría de encontrar un puesto de relevancia en la exhortación apostólica post-sinodal. En efecto, en la 5ª proposición, los Padres sinodales habían calificado esta exigencia como de «grandísima importancia»[1]; no sorprende, pues, que el Santo Padre, acogiendo tales indicaciones, haya querido hacer de ella uno de los ejes portadores del documento ya desde su apertura, allá donde en la falta de la unidad de vida se localiza una de las dificultades más importantes de superar, o sea una de las dos principales "tentaciones" del camino post-conciliar: «la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas»[2].

El fin del presente estudio es el de ofrecer una visión de la articulación teológica y pastoral de dicha enseñanza. En el desarrollo del trabajo quedarán patentes, además, los puntos de coincidencia con la doctrina que, ya desde 1928, enseñó al respecto el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer[3]. Estamos, en efecto, ante un rasgo esencial de la vida espiritual de los fieles de la Prelatura del Opus Dei, como se refleja en el Codex Iuris Particularis[4]. Es obvio que la Christifideles laici considera el horizonte de la Iglesia entera, en la actuación pluriforme de su misterio de comunión, y que por tanto no se pueda esperar una completa superposición entre la doctrina del documento postsinodal y la de Mons. Escrivá. Sin embargo, existe un núcleo de convicciones esenciales en las que se verifica una estrecha afinidad, la cual merece ser explicitada.

A. La unidad de vida como exigencia de la misión de los laicos

1. Los motivos de una elección

En la Christifideles laici, la unidad de vida no aparece —como por otra parte no sucede en ningún texto magisterial[5]- como un tema abstracto, ni como una meta ideal para proponer a algunos aventajados en la vida espiritual. Se trata, al contrario, de una auténtica exigencia de la misma vida cristiana y de la misión de los laicos en el mundo contemporáneo, ya que está en relación con los grandes desafíos propuestos a la Iglesia por la situación actual de la familia humana.

En efecto, la descripción trazada en el n. 34 delinea una realidad del todo grave. Por una parte, el «continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo»[6]. Desde este punto de vista el elemento característico nos lo da el hecho de que «la fe cristiana —aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales—, tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir»[7]. Si en estos momentos fundamentales y radicales de la vida humana no está presente la luz de la fe, es explicable «el afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables decepciones, o a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos problemas»[8]. Es la situación del llamado primer mundo.

Por otro lado, existen regiones y países en los que «se conservan hasta hoy muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas»[9].

Todo esto hace necesaria una nueva evangelización, que pueda asegurar «el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad»[10].

Ahora bien, el empeño apostólico de los laicos en tales ámbitos se hace particularmente urgente y decisivo: «les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad»[11].

Para encontrar acentos similares en el Magisterio de la Iglesia, hace falta remontarse a otros momentos cruciales en la historia. Éstas que hemos descrito son, en efecto, circunstancias de crisis profunda, de cuya resolución positiva dependerá por mucho tiempo la vida de los hombres. En efecto, los interrogantes hoy abiertos hacen referencia al significado del nacer, del sufrir y del morir, o sea a las raíces mismas de cualquier cultura y civilización.

Se puede decir, entonces, que el horizonte apostólico de los laicos se ha radicalizado. Y es precisamente al proyectarse este salto de calidad en la misión de los laicos donde emerge la exigencia de la unidad de vida. En efecto, el testimonio de dicha «única respuesta plenamente válida» a los interrogantes actuales será posible, según Juan Pablo II, «si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad esa unidad de vida que en el evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud»[12].

En la lógica de lo que se ha puesto de relieve esto quiere decir que, antes aún que en los demás, el fiel laico deberá pensar en sí mismo, en el sentido de verificar hasta qué punto las dimensiones más profundas de su ser hombre encuentran en la fe su pleno significado; y de examinar hasta qué punto el propio comportamiento diario sale adelante con la luz y con la fuerza de tales convicciones.

Como confirmación de todo esto, el Santo Padre relaciona tales exigencias con el "grito apasionado" que se ha hecho casi emblemático de su pontificado: «¡No tengáis miedo! Abrid, es más, abrid de par en par las puertas a Cristo»[13]. Es como decir: ya que «los estados, los sistemas económicos y los políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo»[14], se confían a la responsabilidad, aunque no exclusiva, de los laicos, a ellos compete el abrir "los confines" de todas estas realidades a la potestad salvadora de Cristo. Esta percepción de los hechos nos trae a la cabeza el paradójico dato puesto de relieve por Juan XXIII en la Pacem in terris (11 de abril de 1963): «Es también un hecho evidente que, en las naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen hoy con un indudable progreso científico y poseen en abundancia los instrumentos precisos para llevar a cabo cualquier empresa; pero con frecuencia se observa en ellas un debilitamiento del estímulo y de la inspiración cristiana. Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho. Porque a la institución de esas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo aún, personas que profesan la fe cristiana y que, al menos en parte, ajustan realmente su vida a las normas evangélicas. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad»[15].

2. Cristología y síntesis vital en el Magisterio.

En esta línea es necesario dar relevancia a un dato decisivo para los desarrollos sucesivos. Se trata del núcleo cristológico de la unidad de vida. En efecto, la «única respuesta plenamente válida» a todos los interrogantes planteados por la existencia humana se encuentra en Jesucristo: «Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre», dice la constitución pastoral Gaudium et sepes (n. 22); y Juan Pablo II recuerda esta convicción de fe ya en la Encíclica Redemptor hominis (n. 8). La unidad de vida del fiel laico, así pues, deberá reflejar otra unidad que la precede y la hace posible: «El Hijo de Dios con su encarnación —citamos ahora la Gaudium et spes (n. 22)— se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». Toda la naturaleza humana ha sido entonces «ensalzada a una dignidad sublime»[16]. Haciendo una lista de los aspectos más significativos de tal unión, la misma constitución pastoral enseña que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre»[17]. Así pues, contemplando en Jesús la naturaleza humana, encontramos también el pleno y definitivo significado de nuestra existencia. Por tanto, el fiel laico está llamado a ser consciente de esta "sublime dignidad" y a reflejarla, en la medida de lo posible, en la propia vida. Por esto la Christifideles laici concluye que, frente a los desafíos del mundo contemporáneo, «la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se constituyan nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana»[18].

En síntesis, sólo identificándose con Jesús el fiel laico podrá estar a la altura de esta radicalidad de misión que el mundo contemporáneo reclama.

3. La Encarnación como fundamento de la unidad de vida, en Mons. Escrivá.

En la predicación de Mons. Josemaría Escrivá, la llamada del cristiano a iluminar el mundo entero aparece como un principio fundante. En tal sentido, es significativo que ya en el n. 1 de Camino (publicado en 1939), se diese relevancia a esta exigencia: «Que tu vida no sea una vida estéril —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón»[19]. La expresión «unidad de vida» se encuentra ya en sus primeros escritos. En efecto, ya en 1940 escribía: «Cumplir la voluntad de Dios en el trabajo, contemplar a Dios en el trabajo, trabajar por amor de Dios y al prójimo, convertir el trabajo en medio de apostolado, dar a lo humano valor divino: esta es la unidad de vida sencilla y fuerte, que hemos de tener y enseñar»[20]. Y he aquí un texto de 1945: «No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones»[21]. En 1954 escribía: «Es esa unidad de vida la que nos lleva a que, siendo dos las manos, se unan en la oración y en el trabajo...: la acción es contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida»[22].

Pero son numerosísimos los textos que, de un modo u otro, hacen referencia a la relación entre Encarnación y unidad de vida[23]. Tomaremos sólo dos de ellos, que nos parecen particularmente pertinentes para nuestro fin. El primero dice así: «En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el bautismo, es la corredención»[24].

El pasaje siguiente vuelve sobre el tema en un modo más amplio y particularizado: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. Porque en Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz»[25].

Son textos que se remontan a los años sesenta[26], pero su sintonía con los del Magisterio posterior resulta evidente. La conciencia subyacente es que toda la existencia del hombre se ilumina por el misterio de la Encarnación, en el sentido de que ninguna realidad humana ha quedado fuera de su alcance. Se deriva de aquí la necesidad de que el cristiano se deje iluminar por esta realidad y la exprese en la vida diaria.

B. La formación de los fieles laicos en la unidad de vida

1. La síntesis vital como fin de la formación.

La unidad de vida, exigencia fundamental de la misión de los laicos, tiene un lugar prioritario en su formación: «En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana»[27].

Después de esta afirmación de principio, la Christifideles laici explicita las consecuencias que se derivan de él: «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida "espiritual", con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida "secular", es decir, la vida de familia, de trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son 'ocasiones providenciales para un "continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad'(Apostolicam actuositatem, 4)»[28].

Con un énfasis similar y un lenguaje bastante parecido se expresa el Beato Josemaría Escrivá en la homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, casi un riepilogo del ministerio pastoral que había desarrollado desde los primeros momentos de la fundación del Opus Dei: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales»[29].

2. Dimensión personal de la unidad de vida.

Entre los muchos aspectos que se podrían subrayar en los textos citados, destaca de un modo particular el carácter estrictamente personal de la unidad de vida, en el sentido de que tal realidad tiene como sujeto exclusivo a la persona. Y aquí se imponen dos reflexiones, que se implican mutuamente.

Por una parte, en negativo, se debe excluir la comunidad —ya sea eclesial o civil— como sujeto de la unidad de vida. La Iglesia y la comunidad política —en cuanto realidades colectivas— están en función de la persona. La constitución pastoral Gaudium et spes (n. 76) dice que «son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre». Así pues, la unidad de vida sería fatalmente malentendida si se le pusiese a la comunidad como sujeto: se iría hacia una teocracia o hacia la restauración del regalismo, de tal modo que se conceda a la estructura eclesiástica o a la civil el primado sobre el cuerpo social. La improponibilidad de tales hipótesis salta a la vista.

En positivo, sin embargo, se debe evidenciar el carácter de totalidad que asume la unidad de vida. En efecto, en la posición de la persona como sujeto de aquella son asumidos todos los aspectos de la existencia humana: de un modo emblemático, el ser miembro de la Iglesia y ciudadano de la sociedad humana, como diría la Christifideles laici; o el alma y el cuerpo, la carne y el espíritu, según la terminología empleada por Mons. Escrivá. Así pues, la unidad de vida se constituye en cada cristiano como un encuentro entre dos totalidades: la del entero existir humano —«todo sector de la actividad y de la existencia»[30]- y la del misterio de Cristo, como plenitud de la revelación y de la realización histórica del designio de Dios[31]. Y dicho encuentro es, precisamente, el arraigamiento del "sarmiento" —el fiel laico— en la "vid", que es Cristo: verdadero leit-motiv de toda la exhortación apostólica, junto al de la centralidad de la persona[32].

De dichas premisas Mons. Escrivá obtenía con ejemplar coherencia todas las consecuencias. En efecto, considerar a la persona como "lugar" de la unidad de vida comporta la exigencia de respetar la libertad personal, por lo que respecta tanto a las legítimas opciones temporales como sobre todo a la apertura total del cristiano en su enfrentarse a Cristo. Entre sus varias expresiones al respecto, es necesario subrayar la siguiente: «Si interesa mi testimonio personal, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana»[33].

3. Los diferentes aspectos de la formación de los fieles laicos.

Desde esta perspectiva, la formación en la unidad de vida tiene como finalidad el alcanzar la maduración personal de la síntesis vital y de la integralidad en la formación: «Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la formación integral de los fieles laicos»[34].

Del aspecto espiritual de la formación se hablará más adelante. Por lo que respecta a la formación doctrinal, la Christifideles laici indica la necesidad de una profundización. Más allá de aquel carácter de globalidad y plenitud que deben caracterizar a la catequesis como tal, los fieles laicos deberán recibir una formación doctrinal específica que les haga capaces de cristianizar la cultura, dando una «respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy»[35]. La conexión establecida entre la formación de los laicos y la necesidad de ofrecer una respuesta a los desafíos planteados a la Iglesia por la cultura contemporánea subraya que el fiel laico no está tan sólo llamado a vivir esta unidad, sino también a expresarla con palabras y con hechos, en el empeño por dar razón de la esperanza que está en él y en abrir a los demás el sendero de su encuentro personal con Cristo.

Sigue la llamada a la formación en la doctrina social de la Iglesia, que retoma la proposición 22 del Sínodo[36]. Es bastante indicativo que la Christifideles laici haya querido retomar el grande y sugestivo tema del crecimiento en los valores humanos, citando en la carta un texto conciliar: «Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(Los laicos) tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana» (Apostolicam actuositatem, 4)»[37].

También este aspecto aparece muy presente en la predicación y en los escritos del Beato Josemaría Escrivá, que situaba a Cristo, perfectus homo, como fundamento y modelo de la plenitud humana para el cristiano. Destaca en este sentido una homilía del 6 de septiembre de 1941, dedicada a las virtudes humanas. He aquí dos pasajes decisivos: «Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Jn 1, 14)»[38]. «Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo»[39],

Leamos, finalmente, el párrafo conclusivo del número 60 de la Christifideles laici, que nos pone ante el aspecto central y sintético de la formación en la unidad de vida, esto es, el espiritual, del que trataremos ahora: «Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida»[40].

C. La caridad, principio dinámico de la unidad de vida

1. El "puesto privilegiado" de la formación espiritual

La enseñanza de la Christifideles laici sobre la formación espiritual es concisa en la expresión, pero cargada de singular densidad en el contenido: «Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles, sobre todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su propia actividad de acuerdo con el querer divino» (Apostolicam actuositatem, 4)»[41].

La unidad de vida aparece aquí como noción y realidad global, que supera la dicotomía entre interioridad y actividad, entre vida espiritual y apostolado. El fundamento, como ya hemos visto, es el misterio de la Encarnación. En este cuadro, al hablar de la vida espiritual, la Christifideles laici no se pone como ante una alternativa en la que es necesario realizar una elección, sino que expresa un orden en el camino hacia la actuación de tal síntesis de vida. Este dato parece decisivo, porque hace comprender que el "puesto privilegiado" de la formación espiritual adquiere significado dentro de una visión genética de la unidad de vida; lo que quiere decir que dicha formación es, en cierto sentido, la base sobre la que se apoyan los otros aspectos de la formación y es, al mismo tiempo, la estructura que soporta la totalidad de la formación de los fieles laicos.

Con esta observación se quiere dar relieve también a la especificidad de la formación espiritual de los laicos, en el sentido de que ella debe mantenerse necesariamente abierta, desde dentro de sí misma, hacia los demás aspectos de la formación, y no cerrarse ni absolutizarse en los propios contenidos. Por ejemplo, si los valores humanos adquiriesen significado tan sólo en cuanto factores simplemente atrayentes en la relación con los demás, como simple anzuelo de apostolado, y al mismo tiempo toda la sustancia de la vida espiritual fuese colocada en el alma espiritual, entonces estaría claro que no nos encontramos ante una propuesta de unidad de vida, sino tan sólo ante una yuxtaposición accidental —instrumental— del hombre y del cristiano. Así pues, la formación espiritual indispensable para los fieles laicos no puede buscar cualquier fuente de inspiración, prescindiendo de la propia relación orgánica con los otros ambientes de la formación integral (doctrinal, social, valores humanos); sino que deberá tener en cuenta esta esencial exigencia de comunión con la totalidad del existir.

Es en este sentido en el que quiere expresarse la Christifideles laici, aun en su concisión, indicando los trazos fundamentales de una espiritualidad que dé vida a una síntesis capaz de superar toda posible fractura en la existencia diaria de los fieles laicos. La llave maestra es la unión con Cristo, como se expresa el decreto Apostolicam actuositatem, o la intimidad con Cristo, como dice la Christifideles laici. En qué pueda consistir tal unión se especifica por la indicación de que la actividad humana se desarrolla «según el querer divino»[42]. Para profundizar debidamente en este punto retomaremos un pasaje del número precedente de la Christifideles laici.

2. Unión con Cristo y unidad de vida en los fieles laicos.

«El sarmiento arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos»[43].

En la interpretación de este texto hace falta recordar sobre todo que la unidad de vida en el cristiano deriva de la unión con Cristo. En efecto, el enraizamiento en la Vid —que es Jesús— es lo que da "fruto" en cada ámbito de la vida de los fieles laicos. Ahora bien, en el cuadro de la formación espiritual va incluido el principio en torno al cual dicha unión con Cristo se puede desarrollar hasta alcanzar la unidad de vida. La respuesta de la Christifideles laici a dicha pregunta sería esta: sólo en la gradual y constante identificación con el amor de Jesús al Padre y a su diseño salvífico, el fiel laico llevará a cumplimiento la unidad de la propia existencia. En efecto, lo que se debe manifestar y realizar en la vida diaria no es el amor del cristiano en cuanto hombre, sino la «caridad de Jesucristo por la gloria del Padre y en servicio de los hermanos». Así pues, dicha síntesis vital no se da sobre la base, por decirlo así, de una "composición" entre las exigencias del propio yo y las de Jesús, sino más bien a fuerza de negarse a sí mismo para reencontrar en Cristo toda la propia existencia. Dicha afirmación merece ser profundizada en sus fundamentos.

A este respecto se recuerda, sobre todo, la plena participación del Hijo de Dios en la naturaleza y en la historia humana. En este sentido, es significativo el texto de la Gaudium et spes que retoma la Christifideles laici (n. 15) al plantear la índole secular de los fieles laicos: «El mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (...). Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a la leyes de su patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región»[44]. Así pues, el punto de partida está constituido por la unión de Dios con todo el hombre y toda su existencia. Nada de lo que es bueno en el hombre ha quedado como extraño a dicha unión, ya que «naciendo de María Virgen, Él se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, similar a nosotros en todo menos en el pecado»[45]. Todo el horizonte de la vida humana ha sido asumido por el Verbo de Dios.

Pero lo que es más característico de Jesús no es tanto esta asunción de la "materia", por llamarla así, de nuestra existencia, como el "espíritu" con que la asumió. El Verbo de Dios ha querido hacerse hombre para participar en nuestra historia y para redimirnos desde dentro de ella. Él quiso entrar en el corazón del drama de nuestro vivir sobre la tierra —de nuestra relación vital con Dios rota por el pecado— con el fin de establecer la paz, la comunión con Dios Padre, e instaurar la unión fraterna entre los hombres pecadores[46]. Y dicha obra redentora ha sido un acto de obediencia a la voluntad —al designio misericordioso— de Dios, sostenido por el mismo amor del Hijo hacia el Padre (cfr. Mt 26, 39.42; Mc 14, 36; Lc 22, 42: Hebr 5, 7s). Ciertamente, la redención alcanza su propio culmen en el misterio pascual; pero la Cruz y la Resurrección no son momentos aislados en la vida de Jesús. El amor obediente del Hijo al Padre ilumina ya la misma Encarnación y toda la vida de Cristo aparece marcada por este continuo ocuparse de las "cosas del Padre" (cfr. Lc 2, 49). El Hijo ha sido "mandado por el Padre", y dicha misión está en el mismo centro del ser teándrico de Jesús y de toda su obra salvífica[47],

Pues bien, la identificación con el amor obediente de Jesucristo deberá llevar al fiel laico a asumir toda su existencia en la perspectiva de la redención, ya que —como dice la misma Christifideles laici (59b)— «todos los distintos campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" del revelarse y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos». Así pues, la edificación de la unidad de vida es un proceso en el cual el fiel laico se aleja de sí mismo y se identifica con Cristo en su amor obediente al Padre, "recuperando" la propia existencia en el mundo en una perspectiva nueva. A este respecto, Mons. Escrivá ha escrito: «Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión, por su situación en la sociedad»[48].

En síntesis, a través de los fieles laicos el amor redentor de Jesús actúa capilarmente en todos los espacios de la vida de los hombres: toda la creación, de este modo, es renovada.

3. Plenitud de la caridad y plenitud humana.

Todo esto habría que relacionarlo con el número 17 de la Chritifideles laici, titulado Santificarse en el mundo. En efecto, la búsqueda asidua de la identificación con el amor de Jesús no es otra cosa que la búsqueda de la santidad, de la plenitud de la caridad cristiana[49]. Desde este punto de vista se puede decir que la unidad de vida de los fieles laicos ha de ser buscada en el esfuerzo por vivir el cristianismo seriamente; de otro modo se quedará en una aspiración insatisfecha.

Por otra parte, si recordamos que la unidad de vita se pone como condición de la misión en el mundo contemporáneo, o sea como el camino que hace posible a los demás hombres recuperar el sentido y la dignidad de la existencia[50], entonces la búsqueda de la santidad no parecerá una especie de lujo refinado, sino una urgencia vital para el crecimiento de la Iglesia de nuestro tiempo.

Esta conciencia palpitaba con fuerza en la caridad pastoral de Mons. Escrivá y en su vigoroso anuncio de la doctrina sobre la santidad en medio del mundo: «Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente con las normas de la fe, pues no es la nuestra —ésa que hemos de pretender— una santidad de segunda categoría, que no existe. Y el principal requisito que se nos pide —bien conforme a nuestra naturaleza—, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección (Col 3, 14); caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37), sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad»[51].

Hace falta, pues, rechazar una tentación: la de imaginar esta plenitud cristiana, que lleva consigo la plenitud humana, como algo que necesariamente se impone con sonoridad a nivel de opinión pública. Sin excluir que en algún caso pueda suceder así, esto no sucederá en la inmensa mayoría de los fieles laicos, sin que esto signifique una disminución de la eficacia de su testimonio en la historia. Juan Pablo II escribe al respecto: «Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre—, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices —por la potencia de la gracia de Dios, ciertamente— del crecimiento del Reino de Dios en la historia»[52].

De este carácter paradójico de la santidad y de la unidad de vida fue heraldo tenaz el Beato Josemaría Escrivá. La percepción inicial, como siempre, es cristológica: la vida escondida de Jesús rebosa una fuerza ejemplar: «Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt 13, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariæ (Mc 6, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Jn 12, 32)»[53].

De dicha simplicidad de una existencia plenamente santificada en el mundo Nuestra Señora es el modelo emblemático: «A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11, 27-28). Era el elogio de su Madre, de su fiat (Lc 1, 38), del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada.

»Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario»[54].

En este marco el trabajo humano asume el significado más profundo: eje de la existencia humana sobre la tierra, constituye también el núcleo de la vida espiritual, el "lugar" de la identificación con aquella vida de trabajo que llevó Jesús en el amor obediente a la voluntad del Padre, en espíritu de oración: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora. Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara. Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas»[55].

Así pues, el trabajo no es simplemente "actividad"; sería reductivo ponerlo en relación tan sólo con el sujeto que lo lleva a cabo, sin considerar que todo trabajo en el mundo forma parte además —para lo bueno y para lo malo— de un conjunto de relaciones más vasto, algunas veces de auténticas iniciativas colectivas de amplio alcance. Es esto siempre participación responsable en el esfuerzo de la humanidad. Y el cristiano está llamado a llevarlo a cabo orientándolo al reino de Dios y haciendo partícipes de esta misma tensión a todos los demás hombres, comenzando por los propios colegas. También a este respecto la sensibilidad de Mons. Escrivá se revela agudísima, al poner en evidencia el papel del trabajo en la corredención: «Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10). No estoy hablando de ideales imaginarios. Me atengo a una realidad muy concreta, de importancia capital, capaz de cambiar el ambiente más pagano y más hostil a las exigencias divinas, como sucedió en aquella primera época de la era de nuestra salvación»[56].

Este texto nos remite a las consideraciones iniciales. El mundo contemporáneo plantea desafíos radicales a la misión de la Iglesia. La reflexión sinodal ha identificado esta urgencia de síntesis vital con la misión de los fieles laicos, llamados a iluminar a todos los hombres con el amor de Cristo, que sostiene la existencia diaria del cristiano en medio del mundo.

Raúl Lanzetti

Universidad Pontificia de la Santa Cruz

[1] El texto completo, transcrito de la misma Ex. Ap. Christifideles laici (17a) decía así: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».

[2] Ex. Ap. Christifideles laici, 2i.

[3] Entre los muchos títulos de la bibliografía sobre el tema, se pueden citar esencialmente: ILLANES, J.L., Mundo y santidad, Madrid 1984, pp. 80-90, 222-225; CASCIARO, J.M., La santificación del cristiano en medio del mundo: AA.VV., "Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei", Pamplona 1985, pp. 161-168; CELAYA, I. DE, Unidad de vida y plenitud cristianaibid., pp. 321-340; Vocación cristiana y unidad de vida, in AA.VV., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo, Pamplona 1987, pp. 951-965; RODRÍGUEZ, P., Vocación Trabajo Contemplación, Pamplona 1986, pp. 118-122, 212-218; HERRANZ, J., L'unità di vita del laico: "Studi Cattolici" 312 (febbraio 1987), pp. 103-108; TORELLÓ, G.B., La santità dei laici: AA.VV., "Chi sono i laici. Una teologia della secolarità", Milano 1987, pp. 81-109.

[4] «Spiritus Operis Dei aspectus duplex, asceticus et apostolicus, ita sibi adaequate respondet, ac cum charactere saeculari Operis Dei intrinsice et harmonice fusus ac compenetratus est, ut solidam ac simplicem vitæ —asceticæ, apostolicæ, socialis et professionalis— unitatem necessario secum ferre ac inducere semper debeat» (Tit. III, cap.I., n. 79 §1: DE FUENMAYOR, A.—GÓMEZ-IGLESIAS, V.—ILLANES, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona 1989, p. 639. La cursiva es nuestra).

[5] La exigencia de la unidad de vida ha sido subrayada muchas veces por el Magisterio, que la ha desarrollado gradualmente y en diversos contextos. Los lugares fundamentales al respecto me parecen ser los siguientes: JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris (11-IV-1963): AAS 55 (1963) 297; CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes (7-XII-1965), n. 43: EV 1 (1985) n. 1454; PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii nuntiandi (8-XII-1975), n. 20: AAS 68 (1976) 19. Ha sido ésta también solicitada para los presbíteros (cfr. Presbyterorum Ordinis, 14) y los religiosos (cfr. Decr. Perfectæ caritatis, 18).

[6] Ex. Ap. Christifideles laici, 34a.

[7] Ibid. [8] Ibid. [9] Ex. Ap. Christifideles laici, 34b.

[10] Ibid. [11] Ex. Ap. Christifideles laici, 34d.

[12] Ibid. [13] JUAN PABLO II, Homilía al comienzo del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 de octubre de 1978): AAS 70 (1978) 947.

[14] Ibid. [15] AAS 55 (1963) 297. Versión castellana de El Magisterio pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992.

[16] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 22.

[17] Ibid. [18] Ex. Ap. Christifideles laici, 34g.

[19] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 1.

[20] Cit. por RODRíGUEZ, P., o.c., p. 212.

[21] Ibid. [22] Ibid. p. 213. La cursiva es nuestra.

[23] Ver la bibliografía señalada en la nota 3.

[24] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 120.

[25] Ibid., n. 112.

[26] El primero de los últimos dos textos citados ha sido sacado de la homilía pronunciada el día de la Ascensión de 1966 (19 de mayo); el segundo pertenece a la homilía de la Pascua de 1967 (26 de marzo). Cfr. ibid., nn. 117 y 102 (a pie de página).

[27] Ex. Ap. Christifideles laici, 59a.

[28] Ibid., 59b.

[29] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114.

[30] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[31] Cfr. ibid. [32] Ver, de modo particular, la insistencia del n. 58 sobre este tema.

[33] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 99.

[34] Ex. Ap. Christifideles laici, 60a.

[35] Ibid., 60c.

[36] «Para que los laicos puedan realizar activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas (cfr. Congregación para la doctrina de la Fe, Instr. sobre la libertad cristiana y la liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de los tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer los principios morales también sobre el orden social, y deber de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos» (Ex. Ap. Christifideles laici, 60d).

[37] Ex. Ap. Christifideles laici, 60e

[38] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 74.

[39] Ibid., n. 75.

[40] Ex. Ap. Christifideles laici, 60f.

[41] Ibid., 60b.

[42] CONC. VATICANO II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4.

[43] Ex. Ap. Christifideles laici, 59b.

[44] CONC. VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 32.

[45] Ibid., 22.

[46] Cfr. CONC. VATICANO II, Decr. Ad gentes, 3.

[47] Dicha verdad permea toda la predicación de Mons. Escrivá: «Este fuego, el deseo ardiente de cumplir el decreto salvífico del padre, informa toda la vida de Cristo, ya desde su nacimiento en Belén» (Es Cristo que pasa, ed. cit., n. 95). Sobre ella se apoya su propuesta de santidad en medio del mundo: «Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo» (ibid., 20).

[48] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 20.

[49] Es significativo en este sentido el fragmento inicial: «La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el Apóstol nos amonesta diciendo: "Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre" (Col 3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente: "Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida" (Apostolicam actuositatem, 4)» (Ex. Ap. Christifideles laici, 17a).

[50] Cfr. Ex. Ap. Christifideles laici, 3ss.

[51] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 6.

[52] Ex. Ap. Christifideles laici, 17b.

[53] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 14.

[54] Ibid., n. 172.

[55] Ibid., nn. 47 y 48.

[56] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, nn. 62 y 63.

 

La otra parte de la historia: muerte y resurrección

¿Qué tiene que ver la muerte y resurrección de Cristo con la plenitud de la vida que tanto deseamos? ¿Es la muerte el único límite al progreso?¿Por qué es tan decisiva la resurrección de Jesús? ¿En qué consiste un cielo nuevo y una tierra nueva?

04/05/2019

Es posible que hayamos visto alguna película, leído algún libro o incluso jugado a algún videojuego en que aparezca el elixir de la vida. Con esta expresión, acuñada hace siglos, se trataba de describir la búsqueda por parte de los alquimistas de un medicamento, también llamado "panacea", que permitiera al ser humano vivir para siempre. En nuestra época, existe una corriente de pensamiento –llamada Transhumanismo que constituye una versión actualizada de esta pretensión, y que se caracteriza por el seguimiento de tres grandes objetivos para la aparición de una humanidad perfecta: la súper longevidad, el súper conocimiento y el súper bienestar; en otras palabras, la búsqueda de una vida en plenitud.

Progreso vs. muerte: ¿límite o punto de partida?

¿Por qué, después de tantos siglos de progreso, buscamos todavía unos fines que siguen sin ser alcanzados? Es evidente que el hombre es un ser insatisfecho. Es alguien que, aunque consiga un nivel de vida y de felicidad que se pueda considerar satisfactorio, nunca se siente del todo satisfecho: quiere conocer siempre más, vivir cada vez mejor y hacerlo para siempre. Con el desarrollo científico y tecnológico, los conocimientos se han ampliado notablemente, y también la capacidad de evitar el dolor o de combatirlo. Sin embargo, antes o después, la existencia terrena se topa con un obstáculo que hasta el momento ningún ser humano ha conseguido saltar: la muerte.

JESUCRISTO NO SOLO HA SUPERADO EL LÍMITE DE LA MUERTE, TAMBIÉN NOS INVITA A PARTICIPAR A LOS HOMBRES DE SU VICTORIA

Esta se presenta como algo profundamente injusto, como aquello que nunca debiera ocurrir. Y, sin embargo, si algo sabemos con seguridad en esta vida, es que un día moriremos. Nuestro ser está abierto a una perfección que queda truncada con la muerte. Por eso, los pueblos de todo tiempo y cultura han desarrollado modos de enfrentarse con aquello que trasciende esta vida, desplegando el sentido religioso que está anclado en la naturaleza humana. Las representaciones sobre la existencia de un más allá son variadas en el panorama religioso de la humanidad, y dan testimonio de ese deseo humano de infinito; a la vez que ninguna de ellas logra demostrar que es la única realmente verdadera.

En este vasto horizonte, el cristianismo irrumpe con una fuerza inusitada: afirma que ha habido un hombre que ha superado la muerte como límite; que, venciendo a la muerte, ha obtenido una vida que dura para siempre. Ese hombre es Jesucristo. Pero no se queda ahí, sino que además afirma que Jesús ha prometido, a quienes vivan de él y sigan su ejemplo, el poder participar de esa nueva existencia que vence a la muerte.

Ante la muerte de una persona querida, con frecuencia se escucha una frase como esta: «su desaparición constituye una pérdida». La muerte de un ser humano es injusta, pues cada uno es un ejemplar irrepetible, y por tanto su desaparición del mundo supone un auténtico empobrecimiento. Si esto es así para nosotros, se puede decir que la muerte de Cristo fue el acontecimiento más injusto de la historia, pues su vida, según nos ha llegado a través de los testimonios de su época, muestra una ejemplaridad fuera de lo común, que ha sido reconocida incluso por aquellos que tienen del cristianismo una opinión negativa.

Volver a las raíces

Algunas piezas literarias describen esta búsqueda humana como el intento de volver a un paraíso perdido, como sugiere el título de la famosa obra de John Milton. Con ello hacen referencia a diversas tradiciones que hablan de una idílica época inicial de la humanidad, que fue quebrada por algún acontecimiento que hizo perder al hombre su inmortalidad y su bondad. La historia de algunos personajes de la mitología griega, como Aquiles, sugiere que el precio que el hombre ha de pagar para ser él mismo y no un ser indiferenciado en el mundo divino es la aceptación de la propia mortalidad. En el pensamiento ilustrado, es frecuente encontrarse con la idea de que el ser humano, para poder ser él mismo, necesita emanciparse de su origen, de su dependencia de un Dios o de un entorno familiar que hasta entonces lo ha protegido. Valerse por sí mismo significa perder el miedo a enfrentarse a la muerte. Las promesas de vida después de la muerte serían, pues, una vuelta a los orígenes felices. Recuérdese que algunos clásicos literarios de muy diversas épocas, desde La odisea hasta El Señor de los anillos, se plantean como la vuelta del héroe a casa.

Se ha hablado previamente de la búsqueda de una existencia duradera, de un bienestar y de un conocimiento supremo. Pues bien, en realidad, la fe cristiana dice que exactamente eso era lo que el ser humano tenía en sus orígenes remotos, cuando fue creado por Dios en un estado de inocencia, que la doctrina de la Iglesia llama «justicia original»[1]: además de la amistad con Dios, el hombre gozaba de los dones de integridad, conocimiento, impasibilidad e inmortalidad. Fue el pecado, la desobediencia a Dios (cfr. Gn 3,6), lo que provocó la expulsión del paraíso, y por consiguiente la pérdida del acceso al árbol de la vida (cfr. Gn 3,22-24). La Biblia precisa en seguida que la historia primordial no concluye así, de modo trágico, sino que Dios mismo se ocupa de los humanos cubriendo su desnudez con unos vestidos improvisados (cfr. Gn 3,21), y prometiéndoles un futuro redentor (cfr. Gn 3,15). En efecto, Jesucristo, que se presenta como «el último Adán» (1Cor 15,45), nuevo inicio de la humanidad, permaneciendo a la vez en su condición divina, toma sobre sí la condición humana (cfr. Flp 2,5-11), con esos efectos de mortalidad, sufrimiento y exposición a la tentación, y realiza en su vida el proyecto de Dios, en plena obediencia al Padre hasta la entrega de su propia vida. Y gracias a ese acto supremo de amor, vence la muerte con su resurrección, reabriendo las puertas del paraíso a los hombres, que ahora pueden acceder de nuevo al árbol de la vida: los sacramentos, cuya fuente y cima es el alimento eucarístico[2]. En Él, de alguna manera, el Cielo de Dios, el Paraíso, se une a la tierra que habitamos, mientras esperamos su prometida manifestación gloriosa al final de los tiempos[3].

La resurrección: el misterio de Dios en el mundo

La fe cristiana habla, por tanto, de un más allá que se hace presente en nuestro más acá, de un Cielo que, siendo promesa de algo completamente nuevo, no asimilable a las categorías espacio temporales de nuestro mundo, a la vez será algo que responde a un deseo profundamente arraigado en nuestro ser. Es verdad que Jesús, después de su resurrección, ascendió a los Cielos, desde donde volverá; esos mismos Cielos que acogieron a María, que fue concebida sin pecado y por tanto participa de modo eminente del misterio de su Hijo; pero es también cierto, que esos Cielos no son otra cosa que el misterio de Dios que, a la vez que es trascendente a este mundo, está por completo dentro de él, de modo que, paradójicamente, ahora Jesús se encuentra más cerca de nosotros que cuando recorría los caminos de Palestina[4].

EL CIELO ES EL MISTERIO DE DIOS: A LA VEZ QUE TRASCIENDEEL MUNDO, SE HALLA DENTRO DE ÉL.

Con su resurrección y su promesa, Jesús ha introducido en el mundo de nuestra experiencia, muchas veces negativa por estar marcada por las consecuencias del pecado en nuestras vidas (ignorancia, dolor, muerte, etc.), una esperanza nueva, real, pues la existencia y resurrección de Jesús se han dado en nuestra historia y, a la vez, de algún modo la superan, porque la abren a lo que está más allá de ella, en la otra parte de la historia. Esa esperanza es creíble porque Jesús ha dado su vida, y no hay nada más creíble en este mundo que el ejemplo, que siendo de santidad –es decir, de caridad–, es simplemente incontestable. «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Por eso, el martirio, desde los inicios del cristianismo hasta hoy, constituye la mayor muestra de la credibilidad y veracidad de una fe por la que se es capaz de dar la vida.

De este modo, se entiende que la vida eterna prometida por Jesús, de una parte ya ha comenzado en este mundo para el que cree y, a la vez, recibirá una plenitud transfiguradora que no podemos todavía soñar. «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1Cor 2,9). Si la imaginamos con las categorías de este mundo, nos podría entrar la sospecha del aburrimiento de una vida que consistiría en «un continuo sucederse de días del calendario»[5]. Pero no se trata de un reduplicado de esta vida sino, más bien, de un don sorprendente, por el que vale la pena dejarse la vida, pues amamos y nos fiamos de quien dice que nos hará felices: «Muy bien, siervo bueno y fiel, […] entra en la alegría de tu Señor» (Mt 25,21.23). Cuando dos personas forman un proyecto común de vida, se dicen mutuamente que se harán felices, no porque piensen que la otra persona será un medio para alcanzar la felicidad, sino porque ocuparse de su felicidad será lo que les haga felices. Ciertamente, Dios es ya feliz en cuanto comunión trinitaria de Personas; pero, a la vez, quiere hacernos participar de su felicidad de la que, ya esta existencia terrena, vivida por amor, es un anticipo. Por eso, decía san Agustín que «amando al prójimo purgas el ojo para ver a Dios»[6].

Un cielo nuevo y una tierra nueva

Ver a Dios requiere seguir siendo criaturas de alma y cuerpo, y por tanto, que haya una resurrección final, que consiste en que, siendo Dios creador de todo, también la materia, el cosmos y nuestros cuerpos, transfigurados, puedan participar de la gloria divina, como de hecho participa ya la humanidad de Jesucristo, que existe para siempre en Dios. Se trata de algo muy importante para una correcta interpretación de las implicaciones del cristianismo en la sociedad, en la historia y en la cultura: el «cielo nuevo y la tierra nueva» (Ap 21,1) no serán algo completamente diferente, sino que, de alguna manera, el empeño por construir un mundo mejor acompañará al hombre en la eternidad.

LA VIDA ETERNA PROMETIDA POR JESÚS, DE UNA PARTE YA HA COMENZADO PARA EL QUE CREE

Por tanto, el hombre es padre de sí mismo[7], pues sus decisiones le configuran, y eso quiere decir que se construye la eternidad con su actuar en este mundo, pues sus acciones le conforman. Por eso, resucitará no solo un cuerpo en un sentido puramente material, sino todo su ser con el bagaje de toda su historia[8]. De ahí que resulte tan certera la invitación a «vivir cada instante con vibración de eternidad»[9].

Ninguna otra doctrina como la de la resurrección suscitó las ironías de los paganos en los primeros siglos, como ya le ocurriera a san Pablo: «te escucharemos sobre eso en otra ocasión»; «las muchas letras te han hecho perder el juicio» (Hch 17,32; 26,24). Sin embargo, el dualismo entre materia y espíritu, que caracterizaba la cosmovisión griega, no ofrecía perspectivas de salvación de la dimensión material, considerada como fuente del mal. Tampoco las teorías, antiguas y nuevas, que prometen una reencarnación satisfacen, pues aunque parecen valorar la necesidad de que la materia esté presente en el destino del hombre, no parecen respetar la identidad real del hombre en la indisoluble unión de cuerpo y alma.

Mirando a Cristo se puede comprender que es razonable la promesa de la resurrección, si bien no está en la mano del Hombre alcanzarla, pues se trata de un puro don. Por eso, el cristianismo es una propuesta de sentido que, sin resolver del todo en esta vida los enigmas que rodean la existencia, ofrece una esperanza razonable de una vida imperecedera, por la que vale la pena seguir a Jesucristo y dar la vida por él.

Santiago Sanz


[1] Cfr. San Juan Pablo II, El pecado del hombre y el estado de justicia original, Audiencia general, 3-IX-1986.

[2] Cfr. J. Ratzinger, Escatología. La muerte y la vida eterna, Herder, Barcelona 1992, p. 150.

[3] Cfr. S. Hahn, La cena del Cordero. La Misa, el cielo en la tierra, Rialp, Madrid 2016.

[4] Cfr. J. Ratzinger / Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Encuentro, Madrid 2011, pp. 323-339.

[5] Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 12.

[6] San Agustín, In Evangelium Ioannis Tractatus, 17,8.

[7] Cfr. San Gregorio de Nisa, De vita Moysis, 2,3.

[8] Cfr. R. Guardini, El tránsito a la eternidad, PPC, Madrid 2003.

[9] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 239.

 

Caminos de la fe: siete itinerarios

Posted: 16 Nov 2021 11:01 AM PST

 

 

(Nuevo libro) 

 

Ramiro Pellitero, Caminos de la fe: Siete itinerarios en el Catecismo de la Iglesia Católica, ed. Palabra, Madrid 2021.

 

Para celebrar los 30 años del Catecismo

"El Catecismo de la Iglesia Católica", ha señalado el Papa Francisco, "se presenta como un camino que permite captar la dinámica de la fe" (*).

Con motivo de los treinta años de publicación de este singular Catecismo, el autor de este blog ha seleccionado siete itinerarios en ese camino de la fe.

Se pueden considerar como claves o indicadores, perspectivas o pistas, luces o destellos del depósito de la fe, vivo y dinámico.

También se podrían ver como ideas madres o líneas maestras del Catecismo, entre otras que cabría indicar. O como puertas para entrar en él o ventanas, para mirar desde él la realidad de la fe cristiana, que pide hacerse vida.

Indice de capítulos

 

1. El Catecismo de la Iglesia Católica en sí mismo
2. Dignidad humana del acto de fe
3. El cristocentrismo trinitario del Catecismo
4. La Iglesia, misterio de comunión y sacramento universal de salvación
5. La "economía sacramental"
6. La moral cristiana como respuesta de amor
7. La oración, relación personal con Dios.

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(*) Francisco, "Presentazione", en Catechismo della Chiesa Cattolica. Testo integrale. Nuovo commento teologico-pastorale, 2017.

 

 

Amar y hacer el amor. Algunas consideraciones neurobiológicas.

     Amar es darse. El acto matrimonial es expresión del amor de los cónyuges, por el que se dan los esposos uno al otro. Viene a ser la culminación del amor, en que cada cónyuge entrega su cuerpo (con su alma, ya que el cuerpo no es sin el alma) al otro, lo que lleva a la consecuencia en muchos casos a una prolongación de la vida, la aparición, siempre asombrosa, de hijos.

     Sin embargo, hacer el amor, según hoy algunos entienden, es meramente copular. Es  tomar al otro como un objeto, más que una persona. De esta forma, se banaliza y se desprestigia el amor, se hace más animal que humano.

     Amor es darse al cónyuge, a los hijos, a los amigos, a los demás, a Dios. Y todo dentro de un orden. Orden en que el amor a Dios es lo primero y esencial.

En los grandes místicos, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, ese amor les era infundido por el Creador. Llegaban al arrobo místico, expresión del amor a Dios en sumo grado, metido su ser personal en su mayor intimidad  en Dios (“Vivo sin vivir en mí”).

     Si el amor es verdadero, ha de durar siempre, pues esa es la intención del amante. No puede haber otra finalidad. No se trata de un sentimentalismo fofo, sino de una realidad permanente, que aspira al para siempre. El amor de verdad intuye eternidad.

     Jesucristo hablaba además del amor a los enemigos, cuestión difícil, pero mandato del Señor.

     En último lugar está el amor a sí mismo. A este respecto, decía el beato Carlo Acutis: “La tristeza es dirigir la mirada hacia uno mismo; la felicidad es dirigir la mirada a Dios”. En este mismo sentido, también decía: “Non io, ma Dio” (no yo, sino Dios).

     Amar también es respetar y cuidar a la naturaleza. Es mimar el entorno, actitud que termina siendo  beneficiosa para la sociedad, y en consecuencia, para uno mismo.

     Los matices del amor son innumerables.

     Son cosas distintas el enamoramiento y el amor. En el primero se liberan en el cerebro una serie de neurotrasmisores y hormonas que refuerzan la situación, tales como la serotonina, la noradrenalina, la  oxitocina, la dopamina. Cada una de estas sustancias se forman en zonas distintas del cerebro.

Cada uno de estos compuestos químicos está relacionado con diversas vivencias, con diversas situaciones. De hecho, en la depresión hay una menor formación de serotonina; no en balde  la serotonina ha sido denominada como la “hormona de la felicidad”. En cambio, la noradrenalina es la “hormona del estrés”. La oxitocina está relacionada con la sensación de conexión, de vínculo, tal como ocurre en la lactancia, en que el hipotálamo materno segrega más oxitocina. Y la dopamina  tiene relación con la sensación de placer.

     El amor es una situación más firme que el enamoramiento;  por eso, la neurobiología del amor es distinta: en el enamoramiento se da una “explosión hormonal”; sin embargo, en el amor la situación hormonal es más estable. Esto explica que sean diferentes la bioquímica del enamoramiento y la bioquímica del amor. No son  biológicamente iguales.

     Pero tanto el amor como el enamoramiento son asuntos plenamente humanos, y por tanto, no se pueden reducir a biología o a química pura. No hay más que pensar en el amor de Romeo y Julieta, o en el de los cónyuges ancianos, o en los arrobos de amor a Dios de los grandes místicos. Hay poca bioquímica en todos estos cas

  José Luis Velayos

 

¿Qué es el Adviento y cuándo empieza?

Adviento

¿Cómo y cuándo empieza a vivirse?

EL ADVIENTO

TIEMPO LITÚRGICO QUE PREPARA LA NAVIDAD

Expectación penitente, piadosa y alegre

La venida del Hijo de Dios a la Tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos (…).

 

 

 

Al celebrar anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.

(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 522 y 524)

 
 

Con el tiempo de Adviento, la Iglesia romana da comienzo al nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento gravita en torno a la celebración del misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

 

A PARTIR DEL SIGLO IV

     
   
       

El origen y significado del Adviento es un tanto oscuro; en cualquier caso, el término adventus era ya conocido en la literatura cristiana de los primeros siglos de la vida de la Iglesia, y probablemente se acuñó a partir de su usoen la lengua latina clásica.

La traducción latina Vulgata de la Sagrada Escritura (durante el siglo IV) designó con el término adventus la venida del Hijo de Dios al mundo, en su doble dimensión de advenimiento en la carne –encarnación- y advenimiento glorioso –parusía-.

La tensión entre uno y otro significado se encuentra a lo largo de toda la historia del tiempo litúrgico del Adviento, si bien el sentido de “venida” cambió a “momento de preparación para la venida”.

Quizá la misma amplitud de las realidades contenidas en el término dificultaba la organización de un tiempo determinado en el que apareciera la riqueza de su mensaje. De hecho, el ciclo de adviento fue uno de los últimos elementos que entraron a formar parte del conjunto del año litúrgico (siglo V).

Parece ser que desde fines del siglo IV y durante el siglo V, cuando las fiestas de Navidad y Epifanía iban cobrando una importancia cada vez mayor, en las iglesias de Hispania y de las Galias particularmente, se empezaba a sentir el deseo de consagrar unos días a la preparación de esas celebraciones.

Dejando de lado un texto ambiguo atribuido a San Hilario de Poitiers, la primera mención de la puesta en práctica de ese deseo la encontramos en el canon 4 del Concilio de Zaragoza del año 380: “Durante veintiún días, a partir de las XVI calendas de enero (17 de diciembre), no está permitido a nadie ausentarse de la iglesia, sino que debe acudir a ella cotidianamente” (H. Bruns, Canones Apostolorum et Conciliorum II, Berlín, 1893, 13-14). La frecuencia al culto durante los días que corresponden, en parte, a nuestro tiempo de adviento actual, se prescribe, pues, de una forma imprecisa.

 

UN TIEMPO DE PENITENCIA

 

 
   
       

Más tarde, los concilios de Tours (año 563) y de Macon (año 581) nos hablarán, ya concretamente, de unas observancias existentes “desde antiguo” para antes de Navidad. En efecto, casi a un siglo de distancia, San Gregorio de Tours (fallecido en el año 490) nos da testimonio de las mismas con una simple referencia.

Leemos en el canon 17 del Concilio de Tours que los monjes “deben ayunar durante el mes de diciembre, hasta Navidad, todos los días”.

El canon 9 del Concilio de Macon ordena a los clérigos, y probablemente también a todos los fieles, que “ayunen tres días por semana: el lunes, el miércoles y el viernes, desde San Martín hasta Navidad, y que celebren en esos días el Oficio Divino como se hace en Cuaresma“(Mansi, IX, 796 y 933).

Aunque la interpretación histórica de estos textos es difícil, parece según ellos que en sus orígenes el tiempo de adviento se introdujo tomando un carácter penitencial, ascético, con una participación más asidua al culto.

Sin embargo, las primeras noticias  a cerca de la celebración del tiempo litúrgico del Adviento, se encuentran a mediados del siglo VI, en la iglesia de Roma.

Según parece, este Adviento romano comprendía al principio seis semanas, aunque muy pronto -durante el pontificado de Gregorio Magno (590-604)-  se redujo a las cuatro actuales.

 

UNA DOBLE ESPERA

El significado teológico original del Adviento se ha prestado a distintas interpretaciones. Algunos autores consideran que, bajo el influjo de la predicación de Pedro Crisólogo (siglo V), la liturgia de Adviento preparaba para la celebración litúrgica anual del nacimiento de Cristo y sólo más tarde –a partir de la consideración de consumación perfecta en su segunda venida- su significado se desdoblaría hasta incluir también la espera gozosa de la Parusía del Señor.

No faltan, sin embargo, partidarios de la tesis contraria: el Adviento habría comenzado como un tiempo dirigido hacia la Parusía, esto es, el día en que el Redentor coronará definitivamente su obra. En cualquier caso, la superposición ha llegado a ser tan íntima que resulta difícil atribuir uno u otro aspecto a las lecturas escriturísticas o a los textos eucológicos de este tiempo litúrgico.

El Calendario Romano actualmente en vigor conserva la doble dimensión teológica que constituye al Adviento en un tiempo de esperanza gozosa:

“el tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, 39).

Fuente: www.primeroscristianos.com

 

Los lobos no son ovejas descarriadas

Una visión unilateral de la parábola del Buen Pastor lleva a algunos a abandonar a los ovejas fieles para ir en busca del lobo, ponerlo cariñosamente sobre los hombros, e introducirlo en el redil.

Aparente contradicción entre la bondad y la justicia de Nuestro Señor Jesucristo

Contenidos

La doctrina de Nuestro Señor Jesucristo está llena de verdades aparentemente antagónicas que, examinadas con atención, lejos de desmentirse recíprocamente, se completan, formando una armonía verdaderamente maravillosa. Y éste es el caso, por ejemplo, de la aparente contradicción entre la justicia y la bondad divinas.

Dios es, al mismo tiempo, infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Siempre que para comprender bien una de estas perfecciones ignoramos la otra, caeremos en un grave error.

Nuestro Señor Jesucristo dio, en su vida terrena, admirables pruebas de su dulzura y de su severidad.

No pretendamos «corregir» la personalidad de Nuestro Señor de acuerdo a la pequeñez de nuestros modos de pensar, y cerrar los ojos a la suavidad para mejor edificarnos con la justicia del Salvador; o, por el contrario, hacer abstracción de su justicia para mejor comprender su infinita compasión en relación a los pecadores.

Nuestro Señor se mostró perfecto y adorable tanto cuando acogía con perdón inefablemente dulce a María Magdalena, cuanto cuando castigaba con lenguaje violento a los fariseos.

No arranquemos ninguna de estas páginas del Santo Evangelio. Sepamos comprender y adorar las perfecciones de Nuestro Señor como ellas se revelan en uno y otro episodio. Y comprendamos en fin que la imitación de Nuestro Señor Jesucristo sólo la podremos hacer cuando sepamos no sólo perdonar, consolar y acoger, sino también que sepamos flagelar, denunciar y fulminar como Nuestro Señor.

Bondad y energía: dos virtudes armónicas

Hay muchos católicos que consideran los episodios del Evangelio en los que aparece el santo furor del Mesías contra la ignominia y la perfidia de los fariseos como cosas indignas de imitación.

Esto aparece en el modo en que ellos consideran el apostolado. Hablan siempre de dulzura, y tratar siempre de imitar esa virtud de Nuestro Señor. Pero, ¿por qué no tratan de imitar las otras virtudes de Nuestro Señor?

La ira sagrada de Nuestro Señor contra los profanadores del Templo

Frecuentemente, cuando se propone en materia de apostolado un acto de energía, la respuesta invariable es que es necesario proceder con mucha suavidad «para no apartar aún más a los descarriados».

¿Se podría sustentar que los actos de energía tienen siempre el efecto invariable de «apartar aún más a los desviados»? ¿Se podría sustentar que Nuestro Señor, cuando dirigía sus invectivas candentes a los fariseos, lo hacía con la intención de «apartar aún más a aquellos desviados»?

¿O se debería suponer por ventura que Nuestro Señor no sabía o no se preocupaba con el efecto «catastrófico» que sus palabras causarían a los fariseos? ¿Quién osaría admitir que tal blasfemia contra la Sabiduría Encarnada, que fue Nuestro Señor?

Dios nos libre de preconizar el uso de la energía y de los procesos violentos como único remedio para las almas. Dios nos libre también, sin embargo, de proscribir estos remedios heroicos de nuestros procesos de apostolado. Hay circunstancias en que se debe ser suave y circunstancias en que se debe ser santamente violento. Ser suave cuando la circunstancias exigen violencia, o ser violento cuando la circunstancias exigen suavidad, es siempre un grave mal.

* * *

Unilateralidad en la interpretación de las Parábolas

Todo este orden de ideas unilateral que venimos denunciando, procede de una consideración también unilateral de las Parábolas. Muchos hacen de la parábola de la oveja perdida la única del Evangelio. Hay en esto un error gravísimo que no queremos dejar de denunciar.

 

Ambigüedad, herejía y odio a Dios

 

Nuestro Señor no nos hablaba solamente de ovejas perdidas, que el Pastor va a buscar pacientemente en el fondo de los abismos, ensangrentadas por las espinas, en las que lamentablemente se hirieron.

Nuestro Señor nos habla también de lobos rapaces, que merodean constantemente el redil, esperando una ocasión para introducirse en él disfrazados con pieles de ovejas. Ahora, si es admirable el Pastor que sabe cargar sobre sus hombros con ternura a la oveja perdida, ¿qué decir del Pastor que abandona sus ovejas fieles para ir a buscar a lo lejos a un lobo disfrazado de oveja, que toma al lobo, lo pone amorosamente sobre sus hombros, le abre él mismo las puertas del redil, y con sus manos pastorales coloca entre las ovejas al lobo voraz?

¡Cuántos católicos hay, sin embargo, que si aplicasen efectivamente los principios del apostolado unilateral que profesan, actuarían exactamente así!

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Noviembre y los difuntos

Escrito por Mario Arroyo.

Noviembre es el mes que la Iglesia tradicionalmente dedica a pensar en los difuntos, a traer su recuerdo y a pedir especialmente por ellos.

Estamos en el mes de noviembre, el que la Iglesia tradicionalmente dedica a pensar en los difuntos, a traer su recuerdo y a pedir especialmente por ellos. Durante este mes se pueden lucrar indulgencias por ir a los cementerios y columbarios, siempre que se rece por ellos. Digamos que se nos invita a ver el papel de los difuntos en nuestra vida, y a descubrir cómo de la consideración de la muerte podemos extraer nueva vida.

En México, además, con maravillosa simbiosis, la oración cristiana por los difuntos se entrelaza naturalmente con las tradiciones prehispánicas de culto a los muertos. Baste ver la folklórica celebración del Día de Muertos, con todo lo que lleva anejo. Quizá, la cristalización más pura de esta maravillosa síntesis entre lo pagano y lo cristiano sea el “altar de muertos”, que nos sirve para tenerlos presentes, para mostrar cómo perviven en nuestra memoria, pero también para rezar por ellos a través de los elementos religiosos que lo conforman.

¿Cómo están presentes los difuntos en nuestra vida? Los símbolos tradicionales, como “el pan de muerto”, las “calaveritas”, etcétera se convierten en la manifestación tangible de una presencia vital. Están presentes en nuestra memoria, en nuestros sentimientos, pero desde una perspectiva de fe, particularmente en nuestra oración. Ahora bien, recordarnos a quienes se nos han ido no es el único papel que juega la muerte en nuestras vidas; también nos trae a la memoria la incómoda realidad, de que, en algún momento, más cercano o más lejano, el muerto seremos nosotros.

Noviembre, cuando se vive desde el folklore informado por la fe, trae consigo la consideración de estas dos realidades: podemos entrar en una comunión espiritual con los difuntos a través de la oración, los sufragios, las indulgencias, y la dura, pero saludable y benéfica consideración de nuestra propia muerte. Noviembre con sus calaveras de dulce con nuestro nombre impreso nos conduce abruptamente al pensamiento de nuestra muerte y nuestro destino. Ello sirve como antídoto inigualable para doblegar el orgullo humano, la vana aspiración de “ser como dioses”, cuando somos profundamente finitos y limitados en el espacio-tiempo.

La consideración de nuestra propia muerte resulta muy saludable para nuestra vida, porque al recordarnos su finitud y precariedad, nos coloca delante del realismo y de la necesidad de aprovecharla, vivirla intensamente y encontrarle sentido. Nos recuerda que la vida es un don, es un bien, pero limitado. No sabemos cuánto tiempo de vida nos quede y, por lo tanto, nos provoca el imperativo de aprovecharla intensamente. Se pone en evidencia el gran pecado que supone la pérdida de tiempo. ¿Qué significa aprovecharla intensamente? ¿Qué significa vivir una vida plena? ¿Qué da sentido a nuestra vida?, ¿tiene un sentido objetivo o nos encontramos ante la dramática situación de tener que encontrarle un sentido urgentemente?, ¿tiene sentido objetivo o cada quien le da sentido al sinsentido de su vida?

Como puede observarse, la consideración de la muerte nos enfrenta abruptamente a una batería de preguntas nada banales, de difícil respuesta. Desde la fe, sin embargo, esas preguntas encuentran una solución sencilla e iluminante. Pero hace falta tener la sencillez y el candor de los niños para aceptarlas. Digamos que, así como la vida es un don, también lo es el descubrir el sentido de la misma. Solamente tenemos que deponer nuestra suficiencia y aceptar ese don que gratuitamente se nos otorga a través de la catequesis y la enseñanza de la fe.

El mes de noviembre, bien aprovechado y vivido intensamente desde la fe, se muestra así muy fecundo. La consideración de los muertos nos recuerda nuestros deberes de caridad con quienes se nos han ido; la reflexión sobre nuestra propia muerte nos avoca a reflexionar sobre el sentido de nuestra vida, cómo la vamos viviendo, si la estamos aprovechando y si la estamos viviendo del modo correcto. La consideración de la fe, nos conduce a quitarle hierro a la realidad de la muerte, y llamarla como algunos santos –san Francisco, san Josemaría- “mi buena amiga la hermana muerte”, porque me recuerda que la vida es un don y la revelación de su sentido también; que salimos de las manos de Dios y a Dios inexorablemente nos dirigimos.

 

¿La solución al hambre en el mundo?

La modificación genética de los alimentos puede salvar la vida a muchas de las 24.000 personas que mueren de hambre cada día.

Según Naciones Unidas, 24.000 personas mueren de hambre cada día en el mundo y de ellas 18.000 son niños y niñas de entre uno y cuatro años. Para hacer frente a esta situación, la Ingeniería Agrícola y Agronómica juega un papel fundamental, con el desarrollo de diferentes tecnologías agrarias y agroalimentarias con el objetivo de que más alimentos puedan llegar a todo el mundo.

Es conveniente recordar que con el paso de los años, el planeta cuenta cada vez con menos recursos, cosa que perjudicará el acceso y reparto de alimentos en amplias zonas del planeta. Esta situación pone de manifiesto la necesidad de avanzar en el rendimiento de los recursos, la calidad de los productos que se extraen de la tierra y la adaptación de los cultivos a las condiciones agronómicas y especialmente al cambio climático.

En este escenario, los ingenieros nos estamos enfrentan al reto de utilizar y desarrollar las nuevas tecnologías, para mejorar los procedimientos de desarrollo genético de los alimentos. Esta técnica da como resultado la mejora genética de los alimentos, que permite mantener una alimentación segura, de calidad y asequible para todos, al mismo tiempo que proporciona un mayor aprovechamiento, rendimiento y alcance de los recursos.

Recordar que esta metodología se remonta a “La Revolución Verde”, en la década de los 60 del siglo pasado, cuando Yuan Longping, Ingeniero Agrónomo chino, consiguió obtener híbridos de arroz, mejorando la alimentación de millones de personas y evitando la terrible lacra del hambre que se estaba registrando en China. Su trabajo supuso un gran cambio de la agricultura moderna y de la producción global de alimentos, con la incorporación de una serie de investigaciones, desarrollos e innovaciones tecnológicas.

Tras el fallecimiento el 22 de mayo de 2021 de Yuan Longping y con motivo del Día Mundial de la Alimentación, para honrar la memoria, el Instituto de la Ingeniería de España ha celebrado la jornada “Alimentos seguros ahora, para un futuro saludable”. En el encuentro se presentaron las diferentes formas en las que la ingeniería puede ayudar al objetivo de acabar con el hambre en el mundo y compartieron los datos más actuales de la situación alimentaria en los diferentes países.

Jesús Domingo

 

Solos o en compañía

Ana Teresa López de Llergo

Si alguien se aísla, vive como quiere y nadie le impulsa a superarse. Esto es una pobreza inmensa. Es trágico despreciar la dimensión social de las personas.

Muy pocas veces reflexionamos sobre los consejos que buscamos o que encontramos en algún medio y leemos por curiosidad, como me acaba de suceder. Esto no dejará de suceder, sin embargo, el resultado depende de nuestra sensatez para juzgar y adoptar o desechar aquello.

Me refiero a un artículo que ponderaba la soltería y señalaban aspectos que son mil veces mejores cuando eres soltero, sin advertir que generalmente la soltería termina para compartir la vida y conseguir mejorar el ser y el estar.

Con las observaciones del artículo al que me refiero, se promueve la soledad y, por eso, el individualismo y el deterioro de las costumbres, y al ser costumbres se arraigan en la persona de manera que aunque molesten a otros no será fácil cambiarlas.

Textual: “Puede sonar insignificante, o quizás obvio, pero no hay nada más bonito que no compartir casa y que nadie te diga nada por salir a la sala en calzones o por dejar las puertas abiertas, ni que te obliguen a descolgar tu colección de posters de la NFL porque “no van con la decoración”. Tu espacio, tus reglas”.

Me pregunto: ¿Algún padre de familia habrá reparado en ese consejo y lo discutió con sus hijos, los dejó hablar para escuchar su opinión y luego orientarlos?

Textual: “Mucha gente le tiene terror a ir al cine sola y que todos la juzguen por ser soltera y sin amigos. Sin embargo, inténtalo una vez y querrás repetirlo por siempre. Nadie te va preguntar cosas o hacer comentarios en plena película, vas a preparar tus palomitas justo como a ti te gustan, y lo más importante: nadie te va a convencer de ver una película distinta a la que quieres”.

No hay nada más agradable que escuchar los puntos de vista de otras personas sobre una película. Generalmente se aprende a ver desde otras sensibilidades y el horizonte crece.

Textual: “La belleza de volver a ir a tus fiestas sin acompañante está en que ya no tienes que estresarte porque tu pareja encaje en tu grupo ni porque tus amigos cometan alguna indiscreción sacando al tema amores del pasado o momentos vergonzosos. Tu única preocupación será pasarla maravillosamente”.

Observación: Estas reacciones de las personas son frecuentes y es necesario aprender a resolverlas. Evadirlas es una cobardía. Además, dan la oportunidad de afrontar hechos pasados, en primera persona. Es mejor no dejar estas oportunidades a que otras personas las interpreten.

Textual: “Despídete de las discusiones por ver con qué familia van a pasar Navidad, o peor, pretender hacer la hazaña de visitarlos a ambos el mismo día. Ahora puedes visitar a quien tú quieras sin sentir que tienes el tiempo encima”.

¿Te has puesto a pensar en lo egocéntrico de esta solución? Se orilla a la persona a pasarla bien, sin abrir la posibilidad de agradar a los demás, de satisfacer sus esperanzas. Con este enfoque el espíritu navideño desaparece.

Textual: “Sí, los viajes en pareja tienen su encanto, pero, ¿alguna vez has viajado solo? No hay nada más hermoso que hacer un itinerario a tu medida, o bien, aventurarte a ver qué te depara el destino, levantarte temprano para explorar o quedarte horas disfrutando de la cama y las demás amenidades de tu cuarto de hotel, todo esto porque tú lo elegiste”.

Este planteamiento no es imposible si se dialoga con los cercanos. Alguna vez viene bien diseñar un viaje así. Pero viajar en compañía es mucho más enriquecedor. Además, viajar con otros no excluye ponerse de acuerdo para que en alguna ocasión cada quien haga su propio plan. Desgraciadamente el trasfondo de estos textos es ver a los demás como un estorbo y justificar el egoísmo.

Textual: “Recibir una invitación a una boda cuando eres soltero puede ser estresante, pues posiblemente no sepas a quién llevar de pareja. Incluso, si tu relación terminó hace poco tiempo, puede tener sus momentos melancólicos. Sin embargo, si decides llevar a un amigo, la fiesta es una oportunidad invaluable para ligar y conocer gente nueva. Puntos extra porque ya no tienes que ir a las bodas de amigos de tu ex que ni siquiera te caen bien”.

Nuevamente el planteamiento de fondo es egoísta porque no aparece la alegría de acompañar a los amigos a un suceso tan trascendente. Y también la falta de fortaleza para afrontar del mejor modo una reunión estresante.

Textual: “Hay algo muy especial en despertar un sábado en la mañana sabiendo que tienes todas las posibilidades a tu disposición. ¿Quieres dormir dos horas más? Concedido. ¿Un tour por todos los museos de la ciudad? También concedido. Tú decides completamente de qué se va a tratar tu fin de semana”.

Alguna vez, por motivos justificados se puede diseñar un día así. Se explica a los miembros de la familia y se hace. Aunque es verdad que puede aparecer un problema que frustre el plan. Pero la gratificación de ayudar a costa de los propios planes alcanza una paz interior muy grande.

Textual: “Al igual que el cine, el acto de ir solo a un restaurante es algo que no mucha gente entiende, y quizás si lo intentas al principio te vas a sentir raro, pero con el tiempo encontrarás en esa actividad un espacio de paz en el que puedes disfrutar de una comida que te encante acompañada de un buen libro, un diario para reflexionar, tu música favorita, o bien, simplemente tus pensamientos. Suena raro, pero es una experiencia de autoconocimiento valiosísima”.

Alguna vez puede estar bien. En estas palabras se promueve la costumbre de disfrutar solo. Y es una lástima perder la oportunidad de compartir.

Textual: “Siempre es bonito tener alguien con quien compartir tus hobbies, pero es aún más bonito hacer de estos tus momentos para reconectar contigo mismo, qué leer, pintar, tocar un instrumento musical, hacer macramé, o lo que sea que quieras hacer se convierta completamente en tu cosa.”

Aquí se está alterando el orden siempre es mejor compartir.

En el fondo de estos planteamientos hay un absoluto desinterés por adquirir virtudes. Las virtudes mejoran la propia personalidad y alegran la vida de los demás. Si alguien se aísla, vive como quiere y nadie le impulsa a superarse. Esto es una pobreza inmensa. Es trágico despreciar la dimensión social de las personas.

 

El miedo y las fobias

Lucía Legorreta

La fobia es un trastorno de ansiedad e imposibilita a la persona para llevar una vida normal. Pero lo más importante, hay tratamiento para ello y puede desaparecer.

 

Es importante que conozcamos la diferencia entre estas dos situaciones. El miedo es una de las emociones básicas del ser humano. Tiene una función adaptativa imprescindible para desarrollar una vida normal y segura.

Podemos hablar de varios tipos de miedos. El físico que se manifiesta como una reacción de alarma ante objetos definidos que representan un peligro real para nosotros; este miedo no supone ningún problema y es normal.

Se puede hablar del miedo psicológico, cuando se da ante una serie de objetos, personas o situaciones que en apariencia no deberían de desatar tal temor. Se relaciona mucho con el llamado miedo social: a ser rechazado, a perder la belleza, a envejecer, a no ser aceptado.

Viene del término latino metus, se trata de una alteración del ánimo que produce angustia ante un peligro, ya sea producto de la imaginación o propio de la realidad.

Puede decirse que el miedo resulta desagradable a quien lo padece, sin embargo como ya mencionamos funciona como un método de supervivencia.

Y así encontramos personas que le tienen miedo al cambio, a modificar su rutina, a la oscuridad (en los niños es común), a los animales, a las tormentas, al fracaso, a la separación, entre otros muchos miedos.

Sin embargo, en ocasiones se hace disfuncional, y hablamos del miedo patológico o fobias. La persona se bloquea y se vuelve incapaz de reaccionar de forma adaptativa de acuerdo a las circunstancias.

La fobia consiste en un miedo muy intenso hacia algo que en realidad constituye una amenaza mínima o nula que puede llegar al ataque de pánico y a un sufrimiento extremo. Suele ser incontrolable, afecta notablemente a la calidad de vida y la persona que la padece evita los objetos o situaciones fóbicas.

Las diez fobias más comunes en las personas adultas son:

1. Zoofobia: animales
2. Brontofobia: fenómenos atmosféricos: truenos, rayos, tormentas.
3. Hematofobia: sangre, agujas, sufrir alguna herida.
4. Claustrofobia: miedo a los espacios cerrados.
5. Dentofobia: consulta del dentista.
6. Aerofobia: miedo a volar.
7. Acrofobia: miedo a las alturas.
8. Agorafobia: encontrarse en lugares o situaciones donde huir resulte difícil o embarazoso.
9. Enoclofobia: lugares muy poblados o multitudes.
10. Necrofobia: miedo a la muerte.

La fobia es un trastorno de ansiedad e imposibilita a la persona para llevar una vida normal. Pero lo más importante, hay tratamiento para ello y puede desaparecer.

¿Cómo? En primer lugar reconocer que se tiene una fobia y después acudir con un profesional ético. Una terapia psicológica puede ser beneficiosa. Existe la llamada terapaia gradual de exposición en la cual a la persona se le expone poco a poco a su fobia para trabajar en ella.

Puede también acudir a una terapia clínica, que ahonda más en su inconsciente para saber la verdadera causa de la fobia. En algunos casos pueden ser de ayuda los medicamentos ansiolíticos, pero siempre recetados por un médico psiquiatra.

No tienes por qué vivir con miedos, y mucho menos con una fobia. Pide ayuda profesional y podrás vivir mucho más tranquilo contigo mismo y con quienes te rodean.

 

Merkel: Adiós a la Vieja Europa

Con Merkel se cierra una generación de grandes líderes occidentales y europeos.

La canciller alemana Ángela Merkel dice adiós tras 16 años al frente de la nación más poderosa e influyente de la Unión Europea y no se nos oculta que deja no solo a Alemania sino también a toda Europa sumida en una crisis de liderazgo y en una incertidumbre política desconcertante. El sueño europeo que apasionó a grandes políticos de la postguerra como Adenauer, Monnet, Churchill, Schumann o Spaak entre otros, se diluye o termina con la desaparición de Merkel de la escena política europea Después de más de 60 años desde la firma de los Tratados de Roma ¿podemos decir que hoy se puede considerar un éxito aquel espíritu de los padres fundadores que iniciaron el largo caminar hacia lo que es hoy ya una realidad de 27 Estados miembros de la UE o estamos ante esa misma realidad como el que contempla un gigante con pies de barro?

Mi generación, llamada “baby boom”, es decir los que nacimos entre los años 1945 y 1964 o período de la postguerra, pienso que hemos sido unos grandes afortunados. No conocimos la tragedia de las dos grandes guerras apocalípticas del siglo pasado, ni por supuesto la guerra fratricida española; hemos vivido un largo período de paz y de reconciliación; hemos sido testigos de grandes avances de la tecnología, desde la TV a la llegada del hombre a la luna, las comunicaciones por satélite, los ordenadores, la telefonía móvil, internet, la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, además de la caída de muchas fronteras físicas, económicas y culturales en nuestro continente europeo.

Lo cierto es que estamos en un mundo diferente que quizás ha abierto también una importante brecha generacional. Las preocupaciones de esta nueva generación europea son muy diferentes del espíritu que animaba a los padres fundadores que no era otro que garantizar la paz y reconstrucción de una Europa maltrecha y sumida en sus propias cenizas. Superadas estas metas, parece primar hoy entre los grandes retos y objetivos de una buena parte de esta nueva generación europea, cuestiones tales como el cambio climático, la desigualdad social, la crisis de los refugiados o la igualdad de género como fundamento ideológico de una sociedad igualitaria, libertaria y anticristiana.

Por otra parte, la inmigración procedente de África, Oriente Medio o Asia está transformando demográfica, social y culturalmente a Europa y las originales raíces cristianas que inspiraron la construcción europea están siendo sustituidas bien por una creciente islamización o por una paganización de costumbres impregnadas de un “relativismo moral que, como denunciaba Benedicto XVI, cuando se absolutiza en nombre de la tolerancia, los derechos básicos se relativizan y se abre la puerta al totalitarismo”

Con Merkel se cierra una generación de grandes líderes occidentales y europeos. La China comunista extiende su poder y colonialismo económico por todo el mundo como una mancha de aceite; la Unión Europea se siente amenazada en sus fronteras del Sur y del Este con un claro intento de ser desestabilizada bien por las presiones migratorias o por las permanentes amenazas e intromisiones políticas de una Rusia que no ha superado, desde la caída del muro de Berlín, las adherencias del imperialismo soviético, al mismo tiempo que los EEUU parecen haber renegado del compromiso del que siempre hicieron gala como defensores de los derechos y libertades del mundo occidental.

Ni España, Francia, Italia, Bélgica o la fugada Gran Bretaña a la que suma la impredecible Alemania, inmersa ya en la búsqueda de un nuevo liderazgo, se caracterizan por tener al frente mandatarios que garanticen la continuidad de un proyecto europeo políticamente inacabado y económicamente maltrecho por la pandemia y el tsunami de países que como China, Corea o incluso Vietnam se han convertido en una gran fábrica productora de bienes y capital que inundan el mercado mundial hasta el punto de poder inmovilizarlo.

¿Estamos ante el declive o el nacimiento de una nueva Europa? La respuesta depende de que entendamos qué es la Unión Europea hoy, sin perder de vista que España es un Estado miembro que vive bajo ese paraguas y que los desafíos a los que nos enfrentamos son de tal magnitud que solo con la verdad, la libertad y la cohesión podemos hacerle frente, todo lo contrario del nepotismo, la mentira y la fractura territorial que sufrimos a manos del gobierno socialcomunista que padecemos.

Jorge Hernández Mollar

 

El planeta es nuestra casa común

El planeta es nuestra casa común, es un regalo y es necesario cuidarlo, no usarlo de un modo que lo estropea. Es imposible sostener el actual modo de consumo de los países más desarrollados y de los sectores más ricos de las sociedades. Nos hemos acostumbrado a gastar y a tirar de un modo irresponsable. En Glasgow se ha intentado superar la resistencia de algunos países a reducir sus emisiones, a reducir el uso del carbón y a frenar la deforestación, parece que no se ha conseguido ni ponerse de acuerdo. Conseguir las reducciones en el mal gasto es cosa de todos y cada uno, no solo de los grandes países. La subida de la temperatura, la escasez de agua limpia, los desastres naturales, la pérdida de la biodiversidad nos afecta a todos. Pero afectan, sobre todo, a los más pobres.

Jesús Domingo Martínez

 

Cómo nos roban con la electricidad y…?

 

                                Nos lo dice claramente GREENPEACE en su revista de otoño 2021 (GPM39) y la que pueden ver en Internet, puesto que nos dice muchas cosas más y muy interesantes; y las que hay que creer, puesto que esta organización, sólo tiene un interés y es cuidar y salvar a la “MADRE TIERRA”; y como no se deja sobornar, por el dinero mundial y en manos de quienes nos explotan de mil formas diferentes; considero que es la única organización mundial, que de verdad defiende al planeta Tierra, a sus faunas, (en la que somos su peor parte, “el mono humano)”, incluido el oxígeno que respiramos; y en la que me honro por pertenecer a la misma y contribuir anualmente con una modesta cuota, que por ello la aumento para 2022 en un quince por ciento. ¡Y ojo! No lo digo por presunción alguna, simplemente para que otros se unan, puesto que en este perro mundo, “nada funciona sin dinero contante y sonante”; “paso que des necesita dinero para darlo”. Copio algunos párrafos de lo que ha citado:

                                “La energía eléctrica que se produce en el Estado Español ya es en su mayoría renovable (el 43,6% en 2020), pero aún tienen mucho peso otras tecnologías como la nuclear o, en tercer lugar, el gas. En 2020, el 17,8% de energía se obtuvo a través del llamado ciclo combinado, una técnica que quema gas, un combustible fósil, que además de ser altamente contaminante, es un recurso finito. En Europa hay escasez de reservas y su importación encarece constantemente su precio.

¿Cómo se fija el precio de la luz? La energía eléctrica no se puede almacenar. Por eso, cada día Red Eléctrica hace una estimación de la demanda de energía prevista para el día siguiente y con esa estimación se celebran “unas subastas”, en las que “se casa” demanda (necesidad de energía prevista) y oferta (producción para hacer frente a esa demanda) para cada hora del día siguiente. Así se acuerda el precio”.

                                ¿Pero dicho todo este farragoso hecho, quién (digo yo) vigila, comprueba y nos da seguridad de que se obra lealmente, con tanto soborno y pudrición que hay hoy en cualquier sitio donde se mueva dinero en cantidades enormes y no tan enormes?

                                  Pero prosigamos con el texto de la revista citada.

                                “¿Qué tiene de malo este sistema? El coste de la energía es distinto según la tecnología que se utiliza para generarla; por ejemplo, generar con renovables es mucho más barato que generar con gas. Y sin embargo, el sistema está montado para que se pague toda la energía al mismo precio, siempre el más alto en las “subastas”. Da igual que la mayor parte de la energía se genere con renovables… “Por ello decimos que pagamos el pollo a precio de solomillo”… “Son muchas las trampas del sistema que llevan a las grandes empresas a enriquecerse a nuestra costa”.

                                Los textos son mucho más amplios y explicativos y que no sigo copiando, por lo que he dicho donde los pueden leer; pero queda claro “como los amaneceres nítidos”, los abusos de que somos víctimas; sin que los gobiernos y los inútiles políticos, se preocupen de analizar, el por qué hay elecciones y son votados; pues repelentemente y como vengo repitiendo bastante, simplemente, “son de panza y bolsillo” (sálvense las excepciones que existan que si bien no las notamos apenas) y como tales, “vendidos”; sólo luchan por sus intereses más inmediatos y nos olvidan totalmente; cuando y vistos estos y otros muchos abusos en manos, de usureros sin entrañas, ya se debiera ir pensando y para ejecutar cuanto antes, que hay que nacionalizar todas y cuantas materias y servicios necesitamos vitalmente; y que sea el Estado, el que regule fiel y honradamente los costos, para que nos los haga pagar con esa justicia, hoy inexistente en un mundo que sigue siendo tiránico y del que sólo se benefician, unas minorías de indeseables.

                                Mientras… “estos ladrones”, presumen de dar a la sociedad “ayudas”, cuando a lo sumo son limosnas; y no las dan con otro interés, que para tapar, sus inmensos negocios y lo que abusan con ellos, explotando a la sociedad en general; por tanto cuando veamos “algunos de sus patrocinios”, veamos lo que en realidad hay detrás de estos escaparates para idiotas.

                                Veamos en otro párrafo de la revista lo que justifica cuanto hoy escribo y que incluso lo hago con bastante moderación.

                                “Para Greenpeace es muy importante que los fondos europeos para la recuperación económica no sean acaparados por las grandes compañías, y las energéticas aspiran a casi la mitad de ellos. Endesa, Iberdrola y Naturgy trabajan para movilizar inversiones por valor de 53.000 millones de euros vinculados a la llegada de dichos fondos, mientras que Enagás ha presentado 55 proyectos de biometano he hidrógeno verde por valor de 6.000 millones de euros”.

                                O sea que, estos avariciosos, en grado ya superlativo, no se conforman con explotar “lo de dentro”, sino que aspiran a todo lo que les dejen mangonear de lo que nos viene de fuera, que no olvidemos; son préstamos a largo plazo por los que hay que pagar intereses y no los habrán amortizado ni nuestros nietos o biznietos; hoy mismo lo que España paga a los prestamistas europeos y resto del mundo, se dice que sólo los intereses, suman más dinero que el total de lo que recibimos los pensionistas hoy; que además los que dicen gobernarnos, quieren suprimir o anular todo lo que puedan, pero nunca cediendo nada de lo mucho que cobran y que en mayoría ni merecen; pues ellos, solo ellos, nos han llevado a la situación actual.

 

 

Antonio García Fuentes

(Escritor y filósofo)

www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y

http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes